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Muerte y Fortuna - Margaret Owen

Este documento presenta la introducción de una nueva novela de fantasía. Se describe a la protagonista Vanja, una niña adoptada por las diosas Muerte y Fortuna. Actualmente Vanja vive usurpando la identidad de la princesa Gisele para escapar de su pasado y lograr la libertad. Sin embargo, se enfrenta a nuevos desafíos como una semidiosa salvaje, un prometido siniestro y un detective que la siguen de cerca. La historia se basa en un retelling del cuento La pastora de ocas.
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Muerte y Fortuna - Margaret Owen

Este documento presenta la introducción de una nueva novela de fantasía. Se describe a la protagonista Vanja, una niña adoptada por las diosas Muerte y Fortuna. Actualmente Vanja vive usurpando la identidad de la princesa Gisele para escapar de su pasado y lograr la libertad. Sin embargo, se enfrenta a nuevos desafíos como una semidiosa salvaje, un prometido siniestro y un detective que la siguen de cerca. La historia se basa en un retelling del cuento La pastora de ocas.
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Llega una nueva novela de fantasía destinada a convertirse en un clásico

contemporáneo del género. Vidas robadas. Verdades oscuras.


Protagonistas dispuestas a darlo todo.
«Me veo como soy: una chica asustada, sola en un mundo cruel, abandonada
por familia y amigos; una chica que preferiría convertirse en una piedra
manchada de sangre antes que permitir que alguien se acercara lo suficiente
para dejarme más cicatrices. Una chica que preferiría morir antes que servir
a otra persona. Incluso a mí misma. Y eso me está matando».
Érase una vez, una niña horrible…
Vanja Schmidt sabe que nada es gratuito, ni siquiera el amor de una madre, y
ella ha contraído una deuda infernal. Como ahijada adoptada de Muerte y
Fortuna, Vanja fue la entregada sirvienta de la Princesa Gisele hasta hace un
año. Pero entonces sus madres celestiales le exigieron el precio por sus
cuidados y Vanja decidió recuperar su futuro… usurpando la vida de Gisele.
Con la ayuda de un collar de perlas encantado, Vanja se transformó en su
antigua señora y ocupó su lugar, dejando a la auténtica Gisele arruinada y en
la sombra. Ahora lleva una doble vida, solitaria pero lucrativa, como princesa
y ladrona de joyas, encandilando a la nobleza para luego vaciar sus arcas con
el objetivo de financiar su gran huida. Pero cuando está a un solo robo de
conseguir la libertad, Vanja contraria a la diosa equivocada… y es condenada
a un terrible final: se convertirá en joyas, piedra a piedra, como castigo por su
avaricia.
Con una semidiosa salvaje como guardiana, el siniestro prometido de Gisele y
un detective novato y entusiasta pisándole los talones, Vanja solo dispondrá
de dos semanas para realizar su mayor estafa si no quiere arriesgarse a perder
algo más que su libertad: su propia vida.
En este retelling irreverente y maravilloso de La pastora de ocas,
Margaret Owen crea un cuento cautivador sobre vidas robadas, verdades
peliagudas y las chicas malas que acaban envueltas en ellas.

Página 2
Margaret Owen

Muerte y fortuna
Crónicas de la ladrona del penique rojo - 1

ePub r1.0
Titivillus 31.07.2022

Página 3
Título original: Little Thieves
Margaret Owen, 2021
Traducción: Carla Bataller Estruch

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Índice de contenido
Cubierta
Muerte y fortuna
Nota de la autora
Primera parte
1. Cuento: Las Madrinas
Érase…
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
2. Cuento: El penique blanco y el penique rojo
Érase…
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Segunda parte
3. Cuento: Un anillo de rubíes
Érase…
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
4. Cuento: El lobo y su esposa
Érase…
Capítulo 22
Tercera parte
5. Cuento: La doncella leal
Érase…

Página 5
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
6. Cuento: Las tres doncellas
Érase…
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
7. Cuento: La ladrona pequeña
Érase…
Glosario
Agradecimientos
Sobre la autora

Página 6
Para todas las chicas gremlin:
me gustaría deciros algo inspirador,
pero lo cierto es que,
cuando la vida nos cierra una puerta,
no siempre abre una ventana.
La buena noticia es:
para eso están los ladrillos.

Página 7
Página 8
Nota de la autora

Esta es una historia sobre muchas cosas, hermosas y feas, dolorosas y ciertas.
Se habla de maltrato y abandono infantil, se exploran entornos abusivos y el
trauma de un intento de violación en el pasado. Para muchas de nosotras estas
son heridas, y he intentado darles espacio sin romper las suturas que con tanto
esfuerzo hemos conseguido. Aun así, confío en que conozcas tus cicatrices.

Página 9
El ladrón pequeño roba oro,
pero el grande roba reinos,
y solo uno acaba en el patíbulo.

—Proverbio almánico.

Página 10
PRIMERA PARTE

LA MALDICIÓN DEL ORO

Página 11
EL PRIMER CUENTO

LAS MADRINAS

Página 12
Página 13
Érase una vez, en la noche más fría del invierno, en el corazón más oscuro
del bosque, cuando Muerte y Fortuna llegaron a una encrucijada.
Se alzaban altas e inconmensurables en la nieve lisa como el cristal:
Muerte en su mortaja hecha con sombras y el humo de las piras funerarias y
Fortuna en su vestido de oro y huesos. Mucho más no se puede decir, pues
dos almas no ven a Muerte y Fortuna de la misma forma; aun así, todos las
reconocemos cuando nos las encontramos.
Esa noche, una mujer había ido justo a hacer eso: encontrarlas. Sus rizos
de un naranja zanahoria opaco se enredaban bajo un gorro de lana; su rostro,
quemado por el viento, estaba tan ajado como el abrigo raído sobre sus
hombros. En una mano aferraba un farol mortecino de hierro, que daba la
suficiente luz como para captar los copos de nieve revoloteando como
luciérnagas antes de fundirse de nuevo en la oscuridad.
La otra mano se cerraba alrededor del mitón raído de una niñita que iba a
su lado.
—Por favor —dijo la mujer, temblando en la nieve que le llegaba hasta
las espinillas—. Ya nos cuesta dar de comer a doce bocas y esta… da mala
suerte. Vaya donde fuere, la leche se agria, la lana se enreda, el grano se
derrama. Todo lo que toca se estropea.
La niña no dijo nada.
—Solo tiene… —Fortuna ladeó la cabeza y la guirnalda de monedas
sobre su frente resplandeció y cambió, pasando de cobre a carbón, de plata a
oro—. ¿Tres años? ¿Diez? Disculpa, nunca acierto con los humanos.
—Cuatro años —dijo Muerte, con su voz dulce y sombría, pues Muerte
siempre acierta.
Fortuna arrugó la nariz.
—Joven. La edad ideal para derramar grano y romper cosas.
—Es la decimotercera —insistió la mujer, alzando más el farol, como si
pudiera encauzar su argumento como una vaca cabezota. La luz débil de la
llama relució en la guirnalda de monedas de Fortuna, en el dobladillo ralo de
la capucha de Muerte—. Como yo. Eso la convierte en la decimotercera hija
de una decimotercera hija. Su suerte está podrida hasta la médula.
—Les dijiste a tus otros hijos que la llevabas al bosque a buscar su
fortuna. —La diosa menor extrajo una moneda de su guirnalda y la dejó bailar
entre sus dedos, con destellos cobrizos y plateados, dorados y negros.

Página 14
—Y lo cierto es que me buscabas a mí —concluyó Muerte con su voz de
terciopelo negro; el semblante de la mujer se encogió de vergüenza—. Pero
nos has encontrado a las dos. Has llegado lejos, a través de la oscuridad y de
la escarcha, para pedirnos un favor.
—Quieres pedirle una bendición a la Dama de la Suerte. Es arriesgado.
No sabes qué te tocará. —El rostro de Fortuna variaba entre la crueldad y la
compasión mientras la moneda se deslizaba entre sus dedos rápidos, con
destellos diurnos y nocturnos, rojos y blancos.
Muerte, por otra parte, no se movió.
—Conoces mis regalos y sabes que arrebato mucho y doy poco. Pero esto
te diré: solo una de vosotras regresará a casa.
La mujer inhaló con fuerza.
Fortuna sonrió y la moneda brilló como el sol y la nieve, como la sombra
y la sangre.
—Buscaste a Muerte en el bosque. ¿Creías que el camino de vuelta sería
sencillo?
La mujer no dijo nada. La llama del farol disminuyó.
—Pide —ordenó Muerte—. ¿Qué quieres de nosotras?
El farol temblaba en la mano de la mujer; el frío y los callos le agrietaban
los nudillos.
—Quiero lo mejor… para todo el mundo.
—Elige —ordenó de nuevo Muerte—. ¿Cuál regresará a casa?
La mujer soltó la mano de su hija.
Fortuna le alzó la barbilla a la niña. Encontró dos ojos del negro más
profundo en un rostro pálido cubierto de pecas y dos trenzas del color de la
llama del farol atadas con trozos de tela.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Muerte justo cuando la mujer se daba la
vuelta y huía de la encrucijada, llevándose con ella la última migaja de luz.
—Vanja. —Eso fue lo primero que les dije a mis madrinas—. Me llamo
Vanja.

Página 15
CAPÍTULO 1

Juegos de cartas

Han pasado casi trece años desde que Muerte y Fortuna me reclamaron para
sí y he atravesado tantos inviernos y tanto frío que prácticamente nadie me
llama Vanja ya.
Pum, pum. Unos nudillos enguantados golpean dos veces el techo del
carruaje. La voz amortiguada del conductor llega hasta dentro.
—Casi hemos llegado, prinzessin.
No respondo. No es necesario; hace mucho tiempo descubrí que las
princesas no les deben una respuesta a sus sirvientes.
Y, durante casi un año, ese es el rostro que he llevado: el de una princesa.
O para ser más exacta: el rostro de Gisele-Berthilde Ludwila von Falbirg
del principado de Sovabin, prinzessin-wahl del Sacro Imperio de Almandy.
Futura markgräfin Gisele ya-lo-has-pillado von Reigenbach del territorio más
grande del imperio, la marca de Bóern, en cuanto su margrave encuentre
tiempo para celebrar una boda.
O no, si puedo evitarlo.
(Ya llegaremos a eso).
Miro con los ojos entornados por la ventana ribeteada de oro del carruaje
para estudiar los bloques de madera y yeso de la mansión Eisendorf mientras
los caballos se acercan. Unas sombras se mueven detrás de las ventanas de la
planta baja, convirtiéndolas en ojos rosados y parpadeantes en la penumbra
helada del crepúsculo. Ya parece lleno, incluso para una fiesta en un domingo
por la noche. Bien: una princesa debería ser la última invitada de los Von
Eisendorf en llegar. Hubo un motivo por el que me entretuve en mi
dormitorio del castillo Reigenbach: para asegurarme de que nos
encontráramos con el máximo tráfico en Minkja cuando partimos hace una
hora.
Pero tengo más de un motivo para examinar el entorno de la mansión,
aparte de para que la prinzessin llegue, como dicta la moda, tarde. Hay menos

Página 16
ventanas iluminadas en la tercera planta, aunque detecto dos a cada lado de la
puerta doble donde el dormitorio principal da paso a un gran balcón.
La verdadera cuestión de esta noche es si ese es el único balcón.
No lo es. Hay otros más pequeños a cada lado. Las velas solo iluminan
uno de los balconcitos en una habitación adjunta que parece compartir la
enorme chimenea con el dormitorio principal.
La chimenea, en este momento, desprende humo hacia el cielo del
anochecer. Cabría preguntarse por qué los Von Eisendorf mantienen un fuego
encendido en su dormitorio cuando estarán ocupados toda la noche
entreteniendo a los invitados en la planta de abajo.
Me apuesto tres sólidos gilden a que están calentando la habitación de al
lado por si yo… Bueno, por si la prinzessin necesita un descanso. No pueden
desaprovechar la oportunidad de hacerle la pelota a la futura esposa del
margrave.
Cabría preguntarse también por qué me importan las chimeneas, los
balcones y los lameculos. Pues porque, esta noche, los Von Eisendorf me van
a ofrecer un tipo de oportunidad muy diferente.
Y odiaría desaprovechar cualquiera de esas oportunidades.
El leve reflejo de mi sonrisa atraviesa el cristal. Un momento más tarde,
desaparece cuando mi aliento lo empaña en el frío de finales de noviembre.
Debería ir sobre seguro, recostarme en el asiento, ponerme de nuevo la
fachada serena y elegante de la prinzessin.
Y, sin embargo, evalúo la distancia que queda entre el carruaje y el primer
guardia con el que nos encontraremos y dibujo rápidamente un par de curvas
sencillas y distintivas en el cristal empañado. Luego me siento y reduzco mi
sonrisa hasta convertirla en un gesto plácido.
Cuando alcanzamos al primer guardia, lo veo mirarnos con sorpresa. Le
propina un codazo al guardia que tiene al lado y señala la ventanilla del
carruaje. Estoy bastante segura de oír: «¡Es un culo!».
—Y nadie te creerá —digo para mis adentros mientras el cristal se
desempaña.
Los pasos cargados de cascabeles de los caballos se detienen cuando
aparcamos en paralelo con la robusta puerta de roble. Echo un vistazo rápido
debajo del asiento de enfrente para comprobar que mi zurrón, un sencillo
neceser, sigue ahí. Y, por ahora, ahí se quedará.
Luego cierro los ojos, balanceándome con el carruaje mientras el lacayo
salta, y pienso en tres naipes que bailan bocabajo sobre una mesa. Es hora de
empezar mi juego más antiguo, Encuentra a la Dama.

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Hay muchos trucos para controlar el juego, pero el más irrefutable es este:
solo una persona debería saber dónde está la dama en todo momento. Esa
persona soy yo.
Acaricio con la punta de los dedos el collar de perlas pesadas y perfectas
que cuelga alrededor de mi cuello. Es una costumbre más que nada; sabría si
se han desabrochado. Lo sabría.
La puerta del carruaje se abre. En mi mente, le doy la vuelta a la primera
carta.
La prinzessin. Ojos plateados, rizos de un dorado pálido, perlas
inmaculadas bajo un brocado de terciopelo azul glacial y borgoña, una sonrisa
gentil con una pizca de misterio. Incluso el nombre de Gisele es fascinante,
pues evita el fuerte almánico a favor de la pronunciación de Bourgienne, con
sus vocales melosas y la suave ge. Es el tipo de artificio pretencioso que le
gustaba hacer a la dama Von Falbirg, a sabiendas de que la gente como los
Von Eisendorf se lo tragarían.
Mirad, así empieza el juego. Primer paso: enseñarles la carta que están
buscando.
La prinzessin desciende del carruaje como un espejismo. Ezbeta y Gustav
von Eisendorf revolotean por el vestíbulo; sus rostros se iluminan cuando al
fin me ven deslizarme hacia la puerta abierta. No se trata de llegar solo según
mi propio horario. Se trata de asegurarse de que los otros invitados vean a
Ezbeta y a Gustav esperándome.
Solo yo veo el signo certero de que hoy todo saldrá a pedir de boca, pues
cuando Fortuna es tu madrina, siempre ves su intervención celestial. Unas
tenues nubes oscuras, como polvo de carbón, se cristalizan alrededor de los
Von Eisendorf mientras revolotean por el vestíbulo. Es un augurio de la mala
suerte que estoy a punto de traer a su hogar.
El conde y la condesa Von Eisendorf celebran esta noche su vigésimo
aniversario. Bueno, lo conmemoran, por lo menos. «Celebrar» quizá sea una
palabra demasiado fuerte. Lo único que digo es que hay una razón por la que
la komtessin Ezbeta ya esté con las mejillas sonrojadas y esconda una copa
detrás de una urna en el aparador del vestíbulo.
Hay algo en ella que siempre me recuerda a una cigüeña, aunque nunca
acierto el qué. Tiene la piel pálida como mucha gente en el Sacro Imperio, el
pelo castaño habitual y rasgos angulosos… Ajá. Eso es. Ezbeta tiene la
costumbre de señalar con la barbilla y, con ese cuello tan largo y la tendencia
a ladear la cabeza, da la impresión de que está examinando la zona para ver si
puede pescar una rana.

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Va vestida para impresionar, al menos: las muñecas y la garganta le
brillan con una pequeña fortuna de oro y esmeraldas. Estoy casi segura de que
son las joyas más caras que tiene. Me pican los dedos: quizá sea otra
oportunidad.
—Ah, markgräfin Gisele, ¡qué alegría que hayas venido! —Su voz
resuena como una trompeta y oigo cómo un silencio fugaz de expectación
atraviesa la multitud en el interior mientras la condesa mueve su vestido de
brocado verde bosque en una reverencia.
—Sois muy amables por invitarme —respondo, alargando una mano hacia
Gustav.
El conde aplasta los labios en mis nudillos enguantados con piel de ante.
—Estamos encantados.
Komte Gustav es un espectro marchito que va ataviado con una túnica lo
bastante cara como para alimentar al pueblo de Eisendorf durante el
Winterfast y, aun así, por increíble que parezca, ese atuendo no hace nada
para socorrer el charco de pis que es su personalidad. Ni para quitarme las
manchas húmedas que me ha dejado en el guante.
Libero la mano y, con un dedo juguetón, le doy unos golpecitos a Ezbeta
en la punta de la nariz.
—Aún no soy la markgräfin y lo sabes. No hasta que mi querido
Adalbrecht regrese y me convierta en la mujer más feliz del Sacro Imperio.
Mi querido prometido, Adalbrecht von Reigenbach, margrave de la marca
en expansión de Bóern, se ha pasado la totalidad de nuestro compromiso de
un año en su porción de las fronteras meridional y oriental del Sacro Imperio
de Almandy. Está instigando escaramuzas como un noble normal y corriente
en plan «vamos a invadir un reino porque papá no me quería», mientras yo
espero en su castillo. Y, por mí, que se quede allí.
—Bueno, eres muy generosa —dice la komtessin Ezbeta con una sonrisa
afectada. Un sirviente se lleva mi abrigo y mis guantes—. ¡Los cojines que
nos mandaste son divinos!
—No podía dejar pasar la ocasión sin enviaros regalos. Me alegro de que
hayan llegado bien. —Esto ni siquiera es una mentira: me alegro, de verdad.
Pero no por el motivo que ellos esperan—. ¿Os gustó también el hidromiel
especiado?
Gustav se aclara la garganta.
—Así es —dice con cierta tensión—. Quería servirlo esta noche, pero mi
esposa… Bueno, le ha gustado mucho, la verdad.

Página 19
—No puedo evitar que la princesa Gisele tenga un gusto impecable. —
Ezbeta me guiña un ojo. Santos y mártires, si está tan borracha como para ir
guiñándome ojos, bien podría entregarme el ridículo collar ella misma antes
de que acabe la fiesta—. ¡Venga, venga! ¡Te está esperando todo el mundo!
Dejo que me conduzca hasta el salón principal de la mansión, a rebosar de
la baja nobleza. Gran parte de la multitud son caballeros y aristócratas
terratenientes que sirven a los condes, pero los Von Eisendorf también han
conseguido traer a un puñado de los vasallos de Adalbrecht que los igualan en
rango. Veo al komte Erhard von Kirchstadtler y a su marido, a lady Anna von
Morz en una atrocidad brocada de color ciruela que solo con mucha
generosidad se podría llamar «vestido». Hasta la ministra Philippa Holbein ha
viajado a Bóern desde el cercano estado imperial libre de Okzberg.
Busco un rostro en concreto y, por suerte, descubro que no está. La
madrina Fortuna habrá inclinado las probabilidades a mi favor o quizás
Irmgard von Hirsching se crea demasiado importante para emborracharse con
los Von Eisendorf. En cualquier caso, un problema menos.
—Espero que los guardias no te hayan molestado demasiado, prinzessin
—grazna lady Von Morz, acercándose con una copa de glohwein en cada
mano. Intenta darme una y falla, hasta que la estabilizo—. En serio, Gustav,
ni el margrave pone tantos soldados en la puerta principal.
Gustav suelta un resuello de disgusto.
—No se puede ser demasiado cauto en estos días. Dicen que los Von
Holtzburg perdieron casi cincuenta gilden por el Fantasma del Penique.
Todos ahogamos un grito. No es una suma insignificante; un comerciante
hábil tendría suerte de amasar cincuenta gilden en una temporada.
—No sabía que el Pfennigeist les había robado también —digo, ojiplática.
Ezbeta asiente, acercándose a mí.
—Ah, pues sí. Robó la mansión Holtzburg en enero, pero no supieron lo
que significaba el penique rojo hasta que la viuda Von Folkenstein dijo que
había encontrado uno igual después de su robo. Creemos que los Von
Holtzburg fueron las primeras víctimas.
—Qué espanto —murmuro—. ¿Y el alguacil nunca encontró nada?
—No. Jura que solo un fantasma o un grimling podría haber entrado sin
dejar rastro. —En el rostro de la condesa, la lástima salpicada de regocijo se
cuaja en un consuelo meloso—. Pero no temas, princesa Gisele. Hemos
tomado precauciones, justo como te prometimos. El Pfennigeist no podrá
robarte ni siquiera un botón del vestido.

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Lady von Morz resopla en su glohwein. Nadie ha atrapado al Fantasma del
Penique. Nadie ha visto al Fantasma del Penique. Ni siquiera mi prometido
pudo impedir que ese diablo entrara en el castillo Reigenbach, donde la
doncella Marthe encontró mi joyero vacío con un único penique rojo a modo
de tarjeta de visita.
Y si puede atravesar hasta los muros del margrave, ¿qué posibilidades
tienen los Von Eisendorf contra esa criatura?
Doy unas vueltas entre la multitud, dando la mano y admirando vestidos.
Vacío con discreción mi copa en un jarrón cuando nadie me mira, aunque me
aseguro de que todo el mundo me vea llamando a los sirvientes para que me
la rellenen muchas, muchísimas veces. Komte von Kirchstadtler quiere saber
cuándo será la boda (no hasta que Adalbrecht regrese), la recién casada
Sieglinde von Folkenstein parlotea sobre lo mal que se encuentra por las
mañanas (tomo nota de encargar un sonajero) y la ministra Philippa Holbein
ofrece sus disculpas por la ausencia de su marido.
—Kalsang se retrasó con el papeleo durante el Sabbat —dice con un
suspiro mientras, con aire ausente, juguetea con las borlas de un par de
cordones blancos de seda enroscados entre sí que la mujer lleva sobre los
hombros. Los feligreses de la Casa de los Supremos solo se ponen los
cordones para las oraciones del Sabbat, pero los funcionarios públicos suelen
lucirlos día y noche.
Sospecho que es por el mismo motivo por el que su marido, un
comerciante de té gharés afable que es más feliz en casa con sus dos perros de
raza apso, ha evitado esta fiesta. Lidiar con una panda de aristócratas
almánicos con la cara roja que compiten para ver quién es el más engreído
haría que cualquiera rezara para una intervención divina.
Su ausencia me viene de perlas. Kalsang y Philippa me caen bien. Sé
exactamente lo que va a pasar en la mansión Eisendorf y preferiría
involucrarlos lo menos posible.
Dedico el resto de la hora a charlar sobre nimiedades y a fingir que bebo
glohwein como si curase el acné (aunque la princesa Gisele no tiene ni una
imperfección en la piel; las perlas se encargan de ello). Mientras tanto, vigilo
a la komtessin Ezbeta.
Detecto una oportunidad al fin y avanzo hacia la puerta del salón.
—¡Nooo, Gisele! —Una mano se agarra a mi manga bordada: Ezbeta ha
mordido el anzuelo. A estas alturas, ya ha tomado al menos un vaso de
glohwein por cada esmeralda reluciente de su pesado collar. Eso serán unas

Página 21
siete copas más de las que he tomado yo y, a juzgar por su cara reluciente,
unas cinco de más.
Y por eso he esperado hasta ahora para dirigirme a la salida, cuando sabía
que montaría una escena, borracha.
Ezbeta, cómo no, me complace:
—¡No puedes dejarnos tan temprano! ¡Hemos preparado una cena de
cinco platos solo para ti!
Cualquiera se preguntará por qué estoy a punto de traerles mala suerte a
estos anfitriones tan amables. ¿Por qué esta noche, en su aniversario? ¿Por
qué ellos, cuando solo han querido complacerme?
Y la verdad que importa es esta: si me vieran sin las perlas y sin la cara de
la prinzessin, si supieran remotamente quién soy, les daría igual que me
quedase a la cena o que cenase en el comedero de los cerdos.
Por eso.
Le hipo en la cara y luego me echo a reír. Mi falda vaporosa susurra
cuando me bamboleo en mi sitio como un barco en un puerto difícil.
—¡Pues claro que no me voy, tontuela! Lo que quería era… era… —
Pierdo el hilo de la frase y me enrosco un rizo pálido en un dedo. La copa de
glohwein da un bandazo en mi otra mano y unas gotas aterrizan en el corpiño.
No las bastantes para estropearlo, claro, sino solo para que crean que estoy al
menos tan borracha como la buena de la komtessin Ezbeta.
Y, en efecto, lady von Morz me mira divertida y le susurra algo al komte
von Kirchstadtler.
—¿Qué estaba diciendo? —pregunto, examinando distraída la habitación.
—Quizá deberías tumbarte un momento —dice la komtessin Ezbeta—,
para recuperar tus facultades antes de la cena. Tengo un diván maravilloso en
el salón de invitados. ¡HANS!
Media sala se sobresalta y nos observa. Ezbeta está tan borracha que no se
da cuenta. Aprovecho para darme unas palmaditas en las mejillas como si me
maravillara de lo cálidas que están. En realidad, hay una capa de colorete
debajo del polvo de talco y, cuando me lo quito con esos golpecitos, las
mejillas se me enrojecen como las de Ezbeta. Mientras todas las miradas
siguen fijas en nosotras, profiero otra ronda de risas descuidadas por si acaso.
Necesito que todos los invitados presencien este desastre y crean que es
prudente exiliar a Gisele von Falbirg de la fiesta. Quitar del medio a la
prinzessin. Necesito veinte minutos a solas y, como Gisele no puede
marcharse de la fiesta sin que nadie se dé cuenta, se irá por una buena razón.

Página 22
— ¡HANS! —brama de nuevo Ezbeta. Un hombre atribulado vestido con
el uniforme de los criados ya está junto a su codo y hace una mueca cuando
su nombre suena como una corneta.
—¿Qué desea la señora? —pregunta con una reverencia.
—Escolta a la mar… —Una mirada de desconcierto enturbia el rostro de
la condesa cuando intenta recordar la forma más adecuada de dirigirse a mí.
De hecho, casi puedo ver cómo hace los cálculos. Demasiado pronto para
markgräfin, oficialmente no soy princesa electora; podríamos decir que estoy
entre un título y el otro. Por ahora, Ezbeta va a lo seguro—: Escolta a la
princesa al salón de invitados.
Me sostengo del brazo de Hans y trastabillo hasta la puerta, ocultando mi
sonrisa. Ezbeta von Eisendorf ha malentendido muchas cosas esta noche: no
estoy borracha, no necesito tumbarme.
No soy Gisele-Berthilde Ludwila von Falbirg.
Pero la condesa ha acertado en una cosa: hasta donde todo el mundo sabe,
sigo siendo Gisele, no una campesina impostora de origen humilde. Y eso
significa que, por ahora, me llaman prinzessin.
Como toque final, dejo la copa de glohwein en una mesa junto a la puerta,
posada precariamente en el borde. Un momento más tarde, un estruendo me
indica que se ha caído al suelo.
Ahora todo el mundo jurará ante los dioses supremos y los menores que,
esta noche, Gisele von Falbirg se ha emborrachado en extremo y es incapaz
de cometer la maldad que va a ocurrir.
El pobre Hans soporta una caminata entre bamboleos por los pasillos
sombríos de la planta superior de la mansión Eisendorf mientras alabo a sus
señores. La mirada amargada de su rostro me dice que esas alabanzas carecen
de fundamento. No puedo decir que me sorprenda.
—Marthe —digo, arrastrando las palabras cuando Hans abre la puerta del
salón de invitados. Una doncella aviva el fuego, pero desaparece cuando el
criado me acerca al diván del que tanto ha alardeado Ezbeta. Es precioso,
acolchado, de un terciopelo verde primavera calentado por el fuego.
Y, lo que es mejor, lo han adornado con los cojines de borlas doradas que
les envié como regalo de aniversario. Justo como esperaba.
Me dejo caer sin gracia en el diván y agito un brazo hacia Hans.
—Mi doncella, Marthe, ve a buscarla. Estará en la cocina. O en la capilla,
con lo pía que es. Lleva una… —Hago un gesto vago hacia mi coronilla
mientras miro con ojos vidriosos el techo—. Una cofia. De azul Reigenbach.
La necesito de inmediato.

Página 23
—Ahora mismo, prinzessin.
Hans hace una reverencia y se excusa; luego cierra la puerta detrás de él.
Me quedo en mi sitio, conteniendo la respiración, hasta que los golpes
concisos de sus pisadas desaparecen por el pasillo.
Luego ruedo del diván y me siento en el suelo. Me levanto la falda para
liberar un puñal pequeño que llevo en una de mis elegantes botas de cuero.
Para esta primera parte, dispongo de al menos cinco minutos, diez como
mucho. La última vez que invité a los Von Eisendorf, Gustav no dejó de
hablar sobre su nueva capilla, así que sé que está en el otro extremo de la
mansión con respecto a la cocina. Hans, por desgracia, no encontrará a
Marthe en ninguno de los dos sitios. Y eso significa que dispongo de, al
menos, cinco minutos antes de que vuelva disculpándose.
Tomo uno de los cojines que envié y lo rajo con cuidado. El relleno de
algodón sale del corte. Cuando meto la mano dentro, encuentro una bolsa
pequeña de tela atada con un cordón, una faja negra y dos fundas idénticas a
la que acabo de cortar, borlas de seda incluidas.
Destripo el otro cojín igual de rápido. Este contiene una combinación de
lino y un vestido sencillo de lana azul metálico de sirvienta, que metí antes de
regalar los cojines a los Von Eisendorf. Dentro de una manga hay un pañuelo
gris oscuro. Escondido en la otra hay un gorrito humilde con el distintivo azul
de los Reigenbach.
Cinco minutos más tarde, las nuevas fundas de los cojines están rellenas
con mis enaguas, la camisa y, doblado con mano experta, el vestido; también
con la mayor parte de mis joyas y una cantidad respetable de las joyas de
otras personas. El fino brazalete dorado de Anna von Morz, pillado cuando
me pasó el glohwein. El pendiente de la ministra Holbein, para evitar que
sospechen de ella. Anillos y fruslerías recogidas de la multitud, las suficientes
para hacerles saber que el ladrón pasó entre ellos.
Cabe la posibilidad de que culpen a los sirvientes de la mansión
Eisendorf. Ya ha ocurrido antes. El alguacil entra, los pone en fila, examina
sus jergones y da la vuelta a sus bolsillos. Pero a las baldosas solo cae alguna
baratija, así que salen más o menos ilesos.
Y yo sé de buena mano que eso es muy, pero muy diferente de lo peor que
le pueden hacer a un sirviente.
Echo las fundas destrozadas en el fuego, donde prenden casi enseguida y
desprenden un olor a pelo quemado por la seda. Intento no respirarlo mientras
me trenzo el cabello y lo remeto bajo la cofia azul Reigenbach. Una de las

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fundas también tiene los restos de mis polvos faciales, porque ninguna criada
llevaría algo así… y mi tiempo como la prinzessin se acaba.
El toque final, sin embargo, exige un espejo; no porque necesite ver lo que
hago, sino porque tengo que asegurarme de que funciona. Por suerte, lo que
más le gusta a Gustav von Eisendorf es presumir, y su salón de invitados está
bien abastecido de espejos de cuerpo entero bastante caros.
Me planto frente a uno y examino mi reflejo: del cuello hacia abajo, soy
una criada vestida con el discreto uniforme de los Reigenbach; lo lleno muy
bien con unas curvas que algunos llamarían «ambiciosas» en una joven de
casi diecisiete años. De la barbilla para arriba, unos cuantos mechones de
rubio platino se escapan de la cofia azul y unos ojos plateados me miran
parpadeando desde un rostro en forma de corazón. Incluso sin polvos ni
colorete, unas rosas gemelas florecen en mis suaves mejillas de marfil y los
labios respingones se colorean con un rubor rosa natural.
El cabello como los rayos de sol, los ojos como la luz de la luna: ambos
son esenciales para la imagen de la chica que la marca de Bóern conoce como
Gisele von Falbirg.
Y lo mismo ocurre con el distintivo collar de perlas exactamente iguales.
Estiro la mano hacia atrás y lo desabrocho. El efecto es inmediato.
Mi rostro se alarga, se adelgaza, se cubre de pecas; mis ojos se oscurecen
hasta volverse negros; los pocos mechones de pelo pasan a ser de un naranja
óxido. El uniforme me queda un poco más suelto, aunque he ganado peso por
este año en el que por fin he comido hasta hartarme y me queda un poco más
largo, porque comiendo no se reemplazan los centímetros que perdí por los
años que pasé hambre en el castillo Falbirg.
Soy sencilla. Olvidable. Soy lo que fui durante diez años: la criada
perfecta de Gisele.
Me meto las perlas en un bolsillo y lo cierro bien. No pienso arriesgarme a
dejarlas escondidas en un cojín. No cuando estoy tan cerca de librarme de
ellas y de Gisele para el resto de mi vida.
Justo a tiempo, los pasos de Hans resuenan por el pasillo. Encorvo los
hombros, bajo la cabeza y me escurro por la puerta, luciendo una mirada
irritada y preocupada.
En mi mente, le doy la vuelta a la segunda carta: Marthe, la doncella.
—Con que aquí estás —dice Hans—. Marthe, ja?
Doy un salto como si me hubiera asustado y luego cierro la puerta del
salón y hago una reverencia. Mi voz adquiere una aspereza aguda y
susurrante.

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—Discúlpeme, pero al parecer mi señora envió a unas cuantas personas a
buscarme. Me temo que ha sufrido… —veo que el olor a seda quemada
alcanza a Hans— un accidente. —Acabo la frase con el suficiente malhumor
como para sugerir que es algo habitual. El semblante de Hans se suaviza con
compañerismo—. No puedo dejarla, pero necesito el zurrón del carruaje.
Hans suspira y baja la voz.
—Vale, iré a por él. Y si la malcriada Von Falbirg tiene más accidentes,
intenta que sean baratos.
Hago otra reverencia.
—Muchas gracias. —En cuanto empieza a alejarse por el pasillo, regreso
al salón y, con la voz de borracha de Gisele, grito—: ¡Marthe! ¿Por qué, en el
nombre del Sacro Imperio de Almandy, estás tardando tanto?
No cabe duda de que lo digo lo bastante fuerte para que Hans lo oiga. Si
es un hombre obediente, se apresurará a ir a la cochera, que está incluso más
lejos que la nueva capilla.
Pero si Hans es un criado tan rencoroso como lo fui yo en el castillo
Falbirg, se tomará su tiempo.
Diez minutos por lo menos. Quince a lo sumo.
Marthe la doncella y Gisele la princesa se alejan bailando en el tablón de
mi mente, rodeando la tercera y última carta que me queda por desvelar.
Así es como se gana el juego, ¿sabes? Muéstrales lo que quieran ver, que
piensen que pueden ganar, déjales seguir las cartas. Que mantengan los ojos
fijos donde tú quieras.
Y jamás de los jamases pierdas de vista el auténtico objetivo.
Me cambio la cofia por el pañuelo gris para cubrirme la trenza pelirroja
que destaca de una forma muy poco oportuna. Luego recojo la bolsa de tela
atada y la meto doblada en otro bolsillo; busco en una esquina un peso
familiar: un penique rojo.
Está ahí. Y ha llegado el momento.
Doy la vuelta a la última carta. Es una sombra cambiante, un borrón en la
oscuridad, un espectro sin rostro. Podría ser un fantasma. Podría ser cualquier
cosa.
Al fin y al cabo… nadie ha visto nunca al Pfennigeist.
Érase una vez, había una chica tan astuta como un zorro en invierno, tan
hambrienta como un lobo en la primera helada y tan fría como el viento
gélido que los mantiene enfrentados.
Su nombre no era Gisele ni Martha, ni siquiera Pfennigeist. Mi nombre
era, es, Vanja. Y esta es la historia de cómo me atraparon.

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CAPÍTULO 2

El invitado

La madrina Fortuna intenta llamar mi atención.


Lo negará rotundamente e insistirá en que habría encontrado la vela por
mi cuenta con o sin los brillos dorados de la buena suerte en mi visión. Pero
uno de los pocos beneficios de ser la ahijada de Muerte y Fortuna es que
puedo ver cómo trabajan.
Las huellas dactilares de Fortuna estaban por toda la fiesta. He visto
borrones del oro de la buena suerte cuando debatía si quedarme con un anillo,
nubes del carbón de la mala suerte avisándome de que no vaciara el glohwein
en una urna justo antes de que un caballero se girara y mirase en mi dirección.
Se supone que Muerte y ella deben dejarme en paz estos días, pero cuando
Fortuna está de buen humor, no puede evitar interferir.
Aún no he visto el trabajo de Muerte aquí, y casi que mejor. La naturaleza
de Fortuna la empuja a poner a prueba mis límites, pero cuando Muerte quiere
interferir, no necesita ninguna invitación.
Y yo no necesito la ayuda de mis madrinas. Aunque la necesitara, no
podría pedírsela. De eso se encargaron ellas mismas.
Dispongo de nueve minutos.
Miro con el ceño fruncido el brillo de la suerte que rodea la vela, pero no
tengo tiempo para encontrar otra por puro rencor. La llevo a la puerta del
balcón y la ladeo por la parte encendida sobre cada bisagra. Unas gotas de
sebo caen sobre el latón. Debo acordarme de comprobar las bisagras cuando
vuelva para limpiar la grasa endurecida. Cuando levanto el pestillo de la
puerta, se abre con mucha suavidad y en un silencio absoluto.
Me deslizo en la noche. Es mi segunda estación menos favorita del año,
húmeda y con lloviznas; las hojas coloridas del otoño se han convertido en
masas de lodo y el suelo no se decide entre si congelarse o no.
Aun así, solo es la segunda peor. Para mí, la peor época del año, a pesar
de los festivales y de la alegría del Winterfast, es el invierno.

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Pero ese es un problema para Vanja; el Pfennigeist no debe preocuparse
por eso.
Un manto de niebla se ha extendido sobre los campos embarrados y la
luna nueva no ofrece luz. Mi aliento forma nubes en el frío, pero solo lo veo
cuando capta el brillo de las antorchas que refulgen dos pisos más abajo. Un
murmullo de voces quedas llega desde la planta baja.
El puñado de guardias se mantendrán de espaldas al muro, con los ojos
fijos en la niebla; quizás observen las ramas como huesos del bosque Eiswald.
No alzarán la mirada hacia la mansión.
Calculo la distancia entre el balcón del salón y el gran balcón del
dormitorio del conde y la condesa. Me contaron sus precauciones contra el
Fantasma del Penique; no han apostado un guardia fuera del dormitorio, sino
dos, y juraron que era el único punto de acceso. Hasta trajeron a un sacerdote
de la diosa protectora Eiswald para que bendijera sus habitaciones contra los
fantasmas.
Les podría haber dicho que no había ningún fantasma, solo yo y unos
cuantos rumores creativos. Les podría haber dicho que había varias formas de
entrar en su dormitorio, aunque ellos solo ingresasen por la puerta. Les podría
haber dicho que no compartieran sus medidas de seguridad con nadie, aunque
creyeran que la princesa Gisele era demasiado conocida, demasiado pudiente,
como para molestarse en robarles aunque más no fuera un poco de cobre.
Pero no lo hice. Porque he ahí el quid de robar a gente como el conde y la
condesa Von Eisendorf: es muy probable que se lo merezcan. Y, en vez de
acumular polvo, sus riquezas pueden ir a alguien que se merezca ser rico.
(A mí. En general, a mí).
Hay un dicho en el Sacro Imperio: el ladrón pequeño roba oro, pero el
grande roba reinos, y solo uno acaba en el patíbulo. No sé si estoy de acuerdo.
Me interesan poco los reinos y menos bailar con el verdugo. Y se me da muy
bien (hasta podríamos decir que genial) robar oro.
Hay más distancia entre el balcón pequeño y el grande de la que me
gustaría, pero es manejable. Además, no envié tantos regalos de aniversario a
los Von Eisendorf como para marcharme con las manos vacías.
Subo a la barandilla del balcón y luego me acerco poco a poco al bordillo
de madera que recorre la pared de la derecha. No es lo bastante ancho como
para poder cruzarlo, pero ofrece cierto apoyo. Me preparo y salto al vacío:
apoyo el pie derecho en la madera y me impulso los últimos centímetros hasta
el balcón. Choco con la balaustrada más robusta con un suave uf y me agarro

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a la piedra fría para luego rodar sobre ella todo lo rápido que puedo. Contengo
la respiración y escucho el martilleo de mi corazón.
La conversación queda de los guardias de abajo ni siquiera se interrumpe.
Me pongo de pie y, con cuidado, compruebo los picaportes de las puertas
del balcón. Están cerrados. Me lo imaginaba, con lo cerca que está el
Winterfast.
Y por eso le regalé una cosa a Ezbeta que supe que se quedaría para sí
misma: el hidromiel especiado.
No es ningún secreto que ella se excede y que lo que más le gusta en una
noche de invierno es un buen hidromiel especiado. También tiene más de
cuarenta años y seguramente sea propensa a los sudores nocturnos. Si se
parece a la dama Von Falbirg, estos empeoran cuando bebe.
Compruebo la ventana más cercana a la cama de Ezbeta y de Gustav. Y,
en efecto: la han dejado abierta.
No hay polvo en el alféizar, así que la debe usar tanto como sospechaba;
cuando la empujo con cuidado, las bisagras silenciosas lo confirman. Las han
engrasado bien para no despertar a Gustav cuando su esposa necesita un poco
de aire fresco.
Es pan comido entrar. Hay toda una sala entre el dormitorio y los
guardias, por lo que no tengo que quitarme las botas de cuero, solo pisar con
cuidado. Pasé cuatro años caminando así en el castillo Falbirg.
En general, el dormitorio se mantiene a oscuras para ahorrar en velas y
aceite. Sin embargo, si fuera una criada de esta mansión, dejaría las lámparas
encendidas toda la noche, porque seguro que mi señora entrará
tambaleándose, casi marinada en glohwein.
Los sirvientes de Eisendorf habían hecho justo eso, con lo que tengo
bastante luz para ver. Cruzo la habitación hasta el tocador sin producir casi
ningún sonido.
Encuentro un montón de cajas desparramándose del joyero de Ezbeta,
como suele ser habitual. Una caja abierta de anillos a un lado, con siete fuera
en un montón; todos son de un oro extravagante a conjunto con los adornos
de su vestido de esta noche. Se los quitó a la vez, seguramente porque Gustav
le insistió en que no se cubriera la alianza de boda en su vigésimo aniversario.
Los pendientes, brazaletes y collares yacen en un desorden semejante, pero
solo ha sacado unos cuantos de la caja, como si los hubiera elegido a toda
prisa para compensar la escasez de riqueza en sus manos. Hay unas cuantas
piedras preciosas, pero la más valiosa es la que lleva alrededor del cuello.

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Quizá se la quede o quizá no. Veremos si Fortuna decide seguir
entrometiéndose.
Admiro el esplendor durante un momento y enseguida me fijo en el
ángulo de las puertas del tocador, en la inclinación de las tapas. Luego saco la
bolsa de tela, me guardo el penique solitario en un bolsillo del vestido y
empiezo con la cosecha.
El Pfennigeist lleva trabajando mucho todo el año, recogiendo joyas de la
aristocracia de Bóern como manzanas en un jardín descuidado (y lo cierto es
que han dejado las suficientes por ahí para que se pudran). No saldría impune
en los Estados Imperiales Libres, donde las personas más astutas y crueles de
Almandy entrenan durante años para entrar en la orden de prefectos de los
tribunales celestiales, que sirven como instrumentos de las leyes de los dioses
menores.
Pero en los principados y en las marcas fronterizas gobernadas por la
nobleza, el alguacil local suele ser el cuñado bobalicón de alguien y no monta
un escándalo cuando no cuadran los números en los libros de contabilidad de
un komte. Así que, si me pillan en la marca de Bóern, será completamente
culpa mía.
Pero no me pillarán. No me lo puedo permitir. Los Von Eisendorf son
unos de los vasallos más ricos de Adalbrecht, con lo que espero que el botín
de esta noche sea el último, aunque la suma de mis esfuerzos aún se queda
más corta de lo que necesito. He juntado, por ahora, poco más de setecientos
gilden. El número mágico es mil.
Ese será el precio de mi seguridad. De mi libertad.
Verás, hay dos cosas que no te cuentan sobre tener diosas como madrinas:
La primera: nada es gratis, ni siquiera el amor de una madre.
Y la segunda: es muy, pero muy caro amortiguar la deuda de un dios.
Examino el oro, la plata y las joyas a medida que las voy metiendo en la
bolsa. No estoy segura (acepto lo que mi perista me paga), pero supongo que,
después de esta noche, tendré entre ochocientos y novecientos gilden.
No los suficientes, pero casi.
Tiene truco la cosa: primero guardo las cosas pequeñas para que caigan al
fondo y no hagan ruido al moverse por la bolsa. Anillos, pendientes, broches;
luego los brazaletes, los collares; a veces alguna faja o tiara, si tengo suerte.
Algo borroso y plateado sale rodando fuera del tocador. Lo atrapo por los
pelos antes de que caiga en las losas del suelo. Parece pesado, más de lo que
debería. Cuando abro los dedos, encuentro un anillo que no encaja con el

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resto de la colección de Ezbeta. No es plata, sino peltre frío forjado en forma
de garras y con una piedra de luna perfecta entre ellas.
Esto sí que es diferente.
Oigo un estruendo procedente de fuera. Al principio lo ignoro; el anillo es
mucho más interesante que la llegada de un invitado tardío.
Pero luego el estruendo aumenta más de lo que debería. Decenas de
caballos, quizá medio centenar. Los Eisendorf son ricos, pero no tan
importantes como para merecer a un visitante con una escolta de ese tamaño.
Suena una corneta y oigo una conmoción en la planta baja, lo que
significa que en la fiesta se han dado cuenta del visitante sorpresa. Y eso
implica que mi tiempo para terminar el trabajo se reduce, porque el patio de
abajo está a punto de llenarse de invitados ojipláticos.
No tengo tiempo para considerar el anillo ni nada más; lo meto todo en la
bolsa de tela y la cierro con fuerza. Sí que me molesto en ordenar los
estuches, cajas y tapas justo como los he encontrado, como si un espíritu
comeoro hubiese arrasado con el tocador.
No; un espíritu, no. Un fantasma.
Dejo el toque final en el forro de terciopelo de un estuche vacío, como he
hecho ya una decena de veces: un único penique rojo con la corona hacia
arriba.
Después compruebo dos veces el nudo de la bolsa y me la ato a la faja. Al
salir por la ventana, veo las banderas de los jinetes de vanguardia atravesando
la niebla.
Un lobo blanco se alza en esas banderas, con un collar de oro, nítido sobre
un campo del azul inconfundible de los Reigenbach.
Es la insignia personal de Adalbrecht von Reigenbach, margrave de
Bóern.
El prometido de Gisele.
—Schit —jadeo.
Cierro casi por completo la ventana detrás de mí, trepo por la balaustrada
y me lanzo al balcón del salón de invitados antes de que pueda obsesionarme
demasiado. Los recuerdos de Adalbrecht me quitarán la carta del Pfennigeist
de la mano si se lo permito. Es imposible pensar en ganzúas, peniques o
planes astutos cuando cada hueso de mi cuerpo quiere echar a correr sin más.
Pero hay un truco para salir de un aprieto, uno que nunca cambia. Ese
truco es no te dejes llevar por el pánico.
Me he visto en peores apuros. Creo. A lo mejor, no. Si parpadeo, veo el
polvo de la mala suerte por el rabillo del ojo, porque mi suerte ha dado un

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vuelco.
Aunque no puede ser tan malo, porque no veo la mano de la madrina
Muerte. Todavía.
No te dejes llevar por el pánico.
El ruido de cascos es tan intenso que no me tengo que preocupar de que
los guardias de abajo me oigan entrar a toda prisa en el salón. Corro las
cortinas de las puertas de cristal del balcón y luego desato la bolsa de tela y la
meto debajo de los cojines del diván junto con el pañuelo.
La carta del Pfennigeist desaparece; Marthe la doncella sale a escena. Aún
me estoy poniendo la cofia azul cuando echo a correr hacia la puerta para
mirar por el pasillo.
Hans dobla la esquina en ese momento, con el zurrón de cuero en una
mano, el mismo que le mandé buscar. Me ve mirando y acelera el paso.
—Debes darte prisa, fräulein Marthe, que llega el margrave…
Tomo el zurrón y no le dejo mirar dentro del salón.
—Lo he oído. Gracias por ayudarme. Mi señora estará lista en cinco
minutos.
Cierro la puerta antes de que pueda protestar. Sé lo que dirá: nadie con
dos dedos de frente le pediría a Adalbrecht von Reigenbach que esperase ni
un segundo, y mucho menos cinco minutos. Solo necesito una excusa para los
ruidos que están a punto de producirse en el salón.
—Maaaarthe —gruñó con la voz de borracha de Gisele, a sabiendas de
que Hans le comunicará lo que oiga a la condesa—, vísteme guapa.
Luego abro el zurrón y me pongo manos a la obra.
Dentro hay vasijas de cerámica con etiquetas para polvos, ungüentos,
tónicos… Todo el arsenal de artículos de aseo que una dama noble podría
necesitar en cualquier momento. En realidad, solo son vasijas medio llenas de
manteca de cerdo, aceite para lámparas o tiza en polvo, aromatizadas con los
aceites y hierbas más asquerosas que pude gorronear. Es la forma perfecta de
transportar joyas robadas: las entierras en un mejunje tan espeso que
amortigua los tintineos, tan opaco que no deja ver nada y tan perfumado que
nadie querrá inspeccionarlo demasiado tiempo.
En cuanto mi botín está bien cerrado en las vasijas, saco el resto de cosas
de los cojines y me cambio todo lo rápido que puedo a pesar de la leve capa
de sudor que me pega el vestido a la piel. El zurrón tiene un falso fondo y de
ahí extraigo un fardo atado de relleno que reemplazo con el uniforme
enrollado de sirvienta.

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Unas voces se elevan en el patio cuando el ruido de cascos se acalla.
Adalbrecht estará en la puerta. Las náuseas me agrian el estómago. Supongo
que eso me ayudará a parecer mareada por el vino.
No distingo los resuellos del conde Gustav mientras desato el relleno y lo
meto en los nuevos cojines. Pero sí capto una ronda de carcajadas de parte de
los invitados.
Entretenedlo, les ruego en silencio, entretenedlo todo lo que podáis.
Meto el último trozo de relleno en los cojines y abrocho los botones;
luego corro hacia el espejo, con las perlas en la mano. La puerta de la
mansión produce un crujido tortuoso cuando la abren.
No te dejes llevar por el pánico, me ordeno antes de rodearme el cuello
con el collar de perlas. El pánico hará que me tiemblen los dedos y nadie tiene
tiempo para eso. Encuentro el cierre del collar y lo aprieto con fuerza.
Mis mejillas se vuelven suaves y rosadas, las caderas y el pecho se
hinchan y el color desaparece de mi pelo mientras me deshago la trenza con
los dedos. Los mechones de platino se enrollan solos hasta convertirse en
unos tirabuzones perfectos y lisos como salchichas que puedo echarme para
atrás un poco, porque Gisele se habrá despeinado en su sopor ebrio. Doy un
último vistazo: el zurrón de cuero bien ordenado junto al diván, los nuevos
cojines bien rollizos sobre el terciopelo, las fundas viejas reducidas a
cenizas…
El sebo. Se me ha olvidado el sebo de las bisagras. Recojo el puñal
pequeño de donde lo había dejado junto a la chimenea y corro hacia la puerta
del balcón para raspar el sebo delator del latón.
Una conversación brota desde una escalera cercana y unas botas
atronadoras hacen que cruja el suelo de madera.
Tiro las migas de sebo al fuego, me lanzo sobre el diván y guardo el puñal
de vuelta en la funda del talón de la bota. Dejo caer el pie justo cuando la
puerta del salón tiembla con un golpe.
Menuda sorpresa: la voz de Ezbeta es la que atraviesa la madera:
—¡Gisele, ven enseguida! ¡Ha llegado un mensajero del margrave!
Se me escapa un suspiro como unos fuelles desinflándose. ¿Solo un
mensajero? Pero tengo que asegurarme.
—¡Mi querido Adalbrecht! ¿Está aquí? —Con suerte, Ezbeta interpretará
el temblor de mi voz como sopor persistente del vino.
—No, prinzessin. —Ezbeta abre la puerta y entra corriendo justo cuando
consigo reprimir mi alivio—. Ha enviado a un mensajero. ¡Rápido, rápido!

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Uf. Solo un fanfarrón como Adalbrecht mandaría a una escolta
principesca para un simple mensajero porque puede. Aunque… veo el aviso
de Fortuna, las nubes de polvo de carbón. Debe de haber algún motivo de
preocupación.
Dejo que Ezbeta me ayude a bajar entre tambaleos las escaleras. Hans
aguarda en un rellano, con la cabeza gacha. Lo agarro de la manga y digo:
—Martha ha ido a buscarme aaaaagua. Lleva el zurrón… al carruaje… Sé
bueno. —Le doy unas palmaditas en la mejilla. Con un poco de suerte, estará
demasiado molesto para pensar en nada más.
Cuando Ezbeta medio me arrastra hasta el salón principal, veo que el
mensajero de Adalbrecht se ha hecho cargo de la habitación en virtud de su
librea. El resto de los invitados, mientras tanto, están animados murmurando.
Ya han formado una especie de público para el hombre, que se endereza y
hace una reverencia ante mí antes de desplegar las dos páginas de una carta
que empieza a leer en voz alta:
—«De Adalbrecht Auguste-Gebhard von Reigenbach, lord de Minkja,
margrave de Bóern, alto mando noble de las legiones del sur, leal servidor del
Sacro Imperio de Almandy: Saludos».
Santos y mártires, solo eso debe ocupar media carta, ¿verdad?
—«Lamento profundamente haber hecho esperar a mi tesoro más
preciado, la encantadora y gentil prinzessin Gisele, mientras protegía las
fronteras de nuestro imperio». —(O mejor dicho: las expandía por diversión)
—. «Pero el largo invierno de nuestros corazones ya llega a su fin. Los dos
podremos convertirnos en un único ser».
Unos grititos de deleite recorren la habitación y todos los ojos se posan en
mí. Hasta el mensajero hace una pausa.
Voy a vomitar. ¿El largo invierno de nuestros corazones? No sé a qué
juglar habrá consultado para escribir esta bazofia, pero tengo que localizarle y
estrangularlo con las cuerdas de su laúd.
—Nada me haría más feliz —digo con dulzura. Nadie tiene por qué saber
que planeo asesinar al juglar.
El mensajero continúa con el rostro impasible:
—«Yo mismo regresaré al castillo Reigenbach por la mañana y espero
que todos nos acompañéis en Minkja para la boda dentro de dos semanas.
Recibiremos a los invitados…».
No oigo lo que dice después de eso, porque estoy demasiado ocupada
fingiendo que no me han dado un golpe a traición. ¿Dos semanas? ¿Dos
semanas?

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No me extraña haber visto el aviso de la desgracia. Solo tengo quince días
para reunir los últimos doscientos gilden y marcharme de aquí.
No te dejes llevar por el pánico.
Es más difícil de lo que parece.
No, no, yo… puedo con esto. Solo tengo que robar una vez más, puede
que dos. Aún puedo escapar.
La puerta de la mansión produce un berreo terrible al abrirse de nuevo
para dejar pasar a un tipo corpulento, aunque bastante anodino. Lleva dos
insignias cosidas con hilo plateado sobre el pecho de su sencillo abrigo negro.
Una la reconozco: las tres estrellas de un oficial de los Estados Imperiales
Libres. La otra no la acabo de situar: una balanza con un pergamino a un lado
y una calavera al otro. He oído hablar de ese símbolo, pero ¿dónde?
El mensajero lo ve y pasa a la otra página.
—El margrave también desea comunicar lo siguiente: «Este es un
momento de celebración, no de tristeza. Su Señoría sabe que un fantasma
persistente ha asolado Bóern en los últimos tiempos. Ahora, eso también
llegará a su fin».
Ay, no. Ya sé lo que significa exactamente ese símbolo. Ya sé quién es
este hombre.
Puede que tenga dos semanas para marcharme de Almandy, pero necesito
salir de la mansión Eisendorf todo lo rápido que pueda.
—«Por una petición especial, Bóern ha recibido la dispensa para la
investigación, el arresto y el juicio del Pfennigeist por parte de la orden de
prefectos de los tribunales celestiales».

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CAPÍTULO 3

Rubíes y perlas

Hay una cosa esencial que ha impedido que me pillasen hasta ahora, y es el
hecho de que los nobles ricos no saben qué hacer cuando les roban en sus
casas.
No voy a mentir: me molestó cuando robé a los Von Holtzburg y
siguieron con su vida como si no nada. Me di cuenta más tarde de que no iban
a admitir que habían sido víctimas. O, al menos, no hasta que se puso de
moda. Para los nobles que han vivido desde siempre con la certeza de su
propia seguridad, es vergonzoso que una persona (la misma persona) siga
abriéndose paso a través de su dinero y su estatus para arrebatarles lo que
tanto quieren.
(Sé por qué dejé mi primer penique rojo, pero, para ser sincera, por eso
sigo dejándolos. Quiero que sepan que soy yo, que siempre soy yo, dándoles
donde más les duele).
Sin embargo, la nobleza no tiene forma de detenerlo. Ese alguacil
bobalicón seguirá retorciéndose el sombrero al ver los joyeros vacíos y
musitará algo sobre fantasmas y grimlingen. Pueden seguir metiendo a los
criminales obvios en el cepo, pero no tienen ni idea de rastrear como sabuesos
a los delincuentes más astutos.
El bruto de la entrada ha sido entrenado para eso precisamente. Los
prefectos de los tribunales celestiales vienen desde los Estados Imperiales
Libres, donde la gente elige a sus líderes, como la ministra Holbein (o, al
menos, eligen a la gente que los dioses menores les aconsejan). Los tribunales
celestiales son sus jueces, jurados y verdugos, y el deber de un prefecto es
encontrar todas las pruebas de un caso para que los dioses puedan juzgar.
Se comenta que los prefectos saben dónde mirar, qué preguntar, a quién
escuchar; se comenta que cuentan con herramientas y poderes propios de los
dioses menores y los usan para descubrir la verdad.

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He oído de prefectos a los que llaman a los principados y marcas
imperiales, pero suele ser para los peores criminales, como gente que rapta
niños o asesina prostitutas. Que hayan traído a uno hasta Minkja por un
simple ladrón implica tres cosas:
La primera: que Adalbrecht se ha puesto gallito y ha apretado los puñitos
para que esto ocurriera.
La segunda: que debía salir de la mansión Eisendorf antes de que
descubrieran el tocador vacío de Ezbeta.
Y la tercera: es posible que pueda robar exactamente una vez más antes de
tener que marcharme de Bóern (y, con suerte, de Almandy) para siempre.
La pequeña multitud se aparta para dar paso al prefecto cuando el
mensajero grita:
—«Amigos míos, les presento al prefecto Hubert Klemens…».
—Prefecto júnior. —La voz de la entrada suena amortiguada por capas y
capas de lana y pieles, pero se oye con la claridad suficiente para detener al
mensajero en plena frase. Seguramente porque suena mucho más joven de lo
que cualquiera esperaba.
Un momento después, un portero ayuda al prefecto (al prefecto júnior) a
desembarazarse del abrigo y la bufanda. Es como sacar el hueso de una
aceituna de la carne: lo que parecía un hombre con aspecto de oso se reduce
de repente a un chico con aspecto de espantapájaros; no tendrá más de
dieciocho años. La chaqueta de lana negra le queda holgada sobre los
hombros; es un uniforme que pertenece a alguien más… voluminoso. Lo que
distingo de un chaleco gris y de unos calzones oscuros le viene un poco
mejor, aunque ese listón está bajo; lleva el pelo negro corto como el de un
plebeyo, pero con la raya al lado y peinado casi con la pulcritud de un noble.
En general, da la impresión de ser una colección de tacos de billar que se han
sindicalizado para resolver crímenes.
Por lo poco que recuerdo de mis hermanos, este chico parece justo como
alguien a quien echarían en la pocilga por diversión. El efecto solo se
incrementa cuando rebusca en el bolsillo del pecho, saca unas gafas redondas
y se las coloca en su rostro pálido y delgado.
—Prefecto júnior Emeric Conrad, a su servicio —dice el joven,
parpadeando con solemnidad. Luego parece recordar que ya no está en los
Estados Imperiales Libres y añade con nerviosismo—: Señor.
Mi pánico disminuye. Al menos, en lo que respecta al prefecto.
—El margrave pidió al prefecto Klemens —dice el mensajero de
Adalbrecht con tono acusatorio.

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El muchacho inclina la cabeza a modo de disculpa y encorva los hombros.
Con las perlas puestas, casi puedo mirarlo a los ojos. Creo que me saca un par
de centímetros si se endereza, pero su objetivo principal parece ser ocupar el
menor espacio posible.
—S-sí, señor, pero lo han retenido en Lüdz. Me ha enviado por delante
para que empezara con la investigación preliminar. —Saca de otro bolsillo un
cuaderno pequeño y un palo de carbón para escribir envuelto en papel—. Me
gustaría comenzar tomando declaración a…
El komte von Eisendorf alza una mano.
—No creo que nadie esté lo bastante sobrio para ofrecerle una versión
aceptable de los hechos, prefecto. ¿Por qué no celebra esta noche con
nosotros y deja las preguntas para mañana?
Veo que el chico murmura un afligido «prefecto júnior» entre dientes
antes de encogerse de hombros.
—Lo que más le convenga. Señor.
A mí me conviene, dado que, en alguna parte de esta propiedad, Hans el
criado está devolviendo a mi carruaje, sin saberlo, un zurrón lleno con las
joyas Eisendorf.
La siguiente hora y media son un borrón. Solo estoy medio presente
cuando nos sentamos a cenar, pero no es complicado seguir actuando como
Gisele, alegre y radiante y aún medio borracha al aceptar felicitaciones.
Mientras tanto, mi mente zumba como un reloj. Un par de valientes intentan
entablar conversación con el prefecto júnior Emeric Conrad en el extremo de
la mesa donde ha echado raíces con tristeza, aunque enseguida desisten con
cara de ser tan desgraciados como él.
Por una vez, me resulta fácil marcharme con poca fanfarria después de la
cena. Los demás invitados están demasiado ocupados cotilleando sobre la
inminente boda o demasiado atiborrados y aturdidos por el vino para fijarse
en que pido con discreción el abrigo y los guantes (hasta Ezbeta cabecea en
un sillón de damasco mullido). Han llamado a mi cochero y un destacamento
de la escolta del mensajero me acompañará de vuelta a Minkja, la capital de
Bóern. Solo me queda esperar en el vestíbulo a que traigan el carruaje.
O eso pensaba. Estoy de pie junto a una ventana, envuelta en mi angelical
abrigo de terciopelo azul escarcha y con forro de visón, observando la noche
sin luna, cuando un reflejo en el cristal se mueve detrás de mí. Me giro
sobresaltada.
El prefecto júnior Emeric Conrad se halla a pocos metros de distancia. Así
de cerca, es fácil ver que parece estar nadando en ese uniforme tan grande.

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Tose de una forma muy extraña.
—Discúlpeme si la he asustado, eh… ¿Prinzessin?
Asiento, benévola.
—¿Puedo ayudarle en algo?
—Quería felicitarla por su futuro matrimonio —dice con mucha prisa,
mientras se sube las gafas por la fina nariz— y preguntarle si no sería mucha
molestia que le tomara declaración mañana por la mañana. El Fantasma del
Penique le ha robado en el pasado, ¿verdad?
—Así es —respondo, y con eso quiero decir que me aseguré de que todo
el mundo me viera con un par de las fruslerías más valiosas de Gisele, diera el
tipo de fiesta en el que el Pfennigeist seguía infiltrándose e inmediatamente
vendiera las joyas a mi perista—. Estaré encantada de contarle todo lo que sé
—miento. Luego dejo que una sonrisa beatífica aparezca en mi rostro. En el
rostro de Gisele.
Sé lo que esa sonrisa hace a la gente. Estuve presente la primera vez que
ataron las perlas hechizadas al cuello de Gisele; vi en qué la convirtieron. Vi
cómo su sonrisa pareció iluminar la habitación y romperte el corazón a la vez,
justo de la mejor forma posible.
Hace años, mientras arreglaba el abrigo de invierno de Gisele y ella estaba
en una cacería en el bosque, redefiní una teoría sobre el deseo. En el mundo
que conocía, había tres motivos para que quisieran a una persona: por
provecho, por placer o por poder. Si solo cumplías uno, te usaban. Dos, te
veían.
Tres: te servían.
Por lo que sé, las perlas completan esa trinidad. Encuentran lo que puedes
desear, lo que no sabes que deseas, y te hacen creer que solo la portadora de
las perlas te lo puede dar. Deseas su amistad, su compañía, su aprobación;
muchas personas también ansían su cama.
Y, a juzgar por la mirada ligeramente atónita de Emeric, supongo que ni
un prefecto de los tribunales celestiales es inmune.
Las ruedas del carruaje resuenan en el camino de la entrada y la puerta de
la mansión se abre un resquicio. Es mi señal. Le dirijo una reverencia frívola
a Emeric.
—Prefecto Conrad.
Cuando la puerta se cierra a mi espalda, capto un dispar «prefecto júnior».
No, no creo que este chico sea un problema.
El lacayo me ayuda a subir al carruaje azul Reigenbach y echo un vistazo
al rincón. El zurrón está aquí, las vasijas de cerámica tintinean con el

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movimiento que causa mi peso en el carruaje. Me siento cerca, cubriéndolo
con la falda, y acepto una bolsa humeante del lacayo. Está llena de agua
hirviendo para dar calor y me la coloco sobre el regazo cuando la puerta se
cierra; luego me cubro con un pesado manto de pieles para crear un nido
cómodo que me proteja del frío. El camino de vuelta a Minkja es largo, pero
al menos me dará tiempo para pensar.
El carruaje avanza y me arropo más en las pieles.
Veo que tengo tres problemas.
El primero: no dispongo del dinero suficiente para marcharme ahora
mismo. Mil gilden le durarían a una condesa derrochadora cinco meses; a un
trabajador inteligente, cinco años. Me bastan para salir del Sacro Imperio de
Almandy a través de una frontera que no sea un baño de sangre y para
comprarme… no sé el qué. ¿Un barco? ¿Una tienda? ¿Una granja? Lo único
que importa es que me comprará una vida lejos de aquí.
Y debe de ser lejos, si quiero escapar de mis madrinas. Lo bastante lejos
para que ya no me reclamen.
Muerte me dijo una vez que Fortuna y ella eran diferentes al otro lado de
las fronteras del Sacro Imperio. Que los dioses menores y sus creyentes son
como ríos y valles: se moldean entre sí con el tiempo. En otras tierras, Muerte
es una mensajera, un perro negro, una reina guerrera; Fortuna es un cuerno de
la abundancia, una diosa con ocho manifestaciones, un titán con cabeza de
serpiente. Adquieren diferentes formas, se adhieren a diferentes leyes.
Así que, quizá, fuera del Sacro Imperio no serán mis madrinas. Solo se me
ocurre esa forma de librarme de ellas. Ahora mismo, tengo dinero suficiente
para cruzar la frontera, pero sería una plebeya de nuevo, sola y sin amigos y
sin un penique a mi nombre, y sé lo que les pasa a las chicas así. Había
planeado resolver este problema con otro robo, pero…
Ahora que Adalbrecht está de regreso, dispongo de dos semanas para
solucionar el tema del dinero y, además, buscar un modo de huir de mi
segundo problema: el futuro marido de Gisele.
Normalmente, la única duda que tendría para solventar un problema como
Adalbrecht sería decidir entre arsénico y cicuta. Pero esa ruta está bloqueada
por mi tercer problema: los prefectos. Bueno, no el prefecto júnior Gallina, la
verdad, sino el inminente prefecto Klemens. Un prefecto hecho y derecho será
capaz de seguir las pistas del asesinato de Adalbrecht hasta mí y convocar a
los propios dioses menores para decidir mi castigo. No creo que ni Muerte ni
Fortuna pudieran salvarme.

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Es un enigma, como forzar una cerradura: intentas mover los resortes de
la forma correcta hasta dejar la vía libre. Si concierto otra cita con una familia
noble… No, Gisele es demasiado notoria, sobre todo con la boda a la vuelta
de la esquina, y seguro que la relacionarán con el crimen. ¿Y si celebramos
algo en el castillo Reigenbach? Podría ser…
Tardo un momento en darme cuenta de que el carruaje ya no se mueve.
Echo un vistazo desde el interior de las pieles. El tamborileo amortiguado
de los caballos se ha acallado y por las ventanillas solo veo la noche oscura y
la luz de la antorcha en las ramas de los abetos. Frunzo el ceño,
desconcertada. Estamos en medio del bosque de Eiswald, no hace falta parar.
Y entonces lo veo.
La antorcha está fija, inmóvil, como si la llama se hubiera congelado. Si
me fijo bien, veo la ceniza de mi suerte cambiando para peor.
No se oye nada, solo mi pulso en los oídos cuando la puerta del carruaje
se abre despacio y en silencio.
No hay nada al otro lado.
Se me ponen los pelos de punta en la nuca. Esto podría ser obra de un
grimling, un espíritu malvado y hambriento en busca de comida.
Pero un grimling no se molestaría con tanto dramatismo. He tratado con
dos diosas menores desde que tenía cuatro años; reconozco el trabajo de uno.
Y, si algo he aprendido, es que solo hay una forma de negociar con un
dios menor: acabar lo más pronto posible. Pongo los ojos en blanco, me
deshago del nido de pieles y me tapo con la capucha para refugiarme del frío
cuando salgo del carruaje.
Y así es: una figura inhumana se alza en el camino, envuelta en la bruma
del bosque, el doble de alta que un hombre. Si mi escolta no está huyendo es
porque no la ven, o no ven nada en absoluto. Cada jinete, cada soldado, cada
ayudante se ha quedado inmóvil; las llamas de sus antorchas permanecen en
su sitio como faroles de cristal derretido. Eso significa que, sea cual fuere este
dios menor, es tan poderoso que puede detener el tiempo durante un rato.
Esto no pinta bien.
El dios menor tiene por cabeza el cráneo de un oso; en las dos cuencas de
los ojos brillan sendas luces rojas. Dos astas se alzan en la parte superior y las
puntas florecen en hojas de un rojo como la sangre. Una extraña esfera de
sombras flota entre ellas. Una larga melena le rodea el cráneo, con una raya
justo en el medio; las raíces son de un negro azabache y se decoloran hasta
que las puntas son del mismo blanco que la nieve, entrelazadas con cintas de
cáñamo escarlata. Dos brazos humanos demacrados emergen de un montón de

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pieles que cambian como las costillas de un chaleco hecho con el cuerpo de
algo que llevase mucho tiempo muerto; son pálidos como huesos excepto en
las extremidades, de un carmesí oscuro poco natural. Hay un cuervo con los
ojos rojos posado en una de las cornamentas, como si fueran ramas.
Vida y muerte, bestia y planta, sangre y hueso, los dientes de un
depredador y los cuernos de una presa. Es la diosa de este bosque. Pues claro
que Eiswald es lo bastante fuerte para detener el tiempo. Su bosque llega casi
hasta la frontera.
Hago una reverencia un poco más sincera de la que le he dedicado al
prefecto júnior.
—Eiswald, ¿qué…?
—Silencio, ladrona. —Es un aullido, un siseo, un gruñido: todo en uno.
Ay, esto no puede ser bueno.
—Es lady Eiswald para gente como tú. ¿Creías que podías venir a mi
territorio y llevarte lo que quisieras? ¿Pensabas que no ibas a pagar por ello
nunca? —La voz de Eiswald se convierte en un chillido. Parpadeo y, de
repente, está más cerca, cerniéndose más alta que el carruaje, con los ojos de
un escarlata ardiente—. ¿Creías que podías robarle a mi gente?
—No sé de qué estás hablando —jadeo, trastabillando hacia atrás.
Oigo un golpe. Una nube brillante sale de la puerta abierta del carruaje:
todo lo que les he robado a los Eisendorf flota en el aire como avispas.
El anillo de peltre se eleva por encima de todo lo demás; la piedra de luna
brilla entre las garras frías.
—Esto —espeta Eiswald—. Esto es un símbolo de mi protección. No es
tuyo, para que te lo lleves.
—Ezbeta y Gustav no necesitan tu protección —replico. Eiswald solo
rechina los dientes.
—Todo el mundo en este bosque necesita mi protección. Hacen sacrificios
cada solsticio. Respetan las tradiciones. Me respetan a mí.
—Es fácil respetar a una diosa —murmuro; me acuerdo de la cara de
Hans cuando Ezbeta gritó su nombre—. Bueno, tu símbolo estaba juntando
polvo en el fondo del joyero. No lo usan.
—Pero no es la única infracción que has cometido, ¿verdad, pequeña
Vanja?
El sonido de mi nombre me arrebata la respuesta de la lengua.
En el último año he sido Marthe, Gisele, el Pfennigeist. No he respondido
al nombre de Vanja.

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No recuerdo la última vez que alguien me llamó por mi nombre. Había
olvidado lo que se siente.
Eiswald se acerca más y huele a noche, a milenrama, a podredumbre.
—No pienses que tus madrinas te pueden ayudar. Robar, robar, robar: eso
es lo único que has hecho este año. Has robado lo que querías. Pero esta
noche te has adentrado en mi bosque y has robado a gente que está bajo mi
protección. Así que ahora…
Estira una mano pálida con los nudillos rojos. Mi capucha se cae por sí
sola, el ribete de visón me aprieta la garganta como una soga. Intento
moverme, gritar, pero… nada. Ni siquiera puedo respirar, tengo los pulmones
en llamas; el polvo de carbón me llena la visión de una mala suerte terrible.
La punta de un dedo tan frío que quema me aprieta la mejilla, justo debajo
del ojo derecho. Noto un dolor agudo.
—Te daré un regalo —susurra Eiswald antes de apartarse—. Tendrás lo
que quieres.
Aspiro aire como si me hubieran clavado un puñal en las tripas. Puedo
moverme de nuevo. Me llevo la mano a la cara… y toco algo duro, no mucho
más grande que la punta de mi meñique.
Eiswald no tiene labios con los que sonreír, pero las fauces de la calavera
de oso se abren un poco más. La luz de las antorchas se refleja en sus dientes.
—En rubíes y perlas te convertirás, pequeña Vanja, y conocerás el precio
de ser deseada. La auténtica codicia hará lo imposible para tomar lo que…
—Un momento. —Me quito el guante para tocar con los dedos lo que me
ha puesto en la mejilla. Es demasiado áspero para ser una perla—. ¿Es
auténtico?
Eiswald intenta proseguir.
—Para tomar lo que…
—¿Es un rubí auténtico? —Saco el puñal de la bota para examinarme en
el reflejo tenue de la hoja.
Pues sí: un rubí gordo, impecable y con forma de lágrima ha aparecido
justo debajo del ojo derecho.
—Schit —digo, y enseguida intento sacar la piedra con la punta del puñal
—. Podría comprar cinco caballos con esto.
—La auténtica codicia —brama Eiswald— hará lo imposible para tomar
lo que desea.
Le lanzo una mirada mordaz justo cuando el puñal raspa contra el rubí,
quizás un pelín demasiado cerca del ojo. Vale, arrancarme piedras preciosas
de mi propia cara no es lo ideal, pero… cinco caballos.

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—¿Te importa? Intento concentrarme.
Pero da igual cuánto intente tallar la gema: no se mueve, como si creciera
directamente en el pómulo.
Eiswald me aparta el puñal de un golpe y me alza la barbilla con tanta
fuerza que me retuerzo.
—Por respeto a tus madrinas, te daré otro regalo.
—Paso —rechino.
—Tienes hasta la luna llena para enmendar lo que has robado —gruñe
Eiswald—. Cuanto más tardes, más se apoderará la codicia de ti, hasta que te
conviertas en ella.
El problema de los dioses menores es que les encanta hablar como si
fueran un libro de profecías sobre el fin del mundo. Puedes preguntarle a
Fortuna sobre el tiempo y dirá algo como La lealtad del viento se tuerce, el
velo se levanta, y eso significará que el martes dejará de llover. La única
forma de conseguir sonsacarles una respuesta clara es diciéndola primero.
—¿Así que no dejarán de salirme piedras preciosas?
—Cuando llegue la luna llena, serás piedras preciosas y nada más. La
única forma de salvarte es despojándote de la codicia y enmendar lo que…
—Lo que he robado, sí, te he oído la primera vez. —Hago una mueca con
los labios. Si me van a salir gemas como verrugas, quizá consiga resolver mi
problema de dinero—. ¿Todas me van a crecer en la cara o en algún lugar
menos… necesario?
—Basta. Me agotas. —Eiswald mueve una mano y el cuervo baja volando
de la cornamenta para posarse sobre un dedo rojizo—. Mi hija, Ragne, te
vigilará hasta que mi regalo llegue a su fin, de una forma u otra.
—Tu maldición, querrás decir. —Observo al cuervo; empiezo a entender
la gravedad de la situación.
Eiswald ladea la cabeza y las hojas de su cornamenta tiemblan.
—Será lo que tú decidas hacer con él, pequeña Vanja.
Todas las joyas flotantes caen al suelo, excepto el anillo de peltre, que
desaparece. Maldigo y me agacho para empezar a recogerlo todo, procurando
no manchar de tierra el abrigo azul pálido. El cuervo (Ragne, supongo)
aterriza en el camino y luego se aleja dando saltitos mientras reúno las joyas
de los Eisendorf. Regresa un momento más tarde, arrastrando el puñal. Me lo
guardo de nuevo en la bota.
—Al menos tu hija es útil —le gruño a Eiswald.
La diosa no responde. Cuando alzo la mirada, veo que ha desaparecido.

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En su lugar está la madrina Muerte; su mortaja se funde con la bruma del
camino.
Me enderezo, con las manos llenas de gemas robadas.
—No me mires así.
Muerte no lo niega. Fortuna es escurridiza, pero puedes confiar en Muerte
para que te deje las cosas claras. Su descontento se acumula como rocío en
una tumba.
Suspiro y muevo la cabeza hacia la puerta abierta del carruaje.
—Si vas a gritarme, hazlo aquí dentro. Aún queda un largo camino hasta
Minkja.

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CAPÍTULO 4

A deshoras

N
— o estoy enfadada —dice Muerte en el asiento frente al mío—, solo
decepcionada.
Miro por la ventanilla del carruaje los árboles que pasan, con la boca
cerrada. El cochero se puso en marcha de nuevo en cuanto me acomodé
dentro y mi escolta siguió como si no hubiéramos tomado un pequeño
descanso para que me echaran una maldición letal.
Muerte aguarda un momento y luego dice exactamente lo que espero:
—No tiene por qué ser así. Sabes que puedo ayudarte.
Y es entonces cuando Fortuna llega con un tintineo de monedas y huesos.
Se manifiesta en el asiento junto a Muerte con un ademán de polvo y oro. Se
parece un poco a Joniza, la barda del castillo Falbirg, por la piel de un bronce
oscuro y los lustrosos rizos negros.
—Lo acordamos —dice, indignada—. Si vamos a hablar sobre su
servidumbre, debemos hacerlo juntas. Es lo justo. —Luego se estira para
darme unas palmaditas en la rodilla—. Hola, Vanja querida.
—No he venido a hablar sobre su servidumbre —protesta Muerte; es lo
máximo que se va a enfadar. Al menos suena molesta. Me mareo si miro
mucho tiempo su rostro. Ya es complicado ver lo que hay debajo de la
capucha y sus rasgos cambian sin cesar, porque reflejan el rostro de las
personas que están a punto de morir en ese preciso instante—. He venido
porque ella va a morir.
Fortuna arruga el gesto.
—Todos los humanos mueren. No es excusa para romper nuestro acuerdo.
—Va a morir dentro de dos semanas —aclara Muerte—. En la luna llena.
Era un asunto de negocios, no de familia.
Fortuna se relaja un poco más de lo que me gustaría, dado que estamos
hablando de mi inminente fallecimiento.

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—Ah, entiendo. Bueno, vale. ¿Cómo ha ocurrido? Esta noche, tu suerte ha
cambiado bastante, pero no sabía que la cosa era tan grave.
—No quiero hablar de ello —gruño, arrebujada en mi nido de pieles—.
Lo tengo bajo control.
Dado que ahora dispongo de dos semanas para amasar una fortuna,
escapar de uno de los hombres más poderosos del Sacro Imperio de Almandy
y evadir a un cazador de criminales muy bien entrenado que viene hacia mí,
todo mientras me convierto poco a poco en piedras preciosas, no lo tengo
bajo control para nada. Pero eso no se lo pienso decir a mis madrinas.
Además, tengo un mal presentimiento sobre lo que conlleva romper la
maldición. Y si tengo que enmendar todo lo que he robado… Bueno, será
esencial coordinarlo bien.
—Robó un símbolo de la protección de Eiswald a una condesa —dice
Muerte sin más.
—Vanja —me regaña Fortuna, sacudiendo la cabeza. La guirnalda de
monedas irradia un halo refulgente—. Deberías ser más prudente. Es más
seguro robar a los indefensos.
(Si te has preguntado por qué soy como soy, quizás ahora lo descubras.
Pero lo reconozco: Fortuna y Muerte tratan a los pobres y a los poderosos con
el mismo desprecio).
—Eiswald ha maldecido a Vanja a modo de represalia —prosigue Muerte
—. Si no rompe la maldición antes de la luna llena, Vanja muere.
—¿Una maldición letal por un pequeño símbolo? ¿No es un poco
extremo? —Fortuna se cruza de brazos—. Qué cara tienen algunos dioses.
Se oye un graznido ahogado en el rincón vacío del carruaje y entonces
recuerdo que no está del todo vacío. Ragne está acurrucado en el asiento; las
plumas se mimetizan con la oscuridad.
—Pues claro que no, querida, estoy segura de que tu madre tendrá sus
motivos —se apresura a decir Fortuna. Luego se fija en mi mirada de
desconcierto y añade—: Me temo que Vanja no te entiende así.
Ragne me guiña un ojo rojo somnoliento y granza antes de darse la vuelta.
De repente, hay un gato negro encorvado en lugar de un cuervo. Sacude la
cabeza y, con una voz gutural y estrangulada, dice:
—¿Mejor?
—Lo odio —digo con vehemencia—. No. Nada de animales parlantes.
—La Vanja me entiende ahora. Mejor. —Se hace una bola, con la nariz
debajo de la cola—. Buenas noches.

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Entierro la cara en las manos. No pienso pasar lo que pueden ser mis dos
últimas semanas de vida vigilada por una cambiaformas salvaje que habla.
La voz de Fortuna me llega a través de los dedos.
—¿Podrás romper la maldición?
—He dicho que yo me encargo.
Reina un silencio incómodo hasta que Fortuna se atreve a decir:
—Bueno, ya que estamos las dos aquí… Tienes una forma de escapar de
ella…
—No. —Bajo las manos para fulminarlas con la mirada—. No necesito
vuestra ayuda.
—Eiswald no tendría poder sobre ti —insiste Fortuna—. Deberás elegir
algún día. Han pasado ¿cuántos? ¿Dos años? ¿Siete?
—Cuatro —responde Muerte, porque ella siempre lo sabe—, dentro de
dos semanas.
—No necesito vuestra ayuda —digo, casi escupiendo e hirviendo de
rabia.
El problema es que sí que la necesito. Estoy desesperada por tener a
Muerte y a Fortuna de mi parte.
Pero no puedo pedírselo, no a ellas.
Resulta que su ayuda tiene un precio.
Cuando mi madre me abandonó, viví con ellas en una casita en su reino y
lo poco que recuerdo lo hago con cariño. Recuerdo a Muerte contándome
cuentos antes de acostarme sobre los reyes que había recogido ese día;
recuerdo a Fortuna escandalizándose por los estantes de plantas que parecían
marchitarse por pura maldad. Recuerdo la calidez y la seguridad. Creo que
recuerdo algo parecido al amor.
Cuando estaba a punto de cumplir seis años, resultó que no podían
mantener mucho más tiempo a una niña humana en su reino, así que me
llevaron al castillo Falbirg. Fortuna se entrometió como suele hacer y, de
repente, me convertí en la nueva criada de la cocina de los Von Falbirg. Me
dejaron allí con sus bendiciones; a diferencia de otros humanos, podía ver a
Muerte y a Fortuna trabajando en el reino mortal y usé ese conocimiento para
mi propio provecho.
Con trece años, acudieron a mí de nuevo. Ya era mayor, dijeron; me
habían entregado a ellas, dijeron. Y ahora había llegado el momento de
servirlas.
Su regalo fue una elección. Debía decidir a qué negocio me dedicaría: al
de Muerte o al de Fortuna. Seguiría y serviría a una de ellas hasta el fin de

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mis días.
Mi respuesta fue la que cabe esperar de una niña de trece años a la que le
piden que elija entre sus madres: no.
Mis madrinas se quedaron perplejas. Se enfadaron. Fortuna fue la más
elocuente sobre el tema, pero vi que la hierba se marchitaba alrededor de los
pies de Muerte, sentí el dolor emanando de su mortaja. No sabía cómo
decirles que no quería elegir a cuál de mis madrinas quería más.
No sabía cómo decirles que quería ser algo más que una sirvienta.
Carecía de palabras para decir que creía que era su hija, no una deuda que
debían cobrarse.
Lo arreglaron entre ellas, como suelen hacer. Un día, acordaron, llamaría
a una para que me ayudara. Pediría un favor, rogaría que Muerte o Fortuna
interviniera, y, en ese momento, habría tomado mi decisión.
Y por eso han sido cuatro largos y duros años desde que llamé a mis
madrinas.
Muerte me podría salvar de la maldición de Eiswald y negarse a
arrebatarme la vida. Fortuna podría inclinar el mundo a mi favor, verter todas
las respuestas en mi regazo para que la maldición se rompiera casi por sí sola.
Pero preferiría marcharme de Almandy y abandonar todo lo que conozco
antes que pasar el resto de mi vida como una sirvienta otra vez.
—No voy a pediros nada —les digo con resolución—. Me las puedo
apañar sola. Si no tenéis nada más que decir, marchaos.
Muerte y Fortuna intercambian una mirada. Y luego desaparecen en un
coro de monedas, huesos y mortajas susurrantes.
—Qué maleducada —dice Ragne desde su rincón, moviendo la cola.
Resisto la tentación de tirarla del carruaje. Si Eiswald me ha maldecido
por robar un anillo feo, seguramente no le sentará demasiado bien que arroje a
su hija a la carretera como el contenido de un orinal.
—A ti tampoco te he pedido nada —le espeto. Tiro de la capucha del
abrigo hasta que lo único que veo es piel.
Enmienda lo que has robado. A los dioses menores les encantan los
acertijos, pero si Eiswald solo se refiriese a las joyas, lo habría dicho.
Le robé esta vida a Gisele. Y ahora, de algún modo, se la tengo que
devolver.

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Me quedo dormida, pero me despierto al oír el ruido del puente levadizo al
alzarse cuando atravesamos la puerta principal del castillo Reigenbach. En
una noche tan sombría como esta, el castillo está compuesto por columnas de
piedra gris, pero de día es todo un espectáculo: torres de caliza como encaje y
tejas de un azul intenso apiñadas en la última curva del río Yssar. El río forma
un foso natural casi perfecto alrededor de los muros del castillo antes de caer
en una cascada preciosa y atravesar el corazón de Minkja en la parte inferior.
Ragne se estira y bosteza a mi lado. Mientras dormía, no vi que se había
hecho un ovillo en una esquina de mis pieles.
—No puedo llevar un gato dentro —le digo. Los cascos sobre los
adoquines encubren mi voz en general, pero susurro para que los cocheros no
se piensen que la futura markgräfin habla consigo misma.
—¿Por qué no?
Santos y mártires, esa voz tan desagradable que es como un aullido me
pone de los nervios.
—La nobleza no recoge gatos de la calle para que sean sus mascotas.
Me mira y parpadea esos ojos de un rojo intenso. Incluso brillan.
—No eres noble.
—Y tú no eres una gata. Las dos fingimos ser algo que no somos. —La
aparto de las pieles—. Escóndete en la cochera esta noche y mañana vienes a
buscarme.
—Tengo otra idea. —Ragne se agacha y es como si desapareciera. Luego
noto que unas patitas me agarran la mano enguantada y suben por mi brazo.
Suelto un gritito.
—¿Todo bien, prinzessin? —grita el conductor.
—Sí —respondo con los dientes apretados mientras fulmino con la mirada
la manga, donde un pequeño ratón negro con ojos de un escarlata vívido
mueve la nariz.
Odio esto más de lo que quizás odie el rubí en la cara.
Y eso me recuerda que necesito una excusa o una forma de esconderlo.
Eiswald tuvo la decencia de sacar las joyas del zurrón sin romper las vasijas
de dentro, así que tomo el ungüento opaco que mejor huele y me echo un
poco en la piedra a medida que nos acercamos a las magníficas puertas dobles
doradas del castillo. Ya pensaré alguna excusa sobre que me ha picado un
insecto, si hace falta; mañana puedo decir que la lágrima de rubí es una nueva
moda.
Además, el personal del castillo tiene cosas mucho más importantes de las
que preocuparse.

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—Bienvenida de nuevo, prinzessin —dice todo serio Barthl, el
submayordomo, mientras estira sus dedos arácnidos para recibir el abrigo.
Oigo el alboroto amortiguado de los criados por los pasillos.
—Os habéis enterado de la llegada del margrave.
—Sí, prinzessin. —La resignación se refleja en su cara alargada. Tiene
más o menos la misma edad que Adalbrecht, unos treinta años, y nunca le he
caído bien, pero siento un poco de compasión. Su trabajo es asegurarse de que
todo el castillo Reigenbach esté prístino antes de la inspección sorpresa de
mañana—. ¿Necesita algo más esta noche?
—No. —No voy a darles más trabajo y es mejor que no me observen.
Fuerzo la voz hasta que suena desinteresada—. Me voy a retirar ya. Que nadie
me moleste.
—Entendido. —Hace una reverencia rápida y se aleja a toda prisa.
Yo también me apresuro a subir las escaleras hasta mi ala del castillo
Reigenbach. En teoría, hay una forma más rápida de llegar a mis aposentos,
pero se supone que Gisele no la conoce. Los pasadizos de los criados son los
dominios de Marthe la doncella.
Cuando llegué hace un año, lo primero que hice fue birlar un uniforme de
criada, guardar las perlas y correr por el pasillo requiriendo orientación. Mi
señora me ha pedido un recado, ¿puede decirme cómo se llega a los
establos? ¿Al salón de baile? ¿A la biblioteca?
Los criados me mostraron todos los atajos y pasadizos del castillo,
demasiado ocupados para hacer nada más, solo avisarme de que no molestara
al kobold residente, Poldi. En cuanto escribí una orden a los guardias para que
dejaran ir y venir a mi doncella Marthe según quisiera, ninguna puerta en el
castillo Reigenbach se me resistió.
Supongo que podría haber conservado el nombre de Vanja, pero hay un
puñado de gente en Minkja que aún me conoce así. «Marthe Schmidt» carece
de historia, de bagaje, de planes. No tiene cicatrices. Y puedo dejar de ser
Marthe cuando quiera.
Cuando entro en mis aposentos, la chimenea está encendida y hay un
candelabro en el aparador junto a la puerta. Esto es cosa de Poldi, porque
conozco el valor de un kobold amistoso y el peligro de uno despreciado. El
kobold del castillo Falbirg casi le prendió fuego a Gisele porque pensó que se
reía de él. En mi primera noche en el castillo Reigenbach, tomé un cuenco de
boj, lo llené de polenta y miel y lo dejé junto a la chimenea con una copa de
hidromiel.

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Me desperté en plena noche para encontrarme a Poldi en la chimenea con
la forma de un hombrecillo fiero acuclillado que me llegaba por la rodilla. Me
senté y levanté la copa que había dejado en la mesilla de noche.
—Por tu salud y por tu honor.
Me devolvió el brindis y desapareció, dejando el cuenco vacío y un fuego
vivo en la chimenea. Desde entonces, cada noche le dejo polenta y miel, y
siempre, siempre, ha valido la pena.
Enciendo unas cuantas velas más y luego caigo bocabajo sobre la cama.
Ragne se escurre de la manga para investigar el almohadón y la colcha con
los bigotes temblando.
Una parte de mí desea con desesperación permanecer así, puede que
incluso quedarse dormida con el vestido elegante puesto y dejar que el equipo
de lavanderas quite las arrugas por la mañana. He robado una pequeña
fortuna; he evitado, por el momento, a un prefecto; una diosa me ha echado
una maldición y mis madrinas me han sermoneado.
Podríamos decir que ha sido una noche muy larga.
Pero hay un zurrón lleno de joyas robadas en la cochera y tengo que
deshacerme de ellas antes de que Adalbrecht regrese. Con un gruñido, me
deslizo de la cama hasta la suave alfombra azul medianoche. Es casi tan
cómoda como la colcha. Me pongo de pie y me quito el vestido y las perlas.
Me he manchado de vino la combinación, así que saco otra de la cómoda.
Cae una bolsita pequeña y la meto de nuevo entre la ropa suave.
Cuando trajeron los baúles de Gisele desde Sovabin, extraje enseguida
todos los saquitos de lavanda seca que yo misma había cosido unos meses
antes y que había guardado entre las capas de algodón y seda, justo como me
habían ordenado. Luego los lancé todos al río Yssar. Pedí a la mayordoma
que me trajera todos los aromas que me gustaban: cáscaras secas de naranja,
vainas de vainilla, pétalos de rosa y hasta ramas de canela; para mí, todos eran
riquezas, ya que me había pasado gran parte de mi vida apestando a jabón
barato hecho con sebo y ceniza. Era un lujo impensable estar tan limpia como
quisiera y cuando quisiera. Decidir a qué quería oler.
A finales de mes, los últimos restos de lavanda habían desaparecido y toda
la ropa olía a mí.
Me pregunto si Gisele recuperará la lavanda cuando se lo devuelva todo.
No puedo pensar en eso ahora mismo. Acabo de quitarme la combinación
sucia por la cabeza cuando oigo la voz de Ragne.
—¿Te metiste en una pelea?

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Doy un salto y me giro, tapándome con la combinación. Me había
olvidado de que estaba allí o, de lo contrario, nunca me habría descubierto la
espalda.
—No es asunto tuyo —espeto.
Ragne ha recuperado la forma de gato y gandulea a los pies de la cama.
—¿Estás enfadada? —dice, parpadeando—. Esas cicatrices son buenas.
Yo estaría orgullosa de haber sobrevivido a…
—Que te calles. —Me pongo la combinación limpia con el rostro
encendido—. He dicho que no es asunto tuyo.
Ragne solo bosteza.
—Eres muy rara.
Eso no merece una respuesta. Termino de ponerme un uniforme de
sirvienta y escondo el pelo bajo una cofia sencilla. También me abrocho la
capa desaliñada de lana con una insignia que me identifica como sirvienta de
la casa Reigenbach. Según a qué parte de Minkja vaya, esa insignia puede
señalarme como objetivo o hacerme intocable. Mi perista, Yannec Kraus,
trabaja en una taberna justo en el límite de estas dos zonas.
Cuando me miro en el espejo del tocador, veo el rubí a través del
ungüento. Eso no es bueno. Yannec tiene una norma: todo lo que robo, se lo
vendo a él y solo a él. Es un hombre supersticioso; o, al menos, teme tanto a
los dioses que, si admito que es una maldición, no se arriesgará a enfadar a
una diosa menor haciendo negocios conmigo.
Hay un botiquín escondido en el tocador para cualquier rasguño que me
gane en los robos. Me pongo un poco de gasa sobre el rubí, con la esperanza
de que se pegue más que el ungüento. Al hacerlo, algo en mi reflejo me llama
la atención.
Hay un fantasma en el espejo, una chica atormentada por un desasosiego y
una duda recurrentes que, sin el hechizo de las perlas, no permanecen ocultos.
Pensaba que la había dejado en el castillo Falbirg.
—¿A dónde vas?
—Schit! —Doy otro salto, sacudiendo el tocador. Miro hacia la cama,
pero Ragne no parece estar arrepentida—. Fuera —digo, concisa—. Por
negocios. Quédate aquí y no hables con nadie.
—¿Por qué no?
—Porque los animales no hablan. —Me pongo a atarme las botas.
—O tú no los escuchas. —Oigo un crujido, seguido de un silencio
sospechoso—. ¿Puedo hablar con gente de esta forma?

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Cuando alzo la mirada, hay una chica humana estirada sobre la colcha;
tiene la piel pálida como el hueso y sus ojos rojos con pupilas verticales me
miran desde debajo de una masa irregular de pelo negro. De algún modo,
Ragne aparenta mi edad y, al mismo tiempo, parece milenaria. También está
tan desnuda como el día en que nació.
(Vamos a suponer que nació. Que yo sepa, también podrían haberla
conjurado a partir de telarañas y el corazón de una cabra).
—No. —Aparto la mirada; mi paciencia se agota—. No puedes hablar con
alguien estando así. Nosotros llevamos ropa.
—No todo el tiempo. —Ragne se sienta—. ¿Estás incómoda?
No es porque esté desnuda, ya que solía bañarme con las otras sirvientas
en el castillo Falbirg. Pero a ellas las conocía de casi toda la vida. No sé qué
hacer cuando alguien se desnuda ante mí sin dudar. Sin miedo.
Señalo el vestidor.
—O cambias de forma o te pones algo de ropa. Hay camisones en el cajón
de abajo.
Para cuando ya me he atado las botas, Ragne se ha puesto un camisón…
como si fuera unos pantalones. Los pies le sobresalen por las mangas y se ha
alzado el dobladillo inferior hasta el cuello. Mueve los dedos de los pies hacia
mí.
—¿Mejor?
A este ritmo, si la dejo aquí, es posible que salga al pasillo luciendo tan
solo una faja a modo de sombrero.
—No. Vale, puedes venir conmigo si te conviertes en un animal, uno
pequeño, y si mantienes la boca cerrada.
Ragne junta los dientes con un chasquido.
—Me refiero a que no puedes hablar. Solo si estamos a solas, ¿entendido?
Asiente y desaparece; el camisón cae al suelo. Un segundo después, una
ardilla negra sale de la tela, sube por mi chaqueta y se hace una bola en la
capucha. Intento no temblar cuando salgo del dormitorio hacia una de las
escaleras de los sirvientes.
Primero me dirijo a la cocina para buscar la polenta y la miel de Poldi.
Tras dejarlas junto a la chimenea del dormitorio, no tardo nada en recoger el
zurrón del carruaje (mi señora olvidó el neceser) y atravesar el portón
principal (mi señora necesita hacer un encargo urgente a la costurera para la
boda). Los guardias hasta me encienden el farol y me ofrecen un trago de
aguardiente para mantener el calor. Lo rechazo con educación.

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También me ofrecen una pequeña daga con el sello de la guardia del
margrave en la empuñadura. Eso sí que lo acepto.
Minkja es muchas cosas: una ciudad, un sueño, una promesa cumplida,
una promesa rota. Pero nunca es segura y mucho menos por la noche.
Los guardias del castillo Reigenbach se han ganado sus cómodos puestos
a través del valor y las recomendaciones. Adalbrecht es mucho, pero
muchísimo menos exigente con la guardia de Minkja; deja que los fracasados
del ejército paguen sus deudas o sus sentencias dándoles una porra, un
uniforme y el mote de «Wolfhunden». Y luego les quita la correa.
En teoría, mantienen la paz. En la práctica, solo son una banda con un
nombre tonto (¿«Perro lobo»? Qué innovador). Se meten en cualquier tipo de
negocio criminal de Minkja, desde polvo de amapola hasta estafas de
seguridad. ¿Quieres que la panadería de tu rival se incendie? Wolfhunden. ¿O
que un concejal de la ciudad resbale por un puente y caiga al Yssar? Un
Wolfhunden proveerá.
Y si los Wolfhunden descubren que he robado y he vendido joyas por
valor de casi mil gilden en el último año sin pagarles «una tasa de
protección»… Bueno, al menos no tendré que preocuparme más por la
maldición.
Veo las miradas que intercambian los guardias de la puerta cuando me
meto la daga en la bota (qué ironía: esa bota ya esconde otro puñal, pero no
hace falta que lo sepan).
—No vayas por Lähl, Marthe —me insta uno—. O nunca volveremos a
verte.
Quiero poner mala cara (¿qué querría una dama como Gisele en Lähl?),
pero, en vez de eso, les hago una reverencia.
—Me quedaré dentro del Muro Alto, gracias.
Eso solo los apacigua un poco, pero da igual. Tengo que deshacerme de
las joyas de los Eisendorf antes de que Adalbrecht llegue mañana. Y la ilusión
de Gisele… Bueno, es una señora muy exigente.
Con el puñal, el farol y la bolsa de joyas robadas, abandono el castillo.

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CAPÍTULO 5

Trato justo

Minkja no es tanto una ciudad sino la exhibición de una arquitectura hostil.


Una vez fue un monasterio tranquilo rodeado por un puñado de granjeros que
intercambiaban lana y trigo por hidromiel y queso, y a todo el mundo le
parecía bien ese sistema.
En algún punto de la creación del Sacro Imperio, la familia Reigenbach
miró el largo brazo del bajío peligroso del río Yssar y vio una oportunidad
debido a su cruce seguro. Así fue como surgió la ciudad dentro del Muro
Alto, con sus filas apiñadas de paredes de estucado blanco y sus paseos de
árboles podados y cubiertos de escarcha. Los edificios se despliegan a partir
de plazas concurridas, como hongos en tocones: franjas dentro de franjas de
marrón y blanco alzándose todo lo altas que pueden. El horizonte de la ciudad
está coronado por los pliegues oscuros de unos tejados tan apiñados que
amenazan con sobrepasar el Muro Alto.
Y, de hecho, eso ocurrió hace un par de siglos. Las casas y las tabernas y
las calles fangosas empezaron a aparecer al otro lado del muro hasta que los
Reigenbach se vieron obligados a vallar de nuevo la ciudad. En un día claro,
desde el castillo Reigenbach se puede ver la vieja Minkja dentro del Muro
Alto, la joven Minkja dentro del Muro Bajo, luego las tierras de cultivo y, al
fin, el muro azul que son las cumbres cubiertas de nieve de las Alderbirg,
hacia el sur.
Esta noche, sin embargo, solo hay niebla y sombras detrás del Muro Alto.
Me apresuro a atravesar la cima de la colina sobre la que se encarama el
castillo Reigenbach y a pasar por el Puente Alto que cruza el Yssar. Me
arrebujo más en la capa para evitar la helada salpicadura de la cascada
revuelta de abajo. El Puente Alto prosigue como el viaducto Hoenstratz
oriental, una especie de puente de tierra construido para permitir que los
comerciantes pasen por encima de los callejones sinuosos de Minkja y lleguen
directos a los mercados.

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Yo, sin embargo, tengo que llegar al nivel de Minkja, así que bajo por una
escalera de ladrillo y rodeo el Göttermarkt, donde las velas iluminan las
ventanas de los templos desparejados que ocupan la amplia plaza. Unos
cuantos puestos de sakretwaren aún están abiertos para vender cirios votivos,
ofrendas y un surtido de amuletos a cualquier persona que busque ayuda
divina a esta hora impía. Muchos también venden ceniza de bruja a quienes
quieran encargarse de sus propios asuntos.
No obstante, la magia es un asunto letal, y más para la gente desesperada.
Las brujas adquieren poder por dosis. Recogen huesos, pieles y cualquier cosa
que dejen los dioses menores, los espíritus o los grimlingen, lo queman hasta
reducirlo a cenizas y añaden una pizca a su té cuando las cataplasmas y los
rituales no son suficientes (no hace falta que sea té. Hay una bruja en el
Obarmarkt famosa por sus pasteles de ceniza de bruja).
Pero no son los dominios de los humanos y demasiada ceniza envenena la
mente y el cuerpo. Los hechizos potentes, como el de las perlas, requieren el
trabajo de un hechicero. En vez de ceniza de bruja, los hechiceros adquieren
su poder a partir de un espíritu que se ha unido a ellos, lo cual implica una
serie de consecuencias desagradables. En el castillo Falbirg, la barda
residente, Joniza, siempre hablaba sobre ellos con lástima y desconfianza.
«Mi madre tiene un dicho: por un poder terrible, pagas un precio terrible»,
me contó.
Los puestos de sakretwaren, por lo menos, no usan los vínculos de los
hechiceros. No sé si Minkja podría pagar el precio.
Un puñado de guirnaldas imperecederas adorna las puertas y las ventanas
del Göttermarkt, pero las decoraciones reales del Winterfast no aparecerán
hasta la semana que viene. Los templos, las ofrendas y los recuerdos del
mercado están dedicados sobre todo a los dioses almánicos, ya sean los
santuarios de diferentes dioses menores o la Casa de los Supremos, donde se
venera a todos los dioses como manifestaciones del innombrable Dios
Supremo. Aun así, unos cuantos sitios sirven a deidades de fuera del imperio.
Los comerciantes a menudo se quedan atrapados en Minkja mientras Ungra u
Östr irrumpen en el imperio por las fronteras más provechosas; a veces, esos
mercaderes deciden, por la razón que sea, que les gusta este sitio y se quedan.
Los vendedores del Göttermarkt ni parpadean cuando me ven pasar a toda
prisa. Una niebla densa sale del Yssar y, entre el frío y la humedad, todos
hemos acordado centrarnos en nuestros asuntos.
Por desgracia, tengo que adentrarme más en la niebla. La taberna de
Yannec está justo en los muelles del Untrmarkt, donde se vende mercancía

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más mundana, como ganado y productos agrícolas. Las tabernas de los
muelles suelen llenarse con barqueros para beber una última sjoppen de
cerveza antes de impulsarse por el Yssar hacia sus pueblos. A estas horas,
sospecho que solo quedarán los más canallas y borrachos.
La taberna de Yannec aparece por delante, entre la niebla; es un inmueble
tosco de yeso y madera que no intenta convencer a nadie de ser otra cosa. Hay
dos loreleyn pintadas a conjunto a cada lado de la puerta; sus colas enroscadas
y cubiertas de escamas se han desvanecido hasta convertirse en verde moho.
El yeso gris de la pared se ve a través de sus torsos, donde los borrachos han
pasado tantas veces las manos sudorosas sobre los pechos exagerados que la
pintura se ha desgastado. En tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera,
supongo.
Me quito la insignia de criada de Reigenbach y la guardo en el zurrón.
El olor acre a cerveza barata y a hombres más baratos aún me da en toda
la cara cuando entro en la taberna, pero al menos la temperatura ha mejorado.
En efecto: las pocas personas que están aquí dentro están tan borrachas como
me imagino que estará la komtessin Ezbeta ahora mismo. Se aferran a sus
sjoppens de madera porque no se fían de darles unas de cerámica.
Dos hombres en la esquina mantienen un debate adormilado y acalorado
y, por cómo suena, están de acuerdo, pero ambos se han enfadado y bebido
tanto que no se dan cuenta. Ragne se queja de desagrado, seguramente por el
olor penetrante, pero se calla cuando doy un tirón a la capucha.
Yannec no está sirviendo, pero oigo su canto desafinado en la cocina. La
camarera que limpia cerveza derramada me saluda. No sé qué mentira le
habrá contado Yannec, que soy su hija o una amante o una amiga. No soy
nada de eso, pero la mujer no hace preguntas y, como quiero que la cosa siga
así, yo tampoco las hago.
Detrás de nosotras, unos taburetes de madera caen al suelo y se oyen
gruñidos y juramentos; deduzco que el no-debate ha pasado a ser un consenso
violento. La camarera les tira el trapo empapado, pero luego sacude la cabeza
y cruza la barra por debajo para lidiar con los hombres directamente.
Paso junto a ella y me dirijo hacia Yannec, un hombre como un jamón con
los brazos gruesos de quien se ha pasado la vida peleando con estofados. Está
engrasando una enorme sartén de hierro en la cocina húmeda y pequeña. Se
cubre la coronilla con un pañuelo fino, donde sé que la calvicie se extiende
sin posibilidad de contenerla. Alza las cejas cuando atravieso la puerta y me
aclaro la garganta.
—Rohtpfenni —gruñe.

