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7. La nueva educación
PRIMERA PARTE
99
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2
Citado por Buisson, en La enseñanza laica, pág. 12, editor “Sociedad Luz”, Buenos Aires.
3
Lavisse: Discurso a los niños, pág. 6, edición “Sociedad Luz”, Buenos Aires, 1934.
4
Idem, pág. 8.
5
En la Argentina la ley 1420 de Educación Común excluye de los programas la enseñanza de la religión, pero no la prohíbe. Por el
contrario en el programa de instrucción moral para cuarto grado se habla de la “reverencia a Dios y la obediencia a sus leyes”:
6
Schallzman: Humanización de la Pedagogía, pág. 96, editorial Pomponio, Rosario, 1933.
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“intentan” escapar a “la condición del proletario”. Y no dice mal el señor ministro. La
escuela primaria está orientada de tal modo que aleja del proletariado a los escasos
hijos de obreros que la frecuentan. Mediante una enseñanza hábilmente dirigida y
continuada, se los lleva a comprender su “superioridad” sobre los padres y a hacerles
olvidar o avergonzar de sus orígenes modestos. Formar una aristocracia obrera,
arribista y adicta, es una de las intenciones más claras de la enseñanza popular dentro
de la burguesía.
Creo inútil añadir, después de lo que dijimos en la clase anterior sobre las
condiciones modernas del trabajo de los niños, que suponer que la escuela rechaza a una
parte enorme de la población infantil –no ya por biológicamente inadaptable, que es a
todas luces inadmisible- sino por no saber retenerlos mediante un plan adecuado de
enseñanza, constituye una afirmación pérfidamente calculada. En vez de confesar que
los niños que abandonan la instrucción primaria son los mismos que la burguesía obliga
a trabajar desde temprano en el sustento de un hogar que esa misma burguesía
previamente ha destruido, se prefiere echar la culpa de los “desgranados escolares” –
para usar la expresión con que se empieza a designarlos- a la insuficiencia de los
programas, a la pesadez de la enseñanza, a la rigidez de los horarios.
“Días pasados –cuenta Fernando de los Ríos- al regresar de Granada, me
detuve en cierta aldehuela de Sierra Morena a surtir el coche de gasolina. Y pasamos
frente por frente a unas escuelitas. Apenas las vi, escapando me fui a ellas. Había dos
maestros. De ellos, uno me reconoció. El otro permaneció ajeno a mi presencia. Era un
muchacho en el que, a simple vista, reconocí vocación y ansias de enseñar. Estuve
observando los cuadernos de los pequeños y daba gusto contemplarlos. Todo aquello
me agradaba; pero hube de preguntarle: -Parece que aquí hay pocos chicos. –
Efectivamente -me contestó- están casi todos con sus padres recogiendo la aceituna. He
ahí la verdad: en la mayoría de los casos al presupuesto de la familia contribuye el
pequeño. Esta labor le aparta durante muchos meses de la escuela, y cuando el
apartamiento le coge de pocos años hace olvidar lo aprendido”.7
Esa es la auténtica realidad que la burguesía disimula como disimula también la
proporción extraordinaria de hipoalimentados entre los mismos niños que concurren a la
escuela.8
Pero fuera de esa hipocresía, a la cual el pensamiento burgués nos tiene bien
acostumbrados, lo importante por ahora es reconocer que la burguesía no se hubiera
apresurado a inculpar los programas y los métodos si no reconociera ella misma, desde
hace tiempo, la necesidad de reformarlos. Esa necesidad se ha vuelto más visible en los
últimos años y ha engendrado entre los técnicos de la pedagogía una provechosa
fructificación de “sistemas” y “planes”. Es la corriente dentro de la nueva educación
que podríamos llamar “metodológica”. Sin preocuparse mucho de doctrinas y de
filosofías, encara el problema con criterio de técnicos: mediante qué innovaciones de
didáctica es posible dar a la enseñanza primaria el máximo de rendimiento.
Mas, al lado de esa corriente, silenciosa y reposada, surgió desde finales del
siglo pasado y se ha acentuado muy poco, otra corriente bullanguera que lanza mensajes
y “decálogos”. Sin desconocer, ni mucho menos, la urgencia de una reforma en la
didáctica, es decir, en la técnica de la enseñanza, afirma que lo más esencial del
problema no radica ahí sino en el aspecto cultural. Educar no es para ella retocar este
8
En las escuelas de París un informe reveló 30% de hipoalimentados en las escuelas del distrito XI; 50% en las del distrito XIII;
60% en Belleville y Menilmontant. Ver un panorama exactísimo en Marcel Prenant: L’école en détresse, edición del “Congres
International de l’Enseignement” París, 1933, y en Peri: La grande pitié de l’instruction publique, edición del “Centre de Difusión
du Livre et de la Presse”. París, 1934. Un psicólogo francés admirador de Maurras, hace notar que los niños de la clase obrera no
pueden alcanzar su total desarrollo intelectual. Ver Pichon: Le developpement psychique, pág. 154, editor Masson, París, 1936.
