Vincent Marques: “Uno, casi todo podría ser de otra manera” en No es natural.
Para una
Sociología de la vida cotidiana. Cap. 1 (págs. 13-18) Barcelona 1992
Algunas formas de vida distintas de las vigentes tienen gracia, indudablemente. Para
mejor y para peor, las cosas podrían ser de otra manera, y la vida cotidiana de cada uno y cada
una, así como la de los «cadaunitos», sería bastante diferente. La persona lectora no obtendrá
de este libro recetas para cambiar la vida ni —sin que vayamos a hilar demasiado fino sobre la
cuestión— grandes incitaciones a cambiarla, pero sí algunas consideraciones sobre el hecho
de que las cosas no son necesariamente, naturalmente, como son ahora y aquí. Saberlo le
resultará útil para contestar a algunos entusiastas del orden y el desorden establecidos, que a
menudo dicen que «es bueno y natural esto y aquello», y poder decirles educadamente
«veamos si es bueno o no, porque natural no es».
Consideremos un día en la vida del señor Timoneda. Don Josep Timoneda I Martínez se
ha levantado temprano, ha cogido su utilitario para ir a trabajar a la fábrica, oficina o tienda,
ha vuelto a casa a comer un arroz cocinado por su señora, y más tarde ha vuelto de nuevo a
casa, después de tener un pequeño altercado con otro conductor a consecuencia de haberse
distraído pensando en si le ascienden o no de sueldo y categoría. Ya en casa, ha preguntado a
los críos, bostezando, por la escuela, ha visto un telefilme sobre la delincuencia juvenil en
California, se ha ido a dormir y, con ciertas expectativas de actividad sexual, ha esperado a que
su mujer terminara de tender la ropa. Finalmente, se ha dormido pensando que el domingo irá
con toda la familia al apartamento. Lo último que recuerda es a su mujer diciéndole que habrá
que hablar seriamente con el hijo mayor porque ha hecho no se sabe qué cosa.
Este es el inventario banal de un día normal de un personaje normal. La vida, dicen.
Pero, ¡atención!, -si el señor Timoneda es un personaje «normal», «medio» y éste es un día
normal, es porque estamos en una sociedad capitalista de predominio masculino, urbana, en
etapa que llaman de sociedad de consumo, y dependiente culturalmente de unos medios de
comunicación de masas subordinados al imperialismo. El personaje «normal», si la sociedad
fuera otra, no tendría que ser necesariamente un varón, cabeza de familia, asalariado, con una
mujer que cocina y cuida de la ropa, y con un televisor que pasa telefilmes norteamericanos.
Hablando de José Timoneda Martínez, consideremos ahora cómo incluso su nombre
está condicionado por una red de relaciones sociales. Oficialmente no se llama Josep
Timoneda I Martínez sino José Timoneda Martínez, vuelve la cabeza cuando alguien lo llama
Pepe, se cabrea en silencio cuando es el jefe de personal quien le llama Timoneda sin el señor
delante, y enérgica y explícitamente cuando es un subordinado suyo quien lo hace; insiste, o
no, en hacerse llamar Pepe por una mujer según el aspecto que ella tenga, y se siente bastante
orgulloso de ser cabeza de familia, porque así los niños han de nombrarlo según su cargo
doméstico de «papá». Hay mucho más, sin embargo, en su nombre mismo. No diré
simplemente que si hubiese nacido en África quizá se llamaría Bambayuyu, que es un nombre
muy sonoro y de un exotismo justificable por la diferencia de lengua. No. Sin salimos de
nuestro ámbito, observaremos que no naturalmente habría de componerse su nombre del
nombre de un santo de la Iglesia católica, de un primer apellido que transmitirá a sus hijos y
que le vincula al padre de su padre, y un segundo que no transmitirá y que le vincula al padre
de su madre. Es solamente una forma. Podría llamarse Josep hijo de Joan Timoneda o hijo de
Empar Martínez, Timoneda Josep, o tomar el nombre de su origen y resultar Josep Timoneda
de Borriana, o haber podido elegir, al llegar a mayor, el nombre o cuál de los dos apellidos
prefería llevar delante.
Podría ser de otra manera, pero ésta es la que le ha correspondido, ya que vive aquí. Son
costumbres. ¡Atención, sin embargo! Hay quien dice que «son costumbres» como si,
reconocido el carácter no natural de las maneras de vivir, éstas fueran resultado de un puro
azar, cuando en realidad nos reenvían una y otra vez a los datos fundamentales de la sociedad.
El nombre del señor Timoneda nos da pistas sobre la influencia de la Iglesia católica y sobre el
hecho de que los padres «pintan» más que los hijos, y el padre más que la madre. Eso en el
nombre solamente. Los actos cotidianos del señor Timoneda nos proporcionan muchas más
pistas.
El señor Timoneda podría haber pasado el día de muchas otras maneras. Nada en su
biología se lo impide. Podía haber trabajado en su casa, si es que se puede hablar de casa al
mismo tiempo a propósito de un espacio de 90 m2 en un sexto piso y a propósito de un
edificio que fue la casa le los antepasados y sigue siendo taller. La mujer del señor Timoneda
podía haber estado haciendo parte de la faena del taller y el hijo mayor también mientras
aprende el oficio del padre. El más pequeño de los críos podía haber pasado el día en la calle o
en casa de otros vecinos, sin noticia ni deseo de escuela alguna.
O bien, el señor Timoneda podía haber pasado el día cocinando para la comuna, por ser
el día que le tocaba el trabajo de la casa, mientras los demás trabajaban juntos en el campo, en
la granja o en los talleres, grandes o pequeños, todos proporcionalmente a sus fuerzas y
habilidades; y hacia el atardecer reunirse todos para reírse ante una televisión más divertida
o para discutir ante emisiones más informativas.
