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Legado de Manuel Belgrano en América

Este documento presenta una colección de ensayos sobre Manuel Belgrano, una figura clave en la lucha por la independencia de Argentina y América del Sur. Los capítulos abordan diversos aspectos de su vida y obra desde perspectivas interdisciplinarias como su formación política, su papel en la Revolución de Mayo, la Campaña al Paraguay, sus ideas sobre derechos y la organización de la nación, entre otros temas. El libro busca estudiar el amplio legado de Belgrano y su importancia histórica.
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Legado de Manuel Belgrano en América

Este documento presenta una colección de ensayos sobre Manuel Belgrano, una figura clave en la lucha por la independencia de Argentina y América del Sur. Los capítulos abordan diversos aspectos de su vida y obra desde perspectivas interdisciplinarias como su formación política, su papel en la Revolución de Mayo, la Campaña al Paraguay, sus ideas sobre derechos y la organización de la nación, entre otros temas. El libro busca estudiar el amplio legado de Belgrano y su importancia histórica.
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COLECCIÓN

HOMENAJE
El legado de Manuel Belgrano / 1a ed.- Ciudad Autónoma de
Buenos Aires :
Universidad de la Defensa Nacional, 2020.
416 p.; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-46550-9-7

1. Historia Argentina.
CDD 982
Índice
Presentación

Belgrano y la emancipación de los pueblos de América del Sur -


Fabián Brown y Mara Espasande 5

Prólogos

La vigencia de un Legado - Jorge Battaglino 11


La verdadera historia es historia contemporánea - Ana Jaramillo 13

Manuel Belgrano, drama y figura - León Pomer 17


Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía
eligió no mirar - Luis Alberto Diaz 41

Manuel Belgrano en la revolución - Norberto Galasso 81


Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas - Fabián
Emilio Brown 121
El General Belgrano y la campaña al Paraguay - Gabriel Camilli 159
Belgrano y el Paraguay. De la campaña militar a la diplomacia
política - Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía 191
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya - Ignacio
Telesca y Bárbara Gómez 221
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano - Javier Azzali 251
¿Un Inca como Rey? Orígenes, gestación y base social del
proyecto de la Monarquía Incaica de Manuel Belgrano - Mara
Espasande 275
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano - José Luis
Speroni 319
3
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano” - Vincent
Nicolas 343
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano. Integración y reco-
nocimiento de la mujer en la vida militar - Luciano E. González 399
Biografías de los autores 414
Belgrano y la emancipación de los
pueblos de América del Sur

Mediante el decreto 2/2020, el Poder Ejecutivo Nacional de-


claró el año 2020 como el “Año del General Manuel Belgrano”,
por cumplirse 250 años del nacimiento y 200 años de su muerte.
Allí se destacó que fue “…una de las figuras fundamentales del
proceso que condujo a la independencia de nuestro país en el
marco de las luchas por la emancipación sudamericana” y con-
vocó a “analizar y actualizar el legado de la gesta de D. Manuel
BELGRANO y de los patriotas que, junto con él, pelearon por la
independencia y la grandeza de la Nación…”.
En este marco, el Centro de Estudios de Integración Latinoa-
mericana “Manuel Ugarte” de la Universidad Nacional de Lanús
(UNLa) y la Universidad de Defensa Nacional (UNDEF) han ve-
nido realizando diversas acciones conmemorativas vinculadas a
la investigación, formación y producción de materiales sobre su
figura. Continuando con estas líneas de acción, presentamos la
presente obra dedicada al estudio de la vida y obra de Manuel
Belgrano desde una óptica interdisciplinaria.
Para abordar la multiplicidad de las facetas de este patriota,
consideramos necesario realizar un abordaje desde diferentes
perspectivas. Es por esto que entre los y las autore/as de los ca-
pítulos que componen este libro se encuentran investigadore/as
provenientes de distintas disciplinas de las ciencias sociales tales
como la antropología, la historia militar, la historia política, la his-
toria social, la psicología y las ciencias jurídicas.
Manuel Belgrano fue abogado, economista, escritor, político,
diplomático y militar, y una figura central en la gesta de la
independencia americana, lucha prolongada que conmovió a
toda Hispanoamérica y al concierto de naciones fundadas sobre
valores que aún eran una aspiración en el Viejo Mundo. Belgrano

5
fue parte de ese proceso histórico de ruptura del vínculo colonial.
La Guerra se instaló en el Río de la Plata en 1806 con la Invasión
Inglesa, y durante décadas de lucha por la emancipación y por
la organización nacional los pueblos estuvieron en armas. Fue la
militarización, a través de las milicias rurales y urbanas, la principal
forma de expresión política ciudadana.
En este contexto donde la política, la revolución y la guerra
se desarrollaban en forma simultánea, nos proponemos abordar
en este libro distintos ejes: la formación política e ideológica
de Belgrano, su papel en la Revolución de Mayo, la Campaña
al Paraguay, la concepción vinculada a la defensa de derechos,
su rol como conductor del pueblo en armas, el proyecto de la
monarquía inca, su campaña en el Alto Perú, entre otros.
Entre los autores de esta obra, nos honra contar con los
trabajos de Norberto Galasso y León Pomer, historiadores
consagrados de reconocimiento nacional e internacional,
dedicados al estudio de la historia desde una perspectiva popular,
federal y latinoamericana.
Por otro lado, queremos destacar y agradecer la participación
de dos prestigiosos investigadores de la Patria Grande: la
historiadora Bárbara Gómez, investigadora del CONACYT de
Paraguay y docente en la Universidad Católica Nuestra Señora de
la Asunción del Paraguay, y el Dr. en antropología social Vincent
Nicolas, Coordinador Regional en Museo Nacional de Etnografía
y Folklore (Sucre). En los primeros relatos historiográficos de
los Estados nacionales conformados en la segunda mitad del siglo
XIX, se limitó o tergiversó el carácter continental de la gesta
independentista, motivo por el cual consideramos central avanzar
en la construcción de un relato histórico que supere las fronteras
actuales.
Entre los autores argentinos se encuentra Luis Díaz, quien en su
texto Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía
eligió no mirar realiza un recorrido por el derrotero vital del
personaje con el objeto de presentar una lectura integral de su
6
figura en cuanto a su carácter de cuadro político revolucionario.
Por otro lado, el Gral. Fabián Emilio Brown analiza en su texto
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas el proceso de
revolución y guerra y el rol de Belgrano en este, a partir del marco
conceptual propuesto por Carl von Clausewitz.
Sobre la Campaña al Paraguay, se presentan tres trabajos.
En primer lugar, el historiador Gral. Gabriel Aníbal Camilli en el
capítulo El General Belgrano y la campaña al Paraguay realiza un
estudio minucioso de los objetivos, la composición del ejército,
el armamento y las operaciones militares de la primera Campaña
militar de Belgrano. A su vez, la historiadora Viviana Civitillo y el
historiador Esteban Chiaradía, de la Universidad de Buenos Aires,
en Belgrano y el Paraguay. De la campaña militar a la diplomacia
política estudian la complejidad de este acontecimiento en la cual
se inicia el proceso de fragmentación del territorio virreinal, así
como el entramado político y diplomático que generó Belgrano
en dicha expedición. Este mismo proceso histórico también
es estudiado por el historiador misionero Ignacio Telesca y la
historiadora paraguaya Bárbara Gómez en su capítulo Belgrano en
la construcción de la nación paraguaya.
Por otro lado, Javier Azzali, abogado especialista en Derechos
Humanos, desarrolla en su capítulo Las ideas jurídicas de Manuel
Belgrano: el legado histórico de una concepción de estado democrática
y popular la concepción en torno a los derechos, civiles, políticos
y sociales.
La historiadora Mara Espasande en su texto ¿Un Inca como
rey? Orígenes, gestación y base social del proyecto de la
monarquía incaica de Manuel Belgrano analiza la realidad social
los Andes Meridionales y del Alto Perú, en particular el rol de
los pueblos originarios en la revolución y su posición frente al
proyecto de Belgrano de coronar a un Inca como rey. También
sobre este proyecto monárquico escribe José Luis Speroni. En su
texto Más allá de las ideas de las ideas monárquicas de Belgrano: un
enfoque desde la teoría social aplica el marco conceptual de Pierre
Bourdieu para analizar dichas ideas en el marco de la construcción
7
del Estado Nación.
Desde la antropología, Vicente Nicolas en su texto La fiesta
de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano” realiza un
recorrido por la campaña de Belgrano en el Alto Perú y estudia el
pasado y presente de dicha festividad popular.
Por último, el psicólogo Luciano E. González estudia en La
perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración y
reconocimiento de la mujer en la vida militar; además de un abordaje
integral de la temática del papel de la mujer en la guerra, destaca
la historia de mujeres guerreras reconocidas por Belgrano tales
como Juana Azurduy y María Remedios del Valle.
En síntesis, el libro presenta una multiplicidad de enfoques,
perspectivas y temáticas que consideramos, sin dudas, que serán
un aporte al conocimiento histórico y al debate historiográfico
y político en torno a una de las figuras más importantes de la
historia suramericana.
Como descubrirán lo/as lectore/as en las páginas de esta obra,
el legado de Manuel Belgrano es vasto y diverso tanto en materia
de derechos sociales, políticos, económicos como en sus ideas en
torno a cómo organizar la Nación en ciernes. Cuando se avecinaba
la guerra civil, ya hacia el final de su vida, le escribió una carta a
Ignacio Álvarez Thomas diciendo: “… séllese el principio de una
unión duradera, y hagamos con ella la gloria de América del Sud,
para que entre al rango de nación, y sea respetada por cuantos
existen en el globo; que no nos acordemos más de nuestras
diferencias anteriores sino para soldar más y más la amistad y
fraternidad tan deseada y anhelada por los buenos”1. La búsqueda
de la paz y la unidad es otra de sus enseñanzas.
El espíritu creativo y la valentía fueron algunas de las
características más destacadas de Manuel Belgrano. Frente a los
desafíos de América no copió fórmulas, sino que se nutrió de las
1 Carta de Manuel Belgrano a Ignacio Álvarez Thomas Rosario, 11 de abril de 1819 citado en
Zinny, 1868: Pág. 27-31
8
corrientes en boga y las reelaboró a partir de la comprensión de
nuestra realidad. Sostuvo que “el miedo solo sirve para perderlo
todo”. Y desde esta convicción dedicó su vida al pensamiento y
a la acción, a la reflexión, pero también a la lucha concreta para
alcanzar su sueño: el bienestar general y la felicidad de los pueblos
de América del Sur.

Lic. Fabián Brown y Lic. Mara Espasande (compiladores).


Diciembre de 2020

9
Bibliografía
Zinny, A. (1868). Bosquejos biográficos del general don Ignacio
Álvarez y Thomas. Buenos Aires: Imprenta y librería de Mayo.

10
La vigencia de un legado

Cuando el decreto presidencial 2/2020 declaró el 2020 como


el año del General Manuel Belgrano, decidimos lanzar una con-
vocatoria para que autores y autoras de diferentes países de la
región analizaran el legado de uno de nuestros mayores próceres.
La destacada actuación pública de Belgrano, llevada a cabo entre
la primera invasión inglesa en 1806 y su muerte en 1820, lo con-
virtió en uno de los actores fundamentales del proceso que con-
dujo a la independencia de nuestro país en el marco de las luchas
por la emancipación sudamericana.

Lamentablemente, la figura de Manuel Belgrano fue práctica-


mente reducida a su versión escolar: el creador de nuestra bande-
ra. Pero don Manuel fue muchísimo más que eso. Fue un hombre
polifacético, visionario y comprometido con su patria, que lideró
tropas y practicó el igualitarismo, que vio la importancia de la
educación de las ciencias básicas y el comercio marítimo, que
bregó por el desarrollo de la industria local y la distribución de
la tierra.

Con el deseo de reinstalar las principales líneas de su


pensamiento en los debates actuales y en las tareas inconclusas
de las luchas independentistas latinoamericanas, unimos fuerzas
con la Universidad Nacional de Lanús, que había ideado una
propuesta editorial similar. El resultado de la sinergia académica
es esta publicación, que busca devolverle al General Manuel
Belgrano su verdadera dimensión.

Dr. Jorge Battaglino


Rector de la Universidad de la Defensa Nacional
11
12
La verdadera historia es historia contem-
poránea

Muchachos... el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua


con mensajes de naufragio. El pueblo es una gran memoria colectiva
que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar
esas botellas y refrescar la memoria.
Leopoldo Marechal

Es hora de que entendamos lo que decía Marechal, ya que no


se trata de un naufragio por una tormenta en el mar, sino por las
idas y vueltas acontecidas en nuestra historia, en nuestra política
nacional; hemos atravesado enfrentamientos violentos, democra-
cias y golpes de Estado, una y otra vez.
Dentro de este derrotero, se encuentran Manuel Belgrano y
María Remedios del Valle quienes, a pesar de ser héroes de la
independencia, vivieron y murieron en la pobreza.
Pero, ¿quiénes son los “padres” y “madres” de la Patria? Tuvi-
mos un Libertador como José de San Martín, que se educó en el
ejército del conquistador y, después de haber liberado a los pueb-
los del Sur de quien lo había educado, murió exiliado en Francia
a causa de la persecución de su propia gente. También un primer
Gobernador nacionalista como Juan Manuel de Rosas, que murió
exiliado en Inglaterra. Tuvimos un líder nacional y popular como el
General Gervasio Artigas, que fue derrotado y murió en la abso-
luta soledad e indigencia, también en el exilio. Otro líder popular
como el General Juan Domingo Perón fue igualmente derrocado,
atacado y exiliado durante dieciocho años. Tuvimos una mujer
como Evita, santificada por los humildes, que fue ultrajada y cuyo
cadáver embalsamado fue secuestrado clandestinamente por la
dictadura del General Aramburu.

13
Desde el fusilamiento de Coronel Dorrego hasta el fusilamien-
to del General Juan José Valle, algunos militares que tenían amor a
la Patria también padecieron la barbarie.
¿Será porque los libros de historia tergiversan nuestra
propia historia? Así, pasan a ser héroes hombres como Juan
Bautista Alberdi que, después de su etapa historicista, escribió
la Constitución de 1853 y las “Bases” de la patria, donde afirmó
que la libertad era como el ferrocarril, que sólo podía manejar
un maquinista inglés. Del mismo modo, un político y educador
nacional como Sarmiento (teniente coronel), el padre del aula
inmortal, importó maestras de Inglaterra y sostuvo que no había
que ahorrar sangre de gauchos.
¿Quién nos puso en esa contradicción donde el desarrollo
nacional implicaba necesariamente optar entre civilización ajena
o barbarie propia? Quienes venimos del historicismo sabemos
que el que domina nomina, por eso creemos en los corsi e ricorsi
de la historia o idas y vueltas del poder político, donde quedan
vencedores y vencidos. Por eso, los restos de Juan Manuel de
Rosas fueron repatriados luego de 137 años de exilio. También
el cuerpo de Evita, que fue restituido en 1971 a Juan Domingo
Perón.

¿Quiénes son los bárbaros?

A Manuel Belgrano se lo conoce sobre todo en las escuelas


por haber sido el creador de la bandera nacional cuando, en
realidad, fue un héroe de la patria y de la independencia. El 20 de
junio de 1820, el día de los tres gobernadores, Belgrano murió
enfermo y pobre a los cincuenta años de edad. Fue economista,
periodista, legislador abogado, diplomático y, fundamentalmente,
revolucionario.
Para Joaquín V. González,

14
…el conjunto de cualidades morales que formaban su carácter fue la
fuerza más poderosa que salvó la Revolución argentina hasta que San
Martín vino a imprimirle otra dirección y otros métodos. Y la más excelsa
de aquellas cualidades, en la cual coinciden estos dos personajes,
destinados a fundirse con el tiempo en un solo tipo moral, fue la de su
absoluta consagración al bien público, hasta el grado de la renuncia.
Más bien: la renunciación de la propia personalidad, en aras de la
nacionalidad y de la causa suprema de suprema de su independencia y
seguridad futuras1.

También San Martín sostuvo que Belgrano era el “más


metódico de los que conozco en nuestra América”, por lo que
solicitó que no lo sacaran de su lado. Y después, cuando el
gobierno de Buenos Aires quiso juzgar a Belgrano por Vilcapugio
y Ayohuma, San Martín –quien, como dijimos, murió en el exilio
en Francia, donde yació hasta 1880– le escribió al gobierno:

…de ninguna manera es conveniente la separación del general Belgrano


de este ejército, en primer lugar porque no encuentro otro oficial de bastante
suficiencia y actividad que le sustituya en el mando de su regimiento , ni
quien me ayude a desempeñar las diferentes atenciones que me rodean con el
orden que deseo, e instruir a la oficialidad… me hallo en un país cuyas gentes
desconocidas y cuya topografía ignoro; y siendo estos conocimientos de absoluta
necesidad para hacer la guerra, sólo el general Belgrano puede suplir esta falta,
instruyéndome y dándome las noticias de que carezco como lo ha hecho hasta
aquí…2.

Manuel Belgrano fue, además, quien nombró Capitana a María


Remedios del Valle Rosas. Parecería que a María Remedios la
desconocen por ser la primera mujer que combatió con Belgrano.
Después de la guerra por la independencia, María Remedios también
sufrió la pobreza y el olvido. Obtuvo reconocimiento, tiempo después,
cuando Juan Manuel de Rosas la nombró Sargento Mayor. Finalmente,
después de perder en combate a su esposo y sus dos hijos, pudo tener
una pensión que la sacara de la condición de mendiga, con un retiro
de 216 pesos después de 29 años de lucha, a los 69 años. Murió once
años después, a los 80 años.

1 Citado en Yunque, Álvaro: Historia de los argentinos, Ánfora, Buenos Aires,


1968.

2 Íbídem.
15
Su historia fue silenciada. Recién en 2016 apareció el libro
biográfico sobre la Madre de la Patria escrito por Daniel Brion3. Fue
reeditado en el año belgraniano, en un contexto signado por la
ampliación de derechos y las leyes de equidad de género.
Pero la cultura crece desde el pie, como la vegetación y los
cultivos.
María Remedios, además de mujer, era negra. Quizás por eso
la Madre de la Patria tuvo que mendigar. Recién en 1837 Rosas
sancionó una ley que prohibía la venta de esclavos en el territorio
nacional y hubo que esperar hasta 1849 para que se aboliera el
tráfico de esclavos por el Río de la Plata.
El libro que presentamos aquí aborda estas temáticas –la vida
y obra de Belgrano– pero también la de quienes lucharon junto a
él. Felicito a la Universidad de la Defensa Nacional, al Ministerio
de Defensa y a los y las historiadore/as de la Universidad Nacional
de Lanús que hicieron este libro, tan necesario para conocer la
verdadera historia que, al decir de Benedetto Croce, es historia
contemporánea.

Dra. Ana Jaramillo


Rectora de la Universidad Nacional de Lanús

3 Brion, Daniel: Capitana María Remedios del Valle, Madre de la Patria, Merlo,
Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche, 2016.
16
León Pomer

Manuel Belgrano, drama y figura


18
Manuel Belgrano, drama y figura

LEÓN POMER

Nacido en Buenos Aires un 3 de junio de 1770, en un hogar


con 11 hijos y riqueza, su padre italiano y su madre criolla santi-
agueña cuidaron de que sus vástagos masculinos adquirieran los
saberes eruditos propios del tiempo, del lugar y de la capacidad
económica familiar. De las hijas, puede decirse que llegaron a
estar “bien casadas”; una de ellas vivía en España con un alto
funcionario de la burocracia real llamado Calderón de la Barca.
En su adolescencia, Belgrano cursó tres años de filosofía en
el Colegio de San Carlos de la capital virreinal; posteriormente
fue enviado a España con su hermano Francisco: estudió derecho
en la universidad de Salamanca. Su graduación aconteció en
1793, cuando la Revolución Francesa cumplía cuatro años de
vida y de agitar temores y vendavales de esperanzas. Una intensa
vida intelectual lo llevó a frecuentar ámbitos conmovidos por el
giro que estaba tomando Europa. En su Autobiografía declara la
enorme influencia que la Revolución tuvo sobre su pensamiento
y su acción: “se apoderaron de mi (las ideas. L.P.) de libertad,
igualdad, seguridad, y solo veía tiranos en los que se oponían a
que el hombre goce de los derechos que Dios y la naturaleza
le han concedido”. Fue un tiempo de intensas emociones. Un
mundo parecía derrumbarse y otro emergía violento, fascinante
y terriblemente prometedor: un momento estelar de la historia
estaba aconteciendo, pero en su vida personal no todo lucía
bien. Lamentablemente un drama familiar requería su atención
y preocupación. Su padre, Domingo Belgrano y Peri, acusado
de defraudar la aduana de Buenos Aires, había sido recluido
en prisión domiciliaria y su fortuna había sido confiscada. Gran
parte de la residencia en España de Manuel del Corazón de Jesús
Belgrano fue dedicada a deambular por despachos oficiales,
19
Manuel Belgrano, drama y figura

1
abogando por su progenitor, presentando escritos redactados
por su madre. Pero eso no obstó a que sus intereses intelectuales
se manifestaran activa e intensamente.
Ese joven apuesto, rubio, de ojos azules y rostro germánico,
según alguien que lo conoció, confesó cuando ya un hombre
maduro que, más que a la carrera “que había ido a emprender”,
dedicó sus preferencias intelectuales al estudio de los idiomas
vivos, la economía política y el derecho público: aprendió francés,
inglés e italiano, y en su biblioteca tenía obras en latín. De los dos
primeros quedan traducciones suyas al castellano. Fue aceptado
en la Academia de Economía Política de Salamanca y solicitó
la venia papal para acceder a bibliografía prohibida, incluso a
obras de herejes, que le fue concedida. Entre tanto, en pleno
proceso revolucionario, visitó Francia e Italia; en España recorrió
Castilla, León y Galicia. Estudió intensamente economía política,
particularmente a Quesnay, del que haría una traducción. Las
ideas de este médico francés devenido en famoso economista
aparecerían en las Memorias anuales que redactó como secretario
del Consulado. Contratado por la corona en reconocimiento, se
supone, de su saber económico, se desempeñó durante siete
años como funcionario de una institución fundada para lidiar con
el comercio y los comerciantes. Los avatares que sacudieron
Buenos Aires desde 1810 cambiarían radicalmente su vida.
Inesperadamente, sería vocal de la llamada Primera Junta, y poco
después, general en jefe de un ejército. Había hecho su estreno
bélico en las Invasiones inglesas. Como hijo de la clase alta porteña,
ganó un grado de oficial, sin que sus conocimientos militares lo
justificaran: era una costumbre de la época. En ese Buenos Aires
mercantilizado los pobres no pasaban de ser soldados, mientras
que los ricos mercaderes (Pueyrredón era uno de ellos) devenían
en militares sin tener demasiadas nociones sobre el arte de la
guerra.
En 1802 había iniciado una relación sentimental con María
Josefa Ezcurra, cuñada de Juan Manuel de Rosas; de ella nace Pedro
1
20
León Pomer

Rosas y Belgrano, un hijo que Manuel no reconoció. Al parecer,


hacerlo hubiera revelado el pecado de la madre, entonces casada
con un marido que residía en España. Rosas cubrió el escándalo
adoptando al niño, dándole su apellido y preservando el de
Belgrano. Un padre soltero era más aceptable por la sociedad. En
1812 María Josefa lo siguió a Salta con el niño de ambos. En 1816
el maduro general Belgrano conoció a la quinceañera tucumana
María Dolores Helguera y Liendo. El padre de la niña no quería de
yerno a un hombre de 46 años. Tres años más tarde, sin haberse
consumado un matrimonio legal, nació María Mónica, hija que
Belgrano reconoció.
Pasó sus últimos años de vida en un cuartel tucumano; su
vivienda era una construcción humildísima, rústica. Estaba muy
enfermo. Tenía 50 años. Varios males simultáneos mordían su
cuerpo: hacía añares que la salud le era esquiva. Ahora el final
se aproximaba. Lo trasladaron a Buenos Aires en un estado que
se anunciaba terminal. Murió en una deplorable soledad porteña.
Cerró sus ojos en la casa donde nació. Lo acompañaban solo los
fantasmas del pasado.

Una realidad caprichosa


El 19 de agosto de 1810, la Junta constituida en Buenos Aires
oficiaba simultáneamente y en los siguientes términos al Cabildo
de Asunción, al gobernador Velazco y al obispo del Paraguay: “La
Junta requiere a V.S., por última vez que se una a la capital, que
dexe obrar al pueblo libremente, que reconozca la dependencia
establecida por las Leyes, y que promueva la remisión del
Diputado, para la celebración del Congreso que debe tranquilizar
a estas provincias. Si V.S. persiste en su pertinacia será responsable
ante Dios y el Rey de los males que se preparan”. Esta intimación,
leída, sentida y entendida como descomedida, por aquellos en
cuya memoria estaba presente el perjuicio económico inferido a la
provincia guaranítica, cuando subordinada al mando virreinal, era
suficiente para enconar recelos y obstruir posibles coincidencias
21
Manuel Belgrano, drama y figura

entre ambas partes, lo que era agravado por sanciones económicas


coercitivas para acentuar la presión. De aquí en más, comenzaría
lo que puede calificarse de una lección que habrían de recibir los
miembros de la Junta, entre los cuales estaba Belgrano, con 40
años de edad en el décimo del siglo.
La política paraguaya, elaborada apresuradamente por la
Primera Junta, daba por ciertos varios supuestos: aquel pueblo
clamaba por liberarse de los grilletes que lo privaban de la libertad;
anhelaba depender de Buenos Aires, como lo sancionaban las leyes
y las viejas costumbres. La autoridad colonial era el obstáculo que
el “partido paraguayo de la libertad” quería remover. Para lograrlo,
precisaba del auxilio del novel gobierno porteño. Y aquí cabía
preguntar: ¿la Junta porteña, utilizando un lenguaje autoritario y
conminatorio, en qué diferenciaba sus propósitos liberadores de
la arrogante parla virreinal, producto de una autoridad caduca de
una monarquía cancelada? Paraguay pretendía ser tratado como
un igual. En esos comienzos que marcaba Mayo, nadie parecía
repudiar públicamente a Fernando VII. De modo que Buenos
Aires (la reciente Primera Junta) simplemente pretendía mandar
sobre Paraguay. Era inaceptable. Caducada la autoridad del
Virrey, todos los subordinados se calificaban como iguales, sin que
ninguno debiera asumir la condición de conductor y mandadero
del resto. ¿Con qué derecho? Los mandatarios paraguayos y otros
que no lo eran aspiraban a decidir por sí mismos: continuar fieles
al Poder de una corona sin poder o emprender otros derroteros.
Las opiniones estaban divididas. En una confrontación de
antagonismos, la voluntad de autonomía estaba más que latente.
En Buenos Aires, Manuel Belgrano era funcionario del
Consulado desde 1794: dieciséis años más tarde, un día de mayo,
saldrá abruptamente de la penumbrosa carrera burocrática
cuando, “sin saber cómo ni por donde”, se vio designado vocal de
la Junta gubernativa, la Segunda, nominada Primera y expurgada
del Virrey, que era parte de aquella otra. Convocado “por amigos”
para integrar el nuevo órgano de gobierno, aún no imaginaba
el vuelco radical que daría su vida. Cabe pensar que en ese
22
León Pomer

momento la Revolución Francesa, que vivió de cerca en España y


en la propia Francia, y había conformado las ideas que lo guiarían
el resto de sus días, reaparecería como inspiración y potencia.
Recientemente había complotado en favor de la princesa Carlota
Joaquina, refugiada en Brasil de las iras napoleónicas que tenían
prisionero a su hermano, Fernando VII de España, y ocupado
militarmente Portugal.
En cuestión de meses, Belgrano se verá al frente de una
expedición militar destinada a hacer entrar en razones al Paraguay,
“oprimido por el gobernador Velazco y unos cuantos mandones”,
y a la Banda Oriental, provincias del virreinato que no reconocían a
las nuevas autoridades porteñas. El coronel Espínola, enviado por
la Primera Junta a la provincia guaraní para auscultar el ambiente
político, tras regresar a Buenos Aires contó que con “200
hombres era suficiente para proteger el partido de la revolución”.
La Junta decidió formar un cuerpo de ejército, ponerlo bajo la
jefatura de Belgrano y enviarlo a establecer su dominio sobre los
dos focos “españolistas”, cada uno con sus propias razones, que
no eran las mismas. Al parecer, la Junta no supo o no dio crédito a
la noticia que Espínola (que era paraguayo): “tuvo que escaparse
a uña de buen caballo” de su tierra natal, perseguido por sus
propios paisanos. No era el tal coronel observador o palabra
confiable, pero sus dichos fueron aceptados como buenos: “allí
había un gran partido por la revolución”. Los hechos revelarían
no la voluntad paraguaya de continuar siendo colonia, sino de
gobernarse con total autonomía, lo que implicaba liberarse de
España y de la tradicional y perjudicial subordinación a Buenos
Aires. Autonomía era la clave para explicar la oposición armada
a los 1200 mal preparados hombres puestos bajo el mando de
Belgrano, que fueron derrotados por una tropa improvisada
compuesta por 6000 individuos reclutados rápidamente.
En su Autobiografía, relata el prócer que en la Junta había
“cabezas acaloradas” (la suya era una de ellas) para las que
nada era difícil tratándose de libertad. Se basaban en las noticias
traídas por Espínola y algún otro oscuro informante asunceño:
23
Manuel Belgrano, drama y figura

un producto que se reveló totalmente erróneo por imaginario,


o mal entendido e interpretado. Acontecimientos posteriores
revelaron que el gobernador Velazco distaba de representar los
puntos de vista de la oficialidad militar: sería separado de su cargo
sin mediar violencias. Los emisarios de la ex capital virreinal
creían que serían acogidos en las provincias como libertadores, y
que sus fuerzas armadas serían engrosadas por los lugareños de
cada poblado o comarca. El 22 de setiembre de 1810 don Manuel
recibió la orden de someter la provincia guaraní y ejecutar al
gobernador Velazco, al obispo, a los españoles y a los españolistas.
Casi un mes más tarde, el 20 de octubre, le escribió a Mariano
Moreno desde Bajada de Paraná, posteriormente Paraná. Se
siente fuerte: “créamelo usted, amigo mío, su Belgrano hará
temblar a los impíos que quieren oponerse a nuestro gobierno”.
Su confianza en los soldados que mandaría (estaba organizando
su ejército) era absoluta: “gente cuyo ejemplo irá entusiasmando
a cuantos los rodeen”. Desbordaba de optimismo: “Deje
usted a mi cuidado el dejar libre de Godos el país de nuestra
dependencia”. Prometía: “no quedará un fusil, ni un solo hombre
malo en la provincia del Paraguay”. Realizada la tarea, pasaría,
con una rapidez “que será como la del rayo”, a Montevideo,
para “reducir a nada” a los “insurgentes”. Es más, si su pariente
Castelli precisara refuerzos en el Alto Perú, estaba dispuesto a
mandar desde Asunción “alguna gente de socorro”. Poco más
tarde le dijo a Moreno: “estoy cierto que batiré a unos y otros”.
Belgrano estaba exultante. Pero la realidad habría de castigarlo:
no coincidía con sus persuasiones del momento. Poco después
estamparía con no poca amargura: “¡en qué profunda ignorancia
vivía yo del estado cruel de las provincias interiores”. Se le había
desplomado encima el desengaño.
Iniciada la marcha al frente de su ejército, aparecieron ciertos
males en la tropa bisoña; el peor de ellos, la insubordinación. Era
un ejército improvisado. En su opinión, el jefe de armas, don
Cornelio Saavedra, “no sabía lo que eran milicias, y así creyó que
el soldado sería mejor dejándole hacer su gusto”. Y en seguida
agregó: “Siempre nuestro gobierno, en materia de milicia, no ha
24
León Pomer

dado una en el clavo”.


Antes de partir de Buenos Aires, en agosto ya “entreveía en
la Primera Junta una semilla de división, que yo no podía atajar”.
Pero se consolaba: “los americanos, solo oír libertad aspirarían
a conseguirla”. Ya en camino de su objetivo, le comunican de
la capital ex virreinal que ha sido elevado al grado de Brigadier.
Lejos de halagarlo, lo aflige: “me deja en la mayor consternación”.
Ahora se “echaría encima una cantidad de envidiosos: lo sentía
más que si me hubieran dado una puñalada”. ¿Asombroso? Tal
vez no tanto; conocía el ambiente reinante entre la clase de gente
que contaba en la ciudad porteña. Años de tratar con mercaderes
lo habían conducido a opinar sobre ellos en términos nada
halagüeños. Quien más lo hostilizó fue Juan Ramón Balcarce, que
llegó a oponerse a que el cuerpo de Húsares fuera en su auxilio.
En su trato con oficiales y soldados fue descubriendo la calidad
de los hombres, muchos de los cuales fueron constreñidos a ser
soldados de una causa que no sentían como propia, o porque
continuaban adheridos al desventurado Fernando VII y no querían
aventuras libertarias.
El 16 de diciembre de 1810, le escribió indignado a Saavedra
desde Candelaria: “¿es posible que todavía tenemos (sic) inicuos
en nuestro propio seno?”. La realidad humana mostró su rostro
auténtico en un tiempo de grave crisis. Los desagrados y las
desilusiones le quitaban el sueño. No era nada fácil ser el jefe de
sus paisanos, los más de pura entraña popular. Y para peor, los
paraguayos lo sorprendieron con conductas poco comprensivas
para sus propósitos. El 31 de enero de 1811, le escribió de
nuevo a Saavedra que “los salvajes paraguayos solo se pueden
convencer a fuerza de balas”. Las multitudes que debían acogerlo
a los gritos de Viva La libertad no se hacían escuchar. Estaba en
el cenit de su desilusión, tal vez un tanto confuso. Lo que creía
lógico no funcionaba. Había idealizado lo que aun no conocía, y
al conocerlo sentía una angustiante decepción. Los paraguayos
distaban de darle una acogida cordial; pero después de derrotarlo
en los campos de batalla lo escucharon con atención y sumo
25
Manuel Belgrano, drama y figura

interés. Sus argumentos, racionales y emocionales, dichos con


elocuencia, dejaron una semilla positiva. Tuvo atentos oyentes,
pero no disolvió el fuerte sentimiento autonómico que dominaba
el espíritu de los guaraníes, producto del trato discriminatorio
que habían recibido bajo la autoridad colonial que la Primera
Junta parecía reeditar. De Buenos Aires venían aires cargados de
un insoportable centralismo autoritario, encarnado en un poder
en el que debía prevalecer el interés mezquino de la burguesía
mercantil, aferrada a la Aduana, única fuente de ingresos públicos.
Persuadir aplicando sanciones económicas y luego la fuerza física
llevaba al fracaso. Belgrano lo entendió y, en la derrota, utilizó una
fraternal diplomacia.
Los motivos de preocupación de don Manuel venían de la
propia Junta y no se hicieron esperar. Las miserias personales no
eran escasas. Algunos juntistas no eran trigo limpio, carecían de
la honestidad que requería la grandeza de la gesta que se iniciaba.
El comerciante catalán Juan Larrea era uno de ellos: velaba por
sus negocios en detrimento de las finanzas del colectivo del que
formaba parte, lo que no evitó hacer de él uno de los próceres
de Mayo y que una calle porteña lleve su nombre. Cabe agregar
que entre el “moderado” don Cornelio y el secretario Moreno
reinaba un clima nada cordial: dos proyectos se enfrentaban y
dos hombres se detestaban. Belgrano y Juan José Castelli estaban
con Moreno: eran los exaltados jacobinos. El 5-6 de abril de
1811, el saavedrismo desató lo que bien podría considerarse el
primer golpe de fuerza, en un ámbito cuyo partido morenista
ya hablaba en voz alta de independencia. Desde finales del año
1810, el joven Moreno ya no residía en el mundo de los vivos.
Las cosas no pintaban bien para los partidarios de un proyecto
de emancipación con transformaciones radicales en todos los
órdenes de la vida colonial.

Belgrano, economista y educador


El abogado graduado en Salamanca había leído, estudiado
26
León Pomer

y asimilado abundante literatura económica. En los años que


ofició de secretario del Consulado tuvo paz y silencio en dosis
suficientes para masticar cómodamente sus saberes y generar
ideas sobre un posible desarrollo de la economía colonial. A
diferencia de su futura aventura paraguaya, aquí estaba en un lugar
que era el naturalmente suyo, sin idealizaciones posibles ni falsas
visiones. Sus vehículos de expresión eran las Memorias anuales,
que redactaba como parte de su función burocrática, y el Correo
de Comercio, publicación de la que era editor desde el 3 de marzo
de 1810 y que seguiría apareciendo hasta poco después de Mayo.
Belgrano defendía la agricultura como una “madre fecunda que
proporciona todas las materias primas que dan movimiento a la
industria, al comercio y a las artes”. Entre los puntos capitales de
su ideario económico estaban su proteccionismo y la conveniencia
de agregar valor a las exportaciones, casi en su totalidad de
materias primas de origen vacuno. Advertía: “La importación
de las mercancías que impide el consumo de las del país, o que
perjudica el progreso de sus manufacturas y de su cultivo, lleva
tras de sí, necesariamente, la ruina de una nación”. La importación
de objetos de lujo era igualmente nociva, porque era pagada “con
un fruto que el país no produce”: la plata potosina, que después
de Mayo huirá a raudales de estas tierras. (Es una tara de origen
que persiste, cumplió varios siglos y define el papel que los
poderes mundiales siempre le atribuyeron a la Argentina en una
división internacional de tareas, con la colaboración y aprobación
de una clase social generada localmente por esa función.) En la
mentalidad colonial-mercantil que hervía en los cerebros de los
mercaderes porteños, con mucho el grupo social dominante,
primaba el objetivo de hacer y multiplicar fortuna usando todo
tipo de argucias execrables, de las cuales el contrabando era la
más importante, así como engañar al fisco, que entonces tenía la
Aduana como su principal fuente de ingresos. Se venía al Plata a
ganar dinero utilizando todos los procedimientos que conforman
lo que se conoce como corrupción, y no a procurar una nueva
patria ni una mejor posibilidad de vida.

27
Manuel Belgrano, drama y figura

Belgrano quería un Estado activo. Recomendaba cuidar


especialmente las industrias de hilado de lana, de algodón y de
cueros, e incentivar los cultivos industriales de cáñamo y de lino.
Eso ocurrió siete años antes que de David Ricardo presente su
teoría sobre las ventajas comparativas, que obviamente seducían
a aquellos que renunciaban a manufacturar materias primas y
preferían limitarse a producir y exportar productos poco menos
que en estado bruto. En el paraíso de las vacas, parecía una
insensatez poner los ojos en procesos más complicados que
cuerear semovientes vacunos. Al comercio libre e irrestricto el
secretario del Consulado oponía la protección de las manufacturas
nativas y la importación de máquinas y útiles de trabajo, junto
con las personas hábiles para cuidar de ellas y enseñar su
manejo. En sus años de residencia en España, Belgrano no pudo
ignorar la Revolución Industrial que se estaba desarrollando en
la Gran Bretaña, precisamente en la industria textil del algodón.
Un complemento necesario era la formación de competente
material humano, mediante la puesta en marcha de una política
de jóvenes becarios, enviados a Europa para instruirse en las
nuevas y revolucionarias artes industriales. Y aquí, de nuevo, era
necesario mencionar el papel del Estado.
Educar era para Belgrano un concepto más abarcador que las
viejas nociones y prácticas vigentes en la atrasada España y sus
colonias. En 1795 recomendó fundar una Escuela de Agricultura.
Trabajar la tierra, como él la concebía, era un saber que consistía
en mucho más que arrojar una semilla, y sobre todo algo mucho
más productivo que sentarse a tomar mate hasta que germinara.
Otra recomendación belgraniana fue cuidar el medio ambiente,
proteger la madre tierra del mal trato, de la desertificación y otras
humillaciones; proteger los montes y la sombra de los árboles
porque conservan la humedad de los suelos “y quebrantan los
aires fuertes”. El 8 de setiembre de 1810, escribió en el Correo
que “la importación de materias extranjeras para emplearse, en
lugar de sacarlas manufacturadas de sus países, ahorra mucho
dinero, y proporciona la ventaja que produce a las manos que se
28
León Pomer

emplean en darles una nueva forma”. En otro número del órgano


de prensa que dirige propone crear una marina mercante, porque
no tenerla, argumenta, el país “dependería absolutamente de los
pueblos navegantes”. (Esta es una clara alusión a Gran Bretaña.)
En congruencia con esta idea de política económica, propuso
subsidiar los barcos nacionales otorgándoles “gratificaciones por
tonelada para ponerlos en estado de sostener la concurrencia de
los extranjeros en los ramos que se quiera sostener”.
La educación popular generalizada era otra de las obsesiones
de don Manuel. Postularía la diseminación de escuelas primarias
gratuitas en todos los rincones de la patria; dejó bien claro: escuelas
para pobres, para agregar (en la Memoria consular de 1802) otra
propuesta que en su tiempo debió ser de una osadía intolerable:
escuelas para el sexo femenino. Como “sin enseñanza no hay
adelantamiento” él se negaba a convivir con una masa popular
ignorante. Luego, como jefe militar, en repetidas ocasiones
atribuyó la indiferencia de gentes del piso social a sus carencias
y desconocimiento de lo que era la libertad que nunca habían
conocido.
Le preocupaba estimular el amor al trabajo. A propósito de
la Academia de Geometría y Dibujo, que tuvo corta vida, explica
que el dibujo es útil a todo “menestral”: al carpintero, al bordador,
al sastre, al herrero y hasta al zapatero porque este bien hará un
zapato, sin el ajuste y la perfección debida si no sabe dibujar. Por
añadidura, “los filósofos principiantes”, si ignoraban el dibujo, “no
entenderán los planisferios de las esferas celeste y terrestre ni los
armilares que se ponen para el movimiento de la tierra y de los
planetas”.
Belgrano sabía con quiénes no podía contar para la empresa
educativa. Era gente con que alternaba diariamente, y que
consumía sus días en la carrera de ganar dinero. Y de ganarlo sin
escrúpulos morales en una perversa coincidencia (mezclada de
disputas) entre mercaderes particulares y burócratas al servicio
de sí mismos, que simulaban estar al servicio de la corona; gente
que gastaban sus días urdiendo negocios en los conciliábulos
29
Manuel Belgrano, drama y figura

de los cafés porteños. Belgrano ya había pasado aflicciones y


humillaciones cuando era un joven universitario en España, cuando
su padre, el poderoso Belgrano y Peri fue preso por defraudar
la Aduana y le confiscaron su cuantiosa fortuna personal. Esa
experiencia debió de quedarle hondamente grabada, al punto de
influir sobre su accionar político y su desprecio a los mercaderes.
En su Autobiografía los califica así: “nada se haría a favor de las
provincias por unos hombres que por sus intereses particulares
posponían los del común”. Para ellos, “no había más razón ni más
justicia, ni más utilidad, ni más necesidad que su interés mercantil;
cualquier cosa que chocara con él, encontrará un veto…”
Luego agregaría: “el comerciante no conoce más patria, ni más
Rey, ni más religión que su interés propio. Cuando la primera
invasión inglesa prestó su rápido reconocimiento a la dominación
británica”. Como jefe del ejército enviado al norte y al Alto Perú,
Belgrano vivió una singular experiencia. Un Anchorena, miembro
de la poderosa familia de mercaderes porteños, se enroló en la
fuerza armada como secretario del general. En la correspondencia
que mantuvo con su familia, los asuntos de comprar y vender, de
éxitos y fracasos de ventas en las localidades por donde pasaba la
tropa, de faltas o invendibles, ocupaba más espacio que la guerra,
las adversidades, las carencias y los duros aconteceres diarios
que enfrentaban el general y la tropa. En momentos de gran
incertidumbre, era asombroso cómo el interés del comerciante
adquiría prioridad en las noticias y preocupaciones que relataban
las misivas. Andrés Carretero, el historiador que reveló este
repetido episodio, también documenta que miembros de la
misma familia acostumbraban a enviar al exterior onzas de oro,
resultado de sus ganancias en estas latitudes, embutidas en hormas
de queso, como forma de eludir tributos. La condición colonial se
reflejaba en ese descompromiso con la tierra y las personas que
producían esas onzas; en esa ausencia de todo interés en que no
interviniera el metal poco menos que sagrado.
Finalmente, cuando el gobierno quiso recompensar a los
vencedores de Salta, don Manuel le respondió categóricamente a
la Asamblea del año XIII, el 31 de marzo de 1813: “nada hay más
30
León Pomer

despreciable para el hombre de bien que el dinero o las riquezas,


y que adjudicarlos en premio no solo son capaces de excitar la
avaricia de los demás, haciendo que subroguen el bienestar
particular al interés público”. Pedía que los 40.000 pesos que le
habían ofrecido como retribución por el triunfo salteño fueran
invertidos en la erección de cuatro escuelas de primeras letras
en cuatro ciudades distintas. No era con esos mercaderes, de los
que su padre había sido un ejemplo, que se construiría la patria.
Él viviría en la pobreza y se iría de este mundo encima de un
delgado y desgastado colchón arrojado con displicencia sobre un
catre miserable.

Belgrano y San Martín


Don Manuel lo admiraba como militar y como persona. En
una carta a Güemes, fechada el 29 de junio de 1817, contó que
San Martín le había ofrecido ayuda económica proveniente de
sus ahorros: “esa sí que es prueba de la unión (…) el asunto es
socorrernos mutuamente y conservar esta máquina hasta que se
ponga en el estado que debe”. El 10 de agosto, en otra misiva
al caudillo norteño, escribió: “nuestro San Martín me dice: ‘que
cuando le paguen parte de lo mucho que le deben, me remitirá
cuanto dinero pueda’”. Belgrano tendría la misma actitud: el 15
de noviembre de 1811 le comunicó al gobierno porteño que solo
pretendía cobrar la mitad del sueldo que le correspondía como
jefe de Patricios. Y luego del triunfo de Salta, no quiso para sí
los 40.000 pesos que le obsequiaron, sino para construir cuatro
“escuelas públicas de primeras letras” en otras tantas ciudades del
interior, con la finalidad de enseñar “los primeros rudimentos de
los derechos del hombre en sociedad”. Cuando el 25 de setiembre
de 1813 se dirigió a San Martín, quien al parecer lo había felicitado
por la victoria de Salta, le dijo: “¡Ay, amigo mío! ¿Y qué concepto
se ha formado usted de mí ? Por casualidad, o porque Dios lo ha
querido, me hallo de general sin saber en que esfera estoy: no
ha sido esta mi carrera, y ahora tengo que estudiar para medio
31
Manuel Belgrano, drama y figura

desempeñarme y cada día veo más las dificultades de cumplir con


esta terrible obligación”. Al año siguiente, el 26 de febrero de
1814, desde Tucumán, en una carta a Arenales se felicitó de que
el ejército “tenga un jefe de conocimientos y virtudes, y digno
del mayor y más distinguido aprecio”. Ese jefe era San Martín, a
quien había entregado complacido el mando, “permaneciendo yo
a sus órdenes a la cabeza del Regimiento número 1, no sin antes
rendirle los respetos debidos a su carácter”. En 21 de abril del
mismo año, desde Santiago del Estero, insistió ante San Martín:
“Mas yo estoy hablando con un General militar que yo no lo he
sido, ni soy”. En otro momento le escribió que lo quiere como
“maestro, amigo, compañero y jefe”.

El ejército y el frente interno


La correspondencia en la que Belgrano desahogó sus angustias
constituye un documento fascinante de lo que sentía y pensaba
un hombre comprometido a muerte con la que para él era más
noble de las causas. Formado en el universo humano de los
dominadores, en la fracción más alta de la burguesía mercantil
colonial, esa condición y la educación en España estarían presentes
en sus ideas.
La deserción en el ejército era un problema crónico. Los que
huyen “perjudican los intereses de los particulares por donde
pasan”. Muchos habían sido reclutados a la fuerza. Otros se
habían sumado por seguir a un caudillo, más que una causa. El 3 de
junio de 1812 anotó que “la retirada lo ha trastornado todo (…)
a más de haberse desertado tantos, y de los buenos soldados”.
Luego exclamó con no disimulada indignación: “Por Dios, no me
manden moralla, que tengo a montones, de lo más inútil y de
lo más malo”. Moralla, una mala palabra, un algo despreciable,
aparece explicitada en una correspondencia del 23 de diciembre
de 1813: “no estoy contento con esa canalla de libertos (esclavos
negros liberados. L.P.), los negros y mulatos: son una canalla que
tiene tanto de cobarde como de sanguinaria”. Duras palabras,
32
León Pomer

poco comprensivas de esa gente sometida durante generaciones


a las condiciones de vida más viles que entonces podía imaginarse.
¿Qué esperar de ellos? Seres humanos de una humanidad
infinitamente menoscabada, su problemática era absolutamente
ajena a la de los criollos blancos, sus tradicionales victimarios y
cotidianos aleccionadores de una menor valía, equivalente a una
suerte de sub humanidad. Difícilmente podían coincidir con los
que ahora los reclutaban contra su voluntad y los constreñían a
luchar y exponer la vida por una causa que distaban de ver como
suya.
Belgrano anotó el 21 de agosto de 1816, a pocos días de la
declaración de la independencia: “estoy empeñado en limpiar el
ejército de hombres indignos de llevar el uniforme (…) sin milicia
honrada y en orden, es imposible que se sustente nuestra nación”.
En correspondencia escrita en varios momentos de 1817 pidió
que le enviaran “prisioneros y pasados para aumentar nuestra
fuerza”. Con posterioridad anunció que prisioneros y pasados
“se nos desertan”: la mayor parte de la milicia “ha sido la autora,
con su conducta, de los terribles males”. Cabe agregar que los
oficiales eran ineptos, no estaban motivados y eran remisos a la
rigurosa disciplina que obsesionaba a Belgrano. Se quejaba de la
oficialidad que le fue asignada: “es una desgracia, particularmente
la del sistema antiguo”. Fuera de Warnes, su secretario militar,
Correa y Manuel Artigas, hermano del futuro prócer oriental,
“todo lo demás no vale un demonio”. Manuel Dorrego fue una
excepción: brillante soldado, pero mala persona, lo hostilizó, le
desobedeció, se burló de él, se empeñó en ofenderlo.
Belgrano no debía ignorar los acercamientos personales,
reconocimientos de derechos y concesiones materiales, concretas,
visibles y palpables que su pariente Castelli había otorgado a los
nativos altoperuanos, tan maltratados secularmente como los
negros y otros grupos subalternos. También debía saber de las
valiosas adhesiones retribuidas por ellos a la causa que encarnaba
Castelli. Habían recibido agrados materiales y derechos. Eran
reconocidos en su plena humanidad y eso marcaba una diferencia
33
Manuel Belgrano, drama y figura

radical con el tratamiento tradicional, que los equiparaba a


animales de servicio. Al fin de cuentas, los nativos no eran tan
impenetrables a una política que revolucionariamente los trataba
como lo que eran: seres con dignidad y derechos humanos. Las
criaturas humanas reducidas a la máxima degradación exigían
ser tratadas con métodos opuestos a los que conquistadores y
dominadores en general usaron como instrumento cotidiano. Los
grupos sociales subalternos coloniales no estaban constituidos
de objetos pétreos indiferentes, indiferentes a su propia suerte.
La formidable insurrección liderada por Tupac Amaru estaba
grávida de una de las mayores tragedias de la historia humana
y había sacudido al imperio español. Y en cuanto a los esclavos,
los kilombos brasileños eran prueba de que los negros no tenían
esclavizada el alma y sabían luchar por su libertad con fuerza e
ingenio.
Relatando su visión de esa fracción de humanidad popular,
habitante de un universo existencial tan distante del suyo,
Belgrano le escribió el 1° de agosto de 1812 a Rivadavia
(miembro prominente del Primer Triunvirato): “si me diera
tiempo el enemigo, lograría avivar a estas gentes, que son la misa
apatía; estoy convencido de que han nacido para esclavos, y que
necesitan sufrir más al vivo los rigores del despotismo para que
despierten del letargo”. Y el 10 de setiembre de 1813, desde
Potosí, le dijo en un tono muy diferente al gobierno de Buenos
Aires: “mientras los jefes de provincia, no sean muy escrupulosos
en respetar la seguridad individual de sus habitantes, y ciegos por
la justicia, caiga en quien cayere, sin obrar con prevención, no se
tranquilizarán los Pueblos, no tendrá crédito nuestro gobierno,
no merecerá aceptación nuestra causa, y lo que es peor, que
los Pueblos se irán posesionando, como ya sucede en el día, de
una idea general de federantismo (sic, federalismo) de la que no
sabrán hacer el uso que corresponda, aun cuando sea útil, por
no proceder del deseo del bien común, sino de la exasperación
que han concebido e irán concibiendo por la mala conducta de
los mandones”. No le ocultó a San Martín su desazón; le escribió
el 25 de diciembre de 1813 desde Jujuy: “he andado los países
34
León Pomer

en que he hecho la guerra, como un descubridor, pero no


acompañado de hombres que tengan iguales sentimientos a los
míos, de sacrificarse antes de sucumbir a la tiranía (…), porque
la América, aún no estaba en disposición de recibir dos grandes
bienes, la libertad e independencia”.
Toda una visión de la realidad, interpretada por una lógica
inapta para entender cabalmente la mentalidad de los nativos, de
los grupos subalternos en general. Dicha lógica pedía violencia
donde los sentimientos y las razones de personas “civilizadas”
chocaban con cerebros irredimibles, donde la palabra barbarie
lo decía y lo sintetizaba todo. Belgrano juzgó el mundo con
instrumentos intelectuales que en el ámbito de la sociedad a la que
pertenecía pasaban por ser los únicos atinados, de valor universal
y atemporales. Ellos suponían “ver” el mundo desde un punto de
vista producido por productos humanos engendrados en el curso
de procesos históricos únicos y específicos, entre otros, también
únicos y específicos vividos por diferentes colectivos humanos. En
dichas vidas se forjó la convicción de que lo suyo, sus visiones de
mundo y sus puntos de vista son verdaderos, correctos, propios
de gente accedida a la condición “civilizada”. No entender lo que
subyace en apatías, indiferencias, desinterés, deserciones “del
deber moral” y otras fealdades de esta índole fuerza a usar la
violencia, como si esta pudiera doblegar lo más hondo del espíritu
de los empedernidos transgresores, de los “endurecidos en el
error”.
La lógica con la que Belgrano juzgó, las conclusiones a las
que lo condujo, lo traicionaron. No solo lo llevó a no entender
las conductas populares, lo sumió en el fracaso; un fracaso que
su heroísmo no logró cancelar enteramente, pero le dio la
chance de obtener dos victorias decisivas: Tucumán y Salta. Los
reclutamientos que se hicieron ignorando la voluntad del reclutado
fueron un grave error. Ganada la batalla de Tucumán la caballería,
que tuvo un papel decisivo, se dispersó: con el botín obtenido, los
bravos jinetes retornaron a sus querencias. No se sentían soldados
de ese ejército. ¿Qué los llevó a participar? ¿Una poderosa
35
Manuel Belgrano, drama y figura

convicción libertaria o el potencial botín? En Belgrano yacía la idea


que el llamado a la conquista de la libertad e independencia sería
respondido a la altura de su magistral significado. Obtuvo brutales
decepciones. Su respuesta fue adjetivarlos duramente y operar
en consecuencia. Para mayor desconsuelo, el general comprobó
que la sociedad colonial había producido mucha canalla, mucho
detrito humano: los conoció entre los de su clase, o para ser más
justos, en la de su padre, clase que abominó sin cuidar palabras. Se
daba en aquella sociedad una estructura de relaciones humanas
que solo podía generar injusticia. Pero entre estos productos
estaban los Belgrano, los Moreno, los Castelli, las excepciones
que confirmaban una regla casi implacable. El hecho de que el
desarrollo de una sociedad transcurriera en el fango social no
impedía reproducirla, pero la reproducía con todas sus taras. El
sistema de odios, envidias, ambiciones desenfrenadas y hábitos
violentos no podía generar seres humanos virtuosos: debía
producir chatarra humana, mentalidades y comportamientos que
distaban de tender a la hermandad, la solidaridad y la amistad
despojada de intereses bastardos.
La causa de Belgrano no podía ser la de los nativos: indios,
esclavos, libertos o alguna de las mezclas que complejizaron el
panorama humano colonial. Todos estos conjuntos humanos, más
que drama, cargaban una tragedia agobiadora. Esa gente vivía en
insuperable antagonismo con quienes constituían la sociedad
“civilizada”. Sus percepciones de la realidad y sus sentimientos
tenían como punto de partida la opresión, el menoscabo, una
historia de devastaciones humanas. La civilización europea,
desarrollada como dominación, miraba y entendía desde una
singular y presuntuosa atalaya de la que los indios exterminados
masivamente en las minas de plata, los libertos y los esclavos
carecían: su punto de mira era el suelo social, donde convivían
con el barro y los detritos, un lugar sin posibles engaños.
El espíritu de Belgrano estaba invadido por el desengaño y el
escepticismo. Al ingresar a la lucha con el mayor entusiasmo y
una confianza plena en la excelente recepción que los pueblos
36
León Pomer

brindarían al mensaje de la Primera Junta, sucedían como


inesperados cachetazos las verdades de la realidad. La libertad
y la independencia no eran valores prioritarios, apreciados
unánimemente y entendidos por igual, como él los entendía
y apreciaba. Lo que había sentido, desde que se había visto
envuelto en la tormenta de ideas provocada por la Revolución
Francesa, distaban de sentirlo los hombres que construyeron sus
existencias impregnados de una ignominiosa Colonia. Cuando
se crece y se vive en medio de la corrupción, la falsedad, la
hipocresía y la reducción a una suerte de sub humanidad, cunde la
idea nada consoladora de que la sociedad es un efecto de la fallida
constitución de la criatura humana, a la que le son negadas –o no
le son inherentes– la honestidad, la generosidad y la amistad sin
cera.
El valor moral de Belgrano era inmenso. Estuvo al servicio de
una nación en ciernes, y su sacrificio personal fue absoluto. A diario
comprobaba que en el paisanaje aún no había arraigado la idea
nacional, o sea la identificación y el sentido de pertenencia a una
entidad que se erigía por encima del pago, la querencia, el lugar
de las experiencias inmediatas. Tanto él como San Martín, que
había pasado la mayor parte de su vida en Europa y terminaría allí
sus días, coincidieron en una idea: una América hispano-indígena,
una sola nación.
Los aborígenes vieron en él su pertenencia al linaje étnico–
cultural que conquistó y destruyó civilizaciones con un derrotero
propio, impulsadas por una dinámica autónoma; alguien de un
linaje étnico-cultural que esclavizó y exterminó millones de
personas y tendió un negro velo de oprobio sobre los pueblos
que dominó. Que él fuera inocente e inimputable de todo crimen
no lo libraba del baldón que podían endosarle las víctimas varias
veces seculares de gentes de su estirpe “civilizada”. La lucha
por la independencia fue sentida y entendida por los nativos del
llamado Nuevo Mundo no como una causa de ellos, sino como
una disputa entre fracciones del universo dominador cuya imagen
de la realidad americana nació desde el primer día de la conquista
37
Manuel Belgrano, drama y figura

filtrada por las lentes deformantes del prejuicio; imágenes


preconcebidas, anteriores a cualquier experiencia directa. Para
los europeos resultó ser barbarie todo modo de vida, toda
concepción de la realidad que discrepara de lo tenido en Europa
como el paradigma de la civilización. Extraños, ajenos y distantes,
los nativos del continente, reducidos a diferentes formas de
opresión, incluyendo la esclavitud de los africanos, desafiaban con
su sola presencia los valores de la la civilización europea, tenidos
por los retoños de ella como el modelo válido de convivencia
entre humanos, amparados además por el único Dios verdadero.
El resultado fueron montañas de escombros y mares de sangre.
Y aquellos como Las Casas, que vieron y entendieron la realidad
humana aborigen con una lógica más comprensiva, fracasaron en
la tarea de humanizar la relación con los nativos.
La posteridad priorizó el recuerdo de belgrano como
creador de la bandera. Pero se insiste: su grandeza moral, su
desprendimiento y su condena verbal a la clase dominante que
lo dejó morir en el anonimato y la miseria no tuvieron el eco
que merecían tener. Hoy sigue siendo un ejemplo de entrega
a la más noble de las causas. Fue lo enteramente opuesto a su
padre, cuya fortuna había sido amasada importando esclavos
negros, entre otras mercancías. Sin duda que su fervor religioso
lo ayudó a enfrentar con admirable estoicismo las adversidades
que empedraron sus años como militar.
Belgrano encarna el drama de una revolución que quiso ser en
el propósito de sus jacobinos, y acabó derrotada por no encontrar
la masiva base social que asegurara su triunfo.

Bibliografía

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Luis Alberto Diaz

Manuel Belgrano, el político


revolucionario que la historiografía
eligió no mirar
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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la
historiografía eligió no mirar

LUIS ALBERTO DIAZ

Sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla constituida y


éste es el premio a que aspiro habiendo mirado siempre los
cargos que he ejercido.
Manuel Belgrano… 31-10-12

Introducción
Con motivo de cumplirse este año doscientos cincuenta años del
nacimiento de Manuel Belgrano y el bicentenario de su fallecimiento,
se han escrito –merecidamente– todo tipo de panegíricos y homenajes
sobre este hombre extraordinario, que en nuestra historia nacional casi
nadie discute. Para la historiografía tradicional, y sobre todo escolar,
Belgrano es –con justicia– sinónimo de todo lo ejemplar que se puede
ser y, tanto por su honradez como por su entrega patriótica, es recono-
cido como “prócer”, “héroe” y “Padre de la Bandera”. Así se lo valora,
al igual que por sus dotes como abogado y economista, sus ideas sobre
educación, su desempeño como funcionario del Consulado, como vo-
cal de la Junta, diplomático y claramente como militar. Sin embargo, y
a pesar de serlo, difícilmente encontremos –en libros, monumentos
o discursos– expresiones que presenten a Manuel Belgrano como un
«militante político» o por su sola condición de «revolucionario». Es
como si la pronunciación de estos calificativos estuvieran negados a su
estatura monumental. En este artículo abordaremos algunas hipótesis
sobre esta cuestión aparentemente semántica y, al mismo tiempo,
procuraremos visibilizar algunos de sus pronunciamientos y acciones
que nos aproximen a su praxis política y revolucionaria.

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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

¿Cuál historia, cuál revolución, cuál Belgrano?


La narrativa patria que le imprimió Mitre a la historiografía inaugural
decimonónica, con su obra Historia de Belgrano y de la Independencia
Argentina, presentó a los sucesos de Mayo de 1810 como el momento
inicial de nuestra nacionalidad, obra de un movimiento porteño,
independentista, ideológicamente homogéneo y despojado de
tensiones internas. Muy tempranamente, el uso político del pasado
despojó a “la Revolución de Mayo” de su carácter «revolucionario» y
«americano», como de las «conflictividades sociales» que desencadenó
y de los propósitos «demócratas» que se impuso. En su lugar se la
invistió del mito fundacional de una nación “moderna”, con una matriz
ideológica, cultural y económica, atlántica y angloafrancesada.

Los historiadores de la generación del “Centenario de la Revolución”


reincidieron en la misma línea editorial –fundacional y patricia– para
celebrar el magno evento en 1910, con trabajos direccionados a
legitimar el modelo de Estado-nación, organizado por hacendados y
comerciantes del régimen oligárquico positivista en el último tercio
del siglo XIX: una Argentina blanca, grecolatina, económicamente
próspera, surgida del París del Plata y de la Pampa Húmeda, ufana
de su origen glorioso, gestado por próceres heroicos; una Argentina
grande que abría sus brazos generosos a la inmigración europea que
quisiera laborar su suelo, respetando el orden instituido (el presente
y el pasado) y los íconos instituyentes; la Argentina del relato patrio,
despojada de barbarie gracias al proyecto civilizatorio que la convirtió
en el más europeo de los países americanos. Ése era el país de una
clase dominante absentista, que confundió la Patria con la República,
la Nación con sus intereses de clase y al eurocentrismo con la cultura
universal asumida como propia; una clase que despreciaba la cultura
popular americana, aunque la elevara en la literatura para construir sus
tradiciones.

Esa oligarquía, que practicaba el fraude electoral y consideraba


el reclamo social de los más pobres como una amenaza extranjera
y apátrida, difícilmente estaría dispuesta a interpretar el carácter
americano mestizo-indígena de la Revolución de Mayo y a sus dirigentes
como demócratas «revolucionarios». Su interpretación conservadora
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Luis Alberto Diaz

de la historia perduró en el siglo XX, merced a la Academia, la


Universidad y la enseñanza escolar, y se mantuvo refractaria a
la abundante historiografía crítica. Dicha producción teórica fue
violentamente suturada por la dictadura cívico-militar de 1976-1983,
que restauró mediante el terrorismo de Estado el modelo económico
–neoliberalizado- de la Argentina de 1880 y reivindicó al Ejército del
Gral. Julio A. Roca en el centenario de la Conquista del Desierto (1979).

En la actualidad, habiéndose consolidado el proceso democrático


más extenso de nuestra historia, con sus instituciones armadas
definitivamente incorporadas a él y garantizada la Educación como
un derecho social y humano (ley 26.206/06), es necesario volver la
mirada sobre el contenido revolucionario, democrático y continental de la
Revolución de Mayo. Nos hace falta recuperar la ética de sus cuadros
políticos revolucionarios, que antepusieron el bien general al particular
y entre los cuales estuvo Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús
Belgrano.

“A veces basta con cambiar las palabras, para comprender mejor


las cosas”, dice el educador catalán Jorge Larrosa, y creemos que esta
es una expresión interesante como recurso metodológico. No porque
neguemos el carácter heroico de Belgrano, sino porque al recuperarlo
políticamente como un revolucionario, podemos comprenderlo mejor.
Las palabras “prócer” y “héroe” son absolutas, no permiten pensar más
porque lo dicen todo, pero si hacemos el ejercicio de cambiar algunas
tal vez comprendamos mejor las cosas: Manuel Belgrano perteneció
a un grupo de hombres que «clandestinamente» conspiraron contra
un orden instituido, fue por tanto un «Destituyente»; participó de
una rebelión contra el despotismo de los funcionarios de un Imperio
colonial, entonces fue un «Rebelde»; se lanzó a la lucha armada –fue un
«Insurgente»– contra un régimen absolutista, para construir un nuevo
orden basado en la igualdad y la soberanía popular. Fue por ello un
«demócrata» y por todo esto un «Revolucionario». Sí esto es así (y así
fue), ¿por qué negarnos a usar las palabras que lo definen y nos ayudan a
“comprender mejor las cosas”? Palabras que lo mudan, que lo cambian
de lugar, que lo ubican a un costado más humano, más próximo a la
memoria de los pueblos, que el inalcanzable frío del bronce de los

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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

pedestales y los monumentos, tan lejanos como muertos. Esto no quería


para él, porque él era otra cosa: “Nadie me separará de los principios
que adopté cuando me decidí a buscar la libertad de la Patria amada…
éste es mi objeto, no las glorias, no los honores… no los intereses…”
(15-04-13)1

La enseñanza de una historia meramente fáctica, con fragmentos


descontextualizados de sus escritos y Memorias, han contribuido más
al proceso de monumentalizarlo que a conocer sus pensamiento.
La mayoría de nuestro pueblo lo identifica sólo como el creador
de la Bandera y ha escuchado más veces mencionar sus derrotas
(«Paraguarí» y «Tacuarí» o «Vilcapugio y Ayohuma») que la importancia
estratégica que tuvieron el Éxodo Jujeño y sus victorias en «Tucumán y
Salta». Belgrano fue un cuadro político, que actuó en todos los frentes
que la Revolución lo requirió e incluso donde la contrarrevolución lo
arrojó en soledad, pero nunca dejó de hacer política, entregado a su
vocación revolucionaria: “Sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla
constituida, y éste es el premio a que aspiro habiendo mirado… los
cargos que he ejercido”2.

Demostró pericia y autoridad en la organización de la fuerza


militar revolucionaria, tanto en la expedición al Paraguay como con el
Ejército Auxiliar del Alto Perú, al cual supo recuperar de la tremenda
desarticulación que le infligió la derrota en Huaqui. Condujo a la
población civil en el Éxodo Jujeño, liderando la más generosa muestra
de organización popular y lealtad revolucionaria. Fue el Comandante
General de un ejército insurgente y plebeyo, integrado por soldados
y por paisanos, mujeres, indios y negros libertos –a pesar del malestar
de algunos oficiales del “patriciado” provinciano–. Fue el único general
criollo en hacer el reconocimiento público a la mujer por su participación
en la guerra revolucionaria: ascendió a «capitana» a María Remedios del
Valle, morena parda que participó en todas las acciones del Ejército
Auxiliar del Perú; a Juana Azurduy, mestiza jefa de partidas guerrilleras
de Chuquisaca, le obsequió su sable personal (reconocimiento máximo

1 Epistolario Belgraniano: 2001, 215.

2 Oficio al II° Triunvirato el 31/10/1812: Epistolario Belgraniano: 2001, 189.


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Luis Alberto Diaz

de un jefe a alguien subalterno) y promovió su ascenso a teniente


coronela; ordenó el homenaje diario de todos los regimientos del
Ejército a las mujeres cochabambinas que murieron ultrajadas por el
Mariscal Goyeneche en mayo de 1812 defendiendo Cochabamba. Fue
el único general criollo que rompió las barreras sociales del racismo
estamental y recibió en la señorial Villa de Potosí al cacique chiriguano
Cumbay con honores de Jefe de Estado; el general que reglamentó la
restitución de tierras y el reconocimiento de sus derechos a los pueblos
guaraníes de las Misiones en 1810; el que propuso al Congreso de
Tucumán restituir la Casa de los Incas y a Juan Bautista Condorcanqui
–medio hermano de Túpac Amaru– como monarca constitucional para
la América del Sud y fue quien autorizó a ese Congreso a ubicar a Inti
(el Sol) en el centro de la Bandera Nacional.

Estos no fueron actos comunes o esperables para el orden social de


entonces. Fueron tan disruptivos como son hoy para algunos sectores
conservadores los derechos de las minorías étnicas, de niñas y mujeres,
de todas las diversidades, de las comunidades indígenas y de los sectores
más postergados. Aquellos actos de Belgrano expresaron la coherencia
de un revolucionario consecuente con sus ideas y con los compromisos
del grupo político en el que militó.

Recordemos que la Junta de Mayo fue una coalición de gobierno,


integrada por liberales revolucionarios partidarios de políticas
soberanas, emancipatorias, igualitarias y liberales moderados elitistas,
que optaron por políticas reformistas negociadas con las potencias
europeas. Belgrano formó parte de los primeros, una pequeña burguesía
ilustrada y demócrata, que integraron abogados, curas, comerciantes,
empleados y oficiales.3 La cuestión de la soberanía popular planteaba
el reconocimiento de la «Igualdad» entre las personas, como expresión
concreta de la «felicidad pública» y ello implicó la disputa entre un

3 Allí estaban: los Dres. Juan J. Castelli, Manuel Belgrano, Mariano Moreno y su hermano
Manuel, José Darregueira, Vicente López y Planes, Juan José Paso, el jurisconsulto y docente
Francisco “Pancho” Planes; los sacerdotes Manuel Alberti, José Ignacio Grela y Juan Manuel Apa-
ricio; el médico Cosme Argerich, los empleados estatales: Domingo French y Agustín Donado;
comerciantes españoles como Juan Larrea y Domingo Matheu y criollos como Hipólito Vieytes
(dueño de la jabonería donde se reunían en secreto); oficiales como Tomás Guido, Antonio
Beruti, y los hermanos Rodríguez Peña entre otros.
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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

nuevo orden demócrata que pugnaba por emerger con “el Pueblo”
como nuevo sujeto político, y un viejo orden absolutista desigual, de
súbditos y castas, que los sectores del privilegio aspiraban a “conservar”
resignificado, en el orden nuevo emergente. Por esto la Revolución puso
en tensión todos los vínculos del entramado social. No fue una lucha
de americanos contra españoles, porque el lugar de nacimiento no
definía las rivalidades y en ambas hubo indistintamente americanos y
peninsulares. Fue una guerra civil en una guerra revolucionaria, como lo
expresó Belgrano al Gral. Goyeneche el 26 de abril de 1812: “Lloro la
guerra civil…en que infelizmente está envuelta la América…” 4

La disputa político-ideológica
Durante la Expedición que encabezó al Paraguay, el interlocutor
de su correspondencia fue Mariano Moreno, con quien mantuvo
un estrecho vínculo político y comunión de ideas. Además de las
cuestiones vinculadas con la organización del Ejército Auxiliar,
los objetivos políticos eran un tema recurrente de sus cartas. La
del 20 de octubre de 1810 acaso exprese como ninguna otra el
carácter jacobino de las acciones políticas que compartió con
Moreno: “Su Belgrano hará temblar a los impíos que quieran
oponerse a nuestro Gobierno (…) Deje V. a mi cuidado el dejar
libre de Godos el País (…) ellos han de ayudar a nuestros gastos
y por lo pronto he mandado rematar la Estancia de uno
que se ha profugado a Montevideo (…)… los derechos del
Estado y de la justicia serán conservados exactamente por mí.
(…) la Junta será vencedora…su nombre solo con el aspecto de
nuestros bravos, atrae a los afectos y aterra a los malvados” [La
pertenencia a un proyecto político, lo tenía pendiente de todos
los asuntos de gobierno, tanto los del frente de guerra en el Alto
Perú] “Nada me dice V. de nuestro Ejército del Perú, ni tampoco
de nuestro Castelli. Yo espero por momentos, (…) la noticia de
la toma de Potosí” [como de los asuntos externos vinculados a
británicos y portugueses, en que colaboraba con Moreno] “…
4 Epistolario Belgraniano: 2001,156-157.
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Luis Alberto Diaz

quieren puerto en el Río de la Plata y no hay que ceder ni un


palmo de grado, vengan fusiles y váyanse entusiasmando… que
les daremos en que entender a ellos y a los canallas limítrofes y a
cuantos quisieren algo de lo nuestro. (…) pídame V. lo que quiera,
que estoy pronto para todo, mis ideas se conforman con las de
V.… cuya inclinación conozco a V. auxiliado de las luces que Yo
quisiera tener” 5.
En diciembre de 1810, cuando acampó frente a la costa
paraguaya, la coalición política en la Junta estaba quebrada. A
partir de entonces el destinatario de su correspondencia con
la Junta ya no fue Moreno sino Cornelio Saavedra, cabeza –por
el momento– del grupo conservador fortalecido políticamente
con el arribo de los diputados del Interior. Belgrano sabía
que el alejamiento de Moreno y su partida a Londres como
plenipotenciario de la Junta era un retroceso para la Revolución.
El 31 de enero de 1811 le explicitó a Saavedra su no acuerdo con
los últimos sucesos: “…las Gazetas de Diciembre y algunas cartas
que tuve me alarmaron sobremanera; después, la tardanza de los
correos me hizo, más de una vez, temer lo que ni quiero traer a
mi imaginación (…) espero no ver esas resoluciones inmaturas,
(…) el medio adoptado ha sido por caminos que no debieron
tomarse, según pienso…” 6.
Sin Moreno, el rumbo de la revolución era incierto. Con esa
preocupación, hizo frente a un Ejército siete veces superior en
cantidad de soldados y cañones. Sus 950 hombres (los 2000
solicitados nunca llegaron) tal como previno, no alcanzaron
para doblegar a los paraguayos. Derrotado militarmente –y no
por impericia– en Paraguarí (enero) y Tacuarí (marzo), desplegó
en la negociación con los Grales. Cabañas y Yegros, toda su
capacidad política para construir un canal de acercamiento
pese al desequilibrio en la correlación de fuerzas: “… haría
cuanta especie de sacrificio sean necesarios [escribe a Cabañas

5 Epistolario Belgraniano: 2001, 85-90.

6 Epistolario Belgraniano: 2001, 97.


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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

el 15-3-1811] para la paz y la unión de estas Provincias con las


demás del Río de la Plata… V. no puede concebir cuál esta mi
corazón condolido de la sangre que tan desgraciadamente se ha
derramado entre nosotros…permita que corresponda por mi
parte aliviar estos males auxiliando a las viudas de mis hermanos
los paraguayos, que han perecido en las acciones de Paraguarí
y Tacuarí, con cincuenta y ocho onzas de oro que remito…”
[Pero además, jugó “políticamente” con el contexto generado en
el Litoral por el levantamiento artiguista en la Banda Oriental]
“Mientras V. [Cabañas] se preparaba para atacarme, nuestros
hermanos de… Mercedes y Soriano…Arroyo de la China,
Paysandú y hasta la Colonia…” [se rebelaron contra Montevideo]
“…pronto los nuestros se acercarán a las murallas de aquella
plaza y verá el Paraguay la falsedad de que los montevideanos
iban a destruir la Capital: la Capital es invencible y sujetará con las
demás Provincias, incluso la del Paraguay.” 7
A lo largo de la negociación, los paraguayos pudieron evaluar
que la victoria no era decisiva y que el levantamiento oriental,
sumado al bloqueo comercial porteño, los complicaba por los
costos de la guerra, a lo que se sumaban las divisiones internas
en la conducción política paraguaya: el Gral. Cabañas quería
acordar con los porteños, el gobernador Velasco se inclinaba
hacia los portugueses, pero el Gral. Yegros y el Dr. Francia eran
partidarios de la autonomía paraguaya. Desde su campamento
en La Candelaria, Belgrano trabajó políticamente con cada uno
y, si bien no los derrotó militarmente, consiguió un acuerdo
pacífico con Asunción que le permitió retirar sus tropas y frustrar
las aspiraciones portuguesas de enredar al Paraguay en la causa
Carlotista. Dos meses más tarde (en mayo) un movimiento
revolucionario en Asunción inició el camino de la autonomía
paraguaya. Fue un desenlace producto del «arte de lo posible»
pero para la Junta Grande, decidida a combatir al morenismo, lo
hecho por Belgrano en Paraguay era un fracaso y, por lo tanto, le

7 Epistolario Belgraniano: 2001,108.

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Luis Alberto Diaz

promovieron un proceso judicial que se inició a su regreso en el


mes de junio.
El año 1811 fue fatídico para la Revolución. Las “funestas
presunciones” de Moreno previas a su partida se cumplieron
el 4 de marzo y murió en alta mar en circunstancias aún no
aclaradas. La Junta Grande comenzó una caza de brujas con
los morenistas, mediante el Tribunal de Salud Pública, con el
objeto de perseguir a los opositores que se congregaban en el
Club de Marco identificados con divisivas celestes y blancas, y
una marcha patriótica compuesta por Esteban de Luca al modo
de la Marsellesa. Los encarcelamientos, procesos judiciales y
destierros alcanzaron a los vocales “morenistas” de la Junta, que
vueron reemplazados por saavedrista netos en el golpe del 5 y
6 de abril, del cual Saavedra se hizo el desentendido a pesar de
ser el único beneficiario. Sin embargo con Belgrano no pudieron:
“los bribones del 5 y 6 de abril me perjudicaron y perjudicaron
a la Patria”, escribió un año más tarde (11-5-1812) a Rivadavia.
Los únicos testimonios que reunieron fueron de oficiales y
tropa destacando su lealtad y pericia al frente del Ejército, por
lo que tuvieron que anular la causa y devolverle grado y rango,
nombrándolo jefe del Regimiento de Patricios, a pesar del «motín
de las trenzas» en el mes de noviembre.
Entre agosto y septiembre todo se complicó para la conservadora
Junta Grande. Portugal invadió la Banda Oriental en auxilio de
Elío y éste exigió la capitulación a Buenos Aires. El embajador
inglés en Río de Janeiro, Lord Strangford, presionó a la Junta para
llegar a un acuerdo con Elío, que permitiera levantar el bloqueo
al puerto de Buenos Aires, tan perjudicial para el comercio…
británico. La Junta envió a Manuel de Sarratea a “negociar”
con Strangford, en tanto las familias principales presionaron al
Cabildo para que convocara un Congreso General de Vecinos,
que votó el 19 de septiembre la creación del Primer Triunvirato:
un Ejecutivo de tres miembros integrado por Feliciano Chiclana y
Juan J. Paso como vocales, y como presidente Manuel de Sarratea
(!), el Secretario de Guerra sería Bernardino Rivadavia. Un mes
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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

después (octubre de 1811), este nuevo gobierno (representante


político de saladeristas y tenderos importadores), firmó el Tratado
de “Pacificación” con Elío, un eufemismo con que se denominó
la entrega de la Revolución. El Triunvirato reconoció que las
Provincias Unidas eran parte integrante de la monarquía española
y enviaría un diputado a las Cortes de Cádiz. A su vez, retiró sus
tropas del sitio de Montevideo y entregó la Banda Oriental y los
pueblos del Arroyo de la China, Gualeguay y Gualeguaychú del
Entre Ríos a la autoridad del Excmo. Sr. Virrey Elío. Éste, por su
parte, levantó el bloqueo al puerto Buenos Aires, cuya aduana
liberó de impuestos a la importación de manufactura inglesa y
a la exportación de carnes, cueros y sebo. Era el triunfo de la
Contrarrevolución negociada entre Lord Strangford y el liberalismo
moderado conservador del Triunvirato, ala política de la «alianza
tendero-pastoril» puertocéntrica, mientras Artigas abanaba la
Banda Oriental, seguido por los orientales que no entregaban la
Revolución. El Éxodo (la “Redota”) Oriental al Chuy fue la única
resistencia al fatídico 1811, en el que –no es exagerado decirlo–
la Revolución había sido derrotada. En este contexto, Belgrano
haría resurgir la Revolución.
El verano de 1812 deparó buenas noticias para los
revolucionarios. Bernardo de Monteagudo (abogado y compañero
de Castelli) refundó en Buenos Aires la Sociedad Patriótica y en
marzo llegaron oficiales liberales provenientes de Europa (San
Martín, Alvear, Zapiola y Chilavert, entre otros) a sumarse de la
Revolución desde la Logia Lautaro.
Por su parte, Belgrano fue destinado a custodiar la ribera Este
del Río Paraná, para instalar dos baterías de artillería en la Villa
del Rosario, Santa Fe, para rechazar los ataques realistas de la
otra Banda. Allí, en absoluta soledad política, reapareció el cuadro
político liberal revolucionario que con tres movidas, reposicionó los
ideales de la Revolución: la cuestión de la Escarapela, los nombres
de las baterías y la Creación de la Bandera. 8

8 Creación de la Bandera (Elorza: 2015,123).


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Luis Alberto Diaz

Las acciones de Belgrano en esos días (del 13 a 27) de febrero


de 1812 en la villa del Rosario son una muestra elocuente
de su capacidad táctica y su visión estratégica para la política
revolucionaria a pesar del contexto político adverso. En 12 días
se desmarcó de la política exterior del Triunvirato, les indicó
qué decisiones debían tomar, los comprometió con proclamas
independentistas y efectuó el primer gesto político concreto de
emancipación e independencia con la creación de la Bandera.
Primer movimiento, 13 de febrero: Belgrano escribió al
Ministro de Guerra: “Parece haber llegado el caso de que V.E.
se sirva declarar la Escarapela Nacional que debemos usar,
para que no se equivoque con la de nuestros enemigos (…)
de modo que sea una señal de división, cuyas sombras, si es
posible deben alejarse, como V.E. sabe, me tomo la libertad
de exigir... la declaratoria que antes expuse” 9 [el subrayado es
nuestro].
Le estaba indicando al Triunvirato qué debían resolver y éste
“resolvió” el 18 de febrero: “…en adelante, se reconozca y use
la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del río de la Plata,
declarándose por tal la de los colores blanco y azul celeste y
quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”10
¿En qué pensaban los triunviros concediendo a un Regimiento
(tradicionalmente saavedrista y amotinado tres meses atrás)
el distintivo de la Sociedad Patriótica? ¿Era una concesión a los
morenistas a quienes inútilmente procuraban acercar como
aliados? ¿Buscaban descomprimir los ánimos opositores por el
Tratado de octubre de 1811? Como sea, Belgrano comunicó el
día 23 de febrero, que cumplía la orden “emanada” del gobierno,
pero –atención con esto– “les señalaba” que se pronuncien con
“declaraciones” que confirmen la resolución de “sostener la
independencia de América”: “Se ha puesto en ejecución la orden
de V.E. para el uso de la escarapela nacional…cuya determinación

9 Epistolario Belgraniano: 2001,139.

10 Epistolario Belgraniano: 2001,139-140.


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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

ha sido del mayor regocijo y excitado los deseos de los


verdaderos hijos de la Patria, con otras declaraciones de V.E.
que acaben de confirmar a nuestros enemigos de la firme
resolución en que estamos de sostener la Independencia
de la América” 11[el subrayado es nuestro].
Segundo movimiento, el 26 de febrero: en el comunicado
sobre el emplazamiento de las baterías, Belgrano informó que
sobre la costa ubicó a la Batería «Libertad» y sobre la isla del
Espinillo la batería «Independencia». Los nombres no eran
ingenuos ni ambiguos, eran claramente opuestos a los objetivos
del gobierno que estaba informando y acto seguido, le exige una
definición de soberanía, desde la naturalización de sus decisiones:
“…ya que V.E. ha determinado la Escarapela Nacional con que nos
distinguimos de… todas las Naciones, me atrevo a decir a V.E. (…)
que en estas Baterías, no [se verá flamear otra enseña] sino las que
V.E. designe.” [les estaba indicando que creen la bandera y se despide
con una ¿amonestación? tremenda] “Abajo, Señor Excelentísimo,
esas señales exteriores que para nada han servido y con que parece
que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud.” 12
Tercer y decisivo movimiento, el 27 de febrero de 1812: al día
siguiente y sin esperar la respuesta, Belgrano organizó un «acto
político» y a la vez «pedagógico». Quiero detenerme en estas
dos ideas (que se repetirán luego en Jujuy y en Tucumán) del
“acto”, no en tanto acción, sino cómo ritualidad cívica y pública
que desarrolló Belgrano integrando a las tropas con lxs paisanxs
del lugar, en una celebración de «liturgia» patriota que tuvo una
consecuencia “pedagógica” manifiesta: las palabras y gestos que
usó, los postulados ideológicos y revolucionarios que subrayó,
la actitud identitaria y emancipatoria que practicó, no pasó
desapercibida para los sectores populares que la vivieron, como

11 Creación de la Bandera (Elorza: 2015,123).

12 Epistolario Belgraniano: 2001,143.

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Luis Alberto Diaz

tampoco para los que escucharon de ella:


“He dispuesto –informó al gobierno– para entusiasmar a las tropas y estos
habitantes, que se formen todas aquellas y hablé en los términos de la copia que
acompaño. Siendo preciso enarbolar Bandera y no teniéndola la mandé hacer
blanca y celeste13 conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que
sea de la aprobación de V. E.” 14 [el subrayado es nuestro].

“He dispuesto”…”entusiasmar”… “siendo preciso”…


“mandé hacer”; verbos que deciden a otros verbos, con
convicción, con autoridad. Por último, su discurso a los presentes
y la fórmula que usó para la el juramento, tienen la contundencia
de una gran proclama revolucionaria:
“Soldados de la Patria. En este punto hemos tenido la gloria
de vestir la Escarapela Nacional…Juremos vencer a nuestros
enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será
el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que
así los juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!” y los presentes
contestaron con otro ¡Viva la Patria! [el subrayado es nuestro]15.
Esa Bandera expresaba a la Patria que era la América del Sud, que
tenía “enemigos interiores” y “exteriores” y que de vencerlos
sería (usa metafóricamente la palabra “templo” algo conocido por
los presentes) el ámbito que resguarde dos principios “sagrados”:
la Independencia y la Libertad para todxs, que el absolutismo
aristocratizante les negaba.
Al día siguiente, partió para Tucumán. Había recibido –el
mismo 27 de febrero– la orden de traslado y la designación de
Jefe interino del Ejército Auxiliar del Perú, en reemplazo de
Juan Martín de Pueyrredón quien había solicitado el relevo por
problemas de salud. Enterado el gobierno de lo ocurrido el día

13 La señora María Catalina de Echevarría de Vidal, vecina de la villa del Rosario y hermana
de un amigo de Belgrano, José Vicente de Echevarría, habría sido la encargada de confeccionar
las escarapelas y las Banderas Nacionales. Dos quedaron enarboladas en las baterías Libertad
e Independencia y una tercera al menos, habría llevado Belgrano al Norte (Elorza: 2012,132).

14 Epistolario Belgraniano: 2001,144.

15 Creación de la Bandera (Elorza: 2015,128).


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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

27 en Rosario, emitió un oficio el 3 de marzo –que Belgrano


no llegó a recibir– en el cual se le exigía mayor prudencia, ya
que el enarbolar la bandera, podía «destruir los fundamentos que
justificaban las operaciones del gobierno» y sugería a Belgrano
que presente el incidente como producto de su entusiasmo,
para no comprometer al Triunvirato con los acuerdos asumidos
con Lord Strangford. Entre tanto, Pueyrredón expresaba su
oposición al Triunvirato a que las tropas usaran la Escarapela
nacional, una “inoportuna alteración” que producía “tan nimias
innovaciones” a unos pueblos que no estaban en condiciones
de gozar de la independencia. Son dos respuestas que explican
por sí solas a qué se refería Belgrano con la expresión “enemigos
interiores”.