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Más que Comenius, Pestalozzi, cierto es, vivió toda su vida en íntimo contacto con sus
discípulos, y aunque este santo de la pedagogía repartía sus buenas cachetadas a derecha
e izquierda,10 no es menos verdad que tuvo a su alcance un enorme material de
observación. Pero la observación científica que parece no exigir más que el claro mirar,
está impregnada, fatalmente, en cada momento histórico, con las ideas dominantes en el
tiempo, a punto tal que el observador –lo sepa o no- interpreta el fenómeno en el mismo
momento en que lo registra. Pestalozzi –como los que vinieron después sobre el mismo
camino, desde Froebel y Herbart hasta Spencer- no pudo sustraerse a las concepciones
mecánicas que dominaban la psicología de la época. La técnica educativa que surgió de
esa psicología resultó, no obstante las ventajas con respecto a la antigua, demasiado
abstracta, intelectual, formalista. Bajo su influencia el espíritu infantil debió sufrir la
fatiga y la tortura de una educación que atribuía a su inteligencia más importancia que a
su espontaneidad. Se lo sobrecargaba de conocimientos sin dar previamente, o al mismo
tiempo, el fermento que los hiciera asimilables.
Poco importa que esos conocimientos no fueran ya las “explanaciones”,
“conjunciones” y “disyunciones” escolásticas que tanto hicieron reír a Vives; la manera
de enseñar historia o geometría, química o gramática continuaba siendo tan analista y
falsa como la enseñanza mitad escolástica y mitad científica de los jesuitas. Ese retardo
de la técnica escolar con respecto al nivel logrado ya por las técnicas fundamentales no
tiene por qué parecernos extraño: es ingenuo pensar que tan pronto se transforman los
modos de producción, se transforman enseguida y por igual, las otras técnicas que les
están vinculadas. En el caso particular de la didáctica, sus métodos dependen en gran
parte del desarrollo previo de la psicología infantil. Esta daba apenas sus primeros pasos
en el último tercio del siglo XIX11 y no podía suministrar, por lo mismo, las premisas
necesarias. Es, en efecto, en los alrededores de 1900 cuando la “nueva didáctica”
comienza. Y son sus iniciadores técnicos familiarizados con el alma infantil, a través de
la antropología, la psiquiatría, el laboratorio: Binet, Decroly, Montessori, Dewey,
Claparede. Frente al derroche de tiempo y de esfuerzo que las viejas técnicas imponían
–deletreos, memorismo, fragmentación de la enseñanza, etc.-, la nueva técnica se
propuso aumentar el rendimiento del trabajo escolar ciñéndose a la personalidad
biológica y psíquica del niño. Viene de ahí la parte de la nueva educación que ataca la
rigidez de los viejos programas, la tortura de los horarios inflexibles, de los exámenes
innecesarios; la corriente que aspira en fin a que se tenga en cuenta la personalidad de
los alumnos tal como la manifiestan mediante el interés.12
Mas la nueva técnica no se redujo a eso. Tal como la escuela se mostraba hasta
hace poco, y sigue siendo todavía, no había en ella ni un asomo de trabajo colectivo.
Como en los primeros tiempos de la manufactura en que el patrón agrupaba a los
obreros bajo un mismo techo para ahorrar así local, luz, etc., pero dejaba a cada uno
continuar aisladamente su labor, así también en la escuela los treinta o cuarenta niños
apretados en un aula seguían siendo, no obstante la comunidad local, algo así,
permítaseme la metáfora, como “productores independientes”.
Las necesidades de la industria habían acentuado mientras tanto la cooperación
en el trabajo, y aunque la rivalidad entre fabricante y fabricante se hacía cada día más
10
Guillaume, ob. cit., pág. 125: “Aunque Pestalozzi haya prohibido siempre a sus colaboradores el uso de los castigos corporales, se
servía de ellos él mismo en su escuela y distribuía liberalmente los cachetes a derecha e izquierda.” Parece que es ésta una
costumbre muy difícil de olvidar aun en los más ilustres. Vittorino da Feltre el más grande pedagogo del renacimiento, y fundador
de la Casa Gioisa, daba también sus buenos bofetones... Ver Monier: Le Quattrocento, tomo I, pág. 243.
11
El libro de Preyer sobre El alma infantil, básico en psicología, apareció en 1881.
12
Claparede: L’education fontionelle, passim, editor Delachaux, Geneve, 1933.
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14
Wyneken, ob. cit., pág. 25.
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16
En el Congresode Orientación Profesional Femenina el 24 de septiembre de 1926, uno de los ex campeones del laicismo,
Ferdinand Buisson dijo: “La Iglesia, la Escuela y la Familia, las tres grandes fuerzas educadoras deben unirse para contribuir al
progreso, porque aisladas no podrán realizar la obra necesaria. Boyer: L’école laique contre la classe ouvriere, pág. 35. “Bureau
d’Editions”, París, 1931.
