PARROQUIA SANTA CECILIA
Curso "Catequesis básica para
padres".
Durante las últimas décadas, la formación religiosa de las familias ha
dejado mucho que desear.
Como sacerdote, me aflige constatar la falta de información objetiva en
tan importante materia, empeorada tantas veces por la desinformación.
Esta manipulación resulta especialmente nociva en una cultura
dominada por ese pensamiento débil que conduce a vivir sin hacerse
muchas preguntas, o a dejarse llevar por vagas razones de tipo
sentimental.
Al considerar que la mayoría de las familias, al menos en Occidente,
tienen una formación religiosa muy deficiente, he pensado que valdría la
pena escribir esta catequesis, destinada no sólo a los padres de familia
que ya la conocen y desean vivirla mejor, sino también a personas poco
o nada familiarizadas con la fe católica.
Nadie está obligado a creer, pero, para poder decidir, tiene que saber de
qué va. La libertad, propia y ajena, merece el mayor aprecio, pero
también es verdad que la información facilita la mejor elección: no se
puede elegir lo que se desconoce. Conviene, pues, proponer, sin
imponer, una serie de datos especialmente útiles a la hora de decidir
qué valores inspirarán nuestra vida. La decisión última depende de cada
uno, pero antes hay que informarse. A lo largo de cinco capítulos sobre
los aspectos más básicos de la fe católica, me propongo explicar por
qué, según mi experiencia, la propuesta católica resulta ser la mejor.
De los padres cristianos se espera que sepan dar un testimonio
coherente de su fe.
Ya sabemos que que para formar bien a nuestros hijos es necesario
antes formarse bien uno mismo
El curso está dividido en dos partes: La primera parte se refiere a
Introducción a la fe. La segunda parte Introducción a la ética
PRIMERA PARTE DEL CURSO
Introducción a la fe
Introducción
Tema 1: ¿por qué soy creyente?
La importancia de lo objetivo
¿Es posible demostrar la existencia de Dios?
Sólo Dios es infalible
Revelación tangible en Cristo
¿Se puede demostrar que Cristo es Dios?
Tema 2: ¿Por qué soy católico?
No sólo Cristiano, también Católico
El primado del Papa
Misión de la iglesia
El misterio de la iglesia
¿Por qué existen increyentes?
Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?
Introducción
Jamás hablar de este tema con ligereza
Esa incómoda libertad responsable
El plan creador y el origen del mal
El primer pecado y sus consecuencias
Bienes que se pueden seguir del sufrimiento
Una realidad poco conocida
Sufrir para consolar
El ejemplo de los santos
Tema 4: ¿Por qué practicar?
Introducción
¿Qué son y cómo actúan los sacramentos?
La felicidad del amor
Querer, saber y poder
Una gracia que dignifica y sana
Sólo un amor incondicional me puede curar
Tema 5: ¿Qué hay después de la muerte?
Introducción
La inmortalidad del alma a la luz de la razón
El infierno
El purgatorio
El cielo
La contemplación del cielo ya en la tierra
SEGUNDA PARTE DEL CURSO
Introducción a la ética
Índice
Tema 6: Ética fundamental: Verdad y libertad
1) Introducción
2) ¿Existe una verdad moral objetiva?
La fundamentación de la moral en la naturaleza humana
Las reticencias contra la ley natural
Relaciones entre Moral autónoma y Ética cristiana
3) La libertad y la conciencia
Introducción
Verdad, libertad: realidades interdependientes
Conciencia y ley moral
Materia, intención y circunstancias
Tema 7: Amor y sexualidad conyugal
1) Introducción
2) ¿Qué es el hombre qué actitud tomar ante las realidades sexuales?
3) ¿A qué tipo de amor nos referimos?
4) Lo espiritual se apoya en lo pasional y lo transciende
5) La unión conyugal debes ser un acto de donación personal
desinteresada
6) Diferencias entre la sexualidad masculina y femenina
7) Escarmenar en cabeza ajena
8) La contracepción artificial
Tema 8: Razones contra el divorcio
1) Introducción
2) Una sola carne
3) Nadie y todo el mundo se equivoca
4) Querer, saber y poder
5) Cónyuge abandonado
6) La importancia del clima social
Tema 1: ¿Por qué soy creyente?
LAS RAZONES DEL CREYENTE
(Breve introducción a la fe católica)
(Existencia de Dios y Revelación)
(No prestamos nuestra adhesión a discursos vacíos;
no nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón;
como tampoco por el encanto de discursos elocuentes;
pero no negamos nuestra fe a las palabras pronunciadas por el Poder
divino)
(S. Hipólito, Refutación de todas las herejías, C. 10, 33: PG 16, 3452)
Introducción
Durante las últimas décadas, la formación religiosa ha dejado mucho
que desear. De ahí la importancia actual de dejar bien sentadas las
bases de la fe. Como sacerdote, me aflige constatar la falta de
información objetiva en tan importante materia, empeorada tantas veces
por la desinformación. Esta manipulación resulta especialmente nociva
en una cultura dominada por ese pensamiento débil que conduce a vivir
sin hacerse muchas preguntas, o a dejarse llevar por vagas razones de
tipo sentimental.
Al considerar que la mayoría de mis semejantes, al menos en Occidente,
tienen una formación religiosa muy deficiente, he pensado que valdría la
pena escribir una breve introducción al cristianismo, destinada no sólo a
quienes ya lo conocen y desean vivirlo mejor, sino también a personas
poco o nada familiarizadas con la fe católica. Por eso, empezaremos de
cero, desde la razón, sin dar nada por supuesto. Por tanto, estas líneas
no van sólo dirigidas a quienes albergan dudas de fe, sino también a
aquellos católicos que la practican pero que quizá no sabrían explicar a
otros por qué su fe contiene la verdad más plena. De los cristianos se
espera que sepan dar un testimonio coherente de su fe.
Nadie está obligado a creer, pero, para poder decidir, tiene que saber de
qué va. La libertad, propia y ajena, merece el mayor aprecio, pero
también es verdad que la ¿información facilita la mejor elección: no se
puede elegir lo que se desconoce. Conviene, pues, proponer, sin
imponer, una serie de datos especialmente útiles a la hora de decidir
qué valores inspirarán nuestra vida. La decisión última depende de cada
uno, pero antes hay que informarse. A lo largo de cinco capítulos sobre
los aspectos más básicos de la fe católica, me propongo explicar por
qué, según mi experiencia, la propuesta católica resulta ser la mejor.
A lo largo de estas páginas abordaremos temas de perpetua actualidad:
las garantías de la fe católica, el problema del mal en el mundo, el más
allá y la eficacia de los sacramentos. En cada sesión, empezaremos
poniendo el acento en los datos objetivos y, al final, nos detendremos en
algunas consideraciones sobre las que podemos meditar: ¿a qué se debe
la incredulidad?, ¿qué sentido tiene el sufrimiento?, ¿podemos imaginar
el Cielo?, ¿qué aporta la vida cristiana a la calidad de mis relaciones de
amor?
Las cuestiones que abordaremos tienen, sin duda, una gran
trascendencia, pues guardan relación con los interrogantes de mayor
calado en nuestra vida. Obviamente, las respuestas no podrán ser
definitivas: por mucho que avancemos en el camino hacia la verdad,
siempre es posible un mayor acercamiento. No obstante, nos
enfrentaremos a esos grandes retos con valentía, sin actitud vacilante ni
resignada. Me dirijo, por tanto, a cualquier persona que esté dispuesta a
reflexionar dejando de lado sus prejuicios. Espero que sepamos abordar
estos temas con honestidad, abriéndose sinceramente a todas las
posibilidades. Con sano espíritu crítico, huiremos de los autoengaños,
tanto personales como colectivos. Si es preciso, nos sublevaremos
contra los dictados de lo políticamente correcto. Queremos ante todo la
verdad, que consiste en la adecuación entre lo que está en nuestra
mente y en la realidad. Y precisamente porque sólo nos satisface la
verdad, optaremos por abrirnos a la realidad, por muy incómoda que
pueda resultar.
La deseable brevedad y el deseo de asegurar un tono divulgativo, me
obliga a dejar en el tintero muchos matices. Para permitir una lectura
rápida, los aspectos más especializados son relegados a notas a pie de
página. Espero que sirva de aperitivo para abrir el hambre: que este libro
incite al lector a una ulterior profundización1. Sin duda, esta
metodología tiene sus limitaciones, pero facilita que estas páginas sean
asequibles a un amplio espectro de personas, sin importar cuál sea su
bagaje intelectual y religioso.
Será, en definitiva, como realizar un viaje en busca de las razones por la
que más vale la pena complicarse la vida. A quien quiera embarcarse en
este viaje, lo único que se le pide es esa actitud de apertura ante la
realidad que lleva a no eludir ninguna cuestión vital.
La importancia de lo objetivo
La fe, bien entendida, nunca está reñida con la razón. «No nos dejamos
seducir por pasajeros impulsos del corazón», escribía San Hipólito hace
17 siglos. Vale la pena subrayarlo pues vivimos en un mundo donde
prima lo sentimental, como si toda creencia perteneciese a un ámbito
meramente subjetivo. Y es que la filosofía está en crisis. Existe una gran
desconfianza respecto a la capacidad humana de alcanzar la verdad.
Nuestro intelecto es limitado pero no incapaz. Si se desconfía
sistemáticamente de la capacidad de la razón, entonces todo son
opiniones más o menos útiles. Uno confecciona sus propias creencias o
se vende al mejor postor; basta con que esté de moda. Vale la pena
abrirse a la realidad, buscar la verdad objetiva, con independencia de los
estados de ánimo. Nuestra inteligencia sólo se aquieta cuando abraza la
verdad.
Sin duda, los sentimientos son importantes, pero es preciso tener
siempre los pies en la tierra y dar prioridad a la verdad objetiva. ¿De qué
serviría sentirse bien si se vive en un mundo ilusorio? Sin puntos de
referencia objetivos, uno podría caer en un autoengaño. Tener los pies
en el suelo no significa ser cuadriculado. Si bien la verdad objetiva tiene
preferencia respecto a los sentimientos, no se trata de menospreciar lo
subjetivo. La fe ilumina la inteligencia pero tiene que iluminar también el
corazón y la vida.
Para avanzar adecuadamente en la vida cristiana, han de participar en
igual medida la reflexión y la vivencia. Hace falta tanto vida de oración
como formación doctrinal (conocimiento de la Revelación, esto es, de
aquellas verdades objetivamente reveladas por Dios mismo). Por un lado,
no llegaría muy lejos quien aspirara a tres doctorados en teología y
descuidara la oración y los sacramentos. Entre otras razones, porque
hay profundidades en las verdades reveladas que sólo se entienden si se
viven. Incluso quienes más tiempo han dedicado al estudio corroboran la
importancia de la vivencia. El periodista y escritor italiano Vittorio
Messori, por ejemplo, recuerda que «a quien le preguntaba quién era,
Jesús no le dio opúsculos o tratados de teología, sino que le propuso
una experiencia concreta, tangible y visual: “Venid y veréis”»2.
Por otro lado, la vivencia necesita un contrapunto objetivo. Sin una
buena base de formación religiosa, se podría terminar viviendo en un
mundo ilusorio. Quien se conforma sólo con rezar, olvidando la
formación religiosa, corre el riesgo de quedar atrapado en un ensueño.
Es cierto que Dios ayuda a quien no ha podido recibir formación, pero lo
normal es empezar con el catecismo. Dios puede darnos las luces
necesarias para comprender los misterios sobrenaturales con más
claridad que la que nos aportaría una enciclopedia teológica. Piénsese
en la teofanía que experimentó André Frossard. Pero esas inspiraciones
privadas, al estar filtradas por la subjetividad, que no siempre es fiable,
ofrecen menor certeza. En la misma línea, es un hecho que la mayor
experiencia mística de una persona puede dejar indiferente a otra que
no quiere creer3.
Si la religión tiene aspectos objetivos y subjetivos, la formación religiosa
debe dirigirse tanto a la cabeza (teología) como al corazón (oración).
Pienso que conviene empezar con la cabeza sin descuidar el corazón. La
fe es un don de Dios, pero, para poder creer, primero hay que
evangelizar.
Una de las mejores bazas de la fe cristiana consiste en no estar reñida
con la razón. Aún es más, cuanto más se piensa, más fácil es creer.
Cuenta Vittorio Messori que una encuesta realizada en una importante
diócesis sobre los católicos que asisten a Misa reveló que quienes
menos asisten a Misa son los que no tienen ni poca ni mucha
instrucción; la práctica dominical resultó ser la más alta entre la gente
sencilla y la gente con alto nivel de instrucción. Respecto a la gente
sencilla, comenta Messori, la encuesta «confirma la advertencia del
Nuevo Testamento sobre el privilegio otorgado a los "sencillos", a los
"ignorantes para el mundo". En cuanto a la elevación correspondiente a
los “niveles altos” viene a la memoria lo que ya en el siglo XIX escribía
John Henry Newman: "Un poco de cultura puede alejarnos de Dios, un
poco más de cultura puede reconducirnos a Él"»4.
Para quienes no se conforman con la “fe del carbonero”, esta primera
sesión contiene un resumen, lo más breve posible, de las razones por las
que la fe católica es la más verdadera. Si no fuera el caso, no sería
realmente católica, es decir, para todos. «Si la religión católica no está
destinada a todos, entonces es un fraude: o es católica o no es nada»,
afirmaba Robert Hugh Benson (1871-1914), el hijo de uno de los más
importantes dignatarios anglicanos5; cuando se convirtió al catolicismo
en 1903, se extrañó muchísimo de que hubiese algunos católicos sin
celo proselitista, sin el deseo de que todos tuviesen la dicha de abrazar
la verdadera fe. Benson, como Newman y tantos otros ingleses, se hizo
católico no por entusiasmo, sino, en medio de grandes sacrificios
personales, sencillamente porque se percató de que la Iglesia Católica
contiene la verdad más plena. Estos conversos ingleses nos ayudan a
los católicos a dar gracias a Dios por tener la fe más razonable que
existe. Bien lo expresaba otro converso inglés, Gilbert K. Chesterton
(1874-1936), hombre de aguda inteligencia y gran defensor del sentido
común, respondiendo a la pregunta «¿Por qué cree Usted?», que un
periodista le formuló en una entrevista para un semanario inglés:
«Porque percibo que la vida es lógica y viable con estas creencias, e
ilógica e inviable sin ellas»6.
Los primeros dos capítulos forman una unidad en la que cabe distinguir
tres etapas: la existencia de Dios, la divinidad de Cristo y su
perpetuación en la Iglesia Católica: cómo saber que Dios existe, que
Cristo es Dios y que la Iglesia Católica ofrece las mayores garantías de
credibilidad. En este primer capítulo, nos centramos en las dos primeras
etapas: cómo se puede demostrar la existencia de Dios y por qué ser
cristiano.
¿Es posible demostrar la existencia de Dios?
Basta ver la belleza de un paisaje para intuir que detrás del mundo
visible hay algo que lo transciende: una Belleza de la que procede toda
belleza. Basta reconocer nuestra necesidad de ser amados plenamente y
nuestra incapacidad de amar así, para intuir que, sin el Amor de Dios,
nuestra vida estaría siempre incompleta. Pero la existencia de Dios no
es sólo algo que se intuye. El análisis racional, junto a una actitud
honesta y abierta a la realidad, confirman el presentimiento de lo divino.
Con los argumentos de la razón podemos llegar a saber que Dios existe y
a conocer algunos de sus atributos. Basta con considerar el maravilloso
orden del universo para percatarnos de que necesita una inteligencia
superior que lo haya planificado, del mismo modo que no podemos
imaginar el software de un ordenador sin alguien que lo haya
programado: los átomos, al igual que los bytes, son incapaces de
organizarse a sí mismos al carecer de inteligencia.
Por tanto, para pensadores inteligentes y honestos, la existencia de Dios
no es sólo un presentimiento, sino también una evidencia racional. Se
puede demostrar que hay una Causa última de todos los seres, a la que
llamamos Dios. Mientras no se ponga sistemáticamente en duda la
capacidad cognoscitiva de la inteligencia humana7, la existencia de
Dios resulta tan evidente como la existencia de la realidad tangible que
nos rodea.
En efecto, sin entrar en pormenores filosóficos8, basta admitir que todo
efecto tiene una causa proporcionada. Nada es tan irreal y repugna
tanto a la inteligencia como un efecto sin causa. Si algo se mueve, o se
mueve por sí mismo o es movido por otro. Si veo que la luz de una
lámpara se enciende, aunque no vea quién la enciende, puedo estar
seguro de que algo o alguien exterior a la lámpara la ha encendido.
Jugando recientemente al tenis, se nos perdió una bola. Estuvimos
quince minutos buscando la bola perdida, pero no la encontramos. No
supimos cómo se había perdido, pero no dudábamos de que alguna
explicación tendría.
Algo así sucede con el universo. Es evidente que existe, pero no
encontramos nada dentro de él capaz de causar su existencia (su paso
del no-ser al ser); por tanto, su causa última de ser habrá que buscarla
fuera de él. Se puede quizá explicar su evolución histórica una vez que
ya existe (“big-bang”, etc.), pero no su última razón de ser. Según las
hipótesis cosmológicas presentadas a partir del año 2000, que
pretenden corregir inexactitudes en los cálculos de Einstein, antes de la
explosión inicial no había la nada, sino un vacío; por tanto, algo. ¿Y
cómo es posible que existiera ese algo? El hombre puede sacar unas
cosas a partir de otras, pero es incapaz de crear. Nadie da lo que no
tiene. Además, la causa tiene que ser proporcionada al efecto. Para
poder dar el ser, hay que tenerlo por sí mismo, no haberlo recibido de
nadie. En última instancia, pues, la Causa primera tiene que ser una
causa incausada, Suma Perfección de ser y origen de toda perfección.
Hay quienes tratan de justificar su ateísmo extendiéndose en
complicadas explicaciones sobre la evolución del universo. Dichas
hipótesis son cuestionables y podrían ser rebatidas científicamente,
pero no es esa la cuestión. La pregunta no es cómo ha evolucionado
todo, sino de donde procede lo que empezó a evolucionar. «Hace
algunos años —cuenta Cronin en sus memorias—, en Londres, donde en
mi tiempo libre organicé un clube para chicos obreros, invité a un
destacado zoólogo para que pronunciara una conferencia. Era un
brillante orador, aunque al final resultara bastante diferente de lo que yo
me esperaba. Animado sin duda por la idea de que a la juventud había
que decirle “la verdad”, mi amigo escogió como tema el de “el principio
del mundo” y, desde un punto de vista completamente ateo, describió
cómo hace millones de siglos las poderosas aguas prehistóricas
situadas sobre la primitiva corteza terrestre habían generado, gracias a
cierta reacción físico-química, una sustancia vibrante de la cual brotó -
no se sabe cómo- la primera forma primitiva de la vida, la célula
protoplasmática. Algo difícil de digerir para unos muchachos que habían
crecido a base de dietas mucho más ligeras. Cuando concluyó, se
escuchó un cortés aplauso; y, en medio del embarazoso silencio que
siguió, un educado jovencito de los menos de edad se levantó algo
nervioso.
—Perdone, señor -dijo con un leve tartamudeo-: ya nos ha explicado
usted cómo aquellas enormes olas golpeaban la orilla, pe...pe... pero ¿de
dónde salió el agua que había allí?
Esta pregunta tan ingenua y opuesta a la orientación científica dada a la
conferencia cogió a todos por sorpresa. Hubo un silencio. El orador
pareció primero molesto, luego vaciló y por último, lentamente, se fue
poniendo rojo. Entonces, sin darle tiempo a responder, el clube entero
estalló en una carcajada. La elaborada estructura lógica ofrecida por
aquel realismo de tubo de ensayo se había venido abajo gracias a una
sola palabra de desafío pronunciada por un muchacho ingenuo»9.
En definitiva, si hay universo, hay Dios; es evidente que hay universo,
luego hay Dios. Como afirma José Ramón Ayllón, «aunque está claro que
Dios no entra por los ojos, tenemos de Él la misma evidencia racional
que nos permite ver detrás de una vasija al alfarero, detrás de un edificio
al constructor, detrás de un cuadro al pintor, detrás de una página
escrita al autor»10.
Además de poder demostrar la existencia de Dios, es posible también
mostrar racionalmente que esa Causa última es Alguien y no Algo: una
Persona dotada de inteligencia y voluntad. En efecto, la Suma perfección
de ser tiene que ser autosuficiente: no necesita crear; si lo ha hecho, ha
tenido que ser con voluntad libre, no por necesidad. También debe tener
inteligencia, puesto que del mismo modo que un programa de ordenador
requiere un programador capaz de programarlo, hace falta ser muy
inteligente para concebir el orden que impera en el universo. De modo
Omnipotencia,
análogo, descubrimos otros atributos divinos:
Omnisciencia, Omnipresencia y Eternidad, etc.
El universo nos habla de su Creador. Mirando el universo obtenemos
información de su Artífice. Hay una rama de la filosofía, la Teodicea o
Teología Natural, que se ocupa de todo ello, partiendo del principio
clásico de que «todo agente obra conforme a su modo de ser». Del
mismo modo que un artista deja su huella en lo que produce, también el
universo nos habla de su Creador. Comentando esta analogía, Juan
Pablo II afirma que la naturaleza es como «otro libro sagrado» que, junto
a la Biblia, permite descubrir la belleza de Dios11. Nos ayudamos de
este tipo de comparaciones para entrar en el conocimiento de Dios y
abundar en los misterios revelados. Al fin y al cabo, todo lo humano es
un punto de partida para acercarnos de algún modo a lo divino. Además,
según el primer libro del Antiguo Testamento, Dios nos ha creado «a su
imagen y semejanza»12. Por eso, el razonamiento analógico nos permite
formular afirmaciones verdaderas sobre Dios, aunque sin olvidar la
imposibilidad de comprenderlo plenamente. Se puede atribuir a Dios, por
ejemplo, todo lo que implica perfección y excluye imperfección. Es algo
así como afirmar que dos hombres tienen dinero aunque uno tenga sólo
un euro y el otro miles de millones. Así también, podemos decir que Dios
es bueno, sin caer en un concepto vacío de contenido, a pesar de que no
podemos comprender plenamente su Bondad.
En conclusión, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, «a partir
de la Creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre,
con la sola razón, puede con certeza conocer a Dios como origen y fin
del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita»13.
Sólo Dios es infalible
Es muy difícil hacerse una idea precisa del número de estrellas que hay
en el firmamento. Se necesita algo más que capacidad espacial y de
cálculo para visualizar que sólo en nuestra galaxia existen unos 100
millones de estrellas y que, además, hay otros 12 billones de galaxias.
Tuve que echar mano de los conocimientos de un experto en astronomía
para hacerme cargo de estas cifras tan enormes. Como buen pedagogo,
recurrió a una comparación que me simplificó mucho las cosas: si cada
estrella del universo tuviese el tamaño de una pelota de tenis —me dijo
—, la superficie de la tierra no sería suficiente para contenerlas todas.
Algo parecido sucede con las inescrutables realidades divinas: Dios
«habita en una luz inaccesible»14 y Cristo es su «signo legible»15. Todo
lo divino, por ser inconmensurable, nos resulta demasiado elevado:
siempre está envuelto en el misterio. De ahí que la Revelación sea
necesaria tantas veces y de agradecer siempre.
Consciente de nuestra limitación, Dios decide hablarnos de Sí mismo.
Como buen pedagogo, nos pone escalones intermedios. En el Antiguo
Testamento, se reveló a través de metáforas humanas; a través del
profeta Isaías, por ejemplo, nos dice que Él nunca se olvida de nosotros:
que nos quiere más que la mejor de las madres16. Con la Encarnación
fue mucho más lejos: Él mismo se hizo hombre y nos reveló su vida
íntima. Como afirma San Juan, «a Dios nadie le ha visto jamás; el Dios
Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a
conocer»17. Jesucristo es, en efecto, la máxima revelación del Padre.
Nos enseña que Dios es Uno y Trino, que en Él se da una perfecta Unidad
de naturaleza a la vez que una Trinidad de personas: el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Reflexionando sobre esos datos revelados, intuimos que
tras la unidad de la Deidad se esconde una inefable comunión de amor
entre las Personas divinas: una plenitud de Vida ante la que palidece lo
que llamamos vida.
Hemos visto que la existencia de Dios, en sentido estricto, no es objeto
de fe. Creer significa asentir una verdad que no se ve basándose en el
testimonio de una persona fidedigna que revela lo que estaba oculto. Si
bien nuestra inteligencia es capaz de descubrir bastantes verdades, hay
realidades estrictamente sobrenaturales que superan nuestra capacidad
cognoscitiva. Respecto a misterios como el de Santísima Trinidad (que
Dios es Uno y Trino: tres Personas consustanciales), nuestra inteligencia
sólo puede mostrar que esa verdad revelada no repugna a la razón.
Nuestro intelecto es limitado. Dios, en cambio, es el único que jamás se
equivoca, el único que no puede engañarse ni engañarnos: que es
plenamente infalible y fidedigno. Sólo Él, por tanto, es el criterio último
de veracidad. El hombre que, no admitiendo su limitación intelectual, se
proclama medida última de verdad y se cierra ante realidades que le
superan, adopta una postura irracional, fanática.
Contrariamente a otras religiones, que han surgido como consecuencia
de la búsqueda de Dios por parte del hombre, la religión cristiana es la
única en la que es Dios quien busca al hombre. La Biblia contiene la
progresiva Revelación de Dios al hombre, que culmina en Cristo. Si Dios,
que es infalible, se revela, no nos equivocamos al creer en verdades que
exceden nuestra inteligencia. Pero ¿cómo estar seguros de que es Dios
quien ha hablado? La revelación divina tiene que ser objetivamente
fiable. Dios es invisible. Si habla a través de un hombre, como en el caso
de los profetas, no tenemos suficientes garantías de credibilidad, pues
todo pasa a través de la subjetividad del profeta en cuestión. Sólo Dios
merece confianza absoluta. Un hombre, no. Si un hombre afirma que Dios
se le reveló, ¿cómo estar seguros de que no tuvo alucinaciones? Si yo
fuese musulmán, toda mi fe dependería de mi confianza en un hombre
(Mahoma), que afirmó que le habían entregado un libro de parte de Dios
(el Corán). Pero un hombre se puede equivocar. Luego, para que la
revelación ofrezca plenas garantías, tiene que ser objetiva, visible,
tangible. Si no, se presta a engaño.
Revelación tangible en Cristo
Hay gente que cree en Dios, pero se trata de un Dios que se fabrican a
medida; ignoran quizá que Dios se ha revelado de modo objetivo. Tal vez
nacieron en el seno de una familia católica, pero se han alejado de la
práctica religiosa. Para ellos, casi siempre por falta de formación, tanto
la Santa Misa como las rosquillas de San Blas son “ritos” pertenecientes
a cierta tradición. He aquí, a título de ejemplo, lo que afirma una
escritora zaragozana nacida en 1947: «Mi madre creía en la existencia
de Dios y siempre le dolió que sus hijas, cada una a nuestro modo, nos
alejáramos de la fe de la Iglesia católica. Para no herirla, me casé y, más
tarde, bauticé a mis hijos [...] ella me lo pidió y a mí no me costaba nada
complacerla. Tampoco me siento absolutamente descreída, aunque
nunca llegamos a hablar mucho de eso. [...] Le dolía que los ritos no se
cumplieran»18.
Vayamos al grano: el cristianismo es la única religión que afirma haber
sido fundada directamente por Dios. Hace veinte siglos, el Verbo, la
Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne. Desde
entonces, como afirma Benedicto XVI, «la Palabra no sólo se puede oír,
no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús
de Nazaret»19.
Con los ojos de la fe, la Encarnación es el hecho más importante de la
historia. El cristianismo es la única religión cuyo fundador afirma ser
Dios. Al principio, la más elemental prudencia llevó a Jesús a decirlo de
forma velada20 para contener una reacción airada de los judíos. No
olvidemos que lo mataron por hacerse igual a Dios21. Ese mensaje, sin
embargo, era cada vez más nítido y al final de su vida lo aseveró de
modo contundente: «Yo y el Padre somos uno»22. La respuesta de sus
interlocutores no deja lugar a equívocos: quisieron apedrearle con el
argumento de que era blasfemo que, siendo hombre, se hiciera a sí
mismo Dios23. La afirmación más explícita de su divinidad la hizo Jesús
durante la Última Cena en estos términos: «Si me habéis conocido a mí,
conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis
visto. […] El que me ha visto a mí ha visto al Padre»24.
Cristo no afirma, pues, ser un sabio, un profeta o un iluminado, sino Dios
mismo. Ciertamente, la divinidad de Cristo da coherencia a toda la fe
cristiana. Si para decidir cuál es la religión más verdadera tuviéramos
que estudiarlas todas en detalle, necesitaríamos toda una vida. «¿No
habrá —se pregunta Louis de Wohl— otro medio más rápido, pero
seguro? Afortunadamente existe. Hay una sola religión cuyo fundador se
ha llamado a sí mismo Dios. Ni Mahoma, ni Buda, ni Moisés, ni Zoroastro,
ni Confucio ni Laotsé pretendieron ser dioses. Sólo Cristo reivindicó este
título»25.
El cristiano cree que Dios, que es invisible, inefable e inenarrable, se ha
manifestado de modo visible, audible y tangible en Cristo. «A Dios —
escribe San Juan— nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está
en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer»26. El misterio de la
Encarnación de Cristo consiste en tener dos naturalezas unidas en la
misma persona. Cristo no es menos Dios —Segunda Persona de la
Santísima Trinidad, consustancial con el Padre— por el hecho de
haberse hecho hombre, ni menos hombre por el hecho de ser Dios. La
Iglesia necesitó siglos para encontrar las palabras adecuadas para
expresar esta verdad revelada: que las dos naturalezas en Cristo están
unidas sin mezcla ni división en la Persona del Verbo. Si la naturaleza
divina fuera comparable a un océano, la naturaleza humana de Cristo
sería comparable a una gota de aceite: el océano, sin dejar de serlo, se
ha hecho una gota de aceite: ésta no se disuelva en aquél. Con la
Encarnación, Dios se ha rebajado a nuestro nivel para que podamos
entenderle y quererle con mayor facilidad. Necesitamos que lo más
sublime nos penetre a través de realidades sensibles y tangibles.
Juan, uno de los testigos oculares más cualificados, hace hincapié en
esta “tangibilidad”, al afirmar que da testimonio de Quien no sólo vio y
oyó, sino incluso palpar con sus propias manos: «Lo que existía desde el
principio —escribe el Apóstol—, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos
acerca del Verbo de la vida»27.
La Revelación bíblica es única. Históricamente, Dios se reveló de modo
progresivo. En el Antiguo Testamento, Dios fue preparando al pueblo
judío con el fin disponerle a recibir esa plenitud de la Revelación que Él
mismo llevaría a cabo encarnándose. El Nuevo Testamento ratifica y
completa el Antiguo Testamento. El Dios encarnado afirmó que no
aboliría ni una «jota o tilde» de la antigua ley28. Cristo culmina la
revelación, aunque ésta es inagotable y necesitamos la luz del Espíritu
Santo para seguir profundizando en ella.
Como escribe Clives Staples Lewis, Dios «escogió a un pueblo en
particular y pasó varios siglos metiéndoles en la cabeza la clase de Dios
que era —que sólo había uno como Él y que le interesaba la buena
conducta—. Ese pueblo era el pueblo judío, y el Antiguo Testamento nos
relata todo ese proceso. Pero entonces viene lo más chocante. Entre los
judíos aparece de pronto un hombre que va por ahí hablando como si Él
fuera Dios. Sostiene que Él perdona los pecados. Dice que Él siempre ha
existido. Dice que vendrá a juzgar al mundo al final de los tiempos. Pero
aclaremos una cosa. Entre los panteístas, como los hindúes, cualquiera
podría decir que él es parte de Dios, o uno con Dios: no habría nada de
extraño en ello. Pero este hombre, dado que era judío, no podía referirse
a esa clase de Dios. Dios, en el lenguaje de los judíos, significaba el Ser
aparte del mundo que Él había creado y que era infinitamente diferente a
todo lo demás. Y cuando hayáis caído en la cuenta de ello veréis que lo
que ese hombre decía era, sencillamente, lo más impresionante que
jamás haya sido pronunciado por ningún ser humano»29.
Una vez se me acercaron dos hombres de negocios. Uno era católico y
otro musulmán. El católico, con afán de simpatizar, decía: «ya le he
dicho a mi amigo que hay un solo Dios, aunque unos le den un nombre y
otros otro». Hasta aquí todo iba bien, pero añadió: por los demás, no hay
gran diferencia entre nuestras religiones; ellos tienen a un profeta
llamado Mahoma y nosotros a otro llamado Jesucristo. Ahí le tuve que
corregir. El cristiano no cree por el testimonio de un profeta: Jesucristo
afirmó ser Dios. El musulmán no salía de su asombro cuando le dije: —Sí,
¿no lo sabías?, hace veinte siglos Alá se hizo hombre...
Hay gente que oculta su escepticismo bajo una capa de prudencia.
Dicen que la religión (cristiana) es ciertamente importante, pero que no
hay que exagerar. Habría que replicarles que si Cristo es Dios, no caben
medias tintas. Como decía Lewis, «el cristianismo es una afirmación
que, si es falsa, no tiene ninguna importancia. Lo único que no puede ser
es moderadamente importante»30. Toda la credibilidad de la doctrina
cristiana depende de la divinidad de Cristo.
En un libro-entrevista a Bono (el cantante de U2), el entrevistador dice
que, sin duda, «Cristo tiene su lugar dentro de los grandes pensadores
de la Humanidad. Pero Hijo de Dios… ¿no es un poco exagerado?». El
cantante, responde: «No, para mí no es exagerado. Mira, la respuesta
laica a la historia de Cristo siempre es la misma: fue un gran profeta, un
tío evidentemente muy interesante, tenía muchas cosas que decir, al
igual que otros grandes profetas, ya sean Elías, Mahoma, Buda o
Confucio. Pero Cristo no te deja verlo así. No te lo pone fácil. Cristo dice:
“No, no digo que yo sea un maestro, no me llaméis maestro. No digo que
sea un profeta, digo que soy el Mesías. Digo que soy la encarnación de
Dios”. Y la gente dice: “No, no, por favor, sé sólo un profeta. Podemos
con un profeta” [...]. Y sólo te quedan dos cosas: o Cristo era quien decía
ser —el Mesías—, o un chiflado de la cabeza a los pies. [...] La idea de
que todo el curso de la civilización en medio planeta pudo cambiar su
destino y volverse del revés por obra de un chalado, para mí eso es
exagerado»31.
¿Se puede demostrar que Cristo es Dios?
Hay datos suficientes que muestran la divinidad de Cristo, pero no se
puede demostrar de forma apodíctica, como era el caso con la
existencia de Dios. Si se pudiese demostrar la divinidad de Cristo, la fe
ya no sería un libre asentimiento (creo porque decido personalmente
fiarme de Cristo que afirma que es Dios). Cristo es un personaje histórico
que, como hemos visto, afirma ser Dios; además, lo corrobora con toda
clase de milagros presenciados durante tres años, a plena luz del día,
por miles de personas. Si se tratase de hechos misteriosos realizados
por una especie de mago ante un auditorio de “iluminados” que miran de
noche hacia las estrellas, podríamos con razón dudar de la veracidad de
dichos acontecimientos. Además, estos testimonios son fidedignos
puesto que los testigos no estaban locos y prefirieron dejarse martirizar
antes que negar lo que habían visto y oído. En sentido negativo, tampoco
se puede demostrar que Cristo no sea Dios, y eso que hay muchos que lo
han intentado. Pero detengámonos más bien en los argumentos
positivos.
En cuanto a la historicidad del Nuevo Testamento, son muy sugestivas
estas palabras con las que Lucas introduce su Evangelio: «Puesto que
muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han
verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que
desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he
decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo
desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que
conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido»32. Imaginemos
que alguien relata en su diario una visita que ha hecho a un amigo suyo y
comienza diciendo: «Hoy fui en autobús a casa de Pablo López para
charlar sobre los exámenes de finales de junio...». Quien descubra veinte
siglos más tarde ese documento, quizá se pregunte qué significa la
palabra “autobús” y haya que aclararle que es un antiguo medio de
transporte que se usaba en el siglo XX, pero en principio no pondrá en
duda que el autor del diario fue a visitar a un tal Pablo López para hablar
de unos exámenes. Del estilo del documento se desprende que se trata
de algo realmente acaecido, no de un cuento o de una leyenda.
Hasta el siglo XIX, nadie había puesto en duda la historicidad de los
Evangelios. En ese siglo, hubo quienes, sin demostración alguna,
lanzaron dudas al respecto. Esos enemigos de la fe eran conscientes de
que, si atentaban contra la historicidad de los Evangelios, socavaban el
fundamento último de la fe cristiana: la divinidad de Cristo. Ha costado
más de un siglo de trabajo científico, por parte de exegetas y
arqueólogos, desmentir esos ataques. Quizá por eso, no pudiendo ya
atacar la historicidad de los evangelios de un modo científico,
presenciamos hoy en día otro tipo de ataques (por ejemplo, la novela de
ficción “El Código Da Vinci”, que ha hecho mucho daño entre incultos
porque busca, entre otras cosas, sembrar dudas al respecto).
No quiero extenderme en muchos detalles, pero hoy en día ningún
historiador serio y honesto puede albergar dudas acerca de la
historicidad del Nuevo Testamento. Messori, tras 10 años estudiando el
tema, concluyó, en su libro Hipótesis sobre Jesús, que no caben dudas.
Se conocen, en efecto, cerca de cinco mil manuscritos del Nuevo
Testamento, algunos de los cuales datan de los siglos II y III. Las
diferencias son mínimas y atañen detalles secundarios. Los Evangelios
cuentan esencialmente lo mismo. Que haya algunas pequeñas
diferencias —como, por ejemplo, el rótulo escrito en la Cruz— no hace
más que corroborar la autenticidad de su testimonio. Para comprender la
inaudita fiabilidad histórica de esos textos, bastaría compararlo con los
clásicos griegos y latinos, cuyas copias más antiguas son escasas y
están separadas de los originales por más de mil años. En el caso de
Platón, por ejemplo, esa separación es de trece siglos.
Como recuerda Ronald Knox, «tenemos manuscritos enteros del Nuevo
Testamento que se remontan al siglo IV, mientras que los más antiguos
manuscritos de Tácito, por ejemplo, escritos aproximadamente en la
misma época, datan del siglo IX. [...] Se puede construir, sobre principios
críticos, una estructura de conocimientos sobre las creencias de los
cristianos de mediados del siglo I a cuyo lado todo nuestro otro
conocimiento de tan remota época resulte una tontería. ¡Imaginad si
supiéramos tanto de la vida de Sócrates como sabemos de la de Cristo!
¿Si supiéramos tanto del culto a Mitras como del culto a Cristo!»33.
Jesucristo es, por tanto, un personaje histórico. «Lo que nos ha llegado
por medio de los Apóstoles —afirma Juan Pablo II— es una visión de fe,
basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero
que los evangelios, no obstante su compleja redacción y con una
intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera
plenamente comprensible»34.
Los evangelistas no interpretan. Escriben de modo conciso y cuentan
simplemente lo que han visto y oído. Hasta un niño puede entenderles.
En su predicación, los apóstoles dicen que no pueden negar algo que es
evidente porque ellos mismos lo han visto y oído. Por ejemplo, cuando
las autoridades judías mandaron a Pedro y a Juan «que de ninguna
manera hablasen o enseñasen en el nombre de Jesús», éstos les
contestan: «Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros
más que a Dios. No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos
visto y oído»35. Presenciar esos hechos no conduce automáticamente a
la fe. El Apóstol Tomás, por ejemplo, creyó únicamente en la
Resurrección y en la Divinidad de Cristo después de haber comprobado
el prodigio36, porque se predispuso libremente a recibir el don de la fe.
Como afirma Juan Pablo II, «en realidad, aunque se viese y se tocase su
cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro»37.
El hecho histórico de la Resurrección de Cristo fundamenta toda la fe
cristiana38. No puede ser un mito o una leyenda. Jean Guitton, tras
revisar todas las posibilidades, concluye: «Los Apóstoles me dicen que
vieron a Cristo fuera de la tumba. No es leyenda, no hay tiempo, los
Apóstoles hablan de ello desde los primeros días. Tampoco entra dentro
del orden del mito, como si dijéramos: después de la lluvia llega el buen
tiempo, después del invierno, la primavera. Creo que es un hecho
histórico, milagroso y misterioso»39. A quienes sugieren que los
Apóstoles se lo inventaron, Guitton replica: «O acepto el misterio o de lo
contrario tengo que volverme hacia un absurdo más oscuro que todos
los misterios y que ni da cuenta de los hechos normales. Imagine doce
hombres, y hasta quinientos, que, sabiendo que su maestro no ha
resucitado, deciden ir todos a convencer al mundo de lo contrario. ¿Y la
mayoría terminan haciéndose cortar el cuello por fidelidad a lo que
saben que es una broma, sin que ni uno de ellos se vaya de la lengua y
termine con ella?40»
¿Qué han oído los apóstoles del mismo Cristo? Ya hemos visto que, en
numerosas ocasiones, Jesucristo afirmó su divinidad. A los judíos, les
anima a estudiar las Escrituras, puesto que en Él se cumplen todas las
profecías del Antiguo Testamento. Para nosotros, el testimonio más
evidente de la divinidad de Cristo lo constituyen sus milagros. Los
patentes milagros de Cristo son “signo” de su divinidad: dan testimonio
visible de su divinidad invisible. Cristo realizó en nombre propio toda
clase de milagros, desde dominar las leyes físicas de la naturaleza hasta
curar toda clase de enfermedades. En tres ocasiones, devuelve la vida a
difuntos. El caso más clamoroso es la resurrección de Lázaro. Aquello
fue tan claro, que los jefes judíos decidieron matar a Jesús, y a Lázaro,
pues por su causa muchos creían que Jesucristo era el Mesías
prometido, y los jefes judíos temían una rebelión popular y el
consiguiente castigo romano41.
Algunos dudan de la historicidad de hechos sobrenaturales porque a
priori no admiten nada que supere su propia capacidad. Afirman, por
ejemplo, que quizá las personas resucitadas por Cristo no estaban
verdaderamente muertas. Los médicos saben, en efecto, que hay
enfermedades en las que el paciente parece estar muerto pero está vivo:
su corazón, aunque lentamente, late todavía. Teóricamente, se podría
enterrar a alguien que vive todavía. No por nada hay culturas en las que,
cuando alguien muere, se tocan tambores durante toda una noche. Se
puede responder que en esos casos no hay signos de descomposición
del cuerpo, mientras que en el caso de Lázaro los testigos oculares
afirman taxativamente que el cadáver estaba ya putrefacto. «Señor, ¡ya
huele!», dicen a Jesús cuando éste pide que abran el sepulcro42.
Quienes niegan a priori la posibilidad de los milagros, suelen buscar toda
clase de sinrazones para apoyar su falta de fe. Llama la atención la
debilidad de sus argumentos. Les recuerdas que cada vez que la Iglesia
canoniza a un santo, se prueba la existencia de un hecho
científicamente inexplicable, y ves que tienen que hacerse violencia
para no aceptar lo que ha sucedido. Al descartar a priori la existencia de
Dios, necesitan ponerse anteojeras. Parece que, en el fondo, ni ellos
mismos se creen lo que afirman.
Pasan de no aceptar la simple posibilidad, a afirmar que en el fondo un
“milagro” es algo muy corriente. Te ponen ejemplos, fuera de todo
contexto religioso, de fenómenos paranormales, o te dicen que un día la
ciencia sabrá explicar lo que los creyentes llamamos milagros. Parecen
fanáticos que necesitan adherirse a una fe irracional en la ciencia.
