ESCLAVA DOMÉSTICA
Tomada a la Fuerza y Enamorada de su
Secuestrador
Por Julio Poder
© Julio Poder 2019.
Todos los derechos reservados.
Publicado en España por Julio Poder.
Primera Edición.
A todas las muñecas que me tejieron
1
Negro.
Negro y azul.
Es lo único que recuerdo del momento de mi captura.
Suena una alarma y un plato de comida aparece frente a
los barrotes dorados que conforman mi celda.
Demasiado temerosa para confiarme de ella, decido no
comerla.
Pero solo basta un par de días para que el hambre me
arrastre a tomarla, sin importarme que pudiera significar o
causarme.
El hambre que siento ha sido zaceada, y mi cuerpo
comienza a sentirse recompuesto después de los días
pesados que he vivido.
Muy rápido para cantar victoria.
Las náuseas se apoderan ahora de mi estómago y la bilis
se me aglomera hasta lo alto de la garganta, al minuto
siguiente el diminuto espacio en el que estoy ha sido
cubierto por una fina capa de vómito.
Rayos.
****
Me miro al espejo e inspecciono mi aspecto, debo de
estar perfecta para esta entrevista de trabajo —corrijo,
tengo que.
El sol apenas comienza a salir y mi desayuno está
hirviendo, pero no tengo tiempo para esperar a que baje su
temperatura.
Debí despertarme más temprano, ahora estoy en una
batalla contra reloj antes de quedar atascada en el tráfico. Y
una impuntualidad podría costarme el empleo.
Simplemente no puedo permitírmelo.
Dedico una rápida vista a mi entorno y decido tirar mi
desayuno a Katty, mi pequeña gata. Al menos ella lo
disfrutará más que yo.
Tomo con premura mi bolso, mi maletín y antes de darme
cuenta estoy encendiendo el motor de mi coche. Robo un
par de segundos del tiempo que dispongo y ruego a Dios
por obtener esta única oportunidad.
Nunca he sido una mujer de fe, pero un poco de ayuda
extra no vendría mal. Por alguna extraña razón la mayoría
del tiempo rezar una pequeña plegaria disminuía en gran
medida el manojo de nervios que solían atacarme.
Pero el tiempo no se detiene ni con una alabanza al
señor de los cielos.
Maldigo para mí misma y comienzo mi camino
adentrándome en la solitaria autopista.
Al menos el universo había decidido concederme esta
pequeña batalla.
O quizás solo me preparaba para lo que se venía sobre
mí.
****
Una vez llegué al lugar en el que tendría lugar la
entrevista, no pude sino quedarme boquiabierta ante la
gran arquitectura moderna que se mostraba frente a mí.
Una alta edificación cubierta por pequeños ventanales
celestes que reflejaban las nubes del cielo, y tu vista se
perdía al intentar encontrar su final.
Me encontraba anonadada ante la grandeza del edificio
—era simplemente una exquisitez arquitectónica. Llegaba a
ser incluso intimidatorio estar frente a él.
Tragué saliva instintivamente, cargándome de valor, y
me obligué a entrar.
El tacón de punta de mis tacones resonaba en el fino
suelo de granito pero parecía perderse entre el bullicio de
sonidos que albergaban el vestíbulo.
Por su decoración, parecía que estabas en la consulta de
un médico pago: sillones oscuros flanqueando una mesa de
cristal con un bonito jarrón con flores amarillas. No me
extrañaría que esos colores estuvieran pensados para que
combinaran en perfecta sintonía.
Me acerqué al mostrador donde se hallaba una joven
delgada —con una larga y lacia cabellera rubia—
posicionada detrás de un tope de mármol de la recepción,
—Buenos días, disculpe tengo una entrevista de trabajo
con el Señor Di Castro y no sé bien a donde dirigirme.
La joven se levantó sonriente y antes de darme cuenta
estaba dentro del ascensor dirigiéndome hacia la
presidencia de la compañía.
Entonces una nueva chica, con el mismo aspecto pulcro y
elegante, me recibió con absoluta naturalidad, tomando mis
datos. Tras sonreírme con amabilidad, señaló la puerta a la
que debía tocar.
Un hombre elegante y sereno, me abrió la puerta. Era
alto, como de metro noventa, y delgado, con unos grandes
ojos verdes que resultaban intimidantes cuando te
observaban. Pero por encima de todo eso, era un hombre
verdaderamente apuesto. De aquella forma que te hace
sentir atraída enigmáticamente, tenía una belleza
desconcertante, fuera de lo común. Algo en él reflejaba
peligro. Un mínimo rastro de barba cubría su mandíbula
bañada en tenues colores cobrizos, sin dejar de otorgarle
aquella elegancia tan suya.
Me sonrió y me extendió su mano, invitándome a pasar.
Le devolví una pequeña sonrisa avergonzada pensando que
me había pillado reflexionando entre su buen aspecto y mi
repentino enamoramiento.
Una vez dentro, él tomo lugar detrás de su gran
escritorio y yo me senté en una de las poltronas de cuero
frente a él. Estaba nerviosa, había ensayado este escenario
incontables veces en mi cabeza y ahora estaba allí
petrificada.
Se recostó sobre su asiento y cruzó los dedos sin dejar de
observarme.
El silencio prolongado comenzaba a hacerse incomodo
entre ambos, mientras mi mirada divagaba entre sus ojos y
el suelo, esperando que él comenzase la entrevista; hasta
que por fin habló.
—¿No me recuerdas? —preguntó él con cierta
incredibilidad en su voz, escudriñando mi mirada.
Negué con la cabeza, después de estudiar
detenidamente un par de segundos su rostro tratando de
recordar si nos conocíamos de algún lugar, lo que fue en
vano.
Era casi imposible, tomando en cuenta que vivíamos en
ciudades diferentes, teníamos ciento cincuenta y cinco
kilómetros de distancia y todo el camino laboral que había
recorrido hasta entonces habían sido mis pasantías y
trabajos informales de niñera.
Su expresión cambió repentinamente y lucía ahora
confundido; dio un rápido vistazo a mi hoja de presentación
y vaciló un tanto hasta que por fin habló.
—Discúlpame Victoria, he de haberte confundido con otra
persona —intervino él, de quien todavía no sabía su nombre
pues no se había presentado. Para mí este hombre seguía
siendo un completo extraño—. Tu rostro se me parece
mucho al de una vieja amiga.
Le tendí la mano para presentarme formalmente y dejar
atrás aquella confusión que sólo resultaba penosa para
ambos. Una parte de mí deseaba ser aquella mujer que él
esperaba.
—Victoria Bodigton, un placer —dije, reincorporándome
en mi postura. En verdad necesitaba que aquella entrevista
retomara su buen curso.
—Alessandro Di Castro, el gusto es mío —respondió
apretando mi mano—. Adelante, háblame de ti. Se ha
pautado este encuentro con el objetivo de conocerte.
Y me sonrió como nunca antes alguien lo había hecho.
No una sonrisa cualquiera, una diferente, una sonrisa oscura
pudiendo esconder infinidad de secretos.
Era un caballero cuya belleza terminaba siendo
indiscutible y era imposible no sentirse atraída por él. Me
pregunte cuantas señoritas se habrían encontrado en mi
situación y no pude evitar sonrojarme al instante.
Traté de recordar mi pequeño discurso ensayado. Me
había preparado exactamente para esta pregunta pero fue
como si nada. No había ni rastro de ello en mi memoria y
sabía que el señor Di Castro, estaba comenzando a
impacientarse.
Así que solo me permití dejar que fluyera, confiando en
obtener un buen resultado.
Y vaya que así fue.
Una semana más tarde, recibí una llamada dándome la
bienvenida a la compañía manufacturera, Reggits.
Había conseguido el puesto como directora ejecutiva.
Simplemente era asombroso. No podía creérmelo.
Trabajaba de cinco a seis días de la semana, y desde
muy temprano hasta muy tarde, con un gran peso de
responsabilidad sobre mis hombros.
Pero tenía una gran y bonita oficina en la gran torre La
Castellana, donde había tenido lugar mi entrevista, y con
una espléndida vista panorámica de la ciudad. Aparte de
todo eso el salario era muy bueno, nada comparado con el
anterior.
Simplemente disfrutaba mi trabajo, y me sentía a gusto.
A diferencia de lo mucho que otras personas pueden llegar
a odiar sus trabajos. Lo único malo de todo esto, era la
incontrolable atracción que sentía por mi jefe, sin embargo
hacia un gran esfuerzo mostrándome indiferente y
manteniendo nuestra relación laboral al límite.
—Buen día a todos —su voz resonó por lo largo del
pasillo—. Bodigton, necesito que hablemos. En mi oficina,
en cinco.
Cosa que era casi imposible.
Si tan solo esas pequeñas reuniones no sucedieran con
tanta naturalidad, quizás podría controlar mi
enamoramiento y claro estaría asustada. Pero estaba
comenzando a acostumbrarme. Por lo general se trataba de
algo que necesitaba hacerse con urgencia y él confiaba en
mí para conseguirlo.
Aquellas reuniones sucedían con mucha más constancia
de la que podría estar dispuesta a soportar.
****
Había llegado muy temprano a la oficina, me sentía muy
intranquilo y sabía muy bien por qué. No había podido
conciliar el sueño en toda la noche debido a la ola de
pensamientos que invadía mi cabeza.
Si tan solo Angélica se enterase de que estaba teniendo
dudas acerca de nuestro compromiso quedaría devastada.
Jamás podría hacerle eso.
Después de todos estos años, ella ha sido muy paciente.
Supo por años que no estaba listo para sentar cabeza, y ella
soportó todo con la frente en alto. Verdaderamente me
sentía afortunado de tenerla en mi vida.
Pero todo se complicó cuando mis ojos se encontraron
por primera vez con los de Victoria. Era increíblemente
guapa; piel pálida y tersa, labios carnosos, nariz perfecta y
unos ojos deslumbrantes. Capaces de iluminar toda la
habitación. Tenía el cabello muy largo y liso, de un castaño
más claro que oscuro. Tenía un cuerpo escultural, con unas
curvas imposibles de ocultar bajo su ropa.
En mi vida había tenido el privilegio de observar unos
ojos de ese tono entre verdoso y color miel. Pertenecían a
un viejo amor de mi adolescencia y por un segundo al verla
me sentí esperanzado de haberla conseguido de nuevo.
Pesé a que no fue así, el efecto que causó en mí fue
incluso más fuerte que cualquiera mujer que hubiese podido
conocer antes.
Sería mucho más sencillo, si tan solo no estuviera
presente en todos mis días. Era una verdadera locura.
—Quería verme —dijo, al paso en que cerraba la puerta
tras de sí.
Allí estaba, con sus mejillas suavemente sonrojadas y sus
grandes ojos color miel observándome con precisión,
mientras el aroma de su perfume se encargaba de
impregnar de una forma única toda mi oficina cuando
entraba —logrando desconcentrarme al punto en que había
olvidado para que la había citado.
—¿Qué harías tú si quieres deshacerte de uno de tus
trabajadores, pero él se niega a hacerlo? —pregunté,
deseoso de saber su respuesta.
Victoria quedó sorprendida por aquella suposición, se
detuvo un segundo a pensar y contestó.
—No creo que sea la persona adecuada para responder a
eso.
—Justo por eso te he pedido que vinieras —repliqué—.
Debes de saber qué hacer en cualquier situación, así que
deberás encargarte del caso de Erika Milton.
Su mandíbula se tensó y sus mejillas aumentaban cada
vez más su rojez. Sabía que la tomaría por sorpresa, pero
nunca pensé que le pudiese llegar a disgustar.
—Solicita el expediente a Mercedes en cuanto salgas de
aquí. Debes comenzar a familiarizarte con él cuanto antes
—concluí.
—No creo que pueda obtener los resultados que espera
—contestó cruzándose de brazos.
—Deberías tenerte más fe, Victoria —respondí, antes de
que una llamada telefónica nos interrumpiera.
Al notar que aquella llamada me tomaría un largo
tiempo, le hice una seña para que se retirase.
No quería tenerla allí perdiendo el tiempo observándome
hablar por teléfono, junto con una mirada acompañada de
furia.
****
Ahuequé mi largo cabello y lo coloqué a un lado. Cogí mi
bolso, mientras el gélido frío del aire acondicionado me
abrigaba. Eché un rápido vistazo a mi entorno, apagué la
pantalla de mi computador y salí de mi oficina con paso
firme y sonoro.
Eran casi las diez de la noche, y solo podía pensar en las
horas de sueño que necesitaría reponer el fin de semana.
Hacía cinco horas debía haber estado en mi pequeño
departamento, y en ese mismo instante hubiera estado
disfrutando mi merecido descanso.
Pero debí quedarme reuniendo información sobre una
infernal trabajadora que no tenía intenciones de negociar su
despido —un divertido plan de viernes por la noche.
Al llegar al ascensor, eché un vistazo hacia atrás y
agradecí que mi oficina estuviera en el pasillo principal. Si
no, necesitaría un mapa para poder salir todos los días de
aquel laberinto de puertas y corredores.
Justo cuando llegué al vestíbulo, tuve que hacer memoria
para recordar que el despacho de Alessandro había quedado
iluminado —debió haber olvidado bajar el interruptor.
Me encaminé hacia allá.
Cuando el ascensor abrió de nuevo sus puertas en el
penúltimo piso, para mi sorpresa me encontré frente a él.
—¿Has olvidado algo? —preguntó mirándome a los ojos,
con ambas manos metidas en sus bolsillos.
Fruncí los labios y le miré desafiante. Sabía que mis ojos
podían actuar como un huracán devastador, y que eso
ocurría la mayoría de las veces. Por su culpa había tenido
que trabajar no sé cuántas horas fuera de mi jornada.
—He vuelto para apagar la luz de su despacho. No sabía
que estaba aquí.
—Bueno, ya ves, estoy aquí y la luz ha sido apagada. En
ese caso, ya es hora de irnos —respondió con una sonrisa
complacida en su rostro—. ¿Por qué no vamos a cenar esta
noche? has trabajado como una loca, te lo mereces.
Se introdujo dentro del ascensor dándome la espalda, y
unos segundos después las puertas ya estaban cerradas y
nuestro descenso en marcha.
Alessandro era el sueño de toda mujer, claro que sí
incluso de los míos y él parecía saberlo.
Un hombre apuesto, sencillo, exitoso pero todo un
mujeriego como era de esperarse. No había tardado en
conocer la fama que se gastaba en toda la compañía, pero
la sola visión de sus hombros ya incitaba a fantasear.
—En realidad, ya es tarde. Debería irme a casa —susurré,
mordiendo mi labio inferior.
—A veces lo que debemos hacer, no se acerca a lo que
queremos hacer. Y entonces hay que decidir. ¿Qué decides
tú, Victoria?
Él me miró por encima de su hombro y me sonrió de una
forma tan sensual que por un momento me quedé
embobada mirando su boca. Reaccioné enseguida poniendo
cara de asco para disimular pero él lo notó, haciendo su
sonrisa más amplia.
Estaba en aprietos.
****
—Que tenga un buen fin de semana —masculló ella, con
aquellos labios carnosos enrojecidos.
Salió a toda prisa del ascensor, contoneando sus caderas
en su caminata.
Estaba comenzando a divertirme.
Victoria estaba siendo un hueso duro de roer.
Ella lo deseaba tanto como yo, pero estaba demasiado
asustada como para intentarlo. Así que tendría que
esforzarme aún más, ni modo.
Un rato después, me encontraba delante de las largas y
morenas piernas de Angélica apoyadas en el taburete de mi
cocina, recibiéndome una vez crucé la entrada de mi casa.
Ella me lanzó una mirada burlona de lo más significativa.
Minutos antes habíamos estado discutiendo sobre las
probabilidades que tenía de encontrarse embarazada —
disfrutaba barajear con mi futuro.
Solo existían dos opciones: la primera era que podía ser
que apareciera por casualidad o, al menos, eso me haría
creer; la segunda, que se presentara en mi casa de
improvisto con una vestimenta demasiado ceñida a su
figura y dispuesta a cualquier cosa para conseguir algo.
Exactamente qué, no lo sé. Yo no esperaba ninguna de las
dos y comenzaba a decantarme por la segunda opción.
Pero ahí estaba ella, dejando que sus caderas se
dibujaran provocativas bajo una corta falda azul,
observando expectante mi reacción, que no fue otra que
mirarla de arriba abajo.
Tengo que admitir que su cuerpo era increíble, y que
aquellas piernas no eran aptas para menores de edad, pero
sabía que todas esas sensaciones un tanto libidinosas se
desvanecerían en el momento en que abriese la boca.
Me deshice de mi corbata mientras Angélica me
observaba de soslayo. Se acercó a mí lentamente y
comenzó a desabotonar los botones de mi camisa,
juguetona, tenía un claro objetivo.
Su sonrisa burlona me molestó bastante. Pero aquello
quedó atrás en el momento en el que comenzó a plantar
suaves y húmedos besos en mi cuello.
Se aferró con más fuerza a mí y no pude evitar apretarla
entre mis brazos, ansioso. Angélica sabía cómo
descontrolarme con facilidad y supo provocar esa situación
para no dejarme escapar.
Recorrimos enganchados cada rincón de la sala hasta
que llegamos al comedor. Ella conocía bien el lugar y sabía
por dónde guiarme; afortunadamente tuve tiempo de ver
que sus intenciones eran subir a mi habitación y pude
impedirlo.
La senté sobre la mesa y desabroché mi pantalón sin
dejar de besarla. Acaricié sus muslos mientras su
respiración desbocada recorría mi cuello. Ella clavaba
suavemente sus uñas en mi espalda, atrayéndome aún más
hasta ella. Mis besos se alejaron de sus labios, los deslicé
por su cuello, por su clavícula… y por su vientre antes de
volver a subir; sabía que aquello la volvería loca.
Efectivamente, soltó un ligero gemido, y yo sonreí
levemente escondiéndome tras su ondulado cabello negro.