17
Marx: Ocuvres philosophiques, tomo I, pág. 106, traducción, Molitor, editor Costes, París, 1927.
18
Engels: Proyecto de profesión de fe comunista, pág. 397-399, publicado como apéndice de El Manifiesto Comunista en la edición
Cenit, traducción de Roces, Madrid, 1932.
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Masticando un poco la corbata, como hacía cada vez que estaba emocionado, Pestalozzi
le pidió entonces, la emancipación de los siervos de Rusia... El zar lo miró un instante y
sin decirle una palabra se limitó a sonreír.
El primer ejemplo de un maestro pidiendo al jefe de un Estado que se
“autolimite”, no es en realidad para alentar...
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8. La nueva educación
SEGUNDA PARTE
2
Lombardo Radice: Atenía Fanciulla, Sciencia e poesía della scuola serena, pág. 453, editores Bemporad e hijos, Firenze, seconda
edizione.
3
Spranger: Fundamentos científicos de la teoría de la constitución y de la política escolares, págs. 85-86, edición de la “Revista de
Pedagogía”, traducción de Luzuriaga, Madrid, 1931.
4
Gentile: Educazione e Scuola laica pág. 102, editor Valecchi, Firenze, 1921.
5
Wyneken: Escuela y cultura juvenil, tomo I, pág. 113, traducción Luzuriaga, edición de “La Lectura”, Madrid.
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apta para “el servicio del espíritu”: he ahí con palabras de Wyneken6 el contenido
esencial de la corriente doctrinaria.
Supone ésta, por lo tanto, una confianza absoluta en la educación como medio
de transformar la sociedad. Son ilustrativas al respecto las siguientes palabras de José
Ortega y Gasset, el ilustre filósofo de la “república de los trabajadores”: “Si educación –
dice- es transformación de una realidad en el sentido de cierta idea mejor que poseemos,
y la educación no ha de ser sino social, tendremos que la pedagogía es la ciencia de
transformar sociedades”7 Esta confianza en la educación como una palanca de la
historia, corriente entre los teóricos de la nueva educación, supone como ya vimos en la
clase última un desconocimiento absoluto de la realidad social.8 Ligada estrechamente
a la estructura económica de las clases sociales, la educación no puede ser en cada
momento histórico sino un reflejo necesario y fatal de los intereses y aspiraciones de
esas clases. La confianza en la educación como medio para transformar la sociedad,
explicable en una época en que la ciencia social no estaba constituida, resulta totalmente
inadmisible después que la burguesía del siglo XIX descubrió la existencia de las luchas
de clase. Porque es necesario subrayarlo: el descubrimiento de las luchas de clase fue
uno de los aportes más felices de los historiadores burgueses del primer tercio del siglo
XIX: de Thierry, de Guizot, de Mignet.9
El concepto de la evolución histórica como un resultado de las luchas de clase
nos ha mostrado, en efecto, que la educación es el procedimiento mediante el cual las
clases dominantes preparan en la mentalidad y la conducta de los niños las condiciones
fundamentales de su propia existencia. Pedirle al Estado que se desprenda de la escuela
es como pedirle que se desprenda del ejército, la policía o la justicia. Los ideales
pedagógicos no son creaciones artificiales que un pensador descubre en la soledad y que
trata de imponer después por creerlos justos. Formulaciones necesarias de las clases que
luchan, esos ideales no son capaces de transformar la sociedad sino después que la clase
que los inspira ha triunfado y deshecho a las clases rivales. La clase que domina
materialmente es la que domina también con su moral, su educación y sus ideas.
Ninguna reforma pedagógica fundamental puede imponerse con anterioridad al triunfo
de la clase revolucionaria que la reclama, y si alguna vez parece que no es así, es
porque la palabra de los teóricos oculta, a sabiendas o no, las exigencias de la clase que
representan. Para un espectador superficial que ignora el carácter de clase de las luchas
históricas, podrían figurar seguramente sobre el mismo plano de la “nueva educación”,
teóricos tan distintos como Wyneken, Gentile y Lunatcharsky. Si nos atenemos
únicamente a lo exterior, aspiran los tres a formar una “nueva imagen del hombre”. Pero
tan pronto abandonamos ese planteo superficial y no esforzamos por indagar las clases
sociales que esos teóricos reflejan, ¡qué interpretación más desigual!.
7
Citado por Llopis: Hacia una escuela más humana, pág. 25, editorial “España”, Madrid, 1934.
