Bibliografia UNIDAD 2
Bibliografia UNIDAD 2
2.1 La Revelación sobrenatural: El hombre es capaz de Dios. Concepto teológico de revelación. Etapas.
Diferencias con la Revelación natural. Necesidad y fin de la revelación.
2.2 Hechos y palabras en el constituirse de la revelación. Importancia y supuestos.
2.3 Cristo, culmen y centro de la revelación. Sentido de la expresión.
2.4 Signos de credibilidad de la revelación. Mención.
2.5 El Depósito de la revelación. Noción.
2.6 La Sagrada Escritura: Noción; Autor; inspiración divina; inerrancia; interpretación auténtica;
estructura; los sentidos bíblicos; los géneros literarios.
2.7 La Sagrada Tradición: noción; características; lugar donde se encuentra; importancia.
2.8 El Magisterio de la Iglesia. Noción; misión; infalibilidad; modos. La Iglesia: Noción, origen, finalidad,
notas. Estados de la Iglesia.
2.9 Inmutabilidad del depósito de la Revelación. Cierto progreso.
Introducción
Revelación (de la palabra latina revelare) significa descubrir o conocer una cosa. Es la manifestación de una verdad
oculta, o desconocida.
Revelación Divina es la manifestación de verdades ocultas hecha por Dios a los hombres. Esta se llama sobrenatural
porque procede de Dios, y se distingue de la revelación natural, o sea del conocimiento de Dios que se alcanza por
las criaturas, es decir lo creado.
La revelación constituye el fundamento de la Fe y su referencia constante; la teología, que nace de la revelación,
intenta comprender su misterio a la luz de la inteligencia.
La revelación es posible:
1-Por parte de Dios, porque es infinitamente sabio y omnipotente y puede manifestarse o comunicarse como le
plazca.
2- Por parte del hombre, porque tiene entendimiento y voluntad para recibirla.
3- Por parte de la verdad u objeto revelado, aunque supera la inteligencia humana, como son los misterios, ej. la
Santísima Trinidad pues aunque sea incomprensible a la razón humana, no son contradictorios a la razón.
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EL HOMBRE ES "CAPAZ" DE DIOS
27 El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y
Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de
buscar:
«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios.
El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por
Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce
libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (GS 19,1).
28 De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por
medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar
de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al
hombre un ser religioso:
Dios «creó [...], de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la
tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de
que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de
cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 26-28).
29 Pero esta "unión íntima y vital con Dios" (GS 19,1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada
explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf. GS 19-21): la rebelión contra
el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf. Mt 13,22),
el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del
hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf. Gn 3,8-10) y huye ante su llamada (cf. Jon 1,3).
30 "Alégrese el corazón de los que buscan a Dios" (Sal 105,3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios
no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre
todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de otros
que le enseñen a buscar a Dios.
«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y
el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de
su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los
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soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le
incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y
nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (San Agustín, Confessiones, 1,1,1).
Sin embargo la revelación no es una mera comunicación de un mensaje, sino un encuentro en el que Dios, movido
por el amor, habla a un amigo e invita a entrar en su intimidad (cfr.DV 2); es el misterio de Dios que se presenta y
fundamenta desde sí mismo a los hombres libérrimamente; misterio de Dios que no es sino su vida íntima, trinitaria,
manifestada por Cristo, a la cual los hombres tenemos acceso por el mismo Cristo en el Espíritu.
No implica sólamente, por tanto, la manifestación de algunos atributos de Dios como su voluntad y sabiduría, sino
también el designio salvador de Dios. La revelación se presenta desde el principio en relación esencial con la
salvación: El hombre es llamado a la intimidad misma de Dios donde se verá transformado en su ser total -no
sólo en su inteligencia -, haciéndose hijo de Dios.
La revelación responde a un plan - una economía- que consta de palabras y hechos, intrínsecamente conexos entre sí
que manifiestan la bondad y sabiduría de Dios: “las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan
y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez las palabras proclaman las obras y
explican su misterio” (DV 2). Esta autocomunicación tiene su plenitud en Cristo, “mediador y plenitud de toda la
revelación” (DV 2)
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La revelación Divina existe:
Es un hecho histórico, porque nos consta que Dios nos ha hablado. Toda la historia del pueblo Judío y Cristiano
supone la revelación Divina.
Los Judíos afirman que Dios hablo al pueblo de Israel por medio de Moisés y de los profetas, y los Cristianos
sostienen que Dios les ha hablado por medio de Jesucristo.