La recuperación de la conciencia política en la Guerra


Revolucionaria
A fines de marzo Belgrano llegó a Metán (Salta), donde se
encontró con el Ejercito Auxiliar que “bajaba” en retirada16 hacia
Tucumán. Allí mismo Pueyrredón le entregó los “restos” del
mismo: algo más de mil hombres desmoralizados a quienes se
le adeudaban sueldos, mal vestidos, con pocos fusiles útiles, sin
equipamiento, mal alimentados y sin atención de su salud. Las
primeras decisiones, tendieron a dar respuestas a las necesidades
materiales, para después abocarse a la instrucción profesional de
las tropas, a fin de contar con cuerpos capacitados para entrar en
combate.
Desde su llegada al Norte, Belgrano se encontró con la
oposición de la élite, pero su mayor preocupación, fue cómo
recuperar “…el fuego del Patriotismo que he observado por

16 Pueyrredón (quien no parecía estar tan mal de salud) volvía a Buenos Aires, donde reempla-
zaría a Juan J. Paso como vocal del 1° Triunvirato.
56
Luis Alberto Diaz

todas partes apagado”17 y cómo revertir el recelo de la población


norteña contra los patriotas, acusados de “herejes” e “impíos”.
El Gral. Goyeneche habían sabido aprovechar políticamente el
comportamiento poco piadoso de algunos oficiales de Castelli
en la campaña anterior, instalando la idea de que las fuerzas
revolucionarias eran enemigas de la religión y que servían al
demonio.18 Belgrano le respondió con una política de gestos
“devotos”, como el uso de escapularios, la concurrencia de jefes,
oficiales y tropa a las Misas y al rezo del Rosario. Introdujo a Dios
en sus discursos y proclamas, presentando a “la santa causa que
defendemos” como obra divina.
Un hecho escandaloso que impactó fuertemente en la sociedad
y que Belgrano supo explotar en favor de la causa patriota,
fue la intercepción de correspondencia secreta del Obispo
de Salta –Mons. Videla del Pino- con el Mariscal Goyeneche.
Comprometido gravemente con cargos de alta traición, Belgrano
no fusiló al prelado –en virtud de su investidura- pero le dio 24 hs
para abandonar el territorio de las Provincias Unidas. El suceso
afectó negativamente la imagen de la Iglesia y puso fuertemente
en cuestión las acusaciones contra los revolucionarios.
Durante el entrenamiento y recuperación del Ejército,
Belgrano se puso en contacto con los líderes de la rebelión en
Cochabamba -Mariano Antezama y Esteban Arce- instándolos
a la acción y comunicándoles que trabajaba intensamente
para enfrentar cuanto antes al enemigo, ya que sus tropas de
avanzada se encontraban en Humahuaca. El 19 de Mayo llegó
con el Ejército a San Salvador Jujuy y de inmediato se abocó a la
organización del acto por el segundo aniversario de la Revolución,
el cual tendría un fuerte impacto político. Como hizo en Rosario,
le habló a los norteños con un nuevo lenguaje, cuya finalidad
política y “pedagógica, consistía en resignificar el término “Patria”

17 (Pomer: 2011,254)

18 Esto no debe llamarnos la atención, en la actualidad se hacen cosas similares con las fake
news.
57
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

identificándolo -ya no con el rey- sino con América del Sud y en


convocar al pueblo a luchar, no contra los “hermanos” del Alto
Perú, sino contra la tiranía del poder español residente en Lima,
que oprimía la libertad de los pueblos “hermanos” de América. 19
Belgrano organizó cuidadosamente el acto. El repique de
campanas que inició el día, congregó a gran número de vecinos
y pobladores a la plaza de central de Jujuy decorada con arcos y
guirnaldas, donde estaba el Ejército formado frente al Cabildo.
Cuando llegó Belgrano con su comitiva, ingresó al edificio con sus
oficiales y los miembros de la casa capitular. Arriaron el pabellón
español del balcón del Cabildo e izaron en su lugar la Bandera
nacional americana,20 saludada por dianas y salvas de artillería,
ante la enorme expectación y el aplauso de la muchedumbre.
Luego, Belgrano y sus oficiales cruzaron la plaza e ingresaron
al templo para la celebración de la misa solemne. Concluida la
misa, la bandera celeste y blanca fue conducida a la Catedral
entre vivas, aplausos y nuevas salvas en su honor y en el altar
mayor, fray Juan Ignacio Gorriti (hijo de una tradicional familia
salteña y ex diputado de la Junta Grande) la bendijo en brazos
del Gral. Belgrano. Por la tarde, el jefe arengó a sus tropas y al
pueblo presente, con expresiones de hondo contenido político y
revolucionario: “Soldados, hijos dignos de la Patria, camaradas
míos! Dos años ha que por primera vez resonó en estas regiones
el grito de Libertad…no es obra de los hombres sino de
Dios Omnipotente que permitió a los americanos [gozar]
de nuestros derechos. El 25 de Mayo será para siempre
memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros
tendréis un motivo más para recordarlo cuando veis en él, por
primera vez, la bandera nacional en mis manos que ya nos
distingue de las demás naciones del globo [a pesar] del

19 (Davio: 2015, 11).

20 La afirmación más rotunda en este sentido la expresaría más tarde el Gral. San Martín,
en ocasión de enarbolar en Mendoza la ‘’Bandera de los Andes”. En línea con la concepción
belgraniana proclamó: “Esta es la primer bandera que se ha levantado en América” (Astesano:
1991, 12).
58
Luis Alberto Diaz

esfuerzo que han hecho los enemigos de la sagrada causa que


defendemos, (…) Mi corazón rebosa de alegría al observar en
vuestro semblantes … tan generosos …sentimientos, y que
yo no soy más que un jefe a quien vosotros impulsáis
con vuestros hechos,…ardor y…patriotismo. Sí, os seguiré
imitando vuestras acciones y todo el entusiasmo de que solo
son capaces los hombres libres para sacar a sus hermanos de
la opresión. (…), no olvidéis jamás que nuestra Obra es de
Dios, que él nos ha concedido esta Bandera, que nos manda que
la sostengamos (…) Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba
de ello repetid ¡Viva la Patria! ¡Viva la Patria! ¡Viva la Patria!”21 [el
subrayado es nuestro].
Por la noche continuaron los festejos populares en la plaza con
bailes y guitarreadas, al igual que los brindis y música en los pocos
salones elegantes que adherían a la Revolución, ya que la mayoría
de las familias principales –al igual que los comerciantes de la
ruta altoperuana– eran partidarias del rey. Al cabo de semejante
acto, Belgrano escribió satisfecho al Triunvirato: “He tenido la
mayor satisfacción en ver la alegría, contento y entusiasmo con
que se ha celebrado en esta ciudad el aniversario de la libertad
de la Patria…”22. No fue sólo un General que reorganizó
un ejército vencido, fue un revolucionario consecuente con
sus ideas que leyó correctamente el contexto y lo revirtió
mediante la actividad política. Pero eso fue posible porque tuvo
condiciones de conductor, interpretó la sensibilidad popular y,
desde ella, lo convocó a la recuperación de la conciencia política
y revolucionaria.
A fines de mayo, llegó a Jujuy la noticia de la masacre
ejecutada por Goyeneche en Cochabamba. Luego de la derrota
de Antezama y Arce, avanzó sobre la ciudad y ante la ausencia
de hombres para enfrentarlo, Manuela Eras y Gandarillas lideró
a un importante grupo de mujeres, que resolvieron hacerles

21 (Bandera Nacional Argentina: 2013, p 31-32).

22 Oficio de Belgrano al Triunvirato, 29 de mayo de 1812.


59
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

frente y defender la ciudad. El 27 de mayo de 1812, armadas


con palos, piedras y cuchillos resistieron el ataque de las tropas
realistas, que culminó en la matanza de todas aquellas valientes
mujeres cochabambinas. Cuando Belgrano supo los detalles y del
tremendo ultraje a que las sometieron, dispuso en su homenaje
que en la revista diaria de sus tropas se preguntara en alta voz:
“¿Están presentes las mujeres de Cochabamba?” , y el oficial de
guardia debía responder: “¡Gloria a Dios, han muerto todas por
la Patria en el campo de honor!”.
En julio el ejército realista avanzó hacia el sur al mando del
Gral. Pío Tristán con órdenes de ocupar la ciudad de Salta. En ese
mes Belgrano recibió dos órdenes tremendas: 1) la amonestación
del Triunvirato por la jura de la bandera, porque con esa acción
había afectado los compromisos asumidos por el gobierno.
Belgrano respondió con contundencia: “Vengo a estos puntos
(…) los encuentro fríos, indiferentes y tal vez enemigos; tengo
la ocasión del 25 de Mayo y dispongo la Bandera para acalorarlos
y entusiasmarlos; ¿y habré, por esto, cometido delito? (…) La
Bandera la he recogido y la desharé (…) se reserva para el día
de una gran victoria.(…) V.E. tendrá su sistema …pero diré con
verdad, que hasta los indios sufren por el Rey Fernando 7° (…) ni
gustan oír el nombre del Rey, ni … las mismas insignias con que
los tiranizan. (…) Mi corazón está lleno de sensibilidad…cuando
veo mi inocencia y mi patriotismo apercibido…”23
2) Como el Triunvirato no priorizaba la Revolución sino los
intereses del comercio interportuario con los británicos, le
ordenaron replegarse con el Ejército a hasta Córdoba.
Es difícil elegir una palabra que grafique el estado de ánimo
de Belgrano, pero como aún no estaba en condiciones militares
de enfrentar a Pío Tristán, resolvió replegarse con sus tropas.
Pero no lo haría solo: se iría con todo el pueblo jujeño, no le
dejaría nada al enemigo y trataría de entorpecer su avance todo
lo posible, para debilitarlo y después volver a recuperar Jujuy. Una

23 Epistolario Belgraniano: 2001, 170.


60
Luis Alberto Diaz

nueva trasgresión política y una nueva decisión revolucionaria.


El 29 de julio emitió un bando en el que informaba al pueblo de
Jujuy que las tropas del Virrey Abascal se acercaban a Suipacha, “y
lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que
viven entre vosotros que no pierden [oportunidad] para que
nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad
sean ultrajados y [volvamos] a la esclavitud.” “…si como aseguráis
queréis ser libres” [Los convocaba a sumarse al Ejército y que den
parte a la justicia de quienes teniendo armas] “… permanecieren
indiferentes a vista del riesgo que os amenaza de perder no solo
vuestros derechos, sino las propiedades que tenéis.”
[Ordenaba la movilización y el Éxodo del todo pueblo jujeño
a Tucumán convocando a los hacendados, a los labradores y a
los comerciantes, a sacar todas las pertenencias y movilizarse,
bajo pena de muerte. Sería fusilado, todo aquél] “…que atentase
contra la causa sagrada de la Patria sea de la clase, estado o
condición que fuese.”, [quien se hallare fuera de las guardias
del Ejército, quien inspirase desaliento, quienes no estuvieran
prontos a marchar o no lo hagan con celeridad. Y finalizaba,
expresando su confianza en que no habría ejecuciones, porque
los verdaderos hijos de la patria] “se empeñarán en ayudarme”
y “los desnaturalizados obedecerán ciegamente y ocultarán sus
inicuas intenciones. Mas si así no fuese, sabed que se acabaron
las consideraciones de cualquier especie que sean” (29-7-1812,
Manuel Belgrano)24.
Belgrano ordenaba dejar la “tierra arrasada”, que los realistas
no encontraran casas donde alojarse ni alimentos, animales, agua
potable y mercaderías para aprovisionarse, que no encontraran
nada a su paso. No hizo falta fusilar a nadie, encontró –sobre todo
en las clases populares- la conciencia revolucionaria que predicó
esos meses, incluso en algunas familias de vecinos propietarios. La
clase principal esquivó el bando, pero sólo una exigua minoría logró
no emigrar. El Éxodo comenzó a principios de agosto, las tropas

24 CCK: 2020.
61
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

partieron recién el día 23 y una última línea desde Humahuaca


cubrió la retaguardia. Belgrano le imprimió gran velocidad a la
retirada, cubriendo 250 km en 5 días: el 29 de agosto cruzaron el
Río Pasaje, 4 días más tarde la avanzada realista los alcanzó en Las
Piedras pero lograron rechazarlos, lo cual levantó el ánimo del
Ejército. El 13 de septiembre llegaron a San Miguel de Tucumán
y desde allí Belgrano comunicó al Triunvirato que no cumpliría
su orden, que había resuelto presentar batalla allí, en las afueras
del pueblo, “esta es mi resolución…cuando veo que la tropa
está llena de entusiasmo con la victoria del 3 [Las Piedras] y
que mi Caballería se ha aumentado con hijos de este suelo que
están llenos de ánimo para defenderlo (…) Algo es preciso
aventurar y esta es la ocasión de hacerlo: felices nosotros si
podemos…dar a la Patria un día de satisfacción, después
de los muchos amargos que estamos pasando” 25.

El triunfo del revolucionario


“La Patria puede gloriarse de la completa victoria que han
obtenido sus armas el día 24 del corriente en Tucumán, día
de Nuestra Señora de las Mercedes bajo cuya protección nos
pusimos […] al enemigo le he mandado perseguir, pues con
sus restos va en precipitada fuga” 26.
La batalla de Tucumán tuvo de todo. Sin adentrarnos en
los detalles de su desarrollo, ni reparar en el conocimiento de
Belgrano en táctica militar,27 no es ninguna novedad que fue

25 Carta de Belgrano a Rivadavia, 14 de septiembre de 1812 (Epistolario Belgraniano:


2001,180).

26 Parte de Batalla de Tucumán redactado por Manuel Belgrano, 26 de septiembre de 1812


(AGN).

27 Un tema recurrente en muchos trabajos, es resaltar el escaso conocimiento de Belgrano


en tácticas militares. Él mismo dice algo al respecto en su Autobiografía escrita en 1814, con
posterioridad a las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma, que afectaron fuertemente su ánimo
por sentirse responsable de la pérdida del Alto Perú. Belgrano sabría de tácticas de guerra lo
62
Luis Alberto Diaz

absolutamente decisiva para ambos contendientes. Belgrano,


al frente de un Ejército plebeyo –sin apoyo del gobierno y mal
equipado– derrotó al poderoso Ejército realista, esos “enemigos
externos” de la Patria americana, de la Libertad y la Independencia.
Alcanza con mirar la situación continental para entender que en
esa fecha todos los revolucionarios habían sido derrotados. Todos
menos uno, que en soledad política, estoico, leal y comprometido
con la Revolución, acompañado por un Pueblo en éxodo (no
olvidemos esto) venció, también, a esos “enemigos internos” de la
Revolución demócrata e igualitaria, que semanas más tarde serían
eyectados del gobierno por la alianza de la Sociedad Patriótica y
la Logia Lautaro. En Tucumán, el General revolucionario salvó la
Revolución.
El Segundo Triunvirato (morenistas netos) premió a Belgrano
con el honorífico título de Capitán General, que él agradeció
respetuosamente, “…pero hablando [con la] verdad, en la acción
no he tenido más de General que mis disposiciones anteriores,
habiendo sido todo lo demás, obra de mi segundo el Mayor
General, de los Jefes de División, de los oficiales y de toda la tropa
y [del] paisanaje … a cada uno de ellos se le puede llamar el héroe
del campo de la carreras del Tucumán”28 No sólo era humildad.
Su coherencia militante y revolucionaria lo hacía consciente de
que la batalla de Tucumán había sido una obra colectiva, popular
y paisana. El día anterior se había presentado ante él María
Remedios del Valle. Todos conocían a esa morena que había
acompañado al Ejército desde tiempos de Castelli y que después
de Huaqui quedó en Jujuy sola, tras la muerte de su hijo y su
esposo en combate. María Remedios, «la Madre de la Patria»
como la llamaban, atendía a los heridos en la batalla, llevaba agua
a los artilleros, cocinaba, lavaba, curaba heridas, acompañaba en

mismo que algunos generales sabían de causas judiciales, de reglas del mercado o de conducción
política. Pero tenía claridad estratégica y el acompañamiento de un pueblo que alimentaron la
valentía de sus decisiones.

28 Oficio de Belgrano al Triunvirato, 31 de octubre de 1812 (Epistolario Belgraniano:


2001,189).
63
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

la muerte para que no murieran solos. Se movilizó con el Éxodo


y ahora le pedía al General que le permitiera atender a los heridos
en combate. Belgrano no la autorizó, no era partidario de que
hubiera mujeres en el Ejército, pero Remedios apareció igual
en la retaguardia y asistió a los soldados hasta el momento final
en el campo de batalla. Belgrano, a pesar de sus prevenciones
disciplinarias y sobre todo a pesar de las convenciones sociales
y raciales de varios oficiales, la nombró capitana del Ejército del
Norte porque la guerra revolucionaria la libraron juntos, soldados
y paisnxs. Por eso terminaba el oficio solicitándole al gobierno, le
permitiera no usar ese título honorífico, “no veo en él, sino más
trabas para el trato social” y mayores gastos para “el sostén
de una escolta que a nada conduce pues el que procede bien,
nada de eso necesita… [y me] privaría de andar con la llaneza
que acostumbro…”29.
El nuevo Gobierno convocó a la Provincias a elegir diputados
para reunir una Asamblea General Constituyente el 31 de enero
de 1813 y le ordenó a Belgrano movilizar a su Ejército y avanzar
al norte, con el objetivo de abrir la ruta al Alto Perú. No sería
sencillo con las lluvias estivales y su cuadro febril de terciana30 y la
hemoptisis31 que lo postraba. Pero marchó hacia Salta y el 20 de
Febrero de 1813 y volvió a estar frente a frente con Pío Tristán
en el campo de batalla. Los realistas esperaban fortificados en el
Portezuelo, única entrada a la ciudad desde el sudeste con una
clara ventaja táctica. El Ejército patriota –ahora mejor equipado–
amparándose en la noche lluviosa destacó una parte de su
caballería por un sendero de altura y bordeó por fuera el cerro
San Bernardo hasta posicionarse en la madrugada en el campo
de Castañares al norte de la ciudad a espaldas de Pío Tristán. Al
clarear, Belgrano atacó a los realistas desde el sur y por el norte.

29 (Ob-cit: 190).

30 Fiebre palúdica en la que los accesos febriles se repiten cada tres días.

31 Expectoración de sangre generada en los pulmones o los bronquios, por lesión de las vías
respiratorias.
64
Luis Alberto Diaz

Fue la primera vez que el Ejército patriota llevó en batalla


la Bandera celeste y blanca. La victoria en la batalla de Salta
terminó de consolidar la Revolución y reabrió la ruta al Alto Perú
para liberar las provincias charqueñas. No obstante, no faltó la
amonestación posterior a ña batalla (de su tiempo e historiográfica)
para Belgrano, por perdonarle la vida a los realistas –desoyendo
el consejo de sus oficiales de fusilarlos– y liberarlos sólo con el
juramento de no volver a tomar las armas contra la Revolución.
Junto con la crítica aparecen varias preguntas: ¿fue ingenuidad?,
¿le faltó severidad?, ¿fue un abuso de ejemplaridad?, ¿subestimó
al enemigo? Propongo otra pregunta: ¿acaso San Martín fusiló a
los derrotados de Chacabuco y Maipú? ¿Hay cuestionamientos al
respecto? Quien escribe no los tiene en ninguno de los dos casos.
Quien recorra los escritos y la correspondencia de Belgrano
comprobará cuánto lamentaba la guerra civil que se libraba y
cómo anhelaba ponerle fin para alcanzar la unidad americana. Se
lo expuso en carta a Paso: “he tenido en vista la unión de los
Americanos y aun de los Europeos, que otra cosa” 32 y confiaba
que lo iría a conseguir. Por otra parte, le escribía a Chiclana “…
los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos,
ni oyen los ayes de los infelices heridos… son esos mismos
[que critican] las determinaciones de sus jefes; por fortuna dan
conmigo que me rio de todo y que hago lo que me dicta la razón,
la justicia y la prudencia, que no busco glorias sino la unión de
los Americanos”33. ¿Podría haber fusilado a todos? ¿Qué hubiera
pasado? Es imposible hacer un análisis contrafáctico y es complejo
pensarlo, porque Belgrano fue un revolucionario humanista. No
podía actuar como un conquistador, no lo era. Sólo un humanista
destina la suma otorgada por la Asamblea General Constituyente
por la batalla de Salta a la construcción de escuelas en las
provincias. Tal vez la equivocación fue creer que los jefes realistas
respetarían lo jurado. Goyeneche y la Iglesia convencieron a los
soldados de la invalidez del juramento por haberlo hecho ante

32 Belgrano a Juan J. Paso: 28-2-1813 (Epistolario Belgraniano: 2001,198).

33 Carta de Belgrano a Chiclana: 1 de marzo de 1813 (Epistolario Belgraniano: 2001,201).


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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

un jefe insurgente, revolucionario, impío y sedicioso. El Gral. Paz


introdujo otra línea de análisis más concreta y material. Dice en
sus Memorias que Belgrano no tuvo otra salida, porque en aquellas
circunstancias no era posible la manutención de dos mil quinientos
prisioneros. Este es un argumento contundente, ya que el mismo
Belgrano en la citada carta a Paso, le expresa a ocho días de la
batalla de Salta: “Dinero, dinero, dinero; sólo por un milagro se
sostienen cerca de 3000 hombres impagos, [y muchos, enfermos
de chucho] después de una victoria tan completa34.
Entre fines de febrero y principios de marzo, Belgrano y el
pueblo jujeño volvieron a Jujuy, a San Salvador, a sus poblados y a
sus campos destruidos por la ocupación realista. Antes de subir al
Alto Perú por la Quebrada de Humahuaca, Belgrano quiso hacer
un reconocimiento al pueblo jujeño: el 24 de mayo de 1813 le donó
una bandera con el Escudo de la Asamblea General Constituyente
de 1813, diseñado por Juan de Dios Rivera, grabador mestizo,
inca por línea materna. En el escudo brilla Inti (Sol) por encima de
los campos celeste y blanco, y en la pica sostenida por las manos y
brazos morenos unidos entre sí, un chulo rojo con borla sobre el
costado como usan las autoridades étnicas andinas, muy distinto
al gorro frigio con que se lo reemplazó más tarde: “El desfile se
hizo [dice Belgrano] frente a todo el pueblo con la bandera que yo
mismo llevaba en medio de las exclamaciones y vivas del pueblo.
No es dable a mi pluma pintar el gozo general, ni los efectos
palpables que he notado en toda las clases del Estado”35.
Desde el punto de vista político, las batallas de Tucumán y
Salta fueron las más trascendentales de la guerra revolucionaria
emancipadora. Salvaron políticamente a la Revolución, fueron
indispensables para el sostenimiento de la causa independentista
y convirtieron a las Provincias Unidas del Sud (ex virreinato del
Río de la Plata) en la única región de América donde las fuerzas
realistas jamás pudieron volver a establecerse. Un triunfo

34 (Belgrano a Paso: ob-cit.).

35 (Astesano: 1991, 12)..


66
Luis Alberto Diaz

contundente complementado por José de San Martín en San


Lorenzo (3-2-1813) y con la recuperación patriota de la Banda
Oriental en octubre de 1812, reanudando el sitio a Montevideo.
Goyeneche informó a España que tras las derrotas de
Tucumán y Salta, las provincias de Charcas habían “abrazado
los ideales revolucionarios” y que se tornaba imposible reclutar
hombres dispuestos a luchar por la causa del Rey: “Estas no son
tropas, Señor, no hay interés en la causa de V.A. (…) todos huyen
vilmente. (…) me veo sin oficiales, sin armas y con unos soldados
aburridos por irse a sus casas…” (José M. de Goyeneche, Oruro,
25 de abril de 1813) (Davio: 2015, 8). Por lo tanto, pedía el envío
de 8000 soldados europeos porque a pesar de contar con 4000
hombres y con las tropas de los caciques peruanos Choquehuanca
y Pumacahua, “el territorio se encontraba totalmente invadido
por los ideales revolucionarios, «viciados en la rebelión» y en
la consecución de su «soñada independencia»36 Dejó Potosí
retrocediendo apresuradamente hasta Oruro. Luego renunció
generando una importante crisis en las fuerzas realistas.

El General y la insurgencia guerrillera mestizo-indígena


Una nueva entrada al Alto Perú implicó pensar otro tipo de
guerra y otras alianzas. El General revolucionario se abocó a
articular las operaciones del Ejército con los grupos guerrilleros,
integrados por criollos e indígenas altoperuanos. El vínculo
con éstos últimos no le era desconocido ni forzado: “Yo deseo
tener muchos naturales en [mi regimiento]” había manifestado
en Rosario en 1812, al igual que en la campaña al Paraguay de
1810, cuando solicitó guaraníes del Pueblo de Garzas para formar
una Compañía de lanceros, esto sin dejar de mencionar las
políticas igualitarias dispuestas en el Reglamento para las Misiones
Guaraníes de 1810 sobre tierras y derechos sociales y políticos.

36 (Davio: 2015, 7-8)..


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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

Los insurgentes altoperuanos apoyaron decididamente la


llegada del II° Ejército Auxiliar del Perú; desde la provincia de
Chayanta, el caudillo Baltazar Cárdenas y los indígenas de la
región, se organizaron para esperar al Gral. Belgrano.37 Otros
comandantes guerrilleros como Eusebio Lira de los Valles,
Sicasica y Ayopaya, los comandantes indios Andrés Simón o
Miguel Mamani, y el comandante Manuel Asensio Padilla de la
guerrilla de La Laguna, llegaban con Belgrano. Habían custodiado
en 1811 la retirada de Castelli y del I° Ejército Auxiliar hasta Salta,
de allí en más, participaron de todo lo actuado por Belgrano, en el
Éxodo jujeño y las batallas de Tucumán y de Salta (Soux: 2016,42).
Instalado en Potosí, Belgrano nombró Gobernador de
Cochabamba al Cnel. Juan Antonio Álvarez de Arenales y
gobernador de Santa Cruz de la Sierra al Cnel. Ignacio Warnes.
El 30 de agosto Belgrano recibió en Potosí al jefe chiriguano
Cumbay, señor del Valle de Ingre, un viejo conocido de las
autoridades de Charcas. Hay dos versiones de este encuentro:
una fue tomada de las Memorias del Cnel. Díaz Vélez por Mitre
para su obra sobre Belgrano, donde cuenta que Cumbay quería
conocer a Belgrano y éste accedió, agasajándolo profusamente
e impresionándolo con el potencial de su ejército. Otra versión,
perteneciente a un cronista potosino, deja entrever que el
interesado era Belgrano, para conseguir la ayuda militar de
Cumbay, quien terminó ofreciendo “2000 flecheros” más 30
chiriguanos armados de sables, carabinas, fusiles y escopetas con
miras a la gran batalla que se anunciaba en Vilcapugio.38 Pensando
en el componente político de los movimientos de Belgrano en
Charcas, lo más realista es considerar el segundo testimonio para
comprender la alianza que selló con Cumbay, a quien dispensó
honores de jefe de Estado. Dicha alianza se mantuvo después
de la derrota del Ejército Auxiliar, dando protección y ayuda al
matrimonio guerrillero de Juana Azurduy y Manuel A. Padilla,
quienes continuaron las operaciones de hostigamiento contra los

37 (Soux: 2011,468).

38 (Saignes: 2007,118-121)..
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Luis Alberto Diaz

españoles39.
Ambos ejércitos avanzaron sobre la zona de Oruro en
septiembre de 1813 y se enfrentaron en Vilcapugio donde las
fuerzas patriotas fueron derrotadas. El ejército de la revolución
se retiró en dos grupos: uno hacia Potosí, dirigido por Díaz
Vélez, y el otro hacia Cochabamba, conducido por el mismo
Belgrano, que fue nuevamente vencido en noviembre las Pampas
de Ayohuma. La retirada hacia Jujuy esta vez no fue una huida.
Fue sostenida por el auxilio de la población y la resistencia de
la guerrilla altoperuana, quienes neutralizaron los movimientos
de los realistas y no los dejaron aprovechar el triunfo militar. El
ejército del rey de España nunca pudo lograr capitalizarlo, debido
al hostigamiento permanente de los comandantes guerrilleros
dirigidos por el coronel Juan Antonio Álvarez de Arenales en Valle
Grande, por Ignacio Warnes como su segundo en Santa Cruz
de la Sierra, Juana Azurduy y su esposo Manuel A. Padilla en La
Laguna, al este de Tarabuco; el cura Ildefonso de las Muñecas en
Larecaja, los indígenas del Chaco, Martín Miguel de Güemes en
Salta y Tarija, con el ex marqués de Tojo a sus órdenes desde Yavi
y Chichas. (Soux: 2011, 41-46).
Vilcapugio y Ayohuma fueron derrotas impensadas para
Belgrano y lo afectaron fuertemente: “…han sido crueles y con
particularidad la última para nosotros; pues casi he venido a
quedar como al principio” (8-12-1813).40 No dejó de lamentarlo
ante distintos interlocutores. Se sentía políticamente responsable
de haber perdido el Alto Perú.: “cuando Yo menos lo pensaba” le
decía a Arenales al informarle del nombramiento de San Martín
como jefe del Ejército: “Mi amado amigo: Al fin he logrado que
el Ejército tenga un jefe de conocimientos y virtudes, y digno
del mayor y más distinguido aprecio; confieso a Y. que estoy
contentísimo con él, porque preveo un éxito feliz después
de tantos trabajos y penalidades; me desprendí de todo amor

39 (Soux: 2011, 44).

40 Carta de Belgrano a Vicente Echevarría, 8/12/1813 (Epistolario Belgraniano: 2001, 240).


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Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

propio y lo pedí al Gobierno…” (26/2/1814)41. En la peor derrota


de su carrera política no pensó en él o en su desprestigio, no
expuso ni buscó excusas, se hizo cargo de las consecuencias
y, lejos de compadecerse, se puso a trabajar para recuperar lo
perdido y pensar en alguien con mayor capacidad profesional
para reemplazarlo, revertir la derrota y salvar la revolución.
Algunos y algunas historiadores sólo han visto en esa actitud a
un buen hombre o a un abogado incompetente desde el punto
de vista militar, como él mismo dio a entender. Pero ahí también
se advierte a un revolucionario, que vive con coherencia y
compromiso político, al servicio de una causa donde se entrega la
vida para hacerla más digna a los demás.
Las contradicciones e intrigas de la conducción política
Lautarina pospusieron los objetivos independentistas de la
Asamblea General Constituyente, que terminó sin concluir su
obra. Las desinteligencias e indecisiones internas lo destinaron
a encabezar junto a Bernardino Rivadavia –su antítesis política–
una misión diplomática a Europa, que aparecía como un
renunciamiento anunciado a la lucha revolucionaria. Más allá
de los fallidos objetivos de esta misión y la situación política
internacional imperante, cuando Belgrano regresó a Buenos Aires
se había dispuesto la reunión de un nuevo Congreso General
pero esta vez en Tucumán. En su ausencia el Gral. Rondeau,
había reemplazado a San Martín en el Ejército Auxiliar del Perú
y había iniciado una tercera entrada a la región Charqueña en
abril de 1815 gracias a los tremendos esfuerzos de las acciones
guerrilleras. Pero Rondeau fue derrotado en noviembre de 1815
en Sipe Sipe.
A comienzos de 1816, las Provincias Unidas del Sud eran el único
territorio de América que la contrarrevolución realista no había
derrotado. Sin embargo, el panorama regional era decididamente
complejo para la Revolución: San Martín se preparaba desde Cuyo
para intentar la “impracticable” empresa de libertar a un Chile
brutalmente reprimido, Artigas más allá de haberse pronunciado
41 Carta de Belgrano a Arenales, 26/2/1814 (ob-cit, 267).
70
Luis Alberto Diaz

por la independencia un año antes, soportaba el agobio de la


invasión portuguesa a los Pueblos Libres y la guerra que al mismo
tiempo le hacia Buenos Aires. Simón Bolívar, derrotado, se hallaba
en Jamaica y aún era incierta su «campaña gloriosa» sobre Nueva
Granada y Venezuela. El bastión realista en Lima seguía incólume
y se esparcía por la América del Sud, solamente resistido por
las guerrillas plebeyas altoperuanas y salteñas. Y en Tucumán se
reunía un nuevo Congreso al que San Martín y Güemes instaban
a declarar la Independencia.
Arribado a Buenos Aires, Belgrano fue enviado a Tucumán
para informar a los Diputados sobre los entretelones de la política
internacional europea en su actuación diplomática. Y una vez allí,
en los días previos al 9 de julio de 1816, nuevamente apareció el
revolucionario con su lectura política de los planos internacional
regional, sorprendiendo con el giro de lo imprevisible para
reinventar la Revolución con alcance continental y volver sobre
los propósitos de la primera hora. Coincidió con la necesidad de
los planteos independentistas de San Martín, Güemes y Artigas
y en adoptar la forma monárquica de gobierno que se imponía
en Europa, pero mejorada, amplia y demócrata: una monarquía
constitucional que unificara a la nación americana [con todos sus
pueblos, etnias y sectores sociales] en torno a un sucesor de la
Casa de los Incas: “Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos
al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de monarquía
constitucional con la representación soberana de los Incas: todos
adoptaron la idea” 42.
La propuesta fue recibida con entusiasmo por la mayoría
del Congreso, los referentes políticos y los sectores sociales
e indígenas. Los líderes altoperuanos, al igual que Güemes y
San Martín, advirtieron la ventaja políticamente geométrica
de su propuesta, por el apoyo mayoritario que lograría para la
Revolución. Pero los diputados del patriciado porteño como
Tomas Manuel de Anchorena, reaccionaron desde la raza: “…nos
quedamos atónitos con lo ridículo y extravagante de la idea, pero
42 Carta de Belgrano a Rivadavia (1816) (Galasso: 2009, 182).
71
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

viendo que el general insistía (…) [y] el contento en los diputados


cuicos [morochos] del Alto Perú (…) tuvimos que callar y
disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento,
admirados que hubiese salido de boca del Gral. Belgrano… al
instante se entusiasmó la cuicada y una multitud considerable de
congresales y no congresales”. No le molestó que el proyecto
sea monárquico, le escandalizó impulsar a un representante
indígena “…de la casta de los chocolates, cuya persona, si existía,
probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de
andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono
de un monarca”43. Este racismo explica lo social y políticamente
revolucionario de la ideología de Belgrano, consecuente con
el posicionamiento igualitario de los liberales revolucionarios y
coherente con sus gestos políticos y personales con la población
campesina indígena y criolla del litoral, del norte y del alto Perú.
Días más tarde de la Declaración de la Independencia de las
Provincias de Sud América, y de publicar el Acta declaratoria
en castellano, aymara y queshua, se llevaron a cabo los festejos
populares por la misma el 25 de julio de 1816. En esa celebración
Belgrano ocupó un lugar políticamente central, junto al gobernador
y demás autoridades. Entre los testigos presenciales de aquellos
hechos, se hallaba el coronel Jean Adam Graaner, un agente
sueco informante a su gobierno de los sucesos americanos, cuya
crónica recogió José L. Busaniche (1949) en su obra Las provincias
del Río de la Plata en 1816 y que muestra el apoyo popular que
acompañó a la Independencia y a la posibilidad de restaurar el
Tawantinsuyu:.
“Un pueblo innumerable concurrió en estos días a las
inmensas llanuras de San Miguel. Más de cinco mil milicianos de
la provincia se presentaron a caballo, armados de lanza, sable
y algunos con fusiles; todos con las armas originarias del país,
lazos y boleadoras.” [Llantos de alegría y emoción se advertía en
casi todos, al estar en al mismo campo donde cuatro años atrás
derrotaran al Ejército realista.] “Allí juraron ahora, sobre la tumba
43 Carta de Tomas Anchorena a Juan Manuel de Rosas. (Galasso: 2009,181).
72
Luis Alberto Diaz

misma de sus compañeros de armas, defender con su sangre, con


su fortuna y con todo lo que fuera para ellos más precioso, la
independencia de la patria. Todo se desarrolló con un orden y una
disciplina que no me esperaba. Después que el gobernador de la
provincia dio por terminada la ceremonia, el Gral. Belgrano tomó
la palabra y arengó al pueblo con vehemencia prometiéndole el
establecimiento de un gran imperio en la América meridional,
gobernado por los descendientes (que todavía existen en el
Cusco), de la familia imperial de los Incas. […] Se trata de poner
sobre el trono al más calificado de los descendientes de los
Incas, que todavía existe en el Perú, y devolverle los derechos
de sus antepasados, regido por una constitución. […] Los indios
están como electrizados por este nuevo proyecto y se juntan
en grupos bajo la bandera del sol. Están armándose y se cree
que pronto se formará un ejército en el Alto Perú, de Quito a
Potosí, Lima y Cuzco. Doña [Juana] Inés de Azurdui y Padilla, una
hermosa señora de veintiséis años que manda un grupo de mil
cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca, ganó el mes
pasado una victoria sobre los realistas, tomando una bandera y
cuatrocientos prisioneros.
Todos los indios están llevando ahora luto por su Casa reinante:
matan las ovejas blancas para que de su lana no se puedan
confeccionar tejidos blancos y contrariar así sus vestimentas
de luto. Anualmente celebran una ceremonia macabra que
es un espectáculo trágico en conmemoración de la muerte de
Atahualpa (Atabaliba) y representan la escena de su asesinato,
provocado por la crueldad y la traición de Pizarro. Estoy
completamente convencido de que América no caerá nunca bajo
el yugo de los españoles, aunque se aniquilaran sus ejércitos y se
quemaran y devastaran sus pueblos: Esto debe interesar a toda
nación esclarecida, a cada Casa reinante legal, a cada hombre de
sentimientos nobles que ame la causa de la humanidad y odie la
opresión sangrienta con que América fue conquistada y oprimida
durante siglos” 44.

44 (Caviglia y otros: 2016, 54).


73
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

La descripción es elocuente respecto del ánimo popular que


se vivió entonces. Hay un documento poco conocido que es
muestra del sentimiento despertado por la Independencia y la
posibilidad de elevar un inca al trono de Cuzco en los territorios
combatientes. El 30 de agosto, día de Santa Rosa, el Comandante
de guerrillas Cnel. Juan Fernández Campero, ex marqués de
Yavi,45 diputado electo al Congreso de Tucumán, ausente por
encontrarse en Casabindo comandando la vanguardia criolla
contra el realista de la Serna, notificó a su tropa y a toda la
ciudadanía de la Quebrada de Humahuaca y Puna la siguiente
arenga:
“Hoy que es el día en que la iglesia celebra la única Santa
canonizada del Perú, hemos jurado la independencia de la
América del Sud, de orden del señor General en Jefe Don
Manuel Belgrano. Por disposición del soberano Congreso reunido
en el Tucumán, que componen la nación, es decir: que nos
separamos absolutamente de toda dominación europea.
Nada hacemos con hablarlo, ofrecerlo y prometerlo, si nuestra
constancia falta y el valor desmaya. A las armas americanos.
Advertir que más de 300 años hemos sido cautivos y con este
acto se han roto las cadenas que nos oprimían. Tratemos de
realizar este gran proyecto. El tirano procurará devorarnos;
opongámosle el pecho firme, ánimo resuelto, unión y virtud para
resistirlo. Veréis como el imperio de nuestros Incas renace,
y la Corte del Cuzco florece. Nosotros nos haremos de un
gobierno dulce y nuestros nombres serán eternos en los fastos
de la historia. Repito: si queréis ser independientes, si apetecéis
componer una nación grande, llegar al rango de nuestros
antepasados, conservad la religión Católica, la virtud arregle
nuestras operaciones, y el valor y entusiasmo las rija. Con esto
lograremos nuestros fines. Entre tanto resuenen por el aire las
voces halagüeñas.
¡Viva la América del Sur!

45 Fue edecán de Belgrano en 1813 y Comandante de la Puna desde 1814, y participó en


innumerables combates junto con otros jefes criollos e indígenas bajo las órdenes de Güemes.
74
Luis Alberto Diaz

¡Viva nuestra amada Patria!


¡Viva el Imperio Peruano y vivan los hijos en unión!
[el subrayado es nuestro]46.

Luego de la declaración de la Independencia, Belgrano


fue repuesto en la jefatura del Ejército Auxiliar del Perú. Una
designación compleja, porque la inacción –a condición de ser
fuerza de Reserva– a retaguardia de las acciones de la guerrilla,
en condiciones materiales de extrema necesidad, favorecía el
desorden y la indisciplina. Sin embargo, supo ocupar ese lugar
incómodo generando acciones políticas revolucionarias que
desafiaron todas las barreras sociales y políticas. No sólo porque
puso en un plano de igualdad a la sociedad indígena con la criolla,
cuyo hecho más notorio fue el proyecto de monarquía incaica y a
Inti (Sol) en la bandera nacional, sin porque destacó (en un plano
de igualdad con los hombres), las acciones de una mujer –una vez
más–, una mujer mestiza combatiente como muchas de las que
actuaron, a pesar de todas las diatribas proferidas por realistas
y conservadores. Juana Azurduy combatió desde los primeros
tiempos de la revolución entre la zona Norte de Chuquisaca y las
selvas de Santa Cruz; organizó el batallón Leales a la causa de la
Revolución y fue la única mujer que actuó como jefa de caballería
en la guerra revolucionaria; para 1816 había perdido a sus cuatro
hijos y en septiembre ocurriría lo mismo con su esposo el
comandante Manuel A. Padilla; el 3 de marzo de ese año, estando
embarazada de su quinta y última hija, venció a los realistas en El
Villar, Tarabuco, donde además arrebató el estandarte español
de manos del coronel enemigo. En reconocimiento a esa acción,
el Gral. Belgrano, su jefe, le obsequió su sable de general y
promovió su ascenso solicitándole al gobierno que la nombren
Teniente Coronela, de las Partidas de los Decididos del Perú”
(Wexler: 2001,13).
Era costumbre del Gral. Belgrano organizar grandes actos para
la celebración de cada 25 de mayo. El de 1819 sería el último: el

46 (Campero: 2006).
75
Manuel Belgrano, el político revolucionario que la historiografía eligió no mirar

Ejército estaba formado antes de la salida del sol, cuando su luz


asomó por el este y la artillería saludó el nuevo día entre los gritos
de vivas a la fecha patria, Belgrano pronunció su “Proclama al
Ejército del Perú” cargada de ideología revolucionaria: “Manes
ilustres de los lncas que yacéis en un reposo imperturbable, si
allá, en esas regiones, os pueden afectar las cosas humanas […]
Recibid este cordial homenaje que a vuestras sacras cenizas
consagra un ejército que ha jurado vengar tanta depredación,
tantas injusticias” 47.
La historia de cómo terminó ese año y lo que trascurrió en
el siguiente es bien conocida. Tal vez el 20 de junio de 1820
terminó de morir la Revolución, de hecho el Congreso, antes de
trasladarse a Buenos Aires, declaró “el fin de la Revolución y el
principio del orden”. Los días de Mayo de 1810 –como Moreno,
Castelli y muchos entrañables compañeros de lucha– ya no
estaban con Belgrano. El puerto se olvidó pronto del sacrifico
de los pueblos y de los combatientes en el Alto Perú, olvidó lo
jurado y decidido en Tucumán. Antepuso la intriga y privilegió sus
intereses mercantiles, olvidó la Revolución, renunció a la Banda
Oriental (por eliminar a Artigas) y dejó en completa soledad a
San Martín, abandonado en el Perú. Si Manuel Belgrano murió
desencantado es entendible.
En junio de 2020 Jessica Belgrano –una de sus descendientes–
en un reportaje que dio a la agencia Telam dijo: “Belgrano le cae
bien a todo el mundo porque la historia oficial se encargó de que
fuera un padre de la patria inofensivo” [y enfatizó que le gustaría
que Belgrano] “…tuviera más enemigos porque fue el hombre
que creía que el Estado debía garantizar la educación de varones
y mujeres de todas la clases sociales” (…) “Fue el hombre que
pensó en la industria y en el comercio nacional. Fue el hombre
que pensó que había que repartir la tierra, y el que creyó que el
continente unido podría enfrentar mejor al enemigo externo. A
mí me gustaría que algunos odiaran a Belgrano porque tocó sus
intereses. Y me hubiera gustado que nos enseñaran por qué murió
47 (Astesano:1991, 16-17).
76
Luis Alberto Diaz

pobre y qué ideales carga esa bandera” (Telam, 18-6-2020)48.


En esta genial y dolorosa descripción, Jessica sintetizó todo
el Programa de la Revolución de Mayo y la importancia política
de su antepasado, como uno sus cuadros políticos más lúcidos,
junto a Castelli y Moreno. La historiografía liberal conservadora
supo “taparlo” con una bandera que no fue la suya, una bandera
despojada de Revolución y de América Profunda,49 como
hicieron con él. Lo silenciaron, lo recluyeron en el cuadro, en los
monumentos, en el acto de “promesa” a la Bandera y la lámina
escolar, perpetuamente inmóvil y callado, invisibilizado en el atrio
de una iglesia. Los nietos, tataranietos y choznos de quienes lo
combatieron lo usaron políticamente convertido en un ícono
de bronce y mármol, contando una historia que Belgrano no
vivió, despojándolo de las ideas políticas, sociales y económicas
que defendió, simbolizadas en la Bandera de una Revolución
democrática y plebeyo-americana por la que entregó su vida, sus
amores y su fortuna. Su palabra aún recorre el continente, porque
las razones y las amenazas por las que abrazó la Revolución, aún
siguen vigentes. Deberíamos aprender a escuchar:
Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores,
y la América del Sur será el templo de la independencia y de
la libertad.
En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!
(Manuel Belgrano, villa del Rosario, barranca del Paraná, febrero 27
de 1812)

Bibliografía

48 www.telam.com.ar/notas/junio 2020

49 Parafraseando el título del genial libro de Rodolfo Kusch.


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79
Norberto Galasso

Belgrano en la Revolución
82
Belgrano en la Revolución

NORBERTO GALASSO

Manuel Belgrano, ¿desde dónde?

Mucho se ha escrito sobre Manuel Belgrano y muchos home-


najes se le han rendido, pero desde distintas perspectivas. En la
efeméride escolar fue “El creador de la bandera”; para algunos
historiadores fue el gran soldado vencedor en las batallas de
Tucumán y Salta; para algún pedagogo fue el propulsor de la ed-
ucación y el donante de sueldos para construir cuatro escuelas;
para alguna maestra idólatra de la conducta moral fue el hombre
más puro de nuestra historia. Otros optaron por pasar distraí-
damente por algunos momentos de desorientación del General,
como si alguna contradicción pudiese ensombrecer su gloria.
Los menos se dedicaron a chismorrear sobre sus tres amores
principales: María Josefa Ezcurra, Isabel Pichegru y Dolores Hel-
guera. Hubo también quienes lo consagraron el primer periodista
de nuestra historia. También alguien prefirió señalar su entereza
moral y patriótica para superar enfermedades dolorosas y prose-
guir en la lucha.
Todos ellos han sido modos de rendirle homenaje y de
mostrarlo como ejemplo a los argentinos, lo cual justifica esas
visiones parciales. La historiografía mitrista, por su parte, lo con-
sideró un prócer de Buenos Aires.
Quizás todos han tenido parte de razón, pero dadas sus di-
versas actividades y jerarquías quizás resulte de alguna utilidad
intentar aprehenderlo desde el punto de vista de su época, de
las luchas de su tiempo. De ahí la ocurrencia de abordar a Bel-
grano inserto en la revolución, bregando en medio de transfor-
maciones complejas e incluso a veces contradictorias. Por eso
hemos preferido este camino. No por pretender originalidad,
83
Belgrano en la Revolución

sino por hacer más comprensible su importancia en los distin-


tos entreveros que le tocó intervenir en sus cincuenta años de
vida. Así también es posible insertarlo en los acontecimientos
otorgándoles suma importancia y quizás no dándole demasiada a
las anécdotas reiteradas en los libros de estudios primarios, como
ese discutible enfrentamiento con Dorrego, sólo proveniente de
las interesadas memorias de Lamadrid. Y concluir en un Belgra-
no, como San Martin y Bolívar, hijos de la Revolución Francesa y
de la revolución española de 1808, e idólatras de la libertad, la
igualdad y la fraternidad, banderas tan tergiversadas luego por
políticos de corto vuelo. Esto nos permite apreciar un Belgrano
del pasado que nos conduzca al futuro como continuadores de
sus altos ideales.
Arrancamos, pues, por la Revolución Francesa, que agitando
las banderas mencionadas dejó atrás un mundo de noblezas de
cuna, servidumbres, minorías enriquecidas y pueblos subyuga-
dos, para introducimos en una nueva época, en la cual se dieron
las luchas por lo que San Martin llamaba “el evangelio de los dere-
chos del hombre”. Bajo su influjo –malversado por la burguesía–
vivió Belgrano, y todavía hay derechos por conquistar, por lo cual
lo consideramos un compañero de lucha.

Un hijo de la Revolución Francesa y de la Revolución Es-


pañola de 1808
En 1786 Manuel, con dieciséis años y acompañado de su her-
mano Francisco José María, llegó la Europa que vivía la antesala
de la Revolución. Tres años después, cayó la Bastilla en Francia.
Rodaron cabezas de los reyes estremeciendo los corazones de
hombres y mujeres en todo el mundo y esa revolución, que pasó
a inundar su mundo de ideas y de emociones, signó su vida: dere-
cho del pueblo de designar a las autoridades, derecho de pensar
y escribir libremente, de transitar y gestar proyectos nuevos. Si
bien la burguesía malversaría luego la revolución de los intelec-
tuales rebeldes y de “los desarrapados de París”, alcanzó un no-
84
Norberto Galasso

table influjo en los años posteriores a 1789.


Esas banderas de la Revolución Francesa se expandieron por
el mundo y produjeron grandes cambios, a tal punto que en Es-
paña el decadente Carlos IV se encontró con que su propio hijo
Fernando promovió el motín de Aranjuez para desplazarlo como
monarca e instituir formas democráticas de gobierno.
Después de un breve periodo en la Universidad de Salamanca,
cursaba en la universidad de Valladolid en ese apasionante 1789
cuando los desharrapados de París ingresaron a la escena de la
política y en la noticia mundial. Proveniente de un hogar profun-
damente católico, Manuel recibió la influencia de esos aires de
la vecina Francia durante los años en que buscaba caminos en la
península (1786-1794). Las nuevas ideas lo conmovieron como
a tantos jóvenes de esa época. Lo recuerda en sus memorias:
“Como en la época de 1789 me hallaba en España y la Revolu-
ción Francesa hiciese la variación de ideas y particularmente en
los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí
las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad y solo veía
tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde
fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza
le habían concedido. . .” (Memorias de Belgrano). Las críticas al
viejo régimen, esparcidas desde años antes por los enciclopedis-
tas, recorrían ahora el mundo y en especial esa España vecina a
los acontecimientos. Así Belgrano accedió a las ideas de Rous-
seau, Montesquieu, Voltaire y tantos otros autores subversivos y
peligrosos según los antiguos académicos.
En el Alto Perú, el joven Mariano Moreno se nutrió también de
las nuevas propuestas, a escondidas en la biblioteca de su protec-
tor, el canónigo Terrazas, donde este conservaba los “libros pro-
hibidos” como privilegio de los integrantes de la jerarquía católi-
ca, Belgrano llegó a las mismas ideas por otra vía: no utilizando
la picardía sino enviando una solicitud al Pontífice Pio VI quien le
concedió en 1790 la autorización para leer y analizar esos libros
“condenados”, con algunas limitaciones en cuanto a la difusión de
esas ideas. A las enseñanzas de los filósofos de la revolución se
85
Belgrano en la Revolución

sumaron, así, los nuevos planteos que en economía le llegaron de


Quesnay, Smith, y Ricardo, que sentaron las bases de la concep-
ción fisiócrata y clásica de la economía.
En España circulaban las nuevas ideas que las banderas de esa
Revolución Francesa que se expandía por el mundo y produjo
transformaciones profundas. Las ideas se habían esparcido por
la sociedad española y allí estaba Manuel Belgrano, quien regresó
a Buenos Aires en 1794 para integrar el Consulado de Buenos
Aires.

El antiabsolutismo de Belgrano
En esa Buenos Aires de fines del siglo XVIII, Belgrano anudó
relaciones amistosas con hombres de su generación, influidos en
mayor o menor medida por las ideas que provienen de la Francia
revolucionaria de 1789. Ello lo condujo a una posición política
de cuestionamiento del orden del virreinato. Sin embargo, su
progresismo no era antiespañolismo. Juan José Castelli se formó
ideológicamente junto a su primo Manuel Belgrano, tanto en fun-
ciones administrativas como en las colaboraciones de El Telégrafo
Mercantil, que dirigía Hipólito Vieytes También otra de las grandes
figuras de la época, llegado al país en 1812, cubrió su trayectoria
con una concepción antiabsolutista, pero no antiespañola, pro-
ducto de la cultura hispánica absorbida desde sus seis a sus treinta
y tres años: se trata de José Francisco de San Martin. Aquí tam-
bién se verificó la coincidencia de nuestros patriotas con las Juntas
revolucionarias de España surgidas en 1808 (antiabsolutistas, en
tanto bregaban por los derechos del hombre y repudiaban el au-
toritarismo, la Inquisición y los títulos de nobleza).
Las lecturas de esa generación fueron no solo los filósofos y
constitucionalistas franceses, desde Rosseau, D’Alembert, Voltaire
y Montesquieu, sino también Jovellanos, Campomanes y Flores
Estrada, que nutrieron ideológicamente a las Juntas populares es-
pañolas de 1808. Asimismo, su nacionalismo hispanoamericano
86
Norberto Galasso

sería precisamente el punto de partida de su entendimiento con


Castelli y Moreno y, luego, con Güemes y San Martin, invocando
en sus proclamas a la Patria Grande.

Ante las Invasiones Inglesas


En una de sus habituales tropelías, el Imperio Británico de-
sembarcó sus fuerzas en la localidad de Quilmes el 25 de junio
de 1806, simulando que se trataba simplemente de la ocurrencia
personal de un almirante. Sin embargo, ya años antes Middland y
Vinsitart le habían presentado al rey sendos proyectos para apro-
piarse de las tierras españolas en América, como hemos referido
con detalle en Seamos libres y lo demás no importa nada. Vida de
San Martin (Galasso, 2000).
Días antes de la invasión, se le había encargado a Belgrano la
formación de una milicia ante las versiones de una posible inter-
vención extranjera, pero él poco conocía de armas y de regla-
mentos militares como para proceder a construirla, aunque tiem-
po atrás había mantenido una breve vinculación con las milicias.
Al producirse la invasión, el joven fue presa de la ira, según lo
recuerda en sus Memorias (Belgrano, 1960):
Conducido del honor, volé a la fortaleza, punto de reunión: allí no había
ni concierto en cosa alguna, como debía suceder en grupos de hombres
ignorantes de toda disciplina y sin subordinaci6n a algunas. Allí se for-
maron las compañías y yo fui agregado a una de ellas, avergonzado de
ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia... No habiendo
tropas veteranas, ni milicias disciplinadas que se opusieran al enemigo,
éste venció en todos los pasos con la mayor facilidad.... Yo mismo he
oído decir: Hacen bien en disponer que nos retiremos pues nosotros no
somos para esto…

El virrey Sobremonte, a su vez, dio el mayor ejemplo, reunien-


do caudales y huyendo hacia el interior. Belgrano se sintió herido
en lo más hondo (Belgrano, 1960):
Confieso que me indigné y que nunca sentí más haber ignorado hasta
87
Belgrano en la Revolución

los rudimentos de la milicia, (…) cuando vi entrar tropas enemigas y su


despreciable número para una población como la de Buenos Aires. Esa
idea no se apartó de mi imaginación y poco faltó para que me hubiese
hecho perder la cabeza. Me era muy doloroso ver a mi patria bajo otra
dominación y sobretodo en tal estado de degradación que hubiese sido
subyugada por una empresa aventurera, cual era la del bravo y honra-
do Beresford cuyo valor admiro y admiraré siempre en esta peligrosa
empresa.

Dominada la situación, Beresford exigió a todos los funcio-


narios la jura de obediencia al nuevo gobierno, por lo que se
sometieron al Rey Jorge II de Gran Bretaña. Belgrano concur-
rió al Consulado y mantuvo una controversia con el resto de sus
integrantes, quienes se prestaron complacientes al juramento.
Se retiró entonces enojado, dio parte de enfermo y logró huir a
Montevideo para encontrarse con las fuerzas de resistencia que
organizaba Liniers.
Producida la reacción de las fuerzas criollas, Beresford se
rindió. Un retrato así lo consigna, años después, en la Casa Ro-
sada. El presidente Hipólito Yrigoyen se complació en hacer es-
perar al embajador inglés en un salón presidido por ese retrato,
que eterniza la rendición del general inglés entregando su espada.
Sin embargo, los ingleses no tardaron en repetir la hazaña
aventurera y el 28 de junio de 1807 invadieron de nuevo, ahora
comandados por el general Whitelocke. Belgrano, regresado a
Buenos Aires después de la rendición de Beresford, recuerda en
sus memorias que participó en una de las columnas de la resis-
tencia. Esa vez el protagonismo popular fue decisivo y las fuerzas
británicas debieron retirarse. La ingenua versión escolar de que
se arrojaban ollas de aceite hirviendo dese las azoteas de las casas
sobre los invasores, parece ir cediendo ante la idea de que se
trataba de botellas con aceite hirviendo que estallaban al reventar
contra el suelo o sobre los soldados británicos. Esto significaría
que, en cierto modo, los criollos fueron los primeros en usar algo
parecido a las llamadas “bombas molotov” que acompañan luego
muchas revueltas de los pueblos en América Latina. En esa oca-
sión, Belgrano recuerda que conversó con un oficial extranjero
88
Norberto Galasso

y le dijo, según Bartolomé Mitre en su Historia de Belgrano y la


independencia argentina: “Queremos al amo viejo o a ninguno.
Pero nos falta todavía mucho para aspirar a la empresa” (Mitre,
1858: 81).

Belgrano en el carlotismo
La gloriosa resistencia de españoles y criollos a la pretensión
británica no fue sujeta a profundas reflexiones por los histori-
adores. La interrogación que cabe es: si nosotros éramos colonia
explotada por el imperio español, ¿por qué no aprovechamos la
situación, derrotadas las fuerzas británicas, para declararnos in-
dependientes?
La respuesta resulta muy importante cuando caracterizamos a
la revolución de Mayo como movimiento separatista, antiespañol,
según el mitrismo. Juan Bautista Alberdi fue uno de los primeros
en disentir: “La revoluci6n de Mayo es un capítulo de la revolu-
ción hispanoamericana, así como ésta lo es de la española [de
1808] y ésta, a su vez, de la revolución europea que tenía por
fecha liminar el 14 de julio de 1789 en Francia, es decir, no fue ini-
cialmente separatista, sino democrática, reemplazando al virrey
por una Junta elegida por el pueblo.
Esta interpretación de Alberdi fue retomada por algunos his-
toriadores como José León Suárez, Julio V. González, Augusto
Barcia Trelles y Enrique Rivera. Entre ellos se destaca Manuel
Ugarte quien, al caracterizar a la revolución de Mayo, reflexionó
que ese movimiento era, por sobre todo, democrático antes que
separatista, a favor de la voluntad popular y no contra España,
porque:
Ninguna fuerza puede ir contra sí misma, ningún hombre logra insurrec-
cionarse completamente contra su mentalidad y sus atavismos, ningún
grupo consigue renunciar de pronto a su personalidad para improvisarse
por otra nueva. Españoles fueron los habitantes de los primeros virrein-
atos y españoles siguieron siendo los que se lanzaron a la revuelta (en

89
Belgrano en la Revolución

1810). Si al calor de la lucha surgieron nuevos proyectos, si las quejas


se transformaron en intimaciones, si el movimiento cobró un empuje
definitivo y radical fue a causa de la inflexibilidad de la Metrópoli. Pero
en ningún caso puede decirse que América se emancipó de España. Se
emancipó del estancamiento y de las ideas retrógradas que impedían
el libre desarrollo de su vitalidad. ¿Cómo iban a atacar a España [en
1810], los mismos que en beneficio de España habían defendido, al-
gunos años antes, las colonias contra la invasion inglesa? ¿Cómo iban
a atacar a España los que, al arrojar del Río de la Plata a los doce
mil hombres del general Whitelocke, habían firmado con su sangre el
compromiso de mantener la lengua, las costumbres y la civilización de
sus antepasados? Si el movimiento de protesta contra los virreyes cobró
tan colosal empuje fue porque la mayoría de los americanos ansiaba
obtener las libertades económicas, políticas, religiosas y sociales que
un gobierno, profundamente conservador negaba a todos, no sólo a las
colonias, sino a la misma España...No nos levantamos contra España
sino en favor de ella y contra el grupo retardatario que en uno y otro
hemisferio nos impedía vivir (Ugarte, 1922: 23).

Quienes, como Manuel Belgrano, defendieron el derecho de


los hombres de esta tierra de autogobernarse frente a la prepo-
tencia británica no pensaban en la secesión, que nacería recién
años después, cuando en 1814 la revolución democrática se frus-
tró en la península y regresó el absolutismo, con sus nobles y su
Inquisición.
Esa interpretación explica también la conspiración para que la
princesa Carlota Joaquina, la hija de Carlos IV, ocupara una regen-
cia en el Río de la Plata, operativo en el cual se comprometió Bel-
grano. No se trataba de coronar a los portugueses en estas tier-
ras, sino de una regencia desde la cual Carlota se comprometería
a desarrollar una política de libertades y derechos, privilegiando
el respeto a la voluntad popular, a la educación y el mejoramien-
to de las condiciones del pueblo. El historiador Julio C. Chaves
considera que Castelli fue el primero en impulsar esta tentativa,
a la cual se sumaron Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Hipóli-
to Vieytes y Antonio Luis Beruti, quienes firmaron un manifiesto
auspiciando esa regencia. Este historiador valora dicho manifiesto
como uno de los documentos principales del proceso revolucio-
nario, pues sostiene el cese de la calidad de colonia, la elevación
de los oprimidos, justicia igual para todos, repartimiento de la
90
Norberto Galasso

riqueza, una buena administración por parte del Tesoro que per-
mita contar con ingresos superabundantes y no haya necesidad
de recargar con impuestos (Chaves, 1957: 97).
Belgrano se sumó con entusiasmo o lo propuso él mismo,
aunque parecería que su primo Juan José Castelli fue el princi-
pal promotor de este proyecto. En esta negociación, Belgrano
tomó contacto con Liniers, le escribió a Carlota Joaquina e inclu-
so redactó un manifiesto a los pueblos asegurando los beneficios
de estos cambios. El proyecto se frustró cuando Gran Bretaña
suscribió un acuerdo con España y uno de sus promotores, el al-
mirante inglés sir Sidney Smith, le retiró su apoyo ante la retract-
ación de la princesa. Este intento dio lugar después a un juicio
llamado “Causa reservada”, en el que Castelli defendió los dere-
chos de estos pueblos a autogobernarse, de igual manera que lo
hicieron las Juntas en España. Puede considerase que hubo cierta
ingenuidad, falta de previsión y prudencia por parte de sus pro-
motores, lo que llevó al desaire de la Carlota y a la frustración.
Uno de los hechos que torna discutibles estas gestiones es la
intermediación de Saturnino Rodríguez Peña, hombre muy ligado
a los ingleses, de los cuales recibía una importante pensión. Sat-
urnino, quien disentía con su hermano Nicolás, había intervenido
en la fuga de Beresford después de ser derrotada su invasión y
sus antecedentes ensombrecen la legitimidad patriótica de este
movimiento. Belgrano y Castelli descuidaron, en este caso, las
prevenciones que correspondían dada esa intervención y se com-
prometieron con ese movimiento.
En su Autobiografía, Belgrano (Belgrano, 1960) afirma:
Entonces fue que no viendo yo un asomo de que se pensara en con-
stituimos a los americanos, prestando una obediencia injusta a unos
hombres que por ningún derecho debían mandarlos, trató de buscar los
auspicios de la infanta Carlota (hermana de Fernando VII) y de formar
un partido a su favor, oponiéndome a los tiros de los déspotas que es-
taban en el mayor anhelo para no perder sus mandos y lo que es más,
para conservar a América dependiente de la España aunque Napoleón
la dominara pues a ellos les interesaba poco o nada, ya sea Borbón,
Napoleón u otro cualquiera, si América era colonia de España. Solicité
91
Belgrano en la Revolución

pues, la venida de la infanta Carlota y siguió mi correspondencia desde


1808 hasta 1809 sin que pudiese recabar cosa alguna.

Posteriormente al rechazo de la segunda invasión, Belgrano


se reincorporó al Consulado. Repartió entonces su tiempo en-
tre las tareas en el Consulado, sus colaboraciones periodísticas
y también algunas prácticas militares que entendía necesarias in-
corporar a sus conocimientos por si se reiteraba la codicia de los
británicos. En el Consulado, redactó su última memoria fustigan-
do acremente el contrabando y cesó en sus funciones el 14 de
abril de 1810.

El Correo del Comercio


Entre los últimos meses de 1809 y los primeros de 1810 nació
el proyecto de sostener una publicación desde la cual difundir,
además de noticias acerca del comercio y el movimiento del
puerto, algunas de las nuevas ideas que sustentaban. Probable-
mente, dado que Belgrano ya había tenido una experiencia en el
periodismo colaborando en El Telégrafo Mercantil, fue designa-
do para asumir la responsabilidad de concretar el proyecto. El
periódico se llamó El Correo del Comercio.
Dicho periódico apareció en esos primeros meses del año
diez, bajo la responsabilidad de Belgrano, quien lo dirigió hasta su
marcha a la compañía del litoral y Paraguay.
Desde ese órgano de prensa, difundió las cuestiones funda-
mentales relacionadas con los problemas económicos revelan-
do una vez más que adaptó sus conocimientos en esa materia,
adquiridos en Europa, a los rasgos específicos de la incipiente
trama productiva de nuestra región. Asimismo, incursionó en la
cuestión social.
En uno de sus artículos, bregó por la unión y la solidaridad en
la producción –algo así como el desarrollo de cooperativas– criti-
cando a su vez a los sectores ricos que vivían en forma parasitaria:
92
Norberto Galasso

“No escandaliza que un poseedor de terrenos inmensos, los más


de ellos abandonados, prive a sus conciudadanos de una porción
de tierra a las orillas de un rio navegable, para que salgan sus
ganados en pie para matarlos, cuando por ese medio ahorrarían
los gastos inmensos de conducciones en unos países de tan poco
arbitrios”.
En otro artículo, planteó que era tarea del gobierno “preve-
nir la miseria de sus conciudadanos” y que, para ello, era preci-
so proteger “a la industria nacional”. En los artículos referidos
al comercio, insistió en la necesidad de estimular el desarrollo
de un poderoso mercado interno, así como evitar las importa-
ciones superfluas o que pudieran producirse en nuestras tierras,
como también favorecer las exportaciones de los productos que
excedieran el consumo local. Asimismo, volvió sobre su concep-
ción ya expuesta en el Consulado acerca de la conveniencia de
elaborar las materias primas para dar trabajo al pueblo y evitar las
exportaciones de materias primas que solo favorecían el trabajo
del extranjero.

La Revolución en España y en Hispanoamérica


Desde 1809, Belgrano se insertó en la conspiración. Reuniones
todos los días, políticas, intentos de persuasión a los más timora-
tos. Los acontecimientos de la península se vivían día a día. España
estaba casi totalmente ocupada por los franceses. Los acontec-
imientos externos e internos comenzaban a gravitar cada vez más
decididamente sobre Belgrano y sus amigos. El primero de enero
de 1809 se produjo el alzamiento de Álzaga –en el cual participó
Moreno- en nombre de la constitución de organismos políticos
con representación popular, pero ideológica y económicamente
marcados por la condición de su jefe: hombre de derecha y gran
monopolista. Este alzamiento fue sofocado por la acción del
regimiento de Patricios. Además, ese año se produjo el levan-
tamiento liderado por Pedro Domingo Murillo en Chuquisaca,
aplastado sangrientamente por las fuerzas absolutistas del virrey
93
Belgrano en la Revolución

Abascal. Hubo otro suceso muy importante: el 22 de enero de


1809 la Junta Central de Sevilla reconoció esas tierras de América
como provincias y no como colonias: “Los virreinatos y provin-
cias no son propiamente colonias o factorías, como las de otras
naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía
española... y en su mérito, deben tener representación nacional
inmediata y constituir parte de la Junta a través de sus diputados”
(Gandia, 1960: 41). La Junta Popular de Cádiz fue más allá y sugi-
rió a los americanos que reemplazaran a los virreyes y eligieran a
sus nuevos representantes.
Esas resoluciones de las Juntas revolucionarias de España
fueron y son ignoradas por muchos historiadores argentinos
que recurren a una supuesta “mascara de Fernando VII”, hoy in-
sostenible, para justificar que los hombres de Mayo jurasen le-
altad al rey de España y que la bandera española flameara en el
Fuerte de Buenos Aires hasta avanzado el año 1813.

Esas Juntas populares nacidas en España, en la lucha asumi-


eron no sólo la reivindicación nacional, sino la reivindicación
democrática y transformadora: el movimiento se impregnó de
la ideología liberal expandida por la Revolución Francesa que
había prendido en pensadores, políticos y soldados españoles y
asumieron como referente a un hombre prisionero del invasor
francés que tenía derecho a gobernar España, por la vieja legal-
idad monárquica, pero que se manifestaba abanderado de las
nuevas ideas democráticas: Fernando VII. Asimismo, convocaron
a las tierras de América a considerarse provincias –no colonias–
con igualdad de derechos, instándolas a que se organizaran en
juntas (28 de febrero de 1810) confiando en que de este modo se
aseguraría la resistencia a las pretensiones francesas.
Ante esta convocatoria, los pueblos de Hispanoamérica re-
accionaron organizando Juntas en nombre de Fernando VII que
desplazaron a la burocracia virreinal. Pero las Juntas americanas
no tenían frente a ellas al ejército francés, sino su amenaza. De
modo tal que la cuestión nacional no nutrió, desde el principio, su
94
Norberto Galasso

contenido ideológico. La lucha del siglo XIX no se centró entonc-


es en el conflicto español-indio, como contradicción fundamental
originada en la conquista, sino en otro conflicto: el de los reyes
que imponían su ley y sus representes al pueblo hispanoamerica-
no (de la misma manera que la imponían al pueblo español en la
península) y frente al cual surgió la reivindicación popular de es-
pañoles, criollos e indios, oprimidos económica, social y política-
mente. La opresión no era de un país extranjero sobre otro gru-
po racial y culturalmente distinto (cuestión nacional), sino de un
sector social sobre otro, dentro de una misma comunidad. Para
eso, la consigna central en América fuer crear Juntas, como en
España, y en los diversos estallidos populares se juró la toma del
poder en nombre de Fernando VII (la historia mitrista omite que
French y Beruti repartieron estampas con la efigie de Fernando
VII en Plaza de Mayo e inventó la ingenua “mascara de Fernando
VII” para ofrecer una revolución de Mayo antiespañola y fundada
en el libre comercio probritánico).
El ideario democrático y antiabsolutista de 1810 se fue trans-
formando en los años posteriores y se tornó independentista a
partir del restablecimiento del absolutismo en España en 1814,
cuando el mismo Fernando VII traicionó sus banderas democráti-
cas y pretendió, con el envío de dos flotas, recuperar el dominio
sobre las tierras de América para devolverlas a su condición de
colonias. En esos años, esa transformación fue vivida por Belgra-
no y San Martin, ambos influidos, especialmente este último, por
los años españoles de sus juventudes.
Pero, a principios de 1810, se produjo en España un paso hacia
el eclipse de la revolución nacional-democrática: la Junta Central
se disolvió y surgió en su reemplazo el Consejo de Regencia. Este
acontecimiento puso en evidencia la debilidad de las fuerzas rev-
olucionarias españolas ya no solo frente al invasor francés que
ocupa, casi gubernativo. Estos sucesos fueron los que lanzaron
a los americanos a la revolución. El espíritu de la España de las
Juntas había inundado estos territorios y ya no bastaba con man-
tenerse expectantes respecto de los cambios que se operaban
95
Belgrano en la Revolución

en la península, sino que era necesario enarbolar alto la bandera


popular, puesto que un doble peligro acechaba: la imposición del
poder francés y la restauración del absolutismo español. El Con-
sejo de Regencia, más que la presencia de la revolución, constituía
ya una muestra de su probable derrota del liberalismo democráti-
co en España. Esto condujo, en América, a organizarse en Juntas,
como lo habían propuesto los revolucionarios españoles ahora
jaqueados: constituir un poder popular capaz de hacer frente a
la dominación francesa y al absolutismo que amenazaba con ren-
acer, aunque manteniendo el vínculo con los revolucionarios es-
pañoles a través de la subordinación al rey cautivo, quien se había
manifestado progresista.
Los acontecimientos de Europa determinaron así el destino
de los americanos y, por esta razón, la explosión popular asumió,
en 1810, al mismo referente de la insurrección española del 2 de
mayo de 1808: Fernando VII. Sus antecedentes hacían presumir
que podría constituirse en el líder de las reformas políticas y so-
ciales, y liberador respecto de la opresión francesa. Los mismos
antecedentes, las mismas causas, iguales razones económicas, so-
ciales y políticas provocan el mismo resultado en todas las princi-
pales ciudades hispanoamericanas: “Juntas como en España” era
el grito popular. “Viva el rey cautivo de los franceses, también
como en España”, resultó la consigna unificadora de quienes re-
chazaban la opresión francesa y, al mismo tiempo, el viejo orden.
Con ese lenguaje se expresó el reclamo de la soberanía popular
en Buenos Aires, Santiago de Chile, Caracas, México... Como un
reguero de pólvora, la revolución avanzó y envolvió todo en estas
tierras de la América morena.
Algunos jefes del bando popular, escépticos respecto de las
posibilidades de que España pudiera desasirse de la dominación
francesa, entrevieron que en el caso de consolidarse ese some-
timiento o regresar el absolutismo, solo se podría ser conse-
cuente con la bandera de la Libertad y de los Derechos del Hom-
bre declarando la independencia. Pero esta resultaba apenas una
conjetura, que de modo alguno movilizaba a los amplios sectores
96
Norberto Galasso

sociales. Lo que unificó la protesta fue, en 1810, la prosecución


de la lucha iniciada en Madrid dos años antes y cuyo referente era
Femando VII. Ella se transformaría, recién en 1814, en anhelo de
independencia.

En el 25 de mayo
Integrando este proceso revolucionario hispanoamericano,
se desataron los acontecimientos en Buenos Aires en mayo de
1810. De un lado, se abroquelaba el mundo viejo, aquel de los
blasones nobiliarios y el fanatismo de la Inquisición, del orden y las
jerarquías sociales, ranciamente blanco y desdeñoso del indio, del
mestizo y del negro, inquieto ante las nuevas ideas que circulaban
por el mundo convocando a “herejías” igualitarias. Lo represent-
aba el partido de los godos, acantonado en la Real Audiencia, el
Cabildo, la cúpula eclesiástica, la burocracia que rodeaba al virrey
y el núcleo de familias ricachonas ligadas al viejo monopolio. Del
otro lado, se levantaba un poderoso frente democrático-nacional,
en el que confluían el partido de “los tenderos” como expresión
de los intereses comerciales librecambistas (criollos y británic-
os), la pequeña burguesía revolucionaria (arrastrando consigo a
los sectores sociales más pobres) y sectores importantes de la
fuerza armada. Este frente estaba imbuido de las nuevas ideas
democráticas y su objetivo era derrocar al virrey y proceder a la
transformación de la vieja sociedad. Pero más allá de esta coin-
cidencia que los amalgama, los diversos sectores que lo integran
persiguen sus propios objetivos: unidad frontal contra el enemigo
principal y disidencias secundarias o laterales dentro de la alianza,
como resultaba habitual en los frentes de liberación. Los comerci-
antes británicos querían asegurarse la radicación definitiva en este
puerto (cuyo permiso concluyó el 18 de mayo de 1810), llave de
comunicaciones con el interior y con Europa, y más aún, consol-
idar la política librecambista, sancionada por Cisneros en 1809,
para lograr una sustancial rebaja de las tarifas aduaneras que les
permitiera canalizar fuertes importaciones. A su vez, un sector de
97
Belgrano en la Revolución

criollos comerciantes pro ingleses (“los tenderos”) apuntaba tam-


bién hacia el libre comercio y la apertura económica, así como a
otros negocios derivados de la ocupación del aparato del Estado,
en muchos casos mercedes de tierras que extendieran su giro al
área ganadera. En definitiva, suponían que podrán barrer total-
mente los últimos escollos del régimen registreril que otorgaba
preferencias a los “godos”. Mientras tanto, la pequeña burguesía
aspiraba a concretar proyectos revolucionarios, desde la liber-
tad plena de las ideas hasta el crecimiento económico, desde el
otorgamiento de los derechos fundamentales a los indios hasta
la fraternidad social otorgando iguales oportunidades a todos los
habitantes, sin distinción de razas, credos, títulos nobiliarios, ni
prepotencias de dinero. Por último, en la fuerza militar, había sec-
tores de atenuado liberalismo que tendían a compartir objetivos
con la pequeña burguesía y el partido de los tenderos (Saavedra,
Viamonte), incluso un sector al parecer más reducido, donde ar-
dían pasiones concordantes con el sector revolucionario.
Así alineadas las clases sociales, el sordo enfrentamiento saltó
a la luz pública en la segunda mitad de mayo de 1810. No bien
se conoció la noticia de la caída de la Junta Central de Sevilla y su
reemplazo por el Consejo de Regencia, se encendieron los áni-
mos revolucionarios y los sectores populares se lanzaron a recla-
marle al virrey Cisneros que convocara un Cabildo Abierto para
que, en asamblea, se tomaran las decisiones. El virrey, presionado
por el tumulto y el temor de sus burócratas, aceptó finalmente
convocar un Cabildo Abierto que se realiza el 22 de mayo de
1810. Belgrano participó activamente en este reclamo y asistió a
la reunión. En algunos relatos, apareció en un papel protagónico.
Mitre lo señala así (Belgrano, 1960):

Belgrano y el capitán de infantería don Nicolás de Vedia ocupaban el


extremo del escaño. Belgrano era el encargado de hacer la señal con un
pañuelo blanco en el caso en que se tratase de violentar la asamblea.
Una porción de patriotas armados estaban pendientes del movimiento
de su brazo y prontos a trasmitir la señal a las que ocupaban la plaza,
las calles y las escaleras de la Casa Consistorial” (Mitre, 1858: 119).

98
Norberto Galasso

El mismo Belgrano lo recuerda así, en sus memorias: “Una porción de


hombres estaban preparados para, a la señal de un pañuelo blanco,
atacar a los que quisieran avasallarnos, otros vinieron a ofrecérseme,
acaso de los más acérrimos contrarios después por intereses partic-
ulares, pero nada preciso, porque todo caminó con la mayor
circunspecci6n y decoro.

Otro testimonio proviene de los recuerdos de Tomás Guido:


La situación cada vez representaba aspectos más siniestros. En estas
circunstancias, el señor Manuel Belgrano, mayor del regimiento de
Patricios, que vestido de uniforme escuchaba la discusión en una sala
contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias obser-
vando la indecisión de sus amigos, púsose de pie y súbitamente y a paso
acelerado y con el rostro encendido por el fuego de su sangre generosa,
entró en la sala del club del comedor de la casa del Sr. Peña y lanzando
una mirada altiva dijo: “Juro a la patria y a mis compañeros que si, a las
tres de la tarde del día inmediato, el virrey no hubiese sido derrocado,
a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas. Profunda sensación
causó en los circundantes, tan valiente y sincera resolución”. Las pal-
abras del noble Belgrano fueron acogidas con fervorosos aplausos.

Producida la votación, el virrey fue derrotado y se decidió que


la autoridad máxima recayese en el Cabildo. De allí surgió la for-
mación de una nueva junta en reemplazo de Cisneros, integrada
por un sacerdote (Solá), un comerciante (Incháurregui), un militar
(Saavedra) y un abogado (Castelli), es decir dos representantes
del absolutismo y dos del reclamo popular, pero la Junta tenía un
quinto miembro, que era el mismísimo virrey Cisneros, lo cual
ponía en evidencia la trampa orquestada por los realistas. Esa Jun-
ta del 24 de mayo duró apenas unas pocas horas. No bien se es-
parció la noticia –que resultó una burla a la destitución del virrey
producida en la votación del día 22– el rechazo se manifestó en
las calles. Los agitadores de la revolución incitaron a los discon-
formes a romper los bandos donde se comunicó la novedad y
a correr a quienes, en nombre del gobierno, hacían conocer la
maniobra tramposa. Esa misma noche Castelli presentó su re-
nuncia, arrastrando tras de sí a Saavedra y, como consecuencia,
a los dos representantes del absolutismo, por lo cual el ex virrey
-que pretendía mantenerse en el poder- se resignó a abandonar
el cargo. Al día siguiente, el 25, prosiguieron los disturbios y, cer-
ca del mediodía, la presión popular concluyó con el absolutismo.
99
Belgrano en la Revolución

Los más decididos subieron por las escaleras que conducían al


primer piso del Cabildo, portando no sólo razones contundentes
sino también puñales y trabucos y exigieron el cese definitivo de
Cisneros y la designación de un nuevo gobierno constituido por
una Junta popular.
Belgrano participó de esos acontecimientos y fue designado
vocal, al igual que su primo Castelli, mientras que Moreno ocupó
el cargo de Secretario de Guerra y Gobierno. Esta tríada revolu-
cionaria constituyó el núcleo central del movimiento apoyado por
el resto de los vocales y resignadamente por Cornelio Saavedra,
quien ocupó la presidencia de la Junta en virtud de ser el jefe de
los Patricios.
Al día siguiente, los nuevos gobernantes asumieron los car-
gos y juraron. Alguien preguntó, con alta y pomposa voz: “¿Juráis
desempeñar lealmente el cargo y conservar integra esta parte
de América a nuestro Augusto Soberano el señor don Fernan-
do Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las
leyes del reino?”. “Sí, juro”, respondieron los miembros de la
junta revolucionaria, entre ellos Belgrano. Escribe Mitre: “Así, la
Junta Patriótica se instaló en la fortaleza morada de los antiguos
mandatarios de la Colonia y empezó a funcionar revolucionaria-
mente invocando el nombre y la autoridad del rey de las Españas
Don Fernando VII” (Mitre, 1858). Con el correr de los años y al
rehacer el relato, muchos historiadores se sorprendieron de este
juramento del cual participó Belgrano, quien juró con toda con-
vicción. ¿Cómo explicar que quienes destronaron al virrey desig-
nado por las autoridades de la península, juraran al día siguiente
su absoluta lealtad a esas mismas autoridades españolas? ¿Mint-
ieron, acaso, quienes habían sido elevados al poder? ¿Traiciona-
ron, al día siguiente, al mismo pueblo que las elevó a esas alturas?
Para dar una explicación, el mitrismo inventó “la máscara de Fer-
nando VII”, hoy insostenible a la luz de las ciencias sociales.

El progreso en el análisis de los sucesos sociales indica que, si


se hubiese producido esa traición, los nuevos gobernantes hab-

100
Norberto Galasso

rían sido desplazados por el torrente popular y expulsados por


no cumplir su mandato, dado en las calles. Si, por el contrario, el
pueblo también aceptó la fábula como forma necesaria para ser
aceptados los nuevos gobernantes por el resto del mundo, esto
significaría que, así como el pueblo estaba en el secreto de la fábu-
la, el resto del mundo también estaría enterado de esa falsedad.
El poder de la clase dominante, sin embargo, permitió que
ese falso relato perdurase durante décadas y aún es sostenido
por algunos inocentes académicos o profesores de Historia, de-
sorientados o con escasa experiencia política. Pero, cuando el
investigador se adentra en los sucesos ocurridos en el resto de
Hispanoamérica, se encuentra con otro suceso que, en principio,
parece sorprendente: en casi todos los movimientos revolucio-
narios producidos entre 1809 y 1811 los revolucionarios que de-
splazaron a los jefes absolutistas juraron por el rey Fernando VII.

La naturaleza democrática e hispanoamericana de la Re-


volución de Mayo
El conocimiento de los sucesos ocurridos en España permite
dar luz a estas aparentes oscuridades y contradicciones. Fernando
VII, quien intentó en el motín de Aranjuez, desplazar al absolutista
Carlos IV, su padre, asumió en su mayor parte las nuevas ideas na-
cidas en la Francia de 1789. Asimismo, había españoles entre los
revolucionarios, lo cual significa que no era una lucha de los nati-
vos americanos contra los europeos, sino de los que adscribían a
las banderas democráticas contra el absolutismo. Recorriendo a
los personajes intervinientes en distintas partes de Hispanoaméri-
ca es fácil encontrar nativos que no se plegaron a la revolución
sino que, por el contrario (Tristán, Goyeneche y otros) lucharon
contra la Junta de Mayo y españoles –como Matheu y Larrea–,
integrantes de la Primera Junta en Buenos Aires que, siendo es-
pañoles, participaron en la revolución junto al sector democráti-
101
Belgrano en la Revolución

co. Es larga la lista y son varios los historiadores que demostraron


que en sus orígenes la revolución de Mayo no fue un movimiento
independentista ni antiespañol, sino un movimiento democrático
en el cual participaron los hijos de la revolución francesa, unos
nacidos en España, otros en América (el caso de San Martín es
irrefutable por la españolidad que lo caracterizaba). Entre los más
notorios españoles revolucionarios pueden citarse al catalán Blas
Parera, Álvarez Jonte como triunviro, o a Arenales en el norte.
No hay antiespañolismo en el movimiento sino antiabsolutismo.
No hay espíritu racialmente americanista sino voluntad política
democrática de sostener las banderas revolucionarias.
Volveremos sobre el tema cuando Belgrano hace jurar la ban-
dera en 1812, pero por ahora entendamos que en esa junta había
revolucionarios; algunos, núcleo central de la revolución, como
Moreno y Belgrano. Olvidando a Castelli, Mitre sostiene: “Belgra-
no y Moreno eran la más alta expresión de los elementos consti-
tutivos del nuevo gobierno, armonizados por el interés común”.
Otros eran más atemperados, también había quienes no se mo-
lestaban en conciliar con aspectos del absolutismo y coincidían
con sus costumbres, traicionando una y otra vez a la revolución
democrática y popular.
Solo la falsedad de los intelectuales oligárquicos pudo aceptar
durante tantos años esa fábula de “la máscara de Fernando VII,
bajo el supuesto odio a España” –como lo predicó a Mitre– desli-
zando por debajo el cariño probritánico.
Alberdi fue quien con mayor claridad sostuvo la verdad, como
se ha señalado. La revolución hispanoamericana fue un momento
de la revolución democrática de España, y esta, asimismo, de la
Revolución Francesa de 1789.
La tan poco estudiada historia latinoamericana así lo verifica
también con la jura de lealtad a Fernando VII por los revoluciona-
rios de las diversas regiones. En el caso argentino es fundamental
para no caer en el dislate de que San Martín era un agente inglés,
como a veces lo ha pretendido el nacionalismo oligárquico.
102
Norberto Galasso

La historia mitrista –elaborada a gusto e interés de Gran


Bretaña– explicó reiteradamente la crueldad y el sanguinario
genocidio de la España conquistadora sobre la América invadida.
Quién podría negarlo recordando la explotación y sometimiento
de los pueblos originarios, simbolizado en el calvario de Túpac
Amaru. Sin embargo, es preciso observar cómo los acontecimien-
tos fueron tomando otro perfil, especialmente con la llegada de
los Borbones al trono español y después de la revolución ocurrida
en Francia en 1789 y en 1808 en España, las nuevas ideas habían
prendido en intelectuales españoles y en sectores populares.
Las juntas surgidas en España, para ser leales a los principios
revolucionarios, no podían mantener un trato colonial respecto a
los americanos. Por esta razón, la casi totalidad de las juntas que
florecieron en América, impulsadas por los sectores populares,
juraron por Fernando VII y no declararon inicialmente su inde-
pendencia.
Los revolucionarios de Mayo –especialmente su núcleo cen-
tral integrado por Moreno, Belgrano y Castelli– debieron enfren-
tar no a ejércitos provenientes de España (hasta 1814) sino a las
fuerzas absolutistas del virrey Abascal de Lima y de Elío, desde
Montevideo. Y comprendieron la necesidad de ampliar la rev-
olución sumando al resto de provincias americanas que estaban
decididas a aplicar las transformaciones económicas, políticas y
sociales que habían bebido en la Revolución Francesa.
Por este motivo, Moreno permaneció en Buenos Aires, con-
trolando la secretaría de Gobierno y de Guerra, ratificando en los
hechos sus formulaciones del Plan de Operaciones y encomendó
a sus dos hombres de confianza –Belgrano y Castelli– la dirección
de los ejércitos para ganar el litoral y el norte, que se le oponían.
Así fue como Belgrano resultó jefe de la expedición militar al
litoral y a Paraguay, a pesar de su escasa experiencia en ese ter-
reno.

