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Jean Starobinski
Remedio en el mal
Critica y legitimacién del artificio
en la era de las luces
Ma bale ce fe Meats.IV
La escopeta de dos tiros de Voltaire
1. Sobre el estilo filosifico de Candido
zRelato? Seguro. Pero atin més simulacro de relato.
Quiero decir: parodia, reflejo aliviado. Lo novelesco es en
Candido caricatura de lo novelesco, versién exagerada que
mezcla todas las convenciones del género ~ya sean las de la
novela de aventuras de procedencia helenistica, de la pica-
resca 0 del cuento, aun mas receptivas a lo inverosimil-. Si
no hubiera mas remedio que asignarle alguna genealogia a
Candido, escogeriamos la que arranca de Luciano y Petro
nio y pasa por Rabelais y Cyrano. En Céndido, los aconte-
cimientos, y ante todo la manera en que se suceden, no
slo desafian toda verosimilitud: por su cardcter disparata-
do hacen saber que no apelan a la confianza del lector, que
le dejan en libertad. Falsos muertos, inesperados reencuen-
ros, encadenamientos ultrarrapidos, paises fabulosos, ri-
quezas sin cuento, todo nos advierte que no debemos fijar
nuestra atencién mds seria en la historia como tal, y nos re-
mite a modelos literarios archisabidos de los que la burla
dispone a su antojo, deformandolos por turno en una paré-
bola que ensefia a desconfiar de ensefianzas.
Juego entonces? Cierto. Mas juego en que, a lo largo
de la parodia, ni una de las situaciones evocadas cae fuera
139de la realidad del momento: en Alemania se hace la guerra,
se cometen carnicerias, se viola; en Portugal se quema here~
jes: entre los salvajes de Norteamérica se come a los prisio-
neros; en Paris despluman a los viajeros ingenuos tahtires y
busconas. En muchos aspectos Candido es sélo el nombre
prestado, la identidad minima de que es preciso dotar a un
personaje cuya funcién esencial es chocar con el mundo «al
como va, y asi, revelarlo tal cual es.
De manera que la fSrmula de Candido es el remiendo y
el «pupurriv: no quiero con ello referirme sélo a la caleidos-
cépica sucesién de los acontecimientos: ante todo tengo en
mente la mezcla de ficcién autodestructiva y verdad ines-
quivable, el compuesto inestable que forman lo arbitrario
en la narracién y la intrusién de la violencia circundante,
La libertad en el contenido va pateja con la obsesién del
mal omnipresente; dondequiera se vuelva el individuo, la
violencia absurda aplasta toda libertad. El viaje de Candido
se torna por su inveros{mil rapidez en revista casi general de
los pafses del mundo; Ia economia del tiempo narrativo ase-
gura el desplazamiento de un lugar a otto y hace posible asi
un cimulo de experiencias que atafien a la necedad, la into-
lerancia’ y los abusos de poder. La irrealidad del relato hace
transitable en todas direcciones el espacio terrestre y permi-
xe sumar realidades horribles sin que en ningtin caso pueda
Ja duda refutarlas ni ser atribuidas a la fantasia del autor.
Mediante el uso sistematico de la irrisién, y gracias a lo
invencible de un héroe que escapa por poco a todos los pe-
ligros, Voltaire puede multiplicar la mencién de los més
atroces abusos, en provecho de una estrategia de denuncia
reiterada, La escritura de Voltaire avanza mediante cesuras,
clipses, litotes, las formas todas de la sustraccién alli donde
la expresién de emocién indignada hubiera inflado la frase,
alargado el lamento y ocupado tiempo en difundir la «vei
dad» del sentimienco: se produce asi un acortamiento del
tiempo afectivo, y un efecto de aceleracién emotiva. Mer-
140ced a su manera deliberada de hacer trampa en la escena es-
capa Voltaire a los peligros del exceso sentimental y los pa-
sos en falso de la elocuencia, La maldad del mundo aparece
tanto més nftida y obstinada en un clima de sequedad que
no da lugar a ternura ni consuelo. En Candido, nada atroz
es inventado: Voltaire extiende un acta, algo simplificada y
estilizada, que constituye empero la antologia de las atro-
cidades que las gacetas traian a conocimiento de todo
curopeo atento. Pudiera ser que en Candido nos encontre-
‘mos ante el primer ejemplo, en clave de ficeién, de una ac-
titud que hoy ha venido a ser comin en Occidente en pro-
porcién directa al auge de los medios de informacién: la
percepcién de rodas las heridas de la humanidad mediante
tuna especie de sensibilidad al dolor que extiende su red ner-
viosa por toda la superficie del globo. Voltaire se estremece
ante los suftimientos de la tierra: conoce, 0 cree conocer, a
todos los autores de injusticias, todas las banderas que am-
paran el expolio; los nombra, los confronta y los enfrenta.
Pues es demasiado inteligente para denunciar sélo las faltas
de un partido: ve cometer los mismos crimenes a principes
rivales, a iglesias antagénicas, a pueblos «civilizados» y «sal-
vajess
Si la linea sinuosa, con lo que conlleva de capricho ines-
perado, es una de las figuras tipicas del gusto rococé, los
viajes de Candido, de la vieja y de Cunegunda son su trans-
cripcién més clara sobre el mapa del globo: azar, deseo 0
persecuciones provocan rodeos infinitos, a tal punto que
nada parece desvio y no queda ninguna direccién privilegia-
da, En cuanto al apetito de novedad, de lo «salado», ese
otto rasgo del gusto rococé, esta presente en modo superla-
tivo.
