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Thomas Edison

Thomas Edison fue un inventor estadounidense que revolucionó la vida cotidiana con inventos como la lámpara eléctrica, el fonógrafo y el cine. Aunque fue un genio creativo, también participó en prácticas crueles como abogar por el uso de la electricidad en ejecuciones. Edison tuvo una infancia difícil pero se convirtió en uno de los inventores más prolíficos de la historia con más de 1000 patentes.

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Thomas Edison

Thomas Edison fue un inventor estadounidense que revolucionó la vida cotidiana con inventos como la lámpara eléctrica, el fonógrafo y el cine. Aunque fue un genio creativo, también participó en prácticas crueles como abogar por el uso de la electricidad en ejecuciones. Edison tuvo una infancia difícil pero se convirtió en uno de los inventores más prolíficos de la historia con más de 1000 patentes.

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Thomas Edison, el genio de los 1093 inventos qu

revolucionó la vida cotidiana y la gran crueldad q


ayudó a cometer
La lamparita eléctrica, el fonógrafo, el micrófono, las baterías a carbón y el kinetoscopio -un cine emb
fueron una ínfima parte de su creatividad e ingenio. Sus peleas contra Nikola Tesla y la compañía qu
con él en la “guerra de la corriente” y el día que abogó para que usaran uno de sus grandes inventos
forma espantosa

Por Alberto Amato

17 Feb, 2024 00:33 a.m. AR Compartir

El norteamericano Thomas Alva Edison en su despacho junto al fonógrafo, uno de sus grandes inventos (EFE)

Y un día, se le prendió la lamparita: la inventó. Bueno, inventarla, inventarla… La


convirtió en incandescente, lo que equivale a darle vida, durabilidad, estabilidad y
potencia. Iluminó al mundo. El tipo era, lo fue toda la vida, un chico curioso y
“metomentodo” que intuía que ese mundo apuntaba alto, se transformaba rápido y que
él no podía estar ausente, ni lejos de ese desafío.

Cómo llega un chico a esa conclusión, es un misterio. Éste era Thomas Alva Edison.
Casi todo lo que nos rodea, lleva su sello. Si estas líneas se leen a la luz de una
lámpara, atrás está Edison; si en el ambiente suena suave algo de música, detrás está
Edison; si escuchamos en la mañana un mensaje que quedó grabado en el teléfono
inteligente, es Edison que está detrás; si tuvimos la delicadeza de enterarnos de las
noticias que sacuden al mundo, hay de sobra, y que se envían a través de océanos y
montañas, detrás está Edison, si vimos el último estreno de la película candidata al
Oscar, detrás también está Edison.

Fue el gran inventor de lo que se dio en llamar la Segunda Revolución Industrial,


entre 1850 y el inicio de la Primera Guerra Mundial, en 1914, y que impulsó el
desarrollo de adelantos impresionantes en transporte, como los motores a combustión
y los aviones, en las telecomunicaciones, como el telégrafo, el teléfono y la radio, entre
otros desarrollos que cambiaron para siempre los modelos de trabajo, de educación y
hasta de convivencia ciudadana. Fueron los propios inventos, en especial en el terreno
de las comunicaciones, los que hicieron que los efectos de esa Segunda Revolución
Industrial llegasen a casi todo el planeta, al contrario de lo que había sucedido con la
primera. Fue la primera globalización, pero entonces no se llamaba así.
Edison de niño en 1861, cuando se subía a los trenes a vender cosas y lo echaron de su escuela (Photo by Gado/Getty
Images)

Edison, que nació en 1847 en Milan, Ohio, estuvo metido (así lo hacía desde chico) en
todo ese progreso. Si hoy se lo recuerda es porque el 17 de febrero de 1878, hace
ciento cuarenta y seis años, patentó el fonógrafo, un aparato que permitía grabar el
sonido de la voz humana, entre otros sonidos. Era un adelanto sensacional, al que no
le dieron importancia. ¿A quién le importaba grabar la voz humana? ¿Para qué podía
servir ese extraño cachivache? El gran éxito de Edison fue la lamparita eléctrica, que
desde entonces es símbolo de creatividad. Lamparitas ya había, el inglés Humphrey
Davy había ideado una a inicios de 1800; pero el artilugio duraba nada, requería
mucha energía y era carísima. Edison la perfeccionó. Es verdad que era un genio,
pero también era un pícaro que tomaba los ensayos de otros y los pulía, los
enriquecía, los hacía posibles, palpables, reales. Eso hizo con la lamparita. Empezó a
buscar un material para hacer el filamento que la tornara incandescente y duradera.
Ensayó el platino, pero lo descartó por caro, buscó en el carbón, en el hollín, envió a
sus colaboradores a Japón, a América del Sur y a Sumatra a buscar fibras vegetales
desconocidas, extrañas, ansiosas de ser descubiertas, hasta que optó por un
filamento de bambú carbonizado. El 21 de octubre de 1879 la probó con un éxito
sensacional: aquella curiosa bola de cristal duró más de cuarenta horas encendida. Era
el mundo iluminado que se avecinaba; los mercados lo supieron enseguida: cayeron
en picada las acciones de las compañías de alumbrado a gas.