3- La revelación Cristiana, desde Jesucristo hasta nuestros días, y el mismo Jesucristo a mandado a predicar por
todo el Mundo. ( Mt. 28, 19-20)
Cristo, el Verbo,la palabra de Dios, es la plenitud y única fuente de la revelación.
¿Qué gana un niño con que una persona muy rica lo acepte por hijo y lo nombre heredero, si no le avisa que lo
constituyo heredero, ni las condiciones necesarias para recibir la herencia? De la misma manera, que habríamos
ganado con que Dios nos hubiera hecho sus hijos y herederos, si no nos hubiera revelado nuestra condición de
Hijos y los medios necesarios para alcanzar la herencia del cielo?
2- La revelación es moralmente necesaria para que las verdades religiosas de orden natural puedan ser conocidas
por todos con facilidad, con firme certeza y sin mezcla de error alguno. Cfr.(Concilio Vaticano II Dei Verbum,n 6)
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En efecto, aunque no es imposible que, los mejor dotados puedan llegar por si solo a esos conocimientos, lo harán
con dificultad e incertidumbre, y para la generalidad de los hombres la revelación seguiría siendo necesaria.
Ya Santo Tomás advertía que gran parte de los hombres, por carecer de talento, o de tiempo, o de formación, o por
hallarse dominados por pasiones e intereses personales, no llegarían por si mismos a este conocimiento. (C. G. 1,4)
Por su parte, también la historia prueba esta necesidad: aun los más grandes filósofos de la antigüedad cayeron en
grandes errores de orden religioso y moral; y que los pueblos a quienes no ha llegado actualmente la luz de la
Revelación viven aun hoy sumergidos en grandes errores.
La revelación ha sido definida anteriormente como la autocomunicación y automanifestación de Dios. Dios abre el
misterio de su intimidad, se da a conocer, y llama a los hombres a participar de su propia vida. La revelación que
da a conocer el misterio de Dios no consiste solo en la comunicación de un mensaje, sino que va inseparablemente
unida al acto por el que Dios llama al hombre a su intimidad y lo libera del mal y del pecado. La revelación está,
por tanto, esencialmente unida a la salvación. Dios se revela porque quiere salvar al hombre,y la revelación forma
parte de ese designio salvador. Así lo dice el Concilio (Vat. II en Dei Verbum 6:) Por la revelación Divina, Dios
quiso manifestar y comunicarse a Si mismo y los eternos decretos de su voluntad sobre la salvación humana.
Gracias a la revelación divina, el hombre conoce el destino sobrenatural conque ha sido creado. Este destino es
don gratuito, con una gratuidad distinta a la dela misma creación. Sin la revelación, ese destino no sería
propiamente conocido, y el hombre ignoraría lo más profundo de su ser que acabaría siendo un enigma sin
solución.
El hecho de que la salvación del hombre comience con una revelación que Dios hace de su propia acción
salvadora, testimonia el carácter primariamente teologal de la salvación. Es Dios quien salva, y no el hombre
quien se salva a si mismo. Al atestiguar este hecho, la revelación pone de manifiesto la densidad del hombre y de su
misterio.(G,S,22)
El hombre puede salvarse a si mismo de peligros y de males, pero solamente se salva auténticamente cuando es
redimido, cuando es liberado de la raíz de todo lo que lo esclaviza, que es el pecado. Así se muestra el límite de lo
que el hombre puede hacer por sí mismo: no puede autojustificarse, sino solo abrirse a la justificación de Dios
aceptando por la Fe su revelación. De este modo, la revelación de Dios ilumina la existencia humana, orienta la
vida moral del hombre y le abre perspectivas de autocomprensión.
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2.2 - Hechos y palabras en el constituirse de la revelación
Como ya se ha dicho, la revelación incluye palabras y hechos como elementos esenciales de la autocomunicación
divina.
a) Si la palabra va antes del hecho, entonces es anuncio o profecía, en el caso de la revelación, de hechos
salvadores: Dios mismo manifiesta por su profeta su plan respecto al hombre y el modo de realizarse. Si es una
profecía, la eficacia infalible de la palabra de Dios tiene lugar en el futuro. Es el tiempo de la fe que se verá
confirmada cuando el hecho se cumpla. Si es un mandato o una exhortación, la palabra influye en el hecho y lo
explica. No son mandatos tiránicos o exhortaciones arbitrarias, sino siempre hechos que, si el hombre los cumple,
llevan a la salvación.
b) Si va después del hecho, la palabra lo proclama, narra y explica. La proclamación del hecho es actividad
propia de la fe y tiene lugar en contexto litúrgico; la narración interpreta y al mismo tiempo representa y hace
presentes los hechos; finalmente la palabra es explicación los hechos, desentraña su sentido y se dirige a la
enseñanza al ponerse en relación con los oyentes.