Juego, parodia, sétira, denuncia de la violencia en el
mundo actual, indagacién filoséfica: he aqui lo que confor-
-ma no solo una obra compuesta, sino un texto sin prece-
dente que no quiere con los anteriores més relacién que la
Ipolémica. Con su variedad, con lo imprevisto y escabroso
de sus aventuras, lo imprevisto de los itinerarios y la suce-
sién de sorpresas, con la eficaz brevedad de cada episodio,
Céndido retine todas las recetas de lo wsalado» y produce ese
excitante por antonomasia que es la novedad. La visita a la
biblioteca de Pococurante (cap. XXV) pasa revista a los mo-
delos del pasado, Ia institucidn literaria en pleno: el amante
de la literatura, asqueado, habla de ella con desdén. La lite-
ratura parece Ilegada a su término. Ciindido es el libro su-
plementario en que se hace inventario del pasado, y el que
viene después del inventario: el libro fuera de la literatura,
de la filosofia, que se burla de una y otra y, por descontado,
no puede hacer otra cosa que proponer a su ver otra litera-
tura y otra filosofia. «Es un gran places, dice Cacambo, ver
y hacer cosas nuevas»!,
No es dificil sin embargo referir Céndido a un tipo in-
memorial: la narracién bufa, o la pantomima, que despliega
los recursos del mds alto virtuosismo utilizado para figurar
lo contrario de si mismo, malandanzas y torpeza.
No es necesario en absoluto insistir aqui, tras tantos co-
mentaristas, en la jovialidad de esta escritura sin espesor ni
sombras, en la agilidad de maniobra que dispone magistral-
mente repeticiones, contrastes y elipsis; que desplaza a su an-
tojo la cesura sintactica para producir efectos de equilibrio 0
ruptura de equilibrio. Este dominio que tan poco se disimu-
Ja, que tan directamente hace ostentacién de recursos, no es
de suyo generador de comicidad: viene a serlo al tomar por
objeto la falta de dominio; quiero decir, la historia de un
muchacho sin malicia que nada puede dominar de cuanto le
sobreviene y corte de infortunio en infortunio. Sus aventu-
ras, como las de tantos picaros, empiezan por la patada en el
culo: y reimos nosotros mientras él Ilora, suspira y desespera.
° Candide ou lOptimiste, ed. crit. de André Morize, Pacis, 1913, cap.
XIV, p. 79. (Trad. cast.
142Magistralmente activa, la escritura del relato calcula y
gobierna todos sus efectos; y uno de los principales es repre-
sentar su contrario destinando a Céndido, casi hasta el fin
de sus aventuras, a la pasividad y el asombro': Candido, que
de entrada s6lo habla y obra en dependencia de otros, ve
cémo sus actos y palabras arrastran consecuencias despro-
porcionadas; y de continuo se ve llevado fuera de cuanto
habia esperado o previsto. La rara malicia que despliega el
narrador nos hace asistir a las desventuras de un ser facil de
embaucar, que no gobierna su propio destino salvo en el
instante final, en que parece empezar el tiempo de la estab
lidad activa. En la escena o en el circo ocurre lo mismo con
el que sufre fracasos en cascada, pero regulados como pasos
de baile y terminados siempre por una recuperacién des-
lumbrante. El espectador experimenta un vértigo muy pla-
centero al ver semejante superioridad técnica empleada en
mimar un destino de victima’.
Por mejor decir: un destino en que el deseo falla su ob-
jeto, lo pierde, lo encuentra slo degradado, desemejante
para siempre de la imagen guardada viva. Pues si una vez
pasada la visita a Eldorado Candido escapa ya a las novata-
das, queda abocado a una frustracién esencial; le falta Cue
negunda, s6lo piensa en reunirse con ella. Y cuando al fin la
alcanza es para descubrirla tan afeada que retrocede «tres
pasos, preso de horror». Asi es también como resultan esta-
fados Gilles o Pierrot: todo conspira para hurtarles lo que se
creen a punto de poseer. Se quedan con las manos vactas y
el corazén pesado. Del primer paraiso de Westfalia sélo
quedard para Céndido el recuerdo de una caricia furiva tras
® Sobre la pasividad, véanse las pertinentes observaciones de Chri
topher Tacker en las paginas 10 y siguientes de la introduccién a su edi-
cidn critica de Candide, Ginebra, 1968,
» Hemos descrito algunos aspectos literarios y piet6ricos de este
stema» en Portrait de Vartiste en saltimbangue, Ginebra, 1970; reed. en
Flammarion, col. «Champs», Pars, 1983,
143,una sombrilla (caricia gozada por iniciativa de Cunegunda,
subrayémoslo); ese fruto «aperecible» que se ofrecia sin re-
sistencia quedard prohibido; habré pasado por todas las ma-
nos, y las mas brutales: violada, apuftalada, vendida, mante-
nida, humillada, profanada de todas las maneras, antes de
que Candido la compre Cunegunda habré recibido en su
carne todos los estigmas del emal fisico» y del «mal moral»,
el hierro de un mundo malvado y la marca del tiempo des-
tructor, El ser femenino al que Voltaire hace causa de todas
las peregrinaciones de Cindido —expulsién, vagabundeo y
biisqueda- es can sélo un sefuelo de lozania y juventud,
cualidades sujetas a degradacidn: deseable porque falta y
mientras falta, Cunegunda reencontrada s6lo es un adefesio
grufién con quien la vida seria intolerable, si no fuera por el
recurso del jardin a cultivar y la fuga productiva en el traba-
jo. Candido ha sido embaucado por el amor: entre los idea-
les que el relato destina a la destruccién, el mito de la pa-
sién ocupa lugar no desdefiable. Sujeto de la experiencia,
Céndido es movido por una ilusién que toca a su fin en el
instante preciso en que el objeto amado deja de ser una
imagen y un nombre y aparece como persona «teal». Lo
bufo esed en hacer de posesién tan largamente diferida una
redoblada decepcién.
Un escritor clarividente, omnisciente y libre; un héroe
ingenuo, torpe, largo tiempo cautivo de la ilusién y someti
do a la ley de los violentos. Tal relacién entre autor y héroe
es propia de la ironfa. Se marca de entrada por el frecuente
recurso a lo que la retérica clésica llama en sentido estricto
ironfa: antifrasis destructiva, empleo de palabras en sentido
contrario a lo que quiere darse a entender: «un bello auto
de fe».
