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El Niño Que Enloquecio de Amor

Este documento presenta extractos del diario íntimo de un niño que está enamorado de una mujer mayor llamada Angélica. El niño describe sus sentimientos de amor y celos por Angélica, y cómo sufre al darse cuenta de que ella solo lo ve como un niño y no comparte sus sentimientos románticos. El niño encuentra consuelo escribiendo sobre sus emociones en su diario secreto.
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El Niño Que Enloquecio de Amor

Este documento presenta extractos del diario íntimo de un niño que está enamorado de una mujer mayor llamada Angélica. El niño describe sus sentimientos de amor y celos por Angélica, y cómo sufre al darse cuenta de que ella solo lo ve como un niño y no comparte sus sentimientos románticos. El niño encuentra consuelo escribiendo sobre sus emociones en su diario secreto.
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1

EDUARDO BARRIOS
El niño que enloqueció de amor

Título original: El niño que


enloqueció de amor

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


2

El niño que enloqueció de amor


Título original: El niño que enloqueció de amor
© 1915 Eduardo Barrios
Segunda edición ilustrada por Jorge Délano
Impresa por Heraclio Fernández
Santiago de Chile
MCMXV
Revisión fb2: solsticio 2011

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


3

¡Pobre feo!
Papá y mamá

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


4

**************************

H
¿ abéis oído cantar un pájaro en la noche?
Suele ocurrir que un rayo de luna, un rayo levemente dorado,
derramándose, derramándole por entre el misterio del follaje,
alcanza la rama donde se acurruca el avecita dormida, y la
despierta. No es el alba, como imagina el ave. Pero... ella canta.
Luego, si el avecilla es lo que se llama un equilibrado y
fuerte pajarito, descubre su engaño, hunde otra vez el pico en la
tibieza de las plumas y se vuelve a dormir.
No obstante, avecitas hay, inquietas y frágiles, para quienes
el rayo de luna tiene un poder de sortilegio. Y tras de cantar,
saltan aturdidas y vuelan... Sólo que, como no es el día el que
llegó, se pierden pronto en la obscuridad, o se ahogan en un lago
iluminado por el pálido rayo de oro, o se rompen el pecho contra
las espinas del mismo rosal florido que, horas después, pudo
escucharles sus mejores trinos y encender sus más delirantes
alegrías.
¿Cuál es el rayo venenoso que despierta algunas almas en la
noche, les roba el amanecer y las ahoga en una existencia de
tinieblas?

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


5

Voy a revelaros el secreto de un niño que enloqueció de


amor.
Fuera de mí, nadie —ni su madre, hoy convertida en su
esclava— poseyó nunca el secreto de la locura de ese niño. No
os contaré todavía cómo cayó en mis manos este cuaderno
doloroso e ingenuo. Os diré tan sólo que ahora lo público
porque ello no puede ya herir a nadie. Respeté muchos años el
secreto de aquel niño, de aquel pájaro que cantó en la noche y
no tuvo mañana. Me lo entregó la casualidad, y lo he guardado
respetuoso, con el respeto que merece un niño sentimental y
entristecido, una víctima del rayo venenoso que ilumina los
corazones antes de tiempo y los lanza en ese vórtice llameante
y obscuro, dulce y terrible del Amor.

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


6

**************************

Hoy ha comido aquí otra vez don Carlos Romeral. Es el


hombre más inteligente que conozco. Como que cuando él
habla, todos le escuchan y le encuentran razón. Yo, sobre todo,
le encuentro razón siempre. Dice cosas que uno siente. No se
habrá fijado uno mucho en esas cosas, pero las ha sentido y son
la pura verdad. Esta noche me ha dicho que a la oración, junto
con las golondrinas, pasan volando las campanadas de la
iglesia. Y es cierto, pasan volando. Después me ha dicho: «Eso
quiere decir que los niños, como las golondrinas, deben
prepararse a esa hora para dormir»... lo cual ya no me parece
nada. ¡Si él supiese —digo yo— cuánto me cuesta dormir a mí!
También habló en la mesa de un diario que él lleva de su
vida. Después de comer, me ha hecho muchos cariños y yo le
he preguntado qué era eso del diario. «Un cuaderno —me ha
explicado— en donde algunas personas escriben todos los días
lo que les pasa, porque a veces no se pueden conversar con
nadie ciertas cosas.» Yo le dije que era cierto y que
precisamente esas cosas eran las más importantes, las que más
se deseaban hablar y que no se podían sin embargo, como él
decía, conversar con nadie. Él me ha mirado entonces mucho
rato, pensativo, y me ha hecho muchas preguntas de esas que

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


7

ponen nervioso. Me entró una vergüenza... Y casi se me saltan


las lágrimas, como si hubiera hecho algo malo, y me fui.
Cuando pasó un rato, lo estuve mirando desde el corredor.
Estaba en la misma postura, solo en la salita, muy pensativo y
fumando...
Me quiere mucho, más que mi mamá, se me ocurre a mí.
Viene pocas veces, pero yo pienso todos los días en él. Lo
quiero mucho, pero mucho. Y desde ahora voy a llevar como él
un diario en este cuaderno, bien escondido bajo la alfombra,
para decir todo lo de Angélica...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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**************************

Ha venido Angélica esta tarde y he vuelto a perder


tontamente más de media hora de estar con ella. ¡Que siempre
me pase lo mismo!... Tanto como deseo verla, y oírla, y tocarla,
y sentirla bien cerquita de mí, y luego pierdo así el tiempo...
¡Me da más rabia!... ¿Por qué seré tan nervioso? Pero en cuanto
sé que ha llegado de visita, me confundo todo. ¡Qué voy a
hacer! Me lo dicen, y siento como si me dieran un golpazo en
el pecho, y se me sube primero toda la sangre a la cara, y
después se me aflojan las piernas y me enfrío todo entero, y me
pongo a tiritar y, en lugar de correr a verla, me voy al fondo de
la casa, corriendo, sin poderme contener. ¿A qué me voy?, eso
digo yo. Me voy a esperar... no sé a qué. Y es que me da miedo
y no me atrevo a ir. Se me ocurre que, yendo así, de repente, me
lo van a conocer... o que me va a dar algo. Y me la paso dando
rodeos, hasta que poco a poco me voy acercando, acercando, y
con un miedo... Me cuesta muchísimo llegar al salón, así, como
por casualidad. Y es, también, que como ella me quiere tanto,
en cuanto me ve me llama y me besa y me abraza. Si sólo me
besara, no sería nada, no me haría tanta impresión, pero me ha
de abrazar, y eso sí que no lo puedo sufrir. No sé, no está en mí:
todo es que la sienta apretada contra mí, y ya me entra una

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


9

desesperación muy grande. Me ahogo, me dan ganas de llorar a


gritos. Yo la apretaría, ¡claro!, con todas mis fuerzas, y le diría
todo lo que sufro por ella, y que la adoro, y mil cosas. Sin
embargo, en esos momentos me desespero y sólo atino a salir
corriendo, hasta el último patio otra vez. Hoy me fui; tampoco
pude soportar. Después no sabía cómo volver. Menos mal, que
ella me llamó. Me hizo sentarme en el sofá, a su lado, y ahí me
estuve toda la visita, mirándola, oyéndola conversar con mi
mamá y sintiendo su olorcito especial... A veces, cuando estoy
así, junto a ella, bien calladito, me dan deseos de estar enfermo
para que hable de mí y de nadie más, y me haga cariños... No
es que no haya estado contento esta tarde; pero es que también
me he puesto triste... Siempre me pongo triste. Yo digo que me
da esa pena de ver cómo la quiero yo, mientras ella me quiere
como a un niño. Y es natural, ¿Cómo me iba a querer? ¡Qué
desgracia, Dios mío, qué desgracia! ¿Qué podría yo hacer?...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


10

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Tengo mucha pena y quisiera tener más. Por la tarde vino


