EL VENERABLE PADRE BARRAGAN CANO
Al tiempo que la devoción guadalupana, rescatado el santuario, tomaba su cauce y
engrandecía, vino a morir en la ermita del Desierto el venerable padre Juan Barragán
Cano. Aunque él directamente no influyó en el fomento de esta devoción, su vida de
ermita en aquel lugar yermo y solitario, preparó la fábrica de otro famoso santuario
guadalupano en San Luis, el del Desierto, con su célebre imagen, posiblemente la más
antigua fuera del tepeyac.
El venerable padre Juan Barragán Cano nació en Celaya,1 en 1588, hijo de padres
nobles, como lo eran don Francisco Sánchez Barragán y doña Beatriz García Cano,
naturales de la villa de Azuaga en los reinos de Castilla –según Robles–; “vecinos que
fueron de la dicha ciudad (Celaya) –escribió en su testamento– y después lo fueron de
ésta de San Luis”, a donde llegaron cuando él era un niño y a los pocos de la fundación.
Tuvo la suerte de ser uno de los alumnos fundadores de la escuela “de gramática para
los niños (españoles) del pueblo, que no había” –en frase del insigne fray Diego de
Baselenque-, cuyo discípulo fue en la cátedra de filosofía; pasó en seguida a estudiar
teología en el convento de San Francisco, “en que salió excelente sujeto” y después la
astrología. Recibida la ordenación sacerdotal, sustentó y puso en estado a tres hermanas,
huérfanas por la muerte de sus padres, y les entregó su legítima. Ya sin problema
familiar y gozando de una respetable fortuna, resolvió buscar en “la soledad un asilo
que, libre del torbellino de los negocios y de la agitación de los poblados, pudiese vacar
sin obstáculo a la meditación de los misterios y verdades santas y al cultivo de las
virtudes sublimes que son el decoro del Sacerdocio”.
Pedro Guerrero, vecino del entonces pueblo de San Luis, poseía al poniente del
mismo, a dos leguas de distancia, un sitio de tierra llamado Buenavista. Con
licencia del dueño del terreno y del obispo de Michoacán, el P. Barragán Cano, fundó
allí “una casa y ermita con advocación del desierto de San Juan Bautista”, en 1625 –
según Peña–, aunque en su testamento, fechado el 10 de julio de 1658, asentó que dicha
fundación la hizo “ha más de treinta años… el cual tengo adornado con altares,
imágenes, lámparas y ornamentos”. Sin más compañía que la de un criado de nombre
Nicolás Orte, se consagró a la oración y a la dirección de almas; y después vivió
acompañado por algunos discípulos, uno de ellos el Br. D. Nicolás Moreno de Ortega
“que le asistió en dicho Desierto por tiempo de catorce años, hasta su muerte” y quien
escribió la biografía del santo varón, aunque no llegó a publicarla.
En 1633, a dos de diciembre, ante notario, testigos el guardián fray Lorenzo
González y otros dos religiosos hizo “donación irrevocable a la Provincia de San
Francisco de Zacatecas de la dicha ermita, casa de vivienda, huerta y lo demás en dicho
sitio labrado y edificado, para que los religiosos de dicha Provincia la pueblen y posean
como cosa suya”, con la única condición “ de que por el tiempo de mi voluntad he de
vivir y asistir en dicho desierto y casa con dichos religiosos que la poblaren” y de que, a
su muerte, le dijesen cierta cantidad de misas2. Ignoramos porqué esta donación tan
categórica y certificada no llegó a tener efecto, tal vez por la condición de que él viviría
con los religiosos; o tal vez porque si la ermita, huerta y demás las había formado él, el
terreno no era suyo, pues hasta 1656 Guerrero donó el sitio al P. Barragán “por el amor
que le tenía –dice la escritura de donación– y por los servicios que de él había recibido”.
El P. Barragán, el 10 de julio de 1658 “estando bueno y con la salud y en su entero
juicio y cumplida memoria” hizo testamento. En él heredó a su hijo espiritual, el padre
Francisco de Chagoyan la ermita y todas sus pertenencias, sacando lo que repartió a
otros, y la renta de sesenta y seis vacas chichiguas, quinientas ovejas y cien cabras.
