Resumen
Resumen
Nombre del libro: La condición de la posmodernidad: Investigación sobre los orígenes del
cambio cultural (The Condition of Postmodernity: An Enquiry into the Origins of Cultural
Change)
Fecha de publicación: 1990
Número de páginas: 391
Número de capítulos: 27
Nombre del autor: David Harvey
Edición: Única edición en castellano autorizada por Basil Blackwell Ltd.
Idea principal: Explicación materialista-histórica del pensamiento posmoderno, mediada
por la reconceptualización del espacio y el tiempo con la crisis de los setenta y la ruptura de
la configuración fordista-keynesiana del capitalismo.
Tema del libro: Adentrarse en discutir las conexiones y relaciones “entre la aparición de
las formas culturales posmodernistas, el surgimiento de modos más flexibles de
acumulación de capital y un nuevo giro en la “compresión espacio-temporal” de la
organización del capitalismo.” (p.9).
El argumento central de Harvey es que las múltiples y variadas manifestaciones culturales e
ideológicas concebidas en el pensamiento dominante posmoderno, basadas en la afirmación
de una sociedad poscapitalista o posindustrial, están lejos de ser expresiones que
correspondan a transformaciones reales en la esencia de la sociedad capitalista, sino que, en
su lugar, responden a desplazamientos en la apariencia superficial de la sociedad capitalista
de finales del siglo XX.
Libro dividido en cuatro partes:
1. El pasaje de la modernidad a la posmodernidad en la cultura contemporánea.
2. La transformación económico-política del capitalismo tardío del siglo XX.
3. La experiencia del espacio y el tiempo.
4. La condición de la posmodernidad.
Síntesis del libro:
Prefacio
La importancia de discutir el posmodernismo se justifica por su amplia extensión como
ideología dominante. Es un deber investigarla no solo como conjunto de ideas, “sino como
una condición histórica que debía ser dilucidada.” (p. 11).
Primera parte: El pasaje de la modernidad a la posmodernidad en la cultura
contemporánea
El autor deduce que no existe ningún tipo de consenso relacionado con el término
“posmodernismo” a excepción de su distanciamiento respecto el “modernismo”. Entendido
como un “nuevo tipo de discurso” que se desprende del modernismo visto como lo
universal, lo racionalista, la uniformidad en el conocimiento y la producción, ha sido
identificado con el progreso lineal. “El posmodernismo, por el contrario, privilegia ´la
heterogeneidad y la diferencia como fuerzas liberadoras en la redefinición del discurso
cultural´. Fragmentación, indefinición, y descreimiento profundo respecto de todos los
discursos universales o ´totalizantes´ […]”. (p. 23). Sin más, esta primera parte busca hacer
un estudio de esta transición, de lo moderno a lo posmoderno y de la relación que guarda el
segundo con el primero.
Segunda parte: La transformación económico-política del capitalismo tardío del siglo
XX
En este apartado Harvey retoma conceptos centrales de la escuela regulacionista francesa,
tales como régimen de acumulación y modo de regulación para darle un mayor peso al
“paquete total de relaciones y disposiciones que contribuyen a la estabilización del
desarrollo productivo”, es decir, para cuestionarse el cómo de alguna forma la sociedad
capitalista en los años setenta vence los retos o ciertas dificultades tales como “las
cualidades anárquicas de los mercados que fijan precios, y […] de controlar el despliegue
de la fuerza de trabajo a fin de garantizar la plusvalía en la producción” (p. 144-145).
El autor plantea la fragmentación de la configuración “fordista-keynesiana” de la economía
mundial de posguerra desde 1973, a partir del cual los cambios en los procesos laborales, su
relocalización espacial, la formación de una nueva división internacional del trabajo, el
consumo, los poderes estatales, y otros, han ido perfilando una nueva configuración de lo
que podría denominarse un nuevo “régimen de acumulación flexible” que al mismo tiempo
implica un nuevo modo de regulación, donde habría que explicar la importancia del
pensamiento posmoderno.
Tercera parte: La experiencia del espacio y del tiempo
Es en esta tercera parte que el autor pretende “iluminar los nexos materiales entre los
procesos económico-políticos y los culturales” e ideológicos (p. 225). Poniendo en el
centro, como mediación, la experiencia del espacio y tiempo de la vida social. Es
importante enfatizar que Harvey parte de un enfoque materialista histórico, para sostener
que las “objetividad[es] del tiempo y el espacio está[n] dada[s], en cada caso, por las
prácticas materiales de la reproducción social” (p. 228), con variaciones geográficas e
históricas. Es así que las distintas concepciones de espacio y tiempo en distintos momentos
históricos, económicos y políticos, conllevan distintas representaciones y expresiones
estéticas e ideológicas.
Cuarta parte: La condición de la posmodernidad
Finalmente, para Harvey el posmodernismo “puede ser considerado como una condición
histórica-geográfica determinada.” Esto se explica debido a que las “prácticas estéticas y
culturales son especialmente susceptibles a la transformación de la experiencia del espacio
y el tiempo, por el hecho de que suponen la construcción de representaciones y artefactos
espaciales que surgen del flujo de la experiencia humana” (p. 359). De esta manera la
“crisis de hiper-acumulación” de 1973 tiene impactos en la experiencia del tiempo y el
espacio, reflejado en un uso muy pronunciado de la estética para expresar la confusión y la
incertidumbre de la presente época.
En la Tercera parte se propuso un esquema histórico que podía exponer esta con relación al
mundo Occidental deI pos-Renacimiento.
Resumen
1. Introducción
En 1974 se publicó “Soft city” de Jonathan Raban, un relato eminentemente personalizado sobre la
vida en Londres a comienzos de la década de 1970. En su momento, obtuvo varios comentarios
favorables. Pero, en este caso, su interés para mí reside en su carácter de indicador histórico, ya
que fue escrito en un momento en que puede observarse un cambio en la forma en que los círculos
académicos y populares abordaban los problemas de la vida urbana. El libro presagiaba un nuevo
tipo de discurso que después generaría términos como «gentrification» y «yuppie», que se
convertirían en descripciones corrientes de la vida urbana. Además, se escribió en esa cúspide de
la historia intelectual y cultural en la que algo denominado «posmodernismo» surgía de la crisálida
de lo antimoderno para constituirse en una estética cultural por derecho propio.
¿En qué consiste entonces este posmodernismo del que muchos hablan hoy? ¿Acaso la vida
social ha cambiado tanto desde comienzos de la década de 1970 como para que podamos hablar
con razón de estar viviendo en una cultura posmoderna, en una época posmoderna? ¿O se trata
simplemente de que las tendencias de la alta cultura exhiben, como de costumbre, una nueva
torsión, y que las modas académicas también han cambiado sin generar casi una variación de
efecto o un eco de correspondencia en la vida diaria de los ciudadanos corrientes? El libro de
Raban sugiere que hay algo más que la última novedad intelectual importada de Paris o el último
giro del mercado artístico de Nueva York. También hay algo más que el desplazamiento en el estilo
arquitectónico que Jencks (1984) registra, aunque en este caso nos aproximamos a un ámbito que
tiene la capacidad de acercar las preocupaciones de la alta cultura a la vida diaria a través de la
producción de la forma construida. En efecto, a partir de 1970 aproximadamente, se han generado
transformaciones fundamentales en las características de la vida urbana. Pero que esas
transformaciones merezcan la denominación de «posmodernas» es otro problema. En rigor, la
respuesta depende de qué entendemos exactamente por ese término. Y en este sentido, si es
necesario apelar a las últimas novedades intelectuales importadas de París y a los giros operados
en el mercado artístico de Nueva York, porque es precisamente de aquellos fermentos de donde
ha surgido el concepto de «posmoderno».
Nadie se pone de acuerdo acerca de qué se entiende por este término, excepto, quizás, en que el
«posmodernismo» representa cierto tipo de reacción o distancia respecto del «modernismo». En la
medida en que el significado del modernismo también es muy confuso, la reacción o distancia que
se conoce como «posmodernismo» lo es doblemente. El crítico literario Terry Eagleton (1987) trata
de definir el término así: «Existe quizás un cierto consenso según el cual el típico artefacto
posmodernista es leve, auto-irónico y hasta esquizoide; y reacciona a la autonomía austera del alto
modernismo adaptando de manera imprudente el lenguaje del comercio y de la mercancía. Su
posición con respecto a la tradición cultural es la de un pastiche irreverente, y su artificial
superficialidad socava toda solemnidad metafísica, en ocasiones mediante una estética brutal de
suciedad y shock».
2. Modernidad y modernismo
«La modernidad —escribió Baudelaire en su fecundo ensayo «EI pintor de la vida moderna»
(publicado en 1863)— es lo efímero, lo veloz, lo contingente; es una de las dos mitades del arte,
mientras que la otra es lo eterno y lo inmutable». Mi intención es concentrarme en esta vinculación
de lo efímero y lo veloz con lo eterno e inmutable. AI proyecto de la modernidad nunca le han
faltado críticos. Edmund Burke no intentó en forma alguna ocultar sus dudas y su disgusto ante los
excesos de la Revolución Francesa. Malthus, cuando refuta el optimismo de Condorcet, sostiene
que es imposible escapar de las cadenas naturales de la escasez y la necesidad. Asimismo, De
Sade mostró que podía haber otra dimensión de la liberación humana, además de aquella que
imaginaba el pensamiento tradicional de la Ilustración. Y hacia comienzos del siglo XX, dos críticos
notables, aunque situados en diferentes posiciones, imprimieron su sello en el debate.
El modernismo podía abordar lo eterno sólo si procedía al congelamiento del tiempo y de todas sus
cualidades huidizas. Esta proposición resultaba bastante simple para el arquitecto, encargado de
diseñar y construir una estructura espacial relativamente estable. Es más, la mercantilización y
comercialización de un mercado para los productos culturales en el siglo XIX (y la decadencia
concomitante de un mecenazgo por parte de la aristocracia, el Estado o ciertas instituciones)
impusieron a los productores culturales una forma mercantil de competencia que estaba destinada
a reforzar los 37 procesos de «destrucción creadora» dentro del propio campo estético. Esta
reflejaba lo que ocurría en la esfera político-económica, y en ciertos casos se le adelantaba.
Por lo tanto, es importante tener en cuenta que el modernismo que apareció antes de la Primera
Guerra Mundial fue más una reacción a las nuevas condiciones de producción (la máquina, la
fábrica, la urbanización), circulación (los nuevos sistemas de transporte y comunicaciones) y
consumo (el auge de los mercados masivos, la publicidad y la moda masiva) que un pionero en la
producción de esos cambios. Sin embargo, después, la forma que asumió la reacción tendría una
considerable importancia. No sólo fue una forma de absorber estos cambios veloces, reflexionar
sobre ellos y codificarlos, sino que también insinuó líneas de acción capaces de modificarlos o
sostenerlos.