En cualquier caso, sólo el creyente es verdaderamente libre al pensar
sobre los milagros. Si me dicen que ha sucedido un milagro en Lourdes,
veo los datos y me formo una opinión. Si no me convence, soy libre para
no creerlo. Al cristiano sólo se le pide que crea en un milagro: el de la
resurrección de Cristo, de ahí proviene toda su fe. En cambio, de nada
sirve que el incrédulo examine esos datos, pues antes de empezar tiene
que descartar que haya sido un milagro; si no, se viene abajo todo su
sistema. Ya lo decía Chesterton: «Un creyente es un hombre que acepta
un milagro si la evidencia le obliga a ello. En cambio, un no creyente es
un señor que no acepta ni siquiera discutir los milagros, porque es a lo
que le obliga la doctrina que profesa a la que no puede desmentir»43.
Los hechos son claros: alguien afirma ser Dios y lo confirma con muchos
milagros, públicamente conocidos. Ante esos datos, sólo cabe una
explicación lógica: creer sencillamente en la divinidad de Cristo. Otras
explicaciones se desmontan con facilidad. La alternativa sería decir que
Cristo afirmó ser Dios por estar loco, y que los presuntos milagros no
eran más que una especie de trucos de magia hechos por un estafador
tan listo que engañó a miles de personas rudas. Pero eso contrasta con
los hechos históricos. Jesús no estaba loco porque su comportamiento y
su profunda doctrina lo contradicen. Tampoco era un embaucador
porque cuando alguien engaña, lo hace para obtener alguna ganancia,
mientras que Cristo nunca buscó provecho personal. Cuando, por
ejemplo, le quieren coronar rey, Él les disuade y se va a otro sitio. Luego
si Cristo no es ni loco ni mentiroso, es Dios. Lo que no cabe decir, es que
Cristo es simplemente un buen hombre. Porque ese hombre afirmó ser
Dios, y si no lo es, es un loco o un sinvergüenza.
En conclusión, conociendo estos datos, cada uno tiene que tomar
partido. Siendo fidedignos los testigos, no aceptar la divinidad de Cristo
equivale a afirmar que miente. «Si aceptamos el testimonio de los
hombres —escribe San Juan—, mayor es el testimonio de Dios (...) Quien
no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio
que Dios ha dado acerca de su Hijo»44. «Esta revelación —escribe Juan
Pablo II— es definitiva, sólo se la puede aceptar o rechazar»45.
Logroño, junio de 2011
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1. Un buen libro que permite ahondar más es: A. Aguiló, ¿Es razonable
ser creyente?, Palabra, Madrid 2004.
2. V. Messori, Por qué creo. Una vida para dar razón de la fe, Libros
Libres, Madrid 2009, p. 120.
3. Así se entiende, por ejemplo, que sea ateo Jean Baruzi, uno de los
más autorizados conocedores de San Juan de la Cruz (cfr. H. Arts, Een
Kluizenaar in New York, De Nederlandsche Boekhandel, Amberes 1986,
p. 119).
4. V. Messori, Los desafíos del católico, Planeta, Barcelona 1997, pp.
135-136.
5. R. H. Benson, Confesiones de un converso, Rialp, Madid 1998, p. 111.
6. Introducción a G.K. Chesterton, La incredulidad del padre Brown,
Encuentro, Madrid 1999, p. 13.
7. Como esos escépticos que dudan incluso de la realidad visible,
preguntándose si todo lo que ven no será una especie de sueño. No se
puede dialogar con alguien que niega lo evidente. Hay que tener una
sana confianza en nuestra inteligencia, conocer tanto sus posibilidades
como sus limitaciones. Su capacidad no es ilimitada, pero puede
acercarse progresivamente a la verdad. La razón humana es, por
ejemplo, capaz de demostrar un cierto número de verdades no
evidentes: podemos demostrar racionalmente la existencia de Dios, la
inmortalidad del alma (que no todo acaba tras la muerte) y la existencia
de un código ético universal (que existen normas morales universales:
vigentes para hombres de todo tiempo y lugar).
8. Cfr. las demostraciones de la existencia de Dios de Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, I, q. 2, a. 3.
9. A. J. Cronin, Aventuras en dos mundos, Palabra, Madrid 1997, pp. 366-
367.
10. J. R. Ayllón, Dios y los náufragos, Belacqua, Barcelona 2002, p. 155.
11. Juan Pablo II, Audiencia del 30 de enero de 2002.
12. Gen. 1, 26-27.
13. Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, Asociación de editores
del catecismo, Madrid 2005, p. 24.
14. 1 Tim. 6, 16.
15. Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 3.
16. Cfr. Is. 49, 15.
17. Jn. 1, 18
18. Soledad Puértolas, Con mi madre, Anagrama, Barcelona 2001, pp. 12-
13.
19. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini, 30 de
septiembre de 2010, n. 12
20. Cfr. Jn. 8, 24, 28 y 58.
21. Cfr. Mt. 26, 64 y Mc. 14, 62.
22. Jn. 10, 30.
23. Cfr. Jn. 10, 33.
24. Jn. 14, 7 y 9.
25. L. De Wohl, Adán, Eva y el mono, Palabra, Madrid 1984, pp. 162-163.
26. Jn., 1, 18.
27. 1 Jn., 1, 1.
28. Cfr. Mt. 5, 18.
29. C.S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, pp. 67-68.
30. C.S. Lewis, Lo eterno sin disimulo, Rialp, Madrid 1999, p. 37.
31. M. Assayas, Conversaciones con Bono, Alba, Barcelona 2005, pp.
242-243.
32. Lc. 1, 1-4.
33. R. A. Knox, El torrente oculto, Rialp, Madrid 2000, pp. 108-109.
34. Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, n. 17.
35. Hechos de los Ap., 4, 18-20.
36. Cfr. Jn. 20, 24-29.
37. Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, n. 19.
38. Cfr. 1 Cor. 15, 14-15.
39. J. Guitton, Mi testamento filosófico, Encuentro, Madrid 1998, p. 57.
40. Ibidem, p. 60.
41. Cfr. Jn. 11, 45-53.
42. Cfr. Jn. 11, 39.
43. En V. Messori, Por qué creo. Una vida parea dar razón de la fe, o.c., p.
242.
44. 1 Jn. 5, 9-10.
45. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés,
Barcelona 1994, p. 32.
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Comentarios al autor: [Link]@[Link]
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Participación en el foro:
•¿Es posible demostrar la existencia de Dios?
•¿De qué modo se reveló Dios al hombre?
•¿Cuál es el fundamento de la credibilidad de la doctrina cristiana?
•¿Cómo se prueba la divinidad de Jesús?
El enlace para participar en el foro de esta lección es:
[Link]
Tema 2: ¿Por qué soy católico?
Respuestas al primer tema:
1) Es posible demostrar la existencia de Dios: Sí
2) De qué modo se reveló Dios al hombre: Antiguo Testamento y, llegada
la plenitud de los tiempos, haciéndose hombre en Cristo
3) Cuál es el fundamento de la credibilidad de la doctrina cristiana? La
Divinidad de Cristo (es la que menos aciertan)
4) Cómo se prueba la divinidad de Jesús? mostrando que los Evangelios
que narran sus milagros, especialmente el de la Resurrección, son
fidedignos.
Conviene insistir en que ponemos el acento en LAS RAZONES DE LA FE,
esto es, en mostrar que el razonamiento ayuda a creer. Conviene pues,
dejar claro, que la fe no es, estrictamente hablando, un sentimiento, sino
más bien "la voluntad que asiente a lo que le propone la razón iluminada
por la fe, esto es: que vale la pena creer, aunque no se entiendan
plenamente los misterios divinos, porque nos fiamos de la Revelación de
Dios, que no puede ni engañarse ni engañarnos".
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LAS RAZONES DEL CREYENTE
(Breve introducción a la fe católica)
Tema 2: ¿Por qué soy católico?
(La Iglesia Católica)
(No negamos nuestra fe a las palabras pronunciadas por el Poder divino)
(S. Hipólito)
No sólo cristiano, también católico
Debido a nuestra hambre de Dios, la espiritualidad siempre estará de
moda. Por desgracia, no sucede lo mismo con la Revelación objetiva y
con sus implicaciones morales. Con la excusa de combatir la
intolerancia religiosa, no pocos cristianos han sucumbido ante el
aparente encanto de posturas sincretistas de corte oriental, como el
new age, que a la larga prescinden de Dios y reducen la oración a una
simple técnica de relajación mental. Por eso conviene insistir en que «la
oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe, en
la que resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura»1. Hay
muchos ejemplos cotidianos que muestran la importancia de conocer
bien las verdades reveladas por Cristo. No hace mucho tiempo me
contaba un amigo una anécdota muy ilustrativa en este sentido.
Paseaba por las calles de Londres y quiso entrar en una iglesia para
acercarse a un Sagrario y rezar ante el Santísimo Sacramento. El
problema estaba en cómo saber si el templo al que quería acceder era
católico o protestante. La diferencia es esencial, precisamente por la
presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Mi amigo se solía fijar,
para distinguir, en los horarios que hay en la entrada. Si se anuncian
servicios, es protestante, mientras que si el aviso se refiere a las Misas,
es una iglesia católica. Durante esas pesquisas, se acercó amablemente
una señora anglicana para preguntarle si deseaba algo e invitarle a
entrar. Mi amigo le explicó que es católico y que, por tanto, sabía que no
encontraría al Señor en el Sagrario. Extrañada, la buena señora le
replicó: «¡Pero Jesús está en todas partes!». Intentó explicarle, me temo
que en vano, que efectivamente Cristo, como Dios, está en todas partes,
pero que su presencia sacramental en la Eucaristía es otro tipo de
presencia mucho más cercana, que sería imposible sin la Encarnación.
Esa anécdota muestra hasta qué punto las verdades de fe conforman la
vivencia cristiana. Los protestantes, en efecto, al desconocer la
presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, no pueden disfrutar de ese
gran regalo de amor que supone tenerle cerca de nosotros, escondido
pero vivo. Allí donde está su cuerpo, se encuentra también su alma y su
divinidad. De ahí la importancia de conocer todas las verdades reveladas
por Dios. En concreto, si no se está familiarizado con la «hondura de la
Encarnación»2, la vida cristiana se resiente: se vuelve espiritualista.
No todos los cristianos son católicos. La religión católica, con más de
mil millones de fieles, es la más numerosa del mundo. Pero hay cientos
de millones de personas que creen en la divinidad de Cristo pero no en la
Iglesia Católica. O bien estamos equivocados los católicos, creyendo
demasiadas cosas, o bien es incompleta la fe de los ortodoxos (que no
creen en la potestad otorgada por Cristo al Romano Pontífice) y la de los
protestantes (que, en líneas generales, además de no aceptar la
autoridad del Papa, no veneran a la Virgen María y no creen que Cristo
haya instituido siete sacramentos). ¿Cómo saber quién tiene razón? Si
un católico cree, por ejemplo, que Jesucristo está realmente presente
en el Sagrario y un protestante piensa que no, uno de los dos se
equivoca. Es, pues, «necesario —afirma Juan Pablo II—saber cuál de
estas Iglesias o comunidades es la de Cristo, puesto que Él no fundó
más que una Iglesia, la única que puede hablar en su nombre»3.
No se trata de hacer un juicio de valor sobre personas, sino sobre ideas.
No pretendo comparar la valía personal de católicos y de otros
cristianos, sino buscar quién confiesa la fe más verdadera. De hecho,
hay ortodoxos y protestantes que son mejores personas que muchos
católicos. Una cosa es la verdad y otra la caridad. Estar en la verdad
facilita la santidad de vida, pero Dios ayuda a todos. Además, los
cristianos que viven hoy en día no son responsables de las dolorosas
divisiones surgidas en el pasado. Lo que sí se espera de todos es que
busquen honestamente dónde se encuentra la verdad más plena y se
adhieran a ella. También es verdad que la caridad, el amor y respeto
mutuos, facilita esa unidad tan ansiada entre los cristianos. Hubo
tiempos de obcecamiento, en que los miembros de las distintas
confesiones cristianas apenas se trataban. El afán ecuménico de Juan
Pablo II ha contribuido mucho a crear ese ambiente distendido, tan
propenso a la búsqueda serena de la verdad. Gracias a Dios, empiezan a
desaparecer recelos multiseculares. Es de esperar que en el siglo XXI se
restablezca esa unidad por la que rezó Cristo en la Última Cena4.
Volviendo a tomar el hilo de nuestras consideraciones racionales, hemos
visto que sólo Dios es infalible. Si Jesucristo es Dios, todas sus
declaraciones son infalibles. Si revelase cien verdades, todas ellas serán
igualmente verdaderas y nadie tendrá derecho a cambiarlas. Si creo que
Cristo es Dios, entonces aceptaré sus cien verdades. Incluso antes de
conocerlas, me las creeré, ya que la razón que me lleva a creérmelas no
radica en que me convenzan más o menos, sino en que el que las ha
revelado es infalible, no puede engañarse ni engañarme.
Pues bien, una de esas declaraciones dogmáticas de Cristo concierne a
la Iglesia. Cristo mismo fundó una sola Iglesia, con San Pedro al frente:
«Tú eres Pedro —le dijo—, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las
puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves
del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los
cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos»5.
Este texto es fundamental. De modo contundente, Cristo afirma que
quiere edificar su Iglesia sobre Pedro y le promete ayuda hasta el fin de
los tiempos.
El Primado del Papa
De esas palabras, se desprende también el Primado del Papa sobre los
demás Obispos, puesto que Cristo confiere a Pedro una potestad por
encima de los demás apóstoles. Eso es precisamente lo que no
reconocen los cristianos no-católicos: que Cristo haya constituido al
Obispo de Roma como pastor universal. Sin embargo, si estudiamos este
asunto en sede teológica, comprobamos la verdad de la fe católica. Para
estudiar una cuestión teológica, es preciso acudir a las dos fuentes de la
Revelación: la Sagrada Escritura y el testimonio de la Tradición. Por
último se estudian las declaraciones del Magisterio de la Iglesia.
Empecemos con el Evangelio. Ahí vemos que Cristo confiere a Pedro
potestades especiales que no confiere a los otros apóstoles: aparte de
entregarle —como hemos visto— la potestad de las llaves(6), le dice que
tiene que confirmar a sus hermanos en la fe7, y después de la
resurrección le confirma en su ministerio pastoral8. En los Hechos de los
Apóstoles, vemos a Pedro ejerciendo su primado, no porque él sea mejor
que los demás apóstoles, sino porque así se lo ordenó Cristo.
Tras la Ascensión, Pedro actúa siempre como cabeza de la Iglesia. Pide
que se nombre a otro apóstol para ocupar el puesto de Judas. El día de
Pentecostés, es él quien dirige la palabra al pueblo. Preside el Concilio
de Jerusalén, resume sus conclusiones, acatadas por todos. En una
visión, se entera de que hay que aceptar en la Iglesia a los gentiles y
bautiza a los primeros de ellos...
Los testimonios de los primeros siglos confirman que el Primado de
Pedro no es, como afirmaron algunos protestantes, un invento de los
cristianos de Roma para justificar su eminencia, sino algo aceptado por
los cristianos desde el principio. Excavaciones en los años cincuenta
han demostrado que Pedro fue sepultado en Roma. Por eso, los Obispos
de Roma siempre fueron reconocidos como sucesores de Pedro. Las
leyes promulgadas por el Papa tenían vigencia en todas las iglesias, y si
surgía alguna duda o disputa, acudían a Roma para solucionarla. Así,
Clemente I, tercer sucesor de San Pedro, intervino en una discordia
ocurrida en la iglesia de Corinto. Escribe a los rebeldes y les pide
«obedecer a lo que Cristo les ha mandado a través nuestro»9.
En el siglo II, San Ireneo, refiriéndose a la Iglesia de Roma, nos ha
legado este testimonio de fe: «Porque con esta Iglesia, debido a su
eminente origen, tienen que estar de acuerdo todas la iglesias, es decir
los creyentes de todo el mundo, pues en Ella se ha conservado la
Tradición que viene de los apóstoles, para salvación de todos los
hombres de todas partes»10. A su vez, San Cipriano (siglo III), enseña
que «la sede episcopal de Roma es la Cátedra de Pedro, la más
importante de las Iglesias, de la que procede la unidad sacerdotal» y que
«quien abandone la Cátedra de Pedro, sobre la que Cristo ha edificado
su Iglesia, ya no es miembro de la Iglesia». En el siglo V, San Agustín
confiesa que «sobre esta Cátedra de la unidad, Dios ha colocado
también la doctrina de la verdad»11.
Esta doctrina ha sido confirmada por los diversos Concilios ecuménicos.
Así, en el año 451, el Concilio de Calcedonia, dirigiéndose al Papa León I,
declaró: «Tu has sido el portavoz de la voz de Pedro»12. El Concilio de
Florencia (1440-1446) resumió de este modo la doctrina sobre el Primado
del Papa: «Definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice
tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es
el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles,
verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro
de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del
bienaventurado Pedro, le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo
plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal»13.
Misión de la Iglesia
Veamos ahora algunos matices que ayudan a entender la doctrina
revelada sobre la Iglesia. Ante todo, es preciso señalar que la Iglesia no
ejerce su potestad en nombre propio. Se trata de una potestad delegada.
Pedro, y sus sucesores, administran algo que no les pertenece, son
«administradores de los misterios de Dios»14. «La palabra
“administrador” —recuerda Juan Pablo II— no puede ser sustituida por
ninguna otra. (...) El administrador no es propietario, sino aquel a quien
el propietario confía sus bienes para que los gestione con justicia y
responsabilidad»15. Cristo confiere una potestad que proviene de Dios
mismo. Cuando Cristo confiere a los apóstoles la potestad de perdonar
los pecados, les dice: «"Como el Padre me envió, también yo os envío".
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A
quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos"»16.
La finalidad primordial de la Iglesia es salvar almas. Para llevar a cabo
esta misión, la Iglesia recibió de Cristo tres ministerios: enseñar,
santificar (administrar los medios de salvación, fundamentalmente los
sacramentos) y gobernar (como en cualquier sociedad humana, hace
falta organizar las relaciones entre los diversos miembros). Hay una
diferencia entre los dos primeros ministerios y el tercero. No es lo
mismo potestad de enseñar y de administrar sacramentos que
competencia para gobernar. Cuando la Iglesia enseña su doctrina
dogmática y administra los medios de santificación, goza de la misma
potestad infalible que Cristo. En cambio, en su tarea de gobierno, por
ejemplo al nombrar un obispo, la autoridad eclesiástica es simplemente
competente y se puede equivocar. No es lo mismo obediencia de la fe
que docilidad. Una declaración dogmática del Papa merece ser asentida
por todos los fieles como verdad de fe; en cambio, respecto a las
directrices pastorales, se espera de los fieles una actitud de solidaridad.
Si se pierde de vista esa diferencia entre potestad y competencia, no se
entiende bien la Iglesia Católica. Cristo es garantía de que los
sacramentos válidamente administrados tengan una eficacia divina y de
que lo que enseña de modo estable el Santo Padre, y los Obispos en
comunión con él, sea infalible. Como veremos, se trata de una potestad
conferida por el mismo Cristo17. Pero en el ámbito pastoral y en el
gobierno de los asuntos que regulan la vida de la Iglesia (véase, por
ejemplo, el Código de Derecho Canónico, conjunto de leyes que regulan
los derechos y deberes de los fieles), si bien Dios ayuda, puede haber
errores. Cuanto más santo sean un pastor, más acertada será su
actuación. En cambio, la eficacia sobrenatural de los sacramentos y la
confianza que merece una declaración dogmática no dependen
directamente de su santidad de vida de los pastores. Cristo mismo
garantiza la eficacia de los sacramentos y la infalibilidad de la doctrina.
Detengámonos en la potestad que ha recibido la Iglesia de enseñar
infaliblemente en nombre de Cristo. Veamos por qué nada es tan seguro
y razonable como creer en lo que enseña la Iglesia.
«Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos»18, dijo Cristo a
Pedro. Y a los apóstoles: «Quien a vosotros os escucha, a mí me
escucha»19. Son palabras fuertes. No entendemos cómo hombres
falibles puedan participar de la infalibilidad divina. Es un misterio. Pero
si lo dice Cristo, que es Dios, lo creemos firmemente, ya diga que un
trozo de pan se convierte en su Cuerpo o que el Papa no se puede
equivocar al proclamar un dogma de fe.
Es lógico que Cristo confíe a la Iglesia la potestad de conservar,
interpretar y actualizar el depósito de la fe. Para asegurar la transmisión
fiel del mensaje de Cristo a través de la historia, se precisa una
instancia infalible de interpretación. Así, si surgen dudas, se pueden
resolver con la seguridad de que Dios está detrás de esa interpretación.
Se evita así que, cada vez que nos gustaría saber lo que Dios piensa
sobre algo que se pone en duda —como la Asunción de la Virgen— o
sobre algo nuevo —como la fertilización in vitro—, tenga que volver
Cristo para aclararlo.
Es, pues, razonable que Cristo, inteligente como es, ya haya previsto
todo eso y lo haya resuelto de antemano, confiando esa potestad a su
Vicario en la tierra. No olvidemos que en el Evangelio se encuentran de
modo implícito muchas verdades de las que los cristianos, gracias a la
oración y a la reflexión teológica, se han ido percatando poco a poco a
lo largo de la historia. Pero estos avances no deben traicionar el núcleo
original. De hecho, la Iglesia jamás ha proclamado un dogma que
contradiga al Evangelio o no esté implícitamente presente en él. La
experiencia protestante, en cambio, muestra que al contar únicamente
con la Sagrada Escritura, la unidad de fe se ha ido resquebrajando más y
más.
Como recuerda Scott Hahn, en un libro apasionante en el que relata su
conversión a la fe católica, «desde la época de la Reforma, han ido
surgiendo más de veinticinco mil diferentes denominaciones
protestantes, y los expertos dicen que en la actualidad nacen cinco
nuevas a la semana. Cada una de ellas asegura seguir al Espíritu Santo y
el pleno sentido de la Escritura»20.
Por otra parte, creer en la Iglesia no equivale a depositar nuestra
confianza en personas humanas. Al comparar el cristianismo con otras
religiones, vimos que no es razonable depositar toda nuestra confianza
en un hombre, que sólo Dios ofrece plenas garantías de credibilidad.
Comparando a las diversas iglesias cristianas, podemos aplicar el mismo
razonamiento. Si lo miramos de cerca, el católico es el único cristiano
cuya fe se basa únicamente en Cristo.
Si sigue al Papa es porque cree en la promesa de infalibilidad hecha por
el mismo Cristo. Un protestante, en cambio, tiene que fiarse de Cristo y
de un hombre. De las cien verdades reveladas por Cristo, Lutero decide
que hay que quitar cinco, Calvino que hay que quitar diez, etc. ¿Pero
cómo puedo estar seguro de que no se equivocan? A pesar de todo el
respeto que merecen, los fundadores de iglesias protestantes son
simples hombres que no han recibido directamente de Cristo potestad
alguna. Un metodista tiene que creer en John Wesley, un adventista en
Willian Miller y en Ellen White, un mormón en Joe Smith, un testigo de
Jehová en C.T. Russel, etc. También dentro de la Iglesia Católica ha
habido siempre personas que afirman haber recibido de Dios algún
carisma especial. Piénsese en santos como Bernardo, Domingo de
Guzmán, Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Don
Bosco, San Josemaría Escrivá, etc. Todos ellos enriquecieron a la
Iglesia con su doctrina, con su ejemplo, y con fundaciones extendidas
hoy en día por todo el mundo. ¡Pero ninguno de ellos se sintió llamado a
fundar otra iglesia y su carisma fue reconocido por los sucesores de
Pedro! No puede haber unidad en la fe, dentro de la legítima diversidad,
sin un Vicario de Cristo común a todos los cristianos...
«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»,
dijo Cristo a sus discípulos21. Los apóstoles entendieron la importancia
de custodiar y de transmitir fielmente ese tesoro recibido de Cristo.
Conscientes de lo que recibieron en depósito, no permitieron que alguien
lo cambiara. «Aun cuando nosotros mismos —afirma San Pablo— o un
ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos
anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo
repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis
recibido, ¡sea anatema!»22. Como decía Juan Pablo I, «cuando el pobre
Papa y cuando los Obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no
hacen más que ayudar a Cristo. No es doctrina nuestra, es la de Cristo,
sólo tenemos que custodiarla y presentarla»23.
La crisis que de las misiones católicas en las últimas décadas se debe
en gran parte a perder de vista lo que acabamos de ver. Los misioneros
deben evangelizar y vivir la caridad, pero si dudan de la verdad de la
doctrina recibida de Cristo, se convierten en simples asistentes
sociales. No se trata de imponer a los demás, con afán de conquista, las
propias convicciones, sino de respetar delicadamente la legítima
libertad de cada persona. Tampoco es que los cristianos se sientan
orgullosamente superiores a los demás. Se sienten humildes
depositarios de un mandato divino destinado a contribuir a la verdadera
felicidad de sus semejantes. Estar convencido de haber recibido una
verdad divina no impide el diálogo y el respeto de la legítima libertad
ajena. Juan Pablo II ha sido un preclaro ejemplo de persona a la vez
coherente y tolerante. Ante los representantes del poder mundial en las
Naciones Unidas, afirmó en 1995: «Como cristiano, mi esperanza y
confianza se centran en Jesucristo... [quien] para nosotros es Dios
hecho hombre y forma parte por ello de la historia de la humanidad. […]
La fe en Cristo no nos aboca a la intolerancia. Por el contrario, nos
obliga a inducir a los demás a un diálogo respetuoso. El amor a Cristo no
nos distrae de interesarnos por los demás, sino que nos invita a
responsabilizarnos de ellos, a no excluir a nadie...»24.
El misterio de la Iglesia
Si se mira con ojos humanos, sin la fe, la Iglesia Católica no se entiende.
Es de Dios pero está compuesta por hombres. En ella, convive lo más
alto con lo más bajo. La Iglesia constituye un profundo misterio. Es
mucho más que un conjunto de clérigos con determinadas potestades.
La unión íntima de todos los miembros de la Iglesia, entre sí y con
Cristo, en la tierra y en el Paraíso, es un misterio tan profundo, que
excede nuestra capacidad intelectual. «Este misterio —recuerda Juan
Pablo II— es más grande que la sola estructura visible de la Iglesia.
Estructura y organización sirven al misterio. La Iglesia, como Cuerpo
místico de Cristo, penetra en todos y a todos comprende. Sus
dimensiones espirituales, místicas, son mucho mayores de cuanto
puedan demostrar todas las estadísticas sociológicas»25. La Iglesia es
la Familia de Dios, el Pueblo de Dios que camina hacia la Jerusalén
Celeste. Llegará un día, tras el fin del mundo, en que la Iglesia brillará en
todo su esplendor. Entretanto, cada día pasan miembros de la Iglesia
militante a la Iglesia purgante o triunfante. A veces nos fijamos
demasiado en las miserias de los miembros de la Iglesia, olvidando la
gloria de la Iglesia en el Cielo. Helmut Laun, en un libro en el que relata
su conversión, cuenta que un día tuvo una visión de la Iglesia gloriosa. El
relato de lo que contempló es escalofriante. No encuentra palabras para
describir lo que vio, pero lo intenta diciendo: «Todo lo que había leído
sobre la Iglesia Católica, una y santa, antes de mi conversión, era
completamente cierto, ¡pero apenas era una sombra comparado con la
deslumbrante belleza sobrenatural de la Iglesia triunfante! Ni siquiera un
millar de palabras cuidadosamente escogidas podrían nunca describir la
visión que tendremos de la Iglesia de Cristo en su última y plena
realidad, de una sola mirada, en la otra vida, cuando estemos
contemplando la bondad y sabiduría de Dios. Lo que innumerables
santos han dicho de la Iglesia es sin duda cierto. ¡Una realidad
inexpresablemente gloriosa!»26.
La Iglesia es un regalo de Dios. Conviene ponerlo de relieve
especialmente en estos momentos en los que sufre tantos ataques. Se
trata de una familia a la vez divina y humana. Es divina puesto que sus
miembros están íntimamente unidos por lazos sobrenaturales, y es
humana en cuanto que prolonga el hogar más maravilloso que jamás
haya existido: el de Jesús, María y José en Nazaret.
Creemos en la Iglesia por la misma razón que nos adherimos a las demás
verdades infaliblemente reveladas por el Hijo de Dios. Es muy de
agradecer la existencia de esta familia porque, a través de ella, Cristo
nos garantizó seguridad en la doctrina27. No prometió al Santo Padre, su
vicario en la tierra, infalibilidad de conducta, sino de doctrina. De los
tres ministerios confiados a la Iglesia —enseñar, santificar y regir—,
Jesucristo asegura la eficacia de los dos primeros: no hay error posible
en los dogmas y está asegurada la eficacia de los sacramentos
válidamente administrados. En cambio, a la hora de organizar la vida
eclesial, todo es mejorable. Si el Papa proclama un dogma, el católico no
se lo cree porque ese Papa sea un gran hombre, sino porque recibió de
Cristo la potestad de hablar en su nombre. «Es la Iglesia —enseña Juan
Pablo II— la que conserva, interpreta y actualiza el legado de Cristo. Y
es en unión con la Iglesia, bajo la dirección del Papa y de los Obispos,
como cada cristiano puede crecer en la fe. (...) Por desgracia, la Iglesia
no siempre está "sin mancha ni arruga". Pero es a ella a quien Jesús
confió su Buena Nueva, así como los caminos ordinarios a través de los
cuales nos llega su gracia»28.
Para apreciar el gran don que supone la Iglesia, tenemos que trascender
lo visible y centrarnos en lo esencial. Por ejemplo, al recibir un
sacramento, poco importa la imperfección del sacerdote que lo
administre, pues sabemos que es Jesucristo mismo quien nos lo
confiere. Así también, puesto que la Iglesia es el Cuerpo Místico de
Cristo, no dudamos de su santidad ante las patentes miserias de algunos
católicos, pues recordamos que su cabeza es Jesucristo, que su alma es
el Espíritu Santo y que la mayor parte de sus miembros son santos que
ya están en el Cielo. Sin duda, nos duelen los pecados propios y ajenos,
más aún si sintonizamos con el dolor que causan al Corazón de Jesús,
pero eso no enfría nuestro cariño hacia la que amamos como a una
madre.
«La Iglesia —dice San Josemaría—, que es divina, es también humana,
porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos [...].
Cuando el Señor permite que la flaqueza humana aparezca, nuestra
reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o
tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas
e interiores de cariño»29. Hay quienes se extrañan demasiado de las
debilidades ajenas, como si no fuéramos todos pecadores. Jesucristo,
en cambio, es muy realista. Porque nos conoce bien, predica tanto la
perfección como la misericordia, y espera de nosotros una santidad que
no está reñida con la miseria reconocida y combatida. Por eso eligió a
Pedro como primer Papa, fundando así «la Iglesia sobre cobardías y
arrepentimientos»30. Desconocer la realidad de la miseria humana «será
siempre la tentación aparentemente angélica y radicalmente demoníaca
de la soberbia. Cristo nos dejó su grito de Perfección: y esa entrañable
organización de cautelas, perdones y remiendos para la imperfección,
que es la Iglesia»31.
De todos modos, incluso las miserias humanas a lo largo de la historia
de la Iglesia corroboran su credibilidad. El Papa tiene un poder absoluto
es cuestiones de fe y moral, y sin embargo, los Papas indignos
mantuvieron la doctrina según la cual ellos mismos eran unos
sinvergüenzas, que terminarían pagando caro sus propios pecados.
Muchos herejes se han desviado de la fe de la Iglesia para justificar su
propia vida. Pero eso nunca ha pasado con los Papas.
¿Por qué existen increyentes?
Si la fe es tan razonable ¿por qué hay personas que no creen? La causa
de incredulidad de quienes conocen todas las razones externas que
hemos expuesto, habría que buscarla en razones internas.
Siendo capellán de estudiantes, conocí a un estudiante chino de
ingeniería que se decía ateo. «¿No sabes —le dije— que se puede
demostrar racionalmente la existencia de Dios?». Mostró interés y
quedamos citados para charlar con más calma. Llegado el momento, su
actitud tozuda y su total desconocimiento filosófico me obligaron a
emplearme a fondo. Como buen oriental, le costó entender este primer
argumento clásico32: todo efecto tiene una causa; puesto que nada hay
dentro del universo capaz de justificar el origen de su existencia, habrá
que buscar fuera de él hasta vislumbrar un Ser increado y necesario, una
causa primera sin la cual todo lo que vemos no habría podido surgir.
Hubo otro argumento que, por ser él experto en informática, le
convenció del todo: el maravilloso orden que observamos en el universo
reclama una inteligencia superior que lo haya planificado, del mismo
modo que es impensable un programa de ordenador sin un programador:
los átomos, al igual que los bytes, son incapaces de organizarse por sí
mismos.
Terminé explicándole que la creación pone de manifiesto la existencia
de un Ser con voluntad e inteligencia: que no provenimos de una especie
de fuerza ciega, sino de un Ser personal. Su reacción final me
sorprendió. Pensé que se alegraría al descubrir que no somos producto
del azar sino del querer de una Persona infinitamente omnipotente y
sabia. Más aún si, según la revelación cristiana, resulta ser un Padre que
nos ama con locura. En cambio, la desazón del estudiante iba en
aumento. Al preguntarle por qué, me dijo: «Me has demostrado que Dios
existe pero ¡yo no quiero ser el peón de nadie!». Su soberbia era
clamorosa. Parecía abierto, pero no era honesto.
Eso me recordó que, por muy importante que sea la formación —la
evangelización precede a la fe33—, más aún lo es la actitud que
adoptamos ante la realidad. La fe es un don divino que tiene que ser
aceptado por una voluntad que, a su vez, depende mucho de las
disposiciones interiores. Rechazar la fe aún contando con suficientes
datos objetivos es algo tan viejo como el Evangelio. Allí se lee: «Aunque
había realizado tan grandes señales delante de ellos, no creían en él; (...)
Sin embargo, aun entre los magistrados, muchos creyeron en él; pero,
por los fariseos, no lo confesaban, para no ser excluidos de la sinagoga,
porque prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios»34.
Como le sucedió al estudiante chino, la soberbia es lo que más impide
aceptar la fe. Quien, por ignorancia o por alejamiento voluntario, ha
vivido durante años como si Dios no existiera, para poder sobrevivir con
cierta autoestima, suele forjarse una idea autosuficiente de sí mismo
que le impide admitir la necesidad que tiene de que otro le salve. Es muy
difícil que acepte a Dios quien no sea capaz de relativizarse a sí mismo,
quien no asuma, por ejemplo, que por sí mismo ni siquiera puede
garantizar que seguirá estando vivo dentro de unos minutos. Aparte de la
autosuficiencia, también la falta de honestidad moral influye en la
actitud de rechazo hacia la fe. La vida cristiana comporta una serie de
implicaciones éticas que no se está dispuesto a asumir. Es el
autoengaño típico de quien, por no vivir como piensa, termina pensando
como vive. No podemos juzgar a personas concretas: cada una es única.
Sin embargo, la experiencia y la reflexión nos aportan datos útiles para
entender la realidad. Nos descubre que, sin rectitud moral, es muy difícil
abrirse a la verdad sobre Dios. Se precisa toda una conversión interior.
La soberbia no es siempre tan manifiesta como en el caso del estudiante
chino. Hay personas buenas, de conducta intachable, que viven alejadas
de Dios a causa de cierto orgullo solapado. He conocido a personas
buenas, que han acudido a hablar conmigo con grandes deseos de creer,
pero incapaces de dar el paso definitivo. Es para mí un misterio. Pienso
que su incapacidad tiene quizá que ver con una actitud
inconscientemente soberbia. Cuando, por alejamiento voluntario o por
falta de formación, se ha vivido durante años alejado de Dios, es muy
difícil aceptar la propia insignificancia, asumir, por ejemplo, que uno no
puede asegurar que seguirá estando vivo dentro de cinco minutos. Si
estoy alejado de Dios, para poder sobrevivir, para asegurar cierta
autoestima y no deprimirme, necesito creerme un pequeño dios. Y es
muy difícil aceptar a Dios cuando no sé relativizarme a mí mismo.
Tendría que comenzar aceptando que Dios lo es todo y que yo soy muy
poca cosa. Me haría falta caer de rodillas implorando humildemente a
Dios que se apiade de mí y me dé el don de la fe…
Recuerdo una novela, en la que se dice a propósito de un hombre
cultivado que no daba importancia a las cuestiones religiosas: «Acaso
fuese orgulloso sin saberlo; eso les sucede muy a menudo a los hombres
de cultura, muy pagados de sí mismos y de haber sabido obtenerla,
olvidando que la cultura es un producto más de la creación, un poder
creado por las criaturas con el poder otorgado por Dios»35. En todo
caso, no nos corresponde a nosotros juzgar de las disposiciones de las
personas. Sólo a Dios, que tiene todos los datos, le compete juzgar.
Para creer hace falta: poder, saber y querer. La gracia de Dios da la
capacidad, de ahí que la fe sea un don de Dios. El saber depende de las
luces que Dios da y de una buena evangelización. En principio, el querer
depende de cada uno. No obstante, hay rezar por la conversión de los
que no quieren creer, para que Dios les ayude a remover los obstáculos
que les impiden abrazar la fe. Si alguien no cree, es porque no quiere o
porque no le han enseñado. Esto se desprende de las palabras que
Cristo, al punto de dejar esta tierra, dijo a sus apóstoles: «Id por todo el
mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea
bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará»36.
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1. Carta Orationis formas de la Congregación para la doctrina de la fe, 15
de octubre de 1989, n. 1.
2. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 74.
3. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés,
Barcelona 1994, p. 152.
4. Cfr. Jn. 16, 20-21.
5. Mt. 16, 18-19.
6. Cfr. Mt. 16, 13-19.
7. Cfr. Lc. 22, 31-32.
8. Cfr. Jn. 21, 15-17.
9. Ep. 1, ad Cor., Denzinger n. 102.
10. Adversus haereses, III, 3, 2.
11. Ep. 105.
12. Denz., n. 306.
13. Denz., n. 1307.
14. 1 Cor. 4, 2.
15. Juan Pablo II, Don y misterio, B.A.C., Madrid 1996, p. 89.
16. Joh. 20, 21-23.
17. Cfr. Mt. 16, 19; Lc. 10, 16, Jn. 21, 15-17, etc.
18. Mt. 16, 19.
19. Lc. 10, 16.
20. S. y K. Hahn, Roma, dulce hogar, Rialp, Madrid 2000, pp. 89-90.
21. Mc. 16, 15.
22. Gal. 1, 8-9.
23. En J. Azcárate, La sonrisa de un Pontificado, folletos mc, n. 610, p.
38.
24. Juan Pablo II, Discurso a la V Asamblea de la Organización mundial
de las Naciones Unidas, 5 de octubre de 1995.
25. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 149.
26. H. Laun, Cómo encontré a Dios, Rialp, Madrid 1984, p. 163.
27. Mt. 16, 18-19. Sobre esta potestad delegada, véase también Lc. 22,
31-32; Jn. 21, 15-17; y 1 Cor. 4, 2.
28. Juan Pablo II, Discurso del 17 de mayo de 1985, n. 9.
29. San Josemaría, Lealtad a la Iglesia (homilía del 4 de junio de 1972),
en Amar a la Iglesia, Madrid 1986, p. 21.
30. J. M. Pemán, La Pasión según Pemán, Edibesa, Madrid 1997, p. 73.
31. Ibidem, p. 74.
32. Hay dos principios básicos en filosofía, que la cultura china
desconoce: el de causalidad y el de no contradicción.
33. San Pablo se pregunta: «¿Cómo creerán a Aquel que no oyeron? ¿Y
cómo oirán si nadie les predica?» (Rom. 10, 14).
34. Jn. 12, 37, 42-43.
35. J. M. Sánchez-Silva, La adolescencia de Jesús nunca contada,
Planeta, Barcelona 1997, p. 92.
36. Mc. 16, 15-16
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Comentarios al autor: [Link]@[Link]
Comentarios al monitor del foro: xvillalta@[Link]
Participación en el foro
• ¿Es seguro y razonable creer en lo que enseña la Iglesia?
• En el fondo, ¿cuál es la diferencia substancial entre un católico y un
protestante?
• ¿Por qué creemos en la Iglesia?
• Si la fe es tan razonable ¿por qué existen personas que no creen?
El enlace para participar en el foro de esta lección es:
[Link]
Respuestas y comentario al tema 2
Estáis respondiendo bastante bien a las preguntas. La segunda -la
diferencia entre la fe católica y protestante- es la que menos
participantes han acertado: no se trataba de indicar qué diferencias
concretas existen entre católicos y protestantes (la Santa Misa, por
ejemplo), sino de subrayar la diferencia esencial entre el fundamento de
la fe católica y protestante: nosotros sólo creemos en Cristo, por eso
creemos en la promesa de infalibilidad que hizo al Santo Padre, mientras
que ellos interpretan el Evangelio según el criterio de un ser humano que
se puede equivocar, ya sea Lutero, Calvino o cualquier otro.
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LAS RAZONES DEL CREYENTE
(Breve introducción a la fe católica)
Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el
mundo?
(Redención y sentido cristiano del sufrimiento)
“¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios
nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a El en su Cruz, en una
palabra: si se padece por Amor?”
(J. Escrivá, Camino, n. 182)
Introducción
Imaginemos que, después de haber asegurado en los dos capítulos
anteriores una evangelización básica, ya tenemos fe: creemos que Cristo
no es ni un mentiroso ni un loco, sino que creemos en su Divinidad y, por
tanto, también en todo lo que Él nos ha revelado y la Iglesia, en su
nombre, nos enseña. Conviene entonces discurrir acerca de los
misterios centrales de la fe. Unos de estos misterios es la Redención,
que está ligado a un problema que atormenta al hombre desde siempre,
y que lleva a algunos a poner en duda o a perder la fe: el sentido del
sufrimiento. En efecto, el sufrimiento es piedra de escándalo. Para
quienes este problema ineludible les lleva a apartarse de Dios, la única
concepción de vida coherente que queda es el nihilismo. «Todo
sufrimiento es inútil», decía por ejemplo en 1991 el Prof. Schwarzenberg,
durante su campaña de promoción de la eutanasia. Y es que si el dolor y
la indigencia humana no sirviesen para amar y para dejarse amar, por
Cristo y por los demás, se acabaría tarde o temprano, de un modo o de
otro, en la más espantosa desesperación.
El sufrimiento está presente en toda vida humana. Tarde o temprano,
todos nos enfrentamos al problema del sufrimiento. Buscamos
respuestas, pero ante todo conviene no perder de vista que estamos
ante un misterio. «Si Dios interviene en la historia —se pregunta
Santiago Martín— ¿por qué hay tanto dolor y sufrimiento? Es una
pregunta a la que no podemos dar una respuesta satisfactoria, por lo
menos de forma contundente. [...] El problema que representa la
coexistencia del mal y del dolor en el mundo con la fe en un Dios
Todopoderoso que interviene en la historia del hombre para ayudar al
hombre, queda resuelto con el concepto de misterio. Un concepto que
nos lleva a decir: "Yo no entiendo, pero no entender no me hace entrar
en crisis, porque no entenderlo todo respecto a Dios es normal". "No
entiendo, Señor -le decimos los creyentes-, [...] pero creo en tu amor,
creo en ti"»1. De todos modos, los misterios no abarcan realidades
acerca de las cuales nada podamos conocer, sino más bien realidades
que nunca podremos conocer del todo. Vale, pues, la pena profundizar
en ello, aunque sólo sea con el fin de que el misterio se torne menos
incomprensible.
¡Qué difícil es dar una respuesta al problema del sentido sufrimiento,
más aún fuera de un contexto cristiano! Y no digamos lo difícil que es
vivir ese sentido positivo que tiene el sufrimiento en la vida cristiana.
Fuera del cristianismo, no rebelarse ante el dolor intenso sino aceptarlo
rendidamente, resignarse ante cualquier sufrimiento, por grande que
sea, ya es de por sí algo muy meritorio. Sin embargo, Cristo va más lejos,
puesto que ama el sufrimiento y lo convierte en medio de Redención
victoriosa. Y los cristianos que le siguen de cerca son también capaces
de amar el sufrimiento como medio de Corredención con Cristo.
Decía San Josemaría que «la certeza del cariño la da el sacrificio»2.
