GUIDO MINA DI SOSPIRO
La metafísica
del ping-pong
Un viaje filosófico, a través del tenis de mesa, para descubrirse a
uno mismo.
Traducción de Begoña Prat Rojo
Barcelona, 2016
Título original: The Metaphysics of Ping-Pong
© 2013, Guido Mina di Sospiro
© 2016, de la traducción: Begoña Prat Rojo
© 2016, de esta edición: por Antonio Vallardi Editore S.u.r.l., Milán
Todos los derechos reservados
Primera edición: septiembre de 2016
Primera edición en formato digital: septiembre de 2016
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a través de internet– y la distribución de ejemplares de este libro mediante alquiler o
préstamos públicos.
A mi mujer, Stenie,
con reverente gratitud por permitirme vivir con ella en
el monte Parnaso.
Sumario
Preludio
1. Auténticos comienzos: choque y asombro
2. La revolución del sándwich
3. Iniciación, tácticas de guerra y huracanes chinos
4. La humildad de los gigantes y la lengua franca del tenis de mesa
5. Errores de traducción y profecías
6. Encontrar tu camino. La importancia del maestro
7. ¿Quién gana la carrera: el purasangre o la mula?
8. Intermezzo giocoso. Bichos raros y el toque femenino
9. Dos razas de jugadores y hombres: metafísicos y empiristas
10. El lado oscuro. Las obras secretas de nuestra propia sombra
11. Iniciación superior y la Teoría del Caos 101
12. Homo ludens
13. Peregrinación a Tierra Santa
14. ¿Se puede burlar a las estrellas?
Postludio
Agradecimientos
Preludio
DE NIÑO, IBA A UN CAMPAMENTO DE VERANO EN las Dolomitas, una
cadena montañosa de los Alpes, en el noreste de Italia. Allí, chicos y
chicas jugábamos, íbamos de excursión, de pícnic, coqueteábamos
y disfrutábamos de la naturaleza y del vigorizante aire de la
montaña, que nos despertaba un voraz apetito. Cuando llovía, nos
metíamos en una enorme sala de juegos de la primera planta, con
grandes ventanas que daban a las montañas. Allí había una única
mesa de ping-pong, el acceso a la cual se decidía por la norma
draconiana de «el que gana se queda».
Había un chico un poco mayor que el resto de nosotros –catorce
o quince años– y que sin duda era el que mejor jugaba. No
importaba cuánto nos esforzáramos los demás: él se pasaba los
días de lluvia enteros jugando en aquella mesa, invicto. Empuñaba
una Butterfly, una pala japonesa de gran calidad, con las «míticas»
gomas invertidas Sriver. A diferencia de la mayoría de las palas que
había en esa sala de juegos, la goma de la Sriver tenía los
característicos picos hacia dentro, de modo que se golpeaba la
pelota con el lado liso de la goma. Nosotros, en cambio, jugábamos
con cualquier cosa que tuviéramos a mano. Eran los años setenta,
los artículos «Made in Japan» invadían el mundo y sin duda
ocupaban de una manera casi militar esa mesa de ping-pong en lo
alto de las Dolomitas en manos de aquel habilidoso jugador. Resulta
curioso que a pesar de no recordar su nombre, sí recuerde con gran
claridad el material que usaba. No cabe duda de que la Butterfly
Sriver es una goma mítica de verdad. Gracias a muchas
actualizaciones y nuevas reencarnaciones, sigue siendo utilizada al
más alto nivel. Introducida en 1967, esta goma tuvo unos comienzos
muy buenos y enseguida se convirtió en una de las armas elegidas
por los jugadores expertos. Hoy en día, más de veinte campeones
del mundo y setenta campeones de Europa han ganado sus títulos
con una Sriver.
Pregunté al jugador que empuñaba la raqueta japonesa dónde la
había comprado y recuerdo vívidamente que me contestó que había
comprado la pala (término que en aquella época sonaba
amenazador, ya que en inglés significa «filo», aunque se refiere sólo
a la parte de la raqueta a la que van pegadas las gomas) en un sitio,
las gomas en otro, y que luego las había pegado a la base y las
había recortado del tamaño exacto. A mí me sonó a ciencia ficción.
–¿Has hecho todo eso? –le pregunté, incrédulo. Él me miró con
desdén–. ¿Para qué? –insistí yo–. ¿Por qué hacer doble trabajo?
¿Por qué no la compraste ya hecha?
–¿Quieres decir «preensamblada»? –preguntó en tono aún más
desdeñoso.
«¿Se llama así?», me dije para mis adentros, y contesté:
–Sí, claro, pre-en-sam-bla-da.
Él frunció el ceño al tiempo que replicaba:
–Nosotros no perdemos el tiempo con esas raquetas… –Y se
alejó, claramente molesto tanto por mi impertinencia como por mi
ignorancia.
La Butterfly Sriver no podía mejorar mi juego por sí sola, pero era
una maravilla. Nunca logré tener una, pero sí conseguí comprarme
otra Butterfly de menos nivel. Y con ella empecé a experimentar.
Al alcanzar la adolescencia, dejé de ir al campamento en las
montañas y en su lugar iba al mar. Recuerdo que allí había una
mesa de ping-pong, a la sombra de una gran magnolia. Con ayuda
de la nueva pala, no sólo aprendí a golpear la pelota para que
superara la red, sino también a hacer que surcara el aire al tiempo
que rotaba sobre sí misma. El efecto al tocar la superficie de la
mesa me parecía increíble. Aprendí algunos efectos básicos, que
ensayaba con un conejillo de Indias más o menos dispuesto: mi
hermana. Ella esperaba que la bola botara normalmente en su parte
de la mesa y, en lugar de eso, salía disparada hacia un lado, la
izquierda o la derecha, y ella no podía alcanzarla. Más adelante
aprendí a hacer que la pelota botara más alto de lo que cabía
esperar, o hacia atrás, de modo que al devolverla mi hermana la
estampaba indefectiblemente contra la red, cosa que le resultaba
muy frustrante. Tanto ella como otros principiantes creían que era
cosa de magia y a mí me encantaba que me consideraran un mago.
Así que mi primera aproximación al ping-pong no estuvo
marcada por la velocidad. No es que la velocidad no desempeñe un
papel en el ping-pong –¡y menudo papel!–, pero por entonces me
parecía que para eso ya estaba el tenis, con sus jugadores robustos
que corrían por una gran pista resoplando bajo el sol. No, lo que
despertó mi interés, y sigue haciéndolo, fueron los efectos. Aun sin
saberlo, yo estaba en el buen camino, puesto que hoy en día la
opinión general es que el ping-pong es, en primer lugar y ante todo,
un juego relacionado con el efecto.
Mis amigos nunca parecieron tomarse en serio el ping-pong.
Parecían preferir cualquier otra actividad: perseguir chicas, ir a dar
vueltas con la moto, a la playa… A mí me habría gustado jugar más
y mejorar, pero resultaba difícil encontrar compañeros entregados
de verdad. El ping-pong era un pasatiempo veraniego, para jugar a
algo al aire libre. Durante el resto del año, no veíamos una pala.
El tenis de mesa permaneció latente en mi interior y, de vez en
cuando, lo revivía. A los dieciocho años pasé un mes de verano en
un collège suizo en los Alpes berneses. Entre los demás chicos
había algunos entusiastas del ping-pong. Encontramos una mesa al
aire libre, hecha de cemento, para jugar todo el año. Entre la
durísima superficie, el aire enrarecido y la bola un poco más
pequeña que se utilizaba entonces, nuestros intercambios eran
ridículamente rápidos. Si añadimos las ocasionales ráfagas de aire
que hacían que la pelota cambiara de dirección de manera
impredecible, el efecto resultaba estimulante y también surrealista.
Hay que imaginar la situación: una mesa rodeada por picos
montañosos cubiertos de reluciente nieve bajo un sol de justicia,
mientras las vacas Holstein mugían y pastaban por los alrededores,
en las lomas más escarpadas. Jugábamos todo el día y bebíamos,
en esa época anterior al Gatorade, Coca-Cola mezclada con agua
helada que bajaba directamente de los glaciares. Entonces, en una
decisión que me cambió la vida, me trasladé de Milán a Los Ángeles
para acudir a la Universidad de Southern California.
Durante años no me acerqué a una pala, no por elección, sino
porque estaba demasiado ocupado con muchas otras cosas.
Además, había conocido al amor de mi vida, una chica de la
universidad rival –UCLA– con la que poco después me casé.
Al cabo de unos años nos convertimos en padres y nos
trasladamos a Miami. Al final acabé por comprarme una mesa de
ping-pong, que no coloqué en el sótano –en el sur de Florida no hay
sótanos–, sino bajo el techo del garaje abierto. Enseguida me
propuse enseñarles el juego a nuestros tres hijos. Aprendieron
rápido y no tardaron en jugar bastante bien, pero al cabo de unos
meses su interés declinó. Obligarlos a jugar habría sido un error y yo
no encontraba oponentes que me motivaran. Y puesto que
aborrecía ver que nadie utilizaba la mesa, acabé vendiéndola a
regañadientes.
Sin embargo, teníamos una en nuestra casa de Italia, como es
habitual al aire libre. Durante un verano de hace unos años, nuestro
amigo Rupert Sheldrake, el controvertido filósofo de la ciencia, su
mujer Jill y sus dos hijos, Merlin y Cosmos, vinieron a pasar unos
días con nosotros. Les di unas palas a los chicos y les enseñé
algunos golpes. El karma fue instantáneo: se engancharon al juego.
De vuelta en Londres, convencieron a su padre para que les
comprara una mesa y él también se convirtió en jugador. Cada vez
que iba a visitarlos nos embarcábamos inevitablemente en una
ronda de partidos de ping-pong. Yo jugaba durante horas con sus
dos hijos y también con Rupert. Era divertido y, sorprendentemente,
también resultaba estimulante a nivel intelectual. Había algo inusual
en la esencia del juego, algo que se nos escapaba. Al final, tras
algunas conversaciones especulativas al respecto, nos dimos
cuenta de qué era lo que nos intrigaba: el hecho de que el ping-pong
sea estrictamente no euclidiano. He conservado una nota que me
escribió Rupert al respecto: «La geometría euclidiana es la
geometría de las superficies planas y el espacio tridimensional,
mientras que la geometría no euclidiana es la geometría de las
superficies curvas, de aquí que sea un término tan adecuado para
este tipo de ping-pong».
Lo que yo interpreté como la confirmación oficial de mi habilidad
como jugador llegó hace seis años, en un crucero en el que se
organizó un torneo de ping-pong. Con la leve esperanza de que eso
ocurriera, yo había llevado mi (todavía preensamblada y rara vez
utilizada) pala. Acababa de descubrir que en un crucero hay tres
nuevos factores que aún complican más el juego: el balanceo del
barco, el viento en cubierta y… los margaritas. Pero el torneo se
celebró mientras la embarcación seguía amarrada en un lugar
resguardado del viento, y mientras el barco estuviera en puerto no
se servía alcohol a bordo. El torneo se desarrolló sin
complicaciones: ningún rival opuso resistencia y acabé ganando.
Así pues, a pesar de que ya no tenía mesa propia y de que casi
nunca jugaba, el ping-pong parecía cruzarse una y otra vez en mi
camino. Cuando lo hizo de manera definitiva, me vino de perlas
porque mientras tanto yo había estado cultivando el arte del
pensamiento no convencional. Durante mis años universitarios,
primero en Pavía y luego en Los Ángeles, en la USC, iba entre clase
y clase a una de las bibliotecas del campus y leía –con avidez–
entradas elegidas al azar de la Encyclopædia Britannica. Me
interesaba todo, pero en último término nada me satisfacía.
Decepcionado por el canon que enseñaban en la escuela y que
reproducían los medios y el sistema, cuando obtuve mi licenciatura
ya lo había dejado atrás y había ido más allá. Durante años había
explorado un tipo distinto de conocimiento. El sufismo, por ejemplo,
nos muestra cómo escapar de las «cárceles del pensamiento
lineal», y el taoísmo y el zen hacen lo mismo de maneras distintas.
Para ilustrar un ejemplo de huida de las «cárceles del
pensamiento lineal» no echaré mano de un antiquísimo texto
esotérico, sino de un anuncio televisivo de Instant Kiwi, una lotería
de rasca y gana neozelandesa. En ocasiones, esta clase de
pensamiento se esconde en los lugares más insospechados.
Unos estudiantes están realizando un examen. Un profesor más
bien pretencioso los observa mientras se oye el tictac del reloj. «Se
acabó el tiempo, gracias –dice el profesor al final–. Dejad los
bolígrafos sobre la mesa y traed vuestro examen al escritorio.»
Todos los estudiantes lo hacen menos uno, que se dedica a perder
el tiempo rascando un boleto de lotería pero podría estar terminando
el examen. Dicho alumno se acerca al escritorio a entregar el
examen cuando ya ha pasado la hora establecida. «Lo siento;
demasiado tarde», le dice el profesor.
El estudiante se queda estupefacto.
«Os he advertido varias veces sobre la hora –insiste el
profesor–. Te has pasado del tiempo. Lo siento.»
«Disculpe –dice el estudiante como si tal cosa–, ¿sabe usted
quién soy yo?»
«No tengo ni la menor idea», responde el profesor con tono
despectivo.
«Bien», dice el alumno, e introduce su examen en medio de la
pila.
Esto nos coge por sorpresa. Pero es algo más que sorprendente:
desafía nuestras concepciones mentales. Uno tiene la sensación de
que se ha violado la lógica y, con ella, las leyes del pensamiento
lineal. Ser totalmente desconocido resulta muy deseable. De hecho,
gracias a su anonimato, el estudiante consigue entregar su examen.
Es más, el profesor lleva a cabo una suposición errónea al contestar
al alumno. En realidad es él, el profesor, quien se ve sometido a un
examen y es él quien lo suspende.
A lo largo de los siglos, el taoísmo, el zen y el sufismo han
generado un amplio repertorio de historias cortas y aparentemente
mundanas cuyo objetivo es violar la lógica y desafiar nuestras
suposiciones. Los tradicionalistas del siglo XX han hecho en gran
medida lo mismo, dándoles la vuelta a las ideas recibidas. El ping-
pong, tal y como demostraré, tiene tantas cualidades
desconcertantes y gratamente ilógicas que, siempre que tenía
ocasión de jugar un partido esporádico, de algún modo el juego
acababa resonando en mi interior de una forma nueva y cada vez
más audible. Como resultado, me maravillaba aún más lo mágico
que resultaba golpear con efecto esa pequeña bola y hacerla volar,
botar sobre la mesa y alejarla de la pala del oponente con trucos
misteriosos.
1
Auténticos comienzos:
choque y asombro
MI OBSESIÓN EN TODA REGLA CON EL PING-PONG empezó cuatro años
atrás con un viaje semiépico por carretera. «Semi» porque mi idea
original era coger el coche en verano e ir desde Washington, DC,
adonde nos habíamos mudado, hasta California y luego volver, con
dos hijos adolescentes a cuestas. Pero entonces mi mujer decidió
que cogiéramos un avión hasta Albuquerque, en Nuevo México,
para alquilar un coche allí y recorrer con él todo el suroeste, hasta
llegar al sur de California, y luego dirigirnos al norte, hacia San
Francisco, donde devolveríamos el coche y cogeríamos un avión de
vuelta.
Los chicos se pasaron el viaje pegados a sus smartphones
escribiendo mensajes con desenfreno, o dormitando mientras
atravesábamos increíbles parajes naturales, para acabar
despertándose en Las Vegas y mantenerse bien espabilados en Los
Ángeles, Santa Bárbara y todo el camino hacia el norte por la
escarpada autopista de la costa del Pacífico, a la expectativa de
llegar a San Francisco.
En Big Sur encontramos por casualidad la biblioteca Henry Miller
Memorial, que enseguida despertó en mí viejos recuerdos. No había
olvidado lo mucho que el escritor me había entretenido con su «libro
prohibido» Trópico de Cáncer, ni lo mucho que me había
enganchado con El coloso de Marusi ni lo mucho que me había
sorprendido, posteriormente, con ciertos pasajes de Big Sur y las
naranjas de El Bosco. Y ahora estábamos justo allí, en Big Sur.
Debería haberme dado por satisfecho con las imponentes
secuoyas, los objetos personales del escritor y el hospitalario y
pintoresco personal de la biblioteca. Mi mujer lo hizo. Pero a mí me
fue imposible no reparar en que, a la sombra de los majestuosos
árboles, había una mesa de ping-pong.
–Sí –me confirmó una joven bibliotecaria cuando le pregunté al
respecto–, Henry Miller jugaba bien. En 1963, por ejemplo, cuando
conoció a Bob Dylan, bueno… No se cayeron muy bien.
–¿No?
–No. A Henry le pareció que Dylan era arrogante y a Dylan, que
Henry era condescendiente. Pero ¿sabe qué? Ambos jugaban al
ping-pong. El tenis de mesa siempre ha atraído a la gente
inteligente, ¿sabe?
Yo no lo sabía, pero resultaba halagador para el deporte y
agradable de oír.
–Por ejemplo –continuó–, cuando el compositor Arnold
Schoenberg se trasladó de Austria a Hollywood para huir de los
nazis, jugaba a ping-pong con su vecino, George Gershwin. De
hecho, Schoenberg se paseaba por ahí con una funda de violín,
pero dentro no había ningún violín sino una pala de ping-pong.
«Qué cosas», pensé. No cabía duda de que aquella charla sobre
ping-pong me había despertado las ganas de jugar.
–¿Sería posible jugar un poco? –le pregunté al tiempo que
señalaba la mesa en la distancia.
–Claro. Tome, coja estas palas y aquí está la pelota.
–Gracias –le dije mirando una pelota más hecha polvo de lo
habitual y dos palas de madera antiguas y con la goma medio
despegada.
–Disculpe –dije–, pero ¿no serán por casualidad las palas con
las que jugaba el mismo Henry Miller?
–Oh, no, es imposible que sean tan viejas.
Sin duda tenían aspecto de serlo, pero no importaba. Lo más
natural parecía que jugara contra Pietro, nuestro hijo, que entonces
tenía dieciocho años. Él aceptó el desafío con una sonrisita de
suficiencia en el rostro. «Ya veremos qué cara pones dentro de un
minuto», pensé yo.
Mientras nos acercábamos a la mesa, me fijé mejor en las palas
de madera. Eran las clásicas raquetas en las que el pico sobresale
poco y que no tienen esponja entre la goma y la madera de la pala.
Puesto que son propias de una época remota de la historia de este
deporte, nunca había jugado con palas como aquéllas. ¿Acaso no
había dicho alguien: «Nunca juegues a menos que tengas tu propia
raqueta»? Tal vez, pero ¿a qué venía tanta cautela? Batiría a Pietro
con facilidad y además le daría una lección.
El partido empezó y no tardó en ponerse cuesta arriba para mí.
Pese a mis intentos de servir con efecto, todo era en vano. Lo
mismo pasaba con mis pelotas cortadas, que Pietro no tenía
problemas en devolver. Las bolas supuestamente con topspin no
tenían mucho efecto. Él, por su parte, no se esforzaba por hacer
movimientos elaborados; se limitaba a martillar la pobre bola cada
vez que tenía ocasión. Ganó con facilidad el primer juego.
En el segundo, me llevaba una amplia ventaja a pesar de todos
mis esfuerzos cuando, con uno de sus mates, agrietó la pelota. El
mensaje me quedó claro y, en lugar de pedirle otra a la bibliotecaria,
me limité a devolver las palas.
–¿Por qué no le has pedido otra bola? –preguntó Pietro–. Yo
habría seguido jugando.
–No, ya hemos jugado bastante.
–Vale, pero eso quiere decir que te has retirado, así que gano yo.
–Sí, sí, has ganado tú.
No cabía duda: las secuoyas y él habían reído los últimos,
porque era él quien me había ganado a mí y me había dado una
lección. Con su ping-pong pragmático y plano había acabado
fácilmente con todos mis intentos de imprimir efecto a la pelota. La
bola naranja se me había escabullido una y otra vez, como si el
propio Henry Miller me hubiera estado lanzando las naranjas de El
Bosco, el controvertido y visionario pintor de la escuela flamenca
temprana, pero no lo bastante cerca de mí como para que mi pala
destrozada pudiera contactar con ellas. Sin embargo, la pala de
Pietro estaba igual de destrozada así que no cabían excusas.
Humillado por la derrota, no contemplé la posibilidad del harakiri
pero sí que me pregunté cómo demonios podía haber perdido.
Resultaba inconcebible dada mi experiencia, pero lo cierto es que
me había dado una paliza sin paliativos. En fin, era hora de volver al
coche y seguir nuestro camino, así que lo dejé ahí… o eso creía.
Un mes después, en una revisión rutinaria, el médico me
diagnosticó presión alta. No era algo extraño en un hombre de mi
edad, pero aun así tenía que cuidarme. Me prescribió ejercicio
físico.
¿Ejercicio físico? Nunca me había gustado lo más mínimo,
aunque sí me gustaba caminar.
–Caminar es suficiente –dijo el doctor–. Tres kilómetros al día si
puede, y a buen ritmo.
Caminar en una cinta mecánica era la manera más eficaz y
precisa de seguir las recomendaciones del médico, pero también
resultó ser deshumanizador: cuantos más kilómetros andaba sin
llegar a ningún lado, más me sentía como una mula que tirara
interminablemente de un arado. Sin embargo, tenía que hacer
ejercicio. ¿Cómo?
Aparte de esquiar, el único deporte con el que había disfrutado
en mi juventud era el ping-pong. Se trata de dos extremos opuestos
de una escala: el primero es uno de los deportes más caros
mientras que el segundo es uno de los más baratos. El esquí es un
deporte de temporada y, por mucho que sea temporada, difícilmente
puede practicarse cada día. Jugar a ping-pong es mucho más
sencillo, se puede hacer todo el año y yo todavía no había
metabolizado la derrota a manos de mi hijo en California. No
obstante, ya sabía que comprar una mesa e instalarla en casa no
era un plan viable. Mi hijo Nico sugirió que consultara aquel oráculo
popular –Google– para encontrar el lugar más cercano donde jugar
a ping-pong. Eso hice, y así obtuve la dirección de un centro cívico
cercano. Le pedí a Nico que me acompañara; ambos nos dirigimos
al local… y nos encontramos dentro de un circo.
Los personajes se arremolinaban alrededor de tres mesas:
media docena de hombres chinos de veintitantos, treinta y tantos y
cuarenta y tantos años, todos con un acento muy marcado. Un iraní
taciturno –¿o mudo?– de sesenta y pico años, robusto y
completamente calvo, con una raqueta que se remontaba a los años
cuarenta, muy parecida a las que había visto en casa de Henry
Miller (al menos por una cara, como descubrí más adelante; la otra
era completamente diferente, pero en ese momento no tenía
manera de saberlo). Había también un jugador ruso vestido con
camiseta y bermudas, como un adolescente, y con una espesa mata
de pelo canoso. Unos cuantos estadounidenses, entre ellos dos
estudiantes universitarios, uno aquejado de diversos tics. Y por
encima de todos, un cubano de setenta y muchos años, flaco como
un palillo, que jugaba como si estuviera pegado a la mesa para
obtener el máximo resultado con el mínimo esfuerzo. Con el tiempo
descubriría que era un hombre culto, tesorero de la Academia
Norteamericana de la Lengua Española, miembro de la Real
Academia Española y de la Academia de Historia de Cuba, y nieto
de la poetisa Emilia Bernal Agüero, la gran dama de la literatura
cubana. Huesudo, anguloso y con aspecto siniestro, en aquel
momento me recordó a un personaje al que había conocido en un
cómic italiano de mi infancia, Zagor: Hellingen, la quintaesencia del
científico loco, con la misma cabeza ahuevada y calva, un penacho
de pelo blanco y una mirada fiera.
Uno de los jugadores chinos, un hombrecillo rollizo que no
dejaba de hablar mientras esperábamos a que la sala se vaciara
después de una clase de yoga, jugaba cogiendo la pala con la típica
presa asiática (como si fuera un lápiz), y sólo utilizaba una cara de
su raqueta. Cuando los chinos jugaban entre ellos hablaban
mandarín, gritaban y daban saltos como grillos alborotados… y
colocados de speed. Aunque la idea de un grillo colocado de speed
ya es bastante desconcertante en sí misma, las cosas que hacían
con la bola pertenecían, tal como yo lo veía, al reino de la magia. Al
jugar contra ellos, yo era incapaz de «leer» sus golpes, porque
nunca había jugado con nadie que usara la presa asiática. Sí podía
prever con más o menos acierto los golpes de un oponente que
utilizara la presa europea, es decir, creía poder saber por
adelantado qué clase de efecto daría a la bola, para saber también
cómo contrarrestarlo. Pero lo que pasaba con estos jugadores
chinos era que en realidad no eran deportistas: me recordaban más
a unos acróbatas cómicos. Se reían, gritaban, brincaban y jugaban
de primera a ping-pong.
Y ¿qué decir del iraní mudo? Fundamentalmente, jugaba a la
defensiva. ¿Sería él la víctima elegida por los funambulistas chinos?
Al contrario: por razones que entonces no entendí, se mantenía
firme y los otros eran incapaces de batirle.
Al jugar con el cubano, Emilio, éste retorcía la cara en muecas
de dolor insoportable, como si cada vez que sacaba desencadenase
la ira de Dios. Las expresiones faciales por sí solas bastaban para
hacer que me preguntara si debía huir para salvar la vida. Pero
entonces él me obligaba a corretear de un lado a otro de la mesa
como el limpiaparabrisas de un coche en plena tormenta e
inevitablemente yo perdía el punto. Allí estaba yo, derrotado por un
hombre a punto de cumplir los ochenta.
Es más, yo había ido allí vestido con pantalones largos y camisa,
creyendo que como mucho tendría que arremangarme, aunque
dudaba que hiciera falta. Llevaba mi muy poco usada raqueta y
estaba seguro de que con ella lograría imprimir un efecto mortal, así
que no tendría necesidad de correr de un lado para otro. En
realidad, no tardé en acabar bañado en sudor, resbalando
continuamente con mis mocasines y maldiciendo mi arrogancia.
Nunca habría imaginado que el ping-pong pudiera ser lo que
fuera que se practicaba en esa sala. Estaba tan sorprendido como
impresionado por lo que había experimentado.
–¿Qué tenemos aquí? –pregunté a Nico, que estaba igual de
perplejo que yo, al cabo de las dos horas asignadas para jugar–.
Una disciplina que desafía la física y que requiere reflejos felinos,
practicada magistralmente por malabaristas chinos que sujetan la
pala de una forma tan antinatural… ¡que les duele el brazo y la
muñeca con cada golpe!
Mi derrota ante Pietro palidecía en comparación con las derrotas
que sufrí aquel día. Y pensar que había ido allí dando por hecho que
no sudaría ni una gota y derrotaría a todo el mundo con facilidad…
¡Menudo iluso! No sólo me habían ganado: me habían arrollado,
como si yo no estuviera en mi lado de la mesa.
Por encima de todo, la cantidad de efectos que aplicaban esos
jugadores a la bola resultaba chocante. Nunca había visto nada
igual. Cuando jugaba con ellos, la pelota botaba alejándose de la
mesa y de mi raqueta –eso si conseguía alcanzarla– de la forma
más increíble. Pasaba más rato recogiendo bolas del suelo que
jugando. El efecto extremo no sólo alteraba la trayectoria y el bote,
sino que también incrementaba la velocidad. Y la velocidad que
conseguían imprimir constituyó otro choque.
Aquello no era el ping-pong que yo conocía. Más aún: estaba
claro que yo no conocía el juego en absoluto. Durante años me
había limitado a rascar la superficie, mientras esos castigadores se
habían liado la manta a la cabeza. La pregunta surgía por sí sola:
¿Qué es el tenis de mesa, tal como se lo conoce oficialmente?
¿Cuál es la verdadera naturaleza y esencia del juego?
2
La revolución del sándwich
TRAS AQUEL ESPECTÁCULO DE ACOSO Y DERRIBO se imponía una
investigación y, azuzado por la curiosidad, me lancé a ella.
El tenis de mesa comenzó como una diversión pensada para la
clase alta de la Inglaterra victoriana, con la intención de imitar el
tenis sobre hierba. Hay quien dice que, al principio, los jugadores
utilizaban libros a modo de raquetas, mientras que otros afirman que
eran tapas de cajas de puros y que las pelotas estaban hechas de
corcho o goma sólida. Más adelante, se adoptaron las antiguas
raquetas de bádminton. Debido a la falta de control, en esa etapa el
tenis de mesa –o whiff-whaff, gossima o ping-pong– a duras penas
podía considerarse un deporte. El año 1900, no obstante, marcó un
punto de inflexión con la introducción de la pelota hueca de
celuloide. Las palas de madera se convirtieron en la raqueta habitual
–las mismas palas que usaban Miller, Schoenberg y Gershwin, junto
con millones de jugadores más– y el juego permaneció inalterado
durante casi medio siglo, dominado por los jugadores europeos y
americanos. Entonces, en el campeonato del mundo de 1952,
celebrado en Bombay, el continente asiático entró en escena.
Después de haber entrenado a puerta cerrada, el jugador menos
talentoso del equipo japonés, el modesto Hiroji Satoh, siempre con
sus gafas puestas, desveló su arma secreta: la raqueta con espuma,
una pala de madera cubierta por ambos lados con una gruesa capa
de espuma. Era tremenda.
En primer lugar, no hacía ruido al golpear la bola, lo que en sí
mismo resultaba muy desorientador. Se oía el «ping» en un lado de
la mesa pero no el «pong» en el otro. Aunque por encima de todo, lo
que conseguía era producir un efecto y una velocidad sin
precedentes: la pelota se hundía en la espuma y salía catapultada.
Ningún jugador con una pala de madera convencional podía hacerle
frente, y Hiroji Satoh ganó el campeonato del mundo.
Lo que cambió de forma radical y definitiva el deporte,
desembocando en un largo período los jugadores asiáticos, fue un
hecho ocurrido en Londres en 1954: el triunfo de Ichiro Ogimura,
que ganó tanto el título individual masculino como el de equipos en
el campeonato del mundo. Fue el primero de los cinco títulos
mundiales consecutivos que ganó en el campeonato masculino por
equipos. A lo largo de su carrera, Ogimura consiguió doce títulos
mundiales en las categorías de individual, dobles mixtos y por
equipos. Para entonces todos los miembros del equipo japonés
jugaban con palas cubiertas de espuma, la misma raqueta que
había utilizado por primera vez Satoh. Hasta principios de los años
cincuenta, el juego había consistido en una serie de parábolas bajas
en las que la bola se limitaba a superar la red y aterrizar en el
extremo más alejado de la mesa. La velocidad y la colocación eran
fundamentales. Aunque la pelota ya se liftaba, se hacía sobre todo
para que los golpes fueran más precisos y consistentes. La nueva
raqueta revolucionó todos esos aspectos. El topspin dejó de ser un
estabilizador del golpe, por así decirlo, para convertirse en el
ingrediente principal del juego ofensivo.
El tenis tardó veinte años en imitar este golpe. El sueco Björn
Borg fue el primer jugador en adoptarlo de manera sistemática, tanto
de derecha como de revés. Y he aquí la gran paradoja, de
naturaleza histórica además: un juego nacido para imitar al tenis
sobre hierba de repente había revolucionado su naturaleza y, de
hecho, se había convertido en fuente de inspiración para el tenis.
Ahora era éste el que imitaba al tenis de mesa, aunque el resultado
no era ni de lejos tan espectacular. En el tenis de mesa el topspin es
un golpe mucho más demoledor que en su equivalente tenístico. La
pelota es mucho más pequeña y ligera, así que con un golpe con
efecto bien ejecutado, ya sea liftado o de otra clase, puede
conseguirse un número mucho mayor de rotaciones.
En 1977 se introdujo en el tenis la raqueta de doble encordado,
también llamada «raqueta espagueti». Era de tamaño normal, pero
con un encordado doble de diez cuerdas principales y cinco
transversales. Imprimía un efecto a la bola entre un treinta y un
sesenta por ciento mayor, y también resultaba impredecible. Como
jugador de tenis de mesa, a mí aquello me sonaba a música
celestial, pero la Asociación de Tenis de Estados Unidos argumentó
que la raqueta cambiaría la naturaleza básica del juego… y la
prohibió.
En la actualidad el tenis sigue siendo un deporte que favorece la
estatura física y la fuerza de los jugadores. Dejó pasar su
oportunidad de evolucionar y convertirse en un juego más
sofisticado, a diferencia del tenis de mesa.
De hecho, el tenis de mesa había cambiado para siempre. Sus
dos principales atributos, el efecto y la velocidad, habían ganado la
batalla. Lejos quedaba ya la era euclidiana de la pala de madera,
con trayectorias y botes muy predecibles –tanto sobre la mesa como
en la raqueta– e intercambios interminables. El tenis de mesa se
había vuelto al mismo tiempo cerebral y dinámico, algo así como un
rompecabezas en cuatro dimensiones que hay que resolver sin
tiempo para reflexionar.
El matrimonio entre velocidad y efecto era nada menos que
alquímico. Tal vez parezca una vaguedad, pero en Japón y China
hay laboratorios que llevan décadas estudiando el efecto. En
concreto, se han concentrado en la ley relativa del efecto y la
velocidad.
Una bola en movimiento que gira tiene dos velocidades: una
circunferencial y otra lineal, por el desplazamiento de su centro.
Estas dos velocidades se suman y la bola puede mostrar las
características de cualquiera de las dos velocidades si ésta juega un
papel preponderante. Cuando la velocidad circunferencial es mayor
que la del centro de la pelota, el efecto gobierna principalmente la
trayectoria. Cuando aquélla es menor, es la velocidad la que ejerce
una mayor influencia. Y cuando las dos velocidades son
aproximadamente iguales, la trayectoria se ve influida por ambos
factores. Ése es el matrimonio alquímico entre efecto y velocidad,
cuyo resultado es una pelota que, tras acelerar después de recibir
un impacto, puede «encabritarse» o «hundirse» y, a veces,
desplazarse también hacia un lado si se ha añadido un efecto
lateral.
Tanto Japón como China están llevando a cabo investigaciones
teóricas sobre el efecto, que se desarrollan conjuntamente con los
avances en ciencia y tecnología. La misma atención se presta a la
investigación aplicada, mientras que también se pone el acento en
la investigación cuantitativa basada en experimentos. Por último, se
realizan minuciosas investigaciones con la ayuda de la mecánica de
fluidos, las matemáticas avanzadas, la biomecánica humana, la
inteligencia artificial y la ciencia de los materiales. ¡No está mal para
un juego que empezó como un pasatiempo de sobremesa que se
jugaba con libros o tapas de cajas de puros a modo de raquetas, y
con pelotas hechas de corcho!
Pero la luna de miel con el efecto, fruto de las palas cubiertas de
espuma, corría el riesgo de vivir una existencia muy corta. En 1959-
1960, la ITTF –Federación Internacional de Tenis de Mesa por sus
siglas en inglés– prohibió la raqueta de esponja y estandarizó el
grosor de un «sándwich» compuesto de una goma típica con picos,
invertidos o no, y una capa de esponja más fina. El sándwich fue
una solución intermedia entre la vieja pala de madera y la nueva
raqueta de esponja.
Al final, resultó que la luna de miel estaba lejos de terminar. Las
gomas de sándwich también resultaban muy efectivas a la hora de
aplicar efecto a la bola y, desde entonces, el tenis de mesa no ha
mirado hacia atrás.
La revolución del sándwich ha convertido el juego en un ejercicio
altamente sofisticado y no euclidiano. Gran parte del esfuerzo se
dedica no sólo a devolver la pelota, sino también a interpretar qué
clase de efecto va a utilizar el contrincante y cómo contrarrestarlo.
¿Qué dificultad podría entrañar eso? Aparte del saque, que por
lo general, aunque no necesariamente, es corto, bajo y lento, todo lo
demás sucede con gran rapidez; si uno parpadea, la pelota ya habrá
pasado de largo. Además, hay varios tipos de efectos: topspin
(hacia arriba), cortado y lateral, hacia uno u otro lado. Pero si somos
más precisos hay ocho: topspin combinado con lateral en ambas
direcciones; cortado combinado con lateral en ambas direcciones, y
un número infinito de combinaciones.
Imagina una pelota cortada que se acerca a ti. Vuela casi en
línea recta, es decir, sin ninguna curva parabólica, al tiempo que gira
hacia atrás. Pero tu contrincante también le ha aplicado efecto
lateral, hacia tu derecha, de modo que la pelota gira también hacia
un lado. Además de esos dos efectos, es posible que la bola haya
conservado parte del efecto que tú mismo le imprimiste en tu golpe
previo. Así pues, ¿cómo botará al caer sobre la mesa? ¿Y al golpear
tu raqueta? La combinación de diferentes efectos, velocidades,
ángulos y trayectorias produce infinitas variaciones, y con el fin de
devolver de manera adecuada la pelota que se acerca a ti, debes
tener constantemente en cuenta estas cuatro variables.
Debido a su pequeño tamaño y a su ligereza, la pelota puede
girar sobre tres ejes distintos perpendiculares unos a otros, así
como en dos direcciones a lo largo de esos ejes. ¿Qué puedo decir?
El misterio se ahonda… Resulta un concepto difícil de visualizar, y el
mero hecho de leerlo proporciona una buena idea de la complejidad
de los movimientos que realiza la pelota en el aire. Además de estas
propiedades naturales de la bola, algunos jugadores que utilizan
gomas muy específicas pueden hacerla volar siguiendo una línea
zigzagueante.
Hay un efecto que se usa rara vez, sobre todo en los servicios: el
efecto sacacorchos. Paradójicamente, los jugadores de nivel
avanzado a veces pueden engañarse entre ellos con una pelota sin
efecto, simulando que sí le han imprimido efecto y golpeando en
cambio de manera plana, lo que llevará al contrincante engañado a
tratarla como si girara con efecto y devolverla o bien larga, o bien
fuera o bien a la red. Tal vez esto parezca innecesariamente
complicado, pero hay que recordar el ritmo al que se juega el tenis
de mesa contemporáneo y el factor antes comentado del matrimonio
alquímico entre efecto y velocidad.
La revolución del sándwich no tardó en dar vida al rey de todos
los golpes modernos en tenis de mesa: una forma codificada de
topspin, el loop de derecha. Todo el cuerpo participa en este loop:
las rodillas, que primero se doblan y luego se estiran; la rotación de
la cintura, el giro hacia atrás de la raqueta en la preparación del
golpe, al que también contribuye la muñeca; la transmisión del peso
corporal del pie derecho al izquierdo y, finalmente, tras golpear la
pelota, la continuación del movimiento hacia arriba. No se trata tan
sólo de golpear la pelota sino de rascarla hacia arriba con un golpe
fuerte. De este modo se le aplica un topspin muy potente que,
debido al efecto Magnus, hace que la bola descienda con rapidez
hacia el lado de la mesa del contrincante. Y, puesto que al botar en
la mesa la pelota se acelera y sale disparada o se hunde, se trata de
un golpe demoledor. Además, cuando la pelota toca la raqueta del
contrincante, tiende a ir hacia arriba, de modo que éste la devuelve
larga. Para evitarlo tiene que «cerrar» su raqueta, dejándola casi
paralela a la mesa dependiendo de cuánto topspin tenga. Pero en
ocasiones ni siquiera eso basta, así que en lugar de tratar de
bloquearla es mejor devolverla con otro topspin, cosa más sencilla
de decir que de hacer. Los jugadores de talla mundial saben cómo
enfrentarse a un loop del contrario, y de vez en cuando el público
asiste a un espectacular intercambio de dichos golpes.
No existe ningún otro deporte que se base de una forma tan
importante en el efecto Magnus, denominado así en honor al físico
alemán Heinrich Magnus, que lo describió por vez primera en 1852.
Larry Hodges, uno de los principales expertos en tenis de mesa, lo
explica en los siguientes términos para profanos en la materia:
Imagina una pelota con topspin. Mientras surca el aire, el movimiento hacia
delante de la parte superior de la pelota fuerza el aire hacia delante (o más
exactamente, ralentiza el movimiento del aire por encima de la parte superior
de la pelota). Eso ocasiona que el aire se «agrupe» hacia la parte central
superior de la pelota, creando una zona de alta densidad. De manera parecida,
el movimiento hacia atrás de la parte inferior de la pelota traslada el aire hacia
atrás rápidamente, creando un área de baja densidad del aire hacia la parte
frontal inferior de la pelota. La masa de aire de alta densidad en la parte
superior de la pelota la empuja hacia abajo; la masa de aire de baja densidad
en la parte inferior de la pelota la «succiona» hacia abajo. El resultado: la
pelota cae. Eso es lo que hace que una pelota con topspin caiga. Lo mismo
puede aplicarse a cualquier efecto, pero en la medida en que cambie la
orientación del efecto cambiará el movimiento de la pelota.
Con la aparición de las gomas de sándwich, algunos jugadores
jóvenes de Asia, Europa y América adoptaron el loop con
entusiasmo, y aunque en un principio los jugadores no tan jóvenes
se opusieron, no tardaron en quedar desplazados, pues sus palas
de madera ya no resultaban efectivas. Sucedió lo mismo que con el
advenimiento de la pólvora en los conflictos armados, que hizo que
flechas, lanzas y espadas quedaran desfasadas.
El efecto –en grandes cantidades– es lo que establece la
diferencia entre el rey de sótano y el jugador experto. Y aunque yo
nunca había jugado en el sótano, me di cuenta de que ése era
exactamente el lugar que me correspondía. Feliz en mi ignorancia,
siempre me había considerado un buen jugador; al fin y al cabo, ¿no
me había consagrado como tal el torneo del crucero? Cierto, mi hijo
había sembrado ciertas dudas, pero en mis fantasías sobre mi
talento como jugador de tenis de mesa había acabado por atribuir su
victoria a las palas de madera con las que habíamos jugado, apenas
capaces de producir efecto (mi arma favorita), o eso creía yo. Y sin
embargo los jugadores chinos, echando mano con cada pelota de
cantidades de efecto hasta entonces inimaginables, me habían dado
un baño de realidad.
Todo aquello tenía un matiz clásico: se hacía eco de la creencia
de los antiguos griegos de que a la arrogancia la seguía
invariablemente el némesis. De hecho, la soberbia implica una falta
de contacto con la realidad y una sobrevaloración de las propias
capacidades. Como era de esperar, mi arrogancia había recibido un
némesis contundente, que me habían infligido los adoradores de los
dioses del tenis de mesa.
Pese a lo humillante que resultó, no me di por vencido. Y me
alegro de no haberlo hecho, porque estaba a punto de embarcarme
en una aventura extraña y, en muchos sentidos, sobrecogedora. Y si
por casualidad tú también lo intentas, espero de corazón que
tampoco te rindas, porque cada minuto de tu tiempo y cada gota de
sudor que inviertas en esta aventura habrá valido la pena.
Tras haber saboreado el verdadero juego en su auténtica
belleza, era incapaz de dejarlo correr. Resultaba demasiado
asombroso. Sí, las derrotas habían sido brutales y mi
incompetencia, obvia. ¿Aprendería alguna vez a jugar como lo
hacían los jugadores expertos? No estaba seguro pero, en contra de
lo que dictaba el sentido común, eso no me inspiraba rechazo sino
fascinación, atracción. Que a sus ojos yo resultara torpe y ridículo
no me importaba, o más bien no lo suficiente como para impedirme
volver. Lo intentaría una vez más y, como mínimo, podría ser de
nuevo testigo de la magia. Quién sabe, tal vez, con mucho esfuerzo,
un día yo mismo aprendería a producir un poco de magia.
3
Iniciación, tácticas de guerra y
huracanes chinos
MI TRANSICIÓN DE REY DEL SÓTANO A ÚLTIMO mono en la corte de los
auténticos reyes del tenis de mesa fue simple y llanamente una
iniciación.
Una verdadera iniciación tiene poco que ver, por no decir nada,
con las «novatadas» contemporáneas que se practican en las
fraternidades y el ejército, popularizadas a través de las películas.
En el siglo pasado, el estudioso rumano Mircea Eliade definió tres
tipos de ritos de iniciación: ritos colectivos, incluidos ritos de paso
hacia la pubertad; ritos secretos, relacionados con una pertenencia
exclusiva, y ritos vocacionales con iniciación chamánica.
La primera clase de iniciación sigue presente en las sociedades
occidentales, por ejemplo mediante la confirmación católica y el Bar
y el Bat Mitzvá judíos, aunque debido al proceso de secularización
que hemos experimentado en Occidente, no es tan trascendental
como antes. La segunda clase suele generar mala prensa, puesto
que al pensar en sociedades secretas enseguida creemos que, tras
la cortina de humo de las actividades «iniciáticas» (palabra que los
iniciados prefieren a la de «iniciadoras»), estas sociedades han
encontrado la forma de ocultarse entre el tejido social para obtener
poder y ganancias ilícitos. La iniciación que sorprendentemente
experimenté en el centro cívico fue del tercer tipo: vocacional, en el
sentido de que nadie me había obligado a jugar a tenis de mesa
para ser humillado por verdaderos expertos, en una suerte de
iniciación chamánica. Es decir, que si uno de los jugadores expertos
–que a mí me daban la sensación de estar produciendo «magia»–
hubiera decidido que yo estaba a su nivel, me habría dado la
bienvenida al grupo como a un mago o un chamán más.
Aunque todo esto pueda resultar extremista en relación con un
rey del sótano que se enfrenta por primera vez a jugadores
expertos, si el rey del sótano se toma en serio el tenis de mesa
(como sin duda hacía yo; en caso contrario me habría quedado bajo
tierra, por así decirlo), sus aplastantes derrotas y su ineptitud
tendrán un profundo efecto sobre él.
El motivo fundamental de la iniciación es la muerte del yo previo,
y representa una muerte de la infancia y un despertar al mundo
adulto. Nuestra propia vida se «inicia» con muerte y renacimiento:
mientras nos esforzamos por salir del útero materno, sentimos que
sus contracciones nos asfixian. Estamos a punto de ahogarnos, sin
duda de morir. Pero una vez fuera, al respirar por primera vez, de
hecho no sólo estamos vivos, sino que hemos nacido, aunque si
recordáramos algo de nuestro estado previo la palabra correcta que
deberíamos utilizar sería «renacido». En un proceso que imita a
éste, la iniciación nos da la oportunidad de renacer como un nuevo
ser humano tanto mediante un rito de paso individual como con una
regeneración colectiva del cosmos.
Mi iniciación en el tenis de mesa debería haber tenido lugar
décadas antes. Ojalá me hubiera apuntado a un torneo de alto nivel
en mi adolescencia sólo para que todos los contrincantes se me
comieran vivo. Pero eso no ocurrió y, además, es posible que no
hubiera extraído ninguna conclusión aparte del hecho obvio de que
no se me daba bien. El amor por el juego y la misteriosa fascinación
por el efecto me habían acompañado durante todos aquellos años,
pero de algún modo me había dedicado tan sólo a arañar la
superficie, sin entrar nunca en contacto con los chamanes del tenis
de mesa. Todo había cambiado en ese centro cívico: lo que tenía
lugar allí parecía ser nada menos que una convención chamánica, y
esa tarde yo había «muerto» a manos suyas. Ahora era el momento
de renacer, con la suposición o, mejor dicho, con la esperanza de
que aprendería la técnica necesaria y mejoraría.