La complementariedad entre palabras y hechos hace que:
- La palabra, al explicar el sentido de los hechos, les da el carácter universal
- Los hechos muestran en acto la realidad de las palabras y las doctrinas, a las que aportan la significación concreta
y viva de lo históricamente real.
Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras a través de los profetas “últimamente, en estos días nos
habló por su Hijo” (Heb 1, 1-2).
Este Hijo es el Verbo eterno enviado a los hombres para vivir entre ellos y manifestarles los secretos de Dios:
Jesucristo, el Verbo hecho carne, habla palabras de Dios y lleva a cabo la obra de la salvación. A través de su
vida, palabras y obras, y sobre todo su muerte y resurrección, y del envío del Espíritu Santo, Cristo completa la
revelación y confirma la salvación del pecado y de la muerte.
El Concilio V. II en DV 2: afirma que es “al mismo tiempo mediador y plenitud de toda la revelación”, es decir,
revelador y revelación de Dios.
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- Revelador (mediador de la revelación): Cristo es revelador de Dios, mediador perfecto de la revelación por ser
Dios eterno y hombre perfecto. Él realiza las obras de Dios, habla de lo que ha visto; conoce a Dios y sabe lo que
hay en el hombre. La mediación de Cristo es ya revelación del misterio íntimo de Dios, del Dios Trino.
- Revelación plena de Dios: El misterio de Dios es, principalmente, el misterio del Padre, Deus absconditus
, a quien nadie vio jamás (Jn 1, 18).
Cristo revela al Padre en cuanto que es el Hijo -”Si me conociérais a mí, conoceríais también a mi Padre”
(Jn 8, 25)- y el Verbo eterno (cfr. Jn 1, 1-18).
Él es la Imagen, la Palabra de Dios, Palabra de amor que, desde dentro de la Trinidad, revela el misterio de
Dios.
Puntos fundamentales de la plenitud de la revelación en Cristo:
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Aunque el misterio no se puede expresar adecuadamente en la historia -no hay expresión creada de lo increado- su
entregarse en el tiempo tiene lugar a través de acontecimientos y de palabras que, al ser recibidos por el hombre,
constituyen signos de credibilidad.
La mera captación del acontecimiento no constituye prueba alguna de su credibilidad como misterio; es necesario
que en el acontecimiento se capte su carácter de signo de credibilidad.
Para la credibilidad de la revelación (propiedad de la revelación por la que a través de signos ciertos aparece como
realidad digna de ser creída) interesan sobre todo los signos personales porque la credibilidad no se dirige a un
objeto (un documento, una tradición) sino a la persona que se ha expresado a través de esos medios. En general, se
hace necesaria la credibilidad tanto del testigo como del testimonio.
Siguiendo a Latourelle, se podrían sistematizar los signos de credibilidad en dos grandes grupos: Cristo y la
Iglesia. Los signos de Cristo y la Iglesia se presentan al hombre como milagro (“hechos divinos que, mostrando
luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos y acomodados a la inteligencia de
todos de la revelación divina” CVI); profecía (signo del cumplimiento de las Escrituras Sagradas, puede definirse,
con el CVI, como el milagro); y santidad. Sin embargo, estos tres no se encuentran aisladamente, sino que se
descubren concretamente realizados en Cristo y en la Iglesia. Cristo y la Iglesia son los dos grandes signos que
iluminan y dan sentido a todos los signos particulares, los cuales proceden de ellos y a ellos conducen.
Cristo es el signo definitivo de credibilidad de la revelación, ya que sólo gracias a su referencia a Cristo los
demás signos, motivos o razones se constituyen como tales. Con esto no se quiere negar que los demás signos
particulares no tengan fuerza significativa propia, la tienen, pero han de conducir siempre al signo último:
Jesucristo. En la persona de Cristo destacan su santidad, autoridad, sublimidad de su doctrina, cumplimiento
de las profecías y milagros. El hecho más importante es la resurrección.
La Iglesia, junto con Cristo y por su unión con él es calificada como el signo total: Cristo en la Iglesia. En ella
encontramos los signos particulares de milagro, profecía, santidad, fecundidad, propagación, estabilidad, más las
notas de la Iglesia.