Fundó con sus propios bienes, dos capellanías, de las que se declaró patrón: una bajo
cuyo título se ordenó y que renunció a favor de su sobrino, el licenciado Cristóbal
Gascón; otra a cuyo título se ordenó el padre Matías Ramos, fallecido antes de 1658, y
que también dejó a aquel. Junto a las casas que se fundaron estas capellanías y que
estaban junto al convento de San Agustín, tenía otras dos pequeñas, que dejó a su
sobrina Ángela Conde, viuda…
Estos eran los inmuebles, el resto de su hacienda lo formaban varias imágenes y
objetos de culto, que distribuyó así: a las cofradías del Santísimo Sacramento y Nuestra
Señora del Rosario, fundadas en la iglesia parroquial: un frontal de plata, cuatro
blandoncillos de plata, cuatro ángeles de talla plateados con sus cuatro ciriales de plata;
un cáliz y patena, vinajeras y salvilla de plata sobredorada; un baldaquín de plata para el
Santísimo y dos atriles, cuatro pebeteros, un sahumador, unas tijeras y campanilla, todo
de plata; una casulla rica de tela de primavera, con paño de cáliz y bolsa; dos dalmáticas
de lo mismo; una alba deshilada de oro, rica, con su palia, corporales y amito, todo
deshilado, con puntas de oro; dos albas con puntas de oro grandes; una capa de raso
aprensado, guarnecida de oro. Al convento de San Francisco: una casulla de brocado
Milán carmesí y una alba de Ruan. Al convento de San Agustín: una casulla de lama de
oro aprensada. Al de la Merced: una casulla de lama de flores. Al Colegio de la
Compañía de Jesús: una casulla de tela blanca. Al Hospital de San Juan de Dios, una de
damasco blanco. Al bachiller Diego de Córdoba Altamirano –cura de la ciudad y a
quien llama en su testamento “mi carísimo hermano”– “un santo Cristo dibujado en una
cruz, que es de indulgencias, con peaña y cantoneras de plata; y una imagen de la
Limpia Concepción, de marfil, pequeña, en un nicho de plata; y una casulla de tela de
primavera, guarnecida con tres servilletas y una alba de cambray, con puntas grandes”.
En dicho testamento dispone su funeral: “mando mi cuerpo sea sepultado en la
iglesia mayor de esta ciudad, en la capilla de la Humildad y Paciencia de Cristo Nuestro
Señor, que está en dicha iglesia, mediante haber dado yo de limosna la hechura de
Nuestro Señor de Santo Ecce Hommo que está en dicha capilla; y al tiempo que le dí,
fue con cargo de que había de ser enterrado en dicha capilla; y así lo declaró. El día de
mi entierro acompañen mi cuerpo el beneficiado cura y sacristán de la dicha iglesia
mayor; y aquel día, si fuere hora de celebrar, o si no, otro siguiente, se me diga misa
cantada de cuerpo presente, ofrenda de pan, vino y cera; y el día de dicho mi entierro,
acompañen mi cuerpo todos los sacerdotes clérigos que hubiere en esta ciudad y los
demás, acompañados que pareciere a mis albaceas”.
Ordenó, así mismo le dijesen muchas misas en las fechas que él señaló.
Su principal recomendación se refiere a la ermita: ”…he deseado se continúen en él y
alabar al Señor y ofrecerle sacrificios después de mis días, es mi voluntad se le dé y
entregue al padre Francisco de Chagoyan, presbítero, mi hijo espiritual, confiado de su
mucha virtud y espiritualidad, la tendrá con la limpieza y decencia que conviene y es
necesaria para el servicio y honra de Dios y del glorioso San Juan Bautista, su patrón, la
cual se le entregue con todas las cosas que en ella tengo…”
El padre Barragán Cano, después de haber vivido en el Desierto más de treinta y
siete años, pasó a mejor vida el 15 de abril de 1665. La noticia de su muerte conmovió a
toda la ciudad, que lo tenía por santo. Su cadáver fue –como lo ordenó en su testamento,
– sepultado en la iglesia parroquial, con asistencia de todo el clero y en medio de un
pueblo numeroso. La fama de santidad, de que ya gozaba en vida, consta por la partida
de su entierro, escrita, al parecer por su albacea el Br. Diego de Córdoba Altamirano,
reza: “En 16 de Abril de 1665 enterré en la iglesia Parroquial al V.P. Juan Barragán
Cano, que vivía en su Desierto de San Juan Bautista, de esta ciudad dos leguas. Hizo
testamento: mandose a enterrar en dicha iglesia, en la Capilla del Santo Cristo de la
Humildad: díle sepultura en medio del altar mayor, por ser un cuerpo al que se debe
toda veneración: murió virgen: se enterró con palma; y murió de edad de setenta y siete
años y días: dixose Misa de cuerpo presente ofrendada de pan y vino de cera &”3.
