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MC 4

Este documento narra la historia trágica de Doña María Coronel y su esposo Juan de la Cerda a manos del rey Pedro I de Castilla. Doña María era una mujer virtuosa que rechazó los avances del rey. Como represalia, el rey ordenó la ejecución de Juan de la Cerda a menos que Doña María accediera a sus demandas. A pesar de las súplicas de Doña María, el rey ejecutó a Juan de la Cerda. Más tarde, el rey intentó secuestrar a Doña María en el mon

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MC 4

Este documento narra la historia trágica de Doña María Coronel y su esposo Juan de la Cerda a manos del rey Pedro I de Castilla. Doña María era una mujer virtuosa que rechazó los avances del rey. Como represalia, el rey ordenó la ejecución de Juan de la Cerda a menos que Doña María accediera a sus demandas. A pesar de las súplicas de Doña María, el rey ejecutó a Juan de la Cerda. Más tarde, el rey intentó secuestrar a Doña María en el mon

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Heroísmo de la virtud

A mi muy querido amigo el sr. D. José Camacho.

Es una historia triste, muy triste, un poema de belleza y sentimiento la


leyenda que vamos a narrar. Pocas crónicas la registran, solo la tradición la
ha dado vida hasta nuestros días, conservada en un monumento de piedra
que el tiempo y los hombres respetarán como han respetado hasta ahora[1].

I
1352
El 26 de marzo de 1350 falleció a los treinta y nueve años, víctima de la
peste negra en el cerco de Gibraltar, el rey D. Alonso XI, dejando de su
querida doña Leonor de Guzmán, dos hijas y cuatro hijos bastardos; y de su
esposa Doña María de Portugal, a su único hijo D. Pedro, que le sucedió en el
gobierno de los reinos de Castilla y León.
Educado este príncipe en el desenfreno y la licencia por el privado D. Juan
Alfonso de Albunquerque, entró a reinar cuando sus pasiones vivamente
excitadas no conocían ni el sagrado del honor, ni lo noble de los altos
deberes que le estaban confiados.
D. Pedro I era un apuesto doncel, que rendía culto idólatra a la belleza y
ante el cual tenían que sucumbir todas las mujeres, pues cuando el hombre
no alcanzaba por amor la posesión, el rey la lograba por fuerza, sin que le
impusiera ni lo respetable de los sacramentos de la Iglesia, como lo
demostró casándose con tres mujeres a un tiempo, Doña María de
Padilla, Doña Blanca de Borbón, y Doña Juana de Castro; las tres se
adornaron con el título de reinas, siendo difícil asentar a cuál de ellas
correspondía legítimamente.
D. Alfonso Fernández Coronel, señor de Aguilar, era un noble castellano que
tenía dos hermosas hijas, Doña María y Doña Aldonza. Doña María, la mayor,
era un ángel de virtud y de hermosura, y no se sabía qué admirar más en
ella, si su candoroso y amable carácter o su belleza verdaderamente
celestial. Doña Aldonza, la menor, era hermosa, pero no tanto como su
hermana; un tipo diferente, un carácter opuesto, unas inclinaciones
distintas.
D. Alfonso Fernández Coronel casó a sus hijas, la mayor con D. Juan de la
Cerda, descendiente del infante del mismo nombre, llamado el
Desheredado, y la segunda con D. Alvar Pérez de Guzmán, noble caballero
aragonés.
El rey D. Pedro, que en nuestro humilde concepto, lo mismo es acreedor al
dictado de justiciero que al de cruel, que indistintamente le dan, por haber
dado pruebas de uno y otro, echó la primera mancha sobre su reinado con la
cruel e injusta muerte que hizo dar en Talavera a Doña Leonor de Guzmán,
dama o querida que fue de su padre. Muchos absuelven al rey D. Pedro de
esta muerte, alegando fue sugerida por su madre, ansiosa de vengar en su
rival el abandono en que la tuvo su esposo.
La muerte de la de Guzmán, exasperó a sus hijos, particularmente al mayor.
D. Enrique, conde de Trastamara, que aspiraba a derribar del trono a su
hermano, fundado en ilusorios derechos que no podía apoyar en nada. El
sordo encono[2] de los bastardos, que por do quier clamaban venganza,
aumentó su partido que se presentó amenazador.
El rey D. Pedro había conocido a las hijas de D. Alfonso Fernández Coronel, y
ciegamente prendado de Doña María, la requirió de amores. La casta esposa
rechazó con indignación las proposiciones de su soberano, y hallándose sola
en su casa por ausencia de su esposo, no creyéndose segura de las tentativas
del audaz D. Pedro, se trasladó a la de sus padres, que vivían en Sevilla en
una calle perteneciente a la parroquia de Omnium Sanctorum.
Entre los partidarios de D. Juan Núñez de Lara, que después lo fueron del
bastardo D. Enrique, figuraban D. Alfonso Fernández Coronel y su yerno
D. Juan de la Cerda.
El primero, habiéndose negado a dar al rey su señorío de Aguilar, que
formaba parte sus feudos, fue declarado rebelde por D. Pedro, sitiado en su
villa y al fin tomada esta fue muerto por los ballesteros del rey, salvándose
de igual suerte D. Juan de la Cerda que por socorros había salido.
De resultas de esto, Doña María Coronel fue expulsada de la casa de sus
padres, que como los demás bienes que le pertenecían fueron confiscados
por el rey, y se refugió en el monasterio de Santa Clara, huyendo de las
insistentes proposiciones, ruegos y amenazas de D. Pedro, que no cejaba en
su amorosa pretensión.