Resulta odioso, pero útil, imponer a esta historia compleja algunas periodizaciones relativamente
simples, aunque más no sea para ayudar a comprender a qué tipo de modernismo se oponen los
posmodernistas. Por ejemplo, el proyecto de la Ilustración consideraba axiomático que existía una
sola respuesta posible para cualquier problema. De allí se deducía que el mundo podía ser
controlado y ordenado racionalmente si teníamos la capacidad de describirlo y representarlo con
justeza.
EI modernismo de entreguerras puede haber sido «heroico», pero estaba signado por el desastre.
Se requería una acción decidida para reconstruir las economías europeas destruidas por la guerra
y para resolver los problemas del descontento político vinculados a las formas en que el
capitalismo impulsaba el crecimiento urbano-industrial. El debilitamiento de las creencias unificadas
de la Ilustración y la aparición del perspectivismo dejaron abierta la posibilidad de informar la
acción social con cierta visión estética, de modo que las luchas entre las diferentes corrientes del
modernismo adquirieron algo más que un interés pasajero. Por otra parte, los productores
culturales sabían esto. EI modernismo estético era importante y los riesgos eran altos. EI recurso al
mito «eterno» se volvió aún más imperativo. Pero la búsqueda terminó siendo tan confusa como
peligrosa.
3. Posmodernismo
Empiezo con lo que parece ser el hecho más asombroso del posmodernismo: su total aceptación
de lo efímero, de la fragmentación, de la discontinuidad y lo caótico que formaban una de las
mitades de la concepción de la modernidad de Baudelaire. Pera el posmodernismo responde a
este hecho de una manera particular. No trata de trascenderlo ni de contrarrestarlo, ni siquiera de
definir los elementos «eternos e inmutables» que pueden residir en él. El posmodernismo se deja
llevar y hasta se regodea en las corrientes fragmentarias y caóticas del cambio como si fueran todo
lo que hay. Foucault (1983), por ejemplo, nos enseña a «desarrollar la acción, el pensamiento y los
deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción» y a «preferir lo positivo y múltiple, la
diferencia sobre la uniformidad, la fluidez sobre la unidad, las formas móviles sobre los sistemas.
La «atomización de lo social en redes flexibles de juegos de lenguaje» sugiere que cada uno de
nosotros puede recurrir a un conjunto diferente de códigos según la situación en la que se
encuentre (en la casa, en el trabajo, en la iglesia, en la calle o en el pub, en un funeral, etc.).
Los posmodernistas también suelen aceptar una teoría algo diferente acerca de la naturaleza del
lenguaje y la comunicación. Mientras que los modernistas presuponían la existencia de una
relación estrecha e identificable entre lo que se decía (el significado o «mensaje») y cómo se decía
(el significante o «medio»), el pensamiento posestructuralista considera que ambos «se separan
constantemente y se vuelven a vincular en nuevas combinaciones». «La deconstrucción» (un
movimiento iniciado por la lectura que hizo Derrida de Martin Heidegger a fines de 1960) entra en
este cuadro como un poderoso estímulo a las modalidades posmodernistas del pensamiento. La
deconstrucción es menos una posición filosófica que una manera de pensar y «leer» los textos. Los
escritores que crean textos o utilizan palabras lo hacen sobre la base de todos los otros textos y
palabras a los que han tenido acceso, mientras que los lectores actúan de la misma manera. Por
consiguiente, la vida cultural es vista como una serie de textos que se cruzan con otros textos,
produciendo más textos (incluso aquel que pertenece al crítico literaria, que se propone producir
una literatura en la que los textos en consideración se cruzan libremente con otros textos que a su
vez han influido en su pensamiento). Este entramado intertextual tiene vida propia. Todo lo que
escribimos transmite significados que no nos proponemos o no podemos transmitir, y nuestras
palabras no pueden decir lo que queremos dar a entender. Es inútil tratar de dominar un texto,
porque el constante entramado de textos y significados está más allá de nuestro control. El
lenguaje opera a través de nosotros. Es así como el impulso deconstructivista tiende a buscar en
un texto, otro texto, a disolver un texto en otro, a construir un texto en otro. Por lo tanto, Derrida
considera que el collage/montaje define la forma primaria del discurso posmoderno. La
heterogeneidad inherente a ello (sea en pintura, escritura, arquitectura) estimula en nosotros,
receptores del texto o imagen, «la producción de una significación que no podría ser ni unívoca ni
estable», Tanto los productores como los consumidores de «textos» (artefactos culturales)
participan en la producción de significaciones y sentidos (de allí el énfasis que otorga Hassan al
«proceso», a la «performance», al «happening» y a la «participación» en el estilo posmodernista).
AI minimizarse la autoridad del productor cultural, se crean oportunidades de participación popular
y de maneras democráticas de definir los valores culturales, pero al precio de una cierta
incoherencia o —lo que es más problemático— vulnerabilidad a la manipulación por parte del
mercado masivo. En todo caso, el productor cultural crea meras materias primas (fragmentos y
elementos), y deja a los consumidores la posibilidad de recombinar aquellos elementos a su
manera. EI efecto es eliminar (deconstruir) el poder del autor para imprimir sentidos u ofrecer una
narrativa continuada.
La validez de la descripción del posmodernismo que he esbozado hasta ahora parece depender de
una forma particular de experimentar, interpretar y estar en el mundo. Esto quizá nos lleva a la
faceta más problemática del posmodernismo: sus presupuestos psicológicos en relación con la
personalidad, la motivación y el comportamiento. La preocupación por la fragmentación e
inestabilidad del lenguaje y de los discursos conduce directamente, por ejemplo, a cierta
concepción de la personalidad. Encapsulada, esta concepción se concentra más en la
esquizofrenia (pero no en su sentido estrictamente clínico) que en la alienación y la paranoia
(véase el esquema de Hassan).
Son varias las consecuencias que surgen de la dominación de este motivo en el pensamiento
posmodernista. Ya no podemos concebir al individuo como alienado en el sentido clásico marxista,
porque estar alienado supone un sentido del propio ser coherente y no fragmentado, del que se
está alienado. Es sólo en función de este sentido centrado de identidad personal como los
individuos pueden realizar proyectos en el tiempo, o pensar en forma convincente la producción de
un futuro que sea significativamente mejor que el tiempo presente y el tiempo pasado. El
modernismo giraba en gran medida en torno de la búsqueda de un futuro mejor, aun cuando la
constante frustración de ese objetivo llevara a la paranoia. Pero es característico del
posmodernismo cancelar esa posibilidad y concentrarse en las circunstancias esquizofrénicas a las
que dan lugar la fragmentación y todas aquellas inestabilidades (incluidas las del lenguaje) que nos
impiden proyectar estrategias para producir un futuro radicalmente diferente.
Esto plantea el problema más difícil con relación al movimiento posmodernista, que es su relación
con la cultura de la vida cotidiana, y su integración en esta. Aunque gran parte de la discusión
procede en abstracto y, por lo tanto, en los términos no muy accesibles que me he visto obligado a
utilizar aquí, hay innumerables puntos de contacto entre los productores de artefactos culturales y
el público en general: la arquitectura, la publicidad, la moda, el cine, la escenificación de los
acontecimientos multimedia, los grandes espectáculos, las campañas políticas, así como la
omnipresente televisión.
Los problemas políticos, económicos y sociales que enfrentaron los países capitalistas avanzados
inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial fueron tan vastos como severos. La paz y
prosperidad internacionales debían construirse, de alguna manera, a partir de un programa que
tuviera en cuenta las aspiraciones de pueblos que habían entregado masivamente sus vidas y
energías a una lucha que se describió (y se justificó) como una lucha por un mundo más seguro,
por un mundo mejor, por un futuro mejor. Más allá de cualquier otro sentido que esto pudiera tener,
no significaba sin duda un retorno a las condiciones de pobreza y desempleo de pro-guerra, a las
marchas contra el hambre y las ollas populares, a los barrios miserables y a las penurias, y a la
inquietud social y la inestabilidad política a las que esas condiciones podían tan fácilmente
prestarse. Las políticas de la posguerra, para seguir siendo democráticas y capitalistas, tenían que
responder a los problemas de la plena ocupación, de la vivienda decente, la previsión social y el
bienestar, y crear una base amplia de oportunidades para la construcción de un futuro mejor
(véase la Segunda parte). Mientras que las tácticas y condiciones diferían según los lugares (por
ejemplo, el grado de destrucción en tiempos de la guerra, el nivel de centralización aceptable en el
control político o el grado de compromiso con el Estado de bienestar), la tendencia, en todas
partes, era recurrir a la experiencia de producción y planificación masivas de los tiempos de guerra
como forma de lanzar un vasto programa de reconstrucción y reorganización. Era casi como si una
nueva y revivificada versión del proyecto de la ilustración surgiera, como el ave fénix, de la muerte
y la destrucción del conflicto global. La reconstrucción, remodelación y renovación del tejido urbano
constituían ingredientes esenciales de este proyecto, Este fue el contexto en el que las ideas del
ClAM, de Le Corbusier, de Mies van der Rohe, de Frank Lloyd Wright y de otros pudieron
imponerse como lo hicieron, menos como una fuerza de ideas dominantes sobre la producción que
como un marco teórico y justificación de aquello con lo cual estaban comprometidos ingenieros de
mentalidad práctica, políticos, constructores y urbanistas, en muchos casos por meras razones
sociales y económicas o por necesidad política.
Sin embargo, la búsqueda de dólares destinados al consumo por los ricos ha otorgado una mayor
importancia a la diferenciación de producto en el diseño urbano. AI explorar los dominios de los
gustos y preferencias estéticas diferentes (haciendo todo lo posible para estimularlos), los
arquitectos y diseñadores urbanos han otorgado un nuevo énfasis a un aspecto potente de la
acumulación de capital: la producción y el consumo de lo que Bourdieu (1977, 1984) llama «capital
simbólico», Este último puede definirse como «el acopio de bienes de lujo que garantizan el gusto y
la distinción del propietario». Por supuesto, este capital es capital dinero transformado que
«produce su efecto adecuado en cuanto y solo en cuanto encubre el hecho de originarse en formas
"materiales" del capital». EI fetichismo (preocupación por las apariencias superficiales que ocultan
los significados soterrados) es obvio, pero aquí se despliega en forma deliberada para ocultar,
gracias a los ámbitos de la cultura y del gusto, la base real de las distinciones económicas. Como
«los efectos ideológicos más logrados son aquellos que no tienen palabras y que solicitan sólo un
silencio cómplice», la producción de capital simbólico cumple funciones ideológicas porque los
mecanismos por los cuales contribuye «a la reproducción del orden establecido y a la perpetuación
del dominio permanecen ocultos».
