La leyenda de Doña María Coronel y el Rey Pedro I
Tuvo una desgraciada vida, marcada por las luchas por el poder en una
Castilla dividida por continuas guerras civiles, y por el capricho del Rey
Pedro I por poseer a toda mujer que le apeteciera. era la hija mayor
de Alfonso Fernández Corone l. Un poderoso noble castellano no
acabaron las desgracias para mí cuando muere mi padre, aquí en Aguilar
de la Frontera. Mi hermana Aldonza, se había casado con Alvar Pérez de
Guzmán, Señor de Lara, que también hizo causa común con mi marido y
mi padre, contra el rey y a favor de su hermano bastardo Enrique de
Trastamara. Tras ser derrotados, Alvar huyó dejando a su esposa Aldonza
en Sevilla, en el Convento de Santa Clara.
El Rey Pedro I, que pasaba largas temporadas en Sevilla, se encaprichó de
mi hermana Aldonza con la que se veía en la Torre del Oro. Ante la
ausencia de su marido, mi esposo Juan Alfonso de la Cerda, defiende su
honor contra el rey levantándose en armas pero sería derrotado y tomado
preso. Al ver la desgracia en habíamos caído me dispuse a partir desde
Sevilla a Tarragona, donde se encontraba el rey para rogarle clemencia. El
Rey Pedro I me engaño pues le concedió el indulto porque sabía que antes
de que yo llegara con la carta de libertad a Sevilla, mi marido ya había sido
decapitado habría sido decapitado.
Me retira a casa de mis padres, en Sevilla, peor el rey no me dejaría en
paz, mi mayor error fue ir a pedirle clemencia, pues se encapr
Pedro I, que se había percatado de su hermosura, la persigue hasta allí en
compañía de sus criados y María huye al Convento de Santa
Clara, rodeando la laguna de la Alameda, buscando refugio entre las
monjas. Éstas, conocedoras de la catadura del Rey Pedro I, la esconden en
una zanja y la cubren con tablas y tierra sobre la que dicen que crecieron
al instante plantas y flores que la ocultaron. El rey, a pesar de registrar
todo el convento, no pudo encontrarla y hubo de marchar. Sin
embargo, días después y debido a una delación, el monarca se presentó
de improviso y persiguió por los corredores a Doña María, que
finalmente se refugió en la cocina del convento y, viéndose sin salida, se
vertió sobre el rostro el aceite hirviendo que se encontraba al fuego,
desfigurándose totalmente la cara y las manos.
El rey, impresionado y aterrado, le devuelve las posesiones de su familia
y las rentas confiscadas, con lo que Doña María Coronel funda con su
hermana Aldonza el Convento de Santa Inés en la misma casa de sus
padres, junto a la Parroquia de San Pedro, siendo su primera abadesa
hasta su muerte. Sin embargo otros historiadores apuntan a que no
recuperó sus propiedades hasta la muerte de Pedro I y la entronización de
Enrique II. Esta última versión coincide cronológicamente con los hechos,
pues la fundación del Convento de Santa Inés data de 1376 y para su
mantenimiento Doña María Coronel donó sus posesiones en Sevilla,
Carmona y el Aljarafe, y los castillos de su padre al Infante Fernando de
Antequera en 1409, a cambio de que él terminara la construcción del
monasterio y entregara una renta anual a sus monjas.
Aunque tradicionalmente se considera que murió el 2 de Diciembre de
1411, el historiador Moreno Alonso dice fue en 1409. El cuerpo de Doña
María Coronel estuvo enterrado hasta 1679 en un sepulcro bajo, junto a
su marido Juan de la Cerda y una hija pequeña, hasta que, con motivo de
unas obras, las monjas decidieron trasladarlo a otro sitio. Entonces se
descubre que el cuerpo de Doña María Coronel estaba incorrupto, en
tanto que tan solo quedaban cenizas de su marido e hija. En 1834 se
reconocía su incorruptibilidad. Desde entonces se venera en Sevilla con un
fervor popular que nunca ha decrecido y su cuerpo puede verse cada 2 de
Diciembre tras una urna de cristal.
Leyenda de Doña María Coronel (actualizada).
María Coronel tuvo una desgraciada vida, marcada por las luchas por el
poder en una Castilla dividida por continuas guerras civiles, y por el
capricho o empecinamiento del rey Pedro por poseer a toda mujer que se
le apeteciera. Para entenderla mejor hay que conocer el entorno histórico
en que se desarrolla.
Doña María Coronel, pintada por Joaquín Domínguez Bécquer en
1.846.
María Fernández Coronel era la hija mayor de don Alfonso Fernández
Coronel, Señor de Montalbán, Capilla, Burguillos y Bolaños, un poderoso
noble castellano que logra el favor del rey Alfonso XI, y de la dama
sevillana doña Leonor de Guzmán, que durante veinte años fue favorita
del rey y le dio cinco hijos. Merced a estas relaciones, don Alfonso logra el
Señorío de Medina Sidonia en Cádiz y otros amplios honores,
destacándose en la defensa del reino contra la Orden de Alcántara, a cuyo
Maestre, Gonzalo Martínez de Oviedo, derrota, ordenando que sea
degollado y quemado en 1.340.
Volviendo a Andalucía y a la vida de María Coronel, no acabaron las
desgracias para ella cuando murió su padre en Aguilar de la Frontera.
Su hermana Aldonza se había casado con Alvar Pérez de Guzmán, Señor
de Lara, que también hizo causa común con su cuñado Juan Alfonso y su
suegro, Alfonso Fernández Coronel, contra el rey y a favor de su hermano
bastardo Enrique de Trastámara. Tras ser derrotados, Alvar huyó dejando
a su esposa Aldonza en Sevilla, en el convento de Santa Clara.
El rey Pedro, que pasaba largas temporadas en Sevilla, donde sobre el
antiguo palacio almohade mandó construir el bello Alcázar sevillano, se
encapricha de Aldonza Coronel con la que se ve primero en la Torre del
Oro y luego en el Alcázar de Carmona. Ante la ausencia de su marido don
Alvar Pérez de Guzmán, su cuñado, el esposo de María Coronel, Juan
Alfonso de la Cerda, descendiente de la familia real de León, defiende su
honor contra el rey levantándose en armas y siendo derrotado por Juan
Ponce de León, Señor de Marchena, por lo que es apresado. María
Coronel partió desde Sevilla a Tarragona, donde se encontraba el rey para
rogarle clemencia. El cruel Pedro I la engañó pues le concedió el indulto
porque sabía que antes de que María Coronel volviera con la carta de
libertad a Sevilla, el preso habría sido decapitado, lo que efectivamente
ocurrió ocho días antes de que ella llegara.
María Coronel, ya viuda, se retira a casa de sus padres, en la calle Arrayán,
esquina con el mercado de la Feria, donde aún se conserva un hermoso
ventanal de estilo mudéjar y que posteriormente fue residencia de los
marqueses de la Algaba, corral de vecinos, teatro y almacén.
Pedro I, que se había percatado de su hermosura, la persigue hasta allí en
compañía de sus criados y María huye al convento de Santa Clara,
rodeando la laguna de la Alameda, buscando refugio entre las monjas.
Éstas, conocedoras de la catadura don Pedro, la esconden en una zanja y
la cubren con tablas y tierra sobre la que dicen que crecieron al instante
plantas y flores que la ocultaron. El rey, a pesar de registrar todo el
convento, no pudo encontrarla y hubo de marchar. Sin embargo, días
después y debido a una delación, el monarca se presentó de improviso y
persiguió por los corredores a doña María, que finalmente se refugió en la
cocina del convento y, viéndose sin salida, se vertió sobre el rostro el
aceite hirviendo que se encontraba al fuego, desfigurándose totalmente la
cara y las manos.
Dicen unas crónicas que el rey, impresionado y aterrado, le devuelve las
posesiones de su familia y las rentas confiscadas, con lo que María Coronel
funda con su hermana Aldonza el convento de Santa Inés en la misma casa
de sus padres, junto a la parroquia de San Pedro, siendo su primera
abadesa hasta su muerte. Sin embargo otros historiadores apuntan a que
no recuperó sus propiedades hasta la muerte de Pedro I y la entronización
de Enrique II. Esta última versión coincide cronológicamente con los
hechos, pues la fundación del convento de Santa Inés data de 1.376 y para
su mantenimiento Doña María donó sus posesiones en Sevilla, Carmona y
el Aljarafe, y los castillos de su padre al infante don Fernando de
Antequera en 1.409, a cambio de que él terminara la construcción del
monasterio y entregara una renta anual a sus monjas.
Aunque tradicionalmente se considera que murió el dos de diciembre de
1.411, el historiador Moreno Alonso dice fue en 1.409, cuando tenía
alrededor de setenta y cinco años. El cuerpo de doña María Coronel
estuvo enterrado hasta 1.679 en un sepulcro bajo, junto a su marido Juan
de la Cerda y una hija pequeña, hasta que, con motivo de unas obras, las
monjas decidieron trasladarlo a otro sitio. Entonces se descubre que el
cuerpo de doña María estaba incorrupto, en tanto que tan solo quedaban
cenizas de su marido e hija. En 1.834 se reconocía su incorruptibilidad.
Desde entonces se venera piadosamente en Sevilla con un fervor popular
que nunca ha decrecido y su cuerpo puede verse cada dos de diciembre
tras una urna de cristal.
Leyenda de Doña María Coronel (actualizada).
María Coronel tuvo una desgraciada vida, marcada por las luchas por el
poder en una Castilla dividida por continuas guerras civiles, y por el
capricho o empecinamiento del rey Pedro por poseer a toda mujer que se
le apeteciera. Para entenderla mejor hay que conocer el entorno histórico
en que se desarrolla.
María Fernández Coronel era la hija mayor de don Alfonso Fernández
Coronel, Señor de Montalbán, Capilla, Burguillos y Bolaños, un poderoso
noble castellano que logra el favor del rey Alfonso XI, y de la dama
sevillana doña Leonor de Guzmán, que durante veinte años fue favorita
del rey y le dio cinco hijos. Merced a estas relaciones, don Alfonso logra el
Señorío de Medina Sidonia en Cádiz y otros amplios honores,
destacándose en la defensa del reino contra la Orden de Alcántara, a cuyo
Maestre, Gonzalo Martínez de Oviedo, derrota, ordenando que sea
degollado y quemado en 1.340.
Volviendo a Andalucía y a la vida de María Coronel, no acabaron las
desgracias para ella cuando murió su padre en Aguilar de la Frontera.
Su hermana Aldonza se había casado con Alvar Pérez de Guzmán, Señor
de Lara, que también hizo causa común con su cuñado Juan Alfonso y su
suegro, Alfonso Fernández Coronel, contra el rey y a favor de su hermano
bastardo Enrique de Trastámara. Tras ser derrotados, Alvar huyó dejando
a su esposa Aldonza en Sevilla, en el convento de Santa Clara.
El rey Pedro, que pasaba largas temporadas en Sevilla, donde sobre el
antiguo palacio almohade mandó construir el bello Alcázar sevillano, se
encapricha de Aldonza Coronel con la que se ve primero en la Torre del
Oro y luego en el Alcázar de Carmona. Ante la ausencia de su marido don
Alvar Pérez de Guzmán, su cuñado, el esposo de María Coronel, Juan
Alfonso de la Cerda, descendiente de la familia real de León, defiende su
honor contra el rey levantándose en armas y siendo derrotado por Juan
Ponce de León, Señor de Marchena, por lo que es apresado. María
Coronel partió desde Sevilla a Tarragona, donde se encontraba el rey para
rogarle clemencia. El cruel Pedro I la engañó pues le concedió el indulto
porque sabía que antes de que María Coronel volviera con la carta de
libertad a Sevilla, el preso habría sido decapitado, lo que efectivamente
ocurrió ocho días antes de que ella llegara.
María Coronel, ya viuda, se retira a casa de sus padres, en la calle Arrayán,
esquina con el mercado de la Feria, donde aún se conserva un hermoso
ventanal de estilo mudéjar y que posteriormente fue residencia de los
marqueses de la Algaba, corral de vecinos, teatro y almacén.
Pedro I, que se había percatado de su hermosura, la persigue hasta allí en
compañía de sus criados y María huye al convento de Santa Clara,
rodeando la laguna de la Alameda, buscando refugio entre las monjas.