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—Marthe —replico. Estoy demasiado cansada para esto. He recibido
muchos nombres que Yannec podría usar, pero insiste en decir el que odio.
Seguramente porque sabe el motivo.
Yannec señala la puerta con la cabeza.
—Ya acabo. Ven, hablemos en la parte trasera.
Deja la sartén y toma un colador y un cubo de hojalata lleno de agua para
fregar los platos. Luego se encorva para pasar por la puerta. Le sigo.
—Apesta —me susurra Ragne, pero tiro de nuevo de la capucha. Me da
un golpe en la nuca con su cola de ardilla y me trago una maldición por la
sorpresa.
Nos encerramos en el despacho trasero, donde Yannec hace la
contabilidad para el propietario de la taberna. Es una habitación agobiante, sin
ventanas y solo otra puerta que da al callejón, donde una barra pesada impide
el paso a los visitantes indeseados.
Yannec deja el cubo de agua y lo señala con un gesto. No me he
molestado en guardar las joyas en botes separados después del desastre de
Eiswald, solo las enrollé en el uniforme que escondí en el zurrón. Lo saco y
meto las joyas en el colador antes de sumergirlas en el agua. Los aceites y las
pastas flotan y se coagulan en una espuma que se quita con facilidad.
Le paso el colador chorreante a Yannec, que acaricia con los dedos cada
anillo y brazalete mientras murmura para sí las cifras.
Os preguntaréis por qué confío en un hombre como Yannec, y lo cierto es
que no me fío de él. Lo conozco desde que Fortuna me envió a su cocina en el
castillo Falbirg; me fío de su resentimiento y me fío de su avaricia.
Sé que cuando Yannec vino con Gisele y conmigo a Minkja fue para
servir cenas a damas elegantes, no para echar grasa en una taberna lóbrega.
Confío en que Yannec piense que se merece algo mejor que esto, aunque
es culpa suya por haber creído que el mejor cocinero de un páramo como
Sovabin podía estar a la altura de comerciantes de todo el mundo (en
cualquier caso, su éxito fue gracias a Joniza, que echaba especias en las ollas
cuando él no miraba).
Y confío en la trinidad del deseo: le traigo beneficios y, como es mi único
perista, poder. Me ve, aunque solo sea como recurso, y no pone en peligro su
parte de las ganancias.
—Ciento sesenta —concluye al fin—. Después de mi parte. Es un buen
botín.
Y aún me deja corta de dinero, como temía.

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—¿Considerarías… prestarme dinero? —pregunto—. ¿Por un trabajo
futuro?
(¿Estoy planeando un trabajo futuro? No. ¿Yannec tiene que saberlo? Lo
mismo: no. Ya me habré marchado para cuando se entere).
Abre la caja fuerte y niega con la cabeza mientras cuenta los montones de
monedas.
—Ja, pero esta noche no. Acabamos de pagar los sueldos y solo tenemos
ochenta gilden. Puedes llevarte hoy estos ochenta y yo llevaré la mercancía al
comprador antes del amanecer para que mañana tengas los otros ochenta.
Aprieto los labios e intento suavizar el ceño. Esto no me gusta. Ochenta
gilden es mucho dinero para debérselo. Y también demasiado para que una
taberna lo tenga por ahí después de haber pagado los sueldos.
Joniza fue la que me enseñó el truco del escamoteo. Solo confiaba en una
persona en el castillo Falbirg, y esa era Joniza, porque la barda me enseñó a
mentir bien. O, en términos más románticos, vio a una niña cansada y cubierta
de hollín y de grasa, y decidió compartir un poco de su magia.
«Siempre debes tener las manos en movimiento», explicó, deslizando las
cartas entre sus elegantes dedos marrones. «Las dos. La gente sabe que es un
truco, ¿no? Por eso intentarán mirarte las manos para detectarlo. Pero solo
pueden observar una mano a la vez».
Joniza me enseñó los trucos detrás de juegos de cartas como Encuentra a
la Dama. Me enseñó a ocultar una moneda de estaño y a deslizarla en el
bolsillo de alguien. A sacar una margarita de seda de detrás de una oreja.
Pero lo que realmente me estaba enseñando era a leer a las personas. A
mantener su atención donde yo quisiera. A hacerles ver lo que quería que
vieran.
Yannec nunca se molestó en aprender nada de esto. Y por eso no me
ofrece nada que mirar, solo la caja fuerte en la que rebusca y en la que, según
dice, no hay más de ochenta gilden. Según sus murmullos, ya ha contado
veinte.
Veo que por lo menos hay otros cien gilden en monedas amarillas. Y otros
cincuenta en rollos de peniques blancos.
No sé por qué me ha mentido y no me importa. Un hombre se puede
gastar dinero en todo tipo de cosas en Minkja, en cosas buenas y malas. Lo
que importa es que piense que puede mentirme a mí.
—Si solo tienes la mitad del dinero, entonces solo te quedarás la mitad de
las joyas —le digo con frialdad.

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Yannec cierra la caja fuerte de golpe. El brillo de sus ojos me indica que
se está enfadando.
—¿Tienes a otro perista, Rohtpfenni?
Hay muchos en el distrito Lähl, pero los dos sabemos que no puedo ir sola
de noche y que una sirvienta de los Reigenbach no tiene ningún motivo para
ir allí de día. Además, todos le deben una parte a los Wolfhunden, y esa parte
saldrá de mi dinero, no del suyo.
Aun así, no me gusta que jueguen conmigo.
—Tú no tienes a otro proveedor —contraataco—. Nadie te trae botines
como este. Ofréceme un trato justo o no trataré contigo nunca más.
No hay nada que avive más su ira que los celos, pero en el pasado cedió
con bastante facilidad ante una amenaza. Esta noche, el brillo de sus ojos se
agudiza. Me mira con atención… No, a mí, no; mi mejilla. Me apunta con un
dedo grueso.
—¿Qué es eso?
Siento una brisa donde la gasa escondía la lágrima de rubí. Un momento
más tarde, un cuadrado blanco revolotea sobre la mesa.
Por segunda vez esta noche, una mano me agarra la barbilla como una
tenaza.
—¿A quién más le estás vendiendo? —pregunta Yannec, poniéndome de
puntillas. Ragne suelta un gorjeo de miedo y se retuerce en la capucha—.
¡Una piedra como esa vale el doble de lo que me has traído! ¿Cómo se llama
el hombre al que le vendes?
—Qué audaz por tu parte suponer que es un hombre —grazno, intentando
liberarme sin éxito—, pero no es nadie, imbécil. El margrave vuelve mañana
y este es un regalo para la boda. No puedo venderlo.
—Y una mierda. —Aprieta el rubí con la mano libre, pero no cede; solo
chirría un poco, como un molar arraigado al pómulo—. ¿Qué clase de brujería
es esta? ¿Por qué no se desprende?
—Te he dicho que es un regalo, usan un pegamento especial…
Me vapulea por la mandíbula como si fuera un trapo mojado. Me duelen
los dientes de tanto entrechocarse.
—Que no me mientas —gruñe Yannec, respirando con dificultad. Deja de
toquetearme la cara para rebuscar entre los papeles del escritorio. Contengo la
respiración cuando encuentra lo que busca: un cuchillo romo.
Conocerás el precio de ser deseada, susurra Eiswald en mis recuerdos.
Dado que lo primero que yo intenté hacer fue arrancarme el rubí de la
cara, supongo que tendría que habérmelo visto venir.

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Poco se puede hacer para resistirse a una diosa menor que te agarra por la
mandíbula, pero Yannec solo es un hombre y, encima, avaricioso y
desesperado. Forcejeo hasta que afloja un poco la mano y hundo los dientes
en la piel entre su pulgar y el índice. Aúlla y me suelta por completo.
Retrocedo trastabillando y limpiándome la sangre de los dientes. Ragne se
queja asustada en la capucha, pero la ignoro.
—¿Estás loco? —escupo—. ¡No lo hagas, Yannec!
Me señala con el cuchillo; le tiembla la mano. Distingo el resplandor de
un polvo fino en el borde.
De repente entiendo por qué tiene tantas ganas de timarme con el dinero.
Durante un terrible segundo, temo que el polvo sea ceniza de bruja, pero, si lo
fuera, ya me habría convertido en piedra o algo así.
—Dámelo —dice Yannec, medio llorando y medio gruñendo—. ¿Por qué
no me lo das?
No, no quiere poder, solo la evasión del polvo de amapola. Ochenta gilden
son suficientes para mantenerle soñando el resto del invierno. Con la lágrima
de rubí podría comprar incluso más.
El sudor se le acumula en el labio superior, un síntoma de la abstinencia,
junto con la paranoia y la violencia. Debería haberme fijado en las señales;
ahora estoy a punto de pagar el precio.
Yannec se tambalea mientras rodea la mesa y me aparto con rapidez para
que quede entre los dos.
—¡Para! ¡Podemos hablarlo!
—Te lo cortaré si hace falta —susurra. Me doy cuenta tarde de que he
cometido un error de cálculo: Yannec se halla entre la puerta de la cocina y
yo. Aún puedo alcanzar la entrada del callejón, pero me atrapará antes de que
consiga quitar la barra.
Noto un peso repentino alrededor del cuello y unas garras se hunden
durante un momento en mi hombro. Un gato negro sale disparado para
aterrizar sobre la mesa, con la cola erizada moviéndose de un lado para otro.
—Te ha dicho que parases —aúlla Ragne con esa voz espantosa y
estridente de gato.
Yannec se la queda mirando boquiabierto y luego mueve el cuchillo en un
arco inestable.
—¡Atrás, demonio!
—Deja de ayudar, Ragne. —Intento agarrarla por el cogote, pero se libera
con un giro y una mirada salvaje e indignada—. Tu madre…

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—¿Te has aliado con un grimling? —Yannec tiene toda la cara cubierta
de sudor.
—Me has insultado, hombre apestoso —sisea Ragne—. No soy ningún
grimling. Dale a la Vanja lo que le debes.
—No pienso pagarle ni un penique rojo a una criatura impía… —Yannec
da una cuchillada hacia Ragne, pero falla por un kilómetro—. ¡Ni a su
esclava!
Se lanza a por mí. Ragne salta del escritorio hecha una bola de pelaje
negro y aterriza entre nosotros convertida en un lobo erizado. Chasquea los
dientes como aviso. Yannec se tambalea, tropieza, cae al suelo…
… y se queda muy quieto, con un grito ahogado. Le sobresale la
empuñadura de su propio cuchillo del pecho.
Ragne se sienta sobre las patas traseras. Luego ladea la cabeza, con una
oreja de lobo aplanada contra el cráneo y la otra alzada.
—¡Ah! Creo que se ha muerto.
La voz de perro es mucho peor que la de gato.
Me deslizo por la pared y, durante un momento, lo único que oigo son los
martilleos de mi propio corazón. Luego veo la empuñadura del cuchillo de
más que me dieron los guardias sobresaliendo de la bota y me echo a reír,
incrédula. Me había olvidado por completo de que estaba ahí.
Aunque tampoco hubiera ayudado más que el otro puñal que llevo
escondido. Los hombres que ansían amapola caminarían sobre cristales rotos
para conseguir otra dosis. O, bueno, los hombres que ansíen cualquier cosa.
Sobre todo oro.
Muerte aparece sobre el cuerpo encorvado de Yannec, sin prestar atención
al charco de sangre en expansión. Ragne enseña los dientes en una sonrisa
canina.
—¡Hola! Me alegro de verte tan pronto.
—Lo mismo digo —responde Muerte. Siento su mirada sobre mí y me
cubro la cara con las manos.
—No necesito tu ayuda.
Cuando vuelvo a mirar, ya se ha ido. Me apoyo en el escritorio y observo
el bulto en el suelo, demasiado cerca de mí.
Yannec ha muerto. Yannec, a quien no apreciaba y quien no me
apreciaba, pero que también era mi último vínculo con el castillo Falbirg. O,
al menos, uno con el que aún hablo.
Hablaba.

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Yannec, que ha intentado matarme por un rubí para poder comprar polvo
de amapola y así tratar de olvidar su propia decepción. Sé que ser mi perista
le daba beneficios y poder, pero no le bastó. Yo era algo que debía usar.
Yannec, cuyo cadáver es otro problema que debo solucionar. Junto con las
joyas de los Eisendorf. Y conseguir mil gilden en las próximas dos semanas.
Y romper la maldición antes de que me mate… o antes de que me maten por
ella.
Al problema del cadáver, al menos, lo puedo solucionar.
—Ragne. —Me obligo a ponerme de pie, centímetro a centímetro—. ¿Has
cenado?

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CAPÍTULO 6

El gran despertar en el desayuno del prefecto Júnior


Emeric Conrad

Me olvidé de cerrar con llave la puerta del dormitorio. Lo descubro por las
malas a la mañana siguiente.
—Lo siento mucho, princesa Gisele, pero tiene un visitante.
Me tapo la cara con un brazo cuando una doncella aparta las cortinas y
deja entrar una cascada de luz; llega otra doncella con la bandeja del
desayuno.
—¿Qué hora es? —farfullo, antes de rodar bocabajo. Las perlas de Gisele
chasquean en mi cuello, porque duermo con ellas por si se da una situación
como esta: intrusas inesperadas.
—Casi las nueve de la mañana, prinzessin.
—Puede esperar —le gruño a la almohada, pero entonces ahogo una
maldición cuando me encuentro con pelo en la boca. Se oye un chillido.
Ragne se ha enterrado entre una almohada y la otra, convertida de nuevo en
un ratón negro. La fulmino con la mirada.
Anoche le preparé una buena silla para que durmiera en la forma que
creyera conveniente. Por nada del mundo, le dije, tenía permitido dormir en la
cama.
La mitad de la almohada está cubierta con pelo negro de gato. Mi
almohada. Ya sabes, donde pongo mi cara de persona humana.
—Discúlpeme, pero dice que, eh, concertó una cita con usted anoche.
Miro a la criada con los ojos entornados mientras termina de abrir las
ventanas. Se llama Trudl y fue la primera en ofrecerme sus servicios como
doncella (y la rechacé con educación). Estoy segura de que piensa que Marthe
hace un trabajo pésimo.
—Es un hombre joven. —Trudl se encoge de hombros a modo de disculpa
mientras la otra criada hace una reverencia—. Emeric Conrad.

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—¿Quién? —grazno. Ella se vuelve a encoger de hombros.
—Dice que está aquí para tomarle declaración para los tribunales
celestiales, pero parece muy joven para ser prefecto.
No puedo evitar proferir un suspiro de desprecio absoluto.
—Es un prefecto júnior. Debe haberse marchado después que yo.
—No, prinzessin. Dice que se marchó de la mansión Eisendorf esta
mañana. Se habrá saltado el desayuno para llegar tan temprano. —Trudl me
ayuda a levantarme—. ¿Voy a buscar…? Oh.
—¿Qué ocurre? —pregunto, con miedo de que haya visto a Ragne entre
las almohadas.
Trudl sacude la cabeza. Su mirada se ha agudizado un poco.
—Nada. Me ha sorprendido su… Bueno, es un rubí precioso, prinzessin.
Schit. Quizás ella se trague la excusa que Yannec no quiso creerse. Me
pongo de pie tambaleándome.
—Quedará precioso para la boda. Se pega con un pegamento especial.
Ahora mismo es la última sensación en Thírol.
Trudl asiente. Deduzco lo que estará pensando sobre que lleve una
pequeña fortuna pegada en la cara.
—Muy bien. ¿Voy a buscar a Marthe para que la ayude a vestirse?
—No —me apresuro a decir, agarrándome al poste de la cama—. Le dije
que me despertara a las nueve, así que no tardará en venir.
La noche anterior… Bueno, no terminó como esperaba, de mil maneras
distintas, y no estoy en forma para corretear por ahí fingiendo ser dos
personas a la vez. Mi reflejo en el tocador dice que es una decisión acertada:
hasta con las perlas mágicas, Gisele está hecha un desastre; los rizos de color
platino se han deshecho por la cama, como el camisón. Cierto, las perlas
hacen que parezca intencionado, pero…
Eso me da una idea.
—Envía al prefecto a mi salón personal —digo— y tráele algo para
desayunar, lo mismo que tomaré yo. Lleva allí mi bandeja también. —Luego
examino mi desayuno. Le falta el toque final—. Y una cosa más…
Dos minutos más tarde, entro en mi salón personal un poco más preparada
que cuando me he despertado. Me he puesto pantuflas y me he recogido el
pelo en una coleta diabólica que me cae por un hombro, pero lo único que
llevo puesto es una bata bordada de un intenso escarlata sobre el camisón.
Pesa tanto que no debo preocuparme de que se escurra nada.
Sigue siendo muy inapropiado. Una joven prinzessin no debería recibir
invitados vistiendo su ropa de dormir. Sobre todo una joven prinzessin que

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está a punto de casarse con el gobernante de la marca más grande del sur de
Almandy. Vale, las perlas no funcionan de la misma forma con todo el mundo
y no quiero dar por sentado que el buen prefecto se interese de ese modo por
las mujeres o por cualquiera. Pero, a juzgar por la ligera fascinación y por el
pavor de Emeric Conrad mientras alza la mirada de la mesa dispuesta para
dos, deduzco que no es inmune en absoluto.
Casi vuelca la silla cuando se levanta a toda prisa y hace una reverencia
tensa.
—P-princesa Gisele. Esto…
—¿Le gusta? —Me siento en mi silla y dejo que la pregunta cuelgue en el
aire durante un momento antes de señalar con la mano el banquete de pretzels
marrón claro y pumpernickel, los abanicos de queso cortado, los cuencos con
compota de manzana especiada y mostaza dulce—. Su desayuno, quiero
decir.
Emeric se me queda mirando un poco demasiado, procesando el rubí, la
bata, el camisón debajo de la bata, hasta que al fin se controla. Medio se
sienta y medio se derrumba en la silla, luego rebusca en la chaqueta que le
queda grande y saca un cuaderno pequeño y un carboncillo con un esfuerzo
sobrehumano; el envoltorio de papel del carbón cruje bajo sus dedos
temblorosos.
—Esto… eh… Es muy amable, prinzessin. Si no le importa, me
gustaría…
Le interrumpe un golpe en la puerta.
—Adelante —digo.
Emeric se aclara la garganta.
—Me gustaría…
La puerta del salón se abre para dejar paso a un hombre que carga con un
plato caliente con unas longanizas largas, gordas y muy sugerentes. Se
bambolean escandalosamente cuando deja el plato entre Emeric y yo.
—Sus rohtwurst, señora.
—Divinas. —Estiro el brazo para atravesar una con el tenedor.
A Emeric se le cae el palito de carbón.
Agito la rohtwurst en su dirección; la crujiente piel crepita por la grasa de
cerdo.
—Uno de los platos favoritos en Sovabin. Me recuerda a mi hogar.
—Entiendo. —A Emeric le falla la voz. De una forma llamativa.
Esta es la parte en la que debo admitir que no tengo ni idea sobre qué
hacer con la… rohtwurst personal de alguien. O sea, he oído cotilleos y

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chistes verdes, y Joniza me explicó la mecánica cuando tuve una edad
apropiada. Hasta diría que la idea me atrae en cierto modo, al menos con la
persona adecuada. Pero mis prioridades son diferentes y aparecieron antes que
mi interés en, bueno, las rohtwurst; y esas prioridades son lo primero.
Y esto significa que no estoy del todo segura sobre qué mensaje está a
punto de mandar Gisele al pobre prefecto júnior Emeric Conrad esta mañana,
pero sé que se le han enrojecido mucho las orejas y parece tanto fascinado
como muy, muy preocupado cuando deposito la longaniza entre la compota
de manzana y el pretzel en mi plato.
—¿Qué decía, meister Emeric? —pregunto en un tono inocente. Parto un
trozo de pretzel y me lo meto en la boca.
Está mirando de nuevo el rubí. Eiswald dijo algo sobre el precio de ser
deseada; quizá la maldición atraiga la avaricia de la gente, igual que las perlas
atraen el deseo.
Emeric fija la mirada en la mesa con una cantidad admirable de
determinación.
—Me gustaría tomar notas mientras hablamos. Y llámeme prefecto júnior
Conrad, por favor. Aún no me han ordenado.
Mastico despacio, trago y sonrío.
—Entiendo.
Agacha la cabeza, abre el cuaderno y pasa algunas páginas.
—Eh. Empecemos por…
—No está comiendo —me quejo con un mohín.
Emeric me mira parpadeando por encima de las gafas y luego unta
mantequilla en un trozo de pumpernickel para complacerme.
—¿P-podríamos empezar confirmando algunos hechos básicos, por favor?
Mi superior, el prefecto Klemens, no es muy versado en las… —se le escurre
un poco el cuchillo— relaciones de Bóern.
—Adelante.
El pulcro cabello negro le cae sobre la frente mientras observa con el ceño
fruncido su cuaderno. Me hace gracia ver que se saltó el desayuno en la casa
de los Von Eisendorf, pero no eludió su aseo personal antes de partir.
—Hace poco más de un año, el markgraf von Reigenbach viajó a Sovabin
para pedir su mano en matrimonio, ¿correcto?
No. Poco más y asaltó el castillo Falbirg. Lo hizo del mismo modo que los
nobles almánicos se roban cosas entre sí: mencionó que todas las rutas de sal
en la parte meridional del imperio pasaban (a propósito) por Minkja.
Obsequió a los padres de Gisele, el príncipe y la dama Von Falbirg, con

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historias sobre sus grandes ejércitos en la frontera y sobre cómo a veces
tenían que cerrar todas las rutas de comercio que iban a Sovabin por
seguridad. Esbozó su sonrisa de lobo y dijo que una joya como Gisele debía
ser lucida en una corona.
Y luego pidió su mano en matrimonio.
—Correcto —respondo.
Otra mirada hacia mí, que se aparta enseguida.
—Poco después, vino a Minkja con… —Comprueba sus notas—. Tres
sirvientes de Sovabin: su cocinero, Yannec Kraus; su barda, Joniza Ardîm; y
su doncella personal, Vanja Schmidt. ¿Correcto?
Mi tenedor tintinea con torpeza en el plato.
Esta es la segunda vez que he oído mi nombre en boca de un desconocido
en las últimas doce horas. No me gusta. Es la diferencia entre entrar aquí con
las perlas de Gisele y una bata y que alguien me pille (a mi yo de verdad) en
el baño.
Me recupero bastante rápido.
—No exactamente. Yannec dejó mi servicio cuando llegamos. Joniza vino
a Minkja después y decidió buscar otras oportunidades. A ambos les deseo
mucha suerte.
Sonrío con benevolencia, como si no hubiera tirado el cuerpo de Yannec
en el río Yssar hace unas nueve horas.
Por cierto, así fue como terminó la noche. Revolví el despacho para hacer
que pareciera un robo que acabó mal y me llevé los gilden de la caja fuerte
junto con las joyas de los Eisendorf y el libro de cuentas de la taberna. Habría
sido más fácil que Ragne se ocupara del cuerpo, pero resultó que su ayuda
tenía dos limitaciones.
Una era que, al parecer, es vegetariana.
—Me hará vomitar —explicó mientras salía del callejón transformada en
un oso negro con el cadáver de Yannec sobre los hombros—. ¿Y si me lo
como y luego me convierto en humana? ¿Tendría carne humana en mi barriga
humana? No, eso no me gusta. Además, es un hombre apestoso.
El otro límite era más literal. Recorrimos la mitad del muelle más cercano
antes de que se tambaleara y se encogiera de nuevo convertida en ardilla.
Chilló hasta que le aparté a Yannec de encima.
—Las formas grandes son difíciles en luna nueva —musitó Ragne, antes
de enroscarse en una bola con la cola peluda sobre la nariz y los ojos cerrados
—. Buenas noches.

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Fue un momento extraño, quedarme a solas en un muelle con el cadáver
de uno de mis conocidos más antiguos. Despedirse de alguien que colaboró en
convertirte en la persona que eres ahora es amargo; cuando esa relación dejó
cicatrices, el sentimiento es mucho más amargo aún.
Dije unas cuantas palabras sobre que no era un buen hombre, pero solo
me había alzado la mano una vez antes de esta noche y quizá Muerte lo
felicitase por ello. Le metí un penique rojo entre los dientes para que pudiera
pagar al Barquero y que hiciera avanzar su alma.
Luego lo tiré al río, al último hombre en Minkja que conocía mi nombre
real, y observé cómo las aguas oscuras del Yssar se lo tragaban entero.
—¿Y Vanja Schmidt?
La voz de Emeric me trae al presente.
—Vanja se fue. —Es una mentira a medias que digo demasiado rápido—.
Se despidió antes de que llegásemos aquí. Creo que Minkja no era de su
agrado.
Y corto la punta de la rohtwurst.
Emeric empalidece mucho antes de ponerse rojo.
—V-vale, bien. ¿Sabe dónde están ahora?
—No. —Es una mentira descarada. Me llevo con delicadeza el trozo de
longaniza a la boca—. Pero mi querido Adalbrecht ha satisfecho todas mis
necesidades.
He decidido que quiero que a Emeric le falle la voz otra vez antes de que
acabe con sus preguntas.
Se aclara la garganta y hojea el cuaderno con una desesperación
gratificante. Tiembla, de eso no cabe duda; creo que hasta puede estar
sudando.
—Gracias, estoy seguro de que el prefecto Klemens encontrará estos datos
bastante… esclarecedores. ¿Podría hablarme sobre el robo que tuvo lugar
aquí?
Puedo, pero me gustaría que estuviera distraído. Empujo el plato de
rohtwurst hacia él.
—¡Aún no ha comido! ¿No tiene hambre?
Las longanizas se menean amenazadoras en el plato. Emeric se tira del
krebatte sencillo y almidonado que lleva al cuello.
—Perdóneme, prinzessin, por supuesto. El robo, ¿podría…?
—Ah, sí. —Dejo que la bata se deslice hasta el borde del hombro y tomo
otro trozo de pretzel mientras fijo la mirada en blanco a lo lejos—. Creo que

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fue en abril, ¿no? ¿O a finales de marzo? Di una fiesta por el equinoccio de
primavera. ¿Se celebran en su ciudad las fiestas de equinoccio?
Emeric acaba de dar un gran mordisco al pumpernickel con mantequilla.
Asiente a medias, incómodo, con una mano sobre la boca.
—Bueno, la mía fue soberbia. Podría quedarse para la boda, será un
espectáculo tremendo. —Me remuevo en la silla y esbozo una sonrisa
petulante mientras me enrosco un rizo en el dedo—. Pobre Sieglinde von
Folkenstein. Se casó en la víspera de Todos los Dioses y me temo que su boda
parecerá una verbena campesina comparada con la mía.
He ahí el truco. Todo el mundo piensa que los ladrones están
desesperados y son indigentes. La futura margravina tiene todo lo que
necesita y más; ¿por qué, en el nombre del Sacro Imperio, eso no podría
bastarle?
—Por favor. —Emeric traga—. El… el robo.
—Eso. Un asunto terrible. —Empujo la rohtwurst con el tenedor,
paseándola por el plato. La interpretación de Emeric de ese gesto es, o bien
lasciva, o bien errónea, pero parece bastante nervioso—. Bueno, fue como los
demás. Yo —deslizo la longaniza— vine aquí después de la fiesta —deslizo,
pincho, deslizo— y el joyero estaba donde lo había dejado, pero totalmente
vacío. —Me quedo quieta para que al menos recuerde este detalle—: Excepto
por el penique rojo, claro.
—¿Y la guardia del castillo no vio nada?
Niego con la cabeza.
—Nadie ha visto al Fantasma del Penique. Eso debería saberlo.
(Han visto infinidad de veces a Marthe, a Gisele y a la criada sin nombre
número treinta y siete, pero eso Emeric no lo sabrá por mí. Ni por nadie,
seguramente).
Se reclina en la silla y juguetea con el krebatte, frunciendo el ceño.
—¿Vio algo raro esa noche? ¿A alguna persona sin invitación o a algún
sirviente malhumorado?
— ¿Malhumorado? —pregunto, incrédula. Me sorprende mi propio brote
de molestia. Los dioses supremos no permitan que una criada parezca
descontenta con su suerte mientras vacía el quinto orinal del día.
Luego me controlo. Gisele, por supuesto, lo entenderá de un modo
distinto. Fuerzo una carcajada.
—Qué gracioso, prefecto Conr… prefecto júnior Conrad, perdóneme.
¡Mis criados nunca me han dirigido ni una mala palabra! —Parto el último
trozo de pretzel por la mitad y le guiño el ojo a Emeric—. No, no recuerdo

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nada fuera de lo normal sobre esa noche. Ezbeta von Eisendorf estaba
bastante borracha, pero eso no es nada insólito.
Emeric raspa con la cuchara la compota de manzana.
—¿Y se acuerda de la fiesta de los Von Hirsching?
Me contengo para no poner los ojos en blanco. Cualquiera pensaría que un
prefecto júnior haría un mínimo de investigación.
—Los Von Hirsching… Ah, ¿su fiestecita de jardín en verano? Me temo
que no me sentía bien y no pude asistir.
Habría sido muy sospechoso que Gisele hubiera estado presente en la
escena de cada robo, claro. La mansión Hirsching está tan cerca de Minkja
que pude haber tomado prestado un caballo «para ir a hacerle un recado a mi
pobre señora, que está enferma» y regresar antes del anochecer con los
contenidos del tocador de Irmgard von Hirsching.
—Qué lástima —murmura Emeric para sí, con pinta de resignado—.
¿Sabe de alguien que pudiera guardarle rencor a usted o a cualquiera de las
otras familias?
Si le hubiera preguntado a Vanja la doncella, le habría dicho que esas
familias fomentan el rencor en sus criados y en sus súbditos, y en cualquiera a
quien consideren inferior, que es la mayoría de Bóern. Le habría dicho que es
culpa suya por tratarnos como si fuéramos invisibles, excepto cuando nos
tratan como juguetes.
Le podría haber dicho de dónde vienen las cicatrices de mi espalda:
Irmgard von Hirsching las puso ahí solo porque se aburría.
Pero la dulce y vanidosa Gisele vive en un mundo donde solo un ser
malvado le guardaría rencor. Y Vanja… Vanja, para Emeric, se ha ido.
Y por eso digo:
—No.
Y entonces clavo el tenedor en la rohtwurst, la alzo entera y doy un
mordisco generoso y feroz a la punta mientras miro al prefecto júnior Emeric
Conrad a los ojos y la grasa me pringa la barbilla.
—Ah —dice, muy débilmente.
Luego busca la taza de café con demasiado entusiasmo y la vuelca.
Me sorprende oírle blasfemar cuando los dos nos ponemos de pie. Llamo
a Trudl y luego apoyo una mano en la mejilla, ojiplática y conmocionada.
—Menuda lengua tiene usted para ser un representante de los tribunales
celestiales.
—Perdóneme —repite, secando el café del cuaderno mientras Trudl entra
para limpiar el estropicio—. No ha sido apropiado. Tengo una pregunta más,

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prinzessin, y luego ya no la molestaré.
—No es ninguna molestia. —Dejo que la bata se escurra un poco más
para ver si puedo hacer que se le caiga el cuaderno.
Por desgracia, solo lo busca un poco a tientas.
—¿Por casualidad aún conserva el penique?
Ladeo la cabeza.
—¿El penique?
Podría ser mi imaginación, pero juraría que el polvo de carbón de la mala
suerte centellea en el aire.
—El penique rojo que dejó el ladrón. —Emeric se guarda la barra de
cabrón detrás de una oreja y limpia las hojas del cuaderno con una servilleta
—. El prefecto Klemens tiene un catalejo especial que está hechizado para
utilizar los principios de la posesión seglar y que podamos reconstruir la
secuencia de… Eh. Quiero decir, que podrá llevarnos directamente al
Fantasma del Penique.
—¿Qué? —Seguro que lo he oído mal.
—En términos más sencillos, está encantado para revelar la cadena de
propietarios del objeto. Podemos usarlo para encontrar al anterior propietario
del penique, que sería el Pfennigeist.
—Ah —me toca decir, también débilmente. Y hago lo que se me da
mejor: mentir—. Lo siento, se lo di al kobold del castillo en el solsticio. Da
buena suerte, ¿sabe?
No cabe duda: la mala suerte se acumula entre nosotros.
—Qué lástima —suspira Emeric de nuevo—. Solo tengo el penique de los
Eisendorf.
—¿Necesita más de uno? —pregunto, intentando hacer pasar mi
esperanza por curiosidad—. Podría preguntar a las otras víctimas.
Emeric me mira y luego cierra el cuaderno con un golpe definitivo.
—No. Esperaba cotejarlo con otro para estar seguro, pero con uno basta.
Debo irme. Muchas gracias por el desayuno.
—Buena suerte. —Señalo distraída la puerta y Emeric sigue a Trudl hasta
la salida.
Y se marchan a buena hora, porque noto una punzada aguda y rápida de
dolor en la barriga. Se me escapa un grito ahogado. Al tocar donde duele,
percibo algo pequeño, suave y duro.
Vuelvo trastabillando al dormitorio, cierro la puerta y alzo el camisón.
Una perla del tamaño de la uña del pulgar ha aparecido en el ombligo.
—Uf.

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De algún modo, es peor que haya crecido ahí. Suelto el camisón y me
siento en la chimenea, apoyando la cabeza entre las rodillas.
Pensaba que tenía un plan más o menos definido: romper la maldición
antes de la llegada del prefecto Klemens, robar una última vez antes de la
boda y marcharme de la ciudad antes de que alguien pueda recuperarse de mi
jugada.
Pero Fortuna ha sido bastante clara: el catalejo lo cambia todo. Si
Klemens puede atraparme pocos minutos después de su llegada, si puede
seguirme…
De no ser por la dichosa maldición, ya me habría ido. Pero si no puedo
romperla lo bastante rápido, no solo para alejarme de mis madrinas, sino
también de los tribunales celestiales, nunca conseguiré escapar.

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CAPÍTULO 7

Hilde

R
— agne. —Estoy junto a la cabecera de la cama, con las manos en las
caderas.
Vuelve a ser un gato negro y peludo que se ha tumbado sobre mi
almohada con las patas bajo la barbilla. Abre un ojo carmesí y bosteza.
—¿Mmmsí?
—¿Cómo rompo la maldición de tu madre?
Ragne se estira, rodando sobre la espalda. Se le contrae una pata.
—Ya te lo dijo. Enmienda lo que has robado.
—Pero ¿qué significa eso?
—Significa que enmiendes lo que has robado.
Suelto una especie de gruñido enfadado y le quito la almohada.
—¿Podrías intentar no ser una inútil de remate?
—Ya fui útil anoche y ahora estoy cansada —dice Ragne, molesta, antes
de enroscarse—. Y eres mala, así que no quiero ayudarte. Buenas noches.
Entierra la cara en la cola y cierra los ojos.
Yo entierro mi propia cara en la almohada para ahogar un grito frustrado.
Luego escupo y me saco un pelo de gato de la boca otra vez. Al parecer no
hay ninguna almohada segura.
Enmienda lo que has robado.
La respuesta obvia es Gisele. La peor respuesta es Gisele.
Sé que al final llegó a Minkja. Hasta ha venido al castillo por lo menos
dos veces, abriéndose paso entre los mendigos que se apiñan en la puerta de la
cocina para pedir sobras. La primera vez oí a dos pinches reírse sobre la loca
que afirmaba que era la auténtica princesa.
La segunda vez que vino a mi castillo, la seguí. No fue difícil: nadie me
ve de verdad sin las perlas.
Me dije que era para asegurarme de que al menos había conseguido
encontrar un techo en el que refugiarse. Al fin y al cabo, antes fuimos amigas,

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o lo más cercano que se puede ser amiga de alguien que te puede azotar como
a un perro por capricho.
Pero una parte de mí disfrutó del temblor de sus hombros mientras
cruzaba el viaducto hacia el destartalado distrito Hoenring. Esa parte de mí se
alegraba de cada moco reluciente en su rostro manchado de lágrimas, de cada
desgarrón en su vestido harapiento y demasiado pequeño, de cada tropiezo
mientras ella debía apartarse del camino de otra persona, por una vez en su
vida.
Y casi todo mi ser se alegró al verla entrar en una pensión achatada y
desvencijada. Quería que supiera lo que se siente al dormir en paja podrida, al
tener solo un vestido raído y apestoso a su nombre, al vivir a merced de un
mundo al que no le importas una mierda. Quería que conociera mi mundo del
mismo modo que yo conocía el suyo.
Era egoísta. Feo. Y cierto.
La dejé en el Hoenring y no la he visto desde entonces.
No hay ninguna garantía de que necesite a Gisele para romper la
maldición. Eiswald no dijo que debía devolver lo que robé, solo que debía
enmendarlo. Pero no tengo tiempo para reflexionar sobre las posibilidades. Lo
mejor será descartarla y seguir adelante.
Me pongo a toda prisa un vestido sencillo de terciopelo pesado de color
gris paloma y me arreglo el pelo en una cascada elegante de rizos. Dejo la
lágrima de rubí expuesta, porque una venda en la cara de la prinzessin
generaría más cotilleos que el rumor de un accesorio hortera. Entre eso y las
perlas, todo el atuendo es de los que se ponen los ricos cuando se mezclan con
los plebeyos: lo bastante sencillo para fingir humildad, lo bastante caro para
recordar a todo el mundo quién regresará luego a un castillo.
También guardo el libro de cuentas de Yannec en el tocador. En cuanto
avance con la maldición, veré si puedo averiguar quién compraba las joyas
robadas y luego le llevaré el botín de los Eisendorf yo misma.
Dejo a Ragne dormida en la cama y salgo de mis aposentos en el ala que
da al río. Si la pillan, será su problema.
Los pasillos están en silencio, un tipo de quietud estéril. Se me acelera el
pulso cuando me doy cuenta del motivo: el margrave debe estar cerca.
Verás, Adalbrecht von Reigenbach no entra en un castillo. Hace un
desembarco. La gente envía avisos cuando lo ven llegar por el horizonte y no
sabes por qué el mundo, de repente, parece tan silencioso hasta que te das
cuenta de que cualquier criatura con dos dedos de frente ha ido a esconderse.

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Yo no puedo esconderme de él en su propio castillo. Por suerte, tengo que
salir de todas formas.
—Preparad mi carruaje —les ordeno a los guardias de turno cuando llego
al vestíbulo—. Voy a la ciudad.
—Enseguida, prinzessin.
—¿A dónde? —La voz de Barthl resuena en el techo abovedado. Me giro
y me lo encuentro bajando de una escalera donde había estado limpiando el
polvo de unos bustos de mármol rígidos y demasiado grandes del último
margrave y de su margravina en un nicho elevado. Parece tan malhumorado y
ojeroso como… Bueno, como un submayordomo que se ha pasado en pie toda
la noche dirigiendo legiones de criados.
Pero eso no implica que pueda meterse en mis asuntos. Ladeo la cabeza y,
en un tono tan frío como la escarcha, digo:
—¿Perdona?
Barthl hace una reverencia apresurada, pero su voz transmite cierta
advertencia:
—Mis más sinceras disculpas, prinzessin. —No sé por qué, pero dudo de
que sean sinceras—. El margrave llegará en cualquier momento y será…
Bueno, estoy seguro de que no querrá perderse su llegada.
El único motivo por el que querría estar aquí en ese momento sería para
echarle una tetera de agua hirviendo sobre la cabeza.
—Por supuesto que no —miento—. Tengo asuntos urgentes que atender,
pero no tardaré.
—Muy bien. —Barthl no está nada convencido—. Aunque, si el margrave
llega antes que usted, ¿a dónde le digo que ha ido?
Esto es absurdo. Nadie le ha hablado a Gisele así desde que me quedé con
las perlas; casi se me había olvidado lo que se siente cuando te cuestionan
como prinzessin.
—Me temo que es confidencial.
Barthl alza la barbilla; su boca forma un gesto estricto.
—Ah. ¿Le digo entonces que es un… asunto con el prefecto júnior?
Eso no es un aviso, sino una amenaza manifiesta.
Adalbrecht será la primera persona en superarme en rango en el castillo
Reigenbach. Y Barthl, al parecer, irá a soplarle cualquier cosa sin inmutarse.
—No —farfullo—, ya he acabado con los prefectos. Si tanto quieres
saberlo, voy a… —Schit. No puedo decir precisamente que voy a buscar a la
auténtica Gisele. Esta mentira debe ser impecable en temas de moralidad y
practicidad—. Tengo que… —Necesito algo inocente, algo humilde, algo…

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Ajá.
—Huérfanos —declaro.
—Tiene que… huérfanos —repite Barthl despacio.
—Caridad. —Lo pronuncio como quien se saca un as de la manga. Ahora
puedo darle una orden y tendrá que cumplirla sin hacer más preguntas—.
Prometí que entregaría en persona una donación a un orfanato necesitado. Sé
bueno y tráeme tres gilden del tesoro.
—Como la prinzessin desee —dice con los dientes apretados antes de
marcharse.
Jugueteo con la cinta que ata la capa y me felicito en silencio por esa
genialidad. Es la excusa perfecta para buscar a Gisele en el distrito Hoenring.
El carruaje llega justo cuando Barthl regresa del tesoro con el ceño
fruncido y una bolsa tintineante. A juzgar por su tamaño, ha sacado peniques
blancos; diez hacen un gelt. Y a juzgar por su peso cuando me lo entrega,
faltan unos buenos cinco peniques. Pero no hay tiempo para mandarle a que
lo haga de nuevo.
—Muchas gracias —digo con firmeza. Salgo antes de que pueda seguir
interrogándome.
El lacayo abre la puerta de mi carruaje.
—¿A dónde, prinzessin?
—Al Hoenring. Búscame huérfanos —ordeno, casi saltando dentro del
carruaje—. Llévame al primer orfanato que veas.
Me acomodo en el asiento mientras el carruaje se pone en marcha; por
ahora, he dejado las pieles amontonadas en el banco de enfrente. Y menudo
susto me llevo cuando una vocecita me susurra al oído:
—Suenas como un grimling.
Ragne sale de la capucha de la capa convertida de nuevo en una ardilla
negra y luego se lanza al montón de pieles. Un segundo más tarde, su pálido
rostro humano aparece a través de una maraña de pelo de cuervo que le llega
por la barbilla. Y quiero decir que es pelo de cuervo literalmente, porque la
mitad parece hecha de plumas. Las pupilas verticales le atraviesan el rojo de
sus iris.
—Pues tú pareces un grimling —replico, aún con el corazón a mil por
hora. Corro las cortinas de las ventanillas antes de que alguien la vea
conmigo.
—Pero tú eres la que va cazando huérfanos. —Se ríe mientras recoloca las
pieles sobre sí misma; saca las piernas desnudas y luego mueve las manos con

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los dedos arqueados como garras—. ¡Grr! ¡Arg! ¡Traedme niños para que me
los coma!
—Yo… Es complicado —resoplo—. Veo que has decidido ser de
utilidad.
Ragne se encoge de hombros.
—Sé lo mismo que tú y nada más. Y sé que debo vigilarte. ¿Qué fue lo
que robaste a los huérfanos que ahora debes enmendarlo?
—Nada. Busco a la auténtica Gisele.
—¿Es una huérfana?
—No. —Veo que Ragne frunce el ceño, así que añado—: A lo mejor vive
cerca de un orfanato. Es una excusa para buscarla sin que la gente sepa que no
soy… la auténtica princesa.
—¿Qué le robaste a la auténtica Gisele?
—Todo —digo, con los labios apretados.
—¿Y se lo vas a devolver?
—Es complicado —gruño de nuevo, con la nariz arrugada—. No sé si eso
romperá la maldición y, si no lo hace o si sale mal, estar encerrada en un
calabozo complicará mucho la tarea de enmendar lo que robé.
—¿Te meterán en la cárcel por devolvérselo? —Ragne frunce el ceño.
—Gisele estará enfadada conmigo. Y si le devuelvo —señalo el carruaje
— todo esto, tendrá el poder de hacerme daño. ¿Lo entiendes?
Ragne me dedica una sonrisa radiante con todos sus dientes, demasiado
afilados para ser humanos.
—¡No! No lo entiendo.
Pongo los ojos en blanco.
—No te marees pensándolo demasiado. En cualquier caso, cuando salga,
puedes quedarte en el carruaje o venir conmigo, pero hazte pequeña para que
no te vean. Dime que eso lo entiendes por lo menos, por favor.
Se tumba de lado sobre el asiento sin dejar de sonreír.
—Sí. Me convertiré de nuevo en ardilla.
Eso no merece una respuesta, así que me pongo a contar los peniques
blancos. Tenía razón, Barthl se ha quedado corto por cinco. Por otra parte,
dividir los gilden en peniques significa que puedo estirarlos si lo necesito. Y
si reparto mucha «caridad», quizá me venga bien para la maldición. Y haré las
visitas que haga falta hasta encontrar a Gisele.
Percibo una familiaridad terrible en las monedas de plata mientras las
deslizo entre mis dedos.

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Me duele la mandíbula. Al cabo de un momento, miro a Ragne, que está
ocupada apretando los pies descalzos contra el techo del carruaje.
—Bueno… ¿eres la sirvienta de Eiswald?
Me mira con tanto desconcierto como mira todo lo demás.
—No. Soy su hija. Madre vio a un hombre humano al que quería, en su
bosque, y él también la quería y me hicieron y he vivido con ella desde
entonces. Puedo hablarte del bosque, que está lleno de criaturas preciosas y
huesos…
—¿No te dijo que debías servirla? —la interrumpo—. ¿Al cumplir trece
años? ¿Ni te hizo elegir entre tu padre y ella?
Ragne baja las piernas al suelo y se sienta bien recta.
—¿Por qué iba a ser tan cruel?
No tengo respuesta para eso. Esperaba que ella sí.
El carruaje reduce la velocidad; Ragne se encoge en ardilla y va corriendo
hacia la capucha cuando aparto las cortinas. Hemos cruzado el Muro Alto y
estamos en Hoenring, donde las casas son más pequeñas, las carreteras más
estrechas y los rostros más duros de forma unilateral. La cosa no está tan mal
aquí como en el distrito meridional de Sumpfling, que se pasa la mayor parte
de la primavera al menos a tres centímetros bajo el agua, pero la vida es más
complicada entre el Muro Alto y el Bajo.
Paramos delante de un edificio de madera humilde con un cartel que reza
Gänslinghaus; la palabra está rodeada de lo que pretendían ser margaritas, si
el pintor responsable estuviera borracho y con los ojos tapados. Hay una caja
de donaciones descuidada junto a la entrada; la tapa está cubierta por la mugre
delatora e intacta de la carretera y la escarcha de esta mañana. Algo en la casa
provoca un ligero eco en mi memora, pero, al bajar del carruaje, no puedo
situarlo.
Una cara redonda aparece en la ventana, apretando la nariz contra el
cristal.
—¡Tía Umayya! —Aunque no pudiera ver cómo se mueve la boca de la
niña, la puedo oír perfectamente—. ¡Hay una princesa fuera!
Enseguida aparecen cinco rostros más en las ventanas, empujándose para
ver mejor. Se oye el murmullo de una voz más grave que les regaña antes de
que la puerta se abra. Sale una mujer ataviada con un vestido de lana
descolorida que parece conservar más manchas que el color, a diferencia del
precioso chal magrebí de color índigo que le envuelve los hombros. Parece
tener unos cuarenta años; se recoge el cabello oscuro entrecano en una trenza

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práctica y la sonrisa en su rostro dorado y cubierto de arrugas explica la
facilidad que tiene con los niños.
—¡Ah, no era una broma! —La mujer inclina la cabeza enseguida, toda
profesional—. Soy Umayya. ¿En qué puedo ayudarla, prinzessin?
Aquí es cuando me doy cuenta de que no he pensado demasiado en cómo
proceder, más allá de «encontrar a Gisele».
—Eh —digo, con mucho, mucho ingenio.
Justo en ese momento, un niño de unos nueve años sale empujando a
Umayya. Echa a correr por la carretera gritando:
—¡Voy a comprar bollos de pasas!
— ¡JOSEF! —A Umayya le cambia el semblante. Va tras él, pero
entonces se gira hacia mí—. Lo siento mucho, su otra cuidadora no está y…
¡no deje que quemen nada!
Se marcha antes de que pueda protestar. La puerta se llena enseguida de
una decena de niños por lo menos; todos me miran como si no hubieran
decidido si soy una bruja malvada o un hada madrina. El mayor es un niño
que no parece tener más de doce años y acuna a la más pequeña, de un año,
sobre la cadera. Muchos parecen proceder de Almandy, Bourgienne y otras
tierras intermedias, pero algunos tienen el cabello rubio, casi blanco como la
nieve, del Norte Profundo; los rasgos oscuros sahalíes como Joniza e incluso
el pelo negro y las mejillas ámbar de los ghareses.
—¿Eres una princesa de verdad? —pregunta una niña.
—Eh… Es complicado. —Miro en la dirección hacia la que se ha
marchado Umayya, pero no la veo y la puerta sigue abierta, por donde se
escapa todo el calor.
—Voy a entrar —les digo a los guardias.
—Princesa Gisele, ¿es seguro?
Le lanzo una mirada al hombre cargada de desdén.
—¿Acaso esperamos una emboscada de una niña de dos años?
No aguardo su respuesta: entro y cierro la puerta a mis espaldas.
El interior está tan destartalado como el exterior. Veo un retrete oculto
tras una cortina, una cocina sencilla y una escalera que conduce a la otra
planta. Hay unos cuantos juguetes y libros solitarios desperdigados por la
habitación, junto con una baraja de cartas, y puedo oler los restos del
desayuno en la larga mesa de la esquina, pero en este espacio hay al menos el
doble de niños de los que deberían.
Y todos me miran con expectación.
—Bueno… —Me restriego la cara con la mano—. ¿Vivís… aquí?

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—Sí —responde uno.
Otro silencio prolongado. No se me dan bien los niños.
—¿Os gusta…? —Me rompo la cabeza pensando en algo con lo que
llenar el aire—. ¿Os gusta vivir en Minkja?
Un chico sahalí asiente con solemnidad.
—Me gusta la nieve.
Silencio.
—Genial… genial. —Miro alrededor y encuentro una silla en la que
sentarme. Todos me siguen observando. Se me ocurre una idea y pesco a
Ragne de la capucha, donde había empezado a roncar—. ¿Queréis conocer a
mi… ardilla?
Ragne solo rueda en mis manos y ronca más fuerte. Los niños no parecen
impresionados.
La dejo en la mesa y me vuelvo a restregar la cara con las manos.
—No eres una princesa muy buena —murmura alguien, seguido de unas
carcajadas.
—¿Sabéis qué? —espeto. Las risas se acallan y enseguida me siento triste.
Así no voy a congraciarme con nadie, ni con Eiswald, ni con Adalbrecht ni
con el puñado variopinto de huérfanos que juzgan todos mis movimientos.
Solo tengo que mantenerlos ocupados hasta que Umayya regrese. Luego
puedo hacer mi donativo y ver si conoce a alguien en el Hoenring que encaje
con la descripción de Gisele.
Bueno, si no puedo ser maja con ellos, al menos puedo ser interesante.
—¿Queréis ver un puñal?
— ¡SÍ!
Es como romper un dique. Rodean la silla mientras saco el puñal de la
bota y les muestro cómo encaja en el talón.
Resulta que la llave para abrir el corazón de un niño son las armas y las
estafas con cartas. Cuando Umayya vuelve, la mitad de los huérfanos se están
turnando para lanzar cuchillos a un tronco en la esquina (recuperé mi puñal y
les hice usar los cuchillos de la mesa) y la otra mitad observan mientras
enseño a Fabine, una chica mayor de Bourgienne, a llevar una partida de
Encuentra a la Dama.
—El truco está en mover las manos sin parar —le digo a Fabine justo
cuando Umayya entra, agarrando por el cuello de la camisa al fugitivo Josef
—. La gente siempre busca la trampa…
—¿Les ha dejado lanzar cuchillos? —jadea Umayya cuando atraviesa la
puerta—. ¿Eso es una rata en mi mesa?

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Ragne se despierta cuando la agarro, pero por suerte se queda inerte.
—Solo es una… eh… una marioneta —miento, guardándola en el bolsillo
—. Pensaba que les gustaría, pero se aburrieron.
—Y por eso están lanzando cuchillos. —Umayya sacude la cabeza e
inspecciona los daños—. Ah, podría ser peor. Dentro de todo, no se los están
lanzando unos a otros. ¡No os lancéis cuchillos entre vosotros!
Al menos tres huérfanos parecen decepcionados.
—La culpa es mía por haberla dejado con ellos —suspira Umayya—.
Vale, dadme los cubiertos. ¿Qué la trae al Gänslinghaus, prinzessin?
Le doy las cartas a Fabine y me levanto, muerta de vergüenza.
—Bueno, estoy buscando a una vieja amiga…
La puerta trasera de la cocina se abre. Una voz familiar me apuñala en las
entrañas.
—Buenas noticias, tía —canturrea Joniza al entrar desde el callejón
trasero, moviendo un monedero—. Es día de pago en Südbígn ¡y las entradas
de las tres últimas actuaciones se agotaron!
Apenas puedo respirar cuando la veo.
Poco después de llegar a Minkja, casi me topé cara a cara con Joniza en el
Obarmarkt, pero me agaché detrás de un barril de arenques justo a tiempo de
que no me viera.
Luego regresé todos los días de esa semana; esperaba a que pasara y la
seguía hasta un restaurante sahalí en Trader’s Cross. La observé comprar
bolas de masa pegajosa de plátano y guiso de cacahuete y tomárselo con un
café que era más leche que café. Parecía más feliz que en el castillo Falbirg.
Bastante feliz sin mí.
Al final me dolía más verla, así que dejé de ir. Pero ahora… es como si
estuviéramos junto a la gran chimenea del castillo Falbirg y me estuviera
enseñando cómo echar a escondidas las especias a los guisos de Yannec
cuando no miraba, o como si tararease una balada alegre mientras yo practico
lo de hacer aparecer flores de seda de la nada. Ahora lleva el pelo largo y
negro recogido en unas trenzas finas con hilos dorados en vez de sus rizos
sueltos y viste con más elegancia, pero sigue siendo ella: la única persona en
la que confiaba en Sovabin.
Me ve junto a la mesa y se detiene en seco, boquiabierta.
—Tenemos una invitada —dice Umayya, tensa.
Otra figura aparece detrás de Joniza, ignorante y ataviada con una capa
tan manchada y deslucida como el vestido de Umayya.
—¿En serio? ¿Quién…?

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Se le cae la capucha cuando se detiene de repente. Tiene dieciséis años, es
más ancha de hombros y más alta que yo; le han recogido el cabello rubio
oscuro en unas trenzas tan prietas que no favorecen su semblante hosco de
ninguna forma y, cuando sus ojos grises se fijan en mí, se vuelven duros
como el granito.
—Tú. —Su voz es como una helada. La habitación se queda en silencio.
Está casi igual desde la última vez que la vi, hace más de un año, cuando
la abandoné llena de rabia en un río fangoso.
—Hilde, ¿conoces a la princesa Gisele? —pregunta Umayya, perpleja.
¿Así te haces llamar ahora?
—Tenemos que hablar —digo.
Es un error. Las nubes de la mala suerte aparecen en mi campo de visión.
Gisele-Berthilde Ludwila von Falbirg me fulmina con la mirada; unas
manchas rojas le cubren las mejillas.
Y entonces se abalanza hacia mí, gritando:
— ¡ZORRA MALNACIDA!
Agarro la silla para interponerla entre las dos, gritando por encima de las
voces que dan los niños.
— ¡Detente! Solo quiero…
—DEVUÉLVEMELAS, ASQUEROSA…
Le doy unas estocadas con las patas de la silla, como un músico callejero
a un oso amaestrado.
—No puedo… Para, he venido a ayudar…
— ¡MENTIROSA! —Gisele me arranca la silla de las manos y la tira a un
lado—. ¡Solo eres una ladronzuela horrible!
—¡No estás ESCUCHANDO! —Doy vueltas alrededor de la mesa, con
Gisele pisándome los talones. La furia resuena en mi mente y habla sin
invitación—. ¡Nunca escuchabas, solo querías —me agacho por debajo de su
brazo— usarme —arremete contra mí sin éxito— para que limpiara tus
destrozos!
—¡Me lo robaste todo! —grita, lanzándose a por mí de nuevo.
Meto de nuevo la silla en su camino.
—¿Por qué crees que estoy aquí, tonta?
—¡Tú me dirás! ¡Ya no tengo nada que puedas robarme!
Con una mirada sé todo lo que necesito saber: hay fuego en sus ojos, en
sus dientes, y no se apagará con facilidad.
Tengo que salir de aquí. Me tambaleo hasta la puerta principal, pero
tropiezo con el dobladillo del vestido y caigo al suelo. Gisele está sobre mí en

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un instante, las manos arañándome la garganta… Me va a ahogar…
No. Peor. Va a por las perlas.
Se oye un maullido tremendo. Un gato negro, Ragne, se mete
retorciéndose debajo de los brazos de Gisele, siseando y gritando hasta que la
chica se aparta. Me basta para alejarme y ponerme a duras penas de pie.
Me lanzo a por la puerta y consigo abrirla de un tirón antes de que algo
me agarre por la capa y me arrastre de vuelta. Oigo que el lacayo llama a los
guardias.
Y entonces dos hombres con el uniforme de los Wolfhunden entran
corriendo por la puerta. Uno tira a Gisele al suelo. El otro me ayuda a
levantarme.
—¿Todo bien, princesa Gisele? —gruñe.
Me agarro al marco de la puerta para recuperar el aliento.
—S-sí, gracias.
La Gisele auténtica aún me fulmina con la mirada; en sus ojos solo arde
un odio rancio.
Hasta que el otro Wolfhunden habla.
—Levantarle la mano a la prometida del Lobo Dorado… Han colgado a
hombres por menos. —Se golpea la porra contra la palma de la mano—. Si la
dama pide piedad, nos conformaremos con el poste de los azotes.
El silencio reina de nuevo en la habitación, roto tan solo por el llanto de
los niños mayores, que comprenden lo mal que puede acabar esto.
Gisele me mira, sorprendida, con un temor enfermizo en el rostro.
Nadie vive durante un año en el Hoenring sin ver la crueldad recreacional
de los Wolfhunden. Sé que Gisele aún entiende el látigo como una simple
observadora. No me cabe duda de que se ha dicho que, si mantiene la cabeza
baja, si solo se ocupa de sus asuntos, si sigue las normas, no acabará atada a
un poste.
No acabará gritando con la espalda desnuda en una agonía sangrienta ante
una multitud. No acabará dividida entre el terror por el próximo azote y el
ansia de que llegue y quede menos para el fin de la flagelación.
No acabará como yo.
Solo alguien a quien han educado como a una princesa podría creer que
seguir las normas la protegerá.
Y ahora solo yo puedo impedirlo. Solo yo puedo detener a los perros.
Puedo hacer lo que ella nunca hizo, lo que no hizo todas esas veces en las
que su madre había bebido demasiado hidromiel y me golpeó solo porque yo

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pasaba por ahí, ni cuando Irmgard mandó que me flagelaran por nada; ni
siquiera una vez.
Puedo salvarla. Como ella nunca me salvó.
Y las dos sabemos que no tengo ningún motivo para hacerlo.
Para mi vergüenza, son los huérfanos llorones los que inclinan la balanza.
Crecí sorteando las trampas de una nobleza que no rendía cuentas ante nadie;
esos niños no necesitan aprender esas frías lecciones aún. Y que Gisele sepa
que está a mi merced de esta forma… satisface una parte fea de mí.
—No es necesario —digo, gélida y suave como un lago glacial, incluso
aunque evite la mirada de Joniza—. Dejadla en paz. No se le puede meter
sentido común a palos a una criatura que se ha vuelto loca. —Deposito el
monedero en el suelo—. Solo venía a dejar un donativo. Feliz Winterfast.
Y luego salgo por la puerta. No me extraña que el Gänslinghaus me
resultase familiar. Cuando seguí a Gisele hace unos meses, deduje que era una
pensión.
—De vuelta a mi castillo —le grito al conductor, con bastante fuerza para
que me oigan desde dentro. Con énfasis en el mi.
Ragne me espera en el carruaje convertida en un gato negro, casi
mimetizada con el montón de pieles. Mientras nos alejamos, me llevo una
mano al estómago. El nudo de perla sigue ahí.
Pues claro que Gisele no es la respuesta. Nunca lo ha sido.
—Bueno, lo he intentado —musito.
—¿Ah, sí? —Ragne ladea la cabeza. La fulmino con la mirada.
—Sí. Le he dado dinero a Gisele y he tratado de hacer enmiendas, pero no
ha servido para nada. —Me recuesto en el respaldo del asiento; examino la
maldición en mi mente como un cerrojo cerrado y tanteo los resortes—.
Supongo que no se trata de devolver lo que robé a la gente. Muchos se lo
merecían, eso tiene sentido… Así que el siguiente paso será dar a otra gente.
Iremos a buscar dinero del tesoro y lo intentaremos de nuevo.
—¿Esa era la Gisele? —pregunta Ragne al cabo de un momento.
—Sí.
—Creo que no le caes demasiado bien. —La gata bosteza y se enrosca
para dormirse de nuevo.
—No —coincido.
—Aunque huele bien.
—Y el cianuro también.
Pienso en peniques blancos y en peniques rojos, y me digo que fueron las
propias elecciones de Gisele las que nos han traído a las dos hasta aquí.

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EL SEGUNDO CUENTO

EL PENIQUE BLANCO Y EL PENIQUE ROJO

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Érase una vez, entre las montañas nevadas y el bosque oscuro, dos niñas que
vivían en un castillo.
Una dormía en una cama suave y cálida y llevaba vestidos suaves y
cálidos, y las palabras que le decían también eran suaves y cálidas. La
llamaban prinzessin.
La otra niña dormía en el suelo frío y duro de la despensa, para mantener
alejadas a las ratas. No siempre funcionaba.
Su único vestido le venía demasiado pequeño, pues quién querría
comprarle uno nuevo si acabaría manchado y roto y enseguida le volvería a
quedar pequeño. Las palabras que oía eran frías y duras: «friega esto, vacía
aquello, qué torpe y tonta eres, que los invitados no te vean tan sucia…». Los
trabajos que debía hacer eran los más duros.
A las chicas como ella las llamaban russmagdt, «moza de hollín», porque
para eso servían: para limpiar el hollín de las cazuelas y para llevarlo encima.
En el castillo vivía una maga inteligente y hermosa que conocía hechizos
y encantamientos; una noche se apiadó de la pequeña russmagdt. Le enseñó a
la chica trucos para impresionar a los señores del castillo mediante el halago y
el ingenio, y la ayudó a practicar noche tras noche, cuando las dos estaban
cansadas hasta la médula.
Y, un día, una gran dama vino de visita y una sirvienta enfermó. Le dieron
a la russmagdt un baño rudo y un uniforme limpio que le venía demasiado
grande y la enviaron a sustituir a la sirvienta. Cuando la gran dama se marchó
y el castillo fue recuperando la tranquilidad, le pidieron a la moza de hollín
que ayudara a la prinzessin a acostarse.
La moza de hollín vio la mano dorada de Fortuna tendiéndose hacia ella y
supo que era una oportunidad que no volvería a tener.
—Por supuesto —dijo la russmagdt—, pero… tiene algo en el cabello, mi
señora.
Sacó una margarita de seda de detrás de la oreja de la prinzessin.
La madre de la princesa profirió una carcajada de asombro.
—¡Qué ingeniosa! ¿Te ha enseñado Joniza?
Tanto la madre como la hija estaban encantadas. Hacia el final de la
semana, la prinzessin tenía una nueva doncella y la (antigua) russmagdt
recibió un nuevo vestido limpio y un camastro de paja junto a la chimenea.
Y, durante un tiempo, eso fue suficiente.

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La prinzessin y su doncella estaban juntas todos los días. La pequeña
doncella aprendió más trucos de la maga para impresionar a los señores del
castillo: a hacer el pino y volteretas, y a hacer desaparecer el cuenco de la sal.
Ante la insistencia de la prinzessin, la doncella también aprendió a leer, a
escribir y a hacer sumas.
Y entonces, por voluntad propia, empezó a prestar atención a los tutores
que enviaban a dar clase a la futura princesa electora sobre historia y política
y todo lo que un gobernante debería saber. La doncella aprendió sobre las
personas que vivían en un castillo. Sobre las que hacían trampas para vivir en
uno. Sobre quiénes robaban y por qué.
Las dos muchachas se convirtieron en amigas de una forma extraña, pues
cuando estaban a solas parecían estar cortadas por el mismo patrón.
Compartían secretos y sueños y chistes. Escalaban los mismos árboles, leían
los mismos libros, y a veces la princesa traía a escondidas dulces de su plato
para la doncella. Si encontrabas a una, la otra no debía de estar muy lejos. La
dama incluso empezó a llamarlas Rohtpfenni y Weysserpfenni, el penique rojo
y el penique blanco.
Pero la costura se abría cuando había alguien más con ellas, pues, aunque
eran dos niñas casi de la misma edad, una había nacido para tener un castillo
y la otra la llamaba mi señora.
Cuando tenía nueve años y pude acceder a los pisos superiores del castillo
Falbirg, pensé que la dama me llamaba penique rojo por mi cabello cobrizo.
Recuerdo el día en que estaba limpiando el polvo de las estanterías
mientras el tutor de Gisele hablaba sobre la importancia de los estándares a la
hora de acuñar monedas. Recuerdo haber puesto los ojos en blanco para
Gisele y haber evitado reírme cuando ella hizo una mueca tras la espalda del
tutor distraído.
—Antes solo había peniques blancos —resollaba el hombre—.
Completamente de plata. Pero entonces el komte de Kaarzstadt empezó a
introducir a escondidas cobre en las monedas para que le durase más la plata,
y la práctica se extendió. Y no se ponían de acuerdo sobre cuánto costaba un
penique de plata cuando no era puro. El sacro emperador Bertholde, tu
antepasado, declaró que cualquier rastro de cobre en una moneda la convertía
en un penique rojo, que valía una quincuagésima parte de un penique blanco.
Las casas de monedas se organizaron después de eso.
Recuerdo la mirada sorprendida y terrible en el rostro de Gisele. Encajaba
con los sentimientos en mi pecho.

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Era la primera vez que entendíamos por qué a ella la llamaban «penique
blanco», y a mí, «penique rojo».
Y no sería la última.

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CAPÍTULO 8

El lobo dorado

Antes de que sigamos avanzando en la historia, deberías saber ciertas cosas


sobre mi prometido, el markgraf Adalbrecht von Reigenbach de Bóern.
La primera: es todo lo que un noble del Sacro Imperio debería ser, guapo
y encantador y valiente. Se ha ganado el favor de todos al expandir las
fronteras de su marca (y, por tanto, las del imperio) arrancando pedazos a los
reinos de Thírol y Östr al sur y hasta picoteando a Ungra en el este. Ha
mantenido ese favor con una sonrisa fácil, una carcajada cordial y una tenaza
de hierro cuando estrecha la mano a otros nobles.
La segunda: Adalbrecht sigue vivo porque no es una amenaza directa para
la sacra emperatriz. Hace tiempo, a las casas nobles de Almandy les dieron a
elegir: la corona o la espada. Las casas que eligieron la corona, que
mantuvieron su derecho a optar al sacro trono, tuvieron que renunciar a la
mayoría de sus ejércitos. Y las que optaron por la espada cedieron su derecho
al sacro trono, pero, a cambio, recibieron el control de los ejércitos del
imperio y de sus fronteras.
La casa Reigenbach se decantó por la espada y, por tanto, el Kronwähler
no puede elegir a Adalbrecht para el trono imperial. La propia asamblea del
Kronwähler es un corrillo asqueroso de políticas internas y traiciones lúdicas;
está compuesto por un príncipe elector por cada uno de los linajes reales que
quedan y entre trece y veintisiete delegados y cardenales, según lo bueno que
haya sido el asesino de esa semana. Pero solo los siete princepz-wahlen,
incluido el padre de Gisele, pueden ser elegidos emperadores.
Cuando Adalbrecht tenía dieciocho años, el Sacro Imperio lo envió al
frente meridional a morir, como sus dos hermanos antes que él, porque la
emperatriz prefería no correr riesgos.
Sin embargo, Adalbrecht se pasó cinco años haciéndose famoso: el Lobo
Dorado de Bóern (es rubio y el símbolo de la casa Reigenbach es el lobo.

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¿Qué puedo decir? A los soldados no se los premia por su dominio de la
imaginería poética).
Sobrevivió. Su padre, no, ni tampoco la emperatriz enferma. El
Kronwähler eligió a alguien menos sanguinario; a la nueva sacra emperatriz
Frieda no le interesa entablar una disputa con alguien que nunca podría
arrebatarle la corona. Desde entonces han pasado ocho años bastante
tranquilos.
La tercera cosa que debes saber sobre Adalbrecht es: si has llevado las
cuentas, sabrás que casi me dobla la edad. Muchos nobles no hacen caso de
un romance entre el invierno y la primavera por interés político, pero a mí me
educaron como a una sirvienta, no como a una princesa. Las sirvientas
aprenden rápido que, cuando un hombre adulto desea a una joven a la que le
dobla la edad, no es por amor, sino por hambre.
La cuarta y última cosa es lo que debes saber para sobrevivir: lo que más
ansía Adalbrecht von Reigenbach es lo que no debería tener.
Por eso, cuando veo el castillo Reigenbach a través de la ventanilla, con
las enormes puertas de la entrada abiertas de par en par y los carros del
margrave apiñados en el camino, lo único que quiero es echar a correr.
—Quédate aquí —le digo a Ragne en voz baja. Intento no pensar en las
nubes de carbón de la mala suerte que me nublan la visión. La puerta del
carruaje se abre antes de que Ragne pueda protestar. Me armo de valor,
pienso en la prinzessin, sujeto esa carta como un escudo entre el margrave y
yo… y salgo.
—Conque aquí estás. —La voz de contrabajo de Adalbrecht resuena en
los suelos duros y atraviesa la puerta abierta; suena más dura por el silencio
tan poco natural. Se acerca dando grandes zancadas, con la capa cobalto
ondeando bajo un manto pesado hecho con la piel de un lobo—. Mi
prometida, mi joya.
Cuando el Lobo Dorado vino a Sovabin, supe que no era solo porque
quisiera a una prometida joven y tierna. Es la trinidad: Gisele, además de
placer, también ofrece prestigio, pues es la hija de un prinz-wahl.
Anoche me equivoqué al pensar en que dos elementos de la trinidad me
protegerían de Yannec. Nunca cometeré ese error con Adalbrecht von
Reigenbach.
Criados y soldados aún recorren el vestíbulo mientras descargan los carros
de Adalbrecht, pero todos parecen contener la respiración y darle espacio al
margrave para que pueda avanzar. Él ocupa la mayor parte, como la cabeza y
los hombros de un monumento andante que se ciernen sobre mí incluso con

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las perlas puestas; es demasiado grande para ser real. Su rostro pálido está
esculpido con dureza, ancho e inmaculado; un rizo dorado se escapa de su
corta trenza para enmarcarle la cara como una voluta de una filigrana dorada
muy expresiva.
Me agarra las manos antes de que pueda esconderlas. Sus dedos parecen
más pesados de lo que deberían, como grilletes cerrados. Cada respiración me
cuesta más que la anterior.
Verás, Adalbrecht von Reigenbach no solo es peligroso como los demás
nobles de Almandy; esa amenaza ocasional de trabajar para unas personas que
valoran tu obediencia más que tu vida.
No, el peligro del Lobo Dorado es que toma lo que quiere.
Pero la prinzessin aún no tiene motivo para temerle. Oculto mi asco con
un dulce gorgorito:
— ¡Querido! Bienvenido a casa.
—No estabas. —Cada palabra suena como el cargo de una condena.
Doy saltitos de puntillas, la misma imagen de la futura novia atolondrada
e insípida. Por dentro profiero una sarta de maldiciones que ruborizaría al
portero más veterano de un burdel en Lähl (y, quizás, hasta tomaría notas para
sus meitlingen).
—Pensé que querrías descansar después de tu largo viaje —miento—. Y,
con la boda tan cerca, me pareció correcto compartir un poco de nuestra
alegría con los menos afortunados.
Adalbrecht me aprieta las manos.
Aquí, con tantos testigos y con el peso del nombre de Gisele, mantiene
una elegancia falsa; su rostro es paciente y apacible y las ondas suaves de su
cabello rubio le envuelven la cabeza como un halo en la luz matutina.
Pero sé cómo es cuando no hay nadie presente. Sé cómo es con las chicas
que no disfrutan de la protección de la sangre real.
Deduzco que será peor dentro de su propio castillo.
Incluso ahora su sonrisa se endurece como un cristal enfriándose.
—Tengo entendido que ya has compartido un poco de alegría con el
prefecto júnior esta mañana.
Por el rabillo del ojo, percibo que Barthl se pone de repente a enderezar
un tapiz. El fastidio me revolotea en el fondo de la mente. Pues claro que ya
se ha chivado.
Pero hay una salida fácil. Ladeo la cabeza y parpadeo con esos ojos
enormes y plateados que tiene Gisele.

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—Claro, sí, vino a tomarme declaración sobre el robo ¡y habría sido de
mala educación despacharle sin ofrecerle un desayuno! El pobre chaval está
en los huesos.
Adalbrecht me acaricia los nudillos con sus pulgares llenos de callos,
apretando con demasiada fuerza. Las ruedas de un carromato resuenan en el
exterior.
—A lo mejor en Sovabin hacéis las cosas de un modo diferente, pero en
Bóern no es apropiado para una joven dama que reciba invitados cuando no
está… vestida. No quieres avergonzarme, ¿verdad?
Con los pulgares me aprieta el dorso de las manos, entre los huesos.
Las aparto para taparme la boca con un disgusto educado.
—Ay, vaya… ¡Qué humillación! Lo entiendo. No volverá a pasar,
querido…
—Bien. —Su mirada se posa en algo por encima de mi hombro—. Ah,
aquí está. Te he traído un regalo.
Dos pares de soldados aparecen detrás de mí; cada uno carga un bulto
envuelto en lona casi tan grande como un hombre.
—¿Dónde los quiere, mi señor? —jadea un hombre.
—Ahí. —Adalbrecht señala los bustos de mármol de sus padres en el
nicho—. Bajad eso.
A Barthl se le desencaja su largo rostro. Parece que lo único que le impide
quedarse dormido de pie es un pacto profano. Aun así, protesta lo mejor que
puede.
—Hay sitio en la galería este…
—Me da igual dónde los pongan. —Adalbrecht ni siquiera lo mira
mientras supervisa la colocación de sus bultos. Cuando los dejan en el suelo,
se acerca y saca una daga del cinturón para cortar la cuerda y la tela. El
primer recubrimiento cae para revelar una estatua dorada a tamaño natural de
un lobo erizado sobre las patas traseras, en pleno salto.
No puede ser verdad.
La segunda estatua es… otro lobo dorado. Este tiene los dientes
enterrados en la garganta de una cabra peluda de granito que bala de miedo.
De las heridas salen piedras de granate.
Adalbrecht me mira con expectación.
—Qué… eh… considerado —tartamudeo.
Y al fin le hace caso a Barthl.
—Quiero que estén montados en menos de una hora.

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—En menos de… Pero, mi señor, no queremos estropear nada con las
prisas.
Adalbrecht lo taladra con sus ojos azules y lo agarra por el hombro con
una sonrisa feroz.
—Estoy seguro de que no quieres decepcionar a mi prometida. Al fin y al
cabo, estos son regalos para ella.
Barthl pone cara de sufrir dolor de muelas.
—Por supuesto que no, mi señor.
Me reiría por lo absurdo de todo si fuera cualquier otra persona y no
Adalbrecht. En vez de eso, doy una palmada.
—Son exquisitas, querido, no sé cómo agradecértelo. Pero llevas un año
fuera de casa y no quiero retenerte más. Iré a repartir más caridad por Minkja
mientras tú te pones cómodo.
—Mmm. —Unas fisuras aparecen en la sonrisa de cristal de Adalbrecht
—. ¿Caridad de mi tesoro?
Ay, schit, tendría que haberlo previsto. Bueno, no me hace falta sacar mil
gilden del tesoro, solo los suficientes para saber si mi caridad curará la
maldición.
—No pensaba retirar más de cincuenta gilden. Nada de valor, por
supuesto, solo unas cuantas monedas para los pobres y los necesitados.
—Los pobres no acostumbran necesitar nada —se queja Adalbrecht—.
Necesitan menos limosnas y más patadas en… Perdóname, debo recordar que
no estoy en el campamento de guerra. Un hombre se olvidará de tu dinero en
cuanto se lo gaste en bebida, dados o mietlingen. Un acto de bondad será más
significativo que cualquier moneda.
Lo dice un hombre que no da nada de todo eso.
—Barthl. Tráele a mi señora cinco gilden de mi tesoro. —Me da unas
palmaditas en la mejilla como si fuera un perro demasiado entusiasta mientras
Barthl hace una reverencia y se marcha a toda prisa—. Haz que duren. Las
lacras de los pobres no se curarán con dinero, mi palomita, sino con buenas
acciones.
Noto el oro de su sello inquietantemente frío contra la mejilla. Cubro su
mano con la mía y me obligo a sonreír mientras, con tacto, le aparto los
dedos. Parece que se fija al fin en el rubí bajo el ojo derecho y lo observa
durante un rato largo, como si se preguntara si su tesoro también ha pagado
por eso.
Poco a poco, su mirada empieza a hervir con algo demasiado parecido al
hambre.

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Le tomo la mano para distraerlo. Funciona. Adalbrecht retrocede cuando
un estrépito de ruedas anuncia la llegada da otro de sus carromatos y cada
nuevo centímetro entre nosotros afloja la tenaza que me rodea las costillas.
Cuando aparta la mano, el sello permanece escondido en mi palma. No
parece notar su ausencia. Ni tampoco se da cuenta de que lo guardo en una
manga con el puño de encaje.
Creo que lo echaré por un retrete, solo para provocarle un dolor de cabeza.
Barthl regresa al vestíbulo con otra bolsa justo cuando Adalbrecht hace un
gesto a los dos soldados apostados en la puerta.
—Vosotros dos. Acompañad a mi señora en los recados que haga hoy y
aseguraos de que nuestra caridad sea… —deja que la pausa cuelgue en el aire
mientras se dirige hacia un pasillo— práctica.
La pequeña bolsa aterriza en mi mano vacía haciendo un clinc. Barthl
sigue a Adalbrecht sin añadir nada más.
Me quedo un momento en el vestíbulo, apretando el cuero con el puño.
Pierdo el control de la fachada de la prinzessin.
Lo odio. Lo odio tantísimo. Odio su forma de hablar, su forma de
tocarme, la forma que tiene de congelar todo el castillo a su alrededor.
Odio cómo puede estar en plena luz del día, con decenas de personas
rodeándonos, y aun así dejar claro que con él… estoy completamente sola.
La trinidad del deseo no me protegerá de Adalbrecht; nada lo hará,
excepto yo misma.
Pero se molestó en anexionarse a Gisele de los Von Falbirg por un
motivo, de eso estoy segura. Mientras lleve las perlas, creerá que me necesita
con vida.
De todos modos, esta noche no me olvidaré de cerrar con llave la puerta
de mi dormitorio.
Me obligo a concentrarme. Lo mejor será romper la maldición y
marcharme cuanto antes. El peso de la bolsa en mi mano es prometedor…
hasta que la abro y descubro que está llena de sjilling deslucidos de bronce
(cada uno vale una quinta parte de un penique blanco) y puede que tres gilden
en total. Barthl me ha vuelto a dar de menos.
Si Eiswald está midiendo mi castigo en monedas, esto apenas afectará a lo
que debo. Lo podría fundir todo y ni así tendría suficiente para pagar por el
brazo de uno de los siete relucientes candelabros de plata que hay en el
vestíbulo.
Parpadeo.

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Los candelabros brillan con el oro de la buena suerte. Fortuna vuelve a
estar de buen humor. Pero ¿por qué…?
Ya lo entiendo.
Puede haber una forma mejor de usar el sello del margrave que tirarlo por
un retrete. Me saldré con la mía una sola vez, pero valdrá la pena si eso rompe
la maldición.
Además, Adalbrecht dijo que le da igual dónde pongamos la vieja
decoración.
Esbozo la sonrisa más grande y vacía que tengo y me doy la vuelta para
mirar a los dos soldados con la orden de vigilarme. Luego muevo la cadera
para que la falda y la capa se agiten en una explosión de enaguas y doy
palmadas como una niña entusiasmada.
—Oh, mi markgraf es el hombre más sabio del mundo, ¡a que sí! Buenas
acciones, no monedas. Pues claro. ¿Me ayudaréis?
Lo hacen. No les pagan lo suficiente para negarse.
Cuando el carruaje parte hacia la ciudad, lleva cuatro tapices, seis estatuas
de bronce, dos buenas cortinas de encaje, tres urnas de porcelana, cinco
bustos de mármol (no los de los viejos Von Reigenbach, que no son ideales
para viajar) y los siete candelabros enrollados en una alfombra gruesa y suave
importada de Bourgienne. Sobra el espacio justo para que me siente en una
esquina mientras Ragne lo escala todo como ardilla.
Básicamente me he apropiado de todo lo que había en el vestíbulo que no
estuviera atornillado. Adalbrecht no tiene ningún motivo para volver allí hasta
dentro de un rato, así que, cuando se lo cuenten, ya habré repartido los objetos
por Minkja. Y si se enfada… No, no «y si»: cuando se enfade, moveré las
largas pestañas de Gisele, lloraré con gracia y diré que pensaba que se refería
a eso cuando dijo buenas acciones.
Nos dirigimos al Salzplatt, donde el ayuntamiento, el juzgado y otros
edificios municipales rodean una amplia plaza de ladrillo. Una gran estatua de
bronce de Kunigunde von Reigenbach, la primera markgräfin de Bóern, se
cierne sobre una columna de mármol en medio de la plaza, desde donde vigila
con atención el peso de la sal y el sellado de cajas.
Hace unos siglos, la misma Kunigunde tuvo la idea de prohibir la venta de
sal en Bóern a menos que llevara el sello de Minkja, con lo que obligó a todos
los mercaderes de sal a cruzar la capital de Bóern o a dar un rodeo muy caro
alrededor de toda la marca. Esa maniobra, brutal y brillante, convirtió a Bóern
en el territorio más poderoso del sur y mantuvo la memoria de Kunigunde con
vida… en más de un sentido.

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Nadie sabe si su estatua está embrujada o si un dios menor vive ahí, pero
de vez en cuando la estatua golpea el mármol con su lanza con un crac.
Luego señala a quien esté intentando engañar a los vendedores de sal en ese
momento. Ahora mismo permanece inmóvil bajo el cielo gris, pero no creo
que nada en la plaza escape a su atención.
Y no cabe duda de que hemos llamado la atención del resto de Salzplatt al
llegar con el absurdamente lujoso carruaje Reigenbach. Nos detenemos
delante del ayuntamiento, un gran edificio de piedra caliza recubierto de
chapiteles y gárgolas (aunque están echándose una siesta). Una fila de
personas andrajosas y con aspecto demacrado rodea la entrada, esperando su
turno para suplicar un indulto al magistrado de deudas.
La belicosidad de Adalbrecht lo vuelve popular entre la nobleza del
imperio, pero exprime a gran parte de Bóern para alimentar, vestir y armar a
sus batallones. El resentimiento riñe con la curiosidad en muchos de los
rostros que se giran hacia el carruaje.
—Espera aquí —le ordeno de nuevo a Ragne. Abro la puerta y veo que las
perlas alrededor de mi cuello derriten el resentimiento. Unos destellos
dorados aparecen sobre las cabezas de la gente, pero solo yo los veo: su suerte
está a punto de cambiar de forma drástica.
—Tú —digo, señalando a una mujer ojerosa con los hombros encorvados
y la ropa bien remendada de una costurera—. Mi querida mujer. ¿A quién
debes dinero?
Hace una reverencia con la cabeza gacha.
—Mis disculpas, señora. Yo… me he retrasado con los impuestos, son
quince peniques blancos, pero no puedo…
—Maravilloso. Ven conmigo. —Me giro hacia el resto de la fila—. De
hecho, si os habéis retrasado en los impuestos o debéis dinero de algún otro
modo al margrave, apartaos a un lado y esperad un momento. Los demás…
—Saco un candelabro del carruaje mientras la gente se aleja de la fila y lo
lanzo a uno de los deudores que no se ha movido. Por la cara que pone, vale
por lo menos los ingresos de una temporada—. Feliz Winterfast. ¿Siguiente?
Los guardias intercambian una mirada de inquietud.
—Princesa Gisele —dice uno—, el margrave…
—Sí, es justo como ha dicho Adalbrecht —respondo con alegría mientras
le entrego una urna de valor incalculable a un granjero atónito—. Buenas
acciones, no dinero. Esto es muy práctico. ¿Quién quiere un tapiz?
En cuanto vacío el carruaje, conduzco al resto de los deudores dentro del
ayuntamiento y voy directa hacia la ventanilla del perplejo recepcionista.

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—Hola —digo con júbilo—. Soy Gisele-Berthilde Ludwila von Falbirg,
prometida del margrave Adalbrecht von Reigenbach, y necesito que redactes
unos papeles por mí.
—P-por supuesto —tartamudea el recepcionista mientras busca a tientas
un pergamino limpio—. ¿Qué necesita, mi señora?
—Me parece que te harán falta unas cuantas páginas. —Señalo la pequeña
multitud de gente detrás de mí y luego alzo el sello de Adalbrecht—. En
nombre del margrave, perdono la totalidad de impuestos, multas y cualquier
otra deuda municipal que deba esta gente.
Hay gritos y vítores y un estallido de caos general cuando los deudores se
acercan a la ventanilla, desesperados por que sus nombres aparezcan en la
lista. Hasta el magistrado sale de sus aposentos para examinar el revuelo.
Me quedo el tiempo suficiente para dictar la orden y presionar el sello de
Adalbrecht en la cera. Luego empiezo a apartarme de la multitud, sonriendo
con gracia y estrechando manos mientras retrocedo hacia la puerta. El ánimo
es de un tipo distintivo de alegría, el del crepitar estático de un indulto
milagroso, y veo lágrimas en unos cuantos ojos.
Intento no verlas y me pongo a toquetear los nudos de los lazos de mi
capa. Hace apenas un año esa habría sido yo, llorando por un golpe de suerte
tan trivial.
Y entonces, un montón familiar de lana negra y triste se interpone en mi
camino. Me detengo en seco.
—Prefecto júnior. ¿Qué está usted haciendo aquí?
Emeric Conrad abre la boca, la cierra y luego se acuerda de hacer una
reverencia, pero suelta un palito de carbón en el proceso.
—S-señora… eh… Prinzessin. Hola. Estaba hablando con el
administrador de la guardia de la ciudad. Sobre, bueno, el Pfennigeist, claro.
—¿Le han sido de ayuda? —pregunto. Sé que no, de eso estoy bastante
segura. La única gente que quiere ocultar lo de mis robos más que las
víctimas son los Wolfhunden. No vaya a ser que a otros ladrones se les ocurra
la idea de evadir sus tasas de protección.
Eso sin mencionar que, como representativos de los dioses menores, los
prefectos son una de las pocas entidades que pueden investigar a la policía
local, independientemente del territorio. Los Wolfhunden no van a ayudar a
Emeric a buscar debajo de las piedras si saben lo que va a salir arrastrándose
de ellas.
En efecto, Emeric se ajusta su krebatte, azorado.
—Estuvieron… dispuestos a recibir la ayuda a la orden.

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Miente que da pena. Decido demostrarle cómo se hace.
—Me alegro de oírlo.
—¿Puedo preguntarle qué la trae al ayuntamiento, prinzessin? —Se
guarda el palito de carbón en algún lugar de las profundidades de la chaqueta
enorme de su uniforme. Y entonces, increíblemente, apoya una mano en uno
de los postes que dividen la línea de deudores y ejecuta la tentativa más
premeditada y más torpe de apoyarse de forma casual que he visto en toda mi
vida.
Le dirijo una sonrisa tímida y ladeada para ver si puede caerse encima del
poste.
—Bueno, nada tan emocionante. —El poste se bambolea—. Solo quería
repartir consuelo entre mi gente. —Emeric asiente con demasiada fuerza—.
Me encanta tocarles, porque es un placer… —Y allá va. El poste cae al suelo
con un clanc. Emeric casi lo sigue, pero recupera el equilibrio por un pelo—.
Ay, cielo santo. Bueno, será mejor que me vaya. ¡Le deseo suerte en la caza
del Pfennigeist!
Salgo del ayuntamiento, esforzándome por contener una sonrisa. Aparte
de atormentar al pobre chaval, entre las deudas perdonadas y los objetos de
valor que he repartido, siento que hoy he hecho mucho bien. En total han sido
unos cientos de gilden en caridad.
Pero cuando me llevo una mano discreta al ombligo, la presión de la perla
sigue ahí. Se me cae el alma a los pies.
Esto es… es… muy borde.
—¿A dónde vamos ahora, princesa Gisele? —pregunta el conductor
mientras bajo a toda prisa los escalones de piedra.
—Eh… dame un momento —respondo. Entro en el carruaje para dejarme
llevar por el pánico.
No, nada de pánico. Piensa.
—¿Ha funcionado? —Ragne saca su cabeza de gata de entre las pieles.
—No. —Me muerdo la punta del pulgar. Acabo de regalar una pequeña
fortuna, o no tan pequeña, para nada. Quizá no ha funcionado porque el valor
total no era suficiente. O quizá porque el dinero no era mío. O quizá porque,
técnicamente, no he gastado nada de dinero. O…
Hay demasiadas posibilidades. Tengo que empezar a reducirlas.
Entierro la cara en las manos y gruño.
Y luego deberé intentarlo otra vez. Y otra. Y otra.
Vamos al cercano Obarmarkt por la ribera noroccidental del Yssar, donde
intento encargar mi vestido de novia a una costurera en apuros, aunque acaba

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echándose a llorar y rechaza el encargo porque no puede tenerlo a tiempo.
Trato de encomendarle los pasteles de la boda a un pastelero. Como será un
domingo, también lo rechaza, porque no podría empezar a trabajar hasta el
anochecer del sábado. Y, lo que es peor, me pone una cesta de galletas de
jengibre en los brazos y se niega a aceptar cualquier pago, porque mi visita ya
le dará publicidad (Ragne, por lo menos, se alegra de quedarse con las
galletas. Por desgracia, eso implica que tengo que verla mientras se las come,
porque es como presenciar la masacre de una familia de jengibre).
Nos dirigimos al este por el Yssar y entramos en el Göttermarkt para dejar
ofrendas a Eiswald. Me planteo buscar mendigos en el Untrmarkt de abajo,
pero está cerca de Lähl y los islotes Stichensteg, donde puede que haya
aparecido el cuerpo de Yannec. No quiero acercarme más de lo que debería.
En cambio, nos dirigimos al distrito Südbígn, situado en el recodo
superior del Yssar, frente al castillo Reigenbach, donde los mercaderes ricos
reparten su calderilla entre los artistas. Registro a la casa Reigenbach para
patrocinar a una tropa de actores amateur. Encargo una obra para el banquete
de boda a una compañía a punto de caer en bancarrota. Hasta reservo un
cuarteto de músicos de un auditorio administrado por un monasterio local.
Desesperada, cedo y hago que nos lleven a la frontera entre el Göttermarkt
y el Untrmarkt, lo máximo que me atrevo a acercarme a Lähl. Tomo la bolsa
de sjilling y lanzo las monedas por la ventanilla a los pies de los pobres, que
gritan de sorpresa y alegría.
Nada funciona. Nada parece importar.
Reparto las últimas monedas yo misma, dejando los sjilling en las manos
del propietario de un santuario indigente. El rubí y la perla no se mueven.
—¿De vuelta al castillo, mi señora? —pregunta con timidez el conductor
mientras regreso al carruaje.
Quiero apoyar la cabeza contra la puerta y no pensar en el próximo rubí o
en la siguiente perla que podría estar creciéndome en este mismo momento.
Es más: no quiero pensar en lo que me espera (o en quien me espera) en el
castillo Reigenbach.
Pero no tengo tiempo para nada de eso. Debo descifrar esta maldición.
—De vuelta al castillo —confirmo con gravedad y subo de nuevo al
carruaje.

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CAPÍTULO 9

Diez de Campanas

Cuando regreso al castillo Reigenbach poco después del mediodía, han


llenado el vestíbulo a toda prisa con muebles viejos que no encajan con el
resto de la decoración. No puedo decir que lamente haber hecho trabajar más
a Barthl, aunque las estatuas doradas de los lobos ahora son las piezas
centrales de la estancia. Me hace sentir bien ser una espina clavada en el
pulgar de Adalbrecht, aunque no haya servido de nada para quitarme el rubí
de la cara.
Una nota me espera en mis aposentos. Está escrita con la letra de
Adalbrecht.
La deposito en la cómoda y me dejo caer en la silla del tocador para
taparme la cara con las manos.
No sé lo que quiere Eiswald de mí. No sé cómo romper esta maldición. Le
he robado el sello a una de las personas más poderosas del Sacro Imperio, he
desmantelado una habitación repleta de tesoros y me he ido a derrochar su
dinero, pero ha dado igual. Y, en cuanto abra la carta, empezaré a pagar el
precio.
Durante un rato largo, me quedo sentada y me dedico a respirar. No te
dejes llevar por el pánico ha hecho que sobreviviera a muchas crisis, y
aunque esta supera todo lo que he vivido hasta ahora, ayuda.
Piensa. Tengo unos ochocientos cincuenta gilden. Si la cosa se complica,
puedo tomarlos y huir. No serán suficientes para la vida que querría llevar,
pero es mejor que nada.
Sobre todo si esa vida solo dura hasta la luna llena.
Tengo un plan de emergencia, algo a lo que recurrir si lo pierdo todo. Y
tengo unos trece días para averiguar cómo romper la maldición, así que no
puedo malgastar mucho más tiempo. Me obligo a levantarme y a leer el
mensaje de Adalbrecht.

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Es breve y autoritario. Dice que Gisele no puede abandonar el castillo de
nuevo sin su permiso. Que no puede darle nada a nadie sin preguntárselo
antes a él. Que desayunará con él mañana por la mañana y pasará el resto del
día con preparativos para la boda.
No menciona el sello, lo que significa que no se ha dado cuenta de que ha
desaparecido o que no sabe que yo se lo robé. Decido ocultar ese dato hasta
que Adalbrecht saque el tema.
Suspiro y miro el cielo plateado. Son las doce y media de la mañana, aún
hay luz; con el solsticio de invierno tan cerca, solo me quedan unas cuatro
horas o así antes del anochecer. Puede que Gisele esté restringida al castillo,
pero Marthe no. Puedo intentar averiguar algunas respuestas con la poca luz
que queda.
Siempre y cuando me mantenga lejos del Gänslinghaus, todo debería ir
bien. Y, de todos modos, ser maja con los huérfanos tampoco sirvió de nada.
Ragne salta sobre la chimenea.
—¿Nada ha funcionado?
Niego con la cabeza, demasiado frustrada para hablar.
—¿Por qué no?
—Pregúntaselo a tu madre —espeto—. He ayudado a huérfanos, he
intentado hacer enmiendas con Gisele, he dado dinero, pero supongo que nada
de eso ha sido suficiente.
Ragne frunce el ceño.
—¿Por qué debería ayudar dar dinero?
—Porque la gente lo puede usar para comprar cosas y yo no… Mmm. —
Mi rabia se desinfla un poco. Lo cierto es que he dado el dinero de
Adalbrecht, no el mío. Gisele no tiene ni un penique a su nombre y nunca ha
ganado uno.
No he conseguido romper la maldición como la prinzessin. Quizá tenga
que hacerlo como el Pfennigeist.
Guardo las perlas, me pongo rápido el vestido de criada y voy a ponerle
excusas a la mayordoma principal del castillo: Gisele se encuentra mal y
permanecerá en sus aposentos el resto de la tarde, que nadie la moleste. El
«estómago sensible» de Gisele es bien conocido entre los criados. He hecho
cosas muy asquerosas para convencerles de que entrar mientras está enferma
solo puede acabar en tragedia y en un cambio de ropa.
Luego agarro un pretzel rancio y una wurst seca de la cocina, me pongo
un vestido sencillo y un gorro de lana en el dormitorio y meto a Ragne,
transformada en ratón y roncando de nuevo, y un juego de cartas en el zurrón.

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Esta vez me he cubierto la lágrima de rubí no solo con gasa, sino con una
pasta medicinal que no se caerá con facilidad. Si alguien pregunta, diré que
Gisele me hizo probar primero un pegamento para el rubí y me dejó una
quemadura.
Marcho por un pasadizo de la servidumbre en el ala que da al río y bajo
por lo que parecen demasiadas escaleras. Lo cierto es que el castillo
Reigenbach es tan extenso bajo tierra como por encima, con bóvedas y
salones de baile tallados en los acantilados sobre los que se asienta. Los
aposentos de Gisele solo están a dos pisos del río Yssar, pero cuando salgo al
aire libre he bajado cerca de seis pisos.
La niebla me da en la cara, como recordatorio de por qué solo emprendo
esta ruta de día. Esta salida en concreto desemboca en la base de la cascada.
El río cae por un risco en forma de yunque y deja espacio para un camino
estrecho detrás de la cascada helada, pero es resbaladizo e imposible de ver de
noche. En esta época del año es más letal, debido a las finas capas de hielo.
Recorro el sendero y subo por la orilla contraria para salir al Göttermarkt.
De día reina el caos, con las campanas y los cantos de decenas de templos
resonando en ningún orden en particular y, a menudo, en conflicto; hay una
hoguera encendida en el centro, donde los visitantes pueden escribir sus
desgracias en trozos de papel y lanzarlos a las llamas. Los suplicantes se
tambalean alrededor de diversos rituales, algunos con runas pintadas en las
manos y en la cara, otros con máscaras astadas o con los ojos vendados. Entre
las filas para los puestos de sakretwaren, los peregrinos que acuden a los
altares populares y una pequeña multitud congregada alrededor de un
pabellón nupcial en la Casa de los Supremos, casi no hay sitio para barrer con
una escoba. En una esquina, una mujer con aspecto de cansada dirige un
desfile de niños para el Winterfast.
Reina una anarquía incontrolable: el ambiente perfecto para lo que
necesito.
Encuentro a un mendigo y le doy un penique blanco. Le prometo cinco
más si accede a ser mi cómplice.
Unos minutos más tarde, he arrastrado una caja vacía hasta uno de los
bancos de piedra del Göttermarkt. Servirá de mesa. Las cartas producen un
flip placentero y familiar cuando pasan por mis manos y empiezo a
depositarlas sobre la caja. Ragne también sale y se encarama en el banco a mi
lado como un estornino curioso, negro pero con puntos blancos.
Mi cómplice mendigo se acerca con el penique blanco. Apuesta una
quinta parte en una ronda de Encuentra a la Dama, justo como lo hemos

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hablado.
El juego comienza: pierde la primera ronda, claro, y suelta un grito de
consternación. Justo como lo hemos hablado. Le ofrezco otra ronda y doblo la
apuesta. Acepta y… gana. Una vez más, lo celebra en voz alta. Justo como lo
hemos hablado.
Lo repetimos una y otra vez para atraer público y luego los jugadores de
verdad se ponen a jugar. Ganan cuando yo lo decido, las veces justas para que
regresen. Pierden cuando yo quiero, la mayor parte del tiempo. Con cuidado,
guardo mis ganancias en el zurrón para que nadie vea cuántas monedas estoy
amasando.
Cuando casi he ganado un gilden, el sol roza el horizonte. Guardo las
cartas y espero a que la multitud se disperse antes de entregar todos los
beneficios a mi cómplice. Acepta el dinero y se retira.
No pasa nada. El rubí y la perla ni se inmutan.
—Agggg. —Me encorvo y dejo caer la cabeza un momento; Ragne pía en
el banco—. ¿Qué quiere tu madre de mí?
No tengo que hablar el idioma de los pájaros para entender que Ragne
tampoco lo sabe.
Se me forma un nudo en la garganta. Intento no pensar dónde ocurrirá el
siguiente estallido (¿perlas en los pulmones?, ¿un rubí en la lengua?), pero lo
que llena ese vacío es la idea repentina y terrible de que, dentro de dos
semanas, estaré muerta.
Estaré muerta y nadie me llorará, solo Muerte y Fortuna, por la pérdida de
una sirvienta.
—¿Quién te enseñó a jugar a las cartas, fräulein?
He oído esa voz antes, pero no la sitúo. Alzo la mirada.
El prefecto júnior Emeric Conrad está de pie ante mí una vez más,
envuelto hasta resultar absurdo en su enorme abrigo sucio y una bufanda.
Tiene los brazos llenos de paquetes con el sello de la orden de los prefectos.
La muy bien financiada orden de los prefectos.
El cierre del cerrojo se desliza, solo un poco, con esperanza. He robado
casi mil gilden; quizá no he notado un cambio porque solo he ganado y
regalado uno.
—Una amiga —respondo, enderezándome y extendiendo las cartas sobre
la caja una vez más. Este no es un trabajo para la prinzessin o para Marthe,
sino para el Pfennigeist: una persona sin rostro ni nombre, porque pueden ser
los que elija. Ahora mismo, necesito ser una estafadora furtiva—. ¿Le apetece
jugar a Encuentra la Dama, prefecto?

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Estoy bastante segura de que murmura prefecto júnior antes de reordenar
los paquetes que lleva en brazos.
—Es posible. Tengo algunas preguntas y quizá me puedas ayudar.
El prefecto júnior Conrad, siempre sobre la pista. A lo mejor es una
oportunidad para apartarle de mi rastro. Señalo uno de los barriles que los
jugadores usaban a modo de silla.
Consigue que se le caigan todos los paquetes al sentarse y luego sacude la
cabeza con resignación antes de amontonarlos en una pila y meter las manos
en los océanos de tela de cada manga.
—Pareces ser alguien que se toma ciertas libertades con la ley, fräulein —
dice con rigidez—. Y quizá hayas oído hablar sobre… gente que se toma
otras libertades.
Me habla de un modo diferente sin las perlas. Estoy acostumbrada. Aun
así, escuece cada vez. Pero el Pfennigeist es nada, es nadie; es una de las
ventajas de ser pequeña, solo una sombra y un susurro. Nada que deje huella.
—Menuda suposición —digo, mezclando las tres cartas sobre la caja a
ritmo de caracol. Desplumar al prefecto júnior mejoraría drásticamente mi
humor—. Pero, sí, a lo mejor he oído cosas.
—¿Ha oído hablar sobre el Fantasma del Penique?
Señalo las cartas con la barbilla y bajo la voz en un susurro cómplice.
—He oído sobre diez. Diez para jugar una ronda.
Emeric se inclina hacia delante; el entusiasmo le ilumina como una vela.
—¿Diez…? Vale.
Deja un montón de cobre en la caja.
Aguardo.
—Ah. Te refieres a… —Emeric vacila un momento y entonces saca un
sjilling—. Aquí tienes.
Sigo aguardando. Los dos sabemos que la orden tiene dinero de sobra.
El prefecto júnior cede y saca otros nueve.
—Hombre de bien —cacareo con una sonrisa perversa, la misma imagen
de una estafadora turbia.
Ragne pía y salta sobre mi hombro. Les doy la vuelta a las cartas sobre la
caja para que las vea: el diez de campanas, el caballo de escudos, la reina de
rosas. Luego las giro de nuevo y empiezo a mezclarlas de verdad.
—Diez —repito con mi mejor voz de golfilla veterana—. No busca a un
Fantasma del Penique, sino a la banda del Penique Rojo. Pero no lo sabe por
mí, ja? —Emeric asiente, ojiplático—. Busque en Lähl, cerca de los islotes

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Stichensteg, una taberna llamada Diez Campanas. Hay una entrada secreta en
el callejón. He oído que está señalizada por una piedra roja.
Ni una palabra de esto es cierta, pero lo mantendrá lejos de mí durante
unos días. Y la verdad es que tengo que apreciar la poesía de la situación: está
pagando al Pfennigeist por una pista falsa.
Alineo las tres cartas bocabajo. He cambiado de sitio la reina de rosas
tantas veces que la habrá perdido de vista.
—¿Sabe dónde está la dama?
Emeric estira el brazo, pero se detiene; duda entre la reina y el caballo de
escudos. Su mano cae sobre el caballo. Le da la vuelta y me guardo los
sjilling en el zurrón.
—Qué lástima —gruñe—. Has sido de gran ayuda. Muchas gracias.
El sol se esconde detrás de los tejados mientras recoge los paquetes y se
marcha; mi alegría se torna amarga. He ganado tiempo a un prefecto
demasiado entusiasta, pero ahora tengo que volver por el camino difícil al
castillo Reigenbach. El sendero helado de la cascada es demasiado traicionero
en la oscuridad y no puedo cruzar la puerta de entrada con aspecto de golfilla.
Uso una parte del dinero de Emeric para comprarme una taza de glohwein
humeante mientras espero a que llegue la noche de verdad e intento
desentrañar lo que he descubierto sobre la maldición; examino ese enigma
como si fuera un cerrojo, con una ganzúa tras otra, para ver si los resortes se
ponen en su lugar. Ragne persigue a otros estorninos por el Göttermarkt hasta
que las campanas de los templos empiezan a resonar para el oficio nocturno.
Ya hay suficiente oscuridad para que me ponga en marcha. Ragne se
encarama sobre mi hombro mientras subo las escaleras del viaducto
Hoenstratz, cruzo el Puente Alto hasta la base del castillo Reigenbach, salto el
muro y me meto entre los arbustos del arcén cuando los guardias no miran.
Hay otro sendero aquí que conduce al mismo castillo, detrás de los
barracones y los almacenes. Trudl me habló de él con un guiño obsceno
(bueno, se lo contó a Marthe, antes de que decidiera que Marthe era vaga) y lo
llamó «el camino de los amantes». Descubrí a qué se refería cuando la
primavera caldeó tanto el ambiente para que las parejas se escabulleran de
noche. De repente, todos los setos privados con vistas a la cascada del Yssar
estaban… ocupados. Y hacían mucho ruido.
Sin embargo, hoy hace demasiado frío para los amantes y soy la única que
sube por el sinuoso sendero de tierra. Se nivela río arriba desde la cascada. El
camino rodea una esquina del depósito de hielo, pero ahí se bifurca para
acercarse a la pared de piedra caliza del castillo.

