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Análisis del cuento "Atrapado"

El cuento relata la historia de Agustín, un adolescente que pasa sus vacaciones aburrido en la casa de sus abuelos en el pueblo de Toranzo. Un día, Agustín encuentra a un viejo herido en una casa abandonada que pide su ayuda, pero huye asustado. Más tarde, al buscar al viejo y al cachorro que dice haber encontrado, tiene un accidente y descubre que ha envejecido y se ha convertido en el mismo viejo.
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Análisis del cuento "Atrapado"

El cuento relata la historia de Agustín, un adolescente que pasa sus vacaciones aburrido en la casa de sus abuelos en el pueblo de Toranzo. Un día, Agustín encuentra a un viejo herido en una casa abandonada que pide su ayuda, pero huye asustado. Más tarde, al buscar al viejo y al cachorro que dice haber encontrado, tiene un accidente y descubre que ha envejecido y se ha convertido en el mismo viejo.
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Diagnóstico:

Deberán realizar la lectura de un cuento llamado “Atrapado”, del autor Mario Méndez y luego
realizar las actividades propuestas.

Atrapado

Mario M. Méndez

Cuando el padre de Agustín llegó a Toranzo esperaba encontrar a su hijo muy enojado, y por
eso, además de un buen regalo, se había preparado para recibir muchas recriminaciones o,
peor aún, ese silencio furioso que el chico solía usar, y que a él tanto le dolía. Sin embargo,
Agustín estaba feliz. Feliz como nunca, y acompañado de un cachorrito blanco, su nueva
adquisición.
–Desde que encontró al cachorrito es otro chico –le dijo el abuelo Ramón al padre de Agustín,
que se rió, contento con el comentario.

Y era cierto, hasta la risa de Agustín era distinta.


