WALTER LEZCANO (de Humo, Vox, 2013)
Caminé unas cuadras por el barrio
hasta la parada del bondi.
Las calles se confundían con la noche.
San Francisco Solano se desplegaba
en todo su esplendor.
La tierra que nadie sabe dónde queda.
Siempre escucho la misma pregunta:
¿de dónde dijiste?
Y si bien esto es Quilmes
no tenemos nada que ver con Quilmes.
No nos hacemos notar,
pero nos mojamos la oreja, sacamos pecho
y nos mantenemos despiertos hasta cualquier hora
para protestar contra esa fuerza extraña
que nos corta la sonrisa a la altura de la garganta.
Nos faltan un montón de cosas
que ya no importa nombrar.
Nos importa un carajo.
De todas formas jode.
Pero estábamos con el paisaje
y éste no se consigue en el Louvre.
Somos únicos.
Eso es muy importante.
Con el asfalto como utopía,
con un arroyo atravesando el cuerpo de la ciudad,
esa vena coagula agua sucia y restos de comida.
Vas a ver esos barcos de plásticos a la deriva
llamados Figureti, Waldo, Trompis.
Y cada lluvia
convierte la mugre en lodo
y eso en pequeños ríos donde los pibes se bañan
los días de calor.
Te contaba:
cada casa,
¿se puede llamar “casa” a esas cajas de madera,
a esos alambrados tambaleantes?
¿Y esos pozos mutilados que están al frente
y algunos llaman jardín?
Cada una tenía prendida un foquito de 60 watts,
la tele sobre el plato,
y algo perdido o esquivo.
La felicidad es un buen chamuyo
del que alguna vez oímos un silbido,
esa lejanía que te empuja una mueca
muy parecida a una sonrisa.
Pero no es ni ahí.
Levanté la vista:
el cielo estaba a punto caramelo.
Walter Lezcano nació en Goya, provincia de Corrientes, Argentina, en 1979. Aunque, al cumplir un año, su familia se
mudó al conurbano bonaerense. Se crio en la localidad de San Francisco Solano. Es escritor, poeta, ensayista,
periodista freelance y docente de secundario