El sepulcro del padre Barragán Cano se perdió, pues la capilla de la Humildad y
Paciencia de Cristo fue demolida en 1670 para dar lugar a la iglesia actual. “Después de
140 años que han corrido desde su muerte a acá –escribió en 1805 el P. Gorriño– aún
dura la buena memoria del P. Barragán, y el olor de sus virtudes en la tradición de ellas,
que se han transmitido de padres a hijos… Me ha asegurado una persona de la mayor
probidad y literatura, que la vida del P. Barragán fue examinada y aprobada por uno de
los Prelados de la iglesia de Valladolid; pero ignoro si existen algunos documentos de
esta causa”.
“El año de 1625 –dijo el P. Gorriño muy enfáticamente en su citada “oración” –,
antes de cumplirse un siglo de la Aparición, ya adoraba San Luis esta misma imagen a
la que tributáis hoy vuestros cultos. Os la trajo el venerable Presbítero Juan Barragán, y
la colocó en el Santuario del Desierto”. Esta afirmación, por la forma como la pronunció
y las notas con las que adornó su sermón, siendo falsa, dio orden a otras falsedades: ni
la trajo el P. Barragán, ni este fue “un insigne guadalupano”, ni la coloco en la ermita
del Desierto, ni se le tributaba culto desde 1625, antes de cumplirse un siglo de la
Aparición.
Ya el licenciado Velázquez advirtió que la colocación de la imagen no pudo ser en
1625 y que el Santuario del Desierto es posterior al que tenemos en la ciudad de San
Luis Potosí4. Pero hay más: el P. Barragán, en su testamento alude varias veces a los
santos de su devoción y describe las imágenes que deja, pero no hace ninguna alusión ni
a la Santísima Virgen de Guadalupe ni a la copia que hoy se venera en el Desierto;
tampoco se encuentra ninguna mención en el inventario que hizo al mes de su muerte,
por lo que se ve que él no fue –como se repite– “un insigne guadalupano”, ni fue él
quien la colocó en el Desierto ni promovió su culto.
La primera mención de esta imagen se encuentra en el inventario que, en 1674, se
hizo de las imágenes que dejó el padre Francisco Chagoyan, –designado por el P.
Barragán Cano en su testamento–, capellán de la ermita de 1665 a 1679. Así pues, la
antigua pintura, obra de Lorenzo de la Piedra, en 1625, debió haber llegado al Desierto
hacia 1670, después de la dedicación del Santuario de San Luis y cuando ya el
guadalupanismo había echado hondas raíces en la ciudad y sus alrededores. No consta
quién la llevó, aunque muy bien pudo haber sido el P. Chagoyan. De lo que resulta que
el primer templo guadalupano, no es el del Desierto, sino aquel, ni de 1625, sino de
1662, año en que se dedicó.
En sus últimos años, cuando ya había cundido la fama de santidad del padre
Barragán Cano, tuvo varios sacerdotes viviendo con él, tales como el padre Francisco
Chagoyan, su hijo espiritual, –dice en el testamento–, el Padre Melchor Guzmán, y el
padre Nicolás Moreno de Ortega, quien según el Diario de Robles escribió una
biografía de su maestro, que no llegó a publicar.
San Juan Bautista, a quien se dedica la ermita del Desierto y a quien tanta devoción
tenía el P. Barragán Cano siguió siendo el titular de la ermita por setenta años. Poco a
poco desde que el padre Chagoyan llevó o recibió la Guadalupana pintada por De la
Piedra, la devoción a ella que crecía conforme pasaban los años, fue desplazando a la
del titular, a tal grado que, en 1735, demolieron la ermita para levantar en su lugar el
actual santuario con sus espléndidos altares barrocos de madera sobredorada.
Al morir el P. Barragán Cano, en 1665, le sucedió como capellán el P. Francisco
Chagoyan; en 1679 le siguió el P. Luis Fonseca Montenegro; en 1711 el P. Antonio de
Gama; en 1725 el P. Nicolás de la Huerta, a quien sucedió el P. Francisco Javier Uresti,
último capellán de la ermita y primero del Santuario, ya que en su tiempo se demolió
aquella y se dio principio a este.