Agustín se había aburrido todos y cada uno de los días de su visita a Toranzo. Con su larga
experiencia de hijo único de padres separados, tenía muy claro que el divorcio de los viejos a
veces le significaba algunas ventajas, y otras veces unos cuantos problemas. Y que los
problemas, lamentablemente, se amontonaban en las vacaciones. Tanto su padre como su
madre tenían compromisos de trabajo, y el exceso de tiempo libre de su hijo casi adolescente
les complicaba la vida. Si por ellos hubiera sido, Agustín no podía dejar de pensarlo, el colegio
tendría que durar todo el año. La casa de los abuelos, entonces, era una solución posible.
Posible, pero tremendamente aburrida. Y su padre, una vez más, había apelado a la intolerable
solución: lo había llevado a Toranzo, el pueblo de los abuelos, y allí lo había dejado, con la
promesa de que al término de una semana lo iría a buscar, para completar lo que quedaba de
enero en Mar del Plata, donde un tío tenía departamento. Pero ya habían pasado diez días, del
padre no había noticias y Agustín ya no lo podía soportar. Sus abuelos lo trataban muy bien,
por supuesto, pero él ya tenía 14 años y que la abuela le cocinara sus postres favoritos, o que el
abuelo de vez en cuando lo llevara hasta algún campo vecino, en la chata vieja que usaba para
repartir garrafas, no le alcanzaba. Enero avanzaba con una lentitud exasperante, y él no había
conseguido hacer amistad con ningún chico ni chica de su edad, sencillamente porque en todo
el pueblo no había ni uno. Los abuelos no tenían televisión por cable ni mucho menos
computadora, así que se la pasaba dando vueltas en bicicleta, desde la estación antigua hasta
la ruta, una en una punta y otra en la otra punta del pueblo, pero ambas muy cerca de la casa,
tan cerca como lo estaba todo en Toranzo, que era un pueblo de apenas diez cuadras.
A la noche del undécimo día sonó el teléfono y Agustín corrió a atenderlo. Tenía que ser su
padre, anunciándole que vendría, al fin, a buscarlo. A rescatarlo. Era él, sí. Se deshacía en
disculpas, le explicaba que habían aparecido unos problemas en la oficina, le contaba no sabía
bien qué cosas de la aduana o algo así, y le prometía que sin falta iría el fin de semana, que
tuviera paciencia. Era lunes: faltaban cuatro días, por lo menos. Y si el padre cumplía, y llegaba
al pueblo el viernes, seguramente el sábado se querría quedar, para no ofender a los abuelos.
Otro día más de encierro. Agustín tenía ganas de llorar, pero se la aguantó. Se sentía atrapado,
y sabía que no había salida. Para sacarse la bronca les avisó a los abuelos que se iría a pedalear
un rato. No hacía falta que le pidieran que tuviera cuidado: en Toranzo no había tránsito, no
había robos, no había nada.
Pedaleó hasta el final del pueblo y enfiló hacia un montecito de eucaliptos, del otro lado de la
ruta. Allí donde se levantaba la única casa más o menos interesante de la zona, la única que
tenía una tapia que la circundaba, la única con un jardín delantero –ahora cubierto de yuyos
–que seguramente había sido hermoso. Según decían sus abuelos, había pertenecido a un
gobernador, y nadie sabía por qué la habían abandonado. Estaba vacía desde hacía años, y los
portones de la entrada, vencidos por el tiempo, dejaban pasar a cualquiera. En Toranzo no
había ni siquiera cuentos de aparecidos: nadie decía que la casa estuviera embrujada, nadie le
tenía miedo a sus altos paredones, a ninguno de los pocos habitantes del pueblito se le había
ocurrido jamás que esa casa pudiera albergar más que mugre, comadrejas o cuises, y no
mucho más. Pero Agustín era de la ciudad, y había visto suficientes películas de terror como
para meterse así como así, a oscuras, en una casona abandonada. Por muy aburrido que
estuviera, no se atrevería a entrar, salvo que alguien, como en ese preciso momento ocurría, lo
llamara.
–Pibe –oyó que le decían –. Pibe, vení, ayudame.
Agustín bajó de la bici y se acercó, despacio. No tenía linterna, pero como había luna llena se
veía bastante. El que le hablaba era un hombre viejo, de barba canosa. Estaba sentado en el
piso del antiguo jardín, y se agarraba una pierna.
–Vos sos el nieto de Ramón, ¿no?
Agustín asintió. Si era el único chico en Toranzo, seguro que el viejo tenía que haberlo visto con
su abuelo.
–Se me escapó un cachorrito que tengo, y se metió acá. Lo entré a buscar por miedo a que se
lo coman las ratas, y me enganché la pata en un pozo. Vení, no tengas miedo.
Agustín ya había empezado a acercarse, pero curiosamente ese “no tengas miedo”, lo detuvo.
No había tenido ningún miedo hasta ese momento, pero en cuanto el viejo lo mencionó, un
escalofrío le corrió por la espalda.
–Voy a casa a buscar al abuelo –improvisó –. Venimos con la chata.
El viejo se quejó de dolor.
–Vení ahora, pibe. Ayudame a sacar la pierna, que me duele.
Agustín dudó. Pensó que debía entrar y ayudar al viejo, pero en ese instante una nube tapó la
luz de la luna y el miedo pudo más. Salió corriendo, agarró la bici y ya pedaleando le gritó al
hombre que enseguida volvía, con el abuelo Ramón.
Un rato después, mientras arrancaba la chata, el abuelo se rascaba el cabeza confundido. No
acertaba a adivinar quién podía ser el vecino accidentado. En un instante estuvieron en la
casona y bajaron, pero no encontraron a nadie.
–Se habrá liberado solo, pobre hombre –le reprochó el abuelo-. Mirá que dejarlo ahí tirado,
m’hijo.
Agustín bajó la cabeza, avergonzado. Al otro día buscaría al accidentado para pedirle disculpas.
Al menos la aventura le había dejado algo que hacer.
Pero al día siguiente, por más que buscó y pedaleó por todos lados, no pudo encontrar a nadie
que se pareciera al viejo de la casona. Nadie rengueaba. Nadie, ni en la panadería ni en el bar,
donde preguntó con timidez, conocía a un viejo de barba que tuviera un cachorro. Agustín,
vagamente, empezó a sentirse preocupado.
A la noche, después de la cena, otra vez pidió permiso y montó en la bicicleta. Esta vez llevaba
una linterna, por las dudas. Pedaleó directo hasta la casona, que en esa noche nublada se
presentaba más oscura, un poco más atemorizante. Dejó la bicicleta apoyada en el paredón,
encendió la linterna y entró al jardín, esquivando los yuyos y las ortigas. No sabía muy bien por
qué lo hacía, pero le parecía que tenía algo así como el deber de atravesar los portones y
meterse en el yuyal, era como una manera de disculparse con el pobre viejo accidentado que
había dejado abandonado. Caminó unos cuantos pasos hacia la galería delantera, y estaba
pensando en si se metería o no dentro de la casa cuando se sobresaltó con el ruido de algún
bicho que pasó corriendo y de inmediato decidió que no, que era mejor irse. En ese momento
oyó un breve ladrido y se dio vuelta: a unos pasos había un cachorrito, que se quejaba. Agustín
se agachó a ver qué le pasaba, y lo vio medio atrapado en un pozo. Lo levantó con cuidado, le
sacudió el polvo que parecía tener pegado y lo dejó en el piso, para ver si el animal podía
caminar bien. Entonces oyó que alguien pedaleaba en su bicicleta.
–¡Eh! –gritó, soltando al cachorro –¡Mi bici!
La bicicleta parecía alejarse. Agustín corrió hacia los portones y cuando ya llegaba, metió el pie
en un agujero y cayó.
Gritó de dolor. Se había doblado el tobillo y no podía destrabarse. La bicicleta, como si el
ciclista que la había robado lo hubiera visto todo, regresó.
Un chico de su edad asomó la cara.
–Vení, pibe, ayudame –dijo Agustín, pero su propia voz le sonó rara, como cascada.
–¿Qué le pasó, señor? –le preguntó el chico de la bicicleta.
Agustín sintió que el miedo le subía por la garganta. ¿“Señor”? ¿Cómo que “Señor”?
–Vení pibe –repitió, cada vez más asustado de su voz, de su irreconocible voz –, no tengas
miedo.
El chico retrocedió. Pero no parecía que tuviera miedo, no. Al contrario, mientras se alejaba en
la bicicleta lentamente, sonreía con toda la boca. El cachorro pasó rápido al lado de Agustín, de
ese viejo que era ahora Agustín, ahí atrapado, y corrió detrás de la bicicleta, hasta que ambos,
el perro y el chico, se perdieron de vista.