103
Belgrano en la Revolución

El Plan de Operaciones
Como se ha señalado, si bien French, Beruti, Donado, Arzac,
Dupuy y otros eran los jefes de la movilización popular en los
días de Mayo –repartiendo estampas con la efigie de Fernando
VII– Moreno, Belgrano y Castelli resultaron ser el terceto intelec-
tual y político del movimiento. Si se busca una interpretación más
profunda de esa época, Moreno era el político más avanzado y
su Plan de Operaciones, tan discutido por la derecha, era el pro-
grama de la revolución.
Pasados más de 200 años, aún algunos ponen en cuestionamiento
ese Plan –que todavía tiene rasgos de peligrosidad– pero es evi-
dente que sin él no existiría revolución en 1810 y que, en pocos
meses de la gestión, se concretaron sus propuestas.
El Plan sostiene: 1) en lo político: asegurar el triunfo popular
enfrentando decididamente, con medidas drásticas, a los defen-
sores del viejo régimen; 2) en lo económico, convertir al Estado
en el protagonista principal del desarrollo económico, ponién-
dolo al frente de una economía planificada, cuyo basamento es-
tará dado por la expropiación de los ricos mineros del Alto Perú,
industrializando los recursos naturales y cerrando las importa-
ciones a artículos superfluos, creando asimismo una empresa na-
cional de seguros, fábricas de armas y de pólvora, realizando una
política social que signifique la distribución de la riqueza, pues “las
grandes fortunas agigantadas” –como afirma el Plan– son perju-
diciales para los países resultando, como el agua estancada, muy
perjudiciales, porque se pudre y, en cambio, debe irrigar a los
distintos sectores de la sociedad para provocar un crecimiento
general; 3) ampliación de la revolución hacia el norte y el oriente.
Existe la versión –según Ignacio Núñez, en Noticias Históri-
cas– de que Belgrano colaboró con Moreno en la preparación del
Plan de Operaciones. Asimismo, debe notarse que el Reglamento
sancionado por Belgrano para el régimen político y administrativo y
reforma de los 30 pueblos de las Misiones, dado a conocer poco
después, coincide con los principales lineamientos del Plan. En
104
Norberto Galasso

la acción militar, intentó derrotar al absolutismo en el litoral. En


lo económico y social se manifestaron proyectos avanzados, así
como en la correspondencia. Como se verá, Belgrano se declaró
coincidente con Moreno y hasta su seguidor, dadas “las luces”
que tenía el Secretario de la Junta, por lo cual era sostenible la
tesis de que haya colaborado en el Plan.

En la Campaña al Paraguay
Convencida la Junta de que debía ampliar su apoyo provo-
cando insurrecciones en el resto de Hispanoamérica, decidió la
realización de dos expediciones: una al Paraguay y la otra al Alto
Perú. Para esos destinos, Moreno eligió a hombres de su cercanía
política y coincidencia ideológica: Belgrano y Castelli. De este
modo, el ex secretario del Consulado, abogado y periodista, se
conviertió en improvisado jefe de una expedición militar.
A pesar de su escasa o nula experiencia en la cuestión, Bel-
grano consideró que debía asumir la tarea que le encargaban. Así
señala acremente Mitre sobre esa expedición al Paraguay: “Esta
expedición solo pudo caber en cabezas acaloradas que no veían
sino su objeto y para las que nada era difícil, porque no reflex-
ionaban, ni tenían conocimiento. El mismo Belgrano participó,
empero de esas ilusiones, persuadido de que al solo nombre de
libertad, se conmoverían los pueblos y volarían a engrosar sus
filas” (Mitre, 1858: 129).
Un jefe sin experiencia militar y una tropa sin adiestramiento
suficiente y mal armada llevaron a cabo esta campaña desde San
Nicolás de los Arroyos, punto de partida, el 23 de septiembre de
1810, pasando a Santa Fe.
Solo su profundo patriotismo le permitió a Belgrano superar
dificultades de toda índole, desde el desconocimiento geográfico
y el carácter agreste de la zona hasta la insuficiencia de soldados,
armamento y provisiones. Pero él entendió que no podía oponer
105
Belgrano en la Revolución

reparos a la confianza que le había otorgado la Junta, especial-


mente su compañero Moreno.

Con Mariano Moreno


La relación entre Moreno y Belgrano, en esos pocos meses,
se ahondó. Basta con reproducir las cartas del epistolario bel-
graniano para ratificar sus coincidencias, tanto con las medidas
de represión hacia el enemigo y su desconfianza a los ingleses al
referirse al asunto Ramsay, así como su entusiasmo por la confis-
cación de una propiedad del enemigo y también porque la revo-
lución había comenzado a instalar fábricas para producir armas y
pólvora. Son pocas cartas, pero contundentes, en las cuales Bel-
grano reconoce a Moreno como el político más preparado de
todos ellos y adhiere a sus posiciones.
Desde el litoral y ya en campaña, le escribió:
... Después de haber estado tirando al blanco, la Infantería sirvió de
salva habiendo antes anunciado el motivo de cuatro palabras que dije al
ejército que finalizó con ¡Viva Ia Patria, viva el Rey, viva la Excelentísima
Junta!, se me comentó con entusiasmo por todos, todos, y anoche se
han divertido los oficiales, cantando una cancioncita patriótica, que me
ha gustado mucho y cuya copia remito, por si usted no la ha visto, como
a mí me sucedía. ¿Y qué diré a V. para agradecerle los doscientos Patri-
cios? Con este socorro ya nada hay que temer, créamelo, V., amigo mío,
su Belgrano hará temblar a los impíos que quieran oponerse a nuestro
gobierno por los lugares donde vaya el Ejército que le ha confiado y
podré decir que tengo gente y gente cuyo ejemplo irá entusiasmando a
cuantos los rodeen; y deje V. a mi cuidado el dejar libre de godos el país
de nuestra dependencia y más allá, si es posible, ellos han de ayudar
a nuestros gastos y por lo pronto he mandado rematar la estancia de
uno que ha profugado a Montevideo... Haré cuanto pueda para dar a
V. pruebas de que pienso como V. y por la Patria, no quedará un fusil, ni
un solo hombre malo en la provincia del Paraguay y no dude V. que mi
rapidez, si la Naturaleza no se trastorna, será como la del rayo para re-
ducir a nada, si es posible, a los insurgentes de Montevideo, me quemo
cuando pienso en esa canalla... Nada me dice V. de nuestro ejército del
Perú, ni tampoco de nuestro Castelli. Yo espero, por momentos, según
el cálculo de nuestro Juan José, embozadito en su capita, la noticia de
la toma Potosí, no me la retarde.... (20/10/1810 desde la Bajada del

106
Norberto Galasso

Paraná, Belgrano, 1970: 85).

Días después, volvió a escribirle:


Mi querido amigo: Sabio golpe ha sido el dado contra el Cabildo, debió,
sin duda, llegar el tiempo de ejecutarlo, valor y adelante, que todos
respeten los mandatos del gobierno y los que no, tiemblen y su espíritu
desfallezca al ver la energía y el poder de la justicia. Con semejante
providencia se aumentan, ciertamente mis fuerzas, pero la sombra de
la Junta que traigo conmigo hace prodigios, la Junta será la vencedora,
no Yo, su nombre solo con el aspecto de nuestros bravos atrae a los
afectos y aterra a los malvados... Agradezco a V. infinito que me hable
con franqueza y le suplico continúe con ella en un todo, pues mi deseo
es el acierto pero créame que en el punto que me indica tengo tanto
juego que no dejaré estar al más iracundo por castigar a los malvados y
enemigos de nuestra causa, sea cual fuere su condición, crea usted que
no quedará uno que pueda alterar el orden... !Bravo Ramsay! Pero esté
usted siempre sobre sus estribos con todos ellos, quieren puerto en el
Río de la Plata y no hay que ceder un palmo de grado, vengan fusiles y
váyase entusiasmando la gente como hasta aquí, que les daremos en
que entender a ellos y a los canallas limítrofes y a cuantos quisieren
algo de lo nuestro… Pídame V. lo que quiera que estoy pronto para
todo, mis ideas se conforman con las de V. y nada me anima más que
el bien de la Patria, cuya inclinación conozco en usted, auxiliado de las
luces que yo quisiera tener... Pierdo la paciencia, mi salud y el tiempo,
que es lo peor, en tanta menudencia que no debería ser de mi resorte,
si hubiera hombres y si aprendieran bien el oficio los que se dicen ofi-
ciales: sáqueme V. a Warnes, a Correa, a Artigas y algún otro. Todo lo
demás no vale un demonio... No me he repuesto de mis padecimientos
y tengo todos los días mil novedades; mi espíritu no se retrae por eso
del trabajo, cuando observa que puede ceder en utilidad de la causa
pública; sobre todo lo que más me incomoda son las terribles distan-
cias y los obstáculos que la misma Naturaleza nos presenta casi tan
desnuda de todo auxilio del arte, coma trescientos años atrás... Vengo,
ahora mismo, ya es la una, de estar disponiendo la salida del resto de
las carretillas y vengo rabiando porque todo es pesadez, obstáculos y
en vano la sangre, para todo es preciso estar encima y ya me falta la
paciencia; si Dios me da vida y nuestras cosas toman el tono que es
debido, espero que nuestros ejércitos han de salir desde esa, aviados...
y han de caminar con celeridad indecible (Desde la Bajada del Paraná
27/10/1810, Belgrano, 1970: 87/90).

El 13 de noviembre le escribió nuevamente, ahora desde


Curuzú Cuatiá: “... No puedo decir a V. el nombre del sujeto
que me pide, pero créame que aunque para hablar en su Secre-
taría, enciérrese en su gabinete y que no le oiga más oficial que
107
Belgrano en la Revolución

su dignísimo hermano, a quien dará mis expresiones... ¡Cuánto


me ha complacido con la noticia de los fusiles! Adelante con esa
empresa y tratar de que se consolide el establecimiento como ig-
ualmente de poner en planta una fábrica de pólvora” (13/11/1810
desde Curuzú Cuatiá, Belgrano, 1970).
Estas cartas revelan claramente la posición de Belgrano re-
specto de Mariano Moreno y su política revolucionaria. No sólo
declaró que “quisiera tener las luces que tiene el Secretario de
la Junta”, sino que expresó su adhesión a varias propuestas que
se sostienen en el Pan de Operaciones (la puesta en marcha de
fábricas estatales de fusiles y el proyecto sobre la de pólvora, su
drástica posición respecto al enemigo absolutista aplicando medi-
das enérgicas como la confiscación de propiedades y, en general,
la energía con que planteó su apoyo). Más aún, Belgrano percibió
malas acechanzas y le aconsejó a Moreno que se encerrara en su
gabinete para las cosas importantes, “con la sola compañía de su
hermano”.
Dos días antes de la renuncia de Moreno, el 16 de diciembre,
Belgrano le escribió a Saavedra. Fue una breve carta en la que,
después de reconocer su obediencia a la Junta declarándose ser-
vidor de la institucionalidad, agregó: “¿No es posible que todavía
tenemos inicuos en nuestro propio seno? Derribarlos a todos
cuanto antes, ya esos levita verde o diablos que sufran cuanto
antes y acabar con ellos, estoy tan irritado contra esa canalla que
me exalta la más mínima especie que recuerde, pero excede
el punto, cuando veo que los mismos nuestros, son nuestros
enemigos, caiga sobre ellos la espada de la justicia” (16/12/1810,
Belgrano, 1970: 95-96).
Más tarde, el 31 de enero, envió otra carta a Saavedra donde
se aprecia, entrelineas, la preocupación de Belgrano por los
sucesos del 18 de diciembre –renuncia de Moreno– y da algunas
advertencias: “…las Gacetas de diciembre y algunas cartas, me
alarmaron; la tardanza de los correos me hizo, más de una vez,
temer lo que no quiero traer a mi imaginación; gracias al cielo me
108
Norberto Galasso

he tranquilizado y espero no ver esas soluciones inmaduras que


hubiera hecho titubear acerca del concepto que antes se merecía
el gobierno; el medio adoptado ha sido por caminos que no de-
bieron tomarse, según pienso...” (31 de enero de 1811). En la
misma carta señaló: “espero que haya sido aprobado por la Junta
el Reglamento para los pueblos de Misiones y se mande imprimir
y se me remitan cuantos ejemplares sea posible” (31/1/1811, Bel-
grano, 1970: 100-101).
Efectivamente, a fines de ese año, Belgrano envió a la Junta
el Reglamento para el régimen político y administrativo y Reforma
de los 30 pueblos de las Misiones. Ese Reglamento retomaba vari-
os de los planteos principales del Plan de Operaciones: igualdad
política entre los habitantes, confiscaciones de propiedades de
los enemigos, sanciones ejemplares para quienes castiguen a sus
trabajadores, construcción de escuelas y reparto de tierras entre
los nativos. Bartolomé Mitre le otorgó importancia de esta mane-
ra: “Belgrano afirma que cumpliendo con las intenciones de la
Excelentísima Junta he venido en determinar los artículos con que
acredito que mis palabras no son las del engaño con que hasta
ahora se ha abusado de los desgraciados naturales, mantenién-
dolos bajo un yugo de hierro, tratándolos peor que a las bestias,
hasta llevarlos al sepulcro entre los horrores de la miseria”. Y
señala (Mitre: 1858: 139):
Por los artículos del Reglamento se declaraba a los indios misioneros
la libre disposición de sus bienes que antes se les había negado; la
libertad de tributos para diez años; el libre y franco comercio de todas
las producciones con las demás provincias lo que estaba prohibido por
España; los iguala civil y políticamente a los demás ciudadanos, manda
reconcentrar las poblaciones; distribuir la tierras públicas; arregla los
pesos y medidas y aboliendo los gravosos derechos parroquiales, arregla
la administración de justicia; organiza la milicia de los Treinta Pueb-
los, determina la forma de la elección para su diputado al Congreso;
prevé la conservación de los yerbales; prohíbe los castigos crueles y por
último, manda formar en cada pueblo un fondo destinado al establec-
imiento de escuelas de primeras letras, artes y oficios. Este monumento
de su filantropía, que pone de manifiesto sus ideas prácticas sobre la
igualdad de los hombres, fue distribuido con proclamas escritas en len-
gua guaraní

109
Belgrano en la Revolución

Sin embargo, Mitre agrega con cierta ironía: “Mientras Bel-


grano arreglaba pueblos en teoría, los paraguayos marchaban
sobre él con fuerzas considerables para destruirlo”(Mitre: 1858:
139).
Este Reglamento habría sido enviado a la Junta para que lo
aprobase, imprimiese y repartiese, confiando en que resumía los
ideales de la Revolución de Mayo. Pero cuando llegó a Buenos
Aires, Moreno ya había sido desplazado. En una carta del 31 de
enero, Belgrano confiaba en que la Junta lo sancionaría, pero no
existen constancias que se haya aprobado, ni que haya habido
contestación alguna.
La misma preocupación por la caída de Moreno manifestó
Castelli el 17 de enero de 1811. Sostiene Julio Chaves que Cas-
telli envió a Chiclana a la Capital para obtener información precisa
acerca de los motivos que determinaron la separación de More-
no y para “en caso necesario, volver a dar tono a la marcha de la
revolución que ellos dos, con sus íntimos amigos, habían empren-
dido” (Chaves, 1957: 218).
Asimismo, en todas esas cartas, Belgrano manifestó su obedi-
encia a Fernando VII, del cual se suponía que coincidía con el ide-
ario de Mayo y asimismo, no dejó dudas acerca de su morenismo
y su angustia ante el debilitamiento de la tríada revolucionaria.
Pocos meses después, al producirse el golpe del 5 y 6 de abril de
1811, Belgrano comprendió, como se verá, que el sector revolu-
cionario había quedado desplazado y que aires contrarrevolucio-
narios predominaban en la ciudad-puerto.

Derrota militar y triunfo moral


Sólo la audacia y el fervor patriótico de un reducido número
de sus soldados le permitieron a Belgrano el pequeño triunfo de
Campichuelo (noviembre 1810) y luego avanzar hacia el norte,
110
Norberto Galasso

donde el ejército paraguayo, mucho más numeroso y mejor ar-


mado, le impidió continuar la marcha hacia el Paraguay.
A pesar de la derrota de Paraguarí, acaecida el 9 de enero
de 1811, Belgrano persistió en dar la lucha y enfrentó al ejército
comandado por el general Manuel Cabañas, en Tacuarí, donde,
ya en muy mala situación, se niega a rendirse: “El general patriota
contestó con dignidad y con la noble sencillez de Leónidas: Por
primera y segunda vez he contestado ya que las armas del rey
no se rinden en vuestras manos, dígale a su jefe que avance a
quitarlas cuando guste” (Mitre, 1858: 140). El general paraguayo
optó por la negociación. En ella, el ejército patriota incidió en su
propósito democrático liberador:

El parlamentario patriota se presentó al jefe paraguayo manifestándole


en nombre de Buenos Aires que habían ido a auxiliar y no a conquis-
tar al Paraguay, pero que puesto que rechazaban con la fuerza a sus
libertadores, había resuelto evacuar la provincia, repasando el Paraná
con su ejército, para lo cual proponía una cesación de hostilidades que
contuviese para siempre la efusión de sangre entre hermanos (Mitre,
1858: 143).

Así, en la negociación logró transformar una derrota en un re-


tiro honorable, dejando sembrada la semilla de las nuevas ideas
que colaborarían en el replanteo que poco después abriría el
camino al triunfo de Gaspar Rodríguez de Francia como líder del
Triunvirato, en Paraguay, en reemplazo del gobernador Velazco.
El objetivo militar –llegar al Paraguay y sumarlo a la revolu-
ción– no había podido cumplirse. Pero la expedición había al-
canzado una suerte de triunfo moral y esparcido la propuesta
democrática.
Mientras tanto, en esos meses, crecía en la Banda Oriental la
figura de José Gervasio de Artigas, un hombre que, en esa época,
merecía el reconocimiento de Belgrano. No todo estaba perdido,
pensó Belgrano, pero recibió entonces una comunicación de la
Junta Grande por la que se le ordenaba abandonar la jefatura del
111
Belgrano en la Revolución

ejército. Fue reemplazado por Rondeau.

Desplazamiento del morenismo


A poco tiempo de su regreso a Buenos Aires, se produjo el
golpe del 5 y 6 de abril de 1811, proveniente del saavedrismo,
liderado por el general Martín Rodríguez y enmascarado, para
darle carácter popular, por una movilización organizada por Joa-
quín Campana y el alcalde Tomás Grigera.
En esa época a Belgrano se le había dado como destino la Ban-
da Oriental para unirse a las fuerzas gauchas de los orientales,
que se habían insubordinado contra los absolutistas. Él se situó en
el pueblo de Mercedes y nombró como segundo jefe a Manuel
Artigas, dispuesto a dar pelea contra las fuerzas de Elío. Pero,
producido el golpe saavedrista del 5 y 6 de abril de 1811, se le
ordenó volver a Buenos Aires para ser sometido a un consejo de
guerra por sus derrotas en el Paraguay.
De regreso a Buenos Aires, a Belgrano se le inició juicio,
usando como excusa que no había alcanzado los objetivos de su
campaña al litoral, pero la verdadera causa residía en su adhesión
a Moreno, quien había renunciado el 18 de diciembre y luego
había muerto, presumiblemente envenenado, durante un su viaje
por mar, el 4 de marzo de 1811. Tanto Belgrano, como Castelli,
así como casi todo el resto de los revolucionarios de Mayo cay-
eron en desgracia. La mayor parte, fue desterrada al interior del
país.
El mejor testimonio de la contrarrevolución del 5 y 6 de abril
lo dio Guadalupe Cuenca, la esposa de Moreno, en una carta di-
rigida a Mariano, sin saber que ya había muerto en alta mar, donde
le relató los episodios ocurridos Belgrano (Guadalupe Cuenca,
cartas a Mariano Moreno, citadas por Álzaga, 1967: 40):
... Los han desterrado a Mendoza, a Azcuénaga y a Posadas, a Larrea
a San Juan, a Rodríguez Peña a la punta de San Luis, a French, Beruti,

112
Norberto Galasso

Donado, el doctor Vieytes y Cardoso, a Patagones... Del pobre Castelli


hablan incendios, que ha robado, que es borracho, hasta han dicho que
no lo dejó confesarse a Nieto y los demás que pasaron por las armas
en Potosí; ya está visto que los que se han sacrificado son los que salen
peor que todos, el ejemplo lo tenés en vos mismo y otros pobres que
están padeciendo después que han trabajado tanto... En el día, el que
es tu amigo es reo y perseguido como tal, sin más delito que ser tu
amigo... No se cansan tus enemigos de sembrar odio contra vos...aquí
salen con que se precisa que se le haga consejo de guerra a Belgrano...
Así se están portando estos sectores con el pobre.

Algunos historiadores, basándose en que el alcalde Grigera


había logrado juntar a algunos quinteros para dar el golpe con-
tra el morenismo de la Junta, le otorgan erróneamente a este
movimiento un carácter popular y progresista. Pero es evidente
el propósito de liquidar políticamente a la tendencia morenista,
apartándose del camino de Mayo. Belgrano asistió a la represión
de la mayor parte de los revolucionarios y él mismo fue sancio-
nado por quienes ignoraron el valor y la coherencia con que se
había improvisado al mando de su ejército, con escasos recursos
e incluso su triunfo moral, que había producido cambios en Par-
aguay. Por eso, definió con toda certeza al golpe del 5 y 6 abril
como expresión del conservadorismo saavedrista opuesto a su
programa revolucionario: “...bribones del 5 y 6 de abril me per-
judicaron y perjudicaron a la patria” (11/5/1812, Belgrano, 1970:
160). En otra carta, del 19 de agosto de 1812, le solicitó al gobi-
erno que, entre los oficiales que irían al norte “no venga Martin
Rodríguez porque estoy convencido de que no hay uno bueno de
los del 5 y 6 de abril” (19/8/1812, Belgrano, 1970: 174).
Sus enemigos intentaron hacerle consejo de guerra, pero el
prestigio intelectual y moral de Belgrano detuvo sus proyectos.
Los oficiales que lo acompañaron en su campaña se dirigieron
al gobierno en su defensa y declararon “que no había un oficial
ni un soldado que tuviera la menor queja respecto al general” y
que siempre lo movió “solamente la causa del amor a la justicia y
salvar el buen nombre, sacrificándose en obsequio de la patria y
de la gran causa que defendemos... Cuantos oficiales tuvimos la
gloria de militar bajo sus órdenes empezamos a recibir sus sabias
113
Belgrano en la Revolución

lecciones y encontramos solo motivos para admirar no tan solo


su hábil política y madura prudencia, con que todo lo componía
uniendo los ánimos y llenándolos de un fuego verdaderamente
militar removiendo con su alta previsión hasta los menores
tropiezos con que podían retardar nuestro gran proyecto, sino
también con su constancia y continuo desvelo para mantener a
la tropa en la más perfecta disciplina y el heroico valor con que
logró que nuestras armas se cubriesen de gloria en los memora-
bles ataques de Candelaria, Paraguay y Tacuarí. También los ve-
cinos de la localidad oriental de Mercedes se dirigieron a la Junta
Grande reivindicando a Belgrano y solicitando que se dejara sin
efecto el juicio. “...Manuel Belgrano, penetrado íntimamente de
la importancia de nuestro sistema y entusiasmado con heroísmo
de amor a la patria, no había sacrificio que no estimase para la
libertad” (Mitre, 1858: 155).
Ante estos planteos, respecto de su elevada moral y espíri-
tu patriótico, lo sobreseyeron en agosto de 1811. Pero poco
después falleció Castelli: “Lo mataron la ingratitud y la calumnia”,
afirmó Manuel Moreno... Su familia quedó en la indigencia y su
quinta de Núñez fue subastada... ‘Mi muy venerado Castelli, el
mejor de los patriotas, padre de la actual revolución’, dijo su ami-
go Monteagudo y lo llamó ‘genio ilustre que dirigió los pasos de la
Primera Junta’ (Cutolo, 1968, T.2: 209).
Ahora solo quedaba Belgrano y no deseaba presentarse como
un díscolo que reaccionaba por la ingratitud de que había sido
objeto. La revolución había tornado un curso distinto al de 1810.
Entre otros, Monteagudo lo denunció desde su periódico “Már-
tir o libre”. El espíritu revolucionario que tuvo la revolución en
sus primeros meses –bajo el impulso que le daba especialmente
Moreno– había decaído. Belgrano también lo advirtió y en una
declaración afirmó: “La opinión de los pueblos solo puede sosten-
erse por la justicia. Ellos son ignorantes por lo común pero saben
muy bien lo que se les debe y acaso por su mayor ignorancia se
consideran acreedores a más de lo que les corresponde”. Agrega
Mitre (Belgrano, citado en Mitre, 1858: 172):
114
Norberto Galasso

Sentadas estas bases –– aconseja al gobierno que de conformidad a


los principios fundamentales del buen gobierno, observando el estatuto
jurado... castigando severamente toda infracción y entregando a la exe-
cración pública a los que ultrajan la dignidad de los pueblos, violando su
constituci6n. Explica el disgusto de los pueblos por la falta de observan-
cia de estas reglas y por la impunidad de los que lo han hecho padecer
aún más que en la época colonial, por lo que viendo que no habiendo
quien ponga freno a la iniquidad, miran con desprecio las promesas
que les son favorables. “Por último, propone varias medidas... entre
otras, facilitar el cultivo, el consumo y la extracción de frutos del país,
adelantar sus manufacturas, aumentar su población... medios por los
cuales recobrarían sus primeras esperanzas, retomaría vigor el Estado,
se aumentarán notablemente los recursos y se desterrará la ociosidad
tan común en nuestro suelo y lo que era más arduo, se logrará levantar
el espíritu de los pueblos abatidos o enconados y atraerlos a la causa de
la libertad, comprometiéndolos en la revolución.

Más allá de esta disidencia, Belgrano mantuvo su obediencia al


gobierno, prefiriendo someterse a la institucionalidad de la Jun-
ta, sin sumarse a una creciente oposición que ya se manifestaba.
Pero quienes desconfiaban de él no dejan de hostigarlo y, al res-
tituirle la condición de general, después del juicio que pretendía
condenarlo, optaron por darle mando, pero en el regimiento que
le era más adverso: el de Patricios, fuerza que había respondido a
Martin Rodríguez y a Saavedra –sus adversarios– donde fue reci-
bido con desagrado.
Al poco tiempo, su decisión de que los patricios no usaran
más trenzas provocó una sublevación de las tropas, que pasó a la
historia como “el motín de las trenzas”, aunque ese alzamiento
fue sofocado drásticamente: varios cabos y sargentos fueron fusi-
lados. Sólo quedaba Belgrano de aquella tríada revolucionaria de
Mayo, con un importante prestigio moral por su conducta y su
compromiso de servir a la Patria. En esas condiciones, prefirieron
alejarlo de Buenos Aires: lo enviaron como jefe de una compañía
encargada de defender a Entre Ríos y Santa Fe de los intentos
provenientes de la costa oriental, definida por la causa absolutista.
Es decir, lo retornaron al ámbito geográfico donde fue derrotado
y a cargo de una fuerza militar sumamente deteriorada en su or-
den material y su temple militar.

115
Belgrano en la Revolución

Consecuente con su decisión de servir a la Patria en cualquier


condición, Belgrano aceptó. El 24 de enero de 1812 partió ha-
cia el litoral para ocupar su cargo. Antes, sin embargo, manifestó
(Carta a Bernardino Rivadavia, influyente secretario del Primer
Triunvirato, citada en: Mitre, 1858: 175):
Siempre me toca la desgracia de que me busquen cuando el enfermo
ha sido atendido por todos los médicos y lo han abandonado: es preciso
empezar con el verdadero método para que sane y ni aún para eso hay
lugar, porque todo es apurado, todo es urgente y el que lleva la carga es
quien no tuvo la culpa de que el enfermo moribundo acabase... Bastan-
te he dicho y bastante he demostrado con los estados que he remitido.
¿Se puede hacer la guerra sin gente, sin armas, sin municiones, ni pól-
vora, siquiera? Usted me ha ofrecido atender a este ejército, es preciso
hacerlo y con la celeridad del rayo, no por mí, pues al fin mi crédito es
de poco momento, sino por la patria.

116
Norberto Galasso

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120
Fabián Emilio Brown

Manuel Belgrano, conductor


de un pueblo en armas
122
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo
en armas

FABIÁN EMILIO BROWN

Introducción
En el año 2020 se conmemora el bicentenario del fallecimien-
to de Manuel Belgrano. Abogado, economista, escritor, políti-
co, diplomático y militar, fue una figura cuyo reconocimiento en
nuestra historia compleja y marcada por un dualismo extremo
despierta pocas controversias. Manuel es un ícono popular que,
como pocos, supo interpretar y conducir un sujeto social que
tomó para sí la construcción de un proceso histórico, así como
transmitir a la posteridad valores y conductas que, encarnadas en
símbolos, identifican una nación.
Con frecuencia, un relato sobre el pasado está condicionado
por las necesidades del presente y propone falsas antinomias, de-
bates de relativa significación o bien no logra definir la categoría
analítica adecuada para comprender y recrear un tiempo pretéri-
to. La personalidad multifacética de Belgrano sea, tal vez, una
de las causas por las cuales la opinión sobre la naturaleza del rol
social que lo define como figura histórica encuentre dificultades
para ser formulada de manera clara y sencilla.
Uno de los debates más difundidos sobre Belgrano está
dado alrededor de si la profesión militar era la que definía su rol
histórico o si bien tenía preeminencia su condición civil. La imagen
de un Belgrano de estilo napoleónico es una representación
estereotipada, tal vez necesaria para la consolidación institucional
del Estado o del Ejército, pero tan intencional o inconducente
123
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

para la compresión de su actuación histórica como afirmar que


su desempeño militar fuera mediocre o simplemente el resultado
del imperio de las circunstancias.
Las relaciones civiles-militares constituyen un campo teórico
de vasto desarrollo, sumamente útil para comprender la injerencia
militar en las cuestiones políticas de la segunda mitad del siglo XX,
pero esta perspectiva dificulta la comprensión de un fenómeno
de comienzos del siglo XIX y no ayuda a explicar la figura de
Belgrano. En este trabajo, se intentará formular una respuesta
superadora de estos planteos a partir de analizar la naturaleza del
proceso histórico del cual Manuel fue parte y de especificar las
necesidades de representación y de liderazgo de su tiempo.
El siglo XVIII fue un período de profundización de
transformaciones que se venían desarrollando en todos los
ámbitos del quehacer humano. La denominada Revolución
Científica concluye por dar cuerpo, con Isaac Newton, a una
nueva cosmovisión dada por una compresión de la naturaleza
en términos matemáticos, que posibilitó una aplicación del
conocimiento a la solución de problemas concretos de la vida
práctica. Algunos de estos desarrollos científicos permitieron
innovaciones tecnológicas que posibilitaron progresos en la
navegación y en la automatización de la producción, cuestiones
que estarían en la base de la Revolución Industrial, fenómeno que
introdujo cambios correlativos en el orden social con la aparición
de nuevos actores que trastocarían el orden preexistente. A su
vez, las nuevas ideas promovidas por la Ilustración expresarían
el proceso de cambio integral que se estaba desarrollando.
La emancipación de las colonias británicas de Norteamérica,
la Revolución francesa y las guerras napoleónicas fueron
consecuencias de estos procesos que abrieron nuevos espacios
de participación política que encontraron en la consolidación de
las identidades nacionales la conquista de derechos fundamentales
que caracterizan a la modernidad.
En su monumental obra De la Guerra (1832), Carl von Clau-
sewitz conceptualizó que el conflicto bélico era una manifestación
124
Fabián Emilio Brown

más del quehacer social y que los ejércitos expresaban la compo-


sición social, política y territorial de una época. Clausewitz, prota-
gonista y observador de las guerras napoleónicas, y en particular
de la resistencia española de 1808 y de la posterior invasión a Ru-
sia, infirió que en los conflictos armados de su tiempo existía un
cambio de naturaleza en la manifestación de los conflictos arma-
dos. En la nueva guerra tomaban parte actores sociales que, hasta
entonces, eran marginales en los asuntos del Estado e irrumpían
en la escena política a través de canales alternativos de participa-
ción, como ser la movilización militar.
A este fenómeno de afirmación de identidades nacionales, que
se expresaba en términos de lucha armada, el pensador alemán lo
denominó “la guerra del pueblo” (Clausewitz, 1965. Cap XXVI,
232) y lo definió así: “Se han roto sus antiguas barreras, por
consiguiente, como una expansión y un fortalecimiento de todo
el proceso fermentivo que llamamos guerra” (Von Clausewitz,
1965: 233). También afirmó que la participación de los nuevos
sectores sociales sería percibida “como un medio revolucionario,
un estado de anarquía declarado legal, tan peligroso para el orden
social de nuestro país como para el del enemigo” (Ibid.: 234).
Su agudo análisis sociológico le permitió advertir que los
cambios que se estaban desarrollando alrededor del arte militar
respondían a un “principio trinitario” (Van Creveld, 1991, 67) que
articulaba al Pueblo, el Ejército y el Estado. El resultado de la
articulación de esta relación estratégica definiría el curso de la
guerra: “La nación que hiciera un uso acertado de este medio
adquiriría una superioridad” (Ibid.: 237). También sostenía que
las milicias no ganaban la guerra si no contaban con el apoyo de
un Ejército regular y un Estado que sostuviera y coordinara el
esfuerzo bélico con un sistema de requisiciones y de reclutamiento
general. Estos instrumentos debían ser estudiados ya que ponían
a disposición de una nación una cantidad de recursos complejos,
cuyo correcto empleo podría ser decisivo para lograr la victoria.
En sus consideraciones de orden táctico, Clausewitz sostuvo
que la guerra del pueblo requería un profundo conocimiento del
125
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

terreno y el aprovechamiento de las destrezas particulares de


una población pobre acostumbrada a las privaciones, y afirmó
que los campesinos no eran soldados y debían atacar dispersos
en combates de encuentro que les permitieran golpear y salir.
Según lo descripto, se entiende que la conducción de la guerra
de un pueblo en armas va a requerir de líderes que desarrollen un
pensamiento estratégico y una acción de mando que les permita
articular los objetivos políticos del Estado con la conducción
técnica militar y un profundo conocimiento del territorio y de la
idiosincrasia popular, tanto para lograr el apoyo al ejército como
para movilizar a la población a pelear contra el invasor. Es decir,
el conductor de un pueblo en armas debe reunir en distintas
proporciones dotes de estadista, estratega y caudillo.
El desarrollo económico social de la América hispánica fue parte
de una “economía mundo” (Wallerstein, 1979), cuyos criterios
de explotación y organización política fueron de características
modernas, y la dominación colonial fue una característica esencial
de ese período histórico (Mignolo, 2010). En su obra sobre la
economía potosina, Enrique Tandeter (1999) demostró que
los métodos de extracción minera no eran diferentes a los
empleados en Europa, así como Steve Stern (1986), en su estudio
sobre el Estado virreinal, concluyó que esta entidad política era
de características modernas. El proceso transformador que se
abrió con la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos
afectó tanto a Europa como a América, ya que la naturaleza de la
guerra de la independencia de las colonias españolas fue similar a
los conflictos armados europeos contemporáneos a ella.
Tulio Halperín Donghi describió el período iniciado con
la Invasión Inglesa de 1806 como una revolución social que se
desarrolló a través de una guerra que se prolongó por 20 años
en la lucha por la independencia y transformó a la sociedad
estamental indiana y al orden político y económico establecido.
Otro notable historiador, Juan Carlos Garavaglia, estudió cómo
la militarización expresó la movilización política de la sociedad
urbana y rural que luego se extendió a todo el proceso de la
126
Fabián Emilio Brown

organización nacional. Este fermento revolucionario que atravesó


a toda América respondió al fenómeno “pueblos en Armas”
(Clausewitz, 1965. Cap XXVI, 147) enunciado por Clausewitz
y es en esta categoría donde debemos buscar las respuestas a
las características de la conducción de la guerra que definen el
liderazgo de Manuel Belgrano.

Los pueblos en armas


La gesta de la independencia en Hispanoamérica fue un
proceso histórico de ruptura del vínculo colonial con la metrópoli
que abrió paso a la fragmentación de un espacio común que dio
origen, en su devenir, a las actuales identidades nacionales. Fue una
lucha prolongada que conmovió a toda la región, incorporando
tempranamente a sus pueblos al concierto de naciones fundadas
sobre ideales que aún eran una aspiración en el Viejo Mundo,
como la república y la soberanía popular. También esta lucha se
cimentó en un sentido social que puso fin, de hecho, a la esclavitud
y al trabajo forzado de los pueblos originarios.
En el pensamiento de principios del siglo XIX, según la teoría del Padre
Suárez, el poder soberano procedía de Dios, quien investía al pueblo,
y éste al Rey por el “pacto de sujeción” (Chiaramonte, 2004: 67). En
caso de vacancia del soberano, el poder volvía al pueblo por la figura de
la retroversión de la soberanía. Pero ¿quién era el pueblo en este mundo
hispánico? Una respuesta nos la provee el Dr. José Carlos Chiaramonte
(2004: 67), quien estudiando el significado de este concepto, demuestra
que, en ese contexto histórico, no era aún el contenido abstracto
elaborado por el Abad de Sieyes en la Revolución Francesa, consagrado
en la Constitución de 1853, sino que se entendía por los “pueblos”
que, por en ese entonces, eran las ciudades con Cabildo. De allí que
las instituciones comunales tuvieran un rol central en los primeros años
de la gesta de la emancipación y en el proceso de afirmación de las
autonomías regionales respecto de la Capital mediante la conformación
de nuevas entidades políticas – las provincias– que serían figuras
centrales en la construcción de la nación argentina.
Con la caída de la Junta de Sevilla Buenos Aires, como capital del
Virreinato, asumió la iniciativa política, en 1810, de romper el pacto de
sujeción, pero su legitimidad de liderazgo estuvo cuestionada desde el
origen del movimiento revolucionario por ser un par entre las ciudades
con cabildo. Siguiendo la lógica de Buenos Aires, los pueblos fueron
127
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

retrotrayendo el poder, reclamando su autonomía y sólo la causa


superior de la independencia resultaría un aglutinante; el resto de las
decisiones siempre serían una fuente de crecientes conflictos armados
que se expresaría en la movilización de las milicias urbanas y rurales.
Retomando la visión de Halperín y Garavaglia, fueron las milicias
quienes canalizaron la participación de los nuevos actores sociales que
entraron en la escena política, siguiendo la lógica de la organización
de las fuerzas militares en el Virreinato, que estaba reglada por las
Ordenanzas de Carlos III, donde se disponía que cada ciudad debía
movilizar un cupo de vecinos para casos de emergencia y establecía
las pautas de ejercitación que debían realizar regularmente para su
adiestramiento.
Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 desataron el proceso de
participación ciudadana a través de la formación de los cuerpos de
milicias urbanas que trastocaron para siempre el orden colonial. Tras
la Reconquista de la ciudad de Buenos Aires, el Cabildo Abierto del
14 de agosto de 1806 dispuso la creación de un Ejército de la ciudad,
nombró jefe de esa fuerza a Santiago de Liniers y negó la posibilidad de
retorno del virrey Sobremonte a la capital del Virreinato. En términos
de autonomía política, este Cabildo Abierto fue más trascendente que
el del 22 de mayo de 1810.

La Convocatoria de Liniers a los vecinos de la ciudad para orga-


nizar el Ejército de Buenos Aires se realizó por lugar de nacimien-
to, haciendo énfasis en el “esforzado y fiel americano” (Beveri-
na, 2015: 233), a los europeos se los agrupó por su provincia de
origen y se organizaron también unidades de castas e indios. El
llamado permitió conformar una fuerza de más de 8.000 efecti-
vos que convirtió a las milicias en el elemento central del sistema
militar respecto de las tropas regladas que, mayoritariamente,
habían sido enviadas a Montevideo. Además, Liniers dispuso que
las unidades eligiesen a sus jefes, lo cual convertía a esos vecinos
en verdaderos referentes políticos. La movilización de las milicias
estaba instalada y la Defensa de Buenos Aires fue un bautismo de
fuego que les proveyó un gran prestigio en toda Sudamérica. A
medida que la guerra de la emancipación se fue desarrollando, el
sistema se extendió al resto del territorio y constituyó el principal
instrumento de lucha de los pueblos por su independencia y, lu-
ego, por su autonomía.
El Estado virreinal nunca tuvo capacidad para contener y regular el
proceso de movilización social, ni tampoco pudo subordinar a las mili-
cias urbanas. La Asonada de enero 1809 fue un intento del Cabildo,
128
Fabián Emilio Brown

controlado por el Alcalde Félix de Álzaga, quien apoyado en las milicias


de origen europeo, buscó desarticular la base popular del virrey Liniers,
hecho que señala el grado de fragmentación del poder colonial tras las
invasiones inglesas.
En 1810, con intención de afirmar el movimiento de mayo, la Junta
Provisional dispuso considerar a las milicias urbanas de Buenos Aires
como tropas regulares, es decir, dependientes del Estado central, y
enviar expediciones auxiliares al Perú y al Paraguay, que debían ser
complementadas con milicias locales. En este contexto se plantearon
las primeras manifestaciones que caracterizaron el desarrollo de la
guerra de la independencia: la compleja relación entre Buenos Aires
y el Interior y, complementariamente, la tensión entre las fuerzas que
dependían del Estado central y las de reclutamiento local. En términos
del principio trinitario de Clausewitz, de la comprensión de este proceso
y de cómo se articulara esta relación dependía, en gran medida, el éxito
de la contienda.

En esta perspectiva, el rol histórico de Manuel Belgrano tra-


sciende una profesión, fue aquello que requería el movimiento
revolucionario: una figura un líder polifacético que, al decir del
general Paz, supo superar “la desconfianza que al fin se disipó
enteramente; las personas timoratas se identificaron con los
campeones de la libertad, y esta se robusteció notablemente;
nuestras tropas se moralizaron, y el ejército era ya un cuerpo
homogéneo con las poblaciones, é inofensivo á las costumbres
y á las ciencias populares” (Paz, 1892: 342). Entendemos que la
categoría “conductor de un pueblo en armas” no sólo permite
una explicación adecuada de la naturaleza del conflicto que
significó la ruptura del vínculo colonial, sino que también facilita la
comprensión de la diversidad de roles y la variedad de escenarios
en los que le tocó actuar.

Manuel Belgrano
Manuel Belgrano nació en Buenos Aires en 1770, en el seno
de una próspera familia de origen genovés dedicada al comercio
ultramarino. Por su acomodada posición social, pudo trasladarse
a España a recibir una sólida formación académica en abogacía y
economía. A su regreso al Río de la Plata, en 1794, fue nombrado
129
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

por el Rey secretario vitalicio del Consulado de Buenos Aires,


una institución cuyo propósito fue fomentar políticas destinadas
al bienestar general, mediante la producción de frutos de la tierra
y el comercio. También fueron reconocidos sus esfuerzos en el
ámbito educativo, ya que promovió la fundación de la Escuela
de Náutica, la Academia de Geometría y Dibujo, la Escuela de
Comercio y la de Arquitectura y Perspectiva. Estas escuelas
fueron cerradas en 1803 por el ministro Manuel Godoy por ser
consideradas centros educativos que “eran de lujo y que Buenos
Aires todavía no se hallaba en estado de sostenerlos” (Belgrano.
1814. 3)
En 1796, según nos relata en sus memorias, el Virrey Melo
lo invitó a formar parte de las milicias de la ciudad. Así comenzó
a desarrollar un rudimentario entrenamiento militar. Después
de la Reconquista de Buenos Aires, como se ha mencionado,
por disposición del Cabildo Abierto, la movilización ciudadana
conformó regimientos por origen de nacimiento y cada sector
eligió a sus propios jefes. Belgrano expresó: “después que se creó
el cuerpo de Patricios, mis paisanos, haciéndome un favor que
no merecía, me eligieron Sargento Mayor y, a fin de desempeñar
aquella confianza, me puse a aprender· el manejo de armas, y
tomar sucesivas lecciones de milicia” (Paz, 1892: 49).
En esta frase observamos el nacimiento de otro Belgrano: el
líder popular quien, elegido por sus pares, toma las armas para
la defensa de la ciudad. Tuvo su bautismo de fuego en la heroica
jornada del 5 de julio de 1807, donde los vecinos derrotaron a
una fuerza expedicionaria veterana de más de 8.000 efectivos.
Después de la batalla, pese a reconocer que no era su vocación,
Manuel mantuvo su la condición de miliciano, dado que le
permitía “ponerme, alguna vez el uniforme, para hermanarme
con mis paisanos” (Ibíd.: 49). En 1810, Belgrano reiteró que su
condición de Patricio fue la causa por la cual “mis paisanos me
eligen para uno de los vocales de la Junta Provisoria” (Ibíd.: 50).
Estas son referencias permanentes al sujeto social que se estaba
desarrollando y que promovía los cambios que llevaron a Manuel
130
Fabián Emilio Brown

a aceptar ser un representante activo de sus intereses.


Como se ha expresado, la Junta Provisional dispuso considerar
a las milicias urbanas de Buenos Aires como tropas regulares y
enviar expediciones auxiliares al Perú y al Paraguay. A Belgrano le
fue conferido el mando y, posteriormente, el grado de brigadier
para llevar adelante la Expedición Auxiliadora a la Provincia del
Paraguay de principios de 1811, lo cual generó el cuestionamiento
de militares de carrera que se sintieron postergados por su
designación. Luego de las derrotas de Tacuarí y Paraguarí, fue
transferido al frente de la Banda Oriental y, tras el movimiento del
6 de abril, con el advenimiento la Junta Grande, los rivales políticos
de Belgrano se empoderaron en el gobierno y dispusieron un juicio
que evaluara su ejercicio del cargo. En pocos meses, la revolución
había devorado a líderes como Liniers, Moreno y Álzaga y, poco
tiempo después lo haría con Saavedra, entre otros.
Como se puede inferir, la controversia acerca de su capacidad
militar acompañó a Belgrano desde su primer nombramiento.
En 1814, también cuestionado por las derrotas de Vilcapugio y
Ayohuma, escribió una Memoria en la que se defendía y acusaba:
Todos mis paisanos, y muchos habitantes de la España, saben que mi
carrera fue la de los estudios, y que concluidos estos, debí a Carlos
IV, que me nombrara secretario del Consulado de Buenos Aires, en
su creación; por· consiguiente, mi aplicación, poca o mucha, nunca se
dirigió a lo militar›; y si en el año 96, el virrey Melo, me confirió el
despacho de capitán de milicias Urbanas, de la misma capital, más
bien lo recibí, como para tener un vestido más que ponerme, que para
a tomar conocimientos en semejante carrera. (Ibíd.: 51)

Cabe preguntarse: ¿quién acreditaba méritos de veterano en


el Río de la Plata de 1810? En un tiempo en el que aún no existían
institutos educativos específicos, los cuadros castrenses se
formaban en los cuarteles, que en el Virreinato no eran muchos.
Salvo el Cuerpo de Blandengues, habituado a los combates de
encuentros con los indios en la frontera, el resto de los militares
profesionales de esa época tuvieron su bautismo de fuego en las
Invasiones Inglesas junto con los milicianos, entre ellos Belgrano,
Güemes, Saavedra y Bustos. Otros, como Rondeau y los
131
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

hermanos Balcarce, que eran parte de la fuerza regular, fueron


hechos prisioneros por los ingleses en Montevideo y trasladados
a Londres. En estas circunstancias, el escenario europeo cambió
con la invasión francesa a España y los prisioneros del Río de la
Plata pasaron a ser aliados de los británicos y fueron enviados
a la Península Ibérica como parte del contingente al mando del
Duque de Wellington.
Esta tensión puede encuadrarse en la rivalidad entre cuadros
de origen miliciano con los de las fuerzas regulares, como lo
expresa Belgrano en la mencionada Memoria:
Pero ellas me atrajeron la envidia de mis cohermanos de armas, y en
particular el grado de Brigadier que me confirió la misma Junta, haciendo
más brecha en el tal don Juan Ramón Balcarce, que además, había sido
el autor para que no fuese en mi auxilio el cuerpo de Húsares, de que
el era Teniente Coronel, intrigando y esforzándose con sus oficiales,
en una junta de guerra, hasta conseguir que cediesen a su opinión,
exceptuándose solamente uno, que en honor · debo nombrar, don Blas
Jose Pico. (Ibíd.: 55)

Este conflicto se extendió al Ejército del Norte, donde ambos


jefes se volvieron a encontrar:
Confieso, que me había propuesto no hablar de las debilidades de
ninguno, que yo mismo había palpado desde que intenté la retirada de
la fuerza que tenía en Humahuaca á las órdenes de don Juan Ramón
Balcarce, autor del papel que acabo de referir; pero, habiéndome
incitado á ejecutarlo, presentaré su conducta á la faz del universo, con
todos los caracteres de la verdad, protestando no faltar á ella, aunque
sea contra mí, pues este es mi modo de pensar y de que tengo dadas
tantas pruebas, muy positivas, en los cargos que he ejercido desde mis
más tiernos años, y de los que he desempeñado desde nuestra gloriosa
revolución, no por elección, porque nunca la he tenido, ni nada he
solicitado, sino porque me han llamado y me han mandado, errados á
la verdad, en su concepto. (Ídem)

Sobre estas disputas de cargos, seguramente normales en


cualquier período, la historiografía ha centrado un debate sobre
la aptitud militar de Belgrano. La pregunta para formularse sería:
¿cuál debería un marco referencial para definir la capacidad militar
hasta el arribo de San Martín al Río de la Plata? Pueyrredón,
Antonio González Balcarce y Rondeau, quienes estuvieron al
132
Fabián Emilio Brown

frente de los ejércitos, no tuvieron los resultados que cosechó


Belgrano en los campos de batalla, ni lograron la adhesión popular
a la causa emancipación que éste obtuvo en el Norte y en el Alto
Perú. En cuanto opiniones profesionales, el general San Martín
opinó en ocasión de discutirse el mando del Ejército del Norte:
“En el caso de nombrar quien deba reemplazar a Rondeau, yo me
decido por Belgrano: éste es el más metódico de los que conozco
en nuestra América lleno de integridad, y talento natural: no
tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto
a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en
la América del Sur” (Otero, 1966: 282) y el general Paz agrega
en sus Memorias: “El 20 de febrero, es un gran día en los anales
argentinos; el general Belgrano se inmortalizó junto con él” (Paz,
1892: 153).
De este período, podemos concluir que Manuel Belgrano
poseía la formación académica más sólida de su tiempo, un interés
permanente por el bienestar general, así como la frustración de
un funcionario que constató que dentro del orden colonial no
había espacio para el desarrollo de su pueblo.
Como todos los de su tiempo, Belgrano tuvo que realizar un
proceso de aprendizaje en las cuestiones militares que, como
él mismo reconoció, nunca pensó que fueran su vocación, sino
que el arte de la guerra fue una de las demandas que el sujeto
social que encarnaba reclamó de sus líderes, en un conflicto cuya
naturaleza exigió de sus conductores no sólo el conocimiento
de los sistemas de armas y logísticos de su tiempo, sino
fundamentalmente la comprensión de la idiosincrasia del pueblo
para lograr su apoyo y, en ocasiones, su movilización activa para
la lucha. Estos factores: Pueblo, Ejército y Estado, como sostiene
Clausewitz, constituyeron el principio estratégico fundamental a
articular para definir una conducción integral de la guerra de la
independencia.

La primera experiencia del general Belgrano en el Ejército


133
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

del Norte
A principios de 1812, Belgrano logró superar los contratiempos
políticos y el juicio al cual fuera sometido. Fue nombrado al
frente de unas baterías de artillería organizadas en Rosario para
custodiar el Río Paraná de los ataques de la flotilla realista, y fue
en este ámbito donde su liderazgo comenzó a mostrar los rasgos
de su real dimensión al darle a la revolución un sentido que, hasta
el momento, podía estar implícito pero no manifestado: la lucha
de los pueblos por su emancipación.
En Rosario, denominó a las baterías Libertad e Independencia
y el 27 de febrero de 1812 enarboló una bandera blanca y celeste,
“conforme a los colores de escarapela” (Pérez Torres, 2010: 22),
según manifiesta en su carta al Triunvirato. El gobierno, sujeto
a las indicaciones de Lord Strangford (1995), lo desautorizó
respondiendo: “haga pasar como un rasgo de entusiasmo el
suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada1, ocultándola
disimuladamente y sustituyéndosela con la que se le envía” (pp.
318-319). Esta orden nunca llegó a Belgrano, dado que había
partido hacia el Norte el 1° de marzo para reemplazar al general
Pueyrredón como jefe del Ejército Auxiliar del Perú.
El encuentro con Pueyrredón se produjo en Yatasto a fines de
marzo, donde éste le manifestó su preocupación por la indisciplina
y las intrigas que reinaban entre el cuerpo de oficiales. Las causas
de las desavenencias internas fueron variadas: la escasa formación
militar de los oficiales, las rivalidades entre los cuadros por su
origen diverso, tanto profesional como territorial, y una carencia
estructural de recursos fueron los factores que contribuyeron
a conformar una fuerza heterogénea y deliberativa, afectada
también por altos índices de deserción. Como relata el general
Paz en sus Memorias: “Pienso que una de las cosas que más
contribuyó á captarle la confianza del General, fué el empeño
que manifestaba de establecer una disciplina severa (punto que

1 Bandera de Macha que se encuentra en el Museo Histórico de la ciudad de Sucre, Repúbli-


ca de Bolivia.
134
Fabián Emilio Brown

no podía menos de agradar mucho al General), llegando á tanto,


que quería aplicar sin discernimiento á nuestros ejércitos semi-
irregulares, los rigores de la disciplina alemana” (Paz, 1892: 3).
Belgrano se esforzó por dar cohesión y disciplina adoptando
medidas ejemplificadoras que no siempre fueron acertadas por
su inexperiencia y por cierta facilidad de su carácter a ser influido
por opiniones interesadas.
Establecido el cuartel general en la ciudad de Jujuy, se
conmemoró el segundo aniversario de la Revolución de Mayo,
enarbolando nuevamente la bandera creada en Rosario. En su
arenga al pueblo, Belgrano sostuvo: “Por primera vez veis la
bandera nacional en mis manos, que ya nos distingue de las demás
naciones del globo” (Pérez Torres, 2010: 32). Cuando el gobierno
se enteró de este segundo acto, lo acusó de desobediencia al
poder político. Sorprendido, respondió que nunca había recibido
la primera orden y guardó la bandera, dedicándose a restañar
heridas que el paso de la Primera Expedición al Alto Perú había
dejado en la población norteña y a la preparación del Ejército
frente a una inminente invasión realista que tomaba cuerpo con
la ocupación de Cochabamba por parte del general Goyeneche.
En estas circunstancias, comenzó a gestarse una de las páginas
más heroicas de nuestra historia, el “Éxodo jujeño”, donde
se puso de manifiesto el sustento social de la Revolución y el
liderazgo de Manuel Belgrano como conductor de un pueblo
en armas, dispuesto a arrasar su propia tierra a fin de no dejar
nada que pudiera serle de utilidad al invasor. Relata Paz sobre la
trascendencia de la gesta:
Aunque estas providencias no tuvieron todo su efecto, por la
precipitación de nuestro movimiento y la dificultad de llevarlas á efecto
en toda su extensión, y aunque parezcan algo crueles, no trepido ni
un instante en asegurar, que fueron de una gran utilidad política: ellas
despertaron los ánimos ya medio resignados á sufrir el yugo español;
ellas nos revolaron, haciéndolo mejor, la gravedad del compromiso que
habíamos contraído cuando tomamos las armas contra el gobierno
establecido por la metrópoli; ellas, en fin, nos hicieron conocer que era
una cuestión de vida ó de muerte para nuestra patria, la que se agitaba,
y que era preciso resolverse á perecer ó triunfar, fuera de que estas
135
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

medidas enérgicas, que recalan indistintamente sobre las personas más


elevadas de la sociedad, hirieron la imaginación de las masas de la
población, y las predispusieron ¿desplegar esa fuerza gigantesca, que
ellas mismas ignoraban, y que después han hecho de las Provincias
Bajas, un baluarte incontrastable. (Paz, 1892: 50)

El movimiento de la población comenzó a principios de agosto


de 1812 pero el del Ejército se retardó y quedó acampado en las
afueras de Jujuy por la desconfianza que generaba en Belgrano
la información remitida por Juan Ramón Balcarce desde la
retaguardia. Esta desinteligencia tuvo como consecuencia que
la retirada tardía hacia Tucumán se realizara con la vanguardia
realista pisándoles los talones y con frecuentes choques entre
ambas fuerzas. Frente a esta situación de apremio, Belgrano
decidió librar un combate que frenara y desorganizara el avance
enemigo. El 3 de septiembre, en el Río Piedras, el ataque patriota
sorprendió a los realistas obligándolo a detenerse, lo cual le
permitió ganar tiempo para llegar más aliviado a Tucumán.
Las instrucciones del gobierno eran claras: no exponer al
Ejército a una batalla en condiciones desfavorables. Sin embargo
la situación era compleja, estaba expuesto a ser alcanzado y
obligado a combatir en la oportunidad que dispusiera el enemigo.
Por otra parte, Bernabé Araoz, Rudecindo Alvarado y el Obispo
Pedro Miguel Aráoz hicieron llegar la disposición del pueblo
tucumano a resistir la ocupación de la ciudad, reforzando al
Ejército con milicias y los abastecimientos posibles. Belgrano se
decidió a dar batalla. Para ello convocó una Junta de Guerra y en
12 días se reforzaron las unidades de infantería y de caballería
con paisanos y se impartió la instrucción posible. José María Paz,
protagonista de esos hechos como joven teniente, expresó en
sus Memorias: “Nuestro ejército, tendría como nueve cientos
infantes y seis cientos caballos, inclusa la milicia” (Ibíd.: 56), es
decir, que el ejército realista los duplicaba en efectivos.
El general realista Pío Tristán nunca creyó que los patriotas
estuvieran en condiciones de presentar batalla, por lo cual buscó
rodear ciudad a fin de cortar su retirada, desplazándose en
formación de marcha, sin las armas alistadas. Belgrano, por su
136
Fabián Emilio Brown

parte, fortificó la plaza y formó al Ejército en las afueras, previendo


que la fuerza enemiga vendría desde el norte. El resultado de estas
decisiones encontradas fue una sorpresa para ambas fuerzas.
El Ejército patriota debió cambiar su dispositivo hacia el oeste,
ocupando un lugar conocido como el Campo de las Carreras, con
tres columnas de infantería al frente y dos elementos de caballería
a sus alas, y mantuvo una importante fuerza de reserva.
En el inicio del combate, la columna de infantería criolla de
la izquierda tuvo éxito en su ataque, lo cual fue aprovechado
por la reserva al mando de Dorrego, quien atacó con gran
ímpetu arrollando al enemigo en su frente, mientras la columna
de infantería de la derecha comenzó a ceder y la caballería de
ese sector eludió un enfrentamiento directo con la infantería
para apoderarse del parque realista ubicado a retaguardia. La
consecuencia de estos movimientos fue el dislocamiento de
ambas fuerzas y un resultado indeciso y confuso del combate,
mientras los patriotas tomaron más de quinientos prisioneros
que alojaron en la ciudad, el campo de combate en poder de
los realistas. Para completar este cuadro una manga de langosta
cegó a los oponentes acrecentando el desconcierto de ambos
oponentes.
Al anochecer, Belgrano había quedado aislado del resto del
Ejército en un casco de estancia intentando clarificar la situación,
mientras que Díaz Vélez, fortificado dentro de la ciudad con los
numerosos prisioneros tomados, mantenía negociaciones con
los realistas quienes intimaban su rendición. Entre las estafetas,
que fueron y vinieron varias veces llevando información entre
los puestos comandos del bando patriota, se hallaban José María
Paz y Apolinario “Chocolate” Saravia, quienes narraron aventuras
pintorescas durante esa noche incierta en sus respectivas
memorias.
En estas condiciones, las negociaciones y mutuas amenazas
duraron casi dos días. Finalmente, Tristán ordenó la retirada hacia
Salta y aquel 24 de septiembre, en una jornada extraña desde el
punto de vista militar, Belgrano había conservado la calma y la
137
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

voluntad de lucha, logrando una victoria de alcance estratégico


que había salvado la revolución en el Río de la Plata. La entrega
de su bastón de mando a la virgen de la Merced resalta el carácter
providencial del triunfo.
Una de las consecuencias de la Batalla de Tucumán fue la caída
del Primer Triunvirato y la designación de otro que convocó
a la Asamblea General Constituyente del Año XIII. En estas
circunstancias, Belgrano, ya en marcha hacia la ciudad de Salta,
volvió a enarbolar la Bandera blanca y celeste y la hizo jurar al
Ejército, el 13 de febrero, a orillas del Río Pasaje. Por primera
vez en nuestra historia, una bandera que no era la española
identificaba a un pueblo y guiaba a nuestras tropas. A dicho río,
desde entonces, se lo conoce como Juramento: las decisiones de
Belgrano también comenzaron a cambiar la toponimia del paisaje.
En su avance hacia Salta, dónde el Ejército realista se había
posicionado, Belgrano con un mejor conocimiento del terreno,
condujo sus tropas por la quebrada de Chachapoyas, un camino
que le permitió eludir y sorprender a Tristán, obligándolo a
cambiar de dispositivo en poco tiempo. El ímpetu del ataque
patriota fue tal que su fuerza se desbandó y, derrotado, pidió la
rendición. En esa batalla Doña Martina Silva entró en combate
al frente de una partida de gauchos de ponchos celestes. Desde
entonces se la conoció como la “Capitana”.

Es de destacar la figura del coronel Manuel Dorrego, jefe del


Regimiento de la infantería de reserva en las batallas de Tucumán y
Salta. En la primera fue el reconocido héroe de la jornada, quien
arrolló al enemigo con su ímpetu, y en esta última también fue
un jefe destacado. Pese a que Belgrano lo apreciaba y reconocía
valor y capacidad de mando, tuvo problemas por sus permanentes
intrigas con el resto de los jefes. Su carácter bromista, impulsivo
y temperamental era causa frecuente de actitudes que afectaban
la cohesión y disciplina del Ejército. Después de Salta, Belgrano
lo trasladó a Buenos Aires con lo cual se privó de su participación
en la Segunda Expedición Auxiliadora al Alto Perú. Su ausencia,
138
Fabián Emilio Brown

según reconoció el propio Belgrano, fue una de las causas de las


derrotas en Vilcapugio y Ayohuma.
A principios de agosto de 1813, el Ejército ya se encontraba
instalado en Potosí y Belgrano desempeñando una política acti-
va en el Alto Perú. Según refiere Pérez Torres: “Dividió en 8 las
provincias del Alto Perú…y colocó a la cabeza gobernadores de
fuste, como Álvarez de Arenales en Cochabamba, Ortiz de Oc-
ampo en Charcas, Ignacio Warnes en Santa Cruz” (Pérez Torres,
2010: 74). En poco tiempo, supo establecer una estrecha relación
con los sectores criollos y los pueblos andinos y guaraníes que fue
de vital importancia para sostener al Ejército y, posteriormente,
restar apoyos al enemigo y establecer la base de la resistencia
de la llamada “Guerra de las Republiquetas” que, hasta 1816,
detuvo la ofensiva realista en esa región con “otros muchos jef-
es de tropas irregulares que hostilizaban á los españoles, como
Lanza, Camargo, Padilla, Centeno y otros mil, que reunían gente
colecticia y hacían la guerra á su modo” (Paz, 1892: 272).
Sin embargo, la suerte de las armas sería esquiva al Ejército
Auxiliar del Perú, que fue derrotado por Pezuela en la batalla de
Vilcapugio, el 1° de octubre de 1813. Belgrano se retiró hasta
Macha, desde donde comenzó a reorganizar sus fuerzas con un
gran apoyo indígena, llegando a remontar 3.400 efectivos que
carecían de preparación militar. En esta situación, acudieron en
su ayuda, el terrateniente de Chuquisaca Manuel Asencio Padilla
su esposa Doña Juana Azurduy, quienes asistieron a las tropas con
300 corderos, cebada y otros sustentos (Pérez Torres, 2010: 74).
La batalla final de la campaña se produjo el 14 de noviembre en
Ayohuma, donde la superioridad realista se tradujo en una cruenta
derrota para el Ejército patriota, que inició su retirada desde el
Alto Perú hacia el Sur. Sobre esta marcha, expresó el general Paz:
“No hubo entonces riñas fratricidas, no pueblos sublevados para
acabar con los restos del ejército de la Independencia; nada de
escándalos que deshonran el carácter americano, y manchan la
más justa de las revoluciones” (Paz, 1892: 17).

139
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

El gobierno central nombró general del Ejército del Norte


al coronel José de San Martín. El encuentro de los próceres se
produjo también en Yatasto (Metán), el 30 de enero de 1814,
lo que generó un rápido y profundo entendimiento entre
ambos que será trascendente para la causa de la emancipación
americana. Junto a San Martín, retornaba al norte Martín Miguel
de Güemes, quien había sido traslado por Belgrano a Buenos
Aires como consecuencia de problemas disciplinarios que ambos
dieron por superados en dicha reunión. Ese fue el inicio de una
sólida amistad, cuya confianza y lealtad sería fundamental para
enfrentar los mayores desafíos que aún esperaban a la causa de
la emancipación.
Así finalizó la campaña de la segunda Expedición Auxiliadora
al Alto Perú y también un proceso de aprendizaje, adquisición
de experiencias y conocimientos que sentaron las bases de una
conducción estratégica de la guerra a escala continental, de la
que San Martín, Belgrano, Güemes y Pueyrredón fueron piezas
fundamentales.

San Martín, Belgrano y Güemes


El 22 de junio de 1814, la Fortaleza de Montevideo se rindió
ante el Ejército patriota, conducido por Carlos María de Alvear,
quien había reemplazado a José Rondeau un mes antes, luego de
la rendición de la flota realista. Caído el frente oriental, todo hacía
pensar en la posibilidad de reorientar los recursos hacia el Alto
Perú. Sin embargo, como señala José María Paz, el devenir de la
guerra tendría otro destino:
Todo el país creyó, y hasta los mismos enemigos, que la toma de
Montevideo nos daba una superioridad decidida, pues además de
su importancia moral, nos dejaba disponible un ejército numeroso y
aguerrido. Los españoles temblaron, los patriotas del Perú, que estaban
oprimidos, se reanimaron, y todos creíamos cercano el término de
nuestros afanes y peligros. ¡Qué error! Nunca estuvimos más distantes,
y todo debido á nuestras divisiones y partidos. (Paz, 1892: 286)

140
Fabián Emilio Brown

Como se ha mencionado, si bien los pueblos fueron


profundizando el proceso de reasumir capacidad de
autodeterminación con relación al monarca, también se negaron
a subordinarse a la capital. Entre 1815 y 1820, se produjeron
pronunciamientos contra el poder de Buenos Aires que, como
parte de una profunda transformación, fueron desarticulando no
sólo el espacio del Virreinato sino también las intendencias, lo que
dio origen a las actuales provincias.
El 2 de abril de 1815, Santa Fe declaró su autonomía con relación
a Buenos Aires, asumió como gobernador Francisco Candiotti y
se incorporó a la Liga de los Pueblos Libres, mientras que Salta
eligió gobernador al general Martín Güemes el 15 de mayo. Pocas
semanas después, el Congreso de Oriente, convocado por José
Gervasio de Artigas, declaró la independencia de España y toda
otra potencia extranjera, como también la autonomía de los
pueblos respecto de Buenos Aires. La situación del Directorio
que gobernaba las Provincias Unidas era crítica, Carlos María de
Alvear fue destituido casi al sumir. Álvarez Thomas, su sucesor,
terminó aceptando la gobernación de Güemes y convocando a
un Congreso en Tucumán, pero en la relación con Artigas Buenos
Aires no supo encontrar una base de entendimiento. Comprender
este proceso resulta de fundamental importancia para entender
el curso de la guerra de la independencia y del conflicto por la
organización del país.
En el frente altoperuano, José Rondeau reemplazó a San
Martín a fines de 1814 y, tal como sucediera con Artigas en la
Banda Oriental, nunca logró construir una buena relación con
Martin Miguel de Güemes. El combate del Puesto del Marquez2
y el armamento tomado en Jujuy le permitieron al prócer salteño
consolidar su poder militar y político en la región y desarrollar una
autonomía que generó recelos en Rondeau y en un cuerpo de
oficiales dividido por las intrigas y la indisciplina. Segú la opinión

2 Combate librado en la Puna oriental, el 14 de abril de 1815, por la caballería patriota al


mando de Martín Güemes y el Cnl Francisco Fernández de la Cruz dónde se derrotó a la
vanguardia realista.
141
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

del general Paz (1892): “El general Rondeau era un perfecto


caballero, adornado de virtudes y prendas estimables como
hombre privado, pero de ningunas aptitudes para un mando
militar, principalmente en circunstancias difíciles, como en las que
se hallaba” (p. 292), “El General en Jefe parecía un ente pasivo
y casi indiferente á lo que pasaba á su alrededor. Fuera de las
órdenes de rutina, de esas generalidades vulgares, no se vio una
sola providencia salvadora, un solo rasgo que denotase un espíritu
superior, ni un relámpago de genio” (Ibíd.: 286).
A caballo de estos acontecimientos, el Ejército del Norte inició
una nueva campaña hacia el Alto Perú que, pese a los refuerzos
recibidos, no pasaba de 3.000 efectivos. Avanzó y fue derrotado
por el general Joaquín de la Pezuela, el 29 de noviembre, en la
batalla de Sipe-Sipe. La retirada que siguió fue caótica y Rondeau
se impuso provocar una guerra civil, ocupando Salta para deponer
a Güemes. En su avance sin ningún tipo de previsión, el Ejército
carecía de sostén logístico y contaba con escasa caballada, lo cual
dificultaba sus movimientos y lo exponía, frente a una creciente
hostilidad de la población, al ataque de las partidas de gauchos.
Si bien Rondeau ocupó la ciudad de Salta, pronto comprendió lo
precario de su situación militar y, derrotado sin pelear, decidió
acordar un encuentro con Güemes en la localidad de Cerrillos el
22 de marzo de 1816.
En realidad, el general Rondeau no sólo se encontraba en
inferioridad militar sino también política. Se enfrentaba a un
acuerdo de alcance estratégico, que venía madurando el general
San Martín desde principios de 1814 con las voluntades de Manuel
Belgrano, Juan Martín de Pueyrredón y el mismo general Güemes.
En la concepción sanmartiniana, la guerra por la emancipación
americana requería articular la resistencia de los pueblos, en
este caso la “guerra gaucha” (Lugones, L. 1905. 5) para contener
la invasión realista, a fin de dar tiempo y espacio al Ejército de
los Andes en su campaña libertadora a Chile. Para ello, era
necesario apoyar a Güemes con un Ejército de línea acuartelado
en Tucumán, cuyo jefe sería, desde agosto de 1816, el general
142
Fabián Emilio Brown

Belgrano y disponer de un Estado central con objetivos políticos


claros para sostener a ambos frentes. El acuerdo y la lealtad entre
estos cuatro próceres explica el éxito en la guerra, que parece
alinear, temporalmente, el principio trinitario formulado por
Clausewitz.
El general Güemes, en carta al Congreso, que ya sesionaba en
Tucumán, ratificó: “Hemos convenido que la unión de todos los
pueblos, bajo el supremo mando del Estado, es el arma invencible
que debe salvarnos. (…) Mientras yo gobierne Salta, esta
provincia no se separará de la unión y obedecerá a las autoridades
supremas por más que algunos intenten lo contrario” (Tolosa y
Figueroa, 2001: 5). La trascendencia del Pacto de Cerrillos fue
de tal valor político que el general San Martín expresó desde
Mendoza: “Más que mil victorias he celebrado la mil veces feliz
unión de Güemes con Rondeau. Así es que las demostraciones
de ésta sobre tan feliz incidente se han celebrado con una salva
de veinte cañonazos, iluminación, repiques y otras mil cosas”
(Otero, 1966: 122).
En 1816, el Río de la Plata se hallaba en una complicada
situación, los portugueses habían invadido la Banda Oriental y la
“Guerra de la Republiquetas”, prácticamente había sucumbido
con las muertes en combate de José Vicente Camargo, Manuel
Padilla e Ignacio Warnes. El Ejército realista, conformado por 7.000
efectivos, con un fuerte núcleo de tropas europeas veteranas
de las guerras napoleónicas al mando del general De la Serna,
inició su avance hacia fines de ese año con siete regimientos de
infantería y otro tanto de caballería, apoyados por un importante
número de piezas de artillería. Su objetivo era detener el cruce
de los Andes y poner fin a la insurrección sudamericana.
El general Güemes planificó enfrentar la invasión empleando
componentes reducidos de gran movilidad en todo el territorio,
controlando las vías de comunicaciones gracias a una mejor
capacidad de movimientos que su enemigo y a un profundo
conocimiento del territorio. El coronel Manuel Arias capitaneaba
las partidas en Humahuaca, en la Puna oriental; se hallaba la
143
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

División Peruana al mando del marqués de Yavi y, a lo largo de la


quebrada de Humahuaca, la vanguardia al mando de José María
Pérez de Urdininea retardaba el avance. Este escalonamiento
de fuerzas se completaba en Salta con las milicias gauchas de
Güemes, que disponía de fuerzas experimentadas como los
Infernales y otros escuadrones de renombre, mientras Belgrano
sostenía esta arquitectura defensiva con un ejército de línea,
disminuido pero veterano de varias campañas. Esta idea –que
parece clara e incuestionable– fue permanentemente saboteada
por un entrecruzamiento de intereses políticos y personales
que requirieron de los líderes una confianza y seguridad del uno
para con el otro a fin de sostener los grandes objetivos. El 18 de
noviembre de 1816, Belgrano le escribió a Güemes:
Me honra Ud. demasiado con el adjetivo virtuoso; no lo crea Ud.,
no lo soy; me falta mucho para eso; tengo sí buenas intenciones y
sinceridad y cuando me digo amigo y conozco méritos en el sujeto,
lo soy y lo seré siempre, como lo soy de Ud, porque estoy al cabo de
sus incomodidades, desvelos y fatigas por la empresa en que estamos,
sin embargo de que me han querido persuadir de lo contrario, no los
doctores sino una lengua maledicente que Ud. conoce, para quien nada
hay bueno; que en cuanto vino de ésa me hizo la pintura más horrenda,
que a no conocerlo yo, como lo conozco tiempo ha, me habría causado
mucho disgusto. (Tolosa y Figueroa, 2001: 7)

El 24 de diciembre de 1816, el coronel Pedro de Olañeta


conquistó Humahuaca y el 5 de enero de 1817 De la Serna ocupó
Jujuy, mientras otras fuerzas realistas invadieron Tarija y Santa Cruz
de la Sierra. Desde principios de enero, comenzaron a sucederse
numerosos combates en todos los frentes: Juan Antonio Rojas
derrotó a los Dragones de la Unión en San Pedrito; el Marqués
de Yavi luchó en el frente de Tarija y el 2 de marzo el coronel
Arias sorprendió con un golpe de mano en Humahuaca, donde se
apoderó de la mayor parte del parque del Ejército invasor.
De la Serna, ya con su Ejército reunido en Jujuy, inició la
marcha sobre Salta, que ocupó el 2 de abril, pretendiendo dar
continuidad a su avance hacia Tucumán lo más rápido posible. El
20 de abril, el coronel Sardina partió hacia los valles Calchaquíes
con 1.500 hombres; fue atacado al otro día por Luis Burela en
144
Fabián Emilio Brown

el Combate de los Cerrillos. El 25 de abril, Juan Antonio Rojas


lo atacó en el Bañado. Días después, en un nuevo encuentro,
Sardina fue herido y decidió regresar a la ciudad de Salta. Güemes
le presentó batalla a campo abierto en Rosario de Lerma y lo
derrotó completamente. De la Serna entendió que estaba sitiado,
que sus vías de comunicación estaban cortadas y su retaguardia
comprometida por los contingentes de Arias y Campero, más los
que acechaban desde la Puna occidental.
Mientras tanto, en Tucumán Belgrano sostenía las guerrillas
con apoyo logístico y el desarrollo de operaciones móviles, como
relata el general Paz: “Aunque el General Belgrano se mantenía
tranquilo, con el ejército de Tucumán, no dejó de tentar algunas
operaciones parciales” (Paz, 1892: 311). El teniente coronel
don Daniel Ferreira fue mandado a la región Este de Bolivia y el
comandante Mercado reunió a los dispersos de Ignacio Warnes.
Esto obligó a los españoles a distraer fuerzas en su retaguardia.
La más importante de las acciones ordenadas por Belgrano
fue la encomendada al coronel Araoz de Lamadrid, quien con una
fuerza de 400 hombres causó “una verdadera sorpresa para los
cuerpos españoles destacados en las guarniciones, encontrar á
su frente tropas regulares y disciplinadas, cuando solo esperaban
grupos de indios ignorantes y desarmados. La expedición del
comandante La Madrid, era un golpe de rayo que hubo de dar
valiosos resultados” (Ibíd.: 312).
La fuerza regular patriota tomó Tarija el 15 de abril y atacó
Chuquisaca el 20 de mayo, logrando eludir a las fuerzas españolas
y desorganizar su retaguardia. Aráoz de Lamadrid escribió en sus
Memorias:
La expedición que yo hice en marzo del año 17 por orden del Sr. General
Belgrano hasta Chuquisaca, internándome con solo 300 hombres por
el flanco izquierdo del ejército español, y sin ser sentido por él, hasta
dicha capital de Charcas. Ni los mismos españoles dejaron de conocer
y admirar el arrojo y perspicacia con que burlando la vigilancia de tan
hábiles generales pude internarme no solo á más de 200 leguas a
retaguardia de su ejército, ó cerca de ellas, sino que obligué a todo él
á retroceder sobre mí dividido en tres fuertes divisiones; y pude al fin
145
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

después de tres meses de campaña la más penosa volver á reunirme á


mi ejército con 46 hombres mas de lo que había sacado de Tucumán,
y todo esto burlando á cada una de dichas tres fuertes divisiones y
pasando a pie y mal armado por sobre las barbas de cada uno de ellos.
(Aráoz de Lamadrid,1855: 113)​

De la Serna abandonó Salta el 5 de mayo. En su regreso sin


gloria fue hostigado por partidas gauchas que lo desgastaron hasta
el Río Desaguadero. La Batalla del Valle de Lerma había durado
dos semanas, en las que el enemigo fue atacado en numerosos
combates y se eludió un choque frontal y decisivo. No fue una
guerra de guerrillas sino el resultado de una estrategia que supo
combinar y complementar a fuerzas regulares con milicianas.
Esta es la guerra que comprendió San Martín y que ejecutó a la
perfección Güemes con el apoyo de Belgrano. Lamentablemente,
la historiografía militar no se ha dedicado a un estudio profundo
de esta resistencia, ni del talento militar del general Güemes.

Belgrano: la guerra civil y la disolución del Ejército y del


Estado
La guerra civil entre la Liga de los Pueblos Libres y los intereses
del centralismo portuario de Buenos Aires fue la causa de la
desintegración del Gobierno central, previa disolución del Ejército
del Norte y de la negativa de San Martín a volver con el Ejército
Libertador para comprometerlo en los conflictos internos. Esta
catástrofe se debió a la incapacidad de Buenos Aires de consensuar
con Artigas una estrategia similar a la sanmartiniana, con un
objetivo claro de dar prioridad a la causa de la independencia,
tanto de España como de Portugal, consensuando el legítimo
derecho a la autonomía que planteaban los pueblos.
Frente a los inicios de la invasión, a finales de 1816, Artigas
despachó emisarios hacia Buenos Aires en un intento de lograr
un acuerdo con las Provincias Unidas. Pueyrredón, frente a
una opinión pública conmovida por la agresión, en un principio,
accedió a apoyar la resistencia, imponiendo la condición de que
146
Fabián Emilio Brown

la Banda Oriental se debía subordinar al Directorio y al Congreso


de Tucumán. Los términos no fueron aceptados y el Uruguay fue
dejado a su suerte.
A principios de marzo de 1817, al tiempo que el general San
Martín iniciaba el cruce de los Andes y derrotaba a los españoles en
Chacabuco, el general De la Serna invadía Jujuy y los portugueses
tomaron Montevideo y ocuparon las Misiones y Corrientes con la
pasividad y complicidad del Directorio. Güemes, apoyado por el
Estado y un Ejército regular, rechazó con éxito la invasión; Artigas,
sin recursos, fue derrotado en todos los frentes y comprendió
que mientras la facción centralista controlara el Estado no podría
enfrentar al poder imperial.
El gobierno central comenzó a organizar un tercer ejército,
llamado de “Observación” destinado a combatir los levantamientos
internos, de quienes ya comenzaban a llamarse “federales”. En
marzo de 1818, el general Juan Ramón Balcarce se instaló en
San Nicolás, mientras su hermano Marcos marchaba hacia Entre
Ríos y Juan Bautista Bustos, jefe del Regimiento de Infantería 2
del Ejército del Norte, era enviado desde Tucumán a Córdoba
para sofocar un pronunciamiento autonomista. Una vez instalado
en Villa los Ranchos, advirtió a las autoridades cordobesas “que
su División no habría de salir sino para incorporarse al Ejército
Auxiliar del Norte” (Serrano, 1996: 192), demostrando el rechazo
a participar en el conflicto interno.

El general Paz reflexiona en sus Memorias:


Para ello debe advertirse, que esa resistencia, esas tendencias, esa
guerra, no eran el efecto de un momento de falso entusiasmo como el que
produjo muchos errores en Francia; no era tampoco una equivocación
pasajera que luego se rectifica, era una convicción errónea, si se quiere,
Pero profunda y arraigada. De otro modo sería imposible explicar la
constancia y bravura con que durante muchos años sostuvieron la
guerra hasta triunfar en ella. La oposición de las provincias á la capital,
que se trataba. (Paz, 1892: 358)

147
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

Fue entonces cuando se le ordenó a San Martín volver para


combatir contra el artiguismo y, si bien la posición política del
Libertador era contraria al sistema federal, también era claro
y coherente en advertir que estas cuestiones eran secundarias
respecto de la guerra por la independencia y que nada debía
apartar al Estado y a los Ejércitos de este fin. La negativa de San
Martín a inmiscuirse en la lucha interna fue contundente, como
también lo fue la contrariedad de Belgrano al dejar a Güemes
sin apoyo frente a los realistas. Las cartas de Bustos a Arenales,
como las apreciaciones de Paz, reflejan esta posición:
El general Belgrano no gustaba de esta guerra, y quizá la enfermedad
que apresuró sus días, provino del disgusto que le causaba tener que
dirigir sus armas contra sus mismos compatriotas (…) La guerra civil
repugna generalmente al buen soldado, y mucho más desde que tiene
al frente un enemigo exterior y cuya principal misión es combatirlo (…)
Y a la verdad, es solo con el mayor dolor que un militar, que por motivos
nobles y patrióticos ha abrazado esa carrera, se vé en la necesidad de
empapar su espada en sangre de hermanos. (Ibíd.: 354)

Por órdenes de Pueyrredón, Belgrano condujo al Ejército del


Norte hacia Córdoba, mientras Viamonte comandaba el Ejército
de Observación. Al asumir Estanislao López como gobernador
de Santa Fe3, se encontraba ante la amenaza de combatir en dos
frentes, por lo que dispuso llevar adelante una ofensiva contra
las tropas del Ejército del Norte, atacando al general Bustos en
Fraile Muerto –15 de noviembre de 1818–y en la Herradura –18
de enero de 1819– y fue rechazado en ambas ocasiones. De esos
combates, relata el general Paz: “En el primer ensayo que tuvieron
con el ejército que se decía auxiliar del Perú, aprendieron a
respetarlo, y su General, el digno Belgrano, fué, si no me engaño,
un objeto de respeto y estimación para los mismos montoneros”
(Ibíd.: 336). No obstante, reconoció que:
Aunque los federales ó montoneros no tuviesen táctica, ó mejor dicho,
tuviesen una de su invención, se batían con el más denodado valor; su
entusiasmo degeneraba en el más ciego fanatismo, y su engreimiento
por causa de sus multiplicadas victorias sobre las tropas de Buenos
Aires, se parecía al delirio. Entre los hombres que perdieron en la carga,

3 El 23 de julio de 1818.
148
Fabián Emilio Brown

que serían treinta, solo uno se pudo tomar vivo y herido también, pues
los otros prefirieron morir con sus armas en la mano. (Ibíd.: 329)

El gobierno central parecía tener la partida ganada a principios


de abril, pero sorpresivamente se firmó un acuerdo entre López y
Viamonte, que luego fue ratificado por el Belgrano en el Convento
de San Carlos (San Lorenzo) el 12 de ese mes, mediante el cual se
firmó una tregua. Este hecho poco estudiado supuso para algunos
la discreta intervención del general San Martín para salvaguardar
la gesta de la emancipación y sostener a Güemes, nuevamente
amenazado en la frontera Norte por Canterac y Olañeta. En esos
días, Remedios de Escalada emprendió su retorno a Buenos Aires,
lo cual generó versiones controvertidas sobre su cometido:
Al considerar la confianza con que el general San Martín la exponía a
caer en manos de las feroces montoneras, llegaron algunos a sospechar
que estuviese secretamente de acuerdo con los jefes disidentes, y que
hubiese obtenido seguridades correspondientes. Venía á dar cierto
viso de probabilidad á esta sospecha, la aversión que siempre había
mostrado dicho General á desenvainar su espada en la guerra civil,
como después lo ha cumplido religiosamente. (Ibíd.: 342)

El Armisticio de San Lorenzo fue el último acto público del


general Manuel Belgrano. La aprobación por parte del Congreso
del proyecto de Constitución de carácter centralista, que fue
rechazada por la mayoría de las Provincias, volvió a desatar la
guerra civil. Según el general Belgrano:
Esta Constitución y la forma de gobierno adoptada por ella, no es
en mi opinión la que conviene al país; pero habiéndola sancionado el
Soberano Congreso Constituyente, seré el primero en obedecerla y
hacerla obedecer. Volviendo á las razones de su modo de pensar, decía:
Que no tentamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser
República, y que era tema monarquía moderada, lo que nos convenía.
(Ibíd.: 349)

Frente al rechazo de la llamada Constitución de 1819,


Pueyrredón renunció como Director Supremo el 9 de junio y
San Martín hizo lo propio al frente del Ejército Libertador. José
Rondeau asumió como nuevo jefe del Estado central y se dispuso
a enfrentarse nuevamente con Artigas. Belgrano, que estaba muy
enfermo, decidió dejar el mando militar al general Fernández de
149
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

la Cruz, el 11 de noviembre. En su despedida del Ejército Norte


expresó: “Seguid conservando el justo nombre que merecéis por
vuestras virtudes, cierto de que con ellas daréis gloria a la nación,
y corresponderéis al amor que os profesa vuestro general”
(Serrano, 1996: 122).
Dos meses después, el de 8 de enero de 1820, el Ejército del
Norte se amotinó en Arequito. Paz, protagonista de ese hecho,
expuso sus razones:
Para que el señor Alvarez no se escandalice si llegase á leer estos
renglones, sepa que el objeto de algunos de los que concurrieron al
movimiento de Arequito, fue sustraer el ejército del contagio de la
guerra civil, en que imprudentemente quería empeñarlo el gobierno,
para llevarlo al Perú á combatir a los enemigos de la independencia, que
era su primera y principal misión. Se quiso hacer lo que hizo el ilustre
general San Martín, y ojalá hubiera hecho también el general Belgrano.
¡Cuánta gloria hubiera esto producido para nuestro país ¡Cuántas
víctimas y sacrificios menos! Si Bustos se apoderó del ejército, si se
hizo nombrar Gobernador de Córdoba, si se estacionó allí, traicionando
las esperanzas de todos, es culpa de él, como lo es el haber resistido á
las patrióticas invitaciones que le hizo el general San Martín, para que
obrase sobre el Alto Perú, mientras él hacía su campaña de Lima. (Paz,
1892: 202)

Epílogo
En este desarrollo, se ha intentado aportar una interpretación
de un proceso histórico: la gesta de la emancipación americana
a través de las categorías analíticas proporcionadas por Carl von
Clausewitz, para formular una explicación fundada a los cambios
en el fenómeno de la guerra que se manifestaban de manera
simultánea, a principios del siglo XIX, tanto en Europa como en
América.
El pensador prusiano enunció el concepto de pueblo en armas
para describir un proceso expansivo por el cual nuevos actores
sociales luchaban por adquirir derechos a través de la movilización
armada. Entendemos que esta categoría permite interpretar el
150
Fabián Emilio Brown

fenómeno de la guerra de la emancipación americana desde una


perspectiva superadora y, al mismo tiempo, aporta una mejor
comprensión del rol histórico desempeñado por Manuel Belgrano
–en estrecha relación con José de San Martín, Martín Miguel de
Güemes y Juan Martín de Pueyrredón– para lograr la unidad de
acción necesaria que permitiera alinear hacia un mismo fin los
recursos del Estado y el apoyo del pueblo al esfuerzo de guerra,
articulando así el principio trinitario (Estado-Ejército-Pueblo) que
Clausewitz expresara como condición de éxito en este tipo de
conflicto.
Fue el general San Martín quien comprendió la naturaleza del
conflicto en su experiencia en España y desarrolló la estrategia
superior de la guerra. Los generales Belgrano y Güemes fueron
actores fundamentales de este entramado y resistieron las
invasiones que permitieron al Ejército Libertador desarrollar una
maniobra compleja que implicó la genética de fuerzas necesaria
para crear un ejército, cruzar la Cordillera de los Andes, librar
una campaña en Chile, crear una flota y llevar adelante la campaña
en Perú. El general Pueyrredón fue leal a esta causa en apoyar,
desde el Estado central, tanto al Ejército de los Andes como al
del Norte, pero no tuvo la capacidad política de encontrar una
solución superadora al conflicto entre el centralismo de Buenos
Aires y el derecho de autonomía que reclamaban los pueblos
libres.
El general Belgrano desempeñó numerosos roles en el
proceso revolucionario: fue parte del primer gobierno patrio,
fue diplomático, escritor y conductor militar en todos frentes
de guerra. Fue el primero en hacer manifiesta la causa de la
independencia con la creación de la bandera, reconcilió al Ejército
con los pueblos del Norte, impulsó el Éxodo Jujeño, obtuvo
las victorias militares más resonantes en las batallas libradas en
territorio argentino y sentó las bases, en el Alto Perú, de la llamada
“Guerra de las Republiquetas” (Mitre, B. 1960. 589) Según la
opinión calificada del general Paz (1892): “la desconfianza al fin se
disipó enteramente; las personas timoratas se identificaron con
151
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

los campeones de la libertad, y esta se robusteció notablemente;


nuestras tropas se moralizaron, y el ejército era ya un cuerpo
homogéneo con las poblaciones, é inofensivo á las costumbres y
á las ciencias populares” (p. 342), y agrega sobre la táctica llevada
adelante por Belgrano en la Batalla de Salta: “El 20 de Febrero,
es un gran día en los anales argentinos; el general Belgrano se
inmortalizó junto con él” (Ibíd.: 153).
En una segunda etapa, Manuel Belgrano fue quien sostuvo
con el Ejército del Norte, asentado en Tucumán, las operaciones
militares del general Güemes. Por el respeto y afecto que
despertaba el general Belgrano, tanto en la población como en
el Ejército, constituyó un elemento de confianza esencial para el
general Güemes saber que las heroicas milicias gauchas estaban
respaldadas por un Ejército veterano, conducido por un jefe
militar probado, de amistad sincera y, fundamentalmente, leal a la
causa de la emancipación y a la estrategia sanmartiniana.
Por esta caracterización, se concluye que Manuel Belgrano
fue un relevante jefe militar y, por sobre todo, un líder que supo
interpretar al sujeto social que se apropiaba del devenir histórico
para conducirlo a la victoria y proveerlo de los símbolos que lo
identificarían como nación ante los pueblos del mundo. Fue un
verdadero conductor de pueblos en armas, conocedor profundo
de la idiosincrasia popular y del territorio donde se desarrollaron
las operaciones militares durante más de una década.
Los grandes protagonistas mencionados de este período,
iniciado en 1806, quedarían fuera de la escena política y militar tras
la crisis de 1820. Belgrano, hijo de una de las familias más ricas de
Buenos Aires, dotado de la formación académica más sólida de
su tiempo, volvió a su ciudad natal estando muy enfermo. Murió
sólo y pobre el 20 de junio de ese año, el día conocido como el
epicentro de la anarquía. El padre Francisco de Paula Castañeda
escribió su obituario en su diario El Despertador Teofilantrópico
Místico Político: “Es un deshonor a nuestro suelo, es una ingratitud
que clama el cielo, el triste funeral, pobre y sombrío que se hizo
en una iglesia junto al río, al ciudadano ilustre general Manuel
152
Fabián Emilio Brown

Belgrano” (Scenna, 1988).