8
Como una prueba grotesca de esa ignorancia absoluta transcribo esta página del “eminente sociólogo” español don Antonio
Posada: “Al terminar las tareas de la Universidad Popular que la ciudad de Oviedo tiene organizada desde hace cinco o seis años los
profesores y los obreros alumnos se reúnen en la misma Universidad a tomar café. Allí están juntos conversando dos, tres o más
horas. Esto, que no parece nada este hecho sencillísimo vulgar, de tomar café juntos en la Universidad profesores y obreros, tiene a
mi juicio una alta significación: es una ocasión excelente para que las gentes se traten; por tal modo, con motivo de una enseñanza
celebrándola, se procura que gente de distinta posición social y de distinta cultura se hablen y conozcan, estableciendo relaciones de
cordialidad y de cariño. Imaginaos vosotros que en Bilbao se produjera un espectáculo semejante. Figuraos que esos trabajadores de
las minas o de las fábricas tuvieran varios círculos en donde algunas noches el obrero, la mujer del obrero –obrera o no, que esto no
importa- y el hijo del obrero y la hija tomasen una taza de té o de café con el patrono y ¿por qué no decirlo? con la señora o la hija
del patrono: ¿creéis que esto sería perjudicial? ¿Creéis que haciendo esto con constancia, venciendo todas las repugnancias y todas
las preocupaciones sociales no se haría más por la paz social que con todas las leyes prohibitivas y con todas las violencias
represiones que tanto odio engendran y tantas tempestades provocan? ¡Cuántas oposiciones explicables o infundadas se apagarían!
¡Qué corriente de amor y de simpatía social no podría producirse!.
Posada: Pedagogía, pág. 94-95, editorial Sempere, Valencia, 1908.
9
Así lo reconoció varias veces Marx y especialmente en una carta a Engels. Ver Marx-Engels: Correspóndanse, tomo IV, pág. 55,
traducción Molitor, editor Costes, París, 1932.
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10
Gentile: La nuova scuola media pág. 7, editor Vallecchi, Firenze, 1925.
11
Idem, pág. 35.
12
Idem, pág. 35.
13
Idem, pág. 91.
14
En un reportaje transcripto por Poggi: I Gesuiti contro lo Stato liberale, pág. 137, editorial “Unitas” Milano, 1925.
15
En igual sentido Carlini. La religione nella Scuola, pág. 33, editor Vallecchi, Firenze, 1927: “El niño cuando llegue a grande
escogerá su camino: será rico o pobre, culto o ignorante, afortunado o desgraciado; lo importante es que una estrella lo guíe, la idea
de un principio superior que se introduzca en su mente una vez para siempre y le encienda en el corazón una llama que las
vicisitudes de la vida no extinguirán.”
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decía: “Alguien nos reprocha de hacer de la escuela una escuela de clase. Pero la
escuela ha sido siempre una escuela de clase. Nuestra enseñanza defenderá por eso,
exclusivamente, los intereses de la clase laboriosa de la sociedad.”21 Y dos años
después, en el Tercer Congreso Pan-Ruso de la Unión de los jóvenes añadía que la
nueva educación ligaba indisolublemente la instrucción y la formación de la juventud
con la lucha ininterrumpida de todos los trabajadores contra el viejo régimen de
explotación. La milenaria separación entre las fuerzas mentales y las fuerzas físicas
que apareció en la historia en el mismo instante en que la comunidad primitiva se
convirtió en sociedad de clases, desaparece así bajo el impulso del proletariado. Los
niños de los obreros y de los campesinos rusos no van ya a la escuela para “substraerse”
a su clase social y adquirir la mentalidad de la clase enemiga; van para unirse a la
vanguardia consciente del proletariado y para acelerar de tal manera la construcción del
socialismo. “Yo quiero trabajar con los obreros y los campesinos; yo quiero ser un
colaborador eficaz de mis camaradas adultos; yo quiero luchar con ellos contra los
enemigos que nos son comunes; contra las burguesías extranjeras que nos asedian;
contra los resabios del capitalismo que nos traban; contra el egoísmo individualista que
nos empequeñece, contra la religión que nos hace dudar de la fuerza del hombre. Y
porque yo quiero eso debo aprender a estudiar y a trabajar.”22 He ahí lo que se dice un
niño ruso y lo que se dispone a realizar para obtener por un lado la victoria económica y
política sobre la burguesía, para lograr por el otro el advenimiento de la sociedad sin
clases.