Pero, ;cudl es aqui la funcién de la ironia? No la de ase~
gurar al autor (y al lector) una facil victoria sobre la igno-
rancia de un héroe demasiado esquematico. Tampoco exal-
tar del lado del escritor la conciencia de una libertad que se
146eleva sobre toda realidad finita: no aspira Voltaire a esa li-
bertad desarraigada mediante la cual trata el espititu, en la
ironia romantica, de garantizar su reino aparte. En
Candido, \a ironia cumple funcién de arma ofensiva; se
orienta al exterior, libra el combate de la razén contra todo
Jo que usurpa la autoridad que sdlo el pensamiento racional
deberia poser.
‘Autoridad usurpada: como tales aparecen el discurso
teolégico y su sucedaneo, el metafisico, una vez demostrada
la diferencia entre el mundo tal como va y el de la teodicea
optimista. Tanto como critica de la realidad contempora-
nea, lo es el Candido de las afirmaciones abstractas que so-
bre la totalidad del mundo desarrolla una teoria satisfecha.
En su singularidad, en el deralle de su sucesién, los aconte-
cimientos del viaje infligen mentis tras mentis a la leccién
de Pangloss. Apenas hay necesidad de dar la palabra a filo-
sofias rivales: las del anabaptista Jacques y el maniqueo
Martin, Los hechos se encargan de la educacién de Céndi-
do el resultado viene sefialado por la diferencia encre el pri-
mer capitulo, en que Candido escucha respetuosamente pe~
rorar asu maestro, y el tltimo, en que le corta el discurso.
La ironia del relato volteriano se hace cémplice de la res-
puesta del mundo a la euforia del sistema. La «agudeza» y lo
«corvante» de la diccién irénica secundan con alegria la
crueldad de lo real y le confieren una ferocidad hiperbélica:
la refutacién se lleva adelante con una energia que se con-
funde con la violencia criminal de la que Voltaire es a la vez
acusador. Mutilaciones, amputaciones y castraciones vienen
a contradecir en Ia carne de los individuos todas las afirma-
ciones que proclaman la perfeccién del Todo. Pangloss pier-
de un ojo y una oreja, la vieja una nalga, etc. Los estragos
que producen Ia enfermedad, la guerra o la inquisicién es-
én narrados con un verbo entusiasta en que se expresa el
placer de hacer trizas la ilusién optimista: el cuerpo de los
personajes es entregado a la entalladura de la imperfeccién
145y la brutalidad irracional. Aun en su mismo estilo (estilo de
sustracién le hemos llamado) mima el Céndido la disminu-
cidn fisica que el mal inflije a la incegridad de los seres ~y
por tanto, la réplica del mundo a lo que el optimista cree
poder decir de él-. Contra una metatisica que postula la
presencia eterna de un sentido global del universo (insu
cientemente percibida por nuestra parte), disefia Voltaire
una razén que por todas partes ve faltar la claridad requeri-
day en esa misma falta, en ese escandaloso déficic de senti-
do, halla un excitante para su actividad milicante.
Pero tras haberse aliado con la ferocidad del mundo para
refutar al sistema preconcebido, la ironfa se revuelve contra
la violencia y la injusticia. A despecho de toda la acritud
que pone en demostrar cémo viruela, cempestad, héroes
biilgaros, piratas negros o inquisidores ganan el pleito a los
articulos de fe del sistema de Leibniz, Voltaire se escandaliza
ante el sufrimiento infligido. Y pese al acento de sadismo
que se adivina en su manera de aludir al triunfo de crueldad
¢ intolerancia, no cree él como Sade que el mal en todas sus
formas sea expresién de la ley natural, o por mejor decir, no
cree que la ley natural deba ser celebrada como benéfica. El
determinismo que produce célculos, viruela o temblores de
tierra no testimonia ninguna solicitud para con el hombre
de parte de la naturaleza. A esos males inevitables que no
pueden padecerse sin gemir se suman los males superfluos
que los individuos se causan unos a otros: ;cémo evocarlos
sin sublevarse? Voltaire no acepta: no da su consentimiento
a las miserias que en el mismo movimiento hace lover tan
alegremente sobre sus personajes.
Sobrepuja de ironfa; redoblada viveza por reaccién. Ha-
biendo dado via libre a las imagenes del mal para contrade-
cir al dogma optimista, Voltaire contradice ahora al mal
porque le horrorizan injusticia y fanatismo. El estilo de Vol-
taire, generalmente calificado de «ingenioso», «incisivor 0
esarcastico», debe su carécter especifico a la doble perspecti
146va agresiva de que esta cargado. La mayor parte de los acon-
tecimientos narrados en Candido son bivalentes. demuestran
con alegrfa la futilidad del sistema de Pangloss; pero satisfe-
cha la vena polémica adopran al punto un aspecto insoste-
nible. Esos acontecimientos que denuncian la ilusién opti-
mista son a su vez denunciados por su atrocidad.
Pertenecen a la categoria de hechos en los que Voltaire no
puede pensar sin westremecerse de horror» (expresin fre-
cuente en su correspondencia o sus escritos de historia). Ese
rechinar que con tanto tino discetnfa Flaubert en Voltaire es
efecto compuesto de la simultaneidad de la vena polémica y
el excalofrio de horror: se debe al hecho de que cada una de
las «tealidades» que ejerce una accién destructiva sobre el
discurso de Pangloss cae a su vez bajo el fuego de una critica
sin indulgencia. El acontecimiento atroz que niega el dog-
ma antecedente es objeto a su vez de un rechazo moral, ¢s-
ico y afectivo.