Martín Miguel de Güemes, el único general de nuestra
historia que murió en combate, fue abandonado de hecho por
una Buenos Aires que se desligó de la gesta emancipadora para
intentar imponer una hegemonía facciosa, carente de una visión
integral. Tras su muerte, tuvo su obituario de la Gazeta de Buenos
Ayres: “Murió el abominable Güemes… al huir de la sorpresa que
le hicieran los enemigos con el favor de los comandantes Zerda,
Sabala y Benítez, quienes se pasaron al enemigo. Ya tenemos un
cacique menos” (Güemes, 1979: 244).
El general San Martín, de regreso del Perú, perseguido por
Rivadavia, debió exilarse en 1824, con apenas tiempo para visitar
la tumba de su esposa. Había sido coherente hasta el final con la
causa de la emancipación americana, nada lo separó este objetivo
y por ello acaparó el odio de quienes antepusieron sus intereses
sectoriales por encima de la gran empresa común. Muchos años
después, cuando Bartolomé Mitre comenzó a escribir su historia,
instaló a San Martín y a Belgrano en el indiscutible podio de los
próceres de la patria. Martín Miguel de Güemes debió esperar
mucho tiempo; era demasiado gaucho, y cualquier parecido
a la barbarie de Facundo, Rosas y Artigas, no tenía lugar en la
Argentina “civilizada”.
Los propios protagonistas de ese tiempo eran conscientes de
su abandono e incomprensión, que queda fielmente reflejado la
carta que Martín Güemes le escribió a Belgrano desde Huacalera
el 6 de noviembre de 1816:
Mi amigo y compañero de todos mis afectos: Hace Ud. muy bien de
reírse de los doctores, sus vocinglerías se las lleva el viento, porque
en todas partes tiene fijado su buen nombre y opinión. Por lo que
respecta a mí, se me da el menor cuidado, el tiempo hará conocer a
mis conciudadanos, que mis afanes y desvelos en servicio de la Patria no
tienen más objeto que el bien general; créame, mi buen amigo que éste
es el único principio que me dirige, y, en esta inteligencia, no hago caso
de todos esos malvados que tratan de dividirnos; Güemes es honrado,
se franquea con Ud. con sinceridad. Es un verdadero amigo y lo será
más allá del sepulcro y se lisonjea de tener por amigo a un hombre tan
virtuoso como Ud. Así pues trabajemos con empeño y tesón, que si las

153
Manuel Belgrano, conductor de un pueblo en armas

generaciones presentes nos son ingratas, las futuras venerarán nuestra


memoria que es la única recompensa que deben esperar los patriotas
desinteresados. (Fernández, 2002: 7)

El bicentenario del fallecimiento de Manuel Belgrano


representa una oportunidad más, para las generaciones que gozan
de los derechos consecuentes de su lucha y sacrificio, de rendir
el justo homenaje y venerar su memoria, a través de variadas
formas. El intento de aportar a la reconstrucción de su tiempo es
el camino que elige esta obra, de la que con orgullo este artículo
forma parte.

154
Fabián Emilio Brown

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157
158
Gabriel Aníbal Camilli

El General Belgrano
y la campaña al Paraguay
160
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

GABRIEL ANÍBAL CAMILLI

Introducción

Fue el poeta y soldado de Infantería Pedro Calderón de la Bar-


ca quien expresó que “fama, honor y vida/ son caudal de pobres
soldados; /que en buena o mala fortuna, la milicia/ no es más que
una/ religión de hombres honrados”. 1
Nuestros militares son hijos de nuestra Patria y de nuestro
pueblo. Los militares cultivan las virtudes cardinales y los valores
altos y nobles: lealtad, sacrificio, humildad, generosidad, alegría,
liderazgo, compañerismo, obediencia, cuidado de las tradiciones
y el recuerdo a los caídos en acto de servicio que descansan en el
seno de Dios. Dichos valores castrenses se perfeccionan en nues-
tras Academias y Escuelas: quienes entran en ellas como jóvenes
del mundo y salen como soldados defensores de la Patria.
En el año 2020, bicentenario del paso a la inmortalidad del
General Manuel Belgrano, creemos conveniente destacarlo como
arquetipo y modelo por sus virtudes militares. Nos acercaremos
a la personalidad del Belgrano militar en su primer gran desafío
como comandante: su campaña al Paraguay.
Creemos que hay dos virtudes militares esenciales que con-
stituían el eje coordinador del espíritu militar de Manuel Belgra-
no, que lo animaron a aceptar este encargo: el patriotismo y la
valentía. La primera sería la virtud motora; la segunda, la virtud
instrumental.
1 Versos escritos en 1650. En Comedia famosa. Para vencer a amor, querer vencerle, Jornada
I.
161
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

Belgrano se fue haciendo militar al andar camino; su formación


e inteligencia de base le sirvieron para saber formarse y estudiar
los temas militares. Seguramente estudió a aquellos ejércitos de
la doctrina europea de principios de siglo XVII:
Quienes marchaban con el estómago y dependían de la cadena de
‘almacenes’ (bases logísticas) en el punto de partida de la paridad y
el objetivo que, en la mayoría de los casos, se encuentra a mucha
distancia. La ubicación del último almacén y la cantidad de abastec-
imiento acumulados daban por resultado, con la exactitud propia de
una ecuación matemática, el radio de alcance hasta dónde era capaz
de operar ese ejército. En realidad, la ubicación de los almacenes eran
jalones que marcaban la ‘distancia permitida’ de operación. La práctica
de vivir mediante el saqueo, propio de hordas y bandas depredadoras
de la guerra de los Treinta Años que devastaron Europa y que para fines
de ese siglo eran una leyenda horrible, no habría servido al Ejército de
Belgrano, que más que vivir de las poblaciones debía hacerlo con y para
ellas” (Maffey, 2005: 134).

En referencia a sus estudios militares, también nos relata el


General Maffey:
Es muy posible que haya leído y estudiado a César. ‘Acuérdese del gran
César’, le dice en carta a San Martín, refiriéndose a ciertas características
de los grandes conductores. Y, es posible también, que gran parte de
su teoría y doctrina militar aplicada en el Ejército del Perú, se base
en lo que pudo detectar el romano. La reserva que conducía Dorrego,
ubicada muy atrás, en la cuarta fila, en desenfilada, la formación para
el combate y el ataque frontal en Tucumán, recuerdan la batalla de
Farsalia. (Maffey, 2005: 135)

Cuando Belgrano aceptó ser militar entendió que era algo


mucho mayor que un instrumento de poder. Ortega y Gasset
dijo al respecto:
Medítese un poco sobre la cantidad de fervores, de altísimas
virtudes, de genialidad, de vital energía que es preciso aumentar para
poner en pie un ejército…. La fuerza de las armas, ciertamente, no es
fuerza de la razón, pero la razón no circunscribe la espiritualidad. Más
profundas que ésta fluyen en el espíritu otras potencias y entre ellas
las que actúan en la bélica operación. Así el influjo de las armas, bien
analizado, manifiesta, como todo lo espiritual su carácter predominante
persuasivo. (Salas López, 1983: 101)

Así, nuestro prócer hizo gala de estas altísimas virtudes al


162
Gabriel Aníbal Camilli

armar un ejército de la nada para marchar al Paraguay. Mostró


su gran sentido de la persuasión y el ejemplo personal ante sus
oficiales y tropa, con sus paisanos y aún hasta con sus enemigos
u oponentes.

Desarrollo
Apenas iniciada la Revolución de Mayo, la Primera Junta buscó
poner bajo su dominio aquellos puntos de la geografía colonial
que pudieran disputarle a Buenos Aires la hegemonía a través de
expediciones militares. Así, una se dirigió contra el Interior y el
Alto Perú (1810-1811), otra a la Banda Oriental (1811-1812) y
una tercera hacia el Paraguay (1810-1811).
El mismo Belgrano nos relata este momento de su vida en sus
Memorias:
Me hallaba de vocal de la Junta provisoria, cuando en el mes de agosto
de 1810, se determinó mandar una expedición al Paraguay, en atención
a que se creía que allí había un gran partido por la revolución que es-
taba oprimido por el gobernador Velazco y unos cuantos mandones, y
como es fácil persuadirse de lo que halaga, se prestó crédito al coro-
nel Espínola de las milicias de aquella provincia, que al tiempo de la
predicha Junta se hallaba en Buenos Aires. Fue con pliegos, y regresó
diciendo que con 200 hombres era suficiente para proteger el partido
de la revolución; sin embargo de que fue perseguido por su paisanos y
tuvo que escaparse a uña de buen caballo, aun batiéndose no sé en
qué punto para librarse. La Junta puso las miras en mí, para mandarme
con la expedición auxiliadora como representante y general en jefe de
ella: admití porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que solo
quería disfrutar de la capital, y también porque entreveía una semilla
de desunión entre los vocales mismos, que yo no podía atajar, y deseaba
hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimiento
militares eran muy cortos, pues también me había persuadido que el
partido de la revolución sería grande, muy en ello, de que los americanos
al soló oír libertad, aspirarían a conseguirla. (Belgrano, 1942: 31)

La expedición –o campaña, según se mire– al Paraguay la


lideró con el grado de Coronel pues, según su propia expresión,
deseaba alejarse de las rencillas internas de la Junta y prestar un
“servicio activo” desde septiembre de 1810 hasta marzo de 1811.
163
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

La misión que debía cumplir Belgrano era la siguiente:


• Hacer reconocer la autoridad de la Junta de Buenos Aires
por el gobierno de la Intendencia del Paraguay.
• En caso de fracasar este objetivo, propiciar un gobier-
no propio con el cual pudieran existir buenas relaciones
diplomáticas.
No obstante, al referirse a su campaña al Paraguay, la juzgaba
de manera crítica: “esta expedición sólo pudo caber en cabezas
acaloradas que no veían sino su objeto y para las que nada era
difícil porque no reflexionaban ni tenían conocimientos” Belgra-
no, 1942:30).
Belgrano organizó sus efectivos y emprendió la marcha desde
Santa Fe, al tiempo que la Junta envió a Corrientes como Teniente
de Gobernador a Elías Galván, quien debía servirle de soporte
logístico. Se le ordenó además cortar la navegación del Paraná,
lo que provocó un bloqueo fluvial paraguayo ante el cual Galván,
más débil, debió ceder reabriendo el paso.

Organización del Ejército:


Plana Mayor:
Sargento Mayor: José Machaín
• Ayudantes: Francisco Sáenz y Gabriel Meléndez.
• Comisario: Miguel Garmendia.
• Capellán: inicialmente era José Lanchano, pero Belgrano lo
reemplazó el 11 de octubre por Juan José Arboleya (o Ar-
volella), quien llegó huyendo de Montevideo y era un revo-
lucionario de su confianza.
• Cirujanos: Juan Frubé (o Froure) y Mariano Vico.

164
Gabriel Aníbal Camilli

Formó el Ejército en tres divisiones, que podremos ver en el


gráfico siguiente:
GRÁFICO 1

“El general Manuel Belgrano


y la Campaña al Paraguay”
1° División, bandera roja. 2° División, bandera azul. 3° División, bandera amarilla.

Comandante interino: Ce- Comandante interino: José Comandante interino: Manu-


lestino Vidal. Ramón Elorga el Campos.

Ayudantes Generales: José Ayudante General: Pedro Ayudante general: Manuel


Espínola (hijo) y Ramón Aldecoa Artigas.
Espínola.
Compañía de Pardos, 2°, 5° y Compañía de Arribeños, 9°
Compañía de Granaderos 8° compañías del Regimiento Compañía del Regimiento de
de Fernando VII. de Caballería de la Patria. Caballería de la Patria.

1°,4° Y 6° compañías de 30 hombres de la Compañía 30 hombres de la Compañía


Regimiento de Caballería de Blandengues de Santa Fe. de Blandengues de Santa Fe.
de la Patria.
2 cañones de a 4 del tren vo- 2 cañones de bronce de a 2
30 hombres de la com- lante en un carro capuchino y y un tercio de las municiones
pañía de Blandengues de un tercio de las municiones y y útiles del parque conducidas
Santa Fe. útiles de los parques conduci- en carretillas.
dos en 8 carretillas.
2 cañones de a 4 del tren
volante en un carro capu-
chino y un tercio de las
municiones y útiles del
parque de artillería con-
ducida en 8 carretillas.

Fuente: autoría propia

Podemos periodizar la maniobra belgraniana en tres fases: la


marcha de aproximación por el territorio de Santa Fe, Entre Ríos
y Corrientes; el franqueo del Paraná, y las acciones de combate y
desplazamientos en territorio paraguayo.
A principios de septiembre de 1810, se inició el movimiento
de las tropas: 200 hombres de la guarnición de Buenos Aires,
165
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

de los cuerpos de granaderos, arribeños y pardos. Además se le


agregó el regimiento recién creado, el de caballería de la Patria,
en base a los blandengues de Santa Fe y las milicias del Paraná,
con cuatro cañones de a cuatro y respectivas municiones.
La columna se dirigió a San Nicolás de los Arroyos, en donde
se hallaba el mencionado cuerpo de caballería de la Patria con
60 hombres veteranos. El resto, hasta unos 100 hombres que se
habían sacado de las compañías de milicias de aquellos partidos,
eran unos verdaderos reclutas vestidos de soldados, según
palabras del propio Belgrano. Allí se unieron el Coronel don
Antonio Olavarría y el Sargento Mayor don Ildefonso Machain.
La columna continuó la marcha hacia Santa Fe para pasar la
Bajada (actual ciudad de Paraná) por donde habían marchado las
tropas de Buenos Aires al mando de don Juan Ramón Balcarce.
La formación contaba con la artillería, compuesta por dos piezas
de a dos y de cuatro, que tenía el ya referido cuerpo de caballería
de la Patria.
En esta localidad, el gobierno reforzó las tropas con 200
patricios, pues por las noticias que tuvo del Paraguay se creyó que
la cosa era más seria de lo que se había pensado y puso también
a disposición las milicias que tenía el gobernador de Misiones,
Rocamora, en Yapeyú. Los 200 patricios estaban al mando del
teniente coronel don Gregorio Perdriel.
Para la ejecución de la marcha, Belgrano enfrentó problemas
de abastecimiento personal y armamento, que se revelarían
comunes a toda la campaña. El obstáculo crucial serían las
caballadas, publicitadas según datos espurios, pero insuficientes
y de pésima calidad.
En estas circunstancias las poblaciones se mostraron favorables
a las tropas de la Patria. Al respecto, dice Belgrano:
Debo hacer aquí el mayor elogio del pueblo del Paraná y toda su
jurisdicción: a porfía se empeñan en servir, y aquellos buenos vecinos
de la campaña abandonan todo con gusto para ser de la expedición y
166
Gabriel Aníbal Camilli

auxiliar al ejército de cuantos modos les era posible. No se me olvidaran


jamás los apellidos: Garrigós, Ferré, Vera y Ereñú: ¡ningún obstáculo
había que no venciesen por la patria! (Belgrano, 1942: 33)

En otros casos, el apoyo de la población también dejó


que desear, donde los notables, salvo raras excepciones,
eludieron comprometerse a fondo aunque exaltaran aportes
y contribuciones que muchas veces quedaban en los papeles.
Otras, exhibidas como donaciones, en realidad fueron objeto de
reclamos pecuniarios posteriores.
De esta manera, y en dura travesía, las tropas de Belgrano
transitaron por distintos pueblos donde en muchos de ellos fueron
recibidos con adhesión al nuevo orden. En la Bajada del Paraná;
en esa localidad santafecina, se interesó por el modo de vida que
tenían sus habitantes y por el sistema educativo reinante. Como
se puede observar, el pensamiento del héroe no se encerraba
solamente en la misión bélica que se le había encargado, quería
ver con sus propios ojos el progreso de esos pueblos, la vida
de sus pobladores y los trabajos que allí realizaban. De modo
tal que su mente y su voluntad estaban al servicio de la Patria,
a la que amaba con tanto fervor; no dejó detalle por analizar. Su
preocupación por la educación de los niños se volvería para él
una obsesión, un deber que los padres debían cumplir al pie de
la letra. Es por eso que cuando se enteró de la poca asistencia
de los menores a las escuelas santafecinas, hizo conocer su
disgusto al Cabildo de Santa Fe. Les sugirió a los cabildantes que
asesorasen a los padres por la irresponsabilidad en que incurrían
al no enviar a sus hijos a la escuela. Aconsejaba que no distrajesen
a sus hijos del cultivo de sus tiernas inteligencias, pues la patria
necesitaba ciudadanos instruidos. Evidentemente esta actitud
desconcertaba: no se concebía que un comandante de 40 años
apoyara a pueblos y los liberara si era preciso, o que se ocupara
de las escuelas y de la educación de los niños y aún que hiciese
cumplir las leyes respectivas, incluso a costa de malquistarse con
los dignatarios de la Iglesia pese a su profunda devoción católica.
Uno de los gestos más conmovedores fue la donación que
167
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

hizo Gregoria Pérez de Denis, una acaudalada mujer santafecina,


quien puso todos sus bienes a disposición de Belgrano con el
propósito de brindar un sólido auxilio económico a los hombres
que iban a combatir al Paraguay. Era una época de sacrificios,
de desprendimiento; no había lugar para el egoísmo ni para la
especulación de los inmorales. Muy por el contrario, el deber con
la Patria era lo primero que debía prevalecer en toda persona de
bien, como se refleja en la digna conducta de aquella honorable
mujer.
En el corazón de la futura provincia de Corrientes deslindó un
asentamiento indio de un poblado criollo de tiempos del Virrey
Avilés, que separaba Mandisoví de Curuzú Cuatiá. Se alzó el 11
de noviembre de 1810 como el primer pueblo patrio.
Desde el punto de vista militar es destacable “el uso del velo
y el engaño”. Hubo un interrogante fundamental: ¿por dónde
cruzaría el Paraná?
La columna patriota avanzó velando el sitio donde franquearía
el Paraná, por el centro de un espacio geográfico de clima
entonces árido, que luego lo puso a prueba con lluvias torrenciales
–soportadas estoicamente– mientras cumplía a rajatabla la orden
de mantener informada en todo momento a la Junta. En cada alto
suyo, quedó un verdadero torrente epistolar como testimonio de
que a cada uno le escribía lo que consideraba conveniente, según
se tratara de oficios oficiales a Galván y la Junta o correspondencia
de tono particular.
El 20 de noviembre de 1810, las fuerzas de Belgrano cruzaron
el río Corrientes para alcanzar Caaguazú. La marcha se hizo
lenta, porque se trataba de atravesar una zona húmeda, plagada
de insectos y alimañas. El estado de los hombres era cada vez más
alarmante, pues la falta de víveres y el agua convirtieron la travesía
en un verdadero infierno. En relación a este drama, Leopoldo
Orstein señala que en solo dos meses Belgrano formó y llevó
una fuerza militar a través de la región mesopotámica por una
zona carente de caminos, plagada de obstáculos naturales, bajo
168
Gabriel Aníbal Camilli

intensas lluvias y temperaturas sofocantes, sin hallar recursos, falto


de elementos para cruzar los ríos y arroyos, desconociendo un
terreno y sin poder contar con baqueanos competentes. El estado
de las tropas, por el gran esfuerzo realizado, era lamentable.
Esos hombres no se encontraban en condiciones de combatir.
Belgrano no ignoraba el cansancio y el agotamiento que padecía
el ejército desde la Bajada del Paraná hasta San Jerónimo. Fue
por eso que el prócer decidió diferir el enfrentamiento contra
las fuerzas de Velazco por un tiempo, hasta que sus hombres
estuvieran preparados para luchar contra el enemigo.
La hora de la verdad se aproximaba; el combate entre
ambas fuerzas era inevitable. Muy pronto, parte del destino de la
Revolución de Mayo se iba a decidir en territorio guaraní.
Luego de pasar por Yaguareté Corá, el 25 de noviembre,
bordearon la ribera. Desechando cruzar por Apipé, arribó con
parte de su ejército a Candelaria el 15 de diciembre. El 17 de
diciembre estaban reunidos sus efectivos y, tras intimar a las
diversas autoridades paraguayas, inició el franqueo en la noche
del 18 de diciembre con las balsas para sesenta hombres que
había construido y probado a vista y paciencia del adversario.
Había logrado eludir a las cañoneras enemigas que señoreaban el
río, engañadas por los efectivos correntinos acantonados en Paso
del Rey (hoy Paso de la Patria).
Toda esta maniobra da cuenta de su gran creatividad e
inteligencia frente a carencias inhabilitantes para cualquier otro
conductor militar; su celeridad en la toma de decisiones y riesgos,
como la firmeza de carácter necesaria para un jefe convencido
de su misión de marchar hacia la batalla, ordenando, de ser
necesario, prisiones e incluso fusilamientos.

169
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

GRÁFICO 2

Recorrido y teatro de operaciones - Fuente www.misionesonline.net

Entre las virtudes militares que demostró Belgrano en esta


fase de la operación decimos que un verdadero líder tendrá más
pálpito que cálculo, si la causa es justa y el deber militar se lo
imponen, él mantendrá firme el objetivo. Por ello, en la heroica y
arriesgada expedición auxiliadora por la libertad del Paraguay, él
mismo nos dice en sus Memorias:
Llegamos al Río Corrientes, al paso ya referido y sólo encontramos
dos muy malas canoas que nos habían de servir de balsa para pasar la
tropa, artillería y municiones: felizmente, la mayor parte de la gente
sabía nadar y hacer uso de lo que llamamos «pelota» y aun así tuvimos
dos ahogados y algunas municiones perdidas por la falta de una balsa.
Tardamos tres días en este paso, no obstante la mayor actividad y
diligencia y el gran trabajo de los nadadores que pasaron la mayor parte
170
Gabriel Aníbal Camilli

de las carretas dando vuelcos. El río tendría una cuadra de ancho y lo


más de él a nado. (Belgrano, 1942: 37)

Las armas de la revolución en ese momento. Algunas notas


sobre el Armamento utilizado en la Campaña al Paraguay
Desgraciadamente, no es muy abundante la documentación
que permite establecer con claridad el estado y la cantidad del
armamento de que disponían las fuerzas destacadas en esta parte
de las colonias de la Corona de España. Las necesidades del
Virreinato en esta materia, como en todas las que no se llenaban
por medio del contrabando, eran satisfechas directamente por
España, desde donde se enviaban las armas, municiones y pólvora,
aunque su provisión era siempre deficiente, como ocurría con el
personal de los cuerpos.
Estos estaban constituidos por tropas de infantería armadas
con fusiles, de las características descriptas precedentemente, y
bayonetas. Los dragones, especie de infantería montada, combatían
a pie con carabina y bayoneta, y a caballo con pistola y espada.
Los blandengues, según el coronel Beverina (Beverina, 2015, 38),
estaban armados una parte con sable y carabina y el resto con dos
pistolas y sable, como lo permitía la existencia de estas armas en la
Real Armería. Agrega este autor que la lanza y el trabuco naranjero
constituían la dotación ocasional de algunas milicias montadas que
prestaban servicios de patrulla y rondas en las líneas de fortines
de la frontera con el indio.
Hasta 1806, no se conocían en nuestras provincias otros
cuerpos de caballería que los lanceros, apellidados «escuadrones
de Blandengues”, constituidos con gauchos del litoral que
formaban la masa característica del cuerpo. Este rudimento
del arma solo servía como policía suburbana y de campaña y la
guardia de fronteras; eran escuadrones de policía fronteriza y
costanera, que no poseían ni la constitución ni el temple de los
cuerpos veteranos.
171
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

El Rio de la Plata estaba alejado del resto del mundo, nadie lo


codicio durante siglos y gozaba de casi ininterrumpida paz.
A veces se recibían partidas de pólvora de Chile o Perú y
también se fundían balas en Buenos Aires, pero con plomo enviado
a ese efecto desde la metrópoli y que solía utilizarse como lastre
en los buques hasta su llegada. Recién a principios del siglo XIX se
intentó la fabricación de sables y espadas en nuestra ciudad, que
luego fue continuada por los primeros gobiernos independientes.
En los primeros años de ese siglo, dos episodios pusieron de
manifiesto la insuficiencia de las tropas y de las armas existentes
en el virreinato del Rio de la Plata: la guerra con los portugueses
de 1801 y las invasiones inglesas de 1806-07.
Las fuerzas militares del virreinato, a la fecha de estas últimas,
se componían como sigue: infantería: un regimiento con tres
batallones de siete compañías, creado en 1772; caballería: un
regimiento de dragones; artillería: dos compañías de 145 plazas.
Los efectivos de estas unidades se hallaban habitualmente
incompletos. Existían además las milicias provinciales divididas en
compañías de 150 plazas con asiento en Montevideo. Maldonado,
Colonia del Sacramento, Mendoza, Potosí, Paraguay y Ensenada
de Barragán; y dos cuerpos de Blandengues. Como consecuencia
de las invasiones se crearon, como es sabido, numerosos cuerpos
denominados casi siempre según las provincias de donde eran
oriundos los soldados. Con el elemento nativo se formaron los
batallones bautizados de patricios y arribeños, de infantería, y de
caballería, dos escuadrones de húsares, uno de infernales y uno
de cazadores.
A raíz del conflicto con los portugueses, se adoptaron medidas
para reforzar el armamento y el 31 de agosto de 1804 llegó al
puerto de Montevideo el paquebote Casilda que trajo 200 cajones
de fusiles y pistolas y 10 de Piedras de chispa. Poco después, el
16 de noviembre del mismo año, la fragata Nuestra Señora de las
Mercedes llegó con 94 cajas de fusiles y 80 de sables.

172
Gabriel Aníbal Camilli

Por su parte, el virrey Sobremonte, después de la Junta de


Guerra celebrada en 1805 con motivo de los sucesos de Europa y
el resultado de la batalla de Trafalgar, adoptó diversas medidas de
precaución. Ordenó primero la fabricación de 20.000 cartuchos
de bala para carabina calibre de a 19 e igual número para pistola,
y días más tarde, la de 60.000 cartuchos para fusil calibre 16 y
10.000 de pistola de igual calibre.
El feliz resultado de la empresa de Liniers con tropas y
armas obtenidas en Montevideo –la reconquista de Buenos
Aires y la rendición de Beresford y sus fuerzas– permitió
obtener, según el parte del mismo Liniers, 1.600 fusiles «Tower”
, numerosas piezas de artillería, además, sin duda, de otras armas
menores: pistolas o espadas no mencionadas expresamente en
el parte.
Estas armas fueron empleadas con ventaja contra los propios
ingleses al año siguiente y constituyeron una proporción
importante del armamento de los primeros ejércitos patriotas.
Los fusiles Tower se difundieron tanto que el capitán Hall, un
marino inglés, expresó que en 1821, al entrar en Talcahuano y
cruzar el puente levadizo, “el centinela que lo guardaba era un
muchacho sucio, rudo, a medio vestir, que apenas podía con el
peso de un mosquete en cuya llave leí la palabra Tower” (Hall,
1920: 139).
El historiador Torre Revello, citado por Beverina (Beverina,
2015, 41), afirma que a raíz de la capitulación de Buenos Aires
fueron entregados por los ingleses 2064 fusiles e igual número de
bayonetas, 618 carabinas, 4672 pistolas, 1208 espadas, 400.000
balas para fusil y 131.840 cartuchos con bala para fusil, carabina
y pistola, además de 106 cañones y munición de artillería. Al ser
reconquistada la ciudad, el recuento realizado por Francisco de
Agustini el 18 de agosto de 1806 arrojó como existencia de la
armería 2061 fusiles españoles, 616 carabinas, 4072 pistolas, 1208
espadas, sin contar los 1600 fusiles ingleses rendidos, 135 cañones
y varios morteros, de los cuales dos obuses y cinco cañones eran
ingleses. Sin duda, este armamento constituyó la mayor parte del
173
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

existente en Buenos Aires al producirse las invasiones y da una


idea bastante exacta de la existencia de armas de la capital del
virreinato en esa fecha.
Al organizarse, pues, los ejércitos patriotas cuyo envío dispuso
la Primera Junta para propagar la revolución en el interior y buscar
el apoyo de las provincias, el armamento de los mismos consistió
en los fusiles y otras armas venidas de España, más el contingente
de fusiles capturado en 1806. Recién unos años después, en 1812,
comenzaron a llegar las armas adquiridas en el extranjero.
Buena parte de ese material debía estar en mal estado y
la tropa que lo utilizaba era en su casi totalidad bisoña. Así, al
organizarse la expedición al Paraguay, cuyo mando se confió a
Belgrano, al hacerse cargo del primer núcleo de sus fuerzas en
San Nicolás, este se encontró con 357 hombres. Entre ellos, 60
eran veteranos del Regimiento de blandengues de la Frontera,
que fue rebautizado con el nombre de Regimiento de Caballería
de la Patria, y el resto eran milicianos. En el oficio que dirigió el
general a la Junta dijo: “Los soldados todos son bisoños y los más
huyen la cara para hacer fuego» lo que era explicable en personas
no acostumbradas, debido al fogonazo del cebo que «las carabinas
son malísimas y a los tres tiros quedan inútiles” (Belgrano, 1942:
35).
Estos ejércitos debieron, pues, suplir con arrojo las deficiencias
de su organización y armamento, no obstante lo cual el del
Alto Perú obtuvo la victoria de Suipacha, primera de las armas
independientes, y el del Paraguay se lució en la honrosa acción
de Tacuarí, donde el heroísmo y la habilidad del general Belgrano
salvaron de una destrucción segura a los restos del ejército
expedicionario.
Por lo demás, las penurias sufridas por estos primeros ejércitos
fueron a veces terribles. En lo que a nuestro aspecto del problema
se refiere, baste recordar que cuando Belgrano se hizo cargo del
ejercito del Norte después del desastre del Desaguadero, apenas
contaba con 1500 hombres en pésimo estado de nutrición y la
174
Gabriel Aníbal Camilli

mayoría enfermos, y que su armamento era de 580 fusiles útiles,


215 bayonetas para infantería, 21 carabinas y 34 pistolas para la
caballería (Mitre, 1980).
La escasez de armas de fuego para armar a estas fuerzas,
también fue puesta de manifiesto por el bando de la Primera
Junta de fecha 11 de agosto de 1810, que ordenó la expropiación
de todas las armas de chispa en poder de particulares, carabinas,
escopetas o pistolas de cualquier clase (Registro nacional de la
República Argentina. Tomo I, 1879: 63), mientras que los bandos
del 28 de mayo y del 14 de junio del mismo año habían ordenado
la entrega al gobierno de toda arma perteneciente al rey que se
hallase en poder de cualquier persona. En 1812 todavía se insistía
con medidas de esta índole y el bando del 16 de enero de ese
año concedió un plazo de 3 días para manifestar al gobierno en
la Comandancia de Armas que toda arma de chispa o blanca
del Estado o de propiedad privada significaba para su dueño
una pena de 100 azotes y 500 pesos de multa. El 18 de julio se
publicaron por bando dos severos decretos. Uno que prohibía
bajo graves penas –de muerte para los españoles europeos– que
ningún individuo podía comprar armas ni prendas de uniforme a
los soldados; el segundo ordenaba a los españoles europeos la
entrega de toda arma de chispa o blanca larga dentro de dos días,
bajo pena de horca dentro de las 24 horas.

175
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

GRÁFICO 3a

Cuadro explicativo de tiempo y espacio (en territorio actual de la argentina)


Fuente: autoría propia

GRÁFICO 3b

Cuadro explicativo de tiempo y espacio (en territorio actual del Paraguay):


Fuente: autoría propia
176
Gabriel Aníbal Camilli

Operaciones militares: franqueo y combates


El general Belgrano estableció su puesto comando en La Can-
delaria. El Ejército Patriota se encontró con dificultades para cru-
zar el río Paraná por la falta de canoas, ya que los paraguayos,
para obstaculizar o impedir el cruce de las fuerzas de Buenos
Aires, habían destrozado o retirado todas las embarcaciones del
río.
Belgrano, según palabras de Mitre: “[…] tuvo que construir
una escuadra compuesta de un gran número de botes de cue-
ro, algunas canoas y grandes balsas de madera, capaces de trans-
bordar sesenta hombres y una mayor que todas, para soportar el
peso de un cañón de a cuatro haciendo fuego, pues se esperaba
realizar el desembarco a viva fuerza” (Muñoz, 1995:48).
La empresa era difícil. El Paraná tenía frente a La Candelaria
más de 900 metros de ancho y una fuerte correntada, que des-
viaría la ruta de la escuadrilla en más o menos una legua y media
aguas abajo. El lugar elegido para desembarcar era un claro del
monte llamado El Campichuelo.
El paso del Paraná se inició el 18 de diciembre de 1810, luego
de haber arengado a sus tropas con una reducida fuerza de doce
hombres que sorprendió, a las once de la noche, a un destaca-
mento enemigo y le tomó dos prisioneros y las armas.
Tras una acción menor sobre una guardia en el combate de
Campichuelo, Belgrano entró en Itapúa (actual Encarnación).
Sobre el terreno, con la resistencia pasiva que le opuso la
población, comenzó a comprender que su percepción anterior
de la existencia de un fermento revolucionario en Paraguay
era errónea, pero siguió avanzando hacia Asunción. Falto de
elementos y obligado a improvisarlo todo, el general argentino
explotó hábilmente los efectos de la sorpresa, sacando todo
el partido posible del error en que incurrió inicialmente su
adversario al diseminar sus fuerzas desde las bocas del Paraguay
hasta la Candelaria. La dirección central elegida para avanzar a
177
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

través de la región mesopotámica permitió a Belgrano ocultar


sus movimientos hasta el último momento, que impidió así a su
adversario reunir a tiempo las fuerzas frente al punto en que se
efectuaría el pasaje del Paraná y facilitó la ruptura del cordón
defensivo paraguayo en uno de sus puntos débiles.
Si a esto se añaden las precauciones adoptadas para mantener al
enemigo en la incertidumbre, los reconocimientos efectuados, las
medidas para el franqueo del río y la ejecución del mismo, dado el
ancho del obstáculo y la ausencia de materiales adecuados, se llega a
la conclusión de que la operación llevada a cabo por el general Belgrano
es una de las más notables que registra la historia militar argentina.
(Ornstein, 1941).

La férrea y verdadera humildad del líder hace obrar con certeza


a su tropa, forjada en el sacrificio y la austeridad del trabajo diario
silencioso y constante, así lo demuestra este párrafo por él escrito,
que describe con humildad y respeto la victoria en Campichuelo:
“por lo que hace a la acción, toda la gloria corresponde a los
oficiales ya nombrados y siento no tener los nombres de los siete
soldados para apuntarlos, pero en medio de esto son dignos
de elogio por sólo el atrevido paso del Paraná en el modo que
lo hicieron, así oficiales como soldados, y espero que algún día
llegará en que se cuente esta acción heroica de un modo digno
de eternizarla, y que se mire como cosa de poco más, o menos,
porque mis enemigos empezaban a pulular y miraban con odio a
los beneméritos que me acompañaban y los débiles gobernantes
que los necesitaban para sus intrigas trataban de adularlos”2.
El ejército siguió su curso, la travesía se convirtió en un
tormento. Solo obtenían alimentación de carne vacuna sacrificando
las reses, que eran los bueyes que empleaban para el arrastre
de las carretas. Todo era hostil, inhóspito, amén de aguaceros
interminables que caían sobre las tiendas de campaña que usaban
para refugio de la tropa o poner a salvo enseres, municiones y
demás elementos de combate. Por lo tanto, la situación por la
que atravesaban las tropas patriotas era alarmante. Para colmo, el
objetivo de esa larga travesía era llegar a un destino para enfrentar
2 Belgrano, 1942:41.
178
Gabriel Aníbal Camilli

las fuerzas de Velazco que, sin duda, estaban mejor preparadas


para mantener una lucha con claras posibilidades de triunfo. Al
prócer le carcomía la duda e intentaría, entonces, llegar a un
acuerdo con Velazco.
Entonces, el 6 de diciembre Belgrano decidió redactar un
oficio dirigido al jefe de las fuerzas paraguayas en donde le señaló
en términos amistosos, pero a la vez con una clara advertencia: la
persuasión y la fuerza.
El encargado de llevar a cabo el oficio al campo de Velazco
fue Ignacio Warnes, un destacado oficial, a la sazón secretario
de Belgrano. Pero para su sorpresa el enviado del prócer fue
arrestado y se ordenó que lo engrillaran para ser conducido a la
capital. El General Belgrano recordó con pesar la humillación, se
horrorizó al contemplar la conducta engañosa que observó en
Warnes, las tropelías que se cometieron con él. Todo esto mostró
a Belgrano que no existía un partido favorable a la Revolución.
Las cartas estaban echadas. Belgrano recibió la nota de rechazo
al armisticio ofrecido. Por lo tanto, la posibilidad de un acuerdo
pacífico se diluyó. La lucha era inminente, la hora de la verdad se
acercaba. El primer encuentro se produjo con un combate en
las cercanías del Campichuelo, terreno que estaba defendido por
tres piezas de artillería pertenecientes al ejército del oponente.
En ese lugar, una fuerza de unos doce hombres sorprendió a una
partida de paraguayos a la que le tomaron armas, sesenta canoas
y se hicieron algunos prisioneros. Cabe señalar la destacada
actuación que tuvo en este pequeño combate Manuel Artigas,
primo hermano del Protector de los Pueblos Libres; avanzó
denodadamente sobre los cañones enemigos, poniendo en fuga
a 54 hombres que los sostenían, los ametralló por la espalda con
su propia artillería y se apoderó de una bandera sin perder un
solo hombre. Con este sorpresivo ataque, las tropas patriotas
tomaron posición del campo enemigo, lo que sirvió de incentivo a
Belgrano para trazar un plan de lucha que lo condujera a la victoria
definitiva. Su optimismo por esa victoria contra un pequeño grupo
de fuerzas le jugó en contra, porque su exceso de confianza lo
179
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

llevó a cometer una serie de desaciertos que favorecieron a los


paraguayos.
Belgrano no contaba con tropas rápidas. Sin embargo, se
empeñó en perseguir a un enemigo que no le presentaba batalla,
situación que fue desgastando de a poco a sus soldados. La moral
iba decayendo. El gobernador Velazco le plantearía una defensa
en profundidad, ejecutando la técnica de “tierra arrasada”,
cambiando espacio por tiempo y obligando a las fuerzas patriotas
a alargar su línea de comunicaciones.
El Ejercito Patriota se internó en busca del adversario, que se
preparaba en Paraguarí, territorio que había pertenecido a los
jesuitas, a unas dieciocho leguas de Asunción.
Por cada pueblo por donde pasaba, notaba que el rechazo y
el desprecio hacia sus tropas eran cada vez mayor, y ese rechazo
se manifestaba a través del éxodo de sus habitantes junto con
todas sus pertenencias, con el fin de que las fuerzas patriotas no
contaran con el recurso alguno. Años después, Belgrano aplicó
este procedimiento en la epopeya conocida como Éxodo Jujeño.
Pero a pesar de todas las penurias, Belgrano no iba a dar
marcha atrás porque su propósito era llegar hasta las últimas
consecuencias aun cuando la victoria le fuera esquiva.

Paraguarí
El 15 de enero de 1811, finalmente estaba a la vista del
oponente, fortificado en la villa de Paraguarí. La batalla se dio
en la madrugada del 19 de enero y luego de una intensa pugna,
rechazado por los efectivos paraguayos, Belgrano se retiró
ordenadamente hacia el río Tacuarí, seguido a la distancia.
La decisión de presentar batalla le iba a costar cara, pues
algunos errores tácticos de inferioridad numérica y la necesidad
de no retirarse obligaron a Belgrano a ofrecer batalla confiando
180
Gabriel Aníbal Camilli

en la superioridad moral de sus tropas, convencida de la causa


por la cual emprendían estos sacrificios.
En los primeros momentos del ataque de los patriotas, el
desconcierto que sufrieron los paraguayos les hicieron creer
en el triunfo, pero la reacción llegó rápidamente y cuatro horas
después las tropas porteñas fueron vencidas. Entre muertos,
heridos y prisioneros perdieron más de la quinta parte de los
efectivos.
Ello se debió a la superioridad de las fuerzas paraguayas,
demasiada para un ejército que solo contaba con setecientos
hombres aproximadamente; el triunfo paraguayo estaba
descontado. Esta derrota obligó a Belgrano a retirarse hasta el
Río Tacuarí, donde tuvo que acampar hasta la llegada de refuerzos
que iban a ser mandados por la Junta, detenidos de Buenos Aires.
Permaneció en ese lugar aproximadamente un mes. En marzo de
1811, un ataque sorpresa de los paraguayos puso al adversario
en alerta para defender la plaza. Esa aguerrida defensa fue una
heroicidad admirable, pero el ímpetu de los combatientes no fue
suficiente para frenar las embestidas de los rebeldes. El combate
fue sangriento; el ejército guaraní al mando del general Manuel
Cabañas estaba formado por 2000 hombres, en tanto que las
fuerzas patriotas solo contaba con 400, que resistieron como
leones heridos los ataques de la artillería y la infantería adversarias.
A pesar de la heroica lucha, las tropas comandantes por el
alcalde José Machain tuvieron que ceder ante la superioridad
de los guaraníes. En esa sangrienta contienda solo sobrevivieron
a los ataques de Cabañas dos oficiales y unos pocos soldados;
prácticamente se había perdido la mitad del ejército, lo que fue
aprovechado por los altos mandos rebeldes para mandar un
parlamentario con el fin de intimar a Belgrano a que se rindiera.
El emisario le dijo que en caso de que no aceptar esos términos
sería pasado a cuchillo junto con toda la tropa.

181
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

Tacuarí
A fines de enero, Belgrano fue intimado a rendirse por Tomás
Yegros, cabeza de la vanguardia paraguaya, que comprendió que
no pensaba continuar su retirada. También recibió sus despachos
de Brigadier (general).
En febrero, ambos adversarios se mantuvieron sobre las
armas aprestándose para la batalla. Belgrano, afectado por las
deserciones, escribió que solo podía confiar en los soldados
de Buenos Aires. Velazco buscó obligarlo a recruzar el Paraná
asegurando nuevamente las comunicaciones con Montevideo.
Belgrano envió efectivos para mantener asegurado un paso sobre
el río.
El prócer estaba decidido a jugarse la última carta, por ello
puso a sus soldados en movimiento con el fin de dar batalla
nuevamente. No cabe duda que el miedo y la tibieza no ocupaban
un lugar en el espíritu de lucha del General Belgrano, lo que
entusiasmaba a sus subordinados.
El ejército paraguayo no esperaba una reacción de esa
naturaleza: solo creía que la rendición de las tropas de Belgrano
era inminente. Sin embargo, los hombres de Velazco tuvieron
que prepararse otra vez para una batalla cuya victoria daban por
descontada.
El jefe del ejército patriota fue el responsable de iniciar una
de las epopeyas más grandes de nuestra historia pues, con solo
235 hombres, Belgrano enfrentó a una poderosa fuerza de más
de 2000 soldados. Tacuarí fue un ejemplo de coraje, entrega y
abnegación fuera de lo común donde Belgrano puso en juego toda
su capacidad y audacia para alcanzar una victoria épica, al ritmo
de un tambor tocado por un niño de 12 años, Pedro Ríos. La
infantería nacional avanzó sin temor contra las fuerzas enemigas.
Fue una jornada de gloria, donde según Mario Belgrano3 la

3 En Historia de Belgrano (1944).


182
Gabriel Aníbal Camilli

caballería formada en dos pelotones de 50 hombres iba sobre


los flancos, mientras que los artilleros arrastraban las piezas. La
maniobra desplegada por Belgrano alcanzó un éxito inesperado;
además, el arrojo y el empuje de sus fuerzas fueron el sólido
sostén para que ese éxito se hiciera realidad.
Fueron siete horas de combate encarnizado, en las que las
tropas de un ejército y otro no dieron ni pidieron tregua. La
resistencia de los patriotas al peso de la inferioridad numérica fue
antológica. Los paraguayos no sabían cómo quebrar el cerrojo.
Las horas pasaban y la lucha continuaba. En aquella desesperada
jornada de lucha tan desigual quedó claramente demostrado que
las tropas patriotas tenían vocación de héroes.
De golpe, la fortuna le sonrió al jefe porteño. Viendo que la
continuidad del combate era perjudicial para sus aspiraciones,
Belgrano envió un emisario a Cabañas con el fin de ofrecerle
un armisticio, que fue aceptado por el jefe paraguayo. Ambos
ejércitos quedaron maltrechos, lo que permitió a las fuerzas
patriotas retirarse con honor y dignidad.
El 12 de marzo, Belgrano ya ofició desde Itapúa y el 13 desde
Candelaria. Había recruzado el río. Hasta mediados de aquel
mes, sostuvo un enjundioso intercambio epistolar con Cabañas,
interpretado a posteriori como influencia significativa en el
movimiento emancipador paraguayo iniciado en mayo de aquel
1811. En ese cruce de correspondencia, se percibe cómo ambos
contendientes fueron dulcificando un trato de dientes para afuera
hacia expresiones progresivamente amistosas.
El 21 de marzo de 1811, Belgrano recibió sus nuevas órdenes.
El día 23, las primeras fracciones del ejército rompieron la marcha
hacia la Banda Oriental. La campaña al Paraguay había concluido.
Él, después, quizás jalonó la interna de aquel momento de
la gesta revolucionaria: fue procesado. Pero salió indemne
merced al testimonio favorable y unánime de quienes fueron sus
subordinados.
183
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

1. Reflexiones finales
Belgrano le manifestó al comandante de las fuerzas paraguayas
que las armas habían ido como auxiliares y no a conquistar el
Paraguay pero que, puesto que rechazaban con fortaleza a sus
libertadores, había resuelto evacuar la provincia repasando el
Paraná con su ejército, para lo que proponía una cesación de hos-
tilidades que contuviese para siempre la efusión de sangre entre
hermanos. Cabañas aceptó en forma inmediata la propuesta con
la condición de que el ejército patriota abandonase la Provincia
del Paraguay lo antes posible, a lo que Belgrano no puso reparo.
El prócer deseaba que el conflicto se encaminara hacia un sende-
ro de paz y reconciliación.
Es destacable reconocer que, a pesar de las difíciles circun-
stancias por las que atravesaba Belgrano, supo dominar la situ-
ación para convertir lo que pintaba como una derrota humillante
en una salida decorosa y honorable. Además, sembró una semilla
entre la oficialidad paraguaya que prontamente iba a dar sus fru-
tos.
Belgrano actuó con miras al cumplimiento de la misión im-
puesta por la Junta de Gobierno de Buenos Aires:
• Hacer reconocer la autoridad de la Junta por el gobierno
de la Intendencia del Paraguay; y en caso de fracasar este
objetivo,
• Propiciar un gobierno propio con el cual pudieran existir
buenas relaciones diplomáticas.
Es evidente que Belgrano pudo cumplir con el objetivo ulterior
encomendado, ya que el armisticio ofrecido a Cabañas iba a traer
considerables beneficios para el militar porteño y sus objetivos.
Las ideas de la Revolución Mayo fueron vistas con agrado por
la oficialidad paraguaya. El documento que ponía fin a las hostili-
dades fue redactado por el mismo jefe patriota; en él se vuelcan
las ideas de la Revolución con el fin de que los hombres que con-
184
Gabriel Aníbal Camilli

formaban el ejército paraguayo tomaran conocimiento de ellas.


Además, las proposiciones tenían en cuenta beneficios para el
comercio del Paraguay, lo que cayó muy bien en el campamento
de Cabañas.
Lo que intentaba Belgrano con estas propuestas era un acer-
camiento con el adversario. Para ello, puso en evidencia gran ha-
bilidad para manejar una situación que se presentaba muy com-
plicada, pero que con su inteligencia y viveza supo resolver. Una
que Cabañas conoció y aceptó la propuesta, Belgrano obtuvo el
honor de que sus 300 hombres desfilaran con cuatro cañones y
alrededor de cuarenta carretas.
Como señalan diferentes autores, el General Belgrano marchó
a caballo al frente de la columna y a la salida del bosque se veía el
ejército paraguayo, formado en línea con 2500 hombres.
EI jefe paraguayo, rodeado de su estado mayor, salió a gran
galope a recibir a Belgrano y, en medio de la línea, echaron ambos
pie a tierra. Se avistaron y marcharon el uno hacia el otro, se
abrazaron fraternalmente en presencia de ambos ejércitos y
permanecieron así por largo espacio en señal de reconciliación
y perpetua amistad. Para sellar aún más la amistad entre ambos
jefes militares y, que la dignidad del ejército patriota permaneciera
sin mancha, Belgrano –en homenaje a los paraguayos que habían
muerto en combate– entregó a Cabañas sesenta onzas de oro
con el fin de ser compartidas entre las viudas y huérfanos de
los caídos en el campo de batalla. Pero eso no fue todo, porque
luego de esa entrega, sacó de su bolsillo un reloj comprado en
España para obsequiárselo al militar paraguayo. Con estos gestos
de caballerosidad y generosidad, Belgrano se ganó la simpatía y la
adhesión no solo del General Manuel Cabañas, sino también de
todos los oficiales y soldados.
Debemos remarcar enfáticamente el vínculo que nacía entre
esos dos guerreros que tenían por prioridad la paz, antes que la
muerte y la desolación. De modo tal que lo que no logró el prócer
en el campo de batalla, lo obtuvo a través de la persuasión, de la
185
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

utilización de un discurso que invadió las mentes y los espíritus de


los paraguayos que quedaron convencidos de las ideas de libertad.
Es muy importante destacar el coraje y el honor de un escaso
grupo de hombres que tuvieron que enfrentar el hambre, la
sed y el frío durante todo el trayecto, se agigantaron ante una
adversidad incontrolable. Un pequeño ejército luchó con enorme
gallardía contra las superiores tropas guaraníes, lo que no supuso
dominar a las diezmadas fuerzas de Belgrano.
El valor y la perseverancia tuvieron un papel relevante ante
el adversario. Aun cuando la derrota se avizoraba, Belgrano no
se dio por vencido y, a través de una estrategia temeraria, siguió
peleando con lo poco que le quedaba contra un contingente de
2500 hombres.
Por eso es que, a nuestro juicio, no corresponde tildar como
fracaso la campaña paraguaya. Es cierto que no se logró el objetivo
trazado por la Junta, pero se logró el respeto, la admiración y la
estimación de todos los pueblos por los que atravesó Belgrano
con sus tropas registradas. De modo que, luego de haber
combatido con bravura en los campos paraguayos, dejó bien
alto el prestigio de aquellos que se batieron con un fervor y una
tenacidad ejemplares.
En su esquema de ideas y su escala de valores, la Nación
estaba por encima de cualquier otro interés individual o sectorial.
A ella cabe, como deber, brindarle los mejores esfuerzos y aún
consagrarle la vida. La Nación misma se convierte así en la Ley
Suprema ante la cual cede cualquier argumentación en contrario.
En esta campaña, Manuel Belgrano mostró arrojo, esa virtud
que hace obrar al hombre en los momentos del combate por el
valor. Belgrano dio prueba de ello en reiteradas oportunidades
durante la dura Campaña al Paraguay de 1810-1811. En el combate
de Tacuarí, ante la situación que se mostraba desfavorable porque
el enemigo tenía amplia superioridad numérica, el líder se puso
al frente de sus hombres y desenvainó su espada para encabezar
186
Gabriel Aníbal Camilli

la carga. Belgrano le comentó a uno de sus hombres: “Aún confío


que se nos ha de abrir un camino que nos saque con honor de
este apuro; y de no, al fin lo mismo es morir de 40 años que de
60”.
La Campaña del Paraguay prueba además algo sustancial para
la vida de un soldado: un hombre de armas debe ser un hombre
completo, su coraje y su capacidad de resistir adversidades en
el curso de una operación no lo es todo. Como otros grandes
conductores, Belgrano exhibió en esta precisa ocasión virtudes
humanas y políticas que le permitieron transformar lo que podría
haber sido una operación fallida en un éxito hasta geopolítico. Ser
íntegro es más que ser valiente y astuto en el terreno.
Con razón se dice que nadie da lo que no tiene. Si el General
Manuel Belgrano, pese a las condiciones desfavorables que
enfrentó, supo ganarse entre aquellos adversarios guaraníes la
admiración y el respeto, incluso profesional, no fue por simulación
ni por virtudes fingidas. Lo mismo ocurrió en su Patria, en la
que los argentinos le reconocemos el alto sitial de los próceres,
adornados no solo por la fortaleza y el coraje, sino también por
hombría de bien, la prudencia y la sabiduría.
En la Campaña del Paraguay podemos mirarnos y aprender
de ella el coraje y la abnegación ante las empresas difíciles y hasta
desesperadas. Pero también podemos aprender de ella otra
lección: a qué conductores y líderes vale la pena seguir.

187
El General Belgrano y la campaña al Paraguay

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189
190
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar
a la diplomacia política
192
Belgrano y el Paraguay. De la campaña militar a la
diplomacia política

VIVIANA CIVITILLO Y ESTEBAN CHIARADÍA

La figura de Manuel Belgrano ha sido abordada desde múlti-


ples aristas que recorren su biografía: su exquisita formación in-
telectual, que va de sus estudios de derecho y economía política
a sus elementales lecturas sobre estrategia militar –obligado por
las tareas urgentes de la revolución–; sus escritos económicos,
especialmente dedicados a la agricultura, la industria, el comer-
cio y la construcción naval; el ejercicio del periodismo a través
de la fundación del Correo de Comercio de Buenos Aires, primer
periódico que reunía el pensamiento económico y educativo de
varios de los hombres de la revolución y del que fue su director;
su función pública como Secretario del Consulado de Buenos Ai-
res desde 1794; su participación activa en la Revolución de Mayo
como vocal de la Junta y jefe militar de los ejércitos que llevaron la
revolución a través de las provincias del antiguo Virreinato del Río
de la Plata; su preocupación por la tarea educativa; su austeridad
como emblema de sus valores morales.
Sin duda, la historiografía belgraniana remite a su hito fundante
en la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina de Bar-
tolomé Mitre1 quien reúne en su obra, precisamente, el canon
interpretativo de los orígenes de la nación argentina en la Revolu-
ción de Mayo, a través de la trayectoria de su figura en el proceso
histórico que conduce a la independencia.2 En el marco de las

1 La obra tuvo cuatro ediciones sucesivas: en 1856, en 1858-59, en 1876 y la final en 1887
con la versión definitiva del autor. Aquí utilizamos la quinta edición de 1902, que reproduce la
versión definitiva.

2 Para un análisis crítico de la obra, ver Palti, E.J. (2000).


193
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

historiografías nacionales decimonónicas y sus continuidades en


el siglo XX, el desmembramiento territorial del virreinato en la
década revolucionaria, culminó con la derrota de Belgrano en la
Campaña al Paraguay –batallas de Paraguarí (19 de enero de 1811)
y Tacuarí (9 de marzo de 1811)–, la derrota definitiva del Ejército
del Norte en la batalla de Sipe-Sipe (29 de noviembre de 1815) y la
pérdida de la Banda Oriental a manos de la invasión portuguesa y
la derrota de Artigas en la batalla de Tacuarembó (22 de enero de
1820). Sin objetar la trascendencia de las derrotas desde el punto
de vista técnico-militar, esa década revolucionaria es mucho más
compleja desde el punto de vista político-militar (Gramsci, A.,
1990) y gran parte de los aportes de la renovación historiográfica
motivada por los bicentenarios a ambos lados del Atlántico,
bien pueden contribuir a la deconstrucción de las tradiciones
historiográficas de carácter genealógico para focalizar el análisis
en las relaciones entre los diferentes espacios políticos devenidos
de la ocupación del trono español por una fuerza militar que no
logró legitimarse y de la disputa por la soberanía retrovertida que
llevó a la guerra civil a un tiempo en que se desenvolvió la guerra
independencia o de usurpación. (Fernández Sebastián, J., 2010)
El Paraguay dejó de formar parte de las preocupaciones
historiográficas alrededor de la historia argentina a partir de
aquella derrota que, en principio, parecía poner fin a la integridad
territorial heredada de la dominación peninsular. Sin embargo, una
mirada más atenta sobre la cuestión abre el campo de observación
a los conflictos interjurisdiccionales e interimperiales mientras
que permite recuperar fuentes bibliográficas y documentales
clásicas para una lectura renovada. En tal sentido, es posible
recuperar la actividad política y diplomática de Belgrano en el
Paraguay, que se extendió más allá de la campaña militar no sólo
temporalmente sino, también y lo más importante, en la acción
propiamente revolucionaria que desarrolló en nombre de la Junta
Provisional Gubernativa establecida en Buenos Aires a partir de
la revolución.
La campaña al Paraguay se encuadró en las disposiciones del
194
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

Acta del 25 de Mayo de 1810, en la que se estableció que:


instalada la Junta, se ha de publicar en el término de quince días una
expedición de 500 hombres para auxiliar las provincias interiores del
reino; la cual haya de marchar a la mayor brevedad, costeándote esta
con los sueldos del Exmo. Sr. D. Baltazar Hidalgo de Cisneros, Tribunales
de la Real Audiencia Pretorial de Cuentas, de la Renta de tabacos, con
lo demás que la Junta tenga por conveniente cercenar3

Como bien señala Julio V. González (1938), el Cabildo de


Buenos Aires, en su función ordinaria, a quien el Cabildo Abierto
del 22 de Mayo había conferido la autoridad para “elegir una
junta que asumiría el gobierno del virreinato en reemplazo de la
autoridad depuesta” (p. 27), en el Acta constitutiva de dicha Junta
“no aclaró cuál era el objeto de la expedición militar” (p. 42).
En la Circular del 27 de Mayo, emitida por la Junta Provisional
Gubernativa, se especificó tal objetivo:
proponer el pueblo al Exmo. Cabildo la expedición de los hombres
para lo interior, con el fin de proporcionar auxilios militares para
hacer observar el orden, si se teme que sin él no se harían libre y
honradamente las elecciones de Vocales Diputados, conforme a, lo
prevenido en el artículo X del bando citado, sobre que hace esta Junta
los más eficaces encargos por su puntual observancia y la del artículo
XI. [los artículos referidos forman parte del Acta del 25 de Mayo que
acompaña la Circular del 27]4

Para Julio César Chaves (1938) la Junta porteña no exigía


subordinación a las provincias pues se limitaba a “encomiar las
ventajas de la unidad” (p. 22) y respecto de la incorporación
de los Diputados en orden de su llegada a la Capital, sostiene
el autor que “[n]i el Cabildo ni el pueblo en su petición habían
hablado de la agregación de los diputados provinciales a la Junta”
(p. 22-23). En la interpretación de Chaves, la Junta porteña
recelaba de la incorporación de los representantes del interior
ante la sospecha de “que iban a ser elegidos bajo la vigilancia de

3 Acta del día 25 De Mayo. Buenos Aires, 25 de mayo de 1810. En: R.O.R.A. (1914), pp.
22-23.

4 Circular Comunicando La Instalación De La Junta. Buenos Aires, 27 de Mayo de 1810. En:


R.O.R.A. (1879), pp. 25-26.
195
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

las autoridades realistas y que el Congreso General resultaría a la


postre un baluarte reaccionario” (p. 23), para lo cual la agregación
progresiva de los diputados a la Junta le permitiría ganar la simpatía
de las provincias y enfrentar a cada uno de sus representantes en
forma individual y no en un bloque dentro de la futura asamblea.
Paralelamente, la Junta porteña preparaba la expedición armada
a las provincias “puesto que, tanto como el enemigo descubierto
invasor, debe temerse y precaverse el que desde lo interior
promueve la desunión, proyecta la rivalidad y propende a
introducir el conflicto de la suerte política no prevenida”.5
En la Asunción del Paraguay, el 24 de julio de 1810 se reunió el
Congreso convocado por el Cabildo y el gobernador Velazco en
el Real Colegio Seminario de San Carlos. El Cabildo anotició a los
congresales acerca de la situación en la península y la subrogación
del Virrey Cisneros en Buenos Aires y puso a consideración de los
congresales la necesidad de la formación de una Junta de Guerra
cuya finalidad era poner en ejecución las medidas necesarias
para la defensa del territorio, conocida la expedición dirigida
contra el Alto Perú y Córdoba que hacía presumible una ofensiva
similar sobre la provincia del Paraguay. En virtud de los temores
enunciados por el cuerpo capitular, el Congreso votó:
ŠŠel reconocimiento del Consejo de Regencia (en
sintonía con la jura de Montevideo)
ŠŠque se guardase armoniosa correspondencia y
fraternidad con la Junta Provisional de Buenos Aires sus-
pendiendo todo reconocimiento de superioridad de ella
ŠŠque la Junta de Guerra pusiera en ejecución los
medios de defensa
ŠŠse comunicase la decisión al Consejo de Regencia
y a la Junta Provisional de Buenos Aires.
En agosto, ante la ofensiva de los realistas sobre las costas
del Paraná y del Uruguay, la Junta porteña decidió enclaustrar al
Paraguay en el marco de una política de aislamiento de las pro-

5 Ibidem.
196
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

vincias que resistían su autoridad jurisdiccional. En la Circular del


3 de agosto de 1810, dirigida a los Tenientes Gobernadores de
Santa Fe, Corrientes, Capitán del Puerto de las Conchas, Admin-
istrador de Aduana y Comandante de Resguardo, les indicó “no
permitir el paso de correspondencia alguna hacia el Paraguay,
entendiéndose que no se dará salida a aquel destino ‘de persona,
carta o papeles, buques de todo porte con carga o sin ella, dineros
o efectos’” (Chaves, 1938, pp. 49-50). De este modo, quedó
planteado un enfrentamiento político y jurisdiccional no exento
de quejas, escaramuzas locales y confrontaciones armadas.
Tres corrientes de opinión y sus respectivos grupos de
partidarios convivieron en Paraguay alrededor de los movimientos
revolucionarios en Hispanoamérica y, particularmente, en Buenos
Aires: los “españolistas”, partidarios del Cabildo y del Gobernador,
quienes habían constituido la mayoría del Congreso que garantizó
el reconocimiento del Consejo de Regencia y eran proclives a un
entendimiento con el Imperio Portugués y a la posible regencia
de la Princesa Carlota Joaquina, en representación de su hermano
Fernando VIII; los ‘porteñistas’, grupo de hombres ligados por
fuertes lazos comerciales, patrimoniales e intelectuales con los
nuevos dirigentes de Buenos Aires y, por último, los criollos,
nativos de la provincia quienes observaban con desconfianza los
movimientos en curso y celaban de la autonomía del Paraguay,
abiertamente demostrada en el movimiento comunero del siglo
anterior.
La expedición armada que dirigiría Manuel Belgrano contra la
provincia del Paraguay fue anticipada por un enviado porteño, Juan
Francisco Agüero –natural del Paraguay– con objetivo de poner
en conocimiento de sus paisanos la finalidad de la instalación de
la Junta de Buenos Aires, las acechanzas de los extranjeros, las
ventajas de la unión con Buenos Aires, todas tareas preparatorias
de un posible levantamiento favorable a la incursión de Belgrano
en la provincia. Los hechos demostraron que el movimiento
revolucionario en el Paraguay fue obra, entre otros, de los
vencedores de la expedición de Belgrano. Sin embargo, luego de
197
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

la Batalla de Tacuarí, su iniciativa política y la acción diplomática en


clave revolucionaria favorecieron el despliegue del movimiento
del 14 y 15 de mayo en Asunción que dio comienzo a la revolución
y autonomía del Paraguay y, posteriormente, al primer tratado
entre ambas jurisdicciones.
El 4 de septiembre de 1810, en cumplimiento de lo establecido
por el Acta del 25 y posterior Circular del 27 de Mayo, Manuel
Belgrano fue designado comandante de la expedición auxiliadora
de la Banda Oriental, con el objetivo de proteger y ofrecer
tranquilidad a los pueblos y sujetar el territorio a la obediencia a la
Junta Provisional. El 22 de septiembre de ese año, la comandancia
se hizo extensiva a los territorios de Santa Fe, Corrientes y el
Paraguay. Si el objetivo de la expedición era auxiliar a los pueblos
para liberarse de la tiranía impuesta por la dominación peninsular,
aquéllos entraban en contradicción con los procedimientos
elegidos y dispuestos, contradicción que ponía en evidencia el
trasfondo de la decisión: asegurar la territorialidad del antiguo
virreinato bajo la dirección política de la Capital.
Partidario de una intervención pacífica en Paraguay para dirigir
su fuerza militar hacia Montevideo –verdadero foco realista–,
Belgrano desplegó diversas acciones tendientes a propagar la
noticia de que la expedición tenía un carácter liberador y no
opresor: asegurar el libre intercambio de los frutos entre las
provincias y, especialmente, suprimir el estanco del tabaco. Sin
embargo, la misión Agüero que lo precedió no alcanzó siquiera a
ingresar a Paraguay, donde fue detenido. La idea de que en el seno
de la provincia existía un movimiento revolucionario en ciernes,
a la espera de una señal por parte de los porteños para destituir
al gobernador e iniciar la insurrección, había sido fomentada por
el coronel Espínola, quien había oficiado de emisario de Buenos
Aires ante el gobernador Velazco cuando fue necesario comunicar
a Asunción los hechos ocurridos en la Capital, a partir de la caída
de la Junta de Sevilla y la asunción del Consejo de Regencia.
El Reglamento para los pueblos de Misiones6 y la Proclama a los
6 Reglamento para Los Pueblos De Misiones. Manuel Belgrano. 30 de diciembre de 1810. En:
198
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

paraguayos7 estaban destinados a contrarrestar, precisamente, la


convicción de la Junta porteña respecto de la inutilidad de esperar
la anuencia de un partido revolucionario en la provincia. Verdadero
programa revolucionario, el Reglamento otorgaba a los naturales la
libertad de nacimiento y acceso a la propiedad y cargos públicos,
supresión del tributo, libertad de comercio –incluido el tabaco–
con las demás provincias, y un extenso conjunto de disposiciones
reglamentarias para dar cumplimiento a lo dispuesto. La Proclama
anunciaba a los paraguayos la restitución de los derechos y
franquicias concedidas y eliminación de todos los impedimentos
que obstaculizaban la prosperidad de la provincia.
Una vez que la expedición cruzara el Paraná, la provincia
entera –en retirada– esperaría el momento oportuno para
presentar batalla. A los efectos de lo que aquí interesa destacar,
una nueva Proclama8 reiteró el deseo de liberar a la provincia de
la opresión, suprimir el servicio de milicias obligatorio, disponer
un comercio franco de los frutos incluido el tabaco y agregó,
entre otras promesas, elegir un diputado para el congreso que se
celebraría en Buenos Aires.
El ejército expedicionario derrotado se retiró hacia el Paraná,
seguido –sin atacar– por la vanguardia de las fuerzas paraguayas
comandadas por Fulgencio Yegros, futuro Cónsul de la República.
Fue en estas circunstancias que se inició un intercambio epistolar
entre Manuel Belgrano y el comandante Manuel Cavañas,
uno de los jefes de las fuerzas regulares paraguayas que había
conducido el combate, conjuntamente con el Teniente Coronel
Juan Manuel Gamarra. En dicha correspondencia, se consignaron
los fundamentos del diálogo entre ambas jurisdicciones en los
Documentos III (1914), pp. 122-128.

7 Proclama A Los Paraguayos. Manuel Belgrano. s/f. En: Cháves (1938).

8 Proclama. Dirigida a los nobles paraguayos, paisanos míos. Sin fecha, consignada como doc-
umento N° 8 en el Apéndice Documental entre el N° 7 del 21 de enero de 1811 y el N° 9 del
25 de enero del mismo año (Molas, 1868). Puede suponerse, entonces que, como dice Chaves
(1938), fue recogido por los paraguayos junto con ejemplares de la Gazeta, durante el combate
de Paraguarí (pp. 87-88).
199
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

términos que la revolución imponía. En la misiva del 20 de febrero


de 1811, el comandante Cavañas exigió la rendición en nombre
del rey Fernando VII y, apelando a la hermandad en la religión
católica y el reconocimiento del mismo rey “según su Programa
a los Naturales de estos Pueblos”, reclamó: “¿por qué razón
ha traído las armas, y se ha hecho nuestro agresor? talando los
derechos de esta Provincia”9 En su respuesta, Belgrano asumió
sus convicciones religiosas y monárquicas y reiteró las promesas
comunicadas en los documentos y proclamas anteriores, en el
marco de otras definiciones políticas alrededor de los principios y
objetivos de la revolución, a saber:
aspiro a que se conserve la Monarquía Española en nro. patrio suelo si
sucumbe la España como ya lo está casi toda al poder del Tirano, del
Usurpador más infame Napoleon, cuyo yugo han querido que suframos
los malos Españoles-Europeos y algunos Americanos engañados
que prefieren su interés particular al bien general del Estado, y a los
imprescriptibles derechos de nro. desgraciado Rey [sic].10

Y prometió:
sacar al Paraguay, de las cadenas en que se halla, quitarle el iniquo
servicio de Milicias, libertarlo de gabelas, darle un comercio franco
con todas las Provincias, desterrar ese iniquo estanco del tabaco,
que nombren un Diputado para el Congreso, y que no sufran más los
perjuicios de la estagnación de sus frutos [sic].11

Quedó claro este último objetivo: “unir a esta Provincia única


que nos falta para la celebración del Congreso que asegure los
derechos augustos de la Patria y de ese Rey a quien los rebeldes
tienen en la boca pa sojuzgarnos, y mantenernos como hasta
aquí, como esclavos suyos [sic]”.12

9 Manuel Cabañas a Manuel Belgrano. 20 de febrero de 1811. En: Chaves, J. C. (1938), pp.
252-253.

10 Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. 20 de febrero de 1811. En: Chaves, J.C. (1938), pp.
253-257.

11 Ibidem.

12 Ibidem.
200
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

Sin embargo, no todos los comandantes estaban dispuestos


a permitir la retirada de las fuerzas porteñas ni avalar las
negociaciones entre Belgrano y Cavañas, que avanzaban más
allá de la confraternidad. El comandante Gamarra, a cargo de
la segunda división de las fuerzas regulares paraguayas, selló
el destino de la expedición con una derrota contundente en
Tacuarí, el 9 de marzo de 1811. Ante el inminente copamiento
de las fuerzas a su cargo, Belgrano inició una segunda negociación
con Cavañas y logró que el comandante paraguayo acepte las
condiciones propuestas por el primero para su retirada hacia la
margen derecha del Paraná en virtud de que él no tenía intenciones
de conquistar el Paraguay, sino que su propósito era auxiliarlo tal
cual ordenaban los documentos que habilitaban su designación.
Cavañas impuso su compromiso con Belgrano frente a los oficiales,
que esperaban resarcir los daños ocasionados por la incursión de
las fuerzas enviadas desde Buenos Aires, y no sólo autorizó el
retiro de su ejército, sino que el ejército paraguayo lo escoltó
con los honores que merecía su jerarquía. En su misiva posterior,
Belgrano reiteró su amistad: “si usted gustase que adelantemos
más la negociación para que la provincia se persuada de que mi
objeto no ha sido conquistarla, sino facilitarle medios para sus
adelantamientos, felicidad, y comunicación con la capital, sírvase
decírmelo, y le haré mis proposiciones.”13 Ante la aceptación de
Cavañas, Belgrano envió su propuesta, en la que se destacaban
los siguientes puntos:
1° Habrá desde hoy, paz, unión, entera confianza, franco y liberal
comercio de todos los frutos de la provincia; incluso el tabaco con las
del Río de la Plata, y particularmente con la capital de Buenos Aires

2° Respecto á que la falta de unión que ha habido, hasta ahora,


consiste en que la provincia ignora el deplorable estado de la España,
como el que las antenominadas provincias del Río de la Plata están ya
unidas, y con obediencia á la capital, y que … elija el diputado que le
corresponde, se una y guarde el orden de dependencia determinado por
la voluntad soberana

13 Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. 10 de marzo de 1811. En: Documentos III (1914),
p. 199.
201
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

3° Elegido el diputado, deberá la ciudad de la Asunción formar su junta,


según previene el reglamento de 10 de febrero último, que acompaño
en la Gaceta de Buenos Aires del 14, siendo su presidente el gobernador
don Bernardo Velazco.14

Otras consideraciones se referían a los prisioneros y al


resarcimiento de los daños que el ejército pudiera haber
ocasionado a los vecinos paraguayos.
Como puede observarse, se reiteraron conceptos ya formulados
en los documentos mencionados con anterioridad, se formalizó
la propuesta y se anticipó el desenvolvimiento de los hechos que
se desencadenarían a partir de esta negociación, particularmente,
los términos de lo que sería el acuerdo Belgrano-Echevarría. El
éxito de la comunicación entre paraguayos y porteños tuvo que
ver con la oportunidad del momento y la “inteligencia y tino con
que la orientó el jefe de las fuerzas invasoras” (Moreno, 2011, p.
159)
El fluido intercambio epistolar entre ambos jefes militares
puso de manifiesto, también, algunas cuestiones conceptuales
que merecen ser destacadas. En primer lugar, la certeza por
parte de Belgrano del peligro que implicaba la invasión de los
ejércitos napoleónicos a la península y la usurpación de la corona
y cuánto más peligroso aún sería para las decisiones tomadas
por la Junta de Buenos Aires una posible alianza entre Asunción
y Montevideo. Por tal motivo, Belgrano insistió en la necesidad
de develar los intereses montevideanos detrás de su pretendida
lealtad y le señaló a Cavañas:
verá el Paraguay la falsedad de que los montevideanos iban á destruir
la capital: la capital es invencible, y sujetará con las demás provincias
inclusa la del Paraguay, yo espero, á todos los infames autores de la
pérdida de nuestra tranquilidad, y que aspiran á que el amado Fernando
se borre de nuestra memoria haciéndonos jurar al vil, al detestable
usurpador Napoleón. [sic]15

14 Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. Campamento de Tacuarí. 10 de marzo de 1811. En:


Documentos III (1914), pp. 200-202.

15 Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. Candelaria, 15 de marzo de 1811. En: Documentos


202
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

En segundo lugar, la caracterización de la situación política en


la que la usurpación de la corona y la designación de Javier de
Elío como nuevo Virrey del Río de la Plata fue calificada como
responsable de una guerra civil:
En usted solo confío para que persuada el señor Velazco [gobernador
de la Provincia del Paraguay] la importancia de nuestra paz, unión,
y amistad, y que se concluyan del todo nuestros males, conozco su
corazón, y estoy cierto de que se hallará dispuesto á ello, mucho más,
viendo el regalo, que en los últimos instantes de la España nos ha hecho
Bardaxí, con remitirnos á Elio de virrey, para que se fomente la discordia
y exista la guerra civil. [sic]16

En su consideración, la guerra civil no estaría planteada entre


Asunción y Buenos Aires, sino entre quienes permanecían leales a
Fernando VII y quienes, habiendo usurpado la corona, pretendían
imponer su autoridad en el Río de la Plata.
El armisticio de Tacuarí no fue bienvenido en Asunción.
Mientras el cuerpo capitular protestaba por la conducta de
Cavañas, el gobernador Velazco intentó reasumir el comando del
ejército que había abandonado –al igual que la oficialidad realista–
en Paraguarí cuando la ofensiva inicial de las fuerzas de Belgrano
desbandó la infantería paraguaya. Más luego, las divisiones de
Cavañas y Gamarra alcanzarían el triunfo en el campo de batalla.
La ausencia de reconocimiento a los criollos que habían
garantizado la integridad territorial y autonomía de la Provincia,
las negociaciones más o menos secretas del gobernador Velazco
con los realistas montevideanos, el anoticiamiento entre los
futuros revolucionarios de la misión confidencial de José de
Abreu con el objeto de acordar con el gobernador el auxilio
de tropas portuguesas para defender la provincia, la circulación
de la Gazeta de Buenos Aires entre la oficialidad criolla fueron
algunas de las variadas razones que templaron el ambiente

III (1914), p. 209.

16 Manuel Belgrano a Manuel Cavañas. Cuartel General de Candelaria, 21 de marzo de 1811.


En: Documentos III (1914), p. 213.
203
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

revolucionario en Asunción. El movimiento estalló entre el 14


y el 15 de mayo, cuando los revolucionarios se apoderaron del
cuartel general de Asunción. En ese primer movimiento, en lugar
de derrocar al gobernador, se resolvió designar a dos diputados
adjuntos; los elegidos fueron José Gaspar Rodríguez de Francia
y Juan Baleariano de Zevallos. En términos políticos, la decisión
del partido criollo alejaba la amenaza de la reacción realista sobre
Buenos Aires, articulada entre Montevideo, Asunción y el Alto
Perú. El segundo movimiento fue el desplazamiento de Velazco:
primero despojándolo de su mando militar y, luego, siendo
destituido por el Congreso.
En el Congreso General de la Provincia del Paraguay, en
junio de 1811, se congregaron “los individuos convocados para
la Junta General así de las diferentes corporaciones, como los
vecinos y moradores de la ciudad y de la campaña, juntamente
con los seis diputados de las tres villas y tres poblaciones de esta
jurisdicción.”17 Sus resoluciones son comunicadas a Buenos Aires
en la Carta del 20 de Julio. En ella, luego de fundamentar que
“abolida o deshecha la representación del Poder Supremo recae
éste o queda refundido naturalmente en toda la Nación [y que c]
ada pueblo se considera entonces en cierto modo participante
del atributo de la soberanía”18, continuó con la defensa de un
proyecto confederado:
La confederación de esta provincia con las demás de nuestra América
y principalmente con las que comprendía la demarcación del antiguo
Virreinato, debía ser de un interés más inmediato, más accesible y por
lo mismo más natural, como de pueblos no solo de un mismo origen,
sino que por el enlace de particulares recíprocos intereses parecen
destinados por la naturaleza misma a vivir y conservarse unidos.19

Un breve recorrido por las cláusulas votadas en el Congreso

17 Acta de la primera sesión del Congreso General de la Provincia. Asunción, 17 de junio de


1811. En: Francia I (2009), pp. 81-82.

18 Carta De La Junta De Gobierno De Paraguay A La De Buenos Aires. Asunción, 20 De Julio


De 1811. En: Francia I, 2009, Pp. 120-123.

19 Ibidem.
204
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

permite cotejar el reflejo de las reivindicaciones históricas de la


provincia respecto de Buenos Aires y los buenos oficios de la
negociación Belgrano-Cavañas:
ŠŠ Autonomía de gobierno hasta tanto se forme un Congre-
so General
ŠŠ Abolición del coste del servicio de milicias para los veci-
nos
ŠŠ Cobro de los impuestos de sisa20 y arbitrio21 sobre la yer-
bamate en Asunción y no en Buenos Aires
ŠŠ Extinción del estanco del tabaco
ŠŠ Libre comercio de los frutos y producciones de la pro-
vincia
En la cláusula cuarta, la provincia se reservaba el derecho de
decidir la aprobación de cualquier reglamento o constitución “en
Junta plena, y general de sus habitantes, y moradores”22. Tam-
bién comunicaba la designación de “su Diputado para que asista
al Congreso de las Provincias, suspendiendo hasta su celebración
y suprema decisión el reconocimiento de las Cortes, y concejo de
Regencia de España, y de toda otra qualquiera representación de
la autoridad suprema, o Superior de la Nación. [sic]23. Firmaron
la nota los cinco vocales designados por el Congreso para formar
la Junta de Gobierno de Paraguay: Fulgencio Yegros, Doctor José
Gaspar de Francia, Pedro Juan Caballero, Doctor Francisco Bog-
arín y el Vocal Secretario Fernando de la Mora.
Entre septiembre y diciembre de 1811, en Buenos Aires, tu-
vieron lugar algunos acontecimientos que modificaron el rumbo
político del gobierno porteño y sus relaciones con las provincias.

20 Sisa: era el porcentaje de peso y medida, que el vendedor sustraía al comprador, en las
transacciones menores, en beneficio de la corona.

21 Arbitrios: impuestos, tasas y multas comunales.

22 Carta de la Junta de Gobierno de Paraguay … op.cit.

23 Ibidem.

205
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

Del 22 al 23 de ese mes, un movimiento político-militar, cuya


base popular se encontraba representada en el Cabildo, exigió
la constitución de un poder ejecutivo formado por tres vocales
–Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso– y tres
secretarios –Juan José Pérez, Vicente López y Bernardino Rivada-
via– y el desplazamiento de la Junta Grande –integrada por los
representantes provinciales– que pasó a constituirse como Junta
Conservadora de la soberanía de Fernando VII. A los conflictos
internos entre morenistas y saavedristas se sumaron el desastre
de Huaqui (20 de junio de 1811), que dejó en manos realistas el
Alto Perú y la invasión portuguesa en la Banda Oriental desde
julio del mismo año. El enfrentamiento entre el Triunvirato y
la Junta alrededor del Reglamento aprobado el 22 de octubre
que pretendía regular las atribuciones y deberes de los Poderes
Legislativo y Judicial, concluyó en favor del primero que no
sólo rechazaba el Reglamento aprobado por la segunda y lo
sustituía por un Estatuto Provisional, sino que disolvía la misma
Junta. Por último, el 7 de diciembre se sublevó el Cuerpo de
Patricios rechazando la reciente designación de Belgrano como
su jefe y reclamando la comandancia histórica de Saavedra.
Sofocada la sublevación, el Triunvirato exigió la salida de la
ciudad de los diputados provinciales ante la sospecha de haber
instigado el movimiento militar bajo la influencia del Dean Funes,
representante de Córdoba. Como puede observarse, la resolución
de los enfrentamientos consolidó en el poder transitorio a una
fuerza política que expresab el interés porteño en detrimento
de los proyectos confederacioncitas expresados por diferentes
representaciones provinciales; Paraguay, entre otras.
Cuando Manuel Belgrano, su asesor jurídico Vicente Anastasio
de Echevarría y su secretario Pedro Feliciano de Cavia partieron
rumbo a Asunción en misión diplomática, cuyo objetivo era
obtener la colaboración paraguaya frente al posible avance de
la escuadra realista Paraná arriba, aún no se había recibido en
Buenos Aires la Carta del 20 de julio. Las instrucciones a la misión
señalaban que :
la provincia del Paraguay debe quedar sujeta al gobierno de Buenos
206
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

Aires, como lo están las provincias unidas … que la Provincia del


Paraguay, mantenida por sólo el vínculo federativo, no contribuye por
su parte de un modo condigno a satisfacer los grandes esfuerzos y
sacrificios que las demás van a hacer por sus derechos y libertad; y una
vez que el interés es uno e indivisible, la voluntad general de todas las
provincias debe ser la ley superior que obligue al Paraguay a prestarse
a una subordinación sin la cual el sistema y los movimientos pudieran
desconcertarse.24

No obstante, si la razón anterior no fuese posible de concretar


por no ser bien recibida por el gobierno paraguayo, igualmente
“tratará el representante de unir ambos gobiernos bajo un
sistema ofensivo y defensivo contra todo enemigo que intentase
atacar los respectivos territorios”.25
La respuesta de la Junta de Buenos Aires a la carta del 20
de julio, fechada el 28 de agosto, llegó a Asunción mientras los
comisionados aguardaban la respuesta de la Junta paraguaya para
ingresar a aquel territorio. En ella, se afirmaba que
Los vocales de la Junta creada por el pueblo de Buenos Aires extienden
su jurisdicción a los demás pueblos unidos en consorcio de los
Diputados de ellos, así como estos mandan y gobiernan en el pueblo de
Buenos Ayres en consorcio de aquellos… no obstante, si es la voluntad
de esa Provincia gobernarse por sí y con independencia del Gobierno
Provisional, no nos opondremos a ello con tal que estemos unidos y
obremos de absoluta conformidad para defendernos de qualesquier
agresión exterior. [sic]26

En síntesis, de ser posible, deberían obtener un acuerdo


para el reconocimiento de la superioridad de la Junta Provisional
de Buenos Aires, rechazando de este modo la cláusula cuarta
de la carta del 20 de julio respecto de la autonomía de la
provincia; de lo contrario, había una alianza ofensiva y defensiva.
La alternativa habilitó la aprobación de las credenciales y abrió

24 Instrucciones que deberá observar el representante de este superior gobierno con la Asun-
ción del Paraguay. 1° de agosto de 1811. En: Documentos III (1914), pp. 390-394.

25 Ibidem.

26 La Junta de Buenos Aires a la Junta del Paraguay. Buenos Aires, 28-VIII.11. A.N.P., vol. 4,
nro. 24, f. 185. En: Chaves, J. C. (1938), pp. 171-172.
207
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

la instancia de la negociación del futuro acuerdo. Cuando se


iniciaron las conversaciones en Asunción, en Buenos Aires tuvo
lugar una conmoción política que instaló en el gobierno al Primer
Triunvirato.
Ante la llegada a Asunción de los comisionados, José
Gaspar Rodríguez de Francia se reintegró a la Junta de Gobierno
de la que se había retirado ante la creciente conflictividad entre
los grupos políticos en su interior. Fue quien llevó adelante las
negociaciones para arribar finalmente al tratado que se firmó y
anunció el 12 de octubre. En reconocimiento de los presupuestos
de la carta del 20 de julio y la respuesta de la Junta de Buenos
Aires del 28 de agosto, se acordaron sintéticamente las siguientes
cláusulas:
ŠŠ Primero: extinción del estanco del tabaco y su comercio y
que el tabaco existente en la Real Hacienda se venda por cuen-
ta de la provincia para auxiliar a sus propias fuerzas obligadas
a mantener la seguridad y defensa frente a enemigos internos
y externos.
ŠŠ Segundo: el peso de la sisa y el arbitrio por cada tercio de
yerba que se pagaba en la ciudad de Buenos Aires se cobre
en adelante en la de Asunción. Asimismo, habilita un moder-
ado impuesto para los productos paraguayos que se remitan
a Buenos Aires.
ŠŠ Tercero: el derecho de alcabala se cobrará en el lugar de
la venta.
ŠŠ Cuarto: se mantienen los límites de la Provincia del Para-
guay quedando el departamento de la Candelaria bajo custo-
dia de su Gobierno
ŠŠ Quinto: reconocimiento de la independencia de la Pro-
vincia del Paraguay respecto de la de Buenos Aires a la que no
subordinará sus decisiones.
El tratado concluía con la siguiente declaración:
deseando ambas partes contratantes estrechar más y más los vínculos
y empeños que unen y deben unir ambas provincias en una federación

208
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

y alianza indisoluble, se obliga cada una por la suya no solo a conservar


y cultivar una sincera, sólida y perpetua amistad sino también de auxil-
iarse y cooperar mutua y eficazmente con todo género de auxilios según
permitan las circunstancias de cada una, toda vez que los demande
el sagrado fin de aniquilar y destruir cualesquier enemigo que intente
oponerse a los progresos de nuestra justa causa y común libertad.27

Mientras Belgrano negociaba el tratado en Asunción, en Bue-


nos Aires el Primer Triunvirato se hacía cargo del Gobierno y la
política porteña se redireccionaba hacia el fortalecimiento del
frente norte en detrimento del frente oriental: el 20 de octubre
firmó el Tratado de Pacificación con el Virrey Elío en el que
reconocía la unidad de la nación española y a Fernando VII como
rey y se comprometía a auxiliar a la península en la guerra contra
Napoleón y retirar las tropas de la Banda Oriental; a cambio,
el Virrey se comprometía a retirar las tropas portuguesas de la
provincia Oriental y levantar el bloqueo naval sobre el puerto de
Buenos Aires. En desacuerdo con el armisticio, Artigas abandonó
el sitio de Montevideo y se inició, entonces, el éxodo oriental.
Comenzaron, también, las negociaciones entre Artigas y el
gobierno de Paraguay, informadas oportunamente al gobierno
porteño por el de Paraguay, con la finalidad de articular los auxilios
para una defensa común. Sin embargo, más temprano que tarde,
las autoridades realistas de Montevideo violaron el Tratado
de Pacificación y desplegaron sus fuerzas navales bloqueando
nuevamente el puerto de Buenos Aires y dominando el Paraná.
La amenaza portuguesa se cernía sobre las fronteras norte y este
del Paraguay.
A fines de octubre, el Triunvirato aprobó el tratado firmado con
Paraguay con una sola observación respecto del Departamento
de Candelaria28. Asimismo, ordenó el regreso de Belgrano y
Echevarría a Buenos Aires.