Angélica y le pidió a mi mamá que me dejara acompañarla a las
tiendas, y en la calle se nos juntó un joven que ni me miró y no
hizo sino hablar con ella. A ninguna tienda entramos;
anduvimos por muchas calles y a mí me echaban por delante
cuando no había gente. Yo quería mirar para atrás, pero no me
atrevía. Después se despidió él y nos hemos vuelto muy ligero.
Ella estaba muy contenta. Mientras más ligero andábamos, más
triste me ponía yo, hasta que, ya en la esquina da casa, se me
cayeron las lágrimas, y cuando ella me ha visto llorar se ha
llevado un susto y me ha preguntado por qué lloraba. Yo le he
contestado que porque ese antipático se nos juntó en la calle, y
entonces ella ha soltado la risa, ha dicho: —«¡Qué chiquillo tan
rico!»— y me ha preguntado si yo quiero ser su novio. Yo, por
supuesto, me he quedado mudo. ¿Qué iba a decir? Y ella se ha
puesto sería un rato y luego me ha hecho cariños. Pero siempre
tengo pena... y quisiera tener más...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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... y el tiempo va pasando y yo me voy


poniendo peor. Me acuesto temprano y me hago el dormido
inmediatamente para que me apaguen pronto la luz y me
dejen solo y poder llorar, porque es tan bueno llorar cuando
uno está así... ¡Con qué gusto se llora! Yo tengo que morder
las sábanas para que mis hermanos no me oigan. Pero no se
puede llorar mucho rato, ¿por qué será? Se va uno calmando
sin querer y se le pone a uno el pecho muy fresco y, aunque
quiera seguir llorando, no puede. Yo digo que no debía ser
así, porque uno se queda con la pena. Yo, entonces, pienso
en ella, en muchas cosas de ella y mías. Anoche me acordé
de cuando vino por primera vez a casa. Se había puesto un
vestido solferino, y se le reflejaba el color en la cara, y en los
ojos se le veían también dos puntitos solferinos. ¡Estaba muy
linda, pero muy, muy linda! ¡Cada día es más linda!... Esos
ojos... como nuevecitos, flamantes, que pestañean de un
modo tan raro, tan bonito: muy rápido, alegrándolo a uno; y
el pelo se le riza y en las puntas se le va poniendo rubiecito...
Yo la miraba, la miraba, ese día, y si ella me llegaba a mirar
a mí, yo tenía que quitarle la vista porque me entraba una
cosa muy extraña. Pero entonces sentía yo en la cara su
mirada, como una cosa tibia que me dejaba sin fuerzas para
moverme, ¡Por Dios, qué terrible! Mi mamá parece que lo
notó, porque le dijo:
—Este chiquillo se ha enamorado de ti, Angélica. No te
despega la vista. —Mi mamá lo dijo riéndose, sin intención,
pero yo, desde entonces, ya no pensé sino en ella, en Angélica
digo, y en lo que dijo mi mamá y... hasta hoy.

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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Ah, y otro día me preguntó ella si la quería y yo le contesté


que más que a nadie en el mundo. ¡Qué bárbaro! Pero no me
pude contener, se me escapó. Entonces me miró mi mamá y yo
me tuve que corregir y decirle que después de mi mamá y de mi
abuela y de mis hermanos. Pero no es cierto, ¡la quiero más que
a todos! ¡Más que a todos, más que a todos! ¡Ay, qué gusto me
da tener este cuaderno para decirlo!
Me llaman para acostarme y no he alcanzado a hacer mis
tareas del colegio. Me disculparé con que me dolía la cabeza, y
me lo creerán, porque todo el día me ha dolido la cabeza y en el
colegio lo han sabido... Y por último, aunque me castiguen. Yo
tengo que escribir este diario porque no puedo conversar con
nadie estas cosas, porque ¿a quién se las voy a decir, si a
decírselas a ella no me atrevo y si mis hermanos son todos tan
brutos?...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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Mis hermanos no me quieren. Nunca me convidan a jugar


porque dicen que no sé. Y tienen razón; yo no entiendo bien
ningún juego, y es que no me gustan; y además no me divierten
los otros chiquillos porque he visto que todos son muy distintos
a mí. Ellos se olvidan de sus personas y de todas las cosas y
pueden jugar a sus anchas, mientras que yo no me puedo olvidar
de mí ni de nada, así es que nunca llego a fijarme bien en los
juegos y siempre pierdo y hago perder a los de mi partido. Por
eso dice mi abuela que soy una pobre criatura, que estoy flaco
y paliducho, que tengo las piernas como palillos y que me tiene
lástima. Más le tengo yo a ella, que tiene las manos llenas de
venas y la cara color tierra seca y los labios blancos y los dientes
amarillos, y que ni siquiera sabe tocar el piano como mi mamá,
y no hace sino pelear con los sirvientes. En cambio, yo haría
muchas cosas si fuera grande. Y si soy tristón, como ella dice,
¿qué le importa a nadie? Además, yo siempre he sido así; lo que
sí que antes no tenía pena sino cuando hacía tristeza, en esos
días raros, y ahora más que antes, pero es por Angélica, y es una
tristeza que a mí me gusta. ¿Cuándo volverá Angélica? ¡Mi
Angélica de mi alma!... Yo creía que iba a poder escribir en este
cuaderno todos los cariños que le digo con mi pensamiento;

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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pero ahora veo que aunque nadie vea lo que escribo, siempre
me da una vergüenza muy grande escribir esas palabras que le
digo sin hablar o a su retrato. Anoche me robé su retrato del
salón, antes de acostarme, y me lo llevé a la cama y lo estuve
besando mucho y le dije todas esas cosas que me da vergüenza
poner aquí. Yo quería guardármelo para tenerlo siempre en mi
cuaderno; pero de repente me entró mucho miedo de que me
pillaran y no me pude quedar tranquilo, hasta que me levanté en
camisa y lo puse otra vez en el álbum. ¡Claro!, me hubieran
descubierto, porque en cuanto hubiesen preguntado, yo me
habría puesto nervioso y me lo habrían conocido en la cara.
Mañana domingo puede que la vea en misa, y si no, le voy a
decir a mi mamá que nos mande a la casa de mis primos. Allá
va Angélica los domingos por la tarde, muchas veces, y yo me
puedo pasar la tarde con ella en el balcón, y con mi tía
Carmencita, que me quiere mucho porque dice que yo soy muy
afectuoso. Ella sí que es buena y muy bonita, y tiene las manos
gorditas y suaves, y sabe contar cuentos con una voz bien
suavecita y bien tranquila...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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No fue a San Francisco sino a la Catedral, para pasearse en


la plaza después de la misa, dijo; pero en la tarde sí la vi. No
estuvo más que de pasadita en la casa de mis primos y cuando
ya iba anocheciendo. Yo estaba con mi tía Carmencita en el
balcón, y me había quedado mirando cómo titilaban los focos
de la calle para encenderse y cómo se ponía entonces
descolorido el cielo, cuando ¡ella que se nos aparece en la acera!
¿Cómo no la vi llegar?, digo yo. No quiso subir porque se le
había pasado la hora y también porque a la Raquelita, que
andaba con ella, le molestaban los zapatos nuevos; pero
entonces mi tía y yo bajamos y nos estuvimos paseando todos
desde la puerta hasta la esquina. Venía tan contenta, que nos
contagió, y después se puso a hablar en secreto con mi tía, y
entonces las dos se reían y miraban lejos, hacía el lado por
donde Angélica había llegado, pero con disimulo, porque yo no
me pude dar cuenta de lo que buscaban con la vista. ¿Qué sería?
Es lo malo que tiene, y eso que nadie sería más reservado con
sus secretos que yo. Pero pasa siempre así, que nadie adivina
nunca quiénes son las personas que quisieran servirle a uno para
todo y están cerca de uno y no se lo dicen sólo porque no se
atreven. Yo digo que se debía adivinar; lo que es que había de