Vamos a ver que el misterio de la Redención y del sentido cristiano del
sufrimiento es sobre todo un misterio de amor, que sólo puede ser
entendido y vivido por quien adquiera la libertad del amor o capacidad
de sufrir libre y gustosamente con tal de poder hacer feliz a quien se
ama. «El amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor»,
afirmó Juan Pablo II3. Hay cosas que no se aprenden en libros. Tal es el
sentido del sufrimiento y el amor. Quien no haya sufrido no puede
entender el amor que se puede esconder tras el sufrimiento. En una
novela se ponen estas palabras en boca de San Francisco de Asís: «Creo
que para comprender el amor de Dios hay que haber sufrido algo. Sólo el
que sufre entiende al que sufre. Sólo el que ama entiende al que ama. Si
no has estado nunca enamorado, ¿cómo vas a entender el amor de Dios?
Si no has sufrido de verdad en la vida, ¿cómo vas a apreciar el
sufrimiento de Dios por ti?»4. ¡Qué difícil es explicar la fe y la vida
cristiana a jóvenes mimados que nunca han amado con locura...!
«El amor ha hecho el dolor y el dolor ha hecho el amor», escribió P.
Claudel5. Es el misterio de la libertad del amor: se puede amar tanto a
una persona que, para contribuir a su felicidad, se está gustosamente
dispuesto a sufrir todo lo que haga falta; y lo más curioso es que la
felicidad que se siente haciéndole feliz, contrarresta con creces el dolor
inherente al sacrificio. Lo expresaba bien San Pablo de la Cruz: «Ya no
se permita más discernir el amor del dolor, o el dolor del amor; pues el
alma que ama goza en su dolor, y exulta en su amor doliente»6. Durante
nuestra vida en la tierra, sin dolor, no es posible el amor ni la felicidad
verdadera. Ya lo dice la canción popular: «Amar que no pena, no pida
placer, pues ya le condena su poco querer; mejor es perder placer por
dolores que estar sin amores».
Desde la perspectiva del dolor de amor, se entiende por qué quiso Cristo
sufrir tanto, aunque en sentido estricto no era necesario ya que, dada su
dignidad divina, nos habría podido redimir con cualquier sacrificio. Pero
el amor de Cristo-Hombre es una copia reducida del infinito Amor divino,
así que quiso dejarnos una prueba tangible de su inmenso amor
sufriendo por nosotros todo lo que un hombre es capaz de sufrir. A su
vez, como veremos, cada persona que sufre puede emplear su
sufrimiento para aligerara los padecimientos de Cristo, corredimiendo
con Él.
Pero antes de adentrarnos en el sentido cristiano del sufrimiento,
empecemos subrayando la importancia de albergar una actitud
comprensiva y respetuosa hacia los que sufren.
Jamás hablar de este tema con ligereza
Es preciso que ser delicados hacia los que sufren ?más aún si se trata
de dolor en el alma7?, en primer lugar porque no podemos hacernos del
todo cargo del sufrimiento ajeno; en segundo lugar, porque la ciencia de
la cruz, es un misterio sobrenatural que exige entender, entre otras
cosas, las intenciones creadoras y redentoras (re-creadoras) de Dios; y,
en tercer lugar, porque es también un misterio del amor humano que
sólo se aprende cuando se vive.
Conviene no dar la sensación de que se trata de algo fácil. Lewis había
dado muchas conferencias sobre este tema, pero sólo se dio cuenta de
la profundidad del misterio cuando le tocó vivirlo. En El problema del
dolor, había escrito: «Dios nos susurra y habla a la conciencia a través
del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para
despertar a un mundo sordo»8. Matizó más dichas expresiones en Una
pena en observación, cuando se vio sumido en la más profunda tristeza
por la muerte de su mujer. Allí dice, por ejemplo: «Lo que dice San Pablo
solamente puede consolar a quien ama a Dios más que a sus muertos»9;
o, más adelante: «¿Qué quiere decir la gente cuando afirma: “yo a Dios
no le tengo miedo porque sé que es bueno”? ¿Han ido al dentista alguna
vez?»10.
Por mucho que profundicemos en aspectos parciales de esta temática,
el sentido del sufrimiento seguirá siendo un misterio. Siempre
encontraremos situaciones que nos romperán los esquemas, por ejemplo
si vemos a un niño que padece de lepra, esa enfermedad de la que
Alberto Vázquez-Figueroa dice que «ningún tirano había encarcelado
jamás a nadie de por vida sin usar otras rejas que su propio cuerpo
atormentado»11. A la hora de enjuiciar la realidad, habría que evitar
tanto el pesimismo realista como el optimismo ingenuo. El cristianismo
propugna un optimismo realista: el pecado hace estragos en las
personas y en las sociedades, pero Cristo se ha hecho hombre para
aportar una solución. Hay, pues, esperanza...
Hay que mostrar que el sufrimiento es una bendición de Dios, pero sin
dar la impresión de que se exalta el sufrimiento en cuanto tal
(dolorismo). El dolor no es querido directamente por Dios. Lo introduce el
pecado del hombre. Como tal, es un mal, pero Dios, en su infinita
misericordia, lo ha resuelto con la Redención, enseñándonos y
capacitándonos para elevarlo al orden del amor. Además, a posteriori,
Dios, en su amorosa providencia, se sirve del sufrimiento para nuestro
bien. «Sufrir —escribe la Madre Teresa de Calcuta— no es nada, pero el
sufrimiento compartido con la Pasión de Cristo es un don maravilloso y
un signo de amor»12.
Esa incómoda libertad responsable
¿Quién es responsable del mal y del sufrimiento en el mundo? Antes de
adentrarnos en el misterio de la redención de Cristo, nos conviene
indagar en el origen del problema que vino a remediar, situando su obra
redentora en el marco del designio creador de Dios Padre. Al
preguntarnos por qué hay tanto mal en el mundo y por qué murió
Jesucristo en la Cruz, nos topamos con la realidad del pecado y de la
libertad. Si no se aceptan las consecuencias que se derivan del mal uso
de la libertad, deja de tener sentido el pecado y, por tanto, también la
Redención. Quien no asume su responsabilidad, ni siquiera se plantea
las cuestiones más cruciales de su existencia: ¿quién me puede salvar?,
¿cómo obtengo el perdón de mis pecados?, ¿que tengo que hacer para
que no sea la justicia sino la misericordia divina la que tenga la última
palabra?
El primer obstáculo que encuentra la nueva evangelización de Occidente
es que la mayoría de sus destinatarios no perciben que necesitan ser
redimidos y salvados. No son conscientes, por múltiples motivos, de que
necesitan ser curados de su egoísmo y de que está en juego una
eternidad a la medida del uso que hagan de su libertad en esta vida. A
veces pesa en esa actitud la falta de formación religiosa, otras una
cierta anestesia en el alma para captar un eco de trascendencia más
allá de lo meramente sensorial o ser capaz divisarlo entre las
preocupaciones cotidianas tan ineludibles como efímeras. Hablar en
esas circunstancias de las promesas eternas de Cristo es como
empeñarse en vender un producto a quienes no saben que les hace falta.
Y si intentamos sacarles de su agnóstica indiferencia hablándoles del
Cielo, a menudo responden: «Si existe, sin duda me lo merezco porque
yo no hago mal a nadie»; no reparan en que el mal es ante todo ausencia
de bien. Si viviera en nuestros días, San Pablo les diría: «No os engañéis;
con Dios no se juega. Lo que uno siembra, eso cosechará»13.
Ciertamente, es una pena que no se percaten de la felicidad, temporal y
eterna, que se están perdiendo14. ¿Qué se puede hacer al respecto?
Ante todo, conviene mostrar que nuestras decisiones tienen
consecuencias. Cualquier esfuerzo para fomentar el diálogo entre la
razón y la fe, debe empezar por incidir en que somos seres éticos y, por
tanto, libres. Hoy en día, se habla mucho de libertad y muy poco de
responsabilidad. Para no tener que asumir las consecuencias de sus
actos, muchos se escudan en una especie de buenismo natural que
culpa del mal individual no a la persona sino a las carencias genéticas,
educativas o sociales; algunos se atreven incluso a culpar a Dios del mal
en el mundo.
Un modo concreto de contrarrestar esa cultura de la irresponsabilidad
consiste en poner en evidencia sus contradicciones e incoherencias.
Vemos con frecuencia, por ejemplo, que quienes se amparan en
postulados deterministas para eludir su propia responsabilidad, cambian
radicalmente de opinión cuando son ellos mismos los perjudicados; en
ese caso, no dudan en reclamar para el culpable todo el peso de la
justicia. Lo reconozcamos o no, en el fondo, todos sabemos que somos
responsables en la medida en que somos libres. De ahí que, al enjuiciar
una acción reprobable, nos preguntemos si el sujeto que la cometió tuvo
realmente elección.
El hombre es libre para amar y para odiar, para dejarse amar y para
hacer imposible el amor, para adentrarse en el camino del amor —con el
gozo y el riesgo de dolor que le son inherentes— y para encaminarse
hacia la soledad egoísta del desamor. La tentación de la indolencia —el
miedo a sufrir a causa del amor— es muy fuerte. Tanto es así, que son
muchos los que, traicionando progresivamente su constitucional sed de
amor, se refugian en la embriagadora soledad del desamor.
Poco a poco, la personalidad se petrifica, el egoísmo se cristaliza y, a
menudo, la soberbia impide reconocer el propio error...
El realismo nos lleva, por tanto, a dar a la libertad el protagonismo real
que tiene en nuestros actos, sin olvidar que por muchos condicionantes
que haya, ordinariamente es uno mismo quien finalmente decide. Nadie
duda, por ejemplo, de la gran influencia que ejerce la educación, pero
sería absurdo ampararse en ella para rebajar el peso de la voluntad a la
hora de actuar. Al fin y al cabo, sin libertad, seríamos como animales:
nuestro comportamiento sería siempre previsible. Pero no es así. Al
contrario, como explica un superviviente de Auschwitz, el ser humano,
incluso en las condiciones más extremas, «es, en última instancia, su
propio determinante»15.
Reconocer la existencia de la libertad responsable permite asumir otras
realidades igualmente innegables: el mérito y la culpa, la justicia, el
juicio, la recompensa y la pena. En rigor, cada obra buena o mala tiene
sus consecuencias. A su vez, esas verdades naturales facilitan la
comprensión de la doctrina cristiana, que nos enseña que «todos
tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio
o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida»16. Sólo Dios conoce
el grado exacto de libertad en cada acto humano. Por eso nos conviene
que sólo Él nos juzgue.
Si todos sabemos que somos libres, ¿cómo se puede llegar a negar lo
evidente? Esa actitud enmascara en muchas ocasiones un afán por
justificar la propia debilidad o la falta de coherencia personal de
aquellos que han dejado de vivir como pensaban porque era más cómodo
pensar como vivían. Poco a poco, ese autoengaño nos aleja de la verdad.
La tendencia a no reconocer los propios errores, para lo que se necesita
una buena dosis de humildad y de honestidad, se ha agudizado en los
últimos años por el desconocimiento del amor de Dios. Es también, por
tanto, un problema de falta de formación: si se desconoce cuánto le
encanta al Señor perdonar los pecados, sólo quedan dos alternativas:
reconocerlos y deprimirse o engañarse a sí mismo.
La vía del autoengaño aislado se extiende también en el plano social
dando lugar a una especie de inconsciencia colectiva. La vida influye en
las ideas y éstas, a su vez, conforman la cultura y se plasman en leyes.
El oscurecimiento de la conciencia afecta a los puntos más vulnerables
de nuestra conducta moral, como la sexualidad, y acaba contaminando
valores éticos esenciales. Piénsese, por ejemplo, en el permisivismo
legal con el aborto, que se parece a la tolerancia que hubo en algunos
países hasta el siglo XIX con el comercio de esclavos. Esas lacras sólo
desaparecen cuando termina la distorsión de la razón que trae consigo
el autoengaño17.
Por desgracia, se nota en muchos cristianos el influjo de ese ambiente
cultural que fomenta la irresponsabilidad. Desconsuela constatar que no
se suelen parar a pensar en las consecuencias últimas de sus
decisiones, más preocupados por contratar un seguro de vida que por
capear las realidades eternas. Incluso muchos sacerdotes evitan aludir
claramente a estas cuestiones. En los funerales, por ejemplo, se suele
realzar, de forma más o menos estereotipada, la esperanza en la
Resurrección, pero se omiten las llamadas a la conversión que tanto
abundan en el Evangelio18.
Quienes sólo acuden a la iglesia en esas ocasiones pueden pensar que
la salvación es automática. Urge, pues, anunciar toda la verdad, aunque
duela. La verdadera caridad exige hacerlo de modo afable pero claro. Y
es que «los cristianos debemos ser duros de cabeza y tiernos de
corazón»19.
Conocer de antemano la verdad nos hace realistas. A quienes no
encaran las implicaciones eternas de sus actos, habría que hacerles ver
dos cosas: que hay que pedir perdón por los pecados para que la
misericordia de Dios pueda tener la última palabra, y que, aun y todo, la
justicia siempre tiene algo que decir, porque, como dice San Pablo, «el
que poco siembra, poco cosecha y el que mucho siembra, mucho
cosechará»20. En virtud de la misericordia, si alguien se confiesa en el
último minuto de su vida, se le perdonan todos sus pecados, pero
necesita hacer penitencia en el Purgatorio para aprender, entre otras
cosas, a arrepentirse únicamente por amor a Dios; y, después, puesto
que es de justicia que el modo en que se vive en la tierra configure la
eternidad, recibirá un Cielo a la medida de sus méritos. De ahí la
importancia de aprovechar bien el tiempo.
Los santos nos enseñan que lo que más debería espolear nuestra
generosidad es la compasión con el Corazón de Jesús, pero sin olvidar el
sentido de responsabilidad. «Tengo que dar cuenta a Dios de lo que he
hecho —solía decir San Josemaría—, y deseo ardientemente salvar mi
alma»21. Obviar la lógica de la justicia denota inconsciencia o
temeridad: no hay que tener miedo a Dios, sino a uno mismo. La parábola
de los talentos22 es inquietante y consoladora: recibiremos según
hemos dado y se nos pedirá según nuestras posibilidades, ni más, ni
menos. De todos modos, no tengamos en cuenta sólo el daño que nos
causa el pecado. Consideremos también que al Señor le duele tanto
cuanto nos ama. Si le amamos, no perderemos de vista ese otro lado de
la moneda.
El plan creador y el origen del mal
Cada decisión moral a lo largo de la vida nos acerca o nos aleja de la
mejor felicidad. En concreto, el pecado siempre daña a quien lo comete:
el desamor «aleja al hombre de Dios, lo aleja de sí mismo y de los
demás»23. El pecador no es, pues, el único perjudicado. También lo son
quienes más le quieren y las posibles víctimas de ese desarreglo moral.
Las consecuencias nos son banales. Dejando de lado la suma de
sufrimientos cotidianos que nunca salen en los periódicos, estremece
pensar, por ejemplo, en los millones de personas que murieron en el
siglo XX con el exterminio nazi o bajo el terror comunista. Sólo en
Ucrania, por citar un ejemplo poco conocido, Stalin dejó morir de hambre
a siete millones de inocentes en el invierno de 1932-1933, que se suman
a los otros once millones que recibieron un tiro en la nuca en sólo cuatro
años, entre 1937 y 1941. Hay ejemplos más recientes, como el de los
casi dos millones de camboyanos (el 20% de la población) que fueron
masacrados entre 1975 y 1979 bajo la dictadura de los jemeres rojos.
Son cifras estremecedoras que invitan a pensar en el origen último de
tanta miseria o a preguntarse por qué Dios ha creado un mundo en el
que pueden ocurrir esas atrocidades. Sin la creación, no existiría el mal;
por eso se dice que Dios lo ha concreado. Sin embargo, haciendo
balance, debe haber valido la pena, ya que sin la creación tampoco
existiría el bien. Sería injusto que, por culpa de los que emplean mal su
libertad, otros muchos no recibieran el don de la vida y de la salvación
eterna. En todo caso, culpar a Dios mientras se elude la propia
responsabilidad denota una actitud engreída e irrespetuosa con el
Creador, a la vez que desagradecida e injusta por ser Él quien más sufre
a causa del daño que acarrean nuestros pecados. No obstante, admitir
que la creación ha valido la pena no deslegitima el intento de
comprender por qué.
Nunca entenderemos en toda su profundidad el misterio del mal24.
Sabemos, sin embargo, que el amor es la única razón por la que Dios nos
ha sacado de la nada. En un mismo acto creador y amoroso, Dios elige
darnos el ser para que podamos participar en su beatitud. Pero esa
felicidad, al estar ligada al amor, requiere una libertad que, como arma
de doble filo, se presta a lo mejor y a lo peor. Así aparece el mal. Dios no
lo quiere. Lo tolera para que puedan existir seres capaces de convertirse
en hijos que, libremente, reciben todo el amor de su padre. Eso es lo
primordial. El universo visible es accidental: mero decorado en el que
habitar. Al crearlo con tanta largueza, nos revela su infinita
omnipotencia y facilita nuestra alabanza. Pero para Él vale más uno de
nosotros que el resto del universo. Somos la «única criatura que Dios ha
amado por sí misma»25.
Dios decidió crearnos asumiendo plenamente el riesgo de nuestra
libertad, aún siendo consciente de que no habría vuelta atrás y de que,
en caso de desvío, Él sería la máxima víctima del don que concedía. «En
cierto sentido —afirmó Juan Pablo II— se puede decir que frente a la
libertad humana Dios ha querido hacerse “impotente”. […] Él permanece
coherente ante un don semejante»26. En consecuencia, «la misteriosa
grandeza de la libertad personal estriba en que Dios mismo se detiene
ante ella y la respeta»27. Dios no nos obliga a amarle porque es el más
fino amante. Espera nuestra correspondencia, pero sabe que el amor es
algo que sólo se puede exigir a uno mismo. El amor del otro se puede
atraer, pero no pretender. No adecuarse a esa regla básica es uno de los
errores más frecuentes en nuestra vida familiar: «Pretender que el
cónyuge o los hijos cambien porque lo digo yo resulta pretencioso y
absolutamente inútil»28.
En cualquier caso, la filiación divina es la razón esencial de la creación.
La analogía con la paternidad humana nos permite intuir el designio
divino. Por muchos hijos que tengan los buenos padres de la tierra, cada
uno podrá contar con todo su cariño como si fuera el único. Y si uno va
por mal camino, ellos sufrirán y no escatimarán esfuerzos a la hora de
ayudarle. De modo semejante, Dios se preocupa por cada uno de
nosotros en particular: se diría que sólo sabe tener hijos únicos. Un
único y mismo amor de padre le lleva a crearnos y, tras nuestro
descamino, a poner todos los medios posibles para que podamos
salvarnos (Encarnación y Redención). No nos crea en serie, sino que nos
da, uno a uno, un alma inmortal. Aunque alguien haya sido concebido por
padres egoístas, no podrá decir que no está en la tierra porque alguien le
ha amado.
Dios es, en suma, un padre que ama a cada uno de sus hijos tanto como
se ama a sí mismo. Por eso, «mendiga el amor de su criatura: tiene sed
del amor de cada uno de nosotros»29. Se expone, pues, a sufrir, porque
amar «es comprometerse, hacerse vulnerable e indigente en la espera
de una correspondencia a esa entrega»30. Si se alude al dolor de Dios,
muchos piensan que se habla en sentido figurado. De primeras, algo les
dice que un Ser infinitamente perfecto no puede padecer. Sin embargo,
la Sagrada Escritura confirma esa misteriosa realidad del dolor de
Dios31.
A Dios nada ni nadie le puede ligar excepto su amor. Por tanto, de un
modo misterioso pero real, ese amor comporta una indigencia que no
implica imperfección alguna. En efecto, que Dios sea esencialmente
impasible no significa que sea indiferente. Como recuerda Benedicto
XVI, «la fe cristiana nos ha enseñado que Dios —la Verdad y el Amor en
persona— ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de
Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non
incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecerse»32.
Es muy posible que esos razonamientos no nos ayuden mucho a
hacernos cargo del dolor de Dios, pero eso no importa si establecemos
una clara diferencia entre su explicación teórica y su vertiente práctica.
Y es que no hace falta ser expertos en teología para asumir las
implicaciones que tiene el dolor divino: nos basta con saber que todo lo
que imaginemos es poco. En todo caso, si lo meditamos, no es difícil
romper en acción de gracias ante un Dios que de nada carece pero que
se hace tan vulnerable al crearnos por amor. Y de la gratitud pasamos a
la compasión filial con ese padre amantísimo a quien tanto le hacen
sufrir las desgracias que el pecado nos acarrea.
Nadie se compadece tanto de ese dolor de amor divino como Jesucristo,
que lo remedia con el dolor de amor humano de su Corazón: su sintonía
afectiva con Dios Padre es insuperable. Esa es la primera razón que late
tras el plan redentor: el Hijo consuela al Padre por todos los agravios
que recibe a causa de nuestro desamor. No podemos entender lo que
vive un Ser infinito, pero el Verbo encarnado nos lo hace accesible. En
concreto, la Pasión nos revela la magnitud del dolor divino: Jesús quiso
padecer lo máximo posible para que pudiéramos vislumbrar cuánto sufre
el Padre a causa de cada pecado. Si somos buenos hijos, nos alegrará
saber que el Padre ya recibe, desde hace veinte siglos, el mejor de los
consuelos. Sin embargo, nuestra inquietud irá en aumento si nos
percatamos del pesar que eso comporta para el Corazón de Jesús, si
descubrimos que no ofrece únicamente el dolor físico de su Pasión
cruenta, sino también el dolor moral que le infligen nuestros pecados.
Sentiremos, en suma, la urgencia de corredimir con Cristo, de aliviar
esos pesares con los que consuela al Padre y nos consigue la gracia
salvadora del Espíritu Santo.
El primer pecado y sus consecuencias
La necesidad de la Redención se remonta a los albores de la historia.
Los primeros capítulos del libro del Génesis, que sin ser estrictamente
históricos están llenos de gran sabiduría y genialidad, nos cuentan que
Dios hizo con Adán y Eva algo parecido a lo que hacen los padres en la
tierra. Les dio el mejor entorno y la mejor educación. Vivían en un lugar
idílico y disfrutaban del amor y de la continua intimidad de Quien con
toda confianza ya llamaban Padre. Les otorgó los mejores dones, tanto
naturales (aguda inteligencia, fuerte voluntad y pasiones perfectamente
ordenadas) como sobrenaturales (el estado de gracia que les constituía
en hijos de Dios). No sufrían ningún dolor físico porque recibieron
también unas cualidades excepcionales (los dones preternaturales). Ni
siquiera tenían que morir: al finalizar sus felices días en la tierra,
pasarían sin pena alguna a la otra vida. Todo estaba primorosamente
dispuesto para que no se descaminasen. Pero seguían disponiendo de la
libertad y, aunque sólo podían pecar de soberbia, ¡lo hicieron!
En efecto, Adán y Eva sucumbieron ante «la idea de que podían “ser
como dioses”, que podían desenvolverse por sí solos como si se
hubieran creado a sí mismos»33. Podemos imaginar el grave dilema. El
demonio, el mayor experto en engaño y desinformación, haciéndose
pasar por alguien que no milita en contra de Dios, siembra en ellos
certeramente la duda respecto a las intenciones divinas. Con astucia,
inicia su ataque preguntando a la mujer: «¿Con que Dios os ha dicho: no
comáis de todo árbol del huerto?»34.
Atraída su atención, sugiere que la amenaza divina no podía ser real —
que no se iría todo al traste—: que aunque el Creador afirmaba querer
ser padre, en el fondo, pretendía convertirles en esclavos. Tergiversa las
intenciones del Creador, «poniendo en duda la verdad de Dios, que es
Amor, y dejando la sola conciencia de amo y esclavo. Así, el Señor
aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre el hombre»35.
La caída de los primeros moradores de la tierra debió ser algo
dramático. Entraron en pugna con Dios, que les había pedido que
guardaran un único mandamiento: el de no comer del «árbol de la
ciencia del bien y del mal»36. Esa única restricción les fue impuesta por
su propio bien: para que evitaran la autosuficiencia; si se dejaban querer
por Dios, recibirían todo lo que necesitaran, pero si desobedecían, las
consecuencias serían catastróficas: afligirían inmensamente a su Padre,
perderían todos los dones preternaturales y sobrenaturales, se dañarían
irremediablemente a sí mismos y transmitirían ese lamentable estado a
sus descendientes. ¡Y así fue! Por eso llegamos a este mundo con una
naturaleza caída, venida a menos. Dios nos creó para ser felices amando
como Él ama, pero nuestra naturaleza se ha deteriorado a causa del
lastre que dejó aquel primer pecado. Echamos en falta la dignidad
perdida. La buscamos sin cesar, pero rara vez en el lugar adecuado. Se
diría que se ha instalado en nosotros aquella soberbia que provocó la
caída original. El pecado original es, pues, un «dato oscuro pero real»
que nos proporciona «la verdadera clave para interpretar la realidad»37.
Si Dios no nos lo hubiese revelado, con la sola razón no habríamos
descubierto su existencia, aunque existen indicios que nos habrían
permitido sospecharlo38. Somos como águilas incapaces de levantar el
vuelo a causa de una antigua fractura. Albergamos altos ideales pero, en
el momento de la verdad, los hechos hacen patente nuestra debilidad.
De todos modos, sería demasiado cómodo echar toda la culpa al pecado
original. Nuestra naturaleza se ha seguido deteriorando por culpa de los
pecados posteriores, aunque ninguno será tan lúcido como el primero.
La situación que hemos heredado hace que en nuestros pecados haya
siempre cierta dosis de ignorancia y de debilidad. Por eso ningún pecado
actual será tan culpable como el de nuestros primeros padres. Éste se
parece al de los ángeles caídos, esas criaturas de gran perfección cuyo
pecado de soberbia les convirtió en seres esencial e irremediablemente
malvados. Pero hay una gran diferencia: por muy perfectos que fueran
Adán y Eva, seguían siendo humanos, de modo que bien pudieron
arrepentirse, pedir perdón y salvarse.
Ante las terribles consecuencias del primer pecado, surge
inevitablemente la pregunta: ¿Por qué no hizo Dios borrón y cuenta
nueva? ¿No habría sido ese el mejor modo de evitar tanta miseria
posterior? Que no lo haya hecho corrobora lo que ya hemos intuido: que
no somos como marionetas teledirigidas, y que Dios siempre es
coherente a la hora de respetar nuestra autonomía hasta sus últimas
consecuencias. Si alguien se empeña, por ejemplo, en disparar a un
inocente, Dios no para la bala. Si nos tratara como a niños
irresponsables, nunca aprenderíamos a tomarnos en serio la libertad. No
coartarla conlleva respetar también todas sus implicaciones.
Dios se ha comportado como los mejores padres de la tierra. Éstos, si
uno de sus hijos se mete en líos, sin dejar de respetar su libertad, hacen
cualquier cosa con el fin de ayudarle. Si un hijo tuviera una enfermedad
incurable, no escatimarían sacrificios a la hora de buscar un
tratamiento. O si el hijo se hiciera drogadicto y no existiese ninguna
institución para rehabilitarle, ellos mismos la fundarían. Dios ha actuado
de modo semejante. Cuando sus hijos fueron contagiados por las
secuelas del pecado, puso por obra todo un admirable plan redentor que
culmina con la muerte en la Cruz de su Unigénito, el nuevo Adán, con la
inestimable ayuda de María, la nueva Eva.
La solución que Dios concibió y puso por obra es sin duda la mejor:
restaura las secuelas del primer pecado sin atentar contra los
imperativos de la libertad. Lejos de indisponerse contra el pecador, su
compasión le lleva a buscar una solución. Juan Pablo II hace notar que
es un mismo y único amor el que inspira la creación y el plan redentor:
«Ese inescrutable e indecible “dolor” de padre engendrará sobre todo la
admirable economía del amor redentor en Jesucristo»39. Ese designio
sigue respetando escrupulosamente nuestra libertad. Jesús nos obtiene
en la Cruz un medicamento capaz de curar nuestras enfermedades, pero
de ningún modo nos obliga a tomarlo.
En conclusión, si aún sabiendo hasta qué punto todo se podía torcer,
Dios decidió crear el mundo, se debió a que su eterno designio ya
contemplaba la futura Encarnación en vistas a la Redención. Endereza lo
torcido y de paso, haciéndose hombre, nos facilita la correspondencia a
su amor.
Bienes que se pueden seguir del sufrimiento
He aquí algunos beneficios que pueden obtener quienes sufren:
* Posibilidad de cambio. La adversidad propicia profundos cambios
interiores. Tras el sufrimiento, uno ya no es lo que era, se vuelve mejor o
peor. «El sufrimiento —se dice de pasada en una novela de Wilkie Collins
— puede fomentar, y fomenta, el mal que existe latente en la humanidad,
así como el bien latente»40. Según las propias disposiciones, el
sufrimiento es una encrucijada tras la cual uno se acerca o se aleja de
Dios. Es un gran riesgo del que se sirve Dios para sacar a alguien de su
enquistamiento espiritual. Es una crisis saludable y, como cualquier
crisis de crecimiento, el alma duele.
«Yo creo —escribe Rilke en una carta a alguien a quien le duele el alma
— que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que
nosotros percibimos como parálisis, porque ya no sentimos la vida de
nuestros sentidos alienados. Porque estamos solos con el extraño que
se nos ha introducido; porque, por un momento, se nos arrebata todo lo
habitual y lo que nos inspiraba confianza; porque nos encontramos en
una encrucijada donde no podemos permanecer. (...) Se nos podría hacer
creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo, hemos cambiado
como cambia una casa en la que ha entrado un huésped. (...) Por eso es
tan importante estar solo y atento cuando se está triste (...). Cuanto más
silenciosos, pacientes, y abiertos nos mantengamos en la tristeza, más
profundamente y certeramente se introducirá lo nuevo en nosotros,
mejor lo heredaremos y en mayor medida será nuestro destino. Y cuando
un día lejano, “se realice” (es decir, cuando pase desde nuestro interior
hacia los demás), lo sentiremos cercano y familiar en lo más íntimo. (...)
Usted sabe que se halla en una encrucijada y que no deseaba otra cosa
que no fuera transformarse. Si en su proceso interior contrae una
enfermedad, piense que la enfermedad es el medio del que se sirve el
organismo para liberarse de lo extraño; limítese a ayudarle a estar
enfermo, a dejar que aflore y estalle toda su enfermedad, pues ese es su
progreso»41.
Toda enfermedad es una ocasión de volver a lo esencial. «En la
enfermedad —dice el Catecismo de la Iglesia Católica—, el hombre
experimenta su impotencia y su finitud. Toda enfermedad puede
hacernos entrever la muerte. La enfermedad puede conducir a la
angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la
desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la
persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es
esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la
enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él»42.
Llama la atención que las relaciones entre los esposos mejoran cuando
uno de ellos tiene que luchar contra un cáncer. Se aprende a restarle
importancia a las nimiedades. Mariam Suárez, por ejemplo, a quien
cuando se le diagnosticó un cáncer le daban unas semanas de vida,
cuenta lo nerviosa que le ponía, antes de la enfermedad, una simple
gotera en el baño de su casa. Sin embargo, cuando volvió a casa
después del primer tratamiento de quimioterapia, aquella gotera en el
inodoro le produjo un ataque de risa. «También a raíz de la enfermedad
—cuanta ella—, desaparecieron las discusiones con mi marido. No era
que me pasara la vida discutiendo con él, sólo de vez en cuando, lo
normal en cualquier matrimonio, pero de repente se instaló una paz
infinita entre nosotros. Paradójicamente, la enfermedad había puesto las
cosas en su sitio, dándoles su justo valor, discriminando
automáticamente entre lo que es realmente importante y lo que no lo es.
Hemos aprendido a dejar de lado un montón de cosas que no merecen la
pena. En cierta forma —concluye la hija de Adolfo Suárez—, la
enfermedad es como una tijera de podar, quita la hojarasca, lo superfluo,
y sólo deja lo esencial. Entonces saltamos por encima de las
pequeñeces con una facilidad impresionante. Supongo que todo esto
sucede porque, situados ante la perspectiva de la muerte, nuestra visión
del mundo cambia radicalmente»43.
* Purificación. La penitencia tiene un doble sentido: satisfacer la
Justicia divina por los pecados, y purificación interior que nos hace
aptos para gustar altas realidades de amor. Para ser contemplativo y
poder saborear lo más alto, después de haber asumido todo lo noble, es
preciso transcenderlo. Lo más importante no son mortificaciones
espectaculares, sino morir por completo al amor propio. Si se entiende
la lógica de la cruz, se comprenderá el siguiente texto de Santa Teresa
de Lisieux: «Bien acoger el sufrimiento nos merece la gracia de un
mayor sufrimiento... para poder llegar a la perfecta unión de Amor».
* Desprendimiento de lo terreno: el dolor es la mejor escuela de
sabiduría. El sufrimiento nos transforma interiormente, nos ayuda a
percatarnos de la efemeridad de lo temporal y nos hace ver las cosas de
esta vida desde una perspectiva trascendente. Tras muchas
contradicciones dice Galdós de la protagonista de una de sus novelas:
«Las adversidades se estrellaban en el corazón de Benina, como las
vagas olas en el robusto candil. Rompíanse con estruendo, se
quebraban, se deshacían en blancas espumas, y nada más. Rechazada
por la familia que había sustentado en días tristísimos de miseria y
dolores sin cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que
ingratitud tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables
consuelos: miró la vida desde la altura en que su desprecio de la humana
vanidad la ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y
su espíritu se hizo fuerte y grande»44.
«Sólo el dolor hace crecer ?se afirma de pasada en una novela?, pero al
dolor hay que enfrentarlo directamente; quien se escabulle o se
compadece está destinado a perder»45. El problema del sufrimiento no
se resuelve ni haciéndose el fuerte ni autocompadeciéndose, ni
minimalizando ni exagerando. Es preciso asumirlo y aprender a
transcenderlo por amor. El sufrimiento ayuda a madurar. Quienes lo
hayan experimentado entenderán que el sufrimiento interior contribuye a
esa maduración que todo ser humano debería emprender para llegar a
ser verdaderamente libre. Bien lo expresa Viktor Frankl cuando afirma:
«El verdadero resultado del sufrimiento es un proceso de maduración. La
maduración se basa en que el ser humano alcanza la libertad interior, a
pesar de la dependencia exterior»46.
Aunque sólo fuese por las razones ya aducidas, se empieza a vislumbrar
que el sufrimiento siempre trae consigo un mensaje sumamente útil para
el interesado. «Si un día el dolor llama a tu puerta —aconseja Nini
Salvaneschi en su Consolación— no se la cierres ni se la atranques:
ábresela de par en par, siéntalo en el sitial del huésped escogido, y
sobre todo no grites ni te lamentes, porque tus gritos impedirán oír sus
palabras, y el dolor siempre tiene algo que decirnos. El dolor siempre
trae consigo un mensaje y una revelación».
* Nos detenemos por último en el sufrimiento como ocasión de
corredimir con Cristo. Llegamos, por tanto, al genuino sentido cristiano
del sufrimiento. Al fin y al cabo, la terrible experiencia del dolor puede
presentar tres ventajas: una ocasión de purificación, un punto de
encuentro para abandonarnos confiadamente en Dios y una oportunidad
de corredención con Cristo. En esto último consiste precisamente la
mayor aportación del cristianismo. Los otros dos elementos, purificación
y abandono, suponen una gran ayuda para aceptar el sufrimiento, pero
resultan insuficientes para amarlo como lo hace Jesucristo y quienes,
como acabamos de ver, se identifican con Él.
En efecto, ya los sabios griegos apuntaron el valor purificador de las
contradicciones desde un punto de vista exclusivamente humano. Por
otra parte, como pone de manifiesto el Antiguo Testamento en el libro de
Job, sabemos que nuestras cruces, a menudo tan inesperadas como
incomprensibles, nos brindan una excelente ocasión de abandonarnos
confiadamente en la amorosa providencia divina. La perspectiva
cristiana asume y supera esos dos enfoques ya presentes en la sabiduría
griega y judía. Gracias a esa nueva visión que Cristo nos ha revelado,
podemos descubrir en el dolor, «no un determinismo despiadado, sino la
mano amorosa de nuestro Padre del Cielo, que nos bendice con la
exigencia amable de la Cruz»47. Urge, pues, profundizar en la posibilidad
que tenemos todos los bautizados de convertir nuestros sufrimientos en
una ocasión de corredimir con Cristo, ayudándole a consolar a Dios
Padre y a salvar almas.
Una realidad poco conocida
Pocos son los cristianos conscientes de lo mucho que pueden aportar al
Sagrado Corazón. Si oyen hablar del dolor de Cristo, están al corriente
de lo mucho que sufrió durante la Pasión, pero consideran que ahora que
está en el Cielo, ya nada le turba. Desconocen que, como afirmó Pío XI,
«nosotros ahora, de un modo admirable y verdadero, podemos y
debemos consolar ese Corazón Sacratísimo, continuamente herido por
los pecados de los hombres desagradecidos»48.
La sintonía con los pesares del Corazón de Jesucristo resucitado no
requiere que seamos expertos en teología. El sentido común nos dice
que quienes están en el Cielo no le causan ningún motivo de
preocupación. Pero si a Él, o a Dios Padre, no le afectase lo que
hacemos en la tierra, sólo quedarían dos posibilidades: o no conocen lo
que pasa aquí, o pasan de nosotros.
Ambas alternativas son igualmente absurdas, pues supondría una
limitación impropia de su poder, o una indiferencia a todas luces
incompatible con su amor. Por lo demás, ya ha salido a relucir que los
sentimientos del Corazón de Jesús no han variado desde su Ascensión al
Cielo. Sabemos que todo lo nuestro le afecta tanto cuanto nos ama.
El amor siempre comporta un aumento de la vulnerabilidad y de la
capacidad de alegrarse. El afecto conduce a la identificación con las
alegrías y penas de la persona amada. Todo amante, incluso el más
perfecto, se expone a sufrir o a gozar. Según sea correspondido o no,
experimenta dicha o pesar, agradecimiento o decepción.
Los actuales pesares del Corazón de Jesús se derivan, por tanto, de su
amorosa identificación con cada uno de nosotros. No hay alegría o pena
en la tierra que Él no comparta. En concreto, nuestras desgracias,
especialmente el daño que nos causa cada pecado, le hacen sufrir tanto
cuanto nos ama. En efecto, como recuerdan tantos autores, en la
Cabeza del Cuerpo Místico repercuten los padecimientos de cada uno de
sus miembros. San Josemaría, por ejemplo, afirma: «Ahora mismo Cristo
sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la
tierra, y de la que es Cabeza, y Primogénito, y Redentor»49. Sabemos
que los padecimientos redentores no están sólo ligados a su
identificación con nosotros, sino también a su amor a Dios Padre. Ya
hemos visto que el Creador «se ha hecho vulnerable»50, y que
Jesucristo, en la Pasión, nos revela ese tremendo dolor divino a la vez
que nos enseña a aliviarlo.
En definitiva, lo que más espolea nuestra generosidad es el gozo que
nuestro amor procura al Corazón doliente de Jesús. Nada incita tanto
nuestra correspondencia a su amor como la compasión que sentimos al
percatarnos de lo mucho que sufre a causa de nuestros pecados.
Sabemos que Jesucristo, ahora que está en el Cielo, ya no puede
sangrar, pero sí llorar. Y su llanto resulta estremecedor, pues no procede
de una sensibilidad superficial, sino de lo más hondo de un corazón
amoroso y llagado. Si percibimos sus lágrimas, se remueven nuestras
entrañas y nos sentimos urgidos a consolarle. El imperioso deseo de
aliviar sus pesares nos saca de nosotros mismos. Nuestros problemas
parecen rasguños insignificantes en comparación con sus heridas.
Esa reacción ante el sufrimiento ajeno no le sucede sólo a quienes
tienen un gran corazón. Incluso la persona más egoísta, si presencia un
grave accidente de tráfico y ve que el conductor, un perfecto
desconocido, se está desangrando en el suelo, se siente urgido a
socorrerle. Por tanto, ¿cómo amarán al Señor quienes desconocen los
padecimientos de su Corazón y, en la práctica, piensan que nada le
pueden aportar? ¿Qué habría hecho la Madre Teresa, por ejemplo, si el
Señor no le hubiera hecho entender la sed que tiene de recibir su amor?
Es una lástima que tantos cristianos desconozcan esa realidad, más aún
si consideramos que las consecuencias prácticas que de ella se derivan
no son banales. ¿No será esa la razón por la que tantos católicos
practicantes no viven esa unión amorosa con Cristo? Se limitan a
cumplir rutinariamente sus obligaciones religiosas pero no adquieren
una profunda vida interior. Se casan por la Iglesia, bautizan a sus hijos,
y, para darles ejemplo, asisten cada domingo a la Santa Misa. Pero en
esa especie de catolicismo social falta vida. Quizá se sorprenderían si
les preguntáramos: «¿Piensas que Jesús te echa en falta si no le
acompañas un rato junto al Sagrario?».
La falta de sintonía afectiva con Cristo resulta todavía más penosa si
afecta a quienes se han comprometido a vivir el celibato apostólico. Si
el amor al Señor no inspira su empeño, les queda la posibilidad de
sacrificarse por amor a un ideal, por ejemplo, sacar adelante una labor
asistencial o apostólica. Pero no es lo mismo amar a una persona que a
un ideal. En eso, como en todo, la naturaleza no perdona. Si el amor a
Cristo no alienta el esfuerzo de quienes le dieron todo, es probable que
su entrega se desvirtúe, como sucede en cualquier matrimonio en el que
se deteriora la relación entre los cónyuges: en vez de formar una familia
entrañable, se convierten en una especie de sociedad anónima. A
menudo, con el paso del tiempo, aparecen ataduras humanas que ponen
en peligro la fidelidad. Y entre los que logran perseverar en su
compromiso, unos, los más tibios, lo consiguen entregándose menos;
otros, se afanan mucho, pero a menudo les asfixia ese voluntarismo que
hunde sus raíces en el orgullo. En cualquier caso, no son muy felices.
Conviene, por tanto, insistir en el gran poder que tenemos sobre el
Corazón doliente y agradecido de Jesús: porque sería injusto no hacerlo,
porque es un acicate para nuestra correspondencia, y porque lo más
obvio es a veces lo que menos se dice y más se olvida.
Sufrir para consolar
Lo que Edith Stein llamaba la ciencia de la Cruz es un gran misterio que
se vuelve menos oscuro con las luces que aporta la Pasión de Cristo. A
grandes rasgos, todos podemos suscribir estas palabras: «El sentido del
dolor es la consecuencia de nuestro sentido de la vida. Se puede
afrontar ese sufrimiento cuando se soporta por algo o por alguien. Es en
el amor donde encuentra su sentido»51. La cuestión más relevante
consiste en saber por qué y por amor a quién.
Estas palabras de San Josemaría condensan la sabiduría cristiana al
respecto: «¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar
gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en la
Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?»52. La falta de sintonía
con el Corazón doliente y agradecido de Cristo es un serio obstáculo
para vivir con hondura el sentido cristiano del sufrimiento.
Según la doctrina de la Iglesia, estamos llamados a participar y a
colaborar en la obra de la Redención53. Pero, ¿qué conlleva en concreto
esa colaboración en la obra redentora de Cristo? ¿Qué significa, como
señala San Pedro54, que el cristiano está llamado a compartir sus
sufrimientos? ¿En qué sentido afirma San Pablo que completa en su
carne «lo que falta a la Pasión de Cristo»55? Nuestro sufrimiento puede
aliviar los padecimientos que Cristo ofrece para consolar al Padre y para
salvar a las almas.
Corredimir con Cristo consiste en quitarle peso. Aparte de aligerar su
cruz, esa unión corredentora nos permite ayudarle a consolar el dolor de
Dios Padre y a amar, a distancia pero eficazmente, a todos los hombres
sin distinción. Como escribe Juan Pablo II, «cada hombre está llamado a
participar de aquel sufrimiento por medio del cual se realizó la
Redención; está llamado a participar de aquel sufrimiento por medio del
cual fue también redimido todo sufrimiento humano. Realizando la
Redención mediante el sufrimiento, Cristo elevó al mismo tiempo el
sufrimiento humano al nivel de la Redención»56.