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El castillo Reigenbach se construyó tan cerca del río que solo hay una fina
franja de tierra entre la pared y las frías aguas del Yssar, tan estrecha que los
guardias no se molestan en patrullarla. Cuando llegué al castillo, le habían
asignado a Gisele el ala de invitados, demasiado cerca de los aposentos de
Adalbrecht para mi comodidad y demasiado lejos de cualquier ruta de escape.
En menos de una semana, hice que me trasladaran al ala que da al río, a una
habitación con una terraza rodeada por unos enrejados robustos de rosas. Así
obtuve otra salida.
U otra entrada. Tras unos minutos de paseo por la orilla estrecha, alcanzo
los enrejados y sacudo las manos. Las he mantenido en puños apretados para
conservar el calor y aún están ágiles a pesar del frío. Encuentro los puntos de
apoyo entre las rejas de madera y empiezo a escalar.
En momentos como este, a veces me pregunto…
No recuerdo muy bien a mis hermanos; doce son demasiados para que una
niña de cuatro años se acuerde de ellos. Sé que eran alborotadores y callados
y tiernos y valientes, y algunos se parecían a mi padre, un herrero, y otros se
parecían a mi madre, una tejedora.
Me pregunto… Me pregunto qué pensarían de mí. ¿A mis hermanas les
complacería que escalara enrejados, entrara y saliera a escondidas de un
castillo y llevara trajes de las sedas más caras? ¿A mis hermanos les
complacería que le robara un sello al propio Lobo Dorado y que mentir me
resultara tan fácil como respirar?
¿Mi madre seguiría creyendo que traigo mala suerte?
Me pregunto si sería la misma persona si hubiera dormido en una cabaña
hacinada y apestosa del mismo modo que dormía con las ratas en la despensa.
Ragne me picotea la oreja.
—Voy a buscar algo para cenar —anuncia y, un momento más tarde, un
murciélago se aleja volando.
—Pensaba que eras vegetariana —refunfuño. A lo mejor los insectos no
cuentan. No sé si quiero preguntárselo.
Llego a la terraza y me aúpo sobre la balaustrada. La luz de la chimenea
reluce a través de los cristales de la puerta, un recordatorio de que ser amable
con un kobold es muy útil. Me muero de ganas de gorronear algo de cena y de
quedarme dormida en la habitación calentita.
Entro y estiro el brazo para encender la lámpara que hay junto al
tocador…
… y algo frío se cierra alrededor de la otra muñeca.

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Con la mano libre, tomo lo primero que encuentro en el tocador, pero tiran
de ella para ponérmela detrás de la espalda. Oigo un clanc metálico. Cuando
intento liberarme, me encuentro con unos grilletes implacables.
Mi captor sigue detrás de mí.
—Gritaré para que vengan los guardias —siseo—. Te…
La puerta de la terraza se cierra a mi espalda.
—No, me parece que no lo harás.
Esta vez reconozco la voz.
El prefecto júnior Emeric Conrad se detiene delante de mí, apenas una
silueta contra la chimenea; la luz se refleja en las lentes redondas de sus gafas.
El polvo de carbón nos rodea. Mi suerte ha cambiado para peor.
—Si llamas a los guardias —dice con suavidad—, tendrás que explicarles
por qué estás tú aquí, con las perlas de Gisele von Falbirg, y por qué no está
aquí Gisele von Falbirg.
Luego agarra un libro de la silla del tocador y me indica por señas que me
siente.
—Y ahora, prinzessin, tengo unas cuantas preguntas más.

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CAPÍTULO 10

Pillada

Intento no mirarlo con la boca abierta cuando Emeric se acerca a la


chimenea, donde ha doblado con cuidado el uniforme demasiado grande sobre
una silla, y baja el libro que lleva en las manos.
No, no es un libro cualquiera: tiene el libro de cuentas de Yannec. Lo
necesito para encontrar a su comprador.
Eso significa que Emeric ha encontrado el armario secreto en el tocador.
Que es también donde escondí el botín de gilden y las joyas de los Eisendorf.
En efecto: forman un pulcro montón junto a mi silla.
Lo que significa que es mucho mejor en esto de lo que creía.
No es el chaval torpe a quien podía intimidar con un plato de unas
salchichas concretas y evocadoras.
Parece el mismo: el pelo negro bien peinado, sin una arruga en la camisa,
el krebatte bien dispuesto y un chaleco de lana color carbón. Pero se ha
arremangado, con aire profesional, y ahora que ya no se ahoga en ese enorme
abrigo, parece menos un académico desgarbado y más un… bueno, aún
parece un académico desgarbado, pero con mejor postura y al menos cinco
cuchillos que pueda ver.
—Puedo especular de dónde han salido estos gilden —dice con aspereza
—, pero los dos sabemos que esas son las joyas de los Eisendorf. Veamos…
«La extracción de la propiedad con la intención de robar, por el valor de un
gilden o más, se considerará hurto mayor y se castigará según las leyes
locales». Estoy bastante seguro de que esas joyas valen más de un gilden.
Aunque tendrás que decirme lo que les hacen a los ladrones en Bóern.
Hay un motivo por el que todas las monedas llevan una corona en un lado
y una calavera en el otro. Un lado es para los grandes ladrones. Podéis
adivinar qué lado es para los pequeños.
No te dejes llevar por el pánico. No te dejes llevar por el pánico. No te
dejes llevar por el pánico.

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Siempre hay un papel al que puedo recurrir, y es el de paleta inútil y
estupefacta. Arrugo la cara y me dejo caer sobre la silla del tocador;
mantengo la respiración superficial para que la sangre me suba a las mejillas.
—P-por favor, señor, yo no pregunto dónde va, solo soy su doncella…
—Vanja. —Está consultando su cuadernito, que aún conserva las manchas
de café por los bordes—. Vanja Schmidt, ¿verdad? Ese es el apellido que
usaban en el castillo Falbirg.
—Es mi prima, me consiguió el trabajo para que pudiera dar de comer a
mi madre, que está enferma, por favor, señor…
Emeric suspira. Luego estira el brazo y me arranca el trozo de gasa de la
mejilla.
La lágrima de rubí centellea con la luz del fuego.
Emeric tira la gasa a un lado deliberadamente. Y aguarda.
—Schit —musito al cabo de un momento.
Emeric se cruza de brazos.
—Ajá.
Me encorvo en la silla con un ceño de derrota.
—Vale, júnior. ¿Desde cuándo lo sabes?
Pregunto por dos motivos. Uno es porque parece muy pagado de sí
mismo. Eso significa que está seguro de que me ha pillado y quiero saber
cómo lo ha hecho.
El otro es porque conseguí agarrar una horquilla del tocador y creo que
estoy lista para empezar a abrir los grilletes.
—Lo confirmé anoche, en la mansión Eisendorf.
Emeric regresa a la chimenea y saca una pajuela de la urna de cobre sobre
la repisa.
Me mira; tengo pinta de estar bastante malhumorada y humillada. No es
un artificio por completo: me avergüenza que me haya atrapado con tanta
rapidez.
—Aunque, todo sea dicho, tenía la teoría desde hace una semana —
prosigue, y hasta habla diferente; sus palabras son cortas y precisas. Acerca la
pajuela al fuego. El trozo fino y largo de madera se enciende y lo lleva hasta
otro candelabro, con el cuaderno de cuero debajo de un brazo—. Me tomé la
libertad de visitar Sovabin primero.
—Tramposo —refunfuño.
—La dama Von Falbirg me ofreció una descripción muy clara de su hija
Gisele —añade, como si no me hubiera oído, aunque sé que lo ha hecho
porque pone los ojos en blanco—. Afable. —Enciende una vela—. Prefiere el

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aire libre a socializar. —Otra vela—. Le gustan los libros. —La tercera vela
se prende y me lanza una mirada cargada de significado desde el otro lado de
la habitación—. No le gusta beber.
Menudo cabrón melodramático está hecho.
—¿Has conocido a Adalbrecht? —le pregunto con sequedad—. Tú
también te tirarías de cabeza en una bodega si te fueras a casar con eso.
Emeric alza las cejas.
—Buena observación. Sin embargo, los robos empezaron en Bóern
después de la llegada de Gisele, lo que la implicaba a ella o a alguien de su
séquito. La dama me habló del collar de perlas que le dio a su hija y comentó
que el hechizo solo altera la apariencia de la portadora, no su personalidad.
Además… estaba la cuestión de los peniques. Tenías que dejarlos, ¿verdad?
Es como un golpe en la garganta. El rubor de mi rostro es real.
—Cualquiera puede dejar un penique.
—Pero tú dejaste doce, con la corona hacia arriba, en las casas de doce
familias nobles, después de que les robaras. Eso es personal, señorita
Schmidt. Querías que se sintieran impotentes. Querías que supieran que eras
tú. —Suena como si leyera una prescripción, como si fuera un insecto extraño
bajo una lupa, y odio que hable con tanta frialdad de algo que nunca le he
contado a nadie—. Gisele no tenía ningún motivo para resentir de ese modo a
otros nobles. Pero ¿y su doncella, la que desapareció de una forma tan
conveniente?
Intenta hacerme enfadar. Y funciona: es como si estuviera revolviendo
tranquilamente mi armario y se acercara demasiado a las cosas feas que tengo
guardadas en el fondo. ¿Cuánto le habrán contado los Von Falbirg? ¿Le
habrán confiado sus motes humillantes? ¿Que obligaban a una niña a dormir
con las ratas?
¿Cómo conseguí las cicatrices de la espalda?
Si permito que sus palabras me afecten, me volveré descuidada. Si el mes
pasado conseguí escuchar a Irmgard von Hirsching mientras hablaba durante
cinco minutos enteros sin tirarla a la fuente de una bofetada, ahora puedo
mantener la cabeza fría.
—No me lo creo —miento, a sabiendas de que una negativa obstinada
tiene que molestarle. Y en efecto: se le tensan los hombros—. Es muy típico
intentar culpar a la criada, visto que no puedes ni andar en línea recta cerca de
Gisele.
—Qué va —resopla—. Desde que nos conocimos, esperabas a un colegial
nervioso y prendado de ti. Solo te mostré lo que querías ver.

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—Supones mucho si crees que yo quería verte —farfullo. Luego alzo la
voz para cubrir el chirrido de la horquilla en el cerrojo de las esposas—. Y no
seas tan engreído. Me preguntaste sobre una fiesta a la que Gisele no fue.
—Para ver si podías sufrir otro desliz. —Ha encendido suficientes velas
para que pueda percibir algo inquietante en sus ojos familiares: la emoción
altanera y moderada de alguien que sabe que te saca ventaja.
Lo sé porque… porque…
Porque así me siento cada vez que dejo un penique rojo.
—Casi me tiraste el café encima cuando acusé a tus compañeros
sirvientes. —Emeric regresa a la chimenea y arroja la pajuela quemada al
fuego—. Sí que tuviste otro desliz cuando mencioné el penique de los
Eisendorf. El robo no se descubrió hasta después de que «Gisele» se
marchara, pero no te sorprendiste.
Un grillete suelta un chirrido al abrirse. Enseguida me dejo caer en la silla
y muevo los brazos para que las cadenas se agiten y así se explique el ruido.
—Vale, quizás ahí me hayas pillado.
Emeric recoge el libro de cuentas de Yannec y lo guarda en el zurrón que
lleva colgado a un lado mientras se acerca a mí.
—Te pillé. Y lo único que hizo falta fue hacerte creer que te atraparíamos
en cuanto Klemens llegara. Te entró el pánico, justo como esperaba. Admito,
sin embargo, que no predije tu gran espectáculo caritativo…
—Un momento. Lo de… lo del catalejo. ¿Eso no era cierto? —Lo miro,
sintiéndome más tonta de lo que me gustaría—. ¿Klemens no…? ¿No podéis
seguir el penique?
Emeric se encoge de hombros a unos centímetros de mí.
—Una mentira. Seguro que te suenan. Las personas se vuelven torpes
cuando les entra el pánico.
—Torpe… —Empiezo a decir, indignada, pero él me interrumpe.
—Sí, torpe. ¿Hace falta que te recuerde quién está esposado en este
momento?
—Creo que ya lo entiendo —anuncio como quien hace un descubrimiento
—. Eres lo que ocurre cuando una enciclopedia le pide a una estrella fugaz
que lo convierta en un niño de verdad, si esa enciclopedia fuera imbécil de
remate.
—Eso no viene a cuento. —Se palpa el chaleco, saca el carbón para
escribir y abre el cuaderno.
—Bueno, fräulein, no mentía sobre lo de tener más preguntas…
—Entonces ¿no tienes ninguna forma de rastrear los robos hasta mí?

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Emeric me mira con el ceño fruncido y sé que esta vez le ha dolido.
—No es tan sencillo. Si lo fuera, el alguacil local podría encargarse de
todo. No haría falta llamar a un prefecto como yo.
El grillete que faltaba se abre.
Suelto una carcajada de repulsión.
—Prefecto júnior.
Y le doy una patada en la espinilla con todas mis fuerzas.
Maldice y retrocede tambaleándose cuando me lanzo a por sus manos.
Emeric está más acostumbrado a esposar a gente que a evitar dicho
esposamiento, porque me resulta más fácil de lo que debería ponerle sus
propios grilletes alrededor de las muñecas. Sin las perlas, le llego por la
barbilla, pero es igual de fácil y ridículo hacerle tropezar con una bota
estratégicamente colocada. Acaba estrellándose en la alfombra entre la
chimenea y la puerta de la terraza.
Le pongo un pie sobre el pecho para que no se mueva.
—Esto es lo que hay, júnior —le digo con frialdad. Saco el collar de
perlas del bolsillo y lo alzo en alto—. Si sueltas aunque sea un gritito no
solicitado, chillaré como si todos los grimling de Bóern estuviesen entrando
por la ventana. Y luego me pondré las perlas y tú tendrás que explicar a los
guardias qué haces amenazando a Gisele von Falbirg en su propio dormitorio.
Mira la bota con una expresión de desdén.
—Esto es innecesario, señorita Schmidt.
—Seguro que les dices eso a todas las chicas. —Me inclino sobre su
pecho hasta que hace una mueca de dolor—. ¿Cómo me encontraste en el
Göttermarkt?
—No te estaba buscando —gruñe—. Fui a entregar un informe a la
oficina de la orden de los prefectos. Te lo habría dicho si me lo hubieras
preguntado, de verdad, no hace falta que me pises…
No aflojo el pisotón.
—Nunca me habías visto sin las perlas antes de esta tarde. ¿Cómo supiste
que era yo?
—El rubí.
Sacudo la cabeza.
—Estaba tapado.
—Puedo ver la maldición —resuella Emeric—. Y las marcas de Muerte y
de Fortuna en ti. Con o sin las perlas.
Me quedo inmóvil.
—¿Puedes ver la maldición?

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—De Eiswald —asiente.
Durante un momento, vacilo.
Esto enseguida demuestra que es un error. Emeric me envuelve el otro
tobillo con los grilletes y tira. Caigo al suelo. Las perlas salen volando de mi
mano y ruedan fuera de mi alcance. Me estiro sobre la espalda justo cuando
Emeric se abalanza sobre mí…
Y el hierro frío me aprieta la garganta. Me está inmovilizando con la
cadena de los grilletes, con una mano a cada lado del cuello, y parece tanto
exasperado como curiosamente incómodo.
—De verdad… preferiría no… hacer esto. —La voz le sale un tanto
áspera mientras recupera el aliento y me fulmina con la mirada—. He
dedicado los últimos diez años a mi formación para atrapar criminales mucho
mejores que tú. Si te rindes, podemos llegar a un acuerdo.
Criminales mejores que yo. Ladrones de más importancia, pienso. De
esos a los que no envía a la horca.
He aquí un dato sobre la gente como Emeric Conrad: no saben qué hacer
cuando no son la persona más inteligente en la habitación. Se cree que ha
ganado porque me ha engañado durante un día y le da igual que yo lleve un
año engañando a medio Bóern.
Cree que puede atrapar a mejores criminales que yo porque nunca ha
conocido a una criminal de mi categoría.
Así que parpadeo con mis grandes ojos negros y digo:
—Poldi.
Una bola de llamas surge de la chimenea y arremete contra Emeric como
un toro.
Después de esto le deberé muchísimo hidromiel.
Emeric se estampa contra el suelo sin aliento. Poldi lo agarra por el cuello
de la camisa.
—¿Dónde lo quiere, mi señora? —gruñe el kobold con una voz que estalla
y cruje como madera seca echando humo.
—Fuera.
La puerta de la terraza se abre mientras me pongo en pie y me quito el
polvo de encima. Saboreo las protestas que farfulla Emeric. Poldi lo arrastra
fuera con un cuidado mínimo. Cierro la puerta de la terraza a mi espalda y
señalo la balaustrada.
La forma de Poldi se ha solidificado en la de un hombrecito robusto y
fiero otra vez, pero no se mueve como un hombre, ya que sube por el aire

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como si fuera una escalera y se lleva a Emeric con él. La bota del prefecto
júnior solo roza la barandilla.
—He aquí mi acuerdo —le digo—. Tienes menos de un minuto antes de
que Poldi te queme el collar de la camisa. Sería prudente que me contaras
todo lo que sabes sobre la maldición de Eiswald.
—Te repito —dice Emeric con irritación— que podrías haberlo
preguntado.
Me cruzo de brazos con una sonrisa despiadada.
—Pero entonces no tendría tu vida en mis manos y no sería divertido.
La cadena de los grilletes tintinea cuando intenta gesticular con rabia.
—Estás muy mal.
—Tienes —me inclino hacia delante y entorno los ojos— una caída de
unos nueve metros, más o menos, antes de alcanzar el Yssar. Háblame de la
maldición, júnior.
—Ya te he dicho todo lo que sé.
Le dirijo un gesto con la cabeza a Poldi. Emeric resbala un poco.
—Es la verdad —insiste—. Puedo ver que es una maldición y que procede
de Eiswald…
Alzo la voz a pesar de querer mantener la calma.
—¿Y sabes algo sobre romperla? ¿O lo que Eiswald quiere de mí? ¿O
cualquier otra cosa?
—Solo que… —Emeric se estremece—. Que te matará en la luna llena.
La media luna creciente, fina como una cuchilla, avanza poco a poco por
el horizonte.
—Soy consciente —digo con gravedad—. Y por eso no tengo tiempo para
malgastarlo contigo. Poldi, haz los honores.
—Espera… El margrave… —No sé lo que quería decir Emeric, pero se
pierde cuando el kobold lo suelta.
Se oye un grito, luego un chapoteo, y el prefecto júnior Emeric Conrad es,
oficialmente, un problema del río Yssar.
Echo un vistazo por encima de la balaustrada con las manos en la cadera.
—¿Crees que sabrá nadar con esos grilletes? —le pregunto a Poldi.
Poldi y yo aguardamos un momento, observando el río. Su superficie
permanece inalterada.
—Pues no lo parece —sisea el kobold.
Dejo pasar unos segundos antes de darme la vuelta y entrar en el
dormitorio.

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—Je. Ya se las apañará. Con suerte, antes de llegar a la cascada. Voy a
buscarte un poco de hidromiel.

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SEGUNDA PARTE

LA MENTIRA DE LA PERLA

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EL TERCER CUENTO

UN ANILLO DE RUBÍES

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Érase una vez una princesa que vivía en un castillo con su mejor amiga, la
doncella leal. Se llevaba a la doncella cuando iba a explorar ruinas en los
montes. Se llevaba a la doncella cuando iba a cazar al bosque. Se llevaba a la
doncella a todas partes, incluso cuando su madre la miraba con
desaprobación.
Un día, cuando la princesa y su doncella tenían casi trece años, otra joven
llegó. Era la hija de un conde de los territorios del este que había ido de visita
unos quince días para discutir asuntos de Estado áridos y aburridos con los
padres de la princesa. La pequeña condesa era la chica más guapa que la
princesa y la doncella habían visto nunca, con el cabello castaño
resplandeciente, dos rosas gemelas en sus mejillas de porcelana y ojos tan
azules como el corazón de un glaciar.
La pequeña condesa quería ser amiga de la princesa. Quería ser su mejor
amiga. Su única amiga.
Y la pequeña condesa estaba aburrida.
Al principio, molestaba a la doncella con cosas pequeñas: la pellizcaba
cuando nadie miraba, la hacía tropezar al pasar, le tiraba de las trenzas. Si la
doncella protestaba, la pequeña condesa decía que había sido un accidente y
que lo sentía mucho, que estaba muy avergonzada, y entonces se le llenaban
los ojos de lágrimas y la doncella huía antes de que alguien la regañase por
haber hecho llorar a la pequeña condesa.
Luego la pequeña condesa consiguió la ayuda de la princesa.
La pequeña condesa no quería leer ni escalar ni cazar, y por eso se le
ocurrió un juego. Dijo que a la doncella le debía aburrir hacer lo mismo todos
los días y que podían hacer más interesantes sus tareas. Y, al principio, a la
princesa le pareció una buena idea, porque su amiga sí que tenía muchas
tareas aburridas y quizás así su trabajo sería más divertido.
Empezó poco a poco: salir de repente de una esquina para asustar a la
doncella. Intercambiar la lejía y la cera para la madera cuando no miraba.
Luego dieron paso a la crueldad, lo que llevó el juego a un nuevo nivel. Una
araña por el vestido. Un clavo en la escoba que arañaba la madera del suelo.
Un clavo en el zapato.
Y si la doncella se enfadaba, la pequeña condesa llenaba los ojos de
lágrimas y decía que solo era una broma y que no hacía falta ser tan mala.
Un día, la doncella se despertó y encontró a la pequeña condesa de pie
junto a su jergón, riéndose y señalando las sábanas.

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—¿Por eso te llaman penique rojo?
La doncella no la entendió hasta que le dolió el bajo vientre y vio la
sangre en la paja; se dio cuenta de que le había llegado su primera sangre
menstrual en el peor momento posible. Huyó al baño lo más rápido que pudo.
Durante el resto del día, la pequeña condesa no dejó de llamarla Rohtpfenni,
hasta que la doncella se vio capaz de empujarla al fuego.
Fue entonces cuando la princesa se dio cuenta de que era algo más que un
juego.
La princesa les pidió a sus padres que despacharan al conde, pero no
podían, por el mismo motivo por el que le habían pedido que fuera amiga de
la pequeña condesa: el conde von Hirsching controlaba una ruta comercial
clave que entraba y salía de Sovabin. Era una cuerda salvavidas que no se
atrevían a cortar.
La princesa intentó ayudar a su doncella y le pidió a la pequeña condesa
que se disculpara.
La pequeña condesa bajó la cabeza y dijo que sentía mucho si había
ofendido a la doncella. Hasta se quitó un anillo de rubíes del dedo y le dijo
que era un regalo para hacer las paces.
Y la pobre doncella la creyó.
Llegó la noche. Durante la cena, la pequeña condesa gritó y declaró que le
faltaba el anillo de rubíes. Señaló a la doncella y la llamó «ladrona». Cuando
registraron los bolsillos de la doncella, encontraron, por supuesto, el anillo.
Nunca olvidaré esa noche, cómo no dejaba de insistir a través de las
lágrimas que Irmgard me había dado el anillo, que nunca les robaría, hasta
que la dama Von Falbirg me dio una bofetada para que me callase. El padre
de Gisele le prometió al conde von Hirsching que me castigarían.
Y Gisele… Gisele no dijo nada.
No dijo nada cuando los Von Hirsching exigieron que me azotaran por
ladrona. Veinte latigazos para una chica que no tenía ni trece años.
No dijo nada cuando los guardias me ataron las manos con brusquedad a
un poste de madera y me arrancaron la camisa por la espalda.
No dijo nada cuando obligaron a Yannec a darme trece latigazos
sangrientos. No dijo nada cuando Joniza pidió piedad, alzando la voz por
encima de mis gritos. No dijo nada cuando concedieron esa piedad y me
perdonaron los últimos siete latigazos, incluso cuando el conde von Hirsching
se quejó de que les había estropeado la cena.
Y cuando Gisele apareció más tarde en la cocina, donde me habían puesto
bocabajo sobre una mesa dura de madera como la última cena, no dijo nada.

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Yannec estaba ocupado emplatando las natillas, avergonzado, y Joniza se
había ido a buscar a la bruja del seto local para que atendiera mis heridas.
Joniza sabía un par de cosas sobre hierbas, pero esto la superaba. En su tierra
no azotaban a los niños.
La bruja le costaría el sueldo del mes, pero no dudó en hacerlo. Lo único
en lo que podía pensar en medio de la neblina de dolor era en que tendría que
devolverle el dinero y no sabía cómo.
Gisele tenía los ojos húmedos y relucientes cuando entró por la puerta.
Quería preguntarle por qué no había dicho nada. Por qué no había dicho que
Irmgard mentía. Por qué no la había detenido.
Por qué las lágrimas de Irmgard eran más importantes que la sangre en mi
espalda.
Pero conocía a Gisele. No sabía las respuestas para aquello.
Así que lo único que hizo fue entrar, dejar algo en la mesa a mi lado y
salir a toda prisa, con la cara roja y conteniendo las lágrimas. Cuando giré la
cabeza, vi una pincelada de plata reluciendo sobre la madera: un penique
blanco.
Cerré los ojos.
Al menos serviría para pagar a la bruja.
Apreté la cara contra la madera. Cualquier cosa con tal de distraerme del
ardor abrasador de los verdugones en la espalda.
—No robé el anillo —susurré, con la voz rota de llorar—. Mintió. Me dijo
que era un regalo.
Yannec siseó cuando una natilla amenazó con deslizarse fuera del plato.
—Pues no vuelvas a caer en ese truco. Te voy a dar un consejo, chica. El
mundo está lleno de nobles como esa. Puedes seguir sus normas todo lo que
quieras, pero aun así encontrarán una forma de darte una paliza y llamarte
«ladrona». Hasta la pequeña señorita Gisele. Es cuestión de tiempo.
No dije nada. Hasta ese momento, había sido suficiente.
Pensé que podría ser la doncella de Gisele, su amiga, durante el resto de
nuestras vidas. Se casaría con otro noble y yo dirigiría a los criados de su
nueva casa, y quizás encontrase a un mozo de cuadra guapo o algo así y
seríamos como… como una familia, y eso sería suficiente.
Yannec suspiró y dejó el plato. Luego se acercó y me dio unas palmaditas
en el cabello rígido por el sudor; fueron breves y rudas, más para consolarse a
sí mismo que a mí.
—Lo que quiero decir es que te van a volver a azotar, Rohtpfenni. Eso o te
van a robar, a cegar, lo que les dé la gana, aunque tú no les robes nada. Así

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funciona el mundo. Lo único que puedes hacer es que valga la pena. La
próxima vez que te golpeen, asegúrate de que no sea por un anillo feo, sino
por una bolsa llena de oro.
A medianoche, Muerte y Fortuna vinieron a verme.
Me dijeron que había cumplido trece años y que había llegado el
momento de que eligiera a una por encima de la otra.
Me dijeron que una me reclamaría como criada.
No me dijeron nada de que me reclamarían como hija.
Ni dijeron nada sobre las heridas abiertas de mi espalda ni sobre cómo
había florecido con la primera sangre menstrual ni sobre el ojo morado que
me había dejado la dama Von Falbirg. A los dioses no les importan esas
cosas. Ni siquiera a unas madrinas como ellas.
No quería quedarme en el castillo Falbirg. Tenía miedo de que Yannec
estuviera en lo cierto, de que Gisele permitiera que me hicieran daño de
nuevo, de que un día ella misma ordenara que me azotasen.
Pero lo peor era pensar en servir a Muerte y a Fortuna y esperar a que, un
día, ellas blandieran el látigo.
Ni siquiera podrían darme un penique blanco después.
Así que les dije que no.
Y empecé a pensar en bolsas llenas de oro.

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CAPÍTULO 11

Quitarse un peso de encima

Ragne regresa justo cuando me doy cuenta de que he cometido un error


terrible.
¿Ese error es que acabo de tirar a un río gélido a otro ser humano
esposado, condenándolo a morir (seguramente)? Qué va. Creo que podremos
coincidir en que ese imbécil enciclopédico se lo merecía.
El error consiste en que, ahora mismo, su zurrón se está hundiendo
(seguramente) hacia el fondo del río Yssar, junto con él. Y dentro de ese
zurrón está el libro de cuentas de Yannec. El que necesito para encontrar a su
comprador y deshacerme de las joyas de los Eisendorf.
Acabo de cruzar la puerta de la terraza cuando me doy cuenta. Ragne
entra detrás de mí. Se ha convertido en una lechuza negra y, tras posarse en el
cabecero de la cama, parpadea en la luz de las velas.
Regreso a toda prisa hacia la puerta.
—Ragne. Hay un chico en el Yssar y necesito su bolsa. ¿Puedes ocuparte
de ello?
Ulula y se lanza hacia la noche. Me paso las manos por el desastre
enredado que son mis trenzas e intento pensar.
Poldi crepita con educación y balancea las piernas en la chimenea.
—Vale. El hidromiel. —Me tapo el rubí con pasta y gasa, me escondo en
los pasillos de los criados, corro hasta la cocina y vuelvo con una botella.
Cuando llego, Ragne ha regresado y es humana de nuevo. También está
desnuda por completo y chorreando sobre la alfombra.
—Pero… ¿por qué? —pregunto con cansancio.
—Los humanos se secan más rápido. No tienen pelaje.
—Los humanos usan toallas. Y ropa. —Le doy la botella a Poldi—.
Gracias por tu ayuda.
La agarra y desaparece por la chimenea.
—Mantendré el fuego caliente para la semidiosa.

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Me giro hacia Ragne y me pongo a buscarle una toalla.
—¿Y bien?
—Me encargué de ello —dice con alegría, sacudiendo la cabeza. El agua
sale disparada por doquier.
—¿Dónde está el zurrón?
—Con el chico.
Frunzo el ceño y saco una toalla limpia de una cesta.
—¿Y dónde está el chico?
—Al otro lado del río.
—¿Está…? —Me paso un dedo por la garganta. Ragne ladea la cabeza,
desconcertada—. ¿Se ha ahogado? —le aclaro.
Ragne se toca su garganta.
—¿Por qué se iba a ahogar así? ¿Tiene agallas?
—¡Muerto! Eso significa muerto. Como si te cortaran el gaznate. ¿Está
muerto?
—Ah. No lo entendía. —Ragne se sitúa junto al fuego—. Sigue vivo.
Le tiro la toalla.
—¿Y cómo exactamente te has encargado de ello?
—El chico… —responde Ragne, perpleja—. Lo empujé a la orilla y…
—¡Necesitaba esa bolsa, Ragne! —Alzo los brazos al aire—. Me daba
igual lo que le pasase a él, ¡necesitaba la bolsa!
Noto unos pinchazos en los dedos. Maldigo y los agito, y entonces
descubro una capa de rubíes minúsculos sobre los nudillos.
—Ya veo —dice Ragne. La fulmino con la mirada.
—Me caías mejor antes de que te convirtieras en una sabelotodo. —Me
derrumbo en la silla junto a la chimenea y me deshago las trenzas
desordenadas para peinarlas con los dedos mientras pienso.
Así que Emeric sigue vivo. El libro de cuentas de Yannec… Con suerte
escribió en carbón y las páginas no se han estropeado.
A menos que Emeric lo use para desenterrar algo que pueda relacionar
conmigo.
Estoy a salvo por ahora… No me sacará ventaja otra vez y, sin pruebas
firmes, lo único que tiene es su palabra contra la de la prometida del
margrave. Y sé cómo acabará eso. Pero aún necesito el libro de cuentas.
El infeliz prefecto júnior también me ha dejado unos recuerdos: con el
forcejeo, se le cayó el cuaderno y un cuchillo; además, la chaqueta del
uniforme sigue plegada sobre la silla en la que me he sentado. Me la pongo

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sobre el regazo para comprobar los bolsillos. Hay unos cuantos peniques rojos
y sjilling, un pañuelo doblado con cuidado y nada más.
No puedo evitar estudiar el abrigo del mismo modo que examino los
joyeros que vacío. Este me cuenta una historia inesperada: es demasiado
grande para Emeric, está cubierto de cicatrices por la edad y desgarrones bien
remendados; hasta tiene un par de parches gastados en los codos. Una
pequeña constelación de agujeros sobre el bolsillo del pecho señala el lugar
donde han quitado las insignias y las medallas y, en un fino hilo rojo, hay un
nombre cosido dentro del cuello: H. KLEMENS.
O es robado, o es un regalo, o lo ha heredado. Puedo descartar la última,
porque la orden de los prefectos tiene demasiado dinero para reutilizar
uniformes. Y puedo descartar la primera, porque, por la impresión que tengo
de Emeric hasta ahora, le sería física y emocionalmente imposible violar una
ley sin gritar. Así que es un regalo. Sentimental.
Desprende un olor intenso y picante, extrañamente familiar, hasta que lo
sitúo: aceite de enebro. Hace unos años, la bruja del seto echó un poco en el
ungüento para los latigazos.
Una rabia antigua se enreda en las líneas de mis cicatrices. Me levanto,
tiro el abrigo dentro del armario y recojo el cuaderno y el cuchillo de Emeric
del suelo. Al menos puedo hacerme una idea de los trapos sucios que sabe
sobre mí y podré prepararme para lo peor.
Sin embargo, cuando paso las páginas, veo que todas están en blanco,
excepto por una breve inscripción al principio.

PROPIEDAD DE E. CONRAD
Si lo encuentra, entréguelo en las oficinas más cercanas de
la orden de los prefectos de los tribunales celestiales.

Bueno, al menos es optimista.


Me mordisqueo la punta del pulgar. No es una trampa: lo vi escribir en
este cuaderno durante el desayuno; hasta huele a café, aunque no veo las
manchas por ninguna parte. Debe de haber algún tipo de hechizo que esconda
las notas. Lo llevo de vuelta a la chimenea y me siento en las piedras para
aprovechar el luminoso fuego.
Es un diario muy bien hecho, sobre todo porque no hay ningún sello de
encuadernador estampado en la cubierta de ante. Esa es mi primera conjetura:
un encantamiento escondido en un adorno, porque la magia suele dejar huella.
Tiene que estar anclada de alguna forma, del mismo modo que las perlas

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anclan la ilusión de la prinzessin. Acaricio la cubierta, las guardas, hasta las
líneas de tinta de E. CONRAD, pero no sobresale nada.
Esto me cabrea más de lo que debería. No es justo. Entró en mi
dormitorio, alardeando de su conocimiento intolerable sobre mis secretos; su
estúpido cuaderno no tiene derecho a guardar los suyos. Y estoy muy, muy
cansada de que frustren mis planes hoy.
Solo quiero que algo, una única cosa, salga bien.
A lo lejos, las campanas del Göttermarkt empiezan a sonar para dar la
hora. Cierro los ojos y me permito estar enfadada, cansada, temporalmente
derrotada, durante las campanadas. Cuando la séptima y última se acalla,
respiro hondo.
Y empiezo a pensar en cómo voy a abrir esta cerradura.
La mayoría de las cerraduras suelen ser más un mecanismo de demora que
otra cosa. No es que sean complejas; de los cinco o seis resortes, solo hay un
par que te causarán problemas. El objetivo es que pierdas diez minutos
averiguando cuáles son. Pero, cuando te escabulles entre los huecos del
cambio de guardia, tienes que ser más tacaña con tu tiempo.
A mí esas cerraduras no me causan problemas porque soy muy rápida
descubriendo cuáles son los resortes complicados. La clave está en probarlos
uno a uno. Eso es lo que tengo que hacer ahora: probar un resorte tras otro en
este problema.
El primero es: ¿qué tengo entre manos? ¿Una ilusión, para hacer que las
páginas parezcan en blanco, o un encantamiento que borra el contenido de
verdad?
Paso un par de páginas y luego restriego los dedos en el papel. Vuelven
limpios. Hago lo mismo en otras tres páginas, sin resultado.
El primer resorte encaja en su lugar.
Emeric escribe con carboncillo. Si fuera una ilusión que hiciera que las
páginas parecieran en blanco, aún me mancharían las manos de carbón. Tiene
que ser un hechizo, uno que borra la escritura. Así pues, el siguiente resorte
es: ¿dónde está?
Hurgo un poco más en el cuaderno, pero no destaca nada. Hasta que alzo
la mano para pasar una página y encuentro una raya fina y perfecta de gris en
la palma. Cuando la froto, se limpia: carbón.
El segundo resorte complicado parece muy prometedor.
El hilo negro de la encuadernación atraviesa el pliegue del diario en una
puntada larga y marcada. La toco con cuidado. La punta del dedo se me
mancha otra vez de gris.

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—¿Uh? —musito. Luego saco el cuchillo de Emeric de la funda y corto el
hilo.
Es como abrir un saco de guisantes secos. Las letras se derraman de todas
las puntadas que agujerean el papel y se ordenan en líneas pulcras; las fibras
del hilo se vuelven blancas cuando se vacían de carbón. Las páginas crujen y
se estremecen, las manchas de café florecen una vez más y unas muescas y
arañazos aparecen en los márgenes. Suelto una carcajada ronca.
Quizá no haya descifrado aún la maldición de Eiswald, pero esto, al
menos, puedo hacerlo.
Cuando las letras se quedan quietas, vuelvo al inicio del diario y leo a la
luz del fuego. Las primeras páginas son inútiles; se remontan a principios de
año, antes de que hubiera robado siquiera un pendiente. Están llenas de notas
como:

Mira detrás de la estatua de santa Frieda


La viuda DEFINITIVAMENTE mentía sobre el pedido de
sombreros
Escribo esto para poner nervioso al sospechoso. No le gusta,
sigo escribiendo. Voy a SUBRAYAR esto a ver si

E inmediatamente debajo:

Confesión completa.

Cabrón presumido.
Avanzo, pero el pulgar se me engancha en una grieta entre las páginas.
Cae un papel doblado, uno que no estaba ahí antes de que cortara el hilo de la
encuadernación. Es una carta, breve y escrita con una letra desconocida, con
fecha de hace una semana.
Muchacho:

Creo que tienes unas pistas bastante sólidas en el caso de Minkja, pero ten en cuenta
que este es importante. Aun así, será mejor hacerlo como siempre. Me reuniré
contigo el día seis y lo remataremos. Recuerda: los casos se construyen, no solo se
resuelven. No te basta con tener razón, hay que demostrarlo… Tienes buen ojo, pero
eso no te sirve de nada si no puedes hacer que el resto vea lo mismo que tú. No
descuides las pruebas.
H.

Frunzo el ceño. H., como en H. Klemens, como en prefecto Hubert Klemens.


Adalbrecht pidió a Klemens, lo que significa que tiene un historial potente.

Página 130
Un prefecto notorio para encargarse de los criminales más monstruosos del
Sacro Imperio.
¿Por qué un hombre como ese consideraría que una serie escueta de robos
de joyas es un caso importante?
La carta ha caído de entre dos páginas y solo hay una en blanco. La otra se
usó para escribir el borrador de una respuesta con un par de comienzos
irregulares:

Hubert:
No me digas cómo
Sé lo que tengo
Entendido. Yo me encargo de

Y ahí se acaba; seguramente lo habrán interrumpido. Sí que di en el blanco


antes, cuando le dije a Emeric que no tenía pruebas.
Las páginas posteriores están vacías. Vuelvo para atrás y veo que
aparezco en las entradas del mes pasado.

PFENNIGEIST
Comenzó a principios de año, poco después del compromiso
Falbirg-Reigenbach
Solo roba a la nobleza de Bóern
Por ahora no hay señales de ninguna influencia grimling o
celestial
Penique rojo como tarjeta de visita: quiere llamar la
atención

Vaya, el muy… Yo no quiero llamar la atención.


Lo siguiente es una lista de equipaje. Me salto un trozo, con la irritación
burbujeándome en la garganta, y encuentro lo que estaba buscando: las notas
desde anoche hasta ahora.

La impostora lleva las marcas de Muerte y Fortuna, junto


con las perlas encantadas. D. von Falbirg mintió: el hechizo
no es solo para resaltar el atractivo, sino una ilusión. Por la
mañana verificaré la identidad, el paradero de antiguos
empleados + confirmaré a Pfennigeist.

Así que no se ha marcado un farol cuando ha dicho que lo sabía desde


anoche. Las notas de esta mañana prosiguen:

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Impostora intenta distraer de salchi
Distraer de todo, la verdad
Impostora ha adquirido durante la noche una maldición de
Eiswald, acabará en la luna llena. ¿Relacionada con robo
Eisendorf?
Confirmado: solo una criada desaparecida, Vanja, el
“Penique Rojo”
Confirmado: impostora conoce el robo Eisendorf, a pesar
de que se marchó antes del descubrimiento
Por ahora, no hay indicios de implicación con AvR + Nmn,
Wfhdn
Confirmado: chica vista en Göttermarkt, intentó vender
pista falsa; lleva la misma maldición + marcas de
impostora, encaja con la descripción de V.
Confirmado: Vanja (¿Schmidt?) es la impostora

La sangre se me acumula en el rostro con cada línea. No lo había engañado ni


por un momento, no hasta que le puse sus propios grilletes.
No tiene derecho a saber tanto sobre mí, y mucho menos a escribirlo. Lo
odio. Odio que alguien sepa ni aunque sea una mínima parte de quién soy.
Odio que ahora mismo Emeric no esté en el fondo del Yssar.
El fuego deja escapar un pop reivindicativo. Miro las llamas y luego bajo
la vista al diario, contemplándolo con furia. Supongo que es una forma de
cerciorarme de que estas notas no puedan causarme más daño.
Y, si soy sincera, quiero hacerlo. No recuerdo la última vez que me sentí a
salvo de verdad, pero he pasado el último año sintiéndome lo bastante segura
detrás de la fachada de la prinzessin. Se me olvidó lo profundo que puede ser
el cansancio cuando vives con miedo.
Quiero vengarme de Emeric por haber resquebrajado mi seguridad. Por
haberme llamado «Penique Rojo». Quiero quemar todo lo que me ha hecho
daño hasta que solo queden cenizas.
Cierro el cuaderno, lo sostengo por encima del fuego.
—¿Qué vas a quemar? —pregunta Ragne, parpadeando con curiosidad. Se
ha enroscado debajo de la toalla y ha extendido el cabello sobre las piedras de
la chimenea para que se seque.
Esto me saca de la bruma del enfado. Tonta, tonta, tonta. Aparto el
cuaderno.
—Nada.

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Emeric dijo que había ido a Sovabin. Tengo que enterarme de lo que sabe
si quiero mantener la ventaja. Si quiero mantenerme lejos de él.
Y si conoce mi mote… ¿Qué más sabe?
Me restriego la cara con una mano.
—Voy a dormir. No te subas a la cama.
—No quiero —dice Ragne. Discutiría, pero no creo que eso cambiase
nada.
Cierro la puerta del dormitorio con llave. Y luego, por si acaso, cierro
también la puerta de la terraza. Escondo las joyas de los Eisendorf y mi
pequeño cofre de gilden en el armario secreto del tocador, me pongo un
camisón y apago la mayoría de las velas.
Me llevo el cuaderno y el cuchillo a la cama por la misma razón: Emeric
Conrad sigue con vida y querrá recuperarlos.
Dejo el cuchillo en la mesita de noche, me apoyo en las almohadas y abro
el cuaderno una vez más. Tardo un par de intentos antes de encontrar las notas
de Sovabin.

Castillo Falbirg: muchas reformas recientes. ¿Nuevos


fondos? ¿AvR pagó soborno por G?
Sin duda hubo extorsión, negocios en ciudad han crecido
mucho desde compromiso. AvR limitaría las rutas de
comercio
¿Qué saca AvR de esto aparte de G?

La siguiente frase es como un golpe en las entrañas.

Príncipe + dama abusan públicamente de empleados,


insultos y salarios en peligro. Potencialmente violentos

No sé por qué me sorprende tanto. Supongo… que pensé que nadie más lo
veía. O que miraban para otro lado. O que, bueno, no era para tanto.
Incluso ahora puedo oír una vocecilla insistiendo: Solo ocurría cuando se
enfadaban, cuando se asustaban. Te dieron un lugar en su casa y podrías
haber trabajado más duro y… y podría haber sido peor…
Pero esa voz procede de una parte de mí que lo olvidaría todo solo por
recibir una palmadita maternal en la cabeza. Y, si la escucho, me comerá viva.
Me obligo a seguir adelante.
Las siguientes líneas son más pulcras, más completas, como si Emeric
hubiera puesto por escrito sus pensamientos al final del día.

Página 133
Estoy casi seguro de que el Pfennigeist procede del castillo
Falbirg. Recapitularé estas teorías como es debido después
de interrogar a los criados, pero en resumen:

Presencia de peniques rojos → el culpable (¿o


culpables?) quiere que las víctimas relacionen los
crímenes. Quiere que se sientan impotentes
Solo víctimas nobles → resentimiento hacia una clase
en concreto
Los V Falbirg maltratan a sus empleados y estaban
desesperados por dinero hasta hace poco → personal
mal pagado, su salario depende a la fuerza de los
señores y esto evita que se marchen a pesar de las
malas condiciones

En general, sospecho que es probable que alguien busque


venganza tras ser humillado por la nobleza y quiera
devolverles ese favor. Sabe cómo manejarse en círculos
aristocráticos a partir de observaciones personales y es
posible que le negaran necesidades básicas de joven por lo
que siente el impulso de compensarlo en exceso. Un criado
de alto nivel, cercano a la familia, sujeto a un abandono
prolongado cuando niño; seguramente abusaron de él.

Mis costillas se han convertido en unos grilletes de hierro, cerrados e


implacables, alrededor del pecho.
Cómo… cómo se atreve …
Hay una lista de nombres bajo la palabra INTERROGATORIO en la
siguiente página. A algunos los reconozco como criados del castillo y otros
son nuevos. Hay unas cuantas notas al lado de cada uno, como Bettinger:
guardia, contratado en primavera y Nägele: nueva cocinera, la última perdió
los estribos. Emeric tachó cada nombre.
Luego, hacia la mitad de la lista, las notas se detienen en el nombre del
ama de llaves. Ya estaba trabajando en el castillo Falbirg desde antes de que
yo llegara; estaba en el salón, observando con una jarra de vino en sus manos
temblorosas, la noche en la que me azotaron por causa de los Von Hirsching.
El resto de la lista está tachado con un trazo ancho y salvaje: ese fue el
último interrogatorio.
En la parte inferior de la página, en una letra grande y segura, Emeric ha
escrito una única palabra:

Página 134
ROHTPFENNI

Cierro el diario con un golpe.


Luego enrollo el cordón de cuero todas las veces que puedo y lo meto
debajo de una almohada lejana, fuera de mi vista. El corazón me late con
furia, con vergüenza, y, para mi sorpresa, me escuecen los ojos.
No he llorado desde que me marché del castillo Falbirg.
Pensé que había dejado atrás a esta chica. Creé a Marthe, a la prinzessin,
al Pfennigeist, para poder escapar del fantasma del espejo.
Ragne salta a la cama convertida en gato, me mira y se enrosca junto a
mis rodillas sin decir nada.
Observo con belicosidad el dosel de terciopelo de la cama hasta que las
lágrimas se consumen solas.
Venceré esta maldición. Me mantendré lejos de Adalbrecht. Superaré a
Emeric Conrad y lo olvidaré, a él, a Gisele y todo esto.
Y lo haré… en los próximos trece días.
No recuerdo haberme quedado dormida.
Los sueños no tardan en encontrarme. Ni en volverse siniestros: Eiswald
convirtiéndome en piedra caliza que se desmenuza con cada paso dificultoso.
Gisele señalándome mientras le salen rubíes de la boca. Un lobo dorado con
los ojos azul cristalino de Adalbrecht y con un cuervo en sus fauces.
El lobo, sin embargo, se queda.
Muerde al cuervo en una explosión de plumas. Luego caza a una
marmota, gorda por el invierno. La sangre, del azul de las llamas, le cae por
los dientes. Luego atrapa a un zorro, una cabra, un ciervo, un alce…
Noto un dolor agudo por el brazo, pero no puedo moverme.
Los ojos ardientes del lobo se giran hacia mí. Me embiste.
Hay una ráfaga de cobre, plata, oro y hueso, un tañido como de una
campana. Creo que oigo mi nombre. Pero, cuando abro los ojos, parece que
sigo atrapada en el sueño.
La luz tenue de las velas recorta una silueta macabra de la oscuridad.
Una criatura marchita, con la piel pálida y forma de hombre, se agacha
sobre mi pecho y me ata el cabello en nudos. Enseña los dientes en una mueca
de felicidad. Los ojos le arden en un azul frío como zafiros.
Intento inhalar y la respiración acaba siendo como una arcada
estrangulada; los pulmones gritan mientras pelean contra el peso de la
criatura. Ragne sisea, araña a esa cosa, pero la criatura no parece darse cuenta
mientras se balancea hacia delante.

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El oro de la buena suerte destella a mi lado, sobre el cuchillo de Emeric
que sigue en la mesilla de noche.
Lo agarro, le quito la funda y clavo la hoja de acero en el costado de la
criatura. Es como apuñalar un saco de grano. El hombrecillo marchito arrulla
y balbucea antes de derrumbarse sobre las sábanas como si estuviera
borracho, pero el hechizo que me retenía se ha roto. Salgo corriendo de la
cama y grito:
—¡Poldi!
La chimenea tenue ruge con fuego, como si el kobold alzara la cabeza
después de una siesta. Luego aparece lleno de rabia y salta hacia la cama. A la
criatura se le escapa un gritito agudo y se lanza contra la pared, revolviéndose
como una araña gigante, gorda y de cuatro patas, mientras Poldi la persigue
por el techo.
Cuando el condenado hombrecillo corre hacia la puerta, se reduce hasta
convertirse en prácticamente nada y atraviesa flácido el ojo de la cerradura.
Me quedo mirando la puerta e intento no entrar en pánico, aún con la
respiración alterada.
—¿Qué…? —resuello—. ¿Qué… era eso?
—Un nachtmahr —gruñe Ragne con la cola erizada—. Lo siento, he
intentado despertarte arañándote. Diez latidos más y te habría llevado.
Así es: tengo una fila corta de líneas rojas en el brazo. Me apoyo en la
cama, con el corazón a mil por hora, mientras intento reunir mis pensamientos
soñolientos. Es como querer recoger aceite con un colador.
He oído hablar de los nachtmaren, pero nunca había visto uno. Son
grimlingen menores, goblins inferiores que envenenan los sueños y se los
beben. Si no los detienes, se llevan de la cama a la persona sumida en el
sueño y la montan como si fueran un caballo durante la noche. No son muy
fuertes, pero hay tantos como personas soñando.
No recuerdo si alguno visitó la casa de mi antigua familia, y el kobold del
castillo Falbirg mantenía a todos los grimlingen fuera. Se supone que Poldi
debe hacer lo mismo.
El kobold se acerca flotando y rascándose la cabeza.
—Lo siento, mi señora —farfulla—. No sé cómo ha entrado.
La silueta dorada de Fortuna aparece cerca del pie de la cama, lo bastante
sólida para que vea cómo recoge la funda del cuchillo y me la ofrece. Luego
recuerdo el torrente de su oro en el sueño.
El hielo me recorre la columna vertebral.

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—No te he pedido ayuda —me apresuro a decir—. Eso no cuenta. No te
debo nada.
Hay un susurro lejano y tintineante, como palabras que se hilan a partir de
monedas lanzadas.
—No. Esta vez, no.
Agarro la funda y desaparece. Cubro el cuchillo con ella y arrastro la
manta más pesada de la cama hasta la chimenea. Estoy demasiado cansada
para mantenerme despierta hasta el amanecer, pero… pero…
Necesito sentirme a salvo, aunque sea un rato.
—¿Puedes vigilar? —le grazno a Poldi.
El kobold asiente; regresa a los leños, llevándose unos cuantos nuevos.
Me envuelvo en la manta, rodeo el cuchillo con las manos y, por primera
vez en casi un año, apoyo la cabeza junto a una chimenea.

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CAPÍTULO 12

Diagramas

— Pareces cansada, joya mía.


Me planteo romperle un plato a Adalbrecht en la cabeza, pero decido que
sería demasiado esfuerzo. Sobre todo después de anoche. Ha ordenado que
desayunásemos en su salón y, aunque la mesa no es tan incómoda como las
del comedor, tendría que levantarme y rodearla para llegar adonde está
sentado, y eso es mucho trabajo.
Además, Gisele nunca rechazó un plato de damfnudeln, ni siquiera por
una causa tan noble.
Así que me echo un poco de mermelada de fresa en los bollitos dulces al
vapor y esbozo una sonrisa fina.
—Estaba tan emocionada por la boda que anoche casi no pude dormir.
Schit, ojalá no hubiera insistido en desayunar juntos. Tengo que
apaciguarlo después de los contratiempos de ayer, lo sé, lo sé, pero esta
mañana me ha costado recordarlo cuando me he levantado a rastras de la
chimenea para prepararme.
Por suerte, el salón del margrave es tan elegante que un par de guantes
delicados de encaje resultan apropiados. De lo contrario, no sé cómo habría
explicado los nudillos recubiertos de rubíes.
Los aposentos de Adalbrecht están en el lado opuesto del castillo a los
míos, con vistas a Minkja al oeste. Hasta puedo ver la estatua de Kunigunde
sobre los tejados desde el Salzplatt. Espero de verdad que la estatua no pueda
ver el interior del dormitorio de Adalbrecht y, si puede, que no sea deliberado.
Aunque las vistas dan al oeste, el salón está tan iluminado que casi resulta
doloroso por la luz que se refleja en el estucado pintado, la piedra caliza y el
cristal.
A Adalbrecht no parece molestarle en absoluto mientras se come sus
weysserwurst. Lo admito: creo que es mi turno de dejarme intimidar por una
salchicha, porque no me entusiasman demasiado las wurst blancas y grises o

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cómo se sirven bamboleantes en la misma agua en las que las hierven. Saben
bien, pero la forma habitual de comerlas puede ser un poco… perturbadora.
Adalbrecht, a quien no le afecta nada perturbador, corta la tripa de la
salchicha por un extremo, chupa la carne por el agujero y añade otro calcetín
mojado de piel a la pila que hay en su plato mientras yo intento no vomitar.
—Buenos días, señor von Reigenbach. —La mayordoma principal del
castillo, Franziska, llama a la puerta y entra, con el submayordomo Barthl
pisándole los talones. Hace una reverencia rápida y revuelve los papeles que
lleva en brazos—. Tengo los papeles que pidió y Barthl ha venido para tomar
notas. —En efecto: el hombre carga con una pizarra y tiza—. Pero, antes de
empezar, el joven prefecto Conrad está aquí para pedir audiencia.
Casi me atraganto con el damfnudeln. ¿De verdad va a intentar exponerme
en mi propio castillo?
—Mmm. —Adalbrecht me lanza una mirada fugaz y luego desecha otra
tripa—. Puede esperar. Tengo que atender asuntos más urgentes.
—Insistió mucho en hablar con la prinzessin, mi señor. Dice que es
bastante… imperioso.
Santos y mártires, voy a volver a tirarlo al Yssar. Pero me encuentro con
un nuevo problema: Adalbrecht está dejando el tenedor para dirigirme una
mirada larga y ofendida.
—¿Q-qué ocurre? —Trago y, por si acaso, añado—. ¿Cariño?
Adalbrecht tuerce el labio.
—¿Hay algo que quieras contarme sobre tu visita de ayer con el prefecto?
¿Cualquier cosa, joya mía?
Niego con la cabeza y pongo mi mejor mirada de cabeza hueca con los
ojos abiertos de par en par.
—No, nada.
(Por cierto, la respuesta a una pregunta como esta es siempre, siempre,
«no». Es un truco. Podrías contar algo que ya supiera, podrías confesar un
agravio más grande del que se imaginan. Si te van a pillar, que se lo curren).
Adalbrecht me mira durante un rato largo y luego se gira hacia Barthl.
—De acuerdo. Hacedlo pasar. Lo que tenga que decirle a Gisele lo puede
hacer delante de mí.
Ay, no. Va en serio.
—¿Es necesario, cariño? —me atrevo a decir—. Detestaría tener que
retrasar la planificación de nuestro día especial.
—No retrasará nada. —Chasquea los dedos hacia mí y señala una silla
vacía en su extremo de la mesa, como si fuera un perro extraviado—.

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Muévete aquí. —Tamborilea los dedos sobre la mesa mientras me cambio de
sitio a regañadientes con mis damfnudeln. En cuanto me tiene al alcance de su
brazo, le dirige un gesto con la barbilla a la mayordoma—. Franziska,
empieza.
La mayordoma, una mujer esbelta de cuarenta años, se endereza y
consulta los papeles.
—Hemos sacado del almacén el ajuar nupcial de la familia. Están
limpiando y puliendo la corona de novia de los Reigenbach y están ajustado el
traje de su padre a sus medidas más recientes…
—Quiero uno nuevo —ladra Adalbrecht.
Franziska calla un momento.
—¿Un traje nuevo, mi señor? —Él asiente—. ¿Qué quiere cambiar del…
tradicional?
Adalbrecht recita una lista: forro de armiño para la capa, un nuevo tinte
añil para la tela azul, botones de oro bruñido, etcétera. Hago lo que puedo
para mantener una expresión plácida; como Martha la doncella, he visto esos
baúles, he visto el ajuar nupcial. Ya tiene botones dorados, armiño, un color
azul brillante. Está pidiendo el mismo traje, pero hecho de nuevo, solo porque
puede.
Menudo desperdicio.
Barthl entra por la puerta. Emeric ronda por el pasillo detrás de él, justo
fuera de escena. Al parecer ha conseguido un uniforme que le queda bien,
pero no deja de moverse como un quisquilloso de primera.
Aunque… ¿por qué sigue actuando? Emeric me pilló anoche, debería
desfilar hasta aquí para llevarme a esperar el juicio. Pero ni Barthl ni él me
prestan atención.
Adalbrecht les ignora de todas formas y sigue dictándole cosas a
Franziska.
—Dime la programación.
—El domingo será el baile, en el que el público presenciará la firma de la
cédula matrimonial. Luego debe pasar toda una semana antes…
—Te dije que quería saltarme eso.
Franziska duda; habla con cuidado y mira con énfasis hacia el pasillo.
—Los funcionarios fueron bastante firmes sobre el asunto, mi señor. Los
siete días completos, según la ley.
Casi no consigo contener un suspiro de alivio. La dama von Falbirg solía
afirmar que la ley les daba tiempo a las parejas para reflexionar sobre la
belleza y la santidad del matrimonio; Joniza decía que era para evitar que los

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nobles secuestraran a una esposa que les diera ventajas políticas y la
catapultasen al altar. Joniza, por supuesto, tenía razón.
Adalbrecht lanza puñales con la mirada al distinguir la manga de Emeric
asomándose por la puerta. No sé qué enfada más al margrave, que no haya
podido sobornar al ayuntamiento para salirse con la suya o que no pueda
ordenar a Franziska que aumente el soborno al alcance del oído de un prefecto
de los tribunales celestiales.
—Continúa —gruñe.
—Habrá un evento cada noche hasta el siguiente domingo, cuando el
matrimonio se consagrará a ojos de los dioses supremos y menores. —
Franziska sitúa sobre la mesa un diagrama elaborado de las decoraciones—.
Usaremos la capilla tradicional del castillo Reigenbach para…
—Bah. —Adalbrecht lanza la servilleta sobre el dibujo—. Cualquier
esclavo normal y corriente puede usar la capilla. Quiero el Göttermarkt.
Barthl y Franziska intercambian una mirada.
—¿Qué templo, señor Reigenbach? —pregunta Barthl—. Y el meister
Conrad…
—He dicho que quiero el Göttermarkt. ¿No ha quedado claro? —Al
parecer, la ira de Adalbrecht ha encontrado un nuevo objetivo—. Quiero
todos los templos, todas las capillas, todas las catedrales. Quiero todas las
bendiciones de los dioses menores. La ceremonia tendrá lugar en la plaza.
Disponéis de dos semanas para despejar al gentío y que la zona esté
presentable. Hacedlo.
El nudo en la garganta de Barthl se mueve.
—Muy bien, mi señor. Y el prefecto está aquí.
Adalbrecht frunce el ceño.
—Entra, chaval, que quiero verte. —Emeric se adentra en el salón,
arrastrando los pies con nerviosismo mientras Adalbrecht lo examina de la
cabeza a los pies. Como era de esperar, no ha impresionado al margrave
porque su siguiente pregunta es un escueto—: ¿Cuándo llega Klemens?
—E-el lunes, señor. —Emeric se estruja las manos. Ahora que sé que es
una estratagema, veo lo calculada que es; cada mirada veloz que me dirige es
como el pinchazo de una aguja.
Un momento. Según la carta de Klemens, llegaba el seis… Domingo.
¿Por qué miente Emeric? ¿Para hacerme creer que tengo más tiempo antes de
enfrentarme a un prefecto auténtico?
—Mmm. —Adalbrecht pesca otra weysserwurst de la sopera y corta un
agujero en el extremo—. ¿Y bien? ¿Qué querías de mi prometida?

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Emeric me mira mientras Adalbrecht empieza a chupar la carne de la tripa
que se marchita. Empiezo a preguntarme cuántas mañanas consecutivas
tendrá que aguantar el prefecto que le intimiden con una salchicha.
—Mis disculpas —dice, con cierta crispación—, pero me temo que he
traspapelado… mis notas. Tengo que volver a tomar declaración a la
prinzessin y no deseo interrumpir el día del margrave.
Ah, ni hablar. En cuanto estemos a solas, intentará encadenarme de
nuevo, por eso ha venido. Pero no soy la única a quien le puede estropear la
tapadera.
—Qué noticia tan terrible. Sería espantoso si todo su trabajo lo
descubriera la persona equivocada. ¿Ha intentado volver sobre sus pasos?
El indicio más leve de irritación aparece en el rostro de Emeric.
—Así es, princesa Gisele. Me he remontado hasta el Gänslinghaus.
Hasta el…
La sonrisa se me congela en el rostro. Ese es el orfanato de Gisele.
Schit, schit, schit.
La ha encontrado. Y, a diferencia de todas esas veces que Gisele vino a
suplicar entre los mendigos, la orden de los prefectos puede ayudarla a pedir
una audiencia.
Cómo se atreve a meter las narices en este asunto que debería haber
quedado entre Gisele y yo. Él no tenía ningún derecho a interferir.
Una furia gélida me atraviesa. Decido darle con todas mis fuerzas.
—Limpiaron el salón después de nuestra charla —digo con dulzura—,
pero le pediré a mi doncella Marthe que le pregunte a la russmagdt, por si
encuentra algo entre las cenizas.
Veo el momento en el que Emeric ata cabos, porque primero se vuelve tan
blanco como su krebatte almidonado y luego de un rojo vivo. Da igual que
sus notas estén guardadas debajo de la almohada; por lo que él sabe, ahora
son cenizas en la chimenea. El brillo de una rabia apenas sofocada en sus ojos
casi me hace sentir como nueva.
Luego una mano ancha aterriza sobre la mía. Esta vez, todo mi cuerpo se
congela, hasta con la capa de encaje entre nosotros. Una parte lejana de mí se
da cuenta de que Adalbrecht ya ha reemplazado el sello; los cantos dorados
me aprietan la piel.
Se me tensa la garganta. Hace más de un año que descubrí qué tipo de
hombre es el markgraf von Reigenbach, pero es una lección que persiste en
los huesos.

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—Prefecto. —Con la otra mano, Adalbrecht deja caer la salchicha vacía
en el montón—. Mi prometida va a estar ocupada la mayor parte de la
semana. Te haré saber si tiene un momento libre. —Algo en su tono se vuelve
más duro—. Ven al baile del domingo. Firmaremos el contrato matrimonial y
siempre viene bien un testigo más.
El fantasma de una arruga aparece en el ceño de Emeric antes de que se
suavice.
—Gracias por el honor, pero un plebeyo como yo…
—Tonterías. Serás nuestro invitado. —Adalbrecht me aprieta más la
mano. No se me ocurre una excusa para apartarme; una niebla aterrorizada y
vacía me ocupa la mente como en caída libre. Solo quiero que deje de
tocarme…
—Entonces debo aceptar —dice Emeric a toda prisa—. Gracias de nuevo.
Adalbrecht me libera para servirse otra weysserwurst.
—Ah, y puedes traer a una acompañante.
Emeric me mira directamente, formando una fina línea con la boca.
—Es muy generoso por su parte. Creo que sé a quién traeré.
Cuánto le gusta el drama al muy cabrón. Va a traer a Gisele.
—Bien —dice Adalbrecht con suavidad—. Puedes retirarte.
Pasa un latido rígido. Emeric no es un criado, ni un súbdito ni un soldado
del margrave, y no tiene por qué acatar las órdenes de Adalbrecht. Pero es
sensato y no va a discutirlas, así que hace una reverencia.
—Que tengan un buen día.
Al salir me mira otra vez desde el pasillo.
Adalbrecht lo observa marcharse y su semblante se ensombrece.
—Sospecho que el chaval está interesado en ti —dice con amargura—. De
una forma inapropiada. No pienso consentirlo.
Me lo quedo mirando. De algún modo, me había olvidado de ese enfoque,
pero supongo que Emeric acaba da dar un argumento convincente a su favor.
Lo absurdo de la situación me saca una carcajada que roza lo histérico.
—Me parece correcto.
El ceño fruncido de Adalbrecht se acentúa.
—Como debería ser. —Hace una bola con el papel de los diagramas de
Franziska para la decoración de la capilla y la lanza tranquilamente al fuego
—. Quiero que rehagáis los diagramas para el Göttermarkt antes de la comida.
En cuanto a los invitados…
Los bordes de la boca de Barthl se marchitan mientras observa cómo se
quema el papel, pero solo apunta una nota en la pizarra.

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Me sentiría mal, excepto porque, para cuando llegue la boda, pienso estar
bien lejos de Minkja y ese será un problema más grande para ellos.
(Seguramente también debería sentirme mal por eso. Pero dado que la
alternativa es convertirme en una estatua muy valiosa, aunque excéntrica, no
pienso hacerlo).
El resto de la mañana transcurre justo como Adalbrecht había amenazado:
en preparativos para la boda. Y con esto me refiero a que él lo dicta todo.
Serviremos venado en la gala. Celebraremos un festín para desayunar la
mañana de la boda. El vestido de novia será azul Reigenbach.
En un momento dado, desesperada por escapar, me ofrezco amablemente
para ir a hablar con mis doncellas sobre cómo peinarme para cada ocasión.
Adalbrecht solo me da unas palmaditas en la mano.
—Imposible —dice con firmeza—. Valoro muchísimo tu opinión. —Y
entonces pide otra ronda de café.
Para la hora de la comida, me he dado cuenta de que pretende tenerme
atrapada aquí porque puede. Y no solo hoy, sino cada día hasta la boda.
No tengo tiempo para esto. No con la maldición ni con la llegada del
prefecto Klemens en menos de una semana, ni con Emeric y Gisele yendo a
por mi yugular.
Mientras Adalbrecht habla sin cesar sobre alguna tontería relacionada con
la distribución de las sillas, pienso un plan. La maldición es lo único que me
retiene en Bóern ahora mismo; puedo apañármelas con el dinero que tengo.
Una vez lejos, Gisele puede hacer su regreso triunfal. Solo tiene que pasar
inadvertida unos días más. Seguro que accede si eso implica volver a vivir en
otro castillo, sobre todo en uno como el de Reigenbach.
Sin embargo, visto que intentó estrangularme la última vez que hablamos,
voy a necesitar que otra persona entregue el mensaje.
Y eso significa regresar a Minkja. Y para ello, la prinzessin debe estar…
indispuesta.
Así, pues, cuando nadie mira, tomo una jarrita de leche del servicio de
café. Luego meto una servilleta para que absorba la leche y no se derrame y
sujeto la jarra entre ambas manos.
Cuando hay un descanso entre hablar sobre la cacería del miércoles y la
gala del sábado, me disculpo para ir al baño.
—No tardes —gruñe Adalbrecht.
Sonrío con dulzura, con la jarra escondida en mis prácticas mangas
enormes y cubiertas de encaje.
—Claro que no —miento.

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Cuando llego al dormitorio, cierro la puerta, dejo la jarra en la chimenea y
escurro la leche de la servilleta. Las cenizas del fuego siguen calientes. La
templarán lo suficiente para que se ponga mala enseguida.
Mi madre biológica una vez dijo que, vaya donde fuere, la leche se agria.
Con cuatro años no lo podía hacer, claro, pero ahora ya he descubierto el
truco. Y también he descubierto el secreto de simular un dolor de estómago:
el olor a leche echada a perder.
Antes de salir del dormitorio, me esparzo una capa ligera de polvos verde
pálido en las mejillas. Por lo menos las perlas harán que parezcan unas
náuseas elegantes.
—Santos y mártires —dice Franziska cuando regreso—. Señorita Gisele,
¿ha vuelto a enfermar?
Sonrío con valor, como si me presentara al papel de Primera Mártir en
uno de los espantosos desfiles sagrados, y me hundo en una silla.
—Me pondré bien, es mi complexión débil. No paréis por mí, por favor.
Solo picoteo la cena unas horas más tarde. Veo que el personal del castillo
pone mala cara; saben que una tormenta se acerca por el horizonte y llega por
el ala que da al río.
La prinzessin se retira temprano. Mi dormitorio ya empieza a agriarse con
el olor a leche cortada, que es la clave para que esto salga bien (ya había
avisado de que mis métodos eran asquerosos). Cubro el rubí, me pongo
rápidamente el uniforme de sirvienta y un par de guantes raídos, y corro a la
cocina para buscar la cena de verdad. Nadie me molesta, porque el personal
está acostumbrado a que las necesidades de Gisele me envíen a la despensa a
todas horas.
Trudl, por otra parte, me agarra por el codo cuando iba a recoger un cubo
de sobras. Su voz suena dubitativa pero clara.
—Marthe, tú no has estado aquí con el margrave en casa. Deberías
saber… —Se le traban las palabras, pero luego le salen de golpe—. Las
doncellas trabajan en pareja, da igual la tarea que sea, mientras él está aquí. O
van acompañadas de otro criado. Nunca solas. ¿Lo entiendes?
Aferro con más fuerza el mango del cubo.
—Lo entiendo.
—Quizá cambie cuando se case —añade Trudl—. Si Fortuna quiere, solo
se quedará unos meses para asegurarse de meterle un bebé a esa pobre chica y
luego regresará al campo de batalla. Pero, sin importar lo que hagas, no dejes
que te pille sola.

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Miro con fijeza un trozo de col en el cubo de restos y asiento, sin saber
cómo decirle que ya me pilló a solas hace un año. Si Joniza no hubiera
doblado la esquina antes de que…
Bueno. Lección aprendida.
—Gracias. —Es lo único que digo. Luego recojo el cubo, junto con
polenta y miel para Poldi, y regreso por donde he venido.

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CAPÍTULO 13

La carta

Cuando le dije a Ragne que estaría atrapada en el castillo todo el día,


decidió visitar a su madre. Ya está de vuelta con forma humana y pone mala
cara, agazapada junto a la chimenea. Esta vez al menos ha conseguido
ponerse una de mis camisas más grandes.
—¿Por qué apesta?
—Porque… —Me detengo para no soltar algo sarcástico. He tratado a
Ragne como si fuera boba, pero, cuanto más tiempo paso con ella, me doy
cuenta de que es más astuta de lo que deja ver. Solo vive siguiendo unas
reglas distintas—. Estoy haciendo vómito —digo, y esta vez es verdad.
—¿Y no puedes… bleh, sin más? —Ragne saca la lengua.
—Puedo, pero así no me siento mal. —Tomo la jarra de agua del lavabo y
echo un poco en el cubo de sobras; luego añado la leche agria, lo remuevo
unas cuantas veces y lo dejo para que marine toda la noche en el baño—. Por
la mañana, fingiré ser la doncella de Gisele y les diré a los otros criados que
está enferma. Así podremos escabullirnos del castillo.
Ragne arruga la nariz.
—Raro. ¿Por qué no te marchas y ya está?
—Adalbrecht, el margrave y dueño de este castillo, no me dejará. Es… —
Intento pensar una forma de que lo entienda—. ¿Sabes eso de que no te gusta
comer carne? Pues Adalbrecht es todo lo contrario. A él le gusta devorar a
otra gente, le gusta tenerlos en su panza.
—Si intentara comerme, me marcharía para siempre.
—Bueno, yo no puedo transformarme en osa, así que es peligroso
marcharme sola. —Me froto los ojos—. ¿Tu madre ha dicho algo?
Ragne ladea la cabeza.
—Le dije que no era justo que te haya echado una maldición sin haberte
dicho cómo romperla. Y dijo que… si no puedes descifrarla, entonces ese es
el problema.

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—Tan útil como siempre —farfullo.
—A mí no me parece justo. Si la maldición no fuera a matarte, entonces
podrías resolverla a tu manera. Pero no tienes tiempo y está mal que te haga
malgastar tus días buscando la respuesta. Así que la molesté hasta que me dio
una pista. —Ragne sonríe enseñando todos los dientes afilados—. Madre dijo
que recordaras que estás maldita para recibir lo que quieres.
Me quito los guantes para examinar el sarpullido de rubíes. Se han
extendido hasta las dos muñecas, como marcas de viruela de un escarlata
brillante. Si a esto se refiere Eiswald al decir que es lo que quiero…
No se equivoca, pero… ¿y yo?
—¿Acaso no tengo que desear tener piedras preciosas? —digo con el ceño
fruncido—. Eso es como pedirme que no quiera comer.
Ragne se encoge de hombros.
—Es lo único que ha dicho. Pero mañana lo intentaremos de nuevo. ¿A
dónde vamos?
Me dirijo al armario y rebusco por el fondo, debajo de botas y bufandas y
medias, hasta que encuentro lo que busco: un vestido andrajoso de un rojo
óxido descolorido. Es rojo Falbirg.
No lo he lucido desde que nos marchamos de Sovabin. Pero mañana
tendré que ponerme a merced de alguien que carece de motivos para sentir
compasión por mí, alguien que reconocerá este rojo enseguida.
—Vamos a buscar a una vieja amiga —digo, girando sobre los talones.

El miércoles por la mañana, casi salgo del castillo sin ningún incidente.
La clásica táctica del vómito funciona a la perfección, como siempre.
Cuando Trudl llama a la puerta poco después del amanecer para que Gisele
vaya a desayunar, respondo como Marthe con un apósito sobre el rubí, unas
sombras hechas de ceniza bajo los ojos y un delantal y una falda salpicados
de, bueno, los contenidos del cubo de sobras. Está muy marinado. De hecho,
Ragne me ayuda teniendo arcadas en el baño por el olor.
Trudl retrocede y ahoga un grito.
—Se lo diré al margrave. ¿Cuán malo es?
—Lleva así tres horas —digo con una mirada vacía llena de agotamiento
—. Al menos, un día más. Puede que dos. No retendrá nada, solo agua.
Otra arcada de Ragne enfatiza la frase. A Trudl le lloran los ojos.

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—Que los dioses supremos y menores te den fuerzas, Marthe.
Y con esto me acabo de ganar al menos un día para trabajar (puede que
dos). Aún huelo el vómito falso mientras corro por los pasillos de los criados.
—Un momento, fräulein. —La voz de Barthl me detiene justo cuando iba
a escabullirme por la puerta de la cocina—. Espera.
Me doy la vuelta y me mantengo cabizbaja. Sé que no tiene nada que ver
con la lágrima de rubí; me puse un apósito y gasa antes de salir y, por ahora,
todo el mundo se ha creído la historia de la quemadura por el pegamento. Aun
así, casi nunca me encuentro con Barthl cuando soy Marthe y, si se fija en el
viejo uniforme Falbirg debajo de la capa de sirvienta, tendré que inventarme
alguna mentira.
—Por favor, mi señora está muy enferma. Tengo que ir a buscar…
—Sí, sí, vas a Minkja, ¿verdad? —El tono de Barthl es profesional. Me
atrevo a alzar la mirada y asentir un poco. Su rostro de perro está más
demacrado de lo habitual y una barba incipiente le cubre las mejillas que
suele llevar bien afeitadas. Hasta su cabello corto, de un marrón como de rata,
parece descuidado. Me entrega un sobre sellado y sin dirección—. Llévate
esto. En el Madschplatt hay una taberna llamada Lanza Rota. Dale esto al
hombre de la barra.
Vaya. Esto es sospechoso.
Parece que Barthl se ha dado cuenta, porque masculla:
—Van a… cocinar para… la boda. Para uno de los eventos, claro. No
hagas preguntas.
No esperaba que Barthl fuera experto en mentir, pero sí que esperaba
cierta competencia básica por su parte. Me equivoqué, claramente.
—No, señor; enseguida, señor —digo con docilidad y me marcho con la
carta. El Madschplatt está en Lähl. Eso me da una excusa para estar más rato
fuera del castillo. Tampoco era que la necesitara: he dejado el cubo de leche
agria en la habitación para que apestase toda el ala que da al río y en el resto
del castillo Reigenbach ya reina el caos con los preparativos para la semana
que viene.
Cruzo el portón principal como siempre, pero espero hasta que el guardia
no pueda verme para ponerme un gorro abrigado verde bosque sobre el pelo.
Me he atado las dos trenzas para que el gorro las cubra por completo, ya que
lo último que quiero es que mi cabello pelirrojo sobresalga. También tengo
otro sombrero amarillo en el zurrón, porque, si alguien me describe a las
autoridades, prefiero que sea con un color pasado de moda.

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También he traído el cuaderno, el cuchillo y el carboncillo de Emeric
junto con el dinero que le robé. En teoría, solo voy a hablar con Joniza, pero
ella misma fue quien me enseñó: mejor ir preparada que aguardar a la suerte.
Me dirijo al Obarmarkt por la ribera noroccidental del Yssar, la cual
provee a parroquianos más ricos que los mercados del sudeste. En cuanto
llego al viaducto Mittlstratz, lo sigo hasta que se cruza con la curva occidental
del Hoenstratz y luego tomo la primera escalera hasta la calle. He recorrido
esta ruta tantas veces que lo único que me frena son los peldaños congelados.
Ragne tampoco se arriesga y revolotea sobre mí convertida en un gorrión
negro.
Una vez en el nivel del suelo, acabo en el corazón de Trader’s Cross. Si
Minkja fuera la esfera de un reloj con el castillo Reigenbach en el centro,
Trader’s Cross estaría directamente donde la manecilla marca las nueve. El
barrio empezó con un único mercader de especias, algunos dicen que
magrebí, otros que suraja; todos coinciden en que su mujer vendía pasteles
tradicionales en un rincón, hasta que vendieron más pasteles que especias.
Los comerciantes se desviaban para visitar la tienda antes de proseguir hasta
el Salzplatt, al norte. Este tráfico estableció las bases para las primeras casas
de té y las tiendas de alimentación especializadas y luego vinieron
comerciantes de telas, alfareros, boticarios tradicionales. Los callejones
estrechos ahora lucen guirnaldas de banderas religiosas gharesas, coloridas
cestas de mimbre sahalíes, murales geométricos intrincados en las paredes y
pequeños altares a dioses lejanos en los rincones que separan las casas.
Me sitúo junto a uno de esos altares y dejo un sjilling en el plato de
ofrendas que hay delante de la estatua de un zorro que guiña el ojo; Ragne se
posa en el tejado sobre el diminuto ídolo y aguardamos. A lo mejor Joniza ha
cambiado su rutina para desayunar, pero, si no lo ha hecho, la veré llegar por
el callejón en cualquier momento para dejar una moneda de camino al
restaurante.
Lo único que necesito es convencerla de que me ayude. Bueno, no.
Primero tengo que disculparme. Luego tengo que convencerla de que lleve mi
oferta a Gisele: le devolveré con gusto las perlas después de romper la
maldición, pero solo si Gisele le dice al prefecto júnior Emeric Conrad que se
vaya cagando leches.
Y para añadir un incentivo más al plan: si no quiere, tiraré con gusto las
perlas al Yssar de camino hacia la salida.
Pero, cuando alzo la mirada, descubro que Gisele no es la única que debe
decirle a Emeric Conrad que se vaya cagando leches.

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Joniza se abre paso a través de la multitud envuelta en un abrigo de piel de
zorro hasta el punto de resultar absurdo (nunca le ha gustado el frío). Justo a
su lado, y enfrascado en una conversación, está el mismísimo prefecto júnior.
Será cabrón. No me puedo creer que ya la haya localizado. Pero, claro, si
conoce el Gänslinghaus, no le habrá resultado muy difícil.
Me subo la capucha de la capa de criada y agacho la cabeza antes de
meterme en la calle. Emeric dijo que podía ver la maldición en mí, así que
tengo que salir de Trader’s Cross antes de que la detecte.
Sin embargo, cuando alcanzo la esquina y miro hacia atrás, está
examinando a los transeúntes con los ojos entornados.
Es un auténtico coñazo.
Doblo la esquina a toda prisa y atravieso un callejón abarrotado. Me dirijo
hacia el sur. Al cabo de unos cuantos giros, vuelvo a mirar: todo despejado.
Suelto un siseo de frustración.
—¿Por qué te has marchado? —gorjea Ragne, aterrizando en mi hombro.
—Creo que me estaban siguiendo. —Las campanas marcan las diez; me
apoyo contra una pared para que nadie me vea y así poder pensar—. Iremos a
Lähl y entregaremos la carta de Barthl, y luego regresaré e intentaré encontrar
a Joniza de nuevo.
Seguimos hacia el sur y atravesamos la puerta del Muro Alto para entrar
en el distrito Sumpfling; si Trader’s Cross se sitúa a las nueve de la manecilla
corta, ahora estoy arrastrando la larga hasta las ocho. Aquí, los edificios no
son de madera, con yeso pintado y jardineras como en el Obarmarkt. Los
mejores combinan con los edificios robustos de ladrillo y yeso del Hoenring.
Los peores… Bueno, el Sumpfling se inunda una vez al año, así que muchas
de las casas de madera se alzan sobre pilotes que no aguantarían ni una brisa
fuerte; tampoco soportan el peso de mucha gente.
Al otro lado del Muro Alto, cambio la capa de criada por el chal
desgastado que llevo en el zurrón. En el Obarmarkt, una sirvienta del castillo
Reigenbach puede ir donde le plazca, pero Lähl es una de esas partes de
Minkja donde la capa me convierte en un objetivo.
Es un paseo corto por el Yssar hasta los islotes Stichensteg, que marcan la
frontera no oficial de Lähl. El puñado de bancos de arena no toleraría un
puente como es debido y los Wolfhunden lo vieron como una oportunidad, así
que controlan la red de puentes colgantes endebles que unen los islotes a cada
costa. Por suerte, solo tengo que cruzar dos, pero aún tengo que pagar un
penique rojo a cada uno de los recaudadores musculosos que hay en cada
extremo de los puentes. Se produce una pequeña conmoción en el extremo

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más alejado de los islotes; los puentes colgantes tienen tendencia a atrapar
cuerpos. No me extrañaría que haya aparecido alguien ahogado.
Lähl es el tipo de distrito que hueles antes de verlo; en la esfera de
Minkja, es un siete manchado y descolorido que brilla con despecho en la
manecilla larga. Está lleno de muelles como el Obarmarkt y el Untrmarkt,
pero los de aquí parecen meterse en el Yssar con más mala leche, como un
borracho con una moneda que busca a una mietling disponible. Antes,
mietling era una persona contratada para cualquier trabajo ocasional, pero hoy
en día es la palabra más educada para alguien que trabaja sobre todo en el
dormitorio. Lähl es también el tipo de lugar donde hay un suministro
abundante de borrachos y mietlingen.
No es un mercado ni un barrio marginal del todo, porque está más
concurrido que cualquiera de los dos. Cuando no me abro paso a través de
charcos de cualquier sustancia que pueda surgir del cuerpo humano, voy
esquivando consumidores de amapola que andan arrastrando los pies, brujas
con el rostro arrugado, y ganado viejo y huesudo de camino a la curtiduría.
Ragne me sigue convertida en cuervo, supongo que para evitar el olor del
barrio, pero aterriza sobre mi hombro con la cabeza ladeada.
—Esta gente vende mercancía extraña. Una ha gritado que vende
wurstkuss. ¿Por qué iba alguien a pagarle para besar una salchic…?
—Es una expresión —me apresuro a decir—. Eh, más como un mote.
Significa… —Se lo explico con los términos más sobrios y procuro evitar
(aunque fracaso) que me arda la cara.
Ragne parpadea un ojo escarlata, aún con la cabeza ladeada.
—Otra persona ha dicho que rodaría un penique. ¿Qué significa eso?
—Pues es muy parecido a lo que te acabo de explicar. Pero en otros
lugares, muy barato y seguramente pilles piojos.
—¿Qué es «limosnas para el vicario»?
—Ni idea.
—¿Y «esconde el nudel»?
—Creo que te lo puedes imaginar —digo con un poco de desesperación.
Me tienta taparme las mejillas ardientes con el gorro—. ¿Podemos…?
—¿Sabes lo que es un «cinco Johann mártires»?
Me tapo la cara con las manos.
—DEJA. DE. PREGUNTAR. NO. LO. SÉ.
Y entonces me estampo contra algo. Contra alguien, a juzgar por el
gruñido de enojo. Ragne grazna y se marcha volando.

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—Mira por donde vas, cerdita —gruñe una voz grave cuando me aparto a
trompicones. Me encuentro a un hombre mirándome con el ceño fruncido y
sacudiendo el brazo. Tiene la edad de Yannec, luce una barba demasiado
crecida de un par de días como para que le quede bien y en el dorso de la
mano veo un tatuaje negro: dos lanzas que forman una equis.
Esa es la marca de un soldado caído en desgracia, ya sea un desertor o uno
despedido con deshonor, seguramente de los Wolfhunden. Este no parece
vestir uniforme, pero en el cinturón lleva colgada una maza reglamentaria. O
está fuera de servicio o va a hacer un trabajo y no quiere que lo localicen.
Los Wolfhunden pueden protegerme como prinzessin, pero no son amigos
de Marthe la doncella. Y si alguna vez cazaran al Pfennigeist, sacarían mi
cadáver de los islotes Stichensteg en cuestión de días.
Así que agacho la cabeza como hice con Barthl, me bajo más el gorro, y
murmuro:
—Lo siento, señor, no volverá a pasar.
El Wolfhunden escupe a mis pies y se marcha dando pisotones.
Sin embargo, unos minutos más tarde, lo veo de nuevo cuando llego al
Madschplatt. Maldice en voz alta cuando su bota aterriza en uno de los
muchos charcos que le dan nombre al lugar. No es como las otras plazas de
Minkja, sino más como un foso de lodo en expansión al que han dejado
abierto porque el suelo no era lo bastante sólido para construir sobre él.
Burdeles, mataderos y hospitales benéficos rodean el borde de la plaza y los
huecos entre los edificios rebosan de porquerizas y montones de basura. El
humo huele a hornos que cuecen ladrillos baratos de turba y heces secas, y
cada persona que atraviesa el lodo da la impresión de que te vendería a los
grimlingen por un solo sjoppen de cerveza. Hasta los niños. Joder, sobre todo
los niños.
Luego veo el cartel de la taberna Lanza Rota, donde se supone que debo
entregar el sobre de Barthl. Entro parpadeando para que los ojos se adapten a
la luz tenue y descubro que el interior es tan destartalado como el exterior. Un
puñado de clientes con los ojos legañosos ocupan unas mesas desvencijadas;
todos se desploman de una forma que sugiere que pronto pasarán a ser un
elemento fijo en la instalación. El tabernero alza la mirada cuando entro,
secándose agua sucia de las manos.
—¿Qué quieres?
Saco el sobre de Barthl del zurrón y lo deslizo sobre la barra.
—Para el, eh, ¿banquete?
Me dirige un asentimiento rígido.

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—Entendido. Y… —La puerta que tengo a la espalda se abre de golpe. Es
el Wolfhunden fuera de servicio, que se quita una bolsa del hombro. El
semblante del tabernero se ensombrece, pero con un suspiro exagerado se gira
hacia la caja fuerte—. Vete, muchacha.
Me aparto a toda prisa con la cabeza gacha. El Wolfhunden no se fija en
mí y empuja la bolsa hacia el tabernero.
—Sesenta chelines.
—Te daré peniques blancos, Rudi. Necesito las monedas pequeñas para el
cambio. —Se oye un tintineo cuando el tabernero cuenta doce pfenni de plata
—. ¿Dónde está tu chico, Steffe? Pensaba que se encargaba de recoger las
tasas en tu ruta.
—Llega tarde —gruñe Rudi el Wolfhunden—. Y no pienso esperar al
mocoso. Tengo… asuntos urgentes que atender. —Y suelta una carcajada
obscena.
Me atrevo a echar un vistazo. Hay una equis tan burda como el tatuaje
estampada en la bolsa de cuero. Está recogiendo las tasas de protección.
—Ah. —El tabernero saca el sobre de Barthl—. Y un mensaje de papá
lobo.
¿Papá lobo? A Barthl podría llamarle muchas cosas, pero esa no.
Adalbrecht, en cambio…
Pero es el Lobo Dorado, brillante y justo, y los Wolfhunden ya acatan sus
órdenes en público.
Así, pues, ¿qué les estará pidiendo exactamente el margrave de Bóern que
hagan en las sombras?

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CAPÍTULO 14

Estafando con el cambio

Aquí no conseguiré la respuesta. El Wolfhunden toma la carta y se la guarda


en el jubón. Luego mete los peniques blancos en la bolsa y desaparece.
Espero hasta que el tabernero me echa. Por desgracia, Rudi aún ronda por
aquí, de camino a un burdel. Me quedo rezagada detrás de una multitud que
rodea a un profeta que grita al cielo sobre el día del juicio final, pero no puedo
evitar fijarme en que el Wolfhunden mete el puño en la bolsa de la recolecta
con las tasas de protección.
Una mietling en un vestido muy laborioso agarra al hombre por la manga
y le acaricia el brazo.
—¿Lo de siempre? —ronronea. El rostro se le ilumina cuando él le
entrega un penique blanco—. Ooh, Rudi, con eso compras toda una hora.
—Tengo que esperar a Steffe. —Apenas lo oigo por encima del profeta
antes de que el Wolfhunden le apriete el trasero a la mujer, lo que le provoca
una risa aguda.
Aparto la mirada: los resortes de este candado empiezan a deslizarse. No
hace falta que te diga lo tonto que debes de ser para robar de las tasas de
protección ni aunque sea una vez. Si Rudi lo está haciendo tan a menudo
como para que esta mietling conozca su rutina… Sin mencionar que es tan
vago que confía en el dichoso Steffe para que haga la recolecta. Deduzco que
los Wolfhunden tampoco saben nada de eso.
Todavía no son ni y media. No puedo regresar aún a Trader’s Cross y no
he averiguado cómo romper la maldición. Quizás esta sea una oportunidad
para probar algo nuevo.
Cuando las campanadas de y media suenan en el aire lleno de hollín, Rudi
el Wolfhunden al parecer decide que ya ha esperado lo suficiente. Cuelga la
bolsa en un gancho bajo una lámpara roja y ordena a las otras mietlingen que
ofrecen sus servicios en la puerta que mantengan un ojo abierto por si llega
Steffe; luego sigue a su mietling dentro con una explosión bastante

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perturbadora de carcajadas. Dejo pasar otro minuto antes de salir de entre la
audiencia del profeta y esconderme en un callejón, donde rebusco en mi
propia bolsa.
Cambio el gorro verde por el amarillo, me quito el chal y, en mi cabeza,
saco al Pfennigeist. Como el Fantasma del Penique, soy cualquiera, no soy
nadie. Soy quien quiera ser.
Hoy soy la hermana mayor de Steffe. Y es hora de jugar.
Regreso al Madschplatt a un ritmo más rápido y con una mirada de
preocupación mientras me acerco a toda prisa al burdel.
—¿Quieres pasar un buen rato, muchacha? —pregunta una mietling.
Elijo seguir el ejemplo de Emeric y trago con nerviosismo, tirándome del
borde del gorro.
—Ay, no, señorita, es… estoy buscando a meister Rudi. Soy la hermana
de Steffe, que está enfermo, y he venido a hacer la recolecta por él.
Las mietlingen ponen los ojos en blanco. La primera señala la bolsa.
—Está… ocupado. Aquí tienes la bolsa de la recolecta. Ve a todas las
puertas de la plaza y diles para quién recoges el dinero.
—Gracias.
Se me cae la bolsa cuando la desengancho, y luego la agarro bien y me
dirijo hacia una casa de empeños con una nueva capa de pintura reluciente en
la puerta y tres campanas de latón brillante en el cartel. Conozco a los de su
calaña: prestamistas como este permiten que la gente desesperada saque un
«préstamo» y lo asegure con algo más valioso como garantía. Si necesitas
veinte sjilling y dejas una reliquia familiar que vale treinta, seguro que
pagarás enseguida el préstamo. Suena justo, ¿verdad?
Pero he aquí el truco: cuando el deudor vuelve para pagar, descubre que la
deuda se ha duplicado por las tasas y un interés exorbitante. Le costará
mucho, muchísimo más, recuperar la garantía de lo que vale. Así que no la
recupera. Y luego el prestamista la vende por su valor original.
La trinidad del deseo, después de todo. Cuando lo único que puedes
ofrecer son ganancias, se aprovechan de ti.
Al entrar en la casa de préstamos, abro los ojos de par en par y observo las
estatuas, las joyas, los organillos pulidos. El dependiente en el mostrador se
endereza y los dientes le brillan en una sonrisa.
—¿Qué puedo hacer por usted, fräulein?
Le calo enseguida: en la veintena, sin callos en las manos, con los rizos
rubios alisados con aceite, una hebilla de cinturón llamativa. Ansioso por

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dejar de estar aburrido. No podría tener más pinta de «hijo vago» ni aunque lo
intentara. Suelto una tosecilla frágil.
—Soy la hermana de Steffe —digo, alzando la bolsa y mostrando la equis
—. Hoy está enfermo, así que ¿vengo a recoger las tasas? ¿Creo que son
sesenta sjilling?
Los ojos del dependiente se arrugan de diversión al oír mi voz chillona.
Busca la caja fuerte (como pensaba, no lleva mucho tiempo haciendo esto) y,
desde detrás del mostrador, grita:
—Lástima por Steffe, pero con una sustituta tan guapa, ¡no me puedo
quejar!
Uf. Todas mis dudas se evaporan. Río y observo una caja con joyas.
—Los anillos son preciosos.
El dependiente reaparece con la caja fuerte y la pone detrás de él antes de
inclinarse sobre el mostrador.
—Podría comprarse uno —me apremia, entrando en su modalidad de
vendedor. Intento no poner mala cara al notar su aliento. ¿Cómo puede oler a
miel rancia y a queso al mismo tiempo?—. Solo uno pequeño. Rudi se gasta
bastante en sí mismo por aquí, así que no notará la diferencia.
Hago un ruidito de duda, pero señalo uno cuya etiqueta marca que vale un
sjilling.
—¿Puedo comprar ese? —Luego rebusco en la bolsa de la colecta y saco
un penique blanco—. Lo siento, solo tengo peniques blancos.
—No se preocupe, fräulein, puedo darle cambio —dice con una sonrisa.
Saca el anillo y me lo da; luego toma la moneda y se gira hacia la caja fuerte.
—Ah, y la tasa es de sesenta sjilling —añado— o doce peniques blancos.
Empieza a contar mi cambio y se detiene con el ceño fruncido.
—Ah. Sí.
—¿O quizá pueda dividirlos para que así tenga monedas más pequeñas?
¿Treinta sjilling y seis peniques blancos?
El dependiente lleva la caja fuerte al contador, con una mirada que deja
entrever su pánico mientras intenta llevar la cuenta de mi cambio y de las
tasas de protección a la vez.
—Enseguida, fräulein.
Desliza cuatro sjilling hacia mí justo cuando saco un sjilling del bolsillo.
—¡Ah! Al final he encontrado un sjilling. Tome, se lo cambio por el
penique blanco.
—¿Qué? —Parece a punto de echarse a llorar.

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—Le he dado un penique blanco, ja? Y el anillo cuesta un sjilling, así que,
si le doy este, usted puede devolverme el penique blanco. —Luego me inclino
sobre las joyas de nuevo—. ¿Cuánto cuestan estos pendientes?
El dependiente alza la mirada.
—Ah, tres sjilling.
—Oooh —gorjeo—. Quizá… —Luego regreso al contador y me abalanzo
sobre unas monedas—. ¿Este es mi cambio? No, espere, me ha dado un
penique blanco de más. ¿Puedo darle nueve por un gelt? ¿O podemos quitarlo
de la tasa de protección? ¡Qué complicado que es esto!
Una risa artificial y estrangulada sale de la garganta del hombre.
—¿También quiere los pendientes, fräulein?
Sonrío como una chica atolondrada.
—¿Sabe qué? Sí que los quiero.
Un prestamista con experiencia habría detectado la estafa con el cambio
enseguida, pero este gandul no sabe que le estoy timando con su dinero. Doy
vueltas por la tienda, lanzándole una transacción tras otra y haciendo que
pague más por mi cambio cada vez. Cuando me marcho, es con tres anillos,
unos pendientes, un broche, una figurita de latón de un carnero, un par de
candelabros a conjunto de bronce y una ganancia de cien peniques blancos en
la bolsa, además de la tasa de protección.
Luego vendo todos los objetos en la siguiente casa de préstamos que
encuentro y estafo a la mujer de la misma forma, por si acaso. Es una forma
de vengarme por haberme hecho esperar mientras una viuda le suplicaba
llorando en vano que le devolviera el anillo de bodas.
El anillo se viene conmigo cuando me marcho. Por un accidente
deliberado, me tropiezo con la viuda al salir y luego ahogo un grito y finjo
sacar el anillo del barro.
—Oh, creo que se le ha caído esto.
La mujer se echa a llorar una vez y me abraza hasta que consigo soltarme
y salir corriendo.
Ragne se posa en mi hombro una vez más cuando me hallo a una distancia
razonable.
—Eso ha sido muy bonito.
—Y fácil —respondo, encogiéndome de hombros.
La siguiente parte es más difícil.
Completo el circuito alrededor del Madschplatt, recogiendo tasas y dinero
de más de gente que vende curas milagrosas, fiadores, cirujanos-barberos,
más tabernas y hasta una capilla de un santo local que estoy segura de que es

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una tapadera para traficantes de amapola. Pero para negocios como tiendas de
caridad, hospitales para pobres y el gremio de brujas, hago el mismo timo con
el cambio y las transacciones… a la inversa: les dejo con más dinero del que
traía al entrar. Hasta escondo peniques blancos entre las páginas de los libros
de cuentas, los deposito en cajas de donativos hasta que rebosan y me aseguro
de que cada una tenga dinero suficiente para pagar las tasas de los próximos
meses.
Aún me queda un poco de plata cuando salgo de la última tienda, donde
he dejado un botín secreto. Saco la plata de entre los peniques rojos y me la
guardo en el zurrón. La bolsa pesará bastante y resultará convincente, al
menos hasta que Rudi el Wolfhunden mire dentro.
Lo bonito de esto es que Rudi no puede intimidar a los dependientes para
que paguen de nuevo. Necesitará los músculos de los Wolfhunden apoyándole
para eso y no puede decirle a su jefe que le estafaron en las tasas. Tendrá que
admitir que contrató a un chico para hacer la recolecta mientras él estaba
martirizando a un Johann o a cinco, y eso solo haría que mirasen con más
detenimiento sus cuentas. Una persona que llevase tiempo robando con
asiduidad no podría sobrevivir a ese escrutinio.
Se acerca el fin de la hora de Rudi con la mietling, así que devuelvo la
bolsa al gancho del burdel y me marcho a toda prisa. Cuando nadie puede
verme, cambio de nuevo los gorros y me envuelvo los hombros con el chal.
Eso despistará a cualquiera que busque a la «hermana de Steffe» con su gorro
amarillo. Repartiré los peniques blancos en otras cajas de donativos de
camino a la salida de Lähl.
Salgo del callejón angosto y…
Veo a Gisele.
Ella no me ve. Espera con algunos de los huérfanos mayores en una fila
en la puerta de una capilla pequeña y estrecha; llevan bolsas vacías. La Casa
de los Supremos organiza bancos de alimentos en toda Minkja desde los
templos de otros barrios pequeños y proporciona comida decente a partir de
los diezmos en productos de sus granjeros y de sobras donadas de posadas y
tabernas de confianza. Mientras observo, una mujer mayor de semblante
amable dirige a la familia que encabeza la fila hasta la parte del vestíbulo
donde separan la comida según las costumbres de cada solicitante.
Supongo que los donativos en el Gänslinghaus escasean. Aun así, les dejé
casi tres gilden. Eso debería haberles durado más de un día.
Un bramido de rabia resuena en el callejón detrás de mí. Rudi, al parecer,
ha mirado dentro de la bolsa.

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Gisele alza la mirada para buscar la fuente de los gritos. Me giro veloz y
echo a andar por el Madschplatt. Tengo que parecer relajada, como si hiciera
aquello todos los días. Rezo para que Gisele esté demasiado distraída para
reconocerme con mi vestido de rojo Falbirg descolorido.
Giro la primera esquina que encuentro y casi tropiezo con una cabra atada
delante del gremio de brujas.
Hay un cartel anunciando sus servicios y finjo leerlo con detenimiento
mientras presto atención por si viene el Wolfhunden.
En efecto: Rudi dobla la esquina, maldiciendo como un bellaco. Me mira
sin verme. Bien. Si es listo, echará a correr ya con la esperanza de que sus
superiores en los Wolfhunden no lo sigan.
Da una vuelta por el Madschplatt, buscando en vano cualquier pista de la
culpable, pero no encontrará nada. Empieza a darse cuenta de esto cuando la
voz de una niña me saca de mi ensimismamiento:
—Perdóneme, señor, pero ¿quiere jugar a Encuentra a la Dama?
El hielo me atraviesa los huesos con la rapidez de un rayo.
Fabine, la chica de Bourgienne a la que le enseñé a hacer trampas con las
cartas en Gänslinghaus, ha entrado en la plaza.
El consumidor de amapola al que se ha acercado solo parpadea y farfulla
un poco, apoyado contra los cimientos agrietados de una casa de empeños.
Me giro despacio para mantenerles en mi campo visual. No sé si Gisele se ha
dado cuenta de la ausencia de Fabine, pero aquí no está a salvo, sobre todo
sola.
Yo… la vigilaré un poco.
Fabine se aleja del hombre y se acerca a unas mietlingen que rodean un
brasero. Alza las cartas, pero las mujeres se ríen.
—Aquí no encontrarás damas —se carcajea una—. Vete, pequeña.
Sí, quiero decir, ve a la capilla, vuelve.
Sin embargo, Fabine se mete en la trayectoria del Wolfhunden enfadado.
Y, al igual que yo, tropieza con él.
Ni siquiera sé que me estoy moviendo hasta que he cruzado la mitad del
Madschplatt. Oigo a Rudi gritándole a Fabine, veo que alza la mano, ya casi
he llegado…
Aparto a Fabine del medio antes de que el hombre la golpee. No lo hago
con suavidad, pero es mejor que la alternativa.
—Conque aquí estás. Tenemos que irnos. Siento mucho las molestias,
señor…
Fabine se libera y el pánico se refleja en su rostro.

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—¿Quién eres tú?
Y lo recuerdo tarde: para ella soy una desconocida. La única vez que me
vio, llevaba las perlas.
—Venga, no te pongas así —digo con cierto frenesí y guiñándole el ojo a
escondidas—. No tenemos tiempo para juegos. Debemos volver con… con…
—Schit, scheiter, scheiten. Por el Sacro Imperio, ¿cómo se hace llamar
Gisele?—. Con tus amigos.
Fabine se me queda mirando, perpleja. Luego abre la boca y profiere un
grito digno de la ópera:
—¡DESCONOCIDA! ¡SECUESTRO! ¡AYUDA!
Buen instinto, pero esto no me viene nada bien.
—No, Fabine… Por favor…
—Eh. —El Wolfhunden se aproxima a nosotras—. ¿A ti no te he visto
antes?
Esto no puede ir peor.
—¿Hay algún problema? —Una voz atraviesa el Madschplatt, fría y dura
y muy familiar.
Emeric Conrad se acerca a nosotros. Y, por la mirada que pone, sabe
exactamente a quién se dirige.
Creo que lo más fácil sería que fuera directa al matadero y que se
encargasen allí de mí. A lo mejor hacen una bolsa bonita con mi piel.
Rudi alza las manos y sacude la cabeza.
—Puede que la moza se dedique a secuestrar niñas, pero conmigo no tiene
ningún problema, prefecto.
—Pues siga con sus cosas. —Emeric me agarra por el brazo antes de que
pueda echar a correr—. Señorita Schmidt, contigo quería hablar.