II
1358
El partido del conde de Trastamara engrosaba sus filas gracias a las
atrocidades de D. Pedro.
D. Juan de la Cerda era uno de los más importantes capitanes de ese
partido, ansioso de vengar la muerte de su suegro.
Pero como la suerte de las batallas es mudable, sucedió que D. Juan fue
vencido y preso por D. Gil Bocanegra, entre Veas y Trigueros[3], cerca de
una ribera que la nombran Candón.
El rey D. Pedro creyó vencida la constancia de Doña María teniendo en su
poder a D. Juan.
Un día, un ballestero de maza, llevó al monasterio de Santa Clara, donde se
albergaba Doña María, una misiva del rey.
La de Coronel la abrió y leyó su contenido.
“Señora, vuestro marido, rebelde y desleal como todos los partidarios de mi
bastardo hermano, se halla en mi poder. Mi inexorable justicia va a caer
sobre él. Puedo perdonarle. Sed mía y os otorgaré su vida. Aguardaré vuestra
contestación todo el día”.
Dª María levantó sus ojos al cielo después de leer la carta del rey, y exclamó
con la mayor resignación:
— ¡Tan grandes son Señor mis culpas, que aún me reserváis este castigo más!
Más después, obrándose en ella una reacción, la conciencia de sus deberes
habló más alto que todo.
— Mi esposo está en poder del rey. Su vida se ve amenazada. Yo debo rogar
por él.
Y Dª María volvió a vestir sus galas de corte, se atavió, a bien que no
necesitaba joyas ni prendidos para estar hermosa, entró en una litera y se
hizo conducir al alcázar.
En su cámara se hallaba D. Pedro dando instrucciones a su ballestero y
verdugo privado Juan Diente[4], cuando Dª María solicitó audiencia.
— Una dama tan bella, no debe hacer antesala, dijo D. Pedro al camarero
que se lo anunciara. Que pase.
Dª María entró en la cámara desecha en llanto, y fue a postrarse a los pies
del rey.
— Señor, señor, perdón para mi esposo.
— Alzad, Dª María, que no está bien a mis pies dama tan hermosa, a quien yo
serviría de rodillas.
—No vengo a que me galantee vuestra alteza. Vengo a suplicar al justiciero
rey de Castilla, la vida de D. Juan de la Cerda.
— Me llamáis justiciero, y concederéis que condenar a muerte a un traidor es
un acto de justicia.
— La gran prerrogativa de los reyes, señor, es el perdón. Perdonad a un
esposo y daréis una prueba más de magnánimo y generoso.
— Le perdonaré, Dª María, pero el hacer caso omiso de la justicia, creo que
bien vale un pequeño sacrificio de vuestra parte.
— ¿Qué exigís de mí, señor? ¿Quiere vuestra alteza que dé yo por su vida mi
honra que es la suya? Jamás.