Para sintetizar, si eso es posible, al genio de Edison le debemos el micrófono de


carbón, y los que llegaron después, que se usó muchos años en los teléfonos y las
radios; las baterías de níquel de hierro, más económicas que las de ácido y plomo,
destinadas a alimentar unos autos eléctricos, en la época improbables. Le debemos
el kinetoscopio, un precursor del proyector de cine, el fonógrafo, de tan mala prensa
ni bien inventado, el mimeógrafo capaz de hacer gran cantidad de copias gracias al
papel esténcil, el dictáfono, usado para grabar la voz y para capturar discursos que
debían luego ser transcriptos tal como habían sido dichos. Dato curioso, un hijo
moderno del dictáfono, conocido por su nombre comercial, Dictabelt, era usado a
menudo en los años 60 por Evelyn Lincoln, secretaria del entonces presidente de
Estados Unidos, John Kennedy.

Retrarto de Edison con el fonógrafo (Photo by GraphicaArtis/Getty Images)

Edison también hizo grandes contribuciones al mundo del cine. En 1889 comercializó,
porque además era un as para los negocios, la película de celuloide de 35 milímetros;
no la pudo patentar porque ya lo había hecho George Eastman que también había
registrado ya la marca Kodak. Lo que sí hizo Edison fue patentar las perforaciones
laterales de la película, un cambio vital en el desarrollo de la fotografía y el cine.
Inventó todo lo que pudo, y pudo mucho, a lo largo de sus ochenta y cuatro años de
vida: le contabilizan mil noventa y tres patentes correspondientes a otros tantos
inventos que en muchos casos nos hicieron la vida más cómoda, más rica y más
amplia y más inteligente.

Y todo en la vida de Edison empezó con una gran mentira. Con una gran mentira,
además, dicha por su madre. A los ocho años Thomas era un chico inquieto y muy
curioso, todos los chicos lo son a esa edad. Pero Thomas hacía experimentos, le daba
por la química o algo parecido, y su laboratorio era el sótano de su casa. Algunas de
aquellas experiencias terminaron en desastre. Pero quien haya sido un chico feliz y no
haya estado a punto de incendiar su casa con un experimento que no podía fallar, que
tire la primera piedra.

Thomas Alva Edison alrededor de 1871, perfeccionando su fonógrafo y escuchando sonidos a través de un auricular
primitivo (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Una mañana Thomas regresó de la escuela con un sobre cerrado y una nota secreta
de su maestro dirigida a su madre. La mujer la leyó, lloró y abrazó muy fuerte a su hijo.
Cuando Thomas le preguntó que decía aquella nota del maestro, su mamá, Nancy
Elliot, maestra ella también, le reveló: “Me dice ‘Su hijo es un genio, esta escuela es
muy pequeña para él y no tenemos buenos maestros para enseñarle. Por favor,
enséñele usted en casa”. Así fue, desde ese día, la educación de Thomas, la
sentimental también, estuvo en manos de sus padres, en especial de su madre; su
padre lo impulsaba a la lectura y le regalaba diez centavos cada vez que terminaba
de leer un libro.

Edison recién supo la verdad muchos años después, cuando ya era un inventor
consagrado, sus padres estaban muertos y él, por azar, encontró en el desván de los
papeles viejos aquella nota de su maestro que, en realidad, decía: “Su hijo está
mentalmente enfermo y no podemos permitirle que venga más a esta escuela”. Esa
mañana, el que lloró fue Edison que luego anotó en su diario: “Thomas Alva Edison fue
un niño mentalmente enfermo, pero gracias a una madre heroica se convirtió en el
genio del siglo“. Si aquel energúmeno de maestro hubiese sabido ver que en las
distracciones, los descuidos, la despreocupación y los yerros de aquel alumno latía el
alma de un muchacho que se iba a montar a grupas de la Segunda Revolución
Industrial; si aquel energúmeno de maestro no hubiera mandado la nota que mandó, a
lo mejor hoy no teníamos ni lamparitas.