El conjunto de verdades reveladas por Dios, que se entregaron a la Iglesia y que el Magisterio eclesiástico
custodia es el depósito de la Revelación.
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a) Una parte de las verdades reveladas fue escrita por aquellos a quienes Dios las reveló, y sé llama Sagrada
Escritura;
b) La otra parte no fue escrita sino transmitida verbalmente y se llama Tradición.
La Sagrada Escritura y la Tradición contienen, pues, toda la doctrina revelada; el Magisterio de la Iglesia
custodia e interpreta esa doctrina.
Tanto la Escritura como la Tradición son la palabra de Dios, esto es, su enseñanza comprobada por milagros y
profecías; con la diferencia que la Tradición no fue escrita por aquellos a quienes Dios la reveló; aunque
después con el tiempo otras personas sí pudieron escribirla, para conservarla y transmitirla con mayor fidelidad.
a) Su Naturaleza
La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, por aquellos
a quienes Dios la reveló. En consecuencia, «tiene a Dios por autor», como dice el Concilio Vaticano I (Dz 1787).
La Sagrada Escritura se llama Biblia (del griego biblos, que significa libro), porque es el libro por
excelencia.
A la Biblia se le llama también: Sagrada Escritura,. Libros Sagrados, Libros Inspirados, Palabra de Dios.Se
llaman Versiones de la Sagrada Escritura a las traducciones que se han hecho de la Biblia a otras lenguas distintas
de aquellas en las que se escribieron, originalmente, los libros que la forman (hebreo, griego y arameo).Es célebre la
traducción de los setenta, que se remonta más o menos al año 130 antes de Cristo. Es la versión de los libros del
Antiguo Testamento, del hebreo al griego, hecha, según la tradición, por setenta sabios de Alejandría. Las Versiones
más importantes en la Iglesia son: La Vulgata y la Neovulgata. La Vulgata es la traducción al latín que hizo San
Jerónimo a finales del siglo IV. Esta versión fue solemnemente declarada como auténtica por el Concilio de Trento
(1546). Se llama Vulgata porque entonces el latín era reputado lengua vulgar o popular respecto al griego. La
Neovulgata es la misma versión Vulgata, a la que se han incorporado los avances y descubrimientos más recientes.
El Papa Juan Pablo II la aprobó y promulgó como edición típica en 1979. El Papa lo hizo así para que esta nueva
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versión sirva como base segura para hacer traducciones de la Biblia a las lenguas modernas y para realizar estudios
bíblicos.
No consiste pues en que la Iglesia hubiera aprobado con su autoridad libros escritos por industria humana, sino en
las tres condiciones indicadas. La Sagrada Escritura es a un tiempo obra de Dios y del hombre; de Dios,
como causa principal; del hombre como causa instrumental.
Cuando el músico se sirve de un instrumento para obtener sonidos, el artista es la causa principal del sonido,
y el instrumento la causa instrumental Así Dios, dicen los santos Padres, se valió del hombre como de un
instrumento para escribir los libros sagrados.
Aunque el autor es un instrumento en las manos de Dios, no deja de ser un instrumento inteligente y libre,
que usa conscientemente sus facultades: sentidos, inteligencia, memoria, voluntad.
En consecuencia, el escritor sagrado: a) Puede utilizar conocimientos adquiridos por él de antemano; b)
Conserva su personalidad, su estilo y expresión peculiares, hasta incorrecciones de lenguaje; pues a estas cosas no
se les extiende la inspiración.
La misma Escritura afirma el hecho de la inspiración. Así Cristo dice que «David habló inspirado por el
Espíritu Santo» (Mc 12, 36). Y San Pablo declara que «Toda escritura es inspirada por Dios» (II Tim 3, 16).
La Sagrada Escritura se divide en Antiguo y Nuevo Testamento. Él Antiguo comprende los libros escritos antes de
Cristo. El Nuevo lo escrito después de El.
Testamento significa pacto o alianza. La Revelación, por las promesas que hace Dios en ella, y por las
obligaciones que impone, es un verdadero pacto entre Dios y los hombres.
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1- Antiguo Testamento
a) Los históricos describen la historia de Israel, o de algunos de sus más célebres personajes.
c) Los profetas anuncian la venida del Mesías y reprenden al pueblo por sus infidelidades. Los didácticos y
parte de los proféticos están escritos en verso.