De repente, el timbre de mi móvil comenzó a sonar en el
bolsillo de mi saco. Me detuve e intenté alejarme de
Angélica para cogerlo, pero ella tiró de mí con furia.
—No es el mejor momento, Alessandro —masculló,
intentando retenerme con las piernas.
Suspiré, y tras zafarme miré la pantalla del móvil para
devolver la llamada a mi hermana menor, con quien nunca
me había llevado bien.
—¡Que maldita costumbre! —escuché el grito de
Angélica, mientras esperaba que Elena contestase.
—A ver si te enteras, Angélica. No eres nadie para
controlarme —respondí entre dientes, marcando distancia
entre nuestros cuerpos.
Me miró encolerizada.
—Eres todo un cabrón —masculló alejándose de mí,
añadiendo algo que no pude oír bien.
Restregué mis manos contra mi rostro con frustración. No
me importaba que se enfadara; segundos antes, parecía
todo lo contrario —sabía que se le terminaría pasando,
como siempre. Pero aquella despedida dramática significaba
que pasaría la noche en mi cama y yo tendría que dormir en
el sofá.
—Alessandro —escuché el saludo familiar de mi hermana
—. Supuse que estabas ocupado.
—¿Qué has conseguido? —pregunté inquisitivamente.
Mi buen humor había desaparecido tiempo atrás.
—Aun nada, es muy pronto —contestó con indiferencia.
—Si has llamado es porque algo has descubierto, te
conozco —estaba impaciente. Definitivamente Angélica
había logrado desconcentrarme—. Habla, Elena.
La escuché reír, mientras su alma se llenaba de gozo. Le
divertía que la necesitase, y sabía que la paciencia no era
una de mis virtudes.
—No fue tan sencillo, hermanito —dijo ella—. ¿Por qué
ésta chica es tan especial? Aún no logro entender.
—Créeme que ni yo mismo he podido.
—Bien. Veámonos y te daré lo que quieres —podía
visualizarla sonriendo maliciosamente—. Por alguna vez en
tu vida podrías querer ver a tu familia desinteresadamente.
—En algo estamos de acuerdo. Mañana al medio día, en
el café frente a la compañía —dije secamente—. ¿Necesitas
que te busque?
—Me las arreglaré yo sola. Adiós —colgó el teléfono de
inmediato, sin siquiera dejarme despedir.
Pasé el resto de la noche recordando las dulces
expresiones de Victoria. Pero, ¿por qué? ¿Por qué ella? ¿Se
debía a su increíble parecido con mi pasado? No sabía que
es lo que esperaba conseguir de aquella mujer que parecía
una monja de tan inocente que se veía. O quizás solo era
pura apariencia. No, definitivamente a mí me gustaban las
más osadas y atrevidas.
—¡Estoy loco! —pensé en voz alta—. ¿Por qué no me la
puedo sacar de la cabeza?
Una mujer que no era más que otra trabajadora de la
compañía, y no sabía nada de ella. Ni siquiera si era soltera
o estaba comprometida, al igual que yo… pero muy dentro
de mí rogaba que no fuera así.
Debatiéndome entre Angélica y Victoria, concilié el sueño
sin darme cuenta para pasar la noche entera soñando con la
última de ellas y despertarme entonces con un hambre
voraz de su cuerpo.
****
Suspiré y reacomodé unos cuantos cabellos rebeldes que
escapaban de mi coleta, cada pequeño músculo de mi
cuerpo se encontraba tenso, cuando observé que el señor
Di Castro me miraba sonriente, bajándose de su lujoso
coche.
—Deja de retocarte, deberías saber que estás estupenda
—me dijo, al paso en que abría la puerta de cristal para
ambos.
Por un segundo olvidé todo y me relajé al escuchar su
voz. Le miré resoplando. Aquellos cumplidos no me los podía
hacer una persona con sus características. Terminaría
enamorándome de él.
Pesé a conocer el peligro que corría, no podría detener
mis sentimientos por mucho tiempo.
Se marchó cuando mi móvil comenzó a sonar. Abrí mi
bolso aprisa y encontré el nombre de mi madre
parpadeando en el centro de la pantalla. Descolgué
acelerada.
Desde hacía dos noches mi padre se encontraba en
estado crítico de salud y había sido internado en la UCI con
pocas probabilidades de sobrevivir, así que cualquier
pequeña llamada me encrespaba.
—Solo te llamaba para desearte un buen día querida… —
concluyó así mi madre, esforzándose por tranquilizarme.
Pero era demasiado tarde, aun podía sentir el corazón
latiendo fuertemente contra mi pecho.
—Pero ya sabes lo delicado que se encuentra tu padre, a
él le gustaría que estuvieras aquí —comentó mi madre.
—Mamá… sabes bien que este trabajo es muy
importante y no puedo permitirme perderlo. Espero que tú y
papá logren entender.
Decidí enfocarme en mis actividades diarias, tratando de
combatir el sentimiento de culpabilidad que comenzaba a
asfixiarme. Pero que al mismo tiempo me impulsaba a
trabajar con muchísima más adrenalina.
En poco tiempo había culminado de estudiar el caso de la
empleada complicada y había planteado mi estrategia a
utilizar; solo necesitaba el visto bueno del señor Di Castro
para culminar.
****
La mañana transcurría interminablemente para mí, hasta
que escuché su voz saludar a mi secretaria y me sentí
repentinamente impaciente.
¿Qué diablos estaba pasando conmigo? Ella no era una
de las chicas a las que estaba acostumbrado. Pero, ¿y
entonces?
—Señor Di Castro —dijo ella antes de entrar.
La puerta estaba abierta así que no tuvo que tocar.
Me volteé con aparente sorpresa, por muy falsa que
fuera al ya saber que vendría. Al verla deseé salir corriendo
de mi propia oficina. Estaba muy pero muy atractiva, con
una corta y ceñida falda gris plomo y su cabello recogido en
una alta cola de caballo.
—Definitivamente te estás buscando problemas chica —
pensé en voz alta sin darme cuenta.
—¿Perdón? —preguntó ella.
Negué con la cabeza instintivamente y no pude evitar
soltar una risilla —casi había sido pillado. La invité a entrar
con un gesto despreocupado y ella dio un par de pasos al
frente.
—El informe sobre el caso de la trabajadora está listo,
solo espera por usted para su aprobación —dijo como toda
una profesional.
—Bien —respondí ausente. Mi vista se encontraba
viajando por sus piernas y me era imposible concentrarme
—. Déjaselo a Merci junto con el expediente y en cuanto
tenga tiempo lo leeré.
****
Tomé asiento en la cafetería con un café entre las manos,
esperando que sirviera para relajarme. Angélica había
estado jodiéndome las tres primeras horas y mucho me
temía que insistiría en las tres próximas.
Necesitaba que Elena fuese puntual por una vez en su
vida para acabar con esto de una buena vez.
De repente comenzaba a sentir la imperiosa necesidad
de contarle a alguien lo que me estaba sucediendo
inusualmente con aquella mujer.
Restregué mi cara contra mis manos, con una jaqueca
que amenazaba con explotar mi cerebro. Al levantar de
nuevo la vista, con lo único que me encontré fue con
Victoria, atravesando aquella puerta de cristal.
—¡Alessandro! —la voz de mi hermana resonó en todo el
salón. No me dio tiempo ni a reaccionar cuando ya la tenía
presionando mi cuerpo con fuerza. Comenzó a gritar mi
nombre y a dar saltos. Varias personas nos miraban
sorprendidas, pero no era de extrañar, pues parecía una
histérica sin pudor alguno.
Entonces Victoria volteó para presenciar aquel teatro,
como otra espectadora más, y me sonrió amablemente
cuando nuestros ojos se encontraron.
—¿Cómo estás? —preguntó mi hermana, separándose un
poco de mí para verme a los ojos.
—Algo confundido —me escuché decir, sin poder detener
mis palabras.
—Mi hermanito, ¿confundido? ¡NO! ¡Imposible! —se reía
irónicamente y se acercaba a mí con modales maternos.
—Me gusta verte por fin —casi sonó a excusa, pero
sonreí, en verdad estaba feliz de verla.
—¡Alessandro! —volvió a gritar aferrándose a mi cuello.
—¡Elena! —la abracé, y volví a oler aquel aroma fresco a
limón y jazmín—. Joder, la espera se me ha hecho eterna.
¿Tú sabes lo que me has hecho pasar?
—No hace falta que me lo jures. No veía la hora de verte,
solo han sido un par de minutos, no te quejes.
Percibí un extraño cambio de apariencia en ella. Tenía el
cabello igual de largo, pero lo llevaba de una manera mucho
más despreocupado a lo que estaba acostumbrado, con
unas suaves mechas casi blancas sobre su rubia melena. Lo
que hacía que el azul de sus ojos fuera más intenso.
—¿Qué te has hecho en el pelo? —pregunté tras
examinarla.
Ella rio inclinando la cabeza hacia atrás.
—¿No te gusta?
—No es mi estilo, pero a ti te queda genial —le dije con
aprecio. No podía dejar de observarla después de tanto
tiempo, parecía una mujer completamente distinta.
Vestía de una forma más urbana, aunque resultaba
sensual y muy femenina. Se le notaba una personalidad
fuerte y resolutiva, con seguridad en sí misma… sin duda
una anomalía de su personalidad. Su tono de voz, tan
cálido, parecido al de nuestra madre, siempre me
tranquilizaba.
—Entonces, por primera vez en la historia, me has dicho
que te sientes confundido —dijo al paso que tomaba lugar
frente a mí, y se deshacía de su abrigo.
Examiné por un momento mi alrededor —no había ni
rastro de Victoria. Se había ido.
—Déjame decir que estoy sorprendida, siempre has sido
un hombre que parece tener muy claro a dónde quiere ir.
—Y lo soy Elena, pero te juro que esto me tiene tan
desconcertado como a ti. Ha visto toda la escena que has
montado.
—¿Y qué? La vi marcharse casi de inmediato con un
mochaccino espresso.
Acto seguido, Elena sacó de su mochila una pequeña
carpeta roja con todo tipo de datos de Victoria —desde su
formación académica, registros de salud de toda su vida, su
dirección y fotos del pequeño departamento en el que vivía
junto con su gata. Datos de sus padres —provenía de una
pequeña familia y desde muy temprana edad se había
independizado de ellos. Incluso fotografías de su
adolescencia, riendo y divirtiéndose con amigas.
Escuchaba y observaba pacientemente todos los datos
importantes que Elena consideró debía explicarme, pero
para mí era demasiado tarde. No era suficiente.
Deseaba saber más. Deseaba conocer toda su historia.
Todos los vacíos que Elena había conseguido necesitaba
rellenarlos.
—¡Hey! ¡Te estoy hablando! ¿Qué sucede? —preguntó
molesta, al ver que mi atención divagaba.
Elena estudió mis ojos, y suspiró. Sospechaba de mi
admiración, o algo más que eso, por aquella muchacha
tímida de ojos color miel.
—Nada, en realidad tengo que irme. Debo de ir a ver a
Angélica —dije levantándome.
—¿Angélica? ¿Aún sigues saliendo con esa lunática? —
Elena no podía creer lo que ella misma se preguntaba.
—En realidad estamos comprometidos…
—Esta vez en verdad comenzaré a dudar de tu cordura,
Alessandro. No sé entonces para que me has pedido este
favor —estaba ardiendo de ira. Si algo en verdad sacaba de
sus casillas a mi hermana era sentirse usada—. Será mejor
que organices tus propios asuntos antes de llamarme de
nuevo.
Pero era muy tarde para responderle, ya había puesto en
marcha mi salida.
2
Era más de la una de la madrugada. Todos dormían,
ajenos a que yo recorría mi habitación de lado a lado,
ansioso por la llegada de Angélica.
Tuve que esperar toda la maldita noche a que su maldito
vuelo aterrizara, pero eso no me preocupaba. Por lo que sí
estaba preocupado era por la tardanza. No estaba seguro de
que hubiera leído el mensaje y ya no podía comunicarme
con ella hasta que aterrizase.
Necesitaba hablar con ella esa misma noche o nunca lo
haría.
Por fin tenía claro lo que debía hacer.
Entonces escuché unos pasos. Me dirigí aprisa hasta la
puerta de mi terraza y le vi abriendo la puerta. Baje deprisa,
y ella me cogió de la camisa empujándome dentro. Me besó
entre empujón y empujón mientras cerraba la puerta.
La aparté y la contemplé titubeante. Tenía una sola cosa
para decir y no estaba seguro de que ella pudiera
entenderlo.
—Quiero terminar —solté a bocajarro.
Su rostro se heló, palideció de golpe mientras me
observaba tragando saliva. Sabía que había sido brusco,
pero buscaba esa reacción en ella para cerciorarme de que
estaba metido hasta el cuello. Y desde luego, así era.
—¿Qué es lo que acabas de decir? —preguntó echándose
con una mano el cabello para atrás.
Asentí y le cogí la mano.
—Necesito que me entregues la llave.
Todo lo que pasó después no fue sino un torbellino de
arrebatos, puñetazos y destrozos en mi casa. Sabía que algo
así pasaría. Y conociendo tan bien a Angélica como lo hacía,
sabía que era señal de que había captado muy bien el
mensaje. Simplemente tuve que sentarme y ser
considerablemente paciente para no asesinarla —en cuanto
se le pasase podríamos continuar.
Dos horas después, los gritos cesaron y en su lugar
apareció entonces un pequeño sollozo. Le seguí el rastro
hasta la terraza y allí estaba Angélica, con todo su
maquillaje corrido, sentada en el suelo como una pequeña
niña.
La vi desde el cristal; cabizbaja y pensativa. Por un
instante, no parecía la chica pedante y engreída. Más bien
se veía perdida y afligida.
Había dos razones por las que me había comportado de
aquel modo. La primera era que estaba harto de estar allí; y
la segunda, no tenía fuerzas para pelear con ella.
—¿Estás bien? —pregunté. Era la primera vez que me
preocupaba por ella.
Se sobresaltó al escucharme y enseguida eliminó las
lágrimas de su rostro.
—Como si a ti te importara —susurró.
—Vaya, por una vez intento ser amable… —Me acerqué
hasta ella—. Vamos, estarás bien. No es el fin del mundo,
eres Angélica Monterrano.
—¿Hay alguien más? —me preguntó con recelo.
Nunca antes me había preguntado algo siquiera
parecido, aunque sabía que en un par de ocasiones había
despertado con otra en la cama.
Así que simplemente asentí. Lo menos que podía darle al
final era sinceridad.
Me miró entre enfadada y desilusionada.
—¿Esa es tu forma de ser amable? —respiró
profundamente y se colocó frente a mí—. Apuesto que esa
zorra fue más que amable contigo.
—Basta, Angélica. Déjame tranquilo de una vez. Ya me
he cansado de este juego inútil y sin fundamento. Y sé que
a ti también te aburre. Solo era cuestión de tiempo que
terminásemos esto, mejor hacerlo de una buena vez —
rematé con un tono seco y bajo, pero cargado de decisión.
Se puso de pie y me dio una buena cachetada,
dejándome descolocado. Pero era algo tan típico de ella que
no debió sorprenderme.
Acto seguido tomó su maleta y salió por la gran puerta
de madera, cerrándola de un portazo.
Pero ya estaba.
Después de todo, se había zanjado lo que yo había
intentado cerrar desde hacía tanto tiempo. No me gustó que
fuera esa última charla la que tuviera ese aroma a final.
Tuve buenas intenciones, había intentado ser amable, pero
todo había acabado.
Ahora, por fin, nada se interpondría entre Victoria y yo.
****
Nunca me había disgustado ir a trabajar —eso pasa
cuando eres bueno en lo que haces —pero aquel día se me
hizo más difícil que nunca.
El insomnio me carcomía junto a los recuerdos del dulce
rostro de Victoria convirtiéndose en una tortura perpetua.
Estaba decidido a esquivarla. En la oficina me
mantendría distante, ni siquiera la miraría —al menos hasta
que planease como acercarme a él.
Lo peor de todo es que esa distancia se reduciría a nada
en cuanto llegara la hora de la verdad. Tenía que cumplir
con una presentación suya, así que durante media hora
estaría sentado a mi lado.
Y todo se iría al caño.
Negué con la cabeza, intentando disipar mis
pensamientos. No quería que Victoria estuviera en ellos, no
quería que se adueñase a ellos.
Solo deseaba que desapareciera esa ardiente quemazón
que me producía. No quería que una desconocida me
enloqueciera pero, hasta ese momento, lo estaba logrando.
Victoria rondaba una y otra vez a mi cabeza como una
interminable condena.
****
Trotaba cuesta arriba por una calle poco transitada, pero
habitada. Las luces de las casas aún estaban apagadas,
pero era lógico, ¿quién iba a estar despierto a las cuatro de
la mañana un lunes? Solo una loca como yo que necesitaba
estirar sus músculos antes de que comenzara el día.
Pasé junto a una señora de edad que recogía el periódico
diario. Le sonreí, y ella gesticuló algo que no fui capaz de
oír. Tal vez porque llevaba los auriculares puestos, o quizá
fuera un poco sorda, pero el caso es que no me había dado
cuenta que hacía tres manzanas había dejado el vecindario
atrás.
Detuve el paso y miré a mí alrededor algo desesperada,
pues no reconocía el lugar.
Me encogí de hombros y decidí dar la vuelta justo en el
momento en que se oyó el sonido de una puerta cerrarse
desde fuera.
Justo antes de que pudiese darme cuenta, sentí a alguien
encima de mí.
—¿Qué? ¡No! —grité, al paso en que comencé a lanzar
patadas.
Rogaba que alguien me escuchase, que alguien me
ayudara.
Entonces una mano me tomaba la boca por detrás
impidiéndome seguir gritando, con un pañuelo que llevaba
un fuerte olor, como alcohol o algo parecido.
Mientras más intentaba gritar, más aspiraba ese olor o
perfume tan particular. Después de eso, no volví a ver la
calle, o la luz.