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CAPÍTULO 15

Campanera

P
— aso —digo, intentando liberarme de la mano de Emeric. Él no cede ni un
ápice.
—No era una petición. Fabine, estoy seguro de que Hilde necesita tu
ayuda más de lo que esta gente quiere jugar.
Hilde. Eso, así se hace llamar Gisele.
—¿Cómo la has encontrado? —me quejo mientras Fabine regresa a la
cola.
—Es sorprendente con quién te puedes topar cuando te arrastran fuera del
Yssar —masculla entre dientes—. Al parecer, iba a hablar contigo. ¿Queda
alguien en Minkja a quien no hayas robado, estafado o traicionado?
Hago una mueca con los labios.
—Bueno, en el gran orden de las cosas, ¿acaso financiar las
extravagancias de la nobleza con la sangre de los plebeyos no es la verdadera
estafa…?
Emeric hace un ruido de asco y me empuja por el callejón abarrotado
detrás del gremio de brujas.
Por ahora no sigue con el numerito de chaval desaliñado y torpe. Supongo
que es más complicado de vender sin la ropa heredada de Klemens, aunque
tengo que admitir que me impresiona un poco que su nuevo uniforme negro
esté tan inmaculado como siempre, visto que estamos saliendo de una plaza
que literalmente recibe su nombre por el fango.
—Puedes huir —dice Emeric con los dientes apretados— y, cuando lo
hagas, escoltaré con gusto a la auténtica Gisele von Falbirg hasta el margrave
y la única esperanza que te quedará será salir de Bóern con lo que lleves en
esa bolsa.
Interesante. Es como el desayuno de ayer: si quisiera arrestarme en este
mismo instante, podría hacerlo. Pero, en vez de eso, prefiere amenazarme.
Según mi experiencia, lo hace porque tengo algo que quiere.

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Lo raro es que no sé qué es. Los prefectos no deben preocuparse por el
dinero, yo no puedo darle ningún poder y nadie mira a una chica tan normal
como yo por placer.
Por ahora, le sigo la corriente.
—Estás enfadado porque te tiré al río.
—Creo que es razonable discrepar con que intentaras ahogarme.
—Claro, pero no estás enfadado porque casi te ahogaste. Estás enfadado
porque te tomaste la molestia de poner una trampa y organizar tu gran
revelación triunfal y, aun así, yo te tiré al río.
Emeric no se digna a responder, pero se le contrae un músculo en la
mandíbula. Ja. Tengo razón.
Nos detenemos entre un charco de… bueno, no quiero especular, y unas
campanas mágicas redondas, nada sorprendente visto que el gremio está
cerca. Supongo que nos hemos alejado lo suficiente para el gusto de Emeric.
En cuanto me suelta el brazo, Ragne se interpone entre nosotros
convertida en cuervo y luego, de golpe, se transforma en humana.
—¡Hola de nuevo!
Emeric alza la barbilla para apartar la mirada hacia el cielo con el rostro
de un rosa intenso.
—Eh… ¿hola?
—Ropa, Ragne. Ya hemos hablado de esto. —La cubro con mi chal. Es lo
bastante largo para taparle lo esencial—. Eso es.
Emeric aún evita mirarla de cerca, pero la curiosidad se asoma en su
rostro.
—Un momento. ¿No eres la chica que me arrastró hasta la orilla?
—La Vanja me envió —dice Ragne con alegría. Emeric parpadea,
sorprendido, aunque su semblante se agria cuando Ragne añade—: Se suponía
que solo debía salvar tu bolsa.
—Conque era eso —musita.
—Solo quería saludar de nuevo —prosigue Ragne, sonriendo con todos
los dientes— y decirte que es mi trabajo cuidar de la Vanja, aunque sea mala.
Si le haces daño, me convertiré en una osa y te mataré. Eso es todo. ¡Adiós!
Salta al aire en un remolino de plumas y se posa en un tejado cercano
convertida en cuervo.
—Es la hija de Eiswald —explico, envolviéndome de nuevo con el chal
—. Así que ya lo sabes. La muerte está a un tejado de distancia. Tenlo en
cuenta, por si osas hacer algo.

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No creía que fuera posible que le cayera peor a Emeric después de intentar
ahogarle, pero, por todos los santos y mártires, creo que lo he conseguido.
Me dirige una mirada de puro odio y prosigue, como si la muerte
inminente a manos de un oso no fuera nada nuevo para él.
—¿Qué tramas con los Wolfhunden? ¿Qué te han pedido que hicieras?
Sacudo la cabeza.
—Nada. Me mantengo alejada de ellos.
—Esto sería más rápido para los dos si dejaras de tomarme por tonto —
dice con frialdad.
—Entonces no hables como si lo fueras, júnior —espeto—. Si los
Wolfhunden supieran que el Fantasma del Penique no paga su tasa de
protección, entonces me darían un castigo ejemplar. Varios castigos
ejemplares, si contamos todas las casas en las que he entrado. Por eso me
mantengo al margen.
Esa no es la respuesta que Emeric quiere, porque frunce el ceño.
—¿Esperas que me crea que estabas recolectando las tasas por pura
bondad?
—Pregúntale al Wolfhunden sobre lo que he recogido —replico—. O por
qué esa bolsa está llena de cobre. Y, cuando acabes, ve a todas las tiendas
benéficas que de repente han conseguido mucha plata y quizá puedas empezar
a ocuparte de tus asuntos en vez de molestar a mis amigas y espiarme a mí.
Emeric ya parecía escéptico, pero al oír «espiarme» me fulmina con la
mirada.
—Estatutos del prefecto, artículo uno: «Un prefecto está obligado a
investigar y a resolver cualquier caso que le asignen sus superiores, hasta el
alcance de sus capacidades». Mi trabajo es literalmente investigarte.
—¿Tu trabajo también es memorizar todo el juramento de tu club o eso
son créditos extra? —musito, pero él me ignora.
—Y la impresión que me dio la señorita Ardîm es que no son exactamente
amigas. Pero, que conste, en realidad estaba en Lähl persiguiendo al
Wolfhunden al que has enfadado. De hecho, he tenido que descubrir mi
tapadera para… ¿Por qué te estás…? ¿Qué te hace tanta gracia?
Me estoy agarrando la barriga, intentando no morir de risa.
—¿Pensabas que eso era una tapadera? ¿Con esas pintas? —Agito la
mano hacia las paredes sucias que nos rodean, manchadas de hollín y basura y
una respetable variedad de mierda—. ¿No ves dónde estamos? Destacas.
—Para nada —dice Emeric, tirándose sin darse cuenta de la chaqueta
impoluta del uniforme.

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—Pareces un colegial intentando comprar su primer wurstkuss.
Emeric se vuelve de un rojo incandescente.
—Y tú pareces una granuja homicida, pero la diferencia está en que eso es
cierto.
—¿Ves? Sigues cabreado —me burlo—. Y respirando, así que ¿no crees
que homicida es un poco melodramático?
—No hablo sobre mí. —Emeric saca el libro de cuentas de Yannec del
abrigo—. Tu antiguo colega, un tal meister Kraus, acaba de aparecer en los
islotes Stichensteng esta mañana con un cuchillo en el corazón y uno de tus
distintivos peniques rojos en la boca. Y es muy curioso que su libro de
cuentas estuviera en tu tocador. Tienes el mal hábito de tirar cosas al Yssar.
Le dedico una sonrisa venenosa.
—Solo la basura. —Y me lanzo a por el libro.
Y me topo de lleno con la palma de su mano. Se queda plana en mi frente
y me mantiene a un brazo de distancia. Con el otro brazo, Emeric levanta el
libro fuera de mi alcance.
—Va a ser que no —dice, malhumorado—. Tengo hermanos pequeños,
puedo pasarme el día así.
—Yannec cayó sobre su propio cuchillo —gruño, agitando los brazos para
intentar alcanzar el libro.
—Qué innovador por tu parte. Se cayó sobre su propio cuchillo. Supongo
que el penique solo era decorativo.
—Era el pago para el Barquero, sabandija… pedante… —Intento dar otro
salto, en vano.
—Y qué coincidencia que sea tu tarjeta de visita. Claro que sí.
—Piensa lo que quieras, pero es la verdad. Estaba en plena abstinencia de
amapola y perdió el equilibrio intentado arrancarme el rubí de la cara. —Me
deslizo un centímetro y la mano de Emeric se engancha en mi gorro: me lo
quita y se queda con solo un puñado de lana. Me agacho por debajo de su
brazo justo cuando él se abalanza a por mí.
Y entonces me quedo inmóvil.
La madrina Muerte está detrás de Emeric.
Estira una mano hacia él.
— ¡No necesito tu ayuda! —le grito y me lanzo contra el costado de
Emeric para que Muerte no lo toque. Vislumbro durante un instante su rostro
atónito antes de que caigamos los dos al suelo.
Un ruido atronador resuena donde Emeric estaba de pie hace un momento.
Cuando me quito de encima y echo un vistazo…

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No sé lo que veo.
Es algo como un caballo de guerra, pero con el pellejo sin pelo y
enmohecido de los nachtmahr; la crin y la cola son como humo de hojalata.
Distingo unos agujeros en sus costados jadeantes, como un lienzo podrido. El
fango chisporrotea, se cuece y se agrieta donde la criatura apoya los cascos.
Nunca había visto un mahr tan grande. Ni había visto uno tan sólido a
plena luz del día. Uno que aparece de la nada de repente.
Pero, si Emeric busca a un asesino, lo encontrará en esos ojos azules
ardientes.
La nariz del mahr se ensancha una vez, dos, mientras me pongo en pie
despacio. Oigo un roce detrás de mí cuando Emeric se levanta.
Una lengua gruesa y de un gris oscuro sale de entre los labios podridos del
mahr, dejando entrever unos dientes tan afilados como los de un lobo cuando
la criatura prueba el aire.
—Corre —digo—. Ahora…
Echamos a correr.
Ruido de cascos y aullidos resuenan en el callejón a nuestra espalda. Echo
un vistazo por encima del hombro y veo a Ragne convertida en un cernícalo
negro, lanzándose en picado y arañando la cabeza que el mahr no deja de
agitar.
Luego me arrastran a un hueco entre dos casas. Es tan estrecho que tengo
que girarme de lado para caminar entre las paredes de yeso y madera. Emeric
ya está cruzando el callejón hacia la avenida abierta del otro extremo. Lo sigo.
Con suerte, el nachtmahr no cabrá aquí y podremos despistarle.
Increíble, pero capto un susurro de Emeric.
—Por qué tenían que ser caballos.
—¿Ese es el problema?
Hemos recorrido la mitad de la calle cuando el mahr nos encuentra. Mete
la cabeza y el cuello en el hueco, rechinando los dientes, pero los hombros
son demasiado anchos y Ragne aún va a por sus ojos. Por un momento pienso
que quizá lo consigamos…
Y luego ocurre algo horrible.
La criatura se estira, se alarga como arcilla cálida y húmeda. Su cráneo de
caballo se estrecha, los músculos palpitan en ondas debajo de la piel podrida y
enseña los colmillos.
Saco el cuchillo de Emeric del zurrón y apuñalo como loca al mahr.
Como antes, la hoja de acero no se inmuta lo más mínimo. Cada corte que
abre en el hocico parece tener semanas.

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Unos dientes se cierran alrededor de mi mano.
Grito y me aparto justo a tiempo. Los colmillos del mahr agarran el
guante andrajoso y lo rompen. El cuchillo cae con un estrépito.
Una mano mucho más humana me arrastra por el hueco.
—¿Ves? Los caballos son lo peor. ¿Sabes si es un grimling? —Emeric
suena demasiado cerca y engreído para mi gusto, pero, como estamos los dos
atascados entre unas paredes enmohecidas, tengo quejas más acuciantes.
Además, estoy demasiado ocupada observando cómo esos dientes rasgan
el guante y solo puedo jadear:
—Nachtmahr.
—Entonces, cobre —murmura. Una manga negra pasa a mi lado cuando
el cuello del mahr se alarga incluso más. Emeric tiene otro cuchillo en la
mano, uno parecido al que acabo de perder, pero la hoja es roja como los
peniques.
Esta vez, cuando le da al nachtmahr en el hocico, la criatura grita.
Hay un chillido y un estallido cuando unas ventanas se rompen sobre
nosotros. Me tapo la cara para evitar la lluvia de cristales. Emeric sigue
tirando de mí por el hueco, murmurando una serie de palabras que riman en
uno de los dialectos norteños de Almandy. He oído hablar de cánticos para
protegerse de los nachtmaren, pero o esta criatura es inmune o está muy
motivada, y no tengo tiempo para descubrir cuál de las dos opciones es la
correcta.
Salimos a una calle maravillosamente amplia. Sin embargo, no hay
tiempo para respirar. El mahr surge detrás de nosotros, tambaleándose y
temblando hasta que vuelve a ser tan ancho como un toro. Unos gritos rasgan
el aire. Otros transeúntes huyen a las casas y tiendas; la calle se queda vacía
hasta que solo estamos nosotros, el mahr y un puñado de consumidores de
amapola demasiado colocados para saber que deberían huir.
La criatura no les presta atención. Sus ojos azules siguen fijos en Emeric y
en mí.
—¿Qué quiere? —resuello.
Pero antes de que Emeric pueda responder, el mahr carga contra nosotros.
Voy corriendo hacia otro callejón, con Emeric pisándome los talones.
Lähl es un laberinto de esquinas bruscas y pasajes estrechos; si no podemos
perder a la criatura en estos corredores, probaremos lo primero.
Unos cascos vacíos y humeantes nos pisan los talones por la calle.
Giramos una esquina y luego otra. Nos persiguen los golpes que provoca la

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criatura al estamparse contra las paredes y sus forcejeos para mantenerse en
pie.
Un efluvio intenso a enebro me llena el aliento. No percibo de dónde
proviene hasta que dejo atrás a Emeric, que se ha detenido. Ha abierto un
pequeño frasco y, mientras retrocedo, se echa unas gotas del aceite plateado
en los labios.
Luego pronuncia otras palabras y agita la mano hacia el callejón. Unas
líneas plateadas iluminan las paredes como las estrías de los rayos. Un
segundo después, el mahr aparece…
… y se detiene tropezándose en cuanto cae entre las líneas. La magia se
divide en una red y obliga a la bestia a arrodillarse; profiere otro grito, que
rompe más cristales mientras forcejea.
—Ja —resoplo, acercándome—. Bueno. Y ahora ¿qué?
Emeric me agarra por el hombro y su rostro me dice que algo va mal.
—Eso —dice entre jadeos— debería haberlo eliminado…
Con un lamento furioso, el mahr se vuelve a poner de pie. Las líneas de
luz se tensan.
—¿Eliminado? —Retrocedo—. Yo a eso lo llamo, como mucho, una
advertencia firme.
—¡Pues mátalo tú! —replica Emeric—. Al menos lo estoy intentando…
Una de las cuerdas de luz se rompe con un tañido.
Llegamos enseguida al acuerdo tácito de aplazar este debate y echamos a
correr una vez más.
El rugido del nachtmahr nos persigue por un callejón y por otro,
intensificándose cuanto más nos alejamos de Lähl. Veo el borde del Muro
Alto aproximándose. Nos está conduciendo hasta allí, donde no hay esquinas
estrechas con las que maniobrar.
Y entonces, cuando llegamos a otra calle abierta llena de barro, tropiezo
con algo que produce una cascada de tintineos. Caemos en el lodo con un
gruñido unánime.
Emeric me ayuda a levantarme, pero no lo bastante rápido. El mahr
alcanza la calle.
Como antes, los transeúntes gritan y huyen. Todos excepto el montón con
el que he tropezado, que es una mujer que me mira con ojos vacíos mientras
se sienta.
Un coro de campanas acentúa el movimiento.
Y entonces el nachtmahr relincha-aúlla y retrocede unos pasos.

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Mi mirada pasa de la mujer al mahr y otra vez a la mujer. Es una
campanera, una bruja consumida que se decora con campanas en las muñecas,
en las orejas, y con una guirnalda en el cuello. Cada una señala una pizca de
ceniza de bruja que no debería haber tomado. Demasiadas a la vez y empiezas
a ver a todos los dioses menores, a cada grimling, de la misma forma que yo
veo a Muerte y a Fortuna, hasta que tu mente se cura. Si es que puede.
Llevan campanas porque el sonido espanta a la mayoría de los espíritus.
Y, por la forma en la que el nachtmahr agita la cabeza, tampoco es amigo de
las campanas.
—Le tomo prestado esto —le digo a la mujer y le quito la guirnalda
tintineante que lleva alrededor del cuello. El mahr se aleja con cada sonido.
Agito con fuerza las campanas. La criatura retrocede, chillando. En las
ventanas de toda la calle aparecen telarañas de grietas.
—Eso es… algo —dice Emeric a regañadientes—. ¿Se irá por voluntad
propia?
Antes de que pueda responder, un repique fuerte y frío de bronce resuena
por la calle. Las campanadas que dan la hora en el Göttermarkt.
El mahr… se divide.
No, dividirse no es lo que ocurre exactamente. Es como una visión doble,
solo que el mahr no se rompe en dos formas idénticas, sino en otras
incalculables, como un rebaño de fantasmas. Y luego todos regresan a la
forma sólida del caballo. Le sale un humo azul plateado de entre los dientes.
Las campanas repican de nuevo. La bestia se fractura, agitándose. Antes
de que pueda reunificarse, una tercera campanada suena en la calle fangosa.
El mahr profiere una última nota destructiva y explota en una nube de
polvo.
La calle permanece en silencio, excepto por el resto de los tañidos, hasta
que la campanera estira el brazo y tira de la guirnalda que tengo en la mano.
—La necesito de vuelta —susurra, y yo la suelto.
—Gracias.
Luego miro a Emeric y me echo a reír.
— ¿Qué? —Me mira fijamente, como si eso fuera lo más raro que ha visto
hoy.
Señalo el barro en su abrigo torcido, las manchas de mugre en su cara, las
salpicaduras en sus gafas. Hasta lleva el pelo tan lleno de polvo y sudor que
casi parece marrón. Como toque final, me limpio la mano sucia en una de sus
mangas, y él la aparta de un tirón.
—Por fin. Ahora sí que encajas.

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A Emeric no parece hacerle tanta gracia como a mí.
—Tenemos que salir de aquí. Y luego vamos a hablar de verdad.
Me cruzo de brazos cuando Ragne aterriza en mi hombro.
—Contraoferta: me devuelves el libro de cuentas, yo dejo de burlarme de
ti por parecer un manual humano sobre educación cívica y nos separamos
como adversarios igual de contrariados.
—¿Antes o después de que lleve a la auténtica Gisele al castillo
Reigenbach? Hablemos ahora. —Señala una puerta abierta que hay cerca.
Han tapiado las ventanas y la puerta cuelga de los goznes. Hace tiempo que
no la usan.
No tendría más pinta de trampa ni aunque hubiera un cubo visible de agua
encaramado sobre el marco de la puerta.
Ragne percibe mi inquietud, porque salta del hombro y aterriza en el
fango transformada en un lobo negro. Emeric se lleva un susto tremendo.
—Recuerda, si intentas hacerle daño a la Vanja —le dice Ragne—, te
morderé muchas, muchísimas veces. Y a mí no me dan miedo las campanas.
Luego atraviesa la puerta.
—Ya has oído a la señorita —añado antes de seguirla dentro.
En cuanto mis ojos se ajustan a la penumbra, veo por qué abandonaron el
edificio. Las vigas del techo están podridas y se comban peligrosamente y el
extremo más alejado de la habitación se ha hundido al menos treinta
centímetros en el lodo. Pero al parecer a Emeric le basta, porque entra detrás
de nosotras. Intenta cerrar la puerta sin éxito, se rinde y me pregunta sin
rodeos:
—¿Cómo sabías que el nachtmahr se acercaba? Me apartaste.
Reflexiono mi respuesta, pero ya conoce la mitad y no hay ningún peligro
en contarle el resto.
—Me entregaron a Muerte y a Fortuna de niña, por eso tengo sus marcas.
Son mis madrinas. Veo cómo trabajan.
—¿Así que viste a Fortuna en mi contra?
Niego con la cabeza.
—Vi a Muerte.
Es otra respuesta que no se esperaba; estaba vigilando el exterior, pero se
gira para dirigirme una mirada perpleja y casi indignada.
—Entonces me has salvado la vida.
—Pues… supongo. —La idea es demasiado incómoda, sobre todo porque
estoy casi segura de que Muerte intentaba ayudarme. Me retiro a un terreno

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que conozco más: la explotación—. Eso al menos tiene que valer un
insignificante libro de cuentas.
Emeric mira el suelo y creo que no me ha oído, porque me pondría mala
cara. Luego alza la mirada. Hay cierta ansia en sus ojos oscuros, como si
estuviera a punto de arriesgarse.
—El responsable es el margrave von Reigenbach.
— ¿Qué?
—Klemens y yo no vamos a por ti —prosigue a toda prisa—. No de
verdad. El caso del Pfennigeist es una tapadera para que podamos investigar a
Von Reigenbach y a los Wolfhunden Y estoy casi seguro de que envió a ese
nachtmahr para que me matara antes de que pudiera averiguar qué trama.
—Espera. Para. Espera. —Interpongo las manos entre nosotros—. ¿No
vas a intentar arrestarme? ¿Qué me dices del desfile de Winterfast que
organizaste cuando viniste a mi habitación?
—Pensé que podría chantajearte para que espiaras al margrave.
Durante un momento me planteo pedirle a Ragne que le arranque el
pescuezo. Todo el tiempo que he pasado estresada sobre la inminente
amenaza de este panecillo rancio con ansia de justicia y resulta que era un
farol.
Pero odio admitir que ha funcionado.
—Tú sí que sabes cómo hacer que una chica se sienta especial —farfullo
sin más. Y entonces me fijo en el dorso de mi mano. La examino de cerca con
el ceño fruncido.
Emeric se encoge de hombros.
—Llevas ¿cuánto, un año? viviendo una doble vida. Necesitaba a alguien
cercano a Von Reigenbach. Y una persona que puede robarle el sello de la
mano es probable que acabe consiguiendo las pruebas que busco. Además, no
todo es chantaje. Le pediríamos al alguacil que redujera tu sentencia y la
orden quizá tenga información que te serviría para la maldición.
Solo escucho con medio oído mientras me quito el otro guante.
—Pensaba contarte todo esto antes de que me tiraras al…
—No lo necesito —digo con un suspiro, mirándome los nudillos.
Los rubíes han desaparecido.
Algo… algo que he hecho hoy… ha funcionado.
Es la tercera vez que le doy a Emeric una respuesta que ni quiere ni
espera.
—¿Qué?

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—No lo necesito —repito, sonriendo como una tonta—. Gracias, pero no.
Paso.
Puedo curarme de esta maldición, puedo salir del imperio, puedo dejar
todo esto atrás. Y puedo hacerlo yo sola.
Será mejor que me ponga manos a la obra.
—Vámonos, Ragne.
La mano derecha de Emeric se contrae hacia algo en su costado… El libro
de cuentas, deduzco. Luego la cierra en un puño.
—No era una petición. Llevaré a Gisele a ver al margrave.
No puedo evitar hacer una pequeña pirueta mientras bailo hacia la salida.
Lo de llevar a Gisele al castillo es otro farol. Y es una delicia absoluta decirlo.
—¿A ese que da tanto miedo y que crees que se junta con nachtmaren y
vete tú a saber qué más? ¿A ese margrave? Lo dudo. —Le quito un poco de
barro del hombro cuando paso a su lado—. Pero gracias por la oferta.
Me agarra la mano que iba camino hacia su bolsillo, donde guarda el libro
de cuentas. Mierda. Eso habría sido la guinda del día de hoy.
Ragne gruñe hasta que Emeric me suelta. Me dirige una mirada lívida,
casi desesperada.
—Von Reigenbach es un monstruo, señorita Schmidt. Podría hacer que
cayera el imperio.
—Como si no lo supiera. —Pero cruzo la puerta bailando hacia la fría luz
invernal del día y le dirijo un saludo de burla a modo de despedida—. Menos
mal que ya me voy.

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CAPÍTULO 16

Perlas en vinagre

Poco más de un día después, no estoy tan segura.


No es solo que, cuando entro a hurtadillas al castillo y me doy un baño,
encuentro nuevas perlas escondidas en el fango de los tobillos. Es que,
cuando pienso en todo lo que hice antes de perder los rubíes de la mano, las
opciones sobre cómo deshice esa parte de la maldición no son demasiado
estupendas.
Yo… redistribuí los fondos de los Wolfhunden. Intenté ayudar a Fabine,
aunque menudo desastre. Supongo que le salvé la vida a Emeric (lo que casi
seguro fue un error tremendo).
Y ahora que es jueves, tengo cuatro días para reducir las opciones y
romper la maldición antes de que llegue Klemens y tenga que preocuparme
por un prefecto auténtico.
El estómago sensible de la prinzessin solo puede librarme de todo durante
un tiempo. Esperaba poder sacar dos días completos de la última actuación,
pero Adalbrecht entregó un mensaje en mis aposentos esta mañana: la primera
oleada de invitados para la boda llegará en menos de una hora y tengo que
asistir a la recepción de bienvenida. Y lo que es peor: debo ponerme el
vestido que ha elegido para mí.
He aquí lo bueno de representar tanto el papel de la doncella como el de la
dama durante un año: elijo lo que me pongo para que pueda apañármelas
vistiéndome sola. Hay algunos elementos, como los cordones del corpiño, que
son complicados, pero puedo hacerlo. Otras cosas, sin embargo, requieren
otro par de manos. Como las mangas que se tienen que atar encima de la
camisa, en múltiples sitios, en los dos brazos.
¿A que no adivináis qué tipo de mangas tiene el vestido que Adalbrecht
ha pedido que lleve?
Por eso, cuando Ragne llama a la puerta de la terraza convertida en gato y
la dejo entrar, me encuentra peleándome con un lazo en el codo. Ladea la

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cabeza.
—¿Quieres que te ayude?
—No, gracias, yo puedo. —Apoyo el brazo en un poste de la cama para
sujetar uno de los lazos—. ¿Has visto algo?
—La Gisele se quedó dentro todo el día con los niños. Les cae muy bien.
—Ragne entra en el camisón que le he dejado junto a la chimenea. Un
momento después, aparece una cabeza humana y las extremidades surgen en
las mangas correctas. Se ha olvidado de transformar las pupilas verticales,
pero al menos la ropa se le da mejor—. No vi al Emeric Conrad para nada. Y
hacía mucho frío.
—Te ofreciste —le recuerdo. Un viento frío recorrió Minkja anoche y
dejó los tejados cubiertos de escarcha. Mi plan era pasar la mañana vigilando
el Gänslinghaus, pero Ragne se ofreció a hacerlo por mí.
—Sí. —Se estira sobre las piedras calientes de la chimenea y luego me
mira con los ojos entornados—. ¿Estás segura de que no necesitas ayuda?
—No tienes que hacerlo todo sola, querida. —La voz de Fortuna cae en
cascada en la habitación como un monedero rompiéndose por las costuras.
Levanto la mirada y la veo con Muerte junto al pie de la cama.
—Tú —impreco, señalando a Muerte—. Ayer casi matas a alguien por mí.
Aunque quisiera tu ayuda, no la querría de esa forma.
Muerte se agarra la capucha, que nunca deja de cambiar, con una mano
efímera.
—No fui yo. O sea, sí, estaba allí por el chico, pero solo porque iba a
morir por su cuenta.
—Así que… ¿le salvé la vida? —Dejo de pelearme con los lazos de las
mangas. No me gusta la idea de ser la responsable de eso. Más vale que lo
próximo que haga Emeric sea algo virtuoso digno de un santo o Eiswald la
tomará conmigo.
Fortuna da un paso adelante.
—Aquí obran fuerzas peligrosas, Vanja, y estás demasiado cerca del
centro. —Me alza la barbilla—. Muerte y yo hemos estado hablando y hemos
decidido… que no tienes que elegir entre nosotras.
Las protestas mueren en mi lengua.
Si no debo elegir, no debo servir, no tendré que escapar del imperio, no
tendré que huir de ellas, podré quedarme, podré… quizá pueda conseguir algo
parecido a un hogar…
—Puedes servirnos a las dos —añade Muerte—. Estamos de acuerdo.
Hemos…

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— ¡NO! —Me aparto cuando Fortuna intenta atarme los lazos de las
mangas, pero se retira como si le hubiera dado una bofetada.
—Estamos intentando ser razonables, Vanja. Eiswald no podrá mantener
una maldición en una de nuestras sirvientas. Puedes turnarte entre nosotras,
me servirás una semana y…
—¡Nunca he querido ser vuestra sirvienta! —digo, casi gritando—.
¡Quería ser vuestra hija!
El silencio se propaga por la habitación.
—Solo queremos protegerte. —Muerte parece dolida. No sé por qué
esperaba que una diosa lo entendiera—. Por favor, Vanja. Déjanos ayudar.
Niego con la cabeza y enderezo la espalda como un hierro a pesar de que
se me tensa la garganta.
—No ayudáis. Negociáis. Lo único que ofrecéis son ataduras. Si no vais a
dar nada por voluntad propia, idos.
No hay respuesta. La habitación queda en silencio, excepto por el crepitar
del fuego, y, aun así, la tarde parece más fría. Se han ido otra vez.
Oigo que Ragne se sienta, pero no dice nada.
Apoyo el hombro de nuevo contra el poste de la cama y me pongo a
atarme los lazos.
—¿Tu…? —Se me quiebra la voz y enseguida me aclaro la garganta—.
¿Tu madre es así?
—No —responde. Una parte de mí se desmorona un poco—. Es amable, a
veces, y es fría, otras veces, pero no espera nada a cambio de su ayuda. —
Atraviesa la habitación y empieza a atarme el otro brazo—. Y yo tampoco.
Quiero apartarme y hacerlo yo sola… pero al sol le falta una hora para
ocultarse por el horizonte. Los invitados llegarán en cualquier momento.
—Gracias —farfullo.
—La Gisele tampoco pidió nada por su ayuda.
—¿Cuándo te ha ayudado Gisele? —pregunto con el ceño fruncido.
Ragne ciñe el lazo del codo con destreza.
—Cuando saqué al Emeric Conrad del río. La Gisele cruzaba el puente y
corrió a ayudarnos. Dijo que venía a verte, pero en cambio ayudó al chico,
porque hacía frío y él estaba muy mojado. No pidió nada a cambio.
—Me alegro de que al fin haya averiguado cómo se hace —espeto—. No
te fíes de que siga haciéndolo.
—Creo que es simpática —insiste Ragne—. Y…
—¡Pues que te ayude! —Las palabras salen como una explosión y aparto
a Ragne de mi brazo—. ¡Ve a ser su mascota y no vengas llorándome cuando

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te dé la espalda a ti también!
Ragne me mira con los ojos rojos abiertos como platos. Luego se
convierte en ardilla y corre a esconderse debajo de la cama. El camisón queda
hecho un montón en el suelo.
Yo… no.
Me niego a sentirme culpable.
Acabo de atarme la manga yo sola. Tardo más de lo que me gustaría. Más
de lo que a Adalbrecht le gustaría también, claro, porque oigo que llaman a la
puerta justo cuando anudo la última parte. Me miro en el espejo una vez más
para asegurarme de que las perlas estén en su sitio, me aliso los rizos níveos y
dorados y respondo.
Barthl está fuera, con los labios finos arrugados como si hubiera pisado
algo maduro.
—Vengo a escoltarla a la galería de recepción inferior —dice, inhalando
por la nariz—. Lo más rápido posible.
Cuando llego, Adalbrecht se pasea junto a la entrada. Me aferra del brazo
para enroscarlo con el suyo y abre la puerta de golpe. Y entramos.
—Disculpadme por haceros esperar —dice con una voz atronadora—. Mi
pequeña campanilla de invierno no se sentía bien.
Surgen unos murmullos compasivos entre los nobles que abarrotan la
galería pequeña y claustrofóbica. Ya estaba llena con retratos de los
Reigenbach en las paredes y estatuas de ellos en cada esquina y nicho, como
si fuéramos a olvidar quiénes son los dueños de Minkja; ahora hay más
cuerpos aquí metidos.
Reconozco la mayoría de las caras de la fiesta de los Von Eisendorf.
También hay un rostro que conozco demasiado bien: Irmgard von Hirsching,
aún hermosa y vacía como una muñeca de porcelana.
—Ay, queridísima Gisele, qué terrible —dice con una sonrisa afectada. Se
acerca con un vestido muy ostentoso de un satén dorado—. Admiro mucho tu
coraje al venir a saludarnos en tu estado.
Por ningún motivo aparente, me acuerdo del cuchillo que llevo en la bota.
Y en la botella de arsénico del tocador. Y en la cadena de oro que le cuelga
del cuello… Si no tienes tu propia soga, siempre puedes tomar prestada la de
tu amiga.
—Cualquier cosa por ti, Irmgard.
Adalbrecht me arrastra de repente hacia la pared con los retratos oficiales.
Hay una sábana sencilla sobre un marco que cubre un cuadro que no había

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visto antes. Es… visiblemente más grande que el retrato de los padres de
Adalbrecht.
—Tengo otra sorpresa para ti, cielito. ¡Atención todo el mundo!
Adalbrecht ya era el centro de atención, así que hay un momento
incómodo de confusión cuando la concurrencia intenta aparentar más interés.
—Mis leales súbditos, tenéis el honor de ser los primeros en ver nuestro
retrato oficial.
Tengo el momento justo para pensar No recuerdo haber posado para un
retrato antes de que Adalbrecht aparte la sábana. Me quedo boquiabierta. Una
inhalación colectiva de inquietud recorre la habitación.
Se han tomado ciertas libertades artísticas. Para empezar, dudo mucho de
que Adalbrecht haya posado sobre un montón de soldados enemigos muertos
con tres lobos aullantes delante de una luna llena; para continuar, el pintor ha
sido extremadamente generoso con los calzones de Adalbrecht, sobre todo al
sugerir su, eh, weysserwurst. El soldado muerto que más destaca a sus pies
también se parece al retrato de su padre, a unos centímetros del cuadro.
Ya sabes, sutil.
La joya de la corona es que sí hay una rubia platino agarrándose al brazo
de Adalbrecht, pero claramente no soy yo. O, mejor dicho, no es la imagen de
la prinzessin. El cuerpo es rico en detalles, con curvas de escándalo cubiertas
por una seda blanca vaporosa que se acerca a una transparencia indecente. La
cara, sin embargo… decir que fue un trabajo precipitado requeriría más
caridad de la que repartí ayer por Lähl. Se parece más a los autorretratos que
Gisele intentaba dibujar de niña: una nariz como una zanahoria anémica en la
cara, unos trozos de jamón abultados y doblados por labios, los ojos torcidos.
—Increíble —digo, con una sinceridad completa y perfecta.
Pero, cuando miro a los invitados reunidos, veo que Irmgard retuerce la
cara con una rabia pura e hirviente. Luego desaparece como una araña
ahogada en hielo.
Adalbrecht me obliga a quedarme mientras sonsaca la admiración de su
público; entrelaza el brazo con el mío como la cerradura de un grillete. Lo
único que debo hacer es lucir una sonrisa vacía mientras parlotea con un
conde u otro, así que mis ojos vagan por la sala.
Aterrizan en un cuadro de la infancia de Adalbrecht. Está entre sus dos
hermanos mayores, con un aspecto bastante malhumorado para ser un niño de
siete años. Es muy inspiradora la forma en la que el artista ha conseguido
capturar esa mezcla de privilegio y estreñimiento a una edad tan tierna.
Sin embargo, algo no encaja. Y no acierto a saber el qué.

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En cuanto tenemos un respiro de vasallos aduladores, le digo en voz baja:
—¿Cariño, de verdad se tienen que quedar los Von Hirsching hasta la
boda? Irmgard es tan chismosa que cansa.
Adalbrecht aprieta la boca.
—Sí, se van a quedar. Y son invitados en mi castillo. Que no te oiga
hablar mal de ellos otra vez.
Luego me acerca a un grupo de mujeres reunidas alrededor de Irmgard,
todas sentadas en sofás y otomanas, y se desprende de mí como si fuera una
servilleta sucia.
Uf. Bueno, si me toca aguantar a Irmgard, al menos no tengo que estar
sobria. Tomo una copa de glohwein de una bandeja que pasa a mi lado y me
hundo en el único sofá libre y, por desgracia, acabo junto a Irmgard.
—Bueno —digo como quien cuenta el último escándalo—, ¿qué hacía
Anna von Morz con ese sombrero la semana pasada?
—Eso me gustaría saber a mí. —Irmgard se sumerge en una retahíla de
críticas animadas. Apenas la escucho y solo asiento de vez en cuando.
¿Por qué a Adalbrecht le importan los Von Hirsching? Para los Von
Falbirg, la respuesta era sencilla: necesitaban la ruta de comercio que recorre
primero el territorio Hirsching y luego Sovabin. Pero los Von Hirsching y los
Von Reigenbach tienen una relación igual de parasitaria. Pocas mercancías
atraviesan el territorio Hirsching sin detenerse antes en Minkja. No hace falta
que les adule.
Y, si soy sincera… Bueno, no es que recuerde las palabras de Emeric,
sino más bien una de sus teorías descabelladas: el motivo por el que los
nachtmaren están apareciendo de repente en Minkja como si fueran
margaritas.
—¿Dónde lo has conseguido, Gisele? —La voz de Irmgard se entromete
en mis pensamientos.
Schit. No tengo ni idea de lo que está preguntando. Parpadeo despacio,
con autoridad.
—No debería decirlo.
Sieglinde von Folkenstein se limpia con delicadez unas migas de la boca.
—Prinzessin, por favor, a lo mejor mi marido me permite conseguir un
topacio mientras estemos en Minkja. ¿No puedes decirnos al menos quién es
el joyero?
Ah. La lágrima de rubí. Mis labios forman una sonrisa de advertencia.
—He jurado guardar el secreto.

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—Pero, a ver, ¿cómo se queda pegado? —Irmgard se inclina hacia delante
y me rodea la clavícula con la mano. En su mirada percibo un brillo afilado
como una espina.
Sieglinde también se acerca. Lo mismo hace el resto de las mujeres,
amontonándose, con brillos como cristales cortantes en cada ojo, y con cada
ojo fijo en el rubí.
—Dínoslo —exige una—. Dínoslo, Gisele. No es justo que seas la única.
—No es justo —repite Irmgard, con esa rabia arácnida asomando una pata
minúscula y erizada en la superficie.
Noto una neblina maníaca familiar, como… como cuando Yannec intentó
cortarme el rubí de la cara. Es la maldición de Eiswald vertiendo sangre en las
raíces de su codicia para que florezca por completo, salvaje. Este es el precio
de su deseo: que me devoren.
El dedo de Irmgard me da un golpe repentino en la cara.
—¿Puedo tocarlo?
No espera la respuesta y empuja la lágrima hasta que me duele el pómulo
y vuelvo a tener casi trece años y se está riendo cuando piso el clavo que ha
escondido en mi zapato…
—Ups —digo sin inmutarme y le echo el contenido de mi copa de
glohwein por el vestido de satén dorado.
Irmgard se aparta con un gritito. La neblina se disipa.
—Ay, Irmgard —gorjeo—, has tenido un accidente.
Me mira, respirando con dificultad, y la furia se manifiesta detrás de sus
ojos, hasta que… alza la voz.
—Markgraf, nuestra querida Gisele no se encuentra bien.
Será chivata. Una mano enorme aterriza en mi brazo.
—Mi dulce prometida —dice Adalbrecht con firmeza—, me temo que
sigues indispuesta. Vamos a llevarte de vuelta a tu lecho de enferma, ¿eh?
Casi me arrastra del sofá antes de que pueda decir algo.
—¡Volveré enseguida! —grita por encima del hombro, con la voz alegre y
severa—. Solo voy a cuidar de mi pobre campanilla de invierno que está
enferma.
Pero, cuando llegamos al vestíbulo, no se dirige a las escaleras que
conducen al ala del río.
De hecho, sigue agarrándome con fuerza del brazo y me lleva por otras
escaleras, en dirección opuesta: hacia sus aposentos.
Vuelvo a pensar en el cuchillo de mi bota, pero ahora por un motivo muy
diferente.

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—Te daré un tónico para que te calme los nervios —dice—, dado que los
invitados te han agitado tanto.
Vaya, eso no es para nada siniestro.
Pero puedo salir de esta yo sola. O, al menos, podré… apañármelas. Aún
necesita a una prometida, al fin y al cabo, así que lo que me dé no será letal.
La peor parte será estar a solas con él, e incluso eso… bueno, las perlas me
protegen. Adalbrecht posee suficiente valentía para arrinconar a una sirvienta
sola en el castillo Falbirg, pero habrá consecuencias si le hace daño a Gisele.
Me las puedo arreglar sola.
Los guardias lo saludan desde la parte superior de las escaleras. Él alza el
puño en lo que parece otro saludo… pero entonces oigo un crunch minúsculo
y quebradizo.
Parpadeo, convencida de que lo he imaginado. Y entonces, cuando
pasamos junto a los guardias, dos golpes resuenan en el pasillo. Echo un
vistazo atrás y los dos han caído al suelo, con los ojos cerrados.
Antes de que pueda procesarlo, Adalbrecht abre una puerta que nunca me
he molestado en investigar y me empuja dentro de su estudio.
No sé lo que esperaba: ¿cráneos en picas? ¿Calderos burbujeantes?
¿Paredes cubiertas de brea? Pero lo cierto es que es bastante… aburrido. Altos
ventanales arqueados sombreados con cortinas pesadas de terciopelo azul; la
distante corona dura de Kunigunde en el Salzplatt se distingue a través de las
celosías en forma de diamante. Paredes llenas de cabezas de animales
disecadas y tapices. Estanterías, mapas, sillones, junto a un fuego respetable.
La puesta del sol colma la habitación con una luz roja, como si todo lo que
tocara fuera hierro y la sala fuera la forja.
Adalbrecht me suelta, se dirige a un aparador cerca de la ventana y arroja
algo sobre la mesa. Entorno los ojos. Creo que veo fragmentos de hueso, la
mandíbula minúscula de un roedor…
—Esto te calmará. —Adalbrecht está junto a una sorprendente colección
robusta de botellas en el aparador. Algunas contienen claramente hidromiel y
aguardiente, y otras, tinturas con ramas de laurel, tomillo y borraja en líquidos
de distintos colores. Saca una botella no mucho más grande que mi mano,
algo que destella como un fuego en el líquido claro.
Acabo de descubrir que Adalbrecht se parece mucho a Yannec.
(Y no de un modo que a mí me gustaría: muerto en el Yssar).
Desde que lo conozco, sé que cree que el mundo le debe un diezmo por el
simple hecho de haber nacido noble en Almandy; le gusta sentirse poderoso y

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recordar a los demás que no lo son. Y, al igual que Yannec, no sabe nada
sobre prestidigitación.
Así que no me da nada más para mirar excepto esa botella elegida
mientras saca una copa de cristal de una alacena cercana.
No me he pasado los últimos doce meses reuniendo una colección
respetable de venenos para no reconocer las Lágrimas de Augur cuando las
veo. Los destellos las delatan: copos de pan de oro bailan en la botella
transparente en espirales lentas y perfectas, captando la luz flameante de la
puesta del sol. Esas espirales perfectas son una propiedad curiosa de esa
tintura y el oro la potencia.
En principio no es un veneno. Está hecha a partir de las Lágrimas de la
Verdad y, cuando los augures profetizan, toman un dedal para quitarse los
velos del mundo y ver las cosas como son, al menos durante una hora o así.
Mucho más que eso te volverá loco y mucho más que un trago te matará.
Adalbrecht me está sirviendo una cantidad que sobrepasa el trago en la
copa de cristal.
Y es entonces cuando me doy cuenta: quizá no consiga apañármelas sola
después de todo.
No sé en qué ha hundido los dientes el Lobo Dorado, pero… no necesita a
la prinzessin viva.
El último retazo de seguridad, la última ventaja que tenía contra él, se
acaba de disolver como una perla en vinagre.
Adalbrecht se acerca y me ofrece la copa. La luz del sol moribunda, roja
como una amapola, nos impregna a los dos y, a su paso, deja unas sombras
afiladas como cuchillas.
Soy yo contra el margrave. Estoy sola.
—Me lo llevaré a mis aposentos —digo, girándome hacia la puerta abierta
—. Supongo que no tienes una tapa…
Aparta la copa de mi alcance.
—Es parte de un juego de copas y se queda aquí. Bébetelo ahora.
Esto…
No sé qué hacer.
Podría derramar la copa, pero en la botella queda más líquido.
Podría huir, pero él da órdenes a los guardias.
Podría llamar a Poldi, pero Adalbrecht es el amo del castillo.
Podría intentar sacar el cuchillo de la bota a tiempo, podría darle una
patada, podría…

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Es un guerrero experimentado, líder de los ejércitos de Bóern, me saca
una cabeza y los hombros y pesa más que yo. Y me comería viva.
Estoy sola y no tengo nada ni a nadie que me salve, tan solo a mí misma.
A lo mejor… puedo fingir que lo bebo y escupirlo cuando me marche. Esa
es mi mejor opción.
Tomo la copa.
Y la madrina Muerte aparece a mi lado, solo visible para mí.
Posa la mano en el borde de la copa y, por una vez, su rostro no cambia
entre las personas que van a morir.
Su rostro es el mío. El mío de verdad, no la ilusión de Gisele.
—Pídeme ayuda, Vanja —me suplica Muerte—. Por favor.
No quiero… No pasaré el resto de mis días como una sirvienta.
Haré esto yo sola. Aunque me mate.
Me llevo la copa a los labios y bebo.

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CAPÍTULO 17

Atormentada

—¡ Vanja!
No le hago caso a Muerte. Creo… creo que puedo salirme con la mía.
Solo permito que una gota se deslice por la garganta. Quema como licor,
pero con un regusto extraño a sal y a cobre. Si tengo razón, esto se parece a la
dosis que toman los augures y solo tendré una hora muy reveladora.
Hago todo un espectáculo de toser y arrugar la nariz.
—Ay, sabe fatal. Creo que…
—Bébete la medicina —ordena Adalbrecht—. Toda.
Parpadeo.
Y entonces vuelvo a parpadear. Ahora lo veo, lo que no encajaba en su
retrato de niño. Sus hermanos y él tenían los ojos castaños.
Y ahora los ojos de Adalbrecht son azules como el corazón de una llama.
En todo caso, parecen casi brillantes… No, arden…
La habitación a nuestro alrededor se bambolea como caldo gelificado.
Contengo la respiración. Y entonces… entonces…
Es como si a las paredes, al suelo, a Adalbrecht, a todo le surgieran
ampollas y se pelara. Veo capas de pintura en las paredes, décadas de
pinturas; en la alfombra veo sangre que lleva cuarenta años sin estar ahí. La
pared de trofeos de caza está llena de cosas muertas y viejas, excepto por un
cráneo bestial que arde con el mismo fuego azul que los ojos de Adalbrecht.
Cuando lo miro, no veo el rostro de un hombre, sino la cabeza de un
caballo clavada en sus hombros, una corona de más clavos de hierro flotando
sobre él, dientes al descubierto, ojos de un fuego cerúleo.
—Bebe —brama. De la boca le sale sangre y una llama azul. Pero veo,
veo…
Veo un charco de cabello dorado en un campo de batalla ensangrentado
por la noche, un soldado de no más de veinte años tumbado inmóvil; la sangre
le fluye lenta de una herida sibilante del pecho; entrecierra los ojos castaños

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por el dolor y el delirio. Cada respiración agonizante es una maldición
dirigida al desgraciado general que perdió esta batalla, una maldición para la
emperatriz que lo envió a morir entre la cizaña, una maldición para su padre
por permitírselo. Débil. Su padre era débil. La casa Reigenbach fue en el
pasado una casa de reyes. Y ahora…
Es el último de sus hermanos, debía ser el mejor. Ahora no es nada, solo
el mejor cadáver en la tierra.
Era tan bueno como cualquier otro príncipe. Se merecía ser rey.
Veo a un nachtmahr acercándose a rastras a su esternón, riéndose
mientras le toca la cara. Veo a un cuervo aproximándose a saltos para
picotearle con curiosidad la oreja.
Débil. No puede detenerlo. Le aplastan el aire de los pulmones.
Débil. Justo como su padre.
Abre los ojos de repente. Atrapa al cuervo, le rompe el cuello con una
mano. El nachtmahr chilla, su forma se retuerce y, de repente, ya no es un
hombrecillo, sino un cuervo medio podrido.
Mira al soldado esperando sus órdenes.
El soldado se sienta erguido; una llama zafiro le recubre las heridas. Y
ahora… veo ese mismo azul ardiendo en sus ojos.
Nació para llevar una corona, aunque deba conseguirla por sí mismo.
Ahora lo veo matar a un animal tras otro para los nachtmaren; cambia sus
vidas por actos malvados y migajas prestadas de poder. Con una marmota
compra la muerte del general; con un zorro, la de su padre; con una cabra, la
de la emperatriz; hay demasiadas para contarlas. Ahora lo veo jurando
mantener gordos a los nachtmaren con sueños terribles mientras lanza a sus
soldados batalla tras batalla para establecer las bases de un reino y reclamar lo
que debería haber sido suyo desde el principio.
Ahora veo al margrave de pie en el estudio, delante de mí, estirando el
brazo…
Oigo un grito que suena como un gato y una niña y una mujer a la vez, y
un borrón de pelaje negro y ojos rojos entra en el estudio detrás de mí. Salto y
suelto con ganas la copa.
El borrón sube por las piernas de Adalbrecht arañándolo mientras él grita,
da un par de vueltas alrededor de su torso y luego se lanza hacia el escritorio,
haciendo volar los papeles. Es Ragne. Ragne me ha salvado.
Sale disparada hacia la repisa de la chimenea sin dejar de maullar y baja
rasgando un tapiz hasta meterlo en el hogar. Las llamas roen con ganas los
lobos bordados. La alfombra que cubre el suelo empieza a echar humo

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también. El golpe de gracia final de Ragne es tirar la jarra de agua de camino
a la puerta, con lo que Adalbrecht no tiene con qué apagar el fuego.
—Iré… iré a buscar ayuda —jadeo, y salgo corriendo del estudio
pisándole los talones a Ragne. Creo que Adalbrecht grita algo detrás de mí,
pero cuando me atrevo a mirar está intentando apagar las llamas a pisotones,
sin resultado.
El pasillo es mucho peor que el estudio. Veo fantasmas, veo recuerdos,
veo lo que los Von Reigenbach han hecho aquí y las cicatrices y las manchas
que han escondido sin más detrás de retratos: todo queda expuesto por las
Lágrimas de Augur. No me siento borracha, pero sin duda no me siento
estable tampoco; las paredes cambian a mi alrededor a través de siglos de
renovaciones.
Me acerco a trompicones al pasadizo de los criados más cercano. Está
desierto, como esperaba. Todo el mundo está ocupado sirviendo a los
invitados y ahora entiendo por qué Adalbrecht dejó inconscientes a los dos
guardias de servicio.
Los pasillos oscuros y estrechos son una ligera mejora, pero al fin llego a
mi habitación en el ala del río. También rebosa de fantasmas y puedo oír
todas y cada una de las motas de polvo que flotan en el aire, cada costura en
la tela de la colcha, cada espiral de escarcha que cubre las ventanas heladas.
Caigo de rodillas, temblando, y luego me acurruco en el suelo. ¿Cómo
voy a sobrevivir una hora así? Quiero que el mundo se estabilice, quiero
volver a sentirme a salvo, quiero que venga mi madre, cualquiera de ellas…
Me detengo antes de que el ruego silencioso se manifieste por completo.
Conozco el precio. No lo pagaré. Nunca.
Algo suave me empuja la mano.
—No, tienes que levantarte —maúlla Ragne—. Estás enferma, necesitas
ayuda.
Abro los ojos. Es complicado mirarla, como cuando en Lähl el nachtmahr
se dividió en mil versiones de sí mismo al oír las campanas. Solo que las
formas de Ragne son diferentes y las veo todas a la vez, ancladas por dos
puntos gemelos de un rojo ardiente. Una luna cuelga sobre su cabeza, crece de
oscura a llena.
Veo sangre en la nieve, una bolita de sombras que se retuerce acunada en
las manos frías de Eiswald. Veo a Ragne rodando y gateando con las bestias
del bosque, aprendiendo sus métodos y sus formas, pero sin acabar de
asentarse. Su madre es una diosa menor y su padre es humano, y ella no es

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una cosa ni la otra; no es familia de nadie y no pertenece por completo a
ningún mundo.
Oigo su emoción por adentrarse conmigo en el mundo de su padre,
cantando con cada latido de su corazón.
Oigo su decepción cuando la primera humana a la que conoce solo
obedece al oro y únicamente quiere salvar su propio pellejo.
—Me ayudaste —susurro—. ¿Por qué?
—Porque eso es lo que la gente hace —dice, como si fuera lo más obvio
del mundo—. Los humanos lo complicáis todo. Arriba, venga. Has bebido
demasiado.
Me siento muy pesada.
—Siento haberte gritado. Estaba enfadada, pero no fue culpa tuya. Fue…
cruel.
Ragne no responde durante un momento. Creo que la veo mover la cola.
Al final, dice:
—Fue cruel, pero tus madrinas son crueles y creo que la Gisele te hizo
daño. Pero no vuelvas a hacerlo. Levántate, por favor.
Ruedo por el suelo. La habitación da vueltas. En algún lugar por encima
de mí, una pareja discute en una época cuando esto era una habitación de
invitados. Veo el volcán que expulsó la lava que se convirtió en la piedra que
se despeñó por las montañas hasta que la desenterraron y la cortaron en
cuadrados para construir la pared de debajo del yeso.
—Es demasiado —resuello.
Ragne me da otro golpe en la mano con la cabeza.
—Iré a buscar ayuda. Te quedan unas horas antes de que esto llegue al
corazón y te mate.
—Ah. Genial.
—Me daré prisa —promete. Y entonces se marcha.
—¿Señora? ¿Puedo hacer algo? —pregunta Poldi desde la chimenea. Me
tapo los ojos.
—Quédate aquí. He tomado Lágrimas de Augur y si veo a tu auténtico yo,
creo que se me romperá el cerebro.
—En eso tiene razón. Cuidado con lo que diga. Mientras las Lágrimas la
retengan, solo dirá la verdad.
Menuda nueva complicación tan divertida y terrible.
Cada segundo que paso tumbada allí con los ojos cerrados, la verdad
escarba en mis otros sentidos con más saña. Oigo el viento en los bosques de

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la madera con la que se hizo el cabecero de la cama. Saboreo las mentiras de
Irmgard como leche agria. No puedo…
No puedo quedarme así.
Me obligo a levantarme. El suelo sí que parece oscilar. Me tambaleo para
agarrarme a un poste de la cama, alzo la mirada y me encuentro con…
El espejo del tocador.
Me veo a mí misma.
Veo mi rostro debajo de las perlas, veo el vestido mal puesto porque no
me queda bien; le quedaría bien a Gisele, todo esto es para Gisele y yo solo
soy una ladrona y una mentirosa y demasiado cobarde para ser… yo misma.
Veo la mano de Muerte y la mano de Fortuna, una en cada hombro. Veo a mi
madre biológica detrás de mí, con el mismo aspecto que tenía la noche en que
me abandonó en el bosque y los fantasmas sin forma de mis hermanos detrás.
Una luna se cierne sobre mi cabeza: menguante, de llena a nueva. A la
inversa que la de Ragne. La marca de Eiswald.
Veo una lágrima sangrienta y maligna debajo de mi ojo derecho; las venas
se extienden desde ella y brillan por todo mi cuerpo, hacia las perlas de los
tobillos, hacia el ombligo, a otra decena de lugares. Cuando aprieto un dedo
en el brazo, siento un bulto, un nudo que no estaba ahí, a la espera de
atravesar la piel.
En el espejo, las venas se hinchan con cada latido del corazón, brillando
de un escarlata más intenso. Me surgen rubíes y perlas de la columna, de los
ojos, de las cicatrices; me ahogo en gemas hasta que no queda nada.
Nada excepto mi codicia.
Es un reflejo, insiste la cobarde que hay en mí, solo un reflejo… Solo el
espejo y el veneno, nada más.
No sé si es real, pero lo importante es que es cierto.
Me caen lágrimas de los ojos y, en el espejo, son como perlas.
No hay ninguna prinzessin. Ninguna Marthe. Ningún Pfennigeist. Da
igual cuántas cartas interponga entre el resto del mundo y yo, da igual cuántas
mentiras cuente, cuántas vidas robe: nunca será suficiente. Nunca podré huir
del fantasma en el espejo.
Nunca podré huir de ella, porque me atormento a mí misma.
Me veo como soy: una chica asustada, sola en un mundo cruel,
abandonada por familia y amigos; una chica que preferiría convertirse en una
piedra manchada de sangre antes que permitir que alguien se acercara lo
suficiente para dejarle más cicatrices.

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Una chica que preferiría morir antes que servir a otra persona. Incluso a
mí misma.
Y eso me está matando.
Las lágrimas arden cuando me caen por la cara. No puedo seguir mirando.
Ragne aún no ha regresado. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Dijo que me
quedaban horas. A lo mejor le ha pasado algo. A lo mejor no puedo esperar.
Adalbrecht intenta matarme. ¿Cuánto tardará en llegar a mi puerta?
No puedo quedarme aquí. Necesito… necesito ayuda.
Todas mis opciones tienen un precio. Lo único que puedo hacer es elegir
cuál pagaré.
No puedo hacerme esto. No puedo.
Necesito ayuda.
Necesito salir de aquí.
Cambiarme de vestido es un proceso largo y tortuoso (mientras veo las
manos que hilaron el hilo que… ya me entendéis) e implica tropezarme con
muchas cosas. Creo que pierdo al menos diez minutos mirando un tapiz. Para
cuando me he puesto un vestido sencillo y una capa, ha anochecido y la luna
creciente atraviesa la costura negra del cielo.
Casi estoy delirando. Veo ruedas en las estrellas, veo ojos en las paredes y
quizá sea la verdad, pero para mí carece de sentido.
Decido ir por el pasadizo de los criados porque, a este ritmo, me quedaré
atrapada en los enrejados, mirando las rosas muertas hasta congelarme.
Fantasmas y recuerdos me ven pasar y juraría que las escaleras me llevan en
una espiral, pero… he recorrido este camino mil veces. Sé lo que hago.
Tengo que saber lo que hago.
Sin embargo, cuando atravieso la salida al final de las escaleras, me doy
cuenta de que debería haberme arriesgado con las rosas.
El frío de la noche es amargo, y la escarcha es más espesa aquí en la base
de la cascada, donde se han acumulado capas de niebla congelada. Y el
camino estrecho que atraviesa la cortina de agua está cubierto de hielo.
Me quedo quieta un momento, preguntándome si respiro con jadeos cortos
y ásperos por las escaleras o porque las Lágrimas de Augur se están
acercando al corazón.
Necesito ayuda. Y no puedo quedarme aquí.
Piso el camino helado.
Yssar, el mismísimo dios menor, me observa desde debajo de la superficie
de su río; veo esa verdad. No tengo ni idea de lo que piensa cuando doy cada
paso como una cirujana borracha intentando coser una herida mientras

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procuro ignorar los eones de historia, los encuentros secretos y los asesinatos,
y a la gente normal y corriente recorriendo este sendero antes y después de
mí.
Tendría que haber sabido que era una misión imposible. No llego ni a la
mitad antes de resbalar.
No hay margen de error con la cascada. El pie se desliza y yo me deslizo,
y, antes de que pueda gritar, he caído.
No es una caída larga, pero es muy fría y el martilleo de la cascada me
hunde hasta el fondo rocoso del río. Los pulmones se contraen por voluntad
propia de la conmoción e intentan tomar aire, pero solo engullen espuma
asfixiante. Me sacudo y me dirijo hacia arriba hasta que llego a la superficie,
vomitando, y solo consigo una respiración a medias antes de que dos
corrientes me desgarren y me arrastren de vuelta a la cascada y me alejen de
ella al mismo tiempo. Me arden los pulmones, me hierven, y solo quiero
respirar; una parte animal de mí entra en pánico…
Otra parte distante de mi ser se siente un poco culpable por desear que
esto le ocurriera a Emeric. No sé qué me molesta más: que quizá muera aquí
por culpa de mis terribles decisiones o que, con las Lágrimas de Augur
recorriéndome la sangre, sepa que esta culpabilidad no es mentira.
Algo sobre ese fastidio me estabiliza. Es como si llevara No te dejes llevar
por el pánico tallado en los huesos, y en eso, al menos, puedo confiar.
Primero tengo que alejarme de la cascada o no podré salir nunca.
Chapoteo y doy patadas hasta que el tirón de la cascada disminuye. Algo se
aprieta contra mi espalda y me ayuda a alzarme a más velocidad. Llego a la
superficie.
Oigo voces sobre mis toses violentas y soy un poco consciente de que me
arrastran a un muelle cercano. Luego unas manos me agarran para sacarme.
Por debajo del agua, veo el borrón oscuro del morro de una nutria con ojos de
un rojo reluciente. Al final Ragne encontró ayuda.
Tiran de mí hasta los tablones robustos del muelle, donde me desplomo en
un montón empapado. Me ponen un abrigo tan grande que da risa alrededor
de los hombros.
Cometo el error de permitir que mis ojos se posen en la lana.
Veo a un hombre, grande como un oso, atravesando una ciudad junto al
mar mientras los árboles desprenden hojas doradas y rojas por el viento. Veo
a un chaval deteniéndole al salir de una taberna; lleva una mochila demasiado
grande para un niño de ocho años y el pelo bien peinado; los ojos marrón
oscuro y tan duros como el pedernal se esconden detrás de unas gafas

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enormes. Oigo al chaval decir que tiene una petición para los tribunales
celestiales.
Veo al chaval marcharse con el hombre, el recluta más joven en la historia
de los prefectos.
Y los otros reclutas no permitirán que lo olvide. El chico puede seguir el
rastro de un crimen, conectar hechos que otra gente no ve, pero no entiende
por qué sus compañeros de clase no quieren comer con él. No entiende por
qué su profesor no consigue contener un suspiro cada vez que alza la mano,
ya que ¿no debería saber la respuesta? No sabe que debe mirar por donde pisa
hasta la tercera vez que tropieza en la biblioteca y todo el mundo lo mira
riéndose a escondidas detrás de los libros mientras recoge sus carboncillos
rotos.
Así es como aprende que saber las respuestas no es suficiente.
Veo al hombre entregarle su abrigo y la chaqueta de su uniforme años más
tarde, cuando el chico hace historia de nuevo: la persona más joven en pasar
el primer rito de iniciación.
Veo el abrigo y la chaqueta quedarse con Emeric hasta que llega a
Minkja.
La vergüenza me inunda. No debería ver esto. No soy quién para saberlo.
—… Schmidt. ¿Puedes oírme, señorita Schmidt?
—Tiene que entrar en calor lo antes posible.
Una mano más firme en los hombros me mantiene erguida, aunque esa
voz envía otro escalofrío a mis entrañas.
Si hay dos personas en el Sacro Imperio de quienes no quisiera ver toda la
verdad, esas serían Emeric Conrad y Gisele von Falbirg.
Me tapo los ojos con las manos mientras me castañean los dientes. Intento
encontrar las palabras, pero me salen estranguladas y atrofiadas.
—No puedo… no puedo miraros.
Emeric maldice en voz baja y puedo oír las emociones que contiene esa
imprecación como si la diseccionaran sobre una mesa: enojo, desconfianza,
urgencia, preocupación, miedo.
—El veneno se ha extendido demasiado. No llegará al Gänslinghaus. —
Huelo y saboreo el aceite de enebro y la ceniza de bruja—. Señorita Schmidt,
esto… esto no será demasiado agradable, lo siento. Pero tienes mi palabra de
que te ayudará. ¿De acuerdo?
—¿Qué te deberé? —digo arrastrando las palabras.
Oigo su desconcierto en el silencio, hasta que dice:
—Nada.

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Y lo dice de la misma forma que Ragne afirmó que la gente se ayuda entre
sí, como si tuviera que ser tan evidente como la nariz en mi cara. Y la verdad
más fea de esta noche es que me gustaría entenderlo.
No soy una buena persona.
No sé si lo digo en voz alta. Todo se escabulle de entre mis manos.
—Señorita Schmidt… —Me quita una mano de la cara—. En serio. Eres
demasiado exasperante como para morir aquí. Te voy a cortar el dedo un
poco, ¿lo entiendes?
Me obligo a asentir, temblando y con los ojos cerrados. Noto un pinchazo
de dolor en la punta del índice izquierdo. Oigo que Emeric respira hondo,
como si se preparara. Y luego dice:
—Te juro que esto ayudará. Y debería ser rápido.
¿Alguna vez has notado el pinchazo de una astilla, la has mirado y te has
dado cuenta de que va a doler casi lo mismo al extraerla?
¿Alguna vez has tirado de un hilo suelto, solo para ver que la tela se junta
y se arruga?
¿Alguna vez has mirado las venas y las arterias de tu mano y te has
preguntado cuántas se ramifican a través del cuerpo, frágiles e
inconmensurables como raíces en el suelo?
Ahora imagínate que esa delicada red de vasos sanguíneos está llena de
astillas y que todas se extraen de la misma forma en que tirarías de un hilo
suelto, y que y los nervios son la ropa que se arruga a su paso.
Así es como descubro que el prefecto júnior Emeric Conrad tiene un don
para los eufemismos, porque no será demasiado agradable ni siquiera
empieza a abarcar lo que se siente. La única suerte es que es rápido,
demasiado rápido para resistirme. Si Gisele no me estuviera sosteniendo
derecha, me habría desmayado en el Yssar.
Se oye un desagradable esplaf y de repente es como si hubiera pasado de
estar atrapada en un teatro ardiendo mientras la orquesta sigue tocando por
encima de los gritos a caer en un montón de nieve en medio de un bosque
vacío. Todo parece amortiguado, embotado, ahora que ya no saboreo el
sonido del infinito y esas cosas.
Schit, hace frío.
Abro los ojos y veo un charco asqueroso en el muelle, veteado con la
sangre que sigue chorreando de mi dedo. El corazón me martillea contra las
costillas, sigo jadeando para atrapar el aire y, en general, siento que todo mi
ser está mareado, pero es un tipo de dolor familiar y mundano.

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Un copo de nieve grueso aterriza en mi mano y se derrite. Parpadeo a
tiempo para que otro se enganche en una pestaña. Pues claro que la primera
nevada ha caído hoy.
—Dime —dice Emeric, con vacilación— que no bebiste Lágrimas de
Augur para intentar curarte de la maldición.
Niego con la cabeza y me arrebujo más en el abrigo. Por fin permito que
mis ojos se posen temblorosos en Gisele y en él.
—Adalbrecht… i-intentó matarme… a mí o a Gisele… pensaba… ¿Q-qué
te pasa?
Detrás de las gafas, a Emeric los ojos le brillan de un modo extraño… No,
es un resplandor. No parece el fulgor de los ojos azules y ardientes de
Adalbrecht, más bien es como los de una bruja del seto cuando come ceniza
de bruja, con el blanco de los ojos y todo, como si fueran los faroles del
cráneo. Es sorprendente, pero tiene el rostro pálido cubierto de sudor, incluso
en esta noche de nevada, y se le han quedado pegados unos cuantos mechones
de pelo fuera de lugar. Ni siquiera ha intentado apartarlos.
Sin embargo, Emeric le resta importancia con un gesto y se pone de pie
con un esfuerzo inusual.
—Luego te cuento. Te vamos a llevar al Gänslinghaus antes de que
mueras congelada.
Ragne sale del agua, temblando y goteando, hasta que se convierte en un
caballo negro enorme. Luego se arrodilla, agitando la cabeza. El mensaje es
claro: Sube.
Espero una queja sobre caballos por parte de Emeric, pero no llega. Gisele
y él me agarran cada uno por un hombro, pero es Gisele quien alza gran parte
del peso.
No sé lo que se ha hecho Emeric, pero está en peor forma de lo que quiere
admitir.
Todo se vuelve gris y se difumina cuando intento levantarme, pero acabo
derrumbándome. Oigo voces como si fuera a través del agua, como si
estuviera de vuelta en el Yssar, pero no suenan asustadas, solo tensas.
Distingo la voz de Gisele:
—… te veré allí. Vete.
Luego veo unos ardientes ojos rojos y una crin negra y acabo sentada de
lado sobre una cruz ancha. No me sostengo erguida. Nieva con más fuerza y
los copos giran en espirales ebrias como el pan de oro en las Lágrimas de
Augur.

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El mundo se sacude y se levanta de golpe, pero puedo apoyarme en algo
cálido y firme; un brazo me sujeta por delante y otro por la espalda, con los
dos puños agarrados a la crin de Ragne. El último pensamiento que tengo
antes de desmayarme es que, si yo fuera otra persona, aquello hasta sería
agradable.

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CAPÍTULO 18

Mantén más cerca a tus enemigos

A través del pesado sueño plomizo, oigo una voz, suave como el terciopelo
e inevitable.
—Intentábamos ayudarte.
Creo que una mano se posa sobre mi frente y me aparta el pelo. No lo sé.
Voy a la deriva en la niebla.
—Te vimos sufriendo en el castillo Falbirg —prosigue Muerte—. No
podemos mantener a los mortales mucho tiempo en nuestro reino, eso lo
sabes. Pero si juraras servir a una de nosotras… podríamos protegerte.
Podríamos haberte sacado de allí.
Una pausa larga. El peso de su mano casi duele, no porque sea pesado,
sino porque lo he ansiado durante mucho tiempo.
—No entendemos a los mortales. No podemos, en realidad, para hacer
nuestro trabajo. Pero creíamos saber lo que pedíamos. Aunque no supimos lo
que te pedimos… a ti.
Muerte aparta la mano.
—Los dioses no se equivocan, menores o supremos. No podemos cometer
errores ni retirar nuestros acuerdos. Mientras seas nuestra, habrá un día en que
tendrás que decidir a quién servir. —Suspira—. Fortuna y yo dejaremos de
presionarte por ahora. Podemos esperar.
Abro los ojos.
No sé lo que esperaba al despertar, pero no eran las paredes de una
bañera.
Tampoco esperaba despertarme sudando. Sobre todo porque al parecer
llevo puesto un camisón grande y poco más. Pero me han envuelto en una pila
de mantas y el aire fuera de ellas parece cálido sin motivo.
No veo a Muerte por ninguna parte. Estoy sola en una habitación sencilla
y oscura, poco más grande que un armario, con una chimenea que va del

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suelo al techo. La combinación, el vestido, las medias, la blusa y la capa
cuelgan de una cuerda cerca de ella.
El pánico se aferra a mi garganta hasta que noto un peso familiar en el
bolsillo del vestido. Al menos, atontada como estaba, me acordé de meter ahí
las perlas.
Oigo unos susurros que proceden de debajo de los tablones del suelo,
demasiado amortiguados para entender las palabras. Creo que recuerdo oír
algo sobre llevarme al Gänslinghaus, pero hay demasiado silencio… o quizá
sea más tarde de lo que creo.
Poco a poco, me levanto dolorida de la bañera. Una parte de mí se muere
de ganas por escabullirse a escondidas, por huir del ajuste de cuentas que me
espera. Pero, si algo vi con las Lágrimas de Augur, fue que no puedo
escaquearme de este lío por mi cuenta.
Vestirme es más complicado de lo que esperaba y bajar las escaleras es
peor. La conversación entre susurros se acalla con el primer crujido de los
peldaños.
Dos rostros se giran hacia mí cuando entro cojeando en la cocina,
iluminada solo por un farol y las brasas: Ragne, sentada en la encimera y
ataviada con otro camisón, y Gisele, de pie sobre una tetera humeante junto al
fogón. Hay alguien acurrucado en la larga mesa y estoy bastante segura de
que se trata de Emeric, dormido encima de una pila misteriosa de papeles
doblados.
—Decidme que no me ha desvestido él —grazno.
—Ese chico se ha desmayado como un minuto después de traerte a
rastras. —Joniza no alza los ojos de donde está sentada en el otro extremo de
la mesa, fulminando con la mirada un papel; se ha recogido las trenzas
adornadas con oro sobre la cabeza. Conozco ese semblante pensativo: está
trabajando en una nueva canción—. Aunque como durmió en la bañera el
lunes por la noche, podríamos decir que has estado en su cama.
—Puaj.
—¡Estás mejor ya! —dice Ragne con alegría, pero luego se encoge,
avergonzada, y baja la voz—. Me han dicho que no gritase.
—No te preocupes. Los niños ya estarán dormidos. —Gisele sonríe, con
las mejillas sonrosadas por el fogón. Luego se gira hacia mí y el invierno la
vuelve fría como una piedra—. ¿Te gustaría decirnos algo a Joniza o a mí
antes de que despierte a meister Conrad?
Joniza alza la mirada y su rostro dice claramente: A mí no me metas.

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El estómago se me encoge con un dolor viejo y resentido. Sé que le he
hecho esto a Gisele, pero no tiene derecho a actuar como si no lo hubiera
hecho también por ella. Recuerdo lo que dijo exactamente en una orilla
fangosa hace un año. Recuerdo cómo suplicó.
Las perlas rebotan en silencio contra mi muslo.
—Bebí un veneno que iba dirigido a ti —replico con la misma frialdad—.
De tu prometido. Eso es lo que tengo que decir.
—¿Alguien quiere un té? —pregunta Joniza con inocencia, apartándose
de la mesa.
—Sí, por favor.
Todas damos un salto cuando Emeric se endereza y tira por accidente un
montón de papeles. Se sube las gafas al pelo y se frota los ojos.
—Yo también.
Cuelgo la capa de un gancho y me dirijo al estante de las tazas. Una mota
de hollín estalla en la primera que tomo y se esconde detrás del fogón,
siseando. Supongo que aquí no hay ningún kobold que las mantenga fuera.
Gisele pasa a mi lado empujándome con el hombro y saca una taza con
toda la intención del mundo.
—Yo me preparo el mío.
Si pudiera poner los ojos en blanco con más fuerza, lo oirían desde
Sovabin.
Un minuto más tarde, le doy una taza de té a Emeric y me siento frente a
él (¿hace falta que sepa que le ha tocado la taza con la mota de hollín? Para
nada). Levanta la cabeza de las manos, con cara de sueño.
—Gracias. ¿Algún… efecto extraño? —pregunta con la voz áspera.
—No me pidas que haga volteretas dentro de poco —respondo con
seriedad—. ¿Qué te ha pasado?
—Se supone que, en teoría, no puedo hacer magia hasta completar los
ritos de iniciación para ser prefecto —admite, colocándose las gafas de nuevo
en la cara—. La ceniza de bruja que usamos tiene una especie de, eh, efecto
rebote. Solo nos dan el hechizo para minimizarlo después de la segunda
iniciación, para que los tontos como yo no vayan despilfarrándolo dos días
seguidos. Es solo para emergencias —arruga la nariz—, y entre el nachtmahr
y las Lágrimas de Augur, ha habido un número inaudito de emergencias.
—Pues ha sido muy valiente por tu parte que te arriesgaras por Vanja. —
Gisele se acomoda en una silla junto a él.
Emeric sacude la cabeza mientras Ragne se sienta en un taburete a mi
lado.

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—Eres muy amable, pero no creo en la valentía, solo en las alternativas
desagradables.
—No tan desagradables —musita Gisele a su té.
—No tengo por qué estar aquí —le replico—. No te debo nada.
Ragne ladea la cabeza en mi dirección.
—Te morías —dice, como si se lo explicara a una niña pequeña—, muy
mal, mucho.
—Vale, sí…
—Te envenenaron y casi te ahogaste, y si no hubieras venido aquí
seguramente te habrías congelado…
—Lo pillo, Ragne.
—Estás aquí porque no tienes ningún otro sitio al que ir —dice Gisele con
frialdad—. Así que un poco de gratitud no te matará.
Joniza se aclara la garganta. Ha vuelto a centrarse en su canción, pero
mantiene la cara de no me metáis en esto.
La mirada de Emeric pasa de Gisele a mí, evaluándonos como dos
borrachos peleándose en una taberna que podrían darse un puñetazo en
cualquier momento, hasta que endereza los papeles.
—Bueno, pues. Dado que el markgraf Adalbrecht von Reigenbach ha
intentado asesinarnos a los dos e, indirectamente, a la princesa Gisele, creo —
tuerce la boca como si hubiera mordido un limón podrido— que la
cooperación nos interesa a todos.
—Vaya, pero si estás tan emocionado como un futuro novio —bromeo. Él
me mira con arrogancia.
—Estatuto del prefecto, artículo siete: «En el caso de que sea necesario
buscar la ayuda de un delincuente o un malhechor para una investigación, la
relación deberá ser lo más breve posible para evitar corromper las pruebas, el
carácter o el juicio del prefecto». Colaborar con una delincuente como tú
debería ser mi último recurso. El objetivo de nuestro trabajo es cerciorarnos
de que la ley se aplique a todo el mundo, no ignorarla cuando nos resulte
conveniente.
Algo en su forma de decir «delincuente» me molesta. No es repugnancia,
sino algo más cercano al rechazo. Antes de que pueda evitarlo, ya le estoy
replicando.
—Ay, no, no quiero decepcionar a papi Klemens.
Emeric se encoleriza más de lo que esperaba, pero se controla y bebe un
sorbo de su taza.

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—Hubert estará más interesado en los resultados. Además, esto es lo
normal para nosotros. Yo llego primero, con pinta de ser un pusilánime sin
experiencia, y resuelvo el caso porque todo el mundo se traga la jugada y baja
la guardia.
El exactamente como hiciste tú es implícito. Mi decisión de darle la taza
con la mota de hollín está justificada por completo.
—Así que, nos guste o no, me parece que ninguno está en situación de
rechazar ayuda ahora mismo, sobre todo la señorita Schmidt. Por lo menos
deberíamos empezar compartiendo lo que sabemos. ¿Os parece aceptable?
—Vanja, primero —dice Gisele de inmediato—. Porque, si habla la
última, es posible que nos extorsione por lo que sabe.
—Eh, vale —digo. Emeric hace un ruido de exasperación, pero yo me
encojo de hombros—. ¿Qué? Está aprendiendo.
Él saca otro carboncillo de debajo de los papeles y una hoja del montón.
—Empieza por el margrave.
Llevo el pelo suelto sobre los hombros, así que lo divido en dos partes y
empiezo a trenzarlo para mantener las manos ocupadas.
—Le propuso matrimonio a Gisele el año pasado, envió soldados a
recogernos y, cuando llegué a Minkja, ya se había ido al frente. No supe que
iba a regresar hasta que su mensajero apareció el domingo y declaró que la
boda sería dentro de dos semanas.
—Eso… —empieza a decir Gisele, pero se cruza de brazos y aparta la
mirada, como si no quisiera darme más credibilidad de la estrictamente
necesaria.
—¿Princesa Gisele? —la anima Emeric, pero ella sigue sin mirarme.
—Me parece, no sé, demasiado rápido. Es el noble más poderoso del
imperio meridional y Sovabin es un principado real, aunque sea minúsculo.
Una boda como esa debería llevar meses de preparativos.
—Una boda precipitada y aun así intenta matar a la novia antes de tiempo.
Interesante. —Emeric apunta algo y me mira de nuevo—. Quizás haya
cambiado alguna cosa. Háblame del envenenamiento. ¿Viste algo con las
Lágrimas que pudiera ser útil?
Se lo resumo, desde cómo Adalbrecht protege a los Von Hirsching hasta
su insistencia en que bebiera las Lágrimas. Y entonces me acuerdo. Me
levanto de repente de la silla y doy un golpe en la mesa.
—¡Sus ojos!
Joniza me manda callar.

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—Te juro que no voy a pasarme otra hora tocando nanas si esos
monstruitos se despiertan.
Bajo la voz y me inclino hacia ellos.
—Hay un cuadro de sus hermanos y de él cuando eran niños. Todos
tienen los ojos castaños. Y los suyos ahora son azules. Con las Lágrimas,
brillaban como un nachtmahr y tenía la cabeza de un caballo y había una
calavera en su estudio y…
—Espera un momento. —Emeric alza la mano, escribiendo con frenesí—.
¿Tenía qué?
—La cabeza de un caballo. Como el mahr que nos atacó, pero clavada
sobre los hombros. —Le describo la visión de Adalbrecht muriendo en el
campo de batalla, de los nachtmaren, de los animales muertos. Luego
chasqueo los dedos—. Y la noche que intentaste sorprenderme, me atacó un
mahr en el castillo.
—Pero un kobold debería mantenerlos fuera —dice Gisele con recelo.
Su recelo es contagioso, porque Emeric me mira con escepticismo e
indignación, como si les estuviera haciendo perder el tiempo con una mentira.
—Estoy terriblemente familiarizado con el kobold del castillo
Reigenbach, señorita Schmidt.
Me tenso y retrocedo. Noto algo en la garganta. Sé que los dos tienen
motivos para dudar de mí, pero siento un pánico antiguo y asfixiante, porque
estoy contando la verdad para variar y nadie me cree. Me pilla como quien se
salta un escalón y, por un momento, estoy ante los Von Hirsching, jurando en
vano que no soy una ladrona.
Ragne se levanta a mi lado.
—Yo también vi al mahr. Intenté despertar a la Vanja arañándola.
Me señala la muñeca, donde las líneas rojas se asoman por la manga, aún
tan frescas que se ven a la luz del farol.
El momento pasa. El pánico afloja sus garras.
—A lo mejor Adalbrecht lo metió dentro. No lo sé. —Me siento de nuevo
y le dedico un gesto incómodo a Ragne a modo de agradecimiento—. Ah. Y
su submayordomo, Barthl, me hizo entregar una carta sin remitente a los
Wolfhunden.
—Por eso estabas en el Madschplatt —dice Emeric.
—Eh… En parte. Estaba trabajando en la maldición. —Me pillo
rascándome la lágrima de rubí, pero me pongo a trenzarme el pelo de nuevo
—. La luna llena se acerca. En fin, que eso es todo lo que sé.

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Parece que Emeric quiere decir algo, pero cambia de opinión y pliega los
papeles de nuevo. En algún sitio debajo del montón encuentra una aguja
grande e hilo encerado con unas runas talladas en el carrete de madera.
—Gracias, eso ha sido útil de verdad.
—No hace falta que parezcas tan sorprendido.
—¿No? —Enhebra la aguja y empieza a pasarla por los agujeros
perforados en el pliegue de los papeles—. Ahora me toca a mí. Obviamente,
esto sería mejor si tuviera mis notas, pero alguien las quemó. —Me dirige una
mirada de resentimiento palpable—. Hace seis meses, la orden de los
prefectos recibió una pista anónima sobre la muerte del anterior markgraf von
Reigenbach. Según todos los registros, murió mientras dormía hace ocho
años, pero necesitábamos que el mayordomo del castillo lo verificara y no lo
encontrábamos por ninguna parte. Cuando Klemens y yo lo localizamos al
fin, había abandonado a su familia y amigos y se había retirado a Rósenbor.
—Eso está muy lejos para tener un retiro tranquilo —digo. Rósenbor es lo
más al norte que puedes llegar dentro del Imperio almánico.
Emeric tensa el hilo.
—Exacto. Se pasó tres días sin abrirnos la puerta. Al final nos dijo que,
cuando encontraron el cadáver del anterior margrave, los pies estaban… —
Hace una mueca—. Hechos pedazos. Había pisadas humanas de sangre que
iban de la cama a la ventana, que estaba cerrada por dentro.
—Así que un nachtmahr lo cabalgó hasta matarlo. —Joniza ha
abandonado sus letras por ahora y se acerca más a Gisele.
—Eso parece. Según Klemens, no teníamos pruebas suficientes para
invocar al tribunal celestial, pero el markgraf Adalbrecht llamó la atención de
la orden hace un tiempo. Está endeudando su marca para financiar las guerras,
la guardia de la ciudad de Minkja es como su pandilla personal, no gana casi
nada por aliarse con Sovabin…
—Entonces, para ti, ¿no se casa por amor? —Finjo sorpresa—. Las perlas
son muy convincentes.
Gisele deja la taza en la mesa con demasiada fuerza.
—Sí. Sí que lo son.
—En cualquier caso —añade Emeric a toda prisa—, en los últimos años
también ha habido rumores sobre que ninguno de sus soldados puede recordar
con claridad las redadas nocturnas, a pesar de que son sus batallas más
fructíferas. En conjunto, todo eso bastaba para abrir una investigación, así que
nos dedicamos al caso del Pfennigeist como tapadera.

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—Pero ¿por qué? —Joniza da golpecitos a un pergamino con su pluma—.
¿Por qué ha invitado a unos prefectos a su propia casa?
Emeric sacude la cabeza mientras ensarta el hilo por otro montón de
papeles plegados.
—Eso no lo sé. Mi mejor suposición es que mantiene a sus enemigos
cerca para controlar la información que recibe la orden. Tampoco sé qué
papel juegan los Wolfhunden aquí. Se ha movido dinero del tesoro de
Adalbrecht a sus arcas en el último día, un movimiento que no tiene nada que
ver con las nóminas, así que algo trama.
—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunto, fascinada. Emeric me mira durante
un rato largo, pasando el hilo por más agujeros.
—Creo que todos sabemos que no te lo voy a contar. Princesa Gisele,
¿algo que añadir?
Gisele observa su taza con la boca apretada en una fina línea.
—En las calles se habla de nachtmaren. Hemos visto más en la última
semana que en todo el año, pero nadie lo ha relacionado con el regreso del
margrave y nadie ha visto a una criatura como la que os persiguió en Lähl.
Además de eso… supongo que podría ver si hay algo raro en los invitados, si
consigues una lista.
Emeric deja los papeles y el hilo y ahora veo que empieza a cobrar la
forma de un nuevo cuaderno.
—En resumidas cuentas, creo que podemos asegurar con certeza que el
margrave está detrás de los ataques de nachtmaren y que su objetivo final es
algo ambicioso y desagradable. Ahora bien…
—No tienes pruebas —señala Joniza, y Emeric se pone rígido. La barda
solo se encoge de hombros—. O sea, tú eres el prefecto, ya lo sabrás, pero
parece tu palabra contra la suya. ¿Puedes usar como prueba lo que Vanja vio
con las Lágrimas?
Emeric se remueve incómodo.
—Es… complicado. Verdad asiste a todas las sesiones del tribunal
celestial, pero es, bueno, fluide, porque la verdad cambia para cada persona.
Elle solo puede confirmar si un testigo cree que su testimonio es cierto. Así,
pues, la señorita Schmidt puede testificar que cree que el margrave ordenó a
un mahr asesinar a su padre. El antiguo mayordomo puede testificar que
parecía que un mahr lo había matado. Pero eso no basta para demostrar que
murió a manos de un nachtmahr invocado por el markgraf Adalbrecht.
Y sé de buena tinta qué pasará si es mi palabra contra la de Adalbrecht.

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—Entonces necesitamos más pruebas. Lo único que tenemos por ahora es
un cuadro viejo de cuando era un niño miserable y estreñido, todo lo que
aluciné mientras estaba envenenada y un puñado de coincidencias.
—¿Y si no lo alucinaste todo? —pregunta Joniza—. Viste cómo dejó
inconscientes a los guardias con magia antes de entrar en el estudio, ¿verdad?
Me mordisqueo la punta del pulgar.
—Cierto. Aplastó algo como el cráneo de una rata.
Emeric se sienta más erguido, dándole vueltas al carboncillo.
—Algo como eso ayudaría. Como mínimo, quizás haya más pistas en su
estudio.
—Hay guardias en las entradas principales, pero puedo colarte por los
pasadizos de los criados —digo despacio—. Podríamos entrar durante el baile
del domingo. Al fin y al cabo, ya estás invitado.
Gisele frunce el ceño.
—¿Un margrave ha invitado a un plebeyo al baile de su boda? Parece una
trampa.
—Ah, no, es… bueno, es una especie de trampa, sí —confirmo. Intento
poner cara seria, pero fracaso por completo—. Es Adalbrecht siendo un
cabrón. Cree que júnior siente un interés inapropiado por ti. O sea, por mí
fingiendo que soy tú. ¿Por nosotras? Hubo un incidente durante el desayuno.
— ¿Un incidente durante el desayuno? —La voz de Gisele se agudiza
hasta convertirse en un chillido.
Las orejas de Emeric se vuelven rojas mientras clava la aguja de nuevo en
su cuaderno con una cantidad alarmante de entusiasmo.
—En cualquier caso. Sé lo que tengo que buscar, si la señorita Schmidt
puede llevarme al estudio.
—Pero la futura novia no puede abandonar su baile así como así —
protesta Gisele.
—Yo puedo ocupar el lugar de la Vanja —se ofrece Ragne. Luego
tiembla un poco… y, de repente, estoy mirando a la prinzessin vestida con un
camisón, incluida la lágrima de rubí debajo de mi… su… ojo. Ragne esboza
una sonrisa inocente e inquietante.
—¿Llevas todo este tiempo pudiendo hacer eso? —pregunto.
Ragne niega con la cabeza. Luego su cabello se vuelve pelirrojo y le salen
pecas por toda la cara, hasta que es como si observara un reflejo de mí misma.
—Crezco y menguo con la luna. Cuando sea luna llena, seré más poderosa
aún.

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Ahora que lo pienso, no está durmiendo tanto y mantiene formas más
grandes durante más tiempo.
—Es terrorífico —digo—. Pero ¿puedes hablar como yo?
Ragne se gira hacia el resto de la mesa y pone una mueca malvada.
—Soy la Vanja. Robo cosas y soy mala sin motivo.
Emeric sufre un ataque de tos repentino. Gisele y Joniza no ocultan nada y
se tapan la boca con las manos; casi se caen de la silla riéndose. Yo las
fulmino con la mirada.
—Mentira. Siempre soy mala por un motivo.
—Siempre soy mala por un motivo —me imita Ragne.
—Muy mona, pero aún tienes que mantener conversaciones triviales —
dice Joniza—. Ragne, ¿qué dirías si la condesa von Folkenstein te dijera que
está en estado?
Ragne parpadea.
—¿En estado de qué?
—¿Sieglinde está embarazada? —dice Gisele al mismo tiempo.
—He ahí tu respuesta. —La mirada de Joniza pasa de Gisele a mí—. Dale
las perlas. Gisele puede ser, bueno, ella misma.
Me sorprende cuando Gisele sentencia «no» al mismo tiempo que yo.
—¿No quieres las perlas? —pregunto con incredulidad. Gisele se aparta
de la mesa, negando con la cabeza.
—No mientras el margrave quiera matarme. No es seguro.
—Ya, mejor perder un penique rojo que uno blanco —replico con
frialdad.
—No he dicho eso…
—Es justo lo que has dicho.
—Yo puedo proteger a la Gisele —nos interrumpe Ragne, cambiando
hasta recuperar su forma humana, con el pelo de cuervo y los ojos rojos—. En
el baile. Puedo ser su doncella o un ratón, o casi cualquier cosa. Puedo
mantener a salvo a la Gisele.
Me dispongo a decir algo mordaz, pero me detengo. Gisele y yo tenemos
demasiados kilómetros de espinas entre nosotras como para cruzarlos ahora;
seguiríamos haciéndonos pedazos con gusto hasta el amanecer.
—Eso podría funcionar —digo al fin—. Supongo que las vas a llevar al
baile después de todo, júnior. —Pero entonces palidezco—. No. Un momento.
Irmgard estará allí. Si vas como invitada, te reconocerá sin las perlas.
Gisele se ruboriza.
—Entonces, ¿cómo voy a entrar?

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—Se está haciendo tarde. —Emeric ata el cordón—. Y a todos nos
vendría bien dormir. Mañana pensaremos en un plan. Volvamos a
reunirnos…
—No hemos acabado —le interrumpe Gisele con una frialdad repentina
—. ¿Qué le pasará a Vanja después de esto?
Entorno los ojos.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que el prefecto Klemens debería arrestarte —espeta Gisele
—. Me robaste el nombre, el prometido, el rostro y, al parecer, joyas por valor
de casi mil gilden. No vas a escaparte de esta.
Y así, sin más, volvemos a las espinas y me da igual cuánto sangre
siempre y cuando consiga enrollarle algunas alrededor de la garganta.
—Te robé un rostro que, para empezar, no te pertenecía —siseo—. Si
quieres recuperar a tu maridito, es todo tuyo. Y sí, te robé el nombre y
algunas joyas, pero yo a eso lo considero un pago retroactivo por lo que tu
familia me debe.
Gisele se pone de pie y apoya las manos en la mesa, alzando la voz.
—Tenías comida, ropa y un techo sobre tu cabeza. Mi familia te lo dio
todo.
Me levanto antes de saber lo que estoy haciendo, con una rabia explosiva
recorriéndome todas las venas. El mundo se contrae sin piedad hasta que solo
quedamos ella y yo en la habitación, el penique blanco y el rojo.
—Si vamos a llevar las cuentas, espero que haya una línea para las
cicatrices que tengo en la espalda. Espero que haya una línea para mi maldita
infancia, Gisele, porque tu familia me la robó y salió impune. A ti te cabrea
perder un año; a mí, perder una década.
Me mira fijamente, estupefacta y en silencio. Dioses supremos y menores,
qué bien sienta decírselo a la cara. Y lo mejor es que nadie en la mesa va a
socorrerla. Quiero que sienta ese miedo solitario y terrible. Quiero que lo
sienta en los huesos.
—¿Qué, no tienes ningún penique blanco para repartir esta vez? —espeto,
disfrutando demasiado de su estremecimiento—. Querías que me llevara las
perlas. Deberías suplicarme que no las tirara al Yssar en cuanto…
Un dolor espantoso me recorre la espalda. No puedo contener un grito y
me agarro a la mesa. Emeric se levanta de la silla.
Lo aparto con un gesto y me enderezo. Con dificultad, me palpo entre los
omóplatos. En efecto: los dedos encuentran un bulto duro de piedra, luego

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otro. No lo sabré seguro hasta que me mire en un espejo, pero por los bordes
angulares, deduzco que una hilera de rubíes me recorre la columna vertebral.
—No es nada —murmuro—, solo la maldición.
La escalera cruje y el rostro redondo de Umayya aparece para asomarse a
la cocina.
—¿Todo bien?
—Sí —miento—. Me voy. Mañana podéis esperar una visita caritativa de
la prinzessin para perfeccionar el plan.
Joniza se levanta de repente.
—Tengo que actuar hoy en Südbígn. Te acompañaré hasta el Göttermarkt.
—No hace falta —titubeo—. Ragne viene conmigo…
—No lo hago para ser maja —dice, recogiendo el abrigo de piel de zorro
—. Puedo meter a Gisele en el baile. Pero no te diré cómo hasta que me des
una maldita disculpa.

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CAPÍTULO 19

Vuelve a intentarlo

Caminamos hacia el Muro Alto en silencio durante un par de minutos, con


copos de nieve cayendo a nuestro alrededor y Ragne sobre mi hombro
convertida en un gato negro para poder dejar la ropa prestada en el orfanato.
Estoy intentando dilucidar por qué debería disculparme exactamente.
El hecho de que haya múltiples posibilidades es, quizá, parte del
problema. Al fin me aclaro la garganta y hago una conjetura.
—Siento no haberte buscado trabajo mientras fingía ser Gisele.
Joniza parpadea despacio.
—Vuelve a intentarlo.
Schit.
—Eh. Si-siento si usé lo que me enseñaste para robar.
Joniza resopla un poco.
—¿Crees que me importan esos ricachones llenos de mierda? Vuelve a
intentarlo.
—Siento si… —Me estoy quedando sin ideas—. ¿Si nunca terminé de
pagarte por los servicios de la bruja? Puede que lleve algo de cambio…
Joniza se da la vuelta cuando saco un penique blanco y unos cuantos
sjilling y tengo que agacharme para que no me dé con el koli sahalí de cinco
cuerdas que lleva atado a la espalda.
—El dinero me da igual —espeta. Luego me quita las monedas de las
manos—. Eso es una mentira. Dámelo. —Y desaparecen debajo de las pieles
de zorro.
Esta vez no hay un Vuelve a intentarlo, así que me preparo para lo que
llega.
—¿Tú sabes el miedo que pasé cuando llegué al castillo Reigenbach el
año pasado y me dijeron que Gisele no quería verme? —pregunta, paseándose
por la calle—. Pensé que ese cabrón rubio os había matado a los dos, hasta
que vi a Gisele en su carruaje. Luego me cabreé. Pensé que tendría un hogar

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aquí, con vosotras dos. No tenía dinero y casi acabé viviendo en la calle.
Estaba muy preocupada por ti.
—¡Pero estabas bien! —insistí—. T-te vi en Trader’s Cross, te observé
durante toda una semana ¡y estabas bien! ¡Estabas bien sin mí!
Joniza sacude la cabeza.
—No has aprendido, ¿eh? Supongo que no puedo culparte, no después del
infierno que viviste en Sovabin. Solo porque alguien pueda sobrevivir sin otra
persona no significa que no la quiera. Tenía mucho miedo por lo que ese
monstruo pudiera hacerte. Y luego, un mes después de llegar aquí, la
auténtica Gisele aparece en mi puerta y me lo cuenta todo. ¿Y sabes qué?
Comprendí por qué lo hiciste.
—¿En serio? —pregunto, sorprendida.
Durante un momento, Joniza se queda observando la hilera de faroles que
llevan al Muro Alto.
—Por muy mal que lo pasaras en el castillo Falbirg, el margrave habría
sido peor. Viste una salida y la aprovechaste. No te culpo. —Su mirada se
posa en mí—. Sí que te culpo por haberme menospreciado tanto que me
excluiste e intentaste hacer todo —agita la mano en mi dirección— esto tú
sola. Te podría haber ayudado. Y ahora mira en qué lío te has metido,
maldecida por una diosa y envenenada por un margrave y…
—Lo sé —refunfuño.
—No me interrumpas. —Lo dice en un tono calculado para recordarme
que me saca diez años—. Y no te quejes por haber acabado en el fondo de un
agujero que tú misma has excavado. Nada de lo que robes te pertenece de
verdad. Y aún tienes que responder por lo que arrebataste, por el daño que
hiciste. Incluso conmigo.
—La gente no deja de repetirme eso —musito—. Pero no dicen cómo
hacerlo.
Joniza exhala y su respiración se condensa en el frío. Tiembla a pesar del
abrigo de pieles. Nunca le ha gustado el frío.
—Venga, que voy a llegar tarde.
Otro silencio tenso fluye entre nosotras. Creo que, en teoría, tengo que
disculparme de nuevo, pero aún no sé qué decir. Sé cómo suplicar perdón y
hacer una reverencia y doblegarme como una buena doncella intentando hacer
su trabajo, pero no sé cómo disculparme de verdad.
Eso me recuerda otra cosa para la que no tengo palabras: Yannec. ¿Joniza
y él hablaban? ¿Sabe que está muerto?
Creo… creo que no se lo puedo contar. Esta noche no, al menos.

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—Tengo una pregunta —dice Ragne de repente. Noto que me golpea la
espalda con la cola.
Eso es raro. Ragne suele ser un libro abierto, pero esta es la primera vez
que la veo nerviosa.
—¿Sí? —la animo.
—¿Qué hago si me gusta una persona humana?
Joniza y yo intercambiamos una mirada ojiplática. Abro la boca y ella me
la cubre enseguida con una mano.
—Ni hablar. No dejaría que le dieras consejos sobre relaciones ni a mi
archienemigo.
—¿Tienef un afchienemivo? —farfullo contra sus dedos. Ella aparta la
mano.
—Sí. No deja de intentar eclipsarme cada vez que actuamos en el mismo
sitio. Lo odio. Y encima es tan guapo que debería ser ilegal. En cualquier
caso, Ragne, ¿te gusta esta persona como amiga o es diferente? ¿Cómo te
hace sentir?
Ragne se revuelve sobre mi hombro.
—¿Como flotando? Y siento calidez. Y quiero reírme mucho. Y quiero
poner la boca sobre…
—Vale, sí, lo hemos entendido. Estás colada hasta las trancas. —Joniza se
ríe con suavidad—. Bueno, los humanos son…
—¿Complicados? —sugiere Ragne. Joniza y yo nos reímos y es casi un
alivio.
—Sí —dice la barda—. Así que a veces tus sentimientos pueden
incomodarles, si no sienten lo mismo. Pero no siempre. Y otras veces sí que
sienten lo mismo. —Y entonces sonríe—. Y es ahí cuando puedes poner la
boca en el sitio que quieras.
—Puaj —musito.
—Dices eso como si no te hubiera pillado besando tu almohada y
fingiendo que era Sebalt, el mozo de cuadra.
Me tapo la cara con las manos.
—Cómo te atreves.
—¿Cómo sé si alguien siente lo mismo? —interviene Ragne. Por una vez,
me alegro de que sea de ideas fijas. Creo que Joniza se está relajando, pero
tengo mucho, muchísimo miedo de estropearlo.
—Eso también es complicado. —La barda arruga los labios—. Ese es el
secreto sobre los humanos, Ragne. Hay mucha gente muy, muy mala. Y
mucha más que no es ni buena ni mala. Pero a veces encuentras a una persona

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que es digna de ti, que ha demostrado merecer tu confianza. Y a esas personas
siempre puedes decirles cómo te sientes. Deberías hacerlo, de hecho, si
quieres que se queden a tu lado.
—Qué sutil —digo entre dientes. Joniza me da un golpe ligero en el
brazo. Y, de repente, noto un nudo en la garganta—. Te he echado de menos.
—Las palabras salen de mí un poco fragmentadas y no puedo detener la
avalancha—. Pensaba que habías pasado página y quería contentarme con
eso, pero te he echado mucho de menos y siento que estuvieras preocupada y
siento haberte apartado y siento…
Joniza me envuelve en un abrazo fiero y no hay más que decir.
Es la primera vez que me abrazan así en… no sé, mucho tiempo. Al
menos un año. Puede que más.
—Vale, vale —dice después de que nos hayamos secado la cara—.
Disculpa aceptada. Te prometí una forma para que Gisele entrara a hurtadillas
en el castillo. No hay baile sin música, ¿no? Pues el primer paso es que me
incluyas en las actuaciones…

—A-R-D-Î-M —le deletreo a Franziska la mañana siguiente mientras subo las


escaleras que conducen al ala de Adalbrecht—, con la tilde en la i, ya sabes,
uno de esos capuchones tan graciosos. Quiero que toque después de la firma
del contrato matrimonial pero antes de que se haga demasiado tarde.
—Sí, mi señora —dice la jefa de los mayordomos y lo anota en su pizarra.
Luego palidece al ver a dónde me dirijo—. Ah, prinzessin, el margrave quería
privacidad…
—¿Cómo dices? —pregunto con inocencia antes de abrir la puerta del
salón de Adalbrecht.
—… no sé por qué tenías que enven… —está diciendo el conde Von
Hirsching, pero se interrumpe. Adalbrecht y él están desayunando a solas, sin
un criado siquiera para quitar los platos—. Envolver… los… arreglos
florales… —dice con un titubeo— así.
Interesante. No es que me sorprenda que los Von Hirsching estén en el
ajo; me guardo el dato para decírselo a Emeric (puede que por un precio;
quien guarda siempre halla).
Adalbrecht, por su parte, ha empezado a ahogarse con el café en cuanto he
cruzado la puerta.

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—Ah, cariño. Me siento mucho mejor —gorjeo. Es solo una mentira a
medias. Físicamente, me siento como si me hubiera atropellado un carromato.
Emocionalmente… Bueno, el espanto que Adalbrecht intenta disimular ahora
mismo me está dando años de vida—. ¡He dormido muy bien! ¿Qué era esa
medicina? Vaya, me podría beber la botella entera.
Sin dejar de toser en una servilleta, el margrave alza una mano.
—¿Por qué no desayuna con nosotros, prinzessin? —dice el conde von
Hirsching con la sonrisa tensa de un hombre torturado por los modales.
Adalbrecht lo fulmina con la mirada, pero los ojos del conde están fijos en la
lágrima de rubí y se avivan como lo hicieron los ojos de su hija la tarde
anterior.
Suelto una carcajada tintineante y robo un panecillo dulce del plato de
Adalbrecht.
—No hace falta, no puedo quedarme. El otro día me encontré con un
orfanato adorable y pensaba llevarles dulces de Winterfast a los niños y pasar
un rato con ellos. Son muy listos. Tienen tanto potencial.
—Qué encantador —resuella Adalbrecht, aún ruborizado. Sin embargo,
no me lo va a discutir si con eso consigue sacarme del salón. Y eso me da otra
idea.
—¿He oído que hay un problema con las flores? ¡Franziska estaba aquí
hace un momento! —Cualquier excusa para retrasar su pequeña sesión de
maquinaciones con una testigo. Por encima del hombro, grito—: ¡Franziska!
¡FRANZISKA! ¡El margrave te necesita!
—No te molestes —gruñe Adalbrecht.
—¡Pero queremos que esté todo perfecto! ¡Para el día! ¡Especial! —Le
aprieto el hombro justo cuando Franziska entra corriendo—. ¡Tachán!
Volveré por la tarde para recibir la siguiente ronda de invitados.
Y con eso me libro de él toda la mañana. Y mejor aún: es una excusa para
mantenerme lejos hasta que los salones del castillo Reigenbach estén a
rebosar de aristócratas con ganas de un escándalo.
Tengo que seguir representando este papel, el de la versión de Gisele que
tiene la cabeza hueca y el corazón de oro, porque si el margrave cree que soy
una amenaza de verdad, estaré muerta antes del amanecer.
Pero mientras salgo del salón mordiendo el panecillo dulce, sé que he
enviado el mensaje que quería: Gisele ya ha sobrevivido al veneno y al
nachtmahr y, si quiere verla muerta, tendrá que esforzarse un poco más.