Desde la escuela del primer grado hasta la Academia de Ciencia sólo hay en
Rusia esa misma aspiración tenaz: perfeccionar las técnicas del trabajo colectivo para
asegurar a cada hombre que trabaje, una vida digna, liberada y culta. Ningún obstáculo
que impida a las masas el acceso a la cultura; ninguna sabiduría monopolizada por un
grupo en detrimento de los más. Sin que el obrero abandone la usina o el kolijós, un
sistema admirable de enseñanza lo levanta a un nivel tan alto de cultura que puede pasar
cuantas veces sea necesario desde el banco del taller a las aulas de la universidad. Pero
ninguna sabiduría, tampoco, que se complazca en la soledad o que vuelva desdeñosa las
espaldas a la vida. El investigador más “puro” –para emplear los términos burgueses- no
se considera como un ser sobrenatural tan colocado por encima de la turba que no llegan
hasta él los ruidos de las fábricas. Se sabe él también un obrero de la edificación
socialista y no ignora por eso que su ciencia o su cultura lejos de descender, trepan
todavía más arriba cuando escuchan los reclamos del trabajo. El ambiente de las
fábricas, que el capitalismo convirtió en una fuente pestilencial de depravación y
servidumbre, se ha transformado bajo el control del poder obrero en una fuente
magnífica de desarrollo humano. Mas si la fábrica ha adquirido la dignidad y el ritmo de
una escuela, la escuela se ha entremezclado de tal modo a la vida de la colectividad que
la teoría azuza a cada instante la marcha de la práctica y la práctica se ilumina sin
cesar con la teoría. Un profesor de la universidad de Besanzon, Jean Trillat, a quien el
ministro de instrucción pública de Francia confió la misión de estudiar la organización y
los principios de la enseñanza de la URSS, ha expuesto con bastante claridad en una
página de su informe oficial ese carácter fundamental de la auténtica escuela proletaria:
“Las organizaciones de cada fábrica mantienen con la escuela una especie de contrato
21
Ver Lenin y la Juventud, págs. 27-28, ediciones del Secretariado Sudamericano de la Internacional Juvenil Comunista, Buenos
Aires, 1920.
22
Ver Programes Officiels de l’enseignement dans la republique des Soviets, passim, edición de la Internationale des Travailleurs de
l’Enseignement, París, 1925. Sobre la esucación en la URSS fuera del conocido libro de Pinkevich: La nueva educación en la Rusia
Soviética, traducción Cansinos-Assens, editor Aguilar, Madrid, 1930 y del de Fridman: Problemas de pedagogía marxista,
traducción León Trillo, editor Aguilar Madrid 1933, ver el número especial consagrado a la escuela soviética por V.O.K.S.
volúmenes I-II. En cuanto al testimonio de los viajeros, consultar Un groupe d’instituteurs au pays des Soviets, “Bureau d’Editions”,
París, 1933 y Cómo se forja un pueblo, de Llopis, editorial España, Madrid, 1933.
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23
Trillat: Organisation et principes de l’enseignement en URSS. Les relations entre la science et l’industrie, pág. 25, editores
Hermann y Cía., París, 1933.
24
Conus: La mujer y el niño en la Unión Soviética, passim, editorial Cenit, Madrid, 1934. Sin nombre de traductor.
25
Bujarin: Materialisme historique, pág. 8. Una impresión animada de la juventud rusa actual puede verse en el conocido libro de
Ehrenburg: Le deuxiéme jour de la reation, traducción Etard, editor Gallimard, París, 1933.
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estos nuevos teóricos, cuyo nombre representativo podría ser lo mismo Spranger que
Wyneken, todo se vuelve indeciso, confuso, vacilante. Se tiene por momentos la
impresión de que sospechan algo de lo que en el mundo está ocurriendo, pero que
prefieren mejor no saberlo del todo. O para decirlo en el lenguaje de un lector, de la
Revista de Occidente, aquellos teóricos preescrutan el drama de parturación que
presenciamos sin haber logrado todavía su propia Weltanschaung... Desarraigados de un
sistema de convicciones, no están todavía instalados en otro. Se sienten por lo mismo
como seres sin quicio y se forman sobre todo lo que observan, opiniones que bizquean.
Saben, por ejemplo, que la historia cambia y que las sociedades se transforman, pero
como les asusta admitir la lucha entre las clases se contentan a lo sumo con la lucha
entre las “generaciones”. Saben también que las religiones son formas subalternas hace
rato superadas, pero como no se animan a conducir hasta el fin su pensamiento, se
detienen en una “religiosidad sin religión”, que es como decir una humedad sin agua.
Ambigua situación que los obliga a reconocer en el Universo la existencia de un
“irracional”, de una “finalidad” o de un “élan”, que son a la postre otras tantas maneras
de volver a aceptar un Dios de barbas blancas.26 Como no saben ni se atreven a dar
respuesta franca a ninguna de las grandes cuestiones más urgentes, aseguran que la
problematicidad está en el centro de todo lo que existe, y que la filosofía después de
haberse fatigado en los grandes sistemas, debe abrazarse ahora a las aporías.
Si algún término de altísimo linaje puede revelar la recóndita angustia de esos
teóricos, ahí está precisamente ese nombre que viene de Aristóteles. Aporía significa
etimológicamente, “sin camino”. Plantear problemas abiertos en vez de problemas
cerrados; indagar sin resolver, he ahí sobre el plano filosófico la consecuencia de esa
otra incertidumbre más fundamental que reside en hallarse precisamente “sin camino”.