27 Tratado entre la Junta de Gobierno del Paraguay y los representantes enviados por Buenos
Aires. Asunción, 12 de octubre de 1811. En: Francia I (2009), pp. 146-148.

28 El gobierno de Buenos Aires a la Junta del Paraguay. Buenos Aires, 31 de octubre de 1811.
En: Documentos III (1914), p. 425.
209
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

La voluntad de autonomía convenida en el acuerdo se


fortaleció cuando la Junta Gubernativa manifestó al Triunvirato
que “[e]speramos qe la bondad de V.E. tendrá a bien mandar qe se
devuelvan a esta Junta con separación las dependencias criminales
qe se remitieron en consulta y los negociados civiles qe fueron
en grado de recurso”.[sic]29 El Art. 9 del Reglamento de la
Comisión de Justicia porteña garantizará que “con vista y exámen
de su naturaleza y estado separará los [expedientes] que haya de
juzgar con arreglo á su instituto y devolverá á los Juzgados los que
no considere incluidos y sujetos á su conocimiento.”[sic]30
Durante el año 1812, se intensificaron los conflictos en la
cuenca del Plata frente a las amenazas realista y portuguesa, al
mismo tiempo que los pedidos de auxilio no siempre fueron
correspondidos. A fines de enero, el Triunvirato había decretado
el cierre de los puertos de Buenos Aires y Santa Fe y prohibido
toda circulación mercante a través del río Paraná. Paraguay sólo
mantenía el tráfico fluvial hasta Corrientes. En abril se produjo
otro litigio por el cobro indebido de impuestos sobre productos
paraguayos en Santa Fe, que Buenos Aires no sancionó. En julio,
el ataque a un buque paraguayo por la armada realista en el Paraná
no fue auxiliado debidamente por el gobierno de Santa Fe y generó
una nueva protesta de la Junta paraguaya. Por último, el 1° de
septiembre de 1812, el Reglamento Provisional sobre el comercio
libre, dictado por el Triunvirato, estableció en su artículo 3°: “Los
tabacos extranjeros o de Provincias separadas de la jurisdicción
de este Superior Gobierno pagarán a su introducción y según
las clases referidas en el artículo anterior, duplicados derechos
que los impuestos a los nacionales.”31 Paraguay fue incluido en

29 Excelentísima Junta de Gobierno de Paraguay al Triunvirato de Buenos Aires. Asunción, 19


de marzo de 1812. ANA, SH, 217n4.

30 Reglamento de la Comisión de Justicia. Buenos Aires, 20 de abril de 1812. En. R.O.R.A.


(1879), pp. 164-165.

31 Reglamento Provisional sobre los derechos que deben contribuir en el comercio libre,
los ramos de la estinguida renta de tabacos. [sic] Buenos Aires, 1° de septiembre de 1812. En:
R.O.R.A. I (1879), pp. 176-177.
210
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

este artículo. Asimismo, estableció aduanas en las ciudades de


Mendoza y Corrientes como “punto de nuestras fronteras”.32
Ambas decisiones violaban abiertamente el acuerdo de octubre
de 1811. El intercambio de oficios entre ambas jurisdicciones
puso de manifiesto la enemistad latente que se expresaba en el
reclamo porteño por la falta de auxilios requeridos a la provincia
y en la queja paraguaya respecto de la diferencia en el trato entre
las provincias sujetas y las no sujetas a la jurisdicción porteña:
reclamaba que el monto del impuesto sobre el tabaco fuera
establecido en los términos del artículo adicional del tratado, que
fijaba los límites a dicha erogación. El oficio del 27 de diciembre de
1812 argumentó que el minucioso detalle de los incumplimientos
constituía un olvido, pues Buenos Aires no recordaba que “a la
generosa y favorable revolución del Paraguay debe las ventajas
consiguientes a su separación de la confederación enemiga [y]
el desconcierto de una triple alianza33 que podría haberle sido
funesta”.34 En medio de la circulación de oficios, se produjo el
desplazamiento del Primer Triunvirato, la imposición del Segundo
luego del movimiento cívico-militar del 8 de octubre de 1812,
con una clara influencia de la Sociedad Patriótica y de la Logia
Lautaro, y la convocatoria a la Asamblea General Constituyente.
La convocatoria a la Asamblea establecía en el artículo 8 que
“los poderes de los Diputados serán concebidos sin limitación
alguna, y sus instrucciones no conocerán otro límite que la
voluntad de los poderdantes, debiendo aquellos ser calificados
en la misma Asamblea antes de su apertura en una sesión
preliminar”.35 Este artículo era contradictorio con el principio de

32 Creando Aduanas en las ciudades de Mendoza y Corrientes. Buenos Aires, 30 de septiem-


bre de 1812. En: R.O.R.A. I (1879), p. 180.

33 Se refiere a la frustrada alianza entre Montevideo, Asunción (bajo el gobierno del Gober-
nador Velazco) y el Alto Perú.

34 Oficio de la Junta del Paraguay a la de Buenos Aires. Asunción, 27 de diciembre de 1812.


En francia i (2009), pp.186-187.

35 Convocando á elecciones para diputados á la Asamblea General. [sic] Buenos Aires, 24 de


octubre de 1812. En: R.O.R.A. I (1879), pp. 185-187.
211
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

autonomía manifiesto en la carta del 20 de julio y corroborado en


el acuerdo del 12 de octubre. Por consiguiente, previa consulta
al Cabildo, la Junta paraguaya se abstuvo de enviar sus diputados
a la Asamblea.
Desde mayo de 1813, la misión de Nicolás de Herrera
procuró revertir el alejamiento del Paraguay como consecuencia
de la política agresiva del Triunvirato y lograr que se enviaran los
diputados a la Asamblea. En sesión del 4 de julio la Junta acordó la
convocatoria a un congreso provincial para decidir. Una extensa
memoria de Herrera, acerca de las ventajas de una unión con
Buenos Aires, que argumentaba el compromiso asumido en el
acuerdo del 12 de octubre de enviar diputados y objetaba que
la Asamblea no era una autoridad de Buenos Aires sino de las
Provincias Unidas, fue leída y rechazada por los congresales. La
misión Herrera no logró ninguno de sus objetivos y exactamente
dos años después del acuerdo resultante de la misión Belgrano
Echevarría, el 12 de octubre de 1813, el Congreso cuya
convocatoria se extendió a un “número de sufragantes que no
baje de mil individuos de votos enteramente libres y sean naturales
de esta provincia”36, sancionó el Reglamento de Gobierno que
regiría los destinos de la República del Paraguay durante los 30
años siguientes: autonomía jurídica e independencia de hecho.
No obstante, lo haría “cumpliendo con lo ordenado por Vuestra
Majestad”37, con referencia a Fernando VII.
El acuerdo Belgrano–Echevarría constituye la expresión más
acabada de la relación entre Buenos Aires y Asunción en tiempos
de independencias que puede focalizarse en tres cuestiones
medulares. En primer lugar, uno de los ejes más importantes que
atravesó el periodo en el que se sustentaba la autonomía de la
provincia del Paraguay era el reclamo permanente de la extinción

36 Oficio de la Junta al Cabildo. Asunción, Junio 30 De 1813. En: Francia I (2009), P. 242.

37 Acta del Congreso General. Asunción, octubre 12 de 1812. En: Francia I (2009), pp. 260-
262.
212
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

del estanco38 del tabaco. La Real Renta del Tabaco y Naipes en


el Río de la Plata formó parte de las Reformas Borbónicas con
el “objetivo fiscalista, primordialmente, para proveer fondos al
proceso de ‘reconquista’ de las colonias americanas por parte
de la monarquía española” (Caballero Campos, 2006, p.17). Se
implementó en todo el territorio del virreinato a lo largo de 1779
y, particularmente en Asunción, a partir del 31 de marzo de ese
año. Cuando en 1789 se establecieron cuotas fijas para la entrega
de la cosecha, se montó una matrícula con un tope de 25 arrobas
per cápita y la exención del servicio militar en la frontera con
Portugal, a la que accedieron los “cosecheros” más pudientes
y acomodados. El servicio militar era cumplido únicamente por
los más pobres, que no alcanzaban la cuota a entregar (Saguier,
1993). Los pequeños propietarios que se beneficiaban con la
venta de la cosecha a los comerciantes antes que a la Renta,
pues obtenían mejores precios, fueron quienes participaron
mayoritariamente de los Congresos que determinaron la política
de ruptura con la metrópoli y con la “sub-metrópoli virreinal”
(Caballero Campos, 2006, p. 407). En segundo lugar, la tradición
de autonomía que la provincia esgrimía y defendía se sustentaba
en el principio jurisdiccional de que a partir de la revolución
extendería su alcance ordinario aunando el territorio a la soberanía
retrovertida en los pueblos e institucionalizada en los Cabildos y
sus Juntas Gubernativas, iniciando el proceso de objetivación de
las repúblicas concebidas como comunidades políticas. Prueba
de ello es el pasaje de provincia a república entre el Congreso
de 1811 y el de 1813, y el reclamo y devolución de las causas
judiciales interpuestas ante la Audiencia de Buenos Aires. En
tercer y último lugar, el plan político de Belgrano, que excedió la
cuestión técnico-militar y pasó a considerar la diplomacia como
una tarea revolucionaria.
En el capítulo donde Bartolomé Mitre abordó el acuerdo
Belgrano–Echevarría, la Revolución de Paraguay apareció
“preparada por Belgrano en las conferencias del Tacuary”
38 El estanco implica el monopolio de producción y venta de determinadas mercancías. Ver
en Caballero Campos, H. (2006).
213
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

(Mitre, 1902, p. 6) entabladas con oficiales paraguayos, en un


proceso casi de revelación bíblica. En Asunción, estos oficiales
buscaron a Pedro Somellera –de origen porteño y contraparte
local de la acción propagandística de Belgrano–, para que los
iniciara en los “misterios de la revolución” (p. 6) que les fuera
comunicada. Pero las cosas cambiaron al irrumpir el Dr. Francia,
y para Mitre fue aquél el agente activo en el tratado del 12 de
octubre al imponer sus condiciones, mientras el papel de los
porteños fue “meramente pasivo” (p. 18), sancionando sin
saberlo la segregación del Paraguay al establecer la independencia
económica (descentralización de rentas), territorial (demarcación
de límites) y política (federación), y creyendo haber obtenido
un triunfo al pactar una liga federal con Paraguay. Mitre señaló
con horror la primera aparición en la historia argentina de la
palabra “federación” (p. 19) en un documento, palabra explicada
dogmáticamente por Moreno, repetida en Paraguay por Belgrano,
y luego “siniestramente explotada por el Dr. Francia” (p. 19).
Concluye el capítulo:
…federación, palabra sinónima entonces de segregación y anarquía, en
cuyo nombre debían cometerse crímenes mayores …, hasta convertirse
por la acción saludable del tiempo y la combinación de los hechos con
los principios en fórmula constitucional del pueblo argentino, con la
incorporación de nuevos elementos orgánicos (p.22)

En su artículo crítico, Elías Palti (2000) señala que para Mitre


lo fundamental en Belgrano no fueron sus aciertos militares sino
los políticos. Bajo su mando, el ejército sembró la semilla de la
libertad, constituyendo así la comunidad nacional; y donde su
acción proselitista no llegaba, allí se demarcaba la frontera. Pero
Palti (2000) hace una salvedad en nota al pie: “Paraguay sería
un caso particular, puesto que su campaña, aunque derrotada,
bastó para “inocular” los principios revolucionarios” (p. 95),
convirtiéndose en un triunfo moral. Sin embargo, Palti considera
dos sucesos en Paraguay (la campaña y la Revolución), no incluye
la misión diplomática. Y es precisamente este último evento el
que hace agua en el armado del relato mitrista: si el Belgrano de
Mitre sembró nacionalidad y libertad a su paso, y si su desempeño

214
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

político superó su papel militar, entonces su diplomacia coronó


el relato histórico mitrista. Pero el acuerdo Belgrano-Echevarría
resultó una antítesis de dicho relato, con un Belgrano que fue
pasivo en la negociación e ingenuo en cuanto a los resultados,
sembrando la semilla de la anarquía al introducir el federalismo
que engendró crímenes de largo aliento.
Para incorporar armoniosamente el episodio diplomático a su
obra, Mitre necesitó una dupla contrafáctica Belgrano-Somellera
en las negociaciones, y no la verdadera dupla Belgrano-Francia,
por lo que borró para este caso la carga positiva con la que
revistió a Belgrano a lo largo de la obra. Tal vez esto responde
a la adopción por Mitre, en su edición definitiva, de la idea de
Ernest Renán sobre la necesidad de “olvidar” para construir la
nación, olvidar sus antagonismos (Palti, 2000). Dicho olvido, en
esta obra fundante de la historiografía argentina, da cuenta –en un
mismo ademán–de la incomprensión del proceso revolucionario
paraguayo para la historia argentina.
Belgrano no fue el demiurgo de la revolución paraguaya, pero
su mirada sobre ella superaba con creces la miopía del gobierno
porteño. La diplomacia belgraniana en Paraguay fue, quizá, uno de
los pocos momentos de comprensión de un proceso que para la
historiografía argentina de todos los tiempos se presentaba como
impensable; una incomprensión que, años después, produciría
una de las mayores tragedias de la historia de nuestros pueblos.

215
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

Bibliografía
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Acta del Congreso General. Asunción, octubre 12 de 1812. En:
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Convocando á elecciones para diputados á la Asamblea General.
[sic] Buenos Aires, 24 de octubre de 1812. En: R.O.R.A. I
(1879), pp. 185-187
Documentos del Archivo de Belgrano (1914). Tomo III. Buenos
Aires: Coni Hermanos
El gobierno de Buenos Aires a la Junta del Paraguay. Buenos Aires,
217
Belgrano y el Paraguay.
De la campaña militar a la diplomacia política

31 de octubre de 1811. En: Documentos III (1914), p. 425


Excelentísima Junta de Gobierno de Paraguay al Triunvirato de
Buenos Aires. Asunción, 19 de marzo de 1812. ANA, SH,
217n4
Instrucciones que deberá observar el representante de este
superior gobierno con la Asunción del Paraguay. 1° de agosto
de 1811. En: Documentos III (1914), pp. 390-394
La Junta de Buenos Aires a la Junta del Paraguay. Buenos Aires,
28-VIII.11. A.N.P., vol. 4, nro. 24, f. 185. En: Chaves, J. C.
(1938), pp. 171-172
Manuel Cabañas a Manuel Belgrano. 20 de febrero de 1811. En:
Chaves, J. C. (1938), pp. 252-253
Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. 20 de febrero de 1811. En:
Chaves, J.C. (1938), pp. 253-257
Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. 10 de marzo de 1811. En:
Documentos III (1914), p. 199
Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. Campamento de Tacuarí. 10
de marzo de 1811. En: Documentos III (1914), pp. 200-202
Manuel Belgrano a Manuel Cabañas. Candelaria, 15 de marzo de
1811. En: Documentos III (1914), p. 209
Manuel Belgrano a Manuel Cavañas. Cuartel General de Cande-
laria, 21 de marzo de 1811. En: Documentos III (1914), p. 213
Oficio de la Junta del Paraguay a la de Buenos Aires. Asunción, 27
de diciembre de 1812. En Francia I (2009), pp.186-187
Oficio de la Junta al Cabildo. Asunción, Junio 30 de 1813. En:
Francia I (2009), p. 242
Oficio de la Junta del Paraguay a la de Buenos Aires. Asunción, 27
de diciembre de 1812. En Francia I (2009), pp.186-187
218
Viviana Civitillo y Esteban Chiaradía

Proclama a los Paraguayos. Manuel Belgrano. s/f. En: Cháves


(1938)
Proclama. Dirigida a los nobles paraguayos, paisanos míos. En:
Cháves (1938), pp. 87-88.
Registro Oficial de la República Argentina (R.O.R.A.). (1879)
Tomo I. Buenos Aires: La República
Reglamento de la Comisión de Justicia. Buenos Aires, 20 de abril
de 1812. En. R.O.R.A. (1879), pp. 164-165
Reglamento Provisional sobre los derechos que deben contri-
buir en el comercio libre, los ramos de la estinguida renta de
tabacos. [sic] Buenos Aires, 1° de septiembre de 1812. En:
R.O.R.A. I (1879), pp. 176-177
Reglamento para los pueblos de Misiones. Manuel Belgrano. 30
de diciembre de 1810. En: Documentos III (1914)
Tratado entre la Junta de Gobierno del Paraguay y los represen-
tantes enviados por Buenos Aires. Asunción, 12 de octubre
de 1811. En: Francia I (2009), pp. 146-148

219
220
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

Belgrano en la construcción
de la nación paraguaya
222
Belgrano en la construcción de la nación
paraguaya

IGNACIO TELESCA Y BÁRBARA GÓMEZ

En sus últimos años, el general José María Paz comenzó a re-


dactar sus memorias, que serían publicadas de manera póstuma
al año de su muerte. En ellas recogió, a su vez, la memoria de
Manuel Belgrano sobre su expedición al Paraguay. Si bien es un
testimonio más que importante, quisiéramos detenernos en una
de las notas que añade el general Paz. Analizando las razones por
las cuales los paraguayos no apoyaron la iniciativa de Belgrano,
Paz señala que estos estaban “solo inspirados por sentimientos
provinciales” y que no estaban al tanto de lo que “agitaba a toda
la América”. Para mostrar su postura cita un ejemplo más que
llamativo:
…referiré lo que me pasó con el joven D. Francisco Solano López, hijo
del Presidente actual que vino mandando al ejército paraguayo cuan-
do la alianza con Corrientes. Siempre me han merecido consideración
los primeros campeones de nuestra revolución y poseído de este sen-
timiento le pregunté un día como lo pasaba el general Machain, ese
mismo que era mayor general del S. Belgrano. Está en la América, me
contestó, pero es un traicionero, si traicionero, repitió. Creí que hubiese
sido implicado en alguna conspiración reciente. Como yo expresarse
mi sorpresa me dijo. ¿Pues que ignora Vd. que él vino a pelear con sus
paisanos, cuando vinieron a atacarnos los porteños el año 10? ¡¡Qué
tal!! (Paz, 1855, p. 341, cursivas en el original)

La cita nos sirve para mostrar el imaginario reinante en el


Paraguay decimonónico y que perdura hasta nuestros días.

El año 1811 en los campos de batalla


No es nuestra intención relatar la campaña de Belgrano al Par-
223
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

aguay, aunque sí recordar que medio año más tarde éste llegaría,
junto con Vicente Anastasio de Echeverría, hasta Asunción para
intentar firmar un acuerdo con el Paraguay ya independiente. No
fue muy exitoso el resultado para la Junta porteña, apenas una
unión defensiva y ofensiva, pero era eso lo que más se necesitaba
en esos momentos de tanta incertidumbre.
Cuando se lee el artículo sexto de las “Instrucciones que de-
berá observar el representante de este Superior Gobierno con la
Asunción del Paraguay” se nota que las aspiraciones eran otras:
“[la Provincia del Paraguay] debe quedar sujeta al gobierno de
Buenos Aires… la necesidad de fijar un centro de unidad [Buenos
Aires]… ley superior que obligue al Paraguay a prestarse a una
subordinación…” (Museo Mitre, 1914, pp. 392-392).
Para el Paraguay, por el otro lado, fue un éxito total. No sólo
se venció a la Junta de Buenos Aires en lo militar (en las batallas
de Paraguarí y Tacuarí) sino también en lo diplomático (Tratado
del 12 de octubre de 1811).
En sí, podemos pensar que en estos meses de 1811 se con-
centra la historia de las relaciones entre ambos centros en toda
su densidad (cfr. Chaves 1959). En lo que hace a nuestro objetivo,
contamos con un cúmulo muy importante de documentación que
nos permite, ya desde el mismo momento de los acontecimien-
tos, comprender las luchas por la interpretación del accionar de
Belgrano, su expedición, y por ende de la misma Junta de Buenos
Aires y del primer Triunvirato. Un segundo momento interpre-
tativo, que ya no lo podemos rastrear en sus fuentes sino en sus
primeros lectores, es el que hace a la importancia del accionar
de Belgrano en la consecución de la independencia del Paraguay.

224
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

Las cartas
El intercambio epistolar entre Manuel Belgrano y Manuel Ata-
nasio Cabañas1 no se inició tras la derrota del primero el 9 de marzo
de 1811 sino casi tres semanas antes, cuando el 20 de febrero el
comandante de las tropas paraguayas le reconvino la rendición, y
la negativa de Belgrano de la misma fecha. Este intercambio, que
se interrumpió hasta la batalla del 9, aunque breve ya planteaba y
preanunciaba los nudos que se irían desatando.
La misiva de Cabañas comienza interpelando a Belgrano: si
todos somos católicos y todos reconocemos a Fernando VII,
“¿por qué razón ha traído armas, y se ha hecho nuestro agresor?”
(Instituto, 1998, p. 453). El comandante paraguayo le referenció
las proclamas a “los nobles paraguayos” y a los naturales,
estableciendo así un diálogo discursivo con su contraparte. Si
bien no profundizó en ellas las dio por conocidas y leídas. De
igual manera, como contraponiendo al tono de estos escritos,
le mencionó lo dicho por uno de los capellanes de Belgrano
refiriéndose al ejercito paraguayo: “nosotros [los paraguayos]
somos una corta partida de montaraces” (Instituto, 1998, p. 453).
¿Nobles o montaraces?
La respuesta inmediata –y negativa– de Belgrano a la solicitud
de rendición está formulada en un lenguaje que se corresponde
más a un escrito de periódico que a un campo de batalla.2
Cuatro veces más larga que la recibida, desmenuzó cada una
de las acusaciones diferenciando siempre entre los paraguayos
sometidos, sus hermanos, y los españoles que los dominan y
engañan. Era contra ellos que, afirmó, se dirigía la expedición y
“no para agredir al Paraguay… he venido a auxiliarla” (Instituto,
1 Cavañas o Cabañas. Nativo de Pirayú, en Paraguay, era uno de los terratenientes más ricos
del Paraguay dedicado, además de la ganadería, al tabaco. Poseía tierras también en la zona del
Tebicuary. Su rol como militar y ascendiente sobre sus tropas se puede entender en el contexto
de lo que enfatiza Garavaglia (1986).

2 Belgrano le escribe a la Junta el 23 de febrero de 1811: “mas como mi contestación que se


adjunta bajo el número dos saliese demasiado larga, y se necesitaban tiempo para copiarla…”
(Instituto, 1998, p. 451).
225
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

1998, p. 455). La dificultad para Belgrano era que no se estaba


enfrentando a un ejército español o comandado por españoles,
sino a uno de paraguayos al mando de paraguayos. Sólo le restaba
insistir a los Cabañas y demás comandantes que abrieran sus ojos,
que reconocieran su error, que no era contra ellos la expedición.
De hecho, Belgrano le señaló a la Junta de Buenos Aires, cuando
le comentó sobre estas misivas, su alegría de que este tipo de
intercambios le permitieran “decirles algo [a los paraguayos];
pues conozco que están a oscuras del origen de nuestra sagrada
causa y sus progresos” (Instituto, 1998, p. 451).
Tras la derrota en Tacuarí, Belgrano envió como parlamentario
al intendente del ejército don José Alberto Cálcena y Echeverría
…a decir al general, que yo no había venido a conquistar el Paraguay,
sino a auxiliarlo, como antes le había manifestado; que me era dolorosa
la efusión de sangre entre hermanos, parientes y paisanos, que cesasen
las hostilidades y repasaría el Paraná con mi ejército. (Museo Mitre,
1914, p. 188)

Cabañas aceptó la proposición de Belgrano pero no sin ironía


le respondió: “…el que respecto a que había sólo venido no a
hostilizar la provincia del Paraguay, sino a auxiliarla, de lo que ha
resultado varias hostilidades…” (Museo Mitre, 1914, 198).
Belgrano también se percató del tono de Cabañas y, tras
agradecerle la concesión, le espetó: “para que la provincia se
persuada de que mi objeto no ha sido conquistarla, sino facilitarle
medios para sus adelantamientos, felicidad, y comunicación con
la capital, sírvase decírmelo, y le haré mis proposiciones.” (Museo
Mitre, 1914, p. 199)
La correspondencia siguiente se hizo fluida y Belgrano fue
escribiendo desde los distintos campamentos en que se fue
asentando: Tacuarí, Itapúa y Candelaria, desde ese mismo 9 de
marzo hasta el 21. Al principio el tono era áspero y de mutuas
acusaciones, pero se fue limando y concluyó con un “Señor don
Manuel Cabañas. Mi muy estimado amigo” (Museo Mitre, 1914,
p. 212).
226
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

Cabañas insistió en cuestionar el ‘auxilio’ de Belgrano “que


jamás [Paraguay] ha pedido” (Museo Mitre, 1914, p. 202) a lo
que éste le responde, quizá por primera vez de manera explícita,
que “tampoco consentirá la patria que haya hijos rebeldes que
quieran desviarse de ella” (Museo Mitre, 1914, p. 204). Buenos
Aires se asumió como representante de la patria, veladora de ella,
y al frente de sus hijos, el resto de las provincias del ex Virreinato
del Río de la Plata.
Éste fue el tema central en la Misión de Belgrano y Echeverría,
cinco meses más tarde en Asunción. Pero es importante sumar,
antes de continuar, otro documento que muy pocas veces se
tiene en cuenta y no aparece en las diferentes recopilaciones
belgranianas: la conferencia que tuvo el capellán del ejército
paraguayo José Agustín Molas con el mismo Belgrano en Tacuarí
el 10 de marzo. Fue publicada en forma de folleto en Montevideo
en 1811, y una copia se encuentra en línea en la John Carter
Brown Library (Molas, 1811). El historiador paraguayo Efraim
Cardozo lo sacó a luz y transcribió el documento, analizándolo y
dando fe de su veracidad (Cardozo, 1957).
El tenor de esta conferencia, mantenida, de acuerdo con las
referencias de ésta, previo al envío de las propuestas de Belgrano
a Cabañas, es similar al de las misivas intercambiada por ambos
jefes de los ejércitos. Se dio en forma de diálogo, transcripto
luego por Molas. El capellán le cuestionó que subestimara a
los paraguayos pensando que estaban siendo alucinados por
los españoles: “Quatro europeos que hay en la Provincia no se
persuada V.E. que sean capaces de violentarnos” (Molas, 1811,
p. 2).3 Pero la parte más sustancial, y metiéndonos de lleno en
nuestro próximo ítem, se da al final del diálogo, que transcribimos
por no ser este muy conocido.
BELGRANO: ¿Cómo haremos, que esta Provincia quede unida
a la Capital, y olvidar los resentimientos que hasta aquí hemos

3 Belgrano le expresará a la Junta el 14 de marzo: “V. E. no puede formar una idea bastante
del estado de ceguedad en que se halla la provincia, y cuál es la ignorancia de los primeros
hombres de ella que arrastran la multitud” (Museo Mitre, 1914, p. 191)
227
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

experimentado tan infelizmente?


CAPELLÁN: Esta Provincia propuso a la Capital una correspondencia
fraternal, y armoniosa cuando la resolución del 24 de Julio; suspendiendo
si todo reconocimiento de superioridad hasta la aprobación de la
Regencia legítimamente establecida, reconocida, y obedecida por las
Potencias Aliadas, y hasta en este mismo Continente, y la Junta de
Buenos-Ayres, desentendiéndose de los motivos, y razones de aquella,
respondió con amenazas.

BELGRANO: La Exma. Junta no amenazó a la Provincia sino a los Jefes:


¿pero por qué no quieren obedecer a la Junta cuando ella es Capital?

CAPELLÁN: Porque el Pueblo de Buenos-Ayres no tiene autoridad


por Capital de subyugar a las demás Provincias, sino únicamente
representar sus derechos peculiares, como cada Provincia los tiene, y la
autoridad del Virrey, que se tomó el Pueblo, no debe extenderse a las
demás Provincias, porque ya cesaba esta.

BELGRANO: Un Americano de las luces de VM. no debe proferir tales


expresiones; pues entonces quedaría el Cuerpo Político acéfalo.

CAPELLÁN: Del mismo modo quedaría Buenos-Ayres respecto de la


Regencia.

BELGRANO: La Regencia ya no existe.

CAPELLÁN: Después veremos (Molas, 1811, pp. 6-8).

El centro no estaba puesto en la controversia auxilio/conquista


de la conquista sino en la misma razón de ésta. Esto se debatiría y
se definiría una vez que el Paraguay se independizara de España y
de la misma Junta porteña.

La misión Belgrano-Echevarría
El 19 de abril la Junta le escribió a Belgrano solicitándole que se
apersonase en la capital porque a pedido del pueblo se juzgaría su
procedimiento y conducta militar. Los estudios muestran que se
debió más a conflictos internos al interior de la Junta (Polastrelli,
2019). Sin embargo, antes de que el proceso concluyera ya
estaba siendo destinado junto con Echevarría, nuevamente al
Paraguay y con una misión diplomática. Las instrucciones eran
del 1° de agosto de 1811. Ante esta misión, Belgrano le solicitó
228
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

al día siguiente a la Junta que se declarase su inocencia y se le


repusiera del grado de brigadier, de otra manera “con justa razón
debo temer que la provincia del Paraguay me mire como a una
persona sospechosa, o cuanto menos, que no supo cumplir
con sus obligaciones” (Carranza, 1896, p. 66). El 9 de agosto se
sentenció a favor de Belgrano y quedó así libre para dirigirse una
vez más al Paraguay.
La provincia del Paraguay había realizado su propia revolución
entre el 14 y 15 de mayo de 1811 y para mediados de junio se había
convocado a un Congreso General que, además de establecer
la forma de gobierno, tenía que “fijar nuestras relaciones con la
ciudad de Buenos Aires y demás provincias adheridas” (Francia,
2009, p. 84). Ya en el discurso inaugural, que se le suele atribuir al
Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, se señalaba, sin mencionarlo
puntualmente, la última expedición de Belgrano: “Ha llegado
este exceso al extremo de querer reagravar nuestras cadenas,
intentando disponer de nuestra libertad” (Francia, 2009, p. 82).
Lo que finalmente se resolvió (Francia, 2009, p. 86) es que
no sólo se tenga amistad, buena armonía y correspondencia con la
ciudad de Buenos Aires y demás provincias confederadas, sino que
también se una con ellas para el efecto de formar una sociedad fundada
en principios de justicia y equidad y de igualdad.

Esto implicaba que, hasta que se formase el Congreso General,


cada provincia se gobernaría por sí misma, sin que la de Buenos
Aires pudiera ejercer jurisdicción sobre ella.
El 20 de julio se le comunicó a la Junta porteña de los sucesos,
a la espera de su aprobación. Esta nota comenzaba haciendo
referencia a la expedición de Belgrano: “Cuando esta provincia
opuso sus fuerzas a las que vinieron dirigidas de esa ciudad no
tuvo, ni podía tener otro objeto que su natural defensa” y tras
relatar los sucesos de la revolución y del Congreso General le
advirtió: “pero se engañaría cualquiera que llegase a imaginar
que su intención había sido entregarse al arbitrio ajeno y hacer
dependiente su suerte de otra voluntad (Francia, 2009, pp. 120-
121).
229
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

Las instrucciones que la Junta les da a los comisionados eran


previas a la recepción de la nota del 20 de julio y la consigna era
lograr la sujeción de aquella. Los dos primeros ítems, sin embargo,
estaban destinados a que los enviados lograsen apaciguar los
resentimientos (Museo Mitre, 1914, pp. 390-394).
Mientras tanto, la Junta paraguaya no les permitió a Belgrano
y Echevarría llegar hasta Asunción en tanto su par porteña no
enviara su nota de aceptación de lo actuado por los paraguayos,
“entre tanto la Excelentísima Junta por sí misma no reconozca
expresa y formalmente nuestra independencia de ella en los
términos propuestos y acodados por nuestra provincia” le
expresaban desde Asunción el 9 de septiembre (Francia, 2009,
p. 134).
Entretanto, la Junta porteña había publicado en la Gazeta de
Buenos Aires del 5 de septiembre la nota enviada por la Junta de
Asunción aceptando lo resuelto por ésta.
El Bando del 14 de septiembre de la Junta del Paraguay era
un canto de victoria frente a su par porteña, que luego fue
refrendado en el Tratado del 12 de octubre. En dicho Bando,
destinado a la población en general y más allá de las fronteras, se
expresaba el reconocimiento de la Junta de Buenos Aires sobre
sus expediciones militares “dirigidas únicamente a hacer conocer
a los pueblos sus más preciosos derechos…” y “que nada ha
distado tanto de las intenciones de aquella ciudad y de su Junta
provisional como la ambición de dominar a los demás pueblos”
(Francia, 2009, p. 136). Dirigiéndose directamente a sus lectores/
escuchas la Junta exultaba: “Ciudadanos del Paraguay, sois todos
libres… ya habéis visto que el pueblo de Buenos Aires de ningún
modo pretende subyugar o dominar al de Paraguay” (Francia,
2009, pp. 137-138).
A fines de septiembre, los comisionados remontaban el
río desde Corrientes hacia Asunción, mientras que en Buenos
Aires se instalaba el primer Triunvirato. Las posiciones de
este último gobierno se volvieron más intransigentes con las
230
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

resoluciones paraguayas, expresadas en las comunicaciones con


los comisionados. Sin embargo, estas últimas no llegaron sino
después de haberse firmado el Tratado del 12 de octubre de
1811, donde se consensuaron cuestiones de índoles tributarias,
limítrofes y de ayuda mutua.
Los sucesos en ambas Provincias posteriores a esa fecha
generaron el mutuo desencuentro y el no reconocimiento oficial
de la independencia del Paraguay por parte de Buenos Aires sino
hasta 1852 (Telesca, 2016).

La construcción de los relatos


Francisco Solano López era un veinteañero en el momento
de la anécdota narrada por el Gral. Paz con la que introducíamos
este capítulo. Paraguay acababa de iniciar un nuevo proceso
político en 1844 con el gobierno de su padre, el presidente
Carlos Antonio López. El joven López se había formado por
un lado en el contexto familiar (el Dr. Francia había fallecido en
1840) y luego en la Academia Literaria. Si bien no se vivía en el
aislamiento de los tiempos del Dr. Francia, aún Buenos Aires no
reconocía la independencia del Paraguay con las consecuencias
que esto implicaba.
Esta realidad motivó a Carlos Antonio López a publicar, en
1845, El Paraguayo Independiente (EPI), primer periódico del
Paraguay. Su finalidad era precisamente dar a conocer los hechos
que habían tenido lugar desde 1810 y mostrar la documentación
respectiva. Se convertiría así en la primera versión oficial de la
historia de la independencia del Paraguay.
El “hecho Belgrano” no podía estar al margen del relato, pero
se lo despachó en un párrafo:
El 27 de julio [de 1810] el gobierno paraguayo comunicó a la Junta
argentina las decisiones que acabamos de extractar. A vista de tales
circunstancias y separación, que desde entonces se ha verificado,
231
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

tentó dicha Junta por su propia seguridad y deseo de que la revolución


prevaleciese en todas las provincias, una expedición bajo el mando de
uno de sus miembros, el general don Manuel Belgrano, confiando en que
la presencia de la fuerza bastaría para mudar los negocios. La expedición
pasó por el Paraná en Itapúa (Villa de la Encarnación) en diciembre de
1810 y se le dejó llegar hasta el lugar denominado Paraguarí. Allí fue
batida en enero de 1811, y huyendo apresuradamente fue segunda vez
batida en Tacuarí territorio de Misiones: capituló y se retiró. (EPI, n° 1,
26/4/45).

Fue más elocuente con lo firmado el 12 de octubre, que se


transcribió y comentó ampliamente, pero Belgrano apenas si
es mencionado como enviado de la Junta. Ciertamente no eran
ni Belgrano ni la Junta ni el Triunvirato los temas centrales del
periódico, sino el gobierno de Juan Manuel de Rosas y su no
reconocimiento de la independencia paraguaya.
Sin embargo, el número 81, del 7 de octubre de 1848, sí se
extendió sobre la figura de Belgrano. El contexto era el Decreto
de la Supresión de Pueblos de Indios que se expidió ese mismo
7 de octubre. Mediante dicho decreto, los veintiún pueblos de
indios que aún existían desde tiempos coloniales desaparecían
como tales y los indígenas pasarían a ser ciudadanos de la
República. Es aquí que trajo a colación la Proclama de Belgrano a
los Naturales de los Pueblos de Misiones.
La imagen presentada no era neutra como en el primer
número, sino que Belgrano había puesto en juego con los indígenas
“las armas favoritas de los porteños, la intriga y la seducción…
promovió la insubordinación, la anarquía y el alzamiento de los
indios con un calor que explicaba muy bien el plan funesto de
aquel impávido agresor… un Agente de la anarquía que venía a
quitarles el sosiego, la seguridad y el pan” (EPI, n° 81, 7/10/1848).
El texto citado debe entenderse en el contexto del incremento
de las hostilidades entre ambos gobiernos. De hecho, en el
mismo artículo se hace el paralelismo entre las razones expuestas
por la Junta porteña en 1810 y las manifestadas por Rosas en
1848: la primera afirmaba que los paraguayos querían someterse
a Buenos Aires pero que Velazco no quería; mientras que el
232
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

segundo sostenía “que la Provincia entera del Paraguay clama por


la Confederación, y que sólo el Presidente López, engañado por
los extranjeros, pugna con el sentimiento de los paraguayos y los
tiene armados innecesariamente” (EPI, n° 81, 7/10/1848). Este
argumento lo volveremos a ver durante la Guerra contra la Triple
Alianza.
Mientras tanto, en el Río de la Plata se iba desarrollando
otro relato historiográfico que iría a tener una vigencia singular.
Primeramente, por Pedro Somellera (1774-1854). Doctor en
derecho civil por la Universidad de Córdoba (donde también había
estudiado el Dr. Francia) había sido nombrado Teniente Letrado y
Asesor en la Provincia del Paraguay en 1807, cargo que mantuvo
hasta mayo de 1811, cuando fue cesado en sus funciones por el
nuevo gobierno, quien al mes siguiente lo puso preso acusado
de porteñista. De regreso a Buenos Aires a fines de dicho año
cumplió diversas funciones como legislador, constituyente y
jurisconsulto. Somellera había sido un testigo privilegiado de los
hechos y su testimonio era de vital importancia.
Estaba en la Asunción, cuando sucedió en Buenos Aires, la gloriosa
revolución de 25 de mayo de 1810; a pesar de ser empleado por el Rey,
me adhería a ella; obrando en su consonancia, dirigí la que allí se hizo,
para quitar a los españoles el mando de la provincia, como se verificó
el año siguiente, y cuyos pormenores se refieren en el Apéndice de la
Historia del Paraguay, escrita por los señores Rengger y Longchamp, y
publicado en Montevideo en 1846” (Somellera, 1932, p. 211).

Ciertamente fue Florencio Varela, director en su exilio de


Montevideo de El Comercio del Plata, quien le solicitó que pusiera
por escrito sus comentarios a la obra de Johann Rengger y Marcel
Longchamp Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay que
la editorial de Varela publicaría nuevamente (la edición original
era de 1827, publicada en francés en París, y al año siguiente
apareció una edición castellana, publicada también en París).
Ambos eran médicos suizos y pasaron a Paraguay en 1819 donde
permanecieron, la mayor parte del tiempo de manera forzada,
hasta 1826. Al año siguiente escribieron su obra.

233
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

Somellera redactó un largo escrito donde anotó correcciones


y comentarios sobre lo expresado por los naturalistas suizos y
cuando llegó al rol que les cupo a las ideas de Belgrano en la
revolución de independencia, afirmó:
“Muchas causas, dice el Dr. Rengger, que se combinaron para
determinar a los paraguayos a la revolución, a términos que en 1811
determinaron hacer causa común contra el gobierno español. No quiero
hablar de este montón de causas que enumera. La única verdadera
e inmediata causa, que influyó, fue la inoculación que recibieron en
Tacuarí, dos meses antes que se sintiera su efecto. Puede decirse, y se
dirá con verdad, que el General Belgrano en Tacuarí en marzo de 1811
preparó la revolución, que estalló en la capital en mayo del mismo año”
(Somellera, 1846, p. 211).

Ni Rengger ni Longchamp habían estado en el Río de la


Plata durante esos años, pero su interpretación del hecho era
multicausal. Por el contrario, Somellera sí había estado presente
pero su relato era treinta años posterior a los acontecimientos
(el texto está firmado en Montevideo, 14/9/1841) y su clave de
lectura seguía a la que manifestaba la Junta porteña de aquellos
años: la independencia se debía a la expedición auxiliadora.
El mismo Belgrano lo dejaba claro en su comunicación a la
Junta del 25 de marzo de 1811. Al mismo tiempo que mantenía
correspondencias cordiales con su “estimado amigo”, Cabañas le
informaba a sus colegas en Bueno Aires que:
Creo que al fin el resultado será favorable a la causa; pero ha de
pasar algún tiempo para que germine la semilla que hemos procurado
desparramar: porque tales paraguayos me parece que no han nacido ni
para vasallos de rey, sino para esclavos de un déspota (Instituto, 1998,
p. 535).

Estas ideas de Somellera fueron recogidas por Bartolomé


Mitre en su Historia de Belgrano: “Por esto dice con mucha verdad
uno de los autores principales de la revolución del Paraguay, que
´la única verdadera e inmediata causa que influyó en ella, fue la
inoculación que los paraguayos recibieron en Tacuary’” (Mitre,
1859, p. 342). En esta edición no mencionaba al autor, pero sí lo
hizo en las siguientes.
234
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

Mucho se ha escrito sobre esta obra como iniciadora de una


corriente historiográfica, nacional genealógica y en lo canónica
que se convirtió (Halperin Donghi, 1996; Palti, 2000) por lo que
no sorprenderá que este relato tenga vigencia hasta nuestros días.
Finalmente, para culminar esta sección de los relatos es
preciso recuperar una obra no muy tenida en cuenta, pero de
vital importancia. Nos referimos a la Descripción histórica de la
Antigua Provincia del Paraguay de Mariano Antonio Molas.
Molas (1787-1844) fue quien propuso el voto en el Congreso
General de 1811 y permaneció fiel al gobierno hasta que fue
puesto en prisión en 1828 por problemas presuntamente
jurídicos. Permaneció allí hasta la muerte del Dr. Francia en 1840
y cuatro años más tarde falleció en Asunción. Quien sacó a luz a
este texto fue Ángel Carranza, quien lo recibió de Luciano Recalde
y lo ofreció a la Revista de Buenos Aires para su publicación, lo que
aconteció en los volúmenes XII y XIII de 1867. Al año siguiente
se publicó en forma de libro con las notas y anexos a cargo de
Carranza. La autoría se pone en duda, así como que haya sido
escrito durante su tiempo en la cárcel, en el caso de ser Molas
su autor. Ciertamente era alguien que conocía los hechos desde
dentro, por lo que si no fue Molas, fue una persona del círculo de
los primeros revolucionarios.
Para Molas, Belgrano y la Junta no tenían otra misión que la de
apoderarse del mando de la Provincia y gobernarla de acuerdo
con el arbitrio de la Junta (Molas, 1868, pp. 117). Es importante
señalar que Molas sí mencionó el diálogo entre el capellán Agustín
Molas y Belgrano, además de los otros intercambios epistolares
con Cabañas, a quien no deja muy bien parado. Por otro lado,
recuperó la figura del Dr. Francia como uno de los hacedores de
la independencia a lo que Carranza añadió una nota recuperando
lo dicho por Somellera. El texto de Molas no fue tenido muy en
cuenta en la historiografía argentina pero sí en la paraguaya, como
veremos luego.

235
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

Mitre, Belgrano y la Guerra contra la Triple Alianza


Bartolomé Mitre era el presidente de Argentina que se alió con
Brasil y Uruguay para enfrentar al Paraguay en lo que es conocido
como Guerra contra/de la Triple Alianza, que se inició en 1864 y
finalizó el 1 de marzo de 1870 con la muerte del presidente del
Paraguay Enrique Solano López. No sólo fue Mitre el presidente,
sino que también condujo las fuerzas aliadas durante los primeros
años de la contienda.
Este hecho fue aprovechado por la prensa oficial del Paraguay
para hacer el paralelo entre la expedición de Belgrano y la de
Mitre, como antes lo había hecho entre Belgrano y Rosas.
Una vez reconocida la independencia del Paraguay por
la Confederación Argentina en julio de 1852, El Paraguayo
Independiente dejó de existir, tras haber cumplido su misión, y
fue reemplazado por el Semanario de avisos y conocimientos útiles
(Semanario) que comenzó a publicarse el 21 de mayo de 1853.
Previamente a la guerra el nombre de Manuel Belgrano
apenas si era mencionado, sólo en referencias a los actos de
independencia como el 9 de febrero de 1861 o el 18 de mayo
del mismo año. Sin embargo, una vez iniciada la contienda las
menciones se multiplicaron.
El 1° de abril, el Semanario llamó a leer la Historia de Belgrano
para descubrir cómo Buenos Aires podíe ser llamado el “taller de
la perversidad y de la traición”. Los ataques iban dirigidos tanto
hacia Belgrano (acusado de monárquico el 7 de octubre de 1865)
como hacia Mitre (panegirista de las hazañas de Belgrano, 13
de mayo de 1865). En el aniversario de la victoria paraguaya en
Tacuarí, el Semanario del 10 de marzo de 1866 dedicó tres páginas
a debatir la narración mitrista sobre el combate y el accionar de
Belgrano: “pero lo que de verdad hay es que no pueden con
justicia, ni asomo verosimilitud dar al General Belgrano el título
de autor de la revolución paraguaya, en el sentido de sacudir el
yugo de la dominación española” (Semanario, 10/3/1866, p. 3).
236
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

El 11 de noviembre de 1865 se sentó el fundamento que luego


se repetiría constantemente a lo largo de las páginas del periódico:
el paralelismo entre la guerra de 1811 y la de 1865.
Belgrano, el héroe del Presidente Mitre, su admirador y émulo, es
encargado de caer sobre nuestro país para traernos la esclavitud con la
punta de su espada en nombre del Rey… Mucha paridad presenta las
pretensiones de los que hoy nos hacen la guerra a los de 1811. Su plan
hoy es más vasto, pero las mismas ideas los mueven; antes venían a
conquistarnos en nombre del Rey, hoy vienen a hacerlo en nombre de la
libertad. ¡Sarcasmo cruel! Las palabras se han cambiado con las épocas,
pero las intenciones son la mismas; el éxito no puede variar tampoco
(Semanario, 11/11/1865, p. 1)

Pueden desengañarse los enemigos de que en el Paraguay no hallará


eco su necia y farsaica propaganda de que no vienen contra el Paraguay
sino contra el Presidente López; lo mismo decían cuando el General
Belgrano invadió el Paraguay en 1811, ocasión en que decían igualmente
que la guerra era solamente al Gobernador Velasco y no al Paraguay
(Semanario, 3/2/1866, p. 2)

El Paraguay salió de la guerra destruido, y habría que esperar


hasta fines de siglo para que se regresara a la temática, pero ya en
otro contexto.

Belgrano y la independencia en el Paraguay de posguerra


Luego de la guerra contra la Triple Alianza (1864-1870), los
relatos nacionales que pretendían dar explicación y sentido a
los sucesos acaecidos comenzaron a hacer nuevas preguntas al
pasado, especialmente a hitos fundantes de la nación como la
independencia. La participación del general Belgrano en el proceso
dejó de ser una preocupación y adquirió preponderancia dirimir,
explicar y/o excluir el papel del dictador supremo el Dr. José
Gaspar Rodríguez de Francia, a la luz de cómo era interpretada
su dictadura perpetua entre 1814 y 1840. La historiadora Ana
Barreto afirma que “alguien considerado déspota [Francia] no
podía ser el padre de la patria de una nación que se imaginaba a
la par del concierto de las naciones civilizadas. (Barreto Valinotti,
2011, p. 128)
237
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

Los grandes interrogantes a partir de los cuales se pensaba la


independencia serían entonces quiénes fueron los protagonistas
de la gesta y qué valores los motivaban.
Las ideas que motivaron a los próceres de la patria no podían
haber venido de las naciones aliadas que habían destruido al
Paraguay en la Guerra, por esta razón la inoculación de las ideas
de Belgrano debería ser desacreditadas sólidamente. La raíz de
este argumento, como vimos, estaba en las memorias de Pedro
Somellera y en todos los autores que usaron dichas memorias
como fuentes.
La primera versión de la historia nacional fue realizada por
Prospero Pereyra Gamba y Leopoldo Gómez de Terán, quienes
escribieron en 1878 el Compendio de Historia y Geografía del
Paraguay para cubrir “la falta absoluta” de un libro que permitiera
la enseñanza de estos contenidos en instituciones educativas. El
texto se convirtió en el libro oficial de enseñanza en el Colegio
Nacional y en todas las escuelas del país: “para 1890 el texto iba
por su duodécima edición, a razón –en promedio– de una edición
por año con una tirada total no menor a de diez mil copias”
(Telesca, 2013, p. 124).
El relato histórico expresado estaba ampliamente difundido
y en ocasiones fue incluso el texto oficial utilizado para eventos
como la Exposición Colombiana en Chicago realizada en
1893. Hubo que esperar hasta 1897 para que apareciera otro
“Compendio” que intente competir con el de “Terán y Gamba”
en los espacios áulicos.
Específicamente sobre la Independencia, que tenía un capítulo
propio, expresaban
…los mismos móviles que obraron sobre todas las colonias americanas
de España para emanciparse de su madre patria determinaron al
Paraguay a erigirse en nación soberana, sustrayéndose de su antigua
dependencia y asumiendo su propio señorío. (Terán y Gamba, 1878,
p. 106)

238
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

Sobre el tema que nos convoca, el papel del Belgrano en el


proceso, le daban mínima relevancia, no sin antes señalar los
engaños realizados por el general argentino para obtener más
personas en sus ejércitos
…salió esta expedición en setiembre de 1810, y en noviembre se
apoderó sin resistencia del pueblo de Candelaria, donde Belgrano expidió
una proclama, llamando a las armas a los indígenas de las misiones,
y un decreto declarándolos ciudadanos y aptos para ejercer todos los
derechos políticos y civiles, entre ellos el de nombrar sus diputados.
Los naturales de aquella provincia contentos y agradecidos por esta
declaratoria y por otras medidas que dictó, como si fuera el verdadero
mandatario, se prestaron dóciles a seguirle y le suministraron el pie
de fuerza para aventurar sus operaciones militares. (Terán y Gamba,
1878, p. 106).

Los autores señalaron que, pese a este “apoyo” producto


del engaño de Belgrano, los hombres combatientes para la
Junta de Buenos Aires fueron insuficientes delante de las milicias
paraguayas.
Sobre el famoso encuentro entre Belgrano y Cavañas donde
se afirmaba que el primero había “inoculado” al segundo las ideas
libertarias, los autores directamente no se refirieron al hecho
y el obligado encuentro por la capitulación quedó narrado así:
“Belgrano, vencido en esta batalla, capituló con Cabañas y se
retiró a Candelaria.” (Terán y Gamba, 1878, p. 111).
Sobre Pedro Somellera, quien fuera una fuente fundamental
de los relatos de la gesta independentista, aclaraban que cuando
Velazco depuso las armas y aceptó la independencia el 15 de
mayo despidió “al asesor Somellera que pretendía aprovechar la
revolución en beneficio del partido porteñista” (ídem).
De modo general, la independencia paraguaya era concebida y
explicada como parte de un movimiento mayor que compartían
las diversas colonias españolas y que se expresaba en el “espíritu
de la revolución” que fue ejecutado/realizado/ concretado por
Fulgencio Yegros y Pedro Juan Caballero.
Desde la década de 1880, cuando asumió la presidencia de la
239
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

república el general Bernardino Caballero, hubo mayor tolerancia


hacia festejos y conmemoraciones sobre hechos de la guerra
que fortalecían el sentimiento nacional. Es en este marco, que
la historiadora Ana Barreto explica que se intentó perpetuar en
el mármol la imagen de los héroes de la nación, y que estos no
fueron buscados en la guerra sino en la Independencia. Durante
la presidencia del general Patricio Escobar, en mayo de 1887, se
conformó una comisión en el Congreso que debía elegir y edificar
un monumento a los próceres de la patria. “El recuerdo debía
remontarse a un pasado que no divida política y moralmente.
(…) Un hecho de gloria común que mantenga en las (…) filas
de la comisión encargada del monumento a senadores de
diferentes grupos políticos.” (Barreto Valinotti, 2011, p. 123).
La comisión designó entonces a Fulgencio Yegros, Pedro Juan
Caballero y Vicente Ignacio Iturbe como padres de la patria, pero
el monumento nunca se realizó.
La respuesta al interrogante sobre cuáles eran los valores que
debería poseer un héroe nacional habían sido expresados en di-
versos artículos y discusiones incluso antes de 1887, cuando se
discutía desde el gobierno quien formaría parte del panteón de
héroes nacionales. Como afirma Barreto, para 1894 los héroes y
los villanos del hito fundante de la nación y la patria ya habían sido
escogidos, pero no todos estaban de acuerdo.
Para septiembre de 1893, “la cuestión de seguir huérfanos
en el sentido de la patria” salió nuevamente a la luz. La primera
dama, Rosa Peña, esposa del presidente Juan G. González, formó
una Comisión de Damas para la construcción del ansiado mon-
umento a los héroes de la nación, lo que reencendió las discu-
siones públicas en torno a los próceres de la nación. Finalmente,
los nombres que se estamparon en el bronce fueron “Fulgen-
cio Yegros, Pedro Juan Caballero y Manuel Atanasio Cavañas”.
(Barreto Valinotti, 2011, pp. 124-125). El acto, que fue estudiado
con minuciosidad por los historiadores Herib Caballero Campos
(2016), provocó un intenso debate entre los intelectuales del
periodo.

240
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

En honor a los próceres se produjeron dos documentos fun-


damentales, que fueron publicados y repartidos a las distintas
reparticiones públicas, instituciones educativas y periódicos del
país. El texto principal fue realizado por José Segundo Decoud,
hombre fuerte del partido político en el gobierno: Recuerdos
Históricos. Homenaje a los próceres de la independencia paraguaya.
El segundo era un folleto con artículos, poemas, cartas y diversos
homenajes realizados por treinta y cinco personalidades, titulado
La Independencia. Publicación hecha en honor de los próceres de la
patria. De este material destacamos dos de los artículos más lar-
gos, realizados por Manuel Domínguez y por el Dr. Alejandro Au-
dibert, ambos referentes intelectuales de reconocida trayectoria.
Los textos de los tres autores responden interrogantes que
desde sus presentes le hacían a la independencia: quiénes fueron
los protagonistas de la gesta, qué papel le cupo al Dr. Gaspar
Rodríguez de Francia en el proceso y de dónde provenían las
ideas libertarias e independentistas que la permitiero. Este
último interrogante necesariamente hablaba sobre Belgrano y la
“inoculación de las ideas libertarias”.
Los textos del acto oficial provocaron “un saludable movimiento
en la parte intelectual de la nuestra sociedad, despertando el
espíritu de la crítica histórica, que tanto se hacía esperar, para
que se hiciese luz sobre ese punto [la independencia] que aún
permanece oscuro no obstante su importancia” (Gondra,
1894, p. 69). Tal es así que el joven Manuel Gondra criticó las
incongruencias y errores históricos, cometidos sobre todo
por Decoud. Posteriormente, en 1897, Blas Garay escribió
La revolución de la Independencia del Paraguay, donde también
corrigió algunos puntos de los autores mencionados.
Decoud fue el único que tiene una visión muy tolerante
y comprensiva sobre el accionar de la Junta de Buenos “entre
las medidas acordadas por la Junta de Buenos Aires, fue una de
las principales el envío de un ejército al interior con el objeto
de facilitar el pronunciamiento de los pueblos en favor de la
revolución”. (Decoud, 1894, p. 310). El texto es impreciso
241
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

sobre la procedencia de las ideas libertarias, que por un lado


existían desde mucho antes en el pueblo paraguayo, pero que
posteriormente serán “sembradas” por Belgrano
…con los triunfos obtenidos en estas dos batallas, el país quedaba
enteramente librado a su propia suerte y empezó a preocuparse de
su separación de la madre patria. El pueblo vislumbro la aurora de la
su emancipación y pensó que debía constituir una nación soberna y
libre, aspiración noble y legítima a que tenía justísimo derecho como
miembro de la gran familia humana. (Decoud, 1894, p. 310)

Posteriormente sostuvo que


Belgrano al retirarse del país con los restos de su ejército, había
sembrado la semilla de la revolución en el corazón de los patriotas, y
como el sentimiento de emancipación, instintivo en todos los pueblos,
existía ya latente desde los primeros tiempos del coloniaje como lo
prueba el pronunciamiento de los comuneros en 1724, y había venido
elaborándose aún después de haber sido sofocado este movimiento
popular basto la chispa para que se produjera el incendio general.
(Decoud, 1894, p. 310)

La independencia paraguaya fue concebida por Decoud como


un híbrido entre un sentimiento revolucionario independentista
y soberano presente desde el siglo XVIII y la semilla “sembrada”
por Belgrano.
Manuel Gondra, al criticarlo, explicaba que “puede darse
por indiscutible que el espíritu revolucionario fermentaba ya en
el Paraguay, antes de la invasión de Belgrano. Este no sembró
aquí la semilla de la independencia aun cuando no se pueda negar
que imbuyó en las ideas revolucionarias a la clase militar del país,
cuyos jefes principales eran eminentemente realistas” (Gondra,
1894, p. 77).
La preocupación principal del artículo de Manuel Domínguez
“Fin de los autores de nuestra independencia – Francia” consistió
en demostrar cómo el dictador perpetuo acabó con la vida de los
protagonistas de la gesta y desacreditar completamente el papel
del Belgrano. Sobre Yegros afirmaba que “fue uno de los primeros
en entusiasmarse por la idea de la independencia, cuando se

242
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

hallaba en Itapúa, a las insinuaciones de Belgrano. Personalmente


no pudo contribuir a la toma de los cuarteles porque se hallaba
a 80 leguas de la capital y urgía a los revolucionarios adelantarse”
(Domínguez, 1894, p. 7). Primero neutralizó la influencia
belgraniana. Luego afirmó explícitamente que “además viniera o
no Belgrano al Paraguay, hubiéramos conquistado nuestra libertad
sin peligro de perderla” (Domínguez, 1894, p. 9). Esto se debe
a que la independencia paraguaya se sostiene sobre otras bases
Todos los elementos propios para constituir una nacionalidad, contenía
el Paraguay á principios de siglo XIX. Nuestras costumbres, las semillas
de la libertad que esparcieron los comuneros, la lengua predominante,
tal vez la influencia jesuítica determinando un modo especial (por
cierto bien triste), la sangre guaraní con la índole propia de la raza,
transfundida en las venas españolas aquí más que en cualquier otras
parte, hasta nuestro clima y nuestra riente naturaleza, imprimieron
al Paraguay un sello original que le distinguía profundamente de las
antiguas provincias del Río de la Plata y que debía contribuir a asegurar
su autonomía. (Domínguez, 1894, p 11)

Este argumento de una nacionalidad preexistente a la


independencia inhibe completamente el papel de Belgrano en
este proceso. No obstante, Domínguez utilizó otro argumento
más para desacreditar completamente el papel del general en la
independencia paraguaya
Los autores argentinos en su generalidad atribuyen a Belgrano la gloria
de haber inculcado la primera noción de nuestra independencia a los
cabecillas paraguayos que la conquistaron. Así el Paraguay aparece
como que debe su emancipación a la República Argentina. Pero otro
historiador argentino, más imparcial ciertamente, se encarga de
rectificar tal error que relega a la categoría de una leyenda. (Domínguez,
1894, p. 10)

Se refería Vicente Fidel López, quien afirmaba en la primera


edición, de 1883, de su obra Historia de la República Argentina su
origen, su revolución y su desarrollo político, específicamente en el
tomo III, en el capítulo IX “La expedición al Paraguay”, que
«Las condiciones naturales del país, dice, tenían preparado ese
resultado, (la obra de nuestra independencia) como una consciencia
forzosa del tiempo, de la oportunidad, y de los hombres mismos que
contribuyeron a él. Abandonando a su propio declive, el Paraguay se
243
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

habría de declarar independiente de todos en 1811, sin la expedición y


sin las negociaciones de Belgrano». (Domínguez, 1894, 10)

Luego aclaró Domínguez que las relaciones del caudillo


argentino con Cabañas, los Yegros y otros pudieron tal vez
precipitar un acontecimiento que por la fuerza natural de los
hechos debía de suceder, pero de ningún modo fue su causa
generadora”. (Domínguez, 1894, 10)
En marzo de 1897, Blas Garay, joven abogado e historiador,
publicó el libro La revolución de la Independencia del Paraguay,
que detallaba en siete capítulos pormenorizadamente los hechos
sucedidos entre la revolución de mayo de 1810 hasta junio de 1811.
La obra no solo reconstruyó el relato histórico, sino que realizó
una crítica historiográfica de todos los libros y memorias utilizados
como fuentes para reconstruir la independencia (Gómez, 2016).
La obra causó gran revuelo entre la intelectualidad paraguaya
porque el autor sostenía que el Dr. Francia había tenido un
papel preponderante en la gesta independentista. Para sustentar
su interpretación Garay primero desacreditó el testimonio de
Somellera e indirectamente la participación del general Belgrano
en el proceso (Gómez, 2016).
La “influencia revolucionaria” de los porteños y particularmente
de Belgrano hacia los paraguayos fue una idea sostenida por
Pedro Somellera, que Garay se dedicó a refutar en toda la obra,
de diversas maneras y con varias fuentes. La estrategia consistió,
por un lado, en quitarle valor y credibilidad a las afirmaciones de
Somellera juzgando su carácter y demostrando que fue un traidor
con el propio Velasco: “Somellera, compatriota de Belgrano
y según confesión propia culpable de una ignominiosa traición
contra Velasco” (Garay, 1897, 55).
Al igual que muchos de sus contemporáneos, también
desacreditó a Belgrano demostrando la preexistencia de las ideas
independentistas y libertarias en el corazón del pensamiento y el
espíritu paraguayo desde las revueltas comuneras.

244
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

Atestigua la historia que las ideas revolucionarias tenían ya abierto


camino, y constituían materias de desazones para el gobierno, mucho
antes que Belgrano se comunicara con los paraguayos. No se había
dado aún ninguna batalla contra los invasores, cuando ya opinaba y
sostenía el Dr. Francia en la asamblea del 24 de julio de 1810 “que
había caducado el gobierno español”; cuando eran deportados a Borbón
algunos patriotas que deseaban implantar en el Paraguay el mismo
sistema porque se regía Buenos Aires (...). (Garay, 2011, pp. 75-76)

En el tercer capítulo, “Expedición de Belgrano”, Garay


demostró que la intención verdadera del General Belgrano y de la
Junta Provisional era en realidad conquistar el Paraguay, valiéndose
de argumentos que sostiene con fuentes documentales, como los
Manuscritos del Archivo Nacional, un Oficio del 16 de diciembre
de 1811 copiado por Mitre en su Historia de Belgrano, otro Oficio
de la Junta del 24 de enero de 1811 reproducido en la “Descripción
de la antigua Provincia del Paraguay”, de esta misma obra una
carta confidencial del 31 de enero al Presidente de la Junta. Y
continuó agregando cuatro documentos más del mismo tenor
que permiten desvelar los “verdaderos” intereses porteños.
En el capítulo siguiente, “Derrota de Belgrano”, hizo referencia
al famoso y malinterpretado “encuentro e intercambio de ideas”
entre los militares paraguayos y porteños, que según Garay se
realizó cuando se dio la Capitulación luego de la derrota de
Belgrano. Presentó el hecho en estos términos:
Consultó Cabañas el caso con Velasco, que le autorizó a otorgársele
[la Capitulación], como lo hizo, imponiéndole la cláusula de que al día
siguiente se pusiera en marcha; entraron así en relaciones los oficiales
paraguayos y argentinos, y éstos aprovecharon la oportunidad para
inclinar el ánimo de aquellos en el sentido de una revolución, que
privase de todo poder al gobernador, semilla que fue a unirse a la que
estaba germinando en el Paraguay. (Garay, 2011, p. 65)

Para que no queden dudas sobre el papel de Belgrano, Garay


se preguntaba
¿Es justo conceder sólo al general porteño el honor de haber preparado
con su prédica los espíritus de los patriotas para aquella grande obra?
No, por cierto, la historia imparcial sabrá dar a aquellos hechos toda
la grande importancia que tienen, como precursores de la revolución,
y restringir la influencia de la propaganda de Belgrano a los estrechos
245
Belgrano en la construcción de la nación paraguaya

límites que la corresponden en justicia. (Garay, 1897, 119)

Para Garay la “historia imparcial”, como ente autónomo, era


la herramienta fundamental para desvelar la verdad de cómo
sucedieron los hechos. La historia verdadera siempre se revela,
la verdad cae por su propio peso, incluso un siglo después.
(Gómez, 2016). A tal efecto, es necesario citar los argumentos
del “historiador imparcial” que hacen justicia a los “verdaderos”
héroes paraguayos
Ya lo ha dicho además un eminente historiador argentino, el Dr. D.
Vicente F. López, apreciando con imparcialidad rarísima en sus
compatriotas la situación y espíritu de nuestro país en aquella época:
“Nosotros no podemos participar de la entusiasta leyenda con que se
ha atribuido la revolución del Paraguay a las conferencias del general
Belgrano con Cabañas y los hermanos Yegros. Los hombres, repetimos
otra vez, no hacen milagros, los que se pasman de admiración delante
de los resultados que atribuyen a las negociaciones de Tacuary,
prescinden de que las condiciones naturales del país, y las del pueblo
paraguayo, tenían preparado ese resultado, como una consecuencia
forzosa del tiempo, de la oportunidad y de los hombres mismos que
contribuyeron a él. Abandonado a su propio declive, el Paraguay se
habría declarado independiente de todos en 1811, sin la expedición, y
sin las negociaciones del general Belgrano. (Garay, 1897, pp. 119-120)

La “imparcialidad” característica que, según Garay y


Domínguez, no era común en los historiadores argentinos,
aparece como el diferencial sustantivo de V. F. López. La idea de
historiador imparcial es fuertemente asociada a contar la historia
“verdadera” oponiéndose a las “leyendas” elaboradas por otros.
Pese a que Belgrano no aparece como preocupación principal
de los relatos sobre la independencia paraguaya de este periodo
hay una necesidad latente de aclarar que no inoculó ninguna idea
revolucionaria ni libertaria.
Era un acto patriótico despejar cualquier duda. La
independencia paraguaya no podía haber sido realizada a causa
de un general argentino.

246
Ignacio Telesca y Bárbara Gómez

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249
250
Javier Azzali

Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:


el legado histórico de una concepción
de Estado democrática y popular
252
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano: el legado
histórico de una concepción de Estado democráti-
ca y popular

JAVIER AZZALI

Introducción
La unidad política, jurídica y administrativa del territorio amer-
icano, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, con la expansión de
los imperios ibéricos, se traslució no solo en las instituciones de
Indias y las formas de la dominación de las castas conquistadoras,
sino también en la configuración histórica y étnica en ese largo
proceso de aculturación (Ribeiro: 1985) y en las luchas socia-
les. El legado de Bartolomé de las Casas con su defensa de los
derechos de la población nativa y subordinada, las largas y recur-
rentes rebeliones mayas en el Virreinato de la Nueva España, las
insurrecciones de Tupac Amaru en los Andes septentrionales, la
revolución de Haití, fueron hechos sociales acaecidos en difer-
entes momentos, cuya trascendencia contribuyó, de una u otra
manera, a la formación de una conciencia política jurídica de las
luchas antiabsolutistas de principios del siglo XIX. A esto debe
sumarse el ideario revolucionario que surcaba a la propia Europa,
con los hitos de la Revolución francesa en 1789 y la española –
como respuesta ante el invasor francés en la península– en 1808,
que dieron origen al liberalismo político.
El movimiento político emancipador contra la dominación
absolutista de principios del siglo XIX tuvo todas estas influencias,
que se expresaron de diferentes maneras a través de sus figuras
centrales. Manuel Belgrano, con su protagonismo, fue una
de ellas. Su actuación de no se limitó a la disputa política, sino
que tuvo una dimensión mucho mayor, con proyección hacia
la totalidad de las relaciones sociales. Un amplio abanico de
253
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

derechos, civiles, políticos y sociales, formaban parte del ideario


que orientaba la acción política de Belgrano, lo cual, claro está,
en 1810 aún no exigía la forma de una ruptura independentista.
En 1810, estos derechos se realizaban en forma conjunta con
las juntas españolas, de base popular y antiabsolutista. Una vez
derrotadas, la separación era la única vía a seguir, como ocurrió
en 1816 con la declaración de independencia, en un escenario
internacional mucho más hostil. Dicha independencia, además, no
era argentina sino americana; pero esto es tema para desarrollar
en otro ensayo1.
En este capítulo haremos referencia a algunas de esas ideas
jurídicas, con la intención de señalar algunas líneas posibles de
interpretación que, aunque exentas de pretensión de originalidad,
pueden alentar su profundización en futuros estudios. Una
interpretación conservadora de la historia (la del relato oficial
como cultura dominante) cancela las continuidades de una
tradición federal, popular y latinoamericanista, y fragmenta una
visión de totalidad concreta y dialéctica del rico y complejo
proceso de configuración histórica nacional, con sus matices
pero también sus firmezas revolucionarias (Galasso: 2009, 2011;
Pomer: 2012).
No se trata de la exaltación individual de una figura, sino de la
interpretación de un movimiento colectivo de emancipación, de
la que Belgrano formó parte, cuyo ideario era el de la lucha por
el gobierno del pueblo para el pueblo, la libertad y los derechos.
Por eso, en ese momento, la Constitución de Cádiz (juntista) fue
mucho más para América que la de Bayona (adicta al régimen
imperial francés) que llevó a Jovellano a sostener, por las luchas
del pueblo español, que había que morir o vencer por la libertad
(De Gandia: 1968). Esa generación de revolucionarios produjo un
ideario que tuvo lugar en la etapa previa a la organización nacional,
y sentó las bases jurídico-políticas que inspirarían, aunque en otra

1 El 27 de febrero de 1812, a orillas del rio Paraná, en Rosario, cuando enarboló la bandera
celeste y blanca: “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur
será el templo de la Independencia y de la Libertad”.
254
Javier Azzali

época, a quienes sostuvieron la necesidad de promover el interés


nacional y de todos los pueblos de la Confederación por medio
de un estatuto constitucional. Con los años, este proceso derivó
en las luchas de los caudillos federales contra el centralismo
porteñista de Buenos Aires y sus formas de ocasión (las dos alas
del porteñismo, como decía Alfredo Terzaga), y la redacción
de la Constitución de 1853 con su programa de federalización
de la ciudad-puerto y de sus rentas aduaneras, y de igualdad
política entre las provincias. Esta política, cuyos fines eran el
interés nacional y del pueblo de la Confederación Argentina,
recién se implementó, con limitaciones, en 1880. De ahí nació
la actual provincia de Buenos Aires, que poco tiene que ver con
la secesionista liderada por Bartolomé Mitre y sus seguidores. La
configuración histórica de nuestro país comprende a esa primera
etapa emancipadora que, en la sucesión de las entidades estatales,
parece lejana, en el olvido. De las Provincias Unidas del Río de la
Plata -que, en 1816, en plena restauración absolutista en España
y en Europa, declaró “ser una nación libre e independiente de los
reyes de España y su metrópoli y toda otra dominación extranjera”- a
la Confederación Argentina, de las luchas intestinas divisorias a la
etapa de Rosas, y, tras el dictado de la Constitución y la formación
de la Confederación del Paraná, vino la separación de la oligárquica
República del Río de la Plata, con su Constitución y Código de
Comercio propios. Le siguieron la batalla de Pavón, la unidad
nacional a fuerza de la guerra de policías y del sometimiento de
los pueblos mediterráneos del noroeste, para cerrarse el ciclo en
1880 y la batalla de los Corrales.
Nos preguntamos: ¿cuánto de aquel pensamiento emancipador
tuvo continuidad en el tiempo? ¿Cuánto de su esencia reaparece
bajo diferentes formas, según la época y las circunstancias nuevas?
Más aún, ¿es posible encontrar en la acción y en las ideas de estas
figuras, como Manuel Belgrano, fundamentos para una visión
actual de los derechos humanos y del ejercicio de los derechos
de nuestro pueblo y del país?
La cultura creada a partir de la consolidación del orden social
255
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

dominante, de carácter oligárquico y dependiente, antiindustrialista


y centralista, impuso una visión antilatinoamericana de nuestro
país. La falsa dicotomía civilización y barbarie (ciudad versus
campo, Buenos Aires versus interior, lo europeo versus lo nativo,
criollo, indígena) distorsionó nuestra forma de ver la realidad,
para legitimar la fragmentación regional, la opresión social y la
dependencia (Chávez: 1957). La biografía de Belgrano publicada
por Bartolomé Mitre (Mitre: 2020) fue un momento fundante de
la esa cultura dominante, por medio de la historiografía oficial.
Allí, Mitre sostuvo su tesis, al igual que hizo con San Martín, de
que la lucha de Belgrano tenía carácter local (argentino) y no
sudamericano, y abonó el mito de la autodenigración nacional
(sobre el cual llama la atención especialmente Arturo Jauretche
el describir el sistema de mitos y dogmas de las zonceras), al
identificar la causa del progreso con la colonización sajona en el
norte del continente, y la del atraso con la ibérica en la parte
sur. Según la cultura dominante, fracasamos por no ser parte de
la corona británica. Ya José Gaos, el filósofo español exiliado en
México, donde hizo escuela con Leopoldo Zea y Adolfo Sánchez
Vázquez, entre muchos otros, alertó sobre la autodenigración
de los españoles por la caída del imperio y la leyenda negra de
la conquista americana. Esto indica el tamaño de la red que nos
envuelve.
Como la mayoría de las figuras próceres de la emancipación
americana, Belgrano tuvo el ideario de la unidad regional. San
Martín, Bolívar, Artigas, Monteagudo, Moreno, O’Higgins, en el
sur, Morelos, Hidalgo, Morazán, en la parte norte del continente,
por nombrar a los más importantes. Ninguno de ellos pensó su
actuación política en los estrechos límites de las, por entonces,
inexistentes patrias chicas. Su patria, por la que luchaban, era la
gran patria americana, cuyo territorio se formaba por los antiguos
Virreinatos. Manuel Belgrano compartía este mismo ideario,
propio de un movimiento generalizado de emancipación social
de alcance continental que, claro está, contaría con su opuesto,
el movimiento producido por las fuerzas reaccionarias de los
sectores privilegiados por el comercio de los puertos (Buenos
256
Javier Azzali

Aires, Montevideo, Santiago, Lima, Guayaquil, Bogotá, Caracas)


y la posesión de los productos primarios para el intercambio
comercial. Las luchas por la emancipación tuvieron un fuerte
y amplio contenido social que cuestionaron las relaciones
jerárquicas e injustas del mundo colonial, poblado de castas,
privilegios, privaciones, persecuciones, castigos, sometimientos
y desigualdades de distinto tipo. Estas fueron luchas de sentido
igualitario, renovando, en lo ideológico, desde una perspectiva
propia y específica de estos lares, las consignas de igualdad,
libertad y fraternidad que, infructuosamente, clamaban los
liberales españoles en la península (Ferrero: 2015).
En su actuación política, además de dirigir ejércitos y oficiar de
militar, Belgrano tuvo un pensamiento orientado a la formación de
un proyecto de nación. Durante su desempeño como funcionario
de la administración colonial, también pensó con perspectiva de
crecimiento, producción y en el bien público. Pero fue en la etapa
de la emancipación donde sus ideas basadas en la planificación
del estado tuvieron la dimensión suficiente como para ser
consideradas una propuesta de desarrollo nacional. Toda esa
generación de revolucionarios (Moreno, Castelli, Monteagudo,
San Martín, Artigas, entre varios más) dio bases jurídicas, además
de las políticas, económicas y militares, para la formación
nacional. Esta generación vio frustradas sus proyecciones de una
gran patria americana, pero dejaron un poderoso legado sin el
cual no se hubiera sostenido luego una idea de Confederación
frente a las fuerzas disgregadoras portuarias, que nunca cesaron,
y la fragmentación y las desigualdades hubieran sido mayores. Ese
legado, además, se proyecta luminoso en el presente, como se
advierte de una simple lectura de los textos de Belgrano.
Así, Belgrano desplegó una visión revolucionaria con un
enfoque jurídico, con ideas de regulación normativa y propuestas
de legislación concretas sobre los asuntos de mayor relevancia
para la formación de una nación, tales como el rol activo del
Estado en la planificación de los factores de producción: tierra,
trabajo, capital y tecnología. De ahí su insistente preocupación
257
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

en hacer aportes en la educación, la cultura, las matemáticas y


estadísticas aplicadas, apropiación de la última tecnología en la
época; la regulación de las relaciones económicas para el bien
común y el bienestar de la patria, su constante reivindicación de
los sujetos reales como el labrador, el agricultor, el comerciante
y el industrial. Encontró en cada uno las bases jurídicas y una
mirada de conjunto que nos brinda una concepción de Estado
activo, planificador, creativo y transformador de un escenario
cercado por fuerzas reaccionarias y disgregadoras. Por eso, creo
que Belgrano merece ser considerado como un precursor de
la organización constitucional, que se daría décadas más tarde
con otros protagonistas, en otras circunstancias. Ahora, veamos
algunas de estas ideas jurídicas como introducción a una obra de
dimensión importante.

Dos visiones en pugna


Belgrano nació en una familia acomodada, en la Buenos Aires
virreinal, que era parte de la casta social que tenía acceso a
los cargos públicos y a las altas casas de estudio. Su padre fue
un próspero comerciante ligado al sistema económico de la
corona española, así como a la burocracia virreinal, con cargos
en la Aduana de Buenos Aires y el Cabildo. Manuel Belgrano
estudió Leyes en la Universidad de Salamanca, en Madrid y en
la Cancillería de Valladolid y, como su padre, ejerció diferentes
funciones en la administración del Virreinato al regresar de España.
En Salamanca, tuvo de profesor a Ramón de Salas y Cortés, un
jurista de renombre, perseguido y condenado por la Inquisición,
considerado precursor de la economía política, el derecho
constitucional y la teoría del Estado en España. También, Salas
fue uno de los autores de la progresista Constitución de Cádiz
de 1812, luego derogada con la reacción absolutista fernandina.
La España en la que vivió Belgrano estaba tensa entre las ideas
liberales y la influencia de la Revolución francesa de 1789 y la
reacción de los sectores más conservadores. Según él mismo dijo,
258
Javier Azzali

asumió el compromiso con las ideas del bien público, la economía


política, el derecho público y el provecho general (Belgrano:
1966). Durante las invasiones inglesas, huyó al Uruguay para no
jurar fidelidad a las autoridades invasoras y volvió a Buenos Aires
después de la reconquista de la ciudad (De Gandia: 1949).
Como dijo Pablo de Olavide, la Revolución francesa era
única por su ataque simultáneo al trono y al altar, y pese a la
deriva virulenta y radicalizada, su ideario de libertad, igualdad
y fraternidad, así como su Declaración de los Derechos del
Hombre, fueron centro del debate intelectual en la España que
Belgrano conoció, donde también influían figuras como Gaspar de
Jovellanos o Pedro Campomanes. En el período previo a 1810,
en una Buenos Aires ya afianzada como centro administrativo,
político y comercial del Río de la Plata, existió una corriente
de pensamiento que replanteaba el rol activo del Estado como
promotor principal de la economía y la producción industrial.
Allí, antes de la revolución, Belgrano ocupó un cargo públicos
de importancia: Secretario del Consulado de Buenos Aires (por
orden de Carlos IV). Con la revolución de 1810, fue vocal de
la Primera Junta, jefe de la expedición militar al Paraguay y las
Misiones (originariamente proyectada para la Banda Oriental y el
Litoral) y luego del Ejército del Norte. Encargado en una misión
diplomática a Europa (con Bernardino Rivadavia), intervino
en el Congreso de Tucumán de 1816. Sobre el sentido de la
revolución de Mayo de 1810, Manuel Ugarte, en Mi campaña
hispanoamericana, sostuvo:
si el movimiento de protesta contra los virreyes cobró tan colosal
empuje, fue porque la mayoría de los americanos ansiaba obtener las
libertades económicas, políticas, religiosas y sociales que un gobierno
profundamente conservador negaba a todos, no solo a las colonias, sino
a la misma España.

Ugarte no solo le otorgó un sentido americano y alcance


continental a las revoluciones juntistas, incluida la de Buenos
Aires, sino también un contenido social y democrático. Belgrano
habla en su Memoria sobre la expedición al Paraguay de la confianza
en la existencia de un gran partido por la revolución, ya que
259
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

“los americanos al sólo oír libertad, tomarían partido por ella”. Y


en Rosario, el 27 de Febrero de 1812, realiza el juramento
con los símbolos patrios en nombre de “vencer a los enemigos
Interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la
independencia y de la libertad”. En 1815, en la misión diplomática
a Europa, alegó a favor de la revolución en nombre de todos los
pueblos americanos, con base en el Derecho de Gentes, base
del actual derecho internacional público, que el propio Belgrano
había estudiado en la Universidad de Salamanca (Dib: 2019). Es
conocida la cita de Belgrano en su Autobiografía, que dice:
(…) como en la época de 1789 me hallaba en España y la revolución
de la Francia hiciese también la variación de ideas y particularmente
en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí
las ideas de libertad, igualdad y propiedad y solo veía tiranos en los
que se oponían a que el hombre, fuese como fuese, no disfrutase de
unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido y aun las
mismas sociedades habían acordado en su establecimiento directa o
indirectamente”

Junto a este ideario democrático, Belgrano conceptuaba que


en la historia de los pueblos, la causa principal de la destrucción
de las naciones, de su existencia política, era la desunión. Al
contrario,
(…) la unión es la muralla política contra la cual se dirigen los tiros de
los enemigos exteriores e interiores; porque conocen que arruinándola,
está arruinada la nación venciendo por lo general el partido de la
injusticia y de sin razón, a quien comúnmente, lo diremos más bien,
siempre se agrega quien aspira subyugarla”.

La unidad de la nación la engrandece o “al menos, la conservará


en el medio de las acechanzas, insidias y ataques por más poderosos
que sean ha sostenido a las naciones contra los ataques meditados
del poder” (Escritos económicos, pág. 143).
En verdad, esta temprana concepción nacional orientó la
acción de los revolucionarios durante la década iniciada en 1810,
en un agitado proceso político marcado primero por el conflicto
de castas y etnias y luego por el de godos y liberales, ya que hubo

260
Javier Azzali

(…) americanos absolutistas y españoles liberales enfrentados en


América. También en las Indias se librará un episodio del duelo español:
ser de una vez por todas una nación, o retornar a la petrificación
austroborbónica del imperio negro, con el pillastre de Fernando VII a la
cabeza (Ramos: 2012).

Cabe destacar también su admiración por la lejana nación


China, y su grandeza de territorio, población, cultura y economía:
todos los elementos constitutivos del estado como entidad
política. Belgrano dijo: “Es constante que el alma de los estados es el
comercio interior, pues con él es que se da vida a todos los ramos del
trabajo...La Nación China está dando a todas las del mundo conocido
un ejemplo constante de lo que es el comercio interior auxiliado”
(Correo del Comercio del 9/6/1810).

La cuestión de la tierra y el derecho de propiedad


En la época, las formas jurídicas para el reparto de la tierra
eran diversas. La enfiteusis como el instituto predilecto de la
época, propiamente medieval, traído de España y con efectos
decisivos para la formación de la clase propietaria de tierra,
principal beneficiaria de este sistema del derecho real. Pero
también estaba el reparto y la entrega directa por parte del poder
público. En efecto, Belgrano tenía la idea de repartir y colonizar
tierras a favor de las familias labriegas y pequeños productores.
Más allá de la influencia de la escuela fisiócrata, fuerte en la época,
Belgrano aportó soluciones concretas a los problemas reales de
la sociedad. Su visión del derecho de propiedad estaba destinada
a brindarle la seguridad de la tenencia de la tierra en pequeña
escala y expresamente contraria a la concentración en unos pocos
dueños. En la España donde Belgrano estudió, había tenido lugar
la obra de Pablo de Olavide de reparto de tierras y colonización
agrícola en la Sierra Morena y Andalucía, por orden de Carlos III.
Belgrano, en una nota suya publicada en el Correo de
Comercio, el 23 de junio de 1810 (Belgrano: 1963), decía que la
causa principal de los males sociales
261
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

(…) es la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores:


este es el gran mal de donde provienen todas sus infelicidades y
miserias, y de que sea la clase más desdichada de estas provincias…
Sí; la falta de propiedad trae consigo el abandono, trae la aversión
a todo trabajo; porque el que no puede llamar suyo a lo que posee
que en consecuencia no puede disponer […] no trata de adelantar
un paso, nada de mejoras, porque teme que el propietario se quede
con ellas […] por eso se ha declamado tan altamente, a fin de que las
propiedades no recaigan en pocas manos, y para evitar que sea infinito
el número de no propietarios: esta ha sido materia de las meditaciones
de los sabios economistas en todas las naciones ilustradas, y a cuyas
reflexiones han atendido los gobiernos, conociendo que es uno de los
fundamentos principales, sino el primero, de la felicidad de los estados.

[...]

Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden


de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus
conciudadanos por su desnudez y miseria y esto lo hemos de conseguir
si se les dan propiedades, o donde no se pueda ejecutar, porque no hay
derecho a quitárselas a quien las tiene, al menos que se les den las
tierras en enfiteusis.

Para Belgrano, el derecho de propiedad no era para la


protección de los más poderosos, sino para que “las propiedades
no recaigan en pocas manos, y para evitar que sea infinito el
número de no propietarios”. Por eso, decía sobre esas pocas
manos:
El repartimiento, pues, subsiste a poco más o menos como en los tiempos
primeros; porque aun cuando hayan pasado las tierras a otras manos,
éstas siempre han llevado el prurito de ocuparlas en aquella extensión,
aunque nunca las hayan cultivado, y cuanto más se hayan contentado
los poseedores con edificar una casa de campo para recreo, plantar un
corto monto de árboles frutales, dejando el resto eternamente baldío, y
con el triste gusto de que se diga que es suya, sin provecho propio ni del
estado […] Se deja ver cuán importante sería que se obligase a estos,
no a darlas en arrendamiento, sino en enfiteusis a los labradores, […]
para que se apegasen a ellas, y trabajasen como en cosa propia, que
sabían sería el sostén de su familia por una muy moderada pensión;
y seguramente muy pronto por este medio nos presentaría el campo,
que nos rodea, una nueva perspectiva, subrogando este medio justo a
la propiedad.

[...]

262
Javier Azzali

“Pero todavía hay más; se podría obligar a la venta de los terrenos


que no se cultivan al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se
hacían plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería
obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están
colinderas con nuestras poblaciones de campaña….

Belgrano concluía:
Remediemos en tiempo la falta de propiedad, convencidos de lo
perjudicial que nos es: es preciso atender a los progresos de la patria, y
esos no los obtendremos sin que nuestros labradores sean propietarios.

El derecho de propiedad, tal como está formulado en los


sistemas normativos, aparece como la relación directa de poder
entre un sujeto y una cosa. Sin embargo, bien vista, la “relación de
propiedad” tiene que ser una relación entre personas, aun cuando
sea con motivo de las cosas. No cabe hablar de relaciones entre
personas y cosas, sino solamente de relaciones entre personas
que viven en sociedad (Correas: 2008). Entonces, el derecho de
propiedad es en verdad la protección jurídica de una determinada
relación social, a la que le atribuimos el poder de disponer de
las cosas y de las personas, tanto para el Estado como para los
particulares. La comprensión de esto significa desterrar cualquier
prejuicio o mistificación ideológica acerca del carácter sagrado
de la propiedad privada, que no es otra cosa que la creencia
social dominante acerca de la legitimidad de la concentración
de la propiedad en unos pocos dueños, en desmedro de las
mayorías populares. Esta comprensión y concepción crítica está
presente en Belgrano, cuando invocó razones superiores como el
progreso de la patria, el interés de la nación y el beneficio general.
Cuestionar la propiedad de los sectores más concentrados es
cuestionar el sistema dominante de relaciones sociales.

