Libertad existencialista
En El existencialismo es un humanismo nos dice Sartre que la idea del hombre como un ser libre es una
consecuencia inevitable del ateísmo. En esta obra hace una comparación sobre la concepción
creacionista, según la cual Dios ha creado al mundo y al hombre, con la visión técnica del mundo. En el
caso de los objetos artificiales la esencia precede a la existencia; la esencia es el conjunto de rasgos que
invariablemente deben estar presentes en un objeto para que este objeto sea lo que es.
Según Sartre, los que conciben a Dios como creador lo identifican con un artesano superior, el artesano
del mundo.
Cuando Dios crea las cosas del mundo, las crea a partir de la idea que se ha hecho de ellas, del mismo
modo que el artesano crea un libro a partir de la idea que de él se ha formado, y por ello el hombre
individual es una realización del concepto de hombre que Dios tiene en su mente. En la Edad Moderna
la noción de Dios entra en crisis, pero no ocurre lo mismo con la idea de que la esencia precede a la
existencia; y, en el caso concreto del hombre, se sigue pensando que existe la naturaleza humana, y a
cada hombre como un ejemplo del concepto hombre, exactamente igual que cada libro concreto es un
ejemplo del concepto libro.
El existencialismo, añade Sartre, es un ateísmo coherente, pues afirma que “si Dios no existe, hay por lo
menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido
por ningún concepto, y que este ser es el hombre... ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la
esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo y que después se
define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser
nada. Sólo será después y será tal como se haya hecho. Así pues no hay naturaleza, porque no hay Dios
para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere y
como se concibe después de la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el
primer principio del existencialismo”.
Con estas palabras, Sartre declara la peculiar posición del hombre respecto al resto de seres: “el hombre
empieza existiendo, no teniendo un ser propio, empieza siendo una nada, y se construye a sí mismo a
partir de sus proyectos; el hombre es lo que ha proyectado ser”. De este modo, Sartre relaciona la
libertad con la falta de naturaleza: “tener una naturaleza o esencia implica que el ámbito de conductas
posibles están ya determinadas; que algo tenga una naturaleza quiere decir que el tipo de conductas
posibles que le pueden acaecer está restringida o limitada por su propio ser; pero el hombre no tiene
naturaleza, no tiene una esencia, por lo que es libre y es lo que él mismo ha decidido ser.
La reivindicación sartriana de la libertad es tan radical que le lleva a negar cualquier género de
determinismo. No cree en el determinismo teológico, ni biológico, ni social:”... ni Dios nos ha dado un
destino irremediable, ni la Naturaleza ni la sociedad determinan absolutamente nuestras posibilidades,
nuestra conducta. Somos lo que hemos querido ser y siempre podremos dejar de ser lo que somos. Los
fines que perseguimos no nos vienen dados ni del exterior ni del interior, de una supuesta naturaleza, es
nuestra libertad la que los elige”.
Como dice en El existencialismo es un humanismo, no se nace héroe o cobarde, al héroe siempre le es
posible dejar de serlo, como al cobarde superar su condición. Estamos condenados a ser libres:
“condenados porque no nos hemos dado a nosotros mismos la libertad, no nos hemos creado, no somos
libres de dejar de ser libres”. Aunque todo hombre está en una situación, nunca ella le determina, antes
bien, la libertad se presenta como el modo de enfrentarse a la situación (al entorno, el prójimo, el
pasado).
Ni siquiera los valores, la ética, se presentan como un límite de la libertad, pues en realidad, dice Sartre,
los valores no existen antes de que nosotros los queramos, no existen los valores como realidades
independientes de nuestra voluntad, los valores morales los crea nuestra determinación de hacer real tal
o cual estado de cosas. ”Al escoger unos valores en vez de otros, la voluntad les da realidad. La libertad
se refiere a los actos y voliciones particulares, pero más aún a la elección del perfil básico de mí mismo,
del proyecto fundamental de mi existencia, proyecto que se realiza con las voliciones particulares”.
Esta idea sartriana tiene dos importantes consecuencias. Una es que hace al hombre radicalmente
responsable: “no tenemos excusas, lo que somos es una consecuencia de nuestra propia libertad de
elección; somos responsables de nosotros mismos, pero también del resto de la humanidad; lo que trae
consigo el sentimiento de angustia y, en los casos de huida de la responsabilidad, la conducta de mala fe.