Para desplegar tales efectos hace falta que el acto de es-
cribir haya obtenido el privilegio del silsimo recurso; la ebur-
la» volteriana implica el a posterior, la experiencia completa
Ilegada a término, el paso atrés que da el conocimiento de
los fines. Todas las bazas estan jugadas: la ironfa se ¢jerce so-
bre un mundo retrospectivo. En el fondo del pasado, el pri-
mer discurso de Pangloss es ya ridiculo; tal como aparece
«refetido» esté ya estigmatizado por una itrisién y sabidurfa
superiores, resultantes de las negativas que primero ha infli-
gido la realidad a la metafisica, y luego la exigencia de la ra-
z6n prictica a la realidad. :Quién no ha advertido el papel
que desempefian en Ciindido, al final de tantos episodios,
Jos comentarios reflexivos del héroe o sus compatieros? Des-
gajados del relato, la terminologia retérica cataloga tales co-
mentarios con el nombre de epifonemas. Su funcién es im-
poner una sentencia general, expresi6n de un saber seguro
de si, a continuacién de una serie de hechos o sentimientos
particulares, No vacilaremos en usar aqui ese ‘término de
7apariencia pedante: el epifonema es Ia exclamacién final
que, al tiempo que saca una leccién, fa condensa en una
méxima 0 «moraleja». Cada vez que interviene esta figura
estilistica sabemos que esté actuando una Facultad de juicio,
una potencia racional capaz de tomar distancia y situarse en
el plano de lo general. A pesar de la relacién que guarda con
tuna situacién particular (la alqueria sobre el Bésforo), fa ex-
clamacién final de Candido, «pero hay que cultivar nuestro
jardin», dota al relaco entero de una conclusién epifonemé-
tica, conclusién «sabia», descubrimiento de alcance univer-
sal en que se encuentra ‘confirmado lo que se habia dicho
del héroe en las primeras lineas («tenia un juicio bastante
recto») luego de que sus desventuras y tribulaciones hayan
confirmado asimismo el conjunto de la afirmacién («unto
con la mayor simpleza de espiritu»). Desde ese momento la
ironfa puede aplicarse en direccién retrégrada, conforme al
conocimiento ganado y la educacién concluida en el punto
de llegada: la errabunder y las ilusiones de aventurero inge-
nuo se narran a partir de la estabilidad y seguridad garanti-
zadas finalmente por la conversién al trabajo rentable. Se
sabe a posteriori (pero Voltaire lo sabe ya al tomar la pluma)
que a despecho de codas las pérdidas, decepciones, mutila-
iones, etc., siempre queda a salvo el recurso al trabajo. Por
lo demés, Ja observacién que hacemos sobre la funcién del
epifonema y la ironfa retrospectiva en el rexto de Céndido
puede retomarse en su integridad para definir la funcién de
Céndido en !a existencia de Voltaire. Tras la muerte de Ma-
dame du Chateler (cuya doctrina filoséfica se inclinaba ha-
cia el optimismo de Wolf o Pangloss), tras el episodio pru-
siano, el arresto de Francfurt, la buisqueda de asilo y la
compra de tierras en Ginebra y Lausana, Candido tiene el
valor de un entretenimiento que es al tiempo recapitula-
cién: en un solo envite fabula, disfraza, caricaturiza y expre-
sa una resolucién; de tal suerce, Voltaire se libera del pasado
en virtud de la magia de una bufonada que le transmuta en
148.ficcién’, Lo que no es ficcién empero son los deberes y sa-
tisfacciones del propietario ristico en las riberas del lago
Leman, es decir el Bésforo: esa es la sabiduria llegada tarde,
la méxima general que viene a discriminar, piedra de toque
definitiva, entre lo ilusorio y lo sélido, Candido es epilogo,
epifonema, figurada profesién de fe en la sabiduria practica
descubierta tardiamente. La trasposicién de las decepciones
personales en ficcién tragicémica forma parte de la propia
sabidurfa y deja el campo libre a la actividad productiva.
A través de lo que a Candido le sobreviene se asiste a un
desplazamiento de autoridad que arrastra de episodio en
episodio el movimiento entero del relato. Un desplazamien-
to en que la autoridad se afirma, es desafiada luego, se
reafirma més tarde bajo un aspecto nuevo, vuelve a ser
desafiada, etc.: en una formulacién totalmente abstracra, tal
es la dindmica dominante en el cuento. Todo andlisis debe
referirse necesariamente al concepto de autoridad si es que
quiere captar no sélo el estilo de Céndido, sino también lo
que en él se juega.
‘Al comienzo, en el universo cerrado de la pequefta baro-
nia en Westfalia, la autoridad no le plantea duda alguna al
héroe: la autoridad es la persona del cabeza de la casa, es la
jerarquia nobiliaria, es el sistema de Pangloss que aficma
que el mundo tiene un sentido y el hombre es su beneficia-
rio. De partida, la metafisica panglosiana parece solidaria
con el estado de hecho: justifica y refuerza la autoridad del
sefior. Pero ya de entrada la malicia del narrador, cuyo saber
alcanza mucho més lejos, mina la pretendida autoridad. En
su condicién de bastardo es Candido prueba viva de las dis-
torsiones que el amor hace sufrir a los imperativos nobilia-
“ Sobre el movimiento de la fabulacién seré ttl consular la obra de
Geoffrey Murray Voltaire: Candide: The Protean Gardenen, 1755-1762
Studies on Voltaire and the Eighteenth Cencury, vol. LXIX, Ginebra,
1970.
149rios. Por su mismo nacimiento testimonia la fragilidad del
orden convencional: la rama de nobleza que falta en su lina-
je es una laguna original, un vacfo insinuado en el corazén
de la regla impuesta, También de enerada denuncia el narra-
dor el artificio verbal merced al cual Ja mansién campesina
del bardn pretende para si el rango de una verdadera corte:
una permutacién nominal cambia en «trailla» a unos «pe-
rros ovejeros», transforma «caballerizos» en «monteros», y
un «parroco de pueblo» en «limosnero mayor». Del mismo
modo, al aplicar a la ciencia de Pangloss el sufjo nigologia
Voltaire la devalia instantineamente: fe cuelga el sanbenito
de su desprecio. El discurso del preceptor, que pretende ce-
lebrar el comprensible orden del mundo, discurre en el peor
desorden ldgico; en el instante mismo en que se enuncia, fa
autoridad intelectual queda saboreada (para quien sabe
leer). Candido, empero, la admira.