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Para un hombre que ha intentado asesinar reiteradas veces a su prometida, me
sorprende que Adalbrecht quiera que tantos testigos nos vean firmar la cédula
matrimonial en el baile un día y medio después.
Acordes de violín y flautas se alzan sobre el ambiente empapado de vino
para enredarse en los cirios del candelabro del salón y flotar hasta la red de
murales del techo divididos por arcos de piedra geométricos. Ramas de acebo
y abeto blanco cubren las cortinas de azul Reigenbach en cada pared y la
hiedra dorada trepa por todas las columnas de mármol.
Las decoraciones compiten a la hora de brillar. Todo el mundo ha
reservado sus mejores galas para la boda, pero las segundas mejores galas no
son nada desdeñables. Sedas brillantes, ricos brocados y kilos y kilos de joyas
resplandecientes pasan bailando un turdión de Bourgienne muy animado.
Siento una comezón en los dedos sentada junto a Adalbrecht, a la espera
de que acabe el turdión. Hay muchas cosas que podría estar robando en este
momento si no tuviera obligaciones sociales con el hombre que intentó
envenenarme esta misma semana. Y si no fuera por la maldición. Y, supongo,
por la ley, aunque todos sabemos que eso solo me preocupa de una forma
superficial, como mucho.
Pero la imagen de la prinzessin no flaquea y exhibe un semblante valiente
y elegante mientras Marthe y el Pfennigeist aguardan su turno.
La cédula matrimonial está extendida delante de nosotros en una mesa
pequeña. Le he echado un vistazo a hurtadillas siempre que he podido. Ni a
Emeric, a Joniza, a Gisele o a mí se nos ocurre un motivo por el que
Adalbrecht querría intentar matar a Gisele antes de la boda y, aun así, celebrar
todo un baile para que mucha gente nos vea firmar el papeleo. Es costumbre
dar una pequeña fiesta para la firma de la cédula, pero no… esto.
La mejor explicación es que hay algo en la cédula que no encaja. Cada
boda almánica oficial requiere una cédula firmada, pero sobre todo son
esenciales para las uniones entre casas nobles, pues establecen los límites para
que la gente como Adalbrecht no vaya por ahí casándose y matando a otra
gente para adquirir las propiedades de sus difuntos cónyuges. El lenguaje está
claro: si Gisele muere, el título de Sovabin se queda con los Von Falbirg. Hay
hasta una pequeña cláusula grotesca que aborda el hecho de que Gisele, en
teoría, no es lo bastante mayor para ser considerada adulta según la ley

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imperial. Hasta que no cumpla diecisiete años en abril, se la considerará
legalmente la pupila de Adalbrecht.
Pero por muy horripilante que sea eso, es algo estándar en una cédula
matrimonial.
—Pareces nerviosa, mi pequeña… —Adalbrecht hace una pausa para
examinar mi vestido y se decanta por—: fresa.
Yo elegí el vestido para la noche y no le di ninguna posibilidad de que me
ordenara otra cosa. Es una prenda de un terciopelo rojo exuberante como el
vino, ribeteado con encaje blanco e hilo dorado; lo importante es que, si en
algún momento los rubíes escabrosos de la espalda asoman por la tela,
parecerá que forman parte del conjunto.
—Solo estaba pensando en lo que ocurrirá dentro de una semana —digo
con dulzura. No es del todo una mentira. He malgastado toda una semana;
solo queda otra más antes de que la maldición me mate, eso si Adalbrecht no
lo consigue antes.
El margrave no me está escuchando; sigue algo con los ojos. Veo que
observa el extremo más alejado del salón de baile, donde Emeric está pegado
a una pared junto a una cascada real de plantas perennes y rechaza con
torpeza una invitación para bailar. El joven es una novedad: una espiga
sencilla vestida con un uniforme negro en medio de todo el esplendor y las
lentejuelas. Estoy segura de que más de un noble querrá sacarlo a bailar a la
pista solo por echarse unas risas.
Ese es el objetivo, en realidad. Adalbrecht ha invitado a un plebeyo para
recordarle cuál es su lugar. Y el mío, aunque mi prometido no sepa la verdad.
—¿Pasa algo, cariño? —le pregunto con suavidad.
Las líneas en los extremos de su boca se acentúan un poco más.
—Me temo que tu pequeño admirador no capta la indirecta. Lleva toda la
tarde mirándote.
No me interesa que Adalbrecht vigile así a Emeric.
—No creo que tarde en mostrar interés por otra persona. Pero, si quieres,
podría bailar con él y darle algún pisotón. Seguro que eso le curará cualquier
inclinación que pudiera sentir por mí. —Y también me daría la oportunidad
de gritarle por ser tan obvio.
Las sonrisas auténticas de Adalbrecht son tan poco frecuentes como
crueles. Una aparece ahora en su rostro.
—Creo que tendrías que romperle los pies, mi grosellita… Pero quizás
estés en lo cierto.

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Por suerte, la música decae hasta desaparecer y el turdión se detiene antes
de que mi prometido pueda desarrollar más esa idea. Es hora de firmar la
cédula.
Hay un discurso rápido (solo de Adalbrecht, por supuesto) y la
mayordoma, Franziska, se acerca con una pluma ridícula de avestruz (con el
tallo tachonado de zafiros, por supuesto). Firmamos el pergamino. Y ya está,
es oficial: dentro de una semana, cuando se acabe la ceremonia de boda,
Gisele será markgräfin von Reigenbach ante los ojos de los dioses y del
imperio.
Una vez que termina la firma, la música suena de nuevo y Adalbrecht
chasquea los dedos para llamar a Franziska. Antes de darme cuenta, la ha
despachado para buscar a Emeric, que se acerca trotando y con pinta de
abatido.
—¿Me ha llamado, señor?
—No has bailado ni medio paso, chaval. —Adalbrecht me agarra por el
codo—. Seguro que no te negarás a dar una vuelta con mi prometida.
—Eh, esto, señor, no querría… —Los nervios de Emeric son fingidos,
pero detecto un destello de irritación. Todos reconocemos este tipo de
maldad, sencilla y típica de un patio de colegio. Adalbrecht quiere restregarle
por la cara a Emeric lo que no puede tener.
—¿No quieres? —insiste el margrave, enseñando los dientes en esa
sonrisa auténtica y terrible—. ¿Estás diciendo que mi prometida no es de tu
agrado?
—Por supuesto que no. S-sería un honor. —Emeric hace una reverencia y
extiende una mano cuando Adalbrecht me empuja hacia delante. Permito que
Emeric me guíe hasta la pista de baile, sin prestar atención a las risitas de
gente como Irmgard y Sieglinde (al final Sieglinde ha conseguido convencer a
su marido de que le permita pegarse un topacio en la cara, como amenazó con
hacer. Es horrendo).
—¿Qué le has dicho? —dice Emeric con los dientes apretados.
Suenan unas notas largas y desgarradoras, el inicio de una pavana. Uf. El
objetivo de la pavana es alardear de lo que llevas puesto y de con quién estás
bailando. Como Emeric solo lleva una versión ligeramente más elegante de su
uniforme, no me cabe duda de que Adalbrecht también ha organizado esto.
—Le he dicho que te pisaría los pies si bailábamos —siseo—. Porque se
ha fijado en que tú no dejabas de mirarme.
Nos situamos en dos filas de bailarines, cada pareja mirando al frente y
agarrados de la mano, mientras se deslizan hacia delante. Emeric ya parece

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estar sufriendo y ni siquiera he conseguido darle una patada en la espinilla,
como planeo hacer. Baja la voz para que no nos oiga nadie.
—Le estaba observando a él.
—No es como si fuera a apuñalarme en medio del salón de baile.
—¿Estás segura de eso?
Nos separamos, zigzagueando entre los otros bailarines antes de reunirnos
de nuevo. Esta vez tenemos que posicionarnos uno frente a la otra y girar en
un círculo lento.
—Pues claro. —Es una mentira en toda regla, pero prefiero ser un cadáver
frío como una piedra antes que admitir algo ante un atizador sensible con una
opinión demasiado elevada de sí mismo. Alzo la palma para juntarla con la
suya—. Haz lo mismo que yo.
—Conozco el baile. —Emeric parece un poco insultado, pero le lanzo una
mirada de recelo.
—¿Eso aparece en el currículum de prefecto?
Cambiamos de mano y de dirección.
—No —dice con brusquedad. Pasa un momento antes de que lo explique
—. Mi hermana perdió gran parte de la visión cuando éramos jóvenes. Quería
aprender a bailar y necesitaba una pareja. —Le pongo mala cara y él entorna
los ojos—. Qué.
—No puedo burlarme de eso, imbécil desconsiderado —gruño—. Pero si
continúas poniendo cara de que te duelen los dientes, Adalbrecht nos obligará
a seguir bailando hasta que te eches a llorar. —El ceño de Emeric se acentúa
más y pongo los ojos en blanco—. Intenta aparentar que te lo estás pasando
bien. Sé que las perlas ayudan.
Me aparta con destreza del camino de una Ezbeta von Eisendorf que gira a
toda velocidad; está dando razones de peso a favor de la abstinencia. El
semblante de Emeric ha pasado de mostrar un sufrimiento absoluto a una
incomodidad nerviosa. Lo único que dice es:
—No del modo que piensas.
Antes de que pueda interrogarlo más sobre eso, una serie de notas alegres
y descaradas surge de las cuerdas inconfundibles de un koli sahalí. Joniza sale
al escenario, con pintura dorada en los labios y en las puntas de los dedos que
vuelan sobre el instrumento. El flautista al que ha interrumpido parece tan
encantado como furioso y tengo que coincidir en su valoración de antes: su
archienemigo es demasiado guapo.
Y, de repente, es un duelo musical. Joniza está tocando una gallarda
alegre, pero el flautista sigue intentando recuperar la señorial pavana. Y la

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pista de baile es un caos, porque nadie sabe a qué canción ceñirse.
Justo como habíamos planeado.
Esta es nuestra señal. Es hora de jugar.

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CAPÍTULO 20

Evidente

Emeric me suelta la mano como si fuera un carbón ardiente.


Intento no tomármelo a pecho y me estiro para ver si Adalbrecht está
distraído.
—Si pregunta, he…
—Has ido a empolvarte la nariz, lo sé. Vete.
Hay cola en el baño más cercano al salón, algo que esperábamos. Frunzo
el ceño y me voy corriendo de forma ostentosa hacia otro baño más alejado,
junto al vestíbulo.
No hay cola. Y Gisele me espera dentro.
Verás, algunos de los músicos tienen ayudantes para que carguen con sus
instrumentos, los trajes de la actuación, los cancioneros y demás. Puede que
alguien haya reconocido a Gisele en el baile, pero nadie, sobre todo una
persona como Irmgard, estaría mirando a los criados.
Lleva el zurrón que preparé antes y el uniforme de criada Reigenbach
debajo del abrigo.
—Lo siento, señorita, estoy buscando el pendiente de mi señora —grita
cuando entro, antes de ver que soy yo—. Uf. Nunca me acostumbraré.
—Pues más te vale —digo lacónicamente. Me desabrocho el collar y se lo
doy—. Póntelo al final.
Intercambiamos los vestidos y luego las dos rebuscamos en el zurrón la
pasta y la gasa para taparme la lágrima de rubí y, para ella, maquillaje y un
rubí falso. No fue tan difícil como esperaba encontrar un trozo de cristal rojo
con la forma correcta, porque mi accesorio se ha convertido en toda una
moda para cualquiera que se lo pueda permitir. Esta noche no han faltado las
imitadoras.
Gisele no tarda en replicar mi maquillaje y, cuando acaba, uso el meñique
para quitarle un poco debajo del ojo derecho. Luego pongo una gota de

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pegamento en el cristal rojo, le alzo la barbilla con una mano y aprieto la
lágrima con la otra.
—No te muevas —le digo—. Tiene que pegarse bien.
Gisele cierra los ojos, los dedos enredados en los lazos deshechos del
corpiño; las costuras se rasgarán si intenta abrochárselo antes de que las
perlas reduzcan su tamaño. Veo que un rubor nervioso empieza a aparecerle
por el cuello.
—¿Cuán… cuán grande es la multitud?
—¿Unas cien personas, quizá? La mitad de los invitados a la boda no ha
llegado aún. Ya he hablado con muchos, así que solo tienes que bailar y
sonreír y asentir. Adalbrecht está muy quisquilloso con Emeric, pero tú ríete y
se calmará.
Gisele respira hondo.
—Entonces… creo que puedo hacerlo durante veinticinco minutos.
Treinta como mucho.
—Si tardamos más que eso, tendremos problemas más gordos. —Suelto el
rubí falso y se queda en su sitio—. Ya está. Ahora ponte las perlas. Irán bien
para el pelo.
Me doy cuenta de mi error en cuanto se las pone. La imagen que producen
es la misma, da igual quién las lleve, pero su proceso es el opuesto al mío: a
Gisele le estrechan los hombros, le esculpen curvas en vez de añadirlas; hasta
le quitan un par de centímetros de altura. La dama von Falbirg debe haber
pedido esa forma específica cuando compró el hechizo. Nunca le dije nada a
Gisele, pero se parece de un modo inquietante a los retratos viejos de la dama
de joven.
Sin embargo, esos retratos no tienen un encantamiento que me haga
querer perdonarlos y complacerlos en el acto. Las perlas, sí.
Durante casi cuatro años, ha habido una especie de hervor podrido en mi
sangre en lo que respecta a Gisele. Lleva ahí tanto tiempo que no sé quién soy
sin él. Pero en cuanto se abrocha esas perlas alrededor del cuello, recuerdo lo
feliz que era al servirla.
Me doy la vuelta, con las uñas clavadas en la palma.
—Puedes peinarte sola.
Luego saco otro uniforme de criada del zurrón, lo lanzo sobre una silla y
salgo de ahí antes de que me consienta algo tan peligroso como el perdón.
Un gato negro maúlla junto a la puerta y me mira parpadeando con sus
ojos rojos. Solo mantengo la puerta abierta lo suficiente para que Ragne se
cuele y luego regreso al salón de baile.

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Me escuece el cuero cabelludo mientras me trenzo el pelo con demasiada
fuerza.
Emeric se ha vuelto a pegar a la pared más cercana a la salida y estudia
una moneda de peltre del tamaño de un penique. Estoy segura de que eso no
sirve de nada para calmar la paranoia de Adalbrecht.
Me agacho antes de que me descubra. Lo último que necesito es que
Adalbrecht vea a Emeric marcharse del baile temprano y que Gisele aparezca
unos minutos más tarde, sin aliento y desaliñada como si acabara de salir de
una cita con el perdidamente enamorado prefecto júnior.
Algo sobre eso me inquieta. No sé por qué. Y no quiero saberlo.
No tengo que esperar demasiado a que aparezca Gisele con Ragne un paso
por detrás, vestida con el uniforme de criada, el cabello recogido en un moño
pulcro y los ojos rojos oscurecidos hasta ser marrones. La hemos entrenado
para el papel: si alguien pregunta, es la doncella de Gisele y no debe alejarse
de su lado.
En cuanto entran, Emeric se agacha y se dirige al vestíbulo. Le sigo el
ritmo y me doy cuenta, cuando gira la cabeza, de que no sabe que estoy aquí.
Llegamos casi hasta la entrada antes de que se detenga y saque la moneda de
peltre del bolsillo.
—Buh —susurro. No sabía que era posible hacer un salto vertical hasta el
rellano de la escalera, pero Emeric demuestra que me equivoco. Cuando
acaba de maldecirme, comento—: Para ser un hombre de dioses, conoces un
montón de palabras prohibidas.
—Eres una pesadilla absoluta —espeta—. A estas alturas, me sorprende
que no te hayan echado una maldición antes.
Me encojo de hombros.
—¿Quién dice que no lo hayan intentado? Venga, tenemos como mucho
media hora.
Refunfuña, pero me sigue hasta un tapiz que oculta con mucha elegancia
un pasaje que se fusiona con la mampostería. Nos conduce a los pasadizos de
los criados, donde mis ojos tardan un momento en ajustarse a la penumbra.
Las antorchas están más separadas que en los pasillos normales, solo lo
suficiente para orientarse y poco más.
Emeric me agarra por el hombro y baja la voz en un susurro.
—Espera… ¿oyes…?
—No estamos solos —le digo, eligiendo un pasadizo estrecho—. No te
preocupes.
—¿A qué te refieres con que no…?

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Le interrumpe una especie bastante distintiva de jadeo y risa que proceden
de un corredor a la derecha. Las sombras que arroja una antorcha lejana
ofrecen una explicación igual de distintiva.
—Verás —digo con seriedad—, cuando dos personas se quieren mucho o
al menos piensan que el otro es pasable si entornan los ojos…
—Sí ya lo he entendido muchas gracias. —Casi puedo oír su sonrojo.
—Te das cuenta de que, si nos pillan, esa es nuestra excusa, ¿no? —
comento—. Solo somos una pareja de jóvenes alocados que se han extraviado
buscando un sitio en el que, eh, besuquearse.
—Prefiero que no nos pillen —dice, sombrío. Suelto una carcajada
forzada mientras nos dirigimos hacia unas escaleras.
—Ya somos dos. —Luego le enseño su propia moneda. Para alguien que
se supone que ha recibido formación para ser un superdetective, es muy fácil
robarle—. ¿Qué es esto? ¿Es un regalo especial de papi Klemens?
Me la quita de la mano.
—¿Podrías, por favor, intentar —le doy el carboncillo— no robarme —y
el cuaderno improvisado— mientras estoy trabajando? —Suelta un suspiro
exasperado—. Necesito las gafas para ver, señorita Schmidt.
Estoy demasiado ocupada sujetándolas cerca de la antorcha más cercana,
impresionada por cómo los cristales la distorsionan.
—No me extraña. ¿Corto de vista? Muy oportuno.
—Eres la primera en hacer esa broma —dice sin una pizca de sinceridad y
me las quita de las manos—. También me permiten ver cosas como hechizos,
trampas mágicas y tu maldición, así que nos conviene a los dos que las dejes
en mi cara.
—No has dicho qué es esto. —Le lanzo la moneda de nuevo. Es increíble
cómo se la había guardado en el mismo bolsillo. La atrapa con el ceño
fruncido.
—Luego.
Salimos de los pasadizos de los criados a un corredor en el ala del
margrave. Justo como sospechaba, no hay guardias a la vista y, si me
esfuerzo, puedo oír una conversación tenue a la vuelta de la esquina.
Adalbrecht no quiere que nadie se acerque a sus aposentos si no es necesario.
La puerta del estudio está cerrada, así que Emeric vigila inquieto mientras
saco las ganzúas. Resulta casi irrisorio lo sencillo que es abrir la cerradura,
solo hay que dar un par de golpecitos a los resortes y un giro del rastrillo,
como si el margrave confiara en que solo su reputación disuadiría a
cualquiera de enfadarle.

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Dentro está oscuro como la boca de un lobo. Hasta han corrido las
cortinas para ocultar los tejados de Minkja. Aun así, oigo que Emeric inhala
hondo.
—Ah. Conque a eso te referías con lo de que había un cráneo en su
estudio.
—¿Sí? Poldi puede encender unas velas… —Retrocedo y me choco con
Emeric.
—Espera. —Se oye un susurro de tela y luego el resplandor de una luz
fantasmal aparece entre sus dedos. Es la moneda, que brilla como una luna
diminuta en las manos de Emeric. La deja en el aparador, donde se ilumina lo
suficiente para cubrir el estudio con una luz fría. Veo que ya ha extendido la
chaqueta en la base de la puerta para que el brillo delator no se vea desde el
otro lado.
Bueno. No soy lo bastante generosa para decir que me ha impresionado,
pero respeto sus precauciones.
—Todos los prefectos tienen una moneda como esta. —Mantiene la voz
baja mientras se arremanga y se dirige a la pared de trofeos de caza—. El
grabado también cambia cuando hay un mensaje para mí desde la oficina más
cercana. Eso es lo que es.
Ah. Me pregunto qué estará esperando.
—¿Qué estamos buscando exactamente?
—Es muy atrevido por tu parte querer involucrarte en esto, señorita
Schmidt. Mantente fuera de mi camino y no robes nada. ¿Cuánto tiempo nos
queda?
Me meto las manos en los bolsillos, molesta, y me molesta sentirme
molesta.
—Lo siento, no hablo el idioma de los percheros moralistas.
—Eso no tiene sentido. El tiempo, señorita Schmidt. —Como no
respondo, suelta un suspiro prolongado e irascible de puro martirio—.
Queremos pruebas o pistas. Parafernalia nachtmaren, cartas de los Von
Hirsching, cualquier cosa que parezca fuera de lo normal. Y por todos los
dioses supremos y menores, intenta no mover nada.
—Veinte minutos como mucho, quince por lo menos —digo con recato
—. Empezaré por el escritorio.
No hay papeles a la vista en la mesa de Adalbrecht ni decoraciones de
ningún tipo; tintero, sal para secar y plumas perfectamente alineadas. Igual de
cuidado que la fachada de la prinzessin. No encontraré nada allí que no quiera
ser visto.

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Pero, conociendo a Adalbrecht, aún tendrá los secretos a mano. Me sitúo
detrás del escritorio y miro a mi alrededor despacio. Está el aparador con las
botellas, tapices con árboles genealógicos y conquistas pasadas, estanterías
llenas de historia militar y volúmenes sobre ley imperial de Almandy…
Ahí. Algo me llama la atención: una franja limpia en la capa fina de polvo
de la estantería.
—No permite que los criados entren a limpiar —le digo a Emeric—. Y
solo ha sacado un libro de la estantería desde que llegó.
Emeric tiene las manos ocupadas con la cabeza de un alce que está
levantando con cuidado de la pared.
—¿Puedes apuntar el título? Mis notas están… bueno, ya lo sabes.
Y lo sé: justo en el bolsillo donde las he dejado. Saco el carboncillo y el
cuaderno en progreso de su chaqueta en el suelo y me detengo un momento a
escuchar a través de la puerta para cerciorarme de que no recibamos una
sorpresa desagradable. Nada.
Apunto el título del libro y el volumen y luego compruebo si Adalbrecht
ha marcado alguna página. En efecto: hay un trozo de papel plegado dentro de
la Sección 13.2: Filiación y tutela; subsección 42.
—Adrogación y sucesión intestada —leo en voz alta—. ¿Qué es eso?
Emeric ladea la cabeza.
—Eso son leyes sobre la herencia. Pero ¿para qué iba…? —No acaba la
frase, aunque musita para sí mismo como si yo no estuviera presente. Solo
capto fragmentos como «copropiedad», «cadena titulativa» y
«ultimogenitura», algo que, estoy bastante segura, es un servicio que puede
ofrecer una mietling.
Me planteo lanzarle el carboncillo, pero me conformo con sacarle la
lengua a su espalda. Luego regreso al libro de leyes y apunto la sección y la
subsección; por último despliego el trozo de papel. Es una lista de nombres
con la letra de Adalbrecht.
—Interesante.
Ahora me toca a mí dar un salto; casi tiro el tintero de la mesa cuando
descubro a Emeric mirando sobre mi hombro.
—¿Te importa? —siseo.
—Perdona —dice, aunque no intenta esconder la sonrisa de satisfacción
antes de dar unos golpecitos al papel—. Creo que esto son ciudades
fronterizas… del norte. Apúntalas también.
Le ofrezco el carbón.
—Tienes unas manos muy capaces. Apúntalo tú.

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Arranca una hoja en blanco del cuaderno y parte el carboncillo por la
mitad; luego señala la pared de trofeos.
—Nos quedan diez minutos como mucho y tengo que documentar esas
runas.
Alzo la mirada. La cabeza de alce está en el suelo y, en el hueco que ha
dejado, hay un cráneo blanqueado de caballo clavado a la pared. Han grabado
unas runas en círculos y pautas que me marean si me centro en ellas durante
demasiado tiempo.
Es el que vi con las Lágrimas de Augur. Supongo que eso sí que era real.
—¿Y si lo rompemos? —sugiero—. Hay un atizador junto a la chimenea.
Emeric niega con la cabeza mientras se acerca a la pared y saca uno de sus
cuchillos.
—Por tu visión, parece que el acuerdo con los nachtmaren consiste en
sacrificar a un animal cada vez que Adalbrecht quiere que cumplan sus
órdenes. Esto es parecido, pero… —La hoja reluce con una chapa de oro
mientras la usa para tocar el cráneo.
—¿Peor?
Emeric asiente.
—Estoy bastante seguro de que se trata, en parte, de un hechizo
vinculante, como el de un hechicero. Sin embargo, vincularse a un único
nachtmahr no le serviría demasiado. Si supiéramos de dónde procede el
cráneo de caballo, podríamos obtener respuestas de su fantasma, pero sin él
solo especulamos. Creo que será mejor saber a qué se ha unido el margrave
antes de liberarlo, ¿no crees?
—Le quitas la gracia a todo. —Me pongo a copiar los nombres—. ¿Es
suficiente para invocar al tribunal celestial?
—Aún no. Un hechicero puede vincularse legalmente de cualquier forma
a la criatura que quiera. Tenemos que demostrar que lo usa para causar daño.
Además, deberíamos esperar a que Hubert llegara para que él hiciera la
invocación.
—Vaya, ¿papi Klemens no te deja…?
La voz de Emeric se vuelve afilada, más afilada de lo que la he oído
nunca.
—Deja de llamarlo así, por favor.
Me estremezco y un relámpago de pánico me atraviesa las venas. La
vergüenza me calienta las mejillas. Un año no es suficiente para quitarme los
instintos del castillo Falbirg.

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—Vale, no hace falta que te pongas así —farfullo. Emeric no habla
durante un rato. Solo se oye el rasgueo del carbón sobre el papel. Y entonces
dice:
—Mi padre murió hace unos diez años. No me resulta gracioso.
Recuerdo lo que vi con las Lágrimas: un niño de pie ante Klemens,
diciéndole con gravedad que tiene una petición para los tribunales celestiales.
Un resorte de la cerradura empieza a deslizarse.
—Ajá —digo con astucia.
—Y necesitamos a Hubert porque un prefecto iniciado por completo tiene
permiso para perder algún que otro caso. Yo, no.
Lo dice con tanta gravedad que no insisto.
—¿Cuándo llega Klemens? —Sé que está en la carta del cuaderno viejo,
pero no lo recuerdo y, aunque lo recordase, no podría decírselo. Se supone
que esas notas son cenizas en la chimenea.
Emeric mira la moneda resplandeciente en el aparador.
—Hace ocho horas.
Por eso está tan nervioso.
Decido que esto se ha puesto demasiado tenso para los dos.
—¿Qué posibilidades hay de que sienta cierta debilidad por las ladronas
de joyas encantadoras que no se arrepienten de lo que han hecho?
Emeric relaja los hombros. Los dos estamos más cómodos hablando sobre
este tema.
—Eso nunca se sabe. ¿Viste si Von Reigenbach alteró algo en la cédula
matrimonial?
El sábado dedicamos una cantidad de tiempo decente a repasar lo que
debía mirar en el lenguaje de la cédula, puesto que sería la única que podría
echarle un vistazo.
—No, todo parecía normal.
—Estamos pasando algo por alto —dice Emeric con los dientes apretados
mientras pone la cabeza de alce en su lugar—. Sobre todo si ha investigado
sobre derecho de sucesión. El heredero que tenga con Gisele podría ser
elegido para el trono imperial, pero para eso Gisele tendría que sobrevivir —
se agacha por debajo de un asta de la cornamenta— mucho más tiempo
después de la boda. Y no se me ocurre por qué querría una alianza inmediata
con Sovabin.
Me encojo de hombros.
—Ya lo has visto, al parecer ha ido cerrando rutas comerciales. Si no
hubiera sobornado a los Von Falbirg, no sé si podrían permitirse venir a la

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boda siquiera.
Emeric se queda muy quieto. Cuando alzo la mirada, me está observando
con la misma fascinación con la que un gato vigila un hilo. De algún modo,
ha conseguido mancharse la mejilla de carbón.
—Nunca te he contado eso —dice. Cada palabra es más veloz que la
anterior—. Solo lo escribí en mis notas.
Schit.
Pero no parece enfadado. De hecho, hasta da saltitos cuando cruza la
habitación.
—Las has leído, ¿verdad? ¿Viste mis teorías sobre los Wolfhunden? Sabía
que Von Reigenbach era…
—Solo leí una parte —espeto, remarcando cada palabra.
—¿Cuál? ¿Crees que he pasado algo por alto? —Luego ladea la cabeza,
con el ceño fruncido, y añade—: ¿Señorita Schmidt?
Devuelvo la lista de nombres al libro y lo meto en la estantería.
—Leí tus notas sobre Sovabin y los Von Falbirg. —No puedo mirarlo
mientras recojo los papeles de la mesa—. No pasaste nada por alto. Acertaste
en todo.
En cada detalle amargo y supurante.
He hecho todo lo que he podido para mantenerme alejada de esto hasta
ahora, para fingir que Emeric no conoce mis viejas heridas debajo de este
uniforme… pero supongo que no iba a durar.
Me atrevo a echarle un vistazo a tiempo de ver la comprensión que le
atraviesa la cara. Empalidece y la mancha de carbón resalta incluso más.
Estoy segura de que ha disfrutado especulando y teorizando y leyendo hojas
de té, pero… es mi vida. Mis cicatrices.
Y no puedo, no puedo soportar su lástima. Me acuerdo de la nieve, de la
escarcha, de un bosque oscuro con un farol solitario en una encrucijada, y
dejo que ese frío me recorra las venas.
—Excepto por una cosa. No quiero atención.
Luego le entrego las notas y el carboncillo roto y paso a su lado hacia la
colección de botellas.
—Señorita Schmidt… —empieza a decir con una voz tan amable que casi
parece cruel.
Pero se calla cuando un saludo en voz alta resuena por el pasillo.
Son los guardias apostados en la entrada del ala.
Adalbrecht se acerca.

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CAPÍTULO 21

Una pasión improbable

Nos apresuramos a ir hacia la puerta. Le lanzo la chaqueta del suelo


mientras él apaga la moneda de la luz. Los guardias están en la entrada del
ala, así que, si han saludado a Adalbrecht nada más verlo, tenemos menos de
diez segundos para salir de aquí antes de que doble la esquina del pasillo.
Abro la puerta una rendija, dejo que Emeric salga y giro el pestillo detrás
de mí para que Adalbrecht no se pregunte por qué la puerta de su estudio no
está cerrada.
Una voz en concreto llega por el pasillo: la de Irmgard.
A lo mejor no tenemos otra oportunidad como esta.
Veo un armario discreto a unos metros de distancia. La puerta está abierta
cuando compruebo el picaporte.
Emeric suelta un uf perplejo cuando tiro de él detrás de mí y cierro casi
por completo la puerta.
—¿Qué estás…?
Le tapo la boca con la mano y susurro:
—Escuchar, obviamente. Irmgard von Hirsching va con él.
Entra la luz justa de una antorcha por la rendija para que pueda ver cómo
Emeric frunce el ceño. Me llevo un dedo a los labios; la voz se intensifica e
intento no pensar en lo apretados que estamos aquí. Es bastante grande para
ser un armario, pero no tanto.
—… pintada sobre mi cara.
—Fue necesario —dice Adalbrecht; el fulgor de un candelabro atraviesa
la alfombra. Oigo el rasguño de una llave en la cerradura y luego los goznes
de la puerta; la luz se retira del pasillo y entra en el estudio.
Aparto la mano de la boca de Emeric antes de que me distraiga. No es que
vaya a hacerlo. Es que noto cada vez que respira y eso…
Me distrae, dice una voz engorrosa. Me quito esta idea de la mente y abro
un poco más la puerta del armario.

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—Ese iba a ser nuestro retrato —se queja Irmgard en el estudio—.
Cuando lo mandes a arreglar, todo el mundo pensará que lo has rehecho por
mí.
—Tenía que mantener las apariencias. Y ahora, dime. ¿Tienes alguna
novedad de tu padre o solo has venido a quejarte por un cuadro?
Oigo que Irmgard resopla.
—Estamos un poco desconcertados y esperábamos que nos lo aclararas
todo. ¿Vas a matar a Gisele o no?
—Te recuerdo que el plan original… concluye en algún momento después
de la boda. No voy a permitir que los Von Falbirg impugnen la legitimidad.
Emeric se remueve a mi lado y casi puedo oírle maldecir en silencio de
que no hay espacio suficiente para sacar sus notas.
—El jueves querías matarla.
La ira llena la voz de Adalbrecht con espinas.
—No juegues conmigo, muchacha. Tú misma me dijiste que Gisele lleva
algún tipo de ilusión. Una sustituta podría hacer su papel durante la boda con
bastante facilidad.
Ahora soy yo la que maldice en silencio. Al menos no se les ha ocurrido
que eso ya pasó hace un año.
—Actué porque su comportamiento se estaba volviendo errático —
prosigue Adalbrecht—. Ha cambiado desde entonces. Volvemos al plan
original.
Hay una pausa tensa. Puedo oír el aguijonazo meloso en la voz de
Irmgard.
—Espero que no le hayas tomado cariño, markgraf.
Le está provocando, aunque sea una locura. Pero Adalbrecht es más
inteligente o le da igual, porque su respuesta es un sencillo y frío:
—No.
—Entonces no entiendo la demora. La cédula ya está firmada y mi
padre…
—El maldito kobold la está protegiendo o ya estaría muerta. Cada
chimenea en el castillo es como su perro guardián.
(Al parecer, debo a Poldi toda una bodega de hidromiel).
—Lo siento —dice Irmgard, alzando la voz—, pensaba que estábamos en
el castillo Reigenbach. Ese duendecillo debería responder ante ti.
Se produce un silencio incómodo y entonces Adalbrecht dice:
—Ella reconoció formalmente al kobold antes que yo.
Demasiado cerca de mí, Emeric susurra:

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—Ah, qué incómodo.
—Pues arréglalo —dice Irmgard—. Mi padre no ha hecho esta inversión
para luego no obtener resultados.
—Se resolverá en cuanto me encargue de los prefectos. —Parece que la
paciencia de Adalbrecht se está acabando y eso es peligroso—. No quiero
mantenerla con vida después de la noche de bodas y los Wolfhunden están
preparados por si se da cualquier oportunidad la semana próxima.
Una sombra parpadea en la franja estrecha de pasillo visible. Y entonces,
qué sorpresa, veo una manga que se acerca a mi campo de visión… la manga
de un uniforme de criado.
Barthl se aproxima a la puerta del estudio. Creo que ha llegado por los
pasadizos de la servidumbre.
¿Qué hace él aquí?
—¿De verdad necesitas la noche de bodas? —indaga Irmgard.
—Pasará un tiempo hasta que pueda disfrutar de otra. Tendrás que
perdonar mis caprichos.
Santos y mártires, mira que hay cosas que podría estar escuchando a unos
metros de distancia mientras me hallo en un armario abarrotado con un chico
que huele a eneldo de una forma que, uf, sí, me distrae. No ayuda que él haga
el mismo sonido ahogado de asco que yo al oír caprichos.
Barthl se está acercando demasiado para mi gusto. No nos ha visto, tan
concentrado como está en la puerta del estudio; con sus dedos arácnidos se
retuerce el krebatte.
—Vale. Pero ni una excusa más. Si tienes la oportunidad de eliminarla,
aprovéchala. Hemos dedicado unos esfuerzos considerables a identificar y
organizar a los partidarios y hemos confiado más de nuestro tesoro del que te
mereces.
—Yo decidiré lo que me merezco. —La voz de Adalbrecht sube en un
crescendo; Irmgard le ha tocado la fibra sensible—. Soy el margrave y tu
superior…
Se oye el crujido fuerte e inconfundible de un tablón de madera en el
pasillo. El silencio reina en el estudio.
Barthl palidece y desaparece por el pasadizo de los criados.
—¿Hola? —grita Irmgard—. ¿Hay alguien ahí?
El polvo de carbón de la mala suerte empieza a cubrirme la visión.
Emeric y yo nos miramos ojipláticos. La puerta del armario sigue
entreabierta de un modo visible. Me apresuro a cerrarla tanto como me atrevo,
pero si el pestillo encaja en su sitio resonará como un trueno en este silencio.

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—Quédate aquí —ordena Adalbrecht. Sus pasos suenan como los golpes
del hacha de un verdugo cuando camina junto al armario. Por el ángulo en el
que está, es complicado ver que la puerta permanece abierta, pero cuando se
dé la vuelta, sobresaldrá como un pulgar dolorido. Y sé que la verá, porque la
mala suerte llueve a nuestro alrededor.
Estamos atrapados.
Me armo de valor y susurro:
—Bueno, pues es lo que hay. Somos dos jóvenes besuqueándose.
Emeric arruga la chaqueta con las manos.
—Debe de haber una alternativa…
—Nos pillará y luego seguramente moriremos, esa es la alternativa —le
replico. Le quito la chaqueta y la tiro sin mirar sobre un estante, como si la
hubiéramos descartado en medio de una pasión poco probable, y me
desabrocho unos botones de la blusa. Luego me obligo a agarrarle de la
camisa para acercarlo hacia mí—. Si te sirve de consuelo, así no es como me
había imaginado mi primer…
—No. —Apoya una mano en una balda detrás de mi cabeza, apartándose
como si yo fuera veneno—. No… No quiero hacerlo.
Lo suelto, un poco estupefacta.
No quiere besarme.
No… no es que no quiera. La idea le resulta tan repelente que preferiría
que Adalbrecht nos viera y acabásemos con ese monstruo en la garganta.
Ay, dioses, quiero morirme. Quiero que el suelo se hunda. Quiero
encogerme hasta ser tan pequeña como para poder esconderme detrás de las
toallas. No es que quiera besarlo (creo que no, vamos), es que resulta
desolador que me recuerden que sin las perlas no soy…
No soy Gisele.
No significa nada, o eso me digo.
No sé qué esperaba.
Puede que no sea una buena persona, pero conozco de primera mano lo
que se siente cuando te obligan a hacer algo, y eso no se lo deseo a nadie.
—No hace falta, la verdad, ¿sabes?, solo tenemos que acercarnos lo
suficiente —digo a toda prisa—. Haz lo mismo que yo, ¿vale?
Los pasos de Adalbrecht han llegado al final del pasillo; dará la vuelta en
cualquier momento.
Emeric asiente afligido. Le quito un poco del carbón de la mejilla para
pringarme la mía. Luego pongo su mano libre en mi cintura, le envuelvo el
cuello con los brazos y le revuelvo el pelo por si acaso.

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—Agacha la cabeza.
Debería haberme pellizcado las mejillas antes de esto, pero estoy bastante
segura de que puedo oír cómo toda la sangre fluye hasta mi rostro. Qué tonta
he sido al pensar que el aliento de Emeric en la mano era lo que me distraía.
Esto es mucho peor, sobre todo porque puedo oír su respiración irregular a un
centímetro de mi oreja y su calidez en la garganta.
—Lo… siento —farfulla en mi hombro—. Yo…
La puerta del armario se abre de repente.
Suelto un gritito y hago aspavientos para apartar a Emeric. Él retrocede
tambaleándose y la vergüenza y el sonrojo de su rostro ayudan a dar
veracidad a la mentira, aunque sean muy auténticos.
—Prefecto Conrad —dice Adalbrecht con lentitud—. Esto es inesperado.
—Prefecto júnior —murmura—, señor.
Bajo la cabeza y hago una reverencia, con los ojos fijos en el suelo.
—Lo siento muchísimo, mi señor. Hemos girado donde no debíamos en
los pasadizos de los criados. No conozco esta ala y…
Unos dedos ásperos me agarran por la barbilla para alzarla. Mantengo la
mirada gacha, aunque no hay nada que ansíe más que arrancarle la miserable
mano a Adalbrecht a mordiscos.
—Nos topamos en el castillo Falbirg, ¿no? —pregunta—. Eres la doncella
personal de mi señora.
Nos topamos. Casi grito. Me encontró sola en un pasillo, me agarró las
manos contra la pared, usando solo una de las suyas, y me desató la mitad del
corpiño antes de que Joniza doblara la esquina. Y luego siguió su camino
como si nada. Fue rápido y distante, como si ya tuviera mucha práctica. Como
si yo solo fuera un aperitivo más en la mesa de los Von Falbirg.
Y luego, al día siguiente, pidió (exigió) la mano de Gisele en matrimonio.
—Correcto, mi señor. —El temblor en mi voz es real y humillante.
Me suelta la barbilla con una risita nauseabunda.
—Si querías probar mi mercancía, Conrad, puedo proporcionarte una
habitación de invitados.
Emeric agacha la cabeza y no sé si la cara le arde de humillación o de
rabia.
—No será necesario, señor.
—Pues volvamos a la fiesta, ¿eh? —Adalbrecht le da una palmada en el
hombro y a mí me hace un gesto con la mano—. Vete, chica. De hecho… ve
y espera en el vestíbulo. A lo mejor el vino ayudará al prefecto a armarse de
valor.

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—Enseguida, mi señor. —Nunca me había alegrado tanto de salir de un
armario. No estoy enfadada con Emeric, es solo que… no quiero mirarlo
ahora mismo. Ni en lo que queda del año. O del siglo.
Aun así, me obligo a recorrer el pasillo detrás de ellos en vez de ir por los
pasadizos de la servidumbre y calculo la distancia como quien sopesa una
ballesta. Aprendes a saber sobre estas cosas cuando te crías con unos
familiares que pueden golpearte solo porque tienen un mal día y tú pasabas
por allí.
Aunque Adalbrecht actué con cordialidad, le cortaría el pescuezo a
Emeric entre el armario y los guardias si eso le facilitase la vida. Me
mantengo lo bastante cerca para ser una testigo potencial, pero lo bastante
lejos para que, si Adalbrecht ataca, no tenga tiempo de agarrarme antes de que
grite llamando a los guardias.
Cada vez que me mira, bajo los ojos al suelo y sé que he hecho bien en
seguirles.
Les acompaño hasta el vestíbulo y luego me quedo allí como me han
ordenado. Me siento un poco mareada, la verdad, y necesito tiempo para
pensar y respirar.
Cuando me apoderé de las perlas hace un año, durante la primera hora
aprendí la diferencia entre ir por el mundo como alguien deseable y alguien
como… yo.
No solo era el estatus de Gisele, nunca lo ha sido. De repente, la gente me
sonreía, se reía de mis chistes como hacían con Irmgard; se aseguraban de que
estuviera cómoda y me traían regalos solo porque yo estaba presente.
Durante el último año, solo me he quitado las perlas cuando he querido
pasar inadvertida. O no deseada. Sé lo que soy sin ellas.
Hasta esta noche, sin embargo, nunca me había sentido tan fea.
—Señorita Schmidt.
Ah, genial, Emeric ha conseguido librarse de Adalbrecht.
Quiero esconder la cara en las manos y solo lo impido con fuerza de
voluntad. No sé por qué demonios me importa la opinión de un chaval al que
tiré al Yssar hace menos de una semana.
—Necesitamos un sitio mejor para esperar —balbuceo, mirando a todas
partes menos a él—. ¿Has visto a Barthl…?
—No eres tú —dice Emeric al mismo tiempo—. O sea… No quería… O
no quiero… —Se pasa una mano por el cabello y al parecer no le importa que
le quede de punta—. Tienes razón, tenemos que encontrar otro sitio.

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Hago una mueca y luego, sin mediar palabra, me dirijo a un rincón en el
vestíbulo por el que Gisele acabará pasando. Me escondo en un hueco y me
deslizo hasta que puedo apoyar la barbilla en las rodillas. Emeric se queda
fuera del rincón un momento y luego se deja caer en el suelo, en la esquina
contraria, entrelazando y soltando los dedos.
—Yo —dice con poca convicción— nunca he entendido a la gente
como… en el pasadizo de los criados. No sé cómo es, cómo es querer… algo
de eso… con alguien a quien no conoces. Y no puedo fingirlo. Es que… es
que no puedo.
Tengo una idea bastante incómoda y es que lo entiendo perfectamente. He
leído cuentos de hadas, claro, y he escuchado canciones de amor lastimeras,
pero nunca he entendido por qué alguien se despertaría al cabo de cien años
para casarse con el príncipe que entró ilegalmente en su dormitorio para
besarla. O bailar con un desconocido una vez y decidir pasar el resto de sus
vidas juntos. Siempre he sentido una especie de melancolía desconcertante
cuando otras personas hablan sobre amor a primera vista, como si me pasara
algo malo, como si no supiera lo que es el amor.
No sabía que más gente se sentía así.
—Es un problema mío —dice Emeric—. Lo sien…
—No —le interrumpo, más rápido y crudo de lo que pretendía—. Yo… sé
a lo que te refieres. No tienes nada por lo que disculparte.
—Me parece que sí —dice con una mueca.
Esta conversación se acerca demasiado a lo personal y no estoy preparada
para eso.
—Yo calculé mal. No me debes un… —agito la mano— besuqueo de
consolación. No funciona así. Nunca.
Emeric tuerce la boca.
—Un besuqueo de consolación —repite despacio—. Lo has conseguido.
Creo, de verdad, que nunca había oído hablar de eso antes.
No voy a sonreírle. Me niego, por principio (el principio es: ya he
alcanzado mi cuota emocional por hoy). En vez de eso, me muerdo el labio y
me inclino para echar un vistazo por el pasillo. Ni rastro de Gisele.
—¿Cómo… cómo lo haces? —pregunta Emeric—. Has dicho que sería tu
primer beso. ¿Te da igual que no hubiera sido real?
Noto que me arde la cara. De todas las cosas que podría recordar… esa es,
en serio, la peor parte. Escuchaba a otras chicas cotillear sobre amantes a
quienes habían besado detrás de los establos o en un festival o bajo la luz de
la luna en secreto. Las escuchaba susurrar la palabra lengua como si fuera un

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acto placentero de traición. Me preguntaba si alguna vez me reiría así y me
decía que no me importaba.
Durante un terrible momento, mi mente se queda en blanco sin más,
porque a estas alturas he sobrepasado mi límite. No sé cómo expresar esta fea
verdad en palabras que no quemen al salir. Pero, por algún motivo, siento que
puedo contárselo.
Quiero contárselo a alguien que lo entienda.
—No me habría dado igual —digo en voz baja—. Igual que a ti. Pero
sabes cómo hablan sobre mí. Sobre Gisele. Sabemos lo que es Adalbrecht.
Tenías razón antes, sobre que no es por valor. He durado tanto porque estoy
acostumbrada a que todas mis decisiones sean desagradables.
Emeric suelta una risa amarga.
—Pensarás que soy un cobarde extraordinario.
—Lo cierto es que no. Solo alguien que valora sus principios más que su
esperanza de vida.
Emeric sonríe de nuevo y, a pesar de todo, acabo violando mis propios
principios y le devuelvo otra sonrisa a regañadientes.
—Que conste —dice con cierta incomodidad— que creo que los dos nos
habríamos merecido… algo mejor. —Luego se endereza—. Ya vuelven.
Gisele y Ragne suben las escaleras y entiendo la señal. Me levanto y me
sacudo la ropa.
—Nos vemos dentro de un rato.
Salgo del rincón y Ragne me ve. Asiente y se dirige hacia Emeric. Antes
le enseñé a Ragne el camino hasta el dormitorio a través de los pasadizos de
los sirvientes y, en cuanto hayan recuperado el abrigo y la bufanda de Emeric,
lo traerá a escondidas para que podamos comparar notas. De esta forma, los
criados en el ala del río no se preguntarán por qué a la princesa Gisele la ha
atendido una desconocida en vez de Marthe.
Aun así, la garganta se me tensa cuando me sitúo a un paso por detrás de
Gisele. Todo esto me resulta agobiante y familiar: yo soy un simple accesorio
con la cabeza gacha y ella va con el vestido elegante y las perlas para
protegerla, y mantiene la barbilla bien alta mientras sube por las escaleras.
Las carcajadas de Adalbrecht resuenan a nuestra espalda.
Esas malditas perlas reducen las espinas de mi corazón.
Es como si poco a poco volviera a ser la persona de antes, lo que era
antes, cuando aún pensaba que Gisele cuidaría de mí, su leal doncella. Y, esta
vez, quizá no pueda huir.

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EL CUARTO CUENTO

EL LOBO Y SU ESPOSA

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Érase una vez una princesa que vivía con su doncella; en el pasado, ambas
fueron amigas.
Si le preguntaras a la princesa si aún lo eran, respondería que sí. Lo que
ocurrió cuando tenían trece años fue una desgracia, pero su doncella era la
criada más fuerte e inteligente que conocía y se recuperó al cabo de unas
semanas.
Si le preguntaras a la doncella si seguían siendo amigas, te diría que no
estaba segura de que alguna vez lo hayan sido.
O quizá no diría eso; sonreiría y respondería que claro. O diría que sí y
luego te preguntaría por tu familia. O se reiría y proseguiría con sus tareas.
Verás, la doncella estaba aprendiendo a mentir, porque había descubierto
que la verdad no la protegería. Estaba aprendiendo a abrir cerraduras y
engrasar bisagras y, mientras limpiaba los pocos tesoros del castillo, pensaba
en todas las formas en que podría robarlos.
Solo era un juego, se decía. Por si lo necesitaba en el futuro.
Un día, bien entrado ya un otoño muy rojo, el castillo recibió la noticia de
que un lobo grande y terrible visitaría su hogar. El príncipe pensó que querría
oro, soldados, poder… Pero la dama miró a su hija y supo que el lobo ansiaba
otra cosa.
La princesa no era fea, pero tampoco era guapa de esa forma que hace que
las criaturas como los lobos se sientan pagadas de sí mismas. Si el lobo
buscaba a una cazadora, la encontraría en ella.
Pero no buscaba a una cazadora, sino a una esposa.
Y la dama sabía que se llevaría lo que quisiera.
Antes de que llegara el lobo, escondió todos los retratos de la princesa,
excepto aquellos en los que era bebé. Tomó el último oro del tesoro. Y se
marchó.
Cuando la dama regresó, tenía las manos vacías, salvo por un collar de
perlas hechizadas.
La doncella observó cómo abrochaban las perlas alrededor del cuello de la
princesa. Vio cómo la reducían hasta volverla más pequeña, cómo le limaban
las aristas hasta volverla más suave, cómo le arrebataban el color del cabello
y de los ojos hasta convertirlos en vestigios de lo que habían sido.
Y la doncella se dio cuenta de que, una vez que las perlas estuvieron bien
abrochadas, la princesa y ella volvían a ser amigas. Siempre lo habían sido,
¿verdad? ¿Por qué no querría tener una amiga tan encantadora?

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Los ojos de la dama se llenaron de lágrimas, fruto de la alegría y del
alivio.
—Esto te protegerá —le dijo a su hija—. Los hombres pueden ser crueles,
pero lo son menos cuando eres hermosa.
—No quiero casarme con él —dijo la princesa. Las lágrimas de sus ojos
no eran de alegría ni de alivio.
—Nadie quiere casarse. —La dama se cercioró de que el cierre no
flaquearía. Tras una larga pausa, repitió—: Pero la belleza te protegerá.
El lobo llegó al castillo. Y la dama tuvo razón.
Olfateó las puertas y las habitaciones. Olfateó las mesas, los festines.
Olfateó la falda de la princesa. Pero no cerró las fauces, porque la belleza de
la princesa lo tranquilizó.
Más tarde esa noche, encontró a la doncella y hundió sus dientes en ella,
porque no tenía unas perlas que la protegieran. La dejó sangrando en el
pasillo cuando su única amiga lo espantó.
Por la mañana, el lobo anunció que se llevaría lejos a la princesa para
convertirla en su esposa, y ella lloró; también estaba aprendiendo a mentir
porque dijo que eran lágrimas de alegría.
La doncella no lloró, porque era la criada más inteligente y fría de
Sovabin. Sabía que el príncipe y la dama la enviarían con la princesa para
mantener ocupado al lobo. Sabía que sus madrinas aguardaban a que ocurriera
un momento justo como ese, cuando estuviera atrapada sin ninguna
esperanza, solo la que ellas le ofrecían.
Supe que tenía que ir a Minkja o los Von Falbirg me echarían al árido
Sovabin. Sabía que las perlas solo protegerían a Gisele durante un tiempo.
Sabía que nada ni nadie me protegería a mí.
Supe por las cicatrices de la espalda que Gisele miraría para otro lado
mientras Adalbrecht me comía viva. Me lanzaría a los lobos si eso significaba
que ella sobreviviría un día más.
Pero nunca sospechó que yo, su doncella leal y obediente, haría lo mismo.

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CAPÍTULO 22

Las espinas

Cuando llegamos a mis aposentos, no me decido entre perdonar a Gisele o


arrancarle las perlas del cuello.
Por suerte, ella lo hace por mí: se las quita en cuanto entra en la
habitación. Su cabello se oscurece, su silueta se rellena. Las costuras se
rasgan un poco cuando las ponen a prueba.
—Me había olvidado de cuánto odiaba esto —dice Gisele con tensión y
lanza las perlas sobre la cama.
Sin el hechizo que atenúa mi resentimiento, no tengo que pensarlo más:
arde bien por sí solo. Empiezo a desatarme el delantal y digo con brusquedad:
—Adalbrecht sabe lo de las perlas.
Gisele me mira, pero aparta los ojos y se le endurece el semblante.
—Me da igual. Nunca las pedí.
Pero sí que le importó cuando yo me las puse. Eso me lo guardo para mí.
—¿Te has enterado de algo útil en el baile?
—Prefiero esperar a que lleguen los demás.
Pues vale. Parece que no soy la única que guarda rencor.
La rodeo para sacar un camisón de la cómoda, porque lo único que quiero
es meterme en la cama y no pensar en lo que ha pasado esta noche, ni en
Adalbrecht ni en Emeric ni en nada. Luego me lo pienso mejor. Emeric
llegará en cualquier momento con Ragne y, aunque me ponga una bata sobre
el camisón, yo… no sé si quiero que me vea así.
(Era diferente con las perlas. Esa no era yo).
Así que saco un vestido sencillo del armario. Sigue siendo uno para la
futura margravina, pero es suave, de lana de cordero verde pino, indicado para
un día tranquilo en la biblioteca o para un paseo privado por los jardines. Es
bastante cómodo sobre la combinación de lino que ya llevo puesta.
—Ragne es tierna —empieza a decir Gisele, pero se detiene—. Y
graciosa. Se le ocurrían motes para todo el mundo. Llamó a Anna von Morz

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la del vestido que da miedo e Irmgard era la que huele como pies.
Me río mientras me desabrocho el uniforme de sirvienta.
—Lástima que no pueda estar en todos los eventos de la boda. Dame un
segundo y te podrás poner esto. —Esta es la última parte del plan: la
prinzessin se retira temprano del baile, aunque Adalbrecht seguirá con la
celebración hasta bien entrada la noche, solo para demostrar que puede.
Joniza esperará a Gisele para que puedan marcharse juntas, del mismo modo
en que llegaron (es posible que Joniza también tenga una cita con su
archienemigo, pero no estoy segura y tengo miedo de preguntar).
Gisele no me está escuchando. Recorre despacio el dormitorio,
examinando la suave alfombra azul oscuro, los ríos de cortinas de terciopelo,
las vistas al este de Minkja al otro lado del Yssar. Sus dedos recorren el dosel
de la cama, el tocador, la repisa de la chimenea; todo con cuidado, como si
fuera un sueño de cristal que se pudiera romper si apretara demasiado.
Con más cuidado del que me trató a mí.
La habitación (toda entera) es cien veces más lujosa que cualquier cosa
que haya tenido en Sovabin. Mil veces más espléndida que el Gänslinghaus
abarrotado y lleno de corrientes de aire. Todo esto podría haber sido suyo de
no haber sido por mí.
Pero ya no lleva las perlas, así que no puede hacerme sentir mal.
Me aclaro la garganta y saco los brazos por las mangas del vestido de
criada, dándole la espalda a Gisele.
—Date prisa. Ragne y Emeric llegarán pronto.
—¿Eso es la maldición? —dice con un jadeo.
Maldita sea. Me había olvidado de los rubíes en la columna. El cuello de
la combinación es tan bajo por la espalda que deja entrever dos o tres.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo te queda?
Inhalo hondo y miro por la ventana hacia la media luna.
—Una semana. A menos que enmiende lo que robé. —Me libero del
vestido con una sacudida—. Resulta que no es tan fácil como parece.
Otro silencio; lo único que oigo son los suaves chasquidos que hace
Gisele mientras se desabrocha los botones de su vestido. Luego rompe ese
silencio:
—Hablé con Joniza sobre lo que dijiste antes. No lo entendía… No
comprendía lo mal que lo habías pasado con mis padres.
Quiero gritar mentirosa; las manos me tiemblan mientras doblo el
uniforme. Gisele estaba presente cuando me azotaron por los Von Hirsching.

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Pero ha pasado un año desde que nos marchamos de Sovabin. No es la
misma. Ninguna lo es.
—Lo siento —dice—. Debería haberlo impedido.
Dejo el uniforme en la cama, junto a las perlas. Quizás haya aprendido.
Quizá… quizá podamos empezar a cerrar esas heridas.
—Éramos jóvenes…
—Pero no deberías haberme arrebatado esto —añade Gisele,
interrumpiéndome, y se me cae el alma a los pies—. Me lo quitaste todo: mi
nombre, mi futuro, mi vida. Tú…
Me doy la vuelta, casi escupiendo de rabia.
—Nada de esto te pertenecía. Hablas como si te lo debiera, pero nada de
esto te pertenece. No te ganaste tu nombre, no te ganaste esta vida, no hay
nada aquí para ti, solo las cosas que has recibido al nacer o las que tomaste
prestadas y lo que yo me he ganado.
—¡Lo que has robado! —grita. Hace una mueca cuando se quita el rubí
falso de la cara—. ¿Crees que todo esto te pertenece?
—¡Tú ni siquiera lo querías!
—¡No quería casarme con Adalbrecht! ¡No te atrevas a fingir que es lo
mismo!
No me puedo creer lo crédula que he sido al pensar que Gisele podría
haber cambiado.
—Así que querías todo esto, las joyas, los vestidos, el castillo, los criados,
siempre y cuando yo pagara el precio, no tú. Porque eso es lo que vale la
Weysserpfenni…
—Ni mi propia madre creía que era lo bastante buena para él —me
interrumpe Gisele, saliendo de la pesada falda—. Se avergonzaba de mí
porque quería a una hija como Irmgard.
—¡Y yo necesitaba a alguien que me protegiera de Irmgard! —Me acerco
a toda prisa para recoger el vestido, mi vestido, e incluso rabiosa como estoy
lo pliego con cuidado para que no se arrugue, porque, aunque haya vivido un
año como Gisele, eso no invalida los diez años que pasé sirviéndola—.
Necesitaba a alguien que me protegiera de ¡AdaAAAAAA…!
Algo se retuerce en la falda.
La suelto y me aparto de un salto. Una criatura del tamaño de un puño y
de un gris blanquecino sale del montón de terciopelo rojo. Es un hombrecillo
terrible que se arrastra como un cangrejo, con los ojos de un azul ardiente.
Gisele chilla.

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Ragne irrumpe en la habitación y es mi turno de soltar un grito por el
susto.
Y entonces Emeric entra a trompicones detrás de Ragne y tanto Gisele
como yo chillamos presas del pánico y nos lanzamos a por la bata más
cercana al mismo tiempo, ya que las dos vamos vestidas solo con la
combinación de lino, pero acabamos intentando ponérnosla a la vez (una
metáfora terriblemente apropiada).
—Lo siento… lo siento… No estoy mirando. —Emeric empieza a
retroceder por la habitación, ve al nachtmahr y procede, de un modo visible, a
alternar entre el instinto de luchar y el de huir a una velocidad desconocida
para el hombre común. Mientras tanto, oímos un ruido de tela rasgándose y
Ragne cae al suelo convertida en un lince negro; los restos del uniforme aún
se pegan a ella como una bolsa amniótica. Una pata enorme tumba al pequeño
nachtmahr, que se dirigía a toda velocidad hacia la cama, y luego lo mantiene
sujeto contra el suelo.
Me rindo con el vestido, tomo una sábana y me envuelvo los hombros con
ella.
—Supongo que nadie ha traído campanas. Júnior, cierra la puerta. —
Obedece y les dedico a Ragne y a él una mirada intensa—. ¿Cuánto tiempo
llevabais en el pasillo?
—El Emeric ha dicho que parecía una conversación importante —maúlla
Ragne, golpeando al mahr aullador— y que deberíamos dejaros intimidad, y
lo hemos hecho, pero luego habéis gritado.
Emeric mira a todos lados menos a nosotras.
No. No pienso permitir que este cabrón engreído me caiga bien al final de
la noche, aunque sea a regañadientes. Me niego a ceder en otro principio (que
es: en esta ciudad solo hay sitio para un cabrón engreído. Y esa soy yo).
Gisele ahoga un grito y descubro que tenemos otro problema.
El nachtmahr se está hinchando, casi burbujeando; ya no es un
hombrecillo, sino un híbrido espantoso entre humano y caballo. El cráneo se
deforma de un modo macabro, las extremidades se estiran como patas de
caballo que acaban en unas manos grises y retorcidas. Mientras crece, grita y
muestra montones de colmillos largos y finos como agujas.
Ragne gruñe, tiembla y se convierte en una leona con el pelaje negro, pero
esta habitación, quién lo iba a decir, no está diseñada para tres humanos, una
leona y un monstruo medio humano y medio corcel. Para empeorarlo todo,
Poldi aparece en la chimenea, gritando una sarta de insultos llenos de
indignación.

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—Quédate ahí, Poldi —le ordeno mientras Ragne arremete contra el
mahr, que ha alcanzado el tamaño de un hombre. La criatura brama y se lanza
a por la yugular de la leona, pero falla y le muerde el hombro. Ragne suelta
un grito y el corazón casi se me sale por la garganta.
—¡Vanja! —me llama Emeric. Me doy la vuelta para mirarlo. ¿Qué ha
pasado con señorita Schmidt?—. ¡Agárralo…! —Emeric está atrapado detrás
de Ragne la leona, pero me lanza uno de sus cuchillos. Consigo sujetarlo: el
oro de la buena suerte lo envuelve. Cuando lo saco de la funda, veo que tiene
una hoja bañada en cobre. Es el que hirió al nachtmahr en Lähl.
Este mahr ve el resplandor rojo como un penique y suelta a Ragne.
Sacude la cabeza y lloriquea, con la lengua fuera, pero Ragne y Emeric han
bloqueado la puerta que comunica con el pasillo, y Poldi y yo, la que da a la
terraza.
Se lanza a por Gisele.
No sé por qué me muevo.
Quizá por reflejo, por años de haberla puesto a ella primero.
Quizá por el frío cálculo del instinto: yo tengo un cuchillo y ella no.
Quizá sea la chica del espejo, mi fantasma que aún me atormenta, el que
se agarra a la vela agonizante con la esperanza de que aún podemos cambiar,
de que podemos atravesar las espinas, de que podemos dejar de hacernos
daño.
Me abalanzo sobre el mahr y caemos al suelo. Es muy viscoso al tacto y
casi pegajoso. Con sus dedos largos, me tira con furia del pelo hasta
enredarlo. Le clavo el cuchillo de cobre con torpeza en cualquier parte que
veo, en la barriga, en el ojo, entre las costillas rotas, hasta que se estremece de
un modo terrible, profiere un resuello y se queda inmóvil.
Me aparto y suelto el cuchillo, de rodillas.
—Muy bien, Poldi —digo entre jadeos—, haz los honores.
—Enseguida, señora —responde el kobold con alegría y arrastra el
cadáver hacia la chimenea. Se oye una serie de crujidos, chasquidos y
chisporroteos que no deseo investigar.
Un par de botas muy pulidas aparecen ante mis ojos. Alzo la vista cuando
Emeric se agacha a mi lado y me tapa de nuevo con la sábana. La mirada que
me lanza es extraña.
—Vale, a lo mejor tenías razón con los caballos —grazno.
Él niega con la cabeza y, con cierta tensión, dice:
—Los rubíes, en la… —Se señala la espalda—. Han desaparecido.
Estiro la mano entre los hombros. Ya no tengo la línea afilada de rubíes.

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—Has salvado a la Gisele —añade Ragne. Se acerca cojeando y haciendo
muecas de dolor.
Durante un momento, bajo la cabeza. Es una verdad de la que no puedo
huir. Ya no. Tengo que enmendar lo que robé.
—Sé cómo romper la maldición —admito. Luego me enderezo y miro a
Gisele—. Eiswald dijo que tenía que hacer enmiendas por todo lo que robé y
no son solo las joyas, sino tú. Tengo que compensártelo. Tengo que
devolverte tu nombre y tu vida.
Gisele se sienta al pie de la cama, atónita, y Emeric me ayuda a
levantarme.
Pero, entonces, ella me mira directamente a la cara, con ojos de acero, y
dice:
—No.

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TERCERA PARTE

EL PRECIO DEL RUBÍ

Página 243
EL QUINTO CUENTO

LA DONCELLA LEAL

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Página 245
Érase una vez una familia que vivía en lo alto de las montañas, en un castillo
deteriorado, con una hija a la que todo el mundo consideraba amable y sabia y
que gobernaría bien ese principado.
Un día, cuando la hija tenía quince años, llegó un lobo a su puerta y
susurró que se tragaría su castillo si no conseguía a la hija. Y, así, sus padres
le dieron un hechizo para protegerla y la vendieron al lobo.
Pero, por si el hechizo fallaba, enviaron algo más con la hija: a su
doncella. Verás, el lobo apreciaba la sangre joven y la doncella era leal. Había
salvado antes a la familia, cuando tuvo que aplacar a un conde cruel, y quizás
ahora también salvaría a su hija.
Tal vez el lobo se comería primero a la doncella y se quedaría satisfecho.
El lobo envió soldados a recoger a la princesa y a la doncella. Cabalgaron
en silencio durante mucho, mucho tiempo, ambas mudas de miedo.
La princesa temía no complacer al lobo, que, si la atrapaba en su guarida,
quizá le haría daño.
La doncella sabía que todo eso ocurriría, y también cosas peores. Y ni
siquiera tendría un penique blanco al que aferrarse después.
La doncella tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre esto, pues había un
largo camino hasta el reino del lobo.
Pero entonces, un anochecer, cuando estaban a pocos días de Minkja, la
princesa no pudo acallar más sus inquietudes. Les dijo a los soldados que iba
al río a bañarse antes de cenar y se llevó a la doncella.
La doncella observó mientras la princesa tiraba las perlas a la orilla. El
vestido se le ajustó, las costuras se estiraron y, con un grito de frustración, la
princesa también lo arrojó, sin importarle ni un ápice que habría que frotar el
barro de la seda, que habría que rehacer las costuras, encontrar los botones y
reemplazarlos.
Para ella, era libertad.
Para su doncella, era un desastre más del que tendría que encargarse.
La princesa dejó el bolso y la bolsa de aseo y se lanzó hacia el agua, con
lágrimas en las mejillas.
—¡No puedo casarme con él! Tendré que ir a bailes y reuniones y a todas
esas fiestas horribles con gente a la que odio y tendré que fingir que me caen
bien por política y tendré que llevar las perlas el resto de mi vida o sabrá que
soy… ¡yo! ¡Nunca podré volver a ser yo misma!
—Eso parece muy triste —dijo la doncella con frialdad.

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—Me dobla la edad y estoy segura de que querrá un heredero lo más
pronto posible, y mamá me dijo que acabaría enseguida y que no me
resistiera… —La princesa se rodeó el cuerpo con los brazos, temblando—.
No lo quiero.
La doncella solo escuchaba a medias mientras recogía el vestido y las
perlas; se le enredaron en la mano, suaves y preciosas. Se preguntó qué se
sentiría al tener a una madre que daría lo que fuera para intentar protegerte.
Aunque fuera un tipo de protección que no desearas.
—Necesito el pañuelo —dijo la princesa, llorando, y la doncella se lo
llevó.
La doncella vio que la combinación de lino que llevaba la princesa se
parecía mucho a la suya. Eran casi idénticas.
—No puedo casarme con él, Vanja. No lo amo. N-no creo que pueda
amarlo. —La princesa miró el río, las luces de color durazno y dorado que
cortaban su propio reflejo, antes de salpicarse la cara con el agua helada—.
Tienes que ayudarme. Tienes que hacerlo.
La doncella tardó un rato en responder. Y entonces, con la voz fría y
monótona, dijo:
—Vale.
Ese día, Gisele no vio a Muerte y a Fortuna de pie entre ella y yo en la
orilla. No supo cómo se quedaron allí, recordándome la solución tan sencilla
que me ofrecían. Muerte podía matar al margrave, Fortuna podía mantener al
lobo a raya mediante coincidencias poco probables, pero eso me costaría mi
libertad.
Y yo… sujetaba las perlas.
Si nada ni nadie podía ofrecerme protección en este mundo, tendría que
conseguirla yo misma.
—Lo haré —dije. Ya me había puesto el vestido de Gisele y, en cuanto
me abroché las perlas alrededor del cuello… me quedó perfecto.
Gisele me miró desde la orilla, limpiándose la cara. Tardó un momento en
entenderlo. O, mejor dicho, lo comprendió de una forma típica de los Von
Falbirg.
—Ah, Vanja, eres brillante. Puedes ocupar mi lugar cuando lo necesite,
en un baile o con… con el margrave, estoy segura de que puedes…
—No —le dije, acariciando su vestido… mi vestido—. No cuando tú lo
necesites. Si no quieres esta vida, me la quedo yo. Me la quedo toda.
—No es gracioso.

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—No estoy bromeando. —Señalé el uniforme de criada de los Von
Falbirg en el suelo. Siempre me hacían el mío demasiado grande, por si crecía
—. Pero ahora me vendría bien una sirvienta.
—No lo dices en serio —balbuceó—. Devuélveme las perlas, Vanja.
Nunca podrás hacerte pasar por mí, no te formaron como a una dama.
Hice la reverencia perfecta, la que tantas veces la había visto practicar a lo
largo de los años, con una sonrisa furiosa llena de dientes.
—Pues claro que me han formado. Pero no te diste cuenta.
Gisele contuvo el aliento. Un rubor se extendió por sus mejillas.
—Devuélvemelas. Llamaré a los guardias.
Me atravesó un pinchazo profundo de miedo. Pero entonces un rizo
plateado y muy brillante me cayó sobre el hombro y recordé quién era en ese
momento.
—Adelante —le dije.
Gritó pidiendo ayuda, altanera y enfadada y asustada, aún sin darse cuenta
de lo que había significado perder las perlas. Cuando los guardias llegaron
corriendo, arrugué la cara en una máscara de histeria y me acerqué tropezando
para decirles que esa loca me había atacado, que afirmaba ser la princesa de
verdad, que estaba asustada, muy asustada, ayudadme, por favor.
Todos eran soldados de Adalbrecht y ninguno conocía el rostro auténtico
de Gisele.
Cuando Gisele gritó quién era, quiénes eran sus padres, con la cara
enrojecida y llorando y vestida tan solo con una combinación fangosa,
confirmó mi mentira a la perfección.
—Ya está a salvo, prinzessin —me dijo un soldado, interponiéndose entre
la estupefacta Gisele y yo—. No puede causarle ningún daño.
—Márchese y deje en paz a la princesa Gisele —gritó otro guardia—.
Váyase a casa.
Gisele cayó de rodillas en la orilla fangosa, atónita.
A ella siempre le habían creído.
Sentí una pizca de lástima. No se podía comparar con los años y años de
amargura, pero me impulsó a hacer girar una última vez el puñal.
—Debemos ser caritativos —dije con amabilidad—, incluso en tiempos
de crisis. ¿Alguien podría traerme el bolso?
Tres guardias intentaron hacerlo a la vez. En cuanto lo tuve en la mano, lo
abrí y me acerqué a Gisele.
—Vanja —susurró—, no lo hagas. Por favor.
Le entregué un único penique blanco.

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Al menos le bastaría para llegar a la ciudad.
Y luego regresé al campamento junto con los soldados de Adalbrecht y no
miré atrás.
Nadie preguntó dónde había ido la doncella de Gisele. Yannec estaba
ocupado intentando congraciarse con los soldados y Joniza no saldría de
Sovabin hasta dentro de una semana. Nadie recordó siquiera mi nombre.
La doncella leal había desaparecido.
Y, unos días más tarde, Gisele-Berthilde Ludwila von Falbirg, la futura
margravina de Bóern, llegó a Minkja para adentrarse en las fauces del lobo.

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CAPÍTULO 23

La forma más segura

Miro a Gisele sin aliento.


— ¿No? ¡Te lo voy a devolver todo!
—No lo quiero. Esta noche me ha recordado lo desdichada que era —dice
—. Todos se odian y creen que son más listos y mejores porque juegan a esos
estúpidos juegos para destruir a los demás. Es asqueroso. No quiero volver.
Mi sorpresa se transforma rápidamente en furia.
—Entonces ¿por qué estás enfadada conmigo? ¡Si no quieres esta vida!
—¡Porque me la arrebataste! —Gisele agarra las sábanas con los puños—.
No me preguntaste qué quería. A lo mejor habría accedido a algo así, a lo
mejor podríamos haber pensado algo, pero ¡no debías decidirlo tú!
—Esto, eh… Esperaré fuera —dice Emeric, acercándose hacia la puerta
de la terraza.
Ragne se endereza, moviendo la cola y con la nariz ensanchada.
—El margrave se acerca.
—Schit, ¿ya? —musito. El mahr solo lleva un par de minutos muerto—.
Yo me encargo de él. Tú. —Señalo a Gisele y recojo la chaqueta y la bufanda
de Emeric del suelo, donde los había soltado al entrar—. Dame una bata. Y
tú. —Le lanzo a Emeric sus pertenencias—. Hace demasiado frío en la
terraza. Llévate a Ragne y escondeos en el armario. Ragne, conviértete en
ardilla o algo así. —Se encoge transformada en un gato negro y salta a los
brazos de Emeric mientras este se dirige hacia el armario. Grito en silencio
por dentro al pensar que le acabo de ordenar que se meta en un espacio
reducido con mi ropa interior, pero no hay tiempo para arrepentirse.
Me quito el apósito de la lágrima de rubí, tomo las perlas, le cambio a
Gisele la sábana que llevaba puesta, me pongo la bata y me abrocho el collar
justo cuando se oye un golpe atronador en la puerta. Se abre tan solo un
segundo más tarde.

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Empiezo a disfrutar de la alarma que muestra el rostro de Adalbrecht
cuando se da cuenta, una vez más, de que su prometida adolescente, ingenua
y atolondrada, acaba de esquivar una trampa sin saber cómo.
—Mi… mi gota de rocío —tartamudea—. Me han dicho que han oído
gritos.
Hago un cálculo muy consciente: no tiene sentido fingir que no he visto al
monstruo que nos acaba de azuzar, así que entierro la cara en las manos,
temblando.
—¡Ay, ha sido espantoso! Había una bestia feísima en mi falda y ha
intentado… intentado… —Me echo a llorar con unos sollozos enormes y
dramáticos.
—Ya pasó, ya pasó. —Me da unas palmaditas incómodas en la cabeza—.
¿Estás segura de que no te lo has imaginado, querida? Debes de estar de los
nervios después de una noche tan ajetreada. A lo mejor te has quedado
dormida y has tenido una pesadilla.
¿Lo dice en serio? La alfombra está quemada y hay manchas de sangre de
la persecución y se piensa que… No, así funcionan los hombres como él.
Hacen algo malvado e intentan convencerte de que no ha sido para tanto, y
luego fingen que no ha pasado nada.
Por eso señalo con un dedo tembloroso la chimenea manchada de sangre
que Adalbrecht ha ignorado por casualidad.
—Si Poldi no me hubiera salvado…
El kobold nos saluda con la pata descuartizada de un caballo.
Una vena sobresale en la frente de Adalbrecht.
—Eso es… terrible —consigue decir con los dientes apretados—. Iré a
decirles a los guardias que se mantengan alerta. No querría que les pasara
nada a los invitados.
—Claro que no —lloriqueo.
—Tú. Limpia esto. —Chasquea los dedos hacia Gisele y luego señala el
desastre de tela destrozada y sangre de la alfombra—. Quiero esta habitación
impoluta para mi señora.
Gisele lo fulmina con la misma mirada que recuerdo de aquella orilla.
Hace justo un año, Adalbrecht puso nuestras vidas patas arriba al exigir
que ella se convirtiera en su esposa.
Ahora no sabe ni quién es.
Un siseo de enojo sale del armario. Joder, Ragne, ahora no. Adalbrecht se
sobresalta y mira a su alrededor buscando el origen.

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—Uno de los gatos ratoneros del castillo se ha metido en el armario —me
apresuro a decir.
—Pues sácalo antes de que tenga que reemplazarte todos los vestidos.
—Por supuesto, cariño. —¿Por qué siento que me estoy disculpando de
verdad?—. Hilde se ha llevado un susto tremendo, pero lo pondremos todo en
orden enseguida.
Gisele sale de su ensimismamiento y hace una reverencia rápida. Aún no
sabe que debe mantener la cabeza baja cuando dice:
—Sí, enseguida, señor.
Debería haber dicho mi señor, pero Adalbrecht parece demasiado
preocupado para darse cuenta. Se dirige hacia la puerta.
—Ah, rocío mío —dice, agarrándose al marco de la puerta—. No se lo
cuentes a nadie. No queremos que los invitados se preocupen sin motivo.
Y se marcha. Resisto la tentación de cerrar la puerta de una patada a su
espalda, y espero para cerrarla hasta que oigo que los guardias lo saludan.
—Ya podéis salir… O no, esperad un momento, por favor.
Le lanzo a Gisele el uniforme de sirvienta y luego me quito las perlas de
nuevo y me pongo el otro vestido verde sobre la combinación. Esto sería más
fácil si no estuviéramos intercambiando sábanas y batas sin parar.
—No me gusta el margrave. —Dentro del armario, Ragne está que bulle
—. No me gusta cómo os habla a las dos.
—Y, bueno, ya sabes, todo el tema de los asesinatos. —Me abrocho los
botones lo más rápido que puedo—. Al menos hemos descubierto algo. Puede
que esté enviando a los nachtmaren, pero no está, eh, mentalmente vinculado
a ellos en cuanto los despacha.
—¿Cómo lo sabes? —La voz de Emeric suena amortiguada detrás de la
puerta. Santos y mártires, espero que no esté viendo nada demasiado
vergonzoso.
Miro a Gisele. Casi ha terminado con sus botones, así que al menos puedo
solucionar la situación del armario. Abro la puerta y le ofrezco una mano a
Emeric; Ragne sale de un salto.
—El mahr iba escondido en el vestido de Gisele. Nos podría haber
matado con facilidad en cuanto nos quedamos a solas; así que ¿por qué no lo
hizo? ¿Por qué esperó hasta que lo encontramos? Su objetivo era espiarnos.
—Una deducción razonable. —Emeric se quita una media del codo y los
dos fingimos que no existe—. Pero si son sus ojos y oídos…
Alzo un dedo.

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—Adalbrecht apareció aquí demasiado rápido. No es posible que los
guardias llegaran al salón de baile, llamaran su atención y lo trajeran hasta
aquí en cuestión de unos pocos minutos. Así que sí, creo que puede sentir la
muerte de uno de sus nachtmaren, porque ha venido corriendo a comprobarlo
él mismo. Pero no creo que pueda ver y oír a través de ellos en el momento
exacto, creo que tienen que volver a informarle. Porque esa criatura inmunda
—señalo la chimenea, donde Poldi está abriendo feliz las vértebras como si
fueran castañas— me oyó discutir con Gisele. Y, si se lo hubiera transmitido a
Adalbrecht, habría sabido exactamente quién es Gisele nada más verla.
Emeric luce una mirada peculiar.
—Ese es… un argumento muy astuto.
—Sí, a veces tengo uno de esos. —Miro a mi alrededor y encuentro a
Ragne junto a la chimenea, aún convertida en gato—. ¿Ragne? ¿Qué necesitas
para tu hombro?
—Me curo cuando cambio de forma —dice con un bostezo—, pero me
cansa. Me aseguraré de que la Gisele y la Joniza regresen a casa bien y luego
volveré para dormir mucho.
—Antes de que os vayáis, princesa Gisele… ¿has visto algo en el baile?
—pregunta Emeric.
Gisele arruga los labios.
—Las familias nobles que han asistido proceden de todo el imperio
meridional. Algunas incluso son de zonas que están a tres territorios de
distancia o más. Pero los únicos representantes de los Estados Imperiales
Libres son…
—¡OOOH, son los vecinos de Bóern! —Acabo la frase por ella con
rapidez y tiro del brazo de Emeric, frenética—. ¡Yo también me he fijado en
eso!
—¿Es necesario? —Se aparta fuera de mi alcance.
—No, júnior… La lista del estudio, las ciudades fronterizas…
De pronto se le enciende la bombilla. Saca el cuaderno improvisado y
pasa las páginas hasta encontrar la lista que he copiado.
—Necesitaremos un mapa para confirmarlo, pero estoy casi seguro de que
todas están en la frontera de los Estados Imperiales Libres. ¿Qué
posibilidades hay de que tenga algo desagradable preparado para los jefes de
Estado que han venido?
—Bastantes —digo con gravedad.
Emeric estudia la lista, pensativo; veo que una mano se aproxima al
bolsillo en el que guarda su moneda de prefecto. Luego suspira.

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—Hubert podría tener algunas ideas… pero no creo que esta noche
podamos hacer mucho más.
—Y yo tengo que regresar al Gänslinghaus para ayudar a Umayya. —
Gisele sacude la cabeza—. Ojalá pudiera ayudarte con la maldición, Vanja, de
verdad, pero si se supone que debes enmendar lo que quitaste, no veo cómo
devolverme mi nombre solucionará nada. Solo me estarías obligando a
aceptar una vida que no quiero. —Su mirada se dirige hacia la chimenea—.
Señorita Ragne, cuando estés lista.
Una parte de mí quiere gritarle. Otra sabe que tiene razón y la odio.
Sé que tengo razón hasta la médula llena de piedras preciosas: debo
devolverle el nombre para romper la maldición. Pero si no lo quiere… Según
Eiswald, me maldijo por mi codicia. Y sería puro egoísmo arrastrar a Gisele a
esa vida solo para salvar mi propio pellejo.
Cuando me he quitado la frustración suficiente como para hacer un
comentario ingenioso, Gisele ya se ha ido con Ragne. Emeric se está
poniendo con mucha discreción el abrigo y la bufanda sin decir nada.
Vale. Esta es la última parte del plan: lo saco del castillo y luego me meto
en la cama… No, tengo que quitar la sangre de la alfombra y traerle a Poldi su
polenta, y luego ya podré meterme en la cama y no pensar de verdad, de
verdad, en lo que ha pasado esta noche.
Saco un abrigado chal de lana del armario y me dirijo hacia la puerta de la
terraza.
—Vamos, es la salida más segura.
Emeric entorna los ojos.
—¿Lo es?
Eso me saca una carcajada.
—No te voy a tirar al Yssar esta vez, así que sí, lo es. Además, Poldi está
ocupado.
El kobold está partiendo un fémur por la mitad en la chimenea.
—No demasiado.
Al salir, veo que se ha nublado y vuelve a nevar; salto sobre la balaustrada
y me cuelgo del enrejado, eligiendo el camino entre las rosas. Emeric me
observa y niega con la cabeza, incrédulo.
—Repito: ¿es la salida más segura?
—Cuidado con las espinas. —Llego a la parte de abajo y espero mientras
baja detrás de mí, farfullando maldiciones cuando el abrigo se le engancha de
vez en cuando, a pesar de todos sus esfuerzos. En cuanto apoya un pie en el

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suelo, lo agarro por el hombro antes de que dé un paso atrás y caiga por la
orilla estrecha.
Emeric examina la franja minúscula de tierra entre la pared del castillo y
el río. Luego alza la mirada hacia el enrejado.
—Esto es absurdo, señorita Schmidt. ¿Así es como entras y sales?
Estoy un poco decepcionada de que hayamos vuelto al «señorita
Schmidt», pero solo lo admitiré si me ponen un cuchillo en la garganta.
—Tomé el otro camino cuando me envenenaron —le cuento—. Muchas
escaleras, acaba en un sendero detrás de la cascada que, en esta época del año,
es hielo sólido. Ya viste cómo terminó aquello. Mantén la espalda pegada a la
pared y deslízate.
—¿Cómo has sobrevivido todo un año haciendo esto? —pregunta en voz
baja mientras avanzamos poco a poco. Me río a pesar del ambiente gélido.
—Por pura beligerancia, sobre todo. —Durante un momento, solo se oye
el roce de la tela sobre la piedra. Al final pregunto—: ¿Qué pasa si pap… si
Klemens decide arrestarme?
—Entonces expondré todos los argumentos persuasivos sobre que tu
ayuda ha sido —Emeric suspira— muy poco ortodoxa, bastante indecente,
pero, aun así, irremplazable. Hubert es pragmático. A lo mejor puedo
convencerlo de que espere por ahora.
—No me gusta ese «a lo mejor».
—Pues es lo que hay. —Suspira cuando doblamos la esquina y al fin
llegamos a la parte más ancha de la orilla.
—Supongo que no puedo convencer a Klemens de que se jubile pronto.
—No —dice Emeric, con los ojos relucientes.
Lo mando callar y hablo en un susurro.
—Es una broma, júnior. —Luego señalo un muro cercano—. Esos son los
barracones y el otro edificio también estará ocupado, así que baja la voz.
Puedes saltar por encima del muro del viaducto Hoenstratz en la falda de la
colina. La gente usa este sendero sobre todo en verano, así que intenta no
llamar demasiado la atención.
Emeric frunce el ceño al ver el sendero rocoso.
—¿Para qué lo usan?
—Lo llaman «el camino de los amantes» —digo con sequedad—. A ver si
adivinas por qué.
—Ah. —Está demasiado oscuro para saber si se ha sonrojado, pero los
copos de nieve que se quedan atrapados en su cabello parecen derretirse un

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poco más rápido. Echa a andar por el sendero, pero se detiene y se gira hacia
mí—. ¿Estarás bien? ¿Tú sola?
Uno de estos días dejará de hacerme sentir vulnerable con esas preguntas,
pero eso no va a suceder hoy.
—Normalmente me las apaño —digo, con solo un temblor leve en la voz.
Es una traición, una confesión que no pensaba revelar, y cuelga entre nosotros
igual que el aliento que se condensa en el aire. Emeric me mira entre la nieve
que cae, callado e indeciso.
Tengo que… que salir del frío.
—No te caigas ni mueras.
Luego desaparezco por la esquina antes de que pueda pararme a pensar en
la mirada de Emeric, esa tan peculiar.
Regreso bien al dormitorio, porque llevo un año recorriendo esta vía,
porque estoy bien yo sola. Además, aún tengo que limpiar el desastre que ha
dejado el nachtmahr y traerle a Poldi la polenta y la miel. Me paso las manos
por el cabello, suelto un suspiro muy largo y voy a buscar un apósito nuevo y
un uniforme.
Con un viaje a la cocina consigo un cubo de agua y la cena de Poldi, pero
tardo más porque tengo que rodear a una pareja que ha convertido el pasadizo
de la servidumbre más cercano en su propio camino de los amantes. Elijo
tomar un atajo por el vestíbulo a la vuelta. La voz de Adalbrecht resuena por
el pasillo cuando me acerco. Seguro que se ha posicionado ahí para despedir a
los invitados que no se quedan en el castillo.
Y entonces casi tropiezo al oír la voz que le responde, seca y precisa y
totalmente inesperada.
—… ha habido un percance en la oficina y necesito alojamiento, señor.
Pensé en venir a preguntar si su generosa oferta de hospitalidad seguía en pie.
No es posible.
No corro, porque no se corre con un cubo de agua en una mano y un
cuenco de polenta en la otra a menos que quieras pasar mucho tiempo
limpiando. Así que camino muy deprisa hacia el vestíbulo y echo un vistazo
por la esquina.
En efecto: Emeric está ahí, jugueteando con la bufanda. Habrá regresado
después de que nos despedimos, pero… pero… Adalbrecht ha intentado
matarnos a los dos y no es seguro que se quede aquí. ¿En qué estará
pensando?
Adalbrecht se ríe como una ola estrellándose en la orilla. Le da una
palmada a Emeric en el hombro con tanta fuerza que casi se le caen las gafas.

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—Por supuesto, chaval. ¿Quieres que te busque a la moza pelirroja?
Ay, no. Intento retroceder.
—No es necesario —se apresura a decir Emeric—. Señor.
—¿Estás seguro? —Adalbrecht echa un vistazo a su alrededor y me
localiza—. Mira, ahí está. ¡Muchacha! Ven aquí.
Emeric parece tan horrorizado como yo y las orejas se le han coloreado de
un escarlata brillante.
—De verdad, señor, yo no…
—Puede mostrarte una habitación para invitados. —No es una sugerencia.
—Enseguida, mi señor. —Hago una reverencia rápida, fulminando con la
mirada a Emeric—. Sígame.
Llega otro grupo de invitados que distrae a Adalbrecht y aprovecho la
oportunidad para subir con toda la indignación que puedo las escaleras que
conducen al ala del río. Emeric me sigue. No es que no entienda por qué lo
hace: es que no quiero entender por qué lo hace.
Estoy bien sola. Estoy bien.
Dejo el cubo junto a mi puerta y sigo hasta la habitación contigua. Sé que
está vacía porque me he asegurado de ello desde que estoy aquí, para que
nadie me vea bajar por el enrejado. Y así es: la puerta se abre para mostrar
una oscuridad fría y tranquila. Poldi aparece en la chimenea y empieza a
servirse los troncos cercanos.
—Eres tonto de remate, Emeric Conrad —le digo, porque no pienso
admitir que me alegro de que esté aquí, ni con un cuchillo en la garganta ni
sin él.
Una sonrisa cansada, torcida y extremadamente engreída aparece en su
rostro, una que dice que lo sabe de todas formas. Entra en la habitación y se
quita el abrigo.
—Pues es agradable no ser el único tonto, para variar. Buenas noches,
señorita Schmidt.

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CAPÍTULO 24

La tarifa del Barquero

La puerta se cierra y regreso enseguida a mi habitación, muy molesta con él


e incluso más inquieta por el extraño sentimiento en el fondo de mi estómago.
Dejo la polenta y la miel de Poldi junto a la chimenea. Cuando sale a
comérsela, ya estoy limpiando la sangre de la alfombra.
—¿Quiere que eche de nuevo a ese chico al río? —pregunta Poldi,
sentándose en las piedras de la chimenea.
Niego con la cabeza y puede que esté fregando con demasiado entusiasmo
la sangre.
—No… Esta noche, no.
Ragne regresa convertida en una lechuza unos minutos más tarde. Ya me
empezaba a preocupar, aunque eso se sitúa en los primeros puestos de la lista
de cosas que no admitiré si no me amenazan de muerte. Se acerca a un
camisón que le he dejado en una silla y entra en él; un segundo más tarde,
aparece convertida en humana.
—Tengo otra pregunta —declara mientras se sienta—. Si pongo la boca
en la cara de un ser humano, ¿sigue siendo un beso?
La miro con los ojos entornados.
—¿No ibas a dormir mucho?
—Pronto. Estoy muy cansada. —Se frota los ojos—. Pero ¿sigue siendo
un beso?
—Eh. Bueno. Depende del sitio. Si pones tus labios en los labios de otra
persona, eso suele ser un beso.
Ragne sacude la cabeza y se toca la mejilla.
—¿Y aquí?
—Eso es un beso en la mejilla.
—Entiendo —dice, recostándose en la silla—. ¡Entonces he besado a la
Gisele en la mejilla! Y ella me ha besado a mí de la forma normal. Ha sido
muy raro y me ha gustado.

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Dejo de fregar y la miro, parpadeando.
—¿Tú… ella… de la forma normal, en la boca?
—¡Sí!
—Con… ¿Gisele?
—¡Sí!
Muchos resortes de ese candado encajan en su lugar.
O sea… tendría que hablar antes con Gisele para asegurarme de que no
estoy suponiendo cosas, pero… el príncipe y la dama Von Falbirg fueron muy
claros sobre una cosa: lo mejor que Sovabin podía ofrecer era un linaje real.
La dote de Gisele era poco más que la promesa de un heredero que el
Kronwähler podría elegir como emperador. Pero si Gisele prefiere a las
chicas, la lista de personas candidatas se reduce drásticamente; solo quedarían
unas cuantas mujeres nobles capaces de concebir con ella. No me extraña que
no se lo haya contado a sus padres.
Pero estoy sacando muchas conclusiones. Hay una cosa que sé con
seguridad.
—Ragne, ¿sabes eso de que a los humanos les gusta complicar las cosas
cuando no es necesario?
—Mucho —dice, enroscándose en la silla.
—A quien beses es una de esas cosas. Deberíamos hablar con Gisele antes
de contárselo a nadie. A lo mejor quiere que sea un secreto. ¿Lo entiendes?
Con la cabeza apoyada de lado en las rodillas, Ragne parece un poco
triste.
—Creo que sí. Aunque me gustaría volver a besarla.
Me acuerdo de la cara que puso Gisele antes, cuando hablaba de Ragne.
—Creo que a ella también.
Me levanto para vaciar el agua sanguinolenta por la terraza. No puedo
evitar echar un vistazo a las ventanas de Emeric; la luz tenue atraviesa las
cortinas transparentes y distingo una silueta en el escritorio. Me apresuro a
entrar en mi dormitorio. Ragne se ha enroscado más en la silla y está dando
cabezazos.
—No te quedes dormida así o te harás daño en el cuello. —Me pongo un
camisón, apago todas las velas excepto una y me meto en la cama. Un
segundo más tarde, Ragne sube convertida en gato y se apoya contra mis
pantorrillas. Ya estoy tan acostumbrada que ni siquiera finjo protestar.
Busco debajo de las almohadas hasta que me topo con el cuero suave y
resistente y el crujido del pergamino que llevo casi una semana escondiendo.

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Me digo que solo voy a leer las notas robadas de Emeric para cerciorarme
de que no hemos pasado nada por alto. No porque oigo su voz al leerlas ni lo
veo dando vueltas al carboncillo entre los dedos antes de añadir otra línea. No
porque me recuerda que está a una habitación de distancia, que regresó a la
casa de un hombre que ha intentado matarlo solo para que yo no estuviera
sola.
No porque todas esas cosas son reconfortantes de un modo terrorífico.
Aunque a lo mejor aún persiste una gota de Lágrimas de Augur en mi
sangre. Porque debo contaros la verdad: me quedé dormida a la luz de la vela
pensando en el momento antes de que me lanzara el cuchillo de cobre, cuando
me llamó por mi nombre.

Después del desayuno de la mañana siguiente, decido devolverle las notas.


¿Esto estará motivado, al menos un poco, por el hecho de que me han
aparecido sarpullidos de perlas por los codos? Es posible. Creo que empiezo a
atar cabos con la maldición: unas pocas gemas desaparecen cada vez que
hago algo… bueno, altruista. Como rescatar a Fabine del Wolfhunden o
lanzarme a por el nachtmahr. Creo que siguen creciendo a pesar de todo, pero
con más rapidez cuando hago algo por interés propio, por decirlo de alguna
forma.
Eso explicaría por qué mi racha caritativa de la semana pasada no sirvió
para nada: todo era para ayudarme a mí misma. Y quizá devolver las notas
tampoco cambie nada, pero me parece… (uf, no me puedo creer que lo esté
diciendo, en qué me he convertido), me parece lo correcto.
Por desgracia, la cosa se complica cuando Emeric no responde a la puerta.
He preparado un discurso breve y mordaz (que se resume en: He decidido que
necesitas tus notas después de todo, porque está claro que no puedes vivir sin
ellas) y se me ha ocurrido una artimaña decente (el cuaderno está metido en
una montaña de toallas que yo, Marthe la doncella, va a entregarle). Pero
llamo una vez y otra y no hay respuesta.
Trudl asoma la cabeza por otra habitación del pasillo. Esta tarde llega otra
oleada de invitados y todas las camas del castillo deben estar listas.
—Puedes entrar. El prefecto no está.
—Prefecto júnior —la corrijo antes de poder evitarlo. Decido que fingiré
que eso no ha pasado—. ¿No está?

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—Salió poco después del amanecer. Recibió un mensaje urgente o algo.
Klemens. Debe de haber llegado.
Trudl malinterpreta la desazón en mi rostro.
—No te preocupes, que volverá. El margrave ha ordenado que le
guardásemos la habitación.
Y adorna este comentario con un guiño que confirma que los rumores
sobre el incidente del armario se han extendido por el castillo. Fantástico.
Justo lo que necesitaba.
Regreso a toda prisa a mi habitación y tiro las toallas sobre una silla.
Supongo que tendré que enfrentarme al prefecto Klemens de una forma u otra
y quizá, si le devuelvo amablemente las notas a Emeric en su presencia, sea
más fácil venderle todo ese concepto de «ladrona rehabilitada».
—Nos vamos a la ciudad —le digo a Ragne, la cual, fiel a su palabra,
incluso ha dormido durante el desayuno. Al menos Adalbrecht ha sido
clemente y ha permitido que todo el mundo comiera en sus habitaciones;
habrá sido una pesadilla para los criados tener que subir y bajar escaleras
cargados de bandejas, pero trabajar rodeados de decenas de nobles petulantes
con resaca en uno de los salones habría sido peor.
Ragne se estira y enrosca la cola de gato mientras guardo las notas de
Emeric en un zurrón.
—¿Iremos a ver a la Gisele?
—Antes tenemos que encontrar la oficina de la orden de los prefectos.
Pero quizá vayamos a verla más tarde. —No puedo evitar sonreír. Me parece
muy tierno lo feliz que parece Ragne—. Te gusta mucho, ¿no?
—Sí. —Ragne se enrolla en una manta y se sienta convertida en humana
para mirarme con sinceridad—. Sé que a ti no te cae bien. ¿Estás enfadada
conmigo?
Lo pienso durante un momento mientras añado los sospechosos habituales
a la bolsa: naipes, un dado, un puñal.
—Antes era su amiga. A lo mejor volvemos a serlo algún día. Pero nos
hemos hecho daño. Las dos decidimos hacernos daño. Y cuando alguien
decide algo así, da igual lo bien que te lleves con esa persona: las cosas
cambian. Así que no, no estoy enfadada contigo. O sea, tu madre me echó una
maldición letal y aun así somos amig… —Pero me callo.
Es demasiado tarde. El semblante de Ragne se ilumina.
—¿Somos amigas?
Hace una semana, me habría lanzado por voluntad propia al Yssar antes
que confirmarlo. Pero han sido días muy largos y Ragne me ha acompañado

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durante la mayor parte del tiempo.
—Sí, vale, somos amigas —farfullo—. Aunque tengas un gusto espantoso
en novias.
—A mí me parece que su gusto…
Me tapo los oídos con las manos.
—NOP. No me hace falta oírlo.
Le dejo un mensaje a Franziska de que no deben molestar a la prinzessin y
me dirijo hacia los portones, sorteando unos guardias al pasar. Tengo que ir
con cuidado, viendo por dónde piso; ha nevado toda la noche y, aunque han
limpiado las carreteras, las placas de hielo vuelven el descenso por la colina
más traicionero. Ragne se agarra a mi gorro de lana convertida en un gorrión
negro, lista para salir volando si resbalo.
Gracias al hielo, llego al Göttermarkt un poco más tarde de lo que me
gustaría. En los últimos días lo han transformado: han vaciado la plaza de
hogueras, penitentes y peregrinos y el resto de puestos de sakretwaren se
apiñan contra los templos. El vocerío se ha visto reemplazado por los sonidos
de cuadrillas de trabajo que están reformando la plaza rodeadas de una
multitud de espectadores y de personas que acuden a los templos.
La atracción más llamativa son las tres casas ceremoniales que han erigido
para la boda. En general, son tiendas pequeñas o cobertizos unidos, pero,
cómo no, Adalbrecht no iba a conformarse con nada menos que con
diminutos palacios vacíos y, por lo que parece, eso es lo que va a conseguir.
Los más pequeños al norte y al sur de la plaza representan la casa Falbirg y la
casa Reigenbach; el grande, abierto sobre un altar en el extremo este, es para
las dos casas unidas. Están construyendo otra plataforma en el extremo
occidental de la plaza, pero debe ser para alguna costumbre de Bóern, porque
no la reconozco.
Me detengo junto a un puesto de sakretwaren para preguntar el camino y
luego serpenteo entre la multitud, dejo atrás los templos de Yssar y de
Tiempo, y también y la Rueca. No puedo evitar fijarme en el destello de
monedas y carbón en la catedral de Fortuna a la vuelta de la esquina, pero la
rodeo.
Por fin encuentro un edificio pequeño y sólido entre los templos de
Justicia y del Caballero Invisible; parece tan robusto como sus dovelas de
granito y tan erosionado como la pesada puerta de roble. Sobre el dintel hay
una placa de bronce con las balanzas, la calavera y el pergamino de la orden
de los prefectos. Una ventana con barrotes da a la calle, pero no veo a nadie
dentro.

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Subo los escalones hacia la entrada y pruebo el pomo. La puerta se abre
para revelar una pequeña sala de espera iluminada por unas barras finas de
metal resplandeciente. Seguro que es el mismo material que el de la moneda
de peltre hechizada de Emeric. Hay un escritorio cerca con una taza de café
frío y pergaminos desperdigados; parece un mostrador de recepción, pero no
hay nadie. En la pared de enfrente hay unos bancos vacíos.
El pasillo da un recodo y no veo lo que hay al otro lado, pero unas voces
amortiguadas salen de ahí como tinta diluida, demasiado ininteligibles para
captar el sentido de las palabras. Respiro hondo, intentando memorizar la
distribución (la mesa, los bancos, y lo más importante: la puerta), por si el
prefecto Klemens decide que una ladrona que coopera sigue siendo una carga
y tengo que salir a toda prisa. A menos que me equivoque, las volutas de la
mala suerte se acumulan en las esquinas. Quizá sea un mal presagio solo
porque estoy dentro de una oficina de las fuerzas de seguridad. O quizá sea
algo peor.
Una de las voces se eleva y la oigo clara como el agua.
—¡… debería haber ESTADO ALLÍ!
Nunca había oído a Emeric tan… roto.
Me muevo antes de darme cuenta y sigo su voz con la misma resolución
ingrávida que me impelió en el Madschplatt. Recorro el pasillo a toda prisa y
lo encuentro en un saloncito sencillo, paseando con furia mientras otra
persona intenta darle un pañuelo. No deja de restregarse la cara con las
manos, alzándose las gafas hacia el pelo en el proceso.
—Es culpa mía, yo le dije que podíamos separarnos como siempre, yo le
dije que podía ocuparme de esto, la única persona que tiene la culpa soy…
Ragne gorjea en mi hombro y Emeric nos mira al fin.
Cuando ves a alguien llorar por primera vez, sientes una especie de terror
extraño. Por lo que parece, Emeric hace ya un rato que está llorando: tiene los
ojos inyectados en sangre, respira de forma entrecortada y una fina capa de
sal le mancha las gafas.
Se supone que no debía verlo así, en carne viva, de un modo irreversible.
Es peor presenciar cómo intenta recuperar la compostura, como alguien
caminando con un tobillo roto.
—V… señorita Schmidt —dice en un tono errático—. Me-me temo que…
ahora no…
—¿Qué ha pasado? —pregunto. Ragne vuela para posarse sobre el cuello
de la camisa de Emeric y le peina el cabello con el pico. Él traga saliva antes
de responder.

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—Han… e-encontrado… —No puede seguir y se tapa la cara.
—Esta mañana han encontrado muerto al prefecto Hubert Klemens —dice
la otra persona en voz baja y, al fin, consigue meterle el pañuelo en la mano a
Emeric—. En los islotes Stichensteg.
—No ha sido un accidente —digo con un jadeo.
—La forense lo está valorando. —Le desconocide se sacude el uniforme,
que es más sencillo que el de Emeric, aunque también luce la insignia de los
prefectos. Le cuelgan un par de cordones plateados de oración sobre los
hombros, torcidos y demasiado elegantes para el día a día. Es posible que le
hayan interrumpido los rezos matutinos y no haya tenido tiempo de
quitárselos. Ladea la cabeza, casi como un pájaro—. Discúlpame, pero ¿quién
eres?
—Es… —Emeric se aclara la garganta—. Es una asesora. Señorita
Schmidt, le presento a Ulli Wagner. Es quien dirige esta oficina.
—Esta es Ragne —digo, señalando el lugar que ocupa sobre Emeric—. La
hija de Eiswald. A veces es una osa.
Ulli alza las cejas y se oye un timbre.
—Entiendo. Conrad, esa es la forense. Ahora vuelvo —dice antes de
marcharse de la habitación.
El silencio es pesado y doloroso. No puedo evitarlo: apoyo una mano en
la manga de Emeric.
—Eh. Júnior. Quien lo haya hecho no tiene ninguna posibilidad. Lo sabías
todo sobre mí incluso antes de llegar a Minkja y ahora nos tienes a Ragne y a
mí para ayudarte. Y ella puede convertirse en una osa.
Emeric suelta un resuello tembloroso y no sé si es una risa, pero quizá sea
algo parecido y con eso me basta.
Ulli regresa con una mujer de semblante adusto, ataviada con un delantal
de médico y unos guantes. Deduzco que es la forense. Vacila un poco al
verme.
—Conrad, ¿es… es tu…?
Emeric se aparta como si le hubieran pillado con las manos en la masa.
—Solo… solo una asesora —se apresura a decir, pero esconde el brazo
que le he tocado detrás de la espalda—. Para este caso. Yo la avalo.
Consigo asentir sin decir nada. En los últimos segundos, he pasado de la
compasión a la vergüenza, luego a la indignación y a una mezcla de las tres,
todo decorado con una pizca de una calidez desconcertante por el hecho de
que me avalen. Cualquier intento de articular lo que estoy sintiendo saldría
como un grito mortal.

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—Muy bien. —La forense se quita los guantes y saca un cuaderno—. Aún
estamos realizando las pruebas habituales, pero los hallazgos preliminares
sugieren que la muerte del prefecto Hubert Klemens fue un homicidio. La
causa parece ser una única herida de arma blanca en el corazón. Dejaron un
cuchillo de prefecto en la herida, así que es probable que sea el arma
homicida.
—¿Uno de los suyos? —pregunta Ulli. Emeric se tapa la boca con la
mano y la forense ladea la cabeza.
—Ahora mismo, diría que sí. Era el cuchillo de hierro y es el único que le
faltaba. Además…
Más tarde me doy cuenta de que es en este momento cuando debería haber
escuchado los avisos de Fortuna.
La mala suerte empieza a aparecer en el borde de mi visión. No entiendo
por qué y, a pesar de todo, no quiero marcharme. No ahora, no con Emeric en
este estado. Anoche regresó por mí y le debo una.
—… es costumbre dejar monedas para el Barquero en los ojos de los
fallecidos…
Una capa de hielo me cubre el corazón. Recuerdo a Emeric en el callejón
hace una semana, exponiendo los datos sobre la muerte de Yannec: su propio
cuchillo.
—… sin embargo, encontramos un penique rojo…
Uno de tus distintivos peniques rojos en la boca.
—… en la garganta.
Contengo la respiración.
Cuando me giro hacia Emeric, me está mirando, tan pálido como el
mármol.
—Yo no… no he… —tartamudeo.
La voz de Emeric se vuelve fina como una cuchilla y más afilada aún.
—¿Un penique rojo?
Retrocedo un paso. Él me agarra por el antebrazo.
El corazón me martillea en las venas más y más rápido. Las palabras me
salen desafinadas y, schit, sueno a mi versión de chica paleta estupefacta, pero
es real, es real, es demasiado real.
—No fui yo, anoche no fui a ninguna parte, yo no… no lo…
Estoy de vuelta en el castillo Falbirg y juro que no soy una ladrona…
Una furia terrible, llena de traición, se refleja en el rostro de Emeric.
—¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome?
—¡No te he mentido, lo juro!

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No te dejes llevar por el pánico nada de pánico nada de pánico…
—¿Qué le has hecho?
Ragne se interpone entre los dos, convertida en un lobo negro que gruñe.
Emeric me suelta y Ulli y la forense retroceden hasta caer en un sofá.
No puedo respirar. No me creen, nunca me creerán, me van a pillar, me
van a… a…
Rompo mi regla más vital.
Me dejo llevar por el pánico.
Y huyo.