Tras la iniciación, la «nueva vida» no resulta sencilla y requiere
una participación y un estado de alerta plenos. Nada los proporciona
más vívidamente que el tenis de mesa, que requiere unos reflejos
más rápidos que cualquier otro deporte.
No es ningún secreto que en el mundo contemporáneo existen
prejuicios hacia la iniciación. La opinión generalizada es que
despide cierto tufillo a elitismo, pero no es en absoluto así: con la
excepción de los niños que nacen por cesárea, el resto nacemos
todos de la misma forma, y el nacimiento, o, mejor dicho, la
repentina transición de ser un feto a ser un bebé, es nuestra primera
y más irrenunciable iniciación. Una iniciación tradicional es mucho
más que un rito de paso que señala la entrada en un grupo; Eliade
la denominó «un cambio básico en la condición existencial propia».
En el caso de mi iniciación en el tenis de mesa, mi muerte había
sido evidentemente simbólica. Chocado, asombrado y cabizbajo,
podría haberme olvidado del tenis de mesa real, haberme despedido
de sus «chamanes» y haber seguido siendo, cuando se presentara
la ocasión, el rey entre los jugadores ocasionales. Al fin y al cabo,
en el país de los ciegos el tuerto es el rey. No obstante, no tenía
sentido negar la magnitud de lo que había experimentado. No podía
darle la espalda, aunque sólo fuera por la sensación de asombro.
Era la hora de convertirme en aprendiz y esperar que naciera un
verdadero jugador de tenis de mesa.
Así que regresé al centro cívico y me dediqué a correr
torpemente, pero sin descanso, alrededor de la mesa, persiguiendo
la bola como un loco. Todo el mundo me ganaba aunque ahora yo
estaba mejor equipado: mi vestimenta era más adecuada y me
había comprado en internet mi primera raqueta por encargo. El
establecimiento me la ensamblaría, así que, con ayuda del experto y
fingiendo saber de lo que hablaba, elegí una goma para el revés,
otra para la derecha, mientras que la pala –tres capas de madera,
dos de carbono– era de otra marca. Me sentía perfectamente
preparado.
Así como el literato cubano, Emilio, seguía ganándome pero ya
no con tanta facilidad, los diversos iniciados chinos me machacaban
una y otra vez. Como no soy masoquista, a veces me preguntaba
qué era lo que me hacía volver a recibir más. Para empezar, a
diferencia de aquel chico del campamento de verano en las
Dolomitas, los chamanes eran mucho menos terroríficos que los que
presidían las iniciaciones en las culturas arcaicas, si excluimos al
iraní mudo, que me dedicaba miradas hoscas y me evitaba a toda
costa, dejando bien claro sin necesidad de pronunciar una palabra
que no valía la pena perder el tiempo conmigo. Afortunadamente,
los demás chamanes no eran engreídos ni hostiles, e incluso
alababan en su precario inglés las pocas pelotas buenas que yo
conseguía devolver.
Kai, en especial, siempre me daba ánimos. Ya estuviera jugando
o esperando su turno, exclamaba: «¡Bien cortada!», «¡Buen golpe!»,
«¡Buen mate!» y, más a menudo, «¡Bien defendido!», mientras yo
me alejaba de la mesa y me esforzaba por devolver loops y mates.
Kai tenía entre cuarenta y cincuenta años, no era alto, sí un poco
rechoncho y lucía una sonrisa perpetua. De hecho, todos los
jugadores chinos se pasaban el rato sonriendo. En esa época, y
más tarde en otros clubes, me di cuenta de que para los chinos el
tenis de mesa es una celebración, y más cuando se encuentran en
el extranjero. Juegan con entusiasmo, disfrutan muchísimo y lo dan
todo en cada punto. Siempre que yo esperaba mi turno, los
contemplaba con interés. Los mejores eran tan rápidos como un
gato, hacían gala de una coordinación impresionante, se mostraban
sumamente espectaculares en sus ataques, y siempre buscaban el
golpe ganador. La defensa parecía existir tan sólo como un estado
de excepción: nadie jugaba a la defensiva.
Si el deporte constituye una guerra simulada, entonces aquellos
chinos, sorprendentemente, no seguían las enseñanzas
establecidas por su compatriota, el general chino Sun Tzu, en su
clásico El arte de la guerra, sino las del teórico militar germano-
prusiano Carl von Clausewitz en De la guerra. Nada del «Aunque
seas competente, aparenta ser incompetente» del primero, sino más
bien el ataque frontal y concentrado del segundo.
Escrito hace dos mil años por un misterioso guerrero-filósofo, El
arte de la guerra sigue siendo uno de los tratados sobre estrategia
más influyentes de la historia. Leído con avidez por líderes militares
del pasado, hoy en día lo estudian políticos y hombres de negocios.
Su objetivo es, como no podría ser de otra forma, la invencibilidad.
Pero la forma de conseguirla es gratamente paradójica: victoria, si
es posible, sin batalla; fuerza a través de una rigurosa comprensión
de todas las características del conflicto, ya sean físicas, políticas o
psicológicas. Algunas de las enseñanzas de Sun Tzu resultan
desconcertantes: «El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo
tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad;
cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca
del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos,
aparentar que se está cerca». «Conseguir cien victorias en cien
batallas no es el colmo de la habilidad. Someter al enemigo sin
luchar es el colmo de la habilidad.»
En el extremo opuesto del análisis está De la guerra, publicado
con carácter póstumo en 1832. Con decir que Von Clausewitz era
prusiano en lugar de chino debería bastar para describir sus
diferencias de mentalidad, pero también sería una simplificación
excesiva. El libro de Von Clausewitz ha tenido enormes
consecuencias en el mundo occidental y más allá; entre otros, su
concepto «niebla de guerra» ha dejado claro que, incluso en el siglo
XIX, la guerra era mucho más compleja e impredecible que una
partida de ajedrez. «En la guerra, la gran incertidumbre de todos los
datos constituye una dificultad particular, porque toda acción debe,
hasta cierto punto, planificarse en medio de una mera penumbra,
que además no poco a menudo, como el efecto de la niebla o la luz
de la luna, otorga a las cosas dimensiones exageradas y una
apariencia irreal.»
Sin embargo, De la guerra no es conocido por su sutileza. «La
guerra es un acto de violencia y no existen límites en el empleo de
ésta», escribe Von Clausewitz. «La gente de buen corazón podría
fácilmente creer que existe un modo ingenioso de desarmar o
vencer al enemigo sin derramar excesiva sangre, y puede imaginar
que ése es el verdadero objetivo del arte de la guerra. Pese a todo
lo agradable que pueda resultar, se trata de una falacia que debe
desenmascararse: la guerra es un asunto tan peligroso que los
errores fruto del sentimentalismo son los peores.» «Si la defensa es
la forma más poderosa de guerra, pero tiene un objetivo negativo,
es evidente que sólo debemos usarla cuando nos obligue la
debilidad, y abandonarla en cuanto seamos lo bastante fuertes
como para perseguir un objetivo positivo.»
Por la forma en que jugaban los chamanes del centro cívico, yo
habría jurado que habían leído con avidez a Von Clausewitz más
que a Sun Tzu. Toda la obra de este último trata sobre el engaño,
agentes secretos, agentes dobles, etcétera. Y sin embargo, ¿es
posible el engaño en el tenis de mesa contemporáneo?
En mi juventud yo engañaba a mi hermana con efectos
primitivos, pero al igual que yo, ella era una principiante. A un nivel
más alto parece que caben pocos engaños, puesto que una de las
diferencias sustanciales entre el tenis de mesa y la guerra es que el
primero no tiene lo que los militares denominan «incertidumbre
informativa».
A diferencia de un comandante militar que dispone de
información incompleta sobre las armas o tropas del oponente, en
un torneo de tenis de mesa es habitual inspeccionar la raqueta del
adversario antes del encuentro, y el jugador ha aprendido a prever
todos o casi todos los efectos. De vez en cuando un jugador con
mucho nivel puede engañar a su contrincante con una pelota sin
efecto, pero cuanto mayor sea el nivel del partido, menos probable
es que suceda.
Durante una época se permitió que las dos gomas fueran del
mismo color –ambas rojas o ambas negras–, de manera que un
jugador podía tener los picos hacia fuera por un lado y hacia dentro
por el otro, y cambiar de cara durante un intercambio de golpes. Sin
duda aquello confundía al oponente, pero en 1986 la ITTF decretó
que una goma debía ser de un rojo vivo y la otra, negra, así que
esta especie de desinformación, o más bien de engaño, ya no iba a
ser posible en el futuro. La ITTF, de hecho, parece decidida a
eliminar del juego cualquier tipo de engaño. Por ejemplo, más tarde
decretó que durante el saque, el jugador tiene que tener la pelota en
la palma de la mano con la que no sujeta la raqueta, bien a la vista,
y debe lanzarla por el aire a una altura de por lo menos nueve
centímetros antes de golpearla. Antes de la implementación de esta
norma, los jugadores más listos (¿o serían los más tramposos?)
podían ocultar la pelota a su espalda. Con una rápida contorsión, la
golpeaban de manera que su movimiento no resultara visible para el
oponente, o al menos sólo de forma parcial. Esto dificultaba mucho
prever el efecto de la bola, que tan sólo podía conjeturarse.
Debido a la insistencia en lo que la ITTF debe en buena fe
considerar juego limpio, el juego se reduce casi siempre a un
aspecto esencial: el ataque frontal. ¿Sencillo? Sí… y no, una de las
paradojas típicas del tenis de mesa. Según Von Clausewitz, «en
guerra todo es muy sencillo. Pero la cosa más sencilla es difícil».
Además, el severo teórico prusiano puede ser en ocasiones tan
ambiguo como Sun Tzu, por ejemplo cuando escribe: «Aunque
nuestro intelecto siempre aspira a la claridad y la certidumbre,
nuestra naturaleza a menudo encuentra fascinante la
incertidumbre».
Psicológicamente, yo habría preferido verme derrotado por la
sutileza y el engaño que por una serie de loops despiadados que
pasaban volando y silbando a mi alrededor. Esa exhibición letal de
fuerza, efecto y colocación me hizo pensar en cómo debía de
sentirse un duelista al contemplar a su oponente arremeter contra él
sabiendo que no podía defenderse: sabía por anticipado que su
espada lo atravesaría, y eso es lo que acababa por pasar. Así de
brutal era.
Entonces Kai me enseñó una gran verdad:
–Yo no soy un gran jugador y además no mejoro, pero soy
constante.
Espero que entre los chinos se cultive la modestia, porque si Kai
no era un gran jugador, entonces yo era terriblemente malo.
Algo que le divertía mucho era que me flagelara tanto a mí
mismo. Yo intentaba un golpe cualquiera, la pelota no acababa
donde yo quería colocarla, lo cual quiere decir que iba fuera o a la
red, y yo gritaba: «Schifo!» a pleno pulmón.
Al cabo de unas cuantas veces, Kai me preguntó con educación:
–Disculpa, ¿qué quiere decir schifo?
–Es una palabra italiana; la usamos cuando estamos
disgustados con algo.
A partir de entonces, cada vez que yo cometía un error evidente
debido a mi torpeza, Kai exclamaba: «Schifo!», y sonreía como el
Gato de Cheshire. Aunque siempre que era posible prefería decirme
cosas como «¡Buen golpe!» o «¡Buen remate!».
Otros jugadores chinos, entre ellos un profesor de Física y otro
de Matemáticas, ambos en universidades prestigiosas, también me
daban ánimos, aunque invariablemente me ganaban 11-3 u 11-4; a
veces se notaba que jugaban como a cámara lenta para darme
alguna posibilidad, lo que era todavía más humillante porque, a
pesar de ello, yo perdía. ¿Qué podía aprender de ellos, aparte de
todo?
Decidí empezar con su material. La mayoría jugaba con otra
goma mítica, la Hurricane II, de Double Happiness. El nombre no
podía ser más adecuado. Un huracán genera un tremendo
movimiento eólico circular que, al entrar en contacto con la tierra,
provoca una devastación generalizada. Cuanto mayor es la
velocidad del viento, más «giratorio» será el movimiento, más
estragos causará.
Asimismo, la goma Hurricane II permite transmitir un efecto
tremendo a la pelota, de manera que cuando ésta toca la mesa,
bota de una manera demoledora. Cuanto más fuerte sea el jugador,
cuanto más efecto aplique a la pelota, más demoledor será el golpe.
Como siempre que entra en juego la fuerza, hay que tener en
cuenta el control: a más fuerza, menos control. La Hurricane II es
una goma muy potente, pero también bastante implacable: para
poder controlarla, el jugador está obligado a ejecutar movimientos
perfectos. Pero como yo ignoraba alegremente toda esta
información, decidí equiparme con aquella arma letal, sin darme
cuenta de que también existe la goma Hurricane original, así como
la Hurricane III, aún más evolucionada.
Ya usaran las Hurricane I, II o III, los chamanes habían
comprado sus gomas en China y no sabían dónde conseguirlas en
Estados Unidos. La tienda online en la que adquirí mis raquetas
edita un grueso catálogo. Al leer la descripción de las gomas que
vendían, a menudo me topaba con frases como «Casi tan pegajosa
[que en la jerga del tenis de mesa significa «adherente»] como una
goma china». Pero ¿por qué contentarme con un «casi»? Yo
deseaba la inmersión total, la impactante experiencia de las
pegajosas y duras gomas chinas. ¿Por qué no podían vender
directamente una goma china?
Los llamé y se lo pregunté. «Nos encantaría, pero la calidad es
tan imprevisible, que no podemos hacerles eso a nuestros clientes.»
¿Calidad imprevisible? ¿Cómo era posible? ¿Era ésa la razón
por la que los mejores jugadores del mundo son chinos y usan
principalmente material chino? No tenía sentido y más adelante me
enteré de que, mientras que una goma japonesa o europea de alta
calidad cuesta por lo menos cincuenta dólares, y a menudo más,
una goma china igual de buena, aunque con características
diferentes, cuesta unos veinte o un poco más, pero aun así mucho
menos que las otras.
Enseguida decidí no volver a comprar nunca material japonés ni
europeo (de la existencia del coreano no tenía conciencia), y
centrarme exclusivamente en el chino. No hace falta que diga que
se trató de una decisión irracional: ¿cómo podía saber lo que de
verdad me iba bien y cómo podía descartar cientos de excelentes
gomas europeas y japonesas sin ni siquiera probarlas? No obstante,
los jugadores chinos eran mi modelo inicial y parecía natural que
utilizara material suyo. Además, ¿acaso no había escrito Sun Tzu:
«Si te conoces tanto a ti como a tu enemigo, puedes ganar cien
batallas sin perder ni una sola»? Yo podía empezar a conocer a mi
enemigo apoderándome de sus propias armas.
Al final encontré una tienda en internet, con sede en California,
especializada en marcas chinas de «tenis de mesa, bádminton,
taichí y wushu» y me compré un par de palas por encargo.
Cuando llegaron por correo, no me avergüenza decir que tuve la
misma sensación que en las navidades de mi infancia. Las gomas
eran casi tan pegajosas como cinta adhesiva. Estaba maravillado
con ellas y enseguida me sentí más poderoso. Pensé que las
probaría primero con Emilio.
Éste tenía una mesa en el sótano de su casa. Iría allí, él me
ofrecería sidra espumosa Martinelli sin alcohol y jugaríamos con
música cubana a todo volumen. La sorpresa llegó al descubrir que,
con mi nuevo material chino recién estrenado, jugaba… peor.
«En este juego no hay clemencia. No hay atajos, ¿a que no?»,
pensaba yo mientras intentaba lidiar con la pelota, que él devolvía
sin esfuerzo a ritmo de mambo. Pese a mi buena voluntad y mis
gomas Hurricane chinas, seguí perdiendo casi todos mis partidos,
aunque había hecho un amigo. Emilio y yo hablábamos de literatura,
de Cuba, y él hablaba de mujeres, su tema favorito. En Miami yo
había aprendido español con el fin de sobrevivir en una ciudad en la
que el inglés se habla sólo de vez en cuando, así que siempre he
sentido debilidad por los cubanos de Estados Unidos. A pesar de
haberse vistos obligados a exiliarse, y a pesar de unas vidas
marcadas por la lucha y el esfuerzo, han prosperado preservando,
milagrosamente, su sentido del humor. Emilio no es una excepción.
Conduce un viejo Mercedes descapotable, juega a tenis de mesa y
a tenis, sale con varias mujeres a la vez basándose en un concepto
de la lealtad muy particular y habla con fluidez cuatro idiomas,
además de ser una persona muy culta. También ha escrito una
novela no demasiado halagüeña sobre los Kennedy: como todo
cubano exiliado, está obsesionado con ellos.
Tal vez sea gracias a Emilio y a su manera desenvuelta de
afrontar la vida por lo que me he tomado con filosofía mi lenta
progresión en el tenis de mesa. No tenía intención de abandonar mi
iniciación, también porque los chamanes eran pacientes y,
generosamente, me permitían tomarme mi tiempo. Yo observaba
con interés a los jugadores expertos cuando jugaban contra mí o
mientras esperaba a que me llegara el turno. Trataba de imitar sus
movimientos y, aunque ahora jugaba con su material, el progreso
era lento. ¿Era posible que al fin y al cabo no estuviera hecho para
el tenis de mesa? Siempre me había gustado y ahora que me había
arriesgado a jugar el auténtico juego también me impresionaba y me
cautivaba. Pero tal vez debía contentarme con ser espectador.
¿Cómo era posible que un hombre de casi ochenta años me
ganara? Es cierto que Emilio no era ningún novato y había
acumulado una cantidad considerable de medallas de oro
compitiendo en torneos para hombres de su edad. Y sin embargo…
De vez en cuando, releía pasajes de El arte de la guerra. Había
uno que me parecía muy acertado: «La ira puede convertirse en
alegría, y la cólera puede convertirse en placer».
No me di por vencido y seguí jugando, intentando desarrollar
cierta sutileza con la mano, en lugar de fuerza, y haciendo siempre
hincapié en el efecto. Y entonces, al cabo de cinco o seis meses,
sucedió.
Por fin comencé a sacar algo en limpio de la miríada de pelotas
que los chinos y todos los demás me lanzaban. Memoricé los
movimientos que realizaban al golpear la pelota –con la mano y el
codo, sin darme cuenta todavía de que debía fijarme en el
movimiento de todo el cuerpo–, y sobre todo la forma en que la
pelota botaba sobre la mesa. Las cosas empezaron a encajar y
conseguí mis primeras victorias.
Kai estaba impresionado. A él no le gané –eso aún quedaba muy
lejos–, pero a veces me sacaba de la manga un golpe imposible que
aterrizaba en su lado de la mesa. Entonces él me miraba,
asombrado, y decía: «¡Gran remate!», y me preguntaba de dónde
había salido. Lo que él tomaba por un golpe maestro era en realidad
un riesgo innecesario, un bel gesto, esa maldición italiana que lleva
a los italianos a optar por el golpe más difícil, casi imposible, en
lugar de la alternativa más fiable pero menos espectacular. Aunque
por lo menos yo tenía la audacia de intentarlo y en ocasiones
funcionaba. No se trataba en absoluto de una manera adecuada de
enfocar el juego y con el tiempo tendría que desaprenderla, pero
aun así me permitía cruzar la pronunciada línea divisoria que
separaba a un no jugador de, por lo menos, un aprendiz.
Por lo que respecta a Emilio, ahora lo ganaba sistemáticamente
y me preguntaba cómo era posible que antes él me ganara con
tanta facilidad. El tiempo permitido para jugar en el centro cívico era
de sólo dos horas tres veces a la semana. Yo sabía que por fin
estaba mejorando, pero necesitaba más tiempo para practicar. Un
día, uno de los chamanes mencionó un club con un horario más
amplio cinco días a la semana. Más lejos, en Arlington, pero pensé
que valía la pena probarlo.
4
La humildad de los gigantes y la lengua
franca del tenis de mesa
EL NUEVO LOCAL ERA UN CLUB CON TODAS LAS letras, con cuota para
los socios y cuatro mesas en sendas salas. Las normas allí eran
más indulgentes: cada jugador podía jugar dos partidos, ganara o
perdiera, y a continuación dejaba su lugar para que lo ocupara el
siguiente de la cola. Se trataba de un sistema llamativamente
antiiniciático, y debo decir que me sentó de maravilla. ¿Cómo va a
mejorar un jugador si cada vez que pierde un partido lo envían al
final de la cola? Al permitírsele jugar más, el jugador mediocre tiene
la oportunidad de aprender algo más que la humildad, en la que por
aquel entonces yo era ya un experto.
La primera vez que fui allí, la tarde estuvo animada. Asistí como
espectador a un vertiginoso partido entre un ruso apasionado y un
frío afroamericano, seguido por otro entre el ruso, que continuó
jugando, y un egipcio al que volveremos a encontrar más adelante y
que enseguida me pareció pagado de sí mismo, aunque su estilo
era poco elegante. Luego vinieron un filipino y un hombre con un
encantador acento sureño. Tom resultó ser de Alabama, el summum
del caballero sureño. Cuando me llegó el turno de acceder a la
mesa, me saludó cortésmente y me explicó con brevedad las
normas del club. Me bastó el calentamiento previo para darme
cuenta de que tenía más control que yo. La confirmación llegó con el
partido: perdí 11-3 y 11-4 ante un hombre de sesenta y tantos años
con un buen loop de derechas y de revés, y un golpe de
aproximación decididamente agresivo. Al terminar comentó que
había disfrutado, y parecía decirlo en serio. Nos estrechamos la
mano y él se retiró a un lado. Gracias a la indulgente norma yo
seguí jugando, aunque mi primer instinto fue abandonar la mesa tras
mi derrota. Sabía que todos los presentes en aquella habitación
pensaban lo mismo que yo: que no era muy bueno. Pero Tom me
había soltado su mentira piadosa de una manera convincente.
Otro de los hombres que daban la bienvenida a los recién
llegados era Joe, bajo, de constitución musculosa y en buena forma.
Llevaba gafas de seguridad y me explicó por qué.
Doce años atrás y tras una serie de circunstancias
desafortunadas, Joe había perdido la visión del ojo derecho. El ojo
que le quedaba le era tan preciado que las gafas hacían que se
sintiera más protegido ante las pelotas del rival. Abogado de
profesión, siempre le había encantado el tenis de mesa. De hecho,
en los años setenta había viajado a Suecia para «echar un vistazo al
mundillo local del tenis de mesa» y comprar material, incluida una
red Stiga que todavía conserva y que, increíblemente, sigue siendo
utilizable. La pérdida repentina de la visión del ojo derecho lo había
sumido en un estado de desesperación, aunque no durante mucho
tiempo. Tiene un temperamento alegre, como descubrí más
adelante, y se negó a rendirse. Se entrenó para ver y funcionar
usando un solo ojo. Lo que más echaba de menos, sin embargo, era
el tenis de mesa.
–Al final –me explicó mientras calentábamos–, fui a mi antiguo
club a probar. No me importaba hacer el ridículo; no podía seguir
viviendo sin el tenis de mesa.
–Y fue bien, ¿no? –asumí, a juzgar por sus golpes limpios.
–No, al principio no mucho. Desde entonces me he convertido en
un experto en visión. Los procesos mentales que se ponen en
marcha en una persona que ve con los dos ojos se llaman
«estereopsis binocular», y permiten al cerebro percibir la
profundidad adicional en forma de construcción mental. Si cierras un
ojo, esta construcción en estéreo deja de funcionar. Mi percepción
de la profundidad es una mierda. He tenido que entrenarme para
imaginarla. He tenido que adaptar mi estilo y todavía no llego a
algunas pelotas o las golpeo mal, cuando antes nunca las hubiera
fallado, sobre todo las que me llegan por el lado ciego. –Cogió la
bola del suelo y añadió–: Y aún hay más: con el ojo «bueno» veo
doble y tengo puntos ciegos.
–Lo siento mucho.
–No pasa nada. Tú juega como jugarías normalmente; no
cambies nada por mí –me pidió.
Sin embargo, decidí no forzar la máquina. Aunque no hacía
ninguna falta: sus saques eran, de por sí solos, traicioneros y
estaban tan por encima de mi nivel en ese momento que muchos los
devolvía fuera o a la red. Y sus otros golpes eran igual de buenos.
En resumen, me ganó de calle y desde entonces siempre que he
jugado con él lo he dado todo. Joe tenía mucho que enseñar sobre
el tenis de mesa, y todavía más sobre la vida.
¿Y qué decir del apasionado ruso, Alex, uno de los primeros
jugadores a los que conocí allí? Con algo de sobrepeso, sudaba
profusamente, maldecía en ruso y se regocijaba ruidosamente
cuando su loop de derechas, rápido como el rayo, le hacía ganar un
punto. De joven, en la Unión Soviética, había entrenado para ser
boxeador y sabía que al dar un puñetazo se hace con todo el
cuerpo, no sólo con el brazo; del mismo modo, en el tenis de mesa
un loop recibe su fuerza del cuerpo entero y culmina con un giro
seco de muñeca para obtener un impulso final añadido. Aunque
apenas acababa de cumplir los cuarenta años, había tenido una
vida azarosa.
A Alex lo habían enviado a Siberia a «trabajar como esclavo»
durante los dos años de servicio militar obligatorio. Si colocar vías
de ferrocarril sobre el suelo helado no fuera lo bastante malo, lo
elegían constantemente por el hecho de ser no sólo moscovita sino
también judío (en su pasaporte aparecía estampada la palabra
«judío»). Que los soldados soviéticos te eligieran significaba, tal y
como me contó un día, verse arrinconado y apaleado en grupo
cuando no había oficiales cerca. Al regresar a Moscú decidió
emigrar a Israel. No hablaba una palabra de hebreo, pero lo
aprendió allí, además del inglés, mientras trabajaba y participaba en
el servicio de reserva, un servicio militar en el que se convoca a los
ciudadanos para el servicio activo como máximo un mes al año.
Licenciado en la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú,
acabó por venir a Estados Unidos para trabajar como genio de la
informática. Dado su problemático pasado, la psicología conductista
lo habría diagnosticado como candidato a una vida inadaptada,
como un individuo con probabilidades de desarrollar estrés crónico,
si no como un posible sociópata. Hasta ahí llega el determinismo
simplista: si ése fuera el caso, la mayoría de la población mundial
estaría formada por sociópatas inadaptados, puesto que la triste
realidad es que en los países en vías de desarrollo muchos niños se
crían en condiciones desfavorecidas, si no en la más absoluta
miseria.
De hecho, la difícil vida de Alex no le ha endurecido el corazón.
Siempre que juega con un miembro femenino del club, consciente
de ser un hombre corpulento y fuerte, contiene su potencia y nunca
matea, así que acaba perdiendo pero con una sonrisa en la cara.
Tampoco suelta tacos en presencia de una mujer. Este benevolente
oso ruso desprende un indescriptible aire de decencia y dignidad.
Hace poco, al enterarse de que se acercaba para mí un aniversario
de boda significativo, se presentó en el club con un regalo: una
botella de un vodka especial.
Gilbert, el jugador filipino, a pesar de la desventaja de una cojera
fruto de un accidente en el que resultó herido en una rodilla, tenía
dos trabajos físicamente exigentes: repartir periódicos a primera
hora de la mañana y después encargarse del mantenimiento de un
gran complejo de apartamentos. A veces, mientras esperaba su
turno para jugar sentado en una silla, daba una cabezada debido al
agotamiento. A pesar de ello, no sólo se mostraba siempre amable,
incluso con los recién llegados como yo que, sin duda, no ofrecían
un nivel de juego muy estimulante, sino que además ayudaba a los
menos hábiles a mejorar. Solía colocar un recogedor de pelotas en
un extremo de la mesa y, de pie a un lado, servía una pelota tras
otra al jugador al que entrenaba, a menudo un desconocido, hasta
que perfeccionaba el golpe en el que estuvieran trabajando. Todo
ello sin cobrar nada y con una actitud alegre, algo destacable en un
hombre que apenas disponía de energía para permanecer
despierto.
Un día apareció un señor mayor, bajo y con las orejas grandes.
Había algo en su expresión casi beatífica que me impresionó. Hien
también era un buen jugador. Mientras calentábamos, se disculpó
por no estar en la mejor forma.
–Jugaba de joven, en Vietnam –me explicó–. Pero luego vino la
guerra y me capturaron. Pasé ocho años en la cárcel.
–Es terrible –dije–. Lo siento mucho.
Me sentí estúpido; las palabras parecían inadecuadas.
–El primer año fue el mejor –continuó él–: ¡nada de torturas! –No
se extendió; parecía que el tema no le interesaba–. Pero eso ya es
agua pasada –añadió, y se concentró en sus golpes.
Hien jugaba con el entusiasmo y el regocijo de un niño. Una vez
más me hallaba frente a un hombre que había superado obstáculos
increíbles y que, milagrosamente, había conservado la cordura. Más
aún: había algo en él que desprendía una calma que bordeaba la
santidad.
Todos hemos oído hablar del trastorno por estrés postraumático
o TEPT, popularizado a través de películas sobre la guerra de
Vietnam, y el efecto que ésta tuvo en los veteranos que regresaban
a casa. A mi manera limitada, yo había experimentado esa mezcla
de ansiedad, insomnio, claustrofobia y temor tras un terrible
accidente de coche en el cual murieron las personas que iban en el
vehículo que chocó contra el mío, y que me confinó a una cama
durante tres meses tras someterme a una operación. Necesité más
operaciones y un largo período de tiempo para que mis huesos
sanaran, pero mucho más para curar la mente.
Conocer a Joe, Alex, Gilbert y Hien me recordó esa oscura
época posterior a mi accidente. Y sin embargo Joe, tras perder el
ojo derecho y la agudeza visual en el izquierdo, no podía permitirse
tener TEPT: tenía una mujer, tres hijos a los que pagar la
universidad, y él era la principal fuente de ingresos de la familia. A
pesar de su visión enormemente reducida, se las había apañado
para seguir trabajando. Alex había tenido que dejar atrás la Unión
Soviética, a su familia y la vida que conocía, y en Israel había
aprendido él solo dos idiomas mientras se afanaba por encontrar
empleo. Tampoco él podía permitirse tener TEPT. Gilbert había
dejado en Filipinas una historia de privaciones en busca de un futuro
mejor, y tenía una mujer y una hija pequeña a las que cuidar.
Apenas le quedaba tiempo para dormir, así que mucho menos para
preocuparse por el TEPT. Y Hein al final había conseguido llegar a
Estados Unidos; todo lo que tenía era la ropa que llevaba.
¿Cómo me sentía yo, pues, junto a estos gigantes?
Empequeñecido, y aún me siento así. Gane o pierda nuestros
partidos, soy consciente de que es un honor disfrutar de su
compañía. Pero ¿qué tenía el tenis de mesa? ¿Cómo era posible
que un juego en apariencia tan etéreo y ligero atrajera almas tan
fuertes, semejantes gigantes del espíritu humano?
Al final lo entendí: modestia, humildad. Aquellos cuatro gigantes
habían sido humillados, ya fuera por la mala fortuna o por unos
perseguidores sádicos. Pero milagrosamente habían sobrevivido a
sus terribles experiencias sin perder ni un ápice de su decencia y de
su dignidad. Ninguno aprobaría que escribiera sobre ellos en
términos tan rimbombantes. De hecho, lo detestarían.
La palabra «humildad» proviene de «humus», la oscura materia
orgánica que conforma la tierra. El término «humano» también
proviene de «humus». Sólo los mejores entre los humanos conocen
la humildad extrema. Golda Meir, la Dama de Hierro de la política
israelí, dijo en una ocasión: «No seas tan humilde; no eres tan
importante». Me da la sensación de que la gente que posee
semejante grado de humildad es en realidad sobrehumana.
Tal como estaba descubriendo, el tenis de mesa es una
disciplina que da lecciones de humildad. Pero los cuatro gigantes no
tenían falso orgullo y eran pacientes con ellos mismos y con todos
los que los rodeaban. Me siento tentado a decir que los cuatro, con
independencia de su nacionalidad y pasado, parecían encarnar las
tres joyas del Tao: compasión, moderación y humildad. Si el
resultado deseado del taoísmo es encontrar el equilibrio con el
universo o con su fuente, es decir, el Tao, entonces Joe, Alex,
Gilbert y Hien se habían acercado más que nadie que yo conociera.
Que fueran tan aficionados al tenis de mesa da fe de que se trata de
un deporte profundo.
Tras convertirme en socio del club, comencé a estudiar los
golpes de los mejores jugadores, llegados de todas partes del
mundo. Algunos refugiados, otros excéntricos, en raras ocasiones
deportistas; todos con historias interesantes que contar. Nunca
olvidaré a un refugiado afgano que acababa de llegar a Estados
Unidos; tras unos cuantos partidos dijo que tenía sed, así que lo
acompañé a la fuente del vestíbulo y le enseñé cómo funcionaba.
Después de beber tenía lágrimas en los ojos: nunca, en toda su
vida, había podido dar el agua por descontada, y mucho menos aún
el agua potable.
Desde entonces me he dado cuenta de que existe una tribu
supranacional que incluye a unos cuatrocientos millones de
personas y que responde al nombre de Colores Unidos del Tenis de
Mesa. Si no fuera por el tenis de mesa, ¿cuántas veces te
relacionarías, como he hecho yo, con alguien de Madagascar? ¿Y
de Mongolia? ¿Y de Surinam? ¿O Kirguistán? Y ¿dónde está eso
exactamente? Cuando conozco a un jugador por primera vez, la
familiaridad que se establece constituye siempre una sorpresa. La
barrera del lenguaje desaparece, pues todos hablamos la lengua
franca del tenis de mesa. De hecho, cuando con el tiempo comencé
a frecuentar clubes de todo el país, caí en la cuenta de que en este
deporte desaparecen todas las barreras: las de clase, color, raza,
credo y cualquier otra. El planeta del tenis de mesa parece ser un
mundo paralelo, con más claridad, justo y amable que aquel en el
que vivimos habitualmente.
5
Errores de traducción y profecías
EN EL CLUB EMPECÉ A EXPERIMENTAR CON UNA amplia variedad de
jugadores y, al mismo tiempo, me liberé de las limitaciones de tener
que encargar la raqueta siempre al mismo proveedor para que me la
montara. Me armé de un cuchillo de precisión, cola y paciencia.
Pegar la goma a la pala y luego recortarla del tamaño exacto no es
una cuestión de astrofísica, pero tampoco resulta especialmente
sencillo. Me llevó varios intentos hacerlo bien y, una vez conseguido,
asalté internet a lo grande. En el mundo globalizado del deporte más
cosmopolita de todos, compré gomas de China, Taiwán, Malasia,
Australia, Canadá y… Oregón y California. Siempre gomas chinas,
pero allí donde pudiera conseguirlas más baratas, del tipo provincial
o nacional utilizado por los jugadores chinos profesionales.
Fue un período de experimentación tan estimulante como
desorientador. Las gomas se clasifican según su velocidad, efecto,
control, grosor y dureza de la esponja. El peso es otro factor, y luego
está la «pegajosidad» si son adherentes, y el «agarre» si no lo son,
así como el arco del loop, alto o bajo, en el caso de que se
especifique. Por último, su reacción ante la pelota se clasifica en
«tiro alto» y «tiro bajo». Todo ello resulta bastante confuso para el
novato, pero hay una diferencia entre confuso y abiertamente
«sibilino».
La eterna Sibila de Cumas –la sacerdotisa que presidía el
Oráculo de Apolo en Cumas, una colonia griega cerca de Nápoles,
en Italia– profetizaba el destino cantando y luego escribiendo en las
hojas de los robles. Dichas hojas se colocaban a la entrada de su
cueva, pero si el viento las dispersaba (y ¿a que no lo adivináis?
Siempre hacía viento), ella no se molestaba en volver a reunirlas en
el orden original. Así pues, la gente que acudía a escuchar sus
profecías quedaba, cuando menos, desconcertada, incapaz de
reconstruir el puzle de manera coherente.
Sin ser conscientes de ello, la mayoría de los fabricantes de tenis
de mesa chinos se comportan de forma parecida encargando las
descripciones de sus productos a traductores online no humanos, y
gran parte de la información se pierde con la traducción, hasta el
punto de que las descripciones se convierten en oráculos, y muy
crípticos por si fuera poco: «Coloide combinado perfectamente con
flexibilidad y glutinosidad, el alcance del acto del loop se vuelve más
pequeño y penetrante»; «Más pegajosidad tierna, tensa y duradera
bajo la maravillosa función de la molécula»; «Tiene una tecnología
exquisita y una intensa sensación al golpear», son algunos de los
muchos ejemplos de «chinglish».
Dado que hace relativamente poco que China se ha abierto al
resto del mundo, la mayor parte de la población no conoce ni
entiende el inglés. Pero puesto que internet ofrece muchas
posibilidades de traducción no humana, ¿por qué no explotarlas? El
país está lleno de malas traducciones: «Filetes de pulmón de
hombre y mujer», anuncia con orgullo un restaurante, y otro: «Zumo
de naranja, zumo de limón, zumo extraño»; el anuncio de los
condones Fuji proclama seductoramente: «DAÑOS»; el cajero
automático de un banco atrae a los clientes haciéndoles saber que
es una «máquina de reciclaje de dinero»; una tienda de artículos de
arte afirma, de forma incitante: «Libérate de la miseria de la
existencia» creyendo que se trata de un lema muy artístico; «Tus
cuidadosas pisadas mantienen el pequeño césped invariablemente
verde», «Pepsi resucita a tus antepasados de sus tumbas», «Jardín
con caca rizada», «Me gusta tu sonrisa pero me disgusta que me
pongas los zapatos en la cara», «Por favor, deje la silla en su sitio y
la mesa limpia después de palmar. Gracias por su corporación». Los
ejemplos son incontables; el país entero es un festival de errores de
traducción.
Los fabricantes del mundo del tenis de mesa se han unido a la
fiesta con entusiasmo y las descripciones de sus productos son tan
crípticas como cabría esperar. Resulta apropiado que se trate de
gomas chinas y que el país entero esté produciendo tantas
afirmaciones sibilinas, miles y miles de ellas. Me recuerda al clásico
chino I Ching, o Libro de las mutaciones, que ofrece oráculos igual
de desconcertantes, aunque por razones completamente distintas.
Este libro es tanto una maravilla como un misterio. El psicólogo
analítico Edward Whitmont lo describió como «una colección de
imágenes y juicios circunstanciales que refleja la diversidad de la
condición humana en su relación con ella misma y con el cosmos».
Está centrado en la dinámica taoísta del equilibrio entre los
opuestos, el yin (el principio femenino, oscuro, negativo) y el yang
(el principio masculino, luminoso, positivo). El I Ching gira en un
sentido más amplio en torno a la evolución de acontecimientos en
proceso, y la aceptación de la inevitabilidad del cambio, para el que
podemos prepararnos mejor consultando el libro.
Sin entrar en muchos detalles, resulta útil explicar que el texto
del I Ching consiste en una meticulosa colección de afirmaciones
proféticas representadas por sesenta y cuatro grupos de seis líneas
cada uno: los hexagramas. Cada una de las seis líneas del
hexagrama es o bien yang (una línea continua o sólida) o bien yin
(discontinua, una línea abierta con un hueco en el centro). Con seis
líneas como éstas, colocadas una sobre otra de abajo arriba, se
obtienen sesenta y cuatro combinaciones posibles.
Tradicionalmente los sabios lo han considerado un libro filosófico y
cosmogónico, pero también se ha utilizado ampliamente como
sistema adivinatorio para predecir el futuro. ¿Cómo?
Para usar el I Ching como oráculo, hay que plantear una
pregunta concreta y a continuación agrupar aleatoriamente un grupo
de palos o, mejor aún, lanzar tres monedas. Los patrones numéricos
obtenidos con cualquiera de los métodos corresponden a un
hexagrama del libro, que a su vez se corresponde con imágenes y
dictámenes. Puede tratarse de un hexagrama inmutable o puede
tener modificaciones, que hay que identificar siguiendo un método
muy sencillo. Dichas líneas constituyen ángulos adicionales del
hexagrama y en ocasiones pueden dar incluso la sensación de
contradecirlo. Pueden señalar opciones y oportunidades, o peligros
y escollos, y proporcionan consejos útiles para enfrentarse a ellos
de manera adecuada. Esta parte de la lectura es la que está
relacionada más específicamente con la situación actual. En
resumen, tanto el hexagrama primario como sus mutaciones deben
interpretarse como respuestas a la pregunta planteada. Y aquí viene
lo difícil, puesto que la interpretación de los oráculos del I Ching es
un arte en sí mismo.
Tomemos por ejemplo el hexagrama 42. I / El aumento. El
semisigno superior es SUN, lo suave, el viento; el semisigno inferior
es CHÊN, lo suscitativo, el trueno. En la innovadora traducción del
sinólogo Richard Wilhelm:
La idea de aumento se expresa mediante el hecho de haber descendido el
trazo fuerte inferior del semisigno superior y haberse colocado debajo del
semisigno inferior. Esta concepción expresa también la idea fundamental en la
que se basa el Libro de las mutaciones. El verdadero gobernar es una forma de
servir. Un sacrificio de lo superior que produce un aumento de lo inferior se
denomina «aumento por antonomasia»: indica el único espíritu que tiene poder
por sí sólo para ayudar al mundo.
El dictamen: Es propicio emprender algo. / Es propicio atravesar
las grandes aguas.
Parece bastante claro, pero en realidad la explicación no carece
de matices contradictorios que resultan difíciles de asimilar para una
mente occidental. Y además puede haber líneas con mutaciones,
que añaden más información. Otros hexagramas son más difíciles
de interpretar, como el 46. Shêng / La subida (el empuje hacia
arriba). Arriba: K’UN, lo receptivo, la tierra; abajo: SUN, lo suave, el
viento, la madera. El dictamen: La subida tiene elevado éxito. / Hay
que ver al gran hombre. / No temas. / La partida hacia el sur / trae
buena ventura.
C. G. Jung, el influyente pensador y fundador de la psicología
analítica, fue el primero en divulgar en Occidente este extraordinario
libro de oráculos, a través de la traducción del citado Richard
Wilhelm. Jung y muchos otros psicólogos junguianos ponen la mano
en el fuego por la precisión de las predicciones (o mejor dicho,
profecías) de la que es capaz el oráculo cuando uno lo consulta con
el enfoque adecuado.
Yo mismo lo he consultado numerosas veces a lo largo de mi
vida. De hecho, mi mujer, que se ha convertido en experta en leer
las monedas, llevaba un diario en el que listaba en orden
cronológico las preguntas que yo planteaba y los oráculos que
recibía como respuesta. Aunque hacía mucho tiempo que no
consultaba el I Ching, el tenis de mesa lo trajo de vuelta a mi vida a
través de las crípticas descripciones de las gomas chinas, así como
a través de los extraños pensamientos que los jugadores chinos
expresaban de vez en cuando en mi presencia. Yo no estaba nunca
seguro de si la ambigüedad de lo que decían se debía a su inglés
vacilante, a su mentalidad –tan distinta de la nuestra–, a ambas
cosas o a ninguna. Así de desconcertante resultaba.
Hoy en día es posible lanzar las monedas de forma virtual, en
internet, clicando seis veces en el ratón, aunque me pregunto si se
trata de un método válido. En fin, la cuestión es: ¿Funciona el Libro
de las mutaciones? ¿Proporciona predicciones certeras?
La respuesta tiene varias facetas. También porque, tal y como
sostendrían los escépticos, si uno quiere mantenerse durante
mucho tiempo en el negocio de la adivinación, es mejor que sus
oráculos sean vagos y ambiguos, aunque al mismo tiempo no del
todo absurdos. Se trata de un talento por derecho propio. Existe un
precedente en nuestra tradición occidental.
El Oráculo de Delfos se instaló en las laderas del monte
Parnaso, en Grecia, en el siglo VIII a. de C. Su última respuesta
documentada data del 393, y sólo porque el emperador Teodosio I
ordenó que se cerraran los templos paganos. Durante más de un
milenio, el Oráculo de Delfos fue el más acreditado no sólo en
Grecia, sino posiblemente en todo el mundo occidental. La
sacerdotisa del templo era la Pitia, cuyas profecías inspiraba
directamente el dios Apolo.
En una sociedad eminentemente patriarcal, la Pitia constituía
una excepción, una mujer que ostentaba un poder inmenso debido a
que dignatarios y jefes de Estado de todo tipo acudían al templo a
consultarla. Los historiadores contemporáneos coinciden en que la
Pitia transmitía sus oráculos sumida en un estado delirante,
posiblemente inducido por los vapores alucinógenos que se
elevaban desde una sima de la roca, y que los sacerdotes
asistentes modelaban su galimatías hasta convertirlo en enigmáticas
profecías. ¿Cómo si no, apuntarían los escépticos, podría
perpetuarse semejante engañabobos durante más de un milenio con
total impunidad? Si los oráculos hubieran sido inequívocos y
directos, habría resultado demasiado sencillo comprobar su
exactitud, o la ausencia de ella. Es probable que al darse cuenta de
ello no hubiera tardado en desvelarse que la operación entera era
un fraude. Pero ¿lo era? Permanecer tanto tiempo en activo parece
implicar que mucha gente creía que las profecías eran, si no
exactamente precisas, sí al menos útiles.
En relación con el I Ching, los filósofos chinos fruncen el ceño
ante la idea de trivializarlo usándolo como oráculo. No estamos ante
un artilugio adivinatorio, y de hecho el libro en sí parece rechazar y
frustrar a aquellos que lo consultan para averiguar su futuro (no hay
nada mejor que intentar consultarlo periódicamente para constatarlo
de forma empírica). Lo que el I Ching parece haber hecho mejor
durante los últimos cinco mil años –primero gracias a su transmisión
oral y después cuando ya se escribió sobre papel– es llevar al
individuo más allá de los límites de su visión y sus sentidos para
describir su situación tal y como es en el presente con sus
posibilidades latentes. Jung escribió: «La mentalidad china, tal y
como yo la veo en acción en el I Ching, parece preocuparse en
exclusiva de los aspectos accidentales de los acontecimientos. Lo
que nosotros denominamos “coincidencia” parece ser lo que más
interesa a esta peculiar mentalidad, mientras que lo que
consideramos causal pasa para ellos sin pena ni gloria».
La causalidad, la relación entre causa y efecto, es uno de los
puntales de la cultura occidental… y uno de sus carceleros más
eficaces. Para nuestra mentalidad occidental basada en fenómenos
causales verificables, es necesario un acto de fe para aceptar la
idea de que, lanzando tres monedas al aire seis veces seguidas,
obtendremos un hexagrama cuyo «dibujo» y mutaciones, si es que
las hay, representan exactamente dónde nos hallamos en este
momento concreto del tiempo y qué potencialidades, o reveses, nos
esperan si seguimos un determinado rumbo.