En sentido estricto, nada podemos hacer hoy para que a Jesús le duelan
menos los latigazos que recibió durante la flagelación. Tampoco
podemos ayudarle a cargar con el peso de la Cruz en su camino hacia el
Calvario como lo hizo Simón de Cirene hace veinte siglos57. En cambio,
podemos aliviar su dolor moral a causa de los pecados que acontecen en
la actualidad. Por eso afirmó Juan Pablo II que, «en la dimensión del
amor, la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto
sentido, constantemente»58.
Para no alargarme, dejo de lado los pormenores teológicos y me limito a
comentar una anécdota. Todavía recuerdo algo que dijo de pasada,
durante una comida, un buen padre de familia. Se grabó en mi memoria
quizá porque me hizo entender que, a la hora de sacrificarnos por amor
al Señor, puede inspirarnos lo mismo que en cualquier amor humano. A
ese buen padre le costaba mucho levantarse por las mañanas porque
tenía un trabajo que duraba hasta altas horas de la noche. Además,
desde que era pequeño, siempre había tenido un difícil despertar. Se
sentía muy espeso cada mañana y, para estar en condiciones de afrontar
el nuevo día, necesitaba tomarse varias tazas de café. Sin embargo,
cuando salió a colación el amor a sus hijos, sin darse la más mínima
importancia, dijo con gran convencimiento que supondría para él un gran
sacrificio no levantarse por la noche cuando oía que estaba llorando
alguno de sus hijos pequeños.
Así funciona nuestra naturaleza. No solemos escatimar esfuerzos a la
hora de aliviar el dolor de quienes amamos. Desvelarse por la noche
nunca será algo agradable, mientras que sí lo es ayudar a un hijo a
superar una pesadilla. Ninguna persona cuerda ama el sufrimiento como
un fin en sí mismo. Sin embargo, el sacrificio puede ser elegido
gustosamente como medio para contribuir a la felicidad de un ser
querido. Sólo así se entiende que los santos puedan amar el dolor a
pesar del natural espanto que les produce. San Josemaría, por ejemplo,
afirma que el sufrimiento le da «gozo y paz», porque siente «muchos
deseos de reparación»: el amor le hace «gozar en el sufrimiento»59.
También Jesús, en Getsemaní, sintió «tristeza y angustia»60, pero su
amor al Padre y a nosotros le dio la fuerza necesaria para acometer y
consumar la Pasión. Si le imitamos, también nuestro sufrimiento se
vuelve ligero. El Señor no se deleita en nuestro dolor como tal; de hecho,
por empatía, lo siente como propio. Sólo desea, en vistas a nuestro bien,
que le amemos. Nuestro sacrificio voluntario le consuela en la medida
en que es expresión de amor.
Además, sacrificarnos por el bien de otra persona nos lleva a quererla
más. Al fin y al cabo, ésa es una de las razones por las que los buenos
padres quieren tanto a sus hijos: porque llevan muchos años
compadeciéndose de sus necesidades y, en consecuencia,
sacrificándose por ellos. En el fondo, el amor y el dolor son dos
realidades que se benefician mutuamente. Se da entre ellas una especie
de mecanismo de retroalimentación. El amor hace más llevadero
cualquier sacrificio, y sufrir por hacer feliz a quien amamos nos lleva a
quererle todavía más.
Esa verdad humana cobra un significado mucho más profundo desde una
óptica cristiana. «El amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo
al amor»61. Ya que la entrega sacrificada suele estar precedida por la
compasión, también nosotros, al igual que tantos santos que nos han
precedido, querremos con locura al Señor si, al meditar su Pasión,
palpamos su amor y su dolor.
La compasión con su Corazón doliente será el mejor acicate para
nuestra generosidad. Por amor a Él, quizá sin ganas pero siempre con
gusto, nos emplearemos a fondo a la hora de realizar con la mayor
perfección posible los pequeños deberes de cada instante. Como le
sucedía a aquel buen padre encantado de desvelarse para ayudar a sus
hijos, es de esperar que llegue un momento en el que no complicarnos
más la vida suponga para cada uno de nosotros todo un sacrificio.
El ejemplo de los santos
Termino trayendo a colación algunos ejemplos elocuentes del sentido
cristiano del sufrimiento. Tras veinte años en silla de ruedas, escribía
Manuel Lozano Garrido: «El dolor es una llamada Tuya y un privilegio que
canta en nuestra vida con la bravura de un río joven. Por eso, antes que
nada, te damos, Señor, las gracias por la distinción de tu mirada, por la
promoción de nuestras vidas al área redentora»62.
En una biografía de San Juan de Dios, dice éste a un peregrino de
Jerusalén que afirma haber subido al Gólgota: «Me parece que todos
estamos en el Gólgota y que debíamos compartir los padecimientos de
Nuestro Señor para redimir al mundo de nuevo»63. A un enfermo que se
queja que afirma que Dios se desentiende de la miseria humana, dice el
santo: «No blasfeméis, señor. El Salvador en la cruz estaba peor que
nosotros encima de estas losas. Él padeció por todos nosotros. ¿Vais a
culparlo por dejarnos llevar parte de su carga?»64. Quien entienda a
fondo la necesidad que tiene Cristo de Cirineos que le ayuden a llevar
esa Cruz que dura ya veinte siglos, procurará que todas sus acciones se
conviertan en bálsamo que alivia las heridas de su Corazón. Como decía
un joven poeta: «Mas ¡qué dulce, cuán dulce este tormento! Por Ti,
Jesús, me crucificaría si así evitase yo tu sufrimiento»65. Contemplando
compasivamente los dolores de Cristo, surge espontáneamente el deseo
de remediarlos. Así, otro poeta, José María Pemán, contemplando un
crucifijo, exclama: «¡Cuerpo llagado de amores / yo te adoro y yo te sigo!
/ Yo, Señor de los señores. / quiero partir tus dolores / subiendo a la Cruz
contigo. // (...) Quiero, Señor, en tu encanto / tener mis sentidos presos, /
y unido a tu cuerpo santo, / mojar tu rostro con llanto, / secar tu llanto
con besos»66.
El sufrimiento moral del Corazón de Jesús es un intenso dolor debido a
la ingratitud, indiferencia y ofensas de los hombres. Jesús nos redime
con ese dolor y pide obras de amor que consuelen sus penas a causa de
tanto desamor. Es algo misterioso pero incluso un niño lo entendería. En
un libro en el que se relatan escenas populares durante la Revolución
francesa, le pregunta un amigo a una niña que, un viernes, va a depositar
un ramo de flores a los pies de una cruz: «¿Adónde vas con ese gran
ramo?». Ella responde cándidamente: «Las llevo para el Señor, hoy, el
día de su Pasión. ¿No crees que esto le consolará un poquito de todo su
dolor? (...) ¿Sabes?, pienso que hoy que tanto se ofende al Señor en
todas partes, debe hacerle mucho bien que alguien le demuestre un
poco de amor?»67.
Podemos aliviar la Cruz de Cristo de dos maneras: volcándonos
directamente con Él o aliviando las penas de los demás por amor a Él.
Tanto ama Jesucristo a cada hombre, que siente en su propia carne sus
alegrías y sus penas. Meditando esas palabras de Chiara Lubich, se
escribe en el diario de Julio Rodríguez, un misionero marista que en
noviembre de 1996, cuando tenía cuarenta años, dio su vida por los
habitantes de un campo de refugiados en la frontera entre Zaire y
Ruanda: «La mayoría ve a los refugiados desde el punto de vista externo.
(...) Tú, Señor, me has enseñado que además de esto en ellos hay otra
realidad escondida, la realidad de tu presencia. Por eso, porque sé que
estás ahí, oculto tras cada piel morena, sufriendo en los huérfanos o en
los llagados, es por lo que acudo corriendo a ti para consolarte, para
aliviarte, para demostrarte mi amor»68.
Un cristiano que ha calado a fondo en el sentido corredentor del
sufrimiento con Cristo no tiene miedo al dolor. «El que teme padecer,
padece ya lo que teme», se suele decir. En los santos, sucede lo
contrario: no sólo no temen padecer, sino que lo desean ardientemente.
La Madre Teresa de Calcuta, que tanto sabía de todo esto, decía:
«Jamás el dolor estará ausente por completo de nuestras vidas. Si lo
aceptamos con fe, se nos brinda la oportunidad de compartir la Pasión
de Jesús y de demostrarle nuestro amor»69.
Sólo desde esa perspectiva se entienden bien algunos aspectos de la
vida cristiana, como es el sentido de la mortificación. «Poderoso es el
sufrimiento cuando es tan voluntario como el pecado» sintetiza
Claudel70. Lo mismo sucede para comprender las afirmaciones de los
santos que han llegado al tercer estadio de la ciencia de la cruz: no sólo
aceptarla y amarla, sino incluso desearla ardientemente. Para entender
que Santa Margarita María Alacoque diga: «no hay nada que me atraiga
tanto como la Cruz» o «sufro tan poco, que mi mayor sufrimiento
consiste en que no sufro suficientemente»71, hace falta, como ella,
conocer la hondura del Corazón de Jesús y amarle con locura.
Encontramos afirmaciones similares en todos los santos. Recordemos
dos ejemplos más: Santa Teresita y San Josemaría. Nada hizo sufrir
tanto a la santa de Lisieux como la demencia senil de su santo padre.
Sin embargo, escribía: «Sí, los tres años del martirio de papá me parecen
los más amables, los más fructuosos años de toda nuestra vida. No los
cambiaría por los éxtasis y revelaciones de los santos. Mi corazón
rebosa de gratitud al pensar en ese tesoro inestimable, capaz de
despertar una santa envidia aun en los mismos ángeles de la corte
celestial...»72. San Josemaría, a sus treinta años, escribía en sus
apuntes íntimos: «Jesús, siento muchos deseos de reparación. Mi
camino es amar y sufrir. Pero el amor me hace gozar en el sufrimiento,
hasta el punto de parecerme ahora imposible que yo pueda sufrir nunca.
Ya dije: a mí no hay quien me dé un disgusto. Y aún añado: a mí no hay
quien me haga sufrir, porque el sufrimiento me da gozo y paz»73.
Ciertamente, la actitud de los santos ante el sufrimiento es algo
desconcertante. ¿Cómo se explica que el sufrimiento les procure gozo?
Como hemos visto, la única explicación satisfactoria está ligada a esa
locura de amor con la que se corresponde a la locura de amor de Cristo.
«Hay intercambios de amor que sólo se hacen sobre una cruz»74, decía
una santa francesa. Los santos se percatan de la hondura del amor de
Cristo y no escatiman esfuerzos a la hora de aligerar su Cruz. Sólo quien
ama más de lo que padece es capaz de sacrificarse gustosamente por el
amado. Es esa libertad del amor que lleva a realizar cualquier sacrificio
con tal de poder reconfortar o aliviar el dolor del amado. Un corazón
compasivo siente como propias las necesidades ajenas —sufre con ellas
— y trata de remediarlas.
Si de verdad amamos a Jesús, si vivimos cerca de su Corazón y somos
generosos, también nosotros nos conmoveremos ante sus heridas y nos
encenderemos en eficaces deseos de reparación. ¡La alegría de mitigar
sus padecimientos redentores será nuestra fuerza!
En suma, si se entiende la Corredención, es más fácil —o menos difícil—
explicar —¡y vivir!— el sentido reparador del sufrimiento. El dolor se
vuelve gozoso si se ofrece con el fin de agradar a Jesús, como bálsamo
reconfortante, capaz de aliviar las heridas de su Corazón.
Termino con una frase de Juan Pablo II: «El amor es la fuente más rica
del sentido del sufrimiento que sigue siendo un misterio. Somos
conscientes de que nuestras explicaciones son insuficientes y limitadas.
Cristo nos permite entrar en este misterio y descubrir el porqué del
sufrimiento, en la medida en que somos capaces de entender la
excelencia del amor divino»75.
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1. S. Martín, María, camino de perfección, Ediciones Martínez Roca,
Barcelona 2001, p. 27.
2. J. Escrivá, Via Crucis, V estación, n. 1.
3. Juan Pablo II, Homilía en la Canonización de Teresa Benedicta de la
Cruz (Edith Stein), 11-X-98.
4. S. Martín, El suicidio de San Francisco, Planeta, Barcelona 1998, p.
135.
5. P. Claudel, L’annonce faite à Marie, Gallimard, París 1940, p. 143.
6. S. Pablo de la Cruz, Epist., 1, 43.
7. «Cuanto más íntimo es el sufrimiento —escribía Sta. Teresa de Lisieux
—, menos aparece a los ojos de las criaturas, y más os alegra, Dios
mío».
8. C.S. Lewis, El problema del dolor, Rialp, Madrid 1994, p. 97.
9. C.S. Lewis, Una pena en observación, Anagrama, Barcelona 1994, p.
40.
10. Ibidem, p. 64.
11. A. Vázquez-Figueroa, África llora, Plaza & Janés, Barcelona 1994, p.
270.
12. Madre Teresa de Calcuta, Orar, Planeta, Barcelona 1997, p. 158.
13. Gal. 6, 7.
14. Como observa San Josemaría, la verdad es inseparable de la alegría:
«la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra»
(Forja, n. 1005).
15. V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, décima edición,
Barcelona 1989, p. 128.
16. 2 Cor. 5, 10.
17. Como afirmó Benedicto XVI en el Parlamento Británico, «después de
todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó la trata de esclavos»
(Discurso en Westminster Hall del 17 de septiembre de 2010).
18. Véase, por ejemplo, Mt. 7, 21; o Mt. 24, 42-51.
19. Lo decía el pensador francés Jacques Maritain (en V. Messori, Por
qué creo, o.c., p. 354).
20. 2 Cor. 9, 6.
21. En A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid
1983, p. 232.
22. Cfr. Mt. 25, 14-30.
23. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.
24. Nos ocupamos ante todo del origen del mal moral, que proviene del
mal empleo de la libertad por parte de seres humanos y de ángeles
caídos (demonios), que introdujo, y sigue introduciendo, sufrimiento en
el mundo. Dejamos de lado el mal ontológico: esa limitación de la
criatura, en comparación con Dios, que es inherente al hecho de crear.
Dios nos podría haber hecho más perfectos, como los ángeles, pero
también ellos tienen libre albedrío, y cuando han empleado mal su
libertad, han dado lugar a mayor dolor y sufrimiento. Tampoco nos
ocupamos del mal físico, ese deterioro del mundo material
misteriosamente introducido por el primer pecado, que conlleva
enfermedades y cataclismos naturales.
25. Gaudium et spes, n. 24.
26. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés,
Barcelona 1994, p. 81.
27. E. Stein (Santa Teresa Benedicto de la Cruz), Pensamientos, Monte
Carmelo, Burgos 1999, p. 50.
28. U. Borghello, Las crisis del amor, Rialp, Madrid 2003, p. 167.
29. Benedicto XVI, Mensaje del 21 de noviembre de 2006, para la
Cuaresma 2007, n. 5.
30. G. Magro, Los caminos de Dios en la tierra, en «Scripta Theologica»,
31 (1999), p. 521.
31. Cfr. Os., 11, 8 y 9; Mt. 25, 34-35; 28,20; Lc. 15, 11-32; Hech. 9,4; 22, 7-
8.
32. Benedicto XVI, Spe salvi, n. 39. Véase también Deus Caritas est, nn.
9-10. Suele afirmar el Santo Padre que el amor de Dios no es sólo Ágape,
sino en cierto sentido también Eros, esto es, un «amor en el que se unen
el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad»
(Mensaje del 21 de noviembre de 2006, n. 5).
33. C. S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 66.
34. Gen. 3, 1.
35. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 221.
36. Gen. 2, 17.
37. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 221.
38. Según Santo Tomás de Aquino, «se puede probar con bastante
probabilidad» (Summa contra gentiles, lib. IV, cap. LII). Es como un
rompecabezas en el que falta un dato y, cuando se encuentra, todo
cuadra. John Henry Newman, beatificado el 19 de septiembre de 2010,
pone el ejemplo de un joven mendigo en el que, si se observa de cerca,
se perciben ademanes propios de alguien que ha nacido en el seno de
una familia acomodada. Todo hace pensar que algún tipo de calamidad
tuvo que sucederle en su tierna infancia (cfr. Apologia pro vita sua,
Brand, Bussum 1948, p. 312-314).
39. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 39.
40. W. Collins, Armadale, Ediciones B, Barcelona 1990, p. 327.
41. R. M. Rilke, Cartas a un joven poeta, Ed. Obelisco, 2ª edición,
Barcelona 1997, p. 74, 75 y 81.
42. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1500-1501.
43. M. Suárez, Diagnóstico: cáncer. Mi lucha por la vida, Galaxia
Gutemberg/Círculo de lectores, Barcelona 2000, p. 56.
44. B. Pérez Galdós, Misericordia, Cátedra, Madrid 1982, p. 307.
45. S. Tamaro, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, decimoquinta
edición, Barcelona 1995, p. 168.
46. En J. P. Manglano, ¿Se puede aprender a sufrir?, Desclée de Brouwer,
Bilbao 1999, Prólogo.
47. J. Echevarría, Homilía del 23 de octubre de 2010 en el Campus de la
Universidad de Navarra (véase [Link]).
48. Pío XI, Miserentissimus Redemptor, n. 17.
49. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 168.
50. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid 2007,
p. 178.
51. A. Vázquez, Juan Larrea, un rayo de luz sobre fondo gris, Palabra,
Madrid 2009, p. 33.
52. San Josemaría, Camino, n. 182.
53. Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 62.
54. Cfr. 1 Petr. 3, 14.
55. Col. 1, 24.
56. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 19.
57. Cfr. Mt. 27, 32; Mc. 15, 21; Lc. 23, 26.
58. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 24. La explicación clásica de la
actualidad de los padecimientos de Cristo estriba en que todas sus
acciones, por ser verdadero Dios, trascienden los límites del tiempo y
del espacio. Puesto que «participa de la eternidad divina» (Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 1085), nosotros, dos mil años después, podemos
realmente modificar el peso de su Cruz. Pero no olvidemos que Jesús,
además de Dios, es también hombre como nosotros. Por eso, la
actualidad de la Pasión de Cristo se puede explicar también atendiendo
a su naturaleza humana. Ya que su Cristo-Hombre nos contempla desde
el Cielo, no es de extrañar que todo el bien y el mal en la tierra repercuta
en su Corazón glorioso.
59. En A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Vol. I: ¡Señor, que
vea!, Rialp, Madrid 1997, pp. 418-419.
60. Mt. 26, 37.
61. Juan Pablo II, Homilía del 11 de octubre de 1998, con motivo de la
canonización de Edith Stein.
62. En M. A. Velasco, Santos de andar por casa, Planeta, Barcelona
1999, p. 97.
63. W. Hünermann, El mendigo de Granada. Vida de San Juan de Dios,
Palabra, Madrid 1993, p. 108.
64. Ibidem, p. 169.
65. B. Lloréns, Sonetos a Jesucristo, en J.I. Poveda, Una sed de
eternidades, Rialp, Madrid 1997, p. 138.
66. J. M. Pemán, Pasión según Pemán, Edibesa, Madrid 1997, p. 87.
67. W. Hünermann, Las barricadas de Dios. Escenas populares de la
Revolución francesa, Palabra, Madrid 1989, p. 102.
68. En S. Martín, El silencio de Dios. Diario de un prisionero mártir,
Planeta, Barcelona 1977, p. 100.
69. Madre Teresa de Calcuta, Orar, o.c., pp. 159-160.
70. P. Claudel, L’annonce faite à Marie, o.c., p. 144.
71. En J. Croiset, The devotion to the Sacred Heart of Jesus, o.c., p. 13 y
14.
72. T. de Lisieux, en o.c., p. 89.
73. J. Escrivá, Apuntes íntimos, n. 582 (del 24 de enero de 1932); en A.
Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. I: ¡Señor, que vea!, Rialp,
Madrid 1997, pp. 418-419.
74. Isabel de la Santísima Trinidad (1880-1906), Souvenirs, Saint-Paul,
París, 95e mille, p. 179.
75. Juan Pablo II, Salvifici dolores, n. 13.
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Anexo al Tema 3
Comentarios al autor: [Link]@[Link]
Comentarios al monitor del foro: xvillalta@[Link]
Participación en el foro
• ¿Cómo es el amor de Dios hacia los seres humanos?
• ¿Qué nos revela el Verbo en su Pasión, y a qué nos invita esa
revelación?
• ¿Qué efectos puede traer el sufrimiento para el sufriente?
• Sabemos que la redención fue realizada plenamente por Jesús,
entonces ¿pueden tener nuestros sufrimientos una ocasión corredentora
con Cristo?
El enlace para participar en el foro de esta lección es:
[Link]
Tema 4: ¿Por qué practicar?
Las respuestas al tercer tema han sido por lo general muy buenas. Quizá
vuestros comentarios que más han dejado que desear son los referentes
a la cuarta pregunta acerca de nuestra posible Corredención con Cristo.
La mitad de vosotros señaláis que corredimir con Cristo consiste
simplemente en seguir su ejemplo. Sin lugar a dudas, esa deficiencia es
culpa mía: se debe a que no me extendí lo suficiente sobre ese
importante aspecto. El texto era ya muy largo y, al final, para no
alargarlo más, me limité a esbozar, sin desarrollarlo a fondo, las
implicaciones prácticas de corredimir con Cristo.
Algunos decís que ofreciendo al Señor nuestros sufrimientos, se vuelven
más llevaderos, pero no explicáis por qué. No indicáis la razón principal
por la que nuestras cruces se vuelven ligeras, a saber: ¡porque con ellas
podemos consolar a Nuestro Señor Jesucristo! Y es que si le queremos
de verdad, aceptamos encantados nuestras dolencias como modo de
conseguir que Él pueda sufrir menos. No es difícil amar a Jesús si somos
conscientes de los tremendos pesares que sufre su Sagrado Corazón. Es
sobre todo la compasión con esos pesares la que nos lleva a convertir
nuestros sufrimientos en regalos de amor. Y no sólo le ofrecemos las
contrariedades, grandes o pequeñas, sino todo nuestro esfuerzo por
comportarnos como buenos cristianos, luchando cada día por ser
mejores padres, hijos, amigos, trabajadores, etc.
Quisiera, en definitiva, que todos tuviéramos muy claro que Nuestro
Señor Jesucristo, incluso ahora que está glorioso en el Cielo, nos mueve
a compasión: ¡que nos produce una gran pena saber lo mucho que sigue
sufriendo por amor a cada uno de nosotros! Conviene, pues, recalcar que
la Pasión de Cristo continúa en la actualidad. En efecto, cada uno de
nosotros puede determinar el peso de esa Pasión: si peca, aumenta el
dolor del Corazón de Jesús, y si le ama a Él, y a los demás por amor a Él,
logra disminuir el peso redentor. Si, durante la Santa Misa, ponemos en
la patena nuestros sacrificios amorosos, uniéndolos así al Sacrificio
Redentor de Cristo, somos verdaderos Cirineos que aligeran esa Cruz
actual del Jesucristo. Por tanto, en la medida en que le ofrecemos
nuestros regalos de amor, le procuramos una grandísima alegría que
alivia enormemente el dolor de su Corazón. Y, aparte de ser una especie
de bálsamo que alivia las heridas que le infligen nuestros pecados,
uniéndonos a su Sacrificio, le ayudamos a consolar el infinito dolor de
Dios Padre y a obtener el don del Espíritu Santo para la salvación de
todas las almas. Sólo desde esa perspectiva, podemos realmente amar
nuestros sufrimientos: no sólo aceptarlos, sino amarlos…
Para lo que quieran profundizar este tema de capital importancia para
nuestra vida cristiana, copio a continuación, a modo de anexo al tercer
tema, algunos pasajes de mi último libro (Sintonía con Cristo, Rialp,
Madrid 2011, pp. 11-12; 143-144; 145-148; 148-158). Tratándose de una
lectura suplementaria (menos mal que los temas 4 y 5 son mucho más
cortos), si no disponéis de tiempo para leerlo, lo podéis dejar para más
adelante. Insisto en la importancia de que conozcáis de cerca esos
pesares del Corazón de Jesús porque estoy seguro de que os ayudará a
ser más generosos en vuestra vida cristiana; me alegra pensar que de
ese modo seréis un gran consuelo para Él. En definitiva, ¡todos
saldremos ganando, pero sobre todo Él!
Anexo al Tema 3
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LAS RAZONES DEL CREYENTE
(Breve introducción a la fe católica)
Tema 4: ¿Por qué practicar?
(Redención y sacramentos)
"La gracia sana y eleva la naturaleza humana"
(Adagio teológico)
Introducción
En la sesión anterior hemos considerado el origen y el sentido del
sufrimiento. Vimos que si el hombre emplea mal su libertad se aleja de
Dios y se deshace poco a poco. Impresiona constatar cuánto dolor trae
consigo el pecado. El estado en el que ha quedado la humanidad como
consecuencia del pecado es realmente penoso. No nos damos cuenta
porque estamos acostumbrados a ello. Pero si pudiésemos visitar un
planeta en el que también hubieran sido puestos los hombres y en el que
no hubiera habido pecado, el gran contraste que apreciaríamos nos
abriría los ojos. Allí, todos se parecerían a la Virgen María. Y, al volver a
esta tierra, suplicaríamos vehementemente a Dios que nos enviase un
Redentor.
Vimos también que gracias a la Redención, Jesús nos reconcilia con
Dios —haciendo así posible la salvación eterna—, nos enseña a
transformar el dolor en sacrificio corredentor inspirado por el amor y nos
proporciona una gracia salvífica capaz de curar las heridas que el
pecado ha infligido en nuestra naturaleza. Esa gracia se nos administra
ordinariamente a través de los sacramentos. En este capítulo haremos
hincapié en el aspecto curativo de la gracia. En el último capítulo nos
detendremos en la esperanza de Vida Eterna de los redimidos por Cristo.
¿Por qué practicar nuestra fe? ¿Por qué vale la pena frecuentar los
sacramentos que Cristo ha instituido para nuestra salvación? La primera
razón es que Cristo no se impone. Espera, por tanto, que le permitamos
libremente salvarnos. Si deseamos que Cristo nos salve, tenemos que
mostrarle con hechos nuestra buena voluntad. Si, después de ser
evangelizados, creemos en Jesucristo, lo lógico es que le demostremos
nuestra confianza acudiendo a las fuentes de la gracia. Si no estamos
bautizados y sabemos que ese sacramento abre la puerta a todas las
promesas de Cristo, lo lógico es que nos preparemos para recibir los
sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación. Si
ya estamos bautizados y nos enteramos de que lo mínimo que el Señor
pide para salvarnos consiste en asistir a la Santa Misa cada domingo y
fiesta de guardar, así como confesar, con contrición y propósito de
enmienda, todos nuestros pecados mortales, pues lo hacemos con más o
menos ganas, pero gustosamente.
De todos modos no basta con cumplir. Se nos pide amar. El cristianismo
no puede ser reducido a una simple ideología o a una ética: a un modo
de ver la vida o a un código de reglas de conducta. La vida cristiana no
consiste sólo en profesar unas verdades de fe y en cumplir unos
preceptos morales. El ideal cristiano consiste, ante todo, en una vida
vivida por amor a Quien, dentro de los límites que le impone su delicado
respeto de nuestra libertad, hace todo lo posible por revelarnos su Amor.
Como afirma André Frossard, «el cristianismo no es una concepción del
mundo, y ni tan siquiera una regla de vida; es la historia de un amor que
recomienza con cada alma»1.
El amor exige que busquemos ante todo el bien de la persona amada. No
voy a Misa y confieso mis pecados sólo porque me conviene. Si se ha
establecido una relación de amor con Cristo, asisto a Misa porque sé
que es algo que Él ha inventado como medio de entregarse a mí y de
darme la fuerza para ser buen discípulo suyo. Si no asisto a Misa, me
pena sobre todo porque sé que Él me ha estado esperando. No confieso
mis pecados sólo para quedarme yo tranquilo. Confieso mis pecados
sobre todo porque el Padre de la parábola está triste mientras el hijo
pródigo está lejos de casa. Intuyo que le procuro una alegría
proporcional al amor que me tiene.
Cristo desea que le amenos desinteresadamente. Nos invita a la
santidad —perfección de amor—, pero entiende nuestra miseria. Por eso,
perdona por ejemplo nuestros pecados aunque acudamos al sacramento
de la reconciliación con una contrición imperfecta. En consecuencia,
mientras vamos cimentando nuestros propósitos de amarle de modo más
perfecto, es lógico que queramos profundizar en las razones por las que
nos conviene beber en las fuentes de la gracia. Y una de esas razones de
conveniencia es que nuestra felicidad depende de la calidad de nuestros
amores. El santo es el más feliz. Intentaré mostrar, por tanto, que la
santidad es imposible sin la curación que lleva a cabo la gracia en
nuestras almas. Pero antes nos detenemos brevemente en los
sacramentos como fuentes de gracia.
¿Qué son y cómo actúan los sacramentos?
Vale la pena recordar la doctrina católica acerca de los sacramentos. En
resumen, dice así: «Los sacramentos son signos eficaces de la gracia,
instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es
dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los
sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de
cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones
requeridas»2.
Los siete sacramentos instituidos por Cristo son signos sensibles que
confieren la gracia que significan. No es casual, por ejemplo, que Cristo
haya elegido el agua como materia del sacramento del Bautismo, o el
pan para la Eucaristía. El agua sirve para lavar y el Bautismo limpia el
alma; el pan sirve para alimentarse y la Eucaristía nos proporciona
alimento espiritual.
Conviene recordar que los sacramentos tienen una eficacia infalible.
Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, los sacramentos «son
eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo»3. Eso significa que los
sacramentos obran —según las palabras de un Concilio— «ex opere
operato», es decir, «por el hecho mismo de que la acción es realizada»4.
No obran porque el sacerdote sea ejemplar o tenga tres Doctorados en
teología, sino «en virtud de la obra salvífica de Cristo, realizada de una
vez por todas»5. De ahí se sigue, con palabras de Santo Tomás de
Aquino, que «el sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre
que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios»6. Por tanto,
«siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la
Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él,
independientemente de la santidad personal del ministro. Sin embargo,
los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del
que los recibe»7. En ese sentido, un mismo sacramento puede tener
mayor o menor eficacia en función de las disposiciones interiores de
quienes lo reciben («ex opere operantis»). Los sacramentos tienen una
eficacia extraordinaria, pero nuestra miseria suele limitar esa eficacia.
Una sola Comunión eucarística bastaría para hacernos santos si la
recibiésemos con disposiciones ideales. Por su parte, el ministro sólo
puede ayudar de modo indirecto a la eficacia del sacramento. Así, un
sacerdote que celebra la Santa Misa con gran unión y amor a Cristo
puede ayudar a los asistentes a disponerse mejor.
He querido recordar este aspecto de la doctrina católica porque se
olvida con gran frecuencia. Lo más impresionante de los sacramentos es
la realidad metaempírica. Dado que nosotros conocemos a través de los
sentidos, nos cuesta adentrarnos en esas realidades maravillosas que
sólo conocemos a través de la fe. Por eso se entiende que haya quienes
prefieran una Misa porque el celebrante resulta más entretenido en sus
homilías. Evidentemente, todo eso ayuda. Pero quien conecte con lo
esencial —quien sepa que la Eucaristía «es una invención en la que se
manifiesta la genialidad de una sabiduría que es simultáneamente locura
de amor»8—, podría vivir una profunda emoción asistiendo a una Misa
celebrada en chino por un viejo sacerdote a quien apenas se le oye, a las
siete de la mañana en una iglesia gélida y fea.
La Eucaristía es lo más grande que se pueda celebrar en la tierra. Se
celebra en la tierra, pero participa todo el Cielo. En la Santa Misa
asistimos a todos los dolores y gozos redentores de Cristo. Con las
últimas palabras de la Consagración —«Haced esto en conmemoración
mía»—, el Señor instituyó dos sacramentos: la Eucaristía y el Orden
sacerdotal. Nuestra lengua no es capaz de reproducir el significado
exacto de la palabra "conmemoración". Es, escribe Juan Pablo II,
«"memorial" que se actualiza; no vuelta simbólica al pasado, sino
presencia viva del Señor en medio de los suyos»9. La Eucaristía no es,
pues, la representación simbólica de un hecho pasado. Es un sacrificio
que se sigue perpetuando de modo misterioso pero real. En la Santa
Misa, presenciamos con los ojos del alma los acontecimientos más
importantes de la Redención y de la Glorificación de Cristo. Asistir a la
renovación eucarística del misterio pascual no es comparable a ver una
obra de teatro o una película; no es ni siquiera semejante a un
acontecimiento retransmitido en diferido: celebrar o asistir a la Santa
Misa equivale a ¡presenciar en directo todos los dolores y gozos
redentores de Cristo!
Por falta de formación, hay quienes abandonan la práctica religiosa,
sencillamente porque se aburren. Es como tener que asistir una vez a la
semana a la misma obra de teatro, con muy pocas variaciones.
Confunden sacramentos con simples ritos. Exagerando un poco, se
podría resumir así la esencia de los sacramentos para quienes se
quedan en lo meramente visible: cada vez que un miembro de nuestra
comunidad de creyentes nace, conviene celebrarlo llevando al niño al
local en el que nos reunimos; cuando se hace mayor, celebramos su
entrada en sociedad; tenemos que guardar contacto, así es que nos
reuniremos todos los domingos en nuestro local; alguien tiene que ser el
animador, así es que escogemos a uno para dirigir "el cotarro"; si
alguien se porta mal, tiene que pedir perdón a la comunidad
representada por el animador; es importante que la comunidad esté
presente en los momentos importantes de la vida de cada miembro,
luego cuando alguien se case, que vaya al local y haremos una fiesta; y
cuando esté en peligro de muerte, enviaremos al animador para que le
dé ánimos en nombre de todos...
¡Qué gran diferencia entre asistir a Misa para coincidir con mis amigos y,
de paso, ver qué tal es el abrigo que se ha comprado mi vecina, y
participar en la Eucaristía conscientes de presenciar los
acontecimientos más sublimes de la historia de la Salvación! Si
convertimos nuestra vida en un sublime acto de amor corredentor, la
Santa Misa se hace, cada día más, como decía San Josemaría, «el
centro y la raíz» de nuestra vida espiritual10: el centro hacia el que
convergen todos nuestros afanes, y la raíz que alimenta toda nuestra
vida cristiana. Por una parte, en perfecta unidad de vida, el día entero se
convierte en una misa. Por otra parte, la comunión eucarística y el afán
por corredimir con Cristo —aliviando sus padecimientos redentores—
nos dan la fuerza necesaria para sobrellevar cualquier sacrificio. Con
esta alma sacerdotal, nuestra pobre vida adquiere una trascendencia
extraordinaria. Uniéndolo todo al Sacrificio de la Misa, cada una de
nuestras acciones, incluso las más insignificantes, adquieren un valor
incalculable. De este modo, en medio de nuestros afanes y ocupaciones
cotidianas, poniendo amor en el deber de cada instante, aligeramos la
Cruz de Cristo y contribuimos a la Redención del universo, a «recapitular
todas las cosas en Cristo»11.
La felicidad del amor
Nos detenemos ahora en el curativo de la gracia redentora de Cristo. La
felicidad humana pasa necesariamente a través de la apertura al amor.
Por naturaleza somos seres abiertos a los demás, pero si, por timidez o
egoísmo, nos encerramos en nosotros mismos, cancelamos la
posibilidad de ser felices, tanto en esta vida como en la Otra. Como
personas, nos realizamos en la medida en que, por amor, nos
entregamos. Nuestro yo sólo alcanza su plenitud entregándose a un tú.
Tanto la antropología del pasado siglo XX como la doctrina de la Iglesia
están de acuerdo al afirmar que el hombre se realiza a sí mismo amando
mucho y bien. Una de las frases del Concilio Vaticano II más citadas en
el Magisterio de Juan Pablo II es que «el hombre, única criatura que Dios
ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud, si no es
en la entrega sincera de sí mismo a los demás»12.
Puesto que nuestra felicidad depende de la calidad de nuestro amor,
ningún progreso en la vida es tan importante como el progreso en el
amor. De poco serviría adquirir amplios conocimientos técnicos y
obtener todo tipo de diplomas, si fuésemos ignorantes acerca del amor.
Sin duda, el bienestar material contribuye algo a nuestra felicidad, pero
el grado más alto de felicidad proviene de dar y de recibir amor. Y
cuanto más perfecto es el amor, mayor felicidad procura. También el
egoísta goza de cierta felicidad, pero no sabe lo que se pierde; con
razón, en francés, "infeliz" se dice "malfeliz"(malheureux). Nada duele
tanto como la soledad, entendida como ausencia de amor.
En el amor, cabe un progreso interminable. Entre un amor
compulsivamente egoísta y un amor libremente abnegado, existe toda
una escala de calidad de amor. Siempre se puede amar más (con mayor
intensidad y a más personas) y mejor (entrega más sacrificada, con
mejores intenciones, con mayor libertad interior y con mayor respeto de
la libertad ajena).
Para progresar en el amor, no basta con tener buena voluntad. A veces,
queremos pero no podemos. Quisiéramos, por ejemplo, no sentir
resentimiento hacia alguien que nos ha ofendido, pero lo sentimos
igualmente; quisiéramos olvidar algún agravio ya perdonado, pero no lo
conseguimos, porque nuestra naturaleza se ha deteriorado a causa del
lastre que deja el pecado.
Estoy, pues, convencido de que la vida cristiana supone una ayuda
decisiva para progresar en el ideal del amor, más aún: que sin la ayuda
de la gracia divina es imposible alcanzar las altas cumbres del amor. Y
es que el corazón, el pensamiento y la voluntad de todo ser humano
están contaminados por cierto egoísmo espiritual. Por tanto, mientras no
se purifiquen nuestros afectos e intenciones, no será posible alcanzar
una alta calidad de amor. Y es aquí precisamente donde entra en acción
la gracia redentora de Cristo, una gracia que nos cura de nuestra
incapacidad de amar de modo libre y desinteresado.
Querer, saber y poder
Dios nos ha creado para amar como Él ama. Pero, por el pecado, somos
como una lavadora que se ha averiado por haber sido mal utilizada. Dios
se ha encarnado con el fin de mostrarnos cómo tenemos que ser y de
darnos los medios para arreglar los desperfectos.
La experiencia muestra que el egoísmo anida en el corazón del hombre.
Se ve en los niños, incluso antes de alcanzar al uso de razón. Me
contaba un experto pediatra que incluso un niño de varios meses puede
comportarse de modo histérico y egoísta. Me refería el caso de un niño
de seis meses que tuvo un episodio de apnea. No respiraba y su madre
se alarmó muchísimo. Desde entonces el niño, para que su madre le
prestara atención, simulaba episodios de apnea. «Yo se lo curo —le dijo
el pediatra a la madre—: tráigamelo una semana a la clínica». En efecto,
una semana más tarde el niño estaba curado. Cuando la madre preguntó
al médico qué tratamiento había empleado, éste le dijo que todo había
sido muy sencillo: que había bastado con no hacer caso al niño cada vez
que parecía que no podía respirar.
En la raíz de todo mal moral, hay siempre tres posibles causas
entremezcladas: mala voluntad (no querer), ignorancia (no saber), e
incapacidad (no poder). Al revés, para amar de verdad no basta con
buena voluntad (querer) y formación (saber). Necesitamos también
aprender a curar nuestra incapacidad. Para poder vencer en esas peleas
que nos superan, conviene indagar las causas más profundas, remover
cimientos, operar sobre nuestros sentimientos de fondo.
Por tanto, para progresar en el amor, hacen falta querer, saber y poder.
No basta con proponérselo. Hace falta también un aprendizaje y una
capacitación. Ante todo necesitamos aprender a amar. Hay gente que
piensa que todo el mundo sabe instintivamente en qué consiste el amor
perfecto. Se casan, por ejemplo, y no aceptan consejos para mejorar su
vida matrimonial. Les parece que del mismo modo que saben andar,
saben cómo sacar adelante un matrimonio. Incluso cuando surgen
dificultades, es posible que atribuyan la causa de sus problemas a
haberse equivocado en la elección del cónyuge, en vez de deberse a que
no saben amar. Recuerdo una persona que se había divorciado cinco
veces y sólo entonces se percató de que el problema era que él no sabía
amar. «Sólo ahora —decía apenado— me doy cuenta de que habría
podido ser feliz con cada una de esas cinco mujeres...».
Aparte de querer y de saber. Necesitamos una capacitación que pasa
por un largo camino de purificación interior. En función de la perfección
moral de la persona, el corazón se animaliza o se espiritualiza. Según
cómo evolucionemos, nos hacemos o nos deshacemos. La virtud
congrega, el vicio disgrega. El hombre se perfecciona en la medida en
que integra todos sus recursos con el fin de amar cada vez más y mejor.
Si lo logra, vive en armonía con Dios, consigo mismo y con los demás. El
desamor, en cambio, surte el efecto contrario; según Juan Pablo II, el
pecado «aleja al hombre de Dios, lo aleja de sí mismo y de los
demás»13.
Para purificarnos, debemos desandar el camino equivocado, poniendo
orden en el desbarajuste interior causado por el pecado. Vale la pena
pues de ello de pende nuestra felicidad. Además, si queremos ir al Cielo,
tarde o temprano, aquí o en el Purgatorio, nos tendremos que purificar.
Para ello, necesitamos una profunda conversión interior al calor de la
gracia divina y de nuestra buena voluntad.
Cuanto más conscientes somos de nuestras incapacidades y de
nuestras heridas, mejor entendemos que la perfección del amor no es
posible sin una especial ayuda divina. Cuanto más conscientes seamos
de las profundas raíces de nuestras heridas interiores, mejor
entendemos la necesidad de esa gracia divina que sana, y por qué la
Iglesia recomienda la confesión frecuente, aunque no haya pecados
mortales, como medio de curar nuestras incapacidades.
Una gracia que dignifica y sana
Cristo no se limita a enseñarnos a amar. Nos ofrece también una gracia
que nos capacita para amar como Él ama. En la Última Cena, al darnos
su «mandamiento nuevo», nos pidió que nos amásemos unos a otros
como Él nos ha amado14. Esto implica una velada promesa de asistencia
para lograrlo. Su mandamiento es nuevo, entre otras cosas porque la
calidad del amor que nos pide excede nuestras posibilidades naturales.
Sin la ayuda de la gracia, el ejemplo de Cristo sería inimitable.
Gran parte del egoísmo del yo que enturbia el corazón escapa al control
de la voluntad. Por eso necesitamos esa gracia que Cristo nos comunica
a través de los sacramentos, sobre todo a través de la Confesión y de la
Eucaristía; necesitamos, como escribe Juan Pablo II, esa «fuerza que
transforma interiormente al hombre»15, ese don del Espíritu Santo que
«transforma el mundo humano desde dentro, desde el interior de los
corazones y de las conciencias»16.
Dios, que es Amor17, se revela y comunica a través de Cristo. El hombre
ha sido creado para amar como Cristo ama, pero el pecado se lo impide
y necesita que la gracia cure su incapacidad. La gracia santificante es el
don del Espíritu Santo obtenido por Cristo en la Cruz. Se trata de un don
sobrenatural que, al transformarnos interiormente, nos capacita para
amar como Cristo ama. Para llevar a cabo esa misteriosa
transformación, el Espíritu Santo opera en nosotros de modo progresivo
tres efectos conjuntos: ilumina nuestro entendimiento para comprender
el Amor de Dios, inflama nuestra voluntad para encendernos en deseos
de corresponderle, y purifica nuestro corazón para conformar nuestros
afectos con los de Cristo.
La santidad, como perfección de amor, no es posible sin la ayuda divina.
Salvación viene de salud: para salvar hay que sanar. Sólo Dios es Santo:
sólo Él ama de modo plenamente perfecto. Y es Cristo quien, por medio
de la gracia santificante, nos eleva a la dignidad de hijos de Dios y cura
el poso de egoísmo que el pecado ha depositado en nuestra naturaleza.