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CAPÍTULO 25

Desesperación

Corro como un rayo por el pasillo, llego a la sala de espera, salgo por la
puerta y alcanzo la calle. Hay un trueno de pasos a mi espalda. Sé que Emeric
me está pisando los talones.
Si no salgo de aquí, irá a por mi cuello.
Mi mente se desploma en una niebla roja nauseabunda, atrapada en caída
libre en medio del pánico, y solo puedo pensar en una cosa:
Vete, vete, sal de aquí todo lo rápido que puedas, corre, corre, corre…
Ragne se posa sobre mi hombro, ahora como cuervo.
—Sígueme —grazna, volando hacia una calle lateral. Voy detrás de ella.
El polvo de carbón de la mala suerte me envuelve como una ventisca
sucia.
— ¡DETENTE! —La voz de Emeric resuena en la calle. No miro atrás—.
¡DETENEDLA!
Rodeo a una mujer que empuja un carro y luego casi me estampo contra
un obrero que lleva cubos llenos de clavos hacia la plaza. No pienso, solo le
doy una patada a un cubo para lanzar los clavos por la calle. Emeric tendrá
que bajar el ritmo a menos que quiera clavarse uno.
Hay una ráfaga de maldiciones y sé que ha funcionado. Ragne me lleva
por otra esquina muy cerrada y luego otra, para perder a Emeric de vista todas
las veces que podamos; vigas y puertas y jardineras llenas de plantas muertas
por la escarcha: todo se mezcla en un borrón fugaz. Me arden los pulmones.
El corazón me palpita en los oídos como un tambor enojado. No me atrevo a
reducir la velocidad ni siquiera para respirar.
—Arriba —grazna Ragne; veo que me ha conducido al viaducto
Hoenstratz. La carretera de arriba puede estar lo bastante despejada para que
se convierta en caballo y entonces puedo… no sé, pensaré en algo… solo
tengo que huir…
— ¡Cuidado!

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Ragne cae sobre mi hombro como gato y me hace perder el equilibro. Me
tambaleo justo cuando una bola plateada de luz pasa zumbando como una
avispa a mi lado.
Acaba hundiéndose en el costado de Ragne, que suelta un maullido
asustado y se queda inmóvil.
La sostengo antes de que caiga y no… no tengo tiempo para describir lo
aliviada que me siento cuando me mira parpadeando. Pero solo mueve los
ojos y muy despacio.
Veo que la cabeza oscura de Emeric aparece entre la multitud. Una parte
de mí quiere correr hasta dejar atrás Minkja. La otra quiere quedarse solo para
estrangularlo por lo que sea que le haya hecho a Ragne.
No tengo tiempo para estrangulamientos y no sé si Ragne aún tiene una
oportunidad. Voy corriendo hacia las escaleras del viaducto, ganándome
miradas de extrañeza de la gente que solo ve a una chica desesperada
aferrando a un gato negro inerte.
Los escalones de piedra son un caos de hielo y lodo congelado. Intento
subir todo lo rápido que puedo. Estoy por la mitad cuando percibo una
refriega en la parte inferior y me giro para echar un vistazo.
— ¡Detente! —me grita Emeric con los ojos ardiendo por la ceniza de
bruja. Aún va en mangas de camisa. El muy tonto ni siquiera se ha molestado
en ponerse una chaqueta—. ¡No puedes escapar de mí!
Un segundo más tarde, los dos descubrimos que, por desgracia, tiene
razón.
Mi bota aterriza en un trozo de hielo y resbala. Tengo el tiempo justo para
dejar a Ragne en un peldaño antes de bajar el resto rebotando y aterrizar en
Emeric. Caemos al suelo con un crujido.
El aroma intenso a cedro llena el aire… seguido por el de la sangre.
Debajo de mí, Emeric suelta un siseo sobresaltado de dolor. Le caen cristales
rotos de la mano izquierda; de ella también mana la ceniza de bruja plateada y
manchada de rojo. El frasco se habrá roto con la caída.
No sé si nota los cortes cuando me busca a tientas. Le agarro la muñeca
ensangrentada, pero no veo su mano derecha, que se apoya en mi clavícula,
arrastrándome hacia abajo. Nos gira para sujetarme contra el suelo. Su peso
me aplasta contra la nieve sucia y los arroyos fríos de fango se me clavan por
cada costura. Me suelta el hombro, pero solo para aferrarme la muñeca libre
en una tenaza de hierro.
—Suéltame, yo no… —Escupo. Esa neblina roja asfixiante me envuelve
de nuevo mientras me revuelvo e intento alejarlo, pero en vano—. ¡Has

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herido a Ragne! ¿Qué le has hecho?
Emeric se aparta un centímetro y la alarma le cruza el rostro, pero
enseguida vuelve a dar paso a la fría rabia.
—Se pondrá bien, es un hechizo de parálisis. Yo no soy un asesino. ¿Qué
le hiciste a Klemens?
— ¡Nada!
— ¡DEJA DE MENTIRME!
Lo miro con fijeza, miro el ardor de la ceniza de bruja de sus ojos, la
convicción cristalina de que, diga lo que dijere, voy a ser culpable, una
asesina, una mentirosa.
Soy una de las ladronas pequeñas y me mandará al patíbulo él mismo.
No sé cómo pensé que podía confiar en Emeric. No sé por qué pensé que
podría…
Anoche tuvo razón sobre una cosa: durante un momento, estuvo bien no
ser la única tonta.
Una gota de sangre se desliza sobre mis dedos, los que le agarran la
muñeca izquierda. Veo perlas del aceite de ceniza de bruja en sus nudillos.
Tengo que marcharme, sin importar lo que cueste.
Tiro de su mano y paso la lengua por la palma sangrienta.
Esto tiene dos efectos inmediatos. El primero: Emeric se queda
completamente quieto, mirándome no con rabia, sino con algo que ninguno de
los dos conoce. Una desesperación repentina y estupefacta.
El segundo: una espina de aceite de enebro me sisea en la boca; se mezcla
con ceniza de bruja y el sabor de la sangre.
Noto que la ceniza se disuelve hasta convertirse en rayos entre los dientes.
No he recibido formación sobre los métodos adecuados de hacer magia, pero
el poder es poder. Los cánticos y los rituales solo la vuelven más fuerte,
minimizan la reacción posterior, lubrican los engranajes.
Así que alzo la mirada hacia Emeric y le suelto:
—Lárgate.
Y la magia hace el resto.
Se oye un crac. Emeric sale volando, pero no veo dónde aterriza, porque
las consecuencias me golpean como un puñetazo inesperado. Ruedo hasta
ponerme de rodillas a tiempo de vomitar en la nieve; la fiebre y los
escalofríos me recorren las venas y convierten todos mis músculos en algo no
mucho mejor que arcilla húmeda. En mal momento recuerdo que Emeric
mencionó algo sobre la potencia de la ceniza de bruja de los prefectos, pero es
tarde para arrepentirse.

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Me obligo a levantarme y voy tambaleándome hasta las escaleras,
resollando, con las trenzas oscilando y el gris empañándome la visión. Mi
gorro ha desaparecido y, si no llevase cerrado el zurrón, habría perdido todo
el contenido también. Creo que me he torcido el tobillo porque siento
pinchazos de dolor, pero no puedo detenerme, no puedo detenerme, si me
detengo me atrapará, si me detengo me pondrá otra correa.
Ragne sigue siendo un montón blando de pelo en los peldaños
congelados. La recojo y fuerzo a mis piernas cansadas a que nos lleven el
resto del camino por el viaducto. Carros y carruajes pasan a nuestro lado, las
ruedas traqueteando contra la piedra. Camino todo lo rápido que puedo hasta
que recupero un poco el aliento y luego me obligo a correr de nuevo,
intentando esquivar los trozos de hielo. Sigo mirando hacia atrás, pero no veo
a Emeric persiguiéndome.
Una parte minúscula de mí no puede evitar preocuparse sobre si le habré
hecho daño de verdad. No sabía lo que hacía con la magia, solo quería que se
apartara, ¿y si…?
Es la misma parte que quería que la dama Von Falbirg, Muerte, Fortuna,
alguien me tratara como a una hija. Es el farol en la encrucijada que se aleja
en la oscuridad. Nada me espera en ese camino.
El mundo se estrecha hasta que solo queda el latido sordo de mi corazón,
los pulmones en llamas, un paso doloroso tras otro.
Y lo consigo. Veo el cartel de madera, las margaritas pintadas que de
repente tienen sentido. A Gisele le gustaban mucho las margaritas.
No me fijo en lo tranquilo que está el Gänslinghaus cuando llamo a la
puerta. Los únicos rostros que se asoman por las ventanas están en el primer
piso.
La puerta se abre. Gisele está allí, pálida y tensa.
—¿Qué…?
—Ayúdame, por favor —digo, casi llorando—. Necesito un sitio donde
esconderme.
Gisele mira a un lado y asiente.
—Entra.
—Gracias, lo siento mucho, es solo hasta que, hasta que Ragne se
despierte… —Casi tropiezo en el umbral. La calidez de la sala principal
supone un alivio tan grande que quiero llorar; es tan cálida que los dedos me
arden después, por el frío.
Tan cálida que no veo la mala suerte que me atenúa la visión.

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—¿Qué le pasa a Ragne? —La voz de Gisele se vuelve de acero cuando la
puerta se cierra a nuestra espalda.
Y entonces oigo cómo se cierra el pestillo.
—Nada —dice la voz rasposa de Emeric desde el otro lado de la
habitación.
Me doy la vuelta. Está junto a la puerta principal, pálido y ensangrentado
y temblando. Lleva aquí todo el rato.
Sabía que vendría.
Pues claro que sí, porque sabe mejor que nadie que no tengo ningún otro
sitio al que ir.
Miro la cocina… Han movido la larga mesa contra la puerta trasera.
Tendría que arrastrarla para salir.
Estoy atrapada.
—Ragne recibió un hechizo de parálisis que no iba dirigido a ella. —
Parece que los efectos de la ceniza de bruja le han afectado con la misma
intensidad que a mí; aun así, ha llegado antes que yo. El dolor y la furia lo han
llevado más lejos que el polvo de dioses y monstruos.
—No nos has contado esa parte, meister Conrad —dice Joniza. Se apoya
en la pared que separa la cocina y se enrosca una trenza con el dedo. Mira a
Emeric con los ojos entrecerrados.
La mirada de Gisele pasa de Ragne a mí y luego a Emeric.
—Quítale el hechizo.
—Se le pasará con el tiempo —admite—. Y por esa razón voy a terminar
con esto ahora mismo, antes de que ella —me señala con un dedo— consiga
que una osa enfadada la ayude a escapar de nuevo.
Ya ni siquiera se me ocurren insultos para él.
—Ríndete —me dice—. Te llevaré de vuelta a la oficina y permanecerás
encerrada hasta que un prefecto con la ordenación completa pueda encargarse
de tu caso.
—No. —Retrocedo hasta la pared, sacudiendo la cabeza. No puedo
pudrirme en un calabozo hasta la luna llena—. No he hecho nada… No he
tenido tiempo para…
—Un momento —dice Joniza con dureza y alza una mano—. He accedido
a escucharte y a escuchar a Vanja. Así que desembucha, chaval. ¿Qué te hace
pensar que tiene algo que ver con el asesinato de tu colega?
El semblante de Emeric se fractura durante un momento, pero luego es
como si soplara el viento del norte y una gelidez distante cae sobre él.

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—Hubert era una amenaza para ella. Preguntó varias veces si estaría
dispuesto a pasar por alto sus crímenes y mi respuesta nunca la satisfizo.
—Si «un hombre no la dejó satisfecha» fuera motivo para acusar a alguien
de asesinato, tendrías a muchas más sospechosas —replica Joniza—. ¿Qué
más?
Ragne se contrae en mis brazos.
—Apuñalaron a Hubert con su propio cuchillo y lo d-dejaron en el Yssar.
—La voz de Emeric tiembla, pero la estabiliza—. Lo encontraron con un
penique rojo en la boca. La semana pasada, el cadáver de Yannec Kraus
apareció…
—¿Yannec está muerto? —Joniza se aparta de la pared, con pinta de estar
mareada. Gisele se tapa la boca.
—Lo apuñalaron con su propio cuchillo y tenía un penique rojo en la
boca. Apareció en las Stichensteg, igual que Hubert. —Emeric me señala con
un dedo—. Y tú admitiste que estabas allí cuando murió.
—¿Por qué no nos lo contaste?
—No… no encontré un buen momento —balbuceo, a sabiendas de que
suena absurdo, pero, santos y mártires, entre el margrave y el veneno y los
nachtmaren y las maldiciones, es cierto, es cierto…
Joniza suelta una carcajada incrédula.
La estoy perdiendo. Estoy perdiendo cada centímetro que había
conseguido avanzar para salir de este pozo.
—¡Estaba consumiendo amapola! —digo, alzando la voz—. Estaba en
pleno síndrome de abstinencia e intentó arrancarme el rubí de la cara. ¡Ragne
lo asustó para apartarlo y tropezó y aterrizó sobre su propio cuchillo! ¡Yo no
quería que muriera!
Emeric no cede ni un ápice.
—Pero querías su libro de cuentas.
—Yannec vendía mis botines, quería encontrar a su comprador…
—¿Y lo tiraste al río sin más? —pregunta Gisele, insegura—. ¿Como si
fuera basura?
—Gisele, por favor… —Mi espalda choca contra la pared. Aún intento
retroceder, deslizándome por ella para apartarme, aunque sé que no hay
ninguna salida.
—Supongo que no querías seguir pagándole su parte —prosigue Emeric,
frío y mecánico—. Quizá se volvió demasiado codicioso, quizá te
chantajeaba. ¿O los Wolfhunden os seguían la pista?
—No, te dije…

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No quiere oír mis respuestas.
—Lo eliminaste porque era una amenaza. Como Hubert.
—Yo no… por favor…
Noto que Ragne vuelve a temblar.
Emeric también lo ve. Ahora habla más rápido para exponer su caso antes
de que ella pueda intervenir. Con cada frase, avanza un paso.
—Me engañaste para… —Le tiembla la voz—. Para que me quedara en el
castillo y no pudiera detenerte.
—No… Y-yo nunca…
—Viniste a la oficina para cerciorarte de que nadie te relacionara con el
asesinato de Hubert.
—Si me escucharas…
—No sabías que encontrarían el penique.
—¡Quieres escucharme!
Pero, al mirar a Emeric, a Gisele, a Joniza, lo sé: cuatro años y nada ha
cambiado.
Llego a la esquina y la voz de Emeric se desvanece.
No hay nada que pueda ayudarme. No tengo ningún sitio al que huir. Me
dan ganas de vomitar de nuevo. Tiemblo con tanta fuerza que no sé si Ragne
se sigue moviendo en mis brazos.
Es como si una desconocida ocupara mi cuerpo, como si viera esta
situación desde fuera.
No estoy en esta habitación.
Estoy en el castillo Falbirg, hace casi cuatro años, y da igual cuánto grite,
porque nadie me escucha.
Es hace cuatro años y estoy atada al poste de los azotes y ardo.
Es hace cuatro años y estoy tumbada bocabajo en una mesa en la cocina
oscura y asfixiante y Yannec me dice que es solo cuestión de tiempo antes de
que el mundo encuentre una excusa para volver a dejarme en carne viva a
base de latigazos.
Tenía razón. Y ahora está muerto.
Pero no es hace cuatro años, sino ahora, y no tengo ningún sitio al que ir y
no puedo respirar y Emeric grita y Gisele y Joniza no están diciendo nada y lo
único que puedo hacer es esperar a que llegue el fuego.
Ragne rueda para salir de entre mis brazos.
Luego se levanta a mi lado convertida en una chica; tira del abrigo
húmedo para taparse y se apoya con fuerza en mi hombro.
— ¡Basta! —grita, arrastrando un poco la palabra.

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La habitación queda en silencio.
—No me convertiré en osa —dice furiosa—, porque te asusta, igual que
tú estás asustando a la Vanja. —Señala a Emeric—. Llevo con ella casi toda
la semana y te equivocas. El Yannec era un hombre malo y torpe que apestaba
a amapola. Intentó estafar a la Vanja, luego intentó hacerle daño y ella no
hizo nada, solo apartarse. Cayó sobre su propio cuchillo después de que yo lo
asustara. Olí que la Vanja se puso triste cuando murió.
—¿Cuándo no has estado con Vanja? —pregunta Joniza con frialdad.
—Me he separado de la Vanja tres veces. Una fue justo antes de que él —
apunta a Emeric con un dedo— la atacara, otra cuando tuvo que quedarse en
el castillo con el margrave todo el día, y anoche, cuando os acompañé a la
Gisele y a ti de vuelta a casa. No tuvo tiempo de matar a Hubert Klemens. Y
nunca he olido sangre humana en la Vanja hasta ahora, que se ha manchado
con la sangre del Emeric. —Ragne se endereza un poco más, con el mentón
tembloroso mientras mira a Gisele—. Sí, es mala, pero es mi amiga y lo está
intentando. Y todos le estáis haciendo daño.
Hay otro silencio frágil y escarpado.
—Pero… —Emeric parece perdido—. ¿Por qué has venido a la oficina?
No sé por qué eso lo provoca, por qué eso me rompe. Quizá porque estoy
herida y asustada y se me acaba la adrenalina que mantiene a los lobos a raya.
Quizá porque quería hacer algo correcto por una vez. Quizá porque intentaba
hacer algo por él.
Abro el zurrón con tanta fuerza que los botones salen volando, encuentro
el cuaderno de cuero con los dedos y se lo lanzo a Emeric. Aterriza a sus pies
antes de que todo se llene de lágrimas.
Mis piernas eligen ese momento para ceder. Me deslizo por la pared y
entierro la cara en las rodillas. Ragne se agacha a mi lado, con una mano en
mi espalda.
Cada torrente de miedo hierve, cada vieja herida se abre de nuevo, cada
tensión se carga de una tristeza extraña y todo sube hasta la superficie. Estoy
sollozando, me ahogo en el sabor a sangre y ceniza y aceite de enebro, lloro
como llevo años sin hacerlo. Odio que estén todos aquí para presenciarlo,
pero ya no me queda sitio para la vergüenza.
Durante un rato demasiado largo, los únicos sonidos en la habitación son
mis sollozos rotos y los susurros que hace Ragne mientras me quita tierra y
arena del pelo.
Luego los tablones del suelo crujen.
—No —gruñe Ragne—. No te acerques.

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—Yo… —Emeric suena afligido, destrozado—. Tengo que…
—Creo que los dos necesitáis espacio, Conrad —dice Joniza desde lejos
—. Quédate aquí con Gisele, tómate un té. Llevaré a Vanja arriba y le diré a
Umayya que los niños pueden bajar ya.
La voz de Gisele suena a mi lado; los tablones crujen cuando se encamina
a la cocina.
—Sigo sin entender quién se molestaría en inculpar a Vanja.
—A ella, no —dice Emeric con la claridad fatigada y amarga de un
hombre que se ha dado cuenta de que le han robado el monedero—. Anoche,
Von Reigenbach dijo que se encargaría de los prefectos. Así que inculpó al
Pfennigeist.
Oigo un susurro cuando recoge el cuaderno… y luego un golpe húmedo y
un grito de Joniza.
Alzo la mirada. Un mahr diminuto está bocarriba a los pies de Emeric, en
el sitio en el que estaba el cuaderno. No es más grande que un escarabajo.
Joniza se queda quieta entre Emeric y yo. Chilla por el asco y pisotea al
mahr enseguida. Se oye un chasquido repugnante.
—Oh —dice Gisele—. ¿Estaba espiando…?
No termina la frase. Unas llamas azules surgen debajo de la bota de Joniza
como el aceite de un farol al caerle una chispa. La barda se aparta de un salto
con una imprecación estrangulada.
Gisele toma un cubo de arena que hay junto al fogón y lo lanza sobre las
llamas.
Se apagan. Y luego se encienden de nuevo rodeando la arena; el fuego
azul se expande por el suelo.
Y es entonces cuando nos damos cuenta: el fuego no se extinguirá.
Adalbrecht quiere quemarnos a todos.
—¡Umayya! —Gisele corre hacia las escaleras—. ¡Tenéis que salir ahora
mismo!
—Arriba, arriba… —Ragne me ayuda a ponerme de pie.
Joniza se dirige a la puerta de la cocina, pero no hay tiempo para arrastrar
la mesa. Retrocede y abre el pestillo de la puerta principal y tira de ella.
Se mueve… y se para. Joniza lo intenta de nuevo. No cede.
Las dos puertas están bloqueadas.
Estamos atrapados.

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CAPÍTULO 26

La casa de fortuna

Son las pequeñas cosas de la vida las que te sorprenden, ¿eh? En plan: estás
atrapada en un edificio ardiendo y, aun así, parece más fácil que lidiar con el
hecho de te acusen de asesinato, justo el chico que creías que… no.
Las llamas azules se extienden por el suelo mientras Ragne me saca de la
esquina. Oigo a Umayya y a Gisele ordenando a los huérfanos mayores que se
pongan los zapatos con la mayor rapidez posible.
Joniza le da a la puerta otro tirón frenético.
—Venga, venga.
—Está bloqueada desde fuera —dice Emeric, tenso—. ¿Las ventanas…?
Unas llamas naranjas suben por el otro lado de los cristales y, cuando
inhalo, huele a aceite de farol. Pues claro. Adalbrecht quería encargarse de
los prefectos. Decenas de Wolfhunden habrán visto a Emeric correr hasta aquí
y papá lobo nunca deja las cosas a medias.
Ragne me suelta y se convierte en una osa negra gigante. Se lanza contra
la puerta justo cuando Joniza se aparta de su camino y luego apoya todo su
peso contra la madera. Se oye un crac agudo y terrible. Un empujón más y la
puerta cede.
Oigo un grito desde la parte superior de las escaleras. Una de las niñas
más pequeñas esconde la cara en la camisa de Fabine y balbucea sobre la osa.
Ragne se transforma en gato y recorre la habitación en círculos nerviosos.
—¡Deprisa! —maúlla—. ¡Fuera!
Una parte distante de mí se tambalea al oírlo (hay más de una docena de
niños, Gisele, Umayya y Joniza… ¿qué comerán si toda la comida se
quema?) y luego un cálculo desapasionado se apodera de mí.
Joniza está reuniendo a la mayoría de los niños en la calle. Gisele y
Umayya bajan a los últimos rezagados. Subo corriendo las escaleras; a la
porra con el tobillo torcido. Agarro a Gisele por el brazo cuando el humo
empieza a acumularse en el techo.

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—El dinero —siseo—, la donación que os dejé la semana pasada, ¿dónde
está?
— ¿Ahora? —replica con perplejidad. El bebé llorón que lleva le tira del
pelo. No tengo tiempo para esto.
—¡Sé que no lo habéis gastado! ¿Dónde está?
Libera una mano para señalar el pasillo.
—En el último dormitorio, debajo del colchón de la izquierda…
No espero a oír el resto. Grita detrás de mí mientras me tambaleo hacia el
final del pasillo, tapándome la cara con el delantal. Sale más humo de entre
los tablones del suelo y el calor es como un cuchillo en mis pulmones.
Irrumpo en la habitación de Gisele, compuesta por dos camas sencillas en
esquinas opuestas. La izquierda, ha dicho la izquierda, ¿no? Examino esa
primero. El colchón es pesado, relleno de paja y trapos con más paja debajo y
es difícil mantenerlo alzado mientras rebusco con la mano libre entre los
tallos. La temperatura aumenta y el aire se coagula con humo.
Mis dedos encuentran al fin el cuero suave. Gisele ni siquiera ha sacado
los peniques de la bolsa. Lo tomo y salgo a rastras del dormitorio, pegada al
suelo, donde el aire está más limpio.
Cuando llego al rellano, aún estoy tosiendo. La parte inferior de la casa
está cubierta casi por completo de llamas azules y el hueco de la puerta
principal rota es un objetivo que se atenúa. A lo lejos, oigo a Umayya gritar:
—¡No, detente!
Y entonces una silueta aparece en la entrada. Oigo pasos que crujen con
agonía a medida que la figura avanza dando zancadas. El rostro de Emeric
surge de entre las sombras asfixiantes, cómo no. Pues claro que es él. ¿Quién
más iba a creer lo peor de mí y, aun así, entrar en un edificio ardiendo para
salvarme la vida?
Me rodea los hombros con un brazo y con el otro me agarra por la cintura;
bajamos las escaleras dando tumbos, casi cayendo, hasta el frío repentino y
salvaje. La gente grita, lanza puñados de nieve y cubos de agua, pero es inútil.
Entre el aceite de farol y el mahr, haría falta todo el Yssar para apagar el
fuego. Al menos los tejados cubiertos de nieve de los vecinos evitarán que
prendan chispas.
Inhalo una bocanada de aire limpio tras otra. Emeric aún me sujeta
erguida y una parte de mí quiere quedarse así y fingir que todo va bien, que
podemos volver a ser como éramos antes de esta mañana.
Pero no he sobrevivido tanto tiempo escuchando a esa parte. Lo aparto de
un empujón.

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Unas manos me agarran por los codos enseguida; esta vez es Gisele. Tiene
los ojos húmedos y lívidos.
—Vanja, ¿en qué estabas pensando? ¡Solo es dinero! ¡Podríais haber
muerto Emeric y tú!
—¿Solo dinero? —jadeo entre la cacofonía y señalo con una mano a los
niños que observan cómo las llamas devoran el Gänslinghaus. Solo algunos
llevan puestos abrigos—. ¿Cómo vas a darles de comer? ¿Dónde os vais a
quedar? —Agito la bolsa delante de sus narices—. ¿Cómo vais a comprar una
casa nueva, Gisele? ¿Cómo has podido vivir así durante un año y decir que
solo es dinero?
—¿Quién es Gisele? —susurra una huérfana.
—Tenemos otro problema —dice Joniza, con la voz ronca por el humo—.
Las posadas se están llenando. Entre el Winterfast y la boda, no hay
prácticamente camas vacías en Minkja.
—¿Nadie tiene familia que pueda ayudar? —pregunta Ragne, convertida
en un lebrel que mueve la cola a unos niños que se aferran a su costado.
Gisele niega con la cabeza.
—Es un orfanato. Nadie tiene familia.
Miro la nieve sucia y la bolsa que tengo en la mano.
Eso no es exactamente cierto.
En el borde de la multitud, veo a los Wolfhunden con los ojos llenos de
ansia. Hay demasiados testigos para que puedan pisotear a un puñado de
huérfanos a plena vista, pero no podemos quedarnos aquí. Solo hay un sitio al
que podamos ir.
Schit, cuánto lo detesto.
—Tengo una idea —digo sin más—. Seguidme. Y no hagáis preguntas.
Acabamos pidiéndole a una granjera que pasaba por allí que nos lleve por
el viaducto Hoenstratz, porque es un largo trecho para los niños y más cuando
hay que llevar en brazos a algunos y mantener calientes a otros. La granjera
está más que dispuesta a portarlos en el carro de paja. El resto caminamos a
su lado y el silencio terrible y enfermizo pesa a cada paso que damos. Ragne
se mantiene cerca de mí, pero no dice nada; solo me da apoyo cuando cojeo
por el tobillo, que no deja de empeorar.
Ni siquiera intento mirar a Emeric. No es por despecho o frialdad, sino
para protegerme. Si pienso en lo que ha ocurrido, en él, si recojo el hilo suelto
de ese nudo, me echaré a llorar de nuevo.
Salimos del viaducto y dejamos a la granjera simpática al norte del
Göttermarkt. Por suerte, no es la misma escalera por la que subí antes, así que

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no tenemos que preocuparnos por si los niños tropiezan con la sangre de
Emeric o con mi vómito. Los más jóvenes empiezan a lloriquear mientras
recorremos las calles, pero no tardo en distinguir los chapiteles
característicos.
Hemos llegado a la casa de mi madre. O de una de ellas, al menos.
La catedral de Fortuna es grande, llamativa y revestida de polvo de carbón
de verdad. Unas urnas enormes franquean cada lado de la puerta de latón. Hay
cuatro, una por cada tipo de ayuda rápida que un transeúnte pueda necesitar:
monedas de oro para tu buena suerte, plata para la buena suerte de otra
persona, cobre para aplacar tu mala suerte y trozos de carbón para desearle
mala suerte a alguien.
(No te sorprenderá saber que las dos urnas más populares son la de cobre
y carbón. Quizá eso revele algo sobre la naturaleza humana, pero también
creo que dice algo sobre el presupuesto personal de cada uno. ¿Comprar
buena suerte? ¿Con esta economía?).
—¿Crees que los sacerdotes nos aceptarán? —pregunta Joniza con
vacilación. No la culpo. Los templos de Fortuna sí que proporcionan cobijo
para aquellas personas afectadas por sus caprichos, pero eso suele ser cuando
ocurre un gran desastre como una inundación o un derrumbe, no cuando una
mísera casa se quema.
—Nos aceptarán —respondo con los dientes apretados. Subo los
escalones de la entrada y abro las puertas.
La luz del interior es tenue y huele a madera vieja, a brasas ardiendo, a
velas de cera e incienso. Unos hilos de delicado humo ascienden hacia el cielo
desde los incensarios que cuelgan en las esquinas del vestíbulo, dulces y
cargados de gardenia. En el extremo más alejado del santuario, una acólita
alza la mirada desde donde estaba puliendo el arco de oro y hueso sobre el
altar.
—¿Hola? —Deja el trapo y se apresura a recorrer las filas truncadas de
bancos—. ¿Puedo ayudarles? El servicio vespertino no… Vaya, vaya.
En pleno paso, la acólita se detiene y tiembla. Una corona de monedas
cambiantes se manifiesta sobre su cabeza y su atuendo sencillo se convierte
en un vestido de oro y hueso.
Oigo los gritos ahogados de los otros a mi espalda. Los ignoro.
—Hola —es todo lo que digo.
Fortuna apoya las manos en la cadera.
—Supongo que esto lo decide todo, ¿no? ¿Crees que Muerte debería estar
aquí para presenciarlo?

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Muerte nunca necesita una invitación. Aparece junto a Fortuna, dando
golpecitos con el pie.
—Acordamos darle espacio.
—¡Ha acudido a mí! —protesta Fortuna cuando otra ronda de
exclamaciones de sorpresa brota de mis compañeros—. ¡Con sus amiguitos a
la zaga! Ha acudido a mí para pedir ayuda, no a ti, yo gano, fin de la historia.
Ay, Vanja, nos lo vamos a pasar en grande…
—No he venido a pedirte ayuda —la interrumpo. Fortuna y Muerte se me
quedan mirando—. Esta es tu casa, así que también es la mía.
—No, un momento —se queja Fortuna, pero no la dejo terminar.
—Vengo a reclamar mi lugar en tu casa, como tu hija. No voy a pedirte
nada que no me pertenezca por derecho. —El ceño fruncido de Fortuna se
acentúa, pero yo sigo insistiendo—. Aunque, claro, si no me quieres aquí,
puedes renunciar a mí. Renuncia a mi deuda y yo renunciaré a ti y a lo que te
pertenece.
Todos sabemos que eso no va a pasar.
Muerte tose en una manga.
—No te rías —le espeta Fortuna—. No es gracioso.
—Es muy gracioso.
Ahora Fortuna parece molesta. O, mejor dicho, la acólita a la que ha
poseído parece molesta.
—No puedes esperar que aloje a todos tus amigos de forma indefinida.
—Son mis invitados y he traído dinero. Te daré dos sjilling por cada día
que pasen aquí. Eso debería cubrir la comida, el alojamiento y la protección
contra los grimlingen bajo este tejado.
—Tres peniques blancos al día.
—Uno. —Agito la bolsa—. Pagaré veinticinco por adelantado. Es la
mejor oferta que me podrás sonsacar.
Es un espectáculo extraño: a Muerte le tiemblan los hombros con unas
carcajadas silenciosas y Fortuna parece más indignada y traicionada que un
gato al que le están dando un baño.
—Trato hecho —acepta a regañadientes, y le lanzo la bolsa—. Nuestra
oferta sigue en pie, Vanja. No tendrás que elegir. Pero no puedes huir para
siempre.
Se esfuma y deja a la acólita parpadeando y aferrada a una bolsa de cuero
con una donación más que generosa. Muerte vacila un momento y luego
desaparece detrás de ella sin decir nada.

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—Yo… eh… —tartamudea la chica—. Tengo que avisar a la suma
sacerdotisa. ¿Los invitados… podéis… seguirme, por favor?
Conduce a Umayya y a los niños por un pasillo del santuario. Gisele y
Joniza se quedan rezagadas, mirándome como si fuera a darles un puñetazo en
cualquier momento. Emeric tiene el ceño arrugado, pero no dice nada.
—Vanja —dice Joniza, con un tono informal y artificial—, ¿cuándo nos
lo ibas a contar?
Aparto la mirada.
—¿Vais a pasar por alto todo lo de no hacer preguntas?
—¿Eres…? —Gisele casi parece asustada—. ¿Eres una diosa?
—Si lo fuera, Adalbrecht ya sería una mancha en algún suelo —replico.
Luego me froto los ojos. Están secos y escuecen de tal forma que solo
empeora cuando los cierro, así que me los tapo con las palmas durante un
momento para pensar. No tiene sentido ocultarlo, no cuando ya lo han visto,
no ahora.
—Mi madre pensó que traía mala suerte porque era la decimotercera hija
de una decimotercera hija, así que me entregó a Muerte y a Fortuna cuando
tenía cuatro años. La noche en la que los Von Falbirg me mandaron azotar,
mis madrinas dijeron que ya era lo bastante mayor para servir a una de ellas e
intentaron hacerme elegir. No quise. Así que dijeron que serviría a quien le
pidiera ayuda primero.
Alguien inhala hondo.
Bajo las manos y parpadeo hasta limpiarme los ojos de lágrimas.
—Por eso robaba —digo con la voz ronca—. Si metía la pata una vez,
sería su criada durante el resto de mi vida, así que estoy intentando ahorrar
dinero suficiente para marcharme del imperio y alejarme de ellas. —Suelto
una carcajada amarga—. Ya sabéis. Solo dinero. En fin, con esto deberíais
estar bien hasta… bueno, hasta después de que me vaya. De una forma o de
otra.
—¿Por qué no nos lo contaste? —pregunta Gisele. Casi parece herida.
La miro fijamente y luego me río de nuevo; una carcajada dura e
incrédula. Después de tanto tiempo sigue sin entenderlo.
—¿Esto te suena? «Érase una vez en la que Muerte y Fortuna llegaron a
una encrucijada». —Veo que al fin lo entiende—. Ya conoces la primera
parte —digo, casi escupiendo—. Durante años, te dormiste escuchando la
historia de mi vida. Pero no dijiste nada cuando te necesité. ¿Por qué te lo iba
a contar después de eso?
Gisele retrocede como si la hubiera golpeado.

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Oigo las campanadas que dan la hora. No es ni mediodía.
—Me voy al castillo —digo, agotada—. Hay una fiesta y luego un
convite, así que no contéis conmigo para el resto del día.
Voy cojeando hasta la puerta. Emeric empieza a estirar el brazo hacia mí,
pero luego se detiene. Al cabo de un momento, traga saliva.
—Puedo… puedo acompañarte.
—Tienes que encargarte de otras cosas —digo, abriendo la puerta. Esta
vez sí lo digo con frialdad. Ahora mismo, no sé hablarle de otra forma—. Ya
te he devuelto tus notas.

Ragne me ayuda a recorrer el sendero de la cascada y los pasadizos de la


servidumbre. Cuando llego a mi dormitorio, voy casi a gatas.
Ahora que nadie me persigue y no hay nada en llamas, no tengo ninguna
distracción para los efectos persistentes de esa gota de ceniza de bruja. Se
parece a la vez que enfermé por comer carne en mal estado: cada centímetro
de mi ser se ha convertido en gelatina el tiempo suficiente para dejar
moratones y luego se ha congelado demasiado rápido, y mis huesos se
quebrarán si hago movimientos bruscos.
Incluso sin los efectos secundarios, veo a una chica sucia, ensangrentada y
llorosa cuando me acerco al espejo del tocador. El vestido se ha roto por una
decena de sitios, he perdido el gorro y el chal está medio chamuscado. A la
mayoría de los arañazos los puedo cubrir, pero tendré que inventarme algo
para el moratón que me está creciendo en la mandíbula.
O a lo mejor no. Me he caído por las escaleras es bastante veraz.
—Necesitas descansar —dice Ragne con amabilidad, pero sacudo la
cabeza.
—Tengo que arreglarme antes de la fiesta.
Aún faltan unas horas, pero, como me muevo despacio, no voy a
arriesgarme.
Poldi ayuda a calentar el agua del baño sin pedir hidromiel. Necesito su
apoyo, porque hay que volver a echar agua nueva después de que la primera
ronda sale turbia con sangre y suciedad. Al final me duermo en la bañera.
Ragne me despierta una hora antes de que deba enfrentarme a los invitados,
con el tiempo justo para terminar de arreglarme con la ayuda de las perlas.

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El resto del día lo paso envuelta en una bruma irritante. Es como si me
moviera por un sueño febril: la gente se ríe y sonríe y les estrecho la mano
mientras reparten cotilleos y halagos y alardean; a veces miran la lágrima de
rubí con un brillo ansioso hasta que me disculpo y me aparto. Solo puedo
concentrarme en esconder la cojera y en no meter demasiado la pata.
Los Wolfhunden habrán informado a Adalbrecht a estas alturas, pero si le
fastidia que Emeric haya sobrevivido, lo mantiene oculto delante de los
invitados. Aun así, me mantengo lejos de él. Sé que eso le complace: digo
poco y pregunto menos.
Cuando me excuso después de cenar, veo que hay tantos invitados
alojados en el ala del río que debo mantener el paso sereno y la espalda recta
hasta el dormitorio. El pasillo está abarrotado de criados y de nobles, todos
testigos.
Sin embargo, todos esos testigos juegan a mi favor. Veo nuevos rostros
entre los guardias del castillo y destellos del tatuaje de la equis en sus manos.
Irmgard quería que Adalbrecht aprovechara la primera oportunidad para
matar a Gisele; parece que ha optado por trasladar a los Wolfhunden al
castillo para que no se pierdan ninguna. Ya iba con cuidado de que no me
pillaran como Marthe, pero ahora tendré que hacerlo también como Gisele.
Cuando meto la llave en la cerradura, veo que Emeric dobla la esquina. Se
me encoge el estómago. Él alza la cabeza y luego acelera el paso, pero los dos
sabemos que no puede montar un escándalo con este público. Entro a toda
prisa y cierro la puerta detrás de mí. Luego no puedo evitar apoyarme en ella,
quitarme las perlas y soltar un suspiro.
Estoy mareada, me duele todo y me siento tan cansada. Y al fin puedo
dejar de fingir lo contrario.
Unos pasos sigilosos se detienen delante de la puerta. Percibo un susurro,
como unos dedos acariciando la madera… y luego se acaba. Oigo la llave en
la puerta contigua, que se abre y se cierra.
Ragne se estira junto a la chimenea convertida en una chica humana y
vestida, para variar. Se endereza, con los pies extendidos en ángulos extraños.
—¡Hola! Lo has conseguido.
—Pues sí. —Tiro las perlas sobre la cama y empiezo a desatarme el
corpiño.
—¿Cómo te sientes?
—Fatal —admito—. Como si me hubiera pasado semanas con varicela. Y
me hubiera caído de un árbol.

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Me siento en el baúl que hay al pie de la cama. Ragne se levanta, se
acerca y me da unas palmaditas en la cabeza.
—¿Cómo te sientes aquí?
La garganta se me contrae. Dejo de pelearme con el corpiño durante un
momento y digo:
—Fatal.
Ragne me sorprende cuando dice:
—Yo igual. —Cuando la miro, se mueve inquieta—. Me gusta mucho la
Gisele. Pero hoy te ha vuelto a hacer daño. Y el Emeric es desconcertante.
Siento pena por él y estoy muy enfadada por lo que te ha hecho.
—Eso lo resume todo —digo con una carcajada sin humor—. Si te sirve
de consuelo, yo también estoy confundida.
Cambio el vestido elegante por el primero que veo en el suelo, más
sencillo. Solo cuando me lo he puesto por la cabeza me doy cuenta de que es
el verde de anoche, el que llevaba cuando le mostré la salida a Emeric.
No puedo ponérmelo. Voy a sacar otro del armario mientras Ragne se
sienta en el borde de la chimenea, se levanta, observa la terraza y se sienta de
nuevo.
Lleva así de inquieta desde que he vuelto. Tardo un momento en descubrir
el motivo y solo un segundo en pensar en una solución.
—Eh, Ragne, quiero cerciorarme de que todo el mundo esté bien en la
catedral de Fortuna, pero no estoy en condiciones de marcharme. ¿Puedes ir
a…?
— ¡Sí!
Se convierte de inmediato en una lechuza, pero se da cuenta de que el
pomo de la terraza necesita manos para maniobrarlo. Le abro la puerta y la
dejo salir a la noche, sin preocuparme. No pienso ir a ninguna parte
sintiéndome así de mal, y si Adalbrecht intenta algo mientras ella no está,
tengo a Poldi.
Regreso al armario y busco otro vestido, aunque acabo topándome con
una lana extraña.
Es el abrigo que Emeric se dejó sin darse cuenta hace una semana, cuando
intentó arrestarme. El que tiene H. KLEMENS bordado en el interior del
cuello.
Se me encoge el pecho. No me pertenece.
Yo…
Me digo que no quiero nada suyo en mi habitación.

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Es una excusa, lo sé, pero satisface a mi orgullo. Lo pliego de forma
automática, me lo meto debajo de un brazo y me detengo antes de llegar a la
puerta del dormitorio. A pesar de los Wolfhunden escondidos entre los
guardias, la doncella de Gisele no tiene ninguna excusa para ir a su habitación
a devolverle una prenda de ropa. Aunque se me ocurriera una artimaña… aún
tendría que hablar con él.
Así que me dirijo hacia la terraza. Lo dejaré en su barandilla, llamaré a la
puerta y saldré de allí antes de que pueda responder.
Fuera hace el tipo de frío que te saca el aliento de los pulmones. La única
parte buena es que me insensibiliza el tobillo un poco mientras subo al
enrejado y llego a la terraza de Emeric.
Estoy tan concentrada en mantener el abrigo aferrado contra el costado y
en no poner demasiado peso en el pie malo, que no me doy cuenta de mi error
hasta después de haber apartado la nieve de la balaustrada para poder pasar.
Anoche dejó las cortinas echadas en la puerta de la terraza y las ventanas.
Hoy las ha abierto. Eso significa que tengo una vista muy clara de Emeric
agachado sobre el lavabo cerca de puerta, con las gafas enganchadas en el
espejo, mientras se echa agua en la cara.
Estas son las tres cosas de las que me doy cuenta, en el orden que las
proceso:
Primero: su camisa está… Bueno. No puesta. O sea, quiero decir que no
está puesta en él, donde debería estar, sino que la ha dejado en el respaldo de
una silla. Esto es… bastante desconcertante.
La segunda: no es que tenga la constitución de una fortaleza, pero sin la
camisa parece mucho menos un académico desgarbado y más un chico que ha
acabado alguna que otra pelea. Tiene una serie de cicatrices respetables, las
suficientes para que roce lo no respetable. Hasta lleva un tatuaje sobre el
corazón, algo que no me habría creído si no lo estuviera viendo con mis
propios ojos.
Si tuviera tiempo, podría leer historias en sus cicatrices, como hago con
todas las cosas que no debería ver.
Pero no tengo tiempo, porque la tercera cosa en la que me fijo es esto: ha
estado llorando de nuevo. Lo sé porque tiene los ojos enrojecidos. Y me he
dado cuenta de eso porque, incluso sin las gafas puestas, me está mirando
directamente, con el agua goteando por toda la alfombra.
Pasa un segundo agonizante mientras nos observamos pasmados. Luego
cruza la puerta de la terraza. Le tiro el abrigo en la cara y me lanzo hacia el
enrejado. A través de la lana aún oigo un amortiguado:

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— ¡Espera!
—Nop —digo, agarrada al enrejado—, demasiado frío, buenas noches.
—Por favor…
Sigo avanzando hacia mi terraza.
—No quiero esto —dice con la voz entrecortada—. A nosotros, así. Te
debo una disculpa si… si quieres oírla.
Hay algo que me detiene. Es como cuando me di cuenta de que él sentía
lo mismo al resolver casos que yo al dejar peniques rojos. Algo resuena en mí
como una campana.
Ninguno quiere estar solo esta noche.
Pero he sobrevivido sola hasta ahora, o eso me digo.
Y entonces, por accidente, apoyo demasiado peso en el tobillo torcido y
no puedo evitar un grito agudo de dolor.
Emeric se dispone a saltar al enrejado.
—Aguanta…
—No —le digo, estirando una mano. Se detiene con una pierna sobre la
balaustrada. Apoyo la frente en la fría piedra, con los ojos cerrados, mientras
aguardo a que el dolor remita—. No aguantará el peso de los dos. Estoy bien.
No hace falta que diga nada, el y una mierda está implícito.
Así que dice:
—Puedo ayudarte con el tobillo.
Al final me permito mirarlo. El muy tonto aferra el abrigo contra el pecho,
contra el pecho desnudo, en el frío. Ni siquiera se lo ha puesto. Ha conseguido
colocarse las gafas a duras penas y hasta las lleva torcidas.
Aún me duele el recuerdo de quién era Emeric esta mañana. El recuerdo
de en quién me he convertido para huir. Me daba igual si lo mataba en esa
escalera.
No, no me daba igual. Y eso no me detuvo.
Ninguno de los dos quiere quedarse a solas con quienes hemos sido.
Ninguno tiene por qué estarlo.
—Ponte una camisa —gruño—. Dejaré la puerta de la terraza abierta.

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CAPÍTULO 27

Vanja está bien

Cruzo el resto del enrejado con cuidado y voy tambaleándome a mi


habitación. Las rosas muertas se agitan un minuto más tarde mientras echo un
nuevo tronco a la chimenea.
El picaporte gira y Emeric entra en la habitación, con la camisa puesta, un
chaleco y una bolsa de cuero en la mano.
—Tú también has sufrido los efectos secundarios de la ceniza de bruja,
¿no? —pregunta con nerviosismo y yo asiento—. Wagner me dio algo que
ayudará. Tiene que infusionarse con agua caliente. O con sidra, porque sabe
fatal.
—¿Vino? —Me acerco al tocador y saco una botella que guardaba para
emergencias. Diría que esto podría servir.
—Irá bien.
Se la paso y saco dos tazas. Emeric echa unos polvos de un sobre de
pergamino por la boca de la botella, la agita un poco y luego la deja cerca del
fuego para que se caliente. A continuación saca otro frasco de aceite con
ceniza de bruja de la bolsa de cuero. Ante mi mirada alarmada, dice:
—No tiene la misma fuerza que el aceite estándar de los prefectos. Estaré
bien.
Esta vez me toca a mí lanzarle una mirada cargada de implicaciones
dudosas, pero él la pasa por alto.
—Siéntate, por favor.
Me agacho hasta acomodarme en el borde de las piedras de la chimenea.
Hay espacio de sobra entre el fuego y yo, pero la mampostería debajo de mi
palma está caliente tras haber absorbido el calor durante toda la tarde.
Emeric se arrodilla en el suelo junto a mis pies y mi mente no puede
entender cómo me hace sentir.
—¿El derecho? —pregunta en voz baja. Asiento y le acerco la bota. Una
mirada extraña le atraviesa el semblante—. Lo siento, la bota… O sea, esto

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funciona con contacto directo.
—Haz lo que tengas que hacer —suspiro, alzando la cabeza para
examinar el techo.
Me doy cuenta tarde de que debería haberlo pensado mejor. Si ya me
desorientaba tener a Emeric de rodillas, no soy ni por asomo capaz de
procesar que esté empezando poco a poco y con cuidado a desatarme la bota.
—Hay un cuchillo ahí —espeto.
—Lo sé. Lo vi con mucha claridad cuando me pisaste hace una semana.
—Ah.
—He estado pensando… —dice, pero se aclara la garganta—. El jueves
pasado, con las Lágrimas de Augur. Dijiste que no eras una buena persona.
—Schit —murmuro. Esperaba que eso no lo hubiera oído nadie—. Pero es
la verdad, ¿no? Si no, no podría haberlo dicho con las Lágrimas.
Emeric afloja con un cuidado casi doloroso la última fila de nudos y
comienza a quitarme la bota.
—Creo que hay vidas con las que es fácil ser buena persona. O lo que la
mayoría de la gente considera bueno. Cuando tienes dinero, estatus y familia,
es fácil ser un santo, porque no te cuesta nada. No puedo decir si eres una
buena persona o no. Pero cuanto más sé sobre ti, más entiendo que el mundo
no deja de darte a elegir entre la supervivencia y el martirio. Nadie debería
culparte por querer vivir.
Libera mi pie con una punzada aguda de dolor. Casi duele más sin la bota.
Vuelvo a mirar el techo, esta vez porque no quiero que vea cómo las lágrimas
me empañan los ojos.
—Lo siento —dice de nuevo—. La… la media…
—He dicho que hicieras lo que tuvieras que hacer.
O sea, en serio, tendría que haberlo pensado mejor.
Emeric intenta ser lo más clínico posible, pero creo que dejo de respirar
cuando me roza con los dedos la pantorrilla, por debajo del dobladillo de la
falda. Encuentra el lazo de la media debajo de la rodilla y empieza a
desatarlo. Tiene la cabeza gacha y no puedo verle la cara, pero un rubor le
mancha la nuca.
—Lo que quería decir —prosigue— es que tu vida es dura porque la gente
decide complicártela. Y hoy he sido una de esas personas y lo siento mucho,
muchísimo. Elegí creer lo peor de ti, hacerte daño para demostrar que tenía
razón. Y te lo hice, aún a sabiendas de lo que viviste con los Von Falbirg. No
soy mejor que ellos.

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Noto que el nudo de la media se deshace, y, si no digo nada para
distraerme, puede que me eche a gritar.
—Si fueras tan malo como los Von Falbirg, yo… —Iba a decir te tiraría
de nuevo al Yssar, hasta que me doy cuenta de que quizá no sea lo mejor,
visto lo que le ha pasado a Klemens. Por desgracia, las palabras que salen de
mi boca, temblorosas por las lágrimas, son peores—: Nunca te habría dejado
entrar.
Los dedos de Emeric resbalan un poco. Se detiene, busca un pañuelo bien
planchado y me lo pasa sin decir nada antes de centrarse de nuevo en el
tobillo.
Me seco la cara, intentando no pensar en la seda bajando por la pierna o
en las manos que la guían.
—Además. Lo mío era más fácil de… de creer. Si Adalbrecht hubiera
intentado culpar a Gisele o a Joniza… Yo no…
—No, por favor. —Emeric me mira. La luz del fuego se refleja en sus
ojos y agita las ascuas en el marrón oscuro—. No hace falta que justifiques lo
que hice. Podrías haber sido la peor asesina del barrio y no habría sido excusa
para tratarte como lo he hecho. O como te trataron los Von Falbirg.
No sé qué decir. Una parte de mí siempre ha creído que me merecía esas
cosas. Me dejé una mancha en la plata, no me fijé en cómo la dama agarraba
el hidromiel, no me di cuenta de algo y eso los provocaba; si pudiera
descubrir en qué me había equivocado, entonces no me llamarían «tonta» ni
me tirarían cosas ni me pegarían.
Debía de haber un motivo. Así se convertiría en algo que pudiera
controlar. En algo que tenía la esperanza de parar.
Cuando alguien dice que nunca podría haberlo controlado, siento el peor
tipo de alivio posible.
Emeric me apoya el pie en sus rodillas y, de repente, soy muy consciente
de la media deslizándose por mis dedos. Era más fácil esconderlo bajo la bota
de cuero y la seda, pero el tobillo está hinchado y amoratado. Emeric suelta
un improperio y la vergüenza le cubre el rostro. Luego busca el frasco de
ceniza de bruja.
—¿Estás seguro de que no te hará daño? —pregunto.
Niega con la cabeza y le saca el corcho al frasco. El aceite huele a tomillo
y no a enebro.
—La ceniza de la orden tiene una concentración más elevada. Esto es solo
para uso medicinal. —Emeric da un pequeño trago y luego echa unas gotas
sobre el tobillo—. Notarás algo raro, pero no debería doler.

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Me preparo y asiento. Esta vez no lo ha suavizado: percibo algo extraño
cuando empieza a murmurar en voz baja, como si el tobillo se deshinchara,
pero el dolor desaparece. Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto dolía
hasta ahora.
Emeric está mirando un arañazo en mis nudillos, con los ojos relucientes
por la ceniza.
—Me queda un poco de magia. ¿Quieres…?
—Venga.
También es raro, casi hipnótico, observarlo mientras se mueve a mi
alrededor, quitando arañazos y raspones. Es algo privado, la concentración de
su semblante, los labios moviéndose casi en silencio, los dedos dejando
manchitas de aceite de tomillo sobre mi piel. Por último, estira la mano hacia
el moratón de la mandíbula.
Tengo una idea muy perturbadora cuando sus dedos me acarician el lado
de la cara y el tomillo me llena la nariz. Creo… creo…
Creo que quiero que se quede así. Cerca de mí, tocándome con suavidad
la cara, como si fuera algo valioso, como si valiera la pena cuidarme. Como si
me mereciera vivir sin heridas, no a pesar de ellas. Quiero atrapar este
momento en ámbar para poder aferrarme a él cuando más lo necesite.
Me suelta y el momento pasa. La fría consolación es que al fin puedo
recuperar el aliento.
Emeric se levanta y me ofrece una mano.
—¿Cómo lo notas? —pregunta mientras pongo a prueba el tobillo.
—Mejor. —Una pregunta cuelga como humo entre nosotros. Me recojo el
cabello detrás de las orejas, incómoda—. Bueno… esa ha sido una disculpa
muy buena.
(¿Estaba bastante distraída durante la mayor parte del procedimiento? Sí.
¿Estoy considerando la posibilidad de decir ahora tienes que quitarme la otra
media por el bien de la simetría como un argumento convincente? En efecto).
Noto una descarga en el estómago cuando Emeric esboza una sonrisa
angustiada.
—Ojalá sea la última que te deba.
—Brindaré por eso. —Me acerco al tocador para recoger las tazas que
había dejado ahí—. ¿A quién crees que Adalbrecht intentará matar esta
noche?
Emeric se estremece.
Y enseguida sé por qué.
—Lo siento, no estaba pensando…

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Hace un gesto con la mano y parpadea rápidamente.
—No… no es culpa tuya. Seguramente venga a por mí. Pero tú estarás a
salvo con Ragne en cuanto vuelva. —Percibe mi desilusión—. ¿Cuánto
tiempo pasará fuera?
Me encojo, incómoda.
—Ha ido a… eh… a ver a alguien. No le he preguntado.
—Eso no es lo ideal. —Aparta la mirada, atribulado—. Aun así, el kobold
del castillo…
—Poldi.
—Con Poldi debería bastar. Aunque si el margrave puede asesinar a un
prefecto con formación, ya no sé de qué es capaz.
Poldi asoma la cabeza sobre los troncos, mirándonos a Emeric y a mí.
—No puedo vigilar las dos habitaciones —dice con pesar—. No al mismo
tiempo.
—Pues esperaré a Ragne.
—No… —Emeric se pasa una mano por el pelo—. No permitiré que mate
a nadie más. —Transcurre un segundo de tensión—. Supongo que… podría
quedarme vigilando hasta que Ragne volviera.
Miro las tazas vacías y luego la baraja de cartas sobre el tocador y tomo
una decisión.
He pasado la mayor parte de mi vida buscando la independencia.
Buscando librarme de Muerte y de Fortuna, buscando las migajas de
confianza que me lanzaban los Von Falbirg, recordando el farol que se alejaba
en pleno invierno.
Pero he aprendido la amarga diferencia entre independencia y autoexilio.
Los dos poseemos un veneno que debemos extraer.
Y ninguno quiere estar solo esta noche.
—O —digo, dándole una taza a Emeric— podrías… quedarte sin más. —
Se queda inmóvil en pleno gesto de asir la taza y me doy cuenta de cómo ha
sonado lo que he dicho—. ¡No de esa forma! ¡Hasta que Ragne vuelva!
—Claro —tartamudea—. Yo nunca… o sea…
—Cuidado, no le hagas daño a tu dignidad. —Estoy un poco molesta por
lo rápido que ha cerrado esa puerta, aunque no tuviera intención de abrirla.
Regreso a la chimenea y me siento con las piernas cruzadas en la alfombra.
Dejo la taza en el borde de las piedras.
—Si… si eso es lo que quieres. —Si Emeric agarra con más fuerza la
taza, la va a romper.

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—Es lo que quiero. Tengo una idea. —Me inclino y doy unos golpecitos
en la alfombra, a una distancia modesta—. Nunca íbamos a confiar el uno en
la otra, ¿verdad? Tú eres una lección andante de moralidad con algo que
demostrar y yo soy una sinvergüenza con un sentido de la propiedad
inquebrantable sobre las cosas de otra gente.
Emeric se sienta delante de mí en un enredo meticuloso de extremidades y
con la boca torcida.
—Eso es bastante cierto.
—No podemos seguir así. Lo que Adalbrecht ha hecho hoy ha funcionado
porque no nos conocíamos y estoy segura de que no será la última vez que lo
intente. Así que vamos a jugar a Encuentra a la Dama. —Saco la reina de
rosas, el caballo de escudos y la sota de griales—. Si sacas la reina, me
puedes hacer una pregunta y tengo que darte una respuesta sincera. Si sacas el
caballo, me toca preguntarte.
—¿Y si sale la sota?
Tomo una bufanda y la uso para apartar el vino del fuego.
—Bebemos. Aunque esta mierda no tuviera algo para ayudarnos con los
efectos de la ceniza de bruja, creo que necesitaremos beber.
Emeric resopla.
—Sí, eso me parecía. Muy bien.
Lleno las tazas y, cuando sostiene la suya, veo que las manos le tiemblan
tanto como a mí. Bueno, podemos empezar con algo ligero. Entrechoco mi
taza con la de él.
—Prosit.
—Prost.
Le arrugo la nariz.
—Norteño. —Luego bebo un sorbo y pongo peor cara. Lo mejor que
puedo decir es que los polvos le han dado al vino un buqué muy fuerte—.
Santos y mártires, júnior. Si esto no me hace sentir mil veces mejor, me
enfadaré por haber desperdiciado la botella.
—Te he avisado —ríe. No se me escapa el alivio en su rostro cuando lo he
llamado «júnior».
—Uf. —Me pongo a barajar las cartas y las disperso. Emeric reflexiona
un momento y elige la del medio. El caballo de escudos.
—Allá vamos. Pregunta.
Recojo las cartas y vuelvo a barajar. No quiero hacerle daño, pero el dolor
del duelo es una casa en llamas. Tiene que reducirse a cenizas por sí sola.
—Háblame de Klemens.

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La garganta se le contrae.
—¿Qué quieres saber?
—Todo. Cómo os conocisteis, sus malos hábitos, su pastel favorito. Dime
por qué te importa tanto.
Emeric observa la taza para pensar. Cuando habla, lo hace desde un lugar
lejos de esta habitación.
—Mis padres eran encuadernadores en el noroeste, cerca de la frontera
con Bourgienne. Mi padre también llevaba la contabilidad para la gente del
pueblo. Cuando lo asesinaron, el alguacil dijo que no había pruebas de quién
era el culpable. Pero examiné el escritorio de papá. Su última cita fue con el
alguacil. Cuando miré sus cuentas, no encajaban. Papá llevaba bien los
números, se habría percatado… pero yo tenía ocho años. El sheriff no me hizo
caso.
—Y le hablaste de esto a Klemens. —Ladeo la cabeza, incómoda—. Vi…
vi un poco, con las Lágrimas, a través del abrigo. No era mi intención.
—No me importa. —Emeric se encoge de hombros—. Hubert se dirigía a
Helligbrücke, pero me escuchó. Era suficiente para investigar y gracias a él el
alguacil se enfrentó a la justicia. Luego Hubert le dijo a mi madre que me iría
bien como prefecto.
—Resolviste un asesinato con ocho años —digo con ironía—. Gracias a
las matemáticas. Creo que te has quedado corto.
Eso le hace sonreír.
—Y la paga tampoco vino mal. Soy el mayor de cuatro hijos y mi madre
no estaba lista para volver a casarse. Era una forma de mantener un techo
sobre nuestras cabezas sin obligarla a casarse. Además, quería ser como
Hubert. ¿Conoces el dicho de los ladrones pequeños y los grandes? —Asiento
—. Siempre lo he odiado. Todo va mal en el imperio. Castigamos a gente que,
en general, solo intenta ganarse la vida, cuando personas como el margrave se
salen con la suya. Los prefectos pueden hacer que cualquiera responda ante
los dioses menores. Así que nos marchamos a Helligbrücke y Hubert estuvo
pendiente de mí en la academia. —Un lamento se le cuela en la voz—. Y me
vino bien. Resulta que a nadie le gusta quedar en evidencia por un sabelotodo.
Y entonces me doy cuenta: por eso me confunde, por eso encuentra
verdades que me agarran por la garganta. Nuestras vidas son muy diferentes,
pero los dos hablamos el idioma frágil de la soledad.
Emeric sigue hablando.
—Cuando su compañero se retiró, pidió a la academia que me dejaran
pasar por la primera iniciación antes de tiempo y así pudiera empezar a

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trabajar en casos con él como aprendiz. Era… —Le falla la voz, se detiene.
Le devuelvo el pañuelo—. Nunca me permitió olvidar lo falibles que pueden
ser las respuestas sencillas. Como la de hoy. Pero siempre escuchaba. Nunca
me hizo sentir como una molestia solo porque yo tuviera razón. —Emeric
aprieta los labios—. Siempre se dormía y luego estaba de mal humor porque
se había perdido el desayuno. Los pasteles… No le gustaban, pero comía
almendras garrapiñadas a puñados. Luego se quitaba el azúcar del abrigo solo
para fastidiarme. Estoy bastante seguro de que habría intentado convencerte
de que te unieras a los prefectos también.
—Esa habría sido una idea terrible —digo de inmediato—. ¿Sabes lo
rápido que me echarían? O sea, rapidísimo.
—Fíjate en que yo no estoy intentando convencerte.
Sonrío al oírlo y elevo la taza.
—Por Hubert Klemens. —Emeric alza la suya en silencio. Creo que ahora
mismo no puede hablar. Guardamos silencio un momento y luego añado—:
Lo decía en serio. Voy a acabar con Adalbrecht.
Emeric tarda un momento en responder y, cuando lo hace, sus palabras
están cargadas de hierro.
—Cueste lo que costare.
Se oye un golpe repentino en la pared. La pared que comparto con
Emeric.
Nos quedamos mirando el yeso, conteniendo la respiración. No veo nada,
pero se filtran unos rasguños apagados, como si arrastraran los muebles por el
suelo.
Poldi chisporrotea, enfadado.
—Voy a ver qué pasa. —El fuego se debilita cuando se marcha.
—Dime que no te has dejado las notas allí —susurro. Emeric niega con la
cabeza.
—Están en la oficina.
—Nachtmaren —gruñe el kobold desde la chimenea tras su regreso—.
Menudo desastre están haciendo. ¿Quieres que los espante?
—Haz los honores —le digo con una sombría satisfacción. Esta vez el
chisporroteo suene alegre cuando se marcha.
Los sonidos en la habitación contigua cesan de repente. Se oyen unos
golpes apagados y luego silencio. Poldi aparece en el fuego de nuevo,
resollando un poco.
—Más complicado esta vez. Los cuerpos desaparecerán con las siguientes
campanadas.

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—Eres un sol. —Me giro hacia Emeric—. Vale, definitivamente no vas a
volver ahí hasta que Ragne regrese.
Emeric me observa de nuevo con esa mirada extraña.
—Si insistes. —Luego deja la taza mientras barajo una vez más—. Has
preguntado por Hubert para… ayudar, ¿no?
Extiendo las cartas.
—Conoces las reglas, nada de preguntas gratis. Encuentra a la Dama.
Elige de nuevo la carta de en medio, porque así tiene más probabilidades.
Y he dejado el caballo ahí, porque sabía que la escogería. Me mira entornando
los ojos.
—Este interrogatorio es bastante unilateral.
—Bueno, con suerte será breve. —Recojo las cartas y lo miro a los ojos
—. Estamos cooperando por ahora, pero aun así aceptaste el caso del
Pfennigeist.
Emeric alza una mano.
—No malgastes tus preguntas. No quiero que te vuelvas a sentir como
esta mañana nunca más. Mientras estemos metidos en esto, estaremos juntos.
Tienes mi palabra.
Juntos. Una vez más, me pilla desprevenida.
—Ah. —Y es lo único que puedo decir. Sacudo la cabeza—. Yo… eh…
esa no era mi pregunta, no exactamente. Aunque esto acabe con Adalbrecht y
con Irmgard en un calabozo y conmigo sobreviviendo a la maldición para
reírme de ellos… ¿Qué pasará después?
Emeric me estudia con atención. En su mirada hay algo titilante, como la
llama de un farol, como si tuviera mucho que decir.
—Quieres marcharte del imperio, ¿verdad?
—Ese es el plan.
Otra sonrisa torcida aparece en su rostro. Su voz suena desafiante;
también un tanto cansada pero cálida, como el vino.
—Entonces te daré una ventaja decente.
Y entonces me doy cuenta: es lo que quiero. Quiero que me persiga.
Pero no solo por la persecución en sí. Quiero que sea él quien venga a por
mí.
Este juego entre los dos me produce una emoción reluciente y
embriagadora. Yo soy su enigma y él es mi cerrojo, y es una carrera
armamentística para ver quién descubre a quién primero. Pero, entre todos
esos nudos y giros y trampas, Emeric ha resultado ser un pirómano: me ha

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dejado ascuas en las venas, humo en la lengua y un fuego ardiendo con
suavidad en el corazón.
Y no se apagará fácilmente.
Quiero que me persiga. Quiero saber qué se siente cuando me atrape.
Quiero arder con él.
Ay, santos y mártires. Que me aspen.
Creo que quiero que me bese.
Lo estoy mirando con fijeza. Me está entrando el pánico.
Agacho la cabeza.
—Me parece justo. Siguiente pregunta. —Extiendo las cartas con la
esperanza de que, entre el vino y el fuego, sirva como una coartada para el
rubor de mis mejillas.
Emeric elige la sota de griales, así que bebemos. Es por eso, ¿no? Es el
vino lo que hace que me fije en las líneas de su garganta, en cómo no se ha
abrochado el botón superior de la camisa por las prisas. Solo es el vino lo que
hace que la luz del fuego en su compacta mandíbula, la forma en la que el
cabello negro le cae sobre la frente, me parezcan atractivas.
(No es el vino. No quiero hablar de ello).
Barajo las cartas con demasiada rapidez. Estoy bastante segura de saber
dónde está la reina.
Y entonces él le da la vuelta a una carta y resulta que tenía razón. Uf.
—¿Qué quieres saber?
Emeric duda antes de preguntar.
—¿Qué pasó con Irmgard von Hirsching?
—Nada que ya no sepas.
—Quiero que me cuentes tú la historia.
Se me encoge el estómago, pero esto ha sido idea mía. Y una parte de mí,
seca y fría como las morrenas de Sovabin, quiere que se me reconozca.
Así que le cuento la historia de una princesa, una doncella leal y una
monstruosa condesita. Le hablo de anillos de rubíes y peniques blancos. Le
hablo de Muerte y de Fortuna y de un acuerdo en el que no tengo voz ni voto.
Y Emeric escucha. Cuando termino, se acaricia la boca con los dedos,
pensativo, y pregunta:
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El trece de diciembre.
—¿El día de la boda?
—Ah, schit. Creo que sí. —Me río, incrédula—. ¿Por qué?
Se pellizca la nariz y cierra los ojos. Luego recita:

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—«Al cumplir diecisiete años, cualquier niño del imperio se considerará
por tanto adulto y se le concederán plenos derechos como ciudadano imperial.
Ya no permanecerá bajo la custodia de sus padres o tutores ni estará sujeto a
su autoridad». —Parpadea—. Es la ley imperial. Te entregaron a Muerte y a
Fortuna de niña, ¿verdad?
Lo miro con atención.
—¿Así que cuando cumpla diecisiete…?
—Creo que, legalmente, te pertenecerás a ti misma. —Emeric se rasca la
nuca—. O… deberías. O sea, en principio ya lo eres, pero…
No me puedo creer que me sienta atraída por un manual de derechos
humanos. Me atraviesa una esperanza violenta y eléctrica.
—No tendría que marcharme. Podría… podría ir a cualquier parte.
—Son dioses, así que no te prometo nada —me avisa, pero apenas le
escucho.
—Podría buscar a mi…
Y siento una punzada de dolor en la lágrima de rubí.
—¿A tu…?
Trago saliva con fuerza y aparto la mirada; soy consciente de nuevo de la
realidad.
—Da igual. Nunca cumpliré diecisiete años.
—Los cumplirás.
No digo nada, solo barajo las cartas de nuevo mientras Emeric me
observa. Puede mirar todo lo que quiera, pero no le servirá de nada. De hecho,
vuelve a sacar el caballo y murmura:
—Qué lástima.
Decido aligerar el ambiente.
—Bueno —digo con picardía—. Tienes un tatuaje.
La cara se le pone roja.
—Eh. Sí… y… no. Es una marca de la primera iniciación. Parecida a las
marcas que tienes tú de Muerte y de Fortuna.
Me había olvidado de que podía verlas.
—¿Y qué hace?
—Los prefectos se parecen a los hechiceros, pero nos vinculamos con los
dioses menores en general. Esta parte —se lleva dos dedos al corazón— me
vincula con las reglas de los dioses para nosotros. Normas del tipo «no seas
un desgraciado» y tal. No se puede tener la otra marca sin esta. Esa viene con
la segunda iniciación, en cuanto me concedan la ordenación completa. Me
permitirá usar los poderes de los dioses menores, dentro de ciertos límites.

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—Y, entonces, ¿cómo demonios ha conseguido Adalbrecht…? —Me
detengo, pero Emeric, como siempre, lo pilla a la primera.
—Sabía que el cráneo de caballo en el estudio era un ancla para algo
poderoso, pero no tan poderoso —dice en voz baja—. Un prefecto de pleno
derecho no puede alzar montañas ni cosas así, pero he visto a Hubert
apaciguar al fuego, hablar con los muertos… Hasta detuvo el tiempo una vez
por una emergencia. Aunque luego se pasó una semana enfermo. El cuerpo
humano no está construido para canalizar tanto poder, ni siquiera con la
segunda marca.
—Dime que puedes elegir el aspecto de la marca. Me gustaría que
canalizaras el poder de los dioses a través de una loreley sexy.
Emeric se atraganta con el vino.
—No se puede elegir —tose, aunque sonríe—. Es una lástima. Creo que
me tatuaría un gato.
Esta vez soy yo quien se ríe mientras bebe. No sé lo que le ha dado Ulli
Wagner para los efectos de la ceniza de bruja, pero le debo la vida. Ya me
siento mucho mejor.
Emeric saca otra sota y vaciamos las tazas. Poldi nos las rellena mientras
yo extiendo los naipes y la reina vuelve a dar la cara.
—Tu primer robo —dice Emeric, con los dedos en la carta—. Háblame de
él.
—¿El de los Von Holtzburg? Fue un desastre.
Pero él niega con la cabeza.
—Podrías haber robado siendo la doncella de Gisele. ¿Por qué te llevaste
las perlas?
Me muerdo el labio. Este cuento es más complicado de contar, más que el
del anillo de rubí.
Y él lo sabe, cómo no.
—Lo siento, no hace falta que me lo cuentes, puedo preguntar otra cosa.
Libero la reina de rosas de debajo de sus dedos, la barajo entre los míos y
sacudo la cabeza. Aunque duele, esto es lo que quiero: sacar todo el veneno.
Le hablo del lobo que vino a Sovabin, de la doncella a la que atrapó entre
sus dientes. Le hablo sobre cómo esperaban de mí que regresase a sus fauces
para salvar a Gisele.
Le narro todo este feo cuento mientras muevo las cartas. Cuando termino,
alzo la mirada, preparada para afrontar sus preguntas, su escepticismo, la
pizca de incerteza.

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Los ojos de Emeric brillan con una furia fría y aprieta los puños con los
nudillos blancos sobre la alfombra.
—Te prometo —dice, con un tono grave y tembloroso— que haré todo lo
que esté en mi mano para evitar que te haga daño otra vez. Von Reigenbach
se enfrentará a la justicia aunque tenga que arrastrarlo yo mismo ante ella.
Cualquiera diría que lo más formidable en el castillo Reigenbach no es la
encarnación flacucha de una biblioteca jurídica, pero en este momento… lo
es, porque le creo.
Emeric aparta la mirada y afloja los puños.
—Gracias por contármelo.
Y… eso es todo.
—¿M-me crees? —tartamudeo.
Ahí es cuando sus ojos se posan en mí de nuevo y no vacilan ni un ápice.
—¿Por qué no debería?
No es una confrontación; es un hecho sosegado e inamovible. A pesar de
todos mis planes y fachadas y artificios, no estoy preparada ni lo más mínimo
para la intimidad tan sencilla y devastadora de que me crean.
Respiro hondo, temblando.
—Entonces, si es posible, me gustaría romperle los dientes a Adalbrecht
de una patada.
—Creo que podremos hacer algo al respecto.
No espero a que salga la sota de griales para beber un gran trago de vino.
La segunda ronda es más sencilla. Saca la reina de nuevo y me la
devuelve con una sonrisa tímida.
—¿Cómo hiciste el robo de los Eisendorf?
—¿No lo sabes? —Casi grito de placer.
—Solo me falta saber algunas, pocas, variables. Obviamente robaste las
joyas mientras estabas, en teoría, en el salón de invitados. Y engañaste al
criado para que las sacara en la bolsa de aseo. Pero había guardias apostados
fuera de los aposentos del komte y la komtessin …
—¿No miraste las ventanas?
Emeric frunce el ceño.
—Estaban cerradas por dentro. Además, habría sido imposible escalar por
el balcón sin estropearte el vestido y en una bolsa de aseo no cabe un
uniforme.
No puedo evitar retorcerme de alegría mientras me inclino hacia delante y
cuento con los dedos.

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—Uno: en los cojines feos que le envié a Ezbeta una semana antes sí que
cabían cosas. Estaban rellenos con el uniforme de una criada…
—No —espeta Emeric—, seguían en el salón…
—Y con fundas idénticas —prosigo con una sonrisa de suficiencia—. Dos:
el relleno de los cojines sí que se puede apretar para que quepa en la bolsa de
aseo. Y tres: Ezbeta tenía sudores nocturnos por el hidromiel especiado que
también le envié. Dejó una ventana abierta y seguro que sintió tanta
vergüenza que la cerró antes de que lo vieras. La gracia está en los detalles,
júnior. —Alzo la taza—. A la buena salud de la komtessin.
Emeric me mira; los engranajes de su mente siguen girando. Luego
entrechoca su taza con la mía.
—Eso es… brillante. Y aterrador.
No puedo evitar sonreír con malicia mientras mezclo las cartas en el
suelo. Emeric se queda en silencio.
Y saca otra vez la reina de rosas.
—No —digo con indignación—. ¿Tres veces seguidas? Estás haciendo
trampas.
Él alza las manos.
—Qué va. Es que tienes un tic.
—¡No lo tengo! —Me lo quedo mirando boquiabierta. No hay nada de
maldad en su semblante—. ¿Cuál?
Está intentando no echarse a reír.
—Ya sabes las normas. Nada de preguntas gratis.
Voy a estrangularlo. O a besarlo como si el imperio dependiera de ello.
Aún no lo he decidido.
—Vale —farfullo—. Pregunta.
—Schmidt no es tu apellido verdadero, ¿no?
Esa no me la había visto venir.
—¿Cómo lo sabes?
—Digamos que es una corazonada.
Jugueteo con un mechón de cabello.
—Creo que no lo es. No lo sé. Cuando Muerte y Fortuna me dejaron en el
castillo Falbirg, el ama de llaves preguntó por un apellido y, como mi padre
era herrero, pues le dije ese. Funcionó.
—¿Quieres que siga usando Schmidt?
Trago saliva.
—Vanja está bien.
Emeric alza la copa.

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—Pues a tu salud, Vanja.
No esperaba que me gustara tanto oírle decir mi nombre. En serio, no me
esperaba reírme como una tonta, pero eso al menos se lo puedo achacar al
vino.
Luego recojo las cartas de nuevo. El vino sí que se me ha subido a la
cabeza, pero no pienso dejar que Emeric se escaquee sin decirme cuál es mi
tic. Sé que espera que deje la reina en el mismo lugar, así que deslizo el
caballo de escudos en su sitio.
Y en efecto: le da la vuelta al caballo.
—¿Cuál es mi tic?
Emeric estudia las cartas con las cejas alzadas.
—El secreto no está en observar las cartas. Eso es lo que tú quieres que
haga. Pero justo antes de que pares de moverlas, miras la marca.
Se inclina y le da la vuelta al naipe de la derecha. La reina de rosas me
devuelve la mirada.
Sabía… sabía dónde estaba desde el principio.
—El secreto —dice Emeric— es observarte a ti.
Noto sus ojos sobre mí y, cuando los alzo, la luz del fuego se refleja de
nuevo en ellos.
Y, de repente, soy el fuego, atrapado en su mirada, bailando y ardiendo
por ella.
La habitación se sume en un gran silencio, pero parece más ensordecedor
que un trueno. Todo hierve con un nuevo tipo de fiebre, no solo por la calidez
del vino, sino por un calor extraño y dulce que acompaña a los latidos de mi
corazón y recorre cada centímetro de mi ser.
Una nueva pregunta aparece en el espacio que nos separa.
La respuesta está peligrosamente cerca, si uno se mueve…
Un golpe brusco en la puerta rompe el silencio. Los dos nos apartamos de
un salto. Mientras me pongo de pie, descubro que más vino del que pensaba
se me ha subido a la cabeza. Emeric no está en mejor forma, porque tropieza
conmigo. Empieza a disculparse y le tapo la boca con la mano para acallarlo.
Luego lo arrastro para que permanezca junto a la puerta. En cuanto la abra,
quedará oculto.
Sacudo las manos, me aliso la falda, pongo mi cara más afable de criada y
giro el picaporte.
Barthl está en el pasillo y parece un poco sorprendido, pero solo se
remueve.

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—Marthe, entrégale este mensaje a tu señora, por favor. Hemos recibido
noticias de que el príncipe y la dama Von Falbirg llegarán a primera hora de
la mañana. —Toda la temperatura de esa fiebre dulce desaparece de mi
cuerpo—. El margrave exige que la princesa Gisele los acompañe durante el
desayuno, porque sus padres quieren hablar con ella. —Barthl cambia el peso
de una pierna a la otra—. De forma urgente.

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CAPÍTULO 28

De espejo a espejo

Hasta que no me despierto el martes por la mañana, no me percato de mis


errores. En plural.
¿Un error fue haber compartido una botella de vino junto al fuego con un
chico que huele a enebro y que va un paso por delante de mí? Bueno, es
posible. Seguramente. Casi seguro.
Pero, verás, el primer error indiscutible fue habernos terminado el vino
demasiado rápido; Emeric no podía regresar a su habitación por el enrejado.
Adalbrecht no intentaría matar a Gisele con los Von Falbirg casi en la puerta,
así que Poldi podría vigilar a Emeric… Pero, entre los invitados y los
Wolfhunden, no podía salir así como así del dormitorio de la prinzessin sin
llamar la atención.
Esto dio lugar al segundo error: esperar a estar sobrios. Procuramos
pensar, sin mucho éxito, en nuestro siguiente movimiento. El intento duró un
minuto, porque descubrimos que, entre la tristeza del duelo, el cansancio y el
vino, lo mejor que se nos ocurría era «golpear a Adalbrecht en la cabeza con
una pala y mudarnos a Bourgienne».
Así que nos quedamos despiertos… hablando sin más. Sobre los casos
que él había resuelto, sobre los encontronazos que yo había tenido, sobre por
qué él necesitaba cinco cuchillos (resulta que los grimlingen odian el cobre, el
oro es para las maldiciones y… se me ha olvidado el resto) y cuándo empecé
a forzar cerraduras (a los trece años). Sobre lo que le habría gustado decirle a
Klemens («adiós», sobre todo) y lo que a mí me gustaría decirles a los Von
Falbirg en el desayuno («comed cristal», sobre todo).
Pero el tercer error, el error más gordo, fue habernos quedado hablando
hasta que los dos nos ahogábamos en bostezos. Luego cerré los ojos solo un
segundo. Y lo sé porque, a medida que me voy despertando ahora poco a
poco, me doy cuenta de que mi almohada… se mueve. Y está cálida. Y tiene
pulso.

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El fuego se ha reducido a ascuas, pero la habitación brilla con el apacible
azul previo a un amanecer nevado. Entra suficiente luz para ver que estoy
tumbada de lado, con la cabeza y medio brazo sobre la barriga de Emeric.
Parece que él se quedó dormido apoyado en el borde de la chimenea y poco a
poco se fue deslizando hacia abajo, con un brazo detrás de la cabeza y otro
sobre el pecho. Siento el peso de una manta por debajo de la cintura y
sospecho que la persona culpable también es la responsable de quitarle las
gafas a Emeric y dejarlas sobre las piedras de la chimenea. Mi principal
sospechosa es Ragne, que está enroscada a su lado como una bola negra
gatuna.
Cuánto me va a hacer sufrir por esto.
Reina el silencio en el castillo Reigenbach y estoy en ese duermevela que
atraviesa las mentiras que me cuento a mí misma.
Esto… me gusta.
No fue el vino, no fueron las emociones intensas. El primer y último chico
por el que sentí algo fue Sebalt, el de los establos, que me hacía reír cada
mañana cuando traía paja nueva para esparcirla por el suelo de Gisele. Luego
empezó a cortejar a la hija del panadero y me pasé un día y medio llorándole
al cubo de la fregona y sintiéndome como una tonta.
Pero Emeric no es así. Quiero pensar en otro enigma que no pueda
resolver. Quiero vaciarle los bolsillos y que me pille con las manos en la
masa. Quiero la paz sencilla de saber que me conoce; quiero esta esperanza
extraña y terrible que me ha dado, esa de que puedo construir una vida donde
quiera en vez de vivir preparada para dejarlo todo atrás.
No sé lo que es peor: que se haya introducido en mi corazón como un
cuchillo o que me guste tenerlo ahí.
Emeric se agita dormido. La mano del pecho cambia de sitio y acaba
donde mi pulso late en el borde de la mandíbula; los dedos se enredan un
poco con mi cabello.
Contengo la respiración. Hay demasiados lobos a mis puertas: la boda, la
maldición, el margrave intentando matarnos a los dos. La forma en la que se
aparta de cualquier sugerencia de que podamos ser… algo más. Mi propio
fantasma en el espejo, el rostro feo de una ladrona que él tiene el deber
sagrado de atrapar.
Solo una tonta esperaría que saliera algo bueno de esto.
Dentro de una ahora o así, tendré que levantarme para hacer frente a los
Von Falbirg y lo que sea que el monstruoso prometido de Gisele quiera
echarme encima hoy. Aun así, falta una hora para eso.

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Cierro los ojos de nuevo y me recuesto en la calidez de su mano. Ahora lo
tengo a él. Puedo ser una tonta un poco más.

Resulta que fue astuto retrasar nuestro despertar porque, cuando lo hago,
descubro que la maldición de Eiswald se ha dejado de jueguecitos.
Unos rubíes me recorren la pierna desde los tobillos hasta las rodillas
como botones gordos y sangrientos. Todos los brotes han sido bastante
discretos hasta ahora, pero estos… son tan molestos que sobresalen por las
medias.
Emeric se despierta para encontrarme intentando quitar uno con su
cuchillo de oro. Echa un vistazo a la habitación, a la hora y a mis tentativas de
arrancarme un rubí de la pantorrilla y, amodorrado, dice:
—No sabes cuántas normas de seguridad sobre el manejo de armas
blancas te estás saltando ahora mismo.
—¿Dónde está tu sentido de la aventura?
—¿Para las puñaladas? Se ha tomado un descanso indefinido. —Se
endereza con un gruñido, se frota la nuca y se pone las gafas mientras Ragne
se desenrosca junto a la chimenea—. Buenos días, señorita Ragne. ¿Cuándo
regresaste?
—Buenos días. —Arquea la espalda mientras se estira, curvando la cola
—. Regresé tarde. Me sorprendió veros durmiendo juntos.
El cuchillo resbala y casi me abre un agujero en la pantorrilla.
—Eso no…
—No hemos… —Tartamudea Emeric a la vez, sonrojándose—. Eh…
—Te lo explicaré luego, Ragne —me apresuro a decir y le devuelvo el
cuchillo a Emeric. Los rubíes se quedan, me guste o no—. Muy bien. Vale.
Tenemos menos de una semana. Necesitamos un plan de verdad. ¿Por dónde
empezamos?
Emeric se levanta para dar vueltas por el dormitorio, pellizcándose el
puente de la nariz.
—Sabemos un par de cosas. El margrave es el responsable del asesinato
de Hubert y trató de culpar al Pfennigeist. Ha intentado muchas veces
matarnos a los dos, aunque a ti solo cuando te disfrazas de Gisele, y eso que
quiere seguir adelante con la boda.
—Parece que es para contentar a los Von Hirsching.

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—Cierto. Mmm. Tampoco sé por qué se iba a molestar en solicitar la
presencia de unos prefectos para luego matar a Hubert. ¿Qué consigue con
eso? ¿Por qué le ha valido la pena llamar la atención de la orden? —Se
detiene para ofrecerme una mano, sin dejar de mirar por la ventana con cara
de contrariedad.
La acepto y dejo que me ponga en pie.
—Y aún no sabemos qué saca de casarse con Gisele.
Me dirige una sonrisa.
—Sabía que habías leído mis notas. —Creo que los dos nos damos cuenta
al mismo tiempo de que aún está sosteniendo mi mano. La suelta y luego se
frota la nuca—. Estarás con los Von Falbirg al menos toda la mañana, ¿no?
—No puedo escaquearme de esa —me quejo—. Pero intentaré
aprovecharla. A lo mejor a Adalbrecht se le escapa algo con ellos aquí.
Los ojos de Emeric se iluminan.
—Eso es. Enseguida vuelvo.
—Dame un par de minutos —le digo mientras se dirige hacia la puerta de
la terraza—. Tengo que cambiarme.
Mientras está en su dormitorio, me pongo el vestido más largo que tengo
en el armario, uno de brocado rojo grosella con bordados de orondas rosas
doradas. Con esto bastará para taparme las pantorrillas. Adalbrecht se
ofenderá porque no lleve azul Reigenbach, pero puedo decir que se parece lo
suficiente al rojo Falbirg y achacarlo al amor filial. El cuero grueso de las
botas también me ayuda a tapar los rubíes, pero no pasaría una inspección de
cerca.
Me recojo la parte superior del pelo en un moño práctico y estoy
poniéndome un pendiente cuando se oyen unos golpecitos en la puerta de la
terraza.
—¿Puedo dejarlo pasar? —pregunta Ragne, que está atándose el cinturón
de la bata que le he dejado.
Asiento y Emeric entra en cuanto Ragne gira el picaporte.
—Al parecer, también me han invitado al desayuno. No en la mesa
principal contigo, gracias a los dioses, solo… —Emeric pierde el hilo de lo
que estaba diciendo.
—¿Qué? —Tomo el otro pendiente y me acerco—. ¿En la gran mesa del
salón de banquetes?
Asiente un poco con la cabeza, como un caballo molesto por una mosca.
—Ah. Sí. En… en esa. Deberíamos llegar por separado. Bueno, esto es lo
que quería enseñarte. —Saca dos cajitas de plata del chaleco, redondas y tan

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grandes como su palma, como dos espejos de bolsillo; las abre y me entrega
una. Pues sí, hay un espejo en un lado y un grabado genérico de un rostro
dormido hacia la izquierda en el otro—. Sopla en el espejo.
Cuando lo hago, el grabado abre los ojos.
—Si lo cierras así, grabará todo lo que se hable en un radio de tres metros
hasta que respires de nuevo sobre él. Podremos escucharlo más tarde, desde
mi espejo o desde el tuyo. Si lo cierras así —lo gira por el gozne y, cuando se
cierra, el espejo da hacia fuera—, dejará de grabar, pero cualquier cosa que
dibujes en el espejo aparecerá en el mío.
—¿Cualquier cosa? —Ragne mira por encima de mi hombro mientras
giro el espejo.
—Sí, mira. —Dibuja una espiral rápida en el cristal. Noto un fogonazo
veloz de calor en la funda de mi espejo y entonces el cristal se empaña. La
espiral aparece, desaparece, aparece de nuevo—. Así podremos enviarnos
mensajes sin que los detecten. O… —Hace un ruido de exasperación—.
Vanja.
Alzo la mirada, toda inocente.
—¿Sí?
Ragne se ríe y señala el espejo.
—Es un culo.
—Solo lo estaba probando —digo, con el rostro serio.
En cambio, la boca de Emeric se tuerce por la comisura, como si intentara
no consentir mis elecciones artísticas.
—Ya me estoy arrepintiendo. La idea es que, si la conversación se vuelve
interesante, puedas grabarla. —Calla un momento y luego añade—. Y si las
cosas se complican y necesitas ayuda, puedes decírmelo. Ya veré cómo me
las apaño.
La preocupación en su voz le da la vuelta a mi estómago como la reina de
rosas. A lo mejor no ha sido el mejor momento para añadir una pequeña pero
clara nube de pedo en el culo.
Emeric suelta un suspiro de padecimiento.
—¿Vas a usarlo para dibujar groserías o…?
Me guardo el espejo en el bolsillo antes de que pueda quitármelo.
—Solo el tiempo lo dirá, júnior.
Está haciendo un esfuerzo valeroso para ponerse serio. Luego un
pesimismo real le cubre el semblante.
—Ah… Una cosa más. Toma. —Me da una moneda de peltre con el
símbolo de los prefectos.

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—Me gustaría recordarte lo rápido que me echarían de la orden.
—No es una moneda de prefecto, sino un símbolo de amnistía. —Agita la
mano sobre la moneda y se alzan runas y letras resplandecientes; creo que veo
un Vanja Schmidt entre ellas—. Le pedí a Wagner que lo vinculara a ti en
concreto y para este caso. Se las damos a la gente que, eh, nos asesora.
Significa que ningún prefecto puede detenerte, ni siquiera un perchero
moralista como este prefecto júnior. —Su voz se suaviza—. No puedo pedir
que confíes en mí mientras tenga el poder de arrestarte. Así que ya no lo
tengo.
Miro el trozo de peltre en mi mano.
—¿Hasta cuándo dura?
—Nadie puede revocar el poder de la moneda hasta después de que el
caso al que está asociada se cierre. —Ladea la cabeza—. Como te podrás
imaginar, no las repartimos como si fueran chuches, así que me sentiría muy
avergonzado y tendría muchos problemas si cometieras una ola de crímenes
mientras tanto.
No tengo palabras. Seguramente porque ahora mismo estoy
experimentando una cantidad asombrosa de sentimientos y el más importante
es la indignación por sentirme tan atraída por la personificación de un libro de
contabilidad.
Alguien llama a la puerta. Tomo las perlas, me las pongo alrededor del
cuello y agito las manos hacia Emeric para sacarlo de allí. Me está mirando
con cara de bobo, con una expresión peculiar; si no lo supiera, diría que es
asombro.
La fría realidad aplasta cualquier esperanza incipiente en mis venas. Ah,
claro. Nadie es inmune a las perlas. Ver lo que le hacen a Emeric es como un
golpe bajo.
Muy diferente a lo que le hago sentir yo.
Me planteo echarle los contenidos del lavamanos, pero Ragne lo empuja
hacia la terraza. Se encoge convertida en un ratón cuando voy a responder a la
puerta.
Barthl ha vuelto. Su mirada no se aparta de la lágrima de rubí, pero no
dice nada sobre ella, solo me escolta hasta el vestíbulo.
El sol casi brilla demasiado y se refleja en el mármol pálido y en el
alabastro; solo las banderas azules con franjas rojas suponen un alivio de su
resplandor. Adalbrecht ha añadido más estatuas de lobos dorados, cómo no, y
ahora una pequeña fortuna de flores de invernadero acapara las urnas del
vestíbulo: acianos para la prosperidad, dalias para las promesas cumplidas,

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peonías para la esperanza… lirios blancos, una elección cargada de
significado. Pueden significar pureza, pero a Muerte le gustaba tener unos
cuantos en casa cuando yo vivía con Fortuna y con ella. No fue hasta más
tarde que descubrí que los robaba de los funerales.
El margrave desciende desde su ala justo cuando las puertas de la entrada
se abren. Y aquí están: el príncipe y la dama von Falbirg.
Este último año les ha sentado bien: eso, o se han gastado mucho dinero
para hacer que pareciera así. Veo terciopelo y armiño en vez de fustán y piel
de conejo, mejillas sonrosadas en vez de cetrinas, comodidad en vez de
hambre.
Aun así, un año no es suficiente para olvidar quiénes son. Gisele, la
auténtica, se parece a su padre, con su constitución ancha de cazador y el
cabello castaño claro, pero los ojos grises y duros son de su madre.
Y, cuando los veo, una frialdad antigua casi se apodera de mi corazón, la
columna vertebral, los pulmones. Me estoy preparando para un reproche.
Miro la plata, porque no habrá cena si he pasado por alto una mancha. Me
tenso a la espera de una diatriba porque han viajado tan lejos solo para verme
y hay una arruga en mi manga y ¿es que no puedo hacer nada bien?
Pero la dama von Falbirg se abalanza sobre mí en un asalto de terciopelo,
me rodea el cuello con las manos y casi canta:
— ¡Querida!
Ah, sí. Llevo las perlas, ahora soy la prinzessin. Estoy a salvo, o eso me
digo. Quieren complacerme.
Aun así, algo en mis huesos bulle en alerta.
Entro en una especie de bruma; charlo con ellos de nimiedades
inofensivas mientras nos dirigimos al salón de los banquetes. Es casi tan
enorme como el salón de baile, situado justo encima de las cocinas en el
extremo norte del castillo, con ventanas en toda la pared oriental para que
entre la luz matutina. Estoy bastante segura de que han aprovechado las
decoraciones de ramos perennes y hiedra dorada del baile.
También está a reventar. La famosa mesa para banquetes de roble es una
reliquia de los días de Kunigunde, quien hacía sentar a los invitados nobles
junto con sus soldados y encargó una mesa según sus deseos. A uno de sus
descendientes eso le pareció degradante y añadió un estrado para la mesa
principal en algún momento, pero nada nos impide oír el ruido de los
invitados. También han mitigado las ambiciones de Kunigunde, porque el
extremo más cercano a la tarima está lleno de nobles y el más alejado
pertenece a los plebeyos.

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Atravieso toda la algarabía en una niebla distante. No soy no, ni siquiera
soy mi invención de la prinzessin. Soy una chica anodina, incensurable y
hermosa, alguien a quien ni siquiera los Von Falbirg podrían encontrarle
fallos.
Cuando llego a la mesa elevada, que casi se tambalea por el centro de
mesa floral tan extravagante, las cosas empeoran. No porque me tenga que
sentar en un extremo frente a Adalbrecht, sino porque los Von Falbirg están a
mi izquierda… y los Von Hirsching a la derecha.
—Son casi familia —dice Adalbrecht—. Creo que os conocéis, ¿no?
—Les hicimos una visita encantadora hace ¿cuánto? ¿Tres años? —
Irmgard me mira parpadeando a través de un ramillete de velo de novia, con
el mentón apoyado en sus dedos entrelazados. Nadie diría que, hace justo dos
noches, estaba regañando al markgraf von Reigenbach por haber fracasado a
la hora de matarme según su plan.
—Cuatro —digo con frialdad—. Cuatro años en menos de una semana.
La dama von Falbirg estira el brazo para agarrarme la mano izquierda y
me la aprieta con la suya, suave por los polvos que lleva.
—Os habéis convertido en dos damas preciosas. Estoy segura de que tu
padre estará orgulloso de ti, fräulein Irmgard, igual que nosotros estamos
orgullosos de nuestra perla.
Creo que voy a vomitar.
¿Qué me pasa? He aguantado antes a Irmgard, los Von Falbirg creen que
soy la clave para su salvación y hay demasiados testigos para que Adalbrecht
intente nada. Aun así, siento que, en cualquier momento, alguien me cortará
el gaznate por detrás.
Meto la mano derecha en el bolsillo y encuentro el espejo. El peso, el
metal frío, me estabilizan un poco. O me dan algo a lo que aferrarme hasta
que me rompa los dedos. En cualquier caso, me sienta bien.
Adalbrecht se endereza de repente con una mirada calculadora.
—Franziska —ladra. La mayordoma se acerca corriendo—. Ve a buscar
al chico Conrad, que acaba de entrar. Tengo que hablar con él.
Una alarma de distinto tipo atraviesa la bruma, una familiar y casi
bienvenida. Anoche tuvimos cuidado de no salir al pasillo y ninguno de los
otros invitados del ala del río debería haber salido al balcón por el frío… Pero
si nos han visto de alguna forma… No, lo habrían visto con Marthe la
doncella, no con la prinzessin…
Sin embargo, cuando Emeric llega, descubrimos que el margrave quiere
clavar dos puñales a la vez.

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Emeric se detiene ante la tarima y hace una reverencia rápida mientras se
remueve inquieto y no me mira.
—¿Señor?
El markgraf Adalbrecht se levanta, rodea la mesa y se detiene junto a mi
silla. Apoya la mano en mi hombro, un poco demasiado cerca del cuello.
—Quería ofrecerte mi más sincero pésame, Conrad. —Aprieta con más
fuerza que la dama von Falbirg, que aún me agarra la mano—. Me he
enterado del destino del prefecto Klemens. Qué terrible.
Emeric agacha la cabeza y se lleva las manos a la espalda… pero no antes
de que vea que las cierra en puños.
—Se lo agradezco. Señor.
—¿Sabes quién podría haber cometido esa atrocidad? —Adalbrecht
también me agarra el otro hombro y roza con el pulgar el collar de perlas. Me
quedo inmóvil y mi rostro se tensa en una máscara de compasión vacía.
La mirada de Emeric se posa durante un segundo en mí y luego la aparta.
Estoy bastante segura de que está reconsiderando su postura sobre las
puñaladas. Debo reconocerle que solo se le nota por un músculo tenso en la
mandíbula.
—No puedo decirlo —dice con rigidez—. Gracias de nuevo por su
preocupación, señor. Si me disculpan.
Adalbrecht me libera cuando Emeric nos da la espalda y puedo respirar de
nuevo. Maldito sea. Maldito sea todo.
Hay una cosa que puedo salvar de esto: mi furia. Me recuerda quién soy.
Al menos se me ha despejado un poco la cabeza. Aprieto la mano de la
dama y me suelto. La conversación vuelve a su cauce cuando el conde von
Hirsching le pregunta a Adalbrecht, que ya regresa a su silla, más detalles
sobre el asesinato. Finjo una mirada de terror elegante y encuentro la
superficie del espejo en el bolsillo y escribo:
¿Quieres
que le
envenene?

Al cabo de un momento, siento un latido cálido. Saco el espejo y lo pongo


sobre mi regazo para leer la respuesta en el cristal empañado.

Y entonces:
NO LO HAGAS

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Puede que Emeric me conozca demasiado bien.
Irmgard profiere un gritito escandalizado, sin duda por algún detalle
espeluznante… y me doy cuenta de que Adalbrecht podría revelar algo aquí
sobre lo que sabe acerca de la muerte de Klemens. Giro la tapa para que grabe
y guardo el espejo de nuevo en el bolsillo.
El prinz von Falbirg habla con un vozarrón forzado.
—Perdonadme, pero quizá los negocios sean un tema de conversación
más apropiado para el desayuno. Markgraf Adalbrecht, ¿tienes aquí los
papeles de adrogación o…?
Adrogación. ¿Dónde he oído eso antes?
Lo interrumpe un altercado menor cuando llega el desayuno. La mesa se
llena con rohtwurst, pumpernickel y damfnudeln humeantes. Irmgard casi se
abalanza a por una sopera de weysserwurst. A una parte de mí eso le parece
demasiado evidente.
—Están en mi estudio —dice Adalbrecht por encima del café—. Estoy a
tu disposición, siempre que terminemos con el papeleo antes de la ceremonia.
Pruebo un damfnudeln, mordiéndome la lengua. Adalbrecht no está a la
disposición de nadie, nunca, y se cerciora de que todo el mundo lo sepa.
—Muy bien. Gisele, querida, también te hemos traído tus papeles de
ciudadana imperial. Deberás entregarlos a finales de mes.
Adalbrecht se tensa.
—Tráelos también a mi estudio. No queremos que se pierdan con todo el
jolgorio —corta la weysserwurst con el rostro sombrío.
—Claro que no. —El prinz von Falbirg se inclina hacia delante para
mirarme sobre la mesa—. Casi no has tocado el desayuno. ¿Te encuentras
bien?
—C-claro que sí, papá. Es que estoy muy emocionada.
Irmgard ladea la cabeza con una mueca en los labios.
—No me extraña. Sabemos lo mucho que te gustan tus damfnudeln.
—Bueno, pues come —dice con severidad el príncipe—. No puedes
desmayarte en tu gran día.
Pero la dama tiene otras prioridades. Sus ojos relucen de orgullo ante mi
plato desatendido.
—Déjala, cariño. Una joven dama debe cuidar su figura.
Santos y mártires. Recuerdo a la dama von Falbirg insistirle a Gisele para
que comiera como un pajarito cuando éramos más jóvenes, pero esta es la
primera vez que me lo dice a mí. ¿Por qué se molestó en comprarle las perlas
si intenta impedir que no engorde?

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Me obligo a tomar un bocado enorme solo para ver cómo la sonrisa de la
dama flaquea.
—Mi pobre rayito de luna tiene una complexión muy delicada —dice
Adalbrecht.
El prinz von Falbirg alza las cejas.
—¿En serio? En Sovabin tenía un estómago fuerte.
—Quizá la comida de Minkja no le siente bien —canturrea Irmgard con
una mueca de compasión. A mí se me cierra la garganta.
—Qué rubí tan encantador. —La dama von Falbirg estira el brazo hacia
mi cara. Me aparto por instinto y luego me esfuerzo para convertirlo en una
tos. Ella me ladea la mejilla cuando acabo de toser—. ¿Dónde lo has
conseguido?
—No quiere decirlo —declara Irmgard, sonriendo.
La dama me mira encantada, como un perro sabueso oliendo la sangre del
cotilleo. Estas cosas siempre han sido un juego para ella, como un rosal que le
cuida otra persona para que la dama meta la cara entre los pétalos e ignore las
espinas.
—¿Es un secreto? ¿Quizá sea de un admirador secreto?
Adalbrecht tiene pinta de querer volcar la mesa.
—No, no —tartamudeo—. Solo un… un joyero. Quería que luciera su
última creación.
Debería dar una respuesta más inteligente, una réplica aguda, algo.
Mantuve la cabeza fría cuando Emeric me esposó, cuando un nachtmahr casi
me arrancó la cabeza a mordiscos, incluso cuando estuve a solas en una
habitación llena de huérfanos molestándome. Pero ahora no puedo. No con el
príncipe y la dama.
Una parte de mí les sigue teniendo miedo. Y eso es lo que hará que me
pillen.
La dama toma un sorbo delicado de su café.
—Luego tendremos tiempo para hablarlo.
—¿Luego?
—Tu padre y yo hemos pensado que sería maravilloso tomar té juntos
después de comer, solo nosotros tres. —Sonríe, pero la sonrisa no le llega a
los ojos—. Como una familia.
Vuelvo a percibir ese brillo afilado cuando examina de nuevo el rubí. Le
está despertando la codicia.
No quiero quedarme a solas con ella, no quiero, no…
Trago saliva.

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—Eso sería maravilloso.
—Bueno, Gisele —dice el prinz, inclinándose otra vez hacia delante—.
¿Qué has hecho durante este último año?
Muevo la tapa del espejo y trazo una única palabra desesperada en el frío
cristal:
SOCORRO

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CAPÍTULO 29

Viejos hábitos

Tartamudeo alguna tontería sobre caridad y explorar Bóern y luego intento


seguir respirando mientras el resto de la mesa pasa a otro tema de
conversación. No me atrevo a mirar la respuesta hasta que están distraídos.
Lo único que dice el espejo es: VOY.
El nudo en mi pecho se afloja al verlo. Y luego, apenas diez minutos más
tarde, el espejo palpita de nuevo. Esta vez, la letra ha cambiado.
Soy Gisele.
¿Qué necesitas?

Gisele me guía durante la hora siguiente del desayuno y luego me ofrece una
excusa para retirarme (tengo que tumbarme después de una comida tan
suntuosa). Necesito toda mi fuerza de voluntad para no echar a correr hasta el
ala del río cuando las campanadas dan las once. Un minuto después de cerrar
la puerta del dormitorio, oigo las rosas muertas sacudirse en el enrejado y
luego alguien llama a la puerta de la terraza. Dejo las perlas en el tocador
antes de hacer pasar a Emeric.
—¿Estás bien? —Es lo primero que sale de su boca cuando entra.
Empiezo a decir alguna insipidez sobre que estoy bien, solo nerviosa,
hasta que me doy cuenta de que no quiero mentirle. Estoy demasiado cansada
para mentir. Aún noto los dedos de Adalbrecht acercándose demasiado a mi
garganta.
Así que dejo caer la cabeza hasta apoyarla en el pecho de Emeric. Él se
queda inmóvil y luego posa con cuidado una mano en mi nuca. Esa calidez
firme es tan tranquilizadora como el suave pulso de su pecho.
—Lo odio —susurro—. Los odio tanto a todos que no puedo pensar.
Resulta que le dio el espejo a Ragne, que acudió volando a Gisele en
busca de ayuda. Quizá fueron sus padres o su culpabilidad, o tal vez sienta
que me debe algo por haber hallado un lugar para los residentes del

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Gänslinghaus. Fuera lo que fuere, Gisele ha accedido a ocupar mi lugar, al
menos durante el resto del día.
Y cuando poco después del mediodía entra en el dormitorio vestida con
un uniforme robado a toda prisa, me siento… me siento feliz de verla. Ragne
se asoma por un bolsillo convertida en ardilla en cuanto se cierra la puerta.
—Toma. —Gisele le devuelve a Emeric el espejo—. ¿No te esperan hasta
la hora del té?
—He dicho que el desayuno era demasiado pesado, así que me he saltado
la comida. ¿Necesitas ayuda para arreglarte?
Gisele frunce el ceño y examina la habitación.
—No, ahora puedo hacerlo sola, pero me vendrás bien para saber dónde
están las cosas.
—Os dejo a solas. —Emeric estaba sentado a mi lado en el baúl a los pies
de la cama, pero se levanta y se sacude los pantalones—. Vanja, ¿grabaste
algo?
Asiento.
—No es mucho, pero Adalbrecht dijo algo sobre unos papeles que no
acababa de… encajar.
—¿Papeles? —Gisele pone mala cara—. ¿Qué papeles?
Emeric toquetea algo en el espejo y reproduce la conversación del
desayuno del mismo modo que un bardo toca una canción.
Su ceño se acentúa al oír la palabra adrogación. Sabía que la había visto
en alguna parte.
—Una joven dama debe cuidar su figura —dice la dama, y Gisele hace
una mueca.
—Basta, por favor.
Emeric cierra el espejo.
—¿Dónde he oído eso antes? ¿Adrogación?
—¡Yo también lo recuerdo! —Me pongo en pie de un salto—. Lo que
significa que lo vimos juntos…
—La noche del baile…
—En el estudio…
— ¡El libro sobre derecho! —decimos a la vez.
Gisele nos mira con los ojos entornados y luego da una palmada.
—Esa parece una pista sólida, meister Conrad. ¿Por qué no vas a
investigarla? Vanja y yo tenemos a Ragne por si hay alguna emergencia y
usaremos el espejo para comunicarte si descubrimos algo. Podemos reunirnos
más tarde en la catedral.