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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ser con seguridad, como me pasa a mí con don Carlos. Estoy


seguro de que él quisiera que yo le contara todos mis secretos,
y a él sí se los confiaría yo si llegara el caso. Angélica no
adivina; pero, de todas maneras, estoy contento: le dijo a mi tía
que yo era un encanto y habló varias cosas buenas de mí y
después me besó... y yo también, y como me tuvo de la mano
todo el tiempo, me ha quedado el olor de sus guantes. Estoy
bien, bien feliz. ¿Por qué me quedaré tan contento cuando la
veo sólo un momentito y cuando paso mucho rato con ella,
no?...
... Me voy a acostar. Ojalá no golpeen la pared en la casa de
al lado. Les ha dado ahora por golpear, y me asustan. ¿Qué
harán? Es un fastidio. Tanto como espero la hora de acostarme
para estar completamente solo, a obscuras, y poder sentir bien
esta especie de sed y de felicidad, este ahogo tan dulce, este
amor tan grande, y suspirar, y llorar de gusto hundiendo la cara
en la almohada... y sin embargo, tantos sustos que he de pasar
hasta ahí en mi cama. Y es que oigo una porción de ruidos que
me hacen saltar el corazón. Cuando no es un mueble que cruje,
se cae un plato en la cocina, o cierran una puerta, o golpean la
maldita pared de al lado. Yo no debía asustarme, porque no
hago nada malo, sino estar despierto, y el pensamiento no me
lo adivinarían; pero me entra un miedo atroz y no lo puedo
remediar...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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**************************

Ahora mi mamá me observa. He pasado anoche un susto


terrible. Mis hermanos jugaban después de comer, corriendo en
el patio, y yo los miraba desde el corredor, recostado en un pilar
y pensando en Angélica, cuando oí que mi mamá le decía a mi
abuela:
—¿Estará enfermo? —Y entonces se me puso en el acto que
estaban hablando de mí, y me quedé de una pieza. No me atreví
a mirarlas, pero sentía que ellas me miraban a mí. Y así era, de
mí hablaban, porque mi mamá volvió a decir—: Hace muchas
noches que no juega. —Y mi abuela le dijo que me dejara, que
si no sabía de sobra que yo era así, apagado y tristón y no vivo
como mis hermanos; pero mi mamá me llamó. Yo estaba como
una estatua; ni voz tenía del susto... La pura verdad, yo creo que
me estoy enfermando, porque ya es mucho lo nervioso que me
he puesto...
—Tienes muchas ojeras, hijito. ¿Por qué no corres tú
también un poco? —me preguntó mi mamá, y yo le contestó
que tenía sueño, y ella me tocaba la frente, creyendo que estaría
con fiebre; pero yo le aseguré que no tenía nada, y me puse a
reír, a la fuerza, eso sí, y porque sólo de pensar que, creyéndome
enfermo, me llevaran mi cama al dormitorio de mi mamá,

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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temblé. No tuve más remedio que reírme, porque perder mi


soledad de la noche... ¡eso sí que no! Mi abuela me encontró la
frente fresca. Mi abuela opina siempre antes de examinar; así es
que antes de haberme tocado ya tenía resuelto hallarme fresco.
Algo bueno había de tener la pobre. Si mi mamá tuviera ese
carácter, yo sería muy independiente y más feliz. Pero me cuida
demasiado. Porque me quiere será... y a mí me gusta que me
quiera... pero es fastidioso que se fijen tanto en uno...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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Lo más malo es que nadie me puede defender, puesto que


nadie sabe lo que me martiriza este afán de mi mamá. Desde
que me encontró ojeroso, no tengo más remedio que jugar todas
las noches con mis hermanos. Ya tengo adolorido el cuerpo.
¿No es un martirio, esto? He de saltar, y he de correr, y cantar,
y acalorarme más que ninguno. Y si al menos me divirtiera...
Pero no, porque mi única preocupación mientras tanto es ir
fijándome en la cara feliz con que mi mamá me observa. Y eso
que mido mi tiempo: cuando oreo que ya es suficiente, me
acerco a ella, le hago notar cómo transpiro, y que he corrido
mucho, y que la comida me ha bajado, y a veces hasta le discuto
haber traveseado más que todos. Entonces ella me besa,
contentísima, la pobre, y yo respiro; ya me puedo ir a acostar
sin ese maldito miedo de sentirla llegar a mi cama para ver si
duermo bien. Y esa es otra, porque por más que he aprendido a
fingir perfectamente que duermo como un lirón, siempre me
sobresalta eso de que mi mamá vaya a verme dormir. Le había
dado por ir. A mí me da rabia. ¡Pobre mamacita! Ella lo hace
de buena que es; pero ¿cómo no me ha de dar rabia?... ¡Todo
por ella, por mi Angélica! En estos días, dice mi mamá, vamos
a ir a su casa de visita. Ya era tiempo...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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Fuimos. Al fin le hicimos la visita a Angélica. Pero he


vuelto fastidiado. Había varias personas más y el joven del otro
día, que la miraba tantísimo. Ella estaba conmigo siempre; pero
a donde íbamos nosotros allá iba él. Se llama Jorge; y es
buenmozo; pero muy cargante, el tipo. Ese modo de decir
«señorita Angélica». ¡Imbécil! A ella no le gusta, creo yo. Y
cómo le va a gustar, también, con esa cabeza chica y esos ojos
redondos y ese bigote como escobilla de dientes... No, no es
feo... Pero no le gusta, porque yo se lo pregunté y ella me dijo
que no. ¿Y para qué me iba a engañar?, vamos a ver. Si no puede
ser; y además, ni su familia lo permitiría. Si creo que hasta tipo
es. Y por último, ¿no me dijo ella misma que no le gustaba?
¿Para qué me preocupo, entonces?...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


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Yo no sé lo que será; pero cada vez que leo cuentos me


quedo imaginando muchas cosas y las veo muy claritas, muy
claritas,tal como si fuesen de veras, lo que no me pasa cuando
no leo. Hoy, por ejemplo, estuve pensando en que ese bruto, ese
ridículo, ese tal Jorge, estaba enamorado de Angélica; y yo
quería figurarme que ella lo echaba de su casa y entonces él se
suicidaba. Pues no me lo podía imaginar bien claro, Después
me puse a leer y, a la mitad, sin saber cómo,me encontré
pensando otra vez en lo de ese tonto pretencioso, y entonces sí
que lo vi todo muy bien. Primero, ella se le reía en las barbas,
con esa risa tan, tan bonita que tiene, que suena como el agua
cuando sale de la botella fina de cristal del comedor; en seguida
se ponía furiosa y lo insultaba mientras a mí se me agarrotaba
el pecho de gusto; y él se iba entonces y, de repente, veíamos
un grupo de gente en la calle, con policía y todo, y yo iba
corriendo a mirar... y era que él se había suicidado. Después me
animaba yo por fin a decirle todo lo que pienso, y ella lloraba
entonces lo mismo que yo, de gusto, de esta dicha tan grande
que sube de aquí, de bien adentro, y revienta por los ojos y hace
llorar primero y después deja más feliz todavía. Y luego me
decía a todo que sí, que nadie la quería como yo y que ella me
esperaría hasta cuando yo fuera un joven grande. Y yo no veo
por qué no puede suceder así. Ella sería siempre mucho mayor

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


22

que yo, ¡claro! Pero ¿no hay tantas viejas casadas con jóvenes?
En esos matrimonios, digo yo, ¡cuántos se habrán querido como
Angélica conmigo! Yo se lo voy a decir a ella pronto. Si es que
delante de ella no se me ocurre cómo empezar. Cuando estoy
lejos, me parece que tenemos mucha confianza; pero en cuanto
estoy junto con ella me siento ya como de etiqueta...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


23

**************************

Mis hermanos son de veras muy brutos. Hoy me salió


Pedro con que yo era un tonto porque me la llevaba
pestañeando, y Enrique dijo:
—Esa es una costumbre de Angélica, y éste la imita porque
parece que estuviera enamorado de ella. —Me puse como una
furia y le pegué, y entonces él me acusó a mi abuela y ella me
trató de mosquita muerta y de chiquillo agrandado, y me
pellizcó en los brazos. Mi abuela no me quiere; se rió de mí
cuando le contaron que yo estaba pestañeando seguidito como
Angélica. Todavía me duele la cabeza de la molestia. Ahora me
explico que digan que de cólera se puede caer muerta una
persona. Lo peor es que ya no podré pestañear. Y es tan bonito;
los ojos parecen tan vivos, tan alegres, como los de ella, como
ella misma, que parece que echara luz de todo el cuerpo. No se
me puede quitar la rabia con mi abuela. Me ha molestado más
que mis hermanos. Pero me vengué: me dio un alfeñique,
después de repartirles a los otros, y yo no se lo recibí. Se lo dio
entonces a Enrique, y así comió él el doble y salió ganando, él,
que era el culpable de todo. Como es el regalón de mi abuela...
Y no debía ser él sino yo, como dice mi mamá, que para eso soy
el menor...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