«La gracia sana y eleva», se afirma en teología: la gracia cura nuestra
incapacidad de amar bien —de modo libre, desprendido y desinteresado
—, y nos eleva a la dignidad de hijos de Dios. Si lo que hay que curar es
ante todo ese amor propio que pervierte nuestro amor, no es de extrañar
que uno de los caminos que sigue la gracia para llevar a cabo esa
curación consista en ayudarnos a tomar conciencia de la elevación a la
dignidad de hijos de Dios.
Cristo es, pues, a la vez modelo y fuente de amor perfecto. Nos enseña a
amar y, mediante esa gracia que nos cura y dignifica, nos capacita para
amar como Él ama. Por tanto, en la medida en que nos dejamos penetrar
por la gracia, podemos alcanzar esa verdadera felicidad que consiste en
dar y en recibir un amor de gran calidad.
Sólo un Amor incondicional me puede curar
¿Por qué el Amor de Dios cura nuestra incapacidad de amar de modo
ideal? Es algo que no se puede ventilar en unos minutos18. Pero, en
resumen, diré que el egoísmo que más impide el amor verdadero es la
soberbia. Lo que más nos molesta a la hora de amar libre y
desinteresadamente son los problemas del yo, esa necesidad que
tenemos de gustar a otros para poder gustarnos a nosotros mismos. Y es
que existe una estrecha relación entre ser amado, amarse a sí mismo y
amar a los demás. Por una parte, ver que alguien me ama, favorece mi
autoestima. Por otra parte, existe una relación entre la actitud hacia mí
mismo y la calidad de mi amor a los demás. Para vivir en paz con los
demás, es preciso que viva primero en paz conmigo mismo. Nada me
separa tanto de los demás como mi propia insatisfacción. Veo que los
mayores criticones son con frecuencia aquellos que han desarrollado
una actitud hostil hacia sí mismos.
Nada me ayuda tanto a valorarme como experimentar un amor
incondicional. Si no, ¿cómo podría yo amarme a mí mismo sabiendo que
tengo tantos defectos? Quizá por eso anhelo ser amado de modo
incondicional. Y es que los complejos, tanto de inferioridad como de
superioridad, deterioran mi paz interior y mis relaciones con los demás,
y sólo desaparecen en la medida en que amo a alguien que me ama tal
como soy. Pero ¿podría yo recibir de una criatura un amor estable e
incondicional? ¿No es acaso Dios el único capaz de amarme de ese
modo? Sin duda, el amor humano es más tangible, pero de una calidad
muy inferior a la del amor divino. El amor de mis padres o de buenos
amigos me ayuda a asegurar mis primeros pasos en la vida, pero la
experiencia me muestra que ese amor, a la larga, resulta insuficiente.
Sólo el Amor de Dios logra colmar mi vacío interior, otras soluciones de
recambio (éxito y amor de otros) no me satisfacen del todo. En épocas
exitosas de la vida, advierto menos esa profunda necesidad del amor
divino, pero tarde o temprano resurge esa imperiosa necesidad.
En definitiva, puesto que nadie en la tierra es capaz de amarme de modo
plenamente estable e incondicional, debo concluir que el desarrollo de
mi capacidad afectiva depende, en última instancia y de modo decisivo,
del descubrimiento del amor de Dios. Para poder amar a los demás sin
egoísmos, esto es, por ellos mismos, debo aprender a amarme a mí
mismo tal como soy, sin ningún tipo de engaño fraudulento. Y para poder
amarme así a mí mismo, necesito descubrir el Amor misericordioso de
mi Padre Dios.
«Dios me ama —escribe Leo Trese—. Esa es la última y suprema razón
de mi existencia. Sobre esta convicción, sobre esta realidad fecunda,
debo construir toda mi vida espiritual»19. La única solución estable de
los problemas provenientes del egoísmo que anida en mi corazón pasa a
través de la toma de conciencia de mi dignidad, gracias al Amor de
Quien más y mejor me ama. Dios me ama tal como soy y su Amor me
confiere una dignidad inestimable. Y Dios no me ama sólo de modo
general: puedo afirmar que lo soy todo para Él. Se trata, pues, de
contraponer a la soberbia «el gozo humilde de saberse amado por Dios,
no porque yo lo merezca sino porque Dios es bueno»20.
Saberse objeto de la complacencia divina es algo que nos purifica el
alma. El arte de la humildad —y de la santidad— consiste en vaciarse de
uno mismo para poder llenarse de Dios, y también en llenarse de Dios
para poder vaciarse de uno mismo. Por tanto, para avanzar por el camino
de vida cristiana, precisamos una honda conversión interior: tenemos
que estar firmemente decididos a abandonar falsas seguridades y a
abandonarnos confiadamente en el Amor del Señor. Muchos hacen
depender su felicidad de condiciones de futuro. Pero es imposible
satisfacer establemente las expectativas del propio yo. En cambio, estar
a bien con Nuestro Padre Dios es muy fácil. O somos felices hoy y ahora,
tal como somos y con lo que tenemos, o no lo seremos nunca.
----------------
1. A. Frossard, Los grandes pastores, Rialp, Madrid 1993, p. 115.
2. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1131.
3. Ibidem, n. 1127.
4. Concilio de Trento, Denzinger, n. 1608.
5. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1128.
6. S. Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, qu.68, a. 8.
7. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1128.
8. Comité para el Jubileo del año 2000, La Eucaristía, Sacramento de
vida nueva, BAC, Madrid 1999, p. 17.
9. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de
2000, n. 12.
10. J. Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 87.
11. Ef. 1, 10.
12. Gaudium et spes, n. 24.
13. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.
14. Cfr. Jn. 13, 34.
15. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 18.
16. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n 59.
17. Cfr. 1 Jn. 4, 8.
18. Por eso le dediqué todo un libro a este tema (cfr. Amor y autoestima,
Rialp, Madrid 2009.
19. L. Trese, Dios necesita de ti, Palabra, 6ª edición, Madrid 1990, p. 25.
20. C. Cardona, Metafísica del bien y del mal, EUNSA, Pamplona 1987, p.
130.
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Participación en el foro:
• ¿Vale la pena realmente frecuentar los sacramentos? ¿por qué?
• ¿El ser humano es capaz de querer amar, saber amar y poder amar
como Dios ama? ¿qué necesita para lograrlo?
El enlace para participar en el foro de esta lección es:
[Link]
Tema 5: ¿Qué hay después de la muerte?
Os felicito porque habéis respondido muy bien a las dos preguntas del
tema 4. La segunda de ellas -acerca de la posibilidad de amar de modo
perfecto- revestía una importancia especial. Se trataba de entender que,
con la gracia redentora de Cristo, podemos ser realmente santos: basta
con quererlo y con procurarse los medios para saber y poder. Es
importante, en definitiva, (re-) descubrir que todos los bautizados
estamos llamados a la santidad. Ciertamente, en esta vida no podemos
igualar la pureza del amor divino, pero nos consuela saber que todos los
santos murieron teniendo defectos: el santo no es el que lo hace todo
bien, sino el que alcanza una alta calidad de amor, que se demuestra,
entre otras cosas, en la facilidad para pedir humildemente perdón por
los propios fallos.
Con el tema 5, que estudiáis a continuación, terminaremos la primera
parte del curso, dedicada a ilustrar las verdades de la fe.
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LAS RAZONES DEL CREYENTE
(Breve introducción a la fe católica)
Tema 5: ¿Qué hay después de la
muerte?
(La esperanza cristiana)
“Si conocieras el don de Dios” (Jn. 4, 10)
Introducción
En la sesión anterior hicimos hincapié en el aspecto curativo de la
gracia redentora de Cristo que se nos comunica a través de los
sacramentos. En esta sesión nos detenemos en la esperanza de Vida
Eterna del cristiano que se identifica con Cristo muerto y resucitado.
Como afirma San Pablo, los cristianos vivimos «Expectantes beatam
spem» («con bienaventurada esperanza»)1.
Muchos cristianos cometen el error de creer en el Cielo pero no intentar
imaginárselo. Quieren ir al Cielo sólo porque saben que es lo mejor.
Quizá por eso, a pesar de haber oído hablar de las promesas de Cristo,
se hunden cada vez que la muerte acecha. «La expectativa de la vida
perdurable —afirma Julián Marías— es el núcleo esencial de la
perspectiva cristiana. Si la relación con Dios se limitara a la vida
terrenal, la religión misma perdería su sentido. Es lo más importante,
justificación de todo lo demás, orientado hacia esa esperanza. Sin
embargo, a lo largo de la historia se ha descuidado algo que siempre he
creído decisivo: su imaginación. Si esa vida no es imaginada, no puede
ser deseada en concreto, sino de manera abstracta y débil»2.
Cristo nos reveló que tras la muerte viene el Juicio y que, según lo que
hayamos elegido, iremos eternamente al Cielo —eventualmente
precedido por un estado transitorio de purificación llamado Purgatorio—
o al Infierno. Pero antes de considerar esas realidades, preguntémonos
si es posible demostrar la inmortalidad del alma.
La inmortalidad del alma a la luz de la razón
La fe nos dice qué sucede exactamente después de la muerte, pero con
la sola razón podemos demostrar que no todo termina con la muerte. Ya
Platón, hace 24 siglos, demostró que nuestra alma es inmortal:
incorruptible e indestructible. San Agustín y Santo Tomás de Aquino
recogen sus argumentos y los perfeccionan.
En general, esos argumentos se apoyan en la naturaleza espiritual del
alma humana. Si conseguimos mostrar que en el hombre no todo es
materia —como sostiene un materialismo—, si el hombre es capaz de
trascender la materia por ser mucho más que un simple animal algo más
sofisticado, si en la persona humana hay una realidad más anclada en el
ser que la materia, concluiremos que el alma es incorruptible, es decir,
que el futuro de esta realidad espiritual presente en nosotros no se rige
por las leyes de la materia. La materia sufre cambios sustanciales (la
madera quemada, por ejemplo, pasa a ser otra cosa: ceniza), mientras
que el alma no es una sustancia contingente, sino necesaria. El único
devenir posible de una sustancia de naturaleza espiritual es la
aniquilación, algo que, en principio, el Dios nunca hace. Al contrario que
la materia, el alma es simple: no se puede destruir.
En el hombre conviven realidades corporales (hambre) y espirituales
(inteligencia que abstrae y voluntad libre). No somos ni animales ni
ángeles, sino una mezcla de ambos. Ambas dimensiones están
íntimamente unidas. Por un lado, si te pegan una torta, aparte de dolerte
la cara y el corazón, sientes que se atenta contra tu dignidad, o si no
duermes lo suficiente, eres incapaz de reflexionar. Por otro lado, si te
“duele” el alma, el cuerpo lo exterioriza, por ejemplo con dolor de
cabeza. La unidad de la persona humana es impresionante. Como
observa Thibon, «la operación más groseramente carnal —por ejemplo el
acto de comer— implica un cierto consentimiento y una cierta
delectación del espíritu; y, recíprocamente, la más noble actividad
espiritual se apoya sobre un mínimo de resonancia sensitiva»3.
Esta perfecta unidad de la persona humana sólo ha sido explicada
satisfactoriamente —sin caer en dualismos— por la filosofía aristotelico-
tomista. Según ésta, el alma es forma del cuerpo; necesita del cuerpo
para expresarse y obtener datos a través de los sentidos, aunque, de por
sí, es una sustancia subsistente (capaz de existir con independencia del
cuerpo y, por tanto, incorruptible o inmortal).
Algunos expertos en neurología, influidos por prejuicios reduccionistas,
afirman que somos animales más evolucionados. Su materialismo no
logra explicar la conciencia y pensamiento del ser humano. Se apoyan
en una especie de creencia según la cual llegará un día en que sabremos
explicarlo todo de modo científico. Ciertamente no conocemos
suficientemente el funcionamiento del cerebro, pero nuestros 20.000
millones de neuronas y 1.600 billones de conexiones entre ellas no
podrán jamás explicar nuestras habilidades intelectuales y volitivas.
Nuestra mente es superior a un ordenador de gran capacidad. También
hay expertos en neurofisiología —Wilder Penfield o premios nóbeles
como John Eccles y Charles Sherrington— que defienden posiciones no
materialistas. Como afirmó Roger Sperry (Nobel de Medicina en 1981 por
sus estudios de las funciones especializadas del cerebro humano):
«nuestra interpretación de los hechos tiende a devolver a la mente su
antigua posición privilegiada sobre la materia, porque muestra que los
fenómenos mentales trascienden los de la fisiología y la bioquímica»4.
En filosofía, el camino más sencillo para mostrar la espiritualidad del
alma consiste en estudiar sus dos potencias: intelecto y voluntad. En
cuanto al intelecto, veamos tres aspectos que serían imposibles si éste
fuese meramente material: la capacidad de abstracción, la universalidad
de los conceptos que pueden ser abstraídos y la autorreflexión.
Ya la simple capacidad de abstracción presupone espiritualidad. Los
animales no trascienden el ámbito de lo particular. Tienen un sentido
interno (la estimativa) que les permite sacar lecciones de la experiencia,
pero no tienen capacidad de abstracción. Recuerdo una conferencia de
Jerôme Lejeune (el que descubrió en Genética el síndrome de Down) en
la que preguntaba: «¿Se imaginan ustedes un congreso filosófico de
chimpancés intentando dilucidar la esencia del “ser chimpancé”?». Ya lo
decía Chesterton: «Hay gente intentando demostrar con su inteligencia
que con su inteligencia no se puede demostrar nada». «El conocimiento
de la verdad —sintetiza Joseph Pieper—, a pesar de sus
condicionamientos orgánicos, es un fenómeno íntima y naturalmente
independiente de todo término material. Esto es reconocido, de hecho y
por la evidencia de la misma cosa, por todos los hombres, tanto por los
que lo saben, como por los que no lo saben, en incluso por aquellos que
lo niegan expresa y formalmente»5.
Aparte de inducir conclusiones universales a partir de datos
particulares, podemos abstraer un número ilimitado de objetos. Si
nuestro intelecto se redujese a las neuronas del cerebro, su capacidad
sería necesariamente reducida. En todo disco duro de un ordenador cabe
una cantidad limitada de información. Sin embargo, podemos abstraer
una infinidad de objetos diversos.
Más llamativa aún es nuestra capacidad de autorreflexión. Puedo ahora
pensar sobre mi pensar de mi pensar... Si mi intelecto fuese material no
podría volverse de modo inmediato sobre sí mismo. Mis ojos, por
ejemplo, al ser materiales, pueden ver cualquier cosa menos a sí mismos
de modo directo (en un espejo, sí). La materia siempre está extendida en
el espacio: no puede volver sobre sí misma. Sen cambio, el hombre usa
su intelecto para discurrir sobre su intelecto...
Otro tanto podría decirse sobre la voluntad. Sabemos por experiencia
que, a pesar de las circunstancias, la última decisión siempre es
nuestra. Si el hombre, a pesar de sus condicionamientos, es libre,
podemos trascender la materia. No me imagino a un animal haciendo
una huelga de hambre. Un animal se conduce siempre por sus instintos.
Si está hambriento y, fuera de peligro, ve comida, siempre va a por ella.
En cambio, un hombre firmemente decidido, es capaz de no apartar la
mano del fuego, por mucho que todas sus neuronas estén transmitiendo
órdenes a los músculos para retirar la mano.
Muchos autores que han pretendido negar la libertad humana como
modo de evitar la responsabilidad personal. Contrariamente a lo que
decía, por ejemplo, Skinner, fundador del conductismo, la experiencia
muestra que el hombre es su último determinante: que nuestra libertad
es limitada pero real. En una novela, una catedrática de biología dice a
propósito de su novio: «En ocasiones, justifica a los demás casi hasta el
punto de negar que son responsables de sus actos. Yo creo en el libre
albedrío y no niego la influencia de la genética y del entorno (¿cómo
podría un biólogo negar eso?, y estoy segura de que estamos
programados biológicamente para hacer muchas de las cosas que
hacemos. Sin embargo, aun dentro de esos límites, creo que podemos
elegir. La idea de que el destino nos dirige, y de que somos incapaces de
oponer resistencia o alterar nuestro rumbo, me suena a excusa»6.
El hombre es capaz de actuar de modo contrario a todas las
expectativas lógicas. Una prueba fáctica de la existencia de la libertad
es la conversión personas depravadas. Frankl cuenta al respecto7 el
caso del Doctor J., destacado miembro de las SS. Fue llamado “el
asesino de masas de Steinhof” (un hospital psiquiátrico de Viena),
porque no paró hasta llevar a las cámaras de gas a todos los enfermos
psiquiátricos de ese hospital vienés. Años después, Frankl se enteró de
que había muerto como un santo. Alguien que había coincidido con ese
alemán durante años de cautiverio en Rusia le contó a Frankl que el
Doctor J. había sido su mejor amigo. La poca comida que les daban la
repartía entre sus compañeros de prisión. Se desvivía por todos.
Aparte de la filosofía y de la Revelación, ¿existen más fuentes para
saber algo sobre la vida en el “Más allá”? Existen testimonios serios
acerca de difuntos a quienes Dios permite comunicarse de forma
objetiva con personas vivas8. Que cada uno juzgue por sí mismo.
El infierno
La razón nos dice que, tras la muerte, el cuerpo, siguiendo las leyes de
la naturaleza material, se corrompe, pero que el alma, al ser de
naturaleza incorruptible, sigue subsistiendo. ¿Pero a dónde va? Con total
seguridad eso sólo se puede saber por la fe. Veamos lo que dice la
Revelación a propósito de las realidades últimas. Lo haremos con
palabras de Juan Pablo II. Empezamos con el infierno:
El infierno como rechazo definitivo de Dios
Alocución del Miércoles 28 de julio de 1999
1. Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por
desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir
rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para
siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica
situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de
condenación o infierno. No se trata de un castigo de Dios infligido desde
el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en
esta vida. La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura
condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas
experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele
decir, en «un infierno». Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo
muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se
vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa
definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el
último instante de su vida.
2. Para describir esta realidad, [...] el Nuevo Testamento anuncia que
Cristo, con su resurrección, ha vencido la muerte y ha extendido su
poder liberador también en el reino de los muertos.
Sin embargo, la redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que
corresponde al hombre acoger con libertad. Por eso, cada uno será
juzgado «de acuerdo con sus obras» (Ap 20,
13). Recurriendo a imágenes, el Nuevo Testamento presenta el lugar
destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde
«será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 13, 42; cf. 25, 30. 41) o como
la gehenna de «fuego que no se apaga» (Mc 9, 43). Todo ello es
expresado, con forma de narración, en la parábola del rico epulón, en la
que se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin
posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (cf. Lc 16, 19-31). [...].
3. Las imágenes con las que la sagrada Escritura nos presenta el
infierno deben interpretarse correctamente. Expresan la completa
frustración y vaciedad de una vida sin Dios. El infierno, más que un lugar,
indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y
definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume
los datos de, la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica:
«Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor
misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para
siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de
autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los
bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033)9.
Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios,
dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación
de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a
su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se
aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la
muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica
ese estado.
4. [...] La condenación sigue siendo una posibilidad real, pero no nos es
dado conocer, sin especial revelación divina, si los seres humanos, y
cuáles, han quedado implicados efectivamente en ella. El pensamiento
del infierno —y mucho menos la utilización impropia de las imágenes
bíblicas— no debe crear psicosis o angustia; pero representa una
exhortación necesaria y saludable a la libertad [...]».
El Infierno no se explica sin la libertad. Se suele decir que el infierno
está cerrado con llave... ¡por dentro! ¿Pero cómo explicar que haya
gente que se empeñe en ir allí? Quizá es gente tan acostumbrada a vivir
en la “oscuridad”, que cuando ven el Cielo lleno de “luz”, se dicen: «allí
no voy ni loco». ¿Pero cómo es posible que alguien se “coma el coco”
hasta el punto de preferir la oscuridad a la luz, la soledad a la compañía
amorosa?
La capacidad que tenemos de autoengaño puede ir muy lejos. La
soberbia permite justificar lo injustificable. «Fuera de las cárceles —
cuenta Silvester Krcméry, un testigo de los horrores de los campos de
concentración comunistas en Eslovaquia—, muchos hombres de la
Seguridad del Estado solían comportarse con gran seguridad en sí
mismos afirmando cosas como ésta: "Nunca he hecho daño a nadie en
mi vida, quizá he dejado de ayudar a alguien por inadvertencia". Suena
casi irónico, pero ha sido lo típico en los más sádicos»10. La experiencia
muestra que quien confiesa a menudo sus pecados suele saber de qué
confesarse, mientras que quien nunca lo hace no sabe de qué
confesarse. «Cuando un hombre se va haciendo mejor —observa Lewis
—, comprende con más claridad el mal que aún queda dentro de él.
Cuando un hombre se hace peor, comprende cada vez menos su maldad.
Un hombre moderadamente malo sabe que no es muy bueno: un hombre
totalmente malo piensa que está bastante bien. Esto, después de todo,
es de sentido común. Comprendemos el sueño cuando estamos
despiertos, no mientras dormimos»11.
Quien se miente habitualmente a sí mismo puede terminar creyéndose
sus propias mentiras. Su vida entera podría terminar siendo una mentira:
ante él mismo, y ante los demás. «El hombre que se miente a sí mismo y
escucha sus propias mentiras —advierte Dostoiewski— llega a
encontrarse en situación tal que no sabe ver la verdad ni en sí mismo ni
a su alrededor, y pierde la propia estimación y el respeto de los
demás»12. Es la triste historia del deterioro moral del hombre a causa
de su soberbia. Mientras su conciencia le siga susurrando que se
engaña, hay todavía esperanza de salvación: significa que aún queda
algo de su yo real. Lewis, en uno de sus libros13, muestra que en el
infierno el autoengaño es máximo; examinando la vida de diversos
habitantes del infierno, sugiere que su soberbia les habría llevado a tal
desconocimiento de sí mismos, que ya nada quedaría de su verdadero
yo: al final de su vida, sólo quedaría su falso yo, estarían completamente
alienados de sí mismos, totalmente fuera de la realidad, ¡todo sería
mentira!
En el drama del autoengaño, lo primero que se pierde es la conciencia;
después, la cabeza: el entendimiento. Quien vive como piensa, acaba
pensando como vive. Sirva de ilustración un elocuente pasaje de Los
intereses creados de Jacinto Benavente. En esa célebre obra de teatro,
cuando el astuto Crispín propone al buen Leandro que engañe por amor,
dice éste: «—Yo no puedo engañarme, Crispín. No soy de esos hombres
que cuando venden su conciencia se creen en el caso de vender también
su entendimiento»; a lo que replica Crispín: «—Por eso dije que no
servías para la política. Y bien dices. Que el entendimiento es la
conciencia de la verdad, y el que llega a perderla entre las mentiras de
su vida, es como si se perdiera a sí mismo, porque nunca volverá a
encontrarse ni a conocerse, y él mismo vendrá a ser otra mentira»14.
El Purgatorio
Al Cielo, directamente, sólo van los santos. Por tanto, si de verdad
queremos ir al Cielo, tarde o temprano necesariamente nos tendremos
que purificar. El Purgatorio es una misericordia de Dios. El Santo Cura de
Ars lo llamaba «el hospitalito del buen Dios». Allí pagamos todos los
platos rotos que, en estricta justicia, aún no hemos pagado, y nos dan
clases (y hacemos prácticas) de santidad. En cuanto aprobamos el
examen final de “amor a Dios sobre todas las cosas y a los demás como
a nosotros mismos”, ya podemos ir al Cielo. Veamos cómo lo explica
Juan Pablo II:
El purgatorio: purificación necesaria para el encuentro con Dios
Alocución del miércoles 4 de agosto de 1999
1. A partir de la opción definitiva por Dios o contra Dios, el hombre se
encuentra ante una alternativa: o vive con el Señor en la
bienaventuranza eterna, o permanece alejado de su presencia.
Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de
un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere
una purificación, que la fe de la Iglesia ilustra mediante la doctrina del
«purgatorio» (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1030-1032).
2. En la sagrada Escritura se pueden captar algunos elementos que
ayudan a comprender el sentido de esta doctrina, aunque no esté
enunciada de modo explícito. Expresan la convicción de que no se puede
acceder a Dios sin pasar a través de algún tipo de purificación. [...]
5. Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélica a
ser perfectos como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), estamos llamados a
crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de
Dios Padre, en el momento de «la venida de nuestro Señor Jesucristo,
con todos sus santos» (1Ts 3, 12 s). Por otra parte, estamos invitados a
«purificamos de toda mancha de la carne y del espíritu» (2Co 7, 1; cf. 1
Jn 3, 3), porque el encuentro con Dios requiere una pureza absoluta.
Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda
imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y
precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el
purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida.
[...]
6. Hay que proponer hoy de nuevo un último aspecto importante, que la
tradición de la Iglesia siempre ha puesto de relieve: la dimensión
comunitaria. En efecto, quienes se encuentran en la condición de
purificación están unidos tanto a los bienaventurados, que ya gozan
plenamente de la vida eterna, como a nosotros, que caminamos en este
mundo hacia la casa del Padre (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n.
1032).
Así como en la vida terrena los creyentes están unidos entre sí en el
único Cuerpo místico, así también después de la muerte los que viven en
estado de purificación experimentan la misma solidaridad eclesial que
actúa en la oración, en los sufragios y en la caridad de los demás
hermanos en la fe. La purificación se realiza en el vínculo esencial que
se crea entre quienes viven la vida del tiempo presente y quienes ya
gozan de la bienaventuranza eterna.
Sólo tengo que añadir que vale la pena preguntarse: «Si yo muriera hoy,
¿dónde iría?, y si al Purgatorio, ¿porqué? ¿qué tengo que cambiar para ir
directamente al Cielo?». Es evidente que la purificación en la tierra —por
contar con la libertad— es más ligera que en el Purgatorio. Aquí nos
lavamos; allí, nos lavan.
El Cielo
Antes de intentar imaginárnoslo, veamos cómo lo explica Juan Pablo II:
El «cielo» como plenitud de intimidad con Dios
Alocución del miércoles 21 de julio de 1999
1. Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a
Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, por lo menos
en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión
con Dios, que constituye la meta de la existencia humana.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfecta
con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con
la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el
cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones mas
profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (n.
1024).
Hoy queremos tratar de comprender el sentido bíblico del «cielo», para
poder entender mejor la realidad a la que remite esa expresión.
2. [...] En el lenguaje bíblico [...] el cielo se entiende como morada de
Dios (cf. Sal, 104, 2 s; 115, 16; Is 66, l). [...] A la representación del cielo
como morada trascendente del Dios vivo, se añade la de lugar al que
también los creyentes pueden, por gracia, subir, como muestran en el
Antiguo Testamento las historias de Enoc (cf. Gn 5, 24) y Elías (cf. 2R 2,
11). Así, el cielo resulta figura de la vida en Dios. En este sentido, Jesús
habla de «recompensa en los cielos» (Mt 5, 12) y exhorta a «amontonar
tesoros en el cielo» (Mt 6, 20; cf. 19, 21).
3. El Nuevo Testamento profundiza la idea del cielo también en relación
con el misterio de Cristo. [...] Los creyentes, en cuanto amados de modo
especial por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos
del cielo.
4. Así pues, la participación en la completa intimidad con el Padre,
después del recorrido de nuestra vida terrena, pasa por la inserción en el
misterio pascual de Cristo. San Pablo subraya con una imagen espacial
muy intensa este caminar nuestro hacia Cristo en los cielos al final de
los tiempos: «Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos,
seremos arrebatados en nubes, junto con ellos (los muertos
resucitados), al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos
siempre con el Señor. Consolados, pues,
mutuamente con estas palabras» (1Ts 4, 17-18).
En el marco de la Revelación sabemos que el «cielo» o la
«bienaventuranza» en la que nos encontraremos no es una abstracción,
ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y
personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se
realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo. Es
preciso mantener siempre cierta sobriedad al describir estas realidades
últimas, ya que su representación resulta siempre inadecuada. Hoy el
lenguaje personalista logra reflejar de una forma menos impropia la
situación de felicidad y paz en que nos situará la comunión definitiva
con Dios.
El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesial sobre
esta verdad afirmando que, «la vida de los bienaventurados consiste en
la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, que
asocia a su glorificación celestial a quienes han creído en él y han
permanecido fieles a su voluntad» (n. 1026).
5. Con todo, esta situación final se puede anticipar de alguna manera
hoy, tanto en la vida sacramental, cuyo centro es la Eucaristía, como en
el don de sí mismo mediante la caridad fraterna. Si sabemos gozar
ordenadamente de los bienes que el Señor nos regala cada día,
experimentaremos ya la alegría y la paz de que un día gozaremos
plenamente. Sabemos que en esta fase terrena todo tiene límite; sin
embargo, el pensamiento de las realidades últimas nos ayuda a vivir bien
las realidades penúltimas.
La contemplación del Cielo ya en la tierra
La esperanza cristiana se basa en las promesas hechas por el Único que
siempre es capaz de cumplir lo prometido. Imaginar el Cielo es un gran
incentivo para nuestra esperanza. Vivimos, como reza la liturgia,
«esperando la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo». Estamos de
viaje y es lógico que el pensamiento se nos escape hacia la meta
definitiva en la que nos espera la Persona que más y mejor nos ama. Si
le queremos con locura, deseamos ardientemente la definitiva unión con
Él.
Hay, sin embargo cristianos que sienten horror ante la muerte. Es lógico
que la muerte dé miedo, aunque sólo sea porque se trata de un tránsito
sobre el que desconocemos los detalles. Morir siempre tiene algo de
violento. Pero si consideramos que la muerte es como la llegada nupcial
del Amado que viene a abrazarnos, ya no impresiona tanto. «Es preciso
—explica L. Trese— que nos esforcemos por comprender lo que significa
quedar sumergidos en el poderoso abrazo del Amor Absoluto, en ese
amor indescriptible, pero personalísimo, mediante el cual yo seré todo
de Dios y Él todo mío; una misión por la que mi alma, convertida en llama
de amor, arde con una pasión inefable y gozosísima; una fusión tan
arrebatadora que hace inevitable el éxtasis, un éxtasis que excluye
cualquier sombra de dolor, porque no terminará nunca... Sí, cuando
seamos capaces de captar, aunque sea un poquito, la verdadera
naturaleza de la visión directa de Dios, del amor y la felicidad que
gozaremos en el cielo, la muerte dejará de mostrarnos su sombría faz y
perderemos el miedo. [...] Una emoción tan irreprimible como es el
miedo se ve anulada por otra todavía más fuerte: el amor. Este no ha
arrojado de nuestro corazón el miedo, pero lo ha convertido en algo
irrelevante»15.
Tratemos de hacernos una idea del Cielo, puesto que no podemos desear
lo que no hemos imaginado. En esa tarea, no nos ayudan esos autores
que lo describen como algo tedioso y poco atractivo. Louis de Wohl,
experto en labores de inteligencia bélica, comenta con sorna: «El tipo
que inventó lo de las nubecitas, la música de arpas y los cánticos
incesantes, sin duda estaba muy inspirado. Pero no por el cielo. Es una
de las obras más peligrosas de propaganda infernal. Como no era posible
calificar al cielo de malo, se le describió extremadamente aburrido. Y el
ministerio de propaganda satánico tuvo aquí la colaboración de un fallo
de nuestra naturaleza humana. Tenemos mucha mayor facilidad para
imaginarnos el infierno que el cielo. […] ¿Será posible que lo malo nos
resulte más familiar que lo bueno? Sería un pensamiento bastante
alarmante. ¡Para cuántos chistes idiotas habrá dado ocasión esta
imagen deformada del cielo! Continuamente oímos decir que el infierno
tiene que ser mucho más divertido, pues allí estarán seguramente todas
las personas interesantes, en cambio en el cielo sólo la gente honrada,
los chicos y chicas ejemplares nauseabundamente aburridos que cantan
en coro y tocan el arpa»16.
La beatitud no proviene sólo de la contemplación de Dios. Comporta
también aspectos humanos. En Cristo, Dios se hizo hombre sin
menoscabo de su divinidad. Así también nosotros seremos divinizados
sin deshumanizarnos. Nuestros cuerpos resucitarán adquiriendo un
estado espiritualizado pero no desmaterializado. Por eso, toda noble
realidad humana tendrá su correlato en el Cielo. Allí viviremos en familia
con el resto de los bienaventurados. Aparte de amar a Dios, amaremos
también a cada uno de ellos más y mejor de lo que jamás hemos amado
en la tierra. En consecuencia, como recuerda Santo Tomás de Aquino,
cada alegría ajena se hará propia17. Para imaginarlo, tendríamos que
multiplicar ese gozo por el enorme número de bienaventurados.
Dejemos de lado esos aspectos humanos del Cielo y centrémonos en
nuestra participación en la vida íntima de Dios. El testimonio de San
Pablo es elocuente: «Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre
por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que
le aman»18. ¿Cómo será el gozo que se deriva de conocer y de amar a
Dios como Él nos conoce y nos ama19? Ya sabemos que lo divino no es
del todo inimaginable en virtud de su analogía con lo humano. En
concreto, el amor humano de alta calidad es la mejor fuente de
inspiración.
La clave de la felicidad, tanto en el amor humano como en el divino,
reside sobre todo en la calidad de la intención de los amantes. Sólo el
amor de Dios, que de nada carece, es totalmente gratuito. San Bernardo
describe esa inigualable perfección en estos términos: «El amor puro se
basta a sí mismo, agrada él sólo y por sí mismo. Él es su mérito, él es su
premio. El amor no exige otra causa, ni otro fruto que él mismo. Su fruto,
su práctica. Amo, porque amo; amo, para amar»20. Nosotros no
llegamos a tanto: aspiramos a una rectitud de intención. ¿En qué
consiste? La interioridad es compleja. Un mismo acto puede estar
inspirado por diversas razones. Éstas son rectas en la medida en que no
se antepone el propio provecho al bien de la persona amada. No es
desinteresado quien da para recibir algo a cambio. Amar es lo contrario
de utilizar. Es voluntad de pertenecer, no de poseer. Debido a nuestra
limitación, nuestra motivación nunca es del todo altruista. Podemos
albergar intenciones sinceras si evitamos todo engaño consciente. El
grado de desinterés en nuestros actos aumenta a medida que nos
perfeccionamos. La gracia y la buena voluntad mitigan progresivamente
ese egoísmo y amor propio que enturbia nuestras intenciones.
Dos personas unidas por un amor altamente desinteresado experimentan
una dicha difícil de describir. Su recíproca entrega produce una
sorprendente espiral de felicidad que les sumerge en un gozo inesperado
que permite presagiar la beatitud divina. En la medida en que no
persiguen su propio provecho, la alegría que procuran, por así decirlo,
rebota de uno a otro. En esta vida, esa interacción es muy limitada. En el
mejor de los casos, la felicidad rebota como máximo un par de veces. En
un matrimonio ideal, si el marido lleva un regalo a su mujer, la alegría de
ella le sobreviene a él. A su vez, ese dulce sobresalto repercute en ella.
Y ahí queda todo. Si tiramos una piedra al agua, se produce un
determinado número de círculos concéntricos. Si no hubiera rozamiento,
los círculos continuarían extendiéndose de modo indefinido, como
cuando se empuja un objeto fuera del espacio gravitatorio.
Algo así debe suceder entre las Personas divinas a causa de la infinita
pureza de su amor. Están unidas por una eterna espiral de beatitud.
También nosotros experimentaremos esa inmensa dicha cuando, en el
Cielo, les amemos como nos aman. No podemos visualizar el resultado
de multiplicar por infinito el gozo más grande que jamás hayamos
sentido en esta vida, pero conocemos al menos qué cifra hay que elevar
al infinito.
¡Y eso no es todo! A la hora de imaginar la inconcebible beatitud
celestial, a la máxima pureza del amor divino, podemos añadir seis
nuevos elementos:
1. Infinita sabiduría (conoceremos hasta el último porqué).
2. Plena correspondencia.
3. Eterna duración.
4. Plena compenetración (total ausencia de malentendidos y
desconfianzas).
5. Total ausencia de preocupación respecto al futuro de la relación
amorosa (la imposibilidad de competencia o traición).
6. Infinita perfección y belleza de la persona amada.
A propósito de esa hermosura divina, afirma San Josemaría: «Considera
lo más hermoso y grande de la tierra, lo que place al entendimiento y a
las otras potencias, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos. Y el
mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. Y
eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas, nada vale, es
nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! ¡tuyo!, tesoro infinito,
margarita preciosísima»21.
Considerando todos esos aspectos, se vislumbra un gozo inefable ¿Qué
será adentrightrarse en ese mirarse amando y amarse mirando entre
Dios y cada uno de los bienaventurados? Según San Juan de la Cruz,
dice Dios al alma: «Yo soy tuyo y para ti y gusto de ser tal cual soy por
ser tuyo y para darme a ti»22. Si recordamos que ya ahora estamos
siendo amados como lo seremos en el Cielo, será más fácil que vivamos
como contemplativos en medio del mundo.
Una vez agotados los recursos de la razón, si se intuye lo inenarrable,
«hay que dar entrada al casto silencio del que hablaba el Pseudo-
Dionisio, a propósito de los nombres de Dios»23. Y es que, a propósito
del amor, llega un momento en que lo mejor es callarse ¡y vivirlo! Y
cuanto más lo vivimos, más se acrecienta el deseo de consumar
definitivamente nuestra unión con Dios en el Cielo. Si hemos intuido lo
que allí nos espera, disponemos de una especie de imagen congelada de
video que, al entrar en la eternidad, se pondrá en movimiento.
Entretanto, purifiquemos esos anhelos, recordando que Dios, por ser el
que más ama, es el que más desea esa sempiterna unión.
De María, que acostumbraba a sopesar todas las cosas en su corazón24,
aprendemos a ser contemplativos en medio de nuestros afanes
cotidianos. Si con la ayuda de la gracia somos fieles hasta el último
trance de nuestra vida, se romperán los velos que esconden al Señor y le
veremos por fin cara a cara. Lo desconocido siempre conlleva algo
inquietante. Pero cuando lleguemos al Cielo, enseguida nos sentiremos
como en casa puesto que saldrá a recibirnos Nuestra Madre.
Logroño, junio de 2011
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1. Tito, 2, 13.
2. J. Marías, La perspectiva cristiana, Alianza, Madrid 1999, p. 889.
3. Citado por R. Montalat en La revolución sexual, Folletos mc, n. 611.
4. En O. Rico, El cerebro y la mente, realidades distintas, “Aceprensa”,
54/02, p. 4.
5. En J. B. Torelló, Psicología abierta, Rialp, Madrid 2003, p. 223.
6. M. Lawson, A orillas del lago, Salamandra, Barcelona 2002, p. 132.
7. Cfr. V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, Décima ed.,
Barcelona 1989.
8. Véase, por ejemplo, un libro que apareció en Italia en 1985, en el que
un padre recibe mensajes de su difunto hijo a través de un rotulador que
escribe solo (L. Sardos Albertini, El Más allá existe, Pena/Millet,
Barcelona 1994).
9. Se entiende por pecado mortal «una aversión voluntaria a Dios»
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1037.
10. I. Socías, Sin miedo a la verdad, o.c., p. 144.
11. C.S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 108.
12. F. Dostoiewski, Los hermanos Karamazov, Mateu, 3ª edición,
Barcelona 1960, p. 37.
13. Cfr. C.S. Lewis, El gran divorcio. Un sueño, Rialp, Madrid 1997.
14. J. Benavente, Los intereses creados, Biblioteca Básica Salvat, n. 48,
Madrid 1970, p. 109.
15. L. Trese, Dios necesita de ti, Palabra, 6ª edición, Madrid 1990, p. 147
y 155.
16. L. de Wohl, Adán, Eva y el mono, o.c., pp. 43-44.
17. Cfr. Santo Tomás de Aquino, Collatio super ‘Credo in Deum’, art. 12 ;
en Opuscula theologica 2, Turín 1954, p. 217.
18. 1 Cor. 2, 9; cfr. Is. 64, 4.
19. Cfr. 1 Cor. 13, 12 y 1 Jn. 3, 2.
20. San Bernardo, Sobre el Cantar de los Cantares, n. 83, 4; Liturgia de la
horas, tomo 3, Madrid 1972, p. 1153.
21. San Josemaría, Camino, n. 432.
22. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, Canción 3, n. 6, o.c., p. 111.
23. C. Cardona, Metafísica del bien y del mal, EUNSA, Pamplona 1988, p.
131.
24. Cfr. Lc. 2, 19 y 51.
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Comentarios al autor: [Link]@[Link]
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Participación en el foro:
• ¿Cómo explicarías a alguien que, con la sola razón, podemos estar
plenamente seguros de que hay vida tras la muerte?
• ¿Qué es el infierno, el purgatorio y el cielo?
• ¿Cuál debe ser la actitud cristiana ante la muerte?
• ¿Has intentado imaginarte como es el cielo? ¿nos lo podrías contar?
Tema 6. Ética fundamental: verdad y
libertad
Vuestras respuestas al tema 5 han sido muy acertadas. Las
descripciones del Cielo eran deliciosas. Quizá la pregunta más difícil era
la primera: cómo demostrar con la sola razón que existe vida tras la
muerte del ser humano. No se trataba de dar ningún argumento
procedente de la fe, sino únicamente argumentos meramente racionales.
Por ejemplo, puesto que somos libres, si alguien me dice que no hay vida
tras la muerte, defiende una postura absurda, puesto que me está
convirtiendo en un animal o en un ordenador más o menos complicado a
quien ni siquiera se le pueden dar las gracias por el bien que ha hecho...
Cambiamos ahora de tercio comenzando a estudiar algunos aspectos de
la ética. Este tema 6 es el más complicado, pues contiene muchos datos
filosóficos. Aconsejo a quien no esté familiarizado con esos conceptos,
que no se preocupe y que lo lea de modo más superficial. Todo menos
atragantarse...
Michel Esparza (sacerdote, autor del curso).
Ética fundamental: verdad y libertad
(Estos son los dos puntos que quería tratar.
Primero, que los seres humanos del mundo entero tienen la curiosa idea
de que deberían comportarse de una cierta manera, y no pueden librarse
de ella.
Segundo, que de hecho no se comportan de esa manera. Conocen la ley
de la naturaleza, y la infringen.
Estos dos hechos son el fundamento de todas las ideas claras acerca de
nosotros mismos y del universo en que vivimos (
(C. S. Lewis, Mero Cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 26)
1) Introducción
En una novela sueca, comenta un policía que se queja del aumento de la
violencia: «Este país ha cambiado. Se ha cruzado una frontera invisible
y, en consecuencia, generaciones enteras de jóvenes se arriesgan ahora
a perder el norte, puesto que nadie les enseña a distinguir el bien del
mal. De hecho, ya no existe ni lo bueno ni lo malo. Todos invocan sus
propios intereses»1. En efecto, reflexionar sobre la moralidad de
nuestras acciones tiene especial importancia en nuestros días. Vivimos
inmersos en un mundo relativista que ha perdido de vista los puntos de
referencia objetivos de la moral. En un descanso durante una excursión
por los Pirineos, debido a las características acústicas del lugar, no
pude dejar de oír una conversación a cierta distancia entre un hombre y
su hija de unos cinco años. Resultaba muy molesto que aquel hombre
intercalara continuamente diversas blasfemias en su conversación y
difamase a personas ausentes, sin percatarse del mal ejemplo que
estaba dando a su hija. En un momento dado, la hija —cansada ya de
cantar y bailar el A-se-re-je— dijo: «Aita, voy a ver si cojo algún
renacuajo». Entonces, su padre, inspirado por un súbito sentido moral y
pedagógico, le respondió: «No, hija mía, ni se te ocurra hacer daño a los
pobres animales; ¡ni tocar!». No le importaba ofender a Dios y a sus
semejantes pero, quizá influído por tras tantas tertulias en la radio o
televisión políticamente correctas, lo poco claro que tenía era que a los
animales había que dejarles tranquilos.
Como afirma Benedicto XVI, «la gran enfermedad de nuestro tiempo es
su déficit de verdad. El éxito, el resultado, le ha quitado la primacía en
todas partes»2. Por falta de puntos de referencia objetivos y en nombre
de una mal entendida tolerancia, predomina hoy en día una Ética
relativista. Que algo sea moralmente admisible o reprobable depende de
la opinión de la mayoría. Los valores éticos se convierten en moneda de
cambio entre partidos políticos. A veces, incluso, se defienden actos
abominables —como, por ejemplo, experimentos que conllevan la
destrucción de vidas humanas— alegando presuntas razones de tipo
humanitario, cuando las verdaderas razones subyacentes tienen que ver
con intereses económicos. En esta situación, muchos confunden
legalidad con moralidad. Pero que una acción esté permitida por las
leyes de un país no significa necesariamente que esa acción sea
moralmente admisible.