Trágica situación que aunque lleva nombre griego, no disimula en lo más mínimo las
raíces económicas de la clase social que allí se angustia. Porque entre la burguesía que
marcha hacia la muerte, y el proletariado que sabe con igual certidumbre que los
destinos de la humanidad están entre sus manos, hay otra clase social de caracteres
híbridos y de contornos ambiguos que nunca sabe a ciencia cierta lo que quiere
Tironeada de un lado por la burguesía, atraída del otro por el proletariado, la pequeña
burguesía constituye una clase turbia, indecisa y vacilante. Aplastada por la gran
burguesía la pequeña no desaparece de acuerdo a una línea gradualmente descendente.
Se mueve entre contradicciones y tiene por lo mismo una marcha en zig-zag.27 La
fuerza que la oprime es la producción en gran escala que periódicamente desaloja a los
pequeños capitales: malos tiempos entonces que hacen del pequeño burgués un
proletario. La fuerza que la eleva es la desvalorización periódica del gran capital
motivada por el envejecimiento de las máquinas y de las técnicas: excelente época para
la pequeña burguesía que levanta cabeza durante un corto tiempo hasta que el gran
capital la obliga en breve a doblegarse. Burgués unas veces, proleario otras, el pequeño
burgués se sienta perpetuamente entre dos sillas: rechazado por la burguesía en la cual
desearía entrar, atraído por el proletariado en el cual teme caer. Abierto a las
innovaciones pero deseoso de implantarlas dentro de la ponderación, el pequeño
burgués no alcanza a comprender que la educación no es un fenómeno accidental dentro
de una sociedad de clases, y que para renovarla de verdad se necesita nada menos que
transformar desde la base el sistema económico que la sustenta. Tal perspectiva lo
horroriza y no puede entrar en sus planes para nada, pero como no es sordo a las voces
26
Cuando en el Consejo Superior de la Instrucción Pública de Francia se estableció el programa de filosofía para la enseñanza
secundaria, uno de los miembros propuso reemplazar el tema “Dios” por “la noción de Dios”. La modificación daba a entender que
“Dios” bien podía ser una simple “noción”, Bergson, que figurba en el Consejo, obtuvo que la propuesta fuera rechazada. Ver La
neutralité scolaire, pág. 10, en “Les Gahiers de Contreenseignement”. Janvier, 1932, núm. 6, París.
27
Luxemburgo: ¿Reforma o Revolución? Págs. 56 y sigs., traducción Areste, editorial Teivos, Madrid, 1931.
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de su tiempo prefiere creer que dentro del capitalismo se llegará mediante retoques
paulatinos a transformar la sociedad. Algunas conquistas aparentes le dan a veces una
sombra de razón: en determinadas circunstancias, cierto es, la burguesía puede verse
obligada a oportunas concesiones con el objeto de desarmar algunas amenazas.28 Pero
esas retiradas prudentes que no comprometen jamás sus intereses vitales, se transforman
en instantáneas ofensivas cuantas veces se siente peligrar. Creer por lo tanto que con
pequeños retoques en la educación se podría cambiar la sociedad es no sólo una
esperanza absurda, sino socialmente mucho peor: Una utopía que resulta a la postre
reaccionaria porque encalma o entibia las inquietudes y las protestas con la ilusión de
que el día que el Estado se “autolimite”, el día en que el Estado se desprenda
graciosamente de la educación, ese día será el de la natividad del hombre nuevo. Al
pretender para la escuela una región imposible por encima de las clases, la pequeña
burguesía la entrega de hecho maniatada a las más obscuras fuerzas del pasado.
Signos bien elocuentes están mostrando ya la tendencia que la empuja a la
derecha. El discurso en que Kerchensteiner anunció la escuela del porvenir, ¿no fue
pronunciado en la iglesia de San Pedro, en Zurich?
La escuela activa de que tanto habla el bueno de Alfredo Ferriere, ¿no enseña
también a ver en la gendarmería y el ejército los protectores y guardianes de la sociedad
y la familia? Gaudig, el autor de “la escuela al servicio de la personalidad en
desarrollo”, ¿no afirma que para que esa personalidad se realice es menester que la
escuela esté de acuerdo con el Estado “unificador” y con la iglesia “moralizadora” La
patética señora Montessori, después de arrojar de su ciudad educativa a los gnomos y a
las hadas, porque las cosas de la fantasía ayudaban en muy poco a la mentalidad de sus
discípulos ¿no nos ha venido después con que lo “fantástico” de la religión, lejos de
extraviar al niño le es más bien beneficioso?29 Y William Boyd, el piadoso William
Boyd, para quien los programas escolares deben plantearse siempre en “términos de
universo” ¿no nos ha dicho últimamente en la Quinta Conferencia de Eltimore, que ese
universo dentro del cual puede el niño realizarse supone “vivir en la cooperación como
miembro del reino de Dios, en vivir para realidades invisibles”?30
“Sería un crimen contra el sagrado misterio del alma infantil –se dice- llevar
hasta ella nuestras preocupaciones y nuestros odios.” Y mientras hasta en el más
escondido rincón de la sociedad capitalista todo está construido y calculado para servir a
los intereses de la burguesía, el pedagogo pequeño burgués cree que pone a salvo el
alma de los niños porque en las horas que pasan por la escuela se esfuerza en ocultarle
ese mundo tras de una espesa cortina de humo. ¿No están, sin embargo, los intereses de
la burguesía en los textos que el niño estudia, en la moral que se le inculca, en la
historia que se le enseña?