Éstas, conocedoras de la catadura don Pedro, la esconden en una zanja y
la cubren con tablas y tierra sobre la que dicen que crecieron al instante
plantas y flores que la ocultaron. El rey, a pesar de registrar todo el
convento, no pudo encontrarla y hubo de marchar. Sin embargo, días
después y debido a una delación, el monarca se presentó de improviso y
persiguió por los corredores a doña María, que finalmente se refugió en la
cocina del convento y, viéndose sin salida, se vertió sobre el rostro el
aceite hirviendo que se encontraba al fuego, desfigurándose totalmente la
cara y las manos.
Dicen unas crónicas que el rey, impresionado y aterrado, le devuelve las
posesiones de su familia y las rentas confiscadas, con lo que María Coronel
funda con su hermana Aldonza el convento de Santa Inés en la misma casa
de sus padres, junto a la parroquia de San Pedro, siendo su primera
abadesa hasta su muerte. Sin embargo otros historiadores apuntan a que
no recuperó sus propiedades hasta la muerte de Pedro I y la entronización
de Enrique II. Esta última versión coincide cronológicamente con los
hechos, pues la fundación del convento de Santa Inés data de 1.376 y para
su mantenimiento Doña María donó sus posesiones en Sevilla, Carmona y
el Aljarafe, y los castillos de su padre al infante don Fernando de
Antequera en 1.409, a cambio de que él terminara la construcción del
monasterio y entregara una renta anual a sus monjas.
Aunque tradicionalmente se considera que murió el dos de diciembre de
1.411, el historiador Moreno Alonso dice fue en 1.409, cuando tenía
alrededor de setenta y cinco años. El cuerpo de doña María Coronel
estuvo enterrado hasta 1.679 en un sepulcro bajo, junto a su marido Juan
de la Cerda y una hija pequeña, hasta que, con motivo de unas obras, las
monjas decidieron trasladarlo a otro sitio. Entonces se descubre que el
cuerpo de doña María estaba incorrupto, en tanto que tan solo quedaban
cenizas de su marido e hija. En 1.834 se reconocía su incorruptibilidad.
Desde entonces se venera piadosamente en Sevilla con un fervor popular
que nunca ha decrecido y su cuerpo puede verse cada dos de diciembre
tras una urna de cristal.
Magdalena de la Cruz, santa viva y abadesa (h. 1487-1560)
La cordobesa Magdalena de la Cruz se perfila como mujer icónica con
proyección perdurable en el catolicismo europeo del siglo XVI.
Considerada santa viva durante más de veinte años, modeló después el
arquetipo de “falsa santa” y monja diabólica que fue esgrimido por la
Contrarreforma frente a las experiencias carismáticas femeninas. Tras ser
procesada por la Inquisición, acabó sus días como la ejemplar penitente
arrepentida.
Nació en Aguilar hacia 1487, en familia humilde. A los cinco años comenzó
a tener apariciones y a los doce ya era considerada santa por el pueblo y
los “grandes y señores de la tierra”. Con diecisiete ingresó en el
monasterio de clarisas descalzas de Santa Isabel de los Ángeles de
Córdoba. Allí se dio a conocer como profetisa hacia 1520 anunciando
acontecimientos políticos como el alzamiento de las comunidades, la
prisión del rey de Francia o la boda del emperador Carlos, además de
intervenir en asuntos de la orden franciscana. Ello favoreció su promoción
como monja discreta en 1523.
Comenzó a ser considerada santa y a gozar del apoyo del poder. La
emperatriz Isabel se carteaba con ella solicitando sus oraciones y en 1527
le envió las ropas del recién nacido príncipe Felipe para que las bendijera.
También fue notable su proyección popular urbana. Todo culminó con su
elección como abadesa en 1533 y su reelección en 1536 y 1539. No fue
fácil por no pertenecer a la nobleza y suscitar dudas entre las monjas y los
superiores franciscanos, pero salió airosa de todas las pruebas a que fue
sometida.
Magdalena contribuyó a crear el nuevo rol político femenino de abadesa
carismática partícipe del juego social. Como abadesa santa intensificó su
vida de perfección y sus dones carismáticos, se convirtió en taumaturga y
en reliquia viviente objeto de culto, y su fama se difundió por todo el
imperio español. Destacaban su comportamiento modélico, ascetismo
extremo e intensa piedad eucarística, pero sobre todo lo extraordinario en
su vida. La sagrada forma volaba a su boca desde el altar, se arrobaba y
elevaba y llegó a recibir los estigmas; hacía milagros y salvaba ánimas
protagonizando impactantes acciones en el purgatorio. Comenzó a ser
objeto de culto y partes de su cuerpo u objetos con él relacionados se
consideraron reliquias. Incluso, los marineros la invocaban porque
calmaba las tempestades.
Muchos querían conocerla e intensificó su vínculo con los
poderosos brindando apoyo carismático a la política carolina y a la
reformada orden franciscana, soporte fundamental del emperador.
Mientras el papa le pedía que rezase por el mundo cristiano, Carlos V, al
partir en expedición a Túnez en 1535, envió su bandera a Córdoba para
que la bendijese. Cada vez eran más frecuentes las visitas de altos cargos
que, además de sus oraciones, solicitaban consejos y guía: así el arzobispo
de Sevilla don Alfonso Manrique, el general franciscano Francisco de los
Ángeles Quiñones o el nuncio Juan Reggio. Un contemporáneo afirmaba:
“oía cosas que me causaban admiración y veía que todo el pueblo no
trataba de otra cosa que de su santidad, y no sólo el pueblo, sino personas
de calidad, así como cardenales, arzobispos, obispos, duques, condes y
señores muy principales, letrados, religiosos de todas órdenes”.
Su relación con la comunidad monástica no parece haber sido fácil.
Favoreció sus intereses asegurando su autonomía económica y de gestión
dado que vivía de limosnas por su opción descalza y ella incrementó su
afluencia. Reedificó el edificio y aseguró que los que allí se enterrasen se
salvarían. Pero las fuentes señalan que su fama la envaneció separándola
de sus hermanas. Es difícil valorar unos datos que subrayan su
autoritarismo y “áspera condiçión” para con las monjas o que muestran
acciones transgresoras. Habría llegado a decir a la gente que todos los
abades y frailes tenían mancebas y que esto no era pecado; hizo comer
carne a una persona en día vedado y a otras hizo trabajar; en una ocasión
en que la hostia había volado a su boca, dijo que una mujer se la había
traído; estuvo mucho tiempo sin confesar ni comulgar porque decía que
no tenía necesidad o afirmaba que había recibido de Cristo el don de la
perpetua virginidad. Se menciona incluso un supuesto embarazo y parto
que ella presentó como milagro “hablando por ser tenida por santa”. Por
todas estas razones, las monjas no la reeligieron abadesa en 1542.
Magdalena comenzó entonces a perjudicar los intereses del monasterio
quedándose con las limosnas que recibía como santa. Y las monjas
empezaron a ver cosas extrañas: su celda cercada por cabrones negros, un
hombre negro muy feo que la acompañaba y un mancebo que la
reprendía. La denunciaron a los superiores franciscanos y el provincial
ordenó recluirla en la cárcel monástica. Tras caer gravemente enferma, el
médico recomendó que hiciese confesión. Según los testimonios, dos
demonios comenzaron a hablar por ella reconociendo que la habían
acompañado durante años. Después, la propia Magdalena confesó que
eran sus familiares, y que había hecho pacto y amistad con el que la
acompañaba desde los cinco años a cambio de que le proporcionase
honra y fama. Se había visto obligada a tener trato carnal con él y con un
hombre negro feo “desdonado”. Todas sus muestras de santidad eran
falsas.
La Inquisición decidió encargarse del asunto considerándolo caso de
herejía por tratarse de pacto diabólico. Magdalena estuvo encerrada en
sus cárceles un año y medio. En el proceso relató la historia de su vida
formulando un nuevo modelo como falsa santa o santa al revés que
coincide con contenidos asociados a la imagen de la bruja por los
tratadistas de la época, entre ellos el franciscano Martín de Castañega.
Tras su petición de misericordia al Santo Oficio con el argumento de haber
sido engañada y subrayando la calidad de su hábito y religión, recibió un
castigo leve. A la espera de que se convirtiese y salvase su alma, fue
condenada a destierro perpetuo en Santa Clara de Andújar. La privaron de
voz activa y pasiva y la inhabilitaron para votar o ser votada a cargos de la
comunidad; se estableció también que ocupase el último lugar entre las
religiosas, tanto en el coro como en el capítulo y refectorio; todos los
viernes del año debía comer a la manera de las monjas que hacían
penitencia; no podía hablar con persona alguna salvo las monjas, su
provincial o el visitador sin licencia del Santo Oficio; durante tres años no
podía comulgar si no fuera con grandísima necesidad y con licencia del
tribunal; nunca más podría llevar velo y otras penitencias que se le darían.
Todo ello so pena de ser tenida por relapsa y excomulgada.
El auto de fe se celebró en la catedral de Córdoba el día de la Cruz de 1546
ante el obispo don Leopoldo de Austria. Magdalena salió de la cárcel con
una vela encendida en las manos, una mordaza en la lengua y una soga en
la garganta, vestida con el hábito de clarisa pero sin el velo. En la catedral,
sobre un cadalso, asistió a la misa y al sermón de fray Juan Navarro, que le
dijo: “Ahora sí, Magdalena de la Cruz, que tenéis buena ocasión de ser
santa, pues os ha humillado Dios y dado a conocer para que vos os
conozcáis y le busquéis”. Tras la lectura pública del extracto del proceso
por un secretario de la Inquisición, se pronunció la sentencia definitiva.
Según las crónicas, en Santa Clara de Andújar cumplió fielmente su
sentencia e invirtió sus últimos años en muchas penitencias, ayunos y
mortificaciones. Destacó por su gran humildad. Pedía que en los actos
comunitarios su asiento estuviese detrás de las novicias para que la
despreciasen y se obligaba a trabajar aunque no se lo ordenasen. Apenas
comía, nunca volvió a probar la carne y su ración la daba de limosna a los
pobres; cosía y remendaba a toda religiosa que lo necesitase y para eso
llevaba siempre en la manga aguja, tijeras y pedazuelos de paño y lienzo;
de día prácticamente no salía del coro y pasaba las noches enteras orando
y pidiendo misericordia. Guardaba perpetuo silencio. Siguió siendo muy
perseguida por el demonio, pero ella se mantuvo en la virtud gracias a la
constancia en la oración, la comunión semanal y las recias disciplinas. Una
Nochebuena, yendo al coro a maitines, una religiosa vio un negrillo que
iba tras ella y lo vieron en esta forma otras veces. En su vejez solían verla
dando golpes con un bastón que llevaba, mientras decía: “vete, maldito”.
Cuando enfermó y supo que iba a morir, inició una confesión general que
le duró casi todo un año. Falleció el 27 de diciembre de 1560, a los
ochenta años. Aunque Magdalena pasó a ejemplificar el nuevo modelo de
falsa santidad y se convirtió en una figura reprobable y temida en la Iglesia
–es famosa la advertencia recibida por Teresa de Jesús en este sentido-, la
tradición franciscana quiso reivindicarla santificando sus años finales. En
una llamativa operación hagiográfica, Magdalena figura en
el Martirologio franciscano: tras la falsa santidad “a diabolo decepta”,
“dignos fecit poenitentiae fructus et sanctissime vitam finivit”.
Autor: María del Mar Graña Cid
Magdalena de la Cruz | JoséCalvoPoyato
Este 1515, cargado de efemérides, Córdoba tiene un protagonismo
especial. No sólo estamos en el V centenario de la muerte de Gonzalo
Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, uno de los cordobesas más
ilustres de todos los tiempos, también Córdoba estuvo muy presente en la
vida de Santa Teresa de Jesús, aunque por razones muy diferentes. En este
caso fueron las pesquisas de la Inquisición para determinar su en sus
escritos estaban recogidos planteamientos propios de los alumbrados,
doctrina herética a los ojos de la Iglesia Católica. La inquisición cordobesa
desempeñó un papel importante, posiblemente porque era muy reciente
y quizá estaba en la mente de todos el caso de una monja cordobesa, sor
Magdalena de la Cruz.