El SANTUARIO DEL DESIERTO
En 1734, de seguro, y en el mes de noviembre, según se alcanza a colegir del “Libro de
qüentas, alajas y limosnas de Na. SSa. De Guadalupe de el Desierto de SSn. Juan Bta,
el qual comiensa desde el día 21 de noviembre de 1734”, tomó posesión de la ermita
del Desierto el Br. D. Francisco Xavier Uresti Bustamente “capellán propietario de
dicho Santuario por el Sr. Dr. D. Juan José Escalona y Calatayud digmo. Obispo de la
Sta. Iglesia Catedral del Obispado de Michoacán”. Más de un siglo de existencia llevaba
entonces esta fábrica y casi setenta a contar de la muerte del fundador, –lo que hace
suponer que ni era tan endeble ni tan chica–, sin que se interrumpiera el culto que inició
el V.P. Barragán Cano hacia 1625, porque siempre tuvo capellán propio que lo atendía
gracias a los bienes –animales, especialmente– que para ello dejó. Solo que la devoción
al titular, San Juan Bautista, fallecido su principal devoto, que era aquél, se fue
menoscabando al mismo tiempo que crecía y cobraba fuerzas la de la Santísima Virgen
de Guadalupe, que allí se veneraba desde 1670 aproximadamente.
Si para el culto a San Juan Bautista la ermita del Desierto era mucho templo,
para el de la Santísima Virgen de Guadalupe, en cambio, era poco, pues las romerías
provenientes de la ciudad, de las villas y de otras partes, como Mexquitic y sus
rancherías, la llenaban fácilmente. Fue entonces cuando, o por iniciativa del nuevo
capellán o por consecuencia propia del Br. D. Francisco Maldonado Zapata, pues no se
sabe, convinieron en demoler la vieja ermita y en fabricar en su lugar un santuario en
toda forma a Santísima Virgen de Guadalupe dedicado. Ella carecía de uno que fuera
tal, pues el de San Luis, seguía siendo la capilla de adobe y techo de terrado que fundó
el capitán De Castro y Mampaso y cuyo patrono era M. I. Ayuntamiento.
Para la fábrica del nuevo santuario del Desierto el Br. Maldonado Zapata
contaba con lo suficiente. A 10 de diciembre de 1732, y en Querétaro, pasó a mejor vida
don Nicolás Fernando de Torres, rico y generoso sevillano, casado que fue con la bella
y opulenta doña Gertrudis Maldonado Zapata, hermana del citado bachiller, retoños
ambos de una principal familia de San Luis. “Después de Juan de Zavala, a quien se
debieron el hospital de juaninos y el colegio de jesuitas, ninguno entre los fundadores
como don Nicolás Fernando de Torres; por haber costeado con sin par largueza dos
obras no sobrepujadas: el monasterio del Carmen, cuyo templo aún dura, siendo el más
bello ornamento de la ciudad; y un colegio de niñas, el solo instituto para la educación
de la mujer conocido aquí bajo el dominio de España”5.
Con su industria y con la cuantiosa dote que le tocó a su esposa, don Nicolás
Fernando de Torres acumuló una enorme riqueza. Fue de los más poderosos de su
tiempo y aun llegó a ser alcalde mayor de Guadalcázar. Al fin de su vida dejó la
administración de sus bienes en las manos de su cuñado Zarzosa y se fue a Querétaro,
donde labró magnífica residencia. Allá se le acerco la muerte y dispuso su testamento,
en noviembre de 1732, fallecido poco después. En él determino, además de la fundación
del Colegio de Niñas Educandas o Beaterio de San Nicolás, con su respectiva iglesia, la
fábrica y establecimiento del convento y templo del Carmen, cierto número de misas,
limosnas y algunas otras pías, que sobrepasan los treinta mil pesos, de aquéllos.
No era todo. Dejó, fuera de su casa de Querétaro y otras en San Luis, las
enormes haciendas del Pozo –hoy Pozo del Carmen– y de los Peotillos y otras de ovejas
y cabras; una acreditada tienda de mercaderías venidas de ultramar, en San Luis, otra en
Saltillo y otra en Guadalcázar; una compra que pasaba de veinticuatro mil de géneros,
adquiridos en Cádiz y llegados a Veracruz aquel año; cien mil pesos depositados en
México, en el banco de plata de don Francisco Valdivieso; coche forlón, esclavos,
alhajas y demás cosas.
Destinó quinientos pesos para ayuda del retablo mayor de la parroquia de
Guadalcázar; otros quinientos para construcción del Colegio de la Compañía de Jesús en
Querétaro. Para la fábrica del Beaterio de San Nicolás, doce mil pesos y la mitad de la
plata labrada que cupiere. Y para el sostenimiento de éste y del convento carmelitano
que se iba a fundar, determinó que por partes iguales se les aplicasen la mitad de los
frutos de todas las haciendas; además de que a las dos últimas fundaciones las nombró
herederas en el remanente de los bienes6.
