Pero el juez dijo:
-¿Por qué no darle ese último placer?
Además no podía negárselo, a causa del don que tenía el muchacho de
hacerse conceder todo lo que pidiera.
El judío gritó:
-¡Ah, Dios mío! Atadme, atadme bien.
El buen muchacho cogió su violín, y al primer golpe del arco todo el
mundo comenzó a moverse y a menearse; el juez, el escribano, los criados del
verdugo, y se cayó la cuerda de las manos del que quería atar al judío. Al
segundo golpe, todos comenzaron a saltar y a bailar: el juez y el judío al frente
saltaban más alto que los demás. La danza se generalizó por último, bailando
todos los espectadores, gordos y flacos, jóvenes y viejos; hasta los perros se
levantaban sobre sus patas traseras para bailar también. Cuanto más tocaba,
más saltaban los bailarines: las cabezas chocaban entre sí y la multitud
comenzó a gemir tristemente. El juez exclamó perdiendo el aliento:
-Te concedo el perdón, pero deja de tocar.
El buen muchacho colgó su violín al cuello y bajó la escalera. Se acercó al
judío, que estaba en el suelo y procuraba recobrar su aliento.
-Pícaro -le dijo-; confiesa de donde te viene tu oro, o cojo mi violín y
vuelvo a empezar.
-¡Lo he robado, lo he robado! -exclamó el judío-. Tú lo habías ganado
bien.
De aquí resultó que el juez cogió al judío y le hizo ahorcar como ladrón.
EL PRÍNCIPE RANA O ENRIQUE EL FÉRREO
En aquellos tiempos, cuando se cumplían todavía los deseos, vivía un rey,
cuyas hijas eran todas muy hermosas, pero la más pequeña era más hermosa
que el mismo sol, que cuando la veía se admiraba de reflejarse en su rostro.
Cerca del palacio del rey había un bosque grande y espeso, y en el bosque,
bajo un viejo tilo, había una fuente; cuando hacía mucho calor, iba la hija del
rey al bosque y se sentaba a la orilla de la fresca fuente; cuando iba a estar
mucho tiempo, llevaba una bola de oro, que tiraba a lo alto y la volvía a coger,
siendo este su juego favorito.
Pero sucedió una vez que la bola de oro de la hija del rey no cayó en sus
manos, cuando la tiró a lo alto, sino que fue a parar al suelo y de allí rodó al
agua. La hija del rey la siguió con los ojos, pero la bola desapareció, y la
fuente era muy honda, tan honda que no se veía su fondo. Entonces comenzó a
llorar, y lloraba cada vez más alto y no podía consolarse. Y cuando se
lamentaba así, le dijo una voz:
-¿Qué tienes, hija del rey, que te lamentas de modo que puedes enternecer
a una piedra?
Miró entonces a su alrededor, para ver de dónde salía la voz, y vio una rana
que sacaba del agua su asquerosa cabeza:
-¡Ah! ¿Eres tú, vieja azota charcos? -le dijo-; lloro por mi bola de oro, que
se me ha caído a la fuente.
-Tranquilízate y no llores -le contestó la rana-; yo puedo sacártela, pero
¿qué me das, si te devuelvo tu juguete?
-Lo que quieras, querida rana -le dijo-; mis vestidos, mis perlas y piedras
preciosas y hasta la corona dorada que llevo puesta.
La rana contestó:
-Tus vestidos, tus perlas y piedras preciosas y tu corona de oro no me
sirven de nada; pero si me prometes amarme y tenerme a tu lado como amiga
y compañera en tus juegos, sentarme contigo a tu mesa, darme de beber en tu
vaso de oro, de comer en tu plato y acostarme en tu cama, yo bajaré al fondo
de la fuente y te traeré tu bola de oro.
-¡Ah! -le dijo-; te prometo todo lo que quieras, si me devuelves mi bola de
oro.
Pero pensó para sí: « ¡Cómo charla esa pobre rana! Porque canta en el agua
entre sus iguales, se figura que puede ser compañera de los hombres. »
La rana, en cuanto hubo recibido la promesa, hundió su cabeza en el agua,
bajó al fondo y un rato después apareció de nuevo, llevando en la boca la bola,
que arrojó en la yerba. La hija del rey, llena de alegría en cuanto vio su
hermoso juguete, lo cogió y se marchó con él saltando.
-¡Espera, espera! -le gritó la rana-. Llévame contigo; yo no puedo correr
como tú.
Pero de poco le sirvió gritar lo más alto que pudo, pues la princesa no le
hizo caso, corrió hacia su casa y olvidó muy pronto a la pobre rana, que tuvo
que quedarse en su fuente.
Al día siguiente, cuando se sentó a la mesa con el rey y los cortesanos, y
cuando comía en su plato de oro, oyó subir una cosa, por la escalera de
mármol, que cuando llegó arriba, llamó a la puerta y dijo:
-Hija del rey, la más pequeña, ábreme.