Era sor Magdalena natural de Aguilar de la Frontera donde había nacido
en 1487, aunque hay algunas dudas sobre la fecha exacta de su
nacimiento. Profesó como monja en el convento cordobés de Santa Isabel
de los Ángeles, de la orden franciscana. Sor Magdalena llamó muy pronto
la atención por sus arrobos, éxtasis místicos y visiones sobre
acontecimientos del futuro, incluso se habló de milagros, como el de
haber podido ver una procesión a través de los muros de su celda, en cuya
cama se encontraba postrada por causa de una enfermedad. Fue
admirada por muchas de las grandes personalidades de la época, entre
ellas el arzobispo de Sevilla e inquisidor general, don Alonso Manrique de
Lara, el teólogo Francisco de Osuna, autor del “Tercer Abecedario
Espiritual” que ejerció una gran influencia en Santa Teresa. Se dice que el
propio emperador Carlos V quedó impresionado por lo que se contaba de
sor Magdalena y llegó a pedirle un hábito para que envolvieran al
pequeño príncipe Felipe – futuro Felipe II-, que había nacido en Valladolid
en 1527.
Llegó a ser priora de su convento y, durante los años en que fue tenida en
olor de santidad, el cenobio franciscano -situado entre las Rejas de don
Gome y la iglesia de Santa Marina- y Córdoba se convirtieron en un foco
de atracción de peregrinos. Gente de toda clase y condición venían a
Córdoba, a veces desde lugares muy lejanos, para conocerla, recibir su
bendición o que les vaticinara el porvenir. También dejaban numerosas
limosnas. En la España de la época la inquisición buscaba la existencia de
alumbrados, una herejía con numerosos adeptos en Extremadura e
importantes áreas de Andalucía y que tenía entre las mujeres una notable
acogida.
Sin embargo, la “santidad” de Magdalena de la Cruz no era compartida
por la comunidad conventual. Puertas adentro estaba muy extendido el
rechazo de las monjas hacia su priora. La acusaban de autoritaria,
controladora y de ejercitarse en ciertas prácticas que tenían un tufillo
herético. A la postre intervino el Santo Oficio, que determinó que
Magdalena era una embaucadora y que sus arrobamientos, éxtasis o
vaticinios -muchos de los cuales no se cumplían- bordeaban la herejía. Se
rumoreó incluso de haber mantenido relaciones carnales con el demonio,
algo frecuente entre los alumbrados. Fue castigada con pena de destierro,
por lo que fue obligada a abandonar Córdoba. Fue internada en un
convento de Andújar donde acabó sus días.
Señalemos que en diócesis cordobesa fueron muy numerosos los procesos
contra alumbrados en tiempo del obispo Gaspar de Rojas y Sandoval
(1562-1571).
Magdalena de la Cruz. Aguilar de la Frontera (Córdoba), 1487 – Andújar
(Jaén), 1560. Monja clarisa (OSC), abadesa.
El caso de sor Magdalena de la Cruz es uno más de los muchos que se
dieron en la España del siglo xvi de religiosas alumbradas, muy
posiblemente enfermas mentales, que gozaron de fama de santidad hasta
el descubrimiento de su superchería. Con ocasión de su proceso, afirmó
haber tenido apariciones celestiales desde los cinco años de edad, pero
pronto el mismo Satanás en persona se le reveló como el responsable de
tales visiones, concediéndole diversos dones sobrenaturales, entre ellos el
de profecía. Ingresó a los diecisiete años en el monasterio de Santa Isabel
de los Ángeles, perteneciente a las clarisas, llegando a ser elegida abadesa
del mismo en tres ocasiones, en 1533, 1536 y 1539. Gozó de
extraordinaria fama dentro y fuera de su convento, tanto que fue visitada
varias veces por el inquisidor general, Alonso Manrique. Por intermedio de
éste, Felipe II fue llevado a bautizar en 1527 en una canastilla bendecida
por sor Magdalena. Sus partidarios se hicieron lenguas de su santidad y
don de profecía, según el cual había vaticinado la victoria de Pavía, la
prisión del rey Francisco de Francia y otros sucesos. Además, gozaba de
frecuentes éxtasis, apariciones celestiales y de los dones de insensibilidad
física y estigmas.
En 1542 las propias monjas de su convento descubrieron que se
alimentaba secretamente, cuando había asegurado que vivía solamente
de la Eucaristía.
Acusada a la Inquisición, fue encarcelada el 1 de enero de 1544, juzgada y
condenada en 1546. El día 3 de mayo de ese año abjuró de
vehementi, obligándola solamente, en atención a sus muchos años, a vivir
en reclusión perpetua en el monasterio de su Orden en Andújar, donde
hasta su muerte habría de ser la última de la comunidad. Al parecer, sus
últimos años los vivió como monja ejemplar.
Bibl.: M. Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, vol. IV,
Santander, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1947, págs.
217-219; B. E scandell Bonet, “La consolidación del Santo Oficio (1517-
1569)”, en J. Pérez Villanueva y B. E scandell Bonet (dirs.), Historia de la
Inquisición en España y América, vol. I, Madrid, Biblioteca de Autores
Cristianos, 1984, págs. 450-451 y 531-532.
PILAR BARTOLOMÉ20 Noviembre, 2016 - 02:32h
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Magdalena de la Cruz fue una monja franciscana nacida en Aguilar de la
Frontera en 1487, que durante muchos años fue honrada como santa en
vida, debido a sus abundantes visiones místicas y milagros. A los cinco
años, tuvo su primer encuentro con lo inexplicable cuando en su
habitación apareció la figura de un ángel rodeado de luz. Pocos días
después, fue Cristo crucificado el que le exigió devoción y santidad,
pidiéndole, entre otras cosas, que se crucificase como él, cosa que hizo. El
propio Jesús le sanó las heridas de manos y pies. Dos años más tarde,
Magdalena de la Cruz comenzó a frecuentar una cueva, próxima a su
localidad, en la que solía meditar y orar, protagonizando presuntamente
varias teletransportaciones, ya que pasaba la noche en la cueva y
amanecía en su cama sin saber nunca "quién" la había trasladado. En
1499, con 12 años, se le apareció por primera vez un ser que afirmaba ser
un "familiar" y que desde ese momento no se separó de ella. La hacía caer
en estados de arrobamiento y, a veces le vaticinaba sucesos con gran
acierto, como el encarcelamiento del rey de Francia y su posterior
matrimonio con la reina doña Leonor. Con 13 años ingresó como novicia
en el convento de Santa Isabel de los Ángeles de Córdoba.
Pero el pasaje más comentado de la época tuvo lugar el día de la Asunción
de Nuestra Señora, cuando se sintió embarazada. Presuntamente, una
criatura empezó a crecer a gran velocidad en su vientre y a los pocos días
se produjo el parto. El supuesto milagro fue considerado por todos un
signo de santidad. Nada más nacer el bebé, lo envolvió en un paño y lo
abrazó. Y, misteriosamente, el niño desapareció. En cierta ocasión en que
la monja se encontraba rezando con sus compañeras, el "familiar" le trajo
de manera invisible una hostia consagrada y se la introdujo en la boca,
algo que todos consideraron otro prodigio de santidad.
En el año 1500 la fama de santa de Magdalena de la Cruz, que incluía la de
sanadora, cruzó fronteras y fue conocida en toda Europa. La nobleza y el
propio emperador Carlos V la tenían en gran estima y nadie dudaba de su
futura canonización debido a sus milagros. En 1533 fue elegida abadesa de
su convento, desempeñando durante nueve años el cargo de priora. La
distribución arbitraria de las limosnas y regalos que ella y el convento
recibían y sus extravagancias, suscitaron pareceres encontrados y la
enemistad de algunas religiosas. Tras caer gravemente enferma en 1543,
confesó una larga carrera de engaños e hipocresía, atribuyendo la mayor
parte de las maravillas que se le atribuían a la acción de los demonios, por
los que se consideraba poseída. En 1544 fue encarcelada por herejía. Una
noche en la que las monjas estaban en los maitines la vieron en el coro,
hincada de rodillas y orando. Con gran temor, las religiosas fueron a la
cárcel y quedaron asombradas al observar a la abadesa encerrada en la
celda. Según los carceleros, no había salido de allí. Los nuevos
acontecimientos comenzaron a mostrar trazas de herejía. Enferma y por
presiones, confesó haber simulado experiencias místicas para conseguir y
mantener fama de santa y, además, se autoinculpó de pactar con el
demonio. Estuvo cerca de dos años en la cárcel a la espera de su juicio,
que tuvo lugar el 3 de mayo de 1546. Su anterior fama de santidad y sus
buenas relaciones la salvaron de una muerte segura. El padre confesor de
la abadesa le recomendó escribiera su biografía. No se conserva ningún
ejemplar de esta Relación de su vida y de las gracias espirituales porque
fueron quemados durante el proceso inquisitorial contra ella,
condenándola por hereje. Los jueces del Santo Oficio sentenciaron que
permaneciese encerrada el resto de su vida en un monasterio de su orden,
penándola con la inhabilitación para el ejercicio de cargo y la degradación
jerárquica, algunas disciplinas y ayunos cada semana. Murió en el
convento de Andújar (Jaén) en 1560.
Durante las primeras décadas del siglo XVI, la fama de santidad de
Magdalena de la Cruz llegó a ser tan grande en España que los nobles
pugnaban por conseguir reliquias de la monja. El propio emperador Carlos
V llegó a enviar un emisario con las mantillas de su hijo el futuro Felipe II
en 1527 para que fuesen bendecidas por la cordobesa Magdalena.
Hace un tiempo, en un "Cuento Mínimo" evocábamos la historia de
Magdalena de la Cruz. Veamos ahora los noticias que acerca de esta
religiosa nos transmitía Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez en su
obra “Paseos por Córdoba”, publicada entre 1873 y 1877:
“Otro es, el ruidoso suceso de Magdalena de la Cruz, monja de este
convento (se refiere el autor al convento cordobés de Santa Isabel de los
Ángeles), natural de Aguilar de la Frontera. Llegó esta a gozar tal fama de
santidad que todos la conocían por la monja milagrera: a ella acudían en
demanda del alivio de sus males; los nobles le consultaban los asuntos
más arduos, y todos creían que después de muerta sería colocada en los
altares.
Entre los milagros que se le atribuían, figuraba el que, al ir a darle la
comunión voló la Sagrada Forma desde la mano del sacerdote a la boca
de la santa, y que estando esta enferma de resultas de habérsele
fracturado una pierna, impidiéndole subir al mirador a ver una procesión
que salió de Santa Marina, en la octava del Corpus, se abrió la pared de
su celda y vio la fiesta desde su lecho, con admiración de las otras
religiosas que la acompañaban.
Llegó, al fin, un día en que se descubriera tanta farsa: estando varias
monjas al acecho, vieron una noche penetrar en su celda un gallardo
joven, que se entró con ella en el lecho, y le estuvo dando quejas de que
se tratase mal, cuando por su mediación conseguía cuanto su deseo
imaginaba: sospecharon entonces si tendría tratos con el demonio, y
dieron aviso al confesor de una de ellas, que debió delatarla a la
Inquisición, cuando una noche, ya mediada, se presentó en el convento
uno de los jueces, quien hizo llamar a Sor Magdalena de la Cruz, a la que
se llevó en su carruaje al efecto preparado.
Ya en el tribunal, la pobre monja confesó tener pacto con el diablo, el
cual le inspiraba cuanto hacía, acompañando su declaración con tantas
lágrimas de arrepentimiento que los inquisidores tuvieron alguna piedad
de ella; más no por eso dejaron de sacarla en penitencia en el auto de fe
celebrado en 1555, con una vela amarilla en la mano, descalza y llevando
una gruesa soga al cuello, disponiendo que acabase su vida en un
convento de Andujar, donde todos los días, al ir al refectorio, se había de
tender atravesada en la puerta, pasando por cima las otras monjas,
haciendo ademán de pisarla, sentencia cumplida con gran resignación
hasta que murió, dejando buena fama de buena religiosa.
Este suceso fue muy ruidoso, por lo mismo que Magdalena de la Cruz
había logrado tanta celebridad; cuentan que hasta Carlos I, quinto de
Alemania, le remitía para que las bendijese las canastillas preparadas,
cuando su esposa estaba encinta.”
Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez (Paseos por Córdoba)
Casi al mismo tiempo pasaba en Córdoba por santa una monja del
convento de Santa Isabel de los Ángeles, de la Orden de Santa Clara,
llamada Magdalena de la Cruz, natural de la villa de Aguilar. Su proceso
ha sido publicado íntegro por Campán, y fuera prolijo extractar aquel
cúmulo de absurdos, que sólo indirectamente pueden entrar en una
historia de los heterodoxos, ya que Magdalena de la Cruz, lo mismo que
la priora de Lisboa y otras monjas milagreras, no profesaban doctrina
alguna ni puede considerárselas como afiliadas a ninguna secta.
Magdalena de la Cruz declaró en 3 de mayo de 1546, ante los
inquisidores de Córdoba y Jaén, que, siendo todavía de edad de siete
años, la indujo el demonio a fingir santidad y a simular la crucifixión. Un
día, el mismo Satanás se le apareció en forma de Jesús crucificado y le
estigmatizó los dedos de la mano (1970). A los doce años hizo pacto
expreso con dos demonios íncubos, llamados Balbán y Pitonio, que se le
aparecían en diversas formas: de negro, de toro, de camello, de fraile de
San Jerónimo, de San Francisco, y le revelaban las cosas ausentes y
lejanas para que ella se diese aires de profetisa. Como tantas otras
monjas milagreras, Magdalena de la Cruz fingía llagas en las manos y en
el costado y permanecía insensible aunque le picasen con agujas.
Durante la comunión y en la misa solía caer en éxtasis o lanzar gritos y
simular visiones. Por espacio de diez o doce años fingió alimentarse no
más que con la hostia consagrada, aunque comía y se regalaba en
secreto. Llevó sus sacrílegas invenciones hasta el absurdo extremo de
afirmar con insistencia que había dado a luz al Niño Jesús y que por su
intercesión habían salido sesenta almas del purgatorio. Como
buena alumbrada, no tenía reparo en decir que era impecable y que ni a
Dios mismo debía dar cuenta de sus actos y que era santa desde el
vientre de su madre. Solía declarar que no veía, como los demás, el
Santísimo Sacramento en forma de hostia, sino de cruz unas veces, y
otras de niño con muchos ángeles en derredor. Aseguraba haber
recibido del Salvador el don de la virginidad y que Él le había dicho en el
coro: Filia mea tu es, et ego hodie [152] genui te. En suma: visión
intuitiva, don de profecía, éxtasis e insensibilidad física, todos los
síntomas de los convulsionarios, andan mezclados en la peregrina
historia de esta mujer, que no fue sólo hipócrita de santidad, sino
enferma de males nerviosos y casi demente. Logró crédito grande dentro
de su Orden; fue elegida abadesa tres veces, en 1533, 1536 y 1539, y por
espacio de treinta y ocho años casi todos la tuvieron por santa, hasta el
inquisidor general D. Alonso Manrique, que vino a verla desde Sevilla y
que se encomendaba a sus oraciones. La emperatriz le mandó su retrato
y las mantillas con que se bautizó su hijo, el que fue después Felipe II.
Hasta en los púlpitos se la ensalzaba, y a esto contribuía el ser afable y
humilde en su trato y muy discreta y oportuna en cuanto decía. Corrían
de boca en boca sus vaticinios; decíase que por segunda vista había
anunciado la batalla de Pavía y prisión del rey Francisco. Ella misma
escribió, por encargo de sus confesores, su vida y el relato de las gracias
espirituales que había alcanzado.
Al fin vino a descubrirse la impostura, y en 1º de enero de 1544,
Magdalena de la Cruz fue encarcelada en el Santo Oficio de Córdoba.
Vistas sus confesiones, se la declaró vehementer suspecta de herejía; y,
teniendo consideración a su vejez, a sus enfermedades, a la Santa Orden
en que había profesado, a lo espontáneo de sus confesiones y a lo
sincero de su arrepentimiento, se la condenó a hacer pública abjuración
de vehementi con una cuerda de esparto al cuello y un cirio en la mano y
a vivir reclusa perpetuamente en un monasterio de la Orden, siendo la
última de toda la comunidad en el coro, en el capítulo y en el refectorio,
sin recibir por espacio de tres años el sacramento de la eucaristía, salvo
en peligro de muerte, ni poder hablar con nadie, a excepción de su
prelado, vicario y confesores. La abjuración se verifico en 3 de mayo de
1546, con mucha concurrencia de grandes señores y del pueblo
Es un poco complicado de contar, pero se desposó con dos monarcas,
primero con Mohammed XI y al enviudar, Muley Hacen, primo hermano
suyo por vía paterna. Este último matrimonio tenía como objetivo
consolidar el poder del entronizado rey Saad Ciriza quien había derrocado
a Mohammed IX, a la postre padre de Aixa, y quien murió decapitado en
los palacios de La Alhambra a manos de su nuevo esposo e hijo del
advenedizo rey.
Parecían un matrimonio bien avenido, y fruto del mismo llegaron tres
hijos: Aixa, Abd Allah (Boabdil o futuro Mohammed XI) y Yusuf, aunque
algunos cronistas apuntan un varón más llamado Algazir Muley al-Agmar.
Pero quince años más tarde una esclava cristiana se cruzó en sus vidas,
Isabel de Solís, capturada durante una incursión sarracena en el territorio
cristiano de Aguilar de la Frontera (Córdoba o Qurtuba) en la primera
mitad de la década de 1470, contando entre 10 y 12 años de edad.
La esclava sirvió a la hija de Muley Hacén, quien quedó prendado de su
belleza, provocando las envidias entre las mujeres del harem del rey que
buscaban el favor del monarca. Así, una noche, tras yacer con él recibió
una paliza que por poco le costó la vida a la cristiana, y temiendo que el
ataque hubiera sido urdido por su esposa Aixa, decidió instalar a la cautiva
en su palacio de Daralcolota (emplazado donde hoy se encuentra el
convento de Santa Isabel la Real, cercano al palacio de Dar al-Horra)
ordenando que se vigilase la residencia por su guardia mayor y
disponiendo ropas y joyas para su favorita, que se convertiría al Islam
cambiando su nombre por el de Soraya.
Según cuenta Hernando de Baeza, contemporáneo de aquel tiempo, al
llegar la "pascua de los moros", era costumbre que los vasallos granadinos
de cualquier condición accedieran a La Alhambra para rendir honores
tanto al rey como a su esposa, besando los hombres el pie del monarca y
las mujeres la mano de la reina. En ese momento aprovechó para
desplazar a Aixa y sustituirla públicamente por Soraya.
La encumbró al poder tomándola como segunda esposa, tras sobornar a
algunos jueces con dos mil monedas de oro y plata para que legalizaran su
nueva unión, ordenando a los escribas que le redactaran un
gran ketubbah (según el Derecho talmútico, un documento para legitimar
el matrimonio).
Aixa consideró esto un ultraje a su persona y abolengo, peleando por
todos los medios pero sólo consiguió un enfrentamiento directo con el
rey. Muley Hacénno volvió a ver a Aixa, quien tuvo que trasladarse al
Cuarto de los Leones de La Alhambra con su servidumbre y sus tres hijos,
quienes estaban también resentidos con su padre, el rey, quien optó por
habitar en la vecina Torre de Comares con la nueva consorte.
Esto aumentó el distanciamiento con los hijos que tenía de su matrimonio
con Aixa y la animadversión de las principales familias del reino que
también le retiraron su apoyo, salvo los Venegas, de lo más granado y
belicoso de la nobleza granadina y los Alnayares. A pesar de todas las
oposiciones, Muley Hacén continuó su unión con Soraya, quien le dió dos
hijos: Saad (nacido alrededor de 1476) y Nasr (nacido a finales de la
década de 1470). Estos nuevos vástagos supusieron una amenaza para
Aixa, quien los veía como rivales para heredar el trono, destinado a su hijo
mayor Boabdil.
De hecho Soraya intentó conducir la voluntad del monarca para que
designara a su primogénito Saad como su sucesor a la corona nazarí. Aixa
y sus hijos fueron encerrados en la Torre de Comares y temiendo por sus
vidas si continuaban residiendo tan cerca de los monarcas en la ciudad
palatina, sugestionada por el rencor y las amenazas, ideó una escapada
deslizándose con cuerdas a través de la torre hasta el barranco del río
Darro para huir a Guadix ayudados por la aristocrática familia de los
Abencerrajes.
Las intrigas y el complot llevaron hasta la implicación de la rumí, la
cristiana convertida al Islam, en el fallecimiento de Yusuf, el segundo hijo
de Muley Hacén y de Aixa, cuando contaba con 17 años; en oscuras
circunstancias ocultas tras la consecuencia de una epidemia en Almería,
cuando se encontraba junto a su madre, la repudiada Aixa.
Aixa sobreviviría a Muley Hacén, quien murió en Almuñecar (al-
Munakkab) en 1485, y Soraya se exilió a Córdoba (Qurtuba), dejando a sus
hijos bajo la protección de los Reyes Católicos en la Corte de Sevilla. Vería
gobernar a su hijo Boabdil como Mohammed XII, e incluso intercedería
para protegerle cuando, estando ya casi sitiada la ciudad de Granada,
apeló al rey Fernando el Católico, suplicándole que le dejase en libertad a
cambio de su vasallaje, el pago de doce mil ducados anuales y la entrega
de trescientos cautivos, pero la Historia demostraría que de nada sirvieron
tales negociaciones.
La leyenda dice que, tras la Toma de Granada por los Reyes Católicos,
camino ya del señorío de Andarax en las Alpujarras (al-
Busarrat), Boabdil se detuvo entre las actuales poblaciones de Villa de
Otura y El Padul para volver la vista atrás llorando porque dejaba Granada.
Fue entonces cuando su madre le increpó, "llora como una mujer lo que
no supiste defender como un hombre". Y por este motivo, el puerto de
montaña recibe el nombre del Suspiro del Moro; triste epitafio (e
inventado por Antonio de Guevara, obispo de Guadix en el siglo XVI) para
un hombre que se batió con firmeza para conservar su reino.
Aixa acompañaría a su hijo Boabdil al exilio en la ciudad marroquí de Fez
en 1493, al amparo de los reyes meriníes, donde seguramente fallecería al
poco tiempo sumida en la desgracia de haberlo perdido todo.
sabel creció en edad y en belleza. Y su ama, desde que era una niña, le
contaba tales historias sobre la hermosura de su Granada, la fineza de su
paisaje, los placeres y manjares que recordaba de cuando vivió allí, los
frutos en flor siempre, la nieve eterna en la cumbre, las aguas cristalinas
como el oro, el vergel de su Vega, ¡hasta el aire mismo parece que convida
a amar!, le repetía Arlaja, que la joven Isabel, a pesar de estar prometida
con el gallardo galán Venegas, decidió huir con su nana en busca de aquel
paraíso soñado que era Granada.
Grande fue el abatimiento y el dolor del Comendador, su padre, cuando
supo que su hija había sido apresada por los “moros”, al tratar de cruzar
los montes de Aguilar de la Frontera, que separaban de Granada. De Arlaja
nunca más se supo.
Isabel de Solís fue tomada como prisionera y trasladada al recinto
palaciego de la Alhambra, donde permaneció años, lugar que hoy
conocemos como la Torre de la Cautiva. Es uno de los recintos más
bonitos de la Alhambra. No se diferencia exteriormente del resto pero el
interior destaca por su decoración. Es una Torre-Palacio, o Qalahurra, que,
junto con el Salón de Comares, atesora el más complejo programa
decorativo de la Alhambra. En el ángulo izquierdo de la misma se
encuentra inscrito un poema que nos revela la clave para entenderla y que
aquí transcribo:
“Esta obra ha venido a engalanar la Alhambra;
es morada para los pacíficos y los guerreros;
Calahorra que contiene un palacio.
¡Di que es una fortaleza y a la cual el esplendor está repartido
entre su techo, su suelo y sus cuatro paredes;
en el estuco y en los azulejos hay maravillas,
pero las labradas de maderas de sus techos son aún más
extraordinarias…”
(traducción de María Jesús Rubiera).
Así comenzó la nueva vida de nuestra hermosa Isabel, abandonada por su
tata, a la que adoraba, lejos de su ciudad y de su familia. Aterrada porque
no sabía que iba a ser de ella, rezaba en su religión católica y se entregaba
con resignación a su destino.
En aquella época reinaba el Sultán Muley Hacen y de todo su harén su
favorita y reina hasta ese momento, era Aisha, madre de Boabdil, el
último Rey Nazarí de Granada.