Es necesario presentar en este momento a un nuevo miembro
de nuestro club, un chino larguirucho, de aire despistado y cincuenta
y tantos años, aunque en realidad aparentaba treinta. Fue él quien
arrojó luz sobre esta diferencia crucial entre Oriente y Occidente: la
accidentalidad frente a la causalidad. La primera vez que lo vi
jugamos un poco y él apenas abrió la boca. Al final le pregunté
cómo se llamaba.
–Harbin.
–¿Has dicho Harbin? ¿No es una ciudad del norte de China?
–Sí, le pusieron el nombre por mí.
Me lo soltó con tal indiferencia que por un momento nos engañó
a todos y nos hizo creer que había dado nombre a una ciudad de
cuatro mil años de antigüedad y que en la actualidad tiene diez
millones de habitantes. El embaucador había llegado.
En los meses siguientes fui testigo del extrañísimo
comportamiento de Harbin y, una vez que se sintió a gusto en el
club, oí los comentarios más raros. Tenía una concepción de la
suerte que se hizo patente una y otra vez durante nuestros reñidos
partidos.
Para los jugadores occidentales como nosotros, un tiro con
suerte es el que golpea la red, o el borde o, más suerte aún, tanto la
red como el borde; o uno que te da en el dedo pero aun así
consigue superar la red o el borde de tu pala. Nunca he visto a un
jugador golpear inadvertidamente la pelota con el dedo y que luego
la pelota golpee la red y el borde, pero podría pasar. En otras
palabras, un tiro con suerte es aquel en el que se produce una
«intervención accidental», un «elemento imprevisto de azar». Pero
si un jugador occidental decide deliberadamente ejecutar un tiro de
gran exigencia técnica, y si esa pelota bota sobre la mesa, desde su
punto de vista no tiene nada que ver con la suerte y es fruto
únicamente de su destreza. Para los jugadores chinos, en cambio,
los conceptos «fruto de la suerte» y «premeditado» no son
excluyentes. Desde su punto de vista, un tiro de gran exigencia
técnica pero premeditado que sale bien es, de hecho, un tiro con
suerte. Es un tiro con grandes riesgos que ha valido la pena, y la
suerte ha tenido algo que ver. Así pues, parece que para la
mentalidad china la accidentalidad y la causalidad están
interrelacionadas, precisamente tal y como se describe en el I
Ching.
Cuanto más pensaba en el I Ching en relación con el tenis de
mesa, más obvio resultaba por qué no sólo los chinos sino todos los
asiáticos del este eran jugadores tan dotados. ¿Quién podía creer
que convertirse en experto en el arte de equilibrar el yin y el yang no
jugase un papel directo en el rendimiento de un campeón de tenis
de mesa, o de un experto en artes marciales, para el caso?
En el mundo occidental seguimos perdidos en nuestra búsqueda
de causas y efectos, hacemos planes en consecuencia y enseguida
nos sacamos de la manga un plan B, y luego incluso un plan C
cuando el primer plan de seguridad sale mal. Es una interminable
lucha titánica contra la imponderabilidad de la vida y, teniendo todo
en cuenta, es una causa perdida. Incluso aquí, en Occidente, al
preguntar a cualquier hombre o mujer de éxito cuál es su secreto,
contestarán que además del trabajo duro y la perseverancia, la
suerte jugó un papel destacado en su vida. Pero en el mundo
occidental la suerte sigue percibiéndose como una casualidad. A
Fortuna, la diosa romana del azar, se la representa con los ojos
vendados. Y la Fortuna no es un concepto remoto sino que pervive
en palabras nuestras como «fortuna», «afortunado»,
«desafortunado» o «afortunar». Tal vez el I Ching consiga
mostrarnos a los occidentales que la Fortuna, en lugar de tener los
ojos vendados, puede en realidad ver.
«La vida es una ofensiva, dirigida contra los repetitivos
mecanismos del universo», escribió el filósofo y matemático del siglo
XX Alfred North Whitehead. El I Ching puede ayudar al hombre o a la
mujer superior a sintonizar con dicho mecanismo para que, de todas
las potencialidades posibles, elija, en palabras de Whitehead,
«aquello que se someta a la formalidad de ocurrir realmente».
Señala a esa ventana de oportunidad, ese cambio mediante el cual
uno tiene, pongamos, de uno a mil para asimilar, y mejorar, el
misterio de ser.
Sigo experimentando con el I Ching, tanto como experimento con
gomas chinas procedentes del otro lado del Pacífico. A lo largo de
los años, una y otra vez he pronunciado oráculos que contenían las
palabras: «Es propicio atravesar las grandes aguas». Me doy cuenta
de que es una aseveración abierta a varias interpretaciones según
el hexagrama en el que se encuentre, pero cada vez que leo «las
grandes aguas» pienso en el mayor océano de la Tierra, el Pacífico.
Para mí, «atravesar las grandes aguas» siempre ha significado
dirigirse hacia el Lejano Oriente cruzando el Pacífico…, una profecía
que, con el tiempo, se hizo realidad.
6
Encontrar tu camino.
La importancia del maestro
YO ESTABA MEJORANDO, PERO NO EXACTAMENTE a todo trapo. En un
libro de Platón había encontrado un pasaje que se había convertido
en mi mantra: «Nunca desanimes a alguien […] que progresa
continuamente, aunque lo haga poco a poco».
Con internet y el entusiasmo como cautivadores cómplices,
amasé una colección de raquetas; siete en concreto. La madera de
la pala puede combinarse con materiales de diferentes propiedades
para mejorar el rendimiento del jugador. A menudo las raquetas
incluyen una o más capas de carbono para incrementar la velocidad.
Otros materiales usados son el titanio, la fibra de vidrio, el corcho y
los misteriosos acrílicos y aramidas (¿vienen de los meteoritos?
Según parece, los acrílicos son las sales y los ésteres del ácido
acrílico, y por su parte las aramidas son un tipo de fibra sintética).
Algunas de mis palas estaban hechas de cinco capas de madera
pura. Nadie me había explicado que éstas siguen ofreciendo el
mejor control y toque, pero con tiempo me di cuenta yo solo.
Además estaba el «punto dulce», que sonaba muy bien pero al final
resultó que el nombre no se refería a que estuviera cubierto de miel.
El punto dulce es el área más sólida del centro de la pala. En las
más baratas, la pelota no rebota tan bien en la parte exterior como
en el centro. Pero las palas de mejor calidad ofrecen puntos dulces
más amplios, para que el jugador no tenga que concentrarse en
golpear siempre la pelota con el centro exacto de su raqueta.
Acumulé más gomas todavía, todas baratas porque eran chinas.
Parecía la elección obvia, aunque la ventaja en el precio de las
gomas chinas, que eran más económicas que las japonesas,
coreanas y europeas, se contrarrestaba con la desventaja de exigir
más habilidad al jugador. Sin darme cuenta, pues, estaba
complicando mi proceso de aprendizaje equipándome con gomas –y
palas– para las que no tenía nivel. Para añadir más confusión, no
dejaba de cambiar de combinaciones y despegaba gomas de una
pala y las pegaba en otra.
En aquella época se usaba la cola rápida, una obsesión entre los
jugadores expertos, que retiran la goma de la pala y la vuelven a
pegar antes de jugar. Al cabo de veinte o treinta minutos, el
pegamento expande la esponja y añade así velocidad y efectos
adicionales a la goma. El resultado dura unas cuantas horas.
Recuerdo una goma en concreto por cómo afectaba a mis
contrincantes, una goma cuyo nombre debería ir precedido por un
redoble de tambores: la Kokutaku Blütenkirsche 868 Tokio Estilo
Superpegajoso. Antes de empezar un partido, anunciaba:
–Cuidado con mi revés, tengo un… ¡Kokutaku Blütenkirsche!
Estás advertido.
–¿Un qué? –me preguntaban.
–¡Un Kokutaku Blütenkirsche! Ándate con ojo.
¿Y sabéis qué? Durante los primeros intercambios mis rivales
jugaban mal, esperando Dios sabe qué de mis reveses.
Esta goma con un nombre casi impronunciable… La había
comprado por internet y me la habían mandado desde Hong Kong.
Era un híbrido curioso entre lo chino y lo japonés: la marca es
Kokutaku y la goma específica, Blütenkirsche. Más adelante
descubrí que Blütenkirsche significa «cerezo en flor» en alemán y
hace referencia a la conocida floración de los cerezos en Japón. Es
una forma bonita de mezclar las cosas, con un trabalenguas en
múltiples idiomas difícil de pronunciar. Para lo baratas que me
habían salido, las gomas eran bastante buenas, excepcionalmente
buenas de hecho. Pero no había nada como decir en voz alta su
nombre para que mis desconocidos contrincantes se echaran a
temblar: «¡Kokutaku Blütenkirsche!».
Soltarme entre interminables combinaciones de palas y gomas y
colas rápidas era como dejar a un niño en una tienda de caramelos:
lo mínimo que podía esperarse era una indigestión. Y la indigestión
llegó.
Por la razón que fuese, no me había percatado de que en mi
búsqueda de la combinación perfecta estaba impidiendo que mi
músculo de la memoria relacionado con mis golpeos se formara
mediante la repetición. Este proceso disminuye la necesidad de
concentrarse en el movimiento que requiere el golpe concreto, y
también proporciona la máxima eficiencia dentro de los sistemas
motores y de memoria. Pero las diferentes gomas, palas y colas
rápidas reaccionan de manera muy distinta unas de otras, y todas
requieren ajustes constantes. Como resultado, yo jugaba siempre
con vacilaciones.
Con el tiempo empecé a inclinarme por una combinación
concreta y jugaba casi siempre con ella, y también renuncié a la cola
rápida. Aunque no era uno de ellos, empezaba a sospechar que los
grandes jugadores eran todos esnifadores clandestinos de cola.
Voluntaria o involuntariamente era así, de modo que para evitar
riesgos para la salud, la ITTF ha prohibido no hace mucho el uso de
cola rápida. Además, las palas más veloces, con capas de carbono
entre las de madera, así como las gomas más rápidas con las
esponjas más gruesas, no tenían por qué ser mis mejores aliadas.
Cuanta más potencia tengas, más control hace falta para dominarla.
En el tenis de mesa, como en todo, el control es esencial, y en esa
etapa yo no tenía mucho control.
Cuanto más jugaba, más me sobreponía a mi orgía inicial de
material; regalaba raquetas a los miembros del club y me negaba a
comprar cualquier accesorio de moda. Llevaba unas zapatillas
deportivas baratas de lona, cuya ligereza, no obstante, era ideal
para el trabajo de piernas. Un polo de algodón negro con pantalones
cortos de algodón, nada de tejidos artificiales con todos los colores
de un traje de payaso y grandes logos. Para completar mi equipo,
una réplica de esas bolsas de tela verde oliva usadas en China
durante la Revolución Cultural, con una gran estrella roja en la parte
delantera y la leyenda «Servir al pueblo», escrita en mandarín.
Hay una mujer en el club que cree que lo que aplico a las gomas
de mi raqueta es «loción», así que me llama metrosexual. De hecho,
la loción es Spinmax, que hace que la adherencia de las gomas se
prolongue indefinidamente. Por otra parte, todos los jugadores
chinos se quedan asombrados con mi bolsa, pues hoy en día
muchos chinos parecen decantarse más hacia los bolsos de Gucci.
El club atraía jugadores de todas las edades. Los de mediana
edad tenían una cosa en común: problemas con alguna parte de su
cuerpo, por lo general como resultado de haber practicado
demasiado deporte en su juventud, como acababan explicando. La
rodilla, en particular, parecía ser la primera articulación en saltar, ya
fuera el cartílago, los ligamentos cruzados, el menisco o la rodilla
entera. Muchos jugadores de cierta edad juegan con rodillera, y
algunos también con coderas y muñequeras. El poeta romano
Juvenal es el responsable de la célebre afirmación: Mens sana in
corpore sano. Durante mi juventud como cerebrito, yo era
consciente de dichas palabras pero también me mostraba crítico con
ellas. Pues bien, había evitado diligentemente a deportistas y todo
tipo de sobreesfuerzo atlético, y aquí estaba: pese a mis muchas
fracturas, irónicamente me encontraba en mejor forma que muchos
de esos exdeportistas.
Desde entonces he empezado a sospechar que el deporte se
vuelve útil y en consecuencia necesario cuando pasas de los
cuarenta. Es entonces cuando el cuerpo necesita mantenerse en
forma para combatir la tendencia a ganar peso y sus peligros
concomitantes: colesterol alto, presión alta, niveles de azúcar altos,
etcétera. Antes de eso, hombres y mujeres jóvenes pueden tender,
en un rapto recurrente de exuberancia física, a excederse, y
pagarán por ello durante el resto de su vida.
En el club, ahora me conocían como «el maestro del efecto»,
alguien que provocaba dolores de cabeza a jugadores menos
cerebrales a medida que profundizaba en mi pasión original. Incluso
en los golpes compactos, es decir, con un movimiento limitado, las
gomas chinas pegajosas producían una fricción tremenda y
transmitían un efecto muy potente. Había una mujer china que
sonreía cada vez que me veía. Cuando jugábamos, y a medida que
mis efectos se incrementaban golpe tras golpe, ella se quedaba
impresionada y al final estallaba en una exclamación extasiada:
«Oh, qué efecto, qué efecto; ¡es usted el Doctor Efecto!», con un
tono que me recordaba a Teri Garr en su papel de ayudante de
laboratorio en El jovencito Frankenstein, cuando exclama con
admiración: «¡Oh, doctor!».
Algunos de los miembros del club eran jugadores de golpe plano,
que se limitaban a martillear la pelota con tanta fuerza como podían.
Mis reveses cortados rompían su juego, pues una vez y otra los
devolvían a la red. Por supuesto, los mejores jugadores, y la
mayoría de los asiáticos, sabían levantar la pelota, y entonces era
yo quien pasaba apuros.
Un día esperaba mi turno para jugar con un tipo austríaco para el
que el material parecía ser un fetiche. Iba vestido de la cabeza a los
pies con ropa de marca Joola, un fabricante alemán excelente
aunque muy caro. Su raqueta también era Joola, de primera calidad,
igual que su calzado. Llevaba encima cerca de mil dólares en
equipación, algo extravagante en el tenis de mesa. Por la forma en
que jugaba y se desplazaba, quedaba claro que tenía mucha
seguridad en sí mismo. Llegó mi turno; nunca nos habíamos
enfrentado. Durante el calentamiento no utilicé ninguno de mis
efectos, me limité a hacer pasar la pelota por encima de la red con
golpes planos. Entonces, bajo la mirada de un jugador al que no
conocía, empezó el partido.
Me sentía inspirado para dedicarle al mecánico todo mi
repertorio de saques. Las pasó canutas para devolverlos: la mayoría
de sus restos acabaron en la red; otros salieron largos, otros
desviados. Al final, fue incapaz de restar ni una sola pelota. Yo me lo
estaba pasando tremendamente bien, aunque mantenía una
expresión seria. Tras sacar él, le devolví un resto con un efecto que
lo dejó pasmado. Gané el primer juego por un margen muy amplio.
El miembro del club al que yo no conocía se había pasado todo
el rato comentando cosas en español con un joven francés a quien
sí conocía. «Muy inteligente. Un jugador muy inteligente.»
Eso espoleó mi vanidad (también soy humano), así que en el
segundo juego me saqué de la manga saques aún más abstrusos;
ni yo habría sabido cómo devolverlos. La situación se estaba
volviendo ridícula, puesto que mi contrincante, con todo su
equipamiento, en esencia no sabía jugar. Al final preguntó,
exasperado y con un acento que recordaba mucho al de Arnold
Schwarzenegger:
–¿Qué le hasses a la pelota?
–Le doy con efecto.
–¿Ah, sí? Bueno, ¡pues se acabó!
Se marchó de la sala hecho un basilisco y desde entonces no ha
vuelto.
El francés era el siguiente. También le gané, pero me costó
mucho más. Mientras jugábamos, le pregunté por el hombre con el
que hablaba en español, el cual había abandonado la sala.
–Oh, es el mejor, incroyable –comentó.
Al cabo de unos días volví a encontrarme con ese jugador
incroyable. Se llamaba Jaime, pronunciado en español. Jugamos y
me alegré de perder, como aún recuerdo hoy, 11-5, 11-4, 11-4.
Parecía una derrota muy honrosa. Durante el partido, me di cuenta
de que levantaba todos mis golpes cortados y de que en cualquier
momento podía soltar uno de sus demoledores loops de derechas
desde cualquier posición. En otras palabras, después de tan sólo
unos pocos intercambios, tuve la clara sensación de que, si hubiera
querido, podría haberme «machacado» sin dificultad, incluso
dejándome a cero.
Como al acabar el partido no había nadie esperando, resultó
natural que me diera algunos consejos: «Prueba este movimiento,
dobla las piernas, mantén el cuerpo bajo», todo en español. Los
consejos no tardaron en convertirse en instrucciones, la clase de
cosas que yo, fanático antideportista, nunca había hecho, pues las
consideraba un insulto a la inteligencia. Lanzar los loops no
simplemente al otro lado de la mesa, sino por encima de la línea,
para que la distancia fuera más corta y el intercambio, más rápido
aún. O una sucesión de loops de derechas y otro de revés. Y más y
más trucos.
Mientras que antes de jugar Jaime realizaba ejercicios
calisténicos para calentar, yo calentaba jugando como un histérico,
soltando aullidos ante mis propios errores e incompetencia. Por lo
menos lo hacía reír.
Al final acabé por enterarme de algunas cosas sobre él. Era un
distinguido economista en una institución financiera internacional en
Washington, DC, y en el pasado se había dedicado
profesionalmente al tenis de mesa, cuando era joven, en su
República Dominicana natal. Junto con su hermano Mario había
formado parte de la selección nacional. Su hermano, ahora
viceministro de Deportes de la República Dominicana, había ganado
muchos títulos e incluso había participado en las Olimpíadas de
Seúl en 1988, las primeras en incluir el tenis de mesa en el
programa.
Jaime –y su hermano– eran los responsables de formar y
entrenar a los equipos más jóvenes del Club Deportivo Naco, en la
República Dominicana, de donde salían muchos jugadores
eminentes. Entrenaba con Bernie Bukiet, tres veces campeón de
Estados Unidos y miembro del Hall of Fame. Formaba parte del
equipo del torneo Table Tennis Diplomacy Dominican Republic vs
China. Xi Enting, excampeón del mundo, era el entrenador chino en
ese momento y acabó por cogerle simpatía a Jaime. En los tiempos
muertos, trabajaba sus golpes.
Además, Jaime también había sido miembro del equipo nacional
para el Mundial. Poco después entró en la universidad, donde siguió
ganando títulos. Fue entonces cuando empezó a entrenar a su
hermano, que todavía jugaba a tiempo completo, para enfrentarse a
diferentes estilos de jugador. Por ejemplo: Carl Prean (tres veces
campeón del English Men Championship y excampeón de Europa
júnior) y Dan Seemiller (excampeón de Estados Unidos) cayeron
ante su hermano Mario, gracias en parte a este entrenamiento, que
hacía hincapié en atacar los puntos fuertes de esos jugadores. En el
caso de Seemiller, eso significaba bloquear con antiefecto y en el de
Prean, bloquear con los picos.
En los Juegos Panamericanos de San Juan de 1979, el equipo
dominicano ganó el oro, deshaciéndose de Estados Unidos en la
semifinal y de Canadá en la final. Después de licenciarse en la
universidad y conseguir trabajo en el Banco Central, en 1983 Jaime
regresó al equipo para participar en el II Torneo Iberoamericano.
Ganaron la medalla de oro. Entonces llegó la pausa más larga: entre
1988 y 2006 no jugó. Con el tiempo, su hijo le preguntó por su
pasado como jugador de competición de tenis de mesa y, con el fin
de pasar más tiempo con él, Jaime retomó el juego. Hace poco ha
participado en un torneo nacional por equipos en Baltimore, gracias
al cual su clasificación oficial ha regresado al más alto nivel.
Debería haber sospechado que la técnica de Jaime ocultaba
algo completamente fuera de lo común. El rápido juego de piernas,
el control superlativo, la aparente falta de esfuerzo con la que
colocaba la pelota, la potencia de su derecha, su capacidad de
neutralizar el efecto del contrincante y simplificar los procesos más
cerebrales: todo aquello se correspondía con un jugador de gran
nivel, era el producto de años entrenando y jugando en el circuito
profesional.
Y sin embargo, mientras que otros jugadores habrían pagado –y
encantados– por disfrutar del privilegio, yo me mostraba reacio a
adoptar sus enseñanzas.
Tal vez, llamándome Guido, estaba destinado a no buscar
«guía» más que en un sitio: en mí mismo. En el mundo occidental, y
en Estados Unidos en concreto, existe el mito de la autosuficiencia,
sin duda una ventaja para pioneros, tramperos y exploradores
varios, pero sobrevalorada en el mundo civilizado. De hecho,
depositamos nuestra confianza en desconocidos para las cosas más
vitales, como reparar los frenos del coche o someternos a una
operación quirúrgica. Un perfecto desconocido (y que hace lo que
hace por dinero), el anestesista, nos induce un coma farmacológico,
y luego otro perfecto desconocido, el cirujano, nos abre con un
corte. Y sin embargo nos cuesta aceptar la figura del maestro, casi
como si hubiéramos acabado por recelar de este arquetipo
tradicional. A lo que estamos acostumbrados es a una relación
impersonal con un profesor que se dirige a toda la clase, no a la
relación de tú a tú que se establece entre el maestro y el discípulo.
Es una figura que ha desaparecido en el mundo contemporáneo,
pero sin ella el Renacimiento no habría producido obras de arte; de
hecho, el Renacimiento no habría existido.
En aquella época todos los grandes maestros aceptaban
aprendices en sus estudios. Algunos de ellos acabarían por superar
a sus maestros tanto en habilidad como en fama, como en el caso
de Giotto, el discípulo, y su maestro Cimabue. Se cuenta que Giotto,
un joven aprendiz del siglo XIII en Florencia, pintó una mosca en la
nariz de un retrato que estaba terminando su profesor Cimabue. Era
tan realista que cuando el pintor mayor regresó a la bottega, intentó
aplastarla varias veces sobre el lienzo, antes de darse cuenta de
que el virtuosismo de su alumno lo había engañado. Con tanta
franqueza como clarividencia, Cimabue declaró que Giotto había
superado a su maestro.
En la compleja dinámica que se establece entre un maestro y un
discípulo, se trata de un momento tan deseado como temido. Es el
último rito de paso. Lo único que desea un buen maestro es que su
alumno lo supere, pero al mismo tiempo, y paradójicamente, debe
esforzarse para que al alumno le resulte muy difícil. Si al final
ocurre, significará que el alumno es ahora el maestro.
En un giro típico de malinterpretación moderna, el arquetipo
venerado del maestro, presente en culturas de todo el mundo, se ha
visto suplantado por un concepto defectuoso: el de mentor. Aunque
el uso de esta palabra se ha vuelto habitual, en realidad está
específicamente relacionada con la mitología griega. Cuando
Odiseo partió a la guerra de Troya dejó a su amigo Mentor a cargo
de su hijo Telémaco. De manera que el nombre Mentor se ha
adaptado y se utiliza como sustantivo que hace referencia a un
maestro parecido a un padre. Pero un verdadero maestro no debe
comportarse como un padre. Un buen padre es compasivo, e
incluso cuando su hijo se equivoca y vuelve a equivocarse, lo
apoyará. Un buen maestro no hará lo mismo.
El afecto no debe nublar el juicio de un maestro. Aunque es
posible que vaya cogiendo afecto al alumno a medida que éste
progresa, el maestro debe mantener la objetividad y sentirse libre
para criticar y corregir siempre que sea necesario. A un verdadero
maestro le desagradan los compromisos. Si en último término el
alumno no se merece su esfuerzo, lo rechazará; ya habrá otros. No
tiene nada que ver con una relación entre padre e hijo, y no debería,
así que llamar «mentor» a un maestro no hace más que confundir y
pervertir el asunto.
Pero en las sociedades occidentales contemporáneas se
rechaza la auténtica noción de maestro/alumno, junto con el
concepto de iniciación. Lo cual es coherente, porque ambos están
relacionados: un maestro es, en cierto sentido, un «facilitador de la
iniciación». Si hubiera conocido a Jaime desde un principio, habría
llegado preparado al centro cívico y después al club. No habría
existido un rito de paso humillante, sino una aceptación inmediata a
un nivel superior. Tampoco habría habido una desorientadora orgía
de material, etcétera. Me habría ahorrado tiempo, dinero y esfuerzo.
Por encima de todo, habría empezado con fuerza mi proceso de
aprendizaje, pues me habrían enseñado los movimientos correctos
desde un principio.
La confianza en uno mismo es un atributo necesario, pero no te
lleva más allá de tus propios límites. El escritor francés Balzac dijo
sobre un hombre muy seguro de sí mismo que se comportaba con
«tanta soberbia como si tuviera un repóquer de ases». Eso bordea
la grandiosidad infantil: ¿cuántas veces en la vida te salen cuatro
ases? Creer exclusivamente en uno mismo es antievolutivo, y sirve
más bien para permanecer en una etapa de ineptitud.
Y sin embargo, me ha costado seguir las enseñanzas de Jaime
sin espíritu crítico. Ahora sé que iban a hacer falta más aventuras
extrañas en el reino del tenis de mesa para averiguar por qué. En
aquel momento, podía comparar a Jaime con los entrenadores
profesionales que había visto trabajar en varios clubes. Éstos me
habían parecido tipos más bien tristes que pasaban el tiempo que
duraba la lección sin decir mucho ni corregir tampoco demasiado el
estilo de su alumno. Era como si no quisieran criticar, ni siquiera
cuando la crítica no tenía como objetivo molestar a sus clientes y
hacer que se buscaran un entrenador más indulgente.
Jaime, en cambio, que se lo pasaba bien entrenándome y lo
hacía como amigo, tenía un montón de instrucciones que impartir. Y
aunque yo me resistía de alguna forma a aceptarlas, siempre
acababan acertando de lleno. Por ejemplo, a veces yo intentaba un
loop y la pelota acababa en la red. «Agáchate un centímetro más»,
me decía él, y al siguiente intento la pelota superaba la red. O bien
yo jugaba cerca de la red e intentaba un flip de derechas, y él me
decía: «Dobla las rodillas, mantén el cuerpo bajo. Ahora alarga el
brazo y asegúrate de que el antebrazo está paralelo a la superficie
de la mesa; luego haz el flip con un giro enérgico de muñeca». ¿Y
sabéis qué? ¡Funcionaba! Como si fuera un hechizo. Así conseguí
dominar uno de los muchos golpes que durante meses habían
estado fuera de mi alcance y que ya estaba convencido de que
nunca dominaría. Con unos mínimos ajustes en la posición de los
pies, los golpes mejoraban desproporcionadamente.
El tenis de mesa me estaba mostrando su verdadera naturaleza.
Una mano hábil no basta por sí sola en una disciplina holística en la
que todos los detalles cuentan, en la que todo el cuerpo contribuye a
un resultado que va más allá de la suma de cada movimiento
individual.
Un día, para demostrarme que estaba clavado al suelo y no me
movía lo suficiente para alcanzar la pelota en la posición correcta,
Jaime se metió debajo de la mesa y me agarró los pies con las
manos. Entonces, desde debajo de la mesa, ordenó al contrincante
con el que yo jugaba:
–¡Saca!
–Oye, ¿estás seguro de lo que haces? –preguntó mi rival.
–¡Saca! –bramó Jaime desde debajo de la mesa.
Así que mi oponente sacó e iniciamos el punto. Yo intentaba
llegar a la pelota sin importar donde botara en la mesa, aun sin
poder mover los pies.
–¿Ves lo que quiero decir? –preguntó Jaime saliendo de debajo
de la mesa–. Lo primero que tienes que hacer –continuó– es llegar
bien a la pelota para poder ejecutar siempre el movimiento
adecuado, en lugar de ajustar el golpe porque no te has movido, o
no lo suficiente. Ahórrate el esfuerzo titánico de pasarte todo el rato
ajustando los golpes –añadió–. Son mucho más difíciles y nunca tan
efectivos.
¿Una posición adecuada y el movimiento correcto harían que
pudiera golpear la pelota sin esfuerzo? Esas dos palabras, «sin
esfuerzo», ejercían un atractivo extraordinario (ya me plantearía
después cómo hacer que las piernas me llevaran al sitio adecuado y
que el cuerpo ejecutara el movimiento correcto).
La implacable exactitud de las enseñanzas de Jaime me fue
conquistando poco a poco. También contribuyó lo mucho que se
implicaba en mi entrenamiento, a pesar de mis bromas despectivas
hacia mí mismo y de que hacía mucho el payaso, algo con lo que,
en realidad, se divertía mucho. «Entretenimiento gratis, mejor que
una película», comentó una vez. Debía de haberse percatado de mi
sudor, de que me faltaba el aliento, de que lo estaba dando todo.
¿Qué le había pasado a mi yo anterior, el antideportista acérrimo?
Entrenaba con tanta intensidad que cuando el sudor me caía en
los ojos, después de resbalar por la frente y las cejas, me lo secaba
sistemáticamente con el dorso de la mano izquierda en lugar de
interrumpir el entrenamiento para secarme los ojos, la cara y la
cabeza con una toalla. Como resultado, acabé contrayendo una
infección en ambos ojos. Nada que no pudiera curar un colirio
antibiótico, pero completamente evitable y, dicho sea de paso, un
testimonio de mis ganas de aprender.
Y luego estaba el dolor.
Al principio mis movimientos eran torpes, lo que no quiere decir
que no estuvieran llenos de fuerza o que no fueran casi impetuosos.
Para el loop de derechas ejecutaba un movimiento que a Jaime le
recordaba el que hacían los lanzadores de disco, pero sólo hasta la
mitad, por supuesto, como si yo fuera incapaz de girar sobre mí
mismo para dispersar la inercia. Se trata de un movimiento
inadecuado para un loop y, además, como quedaba abortado a
mitad de camino, ya que yo tenía que recuperar la posición
(«recargar»), el resultado al día siguiente era un invariable y
tremendo dolor de espalda. A veces casi paralizante, hasta el punto
de que no podía levantarme de la cama. Y la cantidad de tirones
musculares que había soportado en mi insensata lucha contra el
estilo adecuado… Desde que había empezado a ejecutar
correctamente los diversos movimientos, se habían acabado el dolor
de espalda y los tirones musculares. De hecho, el movimiento
correcto requiere menos energía y produce un resultado mejor y
también misericordiosamente indoloro.
No hay nada como darse de cabezazos contra una pared para
que la propia pared nos inocule algo de sentido común. Un antiguo
dicho chino afirma: «Cuando oigo, olvido; cuando veo, recuerdo;
cuando hago, entiendo». El papel del maestro, en este punto, es el
de abrir caminos, facilitar, habilitar. Ser esa persona que puede
darnos la llave de nuestro propio tesoro o, en otras palabras, de
nuestro propio talento y habilidad. El místico y poeta del siglo XII
Nizami Ganjavi escribió: «Uno solo no puede hacer nada: busca un
amigo. Si pudieras saborear el más leve atisbo de tu / insulsez,
huirías de ella».
La sabiduría taoísta también afirma que maestros y amigos
juegan un papel vital de apoyo y guía a lo largo del camino, ya sea
espiritual o de otro tipo, o ambas cosas. Y un maestro con plena
conciencia, uno que encarne el Tao, es una joya de valor
incalculable. El maestro último reside en nuestro corazón, pero
hasta que no logremos establecer una conexión estable con esta
sabiduría interior, es crucial aprovecharse de estas formas de
orientación externa.
En términos sufistas, tal como lo expresó el autor Idries Shah en
el siglo pasado: «No se trata de la necesidad de romper huevos
antes de poder hacer una tortilla, sino de que los huevos se rompan
solos para poder aspirar a la tortillez».
Encontrar a un maestro cuyo único interés sea el progreso de su
discípulo es un regalo de los dioses. No se me ocurre una manera
mejor de desarrollar tus facultades y, si vuelvo la vista atrás, me
resulta increíble que al principio me mostrara reacio a aprender lo
que Jaime me enseñaba. Y sin embargo, antes de seguir todas sus
enseñanzas al pie de la letra, hubo debates intensos en la recámara
y luego intercambios casi polémicos.
Cada entrenamiento me dejaba hecho polvo y más que dolorido,
si no directamente lesionado. Nunca habría imaginado que el tenis
de mesa pudiera ser tan agotador. Una noche, al volver a casa tras
una de esas sesiones, con la energía justa para conducir, giré por la
calle equivocada y acabé entrando en la sede de la CIA en Langley.
«Oh, vaya», me dije a mí mismo al darme cuenta de que no
podía dar la vuelta, porque era una calle de un solo sentido. Podría
haber parado, dar media vuelta y salir en contradirección, pero aquél
habría sido un paso en falso más llamativo que entrar por error, y no
quería ni imaginarme cómo lo habrían interpretado. No, tenía que
seguir recto hasta el puesto de control. El terror se extendía por mi
cuerpo cada vez que giraban los neumáticos.
Después de lo que me pareció una eternidad, al final llegué al
puesto de control. En cuanto lo hice, varios guardias armados hasta
los dientes rodearon el coche apuntándome con metralletas y
empezaron a lanzarme preguntas a gritos.
Yo bajé la ventanilla y los miré. Deseaba con todas mis fuerzas
causarles una buena impresión, pero se me trabó la lengua porque
no sabía si debía dirigirme a ellos como «señor», «agente» o
«guardia». Cuando por fin recuperé el habla, supongo que mi acento
no ayudó, y no creo que mi perilla fuera tampoco muy buena
embajadora. No estoy seguro, pero es posible que cuanto más
nervioso me ponía yo, más se me notara el acento. Ajá, debieron de
pensar, ¡qué rápido se le ha caído la careta!
Aun así les expliqué que sólo había girado por la calle
equivocada mientras volvía a casa.
–¿«Sólo», dice? ¿Se da cuenta de dónde está? –me preguntó
una guardia que, quizá porque parecía más cercana y menos hostil,
resultaba la más amenazadora de todos.
¿Era una pregunta trampa?, me pregunté en silencio. Si
contestaba: «Claro, es la sede de la CIA», entonces ellos
argumentarían: «Y si lo sabía, ¿por qué demonios ha entrado
aquí?». Así pues, ¿qué debía decirles? O mejor, como cuando
íbamos al colegio, ¿qué era lo que ellos querían oír?
Quedarme ahí entregado a esos frenéticos pensamientos no
hacía más que empeorar mi situación, porque mi renuencia a
contestar se estaba percibiendo como sospechosa. Al final, lo único
que pude explicar es que venía de un entrenamiento de tenis de
mesa, que estaba muy cansado y que, mientras conducía a casa,
había girado a la derecha antes de tiempo.
–¿Se cansa jugando a ping-pong? –preguntó la guardia, con una
expresión de duda en el rostro… ¿o era desdén?
–Así es, señora –le respondí mientras la observaba.
Era joven y esbelta, de estatura superior a la media, con una
melena rubia corta, un rostro agradable y bonitos ojos, y parecía
inteligente. No pude evitar preguntarme cómo demonios podía
gustarle ese trabajo. Sentí la tentación de preguntarlo, pero dado
que todos seguían sujetando sus metralletas con gestos nerviosos,
incluida ella, llegué a la conclusión de que mi pregunta se habría
considerado inadecuada, no, impertinente, razón suficiente para
acusarme de insultar a un agente público.
–Su permiso de conducir –me pidió ella.
Lo saqué de la cartera y se lo entregué.
Mientras comprobaban mis datos, otro guardia me preguntó con
brusquedad:
–¿Qué hay en la bolsa?
Los haces de luz de tres linternas de mano se concentraron en la
bolsa china del asiento de pasajero.
–Palas de ping-pong –respondí, esta vez de inmediato–. Vengo
de mi club de ping-pong, ¿lo ve?, y volvía a casa. Dentro hay dos
palas, cola, un limpiador de gomas, algunas pelotas, una toalla…
Déjeme que se lo enseñe.
Al tiempo que alargaba la mano, noté el cañón de una metralleta
clavado en la sien.
–¡No se mueva!
Más guardias acudieron a toda prisa. La bolsa por sí sola tenía
un aspecto terriblemente sospechoso, pero cuando los guardias
vieron la estrella roja, se les debieron de disparar todas las alarmas.
La orgullosa sentencia en mandarín: «Servir al pueblo», seguro que
tampoco ayudó mucho.
Cuando los jugadores chinos admiran mi bolsa, les digo:
«Bueno, eso es lo que hago: cuando sirvo [en un partido], ¡sirvo
para el pueblo!». Los guardias no debieron de pillar la broma, no sé
si por carecer de sentido del humor o por no saber mandarín, o por
ambas cosas.
Para entonces yo estaba empezando a abrigar visiones funestas
en las que me veía interrogado con crueldad hasta que sucumbía y
firmaba una confesión en la que declaraba que mis raquetas en
realidad no eran raquetas sino sofisticados instrumentos de
espionaje electrónico.
Al final, un guardia se armó de valor para abrir la bolsa de
aspecto sospechoso. Y ¡oh sorpresa!, contenía dos palas, cola, un
limpiador de gomas, algunas pelotas y una toalla, exactamente
como yo había afirmado.
–De acuerdo, su historia concuerda –dijo la guardia. Luego
cambió de tono y, todavía con un destello de incredulidad en los
ojos, me preguntó, como si estuviéramos charlando mientras nos
tomábamos un café–: ¿De verdad que el ping-pong le cansa?
–Sí, señora. Mucho. Tanto como para equivocarme de calle al
girar.
–Sí, ya veo. –Y recuperó su tono anterior para añadir–: Muy bien,
puede marcharse. Rodee el puesto y salga por el carril contrario.
Pero la próxima vez preste más atención. No querrá meterse en
problemas por un partido de ping-pong, ¿verdad?
7
¿Quién gana la carrera:
el purasangre o la mula?
LA PRIMERA VEZ QUE JAIME ME INVITÓ A SU CASA para un
entrenamiento, yo no esperaba acabar encadenado a una máquina.
El robot no dejaba de lanzarme pelotas: las que yo devolvía las
recogía en una red y me las retornaba en un proceso de reciclaje
que generaba una acción incesante. Me recordó mucho a mi
experiencia en la cinta de correr, y no tardé en sentirme como la
mula que hace girar la rueda del molino perpetuamente. Centenares
de golpes seguidos; luego una breve pausa; algunos ajustes en el
robot, que puede generar diversos efectos, y más centenares de
golpes. El objetivo, se me dijo, era perfeccionar la coherencia de mi
loop de derechas.
Siempre que oigo la palabra «coherencia» me viene a la mente
la opinión del autor y crítico Aldous Huxley: «La coherencia es
contraria a la naturaleza, a la vida. Las únicas personas
enteramente coherentes son las muertas». Yo no podía estar más
de acuerdo, y sin embargo Jaime, una vez más, tenía razón. Un
jugador de primera sabe antes de golpear que, gracias a que su
posición, movimiento, dosis de fuerza y puntería son correctas, la
pelota caerá exactamente cómo y dónde él quiera en el lado del
contrincante. Tener el control significa no sólo saber devolver los
golpes del contrincante, sino también mantener un control perfecto
sobre las propias acciones.
Así que, en coherencia con mi profundo desagrado por la
coherencia, me sometí al entrenamiento con el robot en la primera
de muchas sesiones. También porque me di cuenta de que aquello
me evocaba lo que mi amigo Ken Kubernik, un crítico musical de
Los Ángeles, me había preguntado en una ocasión, aunque en un
contexto completamente distinto, mientras estábamos en la playa de
Venice contemplando el océano Pacífico: «¿Quién gana la carrera?
¿El purasangre o la mula?».
En una carrera por etapas, ahora empezaba a inclinarme por la
mula. Sí, la intuición y los esprints del purasangre le harían ganar
una o dos etapas. Pero la coherencia y fiabilidad de la mula la
ayudarían a ganar la carrera al final.
El hecho de que la mula ganara la carrera al purasangre resulta
paradójico, aunque supongo que todos hemos oído una historia
parecida, la de la conocida fábula «La tortuga y la liebre», atribuida
a Esopo y sometida a varias interpretaciones a lo largo de los siglos.
Pero, como suele pasar con el tenis de mesa, la paradoja es más
profunda, más compleja, y parece requerir un pensamiento no lineal.
Todo ello se presentó ante mí de una forma completamente fortuita.
Una tarde estaba en mi club a punto de plegar la mesa,
guardarla en el almacén y marcharme. Justo en ese momento
apareció un nuevo jugador. Se llamaba Fadi, me dijo, y era de
Líbano. Era de mediana edad, cortés, con un leve exceso de peso, y
se le veía contento de estar en el club por primera vez. ¿Querría
jugar con él?
A pesar de lo tarde que era, acepté.
Al principio jugó tan mal que empecé a pensar en una excusa
educada para irme. Pero a medida que entraba en calor recuperó la
confianza en sus golpes. Al cabo de unos veinte minutos jugaba a
mi nivel y después, mejor que yo. Jugamos durante una hora. Para
entonces el club estaba cerrando, así que tuvimos que dejarlo.
–Gracias por tener la paciencia de jugar conmigo –me dijo.
–Para nada, ha sido un placer –le contesté de corazón.
–No, no, te pido disculpas por haberlo hecho tan mal al principio;
hacía mucho que no jugaba. Quiero compensarte, así que te haré
un regalo.
–Oh –contesté, sorprendido–. Gracias, pero no hace falta. Jugar
ya me ha compensado.
–Estás siendo educado. Al principio he jugado tan mal que
cualquier otro se habría marchado. Tú no lo has hecho. Así que
insisto: voy a hacerte un regalo. Además, pareces un tipo culto.
–¿Ah, sí? –pregunté, picado en mi vanidad.
Me di cuenta de que él había tomado nota de mi tonta reacción,
pero continuó sin comentarla:
–Es una historia que oí años atrás, en Siria, de primera fuente,
un derviche sufí. Se la he contado a muy pocas personas. En cuanto
termino de relatarla, llegan a la conclusión obvia, hasta que se dan
cuenta de que se equivocan. Entonces le dan vueltas y me escriben
de vez en cuando para preguntarme si su nuevo enfoque es el
correcto. Aunque el caso es que yo no he dicho que lo sepa, ya ves.
Cada cual debe llegar a su propia conclusión, y eso llevará tiempo.
Así que no te desanimes y deja que crezca en tu corazón.
Para entonces yo era todo oídos. Él se sentó en una silla y me
invitó a acomodarme a su lado.
–¿Están cerrando el club? No pasa nada, no es muy larga –
añadió.
Luego sonrió y empezó a hablar.
–Había una vez cinco prósperos reinos en Persia. Un día, uno de
los cinco reyes murió de repente. No tenía hijo y no había elegido
sucesor. Su gobierno estaba desorientado: ¿quién sería el nuevo
rey?
»Con tiempo los ministros encontraron una solución y anunciaron
el día de la coronación del nuevo rey. Además, difundieron la noticia
de que aquel día tendría lugar una gran celebración, con música,
baile, comida, vino y demás. Toda la gente que vivía fuera del reino
fue invitada al banquete. Se los trataría como a nobles.
«Cientos, miles de hombres se pusieron en marcha para llegar a
la corte a tiempo para la celebración. Pero muchos se desviaron por
el camino. Otros se pusieron enfermos. Algunos incluso murieron.
Era un viaje largo, puesto que el reino era vasto, y a muchos
hombres les pareció que el té de las teterías era demasiado
delicioso para renunciar a él. A otros les pareció que las mujeres de
los burdeles eran demasiado… complacientes para abandonarlas.
»Al final sólo cinco hombres llegaron a las puertas de la capital.
Pero incluso ellos se retiraron. Uno estaba demasiado cansado para
seguir. Otro tenía demasiada hambre, y quería comer y luego
descansar. Dos más encontraron baños públicos y decidieron pasar
unos días allí, como si ya no pudieran soportar más su propio hedor.
»Un solo hombre llegó al castillo. Llamó a las puertas, que se
abrieron para él. El primer ministro apareció y dijo: “Es usted nuestro
primer invitado; le damos nuestra más cálida bienvenida”.
»Unas odaliscas lo bañaron, lo alimentaron y lo guiaron hasta
unas cámaras lujosísimas donde descansar.
»Poco tiempo después, llegó el día de la coronación. Lo llevaron
a una estancia desde la que disfrutaba de una vista privilegiada de
la ceremonia y le explicaron que tal vez llegaran más invitados, y
que todos se sentarían allí. Así que él se acomodó y esperó
mientras fuera la gente lanzaba vítores.
»De repente levantaron la cortina que tenía delante y todos los
súbditos del reino aparecieron ante sus ojos. Aclamaban y
ovacionaban al nuevo rey, que no era otro que él mismo, sentado ya
en el trono.
–Ya veo –dije, buscando las palabras.
–No tienes que hacer ningún comentario, ni ahora ni nunca –
declaró Fadi, con otra sonrisa–. Aunque seguro que lo intentarás –
añadió–. Es la maldición de ser inteligente, ¿verdad? No pasa nada,
no pasa nada. ¿Estarás aquí la semana que viene? –me preguntó
con un tono distinto–. Bien, nos vemos entonces.
–Hasta luego –me oí decir a mí mismo.
No podía pensar en nada que no fuera su historia. Mientras
volvía con el coche a casa seguía intentando diseccionarla, aunque
me esforcé por no acabar de nuevo en la sede de la CIA. Sin
embargo, diseccionar la historia era probablemente lo último que
uno debía hacer. ¿Por qué? Porque desafía la lógica; explica de una
manera sorprendentemente acausal quién es el ganador y ataca el
núcleo de lo que nos enseñan a creer. En términos filosóficos,
«acausal» hace referencia a un resultado, o, mejor dicho, a un
efecto que no está producido directamente por su causa, sino que
parece haber ocurrido accidentalmente. Pero ¿qué quería decir la
historia?
Llevo ya bastante tiempo sin desanimarme, tal y como me pidió
Fadi, y desde entonces la he compartido con varios amigos.
La perseverancia es la respuesta más obvia, y también la
respuesta equivocada más obvia. ¿Perseverar en qué? ¿En
convertirse en rey? El hombre que partió hacia la fiesta no tenía
ninguna intención de convertirse en rey. De hecho, uno se pregunta
si de verdad lo es. ¿Con qué derecho? ¿Cuáles son los
prerrequisitos? ¿Proceder de un país extranjero y llegar a tiempo a
la fiesta?