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No deja ni que Emeric asienta conforme antes de empujarle hacia la
puerta del dormitorio.
—No… por la terraza. —Tiro de ellos en pleno giro.
—Ah, claro, sí. —Gisele se ríe con demasiada alegría y abre la puerta lo
justo para sacar a Emeric a empujones. Espera hasta que los ruidos del
enrejado se acallan para girarse hacia mí y, con una voz repleta de regocijo,
dice—: Cuando Ragne me ha dicho que habíais dormido juntos, pensé que no
se refería a que habíais dormido juntos.
—Para. —Le lanzo una combinación bordada; las campanas del castillo
dan la hora—. Venga, no tenemos mucho tiempo. Las perlas primero, luego el
vestido. Y anoche no pasó nada.
—¿En serio? Porque eso ha sido como ver a dos novios bailando
alrededor de un árbol de mayo.
—Soy alérgica a bailar —digo con amargura—. Hablamos las cosas y
luego nos quedamos dormidos junto al fuego. Eso fue todo.
—Estabais tumbados muy juntos —maúlla Ragne, enroscada junto a la
chimenea convertida, una vez más, en gato—. ¿Cómo se llama eso?
—Acurrucados, creo —dice Gisele con una sonrisa.
Me voy a rebuscar en el armario, en parte para elegir un vestido y sobre
todo para esconder mi rostro sonrojado.
—Da igual.
Gisele se pone la combinación por la cabeza.
—Cuando éramos jóvenes, ¿sabes eso de que pedía que me trajeran paja
para el suelo todos los días? Así podías ir a los establos cuando Sebalt estaba
trabajando.
Echo un vistazo al otro lado de la puerta del armario, por encima de un
montón de seda esmeralda.
—No.
—Solo digo que, si yo fuera tú, bueno, haciéndome pasar por mí, Gisele
estaría muy interesada en el caso del Pfennigeist y me aseguraría de que todas
las cartas para el prefecto júnior las entregase mi doncella en mano.
—La Vanja lo hizo —dice Ragne con alegría—. Bueno, me pidió que
fuera a veros anoche a la catedral.
Gisele resopla.
—Ya veo. Gracias por mejorar mi noche. —Luego su regocijo flaquea un
poco—. Ragne te ha contado lo… nuestro, ¿no?
—Sí. —Dejo los vestidos sobre la cama—. Las perlas están en el tocador.
El rubí será lo último que te pongamos.

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Intento no mirar a Gisele cuando se abrocha el collar, así que me
concentro en ponerme un uniforme de criada. Se oye un susurro de tela y
luego Gisele pregunta:
—¿No estás enfadada por que no te lo haya contado?
—¿Qué? —Frunzo el ceño mientras me pongo un apósito y gasa sobre mi
propio rubí—. Claro que no. Tus padres fueron… —Me detengo antes de
decir una grosería—. Claros. Sobre continuar el linaje. O sea, he deducido
que solo te gustan las chicas.
—Estoy… bastante segura.
—Entonces tiene todo el sentido del mundo que lo escondieras. Eso
reduce tus posibilidades.
Gisele asiente con el rostro endurecido.
—Hay… opciones. He oído hablar de hechiceros que me podrían ayudar a
tener un hijo. Y unas cuantas familias nobles tienen hijas que pensaron que
eran chicos al nacer, así que… Pero nunca las he conocido y mamá nunca
habría pagado para que viajara al otro lado del imperio solo para eso.
Ninguna dice la asquerosa verdad en voz alta: que la dama von Falbirg sí
que vació los cobres con bastante presteza para pagar las perlas.
—Conociendo a tu madre, seguro que diría que lo has hecho a propósito
para complicarle la vida. Como si funcionara de esa forma. —Aún no la estoy
mirando, sino que me concentro en ponerme unas polainas de lana sobre las
medias. No es una forma elegante de esconder los rubíes, pero nadie espera
elegancia de una doncella. Sobre todo con este frío—. ¿Cuándo lo supiste?
Gisele encorva los hombros de tal forma que hasta lo percibo por el
rabillo del ojo.
—Cuando Irmgard vino de visita. Recuerdo verla por primera vez y
pensar que así se sentiría el príncipe en los cuentos de hadas, ¿sabes? Cuando
ve a la princesa por primera vez. Era tan hermosa y graciosa y le caía tan bien
a mamá… Y luego resultó ser una pesadilla.
No me extraña que a Gisele le guste Ragne. Es por la misma razón por la
que Ragne fue la primera persona a la que he considerado mi amiga: ella es
quien es con todo su corazón, sin tretas ni artimañas.
—Esta vez has elegido mejor —digo, un poco tensa—. Bueno, si le haces
daño a Ragne, sabes que haré que este último año parezca como un paseo por
el campo.
A Gisele se le escapa una carcajada. No de incredulidad o enojo, sino de
sorpresa. Luego sonríe y, con una voz más dura de lo que le he oído nunca,
dice:

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—Lo mismo digo.
Unos golpes resuenan en la puerta. Me toco la mejilla y susurro: «¡El
rubí!», antes de salir corriendo a responder.
Es Trudl, flanqueada por otra doncella.
—El príncipe y la dama von Falbirg quieren comunicarle a la señora que
ya han terminado de comer y que en breve se trasladarán a su salón. El té está
en camino.
—Por favor, incluid pfeffernüszen para mi madre —grita Gisele por
encima de mi hombro, con una mano apretada contra el rubí para que el
pegamento se seque—. ¡Gracias!
Trudl parece un poco sorprendida por el agradecimiento, pero hace una
reverencia y se marcha corriendo. Cierro la puerta.
—Por cierto, todo el mundo piensa que me llamo Marthe. Es una larga
historia. Venga, te llevaré al salón.
Esto resulta ser otro error. En cuanto abro la puerta delante de Gisele, los
semblantes del príncipe y la dama se iluminan.
—Ay, ¡mi queridita Rohtpfenni! ¡Me alegro de verte tan bien! —La dama
von Falbirg se lleva una mano al corazón—. ¿Por qué no te quedas a servir el
té? Será como en los viejos tiempos.
—Tiene trabajo que hacer, mamá —se apresura a decir Gisele.
—Tonterías, ¿qué es más importante que la familia? No aceptaré ninguna
queja. —La dama agita una mano para despachar a le criade que hay junto a
la puerta.
Le muchache duda, mirando a Gisele.
Gisele no sabe cómo proceder al principio y me doy cuenta de que nunca
ha sido la señora de un castillo. Ni aquí ni en el castillo Falbirg.
—No es ninguna molestia, princesa Gisele —digo con los dientes
apretados. La dama sonríe de nuevo.
—Pues claro que no lo es.
Gisele traga saliva y luego le dirige un gesto con la cabeza a le criade, que
se agacha antes de salir y cierra la puerta detrás de elle.
—El té, Vanja —ladra la dama, y ese instinto tan espantoso se apodera de
mí. Es más fácil permanecer callada y hacer lo que me pidan, por mucho que
me irrite.
Sirvo el té: leche y miel para el príncipe, un chorrito de leche para la
dama…
La dama von Falbirg arruga la nariz.
—Demasiado, Vanja. Hazlo de nuevo.

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—Ya me lo tomo yo. —Gisele le quita la taza antes de que su madre
pueda negarse—. Así es como lo tomo estos días.
Lo hago bien a la segunda. Luego me retiro a una esquina de la habitación
a esperar.
De repente, oigo las palabras de Emeric de anoche: No es excusa para
tratarte como lo he hecho. O como te trataron los Von Falbirg.
Ojalá pudiera dejar de pensar en él. Ojalá no me gustara pensar en él.
No lo entiendo. Según la fría lógica, debería temer casi del mismo modo a
Emeric que a Adalbrecht. Los dos me han amenazado, me han hecho daño;
¿qué más da si uno lo hizo por deber y el otro por ansia?
Pero la diferencia, supongo, es la amnistía que llevo en el bolsillo. Emeric
podría hacerme daño de nuevo, sobre todo después de las cicatrices que dejé
expuestas anoche. Y, aun así, él me enseñó las suyas, me ofreció formas de
hacerle daño también para que estuviéramos en igualdad de condiciones.
Hasta renunció a ciertos poderes para que me sintiera a salvo.
Si Adalbrecht conociera las heridas que escondo, las usaría para cazarme.
Emeric conoce muchas y ha decidido ayudarme.
No sé qué juego nos traemos entre manos, pero no sigue las reglas de la
trinidad del deseo. No se trata de servidumbre, no es una caza. Es un baile.
Estamos igualados, no tengo miedo de perder. Y esa es una diferencia
enorme.
— ¡Vanja! —La voz de la dama irrumpe en mis pensamientos. Detesto
ponerme firme por reflejo. Por la mirada que me dirige, no es la primera vez
que me ha llamado. Alza su taza de té vacía con la boca arrugada.
—Enseguida, mi señora. —Cuando me aproximo a la mesa, me fijo en
que ha movido todos los platos. Recuerdo este movimiento: la dama von
Falbirg siempre rotaba de forma gradual todos los dulces para que no
estuvieran al alcance de Gisele, aunque solo hubiera tomado uno. Resulta
difícil deshacerse de las malas costumbres.
—Espero que no le hayas dando manga ancha, Gisele. Así solo se volverá
vaga —dice con altanería mientras le relleno la taza.
Me encuentro con la mirada de Gisele y veo que aprieta la mandíbula.
Hay algo en su rabia que escuece, igual que me pasa a mí: este año ha
suavizado los recuerdos de estas situaciones hasta convertirlas en un dolor
lejano.
Pero siempre fueron así de venenosas. Y duele regresar a ellas.
Y entonces Gisele hace algo nuevo. Deja la taza con un ruido poco
delicado de porcelana y dice:

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—No hables sobre Vanja de esa forma.
El príncipe y la dama la miran desconcertados. El prinz von Falbirg es el
primero en hablar.
—Es tu criada —dice, como si así lo explicara todo.
Igual que Ragne, cuando me contó que ayudaba porque eso es lo que hace
la gente. Igual que Emeric, cuando le pregunté cuánto costaría salvarme y me
dijo que no le debía nada.
Demasiado tarde, me doy cuenta de que la taza de la dama se está
desbordando. Se pone de pie de un salto cuando el té llega a la mesa. Unas
cuantas gotas aterrizan en su falda de terciopelo.
—¡Qué palurda más torpe eres! —gruñe, levantando la mano.
La silla de Gisele se vuelca con un golpe. Una ola de seda esmeralda se
interpone entre la dama von Falbirg y yo. Gisele le ha agarrado el brazo.
—NO.
Las perlas han caído al suelo. Sin ellas, Gisele es más alta que su madre.
—Ponte las perlas de nuevo. —La dama libera el brazo. Respira con
rapidez, pero su voz y su aplomo permanecen fríamente serenos—. No
quieres que nadie te vea así…
Gisele le habla con la misma escarcha en la voz.
—No tengo miedo de que me vean como soy. Yo te veo a ti como eres.
Usaste a Vanja cada día que pasó bajo nuestro tejado. Compraste a los Von
Hirsching con su sangre. No tienes ningún derecho a alzarle la mano. Le
debes cierto respeto por lo menos.
El príncipe se levanta de la silla con el rostro sombrío.
—La acogimos cuando no tenía ningún lugar al que ir. Le dimos todo lo
que necesitaba. ¿Verdad que sí, Vanja?
He dedicado muchas horas a pensar cómo respondería exactamente a esta
pregunta. Qué insultos ingeniosos y demoledores podría repartir, qué
observaciones cortantes podría tallarles. Pero, al final, de los labios solo me
surge la verdad sin adornos.
—Me pagaban porque trabajaba para ustedes —digo, igualando la frialdad
de Gisele—. Y me mataban a trabajar por meros peniques para que no pudiera
marcharme.
La dama retuerce el rostro y ese frío se vuelve peligrosamente más fino.
—Sois unas miserables desagradecidas. ¿Sabéis la suerte que tenéis? El
margrave es un noble de verdad, y yo te convertí en su prometida. Mira todo
esto… —Abarca el salón con la mano—. ¿Crees que tendrías todo esto sin
nosotros? ¿Sin esas perlas?

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—Nos vendiste a un monstruo —replica Gisele—. No preguntaste si era
amable o si era honrado, porque ya sabías que no era nada de eso y te dio
igual. Solo querías su dinero.
Recoge las perlas y se dirige hacia la puerta.
—No hemos terminado —brama el prinz von Falbirg—. Vuelve aquí
ahora mismo.
Gisele se pone las perlas de nuevo cuando llego a su lado.
—No, sí que hemos terminado porque lo digo yo. Es mi castillo. —Abre
la puerta y la cierra casi por completo antes de regresar con una mirada en la
que reluce una alegría feroz—. Ah, por cierto: los hombres no me interesan.
Aunque nunca lo preguntasteis.
Y luego cruza la puerta. La sigo con una sonrisa enorme y febril y no
puedo evitar saludarles con un gesto completamente inapropiado cuando salgo
al pasillo.
Nos dirigimos al dormitorio con ese andar rígido y frenético de la gente
que tiene prisa y pretende que no es así.
—Schit —digo aturdida cuando la puerta se cierra detrás de nosotras—.
Lo que acabas de hacer.
—Lo que acabo de hacer —repite con los ojos abiertos de par en par.
Luego me agarra por los brazos—. ¡Lo que acabo de hacer!
— ¡Lo que has hecho!
Y de repente nos estamos riendo y llorando y dando saltos. Es como si
hubiéramos roto una maldición, una más antigua y amarga que la de Eiswald.
No es solo que Gisele me haya defendido. Es que una parte de mí
necesitaba verlo, entender que podíamos romper al príncipe y a la dama y que
podíamos marcharnos ilesas.
—¿Qué has hecho? —pregunta Ragne, enderezándose en la chimenea. Se
ha vestido de nuevo, esta vez con una camisa remetida en unos pantalones de
montar. Sonrío a través de las lágrimas.
—Les ha dicho a sus padres que se vayan a la porra.
—Es que, después de todo —jadea Gisele—, no podía seguir
mintiéndome sobre lo mal que te trataron…
—No me puedo creer que tu madre siga con esas tonterías con la
comida…
Gisele se frota la cara con una mano.
—Santos y mártires, yo tampoco. Y no es solo que fueran crueles con
nosotras. Antes tenías razón. Umayya y yo dirigimos el Gänslinghaus no solo

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para darles un hogar a los niños, sino para asegurarnos de que aún puedan ser
niños. Tú nunca tuviste eso, ¿verdad? Siempre tenías que cuidar de mí.
Agacho la cabeza; las lágrimas están ganando la batalla.
—Bueno —digo con cierto desconcierto—, ahora ya se ha acabado.
—Tomad. —Ragne nos entrega dos pañuelos. En cuanto los aceptamos,
rodea los hombros de Gisele con los brazos—. Las dos parecéis más felices.
Gisele apoya la cabeza en la de Ragne y entrelaza los dedos con los de
ella.
—Lo soy. No planeaba explotar así, pero, conociendo a mi madre, sé que
no nos molestará a partir de ahora, porque preferirá no arriesgarse a que
monte una escena.
—Joder. Y yo que quería que nos cambiáramos para que pudiera gritarles
un poco.
Gisele se ríe de nuevo.
—Ojalá lo hubiera hecho antes. Este… este último año he aprendido
mucho. Cuando llegué a Minkja, ya se me había acabado el dinero y Umayya
fue la única que quiso acogerme y permitirme trabajar para que pudiera
ganarme el sustento. Estaba muy enfadada contigo, porque me dejaste
indefensa. Y no dejaba de decirme que seguía enfadada porque lo tenías
todo… todo esto y no hacías nada con ello, no ayudabas a la gente. O sea,
dedicaste una única tarde a perdonar deudas y me convertiste en la chica más
popular de Minkja.
—A lo mejor Eiswald debería haberme echado esa maldición antes —
digo, impasible.
Gisele se sienta en la cama y examina la habitación. Sus ojos se detienen
en Ragne y luego en mí.
—Pero soy una hipócrita, ¿verdad? Estaba enfadada porque me dejaste tan
indefensa como tú lo estuviste en mi casa. Y a pesar de mi sermón sobre
ayudar a la gente, te ofreciste a devolverme esta vida y rechacé la oferta. —Se
suena la nariz—. La noche del baile, querías decirme que debería haberte
protegido de Adalbrecht, ¿no?
Me siento en el otro extremo de la cama y luego asiento.
—Siento haberte quitado todo esto, pero…
—Intentabas protegerte —acaba Gisele—. Lo entiendo.
Nos quedamos en silencio un rato largo. Aún existe una distancia entre
nosotras, que tardaremos tiempo en acortar. Pero ya hemos dejado atrás las
espinas.

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—Bueno —digo al fin—, con esto ya vais Emeric y tú, así que si mi
madre aparece para disculparse con todo su corazón, haré triplete.
Gisele resuella de una forma muy poco femenina. Luego aprieta el puño y
respira hondo.
—Si… si tu oferta sigue en pie… lo haré.
—¿Regresarás? —Es como si me quitaran un peso de encima.
—Si detenemos a Adalbrecht —se apresura a añadir—. Podemos ayudar a
Emeric a derrotarlo antes de que sea demasiado tarde para las dos. Luego
recuperaré mi vida y así deberías romper la maldición.
Me la quedo mirando. La princesa y la doncella leal murieron juntas en el
bosque hace un año; ahora solo somos dos chicas intentando sobrevivir. Y no
hay más. Así es como podremos derrotar al lobo: juntas.
Me recuesto y miro el dosel de la cama, sacudiendo la cabeza mientras me
río.
—Derrocar al segundo político más poderoso del Sacro Imperio de
Almandy, quien al parecer dispone de una reserva ilimitada de monstruos.
Claro. ¿Por qué no? ¿Cuán difícil puede ser?

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CAPÍTULO 30

Adrogación

Gracias a la pelea con los Von Falbirg, disponemos del resto de la tarde para
nosotras. No estoy segura de quién ha decidido que Gisele no se encuentra
bien para asistir a la celebración vespertina, si Adalbrecht o sus padres, pero
el caso es que envían la cena a la habitación. Es comida sencilla e inesperada
y el mensaje está claro. Adalbrecht no tolerará que Gisele monte una escena.
Sin embargo, parece que quiere asegurarse de que el mensaje cale de
verdad, porque adjunta una breve misiva con la cena: un recordatorio de que
Gisele deberá acompañar al resto de invitados a la cacería de mañana.
—Es una amenaza de muerte, ¿verdad? —dice Gisele, examinando el
papel mientras nos dividimos la sopa de albóndigas de hígado y un plato de
chucrut al estilo de Minkja—. Intentará matarme.
—Es probable —digo mientras mastico una albóndiga—. Pero también
tiene que ser el mejor cazador. Acabará humillado si otra persona mata a la
presa más grande en la cacería nupcial. Si te quedas con los demás invitados,
estarás rodeada de testigos. Lo cierto es que Irmgard podría ser una amenaza
mayor si decide ser proactiva.
—¿Vendrás conmigo?
—Cuando éramos jóvenes no podía seguirte el ritmo.
—Yo podría ser el caballo de la Vanja —se ofrece Ragne, picoteando una
rebanada de pan de centeno—. Así le seguirás el ritmo seguro.
Lo reflexiono un momento.
—Eso podría funcionar. —No puedo evitar juguetear con la cuchara—.
Esto, eh, le dijimos a Emeric que nos reuniríamos en la catedral, ¿no?
Gisele me mira con una sonrisita.
—Se lo dijimos, sí. Y estoy segura de que Umayya necesita un descanso,
porque lleva todo el día encargándose ella sola de los niños, así que
podríamos daros a Emeric y a ti un rato a solas…
Le lanzo una bufanda.

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Sin embargo, cuando llegamos a la catedral de Fortuna, descubrimos que
Umayya no está sola. A los residentes del Gänslinghaus les han concedido
una pequeña ala en los dormitorios del clero y lo cierto es que parece más
grande que la antigua casa. La sala común sí que lo es, con unos sofás
robustos y unos sillones cuyos cojines han pasado a formar parte de un fuerte
impresionante, creado a partir de cajas de juguetes vacías, unas cuantas mesas
pesadas con los cantos lijados y una pared de pizarra en el otro extremo.
Sospecho que esta habitación la deben usar habitualmente los niños del clero,
pero los huérfanos encajan a la perfección. La mayoría se ha reunido
alrededor de Umayya, que les lee en voz alta junto a un gran fuego.
Emeric está junto a la pared de pizarra con un puñado de rezagados. Tiene
las manos apoyadas en la cadera; nos da la espalda, arremangado, y el pie
golpea con abandono el suelo mientras estudia un diagrama complicado
escrito en tiza. Unos cuantos niños escriben en la mitad inferior de la pared a
ambos lados de Emeric y añaden un reborde chocante de flores, caballos y
soldados a su trabajo. Una mano tira de la suya y cede su propia tiza, pero por
lo demás sigue inmóvil, seguramente por el bien de la niña gharesa que está
de pie sobre una silla para hacerle trenzas en el pelo. No parece que esté
teniendo mucho éxito.
—Khidren, deja pensar al chico —dice una Joniza distraída desde una
mesa cercana. Mira con atención un fajo de pergaminos. La niña hace un
mohín.
—De todas formas, tiene el pelo demasiado corto. ¿Puedo trenzarte el
tuyo?
Joniza aprieta los labios para no reírse.
—Ya tengo el pelo trenzado. Tardaron mucho tiempo en dejármelo así y
pagué a una mujer muy simpática para que lo hiciera, así que creo que paso,
pero gracias.
—Puedes trenzarme el mío —informa Gisele a Khidren cuando nos
acercamos a la mesa junto a la pared de pizarra. Veo los dos cuadernos de
notas de Emeric entre unos cuantos volúmenes sobre Derecho Imperial.
Khidren ata una cinta rosa en un lazo alrededor de la cabeza de Emeric, a
conjunto con las cintas extravagantes y peludas que le adornan su propia
trenza negra.
—Hecho. Ahora estás guapo.
—Gracias —responde Emeric con solemnidad y las gafas torcidas—. Ese
asunto me preocupaba.

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—De nada. —Lo pronuncia de un modo exagerado, como una niña que
aún está intentando aprender a decir «por favor» y «gracias», y luego salta al
suelo y se acerca a toda prisa a Gisele.
Dejo el abrigo y la bufanda sobre la mesa con los libros sobre derecho y
me acerco a examinar el diagrama. Intento amortiguar lo mejor que puedo el
regocijo que siento al ver el nuevo accesorio de Emeric.
—¿La pista del libro sobre derecho no ha tenido éxito?
—Forma parte de la imagen, eso sin duda, pero no sé cómo encaja —
farfulla y se endereza las gafas—. El mar… perdón, el panadero …
—¿Quién es el panadero? —pregunta Ragne, dejando su abrigo junto al
mío. Solo se ha dignado a ponerse uno en aras de disfrazarse, ya que una capa
gruesa de pelaje negro le recorre ambos brazos.
—Mäestrin Umayya me ha permitido usar la pared de pizarra siempre y
cuando recordase que tenía un público, eh, más joven —explica Emeric—,
que también suele repetir lo que leen u oyen.
Examino más de cerca la pared.
—Posibles motivos del panadero para… ¿abrazar a G? ¿Abrazar, en
serio?
—La ge es por la Gisele, ¿no? —Ragne se agazapa en la silla como una
gárgola extraviada—. ¿Por qué va a abrazar el panadero a la Gisele?
—No, eso es un código para, eh… —Emeric se pasa un dedo por la
garganta. El lazo que le adorna el cabello resalta la gravedad de la situación.
A Ragne se le ilumina el semblante.
—¡Eso lo sé! La Vanja me lo contó. Significa «muerto». —Luego se
encoleriza—. ¿Quién quiere abrazar a la Gisele hasta matarla?
Uno de los niños pequeños deja de dibujar y se da la vuelta con los ojos
relucientes.
—¿Quién ha muerto?
—Yyyyyy es hora de acostarse —anuncia Umayya desde el otro extremo
de la habitación.
—Yo me ocupo, Umayya. Tú descansa. Venga, vamos, recogedlo todo.
—Gisele empieza a dirigir a los niños hacia el pasillo. Joniza deja el
pergamino sobre la mesa.
—Esa es mi señal también. Más vale que esos monstruitos se conformen
con una nana, porque hoy tengo que actuar.
Cuando la habitación queda en silencio, los compases de un villancico
festivo de Winterfast nos llegan desde la calle, salpicados por el tintineo de
unas campanillas. En general, las bandas de villancicos cantan en el

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Göttermarkt para que las parejas bailen en la plaza, pero parece que tienen
que hacerlo fuera. Lo cierto es que no me importa. Los dioses menores no
suelen tolerar ningún grimlingen en sus templos, pero no está mal tener otra
garantía de que los nachtmaren no entrarán por las campanas.
Emeric espera a que Khidren no lo vea para quitarse la cinta, aunque se la
enrolla alrededor de los nudillos mientras piensa. No esperaba que eso me
complicara tanto la capacidad de concentración, pero resulta que estos días
estoy aprendiendo muchas cosas sobre mí misma.
En cuanto los niños ya no pueden oírnos, dice:
—Me temo que tengo malas noticias. Primero, parece que los prefectos
con la ordenación completa más cercanos no pueden llegar a Minkja hasta
dentro de una semana.
Se me cae el alma a los pies.
—¿Eso significa que no podremos convocar al tribunal celestial?
—No exactamente —dice Emeric despacio—. No debería, pero en caso
de emergencia puedo hacerlo. Irá… irá bien. Solo tenemos que presentar un
caso sólido. —Aprieta la cinta en la mano con demasiada fuerza—. Pero esa
es la otra noticia. Tomé prestados un par de libros de derecho de la biblioteca
de la oficina para mirar la sección que el markgraf von Reigenbach tenía
marcada. No nos proporciona una respuesta clara.
Oigo un susurro detrás de mí. Me doy la vuelta y veo que Umayya se
acerca.
—Quiero ver en lo que ha estado trabajando este chico —explica,
arrebujándose en su chal color índigo—. Me gustan los puzles cuando no me
toca recogerlos del suelo.
—¿Acaso la princesa Gisele te puso al corriente de la situación? —
pregunta Emeric, que deja la cinta en la mesa, y ella asiente—. Entonces, sí,
por favor. A ver si entre las tres veis lo que estoy pasando por alto.
Tomo el volumen que ha dejado abierto y busco la Sección 13.2: Filiación
y tutela; subsección 42: Adrogación y sucesión intestada. Esa es. Se lo paso a
Emeric.
—Empieza explicando esto. A lo mejor algo nos encaja.
—Es una ley de derecho sucesorio para nobles. —Regresa a la pared de
pizarra, con el libro en una mano, y agarra el trozo de tiza abandonado con la
otra—. En concreto, los derechos de herencia de un heredero adoptado y los
derechos del adoptante.
Ragne arruga el ceño.
—¿Derechos de herencia? ¿Por qué hacen falta derechos para heredar?

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—Porque, de otro modo, la aristocracia tiende a matarse mientras se
reparten la herencia. Por eso crean las leyes alrededor del concepto de las
casas nobles. —Dibuja dos rectángulos; a uno le pone el nombre Falbirg y al
otro, Reigenbach—. La casa Falbirg produce prinzeps-wahlen, lo que
significa que el padre de la princesa Gisele es elegible para nombrar a otro
prinzeps-wahl para el trono del Sacro Imperio o para que lo designen a él.
Bajo ciertas condiciones, la princesa Gisele heredaría el papel de prinzessin-
wahl de su padre en cuanto fuera mayor de edad. ¿Hasta ahora lo entiendes?
Ragne asiente.
Emeric dibuja dos coronas en la casa Falbirg y luego un círculo sencillo
en la de Reigenbach.
—He aquí la trampa. En general, un noble solo puede pertenecer a una
casa: ya sea la de sus ancestros o la casa con la que se une.
—¿Tienen que dejar la residencia de su familia si se casan? —pregunta
Umayya, dándose unos golpecitos en el mentón. Emeric niega con la cabeza.
—No, pero entonces su cónyuge se une a su casa y no puede subir de
categoría. Por ejemplo, la dama von Falbirg era lady von Konstanz antes de
que se casara con el prinz-wahl von Falbirg. Su rango sigue siendo el mismo,
pero se unió a la casa Falbirg.
Umayya frunce el ceño.
—Entonces ¿casarse con la casa Reigenbach no supondría bajar de rango
para Hil… Gisele?
—Correcto. Aunque es más poderosa que la casa Falbirg en cuestiones
prácticas, la casa Reigenbach cedió su designación real y se convirtió en una
dinastía de margraves tras el Primer Cónclave Imperial en la cuarta Sacra
Era… —Emeric se detiene en plena lección y gira las muñecas con timidez—.
Todo eso es historia. En resumen, sí. —Luego dibuja una flecha que va desde
una corona hasta Reigenbach y dibuja otro círculo sencillo en el extremo—.
Al casarse con la casa Reigenbach, la princesa Gisele no podrá ser elegida
tampoco para el Kronwähler.
—Y el markgraf von Reigenbach tampoco puede subir de categoría para
el Kronwähler al casarse con la casa Falbirg porque seguirá siendo un
margrave —dice Umayya, y Emeric asiente. Ragne mira los gráficos con los
ojos entornados.
—Sovabin es muy pequeño y el margrave es un hombre codicioso. ¿Qué
quiere de la Gisele?
Rodeo los hombros de Ragne con un brazo y le sonrío con orgullo a
Emeric.

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—Míranos. Mira lo lejos que hemos llegado.
—No estoy seguro de que quiera alegrarme de nuestra mala influencia —
dice con aspereza—. Pero sí, esa es la pregunta del millón. Klemens tenía la
teoría de que la mayor parte de los crímenes surgen por cinco motivos:
codicia, amor, odio, venganza o miedo. Creo que por lo menos podemos
descartar el amor y el miedo.
Resoplo.
—Encargó un retrato de sí mismo de pie sobre el cadáver de su padre.
Algo me dice que aquí hay algo de odio y venganza.
—Y, como ha señalado la señorita Ragne, codicia. Para ser el margrave de
la marca más grande en el imperio, este comportamiento sugiere que se siente
muy inseguro y por eso necesita eliminar cualquier amenaza. La respuesta
obvia es que Gisele puede darle un hijo que sea elegible para el trono
imperial. Como la casa Falbirg perderá a su única heredera, se estipula que el
título puede pasar al primogénito de Gisele. Pero no creo que sea eso, porque
ha intentado matarla incluso antes de la boda.
Umayya se apoya en la silla de Ragne con la boca torcida.
—¿Qué es eso de la adrogación? ¿Cómo encaja aquí?
—En ese punto me topo con un muro. —Emeric señala una lista titulada
POR QUÉ (borrón) EL PANADERO QUIERE (borrón) HARINA—. La
adrogación es el proceso por el cual se adopta a un heredero cuando una casa
noble no tiene uno. Podría ser una amenaza para Von Reigenbach si los Von
Falbirg lo usan para nombrar a un pupilo adrogado como heredero en vez de
esperar al primogénito de Gisele.
Parpadeo. Hay algo ahí que me suena, pero no sé el qué.
—Vale —digo despacio—. ¿Y si quiere que los Von Falbirg lo conviertan
a él en heredero?
Emeric sacude la cabeza.
—Tendría que entregar el control de Bóern a la casa Falbirg mientras
tanto. En teoría, un heredero adrogado se convierte en el copropietario de las
posesiones, los títulos y las deudas de la casa, pero la idiosincrasia de la
adrogación es que se aplica a ambas partes, porque muchos de los herederos
adrogados son adultos con sus propias posesiones. La casa Falbirg se
convertiría en la copropietaria de Bóern y tendría más autoridad por su
jerarquía.
Codicia, odio, venganza. No, Adalbrecht nunca pondría en peligro su
soberanía.

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—¿Y si el margrave quiere que la Gisele adopte a un heredero? —
pregunta Ragne. Ya no se agazapa en la silla, sino que se ha sentado con las
piernas cruzadas y apoya los brazos sobre el respaldo.
—Esa parece una buena posibilidad —dice Umayya, estudiando la rama
del diagrama que lo explica mientras juguetea con una trenza oscura—. Pero
¿no sería un lío enorme? El resto del imperio se daría cuenta si la matara y
pusiera a su pupilo en el trono imperial.
—Un momento. Para. Un momento. —Me tiro de mis dos trenzas. Sé lo
que me ha llamado la atención, pero ¿por qué?—. Pupilo. Eso lo he visto
antes. ¿Dónde lo he visto?
—Es el término que resume el concepto de heredero adrogado, cuando el
heredero es menor de edad. —Emeric me mira con una mano a medio camino
de ajustarse las gafas—. ¿Qué has visto?
Puedo sentirlos, los resortes encajando en su sitio, el rastrillo rotando en
mi mano, el cerrojo a punto de girar.
—Los Von Falbirg preguntaron por los formularios de adrogación en el
desayuno, porque ellos tienen que firmarlos para Adalbrecht porque…
porque…
Encaja. La cámara acorazada se abre.
Sé por qué el margrave quiere a Gisele muerta.

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CAPÍTULO 31

El pasodoble

Agarro a Emeric por el brazo.


—¿Tienes el volumen sobre derecho matrimonial?
—Toma. —Saca un libro encuadernado en cuero del montón sobre la
mesa.
—Debería haber una cédula matrimonial estándar para nobles, ¿no? —Me
pongo a su lado mientras pasa las páginas hasta que la vemos y luego echo un
vistazo a las cláusulas hasta encontrar lo que buscaba. Apoyo un dedo en la
página—. Ahí. Por eso Adalbrecht quería que todo el mundo nos viera firmar
la cédula. Gisele no cumplirá diecisiete años hasta finales de abril, así que
sigue siendo menor a ojos de la ley. Y…
—«Hasta que un menor no cumpla los diecisiete años y se inscriba como
ciudadano pleno del Sacro Imperio de Almandy y como representante de su
casa ancestral, se le considerará un pupilo adrogado de su cónyuge y le
corresponde un derecho pleno y recíproco de sucesión intestada» —lee
Emeric y suelta el libro como si le hubiera caído un rayo—. Lo que significa
que Gisele es su heredera legal, pero también…
—Él es el heredero de Gisele —termino, casi vibrando de la emoción.
Agarro a Emeric por las muñecas—. ¡Porque solo la adrogación se aplica a
ambas partes! Ahora que han firmado el contrato, si muere antes de cumplir
diecisiete años…
Las manos de Emeric se cierran alrededor de las mías, con el rostro
deslumbrante.
—Entonces él hereda el título de prinz-wahl de Von Falbirg sin renunciar
a Bóern…
—Y puede ser elegido sacro emperador…
—¡Con el apoyo de las familias que se han aliado con los Von Hirsching!
—Emeric me hace girar—. ¡Eso es, Vanja, es eso exactamente!

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La banda de villancicos reemprende su canción y, antes de darme cuenta,
estamos dando vueltas por la sala al compás de la música, contentos por el
triunfo. Con demasiada facilidad, nos ponemos a bailar un pasodoble de
Bóern y Emeric apoya su mano cálida y sólida en medio de mi espalda. Ragne
aferra las manos de Umayya y también se ponen a bailar mientras la mujer se
ríe.
—Lo hemos resuelto, lo hemos resuelto —canto (muy mal)—, el
margrave me puede comer el…
—Esa no es la letra correcta —comenta Gisele desde la puerta. Umayya le
entrega a Ragne para poder recuperar el aliento. Gisele rueda entre los brazos
de la muchacha—. ¿Por qué estamos de celebración?
—¡Por fin lo hemos resuelto! —Emeric me hace girar con una sonrisa de
oreja a oreja—. ¡Sabemos por qué Von Reigenbach intenta matarte!
—¡No sé si deberíamos bailar por eso!
—¿A eso lo llamáis «bailar»? —Joniza nos esquiva para recoger su
pergamino y el koli de una balda, lejos del alcance de los niños—. Ignoradme,
estoy disfrutando del sonido de la seguridad laboral. Tenéis tres minutos para
explicarme ese complot de asesinato. Tengo que estar sobre el escenario del
Küpperplat dentro de una hora y tardo la vida en llegar a Südbígn.
—Sí, a mí también me gustaría saber qué consigue mi prometido tras mi
fallecimiento —dice Gisele con amargura por encima del hombro de Ragne
cuando pasa a nuestro lado. Ragne no acaba de entender los pasos del baile,
pero Gisele parece estar disfrutando.
El villancico ya se está alejando y tenemos trabajo que hacer, así que nos
detenemos. Durante un breve segundo, casi parece que Emeric y yo vayamos
a quedarnos así, con las manos agarradas, medio abrazándonos… Hasta que
me doy cuenta de que no debería ser tan obvia cerca de un chico que empezó
a resolver asesinatos a los ocho años. Me aparto.
En cuanto terminamos de explicarlo todo, Gisele se da unos golpecitos en
el labio, pensativa.
—Mis padres también mencionaron los papeles de ciudadanía imperial —
dice—. Para los nobles, esos papeles tienen que llegar a la oficina del
secretario jefe del imperio, en la capital. Puedes enviarlos hasta cuatro meses
antes de tu decimoséptimo cumpleaños, para que estén procesados en el
cumpleaños en sí. Los míos los pueden enviar el veintitrés de diciembre.
Aunque muera antes de cumplirlos, hay que rellenar el papeleo y Adalbrecht
tendrá que pelear para saber si el título vuelve a la casa Falbirg o no. Por eso
lo está apresurando todo, por eso quiere tener él los papeles.

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—Así que ya está, ¿no? —pregunta Joniza mientras se ata el abrigo—.
Sabéis que envenenó a Vanja cuando pensaba que era Gisele, lo oísteis hablar
con el sapo de Von Hirsching sobre matarla, sabéis lo que consigue con ello y
a todos os han atacado nachtmaren que seguramente esté controlando él. ¿Eso
es suficiente para el tribunal celestial?
Emeric se pasa una mano por el pelo.
—No estoy seguro. Adalbrecht podría atestiguar que desconocía lo del
veneno y las frases incriminatorias las dijo sobre todo Von Hirsching. El
cráneo en el estudio puede bastar para relacionarlo con los ataques de los
mahr, pero seguramente se enterará de si lo quitamos de ahí, así que
deberíamos esperar a antes del juicio. Solo tendremos una oportunidad, por lo
que el caso debe ser irrefutable.
—Pues que lo sea. —Joniza se despide agitando dos dedos—. Me largo.
Ya sabéis dónde estaré.
—A por ellos, tigre —le grito mientras cruza la puerta.
—¡Sobre todo si el panadero va a verte! —añade Gisele.
—Oídme, Adalbrecht le ha ordenado específicamente a Gisele que
asistiera a la cacería nupcial de mañana —señalo—. Por escrito. Si quiere
intentar matarla de nuevo…
El semblante de Emeric se ensombrece.
—Lo hará. Dime que la señorita Ragne te acompañará, princesa Gisele.
—Vamos las dos.
Su mirada pasa de Gisele a mí, con las cejas alzadas, pero luego la aparta.
—No creo que Von Reigenbach me invite, así que… Id con cuidado, por
favor.
—Las mantendré a salvo. —La mano de Ragne se tensa en la de Gisele—.
Puedo venir mañana por la mañana, antes del amanecer, para ayudarte a
entrar a hurtadillas en el castillo.
—Pues entonces deberíais descansar un poco —dice Emeric, antes de
ponerse a borrar el diagrama—. Aún nos faltan algunas piezas, aunque no
creo que las encontremos esta noche.
Me pongo el abrigo y la bufanda, pero me doy cuenta de que Ragne no me
imita.
—Si vas a volar de vuelta al castillo, me puedo llevar tu ropa.
Creo que es la primera vez que he visto a Ragne ruborizarse.
—Regresaré más tarde —dice, acercándose más a Gisele. Tardo un
segundo en entenderlo y procedo a atarme la bufanda más rápido.
—Ah. Eh. Claro. Acuérdate de dormir un poco.

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Ahora es Gisele la que se sonroja.
—Gracias, eres de gran ayuda, buenas noches…
—¡Esta es la casa de mi madre, por así decirlo! —digo mientras salgo por
la puerta—. ¡Seguramente sabrá lo que estáis haciendo!
Emeric me sigue al exterior, pero duda.
—¿Deberían vernos regresar juntos?
Me encojo de hombros con incomodidad.
—Gracias al, eh, incidente del armario, al parecer el personal del castillo
piensa que estamos… ya sabes. Así que podemos decir que Gisele me ha
dado la noche libre para ir a… —Trago saliva con la boca seca de repente—.
Ya sabes —farfullo.
—Entiendo. —Emeric me ofrece un codo—. En retrospectiva, es probable
que el mar… el panadero nos esté siguiendo al menos a uno de los dos, así
que tampoco es seguro ir solos. ¿Vamos?
Entrelazo el brazo con el suyo, aliviada de que la noche invernal sirva
como excusa para mis mejillas sonrojadas. Schit, menudo desastre estoy
hecha.
—¿Qué piezas crees que nos faltan todavía? —pregunto, más para
distraerme que por otra cosa mientras nos dirigimos hacia el viaducto
Hoenstratz.
—Ah, ehm… —Entorna los ojos, pensativo, y baja la voz—. Tengo
algunas preguntas sobre los ayudantes… del panadero. Sobre el turno de
noche.
Es una forma absurda de pensar en los nachtmaren y no puedo evitar
echarme a reír; el aliento se condensa en el aire mientras pasamos sobre fango
congelado.
—¿Cómo, eh, los contrató?
—Cuántos hay. No hemos visto a más de uno a la vez trabajando. Eso no
es suficiente para suponer una amenaza seria para las, eh… panaderías del
norte.
O sea, los territorios imperiales del norte.
—A lo mejor planea abrazar a la competencia.
—He ahí el quid de la cuestión. Sus efectivos… en el turno de día son
significantes, pero no suficientes para conseguir esa hazaña. Así que esa es
una de las preguntas.
—¿Cuál es la otra? —Resbalo un poco en un trozo de hielo escondido
bajo la nieve. Emeric me acerca a él para estabilizarme y espera a que
recupere el equilibro antes de seguir avanzando.

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—Aún no sé lo de Hubert —dice en voz baja cuando llegamos a las
escaleras del viaducto y empezamos a subirlas—. Era un prefecto veterano y
con la ordenación completa, no un objetivo fácil. Ese debería haber sido yo.
—Si Adaaaeeeeeh… el panadero fue a por el objetivo más complicado de
los dos, entonces es que quería algo que solo Klemens tenía. Así que su
propósito siempre ha sido matarlo a él, no a ti. —Las palabras cuelgan en el
aire como un cartel roto, aunque de poco sirven. Trago saliva y añado—: No
podrías haber hecho nada para evitarlo. Deja… deja de culparte.
Cuando alzo la vista, Emeric me está mirando con esa expresión tan
peculiar que reconozco de la noche del baile, justo antes de que volviera a por
mí. Aparta los ojos enseguida.
—¿Qué pasa? —pregunto al llegar a la parte superior del viaducto.
Empieza a nevar de nuevo, pero la carretera debería mantenerse despejada el
tiempo suficiente para que pudiésemos llegar al castillo Reigenbach.
Se ajusta las gafas, sin dejar de mirar los adoquines.
—No quiero que esto te asuste, pero a veces, a veces, Vanja, creo que eres
mejor persona de lo que piensas.
Así es como descubro que, a pesar de recibir cantidades exorbitantes de
elogios como Gisele durante el último año, no estoy en absoluto preparada
para que alguien me diga algo bonito y sincero sobre mí.
Así es como también descubro que mi respuesta nerviosa es reírme con
tanta fuerza que un burro que pasa junto a nosotros me rebuzna para
contestarme.
Ay, dioses.
Busco un territorio más conocido.
—¿Eso significa que me vas a dejar en paz por los robos de nada que
quizás haya o no haya cometido?
—¿Te refieres a las joyas que equivalen a cinco años de ingresos para un
trabajador cualificado? ¿Esos robos de nada? —Enseña los dientes en una
sonrisa—. Lo dudo. —Se pone serio durante un momento—. Aunque… en
cuanto me ordenen por completo, podré pedir acceso a cosas como el registro
del censo. Si algún día quisieras localizar a tu familia biológica, podríamos…
pactar una tregua.
Sé que lo estoy mirando fijamente, pero no puedo evitarlo.
Anoche ni siquiera terminé de formular el pensamiento, lo de que podría
ir a cualquier parte al cumplir los diecisiete… Que podría buscarlo todo, a mi
familia biológica, mi pueblo natal, mi nombre.
Pero no hizo falta que lo dijera. Emeric lo entendió.

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Sé que no debería sentir esperanza, lo sé. Esta amnistía solo dura hasta
que nos libremos del margrave y, a menos que lo calculemos bien, moriré de
todos modos por la maldición.
Pero, joder, él me pone fácil lo de tener esperanza y resulta desgarrador.
—Solo era una idea —se apresura a añadir—. No tienes que…
—Quiero —espeto—. Me-me gustaría, la verdad.
Las puntas de las orejas se le han coloreado de rosa.
—Ah. Entonces… bien.
Llegamos a la parte inferior de la colina que conduce al castillo y
emprendemos el ascenso. Un carruaje elegante pasa a nuestro lado de camino
a Minkja; la noche aún es joven para los estándares de los aristócratas. Los
invitados irán y vendrán hasta el amanecer.
—Si nos preguntaran por esta noche, deberíamos contar la misma historia.
—Ya. —Emeric lo considera un momento—. ¿Qué te parece esto? Me he
pasado la mayor parte del día persiguiendo al Pfennigeist, pero nos hemos
reunido para cenar. —Se detiene cuando pasamos junto a la caseta de guardia
y luego sigue cuando nadie nos puede oír—. Fuimos al Küpperplat para ver la
actuación de mäestrin Joniza, tú tomaste un pelín demasiado de glohwein…
—¿Por qué yo? —pregunto, indignada.
—… y volvimos dando un paseo alrededor del Göttermarkt y escuchamos
a las bandas de villancicos. —La voz le cambia de un modo casi
imperceptible, como si fuera algo más que una coartada—. Te pedí bailar y
aceptaste. Cuando estuvimos listos para irnos, nos marchamos y henos aquí.
¿Qué te parece?
—Parece una buena noche —admito, aunque sin decir el resto: parece
demasiado bonita para una chica como yo.
Casi hemos llegado a las grandes puertas de entrada. El guardia del
castillo no las abrirá para nosotros, pero hay otra puerta más pequeña para los
plebeyos y los criados. Desenredo mi brazo del de Emeric y tiro de la
campana, temblando un poco.
—¿Cómo acaba? —pregunta Emeric de repente. Me doy la vuelta y le
miro parpadeando.
—¿El qué?
—También es tu historia. —Ese cambio en su voz persiste, se ha
intensificado; una especie de curiosidad, suave y hambrienta, crepita como un
rayo en la nieve y me pone los pelos de punta. Su mirada está fija en mí,
como si esta noche fuéramos las dos únicas personas en Minkja—. ¿Cómo
quieres que acabe?

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No sé si está preguntando lo que creo que está preguntando. Sé lo que
quiero que pregunte. La historia. La noche. El juego entre los dos. Me digo
que no sé cómo quiero que todo eso acabe, pero sí que lo sé. Sí que lo sé.
La respuesta es la misma para las tres cosas: con él.
La puerta de roble cruje con hosquedad y se abre sin ningún tipo de
consideración por el infarto que estoy sufriendo.
—Vais a entrar, ja? —gruñe el portero, que parece un nabo marchito, y
murmura algo sobre adolescentes libidinosos.
Entramos en el vestíbulo iluminado por antorchas y nos quitamos la nieve
de las botas a pisotones. No se me ocurre nada que decirle a Emeric que no
sea una variación del tema bésame como si el mundo se acabara.
—¡Marthe! —La voz de Barthl resuena por el vestíbulo. Se acerca a
nosotros dando largas zancadas, con pinta de estar más agobiado que una
gallina con sus polluelos—. Te estaba buscando. Tengo muestras de las telas
que tu señora debe revisar enseguida.
Uf. Hago una rápida reverencia a Emeric.
—Buenas noches, meister Conrad.
Su mirada se posa en Barthl con un interrogante mudo y asiento con
disimulo. Barthl me hizo entregar una carta a los Wolfhunden, pero se supone
que, como submayordomo, debe estar apostado en la entrada para atender a
los invitados que no dejan de pasar. Tenga o no motivos para hacerme daño,
lo cierto es que le falta tiempo.
Emeric me devuelve la reverencia.
—Buenas noches, fräulein Marthe.
Barthl se aclara la garganta y casi no puedo evitar poner los ojos en
blanco antes de acercarme.
—¿Sí, señor?
—Sígueme —espeta. Se da la vuelta y nos apresuramos por el pasillo.
Tras el tercer giro, me doy cuenta de que nos dirigimos hacia la bodega de
vino, donde ni por asomo vamos a encontrar muestras de telas. Algo va mal.
Puede que Barthl no tenga tiempo para matarme, pero a lo mejor lo está
sacando.
—Mi señora me estará esperando —digo con cierta amenaza en la voz.
Barthl se detiene en el pasillo vacío. Mira a su alrededor, contiene el
aliento un momento para captar cualquier sonido y entonces se da la vuelta
para encararse de nuevo conmigo. Esta vez veo unas sombras oscuras debajo
de sus ojos hundidos, más oscuras de lo que jamás le he visto.
—Creo que eso lo determinarás tú —sisea—. ¿Verdad, princesa Gisele?

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CAPÍTULO 32

El cuchillo de cobre

Ahora es cuando debo confesar.


En el último año, he dedicado mucho tiempo a pensar excusas por si me
pillaban. Si alguien me veía con uno de los vestidos elegantes de Gisele antes
de que pudiera ponerme las perlas, afirmaría llorando que solo quería
ponérmelo una vez como si fuera una auténtica dama y no pretendía causar
ningún daño. Si alguien presenciaba la transformación mientras me estaba
abrochando las perlas, afirmaría llorando que me habían echado una
maldición de niña para tener el cabello pelirrojo porque el prinz von Falbirg
se comportó con rudeza con el dios menor del Óxido o algo así (habrás visto
que hay un patrón en común: muchas confesiones entre lágrimas).
Sin embargo, no he dedicado ni un segundo a prepararme por si alguien
pensaba que Gisele era real, y su doncella, el disfraz.
Me quedo mirando boquiabierta a Barthl.
Y luego suelto:
—¿Quién es Gisele?
Y luego:
—Espera. Eh…
—Anoche te olvidaste de taparte el rubí, lerda. —Barthl me apunta con un
dedo largo y pálido—. Cuando respondiste a la puerta. Te acordaste de
ponerte ese disfraz ridículo, pero de eso no. Y no creas que no oí todas las
risitas ebrias. Me da igual si andas retozando por ahí con el joven prefecto,
pero mi familia ha servido a la casa Reigenbach desde Kunigunde y no pienso
permitir que tus indiscreciones deshonren su nombre más de lo que
Adalbrecht ya ha…
Se calla, pero es demasiado tarde.
—¿No te cae bien el margrave? —susurro. Barthl me mira como si le
amenazara con un cuchillo en la garganta e intenta esgrimir uno propio.
—Tú tienes una aventura.

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—Lo cierto es que no. O ahora mismo estaría de mejor humor. Te vi
acechando fuera del estudio de Adalbrecht la noche del baile. ¿Has estado
escuchando a escondidas?
—¿Qué hacías tú espiando por su ala? —replica Barthl.
Nos miramos durante un momento largo y tenso, los dos a punto de
confesar algo peligroso, pero sin querer revelar nuestras cartas.
Y entonces veo el oro reluciendo por el rabillo del ojo. Fortuna no puede
evitar interferir; mi suerte va a cambiar para mejor.
En efecto, Barthl entrecierra los ojos.
—Estás pasando mucho tiempo con el prefecto.
—Y me pregunto —digo, estirando cada sílaba con toda la intención del
mundo— por qué será.
Barthl parece entenderlo. Vacila y luego imita ese tono como de borracho
cargado de significado.
—Mi padre… fue el mayordomo del antiguo margrave. Él fue quien…
—El que encontró el cadáver del margrave con los pies destrozados —
termino por él, con un puñado de hilos inconexos formando un hilo de unión
—. ¡Tú avisaste a la orden! ¿Llevas todo este tiempo espiándole?
Barthl palidece.
—Por favor, princesa Gisele, debes saber que estás en peligro. Debemos
detener al margrave. Deja en paz al prefecto para que haga su trabajo.
Todo encaja. Aún piensa que soy otra noble egoísta, una que trataría esta
pesadilla como si fuera un juego de salón, algo de lo que reírse recostada en
un sillón.
Bueno, hay una forma rápida y sencilla de quitarle esa idea de la cabeza.
Busco las perlas en mi bolsillo.
—Barthl, creo que tenemos mucho que desentrañar aquí. ¿Has oído hablar
del Pfennigeist?

Si alguien entrase en la capilla del castillo el miércoles por la mañana, lo más


raro que vería sería que hay cuatro tontos en Minkja lo bastante devotos para
estar rezando a esta hora intempestiva. Sin embargo, todos tenemos excusas
(Gisele y yo rezamos para que la cacería vaya bien, Barthl ha venido a por su
dosis diaria de piedad al final de su turno de noche y Emeric no es que sea
exactamente de la orden de los prefectos agnósticos). Además, este es el

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único lugar en todo el castillo donde seguro que no entrará ningún
nachtmaren.
Mantenemos la voz baja por si pasa algún clérigo y Gisele lleva las perlas
colgando del cuello, listas para abrochárselas deprisa, pero podemos hablar
con libertad. Igual que hicimos Barthl y yo, largo y tendido, hace unas diez
horas.
—Júnior, Gisele —digo en voz baja—, quiero presentaros a mi nuevo
mejor amigo. Barthl, puedes contárselo todo.
Barthl alza la mirada hacia el techo abovedado con sus santos pintados,
como si pidiera fuerzas a los dioses menores. No para reafirmar sus creencias
(descubrimos que tenemos bastantes cosas en común en nuestro odio mutuo
por Adalbrecht), sino para soportar con dignidad que me haya referido a él
como mi mejor amigo.
—He sospechado del margrave desde que regresó del campo de batalla
con los ojos azules. Si alguien le preguntaba, insistía en que siempre los había
tenido así y que se imaginaban cosas.
Pues claro. Ese es el auténtico precio de enfrentarte a una persona que te
obliga a elegir en qué batallas debes pelear: puedes aferrarte a un puñado de
victorias, pero tu oponente no tiene que superar mil batallas perdidas antes de
empezar.
Barthl sigue hablando.
—Hace unos años, empezó a enviar con frecuencia mensajes al conde von
Hirsching, algo que me pareció extraño, dado que cada uno ocupa una
posición muy diferente. Creo que quemaba las cartas hasta este verano,
cuando hacía demasiado calor para hacerlo él mismo.
—Y entonces se lo encasquetó a Barthl —digo con aire de suficiencia—.
Vago de mierda.
Emeric se endereza en su banco.
—Dime que aún las tienes, por favor.
—Solo las cartas que le enviaban al margrave, pero la situación está clara.
—Barthl mira por encima de su hombro y no puedo culparle por su paranoia.
Su padre dejó el puesto y se marchó a Rósenbor solo porque vio el cadáver
del antiguo margrave; Barthl sabe que, con esto, ha tirado un dado letal para
traicionar a Adalbrecht—. En cuanto tenga el título de prinz-wahl, eliminarán
a… la Sacra Emperatriz. Una alianza de los territorios meridionales apoyará
su candidatura para ser emperador y garantizar su elección. A cambio, en
cuanto lo coronen, disolverá los Estados Imperiales Libres y le concederá
esos territorios a la nobleza del sur.

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Gisele entrelaza las manos.
—Eso debería ser imposible. Los dioses menores nunca permitirían la
caída de los Estados Libres.
—Espero que no, pero… —Barthl sacude la cabeza—. Lo ha garantizado
de alguna forma. Muchas cartas hacían referencia a esa promesa. La mayoría
son del conde von Hirsching, que parece coordinar todo esto como el
representante del margrave.
—Eso coincide con lo que oímos la noche del baile —dice Emeric—. Las
cartas no son prueba suficiente de que él llevase a cabo esos planes y
cometiera un crimen, pero deberían demostrar sus intenciones y sus motivos
sin lugar a dudas. ¿No vas a participar en la cacería, meister Barthl?
—No.
—Entonces, en cuanto la partida de caza se marche, puedo recoger las
cartas. Deberían estar a salvo en la oficina. A lo mejor podemos registrar el
estudio otra vez.
Las campanadas que dan la hora repican en la capilla y todos nos
sobresaltamos. Gisele se ríe, un poco tensa.
—Deberíamos marcharnos antes de que llegase alguien. Muchas gracias,
meister Barthl. Ha corrido un gran riesgo y ha ayudado mucho al imperio.
Ahora le toca a Barthl ponerse tímido. No parece preparado para que lo
valoren, sobre todo no por una noble a la que llevo suplantando con rudeza
durante este último año.
—M-mi marido y yo estamos pensando en empezar una familia aquí —
tartamudea—. Solo quiero lo mejor para todo el mundo.
—¿Estás casado? —pregunto sorprendida—. Somos amigos del alma ¿y
no me lo habías dicho?
Barthl se levanta del banco.
—Me voy.
—Podemos reunirnos junto al salón de banquetes después de que la
partida de caza se marche —le dice Emeric mientras Gisele y yo nos
deslizamos por un pasillo de la capilla. Luego me toma del brazo—. Vanja,
espera. Llévate esto. —Me ofrece un cuchillo. Reconozco la empuñadura, es
el que está revestido de cobre. Ese lo recuerdo: es perfecto para luchar contra
los grimlingen—. Solo por si acaso.

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A media tarde, empiezo a preguntarme si Adalbrecht habrá perdido su toque
especial. El mayor problema con el que nos hemos encontrado hasta ahora es
que a Gisele no le gusta su caballo.
No le pasa nada malo, claro; es una yegua con el pelaje moteado, una
montura casi tan buena como el semental de Adalbrecht. Pero no es su
caballo, el que trajo de Sovabin.
—No es lo mismo —se quejó esta mañana al salir de Minkja—. El paso
de Falada es como cristal comparado con este.
Yo no usé su antiguo caballo (las pocas veces que necesité una montura
fue un pequeño poni robusto adecuado para Marthe la doncella), así que
seguramente el viejo caballo castrado de Gisele esté engordando a base de
avena y correteando por un prado.
Aunque tampoco habría supuesto mucha diferencia. La cacería nupcial es
una antigua tradición, pero un tanto discutible con tantos nobles charlatanes
vagando por el bosque a las afueras de Minkja. Todos los animales salvajes
deben haber salido huyendo mucho antes de que llegáramos; Gisele y yo nos
hemos quedado en medio de la multitud, rodeadas por demasiadas personas
para que ni siquiera una bestia como Adalbrecht se arriesgue a hacer nada.
Hemos paseado con calma por la nieve soleada; los troncos blancos de los
abedules empiezan a dorarse con el brillo meloso de la menguante luz
invernal.
Los cazadores de verdad se han adelantado y entre ellos está el margrave.
Se supone que da buena suerte traer una gran pieza para el banquete de la
boda y, conociendo a Adalbrecht, querrá asegurarse de ser el primero en
matar lo más grande.
La yegua de Gisele agita la cabeza, sin duda al percatarse de su
frustración. Si esto fuera Sovabin ella encabezaría la partida de caza, pero está
atrapada aquí, jugueteando con las perlas.
—¿Cuánto tiempo falta? —me pregunta Gisele en voz baja, para que no
nos oiga nadie. No soy la única doncella aquí, pero es poco habitual que
prefiera mi compañía antes que la de, pongamos, Sieglinde von Folkenstein.
—No mucho. Las carreteras empezarán a congelarse poco después del
anochecer. —Aprieto las riendas. La brida es puramente ornamental; no
podría evitar que Ragne echara a correr ni aunque quisiera, pero a estas
alturas confiaría en que fuera por un buen motivo. Ella resopla como si
coincidiera conmigo.
No digo que espero que acabe pronto, porque, por el frío, me duelen todos
los lugares donde ha salido una gema. Incluidos los dos anillos de perlas

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protuberantes alrededor de las muñecas, escondidos bajo unos guantes de
cuero con forro de lana de cordero. Voy vestida con un traje de montar, igual
que Gisele, con polainas gruesas, pantalones de lana, una larga túnica y un
abrigo pesado debajo de otro abrigo pesado, pero no basta para mantener a
raya el frío.
Una corneta resuena en el bosque. Los cazadores vuelven a perseguir a
una presa. Todas las veces han salido con las manos vacías. El resto de la
partida trota a regañadientes, sin prisa por alcanzarles.
Luego la corneta suena de nuevo. Un temblor extraño recorre las hojas.
La luz dorada del sol se suaviza y se convierte en plata, como si atravesara
una nube… Pero el cielo está despejado. Las sombras sobre la nieve se
convierten en un mar azulado.
La corneta suena por tercera vez.
La partida de caza se lanza a medio galope, rociando nieve como si fuera
agua. Ragne suelta un relincho sorprendido y salta hacia delante para
mantener el ritmo.
—¿Qué está pasando? —grito. Gisele no responde.
Cuando miro hacia la izquierda, veo que un brillo azul plateado cubre sus
ojos y los de la yegua. Todo el mundo parece estar en el mismo trance, con
las miradas níveas y desenfocadas. Solo Ragne y yo lo hemos eludido. Los
retazos del sol gélido centellean entre los jinetes, las crines, las colas y los
dientes espectrales, como caballos fantasma a la carrera.
—Es como la Wildejogt —dice Ragne—, ¡pero mal!
La cacería salvaje. Los vi pasar una vez junto al castillo Falbirg en una
noche fría y clara, con la Rueca a la cabeza; juraría que me miró
directamente. A veces lidera la cacería, atrae a jinetes de los caminos y a
soñadores de las camas; unas veces es el Lamento de los Vientos, otras el
borrón sombrío del Caballero Invisible.
Ninguno de ellos nos dirige en estos momentos. Y el frío aumenta.
La corneta suena por cuarta vez, más cerca. Un aullido le responde y
sacude los árboles pálidos, más cercano incluso que la corneta.
—¿Por qué a nosotras no nos afecta? —le pregunto a Ragne, pero ella
niega con la cabeza, angustiada.
—Es para los caballos, la llamada es para los caballos ¡y los jinetes son
prisioneros junto con ellos!
Entonces tenemos que bajar a Gisele de su yegua. Pero no puedo
empujarla de la silla sin más, porque eso podría salir mal de mil formas

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distintas: se le podría enganchar el pie en el estribo, podría caer y acabar
pisoteada…
Saco el cuchillo de cobre. No te dejes llevar por el pánico.
—Tenemos que apartarla del resto de los jinetes.
Me agacho sobre el cuello de Ragne y paso la pierna izquierda por encima
del lomo. Esto se va a complicar.
Ragne arremete contra la yegua plateada, no tanto como para tirar a Gisele
de la silla, pero sí lo suficiente para enviarla lejos de la manada. Sorteamos
árboles y dirigimos a la yegua hacia un trozo de nieve despejado. Luego corto
las riendas y enrollo un extremo alrededor de la barriga de Gisele; la agarro
por los brazos y le libero el pie para llegar al estribo. Aún está en trance y ni
siquiera se resiste.
—Ragne, detente a la de tres. Uno… dos… tres…
La yegua sigue trotando con los costados cubiertos de sudor. Ragne clava
los cascos en la tierra. Entre ella y yo, arrastramos a Gisele fuera de la silla.
Cae en la nieve y luego se endereza, con los ojos despejados y alarmados.
—¿Qué ha sido eso?
Antes de que pueda responder, oímos unos cascos por el bosque.
Adalbrecht aparece de la nada con una lanza en la mano y un arco atado a la
espalda. Me enfrío más que la escarcha. Podría intentar matarnos a las dos
aquí mientras los invitados siguen atrapados en la cacería.
Pero unos gritos de confusión resuenan en el bosque. Parece que sacar a
Gisele ha roto el hechizo de la Wildejogt.
La rabia atraviesa el semblante de Adalbrecht antes de ocultarla con pesar.
—Flor mía, ¿qué ha pasado?
Esta vez, responde un gruñido.
Un lobo gris enorme y hambriento salta de entre los árboles y se dirige
hacia Gisele.
Ella grita y se aparta de su camino. El rostro de Adalbrecht permanece
impasible, calculador. Así de cerca, veo el destello azulado en los ojos del
lobo, percibo el olor a podrido de su pelaje. Es un mahr como el de Lähl.
Una espiga negra aparece en mi visión sobre la nieve: Muerte observa
desde el borde del claro; su rostro cambia, cambia, cambia. Los rasgos de
Gisele no dejan de aparecer en él.
Las voces se incrementan. Unas siluetas llegan corriendo desde los
árboles.
Ragne le da una coz al nachtmahr en el costado, pero este se aparta.
Ragne grita de furia.

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Eso parece molestar al semental de Adalbrecht, pues ensancha los ollares
rosados.
—Encabrítate para intentar asustar a su caballo —le susurro a Ragne.
Obedece y alza las patas delanteras, gritando, mientras yo caigo de su
lomo. Aún sostengo el cuchillo de cobre en la mano. Le lanzo una cuchillada
al lobo-mahr, que me ruge, pero el cobre lo asusta y nos da más espacio a
Gisele y a mí.
Por el rabillo del ojo veo que un puñado de cazadores y nobles casi nos ha
alcanzado. No cabe duda de que Adalbrecht lo ha organizado así: serán
testigos de cómo una bestia irracional hace pedazos a su prometida.
Pero ahora el semental también se ha encabritado. Adalbrecht suelta la
lanza y agarra las riendas.
Y Gisele se tira a por ella. La lanza tiembla cuando la usa para apoyarse y
ponerse en pie, con nieve cayéndole del abrigo. Incluso con la ilusión de las
perlas, reconozco cómo se agudiza su mirada, el ángulo de los hombros, la
comodidad de tener un arma entre las manos.
El lobo-mahr carga contra ella de nuevo. Esta vez, Gisele retrocede para
prepararse… y le clava la lanza en la barriga.
La criatura profiere un alarido siseante y se retuerce en la nieve. Le
entrego a Gisele el cuchillo de cobre y lo usa para cortarle el pescuezo.
Todo queda inmóvil. Una mancha apestosa se extiende sobre la nieve.
Adalbrecht tiene pinta de querer eliminar a Gisele aquí y ahora. Los
muchos, muchísimos nobles que se han acumulado a nuestro alrededor parece
que han presenciado el nacimiento de una santa.
Y, cuando busco a Muerte, ha desaparecido.
Gisele me devuelve el cuchillo y el bosque se sume en el silencio. La luz
del sol vuelve a ser dorada.
—Qué lástima que no podamos servir lobo en el banquete —dice con
suavidad—. ¿Alguien podría ir a buscar mi caballo?

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CAPÍTULO 33

Indeseada

Está oscureciendo cuando regresamos al castillo Reigenbach. Gisele y yo


soportamos un banquete bullicioso y rápido con el resto de la partida de caza,
durante el cual el relato de su victoria se canta una y otra vez. No puedo evitar
fijarme en que el conde von Hirsching parece cada vez más incómodo con el
número de nobles que le dan palmadas a Gisele en el hombro. Me lo guardo
para más tarde. Si la fama de Gisele está en alza, eso significa que los
próximos intentos de asesinato atraerán más atención de la que Adalbrecht se
puede permitir.
Ragne nos espera en el dormitorio. Nada más cerrar la puerta del pasillo,
alguien llama por la terraza. Dejo entrar a Emeric.
Está bastante pálido, casi agitado; sus mangas son una miríada de arrugas
de tanto subírselas y bajárselas de nuevo.
—He oído que te ha atacado un lobo —dice al entrar. Apoya las manos
sobre mis hombros, como si quisiera verificar que sigo de una pieza—. ¿Estás
herida? ¿Ha sido el margrave?
—Fue el margrave —responde Ragne. Emeric parpadea hacia ella. Juraría
que se había olvidado de su presencia.
Gisele cuelga el abrigo en una percha.
—Estamos todas bien. Pero ese cuchillo de cobre nos vino de perlas.
—El lobo era un mahr. Los he visto más grandes —digo—. Pero coincido
contigo: los caballos son una pesadilla.
Emeric me suelta, un poco aturdido, y farfulla:
—Muerden cosas sin motivo alguno.
Saco la daga de cobre del cinturón y se la devuelvo con una sonrisa en los
labios.
—Estabas preocupado por nosotras, ¿a que sí?
—Pues claro que lo estaba —responde, jugueteando con la manga.

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—¿Has encontrado algo en el estudio? —pregunta Gisele mientras se
sienta en el baúl para desatarse las botas, pero Emeric niega con la cabeza.
—Von Reigenbach dejó dos soldados apostados en la puerta. Podía
encargarme de ellos, pero se darían cuenta, así que…
—Deberíamos hacerlo justo antes de invocar al tribunal celestial.
Dejo los guantes en el tocador. Emeric me sostiene la muñeca con la
punta de los dedos, con la mirada fija en el sarpullido de perlas. Cada una es
tan ancha como un penique blanco.
—Está empeorando, ¿verdad?
Agacho la cabeza.
—La luna llena es el domingo por la noche, después de la boda. Si no
hemos derrotado a Adalbrecht para entonces, tendré problemas más gordos.
Nadie parece saber qué decir.
Sé lo que piensa Gisele: podría recuperar su lugar ahora, pero eso solo
sería para ayudarme y podría empeorar la maldición. Sé lo que piensa Ragne:
la maldición de su madre está matando a su primera amiga.
Nunca sé lo que piensa Emeric: solo sé que tensa los dedos durante un
segundo antes de soltarme la muñeca.
Gisele intenta ahogar un bostezo y fracasa. Emeric se sobresalta.
—Debería irme —farfulla—. Tenéis que descansar. Buenas noches.
Antes de que pueda decirle que puede quedarse, ya ha atravesado la
puerta.
—Lo siento, Vanja —suspira Gisele.
—¿Por qué?
Ragne y Gisele intercambian una mirada.
—Creo —dice Ragne con delicadeza— que el Emeric quería estar a solas
contigo.
Me río con demasiadas ganas.
—No, qué va, solo quería comprobar que estuviéramos bien después de la
cacería.
Gisele alza las cejas.
—Ya. —Y luego bosteza de nuevo. Aprovecho la interrupción para
cambiar de tema.
—Puedes dormir aquí, si quieres. Hay un largo trecho hasta la catedral y,
si no llevas las perlas, a lo mejor Adalbrecht te confunde con una criada e
intenta algo desesperado.
—No quiero molestar —dice Gisele, pero sé que está agotada. También
sospecho que hace tiempo que no duerme sobre nada que no sea un jergón de

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paja.
—Ragne y tú podéis dormir en la cama, yo dormiré junto a la chimenea.
Con eso las convenzo. Repartimos mantas y apagamos las velas; la
oscuridad no tarda en llenarse con los ronquidos suaves que recuerdo del
castillo Falbirg. Observo las ascuas rojas de la chimenea y aguardo a que el
sueño me reclame, pero, por algún motivo, no llega.
No sé si es el frío que aún perdura en las joyas o lo familiar de la
situación, con Gisele en el colchón de plumas y yo junto a la chimenea. Quizá
sea un dolor que no puedo articular, uno que se me enreda en la barriga cada
vez que Gisele o Ragne bromean sobre Emeric.
No sé cómo explicarles que eso solo me recuerda lo que no soy, lo que
nunca seré. Que solo porque los dos estemos jugando sin tener en cuenta las
reglas de la trinidad del deseo… no significa que quiera a una chica como yo.
A las chicas como yo, las que no tienen un rostro encantador ni un
carácter dulce, no se las corteja. Solo se las usa para pasar el tiempo.
Quiero que me persiga, porque eso significa que soy algo más. Significa
que, por una vez en mi vida, alguien me ve.
De repente, me doy cuenta de lo que me mantiene despierta. Es algo que
une todas estas cosas: el miedo.
Ha pasado más de un año desde que robé las perlas, desde que me
introduje en esta gran mentira, desde que decidí vivir por mi cuenta. Han
pasado casi cuatro años desde que pagué el precio de la lealtad. Trece desde
que observé el farol de mi madre desaparecer en la noche.
Y, si me vieras ahora, durmiendo junto a la chimenea, dándolo todo por
Gisele, permitiendo que gente nueva entrase en mi corazón, atreviéndome a
albergar hasta un rescoldo de esperanza… Bueno.
Solo un tonto me miraría y pensaría que he aprendido algo, lo que sea.

La mayor parte del jueves pasa en un borrón. Gisele y yo nos repartimos las
obligaciones: ella va a las comidas rígidas e incómodas con sus padres y
Adalbrecht, yo me encargo de las fiestas de té con gente de la zona que llevan
adulándome todo el año. Ella acude a las últimas reuniones con los
decoradores, yo voy a probarme por última vez el vestido.
Seguramente tendríamos que haber intercambiado estas dos; tengo que ir
con cuidado de ocultar los brotes de las manos y las pantorrillas. Lo peor es

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verme en el azul Reigenbach brillante, las franjas de brocado y armiño dignas
de una reina. E incluso peor es el peso de la corona nupcial de la familia
Reigenbach, una pieza enorme de oro, diamantes y zafiros que me provoca
dolor de cabeza tras llevarla cinco minutos. Solo espero que ni Gisele ni yo
tengamos que ponérnosla de nuevo.
Al menos su popularidad sigue aumentando. La nobleza local ya la
adulaba como representante del margrave; ahora la aristocracia de todo el
imperio le suplica que le cuente, una vez más, cómo mató al lobo. La única
que está más molesta que Adalbrecht es Irmgard von Hirsching.
Un mensaje a través del espejo nos convoca en la catedral de Fortuna esta
noche, más temprano de lo que habíamos planeado. Joniza, Barthl y Emeric
nos esperan en la biblioteca de la residencia del clero, una pequeña habitación
cerrada que contiene sobre todo sillones raídos y estanterías a rebosar
alrededor de una chimenea. Han arrastrado una mesa cuadrada desde una
esquina y sobre su superficie hay carboncillos y papeles sacados de un zurrón
de cuero. Emeric está junto a la mesa, escribiendo con furia en una gran hoja
y concentrado en extremo. Las líneas rígidas de sus hombros revelan que algo
malo ha ocurrido.
—¿Qué pasa? —Entro en la habitación y dejo mi propio zurrón y mi
abrigo en un sillón del que sale una nube de polvo y cera. Emeric me mira con
el rostro tenso.
—Tenías razón sobre Hubert. El margrave quería algo que solo él tenía.
Cuando en la oficina se dispusieron a preparar el cuerpo para los últimos
ritos, el sacerdote encontró… —Se le traba la voz—. Le habían cortado el
tatuaje de la espalda.
El estómago me da un vuelco.
—¿El de la segunda iniciación?
Emeric asiente.
—La marca que vincula a Hubert con el poder de los dioses menores.
Pero no la otra, la que lo vincula a sus normas.
—¿Qué va a hacer Adalbrecht con eso? —Gisele parece mareada.
—Sospecho que mucho —dice Emeric, nervioso—. Y nada bueno.
—Así conseguirá entregar a los Estados Libres —dice Joniza, acurrucada
debajo de una manta en un sillón junto a la chimenea—. Seguro que hará algo
para mantener a los dioses menores fuera del mapa. A lo mejor, como la
marca lo vincula a su poder, puede vincularlos a ellos también.
Ragne se encarama en otro sillón y esta vez se sienta en el respaldo rígido.
Estoy bastante segura de que sabe cómo funcionan las sillas a estas alturas y

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elige ignorar ese dato.
—Si se ha vinculado con algo, entonces debe de llevar algún tipo de
marca en el cuerpo. Sobre todo si quiere usar los poderes de los dioses
menores.
Rodeo la mesa para ver lo que está escribiendo Emeric. Son distintos
ángulos del caso, una serie de listas y las pruebas que tenemos.
—Entonces ¿vas a invocar al tribunal?
Asiente con los labios apretados.
—Con la marca vinculante de Hubert de por medio, está claro que lo que
planea hacer no será nada sutil. Eso significa que lo hará después de la boda,
para que al menos no le disputen su derecho al sacro trono imperial. Si
invocamos al tribunal antes del domingo, lo venceremos.
Ya está. Así vamos a derrotar al lobo.
Pero veo que a Emeric le tiemblan las manos.
Coloco una sobre el papel.
—Háblame del proceso.
Emeric respira hondo y se endereza, examinando los papeles.
—Podemos demostrar que se ha vinculado con los nachtmaren con el
cráneo de su estudio y, como ha dicho Ragne, con cualquier marca que lleve
encima. Quizá podamos comprobar el historial de hechizos del cráneo, pero,
de no ser así, Ragne, yo mismo, Gisele y Vanja aún podemos testificar sobre
los ataques de los mahr. Aunque no podamos demostrar que él los ordenó,
hay una pauta clara porque hemos sido sus objetivos cuando a él le convenía.
Y el hecho de que tenga el tatuaje de Klemens lo implicará en su asesinato.
Estableceremos el motivo con las cartas de Von Hirsching y la laguna legal
sobre la adrogación del matrimonio. Las cartas, con el contexto de todo lo
demás, nos dan una admisión de culpabilidad implícita.
—¿Eso será suficiente? —Gisele busca la mano de Ragne.
Emeric guarda silencio durante un momento. Algo le pesa, algo que no
me acaba de gustar.
—Debería. Pero debemos cuadrarlo bien. Habrá testigos del juicio y, si no
consigo convencer a los dioses menores, necesitaréis a gente con poder
político para llevar a Adalbrecht ante la justicia.
No he pasado por alto el cambio de sujetos.
—¿A qué te refieres con lo de «necesitaréis»? —Él no responde y un frío
se apodera de mí—. Emeric. ¿Qué pasa si no lo consigues?
Observa la mesa con el rostro rígido.
—Haga lo que haga… invocar al tribunal celestial me matará.

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—No —digo de inmediato—, no…
—Si gano el caso, los dioses menores me resucitarán —añade—. Si
pierdo… no tienen paciencia para que los prefectos júnior les hagan perder el
tiempo.
—Encontraremos otra forma.
—No la hay.
—¡He dicho que la encontraremos!
—Y yo he dicho que le llevaré ante la justicia sin importar lo que cueste
—dice, alzando la voz—. No voy a dejarte… No voy a dejar que se escape.
Tiene que responder por lo que ha hecho.
La protesta se marchita en mi lengua. Pues claro. Quiere venganza para
Klemens. La quiere tanto que está dispuesto a morir por ella.
La quiere más que…
A mí.
La esperanza es algo vano y estúpido.
Y yo soy algo vano y estúpido por haber esperado más.
Pues claro que Klemens es más importante; yo soy una chica que apenas
conoce incluso si… incluso si me permití pensar que podría haber un
continuará para nosotros. Han pasado años y sigo siendo la misma tonta que
llora en un trapo porque el chico que le gusta ha elegido otra cosa. Algo que
le importa más.
—¿Por qué funciona así? —pregunta Joniza—. No tiene sentido que
dediquen tanto tiempo a formarte para luego matarte cuando lo pones todo a
prueba.
—Si ya hubiera completado la ordenación, no sería un problema —
explica Emeric—. Es lo mismo que con la ceniza de bruja. Los prefectos
júnior pueden tener herramientas, pero el riesgo nos impide abusar de ellas. El
segundo tatuaje es lo que permite a un prefecto sobrevivir tras haber
canalizado los poderes de los dioses.
No voy a rendirme.
—¿Cómo funciona la invocación? ¿Podemos, no sé, disiparla de alguna
forma?
—No, hace falta un encantamiento específico para la moneda de prefecto
y… —Se detiene y traga saliva—. Es lo único que voy a decir.
No sé qué me duele más, que piense que voy a sabotear la invocación o
que me haya pillado tratando de hacerlo.
Al fin y al cabo, sabe lo que soy: egoísta. Llevo una marca de ello en la
cara. Dejaría que Minkja ardiera si al menos con eso consiguiera que nosotros

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nos salvásemos.
—Nuestras vidas han estado en juego en un momento u otro —añade
Emeric, procurando suavizar el golpe—. Y si el margrave gana, ninguno de
nosotros va a salir con vida de…
—Ah, yo sí —dice Joniza sin más—. ¿Estás de coña? No pienso morir en
este foso de lodo.
—Nadie va a morir. —Me apoyo en la mesa, intentando pensar. La mano
aterriza en el zurrón de Emeric y, por accidente, lo tiro al suelo con un
montón de carboncillos. Le hago un gesto para que no se moleste y me
agacho para recogerlo—. Yo me encargo.
—¿Qué pasa con la gala del sábado por la noche? —Barthl habla por
primera vez. Está en una esquina, nervioso como siempre, aunque no lo culpo
—. Adalbrecht estará lejos de su estudio, así que podremos sacar el cráneo.
Habrá representantes de toda la corte imperial, con sus destacamentos de
seguridad, y muchos otros nobles que no forman parte de la alianza de los
Von Hirsching. Y, en el peor de los casos, dispondrás de un público que podrá
exigirle cuentas a Adalbrecht por si los dioses menores no lo hacen.
Meto el último carboncillo en el zurrón… y me quedo inmóvil cuando veo
un libro familiar envuelto en tela.
El libro de cuentas de Yannec sigue aquí.
No, me digo a mí misma. No es el momento. Devuelvo el zurrón a la
mesa.
—También me han contratado para tocar en la gala —dice Joniza—.
Podéis volveros a coordinar con mis canciones.
—Perfecto. Barthl y yo podemos encargarnos de los guardias del estudio
y sacar el cráneo para llevarlo a la gala. Yo invocaré al tribunal. —Emeric
mira el techo, pensativo—. Si gano el caso… Gisele, la adrogación te
favorece. Puede que te disputen el título, pero da igual el castigo al que
sometan a Reigenbach, tú lo heredarás todo. Eso significa que deberías
ponerte las perlas para la fiesta y llevar a Ragne para que te protegiera.
—Me parece correcto. —Gisele le sonríe a Ragne.
—Espera —digo—. Déjame ir a por el cráneo. No es que ningún guardia
en la puerta me haya detenido antes y, si tenéis que noquearlos, los podrían
descubrir. Además, necesitas a alguien para forzar la cerradura…
Barthl se aclara la garganta.
—Tengo llaves.
—Mientras consigamos salir y llegar a la gala, da igual si descubren a los
guardias —dice Emeric—. Es más seguro así.

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—Entonces, ¿qué quieres que haga yo?
Hay un silencio rígido e incómodo y de pronto lo entiendo. Gisele tiene
las perlas, Barthl las llaves, Joniza el escenario, Ragne sus garras y Emeric su
moneda. No necesitan a una ladrona y a una mentirosa.
No me necesitan.
No sé por qué, pero eso me asusta más que Adalbrecht von Reigenbach.
—Irmgard —se apresura a decir Gisele—. Alguien tiene que vigilar a
Irmgard. Podrías venir a la gala como mi doncella y Ragne podría esconderse
en ti. Así, si Irmgard intenta algo, podréis detenerla.
Gisele siempre repartiendo peniques de caridad. Todos vemos lo débil que
es su excusa. Asiento, apretando la lengua contra el paladar hasta que duele.
—Claro —y no digo nada más.
—Creo que es lo mejor para todos.
Gisele no puede saber por qué esas palabras son un golpe tan duro para
mí. No ve el farol en la encrucijada; no oye a mi madre dejándome con
Muerte y Fortuna con esa misma excusa.
Solo les oigo a medias mientras hablan sobre señales, tiempos,
localizaciones. Y da igual, porque nada depende de mí. Nadie depende de mí.
Esto no debería ser personal, pero lo es.
Es el miedo que anoche me carcomía las entrañas hasta romperse los
dientes en algo duro. No solo no he aprendido nada en los últimos trece años:
encima he cometido un error nuevo y terrible.
Al final, Gisele se quedará seguramente con el castillo Reigenbach, tendrá
a Ragne, tendrá riquezas y poder y un final de cuento de hadas. Yo tendré
suerte si consigo meterme oro en los bolsillos. A lo mejor no tengo ni al chico
que tan tontamente me gusta.
Pero ese no es el error nuevo.
De alguna forma, he permitido que toda esta gente, incluso Barthl, me
importe. Les he buscado refugio y les he llevado a escondidas por el castillo y
he peleado contra monstruos con ellos, y de alguna forma, sin saber cómo, me
he permitido ser… leal.
Y ahora no me necesitan. No más de lo que confían en mí.
Menudo error tan tonto y terrible pensar que la lealtad me serviría de la
misma manera.
Codicia, odio, amor, venganza, miedo. De una forma o de otra, todos esos
son mis motivos.
Ayudaré a detener a Adalbrecht. Salvaré a Gisele para romper la
maldición. Y luego recogeré mi dinero y huiré y, cuando haya salido del

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Sacro Imperio, recordaré esta lección: solo hay una persona que me necesita,
y esa soy yo.
Puede que ellos no necesiten a una ladrona y a una mentirosa, pero yo sí.
Yo sí, si quiero sobrevivir.
Cuando esa noche me marcho de la catedral de Fortuna, me llevo el libro
de cuentas de Yannec enterrado en el zurrón.

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CAPÍTULO 34

Nada robado

El viernes por la mañana amanece frío y frágil, con el cielo plateado


brillante y plano como un penique blanco. Lo observo en las calles
adoquinadas del Obarmarkt. Cualquiera que me vea con el zurrón y la
insignia de la casa Reigenbach pensará que estoy haciendo un recado para la
boda: los guardias de la puerta se creyeron esa mentira con bastante facilidad.
Nadie tiene por qué saber que en la bolsa llevo una pequeña fortuna en
joyas de los Eisendorf.
Fue demasiado fácil averiguar a quién le vendía Yannec. Justo como
esperaba, apuntaba las cosas en carbón y sus anotaciones sobrevivieron al
viaje por el Yssar. Lo único que tuve que hacer fue hojear las entregas
posteriores a mis robos. Un cliente aparecía cada vez: un orfebre llamado
Frisch con una dirección en el Salzplatt.
Ni siquiera tengo que preocuparme por pensar en una excusa para que la
prinzessin pase la mañana en su dormitorio, porque la auténtica Gisele se ha
quedado a dormir de nuevo y yo he vuelto a dormir junto a la chimenea y ella
está desayunando en el salón de banquetes ahora mismo y, si lo pienso todo
demasiado, me olvidaré de respirar. Hasta Ragne está con ella, por seguridad.
Joniza dijo que nada de lo que robase me pertenecía de verdad. Es…
desgarrador ver cuánto de mi vida me arrebataron, incluso el tiempo que pasé
con ella. Y cuán rápido desaparece todo.
Un viento frío sopla por la calle y los brotes de joyas me duelen. Por la
noche han surgido más rubíes, esta vez como semillas en los tobillos y en la
parte interior de las muñecas. Y a diferencia del resto de brotes, estos no
dejan de crecer. Cada hora noto cómo sale uno siguiendo la línea de las
arterias, acercándose al corazón como la sangre envenenada de unas heridas
infectadas.
Y, lo que es peor, ahora puedo sentir los bultos de las joyas hinchándose
en la barriga, duros como piedras que ruedan bajo mis dedos. No sé cuán

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grandes se pueden hacer antes de que supongan un problema, pero una cosa
tengo clara:
Hoy, mañana, el domingo. Ese es el tiempo que me queda.
Un cartel refulge como oro delante de mí, balanceándose en los ganchos
con el viento. Tres anillos y el nombre Frisch, todo en dorado. Acelero el
paso, aunque sea para escapar del frío, y escondo la insignia Reigenbach en el
bolsillo.
Una campana suena sobre la puerta cuando entro. Hay un hombrecillo
anodino en el mostrador; está puliendo con cuidado un collar espectacular de
plata y un zafiro reluce en un lecho de terciopelo negro. Estoy bastante segura
de que robé esa piedra, tan grande como la uña del pulgar, del tocador de
Irmgard von Hirsching.
—¿Meister Frisch?
El hombre asiente, aún absorto en el collar.
—¿En qué puedo ayudarla, fräulein?
—Creo que usted hacía negocios con un colega mío —digo, cerrando la
puerta a mi espalda—. Yannec Kraus.
Frisch deja el cepillo y se endereza para examinarme. Noto algo extraño
en su voz cuando dice:
—Es posible.
—Ese negocio ya casi ha acabado. —Apoyo la bolsa en el mostrador—.
Pero esperaba que pudiéramos hacer un último trato.
Para algo que tardé tanto en hacer, el intercambio es rápido y directo.
Frisch parece tan ansioso de guardar las joyas de los Eisendorf como yo de
despedirme de ellas. Me marcho con doscientos gilden, más de lo que
esperaba y mucho más de lo que Yannec estimó. Sabía que se llevaba una
parte, pero accedimos a que fuera una décima parte del dinero, no una quinta.
Tampoco es que lo pillara nunca con las manos en la masa, así que vaya saber
cuánto tiempo pasó sin respetar nuestro trato.
Repaso el plan de camino al castillo. Hoy haré las maletas, mientras
Gisele está fuera. No me llevaré mucho, solo un vestido digno de una princesa
y otro digno de una doncella. Y, cómo no, mis gilden.
En cuanto quede claro que ella ha ocupado su lugar y mi maldición se ha
roto, me marcharé, con suerte no más tarde del domingo. Fingiré ser una
criada por última vez y contrataré un carruaje, afirmando que mi señora, una
invitada a la boda, se ha emborrachado y ha regalado su carruaje a la novia. A
la mañana siguiente, usaré el vestido robado, el maquillaje robado, los

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modales robados, y me convertiré en una prinzessin por última vez. Y llevaré
ese carruaje… a cualquier parte.
Bueno, no a cualquier parte. Las guerras fronterizas de Adalbrecht han
arrasado con el sur y el este, y hasta han dañado el bosque de Eiswald. Pero
puedo ir al oeste o al norte y todo lo lejos que quiera.
Sé que Emeric dijo que me seguiría, pero eso fue antes de que me dejara
claro que la venganza por Klemens le importaba más. Sin embargo, eso es
culpa mía por haberle creído. No cometeré ese error de nuevo.
Un crac atronador casi me saca el corazón por la boca cuando entro en el
Salzplatt. La estatua de bronce de Kunigunde ha bajado la lanza sobre el
pedestal de mármol. Contengo la respiración, convencida de que me señalará
por haber hecho trampas… pero entonces se queda inmóvil de nuevo con el
ceño fruncido.
Un destello azul al otro lado de la plaza llama mi atención. El carruaje de
Adalbrecht está aparcado delante del ayuntamiento y una pequeña multitud se
ha reunido a su alrededor. El margrave sale de las puertas dobles, sonriendo y
saludando triunfal en una mueca que enseña los dientes. Los Von Falbirg
habrán encontrado tiempo para firmar los papeles de la adrogación.
Y con eso ya ha completado el robo del papeleo.
No espero a que me vea ni a que Kunigunde me señale. Salgo a toda prisa
del Salzplatt y espero no volver a ver a ninguno de los dos de vuelta al
castillo.
La ropa es bastante fácil de empacar y esconder en el armario. Tardo más
en contar los gilden y luego en volver a contarlos para asegurarme de tener
mil. Las dos veces cuento un poco de más.
Empiezo a contar por tercera vez, no porque piense que me he
equivocado, sino porque al ver los montones de monedas delante de mí…
parece real. Lo he logrado. Esto es libertad.
He llegado a los trescientos cuando noto un pulso de calor en el muslo. Al
principio pienso que es otra joya, pero luego recuerdo que aún llevo el espejo-
grabadora. Lo saco. La letra de Emeric aparece sobre la superficie empañada.
Tenemos
que hablar.

Debe de haber algún cambio de planes. Le respondo: ¿Dónde?


Cuando entré en la catedral de Fortuna un cuarto de hora más tarde, pensé
que vería a todo el mundo reunido y nervioso por algún cambio terrible que
pudiera reducir nuestras posibilidades. Ni siquiera me he trenzado el cabello;

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escondí el oro, tomé un abrigo y una bufanda y me marché con el pelo suelto
como una loca en un desfile.
Pero Gisele, Ragne, Barthl y Joniza brillan por su ausencia. Emeric me
espera en el vestíbulo, solo. El santuario parece casi vacío, excepto por la
acólita a la que Fortuna había poseído la primera vez que vine aquí; me mira
de reojo mientras barre el pasillo entre los bancos. No hay forma de saber a
ciencia cierta cuándo ocurrirá uno de los servicios de Fortuna, porque sus
sacerdotisas tiran huesos cada seis horas para ver si celebrarán la ceremonia
(Fortuna me contó una vez que solo lo hacía para mantenerlas en vilo).
Emeric ladea la cabeza hacia una pequeña capilla en uno de los laterales.
Lo sigo con el abrigo bajo el brazo. La habitación es un poco más pequeña
que la biblioteca del clero, con solo unos ventanucos en la parte superior, pero
está repleta de filas de velas votivas encendidas sobre estantes de madera de
nogal oscura. El olor a mecha quemada y a cera derritiéndose llena el
ambiente. Hay un altar bajo en el extremo más alejado, vacío excepto por el
arco de hojas doradas y huesos de animales.
Este es el altar de las apuestas, donde la gente enciende una vela y jura
hacer algo en nombre de Fortuna. Se supone que ella debe favorecerles si
tienen éxito y desatenderles si fracasan.
Quizás Emeric quiera encender una vela para el juicio.
Deposito el abrigo en un banco de piedra sencillo. Las puertas de la
capilla se cierran detrás de mí y me doy la vuelta enseguida, nerviosa de
repente.
—¿Qué pasa?
Emeric me da la espalda con las manos sobre la puerta.
—Podría preguntarte lo mismo. —Suspira y se gira hacia mí. Incluso en la
luz parpadeante, puedo ver las sombras bajo sus ojos—. ¿Qué estás haciendo,
Vanja?
Entrecierro los ojos.
—¿A qué te refieres?
Se quita las gafas y se pasa una mano por la frente.
—Un día después de que me tirases al Yssar, visité a meister Frisch. Le
dije que los prefectos tenían motivos para creer que estaba comprando las
joyas robadas por el Pfennigeist, por el libro de cuentas de Yannec Kraus, y
que pediría un indulto para él si accedía a enviar a un mensajero a la oficina
inmediatamente cuando alguien intentase venderle las joyas de los Eisendorf.
—Arruga la nariz—. Y luego me olvidé de eso por completo. Al menos, hasta

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esta mañana, cuando llegó un mensajero y descubrí que me habías robado el
libro.
Schit.
—No es asunto tuyo —digo. O, al menos… no debería serlo. Tampoco es
que vaya a mantener su promesa de olvidarse del caso del Pfennigeist hasta
después de ocuparnos de Adalbrecht.
—¿Es por el plan de mañana? —pregunta con cansancio y se pone las
gafas de nuevo—. Porque sé que no es perfecto, pero es lo mejor para…
Lo mejor para todo el mundo. Eso está muy cerca de dar en el clavo. Así
que, cómo no, miento.
—No. No es por el plan, solo era un cabo suelto. —Luego me doy cuenta
de por qué le importa—. Eres el único que sabe que vendí joyas robadas. No
te meterás en problemas aunque lo haya hecho con una insignia de amnistía a
menos que te delates a ti…
—¿Qué? No, yo no… —Emeric agita una mano rígida—. Eso me da
igual. ¿A qué te refieres con lo del cabo suelto?
Aparto la mirada.
—Está claro que todo irá bien sin mí, así que… Tengo que ocuparme de
unos asuntos.
El antes de que me vaya está implícito.
El aire crepita y se astilla de un modo extraño entre nosotros, como
estática sobre un barril de pólvora. Quiero luchar, gritar, correr. Quiero tener
esperanza por algo otra vez. Y, sobre todo, quiero que me pida que me quede.
Pero él sacude la cabeza, incrédulo.
—Asuntos. No me lo puedo creer.
—He dicho que no te metieras.
—¡Pero te está matando! —explota—. ¡Tu egoísmo solo alimenta la
maldición! No puedo creer que después de… después de todo, ¡solo te sigas
preocupando por ti misma!
— ¡PORQUE SOY LA ÚNICA QUE LO HACE!
Mi voz resuena en la capilla como una campanada. Emeric me mira,
totalmente anonadado.
—No tienes ningún derecho —espeto— a decirme nada sobre lo que
debería preocuparme. Después de esto, no me quedará nada, solo lo que yo
consiga. Soy una plebeya y una huérfana y una sirvienta y solo he sobrevivido
gracias a mi egoísmo, porque ¿quién se va a preocupar por una chica como
yo?

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—Vanja… —dice, pero no he acabado. Él ha acertado en una arteria y
ahora sangro palabras.
—Cuando todo esto acabe, ¿con quién voy a regresar? ¿Con la madre que
me abandonó como si hubiera muerto? ¿Con las madrinas que solo me
quieren como su criada? Gisele tendrá a Ragne y tendrá el castillo que sus
padres le compraron cuando me vendieron. Y si tú sobrevives, puedes
regresar con tu familia, con tus prefectos. —Me limpio los ojos con un puño,
avergonzada por el temblor de mi voz—. Y eso solo es un «y si», porque
prefieres suicidarte para vengarte por Klemens antes que… antes que…
—Es por ti —dice de repente Emeric.
Eso me detiene en seco.
Ha empalidecido y una corriente de tensión recorre todas las líneas de su
ser, como si se enfrentara a otro tipo de ejecución.
—Es… es por ti. Podría esperar a que llegaran los otros prefectos si solo
quisiera justicia para Hubert. Pero sería demasiado tarde. No puedes romper
la maldición mientras Von Reigenbach sea una amenaza.
Sacudo la cabeza, desconcertada por completo, negándome a entenderlo.
No es posible que haya dicho lo que acaba de decir. No, no lo he oído bien, sé
lo que soy, es imposible…
Emeric atraviesa el suelo de piedra hacia mí y solo unos centímetros
cargados de electricidad nos separan.
—Yo también tengo miedo —admite en voz baja—, y no quiero morir. —
Alza unos dedos temblorosos, duda, traza la línea de mi mandíbula, ligero
como antes, como si pudiera ser la última caricia. Los dedos alcanzan la
comisura de mi boca y una nota de impotencia le impregna la voz—. Pero,
por favor, Vanja. No me pidas que te vea morir.
La rabia y el miedo aparecen escritos en sus ojos, tan familiares como si
fueran un espejo de mi corazón, como si los hubiera escrito en el cristal yo
misma. Rabia y miedo… y esa calidez desesperada y penetrante.
Emeric ladea la cabeza, la agacha, a medio camino hacia la mía. Aguarda.
Es una pregunta. Aún puedo huir. Debería, debería, todo mi ser quiere huir…
Hacia él.
Siempre con él.
Lo agarro por el collar de la camisa y lo empujo hasta cubrir la distancia.
Al principio chocamos como imanes, movidos por fuerzas que no
entendemos. No es tanto un beso como un jadeo de sorpresa atrapado, suave y
salvaje, entre los dos; estamos casi inmóviles, con miedo a estropear lo que

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hemos ganado. Ninguno sabe lo que está haciendo. Solo sabemos lo que
queremos.
Pero soy egoísta, quiero más. Mi mano se desliza hacia su cabello y él me
besa de nuevo, enroscando un brazo alrededor de mi cintura para acercarme
más.
La sensación de cada punto en contacto acerca una cerilla al aceite de
farol que es mi sangre. Toda precaución se esfuma. Lo que nos falta de
experiencia lo compensamos con una ferocidad catastrófica, sacando las
garras, el instinto, la avidez. Siento… siento que me requebrajo, como un
glaciar derritiéndose de una forma embriagadora, con el sabor de Emeric
dulce sobre mi lengua. Cuando al fin nos separamos en busca de aire, los dos
nos miramos con los ojos desorbitados y totalmente estupefactos.
—Bueno —consigo tartamudear—, sobre el… el… interés inapropiado.
Emeric apoya su frente en la mía y me acuna la cara en sus manos
temblorosas.
—Nada —dice con fervor— de lo que siento por ti… es apropiado. —
Suelta una carcajada entrecortada—. Llevo días así.
—¿Qué? —pregunto—. No. ¿Qué?
—¿No te diste cuenta de que las perlas empezaron a afectarme de un
modo distinto? Casi tropecé con la puerta, no podía dejar de pensar… —Se
interrumpe y su rubor se intensifica. El estómago se me enreda un poco.
—Ah, ya, bueno —balbuceo—, en eso me convierte el encantamiento, se
supone que me hace más guapa… —Me interrumpo cuando me roza la sien
con los labios.
—Vanja —dice con la voz áspera—, lo que estaba pensando… no
implicaba a las perlas.
Eso provoca una sensación completamente distinta en mi estómago.
—Oh —digo en voy muy baja.
Una parte de mí esta furiosa de indignación porque Emeric me está
volviendo tonta. El resto tiene otras prioridades.
—Dilo de nuevo. —Me tiembla la voz. Él hace un ruido interrogante que
lo noto en su garganta, en cada parte de mi ser—. Mi nombre. —Me arde la
cara, estoy hecha un lío y soy una tonta y me da igual—. Por favor.
Al acercarse, me acaricia la oreja con la boca. Y luego dice:
—Vanja.
Un escalofrío me recorre la espalda, hace que me arquee en él y note la
curva de la sonrisa de Emeric en la mandíbula. Debería estar avergonzada y
molesta, pero casi no puedo pensar y menos cuando me toca la clavícula.

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—Vanja —repite, como si le supiera tan dulce como él me sabe a mí.
Enredo las manos en su cabello cuando me recorre otro escalofrío. No
puedo creer que él sea capaz de deshacerme de esta forma. Maldito sea,
maldito sea…
—Vanja —susurra contra mi boca, y me deshago del todo. Nos fundimos
en otro beso y retrocedemos hasta que tropiezo con el altar. Acabo encima de
él, con la espalda contra la pared, cara a cara con Emeric mientras lo empujo
hacia mí de nuevo. Podría perderme en su boca, en cómo sus caricias me
hacen sentir, como un nudo desatado. No sé si esto es el amor de las baladas,
pero empiezo a entender por qué las escriben.
Enreda los dedos con los míos. Se aprieta más, subiendo nuestras manos
entrelazadas hacia la pared…
Y, de repente, es terrible: no puedo respirar.
Es como cuando caí en la cascada y el recuerdo me arrastró hacia abajo:
Adalbrecht agarrándome las manos, aprisionándome contra la pared de una
forma muy parecida a esta, escarbando en mi corpiño como un cerdo, la
humillación, el terror…
Estoy atrapada… indefensa… inmóvil…
Es una trampa… no es real…
Mis pies llegan al fondo, lo más cercano a la racionalización.
Debería haberlo sabido cuando comentó lo de las perlas. Es todo una
mentira, un truco, y me lo he tragado. Debería haberlo sabido. Debería
haberlo sabido.
Nunca he conseguido escapar de la trinidad del deseo.
No soy alguien a quien amar.
Soy alguien a quien usar.
Tengo que salir de aquí, tengo… tengo…
Libero una mano y tomo el primer cuchillo de Emeric que encuentro. Lo
saco de la funda. La luz de las velas centellea en la hoja dorada cuando se la
apoyo en la garganta.
Emeric se queda muy quieto.
Durante un momento, el único sonido que hay son nuestros jadeos.
—Casi haces que me lo crea —digo con tanta amargura como el cianuro.
Aparto la otra mano y me bajo del altar mientras Emeric retrocede. Al final,
razono, me he librado por los pelos otra vez de la trampa más cruel que me
han tendido nunca. Y ese idioma lo hablo a la perfección—. Casi… no me
extraña que no forme parte del plan. La amnistía… es falsa. Me ibas a arrestar
aquí. Hoy.

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Emeric se aparta otro paso de mí, con las manos medio alzadas entre
nosotros, como si no pudiera decidir si prefiere mantenerme alejada o
demostrar que está desarmado. Abre los labios, aún sonrojado. Algo terrible
reluce en su mirada, algo casi como dolor. Habla en voz tan baja que por poco
no lo oigo.
—Te di mi palabra.
No… no, mi miedo nunca se equivoca. No puede equivocarse.
Recuerdo vagamente la noche del baile, cuando nos sentamos en un
rincón, la tensión en su voz al decir que no podía fingir algo como esto. Por
aquel entonces no tenía motivos para mentirme.
Ahora no tiene motivos para mentirme.
No puedo equivocarme con él. No puedo.
Porque, si me equivoco, he encontrado a alguien que me importa, a
alguien que conoce mis cicatrices, a alguien a quien le importa una chica
como yo.
Y cuando me expuso su garganta, respondí con un cuchillo.
Me aseguré de que nunca confiara en mí, de que nunca me tocara de
nuevo.
No puedo equivocarme. Mi miedo no puede equivocarse.
Nada robado me pertenece de verdad. Pero la otra cara de esa moneda
contiene otra verdad: me pueden robar lo que me pertenece.
No seré la sirvienta de nadie, ni siquiera la mía propia; siempre seré una
ladrona. Nunca me permitiré ser feliz.
Siempre, siempre me robaré ese sentimiento.
Aprieto los puños sobre los ojos. El pánico me atraviesa y no sé
mantenerlo alejado, caigo en picado por la vergüenza y el terror; soy una
tonta, no puedo hacer nada bien, siempre me atormentaré a mí misma…
El cuchillo dorado cae al suelo.
—Esto ha sido un error —digo, rota. Aparto a Emeric de un empujón,
recojo el abrigo y hago lo que debería haber hecho desde el principio: huir.

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CAPÍTULO 35

Dulces sueños

El dormitorio está vacío y en silencio cuando entro casi a trompicones.