El genio de Menlo Park, como le decían por la ubicación de su laboratorio, donde pasaba horas inventando cosas que
luego convertía en patentes: tuvo más de mil

Cuando empezó a cumplir una edad con dos cifras, Thomas ya había leído “La caída
del Imperio Romano”, de Edward Gibbon, un británico considerado el primer historiador
moderno, murió en 1794 para más datos. También había leído las fantásticas novelas
de Charles Dickens y algunos de los dramas más densos de Shakespeare. En 1859, a
los doce años, empezó a vender lo que pudiese en el tren que cubría Port Huron,
donde vivía con su familia, con Detroit. Vendía diarios, verduras, moras, manteca, lo
que fuere. El tren regresaba de Detroit a Port Huron seis horas después, que Thomas
pasaba en la biblioteca de la Asociación de Jóvenes, que es hoy la Biblioteca Gratuita
de Detroit.

También se las ingenió para acomodar, en uno de los vagones de carga del tren, una
especie de laboratorio en miniatura para seguir con sus experimentos y con sus
probables invenciones. Tuvo la suerte de que un amigo que trabajaba en el “Detroit
Free Press” le regalara un juego de tipos móviles. Con eso y una prensa de mano,
Thomas creó una publicación semanal, el “Grand Trunk Herald”, que vendía en el tren
de ida y vuelta: llegó a tirar cuatrocientos ejemplares.

Ya adolescente Thomas también tuvo una vida singular. A los quince años salvó de
morir atropellado por un tren al hijo del telegrafista de la estación, que le
consiguió un trabajo y le enseñó el alfabeto Morse. Total, que un año después el chico
Edison había inventado un repetidor automático capaz de transmitir señales
telegráficas entre diferentes estaciones. A los veintiún años, en 1868, inventó un
aparato para el recuento mecánico de votos, que le bocharon porque podía
favorecer el fraude electoral. Así que, desencantado de la política, al año siguiente él y
su amigo Franklin Pope se ofrecieron como ingenieros electricistas, nadie había oído
hablar nunca de algo así, un trabajo del que Edison huyó pronto porque se supo mal
pago.

Edison con su primer dinamo para producir luz eléctrica, en 1880 (Photo by The Print Collector/Getty Images)

Se fue a New York, donde le pagaron muy bien después de poner a punto un indicador
telegráfico que anunciaba los precios del oro en la Bolsa de valores y que se había
destartalado. Trabajó luego un tiempo en la Western Union y en 1876, al borde de la
treintena, se mudó a Menlo Park, en New Jersey y reunió a un grupo de técnicos,
mecánicos, ayudantes, todas almas inquietas como la suya, para establecer allí
una “Fábrica de inventos”, título alegórico que demuestra que Edison sabía que un
invento es uno por ciento de inspiración y el resto esfuerzo y dedicación, como en todo.

Edison no llegó solo a Menlo Park, se había casado en 1876 con Mary Stilweel, una
de sus empleadas, y el matrimonio quedó encantado con la zona rural, un poco
bucólica, donde habían instalado su laboratorio dedicado a la investigación y el
desarrollo de lo que fuere: Edison decía que se podía construir cualquier cosa que la
imaginación ideara. Fue allí que mejoró el telégrafo y empezó a trabajar en una
máquina que pudiera grabar mensajes telegráficos, lo que le llevó a plantearse la
posibilidad de grabar sonido. Y fue en Menlo Park donde ideó y fabricó el primer
fonógrafo que presentaría el 17 de febrero de 1878. ¿Cómo era aquel esperpento de
aparato? Edison había ideado una máquina que “traducía” las vibraciones producidas
por el habla y las imprimía en, en forma de surcos, en una hoja de papel. Después, al
pasar esos surcos debajo de un “lector” de grietas, valga la tonta e involuntaria
parábola, se reproducía la voz humana. Para presentar su invento y antes de
patentarlo, Edison grabó las dos primeras líneas de “Mary had a Little Lamb –
María tenía un corderito”, las vibraciones de su voz hirieron el papel, después él le
dio de vueltas a una manivela y se oyó su voz en aquellos versos infantiles. Ese mismo
año mejoró el micrófono transmisor que fue el artificio que perfeccionó las
comunicaciones telefónicas. La consagración, si eso era posible, le llegó con la
lamparita incandescente, eso quiere decir que no se fundía, que presentó en octubre
de 1879. La noche vieja de ese año, en Menlo Park, Edison ya era “El mago de
Menlo Park”, hizo funcionar un novedoso sistema de alumbrado armado con cincuenta
y tres focos.