Vale la pena hacer esta reflexión moral, porque nos será más fácil
decidirnos a hacer el bien si entendemos que vale la pena. Según la
Iglesia Católica, con la sola razón se puede demostrar la existencia de
un código ético universal. A lo largo de estas sesiones, reflexionaremos
sobre el modo de discernir entre lo que en inglés llaman right or wrong.
En esta primera sesión, estudiaremos algunos fundamentos de la Ética
cómo conjugar lo
(Ética fundamental); veremos en concreto,
objetivo (la verdad) con lo subjetivo (la libertad). En las
otras sesiones, discurriremos sobre algunos aspectos concretos del
obrar moral ligados al matrimonio (Ética aplicada).
Dividiremos esta primera sesión en dos partes. En la primera,
ahondaremos en la existencia de una verdad moral objetiva (ley natural);
intentaremos mostrar que lo que está bien o mal, desde el punto de vista
moral, no depende de la cultura o de acuerdos democráticos pero
arbitrarios, sino que tiene un fundamento objetivo válido para personas
de toda época, raza y cultura. En la segunda parte, veremos que la
moralidad no tiene sólo que ver con elementos objetivos (verdad y ley),
sino también con aspectos subjetivos (libertad y conciencia).
2) ¿Existe una verdad moral objetiva?
La fundamentación de la moral en la naturaleza humana
¿Cómo saber a priori lo que está bien y lo que está mal? Si la ley moral
fuera el producto de una convención política, no tendría fuerza para
obligar en conciencia. Si no existe una moral objetiva, de modo que cada
uno es libre de seguir sus propias ideas al respecto ¿con qué derecho
podríamos afirmar que Hitler, Stalin o Milósevic se comportaron de modo
reprobable? Si nuestras ideas morales pueden ser más verdaderas, y las
de los nazis menos verdaderas, debe de haber una especie de Moral
objetiva que está por encima de las opiniones particulares: una ley de la
naturaleza que, aunque no la respetemos, mide nuestras acciones, una
verdad moral con la que nuestras acciones se adecuan o no. Si, tras no
pocos esfuerzos, hemos abolido la esclavitud, no ha sido porque la
mayoría haya impuesto su opinión, sino porque estamos convencidos de
que la esclavitud fue, es y será siempre contraria a la verdad moral, es
decir, contraria a la dignidad humana y, por tanto, inhumana. Los
abolicionistas no lucharon por imponer una mera opinión, sino que lo
hicieron convencidos de que la esclavitud era, es y será esencialmente
inhumana.
A lo largo de la historia, la ley natural ha sido la única tentativa que ha
tenido éxito a la hora de fundamentar una moral válida para todos los
hombres de toda época, raza y cultura. Ha habido otros intentos —como
el de Kant o el de Scheler—, pero al no anclarse del todo en la objetiva
naturaleza de las cosas, no consiguieron fundamentar una moral
universal. En la filosofía de los últimos siglos, se empezó dudando de
nuestra capacidad de conocer la realidad y se terminó poniendo en duda
la existencia misma de esas realidades, como la naturaleza de las
cosas, que no se perciben con los sentidos sino con el intelecto. Pero
esas realidades metaempíricas existen. Del mismo modo que, lo
queramos o no, existe la ley de la gravitación universal, existe también,
en el ámbito moral, la ley natural. Cuando un científico investiga la
realidad física o el funcionamiento fisiológico del cuerpo humano, sabe
que hay una verdad que él intentará descubrir. Del mismo, al
preguntarnos qué acciones humanas son buenas, neutras o malas, no
estamos ante algo arbitrario: sabemos que existe una verdad por
descubrir y que nuestras opiniones están necesariamente medidas por
esa verdad.
La existencia de la ley natural es un hecho corroborado por la historia de
la humanidad. En efecto, observamos que los hombres de todas las
épocas han dado por sentado que existe un código ético por encima de
las opiniones individuales. Nadie duda los principios básicos de la moral,
como la obligación de hacer el bien y de evitar el mal, de no atentar
contra el inocente, y de comportarse con los demás como quisiéramos
que ellos se comporten con nosotros mismos. Ciertamente, encontramos
discrepancias entre las diversas culturas en cuanto a otros preceptos
morales menos evidentes, ya sea por ignorancia o por falta de
honestidad, pero de lo esencial nadie duda. En los puntos esenciales,
todos sabemos cómo deberíamos comportarnos, aunque, a veces, no lo
reconozcamos. Y en cuanto a preceptos menos elementales, si fuéramos
suficientemente inteligentes y honestos, llegaríamos a las mismas
conclusiones.
Un estudio antropológico de las diversas culturas confirmaría la
existencia de la ley natural. «Sé que algunos —afirma Lewis— dicen que
la idea de la ley de la naturaleza o del comportamiento decente
conocida por todos los hombres no se sostiene, dado que las diferentes
civilizaciones y épocas han tenido pautas morales diferentes. Pero eso
no es verdad. Ha habido diferencias entre pautas morales, pero éstas no
han llegado a ser tantas que constituyan una diferencia total. Si alguien
toma el trabajo de comparar las enseñanzas morales de, digamos, los
antiguos egipcios, babilonios, hindúes, chinos, griegos o romanos, lo que
realmente le llamará la atención es lo parecidas que son entre sí y a las
nuestras. [...] Piénsese en un país en el que la gente fuese admirada por
huir en la batalla, o en el que un hombre se sintiera orgulloso de
traicionar a toda la gente que ha sido más bondadosa con él. Lo mismo
daría imaginar un país en el que dos y dos sumaran cinco. Los hombres
han disentido en cuanto a sobre quiénes ha de recaer nuestra
generosidad —la propia familia, o los compatriotas o todo el mundo—.
Pero siempre han estado de acuerdo en que no debería ser uno el
primero. El egoísmo nunca ha sido admirado. Los hombres han disentido
sobre si se deberían tener una o varias esposas. Pero siempre han
estado de acuerdo en que no se debe tomar a cualquier mujer que se
desee»3.
¿En qué consiste la ley natural? El nombre como tal se presta a
equívoco, puesto que natural no es lo contrario a artificial. La naturaleza
humana no es sólo biológica. No comer cuando se tiene hambre,
pudiéndolo hacer, es algo antinatural y, sin embargo, cuando se hace por
una razón superior, constituye una acción moralmente meritoria. Más
que antinatural habría que decir que una mala acción es inhumana. La
naturaleza humana no es sólo animal, sino también espiritual. Cada uno,
según su comportamiento, se animaliza o se espiritualiza. Hacerse más
espiritual conlleva poner las pasiones al servicio de algo superior.
Conviene también recordar que el término naturaleza no significa algo
estático, sino dinámico. Se trata de un plan preestablecido que se dirige
a la consecución de un fin último. El objetivo final impreso en nuestra
naturaleza consiste en ser felices amando. Nos realizamos en la medida
en que aprendemos a amar verdadera y libremente a Dios y a nuestros
semejantes. La moralidad de nuestras acciones depende de su
vinculación con ese fin último. Una acción será considerada buena, mala
o neutra según nos acerque, nos aleje o no afecte a la consecución de
ese fin último.
La ética no es, pues, algo negativo: una serie de reglas que limitan mi
libertad. Se trata más bien del arte de vivir. Según cómo evolucionemos,
nos hacemos o nos deshacemos. En el caso ideal, se da una perfecta
integración de las diversas potencias espirituales y afectivas. La virtud
congrega, el vicio disgrega. El hombre se perfecciona y es feliz en la
medida en que integra todos sus recursos con el fin de amar cada vez
más y mejor. Si lo logra, vive en armonía con Dios, consigo mismo y con
los demás. El desamor, en cambio, como afirma Juan Pablo, «aleja al
hombre de Dios, lo aleja de sí mismo y de los demás»4.
Como al comprar un electrodoméstico, se podría decir que nuestra
naturaleza nos presenta un libro de instrucciones para el usuario.
Cuanto mejor sigue uno esas instrucciones, más se perfecciona y mayor
es la unidad entre todos sus recursos. En cambio, quebrantar las
instrucciones resulta dañino, pues conlleva una progresiva disgregación
de las diversas esferas. La recta vida moral consiste en andar por el
buen camino y, eventualmente, en desandar el camino equivocado,
poniendo orden en el desbarajuste interior que han causado nuestros
errores. Y no se trata de rectificar únicamente actos puntuales. Es
preciso corregir también orientaciones y actitudes de fondo
egocéntricas.
Sería una pena malgastar nuestras energías persiguiendo fines que no
nos hacen mejores. «Hay quienes trabajan duramente a lo largo de
muchos años por conseguir algo que, en realidad, les está destruyendo
como personas. Es patético pero frecuentísimo»5.
Las reticencias contra la ley natural
Hablar de la ley natural no está de moda. Es como un tabú. Recuerdo
una entrevista con un catedrático católico acomplejado; en cuanto sus
argumentos le llevaban a postular la ley natural, la rechazaba de modo
espasmódico. Decía que observaba en todos los hombres cierto instinto
moral: «La biología evolutiva nos enseña que tenemos una tendencia
genética hacia la ética, se diría que estamos impelidos a ella por
naturaleza. Ninguna especie animal tiene un lenguaje, una capacidad de
abstracción y una posibilidad de prever diversos tipos de
comportamiento». Y se apresuraba a añadir: «Pero el contenido de las
normas morales no tiene nada que ver con esa tendencia genética. Eso
es una cuestión de cultura. Una cuestión de consenso. No veo que se
pueda llegar a una moral universal. La moral no se puede derivar de la
naturaleza». En los confusos años setenta, tuve en la universidad un
profesor de ética parecido. Era sacerdote y se empeñaba en demostrar
que no existía la ley natural: que todo dependía de la cultura.
Argumentaba diciendo que en Europa, para saludar a alguien, se le
tiende una mano, mientras que en Japón lo correcto es hacer una
inclinación de cabeza. Esos argumentos me parecían muy flojos. Es
evidente que en Europa y en Japón la cultura dictamina que la gente se
salude de manera diferente, eso es accidental, pero tanto allí como aquí
la moral indica que tenemos que ser acogedores, que no podemos
quedarnos en formalismos externos: que debemos evitar la hipocresía
comportándonos de modo auténtico.
¿Por qué hay tantas reticencias a la hora de admitir que existe la ley
natural? ¿Qué razones de fondo existen para atacar la ley natural aun
conociéndola? Pienso que esto tiene que ver con una falta de honestidad
más o menos consciente. Por una parte, si existe una ley moral objetiva,
hay quienes se sienten coaccionados en su libertad, porque si no se
sujetan a esa ley, se les puede reprochar un comportamiento inmoral.
Observo que nunca ha habido tantas críticas a la ley natural como tras
la publicación, en 1968, de la Encíclica Humanae vitae acerca de la
moral matrimonial. Por otra parte, detrás de una ley que nosotros no
hemos creado, debe haber Alguien que lo haya hecho. En efecto, si esa
ley está ahí, la siguiente pregunta que uno se hace es: ¿Y quién es el
artífice de esa ley? La respuesta es sencilla: el mismo que ha creado el
mundo.
En efecto, la ley natural forma parte de un ordenamiento mucho más
amplio que se llama la ley eterna. Todo el universo ha sido creado
conforme a una ratio, desde las leyes que rigen los movimientos de los
astros hasta las leyes fisiológicas que regulan la vida animal. Dios crea
el mundo siguiendo un plan y la ley natural es precisamente la parte de
ese plan que concierne al hombre. Es una ley no promulgada
solemnemente, pero que está ahí. Además, los principios fundamentales
de esa ley moral están inscritos en la conciencia de cada hombre.
Dado que esos principios se pueden oscurecer por falta de honestidad
personal o por vivir en una cultura que los silencia, Dios nos ha echado
una mano revelándolos positivamente. Tenemos, ante todo, los Diez
Mandamientos revelados a Moisés. Por ser un buen compendio de la ley
natural, tienen una validez universal. Esos preceptos morales no dicen
nada que no pudiéramos descubrir por nosotros mismos, pero
revelándolos se asegura que todos los hombres puedan conocerlos sin
error. Más tarde, Jesucristo reveló nuevos y más profundos preceptos
dirigidos a los cristianos; para poder cumplirlos, nos obtiene en la Cruz
una ayuda decisiva: la gracia. En última instancia, si algo no estuviera
claro, los católicos contamos con el Magisterio de la Iglesia a través del
cual nos habla Cristo mismo. De la ética, pasamos, pues, a la Teología
Moral.
Esta ética cristiana comprende toda la ley natural, pero nos lleva mucho
más lejos. Las Bienaventuranzas, por ejemplo, son un verdadero
programa moral que incluye y sublima los Mandamientos. Son como un
retrato de Jesús y constituyen todo un modelo de conducta. Las
Bienaventuranzas suprimen cualquier frontera en el amor al prójimo. Así,
se nos manda amar a los enemigos, lo cual supera la antigua ley del
talión. Cada Mandamiento es llevado más lejos. El quinto ya no consiste
sólo en “no matar”, sino también en “no irritarse” ni “insultar” al prójimo.
Es lógico que la ética cristiana vaya mucho más lejos que la ley natural,
puesto que toda ética depende de una antropología, es decir, que la
conducta que se proponga al ser humano depende de la idea que se
tenga de él. Es lógico que no se espere lo mismo de un hombre que sólo
conozca la declaración universal de los derechos humanos, que de un
hombre que se sabe creado por Dios a su imagen y semejanza y que, por
el bautismo, ha sido hecho hijo de Dios, partícipe d la naturaleza divina y
llamado a la santidad, es decir, a vivir la vida misma de Cristo. Como
afirma Juan Pablo II, «seguir a Cristo es el fundamento esencial y
original de la moral cristiana... No se trata sólo de escuchar una
enseñanza y de cumplir unos mandamientos, sino de algo mucho más
radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su
destino»6.
A esta ley promulgada por Cristo se le llama ley divino-positiva. Por
último, para terminar con el elenco de leyes, en un contexto civil o
eclesiástico, tenemos las leyes promulgadas por los hombres. Éstas
obligan en conciencia en la medida en que son leyes justas, esto es, en
la medida en que concretan la ley natural (leyes civiles) o de la ley
divino-positiva (leyes eclesiásticas). En total existen, pues, cuatro tipos
de ley: eterna, natural, divino-positiva y humana.
Relaciones entre Moral autónoma y Ética cristiana
Puesto que postular la existencia de la ley natural conlleva preguntarse
por el Autor de esa ley, ¿significa eso que no es posible separar ética y
religión, moral autónoma y ética cristiana? En teoría podemos situarnos
en un ámbito laico, poniendo entre paréntesis el Autor de la ley natural.
Cabría una ética no religiosa sobre la base de una concepción racional
de la dignidad de la persona humana. Esto es así porque la ley moral es
una verdad que está inscrita en nuestra naturaleza y que podemos
descubrir con nuestra inteligencia. Ya dijimos que todos llegaríamos a
las mismas conclusiones éticas si todos fuésemos suficientemente
inteligentes y honestos. Además, este enfoque nos permite a los
cristianos dialogar abiertamente con conciudadanos no creyentes. Así
no nos pueden decir si, por ejemplo, rechazamos el aborto, que les
estamos imponiendo nuestra religión. La primera razón que me lleva
rechazar el aborto es de naturaleza humana. Estoy convencido de que
matar a una persona indefensa e inocente es esencialmente inmoral, es
decir, injusto e inhumano. Al mismo tiempo, como católico, sé además
que es se trata de una gran ofensa a Dios y que no me equivoco puesto
que la Revelación me lo confirma.
En el sentido expuesto, es posible, por tanto, una moral autónoma. En la
práctica, sin embargo, se observa que cuando se pone entre paréntesis
al Autor de la naturaleza, se pierde gran parte de la obligatoriedad de la
moral y se corre el riesgo de terminar relativizando también la
objetividad de la ley natural. Sin recurrir a Dios, es difícil fundamentar
valores universales válidos para todos los pueblos y que todos se
sientan obligados a practicarlos. Es, en efecto, lo que ha sucedido en la
historia de los últimos siglos. En el siglo XVIII, en la época de la
Ilustración, se puso a Dios entre paréntesis, pero se aceptaba la ley
natural como fuente primaria del derecho (iusnatutalismo). Sin embargo,
eso propició la posterior evolución relativista. Al no fundamentar la
naturaleza en Dios, se intentó buscar otros fundamentos. El
materialismo dialéctico de los marxistas propuso a la Historia como
punto de referencia superior. A la larga, la Historia, no se sabe cómo,
velaría por el acierto de los postulados éticos. Y en nombre de la
Historia se cometieron todo tipo de atrocidades. También el nazismo
intentó separar la moral de la religión, con los consabidos resultados. Se
apoyaron en la Constitución de Weimar, de corte relativista, y llegaron a
lo peor. Como afirmó Pío XII, testigo de los horrores nazis, «cuando
temerariamente se niega a Dios, todo principio de moralidad queda
vacilando y perece, la voz de la naturaleza calla o al menos se debilita
paulatinamente»7. No pocas veces, el ateísmo ha sido responsable de la
impiedad para con el hombre. Ya lo decía Chesterton: «Quitad lo
sobrenatural, lo único que quedará es lo no natural». No sólo porque
desaparecen los puntos de referencia, sino también porque, sin la ayuda
de la gracia, nuestra naturaleza, dañada por el pecado, se animaliza,
tanto a nivel personal como social.
¿Por qué «si se niega a Dios, los preceptos morales se desintegran por
completo»8? Pienso que se debe a nuestra debilidad. Una persona lista y
honesta puede conocer la ley natural, pero si no hay ninguna autoridad
clara que la respalde, encuentra fácilmente razones para escabullirse.
En primer lugar, el autoengaño es más fácil porque uno puede pensar
que se trata de preceptos inventados por los hombres que a él no le
obligan. En segundo lugar, cuando se deja a Dios de lado por mala
voluntad, se facilita el autoengaño porque esa malicia ofusca a la
inteligencia.
La mala voluntad a la hora de negar a Dios es muy comprensible en la
lógica del orgullo: si acepto que Dios es el Autor de la ley natural, mis
errores morales se convierten en pecados y sé que le tendré que rendir
cuentas. Los católicos, gracias a la sincera confesión de nuestros
pecados ante un Padre misericordioso, podemos asumir la verdad de
nuestra miseria. Pero es comprensible que quienes no conozcan el modo
de lavar sus culpas —o, por soberbia, ni siquiera las reconozcan—,
tiendan a defender una ética a la medida de su miseria moral. Sea como
fuere, si se elimina dolosamente al Autor de la obra, se corre el peligro
de malinterpretar la obra misma.
3) La libertad y la conciencia
Introducción
Hemos visto que existe una verdad moral universal y que, si se olvida o
se niega esa realidad, la sociedad se rige por un relativismo ético en el
que ya nadie puede sentirse seguro puesto que es posible vulnerar
inpunemente los derechos humanos. Veamos ahora otra de las razones
que contribuyen a la actual desorientación moral: otorgar a la libertad
una primacía absoluta. Baste un ejemplo. Hace poco leí en un periódico
que en California habían prohibido la pornografía infantil, pero que poco
después los jueces la habían aprobado con la condición de que los niños
que salen en ese material no fuesen reales sino virtuales, es decir, que
fueran imágenes compuestas de modo digital. Con tal de no coartar la
libertad de los adultos, mientras no se empleasen niños de verdad,
daban el visto bueno a un producto que, objetivamente, fomenta la
pederastia. No hay que ir hasta California para encontrar ejemplos.
Acabo de leer en un Suplemento Dominical un artículo sobre mujeres
españolas que han decidido ser madres solteras. Para satisfacer su
instinto maternal, necesitan un hijo, poco importa si es a través de
adopción o de inseminación artificial. En ausencia de valores objetivos,
cuando sólo cuenta la libertad de elección, si algo es técnicamente
posible, entonces uno tiene el “derecho” de reclamarlo...
Hoy en día está de moda pronunciarse en favor de las libertades. Eso
está muy bien, pero nunca veremos que la gente salga a la calle para
defender las verdades. Hubo un tiempo en que, por desgracia, se
defendía la verdad a costa de la legítima libertad. Actualmente, en
cambio, asistimos a una defensa de la libertad a costa de la legítima
verdad. Para evitar ambos excesos, veamos el modo de conjugar esos
dos elementos que están presentes en toda realidad humana.
Pienso que el mayor mérito de la Encíclica que escribió Juan Pablo II
sobre la moral (Veritatis splendor) consiste en haber puesto de
manifiesto que no hay incompatibilidades entre verdad y libertad, esto
es, que ambas, bien entendidas, se necesitan mutuamente: la verdad
lleva a respetar la libertad y la libertad hunde sus raíces en la verdad.
Ninguna de las dos constituye un fin en sí mismo. Ambas son igualmente
importantes y se articulan en orden a una realidad superior: el amor. Ya
desde su primera encíclica (Redemptor hominis), Juan Pablo II recalcó
que la esencia del humanismo cristiano consiste en el amor vivido en
libertad y en la libertad sujeta a la verdad9.
Verdad, libertad: realidades interdependientes
No hay verdad sin libertad, ni libertad sin verdad. Ambas deben ir
siempre juntas; la falta de una de ellas se presta a tiranía o a libertinaje:
la verdad sin respeto de la libertad ajena conduce a la tiranía, y la
libertad sin verdad degenera en libertinaje. Por un lado, la verdad moral
conlleva el deber de respetar la legítima libertad ajena. La libertad forma
parte de la esencia de la verdad. Quien no la respete, atenta contra la
caridad. Edith Stein decía: «No aceptéis nada como verdad si carece de
amor. ¡Y no aceptéis nada como amor que no tenga verdad!»10. Por otro
lado, sin la verdad como brújula, la libertad, a la larga, se autodestruye.
Como afirmó Juan Pablo II en sede neutra —en su discurso ante la ONU
del 4 de octubre de 1995—, «lejos de limitar la libertad o amenazarla, la
verdad de la persona humana... es, de hecho, la garantía de futuro de la
libertad»11. La experiencia muestra que los atentados contra la verdad,
cuando se convierten en vicios, terminan por destruir el libre albedrío.
Así, una persona habitualmente sobria es mucho más libre que quien, a
fuerza de emplear mal su libertad abusando de la bebida, se hace
alcohólico.
El libertinaje puede llevar a nuevas formas de tiranía. Cuando
desaparecen los legítimos dictados de la verdad, se acaba imponiendo
los ilegítimos dictados de lo políticamente correcto. La libertad necesita
una brújula que la oriente: la verdad. Si en nombre de una mal entendida
tolerancia se niegan los imperativos de la verdad, se crea un clima
permisivo en el que impera la opinión del más poderoso. Hace poco leí
que en algún lugar de Japón se prohíbe fumar en la calle. Permiten el
aborto, pero si te pillan fumando un cigarrillo, te cae una multa de cien
euros...
El escepticismo racionalista —y la consiguiente crisis de la metafísica—
en el pensamiento moderno han llevado a postular la libertad como valor
absoluto. Pero la libertad, desligada de la verdad, se vacía de contenido.
Uno se comporta entonces como si fuera Dios: como un ser absoluto,
esto es, desligado de todo. Ya vimos que la soberbia lleva al hombre a
desligarse de la Suprema Verdad que es Dios, tras lo cual necesita
liberarse de ese vestigio de la Verdad que es la ley natural. Como afirma
un filósofo, «faltándole un fundamento trascendente, la libertad se ha
constituido en objeto y fin de sí misma: se ha convertido en una libertad
vacía, en una libertad de la libertad, ley de sí misma porque es libertad
sin más ley que la explosión de los instintos o la tiranía de la razón
absoluta, que se revela después como capricho del tirano»12. Si
estudias a Hegel, te explicas por qué tanto Hitler como Stalin fueron
posibles. La afirmación unilateral de la libertad en el siglo XIX, ha dado
lugar a los peores totalitarismos en el siglo XX.
Nuestra época necesita redescubrir la verdadera esencia de la libertad.
Libertad no significa sólo libre arbitrio. Es sobre todo capacidad de
autodeterminación, en el caso ideal hacia el verdadero bien. Y es que la
libertad no es autosuficiente: necesita una guía, que es la verdad.
Desligando la libertad de la verdad, se crea un libertinaje que destruye
toda moral. Quienes postulan la libertad como valor absoluto, piensan
que todo precepto moral ya es un atentado contra su libertad. Si se les
recuerda que se tendrían que comportar de un modo determinado,
piensan que se coarta su libertad. Según ellos, libertad significa
indeterminación, como quien sólo se sintiera libre si tuviese que escoger
entre dos vasos de agua perfectamente idénticos. Eso no es libertad.
Libertad es tener sed y elegir el vaso que contenga la mejor bebida. La
libertad está para ser empleada, no para guardarla a buen recaudo. La
libertad se ejercita haciendo una elección: aceptando un bien que nos
atrae o rechazando un mal. Y, como ya vimos, la bondad o maldad moral
de un objeto o de una acción es algo objetivo: no depende de gustos
personales.
Por tanto, la brújula que necesita la libertad es la verdad moral (ley
natural) y, en último término, la Verdad sobre el Amor de Dios que nos ha
revelado Jesucristo. Sin esa Verdad, no podemos ser plenamente libres.
«Lo mejor sobre la libertad —decía André Frossard— es lo dicho por
Santo Tomás de Aquino, que era un genio después de todo. Y según él la
libertad consiste en permitirle al hombre no ser determinado sino por
Dios: si él lo desea, es decir, significa que el hombre escapa al
determinismo de la naturaleza»13. Dios es fuente de libertad en muchos
sentidos. En primer lugar, si Dios no existiese, estaríamos determinados
por ciegas leyes de la naturaleza. Es mejor tener a Alguien por encima,
que estar sujeto a una especie de destino ciego e inmisericorde. En
segundo lugar, si no queremos vivir en el desamor, puestos a
entregarnos a alguien por amor, lo mejor es entregarse al mejor Amante.
Como afirma San Josemaría Escrivá, «la libertad adquiere su auténtico
sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando
se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las
servidumbres»14. La libertad me permite entregarme por amor. Si no me
entrego, me hago esclavo de mí mismo. Si me entrego a mis semejantes,
se podrían aprovechar de mí: me podrían esclavizar. Lo ideal es
entregarme al Único que no me esclaviza, conformar mi voluntad con la
Voluntad de Quien más y mejor me ama. Ya lo decía Kierkegaard: «La
cosa enorme concedida al hombre es la elección de la libertad. Si tú la
quieres salvar y conservar no hay más que un camino: el de, en el mismo
instante, absolutamente en el mismo instante, absolutamente en plena
dedicación, entregarla a Dios y a ti mismo en ella»15. Nada asegura y
preserva tanto la libertad del alma como el abandono filial del cristiano
en su Padre Dios.
Para entender por qué no se puede ser realmente libre sin la ayuda de la
gracia de Dios, es preciso hilar más fino. Ante todo, conviene recordar
que libertad significa capacidad de autodeterminación hacia el bien.
Quizá hayamos experimentado momentos en los que queremos
portarnos bien, pero no podemos, no somos capaces. Es como si una
parte de nuestra voluntad lo quiere y la otra se resiste porque no lo
quiere o no puede. En efecto, para vivir las virtudes, no basta quererlo
sin más, es preciso también poder querer, estar capacitado para ello.
Esa incapacidad de mover la propia voluntad hacia algo que cuesta
proviene, en primera instancia, de malos hábitos contraídos que han
debilitado la voluntad; la voluntad está enferma y necesita ser curada.
En última instancia, ese no poder querer proviene de falta de amor; no se
ama suficientemente el bien apetecido, lo cual engendra una falta de
libertad. ¿Quién nos dará ese amor que nos hace capaces de querer lo
más arduo? Según la doctrina cristiana, Dios es Amor y sólo Él puede
comunicárnoslo plenamente. Es difícil de expresarlo con palabras, pero
hay momentos en los que uno experimenta que incluso el querer le es
dado. Sucede, por ejemplo, que uno intenta aceptar una contradicción
dolorosa o perdonar un agravio, y no lo consigue; de pronto, un buen día,
mientras reza, nota una fuerza misteriosa que le hace capaz de querer,
de aceptar gustosamente, lo que antes era incapaz de querer.
Es muy aleccionador al respecto lo que cuenta San Agustín sobre los
meses que precedieron a su conversión. Quería dar el paso, pero le
faltaban fuerzas. He aquí parte de su relato: «El alma manda al cuerpo y
le obedece; se manda el alma a sí misma y se resiste a obedecer. (...) El
alma manda al alma que quiera, y, sin embargo, no siendo distinta de sí
misma, no obedece. ¿De dónde nace esa monstruosidad? ¿Por qué es
así? Se manda el alma a sí misma querer —no se lo mandaría si no
quisiera—, y, a pesar de todo, no hace lo que se manda a sí misma.
Luego eso es que no quiere del todo, luego también es que no se manda
del todo; porque si se manda es porque quiere, y si no hace lo que se
manda es porque no quiere (...). No hay, pues, ninguna monstruosidad en
querer en parte y en parte no querer, sino que es debido a la debilidad
del alma; cuando el alma es elevada por la verdad, no se levanta toda
entera, porque está oprimida por el peso de sus costumbres; hay en el
alma como dos voluntades (...). Cuando dudaba en decidirme a servir a
Dios, cosa que me había ya propuesto hacía mucho tiempo, era yo el que
quería, y yo era el que no quería, sólo yo. Pero, porque no quería del todo
ni del todo decía que no, por eso luchaba conmigo mismo y me
destrozaba (...). Yo, interiormente, me decía: "¡Venga, ahora, ahora!" Y
estaba casi a punto de pasar de la palabra a la obra, justo a punto de
hacerlo; pero... no lo hacía»16. San Agustín pudo vencer esa resistencia
porque la gracia divina, no sin su colaboración, le capacitó para ello. En
efecto, como recuerda la doctrina católica, la gracia redentora de Cristo
sana nuestra naturaleza herida por el pecado.
Conciencia y ley moral
Hasta ahora hemos puesto el acento en los derechos de la verdad (ley
moral). También la libertad tiene sus derechos. ¡Todo lo que se hable de
libertad, bien entendida, es poco! En nuestra época encontramos
desaciertos en el ámbito objetivo y aciertos en el campo subjetivo. Se ha
dado un progresivo alejamiento de la verdad objetiva, pero también es
verdad que se han redescubierto importantes elementos subjetivos,
como lo que Charles Taylor ha llamado «el ideal moderno de la
autenticidad». Antes no se ponía en duda la verdad, pero había mucha
hipocresía.
En ámbito moral, hablar de las prerrogativas de la libertad nos lleva al
tema de la conciencia. Si entendemos correctamente la verdad y la
libertad, vemos que no hay contradicción posible entre los derechos y
los deberes de la ley moral y de la conciencia. Bien entendidas, esa
norma objetiva y esa norma subjetiva de moralidad se refuerzan
mutuamente. La conciencia, si está bien formada y la persona en
cuestión es honesta, es testigo de la ley natural en la intimidad de cada
sujeto. Por conciencia moral se entiende el «juicio de la razón por el que
la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que
piensa hacer, está haciendo o ha hecho»17. Todos experimentamos esa
voz interior que alienta o reprende.
La norma moral es objetiva, pero cabe preguntarse en qué medida es
objetivable y por quién. La razón es capaz de conocer los principios
básicos de la ley natural. Siendo Dios el único que no puede errar, la
Revelación permite un conocimiento más profundo y seguro. No tiene
sentido pretender una libertad de conciencia en ámbitos en los que la
verdad ya ha sido objetivada. No obstante, si se abusa de la
racionalidad, se termina en casuísticas formalistas que encorsetan a la
vida. Hay que rechazar la libertad de conciencia y afirmar la legítima
libertad de las conciencias: nunca es lícito coaccionar a una conciencia
o substituirla en materias que, por ser estrictamente personales,
pertenecen al fondo íntimo de cada persona. Ahí radica la tolerancia
bien entendida. Es un error grave permitir el aborto en nombre de la
tolerancia, pero también lo sería imponer una religión a la fuerza. Por
eso, es una obligación moral permitir a los musulmanes que construyan
mezquitas en países mayoritariamente cristianos (aunque, en justicia,
habría que exigir también lo contrario). Los Estados confesionales,
contrarios al legítimo pluralismo, deberían estar superados. Habría que
educar tanto en la verdad, como en la legítima tolerancia, para que cada
uno pueda adherirse libremente a la verdad y para que su legítima
conciencia sea respetada. Fomentando un clima de libertad responsable,
cada uno podrá asentir interiormente a lo que dictamina la ley natural
objetiva y, en cuestiones subjetivas, podrá seguir los imperativos de su
conciencia. «Dejad siempre una gran libertad de espíritu a las almas —
aconsejaba San Josemaría Escrivá—. Pensad en lo que tantas veces os
he dicho: "porque me da la gana", me parece la razón más sobrenatural
de todas. La función del director espiritual es ayudar a que el alma
quiera —a que le dé la gana— cumplir la Voluntad de Dios. No mandéis,
aconsejad»18.
La importancia de la conciencia se deriva de la existencia de ámbitos de
actuación en los que, si bien la verdad es objetiva, corresponde al
interesado la tarea de objetivarla. En una vocación, por ejemplo, cabe
pedir consejo, pero, a fin de cuentas, sólo la persona en cuestión puede
saber lo que Dios le pide. Hay que aprender, pues, a respetar ese fondo
íntimo que hay en cada persona, para que cada uno pueda ser fiel no
sólo a la verdad en general, sino también a la verdad sobre sí mismo. En
esa linea, traicionarse a sí mismo es también un modo de traicionar la
verdad.
Además, por mucho que uno conozca los grandes principios de la ley
moral, la vida es compleja y a veces sólo contamos con la intuición de
conciencia para tomar la decisión correcta. En efecto, a veces sucede
que uno no tiene tiempo para examinar detenidamente una cuestión
moral puesto que debe decidir de inmediato. Te ofrecen, por ejemplo, un
contrato y te dicen: «lo tomas o lo dejas; si no te decides
inmediatamente, se lo ofrecemos a otro». Son momentos en los que uno
tiene que ponerse en presencia de Dios y pedirle luz para poder actuar
en conciencia.
En efecto, según la doctrina católica, la conciencia es mucho más que
un juicio de la inteligencia práctica: es una especie de sagrario interior
en donde resuena la Voz de Dios19. De ahí su inalienable dignidad y la
importancia de respetarla. Se entiende que Newman —uno de los
grandes precursores de la dignidad de la conciencia— afirmase que la
recta conciencia es “infalible”, puesto que Dios, que habla a través de
ella, lo es. Afirmó incluso que esa conciencia es tan infalible como el
Magisterio de la Iglesia: no podía haber discrepancias entre estas dos
instancias, puesto que Dios habla a través de ambas y no se puede
contradecir. Evidentemente, eso es cierto si el hombre es santo
(plenamente honesto). Puesto que podemos engañarnos a nosotros
mismos, si se diese una discrepancia entre la doctrina revelada y la
propia conciencia, habría que concluir que es uno mismo quien se
equivoca. No basta con confrontar nuestra opinión personal con la
doctrina revelada: hay que conformar nuestra conciencia con lo
explícitamente revelado por Dios. Es una gran suerte poder estar en
comunicación directa con Dios a través de la conciencia, pero tenemos
que ser realistas admitiendo que, a causa de nuestra debilidad, nuestra
conciencia es manipulable.
De todos modos, insisto en que hay ámbitos personales en los que sólo
el interesado puede decidir en conciencia. Tal es la dignidad de la
conciencia que, de ser ésta invenciblemente errónea en alguna cuestión,
habría que seguir igualmente su dictamen. Si pienso que hoy es domingo
y no asisto a Misa, peco, aunque en realidad sea lunes. Newman cuenta
que Dios le premió con el don de la fe católica por su fidelidad al
anglicanismo en los tiempos en que, por falta de datos, estaba
convencido de que ésa era la fe verdadera. También se entiende la
responsabilidad que tienen los padres, pedagogos y confesores a la hora
de formar la conciencia de los demás, puesto que si hacen pensar a
alguien que una acción es inmoral, cuando en realidad no lo es, el
interesado que no se atenga a su erróneo juicio, cometerá un pecado
formal. Por el contrario, quien se comporta inmoralmente pero con
ignorancia inculpable, comete un pecado material, esto es, no
imputable.
Por ser Dios quien habla a cada hombre en lo más íntimo de su alma, si
éste le traiciona, se traiciona a sí mismo. Siendo Dios mismo quien se
comunica a través de mi conciencia, nos compensa aprender a
escucharle. Así, al orientar nuestra vida, tomaremos las mejores
decisiones. De ahí la importancia de ejercitarnos en la oración mental,
con el fin de aprender a percibir la Voz de Dios en la intimidad del alma.
Hay que aprender a diferenciar la voz del yo (conciencia sicológica) de la
Voz de Dios (verdadera conciencia). Tenemos una especia de radio
interior en la que se captan dos emisiones diversas. La frecuencia divina
es más difícil de sintonizar que la frecuencia del yo. Los mensajes de
Dios suelen estar ligados a la más profunda paz interior.
Materia, intención y circunstancias
Un ejemplo de cómo se articulan los elementos objetivos y subjetivos en
el ámbito moral es el triple criterio a la hora de juzgar la bondad o
malicia de una acción. El juicio moral tiene que sopesar conjuntamente
tres elementos: materia (la objetividad de la acción que se realiza o se
omite), intención (fin que persigue el sujeto al actuar) y circunstancias
(o consecuencias que pueden atenuar o aumentar la responsabilidad del
que obra). El objeto y el fin determinan la bondad o malicia de la acción.
Las circunstancias pueden agravar o disminuir su bondad o malicia, pero
«no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala»20.
Al contrario de lo que afirma una corriente ética que está de moda
(circunstancialismo), hay actos intrínsecamente ilícitos, sean cuales
sean las circunstancias en las que se encuentra el sujeto. Así, un aborto
siempre es reprobable, aunque la mujer, por haber sido violada, merezca
toda nuestra comprensión. Ninguna circunstancia puede legitimar el
asesinato de una persona inocente.
Según otras doctrinas erróneas denominadas teleológicas (“telos”, en
griego, significa fin), la moralidad deriva del fin por el que se actúa. Dos
de estas doctrinas son el consecuencialismo y el proporcionalismo.
Según el consecuencialismo, el juicio moral deriva de las consecuencias
que se siguen de un determinado acto. Es una especie de
maquiavelismo. Así, se podría investigar con embriones humanos para
que otras personas obtengan ventajas terapéuticas. Sería, pues, legítimo
matar a una persona inocente para ayudar a otras. El proporcionalismo
es algo parecido: una acción sería buena o mala según la proporción de
bienes o de males que se consiguen.
Todas las doctrinas erróneas tienen algo de verdad. Si no, no triunfarían.
Así, algo diferente al proporcionalismo es el “voluntario indirecto” o la
llamada “acción con doble efecto”: una acción en sí misma buena o
neutra que se realiza con buenas intenciones y con el fin de obtener un
efecto bueno, pero en el que se corre el riesgo de obtener un efecto
malo indeseado. Aquí sí que habrá que tener en cuenta la
proporcionalidad, las posibilidades y gravedad de ambos efectos.
Pongamos un ejemplo. Una mujer embarazada tiene un cáncer de útero
que es urgente operar para salvar su vida, pero que pone en peligro la
vida del niño. Para que la cirujía sea moralmente lícita, se deben cumplir
cuatro condiciones: que la acción es buena o neutra (operar), que la
intención sea buena (salvar a la madre, no matar al niño), que el efecto
indeseado no se siga automáticamente (posibilidad real de que no muera
el niño) y proporcionalidad (posibilidades reales de éxito y sopesar los
dos efectos). Se puede operar, con cierto riesgo para el niño, si se busca
salvar la vida de la madre, pero no para alargarle unos días la vida o por
razones estéticas.
Frente a doctrinas teleológicas, la ley natural sostiene que el fin no
justifica los medios. Existen valores inviolables, como la dignidad de
toda vida humana, que no se prestan a negociación. Algunos se
escandalizan cada vez que la Iglesia Católica recuerda la existencia de
acciones intrínsecamente malas, así como la inmoralidad de perseguir
fines buenos a través de medios intrínsecamente malos. Pero la
experiencia confirma que cada vez que, con razonadas sinrazones, se
permite atentar contra la dignidad de cada vida humana, se abre la
puerta a todo tipo de injusticias. Nadie puede vivir tranquilo en una
sociedad en la que no se respeta de modo incondicional la vida de cada
ser humano, sea cual sea su salud, sexo, edad o raza.
Por tanto, las circunstancias influyen en la gravedad o parvedad de una
acción, pero la bondad o malicia de esa acción dependen del objeto
elegido y del fin que se busca. Para que una acción sea buena, se
precisa que la acción en sí misma sea buena y que la intención sea
recta. Así, una intención viciosa podría hacer inmoral una acción en sí
misma buena. Por ejemplo: dar limosna con el fin de vanagloriarse o de
humillar a una persona. De hecho, a la hora de determinar el objeto de
una acción, también se tienen en cuenta elementos subjetivos. Por esa
razón, se habla a propósito de objeto elegido, para no caer en otra
doctrina errónea —el objetivismo ético— que juzga las acciones sin
tener para nada en cuenta al sujeto que las realiza. Como puntualiza
Juan Pablo II, «la moralidad del acto humano depende sobre todo y
fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad
deliberada»; pero «para aprehender el objeto de un acto, que lo
especifica moralmente, hay que situarse en la perspectiva de la persona
que actúa»21. No es lo mismo, por ejemplo, una acción mecánica que,
sin advertencia ni deliberación, produce un efecto malo, que una acción
realizada a sabiendas con el fin de conseguir un efecto malo. Por tanto,
cuando hablamos de materia, no nos referimos a la materialidad de la
acción, sino a un objeto elegido por una persona. Parece una pequeña
diferencia, pero olvidar esa distinción ha dado lugar a no pocos
quebraderos de cabeza, especialmente en el ámbito de la ética sexual.
Conviene, por último, recordar que, como afirma la moral cristiana, para
cometer un pecado grave se deben dar tres condiciones: materia grave,
plena advertencia y pleno consentimiento. Lo que haga un sonámbulo no
es imputable por falta de advertencia y de consentimiento.
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1. H. Mankell, Pisando los talones, Tusquets, Barcelona 2004, p. 408.
2. Benedicto XVI, Orar, Planeta, Barcelona 2008, p. 13.
3. C. S. Lewis, Mero Cristianismo, o.c., pp. 23-24.
4. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.
5. A. Llano, La vida lograda, Ariel, Barcelona 2002, p. 42.
6. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 19.
7. Pío XII, Summi pontificatus, n. 21.
8. Juan XXIII, Mater et Magistra, n. 208.
9. Cfr. Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 12.
10. Juan Pablo II, Homilía del 11 de octubre de 1998 en la canonización
de Edith Stein, n. 6.
11. Juan Pablo II, Discurso ante la quincuagésima Asamblea General de
la ONU, n. 12.
12. C. Fabro, El temple de un Padre de la Iglesia, Rialp, Madrid 2002, p.
174.
13. A. Frossard, entrevista de 1986 en J. Antúnez Aldunate, Crónica de
ideas. En busca del rumbo perdido, Ed. Encuentro, Madrid 2001, p. 199.
14. J. Escrivá, Amigos de Dios, n. 27.
15. S. Kierkegaard, Papirer 1849-1850, X2 A 428; cfr. C. Fabro, El temple
de un Padre de la Iglesia, o.c., p. 180.
16. S. Agustín, Las Confesiones, octava edición, Palabra, Madrid 1988,
pp. 155-156.
17. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1796.
18. J. Escrivá, Carta del 8 de agosto de 1956, n. 38.
19. Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16.
20. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1754.
21. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 78.