5. Modernización
Pera Marx lleva las cosas mucho más allá. La conversión del trabajo en trabajo asalariado significa
«la separación del trabajo de su producto, de la fuerza de trabajo subjetiva de las condiciones
objetivas de trabajo (Capital, vol. 1, pág. 3). Este es un mercado de intercambio muy diferente.
Cuando los capitalistas compran fuerza de trabajo, necesariamente la tratan en términos
instrumentales. El trabajador es considerado como una «mano» y no como una persona total (para
usar el satírico comentario de Dickens en Tiempos difíciles), y el trabajo objetivado es un «factor
(adviértase la reificación) de la producción. La compra de fuerza de trabajo con dinero le otorga al
capitalista ciertos derechos para disponer del trabajo de los otros, sin tener en cuenta lo que los
otros puedan pensar, necesitar o sentir. La omnipresencia de esta relación de dominación de clase,
contrapesada sólo por la activa lucha de los trabajadores para defender sus derechos y expresar
sus sentimientos, establece uno de los principios fundadores sobre el cual la misma idea de
«otredad» se produce y reproduce de manera continua en la sociedad capitalista.
Por consiguiente, Marx describe los procesos sociales del capitalismo que dan lugar al
individualismo, la alienación, la fragmentación, lo efímero, la innovación, la destrucción creadora, el
desarrollo especulativo, los desplazamientos impredecibles en los métodos de la producción y el
consumo (deseos y necesidades), que dan lugar a una transformación en la experiencia del
espacio y el tiempo, así como a una dinámica de cambio social pautada por crisis. Si estas
condiciones de la modernización capitalista forman el contexto material a partir del cual los
pensadores modernistas y posmodernistas y los productores culturales forjan su sensibilidad
estética, sus principios y prácticas, parece razonable llegar a la conclusión de que el giro hacia el
posmodernismo no refleja cambio fundamental alguno en la condición social. El surgimiento del
posmodernismo representa un recomienzo (si lo hay) en las formas de pensar aquello que puede o
debe hacerse acerca de la condición social, o (y esta es la proposición que exploramos con cierta
profundidad en la Segunda parte) refleja un cambio con el modo en que funciona hoy el
capitalismo. En ambos casos, si la obra de Marx sobre el capitalismo es correcta, nos proporciona
una base muy sólida para pensar las relaciones generales entre la modernización, la modernidad y
los movimientos estéticos que extraen sus energías de esas condiciones.
5. ¿POSmodernISMO o posMODERNismo?
Asimismo, debería tenerse en cuenta que el posmodernismo mimetiza las prácticas sociales,
económicas y políticas de la sociedad. Pero, en la medida en que mimetiza diferentes facetas de
estas prácticas, aparece bajo muy diferentes aspectos. La superposición de diferentes mundos en
muchas novelas posmodernas, mundos entre los cuales predomina una «otredad» de
incomunicación en un espacio de coexistencia, muestra una funesta relación con la guetificación
creciente, con la desapropiación y el aislamiento de los pobres y las poblaciones minoritarias en los
centros urbanos de Gran Bretaña y de los Estados Unidos.
7. Introducción
Abundan los signos de cambios radicales en los procesos laborales, los hábitos del consumidor,
las configuraciones geográficas y geopolíticas, los poderes y prácticas estatales, y otros aspectos
similares. Sin embargo, aún vivimos, en Occidente, en una sociedad donde la producción
destinada a la ganancia sigue siendo el principio básico organizador de la vida económica. Por lo
tanto, debemos representar de alguna manera todos los cambios y la agitación que han ocurrido
desde la primera gran recesión de posguerra en 1973, lo cual no pierde de vista el hecho de que
las reglas básicas del modo de producción capitalista siguen operando como fuerzas que definen
invariablemente el desarrollo histórico y geográfico.
Hay dos amplias áreas de dificultad dentro de un sistema económico capitalista que deben
negociarse con éxito si se quiere asegurar la viabilidad del sistema. La primera surge de las
cualidades anárquicas de los mercados que fijan los precios, y la segunda, de la necesidad de
controlar el despliegue de la fuerza de trabajo a fin de garantizar la plusvalía en la producción y,
por lo tanto, las ganancias positivas para tantos capitalistas como sea posible.
Las presiones pueden ser directas (como la fijación de salarios y los controles de precios) o
indirectas (como la publicidad subliminal que nos induce a una nueva concepción de las
necesidades y deseos fundamentales en la vida), pero el efecto neto es definir la trayectoria y la
forma del desarrollo capitalista por caminos que no pueden comprenderse mediante el simple
análisis de las transacciones de mercado. Más aún, las orientaciones sociales y psicológicas, como
el individualismo y el impulso de realización personal a través de la autoexpresión, la búsqueda de
seguridad y de identidad colectiva, la necesidad de alcanzar autorrespeto, status, o alguna otra
marca de identidad individual, juegan un rol en la definición de las modalidades del consumo y en
los estilos de vida.
8. Fordismo
En muchos aspectos, las innovaciones tecnológicas y organizativas de Ford fueron una mera
extensión de tendencias consolidadas. Por ejemplo, la forma corporativa de la organización
empresarial se había perfeccionado gracias a los ferrocarriles en el curso del siglo XIX, y después
de la ola de formación de trusts, carteles y fusiones empresarias a fines de sigla, se extendió a
numerosos sectores industriales (un tercio de los activos industriales norteamericanos se
fusionarían entre los años 1898-1902). Del mismo modo, Ford no hizo más que racionalizar las
viejas tecnologías y una división preexistente del trabajo especializado, si bien al hacer que el
trabajo fluyera hacia un trabajador estacionario, logró grandes aumentos de productividad.
Después de todo, The principies of scientific management, de F. W. Taylor, se publicó en 1911. Se
trata de un influyente tratado que analiza cómo la productividad del trabajo puede incrementarse
radicalmente dividiendo cada proceso de trabajo en movimientos parciales y organizando las
tareas fragmentarias de acuerdo con pautas rigurosas de tiempo y con el estudio del movimiento.
Ford pensaba que el nuevo tipo de sociedad podía construirse simplemente a través de la correcta
aplicación de la fuerza corporativa. El objetivo de la jornada de cinco dólares y ocho horas era
asegurar la sumisión del trabajador a la disciplina requerida para trabajar en el sistema de la línea
de montaje. AI mismo tiempo quería suministrar a los obreros el ingreso y el tiempo libre suficientes
para consumir los productos masivos que las corporaciones lanzarían al mercado en cantidades
cada vez mayores. Para esta era necesario que los trabajadores supieran cómo gastar su dinero
en forma adecuada. Fue así como, en 1916, Ford, envió un ejército de asistentes sociales a las
casas de sus trabajadores «privilegiados» (en gran medida inmigrantes) para cerciorarse de que el
«hombre nuevo» de la producción en masa tuviera una probidad moral, una vida familiar y la
capacidad de hacer un consumo prudente (es decir, no-alcohólico) y «racional», a la altura de las
necesidades y expectativas de la corporación. El experimento no duró mucho, pera su existencia
fue un signo que presagiaba los graves problemas sociales, psicológicos y políticos que el fordismo
habría de plantear.
En realidad, la forma en que se aplicó el sistema fordista da lugar a una historia larga y complicada
que se extiende a más de medio siglo. Dependía de una multitud de decisiones individuales,
corporativas, institucionales y estatales, muchas de las cuales eran opciones políticas
inconscientes o respuestas reflejas a las tendencias de las crisis capitalistas, en particular tal como
se manifestaron en la gran depresión de 1930.
Al parecer, había dos impedimentos mayores para la difusión del fordismo en los anos de
entreguerras. Eu primer término, el estado de las relaciones de clase en el mundo capitalista no
permitía la aceptación fácil de un sistema de producción que se apoyaba en la adaptación del
trabajador a largas horas de trabajo de pura rutina, que no requería las habilidades artesanales
tradicionales y que no contemplaba casi la participación del trabajador en el diseño, el ritmo y la
programación del proceso de producción. Ford había confiado casi exclusivamente en el trabajo de
los inmigrantes para instaurar su sistema de producción por línea de montaje, pera los inmigrantes
aprendieron y los trabajadores nativos americanos eran hostiles. El giro de renovación de la fuerza
de trabajo de Ford demostró ser impresionante. También hubo feroces resistencias al Taylorismo
en la década de 1920 y algunos comentaristas, como Richard Edwards (1979), insisten en que la
oposición de los trabajadores derrotó de plano la implantación de esas técnicas en la mayor parte
de las industrias, a pesar de la dominación capitalista de los mercados laborales, del flujo continuo
de trabajo inmigrante y de la posibilidad de movilizar reservas laborales en la América rural (a
veces también negra).
El segundo gran obstáculo que debía superarse eran las modalidades y mecanismos de la
intervención estatal. Debía idearse un nuevo modo de regulación que respondiera a las exigencias
de la producción fordista, y fueron necesarios el impacto salvaje de la depresión de 1930 y el casi
colapso del capitalismo para que las sociedades capitalistas impulsaran una nueva perspectiva en
la concepción e implementación de los poderes estatales. La crisis aparecía fundamentalmente
como una falta de demanda efectiva del producto, y fue en ese plano donde comenzó la búsqueda
de soluciones.
En esta parte, muestra cifras y estadísticas sobre ingresos, salarios, crecimiento y situación
histórica.
En esta parte, muestra cifras y estadísticas sobre exportaciones, tasas de ganancia, impuestos,
cotización del dólar, servicios públicos y precios de acciones.
La acumulación flexible, como la llamaré de manera tentativa, se señala por una confrontación
directa con las rigideces del fordismo. Apela a la flexibilidad con relación a los procesos laborales,
los mercados de mano de obra, los productos y las pautas del consumo. Se caracteriza por la
emergencia de sectores totalmente nuevos de producción, nuevas formas de proporcionar
servicios financieros, nuevos mercados y, sobre todo, niveles sumamente intensos de innovación
comercial, tecnológica y organizativa.
La estructura de este sistema financiero mundial es hoy tan complicada que supera la posibilidad
de comprensión de mucha gente. Las fronteras entre funciones distintas, como las operaciones
bancarias, el cambio, los servicios financieros, la financiación de viviendas, el crédito para el
consumo y elementos semejantes se han vuelto cada vez más porosas, al mismo tiempo que
crecen los nuevos mercados de mercancías, acciones, divisas o futuros de deuda, que descuentan
el tiempo futuro en el tiempo presente de maneras desconcertantes. La computarización y las
comunicaciones electrónicas han consolidado la importancia de la coordinación internacional
instantánea de los movimientos financieros.