Se levantó la princesa y quiso ver quién estaba fuera; pero, en cuanto abrió,
vio a la rana en su presencia. Cerró la puerta corriendo, se sentó en seguida a
la mesa y se puso muy triste. El rey al ver su tristeza le preguntó:
-Hija mía, ¿qué tienes? ¿Hay a la puerta algún gigante y viene a llevarte?
-¡Ah, no! -contestó-; no es ningún gigante, sino una fea rana.
-¿Para qué te quiere la rana?
-¡Ay, amado padre! Cuando estaba yo ayer jugando en el bosque, junto a la
fuente, se me cayó al agua mi bola de oro. Y como yo lloraba, fue a buscarla la
rana, después de exigirme como promesa, que sería mi compañera; pero nunca
creí que pudiera salir del agua. Ahora ha salido ya y quiere entrar.
Entre tanto llamaba por segunda vez diciendo:
-Hija del rey, la más pequeña, ábreme; ¿no sabes lo que me dijiste ayer
junto a la fría agua de la fuente? Hija del rey, la más pequeña, ábreme.
Entonces dijo el rey:
-Debes cumplirle lo que le has prometido, ve y ábrele.
Fue y abrió la puerta y entró la rana, yendo siempre junto a sus pies hasta
llegar a su silla. Se colocó allí y dijo:
-Ponme encima de ti.
La niña vaciló hasta que la mandó el rey. Pero cuando la rana estuvo ya en
la silla:
-Quiero subir encima de la mesa -y así que la puso allí, dijo-: Ahora
acércame tu plato dorado, para que podamos comer juntas.
Hízolo en seguida; pero se vio bien que no lo hacía de buena gana. La rana
comió mucho, pero dejaba casi la mitad de cada bocado. Al fin dijo:
-Estoy harta y cansada, llévame a tu cuartito y échame en tu cama y
dormiremos juntas.
La hija del rey comenzó a llorar y receló que no podría descansar junto a la
fría rana, que quería dormir en su hermoso y limpio lecho. Pero el rey se
incomodó y dijo:
-No debes despreciar al que te ayudó cuando te hallabas en la necesidad.
Entonces la cogió con sus dos dedos, la llevó y la puso en un rincón. Pero
en cuanto estuvo en la cama, se acercó la rana arrastrando y le dijo:
-Estoy cansada, quiero dormir tan bien como tú; súbeme, o se lo digo a tu
padre.
La princesa se incomodó entonces mucho, la cogió y la tiró contra la pared
con todas sus fuerzas.
-Ahora descansarás, rana asquerosa.
Pero cuando cayó al suelo la rana se convirtió en el hijo de un rey con ojos
hermosos y amables, que fue desde entonces, por la voluntad de su padre, su
querido compañero y esposo y le refirió que había sido encantado por una
mala hechicera y que nadie podía sacarle de la fuente más que ella sola y que
al día siguiente se marcharían a su país.
Entonces durmieron hasta el otro día y en cuanto salió el sol se metieron en
un coche tirado por siete caballos blancos que llevaban plumas blancas en la
cabeza y tenían por riendas cadenas de oro; detrás iba el criado del joven rey,
que era el fiel Enrique. El fiel Enrique se afligió tanto cuando su señor fue
convertido en rana, que se había puesto tres varillas de hierro encima del
corazón para que no estallara del dolor y la tristeza. Pero el joven rey debía
hacer el viaje en su coche: el fiel Enrique subió después de ambos, se colocó
detrás de ellos e iba lleno de alegría por la libertad de su amo. Y cuando
hubieron andado un poco del camino oyó el hijo del rey una cosa que sonaba
detrás, como si se rompiera algo. Entonces se volvió y dijo:
-¿Enrique, se ha roto el coche?
-No, no es el coche lo que falla, es una varilla de mi corazón, la cual fue
puesta ahí cuando usted fue convertido en rana y lo encarcelaron a vivir en el
pozo.
Todavía volvió a sonar otra vez y otra vez en el camino y el hijo del rey
creía siempre que se rompía el coche, y eran las varillas que saltaban del
corazón del fiel Enrique porque su señor era libre y feliz.
LA REINA DE LAS ABEJAS
Allá en aquellos tiempos hubo un rey que tenía dos hijos, que se fueron en
busca de aventuras, lanzándose a todos los excesos de la disipación, por lo que
no volvían a su casa paterna. Fue a buscarlos su hermano menor, al que
llamaban el Simple, pero cuando los encontró comenzaron a burlarse de él,
porque en su sencillez pretendía saber dirigirse en un mundo donde se habían
perdido ellos dos, ellos dos que tenían mucho más talento que él.
Habiéndose puesto en camino juntos encontraron un hormiguero. Los dos
hermanos mayores querían llenarle de tierra para divertirse viendo la ansiedad