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Comentarios al autor: P. Michel Esparza
[Link]@[Link]
Comentarios al monitor del foro: Xavier Villalta
xvillalta@[Link]
Participación en el foro:
1) ¿Qué razones puedes aportar contra ese relativismo moral según el
cual no existen verdades objetivas universalmente válidas?
2) ¿Qué diferencia hay entre naturaleza y cultura?
3) ¿Sería inmoral asesinar a una persona inocente si de ese modo
pudiéramos salvar a millones de personas?
4) ¿Qué es la conciencia? ¿Por qué es tan importante respetar la libertad
de las conciencias?
El enlace para participar en el foro de esta lección
es:[Link]
Para ver las lecciones anteriores haz click Aquí
Tema 7. Amor y sexualidad
conyugal
A pesar de la complejidad del tema 6, habéis respondido
admirablemente bien a las preguntas.
En la segunda pregunta, convenía dejar claro que la naturaleza es lo que
nunca cambia, mientras que la cultura está en continua evolución,
acercándose o alejándose de la verdad de la naturaleza.
Vuestras unánimes respuestas a la tercera pregunta (la inmoralidad de
matar a una persona inocente) confirman la existencia de una ley moral
objetiva y universal. Me ha sorprendido, sin embargo, la frecuente
alusión a la muerte de Cristo, pues supone un cambio de perspectiva
(del asesino a la víctima); en el fondo, aquel homicidio fue totalmente
inmoral; si de él se derivó un gran bien para nosotros, fue a causa del
Amor con el que lo vivió Nuestro Señor Jesucristo, Víctima inocente por
excelencia...
Pasamos ahora a un ámbito moral concreto. Espero que os ayude a
familiarizaros con la noción "calidad de amor", y que os sirva para ver en
qué puede mejorar la calidad de vuestros amores.
P. Michel Esparza
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1) Introducción
En la sesión anterior, acerca de los fundamentos de la moral, hemos
postulado la existencia de una verdad moral universal y la importancia
de conjugar esta verdad con la legítima libertad de cada persona. En las
siguientes sesiones, estudiaremos esa verdad moral en ámbitos
concretos del actuar humano. Hoy nos centramos en la moral sexual y
conyugal.
La castidad es cuestión espinosa e impopular. Ya lo decía el refrán: «Si
en el sexto (mandamiento) no hay remisoria, a ver quién es el guapo que
entra en la gloria». A principios de los años noventa, se publicó un libro
en el que un periodista, Vittorio Messori, entrevistaba a Juan Pablo II a
propósito de toda clase de temas candentes. El Santo Padre no eludió
ninguna cuestión, por espinosa que fuera. De modo conciso, respondía a
todas las cuestiones planteadas por el periodista. Sin embargo, al llegar
al tema de la doctrina de la Iglesia sobre la moral sexual, me llamó la
atención que el Papa no entró directamente al tema. Se limitó a decir
que, antes de abordar esas cuestiones, era preciso dejar claro qué se
entiende por persona humana y por amor verdadero. Cuestionado sobre
la impopularidad de esa doctrina católica, dijo: «¿Estas palabras no
enmascaran quizá ese relativismo que es tan nefasto para el hombre?
No solo con el aborto, sino también con la contracepción, se trata en
definitiva de la verdad del hombre»1. En efecto, sólo si se tiene clara la
dignidad de la persona y el significado del amor verdadero, se puede
comprender la doctrina de la Iglesia en materia de ética sexual y
conyugal. Si alguien piensa, por ejemplo, que amor es sexo y que el sexo
automáticamente es amor, parte de una visión según la cual el hombre
no es más que un animal evolucionado. Si tiene esa concepción del
hombre, no entenderá por qué la Iglesia aconseja o desaconseja
determinadas prácticas.
Las máximas de la verdad moral que defiende la Iglesia son bastantes
conocidas. En sentido positivo, la castidad está emparentada con la
calidad del amor y la unión sexual debería ser la expresión de una
entrega de lo más íntimo. Es algo sublime y representa un compromiso
total entre las dos personas. Sólo desde esta perspectiva, se entienden
los preceptos negativos; son inmorales las siguientes prácticas:
fornicación o buscar el placer sexual como un fin en sí mismo, las
relaciones prematrimoniales, las relaciones matrimoniales
voluntariamente privadas de la apertura a la vida (contracepción
artificial), la esterilización y la fecundación in vitro. No es fácil explicar
en media hora el trasfondo de todas esas normas morales, puesto que
antes habría que ponerse de acuerdo en qué es el hombre y qué es el
amor. En el fondo, el diálogo sobre ética sexual debería situarse al nivel
de la esencia del amor. De todos modos, haré un intento, convencido
como estoy que lo que se pide a un cristiano está de acuerdo con el
sentir común de todo hombre inteligente y honesto. Pienso que muchos
no entienden la ética matrimonial defendida por la Iglesia Católica,
porque no ven con claridad la relación existente entre mentalidad
anticonceptiva y calidad del amor conyugal. La razón más importante
para evitar la impureza es que corta las alas del amor. Por otra parte, si
la Iglesia no se equivoca, la experiencia corroborará sus puntos de vista.
Reflexionando sobre el amor y observando la experiencia de quienes no
viven según las enseñanzas de la Encíclica Humanae vitae,
encontraremos razones que confirman la validez de tales enseñanzas. Es
más fácil vivir esos preceptos morales cuando uno se percata de que así
será más feliz y le irá mejor su matrimonio.
2) ¿Qué es el hombre y qué actitud tomar ante las realidades sexuales?
Ciertamente el hombre no es un simple animal. Es más bien un ser
creado por Dios a su imagen y semejanza, llamado a ser feliz a través del
amor.
Por naturaleza, el hombre está llamado a realizarse dando y recibiendo
amor: sólo llega a dar lo mejor de sí mismo cuando ama.
En la persona humana encontramos tres diversas dimensiones o niveles:
cuerpo, corazón y alma. No obstante, esas tres dimensiones (corporal,
afectiva y espiritual) forman una unidad. La virtud consolida esa unidad
somático-espiritual, mientras que el vicio la disgrega. Debido a esa
unidad, se da una estrecha relación entre las diversas dimensiones que
la integran. El cuerpo puede corromper el alma y viceversa. Como afirma
un autor, «al ser el sexo expresión de nuestra capacidad de amar, toda
referencia sexual llega hasta lo más hondo, al núcleo más íntimo, e
implica a la totalidad de la persona. Y precisamente por poseer tan gran
valor y dignidad, su corrupción es particularmente corrosiva. Cada uno
hace de su amor lo que hace de su sexualidad»2.
Dada la unidad de la persona, la unión conyugal, aparte de su dimensión
procreativa, contiene múltiples elementos unitivos. La unión sexual no
puede ser reducida a su aspecto meramente genital; es también un
modo sublime de fomentar intimidad y de expresar la mutua pertenencia,
la confianza y la ternura. La donación del cuerpo ayuda a los cónyuges a
expresar cuánto se gustan, se quieren y se aman. Por tanto, la
frecuencia con la que los esposos practican la unión conyugal dice
mucho acerca de la calidad de su amor. Pensar que sólo está en juego la
satisfacción de una mera necesidad genital sería tanto como reducir a la
persona a su dimensión animal.
Las diversas dimensiones que componen la persona están entrelazadas.
Así, la lujuria no proviene sólo del deseo desenfrenado de placer
venéreo. Hay en ella también gérmenes de soberbia o egoísmo
espiritual. Es como si la corrupción espiritual se vistiese de carne. El
varón prepotente tiende a servirse de su instinto sexual para dominar a
la mujer, convirtiéndola en mero objeto de deseo. Y si una mujer
coquetea, no lo hace tanto para satisfacer deseos carnales, cuanto para
sentirse importante. Por lo demás, se ve mucha soledad detrás de la
lujuria, tanto solitaria como compartida.
¿Qué importancia hay que dar a la sexualidad en nuestra vida? En la
actitud ante la sexualidad, hay dos posibilidades extremas: darle
demasiada importancia o no darle ninguna importancia. Los puritanos
dan demasiada importancia a la impureza, mientras que los hedonistas
no le dan ninguna. Pienso que la impureza, al menos en solitario, es una
importante bobada. Hay vicios más importantes, por ejemplo el orgullo.
Como escribe Lewis, «un hipócrita frío y autocomplaciente que acude
regularmente a la iglesia puede estar mucho más cerca del infierno que
una prostituta. Aunque, naturalmente, es mejor no ser ninguna de las
dos cosas»3.
Ciertamente la sexualidad tiene su importancia, tanto para bien como
para mal, ya que, según cómo se viva, pone o quita alas a nuestra
capacidad de amar. Sirve tanto para transmitir la vida y expresar la
entrega incondicional de la totalidad de la persona, como para
prostituirse y convertir al amado en un objeto meramente útil o
placentero. De todos modos, también hay que saber desdramatizar lo
referente al sexo, ya que también es algo biológico regulado por
hormonas. Puesto que soy un hombre normal, me atraen las mujeres: por
eso no las miro demasiado. Y punto. En un libro de Lewis, dice un
experimentado demonio, que da consejos a otro sobre el mejor modo de
tentar al hombre: «En esta materia, como en cualquier otra, debes
mantener a tu hombre en un estado de falsa espiritualidad; nunca le
dejes darse cuenta del lado médico de la cuestión»4.
La actitud ideal respecto a las pasiones consiste al mismo tiempo en
asumir y trascender. Primero se asume lo inferior, y después se
transciende, poniéndolo al servicio de lo superior. Ante cualquier
realidad inferior —como la sexualidad, las emociones, las pasiones y los
estados síquicos— se debe aplicar la misma regla.
Asumir significa no extrañarse de sentirlo, examinarlo y sopesar lo que
tiene de bueno y de malo. Trascender significa ordenarlo, ponerlo en el
lugar que le corresponde, resolverlo establemente. En el ámbito sexual,
los puritanos transcienden pero no asumen, y los hedonistas asumen
pero no transcienden. Asumir sin trascender lleva a quedarse prisionero
de lo inferior. Trascender sin asumir conlleva reprimir y lleva a crisparse.
Curiosamente los extremos se tocan: tanto los puritanos como los
hedonistas terminan obsesionándose con esta materia.
A los puritanos, habría hacerles ver la puerilidad de una «fobia obsesiva
por las cosas de la carne»5. El precepto de no buscar consciente y
deliberadamente el placer sexual como un fin en sí mismo, no significa
que sea malo. Como afirma Lewis, «la actitud cristiana no significa que
haya nada malo en el placer sexual, como tampoco lo hay en el placer
de comer. Significa que no debemos aislar el placer e intentar obtenerlo
por sí mismo, del mismo modo que no debemos intentar obtener el
placer del gusto sin tragar ni digerir, masticando cosas y escupiéndolas
después»6.
Los hedonistas deberían recordar las esclavitudes que genera el
consumismo sexual. Viendo las lecciones que nos da la historia, es muy
ingenuo quien no se percate de los peligros del sexo sin compromiso.
Como afirma Chesterton, «la pretensión moderna según la cual el sexo
sería libre como cualquier sentido, y el cuerpo, bello como una flor o un
árbol, es una descripción del paraíso terrenal, o bien un fragmento de
pésima psicología que ya hace dos mil años cansó al mundo»7.
En la educación sexual, hay que hablar siempre en tono positivo,
mostrando la relación existente entre la castidad y la calidad del amor.
«Discurrir sobre este tema significa dialogar sobre el Amor»8. La
castidad exige un esfuerzo de entrenamiento constante, pero no es una
mera negación, sino una afirmación del amor. Precisamente porque
quiero aumentar mi capacidad de amar, me conviene purificar mi
imaginación, mi memoria, mis sentimientos y mis deseos: no permito
que, fuera de su verdadero contexto, algo excite mi instinto sexual. La
educación sexual no consiste sólo en informar sobre los peligros
inherentes al hedonismo, sino también en ayudar también a asumir esas
realidades sexuales, para que la virtud de trascender no conlleve
reprimir. Además, cuanto mejor se asuma una realidad, —entendiendo
tanto su importancia como su trivialidad—, más fácil resulta
trascenderla. Por eso, a los adolescentes, habría que enseñarles
gradualmente, a través de una educación personalizada —adaptada a
cada persona y sexo—, a perder la ingenuidad sin perder la inocencia.
Hay que hablar claro, sin olvidar las implicaciones éticas: ir siempre con
la verdad por delante.
3) ¿A qué tipo de amor nos referimos?
La palabra “amor” se ha manoseado mucho. Por eso, conviene ponerse
de acuerdo en cuanto a los términos empleados para saber a qué tipo de
amor nos referimos. Inspirándonos en la distinción de tres dimensiones
en la persona humana, podemos hablar de tres tipos de amor. Ya los
griegos distinguían tres clases de amor:
* sexual
* afectivo (entre hombre y mujer, eros, o ternura en general, storgé)
* espiritual o amor de amistad (philía).
En el lenguaje común, no es lo mismo decir que alguien te gusta, que
decir que le quieres, o que le amas. Alguien te gusta porque te atraen
sus cualidades. Querer a alguien es encariñarse: al tratarle, se ha
establecido una corriente de simpatía; el afecto suele ser máximo en el
enamoramiento entre personas de distinto sexo. El término amar lo
solemos reservar para el amor espiritual.
El te amo habría que reservarlo para un compromiso para toda la vida.
En su acepción más pura, amar a alguien significa que se está
libremente dispuesto a entregarlo todo sin condiciones para hacerle
feliz. «Si una persona —escribe M. Santamaría— le dice a otra que le
ama, el mismo lenguaje supone la expresión para siempre. No tiene
sentido decir: — Te amo, pero probablemente sólo me durará unos
meses, unos años, mientras sigas siendo simpática y complaciente, o no
encuentre otra mejor, o no te pongas fea con la edad. Un te amo que
implica sólo por un tiempo no es un amor de verdad. Es más bien un me
gustas, me apeteces, me lo paso bien contigo, pero ni por asomo estoy
dispuesto a entregarme entero a ti, ni a entregarte mi vida»9.
En todo caso, ya se ve que reducir amor a sexo es algo que jamás hacían
los antiguos. Para nosotros, personas del siglo XXI, al leer a los
antiguos, puede resultar ciertamente extraño lo poco que los antiguos
latinos y griegos hablaron del sexo, que no era para ellos tema a
dilucidar. Lo que les interesaba era el amor. Nos suena la expresión
eros, pero los griegos no la empleaban para designar el sexo. Para eso
empleaban la palabra phylon..., un término zoológico.
De modo análogo a como existen tres clases de amor según se entregue
algo material-corporal, cariño o lo más profundo de uno mismo, podemos
distinguir también tres clases de egoísmo:
* posesividad corporal
* posesividad afectiva
* amor propio.
La primera (impureza) es en el fondo menos peligrosa que la tercera
(soberbia), pues ésta última es más fácil de esconder, lleva a ser
dominante e informa todas las demás. La corrupción espiritual engendra
tanto la corrupción del corazón como la corrupción sexual. Cuanto más
espiritual es un egoísmo, más sutil es y menos claro hacia el exterior.
No es de extrañar que haya egoísmos que sólo se descubren después de
años de convivencia con una persona, de ahí la importancia, por
ejemplo, de aprovechar a fondo el noviazgo para conocer bien los
defectos propios y ajenos. En el matrimonio, a la larga, lo que más
molesta no es el egoísmo sexual, sino el egoísmo espiritual: cuando uno
de los dos no respeta la libertad del otro y se impone, le domina y le
coacciona, a las claras, de modo autoritario, o a través de toda clase de
chantajes afectivos.
4) Lo espiritual se apoya en lo pasional y lo transciende
En el hombre lo inferior —los aspectos pasionales del gustar y del querer
— está informado por lo superior —el amar o el amor propio—; a la vez, el
amor pasional es como una plataforma sobre la que se asienta el amor
espiritual. Así pues, en la dinámica del amor humano, los tres tipos de
amor o de egoísmo están íntimamente relacionados entre sí. El cariño,
por ejemplo, facilita la entrega de uno mismo, y las disposiciones
espirituales impregnan desde dentro la conducta sexual y afectiva.
El amor, como libre autoentrega, radica en la voluntad, más o menos
ayudada por la atracción física y afectiva. El amor humano comienza con
una atracción (concupiscencia) y culmina con una voluntad de donación
desinteresada (benevolencia). La benevolencia se desarrolla tanto
gracias como a pesar de la concupiscencia. La concupiscencia inicia el
amor y la benevolencia es su elemento correctivo. El deseo de posesión
del amado no es lo mismo que el afán posesivo del egoísta. La evolución
posterior muestra la veracidad de un amor incipiente. Si sólo hubiese
egoísmo, se despersonaliza al amado: se le cosifica, se le convierte en
mero bien útil. Si la evolución es positiva, el hombre supera libre y
deliberadamente el deseo de apropiación egoísta en favor del deseo de
donación, manteniendo ese sano deseo de unión con la persona amada,
que es inherente a todo amor.
Cuando una relación entre novios evoluciona favorablemente, se nota en
que, por encima de la pasión que conlleva el enamoramiento, se hacen
muy amigos: confidentes. Quizá, si hubiesen puesto el acento en lo
sexual, esa amistad no hubiera podido desarrollarse. La pasión facilita la
confidencia, pero si es egoísta, la ahoga. En una novela, el protagonista,
recordando la época de su noviazgo, relata: «Otras veces nos
besábamos, aunque no cada vez que nos veíamos, y ni siquiera pensaba
en ir más allá. No había ninguna necesidad. Era bueno, precioso y
encantador, y suficiente para mí»10.
Por tanto, en los mejores casos, la sexualidad permite acrecentar el
afecto, y éste a su vez facilita la autoentrega espiritual. Al revés, si
impera el egoísmo, la impureza termina por pervertir al corazón, y el afán
posesivo de éste afectiva seca las fuentes espirituales. La unión
conyugal que sólo se inspira en el sexo, se deshumaniza, porque, como
afirma Pieper, en esa relación «no se advierte el menor rastro de una
relación con el ‘Tú’; hay quizá un ‘Yo’, o dos, si se quiere, pero ningún
‘Tú’»11.
Cuando se pone el acento en el placer sexual, se desintegra la armonía
entre los componentes corporales, afectivos y espirituales del amor. El
resultado no es sólo que la unión sexual se deshumaniza, sino que,
además, la sexualidad, al convertirse en genitalidad, pierde gran parte
de su encanto. Lo que podría ser una sublime experiencia de comunión
total —una sola carne, un solo corazón y una sola alma— se convierte
así en una especie de autosatisfacción sexual de uno en otro.
5) La unión conyugal debe ser un acto de donación personal
desinteresada
No hay que confundir el amor con el deseo de hacer el amor. Como
afirma un autor, «la frase hacer el amor no es una frase afortunada,
porque puede ser que lo que se haga sea el desamor. Depende de a
quién se busque en esa relación, a uno mismo o al otro. Cuántas veces
haciendo el amor, una de las dos personas, generalmente la mujer,
termina llorando porque se siente no querida»12. Y es que el sexo,
desligado del amor, es un mero impulso de atracción entre cualquier
macho y cualquier hembra, mientras que el amor entre un hombre y una
mujer busca la máxima individualización y personalización. Amar es
darse uno mismo para hacer feliz a la persona amada.
Quien ve al hombre como un animal evolucionado piensa que la Iglesia
descarta la contracepción artificial porque es antinatural desde el punto
de vista biológico. Pero la naturaleza humana no es sólo fisiológica, sino
también espiritual. El hombre es racional por naturaleza, y el espíritu
integra lo biológico en la unidad de la persona. Por eso, la unión
conyugal es digna y conforme a la naturaleza humana sólo cuando es la
manifestación de la entrega propia de un amor auténtico. Como escribe
Juan Pablo II, «en cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se
expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está
llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también
el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual»13.
El sexo como expresión de amor es mucho más que la mera satisfacción
de una necesidad biológica. Es «una entrega; una forma profunda de
decir: "te amo con todo mi ser". Esta entrega es la unidad de dos
cuerpos, que, como dice la Escritura, se harán "una sola carne". La
Iglesia trata el sexo con tanto respeto y seriedad porque esta unidad
profunda de una entrega mutua representa un compromiso total de una
persona con otra»14. Puesto que la unión sexual debería comportar un
compromiso de entrega mutua y permanente, debería darse sólo dentro
del matrimonio. Otra razón para desaconsejar las relaciones
prematrimoniales está ligada a la procreación. El matrimonio es el
contexto adecuado para la unión sexual porque de ella emerge el
misterio de una nueva vida. Aunque la posibilidad de procrear fuera
mínima —ningún medio anticonceptivo, salvo la esterilización, evita
100% el embarazo—, sería injusto realizar una acción cuya consecuencia
pueda ser engendrar una persona al margen de una familia bien
establecida. Todo niño tiene derecho a tener padres normales.
Durante el noviazgo no sólo conviene excluir la unión conyugal, sino
también otras intimidades sexuales. Por un lado, porque de lo uno suele
venir lo otro. Ya lo dice el refrán popular: «Abrazos y besos no hacen
chiquillos, pero tocan a vísperas». Por otro lado, porque conviene
fomentar el amor verdadero. Las intenciones sexuales y afectivas suelen
estar mezcladas. Si recuerdas a una pareja de novios la importancia de
dejar lo estrictamente sexual para cuando se hayan comprometido ad
vitam, suelen replicar que en su caso es ternura auténtica la que origina
sus intimidades. Eso es cierto —y hay que reconocer que muchas veces
las intimidades de los recién enamorados son más rectas que entre
casados—, pero también es verdad que si centran su atención sobre
otros aspectos, si ahondan por ejemplo en la amistad, construyen su
amor sobre una base mucho más estable y duradera que la mutua
atracción. La amistad permanece, mientras que la pasión, con el paso
del tiempo, sufre vaivenes y disminuye. Lo mejor sería que los novios
dedicasen mucho tiempo a charlar sobre toda clase de temas. Recuerdo
un chico que estaba de acuerdo en evitar relaciones prematrimoniales
pero no entendía por qué convenía evitar intimidades sexuales, hasta
que él mismo se dio cuenta de que su relación se había empobrecido
mucho mientras se oyó decir: —Pero si no tenemos esas intimidades,
¿qué vamos hacer cuando nos veamos cada semana? Nos vamos a
aburrir como una ostra...
La mujer, si no ha sido pervertida, entiende mejor estas cosas. Sabe que,
«bajo la caricia, se suele arriesgar muy poco en la entrega de uno
mismo»15. Intuitivamente, algo le dice que su novio tiene intencione
rectas si evita las intimidades sexuales. Cuando mostré mi perplejidad a
una chica que había decidido irse a vivir con su novio, ella se incomodó:
“¿Piensa usted que ese chico no me quiere y se quiere aprovechar de
mí?”, dijo enfadada. Pero, poco después, ella misma se dio la respuesta,
cuando argumentó de este modo: —Tenga usted en cuenta que ese chico
me ha respetado corporalmente durante tres meses... Entendió que una
mujer debería exigir algo más que tres meses...
Las relaciones prematrimoniales nos llevan al tema del concubinato.
Cuando uno se fía del amor, apuesta fuerte y se casa. En el fondo, ese
vivir juntos sin compromiso estable significa compartir lo más íntimo
con alguien de quien no te fías del todo. No hay amor perdurable sin
compromiso. Suele ser la mujer la que sale perdiendo. Es aleccionador lo
que cuenta un experto en comunicación:
«En una charla-coloquio que tuve en Londres una mujer me preguntó de
repente, con fuerza, yo diría que con excesivo interés:
»—Estoy saliendo con chicos desde joven, tengo cuarenta años y una
hija, pero ¿cómo hacer que un hombre se comprometa? Porque nunca he
conseguido un verdadero compromiso.
»La pregunta me cogió por sorpresa y se la devolví:
»—¿Qué me diría usted?
»—Pues no teniendo relaciones sexuales con él hasta que no se haya
comprometido, pero con papeles.
»Me quedé pensando, le di las gracias por la opinión y pensé que el
hombre, cuando consigue su objetivo, si no hay compromiso, se pone a
mirar para otro lado»16.
Evidentemente, no basta con casarse para que todo sea trigo limpio. La
unión conyugal como expresión corporal de la entrega de la totalidad de
la persona conlleva también ciertas obligaciones a la hora de consumar
esa unión. Para vivir el matrimonio conforme al plan divino reflejado en
la naturaleza humana, cada uno de los esposos no puede limitar el
horizonte de esa unión a lo “técnicamente correcto”, sino que debe
acudir con una disposición de darse, buscando por tanto el agrado del
otro cónyuge antes que el suyo propio. Para entender los preceptos
morales derivados de la castidad matrimonial, habría que situar siempre
esta virtud en el contexto más amplio de la caridad conyugal. En esa
línea, es preciso que los cónyuges sepan que tienen una psicología y
fisiología distintas. Así, por ejemplo, el varón que quiere adaptarse a su
mujer, debe tener en cuenta, en lo psicológico, que ella pide ser
“conquistada” con afecto. Un marido no puede olvidar que es importante
seguir cortejando a su mujer. Así, pasados ya años de matrimonio, es
importante salir a pasear o ir de viaje de vez en cuando. No es fácil
intimar entre pucheros. Cuando el marido propone la unión conyugal,
debe percatarse de que un frío requerimiento ya de por sí suele ser algo
frustrante, y peor aún cuando se añade alguna desconsideración como
pedir el débito después de discutir sin hacer las paces, no atender al
cansancio u otra circunstancia negativa de la mujer, estar algo
descontrolado por culpa del alcohol, etc. Por lo demás, en lo fisiológico,
la mujer suele reaccionar más lentamente, lo cual supone un esfuerzo de
contención para el varón. Un marido incontinente es egoísta porque se
desinteresa del goce que ha de experimentar también su mujer.
El varón que se queja de que su mujer no es generosa en las relaciones
matrimoniales, olvida que la mujer necesita que se construya un clímax
romántico. La mujer disfruta del sexo en la medida en que confía en el
amor del varón. Entonces está dispuesta a “perderse” en él. Pero si su
marido ni siquiera se muestra efusivo al saludarle cuando llega a casa,
¿cómo se va a alegrar ella ante la perspectiva de tener relaciones
matrimoniales? Pretender que ella quiera tener relaciones en frío es
como decirle a él cuando, apenado, necesita consuelo: «Ven, aquí tienes
mi hombro para que llores».
Los malentendidos se dan en ambas direcciones. También la mujer suele
olvidar que cuando pone trabas a la unión conyugal, humilla
profundamente a su marido. Éste experimenta ese rechazo como si se
pusiera en duda su virilidad. Su reacción suele ser visceral. La mujer
tendría que mostrar más comprensión con el apetito sexual de su
marido. Así como le alegra la vida preparando platos que a él le gustan,
podría alegrársela siendo más generosa con su cuerpo. Pero si el marido
no es casto, si es incapaz de contenerse, su mujer pensará que no la
quiere de verdad: que sólo desea su cuerpo.
Ilustrémoslo con el pasaje de una novela escrita por una mujer. El
personaje femenino intenta explicar a su marido por qué le quiere
abandonar. Tenía la impresión de que a él no le importaban sus
sentimientos. En un momento dado de la explicación, ella «lo llamó
egoísta. Se quejó de que cuando llegaba a casa de un viaje estaba
demasiado cansado para pensar en ella, o para hablar, hasta que se iban
a la cama y él quería hacer el amor. Pero esa era su forma de establecer
contacto, explicó él, demostraba más sus sentimientos que sus
palabras. Pero en realidad sólo demostraba la diferencia que existía
entre los hombres y las mujeres»17.
Puesto que muchos preceptos morales sólo se entienden si se tiene en
cuenta las grandes diferencias que existen entre hombres y mujeres,
vamos a profundizar en ello.
6) Diferencias entre la sexualidad masculina y femenina
Muchos problemas de comunicación existentes entre hombres y mujeres
provienen de desconocer su psicología diferencial. Al no tener en cuenta
sus diferencias, tienen tendencia a proyectar en el otro su propio modo
de ser. Los hombres y las mujeres son complementarios y están
destinados a complementarse. Me atrevería incluso a afirmar que la
mayoría de los preceptos de moral conyugal no serían los mismos si la
vivencia sexual masculina fuese como la femenina.
El modo de experimentar la sexualidad es distinto en el hombre y en la
mujer. Por naturaleza, la mujer suele ser más afectiva que el varón,
mientras que el apetito sexual masculino es más intenso. La mujer suele
ignorar hasta qué punto eso es así. No sabe que lo que, por razones
hormonales, a ella le apetece uno o dos días al mes, al varón le apetece
diez veces más y todos los días. En él prima el aspecto genital. En ella,
el aspecto sensual. Basta mirar las estadísticas. En los varones, la
lujuria solitaria y pagar dinero a cambio de sexo es miles de veces más
frecuente que en mujeres. Está todavía por ver que una mujer abuse de
su fuerza física para violar a un hombre por la calle...
El hombre tiende a fingir amor para obtener sexo. La mujer tiende a
fingir sexo para obtener amor. El hombre se excita sexualmente
deseando a una mujer, mientras que ésta se excita siendo deseada por
un hombre. En la vivencia sexual masculina, es fácil desligar el sexo del
amor. En cambio, a una mujer le atrae el sexo por otras razones. En la
vivencia sexual femenina, es más importante la ternura, la necesidad de
sentirse atractiva y la confianza. Para una mujer, una relación sexual es
como la continuación de un beso. Sólo está dispuesta, si confía en el
amor de quien la besa. Pero si se ve forzada a tener relaciones, se siente
fatal. «Muchas mujeres —escribe Gary Smalley— me han contado que se
sienten como prostitutas cuando, estando resentidas con sus maridos,
éstos les fuerzan a hacer el amor»18. Para el varón el acto matrimonial
tiende a ser reducido a un encuentro entre cuerpos, mientras que la
mujer desea un encuentro entre personas. La verdad es que la mujer
sabe más de entrega amorosa que el varón. Ella se entrega en cuerpo y
alma, no se siente a gusto si se separa el cuerpo del alma. «La mujer —
afirma Carlos Goñi— vive la sexualidad con tanta biología como el
hombre, pero con muchos más ingredientes: psicológicos, sentimentales
e intelectuales. Reducir la sexualidad a lo puramente biológico, es decir,
a la relación sexual propiamente dicha, es muy poco femenino, porque
supone descontextualizarla, sacarla fuera de su argumento
biográfico»19.
No estar al corriente de estas diferencias de sensibilidad da lugar a
muchos malentendidos... y chascos. Con razón escribe M. Santamaría:
«Muchas veces, la mujer se equivoca, cuando aplica su propio modo de
vivir la sexualidad a los hombres. Los hombres son más directamente
carnales. Sin ser particularmente brutos, pueden experimentar el simple
valor sexual del cuerpo de una mujer, totalmente al margen de la
afectividad o de su valor personal. El hombre es así. Y es bueno que la
mujer lo sepa. Del mismo modo que es bueno que el hombre sepa que las
mujeres no son como él, para que no interprete que están en la misma
onda que él.
Un hombre se puede sorprender del rechazo de una mujer, cuando él
creía que ella estaba ya hace tiempo metida en su propia dinámica de
excitación. Pero es que la mujer estaba interpretando aquello como
cariño. Y sólo más tarde se da cuenta de que aquello no es el amor
limpio que ella quería, y por eso lo rechaza.
Hay hombres que saben esto y, por eso, saben que, para alcanzar lo que
quieren, se tienen que hacer los enamorados. Engañar a una mujer, en
este sentido, es relativamente fácil, porque ella está predispuesta a
interpretar como cariño las manifestaciones del hombre. Interpreta, de
entrada, benignamente la actitud del varón. Si ella se expresara de esa
manera sin un cariño profundo detrás, se sentiría como una verdadera
prostituta. Por eso tiende a pensar lo mismo del hombre. Y le gusta
sentirse querida. No se da cuenta de que el hombre, ante la proximidad
del cuerpo de mujer, reacciona, naturalmente y sin maldad,
experimentando la atracción sexual de ese objeto apetitoso.
Para evitar tratar a la mujer como objeto, el hombre tiene que ejercer
una tarea de autodominio que no le es fácil. Si el afán que la mujer
experimenta por sentirse querida, no tiene en cuenta esta realidad del
modo de ser del varón, pondrá a éste en situaciones equívocas, en las
que el posible cariño puede quedar fácilmente suplantado por el apetito
sexual»20.
La cultura cambia, pero no la naturaleza. Hoy en día se tiende a
minimalizar esas diferencias, pero basta abrir los ojos. Si una mujer lleva
minifalda, los varones se ponen nerviosos. En cambio, las mujeres no
suelen ir a la playa para ver a chicos en traje de baño, sino para tomar el
sol. Cuando una mujer se encuentra con un hombre, se suele fijar en si
es un hombre interesante, no tanto guapo, sino atento, delicado y
cariñoso. En cambio, la tendencia natural del hombre e. Esta entrega es
la unidad de dos cuerpos, que, como dice la Escritura, se harán s ver si
una mujer está buena. La mujer suele robar cuerpos, mientras que el
hombre suele robar corazones. Al varón, le excita la vista; a la mujer, el
tacto. Los hombres se enamoran a través de la vista, mientras que a las
mujeres se las seduce por el oído porque así perciben la interioridad de
otra persona. Ellos se fijan más en lo que ven; ellas se fijan más en lo
que se les dice. En eso, las mujeres tienen suerte, porque, como dice
una mujer en una novela, «una chica guapa —que es lo que les entra a
los hombres por los ojos— puede ser tonta, inculta e incluso, mala. En
tanto que por las palabras que dice un chico, y que es lo que a nosotras
nos entra por los oídos, se sabe si es listo y si es bueno»21.
Incluso desde el punto de vista meramente fisiológico, la forma de vivir
la sexualidad es muy diferente en hombres y mujeres. Así lo explica
delicadamente un orientador familiar:
«El hombre es una llama de gas, la mujer es una llama de carbón lenta
para encenderse y lenta para apagarse. La mujer conquista por la
belleza que entra por los ojos; el arma del hombre es la palabra que
entra por el oído. El varón necesita conquistar y poseer, mientras que la
mujer necesita ser deseada y conquistada.
El hombre es más sexual, mientras que la mujer es más sensual. La
mujer necesita aperitivo, el hombre prefiere cuanto antes el plato fuerte.
Si uno y otro olvidan, no conocen o no quieren ser consecuentes con
estas reglas, que la naturaleza ha marcado en la psicología de cada uno,
pueden ir derechos al fracaso»22.
Un cónyuge generoso se adapta a los gustos del otro. Pero suele
suceder que el hombre imponga sus apetitos sexuales a la mujer.
Cuando el hombre domina a la mujer —o cuando, a causa de cierto
complejo de inferioridad, la mujer se mete en la cabeza el deseo de ser
como el hombre—, se le obliga a adoptar un comportamiento sexual
masculino. Como observa un experto en comunicación, «hay una
tendencia a hacer creer a la mujer que tiene que comportarse en el
terreno sexual como el hombre, si quiere ser moderna»23. Pero no se
puede engañar impunemente a la naturaleza. En los primeros cinco o
diez años del matrimonio, la vida sexual de los cónyuges suele ser
‘masculinamente activa’. Si la mujer protesta, se le dice que no es
‘normal’. Pero lo que le hace protestar es algo difícil de expresar: el
sentimiento de no ser amada sino utilizada, lo cual puede dar lugar a
penosos desengaños y humillaciones. Cuando el marido no ha aprendido
a moderar su apetito sexual, la mujer termina por dudar de él. Se
pregunta por ejemplo: “¿porqué está tan amable en la cama, y tan
antipático en las comidas...?”. Como afirma el mismo autor, «esa
superficialidad en el terreno de lo íntimo es percibida por la mujer como
una entrega del otro en busca de placer, "se entrega al placer, no a mí",
"le gusta mi cuerpo, no yo". Un sentimiento de desasosiego puede
aparecer: sólo me busca cuando quiere relaciones. "Y si yo no le diera
placer, ¿cómo me trataría?"»24.
Se evitarían muchos desengaños femeninos si desde el noviazgo
ayudasen más a sus novios a vivir la castidad. Pero cuando la educación
es deficiente y el ambiente no ayuda, ocurre que muchas chicas, en vez
de establecer las bases de un amor duradero, den más importancia a la
vanidad de sentirse codiciadas a causa de sus encantos físicos.
Rememorando sus años universitarios, escribe una poetisa inglesa: «Es
difícil darse cuenta ya a los dieciocho años que ser amada a causa del
atractivo físico significa en el fondo lo más contrario a ser amada. Me
sentía como un animalito perseguido por cazadores ávidos por capturar
mi piel»25. Llama la atención la ingenuidad de las “chicas fáciles”.
Olvidan que cuanto más se deja llevar el varón por su instinto sexual,
más cambia el objeto de sus “amores”, que no son otra cosa que
apetencias. En una novela, se dice de una mujer que entregó fácilmente
su cuerpo: «Con su romanticismo a flor de piel, no sabía todavía que las
mujeres que como ella se dan con tanta facilidad, se olvidan también del
mismo modo»26.
Si las novias supiesen las dificultades que tienen sus novios para
dominar su instinto sexual, les exigirían mayor continencia y respeto
hasta que se casen. Si las mujeres supiesen que toda la moral sexual
matrimonial, tal como la defiende la Iglesia Católica, es la mejor
garantía para que los maridos respeten a sus mujeres, no pararían de dar
gracias a Dios... y al Papa.
7) Escarmentar en cabeza ajena
Conviene echar una mirada a nuestro alrededor para percatarnos del
efecto deshumanizador del consumismo sexual. Vivimos un tiempo en el
que el sexo es un objeto de consumo muy asequible. En este ambiente
hedonista, no es de extrañar que mucha gente esté obsesionada con
este tema. Leí hace poco que en Internet hay 70.000 páginas Web de
sexo de pago, y que las ganancias anuales de la industria pornográfica
en Estados Unidos ascienden a 10.000 millones de dólares. Son
dolorosas esas cifras si se piensa en cuánto contribuye la pornografía a
despersonalizar a la mujer. Lo más expresivo y revelador de la
interioridad humana es el rostro. Si una mujer se viste decentemente, la
atención del hombre recae espontáneamente en su rostro, pero si se
viste de modo provocativo, se despersonaliza: entonces el varón se fija
en lo que esa mujer, con pocas diferencias, tiene en común con todas
demás. De ahí que la modestia en el vestir contribuya a salvaguardar la
propia dignidad.
La pornografía hace daño, y no sólo a los adolescentes. También en los
adultos, las imágenes eróticas contribuyen a fomentar una mentalidad
en la que el sexo es desligado del amor. Como afirma Thibon, «¿no es el
erotismo un cheque sin fondos de la sexualidad que desfallece y del
amor ausente?»27. Las intimidades sexuales deberían estar refrendadas
por la capacidad de sacrificio y la buena comunicación afectiva, en vez
de ser un pasatiempo para parejas hastiadas. La pornografía saca de
contexto la sexualidad y es especialmente perniciosa para los jóvenes.
Irrumpir en sus primeros movimientos sexuales con la mano grosera de
la sobreexcitación erótica daña torpemente la relación entre chicos y
chicas. Acaban pensando que desligar el sexo del amor verdadero es lo
más normal del mundo. Los adolescentes no se suelen corromper por sí
mismos. Reflexionando sobre la forma gramatical pasiva del verbo
“corromper”, observa Pieper: «la juventud, en efecto, no se corrompe tan
fácilmente como se pone rancia la mantequilla o se agria la leche. Pero
puede ser corrompida por otros. Se la puede corromper, por ejemplo,
enseñándole a buscar sólo el placer antes de enseñarle a enamorarse y
a amar, por el sistema de la seducción y de las manipulaciones
comerciales del tema»28.
El bombardeo hedonista es persistente. En muchas películas y novelas
se da por supuesto que si un hombre y una mujer se enamoran, lo más
lógico es que, antes de comprometerse en matrimonio, tengan
relaciones sexuales. En una novela de Rosamunde Pilcher, en 1944 una
mujer infeliz en su matrimonio conoce y se enamora de un galán
encantador. Ambos son muy liberales. El galán le invita a pasar una
semana con él en casa de Helena, una señora que él conoce. Ella piensa
que tendrán que vivir en habitaciones separadas, pero él le dice: «No
creo que aparezcan problemas de ese tipo. Helena es famosa por su
mentalidad abierta. Creció en Kenia y por alguna razón las damas que
han sido educadas en Kenia rara vez están sujetas a remilgadas
convenciones»29. Es increíble la naturalidad con la que se justifica una
unión adúltera con motivos sentimentales. Quien, en defensa del vínculo
matrimonial, se oponga a las relaciones prematrimoniales, más aún si
son adúlteras, será tachado de conservador empedernido, insensible
ante los imperativos del “amor”.
Pero el tiempo muestra que muchos sueños románticos de mujer
terminan por sucumbir bajo el peso de la impureza masculina, no sin
connivencia femenina. En una novela, la protagonista rememora en
estos términos su primer amor en el Madrid de los años ochenta: «Me
enteré bastante pronto de lo que tiene que hacer una chica para no
quedarse embarazada, empecé la carrera y la seguí con altibajos, me
gustaba gustar (tendencia que se ha ido matizando), me atuve a las
recetas de rigor para sacar partido de ser joven (...) Cuando por fin
Roque empezó a mirarme y a dejarse mirar por mí, saboreé la certeza de
que era él, el del sueño, y al cabo de los años lo que brilla y permanece
de mi relación con Roque es sobre todo la primera etapa de silenciosa
complicidad, los preparativos del viaje. Porque luego, cuando pasó lo
que tenía que pasar sin remedio, aquella cueva donde depositar
verbalmente mis incertidumbres y sueños, fue convirtiéndose
exclusivamente ?si he de ser sincera? en el temblor insoportable y ciego
de mi cuerpo esclavo de los caprichos del suyo»30.
Entre jóvenes emancipados desaparecen aquellos hermosos estados de
enamoramiento tan presentes en la literatura universal. En una novela
de Susanna Tamaro, la protagonista, una madre que fue muy liberal en la
educación de su ya fallecida hija (Ilaria), escribe una carta a su nieta en
la que rememora la influencia de los años sesenta sobre la difunta hija (y
madre de la nieta). Describe esos años en estos términos: «Eran los
años de la liberación sexual, la actividad erótica estaba considerada
como una función normal del cuerpo: se había de llevar a cabo cada vez
que una tuviera ganas, un día con uno, otro día con otro. Vi aparecer
junto a tu madre docenas de jóvenes, no recuerdo ni uno solo que durara
más de un mes. Ya inestable de por sí, Ilaria fue arrollada en esa
precariedad amorosa. Aunque no le impedí nada, ni jamás la critiqué de
ninguna manera, me sentía más bien perturbada por esa repentina
libertad de sus costumbres. No era tanto la promiscuidad lo que me
chocaba, como el gran empobrecimiento de los sentimientos. Caídas las
prohibiciones y la unicidad de la persona, había caído también la pasión.
Ilaria y sus amigas me parecían las invitadas de un banquete afligidas
por un fuerte resfriado: por educación comían todo lo que les ofrecían,
pero sin percibir su sabor. Zanahorias, asados y pastelitos tenían para
ellas el mismo sabor»31.
8) La contracepción artificial
La moral conyugal de la Iglesia enseña que el matrimonio, y la unión
conyugal, tienen dos fines —unitivo y procreativo— y que nunca es
bueno separarlos artificialmente. La contracepción es “hacer el amor sin
hacer el hijo”, mientras que la fertilización in vitro conlleva “hacer el hijo
sin hacer el amor”. En cuanto a esto último, podríamos hacer aquí
consideraciones acerca de las frustraciones que trae consigo el ver a
los hijos como un derecho en vez de verlos como un don. Pero debido a
las implicaciones bioéticas que tienen esas técnicas de reproducción
asistida —es impresionante el esfuerzo semántico que se hace hoy en
día para camuflar el verdadero contenido de lo que se hace—, conviene
dejarlo para la siguiente sesión. Terminamos, pues, con lo relativo a la
contracepción.