El beso tras la sombrilla da figura alegérica a la intrusién
furtiva del obstinado rival de la autoridad tradicional: ef
sentimiento, el deseo, Cunegunda esté dispuesta a renovar
con su primo la misma infraccién la norma a la que debe
&te la luz del dia. Breve eclipse de la autoridad: puncapiés y
delaciones restablecen el orden prontamente: también son
la primera manifestacién de la violencia. Ahora bien, en
este plano los pequefios potentados, los estados mintisculos
no tienen asegurado conservar su potestad de sentar la
mano a quien quieran. Vestigios de un antiguo régimen mi
litar, los titulos de propiedad nobiliarios no se sostienen
frente a principes que tienen més tropas y les hacen ¢jer
tarse a diario. En el seno de un mundo regido por un mis-
mo principio de autoridad politica, la soberania del princi-
pe, la relacién cuantitativa de fuerzas desempefia un papel
decisivo: ast se relativizan prestamente la provincia, el casti-
Ilo y el barén a los que Céndido, en su ingenuidad y docili-
dad a las lecciones del precepror, tenfa al principio por ab-
solutos. Los hechos —ruinas y carnicerfas~ se encargan de
150aportar la prueba, Si nada de cuanto existe carece de razdn
suficiente, quienquiera tenga en sus manos el mejor ejército
puede reclamarse del lado de la razén suficiente. Y el poder
cambia de manos répidamente. Cuando se empieza a recu-
rir a la fuerza nace una «cadena de acontecimientos» de la
que no se sabe dénde se detendr4, Voltaire se complace en
entregar los violentos a la violencia y hacer perecer tiranos
por obra de una tiranfa rival o una rebelidn victoriosa, El
barén que ha expulsado a Candido desaparece entre los de-
sasties de la guerra; al biilgaro que ha violado a Cunegunda
le mata allf mismo su capitan; los raptores de la hija de Ur-
bano X son destrozados por una faccién rival, el Gran In-
quisidor que detiene a Cunegunda y hace colgar a Pangloss
es muerto por Céndido; el holandés que ha robado a Cén-
dido se va a pique, etc. Vicisitudes demasiado irregulares,
demasiado ciegas para tener sentido alguno de just
manente: la violencia no se ejerce sélo entre violentos; pere-
cen inocentes; tipos brutales quedan impunes. Peor atin, se-
tes sinceros y buenos como Céndido se ven arrastrados a
pesar suyo al circulo de la violencia. Donde no es facil reco-
brarse: en ese juego de carnicerfas el poder efectivo nunca se
detiene por mucho tiempo, y viendo caer sucesivamente al
barén, al Gran Inquisidor, al reverendo padre comandante
y al almirante inglés, el relato toma el sentido de una desti-
tucién general que no sélo alcanza a los detentadores de la
autoridad civil y religiosa, sino a la autoridad como tal, es
decir, a lo que funda la legicimidad del ejercicio del poder.
Ni la iglesia ni aun la monarquia salen indemnes: cuando
esté de paso en Paris, se acaba de atentar alli contra la vida
del rey y se detiene a todos los extranjeros. Salvo en Eldora-
do, ningin representante del poder supremo esta fuera de
peligro: en Venecia, la cena de reyes derrocados con su ex-
traordinaria comicidad de repeticién representa el colmo de
este frenesi de lesa majestad. No se trata, bien se nota, sola-
mente de las vanidades de la grandeza o los caprichos del
Ildestino, sino ante todo de la impotencia definitiva en que
son precipitados quienes han detentado o esperado detentar
la autoridad soberana. No es necesatio ser gran diablo en
psicoandlisis para comprobar que a lo largo de todo el Cén-
dido se encarniza Voltaire en infligirle a la imagen del padre
indefinidamente multiplicada una humillacién que varia
con refinamiento: ;qué satisfaccién, qué desquite cuando
puede uno burlarse de «Su Miserable Alteza»! No seria
desatinado descubrir igual arentado, pero esta vez contra la
autoridad literaria, en el juicio de Pococurante sobre los,
grandes autores; ya puede venir tal falta de respeto de un di-
lerante fatigado, que su efecto es destituir, rehusar el tradi-
cional homenaje, amputar a las obras ilustres —juna mutila-
cién més!~ desacreditando sus partes més flojas.
Cuando al fin es enviado a galeras el joven barén, iilti-
mo representante de la autoridad que prohibe, queda des-
pejado el terreno. Ya no hay en la Propéntide ni inquisido-
res ni padres puntillosos. Los supervivientes son extranjeros;
poseen una pequefia alqueria; el poder politico esta lejos; se
le supone respetuosos con la propiedad del suclo, poco
preocupado por intervenir mediante su administracién.
{Dénde esté ahora la autoridad? ;Se reduce a esa no inter-
vencién, a ese dejar hacer del que se benefician quienes no
se acercan demasiado a la corte? Al cabo de sus pruebas
chan encontrado Candido y sus amigos simplemente el lu-
gar en que la autoridad ya no les concierne, ni tiene dere-
cho de supervisién? ;O van a instituir ellos a su vez una au-
toridad nueva, diferente de cuantas han padecido, puesto a
prueba y encontrado risibles a veces, a veces tirénicas, yen
ocasiones tirénicas y risibles a un tiempo?