Por supuesto, siempre existió, bajo el capitalismo, un delicado equilibrio entre el poder financiero y
el estatal, pero el fracaso del keynesianismo-fordismo, evidentemente, significó un desplazamiento
hacia el fortalecimiento del capital financiero frente al Estado nacional. La significación de todo esta
se vuelve aún más evidente si se la sitúa en el contexto de la acelerada reducción de los costos del
transporte y las comunicaciones, gracias a la introducción de los contenedores, los transportes de
carga jumbo-jet y las comunicaciones satelitales, que permiten comunicar instantáneamente a
cualquier parte del mundo las instrucciones sobre producción y diseño.
En la medida en que asistimos a una transición histórica que aún no ha terminado y que, en todo
caso, como el fordismo, está destinada a ser parcial en ciertos aspectos importantes, nos hemos
encontrado con una serie de dilemas teóricos. ¿Podemos captar teóricamente la lógica, si no la
necesidad, de la transición? ¿Hasta qué punto deben modificarse las formulaciones pasadas y
presentes de la dinámica del capitalismo a la luz de las reorganizaciones y reestructuraciones
radicales que se producen tanto en las fuerzas productivas como en las relaciones sociales? ¿Es
posible representar el régimen actual lo suficientemente bien como para poder entrever el probable
curso y las implicaciones de lo que aparece como una revolución en marcha? En efecto, la
transición del fordismo a la acumulación flexible ha planteado serias dificultades a todo tipo de
teorías. Los keynesianos, los monetaristas, los teóricos del equilibrio parcial neoclásico parecen
estar tan confundidos como todos los demás. La transición también ha planteado serios dilemas a
los marxistas. Frente a estas dificultades, muchos comentaristas han abandonado las pretensiones
teóricas y han recurrido simplemente a la búsqueda de datos para ponerse a tono con los
acelerados cambios. Pero aquí también surgen problemas: ¿qué datos son indicadores
indispensables y no series contingentes? El único punto general de acuerdo es que algo
significativo ha cambiado en la forma de funcionamiento del capitalismo desde aproximadamente
1970.
Me inclino más por la interpretación de Swyngedouw. Pero creo que, si el lenguaje de la escuela de
la regulación ha sobrevivido mejor que otros, es por su orientación más pragmática.
En la medida en que la acumulación flexible sigue siendo una forma del capitalismo, debemos
esperar que muchas proposiciones básicas sigan en pie. He tratado de resumir estas
proposiciones en otra parte, de modo que extractaré de manera esquemática los elementos
básicos del argumento expuesto en The limits of capital (Harvey, 1982). Me referiré en particular a
tres rasgos fundamentales del modo de producción capitalista.
1. La primera posición, adaptada sobre todo por Piore y Sabel (1984) y, después, aceptada
en principio por otros autores, sostiene que las nuevas tecnologías plantean la posibilidad
de reconstruir las relaciones laborales y los sistemas de producción sobre bases sociales,
económicas y geográficas totalmente diferentes. Piore y Sabel ven un paralelo entre la
actual coyuntura y la oportunidad desperdiciada a mediados del siglo XIX, cuando el gran
capital, después monopólico, descartó a la pequeña empresa y a los innumerables
emprendimientos cooperativos que tenían el potencial para resolver el problema de la
organización industrial de acuerdo con líneas descentralizadas y democráticamente
controladas (se puede destacar el caso del anarquismo de Proudhon).
2. La segunda posición considera que la idea de la flexibilidad constituye «una noción
extremadamente poderosa que legitima un conjunto de prácticas políticas» (reaccionarias y
anti-obreras en esencia), pero que carece de un fundamento empírico o materialista sólido
en el estado real de organización del capitalismo de fines del siglo XX. Por ejemplo, Pollert
(1988) cuestiona efectivamente la idea de la flexibilidad en los mercados de trabajo y en la
organización del trabajo, y llega a la conclusión de que «el descubrimiento de la "fuerza de
trabajo flexible" es parte de una ofensiva ideológica que celebra la ductilidad y
repentización, haciéndolas aparecer como inevitables». No acepto esta posición. Los
testimonios de la creciente flexibilización (subcontratación, empleo temporario o
autoempleo, etc.) en todo el mundo capitalista son demasiado abrumadores como para
creer en los contraejemplos de Pollert.
3. La tercera posición, que define el sentido en que utilizo aquí la idea de una transición del
fordismo a la acumulación flexible, se encuentra entre estos dos extremos. Las tecnologías
y formas organizativas de la flexibilización aún no son hegemónicas en todas partes
(aunque tampoco fue hegemónico el fordismo que las precedió). La actual coyuntura se
caracteriza por una combinación entre la producción fordista altamente eficiente (a menudo
matizada por una tecnología y un producto flexibles) en algunos sectores (como los
automóviles en [Link]., Japón o Corea del Sur) y sistemas de producción más
tradicionales (como los de Singapur, Taiwán o Hong Kong) que se fundan en relaciones de
trabajo «artesanales», paternalistas o patriarcales (familiares), y que encarnan
mecanismos muy diferentes de control sobre la mano de obra.
No creo que este desplazamiento hacia sistemas alternativos de control sobre la mano de obra
(con todas sus implicaciones políticas) sea irreversible, sino que lo interpreto como una respuesta
más bien tradicional a la crisis. La devaluación de la fuerza de trabajo ha sido siempre la respuesta
instintiva de los capitalistas ante la disminución de las ganancias. Pero esta generalidad encubre
algunos movimientos contradictorios. Las nuevas tecnologías han habilitado a ciertas capas
privilegiadas, al mismo tiempo que la producción alternativa y los sistemas de control sobre la
mano de obra abren el camino a la remuneración elevada de las capacidades técnicas,
administrativas y empresariales.
Quisiera destacar el carácter tentativo de estas conclusiones. Sin embargo, me parece importante
insistir en que la acumulación flexible debe ser vista como una combinación específica, y acaso
nueva, de elementos fundamentalmente antiguos dentro de la lógica general de acumulación de
capital. Más aún, si tengo razón en cuanto a que la crisis del fordismo era, en gran medida, una
crisis de la forma temporal y espacial, entonces deberíamos prestar más atención a estas
dimensiones del problema que la que suelen prestarle habitualmente los análisis radicales o los
convencionales. Las observaremos más detalladamente en la Tercera parte, ya que es evidente
que la experiencia cambiante del tiempo y el espacio sustenta, en alguna medida, el vuelco
impulsivo hacia las prácticas culturales y los discursos filosóficos posmodernistas.
12. Introducción
Marshall Berman (1982) compara la modernidad (entre otras cosas) con una cierta modalidad de la
experiencia del espacio y del tiempo. A continuación, tomaré estas afirmaciones en forma literal. El
espacio y el tiempo son categorías básicas de la existencia humana. Sin embargo, raramente
discutimos sus significados. Más bien tendemos a darlos por sentados y a otorgarles
determinaciones de sentido común o de auto evidencia. Registramos el pasaje del tiempo en
segundos, minutos, horas, días, meses, anos, décadas, siglos y eras, como si todo tuviera su lugar
en la escala del tiempo objetivo. Aun cuando el tiempo, en la física, constituye un concepto difícil y
sujeto a discusión, por lo general no permitimos que interfiera con el sentido común del tiempo
alrededor del cual organizamos nuestra rutina diaria. Por supuesto, reconocemos que nuestro
procesos y percepciones mentales pueden jugarnos malas pasadas, ya que pueden convertir los
segundos en anos, o hacer que las horas agradables pasen tan rápidamente que no las sentimos.
En la sociedad moderna, se articulan entre sí muchos sentidos diferentes del tiempo. Los
movimientos cíclicos y repetitivos (desde el desayuno diario hasta el trabajo, los rituales periódicos
como festivales, cumpleaños, vacaciones, aperturas de las temporadas de baseball o cricket)
proporcionan un sentido de seguridad en un mundo, en que el impulso general de progreso parece
estar siempre orientado hacia adelante y hacia arriba, en dirección al firmamento de lo
desconocido.
Los físicos sostienen ahora que ni el tiempo ni el espacio existieron (menos aún significaron) antes
de la materia: las cualidades objetivas del tiempo y espacio físicos no pueden comprenderse, por lo
tanto, independientemente de las cualidades de los procesos materiales. Sin embargo, no es
necesario subordinar todas las concepciones objetivas del tiempo y el espacio a esta concepción
física particular, ya que ella también es una construcción que se funda en una particular
perspectiva sobre la constitución de la materia y el origen del universo. La historia de los conceptos
de tiempo, espacia y espacio-tiempo en la física ha estado determinada por fuertes rupturas y
reconstrucciones epistemológicas. La conclusión que deberíamos extraer es, simplemente, que no
se le pueden asignar significados objetivos al tiempo y al espacio con independencia de los
procesos materiales, y que sólo a través de la investigación de estos últimos podemos fundar
adecuadamente nuestros conceptos de los primeros.
Así como el capitalismo ha sido (y sigue siendo) un modo de producción revolucionario en el cual
las prácticas materiales y los procesos de reproducción social están siempre transformándose,
también se transforman las cualidades objetivas y los significados del espacio y el tiempo. Por otra
parte, si el avance del conocimiento (científico, técnico, administrativo, burocrático y racional) es
vital para el progreso de la producción y el consumo capitalistas, entonces los cambios en nuestro
aparato conceptual (incluso las representaciones de espacio y tiempo) pueden tener
consecuencias materiales para el ordenamiento de la vida diaria.
Por debajo de la apariencia de las ideas de sentido común y presuntamente «naturales» sobre el
espacio y el tiempo, yacen ocultos campos de ambigüedad, contradicción y lucha. Los conflictos no
sólo nacen de apreciaciones subjetivas reconocidamente distintas, sino de las diferentes
cualidades materiales objetivas del tiempo y el espacio que son consideradas decisivas para la
vida social en situaciones diferentes. Igualmente, se libran importantes batallas en los ámbitos
científicos y sociales, y en el ámbito de la teoría, así como en el de la práctica estética. Nuestra
representación del espacio y el tiempo en la teoría importa porque afecta a la forma en que
interpretamos el mundo y actuamos en él, y por la forma en que los otros lo interpretan y actúan en
él. Por otra parte, la teoría estética busca las regias que posibilitan la transmisión de verdades
eternas e inmutables en media de la vorágine del flujo y del cambio.