¿Cómo explicar que la anticoncepción
artificial es gravemente inmoral? Dejo de lado lo referente a esos medios
anticonceptivos cuya inmoralidad está agravada por ser además medios
abortivos. Pero en circunstancias en las que, en conciencia, no es
aconsejable el embarazo, ¿por qué no servirse de los avances no
abortivos de la ciencia? Para entenderlo, hay que tener presente todo lo
visto acerca de la calidad del amor conyugal. La experiencia corrobora
que tanto la falta de generosidad a la hora de procreación como la
anticoncepción artificial entrañan de introducir el virus del egoísmo en
el primer nivel del amor. Tanto esa mentalidad anticonceptiva que lleva
a evitar la procreación sin razones graves, como la realización de
acciones concretas encaminadas a impedir la procreación, suelen poner
en peligro la calidad de la unión conyugal. Dice Saint-Exupéry que «amar
no es mirarse uno a otro; es mirar juntos en la misma dirección». Cuando
los cónyuges, en vez de mirar juntos en la dirección del hijo que pueden
engendrar, ciegan las fuentes de la vida, corren el riesgo de terminar
mirándose uno a otro, y no de modo altruista, sino consumando un
egoísmo compartido.
Lo que contribuya a viciar la intención de la unión sexual, deshumaniza
la pasión afectiva. «Max Horckheimer —cuenta Pieper— hizo observar,
en una entrevista que fue por muchos recibida con desagrado, pero cuya
amarga verdad apenas si puede discutirse: "La muerte del amor erótico
será el precio que tendremos que pagar por la píldora"»32 . La apertura
a la procreación es el remedio más seguro para evitar egoísmos
recíprocos entre los esposos. El hijo, escribe con gran acierto Gustave
Thibon, «rompe el exclusivismo de la pareja: sustituye la adoración
recíproca que encadena por un fin común que libera»33. Ya vimos que
las vivencias sexuales masculinas y femeninas son muy diferentes, de
modo que es preciso que el varón aprenda a contenerse. Por eso,
desligar artificialmente y sin esfuerzo lo unitivo de lo procreativo,
dificultará su autocontrol. Si se daña así la calidad del amor, tarde o
temprano, surgirán problemas. Como afirma un experto en
comunicación, «la separación radical de la sexualidad y la apertura a la
vida es una bomba de relojería en la relación»34.
Habría que entender, por último, la diferencia entre la anticoncepción
artificial y el recurso a los medios naturales para regular la fertilidad, de
modo que nadie piense esto último es una especie de anticoncepción
católica. Como afirma Juan Pablo II, «se trata de una diferencia
bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y que
implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la
sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos
naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir de
la mujer, y con esto la aceptación también del diálogo, del respeto
recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo»35.
No hay obstáculo moral alguno para usar del matrimonio en periodos
infecundos (embarazo, esterilidad, menopausia). En sede
específicamente moral, lo que se valora en la continencia periódica no
es el uso de los periodos infecundos en sí mismo (mientras esa
infecundidad no sea provocada voluntariamente), sino más bien la
renuncia a utilizar periodos fecundos: se trata ante todo de la moralidad
de una continencia. A la vez, no se trata de exaltar la continencia como
si la sexualidad conyugal fuese algo malo, excepcionalmente tolerado.
Al contrario, ya vimos cuánto puede favorecer la comunión conyugal. De
hecho, puesto que el consorcio conyugal está orientado esencialmente a
la unión y a la procreación, es necesario que haya una razón
proporcionalmente grave para acudir a la continencia periódica (al
valorar la proporción se tiene en cuenta el intervalo de tiempo por el que
se quiere mantener). Al tomar estas decisiones, los cónyuges deben
recordar que la moral no trata de lo lícito frente a lo ilícito, sino de la
práctica de la virtud, que en un cristiano se inscribe en el ámbito —a
veces heroico— de la lucha por la santidad. Y no sólo deben dialogar
entre ellos. Son decisiones que deben tomar en conciencia, esto es, en
diálogo con Dios. También a Él hay que dejarle opinar.
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1. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés,
Barcelona 1994, p. 177.
2. A. Aguiló, Sexo y sentimientos: ¿es necesario aprender?, en
[Link].
3. C.S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 117.
4. C.S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Rialp, 4ª ed., Madrid 1994,
p. 83.
5. G. Thibon, La crisis moderna del amor, Fontanella, 4ª ed., Barcelona
1976, p. 76.
6 . C.S. Lewis, Mero cristianismo, o.c., p. 119.
7. G. K. Chesterton, San Francisco de Asís, Editorial Juventud, octava
edición, Barcelona 1994, p. 34.
8. J. Escrivá, Amigos de Dios, n. 178.
9. M. G. Santamaría, Saber amar con el cuerpo. Ecología sexual, Ed.
artística Gerekiz, Bilbao 1993, pp. 15-16.
10. N. Sparks, Un paseo para recordar, Emecé, Barcelona 2000, p. 148.
11. J. Pieper, El amor, Rialp, Madrid 1972, p. 206.
12. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, Planeta,
Barcelona 1999, p. 55.
13. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 11.
14. J. Haaland Matlary, El amor escondido. La búsqueda del sentido de la
vida, Belacqua, Barcelona 2002, p. 273.
15. A. de Saint-Exupéry, Courrier Sud, París 1929, p. 73.
16. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, o.c., p. 22.
17. Danielle Steel, El fantasma, Plaza & Janés, Barcelona 1999, p. 15.
18. G. Smalley, If only he knew. What no woman can resist, Zondervan
Publishing House, Michigan 1996, p. 11.
19. C. Goñi Zubieta, Lo femenino, EUNSA, Pamplona 1996, p. 83.
20. M. G. Santamaría, Saber amar con el cuerpo. Ecología sexual, o.c.,
44-46.
21. T. Luca de Tena, Primer y último amor, Planeta, Barcelona 1997, p.
99.
22. A. Vázquez, Momentos íntimos de él y ella, en “Hacer familia”, n. 56,
julio-agosto 1994, p. 17.
23. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, o.c., p. 122.
24. Ibidem, p. 119.
25. K. Raine, The Land Unknown, Londres 1975, p. 61.
26. L. de Castresana, Vida del bandido español Luis Candelas, Rialp,
Madrid 1992, p. 49.
27. G. Thibon, El equilibrio y la armonía, Belacqva, Barcelona 2005, p. 84.
28. J. Pieper, El amor, o.c., p. 191.
29. R. Pilcher, Los buscadores de conchas, Plaza & Janés, Colección de
bolsillo, Barcelona 2001, p. 508.
30. C. Martín Gaite, Lo raro es vivir, Anagrama, Barcelona 1996, p. 138 y
139.
31. S. Tamaro, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, decimoquinta
edición, Barcelona 1995, pp. 103-104.
32. M. Horckheimer, Die Sehnsucht nach dem anderen, Hamburgo 1970,
p. 74; en J. Pieper, El amor, o.c., p. 196
33. G. Thibon, La crisis moderna del amor, o.c., p. 67.
34. J. M. Contreras, Pequeños secretos de la vida en común, o.c., p. 122.
35. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 32.
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Comentarios al autor: P. Michel Esparza
[Link]@[Link]
Comentarios al monitor del foro: Xavier Villalta
xvillalta@[Link]
Participación en el foro:
1) ¿Qué peligros entraña separar amor y sexualidad, es decir: sexo
desligado del amor (hedonismo)?
2) ¿Qué les dirías, en muy pocas palabras, a personas no casadas para
disuadirles de tener relaciones sexuales?
3) ¿Qué consecuencias para los cónyuges puede tener el uso de la
contracepción artificial?
4) Si las mujeres son las que más agradecidas tendrían que estar a la
Iglesia por sus enseñanzas en materia de moral sexual, ¿cómo
explicarías por qué no hay más mujeres que se rebelen contra el
mercado pornográfico y contra otros síntomas del egoísmo sexual de los
varones?
El enlace para participar en el foro de esta lección es:
[Link]
Para ver las lecciones anteriores haz click Aquí
Tema 8. Razones contra el divorcio
Mi más sincera enhorabuena por vuestros comentarios al tema 7.
Ciertamente, siempre caben nuevos matices en esas cuestiones,
especialmente a la hora de mirar con mayor misericordia a quienes caen
en las redes del hedonismo. Y es que el problema detrás del egoísmo
sexual no proviene sólo de esa "pasión desenfrenada que nos animaliza",
sino que detrás de muchos de esos comportamientos existe también el
anhelo de paliar la propia soledad. Aunque, tantas veces por ignorancia,
lo hagan por caminos equivocados, en el fondo, muchos están buscando
el Amor de Dios...
Me han gustado especialmente vuestras respuestas a la última pregunta
(acerca de por qué no hay tan pocas mujeres que se rebelan ante las
diversas manifestaciones de egoísmo sexual masculino). Con esas
observaciones, se podría escribir todo un libro al respecto.
Felicito de modo especial a quienes han sabido ver que la mujer no es la
única beneficiada de la doctrina de la Iglesia. En efecto, también los
varones albergamos nobles sueños de amor verdadero. Y es
precisamente para que esos sueños se puedan hacer realidad, que
debemos aprender a vivir la templanza.
El siguiente y último tema es un intento de fundamentar racionalmente
la indisolubilidad del matrimonio. Pongo el acento en lo racional para
dejar claro que los cristianos no queremos imponer nuestros valores
religiosos en una sociedad legítimamente pluralista. Lo hacemos ante
todo como ciudadanos preocupados por el daño que el divorcio está
causando en tantos conciudadanos. En efecto, en el ámbito ético, el
diálogo debe estar basado en la razón y en la voluntad de buscar
honestamente la verdad.
Con este tema 8 termina el curso. Quisiera agradeceros de veras vuestra
participación, con una mención especial para quienes, desde
[Link], lo han hecho posible.
Personalmente he aprendido muchísimo de vosotros (¿o tendría que
decir "de ustedes"?). Me ha alegrado especialmente vuestro vivo deseo
de aprender. Es un inmenso placer para mí poder aportar un grano de
arena en la evangelización de personas tan hondamente motivadas...
Espero contar con vuestra oración hasta que, al final del camino, nos
podamos encontrar en el Cielo. Termino citando un texto que alguien
puso en el foro, y que resume bien lo que muchos de nosotros hemos
experimentado durante estas 8 semanas:
"Gracias a todos y los felicito por hacer este curso, piensen y entiendan
que cuando los hermanos de comunidad se unen, como en este curso,
somos un tronco en donde nos fortalecemos unos con los otros; luego,
cuando cada uno de nosotros regresa a sus tareas habituales, nos
convertimos en ramas, y cada rama debe dar frutos y en abundancia!!!
Bendiciones!!! y si Dios quiere nos volveremos a encontrar..."
P. Michel Esparza
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1) Introducción
Durante siglos, el matrimonio ha sido la unión de “uno con una para
siempre”. Siempre han existido otro tipo de uniones, como el
concubinato, más o menos toleradas, pero que se consideraban
anormales. Todo empezó a cambiar cuando se legalizó el divorcio; en
ese momento, se abandonó el “para siempre”. Últimamente se tiende
incluso a abolir el “uno con una”.
En nuestros días, quizá sea la Iglesia Católica la única que defiende
incondicionalmente la indisolubilidad del vínculo matrimonial (esto es,
que sólo la muerte puede disolver el vínculo que un hombre y una mujer
han contraído válidamente). Pero hasta hace unos decenios también el
matrimonio civil era «hasta que la muerte nos separe» porque la ley civil
se inspiraba en la ley natural. En efecto, la indisolubilidad matrimonial
no es sólo requerida por la ley eclesiástica, sino también por la ley
natural. Jesucristo elevó a la dignidad de sacramento una realidad
natural preexistente.
Para un cristiano, atentar contra dicha indisolubilidad supone un pecado,
pero, según la ética natural, el divorcio es un mal moral para todo ser
humano.
Si la indisolubilidad del matrimonio es una verdad de ética natural, tiene
que ser accesible a toda persona honesta e inteligente. También un no-
creyente tendría que poder entenderla. En principio, la ética sólo prohíbe
aquellos actos que pueden resultar perjudiciales para las personas. Me
propongo, por tanto, argumentar de modo racional por qué el divorcio no
compensa. Ardua tarea.
Soy consciente de que se trata de una tentativa ambiciosa y difícil. De
hecho, estamos habituados a oír argumentos a favor del divorcio. Se
defiende a menudo el divorcio alegando que toda persona tiene derecho
a ser feliz, que tras la boda puede descubrir que se ha casado con la
persona equivocada y tiene el derecho a rehacer su vida con otra
persona. La Iglesia es incluso tachada de inmisericorde por no avalar
esa tesis. En una sociedad en la que cada vez se divorcia más gente,
arrecian las críticas contra el Papa cada vez que recuerda, por ejemplo,
que una persona divorciada que se ha vuelto a casar por lo civil no
puede acercarse a la comunión.
La indisolubilidad del matrimonio ha sido siempre, y no sólo en la
actualidad, una cuestión controvertida. Ya hace veinte siglos, ni siquiera
los judíos se atenían a ello. Dice Cristo que Moisés permitió a éstos
ciertas excepciones a causa de su dureza de corazón. Tiene gracia la
reacción de los apóstoles cuando Jesucristo les enseña que la
indisolubilidad del matrimonio responde al plan original de Dios para con
los hombres. Sus discípulos le dicen: «Si tal es la condición del hombre
con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse»1. Jesús admite que
esta cuestión no es fácil de entender; haría falta un don de lo alto para
entenderlo, algo similar a lo que sucede con el celibato voluntario en la
Iglesia. Quizá por eso, algunos moralistas cristianos afirman que sólo
conviene argumentar esta cuestión desde la fe. De todos modos, aun
siendo conscientes de la dificultad que siempre ha tenido la defensa
racional de la indisolubilidad del matrimonio, al menos vamos a
intentarlo.
2) Una sola carne
El compromiso que adquieren los contrayentes es realmente
espectacular. Acostumbro a decirlo en la celebración de una boda. Los
contrayentes prometen, ni más ni menos, que seguirán siendo fieles en
todas las circunstancias, exceptuada la muerte. Ni la enfermedad, ni
siquiera la infidelidad del otro cónyuge, puede hacer que dejen de ser
marido y mujer.
En efecto, como recuerdan los juristas expertos en Derecho Canónico, la
indisolubilidad del matrimonio se deriva de la naturaleza del vínculo
matrimonial. El matrimonio es un contrato por el que los contrayentes se
convierten en una caro (una sola carne). Es preciso explicar a quienes
se preparan para el matrimonio que, al casarse, se obligan libremente a
contraer un vínculo tan indisoluble como el que liga, por naturaleza, a
padres e hijos. Del mismo modo que yo no puedo dejar de ser hijo de mi
padre, tampoco puede una persona casada dejar de ser esposo o esposa
del otro cónyuge vivo2. En el fondo, es un contrasentido que una mujer,
por ejemplo, se refiera a su esposo vivo diciendo: “mi ex-marido”, como
es absurdo hablar de “mi ex-hijo” o de “mi ex-madre”.
¿Y por qué tiene que ser el vínculo matrimonial de esa índole tan
absoluta? Si los contrayentes fueran conscientes de las consecuencias
de su alianza, ¿querrían casarse? ¿No sería mejor una especie de
“matrimonio a prueba” para cubrirse la retirada en caso de que algo no
funcione? Algunos responden diciendo que traer hijos al mundo exige tal
tipo de compromiso. Por mucho que nos intenten convencer de que los
hijos acaban acostumbrándose al divorcio de sus padres, todos sabemos
algo sobre las heridas que sufren esos hijos. ¿Pero entonces, si no hay
hijos, se puede aprobar el divorcio? La verdad es que no sólo se trata de
los hijos. El matrimonio tiene dos fines: la mutua ayuda entre los
cónyuges y la procreación. Habría que mostrar que el divorcio no sólo es
nocivo para los hijos, sino también para los propios cónyuges.
Quizá conviene que analicemos el caso más difícil: los cónyuges llevan
unos años casados, no tienen hijos y se quieren divorciar de mutuo
acuerdo y en buenos términos. No están enfadados. No se han
enamorado de otra persona. Simplemente han llegado a la conclusión de
que son incompatibles y no ven que eso pueda cambiar en el futuro.
Dicen: «Nos hemos equivocado». Es un caso muy hipotético: apenas se
da en la realidad. Pero, si logramos resolver este caso extremo,
pondremos las bases para resolver otros dos casos más frecuentes y
difíciles: aquel en el que la convivencia termina por convertirse en un
verdadero infierno para uno o para los dos cónyuges, y aquel en el que
uno de los cónyuges no mantiene su palabra: traiciona y abandona al
otro.
3) Nadie y todo el mundo se equivoca
Decir «nos hemos equivocado» es una verdad a medias. En todos los
matrimonios hay problemas. De cara a las posibilidades de éxito de un
matrimonio, en lugar de poner el acento en la elección del cónyuge, ¿no
estará la clave más bien en aprender a amar y a comunicar? La mitad de
los problemas está ligada a una mala comunicación y la otra mitad tiene
que ver con falta de calidad del amor.
A esos hipotéticos cónyuges que, sin tener hijos, quieren divorciarse de
mutuo acuerdo, les diría que si no saben ser felices en esas
circunstancias, es de temer que tampoco lo serán cuando se vuelvan a
casar con otra persona. Si no se entienden, pueden aprender a
entenderse, y si lo que falla es la calidad de su amor, siempre están a
tiempo de esforzarse por mejorarla. Posiblemente digan que se casaron
estando enamorados, pero que ahora ya no sienten gran cosa uno por
otro. Quizá, como sucede con mucha frecuencia, identifican amor con
pasión; no saben que el amor se construye sobre una base de pasión
pero que va más lejos. El amor verdadero es comparable a un edificio de
tres pisos —unión física, afectiva y espiritual— y ellos sólo se han fijado
en los dos primeros y han descuidado el tercero. El sexo y el sentimiento
no pueden ser un fin en sí mismos. Cuando se hacen bien las cosas, lo
físico (una sola carne) potencia lo afectivo (un solo corazón), y esto a su
vez facilita lo espiritual (una sola alma). Pero cuando el egoísmo
impregna la relación, se desatiende la unión espiritual y tanto la unión
afectiva como la unión corporal se deterioran. En el caso ideal, la unión
sexual potencia los sentimientos, y éstos facilitan la capacidad de
sacrificio. En el peor de los casos, la relación se deshumaniza: el cariño
se convierte en moneda de cambio para obtener satisfacción sexual.
Un sofisma en una mezcla de verdad y de mentira (hacer demagogia a
base de sofismas suele tener éxito porque en todo sofisma hay algo de
verdad). En el caso que nos ocupa, es evidente que la elección del
cónyuge puede ser más o menos acertada, que hay personas con las que
uno congenia mejor. Eso es tan evidente como decir que unas personas
tienen mayor valía personal que otras. Es lógico, por tanto, que una
persona casada pueda pensar que no tuvo mucha suerte al elegir. De
todos modos, mi experiencia en pastoral matrimonial me dice que no es
esa la cuestión principal. Siempre me viene al recuerdo lo que hace años
me contó un francés. Se había casado cinco veces y al final había
descubierto que la causa de sus fracasos matrimoniales no era —como
siempre había pensado— la mala suerte en la elección de su mujer. Se
dio cuenta de que la causa principal de esos fracasos residía en él
mismo: en su incapacidad para vencer su egoísmo y amar de verdad.
«Ahora —me decía— me doy cuenta de que habría podido ser feliz con
cada una de esas cinco mujeres».
En el fondo, todo matrimonio exige construir un puente entre dos islas.
No existen, del todo, “almas gemelas”. Para empezar, varón y mujer
siempre resultan ser más diferentes de lo que se pensaba. Además, cada
uno tiene su propia historia personal, hábitos y sensibilidades.
Ciertamente unas personas son más afines que otras. Siempre nos es
más fácil llevarnos bien con una persona que se nos parece. El “puente”
que hay que construir es más corto. Pero también eso es relativo.
Muchas veces me he preguntado: ¿qué es mejor: que los cónyuges sean
afines o complementarios? Nada es ideal. En los dos casos veo ventajas
y desventajas. Si son afines, se entienden mejor, pero los defectos se
multiplican. Por ejemplo, si ambos tienen tendencia a agobiarse, los
agobios se multiplican por dos. Si son complementarios, pueden
aprender siempre uno de otro (así como complementarse a la hora de
educar a sus hijos), pero, al ser tan diferentes, surgen entre ellos más
problemas de comunicación.
Tanto si los cónyuges son parecidos como si son diferentes, queda
mucho trabajo por hacer. No se trata de un proceso automático, como si
bastase con elegir bien al cónyuge para que todo vaya sobre ruedas. Un
matrimonio siempre está evolucionando, hacia mejor o hacia peor. Es
como una planta delicada que exige todo tipo de cuidados. Si no se
vigila, surgen serios problemas que habrían podido ser prevenidos ya
que se han ido incubando durante largo tiempo. En todo matrimonio hay
que salvar escollos de todo tipo (problemas de egoísmo, de
comunicación, penurias, disgustos…). Cuantos más escollos se superan,
mayor es la felicidad. En una familia, hay abismos de felicidad y de
infelicidad...
Cuando surgen desavenencias, la tentación de abandonar la empresa es
muy grande. Es muy duro, por ejemplo, entrar en casa y sentirse como
un extraño. Si no se ponen a tiempo los medios para resolver la
situación, tarde o temprano surge otra persona que aumenta la
tentación y contribuye a precipitar la situación. Si el hombre
descontento encuentra una mujer atenta, comprensiva y dispuesta a
ofrecer sus encantos, será muy duro para él recordar que su mujer está
todo el día gritándole y que hace meses, si no años, que no tienen
relaciones matrimoniales. Lo mismo le sucede a la mujer que se siente
incomprendida e injustamente tratada por su marido, cuando cuenta sus
problemas a un compañero de trabajo que se deshace en atenciones y le
escucha con infinita paciencia.
En esas circunstancias, se da un error muy común: pensar enseguida
que con otra persona todo será muy diferente, olvidando que, en una
relación de amor, los “preparativos del viaje” son los más fáciles. Todos
los comienzos son alentadores, pero sólo el tiempo dirá si ese amor
incipiente ha ido adquiriendo raíces profundas. El encantamiento que
produce el enamoramiento reciente distorsiona la realidad. Todo se ve
de color azul. Pero la prueba de fuego viene después. Por eso pienso que
si los actores de Hollywood —y los partidarios del amor sin compromiso
— se suelen casar entre tres y cinco veces, es porque a lo largo de una
vida no tienen tiempo para hacerlo más veces…
4) Querer, saber y poder
Acerquémonos ahora al caso de esos matrimonios en los que la
convivencia se ha convertido en un infierno. Cuando discurro sobre
estos temas, me embarga la preocupación de no ser suficientemente
respetuoso, pues soy consciente de los abismos de infelicidad en los
que pueden caer los esposos. Si asistir a la quiebra de un matrimonio es
quizá una de las circunstancias más dolorosas en la vida, ¿qué no será
vivirla en primera persona? Ya el solo hecho de que personas que antaño
se amaron intensamente constaten que su relación se ha enfriado,
constituye un penoso desengaño. Un escritor inglés, Evelyn Vaugh, en su
novela Retorno a Brideshead, describe magistralmente ese deterioro de
una relación: «Yo había representado todas las escenas del drama
conyugal, había visto cómo las primeras rencillas se hacían cada vez
más frecuentes, cómo las lágrimas afectaban menos, cómo las
reconciliaciones eran menos dulces, hasta que todo aquello engendraba
un sentimiento de despego y de crítica indiferencia, y la creciente
convicción de que el culpable no era yo sino la amada. Percibía las
discordancias de su voz y aprendí a escucharlas con recelo; capté la
incomprensión tajante y resentida que se leía en sus ojos y el rictus
obstinado y egoísta de la comisura de sus labios. Le conocí de la misma
manera que se conoce a la mujer con la que se ha compartido la casa,
un día sí y otro también, durante tres años y medio; conocí sus hábitos
de desaliño, descubrí lo rutinario y mecánico de sus encantos, sus celos
y su egoísmo. El encantamiento había terminado y ahora la veía como a
una antipática desconocida con la que me había unido indisolublemente
en un momento de locura»3.
Al enfriamiento de los afectos, se pueden unir todo tipo de violencias.
Cuando uno presencia la quiebra de un matrimonio, quizá se pregunte:
¿Cómo es posible que dos personas que un día se quisieron tanto se
torturen ahora de ese modo? En el fondo, se odian porque se siguen
queriendo. A nivel meramente afectivo, amor y odio son el anverso y
reverso de la misma moneda. «Quienes se pelean se desean», dice el
refrán. Bien lo entendió una mujer que, arrepentida tras su divorcio,
afirmó: «Si hubiera sabido que le quería tanto, le habría querido un poco
más…».
Si un matrimonio se desmorona, conviene también preguntarse: ¿Cómo
se podría haber evitado? Es ciertamente una cuestión compleja. Ya he
señalado que el éxito del matrimonio depende de la capacidad de
comunicar y de amar de verdad. Excede mi actual propósito hacer un
análisis del amor verdadero, esa mezcla de capacidad de sacrificio
(obras de entrega facilitadas por una gran capacidad afectiva), de
libertad interior, de desprendimiento y de rectitud de intención (propios
de personas que han madurado humana y sobrenaturalmente). En
términos más generales puedo decir que, en la raíz de todo mal moral,
encontramos siempre tres posibles causas entremezcladas: mala
voluntad (no querer), ignorancia (no saber), e incapacidad (no poder). Al
revés, para amar de verdad, hacen falta tres cosas: idoneidad y gracia
de Dios (poder), buena voluntad (querer) y formación (saber).
Un matrimonio no funciona si hay una incapacidad insuperable en uno de
los cónyuges. Además de capacidad, se precisa buena voluntad y
conocimiento de los medios para aprender a amarse y a entenderse. En
la práctica, rara vez se da sólo uno de los tres elementos. Casi nunca es
blanco o negro; suele ser más bien gris, una mezcla de los tres
elementos. De todos modos, de cara a buscar soluciones ante un fracaso
matrimonial, podemos diseccionar el problema considerando los tres
elementos por separado.
Si existiese una incapacidad insuperable, ya existente en el momento en
que se contrajo matrimonio, éste será nulo. Cuando se introduce un
proceso canónico de nulidad, se investiga la posibilidad de que, cuando
se casaron, faltara un requisito esencial de cara a la validez del
contrato, por ejemplo una seria falta de libertad o de madurez psíquica
de uno de los contrayentes. Hay personas divorciadas que se muestran
reticentes a iniciar dicha investigación, incluso si ya han atentado un
nuevo matrimonio (civil). En el fondo, tienen un comprensible miedo a
revivir las antiguas heridas. Conviene, sin embargo, animarles a hacerlo.
No sólo por las posibilidades de regularizar su situación de cara a la
Iglesia, a la sociedad y a su propia conciencia, sino también porque,
ligándose a otra persona, están quebrantando la promesa más solemne
que han hecho en toda su vida. Si son honestos, querrán saber si aquel
primer vínculo fue válido o nulo.
Si el problema es de ignorancia, habría que acudir a un buen asesor
matrimonial —médico, psicólogo o sacerdote— capaz de ofrecer los
consejos y las terapias pertinentes. El deterioro de un matrimonio
siempre es paulatino. Cuanto antes se tomen medidas, mejor. Por
desgracia, la gente suele pensar que no necesita formarse en este
terreno, como si uno naciera sabiendo ya cómo se lleva bien una
relación matrimonial. Si surgen problemas, cierta soberbia —y un
respetable pudor por no airear las desavenencias matrimoniales— les
lleva a no pedir ayuda. Me ha llamado siempre la atención que, cuando
uno propone organizar un cursillo de orientación conyugal, casi nadie se
da por interesado, como si el hecho procurarse una mayor formación en
este ámbito tan importante significase reconocer que las cosas no van
bien. He visto tantas veces que un cónyuge afirma que todo va bien una
semana antes de que el otro se presente en casa con una citación del
abogado…
Lo que más difícil solución tiene es falta de (buena) voluntad. Es éste un
problema que sólo los interesados pueden remediar. Si no quieren, nada
se puede hacer. Sin embargo, lo que prometieron solemnemente el día
de su boda fue precisamente que, independientemente de los problemas
que encontrasen en el futuro, nunca tirarían la toalla; prometieron que
siempre seguirían esforzándose por solucionar sus desavenencias…
En conclusión, siempre existe una solución. Si hay incapacidad, se
puede demostrar la nulidad del matrimonio. Si el deterioro de la
convivencia se debe a un problema de ignorancia y/o de falta de
voluntad, aunque la solución sea ardua, se puede poner remedio. Si algo
se ha torcido, se puede volver a enderezar. En la práctica, son pocos los
que están dispuestos a luchar por enderezar lo que se torció. Quizá por
lo mucho que han sufrido. Hay que ser muy virtuoso para acometer esa
empresa. Hablando con personas a punto de tirar la toalla, si les hablas,
por ejemplo, del daño que causarán a sus hijos si se divorcian, te suelen
decir que éstos también sufrirán igualmente si continúa la convivencia.
Es como si se obligasen a elegir entre dos posibilidades negativas, como
si estuviesen atrapados por la fatalidad. Olvidan que, a la fatalidad,
pueden contraponer la creatividad. Olvidan, en definitiva, que siempre
existe una tercera posibilidad positiva: no darlo nunca por perdido,
luchar para arreglar las desavenencias, aprender a entenderse y a
amarse. Si en vez de pensar sólo en cómo dejar de sufrir ellos mismos,
les preocupase realmente el bienestar de sus hijos, se esforzarían más
por encontrar soluciones a sus problemas de convivencia.
5) Cónyuge abandonado
Lo más delicado del matrimonio es quizá que cada cónyuge depende
plenamente de la voluntad del otro. Uno está a la merced del otro. Si uno
decide, por ejemplo, ser infiel, el otro está vendido. Esa es precisamente
una de las razones por las que el vínculo matrimonial sea tan absoluto:
es un modo de defender a cada contrayente ante la posible futura
arbitrariedad del otro. Cada contrayente promete solemnemente que,
pase lo que pase, no abandonará al otro. Para reforzar esa promesa,
ambos saben que si, en el futuro, uno no la cumple, no se puede romper
el vínculo. Suceda lo que suceda, seguirán siendo marido y mujer
mientras vivan. Es posible que la situación se haga insostenible, hasta el
punto de que sea conveniente una separación temporal o definitiva, pero
el vínculo que les une seguirá estando vigente.
El carácter absoluto del vínculo matrimonial proporciona seguridad.
Quizá por esa razón, en lugares donde la infidelidad y el divorcio se han
disparado, surge un creciente interés hacia el matrimonio tal como lo
entiende la Iglesia. Como decía un periodista francés, «el matrimonio es
un oasis de seguridad en el desierto de los equívocos»4. Recuerdo un
programa de televisión en el que se preguntaba a unos novios por qué
deseaban casarse por la Iglesia. La novia respondió: «Mi novio ha sido
sincero y me ha contado que ya ha salido con dieciséis chicas... Yo soy,
por tanto, la número diecisiete... ¿Quién me dice que soy la definitiva?
Por eso queremos aferrarnos a algo estable... Tiene que haber algo
absoluto en nuestro matrimonio».
De todos modos, hay que reconocer que la indisolubilidad es un arma de
doble filo. Por una parte, protege ante las veleidades futuras, pero, por
otra parte, observo dos inconvenientes. En primer lugar, entre católicos
coherentes, sabiendo que el divorcio está excluido, uno de los cónyuges
podría dejar de esforzarse por combatir sus defectos; sabe que su
esposo o esposa no le va a abandonar y se aprovecha. En segundo lugar,
si a pesar de haberlo prometido solemnemente, uno de los cónyuges no
cumple su promesa de fidelidad, deja muy desprotegido al cónyuge
abandonado (más aún en nuestros días, puesto que las leyes civiles
tienden más a facilitar el divorcio que a proteger el vínculo matrimonial).
Teniendo en cuenta esa desprotección, la indisolubilidad del vínculo
puede parecer injusta. ¿Por qué seguiría obligado a la fidelidad, por
ejemplo, el cónyuge maltratado o abandonado? Ante todo, habría que
responder diciendo que eso es precisamente lo que ambos cónyuges
pactaron al casarse: que ninguno de los dos, haga lo que haga en el
futuro, podrá romper el vínculo. Entonces, si de hecho hay gente que
quebranta tales promesas, en cuyo caso el cónyuge abandonado queda
en una situación lamentable, podemos preguntarnos de nuevo si
realmente vale la pena prometer algo tan absoluto. ¿No será todo esto
un argumento a favor del divorcio? Sí y no. Se entiende que haya
moralistas que, en el caso de abandono que venimos considerando,
hayan intentado introducir la posibilidad de un segundo matrimonio.
Dicen que se trata de un caso de “muerte moral” equiparable al caso de
“muerte física”. Intentaré defender la tesis contraria.
La situación en la que queda el cónyuge abandonado es terriblemente
injusta, pero pienso que dicha injusticia no favorece sólo la tesis del
divorcio, sino también la tesis de la indisolubilidad. En efecto, ese
argumento divorcista tiene doble filo; se le puede dar la vuelta:
precisamente por la gran injusticia que padece el cónyuge abandonado,
habría que imponer legalmente la fidelidad. El divorcio siempre es un
mal que hay que evitar a toda costa poniendo toda la carne en el asador.
Casarse siempre es un riesgo, porque la libertad siempre conlleva
riesgos. Pero cuanto menos absoluto sea el vínculo contraído, mayor
será el riesgo de que el matrimonio fracase. La experiencia muestra que
hay más fracasos si, como sucede en el concubinato y en el actual
matrimonio civil, se deja una puerta abierta a una posterior ruptura del
vínculo. En cambio, en el vínculo indisoluble, si el cónyuge tentado de
quebrantar su promesa matrimonial recuerda que su infidelidad no exime
al otro del deber de fidelidad, es muy posible que se lo piense dos veces
antes de culminar su infidelidad. Si considera la gran faena que le va
hacer al otro, es muy probable que dé marcha atrás. Y si de hecho le
abandona, su conciencia no se lo perdonará jamás. Siempre me ha
impresionado la diligencia con la que el cónyuge infiel intenta que el
cónyuge abandonado encuentre pareja. ¿No será para que no le
remuerda tanto la conciencia? Y quienes hacen apología del divorcio o
promueven leyes divorcistas, ¿no será para dar carta de normalidad a
sus desatinos?
Sería ingenuo si no fuera consciente de que la fidelidad requiere a
menudo grandes sacrificios. Sé que hay situaciones muy dolorosas en
las que no basta con tener buena voluntad: se requiere, además,
heroicidad (toda persona de buena voluntad puede contar con la ayuda
de Dios para ser heroico; los cristianos contamos, además, con medios
suficientes para ser santos, lo cual es mucho más que ser heroicos).
Piénsese, por ejemplo, en la desastrosa situación en la que queda un
varón abandonado. Más aún si, como suele ser el caso, ni siquiera recibe
la custodia de sus hijos. Si alguien no es capaz de tal heroicidad, lo
comprendo, aunque no lo apruebo. He conocido a personas admirables
que han sabido ser fieles a un cónyuge impresentable o enfermo. A
veces pienso que no es una misión de poca monta el cuidar de un ser
humano durante toda una vida con el fin de evitarle mayores males. Es
una misión de altísima dignidad seguir siendo fiel a un cónyuge que, de
otro modo, terminaría sus días en una institución psiquiátrica o borracho
perdido…
La misma admiración merece el cónyuge abandonado que evita nuevas
relaciones. Recuerdo el caso de una mujer que, tras la marcha de su
marido, para no poner en peligro su fidelidad, ni siquiera acudía a bailes
al aire libre en las fiestas de su pueblo. Por lo demás, es bastante
conocida la anécdota de una mujer francesa —casada y después
abandonada por un famoso comunista—, que durante más de treinta
años siguió siendo fiel a su marido para no obstaculizar su posible
regreso. Un día, ese hombre, que a su vez había sido abandonado, pasó
cerca de la antigua casa familiar y se decidió a entrar para saludar a su
primera mujer. Le sorprendió la alegría con que ella le recibía, pero,
viendo que la mesa estaba preparada para dos personas, hizo ademán de
marcharse. «Quédate por favor a comer —le dijo ella—: llevo más de
treinta años preparando todos los días para ti un plato de más».
6) La importancia del clima social
El deber de fidelidad por parte del cónyuge abandonado no es sólo hacia
el cónyuge infiel, sino también hacia todos los demás matrimonios.
Siendo fiel en el propio matrimonio, especialmente cuando surgen
dificultades, se está apoyando a todos los demás matrimonios del
entorno. Al revés, cuando alguien tira la toalla, de algún modo está
perjudicando a todos los demás. Ya vimos que la indisolubilidad es un
arma de doble filo. Si se devalúa el compromiso, se fomenta la
infidelidad.
Basta con mirar la evolución de los últimos años. Hace unos decenios
los divorciados eran una gran excepción. Si perseveraban no era sólo
gracias a sus buenas disposiciones, sino también gracias al apoyo que
recibían de su entorno familiar y social. Hoy en día, más todavía en las
grandes ciudades, sucede lo contrario. Como contra argumento simplón,
se dice que antes había mucha hipocresía: que la gente no se divorciaba
pero que en muchas familias había discordias. La verdad es que siempre
ha habido desavenencias, incluso en las mejores familias. Pero si, ante
las dificultades, se ha dejado una puerta abierta, es muy grande la
tentación de abandonar el empeño por resolver los problemas.
En todo caso, me parece una demagogia poner el acento en los
problemas de matrimonios fieles y olvidar los terribles disgustos que se
llevan quienes deciden divorciarse. Las injurias entre esposos pueden
ocurrir en cualquier matrimonio, pero también es verdad que esas
injurias se intensifican cuando uno de los cónyuges amenaza al otro con
incoar un proceso de divorcio. Cuando se sinceran, todos los divorciados
coinciden en decir que los trámites del divorcio fueron el peor trago de
su vida. Y si son todavía más sinceros —lo he visto tantas veces—,
deploran haberse divorciado.
Cuando se debatía en España la ley del divorcio, recuerdo que una
persona de un pueblo navarro me dijo: «Si aprueban esa ley, aumentará
el número matrimoniales rotos; mira, en mi pueblo, si a un hombre
casado se le ocurriera hacer el tonto con otra mujer, no lo haría porque
sus hijos le molerían a palos; pero si sale esa ley, llegará un día en que
incluso a la gente de mi pueblo le parecerá muy normal que alguien
tenga la “valentía” de “liberarse” de su mujer o de su marido». Ha sido
profético.
¡Qué importante es fomentar un clima social que apoye el compromiso
matrimonial! Me han hablado de una película italiana (“Casomai” de
2001), en la que se pone de manifiesto que muchos fracasos
matrimoniales se originan más por culpa del entorno que por culpa de
los esposos. Dicha película narra una boda en la que el sacerdote, por
motivos pedagógicos, inicia una conversación con todos los asistentes,
invitándoles a comprometerse en apoyar la fidelidad de los
contrayentes. Uno tras otro protestan. Se levanta, por ejemplo, uno que
dice que no se puede comprometer porque es un abogado experto en
procesos de divorcio. Al final el sacerdote dice que entiende esos
alegatos, pero pide a todos los asistentes a la boda que se salgan de la
iglesia mientras los novios pronunciarán su promesa matrimonial. No es
mala pedagogía.
Más que nunca, hacen falta hoy en día modelos de fidelidad matrimonial.
Por esa razón, termino traduciendo unas declaraciones que hizo una
señora a un periódico holandés5 cinco años después de haber sido
abandonada por su marido (un tal Rob). Me impresiona la coherencia de
su testimonio:
«Ningún funcionario puede invalidar la promesa que, ante Dios, hice a mi
marido. Además, los hijos tienen derecho a un padre que siga
perteneciendo a la familia; si no, viven en continua división.
Cuando Rob quiso divorciarse, le acompañé al juzgado, porque pensé
que también en esos tiempos difíciles tenía que estar junto a él y que lo
nuestro no se podía resolver de cualquier manera. Si no lo hubiese hecho
así, la sentencia de divorcio habría sido automática. Cuando se me
preguntó si quería divorciarme, dije que no. Le dije al juez: “Si mi marido
quiere su libertad, se la doy, pero que yo no quiero divorciarme”.
Siempre he seguido esa misma pauta: él es y sigue siendo mi marido.
Eso ha contribuido a que sigamos siendo amigos, a que no nos
enfrentemos. Por ejemplo, cuando venía y se iba de paseo con los hijos,
yo le acompañaba. Los hijos necesitan sentir que sus padres están
unidos, que papá sigue siendo de la familia, aunque “algo” haya
cambiado. Eso le ha dado mucha estabilidad.
Además, me casé por la Iglesia: me casé ante Dios. Es una relación
triangular. La promesa que hice entonces a mi marido se la hice también
a Dios. Y también Dios nos prometió fidelidad. Eso ha sido mi mayor
apoyo. Yo hago mi parte y sigo siendo fiel. Desde luego, eso me hace
sufrir. Y es que si, por ejemplo, salimos juntos o participamos en una
fiesta escolar de los hijos, eres de nuevo como una familia, pero sabes
que después te volverás a separar. Eso duele mucho. En esos momentos
pedí al Señor que me ayudara a aguantar el tirón… Mira, se dice a
menudo que tanto el padre como la madre tienen derecho a sus hijos,
pero más bien son ellos nuestra responsabilidad y son ellos los que
tienen derecho a sus padres, y no del modo que a nosotros nos
convenga, sino del modo que ellos necesiten.
Gracias a Dios, nuestros hijos se sienten incluso privilegiados. Dicen:
“papá ya no vive en casa, pero ahora hemos recibido a Dios en su lugar”.
La verdad es que, durante todo este tiempo, Dios ha sido nuestra única
fortaleza. Se ha metido muy hondo en nuestras vidas. Yo y mis hijos
sabemos ahora que, pase lo que pase, lo superaremos. Fue duro al
principio. Yo sabía el tipo de vida disoluta que llevaba Rob, pero, cuando
venía a casa, yo hacía la vista gorda. A menudo me decía a mí misma:
“lo que haces por él, lo haces también por Jesús en él”. Si no llega ser
por eso, hay momentos en los que no aguantaría, como cuando,
sabiendo que viene a casa, cocino algo para él y no se queda a comer.
Nunca he hablado mal de él ante los hijos, aunque hay cosas que ellos
mismos ven, por ejemplo que vive con otra. A mis hijos les digo que
también yo cometo faltas, que no todo es culpa de Rob. También a éste
le reconocí mis fallos, en una carta larga en la que le pedí perdón. Me
costó lo suyo escribirla. Nunca me respondió pero en todo caso lo sabe.
Entretanto, Rob se ha vuelto a casar. En contrapartida, veo que se siente
cada vez más a gusto en casa. Viene a menudo por las tardes y, cuando
los niños se han acostado, se queda un rato conmigo. Vemos algo en la
televisión o charlamos con toda normalidad. Puedo ahora decirle cosas
sobre la familia y los hijos que nunca pensé que podría decirle. Y ante
ellos ha reconocido que se equivocó...».
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1. Mat. 19, 10.
2. Empleo a propósito la palabra “cónyuge”, a pesar de ser menos usual.
Evito la palabra “pareja” (del inglés “partner”) porque ésta última
contribuye quizá a la confusión que reina hoy en día. Se habla, en efecto,
de pareja para denominar cualquier tipo de uniones: novios, casados,
concubinos de todo tipo y unión entre personas del mismo sexo.
3. E. Vaugh, Retorno a Brideshead, Tusquets, Barcelona 1993, p. 18.
4. Denis Tillinac en Le Figaro Magazine de marzo 1990.
5. En Katholieke Nieuwsblad del 1 de noviembre de 1988
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Comentarios al autor: P. Michel Esparza
[Link]@[Link]
Comentarios al monitor del foro: Xavier Villalta
xvillalta@[Link]
Participación en el foro:
1) ¿Cómo argumentarías que el divorcio no es la mejor solución para las
crisis matrimoniales? ¿Qué otras soluciones propondrías a los
interesados?
2) ¿Por qué es igualmente absurdo hablar de "ex-mujer" o de "ex-marido"
que de "ex-hijo"?
3) ¿Por qué hacen tanto daño en una sociedad las leyes que facilitan el
divorcio?
4) ¿Se te ocurre alguna sugerencia para mejorar este curso de
catequesis?
El enlace para participar en el foro de esta lección es:
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