Todo se volvió negro.
****
Me abalancé a por Victoria, la cogí del brazo, y le tapé la
boca con un pañuelo impregnado de cloroformo. El temblor
de su cuerpo me hizo ver lo asustada que estaba.
Pero ella no debía temerme…
—Lo siento preciosa, pero no puedo arriesgarme a que
alguien te oiga gritar —le dije mientras la llevaba dentro de
mi maletero.
Observé alrededor para asegurarme de que nadie nos
hubiese visto y así fue. Apenas y se escuchaba a lo lejos los
maullidos de un viejo gato.
Le até las manos y las piernas con una cuerda, sintiendo
un conflicto interno. No deseaba que le quedaran marcas,
pero no podía dejar abierta la posibilidad de que escapase.
Respiré y seguí asegurando el amarre de ambos nudos.
Era tan pequeña que mi maletero lucía gigante para su
pequeño cuerpo, tan hermosa en su profundo sueño.
Definitivamente tomé la mejor decisión al hacer yo mismo
este trabajo —no podría dejar esto en manos descuidadas o
que otro viese su belleza. No, es mía.
Le coloqué el abrigo y me la eché al hombro para llevarla
dentro. Por poco que quiera, debemos estar un tiempo
separados. Al menos hasta que pueda entender, así que la
llevo a una jaula de mi sótano donde tiempo atrás tenía mi
amado jaguar.
Tendría que rediseñarla un poco, ambientarla para su
comodidad, pero por lo pronto tendría lo necesario.
Instalé una pequeña cámara que me permitiese ver sus
movimientos desde mi habitación y esperé pacientemente
hasta que despertó. No se sentía bien, podía notar que los
efectos del cloroformo aún no habían cesado.
Tenía náuseas y estaba cansada, y sus ojos se negaban a
abrirse, hasta que por fin lo encontró. Enfocó la vista a su
alrededor y observó la habitación en la que se encontraba.
Se sobresaltó.
Hace un intento por ponerse de pie, pero sus manos y
pies ceden.
Y comienza a gritar, tiene miedo.
Tiene miedo de mí… pero ella no debería temerme,
después de todo, pasaremos toda nuestra vida juntos.
Te estás portando mal Victoria…
Pasarás dos días sin comida como castigo.
****
Al despertar me sentí desorientada. Estaba acostada y
encerrada en una especie de jaula que me hacía sentir
como un ave encarcelada. Logré sentarme sobre el suelo de
cemento que me encontraba.
Tenía enrojecido el borde de mis muñecas y tobillos. Y
ardían, el pánico me inundó. Mi corazón latía muy rápido.
Tenía tanto miedo, no entendía nada.
Grité y grité hasta que mi garganta se secó y me dolía
tragar mi propia saliva. Intenté levantarme por segunda vez,
pero se me hizo imposible.
Paseé mi mirada sobre el lugar intentando encontrar algo
que me revelase dónde carajos me encontraba, pero solo
alcancé a distinguir una mesa cerca de donde estaba, y una
manta doblada a unos cuantos metros. El resto estaba
demasiado oscuro —estaba sola con mis ruidosos
pensamientos.
Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, ni siquiera
sabía que podía sentir tanto terror. Me sentía desesperada y
el pánico comenzaba a apoderarse rápidamente de mis
sentidos y mi cuerpo.
Fuerzo a mi mente tratando de recordar cómo había
llegado a este lugar, pero solo conseguí un buen dolor de
cabeza. Mi cuerpo y mi mente se sentían agotados. No sabía
que estaba pasando y solo deseaba poder conseguir salir de
allí.
Al minuto siguiente caí en un profundo sueño, lleno de
pesadillas terroríficas y atemorizantes. A pesar de que el
miedo de no volver a despertar nunca era mayor.
Mis miedos comenzaban a exteriorizarse y no podía
despertar de mis propios sueños. Estaba atrapada, incluso
en ellos.
****
—Deberías intentar comer otra vez —dijo una voz
masculina.
Traté de seguir el rastro del sonido, desesperada por
encontrar el origen de la voz, pero no logré hallarlo. Si
miraba al techo el resplandor de la luz me cegaba y más
allá de la celda solo existía oscuridad.
No sabría distinguir cuantos días hace que estoy en este
lugar. Aquí siempre es oscuridad, no hay ventanas, ni rayos
de sol que puedan filtrarse. Así que podrían haber pasado
semanas.
Controlo mi respiración y cierro los ojos. Necesito pensar
con la mente fría y sin alterarme.
—No te haré daño —volvió a hablar.
Necesito encontrar el coche parlante y la cámara, porque
estaba claro que estaba siendo observada.
No sabía dónde estaba… ni cuánto tiempo habría pasado
desde que estaba aquí, pero la última vez que lo había
intentado acabé vomitando todos mis jugos gástricos. Si
planeaban envenenarme, prefería morir de hambre.
El poco autocontrol que me quedaba lo perdí, y comencé
a llorar exasperada.
No podía parar de llorar, estaba secuestrada. Estaba
encerrada, en un sitio del asco, y ni siquiera sabía dónde se
situaba, ni en qué ciudad, podría estar incluso en otro país y
no saberlo.
—¡Joder, necesitas comer algo! —dijo la voz nuevamente.
Sonaba extraña, casi computarizada.
Esta gente no quería que se supiese su identidad.
—Así solo estás consiguiendo hacerte daño a ti misma. A
tu izquierda hay un grifo del que sale agua filtrada. Tú verás
si la bebes o no, me voy.
Agudicé el oído por si lograba escuchar algo.
Pasos, sentía pasos encima de mí. Pasos alejarse… Eso
significaba que estaba bajo tierra —un sótano, pensé.
Alcé la vista y observé las esquinas de la habitación, allí
estaba la cámara.
Pero, aun así, no había nada que hacer. No alcanzaba a
ser esperanzador encontrar una cámara oculta.
Decidí abrir el grifo señalado, y olfateé el agua para
comprobar que no llevase nada extraño. Me lavé el rostro y
después de eso bebí. Se sentía como el cielo recibir agua
después de tanto tiempo. No supe como no lo vi antes.
¿Entonces eso significaba que podría comer? ¿La comida
estaría bien? Aún tenía mucha desconfianza para probar de
nuevo. No me arriesgaría —un paso a la vez.
Una fina capa de mi vomito aún se encontraba a escasos
metros de mí, como recordatorio constante de lo que la
comida de ese lugar podía hacerme.
No había mucho que hacer. Pasaba el día entero sentada
en el suelo, pensando en mi padre, preguntándome si mi
madre estaría preocupada, si ya estaría despedida de mi
trabajo, quien y por qué me tenía secuestrada.
Debía de ser un error, en definitiva.
Miles de preguntas en mi cabeza, y todas sin respuesta;
hasta que en algún punto entre lágrimas y sollozos me
quedaba dormida nuevamente.
****
Observaba la iluminación del jardín de la mansión Di
Castro, desde el balcón de mi habitación, y entonces una
fuerte ráfaga de viento me obligó a introducir las manos en
los bolsillos de mi pantalón.
Me había escabullido para aclarar mis pensamientos,
pero en realidad era lo último que estaba logrando. Estaba
confundido, totalmente perdido.
No dejaba de pensar en Victoria, y mi imperante
necesidad de tenerla cerca.
No podía tenerla cerca, no de esta manera, pero odiaba
pensar que estuviera lejos.
Ahora que estaba en casa, lo último que quería era verla,
pero sabía que tendría que hacerlo tarde o temprano y eso
me abrumaba.
Más que nada, deseaba que ella deseara estar conmigo.
Tragué saliva; no quería hablar con ella, pero rabiaba por
escuchar su voz.
Me introduje a mi habitación nuevamente y me desplomé
en la cama sabiendo que la oscuridad de mi habitación me
consumiría. El silencio de la madrugada lo invadió todo y
dejó vía libre a mis pensamientos.
Su nombre retumbaba en mi cabeza como si alguien me
lo estuviera susurrando al oído una y otra vez. Cerré los
ojos, desesperado, pero entonces vi su imagen. Parecía
dibujarse entre la bruma.
Tan delicada y atractiva. Tan pálida y sensual. Deseé
tenerla delante de mí. No dejaría que hablara, únicamente
le pediría que me dejara observarla hasta que me venciera
el sueño. Y cuando despertara…
¡¿Pero qué estoy pensando?! ¿Eres estúpido o qué? Es
una locura. No puedes seguirla teniendo allí abajo como tu
prisionera, me reproché.
No podía permitirme caer, no con ella. No podía…
enamorarme.
Suspiré vencido por el sueño. Me quedaba poco tiempo
de conciencia. Pronto mi mente sería la dueña de todo mí
ser y ahí no tendría nada que hacer.
Así que me dejé llevar, convencido de que Victoria sería
la protagonista de mis sueños.
****
Me desperté luego de escuchar el ruido de la puerta
abriéndose. Y vi una figura acercarse hacia mí, caminé hacia
atrás instintivamente, pegando mi espalda contra los fríos
barrotes, tratando de huir de ella.
Se detuvo frente a mí, aun oculto entre las sombras,
luciendo como un fantasma, frío y sombrío.
Dio un paso hacia mí y sentí escalofríos cuando por fin lo
vi.
No podía creer de quien se trataba. Tenía que ser un
error, una pesadilla, una mala jugada de mi subconsciente.
—Despertaste… bonita —me dijo él. Haciendo mucho
más real la sensación.
Llevaba una camisa negra arremangada hasta los codos
y unos jeans desgastados. Su cabello lucía despeinado, y un
rastro de barba comenzaba a poblar su quijada.
Permaneció mirándome con su mirada fría y penetrante,
mientras yo seguía petrificada de miedo. Atónita.
No podía creer que se tratase de Alessandro Di Castro. Mi
jefe…
Mi amor por él debería haberse evaporado en cuanto me
di cuenta de ello. Sin embargo, no era así.
De repente se acercó más a los barrotes e intentó
acariciarme introduciendo su mano sigilosamente. Cada
pequeño músculo de mi cuerpo se encontraba helado y en
respuesta estaba temblando.
—Acércate Victoria… por favor —me dijo—. No te haré
daño.
—No —respondí en un sollozo ahogado, negando con mi
cabeza.
Me alejé bruscamente de él, causando que se enfureciera
y golpeara con una increíble fuerza la celda.
—¿Me escuchaste pedírtelo? —preguntó entre dientes—.
Es una orden.
Me percaté de que llevaba un cuchillo en su mano
derecha, imprimiéndole más fuerza de la necesaria para su
agarre.
Tragué saliva y me aproximé hacia él sobre mis rodillas.
Acto seguido se sentó en cuclillas, de forma que
quedamos casi a la misma altura. No sabía qué pasaría
ahora. ¿Me mataría? Es un asesino, me dije a mí misma.
Seguidamente me acarició la mejilla con el dorso de su
mano, y plantó un suave y cálido beso en ella.
Nunca antes me había sentido tan asqueada en mi vida.
Sin pensarlo le mordí la mano en un arrebato, haciéndolo
gritar de dolor.
Tiró con toda su fuerza de su brazo para sacarlo de la
celda, llevándose con él mi cara y estampándola contra los
duros barrotes de la misma. Lo solté.
—Eso no fue nada agradable, Victoria —dijo mientras
examinaba las marcas de mis dientes en su mano—. Debe
comenzar tu entrenamiento.
Después de eso se marchó con el cuchillo aún en su
mano.
Traté de romper los barrotes de hierro, o escapar a través
de ellos pero fue absurdo.
¿Cómo yo, una frágil mujer, iba a poder salir de todo este
enrollo? Es imposible, me respondí con lágrimas en los ojos.
No se trataba de un error el ser secuestrada —se trataba de
un lunático.
Yo le quería, pero no quise aceptarlo.
No está bien sentirse atraída por tu jefe. Existe una
relación laboral y moralmente está mal, no es correcto. Pero
él, él se sentía de la misma manera.
Al comienzo pensé que quizás solo me estaba
imaginando cosas, y después solo quise que insistiese para
estar segura —gran error.
****
Sentía mis ojos pesados. Probablemente se encontraban
hinchados y rojos, producto de pasar todo el día llorando.
Los refregué con fuerza provocando que me picaran y
escocieran.
Estaba sola, con un increíble olor a putrefacción en el
lugar, y no tardé en descubrir por qué.
La fina capa de vomito se había endurecido, y estaba
comenzando a crear su propio moho.
Olía fatal, todo estaba muy sucio, no tenía nada para
comer y el hambre solo hacía más insufrible todo.
Incómoda.
Sumamente incómoda me sentía en ese momento.
Supuse que me mataría o si acaso tendría ganas de jugar
con mi cuerpo, y no sé por cuál de las opciones me
desalentaba más.
****
El sol empezaba a asomarse después de una
interminable tormenta. Miraba las calles de la ciudad
empapadas a través de la ventanilla del coche. Le di un
vistazo al reloj; la aguja rozaba las doce del mediodía.
Angélica ya estaba de camino a Roma. Antes de que
embarcara en el avión le había dado dinero en efectivo y le
había hecho prometer nunca llamarme de nuevo.
Ella se había marchado sin comprender por qué la
ayudaba, pero yo tampoco podía explicárselo porque no
sabía realmente cuál era la razón. O quizás sí. Simplemente
temía tenerla rondando a mi alrededor.
Al salir del aeropuerto, me encontré a Sebastián apoyado
en mi coche. Sonrió al verme.
—¿Qué haces aquí, Alessandro? —me preguntó.
Solté una carcajada silenciosa. Ambos reaccionamos de
la misma manera.
—Siempre oportuno —sonreí, pensando en que si
desviaba la conversación a otro rumbo, Sebastián dejaría un
rato de pensar en la relación de mierda que había tenido
con Angélica.
Él se encogió de hombros y señaló la entrada del
aeropuerto, presionando en busca de respuestas.
—Angélica ha tomado un vuelo y he venido a despedirla.
¿Qué hay de malo en eso?
—Has terminado con ella, y por lo general no buscas a
tus ex-novias, o las ayudas a irse del país.
Si esperaba sorprenderme, lo consiguió. Le miré
boquiabierto y con los ojos desencajados. Joder, si Elena se
enterase de que tenía una pequeña prisionera, me mataría.
Sebastián era un hombre maduro e inteligente, y por ello
el dueño de una de las compañías aéreas más importantes
del país. Tenía un perfecto matrimonio con Elena, y desde
siempre habíamos tenido una relación muy cercana. Lo
sentía como un hermano y él a mí. Me conocía demasiado
bien para saber cuándo estaba mintiendo.
—Le debía un favor —espeté secamente.
Fingí preocupación mientras observaba su rostro
suspicaz.
Siempre había pensado que entre Sebastián y yo no
había secretos. Él era mi confidente y yo el suyo, pero en
esa oportunidad no podía sino ocultarle la verdad.
¿Estaba paranoico o había algo recóndito tras esa mirada
azul? ¿Algo que quizá le incomodaba?
Suspiró, y pasó su mano por su cabello. El sonido del
motor de un avión nos envolvió ligeramente; eso y la densa
brisa que se deslizaba entre nosotros fue suficiente para
perderme en la euforia que me embargaba por
reencontrarme con Victoria.
—Si me disculpas, Sebastián, tengo un compromiso —me
despedí de él, con un ligero abrazo y abrí la puerta de mi
coche.
Sebastián resopló algo decepcionado.
—No creas que podrás ocultar por mucho lo que sea que
esté pasando —dijo desviando la mirada hacia el horizonte
—. Has dejado bastante inquieta a Elena y ya la conoces.
Pensé que confiarías en mí, y te podría ayudar.
Me introduje dentro y encendí el motor. Sebastián me
lanzó una mirada asesina. Estaba molesto, lo sabía, pero
nada podía hacer.
Se apartó del coche y lo dejé atrás con la música de mi
reproductor a todo lo que daba para ignorarlo.
3
Cuando escuché los pasos encima de mí, me incorporé
rápidamente y me puse inquieta. No quería hablar más con
Alessandro, así que mejor evitar la ocasión.
La puerta se siguió arrastrando hasta que por fin entró,
dejando la puerta tras de sí a medio cerrar.
—¡Vete! —grité— ¡Déjame tranquila!
Puso los ojos en blanco y siguió caminando hacia mí,
ignorando mis suplicas.
—¿Sabes? Es muy difícil estar cerca de ti. Ya ni te cuento
si te la pasabas coqueteándome todo el día. No puedo
dejarte…
Él se quedó pensativo un rato hasta que sacó una barra
de chocolate de su bolsillo y la traspasó por los barrotes de
hierro.
—En vista de que te cuesta tanto comer, te daré algo
sellado esperando que confíes en mí.
Antes me hubiera hecho inmensamente feliz que
mostrara preocupación, pero estos términos eran muy
distintos.
La tomé casi de inmediato, desesperada. Tenía hambre,
no tenía otra opción —al fin y al cabo era una barra de
chocolate. No sería canibalismo o algo parecido.
—Come —dijo en tono frío, más como una orden que otra
cosa.
Una idea vino a mi mente —tiene veneno. Pero era mejor
comer algo que no comer nada. Necesitaba fuerzas y
también tenía miedo de que me pudiera hacer algo si no le
obedecía.
Justo al primer mordisco mis papilas gustativas bailaban
de felicidad y mi estómago rugía clamando por más.
Parpadeé unos segundos para saborear aún mejor el
chocolate, me sentía en el cielo, sumida en medio del
infierno.
Hasta que una risa maliciosa me interrumpió.
—Sí que eres dulce —me dijo todavía riéndose. Me apené
y sentí la sangre subir hasta las mejillas.
Me miró a los ojos y se acercó un poco más a la celda.
—Es bueno ver que sabes obedecer órdenes.
****
—La madrugada es la mejor aliada de un secreto —dije
con tono misterioso cuando entré en el despacho de
Sebastián. Eran más de las tres.