Y sin embargo, resulta sorprendente ver cuántas personas
pretendidamente inteligentes dan esa respuesta. Eso no significa
que no sean inteligentes, sino que están tan acostumbradas a un
cierto patrón de pensamiento que no se dan cuenta de que les han
tendido una trampa y caen de lleno. El concepto de perseverancia,
tal y como nos enseñan ya desde la guardería, establece una
relación causal, un nexo, entre la causa y el efecto. Si te esfuerzas,
puedes conseguir lo que quieras. ¿Cuántas veces lo hemos
escuchado? Pero el viajero de la fábula nunca emprendió el viaje
para ser rey. Es más, su perseverancia para llegar a la ciudad a
tiempo para la coronación tal vez no fuera en absoluto
perseverancia. A lo mejor era tan pobre que no podía permitirse ir a
teterías ni a burdeles.
Un musicólogo erudito optó por el camino más fácil: «Una
historia muy buena. Siempre se pueden sacar alegorías de estos
relatos, pero yo prefiero disfrutar de su calidad artística y de la
sensación de asombro, y no ir más allá. Por eso yo soy un músico
que prefiere escuchar música en lugar de analizarla».
Un astrofísico estadounidense que trabajaba en Nueva Zelanda
dijo: «Sí, bueno, ¡no hay que bajar la guardia con esas prostitutas
complacientes! Supongo que la moraleja es: deja que otros vayan
primero ¡o pueden acabar cargándote con más responsabilidad de
la que quieres!».
Es una interpretación divertida y paradójica, y sospecho que a
los sufíes les habría gustado, por lo menos su humor.
Un eminente botánico inglés escribió: «La historia de un
peregrinaje completado con éxito. También representa la dedicación
a una tarea sin desviarse del propósito del viaje. Es una historia de
perseverancia y también de lealtad a una orden del gobierno. Al
embarcarnos en nuevas aventuras en la vida, nunca sabemos
adónde nos llevarán».
La mayor parte de su interpretación me resulta pintorescamente
victoriana –«dedicación a una tarea», «de perseverancia y también
de lealtad a una orden»–, pero al final se redime dejando una puerta
abierta a la imponderabilidad: «Nunca se sabe», etcétera.
Una editora que peca de demasiado lista y que vive la mitad del
año en India, me contestó: «Lo que parece claro es que nos
hallamos ante una parábola sobre la iluminación, y sobre cómo el
99,99% de las personas tienden a extraviarse por toda clase de
razones, incluso aunque al principio se les den las mismas
oportunidades de descubrir su tesoro interior. Este hombre que de
alguna forma consigue llegar al castillo no tiene cualidades
adicionales obvias aparte de la pura perseverancia y constancia,
aunque, por lo visto, con eso le basta. Tampoco tiene una
personalidad destacada que mantenga el ego en su sitio, supongo,
puesto que no se nos cuenta nada de él o de sus gustos. Me gustan
en especial los dos hombres sucios. Me pregunto si tal vez
representan el tipo de faquir que se somete a grandes dosis de
ascetismo y/o autoflagelación, que siente que el ego es lo peor, pero
se enfrenta a él en lugar de limitarse a dejarlo a un lado y avanzar
tranquilo». Interesante reflexión, pero una vez más la perseverancia
entra en la ecuación, de manera errónea.
Una semana después, tras lo que parecía una tormenta de
ideas, mi amiga añadió: «He vuelto a leer la fábula y estoy
convencida de que habla de cómo el 99,99% de la gente no
aprovecha la oportunidad que se le ofrece en cada vida de viajar
hacia el despertar; de alguna forma, a todos nosotros se nos invita
en cada vida a esa coronación en un país extranjero más allá de
nuestras fronteras normales (por ejemplo, dentro), y todos nos
distraemos por el camino, y todos vivimos en, o mejor dicho
“viajamos” por el interior de reinos en los que el rey está ausente
(por ejemplo el espacio mental en el que vivimos lo que duran
nuestras vidas, y que está lleno de todas las personalidades falsas
de nuestro ego, que no tiene sustancia real), y si se restaurara a
este rey en el trono, se demostraría que no es más que nuestros
(verdaderos, impersonales) yoes (aunque reconozco que aquí los
dos niveles simbólicos de la historia se solaparían, pero bueno,
estas cosas pasan con esta clase de fábulas).
»El elemento de celebración me preocupa menos, puesto que la
iluminación se representa en efecto como una gran celebración, una
explosión espléndida de luz y amor y dicha.
»Por lo que cada vez siento más fascinación es por los cinco
reinos, por el hecho de que da la sensación de que todos los
invitados parecen ser de fuera del reino del rey fallecido –un poco
raro, ¿no crees? (nadie de dentro del reino parece haber sido
invitado, lo cual apoya una vez más lo que he escrito antes)– y por
el hecho de que nos cuentan que hay cinco hombres que casi
llegan. ¿Cómo son esos otros cuatro reinos y los cuatro hombres
que se acercan al objetivo pero al final fallan? ¿Podrían los reinos
representar los cuatro puntos cardinales? ¿El mundo terrestre
material y sus cuatro elementos? (Aunque por lo general las
tradiciones orientales incluyen cinco elementos, el quinto, el
espacio, podría equipararse tal vez con el reino interior…) ¿Las
cuatro dimensiones? Si por casualidad ése fuera el caso, entonces
el quinto reino podría ser la quinta dimensión, o el reino interior. ¿Lo
entiendo cada vez mejor o estoy muy perdida?».
Probablemente, un poco de cada. Los sufíes evitarían tal
interpretación, que es enrevesada y atufa a teorización discursiva
occidental. Sobreanalizar es un error habitual. Las historias como
ésta están pensadas para iluminarnos como un rayo, como una
revelación, no mediante largos párrafos ni páginas enteras de
razonamiento especulativo.
La siguiente interpretación no procede del intelecto sino del
corazón. Me la envió una mujer que había sobrevivido a un cáncer
de mama y que, en agradecimiento, hacía sola el Camino de
Santiago.
«No soy escritora ni filósofa, sólo una experegrina. Sin embargo,
si tuviera que usar una palabra para describir mi interpretación de la
fábula sería “fuerza”. Sin duda el gobierno del próspero reino
buscaba un rey con un corazón, una mente y un alma fuertes.
»El gobierno ideó una fórmula que requiriera una demostración
de su fuerza. En la historia vislumbramos otras virtudes como la
humildad, el respeto, la disciplina y la responsabilidad. Son esas
virtudes las que evitan que el caballero se desvíe de su peregrinaje.
También queda claro que no va a la coronación porque sea una
fiesta gratis. Va a rendir homenaje al nuevo rey.
»Mi opinión personal es que lo primordial para el peregrino es el
compromiso constante. Éste no sólo te permite alcanzar tu objetivo,
sino que también te exige que aprecies profundamente el trayecto.
Una fuerza más del nuevo rey.
La sinceridad resulta conmovedora, pero me temo que la
interpretación está demasiado influida por su historia personal. Por
lo que sabemos, el viajero era sólo un parrandero sin un centavo y/o
un vagabundo acostumbrado a la miseria que no tenía nada mejor
que hacer con su tiempo, por no hablar de si tenía o no «un
corazón, una mente y un alma fuertes». Si hubiera tenido unas
cuantas calderillas en el bolsillo, se habría parado en las teterías; si
hubiera tenido un poco más de dinero, se habría quedado en los
burdeles. En realidad la historia no lo caracteriza lo suficiente (de
hecho, no lo caracteriza en absoluto) como para que podamos
suponer que resistió todas las tentaciones, centrado únicamente en
su objetivo.
Tal vez el problema sea que nuestra distorsión materialista
occidental nos enseña a reconocer como un gran premio –nada
menos que convertirse en rey– la recompensa lógica para la
perseverancia. En su éxito «All I Wanna Do», Sheryl Crow canta uno
de los estribillos más pegadizos de la historia de la música pop, en
el que dice que lo único que quiere es divertirse. Esta intrusión de la
cultura pop en temas aparentemente elevados de hecho está en
armonía con la irreverencia que a menudo se encuentra en la
sabiduría sufí: ¿y si la mayoría de los viajeros que trataron de asistir
a la coronación estaban motivados por su deseo no demasiado
elevado de pasárselo bien?
Un cantautor bohemio de San Francisco comentó: «Bueno, para
contestar tu pregunta sobre la historia del rey, en realidad parece
sencillo: todos somos reyes, siempre lo hemos sido, desde el primer
día; la distracción siempre está cerca y puede ser un medio seguro
para un fin. Pero aquí estamos, y a veces lo único que hace falta
para reconocerla es una llamada».
Dulce, pero también un claro ejemplo de buenas intenciones
negadas por la lógica interna del relato: si todos somos reyes, ¿para
qué iban a idear los ministros su estratagema de distracción para
coronar a un solo nuevo rey? ¿Por qué no recurrir a un sorteo?
Otro aspecto desconcertante de la historia es que ésta sea tan
explícitamente antiiniciática. El hombre entronado nunca recibió una
iniciación ni nada que se le parezca. No tenía ni idea de que iba a
convertirse en rey, no lo habría imaginado ni en sus sueños más
osados. De hecho, en aquella época un rey era mucho más que un
jefe de Estado; un rey reinaba por designio divino y era la conexión
entre las dimensiones terrestre y celestial. Por el contrario, nuestro
viajero era tan sólo un hombre confiado en medio de la multitud,
seleccionado mediante un proceso que, aunque se llega a él a
través de un diseño preestablecido, parece producir un resultado
muy azaroso, sin duda no basado en el mérito o las capacidades de
un hombre, aparte de ser extranjero y el primero en llegar.
Posiblemente sea esta falta de iniciación, por no hablar de la
ausencia de linaje de sangre, lo que atrae a los ministros que
deciden «elegir» de esta forma al nuevo rey. La mayor parte del
mundo occidental ya se ha sublevado contra la supuesta santidad
del linaje de sangre de las casas reales. ¿Acaso se nos está
diciendo que al fin y al cabo la iniciación es otra creencia construida
por el hombre y que podría abandonarse? Para los sufíes, a los que
la iniciación no les resulta ajena, afirmar esto es simplemente
asombroso.
He recibido algunas interpretaciones más. Me habría encantado
preguntarle a Fadi, pero éste parecía haberse evaporado. Nunca
regresó al club y parece que nadie lo conoce. Todos mis esfuerzos
por localizarlo fueron en vano. Qué típico, ¿no?, me maravillé. Por lo
menos, no cabía duda de que no me había desanimado.
Hace unos meses, por fin, hubo un avance. Fui a Miami a visitar
a un viejo amigo, un hombre muy erudito propietario de librerías en
Florencia, Caracas y Miami. Colecciona y lee tan sólo libros
esotéricos, y habla con fluidez cinco idiomas modernos, además de
latín, griego clásico y hebreo. En su ámbito profesional es ejecutivo
de una consolidada compañía de seguros; su campo de trabajo son
los imponderables, esos acontecimientos antiestadísticos que tanto
temen las compañías de seguros, porque pueden llevarlas a la
bancarrota de la noche a la mañana. Le mandé el relato sufí y él me
invitó a escuchar su interpretación mientras jugábamos un partido
de tenis de mesa. Que él también fuera un entusiasta del tenis de
mesa dice mucho sobre este deporte.
Lo que me reveló entre un loop y un golpe cortado tenía y sigue
teniendo mucho sentido. La interpretación es tan sorprendente como
la propia historia, y me provocó una embriagadora sensación de
revelación, y también me hizo reír, por lo irreverente y graciosa que
es. No creo que yo pudiera haber llegado a esa conclusión solo, al
menos hasta al cabo de muchos años, y cuanto más pienso en ella,
más acertada me parece. Pero no la revelaré.
¿Por qué?
Porque al fin y al cabo tan sólo sería mi opinión, o más bien la de
mi amigo, que he decidido considerar «correcta». Supongo que la
intención de la historia es que arraigue en nuestros corazones hasta
que se nos desvele su significado.
En el tenis de mesa, cientos, miles de jóvenes jugadores
expertos aspiran a convertirse en el campeón del mundo, aunque
sólo un hombre y una mujer lo conseguirán. ¿Acaso no entrenan
todos incansablemente? ¿No son todos monomaníacos a los que
apenas les queda tiempo, si es que les queda, para nada más? ¿No
tienen todos entrenadores apropiados, métodos de entreno,
instalaciones y material? Y aun así, sólo puede haber un campeón
del mundo. Tal vez eso fuera lo que intentaba transmitirme Fadi, el
jugador libanés esfumado. Sin duda era un gran jugador. Si hubiera
jugado conmigo un par de horas creo que su técnica se habría
reactivado aún más y habría sido casi como enfrentarse a Jaime. Tal
vez al saber que no regresaría decidió plantar una semilla de
sabiduría, una historia sobre las aspiraciones, las ilusiones, la suerte
y las recompensas inesperadas. Me ha proporcionado otra
perspectiva acerca del tenis de mesa… y de la vida. Lo cual no
quiere decir que haya aflojado el ritmo de mis entrenos. Por el
contrario, me ha animado a entrenar más.
También porque, aunque tarde, me enteré de que Jaime es
James en español. Unos años atrás, para celebrar mi cuarenta
cumpleaños y visitar un lugar mítico que siempre había querido ver,
también yo me había embarcado en la peregrinación a la catedral de
Santiago de Compostela, con mi mujer. Habían sido unos cincuenta
metros increíbles, desde el hotel directos hasta la catedral, sin
pararnos y a pie a pesar de las inclemencias del tiempo: una
llovizna.
Nos paseamos por el interior de la inmensa catedral durante una
hora. Era febrero y no había muchos peregrinos. Uno de ellos
estaba completamente quieto, paralizado ante una estatua de la
Virgen; el largo pelo desaliñando le cubría la cara y los ojos, y
llevaba ropa harapienta y desgarrada. Dios sabe por qué cosas
habría pasado aquel hombre. Al final abrazamos el busto dorado de
Santiago1 por detrás, como es tradición, y nos dirigimos a la salida.
Una vez fuera, nos dolían las piernas. De hecho, nos dolían tanto
que no podíamos caminar. Tan sólo alcanzamos a sentarnos en las
escaleras de la catedral, sobrecogidos y honrados, pero también
asustados. Pese a mi (inapropiada) frivolidad sobre nuestro
peregrinaje de cincuenta metros, nos dolían las piernas como si
lleváramos meses caminando. El dolor se alargó una media hora y
luego, por suerte, desapareció con tanta rapidez como había
llegado. De nuevo podíamos andar.
Es algo que resulta difícil de entender, y ninguno de los dos
pretende haberlo conseguido.
Así pues, ¿había una buena razón para que se me enviara un
maestro llamado Jaime, que además era un maestro de primera, o
se trataba de una casualidad? A veces me pregunto si estoy
semióticamente sobrecargado y tiendo a ver signos en todas partes.
Sin embargo, ignorar algo tan obvio sería engañoso, casi como
desmitificar una coincidencia significativa. Y puesto que la vida no
derrocha coincidencias significativas, me propuse seguir las
indicaciones de Jaime con tanta diligencia como me permitiera mi
naturaleza.
El hecho de que Jaime tenga el mismo talento como maestro
que como jugador es sorprendente, pero enseñar ha sido siempre
una de sus vocaciones. Menos sorprendente, al menos según la
sabiduría sufí, es que yo me tropezara con él justo cuando buscaba
un aprendizaje superior: el buscador es lo buscado.
8
Intermezzo giocoso.
Bichos raros y el toque femenino
CUANTA MÁS CONFIANZA GANABA EN MIS facultades, más quería
ampliar mis horizontes, así que empecé a acudir a diversos clubes,
no sólo en la zona de Washington, sino también allí donde viajara.
Me crucé con muchos buenos jugadores y con algunos bichos raros.
En otro club de Virginia conocí a un jugador indio relativamente
bueno. Siempre he sido un viajero empedernido, así que le pregunté
por su localidad natal:
–Entonces, ¿Hyderabad es una ciudad bonita? ¿Vale la pena
visitarla?
Meneando la cabeza y sin dejar de sonreír, me contestó:
–Oh, sí, hay un campus de Microsoft muy bonito.
–¿Ah, sí? –dije yo, e insistí–: Y ¿qué tiempo hace en Hyderabad
en esta época del año?
–Oh –respondió él, siempre meneando la cabeza–. Muy parecido
al de aquí.
Una respuesta más o menos verosímil durante los meses de
verano. En invierno, me lo encontré de nuevo una tarde que nevaba
y le pregunté:
–Dime, ¿qué tiempo hace en Hyderabad en esta época del año?
–Oh –meneando la cabeza más de lo habitual–, muy parecido al
de aquí, muy parecido al de aquí.
En un club abarrotado de Maryland, me senté junto a un jugador
que esperaba su turno y no dejaba de masajearse el hombro
izquierdo con una mueca de dolor.
–¿Duele mucho? –le pregunté.
–Ya lo creo; cuanto más juego más me duele.
–Vaya. Entonces debe de ser zurdo.
–No, no lo soy. Por eso me duele el hombro izquierdo: nunca lo
uso.
En mi club conocí a un jugador con el pelo cortado igual que
Larry en Los tres chiflados. Se llama Charles, trabaja para el
gobierno, habla ruso, edita una revista satírica y tiene diabetes. Por
ello debe hacer ejercicio constantemente. Sin embargo, y a pesar de
entrenar tanto, sigue siendo un jugador plano, incapaz tanto de
generar como de devolver pelotas con efecto, pero es un personaje
divertido y alocado. Entra en una habitación donde se juega un
partido frenético y se pone a hablar con los jugadores como si
estuvieran en una cafetería tomando una limonada. De vez en
cuando dice cosas raras, como: «Me van a mandar dos años a
Azerbaiyán, pero no pasa nada: allí se bebe cerveza y puedo volar a
Estambul». Un día entró en la sala del club y llamó por el nombre
equivocado a un jugador que estaba a apenas unos metros.
–¿Qué pasa, Charles? –le pregunté–. ¿No ves bien?
–Veo fatal. Borroso, y también con manchitas flotantes. Antes se
portaban bien pero ahora se dedican a dar vueltas e interfieren en
mi juego. A veces me paro en medio de un punto y las aparto con la
raqueta pensando que son moscas.
En un club de Pasadena, en California, recuerdo haber jugado
con un mexicano corpulento pero habilidoso. Tenía un poderoso
loop, pero el hecho de ejecutarlo bien parecía consumir toda su
energía. Es curioso que los jugadores de tenis suelten gruñidos de
forma espasmódica mientras que los de tenis de mesa no lo hacen,
salvo al menos una excepción: este hombre se retorcía y gemía con
cada loop, como una mujer que estuviera de parto. Justo antes de
un golpe que prometía ser devastador, ocurrió lo inevitable: se tiró
una ventosidad. No es que fuera sonora, no: es que fue como un
trueno. En el club todo el mundo se detuvo, lo miró y estalló en
carcajadas. Rojo como un tomate, mi contrincante dijo:
–Este punto lo repetimos, ¿no?
Una tarde ajetreada llegó un nuevo jugador al club, un hombre
de setenta y pocos años. Se sentó en la silla de plástico para
esperar su turno con la actitud orgullosa de un rey sentado en su
trono. Al terminar el partido que estábamos mirando, se levantó
poco a poco y se dirigió solemnemente a la mesa.
–Aún no le toca –le advirtió otro miembro–, va después de mí.
El recién llegado respondió con expresión grave:
–En mi tribu, todo el mundo respeta a los ancianos.
«Esto promete», pensé yo, y decidí quedarme en la sala.
Cuando por fin le llegó el turno al hombre mayor, se acercó a la
mesa con andares regios o con una leve cojera, no estoy seguro.
–Esta pala –anunció a los presentes, como si fuéramos su
corte–, vale por lo menos ochocientos dólares.
–¿De verdad? –pregunté yo–. ¿Y cómo es posible?
–Es de un anciano roble del Cáucaso.
Se puso a calentar y ya desde los primeros intercambios de
golpes me di cuenta de que había sido un buen jugador. Su
movilidad ya no era la de su juventud, pero tenía un control
extraordinario. Cuando me llegó el turno de jugar con él, le pregunté
de dónde era. Pareció irritarse por la insolencia de mi pregunta y me
dedicó una mirada que venía a decir «¿cómo te atreves?», aunque
al final contestó:
–Soy originario de Armenia, de una tribu muy elevada.
Imprimía a la pelota más efecto incluso que yo y, siempre con el
mismo aire arrogante y exquisitamente condescendiente, explicaba
sus golpes con una jerga –o galimatías– que había tomado prestada
de la Física. De hecho, reivindicó en un tono algo exaltado que era
un físico de primera categoría.
Yo debía de ser el único que se divertía tanto con su estilo como
con sus hipérboles, porque no tardamos en quedarnos los dos solos
en la sala y, poco después, en el club. Era la hora de cerrar y fuera
llovía a cántaros y tronaba. Me bastó una mirada al arrogante físico
con aires de rey de una tribu muy elevada y dueño de una pala
tallada de un anciano roble del Cáucaso para darme cuenta de que
no tenía medio de transporte, no había parada de autobús cerca y ni
siquiera llevaba paraguas.
–Le llevaré a casa –me ofrecí.
–¡Ni hablar! –bramó–. Estaría en deuda con usted para siempre.
–No, seguro que usted haría lo mismo. No me cuesta nada.
Al final accedió y, durante la media hora que duró el trayecto
hasta su hotel para estancias prolongadas, me obsequió con un
surtido de disquisiciones. Pero yo conducía bajo un chaparrón tan
intenso que apenas veía nada y tenía que ir muy despacio. Al final
entendió que yo había pasado mi juventud en Italia y procedió a
desenterrar el nombre de todos los autores y directores de cine
italianos que conocía. Cuando afirmó que Dino Buzzati era su
novelista preferido de todos los tiempos, le comenté:
–Qué coincidencia; mi padre era amigo suyo. De hecho, a finales
de los años treinta y comienzos de los cuarenta estuvieron juntos en
Adís Abeba, en Etiopía. En esa época Buzzati estaba escribiendo su
obra maestra, El desierto de los tártaros.
–Es uno de los mayores tesoros que he leído nunca –aseveró él
con voz trémula.
–Vaya. Bueno, él le regaló a mi padre un ejemplar dedicado:
«Para Geo Mina di Sospiro, el hombre que, si escribiera, escribiría
mejor que yo».
Nos encontrábamos en el aparcamiento de su hotel barato. El
viejo armenio, que antes había parecido tan arrogante, tenía
lágrimas en los ojos. Se recompuso y dijo:
–Ha hecho usted feliz a un viejo. Le beso las manos. –Lo hizo de
verdad antes de que pudiera detenerlo–. Y estoy en deuda con
usted para siempre; ahora somos hermanos en este valle de
lágrimas.
Hace poco ha llegado al club un joven delgado y guapo, siempre
serio hasta rayar en la melancolía, que dice que es alemán. Al final
me contó sólo a mí que había nacido y crecido en Bosnia, y que
luego su familia se había trasladado a Alemania, Hungría y,
finalmente, Estados Unidos. Habían matado a muchos de sus
familiares durante la guerra.
–Es que –añadió en un susurro al final de su confesión–
técnicamente somos musulmanes.
Mick nunca sonreía, menos aún se reía. Así que un día, ante un
numeroso grupo de jugadores, decidí imitar a Mussolini. Con lo que
el Duce consideraba un «lenguaje corporal de superioridad», adopté
una mirada de desprecio así como una pose de estatua: el pecho
hinchado, los puños a ambos costados, la expresión huraña de un
actor sorprendido sobre el escenario por un inoportuno ataque de
síndrome del intestino irritable, y vociferé: «Italiani, [pausa] nos
retiramos, [pausa] para conquistar [larga pausa] ¡las mejores
posiciones!».
A esta la siguió de inmediato mi imitación del presidente Mao:
«Camaradas», y a continuación una larga y sonora letanía de
gorgoteos guturales con vocales y sonidos diversos, algunos de
otros mundos. En cuanto acabé, entre risas generalizadas incluida
por fin la de Mick, Harbin se levantó de un salto y, con la cara roja y
visiblemente enfadado, gritó:
–¡No se parece en nada!
A Harbin no dejaban de ocurrírsele pequeñas joyas de humor
deliberado o involuntario, aunque yo nunca estaba seguro de cuál
de los dos se trataba. Un día que hablábamos de uno de los
mejores jugadores del mundo, Zhang Jike, le pregunté cómo se
pronunciaba exactamente su nombre.
–¿A quién demonios le importa? –repuso con una expresión que
no podía mostrar más indignación.
Poco antes de Navidad, a medida que la concurrencia al club
disminuía porque todos los miembros se preparaban para las
vacaciones, Harbin me informó:
–Yo vendré mañana, y pasado también. Para mí la Navidad no
significa nada.
Lo dijo con toda la seriedad del mundo.
–Lo siento por ti; te pierdes toda la diversión –le contesté sólo
para picarlo.
–¡Soy ateo! –replicó él con tono provocador. Pero entonces
añadió, en voz baja y como si se hubiera acordado después–: En
realidad, en Nochebuena voy a la iglesia.
–¿En serio? ¿Por qué?
–Es alegre. Me gusta el ambiente.
Sonrió con aire angelical.
Al día siguiente, Harbin disfrutaba de una buena racha en la que
las pelotas rozaban la red y los bordes de la mesa un número
desmesurado de veces. Frustrado, me metí con él a gritos.
–¡Dios está de mi parte! –me contestó él también a gritos.
–Espera un momento: ¿tú no eras ateo?
–Sí, y Dios está de mi parte. Ambas cosas no son mutuamente
excluyentes.
Y sonrió. Aquello de «mutuamente excluyente» debía de ser una
expresión suya; la utilizaba a menudo, tal vez era una reminiscencia
de su época universitaria en Estados Unidos. Aunque la forma en
que la utiliza me hace preguntarme si realmente la entiende, o si
algo se ha perdido en la traducción o, pensándolo bien, en el marco
de nuestra mentalidad occidental.
En otra ocasión, la suerte de Harbin rayaba lo obsceno.
Golpeaba una y otra vez la red y los bordes con la pelota. Cuando el
tanteo entre dos jugadores está ajustado, estos golpes (de suerte)
anulan todo el trabajo. Yo me quejaba, como siempre hago con él,
con la esperanza de que mis protestas provoquen algún comentario
gracioso. En el punto de partido, Harbin tocó en un solo golpe la red
y el borde, y se llevó el punto. Repito: ¡el punto de partido! Entonces
me miró con una sonrisa de oreja a oreja. Yo me sulfuré. En la
esquina de la sala había una escoba; me precipité hacia ella, la cogí
y me dirigí a él blandiéndola como si fuera una alabarda. Mis
intenciones estaban meridanamente claras y él, el autoproclamado
maestro de kung-fu, retrocedía alejándose de la mesa al tiempo que
proclamaba a pleno pulmón:
–¡El juego es así! ¡El juego es así!
Yo me eché a reír y él se dio cuenta de que era una broma (la
verdad es que me encanta hacer el tonto y él saca mi lado
bromista). O quizá no se dio cuenta. De hecho, la siguiente vez que
nos vimos, me dijo muy serio:
–Somos enemigos natos. Nuestros partidos van a ser siempre
duelos a muerte.
Otro día, una vez más con tono provocador, Harbin me soltó:
–Me has llamado comeperros.
No era verdad, pero aun así yo me sentía mal por haberlo
ofendido, así que para distraerlo le expliqué que en Italia hay gente
que come carne de caballo y de burro, además de aves pequeñas,
con polenta. Como si no me hubiera oído, añadió con el tono
calmado de quien habla consigo mismo:
–En Corea comen perro; en mi tierra, en el noreste de China, no
se come tanto.
–Ya veo… –contesté, intuyendo una confesión.
Y llegó:
–Yo comía perro de vez en cuando. Para los constipados, por
ejemplo, lo que me iba mejor era el estofado de cachorro.
–¿Estofado de cachorro? –pregunté.
¡Por Dios! ¿Era posible que se tratara del equivalente a la sopa
de pollo en el noreste de China?
–Así que bueno –continuó–, puedes llamarme… veamos…
comeperros ocasional. –Me lo dijo en tono inexpresivo, y no se
quedó ahí–: A los gatos sí que no los tocamos; pero en el sur de
China comen de todo.
Éstos son algunos ejemplos de los muchos bichos raros que he
tenido la suerte de conocer durante mis aventuras en el mundo del
ping-pong. ¿Qué tiene el tenis de mesa para atraer a tantos
personajes excéntricos? Mi impresión es que antes de la revolución
del sándwich este deporte atraía a… personas planas: jugadores
que se entregaban a un deporte soso, aburrido, lento, basado en
mucho pensamiento lineal. No podía ser de otra forma, pues con las
palas de madera de la época era imposible imprimir un efecto
potente. Pero tras la revolución, las cosas cambiaron para siempre.
El comportamiento de los excéntricos a los que he conocido me
parece acorde al deporte moderno. Muchos jugadores son
decididamente extravagantes, aunque en mi experiencia nunca
inadaptados, al menos de manera ostensible. Si el tenis de mesa no
fuera tan deliciosamente extraño y no euclidiano, yo mismo no me
habría sentido tan atraído por él.
Un tiempo después de las revelaciones gastronómicas de
Harbin, le dije a mi hijo Pietro que se viniera al club. Jaime se había
ofrecido a entrenarlo. Tras el viaje semiépico en coche, se había
convertido en un joven fuerte y atlético. En broma, o quizás en serio,
siempre había sostenido que el tenis de mesa no era un deporte de
verdad.
Jaime practicó con él golpes de derecha y loops. Pietro lo dio
todo, y con buenos resultados. Se sentía con la confianza suficiente
como para enfrentarse a mí…, justo lo que yo esperaba que hiciera.
No tardó en acabar jugando como el austríaco, incapaz de
devolver mis saques ni de hacer frente a mis efectos. Me sentí
vengado. Y durante la semana siguiente él no pudo dormir apoyado
en el hombro derecho ni utilizar ese brazo. A eso lo habían reducido
dos horas de entrenamiento en serio.
Dicho esto, si a Pietro le hubiera entrado el gusanillo del tenis de
mesa, dada su constitución, su naturaleza competitiva y una cierta
facilidad de movimientos, es probable que en un año hubiera estado
a mi altura, y entonces habríamos jugado algunos partidos en serio.
Uno de mis descubrimientos fue un nuevo club cerca del
aeropuerto de Dulles. Los dueños y gestores eran un dúo
compuesto por un padre y un hijo chinos. Tan sólo la atmósfera que
se respira allí hace que a uno le entren ganas de volver: siempre
alegre, casi feliz. Los dueños te reciben con afabilidad y los
jugadores también son cordiales. Casi todos son chinos, eso sí. La
barrera del lenguaje debería estar presente, pero todos hablamos la
lengua franca del tenis de mesa. En muchas ocasiones yo era el
único no asiático presente (había también algunos jugadores
coreanos, japoneses y vietnamitas).
A estas alturas ya me conocen, pero al principio les costaba
reconciliarse con la idea de que un tipo occidental pudiera jugar de
manera competente e incluso ganar a algunos de ellos. Me
dedicaban miradas que oscilaban entre la perplejidad y el
desconcierto. Los chinos creen que el tenis de mesa les pertenece
por derecho natural y que el deporte es suyo, y lo mismo les sucede
a japoneses y coreanos. Dicha creencia se ve reforzada por la
experiencia: aquí en Estados Unidos todos han jugado con mil reyes
del sótano y saben lo gallitos pero poco instruidos e ineficaces que
suelen ser. Porque eso es precisamente lo que llama la atención de
estos jugadores chinos en particular: todos están instruidos; todos
conocen los fundamentos. Jamás podrían adoptar el estilo extraño e
inútil del que tanto se ufanan los reyes del sótano.
Los pocos jugadores chinos que sabían algo de inglés me
preguntaban:
–¿Dónde has aprendido a jugar así?
Yo me lo pensaba un rato y luego contestaba:
–Bueno, de todos vosotros, en realidad, y además tengo un
maestro.
–Ah, muy bien, muy bien. ¿Otro partido?
Pero el mejor descubrimiento fue, con diferencia, el de las
jugadoras chinas. Gracias a algún partido aquí y allá, había
aprendido a no retraerme ante ellas: son las que juegan mejor y no
tiene sentido mostrarse caballeroso con ellas porque te comerán
vivo y no se molestarán en volver a jugar contigo. Con ellas hay que
mantener la guardia alta y dar lo mejor de uno mismo. Pero a
diferencia de los jugadores hombres, tienen un encanto distintivo:
antes y después del partido, ríen con timidez cubriéndose la boca
con la mano; da la sensación de que están coqueteando (tal vez sea
una estrategia para distraer) y jugar con ellas es, en conjunto, un
placer. Cuando empecé a hacerlo ya me había convertido en un
jugador decente. Jugaba el primer partido contra una jugadora a la
que no conocía, lo ganaba y, al acabar, todas me decían,
indefectiblemente: «Eres bueno…», con todo el involuntario
trasfondo sexual del que no son conscientes. Yo me ponía rojo
como un idiota, pero ellas insistían: «Eres muy bueno», y sonreían,
impresionadas.
Con tantos prejuicios hacia los jugadores occidentales, yo
constituyo la eterna sorpresa. ¿Para qué iba a aprender un tipo
occidental a jugar tan bien? ¿Es posible, o ha sido sólo suerte?
«¡Vamos a hacerlo otra vez!», me decía ella con entusiasmo.
Ruborizándome de nuevo por la insinuación involuntaria, yo jugaba
otro partido. Entonces se acercaban a mí, inspeccionaban mi
raqueta; alguna también preguntaba si podía probarla. «Si te parece
bien, ¿sí?», comentaba con una sonrisa contagiosa.
Si el tío occidental consigue ganarla por tercera vez consecutiva,
obtiene un: «¡Vaya! ¡Qué efecto! ¡Eres muy, muy bueno!». La
primera y la segunda vez podría haberse tratado de un golpe de
suerte, pero la tercera es ya una confirmación.
Una vez, en otoño, ofrecieron a todos los miembros y visitantes
del club chino unos pastelitos especiales: pasteles de luna. Antes de
jugar con una chica china nueva, particularmente guapa, según
recuerdo, le pregunté qué significado tenían.
–Es complicado –me contestó, y es probable que mentalmente
añadiera: «¿Y a ti qué te importa?».
Sin dar más explicaciones, se puso a calentar. Mientras jugamos
yo no me eché atrás, y se representó de nuevo la comedia habitual:
«Eres bueno…», etcétera.
En el tercer partido ella jugó con mi pala, que como ocurría a
menudo en esas circunstancias yo le había dejado, y yo jugué con la
suya, que era más o menos tan buena como la mía. Tras haberse
convencido de que mi raqueta no era un arma secreta y que yo era
de verdad un jugador decente digno de su admiración, se acercó a
mí, me cogió del brazo y me llevó a un rincón tranquilo alejado de
las mesas. Deshaciéndose en sonrisas y recurriendo a su mejor
inglés, me habló de los pasteles de luna y del festival Zhongqiujie.
9
Dos razas de jugadores y hombres:
metafísicos y empiristas
LA MAYORÍA DE LOS JUGADORES DE TENIS DE mesa contemporáneos
utilizan gomas lisas: gomas de sándwich con la goma superior
pegada a la esponja y con los picos hacia dentro (invertidos). Así
pues, es la superficie lisa de la goma superior la que golpea la
pelota, no la de picos. La goma lisa produce la mayor gama posible
de efectos. Desde la trascendental revolución del sándwich, ése ha
sido el camino a seguir. Hacer loops con cualquier goma que no sea
de sándwich es o bien imposible o bien ineficaz y blando: no se
genera efecto suficiente.
La minoría restante, sin embargo, lamenta discrepar. Son los
jugadores que utilizan gomas con picos, como en las palas de
madera originales de antaño. Éstas pueden tener o no esponja, que
suele ser más fina que la que utilizan los jugadores con los picos
invertidos. Un jugador puede decidir usar una goma con los picos
invertidos para la derecha, y así explorar las posibilidades del loop, y
otra con picos para el revés. Durante el partido, incluso durante un
punto, puede cambiar para aumentar la confusión, pues el
contrincante está más pendiente de la pelota que del color de la
raqueta del otro. Mientras que una raqueta con picos cortos no
permite loops efectivos, le afecta menos el efecto de la pelota que
recibe y al devolverla ésta bota de manera distinta, a menudo como
una «pelota muerta» que es difícil prever, y de esta manera ralentiza
el intercambio. Y hay algo incluso peor, el azote del tenis de mesa:
los picos largos.
Con los picos largos se consigue el efecto más alucinante:
invierten el efecto recibido y ralentizan considerablemente la pelota.
El iraní mudo al que había conocido cuando comenzaba a ir al
centro cívico tenía una de esas gomas en una cara de su raqueta.
Intercambiar golpes con esos jugadores, lo diré suavemente,
provoca dolor de cabeza y requiere una paciencia tremenda. Uno
tarda un rato en recalibrar sus propios golpes; si golpeara como lo
hace normalmente, la mayoría de sus pelotas acabarían en la red.
El bote también es distinto, con desviaciones inesperadas en la
trayectoria.
Por último y no menos importante, hay una segunda variedad de
gomas de picos largos que tiene otra consecuencia más: la pelota
se desplaza por el aire en una trayectoria en zigzag, lo cual
desorienta bastante. A menudo, los jugadores que usan esta clase
de gomas dicen: «¿Has visto lo que hacen mis picos?».
Y ahí está el quid de la cuestión: no se trata de lo que han hecho
ellos, sino de lo que han hecho sus picos.
A la mayoría de los jugadores que usan gomas con los picos
invertidos yo los llamo metafísicos; a la minoría restante, empiristas.
Estas dos etiquetas se aplican a su manera de enfocar no sólo el
tenis de mesa, sino la vida, así como a su manera de percibirla y
aceptarla. Es una de las grandes lecciones que he aprendido del
tenis de mesa.
La metafísica tradicional es una rama de la filosofía cuyo objetivo
es entender la naturaleza de los primeros principios, ya sean visibles
o invisibles. Se ocupa del ser en cuanto que ser y de las causas
primeras de las cosas. Un metafísico tradicional es el que intenta
descubrir qué es lo que subyace detrás de todo.
Hay un significado del término más popular y menos restrictivo:
no «después» de la física, en referencia a los escritos del filósofo
griego Aristóteles, sino «más allá» de lo físico, como fenómenos que
existen más allá del mundo físico.
El empirismo resulta más sencillo de explicar: es la doctrina
según la cual cualquier conocimiento se deriva de la experiencia
sensitiva. Aunque el concepto le debe mucho al mismo Aristóteles,
quien al diferenciar entre conocimiento y experiencia es considerado
un empirista ante litteram, tal doctrina fue formulada de manera
explícita en el siglo XVII por el filósofo inglés John Locke. Locke
escribió que las experiencias dejan su marca en la mente, que es
una tabula rasa. El empirismo niega que los seres humanos tengan
ideas innatas o que cualquier cosa sea conocible sin referirse a la
experiencia.
Aristóteles comienza su Metafísica con: «Todos los hombres
desean por naturaleza saber», y eso ya me presenta problemas.
¿Todos los hombres? En cualquier caso, y en un trabajo de
consecuencias incalculables para la historia de la civilización
occidental, a continuación procede a rebatir la metafísica de Platón
e incluso a atacarla. En pocas palabras, la visión del mundo de
Aristóteles se inspira en el sentido común y en las observaciones de
las ciencias naturales. Bertrand Russell, filósofo británico del siglo
XX, escribió: «Aristóteles es Platón diluido por el sentido común».
Así pues, ¿qué tiene de elevado el punto de vista de Platón?
En La República, Platón cuenta la famosa alegoría de la
caverna. Los seres humanos son como prisioneros que están en
una caverna, de cara a una pared. Detrás de ellos, pero fuera de su
vista, están los «proyeccionistas» del sistema de cuevas, que
usando la luz del fuego y las sombras proyectan imágenes en la
pared. Los prisioneros toman estas imágenes por la realidad, pues
son todo lo que conocen. Se parece mucho a ir al cine y creer que lo
que uno ve en la pantalla es real. De vez en cuando, sin embargo,
uno de los prisioneros se da cuenta con gran sorpresa de que las
imágenes que proyectan las sombras (la película) no son reales,
sino una ilusión creada por un proyeccionista. Desconcertado por su
descubrimiento y carcomido por la curiosidad, se aleja furtivamente
y descubre las escaleras que llevan al mundo exterior. Una vez allí,
el exprisionero se regocija en un mundo infinitamente más veraz y
maravilloso de lo que ha conocido nunca: es el Mundo de las
Formas.
Esto está estrictamente relacionado con la Teoría de las Formas
de Platón. Las Formas o Ideas (el término original en griego),
aunque hoy en día probablemente las llamaríamos «arquetipos», no
son el mundo material del cambio que conocemos a través de los
sentidos; por el contrario, poseen la clase de realidad más elevada y
pura.
Así que Platón utiliza la caverna como símbolo del reino de las
percepciones obtenidas a través de los sentidos. Pero cuando el
prisionero consigue escapar y entra en el mundo que hay encima de
la caverna, se ha trasladado simbólicamente a un reino de la
existencia mucho más elevado, y más veraz.
El tenis de mesa valida todo esto. Y he descubierto que, en este
deporte, los metafísicos son los que se esfuerzan.
Un jugador que ejemplifica ese esfuerzo es Carlos, un enérgico
portugués. La primera vez que vino al club ni siquiera tenía pala, lo
que suele ser señal inequívoca de que se trata de un aficionado sin
remedio. No debería haberme confiado porque, a pesar de haber
venido sin material, había algo curioso en Carlos: agarró la pala que
le dejamos con una presa de lapicero. Es algo muy poco habitual
para un occidental y, sin duda, un caso único entre los miembros de
nuestro club. Este hombre se complicaba la vida optando por una
presa que, al principio, hace que el aprendizaje sea todavía más
difícil.
Incluso meses después de frecuentar con asiduidad el club,
ahora con su propia raqueta, jugar con Carlos no presentaba
dificultades. Apenas era capaz de devolver mis servicios y se
limitaba a decir: «¡Menudo saque, tío!».
Lento pero seguro, Carlos ha mejorado y ha aprendido toda
clase de golpes con la presa de lapicero, incluido el recientemente
desarrollado, técnicamente exigente y sumamente espectacular
revés invertido. Y todos los golpes los ejecuta con el movimiento
adecuado, esforzándose por alcanzar la forma perfecta. Nuestros
partidos se han vuelto muy igualados; de vez en cuando incluso
gana él. Cuando pienso en la encarnación del metafísico del tenis
de mesa, me imagino a Carlos.
Los metafísicos se esfuerzan por dominar el arte de los efectos,
lo cual los propulsa, quieran o no, al reino de la geometría
cuatridimensional y no euclidiana; se esfuerzan por encontrar el
secreto que se esconde en el corazón del juego, secreto que
requiere un enfoque holístico y que empieza con un ágil movimiento
de piernas y termina con un giro rápido de muñeca; se esfuerzan
por aprender y aplicar las variaciones del loop; se esfuerzan por
doblegar las leyes de la física, en cierto sentido, al ser capaces de
transmitir a la pelota, mediante el efecto Magnus, el arco exacto que
hará que bote en el borde de la mesa en lugar de irse larga. En
resumen, los metafísicos cogen la vida por los cuernos y anhelan
acercarse tanto como sea posible a la verdadera forma.
El jugador experto que no es profesional ha visto destellos de la
verdadera forma desde el principio. Y cuantos más destellos ve,
más quiere ver. Cuanto más mejora, más se acerca al umbral más
allá del cual el tenis de mesa revela su misterio. En los clubes que
frecuento, a veces se produce entre dos jugadores un intercambio
que está tan por encima de su nivel que cuando acaban hacen una
pausa, recuperan el aliento y se miran uno al otro con incredulidad.
Una y otra vez les he oído comentar: «¿De dónde ha salido eso?».
¿Pueden todos los jugadores que se esfuerzan ver destellos del
mundo que hay más allá de la caverna? Ojalá pudiera decir que sí,
pero tengo mis dudas. Según un dicho popular, «la práctica hace la
perfección», y sin embargo yo he visto jugadores que se entregan,
practican cada día durante horas, contratan entrenadores caros… y
siguen jugando mal. Estos jugadores se esfuerzan pero,
paradójicamente, el esfuerzo por sí sólo no basta. ¿Cómo es
posible?
Benvenuto Cellini, por poner un ejemplo histórico, fue un orfebre,
escultor y soldado renacentista de un talento supremo. También
escribió una entretenida autobiografía, en la cual afirma: «Mi padre
empezó a enseñarme a tocar la flauta y cantar de oído; […]. Eso me
despertaba una aversión inexplicable, y sólo tocaba y cantaba por
obedecerle». Su padre «construía maravillosos órganos con tubos
de madera, las más hermosas y excelentes espinetas que podían
verse en la época, violas y laúdes y arpas de la más bella y perfecta
ejecución». Benvenuto debería haber llevado la música en las venas
y no obstante, a pesar de su inmenso talento en otros campos, no
tenía ninguna aptitud para ella.
¿Cómo consigue uno aptitudes para el tenis de mesa? He
conocido jugadores a los que les encanta, pero a pesar de practicar
mucho no se les da muy bien. Sospecho que hay que remontarse de
nuevo al efecto para encontrar la llave que abre la puerta entre la
caverna y el mundo de arriba. En el tenis de mesa no se trata tan
sólo de devolver la pelota con tanta potencia como sea posible;
también se trata de rascarla. Una vez más, esto resulta contrario a
la intuición. ¿Por qué rascar la pelota cuando puedes golpearla con
fuerza? Ésa es la diferencia entre la geometría no euclidiana y la
euclidiana. Aporrea la pelota y su comportamiento será predecible;
ráscala y le darás una nueva dimensión al juego, con arcos más
altos y más bajos, aceleración (o kick, como lo llamamos nosotros) y
un impacto más profundo, desvíos hacia ambos lados, etcétera. Me
imagino que la aptitud para imprimir efecto a una pequeña pelota es
demasiado específica para contar como cualidad innata. Pero la
aptitud de pensar de una forma contraria a la intuición y no lineal, de
adoptar el camino más difícil en lugar del más sencillo, eso tiene que
ser innato.
Por su parte, los empiristas del tenis de mesa toman el camino
fácil y no se esfuerzan en absoluto. En su experiencia empírica, se
han dado cuenta de que el efecto sigue siendo un misterio para ellos
y esforzarse no les sirve de nada; es un conflicto innecesario. Platón
podría señalar que se dan por satisfechos con estar en la caverna.
¿Por qué escalar montañas cuando se pueden ganar puntos
cogiendo el camino que va cuesta abajo? Tanto el sentido común
como la observación empírica confirman que el camino de la menor
resistencia es una noción experimentada en el mundo natural:
piensa en el agua atraída por la gravedad que encuentra su camino
hacia el fondo. Y, sin embargo, la naturaleza también ofrece el
fenómeno opuesto y menos obvio: el agua que cambia de estado al
evaporarse y, en consecuencia, asciende contra la fuerza de la
gravedad.