O el señor Timoneda podía haber trabajado aquel día doce horas —seis en las tierras del
amo y seis en las que el amo le dejaba cultivar directamente— y haber regresado a la barraca
donde vive amontonado con familiares diversos para comentar que el amo les había" vendido
junto con las tierras y preguntarse qué tal sería el nuevo señor. O escuchar al abuelo recitar
historias, seguro de ser escuchado, seguro de ser el personaje principal de la familia.
El día del señor Timoneda podía haber sido, pues, muy distinto, y también el de las
personas que le rodean. Sería un error pensar que sólo podría haber sido distinto de haber
nacido en otra época. Con el nivel tecnológico actual son posibles diferentes formas de vida.
Esta pequeña introducción impresionista a una sociología de la vida cotidiana insistirá
siempre sobre esa misma idea: que las cosas podrían ser —para bien y para mal— distintas.
Dicho de una manera más precisa: que no podemos entender cómo trabajamos, consumimos,
amamos, nos divertimos, nos frustramos, hacemos amistades, crecemos o envejecemos, si no
partimos de la base de que podríamos hacer todo eso de muchas otras formas.
A menudo, cuando se muere un pariente, te atropella un coche, le toca la lotería a un
obrero en paro, se casa una hija o te hacen una mala jugada, la gente dice:
—¡Es la vida!
O bien:
—Es ley de vida.
«Lo que hacemos» no es, sin embargo, La Vida. Muy pocas cosas están programadas por
la biología. Nos es preciso, evidentemente, comer, beber y dormir; tenemos capacidad de
sentir y dar placer, necesitamos afecto y valoración por parte de los otros, podemos trabajar,
pensar y acumular conocimientos. Pero cómo se concrete todo eso depende de las
circunstancias sociales en las que somos educados, maleducados, hechos y deshechos. Qué y
cuántas veces y a qué horas comeremos y beberemos, cómo buscaremos o rechazaremos el
afecto de los otros, qué escala y de qué valores utilizaremos para calibrar amigos y enemigos,
qué placeres nos permitiremos y a cuáles renunciaremos, a qué dedicaremos nuestros
esfuerzos físicos y mentales, son cosas que dependen de cómo la sociedad —una sociedad que
no es nunca la única posible, aunque no sean posibles todas— nos las defina, limite, estimule o
proponga. La sociedad nos marca no sólo un grado concreto de satisfacción de las necesidades
sino una forma de sentir esas necesidades y de canalizar nuestros deseos.
Así, pensar una bomba nueva, desear una lavadora de otro modelo, comer más a
menudo platos variados aunque congelados, valorar a los demás por el número de objetos que
poseen y dedicar los esfuerzos afectivos a asegurar el monopolio sentimental sobre una
persona, no es más «humano», no es más «la vida», no es más «natural» que pensar nuevos
trucos de magia recreativa, desear más sonrisas, hacer una fiesta el día en que sí que comes
pollo-pollo o valorar a una persona porque tiene más capacidad de gozar que tú y está
dispuesta a enseñarte.
El amor, el odio, la envidia, la timidez, la soberbia... son sentimientos humanos. Pero, ¿en
qué cantidad y a propósito de qué los gastaremos? ¿Es lo mismo odiar a los judíos que a los
subcontratistas de mano de obra? ¿Es igual envidiar ahora la casa con jardín y piscina de un
poderoso, cuando quedan ya pocos árboles, que cuando eso sólo representaba un símbolo de
poder o de prestigio? ¿Es igual amar a una persona sometida que a una persona libre? ¿Se
puede ser tímido del mismo modo en un mundo donde es conveniente ser presentado para
hablar con otro, que en una sociedad donde todos se tutean, tratando de imponer una
familiaridad que no siempre deseamos?
«Nacer, crecer, reproducirse y morir.» De acuerdo. Eso hacemos. Pero ¿acaso no
importa cómo y cuándo naces, qué ganas y qué pierdes al crecer, por qué reproduces y de qué
y con qué humor te mueres?
El señor Timoneda se levanta cuando el satélite artificial se hace visible en el cielo de su
ciudad. Antes de salir de su cápsula matrimonial mira a su compañero, dormido todavía, y se
coloca la escafandra individual. Despierta a patadas a la mutante que le sirve de criada y le da
órdenes en inglés. Hoy es un día especial: la lotería estatal sortea simultáneamente los quince
que serán autorizados para procrear, los mil treinta y uno que se someterán a las pruebas de
guerra bacteriológica, y sesenta y dos viajes a los carnavales de Río para dos personas y una
mutante. Sale a la calle ya dentro de su heteromóvil y choca en seguida con otro. Se matan los
dos conductores y el viudo del señor Timoneda es obligado a seguir la costumbre de
suicidarse en la pira funeraria. ¿Es natural eso?
Esa sociedad imaginaria resulta ser capitalista, post-nuclear, despótica, de atmósfera
precaria y homosexual neomachista. Es una sociedad posible. Podría ser anticipada
proyectando y acentuando los rasgos de la sociedad capitalista actual y suponiendo que
hubiese tenido lugar, tras una rebelión feminista aplastada, una eclosión de la
homosexualidad reprimida acompañada de un explícito culto al macho.
La persona lectora tiene ante sí ahora otra sociedad. ¿Es la única posible? Tal vez diga
que no, porque personalmente apuesta por el socialismo. ¿Pero qué socialismo? ¿Un
socialismo donde sólo cambie la forma de gestión del capitalismo? ¿Una sociedad igual a ésta
excepto en el precio más barato de los electrodomésticos? ¡Ah! Un poco de distancia respecto
de su entorno no le vendría nada mal al lector o a la lectora.