24

**************************

Todo lo que dice don Carlos Romeral es bueno. Para mí,


siempre resulta algo bueno. Es asombroso. Cualquiera diría que
adivina lo que me hace feliz. Hoy, al poco rato de llegar, contó
que ese tal Jorge se ha ido al campo, a trabajar en un fundo. Allá
se debía quedar, el muy intruso, para siempre. Cada día estoy
más seguro de que don Carlos me quiere como si fuera su hijo.
Y qué más quisiera yo que ser hijo suyo. Como no alcancé a
conocer a mi papá... Se murió cuando yo todavía no había
nacido. No sé si Pedro había nacido ya; pero creo que no,
porque una vez le oí decir a mi abuela que con la pena de la
muerte de mi papá, llegó Pedro antes de tiempo. Sí, eso es; me
acuerdo porque me he quedado pensando que qué tendrá que
ver una cosa con otra... La cuestión es que don Carlos es como
mi padre, y me regala trajes, y antes me sacaba a pasear. Hace
tiempo que no me saca. Dicen que a su señora le molestaba
muchísimo eso. Una noche hablaban de eso mi mamá y mi
abuela. Mi mamá lloraba mucho y mi abuela echaba chispas,
Algo grave debe haber pasado esa noche. Mi abuela me pegó
por haberme ido a meter adonde ellas. ¿Cómo iba yo a adivinar
que no debía ir? Pero mi mamá se molestó mucho porque mi
abuela me había pegado, y me tomó en brazos y me besó y me
decía:

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


25

—¡Pobre angelito. Qué culpa tendrás tú de nada! —¡Claro,


qué culpa tenía yo! Y es que mi abuela me tiene odio. A mí,
qué? Soy el preferido de mi mamá y sólo a mí me quiere don
Carlos...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


26

**************************

Ya lleva quince días Angélica sin venir. Es bien extraño.


Yo no tengo humor ni para mi diario. No duermo, ni estudio, ni
puedo hacer nada en paz. Antes me desvelaba solamente
cuando ella venia y me abrazaba, o cuando tenía una mala
noticia de ella; pero ahora es lo de todas las noches, lo de todas
las noches de Dios... Si ni siquiera puedo escribir. Y es que
como no duermo, tengo la cabeza abombada y no se me ocurre
sino estar triste. Y me duele el corazón... ¡Angélica, mi
Angeliquita, ven, ven, ven!!!... Y así tener que estar juega y
juega todas las noches con esos brutos de mis hermanos... ¡Es
terrible! Pero mi mamá...

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


27

**************************

Si ya no dormía. En el día, cayéndome de sueño, y por las


noches, nada, sin pegar los ojos hasta quién sabe qué horas. Pero
¿estaba tonto?, —digo yo—. ¿Cómo no se me ocurrió antes?
Una cosa tan sencilla. Un poquito de nervios, y listo. A las
cinco, cuando salí del liceo, pasé por su casa. Ella estaba en el
balcón. ¡Ay!, en cuanto la divisé desde la esquina, sentí unos
golpee en la cabeza, por dentro, y una falta de respiración, y
luego me puse bien frío, bien frío... Y pisaba en el suelo y me
parecía que iba andando por el aire, y se me pusieron las piernas
agarrotadas. Ya enfrente de su casa, me quité el sombrero, muy
serio. Y me iba pasando de largo. ¡Seré bruto! Si no es que algo
muy extraño me sujeta como un resorte, me paso de largo...
¿Cómo fue?... No me acuerdo, casi... Angélica me habló del
balcón, creo. Sí, así fue. Yo estaba tiritando, de ese frío tan
helado que me entró, y no oí sino un ruido, un enredo en los
oídos que me estremeció y por poco me hace gritar de pura
impresión. Entonces, me parece que me acerqué y ella me
preguntó que qué hacía por ahí, que si había hecho la cimarra...
Y yo, sin contestar una palabra. Hasta que sin saber cómo me
subí corriendo a su casa, ¡Qué habrán dicho todos ahí! Pero no
me pude contener. Lo que no me dejé fue abrazar. ¡Eso, no!

_____________________ Eduardo Barrios _____________________


28

¡Eso sí que no lo habría podido resistir! Como estaba yo en ese


momento, ¡nunca! Me ofreció dulce de membrillo. No quise. Le
pedí una rosa que se había puesto en el pecho. Claro que no se
la pedí de buenas a primeras. Si estuve muy ocurrente. Le dije
primero que a mi mamá le gustaban muchísimo esas rosas que
parecen de sangre, y ella me contestó:
—Llévasela. —Y me la dio, y yo se la traje a mi mamá; y
mañana, antes que la echen a la basura, yo me la guardo y...
¡feliz! Ah, y después le dije lo principal, porque para eso había
ido: que a mi mamá le extrañaba mucho que no hubiese ido a
verla en tanto tiempo, y ella me prometió venir mañana. Me
preguntó también si yo la echaba de menos y si la quería
siempre. Yo le contesté que sí y nada más. Y es que estaban ahí
las otras, que si no... Pero no importa, otro día será; porque yo
le tengo que decir todo lo que tengo pensado, que me muero si
ella no me espera, todo, todo... En fin, gocé. Me
vine cuando ya estaba obscureciendo. ¿Cómo no se me ocurrió
esto antes? Sufrir tantos, tantos días...

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Cumplió su palabra. Vino. Eso sí: todo se lo contó a mi


mamá, y mi mamá se rió mucho porque lo tomó como una
cortesía de mi parte y me dijo «bien educado». Pero, ¡caramba!,
pasé mis buenos apuros. Le tuve que decir a mi mamá que me
había olvidado de contárselo. Y la cosa no pasó de ahí. Luego,
que me ha ido muy bien, lo que se llama muy bien, con
Angélica. Le he dicho una porción de cosas, paseando por el
patio de las plantas; no muy claras, pero creo que después de
esto ya puedo atreverme a decirle lo otro, lo grande. Eso me lo
tiene que jurar...
Bueno, hoy no necesito escribir nada. Hoy sí que voy a
correr y a saltar con gusto después de comida.

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De nada puede uno alegrarse, ¡válgame Dios! Ya dejó de


venir. No hace muchos días, pero me ha entrado de nuevo el
desasosiego por verla. Y van tres tardes que intento volver por
su casa, y es inútil, de la esquina no paso. No sé, se me figura
que esta vez sí que mi mamá sospecharía. Y al fin y al cabo,
digo yo, ¿no sería mejor que se lo dijera yo a mi mamá todo?
Lo he pensado; pero no, hay que pensarlo mucho, y ahora más
que nunca.
¡Uy, lo que hablaría mi abuela! Que si soy una pobre criatura
loca que les voy a costar la vida y que si los niños no deben
pensar sino en el colegio. Como si en ese caso no estudiaría yo
con más gusto. Estudio ahora... Y es que hay que terminar
pronto los estudios para ser hombre... Mañana iré. Es tan
sencillo... Sí, de aquí me parece muy fácil; pero luego el miedo
me deja como un estafermo. No hago más que llegar a la
esquina de su casa y ya estoy tiembla y tiembla. Y temblar no
sería nada; el corazón se me salta y todos los que andan por la
calle me miran ya mí se me figura que me descubren las
intenciones, o si no, que me toman por un ratero. Lo cierto es
que ahora no me atrevo nunca a doblar la esquina. A lo sumo,
miro por entre las puertas del almacén ese, pero como desde ahí
no se ven todas las ventanas de la casa de Angélica, muchas

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veces me quedo en ayunas, sin saber si está o no. Y luego que


el tiempo se pasa volando... Esperemos un día más, y si no...