Los empiristas son jugadores que reniegan de las gomas con los
picos invertidos, y a los que les da pereza adaptarse a las
exigencias del tenis de mesa contemporáneo. Así que, en lugar de
esforzarse por entender los secretos que se esconden tras el efecto
y en el corazón de este juego tan desconcertante, se rinden, no
intentan encontrar el camino para salir de la caverna, se olvidan por
completo de la existencia de la forma verdadera y se centran en
picos largos y/o cortos.
Pedro, un afable peruano que juega con picos largos, es un
habitual del club… y una pesadilla para muchos jugadores del
circuito. Al enfrentarse a mí, para que resulte todo lo más
desconcertante posible, juega con picos largos en el revés y picos
cortos para la derecha («La Raqueta Guido», la llama). Una vez le
pregunté: «¿Por qué decidiste usar picos largos?».
«Porque me ganaban», contestó él.
He pensado en ello. Al principio me fastidiaba; ahora me
entristece. Al haberse enfrentado a jugadores más expertos, Pedro
sabe, o al menos debe de sospechar, que existe un reino más
elevado en el que el objetivo no es tanto ganar como obtener
acceso al Mundo de las Formas. He ilustrado cómo el hecho de ser
derrotado casi siempre no sólo forma parte del aprendizaje, sin que
también es inevitable. Debe de haber gente que tiene menos
paciencia, quizá menos humildad que los demás. Se niegan a
encontrar las escaleras que permiten salir de la caverna y en lugar
de eso toman el atajo que les lleva de vuelta al interior, de cara a la
pared.
Con unas gomas taimadas, juego defensivo y mucho correr de
un lado a otro para devolver loops y golpes de derecha, ganan punto
tras punto especulando con la impaciencia del adversario. Aunque
Jamie, un consumado ejecutor de loops y mates, puede ganar a
Pedro con facilidad, un jugador no tan habilidoso sudará la gota
gorda para conseguir ganar algún punto, y sólo lo conseguirá de vez
en cuando. He visto a Pedro derrotar en torneos a jugadores mejor
clasificados que él. Les puede la impaciencia, pierden la precisión y
con ella, puntos. Cabe señalar de paso que los cuatro gigantes del
espíritu humano de los que he tenido el honor de ser amigo –Joe Un
Ojo, Alex el Ruso, Gilbert y el beatífico Hien–, son todos metafísicos,
y de hecho les gustaría que la ITTF prohibiera las gomas de picos
largos.
Los jugadores de picos largos van de la mano de los jugadores
antiefecto, esa otra rama de habitantes de la caverna que le roban al
juego su mayor misterio utilizando gomas que no producen efecto y
que también neutralizan el que pueda llevar la pelota. ¡Qué horror!
Inventadas a comienzos de los sesenta por el austríaco Toni Hold,2
durante quince años las gomas antiefecto dejaron en suspenso
(nomen, omen, el nombre es un presagio) el desarrollo de la nueva
era del tenis de mesa que permitió la revolución del sándwich. Pero
cuando uno puede volar, ¿por qué arrastrarse?
Los habitantes de la caverna se presentan bajo muchos
disfraces. La siguiente categoría sale literalmente de la caverna: los
reyes del sótano, esos jugadores que, puesto que de vez en cuando
ganan a sus colegas, creen que ya saben lo suficiente como para
abandonar el sótano/caverna y enfrentarse a jugadores avanzados.
Así que el rey del sótano llega al club –lo he presenciado tantas
veces– rebosante de seguridad pero con un estilo torpe y lleno de
vicios caseros que no podría estar más alejado de la forma
verdadera; no cabe duda de que ellos no tienen ni idea de su
existencia. También llegan blandiendo raquetas cuyas habituales
gomas de sándwich con los picos invertidos son tan viejas que están
cristalizadas o, como suelo decir, «muertas». Transmiten y sienten
muy poco efecto. Es casi como si jugaran con una tablilla. Al menos
los otros empiristas, al adoptar picos largos o gomas antiefecto,
declaran explícitamente qué son y con qué se identifican. Los reyes
del sótano que se aferran a sus gomas «muertas» y a su estilo torpe
son la variedad más triste de todos los empiristas. Se muestran
impermeables a cualquier cambio para mejorar. Ven a otros
jugadores que intentan explorar el tenis de mesa y los misterios del
efecto, que intentan acercarse todo lo posible a la forma verdadera;
pierden contra ellos, pero no los anima la misma ambición.
Permanecer en la caverna les va más que bien aunque, de manera
paradójica, hayan abandonado físicamente el sótano. Para ser
sinceros, a veces esos impenitentes habitantes de las cavernas
también ganan. Otra de las afirmaciones contrarias a la intuición que
también se escucha a menudo en los clubes de tenis de mesa es:
«Juega tan mal que me ha ganado». A menudo el jugador experto
no tiene paciencia para aguantar su estilo desmañado y su peor
estado de forma, y concede el partido. Sabe que en un torneo no se
encontrará a esa clase de jugador y no va a acomodar su estilo a la
torpeza del impenitente habitante de la caverna.
Pero ganen o pierdan, en mi mente –y en la de millones de otros
jugadores– los empiristas de picos largos o antiefecto son, en
esencia, perdedores. Son la encarnación de lo que el alma humana
tiene de cobarde e indolente. Y ésa es la gran diferencia entre la
metafísica de Platón y la de Aristóteles. Platón se dio cuenta de que
sólo algunos de los habitantes de la caverna conseguirían escapar
de ella y aspirar al reino de la forma verdadera; Aristóteles, en
cambio, creía que «todos los hombres desean por naturaleza
saber». Es más, Aristóteles mancilló ese supuesto conocimiento con
el sentido común y la observación, como si, contemplando con
mucha atención las imágenes proyectadas por las sombras en la
pared y aplicando el debido sentido común, los habitantes de la
caverna pudieran realmente aprender algo sobre la verdadera
naturaleza de las cosas, el Mundo de las Formas.
De hecho, Platón nos advirtió. En su alegoría, el hombre que ha
escapado de la caverna y ha visto el mundo en su verdadera gloria
de forma pura siente compasión por sus viejos amigos. Regresa con
ellos para disipar la ilusión en que están sumidos y mostrarles el
camino. Pero a los prisioneros no les agrada su regreso. Por el
contrario, no creen lo que les cuenta, se burlan de él, incluso lo
odian. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué va él a saber más? Ellos
han visto en la pared todo lo que hay que ver, y conocen la realidad
cuando la tienen delante.
Sustituye la pared de la caverna por una pantalla en la que se
proyecta una película y la absurdidad de la situación se vuelve aún
más evidente. Nosotros sabemos que una película tiene un guion,
decorados, actores, director, y que el resultado se proyecta sobre
una pantalla. Cuando compramos una entrada y nos sentamos en la
sala, sabemos que vamos a contemplar una ilusión. Si a los
espectadores del cine se les asegurara que lo que ven en la pantalla
es el mundo real, tendrían motivos para preocuparse, hacer las
maletas y mudarse a otro planeta.
Es difícil entender por qué las distintas clases de empiristas del
tenis de mesa se resisten a escapar de la caverna. Pero intenta
hablar con ellos de cambiar: se ofenderán contigo y señalarán sus
ocasionales victorias contra jugadores expertos. En su mente, ganar
es lo único que importa; la forma en que uno gana es irrelevante.
Una tarde vino al club un jugador nuevo, Ted, con una pala de
madera de las antiguas. Era un hombre de mediana edad aunque
estaba en una forma impresionante. Me observó mientras yo jugaba
y luego quiso enfrentarse a mí.
–Ted, ¿por qué juegas con pala de madera?
–Empecé a jugar con mi padre, en el sótano. Entonces no había
raquetas de sándwich, así que sigo usándola.
–Por la misma regla de tres –le contesté–, supongo que sigues
viendo la tele en blanco y negro y que no tienes ordenador ni móvil,
¿no?
–Bueno –repuso él en el momento en que sonaba su iPhone.
Pese a todo, insistió en jugar conmigo.
–Entreno todos los días en otro club –dijo, creyendo que eso me
convencería.
–¿Todos los días? –repuse yo, y añadí para mis adentros: «¿Y
qué demonios entrenas con una pala de madera? No se puede dar
efecto. ¿A ti qué te pasa?».
Y ahí está. Debo confesar que, a menos que se trate de Pedro,
con quien siempre me lo paso bien, últimamente tiendo a pasar de
esta clase de jugadores. Jugar con ellos es como regresar a la
caverna. Me gusta pensar que con cada partido contra un
adversario digno me acerco a la forma verdadera. Ésa es la esencia
de lo que podría denominarse «práctica de la iluminación». En
cambio, cuando juego con empiristas me distancio de la forma
verdadera.
Los empiristas del tenis de mesa son testigos del hecho de que
el pragmatismo y la torpeza a veces triunfan sobre la forma
verdadera, al menos en el mundo occidental. Es una lástima, porque
el tenis de mesa ofrece a todo el mundo, sin distinción de ningún
tipo, la posibilidad de escapar. En su aspiración al Mundo de las
Formas, permite al jugador entregado dejar atrás la caverna y
demuestra que la forma verdadera puede encontrarse; y también en
otros campos. Darse cuenta de ello es sobrecogedor, y por ello el
tenis de mesa puede convertirse en una obsesión e incluso en una
adicción.
Conozco a personas que no son profesionales y siguen jugando
un par de horas al día, o más. Los científicos del deporte dirán que
al ejercitar tanto su cuerpo liberan endorfinas a las que se
«enganchan». Ésa sería la manera aristotélica de verlo, si no fuera
porque, según esta explicación, las bestias de carga deberían estar
encantadas de trabajar duro –¡todo ese montón de endorfinas! ¡Qué
alegría!– y mostrar un tremendo entusiasmo hacia sus amos en
lugar de reticencia. La interpretación platónica, por otro lado,
parecería indicar que cuanto más –y mejor– se juega al tenis de
mesa, más se revela ante nuestros ojos el Mundo de las Formas, y
más queremos descubrir.
He visto a muchos jugadores expertos y me he maravillado ante
alguno de sus golpes. A un nivel profesional, lo que más me
impresiona es el control del jugador y el cambio constante en la
parábola de sus loops. Son competitivos, por supuesto, ésa es la
naturaleza de la bestia. Pero hay algo más que lo que ven los ojos.
Cuando un contendiente de clase mundial juega un juego perfecto,
vive, durante el tiempo que éste dura, en el reino platónico de la
forma verdadera y perfecta.
Siempre que juego con Pedro, por otro lado, dejamos atrás estas
cumbres elevadas y nos arrastramos hasta la caverna. Antes y
durante mis furiosos partidos con Pedro, siempre me burlo de él:
«¡No tengas miedo!», le digo, y él y todos los que nos rodean se
ríen. Él lo da todo y corre hacia los lados y hacia atrás para devolver
mis loops. Me han dicho que el resultado es espectacular, sobre
todo para los recién llegados, ya que los principiantes dan por hecho
que cuando mateas ganas el punto, pero Pedro devolvía cinco, seis,
siete mates consecutivos míos de derechas. Algunos de sus
«logros» resultan difíciles de creer. ¿Gana? Si no estoy totalmente
concentrado, sí, gana. Por eso me sabe aún peor que no se haya
esforzado por saborear los secretos del verdadero tenis de mesa,
porque ha desarrollado un estilo propio, pero tiene que esforzarse
mucho más para ganar un punto. A menudo lo que parece un atajo,
tanto en el tenis de mesa como en la vida, es de hecho un desvío.
Pedro lleva en él varios años. Mientras tanto, un jugador humilde y
dedicado con un talento módico ha empezado a saborear algunos
de los secretos del tenis de mesa, ha salido de la caverna por el
camino difícil, hacia el efecto y la forma verdadera, y a estas alturas
probablemente pueda derrotarle.
Los habitantes de la caverna, los empiristas del tenis de mesa,
deben de seguir un potente impulso antievolutivo. Confieso que,
como ser humano, no logro entenderlo. Al escribir sobre la Filosofía
Perenne, Aldous Huxley dijo: «El Suelo divino de toda existencia es
un Absoluto espiritual, inefable […] pero susceptible de ser
experimentado y percibido directamente por el ser humano». Y ésa
es la cuestión: podemos, con nuestras limitaciones, experimentar
ese absoluto, esa forma pura. La humildad que emana y provoca el
tenis de mesa nos ofrece esa oportunidad, sugiriendo implícitamente
que podemos probar lo mismo en otros aspectos de nuestra
existencia.
Y sin embargo hay quien lleva décadas jugando al tenis de mesa
y sigue rechazando esa trascendental posibilidad. Si se dieran
cuenta de que en cuanto un jugador encuentra la forma verdadera,
la victoria llega como un mero corolario… Supongo que la caverna
debe de ser muy cómoda y acogedora.
Me declaro incapaz de entender ese antitenis de mesa. Las
palabras que me vienen a la cabeza para describirlo son carente de
ingenio, destructivo, parasitario, repetitivo y aburrido. Por encima de
cualquier otra cosa, un empirista nunca podrá vislumbrar el Mundo
de las Formas. Entre vivir encarcelado y vivir libre, yo siempre elijo
lo segundo; pero ¿no deberíamos hacerlo todos?
10
El lado oscuro.
Las obras secretas
de nuestra propia sombra
EL TENIS DE MESA MEJORA LA COORDINACIÓN mano-ojo, es aeróbico,
utiliza tanto la parte superior del cuerpo como la inferior, así como
numerosas áreas del cerebro. También tiene otros efectos. Tras una
sesión de tres horas de juego competitivo, yo podría comerme un
pollo entero; no había tenido tanta hambre desde la adolescencia.
Hace que te duela todo el cuerpo, sobre todo los pies, las piernas, la
espalda, el hombro, el brazo, el codo y la muñeca. Acelera tus
reflejos y produce fatiga y un sueño reparador por la noche. Por
último, aunque igual de importante, es hasta cierto punto adictivo. Y
no por la liberación de endorfinas que se experimenta tras un
entrenamiento prolongado, como ocurre en la mayoría de los
deportes. Esa clase de «colocón» está sobrevalorada; tu cuerpo
maltratado sólo trata de lidiar con el estrés y el dolor del
sobreesfuerzo. Pasar por todo eso para obtener un poco de placer
es una estupidez. Si el objetivo es el placer, beber una o dos copas
de vino sería mucho más placentero, pues no requiere esfuerzo
previo. No, la adicción al tenis de mesa es compuesta: mental,
muscular, difícil de explicar pero apremiante.
Una tarde fui a mi club y lo encontré cerrado por una razón sin
especificar. Como seguía necesitando mi dosis de tenis de mesa, fui
con el coche a otro local. Emilio, el literato cubano, me lo había
descubierto al poco de conocernos. Él iba allí a recibir clases de un
entrenador que, para su gran sorpresa, resultó ser un expresidiario.
Visto en retrospectiva, habiendo conocido a Jaime y sabiendo cómo
ha de ser un maestro, éste no era ni competente ni perspicaz, y
mucho menos un gran jugador. Pero Emilio no pensaba lo mismo. O
quizá, con la desenvoltura propia de los cubanos, tan sólo le gusta
vivir al límite. Los aficionados al tenis de mesa que acuden allí
forman un grupo amorfo de personas que van a jugar cuando
pueden, o cuando se lo permiten sus oficiales de la condicional. Las
pocas veces que he estado allí, siempre de día, me he sentido
tremendamente incómodo. Algunos de los pocos jugadores
residentes que presidían las cinco mesas no eran especialmente
competentes, pero se les daba muy bien intimidar a los de fuera. La
hostilidad se respiraba en el aire.
«Tal vez por la noche sea distinto», me dije a mí mismo al entrar
en la sala. Era distinto, desde luego: peor. Esta vez hubo insultos,
discusiones aparatosas por nimiedades y, por debajo del zumbido
de las luces de neón, un inequívoco trasfondo de amenaza.
Jugué –mal– con otro de fuera como yo y estaba a punto de
marcharme cuando un tipo grandullón se me acercó y dijo:
–Eh, tú, ¿adónde vas? ¿Qué prisa tienes? ¿Quieres jugar?
«La verdad es que no», pensé mientras me oía contestar:
–Claro.
Mientras calentábamos calibré a mi contrincante. Me sacaba una
buena cabeza de altura, era veinte años más joven que yo y poseía
una constitución musculosa. Y ¿a que no sabéis qué? Era un
empirista: en la cara de la derecha de la pala tenía una goma con
picos largos. Lo supe en cuanto le pedí que me dejara inspeccionar
su raqueta, cosa que pareció irritarle mucho, aunque por supuesto él
podía inspeccionar la mía si quería.
El partido sería el habitual al mejor de cinco juegos.
Gané el primero pero me costó y no me gustó cómo jugué. Cada
vez que él conseguía un punto soltaba un grito; si lo ganaba yo,
decía:
–Suerte, has tenido suerte.
El tenis de mesa no es como el póquer: nadie te reparte una
carta de la suerte. Como mucho la pelota bota en el borde, o roza en
la red, y se espera que te disculpes por ese golpe de suerte. Pero yo
no había dado en el borde ni en la red. Y durante un juego no se
debe hablar, aunque no iba a ser yo quien se lo recordara.
En el segundo llevó a la perfección su estrategia de cañón fijo.
Servía un saque cortado con la goma de los picos largos; yo le
contestaba con otra pelota cortada y la levantaba involuntariamente
debido al efecto invertido; él la mateaba desde encima de la mesa y
se llevaba el punto.
Además de que la táctica le funcionaba como un reloj, empezó a
mofarse abiertamente de mí.
–Demasiado rápido para ti, ¿eh? ¿Demasiado duro? ¿Necesitas
un descanso, mariquita?
No le contesté, aunque por dentro estaba que echaba humo. No
tanto por su lenguaje, aunque también, sino sobre todo por mi
ineptitud. ¿Cómo podía haberme ganado el segundo juego?
Mantuve la frialdad y decidí concederme un tercer juego «de
sondeo»: experimentar con varios saques y pases hasta encontrar
su punto débil. No me importaba el marcador, y por eso él creyó que
había ganado el tercer juego con facilidad. A esas alturas me
ridiculizaba y llamaba la atención del resto de los residentes, que se
unieron a la diversión con más chascarrillos.
En el cuarto juego saqué de manera que él no pudiera devolver
con la goma lisa de su raqueta. Así que tenía que desplazarse hacia
la derecha para devolver mis saques con un revés, dejando un
hueco a su izquierda. Después utilizaba un saque distinto y las
pelotas pasaban volando por su lado. Por lo que respecta a su
estrategia simplista, yo no pensaba caer más veces en su trampa.
No sólo le estaba ganando con facilidad, sino que además el tipo
sudaba profusamente y en su lado de la mesa se formaban charcos
de sudor. La satisfacción que me embargaba resultaba abrumadora,
pero mantuve mi cara de póquer.
El quinto juego fue bastante parecido: lo gané 11-4 y con él, el
partido.
–Bien jugado –le dije mirándolo a los ojos, pero él se negó a
estrecharme la mano y se marchó.
Buf, pensé mientras guardaba mi raqueta. La embriagante
sensación de triunfo se había esfumado, sustituida por la urgencia
de largarme de allí. Me disponía a hacerlo cuando el tipo se acercó,
escoltado por sus colegas.
–Tus saques eran ilegales –me siseó con aire amenazante.
Estaba rodeado por seis de aquellos hombretones y no sabía
qué hacer. Estaba a punto de defender mi inocencia cuando
intervino un jugador chino:
–He presenciado el partido y sus saques eran correctos.
Es decir, que para cada servicio había lanzado la pelota con la
mano por lo menos a quince centímetros de altura.
Todos miraron al intruso con una mezcla de hostilidad y
deferencia; supuse que debía de ser el mejor jugador residente.
–Ven fuera conmigo –me pidió el jugador chino con un acento
muy marcado–. Quiero ver tu goma, pero no con las luces de neón;
mejor debajo de la farola de la calle.
Nos abrimos paso entre los hombretones. En cuanto estuvimos
fuera, él sacó su móvil y llamó a alguien. La conversación fue en
mandarín, así que no entendí ni una sola palabra. Luego observó mi
raqueta, pero con menos interés del que yo esperaba, y me hizo
algunas preguntas genéricas. Me di cuenta de que tenía la cabeza
en otra parte, hasta que me susurró:
–¡Haz lo que yo te diga!
La orden era la respuesta a la repentina llegada del grupo de
expresidiarios. Su actitud dejaba claro que no tenían ningún interés
en examinar mi pala. Se me cayó el alma a los pies.
–Eh, tú, vuelve dentro –me dijeron.
Querían darme una lección.
–De ping-pong, sí –añadieron, y se rieron.
¿Volver dentro? Antes me habría clavado agujas en los ojos. No
se trataba del clásico dilema entre pelear o huir: en la cámara lenta
que mi destino inminente había activado con tanta naturalidad, casi
podía oír los engranajes de mi cerebro buscando
desesperadamente una forma de escapar.
Fue entonces cuando oí el chirrido de unos neumáticos. Dos
coches pequeños se detuvieron a nuestro lado y seis hombres,
todos asiáticos, salieron de ellos sin perder tiempo. El campeón
residente los saludó y me ordenó que subiera al coche. No hizo falta
que me lo dijera dos veces. Nos alejamos en el vehículo y al cabo
de unos kilómetros nos paramos durante un rato. Yo intenté dar
conversación, pero las personas del coche o bien no hablaban
inglés o bien no tenían ganas de charlar. Entonces el otro coche, en
el que iba el campeón residente, se marchó.
Al final, sonó un móvil en el vehículo en el que estaba yo; fui
incapaz de entender qué sucedía durante la conversación que siguió
y nadie me explicó nada. El conductor volvió a poner el coche en
marcha y nos alejamos de allí.
¿Qué demonios estaba pasando? ¿Acaso, cual incauto
voluntarioso, había salido de Guatemala para meterme en
Guatepeor? ¿Adónde me llevaban? Un amigo, recordé tardíamente,
me había advertido de que evitara a toda costa ciertas zonas de
Washington y sus alrededores, zonas en las cuales sucedían cosas
terribles. Tuve una visión de mí mismo convirtiéndome en donante
de órganos. Me pregunté cuánto tardaría el latido de mi corazón en
sonar como un redoble de tambores. ¿A quién le importaba? No
tardarían en extraérmelo del pecho…
Al final me di cuenta de que volvíamos al mismo lugar maldito.
Pero ¿por qué? Nos detuvimos y dos de los chinos salieron del
coche y me indicaron con gestos que hiciera lo mismo. «Ahí vamos
–me dije a mí mismo–, es la hora de la verdad.»
Los mismos dos hombres me indicaron con gestos que me diera
prisa y, con gran alivio para mí, me escoltaron de vuelta a mi coche.
Subí, lo puse en marcha y me alejé tan discretamente como pude.
Tanto ellos como el otro coche que transportaba al campeón
residente me siguieron a lo largo de unos buenos ocho kilómetros
antes de que dejara de verlos en el retrovisor.
¡Me habían salvado! Estos hombres a los que nunca volvería a
ver ni podría dar las gracias habían salvado a un completo
desconocido. Durante el largo trayecto de vuelta a casa, con el
corazón todavía acelerado y todas las ventanillas bajadas para
despejarme la cabeza, quise pensar en lo que había pasado desde
un punto de vista más imparcial, pero fui incapaz.
Al llegar a casa, y en contra de mi costumbre, decidí no contarle
nada a mi mujer. No sólo le parecería que mi insistencia en ganar
era descabellada, sino que también se preocuparía y se
cuestionaría mi buen juicio. Yo mismo lo cuestionaba, a decir
verdad. Así que me limité a saludar y me dirigí a mi estudio, rodeado
de mis libros. Estaba alterado, más incluso que antes, y tenía que
encontrar una manera de apaciguar mis nervios.
Me planteé qué podría haberme pasado de no haber sido por la
intervención de los chinos. Aquel lugar era enorme, laberíntico, lleno
de salas, la mayoría de ellas sin luz y a esa hora casi desiertas, sin
personal ni cámaras de seguridad, que yo hubiera visto. Me
estremecí al llegar a la conclusión obvia: podrían haberme
descuartizado miembro a miembro. Luego, tras encontrar mis llaves
en el bolsillo, habrían localizado con facilidad mi coche utilizando el
sistema de apertura remota y se habrían deshecho de él. Por lo que
respecta a mi cuerpo, también se habrían deshecho de él, digamos
que lanzándolo al Potomac o dejándolo tirado en un callejón oscuro.
Puede que Washington, DC ya no fuera la «capital del crimen», pero
tampoco es exactamente Disneylandia. ¿Exageraba yo el peligro al
que me había visto expuesto? Si así era, ¿por qué se había tomado
tantas molestias el jugador chino, bendito fuera, para sacarme de
allí?
Pensar en esos detalles no me ayudaba a calmar los nervios.
Alargué la mano para coger un pipa de madera de brezo, la llené de
tabaco de Virginia y la prendí.
Mientras empezaba a dar chupadas rítmicas, intenté
concentrarme en la técnica. Se supone que el fumador consumado
siempre debe mantener su pipa a punto de apagarse. La idea es
pipar lo bastante a menudo para mantener prendido el tabaco, pero
no tanto como para que la pipa se sobrecaliente. Es una técnica
complicada que no había conseguido dominar, y concentrarme en
ella me ayudaba a sumergirme en un estado meditativo.
Una primera pregunta me vino a la mente: ¿en qué estaba
pensando? ¿Qué demonios me había pasado para ir allí sabiendo
que ni siquiera de día era un lugar seguro? ¿Cómo había osado no
sólo aceptar el desafío de un descerebrado, sino esforzarme al
máximo por derrotarlo en su propio terreno, sin pensar ni por un
momento en las consecuencias? Sí, he dicho antes que el tenis de
mesa es adictivo, pero también he añadido: «Hasta cierto punto».
En circunstancias normales, era obvio que cualquiera habría
renunciado a un partido si el hecho de ganarlo significaba, por
sorprendente que parezca, poner en riesgo la propia vida.
Estaba cómodamente instalado en mi estudio en el único sillón,
que es pequeño y bajo. Enfrente, al nivel de la vista, había un largo
estante abarrotado de libros del psicoanalista C. G. Jung y algunos
de sus seguidores. Era el segundo estante comenzando por debajo,
una colocación de clase inferior que se correspondía con lo que yo
había acabado pensando de él.
Unos quince años antes me había sumergido en estudios
junguianos, pero su obra acabó por despertarme suspicacias y la
abandoné. Soy consciente de que antes lo he citado, pero
solamente en el contexto del I Ching, que Jung popularizó en
Occidente. Sin duda, yo deseaba analizar mi comportamiento
temerario y la razón que lo había ocasionado, pero era reacio a
consultar los libros de Jung después de haberme desligado de él.
En realidad, ¿qué motivos tenía para consultarlos? ¿Sólo porque,
sentado en el sillón de mi estudio, cosa que casi nunca hago porque
suelo sentarme a mi escritorio, había reparado en ellos por primera
vez en años, acumulando polvo en un estante bajo? Presintiendo
que en algún lugar entre las obras de Jung podría haber justo lo que
me hacía falta para darle sentido a lo que había pasado, sentí la
tentación de coger sus libros, y al mismo tiempo vacilaba porque
había mucho en Jung que había acabado por resultarme
cuestionable.
Hijo de un pastor rural pobre, Jung se abrió camino en la facultad
de Medicina y se casó con una mujer extremadamente rica. Aunque
en un principio se asoció con Sigmund Freud, acabó distanciándose
de él porque era incapaz de limitar sus investigaciones al dogma
sexual (y eso es un mérito que le atribuyo a Jung), y empezó a
ejercer el psicoanálisis en Zúrich, Suiza, donde atrajo con rapidez a
una clientela predominantemente femenina. Era un entusiasta
vendedor de sí mismo además de un mujeriego; de hecho fue
bígamo durante cuarenta años de su vida, lo cual no le impidió
mantener relaciones íntimas con otras mujeres, a las que llamaba
«proyecciones del alma», una entidad a la que por lo visto le era
imposible resistirse.
Se construyó un verdadero santuario propio en Bollingen, a
orillas del lago Zúrich, que fue llenando con estatuas e inscripciones
–por lo general en lenguas muertas– que esculpía él mismo en la
piedra.
En una época en que la burguesía todavía remedaba a la
nobleza, Jung llevaba un anillo de sello en el que no se
representaba un escudo de armas, al que obviamente no tenía
derecho, sino a Abraxas, la deidad gnóstica cuyo nombre, en la
Cábala griega, equivale a 365, el número de días que tiene un año.
Jung afirmaba comprender la realidad psíquica porque la había
visto cara a cara, en un sueño en el que se le había aparecido «un
ser alado que navegaba por el cielo. […] Vi que era un viejo con
cuernos de toro. Sujetaba un manojo de cuatro llaves y agarraba
una de ellas como si estuviera a punto de abrir un cerrojo». Esta
aparición se presentó con el nombre de Filemón. Fue el inicio de
una relación duradera. Filemón, a quien Jung consideraba su
«daimon» –el guía espiritual de una persona–, lo visitaba con
frecuencia, y no sólo en sueños sino también despierto.
En sus últimos años, Jung explicó que ya no consultaba el I
Ching porque sabía por adelantado el hexagrama que le saldría.
También declaró que la muerte no es el final, cosa que no entendía
pero que sabía. Se trata de afirmaciones grandilocuentes de las que
sólo tenemos su palabra. Si el barón de Munchausen, famoso, o
más bien de mala fama, en el siglo XVIII por sus cuentos chinos,
hubiera sido aficionado a lo oculto, me imagino que habría afirmado
cosas semejantes.
Había llegado a esa revelación en contra de mis deseos, pero
había algo en el tufillo a autobombo de Jung que hacía que en un
análisis definitivo se me apareciera como un mitómano que se daba
aires. ¿Cómo podía confiar en sus percepciones?
Mi pipa se había apagado. Por fin me había calmado y, como era
de prever, regurgité mis recelos hacia Jung. Una vez hecho, me
pregunté si a pesar de todo no debía buscar una explicación en sus
repudiados libros. Sí, lo sé, acababa de desacreditarlo, pero siempre
me ha parecido que la coherencia es tan buena aliada para nuestra
sed de conocimiento como una boa constrictor.
Pasé el resto de la noche y los días siguientes estudiando
muchos libros manoseados, densamente subrayados y anotados, de
Jung y de varios de sus seguidores. Al acabar, la evidencia de mis
hallazgos me obligó a dejar a un lado mis recelos. En Psicología y
religión, leí: «Por desgracia es indudable que, en su conjunto, el
hombre es menos bueno de lo que cree ser o quiere ser. Todo el
mundo lleva consigo una sombra, y cuanto menos se materializa
ésta en la vida consciente de un individuo, más oscura y densa es.
El que es consciente de una inferioridad siempre tiene la posibilidad
de corregirla. Además, dicha inferioridad está en contacto continuo
con otros intereses, de modo que se halla continuamente sujeta a
modificaciones. Pero si se reprime y se aísla de la conciencia, nunca
se corrige».
¿Acaso mi sombra había hecho de las suyas? ¿Una sombra
dentro de mí, marido y padre de tres hijos? ¿En serio? Si no, ¿qué
otra explicación había para que yo hubiera aceptado el desafío e
insistido en ganar, algo que, como me habría informado cualquier
evaluación racional, sólo podía tener consecuencias
extremadamente peligrosas?
En otro libro de Jung leí: «Es un pensamiento aterrador que el
hombre también tenga un lado en la sombra, que no consiste sólo
en pequeñas debilidades y fobias, sino en un mecanismo
positivamente demoníaco. El individuo rara vez sabe nada de ello;
para él, en tanto que individuo, resulta increíble que, bajo algunas
circunstancias, pueda ir más allá de él mismo. Pero deja que estas
inofensivas criaturas formen una masa y emergerá un monstruo
enfurecido».
En mi mente, tuve un flashback de mi época de instituto en Italia.
Los chicos inofensivos estábamos sometidos a los caprichos no sólo
de algunos abusones, sino también de bastantes exaltados que
hacían, en esencia, lo que les daba la gana. Eran los años de las
Brigadas Rojas, los infames Años de Plomo, un período de
tremendas turbulencias con manifestaciones violentas, disturbios,
secuestros y asesinatos en las calles de las principales ciudades
italianas. Milán, donde yo vivía en esa época, era una de esas
ciudades, posiblemente la más insegura de todas. Una forma de
reproducir la imagen sería equiparar este estado de cosas con una
guerra civil. Cada vez que abandonabas la relativa seguridad de tu
casa, no sabías si volverías. Continuamente tenían lugar actos
terroristas y mi instituto era un semillero de jóvenes terroristas.
Existe una foto emblemática que retrata a un joven terrorista con
el rostro cubierto por una máscara y los brazos extendidos, que
apunta con una Beretta del calibre 22 y dispara a la policía. Años
después averigüé con terror retrospectivo que aquel joven era un
visitante asiduo de mi instituto.
En una ocasión, mientras volvía andando a casa para evitar dos
peleas violentas que estaban a punto de estallar en mi instituto,
cinco jóvenes activistas, todos ellos con la cara cubierta, me
arrinconaron sin ninguna razón particular. Blandían barrotes de
hierro que habían arrancado con violencia de alguna ventana
enrejada. Por casualidad ese día yo llevaba corbata; me dijeron que
aquél era «el nudo de la burguesía» y me dieron un ultimátum: «O te
comes la corbata o te rompemos la crisma».
Cosa que había sucedido hacía poco: habían asesinado a un
adolescente exactamente de esa manera por apoyar a un
determinado partido político.
Así que me comí la corbata.
Eso los cogió por sorpresa. Por suerte estaba fabricada con hilo
de seda y eso me permitió hacer progresos, aunque seguía siendo
imposible de masticar y del sabor mejor no hablar. A pesar de todos
mis esfuerzos, me llevaría algo de tiempo acabármela. Ellos se
burlaban de mí y me lanzaban todo tipo de improperios mientras yo
seguía masticando. Al final perdieron el interés, tal como esperaba,
y me dejaron allí con una corbata a medio comer. Bueno, me
dejaron no sin antes presentarle uno de sus barrotes a mis costillas,
aunque la cosa no fue más allá. El resultado fue un moratón en la
costilla, pero seguí conservando la cabeza intacta.
Ahora sabía que esa abrumadora sensación de impotencia y
terror no me había abandonado nunca. De alguna forma, mi sombra
se había pasado la vida buscando venganza, aunque
probablemente «vindicación» sea un término más adecuado. Y de
todos los lugares posibles, la había encontrado en aquel sórdido
local de tenis de mesa. Allí había vuelto a respirar el mismo
ambiente hostil décadas después, aunque no lo había reconocido de
manera consciente. Pero mi sombra sí lo había hecho. Y así,
asumiendo un insensato riesgo personal, había disfrutado de su
largamente buscada vindicación, sin importarle las consecuencias
para su portador insospechado: yo.
El siguiente pasaje del libro arrojó aún más luz: «Si se toma en
su sentido más profundo, la sombra es la cola de saurio invisible
que el hombre arrastra tras de sí. Amputada con cuidado, se
convierte en la serpiente de curación de los misterios. Sólo los
monos desfilan con ella».
Sospecho, no sin temor, que esto es aplicable a muchos de
nosotros. Nunca habría pensado que el asunto no resuelto de mi
sombra se manifestaría a través del tenis de mesa, pero eso podría
muy bien explicar el extraordinario nivel de competitividad que yo
había presenciado en todos los clubes a los que había acudido.
Hombres adultos que peleaban cada punto como si les fuera la vida
en ello. No se trata necesariamente de un sentimiento de frustración
o insatisfacción con la propia vida. Muchos de los jugadores a los
que he conocido son profesionales de éxito con familias que los
quieren.
El presidente de mi club, Tom, es el hombre más caballeroso de
todos los caballeros sureños, un profesional distinguido y además
muy culto. Recuerdo que una vez, durante un calentamiento, discutí
con él sobre la obra El alquimista, del dramaturgo renacentista
inglés Ben Jonson. Tom, igual que yo, hablaba de ella como si la
acabara de ver el día antes, aunque no era así. Con sus sesenta y
muchos años, he visto a Tom caer al suelo tras lanzarse a devolver
una pelota durante un partido. En ocasiones, se ha caído más de
una vez en una sola tarde. Y estamos hablando tan sólo de partidos
de club. A su edad, los fémures se quiebran con facilidad y las
prótesis de cadera no son ninguna bicoca, las rodillas fallan, los
tobillos se rompen; en realidad, uno tendría que optar por dejar
pasar la pelota. ¿Existe una razón racional que explique semejante
tenacidad? No se me ocurre ninguna.
Y qué decir de David, con quien juego en el club chino. Es un
jugador experto, educado y de tono tranquilo. A menudo va al club
con su hijo de cinco años, Joshua. Mientras David juega, Joshua
invariablemente empieza a correr, zigzagueando entre las mesas y
también por detrás de los jugadores, que, ajenos a su presencia,
corren el riesgo de arrollarlo. Cuando eso ocurre, su padre no deja
de jugar sino que dice, elevando el tono:
–No pasa nada, Joshua, tranquilo. ¡Papá está aquí! –Y añade,
dirigiéndose a su oponente aunque lo bastante alto para que lo oiga
todo el mundo–: Mi hijo es autista, ¿sabes? Pero está bien.
Bien, ¿no podría David, un profesional de éxito, contratar a una
canguro para que los acompañara al club? Caminar entre las mesas
no está permitido, y mucho menos ponerse detrás de ellas mientras
se juega un partido. La canguro podría entretener a Joshua en una
zona segura y cerciorarse de que no se hace daño. ¿Qué lógica
razonable existe para dejar a su hijo suelto por el club y ponerlo en
peligro, no sólo a él sino también a los demás jugadores, que no
sólo podrían arrollar al niño o también tropezar con él y caerse? Y
¿qué hay del hecho de contarnos a nosotros, unos completos
desconocidos, que su hijo es autista? Parece haber algo tan erróneo
en todo ello, que no logro imaginar cómo puede atribuirse semejante
forma de proceder a la mente consciente de un hombre
responsable.
En cambio, un sábado por la mañana jugué con un soldado
estadounidense que acababa de regresar de Afganistán, adonde
debía volver al cabo de unas semanas. Su juego era técnico,
estiloso, preciso; sus modales, impecables. Recuerdo que me
llamaba «señor», supongo que debido a la costumbre. Me sentí
empequeñecido al jugar con aquel hombre tan sereno y educado, un
veterano tanto del frente iraquí como del afgano. Estaba claro que a
él ninguna sombra le jugaba malas pasadas. Por el contrario, su
experiencia bélica parecía haberle dado un mayor aplomo.
Los de Tom y David son sólo dos ejemplos de comportamiento
extraño, de entre los muchos que he presenciado. Resultaría
sencillo atribuir ese comportamiento extraño a un exceso de
testosterona, pero eso sería soslayar la cuestión. Aunque ellos no
se den cuenta, es posible que tengan sombras que se arrastran a su
espalda como colas de saurio invisibles.
Jung escribió:
Los dramas más emocionantes y los más extraños no se representan en el
teatro, sino en el corazón de los hombres y mujeres corrientes que viven sin
llamar la atención y que no revelan al mundo los conflictos que rugen en su
interior, a menos que caigan víctimas de una crisis nerviosa. Lo que resulta
difícil de entender para el profano es el hecho de que en la mayoría de los
casos los propios pacientes no sospechan nada de la guerra intestina que se
libra en su conciencia. Si recordamos que hay muchas personas que no
comprenden nada sobre sí mismas, nos sorprenderá menos darnos cuenta de
que también existen personas que ignoran por completo sus conflictos reales.
Dios sabe cuántas personas no tienen ni idea de sus guerras
internas y toman todo tipo de «decisiones fundamentadas» que, en
realidad, no son suyas. Yo era uno de ellos, y podría haberme
costado la vida. Tom se da perfecta cuenta de que a su edad no
tiene sentido poner en riesgo sus huesos sólo para devolver una
pelota durante un partido en el club. David sabe cabalmente que
podría hacer que las cosas resultaran más sencillas para él, para su
hijo y para los demás jugadores. Si quiere que su hijo vaya al club,
podría traer a una canguro. Racionalmente, no hay espacio para la
discusión: la forma adecuada de proceder es obvia. Y sin embargo,
tanto ellos dos como muchos otros que he conocido se comportan
de manera irracional.
En un documental sobre Jung, una de sus seguidoras más
brillantes, Marie-Louise von Franz, dice: «Uno cree que es el único
dueño de su casa, pero en realidad hay alguien más que le juega
malas pasadas, y del que lo ignora todo. La sombra personal es el
puente –añade a continuación–, o la puerta abierta, a la sombra
colectiva», cuya expresión más funesta puede ser el
comportamiento gregario y la psicosis en masa. «Es como una
puerta que no está cerrada en tu habitación. Si conoces a tu sombra
personal, si eres consciente de ella, puedes cerrar esa puerta.»
Yo la he cerrado, al menos por ahora. Jamás volveré al club de
los expresidiarios y me mantendré en guardia para evitar que mi
sombra invalide mi yo consciente en otras circunstancias. Ésta ya
había sido reivindicada, por lo menos en esta ocasión, y había
hecho que yo tomara conciencia de su problemática presencia.
¿Es posible eliminar la propia sombra? ¿Puede ser, en palabras
de Jung, «amputada con cuidado»? Ojalá fuera así, pero lo dudo.
Probablemente sea como un hermano o hermana oscuro y
omnipresente que anida en nosotros. Y si no nos damos cuenta de
dónde está, nos meteremos en líos. Así que de vez en cuando es
mejor preguntarse: ¿dónde está ahora? Y si percibimos que
estamos a punto de tomar una decisión descabellada, deberíamos
preguntarnos: ¿quién exactamente está pensando en este
momento?
Espero que los jugadores a los que he mencionado y los demás
a los que he conocido también tomen conciencia de su sombra,
aunque en circunstancias mucho menos dramáticas.
Fue sorprendente que algo en apariencia tan inofensivo y
mundano como el ping-pong me hiciera tomar conciencia de algo
que había permanecido latente en mi interior durante décadas. El
tenis de mesa se estaba convirtiendo cada vez más en un viaje de
autodescubrimiento.
11
Iniciación superior
y la Teoría del Caos 101
UNA TARDE REGRESÉ AL CENTRO CÍVICO EN EL que había empezado
mi obsesión por el tenis de mesa. Kai me dio la bienvenida como si
fuera el hijo pródigo o, mejor aún, el hermano pródigo. Por una vez,
eché mano de mis mejores golpes ya durante el calentamiento. La
sorpresa que se reflejó en sus ojos fue digna de ver. Empezamos el
partido. Él sacó primero y mi resto lo cogió desprevenido. Con su
cadencia rítmica al hablar y su tono nasal, dijo:
–Eso no ha sido sólo una devolución; ¡menudo golpe!
No tardé en dedicarme a lanzarle loops. Después de uno de
derechas por encima de la mesa especialmente bien ejecutado,
exclamó:
–Eso no es un resto –señaló con su rítmica cadencia y su tono
nasal–, ¡es un misil nuclear!
Lo derroté con facilidad y, justo después de ganar el punto de
partido, me sentí fatal por ello. En cierto sentido, él había sido mi
primer maestro. Había tenido la paciencia de jugar conmigo cuando
yo sabía tan poco que para él debía de suponer un tremendo
aburrimiento. No había dejado pasar ninguna ocasión de animarme
cuando yo conseguía devolver un golpe bueno de vez en cuando. Y
ahora, igual me había cebado con él. Pero no se lo veía resentido, al
contrario: se alegraba mucho por mí.
–Estás por encima de los mil seiscientos puntos –dijo–, es hora
de que juegues en un torneo.
Todos los jugadores competitivos tienen un ranking, desde los
pocos cientos de puntos de los principiantes hasta los 2.861 de
Zhang Jike, el jugador con la puntuación más alta del mundo en el
momento de escribir esto. En todos los partidos oficiales se calcula
la diferencia entre las puntuaciones de los dos jugadores que se
enfrentan. Por ejemplo, si ambas son parecidas, el ganador
consigue ocho puntos, pongamos, y al perdedor se le restan los
mismos. Si la diferencia es mayor, entre los cincuenta y los setenta y
cinco puntos, en caso de que el jugador con mejor puntuación gane,
consigue seis puntos, los mismos que se le restan al perdedor; pero
si el jugador con la puntuación más baja gana, entonces consigue
diez puntos y el contrincante pierde los mismos. Si la diferencia es
sustancial, de unos doscientos cincuenta puntos, entonces la
oscilación es de unos treinta y dos puntos (en caso de que gane el
jugador menos valorado). Más allá de esa diferencia, no existe
penalización si uno pierde ante un jugador con mejor ranking. Es
como un fondo de puntos, un juego de suma cero, por así decirlo, al
que se suma sólo cuando un jugador nuevo entra en el fondo. Para
obtener un ranking certificado, hay que inscribirse en un torneo
oficial y jugar contra los rivales incluidos en él. Resultó que en ese
momento mi club estaba organizando uno y, envalentonado por mis
victorias, decidí dar el gran paso.
He hablado en público en muchos países, así como en la
televisión y la radio nacionales. Durante la promoción de mis libros,
tengo que ser lo que no suele ser un escritor, es decir, una especie
de artista de la interpretación. Como siempre me había sentido
cómodo en esas circunstancias, al afrontar el torneo de tenis de
mesa no esperaba sufrir miedo escénico. Pero me equivocaba.
Mariposas en el estómago, piernas temblorosas, sudoración
excesiva: todo antes de empezar a jugar. Para añadir presión, Jaime
apareció sin avisar para ver cómo me iba.
Jugué con torpeza los dos primeros partidos. Le tocó el turno
entonces a un hombre de Nueva Zelanda que siempre lleva gorra de
béisbol, apenas habla y es un crac del tenis de mesa. Siempre que
nos habíamos enfrentado en el club, yo había perdido.
Lancé por la borda mis precauciones y me puse a lanzarle una
serie de loops con efecto lateral de cuerpo entero. Este golpe
incorpora topspin oblicuo, lo que da como resultado que la pelota
acelera al impactar en la mesa y bota hacia un lado. Extrañamente,
todas mis pelotas botaban en la mesa. Loop tras loop, sacaba a mi
oponente de su posición y conseguía el punto. En el primer juego
tuve que esforzarme, pero gané el segundo y el tercero por un
margen absurdamente amplio: 11-2 y 11-1. Él no daba crédito,
aunque yo mucho menos. Miré a Jaime en la distancia y vi brillar sus
ojos.
El torneo era una maratón, con muchos partidos y largas pausas
entre uno y otro. A mí no se me había ocurrido pensar en la comida,
pero a Jaime sí. En lugar de darme consejos, se dedicó a charlar de
cualquier cosa y darme de comer.
Me apunté varias victorias más, incluidas algunas contra
oponentes de fuera del club que daban por hecho que me iban a dar
una paliza. Me di cuenta de que como todos tenían problemas para
devolver mis saques, les ganaba el primer juego fácilmente; en el
segundo, a medida que empezaban a manejarse, ya no me
resultaba tan sencillo; y el tercero, una vez ajustados sus golpes a
mis efectos y eliminado el factor sorpresa, tenía que sudarlo. Y
entonces llegó Abdul el Egipcio.