Hechas estas disposiciones, falleció en diciembre de 1732. Después de dos años,
murió también su viuda, hermana, como queda dicho, del padre Maldonado Zapata, al
cual instituyó heredero cuando, el 4 de enero de 1735, hizo testamento en Querétaro, y
que éste legalizo allá mismo el 28 de abril siguiente, ya muerta ella 7. El bachiller, como
albacea, entró en la administración de las magníficas haciendas del Pozo y Peotillos, lo
mejor de los bienes de ambos cónyuges, y de los cuales por herencia correspondía la
mitad. Los carmelitas, mientras tanto, empezaron a hacer las gestiones para fundar casa
en San Luis, aunque tardaron mucho en ellas, a pesar que en el testamento de don
Nicolás se marcaba el preciso término de seis años para hacer la fundación.
Cumpliendo, pues, con la voluntad de sus difunta hermana, quien le cedió el
goce de sus bienes, a condición de distribuirlos, muerta ella, en ciertas obras que le tenía
comunicadas, y cumpliendo también con la suya propia, el bachiller Maldonado Zapata
destinó una porción de la herencia para hacerle un templo a Nuestra Señora de
Guadalupe. En el mismo año de 1735, después de abril, ciertamente, obtenidas las
licencias necesarias, tanto de la Mitra como del como del virrey, se demolió la ermita y
se puso la piedra fundamental del Santuario del Desierto. De ello da fe una inscripción
en el cubo de la torre izquierda del mismo:
AÑO DE *1735 VEN MA. DE GUADALUPE
SE COMENZO ESTE SANTO DEte. Sto. DEto. A esPENSAS
TEMPLO DE N. S. LA SMA. DEL Br. Dn. FRANCO MAL-
ONADO Zta. NO LO ACAVO Guadalupe de este Santo Desierto
rVEGVEN A Ds. PO EL AVE a expensas del bachiller don Fran-
AVE MA. Sdo. CONda. cisco/ Maldonado Zapata no lo
(Año de *1735/Se comenzó este Acabó. Rueguen a Dios por él.
santo/ templo de Nuestra Señora Ave María sin pecado concebida)
la Santísima Virgen/ María de
Contemporáneo del Carmen y de Aranzazú, y con magníficos retablos
sobredorados, pinturas, esculturas y platería, el santuario del Desierto fue diseñado,
como aquéllos, por anónimo arquitecto. Sólo hemos alcanzado a descubrir , a través del
“Libro de qüentas”, el nombre de uno que otro artífice, como el del maestro Luis de
Rojas, tallador en blanco de los retablos –del Desierto y de los del Carmen, de uno,
cuando menos– de madera sobredorada, y el del sobrestante Antonio Zapata. Lo yermo
del lugar, la lejanía, la usencia de viviendas alrededor, de tal manera que todo se llevaba
de fuera, fue un obstáculo para que la arquitectura del santuario desplegara la plástica en
la que abundan sus dos templos contemporáneos. Pero en el interior, gracias a la madera
fácilmente transportable, a que los talladores y doradores se podían desplazar sin
dificultad y a que las esculturas y pinturas podían ser acarreadas sin mayor problema, se
hizo derroche de arte.
La fábrica, sin embargo, no corrió toda por cuenta del Br. Maldonado Zapata.
Llegados los carmelitas, movieron pleito, un pleito fecundo en incidentes, en el que
tomaron parte muchos, los religiosos, los herederos de don Nicolás, el Beaterio, el
Cabildo, el Alcalde Mayor y la Real Audiencia, más los abogados y escribanos. Todo
concluyó cuando, a principio de 1742, la Provincia entro en posesión de las haciendas
del Pozo y de Peotillos; y el albacea y constructor del santuario, el padre Maldonado
Zapata, al cesar en la administración de los bienes, dejó de intervenir en la construcción
del templo. Desde fines de 1741 o principios de 1742 éste prosiguió por el empeño del
capellán y la cooperación de los bienhechores. Hubo dos o tres “hermanos
demandantes” que, desde 1735 hasta 1755, a lo largo de veinte años, con ejemplar
abnegación recorrían los ranchos y pueblos circunvecinos colectando limosnas. Uno de
ellos, “el hermano ermitaño Diego de Zúñiga”. Pero también figuran las aportaciones de
personas principales de San Luis, como don Francisco de Mora, “doscientos pesos,
legado del capitán de caballos y corazas don Manuel de Quiroz, difunto, que los dejó
para ayuda de la obra de este dicho Santuario”, el licenciado don Juan José de Ledesma,
el señor cura don Andrés de Table y otros. Y mes por mes, los devotos que acudían al
santuario dejaban en los cepos su contribución.