Encontré a Elena sentada frente a él. Me miró con cara
divertida e insinuante. Estaba claro que ocultaban algo y no
me sentía cómodo. Entre ellos nunca había existido ningún
secreto.
—¿Qué te lleva a pensar que se trata de eso? —dijo él
imitando mi voz.
—Si no es un secreto, entonces es que te han echado de
casa —cerré la puerta y caminé hacia ellos, vacilante.
—Siempre tan humorista, querido hermano —Elena tomó
un sorbo de su bebida, disipando el tenso ambiente que
había creado mi comentario.
Victoria se cruzó en mis pensamientos. No habían pasado
ni un par horas y mi mente me pedía que fuese en su busca.
Pero ahora no podía mezclar las cosas. Debía concentrarme.
Y sentía que esta inesperada invitación algo tenía que ver
con ella.
—Bien, ¿por qué no te sientas, Alessandro? Tenemos que
hablar de cosas serias —dijo Sebastián, sirviéndome de la
misma botella de whisky de la que tomaban ellos. No sabía
si la conversación que mantenían antes de que yo llegara
era la misma en la que estaba a punto de participar—.
Estaba comentándome Elena sobre la reciente desaparición
de una chica que trabaja en la compañía —soltó con
descaro.
Su media sonrisa era alarmantemente retadora.
—Es una tragedia. La noticia me tomó tan improvisto
como a ustedes —respondí secamente.
—¿De verdad así fue, Alessandro? Porque algo me dice
que algo pintas tú aquí en medio de todo esto —dijo Elena.
—Dicen que los mejores secretos, suelen pasar confiados
frente a nuestras narices —susurré, antes de pasar mi
lengua por el filo del vaso.
—Siempre has sido muy listo —dijo Elena, presuntuosa.
—Y ni se diga lo bien que se te da bien ocultar cosas —
añadió Sebastián, arqueando las cejas.
Sabía a lo que se refería, pero no dejaría que se saliera
con la suya.
—He tenido buenos maestros —dejé el vaso sobre la
mesa y rescaté la última gota de vodka de mis labios—.
¿Qué están buscando? —pregunté, sin poder evitar imaginar
los labios de Victoria rozando mi cuello.
Pestañeé y tragué fuerte, y para cuando volví a abrir los
ojos noté que Sebastián y Elena intercambiaron una mirada
confusa.
—No pienso negar nada. Después de todo, hay
demasiadas cosas en juego —apoyé las manos sobre el
escritorio. Estaba metido hasta el fondo, y me excitaba.
—Más despacio, Alessandro —sentenció con seriedad
Elena, con aquella voz autoritaria parecida a la de mi madre
—. Nadie más debe saberlo.
Percibí su tensión y también que aquella frase contenía
algo más que el significado que tenía a simple vista. Quise
eliminar la tirantez. Lo único que deseaba en aquel
momento era proteger a Victoria.
Fruncí el ceño al ver que Sebastián retiraba su mirada
azul de nosotros, como si no le importase el impacto que
aquella reunión tenía.
Asentí decidido a seguir mi propio plan, después de todo
tendrían que estar locos si pensaban que entregaría tan
fácil a mi dulce amor. Sebastián imitó mi gesto, al paso en
que encendía un habano entre sus labios. Elena me dedicó
una dulce mirada y suspiró.
Habíamos llegado a un acuerdo.
****
Alessandro siguió viniendo una vez al día. Sustituía el
plato de comida y se iba en silencio, como un perro solitario.
Aquel día, extrañamente no había venido. Quizás ya se
hartó y planea dejarme morir de hambre, pensé.
Escuché la puerta abrirse y supe de inmediato que era él
—¿quién más podría ser? Esta vez su rostro no tenía
expresión alguna y no dijo ni una palabra. Introdujo la llave
dentro de la cerradura de mi celda y entró obstinado. Y, sin
más, golpeó mi cabeza con algo duro y frío que me hizo
caer inconsciente.
Poco a poco fui abriendo los ojos, aun sintiéndome un
poco mareada. Para cuando desperté me encontraba
entonces encadenada a una silla, atada de pies y manos
con una gruesa soga que reposaba en los extremos de la
silla.
Sumida en mis pensamientos, trataba de entender qué
había pasado. Hasta donde recuerdo no había hecho nada
para molestarlo o merecer esta clase de castigo. No sé a
qué le temía más —si a él, o a la idea de estarme
acostumbrado a esto.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, y no
podía detener los lloriqueos que salían de mi boca
involuntariamente —estaba asustada. Llena de terror. No
sabía qué me deparaba el futuro, o para qué prepararme.
—¿Por qué? ¿Por qué a mí? —gritaba a Dios, exigiéndole
una explicación y rogándole por ayuda.
—La comida, el agua, la libertad de moverte así como tu
ropa, son beneficios que tendrás que ganarte. Tu propia
conducta ha hecho que la pierdas —dijo Alessandro,
apareciendo detrás de las sombras.
Mi piel estaba erizada —hacía mucho frío. En realidad, ni
siquiera me había dado cuenta de que mi ropa había
desaparecido. Estaba demasiado confusa y absorta por
culpa de la cercanía que habíamos tenido Alessandro y yo
hacía unos cuantos días atrás. Y entonces ahora me
encontraba en esta horrible situación.
—Suéltame —le supliqué, mi voz saliendo como un
chillido de ratón.
Se me quedó mirando un par de segundos y luego negó
con la cabeza
—Primera lección, debes dejar de pedirme que te libere
Victoria.
Tragué fuerte y él paso la mano por su cabello con
desesperación.
—Mírame a los ojos —me ordenó—. ¿Crees que soy
alguien malo? Necesito que te des cuenta que todo esto lo
hago por ti, Victoria. Por nosotros.
Al hacer contacto visual fue inevitable recordar lo fácil
que era perderse en esos hermosos ojos color verde, que
por muy difícil de creer expresaban sinceridad.
Se sentía tan autentico todo lo que me decía…
****
Aun no podía darme por vencido. O, en realidad, no
quería.
Sabía que ella me quería, estaba consciente de la fuerte
atracción que fluía entre ambos, pero nunca se hubiese
atrevido a dar el siguiente paso. No debió haberme
rechazado.
Aún le faltaba mucho por aprender.
Primero debía hacer que me dejase de guardar rencor,
tendría que comprender que la estaba ayudando. Lejos de
hacerle daño, yo le quería en verdad.
Tenía un carácter indomable, y aunque podría llegar a ser
encantador, era algo que se debía corregir. Tendría que
aprender a ser una esposa perfecta y servicial, para llegar a
ser mi mujer.
Mía.
****
—Victoria, vamos… despierta.
Escuché su voz llamarme a través de mis sueños, y poco
a poco logré salir de ellos y abrir los ojos desconcertada. No
dejaba de ser una sorpresa encontrarme en ese lugar
después de cada sueño. Pensé que quizás jamás llegaría a
acostumbrarme del todo.
Dejé mis pensamientos a un lado para mirarlo y prestarle
atención.
Se veía desolado —no, lo estaba. A juzgar por sus ojos
enrojecidos, parecía haber estado llorando momentos atrás.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—Quiero mostrarte una película —entonces me di cuenta
que traía consigo un televisor en una pequeña mesa de
madera.
Presionó el botón de encendido y la pantalla se iluminó,
causando un poco de molestia a mi vista. Unos cuantos
segundos pasaron y comenzó a transcurrir una vieja película
de los años treinta. Una joven mujer dedicaba sus días a
servir a su esposo y sus hijos; tenía la cena servida para
cuando su esposo llegase y su camisa bien planchada para
el siguiente día.
Alessandro se sentó en el suelo, justo a mi lado y
observaba en silencio la historia.
No comprendía muy bien lo que sucedía, y divagaba mi
mirada entre la pantalla y su rostro. Pero él se mostraba
ensimismado en la película.
En fin, yo estaba tan aborrecida que deseé volver a estar
a solas bajo las sombras.
****
La película terminó y Alessandro se puso de pie y se
dispuso a salir en silencio de la habitación, dejando tras de
sí la película volviendo a comenzar.
La misma se reinició una y otra vez infinidad de veces,
hasta el punto en que me aprendí los diálogos de algunos
personajes. Era imposible ignorarla teniéndola frente a mí y
sin nada más que hacer. Intentaba dormir y las voces me
despertaban —era una tortura.
Sentí una punzada en el corazón al recordar el rostro de
Alessandro cuando nos conocimos, y los pocos encuentros
compartidos cada vez que los protagonistas se mostraban
románticos. Pero era una película, era lo que debían hacer,
mostrar un mundo perfecto e ideal a los espectadores. No
era así, debía dejarle, a él y a todo su mundo.
Me escaparía en cuanto las aguas se calmaran y me
dejara respirar. Últimamente estaba muy encima de mí y no
me podía permitir que mi escapatoria fracasara.
Dejar a Alessandro era lo correcto, sí. Tenía que
repetírmelo, porque no estaba segura de que pudiera
conseguirlo. Me abracé a la esperanza imaginando que sí
podría conseguirlo.
De repente, alguien entró en la habitación. Miré hacia la
puerta, asustada. Una sombra caminaba hacia mí deprisa y
no pude evitar pensar que había sucedido algo. Que algo le
había sucedido a Alessandro. Me incorporé antes de
escuchar su voz. Se inclinó hacia mí y retiró el cabello de mi
rostro.
—Tienes que venir conmigo —musitó inquieto.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué quería que fuera? ¡Dios!
¿Y si alguien me había conseguido?
—¿Qué pasa? —pregunté exaltada—. ¿Qué ha pasado
Alessandro?
Él comenzó a liberar mis pies y tomó mi cara entre sus
manos antes de que comenzara a llorar.
—Nada, no pasa nada, pero es urgente que vengas.
Vamos, vístete. Ponte esto —dijo antes de acercarse a la
puerta como si algo viniese.
Una vez logré ponerme de pie me lancé corriendo a
ponerme el vestido que me había traído, y salí de la
habitación tras de él anudando mi cabello.
—No hables, y ten cuidado de no hacer ruido —susurró
antes de salir casi corriendo cuesta arriba.
Subimos unas escaleras hasta que nos encontramos en
un largo pasillo, con suelos relucientes y paredes desnudas
que daban la impresión de ser aterciopeladas. Estudiaba
velozmente las entradas y salidas que mi vista lograra
conseguir, hasta que llegamos a una gran habitación y me
empujó dentro del armario.
Ató de nuevo mis manos y pies sentándome en el suelo y
me tapó la boca con un trapo.
—Necesito que te quedes aquí, Victoria. ¿Me entiendes?
—dijo Alessandro, con la voz impregnada de temor.
Lo observé confundida. ¿Como si tuviese otra opción? No
podía entender que estaba sucediendo, aunque a este
punto era agotador tan siquiera intentarlo.
—Por favor, te lo suplicó. Es por el bien de ambos —
sostuvo él.
El timbre sonó y a juzgar por su expresión no era la
primera vez que lo había hecho. Me dedicó una mirada
desesperada al tiempo que mordía sus labios. Mientras un
nudo en la garganta —junto con una mordaza —me
impedían hablar, solo asentí lentamente con la cabeza, aun
desconfiando del tipo que tenía en frente.
Pero aún más asustada de lo que a él le temía.
Cerró las puertas del armario y se mantuvo de pie frente
a él. Podía observarlo a través de una rendija del armario, si
cuidaba la posición en la que me encontraba. Respiré hondo
y esperé su reacción. Pero no se movía, estaba inmóvil
contemplando la tranquilidad. Sin duda, esperaba a alguien.
Pero, ¿a quién?
Estaba aterrorizada. Alessandro no acostumbraba a
comportarse de ese modo.
Entonces se escuchó como la puerta se abría y unos
rechinantes tacones golpeaban contra las baldosas.
Alessandro hizo una señal con la mano y yo me incliné
hacia delante para ver de quién se trataba, pero no vi nada.
Me desplomé sin dejar de mirar el techo de aquel enorme
armario, lleno de camisas y trajes de hombre. Recordé el
estilo elegante y pulcro de Alessandro en el trabajo y sonreí.
Él se giró y colocó el dedo índice sobre su boca
recordándome que debía permanecer en silencio.
Suspiré y miré hacia atrás. No comprendía qué ocurría,
pero hice caso a Alessandro. Me impulsé y caí de golpe
sobre el suelo provocando un pequeño ruido, cuando
necesitaba todo lo contrario.
El ruido de los tacones retornó nuevamente, cada vez
más cerca, hasta que una mujer de contextura delgada y
alta entró a la habitación. Me puse rígida cuando escuche el
tono de su voz.
—Alessandro, que mala educación no bajar a abrirme —
dijo ella.
Él se encogió de hombros con aire despreocupado. No
comprendí bien aquel gesto, pero percibí cierta tensión
entre ambos.
—Tú tienes una llave, Elena. Te he dicho que no debes
molestarte en tocar.
Un pequeño silencio se creó entre ambos, y pensé que
mi respiración se lograba escuchar fuera.
—Debo suponer que no has conseguido nada, ¿no es así?
—Alessandro le extendió la mano a modo de saludo mucho
antes de que apareciera en mi campo de visión.
Ella lo atajó en un abrazo y le besó la mejilla. Pestañeé
lentamente y capturé su mano acercándose al sillón que
había a su lado.
—Lo das por hecho —suspiró ella pesadamente, dejando
percibir el cansancio en cuanto se sentó.
—No estarías aquí de lo contrario —admitió Alessandro,
manteniendo su mirada fija en ella.
—No me dirás nada, ¿cierto? —preguntó ella, con gesto
de ya saber la respuesta.
—No —resopló cansado—. No quiero hablar. Ni siquiera
su familia sabe dónde está su hija y tampoco parece que le
importe —añadió nostálgico.
Cerró su mano en frustración al punto en que sus nudillos
se pusieron blancos.
—Joder… —añadió entre dientes.
La indignación me atrapó al darme cuenta de que la
conversación se trataba de mí. Tenía los dedos fríos y la piel
demasiado caliente.
Pero de inmediato lo entendí —la mente de Alessandro
había encontrado una solución al problema y no me hizo
ninguna gracia reconocer lo que se proponía —¡planeaba
hacerse el ofendido o desentendido sobre todo!.
Pero… ¿y si lo que decía era cierto? Esta extraña mujer
era la única que estaba preocupada por mí. Mientras que
para mí, el sueño de estar de nuevo junto a mi familia era lo
único que me mantenían en pie.
—Por favor, Alessandro. Déjate el teatro de una vez —dijo
ella, torciendo el gesto—. Tal vez aun no haya conseguido
nada, pero lo haré. No me tientes —advirtió.
—Sí solo has venido a darme otro de tus sermones, creo
que puedes irte.
Él me observó de reojo, dejando que se asomara una
sonrisa malévola por la comisura de sus labios. No quise
mirarle, así que fijé mi mirada al suelo. Era increíble cómo
se atrevía a envalentonarse después de todo.
Elena se levantó lentamente de la silla, contemplando a
Alessandro de pies a cabeza. Estaba en lo cierto al no
confiar en él, no podía culparla.
Le dio a Alessandro un empujón contra la pared y le
apuntó un bofetón en la cara. Él no se mostró sorprendido
ante ello; al contrario —se bufó de ella y la cogió del cuello
arrastrándola con fuerza hacia la mesa, y colocó su cabeza
sobre la madera.
La cosa comenzaba a calentarse y decidí alejarme, por lo
que en instinto pegué la espalda contra la pared, haciendo
un gran ruido que al parecer no escucharon en medio de la
disputa.
Mi visión se acortó significativamente, y no podía
permitírmelo. Así que volví a acercarme a la pequeña
rendija que me permitía observar, justo a tiempo para ver a
la desconocida soltar un chillido de dolor y deshacerse de
Alessandro con una patada en la entrepierna, sacando una
pistola de su bolso.
Lo podría matar allí mismo, si hubiese querido. ¿Por qué
esperar? ¿Por qué tener compasión cuando él no la había
tenido?
—¿Qué tienes que decir ahora, Alessandro? Ya no
pareces tan valiente —masculló encolerizada.
Estaba atónita en medio de la situación. Nunca antes en
mi vida había visto una pistola tan de cerca y ahora me
encontraba confundida entre quién era más peligroso.
—Ambos sabemos que serías incapaz de hacerlo —soltó
Alessandro, al paso en que trataba de arrebatarle el arma
de las manos, pero ella lo esquivó.
Miré a Elena. Parecía nerviosa. Pero no hizo más que
negar con la cabeza mientras soltaba una carcajada
sardónica. No comprendía por qué tenía aquella reacción
con él.
—Y yo pensé que nunca serías capaz de mentirme,
hermano —respondió ella, dejando de apuntarle y
guardando de nuevo el arma en su bolso.
Fruncí el ceño al descubrir que aquella mujer sabía más
de lo que quería mostrar. Después de todo, debía de
conocer a Alessandro como la palma de su mano.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Alessandro,
esquivando aquella última declaración.
Ella volvió a negar débilmente y observé como se alejaba
de mi campo de visión, seguida de Alessandro. De un
segundo a otro el ruido de sus pasos desapareció y supuse
que ya no se encontraban cerca de mí.
En aquel tiempo a solas, mi mente comenzó a idear
diversas formas de escapar. Tendría que haber alguna salida
de este lugar.
Tarde o temprano.
****
Un par de horas después la puerta se abrió y apareció la
figura de un hombre vestido de negro. Tenía la intención de
entrar al armario, y fruncí el ceño tensando todo mi cuerpo.
—¿Tienes frío? —preguntó, y alcancé a reconocer la voz
de Alessandro, dejando que sus labios rozaran mi frente.
Me aparté enseguida instintivamente y él se deshizo de
la mordaza dándome tiempo de contestar.
—No te preocupes. Estoy bien —espeté.
Hacía mucho frío en aquel pequeño lugar, pero no quería
que se me acercara. Pasó sus manos por mi cintura y me
envolvió con aquel aroma entremezclado entre cigarro y
alcohol que tanto odiaba.
—Ven conmigo —ordenó.