Cuando Muley Hacen tuvo noticia del cautiverio de Isabel y habiendo
escuchado de su inusitada belleza, no pudo menos que ir a conocer a la
cristiana.
Cuando cruzó el umbral de la palaciega estancia, Isabel se levantó y,
estando frente a frente, algo ocurrió, se miraron y se prendaron el uno del
otro. Fue así como nuestra Isabel se convirtió al Islam, pasó a llamarse
Zoraida (lucero del alba) y hasta la muerte de Muley Hacen, con quien
tuvo dos hijos, floreció a su tristeza como la favorita del Sultán y única
Reina de Granada. Se trasladaron a vivir al Palacio de Comares, no sin que
antes la perfecta Zoraida fuera blanco de las iras de Aisha y se le propinara
una brutal paliza en el harén, siendo desde entonces murmurada como
“La Romía” (la cristiana infiel).
Pero el amor entre ellos era tan grande que Muley Hacen ya no tenía ojos
más que para Zoraida, la apartó del gineceo de la Alhambra y la llenó de
regalos, haciendo llamar a sastres, plateros y sederos para que hicieran
joyas y ropas a aquella mujer, como ninguna otra Reina de Granada
hubiese tenido. Fue así como Zoraida se convirtió en la Reina por
excelencia del Reino Nazarí.
Esto provocó de nuevo la ira de Aisha, pero no hay mayor protección que
el amor que le profesaba a Zoraida el Sultán y nada era suficiente para
colmar a su amada de los más ricos placeres.
Perfumes, música y poemas al borde de las aguas y los arrayanes; joyas,
ricos manjares y, sobre todo su amor, el deleite que Muley Hacen
encontraba en la compañía de su amada, su inteligente y preciosa Soraya.
Pero el Rey envejecía, se sentía cansado y enfermo, sobre todo por las
disputas con el Reino de Castilla y porque veía el fin del Reino Nazarí y una
noche cuajada de estrellas, paseando de la mano con su gentil esposa le
pidió, casi en llanto, que no lo dejara solo hasta el momento de su muerte,
que lo amara hasta el final, que abandonaran la Alhambra y se fueran al
Palacio de Mondéjar y que sus restos reposaran en Sierra Nevada,
sepultados en la nieve lechosa que daba la luz a los atardeceres de
Granada. Así fue como lo hizo Zoraida y hoy yace el viejo Sultán a los pies
del Mulhacén, que lleva su nombre.
Pero la cautiva, conversa, reina después, se quedó sola con sus dos hijos y
cuando vio partir a Aisha, Boabdil y su esposa Morayma, también ella
decidió salvar su vida. Miró con mucha tristeza, más de la que tuvo
cuando se fue de Martos, los paisajes que se divisaban desde Mondéjar, el
Valle de Lecrín, se cambió el nombre, pasó a ser bautizada como Isabel de
Solís (que es el nombre por el que la conocemos, aunque el verdadero, así
como su origen, nadie lo sabe) y, más por sus hijos que por ella, huyó de
nuevo a Castilla, donde nunca dejó de levantar intrigas entre cristianos y
musulmanes, pues a pesar de su reconversión, seguiría viviendo hasta su
muerte en tierra de nadie, para los cristianos era una falsa conversa; para
los musulmanes una traidora, añorando con nostalgia su reinado en
Granada y el amor de su esposo.
Nadie sabe donde murió, ni qué fue de su vida, pero sigue siendo una de
las mujeres más enigmáticas e influyentes en la historia de Granada. Isabel
de Solís, Zoraida, el lucero del alba, liberó cristianos cautivos en la
Alhambra, pues Muley Hacen sucumbía siempre a sus ojos de ángel, a sus
amorosas súplicas.
Hoy, en una tienda de la Calle San Antón se puede comprar el perfume
“Morayma”, un bouquet de gardenia, narciso, magnolia, guayaba verde y
pomelo dorado. Pero Granada todavía no tiene el perfume de su última
Reina Nazarí, la valiente y entregada Isabel de Solís, la que opuso
resistencia a la enojada Aisha, la que, por amor, abrazó otra religión, la
que lloró por Granada más que Boabdil. “Zoraida” sería el perfume del
olor de las lágrimas por amor que huelen a jazmines; de los abrazos y
arrullos con su amado que huelen a galán de noche y a bergamota; de su
mirada siempre nostálgica, abrazada por laudes, que huele a azahar…
Publicado por Carmen Hernández Montalbán
Alonso Fernández Coronel
Biografía
Fernández Coronel, Alonso. Señor de Aguilar. Sevilla, c. 1310 – Aguilar
(Córdoba), [Link].1353. Noble, ricohombre.
Hijo de Juan Fernández Coronel, criado de Fernando IV, y de Sancha
González de Meneses, vivió hasta los ocho años en casa de su tía María
Alonso Coronel, viuda de Alonso Pérez de Guzmán el Bueno.
De allí pasó a Valladolid, donde sirvió en la casa de Alfonso XI durante la
minoría del Rey. Dice la Crónica del Rey Don Pedro: “Porque el Rey avía
criado en la su casa desde que eran niños a Martín Fernández
Portocarrero, et a Alfonso Fernández Coronel, et ellos avían salido cuerdos
e entendidos en todo bien, el Rey pagábase mucho dellos, et facíales
mucho bien, et mandóles que fuesen de su Consejo”.
Pese a no apartarse de la Corte y deambular con ella por el reino, Alonso
Fernández no perdió el contacto con Sevilla, de la que era alguacil mayor
en 1329 y a la que representó ese año en las Cortes de Valladolid.
Al mismo tiempo, y al menos hasta 1347, adquirió numerosas propiedades
en las cercanías de Sevilla, sobre todo en el Aljarafe, Campo de Tejada y
Carmona.
Además, su tía María Alonso Coronel, al morir en 1330, le dejó la villa de
Bolaños y heredades en Galicia, León y Portugal.
Por otra parte, su carrera militar se hacía cada vez más notable. Es muy
posible que tomara parte en la campaña de Olvera en 1327, pero el
primer dato seguro que recoge la Crónica es que en 1332 había sido
armado caballero por el propio Alfonso XI durante las fiestas de su
coronación. Poco después, en 1333, resultó herido en el frustrado asedio
de Gibraltar y, en los años siguientes, guerreó en las fronteras de Navarra
y Portugal.
Hacia 1339 acumulaba los cargos de copero mayor de Alfonso XI, notario
mayor del reino de León, mayordomo del infante don Enrique y alguacil
mayor de Sevilla. En 1340 luchó en el Salado, llevando el pendón de Sevilla
como alguacil mayor de la ciudad que era. Dos años después representaba
al Monarca en la embajada que se envió a Aviñón para negociar la
concesión de tercias y diezmos con que hacer frente a la guerra con los
musulmanes. En enero de 1343 se incorporó al sitio de Algeciras.
Todo esto no era sino el preludio de las grandes mercedes aún por llegar.
En 1341 o 1342 había recibido Montalbán, a pesar de la oposición de
Toledo.
El encumbramiento era ya tan evidente que, el 29 de junio de 1343,
Alonso Fernández Coronel estableció mayorazgo con Montalbán y sus
casas en Sevilla en su hijo Juan Alonso. Todavía, en 1348, obtuvo la villa de
Capilla, que Alfonso XI le entregó en compensación por no poder cederle
el señorío de Aguilar en un primer momento.
A lo largo de todos esos años, mantuvo excelentes relaciones con el
entorno de Leonor de Guzmán, favorita del Monarca, hasta el punto de
serle confiada la alcaidía de Medina Sidonia, señorío y principal posesión
de la dama. Sin embargo, al morir Alfonso XI en 1350, solicitó casi de
inmediato que se le alzase el pleito homenaje por la fortaleza, marcando
distancias con el bando de la Guzmán y sus hijos y aproximándose a Juan
Alfonso de Alburquerque, hombre fuerte de los primeros tiempos del
reinado de Pedro I. Así pudo conservar su puesto en el Consejo Real y su
cargo de copero mayor del nuevo Monarca.
Fruto de esta aproximación al privado fue su ayuda para que Coronel
cobrase la ansiada villa de Aguilar con tratamiento de ricohombre,
condición aneja a esta posesión y que Alonso Fernández aún no
disfrutaba.
Por entonces cambió sus armas, dejando las cinco águilas blancas sobre
campo rojo de los Coronel por un águila azul en campo blanco, distintivo
de la casa de Aguilar. Sin embargo, la caída se aproximaba. A cambio de su
colaboración, Juan Alfonso de Alburquerque había exigido a Coronel la
entrega de Burguillos, la cual poseía desde la desaparición de la Orden del
Temple. La negativa a entregársela y el haber abandonado el partido de
Alburquerque en el momento clave de la grave enfermedad de Pedro I en
1350, para apoyar la posible sucesión en el trono de Juan Núñez de Lara
en vez de la del infante Fernando de Aragón, candidato de Alburquerque,
propiciaron la enemistad de ambos magnates. En ese mismo 1350 murió
el de Lara y se desencadenó la persecución de sus partidarios. Garci Laso
de la Vega, adelantado de Castilla, fue asesinado el 22 de mayo de 1351 y
Alonso Fernández Coronel se negó a asistir a las Cortes de Burgos y se
encerró en la fortaleza de Aguilar. Confiaba, al parecer, en el apoyo de sus
numerosos deudos y parientes andaluces, pero no le acudió nadie. Le
perjudicó sobre todo la ausencia de los Guzmán, señores de Sanlúcar, sus
cercanos parientes. La reciente muerte del titular de la casa, Juan Alonso
de Guzmán, y la menor edad del heredero, un niño de doce años, impidió
la acción del poderoso linaje, y esta circunstancia retrajo a casi todos sus
partidarios.
Mientras tanto, Pedro I, aconsejado por Alburquerque, le declaraba
rebelde y ocupaba Burguillos, Capilla, Montalbán y Torija. El cerco de
Aguilar, iniciado en enero de 1352, se intensificó desde octubre. El 1 de
enero de 1353 llegó el Rey en persona para ocuparse del asalto final.
Las últimas horas de Alonso Fernández Coronel son detenidamente
relatadas por la Crónica. Diálogos lacónicos y sentenciosos con viejos
amigos ahora en el otro bando. Para la posteridad, sobre todo, una frase:
“Ésta es Castilla, que hace a los hombres y los gasta”.
Entregado a la merced real, Coronel fue inmediatamente ejecutado junto
con un puñado de sus más fieles caballeros. Se le enterró en el monasterio
de Santa Clara de Guadalajara, fundación de su linaje. Todos sus bienes
fueron repartidos entre los nuevos beneficiarios de la situación, aunque
los de Sevilla pasaron a sus hijos.
Alonso Fernández Coronel había casado, antes de 1331, con Elvira Alonso
de Biedma, hija de Alonso González de Biedma, alguacil mayor de Sevilla.
Tuvo un único hijo varón legítimo, Juan Fernández Coronel, que murió
joven y sin descendencia, y varias hijas: María casó con Juan de la Cerda,
señor de El Puerto de Santa María y de Gibraleón; Aldonza casó con Alvar
Pérez de Guzmán, señor de Olvera. Finalmente, Mayor casó con Gómez
Carrillo.
Bibl.: D. Ortiz de Zúñiga, Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y
Muy Leal ciudad de Sevilla, Sevilla, Imprenta Real, 1795, 5 vols.; P. López
de Ayala,Crónica del Rey Don Pedro, ed. de C. Rosell, Madrid, Atlas,
1953; Gran Crónica de Alfonso XI, ed. crítica de Diego Catalán, Madrid,
1976, 2 vols.; M. C. Quintanilla Raso, Nobleza y señoríos en el reino de
Córdoba: la Casa de Aguilar (siglos xiv y xv), Córdoba, Caja de Ahorros,
1979; C. Ros, Doña María Coronel. Historia y leyenda, Sevilla, Monasterio
de Santa Inés, 1980; R. Sánchez Saus, Linajes Sevillanos
Medievales, Sevilla, Guadalquivir, 1991, 2 vols.