Al cabo de 20 años, en 1755, pudo darse fin a lo más importante y esencial de la
construcción, aunque todavía faltaba concluir los altares y bastantes pormenores. De
esto da fe otra inscripción, en el cubo de la torre del lado derecho:
AÑO de *1755 (Año de *1755/ se finalizó este
SE FINALISO esteSto. TEMPLO santo templo/ por el bachiller
Pr: El Br. Dn. FRANco. XAVIER don Francisco Javier de/Uresti,
DE VRESTI CAPn A ESPEN- capellán, a expensas de pocos
SAS DE POCOS SEs VIENE- señores bienhechores y la ma-
CHOs. Y LA MAlOR PARTE yor/ parte por los pobres a
POR LOS POBRES A quie LA quienes/ la Santísima Virgen
SntMA VIrn. LES AL- les alcance/ mucha gracia. Pido
CANCE MUCHA GrA. PIDO una Ave María. / A.M.L.S.A)
UNA AVE MAR. A.M.L.S.A.
En el “Libro de qüentas” aparece que el 1 de enero de 1737 se pagaron dos
pesos, cinco reales en arreglar las alcancías “de los lienzos de la vida de la Sma. Virgen
que están en la iglesia”; el 12 de marzo, cuatro pesos del marco del Santo Sudario, “más
por 4 libras de oro para dorar dicho marco, cinco pesos”; en1738, “de la hechura del
hostiario de plata, dos pesos”; el 3 de julio, “por renovar el lienzo del Nacimiento de
San Juan Bautista, de N. Sra. de las Angustias, el del Sr. de la Columna, N. Sra. de la
Antigua, N.P.S. Pedro, S. Ignacio y San Juan de Dios, importa todo, catorce pesos”; más
para la madera del marco de Nra. Sa. de la Piedad, un peso”; “más para oro de dicho
marco, siete pesos y siete reales”; “más de hechura de siete diademas de plata de S.
Juan, S. Pedro, S. Pablo, S. Lucas y S. Mateo, diez pesos”; “más de estofar a S. Pedro,
S. Pablo y S. Juan, importan 21 pesos”; “más de las tres diademas de S. Juan
Evangelista, S. marcos y S. Francisco, tres pesos y seis reales”.
Por los gastos anteriores se puede ver lo bien dotado que estaba el Santuario en
esa época: esculturas estofadas, varias y buenas, platería diversa, pinturas, cálices,
salvillas, vinajeras, etc.
Aun sin concluir del todo, porque faltaban los retablos, se hizo la dedicación del
Santuario. Una apostilla en el “Libro de qüentas” dice que en mayo de 1756 se dedicó la
nueva iglesia, más no indica la fecha. Y fray José de Santo Domingo cuenta que
“determinado el día para dedicarle a la Sma. Virgen su templo, Ilmo. Sr. Obispo de
Valladolid D. Martín de Elisacochea encargó al prelado y comunidad de este santo
convento (del Carmen) y el desempeño de la función de la referida dedicación, en virtud
de lo cual fue esta santa comunidad aquel día hasta el Desierto a cantar la misa y
predicar, con lo que por nuestra parte se desempeñó el encargo de dicho Sr. Obispo…
Qué motivos tuvo el Ilmo. Sr. Obispo para exigir a esta santa comunidad la fiesta de la
dedicación de de dicho templo, yo lo atribuyo a una de dos cosas, o al especialísimo
amor que este Ilmo. tuvo siempre a nuestra Sagrada reforma, el quiso demostrarle en un
encargo de tanta confianza; o a especial providencia de Dios… que templo en que se
había gastado dinero que en parte nos pertenecía, tuviésemos los carmelitas la dicha de
celebrar su dedicación y hacer a la Sma. Virgen de Guadalupe este particular obsequio 8.