El otro es hacer del existencialismo una filosofía de la acción. “De forma un tanto paradójica el
existencialismo se presenta como una filosofía optimista; paradójica puesto que parecería que al declarar
el carácter absurdo de la vida, el ser el hombre “una pasión inútil”, podría fomentar la pasividad, la
quietud, pero dado que el hombre es lo que él mismo se ha hecho, dado que se declara que cada hombre
es la suma de sus actos y nada más, nos incita a la acción, a ser más de lo que somos. No existe ningún
ser que nos haya creado y que dirija nuestra conducta de uno u otro modo”.
Existencia de la condición humana
Sartre considera que no existe la naturaleza humana. Esto quiere decir que en nosotros no encontramos
unos rasgos fijos que determinen el ámbito de posibles comportamientos o el de posibles características
que podamos tener. Para muchos autores esta afirmación es exagerada. Por poner dos ejemplos muy
distintos, desde las teorías religiosas se defiende que hombre, tiene un alma y que esta es precisamente
su naturaleza; desde las teorías naturalistas como la de la biología se indica que nuestra constitución
genética y biológica se realiza en lo fundamental del mismo modo en todos los hombres de todos los
lugares y de todas las épocas.
También rechaza la existencia de una naturaleza espiritual o física que pueda determinar nuestro ser,
nuestro destino, nuestra conducta. Para él, “el hombre en su origen es algo indeterminado, y sólo
nuestras elecciones y acciones forman el perfil de nuestra personalidad”. Pero con estas afirmaciones
Sartre se enfrenta a un problema: si no existe una naturaleza común a todos los hombres, ¿por qué
llamamos hombres a todos los hombres?, ¿en qué nos fijamos para reconocer en el otro a un semejante?
Seguramente preocupado por estas dificultades en El existencialismo es un humanismo introduce el
concepto de condición humana. La condición humana, nos dice, es “el conjunto de los límites a priori
que bosquejan su situación fundamental en el universo”. Estos límites son comunes a todos los hombres;
es el marco general en el que invariablemente se desenvuelve la vida humana.
Todo individuo, toda sociedad se ha tenido que enfrentar a estar arrojado en el mundo, tener que
trabajar, vivir en medio de los demás y ser mortal. Estos enfrentamientos inevitables han resuelto de
distintos modos los problemas vitales a los que conducen. Con ellos, Sartre se refiere a la inevitable
sociabilidad humana, a la inevitable libertad en la que vive el hombre y a la inevitable indigencia
material de nuestra existencia, indigencia que obliga al trabajo y a las distintas formas de organización
social que sobre el trabajo se levantan. La existencia de la “condición humana” es lo que puede hacernos
comprensibles los distintos momentos históricos y las vidas particulares; aunque los proyectos humanos
sean distintos no nos son extraños porque todos son formas de enfrentarse a estos límites. En este
sentido todo proyecto, por muy individual que parezca, tiene un valor universal: “hay universalidad en
todo proyecto en el sentido de que todo proyecto es comprensible para todo hombre”.
En la obra que venimos analizando, el autor describe tres afectos que acompañan a la libertad: la
angustia, el desamparo y la desesperación. A los cuales explicaremos brevemente.
La angustia es el sentimiento más importante, hasta el punto de que Sartre llega a declarar que el
hombre es angustia.
Distingue la angustia del mero miedo:” el miedo aparece ante un peligro concreto y se relaciona con el
daño o supuesto daño que la realidad nos puede infligir; la angustia no es por ningún motivo concreto, ni
de ningún objeto externo, es miedo de uno mismo, de nuestras decisiones, de las consecuencias de
nuestras decisiones. Es la emoción o sentimiento que sobreviene con la conciencia de la libertad”.
Continúa diciendo que: “al darnos cuenta de nuestra libertad nos damos cuenta de que lo que somos y lo
que vamos a ser depende de nosotros mismos, de que somos responsables de nosotros mismos y no
tenemos excusas; la angustia aparece al sentirnos responsables radicales de nuestra propia existencia”.
Es muy importante también recordar que para Sartre esta conciencia de la responsabilidad se incrementa
al darnos cuenta de que nuestra elección no se refiere solo a la esfera puramente individual: todo lo que
hacemos tiene una dimensión social; cuando elegimos un proyecto vital estamos eligiendo un modelo de
humanidad, no se puede elegir una forma de vida y creer que ésta vale sólo y exclusivamente para
nosotros, no se puede desatender a la pregunta ¿y si todo el mundo hiciera lo mismo?