El reglamento de los pueblos de las misiones


El Reglamento Político y Administrativo y Reforma de los 30 Pueblos
de las Misiones de Belgrano, el Plan de Operaciones (1810) de

263
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

Mariano Moreno2 y el Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental


para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus hacendados (el
reglamento de tierras, 1815) de José Artigas constituyen, sin
dudas, antecedentes jurídicos y políticos fundamentales para
sentar las bases de la organización nacional.
En 1810, la Primera Junta de Gobierno se dio a la tarea
inmediata de ir en busca tanto de los territorios enemigos (como
Montevideo y Asunción) como de los pueblos de tierra adentro;
algunos por haberse proclamado a favor, otros para motivarlos
para su adhesión, pero en todo caso para ampliar la base de
sustentación necesaria para la implementación de un programa
emancipador. La revolución había tenido lugar en el centro
del poder político y administrativo del antiguo virreinato, pero
ahora debía expandirse si no quería fracasar. Para esto, la Junta le
encargó la tarea a quienes aun no siendo militares de oficio, eran
protagonistas y fiables del proceso político, como Juan José Castelli
y Manuel Belgrano3. Ambos tuvieron una actitud de acercamiento
con criterio igualitario hacia los pueblos indígenas (uno con el
quechua y aymara; el otro con el guaraní), que manifiesta una
concepción de Estado con contenido de real igualdad social y
respeto hacia pueblos que tenían culturas, filosofías, sistemas
normativos y usos tradicionales de la tierra diferentes al del mundo
colonial de origen europeo. Se tradujeron a los idiomas aymara y
quechua el acta y la declaración de independencia de 1816, cuyos
ejemplares le fueron dados a Belgrano para su distribución por el
Ejército del Norte. Esto destaca más aún si tenemos en cuenta que
esta consideración fue una nota común a toda esa generación de
revolucionarios, como el caso de San Martín hacia los habitantes
originarios de la Cordillera de los Andes, y el rol protagónico de
los guaraníes en el artiguismo. Se trata de un reconocimiento a la
2 Según José María Rosa y Washington Reyes Abadie, Belgrano habría participado de la redac-
ción del Plan de Operaciones.

3 Para su expedición a Paraguay, Belgrano recibió instrucciones de Moreno, el 22 de septiem-


bre de 1810, de “deponer a los regidores o jueces de los pueblos que se hubiesen demostrado
contrarios” a nombre del rey. Ver Cardozo, Paraguay independiente. Barcelona-Madrid-Buenos
Aires: Salvat, 1949.
264
Javier Azzali

diversidad cultural y étnica de nuestras tierras, base en definitiva,


del gran mestizaje latinoamericano y un rasgo fundamental de una
concepción popular de Estado.
Belgrano fue enviado a la región de las antiguas misiones
guaraníes, al límite con el Paraguay. Esta zona tenía (y aún tiene)
una importancia estratégica, que Reyes Abadie denominó como
la llave de bóveda del sistema federal, por su condición de centro
de una red sudamericana de vastas conexiones. Su fracaso (o
abandono) en la época fue una muestra de las limitaciones del
proceso transformador iniciado en 1810. Artigas fue quien
expresó con más profundidad esta posibilidad. El federalismo
de Artigas “ofrecía a los pueblos del Río de la Plata la primera
fórmula de integración útil y práctica” (Reyes Abadie: 1986). En el
campamento de Tacuarí, Belgrano redactó el Reglamento para el
Régimen Político y Administrativo y Reforma de los Treinta Pueblos de
las Misiones el 30 de diciembre de 1810. Y lo hizo en el contexto
más hostil, el menos adecuado, en medio de la mayor de las
penurias que la dura expedición les deparó a él y a su soldadesca.
“Pasé adelante por un millón de trabajos, lluvias inmensas, arroyos a
todo nado, y sin más auxilio que los que llevábamos y algunos caballos
y ganados que sacábamos de los lugares en que los tenían ocultos”,
escribió Belgrano en su memoria militar.
La expresión naturales era la habitual en la época colonial para
designar a las personas integrantes de pueblos indígenas (aún en
la región litoral puede oírse), dentro de una estructura social, en
la zona mesopotámica, caracterizada por una identidad fuerte
entre la casta más inferior y la etnia Tupí Guaraní. Su condición
era el sometimiento a una situación de servidumbre o similar al
vasallaje, por la cual solían pagaban tributos y se entregaban a
trabajos forzados en condiciones de opresión. Además, tras la
expulsión de la Orden de los Jesuitas, pronunciada declinación
se abatió sobre estos pueblos: primero quedaron a merced
primero de los bandeirantes y después de los hacendados
de la zona. La situación socioeconómica de los guaraníes era
de un desguarnecimiento y desigualdad aún mayor que la de
265
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

otros pueblos en otras regiones, como la andina. En Asunción,


el gobernador Velazco había proclamado lealtad al Consejo de
Regencia de Cádiz, en posición hostil hacia la Primera Junta de
Mayo, como también lo hacía Montevideo. Ambas ciudades
sumadas al Virreinato del Perú, donde reinaba Abascal, se alzaban
como un poderoso frente contrarrevolucionario.
El 19 de diciembre, los realistas fueron derrotados en
Campichuelo, y unos días después Belgrano redactó el
Reglamento. Sin embargo, en una relación de fuerzas muy
desigual, éste fue derrotado en las batallas de Paraguarí y Tacuarí.
Conviene precisar que su tropa estaba integrada por unos pocos
soldados y su fortaleza dependía de la posibilidad que se le
sumaran en el tránsito por los poblados, ya sea como levados
o voluntarios, y entre sus lugartenientes se encontraba el líder
guaraní Andresito Guacurary, quien sería uno de los principales
aliados de José Artigas.
El Reglamento para las Misiones, redactado en español y
traducido al guaraní, tuvo como destinatario a los pueblos
guaraníes, residentes en una región con límites difusos entre lo
que actualmente es Paraguay, el sur de Brasil y las provincias
argentinas de Corrientes y Misiones (Belgrano: 2020). Su contenido
normativo tenía ideas jurídicas de igualdad y reivindicación social.
Sobre éste, Belgrano le comunicó a la Junta de Buenos Aires
lo siguiente:
A consecuencia de la proclama que expedí para hacer saber a los
naturales de los pueblos de Misiones, que venía a restituirlos a sus
derechos de libertad, propiedad y seguridad de que por tantas
generaciones han estado privados, sirviendo únicamente para las rapiñas
de los que han gobernado, como está de manifiesto hasta la evidencia,
no hallándose una sola familia que pueda decir: ‘estos son los bienes
que he heredado de mis mayores’; y cumpliendo con las intenciones
de la Excelentísima Junta de las Provincias del Río de la Plata, y a
virtud de las altas facultades que como a su vocal representante me
ha conferido, he venido en determinar los siguientes artículos, con que
acredito que mis palabras, que no son otras que la de Su Excelencia, no
son las del engaño, ni alucinamiento, con que hasta ahora se ha tenido
a los desgraciados naturales bajo el yugo del fierro, tratándolos peor
266
Javier Azzali

que a las bestias de carga, hasta llevarlos al sepulcro entre los horrores
de la miseria e infelicidad, que yo mismo estoy palpando con ver su
desnudez, sus lívidos aspectos, y los ningunos recursos que les han de
dejado para subsistir.

En el artículo 1 disponía: “Todos los Naturales de Misiones son


libres, gozarán de sus propiedades, y podrán disponer de ellas, como
mejor les acomode, como no sea atentando contra sus semejantes”.
Los liberaba de tributos y de todo impuesto por diez años,
tratando de remediar los despojos que venían sufriendo (art. 2) y
concedía un comercio franco y libre de todas sus producciones,
incluso la del tabaco con el resto de las Provincias del Río de la
Plata (art. 3). Les reconoció la libertad de comerciar, la igualdad
con los españoles nacidos en América y la admisión a los empleos
civiles, militares y eclesiásticos, “debiendo recaer en ellos, como
en nosotros los empleados del gobierno, Milicia, y Administración
de sus Pueblos” (art. 4). El Reglamento también disponía sobre el
trazado urbano de los pueblos (asunto que fue de preocupación
constante de Belgrano). Decía: “Estos se delinearán a los vientos
N.E., S.O. y N.O. y S.E. formando cuadras de a cien varas de largo,
veinte de ancho, que se repartirán en tres Suertes cada una con el
fondo de cincuenta varas” (art. 5). Deberían construir sus casas
en ellas todos los que tengan Poblaciones en la Campaña, fueran
Naturales o Españoles y tanto unos como otros podrían obtener
los empleos de la República (art. 6). Así, el Reglamento otorgaba
tierras para cultivo, a unos y a otros, en el pueblo y en el campo:
El art. 7 decía: “A los Naturales se les darán gratuitamente las
propiedades de las suertes de tierra...”
El art. 9 disponía el siguiente detalle:
Ningún Pueblo tendrá más de siete cuadras de largo, y otras tantas de
ancho, y se les señalará por campo común dos leguas cuadradas, que
podrán dividirse en suertes de a dos cuadras, que se han de arrendar
a precios muy moderados, que han de servir, para el fondo antedicho,
con destino a huertas, u otros sembrados que más se les acomodase y
también para que en lo sucesivo sirvan para Propios de cada Pueblo”.
También regula sobre el cabildo, la plaza mayor, el cementerio, el ejido
y la iglesia4.

4 Dice, con razón, Bárbara Caletti Garciadiego, en ob. cit.: “Las misiones guaraníes, al igual
267
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

A su vez, el Reglamento disponía de fondos para “el


establecimiento de Escuelas de primeras letras, artes y oficios, y se
han de administrar sus productos después de afincar los principales,
como dispusiese la Excelentísima Junta, o el Congreso de la Nación
por los cabildos de los respectivos Pueblos..” (art. 13). En su art.
15 establecía que “estos Pueblos no sufran gabela, ni derecho de
ninguna especie, no podrán llevar derecho de bautismo ni entierro y
por consiguiente les exceptúo dé pagar cuartas a los Obispos de las
respectivas Diócesis”. Y que “cesan desde hoy en sus funciones todos
los Mayordomos de los pueblos...” (art. 16).
El art. 17 disponía una regla componedora y de distribución
de tierras:
Respecto a que las tierras de los Pueblos están intercaladas, se hará
una masa común de ellas, y se repartirán a prorrata entre todos los
pueblos; para que unos a los otros puedan darse la mano, y formar una
Provincia respetable de las del Río de la Plata”.

Y el art. 18 establecía que:


En atención a que nada se haría con repartir tierra a los Naturales, si
no se les hacían anticipaciones así de instrumentos para la agricultura
como de ganados para el fomento de las crías...

Se organizaban las instituciones políticas, legislativas y judiciales,


y establecía al idioma castellano como el oficial. Belgrano aclaró
que no era su “ánimo desterrar el idioma nativo de éstos Pueblos;
pero como es preciso que sea fácil una comunicación para el mejor
orden” (art. 19).
El Reglamento disponía la designación de un diputado en
representación de los Pueblos, en el Congreso Nacional (art. 23),
y la formación de una “Milicia Patriótica de Misiones” (art. 24).
El art. 27 del Reglamento disponía acerca de la situación de

que otros “pueblos de indios”, replicaban el modelo de gobierno comunal hispánico. El régimen
colonial hispanoamericano se había asentado sobre un imaginario de segregación étnico-espa-
cial, usualmente plasmado en las denominaciones de “república de españoles” y “república de
indios”.
268
Javier Azzali

explotación en los yerbatales y en la tala de árboles, que Belgrano


había tomado conocimiento al llegar a la región:
Hallándome cerciorado de los excesos horrorosos que se cometen
por los beneficiadores de la hierva no sólo talando los árboles que la
traen sino también con los Naturales de cuyo trabajo se aprovechan
sin pagárselos y además hacen padecer con castigos escandalosos,
constituyéndose jueces en causa propia, prohibo que se pueda cortar
árbol alguno de la hierva so la pena de diez pesos por cada uno que
se cortare, a beneficio la mitad del denunciante y para el fondo de la
Escuela la otra”.

El Reglamento en su art. 28 ordenaba que, bajo sanción de


multa:
Todos los conchabos con los Naturales se han de contratar ante el
Corregidor o Alcalde del Pueblo donde se celebren y se han de pagar
en tabla y mano en dinero efectivo, o en efectos si el Natural quisiera
con un diez por ciento de utilidad deducido el principal y gastos que se
tengan...

Y en el art.29, establecía que:


No se les será permitido imponer ningún castigo a los Naturales, como
me consta lo han ejecutado con la mayor iniquidad, pues si tuvieren de
que quejarse ocurrirán a los jueces para que se les administre justicia,
so la pena que si continuaren en tan abominable conducta, y levantaren
el palo para cualquier natural serán privados de todos sus bienes, que
se han de aplicar en la forma arriba descrita, y si usaren el azote, serán
penados hasta el último suplicio.

Como puede verse, el Reglamento contenía nociones de


reconocimiento de los pueblos indios (guaraníes) como entidad
política autónoma de carácter provincial. Enumeraba derechos
políticos, civiles y sociales de sus habitantes, de reparto de tierras
y adjudicación de fondos o, en términos del propio Belgrano,
derechos a “la libertad, propiedad y seguridad”.
En ocasión de conducir el Ejército del Norte, el 29 de julio de
1812, Belgrano se dirigió a los pueblos de la provincia de Jujuy
para convocarlos a una gesta que pasó a la historia como Éxodo
Jujeño:
Pueblos de la Provincia […] las armas de Abascal al mando de
269
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

Goyeneche se acercan a Suipacha; y lo peor es que son llamados por


los desnaturalizados que viven entre vosotros y que no pierden arbitrios
para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad
sean ultrajados y volváis a la esclavitud. Llegó pues la época en que
manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reunirnos al Ejército de
mi mando, si como aseguráis queréis ser libres, trayéndonos las armas
de chispa, blanca y municiones que tengáis o podáis adquirir, y dando
parte a la Justicia de los que las tuvieron y permanecieren indiferentes
a vista del riesgo que os amenaza de perder no sólo vuestros derechos,
sino las propiedades que tenéis...

Belgrano volvió a hacer expresa referencia al mundo indígena


al expresar su posición a favor de una monarquía inca cuando se
empezó a debatir la forma de organización política del Estado
naciente de la revolución. La denominaba una monarquía
moderada, que había postulado en cabeza de un descendiente
en línea directa de los Incas, especialmente en ocasión del
Congreso de Tucumán en 1816, lo cual ratificó en 1819. Esto no
puede ser interpretado como una adhesión al absolutismo que
había regresado en Europa, sino más bien como una fórmula
de organización política frente al desafío de concretar una
forma de gobierno. Así se respondía al riesgo de debilitamiento
por disolución, cuya respuesta era la aparición de un poder
fuertemente centralizado. No es posible, ni tiene sentido, hacer
especulaciones contrafácticas, pero sí afirmar la real existencia
de poderosas fuerzas disgregadoras con efectiva actuación que
influyeron notablemente en el devenir de los acontecimientos,
especialmente en la década de 1820.

Última reflexión
Jorge Spilimbergo (Spilimbergo: 1974) dijo en relación a
Güemes que
(…) ocultaron escrupulosamente el real significado de su acción militar
y política, así como las causas que determinaron su muerte a los 36
años en manos de la misma oligarquía salteña que aún hoy mantiene

270
Javier Azzali

su poder infame integrada a la oligarquía "nacional".

La contrarrevolución social contra el gauchaje y “la democracia


militar del barbudo comandante de la guerrilla patria”, golpeó
la campaña americana de San Martín y significó la pérdida de
las provincias del Alto Perú, actual Bolivia. Esta era la misma
concepción de unidad nacional e igualdad social que inspiró a
Manuel Belgrano durante su actuación política y jurídica, y que
junto con Güemes logró respecto de Jujuy y Salta. Güemes fue
asesinado, mientras que Belgrano fue marginado y perseguido. Al
igual que con Güemes, se le ocultó el real significado de su acción
intelectual, militar y política.
La frustración de la revolución social emprendida se expresó
en el destino de olvido, exilio y persecución de sus protagonistas.
Belgrano falleció en 1820 en la miseria y el olvido, en una Buenos
Aires dividida y convulsionada por luchas intestinas y arteras.
Una nueva etapa comenzaba, álgida y con retrocesos, donde el
programa revolucionario de los emancipadores quedó atrás. Así
se entiende el olvido o el destierro de sus hacedores. Nuevas
fuerzas sociales se consolidaron, abriendo cauce a una nueva
relación de fuerzas, con el artiguismo en retroceso y la llegada al
poder político de Martín Rodríguez y Rivadavia, expresión de la
fortalecida burguesía comercial porteñista y probritánica. Otras
figuras ocuparon el centro de la escena federal y democrática,
como Facundo Quiroga y Manuel Dorrego.
Aun así, quedó el legado de una conciencia social, amplia y
profunda, ligada a una visión continental, sin la cual la idea actual
de patria grande no sería posible. En traducción al lenguaje de
derechos, afirmamos que los derechos civiles, políticos y sociales,
se vinculan con la unidad continental de los pueblos. Unos sin
el otro tienen escasa eficacia y, a la inversa, es poco viable su
realización. Esta visión estaba ya presente en los protagonistas
de la emancipación contra el absolutismo en 1810, quienes nos
aportaron una idea de Estado profundamente democrática. Esto
se testimonia en las ideas jurídicas de Manuel Belgrano, con una
idea de Estado, soberanía popular y bienestar social, como una
271
Las ideas jurídicas de Manuel Belgrano:
el legado histórico de una concepción de Estado democrática y popular

contribución esencial al origen de una tradición política y jurídica,


de enfoque nacional y popular, con proyección en la actualidad.

272
Javier Azzali

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274
Mara Espasande

¿Un Inca como rey?


Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica
de Manuel Belgrano
276
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base
social del proyecto de la monarquía incaica de
Manuel Belgrano

MARA ESPASANDE

Introducción

Mediante el decreto 2/2020 el Poder Ejecutivo Nacional de la


República Argentina declaró el año 2020 como el “Año del General
Manuel Belgrano” por cumplirse 250 años del nacimiento y 200
años de su muerte. Allí destacó que fue “…una de las figuras
fundamentales del proceso que condujo a la independencia
de nuestro país en el marco de las luchas por la emancipación
sudamericana” y convocó a “analizar y actualizar el legado de la
gesta de D. Manuel Belgrano y de los patriotas que junto con él,
pelearon por la independencia y la grandeza de la Nación…”1.
Manuel Belgrano es, sin dudas, una de las figuras de la historia
argentina sobre las cuales existe mayor producción historiográfica.
Desde la temprana biografía publicada por Bartolomé Mitre
(1857) se convirtió en “símbolo de virtudes cívicas”, tal como
sostiene Halperín Donghi (1993). El carácter multifacético de
su accionar permitió, además, que se constituya en objeto de
estudio de otras disciplinas.
Político, diplomático, periodista y militar realizó, también,
aportes fundamentales en el ámbito de la economía y la educación.
Durante su gestión como Secretario del Consulado de Buenos
Aires (1794-1810) se preocupó por el desarrollo y bienestar de la

1 Decreto 2/2020 “2020 – Año del General Belgrano” publicado en el Boletín Oficial
el 2 de enero de 2020. Disponible en: https://www.boletinoficial.gob.ar/detalleAviso/
primera/224308/20200103 [consultado el 05/08/2020].
277
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

población; fundó escuelas que luego fueron cerradas por la corona


española porque se consideraban un lujo excesivo para estas
tierras. Cuando los ingleses invadieron Buenos Aires, Belgrano
se sumó a la resistencia, tuvo su bautismo de fuego y fue elegido
como Sargento Mayor del Regimiento de Patricios. También por
pedido de “sus paisanos” –como él llamaba a sus compañeros de
la milicia– aceptó formar parte de la Primera Junta de Gobierno
en mayo de 1810.
Allí comenzó un largo camino de luchas militares y políticas. El
acontecimiento más recordado y conocido por el conjunto de la
sociedad argentina es, sin duda, la creación de la bandera celeste
y blanca en 1812. Pero también fue el conductor de un pueblo en
armas que protagonizó uno de los hechos más extraordinarios
de la lucha por la independencia: el Éxodo Jujeño (23 de agosto
de 1812). Luego de sus victorias en Tucumán (septiembre de
1812) y Salta (febrero de 1813), donó el dinero recibido para la
creación de escuelas y escribió un Reglamento para ellas donde
sostuvo que había que educar a las mujeres y enseñar el “amor a
lo americano antes que a lo extranjero” y preferir “el bien público
antes que el privado”.
En 1815, fue uno de los personajes claves para la resolución
del conflicto dentro del frente patriota que permitió la firma del
Pacto de los Cerrillos y la convocatoria al Congreso en Tucumán.
Allí, durante las sesiones secretas, presentó su propuesta política:
coronar a un inca como rey. En este artículo nos proponemos
reflexionar sobre las condiciones que permitieron la gestación
de este proyecto que, a pesar de la importancia que tuvo en
su época, es prácticamente desconocido para el conjunto de la
sociedad argentina: ¿un rey en 1816?, ¿un Inca gobernando estas
tierras?
Muchas veces se han presentado los proyectos monárquicos
en el Río de la Plata como meros intentos políticos de usurpación
del poder de grupos reducidos que no brindaban alternativas
políticas concretas. Aparecen caracterizados de atemporales
y hasta “ridículos”. El proyecto más vapuleado fue el de la
278
Mara Espasande

monarquía incaica, juzgado por la historia oficial como absurdo


y sin base real: “…extravagante en la forma e irrealizable en los
medios (...) tenía su razón de ser en la imaginación y no en los
hechos, que a veces gobierna a los pueblos más que el juicio”
(Mitre, 1927: 5), escribió Bartolomé Mitre.
Ahora bien, si esto fue así, ¿por qué obtuvo el apoyo de la
mayoría de los congresales de Tucumán y de gran parte de la
población del norte de las Provincias Unidas? ¿Por qué se
dedicaron tantas sesiones del Congreso a debatir este tema?
¿Cómo entender que contaba con el apoyo de San Martín y
Güemes, entre otros líderes de la época?
Por estas contradicciones consideramos necesario profundizar
el estudio de este proyecto. Sostenemos como hipótesis que la
instauración de la monarquía inca contó con el apoyo popular en
la región de los pueblos de los Andes meridionales y del resto
del Alto Perú. Para analizar esto, debemos remontarnos al inicio
del proceso revolucionario en 1809 y estudiar la participación de
los indígenas en él. Por otro lado, los revolucionarios de Mayo
–entre ellos Belgrano– llevaron a cabo una política particular en
defensa de los derechos de la población indígena, desarrollada en
un contexto político-cultural donde el “incaísmo” se encontraba
permanentemente presente. Por último, consideramos que la
monarquía inca fue la alternativa política que Belgrano, Güemes
y San Martín consideraron viable para evitar la disgregación
territorial –a partir de un modelo de centralización del poder– y
la hegemonía de Buenos Aires sobre el resto de las provincias, ya
que la capital del nuevo Estado estaría emplazada en el Cuzco.
Para corroborar estas hipótesis abordaremos la relación
de Belgrano con las comunidades originarias, en particular el
vínculo establecido como conductor de los pueblos en armas
en el Frente Norte, es decir, en los Andes meridionales, actual
noroeste argentino y sur boliviano. Esta indagación nos llevará a
preguntarnos cómo fue la conformación de la tropa, qué diversos
colectivos sociales contribuyeron a la causa revolucionaria y sus
formas de hacerlo; por qué luchaban y cuáles eran sus anhelos.

279
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

Belgrano, en su rol de conductor, logró conjugar y articular


la participación de diversos grupos étnicos y sociales que, con
intereses particulares, confluyeron en la lucha emancipatoria
general. En esta condición, consideramos que se encuentra una
de las claves –no la única- para explicar su proyecto de coronar a
un Inca como rey.

Los pueblos indígenas frente a la crisis, la revolución y la


guerra

Los pueblos originarios en el territorio virreinal

Cuando comenzó el proceso revolucionario en 1809, la


situación de los pueblos indígena era heterogénea. En el entonces
Virreinato del Río de la Plata y la Capitanía de Chile aún existían
los “territorios libres”, es decir regiones geográficas que no
habían sido conquistadas y que se encontraban bajo control
de los pueblos originarios. Tal era el caso de parte de la región
pampeana, patagónica y chaqueña, pobladas por los guaikurúes,
mataco-mataguayos, tehuelches, mapuches y ranqueles (Martínez
Sarasola, 2011) que resistirían hasta finales del siglo XIX.
En la región del Paraguay y mesopotámica se localizaba el
pueblo guaraní, constituido por comunidades agricultoras con un
alto grado de organización social, reforzadas por la experiencia
de las Misiones Jesuíticas. Su participación en las luchas
independentistas se produjo junto al Protector de los Pueblos
Libres, José G. Artigas.
Por otro lado, el Alto Perú –donde la población era
mayoritariamente indígena– había sido incorporado al Virreinato
del Río de la Plata como fuente de financiamiento para la nueva y
débil unidad administrativa (1776). El cerro del Potosí constituía
una de las mayores fuentes de riquezas de Hispanoamérica y los
pueblos de esta región sufrían la explotación bajo el sistema de

280
Mara Espasande

la mita y el yanaconazgo, que los condenaba a trabajos forzados


tanto en minas como en haciendas. Por su parte, en los Andes
meridionales podemos identificar diversas realidades. En Salta, a
diferencia del resto de la región –donde la mayoría era indígena–
la población era mestiza, afromestiza, negra y/o blanca (Mata,
2008: 181); las comunidades originarias que vivían allí, lo hacían
en las encomiendas que aún pervivían entre ellas la de Tonocotés
de Nicolás Severo de Isasmendi en el valle Calchaquí y la de
Cochinoca y Casabindo del Marqués de Tojo en Santa Victoria
y Tarija. Cabe aclarar que, como consecuencia de la represión
sobre las rebeliones indígenas del siglo XVIII2 y el desarrollo
económico de la región, se generó un movimiento importante de
población indígena que provino del Alto Perú y que se estableció
en Salta-Jujuy, en la mayoría de los casos como arrendatarios
o peones (Mata, 2004: 230). Por el contrario, en los Valles
Calchaquíes la población era mayoritariamente indígena, al igual
que en la Puna jujeña –región cultural y económicamente ligada
al Alto Perú– donde alcanzaba el 85 % (Vega, 2016: 5). Tanto los
Andes centrales como meridionales fueron territorios clave en la
lucha por la emancipación: allí comenzó (1809) y terminó (1825)
la guerra. Además, era la zona demográfica y económicamente
más importante.
Por último, en la región fronteriza con el Chaco se encontraban
las comunidades de las familias guaycurú que, conservando relativa
autonomía, mantenían vínculo permanente con la sociedad
colonial y, posteriormente, con los grupos revolucionarios.

2 La insurrección comenzó en Chayanta y Tinta en 1780, y alcanzó la ciudad de La Paz en 1781,


liderada por Tupaj Katari y José Gabriel Tupac Amaru. Sin desconocer la autoridad del rey, el
movimiento comenzó pidiendo la supresión de los abusos contra los indios. La sublevación se
expandió rápidamente por el Alto Perú haciendo temblar los cimientos del orden colonial. Las
masas campesinas mostraron la fiereza con la que estaban decididos a defender sus derechos,
violados durante tantos siglos. La insurrección fue tan importante que sólo se logró acabar
con ella mediante el castigo y suplicio que sufrieron los rebeldes. A pesar de su derrota, esta
sublevación mostró la capacidad de lucha y organización de los pueblos del Alto Perú, ya que
una vez iniciada la revuelta en forma espontánea se expandió, organizó y ofreció una fuerte
resistencia al ejército español.
281
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

Tiempos de revolución en el Alto Perú


Todavía eran cercanos los recuerdos de las sublevaciones de
Tupac Amaru y Tupaj Katari cuando los sucesos en Europa de
1808 conmocionaron a la región. Luego de la invasión francesa
a España, en la Península Ibérica estalló la insurrección popular:
el rey Fernando VII se encontraba preso y el pueblo reasumía
la soberanía organizándose en Juntas. La influencia de las ideas
ilustradas, pero también las teorías pactistas de los teólogos del
siglo XVI –tales como la obra de Francisco Suárez– constituyeron
el marco filosófico para el inicio de este proceso insurreccional.
Fernando VII “El deseado” presentaba una esperanza de
renovación dentro de la monarquía española, liderando la lucha
contra la facción pro francesa encarnada por Godoy, ministro de
Carlos IV.
Este acontecimiento generó el primer movimiento de carácter
popular y antiabsolutista en el territorio del Río de la Plata. El
16 de julio de 1809, se desató en Chuquisaca un levantamiento
liderado por españoles americanos y algunos españoles bajo
el grito de “¡Viva Fernando VII, muera el mal gobierno!”, que
exigió la convocatoria de un Cabildo abierto. América se
integró entonces a las luchas contra el absolutismo, creando
sus propias Juntas que proponían gobernar en nombre del rey
preso (Galasso, 2010). La pugna entre liberalismo democrático/
absolutismo que se desarrollaba en Europa también se encontraba
presente en América. El carácter de conflicto ideológico de la
revolución permite comprender por qué esta primera revolución
altoperuana estuvo protagonizada por distintos grupos sociales
que poseían intereses particulares diversos, pero que confluían
en su lucha contra el sistema absolutista: a los españoles y criollos
se les sumaron la población mestiza y las comunidades indígenas
cercanas a la ciudad.
Se organizó entonces un nuevo gobierno que depuso al
gobernador intendente don Tadeo Dávila. El historiador boliviano
Valencia Vega sostiene con respecto a la movilización indígena
alrededor de esta revolución: “…los cabecillas de esta revolución
282
Mara Espasande

habían sido actores y espectadores de la sublevación de Tupaj


Katari en 1781, y por lo tanto fueron testigos y apreciaron como
tales, la tremenda fuerza demostrada por las masas campesinas
rebeladas. Además, estaban enterados de las ansiedades y deseos
de los indios para sacudirse de la opresión económica y adquirir
derechos políticos” (Valencia Vega, 1962: 142).
Es por esto que la Junta Representativa y Tuitiva de los
Derechos del Pueblo –conformada como nueva forma de
gobierno– solicitó en el párrafo 9º de su declaración que se
incorporase un diputado de cada partido de las subdelegaciones
de La Paz como representante de los indígenas, para exponer
los deseos de las masas campesinas y lograr traducir en su
idioma natural las declaraciones realizadas. Al decir de Vega,
“los revolucionarios de julio de 1809 (…) fueron los que mayor
importancia dieron a la movilización de las indiadas, para tratar
de incorporarlas activamente no sólo en determinadas tareas
de puro trabajo o de funciones meramente auxiliares, sino con
la intención de crear unidades ágiles y despiertas, que fuesen el
fundamento de los ejércitos de la emancipación, con las masas
indígenas convenientemente instruidas y entrenadas” (Valencia
Vega, 1962: 230).
La represión no se hizo esperar. Los sectores conservadores
recurrieron al pedido de ayuda de los Ejércitos Virreinales –
establecidos en Lima y Buenos Aires– quienes bajo la conducción
del Presidente de la Real Audiencia del Cuzco José Manuel
Goyeneche, fueron feroces.
El proceso revolucionario mostró así su carácter multicausal y
multidimensional. La lucha por la ruptura de la dominación colonial
generó el establecimiento de múltiples alianzas políticas que
trascendieron el carácter separatista de la revolución (Galasso,
2004; Chiaramonte, 2010). Además, emergieron otras tensiones
vinculadas al conflicto entre el espacio urbano y rural; las milicias
(tanto de gauchos como de indios) y el ejército regular; los
“indios” y los “blancos” y, finalmente, entre la búsqueda de orden

283
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

social y la necesidad de la movilización militar generalizada3. Una


vez iniciado el proceso revolucionario en Buenos Aires (1810) se
incorporaría a esta complejidad el conflicto entre las autonomías
provinciales y el centralismo porteño.
Por otro lado, en el campo étnico-social algunas facciones de
españoles y españoles americanos temían profundamente a la
ruptura del orden social, no sólo a los levantamientos indígenas
sino también a las revueltas de las personas afroamericanas
esclavizadas4. Sostiene Halperín Donghi: “en un orden basado
secularmente en el mantenimiento del indígena en la situación
más desfavorecida, eran en efecto todos los sectores privilegiados
(burócratas, mineros, terratenientes, eclesiásticos y la plebe
urbana) los que debían sufrir las consecuencias inmediatas de la
emancipación india (...) La liberación indígena aparece así como
una amenaza al estatuto de las demás castas altoperuanas...”
(Halperín Donghi, 1979: 251-254)5.
Pero, por otro lado, amplios sectores revolucionarios
consideraban necesario sustentar los cambios políticos en
una revolución social para lo cual la base indígena era un actor
fundamental. Entre ellos, se encontraba la facción que llevó
adelante la Revolución de Mayo y que, durante los primeros meses,
condujeron la Junta constituida allí. Entre ellos se encontraban
Mariano Moreno, Juan José Castelli y Manuel Belgrano.

3 En este sentido se destacan los aportes realizados por Charles Walker (1996, 2004), Steve
Stern (1987), María Luisa Soux (2012), Ascención Martínez Riaza (2014) y Scarlett O´ Phenlan
Godoy (2014).

4 La reciente revolución en Haití incrementaba los temores.

5 El pago del tributo por parte de las comunidades andinas sería un factor de disputa en el
proceso tardo colonial y el inicio de la etapa independentista. En forma sincrónica al desarrollo
de las revueltas en La Paz y Cochabamba, se gestó un proyecto insurgente liderado por el
prebendado de La Plata Andrés Jiménez de León y Mancocapac, el cacique de Toledo Manuel
Victoriano Aguilario de Titichoca y el escribano de la Junta Tuitiva de La Paz Juan Manuel de
Cáceres que pidieron la suspensión de la mita de Potosí y la suspensión del pago del tributo
a los funcionarios que ya no representaban al rey. El cuestionamiento no se realizaba al pacto
colonial, sino a las autoridades realistas que la cobraban (Soux, 2008: 25).
284
Mara Espasande

Buenos Aires, la Revolución de Mayo y los pueblos


originarios
Conformada la Primera Junta de Gobierno, la conducción
política recayó sobre su secretario, Mariano Moreno. Este joven
abogado había estudiado derecho en Chuquisaca, Alto Perú,
donde realizó una vigorosa defensa de los pueblos originarios6.
Su tesis final se denominó Disertación jurídica sobre el servicio
personal de los indios en general y sobre el particular de Yanaconas
y Mitarios (1802). En este trabajo condenó la explotación de los
yanaconas y de los mitayos: “soy de parecer que esta introducción
y costumbre es del todo abusiva y perjudicial, destructiva de
los autorizados privilegios de los indios y que aunque por los
respectos de los tiempos las han tolerado nuestras leyes, sin
embargo en la actualidad serían dignos de los mayores elogios
aquellos magistrados que emplearan todo su poder y celo en
exterminarla” (Moreno, 1802)7. En sus argumentos cabe destacar
la influencia de la obra de Victoriano de Villava fiscal en Charcas,
entre 1791 y 1802, y autor de Discurso sobre la mita de Potosí. En
1797, Villalva había sostenido: “es América la más inhumana y
destructora porque se trasladan los indios alrededor de 200 leguas
con toda su familia, arrancándolos de sus países y sus hogares,
caminan sin pagarles, se llevan a un clima duro como es todo
mineral, se dedican a un trabajo penosísimo, nocturno y malsano,
comen y visten mal, son castigados con crueldad por los mineros

6 Cabe destacar la importancia de la influencia de Victoriano de Villava (fiscal en Charcas de


1791 a 1802) autor de Discurso sobre la mita de Potosí. En 1797 había sostenido: “es en América
la más inhumana y destructora porque se trasladan los indios alrededor de 200 leguas con toda
su familia, arrancándolos de sus países y sus hogares, caminan sin pagarles, se llevan a un clima
duro como es todo mineral, se dedican a un trabajo penosísimo, nocturno y malsano, comen
y visten mal, son castigados con crueldad por los mineros (gente insaciable y dura) y acaban la
mayoría su vida, o quedan enfermos toda ella. Destiérrese pues de una vez la esclavitud de los
indios bajo cualquier nombre que tenga y nadie pueda servirse de ellos, sino por su voluntad
y bien pagados, como los criados y jornaleros de España” (Caviglia; Villamea; Álvarez, 2016:
24).

7 Citado en Moreno, Mariano. Escritos, Buenos Aires: Estrada, 1943.


285
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

(gente insaciable y dura) y acaban la mayoría su vida, o quedan


enfermos toda ella. Destiérrese pues de una vez la esclavitud de
los indios bajo cualquier nombre que tenga y nadie pueda servirse
de ellos, sino por su voluntad y bien pagados, como los criados y
jornaleros de España” (Caviglia; Villamea; Álvarez, 2016: 24).
Una vez iniciado el proceso revolucionario de 1810, Mariano
Moreno asumió como Secretario de la Junta e impulsó la
designación de Juan José Castelli como Jefe de la expedición al Alto
Perú, quien recibió instrucciones de “…dirigir los movimientos
del ejército y reglar la organización de los pueblos que se asocien
a la capital” (Sierra, 1962: T.5, 175). El 5 de febrero de 1811,
luego de haber sofocado un levantamiento contrarrevolucionario
en Córdoba, Castelli se dirigió a los pueblos indígenas del Alto
Perú:
...la imagen de vuestra miseria y abatimiento atormentaba mi
corazón sensible (...) No podéis ignorar que arrebatado por la perfidia
del trono de sus mayores el Sr., don Fernando VII suspira inútilmente
por su libertad (...) ¿No es verdad que siempre habéis sido mirados
como esclavos? La historia de nuestros mayores y vuestra propia
experiencia descubren el veneno y la hipocresía. (...). Sólo aspiramos a
restituir en los pueblos la libertad civil y que vosotros bajo su protección
viviréis libres gozando la paz juntamente con nosotros de los derechos
originarios que nos usurpó la fuerza. La junta de Capital los considerará
siempre hermanos e iguales8.

Castelli se pronunció nuevamente a favor de la causa indígena


en Oruro, incitando a sus habitantes a unirse a la revolución:
“Ciudadanos compatriotas: al fin, al fin ha llegado la época suspirada
en que los injustos opresores de la patria vacilen y se estremecen,
sin poder ya reanimar su moribundo despotismo (...). El grito
de la naturaleza y el poder de la razón, han sofocado el débil y
amenazada voz de los tiranos (...) Ya ha llegado el tiempo de que
el virtuoso ciudadano, sea preferido al inmoral extranjero...”9. Al

8 Proclama de Juan José Castelli del 5/2/1811 publicada en La revolución de Mayo a través de
los impresos de la época. Comisión Nacional Ejecutiva del 150º aniversario de la Revolución de
Mayo, Buenos Aires: 1965. Tomo I, pp. 425-428.

9 Proclama de Juan José Castelli, publicada en La revolución de Mayo a través de los impresos
286
Mara Espasande

cumplirse el primer aniversario de la Revolución, Castelli organizó


un homenaje a los incas para lo cual convoca a los representantes
indígenas a Tiahuanaco. Allí, Bernardo de Monteagudo leyó el
decreto que estableció que:
…Habiendo declarado el gobierno que los indios son iguales a los
demás habitantes no hay razón para que no se supriman los abusos y
se propenda a su educación y prosperidad. En consecuencia, ordena:
las autoridades deberán informar para cortar los abusos en perjuicio
de los indios aunque sea ´a título de culto divino´; promover su
beneficio, especialmente en repartimientos de tierras, establecimiento
de escuelas en todos sus pueblos, exención de cargas e imposiciones…
(Chaves, 1944: 254).

Esos discursos y decretos se encontraron acompañados


de diversas medidas tomadas desde Buenos Aires durante
los primeros años del proceso revolucionario. Entre ellas se
destacaron: el 29 de marzo de 1811 la Junta condenó todos los
trabajos forzados; el 1° de septiembre del mismo año sancionó
un decreto en castellano y en quechua que suprimió en todo
el territorio del Río de la Plata los tributos e impuestos que
pagaban los indígenas a la Corona de España10; en octubre de
1811, Chiclana recibió a Cacique General Tehuelche Quintelau,
afirmando que eran “compatriotas, hermanos y amigos”; el 12
de marzo de 1813 se dictó una proclama aboliendo los tributos
de los indios en Santa Fe. Finalmente, la Asamblea del año XIII

de la época. Comisión Nacional Ejecutiva del 150º aniversario de la Revolución de Mayo,


Buenos Aires: 1965. Tomo I, pp. 443-444.

10 Cabe aclarar que la ruptura del Pacto colonial generó un debate en torno a la necesidad de
contar con el aporte de las comunidades indígenas. Sostiene Vega: Tal como sostiene Vega: “El
tributo indígena constituía la fuente mayoritaria de recaudación para mantener la estructura del
gobierno y a las instituciones eclesiásticas. Por esta razón, cuando las Cortes de Cádiz resolvieron
su abolición, las autoridades coloniales se vieron en la necesidad de renegociar el pacto colonial
para poder mantener a los ejércitos realistas. Se decidió finalmente que las comunidades y ayllus
pagarían una “contribución provisional”. En la región del Alto Perú, donde los indios estaban
sublevados, las autoridades locales comenzaron a establecer contactos con las autoridades
indígenas, caciques y cobradores para negociar el pago del tributo. La negociación del tributo
adquirió relevancia tanto para el ejército realista como para los grupos que se sublevaron en el
Alto Perú entre 1809 y 1812, pues las parcialidades insurgentes también buscaron estrategias
para apropiarse del tributo a fin de recaudar ingresos para el mantenimiento de la guerra (Vega,
2013: 8-9).
287
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

-ratificando el decreto de septiembre de 1811– decretó el fin de


la mita, la encomienda, el yanaconazgo y todo servicio personal
afirmando que los indígenas eran hombres libres e iguales a todos
los demás ciudadanos y declarando que todo documento oficial
debe ser traducido al guaraní, quechua y ayamará.
En este contexto debemos ubicar la defensa de los derechos de
los pueblos indígenas por parte de Manuel Belgrano, que expresó
su preocupación desde el comienzo del proceso revolucionario11.
Cuando se lo puso a cargo de la expedición al Paraguay, fundó
los pueblos de Curuzú Cuatiá y Mandisoví a fin de aglutinar a
la población rural alrededor de la escuela y la Iglesia; y, el 30 de
diciembre de 1810, dictó el Reglamento para el Régimen Político y
Administrativo y Reforma de los treinta Pueblos de las Misiones, un
verdadero antecedente del decreto que aprobaría la Asamblea en
el año XIII. Estableció allí: “1. Todos los naturales de las Misiones
son libres, gozarán de sus propiedades, y podrán disponer de
ellas como mejor les acomode, como no sea atentando contra
sus semejantes; 2. Desde hoy los liberto del tributo; y a todos los
treinta pueblos, y sus respectivas jurisdicciones los exceptúo de
todo impuesto por el espacio de diez años” (Caviglia; Villamea;
Álvarez, 2016: 31). Además, habilitaba a los indígenas a ocupar
cargos públicos sin que tuviesen que renunciar al idioma nativo,
creaba un fondo para la educación, establecía que el salario
debía pagarse en dinero afectivo y no en mercancías y prohibía
la tortura. Cristina Minutolo de Orsi no duda en afirmar que “se
trataba de la primera Constitución redactada para una provincia

11 Cabe destacar que siendo Secretario del Real Consulado de Buenos Aires (1794-1809)
visitó distintas regiones que conforman el Virreinato del Río de la Plata, donde pudo observar
las dificultades en el campo productivo, social y educativo. Tanto en sus diarios de viaje, en las
Memorias Consulares como en artículos publicados en la prensa de la época dejó constancia
de su valoración de la cultura de los pueblos indígenas, pero también de su preocupación por
las condiciones de vida. Por ejemplo, en una nota publicada en el Correo de Comercio destacó
la importancia de impartir educación a la población rural –entre la que se encontraban las
comunidades indígenas– considerando que de esta manera favorecerían la situación general y
se fortalecerían la industria y el comercio. Observó con particular atención la forma en la cual el
pueblo pampa impartía la instrucción a sus niños, tanto por el amor con el que lo hacían como
por la estricta organización a cargo del cacique.

288
Mara Espasande

argentina” (Minutolo de Orsi, 2016: 54).

Rumbo al Norte

En 1812, Belgrano fue designado Jefe del Ejército Auxiliar del


Perú. El estado de las tropas era calamitoso. En la ciudad-puerto,
el Primer Triunvirato había reemplazado a la Junta Grande y se
encontraba hegemonizado por una facción política conservadora –
representante de la burguesía comercial– que presentaba reparos
en los esfuerzos realizados en favor de la causa antiabsolutista.
En julio de 1812, Belgrano tomó conciencia de que no era
posible enfrentar al enemigo en las condiciones en las que se
encontraba su fuerza. El poderoso Ejército Realista, proveniente
del Virreinato del Perú, avanzaba sobre Jujuy poniendo en riesgo
la pervivencia de la Revolución. El 29 de julio de 1812 decidió
convocar al pueblo jujeño a realizar lo que sería una de las proezas
más grandes de nuestra historia: abandonar la ciudad para dejar la
tierra arrasada, obligando al ejército realista a dirigirse hacia el sur
para enfrentarlo, luego, en Tucumán.
El 23 de agosto, 1500 habitantes iniciaron la marcha. Durante
esta, el Primer Triunvirato le ordenó replegarse hasta Córdoba,
pero Belgrano se negó a aceptar la orden y enfrentó a las tropas
realistas en Tucumán, el 24 de septiembre de 1812 y luego en
Salta, el 20 de febrero de 1813, donde obtuvo contundentes
victorias.
Desde que asumió la conducción del Ejército del Norte,
Belgrano reconoció la importancia de contar con el apoyo se
los sectores populares de la región tanto de los indígenas como
de los gauchos. La diversidad étnica y social de la tropa dentro
del ejército regular se profundizaba aún más cuando la guerra
incorporó a las fuerzas irregulares, es decir a las milicias de indios
y gauchos. Fue por esto que procuró que dentro de las tropas
revolucionarias no se realizaran burlas a las costumbres de los
pueblos del Alto Perú. Según Julio César Cháves, “la popularidad
289
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

que alcanzó entre los indios fue inmensa. (…) Todo el país estaba
cubierto de indiadas militarizadas, armadas de palos y de hondas
y de piqueros a pie que obedecían las órdenes de los caudillos
que habían adquirido nombradía y hacían un activo servicio de
vigilancia, interceptando las comunicaciones del enemigo, y lo
mantenían en constante alarma” (Chaves, 1944: 229).
Esta afirmación se encuentra respaldada por diferentes fuentes
primarias, entre ellas se desatacan las Memorias del Gral. Paz
donde, rememorando las jornadas de lucha, escribió en su relato
en torno a la retirada de Jujuy hacia Tucumán: “… los paisanos y
los indios venían pasiblemente a traer las provisiones al pequeño
cuerpo que se retiraba, tan lejos de manifestarnos aversión solo se
dejaba percibir en lo general un sentimiento de simpática tristeza.
No hubo entonces riñas fratricidas, ni pueblos sublevados para
acabar con los restos del ejército de la Independencia, nada de
escándalos que deshonran el carácter americano y manchan las
más justa de las revoluciones” (Paz, 1892: 17-18).
Ahora bien, ¿qué motivó a los pueblos originarios a sumarse a
esta lucha?, ¿cuál era la importancia de la participación en dicho
conflicto?12 Resulta insoslayable citar la obra de Tulio Halperin
Donghi (1972) quien caracterizó el proceso de principios del siglo
XIX como una etapa de “Revolución y Guerra”. Sostiene que la
guerra se instaló en el Río de la Plata a partir de 1806/1807, con
la invasiones inglesas13, continuó durante décadas por lucha por la
emancipación y luego por la organización nacional. La militarización
—a través de la conformación de milicias— abrió un nuevo
espacio donde actores sociales, hasta el momento excluidos de la
vida política, encontraron canales de participación14. Al respecto
12 Ver: Sara Mata (2002) y María Luisa Soux (2012).

13 Recordemos que Belgrano tuvo allí su bautismo de fuego.

14 Juan Carlos Garavaglia, continuando esta línea de análisis, reafirma la hipótesis de Halperín
Donghi, aporta datos cuantitativos en relación al peso de los efectivos militares en relación a
la composición demográfica en el Río de la Plata que, comparativamente con otras sociedades
resulta sustancialmente mayor (Garavaglia, 2007). Basándose en los datos obtenidos por este
último autor y a partir de la elaboración de bases de datos propias, Rabinovich afirma que
290
Mara Espasande

sostiene Fabián Brown: “… los pueblos estuvieron en armas y


fue la militarización, a través de las milicias rurales y urbanas, la
principal forma de expresión política ciudadana” (Brown, 2020).
La “Guerra del pueblo” –en términos de Karl Von Clausewitz–
enmarcó la participación militar pero también política de una
diversidad de actores étnicos y sociales que encontraron en
hombres como Belgrano a conductores que sintetizaron las
heterogéneas reivindicaciones previas.
A su vez, Gil Montero (2006, 2008) sostiene como hipótesis
que la guerra generó las condiciones de convivencia entre
sectores sociales y étnicos que anteriormente eran contrapuestos
(“blancos-indios”, por ejemplo); las necesidades de la guerra
generaron la aceptación y la tolerancia de diversas técnicas
surgidas de los conocimientos previos y de la forma de vida de los
actores sociales intervinientes.
Con respecto a la participación de los pueblos originarios
en las guerras por la independencia cabe destacar que esta fue
invisibilizada en el relato construido por la historiografía liberal
del siglo XIX y principios del siglo XX, tanto en Argentina
como en Bolivia (Mitre, 1846; Cortez, 1861). Según esta
corriente, el proceso independentista fue resultado de una
gesta protagonizada fundamentalmente por un grupo social:
los criollos, quienes buscaban abandonar el yugo hispánico e
instaurar el libre comercio con Inglaterra. La participación de los
pueblos indígenas-campesinos junto al Ejército Auxiliar del Perú
o en el Ejército de los Andes y el cruce de la cordillera, son casos
poco estudiados por esta corriente que –desde una concepción
elitista y racista en el marco de la conformación de los Estados
oligárquicos en América Latina– excluyó a las comunidades
indígenas del relato historiográfico de la emancipación15. Tal

durante las guerras de la emancipación la militarización fue total (“militarización estructurante”).

15 En investigaciones recientes en el campo de la historia, la antropología y particularmente de


la etnohistoria, se cuestiona y problematiza la mirada antes mencionada, proponiendo nuevos
marcos teóricos desde los cuales pensar la participación popular en las guerras emancipadoras.
Ver: Pomer, 2005; Soux, 2008; Démelas, 1990, Hylton, 2003; Thomson, 2006; Aguirre, 1987.
291
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

como sostiene León Pomer, “homogeneizada la cultura colectiva


en torno a una memoria común, patrimonio erguido por encima
de las diferencias, este constituye en el fundamento de una nueva
identidad” (Pomer, 2005: 141). Es decir, la conformación de una
memoria histórica donde la nación en tanto argentina y/o boliviana
se construyeron alrededor de la noción de homogeneidad cultural.
Sin embargo, a partir de las décadas de 1950 y 1960, con el
surgimiento del revisionismo histórico y de la Historia Social en el
ámbito académico, comenzaron a desarrollarse diversos estudios
que contraponen lo sostenido por las historias liberales. Una
de las primeras temáticas en ser abordadas, fue el surgimiento
de la llamada “guerra de republiquetas”. Luego de las derrotas
patriotas de Vilcapugio y Ayohuma, en Potosí, Chuquisaca, Oruro,
La Paz, Cochabamba y Santa Cruz emergieron fuerzas irregulares
conformadas por indios, mestizos y criollos que contuvieron a
los realistas en el Alto Perú por más de quince años (1810-1825).
Esta forma de lucha, donde las montoneras que recurrían a la
guerra de recursos, resultó mucho más efectiva que la guerra
regular.
Uno de sus precursores fue el coronel Juan Antonio Álvarez,
militar oriundo de España y defensor de la causa de quechuas
y aymaras. En 1809 había recibido el pedido de la Junta de
Chuquisaca para organizar la defensa del territorio. Luego de
la derrota de este movimiento se había escapado de la cárcel y
fundado la Republiqueta de Charcas. Álvarez de Arenales, Lanza,
I. X. Warnes, I. de las Muñecas, Manuel Padilla, su esposa Juana
Azurduy y Vicente Camargo –oriundo de la comunidad indígena
de Moromoro (provincia de Chayanta)– fueron otros de los líderes
de estos pequeños grupos reunidos espontáneamente (Puiggrós,
1971). Las redes interpersonales y la articulación de los caudillos
con los caciques de la región permitieron la conformación de una
fuerza capaz de contener el avance realista. Ejemplo de esto es el
pacto que selló Juana Azurduy con el Cacique Juan Huallparrimachi
para conformar el cuerpo de “Los Húsares” que darán batalla en
forma sostenida hasta el final de la guerra de la emancipación.
292
Mara Espasande

En este territorio –y en articulación con estas fuerzas– luchó


Belgrano a cargo del Ejército Auxiliar. Entre los caciques con los
que estrechó vínculo se encontraba Blas Ari, de la región de Paria.
En un informe a Buenos Aires informó: “El comandante don Blas
Ari me ha traído a los deanes don Pedro Funes y don Hipólito
Maldonado, cura el primero de Andamarca, y el segundo de las
Salinas de Garci-Mendoza, con una porción de representaciones
en contra de ellos, y le han acompañado hasta treinta naturales,
todos con quejas de la conducta de los expresados curas, y de
que son contrarios a nuestra sagrada causa; que predicaban en
contra de ella y a favor de Goyeneche” (citado en Vega, 2013:
12).
Otro personaje clave en el establecimiento del vínculo con las
comunidades originarias fue Juan Antonio Álvarez de Arenales.
Designado Juez Subdelegado de Arque, Cochabamba, y luego de
Cinti, amplió la participación indígena permitiendo el reingreso
del Ejército comandado por Belgrano en la región.
Esta articulación fue vital no solo por el conocimiento del
terreno con el que contaban estas comunidades, sino también por
los recursos que proveían y por la red de espionaje y circulación
de información que habían establecido. En las memorias de
Lamadrid se ha dejado constancia de esta situación: “aunque nos
servíamos generalmente de mulas para las marchas, como que
son las más sufridas y á propósito la aspereza de los caminos,
nunca nos faltaron los caballos de reserva para entrar en pelea
(…) pues los indios fueron siempre más afectos á nosotros que á
los españoles, pues aún en nuestras derrotas a pesar de la miseria,
jamás nos alejaban sus llamas y ovejas, como lo hacían siempre
con las tropas españolas (Aráoz de Lamadrid, 1855: 21).
Por otro lado, en 1813, se presentó ante Manuel Belgrano
en Potosí el cacique Cumbay, quien lideraba a las comunidades
guaycurúes de las tierras bajas orientales del Alto Perú (Mata,
2004). Le ofreció asistencia militar, tal como había hecho en 1811
con Padilla y Azurduy luego de la derrota del Ejército comandado
por Castelli.
293
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

Después de Vilcapugio y Ayohuma, en octubre y noviembre de


1813, derrotado el Ejército patriota, fueron las milicias populares
quienes resistieron y contuvieron el avance de las fuerzas
realistas mientras que los esfuerzos de las Provincias Unidas se
concentraban en organizar, en Cuyo, un Ejército continental bajo
la conducción de José de San Martín.

Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas


del Sur: ¿Un Inca como rey?

En 1814 se produjo el retorno de Fernando VII al trono,


quien ordenó reprimir el proceso revolucionario liberal iniciado
tanto en España como en Hispanoamérica durante su cautiverio.
Derogó la Constitución liberal de 1812 y restauró el absolutismo
en alianza con el resto de las monarquías europeas.
La ruptura con España fue entonces inevitable. En 1816 se
convocó el Congreso de la Provincias Unidas del Río de la Plata en
Tucumán, donde se reunieron los representantes de Buenos Aires
(4 diputados), Córdoba (4 diputados), Catamarca (2 diputados),
Mendoza (2 diputados), San Juan (2 diputados), San Luis (1
diputado), La Rioja (1 diputado), Tucumán (1 diputado), Charcas
(1 diputado), Mizque (1 diputado) y Chichas (1 Diputado).
El Congreso intentaba aglutinar los territorios que
componían el antiguo Virreinato, a excepción de las provincias
que integraban la Liga de los Pueblos Libres, que ya habían
declarado la independencia un año antes. No obstante, en su
seno se desarrollaron las tensiones presentes desde 1810 entre la
autonomía provincial y el centralismo de Buenos Aires. Por otro
lado, la independencia de las Provincias de Sud América se realizó
en momentos de gran dificultad, sin saber qué forma de gobierno
se adoptaría. Tal como lo sintetizó San Martín cuando sostuvo
“Primero seamos, después vemos cómo”16, pero urgía dotar de
16 Carta de San Martín a Godoy Cruz (Galasso. 2000: 177).
294
Mara Espasande

legitimidad a la Revolución para continuar las luchas contra los


ejércitos realistas en el resto de la región: partir hacia Chile y
luego hacia Perú.
El acta de independencia del 9 de Julio de 1816 –que fue
publicada en castellano y en quechua– proclamó: “Nos, los
representantes de las Provincias Unidas de Sud América (...)
declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad
unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos
vínculos que las ligaban a los reyes de España (...) quedar, en
consecuencia, de hecho y de derecho con amplio y pleno poder
para darse las formas que exija la justicia e impere el cúmulo de
sus actuales circunstancias...”17.
Por aquellos días, se llevaron a cabo sesiones secretas donde
los congresales escucharon a diversos invitados especiales, entre
ellos a Manuel Belgrano, Jefe del Ejército del Norte y recién
llegado de su misión diplomática en Europa. Belgrano rememoró
aquel momento escribiendo: “el Congreso me llamó a una sesión
secreta y me hizo varias preguntas. Yo hablé, me exalté, lloré e
hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les
hablé de la monarquía constitucional con la representación de la
casa de los Incas18: todos adoptaron la idea” (Alberdi, 1970: 267).
Argumentó su posición contando detalladamente la situación de
Europa19, que si “antes el espíritu general era republicanizarlo

17 Acta de la declaración de la Independencia (Galasso. 2000: 176).

18 Existe un antecedente importante vinculado al proyecto de conformar una monarquía incaica


en Hispanoamérica a finales del siglo XVIII. Afirma Natalia Majluf: “La idea se había gestado
entre los intelectuales americanos en Europa en la década de 1790, cuando se empezaban
a difundir los primeros aires revolucionarios. Surgido de las conferencias que Francisco de
Miranda sostuvo con William Pitt en Hollwood, en 1798, el “plan del inca” fue descrito por
el venezolano en una carta al presidente norteamericano John Adams, en que explicaba que
la forma de gobierno proyectada para América sería “mixta con un jefe hereditario del Poder
Ejecutivo bajo el nombre de inca y que quiero sea tomado de la misma familia dinástica”;
un Senado compuesto de familias nobles pero no hereditarias, una Cámara de los Comunes
elegida entre los ciudadanos que sean propietarios” (Majluf, 2005: 266). Por otro lado, y más
tempranamente en la conspiración que encabezara Vélez de Córdoba en Oruro en 1739 (Mata,
2017) y la revuelta en Cuzco en 1805.

19 Cuando el Director Supremo Posadas recibió la noticia de la restauración de Fernando VII,


decidió enviar en misión diplomática a Europa a Bernardino Rivadavia y Manuel Belgrano. Se los
295
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

todo, en el día se trataba de monarquizarlo todo” (Alberdi, 1970:


267). Por esto afirmó que la monarquía atemperada era el
modelo que se debía adoptar.
Con el proyecto de restituir a la Dinastía Inca intentó conjugar
un proyecto político que se adecuara a la situación internacional
pero que también respondiera a las necesidades de las provincias:
que contara con una base popular, centralizara el poder para evitar
conflictos civiles y la disgregación territorial y evitara que Buenos
Aires hegemonizara el proyecto de organización nacional. En este
sentido, proponer la capital en el Cuzco, resultaba un punto clave
de la propuesta realizada. Coincidimos con Halperín Donghi
cuando sostiene que: “…debía reconciliar a la revolución porteña
con Europa; también la reconciliaría con su ámbito americano, en
que se implanta mal; transformaría definitivamente la revolución
municipal en un movimiento de vocación continental” (Halperín
Donghi, 1985: 112-113).
Por otro lado, el proyecto contaba con una doctrina
legitimadora que Belgrano esperaba que fuese aceptada tanto
en Europa como en amplios sectores de la población americana.
Sostuvo entonces que “la dinastía de los incas por la justicia que en

autorizaba a negociar la independencia política solicitando el envío de emisarios a Buenos Aires;


pero también se contemplaban otras opciones, se los instruyó de aceptar la incorporación a la
corona de España con garantía de gobierno propio o aceptar a un infante como Rey, pero con
reconocimiento de la independencia. Si fracasaban en España debían buscar apoyo en Inglaterra,
Rusia, Francia o Alemania. Rivadavia, además, contaba con un pliego que no debía mostrar a su
compañero, en el cual se le ordenaba intentar «lograr un protectorado de una gran potencia,
que asegurase la existencia de instituciones liberales y que asegurara el restablecimiento del
anarquizado orden social». En su estadía en Río de Janeiro, los emisarios rioplatenses dejaron
satisfecho al ministro Strangford, quien les permitió continuar su viaje a Inglaterra en marzo
de 1815. Mientras tanto, en Buenos Aires, Posadas fue reemplazado por su sobrino Carlos de
Alvear, otro representante de los comerciantes porteños. Pero la posición de Inglaterra había
dado un vuelco: una facción del gobierno inglés apoyaba decididamente la restauración del
absolutismo español en América. Las relaciones anglo-españolas se habían reestablecido con la
firma del Tratado del 5 de julio de 1814, según el cual España le otorgaba franquicias comerciales
a los ingleses. Cuando Rivadavia y Belgrano arribaron a Londres se encontraron con que allí no
eran bien recibidos por los funcionarios de la corona. Fracasada la misión, Belgrano regresó en
1815 al Río de la Plata con dos ideas firmes: había que declarar la independencia y que la única
forma de que en Europa reconocerían a un nuevo Estado era que este fuese una monarquía.
Cabe destacar, además, el antecedente monárquico de Belgrano cuando, sucedida la invasión
francesa a España, participó de la facción llamada “carlotista”, que buscaba coronar a Joaquina
Carlota.
296
Mara Espasande

sí envuelve la restitución de esta casa tan inicuamente despojada


del trono por una sangrienta revolución, que se evitaría para en
lo sucesivo con esta declaración, y el entusiasmo general que se
poseerían los habitantes del interior, con sólo la noticia de un
paso para ellos tan lisonjero, y otras varias razones que expuso”
(Galasso, 2000: 179).
En la cultura política de la época, encontramos en forma
permanente referencia a los símbolos incaicos, que constituye lo
que se denominó “incaísmo” (Tourres, 2018). Durante la gesta
revolucionaria, el escudo nacional fue diseñado por Juan de Dios
Rivera, de nombre incaico Quipto Tito Aphauti Concha Túpac
Huascar Inca. Era oriundo de Potosí, donde se dedicaba al grabado
en metales. Cuando estalló la sublevación de Túpac Amaru huyó
de la cruel represión hacia Córdoba y luego a Buenos Aires. Así
nació el sol naciente, símbolo inca que formó parte del emblema
nacional. La tradición incaica también se hizo presente en otros
símbolos: sellos, monedas, en la bandera y en el himno, que
también fue escrito en castellano y en quechua:
Se conmueven del Inca las tumbas
Y en sus huesos revive el ardor,
Lo que ve renovando a sus hijos
De la patria el antiguo esplendor
¿No lo veis sobre Méjico y Quito
arrojarse con saña tenaz?
¿Y cuál lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y La Paz?

En este contexto, la propuesta de Belgrano fue considerada


y ampliamente debatida en numerosas sesiones secretas de julio y
agosto del Congreso de Tucumán. El presbítero Manuel Antonio
de Acevedo, diputado catamarqueño, se declaró a favor y propuso
que la Capital se emplazara en Cuzco. También el diputado José
Mariano Serrano, de Charcas, adhirió al proyecto por “conciliar
la libertad de los ciudadanos y el goce de los derechos de los
hombres libres con la salvación del territorio de la lamentable
crisis vivida”. Asimismo, recibió el apoyo de los altoperuanos
Mariano Sánchez de Loria, José Andrés Pacheco de Melo, de
Pedro Ignacio de Rivera por Mizque, del catamarqueño Pedro
297
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

Ignacio de Castro Barros y del tucumano José Ignacio Thames.


En su rol de Jefe del Ejército del Norte, Belgrano contaba con
un espacio privilegiado para poder comunicarse con los pueblos
del norte. Hemos mencionado la diversidad de la conformación
de las fuerzas militares revolucionarias y la relación que el creador
de la Bandera tenía con todos ellos: soldados blancos, mestizos,
de origen gaucho e indígena. El 27 de julio realizó una ceremonia
para celebrar la Independencia y arengó allí al pueblo en armas
hablando de los beneficios de la restitución de la Casa de los
Incas. Allí sostuvo:
He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha
discutido acerca de la forma de gobierno con que se ha de regir la
nación, y he podido discurrir súbitamente a favor de la monarquía
constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación
soberana en la casa de los Incas, y situado el asiento del trono en
el Cuzco, tanto que me parece que se realizará este pensamiento
tan racional, y tan noble y justo, con que aseguraremos la loza
del sepulcro de los tiranos (Villagrán San Millán, M., 2016: 13).

La declaración escondía una profunda crítica a Buenos Aires


y confrontaba abiertamente con sus intereses al referirse en
forma explícita a la localización de la Ciudad Capital. Fue tal
la repercusión que recibió una misiva de Pueyrredón quien
le advirtió “es función e un militar […] dar órdenes y hacer
manifestaciones en lo tocante a su cargo, sin mezclarse en modo
alguno lo político y lo civil” (Giménez, 1993: 653). Claro está que
de nada valían las advertencias porque, como hemos analizado, la
participación militar implicaba en el contexto de la revolución y la
guerra también la participación política.
En aquel acto del 27 de julio se encontraba presente el coronel
Jean Adam Gaaner, oficial de estado mayor de Suecia y agente
del Príncipe Bernadotte. Testigo de este hecho, lo informó a sus
autoridades:
Un pueblo innumerable concurrió en estos días a las inmensas llanuras
de San Miguel. Más de cinco mil milicianos de la provincia se presentaron
a caballo, armados de lanza, sable y algunos con fusiles; todos con las
armas originarias del país, lazos y boleadoras.[…].
Las lágrimas de alegría, los transportes de entusiasmo que se advertían
por todas partes, […] Allí juraron ahora, sobre la tumba misma de
298
Mara Espasande

sus compañeros de armas, defender con su sangre, con su fortuna y


con todo lo que fuera para ellos más precioso, la independencia de
la patria. Todo se desarrolló con un orden y una disciplina que no me
esperaba. Después que el gobernador de la provincia dio por terminada
la ceremonia, el general Belgrano tomó la palabra y arengó al pueblo
con mucha vehemencia prometiéndole el establecimiento de un gran
imperio en la América meridional, gobernado por los descendientes
(que todavía existen en el Cusco), de la familia imperial de los Incas.
[…]
Precavidos contra la mala suerte sufrida por las más grandes repúblicas
en Europa, contra sus propias experiencias desastrosas, y siguiendo
el consejo de algunos extranjeros, el congreso está en estos días
deliberando sobre el establecimiento de un gobierno monárquico
constitucional; y en vías de hacer resurgir el antiguo Imperio de los Incas.
Se trata de poner sobre el trono al más calificado de los descendientes
de los Incas, que todavía existe en el Perú, y devolverle los derechos de
sus antepasados, regido por una constitución compilada con lo mejor
que se pueda sacar de las que rigen en Inglaterra, la nueva Prusia y en
Noruega. Los indios están como electrizados por este nuevo proyecto y
se juntan en grupos bajo la bandera del sol. Están armándose y se cree
que pronto se formará un ejército en el Alto Perú, de Quito a Potosí,
Lima y Cuzco. Doña Inés de Azurdui y Padilla, una hermosa señora
de veintiséis años que manda un grupo de mil cuatrocientos indios en
la comarca de Chuquisaca, ganó el mes pasado una victoria sobre los
realistas, tomando una bandera y cuatrocientos prisioneros. Todos los
indios están llevando ahora luto por su Casa reinante: matan las ovejas
blancas para que de su lana no se puedan confeccionar tejidos blancos
y contrariar así sus vestimentas de luto. Anualmente celebran una
ceremonia macabra que es un espectáculo trágico en conmemoración
de la muerte de Atahualpa (Atabaliba) y representan la escena de su
asesinato, provocado por la crueldad y la traición de Pizarro. Estoy
completamente convencido de que América no caerá nunca bajo el yugo
de los españoles, aunque se aniquilaran sus ejércitos y se, quemaran y
devastaran sus pueblos: Esto debe interesar a toda nación esclarecida,
a cada Casa reinante legal, a cada hombre de sentimientos nobles que
ame la causa de la humanidad y odie la opresión sangrienta con que
América fue conquistada y oprimida durante siglos (Graaner, 1816,
citado en Busaniche, 1949: 65-66; 116-117)20.

Este documento fortalece la tesis del apoyo popular que


obtuvo la propuesta de Belgrano entre los pueblos indígenas de
los Andes meridionales, la disposición de levantarse en armas para
defender este proyecto y la articulación del líder con las fuerzas
revolucionarias de las “republiquetas” del Alto Perú.

20 El subrayado es nuestro.
299
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

En igual sentido, podemos considerar la proclama de Santa


Rosa del Comandante Juan José Fernández Campero (ex marqués
de Yavi)21 diputado por Chichas en el Congreso de Tucumán –al
cual no llegó a asistir por estar en el frente de batalla- del 30 de
agosto de 1816:
Hoy que es el día en que la iglesia celebra la única Santa canonizada del
Perú, hemos jurado la independencia de la América del Sud, de orden
del señor General en Jefe Don Manuel Belgrano.
Por disposición del soberano Congreso reunido en el Tucumán, que
componen la nación, es decir: que nos separamos absolutamente de
toda dominación europea.
Nada hacemos con hablarlo, ofrecerlo y prometerlo, si nuestra
constancia falta y el valor desmaya.
A las armas americanos. Advertir que más de 300 años
hemos sido cautivos y con este acto se han roto las cadenas
que nos oprimían. Tratemos de realizar este gran proyecto.
El tirano procurará devorarnos; opongámosle el pecho firme, ánimo
resuelto, unión y virtud para resistirlo. Veréis como el imperio de
nuestros Incas renace, y la Corte del Cuzco florece.
Nosotros nos haremos de un gobierno dulce y nuestros nombres serán
eternos en los fastos de la historia. Repito: si queréis ser independientes,
si apetecéis componer una nación grande, llegar al rango de nuestros
antepasados, conservad la religión católica, la virtud arregle nuestras
operaciones, y el valor y entusiasmo las rija. Con esto lograremos
nuestros fines.
Entre tanto resuenen por el aire las voces halagüeñas.
¡Viva la América del Sur!
¡Viva nuestra amada Patria!
¡Viva el Imperio Peruano y vivan los hijos en unión!
(Villagrán San Millán, M., 2016: 20-21)22.

Como era de esperar, la oposición provino de Buenos Aires.


Rivadavia reflexionó: “cuanto más medito el proyecto menos
lo comprendo” (Romero Carranza; Rodríguez Varela; Ventura
Flores Pirán, 1971: T.1, 422). La elite ilustrada porteña no podía
concebir la idea de coronar a un indio. Las razones eran de
diferente índole: culturales, por el rechazo a lo americano y la

21 Juan José Feliciano Alejo Fernández Campero (1777-1820), nacido en Yavi, ex IV Marqués
del Valle de Tojo, Conde de Jujuy, quien perdió el título por resolución de la Asamblea de
1813.

22 El subrayado es nuestro.
300
Mara Espasande

profunda admiración a la cultura europea, y políticas, porque el


proyecto atentaba contra el centralismo porteño. Un proyecto
de dicha envergadura ponía en jaque su propia existencia. Su
burlaron preguntando quién era y dónde se encontraría el
supuesto monarca. Parte de la prensa porteña tomó el proyecto
en forma irónica y realizó diversas bromas sugiriendo que el
Inca era un “indio viejo borracho olvidado en alguna pulpería
altoperuana”, como el caso del periódico La Crónica Argentina.
Otros periódicos, como El Censor, apoyaron la facción de la
monarquía moderada y publicaron las proclamas de Belgrano y
Güemes a favor de la monarquía inca.
El diputado porteño Tomás Manuel de Anchorena fue quien
levantó la voz como representante del grupo opositor: “nos
quedamos atónitos con lo ridículo y extravagante de la idea, pero
viendo que el general insistía en ella y que obtenía el apoyo de
muchos congresales debimos callar y disimular el sumo desprecio
con que mirábamos tal pensamiento” 23. El rechazo de Anchorena
venía dado por su racismo y por negarse a ampliar la base social
de la revolución incorporando a las masas indígenas. Más tarde
afirmó que no le molestaba el proyecto monárquico sino que “se
piense en un monarca de las casta de chocolates, cuya persona
si existía probablemente había que sacarla cubierta de andrajos
de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un
monarca”24. Los diputados porteños ganaron tiempo aduciendo
la necesidad de discutir el proyecto públicamente en sesiones
extraordinarias.
La crítica de Buenos Aires estaba basada en la ausencia de un
candidato apto para ser coronado. Estas críticas eran infundadas,
ya que había varios candidatos posibles. Si bien es aun campo de
debates historiográficos25, existen tres personajes históricos que

23 Carta de Tomás de Anchorena a Juan Manuel de Rosas del 4/12/1846 (Irazusta, 1962: 23
y 55).

24 Carta de Tomás de Anchorena a Juan Manuel de Rosas del ïbidem.

25 Recientemente, la investigadora Natalia Majluf estudió los retratos de quienes reclamaban


ser reconocidos como los descendientes legítimos del Inca. En particular, considera posible
301
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

podrían haber sido considerados por el Congreso de Tucumán.


Según Ricardo Echepareborda, un candidato posible fue el
canónigo Juan Andrés Jiménez de León Mancocapac, noble de
ascendencia inca que había viajado a España en 1805 para lograr el
reconocimiento de su linaje. Denominado popularmente el “inca
cacique del Perú”, luego de sus gestiones obtuvo la “media ración
de la Catedral de Chuquisaca”. Desde su retorno, en 1808, se
sumó a los grupos revolucionarios de la ciudad altoperuana. En
dicho año, Sir Sydney Smith, un agente inglés en el Río de la Plata,
informó que “el canónigo Mancocapac, legítimo descendiente
de los soberanos del Perú, que es quien fomenta el mismo
partido” [en relación al proceso revolucionario de la ciudad
que se desataría en 1809] (Fraga, 2016: 22). En 1811, cuando
llegó Castelli a la región, se convirtió en capellán de las fuerzas
patriotas con el grado de Teniente Vicario General de Ejército
del Norte. Castelli lo consideraba un hombre clave para obtener
el apoyo de los pueblos indígenas, a diferencia de Balcarce, que
sostenía que quería radicalizar a los indios y que era un “impostor
de espíritu subversivo” con ideas sanguinarias y un “extremado
odio” a todo lo europeo (Fraga, 2016: 22). Tal fue la tensión entre
ellos que Balcarce solicitó su expulsión, pero Castelli consiguió
que permaneciera en su cargo. Se observan aquí las diferentes
dimensiones del conflicto, étnico-sociales y políticas dentro del
campo patriota: el temor a la revolución social, la cuestión del
blanco/indio y, por último, la tensión entre centralismo porteño
y autonomía provincial. Superada esta situación, Mancocapac
logró sostenerse en el frente de batalla y acompañó a Castelli en
la Batalla de Huaqui. Luego de la derrota, se lo pudo localizar en
Tucumán, donde escribió en 1814 una proclama dirigida a “a todos
los pueblos del Perú que deseen ser libres de la opresión de los
europeos”. Allí sostuvo: “no ceséis de pedir a Dios para que las
tropas de Buenos Aires lleguen antes y pronto tendréis a vuestro

que la familia Guarache, caciques de Jeses de Machaca (Pacajes, Bolivia) haya buscado imponer
a Apo Guarachi como figura sucesoria. Sin embargo, había sido una familia que por su alianza
con la corona española (participó incluso de la represión de la sublevación de Tupac Amarú) se
mantenían alejados de los líderes revolucionarios (Maijuf, 2005).
302
Mara Espasande

Inca por allá” […] “los reyes legítimos son sus majestades los
Incas, existe un descendiente, cuando no se pueda acertar con el
gobierno republicano, formaremos monarquía” (Fraga, 2016: 23-
24). Sin embargo, no hay documentación referida a este personaje
posterior a 1815 que respalde la hipótesis de Echepareborda.
Otra hipótesis ampliamente sostenida fue la candidatura del
hermano de José Gabriel Túpac Amaru, Juan Bautista Túpac
Amaru. Eduardo Astesano realiza un recorrido pormenorizado
en su libro Juan Bautista de América. El rey Inca de Manuel Belgrano
de la biografía de quien había participado activamente en la
sublevación que encabezó su hermano, por lo que estuvo en
prisión en Ceuta hasta 1822, año en el que regresó a Buenos Aires
y recibió una pensión, bajo el título de quinto nieto del último
emperador del Perú. Era el símbolo viviente de la sublevación
indígena.
Por último, una teoría sostiene que la persona considerada fue
don Dionisio Inca Yupanqui, nacido en Cuzco y educado en España.
Era un hombre con experiencia militar e ideológica semejante a la
de San Martín, coronel de un regimiento de Dragones de España
y diputado de las Cortes de Cádiz en 1812, donde se destacó por
la lucha de la igualdad entre los americanos –criollos e indígenas–
con los metropolitanos, defendiendo principios democráticos de
avanzada para la época, tales como: “Un pueblo que oprime a
otro pueblo no puede ser libre”. Sus discursos tuvieron influencia
en la sanción de los decretos de las Cortes del 13 de marzo de
1811 y el 9 de noviembre de 1812, que eliminaban la mita y el
tributo de los indios. No resulta menor el hecho que, entre los
30 diputados hispanoamericanos presentes en las Cortes, en
representación del Río de la Plata se encontrara quien fuera luego
Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón (Gianello, 1966).
Pero, más allá de quien fuera el posible rey, si el proyecto era
inviable ¿cómo explicar el apoyo de líderes políticos tales como
Güemes, San Martín y Pueyrredón? Güemes expresó su apoyo
“si estos son los sentimientos generales que nos animan, con
cuanta más razón serán cuando, restablecida en breve la dinastía
303
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

de los Incas veamos sentado en el trono al legítimo sucesor de la


corona” (Galasso, 2000: 182). El 6 de agosto de 1816, en Jujuy,
Güemes sostuvo en una proclama:
…Los hombres de esta tierra han jurado y sellado con su sangre sostener
los sagrados derechos de la independencia de los reyes de España y
de su metrópolis […] La independencia o la muerte en la cama del
honor […] Los pueblos todos están armados en masa y enérgicamente
dispuestos a contener los ambiciosos amagos de la tiranía […] ¿Si estos
son los sentimientos generales que nos animan, con cuánta más razón
lo serán cuando, restablecida en breve la dinastía de los Incas veamos
sentado en el trono al legítimo sucesor de la corona? (Villagrán San
Millán, M., 2016: 20-21)

Allí continúa el análisis político, advirtiendo que la fuerza a su


cargo estaba a disposición para la lucha de “enemigos interiores o
exteriores” dejando en claro que apoyaba el proyecto belgraniano
de unidad sudamericana y que combatiría tanto a realistas como
las fuerzas porteñas. Por otro lado, realizó un llamado a continuar
respetando el Pacto de los Cerrillos por el cual las fuerzas del
Ejército Auxiliar del Perú no habían vuelto a actuar en Salta. La
relación personal entre Belgrano y Güemes evitó durante un
tiempo la emergencia de nuevos conflictos en este terreno. Tal
como sostiene Fabián Brown, “en el contexto suramericano,
serán dos los conflictos que se plantearon casi simultáneamente:
la lucha por la ruptura del vínculo colonial y la lucha por la
autonomía provinciana contra las posturas centralistas”26. Esta
tensión se desarrolló dentro del frente revolucionario salteño:
Güemes debió enfrentar por su apoyo a Belgrano a los hermanos
José y Eustaquio Moldes –el primero congresal en Tucumán–
que eran fervorosos defensores del sistema de Confederación27.
Sostiene Sara Mata al respecto:
Indudablemente resulta plausible considerar que esta decisión de
Güemes de acompañar a Manuel Belgrano en su propuesta de monarquía
Inca resultó para José de Moldes el indicio claro de la defección de

26 http://centrougarte.unla.edu.ar/revista/categorias.php?categoria=1#nota70

27 También Manuel Dorrego se opuso a la propuesta por defender el modelo de República


Federal.
304
Mara Espasande

Güemes de la defensa de la autonomía de los gobiernos de los pueblos.


La razón por la cual Martín Miguel de Güemes se sumó al proyecto
de Belgrano sería posiblemente suponer que la idea de entronizar a
un Inca en el Cuzco ofrecería mayores adhesiones a la causa entre
la mayoritaria población indígena en las provincias del Alto Perú. El
levantamiento del Cuzco en 1814, sofocado definitivamente con la
muerte de Idelfonso Muñecas en Larecaja en Julio de 1816 permitía
suponer que un proyecto de Monarquía Incásica, reuniendo el extenso
territorio hispánico de América del Sur, sería recibido positivamente por
los indígenas (Mata, 2017: 208).

Agrega la autora:
…tener ascendente entre la población de origen alto peruano que se
encontraba revistando en los Escuadrones Gauchos y en las filas de los
Cuerpos de Línea que respondían a Martín Miguel de Güemes. Esta
presunción no resultaba descabellada si consideramos que la propuesta
de restablecer el gobierno de los Incas había circulado en la jurisdicción
de Salta con anterioridad a la crisis de la monarquía en España. En
Julio de 1805, en el contexto de una conspiración en el Cusco, un
pasquín fechado en Salta apelaba al regicidio cometido por España en
América, en clara alusión a la ejecución de Atahualpa, para desconocer
sus derechos sobre América y proponía, entre otras cosas, solicitar la
protección y amparo de Inglaterra ofreciéndole el comercio con el Río
de la Plata y la designación de diputados por parte de todos los Cabildos
del Virreinato quienes deberían reunirse en una “ciudad que sea como
el centro” en velada referencia al Cusco, y buscar a alguien cercano a
los Incas para Rey (Mata, 2017: 209).

A pesar de la clara adhesión del caudillo salteño a la monarquía


inca, la historia oficial se encargó de restarle importancia,
afirmando que “Güemes, por su calidad de caudillo de la masa
popular, era indiferentes a las formas de gobierno, que su
inteligencia no alcanzaba a discernir (...) aceptó por lo tanto la
indicación de Belgrano” (Mitre, 1927: 15).
Güemes proclamó el restablecimiento de la dinastía inca entre
los pueblos del Perú, reafirmando el ideal de “independencia o
muerte”. Mitre pudo desacreditar el apoyo de Güemes por ser
caudillo de masas, pero se encontró con mayor dificultad al tener
que explicar por qué San Martín había apoyado tan “extravagante”
idea. Para esto afirmó que, si bien San Martín era capaz de aceptar
patrióticamente la idea de una monarquía, no podía concebirla
fuera de los marcos europeos. Esto se contrapone con los
305
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

numerosos documentos donde San Martín adhiere firmemente


al proyecto de la monarquía inca. Mientras sesionaba el Congreso
de Tucumán mantuvo una frecuente correspondencia con el
diputado mendocino Tomás Godoy Cruz. En sus cartas expresó,
en lenguaje directo, la necesidad de la independencia y sobre la
forma de gobierno que debía adoptarse, defendiendo la forma
monárquica, no por principios sino por la realidad del momento,
y apoyando la incaica como mejor solución.
San Martín le escribió a Godoy Cruz, en febrero de 1816:
Me Muero cada vez que oigo hablar de federación. ¿No sería más
conveniente transplantar la capital a otro punto, cortando por este
medio las justas quejas de las provincias? Pero ¡federación! ¿Y puede
verificarse? Si un gobierno constituido, y un país ilustrado, poblado,
artista, agricultor y comerciante, se han tocado en la última guerra
con los ingleses (hablo de los americanos del Norte) las dificultades de
una federación ¿qué será de nosotros que carecemos de esas ventajas?
Amigo mío si con todo las provincias y sus recursos somos débiles, ¿qué
no sucederá aislada cada una de ellas? Agregue V. a esto la rivalidad
de vecindad y los intereses encontrados de todas ellas, y concebirá
que todo se volverá una leonera, cuyo tercero en discordia será el
enemigo.” Y en mayo 1816: “¿Podremos constituirnos república sin una
oposición formal del Brasil (que a la verdad no es muy buena vecina de
un país monárquico) sin artes, ciencias, agricultura, población y con
una extensión de territorios que con más propiedad pueden llamarse
desiertos? (...) Sí en el fermento horrendo de pasiones existentes, choque
de partidos indestructibles y mezquinas rivalidades, no solamente
provinciales, sino del pueblo a pueblo ¿podemos constituirnos nación?
(Galasso, 2000: 182).

Y en julio de 1816 en referencia directa al proyecto de


Belgrano, escribió:
Yo digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la
cabeza, sus ventajas son geométricas; pero por la patria les suplico,
no nos metan una regencia de (varias) personas; en el momento que
pase de una, todo se paraliza y nos lleva al diablo. Al efecto, no hay
más que variar de nombre a nuestro directos, y queda un regente. Esto
es lo seguro para que salgamos a puerto de salvación (Galasso, 2000:
182-183).

306
Mara Espasande

De Tucumán a Buenos Aires: el olvido del proyecto de la


monarquía incaica

Si bien los diversos acontecimientos que, entre agosto y


septiembre de 1816, postergaron el tratamiento del proyecto de
la restauración incaica no son objeto de análisis de este trabajo,
cabe destacar que los diputados porteños obstaculizaron el
funcionamiento del Congreso presionando para que continuara
sesionando en Buenos Aires. Los argumentos fueron variados: el
peligro por los avances realistas sobre Salta y Jujuy, las gestiones
inestables de paz con Santa Fe, la revolución de Bulnes en
Córdoba y la invasión portuguesa en la Banda Oriental.
Si bien las amenazas aducidas existían, por lo antes expuesto
consideramos que primó el rechazo, no tanto a la forma de
gobierno de una monarquía atemperada, sino más bien a que
fuese la dinastía incaica quien estuviese en el poder, tal como
Anchorena lo sintetizó. La distancia cultural existente entre el
mundo andino y la región de la Cuenca del Plata, también puede
ser considerada como un factor importante para explicar esta
falta de entendimiento.
Lo cierto es que, iniciados los debates en torno al traslado, se
desarrollaron tres posturas: la primera sostenía que el Congreso
debía seguir sesionando en Tucumán (respaldada por Belgrano
y Güemes, los diputados del Alto Perú y de las provincias del
norte); la segunda proponía Córdoba como ciudad residente
de la Asamblea (posiblemente respondiendo a las ideas de San
Martín); y la tercera, defendida por los diputados de Buenos
Aires, impulsaba el traslado a la ex ciudad capital virreinal por
los motivos antes expuestos. Esta última postura se impuso
en marzo de 1817, ya que el Congreso empezó a sesionar en
Buenos Aires el 17 de mayo de este año. Con la pérdida de poder
de los diputados del interior el proyecto de la monarquía incaica
perdió centralidad en el debate político público. Se abandonaría
el proyecto de la coronar a un Inca como rey, pero no así la de
coronar a un príncipe europeo, idea que continuaría presente aun
en 1819 durante los debates previos a la sanción de la Constitución
307
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

unitaria.

Reflexiones finales

Consideramos que el proyecto presentado por Manuel


Belgrano evidenció las múltiples tensiones y conflictos que se
desarrollaban dentro del frente revolucionario. Desde el inicio
de la guerra por la emancipación comenzaron también las luchas
políticas vinculadas a la organización de los pueblos libres de
Suramérica. La retroversión de la soberanía en el marco de la
guerra permitió la apertura de canales de participación política y,
por ende, la pugna de diferentes proyectos que incluían desde el
modelo de República Federal o Unitaria hasta las propuestas de
monarquía atemperada bajo una dinastía europea o americana.
En este sentido, los debates en torno a la monarquía inca
de 1816 constituyen un capítulo más de los conflictos civiles
que recién encontrarían resolución hacia 1880. Sin embargo,
consideramos que la propuesta de Belgrano se diferencia del
resto porque poseía una amplia base popular, ya que contaba
con el apoyo de amplios sectores de la población y de líderes
destacados de la época.
La oposición que el proyecto generó no fue primordialmente
por su carácter monárquico (hay excepciones como Moldes y
Dorrego), sino por el apoyo contundente de las comunidades
indígenas, mestizas y criollas del norte el territorio y Alto Perú.
Esto implicaba la construcción de un Estado con el corazón –y la
capital– en los Andes, alejada del puerto y del Atlántico.
En este sentido, sobre el republicanismo aparente de los
sectores que rechazaron el proyecto, sostuvo Juan Bautista
Alberdi: “Se dicen demócratas y republicanos, y no conceden nada
al poder de los pueblos, y admiten conformes que los destinos de
su país dependan de media docena de soberanos de frac negro, a
quienes adjudican la acción de esas transformaciones naturales en
308
Mara Espasande

el sentido mejor y más progresista. (...) La Revolución no alcanzó


sus fines porque no ha sabido encontrar un medio, es decir, un
gobierno” (Alberdi, 1970: 83).
En conclusión, el proyecto fracasó no por ser “absurdo” o
“extravagante” –como había sido caracterizado por la historia
liberal– sino por las relaciones de fuerza de aquel entonces que
no beneficiaron al frente conformado por Belgrano y Güemes
sino al bloque porteño. Esta lucha se produce en el marco de un
conflicto que estaba en ciernes y, que –con pesar para Manuel
Belgrano que tanto había intentado evitar las lucha fratricidas–
recién estaba comenzando.