La llamada “neutralidad escolar” sólo tiene por objeto substraer al niño de la
verdadera realidad social: la realidad de las luchas de clase y de la explotación
capitalista; capciosa “neutralidad escolar” que durante mucho tiempo sirvió a la
burguesía para disimular mejor sus fundamentos y defender así sus intereses.31
28
Lenin: ¿Qué hacer? pág. 68, traducción Waissmann, edición Claridad, Buenos Aires, 1933.
29
Montessori: I bambini viventi nella chiesa, editor Morano, Nápoles, 1922. En la página 51 dice como resumen: “Estas notas sobre
nuestros experimentos de educación religiosa, representan sólo una tentativa pero comprueban la posibilidad práctica de introducir
la religión en la vida del niño como una rica fuente de alegría y de grandeza.”
30
William Boyd: Hacia una nueva educación, pág. 374, traductor Gutierrez de Arroyo, editor Espasa-Calpe, Madrid, 1931. Vale la
pena leer íntegramente el capítulo XVII en que se exponen los fundamentos y los tópicos de la nueva educación. Fuera de la opinión
ya citada del propio W. Boyd, hay algunas otras como la de Percy Jun que no tiene desperdicio.
31
“Al salir de la escuela, el niño obrero o campesino ignora que existen las clases sociales y que él pertenece a una de ellas. Si lo
llega a saber es porque lo ha aprendido solo y con no poca pena. Se le ha presentado tan hábilmente el panorama del mundo y las
conexiones de los intereses que lo poco que él sabe lo lleva a creer en la solidaridad con una clase de la cual está excluido.”
Zoretti: Pour l’Education des masses, pág. 16, publicaciones del “Institut Superieur Ouvrier”. París, 1933.
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Para un niño que asiste a cualquiera de nuestras escuelas, ¿cuál es, por ejemplo,
la causa de la desocupación? Si reúne las mil “explicaciones” que ha recibido a través
de las fábulas, “lecturas libres”, conversaciones de moral, etc., llegará a estas
conclusiones. No tienen trabajo: 1º. Los obreros que no quieren trabajar; 2º. Los malos
obreros; 3º. Los que no conocen bien su oficio; los que están siempre descontentos con
el patrón; 5º. los que se dan al alcoholismo...
Cada lección de literatura, o de derecho, de sociología o de economía ¿no
concurre a demostrar con insistencia infatigable que es necesario, absolutamente
necesario, que subsista y se afiance la sociedad capitalista? Las horas que el niño pasa
en la escuela sólo significan, además, un momento de su vida,32 y sería ridículo creer
que ni en el mejor de los casos podrían contrarrestar la enseñanza infinitamente más
tenaz y organizada de la calle, del cine, de la radio, del teatro, de la prensa.33
Al plantear el problema de por qué los movimientos obreros cuando no están
nítidamente conducidos, se impregnan con la ideología de la burguesía, Lenin
contestaba: “Por la sencilla razón de que la ideología burguesa, por su origen, es mucho
más antigua que la proletaria, porque está estructurada por múltiples costados, porque
dispone de medios de difusión incomparablemente más numerosos.”34 Lo que Lenin
decía del movimiento obrero se puede superponer punto por punto al movimiento
pedagógico. Respetar la “libertad del niño” dentro de la sociedad burguesa equivale ni
más ni menos a decir: renuncio a oponer la más mínima resistencia a las influencias
formidables y difusas con que la burguesía lo impregna en su provecho. Y no se venga
después con que es posible luchar contra esas fuerzas quitando a los chicos los juguetes
guerreros, corrigiendo este o aquel libro de historia, enviando cartitas amistosas a los
niños del Japón o celebrando el día de la “buena voluntad”.35
Cuenta Flolich en sus Recuerdos que Pestalozzi se opuso durante muchos años
a que su propio hijo ingresara en una escuela porque “la naturaleza –decía- es la que
todo lo hace”. Un día, con gran asombro suyo, se encontró con que el chico sabía leer y
escribir. Aunque su candor llegaba a lo increíble, no se atrevió a acatar ese milagro.
Cuando pudo averiguar, descubrió que a escondidas suyas, su propia esposa le había
enseñado a leer36... No de otro modo la burguesía gusta comportarse también con los
maestros: mientras éstos creen que reciben en sus manos el alma “virgen” de los niños,
la burguesía ya ha enseñado a “escondidas” a esos mismos niños, lo que ella quiere que
sientan y que crean.