****
Tomé su brazo y la arrastré con fuerza hasta que la saqué
del armario. Trató de alejarse de mí, pero capturé su mano a
tiempo.
La cargué encima de mi hombro como a un saco de
papas, aun atada de manos y pies. Ella agitaba con
desesperación su cuerpo mientras su cabeza se inclinaba
hacia atrás dejando un pequeño rastro de lágrimas en mi
cuello.
Soltó un grito de auxilio que resonó en toda la habitación
y, aunque nadie podría oírla, seguía fastidiándome que no
entendiera que estaba haciendo todo por su bien.
Volví a empujarla hacia arriba y la aferré con fuerza
mientras caminaba de vuelta al sótano.
—Por favor, te lo suplico no me lleves de vuelta ahí —su
voz sonaba quebrantada, había comprendido que no serviría
de nada gritar.
Avancé unos pasos ignorando sus súplicas, y ella volvió a
repetirlo.
—Por favor, haré lo que quieras.
—¿Lo que quiera? ¿Estás segura de lo que estás
ofreciendo a cambio? —mi voz sonó desquiciada. Contraje
mis músculos y la sostuve con firmeza.
Ella asintió, la cogí entre mis brazos y mis pies
comenzaron su camino.
****
Eran más de las cuatro de la madrugada. Victoria dormía
profundamente, mientras yo trataba de hacerlo en el sofá
que había frente a mi cama.
No podía dejar de pensar en lo mucho que la necesitaba.
En lo mucho que deseaba que ella me necesitase. Estaba
enamorado de ella y me gustaba sentirlo. Me gustaba saber
que… la amaba. Porque la amaba, inexplicablemente. Cada
parte que conocía de ella, e incluso lo desconocido, y quería
compartir toda mi vida con ella.
Suspiré mientras contemplaba su cuerpo cubierto con
una sábana. Me levanté del sofá y caminé hacia ella para
contemplarla mientras dormía; era increíblemente hermosa.
Acaricié su cabello y me acerqué hasta ella para respirar su
aroma. Observé sus labios. La hubiera besado, pero no lo
hice. No lo haría hasta que ella me lo permitiera.
Había decidido que esa noche durmiese en mi
habitación, mientras meditaba qué haría. Eso también
acababa con mi tranquilidad para dormir.
Aquella mujer me estaba volviendo loco. No hacía falta
que hablara, ni siquiera que me mirara, para que me
sintiera atraído como si fuera un imán. Me absorbía y me
dominaba, y no me gustaba nada sentir esa sensación.
Había estado con un montón de chicas. Morenas, rubias,
altas, bajas, delgadas, no tan delgadas… todo tipo de
mujeres habían pasado por mi cama, pero ninguna me
había descontrolado tanto como lo hacía Victoria —y menos
sin tocarla. Ninguna se parecía a ella.
Aquella madrugada en mi cama le habría hecho el amor
un millón de veces, de un millón de formas, hasta que
amaneciese. Y aun así, sabía que no tendría suficiente, que
necesitaría más de ella. Mucho más.
Odiaba necesitarla de aquella manera tan urgente.
Estaba loco, eso era seguro. Y sentía miedo sin duda,
miedo de haberme ablandado.
Y por ello debía poner mano dura, o Victoria creería que
tendría ventaja sobre mí; y eso era inconcebible.
No fui capaz de conciliar el sueño hasta tarde, no dejaba
de pensar, de preocuparme. Victoria tendría que aprender a
ser la esposa perfecta —sabía lo que quería.
Todo debe empezar mañana sin retrasos, ni
inconvenientes de por medio.
4
Ya era de mañana, había despertado, y él ya no estaba.
De hecho, no lo sentí durante gran parte de la noche. Por
primera vez en mucho tiempo había logrado dormir
profundamente, aun a sabiendas de que estaba secuestrada
y tenía un lunático frente a la cama donde yacía.
Como me tenía amarrada a la cama, simplemente me
hundí en mis pensamientos estudiando cada pequeño
objeto que mi vista encontraba en su habitación —Libros,
fotografías de su juventud, un reloj de pared y unos cuantos
títulos de estudio enmarcados.
No había mucha información que pudiera conseguir
sobre él. Sin embargo me agradó verlo años atrás tan jovial
y risueño como lucía en aquellas fotografías. Era sencillo
imaginarlo en la universidad destacando en sus clases.
—El desayuno está servido —dijo él, apareciendo en el
umbral, con una expresión indescifrable en su rostro,
En ese momento descubrió que mis manos se
encontraban atadas al espaldar de la cama; lo que
significaba que naturalmente, para bajar con él, tendría que
liberarme. Sabía que aun desconfiaba de mí como para no
hacerlo, pero tendría que ganarme su confianza.
—Hola —musité.
—Hola —dijo sin quitarme los ojos de encima—. Deberías
estar durmiendo, aún es temprano.
Su mirada se desvió de nuevo hacia mis manos.
—¿Hace cuánto te has despertado tú? Por tus ojos, creo
que varias horas —dibujé una sonrisa contenida en mis
labios.
—No podía dormir —contestó vacilante.
—A mí me ha despertado este dolor de cabeza —apoyé
la cabeza sobre la almohada e hice una mueca de malestar.
Alessandro se acercó a mí y me observó un rato
pensativo.
—No intentarás escapar, ¿cierto? —preguntó después de
un tiempo.
Negué con la cabeza débilmente, aunque fuese en contra
de lo que más deseaba en el mundo.
Acto seguido puso en marcha su tarea para desatar los
nudos y su mano rozó mi brazo sutilmente, haciendo que mi
cuerpo se estremeciera al contacto.
—¿Te duele?
—Un poco —respondí retraída.
Tragó saliva y deslizó la mano por su cabello
desesperado. Antes de terminar, resopló y apretó la
mandíbula. Le notaba raro, como si estuviera agobiado.
—Espero que de aquí en adelante todo marche bien —
espetó.
No sabría cómo explicarlo exactamente, pero aquello era
más una advertencia que otra cosa.
Fruncí el ceño, sintiendo el calor de la frustración recorrer
mi cuerpo. Intentaba ser amable con él y me respondía con
altivez. Ni siquiera en un momento como aquel tenía
consideración.
Recordé aquella noche en el ascensor cuando nos
encontramos y pareció tan divertido y coqueto —Te dije que
no te acercaras a él. Mira lo que podrías haberte evitado.
—No esperaba vivir la misma situación dos veces —
mascullé mirándole fijamente.
Alessandro supo bien a lo que me refería. No tenía
ánimos de volver a aquel mugriento sótano. Sentía que
estaba al borde de volverme loca allí dentro, donde mis días
enteros consistían en llorar, y no sabía en qué punto
comenzaba uno nuevo.
—Bien, entonces sabrás que debes cumplir con tu
palabra.
Me soltó y se dio la vuelta dándome la espalda. Se
disponía a marcharse, pero me interpuse en su camino. Le
puse una mano en el pecho, gesto que no le hizo ninguna
gracia, y le miré irascible. Esperé ansiosa su reacción.
Estaba claro que teníamos muchas cosas que solucionar
y él parecía preparado para ello; pero entonces se dio la
vuelta, me cogió de la mano y me obligó a caminar.
Dejé que me llevara hasta la planta baja, cerca de la
puerta de entrada y me colocó frente a él bruscamente.
—La cocina está por allá —señaló con el mentón—.
¿Sabes cocinar?
Asentí en silencio.
—Bien, pues deberás de hacerlo de ahora en más.
Se puso de pie y acercó hasta mí un plato con huevos
revueltos y una tostada con mantequilla. Desprendía un
aroma exquisito, pero aun así me generaba cierta
desconfianza.
—No es nada malo —dijo Alessandro, al percatarse de mi
prejuicio—. Si quisiera deshacerme de ti, ¿no crees que ya lo
habría hecho?
Por supuesto que aquel razonamiento tenía sentido, y
aquellas cortas palabras me hicieron sentir extrañamente
más segura.
Seguidamente sirvió un vaso con zumo de naranja, y
agregó unos cuantos cubos de hielo.
—¿Café? —preguntó.
Estaba sorprendida ante este cambio repentino de
conducta en Alessandro y por sobre todo, estaba extrañada.
Si este hombre podía cocinar, porque lo hizo no solo hoy,
sino también todos esos días en que estuve encerrada en el
sótano, ¿por qué yo debía de cocinarle ahora?
—Victoria —insistió.
Me había perdido entre mis pensamientos sin
responderle.
—Sí, por favor —respondí.
—Muy bien, necesito que estés aviva para escuchar lo
que te diré —se aclaró la garganta antes de seguir,
haciéndome sentir un remolino de nervios en el estómago
—. A partir de hoy deberás realizar diversas actividades
para ayudar en la limpieza de la casa. He decidido que es
una buena manera para forjarte un poco de disciplina y
también de que te mantengas ocupada en el día.
—¿Por qué? —pregunté cargada con un valor que me
sorprendió a mí misma.
—No, no, sin protestas —Alessandro torció la boca
intentando una sonrisa forzada mientras caminaba
lentamente hacia mí—. Eres tú la que parece no
comprender que has aceptado hacer lo que yo quisiera.
—Eso no te da el derecho de disponer de mí a tu antojo.
No vas a pretender que también cumpla tus demandas
íntimas —respondí, imaginándome el peor de los
escenarios.
Me miró alzando las cejas y caminó hacia mí con
socarronería.
—Eso ya lo veremos —respondió con seriedad—. Por
ahora, preocúpate por lo que harás para la cena.
***
Cuando la tarde había acabado, Sebastián me abordó al
salir de la oficina. Era indudable que Elena lo había puesto
al corriente de todo.
—Alessandro, no se hace cuánto tiempo no salimos a
tomarnos algo —sostuvo él con una sonrisa pícara entre sus
labios.
—Yo tampoco lo recuerdo —respondí cuidadoso de mis
palabras.
—He escuchado de un nuevo lugar aquí cerca —propuso
él.
—Quizás otro día, Sebastián —dije al paso en que reponía
mi camino de salida.
—¡Esto es increíble! —exclamó al tiempo en que me
daba un palmazo en la espalda.
El sonido de su móvil nos interrumpió, y él se alejó para
contestar, siendo la mejor escapatoria concedida por el
destino.
No veía la hora de llegar a mi casa sabiendo que tendría
a Victoria enfrente durante toda la cena y eso me avivaba.
Atravesé la ciudad embriagándome con las luces de la
carretera, reconfortándome la idea de que Victoria cada vez
parecía más decidida a cooperar.
****
Al llegar observé la cena servida en el comedor, pero sin
rastro de Victoria.
Miré mi plato y, con desgana, retiré las zanahorias que
cubrían un bistec poco cocido. Tenía un sabor espantoso.
Llamé a Victoria por lo alto de la mansión pero no obtuve
respuesta, y yo comenzaba a impacientarme.
Subí las escaleras con prisa, pero sin hacer ruido, pues
no quería que supiese que estaba cerca. Busqué en todas
las habitaciones; en vano, no estaba. Solo quedaba un lugar
—el sótano.
Ya estando frente a la puerta, me dispuse a coger la
manilla, temeroso por primera vez dentro de mi propia casa.
Pero me inste a bajar las escaleras.
—¿Ya terminaste tu cena? —su voz, que no esperaba tan
pronto, hizo que me sobresaltara. Traté de ocultarlo lo mejor
que pude y la encaré esperando que mi cara no demostrara
ninguna expresión.
—Debiste cenar conmigo, Victoria —dije en tono frío,
esperando que la indirecta fuera clara. Estaba
verdaderamente molesto, y no porque la cena fuera
horrible, sino por su ausencia.
Se suponía que debía estar comportándose como una
esposa ejemplar, y aún seguía dando problemas.
****
Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar cuando caí al
suelo. Me estampé contra el suelo sintiendo un dolor
quebradizo en mis riñones. Se acercó a mí y me dio una
patada en el estómago.
Alessandro volvió a cogerme del pelo y me levantó sin
importarle el dolor que me infligía. Después de todo, eso era
lo que él quería, verme sufrir. Matarme no habría sido
divertido.
—¿En qué quedamos, Victoria? —preguntó cerca de mi
rostro. Ni siquiera podía fijar la vista. Mi mirada se nubló por
el dolor—. Se suponía que ibas a cooperar.
—He hecho lo que me pediste —contesté
recomponiéndome.
—¿Te has comportado como una esposa ejemplar? —
preguntó él, alzando su tono de voz.
Negué débilmente. Sabía que si intentaba contrariarlo
sería peor.
—Así es, y creo que mereces un castigo por eso —gruñó.
Tomó mi mano izquierda y la llevó al suelo con fuerza,
aplastándola con su bota contra el suelo y provocando que
pegara mi cara al suelo. Sentí un dolor insoportable
mientras arrastraba mi mano arriba y abajo, como si fuera
una vieja goma de mascar adherida a su suela.
El peso de su cuerpo sobre mi mano me hizo sentir que
estaba a punto de romperme los huesos, a medida que el
duro y áspero suelo causaba que mi piel se raspase y
ardiese con cada segundo que pasaba.
Nunca antes había experimentado un dolor parecido
—Por favor… Detente —le supliqué, sintiendo las
lágrimas correr por mis mejillas.
—Solo porque tú me lo pides —me susurró en la cara, de
manera que pude sentir el calor de su aliento.
Removió su bota de mi mano y de inmediato la empecé a
masajear con la otra, intentando aliviar un poco el dolor.
Intenté flexionarla, pero se sintió demasiado doloroso.
Me levanté lentamente, pensando que todo había
terminado, al paso en que Alessandro estudiaba cada uno
de mis movimientos.
En un abrir y cerrar de ojos, volvió a sujetarme de las
muñecas y se lanzó sobre mí, llevándome a pensar que
sería objeto de sus sucios deseos.
—¡Ayuda! —grité, pero eso solo causó que Alessandro me
tapara la boca con su mano.
—¿Recuerdas la lección número uno? —preguntó él.
Todo mi cuerpo se tensó. Intenté gritar nuevamente pero
su asquerosa mano silenciaba mis súplicas.
Asentí temblando de terror, y él retiró su mano para
dejar que le contestase.
—Dejar de pedirte que me liberes.
—¡Así es! —exclamó él—. Espero que puedas seguirla
cumpliendo, junto con las demás. Esta es tu segunda
lección. Deberás planear con tiempo una deliciosa cena
para mi llegada.
Las lágrimas salían involuntariamente de mis ojos, y mi
cuerpo temblaba al tener tanto peso encima de mí.
—Lección número tres —continuó—. Debes prepararte y
lucir hermosa para cenar conmigo. Recuerda que he tenido
un largo día, y me muero de ganas de verte.
Las lágrimas se escurrían por mis mejillas
deliberadamente. Lo empujé con toda mi fuerza y él se puso
de pie. Intenté levantarme después de él, pero me tambaleé
y el brazo de Alessandro me detuvo.
—¿Adónde vas? —preguntó, negando con su cabeza—.
Aún no he terminado, escucha y sé dulce si te estoy
hablando. Esa es tu cuarta lección.
Suspiré hondo y cerré los ojos conteniendo la ira que
sentía. Me estaba tratando como una niña, y me costaba
mantenerme serena.
—No vas a pretender que también cumpla con tus
íntimas demandas, porque no lo haré —dije fulminándolo
con la mirada.
—¿Por qué dices eso? —preguntó encolerizado.
El verde de sus ojos se tornó más intenso y sus mejillas
se enrojecieron. Estaba furioso. Me tomó de los brazos y me
zarandeó frente a él. Pude escuchar cómo jadeaba por el
enfado. Su agarre cada vez me hacía más daño, pero no me
importó.
Deslizó su mirada de mis ojos a mis labios y entrecerró
los ojos mientras apretaba la mandíbula. No podía hacerme
una idea de qué se le pasaba por la cabeza. Yo solía
descifrar a las personas enseguida, pero Alessandro se me
escapaba.
Pude apreciar muchas cosas en aquella mirada, pero la
más evidente era odio.
—Si te hice daño, lo lamento. Si he sido un imbécil, lo
lamento —dijo mirándome fijamente—. Y no, no quiero o
pretendo ponerte un dedo encima. Lo siento, ¿de acuerdo?
Me quedé impactada. Alessandro Di Castro jamás pedía
disculpas y, sin embargo, allí estaba, haciéndolo. En aquel
momento parecía tan débil, tan perdido, que mis ojos le
miraron con ternura. Me sentía una privilegiada porque me
dejase ver aquella parte de él.
Tragué saliva antes de hablar, pero me interrumpió.
—¡Jamás te haría daño! ¿Entiendes? —sus ojos brillaban
más de lo normal. Lo último que quería ver era a Alessandro
llorar—. ¡No vuelvas a repetirlo!
Él no lloró, pero yo sí comencé a hacerlo.
—¿Qué es lo que quieres, Alessandro? —pregunté entre
sollozos.
—A ti —respondió con rapidez—. Eres lo único que me
importa, ¿no te lo he demostrado?
Cerré los ojos echando la cabeza hacia atrás. No podía
continuar con aquello, era demasiado para mí.
—¿Me obedecerás? ¿Confiarás en mí, Victoria?
Habían ocurrido tantas cosas en los últimos días que ya
no me quedaban fuerzas.
—Sí…
Sin saber que aquello marcaría un vuelco drástico en mi
vida.
****
Esa noche no dormí en la habitación de Alessandro, pero
de la misma manera dormí atada a la cama. Él sabía que no
podría huir de aquella prisión, pero se empeñaba en
encadenarme.
Era una manera de demostrarme que tenía poder sobre
mí, y como una noche me dijo, la libertad de caminar era un
privilegio del que no gozaba aún.
Alessandro esperaba entre las sombras, desde uno de los
bordes de la cama. Lucía enloquecedoramente atractivo —a
pesar de todo, no podía desprenderme de aquella pequeña
parte de mí que aún se sentía atraída por él.
Se encontraba con el gesto cabizbajo, intensificando el
bellísimo resplandor de sus ojos y vigorizando su figura.