Pero aquí surge la paradoja. Aprendemos a pensar y a conceptualizar a través de una captación
activa de las especializaciones de la palabra escrita, del estudio y producción de mapas, gráficos,
diagramas, fotografías, modelos, cuadros, símbolos matemáticos, etc. ¿Hasta qué punto son
adecuadas estas modalidades de pensamiento y estas concepciones frente al flujo de la
experiencia humana y los fuertes procesos de cambio social? En la otra cara de la moneda, ¿de
qué manera las especializaciones en general y las prácticas estéticas en particular pueden
representar el flujo y el cambio, sobre todo si estos últimos son considerados verdades esenciales
que deben ser transmitidas?
Hay mucho que aprender de la teoría estética acerca de cómo las diferentes formas de
especialización inhiben o facilitan los procesos de transformación social. Recíprocamente, hay
mucho que aprender de la teoría social en cuanto al flujo y la transformación con los que debe
enfrentarse la teoría estética. Es posible que, al poner en relación estas dos corrientes de
pensamiento, podamos entender mejor las formas en que el cambio económico-político plasma las
prácticas culturales.
Las prácticas materiales de las cuales surgen nuestros conceptos del espacio y el tiempo son tan
variadas como el espectro de experiencias individuales y colectivas. El desafío consiste en
colocarlas en un marco de interpretación global que pueda franquear el hiato entre el cambio
cultural y la dinámica de la economía política. El esquema de Hägerstrand describe con eficacia
cómo la vida cotidiana de los individuos se desenvuelve en el espacio y en el tiempo. Tomemos,
comparativamente, los enfoques socio-psicológicos y fenomenológicos del tiempo y el espacio que
han sido formulados por autores como De Certeau, Bachelard, Bourdieu y Foucault.
En la Primera parte, así como en la introducción a la Tercera parte, hemos señalado cómo el
modernismo a menudo coqueteó con la mitología. En este sentido, advertimos que las prácticas
espaciales y temporales pueden aparecer como el «mito realizado» convirtiéndose así en el
ingrediente ideológico esencial de la reproducción social. En el capitalismo, a causa de su
tendencia a la fragmentación y a lo efímero, la dificultad reside en encontrar, en medio de los
universales de la monetización, el mercado de valores y la circulación de capital, una mitología
estable, expresiva de sus valores y sentidos intrínsecos. Las prácticas sociales pueden invocar
ciertos mitos y dar lugar a ciertas representaciones espaciales y temporales como parte del
impulso destinado a implantar y reforzar su predominio sobre la sociedad. Pero lo hacen en forma
tan ecléctica y efímera que es difícil hablar del «mito realizado» en el capitalismo con la misma
certeza con que Bourdieu lo hace con relación a las cabilas. Esto no impide el despliegue de
poderosas mitologías (como en el caso del nazismo o el mito de la máquina), entendidas como
vigorosas provocaciones al cambio histórico y geográfico.
Si hubiera un lenguaje independiente (o semiótica) del tiempo o del espacio (o del espacio-tiempo),
en este punto podríamos razonablemente abandonar las preocupaciones sociales e indagar más
directamente en las propiedades de los lenguajes espacio-temporales como medias de
comunicación por sí mismos. Pero, en la medida en que un axioma fundamental de mi
investigación es que el tiempo y el espacio (o el lenguaje, en este caso) no pueden comprenderse
independientemente de una acción social, abordaré ahora la manera en que las relaciones de
poder están siempre implicadas en prácticas espaciales y temporales. Lo cual nos permitirá situar
estas tipologías y posibilidades más bien pasivas en el marco más dinámico de las concepciones
del materialismo histórico sobre la modernización capitalista
Debemos a la insistente voz de Henri Lefebvre la idea según la cual el dominio sobre el espacia
constituye una fuente fundamental y omnipresente del poder social sobre la vida cotidiana. Es
necesario entonces investigar más en profundidad cómo esa forma del poder social se articula con
el control sobre el tiempo, con el dinero y otras formas del poder social. En líneas generales, la
hipótesis que me dispongo a analizar es que, en las economías monetarias en general, y en la
sociedad capitalista en particular, el dominio simultáneo del tiempo y el espacio constituye un
elemento sustancial del poder social que no podemos permitirnos pasar por alto.
1. Primero, aquellos que definen las prácticas materiales, las formas y significados del
dinero, del tiempo o el espacio establecen ciertas reglas básicas del juego social. De
ese modo podemos evaluar mejor la afirmación de que algo vital le ha sucedido a
nuestra experiencia del espacio y del tiempo desde 1970, que ha dado lugar al giro
hacia el posmodernismo. Dentro de esta cuestión general, hay otra cuestión:
considerar cómo las prácticas y los «discursos» espaciales y temporales establecidos
«se agotan» y «alteran» en la acción social. Por ejemplo, ¿cómo es que la grilla de las
prácticas espaciales o la tipología del tiempo social adquieren un contenido de clase,
de género o algún otro contenido social en una situación histórica determinada? Las
reglas del sentido común que definen el «tiempo y lugar para todo» son utilizadas por
cierto para alcanzar y reproducir distribuciones específicas del poder social (entre
clases, entre mujeres y hombres, etc.). Sin embargo, esta cuestión no es
independiente de la primera. Las luchas de poder frustradas (por parte de las mujeres,
los trabajadores, los pueblos colonizados, las minorías étnicas, los inmigrantes, etc.)
dentro de un conjunto determinado de regias generan gran parte de la energía social
para cambiar esas regias.
2. Una segunda implicación, en algunos aspectos más difícil, es que las modificaciones
en las cualidades del espacio y el tiempo pueden surgir de las operaciones con fines
monetarios. Si el dinero no tiene un significado independiente del tiempo y el espacio,
siempre es posible obtener beneficios (u otras formas de ventajas) alterando los usos y
definiciones del tiempo y el espacio. Esta tesis puede analizarse de modo más
convincente en el contexto de la búsqueda de beneficios que ocurre dentro de la forma
estándar de circulación del capital. EI intercambio material de mercancías entraría
cambio de lugar y movimiento espacial. Cualquier sistema complejo de producción
supone organización espacial (aunque más no sea de personal o de oficinas). Superar
estos obstáculos espaciales lleva tiempo y dinero. Por lo tanto, la eficiencia en la
organización espacial y en el movimiento constituye un problema importante para todos
los capitalistas.
Ahora pueden extraerse una serie de conclusiones. Las prácticas espaciales y temporales nunca
son neutrales en las cuestiones sociales. Siempre expresan algún tipo de contenido de clase o
social y, en la mayor parte de los casos, constituyen el núcleo de intensas luchas sociales. Esto
puede verse claramente cuando se consideran las formas en que el espacio y el tiempo se vinculan
al dinero, y la manera en que esa conexión se hace cada vez más estricta con el desarrollo del
capitalismo. Ambos, el espacio y el tiempo, se definen a través de la organización de prácticas
sociales fundamentales para la producción de mercancías. Pero la fuerza dinámica de la
acumulación de capital (y de la hiper-acumulación), junto con las condiciones de la lucha social,
definen la inestabilidad de las relaciones. En consecuencia, nadie sabe muy bien qué podría ser
«el tiempo y el lugar adecuado para todo». Parte de la inseguridad que enloquece al capitalismo
como formación social surge de esta inestabilidad de los principios espaciales y temporales
alrededor de los cuales la vida social podría organizarse (para no decir ritualizarse al modo de las
sociedades tradicionales). Durante las fases de máxima transformación, los fundamentos
espaciales y temporales para la reproducción del orden social sufren la más severa
desorganización. En los capítulos siguientes trataré de mostrar que es precisamente en esos
momentos cuando se producen desplazamientos fundamentales en los sistemas de
representación, en las formas culturales y en las concepciones filosóficas.
En lo que viene a continuación, haré un uso frecuente del concepto de «compresión espacio-
temporal». Utilizo esta noción para referirme a los procesos que generan una revolución de tal
magnitud en las cualidades objetivas del espacio y el tiempo que nos obligan a modificar, a veces
de manera radical, nuestra representación del mundo. Empleo la palabra «compresión» porque, sin
duda, la historia del capitalismo se ha caracterizado por una aceleración en el ritmo de la vida, con
tal superación de barraras espaciales que el mundo a veces parece que se desploma sobre
nosotros.
En este capítulo trataré de analizar brevemente la larga transición que preparó el camino para la
reflexión sobre el espacio y el tiempo de la Ilustración. En los mundos relativamente aislados (y uso
el plural de manera premeditada) del feudalismo europeo, el lugar adquiría un significado legal,
político y social definido que ponía de manifiesto una relativa autonomía de las relaciones sociales
y de la comunidad dentro de confines territoriales no muy claramente determinados. Dentro de
cada mundo conocido, la organización espacial reflejaba una confusa superposición de
obligaciones y derechos económicos, políticos y legales.
Sin embargo, el Renacimiento asistió a una reconstrucción radical de las perspectivas del tiempo y
el espacio en el mundo Occidental. Desde un punto de vista etnocéntrico, los viajes de
descubrimiento dieron lugar a un asombroso flujo de conocimientos sobre un mundo más vasto
que, de una u otra forma, debía ser reconocido y representado. Mostraron que el globo era finito y
cognoscible en potencia. En una sociedad cada vez más consciente del lucro, el conocimiento
geográfico se convirtió en una valiosa mercancía, La acumulación de riqueza, de poder y capital se
vinculó a un conocimiento personalizado del espacio y un control individual sobre este. Por esa
misma razón, cada lugar se volvió vulnerable a la influencia directa de ese mundo más vasto a
través del comercio, la competencia intraterritorial, la acción militar, la circulación de nuevas
mercancías, de la moneda, etc. Pera en virtud del desarrollo gradual de los procesos que la
conformaron, la revolución en las concepciones sobre el espacio y el tiempo se desplegó
lentamente.
Si las experiencias espaciales y temporales son los vehículos fundamentales para la codificación y
reproducción de las relaciones sociales (como lo sugiere Bourdieu), un cambio en la forma en que
se representan las primeras generará, sin duda, algún tipo de transformación en las segundas.
Este principio explica en parte el apoyo que los mapas renacentistas de Inglaterra proporcionaron
al individualismo, al nacionalismo y a la democracia parlamentaria a expensas del privilegio
dinástico (véase la lámina 3.5).
Los mapas, despojados de todos los elementos de la fantasía y de la creencia religiosa, así como
de toda huella de las experiencias comprometidas en su producción, se habían convertido en
sistemas abstractos y estrictamente funcionales para el ordenamiento fáctico de los fenómenos en
el espacio. La ciencia del diseño de mapas, y las técnicas de medición catastrales, los convirtieron
en descripciones matemáticamente rigurosas. Ellos definían los derechos de propiedad de la tierra,
las fronteras territoriales, los dominios de la administración y del control social, las rutas de
comunicación, etc., con creciente precisión.