Edison junto a su esposa Mina Miller y sus hijos Madeleine, Theodore y Charles en su casa de Glenmont, New Jersey,
alrededor de 1905 (Getty)

En 1880 se asoció con J. P. Morgan, (entre paréntesis, el museo Morgan de New York
es fantástico), para fundar la Edison Electric. Era un hombre con iniciativa,
emprendedor y con espíritu comercial: un canto al capitalismo en desarrollo y al
océano de oportunidades que ofrecía la sociedad americana. En 1883 patentó lo que
llamó el “Efecto Edison” que consistía, si está permitido el disparate, en una lamparita
al revés. Ahora se trataba de hacer pasar la electricidad desde un filamento hacia una
placa metálica colocada en el globo de una lámpara incandescente. ¿Adónde llevaba
ese invento? En principio, a ningún lado; pero fue el paso inicial de la válvula
termoiónica que sería de tremenda importancia en el desarrollo y expansión de la radio
y la televisión que, en los años 40, 50 y 60 funcionaban con “lámparas” o válvulas en
su interior. Es la prehistoria, pero no es tan lejana. Morgan, que también era un as para
los negocios aunque no hubiese inventado nada en la vida, terminó con los años por
comprar las acciones de Edison y fundó General Electric.

Los años de 1880 fueron de guerra y de tragedia para Edison. En 1884 murió su
mujer, por una aparente sobredosis de morfina, y Edison se casó dos años después, a
los treinta y nueve años, con Mina Miller, que era veinte años más joven. Tuvieron
tres hijos. La guerra estalló por culpa de la electricidad y de los buenos negocios, que
también provocan también muchas guerras. En esos años, la iluminación en calles y
espacios públicos era un gran mercado en expansión, en Estados Unidos, en Europa y
en algunas ciudades de América, La alimentación de esas luces era dada por
generadores de corriente continua (CC). Pero Westinghouse Electric había
desarrollado transformadores de corriente alterna (CA) que hacían posible hacer
llegar el prodigio a distancias más largas y a través de cables más delgados y baratos,
además de reducir el voltaje en el destino final que era las casas de sus clientes. No
estaba nada mal. La CA se usaba en pequeñas empresas y en los hogares; la CC de
Edison daba energía a grandes ciudades.

Tal vez el gran inventor sintió que su emporio, y su negocio, podían trastabillar y
sostuvo en público, su palabra era dogma, que la CA usaba altos voltajes muy
peligrosos. Cuando en 1886 Westinghouse instaló sus primeros sistemas de CA,
Edison lo atacó: “Es tan cierto como la muerte que Westinghouse matará a un cliente
dentro de los seis meses posteriores a la instalación de cualquier sistema; se
trata de algo nuevo y requerirá una gran número de experimentos para que funcione de
manera práctica”.

Thomas Alva Edison junto al Fonógrafo Comercial Edison (Photo by Oscar White/Corbis/VCG via Getty Images)

Si no sentía peligrar su emporio, tal vez Edison estaba de verdad preocupado por el
alto voltaje de los sistemas de CA que, mal instalados, mal manejados, mal usados,
eran un riesgo para los usuarios. También es cierto que la Edison Elecric tampoco
quería cambiar a CA: llevaba más de cien instalaciones en funciones y modificar el
estándar implicaba trabajar a pérdida. En 1887, Edison perdía participación en el
mercado frente a Westinghouse, que ya llevaba sesenta y ocho centrales eléctricas de
CA frente a las ciento veintiuno de CC de Edison. En 1888, cuando la CA montada en
postes causó una serie de accidentes, algunos fatales, Edison se unió al inventor
Harold Brown en una campaña dura contra la CA. Esto fue lo que se conoció como “La
guerra de las corrientes” y llegó hasta el Congreso de Estados Unidos al que se le
pidió una legislación que controlara el voltaje de las instalaciones de CA. “Controlar”
implicaba limitar.