Rafael Sánchez Saus
El hermano mayor empequeñecido por el Gran Capitán
PEDRO Fernández de Córdoba era un rico hombre de Castilla y el V Señor
de la Casa de Aguilar, además de serlo de Montilla, Priego, Cañete,
Monturque y Castil-Anzúr, en Puente Genil. Estaba casado con Elvira de
Herrera, nieta de los Enríquez, noble estirpe de Almirantes de Castilla. De
la unión de ambos nacería en 1447 Alfonso Fernández de Córdoba, Alonso
de Aguilar. Se sabe que tuvo una hermana, Leonor de Arellano y
Fernández de Córdoba, y que en 1453 nació el que sería conocido, desde
Granada a Nápoles, como el Gran Capitán. Quedarían huérfanos de padre
a corta edad, Alonso con 8 años, pasando a ser el VI Señor de Priego y
Aguilar.
La familia fue propietaria de la manzana que hoy ocupan la Biblioteca Viva
de al-Ándalus, el convento de Los Dolores y la antigua casona que fuera de
don Rafael Castejón. Quizá en aquel palacete hoy fraccionado
transcurriera la infancia de Alonso de Aguilar y sus hermanos. Sí está
contrastado que de la instrucción de los niños se ocupó "un prudente ayo,
llamado Diego de Cárcamo, hombre docto, juicioso, culto…", según las
páginas de Vida de Gonzalo Fernández de Aguilar y Córdoba, llamado el
Gran Capitán, escrito por Ignacio López de Ayala en 1793 y custodiado en
la Biblioteca Provincial de Córdoba.
La figura de Alonso, aunque ensombrecida por la brillantez de su hermano
Gonzalo, tiene un peso específico en múltiples acontecimientos bélicos y
políticos de la Córdoba de la segunda mitad del siglo XV, si bien autores
como Ramírez de Arellano funden y confunden su nombre con un
antepasado, coetáneo de Pedro I El Cruel, convirtiéndolo en protagonista
de la represión judía en la Cruz del Rastro o de la batalla que dio nombre
al Campo de la Verdad.
Por las fuentes del siglo XVIII sabemos que en 1476 contrae matrimonio, a
los 29 años, con Catalina Pacheco, con quien tuvo 5 hijos: Pedro, que
llegaría a ser Marqués de Priego; Francisco, Señor de Almunia; Elvira y
María, ambas religiosas y Luisa.
El enlace tal vez tuviera lugar tras un fracaso sentimental de Alonso en
plena juventud, cuando estuvo comprometido con Francisca Carrillo de
Córdoba, una de las hijas del Conde de Cabra, relación que se rompió por
la intervención de terceras personas, y con ello la posibilidad de volver a
unir las ramas de los Fernández de Córdoba.
Esta larga rivalidad con el Conde de Cabra, que cristalizaría en enconadas
luchas de poder entre ambos nobles, llegarían a salpicar a la familia del
Señor de Aguilar, hasta el punto de que el egabrense llegó a retener en
sus dominios a su hermano Gonzalo, manteniéndolo preso durante
algunos años, cuando todavía el montillano no había iniciado su brillante
carrera militar.
Los primeros enfrentamientos políticos se producen a principios de 1465,
en plena guerra intestina entre el infante don Alfonso -hermano de la
futura reina Isabel I- y Enrique IV El Impotente, que había dividido a
Córdoba y provincia, ya en los prolegómenos, quedando don Alonso, junto
con su hermano Gonzalo, entre los partidarios de don Alfonso, incluyendo
en éste bando a la capital, en tanto el Conde de Cabra y otros nobles de la
Campiña y la Subbética se decantan por el monarca. Entre los muchos
sucesos que acontecen en esos momentos está el asalto al palacio
episcopal por parte del Señor de Aguilar.
En el verano del año siguiente seguían las hostilidades. Alonso formaba
parte, junto al hijo del Conde de Cabra, de un grupo de caballeros que
partieron hacia Sevilla, y a la altura de Palma del Río entablaron una lucha
con sus habitantes asaltando las murallas y arrasando los campos. Los
palmeños, partidarios del rey Enrique IV, se negaban a rendirse en tanto
don Alonso y el Marqués de Villena -su futuro suegro- discutían por
quedársela, argumentando el Señor de Aguilar que el heredero se la había
ofrecido y lo había nombrado ya Conde de Palma.
Tras la oscura muerte del infante Alfonso en 1468, al parecer envenenado,
su hermanastro Enrique IV otorga una amnistía general a la nobleza
auspiciando así una etapa de tranquilidad hasta 1470, en que comienza la
pugna por el trono entre la princesa Isabel de Castilla y su sobrina Juana La
Beltraneja; acontecimientos que avivan nuevamente las rivalidades entre
el Conde de Cabra y Alonso, este último, ahora, del lado de Juana. Pero no
había acertado en la elección y la suerte se decantó, como cuenta la
Historia, del lado de la Católica y junto a ella se puso el caballero, si bien
hay textos que apuntan a que, en tanto Boabdil resistía, pudo Alonso
haber conspirado a favor de nazarí. Sea como fuere, el VI Señor de Aguilar
acudió a Sierra-Bermeja con un grupo de fieles caballeros, en un intento
de sofocar una de las revueltas moriscas en contra de la reina Isabel I. Y
allí encontró la muerte un 16 de marzo de 1501. Catalina le sobrevivió
hasta 1503, año en el que aparece cediéndole bienes y otras prebendas al
hospital de la Concepción, cercano a la plazuela de San Nicolás.
Al malogrado don Alonso le sucedió su primogénito, Pedro Fernández de
Córdoba y Pacheco (1470-1517), como IX Señor de Cañete, VII de Priego,
Aguilar de la Frontera, Puente de Don Gonzalo, Monturque, Castillo Anzur,
Montilla, II de Carcabuey y Santa Cruz. Y en póstumo homenaje a la figura
de su padre, los propios Reyes Católicos elevaron el rango de aquellos
dominios cordobeses constituyéndolos en marquesado, con el título de
Priego. De ahí que la Casa de Aguilar desde los inicios del siglo XVI fuese
conocida como Casa de Priego, a raíz de recibir don Pedro, en diciembre
de 1501, el título de primer Marqués de esa denominación.
El estado se amplió de inmediato con el señorío de Montalbán, que el
propio primer Marqués de Priego adquirió por compraventa entre 1503-
05. Muy poco después, con ocasión de los serios incidentes acaecidos en
la ciudad de Córdoba en 1506-08 cuando el inquisidor Lucero se erigió en
autoridad de la iglesia cordobesa y el marqués apresó al corregidor que
quiso investigar su conducta como alcalde mayor de la ciudad en aquellos
tumultos, Pedro Fernández de Córdoba sufriría el destierro perpetuo de
Andalucía, por orden de Fernando el Católico, y la pérdida de todos sus
cargos y tenencias, más la destrucción de su fortaleza de Montilla y una
multa de 20 millones de maravedís, pena posteriormente reducida hasta
quedar finalmente absuelto. Desde entonces vivió prácticamente retirado
hasta su muerte en 1517.
La heredera de estos dominios fue la mayor de sus hijas, doña Catalina
Fernández de Córdoba I (1495-1569), II Marquesa de Priego y Señora de
Aguilar, Cañete de las Torres, Puente de Don Gonzalo, Monturque, Castillo
Anzur, Montilla, Carcabuey, Santa Cruz y Montalbán. De este modo, el
marquesado adquiría en los años centrales del siglo XVI, sus perfiles
espaciales máximos, asentado al sur del reino de Córdoba,
mayoritariamente dentro de la comarca natural de la Campiña y con una
prolongación —discontinua del núcleo anterior— en las sierras Subbéticas
colindantes con el reino y obispado de Jaén.
Ese mismo año de 1517, en el que doña Catalina tomaba posesión de sus
dominios, se concertaba su matrimonio con el III Conde de Feria, Lorenzo
Suárez de Figueroa III ( ? -1528), unas capitulaciones que posicionaban
claramente la prelación de la Casa de Priego (recién reconocida por Carlos
I como una de las contadas “Grandes de España” inmemoriales) sobre la
ducal de Feria, pese al mayor rango de este título en el escalafón
nobiliario. Y cuando todo hacía prever una prolongada agregación de
ambas Casas pues el matrimonio tuvo descendencia de inmediato,
asegurando la posteridad, la rigurosa agnación inherente al título ducal de
Feria obligó a que ambas Casas siguieran derroteros paralelos en dos
líneas sucesorias distintas hasta 1634, en que se produjo tal unión en la
persona del sordomudo Alfonso Fernández de Córdoba y Figueroa (1588-
1645). La ocasión para esta fusión se presentó cuando, su nieto materno,
el IV Duque de Feria Lorenzo-Gaspar Suárez de Figueroa y Córdoba,
fallecía joven, soltero y sin descendencia y, en calidad de varón más
propincuo a la sucesión de esta familia, don Alfonso «el Mudo» se
convertía en el V Duque de Feria y IV Marqués de Villalba, concluyendo así
un largo proceso sucesorio que arrastraba desde 1518.
El sucesor de la doble Casa de Priego-Feria, en 1645, fue su hijo Luis
Ignacio Fernández de Córdoba y Figueroa I (1623-1665), VI Marqués de
Priego, IV de Villafranca y Celada, VI Duque de Feria, V Marqués de Villalba
y otros títulos, quien por su salud quebrantada fallecía, aún joven, veinte
años después. Otra sucesión efímera fue la del hijo y sucesor de éste, Luis
Mauricio Fernández de Córdoba y Figueroa II (1650-1690), VII Marqués de
Priego y VII Duque de Feria, esposo desde 1675 de Feliche María de la
Cerda y Aragón (1657-1709), la mayor de las hijas del VIII Duque de
Medinaceli Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, y de la VIII
Duquesa de Segorbe, IX de Cardona y IX Marquesa de Denia, Catalina
Antonia Folc de Cardona y Aragón. El primogénito de este matrimonio,
Manuel Luis Fernández de Córdoba y Figueroa (1679-1700), tomaba
posesión de los estados cordobeses y extremeños en 1690 y, con tan solo
10 años de edad, se titulaba VIII Marqués de Priego, VIII Duque de Feria y
demás títulos agregados (excepción hecha del marquesado de Celada, que
se perdió en la familia). Y aunque se discernían sobre él grandes
expectativas sucesorias en los estados de la poderosa Casa materna, el
destino no consintió que tales supuestos se cumplieran en su persona
pues falleció soltero y sin descendencia en 1700, a la edad de 20 años. Por
testamento previo dejaba a su madre, doña Feliche, como única heredera
de sus bienes. Le sucedía en la titularidad del doble mayorazgo su
hermano inmediato, Nicolás María Fernández de Córdoba y Figueroa
(1682-1739).
Por entonces su madre era considerada virtual sucesora de la Casa Ducal
de Medinaceli y agregadas, no solo porque el IX Duque D. Luis Francisco
de la Cerda Folc de Cardona y Aragón (1660-1711), único hermano varón
de doña Feliche, carecía de descendencia sino también porque, en
septiembre de 1710, fue sometido a un proceso político y condenado a
prisión, donde fallecía en los primeros días del año siguiente.
Su falta de posteridad lo convirtió en el último varón de la Real Casa de la
Cerda. Ni tan siquiera doña Feliche llegó a conocer el trágico desenlace
final de su hermano pues había fallecido repentinamente en 1709. Quien
sí recibió la noticia de esta infortunada muerte fue el Marqués de Priego-
Duque de Feria Nicolás María Fernández de Córdoba y de la Cerda,
sobrino del duque Medinaceli y su heredero como varón más propincuo a
la sucesión, quien desde 1711 añadía a la nómina de sus títulos el de X
Duque de Medinaceli y los otros muchos agregados que llevaba consigo.
De esta manera quedaba incorporada a la Casa de Priego la de mayor
alcurnia histórica del espectro nobiliario, Medinaceli, descendiente de
aquellos infantes de la Cerda que quedaron relegados de la Corona de
Castilla-León tras la muerte de Alfonso X el Sabio. Y aun cuando don
Nicolás María mantuvo normalmente el título de Marqués de Priego como
el primero de su titulación, de inmediato los sucesivos jefes de la Casa de
Córdoba (por varonía, además, Figueroa) antepusieron el título de Duque
de Medinaceli sobre los demás, en razón evidente de una alcurnia de éste
que no podía alcanzar ningún otro. De ahí que, desde 1711, la familia se
constituyese en eje de las sucesivas Casas que se agregaron a la de
Medinaceli.
Así sería hasta el año 2013, en que la raza Fernández de Córdoba de
duques de Medinaceli se extinguió, pasando a la germánica de los
Hohenlohe-Langenburg.