Sin embargo, me parece útil iluminar el camino para comprender la ruptura operada en las formas
de ver modernistas después de 1848 con una evaluación de las tensiones que caracterizaban a las
concepciones del espacio de la Ilustración. Los dilemas teóricos, prácticos y de representación
también resultan instructivos para interpretar el movimiento hacia el posmodernismo.
AI tratar como reales ciertas concepciones idealizadas del espacio y del tiempo, los pensadores de
la Ilustración corrieron el riesgo de confinar el libre flujo de la experiencia y la práctica humanas a
las configuraciones racionalizadas. Es en estos términos donde Foucault detecta el giro represivo
de las prácticas de la Ilustración con respecto a la vigilancia y el control. Esto permite entender la
crítica «posmodernista» a las «cualidades totalizantes» del pensamiento de la Ilustración y a la
«tiranías del perspectivismo. También ilumina un problema recurrente. Sí la vida social debe
planificarse y controlarse racionalmente a fin de promover la igualdad social y el bienestar para
todos, ¿cómo pueden planificarse y organizarse en forma eficiente la producción, el consumo y la
interacción social si no es a través de la incorporación de las abstracciones ideales del espacio y el
tiempo tal como surgen en el mapa, el cronómetro y el calendario? Más allá de esto, hay otro
problema. Si el perspectivismo, con todo su rigor matemático, construye el mundo desde un punto
de vista individual determinado, entonces, ¿a partir de qué perspectiva debe conformarse el paisaje
físico?
Se me permitirá seguir un poco más en esta línea de argumentación a fin de capturar el dilema
central de la definición de un marco espacial adecuado para la acción social. Por ejemplo, la
conquista y el control del espacio requieren, en primer lugar, que este sea concebido como algo
utilizable, maleable y, por lo tanto, susceptible de ser dominado a través de la acción humana. El
perspectivismo y el trazado matemático de los mapas lo consiguieron con una concepción
abstracta, homogénea y universal ·del espacio, un marco de pensamiento y acción que resultaba
estable y discernible.
Esto nos lleva al corazón de los dilemas de las políticas del espacio, en cualquier proyecto de
transformación de la sociedad. Por ejemplo, Lefebvre (1974, pág. 385) observa que una de las
formas en que puede alcanzarse la homogeneidad del espacio es a través de su total
«pulverización» y fragmentación en parcelas libremente enajenables de propiedad privada, que
puedan ser compradas y vendidas a voluntad en el mercado. Desde luego, esta fue la estrategia
que transformó tan radicalmente el paisaje británico a través de los movimientos de cercado del
siglo XVIII y principios del XIX, que presuponían la existencia de mapas trazados
sistemáticamente. Hay una permanente tensión, indica Lefebvre, entre la libre aprobación del
espacio para fines individuales y sociales, y el dominio del espacio por la propiedad privada, el
Estado y otras formas de poder social y de clase. De la propuesta de Lefebvre podemos extraer
cinco dilemas explícitos:
Este punto tiene una importancia capaz de soportar la generalización. No sólo hace falta que la
producción de un espacio específico, fijo e inmóvil se proponga la «aniquilación del espacio a
través del tiempo», sino que hacen falta inversiones de largo plazo con tiempos de rotación lentos
(plantas automatizadas, robots, etc.) para acelerar el tiempo de rotación de la masa de capitales.
Los pensadores de la Ilustración aspiraban a una sociedad mejor. Debían, pues, tener en cuenta el
orden racional del espacio y el tiempo como prerrequisitos para la construcción de una sociedad
que garantizara las libertades individuales y el bienestar humano. EI proyecto significaba la
reconfiguración de los espacios de poder en términos radicalmente nuevos, pero era imposible
especificar exactamente cuáles podían ser esos términos. EI Estado, las ide as comunitarias e
individualistas se asociaban a diferentes paisajes espaciales, así como el dominio diferenciado
sobre el tiempo planteaba problemas cruciales referidos a las relaciones de clase, los derechos a
los frutos del trabajo y la acumulación del capital. Sin embargo, todos los proyectos de la Ilustración
compartían un sentido común relativamente unificado sobre el tiempo y el espacio, y conocían la
importancia de su ordenamiento racional.
La depresión que asoló a Gran Bretaña en 1846-1847 y que rápidamente se extendió a todo el
mundo capitalista puede ser considerada como la primera crisis clara de la hiper-acumulación
capitalista. Debilitó la confianza de la burguesía y afectó profundamente su concepción de la
historia y de la geografía.
No obstante, la tesis que me propongo examinar aquí es que la crisis de 1847-1848 generó una
crisis de representación, y que esta, por su parte, fue el efecto de un reajuste esencial de las
nociones del tiempo y el espacio en la vida económica, política y cultural.
EI espacio europeo se unificaba cada vez más, precisamente, a causa del internacionalismo del
poder del dinero. La de 1847-1848 fue una crisis monetaria y financiera que impugna seriamente
las ideas recibidas en cuanto al significado y al rol del dinero en la vida social. Hacía mucho que
era evidente la tensión entre las funciones del dinero como medida y reserva de valor, y el dinero
como lubricante del intercambio y la inversión.
En definitiva, fue sólo después de 1850 cuando los mercados de valores y de capital (mercados
para el «capital ficticio») se organizaron sistemáticamente y se abrieron a la participación general,
regulados por pautas legales de incorporación y contratos de mercado.
Estas investigaciones de las nuevas formas culturales ocurrían en un contexto económico y político
que, en muchos aspectos, desmentía aquel del colapso económico y el levantamiento
revolucionario de 1848. Aun cuando, por ejemplo, la especulación excesiva en la construcción
ferroviaria desencadenó la primera crisis europea de hiper-acumulación, la resolución de esa crisis
después de 1850 dependía fundamentalmente de nuevas exploraciones vinculadas al
desplazamiento temporal y espacial. Los nuevos sistemas de crédito y de formas de organización
societarias y de distribución (los grandes almacenes) junto con las innovaciones técnicas y
organizativas de la producción (mayor fragmentación, especialización y re-capacitación en la
división del trabajo, por ejemplo) contribuyeron a acelerar la circulación del capital en los mercados
masivos.
Después de 1850, la vasta expansión del comercio exterior y de la inversión puso a las grandes
potencias capitalistas en la vía del globalismo, pero lo hizo a través de la conquista imperial y la
rivalidad inter-imperialista que llegaría a su apogeo en la Primera Guerra Mundial: la primera guerra
global. En el camino, los espacios del mundo fueron des territorializados, despojados de sus
significaciones anteriores y luego re-territorializados según la conveniencia de la administración
colonial e imperial. No sólo se revolucionó el espacio relativo a través de las innovaciones en el
transporte y las comunicaciones, sino que el contenido del espacio también fue fundamentalmente
reordenado.
Más aun, dado el flujo de la información y las nuevas técnicas de representación, bastaba un
vistazo a los diarios matutinos para registrar toda una serie de aventuras y conflictos imperiales
simultáneos.
Tan logrado fue este proyecto de dominar el espacio y de volver a encender el crecimiento
capitalista que, en la década de 1870, el economista Alfred Marshall pudo afirmar que la influencia
del tiempo es «más fundamental que la del espacio» en la vida económica (consolidaba así el
privilegio del tiempo por encima del espacio en la teoría social, que ya hemos señalado). Sin
embargo, esta transformación también deterioró la lógica y el significado de la ficción y la pintura
realistas.
La segunda gran ola de innovación modernista en el ámbito estético comenzó en media de esta
fase de rápida compresión espaciotemporal. ¿Hasta qué punto puede interpretarse entonces el
modernismo como una respuesta a una crisis en la experiencia del espacio y el tiempo? EI estudio
de Kern (1983), The culture of time and space, 1880-1918, hace verosímil esa suposición. Kern
acepta que «el teléfono, el telégrafo sin hilos, los rayos X, el cine, la bicicleta, el automóvil y el
aeroplano instauraron los fundamentos materiales» para los nuevos modos de pensar y
experimentar el tiempo y el espacio. Kern se empeña en sostener la independencia de los
desarrollos culturales, pera sostiene que «la interpretación de fenómenos como la estructura de
clases, la diplomacia y las tácticas de la guerra en función de las modalidades del tiempo y el
espacio permite demostrar su similitud esencial con consideraciones explícitas del tiempo y el
espacio en la literatura, la filosofía, la ciencia y el arte» (págs. 1-5).
Este aspecto del modernismo que acentuaba los lazos entre el lugar y un sentir social de identidad
personal y comunitaria suponía, hasta cierto punto, la estetización de las políticas locales,
regionales o nacionales. En consecuencia, las lealtades al lugar son prioritarias respecto de las
lealtades a la clase, lo que especializa la acción política. Al final del proceso yace la restauración
de la noción hegeliana del Estado y la resurrección de la geopolítica.
Por lo tanto, es una paradoja fácilmente comprensible que en una época en que la aniquilación del
espacio por el tiempo avanzaba a un ritmo furioso, la geopolítica y la estetización de la política
hayan renacido con tanto vigor.
Mientras que el modernismo siempre defendió ostensiblemente los valores del internacionalismo y
el universalismo, nunca pudo saldar sus cuentas con el parroquialismo y el nacionalismo. O bien se
definía en oposición a estas fuerzas demasiado familiares (fuertemente identificadas con las
llamadas «clases medias», aunque en absoluto de manera exclusiva con ellas) o bien tomaba el
camino elitista y etnocéntrico, jactándose de que París, Berlín, Nueva York, Londres, o el lugar que
fuere, eran en realidad la fuente intelectual de todo el saber vinculado a la representación y la
estética.
La oposición entre Ser y Devenir resulta central en la historia del modernismo. Esa oposición se
debe considerar en términos políticos como una tensión entre el sentido del tiempo y la
concentración en el espacio. Después de 1848, el modernismo como movimiento cultural luchó con
esa oposición, a menudo en forma creativa. La lucha se distorsionó, en muchos aspectos, a causa
del apabullante poder del dinero, el beneficio, la acumulación del capital y el poder estatal como
marcos de referencia dentro de los cuales se desarrollaban todas las formas de la práctica cultural.
Aun en las condiciones de una rebelión de clases extendida, la dialéctica del Ser y del Devenir ha
planteado problemas al parecer inabordables. Sobre todo, los cambiantes significados del espacio
y el tiempo que el capitalismo produjo han impuesto reevaluaciones constantes en las
representaciones del mundo en la vida cultural. Sólo en una era de especulación sobre el futuro y
de formación de capital ficticio pudo adquirir sentido el concepto de vanguardia (tanto artística
como política), La transformación en la experiencia del espacio y el tiempo tuvo mucho que ver con
el nacimiento del modernismo y sus confusos recorridos de un lado a otro de la relación espacio-
temporal. Si es realmente así, vale la pena analizar la proposición según la cual el posmodernismo
es un tipo de respuesta a un nuevo conjunto de experiencias sobre el espacio y el tiempo, un
nuevo giro en la «compresión espacio-temporal».