Se trataba de un jugador al que yo había evitado en el club
porque repartía elogios condescendientes a diestro y siniestro, y su
falsa cortesía y su engreimiento eran más irritantes que las picadas
de mosquito. Nos pusimos a calentar y justo antes de empezar a
jugar él dijo:
–Éste es mi último partido de hoy. Mi hija está gravemente
enferma; es un caso desesperado, así que en cuanto acabe éste me
voy a casa.
–Oh, vaya, lo siento mucho –dije, y dejé mi pala sobre la mesa.
Tenía la sensación de que no iba a haber partido: aquel pobre
hombre tenía que salir pitando para estar con su hija. Pero él se
quedó a la mesa. Al final le pregunté–: ¿Estás seguro de que
quieres jugar?
Lo estaba.
Me relajé y básicamente me limité a continuar con el
calentamiento durante el primer juego. Sin duda no iba a hacérselo
pasar mal a aquel padre angustiado. Además, si abandonaba el
torneo quedaría automáticamente descalificado.
De hecho, se quedó hasta el final y ganó el torneo. Su hija,
según sus propias palabras, se había recuperado milagrosamente
en las dos últimas horas.
No debería haberme fiado de Abdul, pero él no debería haber
mentido sobre la salud de su hija. Sospecho que las transgresiones
de este tipo no pasan inadvertidas en las altas esferas. Pero si
decidimos atribuir el comportamiento de Abdul a su sombra,
entonces ¿podemos culparlo a él? Aunque por la misma regla
delitos, e incluso asesinatos, podrían atribuirse al trabajo oculto de
nuestra sombra. Sin duda es un dilema, y psicoanalistas y juristas
podrían debatir sobre él ad infinitum. Sea como fuere, concluí que la
conducta de Abdul había sido, cuando menos, ladina.
En conjunto, el torneo había sido una experiencia positiva y yo
me había quitado la agitación del cuerpo.
Mientras tanto, Jaime y yo habíamos empezado a intercambiar
correos muy largos, mitad en inglés mitad en español, con
elaboraciones posteriores de nuestros intensos debates sobre el
tenis de mesa. Él tenía de su parte su experiencia a nivel mundial,
una técnica soberbia, torneos ganados en su juventud y también
recientemente. No podía estar más cualificado, como maestro y
como jugador. Yo tenía una única ventaja sobre él: una mirada
fresca.
Siempre ha habido un punto esencial de disensión entre
nosotros: la creación de nuevos golpes. Su postura es que él ha
visto a muchos jugadores perder tiempo y energía intentando
inventar algo nuevo en lugar de perfeccionar los golpes
convencionales; la mía es que los jugadores de presa europea
deberíamos intentar tomar prestados algunos golpes de los
jugadores de presa asiática.
Con el tiempo, la discusión se había acalorado; tal vez yo estaba
metiendo el dedo en la llaga. Los temas de nuestro intercambio
epistolar se habían ampliado y ahora lo abarcaban todo, desde la
estadística a la geometría y el arte, pasando por la economía, la
filosofía y la vida, aunque siempre con el tenis de mesa como punto
de partida y de llegada.
Como he mencionado antes, C. G. Jung estaba seguro de que lo
guiaba un daimon, Filemón, con el que aseguraba interactuar tanto
en sus sueños como despierto. No estoy del todo seguro, pero si yo
tengo un guardián espiritual, debe de llamarse Inconformismo.
Inconformismo nunca se me ha presentado formalmente, pero
muchísimas veces en mi vida he sido «inconformista» sin ninguna
razón, casi por instinto. Con la contracultura muerta y enterrada,
éste se convierte en un saludable enfoque antipropaganda, pero no
siempre juega a favor de mis intereses. El filósofo grecorromano
Epicteto escribió:
Si un hombre se enfrenta a verdades evidentes, no es sencillo encontrar
argumentos con los que poder hacerle cambiar de opinión. Pero esto no es
resultado ni de la fuerza del hombre ni de la debilidad del maestro; porque
cuando el hombre, pese a haber sido refutado, se endurece como una roca,
¿cómo seremos entonces capaces de tratar con él con argumentos?
Esta actitud mía más o menos consciente ¿pondría en peligro
una hermosa relación maestro/discípulo? ¿Sobre todo después de
haber mandado este correo a Jaime?
Lo que dices es sabio y está demostrado por años de experiencia a los más
altos niveles. Y sin embargo, déjame señalar que al principio Wang Hao [uno
de los mejores jugadores contemporáneos del mundo] fue rechazado por el
equipo nacional chino y no se le permitió jugar con él porque su estilo se
consideraba poco ortodoxo. Pero su revolucionario revés invertido lo ayudó a
seguir ganando y, a fuerza de victorias, no sólo entró en el equipo sino que
además se convirtió en su líder. No cabe duda de que ha revolucionado el
estilo de los jugadores de presa asiática, además de añadir un arma a su
repertorio.
Lo que yo veo es que lo «impensable» está sucediendo: gomas chinas que
adoptan esponjas japonesas y/o europeas; veo a Butterfly, el fabricante más
japonés de todos los fabricantes japoneses, producir gomas pegajosas de
inspiración china con esponjas duras. La «hibridación», como tú la llamas (esa
palabra me desagrada porque me recuerda a una mula), ya está teniendo
lugar, y a escala mundial. Yo prefiero llamarla «fertilización cruzada», algo que
sucede en todos los campos en este mundo cada vez más interconectado.
Tengo la sensación de que en el futuro los jugadores de tenis de mesa
adoptarán estilos de fertilización cruzada. Tal vez no proceda de China, donde
todo es demasiado académico, y las academias, como bien sabes, tienden a
mostrarse anquilosadas.
Así que tal vez sea un jugador europeo que entrenará en China y quizá
también en Corea y Japón.
Cuando ejecuto ciertos golpes de «fertilización cruzada», mi presa cambia.
Ni siquiera sé si sigue siendo una presa europea. Pero no me resulta
demasiado difícil ejecutarlos. Soy consciente de que en el tenis de mesa el rey
de los golpes es el loop, sin ninguna duda. Yo lo aprovecho, lo amo y trato de
ejecutarlo también con el revés, que como es más difícil la gente suele
descuidar: error. Además, hay algunas cositas cuya eficacia he comprobado
una y otra vez con jugadores de menor calidad. No se trata de golpes
ganadores (bueno, sí lo son, pero sólo contra no entidades); lo que hacen es
ayudarte a preparar el siguiente golpe.
A mí me gusta el estilo e intento incorporar todos los golpes convencionales
a los que me resulta natural añadir algunos de fertilización cruzada. Podría
enseñarte en la mesa por qué en ocasiones son más eficaces y más rápidos de
ejecutar, pero eso parece molestarte. Dicho esto, casi nunca los utilizo, así que
no merecen tanta atención.
Por suerte la evolución es constante, o seguiríamos jugando con palas de
madera, cosa que yo no me molestaría en hacer porque el tenis de mesa se ha
convertido en un juego de efectos. Eso es lo que siempre me atrajo de él, y si
no fuera por el efecto, no jugaría.
Luego está la estética. Ayer gané a un tipo indio que se sacó un par de
buenos ases de la manga. Pero lo derroté utilizando la táctica «escobillas»: lo
hice correr a la izquierda y luego a la derecha y luego otra vez a la izquierda; ya
te lo puedes imaginar. Fue tenis del malo, sí, tenis, eso fue, euclidiano y feo,
como una sesión de sexo barato con una prostituta. Es una forma de hablar,
porque a diferencia de nuestro impenitente amigo Emilio, yo nunca he pagado
por sexo, así que no sé lo que se siente, aunque me lo puedo imaginar. En
otras palabras, traicioné mi estética del tenis de mesa: si no hay dosis
colosales de efecto, si la geometría no euclidiana no toma las riendas, no
debería jugar más. Ganar no es el objetivo.
Mi intención es seguir desarrollando los golpes convencionales lo mejor que
pueda. Sí, tengo que imprimir más energía a mis piernas, lo que significa subir
escaleras, caminar, pero también aprender a desplazarme de lado. No tengo
problemas para desplazarme con rapidez hacia delante y hacia detrás, y uso
las mismas piernas. Tal vez la razón pueda encontrarse en la esgrima, que
practiqué durante ocho años desde que tenía seis, y que consiste básicamente
en desplazarse adelante y atrás con poco movimiento lateral. Así que también
existen hábitos heredados de otros deportes que hay que Lin Yutang.
El enfoque del purista es correcto y erróneo al mismo tiempo. Si no fuera el
caso, si no fuera paradójico, no sería tenis de mesa. Los puristas crean
academias; las academias crean dogmas; los dogmas crean fósiles. Las
técnicas, los materiales, las ideas están en constante flujo. La pureza es tan
limitadora como la coherencia.
En retrospectiva, este correo en concreto muestra unas cuantas
ideas desde una perspectiva nueva, así como una buena dosis de
insolencia. Eso habría disuadido a un profesor de menos valía.
Probablemente Jaime se limitó a sonreír y a atribuirlo a mi
inmadurez en el mundo del tenis de mesa.
Pero también existe una diferencia de fondo. El marco mental
artístico favorece la creatividad por encima de la coherencia, lo
impredecible por encima de lo habitual, lo excepcional por encima
de lo normal. El único contexto en el que uno quiere escuchar la
palabra «normal» es en el de las pruebas médicas: «Los resultados
son normales», dice el médico, y nosotros nos alegramos. Pero si le
preguntamos a alguien: «¿Qué tal ese restaurante nuevo?» o «esa
película que acaban de estrenar» y la respuesta que obtenemos es
«normal», ¿querríamos ir a comer a ese restaurante o a ver esa
película?
Otro punto de fricción era la insistencia de Jaime en ese
sobrevalorado concepto del mundo moderno: la estadística. Cuando
era jugador profesional, llevaba un registro en el que anotaba
cuántos de sus variados golpes botaban en la mesa, y con cuánta
efectividad, durante cada entrenamiento. Por ejemplo, de cien loops
de derechas seguidos, cuántos botaban donde y como él quería que
botaran, y cuántos no. Al final de cada semana convertía esas cifras
en estadísticas para determinar la coherencia de sus golpes. La
mera imagen me resulta aborrecible: un jugador metamorfoseado en
un híbrido entre un autómata y un contable. Y ésa es la razón por la
que las cosas más trascendentes de nuestra vida son, de hecho, los
sucesos antiestadísticos que experimentamos.
Primero y más importante, nuestra propia concepción: ese único
espermatozoide que, entre una media de ciento diez millones por
eyaculación, gana la lotería al lograr alcanzar el óvulo y fecundarlo;
¡bingo! Todos nosotros somos ganadores de la lotería por haber
nacido cuando las probabilidades en contra de nuestra concepción
eran, más que sorprendentes, literalmente inconcebibles: ¡una entre
ciento diez millones! ¿Qué posibilidades reales teníamos? Y sin
embargo, aquí estamos.
El suceso antiestadístico es el excepcional «sí» que recibimos en
lugar del habitual «no» que esperamos y tememos. Poco después
del terrible accidente de coche en el que me vi envuelto y que he
mencionado antes, la policía vino a verme al hospital. Irrumpieron en
mi habitación a primera hora de la mañana. Yo estaba en cama,
recuperándome de la operación, con muchos huesos rotos, puntos
en la ceja y dentro de los labios, con moratones azules y negros por
todas partes, y me costaba respirar debido a las costillas rotas. Lo
primero que me dijo un agente fue: «Mire, nosotros leemos las
estadísticas y vemos miles de accidentes; dada la dinámica del
suyo, usted debería estar muerto».
¡Buenos días tenga usted también, oficial!, contesté
mentalmente, aunque tenía razón: al haber engañado a la muerte
había desafiado las estadísticas. El hecho de ser una excepción, un
suceso antiestadístico, fue, por utilizar un lenguaje anticuado, un
milagro. ¡Y Jaime se dedicaba a cantar las alabanzas de la
estadística!
Ahora me doy cuenta de que habría necesitado unos meses más
para entender lo que quería decir. Independientemente del método
que emplease, su búsqueda de la forma perfecta tenía un
significado más elevado de lo que yo podía apreciar en ese
momento, y sobre el que escribiré más adelante. Y el propósito de
estandarizar el propio juego, de dominar todos los golpes
convencionales y practicarlos una y otra vez hasta alcanzar un
porcentaje muy alto de coherencia, tan sólo significa «llegar a un
umbral más allá del cual el tenis de mesa» puede «convertirse en un
arte». Jaime, de hecho, es asimismo artista y, como cualquier
auténtico artista, también un artesano que sabe que lo primero es la
técnica. Al fin y al cabo, el término griego techni se traduce como
«arte».
A mí me quedaba mucho camino por recorrer, aunque no era
plenamente consciente, y agradezco a Jaime que mostrara tanta
paciencia conmigo. Lo único que me dijo, es probable que
mordiéndose la lengua, fue:
–¿Por qué no participas en otro torneo?
Justo en ese momento un club de Maryland estaba organizando
un torneo por equipos divididos en dos categorías: jugadores por
debajo o por encima de los 1.600 puntos en el ranking. Me inscribí
en la primera categoría y empecé a reclutar miembros para mi
equipo.
Mi primera opción fue el jugador al que he presentado en estas
páginas como el némesis del tenis de mesa: Pedro, el defensivo
empirista peruano de los picos largos. ¿Por qué? No sólo porque la
coherencia, como concepto general, sigue siendo difícil de digerir,
sino sobre todo porque aunque jugar contra él es un infierno, como
compañero de equipo puede ser un activo.
La siguiente elección fue Joe Un Ojo. Me aseguró que llevaría un
parche de Jolly Roger sobre su ojo ciego para intimidar. Es más,
cuando jugáramos juntos en los partidos de dobles, hablaríamos en
francés para que los contrincantes no pudieran entender lo que
planeábamos hacer. El nombre que elegimos para nuestro equipo
fue Absolute Beginners, por la canción de David Bowie.
Nos esperaban dos sorpresas: éramos los únicos jugadores no
chinos; dado que la mayoría de ellos a duras penas hablaba inglés,
nuestro numerito en francés resultaría superfluo. Y tampoco eran
precisamente jugadores por debajo de los 1.600 puntos. En los
primeros partidos nos derrotaron jugadores muy experimentados.
Les pregunté por su ranking y me contestaron (como acabamos por
entender después de que varios voluntarios nos lo tradujeran):
–Tenemos una puntuación de mil seiscientos en total.
Lo que significa que tenían, pongamos, dos jugadores con una
puntación de 2.000 y un completo principiante; este último nunca
jugaba, claro, pero oficialmente era miembro del equipo y en
consecuencia bajaba la media.
Como si el juego no fuese lo bastante complejo por sí mismo, allí
se le añadía una carga sensorial. El lugar estaba lleno a reventar, no
sólo de participantes en el torneo sino también de sus ruidosas
familias –abuelas, nietos y demás familiares entre unas y otros– y
seguidores varios; había fotógrafos que sacaban fotos y se
paseaban despreocupadamente entre las mesas; cables eléctricos
por todo el suelo; fuera hacía frío pero allí dentro era un horno; el
suelo no tardó en quedar cubierto de sudor y, en consecuencia,
resbaladizo; las pelotas de las otras mesas aterrizaban en la propia;
el escaso espacio que había entre las mesas y detrás de las mesas
obstaculizaba los movimientos completos; entre los distintos equipos
y sus seguidores estallaban violentos altercados; la sed era
omnipresente a pesar de los reiterados esfuerzos por saciarla, y
también el hambre, sobre todo porque flotaban en el aire los
deliciosos aromas de la comida china que habían traído los
miembros de las familias. Un completo caos, y aun así vivificante:
me sentía como si fuera un diminuto componente de un gran
sistema dinámico que se comportaba de manera determinista y sin
embargo producía resultados inesperados, igual que un huracán;
casualmente, Hurricane era la marca de gomas que habían elegido
la mayoría de los participantes. En ese momento me di cuenta de
que aquello iba a ser otra iniciación.
Cada partido que lográbamos ganar se consideraba un
contratiempo, ya que en esa clase de enclave chino extraterritorial
existía el habitual prejuicio: ¿occidentales jugando a tenis de mesa?
¿Perdón?
Los dobles fueron lo más divertido. Joe y yo utilizábamos de
manera rutinaria gestos por debajo de la mesa. Antes de sacar, uno
le indica a su compañero qué clase de efecto aplicará a la pelota, lo
cual ayuda a predecir cómo y dónde la devolverá el oponente.
Existen gestos sencillos para los efectos básicos, pero la
intercomunicación silenciosa enseguida degeneró. Cuando yo
sacaba, también extendía el índice y el meñique al tiempo que
encogía el corazón, el anular y el pulgar: unos cuernos, un gesto
típicamente italiano con varios significados, ninguno demasiado
halagador. Cuando sacaba él, también les dedicaba una peineta a
los rivales, un gesto más universal. No sabíamos de dónde había
salido aquel humor adolescente, pero aparte de provocarnos la risa,
hacía que nos relajáramos y jugásemos mejor.
Recuperamos la compostura cuando llegó Jaime acompañado
de su hijo. La novia de Joe también estaba allí, así que teníamos
algo de apoyo. En ese momento jugábamos contra un grupo cuya
fuerza total era más o menos equiparable a la nuestra.
La mirada de Jaime era muy elocuente. Era como si intentara
guiar con los ojos cada pelota que golpeábamos. Pero a pesar de
todo su apoyo e indicaciones –esta vez no se ahorró los consejos–,
cada equipo ganó dos juegos, así que tuvimos que ir al quinto y
definitivo. Teníamos la sensación de que nuestro equipo era más
fuerte, pero Joe ya había cubierto su cupo habitual de lo que él
llama «pelotas-ojo»: pelotas que no consigue devolver o que
devuelve mal debido a sus problemas de visión. Y el parche de Jolly
Roger que le cubría el ojo en realidad no intimidaba a nadie.
En el último juego nos pusimos 10-9. El punto de partido era
nuestro, con servicio de Joe. Jaime me había dado más consejos
antes del quinto juego: «No seas codicioso». Viniendo de un jugador
eminentemente ofensivo, resultaba llamativo. Otro hombre rendido
al ataque, el mencionado teórico militar Von Clausewitz, escribió:
«Es incluso mejor actuar con rapidez y errar que vacilar hasta que
ya ha pasado el momento de la acción». Así pues, yo estaba entre
la espada y la pared. Forzar el deuce sólo podía favorecer
psicológicamente a nuestros rivales; a aquellas alturas, ya
deberíamos haber ganado el partido.
Joe sacó corto, una pelota cortada con un toque de efecto
lateral. El resto de los rivales no fue muy bueno aunque tampoco
muy malo. No traté de devolverlo con un mate, ni siquiera de aplicar
topspin («No seas codicioso», había dicho Jaime), sino que me
limité a cortar la pelota. El contrincante hizo más o menos lo mismo
y Joe, sacándose un conejo de la chistera, hizo una inesperada y
arriesgada transición al topspin, con un loop de derechas en la línea,
al revés de ellos. El equipo contrario jugaba ahora en modo
emergencias: el jugador devolvió la pelota de Joe como pudo, pero
ésta pasó un pelín alta por encima de la red. «Espera a que la
pelota se asiente», me había advertido Jaime. Mientras enfocaba mi
objetivo, esperé a que la bola estuviera en el lugar exacto que yo
quería y le endosé un revés con un potente topspin que no pudieron
alcanzar.
Habíamos ganado, ¡carajo!, como dijo Jaime. A aquellas alturas
muchos participantes ya estaban eliminados y algunos se habían
quedado a mirar. Ellos y otros espectadores nos aplaudieron, a
nosotros, ¡los occidentales!
Jugamos unos cuantos partidos más. Pedro jugaba los
individuales como si le fuera la vida en ello y ganó varios, pero
invirtió tres veces más esfuerzo en cada punto que un jugador
normal. Quién sabe, tal vez algún día gane la confianza suficiente
para convertirse en un metafísico.
Acabamos en la zona media de la clasificación, más cerca de la
cabeza que de la cola. Teniendo en cuenta que muchos jugadores
superaban con creces la puntuación que habían declarado, era un
resultado respetable.
Me quedé a ver las semifinales y la final. Dos equipos –y sus
respectivas hinchadas de seguidores y familiares escandalosos–
estaban en aquel momento a punto de llegar a las manos.
Necesitaban un árbitro con tanta urgencia como el oxígeno, así que
me ofrecí voluntario. Como era el único occidental que quedaba en
el local, supusieron que sería imparcial y me dieron la bienvenida.
Todo el mundo se calmó y los partidos se desarrollaron del modo
adecuado.
Después de la final, todos los jugadores me dieron las gracias y
uno de ellos, que hablaba inglés inusualmente bien, se quedó a
charlar conmigo. Era profesor de Física en un conocido instituto de
la zona. Al final la conversación derivó hacia mis impresiones sobre
aquel torneo, el primero serio de mi vida.
–¿Qué te ha parecido? –me preguntó.
–En una palabra, caótico –contesté.
–Bueno, lo es. A veces me siento tentado de utilizar los torneos
de tenis de mesa para introducir a mis alumnos en la Teoría del
Caos.
Desplegué las antenas. Al ver mi interés, el profesor continuó:
–La primera vez que les hablé a mis alumnos de la Teoría del
Caos, tuve que darles ejemplos. Explicarles que se trata de una
subdisciplina de las matemáticas que estudia sistemas complejos no
sirve de mucho. Y he aprendido que cuando menciono el
comportamiento del agua al hervir sobre el fuego, o los patrones
migratorios de las aves, tampoco les sirve de mucho. Así que una
vez les hablé de un torneo como éste, sólo que todavía con más
jugadores y mesas. Se hicieron una idea.
–Entonces –dije yo–, ¿un gran torneo de tenis de mesa es un
sistema complejo?
–Sí. Contiene tantos elementos móviles que hacen falta
ordenadores para calcular todas las variables posibles.
–¿Y eso?
–Predeterminar el equipo ganador debería resultar sencillo
sumando la puntuación de cada miembro del equipo. Te habrás
dado cuenta de que siempre tenemos a dos jugadores con una
puntuación superior a mil seiscientos y otro con una puntuación muy
inferior para bajar la media, que por supuesto nunca juega. Sería
fácil sumar las puntuaciones de los dos jugadores buenos de cada
equipo y determinar el ganador según cuál sea el resultado más
alto. Pero no funciona así. Por eso son divertidos los torneos, y
caóticos: es muy difícil predecir el ganador. Y, por supuesto, por eso
la Teoría del Caos no surgió hasta la segunda mitad del siglo XX:
demasiadas variables para calcularlas sin ordenadores. Piensa en
ellas.
»Pongamos que un jugador es un poco mejor que su adversario,
como indica su ranking levemente superior. Pero es posible que su
estilo no sea compatible. (Lo que significa que, pese a estar mejor
clasificado, el adversario tiene un estilo que se le suele atravesar al
jugador más bueno.) O es posible que el contrincante tenga suerte y
consiga un número inusitado de redes y bordes.
»Además, existen muchos otros factores, como las condiciones
físicas y mentales del jugador; cuánto ha entrenado últimamente;
qué ha comido ese día, y cuándo; si ha discutido con su mujer;
cómo está de la vista, porque a veces la iluminación es mala y eso
tiende a dar ventaja a los más jóvenes, etcétera. También puede
hacerse daño, no tanto como para abandonar el torneo, pero sí
suficiente como para no jugar al cien por cien. Así pues, incluso el
resultado de un solo partido puede ser impredecible, o sea que
imagínate el de un torneo por equipos con cientos de jugadores y
sesenta o setenta equipos. Sin embargo, lo que sí podemos hacer
es una suposición razonada basada en una distribución de
posibilidades, y eso es lo que nos enseña la Teoría del Caos.
–¿Alguna vez has intentado analizar un torneo de tenis de mesa
usando este esquema?
–No, y hasta donde yo sé nadie se toma la molestia de hacer
algo así para un torneo de este nivel. Haría falta mucho trabajo
informático. Pero le he dado vueltas a la idea y me tienta. La
factorización de las puntuaciones de los jugadores no bastaría, está
claro. Ése sería el enfoque de un determinista, no de un «caosista»,
y sabemos que el enfoque determinista no funciona ni siquiera para
un torneo de tenis de mesa. Tendría que inventar nuevas
clasificaciones para cada participante, según el estado físico y
mental, o la compatibilidad entre diferentes jugadores, cosa que ya
me llevaría muchísimas horas; e incluir otras variables poco
habituales. Pero tal vez un día lo haga.
Charlamos un rato más y luego me fui a casa y recopilé mis
ideas.
La otra razón del reciente nacimiento de la Teoría del Caos,
había añadido el profesor, es la Revolución Cuántica y el modo en
que acabó con la era determinista.
La mecánica cuántica es la teoría de la mecánica de los átomos,
moléculas y otros sistemas físicos sujetos al principio de
incertidumbre. En pocas palabras, el principio de incertidumbre,
formulado por el físico alemán Werner Heisenberg, dice que cuanto
más sabemos sobre dónde se encuentra una partícula en este
preciso momento, menos sabemos sobre lo rápido que se desplaza
y en qué dirección. Esto es válido también a la inversa, lo que
significa que cuanto más sabemos sobre lo rápido que va y en qué
dirección, menos sabemos sobre dónde está en este momento. En
la física cuántica, el resultado de la medición más precisa de un
sistema no es un hecho; más bien se muestra como una distribución
de probabilidad. Esto cambió por completo nuestra forma de mirar el
mundo, al menos en Occidente.
Hasta la Revolución Cuántica, se creía que las cosas estaban
directamente causadas por otras cosas. En otras palabras, la fuerza
que estaba detrás de todo era la causalidad. Por consiguiente, todo
lo que subía bajaba, y si pudiéramos etiquetar todas las partículas
del universo podríamos predecir acontecimientos de ahí en
adelante. Los sistemas de creencias y los gobiernos se basaban, y
en muchos casos siguen basándose, en este rígido principio.
Pero la Teoría del Caos argumenta que la naturaleza funciona
con patrones originados por la suma de muchos componentes
complejos. Los primeros teóricos del caos descubrieron que los
sistemas complejos parecen seguir un ciclo, aunque las situaciones
raramente se dupliquen con exactitud. Resultó que los sistemas
complejos a menudo trataban de asentarse en una situación
específica. Esta situación puede ser estática, y en ese caso se llama
«atractor», o dinámica, lo cual quiere decir en movimiento, y en ese
caso se denomina «atractor extraño». Todo ello había estado
presagiando la caída del determinismo durante décadas.
A mí, que siempre había considerado el determinismo la camisa
de fuerza de la mente, la Teoría del Caos me resultó liberadora.
Antes de separarnos, el profesor me había contado algo que anoté
delante de él: «Los números no pueden representar por completo la
realidad porque son demasiado precisos; no son capaces de emular
la aleatoriedad que nace de la libertad, que es el principio más
fundamental de la naturaleza».
La Teoría del Caos siempre me había parecido un poco nebulosa
e inverosímil. Pero ahora el tenis de mesa la había esclarecido y
había hecho que resultara convincente. Estaba emocionado. No me
importaba el torneo ni cómo habíamos jugado: aquello era incluso
más estimulante. El universo parecía más hermoso y yo tenía la
sensación de que ese día resonaba con la intuición que había tenido
en mi adolescencia, cuando me sentaba en clase y contemplaba
horrorizado a la profesora de Matemáticas defender el determinismo
y las limitaciones con su nauseabundo aire de suficiencia.
Creemos que podemos decidir el resultado final de nuestra vida
a través de nuestros esfuerzos deterministas, pero las dinámicas de
los sistemas complejos con los que interactuamos invalidan esta
premisa una y otra vez. Abrazar el caos es una opción más cuerda,
por el simple hecho de que es más realista. Incluso en nuestra
propia vida, pensar en términos de «distribución de probabilidad»
constituye una perspectiva más realista y flexible que intentar
predeterminar un objetivo muy preciso. Este último puede
convertirse fácilmente en una fijación, que como poco puede tener
consecuencias desastrosas. En realidad deberíamos convertirnos
todos en «caosistas», sobre todo porque, en el mundo occidental,
hemos reprimido el concepto de caos durante siglos con nuestras
certezas y nuestro determinismo, que han demostrado ser
engañosos.
El tenis de mesa seguía funcionando como un «atractor
extraño»: me llevaba de equilibrio a equilibrio, pero en constante
movimiento. No dejaba de mostrarme cosas que yo nunca habría
relacionado con él. Pero pese a todos mis progresos a la hora de
empezar a apreciar los mecanismos internos de la naturaleza
caótica, me alegré de toparme por casualidad con un relato corto
que había leído años atrás, obra del filósofo taoísta Chuang Tzu,
que vivió en China en el siglo IV a. de C.
El gobernante del Océano Meridional era Shû, el gobernante del Océano
Septentrional era Hû y el gobernante del Centro era Caos. Shû y Hû se veían a
menudo en la tierra de Caos, que los trataba muy bien. Se preguntaron cómo
podían compensarle por su amabilidad, y dijeron: «Los hombres tienen siete
orificios con el fin de ver, oír, comer y respirar, mientras que este [pobre]
gobernante no tiene ninguno. Vamos a intentar hacérselos». Por consiguiente,
le perforaron un orificio cada día y, al cabo de siete días, Caos murió.
12
Homo ludens
CUANDO LA MUJER DE JAIME LES EXPLICA A SUS amigos o a sus
colegas que su marido, un reconocido economista de cincuenta y
pocos años, se ha ido a jugar a ping-pong, ellos le dedican una
mirada compasiva y ella sabe lo que están pensando: «¿Ping-pong?
¿En serio? ¿Ésa es la mejor mentira que se le ha ocurrido? Por si
fuera poco, encima te toma por imbécil».
Parece no sólo inverosímil sino completamente imposible que un
profesional ajetreado salga pitando del despacho y se vaya directo a
un club de tenis de mesa. Y que una vez allí, lo dé todo, sudando
una media de tres camisetas por sesión. Y él es sólo uno de los
muchos profesionales que he conocido que hacen exactamente eso.
Sería más sencillo explicar las razones para engañar a sus
esposas: satisfacer un impulso sexual reprimido; aburrimiento por la
vida marital y la emoción de lo ilícito y clandestino; recuperar el
sabor de su juventud, etcétera. Pero los profesionales que juegan al
tenis de mesa a los que me refiero no están empeñados en nada
ilícito ni en satisfacer un deseo sexual, sino más bien en responder
al insaciable deseo del hombre… por jugar. El propio Emilio, aunque
sin duda nunca ha descuidado su faceta de playboy, mucho menos
ahora que casi ha alcanzado los ochenta, tampoco ha descuidado
nunca su deseo de jugar.
He filosofado sobre nuestra pasión por el tenis de mesa
incorporando a la ecuación a Platón y Aristóteles, a los metafísicos y
los empiristas, y algunas pinceladas de Filosofía Perenne. También
he psicologizado el tema, recurriendo al concepto junguiano de la
propia sombra. Y aunque todo lo que he dicho es válido, también es
cierto que algunos jugadores no están motivados, ni que sea
inconscientemente, por su sombra, ni se sumergen de manera
consciente en una exploración metafísica o un viaje iniciático. Se
ven atraídos hacia el deporte por un deseo de jugar que es tan
irresistible como aparentemente inexplicable.
A los humanos se nos ha clasificado con cierto optimismo como
Homo sapiens, hombre que sabe. A juzgar por la historia de nuestra
orgullosa especie, alguien podría pensar que sería más adecuado
llamarnos Homo in-sapiens, hombre que no sabe. Pero el sistema,
con el canon cultural que aplica, trabaja con mucha diligencia para
convencernos de que la evolución ha sido un gran éxito, aunque
aquellos de entre nosotros que somos sinceros podamos sospechar
que no es así. Así pues, uno se pregunta si el nombre oficial que la
ciencia nos ha asignado, o el no oficial, su contrario, no debería
cambiarse por algo más descriptivo y alentador: Homo ludens, es
decir, hombre que juega.
El historiador holandés Johan Huizinga, autor del imprescindible
libro Homo ludens, en el que analiza el papel del juego en la cultura,
escribió: «El juego es anterior a la cultura, porque la cultura, sin
entrar a precisar su definición, siempre presupone una sociedad
humana, y los animales no han esperado a que el hombre les
enseñara a jugar». De hecho, el Homo ludens, liberado de la
aspiración superpuesta de ser el brillante resultado de una evolución
extraordinariamente larga, podría deleitarse con la actividad más
inofensiva y divertida de todas: jugar.
Una noción tan simple, debidamente transmitida, daría a todos
los alumnos la tranquilidad de que, una vez crezcan y se conviertan
en adultos, no tendrán que dejar de hacer aquello que les es más
querido: jugar. Igual que Huizinga, yo también creo que es posible
que el juego sea el primer elemento formativo de la cultura humana.
Sin embargo, lo que se nos enseña es otra cosa. Es como si las
ganas insaciables de jugar que muestran los niños fueran
suplantadas por las igualmente insaciables ganas de sexo, que,
según se nos dice, durarán hasta nuestra senilidad, o incluso más
allá. Pero podría argumentarse que reprimir el deseo de jugar tiene
consecuencias tan perniciosas como suprimir el deseo sexual
humano, como denunció Freud cuando comenzó a estudiar la libido.
Y sin embargo, jugar está mal visto en el mundo adulto. Sólo hay
que pensar en la aleccionadora historia de Las aventuras de
Pinocho. En ella, el País de los Juguetes, un mundo imaginario
rebautizado en la adaptación cinematográfica de Disney como Isla
de los Juegos, es como un cielo para chicos rebeldes, pues allí
pueden comportarse como quieran y jugar hasta cansarse sin que
nadie se lo recrimine. Sin embargo, el auténtico y más siniestro
propósito de la Isla de los Juegos se desvela al final, cuando ésta
empieza a transformar físicamente a los chicos en asnos. El
mensaje está clarísimo: niños y niñas, tened cuidado con el juego
porque… ¡puede convertiros en asnos!
El mito griego del puer aeternus, el niño eterno, se ha usado
para desacreditar a los adultos que tienen tantas ganas de jugar
como cuando eran niños. La psicología analítica utiliza como
ejemplo del niño eterno El Principito, obra del escritor francés
Antoine de Saint-Exupéry, una historia tan adorada en todo el
mundo –es, de hecho, uno de los libros más vendidos de todos los
tiempos–, que uno se pregunta si ser un puer aeternus puede ser
tan malo.
A mí me parece que si a la humanidad se le permitiera dedicar
mucho más tiempo a jugar, en el mundo habría menos hostilidad y
es probable que menos guerras. Y el tenis de mesa, enormemente
popular y plenamente cosmopolita, apunta justo en esta dirección.
Al vernos a los jugadores esperando nuestro turno alrededor de
la mesa, viajo en el tiempo a décadas atrás y detecto el mismo
entusiasmo que sentí en aquel campamento de verano en las
Dolomitas, cuando era poco más que un niño. ¿Qué ha cambiado?
Mucho y, al mismo tiempo, muy poco. Los hombres adultos se
comportan exactamente igual que niños y, en este contexto, resulta
vivificante. Esto me evoca el motivo alquímico del ludus puerorum,
juego de niños. En los escritos esotéricos sobre alquimia a menudo
se afirma que una vez que se han obtenido los materiales primitivos
de la piedra filosofal, el resto de la Gran Obra es tarea sencilla, o un
«juego de niños». Es probable que el niño que juega esté
relacionado con la idea alquímica de la regeneración. El resultado
final es metafísico, tanto si el que juega es un niño como si es un
adulto. La única diferencia estriba en que mientras que el niño es
inherentemente sabio –aunque su sabiduría no tardará en ser
aniquilada por cierto tipo de escolarización–, para el adulto tal
sabiduría es un retorno a un estado mejor.
Pero el deseo de jugar del adulto se reprime de manera activa.
En lugar de jugar, nos «entretenemos», lo cual no sólo está
permitido sino que además se promueve con ahínco. La industria
del entretenimiento es gigantesca, y en lugar de participar en ella
nuestro papel es sentarnos y mirar, o escuchar. Los deportistas
profesionales «juegan», todos jugamos distintos papeles en los
diversos ámbitos de nuestra vida; el juego, en resumen, siempre
está presente, pero se supone que los adultos tenemos que
limitarnos a presenciarlo como espectadores pasivos sin poder
obtener más satisfacción que ésa. ¿Por qué? Los videojuegos han
demostrado a la industria del entretenimiento que la gente tiene
ganas de participar en un juego. Pregunta a cualquier niño si
prefiere mirar su deporte favorito o jugarlo, y siempre contestará:
¡Jugarlo!
«La diversión de jugar se resiste a cualquier análisis, a cualquier
interpretación lógica –escribe Huizinga, y añade–: He aquí, pues, la
primera característica del juego: que es libre; de hecho, es la
libertad. Hay una segunda característica estrechamente relacionada
con ésta, a saber, que el juego no es la vida “cotidiana” o “real”. Más
bien es un paso que permite salir de nuestra vida “real” y entrar en
una atmósfera temporal de actividad con una disposición propia.»
Quizá la intelectualidad contemporánea, que durante décadas ha
tenido su escarceos con el escepticismo, se oponga al papel del
juego por otra razón distinta. El poeta y filósofo francés Paul Valéry
escribió: «No hay escepticismo posible en lo referente a las reglas
de un juego, puesto que el principio que subyace en ellas es una
verdad incontestable». El mundo-juego se apoya sobre absolutos;
es un mundo aparte, de hecho en las antípodas de nuestro mundo
«real», construido sobre los precarios cimientos del relativismo.
Un domingo por la tarde, mi estudio sobre el mundo-juego y el
Mundo de las Formas me llevó al club chino. Había tres jugadores
chinos bastante buenos, uno de los cuales era el profesor de
Matemáticas al que había conocido en mis primeras incursiones en
el centro cívico cercano a mi casa. Desde entonces la diferencia de
nivel entre nosotros se había reducido. En el local de Chantilly hacía
frío (no sudé ni una mísera gota), las pelotas baratas de
entrenamiento no botaban para nada como las de tres estrellas a las
que estoy acostumbrado, y las mesas también eran distintas a las
de mi club y no tan buenas. Así que mi juego fue muy irregular;
ganaba un juego aquí y allá, pero no un partido entero. Sin
embargo, cuando acabamos de jugar cada uno de los tres chinos
tenía una opinión distinta sobre mí. Entonces llegó Mofi, un iraquí
con una historia personal peculiar.
Nacido en Bagdad, Mofi jugaba en el equipo nacional iraquí de
waterpolo; después fue a estudiar Ingeniera Mecánica a Praga y
más tarde se mudó a Estocolmo, donde acabó por instalarse y
casarse antes de venir a Estados Unidos. Aquí es propietario de un
restaurante llamado Tigris en honor a su tierra natal. Cada vez que
voy a comer allí con Tano, nuestro hijo mayor, no puede evitar
burlarse de mí con la confianza que dan las muchas veces que
hemos jugado juntos. Él se ve a sí mismo como un gran jugador.
Hace poco tuvo incluso el valor de decir que yo soy demasiado
mayor para ganarle. ¿Y él cuántos años tiene? ¿Sesenta y cinco?
El caso es que calentamos y jugamos un partido. Una vez más
yo me mostré impaciente; al darme cuenta de que ahora yo era el
jugador de más nivel, estaba deseoso de acabar cuanto antes. Así
que naturalmente ganó él, 3-0.
Cada vez que no conseguía devolver un resto, él me decía:
«¡Gracias!»; cada vez que me enfadaba conmigo mismo por un
error, él me decía: «¡No te desanimes!». Me hervía la sangre. Y con
todo, me ganó por los pelos: 11-9, el segundo a la ventaja y otro 11-
9. Y hubo otro detalle: tomé nota de que Mofi usaba siempre la
misma pelota, aunque en ese club hay pelotas tiradas por todo el
suelo y por lo general coges la que te queda más cerca. En cuanto
me di cuenta, me propuse cambiarla cada vez que pudiera. Para mí
no suponía ninguna diferencia, pues todas eran de calidad inferior,
pero el detalle fue certero: él intentaba sacar provecho de cualquier
pequeña ventaja. La misma bola botaba siempre de la misma
manera, y así reducía la dificultad de tener que ajustarse a botes
levemente distintos todo el rato.
Jugamos un segundo partido. Para entonces ya nos habíamos
sumergido por completo en lo que Huizinga denomina «un mundo
aparte». Me dije a mí mismo: «Guido, sé paciente. Juegas mejor
que él, tienes un repertorio que él no puede ni soñar, tienes
estrategia; él es el perro, tú eres el lobo».
¿Qué era eso? ¿De dónde salía esa intromisión procedente del
mundo del novelista Jack London? Además, ¿acaso Colmillo Blanco
no es un perro? Pero ésa es la naturaleza de cualquier juego: los
jugadores se lo toman tan en serio, que visto desde fuera resulta
absurdo.
Empezamos. Mofi es en esencia un jugador defensivo con un
tremendo control y predilección por el revés, lo cual hace que juegue
en el centro de la mesa. Devuelve muchas pelotas cortadas y hace
lo mejor que puede con lo que tiene, porque por lo que atañe a la
movilidad, está un poco «clavado» al suelo, como diría Jaime.
Intercambiamos una serie de pelotas cortadas, casi todas de
revés, y luego yo imprimí topspin a la pelota e hice en esencia lo
que quise con ella. Ganaba los puntos tras una serie de loops, tanto
de derecha como de revés, o intercalados; o con la colocación o con
mates planos, o incluso con pelotas cortadas y servicios. No me
limité a ir sobre seguro y eché mano de todo mi repertorio, incluidos
loops potentes a su izquierda cuando él los esperaba a la derecha.
En resumen, gané con holgura: 11-6, 11-6, 11-5.
Mofi se había quedado callado; no tenía ni idea de qué hacer.
Cada intento suyo por devolver con topspin mis pelotas cortadas
acababa en la red. Cuando abrí el juego y provoqué el intercambio
de pelotas con topspin, él no supo cómo responder a mi colocación
o a mis variaciones en el propio efecto. En otras palabras: yo tenía
el control y él parecía un viejo que trataba de alcanzar pelotas que,
siendo realista, no podía esperar alcanzar.
Mi satisfacción era profunda. Se trataba de un exdeportista
profesional que seguía muy en forma. En el deporte, la personas
como yo no ganan a las personas como él. Ya no se burlaba de mí y
yo ganaba con golpes difíciles, con una gran variedad de ellos, en
contraste con su juego necio. La victoria me infundió confianza, pero
también un remordimiento instantáneo: probablemente, se había
acabado la época de los descuentos y las raciones gratis en su
restaurante.
De hecho, había vuelto hacía poco a su establecimiento con
Jaime y otro jugador dominicano de gran calidad, José, y Mofi nos
había ofrecido una comida suntuosa. Tengo que corregirme: más
que un jugador, es un auténtico deportista.
En un viaje a Nueva York poco después, me encantó ir por
primera vez a un verdadero País de los Juguetes, o Isla de los
Juegos, incrustado en el corazón de Manhattan: el club SPiN, con
diecisiete mesas de ping-pong, un bar completo, restaurante,
etcétera, abierto hasta las cuatro de la madrugada. Es más: pasada
la medianoche, se puede jugar gratis. Y poco después de
medianoche fui allí por primera vez y me encontré con un grupo
variopinto: jugadores buenos y no tan buenos, gente que mataba el
tiempo, modelos, bichos raros de todo tipo.
Mi primer contrincante fue un talentoso asiático, que jugaba con
presa de lapicero. Calentamos un poco y enseguida entramos en el
«mundo-juego». Estamos jugando con intensidad y un pequeño
grupo se reúne alrededor de nuestra mesa. Entre ellos, veo de reojo
a Abdul, precisamente él, el egipcio de la hija «enferma». No sé por
qué me molesta tanto, pero empiezo a regalar puntos y acabo
perdiendo el partido.
Tras el incidente en el torneo me había encontrado a Abdul de
vez en cuando en otros clubes, pero siempre me había mantenido
alejado de él. También le había oído decir que se había vuelto
demasiado bueno para nuestro club.
Lo saludo y abandono la mesa.
Él me sigue.
Oh, no, pienso. Veo a una mujer esperando en otra mesa, sola, y
le pregunto si quiere jugar. Acepta.
Abdul se detiene y espera.
Juego con Lisa, que resulta ser de Brooklyn. Juego mal, le dejo
ganar el primer juego, gano a duras penas el segundo y lo mismo
con el tercero. Más que jugar me estoy entreteniendo con ella, sin
preocuparme por el resultado. En efecto, no quiero que el partido se
acabe. Completamente relajado, creo que no estoy doblando en
absoluto las rodillas; una forma horrible. Abdul se dedica a mirarnos
y nos suelta sus típicos halagos falsos tanto a Lisa como a mí. Así
es como se pone cuando regala cumplidos: condescendiente, falso
y servil a la vez. Debe de ser un talento que tiene.
Le toca a Abdul. Esto es lo que él estaba esperando, aunque mi
pobre juego debe de haber sembrado algunas dudas. «¿Realmente
vale la pena perder mi tiempo con este tío? –debe de pensar–. A lo
mejor me evita porque sabe que va a perder.»
La primera vez que fui al club de Arlington, él era el rey del lugar,
o el jefe de los chulos, como diría nuestro hijo Pietro. Llevaba un
pañuelo sobre su cabeza calva y se creía lo más. En esa época el
espectáculo que desplegaba era impresionante: la suficiencia
explícita se mezclaba incongruentemente con sus «falsos» modales
educados.
De vuelta en el SPiN, en Nueva York. Empezamos a jugar y me
siento igual de relajado con él; aún estoy decidiendo si quiero
implicarme en el juego o no. A lo mejor doblo un poco las piernas,
pero nada comparado con mi postura y concentración cuando
jugaba con Mofi tan sólo unos días atrás.
Aun así, como estoy (más o menos) jugando con Abdul, me doy
cuenta de que mi mínimo esfuerzo le está creando problemas. Un
jugador defensivo que especula con los errores del rival espera que
lo ataquen, pero yo no estoy atacando. Así que, con muy poco
esfuerzo físico, gano el primer juego por un ajustado 11-9. Eso le da
a Abdul la impresión de que realmente estamos igualados, lo cual
debe de enervarlo, pues desde las alturas de su arrogancia me
había vuelto a juzgar y ¿cómo era posible que perdiera, aunque
fuera por poco?
En el segundo juego me esfuerzo más y lo agasajo con parte de
mi repertorio. Una vez más tengo la clara sensación de que, igual
que Mofi, Abdul es persona de un solo talento. Cuanto más juego
más cuenta me doy de hasta qué punto ignora los engranajes del
juego, a pesar de los años de práctica y las toneladas de arrogancia.