Esperaba que cayese rendida en un sueño profundo,
supongo que para irse. Se notaba que no tenía intenciones
de quedarse.
Y así lo hice, sin saber en qué momento él me dejó sola.
****
Contuve el aliento, sintiendo la urgencia de besarle allí
mismo y enmendar los errores que cometí aquella noche.
Pero solo fui capaz de llevarme una mano a la boca y olvidar
el control sobre una lágrima que resbaló por mi mejilla.
—Te quiero Victoria. Lo digo en serio —admití sin apenas
voz.
Agaché la cabeza, tocándome las manos con nerviosismo
y buscando desesperadamente una forma de demostrarle
todo lo que se paseaba por mi mente. Ella merecía una
explicación, ambos necesitábamos que yo le contara lo que
sentía. Eso era lo que justo me había pedido y lo que yo no
supe darle.
Fue entonces cuando me di cuenta que estaba yendo
hacia ella sin voluntad sobre mí mismo, atraído
completamente por la incuestionable seducción que
desprendía. Empujado hacia el abismo por la increíble
atracción que nos unía.
Pero ella ya se encontraba dormida…
****
La mañana siguiente desperté aturdida, ante el sonido de
una ruidosa alarma. El sol apenas comenzaba a salir, y
aquel horrible sonido no paraba.
— ¡Alessandro! —grité desesperada.
El ruido llegaba a ser ensordecedor, tan fastidioso que
impedía escuchar mis propios pensamientos.
Él apareció un par de segundos después, secando su
cara con una pequeña toalla blanca. Llevaba unos
pantalones cortos de cuadros y una fina camiseta de
algodón, junto con una expresión juguetona en su rostro.
—Veo que ya has despertado —dijo alzando la voz, para
lograr que lo escuchase.
—¡Apágala! —volví a gritar.
Seguidamente se acercó a mí y zafó el nudo que
atrapaba mis muñecas.
—Debes de ir a preparar el desayuno —dijo él.
Por primera vez su voz no se escuchó como una orden,
aunque lo era.
Asentí rápidamente, deseosa de que el sonido parase de
una buena vez. Él suspiró pesadamente, e imitó mi gesto.
—Bien —repuso secamente.
Salió de la habitación y al minuto siguiente el sonido se
detuvo.
Me levanté de la cama, y mi cuerpo se estremeció al
segundo en que mis pies descalzos hicieron contacto con el
suelo helado. Bajé las escaleras lentamente y cada pisada
hacía que una pequeña parte de mí se sacudiese.
No era la mejor cocinera del mundo, pero mi comida
siempre había sido bien halagada. La noche anterior,
producto de mi molestia, me había encargado de que la
cena fuese una tortura total. Pero esa mañana, en vista del
repentino cambio de comportamiento en Alessandro, decidí
mantener las pases.
El desayuno estuvo listo en menos de veinte minutos,
pero no sería quien llamase a Alessandro y sabía que lo
ideal no sería comer sin él.
Así que decidí que lo mejor sería esperar pacientemente
su llegada.
Dirigí mi mirada a la ventana sin saber muy bien qué
buscaba. En realidad, solo quería estar sola un rato, poder
despejarme.
Habían sido unos días muy duros para mí. Todavía tenía
que adaptarme y reponerme emocionalmente.
En el fondo, había decidido que esto no era tan malo
como parecía. Si esta era la vida que ahora debía llevar, era
muy diferente a la que llevaba, por supuesto. Pero si no
hubiese sido por ese trabajo, mi vida sería entonces muy
desdichada. Estaba en quiebra. Si tan solo no hubiese sido
por aquel amor furtivo que sentía por Alessandro, quizás
ahora no me vería en esta situación.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que ni siquiera
oí el sonido de la puerta. Segundos después, sentí un
escalofrío en mi espalda. No quise volverme. Me quedé allí
esperando a ver qué ocurría.
Sentí una mano rozar suavemente mi cintura. Mi
respiración se paralizó y cuando volvió lo hizo de forma
entrecortada y agitada. Alessandro retiró mi cabello
acariciando mi cuello y se acercó aún más.
—Eres tú la culpable de que me comporte de este modo
—dijo, dejando que el susurro de su voz vagara por mi
cuello.
Decidí girarme y me topé con su pecho. Sus ojos me
observaban fijamente, con gran intensidad. Permanecía
serio, más de lo que había visto en anteriores ocasiones.
Más de lo que me esperaba.
—¿Por qué? —pregunté en el mismo tono de voz.
Se encogió de hombros despreocupado y su mano tomó
la mía para llevársela a los labios y darme un suave beso.
Me molestó sentirle tan cerca, a pesar de la dulce y delicada
caricia. No le había dado permiso para que se tomara esas
confianzas. Y de hecho, tampoco tenía interés en ello.
Se acercó hasta mi mejilla, vacilante. Era extraño verle
así, tan seguro de sí mismo y relajado. Terminó acariciando
mi piel con sus labios. Y solo durante ese instante sentí lo
mismo que Alessandro.
Me miró y, entre la penumbra de aquella sala, sus ojos
refulgieron como el día en que nos conocimos.
—¿Qué sucedería si te besara aquí y ahora? —dijo
suavemente, sin dejar de susurrar.
Levanté el mentón buscando sus labios.
—No sigas por ahí, Victoria. Sabes que no podré
detenerme —murmuró en mis labios mientras sus manos
subían por mis caderas lentamente, muy lentamente.
—Hazlo, Alessandro.
—Repítelo.
—Bésame.
Me besó, apretándome contra él. Sentí la urgencia de
nuestros labios, mezclándose entre ellos.
Acariciaba mi espalda mientras me obligaba a caminar
hacia atrás. No sabía hacia dónde quería llevarme, pero
estaba dispuesta a ir a cualquier lugar. No quería
detenerme, no quería que se detuviera.
Sentí su lengua contra la mía. Besaba mucho mejor de lo
que había imaginado. Suspiré antes de tomar aire mientras
su boca descendía por mi cuello. Enseguida cogí su rostro y
volví a besarle. Tiré de su chaqueta y comencé a
desabrochar aquella odiosa camisa. Lo necesitaba más
cerca.
Entonces, él suspiró al notar mis dedos perfilar la piel de
su vientre. Suavemente, sus rodillas separaron mis piernas
y bajó sus manos por mi cuerpo hasta que me elevó del
suelo. Me sentó sobre la encimera de la cocina provocando
que unas cuantas cosas cayeran al suelo, donde debían
estar.
Su teléfono sonó y él se detuvo de golpe. Suspiró con
frustración entre mi clavícula y se alejó de mí.
—La campana indica que es hora de irse.
****
Me había portado muy bien con él. Esa misma noche le
abrí y me encontró empapada y desolada.
—¡Victoria! Así lo único que harás será contraer una
pulmonía —se abalanzó a por una toalla y me la colocó
alrededor del cuerpo mientras me llevaba a la habitación.
Había pasado todo el día llorando dentro de la ducha,
tratando de dejar de sentirme sucia. ¿Cómo es que había
terminado besando a mi secuestrador? O peor aún,
disfrutándolo.
—¿Qué más da?
Me apoyé en su hombro y volví a llorar
incontrolablemente, como los primeros días. Solo que esta
vez sentí cómo él me abrazaba. No dijo nada, pero yo
estaba segura de que conocía el motivo de mi llanto.
—No digas que no sentiste nada con ese beso —me
confirmó enseguida.
Lo miré con los ojos abiertos de par en par. Él sabía lo
que sentía, acarició mi cabello mientras yo seguía
observándolo impactada.
—Es ese el problema.
Alessandro se levantó y se echó a caminar como si nada.
Ni siquiera hizo el intento de disculparse. Él debía de
disculparse.
Avancé dando zancadas y le cogí del hombro obligándole
a darse la vuelta. Se giró con pose arrogante, solo que esta
vez frunció el ceño y los labios. Estaba molesto. Con un
gesto déspota, se retiró dejando mi mano en el aire. Por
primera vez en mi vida me vencía la sensación de
inferioridad.
—¿Es que ni siquiera piensas pedir perdón? —pregunté,
inventándome una seguridad que no existía.
Alessandro suspiró y comenzó a negar con la cabeza,
lentamente.
—Dudo que lo merezcas —contestó con una voz grave—.
Si tienes problemas para aceptar tus propios sentimientos,
es tu problema, Victoria.
Pestañeé varias veces mientras digería lo que acababa
de escuchar. Aquel tío dejaba de ser un imbécil para
convertirse en el capullo más grande que había conocido.
—Le haces justicia a tu fama.
Apretó la mandíbula y acortó la poca distancia que nos
mantenía separados con un decidido paso.
—De no haberte interpuesto en mi camino, ahora no
estarías aquí esperando una disculpa —susurró pegado a mi
mejilla y totalmente irritado—. Créeme, no voy a dártela,
hasta donde sé deseabas ese beso tanto como yo —su nariz
rozó mi mejilla y el calor de su voz me embriagó.
—¿Crees que lograrás acobardarme con tu estatura?
Pues estás equivocado —le dije con voz contenida, cuando
en realidad lo hacía.
Me descolocó verlo sonreír maliciosamente y me alejé de
él en respuesta, conteniendo un extraño temor.
—Quiero ir a mi habitación —gruñí.
Me detuvo cogiéndome del brazo y estampándome
contra su pecho.
—Y yo iré contigo —besó mi cuello entre suaves y roncos
gemidos.
—No me toques —dije entre dientes, conteniendo las
ganas de morderle.
—Me aburre que siempre digas lo mismo, Victoria.
—Déjame ir y no tendrás que soportarlo.
Se detuvo, esperó unos segundos y me miró con una
sonrisa plena en los labios. Los ojos se le iluminaron
falsamente. Dejándome creer que me dejaría marchar.
—Lo único que sé es que te mueres por besarme de
nuevo, Victoria.
—¿Que sabrás tú de lo que quiero? —resoplé,
esquivándole tragando saliva.
Volvió a cogerme, pero todo fue diferente esta vez.
Rodeó mi cintura y tiró de mí con rapidez.
Cuando reaccioné, estaba apoyada en la pared con sus
labios a solo unos centímetros de los míos y todo su cuerpo
pegado a mí. No quedaba espacio entre nosotros.
—Me lo pones muy difícil —fue un murmullo erótico, que
resbaló lentamente por mi boca y me cortó el aliento. Noté
cómo se contraía mi vientre y cómo el corazón me latía en
la lengua.
—Entonces, deja que me vaya —jadeé.
—No. Podría concederte lo que quisieras, pero no eso.
¿Cómo se suponía que debía reaccionar ante aquello?
Fue un tormento continuar erguida.
—¿Por qué? —pregunté sin esperar haberlo dicho en voz
alta.
Para mi asombro, Alessandro respondió como nunca
hubiera esperado.
—No lo sé.
—¿Puedo pedirte lo que quiera? —torcí el gesto, dudando
si la excitación que comenzaba a sentir me dejaría hablar—.
Cuidado, Alessandro puede que te sorprenda saberlo.
—Quizás no —si esperaba noquearme con aquel
comentario, lo consiguió—. Tal vez quieres lo mismo que yo.
Aquel momento era encantadoramente tenso, una
muestra de su evidente sensualidad, pero era una pérdida
de tiempo desearle, una forma gratuita de sufrir. Jamás
podría tenerle… como deseaba.
Alessandro estaba deseoso de tomar lo que creía le
pertenecía y agradecí que al menos tuviera la dignidad de
no forzarme. Algo que me llevó a preguntarme por
millonésima vez si alguna vez llegaría ese momento. Tarde o
temprano me casaría con él, prácticamente era su esposa…
Cerré los ojos un instante, reteniendo las ganas de
besarle y saboreando su aliento acelerado.
—Me quedaré, pero con una condición… —gemí.
—¿Condición?
—Has dicho que podrías concederme lo que quisiera,
¿no? —remarqué—. Quiero que… te mantengas alejado de
mí — Miente mejor, Victoria.
Cuando dejé de sentir su cuerpo contra el mío, me
inundó una sensación de vacío enorme. Alessandro había
obedecido, aunque resultaba satisfecho. Su rostro se había
truncado y me mostró lo mal que le había sentado que le
pidiera aquello.
Vale, ahora venían las malditas preguntas. ¿Cómo debía
tomarme su reacción? ¿Qué habría hecho de haberle
besado?
—¿Solo eso? —quiso saber, controlándose al máximo.
Asentí, incapaz de responder.
—Bien… está bien. Lo haré —me miró una última vez
antes de irse.
Me apoyé en la pared y cerré los ojos reteniendo las
ganas de ir tras él.
Que maravilloso había sido sentir su absoluta cercanía.
Imaginarme siquiera la posibilidad de terminar en la cama
con él que me volvía loca.
5
Estaba sentado en el bordillo de la baranda de la terraza
cuando la puerta de mi habitación se abrió con sigilo.
Victoria entró de repente caminando de puntillas y mirando
a su alrededor, sin saber que yo le observaba.
Sonrió y salió a la terraza al verme. Se estremeció en
cuanto sintió la fría brisa del exterior.
—¿No deberías abrigarte más? —murmuré al ver que solo
llevaba una pijama de tela fina.
—Puedo soportarlo —tembló.
—Ya —hice una mueca.
Un largo silencio se prolongó y me obligué a hablar de
nuevo.
—Es tarde, tendrías que estar durmiendo.
Miré la ciudad. El mundo seguía su curso mientras
nosotros estábamos atrapados en una situación de la que
estaba seguro no saldría impune.
Seguía sin saber por qué Victoria estaba allí junto a mí
justo a medianoche, luego de pedirme que la dejase
tranquila.
Yo, por el contrario, cada vez lograba soportar menos su
estancia sin su cercanía. Pero esperé en silencio a que
decidiera si quería hablar. Mientras tanto, mi vista eludía,
por el momento, lo que realmente importaba.
Victoria soltó una sonrisa muy similar a un bufido y se
tumbó en el bordillo utilizando el brazo de almohada.
—¿Cuánto tiempo estaremos así? —preguntó.
—Hasta que digas por qué has venido, Victoria —
respondí secamente, dándole la espalda a la ciudad.
Victoria suspiró y se quedó mirando el cielo, pensativa.
—He venido a pedirte que me hagas el amor.
Genial. Concisa, directa, sin espacio para la duda: así era
Victoria. Resultaba extraordinaria conocerla cada vez más.
Me incorporé cogiéndola de los brazos.
—¿No piensas decirme que es una locura, ni nada por el
estilo? —entrecerré los ojos, esperando un reproche que no
llegó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque te quiero, Alessandro. Desde que nos
conocimos me he sentido atraída hacia ti, y ahora después
de exigirte que te alejases, me he dado cuenta que estaba
nublada por la molestia.
Se acercó a mí, haciéndome soltar una sonrisa cuando su
aliento rebotó en mi mejilla al suspirar, y deseé que aquel
momento se detuviera. Que nos quedáramos de ese modo
para siempre, deleitándonos con aquella sensación de amor
y tranquilidad infinita. No existieron presiones, no existieron
problemas.
Solo existíamos ella y yo.
—Voy a hacerte el amor —musité muy bajito en su
mejilla.
Ella echó la cabeza hacia atrás, incitándome a que
comenzara con un beso.
Obedecí con parsimonia, colocando mis labios sobre los
suyos, lentamente. Fui yo el que se adentró en la urgencia.
Se agarró con fuerza a mi cuello y me apoderé de su boca
percibiendo cómo Victoria se dejaba llevar.
Suspiró con fuerza cuando sintió mis manos bajar por su
columna, y distinguí la contracción de sus músculos bajo mi
tacto.
Un instante más tarde, noté la espesura del ambiente y
cómo sus piernas le daban la bienvenida a mi cintura. Lo
que le siguió fueron besos intensos, insistentes,
apasionados. Sensaciones que ninguno de los podríamos
explicar. Pero también… cierta incertidumbre…
De pronto, se detuvo, pero no se alejó ni un centímetro
de mi boca. Esperó entre mis labios, y comenzó de nuevo;
esta vez con un ritmo suave, tremendamente lento y
taciturno. Nuestros cuerpos se armonizaron con aquel beso
y las caricias pasaron de ser excitantes a ser profundas y
mucho más penetrantes.
Algo no iba bien.
—¿Estás bien? —pregunté buscando su mirada.
Me daba igual lo mucho que estuviera deseando aquello,
no haría nada hasta escucharle una respuesta. Y por su
respiración, supe que me mentiría.
—Estoy bien —balbuceó, forzando una sonrisa. Pero sin
mirarme a los ojos.
No, no era cierto.
Habría dado cualquier cosa por colarme en su mente y
descubrir qué había en ella. Porque su mirada estaba
cargada de un secretismo que no iba a compartir conmigo.
Oprimí mi agarre sobre los huesos de su cadera y sentí
como comenzaba a formarse un profundo nudo en mi
garganta.
Y al minuto siguiente, desperté.
Todo había sido un sueño.
No logré dormir de nuevo, ni un segundo en toda la
noche. Fue muy frustrante creer que el tiempo pasaría más
rápido si me acostaba y conseguía dormir. Pero sabía que
nada de lo que había soñado sucedería.
Algo tan sencillo como cerrar los ojos y dejarse llevar por
el sueño, se convirtió en toda una hazaña para mí, algo
materialmente imposible en los últimos días.
Siempre había tenido problemas de insomnio y hasta
ahora los había logrado vencer. Pero eso no les restaba
importancia.
La angustia ocupaba demasiado espacio en mi cabeza
como para dedicar un hueco al descanso.
****
Nunca me había gustado la noche; la oscuridad
amenazante que lo cubre todo, la temperatura que
desciende hasta calarte los huesos, el ligero brillo que
desprenden las estrellas —insinuando que están ahí y te
protegen. Cuando lo cierto es que estás más solo que la
luna y seguirás estándolo si te ocurre algo malo; ellas no
van a ayudarte y tampoco quieren hacerlo.