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32

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L
¡ o que son las cosas! Ahora está viniendo muy seguido.
Sale al centro casi todas las mañanas y después viene acá,
y cuando yo llego del colegio, a almorzar, me la encuentro muy
sí señora en el cuarto de costura charla y charla mientras mi
mamá zurce la ropa de nosotros. No le he podido hablar nada
de eso todavía, pero no importa, ¿qué apuro hay? ¿No me va
bien así, acaso? Estoy feliz, pero bien, bien feliz. Y por las
tardes, me subo al departamento de los sirvientes, porque me
gusta ese corredor que da a los tejados, al anochecer, y de ahí
veo las copas de los árboles que asoman de los patios y oigo las
campanas de San Francisco y de otras iglesias más distantes y
las copas de los árboles y las campanadas me parece que flotan
en el aire. Por un lado, el cielo se mueve, y van bajando las listas
de colores, que unas son como de fuego, y como oro, y rosadas,
y verdes; y por el lado de la cordillera, los cerros se ponen color
ladrillo primero, y después morados, y el cielo como con una
pena muy suavecita. Yo pienso entonces en Angélica y a veces
me entra una alegría inmensa, y otras veces me da esa misma
pena suavecita del cielo... Por las mañanas me gusta el patio de
las plantas. Los pajaritos, llegan hasta la misma ventana del
comedor. Conmigo son muy valientes, los caballeros: yo no me
muevo y ellos no se vuelan. ¿Sabrán que los quiero? Dice la
Juana que qué van a saber y que si no veo que lo que quieren es

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comerse las migas donde ella sacude el mantel. El chorrito de


la pila también parece un pájaro a esa hora, no sé si porque el
agua sale como a saltitos o si por lo que suena. Todo es fresco
a esa hora, como si el patio, lo mismo que las personas, se lavase
y se peinase por las mañanas...

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Los grandes dicen que todo lo hacen por el bien de uno, y


mientras tanto no saben sino quitarle a uno los gustos que tiene.
Dice mi mamá que lo hacen para que uno sea feliz cuando
grande; pero otras veces dice que los grandes nunca pueden ser
felices y que la felicidad no dura sino mientras uno es chico,
¿Cómo se entiende, entonces?...
Tan feliz que estaba yo, y hoy mi mamá, se ha molestado
conmigo porque he traído malas notas del liceo, y me ha dicho
que me estoy volviendo torpe y que así no voy a pasar nunca
del primer año. Entonces ha dicho mi abuela que como me la
paso leyendo libritos de cuentos y pensando en las musarañas,
no estudio; y mi mamá me ha roto los libritos, y ahora dice que
nunca más me los comprará, aunque los pida por todos los
santos del cielo, como no sea en las vacaciones. ¡Qué se va a
hacer! Me gustaban porque me hacían pensar muy claro, como
cuando estoy soñando y yo digo algo y me contestan, y me
parece que soy grande y que me he casado con Angélica; y
además, aprendía muchas palabras en los cuentos, y a poner los
puntos y las comas, lo que no se puede aprender en el colegio
porque el profesor lo explica con reglas que se olvidan. Es una
lástima que me hayan quitado los cuentos, porque todo eso me
servía para escribir mi diario. Si a mi abuela, ya se sabe, se le
ocurre siempre lo más fastidioso. Como me odia... Porque se

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necesita tener odio para hacer lo que hace conmigo. Ya me he


fijado en que cada vez que mi mamá se acuerda de cuando yo
nací, mi abuela pone cara de furia y me mira con un rencor que
parece que yo le hubiera hecho un daño muy grande naciendo.
Y si me encargaron, ¿qué culpa tengo yo? Así se lo dijo una vez
don Carlos, que era una cosa que no tenía remedio. Pero ella es
muy bruta.

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Como ya no tengo libritos de cuentos, hoy domingo me fui


a mi rincón. Por disimulo y para contentar a mi mamá
haciéndole creer que iba a estudiar, me llevé los cuadernos del
colegio; pero no hice sino pensar en las hadas, y Angélica era
la princesa y yo el niñito que en vez de irse a correr mundo por
el camino de flores, se fue por el de espinas; así es que al fin yo
me casaba con la hija del rey, es decir, con Angélica. Después
me cansé de pensar; pero me quedé siempre en mi rinconcito,
hasta que obscureció. Mi rincón está en mi cuarto, entre la
cómoda antigua, la de incrustaciones de nácar, y la pared que
da a la salita, y es el sitio que más quiero de toda la casa, Ahí
escondo mi diario, bajo la alfombra, y ahí me gusta estar aunque
no haga sino contar las rayas del papel de la pared; y pestañear
como Angélica, y reírme como ella, y contestarme yo mismo
todo lo que quiero que ella me conteste cuando le cuente mis
planes. Yo no sé por qué le tengo cariño a todo lo que hay en
mi rincón, y me lo sé de memoria: en el costado de la cómoda,
en la corona que tiene en medio el pavo real, falta un pedacito
de nácar; quedan treinta y dos. Lo que no me gusta es el ojo del

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pavo real. Parece de gente y da miedo. Por eso yo se lo arreglo


siempre con el lápiz...

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39

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C
¡ ómo me pesa, cómo me pesa haberlo hecho! He sido un
idiota, un animal. Y todo lo he perdido, y para siempre, tal vez,
No sé qué voy a hacer ahora. ¡Dios mío, Virgen Santa, que se
arregle esto! Pero si ya no es posible, si ya ni como a un niño
me quiere... ¡Qué desesperación! No, si no puede ser. Angélica
mía, perdóname, ten compasión de mí, que soy muy
desgraciado. Nunca más seré grosero. Es que soy celoso y me
volví loco. ¿Qué me daría? Debe de haber sido cosa del diablo...
Me había acostumbrado a ir todas las tardes. Nunca me animaba
a pasar de la esquina; pero por las puertas del almacén la
divisaba, y aunque fuera temblando de impresión y de
nerviosidad, pasaba el rato y me venía conforme. Pero ayer, yo
que me asomo, y veo que está con el bandido ese del Jorge en
el balcón. Si hubiesen estado los demás de la casa, siquiera...
pero no, los dos solos, juntitos, y él le hablaba con la cara muy
cerca de la suya y ella se reía. Y, ¡claro!, ¿cómo iba a poder
contenerme? Todo fue verlos y obscurecérseme toda la calle y
zumbarme los oídos, y correr y subirme a su casa...
—Yo lo mato, lo mato, —iba diciendo por el camino, me
acuerdo, pero en cuanto me vi ya en la mampara y preguntaron
quién es y yo no sabía quién decir, se me cortó el ánimo y me
quedé como un tonto y con un dolor aquí atrás, en la nuca,
terrible. Y la sirvienta me abrió y me hizo entrar hasta el balcón,
y ella, muy alegre, me besó y me preguntó varias cosas, pero yo

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no le podía contestar. Entonces me dice él, con un tono de gran


personaje, el muy imbécil:
—¿Cómo estás, chiquitín? —Y tampoco le contesto, sino
que lo miro con un odio atroz. Entonces se miran los dos muy
admirados, y él me pone la mano en la cabeza y yo se la quito
de un manotón. Y él me dice no sé qué cosas más, como
haciéndome bromas. Yo no le contesté nada todavía, pero ya
cuando me preguntó que por qué estaba tan furioso, le dije:
—Cállese, intruso, animal, bestia. ¿No se había ido al
campo? —Y ella,... no lo haría por maldad,... pero me reprendió
y me dijo que eso estaba muy mal hecho y que era muy feo, y
que de cuándo acá me había vuelto un niño grosero y mal
criado. No lo haría por maldad, pero... entonces, peor, pensé yo,
porque rabia sí que se le conocía en la cara; y le contesté que
más feo era lo que estaba haciendo ella con ese tipo ahí.
Entonces se puso más enojada porque le decía tipo al otro,...
tanto, que primero me asusté y después solté el llanto y me salí
a la galería. Ella salió riéndose, entonces, detrás de mí, y ya me
habló con suavidad otra vez y, afuera, me dio un beso y
me quiso tomar en brazos, pero yo no soy ningún imbécil y me
limpié la cara donde me había besado y no la dejé que me
tocara.
—¡Qué chiquillo más divertido! ¡Celoso! ¡Qué divertido! —
decía la muy... ¿Y no quería también que volviera y le dijese a
él que me disculpara?... Que porque era muy bueno y la quería
mucho a ella... Pues menos que nunca, en ese caso. Así se lo
dije. Y ahí fue la grande: se puso muy seria, de verdad; me
estuvo mirando un rato, callada; luego me volvió a hablar—:

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Anda, vamos, no te pongas antipático. —Me dio una rabia... Y


como le dije que más antipática estaba ella, (porque la odié con
toda mi alma en ese instante), me gritó—: ¡Al diablo, chiquillo
tonto! Mañana te voy a acusar a tu mamá estas gracias, verás.
—Y se fue y ya no regresó. Qué más, no sé, sino que llegué a
casa enfermo y llorando a gritos. Mi mamá me preguntó que
qué me dolía y yo le dije que el estómago. Y me acostaron y me
hicieron la mar de remedios y me dieron un purgante. Así es
que, encima de todo, tuve que soplarme aceite de castor. Pero
ya había dicho yo que era el estómago y todos decían:
—Cólico, es cólico. —Además, así podía llorar con motivo.
A veces no quería llorar más, de pena de ver a mi mamá tan
afligida, pero no podía sujetar el llanto, era imposible... Lo raro
es que no me desvelé. Al contrario, me quedé dormido muy
temprano y sin saber cómo. Hasta que hoy desperté, ya muy
tarde, cuando mis hermanos se habían ido al colegio sin mí. Yo
no voy a ir en todo el día, porque estoy como atontado, y
además quiero estar aquí cuando llegue Angélica para pedirle
perdón y que no me acuse a mi mamá...
No ha venido, me he pasado todo el día temblando de verla
llegar y, al mismo tiempo, deseando que viniera para ver si
hablaba con ella. Pero no ha venido. ¿Qué será? Ahora me pesa
no haber ido al liceo, porque así habría pasado a su casa después
y le hubiera pedido perdón; en tanto que ahora me sigue el
susto...

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¡ M amacita, yo te lo quisiera decir todo a ti!... Pero ¿cómo


supiera yo que no se iba a enojar? Porque no es que me den
ganas de decírselo por miedo de que Angélica me acuse; ya no
me acusa, es un hecho, porque entonces no habría dejado pasar
casi dos semanas, me parece a mí, sin dar acuerdo de su
persona; pero es que así no me desesperarían todos como me
desesperan. Esa sería la cuestión. Ahora duermo menos que
nunca, y es natural, porque estoy más triste que nunca también;
pero eso no quita que por las mañanas no pueda despertar, bien
borracho de sueño y con la cabeza como una piedra, que se me
cae encima de la almohada, y no tengo fuerzas para sostenerla,
ni para abrir los ojos, ni para levantar los brazos, ni para oír
siquiera lo que me grita mi abuela, porque estoy dormido con
todo el cuerpo y no con el pensamiento solo, como dormía
antes. Bueno, pues mi abuela no para hasta que me siento en la
cama y estoy vistiéndome y me acuerdo de nuevo de mi
desgracia y de nuevo me entra este dolor a latidos en el cerebro.
¡Qué desesperación me dan a mí estas cosas! Como sino
hubiera más que hacer sino darle rabia a uno encima de su pena.
Ya es mucho, es mucho. Esta mañana me ha mojado la cara
cuando ha visto que no podía despertar, diciendo que es el santo
remedio para la flojera y que si me levantara más temprano
todavía, tendría más salud, como mis hermanos, y que así no

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haría sufrir a mi pobre mamá, que es una infeliz tonta de remate.


Y después ha empezado con lo de siempre, a decir que yo no
daba sino molestias y que más valía que hubiera vivido la
hermanita que dicen que se murió de pecho y no yo, porque da
todas las calamidades de la familia yo solo tengo la culpa, Y
yo,sin chistar, como me ha aconsejado don Carlos; pero ella,
dale y dale. ¡Será mala! Y además, a mí me parece esto una
brutalidad... Pero también pienso a veces que cuando ella lo
repite tanto y tan convencida, no será sin motivo, y... ¿qué voy
hacer?... me da más pena, porque ¿cómo voy a conformarme
con eso?... Aunque ahora llego a creer que así debiera haber
sido. Y mi mamá, también empeñada en martirizarme. Eso es
lo raro. Parece que se la llevara pensando cosas malas de mí.
Cómo puede ser esto, no me lo explico; pero es la impresión
que me deja con su vigilancia y su cara preocupada y su empeño
en que juegue sin ganas. Desde que se le ocurrió el otro día a
don Carlos decir que los niños deben acostarse cansados, no me
perdona una sola noche. Y me observa a toda hora, porque
también dijo don Carlos que no es bueno eso de que un niño
esté horas de horas solo. ¿Me estarán tomando fastidio mi
mamá y don Carlos también? Por eso digo que sus motivos
tendrá mi abuela para odiarme así... Otra: que ayer me han
llamado los dos, mi mamá y don Carlos, digo, y me han hecho
seguirlos, y atravesábamos la casa y yo decía: ¿A qué vendrá
esto? ¿Me habrá acusado Angélica? Y no, sino que cuando
hemos llegado al salón y se han sentado ellos, mi mamá ha
comenzado con unas preguntas muy raras primero: que por qué
estaba cada día más ojeroso y más distraído, y que con qué

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niños me juntaba en el liceo, y que si nadie me había enseñado


travesuras; y luego, cuando ya me han visto nervioso, me han
metido susto con que si supieran algo me quemarían las manos
y me mandarían preso. ¿No digo yo? Si ya es mucho sufrir.
Porque esto parece de esas cosas que uno sueña y asustan
aunque no se entiendan...

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¿ Y por qué no viene Angélica?, digo yo. ¿Será que se ha


enfermado? Si se muriera... Sí, sí; podrá ser pecado mortal
pensarlo; pero más valdría, quién sabe, porque así me moriría
yo también y asunto concluido. Lo que falta es que haya
resuelto no acusarme, pero no venir más tampoco. ¿Y qué haría
yo entonces? Yo que ahora me espanto sólo de pensar en ir a su
casa, ¿Y para qué voy a ir?, también. ¿Para encontrarme otra
vez con el cuadro del otro día y caerme muerto? No sé, no sé
qué voy a hacer. Don Carlos, dicen que piensa irse de viaje y
llevarme. ¡Que no lo haga, por Dios! ¿Qué sería de mí entonces,
sin esperanza siquiera de verla y de que me perdone? Porque
todavía me parece a mí que todo se podría componer. Pero es
que no viene, Dios mío, no viene, y yo me voy a morir. Hoy, de
tanto acordarme de ella, me puse a llorar a la mitad del
almuerzo; y como fue delante de todos, se armó una bolina,
porque mi mamá se afligió muchísimo, y mi abuela dijo que con
azotes y baños fríos de asiento se quitaban esas mañas, y mis
hermanos soltaron la risa, y terminaron peleando las dos. ¿Por
qué no podría contenerme? ¡Ave María! Y es que ya no me doy
cuenta de lo que hago. No sé en qué va a parar esto. Me siento
enfermo...

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46

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E
¡ sto faltaba! El rector del liceo ha mandado llamar a mi
mamá y le ha dicho que el consejo de profesores ha resuelto
preguntarle por qué soy tan quieto. Dicen que es mucha mi
formalidad y que eso no está bien. ¿Serán brutos? En lugar de
estar contentos de que tenga buena conducta. Pues no señor, y
le han dicho a mi mamá que además el señor Latorre, que es
inspector, me ha espiado toda la semana y no me ha visto jugar
ni una sola vez. Miren cuándo viene a darse cuenta de que yo
no juego... Con el chisme, ¡natural!, mi mamá se ha preocupado
más y ha vuelto del colegio llorando, y en cuanto yo he llegado
me ha repetido las preguntas, llora que llora, y después me ha
sentado en sus faldas y me ha hecho muchos cariños y me ha
dado muchos consejos que ni venían al caso. Yo estuve tentado
de contárselo por fin todo, porque cuando uno tiene pena y ve
que otro también tiene, dan ganas de contar. Pero no me atreví.
¡Claro, cuándo me atrevo yo a nada! Soy más poquita cosa... Y
esto no es lo peor. Cuando yo digo que ya no es vida la mía...
Después se apareció don Carlos con el doctor, que me oyó el
pecho y la espalda, y me golpeó la barriga poniendo los dedos
como un martillito, y me miró adentro de los ojos, y me tocó
todo el cuerpo a ver si tenía glándulas, y la mar de historias,
mientras mi mamá le iba diciendo que a media noche me quejo