¿De qué modo han cambiado los usos y significados del espacio y el tiempo con la transición del
fordismo a la acumulación flexible? Mi idea es que en estas dos últimas décadas hemos
experimentado una intensa fase de compresión espacio-temporal, que ha generado un impacto
desorientador y sorpresivo en las prácticas económico-políticas, en el equilibrio del poder de clase,
así como en la vida cultural y social. Si bien las analogías históricas siempre resultan peligrosas,
creo que no es casual que la sensibilidad posmoderna manifieste fuertes simpatías hacia algunos
de los movimientos confusamente políticos, culturales y filosóficos que surgieron a comienzos de
este siglo (en Viena, por ejemplo), cuando la compresión espacio-temporal era también muy
exacerbada. Además, advierto el renovado interés por la teoría geopolítica a partir de 1970
aproximadamente, por la estética del lugar, así como un renacimiento de la voluntad (hasta en la
teoría social) de someter el problema de la espacialidad a una reconsideración general (véanse,
por ejemplo, Gregory y Urry, 1985, y Soja, 1988).
De las muchas innovaciones en el ámbito del consumo, dos tienen especial importancia.
Entre las innumerables consecuencias que surgieron de esta aceleración general en los tiempos de
rotación del capital, me concentraré en aquellas que tuvieron una influencia particular en las formas
posmodernas de pensar, sentir y actuar.
Desde luego, los símbolos de riqueza, status, prestigio y poder, así como de clase fueron
importantes en la sociedad burguesa, pero es posible que nunca lo hayan sido tanto como ahora.
La opulencia material creciente generada durante el boom fordista de posguerra planteó el
problema de convertir los mayores ingresos en una demanda efectiva que diera satisfacción a las
crecientes aspiraciones de la juventud, las mujeres y los trabajadores. La capacidad para producir
más o menos a voluntad imágenes como mercancías da lugar a que la acumulación proceda, por
lo menos en parte, sobre la base de la pura producción y comercialización de la imagen. Es así
como el carácter efímero de esas imágenes se puede interpretar en parte como una lucha de los
grupos oprimidos de cualquier índole por establecer su propia identidad (con arreglo a la cultura de
la calle, los estilos musícales, los usos y las modas que ellos mismos construyen) y convertir
rápidamente esas innovaciones en ventajas comerciales (Carnaby Street a fines de la década de
1960 demostró ser una excelente pionera).
Baudrillard (1986), que no le teme a la exageración, considera a los Estados Unidos como una
sociedad que, con su devoción por la velocidad, el movimiento, las imágenes cinematográficas y
los arreglos tecnológicos, ha podido generar una crisis de la lógica explicativa. Representa,
sugiere, «el triunfo del efecto sobre la causa, de la instantaneidad sobre el tiempo como
profundidad, el triunfo de la superficie y de la pura objetualización sobre la profundidad del deseo».
Por supuesto, este es el tipo de contexto en el que el deconstruccionismo puede florecer.
Nos aproximamos así a la paradoja central: cuanto menos importantes son las barreras espaciales,
mayor es la sensibilidad del capital a las variaciones del lugar dentro del espacio, y mayor el
incentivo para que los lugares se diferencien a fin de hacerse atractivos para el capital. El resultado
ha sido producir una fragmentación, una inseguridad y un desarrollo desigual efímero en un
espacio económico global altamente unificado de flujos de capital. La tensión histórica dentro del
capitalismo entre la centralización y la descentralización ahora es abordada en nuevas formas.
Los dos filmes que analizaré son Blade Runner y Himmel über Berlin (llamada Wings of Desire [Las
alas del deseo] en inglés).
Ambos filmes ejemplifican muchas de las características del posmodernismo, y además se ocupan
especialmente de la conceptualización y los significados del tiempo y el espacio.
Las respuestas estéticas a las condiciones de la compresión espacio-temporal son y han sido
importantes desde que la separación entre el conocimiento científico y el juicio moral, producida en
el siglo XVIII, les aseguró un rol distintivo. La confianza de una época puede evaluarse por la
dimensión de la brecha entre la argumentación científica y la moral. En épocas de confusión e
incertidumbre, el recurso a la estética (cualquiera que sea su forma) se vuelve más pronunciado. Si
las fases de la compresión espacio-temporal son violentas, podemos suponer que el recurso a la
estética y a las fuerzas de la cultura como explicaciones y loci de luchas activas será
particularmente agudo en esos momentos. En tanto las crisis de hiper-acumulación dan lugar a la
búsqueda de soluciones espaciales y temporales que a su vez crean un sentir abrumador de
compresión espacio-temporal, también podemos advertir la aparición de fuertes movimientos
estéticos tras las crisis de hiper-acumulación.
Sin embargo, el esquema que he propuesto aquí sugiere que los desplazamientos de este tipo no
son en absoluto nuevos, y que la versión más reciente de esto puede entenderse sin duda a partir
del análisis materialista-histórico, y que hasta puede teorizarse por medio del meta-relato del
desarrollo capitalista propuesto por Marx. En suma, el posmodernismo puede ser considerado
como una condición histórico-geográfica determinada. Pero, ¿de qué clase de condición se trata y
qué deberíamos hacer con ella? ¿Es patológica o augura una revolución más profunda y más
amplia en los asuntos humanos que las revoluciones ya forjadas en la geografía histórica del
capitalismo? En esta conclusión esbozo algunas posibles respuestas a estos interrogantes.
«Economía vudú» y «economía con espejos», dijeron George Bush y John Anderson
respectivamente, refiriéndose al programa económico de Ronald Reagan para revivir una
economía debilitada en las campanas por las elecciones primaria y presidencial de 1980. Un dibujo
en la parte de atrás de una servilleta, trazado por un economista poco conocido llamado Laffer, se
proponía mostrar que los recortes en los impuestos traerían necesariamente un aumento en la
recaudación impositiva (por lo menos hasta un cierto punto) porque estimulaban el crecimiento y,
por lo tanto, aumentaban la base impositiva. Así se justificaría la política económica de Reagan,
una política que sin duda obró maravillas, aunque llevó a los Estados Unidos al borde de la
bancarrota internacional y la ruina fiscal.
La elección de un ex actor de cine, Ronald Reagan, para uno de los puestos más poderosos del
mundo dio un nuevo lustre a las posibilidades de una política mediatizada formada sólo por
imágenes. Su imagen —cultivada durante muchos años de práctica política y luego
cuidadosamente montada, elaborada y orquestada con todos los artificios de la producción de
imágenes actual— de una persona tosca pero cálida, familiar y bien intencionada con una fe
inquebrantable en la grandeza y bondad de América, le construyó un aura de política carismática.
Una de las condiciones principales de la posmodernidad es que nadie puede ni debe discutiría
como una condición histórico-geográfica. Desde luego, nunca es fácil formular un juicio crítico
sobre una condición que está tan abrumadoramente presente. Los términos del debate, de la
descripción y la representación a menudo están tan circunscriptos que no parece haber posibilidad
alguna de escapar a evaluaciones que sean algo más que autorreferenciales. Por ejemplo, en la
actualidad suele descartarse por completo cualquier sugerencia acerca del carácter determinante
de la «economía» (por vaga que sea la acepción del término) en la vida cultural, aun (como lo
afirmaron Engels y después Althusser) «en última instancia», Lo curioso acerca de la producción
cultural posmoderna es que la pura búsqueda de ganancias es determinante en primera instancia.
EI posmodernismo ha madurado en medio de este clima de la economía vudú, de la construcción y
despliegue de la imagen política, y de una nueva formación de clases sociales. Debiera ser
evidente entonces que hay cierta conexión entre este estallido posmodernista, la construcción de la
imagen de Ronald Reagan, el intento dirigido a deconstruir las instituciones tradicionales del poder
obrero (los sindicatos y los partidos políticos de la izquierda), y el enmascaramiento de los efectos
sociales de la política económica del privilegio.
22. El modernismo fordista versus el posmodernismo flexible, o la interpenetración de
tendencias opuestas en el capitalismo en su conjunto
Aunque el collage haya sido utilizado en primer lugar por los modernistas, se trata de una técnica
de la que los posmodernistas se han apropiado en gran medida. La yuxtaposición de elementos
diversos y aparentemente incongruentes puede ser entretenida y a veces instructiva.
Suele pensarse que la vida cultural está más bien al margen de esta lógica capitalista. Se dice que
la gente hace su propia historia en estos ámbitos, en formas específicas e impredecibles, según
SUB valores y aspiraciones, sus tradiciones y normas. La determinación económica no viene al
caso, ni siquiera en su famosa última instancia. Pienso que este argumento es erróneo en dos
sentidos.
1. Primero, en principio, no veo ninguna diferencia entre el vasto espectro de, actividades
especulativas e igualmente impredecibles asumidas por empresarias (nuevos productos,
nuevas estratagemas de marketing, nuevas tecnologías, nuevas localizaciones, etc.) y el
desarrollo igualmente especulativo de los valores e instituciones culturales, políticos,
legales e ideológicos en el capitalismo.
2. Segundo, si bien es posible que el desarrollo especulativo de estos últimos dominios no se
refuerce ni se descarte con arreglo a las racionalizaciones post hoc de la obtención de
beneficios, la rentabilidad (en cualquiera de sus sentidos, amplio o reducido, de generar y
adquirir nuevas riquezas) siempre ha estado involucrada en estas actividades y, con el
correr del tiempo, la fuerza de esta conexión no ha disminuido, sino que se ha
acrecentado. Precisamente porque el capitalismo es expansivo e imperialista, cada vez
más áreas de la vida cultural se incluyen en la lógica de circulación del capital y del dinero.
En realidad, esto ha dado lugar a numerosas reacciones que van desde la cólera y la
resistencia hasta la sumisión y la valoración (y no hay nada predecible en ninguno de los
dos casos). Pero la ampliación y profundización de las relaciones capitalistas con el tiempo
es, sin duda, uno de los hechos más singulares e incontestables de la geografía histórica
reciente.
EI rol creciente de las masas en la vida cultural ha tenido consecuencias positivas y negativas.