Al elegir, afirma Sartre, nos convertimos en legisladores, por ello siempre nos deberíamos decir: “dado
que con mi acción supongo que todo hombre debe actuar así, ¿tengo derecho a que todo hombre actúe
así? Sartre nos recuerda que el sentimiento de angustia lo conocen todas las personas que tienen
responsabilidades, y cita el caso del jefe militar que decide enviar a sus hombres al combate, sabiendo
que tal vez los envía a la muerte; él es responsable del ataque, elige esta acción y la decide en soledad.
Podría parecer que la angustia, como miedo ante la elección de una posibilidad, lleva al quietismo o la
inacción. Pero, por el contrario, Sartre señala que: “la angustia es expresión o condición de la acción
misma pues si no tuviésemos que elegir no nos sentiríamos responsables ni tendríamos angustia”. La
angustia acompaña siempre al hombre, no sólo en los casos de decisiones extremas; sin embargo,
cuando examinamos nuestra conciencia observamos que muy pocas veces sentimos angustia. Sartre
explica esta circunstancia indicando que en estos casos lo que hacemos es huir de ella adoptando
conductas de mala fe, no creyéndonos responsables de nuestras acciones.
Por otro lado afirma que el desamparo es una consecuencia de la conciencia de la radical soledad en la
que nos encontramos cuando decidimos: el elegir es inevitable, personal e intransferible. No podemos
dejar de elegir (incluso cuando optamos por no elegir, elegimos no elegir, elegimos dejarnos llevar por
la circunstancia, la pasión o la legalidad); somos nosotros los que elegimos:” somos libres, estamos
condenados a ser libres, a elegir, y lo que hacemos depende de nosotros y sólo de nosotros (...) Los
valores que dirigen nuestra elección los elegimos nosotros, o mejor, los inventamos: no existe una tabla
de valores absoluta en la que podamos consultar lo correcto o incorrecto de nuestra decisión, en la que
podamos apoyar nuestro juicio moral. Dios no existe, y por no existir Dios no existen valores morales
absolutos, independientes de nuestra subjetividad, a priori. En ningún sitio está escrito lo que debemos
hacer; estamos en el plano de lo humano”.
Sartre recuerda la frase de Dostoievsky: “si Dios no existiera, todo estaría permitido” y declara que éste
es el punto de Partida del existencialismo. Todo está permitido, si Dios no existe, y no hay excusas de
ningún tipo para nuestras acciones. Ninguna moral puede presentar con detalle la conducta que debemos
realizar, solo nos cabe inventarnos nuestra moral. “El hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está
condenado a cada instante a inventar al hombre”.
Contingencia existencial
Sartre rechaza la noción de Dios, se declara ateo, con lo que radicaliza al máximo la comprensión del
carácter gratuito de la existencia. “El mundo no lo ha creado ningún ser trascendente, existe pero podría
perfectamente dejar de existir, y esto se traslada a las cosas concretas: éstas no existen como
consecuencia de un supuesto plan o proyecto de la naturaleza o de Dios, tienen existencia bruta, son así
pero perfectamente podrían ser de otro modo o no existir”. Lo mismo ocurre con el hombre: “estamos
arrojados a la existencia, nuestra presencia en el mundo no responde a intención ni necesidad alguna,
carece de sentido, la vida es absurda, el nacimiento es absurdo, la muerte es absurda”.
Los siguientes textos de La náusea resumen perfectamente la conciencia sartriana de la contingencia, de
la gratuidad de la existencia: “Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros
mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes, confuso,
vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. De más: fue la única relación que pude
establecer entre los árboles, las verjas, los guijarros....Y yo – flojo, lánguido, obsceno, dirigiendo,
removiendo melancólicos pensamientos–, también yo estaba de más.
Afortunadamente no lo sentía, más bien lo comprendía, pero estaba incómodo porque me daba miedo
sentirlo (todavía tengo miedo, miedo de que me atrape por la nuca y me levante como una ola). Soñaba
vagamente en suprimirme, para destruir por lo menos una de esas existencias superfluas. Pero mi misma
muerte habría estado de más. De más mi cadáver, mi sangre en esos guijarros, entre esas plantas, en el
fondo de ese jardín sonriente. Y la carne carcomida hubiera estado de más en la tierra que la recibiese; y
mis huesos, al fin limpios, descortezados, aseados y netos como dientes, todavía hubieran estado de
más; yo estaba de más para toda la eternidad.” “Lo esencial es la contingencia.
Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los
existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han
comprendido esto. Solo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa
de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una
apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito:
ese jardín, esta ciudad, yo mismo”.
Posiblemente esta concepción de la gratuidad absoluta de la realidad, de la ausencia de sentido, proyecto
o necesidad en el mundo, es el elemento más característico del existencialismo sartreano.