Edison y Brown llegaron mucho más lejos: intentaron demostrar que la CA, a la que
combatían, era el sistema más adecuado para aplicar en la flamante silla eléctrica,
lo que dejaba en claro su peligrosidad. Lograron incluso que las primeras ejecuciones
fuesen alimentadas por un generador de la Westinghouse. Era una jugada un poco
sucia porque metía en la guerra de las corrientes a ese estúpido designio humano que
pretende que la Justicia ejecute al prójimo sin hacerlo sufrir. Era una jugada barrosa y
cayó mal entre los accionistas de Edison, que ya estaba un poco retrasado en el
nivel de ganancias respecto de sus competidoras. Hubo algo más, pasó años después,
pero es justo recordarlo porque a menudo, en nombre del progreso, gana espacio la
insensatez y la impiedad.

Edison con su familia

Es la historia de la elefanta Topsy. La habían capturado en el sureste de Asia y la


habían llevado, bebé, a Estados Unidos para hacerla actuar en el Porepaugh Circus de
Coney Island. La promocionaban como “La primera elefanta nacida en Estados
Unidos”. Topsy tenía un entrenador, o domador, o lo que fuere, James Fielding, que era
un hijo de mil frustraciones: la alimentaba con cigarrillos encendidos y whisky. Un
día, Topsy se hartó e hizo lo que debía: aplastó al imbécil con lo que dejó al mundo un
poco más limpio y sano. Pero su arranque de furia hizo que la vendieron al Luna Park,
el parque de atracciones de Coney Island, donde la adoptó un nuevo entrenador,
Whitey Ault, al que un día Topsy persiguió por las calles de la ciudad. Ya no la
aceptaron en ningún otro circo, ni en ningún zoológico.
Sus dueños decidieron sacrificarla. En principio hablaron de ahorcarla, pero la
American Society for the Prevention of Cruelty to Animals (Sociedad Americana para la
Prevención de la Crueldad en los Animales) protestó. Entonces planearon
electrocutarla. Edison que todavía seguía en una disputa, ahora con Nikola Tesla,
sobre los peligros de la CA y las ventajas de la CC, abogó para que Topsy fuese
ejecutada con corriente alterna. El 4 de enero de 1903, a Topsy le dieron de comer
zanahorias mezcladas con cuatrocientos sesenta gramos de cianuro de potasio; le
colocaron encima un soporte metálico y le metieron sus patas enormes en unas
sandalias metálicas. Murió en menos de un minuto por la electricidad producida
por una fuente de 6.600 voltios. Está todo filmado. No es grato de ver. A la ejecución
asistieron mil quinientas personas.

La muerte por electrocución de la elefanta Topsy fue terriblemente cruel e innecesaria, parte de la lucha de Edison con
sus competidores

No hay pruebas de que Edison haya decidido, al menos de forma directa, el asesinato
de Topsy. Ni siquiera hay pruebas de que, como se afirmó, él mismo haya sido
quien filmó la ejecución del animal. En cambio, los responsables de brindar
asistencia técnica y eléctrica para la muerte de Topsy sí eran funcionarios de la Edison
Electric Iluminating Co., de Brooklyn. No fue posible relacionar a Edison con una
empresa que utilizaba sus patentes. En julio de 2003 una estatua, erigida en el Coney
Island Museum trató de hacer algo de justicia con la desdichada Topsy.

Elefantes aparte, en años anteriores al de la muerte de Topsy Edison siguió con sus
inventos geniales.

En 1885, la polémica relación de Edison con Nikola Tesla llegó a su fin cuando
Tesla renunció a la Edison Machine Work, el 4 de enero, y se pasó al año siguiente a la
Westinghouse y a la corriente alterna. El duelo entre ambos es historia aparte. Tesla
era un ingeniero e inventor que había nacido en 1856 en lo que hoy es Croacia y
entonces era parte del Imperio Austríaco. Se interesó en el electromagnetismo y en el
desarrollo de la robótica, el control remoto, el radar, las ciencias de la computación
todavía en pañales y la física nuclear que nadaba en la teoría. Tesla era otro genio
que al parecer sembró el embrión de la radio, sin ahondar mucho porque no
entendía, o decía no entender, el fenómeno físico que la originaba.

Thomas Edison sentado en su laboratorio químico

Había llegado a Estados Unidos en 1884 reclutado por el gerente de la Edison, Charles
Batchelor, que lo había conocido en París durante la supervisión de una instalación
eléctrica. Tesla emigró y trabajó todo ese año en los talleres de Edison, en el Lower
East Side de Manhattan. La historia a contar algún día revela que, tal vez, no había
espacio para dos genios en las huestes de Edison. Hubo una promesa de dinero
que nunca se cumplió y que quedó entre los protagonistas como una broma de Edison
mal comprendida, o no comprendida por Tesla que, de paso, estaba más a favor de la
CA que de la CC defendida por Edison. El hecho es que el tipo, en la entrada de su
diario del 4 de enero de 1885, sintetizó la crisis con una sola frase: “Adiós a Edison
Machine Works”. Era un genio parco.