Dedicado el Santuario, prosiguió el padre Uresti las obras, aunque parece que no
llegó a hacer los preciosos retablos barrocos, pues la muerte le cortó los pasos el 19 de
marzo de 1758. Ocupó su lugar el “Br. D. Francisco Xavier Cordero, teniente de cura de
la ciudad de San Luis Potosí, notario del Santo Oficio de la Inquisición, capellán
propietario del nominado Santuario, nombrado por el Dr. D. Antonio Cardoso, cura
beneficiado por el S. M. vicario in capite y juez eclesiástico de la sobredicha ciudad
como patrón del nominado Santuario”. Buena labor hizo el padre Cordero, pues según
el citado “Libro de qüentas”, realizó, entre otras muchas mejoras, las siguientes:
En 1758: ornamentos, las almenas y el cementerio o atrio, el órgano, el primer
cuerpo del retablo; en 1759: el pozo y su brocal, el segundo y tercer cuerpo de dicho
colateral; recalzó todas las paredes de la casa, el marco de la Sma. Virgen, una estatua
de San Antonio, en blanco, de madera; en 1760: cuatro marcos para cuatro pinturas
grandes, compuso la casa y hospedería y la “hechura de un marco de plata de mi
señora”; en 1761-1762: dos imágenes grandes de vestir, una de Ntra. Señora de Loreto y
otra de S. José, con sus diademas de plata; 1762-1763 una estatua de S. Juan Bautista,
arregló dos campanas, hizo un corral de piedra y una cochera, ordenó al maestro Luis de
Rojas seis santos grandes para el colateral, estofó una escultura de San Antonio y el
Niño; después, en distintas fechas, un “retablo bien matado (¡) y dorado, que se dedicó a
San Antonio”, siete nuevos santos de talla: San Pedro, San Pablo, San Zacarías, Santa
Isabel, San Joaquín, Santa Ana y San Juan Bautista y que se colocaron en el altar
mayor, el dorado del mismo y otro colateral que dio el Br. Ignacio Domínguez de Luna.
A pesar de sus enfermedades, atendió con celo ejemplar al progreso del culto y a
la conservación del Santuario. En 1766, pidiendo una mejor remuneración, escribía a la
Mitra de Michoacán: “… y habiendo servido yo y asistido todo este tiempo dicho
empleo (de capellán), con el empeño, cuidado, esmero y limpieza que es notorio y
consta de la eficacia de V. S. que se sirvió pasar personalmente a visitar dicho Santuario
y a la Soberana Imagen que en él se venera… teniendo yo así mismo el gran trabajo de
andar tres leguas de ida y otras tantas de vuelta todos los domingos y días de fiesta, y
muchos días de ellos en ayunas, aún hallándome gravemente accidentado, sin faltar a
ninguna otra cosa que conduzca al culto y veneración de la Santísima Imagen, sin más
renta ni estipendio que el que produce la cortedad de 19 vacas de vientre, 109 cabras y
82 borregas, porque aunque de los dichos ganados se me entregaron algunas más
cabezas, fueron tan chicas, que no producen nada, y siendo tan corto el producto, no
soporta a pagar salarios, raciones y otras pérdidas, como se han experimentado en estos
tan calamitosos, habiendo de soportar yo de mi caudal todos los gastos sin cargarle nada
al referido santuario… porque aunque goza el nominado santuario dos sitios de ganado
menor, son tan eriazos y estériles, que no hay quien los arriende ni ellos se pueden
sembrar por lo infructífero y eriazo de la terranía y sólo sirven para mantener el dicho
ganado que está destinado para ayuda de la manutención del capellán…”
El 25 de noviembre de 1773, lleno de años, después de quince de capellán y
haber enriquecido el santuario del Desierto, murió en San Luis el padre Cordero. Dos
días después, el 27, tomaba posesión como nuevo capellán el Br. D. Juan Antonio
Sánchez Bustamante.
Para esas fechas todavía se llamaba al templo Santuario de San Juan Bautista del
Desierto. Integraban el conjunto en aquel lugar yermo y solitario, tal vez menos
erosionado que hoy, el santuario, la casa, la habitación del sacristán, otra casa llamada
de la Novena, la hospedería, la huerta y un corral. El culto a la Sma. Virgen de
Guadalupe había cundido mucho, pues los demandantes, en sus anchas correrías,
llegaban bastante lejos “tierra adentro”, cuestando y repartiendo estampas de la Señora.
Tales demandantes se introducían hasta Rio Verde y hasta Catorce, donde la Virgen
tenía una mina. Y para el día de la Aparición, además de la solemne fiesta, había
procesión por los alrededores. Pero todavía no traían a la imagen a San Luis ni la
retiraban mucho de su santuario.