309
¿Un Inca como rey? Orígenes, gestación y base social
del proyecto de la monarquía incaica de Manuel Belgrano

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José Luis Speroni

Más allá de las ideas monárquicas


de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social
320
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

JOSÉ LUIS SPERONI

Belgrano tuvo, en grado sumo, un hermoso sentido común. Esta cuali-


dad, tan difícil de hallar aun en verdaderos genios, brillaba admirable-
mente en Belgrano.
Enrique De Gandía

Esbozo preliminar
El objetivo del presente trabajo es analizar los proyectos
de Belgrano en relación con el establecimiento de un orden
monárquico para la construcción del Estado Nación, abordándo-
lo de desde la Teoría Social y aplicando como herramienta la con-
ceptualización de capital simbólico propuesto por Pierre Bour-
dieu. Este recorrido posibilita explorar con una mirada distinta
hechos ya conocidos sobre las ideas de Belgrano, referidas a una
combinación ingeniosa de monarquía con elementos democráti-
cos, y las acciones llevadas a cabo para lograrlas.
Manuel Belgrano, desde cualquier dimensión que se examine
es un clásico1 (ser humano, militar, estadista, economía, educa-
dor, comercio, agricultura, navegación, periodismo, educación
pública, milicia, artes y ciencia). Por lo tanto, habilita una lozana
mirada para reflexionar y extraer enseñanzas. En Las ideas de Bel-
grano, su vigencia actual en perspectiva., enfatizábamos una de sus

1 “Digno de imitación”, es clásico lo que debe tomarse como modelo por ser de calidad supe-
rior o más perfecto. Con toda preferencia remite a la cultura grecolatina.
321
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

frases: “De profundo sentimiento democrático y republicano,


aunque prefiera iniciar el recorrido desde la monarquía, con una
visión política muy por encima de lo habitual”. (Speroni, 2005)
La concepción política del poder que sostenía de España, así
como su puesta en práctica en la relación con las colonias, fue au-
toritaria2, aunque morigerada por las teorías de Francisco Suárez
de Toledo Vázquez de Utiel y González de la Torre, conocido
como Doctor Eximius teólogo, filósofo y jurista jesuita español.
Lo autoritario se daba en todos los planos de la vida social. Como
un detalle interesante María Josepha Petrona de Todos los Santos
Sánchez de Velasco y Trillo, más conocida como Mariquita Sán-
chez de Thompson, nacida en Buenos Aires en 1786, testimonia-
ba. Deja consignado Santamarina (Santamarina, 2018):
El padre arreglaba todo a su voluntad. Se le decía a la mujer y a la
novia tres o cuatro días antes de hacer el casamiento, esto era muy
general (…) Las pobres hijas no se habrían atrevido a hacer la menor
observación, era preciso obedecer. Los padres creían que ellos sabían
mejor lo que convenia a sus hijas y era perder el tiempo hacerles variar
de opinión. Se casaba una niña hermosa, con un hombre que no era
lindo, ni elegante, ni fino y además que podía ser su padre, pero, era un
hombre de juicio, era lo correcto.

La metodología para el desarrollo exhibe una asociación de


la historia –una descripción ajustada solo para dar noticias de la
existencia de los hechos, sin mayores profundizaciones– con la
teoría social, “para resumir el valor de la teoría social en una sola
frase, podríamos decir que al igual que la comparación, ensan-
cha la imaginación de los historiadores, pues los hace conscien-
tes de las alternativas a sus supuestos y explicaciones habituales”
(Burke, 2007, p. 268). La herramienta utilizada en este caso será
la conceptualización que efectúa Pierre Bourdieu del capital sim-
bólico: “es cualquier propiedad (cualquier especie de capital: físi-
co, económico, cultural, social) mientras sea percibido por los
agentes sociales cuyas categorías de percepción son tales que
están en condiciones de conocerlo (de percibirlo) y de recono-
cerlo, de darle valor.” (Bourdieu, 1996) que surge en el marco

2 El antónimo de autoritario es democrático.


322
José Luis Speroni

de un estudio sobre el Estado y sus elementos constitutivos. El


enfoque será logrado articulando la impronta colonial y las ideas
monárquicas de Belgrano con el devenir próximo en la construc-
ción del Estado Nación a su existencia y su correlato con las im-
plicancias simbólicas.
¿Por qué adoptamos a la teoría de Pierre Bourdieu para
analizar la construcción del Estado? Si bien “el Estado es una
entidad colectiva de naturaleza y origen controvertidos. No es
fácil identificar determinaciones del concepto que no resulten
de algún modo reductibles, unilaterales, deformantes y que no
hayan sido objeto de impugnaciones” (Portinaro, 2003, Pag 7).
Bourdieu ofrece una conceptualización superadora, integral e
interdisciplinaria que parte de la esencia de lo social y se sostiene
en el individuo, atendiendo a todas funciones y campos que hacen
posible la vida política en una comunidad. Por lo tanto, fue el
mejor lazo que permitió analizar las ideas y acciones de Belgrano
y su contribución a la construcción de nuestro Estado-Nación.
Para Pierre Bourdieu, la noción de capital simbólico,
concepto que aparece en “sus investigaciones sobre las distintas
formas de dominación, los campos de producción simbólica, el
campo burocrático (…) muestra relevantes semejanzas con los
conceptos weberianos de carisma y legitimidad” (Fernández
Fernández, 2013). Para su montaje se basa en un profundo estudio
de la génesis de la formación del Estado francés, a partir de las
prácticas llevadas a cabo por las distintas monarquías reinantes.
Para un mejor conocimiento, a modo de síntesis, tomaremos
contacto directo con algunos párrafos de su texto básico, Espíritus
de Estado. Génesis y estructura del campo burocrático:
Anticipando los resultados del análisis, diré, en una forma transformada
de la célebre de Max Weber (“el Estado es una comunidad humana
que reivindica con éxito el monopolio del uso legítimo de la violencia
física en un territorio determinado”), el Estado es una X (a determinar)
que reivindica con éxito el monopolio del uso legítimo de la violencia
física y simbólica en un territorio determinado y sobre el conjunto de
la población correspondiente. Si el Estado está capacitado para ejercer
una violencia simbólica es porque se encarna a la vez en la objetividad
bajo la forma de estructuras y mecanismos específicos y también en
323
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

la «subjetividad» o, si se quiere, en los cerebros, bajo la forma de


estructuras mentales, de categorías de percepción y de pensamiento. Al
realizarse en estructuras sociales y en estructuras mentales adaptadas
a esas estructuras, la institución instituida hace olvidar que es la
resultante de una larga serie de actos de institución y se presenta con
todas las apariencias de lo natural.

El Estado es el resultado de un proceso de concentración de diferentes


especies de capital, capital de fuerza física o de instrumentos de
coerción (ejército, policía), capital económico, capital cultural o, mejor,
informacional, capital simbólico, concentración que, en tanto tal,
constituye al Estado en detentor de una suerte de meta capital que
da poder sobre las otras especies de capital y sobre sus detentores. La
concentración de diferentes especies de capital (que va a la par de la
construcción de los diferentes campos correspondientes) conduce, en
efecto, a la emergencia de un capital específico, propiamente estatal
(…) el capital estatal que da poder sobre las diferentes especies
de capital y sobre su reproducción (a través, principalmente, de la
institución escolar). Aun cuando las diferentes dimensiones de este
proceso de concentración (fuerzas armadas, fisco, derecho, etc.) sean
interdependientes, hay para las necesidades de la exposición y del
análisis, que examinarlas una a una.

Capital simbólico: todo remite a la concentración de un capital


simbólico de autoridad reconocida que, ignorado por todas las teorías
de la génesis del Estado, aparece como la condición o, por lo menos
el acompañamiento de todas las demás formas de concentración si
es que deben tener cierta duración. El capital simbólico es cualquier
propiedad (cualquier especie de capital: físico, económico, cultural,
social) mientras sea percibido por los agentes sociales cuyas categorías
de percepción son tales que están en condiciones de conocerlo (de
percibirlo) y de reconocerlo, de darle valor.3 (…) Más precisamente, es
la forma que toma toda especie de capital cuando es percibida a través
de las categorías de percepción que son el producto de la incorporación
de las divisiones o de las oposiciones inscriptas en la estructura de
la distribución de esta especie de capital. Se deduce que el Estado,
que dispone de medios para imponer e inculcar principios durables
de visión y de división conformes a sus propias estructuras, es el lugar
por excelencia de la concentración y, del ejercicio del poder simbólico.
(Bourdieu, 1996)

Queremos anclar los conceptos expuestos, sobre capital


simbólico en la construcción del estado, para el caso argentino,
en una frase de la tesis de posgrado de Alberto Morel: “Tres
colonizaciones comparadas y su impacto en las subjetividades
3 Lo destacado es del autor del presente texto.
324
José Luis Speroni

nacionales: Algunas características de las colonizaciones:


inglesa, portuguesa y española en América”, dado que esa es la
comparación que deseamos establecer. La hemos parafraseamos
colocándoles signos de interrogación, “¿En qué medida estos
aspectos diferenciales fueron factores que contribuirían a
moldear, de algún modo, la ‘subjetividad’ entre los habitantes
de los tres países?” (Morel, 2015, p. 6) y continua Morel, “en la
medida en que el hombre es parte del proceso histórico, muchas
cuestiones vinculadas a su pasado subsisten, aun modificadas, en
el pensamiento actual predominante y la conciencia nacional”
(Morel, 2015, p. 6).

El proceso de construcción del Estado-Nación


Oscar Oszlak estudió en profundidad la construcción
efectiva del Estado-Nación argentino. Acordamos con el autor
que nuestro Estado-Nación recién comenzó su conformación
efectiva –tal cual la conocemos hoy– a partir de 1862, con la
asunción de Mitre a la Presidencia, luego de la batalla de Pavón,
librada el 17 de septiembre de 1861. Esta encarnó el fin de la
Confederación Argentina y la incorporación de la provincia de
Buenos Aires como una parte preponderante del país. ¿Por qué
recién allí comenzó la construcción del Estado-Nación argentino?
Una primera aproximación nos habla que el Estado naciente
debe afirmar su fuerza física en dos contextos diferentes:
en el exterior, en relación con los otros Estados, actuales o
potenciales. En el interior es necesario mantener un orden, para
lo que dispone de una policía. El capital económico pasa por la
instauración de un fisco eficiente, que va a la par de la unificación
del espacio económico (creación del mercado nacional).
El capital informacional está referido al monopolio que tiene
el Estado con la información. El Estado concentra la información,
la trata y la redistribuye. Y, sobre todo, opera una unificación
teórica. Es responsable de todas las operaciones de totalización,
325
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

principalmente por medio del empadronamiento y la estadística


o por la contabilidad nacional. La Cultura es unificadora: el Estado
contribuye a la unificación del mercado cultural al unificar todos los
códigos: jurídico, lingüístico y operando así la homogeneización
de las formas de comunicación, principalmente la burocrática
(por ejemplo, los formularios, los impresos, etc.). El capital
simbólico permite que a cada uno de los elementos constitutivos
se lo reconozca y se le dé valor (símbolos, ceremonial, etc.).
Luego desarrollaremos con mayor exactitud el concepto y lo
pondremos en contexto a partir del orden colonial existente, y
las ideas que sustentaban Belgrano y muchos más en relación
con lo que tenía internalizado el común de la gente sobre los
atributos del poder y su ejercicio.
Para Oscar Oszlak la existencia del Estado se verificaría a
partir del desarrollo de un conjunto de atributos que definen la
estatidad. El Estado es resultado de un proceso por el cual una
sociedad se constituye. Supone una capacidad de externalizar su
poder, capacidad de institucionalizar su autoridad, capacidad de
diferenciar su control y una capacidad de internalizar una identidad
colectiva. Presenta las claves de formación de nuestro Estado-
Nación, que pone en acto las consideraciones enunciadas por
Bourdieu. El control efectivo de un poder sobre su territorio y
población organizándolo evolucionó y empezó su materialización
recién en 1862-64 y pudo ser efectivo recién a partir de 1880-
90. La Constitución Nacional había sido sancionada en 1853
y modificada en 1860, pero asumió sentido pleno en 1862.
(Oszlak, 1982).
Oscar Oszlak explica que hasta el año 1862 la fuerza física
del Estado fue un atributo compartido por el gobierno nacional y
las provincias. Correspondió a Mitre la organización efectiva del
Ejército. La prioridad fundacional señalada se corresponde con la
asignación de recursos. La formación del Estado nacional resulta
de un proceso concurrente, aunque no univoco, de constitución
de una nación y su sistema de dominación. Aquí aparece el gran
aporte de Belgrano en cuanto al sistema de dominación, en el
326
José Luis Speroni

puente simbólico entre el Orden Colonial y el Orden de Libertad


y Soberanía Plena. El autor le dedica varias páginas a la conquista
de ese orden, cuya génesis es el 25 de mayo de 1810 (Oszlak,
1982).
Señala qu, la situación institucional inicial, a partir de 1810, no
continuó el andamiaje institucional colonial muy bien desarrollado.
En otras experiencias americanas, como en el caso de Brasil, Perú
y México, este aparato se utilizó para la continuidad institucional.
En el Río de la Plata, en cambio, el aparato administrativo colonial
no llegó a desarrollar un mecanismo centralizado eficaz de
control territorial, por lo que se potenciaron los órganos político-
administrativos coloniales como un refuerzo del marco provincial.
La provincia fue una creación del proceso independentista, el
caudillismo fue un sustituto de la democracia, en un pueblo que
desconocía la práctica democrática (Oszlak, 1982).
Si dividiéramos metodológicamente y le colocáramos un título
arbitrariamente al periodo considerado (1810-1890) dentro del
“proceso convergente, aunque no univoco, de constitución de
una nación y su sistema de dominación” podríamos distinguir:
• El logro de la libertad y posterior independencia
de España y de toda otra nación extranjera, su génesis y
consolidación. Con luchas con un único Ejército, creado 29 de
mayo de 1810. Acompañada de un proceso centrifugo preliminar
de fundación institucional, con luchas internas. Con la aparición
de un fenómeno que no estuvo presente durante la Colonia: el
caudillo y los caudillos. Tomando características institucionales a
partir de la sublevación de Arequito en el año 1820.
• Exacerbación del proceso centrifugo de
construcción del Estado-Nación. Caracterizado por luchas
entre provincias preexistentes, que en la práctica se comportaban
como pseudo Estados, aliándose con otros Estados, conduciendo
operaciones de guerra, con la disolución del Ejercito Nacional
con posterioridad a la guerra con el Imperio del Brasil. Rosas
fue gobernador de Buenos Aires desde 1829 hasta 1852, con un
327
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

breve interregno, y estuvo al frente de las relaciones exteriores


y de guerra de la entonces llamada Confederación Argentina.
• La conformación definitiva del Estado-Nación (el que
llega hasta nuestros días), luego que se dictara una Constitución
un año después de la derrota de Rosas en Caseros, Buenos Aires
se separó de la Confederación Argentina, combatieran en la
Batalla de Cepeda, se realizara una reforma de la Constitución,
pero nuevamente se combatió, y Buenos Aires derrotó a
la Confederación en la batalla de Pavón. Asumió el general
Bartolomé Mitre y fue el final de la Confederación de Argentina,
que dio inicio a la República Argentina. Pero recién veinte años
después, tras los combates en Olivera, Puente Alsina, Barracas y
en los Corrales, las tropas de Tejedor fueron derrotadas. El 21 de
septiembre de 1880, una ley aprobada por el Congreso Nacional
declaró a Buenos Aires capital de la República y se la puso bajo
control directo federal.
De manera que la República Argentina, desde que conformó
un gobierno propio en 1810, tardó seis años en concretar su
Independencia, cuarenta y tres en lograr una Institucionalización
nominal y parcial, nueve años más para una institucionalización
definitiva que aunase su territorio y población. Debieron pasar
todavía dieciocho años más para construir un Estado con la
suficiente fuerza como para crear una relación vertical sólida con
el resto de las unidades políticas componentes (combates por la
capitalización de Buenos Aires) y diez años más para producir su
propia moneda (creación del Banco de la Nación Argentina en
1890 por el Dr. Carlos Pellegrini). Todo lo enumerado sucedió
en medio de guerras civiles, que desangraron la Nación en
innumerables pérdidas tanto de recursos humanos –soldados y
población– como materiales.
No deben considerarse solamente las pérdidas en vidas y
destrozos, sino lo que dejó de consumarse en el orden político,
económico y social.

Las ideas monárquicas en los comienzos de la


328
José Luis Speroni

Independencia
Horacio Estiú evidencia un destacable estudio sobre la
materia, donde expone las ideas de los historiadores y las
hipótesis que surgen de él. José Luis Romero, quien en Las
ideas políticas en Argentina (1946) afirmó que la restauración de
Fernando VII “incitó a todos a buscar una manera de acomodarse
a las circunstancias ocultando sus sentimientos republicanos para
no excitar las iras de los absolutismos coligados. Así nació una
corriente reaccionaria que postuló la monarquía sin renegar de
sus sentimientos democráticos”, porque fue el ejemplo inglés el
aceptado como modelo. Vicente Sierra y Julio Irazusta Historia
de las ideas políticas en Argentina (1950) y Ensayos históricos
(1973) respectivamente, coincidieron en criticar las inclinaciones
monárquicas de las clases dirigentes a las que por su espíritu
imitativo calificaron o descalificaron con el peyorativo adjetivo
de simiescas. (Estiú, 2001)
Quienes volcaron su interés al análisis de la epopeya
sanmartiniana, como Antonio Pérez Amuchástegui, Ricardo
Piccirilli y el historiador chileno José Yrarrázabal Larraín, llegaron
al cabo de sus investigaciones a tener la certeza de la sinceridad
de las ideas monárquicas de San Martín y sus contemporáneos,
a las que llegaron convencidos de que el establecimiento de
un rey era el único recurso capaz de restablecer el orden, dar
legitimidad al gobierno y, en el caso de San Martín, el medio
idóneo para conseguir unificar bajo un solo gobierno los
territorios reconquistados que había poseído España en América
del Sur.
Aunque con distintos enfoques, José Luis Busaniche y José
Ingenieros no son precisamente indulgentes en sus apreciaciones
con respecto a quienes apoyaron el establecimiento de un rey.
El primero, en su Historia Argentina (1973) luego de criticar
duramente a los diputados que integraron el Congreso de
Tucumán, al juzgar las tratativas monárquicas de Belgrano y
Rivadavia en Europa las calificó de “desgraciadas y absurdas” y
de “descabellada empresa fruto de una diplomacia extraviada”.
329
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

(ESTIÚ, 2001, p.7) A su vez, Ingenieros, en La evolución de


las ideas argentinas (1918) vio en estas actitudes a favor del
establecimiento de la monarquía un brote reaccionario con
intenciones de retrotraer la situación a la época colonial.
Párrafo aparte merece el juicio de Enrique de Gandía, cuya
lectura de los periódicos del período 1815-1819, por el contrario,
pone en evidencia la existencia de una robusta corriente
de pensamiento favorable a la organización de un Estado
centralizado, en ese entonces imaginado como una monarquía
constitucional, de la cual participaron amplios sectores del
pensamiento de la época. Luego, el paso del tiempo modificó el
escenario y las especulaciones políticas se orientaron hacia otro
tipo de soluciones. El monarquismo quedó atrás y se convirtió en
algo vergonzante que era necesario negar u ocultar. Las hipótesis
a las que llega Estiú (Estiú, 2001) ameritan ser transcriptas:
Si bien es innegable la influencia de los factores coyunturales
internacionales sobre el pensamiento y la acción de las minorías
dirigentes durante el periodo considerado, no debe entenderse a los
proyectos monárquicos como una simple respuesta oportunista a los
mismos sino como la expresión ideológica de un amplio sector de la
dirigencia criolla que abrevó en la tradición cultural hispánica y que
valoró la estabilidad demostrada durante largo tiempo por su sistema
político.

El prestigio y la eficacia de la monarquía en su forma constitucional


o limitada tal como se la practicaba en Inglaterra gozaba de general
aceptación entre los sectores cultos rioplatenses que valoraban
especialmente su tendencia a una unidad que todos anhelaban.

Más allá de diferencias circunstanciales, los partidarios de la monarquía


y los de la república coincidían en la necesidad del establecimiento de
un sistema representativo que diera legitimidad al gobierno, asegurara
los derechos de los habitantes y evitara los abusos del poder.

Por otro lado, el historiador uruguayo Dr. Walter Rela (Rela,


2010), en un extenso trabajo sobre el federalismo en el Río de
la Plata y los intentos monárquicos desarrollados por fuerzas
políticas y gobernantes de Montevideo y Buenos Aires de 1808
a 1816, sostiene todo lo contrario: califica de traidores a quienes
sustentaban esas ideas. Se deja constancia que, por razones
330
José Luis Speroni

cronológicas, no fue tenido en cuenta por Estiú.4

Belgrano en la búsqueda de una monarquía Inca


atemperada

Matías Dib expone una caracterización de Belgrano que nos


resulta de provechosa. “pensó el país en una época signada por
el cambio y conflicto: ya sea como paradigmático funcionario
hispano–colonial, como precursor ideológico, protagonista
y gestor de la Revolución de Mayo, o bien como destacado
conductor militar en las guerras independencia americana” (Dib,
2019, p.43), ante todo destaca el rol como funcionario hispano
colonial ¿Cómo habrá marcado esa posición el pragmatismo de
sus ideas? ¿Haber sido gestor en la colonia habrá estimulado el
sentido común del que hablaba Enrique de Gandía? Las ideas
monárquicas defendidas, en clave de época, son una muestra
que observó, intuyó, lo que era percibido por los compatriotas
cuyas categorías de percepción eran tales que reconocían y
daban valor y de reconocerlo. Es decir, lo simbólico5.
Enrique De Gandía es uno de los historiadores que manifestó
los hechos de manera disruptiva frente a la historiografía clásica:
“No hay porque vituperar a Belgrano si pensó de la única manera
superior que podía pensar. Hoy parece ridículo soñar con nuevas
monarquías; entonces lo era el soñar con repúblicas.” (Gandia
de, 1949). Además de profundizar las ideas de Belgrano puso
el énfasis en la corriente de “pensamiento arraigada en la
época”. Hemos seleccionado algunos párrafos que describen
sus investigaciones al respecto y que son un pilar sólido para
interpretar las ideas de Belgrano en relación con la formación

4 La tesis de Estiú es del año 2001 y el trabajo de Rela es de 2010.

5 Se destaca el epígrafe de colocado al texto, donde Enrique de Gandía categoriza con pre-
cisión: “Belgrano tuvo, en grado sumo, un hermoso sentido común. Esta cualidad, tan difícil de
hallar aun en verdaderos genios, brillaba admirablemente en Belgrano.”
331
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

del Estado-Nación y la importancia de lo simbólico (Gandía de,


1949):
Las ideas políticas de Manuel Belgrano, como la mayoría de las
ideas de los próceres argentinos, son mal conocidas en su exacto
desenvolvimiento. Los anacronismos, en cuestiones de ideas, son tan
frecuentes que lo más común, en cualquier obra histórica, es atribuir a
un personaje, en una determinada época, los pensamientos que tuvo en
una época muy anterior o muy posterior. En síntesis, puede concluirse
que Belgrano fue un economista liberal, como lo eran en su época los
más eminentes de España y Europa, y que su liberalismo se extendía,
también, a la política sin llegar a rozar la religión.

En materia de formas de gobierno, es sabido que buscó una ayuda


de la infanta Carlota Joaquina: ayuda que, según la infanta, debía
tener un determinado fin, y según los políticos de Buenos Aires
debía tener otro. Hemos demostrado que tanto la infanta como los
políticos de nuestra ciudad, estaban dispuestos a reconocer como rey
de la América española al infante don Pedro, primo de la infanta. Los
derechos naturales del hombre, por los cuales se luchaba en América,
no permitían imaginar monarquías absolutas. En una primera época,
Belgrano pensó en una monarquía constitucional española. Más tarde
siguió siendo monárquico.

Su amor a los Estados Unidos era grande. En 1805 conoció la Despedida


de Washington: folleto que hizo traducir e imprimir en 1813. En este
año, Belgrano ya expresa ideas firmes sobre la necesidad de convertir
esta parte de América, o la América toda, en una nación independiente
En la introducción a este folleto, Belgrano dice: «Suplico sólo al gobierno,
a mis conciudadanos y a cuantos piensen en la felicidad de la América,
que no se separen de su bolsillo esta libreta, que lo lean, lo estudien, lo
mediten, y se propongan imitar a ese grande hombre, para que se logre
el fin a que aspiramos de constituirnos en nación libre e independiente.

El director Gervasio Antonio de Posadas, en Buenos Aires,


le pidió el 14 de septiembre de 1814 al Consejo de Estado que
enviara a España una misión integrada por Belgrano, Rivadavia
y Sarratea con el “objeto de felicitar al rey y buscar una ocasión
que proporcione la paz de estas provincias, sin disminución de
sus derechos o que justifique a la presencia de todas las naciones
su conducta venidera”.6 Reconoce De Gandía (Gandía de, 1949):

6 Si bien en distintas fechas partieron los integrantes, con la finalidad de continuar bajo la
tutela de España con un Congreso y una Constitución. La misión culminó en Inglaterra y, no
llegó a concretar su propósito.
332
José Luis Speroni

En el caso de Belgrano hemos visto, honradamente, cuáles eran sus


ideas monárquicas. No puede negarse su convencimiento de que una
monarquía constitucional superaba cualquier otra forma, de gobierno.
El 6 de julio de 1816 Belgrano expuso en sesión secreta, en el Congreso
de Tucumán, su pensamiento íntimo acerca del destino de nuestras
provincias. Belgrano dijo, que Inglaterra había llegado a una gran
altura gracias a su «constitución de monarquía temperada»; que otras
naciones habían seguido su ejemplo, como Prusia, que por sí misma
se había transformado de estado despótico en una. nación con bases
constitucionales idénticas a las inglesas, y que, «conforme a estos
principios, consideraba la forma de gobierno más conveniente para
estas provincias una monarquía temperada, llamando la dinastía de los
Incas, por la justicia que envolvía la restitución de esta casa, y por el
entusiasmo general de que poseerían los habitantes del interior.

En este sentido, desde posturas políticas opuestas, el historiador


Norberto Galasso y José María Rosa exponen coincidencias con
de Enrique de Gandía, tanto en la interpretación de los hechos
de Mayo, como en las ideas monárquicas de la época. “Piénsese,
por ejemplo, lo que hubiera significado desde 1820, la unión
argentino-chilena, constituyendo un solo país, con frente a ambos
océanos. Lograr la unión era precisamente el propósito de San
Martín, quien para lograrla proponía incluso coronar un príncipe
extranjero (…) Lo cierto es que la unificación monárquica
fracasó, porque las fuerzas contrarias a toda centralización eran
demasiado poderosas (Galasso, 2000). El historiador Jose María
Rosa, al referirse al asunto, proporciona una mirada integral: “el
principio de la legitimidad era agitado por la Santa Alianza, ¿y qué
monarca más legítimo en América del Sur que el descendiente
de sus antiguos reyes? El proyecto no era tan descaminado, y
debe reconocerse que la capital en el Cuzco como quería el
catamarqueño Acevedo significaba la unidad de América del Sur.
(ROSA, 1992, p. 167)
Una comunicación del académico de número Rosendo Fraga,
en la sesión privada de la Academia Nacional de Ciencias Morales
y Políticas, el 27 de julio de 2016, puso en perspectiva el proyecto
de Belgrano: “Ni la forma de gobierno aprobada ni la elección
del futuro monarca fueron una improvisación ni una táctica para
ganar tiempo. Se trata de un proyecto que llevaba casi veinte

333
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

años y que estaba en los inicios de la gestión del proyecto de


independencia hispanoamericana” (Fraga, 2016). Comienza
relacionándolo con un Proyecto del Precursor Francisco Miranda
y su incansable actividad en Europa para lograr la independencia
de América. Para 1798, cuando Inglaterra se encontraba en
guerra con España, presentó un proyecto en el cual recibió la
aprobación de Pitt, en el cual proponía “la adopción del modelo
de monarquía constitucional o parlamentaria que regía en
Gran Bretaña, al que dos décadas más tarde Belgrano llamaría
“monarquía atemperada”. En ella exponía que el rey fuera “un
descendiente de los incas, cuyo imperio comprendía la mayor
parte de América del Sur al llegar los españoles”. Miranda también
expuso el proyecto ante el presidente de los EE.UU., John Quincy
Adams, y fundó en Londres la logia denominada “Sociedad de los
Caballeros Racionales”, que también adoptó el nombre de “Logia
Lautaro”, por ser el nombre del cacique araucano que en el siglo
XVI resistió más encarnizadamente y con más éxito la invasión
española y desde Perú irrumpió en Chile. Según Fraga, es posible
que el chileno Bernardo O’Higgins fuera quien haya sugerido y
justificado ese nombre. Destaca Fraga, (Fraga, 2016):
El proyecto de monarquía “atemperada” inca de Belgrano, no fue
una iniciativa personal o extemporánea, sino que tenía raíces en el
movimiento independentista iberoamericano. Al mismo tiempo fue
apoyado por las cuatro figuras que tenían el poder político y militar
territorial en las Provincias Unidas del Río de la el General Juan Manuel
Belgrano jefe del Ejército del Norte en Tucumán, el General José de
San Martín, Gobernador Intendente de Cuyo y Jefe del Ejército de los
Andes, el General Martín Miguel de Güemes Gobernador de Salta y
jefe de las guerrillas patriotas del norte argentino y el General Juan
Martín de Pueyrredón, Director Supremo en la Ciudad de Buenos Aires
con mando directo sobre el Ejército de la Capital (…) La combinación
de un acta de Declaración de la Independencia tomada del Acta de
los EE.UU. con notorias coincidencias hasta textuales, el proyecto de
organización política tomado de la monarquía constitucional británica
y la iniciativa de designar un monarca inca, muestra en esta etapa
un gran pragmatismo en el Congreso, al combinar los dos modelos
anglosajones con la tradición indígena local.

El general Paz en sus memorias, en dos oportunidades, hace


referencia a las ideas Monárquicas de Belgrano, las atribuía a los
334
José Luis Speroni

efectos de su viaje a Europa de 1815. Las obtiene de momen-


tos que coinciden con últimos años de vida de Belgrano (1819
– 1820). En el capítulo IX donde describe la guerra civil, con el
subtítulo Ideas del general Belgrano sobre la forma de gobierno. Ex-
presa Paz (Paz, 1892):
Siempre mecí al general Belgrano cierta disposición favorable que lo
inducía a algunas confianzas, que atendida mi juventud y mi clase,
no dejaban de ser extraordinarias. Ese día, después de recibirme el
juramento, trabó conversación conmigo, y me dijo francamente: Esta
Constitución y la forma de gobierno adoptada por ella, no es en mi—
opinión la que conviene al país; pero habiéndola sancionado el Sober-
ano Congreso Constituyente, seré el primero en obedecerla y hacerla
obedecer. Volviendo a las razones de su modo de pensar, decía: Que no
tentamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República,
y que era tema monarquía moderada, lo que nos convenía.

En el Capítulo X donde relata la sublevación de Arequito, allí


se refiere sin ambages las ideas monárquicas (Paz, 1892):
El general Belgrano, que no disfrazaba sus opiniones, y preparando
la opinión pública para un cambio tan remarcable. Si no lo hicieron,
fue probablemente porque comprendieron que sería mal recibido, y
prefirieron obrar tenebrosamente. Me hago un placer en asegurar que
muchos hombres honrados y patriotas sinceros, asustados del desorden
que nos amenazaba y de la anarquía que por todas partes asomaba su
horrible cabeza, pensaron de buena fe, que el gobierno monárquico era
el que solo podía salvarnos.

Una mirada integral sobre las guerras civiles


En las guerras civiles argentinas, llevadas a cabo entre her-
manos, por las características de la construcción del Estado-Na-
ción, también participaron potencias extranjeras: recordemos
que las provincias preexistentes formaron alianzas, como en el
caso de Brasil y Uruguay. El tema solamente interesa para re-
flexionar sobre las pérdidas en todos los órdenes. Para Sergio
Bagú, quien prologa la edición: “Lo que Juan Álvarez quiso hacer
fue explicar esa misma conexión en el pasado, con técnicas y
concepciones teóricas aceptables por su rigor científico. (…) es
335
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

un ilustre precursor del análisis histórico-económico. Por sus es-


fuerzos metodológicos y por su afán de poner el conocimiento
de lo pasado al servicio de la programación del futuro” (Álvarez,
1966, p. 11).
Para Juan Álvarez “Durante mucho tiempo la historia argentina
se escribió con marcada tendencia a explicar los hechos como
único resultado de la acción de ciertas personas… con lo cual
dejábase de lado, por completo, el estudio de aquellas causas
generales que, obrando sobre directores y dirigidos, debieron
influir necesariamente sobre el rumbo adoptado por los
primeros, al crearles ciertas necesidades o ambientes especiales”
(Álvarez, 1966, p. 14). El epígrafe elegido para su obra, todavía
hoy presenta un desafío a para los historiadores, así lo consigna
(Álvarez, 1966):
...La situación interna del presente nos da la seguridad del orden
definitivo. Nada lo amenaza en nuestros días, y afirmo resueltamente
que nada lo conmoverá en el porvenir si, estudiando los orígenes de
nuestras crisis, eliminamos las causas en lugar de agitarnos contra
los efectos. Los hombres de gobierno no han de dejarse sorprender
por la aparente confusión de los fenómenos que se reproducen en la
historia. Metodicémoslos, clasifiquemos las cruentas experiencias,
introduzcamos en la política la ciencia de las causas, sin reduciría al
recurso improvisado contra el asalto diario del conflicto. La normalidad
es, para mí, problema institucional y no de fuerza, de garantías en el
régimen, más que de severidades en la represión. Roque Sáenz Peña.
Mensaje de 1911(p. 14)

Sin embargo, tan importante estudio, partiendo de una


sentencia abarcadora como lo es un epígrafe, no consideró ni
realizó comentario alguno sobre la alteración (social, política y
económica) producida al cambiar de un régimen totalmente
autoritario a otro que estaba planteado, teóricamente, en las
antípodas. Con el agregado que durante mucho tiempo para
la toma de las decisiones en lo cotidiano se aplicaba la ley cuyo
origen procedía del anterior estatus colonial.7

7 En diciembre de 1847, a Camila O’Gorman, que tuvo un amorío con el sacerdote jesuita
Ladislao Gutiérrez, Juan Manuel de Rosas le aplicó la pena de muerte establecida en las Partidas
1-4-71, 1 18-6 y VII 2-3.
336
José Luis Speroni

Zubizarreta, y Rabinovich, posibilitan otra mirada sobre


el análisis de las llamadas guerras civiles. Ambos sostienen
(Zubizarreta y Rabinovich, 2014):
La aparición en 1972 de Revolución y Guerra, de Tulio Halperín Donghi,
permitió reinterpretar el proceso de independencia a partir de un
enfoque político y social atento a la influencia de los acontecimientos
bélicos. Desde entonces, la historia política4 se ha renovado por
completo y, más tímidamente, ha ido emergiendo una serie creciente
de trabajos dirigidos a indagar el peso de la cuestión militar (…) El
proceso histórico que se abre en el espacio rioplatense con la crisis de
la independencia y se prolonga hasta la dificultosa consolidación de los
Estados nacionales estuvo marcado por una muy intensa movilización
militar y una no menos intensa conflictividad política. Si bien las
relaciones entre ambos fenómenos son a primera vista muy estrechas,
nos parece que las mismas no han sido plenamente exploradas por la
historiografía. (p.2)

Pablo Camogli, en su texto “Batallas entre hermanos”


aproxima una cifra sobre las perdidas: “Para el número final de
muertos sólo cuento los muertos en combate, pero es lógico
pensar que tiene que haber muchos muertos más, ya sea en
persecuciones, en los saqueos que se hacían en los pueblos, las
represiones en las distintas regiones, o heridos que escaparon
y murieron después. … El resultado final, entre los años, 1813
y 1884, arroja 431 batallas y 60.926 muertos” (Camogli, 2009).
Tengamos en cuenta que lo señalado por el autor como batallas,
también comprende la categoría de combates y utiliza términos
que no corresponden a la época, como el de genocidio. Las
guerras civiles comenzaron con posterioridad al proceso de
separación de hecho del Reino de España el 25 de mayo de 1810,
antes que fuera declarada la Independencia y continuaron casi
hasta el final del siglo XIX. Nos surge la pregunta por el grado
de relación con la inobservancia de lo simbólico en cuanto a la
concepción del poder que cada habitante tenía internalizado y la
posterior institucionalización.

337
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

Un abierto colofón que invita a la profundización


Las ideas sostenidas por Belgrano fueron un instrumento
ético de responsabilidad para construir un Estado que conjugase
objeto y sujeto, mundo y percepción. En suma, la edificación de
una visión del mundo reconocida como natural e instituida en las
categorías de percepción de los agentes como aquello que tiene
valor, aquello por lo que vale la pena luchar. En la batalla librada
por Belgrano para construir una visión del mundo reconocida
como legítima, la báscula del poder se inclinó a su favor a través
del capital simbólico acumulado. Sus ideas monárquicas, así como
la creación y jura de la bandera adquirieron fuerza simbólica
por la creencia en la legitimidad de las palabras y de quien las
pronunció. En su figura se encarnó el grupo y se homologó el
significado y el significante.
Si hacemos una rápida comparación de nuestra construcción
como Estado-Nación, con la República Federativa del Brasil y
de los Estados Unidos de América, sobre la impronta colonial,
el proceso de independencia, la organización del Estado y las
luchas civiles a que dio lugar dicho proceso, que pone en acto el
“uso” del capital simbólico acumulado, fue considerablemente
elocuente. Si recordamos el conjunto de atributos que definen
la estatidad –capacidad de externalizar su poder, capacidad de
institucionalizar su autoridad, capacidad de diferenciar su control
y una capacidad de internalizar una identidad colectiva– Argentina
la alcanzó recién en el año 1890, luego de un arduo proceso que
se inició en 1810.
En Brasil, de características coloniales similares a la nuestra,
en manos de Portugal, el 7 de septiembre de 1822 Pedro lanzó la
proclama independentista, conocida como el Grito de Ipiranga. La
primera Constitución de Brasil como imperio independiente fue
promulgada el 25 de marzo de 1824, haciendo un uso intenso de
la estructura colonial heredada. Es decir que solo trascurrieron
dos años y las condiciones de estatidad ya estaban inicialmente
presentes. Luego debieron pasar 65 años para que evolucionara
hacia una república.
338
José Luis Speroni

Estados Unidos de América, con una colonización distinta,


donde se trasladaron familias que querían diferenciarse por sus
ideas religiosas, donde desde el inicio consensuaron la manera
de llevar adelante la vida en el Nuevo Continente, el 4 de julio
de 1776 declaró la independencia y en 1787 fue sancionada la
Constitución. En 11 años las condiciones de estatidad estaban
consolidas, sin alteraciones en cuanto a las estructuras y
costumbres coloniales.
En ambos casos, Brasil y EE.UU8, las luchas civiles durante el
proceso de organización del estado fueron muy bajas.
Un comentario final sobre el general Manuel Belgrano y el
capital simbólico. La bandera nacional es un constructo simbólico,
en ella se reconoce a la Nación y se le da valor a partir de ese
reconocimiento. La creación, jura y uso por parte de Belgrano,
contrariando muchas veces las autoridades, es conocido y por sí
solo explica la importancia que le otorgó a lo simbólico.
La teoría de Bourdieu, –en tanto se posiciona en cualquier
propiedad que sea percibida, reconocida, y se le dé valor–
permite comprobar el valor que adquieren las acciones que
se desarrollan para implementar una solución si ellas tienen en
cuenta, o no, aquello que los habitantes perciben reconociendo
y dándole valor. En este contexto deben considerarse las ideas
monárquicas de Belgrano y la génesis de la construcción del
Estado Nación.

8 No consideramos la Guerra de Secesión (1861 y 1865). El Estado-Nación estaba conforma-


do, no se rompió el orden institucional.
339
Más allá de las ideas monárquicas de Belgrano:
un enfoque desde la teoría social

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342
Vincent Nicolas

La fiesta de Guadalupe, la Virgen


y los “guerreros de Belgrano”
344
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerre-
ros de Belgrano”1

VINCENT NICOLAS

Introducción

En septiembre de 2012, tuve la suerte de participar en un


encuentro de estudios andinos organizado por la universidad de
Buenos Aires en Tilcara. En una conversación informal con una
arqueóloga argentina, Mónica Montenegro, le mostré un frag-
mento del video que acababa de editar sobre la fiesta de Gua-
dalupe en Tinguipaya. Y entonces me dijo: “están bailando con
la bandera de Belgrano”. Ante mi perplejidad, añadió: “claro, la
bandera de Macha”. Esta afirmación, muy sorprendente para
mí, me reveló de pronto un episodio por demás conocido de la
historiografía argentina pero ampliamente “olvidado” en la histo-
riografía boliviana y me hizo para dar cuenta de cuán engañosas
son las historiografías nacionales que escogen sistemáticamente
lo que quieren recordar y lo que conviene “olvidar” o callar.
En trabajos anteriores me he abocado a la “memoria-rela-
to”, presente en los ayllus, y la he confrontado con los documentos
de archivos, y nos hemos referido escasamente a la memoria ritu-
al tan sólo para destacar en ella la presencia de algunos elemen-
tos históricos. He encontrado en Tinguipaya una memoria narrativa
muy abundante pero también con “vacíos”. Hay recuerdos que se
han transmitido y otros que fueron olvidados: no hay recuerdos de
la sublevación general de fines del siglo XVIII en Tinguipaya, no hay
recuerdos de Tomás Katari ni de Pedro Suyo, no los hay tampoco
de la mita, por ejemplo. Pero, a pesar de la ausencia de recuerdos
(explícitamente traídos a la conciencia) es evidente que este pasa-
1 Una primera versión de este texto fue publicado en V. Nicolas, Los ayllus de Tinguipaya. En-
sayos de historia a varias voces, La Paz: Plural, 2015.
345
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

do ha dejado huella en Tinguipaya, una huella que quizás podamos


encontrar en el ritual; quizás la memoria ritual nos permita acced-
er a una memoria más profunda, a este espacio intermedio entre
el recuerdo y el olvido. “El olvido designa el carácter desapercibido
de la perseverancia del recuerdo, su sustracción a la vigilancia de la
conciencia” (Ricoeur, 2003: 572). Cuando la rememoración fracasa
en representar el pasado, este último cae en el olvido, pero su huella
permanece de manera desapercibida y tenaz en los gestos y las frases
que repetimos por hábito a veces sin saber por qué. Si retomamos
la distinción propuesta por Ricoeur (después de Bergson) entre la
memoria-hábito “que es simplemente actuada y carece de recono-
cimiento explícito” y la memoria-rememoración “que no funciona sin
reconocimiento declarado” (Ricoeur, 2003: 560), está claro que el
rito responde preponderantemente al primer tipo de memoria ya que
repite un pasado que “adhiere de alguna forma al presente” mientras
que el mito pertenece preponderantemente al secundo tipo de me-
moria en la medida en que representa un pasado “reconocido en su
dimensión pasada del pasado” (Ricoeur, 2003: 45).
Aclaro inmediatamente que el uso que hago aquí del término
“memoria ritual” no tiene nada que ver con aquel de Carlo Severi
(2007), no porque esté yo en desacuerdo con él sino porque busco
destacar otro aspecto de la memoria ritual. De hecho, este autor
propone una antropología de la memoria desde contextos donde una
imagen-signo llama una palabra ritual2. Pero lo que nos interesa
aquí es, al contrario, buscar en el gesto o el objeto ritual la huella
de un recuerdo que ya no emerge a la conciencia. En el caso de
la fiesta de la Virgen de Guadalupe, en el mes de septiembre, ex-
iste una serie de relatos y de explicaciones que acompañan cada
momento de este ritual muy largo y muy complejo. Les relatos de
aparición de cada una de las vírgenes que son llevadas al pueblo
ese día son particularmente importantes; sin embargo hay ciertos
aspectos del rito que no tienen su correlato mítico y son repeti-
dos sin mayor explicación. Respecto a la bandera, nadie ha podi-

2 En la región andina, un claro ejemplo de este tipo de relación entre imagen-signo y palabra
ritual se encuentra en las escrituras ideográficas de la Semana Santa estudiadas por Dick Ibarra
Grasso (1953).
346
Vincent Nicolas

do darme una explicación de su presencia pero, cada año, flamea


infaliblemente en medio de la danza.
La pregunta es: ¿de qué es huella esta bandera? Pero también:
¿será posible que alguien que no sepa nada sobre una fiesta ni
conozca su contexto cultural pueda decir algo relevante sobre
ella? Mi respuesta a una pregunta como esa debería ser un “no”
rotundo. Sin embargo, yo diría que la pregunta está mal formu-
lada y más bien la plantearía de la siguiente manera: ¿será que
el recuerdo explícito de una mujer jujeña (Mónica Montenegro)
acerca del sueño americano de Belgrano le permitió reconoc-
er la huella que este sueño dejó en los tinkipayas? Es decir que
esta interpretación de la bandera y de su presencia en la fiesta
de Guadalupe sólo puede ser correcta si presupone una memo-
ria común, de la misma manera que la mayéutica practicada por
Sócrates presuponía una memoria común entre él y sus interloc-
utores.
En este artículo vamos intentar comprobar la hipótesis según
la cual la bandera que flamea en Tinguipaya para la fiesta de Gua-
dalupe estaría ligada a la presencia de Belgrano en la zona en tiem-
pos de las guerras de Independencia. Para ello, avanzaremos en
dos tiempos: primero, intentaremos averiguar si efectivamente la
bandera que la comunidad de Jawaqaya lleva a la fiesta de Guada-
lupe tiene, más allá de su parecido, algo que ver con la de Belgra-
no. Luego, buscaremos entender los motivos que pudieron haber
tenido los jawaqayas para adoptar semejante bandera. Adelanto
que no vamos a llegar a una conclusión definitiva, pero sí podre-
mos reunir y sopesar una serie de indicios muy sugerentes.

347
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

Orígenes históricos de la fiesta de Guadalupe


El pueblo de Tinguipaya se fundó, lo sabemos, en 1574 con el
nombre de Nuestra Señora de Belén de Tinguipaya. Por consigui-
ente, la santa patrona de Tinguipaya es la Virgen de Belén cuya
fiesta se celebra el día de Navidad y en su “otava” (Año Nue-
vo) con carreras de caballo. Actualmente, se suele subrayar el
carácter guerrero de la Virgen de Belén: “mamita Belén guerrero
caballeríayuj” (mamita Belén guerrera con su caballería). Las auto-
ridades originarias se arriesgan ese día, a pesar de ser campesinos
“de a pie”, a subirse a unas mulas chúcaras para dar tres vueltas al
pueblo, lo que se denomina la “pasión”. La fiesta de Navidad como
la de Corpus Cristi es una fiesta obligatoria que va rotando en cada
uno de los siete ayllus así como al interior del pueblo. Los pasantes de
los ayllus, como los del pueblo, tienen un lugar reservado en la plaza
donde construyen sus respectivos altares. En Año Nuevo se saca la
virgen en procesión y se la hace descansar en cada altar y, en Corpus
Cristi, se hacía lo propio con el Santísimo Sacramento en su custodia.
Lamentablemente, este último fue robado al igual que, más tarde,
los adornos de la virgen3. Estas dos fiestas han mermado consid-
erablemente en las últimas décadas y el acontecimiento religio-
so, social y festivo más importante de Tinguipaya es sin duda la
fiesta de Guadalupe realzada por la presencia de siete wawkus (o
tropas de músicos4). A pesar de un proceso de aculturación cada
vez más notorio que va derivando en un empobrecimiento de la
3 En 1981, según el periódico El Potosí, fue robada la custodia. En 2008 y 2011 la iglesia de Tin-
guipaya fue víctima de otros dos robos por lo que, actualmente, la Virgen ya no tiene gran parte de
los adornos con los que aparece en la fotografía 5.4. tomada el primero de enero de 2004. El último
robo tuvo lugar el 3 de enero de 2011, después de la fiesta y procesión de Año Nuevo (El Potosí,
08.01.2011). Ese año, una historia bastante extraña empezó a circular en los ayllus de Tinguipaya:
se contaba que, siendo conminado por los habitantes a consultar a los yatiris, el cura se presentó en
la comunidad de Puypo ante uno de estos especialistas quién, después de mirar la coca, increpó al
sacerdote diciéndole que no se haga la burla ya que él mismo había sustraído las joyas de la Virgen.
Dos años más tarde, la Policía boliviana aprehendió al sacerdote después de haber encontrado dos
charolas de plata y un cáliz de oro en su domicilio en la ciudad de Sucre (El Potosí, 19.04.2013).

4 Wawku: aerófono, tipo flauta de pan, constituido por un par (arka e ira) de cuatro tubos; el in-
strumento típico de Tinkipaya se caracteriza por tener un tubo más y por lo tanto una nota más que
el jula jula que se toca en el Norte de Potosí. Esa nota adicional es la que permite tocar el wayñu,
ritmo característico de la “rueda” (ver DVD Nicolas, 2014).
348
Vincent Nicolas

tradición textil y una tergiversación de los temples tradicionales


en el charango (temple Cruz y San Pedro), la participación de los
wawkus es la que hace que la fiesta conserve su brillo particular.
Hay que recordar que la Iglesia católica celebra el 8 de septiem-
bre el aniversario de la Virgen María o sea su fecha de nacimiento. De
ahí viene, suponemos, la importancia de esta fecha en el calendario
ritual de Tinguipaya. Acerca de los orígenes de esta festividad en
Charcas, Andrés Eichmann y Gaëlle Bruneau comentan lo siguiente:
La primera fiesta de Guadalupe en La Plata tuvo lugar en enero de
1602, y está descrita con algún detalle por Diego de Ocaña, el pintor
de la imagen extremeña. Vale la pena resaltar algunos elementos lla-
mativos: de un lado, la peculiaridad de que en todas las misas se can-
taran muchos villancicos. De otra, la vistosa cabalgata de indios a cuya
cabeza iba Juan Aymoro, su cacique principal, “como si dijésemos en
España un duque”, acompañado de cuatrocientos indios con disfraces
tan buenos, que en Madrid parecieran bien… (Eichmann; Bruneau,
2007: 343).

Llama la atención la presencia de las cabalgatas de indios, as-


pecto que en Tinguipaya caracteriza la festividad de la Virgen de
Belén, como también la presencia de los cantos. Según los au-
tores, “la inmensa mayoría de los villancicos de los que se tiene
noticia se interpretaban en maitines” (Ibíd.: 351). Uno de los rit-
uales de la fiesta de Guadalupe es precisamente el “alba” durante el
cual los wawkus suelen tocar doce kublas (coplas) en la puerta de la
iglesia antes del amanecer del día 8 de septiembre5. Esta costumbre
puede también relacionarse con lo que se dice, en el nombra-
miento de Alonso Tusqui en 1673 como alcalde mayor de Tingui-
paya, con relación a la obligación de hacer rezar en la puerta de
la iglesia6:
…Luis Domínguez de Monroy, corregidor y justicia mayor de esta pro-

5 Cada kubla está ligado a un momento de la liturgia: Niño (adoración del Niño Jesús), Urakana
(para bajar la virgen de su altar), Romero Rosario (para rezar el rosario), San Pedro Llavero, último
kubla que se toca para cerrar el ciclo de los doce kublas. Antiguamente las mujeres cantaban sobre
algunas de estas melodías durante las veladas dedicadas a la Virgen.

6 Una restauración equivocada de la iglesia de Tinguipaya hace que, desde el 2006, los wawkus
tengan que tocar las kublas delante de la reja que obstruye el paso hacia la puerta del templo.
349
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

vincia de Porco y alcalde mayor de minas, registrador de ella por su


majestad digo: - por cuanto conviene nombrar alcalde mayor en el
pueblo de Nuestra Señora de Belén de Tinguipaya, para que lo ad-
ministre justicia. -- a los indios de ley sus dos parcialidades y acuda al
entero de tasas de mita y que los indios vivan en policia y acudan a la
doctrina cristiana, los indios los días de fiestas rezen en la puerta de
la iglesia teniendo satisfacción de la persona de Alonso Tusque que es
tal cual conviene para el uso de dicho en nombre de su majestad, le
elijo y señalo y nombro por tal Alcalde Mayor de dicho pueblo y sus dos
parcialidades y su doctrina y jurisdicción de él; (…) como tal alzando
vara alta de la real justicia la administre a los indios de dichas dos par-
cialidades ” (Archivo de Collana, Alonso Tusqui, f. 20v., 21).

Según Eichmann y Bruneau, la cofradía de la Virgen de Guada-


lupe sería una de las dos únicas cofradías “de españoles e indios”
que había en la ciudad de La Plata, junto con la de Nuestra Seño-
ra de la Concepción. En un documento de 1639 que citan estos
autores, se hablaba de “novenarios en vísperas” de la fiesta y de
la “octava”, lo que corresponde también a lo que se hacía en Tin-
guipaya. Habría que añadir que en La Plata, el 15 de septiembre
(o sea en la octava del 8) se suele celebrar la fiesta de la Virgen de
Chataquila, que, como lo veremos, tiene relación con una de las
vírgenes de Tinguipaya (la de Illchaku).

Los relatos de aparición de las vírgenes


Presentaré a continuación una versión ligeramente resumida
de los relatos asociados a las vírgenes de Guadalupe7 para luego
destacar los elementos más relevantes para nuestro análisis.
Mamitas de Illchaku
La aparición conjunta de la Virgen de Guadalupe y de la Virgen
Peregrina nos fue relatada por Luis Surco y Estefanía Choque en
el año 2002 en la capilla de Illchaku (ayllu Mañu). Las preguntas
fueron hechas por Sandra Zegarra, Alfredo Puma y Vincent Nicolas.

7 Tres de los cuatro relatos presentados aquí ya fueron publicados in extenso en la Antología
de historias orales de Tinguipaya (Nicolas, Puma y Zegara, 2004). El cuarto corresponde a una
entrevista realizada en enero de 2013 a Noel Secko de Jawaqaya.
350
Vincent Nicolas

.S. –Palomitalla, nin. Chaypi L.S. –Mama Guadalupe apare-


parisisqa mama Guadalupe. ció ahí como una paloma.
S.Z. –¿Pimanchus rikhurirqa S.Z. –¿A quién apareció?
chay palomita? L.S. –A los antepasados, hace
L.S. –Unay tatalasmancha mucho tiempo, nosotros sólo sa-
pero ñuqayku cuentasmantaña bemos eso por cuento. Dos se-
yachayku ¿i? (…) Iskay seño- ñoras habían aparecido, con un
ras uj chikitupiwan. Iskay. Uj chiquito. Dos. La una, la Virgen
peregrina, ujtaj mamita Gua- Peregrina, la otra, la mama Gua-
dalupe, ujtaj niñito kasan. (…) dalupe, y el otro el Niño [Jesús].
Irqhara ladomanta, kay Yuqalla (…) Había venido desde Irqha-
ladomanta, chayman jamusqa. ra, del lado de Yocalla. Entonces,
(…) Chaymanta kay mayuman había ido a lavar ropa en este río.
risqa t’ajsakuj. Iskaynin t’ajsa- Las dos estaban lavando ropa,
rakusan, nin. A chaypi tiyakus- dice. Desde entonces, se han
qanku. Nitaj kaypi uj ranchu quedado. Aquí, no había aún
kasqa. Tukuyniqpi jallp’a wa- este rancho. Las casas estaban
sis kasqa. Tiyaykujtinqa intiru dispersas por todo lado. Como
wasista ruwasqanku kaypi. Ja- se quedó aquí, todos hicieron sus
qay puntapi uj capillita kasan, casas aquí. En esa punta donde
chaypipuni rikhurisqa, puntapi hay una capillita, ahí apareció;
rikhurisqa kinsantin. Kinsan- los tres juntos aparecieron. Ca-
tinpuni purisqanku, chaymanta minaban los tres juntos siempre.
kayman uraykuchisqa. Palomita Luego aquí alguien ha hecho ba-
rikhurisqa, mamaman tukus- jar a una paloma. Una paloma
pacha, jamun pero a. Ya está, había aparecido; había venido
último kayman tiyaykuchinku. transformándose en la virgen.
Kaypi karqa hermano Yevara Desde entonces le han hecho
karqa. Chaytaj chinkanayasas- quedarse. Había un hermano
pa encargasqa: (encargado de la virgen) que se
–Apakapuy, nisqa, Yuqalla la- llamaba Yevara. Entonces, cuan-
domantaj. do estaba ya por morir, él encar-
Chaymanta kay comunidad gó [a alguien]:
ni kacharinñachu. Vallesitujina, –Llévatela al lado de Yocalla,
tukuy ima puqunpis. dijo.
V.N. –¿Chatakilaman ripun Pero la comunidad ya no había

351
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

kay mama Guadalupe, ninku? querido soltarla. Es que aquí es


E.C. –Diallanpi chamun. Ru- como un vallecito; produce de
misitupi kasan Chatakilapi. "Kay todo.
mayunta, kay Qalasayanta iskay V.N. –Dicen que la mama Gua-
señoras, caballiru risan", nisar- dalupe se fue a Chataquila ?
qanku. Intunsis, chay Chataki- E.C. –Sólo viene para el día de
laman ripun. Aswan phiña kaj, su cumpleaños. Está en la piedra
nin, unayqa. Grave kaj, nin. Ku- en Chataquila. “Dos mujeres y
nan kay Chatakilaman risqan- un caballero se están yendo por
manta, niña. Mana nirinapis kaj, el río de Qalasaya”, estaban di-
hermano cuentawaj. Chay ratu ciendo. Para entonces se había
pasaj imapis. Mana Guadalupe- ido a Chataquila. Antes era muy
paj uraykujtinpis wawkupis, ku- mala. Era terrible, dice. Ahora,
nanqa jaqay jinallaña kasanpis a. desde que está en Chataquila,
V.N. –¿Chayman ripusqa en- ya no es como antes. El herma-
tonces? no me contaba: no había caso de
E.C. –Chaypi ninku, pero decir nada. Ese rato, algo ocurría.
dianpaj chayamun, nin, juch’us- Ahora aunque el wawku no baje
tulla ¿i? Ajinititallan, verdadero. a Tinguipaya para Guadalupe, no
Cajunpi kasan, vistisqita jinitita- pasa nada.
llanpuni, niñitupis. Cajonsitupi V.N. –¿Se fue entonces?
ajina kasan yesitumanta, coro- E .C. –Se fue allá, dice, pero
nitayuj. Uj coronitan chinkan, para su día, ella llega, dice, chi-
uj coronitayuj kasan, peregrina quitita. La verdadera es asisito.
mana coronitayuj ¿i? En un cajón está vestidita asisi-
A.P. –¿Chatakilapi rumistupi- to, el niñito también. En el ca-
chu kasan? joncito, así está de yeso con su
E.C. –Chaypi rumipi kasan, coronita. Una de las coronas se
nin, ma rikuykuchu chayta, ver- ha perdido; la una tiene su co-
dad. ¿Maytaj Chatakilapis? Va- rona pero peregrina ya no tiene
lleladocha, ukhucha. Wañupun corona, ¿no cierto?
Yevara hermano pay cuentawaj A. P. –¿Está en la piedra en
kayku. Mana apaysijtinpis, Chataquila?
mana aqhakuysijtinpis. Mana E.C. –Está en piedra, dice;
mink’akujtinpis, rina kaj nin. esto nosotros ya no hemos visto.
Mana rijtinqa, ¡ah ya! condor ¿Dónde será también Chataqui-
352
Vincent Nicolas

jamuj, ovejatapis wisa nanaypis, la? Por el valle será, adentro será.
atujpis jamuj pasajpacha, ch’in- El que se ha muerto, el hermano
man rina kaj. Unayqa chaypiqa, Guevara, él nos contaba. Cuando
mana rijtin imapis kaj. Kunanqa no ayudaban en la fiesta, a ha-
Chatakilaman risqanmanta- cer chicha, a llevar leña, siempre
cha manaña imapis pasanchu, pasaba cualquier cosa. Había
cuentaspallamantaña chayta que ayudar, sin necesidad de que
yachayku. pidan la mink’a, de callado ha-
L.S. –wak’ayuj kay mama. bía que ir. Si alguien no ayuda-
(…) Iskaynin wak’ayuq. Cha- ba, pasaba cualquier cosa, como
yrayku, mana kura jamunchu. dolor de estómago, o el cóndor
Ujpi apasqanku, Anthuraman se comía a las ovejas o el zorro
kay mayupi samanata ruwas- se las comía. Antes, aquí, si no
qanku, entonces chay wata ayudaban, cualquier cosa pasa-
mana parasqachu. Ni ima. Re- ba. Ahora, desde que se ha ido a
cien Tinkipayaman apasqanku Chatakila, ya no ocurre nada, de
recién parasqa. cuentos nomás ya sabemos.
A.P. –Mama Peregrina, mama L.S.–Esta mama tiene wak’a
Guadalupe, niñituntin uraykun (un poder sagrado sobrenatu-
kinsantin? ral). (…)Las dos tienen wak’a.
L.S. –Kinsantin. Iskay alje- Por eso el cura no viene. Una
res, iskaytaj mayura, uj niñitun vez habían llevado a Anthura.
pasan, phisqa. Kinsantinpu- En este río, habían descansado;
ni uraykun, cajitapi apanku. entonces, ese año, no ha llovido.
Mama Guadalupe, niñituntin Cuando habían llevado a Tinki-
rin uj cajapi. Peregrina uj cajapi- paya, recién había llovido.
taj. Iskay cajapi kasan. Niñitun A.P. –La mama Peregrina, la
Guadalupiwan kasan. Khuska. mama Guadalupe y el niño ¿los
Chhitasqa kasan. Kunan, Tin- tres bajan à Tinguipaya?
kipayamanta kutimuytawan, L.S. –Los tres juntos. Dos al-
chay puntapiraj pasanku fies- férez, dos mayuras y un alférez
tata. Chay puntapi wasitusta, del niño. Cinco. Los tres van a
kanchitasta k’aspisitusmanta Tinguipaya en sus cajones. Los
ruwanku. Waka windinas, casa- llevan en sus cajones. El niño va
mientos. Chay wawku rin pa- junto con la mama Guadalupe;
taman, wawas uliyanku, misas está apegado a ella. En esta pun-

353
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

mañanku, kasaray. ta, hacen casas, corrales [minia-


turas], con maderitas. Hay ven-
tas de bueyes, matrimonios. El
wawku también va arriba; hay
bautizos, matrimonios.

El relato hace referencia a una aparición conjunta de dos seño-


ras y un niño: la Mamita Guadalupe, la Virgen Peregrina y el Niño.
La antigüedad de estas vírgenes es atestiguada por el hecho que
aparecieron a “los antepasados hace mucho tiempo”, porque la
primera capilla se encuentra hoy en día en ruinas (ver foto 2) y por
el hecho que, entonces, no había casas en Illchaku: la aparición,
por lo tanto, tuvo un efecto -se podría decir- de “reducción” de la
población. La imagen de la virgen lavandera es clásica dentro de
la iconografía colonial y corresponde a la huida de Egipto: hay una
pintura de Melchor Pérez de Holguín8 que representa a la virgen
vestida con sombrero y manta y lavando ropa. Se conocen tam-
bién varios villancicos ligados a este tema de la virgen lavandera.
La Mamita Guadalupe está representada en su cajón con el niño
en brazos conforme a la iconografía tradicional de esta virgen y la
Mamita Peregrina se conserva en otro cajón. Ambas llevaban una
corona. Pero, a pesar de estas representaciones coloniales, estas
vírgenes no dejan de actuar a la manera de las divinidades prehis-
pánicas: tienen muy mal genio y, si no se las atiende como quie-
ren, ellas se van a otro lado. Y de hecho las mamitas se fueron a
Chataquila, lo cual es muy emblemático puesto que la Virgen de
Chataquila se celebra en la octava de Guadalupe, el 15 de septi-
embre9. Además, debido a su carácter de wak’a, esa mamita no
era muy afín a los curas, nos dice Luis Surco.
Hoy en día las dos vírgenes bajan a Tinguipaya para la fiesta de
8 Melchor Pérez de Holguín, famoso pintor de la Villa Imperial de Potosí, de fines del siglo
XVII y principios del XVII. Retrató las fiestas barrocas de la villa imperial y muchas imágenes
religiosas.

9 El santuario de Chataquila se encuentra a 30 kilómetros de la ciudad de Sucre. En la cuesta


de aquel cerro murió el líder macheño Tomás Katari en enero de 1781.
354
Vincent Nicolas

Guadalupe y, por ello, hay dos tropas de wawkus, dos mayuras10 y


dos alféreces, además de un alférez del Niño Jesús. Por lo tanto,
en total son cinco pasantes.

Mamita Saqatila y Cristo Asunción


La presente versión es extraída de una entrevista realizada a
Julian Conde y está publicada en la Antología de historias orales de
Tinkipaya (2004: 220-224).
Infierno karqa, nin, ñawpajpi, Al principio, había un infier-
chay mamita Guadalupe kasan no dice, donde está la mamita
chay iglesiapi. Chay mayu inti- Guadalupe, donde esa iglesia.
ru, runa ma pasarqachu nin: ni Por todo el río, la gente no podía
imaynata rijchu runaqa, chay pasar, dice, a ese infierno se caía.
infiernoman jalaykun. Ajina- De esa manera, el Cristo Asun-
mantataj, chay Cristo Asuncion ción había aparecido en la roca,
parecesqa qaqapi, entonces ca- entonces en caballito, chiquitito
ballitupi, juch’uysitu nin. Pichus dice. Para él que lo ve, es buena
rikujqa, manchay suertepaj, suerte, para el que lo ve, dice.
rikuna kaj nin; entonces mana Entonces para el que no lo ve,
rikujtaj, mana. Pero rikuj tukuy no. Pero hay varios que han visto,
kan pero, kay qhipastaj, niña pero estos últimos años, ya no le
misa qunkuchu, maqanakus dan misa, por las peleas que han
ruwaykunku. Ajinamantaqa ri- habido. De esa manera se había
pusqa, kunanqa Warqawichhu- ido ahora a Warqawichu ; aho-
man, Warqawichupipis kunan ra ya no está tampoco en War-
mana kanchu, Iskunchiri, may- qawichu, está en Iskunchiri, se
chus uj lado llajta chayman ri- ha ido pues a otro pueblo a otro
pun a. Kunanqa chay lantin jina- lado. Ahora está como foto no-
llanña, maychus kikillantajcha, más ya, igual será también, igual
kikillanña, lantillanña, chayta nomás, su imagen nomás ya, eso
sigue adorasanku. (…) kunan siguen adorando. De nosotros se

10 La palabra mayura viene probablemente de los “mayordomos” de cofradías. El mayura es el


encargado de los músicos mientras que el alférez es el encargado de dar misa a la Virgen.
355
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

chay calvarito sigue kakusan. ha perdido, al último ya no se ve


Chaymantaqa sigue k’anchaku- ahora, los cactus (qayaras) tam-
sanku, tukuy ima, mana qun- bién han desaparecido. En esa
qankupunichu. roca siempre, era; ese rinconci-
Cristu Asunciontaqa iskayta to de nosotros había sido; ahora
watapi pasaj kanku, chay ese calvarito sigue está. Luego,
Asuncionqa iskayta misa jap’ij, siguen poniéndose velitas y todo;
entonces Espiritu killapi ujta no se han olvidado siempre.
jap’in, uj misatataj Guadalupe- Cristo Asunción, pasaban dos
paj, aparimullajtaj kanku. En- veces al año. Cristo Asunción
tonces ujllapi fiestata pasakuj agarraba la misa dos veces al
chay kunan mama Guadalupe año: una vez en el mes de Es-
nisanchis, Niño, wantira iskay, píritu y otra para Guadalupe.
después Concebida chayku- En uno nomás pasaba la fiesta:
nas ujllapi fiesta pasakuj kanku, la que decimos mama Guadalu-
uj lugarpi panpita jina Saqati- pe, Niño, dos banderas, después
la lado; chay k’uchupi, grave Concebida esos en uno pasaban
fiesta ujpipis sikullataj ujpipis la fiesta, en un lugar como pam-
sikurallataj grave a cabildo en- pita al lado de Saqatila, en ese
tero chaypiqa fiesta ruwanku. rincón. Grave era la fiesta: en un
Chaypi kaj Niño, wantira iskay, lugar están con sikura, en otro
chaymanta Concebida, jatun lugar, con sikura también, grave
alferes, chaymanta mayura, pues, el cabildo entero ahí hace
mayuraqa wawkuwanpuni la fiesta. Ahí había un Niño, dos
yaykun, chaykuna fiesta kaj, as- banderas, luego Concebida, el al-
kha. Wasis kasanraj, a chay wa- férez mayor, luego el mayura; el
sis pasana wasis; kunan llinphu mayura entra con wawku siem-
jalaraykusan, thunirakusan. pre, esas fiestas eran muchas.
Monos wicharij, monos Las casas están todavía, esas
disfrasasqas kan uj lado pier- casas eran casas de pasar fies-
nanverde uj lado puka ¿no tas, ahora por completo se están
ve? Dizfrazakunku kay willma cayendo, se están destrozando.
umas. A chaykunaqa mana ju- Los monos subían, los monos
chayuj wicharij a; juchayuj kaj- disfrazados a un lado su pierna,
qa, mana. (…) Mana juchayuq verde, y al otro lado, rojo ¿no ve?
wicharin tranquilito wicharin, Se disfrazan con esas pelucas de
banderapiwan wicharin cha- vellón. Los que no tienen culpa
356
Vincent Nicolas

yman. Wila churamun qaqa suben pues, los que tienen culpa,
k’uchuman. Wila churaytawan no. (…) El que no tiene pecado,
banderata watimun. Sikuras- sube tranquilito; con bandera y
taj uran k’uchunmanta chay todo sube ahí. Va a colocar vela
qaqata adoranku, kunan kay al rincón de la roca; después de
qhipaslla costumbrista chinka- colocar la vela, hace flamear la
chinku. Dianpiqa uraqamu- bandera. Los sikuras, desde el
na kaj, monosqa wicharijpuni rincón de abajo, adoran esa roca.
kaj, Guadalupepi a, kay Asun- Ahora, al último, han hecho per-
cionpajpis kikin wicharillataj der esas costumbres. Antes, en
kanku, Asuncion mayo killapi. su día, había que ir; los monos
Monoslla wicharin. Chaytaqa tenían que subir siempre, en
alferez churanku chaytaqa, is- Guadalupe pues, para Asunción
kayta churakun, chayqa obli- también igual subían (para el
gado wicharinan tiyan, nitaj mes de mayo de Asunción), los
jalaykamuntajchu ni mayk’aj monos nomás subían, esos dis-
jalaykamunchu… frazados, esos nomás. A ellos los
colocan los alféreces: a dos colo-
can, ellos, obligados, tienen que
subir, tampoco se caen, nunca se
han caído, peligroso es pero nun-
ca se han caído…

Al parecer no hubo una aparición de la Mama Saqatila sino de


Cristo Asunción. Al respecto, Agustín Chialla afirma que la Virgen de
Saqatila fue hecha por un pintor y que el milagro consiste en la apa-
rición de Cristo Asunción en la roca y no en la imagen de la virgen
conservada en la capilla:

Saqatila pintor ruwasqallan La mama Saqatila es obra del


a mamaqa, chaylla qayqa. Mi- pintor, eso nomás. El milagro
lagro a qaqapi, pintor jaqaypi está en la roca; la pintura al otro
(Agustín Chialla, 2000). lado (Agustín Chialla, 2000).

Según Julián Conde, había un “infierno” en el río de Saqatila en


el lugar donde se encuentra actualmente la capilla de la Virgen de
Guadalupe. Entonces Cristo Asunción fue quien vino a apaciguarlo
357
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

apareciendo en la parte alta de la roca, a caballo, aunque la imagen


del caballo nos hace pensar más en un “Santiago” que en la imagen
de Cristo subiendo al cielo. Se dice que Cristo Asunción recibía dos
misas al año: una en su día (40 días después de Pascua) y otra para
Guadalupe (8 de septiembre) y que en uno solo se pasaba las fies-
tas de Guadalupe, “Niño Banderas” y Concebida en el río de Saqa-
tila donde, ciertamente, permanecen ruinas de las casas destinadas
a los pasantes. Debido a las peleas, Cristo Asunción se habría ido a
Warqawichu y de ahí a Iskunchiri. Recientemente, estas fiestas han
desaparecido y sólo se mantiene la fiesta de Guadalupe. Por lo tanto,
Saqatila baja a Tinguipaya con un solo wawku, un solo mayura y un
solo alférez. Pero antiguamente había un alférez de Concebida con
sikuras, un alférez de Niño Banderas con sikuras y con monos, un
alférez de Cristo Asunción-Guadalupe y un mayura de Guadalupe
con wawkus. Los “monos” son personajes burlescos que se carac-
terizan por vestir una peluca en vellón de oveja, un pantalón con
una pierna verde y otra roja y por su comportamiento extraño: tocan
quena, hablan con voz falsete y bailan de manera excéntrica. En gen-
eral, roban en las fiestas en beneficio del pasante. Hay algo de sátira
colonial en ese personaje que merece ser estudiado con mayor pro-
fundidad, pero lo que nos debe llamar la atención aquí es su relación
con el culto del Niño.
El denominativo “Niño-bandera” nos señala que en Saqatila,
la adoración del Divino Niño estaba vinculada a las banderas y a un
ritual muy particular según el cual dos “monos” debían subir a la
peña a colocar velas en la parte alta de la roca -donde apareció la
imagen de Cristo- y luego agitar sus banderas. La analogía entre el
Niño y la bandera y el propio ritual tiene sus orígenes en el evangelio
de San Lucas:
Asimismo, cuando llegó el día en que, de acuerdo a la ley de Moisés,
debían cumplir el rito de purificación, [los padres de Jesús] llevaron al
Niño a Jerusalén para presentarle al Señor, (…) Simeón les bendijo y
dijo a María, su madre: “éste está puesto para caída y elevación de
muchos en Israel y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una
espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las
intenciones de muchos corazones (Evangelio de San Lucas, 2, 22-35.
Trad. Biblia de Jerusalén).

358
Vincent Nicolas

El Niño Jesús, presagió Simeón, será una bandera discutida:


por él, muchos caerán y otros se elevarán según las intenciones
de sus corazones. Esto es exactamente lo que dice Julián Conde
acerca del ritual: el mono que no tenía pecado lograba subir y el
que tenía pecado no lo podía y corría el riesgo de caerse; ahí se
conocía su corazón.

Mamita Usiqaya
Este relato es una versión resumida de la entrevista hecha
por Alfredo Puma a su padre José Puma que fue publicada la
Antología (2004: 240-242).

J. P. –Mamitanchista Francis- J. P. –Francisco Gonzales encon-


co Gonzales tarisqa, nin, Cajon tró a nuestra madre en Cajon Qu-
Quchapi, kinsamojonpipuni: cha, en el kinsa mojón entre Tin-
Tinkipaya, Macha, Maragua kipaya, Macha y Maragua. Una
chaypi tinkusan. Q’umir po- señora buena apareció vestida
llerayuq k’acha señora rikhuri- con pollera verde; estaba sentada
musqa; jatun apacheta patapi, encima de la gran apacheta, dice.
chukusasqa, nin. –Ay, me acercaré a esta señora.
–Ay, risaj jaqay señoraman- – Quizás me dé un pancito o algo,
T’antachus imachus quwanqa, dijo el muchacho al acercarse.
nispa, risqa lluqallitu. Luego, ya no había estado. Para
Chaymanta ma kasqachu. su llegada, sólo quedaba un espe-
Chayaynanpaj espejolla chu- jo botado en el piso. Levantó el
qarayasqa pampapi. Espejo- espejo y lo miró: ahí había estado
ta ukarispa qhawasqa: chaypi la señorita. Y lo tomó consigo.
señorita kasasqa a. Chayta –Esto me pertenece, había di-
apakanpusqa. cho.
–Ñuqaypata kayqa, nispa. Luego el ayllu había levantado
Chanta Aylluqa nacimientun- su nacimiento, dice, con wawku,
ta uqharisqa, nin, wawkuswan. haciéndole hablar con los aysiris:
Aysiriswan aysachispa: –Yo soy mama Guadalupe, ha-
–MAMA GUADALUPE bía dicho, dice.
359
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

KANI, nisqa, nin. –¿Adónde llevaremos esto? A


–Mayman kayta apasunchis? Sullk’a Inari lo llevaremos, habían
Sullk’a Inariman apasun, nis- dicho.
qanku. Luego la Virgen se quedó un
Chaymanta Jach’aqawapiraj tiempo en Jach’aqawa. Ahí esta-
kasqa. Chaypi capillita ruwasa- ban haciendo una capillita.
qkanku. –No. Un infierno está reven-
–MANA. USIQAYAPI IN- tando à Usiqaya. Allí llévenme,
FIERNU T’UQYARISAN. había dicho la mama. Esa señora
CHAYMAN APAWAY, ninmi se encuentra dentro del espejo y
mamaqa. Chay espejopijina está puesto en su corazón [de la
chay señoraqa kasan. A chay imagen].
colocasqa kasan sunqu ukhupi. A.P. –¿Y su niño?
A.P. –¿Niñitunri? J.P. –La Mama Guadalupe está
J.P. –Mama Guadalupej ni- con su niño. Está en sus brazos
ñituntin kasan. Chay mamaj de su mama. Lo bajan a otro lado
ichurisqa kasan. Wajsituman para Pukara, en carnaval. Ahí la
uraqallantaj chayta pukarapaj, gente se llena el miércoles de ce-
carnavalpaj. Junt’a chaypi miér- niza.
colesta ceniza. A.P. –¿Y para Guadalupe?
A.P. –Guadalupepajtaj? J.P. –A los dos los llevan juntos.
J.P. –Khuska pusanku. Chay Los llevan con muchas velas y con
may velaswan wawkuswan, wawkus. Antes era una sola tro-
pusanku.Uj trupalla kaq, iskay pa; luego lo han dividido en dos
trupaman tukun. Maqanakus- tropas. Se habían peleado con los
qanku kay urawan, kay Qulla- de abajo, con Qullana Inari, con
na Inari saqatilawan. Saqatila.
–Chay maqawanchis, –Nos han pegado, carajo, nos
carajo, maqawanchis ura. Bue- han pegado esos de abajo.
no, iskay trupaman ruwana- Dos tropas son hartos músicos.
chis, nispa. [Por eso han optado por dos tro-
Iskay trupa askha wawkus, pas]. Después de eso, ya no han
ajinapi. Chaymanta qhipa ni peleado.
maqanakusqankuñachu.

360
Vincent Nicolas

La virgen apareció a Francisco Gonzales en el lindero de Tingui-


paya con Macha y Maragua. Después de hacerle hablar con los aysiris
(chamanes), se supo que era la Mama Guadalupe. Se quiso construir
una capilla para ella en Jach’a Q’awa pero ella se opuso indicando
que quería ir a Usiqaya a apaciguar un infierno. Según José Puma, la
piedra en la que apareció se conserva actualmente en el corazón de
la imagen de estuco de la virgen que está representada con un niño
en brazos. Sin embargo, no hay un alférez del Niño en Usiqaya. Anti-
guamente había una sola tropa; fue a raíz de una pelea con Saqatila
que decidieron crear una segunda tropa para defenderse mejor. Pero
los dos mayuras y alféreces pasan la fiesta por la misma virgen.

Mamita Jawaqaya11

N.S. –Kay mayu parecidon. N.S. –Este río es su lugar de


Parecidonpi rikhurisqa. Ajina aparición [de la Virgen]. Ella apa-
Abuelito karqa Lado Alberto. reció en este lugar. Mi abuelo era
Entonces chayman rikhurispa- “Lado” Alberto. Apareció mientras
ri, kaypicha wawitasta phulla- ella hacía jugar a los niños, dice.
chij, nin. Chay phullachispaqa, Una persona está señalada para
payman rikhurisqa, nin. Cha- que se le aparezca; entonces, al
ypaq nispacha runaqa señala encontrarla [en la piedra], él ha-
señal kaj, entonces tarikuspa bía visto la señorita. Se la llevó
rikhun señoritata. Apakusqa en su bolsillo. Antes usaban cha-
bolsillitunpi. Unay kaj cha- quetas, ¿no ve? Pues la metió a su
queta ¿i? chaypi. Entonces bolsillo y la hizo llegar a su casa.
wasinman chayachisqa, nin. Pero, cuando miró su bolsillo, ya
Qhawaykusqa bolsillitunta. Ma no estaba. Volvió al lugar donde
kasqachu, nin. Ujtawan kuti- había aparecido y la encontró ahí
mullantaj. Pachallanpitaj. Cha- nuevamente. Luego le habían he-
ymantaqa pit’iychinku tukuy cho hablar. Entonces hicieron su
ima. Entonces asientamien- asiento en ese rincón; hicieron un
tota ruwanku jaqay k’uchupi; calvario. Luego pasaron fiesta con
calvario ruwanku. Entonces morenada y con diablada. En es-
chaypi asientamientun kaq. tas circunstancias, como él era el
11 Este relato es el producto de una entrevista realizada en enero de 2013 a Noel Secko, el
último de los hermanos encargados de la Mamita Jawaqaya.
361
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

Chaymanta jira pasasqanku en « hermano » a quien había apa-


primer lugar morenadawan recido, él fue llevado por el vien-
diabladantinwan; chay con- to como si un demonio le estaría
dicionpitaj, como hermano- llevando. Entonces, le han hecho
man rikhuriqtataj, apakapusqa hablar nuevamente:
wayra, nin, tuta ¿i? uj demonio –Yo soy Guadalupe. Yo no quie-
jina apasan. Entonces vuelta ro que me den fiesta con diabla-
pit’iychisqankutaqcha: da. Yo quiero sólo wawku, caja y
–Ñuqa kani Guadalupe. sikura.
Mana diabladawan pasana- Desde entonces y hasta ahora,
paqchu kani. Ñuqa kani todo pasan la fiesta de esta manera.
wawku. Wawku, caja y sikura. Es su costumbre.
A chaymanta pasanku ku- V.N. –¿A quién apareció?
nankama. Chay mantencion. N.S. –Apareció a “Lado” Alber-
V.N. –¿Piman rikhurimusqa? to. Ya murió; después de él, (la
N.S. –Chay rikhuriy kasan virgen) pasó a su hijo Pedro Al-
Lado Albertoman. Chaymanta berto, luego a Venancio Alberto.
pasan; Lado Alberto wañupun- Desde el primero, tres « herma-
ña; qhipankuna wawan Pedro nos » (encargados de la virgen)
Alberto, qhipan Venancio Al- ya han muerto. Ahora, con mi
berto. Chay rihurisqan machu- esposa, hemos mantenido unos
mantaqa, kinsaña wañupun. cuantos años; en total, tres ante-
Kunan, ñuqaq señorayta man- cesores ya han muerto.
tenerqaykuña unos cuantos V.N. –¿Aquí pasaban la fiesta
años; chaypiwanqa kinsa ma- con diablada?
chu wañusqa. N.S. –No, por eso. Sólo pasaron
V.N. –¿Diabladawan kaypi así el primer año, dice. De Jawa-
pasaqpuni kanku? qaya Pampa, había Nina Miguel,
N.S. –Ni, chayrayku. Primer dice. Ese había pasado la fiesta
wata pasarqanku, nin. Jawa- con diablada, dice, esta fiesta de
qaya Pampamanta karqa Nina Guadalupe. Por eso el viento se lo
Miguel, nin. Chay a pasasqa ha llevado al que había visto apa-
diabladawan, nin, chay fies- recer a la virgen, dice (como él
tata, Guadalupeta. Entonces era el « hermano ») hasta aquella
chaymantataj chayrayku ri- piedra de abajo. Después, al día
khuriqjina wayra apakapusqa, siguiente, lo encontraron con vida
362
Vincent Nicolas

nin a, como hermanota. Jaqay todavía. De esta manera, volvie-


ura rumikama. Chaymanta ron a hacer hablar a la virgen,
qayantinpajqa kawsasaqtaraj dice:
taripakusqanku. Ajinamantaqa –No quiero diablada. Yo paso la
vuelta p’itichinku, nin. fiesta con wawku, caja y sikura.
–Mana diabladatachu muna- Yo soy Guadalupe.
ni. Ñuqa wawku y sikura y caja Desde entonces y hasta ahora
pasani. Ñuqa kani Guadalupe. mantienen eso nomás ya.
Chaymanta hasta kunitan V.N. –¿Fue entonces que se en-
chayllawanpuni mantene- teraron de su nombre?
sanku. N.S. –No, lo han sabido inme-
V.N. –¿Chaypi recién sut’inta diatamente, la primera vez que
riqsikusqa? la hicieron hablar. Luego alguien
N.S. –Qaj. Ñawpajtaña riq- agarró la fiesta; le han hecho sen-
siskusqa sut’inqa. Primeropiña. tar (a la mama Jawaqaya) y des-
Chaymanta chayrayku, ujcha pués de hacerla sentar, pasaron
jap’in, rikhurichinku asien- la fiesta. Fue entonces que pasó;
tachispa, asientachiytawan, como hay toda clase de gente, él
pasanku. Entonces chaypi era medio caprichoso. Entonces,
pasasqa. Imaymana runa ka- pensó quizás:
sanchis caprichositoniray. Dia- - Yo voy a pasar la fiesta con
bladawan pasarisaq, nincha. diablada.
Chay runaqta kapuq, nin a, Era un hombre rico, dice, tenía
jallp’an tiyan. Diabladawan pa- muchas tierras. Después de pa-
saqtin, qhipanmanña rikhurin, sar con diablada, luego se ha sa-
wawkuwanpuni kay pasana bido que se tenía que pasar con
kasqa. Chayrayku chay pasan, wawku nomás. Por eso, eso ha
entonces wawkullawanpuni pasado. Entonces cada uno pasa
pasanku sapa uj: iskaynin ma- la fiesta únicamente con wawku:
yura iskaynin alferez, niño ban- los dos mayuras, los dos alfére-
dera. Igual chayqa pachanpi ces, Ñiño Bandera. Igual antes
pasaq nin unayqa. Sapa ujpata pasaban eso en su lugar. De cada
wasin karqa, nin, enteronpata pasante, había su casa, dice; de
chay k’uchupi wasi karqa, igle- cada uno de ellos había su casa
sia kay ladonpi. en ese rincón, al lado de la iglesia.
V.N. –¿Iskay mayura kaj? V.N. –¿Había dos mayuras?
363
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

N.S. –Iskay. N.S. –Dos.


V.N. –¿Imajtin iskay? V.N. –¿Y por qué dos?
N.S. –Ujnin tata tropa, uj- N.S. –Uno era de la tropa del
nin mama tropa. padre y otro de la tropa de la ma-
V.N. –¿Pitaj tata? dre.
N.S. - Tata Iskaltasiun kaq. V.N. –¿Quién era el padre?
(…) Entonces chaypi iskay- N.S. –Tata Iskaltasiun. (…)
nin mayura pasan ujnin tatata Entonces dos mayuras pasan (la
pasasan ujnin mama Guada- fiesta); el uno pasa del padre y el
lupetapuni pasan. Ajina ma- otro de mama Guadalupe. Así se
yuraqa entiendekun. entiende el mayorazgo.
V.N. –¿Kunankama ajina V.N. –¿Sigue así hasta ahora?
kasan? N.S. –Sigue. Cada uno pasaba;
N.S. –Siguea. Sapa pasaj antes pasaban junto con el cabil-
unay pasaq kanku, jaqay ca- do Ulka, entre los dos cabildos:
bildo Ulkantin. Iskaynin ca- Jawaqaya y Ulka. Entonces, al
bildo: Jawaqaya, Ulka. Chay pasar la fiesta, un año, la tropa
pasaspari, uj wata rij tata tro- del padre le tocaba a Ulka y la
paqa ulkaman mama tropataj tropa de la mama a Jawaqaya
Jawaqayaman, jap’inankupaj para que agarren de manera in-
intercalaj: wata k’allpa nisqa tercalada: esto se llama “la fuer-
chayta. Kunan kay qhipa- za del año”. Ahora ya no interca-
manqa niña intercalankuchu. lan [Ulka ya no pasa la fiesta].
Sigue pero iskaynin risan: Pero siguen yendo dos tropas: la
tata tropa y mama tropa. Ni- tropa del padre y la de la madre.
ñitupis kajpuni parecidopuni. Había también el Niño que apa-
V.N. –¿Mamanwan khusqa? reció también.
N.S. –Mamanpaq paña ma- V.N. –¿Junto con su mama?
kisitunpi. Phusqa uqharisqita N.S. –En la mano derecha de
wawa ichurisqita kaj a. su mama. Ella está levantando la
V.N. –¿Imajtinchus Jawa- rueca en una mano y en la otra
qaya banderawan uraykusan está agarrando el niño .
Tinkipayaman? V.N. –¿Por qué bajara Jawaqaya
N.S. –No sé. Ñuqaman- con una bandera a Tinguipaya?
tapis imayna layapichus N.S. –Yo tampoco sé de qué
chay kanman ñuqa ajinata manera habrá sido así. Yo así
364
Vincent Nicolas

qhawaytatani. Chaywanpuni siempre he visto. Con eso siempre


uraqan. va (a Tinguipaya).
V.N. –¿Ima significadoyuj? V.N. –¿Qué significado tiene?
¿Imapaj chay bandera?¿Ima- ¿Para qué es esa bandera? ¿Para
paj bueno? qué sirve?
N.S. –Ñuqamantaqa signi- N.S. –A mi parecer, el significa-
ficadon qhawasqayman jina do de su color rosado y celeste se-
ujnin rosada ujnin celeste. ría el siguiente: el celeste se debe
Celesteqa merecen yaku- al agua. Y, a mi modo de ver, el
manta kasan. Qhawayniypi. rosado no se debería al color de
Rosadantaq merecenayawan la tierra pero a la artesanía, a los
ni jallpamantapischu kasan animales. El celeste demuestra el
kay animal kusamanta jina, agua, eso está clarito.
como artesanía merecido- V.N. –¿Es de mucho tiempo esa
man jina merecesqa. Ce- bandera?
lesteqa yakuta demuestran, N.S. –De mucho tiempo. Por-
sut’isitu kasan. que las banderas viejas que fueron
V.N. – ¿Unaymantapuni cambiadas están guardadas en su
chay bandera? lugar. Según lo que he visto, había
N.S. –Unaymantapu- tres banderas usadas. Se cambia
ni. Porque kaq cambiasqa. siempre. Esto no ha aparecido re-
Thantita pachan jallch’asqita cién. Si está ya totalmente desco-
kaq. Ñuqa qhawatatasqaypi lorida, la cambian por otra. Hacen
kinsa thantitas kaq. Cam- otra igualita.
biakullanpuni. Mana kay V.N. – ¿Entonces, ya han reno-
qhipamanchu rikhurin. Si vado la bandera?
lastimay thanta k’aspitallaña, N.S. –Cuatro banderas ya han
recién cambianku. Ujñataq sido cambiadas. Por eso su ban-
ruwanllantaq kikisitun. dera no es reciente; no es de diez
V.N. –¿Entonces cam- o de veinte años. Es desde el mo-
biankuña banderata? mento de su aparición. Completo,
N.S. –Tawa bandera cam- apareció allí, dice. Allí probable-
biasqa. Chayrayku bande- mente miraban el Niño, Bandera,
ranpis mana kay qhipaman- con sus dos alféreces, mayuras.
chu. Ni kanchu ni diez años Seis pasantes en total pasaban (la
ni veinte años kayqa. Desde fiesta).
365
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

rikhurisqanmanta kayqa. V.N. –Las banderas anteriores


Q’alitan chaypi rikhurirqa, entonces están guardadas en la
nin. Chaypitajcha qhawaq capilla?
kanku: Niño, Bandera iskay- N.S. –Todas. Por eso, esa mama
nin alférez, mayura suqtantin está encima de las banderas usa-
alférezpuni pasaj kanku. das, pisándola en el suelo. Hay
V.N. –Ñawpa banderas en- otra bandera con la que tapába-
tonces jallchasqa kasan capi- mos a la virgen, Dos están en el
llapi? piso y una que le sirve de tapa y la
N.S. –Q’ala. Chayrayku, otra salía como bandera.
thantamanjina, chay mama
asentapun pataman chay
pampitapi; ujwanqa ta-
paykuq kayku; iskay pampapi
kaq ujtaq tapapi kaq. Ujtaq
banderapuni lluqsij.