Reconsideremos el problema en st dimensién filoséfica
La cuestién planteada inicialmence es la armonia del mun-
do, la finalidad discernible en toda cosa. El optimismo con-
sisce en afirmar no solo que es claramente legible una finali-
dad, sino que leerla es nuestro principal deber. La discusién
152sobre la teodicea presupone que el hombre da primacfa a la
busqueda del conocimiento contemplativo, al esfuerzo por
captar el sentido: es importante comprender el mundo y re-
conocer su orden. La respuesta optimista cree haber alean-
zado la meta de su indagacién. Ya no hay otra cosa que ha-
cer. La cuestién de la teodicea tiene interés sélo si el
hombre, segiin un mandato que procede de la antigitedad,
halla la dicha en la theoria, en la captacién contemplativa
del sentido. Segiin el postulado panglosiano, la autoridad
reside entonces en la razén inherente al mundo y desplegs-
daa través de la serie entera de los acontecimientos. Una
voluntad, una inteligencia, un poder absoluto (los de Dios,
de quien Pangloss apenas habla pero esta implicito siempre
en sus argumentos) han escogido la perfeccién suma para el
Todo; la tarea del hombre no es intervenir en el curso de los
acontecimientos (Pangloss se contenta con interpretarlos),
sino descifrar aun en los males que le golpean el caminar
del sentido en vias de realizacién. Antes incluso que comba-
tido debe el mal ser comprendido, como uno de los medios
transitotios de los que tiene necesidad un Creador justo
para llegar a sus fines: el bien general, y la dicha universal
en el futuro. El optimismo panglosiano es proclive a olvidar
la argumentacién de Leibniz contra el «sofisma perez0so».
El proceder de la critica volteriana consistiré en cortar,
en el encadenamiento de presuntas causas, todo cuanto no
sea accesible a un mirar candido: la fuente divina y la final
dad armoniosa. El método polémico de Voltaire denuncia
quimérica toda veleidad de remontarse a una causa primera
y toda presuncién de establecer algo acerca de las causas fi-
rales. Es vana charlataneria pretender asignar su sitio a cada
acontecimiento en el plan divino: la perfeccién del todo es
sélo engafiosa consolacién, obstinadamente sorda a los
mentis, y rebelde al «principio de realidad».
La historia de Candido se desarrolla en episodios breves
en los que funciona una causalidad a corto plazo, todo lo
153contrario de los interminables encadenamientos que invoca
Pangloss: Conforme a una toma previa de partido por un
empirismo radical que nada quiere conjecurar acerca de lo
que escape a comprobacién, aqui no se toma en considera-
cién sino la causa préxima y el efecto subsiguiente. Asi, la
razdn suficiente se reduce a la mera causalidad eficiente. Vol-
taire exagera de intento este estrechamiento del campo cau-
sal: su estrategia es aislar el acontecimiento, desgajarlo del
proyecto que le hubiera dado sentido, hacerle existir por si.
El absurdo salta entonces a la vista. El ejemplo nos lo ofrece
el capitulo de la batalla. ;Cusles son los designios politicos
de los reyes évaro y bilgaro? Deliberadamente, Voltaire no
suelta prenda: la elipsis de causas remotas y fines de la guerra
no deja subsisti, sino el hecho de la guerra: gestos asesinos,
armas, cadsveres. La guerra aparece tanto mds horrible por
cuanto Voltaire hace que se desarrolle literalmente por nada.
Queda sélo la mecénica y la aritmética del combate: «Los ca-
fiones derribaron de entrada a seis mil hombres mas 0 me-
nos de cada bando...». De fijo hay aqué causa y efecto: causa
instrumental, efecto mortifero; pero uno se queda en el es-
pectéculo de los «miembros palpitantes» al que falta toda ra-
z6n profunda. Se ha asistido a un solo dia de batalla. (No
ccutrfa lo mismo en el Poeme de Fontenoy donde Voltaire se
hacfa chantre oficial del rey y su victoria; entonces la batalla
estaba justificada por un alto designio politico: el rey vence-
dor «va a arreglar Europa, va a apaciguar el Imperio»). Y lo
que més hace que se revuelva Voltaire es la manera que tie-
nen los hombres de excusar la inconsecuencia y brutalidad
de sus actos con atribuirlos a una voluntad providencial que
vela por el destino de los hombres: la batalla (efecto de una
causalidad a corto plazo) es una necedad, pero ambos reyes
mandan entonar sendos tedeums como si el acontecimiento
tuviera sitio en la causalidad a largo plazo del plan divino.
Cuando la religién sale asi fiadora del absurdo, el furor de
Voltaire ya no se disimula,
154A fin de acentuar el efecto critico producido por la frag-
mentacién de la cadena causal recurre Voltaire esporidica-
mente a los vocablos de la filosofia sistemética. Los introdu-
ce en el relaro para que pasen la prueba de la realidad
limitada. Asi desarraigados, desligados de sus conexiones
sistemiticas y colocados en un contexto trivial, los concep-
cos no pueden sino perecer: «fisica experimental», acausas y
efectos», eraz6n suficientes, «el mejor de los mundos», su
incongruencia en el nuevo contexto que se les da conlleva
su descalificacién global, En adelance resultan radicalmente
inadecuados, vacios de autoridad. De modo que la cadena
infinita, la wgran cadena de seres y aconteceres», no existe.
Por decirlo con més precisién, la cadena se extiende rami
cindose, y los troncos interrumpidos, las ramas estériles,
son numerosos e imprevistos. Asi que no es todo causa de
todo. Actidase a la palabra «Cadena» (Chaine] en el Diction-
naire philosophique: Voltaire expone ahi a la perfeccién sus
argumentos. «Entendémonos: todo efecto tiene obviamente
su causa que seguir, remoncéndose de causa en causa, en el
abismo de la eternidad; pero no toda causa tiene efecto que
prosiga hasta el fin de los siglos. Todos los acontecimientos
se producen unos por otros, lo admito; si el pasado ha pari-
do al presente, el presente pare al futuro: todo tiene padres,
pero no todo tiene siempre hijos. Ocurre aqui precisamente
lo que en un drbol genealégico: cada familia se remonta,
como es sabido, hasta Addn; pero hay en ella muchas gentes
muertas sin dejar posteridads. $i el atolladero de la causali-
dad obliga a una buena cantidad de sucesos a quedar sin
descendencia, les priva de toda funcién mediadora y nos
prohibe invocarlos como eslabones necesarios de un «bien
venidero».