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dormido, unas veces, y otras doy saltos en la cama, y otras


hablo... ¿Qué hablaré, Dios mío? No lo dijo mi mamá y el
doctor tampoco se lo preguntó; pero yo me llevé siempre un
susto. Ah, y el doctor me hizo también las preguntas esas que
ponen nervioso, y yo, por supuesto, no supe contestar. Mi mamá
me decía:
—Contesta, niño. —Pero si yo no entendía, ¿qué iba a
contestar? Me avergonzaba, lo único, porque me parecía que
me querían pillar en algo, y a uno le entran nervios con esas
cosas siempre, aunque no tenga culpa ninguna. Al último, el
doctor dijo:
—No es gran cosa, señora. No se aflija. Está un poco
anémico, el chico. Parece que se va a desarrollar demasiado
temprano. —Y entonces me preguntó a mí—: Y tú ¿qué dices
de eso? ¿Te gustaría ser hombre pronto? —¡Ay!, me saltó el
corazón y le contesté inmediatamente que sí. Y ya me había
alegrado, cuando dijo que me convendría levantarme a las seis...
¡Qué sabrá él!... Y que me bañasen y me diesen unas fricciones
con agua de Colonia y las píldoras que me recetó. Ah, y que si
me pudieran sacar al campo, mejor, aunque perdiera el colegio.
Y cuando él se ha ido, ha dicho don Carlos:
—Bueno. Estoy resuelto. Me lo llevo. —Quiere hacer
siempre el viaje y llevarme. Así es que la cosa va peor y peor.
Porque todo esto es un martirio que no tenía yo por qué sufrirlo.
Tras que no veo a mi Angélica y me la paso con el alma
oprimida, tras que ni siquiera como sino porque no chille mi
abuela y no se aflija mi mamá, que me da la sopa por su propia
mano y me corta el asado, tener que pasar atento a la voluntad

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de todo el mundo, es insoportable. Si a veces, de tanto sufrir,


me pongo como insensible y me parece que me voy a quedar
dormido en donde estoy. Si supieras todo esto, Angélica, ¿no
me querrías?... ¿Y adónde me pensará llevar don Carlos? Yo no
voy, yo soy capaz de confesárselo a él antes. Sí, él es muy
bueno, y muy inteligente, y me quiere mucho, y debe saber
también lo que son angustias, puesto que lleva un diario de su
vida; y quién sabe si hablaba con Angélica y le pedía que no me
dejase morirme, y que no le hiciera caso a ese criminal, y que
me esperase un poco nada más porque ya ha dicho el doctor que
seré hombre pronto... Yo se lo digo, porque sino, tendré que
hacer valor y hablar con Angélica yo mismo, aunque me dé un
ataque en cuanto la vea...

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... ypor eso no quiero alegrarme, porque cada vez que


espero contento alguna cosa, me resulta mal. Así es que más
bien tengo miedo. En fin, la voy a ver, siquiera. ¡Ay, qué
angustia! Desde que mi mamá dijo al regresar de misa que el
sábado es el santo de Angélica y yo le pedí que me llevara y ella
le contestó que bueno, que me llevaría por distraerme un poco,
no sé lo que me pasa. Vamos a ver...

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No sé por qué ahora, mientras más sufro, más quisiera


sufrir, y que me pasaran cosas muy horribles, de esas que ponen
a todos muy tristes; y que me muriera, por último;... pero que lo
supiese todo ella, eso sí!... Porque no hay remedio, ya se acabó
todo: le han avisado que estoy muy enfermo y no ha sido capas
de venir un ratito. Eso ya es tener mal corazón, digo yo. Le
debía tener odio, y sin embargo la quiero más que nunca. Y debe
ser verdad que estoy tan grave. ¡Mejor! ¡Ay, qué bueno sería
que me muriese y le dijeran que me había muerto por ella!... Lo
que me asusta es esta cosa tan rara que me da de repente ¿Esto
será delirar? Dicen que me he pasado toda la noche delirando,
y debe de ser esto. Aunque, no me acuerdo de lo de anoche sino
hasta cuando me trajeron, y yo digo que si fuera delirar esto que
me pasa ahora, me acordaría. ¿Y qué es entonces esto tan
horrible? Tengo un miedo... Si no fuera porque me han dado
unos deseos muy grandes de consolarme con mi cuaderno,
despertaría a mi abuela, que se ha dormido en la mecedora,
cuidándome mientras duerme mi mamá, que dicen que no se ha
acostado en toda la noche por velarme, ¿Qué será esto? No me
atrevo ya a mirar a la ventana, porque de repente me quedo sin
poder quitar la vista de la cordillera, y en esto, de los cerros

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empieza a salir fuego, y todo el cielo se pone colorado, y


después va saliendo de entre las llamas una cosa muy enorme,
y se me viene encima, como para aplastarme, y yo me pongo a
gritar de espanto y quiero salir corriendo; pero entonces no me
puedo mover, y sigo a gritos, y después... debo de dormirme
bien dormido, porque ya no sé nada. Yo digo que no será
delirar, porque de esto me acuerdo, y de las cosas que dicen mis
hermanos que hablé anoche, no. Me acuerdo sólo hasta cuando
me trajeron. Eso no se me borra.
Mi mamá me llevó a casa de Angélica y, como era su santo,
había tertulia, y muchísima gente había comido en la casa y
estaban todos en el salón cuando nosotros llegamos, Pero en el
comedor quedó siempre la mesa puesta con tortas y helados y
muchas botellas, y la Raquelita me llevó allá. Al poco rato mi
mamá fue a buscarme para que saludase a Angélica, y entonces
fue cuando ya comencé a sufrir, pero más de lo que yo había
sufrido nunca. Ella me recibió muy seca, y mi mamá me dijo
que la besara; pero yo no me atreví, sino que me puse a tiritar
de pura impresión. Y ella no me dijo más que:
—¡Hola! Tú también has venido a saludarme. Muy bien
hecho. —Pero del beso, nada. Y mi mamá me preguntaba—:
¿Ni un cariño siquiera, hijito? Y tanto como la quieres... —Y
luego le contó a ella mis nervios y mis cosas, y que si estoy muy
anémico, y que si había tenido un cólico atroz, y qué sé yo; pero
que cómo la querría a ella, a Angélica, cuando hasta en sueños,
muchas veces, le decía frases de cariño. Yo me impresioné
muchísimo cuando mi mamá dijo estas cosas, pero me alegré
también, porque yo quería que Angélica las supiese, a ver si se

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compadecía y me volvía a querer, y además porque no habría


tenido valor para contárselas yo mismo. Pues, ella, apenas si
habló no sé qué de los cólicos. Me entró un desconsuelo tan
grande... Y eso que mi mamá, se lo explicó todo bien claro, y
ella comprendió que no había sido cólico sino la pena de esa
tarde, que bien se lo conocí yo en la cara. Pero ¿me dijo algo
para consolarme, siquiera? Ni una palabra; sino:
—Vaya. Pobre chico, —y mirándose al espejo que hay arriba
del sofá, como si ni oyese o si estuviera pensando en otra cosa.
Y mi mamá seguía explicándole; pero ella no salía de—: ¿Sí?
¿Sí? Pobre, —y sin ganas. ¡Parece mentira! Yo ya no la miraba,
porque no sabía de mi persona, con la tristeza, que me iba
ahogando; y ella tampoco me miraba a mí, estoy seguro, porque
en tal caso habría sentido yo sobre la cara ese calor que siento
siempre cuando alguien me mira y yo no. ¡Ni me miraba
siquiera! ¿Tendrá perdón?
Un momento tuve miedo de que me acusara; pero después
comprendí que no lo haría y que, al contrario, estaba nerviosa
por irse a otro lado y con ganas de acabar pronto, como si
nosotros le estuviésemos dando una lata. Pero mi mamá no se
daba cuenta y seguía, hasta que me volvió a decir:
—Dale un beso, niño. —Yo bajé la vista, muerto de pena y
de vergüenza; y sin embargo, de tonto, esperé a ver si ella me
lo pedía también. Nada; se rió, con una risita de esas para salir
del paso, y se volvió a mirar al espejo, y en seguida llamó a la
Raquelita para que me llevase a tomar helados, y ella se fue con
mi mamá no sé adónde. Entonces ya me dieron ganas de llorar
a gritos. Y es que me pareció que me quedaba muy solo y sentí