Autor: Antonio Sánchez González
PRESENTACIÓN
En tiempos donde el distingo y la cuita de campanario dominan por
doquier, resulta altamente gratificante encontrarse con un libro-catálogo
destinado a hablarnos de dos poblaciones españolas distantes sólo en
razón de la cartografía. Sus autores, Enrique Seijas para el texto y José Luis
Pardo en el reportorio fotográfico, han tenido la fina sensibilidad de dar
con un hilo histórico francamente apasionante. En Priego de Córdoba y en
Puentedeume confluyen las raíces históricas de dos casas nobles, la de
Aguilar y la de Andrade, respectivamente, hermanadas no sólo por las
crónicas, también por concitar en sí mismas la razón de ser de lo más
granado de la vieja nobleza española.
En el transcurso de la investigación para mi novela “El Gran Capitán”
(Edhasa, 2006) tuve la oportunidad de estudiar con cierto detenimiento
las personalidades de los titulares de ambas casas en torno al 1500. Por
una parte, el señor de Priego, Don Alonso de Aguilar, hermano mayor del
Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, fue un valiente guerrero de
frontera que perdió la vida mientras servía a su señor, Fernando de
Aragón cuando los hechos de Sierra Bermeja. Se dice que el Jerife de
Menestepar le dio muerte sin darse mucha prisa, susurrándole al oído su
gracia, tras propinarle no menos de siete puñaladas por la espalda, a fin
de que el desdichado Alonso supiese quien le daba muerte sin permitirle
confesión. Gonzalo de Córdoba había querido mucho y sinceramente a su
hermano mayor, bien es verdad que Alonso de Aguilar, como primogénito
que era, siempre le había tratado con cierta condescendencia, pero esto al
Gran Capitán no le importaba en exceso. Alonso hacía con él lo que se
suponía que había que hacer con un segundón, concederle más bien poca
importancia y tomarse a broma sus hechos en el mundo. Claro que hacía
ya mucho tiempo que Gonzalo de Córdoba había dejado de tener en
excesiva cuenta las opiniones que vertían sus contemporáneos sobre su
persona, algo en su fuero interno le decía que lo único importante para él
debía ser la propia opinión que conservaba de sí mismo y la confianza en
sus acciones. Cada vez que alguien le contaba que Alonso se había mofado
de sus hechos de armas regalándole algún gracejo de los suyos, Gonzalo
respondía con alguna variante de la expresión: “Decidle a don Alonso que
espere a ver, que esta noche, como otras, he soñado que había de ser
mucho más señor que él”. Y con eso se quedaba contento.
A los funerales celebrados por el alma del señor de Aguilar en el Duomo
de Palermo acudió toda la ciudad vestida de riguroso luto, nobles y
plebeyos querían así mostrarle al Gran Capitán el aprecio y el respeto que
se le tenía en Sicilia. Gonzalo lo había agradecido profundamente y
prometió entonces no olvidar jamás aquel gesto de los insulares. Tras las
exequias por Don Alonso de Aguilar, el Gran Capitán se refugió unos días
tras los austeros muros del convento de San Francisco. Allí, al calor amable
de los hijos del de Asís, había logrado serenar su espíritu, preparándose
para la dura campaña que habría de venir. Ya sabrá el lector que no le fue
mal, la sombra heroica de su hermano debió empujar lo suyo en aquellos
ímpetus y en aquellos extraordinarios logros.
A la vez, el señor de Puentedeume, Fernando de Andrade pasó a la
historia asimismo de la mano de Gonzalo Fernández de Córdoba. Llegó a la
Calabria al mando de un contingente de peones gallegos encargados de
equilibrar un poco las cosas en la pugna con el francés, mientras el Gran
Capitán aguardaba parapetado en Barletta la llegada de tiempos mejores.
Muy pronto se le otorgó a Fernando de Andrade el mando del ejército que
derrotaría al mismísimo Everaldo Stewart en el campo de Seminara. Es
cierto que su éxito hizo abrigar ciertas dudas a Gonzalo de Córdoba, que
temía verse substituido como general en jefe de la campaña. Pero pronto
comprendió el Gran Capitán que no existía ni un ápice de arribismo en
aquel esforzado guerrero, que siempre le sirvió bien. En realidad, nunca
había dudado de su lealtad, pero sí de la de su rey, llegó a pensar que en
el caso de que Andrade alcanzara la ciudad de Nápoles antes que él, todo
podía ocurrir cuando hubiese que nombrar virrey. No había de qué
preocuparse, Fernando de Andrade apoyó muy eficazmente la marcha de
Gonzalo de Córdoba durante todo el resto de la campaña, desempeñando
una labor impagable en los lodazales del Garellano, hasta lograr la victoria
total e incuestionable de los colores de Fernando de Aragón en el viejo
Regno Napolitano.
Es así que hoy, gracias a esta oportunísima iniciativa, dos buenos
caballeros, Alonso de Aguilar y Fernando de Andrade se reúnen
nuevamente para mostrarnos de la mano de los evocadores textos de
Enrique Seijas y las extraordinarias fotografías nocturnas de José Luis
Pardo Caeiro, el alma y el ser de dos poblaciones señeras que, pareciendo
tan distintas, no lo son tanto.
Juan Granados
Otro suceso curioso y aún menos conocido que el anterior es el ocurrido
hacia el año 1476 con el corregidor Merlo. Las rivalidades entre el conde
de Cabra y don Alonso de Aguilar, que tanto excitaron las pasiones entre
los vecinos de Córdoba y su reino, dieron lugar a multitud de desgracias y
a que el segundo fuese en ésta una especie de dictador que todo lo
atrepellase, sin emplear más medios que aquéllos dirigidos al logro de sus
deseos y quedando impunes cuantos robos o muertes se cometían con
harta frecuencia y escándalo de todas las personas honradas, cuyas quejas
no dejaron de llegar a los Reyes Católicos, quienes enviaron por su
corregidor en Córdoba a Diego de Merlo, con encargo especial de avenir al
conde y a don Alonso y restituir la paz y sosiego a estos habitantes.
Llegado a esta ciudad hízosele un buen recibimiento y tomó posesión de
su nuevo cargo, empezando a castigar tantos crímenes como diariamente
se cometían. Merlo y don Alonso fraternizaron al parecer; el primero,
reconociendo que aquel altivo y orgulloso noble era aquí el dueño, y el
segundo, con la idea de dominarlo y no perder su ya adquirida influencia,
para lo que alhagaba a las masas, procurando buscar conflictos al
corregidor, sin que éste se apercibiese. Para más disimulo diole el castillo
de Monturquecomo prenda de que había de devolver al conde cuanto de
él retuvo en sus correrías, y lo dejó administrar justicia con una libertad
que todos extrañaban.
La falsa situación de la aparente autoridad de Merlo y de la efectiva y
disimulada de don Alonso se dio bien pronto a conocer. Acostumbrado el
pueblo a no sufrir castigo alguno, se alborotaba contra los alguaciles o
corchetes, como les llamaban, en cuanto éstos pretendían detener a un
delincuente.
Un día prendió el alcalde mayor a dos homicidas y, de acuerdo con don
Alonso, salió una turba del barrio de San Lorenzo para llevarse a los
presos. Trabose, como era natural, una lucha en que el alcalde fue herido,
y conocedor del hecho el corregidor Diego de Merlo, se personó con gente
armada en el lugar del tumulto para hacer respetar la justicia; mas todo
inútil. Los vecinos del barrio salieron de sus casas, cada cual con el
instrumento que primero encontraba, obligando al corregidor y su gente a
refugiarse en la parroquia, cuyas puertas cerraron.
En esto llegó don Alonso de Aguilar, y en vez de procurar que el pueblo se
apaciguase, lo excitó a romper las puertas del templo y sacar a Merlo. Mas
los amotinados, bien porque habían conseguido la libertad de los presos o
por el respeto que les infundía aquel sagrado lugar, rehusaron cometer
semejante profanación y desoyeron a don Alonso, quien decidido a llevar
a cabo su intento hizo venir setenta de sus esclavos, que a seguida
derribaron, hechas pedazos, las puertas de la parroquia de San Lorenzo y
sacaron al corregidor Diego de Merlo, llevándolo preso al castillo de
Aguilar.
Cuando la noticia llegó a Isabel la Católica don Alonso se disculpó,
diciendo que el corregidor le había quitado el castillo de Monturque, y que
lo tenía preso para que se lo devolviera. Aquella prudentísima señora
mandó ponerlo en libertad y desentendiose de todo lo ocurrido para no
aumentar las divisiones de la nobleza, en un tiempo en que de todos
necesitaba para las grandes empresas realizadas durante su glorioso
reinado.
La primera sargento e infante de Marina
La primera sargento e infante de Marina -
La primera sargento e infante de Marina -
Juan Torres Marín
Recientemente se ha instituido por la Subdelegación de Defensa en
Córdoba el premio Ana María de Soto. Dicho premio se otorga en dos
categorías: individual e institucional, y reconoce la especial colaboración y
apoyo, de personas o instituciones, a la Subdelegación de Defensa en
Córdoba. Para designar titular a Ana María de Soto ha sido decisivo el
singular reconocimiento y aprecio que nuestra Armada muestra hacia esta
heroína entre los muchísimos héroes que blasonan su historia, así como su
condición de cordobesa concretamente de Aguilar de la Frontera.
Nació Doña Ana María de Soto, según consta en su partida de bautismo
inscrita, en el folio 237 del libro de bautismos nº 33, por el párroco de
Santa María del Soterraño, el día dieciséis de agosto del año 1775, en
Aguilar de la Frontera, municipio de la campiña cordobesa formada por
cerros miocenos que en su día emergieron de la mar.
Coetánea de los ilustres aguilarenses D. Rodrigo de Varo y Antequera, de
los hermanos Gutiérrez de Salamanca de D. José Fernández de Toro
obispo de Oviedo de D. Alonso de Valenzuela fundador de la Sociedad
Económica de Amigos del País de Aguilar y de las edificaciones del
Convento e Iglesia de las Descalzas y de la Torre del Reloj.
Siglo de epidemias. Tiempos revueltos en Europa y especialmente difíciles
para España que era atacada por las otras potencias emergentes, por lo
cual, las unidades de la armada y los infantes de marina eran
protagonistas de toda clase de acciones bélicas en múltiples teatros tanto
marítimos como terrestres y sus banderines de enganche recorrían los
pueblos y villas hispanas reclutando a jóvenes voluntarios para militar en
sus filas.
Uno de estos banderines, al mando de un marcial sargento, llegó a Aguilar
de la Frontera el 26 de junio del 1793.
A días de cumplir los dieciocho años Ana María, disfrazada con la ropa de
su hermano Antonio Joseph, se hizo pasar por un joven varón de dieciséis
años para justificar su rostro lampiño y de nombre Antonio María. Con
esta identidad se alista en la 6ª Compañía del 11º Batallón de Marina.
Fue la primera mujer que se alistó en la pionera Infantería de Marina
española.
Subió a bordo de la fragata Nuestra Sra. de las Mercedes, fragata de triste
recuerdo para los españoles, pues atacada el 5 de octubre de 1804 por la
flota inglesa y alcanzada su Santa Bárbara fallecieron 249 marineros y 51
apresados y conducidos a Inglaterra entre ellos el montillano Capitán de
Navío D. Diego de Alvear y Ponce de León. Preludio, sin duda, de la batalla
de Trafalgar.
En esta fragata nuestra heroína participó en la defensa y evacuación de
Rosas, dentro de la campaña de Cataluña, a las órdenes del teniente
general de la Real Armada don Federico Gravina y Nápoli.
También participó en el conflicto de Bañuls y Aljama.
El 14 de febrero de 1797 tomó parte en el combate naval del cabo San
Vicente
En junio de 1797 Ana Mª intervino con gran valor y heroísmo en la
defensa de Cádiz contra el bloqueo del Inglés. En la que los ilustrados
españoles aportaron a la ciencia marítima “La Lancha Cañonera” unas
barcazas de reducidas dimensiones, artilladas con un solo cañón y servidas
por poco personal entre marineros y artilleros. Novedad de una forma de
hacer la guerra muy efectiva por su movilidad y maniobrabilidad que
sembró de pánico el campo enemigo y pusieron en fuga al mismísimo
comodoro Horacio Nelson.
Tal vez en algunas de estas lanchas estuviera a las órdenes del teniente D.
