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Texto Exp y Cosm Tragica

Este documento presenta un resumen de la obra literaria "La máscara de la muerte roja" de Edgar Allan Poe. Describe brevemente cómo un príncipe llamado Próspero invita a mil amigos a refugiarse en su abadía fortificada para escapar de una plaga mortal conocida como la "Muerte Roja" que asolaba el país. Una noche, el príncipe organiza un baile de máscaras para sus invitados en una serie de siete salones decorados con diferentes colores.
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Texto Exp y Cosm Tragica

Este documento presenta un resumen de la obra literaria "La máscara de la muerte roja" de Edgar Allan Poe. Describe brevemente cómo un príncipe llamado Próspero invita a mil amigos a refugiarse en su abadía fortificada para escapar de una plaga mortal conocida como la "Muerte Roja" que asolaba el país. Una noche, el príncipe organiza un baile de máscaras para sus invitados en una serie de siete salones decorados con diferentes colores.
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INSTITUTO PRIVADO “FRAY LUIS BELTRÁ N”

LITERATURA

Cuarto A, B, C

Actividades de continuidad pedagó gica

Séptima Etapa. Fecha de entrega: viernes 19 de junio de 2020

Hola chicos, espero que se encuentren todos bien. En el siguiente link encontrará n la explicació n sobre texto
explicativo, ya que es el tema que se venía trabajando en la etapa anterior y por ende, en los siguientes
períodos: [Link]

Primera semana:

ACTIVIDAD: Lee el siguiente texto explicativo y realiza las siguientes actividades de fijació n:

a-Marca los siguientes recursos: reformulació n, definició n, ejemplificació n

b-Marca la estructura

c-Subraya dos expresiones que te permiten dar cuenta de la objetividad del autor del texto

La cosmovisión trágica en la literatura


Una cosmovisió n es una forma de ver el mundo, es decir, son las nociones (creencias, pensamientos, etc.)
con las que un individuo, una cultura determinada o un momento histó rico particular analiza y describe los
diversos aspectos de la vida (políticos, científicos, filosó ficos, teoló gicos, etc.). En el caso de la cosmovisió n
trá gica, esta propone una mirada ligada a los hechos terribles e irreparables que arrasan con la vida.

introducció n
La cosmovisió n trá gica agrupa no só lo aquellos textos que se denominan, genéricamente, tragedias - las
griegas, las de Shakespeare; la de los autores clá sicos franceses; sino también textos poéticos, como las elegías
(poemas dignos de ser llorados), otros de amor desesperados, y textos narrativos que plantean lo inexorable
del sufrir que marca el devenir de una vida de ficció n.
Puede decirse entonces que propone una mirada ligada a los hechos terribles e irreparables que arrasan
con la vida humana como lo puede ser por ejemplo, la guerra, una enfermedad, etc. que parecen enfrentar al
hombre con sus propios límites, lo dejan inerme, sin posibilidad de reaccionar y con la sensació n de que nada
de lo que pudiera hacer modificaría lo que le sucede.
La escritora españ ola Rosa Montero, en su libro La ridícula idea de no volver a verte sostiene que lo trá gico
es un "dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido
sepultada por un alud”. De eso se trata la cosmovisió n trá gica.
Puede decirse que la muerte, es su comú n denominador. En este sentido, la literatura desde sus inicios ha
estado intrínsecamente ligada a la muerte y los autores de diferentes corrientes literarias han dado su toque
especial a este tema, donde exponen la muerte desde varios puntos de vista como la muerte por amor, la
muerte como un acto heroico, la muerte natural y el suicidio.
¿Qué es la muerte? Es entendida como la irrupció n de la vida. Es el fin del ciclo vital de cualquier ser vivo,
ya sean vegetales, animales o humanos.

desarrollo
Para finalizar, se puede afirmar la literatura ha sabido darle un sentido diferente, desde los relatos de la
antigü edad hasta la modernidad, colocá ndola como la principal protagonista en la literatura.