Actividades :

● Responder:
1) ¿Quién es el protagonista de esta historia? ¿Dónde se encuentra y por qué? ¿Está
contento en ese lugar? ¿Por qué?
2) ¿Qué características tiene la casa ante la cual se detiene Agustín? ¿Con qué la
relaciona y qué sentimientos experimenta?
3) a) ¿Con qué personaje se encuentra Agustín? ¿Qué hace ahí y por qué pide ayuda?
b) Describí qué sensaciones provoca en Agustín y por qué.
4) Explicá con tus palabras qué sucede al final del cuento. Señalá si lo ocurrido tiene
una explicación lógica o no, y fundamentá tu respuesta.
5) Indicá qué clase de narrador tiene el cuento.

Repasamos un poco:

Clases de narrador. El elemento fantástico.

En narrador es la voz que el autor de una narración literaria crea para contar una historia. Hay
tres clases de narrador.

⮚ El narrador protagonista es el personaje principal de la historia y narra en primera


persona hechos que le suceden a él mismo y en los que participa.
⮚ El narrador testigo es un personaje que cuenta lo que les ocurre a otros personajes.
Para narrar los hechos utiliza la tercera persona, y para introducir sus comentarios, la
primera.
⮚ El narrador omnisciente no es un personaje ni participa de la historia; narra los hechos
en tercera persona y sabe todo acerca de los personajes. También puede narrar hechos
del pasado o anticipar lo que va a ocurrir.

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