2 Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento consta de 27 libros: 5 históricos, a saber: los 4 Evangelios y los Hechos de los Apóstoles; 21
doctrinales, que son las Epístolas; y uno Profético que es el Apocalipsis.
Los 4 Evangelios de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan nos refieren la vida y enseñanzas de Nuestro
Señor Jesucristo.
Ellos deben ser para el católico el libro de mayor estimación y estudio, porque contienen los ejemplos del divino
modelo y las enseñanzas del divino maestro.«Tanto enseña Cristo por sus palabras como por sus obras», dice San
Agustín. Por eso todo el Evangelio merece ser atentamente meditado.
Digamos una palabra sobre los símbolos con que se representa a los evangelistas. Están tomados de los hechos
narrados en el primer capítulo de cada Evangelio.
1 San Mateo empieza su Evangelio por el origen de Cristo en cuanto hombre. Por eso se le dio por símbolo un
rostro humano.
2 San Marcos empieza por la predicación de San Juan Bautista en el desierto. Su símbolo es un león, animal del
desierto.
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3 San Lucas comienza por el sacrificio de Zacarías, padre del Bautista. Su símbolo es un ternero, animal por
excelencia de los sacrificios.
4 San Juan empieza con una página sublime sobre la generación eterna del Verbo. Su símbolo es un águila,
animal que se cierne en las alturas. El profeta Ezequiel (1, 4-12), tiene una visión, de la que también se han
tomado esas figuras. Lo referente a los cuatro Evangelios, podemos estudiarlo en el siguiente cuadro sinóptico.
Un Libro apócrifo es aquel que, teniendo un argumento o título seme,jante a los libros inspirados, no tiene un autor
cierto y no está incluido en el Canon Bíblico fijado por la Iglesia, porque no fue divinamente inspirado y por
contener algunos errores.
¿La Biblia católica y las protestantes son iguales? No. A las biblias protestantes les suprimieron algunos libros
que están en la Biblia católica; por ejemplo: del Antiguo Testamento: Sabiduría, Judit, Tobías, Eclesiástico y II
Macabeos, y del Nuevo: Epístolas de Santiago, de San Pedro y San Juan. Además, en los libros que conservan,
modifican algunas palabras para apoyar sus ideas erróneas.
Su naturaleza
Se llama Tradición a la doctrina revelada por Dios que no está contenida en la Escritura, sino que se ha conservado
por diversos medios. Por eso se dice que la Tradición es «complemento» de la Sagrada Escritura; así, por
ejemplo, no todo lo que Nuestro Señor Jesucristo hizo o dijo fue escrito, y sin embargo ha sido transmitido
infaliblemente. gracias a la asistencia del Espíritu Santo. La Tradición ha llegado hasta nosotros por la
predicación, la vida misma de la Iglesia, los escritos de los Santos Padres, la liturgia y otras diferentes formas, como
luego veremos.
Valor de la Tradición
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La Tradición, acompañada de las debidas condiciones, tiene el mismo valor que la Sagrada Escritura, porque
también es la palabra de Dios, fielmente transmitida hasta nosotros.
Los protestantes le niegan todo valor, y al hacerlo contradicen a un mismo tiempo la razón y la Escritura.
Pruebas de razón
1 La Tradición, esto es, la predicación de los Apóstoles es anterior a la Sagrada Escritura, y durante muchos
años fue la única regla de fe. En efecto la predicación de los Apóstoles comenzó el mismo año de la muerte de
Cristo (año 33). En cambio los libros de la Sagrada Escritura no fueron escritos sino desde el año 50 al 100;y sobre
todo no fueron conocidos por la Iglesia universal, sino en el curso de los primeros siglos, porque al principio sólo
fueron conocidos por las Iglesias particulares a que iban destinados. Luego, una de dos: o durante estos primeros
años y siglos no había en la Iglesia fuente ninguna de fe, lo que es inadmisible, pues equivale a decir que no hubo fe
en ellos, o hay que admitir una fuente de fe distinta de la Escritura, a saber la Tradición o enseñanza de los
Apóstoles y sus sucesores.
2 No se puede saber con certeza qué libros contengan en realidad la doctrina de Cristo, ni cuál sea su verdadero
sentido, sino por la enseñanza de la Iglesia. Luego esta enseñanza es norma o regla importantísima de nuestra fe.