Luis Daoiz y Torres que destacó en estas operaciones y acumuló méritos
para su ascenso a capitán, empleo con el que pasaría la historia por la
defensa del parque de artillería de Monteleón, germen del alzamiento
popular del dos de mayo del 1808.
Embarca después en la fragata Matilde, en la que continúa prestando
señalados servicios.
Pero la suerte de Soto se vio truncada, después de cinco años y cuatro
meses de servicio, cuando por unas fiebres altísimas tuvo que hacerse un
reconocimiento médico. Así se descubrió su condición de mujer.
El almirante Mazarredo ordenó su desembarco de la fragata Matilde, el 7
de julio de 1798, y elevado su historial a Palacio para determinar la
sanción Real correspondiente por aquella falta. Pero lejos del castigo se le
reconoció su coraje y su valía. El propio monarca Carlos IV le concede, el
24 de julio de 1798, el sueldo de dos reales de vellón y el grado de
Sargento Mayor. Además se le autoriza a emplear los colores de los
batallones de marina y las divisas de sargento de los mismos en sus ropas
de mujer.
Ana María de Soto abandonó su carrera militar y regentó un estanco en la
población de Montilla, de la que era originario su progenitor.
PD. No me gustaría acabar esta glosa sin reconocer la ayuda del profesor
de historia del Instituto de Enseñanza Secundaria Vicente Núñez de
Aguilar de la Frontera D. Manuel García Jiménez y a D. Diego Igeño,
archivero de ese Ilustrísimo Ayuntamiento.
Bibliografía: Revista Española de defensa nº 56. Boletín EIM. JUN-02.
Enrique Garramiola Prieto: ‘Mujeres cordobesas’ y ‘Apuntes para la
historia de Aguilar de la Frontera’ de José Palma Varo.
Ana María Antonia de Soto. La heroína española de la Infantería de
Marina
Como no también hubo mujeres valientes y que lucharon con gran
patriotismo, este es el caso de Ana María Antonio de Soto que se enroló
haciéndose pasar por hombre para alistarse en la infantería de Marina,
luchando en una batalla junto a otro grande Martín Álvarez. Su figura está
siendo desde hace años bastante mencionada, a veces por el tema de la
igualdad e incluso por alguna feminista, éstas afortunadamente no han
tenido eco.
Marcó un hito y casi una odisea, ya que una mujer viviendo y combatiendo
en un buque de guerra sin ser descubierta, con las duras condiciones de
vida en aquellos barcos llenos de hombres tiene su mérito. Es el caso de
una mujer que se alistó en dicho cuerpo, haciéndose pasar por hombre.
Además era coetánea de Martín Álvarez, luchando al igual que él en San
Vicente.
El 26 de junio de 1793 y pasándose por hombre, sentaba plaza de
voluntario de Infantería de Marina, en la Sexta Compañía del XI Batallón,
quien respondía al nombre de Antonio María de Soto, natural de la villa de
Aguilar (Córdoba), a la edad de 16 años, mínima para estos casos. En su
asiento figuraba ser hijo de Tomás y tener el pelo castaño y los ojos
pardos.
Con motivo de la guerra con Francia, el 4 de Enero de 1794, Soto se
embarcó en la fragata Mercedes, de 34 cañones, realizando diversas
campañas de escolta y vigilancia de las costas españolas para, finalmente,
dirigirse a Rosas, sitiada por los franceses que acababan de conquistar
Figueras sin encontrar resistencia. A la llegada y con la protección artillera
de la flota de Gravina, el batallón de Soto desembarcó uniéndose al grupo
de soldados que, heroicamente, defendían la plaza, hasta que la situación
se hizo insostenible teniendo que retirarse y reembarcar nuevamente,
dirigiendo Gravina la evacuación. En esta su primera acción militar,
destacó por su valor y sacrificio.
En 1796, su buque la "Mercedes" fue asignada a la flota de don Juan de
Lángara hasta que, declarada la guerra a Inglaterra, se unió a la escuadra
bajo el mando del teniente general don José de Córdoba y Ramos que
enarbolaba su insignia en el Santisima Trinidad, el mayor barco del
mundo, de 130 cañones y el único de cuatro puentes; la escuadra zarpó de
Cartagena el 1 de febrero de 1797 para enfrentarse a la inglesa mandada
por el almirante sir John Jervis y en la que figuraba el
navío Captain mandado por el comodoro Nelson. Ambas se encontraron
el 14 de febrero de 1797 ala altura del cabo San Vicente, sin que además
de otras graves deficiencias y errores, la española nunca logró estar
debidamente formada en línea de combate, causas principales del
desastre naval que nos costó la pérdida de varios navíos, unos 300
muertos, alrededor de 1500 heridos y 3000 prisioneros, mientras los
ingleses sólo tuvieron 75 muertos y 325 heridos aproximadamente. Los
restos de la escuadra pudo refugiarse en Cádiz, donde se procedió a las
carena de los navíos más perjudicados, entre ellos la fragata Mercedes,
aunque no consta que sufriera bajas. Jervis fue premiado con el título de
Conde de San Vicente y Nelson fue ascendido a Contralmirante, mientras
que Córdoba fue inhabilitado y privado de su cargo, restituyéndose en la
mando de la armada a Mazarredo que, una vez rearmados los navíos,
levantó el cerco de Cádiz que sostenía Jervis. En estas acciones intervino
Soto como infante de la Mercedes, que al ser enviada en febrero de 1798
con tropas a Venezuela, su batallón fue embarcado en la
fragata Matilde que también había intervenido en la batalla del cabo San
Vicente; pero apenas incorporado, Soto fue atacado por unas fiebres
altísimas que requirieron un concienzudo reconocimiento médico,
durante el cual, inevitablemente, afloró la condición de su verdadera
naturaleza, descubriéndose con sorpresa que se trataba de una mujer,
situación que la obligó a declarar que su verdadero nombre era Ana María
Antonia de Soto. Enviado el preceptivo informe a las autoridades de la
Marina, y una vez curada del mal que padecía, el almirante Mazarredo
ordenó el 7 de Julio de 1798 su inmediato desembarco, a la espera de lo
que, al respecto, dispusiera Su Majestad Carlos IV sobre caso tan singular
que por primera vez se daba en la historia de la Infantería de la Marina
Española, consignándose en el despacho que en el tiempo que ha servido
se ha hallado en el ataque de Bañuls, en Cataluña, en la defensa y
abandono de Rosas y en el combate naval del día 14 de febrero de 1797,
como en diferentes acciones de las lanchas cañoneras y demás fuerzas
sutiles de Cádiz contra los ataques de los enemigos.
Sus destinos fueron muy diversos y en todos actuó con eficacia, disciplina
y abnegación. Embarcó en las fragatas "Mercedes", participando en el
combate naval de San Vicente, y "Matilde" y luchó en Aljama, Bañuls y
Rosas, y en 1797 formó parte de la guarnición de las famosas cañoneras
de Barceló, que con otras fuerzas sutiles defendieron Cádiz.
Pese a que su comportamiento siempre había sido ejemplar, no hubiese
saltado a la fama y a la historia cuando en 1.798, después de cinco años y
cuatro meses de servicio, dispuso el Almirante Mazarredo, el desembarco
del soldado voluntario de Infantería de Marina, Antonio María de Soto, a
quien como consecuencia de un reconocimiento médico por unas fiebres
que padecía, se había descubierto que se trataba de una mujer y que, en
realidad se llamaba Ana María Antonia de Soto, y no sólo la concedieron
una licencia honrosa, sino el premio que correspondía a su patriótico e
inusual proceder.
Por la Real Orden de 4 de diciembre de 1798 se le concedía el grado y
sueldo de sargento primero de Batallones, y por otra de 24 de julio del
año siguiente, "en atención a la heroicidad de esta mujer, la acrisolada
conducta y singulares costumbres con que se ha comportado durante el
tiempo de sus apreciables servicios...", se le otorgaban dos reales diarios
por vía de pensión y "que en los trajes propios de su sexo pueda usar de
los colores del uniforme de Marina como distintivo militar".
Y poco más se sabe de ella. Una pena que no le contara su historia a
alguien, como sí hizo Catalina de Erauso, por mencionar a otra mujer de
armas. Sí se conoce que hacia 1809, en plena guerra de la Independencia,
le racanearon la pensión. Y que en Montilla al parecer regentó un estanco,
cuya licencia le fue arrebatada injustamente en 1819 en época del
ominoso Fernando VII. Ignoro si esta mujer es recordada por los actuales
infantes de Marina , entre los que se cuentan no pocas mujeres. Espero
que sí. Sería bonito que un buque llevara su nombre, ya sea pequeño o
grande llevara su nombre. Pero en fin son tantos los héroes que
merecerían buques y cuarteles, que siempre se les olvida. Algún día habrá
que realizar recopilaciones de todos los héroes de cada época y arma de
nuestros ejércitos.
Publicado por Mario Bayern en 4:12
Rodrigo de Varo y Antequera
Ilustre personaje del Aguilar del siglo XVII, nació en esta villa cordobesa el
15 de noviembre del año 1632, en el seno de una de las familias más
notables de la población. Fueron sus padres, Rodrigo de Varo Carmona,
nativo de Aguilar, y María de Antequera, natural de Monturque. Contó el
matrimonio con dos hijas: Teresa y Ana de Varo, ésta última monja
profesa en el convento de las coronadas.
Al quedar huérfano con sólo 12 años, vivió bajo la regencia de su abuela
materna, María de Carmona Carrillo, hasta alcanzar la edad de 20 años.
Cuenta la historia que en sus años mozos vivió una vida cómoda e
indolente reflejo de la copiosa hacienda que disfrutaba. En 1657 contrajo
matrimonio con María Josefa Fernández de Toro y Castro viejo, naciendo
del mismo un solo hijo varón, llamada Andrés de Varo Fernández de Toro,
y tres hijas: Teresa de Varo, que quedó soltera, y Ana y Josefa Varo, ambas
religiosas de clausura.
Según las crónicas de la época, hubo en la vida de Rodrigo de Varo dos
etapas muy contrapuestas, marcada la primera por una vida liviana
acaparando todos laos mercedes que le permitía su condición de
acomodado hijodalgo, dedicado a participar de los ejercicios más
placenteros que le permitía su rango, habiendo destacado y adquirido
fama como jinete en alardes de juegos de toros y cañas y otros festejos
similares.
Un punto de inflexión en ese tipo de vida se produce, según algún erudito,
a raíz de un accidente de cacería que sufre en su finca de Zamacón, donde
fue alcanzado y herido por un disparo de arcabuz. A partir de ese
momento se convirtió en un fervoroso creyente, llegando a tomar el
hábito de la Orden Tercera Franciscana.
En la tarea de socorro y cuidado de necesitados llegaría a realizar las obras
más destacadas y las que han perdurado su memoria hasta nuestros días.
En el plano religioso acometió y colaboró con numerosas instituciones
religiosos locales y comarcales, vinculándose con los Trinitarios de la
Rambla y el convento de los frailes Carmelitas de Aguilar. En este terreno
llevó a cabo la mayor empresa posible como fue la del patrocinio y
fundación del convento de las monjas Carmelitas de Aguilar, cuya obra
iniciaría sobre unas casas propias que poseía en el Moralejo en el año
1668, concluyéndose y bendiciéndose el 17 de noviembre de 1671.
Además del convento de las Carmelitas, Rodrigo de Varo emprendió varias
empresas más de carácter benéfico- caritativo y religioso. Siendo hermano
Mayor de la hermandad de la Caridad fundó la Obra Pía del Hospital de la
Caridad de Aguilar para curar enfermos pobres, dotando al viejo centro
hospitalario de nuevas dependencias y servicios de enfermero, médico,
cirujano-sangrador, etc. También fundo un colegio para 24 alumnos en las
dependencias del Hospital y dotó una Cátedra de Gramática gratuita para
los niños del pueblo. Posteriormente construyó un nuevo centro
assitencial o recogimiento para pobres transeúntes en las casas de sus
antepasados situadas en la Puerta de Espejo, establecimiento que sería
conocido como “el Hospitalito”.
Ostentó la vara de Alguacil Mayor del Santo Ofició que heredó de su
suegro, fue reconocida su hidalguía y desde 1659 ejerció como Alcaide de
la villa de Montalbán. Murió el 9 de diciembre de 1679, cuando contaba
con 47 años de edad, siendo enterrado su cuerpo en la iglesia de las
Carmelitas Descalzas.