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Comentario de Texto de Niebla

El documento presenta un resumen de la novela "Niebla" de Miguel de Unamuno. En ella, el protagonista Augusto Pérez discute con el autor Miguel de Unamuno sobre su existencia ficticia y el derecho de Unamuno a determinar su destino. La discusión se intensifica cuando Augusto insinúa la idea de matar a Unamuno. Como castigo, Unamuno decide que Augusto morirá, aunque este ruega desesperadamente por su vida.
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Comentario de Texto de Niebla

El documento presenta un resumen de la novela "Niebla" de Miguel de Unamuno. En ella, el protagonista Augusto Pérez discute con el autor Miguel de Unamuno sobre su existencia ficticia y el derecho de Unamuno a determinar su destino. La discusión se intensifica cuando Augusto insinúa la idea de matar a Unamuno. Como castigo, Unamuno decide que Augusto morirá, aunque este ruega desesperadamente por su vida.
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«Niebla» M.

de UNAMUNO

Introducción: En 1914 se inicia una nueva etapa narrativa de Unamuno con la


publicación de Niebla. Representa esta novela su madurez intelectual, su concepción
dramática de la vida y de la ficción literaria, desarrollada más tarde en el libro Cómo se
hace una novela (1927). En su bipolarización «ente de ficción, ente de realidad», en la
duda hamletiana, en el juego del «aquí» y del «allí» hay una proyección autobiográfica:
«El Unamuno de mi leyenda, de mi novela, el que hemos hecho juntos mi yo amigo y
mi yo enemigo y los demás, mis amigos y mis enemigos, este Unamuno me da vida y
muerte, me crea y me destruye, me sostiene y me ahoga.

Es mi agonía». En Niebla cristaliza la teoría unamuniana de la nivola (forma singular de


novela) y los personajes nivolescos. En sus páginas se imbrican el problema estético del
protagonista, el ontológico de la personalidad y la intromisión del autor en la acción. El
protagonista, Augusto Pérez, entra en la vida desde el nebuloso mundo de las ideas; vive
en la aparencial realidad, en la ficción «nivolesca», en la ilusión del sueño; está dentro
de la trampa de un mundo abstracto; pero el amor le descubre el «íntimo ritmo del
mundo», le sirve para vencer el aislamiento de la individualización: genera su tensión
agónica y el «lado agresivo entre uno mismo y los demás».

Analizaremos en el comentario la rebelión del protagonista contra el propio novelista;

pero es necesario destacar, además, el significado dramático de la «niebla», de la


«inmensa niebla» que emboza los incidentes humanos. La «niebla» absorbe, a veces, la
personalidad de Augusto, perturba sus sentidos, acelera su circulación; es una «niebla
roja» que borra su vista, que presiona sobre su pecho. En este sentido, nos encontramos,
a veinticuatro años de antelación, con un precedente de La náusea, del existencialista
francés Jean Paul Sartre.
TEXTO A COMENTAR

Fragmento del capítulo XXXI

Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo:

-Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o un

autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree fingir...

Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto y a perder mi paciencia.

-E insisto -añadió- en que aún concedido que usted me haya dado el ser y un ser ficticio,

no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice,
impedirme que me suicide.

-¡Bueno, basta! ¡Basta! -exclamé dando un puñetazo en la camilla-. ¡Cállate! ¡No quiero

oír más impertinencias...! ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además
no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que te suicides, sino matarte yo.
¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!

-¿Cómo? -exclamó Augusto, sobresaltado-. ¿Que me va usted a dejar morir, a hacerme

morir, a matarme?

-¡Sí, voy a hacer que mueras!

-¡Ah, eso nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! -gritó.

-¡Ah! -le dije, mirándole con lástima y rabia-. ¿Conque estabas dispuesto a matarte y no

quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?

-Sí; no es lo mismo...

-En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado

de un revólver y dispuesto a quitarse la vida; salieron unos ladrones a robarle, le


atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había
comprado su vida por la de otro renunció a su propósito.

-Se comprende -observó Augusto-; la cosa era quitar a alguien la vida, matar a un
hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son
homicidas frustrados; se matan a sí mismos par falta de valor para matar a otros...

-¡Ah, ya te entiendo, Augusto, te entiendo! Tú quieres decir que si tuvieses valor para

matar a Eugenia o a Mauricio, o a los dos, no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?

-¡Mire usted, precisamente a esos... no!

-¿A quién, pues?

-¡A usted! -y me miró a los ojos.

-¿Cómo? -exclamé, poniéndome en pie-. ¿Cómo? Pero ¿se te ha pasado por la

imaginación matarme?, ¿tú?, ¿y a mí?

-Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer

caso en que un ente de ficción, como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle
ser... ficticio?

-¡Esto ya es demasiado -decía yo, paseándome por mi despacho-, esto pasa de raya!

Esto no sucede más que...

-Más que en las “nivolas” -concluyó con sorna.

-¡Bueno, basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Esto no se puede tolerar! ¡Vienes a consultarme a mí y

tú empiezas por discutirme mi propia existencia, después el derecho que tengo a hacer
de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que me 1a gana, lo que me salga
de...!

-No sea usted tan español, don Miguel...

-¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de

cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante
todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España
celestial y eterna, y mi Dios un Dios español, el de Nuestro Señor Don Quijote; un Dios
que piensa en español y en español dijo: ¡Sea la luz!, y su verbo fue verbo español...

-Bien, ¿y qué? -me interrumpió, volviéndome a la realidad.


-Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Matarme? ¿A mí? ¿Tú? ¡Morir yo a manos

de una de mis criaturas? No tolero más. Y para castigar tu osadía y esas doctrinas
disolventes, extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te
mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!

-Pero ¡por Dios...! -exclamó Augusto, ya suplicante, y de miedo tembloroso y pálido.

-No hay Dios que valga. ¡Te morirás!

-Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...

-¿No pensabas matarte?

-¡Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré, que no me quitaré

esta vida que Dios o usted me han dado; se lo juro... Ahora que usted quiere matarme,
quiero yo vivir, vivir, vivir...

-¡Vaya una vida! -exclamé.

-Sí, la que sea. Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque otra Eugenia y otro

Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir...

-No puede ser ya..., no puede ser...

-Quiero vivir, vivir..., y ser yo, yo, yo.

-Pero sí tú no eres sino lo que yo quisiera...

-¡Quiero ser yo, ser yo! ¡Quiero vivir! -y le lloraba la voz.

- No puede ser..., no puede ser...

-Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera... Mire que

usted no será usted..., que se morirá...

Cayó a mis pies de hinojos, suplicante y exclamando:

-¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!

-¡No puede ser, pobre Augusto -le dije, cogiéndole una mano y levantándole-, no puede

ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti.
Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata... M. de UNAMUNO: «Niebla»

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