Yo saco, él estampa la pelota en la red. Repito el mismo servicio, o
eso cree él, y la devuelve larga, fuera: no entiende cuándo imprimo
topspin y cuándo la corto. Me lanzo sobre la mesa para lanzar un
remate de loop de derechas, él se tira hacia su derecha, yo la coloco
en la línea a su izquierda. Da la sensación de que mi revés es
cortado, pero en realidad sólo lo finjo y la golpeo plana, él acerca
demasiado la raqueta para devolver mi supuesto topspin y la
estampa en la red. Lo hago correr de izquierda a derecha unas
cuantas veces, aunque luego insisto en su lado derecho hasta que,
gracias a un efecto topspin lateral, él es incapaz de alcanzar la
pelota. No me hace falta un sable para deshacerme de él, me basta
con el florete. Consigo un cómodo 11-6 tanto en el segundo como el
tercer juego.
Huelga decir que no envío pelotas que rocen la red o la línea, me
comporto como un caballero, incluso alabo sus ocasionales golpes
buenos. Al principio él también me alababa, pero luego ha dejado de
hacerlo por alguna razón.
Tanto Mofi como él juegan a lo que llamo tenis de mesa
«parasitario». Son de esos jugadores que se aferran a sus
«métodos rápidos», lo cual les garantiza numerosas victorias,
seguro, pero más allá de un cierto ranking, ya no. Si Abdul hubiera
intentado mejorar en lugar de jugar con su estilo barato y plano,
sería mejor que yo, puesto que lleva metido en esto mucho más
tiempo.
Es probable que Jaime hubiera preferido que yo usara el sable
en lugar del florete, pero eso habría sido innecesario. Recurría a la
técnica y la sutileza: todo aquello de lo que Abdul tanto se esforzaba
por desproveer a su estilo.
Tras el partido nos dimos un apretón de manos y yo me aparté a
un lado. Pero la expresión de la mirada de Abdul era un poema.
Éste era el mismo hombre que, con el fin de deshacerse de mí en el
torneo, no había tenido reparos en inventarse que su hija pequeña
estaba en casa, tendida en su lecho de muerte. Vi en sus ojos lo
que estaba pensando: «Llevo décadas en esto, de hecho dejé el
club de Arlington porque era demasiado bueno, ¿y ahora este don
nadie me da una lección jugando como si la cosa no fuera con él, y
me deja en ridículo?».
En ese momento debió de caer en la cuenta de la ceguera de su
arrogancia; ¿orgullo? ¿De qué? ¿De su propia mediocridad? Pop, el
saco de viento se pinchó…
13
Peregrinación a Tierra Santa
ESTABA SENTADO EN UN FLAMANTE AIRBUS atendido por asistentes de
vuelo inusualmente jóvenes y atractivas, con mi mujer a mi lado.
Aquello había sido idea suya, una idea muy buena, como siempre.
Durante un viaje a Vancouver nos habíamos enamorado de la
Columbia Británica. Allí donde íbamos encontrábamos sorpresas
agradables. Una de ellas fue la numerosa comunidad china de la
ciudad. Fuimos al Golden Village, en las afueras de Richmond, que
ha recibido la mayor parte de la inmigración china en los últimos
años, para disfrutar de una auténtica comida, y por el camino
cogimos algunas revistas gratuitas. En una de ellas mi mujer
encontró una irresistible oferta para un viaje a China. Y allí
estábamos al fin, «atravesando las grandes aguas», como dice el I
Ching, en un vuelo a Pekín. Un vuelo muy largo.
Mi fascinación por el tenis de mesa había empezado con el
mítico Oriente: la raqueta japonesa que el chico de las Dolomitas
manejaba con tanta destreza. Décadas después mi pasión había
crecido bajo la influencia de jugadores y material chinos. «Atravesar
las grandes aguas» parecía lo adecuado. Había varios aspectos de
la cultura china que me habían atraído durante años e ir allí por fin
sería como un peregrinaje a la Tierra Santa, y no sólo del tenis de
mesa. Antes de partir me había pasado varias semanas anotando
pensamientos sobre las que me parecían las mayores diferencias
entre las culturas china y occidental, y ahora los estaba releyendo.
Los chinos nunca han desarrollado un alfabeto, sino ideogramas,
o sinogramas o, mejor aún, caracteres Han. El diccionario Kangxi
contiene la asombrosa cifra de 47.035 caracteres. Comparados con
las veinticuatro letras del alfabeto griego, las veintitrés del latín
clásico y las treinta del alfabeto alemán, resulta evidente que escribir
y leer en mandarín supone un esfuerzo, lo cual explica el hincapié
que hace la cultura china en la caligrafía. En pronunciado contraste,
recuerdo que en mi escuela de primaria la percepción era que los
chicos con buena caligrafía eran los tontos, mientras que a los
inteligentes no les preocupaba la caligrafía per se, siempre que la
letra se pudiera leer.
El griego, el latín y el alemán clásicos han sido utilizados por la
mayoría de los grandes filósofos de la tradición occidental, y el latín
fue la lengua franca de los estudiosos europeos durante siglos. Los
intelectuales sentían la inevitable tentación de jugar con las
palabras. Por ejemplo, ordenando y reordenando tan sólo treinta
letras, el filósofo especulativo e idealista alemán Hegel amasó
cientos de miles de palabras en extraordinarios libros de gran
hondura y complejidad que revolucionaron la filosofía europea del
siglo XIX. En su opinión, espíritu, concepto y teoría tenían
preeminencia sobre todo. La realidad era un producto de la teoría.
En un conocido incidente, un estudiante se atrevió a decirle:
«Profesor, su teoría es perfecta, pero no se corresponde con la
realidad».
«En ese caso –atronó el airado filósofo–, ¡peor para la realidad!»
A once mil metros de altura, la completa locura de todo aquello
me golpeó como un mate en pleno ojo. Es como si Hegel hubiera
dicho: «Mi brillante sistema filosófico no puede ocuparse de
semejantes trivialidades. ¿Que no se corresponde con la realidad?
¿A quién le importa? ¡Que se vaya al infierno la realidad!».
Pero precisamente esta firme creencia en conceptos abstractos
que no están relacionados con la realidad ha tenido importantes
consecuencias para la humanidad. En una sala de vistas, negar las
pruebas es un delito. En la filosofía occidental, parece ser
perfectamente permisible.
La filosofía china palidece ante la enorme colección occidental
de acrobacias mentales, y ello parece inevitable, teniendo en cuenta
la escasa maniobrabilidad de su sistema de escritura. Pero, a juzgar
por los resultados de la tradición filosófica occidental, tal vez fue un
bien.
Lao Tzu es un sabio de la antigua China y una figura clave del
taoísmo. Sigue sin haberse establecido si vivió de verdad o si se
trata de una figura legendaria, pero se le considera el autor del Tao
Te Ching, un libro fundamental tanto en el taoísmo filosófico como
en la religión china. En él puede leerse la siguiente afirmación:
«Destierra la sabiduría, deshazte del conocimiento / y será cien
veces mejor para todos».
Con la salvedad de Platón y todas las escuelas neoplatónicas,
así es como el «amor por la Sophia», o por la sabiduría, significado
original de «filosofía», ha degenerado en «amor a la sofistería»,
justo la clase de «sabiduría» y «conocimiento» de las que Lao Tzu
nos insta a deshacernos. Hace tiempo que sospecho que la ligereza
con la que Occidente crea y amasa libros ha dado como resultado
una verborrea sobrevalorada.
Al final reparé en que era una vez más el tenis de mesa el que
me había llevado a esa conclusión. No es casualidad que los chinos,
junto con los jugadores de otros países asiáticos, sean los mejores
del mundo. Yo había aprendido de primera mano lo complejo que
puede ser el tenis de mesa. Cuanto más sube el nivel, más complejo
se vuelve el juego. Aunque se juega a tal velocidad que por lo
general apenas hay tiempo para «interpretar» todos los efectos. Los
mejores jugadores del mundo han llegado a un umbral más allá del
cual se han «deshecho de todo conocimiento», han aquietado todos
los pensamientos que puedan distraerlos, han acallado cualquier
humor o emoción, y han interrumpido el pensamiento discursivo
para concentrarse, del latín con- («junto con», «con») y centrum,
«centro».
A ese nivel, el tenis de mesa se convierte en pura meditación sin
palabras. Ya no hay lectura, pensamiento ni procesamiento
intelectual. El alfabeto, la sintaxis, las acrobacias mentales, no
importa lo rápidas que sean, no sirven de nada. No resulta
sorprendente que algunos de los mejores jugadores europeos
también hayan entrenado en China.
Una auxiliar bien parecida, con el rostro de una palidez lunar, me
devolvió a asuntos más inmediatos.
–¿Qué prefiere? –preguntó con una sonrisa–. ¿Desayuno
occidental o chino?
–¡Chino, por supuesto! –contesté con entusiasmo, y añadí
mentalmente: «¡Qué pregunta!».
Con un gesto grácil me tendió un objeto envuelto en papel de
aluminio mientras mi mujer nos observaba y sonreía, divertida. Los
demás pasajeros estaban desenvolviendo los suyos, así que los
imité.
Sostenía entre mis manos algo similar a un huevo por su forma,
pero de un color verde amarronado y con una superficie muy
arrugada. No tenía ni idea de qué hacer con él. Los demás
pasajeros empezaron a dar bocados al suyo, así que yo hice lo
propio.
El sabor era… no era de este mundo; en circunstancias
normales, jamás lo habría comido. Pero tenía hambre y además
estaba entusiasmado; quería sumergirme en la cultura china y fue
así como empecé: enfrentándome a un pestilente huevo duro
cubierto de algas, con regusto a podrido y algo más que se me
escapaba.
Nos ofrecieron otros insólitos productos de desayuno, pero de
alguna manera conseguí escaquearme y me puse de nuevo con mis
notas. Lo que me recibió fue un hito en la historia más reciente de la
filosofía occidental: el Tractatus Logico-Philosophicus, un tratado
lógico-filosófico obra del reverenciado pensador austríaco Ludwig
Wittgenstein.
Al recopilar mis notas antes de partir había consultado mi viejo
ejemplar del Tractatus. Tenía manchas de humedad, ya que junto
con otros libros de mi biblioteca había sobrevivido no del todo ileso a
la fuerza destructiva del huracán Andrew, que asoló Miami en 1992.
Era un libro de mi juventud al que tenía gran aprecio, una obra que,
según mi parecer, destilaba mucha sabiduría. Este librito tan fino,
compuesto por una colección de aforismos numerados, se ha
considerado hasta la actualidad una de las cinco obras filosóficas
más influyentes del siglo XX. En su penúltimo aforismo puede leerse:
«Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo: aquel que me
comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre
que haya salido a través de ellas, sobre ellas, fuera de ellas. (Por
así decirlo, debe tirar la escalera después de haber subido.) Debe
trascender estas proposiciones, y entonces verá correctamente el
mundo».
Wittgenstein toma prestada una analogía de Arthur
Schopenhauer, filósofo alemán del siglo XIX, y compara su propio
libro con una escalera de mano que hay que tirar una vez se ha
subido. Eso se debe a que mediante la filosofía del libro uno debe
darse cuenta de la profunda falta de sentido de la filosofía. Vale, eso
hará que veas correctamente el mundo, ¡perfecto!
Una vez más, la demanda de Lao Tzu resonó en mi cabeza:
«Destierra la sabiduría, deshazte del conocimiento / y será cien
veces mejor para todos».
Una década después, un filósofo y lógico vienés, Rudolf Carnap,
escribió: «Está claro que Wittgenstein ha formulado la orgullosa
tesis de la omnipotencia de la ciencia racional». Más adelante, en el
libro Filosofía y sintaxis lógica, Carnap utilizó el concepto de
verificabilidad para rechazar la metafísica en su conjunto.
Así era. Siglos y siglos de evolución filosófica habían llevado a la
triunfante humanidad a esto: el rechazo tanto de la filosofía como de
la metafísica. Algunas de las que se suponía que eran las mentes
más brillantes de Europa habían trabajado sin descanso por la
aniquilación del amor por Sophia y lo habían suplantado por
sofistería. Con su bendición, el siglo XX podría sufrir, por fin, una
bancarrota espiritual; como de hecho ha sucedido, en general, en el
mundo occidental.
Pero a comienzos del siglo XXI, a once mil metros de altura por
encima de nuestro planeta Tierra, que seguía girando, todo esto
resultaba tragicómicamente desacertado. No sólo el taoísmo, sino
también el zen, el sufismo, las religiones del misterio, el esoterismo
oriental y occidental, y el misticismo de diversas tradiciones han
mostrado y siguen mostrándonos que la Filosofía Perenne es
solamente eso, perenne. La filosofía teórica occidental, por su parte,
parece haber degenerado en sofistería y verborrea.
En el aeropuerto nos recibió nuestro guía.
–¿Dónde está el resto de los viajeros? –preguntamos.
–Ah, han cancelado todos.
Nos explicó que durante todo el viaje disfrutaríamos de una
camioneta con chófer y un guía/intérprete a nuestra exclusiva
disposición. Un imprevisto tour privado a todas partes, en otras
palabras. Era un comienzo más que propicio.
Durante dos semanas vimos y experimentamos tanto como
pudimos. Yo llevaba un diccionario de frases y por diversión les
pedía al conductor y al guía que adivinaran lo que les decía en
mandarín, un idioma tonal especialmente difícil de pronunciar para
los occidentales. En ocasiones lo que decía resultaba comprensible;
cuando no era así, por lo visto mi pronunciación resultaba tan
hilarante que el conductor, presa de un ataque de risa histérica,
tenía que parar el vehículo para no perder el control. No tardamos
en darnos cuenta de que, en general, los chinos son de risa fácil, así
que yo me dedicaba a resaltar cualquier situación potencialmente
cómica que se presentaba y como resultado obtenía un estallido de
carcajadas.
El país nos pareció enérgico y energizante, ahogado por la
contaminación bajo cielos permanentemente grises, por desgracia,
pero prometedor. La gente parecía feliz, y allí adonde íbamos nos
daban la bienvenida con amabilidad. Era agradable verse atrapado
en esta euforia general.
El feng shui goza de buena salud y nos explicaron que muchas
cosas traen buena suerte, mientras que otras traen mala suerte. Por
ejemplo, todas las personas a las que conocimos nos animaron a ir
a la Gran Muralla; según ellos era infalible: el mero hecho de tocarla
nos daría buena suerte. Por supuesto lo hicimos, y aunque si nos
trajo o no buena suerte es una cuestión de opinión, estrictamente
desde la perspectiva del tenis de mesa, podréis juzgar por vosotros
mismos cuando acabéis este libro. De una forma u otra, nos
hallábamos en medio de lo que parecía una sociedad supersticiosa,
y era una agradable sorpresa.
El Templo del Cielo en Pekín, considerado taoísta pese a que el
culto al cielo es anterior al taoísmo, estaba abarrotado, y no sólo por
turistas. Había también devotos en gran número. Todos los templos
que visitamos en China, en cada ciudad, estaban a rebosar de
devotos que quemaban incienso, rezaban o meditaban. Claro que
China no es India. Uno no puede entablar una conversación
filosófica en cualquier parte, ya sea con un mendigo o con un gurú.
En realidad, tendemos a pensar en China como un país de gente
muy pragmática con un agudo sentido comercial y una inmensa
capacidad de trabajo. Sin duda había mucho de eso, pero nada nos
había preparado para un pueblo espiritual.
Como gran amante de la botánica que soy, me fijaba sobre todo
en los árboles jóvenes, casi todos endémicos de China. Por un
momento me pregunté, abrumado por la culpa, si diez millones de
palas de tenis de mesa habían contribuido a la tala de todos los
árboles adultos.
El tema de la comida también era raro. Los chinos aseguran que
comen prácticamente de todo, y los menús que vimos daban fe de
ello: perro, burro, mono, serpiente, estrella de mar, insectos, partes
muy peculiares de algunos animales, y más. Y sin embargo, no
aparecen grupos enteros de alimentos. El pan y sus derivados no
están a disposición del público, y no hay ni rastro de leche, yogur,
queso, nata, mantequilla, helado ni salsas cremosas. Los postres no
son su especialidad, ni tampoco el vino, que sí producen pero sólo
como curiosidad. Otra ausencia conspicua son los alimentos del
«nuevo mundo»: tomates, patatas, maíz, chocolate, vainilla. Todavía
no los han incorporado a su cocina. La ausencia de tomates y
patatas resulta particularmente intrigante ya que, curiosamente,
China es el mayor productor mundial de ambos. ¿Qué demonios
hacen con cincuenta millones de toneladas de tomates y ochenta de
patatas? La próxima vez que compres un bote de tomate pelado
italiano o una bolsa de patatas de Idaho, asegúrate de leer antes la
etiqueta.
Vimos a personas de todas las edades jugar al tenis de mesa en
parques públicos, con cientos de mesas de cemento situadas una al
lado de la otra. Una tarde, mi mujer me llevó a dar una vuelta. Un
chino que era miembro de mi club en Estados Unidos me había
hablado de una legendaria calle que quedaba detrás de la Agencia
de Deportes, llena de tiendas de tenis de mesa. Jeff –así quiere que
lo llamen los occidentales– puede adivinar el grupo sanguíneo de
una persona tan sólo viéndola jugar. Nunca se equivoca. Es
asombroso. El caso es que nuestro guía encontró la calle, plagada
de establecimientos de tenis de mesa.
Algunos de aquellos establecimientos eran locales oficiales de
exhibición de algunos fabricantes, ya fueran chinos, japoneses u
europeos; otros vendían toda clase de marcas intrigantes. En la
tienda de DHS me compré una pala y dos gomas, y dos empleadas
muy atentas montaron la raqueta delante de nosotros.
Lo que yo había hecho en mi casa de una manera bastante
improvisada, con astracanadas accidentales, ellas se lo tomaban
como un ritual. Se dividían las diferentes tareas entre las dos y
aplicaban la cola en la pala y las gomas. Luego, usando secadores
pequeños y silenciosos, aceleraban el proceso de secado del
pegamento en ambos lados. Una vez pegada a la pala, la goma se
recortaba hasta que quedaba del tamaño adecuado con una
precisión inmaculada, y lo mismo se hacía con la otra. El proceso de
montaje de la raqueta fue en sí mismo una hazaña de destreza
técnica. No tardaron más de cinco minutos.
Paseamos por la calle y exploramos todas y cada una de las
tiendas. En una de ellas dos jugadores jóvenes, un chico y una
chica, jugaban un partido. Preguntamos mediante signos si
podíamos mirar y el dueño nos invitó a entrar.
Más tarde nos enteramos a través de nuestro guía, que había
hablado con el dueño, de que los dos jugadores formaban parte de
la selección de su provincia. Yo nunca había asistido a un partido de
este nivel a tan sólo tres metros de distancia. Fue un concienzudo
espectáculo de buena forma; no, de una forma espléndida, sublime,
platónica. Sus intercambios parecían coreografiados, pero no lo
estaban, pues se trataba de un partido real y no de exhibición. Sólo
ejecutaban golpes correctos, en el orden adecuado según se
presentara la situación; la estructura de su juego estaba claramente
pensada y tanto el equilibrio como el ritmo eran una parte integral de
él. Su concentración era excepcional. Se notaba que estaban
absortos en su propio mundo, por encima del nuestro. Al tiempo que
jugaban hablaban, o más bien mantenían una conversación, en el
Mundo de las Formas. Una ambulancia se precipitó calle abajo con
la sirena aullando, pero ninguno de los dos jugadores pareció
percatarse. Desde fuera, era como contemplar una interpretación en
trance. Pero dado que yo ya había vislumbrado de vez en cuando
qué era lo que veían esos jugadores, sabía que se trataba de algo
que superaba con mucho el trance.
El partido llegó a su fin; no importa quién ganó. Los dos
contendientes tardaron un rato en poder decir una palabra. No por
agotamiento físico, aunque sin duda estaban cansados; no, lo que
pasaba era que tenían que reducir el ritmo y descender desde el
Mundo de las Formas de vuelta al nuestro. Al final lo hicieron y,
utilizando a nuestro guía como intérprete, resultaron ser simpáticos.
Yo les felicité efusivamente y luego les pedí que compartieran
conmigo algunos trucos, tanto sobre el material como sobre algunos
golpes. Entre otras cosas, y aunque resulte extraño, ambos nos
recomendaron visitar la Ciudad Prohibida.
El enorme palacio y recinto imperial del centro de Pekín
constituía una perspectiva abrumadora. Bajo el opresivo calor
estival, era como si hubiéramos caminado por el recinto durante
días. La arquitectura y la decoración artística eran cuanto menos
impresionantes, aunque estoy seguro de que nos perdimos muchas
cosas debido a nuestra falta de conocimientos específicos. Pero
¿por qué nos habían recomendado los miembros del equipo
provincial que fuéramos allí? ¿Qué tenía que ver con el tenis de
mesa?
Finalmente nuestro guía nos condujo a través de un laberinto de
callejuelas de lo que parecía un pequeño pueblo dentro de la Ciudad
Prohibida. En él había algunas tiendas. El guía nos acompañó a una
mientras explicaba:
–Es una tienda de caligrafía. El sobrino de Puyi Aisin-Gioro, el
último emperador, es calígrafo. Trabaja aquí.
¿Caligrafía?, pensé. Vaya… Nueve años atrás, había ido a una
exposición de caligrafía china en un museo de Washington, DC. Fue
mi mujer la que insistió en que fuéramos, ya que yo no tenía ningún
interés. Ella disfrutó mucho mientras que yo no pillé nada. Ella se
compró un kit de caligrafía y desde entonces practica en casa; yo,
por mi parte, escribí en un álbum en que se pedía a los visitantes
que anotaran sus comentarios: «¡Larga vida al alfabeto romano!».
Me daba la sensación de que con su extrema concisión y su
practicidad, había sido y seguía siendo más que útil para la
civilización occidental.
Así que, ¿qué hacía yo en una tienda de caligrafía? Además,
tenía el aspecto de la típica trampa para turistas, uno de esos
locales a los que los guías locales llevaban a todos los turistas
occidentales, y también a muchos chinos, para conseguir una
comisión de cualquier cosa que compraran. Pese a todo, se trataba
del sobrino del último emperador, un calígrafo anciano y habilidoso;
nos encontrábamos en plena Ciudad Prohibida, epicentro del poder
chino durante siglos; lo mínimo que yo podía hacer era mostrar
respeto.
El calígrafo estaba dando un discurso; sentado a su lado, un
intérprete lo traducía al inglés. Las primeras palabras que
escuchamos fueron:
–Adquirir aptitudes en un determinado estilo requiere muchos
años de práctica. Pinceladas correctas, el orden de las pinceladas,
la estructura del carácter, el equilibrio y el ritmo son esenciales en
caligrafía.
Teniendo en cuenta que en inglés «pincelada» es stroke,
«golpe», tuve que pararme a pensar, pues las mismas palabras
podrían haberse aplicado al tenis de mesa. ¿Era por eso por lo que
los jugadores expertos habían insistido en que fuéramos allí?
¿Acaso sabían que al final de nuestra visita nos llevarían sí o sí a la
tienda de caligrafía? Era probable, ya que viniendo de provincias
posiblemente habían pasado por la misma experiencia, y no hacía
mucho.
Estaba claro que el anciano ofrecía una versión muy sucinta de
la historia de la caligrafía, un tema sobre el que se habían escrito
cientos de libros, como vi a mi alrededor. Existe un debate sobre si
la caligrafía de Asia oriental es una disciplina o un arte, pues muy
bien podría ser cualquiera de las dos. Los maestros de caligrafía
chinos de cada dinastía enriquecían los estilos y estructuras de los
caracteres con su intuición, su emoción y su sensibilidad artística.
Los maestros chinos consideran la caligrafía un ejercicio mental
altamente disciplinado que coordina cuerpo y mente, no sólo para
elegir el mejor modo posible de expresar el contenido, sino también
por el bienestar y la instrucción física y espiritual de cada uno.
A continuación el viejo maestro procedió a mostrar cómo trabaja
un calígrafo. Incluso yo pude detectar en sus deliberadas y
elegantes pinceladas décadas de práctica entregada y un grado de
equilibrio que habría sido la envidia de un trapecista. También me
pareció percibir la partida instantánea del hombre desde nuestro
reino para alcanzar el Mundo de las Formas. Y entonces, por fin, lo
vi claro.
En ocasiones una revelación, una vez que ha sido revelada,
parece completamente obvia. Pero supongo que hacía falta que
fuera hasta China para aprehender esta revelación en concreto
mientras que mi mujer, dado su interés previo en la caligrafía china,
llevaba tiempo abierta a ella. El viejo y habilidoso maestro nos
estaba mostrando hasta qué punto era esencial cada pincelada. No
me resultaba difícil visualizar las prácticas del anciano, que debían
de haber empezado en su infancia.
Todos los niños chinos tienen que aprender caligrafía, sin
importar si más adelante se convertirán en calígrafos profesionales.
Desde sus primeros años se les enseña implícitamente a
reverenciar la forma, porque ésta es esencial. Y el mismo tiempo
que dedican a soltar la mano con la caligrafía, lo dedican a
entrenarla en el tenis de mesa, este deporte tan popular. También en
él encuentran una estricta disciplina y movimientos y golpes
precisos que deben aprender e imitar hasta que les salgan solos. A
este entrenamiento también se entregan sin inconvenientes. Así
pues, para esas jóvenes mentes resulta obvio que sin práctica y
entrenamiento no es posible adquirir aptitudes.
Por el contrario, en las escuelas estadounidenses cada vez se
dedica menos tiempo a enseñar a los niños a escribir con letra
ligada (dentro de nuestro acercamiento mucho más simple al mundo
escrito). La letra de imprenta es mucho más popular. Los teléfonos
inteligentes y los ordenadores mejoran la capacidad de los niños
para teclear, pero su caligrafía es inevitablemente espantosa.
En el mundo occidental las escuelas casi nunca enseñan a los
alumnos a utilizar las manos. El énfasis en la esfera intelectual es
abrumador. La mayoría de los jóvenes se gradúan en la universidad
sin tener ni idea de cómo usar las manos.
En los países de Asia oriental, una vez que los alumnos
alcanzan la mayoría de edad, unos se convierten en calígrafos
profesionales, otros en jugadores profesionales de tenis de mesa. A
aquellos que no se convierten en ninguna de las dos cosas, la
amplia mayoría, se les han proporcionado por lo menos grandes
herramientas de autoconocimiento y autocrecimiento. «Conocer a
los demás es inteligencia; / conocerte a ti mismo es la verdadera
sabiduría», escribió Lao Tzu. Uno de los principales objetivos de la
educación debería seguir siendo el autoconocimiento. No se trata de
un concepto ajeno, sino que pertenece a la Filosofía Perenne; en la
antigua Grecia, por ejemplo, el famoso aforismo «Conócete a ti
mismo» estaba grabado en la entrada del Templo de Apolo en
Delfos.
Los calígrafos profesionales chinos cultivarán hasta la última
pincelada; los jugadores de tenis de mesa profesionales, cada golpe
con su raqueta. Pero los jugadores expertos no se limitan a golpear
la pelota, la rozan como si lo hicieran con un pincel. Por cada
pincelada en caligrafía hay un golpe de pincel en el tenis de mesa.
Así pues, no resulta sorprendente que tantos de los mejores
jugadores de tenis de mesa del mundo se encuentren en los países
del este asiático, la caligrafía es reverenciada como la más pura de
las artes.
Y es aquí donde desaparece la típica distinción occidental entre
forma y contenido. Para el calígrafo asiático, así como para el
jugador de tenis de mesa, la forma no es sólo esencial: la forma es
la esencia. He aquí mi tardía revelación, puesta de manifiesto por el
tenis de mesa junto con la caligrafía de Asia oriental: «la forma es la
esencia».
En el mundo occidental, incluso nuestro vocabulario ha
devaluado y trivializado la palabra «forma». En latín –aunque en
español todavía se utiliza– existe la expresión pro forma, aplicada a
algo que se hace tan sólo para preservar la (vacua) forma, pero que
no se percibe como vital. Una «formalidad» puede significar algo tan
nimio como que se exija una determinada costumbre o etiqueta. Y
un «conformista» es una persona que se adapta sin crítica a las
costumbres, reglas o estilo de un grupo. Me enfadé conmigo mismo
por haber estado tan ciego. Mi naturaleza antipropaganda me había
fallado; había comprado la propaganda del mundo occidental
moderno; había pensado muy poco en la forma, si es que había
pensado en ella. Jaime, en cambio, siempre se había esforzado por
alcanzar la forma perfecta porque «la forma es la esencia».
Pero ¿acaso no fue esto también lo que nos enseñó Platón? En
la separación entre nuestro mundo terrenal de percepción sensorial
y el Mundo de las Formas estriba la diferencia entre una vida en
cautividad y otra en presencia del Absoluto espiritual. Por fin veía
con claridad que en China y en el resto de Asia oriental, tanto los
calígrafos como los jugadores de tenis de mesa están inmersos en
la misma búsqueda de la forma perfecta.
Ahí estaba yo: el mismo hombre que hacía nueve años se había
burlado de la caligrafía china y la había rechazado por ser
demasiado rígida y, en cambio, había exaltado la practicidad del
alfabeto romano, ahora hablaba con el anciano calígrafo y le daba
efusivamente las gracias por su sabiduría. ¿Es la contradicción una
buena señal? Yo creo que sí. Aristóteles, que en su Metafísica
inventó también el principio de contradicción, estaría
vehementemente en desacuerdo al descubrir mi infracción de una
de sus tres leyes clásicas del pensamiento, pero ¿qué más hay de
nuevo?
Los dos jugadores del equipo provincial también me habían dado
consejos sencillos sobre el material. Me habían dicho que tras la
prohibición de la cola rápida por parte de la ITTF, los fabricantes
habían inventado unas gomas con puesta a punto previa que tienen
un efecto de cola rápida permanente. Me explicaron que las gomas
se tratan en una caja de gases para expandirlas con óxido nitroso, y
luego se exponen a un gas que no sea fruto de COV (compuestos
orgánicos volátiles), el cual bloquea la expansión. Yo acababa de
comprar una de esas gomas: la Skyline 3 NEO. Resultaba adecuado
que DHS, cuya sede central está en Shanghái, hubiera bautizada su
mejor goma (desde mi punto de vista) siguiendo el ejemplo del
impresionante skyline de la ciudad.
En la abrumadora Shanghái visitamos un enorme
establecimiento de DHS. Nuestro guía de allí mostraba una actitud
amable pero hablaba muy poco inglés, y el personal de la tienda no
lo hablaba en absoluto. Entré en un almacén gigante con estantes
colmados de cientos, miles de gomas. Me sentía como en el cielo;
hacía años que no estaba tan emocionado. Mi mujer dijo que
parecía un niño en una enorme tienda de juguetes, y tomó algunas
fotos.
Al final, una enérgica dependienta me convenció para comprar la
madera del mismísimo Wang Hao –Hurricane Hao–, que él mismo,
mi jugador preferido, ha desarrollado y con la que juega, una
maravilla delicada y ligera con un «punto dulce» gigante. También
compré una bonita selección de gomas, pero hice que me pegaran
también en esta madera las gomas preencoladas Skyline 3 NEO.
El mero hecho de recordar todo esto me hace sonreír, aunque
existe otra razón: tardamos casi dos horas en realizar esa sencilla
transacción. Yo conocía muy pocas palabras en mandarín y las
estiraba mucho más allá de sus límites. Ellos me contestaban en
mandarín y, en lugar de no decir nada, cosa que me parecía de
mala educación, yo repetía como un loro lo que habían dicho. Eso
hacía que estallaran en sonoras carcajadas. ¡No me extraña! Por lo
que yo sabía, muy bien podría haber estado repitiendo: «¿Por qué
se molesta tanto este occidental patético e inepto?». Aunque
probablemente no; sólo trataban de hablar conmigo, pero lo único
que podía hacer yo era repetir sus palabras, y tampoco con mucho
acierto. En la tienda todo el mundo se reía tanto que cuando por fin
nos marchamos, tenían los ojos y las mejillas bañados en lágrimas.
Por diversas razones, había sido una visita memorable, teniendo en
cuenta todo lo que había sucedido. Y ahora yo me moría de ganas
de probar mi material nuevo.
14
¿Se puede burlar a las estrellas?
HACIA EL FINAL DE NUESTRO VIAJE, MI MUJER y yo nos preguntábamos
si aquella era todavía la China del taoísmo y del I Ching, con sus
oráculos enigmáticos y su hombre o mujer superiores. La imagen
que se tiene de China en Occidente es la de un gigante económico
que trabaja duro para usurparle a Estados Unidos la primacía. Y
aunque habíamos vistos algunos aspectos de su tremendo
crecimiento económico (¿adónde han ido a parar las bicicletas?
Está todo lleno de coches), nos dio la sensación de que, en
conjunto, el país estaba mucho más preocupado que los
occidentales por cosas que no saltan a la vista. Existe allí una
dimensión espiritual casi palpable de la que Occidente carece,
aunque como bien dijo mi mujer cuando compartí con ella mi
opinión: «Cualquier lugar es más espiritual que Occidente».
Para entonces nos habíamos dado cuenta de que, por ejemplo,
la gente tiene muy presente el feng shui y se lo toma mucho más en
serio que en Occidente, donde sólo es una moda. Aquí existiría una
especie de equivalente, el genius loci de los antiguos romanos, que
era el guardián o genio de un lugar, así como el carácter o ambiente
de tal sitio, en el sentido de la impresión que causaba en la mente.
Pero ¿quién se acuerda de eso hoy en día? En cambio, en China la
gente continúa creyendo que si sigue los criterios del feng shui,
basados tanto en la astronomía como en la geografía, el Tao del
Cielo y la Tierra, eso contribuye a que uno reciba un Qi, que podría
traducirse aproximadamente como «flujo de energía», positivo.
Y el I Ching, ya se use como sistema adivinatorio o como libro
filosófico, contiene enseñanzas que, por increíble que parezca,
siguen utilizándose cinco mil años después de su creación.
En uno de los muchos museos que visitamos vimos por
casualidad una suntuosa colección de cerámica de la dinastía Song.
Hasta entonces yo había considerado que las artes decorativas
chinas eran chinería, un tema recurrente en los estilos artísticos
europeos desde el siglo XVII. La «orientalización» se caracterizaba
por patrones intrincados y un uso muy extendido de motivos
instantáneamente identificables tanto para el ojo occidental como
para el chino. Hoy día, cuando un occidental se imagina la
porcelana china y las artes decorativas en general, eso es lo que le
viene a la cabeza. Pero las cerámicas de la dinastía Song, que
datan del período 960-1279, no se parecen en nada a eso. En
comparación con aquello que las precedió y que vino después, las
formas de la cerámica de la dinastía Song son de una simplicidad
sublime y se concentran en las cualidades meditativas de la forma.
Los esmaltes tienden también a ser monocromáticos y sutiles, una
parte integral de la forma que cubren, con colores y texturas muy
profundos. Esta cerámica engañosamente sencilla es una oda a la
moderación y a la economía de la expresión. Se trata de un enfoque
deliberadamente minimalista, ya que los artistas tenían capacidad
para producir algo muy elaborado.
La misma simplicidad sutil puede encontrarse en el tenis de
mesa del más alto nivel. Más de la mitad de lo que hacen los
jugadores de talla mundial en sus partidos pasa desapercibido para
el público general. Sus loops «heroicos» son muy evidentes, pero el
espectador informal no aprecia el trabajo que invierten en
neutralizar, o compensar, el efecto que les llega, igual que el trabajo
de piernas, tan fluido que parece que no suponga ningún esfuerzo.
Un juego de una complejidad tremenda se destila en la sublime
simplicidad de un arte, de una forma muy parecida a la cerámica de
la dinastía Song. Y gracias a un juego de pies perfeccionado, el gran
jugador sabe cómo posicionarse para obtener el máximo resultado y
de esa manera recibe Qi, o flujo de energía, positivo. Por último, el
equilibrio es de suma importancia en un deporte que se juega a una
velocidad tan alta, y tanto el I Ching como el taoísmo se basan en el
principio de obtener un equilibrio entre las fuerzas opuestas del yin y
el yang.
Nos dio la impresión de que la China eterna vivía su última
encarnación y tenía mucho más que ofrecer al mundo más allá de
bienes materiales y contaminación. Así que nos preguntamos: ¿era
posible todavía encontrar esa imagen icónica del pasado, con
ancianos filósofos llevando una vida sencilla en paisajes
surrealistas?
No estábamos seguros al respecto, pero los paisajes surrealistas
sí existen y, en consecuencia, son reales. En ese momento
contemplábamos admirados los extraordinarios picos cársticos que
bordean el río Li, en el sur de China. Uno de los lugares más bellos
del mundo, sin duda, pero no exactamente secreto. De hecho, el
paisaje de ensueño está impreso en el dorso de todos los billetes de
veinte yuanes. Estábamos en la cubierta superior de un barco
abarrotado y bastante grande que escupía diésel en medio de una
larga caravana de embarcaciones idénticas que serpenteaba poco a
poco río abajo. Los barcos eran un espectáculo en sí mismos:
curtidos y rústicos, con una cocina al aire libre en la popa, en la que
los cocineros se afanaban por preparar la comida de los pasajeros
para que estuviera a punto antes de atracar en la localidad de
Yangshuo.
Después de las caóticas ciudades enormes y también medianas
(se considera que Xi’an, la antigua capital, con ocho millones de
habitantes, tiene un tamaño medio), aquello era un respiro. El
paisaje que se desplegaba a lo largo del río, con los campos y las
terrazas de campos de arroz, era imponente. Conocimos a algunos
occidentales, entre ellos un productor cinematográfico de Hollywood
que buscaba localizaciones y un par de académicos de Seattle con
cámaras y objetivos para dar y vender. Me refiero a que pese a su
elaborado equipo, cuatro cajas en total, ¿veían lo mismo que
veíamos mi mujer y yo? Entre los cambios de cámara y de objetivo,
apenas les daba tiempo a respirar mientras el hermoso paisaje
pasaba ante nosotros.
Todos disfrutaban del viaje, pero no resultaba difícil darse cuenta
de que para ellos China no era el Shangri-La que representaba para
mí. Mirara hacia donde mirara, no podía evitar pensar: seguro que
ese tío me daría una paliza al tenis de mesa. Para empeorar las
cosas, yo tenía dos raquetas intactas en la habitación del hotel,
dormidas en la oscuridad de sus fundas. Primero en Pekín y ahora
más en Shanghái, me preguntaba si debía buscar un club de tenis
de mesa y dejarme caer como invitado. Pero la perspectiva de jugar
contra ¿qué?, ¿campeones?, me había resultado demasiado
intimidante.
Habíamos decidido pasar el último día comprando en la ciudad
de Guilin. El guía y el chófer se presentaron en el hotel después del
almuerzo. Antes de marcharnos con ellos, me dirigí a los lavabos del
vestíbulo y encontré un cartel: «Sala de tenis de mesa», con una
flecha. Regresé junto a mi mujer y se lo conté.
–¡Tienes que ir! –decidió ella–. Nos vemos después; y Guido,
haz que me sienta orgullosa. Zai jian.
–¿Qué significa eso?
–Nos vemos. –Me dio un beso y se marchó.
Yo subí a nuestra habitación para liberar a mis nuevas raquetas
de la oscuridad y corrí de vuelta abajo; un intenso anhelo de tenis de
mesa me propulsaba las piernas. ¿Cuánto hacía que no jugaba?
La estancia estaba bien acondicionada: amplia, con techos altos,
bien iluminada, con tres mesas excelentes y un suelo adecuado. Y
aquello era sólo para los huéspedes del hotel, pensé. En aquel
momento había algunas personas jugando. Retiré lentamente la
película protectora de las gomas de mis dos raquetas nuevas, lo
cual era siempre un momento lleno de promesas.
Al cabo de poco rato, un hombre de treinta y tantos años me
preguntó, a mí, el bicho raro occidental, si quería jugar.
Empecé con la raqueta comprada en Pekín y enseguida me di
cuenta de que no me gustaba ni un pelo. Las capas de carbono de
la madera hacían que resultara demasiado impredecible. Mi control
no era bueno. Cada vez que golpeaba la pelota no la enviaba allí
donde quería, sino que pegaba a ciegas. «Se la cambiaré por otra
cosa a algún miembro del club en Washington», pensé mientras la
reemplazaba por la otra.
Ahora sostenía en la mano a Hurricane Hao, la pala utilizada por
Wang Hao y fabricada según sus especificaciones. Fue amor a
primer tacto. No era tan rápida como pensaba, pero permitía un
control supremo y tenía un toque fantástico. Aquello era lo que
siempre había esperado, el arquetipo platónico de una pala. Y las
gomas preencoladas también eran increíbles: imprimían efecto y
velocidad adicionales, pero no a costa del control. El karma fue
instantáneo. Pero ¿cómo era posible?, me pregunté con una
regurgitación de pensamiento lineal. Tras haber jugado cerca de dos
años con la misma combinación, cualquier otra combinación nueva
debería haber despistado a mi memoria muscular. Aunque, para lo
que me había servido hasta entonces, muy bien podría haber
mandado a la cuneta la tan cacareada memoria muscular asociada
a mi raqueta previa: ¿y si durante todo ese tiempo mi memoria
muscular se había dedicado a recordar hacia delante hasta que
finalmente había dado con la pala adecuada, la que sostenía en ese
preciso momento en la mano derecha? Algo difícil de imaginar, sin
duda, pero ¿qué puede ya sorprendernos en el peculiar reino del
tenis de mesa?
Mi rival jugaba bastante bien y yo llevaba lo que me parecía una
eternidad sin jugar, aunque debía de hacer poco menos de dos
semanas. Pero jugar con Hurricane Hao tras un paréntesis era como
beber agua fresquísima tras una larga caminata por el desierto.
Algunos golpes parecían producirse como si tuvieran voluntad
propia.
El primer jugador no era malo, había entrenado y demás, pero yo
no creía que su puntuación fuera muy superior a 1.400. Mi servicio,
mis efectos, mi colocación y mis loops eran mejores. Con la
sensación de que la victoria caería de mi lado, utilicé el partido para
explorar las características de mi nueva combinación de madera y
gomas. Algunas de mis pelotas se iban largas (la combinación con
las gomas preencoladas era más rápida que la que tenía antes), y
me veía obligado a calibrar los efectos. Al final derroté a mi rival con
bastante facilidad. Si no estupefacto, cuando menos estaba
sorprendido.
Me imagino que las noticias se divulgaron con rapidez por el
hotel. No tardé en jugar otro partido con un nuevo contrincante que
me recordaba a Kai, mi primer profesor informal en el centro cívico
en el que me había iniciado. Lucía una sonrisa permanente y era
rechoncho, no muy alto y, como vi mientras calentábamos, muy
constante. Aquello iba a ser un reto. El primer jugador estaba
claramente por debajo de mi nivel y le habría ganado en cualquier
parte, aunque tal vez no en la biblioteca Henry Miller Memorial en
California, si hubiera tenido que jugar con una espantosa pala de
madera. Pero nos encontrábamos en China, y esa realidad sencilla
pero contundente resultaba muy intimidatoria. El hecho de que me
dedicara a desafiar a jugadores chinos era sin duda audaz, y
seguramente lo percibían así.
El doble de Kai (no llegué a averiguar su nombre) sacó primero.
Con un gesto me había propuesto que echáramos a suertes quién
sacaba primero, algo que se hace habitualmente en el tenis de
mesa: un jugador coge la pelota, coloca ambas manos bajo la mesa,
se pasa la pelota de una a otra y luego las separa. El otro jugador
elige una mano y, si encuentra la pelota, saca primero, y si no, saca
primero el otro. Pero ese día me sentía caballeroso y le dije que
empezara él. Mala idea: sirvió un saque endemoniado y rápido a mi
revés, con mucho efecto.
Perdía por unos cuantos puntos cuando por fin comencé a poder
controlar su saque. La mejor manera de definir su estilo de juego era
compararlo con un muro. Lo devolvía todo pero, por suerte para mí,
carecía de instinto asesino. Cuanto más jugaba con él, más me
recordaba a Kai.
Este partido duró más y fue más complicado, pero conseguí
sacarlo de su posición en bastantes ocasiones. Él sudaba y jadeaba
con fuerza, lo cual no contribuye precisamente a jugar con precisión.
Al final gané.
Nos estrechamos la mano: la suya estaba tan resbaladiza por el
sudor que fue como apretar una anguila, aunque él no se parecía en
nada a una anguila. Me sonrió y supongo que me dedicó algunas
palabras de alabanza por cómo había jugado; ¡en China, y de labios
de un jugador chino!
Le devolví la sonrisa, halagado, aunque seguía sin estar
demasiado convencido de mis habilidades. ¿Era posible que todo se
debiera a mi nueva raqueta? Me permitía un control y una precisión
tales que algunas pelotas parecían guiadas por telequinesia,
literalmente «movimiento a distancia», que es la capacidad de
desplazar la materia mediante el control mental. Es algo con lo que
soñamos todos los jugadores de tenis de mesa, pero sigue siendo
un sueño. No, tenía que ser la raqueta nueva.
Pensé que ya era hora de reconocer el estatus superior de mi
combinación de Hurricane Hao y gomas Skyline 3 NEO otorgándole
un nombre. Siempre había tenido la sensación de que cuando tienes
una combinación favorita le has de poner un nombre, del mismo
modo que los caballeros de la Edad Media le ponían nombre a su
espada. La relación con tu combinación preferida es demasiado
exclusiva e íntima para considerarla una mera «herramienta». Mi
nueva raqueta, en la que se mezclaban el amor a primer tacto y el
karma instantáneo, no merecía menos. Me rompí los sesos
buscando un nombre adecuado, mientras los jugadores chinos
debían de pensar que intentaba rescatar de mi memoria varios
saques y golpes nuevos para el siguiente partido. Al final me decidí
por Durlindana, que es como se llama en italiano Durandarte, la
mítica espada del paladín Roland. A continuación la besé por la cara
derecha y por la del revés. Todo el mundo me miró con aire
interrogante.
Es habitual que los jugadores soplen sobre las gomas de su pala
durante un partido para que se desprenda el polvo acumulado al
tocar la pelota; pero besarla…, no creo que lo hubieran vista nunca.
Yo quería compartir aquel momento solemne con ellos así que
señalé mi raqueta y anuncié con gesto ceremonioso:
–¡Durlindana!
Seguro que pensaron que este occidental rarito se portaba con
coherente rareza. Y con eso, saludé a mi siguiente rival, una mujer.
A pesar de mi euforia por mis dos victorias y mi raqueta recién
bautizada, me fijé en que era guapa, pero «eso no nos distraerá, ni
hablar», me dije mirando a Durlindana. ¿O sí?
En Estados Unidos había visto a Alex el Ruso perder contra
todas las rivales femeninas con las que había jugado, por la sencilla
razón de que era demasiado caballeroso para derrotar a una mujer.
Dadas las circunstancias parecía una muy buena política, siempre
asumiendo que yo era mejor jugador, lo cual no era más que una
suposición, pero ésa es la naturaleza de la arrogancia: en el
momento en que ve una oportunidad, la agarra y se apodera de
nosotros. También me preguntaba si a Durlindana le importaría que
perdiera adrede tan sólo por caballerosidad. ¡Claro que no! Además,
«sólo es un juego, un simple juego», me dije a mí mismo… y a mi
raqueta.