Edison siguió con sus inventos porque ni sabía, ni quería hacer otra cosa. Hoy, y desde
hace años, en la punta de la Torre Eiffel, doscientos ochenta y cinco metros allá arriba,
hay una estatua de cera de Edison, junto a otra de Gustave Eiffel, ambas junto a la de
una de las hijas de Eiffel. Están ubicadas en un pequeño espacio con muebles de
madera, un piano, paredes también de madera empapeladas y adornadas con pinturas
al óleo. Es el pequeño apartamento que Eiffel se hizo construir mientras dirigía las
obras de la Torre, que se inauguró en 1890. Medio mundo quiso ser invitado a ese sitio,
que tiene una vista espectacular de París. Eiffel invitó a unos pocos. Entre ellos
estuvo Edison, que le regaló uno de sus fonógrafos.
El 16 de octubre de 1929, Thomas Edison y su esposa Mina en el banquete en honor a su invento de la lamparilla
eléctrica

En los últimos años de su vida siguió con sus inventos y perfeccionó los que ya
estaban patentados. En 1887 tuvo la fortuna, que rara vez golpea esa puerta, de ser
reconocido en vida por su genio y por haber levantado el primer centro de investigación
y desarrollo en New Jersey. Tres años después estaba metido, lo estaba desde chico,
en el desarrollo del primer “vitascope”, un proyector de cine que fue presentado en
1895 en Atlanta, que modificaba el “phantoscopio” que había patentado el
estadounidense Charles Jenkins y que dio paso a la exhibición de las primeras
películas mudas. Edison vio llegar al siglo XX mientras desarrollaba el primer dictáfono,
el mimeógrafo y el kinetoscopio gracias al que, en 1904 presentó “El gran robo del
tren”, un corto filmado mudo, un clip de diez minutos, en el que intentó combinar
audio con las imágenes mudas en movimiento con la idea de que de esa mezcla
surgieran “imágenes sonoras”.

El mundo lo aclamó como el “Mago de Menlo Park”, como el padre de la era eléctrica y
como el inventor más grande que haya existido. Lo merecía. Cuando estalló la Primera
Guerra Mundial, Edison, un pacifista, se opuso a que su genio se aplicara al
armamento. El gobierno de Estados Unidos le pidió entonces que diseñara
dispositivos defensivos para barcos y submarinos. Lo hizo, mientras buscaba mejorar
la resistencia y durabilidad del caucho, vital para los vehículos de combate, el hormigón
y el etanol.
Thomas Edison murió en 1931, fue uno de los grandes inventores -sino el máximo- de la historia (Photo by George
Rinhart/Corbis via Getty Images)

Edison recibió la última patente, la número mil noventa y tres, un año antes de su
muerte. Su salud ya se había deteriorado bastante, pero trabajaba con intensidad
aunque ahora en su casa. Recibía las visitas de sus amigos más cercanos: el aviador
Charles Lindbergh, la Nobel Marie Curie, el gran empresario Henry Ford y el presidente
Herbert Hoover. El hombre que había dedicado buena parte de su vida al sonido, había
perdido la audición, lo que implicaba “una declaración de la maestría de Dios”, diría
Jorge Luis Borges de su propio destino, ciego y a cargo de la Biblioteca Nacional.

Edison murió a las nueve de la noche del 18 de octubre de 1931 en New Jersey. Tenía
ochenta y cuatro años y seguía de buen humor. Decía en los últimos meses de su vida,
que ya podía “oler las flores”. El último rasgo extraño de su agitada vida de inventor,
que había empezado con aquella gran mentira de su madre, ocurrió minutos antes de
su muerte. Despertó de un coma profundo, con la audición recobrada, sacudido
por las notas estremecidas de su autor preferido: Beethoven, que llegaban desde su
fonógrafo favorito. Miró a su esposa, Mina, y dijo adiós con tres frases entrecortadas:
“Ya terminé. Es muy hermoso allí. Dios eterno”.

Thomas Alva Edison, aquel chico al que no entendían sus maestros, pudo ver
completamente cambiado a aquel mundo que tanto había ayudado a cambiar. Tal vez
también supuso que lo había inventado todo.

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