A la burguesía le conviene fomentar en los maestros la ilusión desdichada de
que son apóstoles o misioneros a quienes entrega sin condición la enseñanza de sus
32
La escuela Rinnovata, de Milán, fundada por la señora Pizzigoni, tiene por lema “la escuela es el mundo, el maestro es la vida”.
En conformidad a ese propósito se esfuerza en procura a los niños “la vida verdadera espontánea y natural”. Entre las composiciones
de esos niños escojo estas líneas de una chiquilla de cuarto año, pavorosa por su realidad descarnada: “1 de marzo de 1925: El
miércoles por la noche mi padre estaba mal; tenía 39 grados de fiebre. Yo no podía dormir porque él vomitaba y le salía sangre de la
nariz. Mi hermana en cambio, se durmió, porque ella duerme en la cocina y no veía nada. ¡Qué mala noche pasé! El jueves por la
mañana se fue mi madre al trabajo y mi hermana y yo nos vestimos antes que otros días. Yo le conté lo que había pasado por la
noche. Fuimos a la cama de mi padre, él se había dormido por último y no se levantó hasta mediodía. ¡Qué pálido estaba cuando se
vistió!” Para una escuela que lleva por título “la escuela es la vida”, yo no conozco un desmentido más rotundo que la composición
de esa criatura desdichada. Ver Concepción S. Amor: Las escuelas nuevas italianas, pág. 90, edición “Revista de pedagogía”,
Madrid 1928. La señorita Amor que transcribe entre otras esa composición, se limita a ver en ella una sobria exposición de
sentimientos de ternura...
33
A propósito de las organizaciones burguesas extraescolares –scoutismo, doctrina evangélica, hogares católicos, juventudes
cristianas, etc.- Ver Les organisations d’enfants, en “Les Cahiers de Contreenseignement”. Juin 1933, número 13, París.
34
Lenin: ¿Qué hacer?, pág. 47. El subrayado es de Lenin.
35
El artículo VII de la Carta de Derechos formulada por los maestros madrileños pertenecientes a la Liga Internacional de la
Educación Nueva, empieza afirmando lo siguiente: “Durante la infancia no debe de haber clases sociales...” Citado por Llopis:
Hacia una escuela más humana, pág. 17, nota, editorial “España”, Madrid, 1934.
Prudhommeaux que ha puesto una introducción a la Enquete sur les livres scolaires d’apres guerre, edición de “Les Presses
Universitaires de France”, 1924, propone un Ministerio Internacional de Educación Pública bajo la dirección de la Sociedad de las
Naciones a objeto de dar una orientación humana a la enseñanza y controlar “las noticias, la prensa, los libros, los espectáculos y
todos los medios por los cuales se actúa sobre la mentalidad aun rudimentaria de la muchedumbre”, pág. 130.
36
Citado por Guillaume: Pestalozzi, pág. 56.
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37
Kerchensteiner: El alma del educador y el problema de la formación del maestro, pág. 47, editorial “Labor”, Barcelona, 1928,
traducción de Sánchez Sarto.
38
Idem, pág. 60.
39
Idem, pág. 81.
40
Idem, pág. 85. Lombardo Radice ha hablado también largamente sobre el sacerdocio del magisterio a objeto de subrayar que “la
religión es siempre un sacrificio”. Ver Lezioni di didattica e ricordi di esperienzia magistrale, pág. 396, editor Remo Sandrón,
Milano, 1923, octava edición. En la página 59 alude también a la “honorable pobreza” de la casa del maestro.
41
Kerschensteiner: Idem, pág. 120.
42
Plauto: Les Bacchis, en Thérate Complet des Latins, traducción Nisard, pág. 131, editor Didot, París, 1856.
43
Compayre: Aristote en Nouveau Dictionnaire de Pedagogie, de Buisson.
44
Painter: Historia de la Pedagogía, pág. 291.
45
La declaración es particularmente significativa no sólo por venir de un ministro socialista, sino porque dos años después de
semejante circular el Congreso del Partido Socialista Belga, por inspiración de Vandervelde , pidió el 17 de abril de 1922 que la
escuela fuera organizada como servicio autónomo “bajo el control del Estado.” Ver Bouche: Le probleme de l’education et le
socialisme, pág. 257-258, edición de L’Eglantine, Bruxelles, 1926.
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o a formas políticas que yo mismo rechazo. Pero el maestro que públicamente, por la
palabra o por la prensa... proclame sus simpatías por doctrinas que sean la negación y la
antítesis del orden moral y social que hemos adoptado... ése no podrá ser al mismo
tiempo propagandista de sus convicciones y servidor del Estado: ese tendrá que
elegir.”46
¡Adiós el sacerdote y el apóstol con su candor casi infantil! Si el instrumento
del Eterno no se conduce, dentro de la escuela, y fuera de ella, exactamente como la
burguesía quiere, ya sabe a ciencia cierta lo que tiene que elegir.
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