Y esa noche me devoró, minuto a minuto, segundo a
segundo. Cada instante que pasaba era más largo que el
anterior. Todo lo que había analizado durante el día, la
madrugada se encargó de cuestionármelo hasta el punto de
no confiar en la solución. Fue así como poco a poco me
empequeñecí hasta convertirme en una mancha
insignificante dando tumbos en la cama.
Esa noche en especial fue más difícil que ninguna otra.
Tal vez porque mi mente no dejaba de repetirme lo que
había sentido con el beso y el contacto de Alessandro.
O, tal vez, divagando entre la realidad amenazante que
se aproximaba, y si verdaderamente estaba preparada para
ello. Si ya no le servía a Alessandro para lo que deseaba,
solo sería cuestión de tiempo para que se aburriese y me
asesinase. No. En realidad sabía que Alessandro no deseaba
asesinarme, pero me sentía asustada de mis propios
sentimientos.
En verdad, no era tan adulta para afrontar algo tan
drástico.
Tenía miedo. Sí, era miedo. Por mí, y mis sentimientos…
y de él.
No me gustaba sentirlo. Eso indicaba fragilidad y no se
me ocurría peor momento para demostrarla. Había llegado
hasta este punto y debía afrontarlo… pero si lo pensaba
demasiado, simplemente, me aterrorizaba. ¿Cómo es que
podía sentir atracción y terror por mi jefe, que terminó
siendo mi secuestrador? Era una locura.
El sonido de la alarma interrumpió mis pensamientos y
me hizo saltar de la cama.
Había llegado la hora de preparar el desayuno.
****
—Alessandro —se me contrajo el vientre al verle.
Pero él no habló enseguida. Se detuvo a beber agua
entrecortadamente, algo que me indicó la poca confianza
que tenía puesta en aquel encuentro.
—Dime —repuso él.
El desayuno estaba servido para ambos, y su corbata
recién planchada le esperaba junto a su asiento. Sonreí al
recordar aquella película antigua que habíamos visto juntos
y cuyo significado no entendía en principio, pero ahora sí.
Alessandro trataba de enseñarme lo que él necesitaba que
hiciese.
Me sentía hechizada al verlo. Deseaba tantas cosas de él
que no sabía qué hacer. Entonces me asaltó la
desesperación.
—Háblame. Estoy a punto de volverme loca, encerrada
en este lugar sin contacto alguno —le reproché.
—Me has pedido que me alejase de ti, Victoria —contestó
robóticamente—. He seguido tus órdenes al pie de la letra.
Lo miré como la primera vez. Todavía tenía el sabor de
labios en mi boca, sentía el calor de su tacto en mi piel, el
susurro de sus palabras en mi cuello… Y ahora veía cómo
mis palabras causaban que se alejase.
Lo había obligado a apartarse de mí, sin darme cuenta de
que con ello me obligaba también a morir. Pero eso es algo
que no me debía de importar lo más mínimo, después de
tantas veces que había puesto mi vida en peligro.
Pero mi corazón estaba allí, con él.
Y es imposible a arrancarse a alguien del pecho tan
fácilmente.
—¿Y que si te digo que he cambiado de parecer? —
pregunté.
Se humedeció los labios, tragó saliva y volvió a
humedecerse los labios. No sabía qué decir pero, tras unos
segundos de silencio, negó con la cabeza.
—¿Por qué… por qué lo harías? —preguntó Alessandro en
susurro, y noté cómo se encogía.
Estaba al borde de un ataque de nervios y… se me
escapó de las manos. Me acerqué a él involuntariamente y
lo miré fijamente, sin emitir palabra alguna.
—No volverá a ocurrir. No volveré a tocarte —cerró los
ojos y tomó aire mientras se acercaba aún más—. Hasta que
tú me lo pidas.
—Te lo pido, Alessandro.
Sus labios rozaron los míos y cerré los ojos sintiendo que
mi corazón se desbordaba.
—Aunque me muera de ganas… —susurró en mis labios
antes de marcharse.
Chocó con mi hombro suavemente y me dejó con la
ansiedad en el cuerpo. Jamás había deseado que me
besaran con tanta fuerza.
Y él simplemente se fue.
****
Miré al cielo y de nuevo a ella, que dejaba atrás.
En realidad me iba porque no podía tenerla cerca. No
estaba seguro de lograr aguantar las ganas de besarla.
Deseaba tumbarla en el suelo y besarla durante horas, pero
le había hecho una promesa y debía cumplirla. Esperaría
hasta que ella me permitiera romperla.
Victoria arrugó la frente. Estaba claro que no quería que
me marchara y aquello me volvió loco.
Ella quería estar conmigo tanto como yo con ella.
Y eso mismo acababa de admitir. ¿Cómo pude ser tan
imbécil? Genial. Debe de pensar que eres un cobarde.
Estaba tan concentrado en controlar mis deseos que no
escuché las palabras de Victoria.
Sin pensarlo corrí de nuevo dentro de la casa en su
búsqueda. Allí estaba ella, con una expresión confusa en su
lindo y perfecto rostro.
Y de repente, antes de darme cuenta, Victoria rodeaba
mi cintura con sus brazos. Sus manos rozaban mi cadera
con toda intención. Su pecho se acopló a mi espalda y se
acercó a mi oído.
—Bésame —susurró ella.
Aquel gesto bastó para que sonriera. No había ni un
ápice de inseguridad en mí y, aunque no podía asegurarlo,
tenía la impresión de que era la primera vez de muchas.
De nuevo, nuestros labios se rozaron. Al principio como si
fueran dos desconocidos.
Lo hice despacio, con suavidad, aprovechando cada
segundo.
Que Victoria se encontrara bajo mi cuerpo rodeándome
con sus brazos era, con diferencia, la mejor experiencia de
mi vida.
—No sabes lo mucho que deseaba oír eso.
Besaba mucho mejor que en mis sueños y ella parecía
saberlo, por eso se recreaba en mis labios.
Suspiré antes de tomar aire mientras su boca descendía
por mi cuello. Enseguida cogí su rostro y volví a besarle. Tiré
de su vestido por encima de sus muslos, para tocar sus
glúteos. La necesitaba más cerca.
Ella soltó un suave gemido, haciendo un gran esfuerzo
por hablar
—No debiste marcharte sin mí —musitó, mientras yo
intentaba controlar mi ansiedad.
Intenté dominar mis impulsos. Tenía tantas ganas de
tocarme como yo a ella. Avanzó un paso.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó ella, tirando de
mi corbata con suavidad y arrastrándome aún más hacia
ella.
****
Retiré su camisa acariciando sus hombros desnudos,
esperando su respuesta. Alessandro apretó mi cintura y
quiso librarse del vestido que yo llevaba, pero se detuvo en
seco. Gemí cuando me percaté de la ausencia de su tacto y
besó la punta de mi nariz.
—Haremos lo que sea que desees —musitó excitado,
rozando mis labios con su lengua.
—Ya deberías saberlo —imité su gesto, aferrándome a su
cintura.
Recorrí su musculosa espalda con mis uñas y volví a
descender.
Alessandro gruñó en respuesta y me levantó del suelo
con una increíble fuerza. Me abracé a su cintura con mis
piernas y seguimos el camino entre beso y beso hasta su
habitación.
Y allí me tumbó en la cama y nos miramos un par de
segundos conteniendo la respiración. A él parecía divertirle
aquella pequeña tensión entre ambos.
Enseguida, Alessandro retiró el broche de su cinturón y
se incorporó sentándose sobre sus rodillas. Miró mis tobillos
y comenzó a acariciarlos, subiendo muy lento. Dibujó mis
rodillas, pero se detuvo al llegar a mis muslos. Cogió mis
piernas y las abrió antes de echarse sobre mí.
Deslizó sus labios por mi cuello rozando la piel con su
lengua. A esas alturas, ya estaba demasiado descontrolada.
Continuó bajando hasta que llegó a mi vientre. Acaricié
su cabello y me removí bajo su cuerpo antes de impulsarme
hacia él. Lo besé mientras él me sentaba sobre su regazo y
se agarraba a mi cintura.
Le empujé por encima de sus hombros para tumbarme
sobre él. Y Alessandro sonrió al verme sobre él. Cogió mis
caderas incitándome, con una sonrisa juguetona en su
rostro.
Podía sentir la base de su miembro presionar sobre mi
clítoris lo que provoco que se me escapara un ligero
gemido. Me acerqué a su oreja y le mordisqueé el lóbulo,
provocándole un suspiro entrecortado.
Fui plantando pequeños besos en su pecho, mientras
trazaba círculos con el dedo sobre su vientre. Él removía su
gruesa erección debajo de mí, hasta que fue insoportable
para ambos seguir con ello.
Alessandro me tumbó sobre las finas sabanas de tela,
para tomar el control y lo que sucedió después no fue sino
una serie de embestidas celestiales, en las que me sentía
poseída.
Por primera vez en mi vida en una situación parecida,
sentía una extraña opresión en el pecho que no sabía
describir; era agónica y desesperante, pero al mismo
tiempo, agradable y plácida.
Nunca antes pensé que mi cuerpo fuera capaz de
responder aquella manera.
****
Le hice el amor suave y delicadamente, sintiendo cada
caricia como nunca antes lo había hecho.
Estaba enamorado de Victoria y solo escucharla jadear
mientras se aferraba a mi cuerpo desnudo me hizo
comprender que no había otra cosa que deseara más en el
mundo. Deseaba hacerle el amor cada mañana y cada
noche que restaba de mi vida.
Dejamos que el silencio fluyera para notar solo el
contacto de nuestros cuerpos desnudos.
Había sido fabuloso sentir a Victoria de aquella manera;
su respiración agitada en mi oído, sus labios besando cada
esquina de mi cuerpo, su cuerpo contra el mío… Le deseaba
más que a nada y a nadie en el mundo, y supe que
necesitaba sentir aquello cada noche de mi vida.
Solo nos acompañaba los brillos de sol que se colaban a
través de las persianas y el ruido de las hojas golpear por el
viento. Suficiente. No quería otra cosa.
Me hubiera gustado quedarme allí para siempre, con
Victoria aferrada a mi pecho, en contacto con su cálida piel,
y dejando que los minutos pasaran sin más. Sin
complicaciones. Solo ella y yo.
****
—Dios, Victoria. Con tu cuerpo encima, es imposible ser
fuerte —manifestó sonriente. Decidí apartarme y dejarle
algo de espacio para que se recuperara—. Pero eso no
significa que te alejes —dijo antes de jalarme de nuevo
hacia él.
Busqué su mirada. Había oscuridad, pero pude notar ese
increíble resplandor que emanaban sus ojos verdosos y me
maravillaba. Alessandro inclinó la cabeza hacia mí y me
contempló frunciendo el ceño.
Alessandro suspiró y pude sentir cómo el ritmo de su
corazón se aceleraba. Segundos después, asomó su voz de
forma débil y tímida.
—Cásate conmigo —musitó incorporando la cabeza para
mirarme—. Vayámonos lejos y casémonos. Comencemos de
nuevo.
Me quedé paralizada, sin respiración. ¡Me estaba
pidiendo que me casara con él! No, en realidad, no había
sido una pregunta.
Aquello era mucho más de lo que me esperaba. Esa
misma noche apenas y habíamos logrado convivir.
—Aún hay mucho a lo que acostumbrarme. ¿Y qué hay
de mi familia? —me obligué a mencionar, aunque no era
realmente lo que quería decir.
Supongo que a Alessandro no le importó, porque sonrió
débilmente y se aferró aún más a mí.
—No me importa esperar. Merece la pena si después te
conviertes en mi esposa. Y no planeo seguirte manteniendo
aquí, pero te amo y estoy loco por casarme contigo —
terminó susurrando insinuantemente, como casi siempre
hacía—. ¿Qué me dices?
Ahora ya no parecía tan inseguro y yo, al fin, pude
controlar mis nervios.
—¿Me amas? —pregunté temerosa, algo amedrentada.
—Como un loco —dijo él riendo y plantando un beso en
mi frente—. Dime que tú me quieres a mí.
Lo observé con seriedad y cogí aire.
—Te… quiero… —sonó entrecortado, y eso fue lo que
más le emocionó.
Me abrazó con tanta fuerza que pensé que nada sería
capaz de separarnos. Y me miró de una forma tan intensa
que me traspasó.
—No dejes nunca de hacerlo —susurró entre mi hombro y
mi cuello—. Me muero de ganas de decir que eres mía,
Victoria.
Soy suya…
Sentí unos pasos y me giré. Para encontrarme con Elena,
quien apareció en la penumbra de la puerta de la habitación
de Alessandro.
La sorpresa invadió su rostro al verme y miró enfurecida
a
Alessandro.
Me recogí el cabello detrás de la oreja y miré a mi
alrededor pensando en cómo salir de allí, pero apenas
alcancé a tapar mi cuerpo con las sabanas avergonzada.
Se acercó unos pasos.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, casi susurrando.
—¿Qué haces tú aquí, Elena? —preguntó por lo alto
Alessandro.
Ella solo sonrió débilmente, como queriendo mofarse,
pero no lo logró y yo no supe interpretar aquel gesto.
—Quería… antes… —no sabía cómo hablarme—. Quería
ver como estabas, Victoria.
Pensé que Alessandro me soltaría o que se alejaría de mí,
pero ocurrió todo lo contrario. Se apretó aún más,
dejándome sentir el calor que emanaba su cuerpo.
—¡Aléjate de ella! —gritó Elena, provocando que me
separara de él.
Descubrí a Elena enfurecida y llena de cólera. Retaba a
Alessandro con la mirada, pero este ni siquiera se movió.
—¿Qué te ha obligado a hacer Alessandro? —me
preguntó ella, penetrándome con la mirada.
Simplemente alcancé a negar con la cabeza, aterrada de
lo que esta mujer podría ser capaz de hacer.
Aún tenía vivo el recuerdo de ella apuntándole a
Alessandro con un arma. Nunca antes había sentido tanto
terror en mi vida.
—Alessandro y yo… nada de esto… —tartamudeé
cabizbaja. No conseguí las palabras para explicarle lo que
sucedía.
****
Al minuto siguiente me encontraba apuntado por Elena,
pero ella se giró y apuntó hacia Victoria sin saber que ella
estaría en la trayectoria de su revólver.
El brillo que habitaba en su mirada antes de que
estallara todo aquel desastre desapareció de golpe.
Victoria gimió aterrada y yo empalidecí, sintiendo que el
aire comenzaba a faltar en mis pulmones.
Nunca me había importado morir, pero Victoria merecía
vivir todo lo bueno que esta vida estaba dispuesta a darle.
No quería ese destino para ella.
Fue inevitable especular. Pensé en cómo habría sido todo
si yo hubiera sido un tipo normal; de esos que te recogen
para ir a cenar o al cine, que te regalan flores en día San
Valentín o que te sorprende con un mensaje de amor.
Le hubiera pedido una cita y habríamos paseado de la
mano sin miedo a que mi maldita hermana le apuntara con
una pistola. Nuestro primer beso habría sido en la puerta de
su casa, al despedirnos, y no como en verdad ocurrió.
Victoria jamás habría conocido el peligro con alguien así,
y yo no me sentiría tan culpable por haber arriesgado su
vida. Fue mi deseo y amor por ella el que nos había llevado
hasta ese momento.
Miré a Elena y entrecerré los ojos, intentando analizar los
suyos. Pero no me lo permitió porque me esquivó irritada.
Cogió aire entrecortadamente y apretó los dientes tensando
los brazos.
—Suéltalo —le demandó a Victoria.
— Pero… yo le quiero —respondió Victoria con los ojos
acuosos, a punto de estallar en llanto.
—¡No es cierto! —gritó Elena, con los mismos ojos
llorosos—. ¿Cómo podrías querer a alguien que te ha hecho
algo semejante?
—No lo sé… solo pasó —dijo Victoria, apretándose contra
mi cuerpo.
Oscuridad y silencio. Como si de algún modo Elena no
estuviera de acuerdo con lo que acababa de oír.
—Lo siento, cariño, pero eso es algo que ni siquiera tú
puedes evitar.
Elena divagó su mirada de Victoria hacia mí un par de
veces, sin dejar de apuntarle. Y poniéndome cada vez más
nervioso. Sabía que sería capaz de dispararle de quererlo,
porque Elena se sentía culpable y responsable de su
desaparición.
—Elena… —comencé a hablarle—. Si lo que deseabas era
escuchar que Victoria está a salvo. Pues ahí lo tienes. Ahora,
baja el arma y deja de apuntarle.
—¿Estás segura que estás bien? —preguntó Elena.
Victoria asintió temblorosa, lo que causó que Elena
sonriera débilmente, hasta que al final bajó el arma.
Por fin tuve oportunidad de respirar y resoplé mirando a
mi hermana como si fuese una desconocida.
En ese instante, Victoria entrelazó sus dedos con los míos
mientras se apretaba contra mi hombro. Percibí su
respiración agitada. Jamás permitiría que le ocurriera algo si
estaba conmigo.
Elena no había encontrado lo que buscaba, porque debía
de ser lo que yo tenía en las manos. Me aferré con fuerza a
la mano de Victoria apretando la mandíbula y Elena se
acercó lentamente hasta a la orilla de la cama observando
con detenimiento nuestras manos.
Noté que tenía las pupilas dilatadas cuando por fin me
miró. Trataba de comprender qué había hecho yo con
Victoria, pero no lo lograba.
Cerró los ojos y suspiró. Si decidía odiarme, estaba en
todo su derecho. Le había mentido y no era una mentira
pequeña. Se trataba de una locura que podría haberme
costado mi carrera e incluso mi vida, pero ese era yo. Un
loco de carretera enamorado hasta las venas de esta
pequeña.
Mi hermana sabía que nunca obtendría una disculpa por
mi parte, pero…
Al poco tiempo comenzase a platicar amena con Victoria,
con una sutileza que poco había visto en mi hermana.
Sé que solo se aseguraba de que en verdad estuviese
bien, dudando de su propio hermano; pero me satisfacía
verlas unidas.