Por si fuera poco, yo era un invitado en su país, todos los chinos
que habíamos conocido se mostraban cordiales y solícitos, el país
entero era alegre y hospitalario y ya había conseguido dos victorias
en la Tierra Santa del Tenis de Mesa; podía dejarlo ahí, ¿por qué
insistir? ¿Con qué objetivo? ¿Por qué aquella joven tenía que ser
tan elegantemente menuda? Tal vez pudiéramos entrenar, sin
partido, sin puntos. ¿Acaso debía preguntárselo? Sí, estaba la
barrera del idioma, pero los dos hablábamos la lengua franca del
tenis de mesa. Me acerqué a su lado de la mesa para preguntar y vi
de reojo su raqueta.
«¿Qué tenemos aquí?», me pregunté mentalmente,
desconcertado. Ajá, ¡la tramposa empirista tenía picos largos en una
cara!
Por muy menuda y elegante que fuera aquella joven, tuve la
corazonada de que me iba a dar un meneo y a convertirme en el
hazmerreír de todos los presentes, a mí, el occidental rarito que
besaba su raqueta y la llamaba por su nombre. No podía dar por
hecho que fuera a ganarla. Sonreí al recordar mis conciliadores
pensamientos previos y la joven, que debió de creer que el gesto iba
dedicado a ella, me devolvió la sonrisa. Sin duda era guapa, pero
tomé la decisión de que «ni eso ni los picos largos nos distraerán».
Yo ya había calentado, de hecho estaba sudando debido a los
partidos anteriores, pero le permití que también ella calentara. Se
trata de una norma de etiqueta habitual en el tenis de mesa y no
tiene nada que ver con la caballerosidad. Enseguida me di cuenta
de que era buena, aunque como era de esperar no golpeaba nunca
de revés, que era donde tenía la goma de picos largos. Todos los
empiristas están cortados por el mismo patrón, pensé. Durante el
calentamiento no tocan ni una pelota con los picos largos y creen
que así tendrán un as en la manga durante el partido. Si el rival
desconoce que tienen esos picos en una cara, esta estratagema
puede permitirles ganar algunos puntos, hasta que el contrincante
se dé cuenta de lo que ocurre. Si, en cambio, el oponente ha
inspeccionado antes su raqueta, es un insulto a su inteligencia.
¿Acaso creía que iba a olvidar que era una empirista?
La mujer sacó.
Era ágil y bastante técnica, para nada una defensora pasiva
como Pedro. Sólo utilizaba el revés con los picos largos para
conseguir una posición favorable desde la que soltar su loop de
derecha. A esas alturas teníamos ya bastante público. Debían de
pensar que el occidental rarito había encontrado la horma de su
zapato.
Perdí el primer juego y también el segundo, aunque este último
tuvo que sudarlo. Parte de la culpa de mi bajo rendimiento era de
Durlindana. Con ella podía generar cantidades sin precedentes de
efecto, pero todo ese topspin era contrarrestado por los picos largos
de la mujer, y las pelotas que me llegaban de vuelta eran las más
cortadas a las que me he enfrentado nunca. Era un dilema. Si yo no
lanzaba un loop, lo lanzaba ella. Si yo lanzaba un loop, la pelota
cortada me daba muchos problemas. Levantar la pelota con mi loop
era difícil y enviaba más bolas a la red de las que la superaban.
Jaime me había explicado qué hacer contra jugadores como
aquella chica y me había hecho una demostración dándole una
paliza a Pedro. Loop tras loop, hasta que Pedro fue incapaz de
hacerles frente. «Bueno –me dije mientras nos preparábamos para
el tercer juego–, todo se reduce a aplicar más topspin en mis loops,
y acribillar sus picos largos con loops hasta que sangren.» Era una
cuestión de concentración, paciencia y… fuerza. Hace falta mucha
fuerza para levantar tantas pelotas muy cortadas, y yo tenía que
ganar tres juegos seguidos si quería obtener un resultado favorable.
Debía de resultar grotesco ver a un hombre de metro ochenta
echar mano de toda su potencia contra una joven tan menuda. ¡Y
pensar que había dudado sobre si ganarla o no! Bueno, ¿por qué
había tenido que ser una empirista que jugaba con picos largos? La
que yo estaba adoptando era la única estrategia capaz de funcionar
con un hábil jugador de picos largos. No existe otra manera.
Seguí luchando por cada pelota, sudando por todos los poros y
tratando de recuperar el aliento entre punto y punto. Me di cuenta de
que dejaba que sus pelotas cayeran muy despacio para
proporcionar a mis loops de derecha un movimiento aún más
amplio, que empezaba a poco menos de medio metro del suelo y
acababa por encima de mis ojos. Resultaba agotador y, desde mi
punto de vista, no muy elegante, pero funcionaba.
Tras una larga lucha gané el tercer juego, para sorpresa de todo
el mundo, a juzgar por la expresión de sus caras. Entonces adopté
un ritmo cadencioso para los loops, cambié levemente mi presa y
los loops empezaron a salirme con más facilidad. Poco a poco se
convirtió en algo así como jugar contra el robot de casa de Jaime:
no tenía ningún secreto más allá de la técnica, el ritmo y una
cantidad nada despreciable de esfuerzo físico.
El cuarto juego cayó también de mi lado, sin tener que
esforzarme tanto, y en el quinto ella claudicó y me dejó ganar por un
amplio margen.
–¡Lo hemos hecho! –le dije a Durlindana.
Me acerqué a estrecharle la mano y me encontré con la misma
mirada que había visto por primera vez en el club chino en Estados
Unidos: como si no se lo creyera. Si hubiera hablado inglés,
sospecho que habría dicho: «Eres bueno, eres muy bueno…».
Todo esto tuvo un efecto pernicioso sobre mí y me produjo un
cóctel de euforia y henchida autoestima. En ese estado, recordé que
apenas me había dado cuenta de que mis rivales no se habían
marchado ni habían empezado un partido en las demás mesas. Se
habían quedado cerca de mí, siguiendo todos mis partidos.
Debí de jugar un par de horas con pocas interrupciones, sobre
todo para beber y volver a beber.
Al final se formó una pequeña multitud. «Esto es demasiado
bonito», pensé; estaban ahí para contemplar la rara avis, el «extraño
pájaro» de Occidente, y supongo que de una forma u otra yo estaba
dando un espectáculo. Primero me había comportado como un
gallina, demasiado tímido para entrar en un club en condiciones y
probar mi material nuevo con un jugador experto. Y ahora, tras
algunas victorias inesperadas en una sala de tenis de mesa de un
hotel, mi arrogancia debía de haber hecho que me creciera una
cresta en lo alto de la cabeza, confiriéndome el aspecto de un gallo
desproporcionado, sin duda un extraño pájaro.
Tras otra victoria más con un jugador que por suerte era
mediocre, fui a beber, esta vez Coca-Cola; me hacía falta el azúcar,
la cafeína y sobre todo el gas, para subirme aún más los ánimos.
Al volver me encontré a un hombre joven que me esperaba. Me
calibró con la mirada y dijo algo en mandarín que tradujeron dos
espectadores:
–¿Le gustaría jugar con él?
–Claro –acepté, y añadí mentalmente: «¡Vamos!».
Ya durante el calentamiento me di cuenta de que no se trataba
de un jugador cualquiera. Dudaba que fuera huésped del hotel; más
probablemente era una especie de campeón local al que habían
convocado para la ocasión a la vista de mis victorias previas. Nunca
lo sabré, pero la idea resultaba halagadora.
Utilizaba, cómo no, la presa de lapicero y la derecha era su
principal golpe. A diferencia del campeón mundial Liu Guoliang, que
fue el primero en utilizar el revés invertido que después perfeccionó
su sucesor, Wang Hao, aquel jugador recurría al revés en contadas
ocasiones, sólo para bloquear o empujar. En lugar de eso, rodeaba
la pelota para golpearla con la derecha, pero tan rápido como un
gato y con tanta fuerza como un oso. Así a ojo, calculé que estaría
300 o 400 puntos por encima de mí en el ranking.
Era imposible que le ganara. La cresta de mi cabeza fue
reduciéndose y no tardó en desaparecer mientras la burbuja de
autoestima henchida, euforia y arrogancia estallaba.
Podría haber mirado el reloj como quien no quiere la cosa y
haber fingido que llegaba tarde a algún sitio. Pero el subterfugio me
parecía tan ignominioso como jugar con picos largos. Bueno, por lo
menos volvía a estar lúcido: todas las evaluaciones exageradas de
mí mismo se habían desvanecido y había regresado al lugar que me
correspondía: el de los perdedores. Porque iba a perder; mi destino
estaba sellado.
¿O no?
Mientras seguíamos calentando, pensé frenéticamente. Recordé
haber leído en alguna parte algo acerca de las medidas
«antikármicas» que en ocasiones se adoptan en las culturas
tradicionales. Entre los antiguos romanos, por ejemplo, el augur era
el oficial encargado de interpretar las profecías para marcar la pauta
en los asuntos públicos, y con más urgencia en la guerra. El general
lo consultaba y luego actuaba conforme al augurio. Si éste no era
propicio, el general podía pese a todo decidir entrar en batalla, pero
adoptaba medidas adicionales: cambio de estrategia, convocatoria
de refuerzos, uso de armas diferentes, etcétera. Era una forma
atrevida de contrarrestar el destino, o karma, precisamente con
medidas antikármicas.
Bien, pues en este caso el karma estaba claramente de parte de
mi rival. Sólo él podía perder ese partido. ¿Qué podía hacer yo para
impedir lo que estaba escrito en las estrellas, es decir, mi derrota?
No tenía ni idea. También porque cuanto más jugábamos, más
extraordinario parecía mi contrincante.
Para el calentamiento utilizamos seis pelotas de tres estrellas
recién estrenadas y al cabo de pocos minutos él ya había roto dos
con sendos mates demasiado vehementes. Si esta exhibición tanto
de fuerza como de destreza (puesto que sus pelotas botaron en la
mesa) estaba destinada a impresionarme, lo consiguió. Tal vez
tuviera suerte: si seguía así, igual nos quedábamos sin pelotas.
Pero no cayó esa breva, ya que al final dijo algo. Traducción:
«Cuando quieras».
–Empecemos –dije yo, y añadí mentalmente: «Y a ver si se
acaba rápido».
Él dijo algo más:
–¿Quieres jugar al mejor de siete?
Como en los Juegos Olímpicos, pensé. Qué demonios, si iba a
caer, mejor a lo grande. Así que contesté en mandarín que sí:
–Yào.
Su primer resto se estampó contra la red. ¿Un buen augurio o la
suerte del principiante?
El primer juego estuvo muy igualado. Como medida antikármica,
le endosé algunos de mis golpes de fertilización cruzada. Había
arriesgado el discipulado y la amistad de Jaime por esos golpes.
Con lo purista que él era, estaba totalmente en contra de ellos, pero
yo estaba orgullosísimo de haberlos inventado (suponiendo que sea
así, cosa de la que no estoy seguro). Consiste en mezclar golpes de
presa europea con otros de presa asiática. En otras palabras,
después de tanto jugar con chinos de presa asiática, había
adoptado algunos de sus golpes, que ejecutaba con mi presa
europea. Jaime los aborrece (lo llama ping-pong de basura) y
preferiría que utilizara golpes convencionales. Pero puesto que
nunca he visto a nadie utilizarlos, eran buenos golpes para coger a
alguien por sorpresa. Tras muchas discusiones, algunas bastante
intensas, Jaime y yo habíamos llegado a un acuerdo: siempre que
sea sobre la mesa, todo vale; pero los golpes desde media distancia
y alejados de la mesa debían ser convencionales, sencillamente
porque son efectivos y tienen regularidad.
Con un jugador bastante bueno, puedo arañar algunos puntos
gracias a mis golpes de fertilización cruzada: al ser tan poco
habituales y tan sorprendentes, el rival no sabe lo que se le viene
encima. Con este jugador en concreto conseguí un punto con cada
golpe y no volví a intentarlo, pues sabía que su efecto desorientador
desaparecía tras la primera vez, ya que en sí mismos no son
extraordinarios. Aunque eso me dio ventaja y gané el primer juego.
Tal vez mi destino no estuviera sellado. Ave, generales de la antigua
Roma que asumíais riesgos: el riesgo debe ser un prerrequisito para
construir un imperio.
Pero era demasiado pronto para cantar victoria, tonto de mí y de
mis ímpetus de gallito.
Recuerdo vagamente cómo fue el segundo juego. Me quedaba
sin aliento y no dejaba de sudar con profusión. Jugaba en corto y
con pelotas cortadas, lo cual le irritaba visiblemente. Si hubiera
abierto el juego a intercambios de topspins, me habría comido vivo,
de eso estaba seguro. Aquél no era su juego, y a veces lo cogía
descolocado. Sólo entonces le lanzaba un loop, o un golpe de
derecha, y puntuaba. Mi revés también era mejor que el suyo por la
sencilla razón de que en realidad él no tenía revés, así que también
insistía en jugar a su izquierda. Sin duda mi táctica no tenía nada de
heroico y consistía básicamente en desarmarlo, aunque lo peor que
podría haber hecho era fingir que era capaz de jugar a su nivel.
Con un esfuerzo supremo de concentración, me las apañé para
ganar también el segundo juego, aunque por los pelos. Dentro de mí
una vocecilla decía: «Sólo te está estudiando, ya verás», y yo
esperaba que en cualquier momento cambiara de marcha y, en dos
palabras, acabara conmigo.
Era un consumado lanzador de loops. Lanzaba un loop y me
sacaba levemente de mi posición; lanzaba otro y yo perdía
definitivamente la posición; por último, lanzaba un loop demoledor,
con un arco más plano, más rápido y con más efecto todavía, como
la pelota colocada, y ganaba el punto. Un plan sencillo, pero la
ejecución era impecable y lo sencillo es muy difícil de ejecutar. Me
dio la impresión de que hasta ese momento se había reprimido.
Era algo más que una impresión. En el tercer juego tomó la
delantera y no me permitió acercarme a él. Yo me había quedado
sin medidas antikármicas y resultaba sorprendente que hubieran
funcionado en un principio. Los presentes que seguían el partido
animaban a mi rival –como si necesitara ánimos– y vi a varios de
ellos frotarse las manos anticipando mi contundente derrota. Estaba
cansado y tenía hambre y sed. ¿Quién me creía que era para
aceptar el desafío de un jugador tan superior a mí? Iba a dejarme en
ridículo.
Cosa que, ahora que lo pienso, los jugadores chinos no hacen
nunca. Por la experiencia que tenía después de haber jugado contra
ellos en Estados Unidos, sabía que son muy pragmáticos y
caballerosos. Se limitan a jugar lo mejor que saben. Ganen o
pierdan, siempre estrechan la mano del rival al final, ya sea un
ganador insoportable o un perdedor herido.
Y precisamente con esa táctica pragmática mi rival ganó con
facilidad el tercer juego.
Y luego el cuarto.
En ese momento vi por el rabillo del ojo a mi mujer, que entraba
en la sala con varias bolsas en la mano. «¡Ahora no!», pensé. El
hecho de que apareciera justo a tiempo para verme perder era
insoportable. Si hubiera regresado un poco antes; había tenido una
racha tan buena… Claro que ahora que ella estaba allí, intentaría no
sólo resistir y llevarme algunos puntos, sino también impresionarla.
Mala idea: al comienzo del quinto juego perdí cuatro puntos
seguidos. Mientras sudaba y lo daba todo, no dejaban de acosarme
destellos de lo que Jaime me había enseñado: «¡Mantén el cuerpo
bajo! ¡Control! ¡Termina el movimiento! ¡Inclínate hacia delante!
¡Ponte en posición! ¡No saltes!». ¿Hasta dónde podía llegar mi
estupidez? ¿Por qué todavía no había interiorizado sus
enseñanzas? ¿Por qué tenía que pensar en ellas? Deseaba
impresionar a mi mujer, que no me había visto jugar a tenis de mesa
a un nivel competitivo desde el comienzo de mi obsesión, pero cedí
también el quinto juego.
En ese momento vi por el rabillo del ojo a la bonita joven a la que
había derrotado. Era una de las pocas que no animaban a mi rival.
Tal vez si yo hubiera ganado le habría sido más fácil aceptar su
derrota contra mí. Tal vez, aparte de ser talentosa, elegante y
guapa, también era toda una señora y se guardaba sus sentimientos
para ella.
Tenía que ganar el sexto juego y luego el séptimo. Era más fácil
decirlo que hacerlo, pues mi contrincante disfrutaba de todas las
ventajas: psicológica y técnica, y además a esas alturas los
seguidores lo animaban con una algarabía ensordecedora. Eran
muchos los que animaban, algunos seguramente desde fuera del
hotel.
«Oye –pensé–, dame un respiro, ¿no? Sólo soy un pájaro raro
occidental, medio gallina medio gallo.»
Mi rival tenía un cuerpo muy trabajado, con unos bíceps
impresionantes y una estructura muscular a la altura. Los que
entrenan demasiado se convierten en unos musculitos, me dije a mí
mismo, y casi me lo creí.
Mi mujer me miraba, tranquila, mientras yo me secaba el sudor
de la frente. Sabía lo que estaba pensando. «Tú puedes, Guido. Tú
puedes.»
Y así empezó el sexto juego.
Devolví pelotas que no me creía capaz de devolver. Cambié mi
cautela anterior por un planteamiento más atrevido, con muchos
loops paralelos sobre su lado izquierdo. Debería haberlo hecho todo
el rato: las nuevas gomas preencoladas imprimían constantemente
un efecto muy intenso sobre la pelota, y además era muy posible
que estuviera recuperando las energías. ¿Había comenzado mi
cuerpo a producir endorfinas de pronto? ¿O había encontrado el
equilibrio justo de oxígeno para contrarrestar la falta de ácido láctico
en mis músculos? ¿O ninguna de las dos cosas? No tenía ni idea,
pero de repente ya no estaba cansado y tenía un poco más de
confianza en mí mismo. Quizá mi mujer, con su energía positiva,
había roto el hechizo, o cuando menos había equilibrado el apoyo,
que hasta entonces se había decantado por completo en favor de mi
rival.
Éste sudaba tanto como yo, y cada vez que ganaba un punto
soltaba un grito que la multitud coreaba. Antes no lo hacía, lo que
significaba que ahora me temía. Por mi parte, cada vez que ganaba
un punto recuperaba fuerzas y mantenía la cabeza fría, lo cual,
aunque en ese momento no me di cuenta, debió de ser interpretado
por mi contrincante como una señal de confianza en mí mismo.
Llegamos al deuce, lo cual contrarió visiblemente a mi rival.
Tras un toma y daca interminable –ventaja para él, deuce,
ventaja para mí, deuce, etcétera–, me atreví a devolver un loop
demoledor en diagonal a su revés. Después de haberme pasado
todo el partido lanzándole loops a la derecha, no lo vio venir. Aun
así, podría haber llegado a la pelota y haber soltado un contraloop
devastador, pero yo había añadido un leve efecto lateral para
asegurarme. Gracias a esos centímetros adicionales hacia un lado
le fue imposible llegar a la pelota aunque, con una pérdida de forma
poco habitual en él, se había lanzado al suelo hacia la derecha para
devolverla y, al no conseguirlo, había caído.
Había ganado el sexto juego, y aquel último loop no sólo me
había dado el punto ganador, sino que además había causado
sensación al acabar con mi oponente por los suelos.
Mi mujer, Stenie, me animaba mientras la multitud, de repente
silenciosa, nos miraba perpleja.
Íbamos tres juegos iguales. El séptimo desharía el empate.
Ambos aprovechamos para beber y secarnos las manos, los
brazos, la cara y el cuello antes de continuar. Yo podría haberme
bebido cuatro litros de agua, pero habría tardado mucho y, no sé por
qué, tenía ganas de volver a la mesa y terminar el trabajo. Si aquella
pausa podía romper el ritmo de alguien, era el mío.
Al volver me di cuenta de que alguien había secado el sudor de
la mesa y que otra persona nos había dejado un juego de pelotas
nuevas de tres estrellas.
Con mi primer servicio, me di cuenta de algo extraño: ya no oía
los ruidos exteriores. Es algo que me ocurre cuando juego más de
tres horas seguidas: de algún modo, mis oídos se taponan. Fui a
que un otorrino me los revisara, y parece que no hay ningún
problema. ¿Puede ser que a causa del esfuerzo físico empiece a
sudar desde dentro? El caso es que en esta ocasión estaban más
taponados de lo habitual, así que mi sentido del oído se internalizó:
sólo oía mi respiración, el sonido de las pelotas que golpeaba,
incluso mi corazón agitado.
La fase inicial del séptimo y último juego cayó del lado de mi
rival. Lo que en ese momento se me metió en la cabeza no fueron
Jaime y sus enseñanzas, sino una canción cubana, no sé por qué.
Era «El Manisero», sin duda. No sabía por qué estaba sucediendo,
pero sucedía, y resultaba reconfortante. La oía alta y clara en
español: «Cuando la calle sola está / Casera de mi corazón / El
manisero entona su pregón / Y si la niña escucha su cantar / Llama
desde su balcón. / Dame de tu maní, / dame de tu maní / que esta
noche no voy a poder dormir / sin comerme un cucurucho de
maní…». Emilio, mi amigo cubano casi octogenario, me vino a la
mente. Seguro que mientras yo jugaba en su casa, debía de sonar
por los altavoces aquella famosísima tonada cubana. Emilio… Y
entonces lo vi claro: podía intentar una estrategia inspirada en su
estilo.
Emilio juega muy pegado a la mesa y anticipa cada golpe de su
rival sin dejar apenas botar la pelota. Pensé que podría funcionar y
empecé a «abrazar» la mesa.
Resulta contrario a la intuición: los loops de mi contrincante eran
tan rápidos y tenían tanto efecto que mi reacción natural, incluso
después de todos esos meses de entrenamiento y de haber jugado
seis juegos contra él, era la de apartarme de la mesa. Pero si hay
algo que Jaime me tiene prohibido es eso: «¡Por el amor de Dios,
¡no retrocedas!».
Permanecí cerca de la mesa; casi la tocaba. De esta manera
bloqueaba los extraordinarios loops de mi rival en cuanto tocaban la
mesa. Apenas les daba tiempo a botar. También minimizaba sus
topspins, los bloqueaba y devolvía la pelota haciéndole correr a un
lado y otro. Me recordaba a un ejercicio que hago con Jaime para
mejorar mi movilidad y el trabajo de piernas, con la salvedad de que
esta vez era yo quien bloqueaba y hacía correr al rival.
Él fallaba algunas bolas y otras las devolvía con demasiada
vehemencia, perdiendo la calma y con ella su precisión. Acababan
fuera. Otras veces conseguía levantarlas y entonces era yo el que
las mateaba desde la red. Hasta llegué a romper una.
Igualé el marcador, pero pese a mi estrategia, seguía siendo un
juego muy ajustado.
La canción cubana se había esfumado y con ella mi oído
internalizado: ahora oía con normalidad, aunque sólo prestaba
atención al sonido de la pelota. Era como si tres años de
entrenamiento a nivel competitivo y décadas de estudio del
esoterismo oriental y occidental se hubieran destilado mediante
alquimia en un único átomo, o, mejor, en una única pelota de
celuloide llena de oxígeno, de 40 milímetros de diámetro y 2,7
gramos de peso.
Se acercaba el final. Por increíble que parezca, ganaba 10-8, y
servía yo. Disponía de dos pelotas de partido.
«Ahora es cuando pierdo el partido», dijo una vocecilla maléfica
en mi cabeza. En cuanto saqué, me di cuenta de que el servicio no
era bueno: me devolvió uno, dos loops, y con el tercero la pelota se
alejó por los aires después de botar a mi izquierda.
10-9.
Mi segundo saque.
Decidí pensar algo conscientemente, sólo para silenciar la voz
interior que me saboteaba. «Durlindana», me dije dirigiéndome a mi
raqueta, «perdona mi incompetencia y por favor guía mi mano en
este último punto.» Decir «último punto» implicaba descaradamente
que lo iba a ganar yo, porque si no habría más.
Hubo una pausa.
En completo silencio, me concentré más que nunca en mi vida y
luego serví con un saque «de doble bote», un servicio corto que, si
no se devuelve, botará dos veces en el lado del rival. No es nada
extraordinario; tenía un toque de efecto lateral a la derecha, pero no
la devolví cortada. Sin embargo, el movimiento que realicé daba a
entender que sí que era una pelota cortada. Era la primera vez que
lo hacía en los siete juegos. El «abrió» su raqueta para compensar
el efecto hacia abajo que creía percibir y devolvió la pelota directa a
mi derecha. El silencio era tal que se podría haber oído el ruido de
una gota al caer. Sin duda se oyó caer algo: la pelota de mi
oponente, pero en el suelo, larga, y fuera.
Lo miré, luego miré a mi mujer y a mi alrededor: había ganado.
Tenían todos una expresión de consternación, pero entonces,
asombrosamente, empezaron a aplaudirme, a mí, ¡el pájaro de
Occidente!
Stenie se acercó con una sonrisa de oreja a oreja, me dio un
beso y dijo:
–¡Bien hecho! ¡Sabía que podías!
Me caían gotas de sudor, que se habían acumulado en un
charco a mis pies. Miré a mi contrincante. El punto de partido lo
había ganado por astucia, pero el resto de los juegos los había
jugado de manera abierta, echando mano de técnica y
concentración. ¿O no?
Mi rival se acercó a mi lado de la mesa para estrecharme la
mano y dijo algo que enseguida me tradujeron:
–Buen juego; ha ganado justamente.
–Gracias –contesté, y pensé, impresionado: «Vaya, ¡qué
cortés!».
La gente seguía aplaudiendo y las mujeres, entre ellas la joven
guapa y menuda, me dedicaban ahora la mirada que tan bien
conocía del club chino de Estados Unidos: «Eres bueno…».
Postludio
LA NOCHE DE ESA MEMORABLE TARDE EN GUILIN me costó dormirme.
No dejaba de revivir mentalmente los momentos estelares de los
diversos partidos, sobre todo el que había jugado contra la joven
menuda y contra el campeón local, suponiendo que lo fuera. Se me
ocurrieron varias razones que justificaban mis victorias, pero
fácilmente podrían habérseme ocurrido un número igual de razones
para perder, sobre todo el último partido. Muy pasada la medianoche
se me ocurrió lo que parecía una explicación razonable: quizá en
lugar de esforzarme por encontrar la trascendencia y tratar de
superarme, por una vez había sido lo bastante modesto y realista
como para concentrarme en la inmanencia, palabra que procede del
latín in manere: mantenerse dentro.
Pero mientras volábamos desde Shanghái de regreso a Estados
Unidos, me di cuenta de que había sido muy generoso al valorar mi
actuación. Si Jaime hubiera estado presente durante el último
partido, habría abandonado la sala al cabo de algunos juegos y me
habría considerado una causa perdida. Yo iba de un lado a otro,
nada que ver con equilibrar el yin y el yang para dejar fluir el Tao,
como hacían los chinos. Era cierto que en algunos momentos mi
juego había sido inesperadamente brillante, pero en otros había sido
horrible, con visos de astracanada, y cualquier cosa equiparable. De
hecho, ese estilo esquizofrénico tal vez me había ayudado: el rival
no había sabido qué esperar de mí. Quizá creía que yo alternaba
momentos buenos con otros espantosos para confundirle o
engañarlo. Por más halagador que resultara, yo no era Sun Tzu, tan
sólo intentaba hacer frente a su buen nivel de juego. Había ganado
por los pelos y sabía con certeza que si hubiéramos vuelto a jugar,
él habría ganado, simplemente porque era mejor. A mí me quedaba
mucho camino por recorrer, y el hecho de derrotar a un jugador
chino experto en su propio terreno me había hecho más consciente
de ello, por paradójico que resultase.
En el Tao Te Ching, Lao Tzu afirma: «Porque a aquellos que se
amoldan al Camino, el Camino les deja rápidamente su poder. A
aquellos que se amoldan al poder, el poder no tarda en darles más
poder. Mientras que a aquellos que se amoldan a la ineficacia, la
ineficacia les presta rápidamente su inefectividad».
Cuanto mayor es el nivel del tenis de mesa, más se han
amoldado sus campeones al Camino (el Te). El Te es un concepto
clave del taoísmo. A grandes rasgos hace referencia a la integridad
del individuo, no en el sentido occidental de honor sino en el
psicológico de integración completa con lo que uno es. El Te es
autonaturaleza y, en relación con el cosmos, autorrealización. El
principio cósmico se actualiza a sí mismo dentro de uno mismo.
Todas las criaturas tienen un Te, su propia expresión del Tao.
Precisamente esta interrelación entre el Tao y el Te constituye el
secreto del hombre o la mujer superiores. Y luego está el aspecto de
«con-formar», que significa literalmente estar con la forma. La forma
platónica pura es, una vez más, aquello a lo que debemos aspirar.
Como he explicado con anterioridad, se trata de un principio
universal, en el que resuenan desde las palabras de Platón hasta
las de Lao Tzu. A lo largo de milenios, la Filosofía Perenne ha
producido conceptos sorprendentemente similares, aunque se
expresen de maneras diferentes.
Cuanto más pensaba en mi memorable partido, más me daba
cuenta de hasta qué punto a mi juego le había faltado armonía.
«Pero ganaste –argumentaría el materialista–, y al final eso es lo
que cuenta.» Bueno, sí, era una sorpresa mayúscula, y derrotar a un
jugador chino experto en su propio terreno me había hecho sentir
muy bien, no lo negaré. Pero en el contexto de un torneo, un jugador
«conformado» y bien equilibrado como mi rival me habría derrotado.
Las cosas más curiosas suceden, y tal vez en ese contexto
recreativo mi contrincante había sobreestimado la distancia de nivel
que nos separaba, o sencillamente no había jugado con tanta
constancia como solía.
Hay un axioma iniciático en nuestra tradición occidental que dice:
«No debes buscar el poder, es el poder el que debe buscarte a ti».
En la tradición esotérica, el poder es femenino y busca un centro.
«Mediante el dominio de su propia alma, a través del aislamiento y
la resistencia, el iniciado atraerá el poder»; «ella» le obedecerá
como a su propio varón. En el tenis de mesa, los jugadores de talla
mundial dan la impresión de no perseguir la pelota; lo que ocurre
parece ser justo lo contrario. Tal vez se trate de algo más que de
una ilusión, y hace falta algo más que la mera persistencia para
llegar a ese punto.
¿Qué podía hacer yo para alcanzar esa dimensión, en lugar de
nivel?
De vuelta en Estados Unidos encontré páginas web que
aseguraban tener la respuesta: entrenamiento mental, autohipnosis,
dejar que tu mente subconsciente tome el control de todos tus
movimientos corporales. ¿Mente subconsciente? Si alguna
disciplina iniciática conozco de primera mano, es el tenis de mesa.
Constituye una lucha constante cuesta arriba, para conseguir una
forma superior y obtener el máximo rendimiento. Acabo de escribir
«cuesta arriba», «superior» y «máximo»; poner el acento en el
propio subconsciente, es decir, en las cosas que están por debajo
de la conciencia, niega este principio. El telos –término griego que
en filosofía se utiliza en el sentido de «objetivo», «finalidad», aunque
la palabra que mejor expresa su sentido es «proyectualidad»– es
elevar la propia técnica hasta que no sólo alcance un nivel muy alto,
sino que de hecho acceda a otra dimensión, en la que entran en
juego los equilibrios eternos de energía y poder. El subconsciente no
sabe absolutamente nada de esto, y sería incapaz de producir un
nivel superior, por no hablar ya de una esfera.
Luego estaba el problema de pensar demasiado, de los muchos
pensamientos que poblaban mi mente mientras jugaba:
instrucciones, indicaciones y demás. El intelecto nubla la imagen.
Jaime ha tenido incluso demasiada paciencia conmigo. Debería
haber interiorizado lo que me enseñaba y luego haberme deshecho
de ello de una vez por todas. Nada le gustaría más a Jaime que
jugar conmigo de igual a igual. Que es, supongo, lo que sucedió
cuando se conocieron Jalal ad-Din Rumi y Shams Tabrizi.
Rumi fue uno de los juristas más eruditos y respetados de su
época. Un día estaba sentado en su biblioteca particular y los
estudiantes se habían reunido a su alrededor para que les diera
clase. De repente un hombre viejo y andrajoso, Shams, entró sin
que nadie lo hubiera invitado. Señaló los libros y preguntó a Rumi:
«¿Qué son?».
«No lo entenderías», contestó Rumi, y en cuanto terminó de
hablar, las llamas se elevaron de los libros. Asustado, gritó: «¿Qué
es esto?».
«Tú tampoco lo entenderías», contestó Shams con calma.
A partir de ese día, Shams se convirtió en el maestro espiritual
de Rumi y éste, en uno de los místicos y poetas más queridos de
todos los tiempos. ¿Significa eso que sus poemas estaban escritos
como los escribiría un niño inculto? En absoluto; sin duda el hecho
de ser un erudito contribuyó a su poesía, pero finalmente trascendió
la mera erudición.
Chuang Tzu expresa el mismo concepto mediante palabras
distintas: «La red de pesca existe debido al pez. Una vez que tienes
el pez, puedes olvidarte de la red. La trampa para conejos existe
debido al conejo. Una vez que tienes el conejo, puedes olvidarte de
la trampa. Las palabras existen debido al significado. Una vez que
tienes el significado, puedes olvidar las palabras. ¿Dónde puedo
encontrar a un hombre que haya olvidado las palabras para poder
hablar con él?».
Es un mensaje sencillo: basta ya de enseñanzas académicas.
Las normas y leyes pueden llevarte a un cierto punto, pero nunca
más allá del umbral. Una vez que las has asimilado hasta el punto
de sabértelas a la perfección, puedes liberarte de ellas y entrar en
una dimensión más elevada.
He visto a Jaime jugar con rivales de su nivel y he admirado a los
jugadores profesionales durante los torneos; he visto equipos
provinciales entrenar en Pekín a pocos metros de mí, YouTube está
plagado de vídeos de los mejores jugadores del mundo compitiendo
en los torneos más destacados. Estoy convencido de que ninguno
de estos jugadores excepcionalmente dotados piensa en nada
mientras juega. Pero no voy a trivializar el estado de gracia que han
alcanzado atribuyéndolo a su persistencia en el entrenamiento, su
subconsciente, su memoria muscular o cualquier otra explicación
reduccionista. Por eso he escrito «estado de gracia».
Según los místicos de diversas culturas y también según la
psicología, la gracia queda más allá de nuestro yo autoconsciente y
mucho más de nuestro subconsciente. Ésta puede sernos de gran
ayuda. La gracia animal llega cuando nos hallamos en perfecta
armonía con nuestra naturaleza y vivimos con plenitud, sin abusos
ni anhelos. Tal estado de armonía con el Tao, en Oriente, o con el
Logos –el principio cosmológico que gobierna y desarrolla el
universo– en Occidente, da como resultado una sensación de
bienestar y una percepción de que la vida es buena y vale la pena
ser vivida. Luego está la gracia humana, que nos viene dada por los
demás seres humanos. En el ámbito del tenis de mesa, puede
hablarse de la gracia del entrenador, que éste transmite a su
estudiante. Por último está la gracia espiritual, que podríamos
pensar que pertenece en exclusiva a los santos o a las personas
especialmente iluminadas, pero no es el caso. Procede de fuera de
nosotros mismos y de los demás, y puede considerarse «un
préstamo», como escribió el místico cristiano del siglo XVI san Juan
de la Cruz.
En mi opinión, el campeón de tenis de mesa de talla mundial
está plenamente investido de gracia tanto animal como humana,
entendida esta última no sólo en términos de lo que reciben de su
entrenador, sino también de sus seguidores. En ocasiones, durante
un partido memorable de alto nivel, uno o ambos jugadores parecen
ir más allá de los elevados estándares de su juego, más allá de la
ayuda proporcionada por la gracia animal y humana, para entrar en
un estado de gracia espiritual. Los taoístas dirían que en ese caso
los campeones rebosan Te, a través del cual el Tao no sólo se
manifiesta sino que también se actualiza. Los occidentales dirían,
como de hecho dicen a veces los comentaristas deportivos, que
están en estado de gracia, y con razón. En otras palabras, han
entrado en lo que Platón denominaba el Mundo de las Formas.
Un tenis de mesa de esa dimensión podría considerarse la
inofensiva reconstrucción de las primitivas batallas entre los agentes
arquetípicos. El hecho de que nadie resulte herido, pues no se trata
de un deporte de contacto, no significa que a través de él no
podamos ver un choque de fuerzas mucho mayor que en el mejor
de los deportistas. Esta dimensión espiritual y cosmológica del tenis
de mesa hace que resulte natural que donde mejor se juegue sea en
los países de Asia oriental, donde durante siglos las artes marciales
han sido a un mismo tiempo disciplinas deportivas y esotéricas. Y
los jugadores occidentales que han destacado en el deporte en las
últimas décadas han entrenado en su mayoría también en China,
gracias a lo cual han entrado en contacto no sólo con entrenadores
y técnicas de entrenamiento, sino también con la cultura en su
conjunto.
Dicho esto, es cierto que a veces los deportistas del mundo
occidental también nos ofrecen actuaciones tan extraordinarias que
las denominamos «épicas». No se trata tan sólo de retórica
periodística, pues en ocasiones dichos deportistas parecen ir más
allá de lo mejor que, siendo realistas, podían esperar de sí mismos y
adentrarse en territorios previamente inexplorados. Con toda
probabilidad están experimentando un «estado de gracia»: animal,
humana y espiritual. La diferencia entre los jugadores occidentales y
los de Asia oriental es que estos últimos buscan el Tao de manera
consciente, o al menos lo intentan. Pero convocar de manera
consciente el estado de gracia no es tarea fácil, y por ello raramente
se consigue a voluntad; de otro modo, todos los partidos de alto
nivel serían «épicos», y no lo son. En un relato breve de Chuang
Tzu se expresa aquello que algunos de nosotros tal vez
preferiríamos no escuchar.
Shun pregunta a Ch‘êng: «¿Es posible alcanzar el Tao de forma
que uno pueda quedárselo para sí mismo?». «Tu propio cuerpo no
es tuyo –contesta Ch‘êng–. ¿Cómo podría serlo el Tao?»
«Si mi cuerpo no es mío –replica Shun–, ¿de quién es?»
«Es la imagen delegada de Dios –responde Ch‘êng–. Tu vida no
es tuya, es la armonía delegada de Dios. Tu individualidad no es
tuya, es la adaptabilidad delegada de Dios. Tu posteridad no es
tuya, es la exuvia delegada de Dios. Te mueves, pero no sabes
cómo. Descansas, pero no sabes por qué. Saboreas, pero
desconoces la causa. Así es como funcionan las leyes de Dios.
¿Cómo podrías pues alcanzar el Tao para quedártelo sólo para ti?»
Cuando hace unos años cogí una raqueta, o más bien una pala de
madera, en la biblioteca Henry Miller Memorial en Big Sur,
California, sin duda había una serie de cosas que no sospechaba.
Que mi hijo adolescente me daría una paliza, que poco después me
obsesionaría con el tenis de mesa, que mi obsesión estimularía una
iniciación agotadora que, en cierto sentido, todavía no ha terminado;
que el propio deporte me redescubriría algunos principios eternos de
la Filosofía Perenne y me permitiría vislumbrar nuevos destellos de
sabiduría sempiterna; que me enseñaría tanto sobre mí mismo,
sobre la condición humana y sobre la vida; y finalmente que, en el
tenis de mesa «humilde», yo buscaba la presencia viva que inspira
el mundo fenomenológico. Pero ¿por qué no iba a hacerlo? La
pelota que gira es nuestro planeta, la Tierra.
Sigo jugando con la misma combinación que me compré en
Shanghái, en la otra punta del planeta. Reemplazo las gomas de
manera periódica, pero por otras exactamente iguales, y sigo
llamando Durlindana a esa raqueta en concreto. Me avergüenza
decir que de vez en cuando la he traicionado probando una
combinación nueva, sólo para darme cuenta de lo mucho que
echaba de menos a Durlindana y volver a ella con el rabo entre las
piernas. Hay algo angélico en el hecho de toparte por casualidad
con tu pareja perfecta, igual que hay algo diabólico en el hecho de
intentar siempre encontrar una aún mejor.
Gran parte de lo que he experimentado desde mis auténticos
comienzos encuentra tantos ecos en imágenes y motivos
arquetípicos que sería muy estúpido por mi parte ignorarlos. Por lo
que respecta al aprendizaje, tanto sobre el deporte como sobre todo
lo que hay detrás y más allá de él, era y sigue siendo divertido. Sin
duda podría haberlo hecho sin los cientos de derrotas iniciales, pero
a mi edad no había otra manera y, por suerte, la mayoría de mis
primeros rivales eran más amables que engreídos. Todas las
semanas realizaba un nuevo descubrimiento y el entusiasmo
derivado mantenía mis ganas. El hecho de que haya mejorado en el
juego ha ayudado, pero ahora tengo claro y espero que tú también
lo tengas que el dominio per se no es el objetivo último. Además, me
queda mucho por aprender y luego, con suerte, me quedará mucho
por desaprender.
Lin Yutang fue filósofo de la vida, traductor de los clásicos chinos
al inglés, novelista e inventor. Por ejemplo, es quien finalmente
resolvió el acertijo y, en 1946, consiguió fabricar lo inimaginable: una
máquina de escribir en chino operativa. Entre sus escritos dejó
muchos epigramas, brillantes ejercicios en una prosa informal y
aguda, fruto de un pensamiento no lineal. Es una de estas perlas la
que me gustaría colocar al final de estas páginas.
«Un buen viajero es aquel que no sabe adónde va, y un viajero
perfecto es aquel que no sabe de dónde viene.»
Agradecimientos
Muchas gracias a:
Christopher Sinclair-Stevenson, por su amistad, por animarme a
escribir este libro y por leer sus diversas encarnaciones.
Gardner Monks, por su amistad desde nuestra época en la
escuela de cine, por acompañarme a Ecuador con su hermano
Charles mientras me documentaba para otro libro y por leer los
diversos borradores y aportar numerosos comentarios
esclarecedores.
Mi coautor de dos novelas Joscelyn Godwin, y mi compañero
jugador Rupert Sheldrake, por las muchas discusiones integradoras
sobre la Philosophia perennis y el Mundus imaginalis.
Emilio Bernal Labrada, por introducirme en el mundo del tenis de
mesa (real) y por ser el hombre más simpático que conozco.
Jaime Álvarez, por ser la condición sine qua non de todos mis
progresos en el tenis de mesa, por su excepcional paciencia y por
ser, junto con su esposa Doris y sus hijos Stephanie y Alex, tan
hospitalario.
El filósofo e historiador de la filosofía Riccardo Pozzo, por leer el
manuscrito y ofrecer un contrapeso antimetafísico a la frase de
Montaigne: «Yo no defino nada».
Clio Mitchell por todas sus reflexiones (nomen, omen) y Ken
Kubernik por nuestros apasionados intercambios de ideas.
Todas las personas del Northern Virginia Table Tennis Club
(NVTTC) en Arlington, y en particular a Tom Norwood, presidente y
personificación del caballero sureño; Fred Siskind, vicepresidente y
extraordinario economista; Mike McCormick, tesorero, caballeroso
granjero y ávido lector; John Papp, secretario y hombre dotado del
más sutil de los sentidos del humor.
Los cuatro hombres a los que denomino «gigantes del espíritu
humano»: Alex Muchnik, el más amable de los osos rusos y mago
de la informática, que no sólo me regaló el ordenador con el que he
escrito este libro, sino que me lo puso al día una y otra vez. Joseph
Segal, el hombre más afable y locuaz que he conocido, y
responsable de gran parte de mis extravagancias, sobre todo
cuando jugábamos como pareja. Gilbert Delos Angeles, espléndido
jugador con un gran sentido del humor. Y Hien, un invitado que vino
al club y cuyo apellido desconozco.
Y además, en orden alfabético: Wassim Alami, Eugene Amobi,
George Anderson, Peter Andrews, Carlos Antunes, Carlos Arnade,
Edgar Bailiff, Eric Bolz, Mike Brown (el expresidente), Peter
Campbell, Jose Ceballos, Ying Chen, Carlos Contreras, Georgina de
Wilde, Nelson Egbert, Kangfei Gan, Adil Gibrel, Mirek Gorski,
Xiangmei Gu, Joseph Hawkins, Sokoma Heng, Jon Hiratsuka, Bill
Horn, Peter Jacobi, Houman Jalali, David James, Bijan Katebini,
Venkata Krishna, Jenny Chan Lang, Paul Le, Wu Ji Li, David Lovins,
Ryan Luu, Adnan Madi, Enrique Matta, Deapesh Misra, John
Mitchell, Larry Mooney, Ibrahim Nassef, Tam Nguyen, Sami Omer,
Nihal Parekh, Ivan Patcherezov, Liang Peng, Kim Phan, Praveen
Ravi, Gerald Rhoads, Wael Sherman, John Shew, Jozef Simkovic,
Kishore Sirvole, Kenneth Spitz, Randy Stump, Margarita
Tadenosyan, Lawrence Tan, Yon Wacker, Ye Wang, Jeff Xu, Min Xu,
Kyle Yen, Fei Zhao, Pete Zombori.
Y por último pero no menos importante, Harbin Li, por su
impagable mezcla de lucidez y locura, y por ilustrar sin darse cuenta
y a menudo de una forma gráfica las diversas diferencias entre
Oriente y Occidente.
La pareja formada por el señor Lu padre y su hijo, del Northern
Virginia Table Tennis Center, en Chantilly (el «club chino»), y todos
los jugadores de ese club, algunos de los cuales vinieron del centro
cívico en el que yo mismo me inicié originalmente, incluido Kai, que
ya no vive en esa zona.
Todo el personal del Potomac Country Table Tennis Club I y II,
radicados respectivamente en Potomac y Cabin John, en Maryland.
Todo el personal del club JOOLA de Rockville, en Maryland.
Todo el personal del Pasadena Table Tennis Club de Pasadena,
en California.
Todo el personal de SPiN, en Nueva York.
Todos los contrincantes con los que me he enfrentado en
América, Europa y Asia y cuyo nombre no he preguntado.
Mi agente Gillon Aitken por todo, y por ser el maravilloso hombre
que es; la extraordinaria Sally Riley y todo el personal de Aitken
Alexander Associates.
Rachel Cugnoni por hacerse cargo de este proyecto, y Frances
Jessop por sus muchas y sabias sugerencias, por su entusiasmo y
por su cariño.
Notas
1. Santiago es un nombre popular que conoce muchos términos homólogos
como Jaime, Jacobo o Diego. Todos provienen del nombre hebreo Iaakov,
que significa «que Dios proteja». (N. de la T.)
2. «On hold» en inglés significa «en suspenso» (N. de la T.)