Leyenda de Doña María Coronel. Actualizada.
María Coronel tuvo una desgraciada vida, marcada por las luchas por el poder en una
Castilla dividida por continuas guerras civiles, y por el capricho o empecinamiento del rey
Pedro por poseer a toda mujer que se le apeteciera. Para entenderla mejor hay que
conocer el entorno histórico en que se desarrolla.
Doña María Coronel, pintada por Joaquín Domínguez Bécquer en
1.846.
María Fernández Coronel era la hija mayor de don Alfonso Fernández Coronel, Señor de
Montalbán, Capilla, Burguillos y Bolaños, un poderoso noble castellano que logra el favor
del rey Alfonso XI, y de la dama sevillana doña Leonor de Guzmán, que durante veinte
años fue favorita del rey y le dio cinco hijos (o hasta diez, según versiones). Merced a
estas relaciones, don Alfonso logra el Señorío de Medina Sidonia en Cádiz y otros amplios
honores, destacándose en la defensa del reino contra la Orden de Alcántara, a cuyo
Maestre, Gonzalo Martínez de Oviedo, derrota, ordenando que sea degollado y quemado en
1.340.
Antigua casa de los padres de Doña María Coronel, posteriormente de
los Marqueses de la Algaba y, actualmente recién restaurado, sede de
los Servicios Centrales de Participación Ciudadana del Ayuntamiento
de Sevilla y Museo del Mudéjar.
Volviendo a Andalucía y a la vida de María Coronel, no acabaron las desgracias para ella
cuando murió su padre en Aguilar de la Frontera. Su hermana Aldonza se había casado con
Alvar Pérez de Guzmán, Señor de Lara, que también hizo causa común con su cuñado Juan
Alfonso y su suegro, Alfonso Fernández Coronel, contra el rey y a favor de su hermano
bastardo Enrique de Trastámara. Tras ser derrotados, Alvar huyó dejando a su esposa
Aldonza en Sevilla, en el convento de Santa Clara.
El rey Pedro, que pasaba largas temporadas en Sevilla, donde sobre el antiguo palacio
almohade mandó construir el bello Alcázar sevillano, se encapricha de Aldonza Coronel, con
la que se ve primero en la Torre del Oro y luego en el Alcázar de Carmona.
Ante la ausencia de su marido, don Alvar Pérez de Guzmán, su cuñado, el esposo de María
Coronel, Juan Alfonso de la Cerda, descendiente de la familia real de León, defiende su
honor contra el rey levantándose en armas y siendo derrotado por Juan Ponce de León,
Señor de Marchena, siendo apresado. María Coronel partió desde Sevilla a Tarragona,
donde se encontraba el rey, para rogarle clemencia. El cruel Pedro I la engañó, pues le
concedió el indulto aunque sabía que antes de que María Coronel volviera con la carta de
libertad a Sevilla, el preso habría sido decapitado, lo que efectivamente ocurrió ocho días
antes de que ella llegara.
Pedro I de Castilla. Ayuntamiento de León.
María Coronel, ya viuda, se retira a casa de sus padres, en la calle Arrayán, esquina con el
mercado de la Feria, donde aún se conserva un hermoso ventanal de estilo mudéjar y que
posteriormente fue residencia de los marqueses de la Algaba, corral de vecinos, teatro y
almacén.
Esta ventana geminada o ajimez es la única parte del palacio que se
sabe con seguridad que perteneció al edificio original.
Pedro I, que se había percatado de su hermosura, la persigue hasta allí en compañía de sus
criados, y María huye al convento de Santa Clara, rodeando la laguna de la Alameda,
buscando refugio entre las monjas. Estas, conocedoras de la catadura de don Pedro, la
esconden en una zanja y la cubren con tablas y tierra sobre la que dicen que crecieron al
instante plantas y flores que la ocultaron. El rey, a pesar de registrar todo el convento, no
pudo encontrarla y hubo de marchar. Sin embargo, días después y debido a una delación,
el monarca se presentó de improviso y persiguió por los corredores a doña María, que
finalmente se refugió en la cocina del convento y, viéndose sin salida, se vertió sobre el
rostro el aceite hirviendo que se encontraba al fuego, desfigurándose totalmente la cara y
las manos.
Convento de Santa Clara, en el que se refugió doña María Coronel.
Dicen unas crónicas que el rey, impresionado y aterrado, le devuelve las posesiones de su
familia y las rentas confiscadas, con lo que María Coronel funda, con su hermana Aldonza,
el convento de Santa Inés en la misma casa de sus padres, junto a la parroquia de San
Pedro, siendo primera abadesa hasta su muerte. Sin embargo, otros historiadores apuntan
a que no recuperó sus propiedades hasta la muerte de Pedro I y la entronización de
Enrique II. Esta última versión coincide cronológicamente con los hechos, pues la fundación
del convento de Santa Inés data de 1.376 y, para su mantenimiento, doña María donó sus
posesiones en Sevilla, Carmona y el Aljarafe, y los castillos de su padre, al infante don
Fernando de Antequera en 1.409, a cambio de que él terminara la construcción del
monasterio y entregara una renta anual a sus monjas.
Entrada al convento de Santa Inés, junto a la iglesia de San Pedro.
Portada de la iglesia del convento.
Aunque tradicionalmente se considera que murió el dos de diciembre de 1.411, el
historiador Moreno Alonso sostiene que fue en 1.409, cuando tenía alrededor de setenta y
cinco años. El cuerpo de doña María Coronel estuvo enterrado hasta 1.679 en un sepulcro
bajo, junto a su marido Juan de la Cerda y una hija pequeña, hasta que, con motivo de
unas obras, las monjas decidieron trasladarlo a otro sitio. Entonces se descubre que el
cuerpo de doña María estaba incorrupto, en tanto que tan solo quedaban cenizas de su
marido e hija. En 1.834 se reconocía su incorruptibilidad. Desde entonces se venera
piadosamente en Sevilla con un fervor popular que nunca ha decrecido y su cuerpo puede
verse cada dos de diciembre tras una urna de cristal.
Tras esta reja se puede contemplar cada dos de diciembre el cuerpo
incorrupto de doña María.
Cuerpo incorrupto de doña María Coronel