3 Si la norma de fe fuera sólo la Escritura, y no la enseñanza de la Iglesia, sólo podrían salvarse los que leen la
Escritura; conclusión inadmisible. En efecto hay muchas personas que no saben leer, o que no tienen facilidad de
procurarse una Biblia. Y aquí debemos pensar no sólo en el gran número de personas ignorantes de nuestros días y
países, sino sobre todo en la dificultad máxima de conseguir una Biblia antes de que se descubriera la imprenta; y en
los cristianos convertidos en tierra de misiones, que no tienen Biblia en el único idioma que conocen.
1 Por las palabras de Cristo. Este dijo a los Apóstoles: «Id y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15)
y no «id y escribid libros»; y «El que a vosotros oye, a mí me oye» (Lc 10, 16) y no el que a vosotros lee.
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2- Por la enseñanza de San Pablo, que escribe así a los fieles de Tesalónica: «Manteneos firmes en la fe, y
conservad las tradiciones que habéis aprendido, ya por la predicación, ya por mi epístola» (II Tes 2, 14). Aquí le da
exactamente el mismo valor, como fuente de fe, a su Epístola (Escritura) y a su predicación (Tradición).Dice
también a Timoteo: «Lo que has oído de mí delante de muchos testigos, con Pialo a otros Hombres fieles, capaces
de instruir a los demás» (11 Tim 2, 2). Confía, pues la fe a la enseñanza, ya a la suya propia, ya a la de sus
discípulos.
3 San Juan declara que si escribiera todo lo que Cristo dijo no cabrían los libros en el mundo; lenguaje figurado
que da a entender que deja sin escribir muchas cosas acerca de Cristo (cfr. Jn. 21, 25). Dice también en su 2ª carta:
«Aunque tenía muchas cosas que escribiros, no he querido hacerlo por medio de tinta y papel, porque espero veros y
hablaros de viva voz» (II Jn 12).
Tanto la razón como la Escritura enseñan, pues, el valor de la Tradición como fuente de la fe. Y los
protestantes deben aceptarla si en verdad respetan la enseñanza de la Escritura.
Fuentes de la Tradición
l. Símbolos de Fe son ciertas fórmulas que compendian las principales verdades de ella.
Los principales son:
a) El Símbolo de los Apóstoles, que remonta a la edad apostólica. Es el Credo.
b) El Símbolo de San Atanasio (Quicumque), que contiene una amplia declaración de los misterios de la Santísima
Trinidad y la Encarnación. A los símbolos deben agregarse las Profesiones de Fe, que son también fórmulas en que
se confiesan los dogmas y se condenan los errores contrarios. La principal es la ordenada por el Concilio de Trento.
2. La liturgia y la vida de la Iglesia La Tradición se halla también contenida en los ritos de la liturgia, que
muchas veces son una confesión implícita de la fe. Así, el rito de difuntos es una confesión de la creencia en el
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Purgatorio, pues ni los bienaventurados necesitan ayuda, ni los condenados pueden recibirla. La Santa Misa es una
confesión del dogma de la Redención, etc. Por otra parte, como enseña el Concilio Vaticano II (cfr Const. dogm.
Dei Verbum), Cristo quiso que su Revelación incluyera no sólo sus enseñanzas orales sino también su vida y sus
obras. Y este ejemplo suyo, continuado en la persona y ministerio de los Apóstoles y sus sucesores, plasmado en las
instituciones y la vida y sentir del pueblo cristiano, forma también parte de la Tradición.El Concilio Vaticano II
viene pues a decirnos que, en el fondo, la Tradición no es otra cosa que la misma Iglesia, que en su doctrina, en su
vida y en su culto, perpetúa y trasmite a toas las generaciones todo lo que ella es y todo lo que ella cree (cfr Dei
Verbum, n. 8).
b) Doctores de la Iglesia son aquellos escritores que además de: distinguirse por la pureza de su fe y la
santidad, destacaron por su ciencia eminente. Los cuatro grandes doctores en la Iglesia griega son: San Atanasio,
San Basilio, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. Y los cuatro grandes doctores en la Iglesia latina
son: San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio Magno-Se distinguen también entre los doctores:
San Bernardo, San Anselmo, San Buenaventura, San Isidoro de Sevilla, San Francisco de Sales, San Juan de la
Cruz, San Alfonso María de Ligorio y sobre todo Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás de Aquino es quizá la
mayor luminaria de la Iglesia. Sobresalió especialmente en Sagrada Teología. Su obra más conocida es la Suma
Teológica En muchos documentos los Papas han manifestado su voluntad de que la doctrina de Santo Tomás oriente
la enseñanza católica.