CONCLUCION (CONCLUSIÓ N)

 Reformulació n
 Definició n
 Ejemplificació n
 Objetividad
MUY BIEN MARCADA LA ESTRUCTURA

Segunda semana:

Lo trágico en la poesía:

Lee el siguiente poema de Rubén Darío titulado “Lo fatal”

Dichoso el á rbol, que es apenas sensitivo,


y má s la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor má s grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,


y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañ ana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,


y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fú nebres ramos,

¡y no saber adó nde vamos,


ni de dó nde venimos!...
ACTIVIDAD

1.¿Por qué podemos afirmar que este texto se encuentra dentro de la cosmovisió n trá gica?

[Link] la idea central de cada estrofa

[Link] los versos subrayadas

4.¿Por qué se titula así?

1) Se puede afirmar que el texto se encuentra dentro de la cosmovisió n trá gica ya que el texto es una
elegia, esto porque el texto expresa la depresió n y la tristeza de la vida. Muy bien elaborada la
respuesta
2) La idea de la primera estrofa es la vida y la conciencia, en la segunda estrofa hace referencia a la
preocupació n y a la incertidumbre que significa estar vivo, el tercer pá rrafo hace referencia al miedo a
la muerte, y a lo que se avecina en un futuro, y el ú ltimo pá rrafo se trata del miedo a estar perdido. Muy
bien
3) Yo creo que, en cierta forma, envidia al á rbol que al no sentir nada, no tiene que sufrir los dolores que
causa la vida, pasa lo mismo con la piedra.
Hace referencia a como un ser humano puede sentirse tan perdido en cierta etapa de la vida, que se
cuestiona porque esta ahí, y adonde se dirige.

4) Se llama así ya que hace referencia a todo lo malo que significa vivir, tanto la incertidumbre como la
depresió n de no saber que se avecina.

Octava Etapa. Fecha de entrega: viernes 3 de julio de 2020

Primera semana:

Lo trágico en la narrativa: La máscara de la muerte roja

La má scara de la muerte roja


La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamá s una peste había sido tan fatal y tan
espantosa. La sangre era encarnació n y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos
dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el
cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la
invasió n, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Pró spero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a
su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías
fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcció n y había sido creada por el excéntrico aunque
majestuoso gusto del príncipe. Una só lida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de
hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían
resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los sú bitos impulsos de la desesperació n o del frenesí. La
abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el
contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe
había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y mú sicos; había
hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusió n, y cuando la peste hacía los má s terribles estragos, el
príncipe Pró spero ofreció a sus mil amigos un baile de má scaras de la má s insó lita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se
celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesió n de salones
forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes,
permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como
cabía esperar del amor del príncipe por lo extrañ o. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad
que la visió n no podía abarcar má s de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en
cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gó tica
daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya
coloració n variaba con el tono dominante de la decoració n del aposento. Si, por ejemplo, la cá mara de la
extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia
ostentaba tapicerías y ornamentos purpú reos, y aquí los vitrales eran pú rpura. La tercera era enteramente
verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con
blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo
negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y
tonalidad. Pero en esta cá mara el color de las ventanas no correspondía a la decoració n. Los cristales eran
escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusió n de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas
siete estancias no había lá mparas ni candelabros. Las cá maras no estaban iluminadas con bujías o arañ as. Pero
en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían
un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñ idos e iluminaban brillantemente
cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantá sticos. Pero en la cá mara
del poniente, la cá mara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las
sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloració n tan extrañ a a los
rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este
aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con
un resonar sordo, pesado, monó tono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar,
de las entrañ as de bronce del mecanismo nacía un tañ ido claro y resonante, lleno de mú sica; mas su tono y su
énfasis eran tales que, a cada hora, los mú sicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir
momentá neamente su ejecució n para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus
evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aú n
resonaban los tañ idos del reloj, era posible observar que los má s atolondrados palidecían y los de má s edad y
reflexió n se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditació n o a un ensueñ o.
Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los mú sicos se miraban entre sí,
como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañ ido del
reloj no provocaría en ellos una emoció n semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del
Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditació n.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban
especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñ aba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran
audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bá rbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que
estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad
de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoració n de las siete
salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elecció n de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagó rico.
Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que
aman los locos. En verdad, en aquellas siete cá maras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueñ os. Y
aquellos sueñ os se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo
que la extrañ a mú sica de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañ e el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmó vil; todo
es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueñ os está n helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañ ido se
pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra
vez crece la mú sica, viven los sueñ os, contorsioná ndose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los
rayos de los trípodes. Mas en la cá mara que da al oeste ninguna má scara se aventura, pues la noche avanza y
una luz má s roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras;
y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho má s
solemne que los que alcanzan a oír las má scaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregá base densa multitud en estas ú ltimas, donde afiebradamente latía el corazó n de la vida. Continuaba la
fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañ idos del reloj anunciando la
medianoche. Calló entonces la mú sica, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se
interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañ er
doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor nú mero las
meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso
ocurrió que, antes de que los ú ltimos ecos del carrilló n se hubieran hundido en el silencio, muchos de los
concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no
había llamado la atenció n de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia,
alzó se al final un rumor que expresaba desaprobació n, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.
En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparició n ordinaria no
hubiera provocado semejante conmoció n. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura
en cuestió n lo ultrapasaba e iba incluso má s allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazó n
de los má s temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoció n. Aú n el má s relajado de los seres, para
quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los
concurrentes parecían sentir en lo má s hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni
ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La má scara que
ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadá ver ya rígido, que el escrutinio má s
detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engañ o. Cierto, aquella frenética concurrencia podía
tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la
Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían
manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Pró spero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento
y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionó se en el primer
momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó , con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos
con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascá renlo, para que sepamos a quién vamos a
ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Pró spero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus
acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y
la mú sica acababa de cesar a una señ al de su mano.
Con un grupo de pá lidos cortesanos a su lado hallá base el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado,
los presentes hicieron un movimiento en direcció n al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y
se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensió n que la insana apariencia de
enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin
impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo
impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso
que desde el principio lo había distinguido. Y de la cá mara azul pasó la pú rpura, de la pú rpura a la verde, de la
verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a
detenerlo. Mas entonces el príncipe Pró spero, enloquecido por la ira y la vergü enza de su momentá nea
cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que
a todos paralizaba. Puñ al en mano, acercó se impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura,
que seguía alejá ndose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y
enfrentó a su perseguidor. Oyó se un agudo grito, mientras el puñ al caía resplandeciente sobre la negra
alfombra, y el príncipe Pró spero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperació n,
numerosas má scaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura
permanecía erecta e inmó vil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al
descubrir que el sudario y la má scara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna
figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladró n en la noche. Y uno por
uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada
actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del ú ltimo de aquellos alegres seres. Y las llamas
de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupció n, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

ACTIVIDAD: El presente cuento se relaciona con la peste negra. Busca informació n de la misma y elabora un
texto explicativo (no má s de una carilla), en el que expliques en qué consistió dicha tragedia.

Marca en el mismo: 1 definició n, 1 reformulació n, 1 cita de autoridad, 1 comparació n, 1 ejemplificació n.

Pueden trabajar de a dos con esta consiga, pero mandarlo por separado (de todas maneras, especificar el
nombre del compañ ero con el que lo realizaste).

Segunda semana:

ACTIVIDAD: Elabora una reseñ a del cuento en el que expliques la siguiente pregunta: ¿Por qué crees que el
cuento “La má scara de la muerte roja” puede encontrar relació n con el covid-19? Infó rmate antes de responder.

Nota: Las actividades deben ser enviadas só lo en formato Word, Word Pad
ó ser escritas en el cuerpo del mail. En caso de que NO cuenten con computadora, pueden enviar foto del trabajo en
LAPICERA (no lá piz) y debes ser LEGIBLE y CLARA.
Necesitamos EDITAR los trabajos para corregirlos (y má s aú n las producciones escritas), por eso pedimos que manden
fotos SOLO quienes no cuenten con computadora. En caso contrario, (QUE LA FOTO NO ESTÉ ORDENADA, NI SEA CLARA,
NI LEGIBLE), el trabajo NO SERÁ CORREGIDO lo que perjudicará rotundamente en la CALIFICACIÓ N.
Cardoso, Romina 4to “C” romiw28@[Link]
Nardone, Margarita 4to “B” marguy_nardone@[Link]
Rodriguez, Natalia 4to “A” natalia-r@[Link]

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