—Pensadlo bien, señor, porque sois vos y no yo la que condenáis a vuestro
esposo.
— ¿No está aún contento vuestra alteza con haberme dejado huérfana?
¿Quiere dejarme viuda?
—No maté yo a vuestro padre le mató su deslealtad, como la traición y la
rebeldía matan a vuestro esposo.
— Señor, señor, por el amor de vuestra esposa y vuestros hijos, concededme
la vida de mi esposo.
—Ya sabéis la condición, Dª María.
—Jamás.
—Entonces, no me importunéis con vuestras lágrimas ni con vuestras
súplicas.
Dª María era altiva, con esa altivez que tiene el que no separándose de la
línea de sus deberes ve a los demás faltar a ellos a cada paso. Comprendió
que nada alcanzaría del rey porque D. Pedro era obstinado y
particularmente en esas cuestiones de amor
Se levantó, saludó al rey con una reverencia y se dirigió a la salida.
— Esperad, señora, dijo D. Pedro, quiero daros tiempo a que reflexionéis
mejor la conducta que debéis seguir. Por un escrúpulo vuestro vais a
condenar a un hombre a quien podéis salvar a tan poca costa. Si a todas les
fuere dable ese medio, no hubiera un traidor que tuviese esposa o hijas que
algo valieran, que no hubiese salvado la vida. La ejecución en vuestro esposo
se suspenderá hasta la puesta del sol. De cuarto en cuarto de hora enviaré a
preguntar vuestra resolución.
— Será siempre la misma, señor. Nunca salvaré a mi esposo a costa de su
honor. D. Juan de la Cerda querrá más que le llore su viuda, a tener la vida
con esposa que haya manchado su tálamo. Dios nos juzgará, señor. Y a
vuestra alteza, que esposa fiel tiene y que por un pasajero deleite faltar le
quiere a la fidelidad, pedirá también estrecha cuenta.
— Vive Dios, señor, que no he menester de vuestros sermones. Idos, y
agradecer a vuestro sexo y hermosura que no os hagan trabar conocimiento
con mi fiel Juan Diente.
Dª María salió de la cámara del rey, y poco después del alcázar.
Regresó a su monasterio, y postrada delante de una imagen de la santísima
Madre de Dios, le pidió con gran fervor y lágrimas, la vida de su esposo si
conveniente era a su alma.
Es inexplicable el suplicio de la heroica esposa. El tiempo volaba, y cada
cuarto de hora los mensajeros del rey preguntaban por su resolución.
Dª María solo contestaba:
—La Virgen le salvará si le conviene.
Llegó la hora señalada para la ejecución de D. Juan de la Cerda, y como no
hubo contraorden, la cuchilla del verdugo cayó sobre su cuello.
Dª María lloró mucho a su esposo, e hizo voto de no salir más del monasterio,
en el que era un modelo de vida ascética.