Estoy temblando, tengo frío y calor y siento rabia y frustración; noto que
caigo y caigo y, cuanto más desciendo, más dolerá el batacazo.
Las lágrimas ya llegan, sé que están de camino. Si me detengo aunque sea
un segundo, me superarán. Me obligaré a centrarme en el equipaje, a contar el
oro, a prepararme para huir…
Un trozo de papel cruje bajo mi bota. Lo habré tirado del aparador. Lo
recojo; es un mensaje breve de Gisele.
El “panadero” ha decidido que no quiere socializar esta tarde, así que voy a hacer lo
mismo. Ragne y yo vigilaremos a los niños esta noche para que Umayya pueda
descansar. Ragne a lo mejor vuelve más tarde y yo te veré mañana. G.

P.D.: Si te preocupa tu seguridad, ¡conozco a alguien que querrá pasar contigo la


noche!

Hasta ahora no me había dado cuenta de que quería hablar con ella. O con
Ragne. O con Joniza. O incluso con mis madres, aunque sea una vez. Con
alguien…
Me cago en todo, yo… quiero hablar con Emeric.
Pero al parecer no puedo hacerlo sin ponerle un cuchillo en la garganta.
Y entonces es cuando todo me afecta.
Ahogo un sollozo, pero otro ocupa su lugar y luego otro. Arrugo el papel
y dejo que caiga al suelo. Tropiezo sobre la cama. Una parte lejana de mí se
acuerda de quitarse las botas antes de arrastrarme debajo de las sábanas,
aunque solo pienso en quitarme el abrigo después.
Hay algo raro en la cama. Tardo un momento en darme cuenta: huele a
lavanda.
Es como si ya me hubiera marchado.

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Me acurruco y entierro la cara en una almohada cuando otro sollozo me
recorre como una puerta abierta en una tormenta. Pensaba que podría
derrotarlo, mi miedo, el pasado, el lobo pisándome los talones. Pensaba que
podría ganar este juego.
Pero, como mucho, será un empate. Abandonaré Minkja con mi vida y mi
oro y la promesa de libertad. Hace dos semanas, con eso me habría bastado.
Hace dos semanas no sabía cuánto podía perder.
Lloro en la almohada hasta que los sollozos se vuelven jadeos secos y,
cuando agoto esos, me quedo tumbada en la neblina opaca y dolorida de la
derrota. La cabeza me martillea de llorar, me duele la mandíbula y, cada vez
que pienso en la mirada que me dirigió Emeric, mi corazón se rompe de
nuevo.
El día se convierte en tarde y luego se acerca el atardecer. La habitación
está casi a oscuras cuando oigo sus pasos en el pasillo. Odio reconocerlos. Se
detienen junto a mi puerta un momento… y luego siguen avanzando.
Pues claro. Emeric tiene problemas más acuciantes.
Al parecer, Adalbrecht está demasiado ocupado para cenar también,
porque oigo a Trudl traer bandejas al ala del río. El agradecimiento apagado
de Emeric es como un puñetazo en el estómago. No respondo cuando llama a
la puerta, porque Gisele se llevó las perlas y no tengo tiempo de tapar la línea
de rubíes que se dirigen hacia mi corazón. Oigo el ruido que hace al dejar la
bandeja en el pasillo antes de seguir con sus tareas.
Poco después, el espejo mensajero palpita con calidez en mi bolsillo.
Una tenaza de hierro me recorre las venas. No quiero mirar, no quiero
enfrentarme al daño que he hecho… pero mentiría si dijera que ansío aunque
sea una migaja de esperanza.
Lo saco, con el corazón en la garganta, y lo abro. Unas palabras aparecen
en el cristal empañado:
Vanja…
No puedo

Aguardo. Tiene que haber más. Tiene que haber más, es Emeric y no
escribiría nada que no fuera una propuesta en tres partes, con notas al pie de
página y una bibliografía.
El cristal se desempaña, y luego se vuelve a empañar. Y repite lo mismo:
Vanja…
No puedo

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Algo en mí se rompe. Miro el espejo, observo las palabras aparecer una y otra
vez. El dolor me recorre entera, las joyas relucen a medida que crecen. Quizá
solo sea la maldición para recordarme que solo me quedan dos días. Quizá
solo sea mi propia codicia.
Soy demasiado para él. No soy suficiente.
Al final, descubro que aún me quedan lágrimas.

En algún momento, caí en un sueño irregular.


No sé qué me despierta. Sigue estando oscuro, aunque no del todo. Una
luz azul glacial llena la habitación, pero es demasiado oscura para ser el
frígido amanecer.
—Levántate.
Me doy la vuelta.
Adalbrecht está junto a la cama, como una montaña de granito
fulminándome con la mirada.
Le arden los ojos con el mismo azul, el cabello rubio le cuelga ralo y
suelto y le enmarca el rostro duro como una piedra. Solo va vestido con
pantalones y botas; el pecho pálido lo lleva al descubierto, se le contrae y le
reluce de sudor.
Lleva una herradura de hierro clavada bocabajo sobre el corazón. La luz
invernal palpita de ella con cada latido.
Grito. Las manos resbalan en las sábanas cuando intento apartarme, pero
él me agarra de un brazo y me saca a rastras de la cama.
—Deja de gritar —brama, soltándome en el suelo aún enredada en las
sábanas—. Nadie en este castillo te ayudará.
La cena.
—Les has envenenado.
Pero entonces… Emeric…
—No seas tonta. No es un desastre que me apetezca limpiar. —Se da la
vuelta y se dirige hacia la puerta—. Dormirán todo lo que yo quiera.
Unos verdugones rabiosos y enhebrados de negro hilvanan un círculo
sangriento entre sus omóplatos y unas runas complejas rodean un trozo
grisáceo de piel tatuado.
La bilis me sube por la garganta. Es el tatuaje de Klemens. Adalbrecht se
lo ha cosido a la piel.

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Y, de repente, todo encaja. La herradura, el cráneo, la visión del caballo
muerto. No ha usado la marca para vincularse a todos los dioses menores. La
ha usado para vincularse a todos los nachtmaren. Y hay tantos como
soñadores.
Así es como invadirá los Estados Libres y cualquier territorio que se le
resista. Por eso quiere el Göttermarkt para la boda: para asegurarse de que,
más allá de lo que planee, las campanas de los templos permanezcan en
silencio.
Examino el dormitorio mientras me pongo en pie con dificultad, buscando
una salida. Gisele tiene las perlas (no sé qué quiere Adalbrecht de mí, no
tengo tiempo de seguir ese hilo de pensamiento) y Ragne tampoco está aquí.
La terraza… No, no puedo bajar por el enrejado y llegar al camino de los
amantes lo bastante rápido. Lo mismo pasa con las ventanas. Adalbrecht
bloquea la puerta del pasillo. La chimenea…
Arde de un azul glacial.
Me siento peor.
—¿Qué le ha hecho a Poldi?
—Le recordé al kobold quién es el amo de este castillo. No arrastres los
pies y ven conmigo.
No tengo escapatoria. Aún. Le sigo hasta el pasillo.
Hay cuerpos repartidos por aquí y por allá, como si se hubieran quedado
dormidos en el sitio. Unos nachtmaren tambaleantes y risueños se agachan
sobre cada uno, les acarician las orejas, les enredan el cabello. Claro… uno
para cada soñador. Y ahora Adalbrecht puede dirigir los sueños.
Esto no se parece a nada que pudiera haber anticipado.
Miro las escaleras. El pasillo está despejado, quizá pueda correr hacia allí.
Pero entonces me doy cuenta de que Adalbrecht me está conduciendo
hasta Emeric.
No tengo otra opción, debo acompañarle.
Cuando Adalbrecht abre la puerta, las mismas llamas azules arrojan una
palidez inquietante en la habitación. Emeric se ha desplomado sobre el
escritorio, con la cabeza apoyada en las muñecas; ni siquiera se quitó las
gafas y una patilla se le clava en la sien.
Un mahr pálido y sonriente se encorva sobre sus hombros, abrazándose
las rodillas y balanceándose adelante y atrás.
Adalbrecht estira el brazo, agarra al nachtmahr por el hombro y cierra los
ojos como si estuviera escuchando una canción distante. Un segundo más
tarde, suspira.

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—Ya veo. Tenía razón. —Reflexiona durante un momento—. Creo que te
han informado sobre cómo murió mi padre. Si quieres evitar que Conrad se
desangre por los pies, me prestarás mucha atención. ¿Entendido?
Asiento.
— ¿Entendido? —repite.
—Sí —digo en voz alta. Los ojos le relucen azules y sé lo que espera. Las
palabras se me pegan a los dientes como carbón—. Mi señor.
—Sé desde hace casi dos semanas que eres una farsante —dice sin más—.
El nachtmahr me contó todo lo que había extraído de tu cabeza: las perlas, la
maldición, incluso esta —señala con desdén a Emeric— ridícula fachada de
Conrad. La noche del baile, esa era la auténtica Gisele en tu habitación,
¿verdad? No me acordaba de dónde la había visto, hasta que recordé el
orfanato sucio de tus sueños.
—Es un farol. Si sabía dónde estaba, podría haberme desenmascarado
hace días.
—¿Y permitir que el imperio sepa que un parásito vergonzoso se había
alojado en mi palacio? Me parece que no. Pensaba matarte como regalo para
Gisele y luego aparecer como su salvador. La habría liberado de su miseria,
como una prinzessin renacida.
—Y luego la habría asesinado.
Adalbrecht se encoge de hombros.
—Pues claro. Pero habría muerto feliz y eso también se lo arrebataste.
Aunque estoy en deuda contigo. Es imposible encontrar una marca vinculante
como esta; los prefectos no desvelan así como así su secreto. El Pfennigeist
me dio una excusa para llamarles sin mancharme las manos. Después de eso,
lo único que tuve que hacer fue asegurarme de que el chico y tú os
mantuvierais ocupados.
Siento como si el estómago se hubiera convertido en plomo. Yo he hecho
esto. Esto es real por mi culpa. El baile, la habitación de invitados, la farsa del
interés inapropiado… Al final siempre he sido algo que podía ser usado.
Adalbrecht toca al nachtmahr de nuevo. Este se convulsiona y empieza a
encogerse. Emeric no mueve ni un dedo.
—¿Sabes lo que les hacemos a los ladrones en Bóern? —pregunta con
calma.
La respuesta a este tipo de preguntas siempre es «no». O mejor dicho:
—No, mi señor.
—Depende de lo que hayan robado. ¿Cuál crees que sería el castigo para
una doncella traicionera que le ha robado el nombre a su señora? ¿Que le ha

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robado la vida? —Adalbrecht observa mientras el mahr se encoge hasta
alcanzar el tamaño de un escarabajo y repta por la garganta de Emeric.
—N-no lo sé, mi señor —tartamudeo.
El mahr entra en la oreja de Emeric.
Los ojos relucientes de Adalbrecht se posan en mí cuando apoya una
mano en su nuca.
—Piensa un poco.
La respuesta debería ser «no», pero…
—La horca —digo con desesperación. El ladrón pequeño acaba en el
patíbulo.
Una sacudida recorre a Emeric y se le tensa el ceño de dolor. Adalbrecht
me mira, aguardando. Quiere algo peor.
—La horca —me apresuro a decir—, pero… la doncella se cae en un
barril forrado por dentro con clavos. Se destroza el cuerpo agitándose en la
soga.
Emeric se queda quieto.
—Buena chica. Eso servirá.
¿Qué he hecho?
Adalbrecht me ilumina, sacudiendo las manos.
—Como agradecimiento por haberme traído al prefecto, te daré a elegir.
Mañana por la noche, arrestaré a la doncella de Gisele von Falbirg por los
crímenes del Pfennigeist. Al día siguiente, Gisele se casará conmigo por la
tarde. Ahorcaremos a su doncella, justo como has descrito, al final de la
ceremonia nupcial. La propia Gisele morirá después de la noche de bodas.
Puedes ocupar cualquier sitio, igual que ella. Este es mi regalo: tienes un día
para decidir cuál de las dos va al patíbulo y cuál va al altar.
Agarro mi falda con los puños.
—No hay nada que le impida huir.
—Eres una ladrona y una mentirosa. Estoy seguro de que podrás
convencerla. —Adalbrecht quita una mota de suciedad del hombro de Emeric
—. Y si no… veremos cuánto tiene que crecer un mahr antes de hacer estallar
el cráneo de un muchacho desde dentro.
Voy a vomitar.
Me sonríe de esa forma gentil y salvaje, como sabiendo que todo ha
acabado.
Sabe que me ha arrinconado. Sabe que lo haré, porque llevo mi propia
codicia en el rostro.

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Cuánto lo odio. Quiero agarrar el cuchillo de cobre y ver si su sangre arde
de azul. Pero matará a Emeric antes de que pueda hacerle un arañazo.
—¿Por qué lo hace? —le escupo—. Nació y lo tenía todo. Familia, poder,
riqueza…
—No seas tan dramática —dice sin inmutarse—. Mientras Bóern sea
fuerte, es una amenaza para el trono imperial, a menos que ese trono sea mío.
He visto a mi padre enviar a mis hermanos a morir, uno tras otro, para
agradecer a la casa Reigenbach que mantuviera el imperio a salvo. Se
doblegaba ante la emperatriz cuando merecíamos ser reyes. Y luego me envió
a mí y lo único que tenía en el campo de batalla eran mis pesadillas. Tú
deberías entenderlo mejor que nadie. No se trata de disputas sin importancia o
de juegos estúpidos; se trata de controlar mi propia vida. Hago lo que hago
para sobrevivir.
Y, durante un momento, la montaña se estremece, la franqueza se parte
hasta dejar al descubierto los cimientos en bruto. Y se lo cree. Se cree que es
una víctima porque esta vida no es la que se merecía. Que, en cierta forma, el
mundo lo traicionó, igual que me ha traicionado a mí. Que, en esto, él me
conoce; que, en esto, somos iguales.
Pero él nunca entenderá que las chicas como yo se convierten en
mentirosas, ladronas, fantasmas, para sobrevivir a hombres como él.
—Robé a nobles malcriados que no echaron de menos el dinero —siseo
—. Si no le gustaba su vida, podría haberse largado del imperio. Podría haber
vivido como el resto de nosotros, pero no quería perder su castillo. Para usted
no se trata de sobrevivir, sino de comodidad. No es nada, solo un asesino y un
monstruo.
Adalbrecht reduce la distancia que nos separa con una zancada. Me agarra
el mentón con esos dedos de hierro y me acerca a él, esbozando una sonrisa
terrible.
—Y tú aún sueñas conmigo.
Me aparta como un trapo. Aterrizo en el suelo con tanta fuerza que me
quedo sin aliento. Cuando me levanto, se ha ido.
Emeric está inmóvil sobre la mesa. El fuego sigue siendo de un azul
despiadado, lo único que resuena en el silencio glacial. Poldi no puede
salvarme.
Estoy sola.

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CAPÍTULO 36

La ladrona y la mentira

No sé cuánto tiempo paso acurrucada junto a la cama, luchando contra el


pánico y fracasando.
Fracaso y fracaso y fracaso. Da igual cuántas veces me diga que no debo
dejarme llevar por el pánico, no surte efecto.
Las campanadas que dan la hora empiezan a sonar.
Cierro los ojos. Me digo que el pánico puede poseerme mientras resuenan.
Puedo sentir ese miedo, puedo permitirme caer hasta que el silencio me
indique que he tocado fondo.
Así que lo hago. Durante once sonoras campanadas, me permito sentir un
miedo atroz. Rabia. Egoísmo. Dejo que todo esto me atraviese como un
veneno, inhalo todo lo feo y lo mezquino y lo trémulo. Me muero. No soy
suficiente. Soy una chica rota en un mundo que me quiere romper en
fragmentos más pequeños.
Dejo que este miedo maligno encuentre mis aristas y se derrame.
Luego las campanadas se acaban.
El miedo perdura, pero ya ha disfrutado de su momento.
Me obligo a levantarme. Tomo una bocanada profunda de aire limpio para
que el miedo se tranquilice. Y luego me sacudo la ropa y empiezo a pensar en
cómo voy a abrir esta cerradura.
Codicia, amor, odio, venganza, miedo. Ragne, Gisele, Joniza, Barthl. Esos
son mis resortes, yo soy la ganzúa. Si lo muevo todo en el orden correcto,
puedo sacarnos de esta.
Pero Emeric es la cerradura y, si lo hago mal, lo romperé.
Tengo que probar eso primero. Mientras Adalbrecht mantenga a Emeric
apartado del tablero, tengo las manos atadas. Él mantiene a raya la auténtica
amenaza: la justicia del tribunal celestial.
Tiene que haber una forma de alejar al nachtmahr de Emeric. Le giro con
cuidado la cara para echar un vistazo dentro de la oreja. Lo único que veo son

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dos puntitos de luz azules que me devuelven la mirada.
Quizá Ragne pueda encogerse para sacarlo… No, entonces podría
empezar a crecer y perdería a Emeric y a Ragne a la vez. Podría echarle sebo
a Emeric por la oreja para intentar ahogarlo, pero Adalbrecht sabe cuándo
muere una de sus criaturas.
Quizá pueda atraerlo fuera de alguna forma… pero parece que Adalbrecht
le ha dado unas órdenes mudas. No sé en qué consisten, solo me amenazó con
las consecuencias.
Dejo que los dedos se queden sobre Emeric y me digo que solo quiero
comprobarle el pulso; intento ignorar el brillo de las perlas en mi piel que
hablan sobre mi fin. Su pulso es suave y firme como siempre; ninguno de los
dos tenemos tiempo para sentimentalismos, así que sigo adelante. A lo mejor
ha dejado algún aparato de los prefectos por ahí. Rebusco en el escritorio.
Sujeta el espejo en una mano. Aún destella con las palabras Vanja… No
puedo, una y otra vez. Pero debajo del codo tiene un cuaderno abierto; el
carbón le ha manchado la manga. La página parece casi llena. Le alzo el codo
para sacar el cuaderno.
Es el borrador de una carta. Va dirigida a mí.
Vanja…
Quiero
Significas más
No puedo verte morir. Dijiste que no me considerabas un cobarde, pero eso es lo que
soy tengo miedo de perderte, ya sea por la maldición o porque te he fallado. Pensaba
que no creía en la valentía, pero no sabía lo que era hasta que te conocí. Has vivido
con monstruos durante trece años y, aun así, decides enfrentarte a ellos, pelear,
regresar a sus casas. Sé que la valentía es real porque te veo elegirla cada día.
Tengo miedo de ser otra persona más que te falle. Sé Creo que tú también tienes
miedo de eso. Por favor, no huyas No puedo pedirte que me elijas elijas esto nos
elijas te quedes, pero quiero estar contigo y no permitiré que ese miedo a perderte me
domine. Si quieres que te persiga, lo haré. Si quieres que te encuentre, lo haré. Si me
aceptas, te elegiré a ti todas las veces.
Puede que por fin haya aprendido a ser valiente.

Será cabrón. Voy a… pienso… pienso salvarle solo para poder estrangularle
por haberme hecho llorar de nuevo. A lo mejor lo beso primero. Pero luego
voy a estrangularle.
Debe de haberse quedado dormido mientras escribía esto en el espejo. No
iba a renunciar a mí. Y ahora…
¿Cómo puede pedirme que me quede cuando estoy tan cerca de perderle?
La puerta de la terraza se sacude. Un gato negro llama al cristal. Dejo
entrar a Ragne.

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—¿Qué ha pasado? —maúlla con la cola erizada y salta al escritorio—. El
kobold está enfermo y huelo nachtmaren y… ¿qué le pasa al Emeric? ¿Por
qué todo va mal?
—Adalbrecht lo ha atacado. —Me froto la cara con la manga y hago una
mueca cuando el lino se engancha en las joyas que me crecen en el antebrazo
—. Lo sabe todo. Hay un mahr en la oreja de Emeric y, si no hacemos lo que
el margrave dice, morirá.
Ragne aplana las orejas sobre la cabeza y luego me golpea el codo.
—¿Qué podemos hacer?
Respiro hondo, en el filo de un cuchillo.
Si no uso a cada uno de nosotros de la forma correcta, este cerrojo se
romperá.
He fracasado como ladrona. Esto tengo que hacerlo como mentirosa.
Le doy el espejo a Ragne.
—No podemos hacerlo solas. ¿Puedes traer a Gisele y a Joniza? Que
vengan por los pasadizos de los criados. Puedes transportarlas por detrás de la
cascada transformada en osa.
Ragne se convierte en una lechuza negra enorme con el espejo reluciente
entre sus garras y sale volando por la puerta abierta. En cuanto se marcha, la
cierro y empiezo a pasearme, murmurando para mí misma, y reflexiono sobre
los problemas de la mentira que voy a contar.
Reviso los bucles y los hilos y los nudos mientras el fuego se apaga hasta
convertirse en unas ascuas azuladas; extraigo una pajuela de la urna de cobre
sobre la chimenea y enciendo suficientes velas para ver, pero hasta esas
llamas son azules. No sé qué le ha hecho Adalbrecht a Poldi. No sé si un
cuenco de polenta y miel lo salvará.
De vez en cuando, Emeric sacude la mano o abre los labios o se remueve
en la silla, y yo contengo el aliento. En una ocasión, murmura algo que se
parece a mi nombre. Pero no se despierta.
No sé qué haré si no se despierta.
Cuando Gisele y Joniza llegan, solo quedan unas horas para el amanecer.
Ragne llega detrás de ellas, envuelta en una bata. La temperatura en el castillo
no deja de descender; el calor que emiten las llamas azules es débil y no dura.
Gisele corre hacia Emeric y, pálida, le sacude el hombro.
—¿Es cierto? Ragne dijo que hay un mahr en… en…
—Si no hacemos lo que Adalbrecht quiere, crecerá hasta matar a Emeric.
—Me tiembla la voz—. Ha usado al nachtmahr para ver la mente de Emeric.
Conoce todo el plan, así que necesitamos uno nuevo.

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Joniza sigue en el umbral, tan tensa como un arco.
—Sin él, no hay plan.
—No, podemos… podemos hacerlo. —Las miro con inquietud—. No
necesitamos al tribunal celestial. Barthl dice que habrá representantes de la
corte imperial en la gala, así que podemos engañar a Adalbrecht para que se
descubra ahí. Lleva el tatuaje de Klemens en la espalda y una herradura en el
corazón, podemos demostrarlo todo si conseguimos que los enseñe. Gisele, tú
puedes hacer de mi doncella y yo seré tú. Barthl irá a por el cráneo.
Podemos…
—No funcionará —dice Gisele despacio—. No es suficiente.
Sacudo la cabeza, frenética.
—No, no, ¡podemos conseguirlo! Los guardias de la corte imperial
pueden apresar a Adalbrecht.
—Si lo sabe todo, entonces reconocerá a Gisele fingiendo ser tu doncella
—señala Joniza—. Y en cuanto sepa que tramamos algo, matará a Conrad.
—Entonces… que lo haga Ragne. O… —Pierdo el hilo de lo que digo.
La voz de Gisele es grave, triste.
—Vanja, lo siento, pero… no creo que haya ninguna forma de salvarlo.
Creo que tenemos que salvarnos nosotras.
—No —digo de inmediato—. No lo dejaré.
—Esa es tu decisión. Pero yo tengo demasiado por lo que vivir. —Gisele
agarra la mano de Ragne—. Yo… haré la ceremonia nupcial. Y luego me
marcharé de Minkja.
—Me iré contigo —dice Joniza con pesar—. Lo siento, Vanja. Puedes
venir con nosotras.
—No… por favor… tenéis que ayudarme… tengo que salvarlo… —Me
giro hacia Ragne, que ha guardado silencio todo este tiempo—. Ragne.
Ragne, por favor.
Sus ojos rojos e inciertos pasan de Gisele a mí. Gisele le apoya una mano
en el hombro y Ragne traga saliva.
—Prometí… que protegería a la Gisele.
Un silencio vacío y nauseabundo reina en la habitación.
Luego lanzo la urna de pajuelas y aterriza a los pies de Gisele. El cobre
resuena contra la piedra y las astillas de madera se desparraman.
— ¡LARGAOS! —grito—. ¡LARGAOS, JODER!
Gisele abre la boca, la cierra y sale de la habitación sin decir nada. Joniza
la sigue. Ragne se queda un segundo… hasta que ella también atraviesa la
puerta.

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Oigo que abren la puerta de mi habitación y la cierran. Casi me echo a
reír. Pues claro que han ido ahí.
Emeric sigue sin moverse.
Suelto toda la rabia y la tristeza en un sollozo salvaje y me hundo en el
suelo a su lado.
Luego le tomo la mano, con lágrimas cayéndome por el rostro, y escribo
en su palma como si fuera el espejo. Es mi último ruego, el más desesperado:
Quédate.
Quédate.
Quédate.

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EL SEXTO CUENTO

LAS TRES DONCELLAS

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Érase una vez tres doncellas invitadas a la boda de un lobo.
La víspera de la boda, la primera doncella se sentó en un dormitorio frío y
oscuro, llorando una vida que podría haber sido suya. Estaba a solas con sus
decisiones, buenas y malas; se hallaba en una cárcel que había construido ella
misma, detrás de unos barrotes que había forjado por sí sola. Y cuando los
guardias del lobo llegaron para llevársela, fue con ellos, pues no podía
salvarse de sí misma.
La víspera de la boda, la segunda doncella se vistió con las sedas más
elegantes y fue a bailar con el lobo. Giró y sonrió y desempeñó el papel de
prinzessin a la perfección; dejó que los amigos del lobo la «secuestraran» en
el otro extremo del salón para que el lobo pagara un rescate por ella en
cerveza, elogios y promesas. La doncella se aseguró de que, al reír, pudieran
verle los dientes, pues se casaría con el lobo al día siguiente y él no era el
único con colmillos.
La víspera de la boda, la tercera doncella se puso un rostro que no le
pertenecía, aunque lo conocía bien. Era un rostro que le había servido y que le
había hecho daño, el rostro de una amiga, de una mentirosa, de una doncella
leal. Y esperó a su princesa mientras esta bailaba con el lobo. Conocía bien a
las criaturas como él. Sabía que, sin testigos, devoraría entera a la princesa.
(Y ahora recuerda… no sigas las cartas. Mantén los ojos en el objetivo
real).
El día de la boda, la segunda doncella se vistió con el azul del lobo y se
puso la pesada corona del lobo. Todo pesaba demasiado, pero lo aguantó de
todas formas con la cabeza alta mientras la doncella leal le colocaba la corona
y se aseguraba de que se quedara ahí.
El día de la boda, la tercera doncella entró en la casa ceremonial que el
lobo había construido en el Göttermarkt, vestida con el azul de este. No había
ido por el mismo motivo que la mayoría de los invitados; ella iba a casarse.
El día de la boda, condujeron a la primera doncella hasta el Göttermarkt,
hasta el patíbulo que el lobo había construido junto a las casas. Se quedó
quieta, con el rostro impertérrito y sola, mientras el verdugo le colocaba la
soga alrededor del cuello. Debajo de ella aguardaba un barril lleno de clavos,
listo para tragársela entera.
Has visto las cartas moverse, los escudos y los griales, las rosas y las
campanas, los caballos y las sotas y las reinas y los reyes. Creo que es justo

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que intentes adivinar dónde está la Dama. Tres son las doncellas: la doncella
leal, la novia con la corona, la ladrona en el patíbulo.
¿Qué doncella era yo?

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CAPÍTULO 37

Encuentra a la dama

Hace un día precioso en Minkja y estoy a punto de morir.


—Buena gente de Bóern —brama Adalbrecht—, hoy tenemos dos cosas
que celebrar.
Su voz resuena por el Göttermarkt, que luce el mismo aspecto que si
alguien le hubiera dado un puñetazo al tesoro y lo hubiera derramado por toda
la plaza (Adalbrecht. Adalbrecht es el que dio los golpes).
Las casas ceremoniales son catedrales en miniatura, una envuelta con el
rojo Falbirg, otra con el azul Reigenbach, y el altar abierto entre ellas rodeado
de telas doradas. La casa de Gisele es el único punto con el rojo Falbirg; el
resto de las decoraciones son una avalancha de seda azul y dorada, arcos
enormes de flores de invernadero, abanicos de acebo y abeto dorados,
banderas de Bóern meciéndose en la suave brisa. Han puesto unas alfombras
gruesas sobre el pavimento de piedra y han dispuesto sillas para la nobleza,
todas orientadas hacia el altar dorado en un extremo de la plaza. También han
situado unos braseros entre las filas de sillas para mantener cálidos a los
invitados y una cúpula brillante se extiende sobre sus cabezas; es obra del
gremio de brujas. Mantendrá la nieve a raya, aunque parece que el tiempo se
ha doblegado ante Adalbrecht y ofrece un cielo azul vespertino inmaculado.
En el otro lado de la plaza hay un patíbulo; es la extraña estructura que vi
construir la semana pasada. Resulta humillante saber que el margrave llevaba
tanto tiempo planeando esto.
Y está saboreando su éxito en medio del pasillo central, que recorrerá con
su esposa en cuanto pronuncien los votos. Ha tomado prestado el bastón
ceremonial de la oficiante, ya que incluye otra especialidad del gremio de
brujas: un encantamiento para amplificarle la voz, para que llegue hasta la
nobleza sentada y hasta la multitud de pie que rodea la plaza para verlo todo.
—Me complace anunciar que, gracias al trabajo duro y a la perseverancia
de la guardia de la ciudad, hemos atrapado al Pfennigeist. Se escondía como

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criada de la princesa. —Hace un gesto para que Gisele se le acerque. Ella le
ofrece una sonrisa tan pálida y dura como las perlas que le rodean el cuello,
pero no me mira ni una sola vez, ni siquiera cuando Adalbrecht me señala con
la mano—. Y está a punto de aprender lo que le hacemos a los ladrones en
Minkja.
Venga ya.
—¡Le hemos ofrecido el honor de ser la primera invitada en bailar en la
boda! —añade Adalbrecht, sonriendo hacia donde estoy en el patíbulo—.
Aunque será en el extremo de una soga.
Una carcajada incómoda recorre a la multitud.
—Menuda tradición nupcial de mierda —murmuro. Me duele todo con el
frío; algunas joyas han crecido tanto que se rozan debajo de las mangas. Los
rubíes casi han alcanzado el corazón. No ayuda que me hayan atado las
manos detrás de la espalda—. ¿Qué ha pasado con el clásico «algo prestado»?
Uno de los dos guardias en la plataforma me pone mala cara. Lo fulmino
con la mirada hasta que se gira de nuevo.
Adalbrecht sigue hablando, pero casi no le escucho. El verdugo me distrae
un poco pasándome la cabeza por la soga. Quizá sea un poco quisquillosa,
pero esta cuerda raspa mucho. Adalbrecht, tacaño hasta el fondo.
Lo que sí que he podido presenciar al subir hacia el patíbulo son unas
vistas perfectas del barril que me espera bajo la trampilla. Al parecer,
Adalbrecht tenía presupuesto para cientos de clavos.
Se oye un aplauso. Adalbrecht le lanza el bastón a la oficiante. Gisele y él
llegan al final del pasillo y luego se dirigen, solemnes y rígidos, a sus
respectivas casas mientras la banda de música toca una marcha nupcial alegre
y llamativa. Hay puertas a ambos lados de la casa, una hacia mí y otra hacia el
altar; otro simbolismo (absurdo). Cualquier mal que alberguen los futuros
cónyuges debe ser encerrado en las casas y abandonado allí.
Se quedan en cada casa, en teoría, para dedicar un momento a pedir a los
dioses un matrimonio feliz. Sospecho que tanto Gisele como Adalbrecht están
rezando por una cosa muy distinta.
La marcha nupcial llega a su fin. Las otras puertas se abren. Adalbrecht y
Gisele salen y se acercan a la carpa dorada del altar.
Todos los ojos están fijos en ellos. Saco una horquilla de la manga y me
pongo a trabajar en la cerradura.
—Eh. —El mismo guardia me vuelve a mirar. Se acerca y me quita la
horquilla de la mano para enseñársela al verdugo—. La mocosa esta estaba
intentando hacer una tontería.

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El verdugo se ríe.
—Pónsela en el pelo, así estará guapa cuando conozca a Muerte.
—Ya he conocido a Muerte y le da igual si estoy guapa —replico.
El verdugo me fulmina con la mirada.
—Examínale los bolsillos. Solo debería llevar el pago para el Barquero.
El guardia me registra rápidamente y solo saca el penique rojo que les dan
a todas las personas a las que van a ahorcar.
—Nada —dice, devolviendo el penique al bolsillo.
—Vigílala. Si no la colgamos, el margrave nos ahorcará a nosotros.
—Sí, señor.
El guardia se coloca a mi espalda para ver mejor los grilletes.
La oficiante deja el bastón en un soporte y toma las manos de Gisele y de
Adalbrecht.
—Gisele-Berthilde Ludwila von Falbirg. ¿Acude a este altar por voluntad
propia para casarse con este hombre?
No puedo ver con claridad a Gisele desde tan lejos, pero oigo el
nerviosismo en su voz cuando responde:
—Sí.
La oficiante se gira hacia Adalbrecht.
—Y usted, señor, ¿acude a este altar por voluntad propia para casarse
con…?
—Sí —se apresura a responder.
Nadie habla, pero veo que la multitud se agita e intercambia miradas. El
margrave no tiene fama de retraído, pero ¿a qué viene tanta prisa en el día de
la boda? Veo los cálculos de la gente: habrá un heredero antes de que acabe el
año.
Quiero gritarles que no habrá ningún heredero.
—¿Jura, mi señora, que sustentará el matrimonio con honor y confianza,
que será fiel y leal, hasta que la muerte les separe?
—Lo juro. —La voz de Gisele se ha vuelto más firme.
Esa es la primera señal.
Una horquilla me cae en la mano.
—¿Y jura usted, mi señor, que sustentará el matrimonio con honor y
confianza, que será fiel y leal, hasta que la muerte…?
—Lo juro —la vuelve a interrumpir Adalbrecht. Esta vez se oyen risitas
entre la multitud que rodea la plaza.
Joniza está haciendo un trabajo excelente para alguien que fue ordenada
como delegada temporal de Fortuna durante la noche, pero no me extrañaría

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si estuviera poniendo los ojos en blanco en este instante.
Aguarda a que las carcajadas cesen y luego prosigue, lanzándome una
mirada rápida. Diría que Adalbrecht ya se ha recompuesto, pero aún parece
impaciente, incluso desde lejos. Joniza hace lo que puede para lograr un
equilibrio. Ayer lo cronometramos para ver cuánto tenía que alargar el resto
de votos mientras yo trabajaba con la horquilla y los grilletes y para saber de
cuánto margen de maniobra disponía (no demasiado).
Y así es: noto que el mecanismo de cierre se abre justo cuando Joniza
proclama:
—Y, en el nombre de los dioses supremos y menores, por las leyes
mortales y divinas, os declaro marido y mujer. Puedes besar…
Esta vez es Gisele la que se mueve un poco demasiado rápido. Casi salta a
los brazos de Adalbrecht.
Bueno, no casi.
Ya os lo explicaré luego. Porque, ahora mismo, el verdugo acaba de
accionar la palanca para la trampilla, que se abre hacia la boca enorme y
erizada del barril como las fauces de un lobo monstruoso.
Pero lo único que cae en ella son los grilletes.
He enrollado las manos por encima del nudo de la soga para evitar que mi
peso la tense mientras mis pies cuelgan sobre el vacío.
Si esto fuera un ahorcamiento normal, la caída sería corta y ya estaría
muerta. Pero como alguien no se contentó con una ejecución normal y
corriente para mí, la cuerda tenía que ser lo bastante larga para que llegara al
barril debajo de la plataforma. Y eso, amigo mío, eso me ha dado tiempo
suficiente para agarrar la cuerda como si me fuera la vida en ello.
Puede que, después de hoy, Adalbrecht se dé cuenta de que, cada vez que
me ofrece margen de error, pienso aprovecharlo.
Pero te estarás preguntando cuál es nuestra jugada. ¡Y es una pregunta
muy válida! Aún cuelgo sobre un barril de clavos y me gustaría no depender
de la fuerza de mis brazos, porque no es que vaya a durar hasta el extremo de
«agarrarme a la soga de forma indefinida».
La respuesta es el brazo que me rodea por la cintura y me devuelve a la
plataforma. Un borrón de acero corta la soga.
—Así que para eso sirve el cuchillo de acero —jadeo mientras me quito la
cuerda y me giro hacia Emeric.
—Son cuchillos, Vanja, todos sirven para cortar cuerdas.
Me rodea con los dos brazos y creo que hemos llegado a un acuerdo tácito
de fingir que ninguno tiembla de alivio. Incluso con un uniforme de guardia

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robado, huele a enebro. Ojalá pudiera achacarlo a un poder misterioso, pero sé
por qué huele así.

Y sé que te estarás preguntando cómo me he librado de esta.


Vale, ya que has sido tan paciente, te lo contaré, pero solo una vez.
Retrocedamos el reloj hasta hace poco más de un día, aún en la habitación
de Emeric. Joniza, Gisele y Ragne acaban de hacer la actuación de sus vidas.
Esperaron en mi dormitorio a ver si la táctica había surtido efecto y, mientras
tanto, yo me mantenía ocupada llorando como una niña a la que un halcón le
había robado el gatito delante de sus ojos (una imagen bastante específica, lo
sé. Vi cosas muy turbias en Sovabin).
Y las lágrimas no eran falsas, por cierto. Tenía miedo de que esto no
funcionara, miedo de que me equivocase, miedo de perder a Emeric. Eso fue
lo que le había escrito a Gisele en el espejo que Ragne le había llevado: Todo
lo que te cuente sobre Emeric será cierto. Todo lo que te diga sobre cómo
solucionarlo será mentira. Confía en mí. Negaos a ayudar.
Todo lo que le había escrito en la palma a Emeric era cierto. Necesitaba
que se quedase.
Luego me obligué a permanecer quieta y en silencio, a profundizar la
respiración, y casi me quedé dormida. Y, unos minutos más tarde, oí un
susurro cuando el mahr salió de la oreja de Emeric.
Adalbrecht lo había tocado para darle órdenes. Conociendo a ese
malnacido, querría oír lo que estábamos planeando exactamente, así que le di
al mahr una historia jugosa que contarle.
Y cuando se escurrió al suelo para acudir ante Adalbrecht y regresar antes
de que yo me despertara, agarré la urna de cobre (convenientemente vacía
después de que se la hubiera lanzado a Gisele) y tapé al mahr chillón con ella.
—Crece con eso, cabroncete —espeté. Luego me levanté para buscar algo
pesado para ponérselo encima, solo por si este nachtmahr en concreto era un
masoquista y le gustaba lanzarse contra el cobre.
Acababa de dejar un montón de libros sobre la urna cuando un sonido me
detuvo en seco.
— ¿Vanja? —Emeric se estaba levantando del escritorio, parpadeando
con desconcierto. Es probable que lo haya tirado de la silla al abrazarle por el
cuello (lo hice, de verdad que lo hice).

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Aún parecía bastante perplejo, pero enterró la cara en mi cabello y me
abrazó con tanta fuerza que casi me olvidé de respirar.
Yo medio reí y medio lloré en su hombro, jadeando.
—No me puedo creer que pensaras escribir todo eso en el espejo.
Luego le expliqué lo del mahr y por qué no debería tocar la urna del suelo
y por qué teníamos que ir a la catedral de Fortuna lo más rápido posible. Y le
revelé lo más doloroso de todo: por qué hui.
Y luego me contó por qué él siempre me seguiría.
Y luego… bueno. Tardamos unos minutos en salir de su dormitorio y en
cruzar el enrejado hasta el mío. Seguramente podrás averiguar el motivo.
(Sigo impresionada de que consiguiera encontrar un lugar que no
estuviera cubierto de gemas para dejar un chupetón. No me emocionó que
fuera en el cuello, pero en ese momento me dio totalmente igual. Luego no
me dio tanto igual cuando Joniza lo vio y se murió de la risa, pero como
Emeric estaba tan mortificado como yo, lo pasé por alto esta vez. Al menos el
clima justifica que use bufanda).
Ahora regresemos a la boda, donde muchas personas desconcertadas están
intentando averiguar qué ha pasado; entre ellas, el verdugo.
Seguramente él habrá tenido más dudas cuando Emeric se pone las gafas
y dice:
—Mis disculpas. —Y luego lo tira de una patada por las escaleras del
patíbulo.
—No te disculpes, que casi me ha matado —digo, indignada.
Los invitados se están girando en sus asientos para ver la conmoción en el
cadalso. El guardia que queda nos examina, sin duda para ver qué opciones
tiene basándose en lo que le pagan, y descubre que no gana lo suficiente como
para actuar.
Y luego todo el mundo descubre una distracción nueva.
—¡PARAD! ¡PARAD LA BODA DE INMEDIATO!
Adalbrecht von Reigenbach, margrave de Bóern, sale de la casa
ceremonial de los Reigenbach despeinado, sudando y un poco chamuscado.
Verás, cuando entró en la casa para rezar y reflexionar, se encontró con
dos cosas.
La primera: el mismo hechizo de destierro que Emeric usó para ralentizar
al nachtmahr en Lähl (con una ligera modificación para amortiguar los gritos.
Es Adalbrecht: habría gritos seguro).
Y la segunda: a Ragne llevando su rostro y esperándole con la
parafernalia nupcial de la familia Reigenbach. Casi idéntica, solo un poco más

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antigua y muy fácil para Barthl de sacar del palacio.
Los detalles siempre, siempre, son lo más importante.
Así que cuando el auténtico Adalbrecht sale al altar, donde Gisele sigue
aferrándose a una Ragne con el mismo aspecto que el margrave, todo el
mundo les presta atención.
Exactamente como yo quería.

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CAPÍTULO 38

Ladrones en el altar

E
—¡ s un impostor! —ruge Adalbrecht, señalando a Ragne. La chaqueta le
humea un poco y no puedo expresar lo mucho que me regocija—. ¡Me han
atacado! Es… ¡es un fraude! ¡Un grimling o… algo!
Emeric y yo nos apresuramos a bajar del patíbulo mientras Gisele ahoga
un grito y se abraza más a Ragne.
—¡Cómo se atreve a hablar de mi querido Adalbrecht de esa forma!
¿Cómo sabemos que usted no es un impostor?
Emeric me agarra de la mano. El plan tiene que salir a pedir de boca, pero
este momento es vital.
—Mi señora, por favor, dé un paso atrás. —Joniza se interpone entre
Gisele y Ragne, que ha mantenido el semblante de rabia estreñida típico de
Adalbrecht durante todo este tiempo y resulta un poco demasiado
convincente. Joniza estira las manos hacia ambos Adalbrecht. Su voz resuena
con una claridad cristalina por todo el Göttermarkt—. Esto es muy sencillo.
Es evidente que hay fuerzas malignas operando aquí, pero si uno de ustedes
es un grimling, tendrá una marca en su cuerpo.
Ragne asiente con solemnidad y empieza a desabrocharse el cuello de la
camisa. Cuándo le ha molestado desnudarse en público.
—No tengo miedo —dice con el tono indiferente propio de Adalbrecht.
Nos pasamos horas preparándola para este momento—. No tengo nada que
ocultar.
El auténtico Adalbrecht farfulla lleno de rabia y busca sus propios
botones… pero se detiene.
Emeric y yo hemos llegado al borde de la plaza, rodeando arcos de flores
y escondiéndonos detrás de las banderas, y estamos lo bastante cerca para ver
el momento en el que el margrave lo entiende.
Si se quita la camisa, todo el mundo verá la herradura clavada en su
corazón y el tatuaje de un hombre muerto en su espalda.

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Y si la nobleza del Sacro Imperio de Almandy tiene preguntas ahora, ni te
cuento las que tendrá después de eso.
La mirada de Adalbrecht pasa de Ragne, que se está desabrochando toda
feliz el chaleco, a Gisele, que lo observa con un desconcierto inocente. Luego
mira hacia el patíbulo… y ve que está vacío.
Pero la guinda de oro, sin embargo, es cuando Barthl sale de la casa
ceremonial Falbirg sosteniendo el cráneo de caballo del estudio.
¿Recuerdas el cráneo que estaba cubierto con las runas de un hechizo
vinculante que gritaba: Estoy tramando cosas muy chungas y blasfemas? Sí,
ese cráneo.
Adalbrecht lo ve. Y a Barthl. Y entonces hace lo último que, personal y
profesionalmente, le habría recomendado: se deja llevar por el pánico.
Adalbrecht hace un gesto con la mano. Una luz azul cubre el Göttermarkt
y los invitados de la boda se derrumban en sus asientos, dormidos. Oigo unos
golpes estremecedores cuando la multitud de la plaza cae en el sitio.
Pero Emeric, Gisele, Joniza, Barthl, Ragne y yo nos quedamos en pie.
No sabíamos a qué nos enfrentaríamos con Adalbrecht, así que hemos
venido preparados. Ulli Wagner se pasó toda la noche trabajando después del
Sabbat, forjando las monedas que le di para crear hechizos de protección en la
oficina de la orden de los prefectos. El cobre para los grimlingen fue bastante
fácil de sacar de los peniques y para las maldiciones… bueno, resulta que
tenía oro de sobra.
Con todo el mundo dormido, Adalbrecht al fin nos ve a Emeric y a mí.
Abre los ojos al comprenderlo… y luego se enfurece.
Empieza a mover los labios en un cántico silencioso. Se oye un susurro,
como una canción, una nana cruel, y entonces un mahr tras otro aparecen de
la nada sobre los hombros de cada persona dormida. La chaqueta de
Adalbrecht humea y se oscurece alrededor de la herradura y los ojos le arden
azules por el poder y el odio.
He aquí una cosa sobre los hombres como Adalbrecht von Reigenbach:
deducen que, una vez controlan algo, ese algo permanecerá bajo su control.
¿Que les dicen a sus subordinados que quieren que todo un distrito lleno de
templos guarde silencio? Pues lo harán. A cosas como perder un sello las
consideran pequeños inconvenientes, no riesgos. Nunca podrían imaginar un
mundo en el que otra persona tuviera el mismo tipo de poder.
Por eso ayer Gisele dedicó gran parte de su día a acompañar a un grupo de
huérfanos mayores por los templos más cercanos a la plaza, explicando que
había persuadido a su prometido para que la dejara hacer un poco de caridad.

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¿No podían ser estos huérfanos tan avispados los que tocasen las campanadas
de la boda en los templos (los cuales, qué oportuno, eran a prueba de
grimlingen)?
Y nadie rechazaría una orden por escrito sellada con el propio sello del
margrave.
Adalbrecht von Reigenbach cree que lo controla todo, porque es lo que
quiero que piense. Así que no se lo ve venir cuando Joniza se inclina sobre el
bastón de oficiante, que ampliará su voz para que se oiga por todo el
Göttermarkt, y dice con tranquilidad:
—Muy bien, monstruitos. Dadle caña.
Las campanas tañen en sus campanarios, graves y estridentes e
irrefutables. No son los tañidos medidos que dan las horas, sino una guerra
abierta por doquier. Los nachtmaren gritan y los cristales se rompen en toda
la plaza. Por debajo de sus alaridos oigo que Adalbrecht grita también. Los
nachtmaren se dividen como hizo el caballo en Lähl, deshaciéndose en todos
los sentidos hasta convertirse en una hueste fracturada.
Las campanas siguen sonando. Adalbrecht cae de rodillas tapándose los
oídos. Emeric y yo apretamos más nuestras manos unidas. Ya está. Tenemos
el cráneo del caballo, tenemos las cartas, tenemos al margrave de rodillas.
Podemos llamar al tribunal celestial y acabar con esto.
Y entonces oigo un relincho terrible y astillado.
Miro a Barthl. El cráneo de caballo se sacude… se agita en sus manos.
Todas las runas burbujean y echan humo. Unas fisuras como telarañas
atraviesan el hueso.
Y en ese momento, el cráneo… Sí, ya sabes, ¿el cráneo vinculante? ¿La
prueba clave para nuestro caso?
¿El que mantiene a todos los monstruos unidos y les obliga a acatar la
voluntad de Adalbrecht? Sí, ese cráneo…
… se rompe.
Esto no formaba parte del plan.
Los nachtmaren caen en una espiral de gritos, risas y lloros; mil ojos
relucientes y azules atraviesan la carne blanca putrefacta.
Y todos convergen en Adalbrecht. Ni siquiera tiene tiempo para gritar.
Gisele empuja a Joniza y a Ragne fuera del altar cuando una marejada
hirviente gris y blanca rodea al margrave en una masa de extremidades
cambiantes. Y entonces, de un modo terrible, empieza a transformarse en…
No sé en qué, la verdad.

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Es como el mahr de la noche del baile, entre un caballo y un humano. Veo
que los ojos de Adalbrecht en su rostro humano se alargan de una forma
repugnante sobre un cráneo de caballo; veo un cuello largo y musculoso
cubierto de cientos de bocas rechinantes; veo cabello rubio en una crin
grasienta y sucia; veo brazos como los de un hombre, pero alargados y
retorcidos como las patas delanteras de un caballo y los dedos acabando en
cascos de hierro.
Ah, y quizá debería mencionar… que es casi tan alto como el templo más
cercano. Y sigue creciendo.
Emeric, con el aire vindicativo de un mártir, dice débilmente:
—Caballos.
Adalbrecht profiere un rugido desde varias bocas. Un momento más tarde,
se oye un bang que resuena en todo el Göttermarkt. Las campanas
enmudecen.
Una nueva ola de gritos surge de las personas dormidas cuando empiezan
a despertarse. Tanto los nobles como los plebeyos salen en estampida de la
plaza; Emeric, Barthl y yo nos agachamos detrás de la casa ceremonial de
Falbirg para apartarnos de su camino.
— ¡LADRONES! —La voz torturada de Adalbrecht retumba en el
Göttermarkt—. ¡MÍO! ¡LA CHICA ES MÍA! ¡EL IMPERIO ES MÍO!
¿CÓMO OS ATREVÉIS A ROBARME?
Echo un vistazo a la esquina cuando la ola de gente disminuye. Gisele,
Ragne y Joniza están agachadas detrás del altar destrozado. El monstruoso
Adalbrecht da tumbos por la plaza, aplastando sillas y tirando braseros.
Golpea con un puño enorme la casa ceremonial de Reigenbach, que se
derrumba en un montón de seda azul y dorada.
Emeric se aparta de la casa Falbirg.
—Tengo que invocar al tribunal antes de que esto empeore.
Se oye otro impacto en la plaza, pero juraría que es mi corazón.
—Acabamos de perder la prueba más importante.
Emeric saca las cartas de la chaqueta.
—Diría que el propio Adalbrecht es una prueba convincente a estas
alturas. Y podemos demostrar todo lo demás con esto.
—¿Podemos?
Aprieta la mandíbula, con la mirada fija en el pavimento.
—Como te prometí —y no dice nada más.
—¡Ragne, espera!

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Oímos el grito de Gisele y nos giramos para ver a Ragne correr hacia la
plaza y caer a cuatro patas. Se convierte en una leona negra, con los ojos
ardientes… y luego crece incluso más hasta ser tan grande como Adalbrecht.
Dijo que sería más poderosa en la luna llena. Pero no esperaba que se
refiriera también a crecer de tamaño.
Ragne se lanza a por él con las garras por delante.
Caen sobre la plaza, Adalbrecht gritando mientras ella lo arrastra sobre los
carbones desperdigados de los braseros. El suelo tiembla, las piedras del
pavimiento se resquebrajan bajo su peso. El humo se alza de las alfombras,
las llamas surgen de las sillas rotas. Adalbrecht golpea a Ragne en un costado
con un puño de hierro, pero ella le hunde los dientes en una pata y tira. Se oye
un crujido como un árbol derribado… y luego el alarido ensordecedor de
Adalbrecht.
Oigo un arañazo sordo y Emeric se tambalea hacia adelante con un grito
de sorpresa.
Una flecha le sale por el omóplato izquierdo, tan cerca del corazón que,
durante un terrible instante, creo que ha… muerto. Su brazo sufre una
sacudida y se le caen las cartas al suelo.
En un frenesí de faldas doradas, la asquerosa Irmgard von Hirsching las
recoge.
Se aleja fuera de mi alcance y se mete las cartas debajo de un brazo antes
de apuntarme con la ballesta. La habrá recogido de un guardia que huía.
Agarro a Emeric cuando intenta ponerse en pie; sigue vivo, sigue conmigo,
pero no me puedo imaginar cuánto dolor debe sentir. Solo me da una
satisfacción mínima ver que Irmgard lleva el vestido tan destrozado que será
imposible de arreglar y las trenzas relucientes enredadas.
Eso no cambia que siga apuntándome con una ballesta.
—Ay, Rohtpfenni —dice con una sonrisa afectada—. ¿Creías que podrías
detenerlo? Adalbrecht gobernará Almandy conmigo. Tú solo eres una zorra
que grita cuando la apalean.
Me quedo muy quieta. Un paso en falso y no tendré que preocuparme
mucho más por la maldición… o por nada. Y si no conseguimos las cartas…
Tenemos que recuperarlas. Tengo que pensar algo inteligente.
Irmgard, como siempre, percibe mi vacilación.
—Ponte de rodillas —canturrea—. Suplica. Suplícame por tu vida. —
Luego ladea la cabeza, sonriendo. Mueve la ballesta para apuntar a Emeric—.
Suplícame que le permita…
Le hago un placaje antes de que pueda acabar la frase.

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Irmgard se golpea la cabeza con las piedras del suelo. La ballesta se
dispara. La flecha vuela bien lejos. Pero entonces oigo a Ragne gritar y alzo la
mirada.
Retrocede con una pata sobre el ojo. Tiene unos arañazos de un rojo
intenso en la mejilla. Luego desaparece… No, se ha convertido en un cuervo,
que se tambalea y agita las alas al caer, reduce la velocidad… Vuelve a ser un
gato y sacude la cabeza.
Tiene que transformarse para curarse. Pero eso le quita casi todas las
energías.
Ragne se dirige hacia Gisele. Se le eriza el pelaje de miedo cuando
Adalbrecht la persigue; a él le tiemblan los costados de una risa hambrienta.
¿Qué podría detenerle?
Oigo un bum lejano. Y luego otro, más cercano. Y otro. Y otro. Hasta
Adalbrecht se detiene a ver qué se acerca.
Y entonces aparece ella.
Salta sobre el Yssar con la lanza en alto. Un trueno resuena en el
Göttermarkt cuando aterriza en la plaza. Se oyen más cuando viene corriendo,
con el semblante frío y furioso; cada paso que da deja una hendidura del
tamaño de un buey en la calle.
No sé si en esa estatua hay un dios menor o el fantasma de Kunigunde von
Reigenbach, pero de una cosa estoy segura: ha venido a enfrentarse a
Adalbrecht.
Irmgard parpadea, mareada, al ver la estatua de bronce cargando hacia la
plaza. Le quito la ballesta y la lanzo a los restos ardientes de un brasero
volcado que hay cerca.
Ella me mira sonriendo.
Y alza el otro puño, lleno con las cartas de su padre, y las arroja también
al fuego.

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CAPÍTULO 39

La luna

—¡ No!
Me abalanzo a por las cartas, pero desaparecen con un fogonazo.
Eran… las únicas pruebas que nos quedaban.
Emeric no puede invocar al tribunal ahora. No tiene ningún caso.
Quizá Kunigunde sea la única en condiciones de detener a Adalbrecht. Y,
aunque no lo sea, lo cierto es que me viene muy, muy bien ver cómo le
estampa la lanza de bronce en la cabeza.
Adalbrecht profiere un grito-rugido gutural y yo busco a Gisele y a Ragne.
Veo dos ojos rojos relucientes en un montón de pelo acurrucado en los brazos
de Gisele. Al menos Ragne ha recuperado el ojo, pero entre curarse y
mantener la forma de un león tan grande como un templo, estoy segura de que
no podrá volver a pelear. Ni siquiera la luna llena puede darle energía infinita.
La luna llena.
Ay, schit.
Alzo la mirada. El sol se hunde por detrás del castillo Reigenbach y la luz
dorada cubre el Göttermarkt y se refleja en los cristales rotos, en los
campanarios silenciados y en el destrozo de las casas nupciales.
En cuestión de minutos, la luna se elevará.
El suelo se levanta y se sacude; Kunigunde cae. Adalbrecht la muerde,
pero solo consigue atrapar bronce indoblegable. Se oye un crac horrible.
Sacude la cabeza, la voz ronca por el grito que acaba de proferir, y reparte
trozos de colmillo por la plaza. Luego se abalanza sobre Kunigunde y la tira
sobre las brasas derramadas. Adalbrecht se agarra una pata contra el pecho,
pero baja la otra sobre la espinilla de la estatua. El metal se dobla y se
retuerce.
Y entonces descubro que no debería haber pensado que Irmgard estaba
fuera de combate, porque me clava una rodilla en la tripa. Me tambaleo,
gritando.

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Pero, qué sorpresa, Irmgard también grita y aparta la pierna. La sangre le
mancha la falda dorada.
Miro hacia abajo. Unas espinas de rubíes me rasgan el vestido de la
cárcel. Eso es lo que ha golpeado.
Irmgard se aleja rodando y luego se pone de pie para huir cojeando al
templo más cercano. Mira a Kunigunde y a Adalbrecht por encima del
hombro mientras corre.
No ve que Gisele deja a Ragne en el suelo, se pone de pie y recoge la
enorme y pesada corona nupcial de los Reigenbach.
La lanza. Y no falla.
Esta vez, Irmgard se queda en el suelo.
Es lo mejor, porque, cuando intento levantarme, descubro que se me ha
dormido un pie. Me salen rubíes y perlas de entre las medias destrozadas.
Casi se me ha acabado el tiempo.
Como me advirtió Eiswald, me he convertido en mi codicia.
Emeric se arrodilla delante de mí, la cara tensa de dolor y el brazo
izquierdo colgando inerte.
—Vanja. Tengo que hacerlo. Soy el único que puede detenerlo.
Tiene la moneda de prefecto y solo él sabe cómo invocar al tribunal.
Agacho la cabeza.
—Lo sé.
Lo sé y, aun así… Aun así… Aun así…
Kunigunde casi no puede mantener a raya a Adalbrecht. Se oye un clanc
cacofónico cuando él le quita la lanza de las manos, que sale volando por la
plaza para aterrizar en el patíbulo.
Emeric me acuna la cara con la mano buena. Me obligo a mirarlo a los
ojos. Es lo menos que puedo hacer por él.
En este momento solo puedo pensar en que es una buena persona, que está
dispuesto a morir para salvar a un sinfín de desconocidos y yo… yo voy a
morir por mi propio egoísmo.
La historia acaba con él. Y yo no estoy lista para eso.
La luna llena empieza a aparecer por encima de su hombro.
Mueve los labios, como si no supiera qué decir. Los detengo con los
dedos, mientras aún me pertenecen. A juzgar por el entumecimiento que se
extiende desde las rodillas, la maldición no me permitirá conservar las manos
mucho más tiempo.
—Dímelo después —digo en voz baja. Y lo beso por última vez. Nos
quedamos así durante un momento muy breve, un momento robado mientras

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el monstruo causa estragos detrás de nosotros, mientras la maldición me
devora desde dentro.
Emeric mete la mano en el bolsillo para buscar la moneda de prefecto.
Cierra los ojos al sacarla, con los nudillos blancos y temblorosos.
—En el nombre de Emeric Conrad —susurra—, iniciado de Hubert
Klemens de la oficina principal de Helligbrücke en la orden de los prefectos
de los tribunales celestiales, convoco al tribunal de los dioses menores.
Se oye un silencio largo y brutal mientras espera a que caiga el hacha.
No ocurre nada.
En este momento, agradezco tres cosas.
Emeric abre los ojos sin comprender nada.
Cuando extiende los dedos, doy gracias de que las mías empiecen a
solidificarse con rubíes.
Doy gracias de que no haya visto mis labios moverse para pronunciar su
nombre, no ha captado las palabras que estoy pronunciando con dificultad
mientras los pulmones se calcifican en perla.
Y doy gracias de que este puñetero y hermoso chico haya dejado su
moneda de prefecto en el mismo bolsillo de siempre.
En su palma hay un penique rojo.
—… de los tribunales celestiales —jadeo—, convoco…
—Vanja, NO… —Me agarra el brazo y se corta con los rubíes.
Es demasiado tarde. Con mi último aliento, pronuncio las palabras con las
que concluye el hechizo.
—… al tribunal de los dioses menores.

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CAPÍTULO 40

Vanja, Sí

Tiempo es el primer dios menor en llegar. O, al menos, el primero que noto.


Pero es difícil no fijarse en Tiempo.
El mundo se queda en silencio de un modo que no se siente fuera del reino
de los dioses menores. Me recuerda a la época que viví con Muerte y Fortuna
en su casa; es una tranquilidad que nada puede alterar, ni siquiera tú misma.
Podría gritar y reír y desgañitarme todo lo que quisiera y nadie me diría que
me callara.
Tiempo entra en la plaza ataviado con un traje vaporoso y reluciente y
examina la escena.
—Ajá —dice—. Menudo desastre, ¿no?
Muerte llega la segunda.
—Vanja, ¿qué has hecho? —pregunta. Su rostro se ha congelado con mis
rasgos.
Es en este momento cuando me doy cuenta de repente de que estoy
plantada sobre… bueno, sobre mí misma. Al parecer tengo los dos pies
encima de una masa de rubíes y perlas. Es mi cuerpo, o lo que queda de él.
No puedo evitar reírme. Me ha matado, justo como dijo Emeric. Ahora sí
que soy de verdad el Fantasma del Penique. Al menos, mi yo fantasmal no
lleva consigo la maldición.
Esto deja de ser divertido cuando veo el rostro petrificado de Emeric,
lleno de desolación y miedo.
Fortuna hace su entrada en el mismo estado emocional que Muerte.
—¿Te has vuelto loca? ¡Podrías habernos llamado para pedir ayuda!
— ¿Ah, sí? —pregunto con brusquedad.
No tenemos tiempo para enzarzarnos en una pelea antes de que llegue el
resto del tribunal. He oído que suele estar compuesto, por lo menos, por
Tiempo, Justicia y Verdad; a veces aparecen algunas deidades locales que
buscan entretenimiento.

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Yssar y Eiswald han llegado, pero muchos, muchísimos dioses más llenan
la plaza, desde la Rueca y el Lamento de los Vientos, hasta Orfebre, Hambre
y Badalisc, e incluso dioses más insignificantes de las montañas y costas
lejanas.
Es como si esperasen la llamada.
Se oye un crac, como unas mandíbulas al cerrarse. Ha llegado Justicia.
Es tan alta como la forma retorcida de Adalbrecht y va vestida con una
túnica de pergaminos desenrollados. El texto sobre ellos cambia de forma
constante, leyes inconmensurables escritas y borradas para adaptarse al
mundo. Un par de faroles arden donde debería tener los ojos… o donde
deberían estar, si su rostro fuera algo más que un cráneo vacío. Sobre ella
flota Verdad, que hoy ha adoptado la forma de una rueda con ojos (como
suele ser habitual).
—El tribunal de los dioses menores ha sido convocado —declara Justicia,
golpeando el suelo con su bastón—. Verdad. ¿Cómo quieres que nos
dirijamos a ti durante este juicio?
Verdad gira durante un momento y luego dice:
—Con «elle» por ahora.
—Entendido. Empezaremos con los discursos preliminares. Si Verdad oye
algo que sea notoriamente falso, puede interrumpir. ¿Lo ha entendido,
prefecto…? —Justicia baja la mirada y, aunque su cráneo no puede fruncir el
ceño, consigue transmitir a la perfección el mismo sentimiento—. ¿Qué es
esto? ¿Quién eres tú?
—Vanja, su señoría. Yo he invocado al tribunal.
—No eres prefecta. No tienes derecho.
Ay, esto ya va mal. Señalo el caos paralizado y la destrucción del
Göttermarkt.
—Era una ¿emergencia?
—Este tribunal fue convocado en nombre de Emeric Conrad —estalla
Justicia—. ¿Cómo conseguiste su moneda? ¿Cómo sabías las palabras?
Me humedezco los labios.
—Déjeme empezar señalando que el margrave de Bóern es ahora mismo
mitad hombre y mitad mahr y que el cabrón asesino…
—Robó la moneda —susurra Verdad y, de algún modo, el susurro alcanza
todos los rincones de la plaza—. Lo engañó para poder decir las palabras.
—Nunca me has caído bien —digo en voz baja.
—Eso es, en gran medida, cierto.

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—Aun así, no deberías haber sido capaz de convocar al tribunal sin una
conexión con los dioses —trona Justicia.
—Es nuestra ahijada —dice Muerte a mi lado—. De Fortuna y mía.
Justicia las mira durante un rato largo, con las llamas de los faroles
parpadeando.
—Bueno eso lo explica todo —dice escuetamente. Creo que no se refiere
tan solo a la conexión. Se acerca a mí—. A la invocación la has pagado con tu
vida, pero, si fracasas, ¿entiendes que no te la devolveremos?
—Sí —digo, encogiéndome de hombros—. Iba a morir de todas formas.
—Nos has invocado en nombre de Emeric Conrad. ¿Deseas que te ayude
en el caso?
—Ay, no te haces ni idea —espeto.
Justicia vuelve a dar golpes con el bastón.
—Muy bien. Tiempo, libera al prefecto júnior.
Emeric cae hacia delante. Intento agarrarlo… y mi mano le atraviesa el
hombro. Me mira primero a mí y luego a la asamblea de dioses menores.
Luego su mirada regresa a mi rostro y, sacudiendo la cabeza, pregunta:
— ¿Por qué?
—Me quedaban unos segundos —digo en voz baja—. Tú tienes años. —
Aún parece destrozado, así que añado—: Además, ¿sabes cuánto vale esa
moneda? Diría que por lo menos cinco caballos.
—Incorrecto —suspira Verdad y le fulmino con la mirada.
—¿Es necesario?
—Que alguien le cure el brazo al chico —interrumpe Fortuna—. Está
sangrando una barbaridad. Así no será de mucha ayuda.
El hombro de Emeric sufre una sacudida y se oye un estrépito cuando la
flecha cae. Emeric suspira y no puedo evitar compartir su alivio cuando se
pone en pie.
—Empecemos. —Justicia golpea el suelo con el bastón una vez más—.
Prefecto, puedes ayudar a la chica a exponer el caso. Antes de empezar, decid
quiénes sois ante el tribunal reunido.
Emeric se endereza las gafas.
—Soy el prefecto júnior Emeric Conrad, nacido en Rabenheim el 9 de
septiembre en el año 742 de la Sacra Era, enviado de parte de la oficina
principal de Helligbrücke.
Los dioses menores me miran y cambio el peso de una pierna a otra.
—Vanja. Me llamo Vanja. No sé dónde nací ni cuál es el apellido de mi
familia. Creo que tengo dieciséis años.

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Muerte tose.
—Diecisiete. A día de hoy.
Ella siempre lo sabe. Y eso me tranquiliza.
—Soy la hija de Muerte y de Fortuna, de Sovabin y Minkja. He sido
huérfana, criada, ladrona y princesa.
—¿Y qué eres ahora? —pregunta Justicia.
—Vanja —responde—. Es lo mejor que tengo.
Verdad parpadea de nuevo.
—Eso es cierto.
Justicia dibuja un círculo con el bastón sobre las piedras de la plaza.
—Vanja, ¿a quién acusas?
—Al markgraf Adalbrecht von Reigenbach de Bóern.
Justicia da unos golpecitos a la piedra. El monstruo que estaba peleando
con Kunigunde se esfuma y, en su lugar, Adalbrecht aparece en el círculo,
convertido en humano de nuevo, ensangrentado, desaliñado y agarrándose el
brazo roto. Le falta la herradura de hierro, pero le ha dejado una marca
ardiente sobre el corazón y aún rezuma una luz azul.
Gira la cabeza para observar a los dioses menores y luego a Emeric y a
mí. Va a atacarme… y se estampa contra un fogonazo de luz al intentar pasar
por encima del círculo.
Un murmullo recorre la asamblea de dioses.
—Mmm —gruñe Justicia—. Vanja, ¿de qué acusas a este hombre?
No había pensado nada aparte de «mitad hombre y mitad mahr, un cabrón
de cabo a rabo», porque me parecía que lo resumía bastante bien. Miro a
Emeric.
—Solo lo que podemos demostrar —dice en voz baja—. Con testimonios
y pruebas físicas, creo que podemos probar que se vinculó a los nachtmaren
con intención de causar daño. —Aprieta los labios—. Con eso se ganaría una
maldición y seguramente lo desterrarían de la marca.
Miro a Adalbrecht. Alza la cabeza bien alto y su semblante deja entrever
la sombra de una sonrisa.
Sabe que es su palabra contra la mía. Que no basta con lo que podamos
demostrar.
La marca de la herradura le hierve en el pecho. Algo en eso tira de un hilo
suelto en mi cabeza.
Todos sabemos que Adalbrecht adora su imagen del Lobo Dorado. Y los
nachtmaren adoptan cualquier forma, así que… ¿por qué usó el cráneo de un

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caballo? ¿Por qué vi la cabeza de un caballo con las Lágrimas de Augur? ¿Por
qué insiste tanto con los caballos?
Respiro hondo.
—Lo acuso de vincularse a los nachtmaren con la intención de causar
daño. —La sonrisa de Adalbrecht se acentúa, así que añado—: Y de intento
de asesinato, incitación al asesinato, conspiración para cometer… ¿cómo se
dice? ¿Impericidio?
Emeric me mira fijamente.
—Vanja, no.
—Vanja, sí. Regicidio, ¡eso es! —Chasqueo los dedos—. Conspiración
para cometer regicidio. Eso lo ha hecho. Y conspiración para, eh, ¿invadir?
Planeaba disolver los Estados Imperiales Libres, o como queráis llamarlo.
Estoy bastante segura de que eso también es ilegal.
—Correcto —susurra Verdad.
—Puede que al final me caigas bien, Verdad.
Juraría que Verdad me guiña un ojo, pero hay tantos que lo cierto es que
no lo sé.
Adalbrecht ya no sonríe.
Emeric intenta agarrarme por el hombro y lo atraviesa.
—¿Qué estás haciendo? —sisea, frenético—. ¡Tienes que demostrar todo
eso o no te resucitarán!
—Tengo que intentarlo o dentro de unos años hará algo peor. —Agito una
mano—. A veces tienes que tirar spätzle a la pared para ver si se pega, júnior.
—Pero qué dices, así solo consigues estropear un buen spätzle…
Justicia se aclara la garganta.
—Es hora del alegato inicial, Vanja.
—Vale. —Me giro hacia Emeric—. ¿Qué es eso?
Emeric dedica un momento a recomponerse, pellizcándose el puente de la
nariz, y estoy bastante segura de que está cuestionando muchas de las
decisiones vitales que lo han llevado hasta esta situación.
—Pues… explica por qué creemos que Von Reigenbach hizo todo eso y
cómo. Cuenta la historia. Y recuerda que después puedes llamar a testigos
para que corroboren tus afirmaciones. Pero eso es lo único que tienes.
—Lo sé. Puedo ser convincente.
Tiene pinta de querer besarme. Y también de que desea estrangularme.
Estamos hechos el uno para la otra.
Pero entonces traga y dice:
—Confío en ti. Así que al menos a mí ya me has convencido.

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Maldita sea, ahora soy yo quien quiere besarle. Eso me motiva más a
ganar el caso.
Cuenta la historia. Eso sé hacerlo. Y, cuando miro el semblante rígido y
furioso de Adalbrecht, recuerdo por qué quiero hacerlo.
Así que doy un paso adelante y les narro un cuento a los dioses menores.

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CAPÍTULO 41

El precio

Les hablo a los dioses menores sobre los lobos en Sovabin.


Les hablo de margraves muertos y de margraves hambrientos, les hablo de
prefectos y grimlingen, de cartas y de vacíos legales, de venenos y cráneos.
Les hablo de ladronas. Les hablo de fuegos. Les hablo de campanas.
Y, cuando acabo, llamo a mis testigos.
Llamo a Ragne. A Joniza. A Barthl. Todos llegan sorprendidos e
inseguros, pero cuentan lo que han visto y oído y Verdad confirma en voz
baja sus historias.
A Adalbrecht le dan la posibilidad de responder después de cada
testimonio. Disimula y da excusas, enreda las palabras con tanta maestría que
Verdad zumba y murmura: «Cree que es… verdad». Adalbrecht afirma que
deseaba tener una prometida joven como muchos hombres. Que deseaba
proteger Bóern con los nachtmaren. Que no dio la orden de matar a Klemens
la noche del baile, y que los Wolfhunden tenían miedo de enfrentarse al
escrutinio del prefecto.
Cada vez que habla, los dioses menores intercambian murmullos.
Dejo que murmuren. Sé cómo acaba esta historia.
Llamo a Irmgard y la veo retorcerse cada vez que Verdad dice: «Es
mentira», una y otra vez hasta que Justicia la despacha del tribunal.
Adalbrecht no se molesta ni en responder.
Llamo a Emeric y me sostiene la mirada cuando le pido que exponga su
relato.
Al fin, llamo a Gisele. Le pido que me apoye y diga que mi historia es
cierta.
Y, esta vez, lo hace.
Sus palabras contienen el frío del invierno, la misma gelidez de Sovabin
que hay en mí, las cicatrices de un hielo viejo que rompe la piedra tras años
arrastrándose por el valle. Conocemos las heridas que nos dejamos la una en

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la otra y hemos dado cuenta de ellas. Hemos cruzado las espinas. Conocemos
el camino para salir de la montaña.
Cuando Gisele acaba de hablar, Justicia le pregunta a Adalbrecht:
—¿Cómo respondes a eso?
Se pone en pie en el círculo y no oculta su confianza.
—Todo lo que hice fue porque creía que era lo mejor para todo el mundo.
Verdad gira y rueda, retorciéndose una y otra vez, hasta que dice:
—Cree que es… verdad, en general.
Justicia tamborilea los dedos en el bastón. Veo que no está contenta y sé
por qué.
Hemos expuesto los daños. Hemos explicado por qué Adalbrecht tenía
motivos para hacerlo. Hemos demostrado cómo se beneficiaba de todo ello.
Pero, sin las cartas o el cráneo, no tenemos nada que muestre de forma
irrefutable que es el responsable. Aunque tenía motivos para arrebatar poder,
para aprovechar vacíos legales y para ordenar asesinatos, no podemos
demostrar que esas fueran sus intenciones.
Pero yo sé que puedo.
Así que, cuando Justicia se gira hacia mí y pregunta: «¿Quieres llamar a
alguien más?», sonrío.
—Sí. —Me vuelvo hacia Gisele y pregunto—: ¿Cómo se llamaba tu
caballo?
Sacude un poco la cabeza, casi con incredulidad.
—¿Qué?
—El caballo de Sovabin. Nunca me acuerdo.
Emeric se queda muy quieto. Veo ese fuego encenderse en su mirada. No
cabe duda de que me va a besar cuando acabe todo esto.
—Falada —dice Gisele—. Pero…
—Llamo a Falada —le comunico a Justicia.
—¿Al caballo? —pregunta, tan perpleja como Gisele. Asiento y alza las
manos como diciendo: Claro, por qué no, traigamos al caballo. Luego golpea
el bastón contra el suelo.
Unos trozos de hueso llegan vibrando desde el otro lado de la plaza.
El semblante de Adalbrecht bastaría para resucitarme de inmediato.
Verás, he aquí otra cosa interesante sobre Adalbrecht von Reigenbach. Se
gasta dinero en su boda, sus ejércitos, sus planes, aunque sea sacándolo de los
bolsillos de otra gente. Y para todo lo demás, es un tacaño.
Antes de que pudiera vincularse a todos los nachtmaren con el tatuaje de
Klemens, se vinculó a unos cuantos para aterrorizarnos. Y lo hizo con el

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cráneo de la pared, cuyo fantasma se reflejaba en todos los mahr que creaba.
Reconozco a un ladrón cuando lo veo, sea grande o pequeño. Y sé que, si
iba a sacrificar a un caballo para el hechizo, no usaría a uno de los suyos.
El cráneo roto se recompone delante de nosotros; Gisele se tapa la boca
con las manos, con lágrimas en los ojos. Unos haces de luz plateada se unen
para crear un hocico largo y una cruz elegante, hasta que el fantasma del
caballo se alza en medio del tribunal, sacudiendo la cabeza.
—Falada —digo en un tono coloquial—, te usaron para vincular los
nachtmaren a Adalbrecht von Reigenbach, ¿verdad?
—Voy a buscar a un traductor. —Justicia se gira para hacer un gesto a la
asamblea reunida detrás de ella. Algo profiere un grito que suena como todos
los idiomas del mundo a la vez. Justicia ladea la cabeza—. Así es mejor.
Un lamento triste y sobrecogedor sale de Falada. Cuando habla, es como
un llanto.
—A las pesadillas quiso unirse con brutalidad, y por eso el margrave
hizo mi muerte realidad.
Pues claro que el caballo muerto habla rimando. Pero lo toleraré, porque
debe responder a otra pregunta mucho más importante:
—A través de vuestro vínculo, ¿conocías sus intenciones? ¿Sus
elecciones?
—Crueldad y perfidia lo vi decretar, corrosión y tiranía lo vi anhelar.
(Aquí es donde tengo que admitir que me impresiona su capacidad de
pensar rimas sobre la marcha. No está nada mal para, bueno, un caballo).
—Falada, ¿te usó para intentar matarnos?
—Hueso a hueso me lanzaba a sus esbirros. Mahr tras mahr atacaban a
sus enemigos.
—¿Esbirros? ¿Enemigos? Esa rima no ha estado muy fina. —Paso por
alto la mirada furibunda del caballo—. ¿Por qué quería casarse con Gisele?
—Para robar el imperio y enviarnos al cementerio.
—¿Verdad? —pregunto.
Elle no duda en responder:
—No detecto ninguna mentira.
—Muy bien. Eso es todo.
Falada apoya la cabeza en el hombro de Gisele durante un momento;
luego sopla una suave brisa y desaparece.
Me llevo las manos a la cadera y miro a Justicia.
—Me parece que el caballo fantasma lo ha resumido bastante bien.

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Los faroles de Justicia parpadean. Baja el bastón contra el suelo de la
plaza una vez más y produce un ruido como de campanas.
—Dioses menores, ¿habéis oído suficiente?
Los dioses rugen a modo de respuesta.
—¿Alguien quiere hablar a favor de Adalbrecht von Reigenbach?
Un silencio opaco llena el ambiente.
—¿Quién entre nosotros dice que es inocente de estos cargos?
Podría oír la caída de una horquilla.
Creo que es en este momento cuando Adalbrecht se da cuenta de que está
solo. Lo pienso porque percibo en él ese temor, ese tumulto de impotencia.
Vi eso mismo con las Lágrimas de Augur. Lo vi en el fantasma de la chica
que fui. Lo vi cada vez que quería pedir ayuda y sabía que vendría con un
precio que no podía pagar.
Pero elegí un camino diferente.
—¿Quién entre nosotros dice que es culpable?
Otro rugido ensordecedor. Justicia asiente.
—Entonces está decidido. Eiswald, este es tu territorio. Emite la sentencia
que creas adecuada. —Uno a uno, los dioses empiezan a desaparecer. Justicia
me señala con el bastón, pero está mirando (o eso creo) a Emeric—. Vanja,
según nuestro acuerdo, te resucitaremos. Tú, prefecto júnior. Voy a decir en
Helligbrücke que te deben un ascenso. Y quizá quieras plantearte reclutarla.
—Lo ha intentado —digo—. A mí me va más el trabajo autónomo.
¿Sabías que una calavera con faroles por ojos aún puede ponerlos en
blanco? Yo, no.
Todos los dioses menores desaparecen excepto tres: Muerte, Fortuna y
Eiswald. Fortuna, creo, quiere hablar conmigo. Sospecho el motivo, pero
intentaré ignorarla un poco más. Eiswald está aquí por el margrave. Y
Muerte…
Aunque el tiempo está detenido, Muerte luce ahora el rostro de
Adalbrecht.
Creo que disfruta al sonreírle. Adalbrecht, no, claro, atrapado como está
en el círculo brillante de Justicia.
Eiswald se gira en mi dirección y, de repente, está delante de mí,
mirándome. El orbe oscuro que colgaba entre sus cuernos como ramas ahora
es un disco plateado reluciente: la luna llena. Claro.
—Has roto mi regalo, pequeña Vanja.
—¿Ah, sí?

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Me giro hacia donde estaba el montón retorcido de mi cuerpo. Se ha
disuelto en una pila de rubíes y perlas.
—Te preocupaste por algo más que por ti misma, y con todo tu corazón.
Has enmendado tu codicia.
Una mano roza la mía, cálida y tan familiar que sentirla resulta
desgarrador. Viva.
Emeric tampoco parece que se lo pueda creer y me agarra la cara como si
fuera una reliquia sagrada.
—Lo has hecho —dice, maravillado—. Tú… eres un espanto tan bello,
pero lo has hecho…
Y entonces me besa, como yo había predicho, y descubro que es un beso
mucho más dulce porque ocurre después del que creí que sería el último.
Eiswald hace un ruido de fastidio absoluto.
—En señal de respeto por lo que has hecho, te daré otro regalo.
—PASO —farfullo con énfasis contra la boca de Emeric y lo acompaño
con un gesto obsceno—. Estoy ocupada.
Sin embargo, Emeric se aparta con cara de consternación. Los dos
sabemos que los regalos de los dioses no suelen traer nada bueno.
Pero esta vez Eiswald no tiene ases en las mangas de piel de oso.
—Creo que a este lo disfrutarás. Puedes decidir qué debemos hacer con el
markgraf Adalbrecht von Reigenbach.
Hay muy pocas cosas tan deliciosas como la mirada de un hombre que se
ha pasado la vida adorado, creído, pisoteando a todo el mundo, sin responder
ante nadie… cuando ve ante quién debe saldar cuentas ahora.
Miro a Eiswald, luego los rubíes y las perlas. Y sonrío.
—Creo —le digo, apoyando la mejilla en el pecho de Emeric— que
debería aprender el precio de ser deseado.
Ragne profiere una carcajada feroz, ahora que ha recuperado su forma
humana; tiene mejor aspecto en el segundo mejor traje de Adalbrecht que el
propio margrave en los restos del primero. Para alguien que parece alérgica a
sentarse como es debido en las sillas, ha averiguado cuál es la forma más
conveniente de acomodarse sobre la espalda de Irmgard para evitar que se
escape.
Los ojos rojos de Eiswald relucen de alegría y se gira hacia Adalbrecht.
—No —protesta él—, no lo entiendes, mi padre…
—Mataste a tu padre y no te quedaste satisfecho. —Eiswald atraviesa con
la mano el círculo brillante y le agarra la cabeza con una mano de nudillos
rojos—. Así que te convertirás en tu codicia.

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Lo tira en medio de la plaza. Adalbrecht aterriza a cuatro patas,
convulsionándose; la estatua de Kunigunde se levanta y se arrodilla ante
Eiswald. Tiempo vuelve a ponerse en marcha.
Un matiz de oro aparece en las manos de Adalbrecht.
Kunigunde se levanta; ya no tiene abolladuras en el bronce. Pero tampoco
es Kunigunde. Tiene el rostro de Gisele, mis dos trenzas, sus propios ojos.
Luce un vestido de boda rasgado, una corona antigua y un par de grilletes
rotos. Cruza la plaza a grandes zancadas para recoger la lanza.
Cuando vuelve junto a Adalbrecht, este está tumbado de costado,
resollando mientras las extremidades se le hinchan y se doblan. Le sale oro
fundido por la piel cambiante.
Y luego ambos se quedan inmóviles: la estatua de un enorme lobo dorado
acobardado bocarriba y la chica de bronce sosteniendo la lanza sobre su
garganta y de un tamaño mucho mayor.
—Poético —dice Emeric. Me agarro a su chaqueta, ojiplática.
—¿Tú sabes cuánto cuesta esa estatua?
—¿Cinco caballos?
—¡Muchísimos caballos!
—No se puede fundir ni destruir —dice Eiswald con sequedad—. Debe
servir como advertencia, no como inspiración.
—Vale, pero ahora le toca a Irmgard —digo. Eiswald sacude la cabeza.
—Creo que es mejor que la justicia se encargue de ella. Voy a volver a
mis árboles, a arreglar el daño que les hizo. Ojalá nos volvamos a encontrar
en un camino más amable.
Entorno los ojos mientras hago unos cálculos un tanto desagradables.
Eiswald empieza a desaparecer; los campos de batalla de Adalbrecht ya
habían alcanzado sus dominios.
—Espera. Un momento. ¿Tú…? Eiswald. ¿Me echaste la maldición para
que detuviera a Adalbrecht?
El cráneo de oso aparece en el cielo nocturno, pero juraría que se está
riendo.
—Te dije que sería lo que tú quisieras.
Emeric tiembla. Tardo en darme cuenta de que también se está riendo.
—No es gracioso —me quejo.
—Te ha engañado. A ti —dice sin nada de vergüenza—. Para que
derrocaras a un tirano. Es muy gracioso.
La voz de Fortuna nos interrumpe.
—Vanja, querida. Tenemos que hablar.

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Muerte y ella siguen aquí. Y algo en la forma en que Fortuna mueve las
manos envía un escalofrío por mi espalda.
—Has invocado al tribunal. Y eso significa que nos has llamado para que
te ayudásemos.
Me quedo tan inmóvil como las estatuas de la plaza. Tenía la esperanza, la
simple esperanza, de que no se dieran cuenta.
La mano de Emeric me aprieta un poco más la espalda.
—Eso no… no…
El rostro de Muerte vuelve a ser cambiante debajo de la capucha. Sus
palabras suenan tensas y extrañas.
—Como sus madres, le dimos a elegir y hemos aguardado —dice,
arrastrando las sílabas— durante cuatro años a que decidiera. Somos dioses
menores y no podemos faltar a nuestra palabra.
—Un momento. Vanja… espera. Hoy estamos a trece. —La mirada de
Emeric pasa de mí a Muerte y a Fortuna y luego vuelve—. Es tu cumpleaños.
Tienes diecisiete años. Te perteneces a ti misma.
Me lo quedo mirando.
Hoy cumplo diecisiete años.
—Tengo diecisiete años —repito sin comprender. Y entonces, con fervor
—: Tengo diecisiete años.
—Basta —me interrumpe Muerte. Casi puedo oír el alivio en su voz—.
Tiene diecisiete años. No podemos reclamar ninguna autoridad sobre ella
como nuestra hija.
Y entonces lo entiendo.
Muerte siempre lo sabe.
Fortuna parece casi tímida; agita el halo de monedas y carbón.
—Aunque, claro, los dioses no se equivocan, Vanja. Ya lo ha dicho
Muerte, queríamos… solo queríamos protegerte.
—Los dioses no se equivocan —dice Muerte—; pero las madres, sí.
Fortuna apoya una mano en mi mejilla.
—Como diosas, ya no podemos hacer temblar el mundo para mantenerte a
salvo. Pero, si nos necesitas, acudiremos a ti como tus madres. Y siempre nos
verás trabajar. —Luego guiña un ojo—. Puede que mueva algún hilo aquí o
allá para ti. Porque eres, al fin y al cabo, nuestra hija.
Ya no tengo que huir.
Ya no tengo que marcharme de Almandy.
Puedo ir adonde quiera. Por una vez en mi vida… me puedo quedar.

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—Y tú, chaval —ruge Muerte mientras las dos empiezan a desvanecerse
—. Estás cortejando a la hija de Muerte y de Fortuna y queremos que sea
feliz. Estamos a una oración de distancia. No oses olvidarte de ello.
Y desaparecen en la noche.
—Así que de ahí viene tu humor —dice Emeric en voz baja cuando ya no
queda ni rastro de las diosas.
Me echo a reír y él me imita y no podemos parar y nos abrazamos por lo
que más queremos y nos besamos en medio de las carcajadas y damos vueltas
en la pila de rubíes como dos borrachos bailando bajo la luna llena.
Estoy loca de alegría, más feliz que nunca, tiemblo de júbilo y alivio y
emoción.
Tengo diecisiete años, soy hija, no soy sirvienta de nadie, solo de mí
misma.
Me quieren.
Y soy libre.

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CAPÍTULO 42

La reina de rosas

Extiendo siete cartas sobre la mesita y aguardo.


Los otros seis rostros en la mesa conocen el procedimiento. Contienen la
respiración cuando Ragne pasa la mano sobre el despliegue y luego toca un
naipe. No lo levanta aún, pensativa. Y entonces dice:
—¿Alguna vez habéis probado la cera de vuestros oídos?
Le da la vuelta a la carta: la sota de griales. Barthl se derrumba en la silla.
—Esto no es digno de mí.
—Es Winterfast —canturrea la markgräfin Gisele—, ¡tienes que jugar!
Ragne está sentada en el suelo de la cómoda biblioteca, pero se acerca
más a Gisele para apoyar la cabeza en su rodilla con una sonrisa amplia en la
cara. Ahora es la embajadora oficial de Eiswald, lo que le da todo el tiempo
del mundo para estar con la nueva margravina de Bóern.
(¿También puede ser la esposa de Gisele? No estamos seguros y nadie lo
ha preguntado. Las dos parecen demasiado felices como para que les
importe).
Barthl se tapa la cara con las manos. Para mi sorpresa y deleite, ha
resultado ser un flojo; solo ha tomado dos copas de glohwein y ya arrastra las
palabras.
—Nunca he probado —dice despacio— la cera de mis propios oídos.
—Qué específico —dice Emeric a mi lado, escondido detrás de su taza.
Hago una mueca y me dirige una sonrisa; se le forman unas arruguitas en los
ojos.
Barajo las cartas y las dispongo de nuevo.
—Barthl, tu turno.
Barthl apoya una mano en una carta.
—El hábito favorito… de tu pareja.
Da la vuelta a la reina de escudos. Se produce un silencio incómodo
mientras Umayya se arregla el chal. Se ha mudado al castillo, con el resto de

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los residentes del Gänslinghaus; Trudl, Gisele y ella están trabajando para
convertir los niveles inferiores en una escuela para muchos, muchos niños
como los del orfanato. Nunca he preguntado, pero pensaba que Umayya no
tenía tiempo para parejas.
Me equivoqué.
—Acaricia a cada gato y a cada perro que vemos —admite.
La habitación estalla con gritos de asombro. Diría que no soy la única que
había hecho suposiciones; Joniza abre tanto la mandíbula que parece que se le
va a caer.
Solo estamos nosotros siete en el ala del río. Ocho, si contamos a Poldi, a
quien encontramos ardiendo resentido en el estudio de Adalbrecht después de
la boda. Está descansando en la chimenea con una copa de hidromiel. No
puede tocar cartas sin que ardan.
En teoría, como esta es la primera noche del Winterfast, cualquiera
esperaría una fiesta más opulenta por parte de la nueva margravina. Sin
embargo, la nueva margravina hace las cosas a su manera.
La explicación oficial es que el juicio la cambió, igual que cambió a
Kunigunde y a Adalbrecht. Ha aceptado la idea, porque le da una excusa para
perseguir a los lobos de este castillo y ayudar a la orden de los prefectos a
limpiar las calles de Wolfhunden.
Y esta noche, Gisele ha preferido adornar la habitación con guirnaldas
elegantes para que huela a abeto fresco, calentar una olla de glohwein y jugar
a las cartas.
Umayya elige la siguiente.
—¿A quién venderías, de esta habitación, por diez mil gilden?
Es la reina de griales.
—A todo el mundo —responde Joniza sin dudar. También se ha mudado
al castillo. El escenario es mejor que el del castillo Falbirg—. ¿Por diez mil
gilden? Lo haría. Y luego contrataría a Vanja para que os recuperara.
—Debería subir mis tarifas.
Ragne bosteza. Ha pasado una semana desde que el Göttermarkt adquirió
las nuevas estatuas y nos acercamos a la luna nueva. Le gusta ser humana con
Gisele siempre que puede, pero creo que el día le ha pasado factura.
—La última pregunta de la noche. —Extiendo las cartas.
Joniza me ha observado con cuidado. Y es una de las dos personas en esta
mesa que sabe qué buscar cuando estoy barajando. En efecto: le da la vuelta a
la reina de rosas.
—¿Dónde vas a ir después de esto?

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Guardo las cartas en la baraja.
—A la posada.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Aún no estoy segura —admito—. Te lo diré en cuanto lo sepa.
Emeric me estudia de nuevo, pero no comparte sus pensamientos.
Nos marchamos del castillo Reigenbach juntos. Los guardias de la caseta
están muy desconcertados por cómo han salido las cosas; uno me llama Vanja
y el otro Marthe, y les oigo debatir mientras Emeric y yo bajamos la colina
agarrados del brazo.
Cuando me trasladé del ala del río la semana pasada, él regresó a la
oficina de prefectos. Mentiría si dijera que no me conmovió un poco.
También mentiría si dijera que no me aseguré de que la posada que elegí
estuviera cerca de la oficina.
No podía quedarme en el castillo Reigenbach. Limpiaron el ala del
margrave y descubrieron alijos escondidos con muchas pruebas, las cuales
confirmaron que se merecía que lo convirtieran en una estatua cutre. Cartas,
planos, colecciones de cráneos de animales… y eso solo en el estudio.
No podía quedarme aquí. No después de que Gisele le devolviera a su
madre las perlas y pidiera a sus padres que se marcharan.
Demasiadas sombras, demasiados recuerdos, demasiados fantasmas.
Ahora es mi propia casa ceremonial; encerraré aquí mis males y los
abandonaré.
Eso es tanto literal como figurado. Irmgard está en uno de los calabozos.
Pensé en ir a verla para burlarme de ella, y luego me di cuenta de que Irmgard
tendría que vivir sabiendo que yo estaba por ahí, libre como un pájaro,
mientras ella permanecía encerrada en una celda fría y oscura.
(Fui y me burlé de ella igualmente. No me arrepiento. Eiswald me engañó
para que derrocara a Adalbrecht, no me engañó para que me convirtiera en
una santa).
Y luego tomé los mil gilden y los llevé al ayuntamiento. Cuando me
marché, ningún ciudadano de Minkja debía a la marca ni un solo penique
rojo.
O sea, es de sentido común. Salí del Göttermarkt con mi peso (mi peso de
verdad, calculado) en rubíes y perlas. Puede que ya tenga la vida solucionada.
O, por lo menos, solucionada hasta que decida qué hacer a continuación (veo
un futuro lleno de caballos). Otros mil gilden solo habrían servido para rizar
el rizo.

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Además, todo el mundo sabe que colgaron al Pfennigeist el día de la
desastrosa boda. Vanja, sin embargo, tiene la oportunidad de empezar con
buen pie.
Emeric y yo llegamos al pie de la colina y atravesamos el Puente Alto. A
medida que nos acercamos al Göttermarkt, los compases de una banda de
villancicos llenan el ambiente.
La noche aún es joven, la media luna menguante cuelga baja en el cielo.
Emeric me mira. Tiene truco, pero aún no lo he averiguado. Solo sé que, cada
vez que me mira, me siento cálida y aturdida, como si hubiera bebido tanto
glohwein como para superar a Ezbeta von Eisendorf.
—¿Quieres bailar, fräulein Vanja? —pregunta.
—Me encantaría, meister Conrad.
Han limpiado los escombros que quedaban de la boda y los puestos de
sakretwaren no perdieron el tiempo en trasladarse de nuevo al Göttermarkt,
incluso cuando los clérigos de los templos seguían barriendo cristales rotos y
arreglando las ventanas vacías para protegerse del invierno. Esta noche la
plaza está viva, con faroles coloridos y hogueras y música; varias parejas
giran en la nieve.
Nos unimos a ellas y bailamos hasta quedarnos sin aliento; bebemos
glohwein en un descanso y luego volvemos a la acción. Bailamos canciones
rápidas y lentas, alegres y dulces, hasta que la banda baja los instrumentos y,
uno a uno, los faroles se van apagando.
Nos sentamos juntos en un banco. Apoyo la cabeza en su hombro y él la
barbilla en mi coronilla. Creo que esta podría ser la mejor noche de mi vida y
por eso me estoy preparando para cuando llegue a su fin.
Emeric saca algo del abrigo y me lo entrega, nervioso de repente.
—Yo, eh… Te he hecho esto. Por tu cumpleaños. Siento dártelo tan tarde.
—Creo que teníamos otras cosas más preocupantes —digo, quitándole el
envoltorio—. ¿A qué te refieres con que lo has…?
No acabo la frase. Es un cuaderno pequeño forrado en cuero, como el
suyo. La cubierta tiene un sello intrincado de rosas y está pintada de un rojo
intenso.
—Lo tuve que deducir —se apresura a decir—. Pensé que sería tu flor
favorita. Y el color. Si me he equivocado, puedo…
Acerco la cara a la suya y procedo a transmitirle que, como siempre, ha
acertado.
Cuando nos separamos, extiendo los dedos sobre la lana de su abrigo,
sobre el bolsillo del pecho, para recordar cada fibra, cada respiración.

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—¿Cuál es la mala noticia? —pregunto.
—Zimmer y Brenz —dice con un suspiro.
Son los dos prefectos ordenados que llegaron la semana pasada para
ayudar a Emeric. No sé qué les ofendió más: que este caso fuera tan vasto y
complicado como para requerir una cantidad sin precedentes de papeleo o que
se lo endilgaran a ellos porque un prefecto júnior advenedizo lo resolvió antes
de que llegaran.
—Ya han hecho la mitad de los informes. Deberían acabar la semana que
viene, a finales del Winterfast. Después de eso, tenemos órdenes de volver a
Helligbrücke.
—De todas formas, debes completar la segunda iniciación.
—Sí, pero… —Se ríe—. Podría haber esperado. Quería tener más de una
semana.
—Puedo robar los informes para que tengan que reescribirlos —propongo
—. Es casi seguro que vuelva a delinquir cuando se me acaben los rubíes.
—Me gustaría que no dijeras esas cosas cuando será mi obligación
profesional detenerte si lo haces. —Emeric tuerce la boca de una forma que
me indica que esta la dejará pasar. Luego me acaricia la mejilla con los
nudillos—. Podrías venir conmigo. Si me ordenan pronto… podemos
empezar a buscar juntos a tu familia biológica.
Se ha acordado. Y no es algún día ni después: es un pronto. Y juntos. Me
dan ganas de echarme a llorar.
Quizá no haya sido el mejor momento para encadenarle al banco.
Emeric baja los ojos y se encuentra con una esposa de hierro alrededor de
la muñeca.
—Vanja.
—No deberías llevar grilletes encima si no quieres que los use —le
informo antes de besarle de nuevo. Una cosa sí sé: esto es lo que quiero.
Quiero que me persiga. Quiero que forme parte de mi historia.
Por el calor de su boca sobre la mía, creo que él también quiere que yo
forme parte de la suya.
Me levanto del banco y camino hacia atrás para poder sonreírle. Me doy
unos golpecitos en el pecho, en el sitio donde está su bolsillo.
—¿Ahí has dejado la llave? —farfulla, buscando con la mano libre. Pero,
en vez de una llave, saca un naipe: la reina de rosas.
Me observa con una mirada interrogativa.
—Quiero que me atrapes.
Es extraño y emocionante decirlo en voz alta.

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Me adentro en la noche. Sé que cumplirá con su palabra y me seguirá.

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EL SÉPTIMO CUENTO

LA LADRONA PEQUEÑA

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Érase una vez una chica fría como el invierno, codiciosa como un rey, sola
como una huérfana. Era una mentirosa, una ladrona y una malvada doncella
que robó a la familia que la acogió y tiró a su señora a los lobos. Hizo lo
necesario para sobrevivir y no pensaba martirizarse por nadie.
Era una ladrona pequeña y todo el mundo dijo que había muerto en el
patíbulo.
Un día, contó su propia historia y todo cambió.
Seguiré contándola, este séptimo cuento, mientras quiera.
(El siete da buena suerte, ¿lo sabías?).
Soy la hija de Muerte y de Fortuna; he bajado de la montaña con mis
hermanas. Hemos atravesado las espinas. Hemos expulsado al lobo. Hemos
contado nuestras historias, y marcado nuestros propios destinos. Si caigo,
caeré sin miedo.
Y por eso te digo: mi nombre es Vanja.
Y esta es la historia de cómo me dejé atrapar.

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Glosario

Títulos nobles y organismos gubernamentales

komte/komtessin: conde/condesa. Nobles que dirigen pequeños territorios dentro de margraviatos


y principados y sirven como vasallos de las familias gobernantes de mayor rango.

Kronwähler: un cuerpo de votantes bastante inconsistente que puede elegir a un emperador. Está
compuesto por siete prinzeps-wahl y puede contener hasta veintisiete cardenales y delegados
para representar diversos intereses imperiales y facciones.

markgraf/markgräfin: margrave/margravina. Un rango noble para gobernantes de las marcas


fronterizas del imperio que dirigen los ejércitos más importantes dentro de sus dominios. A
cambio de dicha potencia militar, estas familias nobles ceden su derecho a que cualquier
miembro pueda ser elegido como sacro emperador.

prinz-wahl/prinzessin-wahl/prinzeps-wahl: príncipe/princesa/príncipes electores. Nobles


descendientes de uno de los siete linajes reales que gobiernan los principados del imperio.
Las casas reales varían en poder e influencia, pero, aparte de un cuerpo de seguridad
pequeño, no pueden mantener a un ejército propio. Un miembro designado de la familia es
elegible como sacro emperador… si hay una vacante.

sacro emperador: gobernante del Sacro Imperio de Almandy. El Kronwähler lo elige entre los
siete linajes reales.

Todas las cosas perversas y celestiales

dioses menores: manifestaciones de las creencias humanas con diversos poderes. A diferencia de
los dioses supremos, innombrables e incognoscibles, los dioses menores tienen nombres y
funciones específicos, pero estos cambian según la región, ya que se basan en las leyendas
locales.

grimling/grimlingen: criaturas sobrenaturales malignas de rango inferior.

kobold: espíritus de la chimenea que protegen el hogar… siempre y cuando se les muestre el
debido respeto.

loreley/loreleyn: preciosas mujeres acuáticas con una cola como un pez que atraen a los
pescadores para matarlos.

nachtmahr/nachtmaren: son grimlingen que controlan y se alimentan de pesadillas; en ocasiones


roban a la persona que sueña y la montan durante toda la noche.

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sakretwaren: productos sagrados que se venden fuera de los templos, como incienso, amuletos de
la suerte, reliquias provisionales, ofrendas ya preparadas, artículos para rituales, etcétera.

Wildejogt: la cacería salvaje, dirigida por varios dioses menores en plena noche. Los jinetes
pueden ser otros espíritus, dioses locales, voluntarios humanos o aquellos que hayan
molestado al líder.

Moneda

gelt/gilden: moneda de oro que equivale a diez peniques blancos, cincuenta sjilling o quinientos
peniques rojos.

rohtpfenni: penique rojo hecho de cobre. La moneda de menos valor en el imperio.

sjilling: chelín hecho de bronce. Equivale a diez peniques rojos.

weysserpfenni: penique blanco hecho de plata. Equivale a cinco sjilling.

Otros términos y expresiones

damfnudeln: pastelitos dulces hechos al vapor.

glohwein: vino rojo especiado y endulzado. En invierno se sirve caliente.

mietling/mietlingen: asalariado; también es el término educado para referirse a las trabajadoras


sexuales.

Pfennigeist: el Fantasma del Penique, y no es asunto tuyo.

schit: mierda, joder. Una palabra muy apreciada por los narradores astutos.

sjoppen: jarra, pinta.

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Agradecimientos

Este libro está dedicado, sobre todo, a aquellas personas que contaron sus
historias. Ya fuera fácil o doloroso, a escala nacional o en una hoja en blanco,
dejase cicatriz o un cráter humeante. Gracias por decir esas palabras; sabed
que habéis cambiado algo, aunque ese cambio no se pueda medir.
Llevamos ya tres libros en esta montaña rusa, y el hecho de que no esté
vagando por una marisma vestida con un saco de arpillera es todo un logro
que le debo a mi increíble equipo. Tiff, gracias por ver la estatua en el bloque
de mármol, por aguantar mis quejas interminables y, sobre todo, por dejar que
me saliera con la mía con la intimidación mediante salchichas. ¿Cómo sería
este libro sin tu magia?
V., gracias por ayudarme incluso cuando aún lo llamábamos La pastora
de ocas sin título y gracias por mantener el pugilismo en marcha incluso con
un bebé sobre la cadera y una pandemia de fondo. Todas las catástrofes salen
huyendo y gritando al verte (aunque… estamos en 2021, no tentemos a la
suerte).
Gracias al Voltron de marketing y publicidad tan maravilloso compuesto
por Morgan, Jollegra, Teresa, Molly, Allison, Caitlin y Melissa en Mac Kids,
que también han aguantado mis quejas interminables y, con la gracia y la
paciencia de los santos, no han montado un GoFundMe para lanzarme dentro
del sol. A eso lo llamo yo «competencia social», gente. Por suerte, cuando
este libro se publique, podré invitaros sin peligro a esa copa que tanto os
debo. También debo libaciones y puede que alguna ofrenda a Mike Corley y a
Angela Jun, por hacer el libro más bonito del mundo. ¡Es que miradlo! ¡Es
una maravilla!
La comunidad de escritores sigue siendo uno de los mejores recursos para
gente que quiere hablar de lo bueno y lo malo de sus aventuras en el mundo
editorial (o, siendo sincera, que quiere procrastinar antes de la fecha de
entrega). A los primeros lectores y reseñadores, Petty DM Buddies, la PW
Class de 2015 y Lake Denizens in Protagonist Jackets: habéis sido lo mejor de
mi viaje. Si os doy las gracias uno a uno nos pasaremos una hora aquí y nadie

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ha traído aperitivos. Sabéis que sois ese amigo insólito cambiaformas de esta
gremlin.
A mis amigos y familia: en los últimos agradecimientos fui tan arrogante
que bromeé sobre sobrevivir a un incendio y luego toda la Costa Oeste se
pasó un mes ardiendo, así que… Gracias, como siempre, por aguantar mis
quejas sobre el mundo editorial, que supongo que son como si Leslie Knope
preparase una presentación sobre Pepe Silvia. ¡Crucemos los dedos para que
este año sea menos Antiguo Testamento para todo el mundo! (A menos que
sea para emborrachar a tiranos bajo la mesa para luego decapitarlos; en cuyo
caso, llamadme).
Mis gatos contribuyeron un poco a este libro, al menos en cuestiones de
investigación, así que les toca un único agradecimiento. No daré más detalles.
Y, por último, a todas las chicas terribles: es mentira. Os merecéis el
mundo.

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MARGARET OWEN nació y creció en el extremo del Camino de Oregón y
ahora vive y escribe en Seattle, rehén de sus dos monstruosos gatos. En su
tiempo libre, disfruta viajar a destinos poco recomendables y recaudar fondos,
a través de sus ilustraciones, para asociaciones sin fines de lucro que buscan
la justicia social. La misericordia del cuervo es su novela debut.
Vive en Seattle, Washington, Estados Unidos.

Página 424
Página 425

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