Lo que al cabo prevalece en el Céndido no es el encade-
namiento, sino el desfle, y lo que desfila son miserias y ridi-
culeces que se suceden al antojo del azar: es la genealogia de
la viruela, o la lista de reyes asesinados —secuencias en que
155nada progresa y el mal, tanto moral como fisico, no hace
mas que repetirse en un reiterado comienzo incansable y es-
téril. Pangloss, que quisiera justificar a la Providencia, no
hace més que repetir una y otra vez la misma monserga.
Una.de las tiltimas imagenes del desfile es la que en el tilti-
mo capitulo hace bogar ante los ojos de Candido en un vai-
vén incesante los navios que llevan wefendis», «bajdes» y «ca-
dies» caidos en desgracia, cabezas cortadas, etc. Risible
encadenamiento, circuito insensato en que la arbitrariedad
tirénica se repite indefinidamente. Ante tal espectéculo
(«abunda espantosamente el mal sobre la tierra») el dervi-
che, ultimo representante de la autoridad religiosa, rehtisa
toda respuesta; conmina al sistema en figura de Pangloss a
callarse... el ultimo maestro exterior abdica, 0 renuncia al
menos a interpretar la voluntad de Dios. Desde entonces,
Dios retrocede en una lejania insondable, y el hombre que-
da abandonado a si mismo, solo, sin orden universal que le
reconforte, expuesto a las «convulsiones de la inquietud> 0
cl «letargo del hastio». Ya no gobierna el mundo una razén
rectora: en él se ve actuar una ley sin benevolencia que de-
termina la regularidad de los efectos naturales ;Qué queda?
Queda conocer esa ley implacable, no para celebrarla con re~
signacién sino para mandar sobre ella obedeciéndola, con-
forme al consejo de Bacon. En sus espacios restringidos, en
su exiguo jardin, los individuos descubren en s{ mismos, ya
la vista del resultado enumerable de su esfuerzo productivo,
Ja nueva autoridad que ocuparé el lugar dejado vacante por
una autoridad antigua. «Esta pequefia tierra rinde mucho».
Cuando Martin exclama etrabajemos sin razonam» esté for-
mulando el mandamiento del nuevo orden humano, y lo
vincula estrechamente al rechazo de la actividad razonadora
(tan poco razonable) que hasta entonces trataba de cons-
truir una imagen del universo oftecida a nuestra contempla-
cién aprobatoria, En adelante la autoridad no es algo exte-
rior al hombre: se reduce a esé hace falta que otorga la
156primacta absoluta a la actividad laboriosa. No hay ya orden
alguno que contemplar: hay un suelo que trabajar.
{Se trata slo del advenimiento simbolizado de la moral
burguesa de trabajo y rendimiento? Las cosas no son tan
simples como quisiera la sociologfa literaria al uso. En el
imperativo del trabajo como Candido lo formula se recono-
ce todavia uno de los preceptos mayores que los moralistas
cristianos habian predicado como remedio al hastio de los
reclusos: la actividad manual es indispensable a quien siente
acedia, el taedium vieae. Y tal es desde luego el estado psico-
logico de los supervivientes escapados en tierra turca:
«Cuando no se discutfa, el hastio era tan excesivo...». En el
final de Céndido el trabajo es un remedio psicolégico.
Que al mismo tiempo resulta responder a una necesidad
econémica. Voltaire se ha divertido atribuyendo a Candido
sucesivamente la extrema privacién (al salir del «paraiso»
primero) y la extrema riqueza (al salir de Eldorado). Candi-
do ha perdido todos sus tesoros, a medias por la charraneria
de los hombres, a medias por su propia generosidad al redi
mir de la esclavitud a casi todos sus compafieros. Llega mo-
mento en que se agota la reserva del ebarro amarillo» y las
piedras recogidas sin esfuerzo. Hay que subsistir.
En la indigencia extrema habia comprobado Candido
que no esté todo para bien sobre la tierza; en el momento
en que se halla riquisimo empieza a plantear otra cuesti
iquién es dichoso? ;Cémo serlo? Pues el dinero sin Cune-
gunda no da la felicidad. Y Cunegunda, lograda demasiado
tarde, tampoco. Ultimo recurso, el trabajo enmascara la au-
sencia de felicidad, la sustituye por ottos bienes; menos pre-
ciosos sin duda, pero sin los cuales prevaleceria el vacio:
«Cunegunda era en verdad muy fea: pero se convirtié en ex-
celente pastelera».
Creo que atin seria manera més precisa de observar la
ransferencia de autoridad subrayar cémo se va desplazando
alo largo del Candido el acento que al principio se ponia en
157Ja cuestién del orden del mundo, hasta ir a parar en la cues-
tin dela dicha humana. Mediante el vinculo que establece
Voltaire entre dicha y trabajo esboza ya en trazos leves la
leccién que propondré Goethe en el segundo Fausto, La era
que entonces comienza se define insuficientemente si se re-
curre al concepto corriente de «burguesta»: de hecho, se ve
despuntar y afirmarse el momento en que el hombre deja
de ser espectador admirado de una totalidad que le engloba
y se hace productor de sw propio mundo, parcial, puntual y
provisional.