Sobre la legitimidad y valor de las diversas fuentes de la Tradición, le compete juzgar únicamente a la Iglesia
Católica, que es Maestra de toda la verdad revelada, columna y fundamento de la verdad. En otras palabras, la
Tradición es infalible sólo cuando está reconocida y sancionada por el Magisterio de la Iglesia.
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El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado por Dios
únicamente al Magisterio de la Iglesia. Ya hemos dicho cómo es el Magisterio quien sanciona la infalibilidad de una
verdad contenida en la Tradición; ahora nos detendremos a hablar de su intervención respecto a la Biblia.
La Iglesia depositaria de la Palabra de Dios tiene tres poderes corresponden a la Iglesia respecto a los libros
sagrados: fijar su canon, determinar su sentido y velar por su integridad (cfr Const. dogm. Dei Verbum, n. 10).
1 Fijar el canon de las Escrituras significa determinar qué libros se deben tener por revelados, y cuáles no.
Canon significa aquí lista u orden de los libros revelados- Cristo, al dejar a su Iglesia la facultad de velar por su
doctrina, tuvo que darle el poder de determinar en qué libros se hallaba esta doctrina. De otra suerte los fieles no
hubieran sabido a qué atenerse en materia de tanta trascendencia- Es de advertir que en los primeros siglos muchos
libros no revelados trataron de pasar por revelados.
3 - Velar por su integridad quiere decir estar alerta, para que la Escritura no vaya a sufrir alteración o
menoscabo. Sólo la Iglesia tiene, este triple poder, porque sólo a ella confió Cristo el depósito de la e, y le dio la
misión de enseñar.
El libre examen de la Escritura, doctrina fundamental del Protestantismo, consiste en admitir que cada uno
«tiene derecho» de interpretar a su gusto la Sagrada Escritura. El libre examen no puede aceptarse, porque
resultarían tantas doctrinas e Iglesias cuantas interpretaciones; y es evidente que Cristo no quiso fundar sino una
sola Iglesia con una sola doctrina. Como consecuencia del libre examen, el Protestantismo, se halla dividido en
innumerables sectas, que profesan doctrinas contradictorias.
Otra prueba de que el libre examen conduce al error, es que los herejes de todos los tiempos han preferido defender
sus errores con falsas interpretaciones de la Escritura. Así, en vista del peligro de interpretaciones subjetivas o
heterodoxas, la Iglesia inca que las ediciones de la Sagrada Escritura ,(Sólo pueden publicarse si son aprobadas por
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la Sede Apostólica o por la Conferencia Episcopal» (CIC, c. 825 & 1), con notas aclaratorias necesarias y
suficientes, porque son muchos los pasajes difíciles.
La Revelación de Dios a los hombres tiene su culminación en Jesucristo. Ya no es un mensajero de Dios el que
viene a revelar un aspecto del plan salvador: es Dios mismo el que, en su misma realidad personal, revela el Ser
y el actuar divinos. «Dios últimamente nos ha hablado por medio de su Hijo» (Heb l, 1). En Jesús culmina la
Revelación, pues es la Palabra, el Verbo hecho carne (cfr Jn 1, 14). Jesucristo, «con toda su presencia y
manifestación, con sus palabras y obras, prodigios y milagros, y, ante todo, con su muerte y resurrección v,
finalmente, enviando al Espíritu de verdad, culmina plenamente la Revelación» (Const. dogm. Dei Verbum, n. 4).
De lo anterior se desprende que con la muerte del último Apóstol -testigo ocular cualificado-, se cerró el contenido
del depósito revelado por Dios.
La Iglesia, que es depositaria de la Palabra de Dios que es inmutable, no puede quitar o añadir nada.
Puede hablarse, sin embargo, de un progreso en el modo de explicar esas verdades, de explicitarlas para que sean
más accesibles a todos los pueblos.
Todas las verdades enseñadas por Dios a los hombres están contenidas en la Escritura y en la Tradición. Pero no se
han conocido y profundizado en toda su amplitud.
De acuerdo con estas dos ideas precisemos en qué sentido se puede admitir el progreso del dogma católico, y en qué
sentido no. Podemos sentar estos tres principios:
1 Con la muerte de los Apóstoles quedó terminada la Revelación; y después de ellos Dios no ha revelado
ninguna verdad nueva. En consecuencia, cuando la Iglesia define solemnemente un nuevo dogma, no establece una
verdad nueva, no contenida en la Escritura y en la Tradición; sino que por el contrario declara que esta verdad está
contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición; y que por lo mismo hay que admitirla.