III

La inquebrantable constancia de Dª María no curó la loca pasión del rey,


antes al contrario, encendió más y más sus deseos. Era ya un empeño
formal, decidido en D. Pedro, y resuelto se hallaba a llevarlo a cabo aunque
apelar necesitara a cualquier medio extremo, por violento que fuese.
Entraban leña en el monasterio un día, y D. Pedro, acompañado de cuatro
ballesteros de maza[5], disfrazados como él, se confundió con los criados del
monasterio y penetró en él fácilmente.
En un claustro tropezó con Dª María que le conoció a pesar de su disfraz, la
cual no atendiendo más que a su recato y honor, que conservaba puro aun
siendo viuda, corrió hacia la cocina y se encerró en ella.
Enfurecido D. Pedro por semejante acción que destruía sus planes la siguió
con los suyos hasta dicho punto, en el cual creyéndola segura e
imposibilitada de escapar de sus manos aquella vez, comenzó a forzar la
puerta. Era ésta harto floja para que pudiese resistir mucho tiempo los
esfuerzos reunidos de cinco hombres. El trance, pues, era inevitable. Dº
María Coronel tenía que caer en manos del rey indefectiblemente, sin que
salvarla pudieran ni lo sagrado del claustro.
Más la casta viuda no atendió a nada por salvarse de su perseguidor.
Había en la hornilla de la cocina una gran cacerola de aceite hirviendo; Dª
María la cogió, y súbitamente se la vertió en la cara, manos y pechos.
Cuando la puerta cedió D. Pedro pudo ver a Dª María revolcándose por el
suelo dando espantosos alaridos de dolor, y rodeada de tres o cuatro monjas
ancianas.
—Rey D. Pedro, dijo rugiendo de dolor, mira la hermosura que tanto has
codiciado.
Y Dª María presentó su cara al rey que volvió la suya a otro lado por no
presentar tal espectáculo.
Efectivamente, las bellas facciones de Dª María no eran más que una cosa
informe, una llaga viva.
Ante la sublime acción de aquella mujer, que no había vacilado en sacrificar
lo único que le quedaba, que era su hermosura, D. Pedro se sintió
conmovido.
—Perdonadme, señora, la dijo, mi tenaz persecución mi insistencia en que
fuerais mía. Yo no me perdonaré nunca el mal que os he causado, y para
repararlo en su más mínima parte, pedid cuanto queráis, que el rey nada
puede negaros.
Doña María continuaba retorciéndose los brazos presa de los más horribles
dolores.
—Señor, dijo al rey, devolvedme los solares de las casas de la colación[6] de
San Pedro que fueron de mi esposo, para que funde en ellos un convento y
pueda pedir a Dios desde su más apartado rincón por mis enemigos y por mi
familia.
—Concedido, contestó el rey, y si el estado de mi real erario lo permitiera,
yo os señalaría rentas suficientes para sostener esa fundación.
Y con Dios quedad, señora. Me separo de vos para siempre. Vivid tranquila y
perdonadme. Os mandaré mi médico para que os cure.
Y el rey salió del convento, admirado y conmovido del heroísmo de aquella
mujer, a la que dejaba entregada a horribles dolores que voluntariamente se
habría impuesto por salvar su virtud.

IV
1359
Como en compensación de la repulsa que el rey llevó de Dª María Coronel, al
año siguiente galanteó a su hermana Dª Aldonza, que se hallaba en el mismo
monasterio de Santa Clara, venida del castillo para alcanzar el perdón de su
marido, refugiado en Aragón por haber seguido el partido del conde de
Trastamara.
Dª Aldonza no fue tan insensible a los ruegos del rey como su hermana, de
modo que D. Pedro, consintiéndolo ella, la robó del monasterio de Santa
Clara y la llevó a la Torre del Oro dejándola confiada al cuidado de Pedro
Fernández de Velasco, Suero Pérez de Quiñones [7]y Sancho Díaz de
Quesada[8].
Dª María de Padilla, de la cual dice el crédulo historiador Mariana[9] que
había hechizado el rey, tuvo noticia de los devaneos de éste con Dª Aldonza
Coronel, en los que mezcló a su tío Juan Fernández de Hinestrosa, que según
afirma el cronista Ayala, fue preso por orden del rey para que no le
estorbase en sus amores, lo mismo que D. Diego García de Padilla, hermano
de D.ª María y gran maestre de Calatrava.
Cuando D. Pedro se cansó de Dª Aldonza, a la que había hecho llevar a
Carmona donde se hallaba, la abandonó y volvió a Sevilla al lado de la
Padilla, sin que se acordara más para nada de la crédula hermana de Dª
María Coronel, que había sido su primera víctima, aunque saliendo pura del
obstinado empeño del rey D. Pedro.
Ese suele ser el fin que tienen los amores reales. Al placer y orgullo que
proporciona a la mujer ser amada por un rey, sigue el desprecio de la culta
sociedad y el oprobio que patentiza la historia en sus páginas.
Gran lección es para la mujer cuya ambición se extiende más allá de lo que
permite su nacimiento o su clase. La que pretende remontar su vuelo hasta
el sol, le sucede lo que a Ícaro.
Aprended, pues, y escarmentad.