De las romerías, fervorosas, nutridas, constantes, que ya en ese tiempo acudían
al Desierto, da fe una pintura bicentenaria, alusiva a un favor dispensado por la
Guadalupana. En 1770, y en mayo, uno de tantos peregrinos subió a las torres a
observar el panorama. En esas alturas estaba, a quince metros del suelo, cuando pisó en
falso y cayó al vacío, en medio del pávido asombro de los demás romeros. En la
riesgosa caída, la victima invocó la ayuda de la Santísima Virgen, y Ella lo protegió en
tal forma que, al dar con su cuerpo en el duro piso –según la pintura, el descenso fue
despacioso– no sufrió ni una mínima herida ni daño alguno.
Este hecho es el que representa ese antiguo lienzo, y así lo explican los siguientes
versos:
A onze de mayo florido
de este año que se encuentra
por setecientos setenta
un portento ha sucedido.
De este, Retablo luzido
Un Carde Río desmintió
A la vorda se Pedió.
Aquesta Virgen Indiana
aquesta mar de portentos
en los Cielos y Clementos
hermosa Guadalupana
Como franca cortesana
Abiéndola invocado
Esta niña lo ha salvado
En este hermoso Santuario
el prodigio se observó
que María manifestó
estando en su novenario
De maravillas Sumario
Nos es la Guadalupana
Retrato de la mexicana
En el centro del retablo mayor esta el nicho en que se encuentra la venerada
imagen, y en un lado de ésta, esta leyenda: “Se hizo este nicho a Devoción de Don
Miguel de Torres, año de 1786, y se elevó el día 23 de noviembre, y suplica el señor
Cap(ellán) que las personas que quieran tocar Rosario o Medallas, concurran con su
limosna para su adorno”; y en el lado opuesto: “Y el Pbro. Albino Escalante, actual
Capellán, ordenó que no se pusieran flores dentro de este nicho, como venía haciéndose,
por perjudicar con la humedad la Venerable Imagen. Año de 1919”.
Esta pintura de la Guadalupana de Desierto, obra de Lorenzo de Piedra, año de
1625, es, después de la pintada por Echave y que se venera en San Francisco de México,
la más antigua pintura de la Sma. Virgen de Guadalupe que se conserva9.
1
Según Peña nació en 1588. Estudio histórico, p. 83; según el Libro de qûentas, alajas y limosnas de Na. Ssa. De
Guadalupe del Desierto –en nuestro poder- a la vuelta de la guarda, nació en 1589.
2
Donación que de la ermita del Desierto hizo el P. Barragán Cano a Prova. De S. Francisco de Zacatecas. 1663. En
nuestro poder.
3
Las fuentes principales para la vida del padre Barragán Cano son: Antonio de Robles. Diario de sucesos notables (1665-
1703). México 1946, I, 27-28, quien le dedica un párrafo; el P. Gorriño, que es el que ofrece más información, en la nota 6,
p.22, de su citada, Oración eucarística; y su testamento –en nuestro poder- conocido por Gorriño, y Velázquez. Historia, II,
212-217. El Canónigo Peña, en su Estudio Histórico, P. 82-84 transcribe la nota del P. Gorriño. Un plagio de ésta es un
breve artículo que un tal José Valdés envió a Muro, dándolo como original y atribuyéndolo al Lic. Antonio E. Valdés; Muro
dio por bueno dicho artículo y lo publicó en El Estandarte, del 8 de abril de 1908. Posteriormente ha sido re publicada la
nota del P. Gorriño, a veces con la firma del plagiario, a veces sin él. Cfr. La Rosa del Tepeyac, México, “Galería de
Guadalupanos Ilustres. Pbro. Lic. Juan Barragán Cano”. II, 4, 12 abril 1940, 60-62 y en La Voz Guadalupana, México, VII,
12 Marzo 1941, 5-6 “El Santuario del Desierto, artículo de Francisco Sustaita –escritor nada original-. En La Voz
Guadalupana., XII, 5, julio 1945, 16-17.
4
Velásquez. Historia II, 212.
5
Velázquez. Historia, II, 373.
6
“Testamento y codicilo de don Nicolás Fernando de Torres, fundador del Beaterio o Colegio de mujeres recogidas y del
Convento de carmelitas descalzos”. Apud. Velázquez. Colección de documentos II, 129-159.
7
Velázquez, op. cit. II, 160-173.
8
Velázquez, op. cit. II, 300-301.
9
Noemí Atamoros, “Atribuida a Echave el Viejo, la copia más antigua de la Tilma de Juan Diego”, Excelsior, 12 dic. 1977.