2 - Los dogmas no pueden cambiar de sentido, pero si pueden cambiar los términos en que son
expresados.
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a) No pueden cambiar de sentido. Repugna que lo que la Iglesia aceptó ayer como verdadero, hoy lo rechace
como falso; o el caso inverso. Ello equivaldría a negar la asistencia que Dios prometió.
b) Pero sí sucede que los dogmas se pueden expresar con palabras más claras y precisas Ejemplos: El dogma
de la Santísima Trinidad se expresó al principio diciendo que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Fue Tertuliano
quien empleó por primera vez la fórmula que después quedó definitiva: En Dios hay Tres Personas y una sola es su
Naturaleza-Desde un principio se admitió que por las palabras de la consagración el pan se cambia en el cuerpo de
Cristo. Pero la palabra transubstanciación (cambio de una substancia a otra) la empleó por primera vez la Iglesia en
el IV Concilio de Letrán (1215).
En consecuencia, el dogma es invariable, pero las explicaciones y términos de los teólogos pueden cambiar- La
Iglesia sólo los acepta como la mejor manera de expresar por el momento el Dogma de que se trata-
3 El progreso del Dogma consiste en que la Iglesia enseña de modo claro y explícito, verdades que
estaban contenidas en la Escritura y en la Tradición de modo velado e implícito. Así el dogma de la
infalibilidad del Papa estaba contenido en forma implícita y velada en las palabras: «Tú eres Pedro, y sobre ti
edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). O en estas otras, dirigidas
también a San Pedro: «He rogado por ti para que tu fe no perezca, y tú confirmado en ella confirma a tus hermanos»
(Lc 22, 32)-Y el Concilio Vaticano I definió el dogma de una manera explícita, precisando que el Papa es infalible
cuando habla de dogma o de moral a toda la Iglesia en calidad de maestro supremo.
No debe extrañarnos este progreso, pues la Sagrada Escritura es un libro lleno de profunda y misteriosa sabiduría,
de suerte que no entrega de una vez todas las verdades que contiene, sino a medida que se estudia y se reflexiona
sobre ellas.
La revelación y la salvación de Dios están destinadas a todos los hombres de todos los tiempos y lugares. Para que
ese designio divino pudiera realizarse, los Apóstoles entregaron a la Iglesia lo que ellos habían recibido de Cristo y
del Espíritu Santo.
La Iglesia es, entonces, la que continúa la acción salvadora de Cristo. Su misión respecto a lo recibido
consiste en conservarlo y transmitirlo fielmente hasta el final de los tiempos. La Iglesia tiene su origen en Dios
que la ha querido para llevar a cabo esta misión.
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Pero la Iglesia no transmite un objeto con el que tiene relación accidental, sino que transmite su propio ser, su
esencial relación con Cristo y el Espíritu Santo que son los que la hacen existir. Por tanto a la Iglesia corresponde:
1.-Conservar y transmitir el depósito de la fe: El Espíritu Santo asiste permanentemente a la Iglesia, no
para revelarse -la revelación está completa después de la muerte del último apóstol- sino para que conserve intacta
la fe apostólica hasta el fin de los tiempos y así la transmita.
2.- Definir con autoridad y sin error su sentido correcto: Para ello la Iglesia ha sido dotada por Dios de
un poder de discernimiento que le permite formular la fe revelada sin equivocarse (infalibilidad).
Para llevar a cabo esta misión Dios ha dispuesto medios capaces de conservar fielmente el depósito de la revelación:
la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio
“Esta tradición que viene de los apóstoles progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo” (DV 8),
progreso que consiste en la comprensión de las realidades y palabras transmitidas. La inteligencia de la revelación
se realiza en la Iglesia a través del Magisterio (enseñanza de los sucesores de los Apóstoles que tienen la misión de
enseñar y dirigir al pueblo), y el sentido de la fe (cualidad del alma del sujeto al que la gracia confiere una
capacidad de percibir la verdad y de discernir lo que se opone a ella).
El oficio de interpretar y enseñar la revelación, escrita o transmitida, está confiado al Magisterio de la Iglesia,
el cual no es superior a la Palabra de Dios sino que sirve a esta conservándola, transmitiéndola e
interpretándola auténticamente.
Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio, están así unidos de tal forma que no pueden subsistir
independientemente, y todos ellos juntos contribuyen a la salvación de las almas.
C) BIBLIOGRAFÍA
“Teología Fundamental”. César Izquierdo Urbina.
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