El cantar de Roldán (Anónimo)
El conde Roldán y Oliveros avanzan protegiendo la retaguardia del ejército del emperador
Carlomagno. Sin darse cuenta, caen en una emboscada planeada por el ejército musulmán.
Roldán se rehúsa a pedir ayuda y decide quedarse con sus tropas para evitar que ataquen por
la espalda al ejército de su rey.
LXXXVII
Roldán es esforzado y Oliveros juicioso. Ambos ostentan asombroso denuedo. Una vez
armados y montados en sus corceles, jamás esquivarían una batalla por temor a la muerte. Los
dos condes son valerosos y nobles sus palabras. Los felones sarracenos cabalgan furiosamente.
-Ved, Roldán, cuán numerosos son -dice Oliveros-. ¡Muy cerca están ya de nosotros, pero
Carlos se halla demasiado lejos! No os habéis dignado tocar vuestro olifante. Si el rey estuviera
aquí, no nos amenazaría tal peligro. Mirad a vuestras espaldas, hacia los puertos de España;
podrán ver vuestros ojos un ejército digno de compasión: quien se encuentre hoy a
retaguardia, nunca más podrá volver a hacerlo. -¡No pronunciéis tan locas palabras! ¡Mal está
el corazón que se ablanda en el pecho! En este lugar resistiremos firmemente. Por nuestra
cuenta correrán los lances y refriegas.
LXXXVIII
Cuando advierte Roldán que está por entablarse la batalla, ostenta más coraje que un león o
leopardo. Interpela a los franceses y a Oliveros: -Señor compañero, amigo: ¡contened
semejante lenguaje! El emperador que nos dejó sus franceses ha elegido a estos veinte mil:
sabía que no hay ningún cobarde entre ellos. Es menester soportar grandes fatigas por su
señor, sufrir fuertes calores y crudos fríos, y también perder la sangre y las carnes. Herid con
vuestra lanza, que yo habré de hacerlo con Durandarte, la buena espada que me dio el rey. Si
vengo a morir, podrá decir el que la conquiste: "Esta fue la espada de un noble vasallo".
LXXXIX
Por otro lado, he aquí que se acerca el arzobispo Turpín. Espolea a su caballo y sube por la
pendiente de una colina. Interpela a los franceses y les echa un sermón: -Señores barones,
Carlos nos ha dejado aquí: Por nuestro rey debemos morir. ¡Prestad vuestro brazo a la
cristiandad! Vais a entablar la lucha; podéis tener esa seguridad pues con vuestros propios ojos
habéis visto a los infieles. Confesad vuestras culpas y rogad que Dios os perdone; os daré mi
absolución para salvar vuestras almas. Si vinierais a morir, seréis santos mártires y los sitiales
más altos del paraíso serán para vosotros.