V
1374
A pesar de la concesión del rey D. Pedro, DªMaría Coronel no llevó a cabo su
proyecto hasta el año 1374, reinando ya D. Enrique II, el Fratricida.
Este concedió a la viuda de D. Juan de la Cerda, las rentas que necesitaba
para sostener su fundación. En el mismo solar de la casa de aquel caballero,
derribada por orden del Rey D. Pedro y de la que solo había quedado en pie
la capilla, levantó Dª María su convento de religiosas Franciscas, organizando
su comunidad, de la que fue nombrada abadesa, desempeñando el cargo
hasta su muerte, que ocurrió siendo ya de una edad muy avanzada. Fue
sepultada en el panteón o bóveda de su iglesia, en donde estuvo hasta el
años de 1679 en que se le trasladó al coro bajo, colocándola en una urna de
cristales, y todos los años, el día 2 de diciembre, destinado a las hornas de
la fundadora, se expone al público el incorrupto cuerpo de Dª María Coronel,
fundadora y primera abadesa del convento de Santa Inés de Sevilla.
En 1834 se trasladó a un nuevo sepulcro cerrado de cristales, que es en el
que existe en el día, y entonces la autoridad eclesiástica, acompañada de
facultativos y varios testigos, reconocieron el cadáver, que hallaron entero
y flexible hasta el extremo de poderlo lavar, perfumar y mudar de ropas
hasta las interiores, como así se hizo.
La iglesia del convento de Santa Inés, cuya comunidad constaba de diez y
nueve religiosas en 1849 pertenece al género gótico y tiene tres hermosas
naves y dos puertas. El célebre escultor Juan Martínez Montañez dejó en
este templo tres bien acabadas esculturas, y antes de la invasión francesa de
principios de este siglo, había en él buenas pinturas de Francisco Herrera, El
viejo, y algunas tablas de la escuela de Alberto Durero.
Hemos terminado la historia de Dª María Fernández Coronel, modelo de
hijas y de esposas, espejo de damas recatadas, ejemplo de humildad y de
verdadero ascetismo.
Si en los tiempos antiguos hubiese vivido, y fuese su cuna Grecia o Esparta,
no hubiera faltado un Herodoto o un Tucídides, que hubieran ensalzado la
virtud de tan noble dama; ya que a pesar del exagerado rigorismo, no
dejaron oculta la vida de su Aspasia, que mancha más que engrandece los
fastos de la civilización griega.
Razón tuvo Chateaubriand[10] al decir: “La invasión de las ideas ha sucedido
a la invasión de los bárbaros, la civilización actual, descompuesta, se pierde
a sí misma; el vaso que la contiene no ha derramado su líquido en otro vaso;
el vaso es el que se ha roto.”

FUENTE
Fábregues, Salvador María de, “Heroísmo de la virtud”, La Moda
elegante (Cádiz). Núm.5 6/2/1869, p.7.

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