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como que se me enfriaba toda la vida para siempre. Así es que,


sin darme cuenta de lo que hacía, me dejé llevar de la mano por
la Raquelita...
En el comedor, me acuerdo que la Raquelita me sirvió una
porción de cosas, pero yo no quise sino limonada. Ah, me
acuerdo también que unos caballeros hablaban mucho y se
balanceaban desde los talones hasta las puntas de los pies,
parados alrededor de un viejo muy feo con lentes amarillos, y
que yo tenía la vista clavada en un gobelino de la pared, donde
unos hombres medio desnudos y muy mal hechos querían cazar
un jabalí muy bravo... Ese jabalí me parece ahora que es la cosa
enorme que sale de los cerros... No, no sé bien... Bueno, en esto,
pasó un bulto por el pasadizo y... me lo avisó el corazón, porque
di un salto en la silla... y lo vi pasar por la otra puerta del
comedor, y era él, Jorge.
Yo no sé qué hice entonces. Lo único que sé es que llegué
solo al salón y que cuando yo entraba, Jorge se iba con Angélica
por la galería. Creí que me iba a caer muerto. Se me aflojaron
las piernas y se me clavó este dolor que todavía tengo en el
cerebro, y me agarré a una cortina y ahí me estuve hasta que me
volvieron un poco las fuerzas, y después me asomé a la galería,
y ahí estaban los dos paseándose de la mano. Me dio una
desesperación, que no podía respirar. Después, me acuerdo que
estaba fijándome en que el tal Jorge sabía hacer muy bien
ademanes con los brazos y que yo pensaba en que no los podría
yo hacer lo mismo porque a un niño no le resultan bonitos con
los brazos tan chicos y el traje de marinero... cuando, de repente,
ella se le pone delante y le empieza a arreglar la corbata, y él le

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toma los brazos, y ella se echa atrás, pero él se agacha y le da


un beso en la cara...
Ahí sí que no pude más. Primero se me dio vueltas toda la
casa y después solté el llanto y salí corriendo, a perderme, y
llegué otra vez al comedor y, sin saber para qué, me metí debajo
de la mesa. Lloraba a gritos, y todos vinieron, y se armó un
alboroto; porque todo el mundo quería saber lo que me pasaba,
y las señoras me preguntaban:
—¿Qué tienes, hijito? —y los hombres:
—¿Qué pasa? —Y mi mamá como una loca. Pero yo
escondía la cabeza entre los brazos y seguía llorando, con ganas
de morirme; y cuando alguien me quería sacar de ahí, yo me
hacía soltar a puntapiés. Hasta que en una de estas, un señor se
agacha y recoge del suelo una copa, y la huele, y se la da a oler
a los demás, y después dice:
—Esta es la madre del cordero. Ha dada cuenta del cacao.
—Y toda la gente suelta la risa. Y unos decían que por lo
dulcecito me había gustado; y otros, que las borracheras
lloradas eran las peores, y que pobre criatura, y que qué
divertido, y la mar de imbecilidades, mientras yo no podía
contener el llanto, que ya era como un ataque y me venía como
hipo que me ahogaba y me hacía doler el corazón. Hasta que
por último mi mamá perdió la paciencia y me dio de pellizcos,
y me sacó y me trajo en un coche. Después... no sé más, sino
que estoy con fiebre y que he pasado toda la noche hablando
esos disparates que cuentan mis hermanos...

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En este punto, el diario se vuelve de pronto inconexo y


contradictorio hasta el grado de hacerse ininteligible en sus
líneas restantes. Ignoro cuántos días después de escrito el
último renglón puso la casualidad en mis manos este cuaderno
doloroso e ingenuo. Sólo puedo decir que fue una tarde en que
la tristeza de mi amigo Carlos Romeral me exigió acompañarlo
a ver al enfermito. Fue acaso la hora más amarga de mi vida.
Los atardeceres son todos melancólicos en los cuartos de los
enfermos; pero mi memoria conserva el de aquella estancia,
como una llaga en carne viva, siempre irritada y sangrante. Una
insufrible congoja me oprime aún al recordar la penumbra en
que todos nos desdibujábamos como espectros, la ventanita en
alto por donde se veía un trozo de cielo azul gris y asomaba de
rato en roto un volantín silencioso, la lívida pincelada del lecho
sobre el cual erguíase borroso el busto del loquito que hablaba
sin cesar, borboteando un monólogo exasperante. Cerca de mí,
la abuela, con el gesto agrio de ciertos seres que gruñen al llorar,
movíase afanosa, poniendo en orden frascos y cajas de
medicinas; Carlos Romeral, hundido en un sillón, mordíase el
bigote, nervioso, desesperado, rebelde;y yo escuchaba el relato

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que la madre me hacía sobre el proceso de la enfermedad de su


hijo.
Hablaba la señora con voz opaca, pero febrilmente.
Obedecía sin duda a ese prurito absurdo, pero tan común en los
contristados, de rememorar con cruel minuciosidad cuantos
fenómenos se sucedieron hasta la crisis final del enfermo a
quien lloran. Aquella mujer había llorado ya mucho. Ahora, un
secreto instinto de distracción, o acaso una vaga esperanza de
amparo, arrastrábala a contar los desgarradores episodios. Yo
atendía, no sé si por educación o porque no hiriese mis oídos el
monólogo terriblemente plácido del loquito. Por momentos,
percibíamos el murmullo de los médicos que en la habitación
contigua deliberaban en junta. Entonces la madre suspendía su
relato, y yo podía leer en su mirada suspensa la blanda y triste
esperanza de los débiles. Pero se apagaba el rumor, y ella
proseguía.
En los comienzos de la enfermedad, tuviera el niño delirios
de terror que concluían en convulsiones; después desapareciera
la fiebre, pero la razón volvía sólo por intermitencias; por
último, el delirio se había hecho tranquilo y constante. De los
terrores por un jabalí cuyos ojos redondos y cuyos bigotes
recortados eran humanos, el tema declinara en disputas
absurdas con unos lentes amarillos y en diálogos con
campanadas que ya pasaban volando, ya flotaban en el aire, ya
caían como goterones en una laguna imaginaria.
—Y hoy, —concluyó la madre—, su tema único es el de las
campanas. Jamás nombra personas, ni a mí. Tampoco sufre,

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como usted ve; por el contrario, parece deleitarse con su delirio.


Es horrible; ese contento inmutable es espantoso.
Y calló, ahogada por las lágrimas.
Hubo un silencio, pesado, fúnebre. De pronto recomenzó el
monólogo del loquito. Aquella vocecita tristemente encantada
interrogaba a las imaginarias campanas el significado de sus
sones. Un momento, su mirada se encontró con la mía, y el
fulgor metálico de aquellos ojos perturbados me apuñaleó las
entrañas como una daga fría. Hice un esfuerzo y le sonreí. Me
respondió él con la carcajada triturante de los locos y, convulso
de risa, se tendió en la cama, hundiendo la cara entre las ropas,
Y fue entonces cuando el cuaderno, que tal vez estuvo bajo
la almohada, cayó cerca de nosotros. Maquinalmente, me
apresuré arecogerlo. Alcancé a leer en la cubierta: Historia y
Geografía, [Link] año. Pero como en ese instante volvían los
médicos, me distraje y lo conservé entre las manos. Sin
sospechar siquiera el secreto que el cuaderno contenía, mis
dedos lo enrollaban, mientras mi atención deteníase embobada
en la suficiencia facultativa que discurría sobre «los perniciosos
efectos del alcohol en el cerebro infantil».
Comprendí en aquel discurso docto, el exordio de un
desahucio próximo.
Minutos después, atravesaba yo la Alameda, camino de mi
casa, y de pronto me di cuenta de que llevaba el cuaderno. Por
un movimiento automático, lo abrí...
Cuando terminé de leerlo, las campanas de San Francisco
iniciaban su tañer vespertino, lento, grave, trágico, y yo, medio
contagiado ya de aquel tema de locura, sentí que las

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campanadas se desplomaban una a una, como enormes lágrimas


de pesadilla, sobre mi corazón.
FIN

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