Pero nada viene atin a prefigurar la revolucién industrial
y la dominacién técnica de la naturaleza. Lo que Voltaire
dibuja en miniatura es una sociedad agraria que obtiene de
la tierra lo esencial de sus ingresos, a lo que hay que afiadit
el modesto lujo de los bordados. Por lo demés ;se trata de
tuna sociedad? ;No tenemos ahi més bien un ejemplo de re-
pliegue a la existencia privada? El grupo formado en torno a
Candido no forma un estado, ni siquiera una familia; en el
mejor de los casos es un enclave menudo en un mundo
abandonado al mal; refugio, «asilo» (como se decia en la
época) para tullidos a quienes el azar y los infortunios han
reunido. Ninguno de los habitantes de la alqueria est alli
en tierra natal: se reconstituye una micropatria en donde
mejor sienta vivir -y sienta mejor vivir allé en donde no se
hace notar el poder religioso ni el politico~. Es importante
sefialar que el grupo de exiliados es cosmopolita: a los de
Westfalia (Candido, Cunegunda, Pangloss, Paquette) se su-
man los italianos (la Vieja, el hermano Giroflée), un holan-
dés 0 casi (Martin) y el mestizo Cacambo. Poco le falta a
¢so para ser simbolo de la humanidad total, con los matices
individuales de color y opinién que Voltaire juzga precio-
sos, sin cejar jamas en su empeiio de salvaguardarlos en to-
dos sus llamamientos a la tolerancia. El grupo es marginal;
y tan restringido que est dispensado de plantearse los pro-
blemas de organizacién politica: también refrena Voltaire
158todo «utopismo» al aludir a la productividad del trabajo. La
pequefia sociedad no tiene nada de modelo. «Esta pequena
tierra rinde mucho», Eso es todo. Poco, pensarén algunos.
Voltaire no necesita més. (Rousseau, en cambio, ofrece mas
riquezas sentimentales y sociales en la figura de Clarens).
Las variaciones sobre el tema utépico las ha reservado Vol-
taire para el reino de Eldorado, dando a entender quizd que
la mejor de las organizaciones politicas no es concebible
sino como atributo de un lugar que no existe. En la Pro-
péntide, al término de una odisea decepcionante, se esté le-
jos de cualquier perfeccién. Es un bastardo rodeado por
tuna prosticura, un cura renegado, un pedante con viruela,
tuna baronesa profanada y afeada y un criado mestizo, en
suma, son seres impuros, culpables, tarados o asi considera-
dos por la moral tradicional, quienes coman en sus manos
su destino y al cabo de sus andanzas intentan set, por lo que
emprenden y hacen con sus manos, menos infelices. Se aco-
modan a un “peor podria set” que jamés podra anular la
usura de la vida. Una lectura politica del Candido llegaré
hasta preguntarse si el exigno territorio de la alquerfa tiene
mejores garantias de durar que el estado de la mintiscula
baronfa, ese Edén de bolsillo que al principiar el relato que-
daba barrido por la violencia: cuando los pequefios territo-
rios feudales han sido engullidos en el conflicto de los esta-
dos nacionales, zqué pensar de la suerte de un pequefio
terreno privado en un estado despético? ;Tiene el mal me-
nor por su parte algtin porvenir? Acaso pretenda Voltaire
hacernos experimentar la fragilidad, la excentricidad consti-
tutiva de cuanto offezca apariencia de estabilidad recobra-
da.
Hay en esto, sin duda, demasiado razonar ent torno a
un texto que desaconseja el exceso de razonamiento. Se
puede glosar el aspecto de parabola del Candido. Pero ese
libro no es pardbola sino en su trama general y en algunas
de las cuestiones o sentencias que lo‘rachonan. Alrededor,
159bullen el capricho y aun la locura, no sin cierta relacién se-
creta con su leccién central ;Cémo interpretar, entre otras,
las figuras emparejadas, el baile de personajes comparsas
que entran y salen de a dos? El juego de parejas se repie in-
definidamente: dos panfletistas, dos reyes enemigos (el 4va-
roy el biilgaro), el familiar de la inquisicién y su matachin,
el gran Inquisidor y Don Isacar, Cunegunda y la Vieja, dos
mozas perseguidas por dos monos, Giroflée y Paquette, dos
muchachas al servicio de Pococurante, el joven barén enca-
denado al costado de Pangloss, los dos hijos y las dos hijas
del ubuen Viejo», etc. No es esto atin mds que un inventa-
rio sumario de la dualidad simultdneas podria advertirse de
nuevo en el orden de lo sucesivo: el predicador protestante,
y luego el buen Jacques; el reino espafiol, y luego el jesuita;
la experiencia parisina, y luego Ia inglesa; el derviche, y
luego el «buen Viejo»... ios juegos de parejas le permiren a
Voltaire recurtir tan pronto a los efectos chuscos de la sime-
trfa (cuando se trata de comparsas) como a los perturbado-
res efectos de Ia disparidad (cuando se trata de personajes
més importantes, y cuando interviene a sucesién de los
episodios). Y disparidad, contraste y diferencia asi monta-
dos en-figuras emparejadas hacen que se imponga Ia ima-
gen de un mundo irregular en su regularidad (piénsese en
Pangloss tuerto, en !a nalga cortada de la Vieja), un mundo
abandonado a la ley geométrica pero asimismo rebelde a
esa ley: nada encaja, nada realiza el arreglo armonioso de
que hablan metafisicos y tedlogos. Para decir esto debe
Voltaire darse al exceso, al delirio: el gran Inquisidor, que
envia marranos a la hoguera, comparte su amante con un
jud{o; los clérigos, severos hasta ahorcar o quemar, se dan
revolcones con mozas 0 mozos: ni una mujer que no sea
golfa de grado o por fuerza. No, Candido no es ni por aso-
mo una representacién del mundo. Los elementos de reali-
dad que contiene son Hevados a una dimensién caricatures-
ca que excluye toda medida comtin a ambos registros. Pero
160aqui interviene de nuevo el principio de disparidad: Candi-
do tiene sentido por la pareja que forma con el mundo:
tuna pareja deliberadamente asimétrica en que la imagen
ficticia, sumaria y alocada obliga a percatarse mejor del mal
serio, la rigidez, la gravedad malvada, la intolerancia dog-
matica que los hombres aceptan como orden obligado de
su existenci