La mamita se apareció ante “Lado” Alberto en el río de


Jawaqaya en una piedra. Los “hermanos” o encargados de la
virgen fueron primero Lado Alberto y luego sus descendientes:
Pedro Alberto, Venancio Alberto (el suegro de Noël Secko) y,
después de su muerte, Noel Secko y su esposa Hilaria Alberto,
hasta hace unos años cuando la virgen fue robada. Hoy en día, el
wawku de Jawaqaya baja a Tinguipaya con una réplica de la imagen
pero no se pierde la esperanza de que la imagen auténtica vuelva a
aparecer.
El primer pasante quiso pasar la fiesta con el baile de la diablada,
lo que fue mal recibido por la virgen, quien castigó al “hermano”
haciéndolo llevar con el viento. Desde entonces, se pasa la fiesta con
wawkus. El culto de la Mamita se sumó al de Tata Iskaltasiun (Señor
de la Exaltación) aparecido con anterioridad. Por ello los jawaqayas
bajan actualmente con dos wawkus (dos mayuras y dos alféreces)
a Tinguipaya: una tropa es de la Mama y otra del Papá, dice Noel
Secko. Además hay dos alféreces del “Niño Bandera”. Mientras los
demás wawkus bajan solo con un estandarte, el wawku de Jawaqaya
es el único grupo que baja con una gran bandera de colores: rosa-
366
Vincent Nicolas

do-celeste-rosado. Si bien la analogía entre el Niño y la bandera es


una analogía clásica que se encontró en Saqatila, queda por saber
qué fue lo que motivó los jawaqayas a adoptar esta enorme bandera
con colores enigmáticos para acompañar al Niño Jesús. Preguntado
sobre el particular, Noel encuentra que el celeste se debería al agua
(abundante en Jawaqaya) y el rosado a la artesanía o el tejido de la
comunidad. Menciona también que esta bandera es muy antigua y
que en cuatro oportunidades fue reemplazada por otra nueva; las
antiguas banderas están conservadas junto con la Virgen.
Cuadro 8.1. Resumen de las vírgenes y santos que participan actualmente
en la fiesta de Guadalupe

Fuente: Elaboración propia en base a las entrevistas.

Las vírgenes en la historia


Los cuatro relatos anteriores son de una antigüedad variable.
En dos de ellos, se conoce, con nombre y apellido, a la persona
ante quien se apareció la virgen: Francisco Gonzales en el caso
de la Mamita Usiqaya y “Lado” Alberto en el caso de la Mamita
Jawaqaya. En ambos relatos se puede escuchar aún la voz de la
virgen en el aysa cuando la hicieron hablar y, en el caso de Usiqaya,
también se puede reconocer la voz del primer narrador, Francisco
Gonzales, quien contó cómo se le apareció esta virgen: “me acercaré
a esta señora. A ver si me da un pan o algo”. En el caso de Jawaqaya,
incluso es posible contar cuántas generaciones pasaron desde la apa-
rición de la Virgen, puesto que su cuidado estuvo siempre en manos
de los descendientes de Lado Alberto: Pedro Alberto, Venancio Alber-
to y ahora Noel Secko, por ser yerno de Venancio.

367
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

En cambio, los relatos de Illchaku y Saqatila son más antiguos. Por


ello, a la pregunta “¿a quién se apareció la virgen?”, la respuesta de
Luis Surco de Illchaku es: “a los antiguos ancestros”. Y el relato de
aparición de Cristo Asunción es más escueto aún.
En el Archivo y Biblioteca Arquidiocesanos de Sucre (ABAS) hemos
encontrado dos registros de ingresos de la parroquia de Tinguipaya
correspondientes a los años 1770 y 1778, que señalan que en esta
época hubo sólo tres pasantes de la fiesta de Guadalupe:
Registro de ingresos de la parroquia de Tinguipaya a cargo de José Mi-
guel Rodriguez.

Septiembre de 1870:

“Día 8 alferes de Ntra Sra de Guadalupe que traen de la estancia de


Ilchaco al pueblo pasa .......………………………….............. 12 ps.

Id. otro alferes de Ntra Sra de la estancia de Sacatila con ......... 12 ps.

Id. DeUsecaya………….................……….............................. 6 ps.”

Septiembre de 1878

“Día 8 alferes de Nuestra señora de Guadalupe que traen de la es-


tancia al pueblo, denominado Ilcahco con ...............……….. 12 ps.

Id. Otro alferes de Ntra Sra de la estancia de Sacatila con ....... 12 ps.

Id. De Usecaya con ……………..................….........…..............6 ps.

(ABAS, Parroquias, Tinguipaya)

La ausencia de la Mamita de Jawaqaya hasta 1878 nos confirma


que ella es, efectivamente, la menor de las vírgenes de Guadalupe.
Pero es probable que no sea muy posterior a la Virgen de Usiqaya
por las características de ambos relatos. Por ello debemos situar
la aparición de la Virgen de Jawaqaya en la década de 1880 o
1890. Además, Noel Secko señala que el primer pasante de la
virgen (que quiso pasar la fiesta con diablada y no con wawkus)
fue el propio Miguel Nina, de Jawaqaya Pampa, o sea el kuraka de
Kawiltu Kancha.12 Los últimos años del siglo XIX y los primeros
12 Sobre Cabildo Kancha y Miguel Nina, ver: V. Nicolas, Los ayllus de Tinguipaya. Ensayos de
368
Vincent Nicolas

del siglo XX constituyen una época de agitación política en los


ayllus de Tinguipaya que coincide con un periodo de efervescencia
religiosa donde se multiplican las apariciones de santos y vírgenes:
Tata Qisuqsi, Mamita Turutaqa y quizás la última de estas apari-
ciones, Tata Iskaltasiun de Utacalla (Nicolas, Puma y Zegarra, 2004:
172-193) que apareció poco después de la Guerra del Chaco en un
contexto de gran agitación política en Urinsaya. Si añadimos que un
tal Pedro Alberto era un revolucionario que fue encarcelado en 1893
por oponerse a las revisitas de tierras, en un momento en el que
probablemente ya había aparecido la Mamita Jawaqaya, podremos
entender que estas vírgenes y santos tenían un carácter altamente
subversivo. Es en este contexto que aparecieron en la capilla de Titiri
dos enigmáticas banderas.

Las “banderas de Macha”


Las “banderas de Macha”, como se las denomina, aparecieron
en la capilla de Titiri perteneciente al curato de Macha, frontera
con Tinguipaya. Según Luís María Croce, estas banderas fueron
descubiertas detrás de dos lienzos de Santa Teresa de Jesús por el
padre Martín Castro en 1883, cuando estaba haciendo la limpieza
de la capilla:
El sacerdote descolgó los cuadros y notó que tras los marcos había
una tela fuertemente arrollada, intrigado comenzó a desenrollarla con
cuidado, con asombro comenzó a ver que ante sus ojos iba apareciendo
una bandera con signos de haber estado en combate, dadas la manchas
de sangre y marcas de metralla, por supuesto lo que encontró hizo
acelerar la búsqueda en los otros cuadros y también para su sorpresa
encuentra otra bandera de gran dimensión (Croce, 2012).

Éstas eran las características de las banderas encontradas:


Una de ellas medía 2,34 m. por 1,56 m. de seda depulida, con des-
garraduras interiores, sin desflecamientos, descolorida con tres fran-
jas horizontales, celeste, blanca, celeste, era una indudable bandera
argentina. La segunda era más misteriosa, ya que si bien su tamaño

historia a varias voces, La Paz: Plural, 2015.


369
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

era similar, 2,25 m. por 1,60 m. aparentaba un peor estado de conser-


vación, sus tres franjas eran roja, celeste, roja (Ibíd.).

Según Croce, “el sacerdote se limitó a clavarlas en la pared


cubriéndolas nuevamente con los cuadros de Santa Teresa de
Jesús sin comentar lo sucedido con nadie más” (Ibíd.). En 1885,
su sucesor en el cargo, el padre Primo Arrieta, volvió a encontrar las
banderas. Existen algunas contradicciones en las transcripciones de
las declaraciones de Primo Arrieta pero, al no contar con una copia
de los documentos originales relativos al caso, evitaré entrar en los
pormenores del asunto, que todavía requieren ser aclarados. Me
referiré únicamente a la declaración que hizo éste el 4 de noviembre
de 1892, en Potosí, tal como la reproduce Alfredo Jáuregui y, después
de él, Joaquín Gantier.
Potosí cuatro de noviembre de 1892. Era el año de mil ochocientos
ochenta y cinco en que yo servía de Párroco al curato de Macha; entre
los muchos anexos de la Parroquia hay dos, uno llamado Pumpuri y otro
Titiri (mineral de fabulosa tradición por sus riquezas); éste está situado
sobre el camino principal de Macha a Potosí y aquel muy desviado.
Con motivo de asear las capillas de ambos anexos saqué los cuadros
antiquísimos que estaban en las paredes del altar mayor respectivo y
encontré las banderas clavadas a la pared y que ambas no se veían por
estar tapadas con los cuadros. Ser banderas de seda, así como ocultas
y estar ensangrentadas una de ellas, llamó mi atención, consulté a
los capilleros, indios ambos muy ancianos, los cuales me dijeron; en
nuestra infancia supimos que tuvo lugar una batalla en Charawaitu,
entonces era tiempo del Rey, en la cual tuvo mucha intervención nuestro
cura. Los amigos del cura perdieron y (los vencedores)13persiguieron a
éste, que pasó desde entonces sus días entre nosotros, sin llegar sino
incógnito al pueblo de Macha. Éste fue quien trajo estas banderas y las
colocó en el lugar que las vemos, desde entonces nadie las ha tocado: -
consultada la historia patria dice: que el 13 de noviembre de 181214, si
mal no recuerdo, tuvo lugar la última acción de armas de Belgrano en
Ayoma, punto que está a media legua de Charawaitu: dice también que
Belgrano antes y después de la derrota, vivió en la casa parroquial de

13 El contenido de este paréntesis no aparece en la transcripción de Alfredo Jáuregui pero sí


en la de Roberto Edelmiro Porcel. Hay que precisar que la trascripción de Jáuregui (que Joaquín
Gantier copia literalmente en su artículo) no se basa en documentos originales sino en una
publicación del diario La Razón de 1934, la misma que reproducía una publicación de un periódico
argentino La voz del Interior.

14 La batalla de Ayohuma tuvo lugar el 14 de noviembre de 1813.


370
Vincent Nicolas

Macha15. – Consultados los libros parroquiales de la fecha, resulta que


el cura entonces era un tal Aranivar; sobre el cuál hay la particularidad
de que firma los libros de registro, justamente hasta el día antes de
la batalla de Ayoma y después sin diligencia alguna los deja y sigue
firmando el teniente de cura Fro Laguado. Más aún: hay partidas de
matrimonio firmadas por Aranivar y estas pocas en los anexos y nunca
en el pueblo de Macha. Es indudable que Aranivar anduvo prófugo en
esos días y época en que en la torre pendían los cadáveres de Arancivia
(el muru) y de otros. – Con tales datos recogí las banderas que después
me reclamó el subprefecto Ondarza, a quien no se las di; deposité si por
orden del Arzobispo en la municipalidad y de aquí pasaron a Sucre, a la
capilla de Guadalupe. En Colquechaca se levantó acta de mi entrega y
me hicieron jurar las noticias que llevo referidas a vuelo de pluma. Las
banderas son de color azul y blanco y rojo y azul (Citado en Jáuregui,
1951: 211-220).

La primera bandera, con las franjas celeste, blanca y celeste,


fue entregada al gobierno argentino el 23 de mayo de 1896 por el
entonces canciller de la República de Bolivia tras una negociación
entre ambos gobiernos. Ésta se encuentra actualmente en el
Museo Histórico Nacional en Buenos Aires. La segunda bandera
fue identificada por el párroco con los colores rojo y azul. Sin
embargo el color rojo no era el original: se debía a que la pintura
colonial había teñido la bandera a la que estuvo pegada por tantos
años. Esta segunda bandera es la que se encuentra en la Casa
de la Libertad, en Sucre, donde se puede observar que tiene
efectivamente las franjas blanca, celeste y blanca aunque, con
el pasar de los años, el blanco se ha vuelto ahora color plomo.
Ambas banderas fueron expuestas durante varios años en la
capilla de Guadalupe en Sucre. El encargado de negocios de la
República Argentina, Dr. Alberto Blancas, declaró en 1896:
las declaraciones fueron largas, pues comenzaron en 1892, al saberse
que habían sido llevadas a Sucre las banderas para que quedaran
depositadas en la capilla de Guadalupe donde ya se ostentaban como
trofeos adquiridos en acción de guerra, lo que no era cierto (citado en
Jáuregui, 1951: 214).

Al parecer, las banderas no fueron nunca expuestas en el


templo de Titiri pero, aunque lo hubiesen sido, es muy poco
15 Aquí la declaración debe referirse a la derrota de Vilcapugio puesto que, tras la batalla de
Ayohuma, Belgrano tuvo que huir apresuradamente con lo que quedaba de su ejército.
371
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

probable, a pesar de la cercanía geográfica, que los tinkipayas


hayan podido aproximarse a la iglesia de Titiri por el conflicto
territorial que sostenían durante estos años con sus colindantes
de Macha. Lo más probable es que “Lado” Alberto haya visto
la bandera de Belgrano expuesta en la capilla de Guadalupe en
Sucre. Efectivamente, como devoto de la Virgen de Guadalupe,
debió haber ido en varias oportunidades a Sucre para realizar los
trámites de aprobación del culto de la Virgen de Jawaqaya16. La
aparición de la Mama Guadalupe en Jawaqaya fue, a todas luces,
contemporánea de la reaparición de las banderas de Belgrano
en la capilla de Guadalupe en Sucre. Y es muy probable que el
“hermano” de la virgen haya visto la bandera de Belgrano en la
capilla donde fue expuesta durante al menos cuatro años (1892-
1896). Por lo tanto, tenemos suficientes indicios para concluir
que la bandera (rosado-celeste-rosado) de Jawaqaya es una
reproducción de la de Belgrano reaparecida en Titiri y expuesta
en la capilla de Guadalupe. Sin embargo, queda la interrogante
de saber los motivos que pudieron tener los fundadores de este
culto para adoptar esta insignia como el símbolo del denominado
“Niño-bandera”. ¿Creyeron que, por encontrarse en la capilla de
Guadalupe, ésta era la bandera de la virgen? ¿Reconocieron en
ésta bandera la de Belgrano? El manejo que hacen los jawaqayas
de la bandera en la fiesta de Guadalupe nos hace pensar que éstos
no sólo reconocieron la bandera y sus colores sino que tenían
el recuerdo de su uso en situación de combate. Pero ¿existió
acaso un vínculo entre ellos y Belgrano? Esa es la pregunta que
intentaremos responder pero, para ello, es necesario volver al
nacimiento mismo de la bandera en 1812 en Rosario (Argentina).

La historia de la bandera de Belgrano

El 18 de febrero de 1812, el triunvirato que gobernaba las


Provincias Unidas del Río de la Plata aprobó, a sugerencia del

16 Esta aprobación no era evidente. En Qullana Inari se cuenta, por ejemplo, que San Rawilu
(San Gabriel), que apareció en la mella de Malmisa Mayu, fue confiscado por un clérigo en Sucre.
372
Vincent Nicolas

propio Belgrano, la creación de la escarapela nacional de dos


colores: blanco y azul. El 27 del mismo mes, Belgrano, quien se
encontraba resguardando las orillas del río Paraná en Rosario, dio
un paso más al izar una bandera de su creación con el afán de
“entusiasmar los tropas y a estos habitantes” (citado en Mitre,
1859, tomo I: 601). Esto es lo que reporta Manuel Belgrano en su
oficio al gobierno:
Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca
y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional. Espero que
sea de la aprobación de V.E. (citado en Mitre, 1859, tomo I: 418).

Esta mención de una bandera “blanca y celeste” (en vez de


celeste y blanca) ha hecho suponer a varios historiadores que la
bandera creada por Belgrano en Rosario tenía la franja celeste
en el medio, y que, por lo tanto la bandera que actualmente se
encuentra en la casa de la Libertad en Sucre (blanca-celeste-
blanca) podría ser la bandera creada por Belgrano en Rosario o,
al menos, una réplica de esta.
La iniciativa de Belgrano, lejos de complacer al gobierno, fue
desautorizada por completo y le valió una severa llamada de
atención. Efectivamente, dice Bartolomé Mitre, una bandera
de este tipo representaba prácticamente una declaración de
Independencia cuando el triunvirato gobernaba aún, al menos
en apariencia, en nombre del rey Fernando VII, prisionero de
Bonaparte (Mitre, 1859, tomo I: 419). Sin embargo, esta llamada
de atención enviada el 3 de marzo nunca llegó a manos de
Belgrano quien, en esa fecha, ya había emprendido su ruta hacia
el Norte, puesto que el mismo día en que levantó la bandera
en Rosario fue nombrado por el triunvirato “General en Jefe del
Ejército del Perú” (Mitre, 1859, tomo I: 422).
Al ignorar la reprobación del gobierno, Belgrano volvió a
incurrir en el mismo error el 25 de mayo de 1812 cuando, en
ocasión del segundo aniversario de la Revolución de Mayo (la
argentina) volvió a sacar la bandera en la ciudad de Jujuy, la hizo
bendecir con el canónigo Gorriti como la “bandera nacional” y la

373
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

hizo pasear entre sus soldados:


Enseguida formando la columna se puso a su cabeza paseando por las
calles de Jujuy el nuevo estandarte, a son de música y aclamaciones.
Llegado al frente del alojamiento desplegó en batalla y recorriendo las
filas hizo flamear sobre todas las cabezas el nuevo pabellón que debía
conducirlos a la victoria, y a cuya sombra tantos habían de morir (Mitre,
1859, tomo I: 460; subrayado mío).

Esta descripción que ofrece Mitre podría aplicarse


perfectamente a la coreografía actual de la bandera en la fiesta de
Guadalupe. Informado de lo que percibió como una desobediencia,
el gobierno volvió a reprender a Belgrano prohibiéndole volver
a usar esa bandera, a lo cual respondió lo siguiente, acatando la
decisión del gobierno:
La bandera la he recogido y la desharé para que no haya memoria
de ella (…) pues si acaso me preguntan por ella, responderé que se
reserva para el día de una gran victoria por el ejército y, como está
lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con la que le presenten
(Mitre, 1859, tomo I: 462).

No obstante, Belgrano reafirmó su convicción de la necesidad


de contar con símbolos propios que los distinguieran de los
opresores:
En esta parte V. E. tendrá su sistema; pero diré también con verdad,
que como hasta los Indios sufren por el Rey Fernando 7º, y les hacen
padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad,
ni gustan oír nombre de Rey, ni se complacen con las mismas insignias
con que los tiranizan (Manuel Belgrano, Jujuy, 18 de julio de 1812
citado en Mitre, 1859, tomo I: 610).

Tras el éxodo jujeño decretado por Belgrano el 29 de julio de


1812, las tropas patriotas lograron vencer al ejército realista en
Tucumán el día 24 de septiembre de 1812, o sea el día de la Virgen
de las Mercedes. El general Belgrano, profundamente católico,
pero también conocedor de la importancia para el pueblo de la fe
religiosa, nombró “generala del ejército del Alto Perú” a la Virgen
de las Mercedes, lo que selló definitivamente la asociación entre
su ejército y la virgen.

374
Vincent Nicolas

El general que había anunciado que reservaba la bandera para


el día de una gran victoria volvió a sacarla el 13 de febrero de
1813, en ocasión del juramento de obediencia a la Asamblea
General, e hizo jurar a sus tropas sobre la bandera de tal manera
que, según el brigadier general José María Paz, todos los presentes
entendieron que se trataba de un juramento a la bandera (Mitre,
1859, tomo II: 129).
El 20 de febrero de 1813, el ejército realista fue vencido en Salta
en una batalla que marcó la primera participación de la bandera
en combate. Tras la victoria, Belgrano permitió el regreso al Alto
Perú de los derrotados con la única condición de jurar no volver
a tomar las armas contra la patria.
Así como estuvo presente en las victorias, Bartolomé Mitre
señala también la presencia de la bandera en las derrotas de
Vilcapugio y Ayohuma. En Vilcapugio, primero:
Desde aquella altura que dominaba el campo de batalla, (Belgrano) se
puso a tocar reunión, manteniendo siempre la bandera argentina en la
mano (…) Belgrano permanecía triste y silencioso apoyado en el asta
de la bandera, que servía de punto de reunión (…) (Mitre, 1859, tomo
II: 205-206).

En estas circunstancias, Belgrano habría arengado:


Soldados: hemos perdido la batalla después de tanto pelear: la victoria
nos ha traicionado pasándose a las filas enemigas en medio de nuestro
triunfo. No importa! Aún flamea en nuestras manos la bandera de la
patria (Mitre, 1859, tomo II: 207).

Luego en Ayohuma:
situado con la bandera en la mano en las asperezas de la montaña,
rodeado de las miserables reliquias de su ejército, continuaba tocando
reunión a los dispersos en señal de que su general no los abandonaba
(Mitre, 1859, tomo II: 252).

Hay que señalar que Mitre escribió su monumental obra antes


de la reaparición de las banderas de Macha. Aun así, situó la última
intervención de la bandera durante la retirada de Ayohuma,
conforme a lo relatado por José María Paz en sus memorias
375
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

póstumas (Paz, 1855, tomo I: 152).


A raíz de ello, Alfredo Jáuregui y Joaquín Gantier especularon
cuanto quisieron sobre unas supuestas “órdenes reservadas”
impartidas por Belgrano al coronel Zelaya para que pusiese a
buen recaudo las banderas, cuando lo único que se sabe es que
Zelaya tenía la orden de contener el avance enemigo “sobre el
arroyuelo que separa las líneas del campo de batalla (…) mientras
la infantería emprendía la retirada” (Mitre, 1859, tomo II: 252). Es
absurdo pensar que si el general quería salvar sus banderas las iba
a confiar a su retaguardia: era como entregárselas al enemigo. Es
igualmente absurdo pensar que Zelaya podía a la vez contener los
asaltos del enemigo y ausentarse “por contados minutos”, dice
Gantier, hasta Titiri (situado a tres leguas del campo de batalla) a
entregar las banderas al cura Aranivar.
Basta, sin embargo, leer las memorias del Brigadier General
para darse cuenta que no hacen falta tantas conjeturas: la
retirada, nos dice Paz, se hizo por Actara (Paz, 1855, tomo I:
159). Y para que el ejército llegara a Actara, desde Ayohuma,
necesariamente debió haber pasado por Titiri. Esta constatación
no es contradictoria con la intervención del cura Aranivar que,
según los capilleros de Titiri, participó en la batalla. Es evidente
que el cura no podía, después de eso, permanecer en Macha y
probablemente huyó conjuntamente con el ejército. Según Mitre,
Belgrano en persona esgrimió la bandera para conducir la retirada
de sus tropas de Ayohuma. Esto podría tener relación con el
hecho que, según el historiador Augusto Fernández Díaz, los
dos abanderados del regimiento I murieron en Ayohuma (Croce,
2012). Parece más probable que haya sido el propio Belgrano el
que entregó las banderas al cura de Macha en Titiri para que las
ocultase17.

17 Esto en el supuesto caso de que las denominadas “banderas de Macha” sean auténticas
reliquias de la batalla de Ayohuma. No se puede, sin embargo, descartar la hipótesis contraria
según la cual éstas pudieron ser fabricadas, por ejemplo, por el cura Martin Castro quien no sólo
conocía estos acontecimientos históricos ‒lo que no parece ser el caso de su sucesor el cura
Arrieta‒ sino que, además, estaba animado por el deseo de reivindicar el papel de la provincia
Chayanta en la historia. Sobre la personalidad del padre Martin Castro, ver Barnadas (1978).
376
Vincent Nicolas

El apoyo indígena al ejército de Belgrano


El tema de la participación indígena en las guerras de
Independencia es un tema demasiado amplio y complejo para ser
abordado en este artículo; sin embargo es necesario mencionar
que el ejército de Belgrano es el que mayor apoyo obtuvo de
los indígenas y que el general fue el único de los “libertadores”
que buscó sistemáticamente este apoyo y quiso coordinar
con los líderes de las guerrillas. Es así que Belgrano recibió en
Potosí la visita de Cumbay, capitán chiriguano, que le ofreció el
30 de agosto el apoyo de dos mil guerreros para combatir a los
realistas. El grueso de sus tropas combatió en el Chaco y en los
valles de Chuquisaca al lado de Manuel Asencio Padilla y de Juana
Azurduy pero, el 19 de septiembre de 1813, se presentaron en
Potosí, según Thierry Saignes, “30 chiriguanos armados de sables
o espadas los unos, los otros con carabinas, otros con cañones de
fusiles y escopetas” (ABNB, Rück 444, tomo 2 citado en Saignes,
2007: 121).
Vencido en Vilcapugio, Belgrano logró reconstituir su ejército
en Macha gracias a los aportes de los indios de la provincia
Chayanta.
La provincia de Chayanta, habitada por indígenas casi en su totalidad,
dio en esta ocasión pruebas de su patriotismo, acudiendo de todos
puntos del territorio hombres, niños y mujeres trayendo sus ofrendas
y la mayor parte cargándolas sobre sus propios hombros. Artículos de
guerra, víveres, ganados, cabalgaduras, forrajes, bálsamo y vino para los
enfermos y hasta objetos de lujo para los oficiales del ejército, todo fue
espontáneamente ofrecido por los indios de Chayanta, cuya avaricia es
sin embargo proverbial.

Nota infrapaginal: La lista de estos donativos con los nombres de los


donantes existe original en el archivo general y es un documento que no
puede leerse sin grande interés (Mitre, 1859, tomo II: 219).

Dejamos a Mitre la responsabilidad de sus afirmaciones en


cuanto a la avaricia proverbial de los indios de Chayanta pero,
aun así, Mitre se vio obligado a reconocer la importancia de estos
aportes y, en verdad, sería muy interesante poder conocer la lista
de los donantes y sus contribuciones.
377
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

Tanto los historiadores como los militares argentinos que


participaron en las campañas del Norte reconocieron que el
avance del ejército de Belgrano fue enormemente facilitado por
los indios, quienes lo apoyaron con víveres y forrajes mientras
que el ejército realista tenía que soportar una guerra de recursos
y el hostigamiento permanente de las guerrillas.
Al respecto, José María Paz recalcó:
El país simpatizaba con nosotros, y en lo general se prestaba a toda
clase de sacrificios. (…) lo contrario sucedía en el campo enemigo
donde (…) carecían de víveres, de movilidad, de acémilas y de otros
recursos… (Paz, 1855, tomo I: 136).

Lo propio sostuvo Gregorio Aráoz de Lamadrid:


…ni carecimos nunca de alfalfa seca, y cebada en rama para el forraje;
porque es cosa que abunda, y nos la proporcionaban los naturales del
país, aún de inmensa distancia, y también cebada en grano; pues los
indios fueron siempre más afectos a nosotros que a los españoles, pues
aún en nuestras derrotas a pesar de su miseria, jamás nos alejaban
sus llamas y ovejas, como lo hacían siempre con las tropas españolas
(Aráoz de La Madrid, 1855: 22).

Desde el otro bando, el general Joaquín de la Pezuela tuvo que


reconocer, en sus memorias, la falta completa de apoyo al ejército
realista por parte de la población altoperuana, a excepción de
los indios de Coroma quienes, dirigidos por su cura doctrinero,
trasladaron la artillería realista de Condo hacia Ayohuma:
Los indios dirigidos y pagados diariamente por el cura Pobeda [de
Coroma] elevaban sobre sus hombros los cañones y el carruaje; y
aunque se les trataba bien y se les daba de comer con tanto cuidado
como al soldado, era preciso llevarlos en la marcha, y tenerlos para los
tránsitos con una fuerte escolta y acompañarlos centinelas hasta para
hacer sus necesidades; porque de otra manera no hubiera quedado uno
(Pezuela, 2011: 20).

Si el apoyo material de los indios a la causa independentista era


ampliamente reconocido, en cambio su apoyo militar fue objeto
de duras críticas por parte de los oficiales argentinos. Según el
historiador José Luis Roca, eran frecuentes las burlas hacia los
cochabambinos entre los oficiales porteños, por sus estrategias
378
Vincent Nicolas

de lucha y, sobre todo, por su armamento, las famosas macanas


(o garrotes) con las que se presentaban en el campo de batalla (Roca,
2007: 224-226). Las guerrillas tenían la capacidad de desgastar al
enemigo, hostigándolo permanentemente pero no tenían la capacidad
de vencerlo, menos en una batalla a campo abierto. Belgrano coordinó
con Baltasar Cárdenas la participación de sus tropas en la batalla de
Vilcapugio, pero sus montoneras fueron diezmadas en Ancacato antes
de la batalla. Luego, en días previos a la batalla de Ayohuma, destacó
las numerosas tropas (ya reconstituidas) de Baltasar Cárdenas y
José Miguel Lanza que cortaron las comunicaciones de Pezuela, que
comandaba el ejército realista, con el Bajo Perú pero nuevamente
fueron derrotadas en Ancacato, el 4 de noviembre.
En Vilcapugio, miles de indios en los cerros no supieron cómo
apoyar a su aliado en un tipo de batalla y de táctica militar que no
conocían ni entendían. El sitio escogido por Belgrano para enfrentarse
al enemigo realista no era el apropiado para potenciar el apoyo de los
indios en el combate. Acerca de los 2000 o más indios que llegaron
desarmados y desorganizados a Vilcapugio, José María Paz dijo:
De estos indios una parte fue destinada a arrastrar los cañones a falta
de bestias de tiro y los demás se colocaron en las alturas para ser meros
espectadores de la batalla.

Nota infrapaginal: Aquellos pobres indios gozaron como Scipion del


grandioso espectáculo de una batalla sin correr riesgos.

(…) Los que fueron destinados a arrastrar los cañones fueron


positivamente perjudiciales. Al primer disparo del enemigo y aún quizá
de nuestras mismas piezas, cayeron por tierra pegando el rostro y
el vientre en el suelo y comprimiéndose cuanto les era posible para
presentar menos volumen: si les hubiera sido dado a cada uno cavar
un pozo para enterarse lo hubieran hecho… (Paz, 1855, tomo I: 119).

Esta apreciación sobre el rol de espectadores de los indios es


probablemente cierta, aunque es injusto pensar que gozaron de la
derrota de su aliado al que tanto habían apoyado e iban a seguir
apoyando en las semanas siguientes. Además, eso significa olvidar
que ellos también sufrieron sendas derrotas, cuyos muertos no fueron
contabilizados por ninguno de los ejércitos. José María Paz manifestó,
en sus memorias, su disentimiento con el general Belgrano en cuan-
379
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

to a su insistencia en involucrar a los indios y a sus caudillos en sus


operaciones militares y concluía la siguiente apreciación de las tropas
indígenas:
Por lo demás era una fuerza completamente inútil y que nada añadía
a nuestro poder real: me avanzaré hasta decir que nos fue perjudicial,
por las consideraciones que aduje en otras partes de esta Memoria: por
punto general puede establecerse que lo que no sirve en una batalla es
dañoso porque aumenta la confusión; sin contar con que la cobardía y
el miedo son extremadamente contagiosas (Paz, 1855, tomo I: 142).

El sucesor de Belgrano a la cabeza del tercer ejército auxiliar,


José Rondeau, recibió también el apoyo de las guerrillas pero
decidió despreciarlas, lo que causó un quiebre en la alianza
entre las “republiquetas,” como se las denominó, y el ejército
rioplatense.

Tinguipaya y los ejércitos auxiliares de la patria


Tinguipaya fue parte del teatro de operaciones y su población
no quedó al margen de la contienda. A continuación analizaremos,
a partir de los elementos que tenemos, las relaciones entre los
ejércitos auxiliares de la patria y Tinguipaya en general, el ayllu
Qullana en particular (donde apareció la Virgen de Jawaqaya) y la
familia Alberto, más específicamente (hermanos encargados de la
virgen desde el momento de su aparición).

Los tambos de Yocalla y Leñas


Sabemos que, en tiempos de la colonia, los ayllus de Tinguipaya
tuvieron a su cargo la atención de los tambos de Yocalla y Leñas,
ambos situados sobre el camino real que unía la ciudad de Potosí con
Oruro. Según las memorias de José María Paz, las tropas de Belgrano
estuvieron acampando en estas dos localidades durante los meses de
agosto y septiembre de 1813 antes de desplazarse hacia el escenario
de Vilcapugio. José María Paz describe el pueblo de Yocalla como “un
pueblecito a nueve leguas de Potosí, en que hay una buena iglesia,
380
Vincent Nicolas

vice-parroquia del rico curato de Tinguipaya” y cuenta que, en el


mes de agosto, asistió en ese lugar a un eclipse de sol que sumió en
el pánico a toda la población indígena haciendo evidente la enorme
distancia cultural que la separaba de los soldados argentinos (Paz,
1855, tomo I: 105).
Empecé este artículo mencionando que íbamos a explorar la
memoria ritual ligada a la bandera de Jawaqaya para intentar
sobrepasar los límites de la memoria-relato. Sin embargo, debo
aclarar que en la comunidad de Leñas -donde se encuentra el tambo
del mismo nombre- es común traer a la memoria recuerdos ligados al
paso de los ejércitos por allí. Pero resulta muy difícil asociar alguno de
estos recuerdos con un momento histórico en particular puesto que
los tambos fueron testigos del paso de todos los ejércitos a lo largo
de la historia (desde la conquista española, o incluso antes, hasta la
Guerra del Chaco) y que los recuerdos que dejaron se entremezclan
en una completa acronicidad18. A pesar de ello, mencionaré aquí
tres elementos materiales presentes en Leñas que dan lugar a
muchos comentarios y que podrían estar ligados al paso de los
ejércitos argentinos.
1) Cuando el río llega a la comunidad de Leñas, en época de lluvias,
erosiona las orillas y deja al descubierto huesos humanos. Estos
huesos son atribuidos a soldados. Pero tuvo que haber circunstancias
excepcionales para que estos muertos hayan sido abandonados
allí. Como no se ha registrado ningún tipo de enfrentamiento bélico
en Leñas, precisamente, la única explicación que encontramos a
la presencia de estos huesos es que, tras la batalla de Vilcapugio,
una parte del ejército de Belgrano retrocedió hacia Potosí dejando
tras ella a varios heridos quienes murieron en el trayecto sin que
sus compañeros pudiesen darles cristiana sepultura. Acerca de la
retirada de Vilcapugio. José María Paz menciona lo siguiente:

18 Por ejemplo, hay en Vilcapugio restos de un campamento militar conocido generalmente


como el “cuartel de Melgarejo”, algo verosímil tomando en cuenta que el ejército de Mariano
Melgarejo fue a aplastar la rebelión de la ciudad de Potosí en noviembre de 1870. Pero este
cuartel fue antes el de Belgrano. Es posible también que se trate de une confusión lingüística
entre dos apellidos difíciles de pronunciar y susceptibles de la misma refonemización en lengua
quechua: Milgachu, Wilgachu.
381
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

La retirada de nuestro ejército fue en dos direcciones excéntricas, siendo


una al Sud, por el camino de Potosí en la que no hubo el menor orden ni
reunión, hasta dicha ciudad que dista 28 o 30 leguas, y la otra al Este
donde se encuentran los cerros no muy elevados que circuyen el campo
de Vilcapugio. Allí se encontró el general Belgrano, que procedió en el
acto a reunir nuestras fuerzas y organizarlas para llevarlas nuevamente
a la pelea. Él mismo tomó la bandera del ejército y excitó personalmente
a nuestras tropas al combate, que se renovó efectivamente durando por
algunas horas (Paz, 1855, tomo I: 124-125).

2) En el patio del tambo (ver foto 8), hay una piedra que se llama
“piedra-coronel” que es considerada muy phiña (enojadiza). Se
dice que no hay que tocarla, menos tratar de removerla, porque
podría ocurrir todo tipo de desgracias. Esta piedra se llama así
porque debajo de ella se encontraría enterrado un coronel de
ejército.
3) Frente a esta piedra, en la parte alta del mismo patio, se alza un
altar muy imponente donde, según los comunarios, se colocaba
la bandera. Hoy en día, en vez de bandera, se suele colocar una
cruz en material vegetal para Pascua y también para el jueves de
“compadres”. Se considera que si se dejara esta costumbre podría
ocurrir cualquier tipo de desgracia en la comunidad. Aunque no
contamos con una descripción de esta bandera, es posible que
esta anécdota tenga relación con la bandera de Belgrano que
recibió muchas muestras de adhesión en su paso por las regiones
altoperuanas.
Aunque ninguno de estos elementos pueda ser asociado a ciencia
cierta con la campaña de Belgrano, constituyen indicios importantes
de que una memoria de estos acontecimientos pudo haberse
perpetuado en la comunidad de Leñas.

Los dispersos de Vilcapugio


Las tropas rioplatenses se desparramaron en una gran
confusión tras la batalla de Vilcapugio. Belgrano se retiró hacia
Macha con una reducida parte de sus tropas mientras que otros
382
Vincent Nicolas

huyeron hacia Potosí y otros andaban dispersos en diferentes


direcciones. El mayor general Díaz Vélez reunió a una porción
de los dispersos en el pueblo de Macha, donde recibió la orden
de dirigirse con todos sus hombres hacia Potosí para recoger y
reorganizar a los dispersos que allí encontrase. El entonces capitán
Gregorio Aráoz de Lamadrid, de camino a Macha, se detuvo en
el ingenio de Ayohuma donde logró reunir, según sus propias
palabras, a 96 dispersos que entregó al general Belgrano (Aráoz
de Lamadrid, 1895: 26). Inmediatamente, el general despachó al
mismo Aráoz de Lamadrid a Potosí con una comunicación para
Díaz Vélez. En su camino pasó por el pueblo de Tinguipaya que,
en ese momento, corría el peligro inminente de ser saqueado por
los muchos dispersos que estaban embriagándose allí.
Así que me entregó dicha comunicación me puse en marcha para
Tinguipaya, con sólo mi ordenanza y al llegar al siguiente día a dicho
pueblo, encontré en él a muchos soldados de los diferentes cuerpos del
ejército que andaban bebiendo por las pulperías.

El curaca del pueblo, así que supo mi llegada, fue a suplicarme libertara
la población de un saqueo que temían por los soldados dispersos. Yo le
aseguré que nada tenía que temer el pueblo si se me proporcionaba una
casa cómoda para acuartelar la tropa y los alimentos necesarios para
darle. El Curaca partió contento con algunos vecinos, asegurándome
que muy pronto tendría preparado cuanto deseaba. En efecto, no había
pasado media hora cuando vino a decirme que estaba todo preparado
en una hermosa casa, y pasó a enseñármela en la misma plaza. Había
en ella un acopio de corderos, papas, ollas, cántaros de chicha y cuanto
podía necesitarse para comer bien, cien o más hombres.

Monté a caballo con mi ordenanza y recorrí todas las pulperías


acompañado del Curaca, reuniendo a todos los hombres que encontraba
en ellas y los conduje al cuartel (Aráoz de Lamadrid, 1895: 27).

Al día siguiente, el oficial tucumano llevó a los más de 100


dispersos que recogió en Tinguipaya hasta Potosí, donde recibió
nuevas instrucciones del mayor general Díaz Vélez, que lo mandó
a Chuquisaca con una comunicación para el presidente Ocampo19.

19 Francisco Antonio de Ocampo fue nombrado por el Supremo Poder Ejecutivo de Buenos
Aires gobernador intendente de La Plata y presidente de su cámara de apelaciones. Se pose-
sionó el 6 de septiembre de 1813. (ABNB, Cajas reales de la ciudad de La Plata, 260, Libro 5 de
la correspondencia general (años 1812-1818): fs. 103-107).
383
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

A pesar del éxito de su paso por Tinguipaya, Gregorio Aráoz de


Lamadrid no había logrado vencer la resistencia de los realistas
más tenaces de este pueblo. Según relata en sus memorias,
después de su paso por Tinguipaya, el sacristán y un indio alcalde
desarmaron a varios dispersos y los entregaron al ejército realista.
Una vez de retorno de Chuquisaca a Macha, Gregorio Aráoz
de La Madrid recibió una nueva e importante misión de parte
del general Belgrano: debía averiguar la cantidad y calidad de las
tropas enemigas acantonadas en Yocalla que cortaban el paso
y las comunicaciones entre Macha y Potosí. Acompañado por
cuatro soldados y un guía indio llamado José Félix Reinaga, Aráoz
de Lamadrid partió de Macha y llegó al amanecer del día siguiente
a la localidad de Yocalla, que se encontraba bajo la nieve. Él y su
pequeña comitiva lograron sorprender y capturar a una patrulla de
cinco soldados, quienes les informaron todo lo requerido acerca
de las fuerzas enemigas. Se dirigieron luego hacia Tinguipaya
donde los cholos del pueblo y, con ellos, varios indios atacaron
la comitiva.
Me dirigí con ellos [con los cinco prisioneros] por el pueblo de
Tinguipaya, pues tenía orden del General de llevarle preso al sacristán
y un indio alcalde, por haber desarmado entre ambos algunos soldados
de nuestros dispersos y mandádolos al enemigo después de mi paso a
Potosí.

Al llegar a dicho pueblo mandé al baqueano con un soldado a casa del


indio alcalde, con orden de traérmelo preso a la plaza, a cuyo punto me
dirigí con mis 4 hombres y los 5 prisioneros que los llevaba enancados y
asegurados con un lazo por las piernas, uno con otro. Así que entré a la
plaza, ya bien tarde, y pregunté por el sacristán en la puerta misma de
su casa, me lo negaron diciéndome que no estaba; cuando oigo voces
de tumulto a mi espalda y observo una porción de cholos reuniéndose
al otro extremo de la plaza y armándose de piedras. Corro a ellos sable
en mano con mi partida y los presos por delante; los indios entonces
ganaron las casas y las bocacalles en fuga disparándome pedradas y
dando voces en quichua que era su idioma. Procuré salir entonces a la
plaza en busca del baqueano pues, ya sentí iguales voces por aquella
parte.

En efecto, así que salí del pueblo ya descubrí a Reynaga y el soldado


que venían acosados por más de 16 indios y cholos; me reúno a ellos
y continuo mi retirada, mientras tanto se aumentaban en tropel por
384
Vincent Nicolas

detrás, porción de cholos disparándonos piedras y armados algunos de


fusil y fornituras que probablemente estaban descompuestos los más,
pues, sólo nos habían disparado dos o tres tiros.

Así que los hube alejado un poco del pueblo, di vuelta precipitadamente
sobre ellos y acuchillé unos cuantos hasta que ganaron las calles, pero
observando que por los cerros de uno y otro lado de la quebrada, iban
apareciendo otros muchos, continué mi retirada (Aráoz de Lamadrid,
1895: 29-30).

Tras esta refriega, la comitiva se retiró con sus prisioneros hacia


Actara, siete leguas al Norte de Tinguipaya. Al amanecer del día
siguiente, Aráoz envió a Macha a dos de sus hombres con los cinco
prisioneros, pidiendo además ocho dragones para “castigar a los
cholos de Tinguipaya”. Al día siguiente, sus hombres volvieron
con los ocho refuerzos solicitados más las cabezas de dos de sus
prisioneros que resultaron ser “juramentados de Salta” (juraron
no volver a levantar armas contra las fuerzas patriotas) y, por
ello, fueron fusilados por la espalda. Luego, sus cabezas fueron
cortadas y enviadas nuevamente a La Madrid para ser expuestas
ante las filas enemigas con el rótulo “por perjuros”.

La hazaña de Tambo Nuevo


Según Bartolomé Mitre, sería el 24 de octubre de 1813 cuando
se dio la hazaña de Tambo Nuevo, un episodio muy famoso de la
campaña de 1813 que tuvo lugar precisamente en esta comunidad
perteneciente al ayllu Qullana, muy cercana a Jawaqaya. Gregorio
Aráoz de Lamadrid estaba decidido a atacar el pueblo de Tinguipaya
cuando dos indios exploradores suyos le advirtieron de la presencia de
una compañía enemiga en Tambo Nuevo20. Temerosos por probables
represalias, los cholos de Tinguipaya habían pedido auxilio al
coronel salteño Saturnino Castro, estacionado en Yocalla, que

20 Los dos tambos más antiguos son los de Leñas y Yocalla. Sin embargo, según la intensidad
del tráfico hacia Colquechaca, otros tambos fueron creados en distintas épocas en esa ruta.
Durante la época republicana, ya no hay huella del Tambo Nuevo pero se creó el tambo de
Actara en 1880 (AHP PD 2508 y PD 2060) y luego, como se encontraba muy lejos de Yocalla,
se estableció un tambo intermediario en Jawaqaya que sustituyó sin duda al de Tambo Nuevo.
385
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

mandó una compañía de cincuenta hombres con el propósito de


sorprender a Gregorio Aráoz por la espalda cuando éste atacase el
pueblo. Entonces el capitán tucumano cambió de planes y decidió
atacar directamente y de noche la compañía apostada en Tambo
Nuevo. Mandó en vanguardia a tres soldados junto con los dos
indios exploradores. Antes de que se aproximara Lamadrid con el
resto de la tropa, estos adelantados habían logrado capturar por
sorpresa a diez prisioneros y once fusiles. He aquí la descripción
de la acción por Gregorio Aráoz de Lamadrid:
…Al asomar los tres hombres al portezuelo de Tambo Nuevo, habiendo
señalado el baqueano el rancho en que estaba colocada la guardia y
(…) aproximándose Gómez con dicho indio, había observado que la
guardia dormía, al favor de una lámpara que ardía dentro del rancho,
y que en un corral inmediato estaba encerrada la caballada; que
regresando Gomez al momento, les propuso a sus dos compañeros si se
animaban a echarse con él, sobre aquella guardia que dormía y cuyos
fusiles se descubrían arrimados a la pared, con la luz de la lámpara;
que habiéndole contestado que sí, se precipitan los tres con los dos
indios que los guiaban, sobre la puerta del rancho y que desmontado
Gómez en la puerta con sable en mano, dio el grito de “ninguno se
mueva” – a cuyo tiempo abrazándose de los 11 fusiles que estaban
arrimados, se los alcanzó a los dos indios: que en seguida hizo salir
y formar afuera a los 11 hombres y los echó por delante, habiéndose
colocado [Albarracín] a la cabeza, a Salazar en el centro y él (Gómez)
ocupó la retaguardia, suponiéndose oficial y haciendo marchar a los dos
indios con los fusiles por delante (Araoz de La Madrid, 1895: 32).

Felizmente sorprendido por semejante hazaña, Gregorio


Aráoz de Lamadrid mandó a los diez prisioneros -uno de ellos
logró escapar- a Macha escoltados por tres de sus hombres.
Retomó el ataque a Tambo Nuevo al amanecer, logró capturar
otros cinco prisioneros y la mayoría de los caballos de la compañía
que, sorprendida, escapó hacia Yocalla. Los tres soldados fueron
ascendidos por el general Belgrano al grado de sargento con el
título honorífico de “Sargentos de Tambo Nuevo”: se trataba
de José Mariano Gómez, tucumano, Santiago Albarracín y Juan
Bautista Salazar, cordobeses (Mitre, 1855, tomo II: 221-226). En
cuanto a los dos indios que también participaron en dicha hazaña,
la historia no recuerda sus nombres.

386
Vincent Nicolas

Tenemos, por lo tanto, una hazaña excepcional que tuvo lugar


en Tinguipaya, concretamente en Tambo Nuevo -un lugar cercano
a Jawaqaya donde posteriormente iba a aparecer la Virgen de
Guadalupe- que fue causada por la hostilidad de los cholos de
Tinguipaya hacia el ejército patriota, pero que contó con el apoyo
de dos indios del lugar. El antagonismo político tradicional entre
vecinos de pueblo e indios parece confirmarse incluso en medio
de la Guerra de Independencia. Esta hazaña forzosamente debió
quedar grabada en la mente de los habitantes de Tinguipaya,
tanto originarios como vecinos.

La retirada de Ayohuma
Otro elemento que relaciona directamente Tinguipaya
con Belgrano es la retirada de Ayohuma. Derrotadas el 14 de
noviembre de 1813 en aquel campo de batalla, las tropas de
Belgrano (o lo que quedaba de ellas) huyeron por Actara y
llegaron al pueblo de Tinguipaya el 15 de noviembre por la tarde.
Allí fue donde formando un cuadro se colocó dentro el General para rezar el rosario,
lo que fue imitado por todos (Paz, 1855, tomo I: 159).

En medio de la debacle, Belgrano encomendó nuevamente


sus tropas a la Virgen y al Creador. Posteriormente, las tropas
argentinas se retiraron de Tinguipaya hacia Potosí por el camino
antiguo que pasa por Uli, Isla y Tarapaya. He aquí la descripción
que hace José María Paz de aquella retirada:
En uno de estos dos días pasamos el famoso Pilcomayo, por unos caminos
de travesía que siendo poco frecuentados son ásperos y cruzan sierras
elevadísimas. El río corre por entre dos sierras colosales, tan inmediatas
que sólo dejan el cause del río entre ambas. El camino desciende
por un lado y asciende por el otro haciendo inmensos caracoles para
hacer practicable la bajada y subida que sin eso sería imposible, por la
pendiente de las montañas que se aproximan mucho a la perpendicular.
Nuestra fuerza, aunque no llegaría a setecientos hombres, marchando
por uno y los caballeros tirando por la brida sus caballos para
conservarlos, tomaba una distancia considerable. Nosotros llevábamos
siempre la retaguardia y marchábamos con bastante separación: de
387
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

este modo cuando íbamos descendiendo la serranía para caer al río,


la cabeza de la columna subía ya la otra sierra, después de haberlo
atravesado. Tirada un línea recta era tan corta la distancia que nos
separaba que se oían los gritos de los que arreaban sus caballos, o que
los daban por otro motivo, reproduciéndose por aquellas eternas masas;
mientras tanto para llegar al mismo punto tuvimos que andar legua y
media y quizás más, haciendo para ello mil curvas y gastando horas en
aquellos peligrosos senderos (Paz, 1855, tomo I: 159-160).

Los recibos de los aportes al ejército de la patria


En el ayllu Qullana se conserva la trascripción de unos recibos
de aportes hechos al ejército de la patria. La particularidad de estos
recibos es que todos corresponden a miembros de las familias Alberto
y Beltrán, que poseían grandes terrenos de pastoreo en las alturas
de Qilqata, a medio camino entre los tambos de Yocalla y Leñas,
salvo un recibo correspondiente al kuraka de Ocoruro, una hacienda
colindante a Qilqata pero perteneciente a Yocalla. Estos recibos
demuestran los aportes considerables que hicieron estas dos familias
a las tropas del ejército de la patria “que se hallan en los puntos de
Yocalla y Leñas” (Archivo de Collana).
Cuadro 8.2. Aportes realizados al ejército de la Patria

Fuente: Elaboración propia en base a un documento del Archivo de Qullana

Todos estos aportes fueron realizados entre junio y septiembre


de 1815, por lo que corresponderían a la campaña del tercer
ejército auxiliar a la cabeza de José Rondeau. La fecha del último
recibo está forzosamente equivocada puesto que el 29 de
388
Vincent Nicolas

noviembre se disputó la batalla de Sipe Sipe, por lo que ningún


regimiento del ejército rioplatense podía encontrarse en Yocalla
ese día. Las llamas y los corderos eran destinados a la alimentación
de la tropa. En cuanto a los cinco burros mencionados, podría
tratarse de un préstamo más que de una donación, puesto
que estos animales de carga eran generalmente llevados de un
tambo a otro y luego devueltos, aunque en este caso no tenemos
constancia de su devolución.
Estos aportes -voluntarios o no- fueron probablemente
percibidos por los originarios como una nueva forma de
contribución que garantizaba su derecho a la tierra. De hecho,
sólo tenemos conocimiento de estos recibos porque fueron
utilizados por los descendientes de Agustín Beltrán y Bárbara
Alberto en un pleito por la propiedad de las tierras de Qilqata,
en 1898.
Es curioso que la Mamita Jawaqaya se haya aparecido
precisamente ante un denominado “Lado” Alberto, descendiente
de los Alberto que hicieron esas cuantiosas donaciones al Ejército
de la Patria.

Tinguipaya, refugio de caudillos


El vencedor de Sipe Sipe, Joaquín de la Pezuela, reconquistó
rápidamente el territorio altoperuano y se instaló en la hacienda
de Mondragón, a cuatro leguas de Potosí, en la frontera con
Tinguipaya. En febrero de 1816, Pezuela ordenó la conformación
de una compañía para extirpar los focos guerrilleros de Tinguipaya:
Para atender a la guarnición de dicha villa (Potosí) y al sosiego de
todos sus partidos, sin desmembrar la fuerza del ejército, se levantó
de los naturales de ella y sus inmediaciones un batallón, cuyo mando
fue encargado al acreditado coronel Rolando, sirviendo de pie algunos
oficiales y tropa de línea. Con el mismo objeto y el de extirpar el distrito
de Tinquipaya de algunos caudillos que acostumbraban refugiarse en él,
se formó una compañía de cien hombres de infantería y caballería a la
orden del capitán graduado de teniente coronel del Batallón del general
389
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

don Ángel Francisco Gómez, suministrándole para su habilitación


cincuenta fusiles y otras tantas lanzas. (citado en Servetto, 2007: 585,
subrayado mío).

Este último elemento extraído de las memorias de Joaquín de


la Pezuela nos da a entender que las guerrillas siguieron resistiendo
tras la debacle del ejército de Rondeau y que Tinguipaya no fue
ajeno a esta actividad guerrillera.

Las pinturas de Qilqata


Qilqata, lugar de pastoreo de la comunidad de Jawaqaya y
de la familia Alberto, en particular, alberga pinturas rupestres
que parecen describir escenas de batalla (ver foto 3). La gente
del lugar reconoce claramente hombres a caballo en estos
dibujos. Posiblemente se trate de una historiografía rupestre de
la Independencia. ¿Será que la hazaña de Tambo Nuevo quedó
grabada en la roca? Un estudio especializado podría ayudar a
confirmar o desechar esta hipótesis.

Conclusión
En el presente artículo hemos partido de un doble olvido: el
de los jawaqayas que no recuerdan el significado de la bandera –
que sin embargo llevan sin falta cada año a la fiesta de Guadalupe–
y el olvido intencional de la historiografía oficial boliviana que,
durante mucho tiempo, prefirió “olvidar” los acontecimientos de
Vilcapujyo y Ayohuma. En ambos casos, se trataría de un olvido
parcial que atestigua de la persistencia de un recuerdo: en el
caso de Jawaqaya, el recuerdo de Belgrano -aunque no consiga
actualmente remontar a la conciencia- insiste en la fiesta a través
de la bandera. En el caso de la historiografía oficial boliviana,
sus esfuerzos por “olvidar” los quince años de guerrillas que
precedieron la Independencia y focalizar la atención sobre los
“libertadores” Bolívar y Sucre respondían al afán de ocultar el
390
Vincent Nicolas

pasado realista de Santa Cruz, Olañeta y demás fundadores de


la patria, pero no podían ocultar esta evidencia subrayada por
Benedict Anderson en su ensayo sobre el nacionalismo: que para
decidir “olvidar” algo hay que recordarlo aún (Anderson, 1993
[1983]: 276-280).
Quizás la bandera de Jawaqaya tuvo, desde un principio, el
propósito de permitir que un recuerdo insista, a pesar de su casi-
olvido, e irrumpa en una historiografía que lo niega. Efectivamente,
si consideramos que a fines del siglo XIX, los ayllus de Tinguipaya
se encontraban en un contexto de agitación política extrema a
consecuencia de las revisitas de tierras y de las arremetidas de
las haciendas; si consideramos que, en ese contexto, apareció
una Virgen en Jawaqaya a un descendiente de los Alberto quienes
apoyaron al ejército de la patria: y si consideramos, además, que
la bandera rosada-celeste-rosada reaparecida en Titiri evocaba
tanto para los originarios como para los vecinos el recuerdo de
Belgrano, podemos entender el potencial contestatario de esta
bandera. El hecho de hacerla flamear por las calles y la plaza
de Tinguipaya era una manera de recordar a aquellos que les
oprimían en nombre de las leyes de la República y que festejaban
con pompa cada aniversario patrio lo que ellos intentaban hacer
“olvidar”: que sus abuelos fueron unos realistas recalcitrantes y
enemigos de la Independencia. De esta manera, a fines del siglo
XIX, el ayllu Qullana puso su lucha política bajo la doble égida de
la Virgen y de Belgrano.

391
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

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393
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

1. Procesión de las vírgenes. Fiesta de Guadalupe 2005

2. Calvario de Illchaku, 2001


394
Vincent Nicolas

3. Capilla de Jawaqaya, 2001

4. Crispín Alberto junto a la mamita


de Jawaqaya, 2001

5. Noel Secko entrevistado en el lugar de aparición de la mamita Jawaqaya, 2013


395
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

6. Peregrina y Guadalupe en
la capilla de Illchaku, 2002

7. Cristo Asunción, 2000


396
Vincent Nicolas

9 BN bandera tercio de
gallegos museo maritimo

10 oficial tercio de gallegos

8. Mamita Saqatila y Concebida en su


capilla, 2000

397
La fiesta de Guadalupe, la Virgen y los “guerreros de Belgrano”

398
Luciano E. González

La perspectiva de género
en el pensamiento de Belgrano.
Integración y reconocimiento
de la mujer en la vida militar
400
La perspectiva de género en el pensamiento de
Belgrano: integración y reconocimiento de la mu-
jer en la vida militar

LUCIANO E. GONZÁLEZ

Algunos autores (Frederic, 2013) sostienen que la integración


de la mujer a las Fuerzas Armadas ocupó un lugar relevante en la
agenda política a partir de los años 2006 y 2007 con la creación
del Consejo de Políticas de Género para la Defensa. Sin embar-
go, recurriendo a diferentes aportes de distintos campos disci-
plinarios se intentarán recuperar las acciones y pensamientos del
General Don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano,
que lo hacen padre y precursor de la incorporación e integración
de la mujer al ámbito castrense con perspectiva de género. Cabe
aclarar que las lecturas que se realicen contemplan a la persona
de Belgrano en su época y contexto, ya que desde una lectura
actual se le podrían reprochar algunos de sus postulados.
El recorrido propuesto comienza por la influencia que tuvo su
formación en Europa sobre el rol de la mujer, especialmente en la
educación. Dicha influencia le permitió proponer la educación en
todos los niveles para las mujeres y, años más tarde, incorporarlas
a sus filas. Entre las mujeres que fueron protagonistas del proceso
de la Independencia entre las filas de Belgrano se destacan la
Capitana doña María Remedios del Valle, la Generala doña Juana
Azurduy y la Capitana doña Martina Silva de Gurruchaga. A
partir de este derrotero proponemos vislumbrar continuidades
y quiebres para pensar el rol activo de la mujer en las Fuerzas
Armadas democráticas del siglo XXI.
401
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración
y reconocimiento de la mujer en la vida militar

La psicoanalista Piera Aulagnier (1991) propone que el


proyecto identificatorio parte de un trabajo de historización que
implica elaborar, interpretar y reconstruir lo vivido. Es decir, darle
sentidos a la historia y poner en historia que “se trata menos de
recordar que de reescribir” (Lacan, 1981: 29). Este es el principal
objetivo que se tendrá al volver tras los pasos de Manuel Belgrano.
Pero antes puntualizaremos algunos horizontes que motivan la
lectura con perspectiva de género. Marta Lamas advierte que
“las teorías y los conceptos pueden enquistarse, reificarse y dejar
de ser útiles” (2003: 4). Es para evitar esa cosificación que se
propone reconstruir la incorporación e integración de la mujer en
el contexto de la independencia y desnaturalizar el papel único de
varones que se han quedado con los títulos paternos de la patria.
Del mismo modo, se intentará problematizar concepciones que
desde el siglo XIX continúan reproduciéndose.

Influencias de Pedro Rodríguez Campomanes y Olympe de


Gouges
Nacido en Buenos Aires en 1770, Belgrano realizó sus estudios
en Letras en el Colegio San Carlos y en 1786 viajó a España para
completar sus estudios universitarios. Se graduó de abogado
en la Universidad de Salamanca en 1793. En ese contexto se
interiorizó en las luchas e ideologías de la revolución francesa y las
corrientes de pensamiento del ilustrado español Pedro Rodríguez
Campomanes.
En 1775 se publicó en España el Discurso sobre la educación
popular de los artesanos y su fomento. Esta producción de
Campomanes sentó las bases de las reformas en educación
impulsadas por Carlos III en España y en los territorios coloniales.
Pensando en un proyecto de Estado el Discurso señala la
importancia de contar con una enseñanza particular por cada arte
u oficio. De esa manera, la mejora en la calidad de las manufacturas
propiciaría la competencia con otras potencias extranjeras.

402
Luciano E. González

Asimismo, promovía la subordinación de los alumnos a sus


maestros, una mejora de la técnica de dibujo y, principalmente,
el reconocimiento a los artesanos. Esto sería acompañado por la
formación en la moral cristiana y civil, no solo el cumplimiento
de las normas y preceptos religiosos sino también una mejora
del aseo y la presentación personal de los artesanos, que eran
quienes tenían un oficio práctico, e incluía a quienes se dedicaban
a las ciencias especulativas. Campomanes, que se consideraba a
sí mismo como feminista, afirmó que era obligatorio incorporar a
las mujeres a todas las artes y oficios, no solamente para que ellas
no permanecieran “ociosas”, sino también para inculcar en sus
maridos e hijos el apego por la educación y el trabajo. La idea que
subyace a este postulado es la igualdad de varones y mujeres, ya
que ambos las mismas capacidades y que su diferencia radica en
la desigualdad de acceso a la educación.
En 1748 nació en Francia Marie Gouze, quien en la década
de 1780, ya instalada en París y como mujer de letras, adoptó
el seudónimo de Olympe de Gouges. Como escritora tuvo
fuertes peleas con hombres de la Comédie cuando en 1785 se
inscribió su obra La esclavitud de los negros donde cuestionaba
la trata de personas. Pero la Comédie era sustentada por la
Corte de Versalles, cuyos miembros se dedicaban al tráfico de
esclavos. No dudaron en apresarla en la Bastilla pero luego fue
liberada. Tuvo un rol activo en la Revolución Francesa de 1789:
ideó panfletos con contenidos abolicionistas, de igualdad de las
personas y el derecho al divorcio. Sin duda la Declaración de
los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1791 fue fruto de
esa lucha para pensar un nuevo Estado y una nueva sociedad.
Sin embargo, esa declaración limitaba la participación política
concreta a menos del 15% de la población francesa, al limitarla
a los hombres mayores de 25 años y con ingresos superiores a
tres jornales. Caracterizada por su estilo y en modo de protesta,
de Gouges parafraseó la declaración y redactó la Declaración de
los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Sin vueltas propuso en
su artículo primero que “la mujer nace libre y permanece igual
al hombre en derechos” y ya en el artículo segundo consideró la
403
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración
y reconocimiento de la mujer en la vida militar

resistencia a la opresión como un derecho. Esto fue considerado


una provocación, junto a su oposición a la condena a muerte de
Luis XVI, el apoyo a los girondinos –grupo político moderado de
la época– y su oposición a la dictadura incentivada por Marat y
Robespierre, ambos fervientes jacobinos. En agosto de 1793 fue
ordenada la detención de Olympe de Gouges y su ejecución en la
guillotina sin derecho a ser defendida.
Sin duda, la pedagogía de Campomanes y la lucha por la igualdad
de hombres y mujeres de Olympe de Gouges constituyeron la
fuente de las propuestas y acciones del General Belgrano. En
1794 regresó a Buenos Aires y desde entonces su vida política fue
activa. Dos años más tarde redactó y pronunció su conferencia
sobre los “Medios generales de fomentar la Agricultura, animar
la industria y proteger el Comercio en un país agricultor”. Como
gran estadista sostenía que el desarrollo económico solo estaría
asegurado junto al desarrollo y el acceso de la educación. En
definitiva, “Belgrano encarna nuestra primera utopía educativa
de un país libre en una tierra trabajada por propietarios libres.”
(Gagliano, 2011: 12). Con esa visión de desarrollo promovió la
incorporación de las mujeres al sistema de educación:
Igualmente se deben poner escuelas gratuitas para las niñas, donde
se les enseñe la doctrina cristiana, a leer, escribir, coser, bordar, etc.,
y principalmente inspirarles el amor al trabajo para separarlas de la
ociosidad, tan perjudicial o más en las mujeres que en los hombres,
entonces las jóvenes aplicadas usando de sus habilidades en sus casas
o puestas a servicio no vagarían ociosas, ayudarían a sus padres, o los
descargarían del cuidado de su sustento, lejos de ser onerosas en sus
casas la multitud de hijos haría felices a las familias; con el trabajo
de sus manos se irían formando peculio para encontrar pretendiente
a su consorcio: criadas en esta forma serían madres de una familia
útil y aplicada, ocupadas en trabajos que les serían lucrosos tendrían
retiro, rubor y honestidad. Debería confiarse el cuidado de las escuelas
gratuitas a aquellos hombres y mujeres que por oposición hubiesen
mostrado su habilidad, y cuya conducta fuese de público y notorio
irreprensible, además de que dos de los señores conciliarios que se
comisionasen por esta junta deberían ser los inspectores para velar
sobre las operaciones de los maestros y maestras. (Belgrano, 1794
citando en Gagliano, 2011: 56).

404
Luciano E. González

Esta cita nos permite puntualizar por un lado la importancia


que tenía para el General Belgrano la incorporación de las mujeres
a la escuela, recordando que hay que leerlo en su contexto y no
desde la perspectiva actual. La mujer que pensó Belgrano era una
mujer en su rol maternal cristiano, lectura que tendría sus cambios
ya adentrados los conflictos armados por la Independencia. Pero,
de todas formas, nos permite destacar el papel protagónico que
le dio a la mujer. En primer lugar, pensó en una mujer integrada al
sistema educativo futuro y, por otro lado, le otorgó una función
protagónica en el modelo de Estado que estaba pensando. Con
un modelo de educación estatal, gratuita y obligatoria, desde
1798, reclamó el fin de las desigualdades sociales y la opresión
para con las mujeres, asegurando también el derecho de poder
elegir con quién formar una familia.
En 1810, ya como vocal de la Primera Junta de Gobierno,
Belgrano redactó en el periódico Correo de Comercio una serie de
pensamientos y reflexiones sobre diversas temáticas pensando
en un proyecto de país. Allí retomó los desafíos de la educación
y de algún modo denunció la exclusión que sufrían las mujeres.
Se preguntó (Belgrano, 1810, citando en Gagliano, 2011) cómo
formar aquello que consideraba buenas costumbres para la
construcción del Estado y rápidamente se respondió y consideró
que eso no sería posible si se continuaba relegando al “bello
sexo”. Nuevamente recalcamos que el fin que Belgrano pensaba
para la mujer era la maternidad y desde allí su rol de formadora
de ciudadanos. Para ello en esa publicación no solo ubicó a la
mujer en la educación primaria o elemental sino que estaba
pensando en la relevancia de incorporarla a la universidad con la
participación activa del Estado. De esa manera lo plasmó cuando
la Asamblea Constituyente de 1813 le otorgó 40.000 pesos para
la construcción de cuatro escuelas en Tarija, Salta, Tucumán y
Santiago del Estero. No solamente se preocupó por la ubicación
de esos establecimientos sino que se dedicó a escribir sus
reglamentos, que explicitaban su postura pedagógica: docentes
concursados e inclusión de los más necesitados.

405
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración
y reconocimiento de la mujer en la vida militar

Generala Juana Azurduy


No solo pensó el rol activo de la mujer en la educación, sino
también en las batallas por la construcción de la Patria. Tres
mujeres convirtieron a Belgrano en impulsor de la integración
femenina al ámbito castrense: Juana Azurduy, María Remedios
del Valle y Martina Silva de Gurruchaga. Pero ellas no fueron las
únicas, se sumaron decenas de mujeres.
Juana Azurduy nació en Toroca, Virreinato del Alto Perú,
actualmente Bolivia. Mujer revolucionaria desde su adolescencia,
tras quedar huérfana fue criada por sus tías, quienes pensaron en
el convento como lugar para su formación y ser monja. Con fuerte
espíritu activo (O’Donnell, 2017) a los 17 años abandonó esa casa
religiosa y regresó a Toroca donde conoció a su futuro esposo,
Manuel Asensio Padilla, con quien tuvo cinco hijos. En 1809
ambos participaron de la revolución de Chuquisaca, actual Sucre,
donde se unieron a los ejércitos populares y fueron protagonistas
de la Guerra de Republiquetas. La principal característica de estos
acontecimientos, según Bartolomé Mitre, fue la organización
aislada y a cargo de caudillos locales contra la sólida estructura
militar realista.
Tras formar el batallón de “Los Leales” y luego “Las Amazonas”
–cuerpo de caballería integrado por mujeres–, Juana Azurduy se
unió al Ejército del Norte del General Manuel Belgrano. En 1813
se produjo la derrota de Ayohuma, que provocó el aumento de
las acciones de guerrillas de Padilla y otros caudillos. Tres años
después y tras la muerte de sus primeros cuatro hijos de malaria
y de su marido en manos de los realistas, comandó una serie de
hazañas en Potosí, pero principalmente en el combate de Villar,
que le dieron mayor reconocimiento en el ámbito castrense. En
ese mismo año, 1816, el General Manuel Belgrano le sugirió al
Director Supremo de las Provincias Unidad del Río de la Plata,
Juan Martín de Pueyrredón condecorar a Juana Azurduy y
otorgarle el rango militar de Teniente Coronel, y reconoció la
“fuerza de su valor y de sus conocimientos en la milicia, poco
comunes a las personas de su sexo” (Belgrano, 26 de julio de
406
Luciano E. González

1816). Ese reconocimiento explícito de Belgrano ya no se verá en


escritos posteriores, como por ejemplo en el cruce de los Andes;
no porque no participaran mujeres sino porque nuevamente
el modelo patriarcal no las consideraba (Soto, 2018). Luego de
la condecoración, el General Manuel Belgrano le hizo entrega
simbólica de su sable. La Teniente Coronel se sumó a las luchas
en Salta de Don Martín Miguel de Güemes hasta la muerte de ese
caudillo en 1821. Cuatro años más tarde, sumida en pobreza y el
olvido, regresó a Chuquisaca. Allí fue visitada por Simón Bolívar
quien al ver la pobreza en la que se encontraba le otorgó una
pensión que sin embargo le fue quitada en 1857. Falleció en la
pobreza a los 81 años, el 25 de mayo de 1862, y fue enterrada en
una fosa común. Sobre ese intencional y patriarcal olvido, Juana
Manuela Gorriti (1892) dijo: “algunos caudillos que, como la viuda
de Padilla combatían, tuvieron envidia de esa gloria femenina y
comenzaron contra ella una hostilidad que la desalentó.” En esa
misma línea, Carmen De Mora planteó:
Sin embargo, aunque en ese período y en buena parte del siglo XIX, los
discursos más progresistas defendían el derecho de la mujer a recibir
educación y formación especializada, no se puede perder de vista que
la finalidad era cumplir con los roles tradicionales que la sociedad les
había asignado en el espacio de lo privado y lo cotidiano. Así, pasados
los primeros años de máximo fervor independentista, la mujer quedaría
de nuevo relegada a la vida familiar, y las heroínas de la Independencia
condenadas al olvido. (2003: 506 -507).

El olvido fue tal que las imágenes que se conocen en la


actualidad son reconstrucciones a partir de rasgos físicos que se
supone tenía la Teniente Coronel ya que no hay retratos suyos de
la época. Juana Azurduy tuvo que esperar hasta el año 2009 para
ser reconocida con el grado de Generala del Ejército Argentino
siendo la primera mujer incorporada a sus filas.

Capitana María Remedios del Valle, Madre de la Patria


María Remedios del Valle nació en Buenos Aires a mediados
del siglo XVIII. Participó activamente en las campañas militares
al Alto Perú junto a su marido y sus hijos. En 1812 se sumó al

407
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración
y reconocimiento de la mujer en la vida militar

frente comandado por el General Manuel Belgrano en Tucumán


y el año siguiente, en Salta, a Vilcapugio y Ayohuma. En esta
última derrota fue hecha prisionera y torturada por los realistas.
Se produjo un hiato en la historia de esta mujer y nada se sabe
de ella hasta 1826. Durante ese hiato fallecieron su marido y sus
hijos. En ese año comenzó un reclamo para percibir una pensión
pero le fue negada. En 1827 el General Juan José Viamonte, que
había luchado con ella, reconoció:
La que representa es singular mujer en su patriotismo. Ella ha seguido
al Ejército del Perú en todo el tiempo que tuve al mando de él : salió
de ésta con las tropas que abrieron los cimientos a la independencia
del país. Fue natural conocerla, como debe serlo, por cuantos han
servido en el Perú : la dejé en Jujuy después del contraste del Ejército
sobre el Desaguadero. Infiero la[s] calamidades que ha sufrido, pues
manifiesta las heridas que ha recibido; no puede negársele un respeto
patriótico. Es lo menos que puedo decir sobre la desgraciada María de
los Remedios, que mendiga su subsistencia. (Expediente, Buenos Aires,
20 de diciembre de 1826.)

Otros hombres apoyaron la petición y reconocieron virtudes


heroicas y militares a María Remedios del Valle, como Juan Martín
de Pueyrredón, Bernardo de Anzoátegui, Eustoquio Díaz Vélez
e Hipólito Videla. Para comprender el rol de esta mujer y, en
particular para nuestro trabajo, pensar la integración de la mujer al
Ejército que el General Belgrano promovía, fueron fundamentales
los relatos del Dr. Tomás M. de Anchorena, quien se desempeñaba
como secretario de este en la época de los conflictos de Tucumán
y Salta de 1812 y 1813. En el Diario de Sesiones de la Honorable
Junta de Representantes, Tomo VI, vol. III, sesión n° 115 del 18
de julio de 1828, reconoció que esa mujer era admirada por el
General Belgrano y por todos los oficiales por su valentía, coraje
y caridad. Era la mujer que escuchaba y acompañaba a todo aquel
que necesitaba, situación que aumentó la confianza del General y
lo llevó a nombrarla Capitana del Ejército. Aráoz de Lamadrid en
1841 escribió en sus memorias sobre esta mujer y su relación con
Belgrano, que fue retomada por Bartolomé Mitre en la biografía
sobre el General publicada en 1857 donde habla de “Las Niñas
de Ayohuma”.

408
Luciano E. González

La Madre de la Patria tuvo que esperar hasta el siglo


XXI para comenzar a ser reconocida como tal (Ghidoli, 2020).
Más de ciento cincuenta años de silencio que, según Florencia
Guzmán (2016) tuvieron que ver con una desaparición simbólica
no solamente de la mujer en la Independencia sino también, en el
caso de María Remedios del Valle, de la mujer afrodescendiente
de la historia de la Argentina.

Capitana Martina Silva de Gurruchaga


En 1790 nació en la ciudad de Salta doña Martina Silva de
Gurruchaga. Su rol activo en el norte fue decisivo para la victoria
contra los realistas en Salta. En 1813 juntó en sus tierras a un
grupo de peones y gauchos que se sumaron al frente del General
Belgrano. Ella también montó a caballo y condujo a ese grupo
de guerreros. Tal fue el reconocimiento que recibió del General
que además de nombrarla Capitana del Ejército, le dijo : “Señora,
si en todos los corazones americanos existe la misma decisión
que en el vuestro, el triunfo de la causa por la que luchamos será
fácil” (Belgrano, 1813 citando en García López, 2016: 229). La
tradición narra que Belgrano le obsequió una manta bordada con
su nombre y su jerarquía militar de Capitana y ella, en retribución,
bordó una bandera azul y blanca que fue portada en las sucesivas
batallas. Está documentado el aporte monetario que tanto
ella como su marido continuaron haciendo para la causa de la
Independencia, incluso teniendo que trabajar para ello.
Los salteños la reconocían como Capitana y frente al cabildo
de esa ciudad le rendían los honores correspondientes a su rango,
pero para la historia narrada por Buenos Aires su nombre fue
acallado y también tuvo que esperar al siglo XXI para que su
protagonismo junto a Manuel Belgrano fuera reconocido.

409
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración
y reconocimiento de la mujer en la vida militar

Historizar con perspectiva de género


Los diferentes reconocimientos y condecoraciones del General
Manuel Belgrano a estas y otras mujeres nos obligan a seguir
profundizando el conocimiento sobre su rol en la lucha por la
Independencia y reconocer sus roles como militares y mujeres de la
Patria. Esto continúa siendo una deuda pendiente. Investigaciones
empíricas desarrolladas principalmente en el ámbito castrense
demuestran que “la cultura organizacional estudiada asigna a
los varones una posición de privilegio frente a la posibilidad de
liderar un grupo, dado que las tradiciones y costumbres han
vinculado a los hombres a las tareas y operaciones militares que
se llevan a cabo en cada puesto de mando” (Depaula, 2008: 12).
Estudios que se realizaron en el mismo instituto pesquisaron
sobre estereotipos de liderazgo y diferencia de género (Zubieta,
Torres, Delfino y Sosa, 2010). Las mujeres percibieron que los
hombres que interactúan con ellas eran excluidos por otros
varones. Asimismo, los varones destacaron que las principales
características de liderazgo son el ejemplo personal y el sacrificio,
mientras que las mujeres remarcaron la constancia, el optimismo,
la motivación y la influencia sobre otros. Finalmente, se percibió
que las mujeres debían optar por estereotipos masculinos para
ser consideradas líderes. En definitiva, en el siglo XXI continúan
los estereotipos de género (Delfino y Botero, 2018) en el ámbito
militar. Puede pensarse que aquello que situó falsamente a las
mujeres como meras bordadoras y actoras pasivas en el contexto
de la Independencia, dejando el protagonismo para hombres
militares, continúa con cierta vigencia.
Los procesos que se vienen dando en la Argentina, pero
específicamente en el Estado, sobre la incorporación de políticas
reales de género obligan a revisitar el pasado. Debemos volver a
leer sobre los roles de la Generala Doña Juana Azurduy, la Capitana
Doña María Remedios del Valle y la Capitana Doña Martina Silva
de Gurruchaga, entre otras tantas mujeres a las que deberíamos
reconocer, para que esto no sea un acto aislado y demagógico
sino un proceso de reivindicación y permita desnaturalizar y
410
Luciano E. González

deconstruir supuestos aún vigentes como el liderazgo militar


masculino.

Finalizar para comenzar


A partir de este recorrido podría afirmarse que el General
Manuel Belgrano, con sus ideas revolucionarias de incorporar
y darle un rol protagónico a la mujer, primero garantizando
el acceso a los diferentes niveles de educación y luego en las
milicias y considerarlas Madres de la Patria, fue pionero en las
políticas con perspectiva de género, e incluso el primer feminista.
Continúa vigente la tarea de profundizar sobre estas mujeres
protagonistas de la Independencia y el rol de la historia oficial
patriarcal que silenció y ocultó a tantas mujeres militares del
siglo XIX. Queda pendiente, también, la realización de nuevas
investigaciones empíricas en las Fuerzas Armadas sobre el
liderazgo con perspectiva de género, especialmente en los
centros de formación.

411
La perspectiva de género en el pensamiento de Belgrano: integración
y reconocimiento de la mujer en la vida militar

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www. prigepp. org/congreso/documentos/ponencias/1

413
Biografías
Por orden de aparición

LEÓN POMER
Doctor en historia y sociedad por la Universidad del Estado de San Pablo. Ha publicado 18
volúmenes sobre historia argentina, decenas de ponencias, artículos, ensayos, etc. Ha ejercido
por más de 30 años la docencia universitaria en Brasil y en la Argentina, en la Universidad de
Buenos Aires.

LUIS ALBERTO DIAZ


Licenciado en Ciencias Sociales y en Calidad de Gestión Educativa por la Universidad del Salva-
dor, profesor en historia por el Inst. P. Elizalde. Ha ejercido la docencia en Educación Media y
Superior por más de 30 años. Coautor del Atlas Histórico de América Latina y el Caribe (Edunla,
2016). Actualmente es profesor de Pensamiento Pedagógico Latinoamericano de la Universidad
Nacional de Hurlingham (UNHAR).

NORBERTO GALASSO
Este ensayo es producto de la investigación presentada ante el Ministerio de Cultura de la Na-
ción en ocasión del Año del General Manuel Belgrano, mayo de 2020.
** Historiador, escritor, ensayista, político y militante. Ha publicado más de cincuenta títulos
entre ensayos, antologías, estudios histórico-políticos, investigaciones y polémicas. De entre
ellas se destacan Seamos libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín, De la Banca Baring
al FMI. Historia de la deuda externa argentina, la biografía Discépolo, Scalabrini Ortiz, Hernández
Arregui, Perón, Yrigoyen, Historia de la Argentina, entre otros. Profesor Honorario de la Universi-
dad Nacional de Lanús, de la Universidad de Buenos Aires, entre otras.

FABIÁN EMILIO BROWN


Militar retirado, licenciado en Historia y en Investigación Operativa. Fue Director del Colegio
Militar de la Nación, Rector del Instituto Universitario del Ejército y Subdirector de la Escuela de
Defensa Nacional. Actualmente, es docente concursado de la Universidad Nacional de Lanús,
docente de la Universidad de la Defensa Nacional, Presidente de la Federación de Mutuales de
Fuerzas Armadas y de Seguridad, y Vocal del Directorio del Instituto Nacional del Asociativismo,
en representación del mutualismo.

GABRIEL ANÍBAL CAMILLI


Es Oficial de Estado Mayor del Ejército Argentino, licenciado en Estrategia y Organización del
Instituto de Enseñanza Superior del Ejército (IESE), licenciado en Relaciones Públicas por la
Universidad Argentina de la Empresa (UADE), magister en Política por la Universidad del Norte
“Santo Tomás de Aquino”, magister en Historia de la Guerra por el IESE y magister en Defensa
Nacional por la UNDEF. Recibió la medalla de Naciones Unidas por su participación en la misión
de mantenimiento de la paz en Chipre y es coautor del libro La Táctica en las Batallas de la
Historia.

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VIVIANA CIVITILLO
Profesora de Enseñanza Media y Superior en Historia por la Universidad de Buenos Aires.
Investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios e Investigaciones de América Latina de
la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Directora de diversos Proyectos de Investigación
en esa Facultad y en la Universidad de Morón sobre las independencias en la cuenca del Plata
y, específicamente, sobre el Paraguay y la Primera República. Docente de la Cátedra y Semi-
narios sobre Historia del Paraguay en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y de Historia
Argentina en la Universidad de Morón.

ESTEBAN CHIARADÍA
Profesor de Enseñanza Media y Superior en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Doc-
torando y maestrando en la misma institución. Investigador del Instituto Interdisciplinario de
Estudios e Investigaciones de América Latina (INDEAL) de la Facultad de Filosofía y Letras de la
UBA. Director de proyecto de Investigación sobre el Paraguay en dicha Facultad. Docente de la
Cátedra y Seminarios sobre Historia del Paraguay en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA,
y de Historia de la Educación Argentina y Teoría Social Latinoamericana en institutos superiores
de formación docente.

IGNACIO TELESCA
Estudió Historia en la Universidad de Oxford donde obtuvo su BA y MA in Modern History.
Realizó su doctorado en Historia en la Universidad Torcuato di Tella y su posdoctorado en la
Universidad de Colonia (Alemania) como fellow de la Fundación Alexander von Humboldt. Es
Investigador Independiente del CONICET y Profesor Titular Ordinario de Historia de América
Colonial en la Universidad Nacional de Formosa donde también enseña Historia del Paraguay.
Su área de investigación es la historia social y religiosa del Paraguay del siglo XIX hasta mediados
del XX.

BÁRBARA GÓMEZ
Es licenciada en Historia de la Universidad Nacional de Misiones, y magister por la Universidad
Nacional de Tres de Febrero, Argentina. Es doctora en Historia por la Pontificia Universidad de
Rio de Janeiro de Brasil. Actualmente es investigadora del CONACYT de Paraguay y profesora
de teoría de la historia en la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción del Paraguay.
Investiga sobre historiografía del siglo XIX y XX en Paraguay y la región.

JAVIER AZZALI
Abogado y Profesor Regular Adjunto de la Facultad de Derecho (UBA), con estudios en Antro-
pología Jurídica y Derechos Humanos. Autor de ensayos y notas sobre pensamiento nacional,
latinoamericano y derechos humanos.

MARA ESPASANDE
Licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Luján (UNLu) y Especialista en
Pensamiento Nacional y Latinoamericano por la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Se
desempeñó como docente en Educación media y en institutos de formación docente de la
Provincia de Buenos Aires y de CABA. En el ámbito universitario desarrolló su tarea docente
en el Instituto de Servicio Exterior de la Nación (ISEN), la Universidad de Buenos Aires (UBA),

415
la Universidad Provincial de Ezeiza (UPE), la Universidad Pedagógica (UNIPE), la Universidad
Popular Madres de Plaza de Mayo (UPMPM) y la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV).
Fue consultora pedagógica de la DINIECe, Ministerio de Educación de Nación, en evaluación de
la calidad educativa. Ha publicado diversos trabajos sobre historia argentina y latinoamericana.
Fue coordinadora del Atlas Histórico de América Latina y el Caribe. Aportes para la descolonización
pedagógica y cultural, obra dirigida por Ana Jaramillo y editada por Edunla (2016). Coautora,
junto a Norberto Galasso y Maximiliano Moloznick, de Ernesto Guevara de la Serna. Cuando
no era el Che (Colihue, 2013), Las Proclamas de Felipe Varela. El mitrismo y la Unión Americana
(Colihue, 2012), Son tiempos de Revolución (Editorial Madres de Plaza de Mayo, 2010), Los
malditos. Hombres y mujeres excluidos de la historia oficial de los argentinos (Editorial Madres de
Plaza de Mayo, 2005). Autora de diversos materiales didácticos para la enseñanza de historia
latinoamericana para en nivel inicial, medio, secundario y terciario. Actualmente es profesora
adjunta del Seminario de Pensamiento Nacional y Latinoamericano de la Universidad Nacional
de Lanús (UNLa) y directora del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel
Ugarte” de la misma Universidad.

JOSÉ LUIS SPERONI


Magister en Psicoanálisis y Doctor en Ciencia Política. Profesor de la Universidad Kennedy,
[email protected]. Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales y Universidad Fa-
valoro. Integrante de la Junta Directiva Sociedad Científica Argentina, del Instituto Nacional
Belgraniano y del Instituto Argentino de Historia Militar.

VINCENT NICOLAS
Doctor en Antropología Social y Etnografía por la Escuela de Alto Estudios en Ciencias Sociales
de París (EHESS), magister en Investigación en ciencias sociales para el desarrollo (Universidad
PIEB). Es Coordinador Regional en Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Sucre). Especialis-
ta en etnohistoria, docente investigador en el Programa de Investigación Estratégica en Bolivia
(PIEB).

LUCIANO E. GONZÁLEZ
Es licenciado en Psicología (Universidad de Buenos Aires), maestrando en Psicología Educacio-
nal (Universidad de Buenos Aires) y Oficial del Cuerpo Profesional de la Armada Argentina. Ha
obtenido el premio de Estudiante Destacado de la Universidad de Buenos Aires (2014) por la
beca por mérito académico que le permitió formarse en la Universidad de San Pablo (Brasil).

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