Victoria respondía con cariño a todas las preguntas
incesantes de Elena y entendí como era tan sencillo amarla,
tan sencillo anhelar su belleza.
Y ahora, por fin era mía.
****
—¿Sucede algo, Victoria? —preguntó él, mientras
escarbaba entre unos papeles de su escritorio.
Mi padre había reaccionado mal a un medicamento y
deseaba verlo, pudiendo ser la última vez que lo haría.
Era la primera vez que le pediría a Alessandro salir de
casa sin él después de nuestra boda. Pero mi padre era lo
único auténtico que tenía y no deseaba abandonarlo.
Hubiera deseado poder haber dicho toda la historia, pero
en cuanto abrí la boca para hablar, solo rompí a llorar.
Entre sollozos débiles traté de explicar toda lo que
sucedía con mi padre, pero Alessandro no me dejó siquiera
terminar. En poco tiempo se mostró compasivo y amable.
A juzgar por su expresión sé que no sabía muy bien qué
hacer en aquella situación. Fue algo embarazoso para
ambos. Me había visto muy triste y apenada. Y eso me
inquietaba, pero me ofreció todo el tiempo que necesitase.
Sin mucho tiempo para reflexionar sobre ello, tomé el
siguiente tren hasta Madrid, con un nudo de nervios en el
estómago.
No sabía con qué me iba a encontrar, pero si sabía que
después de mucho tiempo vería de nuevo a mis padres.
Llegué sin avisar nada a nadie, pedí a un taxi que me
llevase directamente hasta el hospital sin ocasión siquiera
de dejar mis maletas.
Siendo el primer rostro que vi al entrar el de mi madre,
conversando con una enfermera.
Estaba muy diferente. Su rostro lucía cansado y tenía
unas largas ojeras adornando sus mejillas. Definitivamente
los años no pasaban en vano. Hacía mucho tiempo que debí
haber vuelto.
Cuando levantó la vista hacia mí, sus ojos se llenaron de
inmediato de lágrimas y me abrazó muy fuerte. La estrujé
mucho más fuerte contra mí, como si fuera posible
recuperar todo el tiempo perdido. Ella sabía cuán
arrepentida estaba, sin necesidad de palabras.
—¡Creí que no vendrías! —dijo una voz, detrás de
nosotras.
De repente, pensé en mi hermanita y eso me rompió el
corazón —Alicia.
Ya no era mi hermanita, había crecido. Se había estirado
unos cuantos centímetros, así que casi me sobrepasaba en
altura y su voz ya no era tan aguda.
Se unió a nosotras en el abrazo y no pude contener el
descenso inevitable de mis lágrimas.
Cuando había recuperado un poco el aliento, aparté las
lágrimas de las mejillas de Ali y ella imitó el gesto conmigo.
Me aclaré la garganta un par de veces, hasta que por fin
pude hablar.
—Y bien… ¿cómo está papá? —me limité a preguntar.
—Por eso que te pedí que vinieras —replicó mi madre en
un tono sombrío.
—Quiero verlo.
Mi madre asintió y me condujo hasta su habitación. El
frío que albergaba los interminables pasillos era casi
enfermizo, parecía que incluso llegaba a helarte los huesos.
Y allí, al final del pasillo, estaba él. Moribundo e inerte,
solo me confiné a besarlo en la frente y a decirle cuanto lo
amaba, y cuanto lo extrañaba.
—Papá… no sabes cuánto lo siento. Debí haber estado
aquí hace tanto tiempo —dije arrepentida—. Estaba
desesperada por llegar y abrazarte.
Sabía que él podría escucharme, sabía que él podría
entenderme y perdonarme, mientras yo jamás podría.
Me quedé dormida a su lado, con la misma ropa que
llevaba puesta desde las siete de la mañana, congelándome
del frío.
Y esa misma madrugada, a las cuatro de la mañana mi
padre falleció.
Se había ido sin lograr darle un último beso, un último
abrazo.
Mientras todos lloraban o se lamentaban y se abrazaban,
yo permanecí tiesa al lado del cuerpo de mi padre, sintiendo
un enorme vacío en el pecho.
El día de su funeral fue el día más triste de la historia,
gris y lluvioso.
No podía creer que ya nunca más tendría los viejos
consejos de mi padre para cuando no supiese sobre algo, o
su dulce mirada conmigo. Mirada que no disfruté tanto
como debí.
Sentí una mano reconfortarme frotándome el hombro y
fue entonces cuando levanté la vista, para encontrarme con
el rostro inescrutable de Alessandro. Se acercó a mí y me
recibió en un abrazo; y por primera vez en mucho tiempo
sentí que no estaba sola en este mundo.
NOTA DEL AUTOR
Espero que hayas disfrutado del libro. MUCHAS GRACIAS
por leerlo. De verdad. Para nosotros es un placer y un
orgullo que lo hayas terminado. Para terminar… con
sinceridad, me gustaría pedirte que, si has disfrutado del
libro y llegado hasta aquí, le dediques unos segundos a
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parecido de verdad. Desde el corazón. El público decidirá,
con el tiempo, si merece la pena o no. Yo solo sé que
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Capítulo 1
Cuando era adolescente no me imaginé que mi vida
sería así, eso por descontado.
Mi madre, que es una crack, me metió en la cabeza
desde niña que tenía que ser independiente y hacer lo que
yo quisiera. “Estudia lo que quieras, aprende a valerte por ti
misma y nunca mires atrás, Belén”, me decía.
Mis abuelos, a los que no llegué a conocer hasta que
eran muy viejitos, fueron siempre muy estrictos con ella. En
estos casos, lo más normal es que la chavala salga por
donde menos te lo esperas, así que siguiendo esa lógica mi
madre apareció a los dieciocho con un bombo de padre
desconocido y la echaron de casa.
Del bombo, por si no te lo imaginabas, salí yo. Y así,
durante la mayor parte de mi vida seguí el consejo de mi
madre para vivir igual que ella había vivido: libre,
independiente… y pobre como una rata.
Aceleramos la película, nos saltamos unas cuantas
escenas y aparezco en una tumbona blanca junto a una
piscina más grande que la casa en la que me crie. Llevo
puestas gafas de sol de Dolce & Gabana, un bikini exclusivo
de Carolina Herrera y, a pesar de que no han sonado
todavía las doce del mediodía, me estoy tomando el medio
gin-tonic que me ha preparado el servicio.
Pese al ligero regusto amargo que me deja en la boca,
cada sorbo me sabe a triunfo. Un triunfo que no he
alcanzado gracias a mi trabajo (a ver cómo se hace una rica
siendo psicóloga cuando el empleo mejor pagado que he
tenido ha sido en el Mercadona), pero que no por ello es
menos meritorio.
Sí, he pegado un braguetazo.
Sí, soy una esposa trofeo.
Y no, no me arrepiento de ello. Ni lo más mínimo.
Mi madre no está demasiado orgullosa de mí. Supongo
que habría preferido que siguiera escaldándome las manos
de lavaplatos en un restaurante, o las rodillas como fregona
en una empresa de limpieza que hacía malabarismos con mi
contrato para pagarme lo menos posible y tener la
capacidad de echarme sin que pudiese decir esta boca es
mía.
Si habéis escuchado lo primero que he dicho, sabréis
por qué. Mi madre cree que una mujer no debería buscar un
esposo (o esposa, que es muy moderna) que la mantenga. A
pesar de todo, mi infancia y adolescencia fueron
estupendas, y ella se dejó los cuernos para que yo fuese a
la universidad. “¿Por qué has tenido que optar por el camino
fácil, Belén?”, me dijo desolada cuando le expliqué el
arreglo.
Pues porque estaba hasta el moño, por eso. Hasta el
moño de esforzarme y que no diera frutos, de pelearme con
el mundo para encontrar el pequeño espacio en el que se
me permitiera ser feliz. Hasta el moño de seguir
convenciones sociales, buscar el amor, creer en el mérito
del trabajo, ser una mujer diez y actuar siempre como si la
siguiente generación de chicas jóvenes fuese a tenerme a
mí como ejemplo.
Porque la vida está para vivirla, y si encuentras un
atajo… Bueno, pues habrá que ver a dónde conduce, ¿no?
Con todo, mi madre debería estar orgullosa de una cosa.
Aunque el arreglo haya sido más bien decimonónico, he
llegado hasta aquí de la manera más racional, práctica y
moderna posible.
Estoy bebiendo un trago del gin-tonic cuando veo
aparecer a Vanessa Schumacher al otro lado de la piscina.
Los hielos tintinean cuando los dejo a la sombra de la
tumbona. Viene con un vestido de noche largo y con los
zapatos de tacón en la mano. Al menos se ha dado una
ducha y el pelo largo y rubio le gotea sobre los hombros.
Parece como si no se esperase encontrarme aquí.
Tímida, levanta la mirada y sonríe. Hace un gesto de
saludo con la mano libre y yo la imito. No hemos hablado
mucho, pero me cae bien, así que le indico que se acerque.
Si se acaba de despertar, seguro que tiene hambre.
Vanessa cruza el espacio que nos separa franqueando
la piscina. Deja los zapatos en el suelo antes de sentarse en
la tumbona que le señalo. Está algo inquieta, pero siempre
he sido cordial con ella, así que no tarda en obedecer y
relajarse.
—¿Quieres desayunar algo? –pregunto mientras se
sienta en la tumbona con un crujido.
—Vale –dice con un leve acento alemán. Tiene unos
ojos grises muy bonitos que hacen que su rostro
resplandezca. Es joven; debe de rondar los veintipocos y le
ha sabido sacar todo el jugo a su tipazo germánico. La he
visto posando en portadas de revistas de moda y corazón
desde antes de que yo misma apareciera. De cerca,
sorprende su aparente candidez. Cualquiera diría que es
una mujer casada y curtida en este mundo de apariencias.
Le pido a una de las mujeres del servicio que le traiga
el desayuno a Vanessa. Aparece con una bandeja de platos
variados mientras Vanessa y yo hablamos del tiempo, de la
playa y de la fiesta en la que estuvo anoche. Cuando le da
el primer mordisco a una tostada con mantequilla light y
mermelada de naranja amarga, aparece mi marido por la
misma puerta de la que ha salido ella.
¿Veis? Os había dicho que, pese a lo anticuado del
planteamiento, lo habíamos llevado a cabo con estilo y
practicidad.
Javier ronda los treinta y cinco y lleva un año retirado,
pero conserva la buena forma de un futbolista. Alto y
fibroso, con la piel bronceada por las horas de
entrenamiento al aire libre, tiene unos pectorales bien
formados y una tableta de chocolate con sus ocho onzas y
todo.
Aunque tiene el pecho y el abdomen cubiertos por una
ligera mata de vello, parece suave al tacto y no se extiende,
como en otros hombres, por los hombros y la espalda. En
este caso, mi maridito se ha encargado de decorárselos con
tatuajes tribales y nombres de gente que le importa.
Ninguno es el mío. Y digo que su vello debe de ser suave
porque nunca se lo he tocado. A decir verdad, nuestro
contacto se ha limitado a ponernos las alianzas, a darnos
algún que otro casto beso y a tomarnos de la mano frente a
las cámaras.
El resto se lo dejo a Vanessa y a las decenas de chicas
que se debe de tirar aquí y allá. Nuestro acuerdo no
precisaba ningún contacto más íntimo que ese, después de
todo.
Así descrito suena de lo más atractivo, ¿verdad? Un
macho alfa en todo su esplendor, de los que te ponen
mirando a Cuenca antes de que se te pase por la cabeza
que no te ha dado ni los buenos días. Eso es porque todavía
no os he dicho cómo habla.
Pero esperad, que se nos acerca. Trae una sonrisa de
suficiencia en los labios bajo la barba de varios días. Ni se
ha puesto pantalones, el tío, pero supongo que ni Vanessa,
ni el servicio, ni yo nos vamos a escandalizar por verle en
calzoncillos.
Se aproxima a Vanessa, gruñe un saludo, le roba una
tostada y le pega un mordisco. Y después de mirarnos a las
dos, que hasta hace un segundo estábamos charlando tan
ricamente, dice con la boca llena:
—Qué bien que seáis amigas, qué bien. El próximo día
te llamo y nos hacemos un trío, ¿eh, Belén?
Le falta una sobada de paquete para ganar el premio a
machote bocazas del año, pero parece que está demasiado
ocupado echando mano del desayuno de Vanessa como
para regalarnos un gesto tan español.
Vanessa sonríe con nerviosismo, como si no supiera
qué decir. Yo le doy un trago al gin-tonic para ahorrarme una
lindeza. No es que el comentario me escandalice (después
de todo, he tenido mi ración de desenfreno sexual y los tríos
no me disgustan precisamente), pero siempre me ha
parecido curioso que haya hombres que crean que esa es la
mejor manera de proponer uno.
Como conozco a Javier, sé que está bastante seguro de
que el universo gira en torno a su pene y que tanto Vanessa
como yo tenemos que usar toda nuestra voluntad para
evitar arrojarnos sobre su cuerpo semidesnudo y adorar su
miembro como el motivo y fin de nuestra existencia.
A veces no puedo evitar dejarle caer que no es así,
pero no quiero ridiculizarle delante de su amante. Ya lo hace
él solito.
—Qué cosas dices, Javier –responde ella, y le da un
manotazo cuando trata de cogerle el vaso de zumo—. ¡Vale
ya, que es mi desayuno!
—¿Por qué no pides tú algo de comer? –pregunto
mirándole por encima de las gafas de sol.
—Porque en la cocina no hay de lo que yo quiero –dice
Javier.
Me guiña el ojo y se quita los calzoncillos sin ningún
pudor. No tiene marca de bronceado; en el sótano tenemos
una cama de rayos UVA a la que suele darle uso semanal.
Nos deleita con una muestra rápida de su culo esculpido en
piedra antes de saltar de cabeza a la piscina. Unas gotas me
salpican en el tobillo y me obligan a encoger los pies.
Suspiro y me vuelvo hacia Vanessa. Ella aún le mira
con cierta lujuria, pero niega con la cabeza con una sonrisa
secreta. A veces me pregunto por qué, de entre todos los
tíos a los que podría tirarse, ha elegido al idiota de Javier.
—Debería irme ya –dice dejando a un lado la bandeja—.
Gracias por el desayuno, Belén.
—No hay de qué, mujer. Ya que eres una invitada y este
zopenco no se porta como un verdadero anfitrión, algo
tengo que hacer yo.
Vanessa se levanta y recoge sus zapatos.
—No seas mala. Tienes suerte de tenerle, ¿sabes?
Bufo una carcajada.
—Sí, no lo dudo.
—Lo digo en serio. Al menos le gustas. A veces me
gustaría que Michel se sintiera atraído por mí.
No hay verdadera tristeza en su voz, sino quizá cierta
curiosidad. Michel St. Dennis, jugador del Deportivo
Chamartín y antiguo compañero de Javier, es su marido. Al
igual que Javier y yo, Vanessa y Michel tienen un arreglo
matrimonial muy moderno.
Vanessa, que es modelo profesional, cuenta con el
apoyo económico y publicitario que necesita para continuar
con su carrera. Michel, que está dentro del armario,
necesitaba una fachada heterosexual que le permita seguir
jugando en un equipo de Primera sin que los rumores le
fastidien los contratos publicitarios ni los directivos del club
se le echen encima.
Como dicen los ingleses: una situación win-win.
—Michel es un cielo –le respondo. Alguna vez hemos
quedado los cuatro a cenar en algún restaurante para que
nos saquen fotos juntos, y me cae bien—. Javier sólo me
pretende porque sabe que no me interesa. Es así de
narcisista. No se puede creer que no haya caído rendida a
sus encantos.
Vanessa sonríe y se encoge de hombros.
—No es tan malo como crees. Además, es sincero.
—Mira, en eso te doy la razón. Es raro encontrar
hombres así. –Doy un sorbo a mi cubata—. ¿Quieres que le
diga a Pedro que te lleve a casa?
—No, gracias. Prefiero pedirme un taxi.
—Vale, pues hasta la próxima.
—Adiós, guapa.
Vanessa se va y me deja sola con mis gafas, mi bikini y
mi gin-tonic. Y mi maridito, que está haciendo largos en la
piscina en modo Michael Phelps mientras bufa y ruge como
un dragón. No tengo muy claro de si se está pavoneando o
sólo ejercitando, pero corta el agua con sus brazadas de
nadador como si quisiera desbordarla.
A veces me pregunto si sería tan entusiasta en la
cama, y me imagino debajo de él en medio de una follada
vikinga. ¿Vanessa grita tan alto por darle emoción, o porque
Javier es así de bueno?
Y en todo caso, ¿qué más me da? Esto es un arreglo
moderno y práctico, y yo tengo una varita Hitachi que vale
por cien machos ibéricos de medio pelo.
Una mujer con la cabeza bien amueblada no necesita
mucho más que eso.
Javier
Disfruto de la atención de Belén durante unos largos.
Después se levanta como si nada, recoge el gin-tonic y la
revista insulsa que debe de haber estado leyendo y se
larga.
Se larga.
Me detengo en mitad de la piscina y me paso la mano
por la cara para enjuagarme el agua. Apenas puedo creer lo
que veo. Estoy a cien, con el pulso como un tambor y los
músculos hinchados por el ejercicio, y ella se va. ¡Se va!
A veces me pregunto si no me he casado con una
lesbiana. O con una frígida. Pues anda que sería buena
puntería. Yo, que he ganado todos los títulos que se puedan
ganar en un club europeo (la Liga, la Copa, la Súper Copa, la
Champions… Ya me entiendes) y que marqué el gol que nos
dio la victoria en aquella final en Milán (bueno, en realidad
fue de penalti y Jáuregui ya había marcado uno antes, pero
ese fue el que nos aseguró que ganábamos).
La Mujer Trofeo
Romance Amor Libre y Sexo con el Futbolista Millonario
— Comedia Erótica y Humor —
Ah, y…
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