Benjamín le temía al deseo de estas de acercar las cosas en el plano espacial y humano, porque
este procedimiento, inevitablemente, llevaba a la transitoriedad y a la reproductibilidad como
marcas de un sistema de producción cultural que hasta el momento había explorado la singularidad
y la permanencia. La facilidad con la que el fascismo hizo uso de ello fue una señal de que la
democratización de la cultura obrera no era necesariamente una bendición. Sin embargo, en
realidad, el problema aquí es el análisis de la producción cultural y de la formación de los juicios
estéticos a través de un sistema organizado de producción y de consumo mediado por complejas
divisiones del trabajo, prácticas promocionales y disposiciones de marketing. Y en la actualidad,
todo el sistema está dominado por la circulación del capital (en su mayor parte de tipo
multinacional). Eu tanto sistema de producción, marketing y consumo, presenta muchas
peculiaridades con relación a la forma en que asume su proceso de trabajo y el tipo de nexo entre
producción y consumo. Una cosa no puede decirse, y es que la circulación del capital esté ausente
y que los agentes que operan en el sistema no sean conscientes de las leyes y regias de la
acumulación capitalista. Y sin duda no está organizado y controlado democráticamente, aun
cuando los consumidores estén en extremo dispersos y tengan algo que decir sobre lo que se
produce y sobre los valores estéticos que se transmiten. No es este el lugar para iniciar una
discusión extensa sobre las diversas formas de organización de este sector de la actividad
económica, o sobre cómo se entrelazan las tendencias estéticas y culturales en el tejido de la vida
diaria. Estas cuestiones han sido profundamente investigadas por otros (Raymond Williams ha
elaborado una cantidad de propuestas fundamentales). Pero hay dos temas importantes que
interesan de manera directa a la condición de la posmodernidad en su conjunto:
1. En primer lugar, las relaciones de clase que predominan dentro de este sistema de
producción y de consumo son peculiares. Lo que se pone de relieve en este caso es el
puro poder del dinero como medio de dominación, y no ya el control directo sobre los
medios de producción y el trabajo asalariado en el sentido clásico. Uno de los efectos
laterales ha sido la reaparición de un conjunto de intereses teóricos sobre la naturaleza del
poder del dinero (como opuesta a la clase) y las asimetrías que surgen de allí (véase el
extraordinario tratado de Simmel, La filosofía del dinero).
2. Segundo, el desarrollo de la producción cultural y el marketing, a escala global, ha sido un
agente esencial de la compresión espacio-temporal, en parte porque proyecta un musée
imaginaire, un club de jazz, o una sala de conciertos en el living de la casa de todos, pero
también por un conjunto de otras razones.
Lo curioso es el carácter radical que parecen tener algunas de estas distintas respuestas y la
dificultad de abordarías que ha tenido la izquierda, entendida como opuesta a la derecha
Pero hubo algunas consecuencias no buscadas de esta línea de acción. El impulso hacia la política
cultural se relacionaba mejor con el anarquismo y con las fuerzas libertarias que con el marxismo
tradicional, y enfrentó a la Nueva Izquierda con las actitudes e instituciones de la clase obrera
tradicional. La Nueva Izquierda adhirió a los nuevos movimientos sociales que eran precisamente
los agentes de la fragmentación de la vieja política de izquierda.
Las implicaciones del cuestionamiento al marxismo «ortodoxo» (tanto para los escritores alineados
en la tradición de Fanon o Simone de Beauvoir como para los deconstruccionistas) eran a la vez
necesarias y positivas.
Hacía falta una dinámica adecuada y no una concepción estática de la teoría y del materialismo
histórico para captar la significación de estos desplazamientos. De las áreas de mayor desarrollo,
yo enumeraría cuatro
Las resquebrajaduras en el espejo pueden no ser muy grandes, y no ser demasiado impactantes
las fusiones en los bordes, pero que todas estén allí sugiere que la condición de la posmodernidad
está sufriendo una sutil evolución, y quizá llegando a un punto de auto-disolución para convertirse
en algo diferente. Pero ¿en qué? No pueden darse respuestas que no tengan en cuenta las fuerzas
económico-políticas que en la actualidad transforman el mundo del trabajo, las finanzas, el
desarrollo geográfico desigual y cuestiones semejantes. Las líneas de tensión son suficientemente
claras. La geopolítica y el nacionalismo económico, el localismo y las políticas regionales están
luchando con un nuevo internacionalismo en formas sumamente contradictorias.
Detrás de eso, hay una renovación del materialismo histórico y del proyecto de la Ilustración. A
través del primero, podemos empezar a comprender la posmodernidad como una condición
histórico-geográfica. Sobre esa base critica se hace posible lanzar un contraataque de lo narrativo
a la imagen, de la ética a la estética, de un proyecto del Devenir y no del Ser, y buscar la unidad
dentro de la diferencia, aunque en un contexto donde el poder de la imagen y de la estética, los
problemas de la compresión espacio-temporal y la significación de la geopolítica y de la otredad
sean claramente comprendidos.
Hay quienes preferirían una vuelta al clasicismo y otros que intentan seguir el camino de los
modernos. Desde el punto de vista de estas últimos, toda edad logra «la plenitud de su tiempo, no
a través del ser sino a través del devenir», No podría estar más de acuerdo.
La condición de la posmodernidad, David Harvey (Resumen de internet: jsantaren)
La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural (publicado en 1990 y
editado en España en 1998, aunque la edición que leemos es de 1990, traducción de Martha Eguía) es la
exploración que hizo el geógrafo David Harvey sobre un cambio cultural por entonces muy en boga: la
aparición y auge del posmodernismo. Nacido alrededor de los años sesenta o setenta (Harvey lo fecha en
1972), pronto «se conectó con el post-estructuralismo, con el post-industrialismo y con todo un arsenal de
otras «nuevas ideas», aunque nadie era capaz de definirlo con exactitud. Sin embargo, Harvey abordó su
estudio «no tanto como un conjunto de ideas, sino como una condición histórica que debía ser dilucidada».
Para ello, el libro empieza con una primera parte que indaga en el paso (si es que se ha dado) de la
modernidad a la posmodernidad. Tratando de buscar si se trata sólo de un cambio de la visión cultural o de un
verdadero cambio social, en la segunda parte bucea en el paso del fordismo a lo que acabará llamando la
acumulación flexible, la nueva forma que adopta el capital a finales del siglo XX. La tercera parte se centra en
el cambio de concepción tanto del tiempo como del espacio surgido a raíz de esta nueva configuración
capitalista y la cuarta, finalmente, aborda de nuevo el posmodernismo tras todo este trayecto.
¿Qué es el posmodernismo? Harvey empieza el libro refiriéndose a la descripción que hace la novela Soft
city, publicada por Jonathan Raban en 1974, de la ciudad de Londres. Desde un punto de vista de descripción
personal, casi autobiográfica, Raban presenta la ciudad como un laberinto o un panal, lleno de espacios
inconexos cuya única relación posible es habitar la misma ciudad. Sin entrar en críticas sobre la novela,
Harvey la usa como evidencia de que se está dando un cambio cultural.
Los redactores de la revista de arquitectura PRECIS son algo más concretos en 1987: si el modernismo era
«positivista, tecnocéntrico y racionalista», «identificado con la creencia en el progreso lineal, las verdades
absolutas, la planificación racional de regímenes sociales ideales y la uniformización del conocimiento y la
producción», el posmodernismo privilegia «la heterogeneidad y la diferencia como fuerzas liberadoras en la
redefinición del discurso cultural». Eagleton es más preciso, hablando de «la muerte de los meta-relatos cuya
función secretamente terrorista era fundar y legitimar la ilusión de una historia humana «universal»»; oímos
ecos de Foucault y de Lyotard en estas palabras.
Y Harvey da el paso lógico para entender la posmodernidad: acudir a la modernidad, nada menos que al Todo
lo sólido se desvanece en el aire de Berman que leímos hace nada. Berman describía la modernidad como una
vorágine, el sentimiento de que el mundo no deja de cambiar, pero, aun así, uno decide vivir en él, aceptar el
cambio y tratar de llegar el mejor lugar posible. Se habla de «lo efímero, lo fragmentario y lo contingente»;
Harvey comenta también que, si la modernidad es cambio constante, «si la historia tiene algún sentido, ese
sentido debe descubrirse y definirse dentro del torbellino del cambio, un torbellino que afecta tanto los
términos de la discusión como el objeto acerca del cual se discute» (p. 27), algo que ya adelantó Berman en
referencia a las esperanzas de Marx de que la dictadura del proletariado fuese un estado final.
El pensamiento de la Ilustración (y recurro aquí al trabajo de Cassirer de 1951) abrazaba la idea del progreso
y buscaba activamente esa ruptura con la historia y la tradición que propone la modernidad. (…) además, en
nombre del progreso humano, alababa la creatividad humana, el descubrimiento científico y la búsqueda de
excelencia individual, los pensadores de la Ilustración dieron buena acogida al torbellino del cambio y
consideraron que lo efímero, lo huidizo y lo fragmentario eran una condición necesaria a través de la cual
podría realizarse el proyecto modernizante. Proliferaron las doctrinas de la igualdad, la libertad y la fe en la
inteligencia humana (una vez garantizados los beneficios de la educación) y en la razón universal. (…) Esta
concepción era increíblemente optimista. Los escritores como Condorcet, señala Habermas (1983, pág. 9),
están imbuidos «de la extravagante expectativa de que las artes y las ciencias promoverían no sólo el control
de las fuerzas naturales, sino también la comprensión del mundo y la persona, el progreso moral, la justicia de
las instituciones y hasta la felicidad de los seres humanos».
En efecto, el siglo XX —con sus campos de concentración, escuadrones de la muerte, militarismo, dos
guerras mundiales, amenaza de exterminio nuclear y la experiencia de Hiroshima y Nagasaki– ha aniquilado
este optimismo. Peor aún, existe la sospecha de que el proyecto de la Ilustración estaba condenado a volverse
contra sí mismo, transformando así la lucha por la emancipación del hombre en un sistema de opresión
universal en nombre de la liberación de la humanidad. Esta era la desafiante tesis de Horkheimer y Adorno en
su Dialéctica de la Ilustración. (p. 28)
«Al proyecto de la Ilustración nunca le han faltado críticos», señala Harvey. Burke, Malthus, De Sade; pero
los dos grandes nombres de principios de siglo son Weber y Nietzsche. Para el primero (en palabras de
Bernstein), «una vez desenmascarado el legado de la Ilustración, resulta ser el triunfo de (…) la racionalidad
instrumental con arreglo a fines», cuyo crecimiento «no conduce a la realización concreta de la libertad
universal sino a la creación de una «jaula de hierro» de racionalidad burocrática de la cual no es posible
escapar» (p. 31). Nietzsche, desde el lado opuesto, quiso demostrar que «lo moderno no era otra cosa que una
energía vital, la voluntad de vida y de poderío, que nadaba en un mar de desorden, anarquía, destrucción,
alienación individual y desesperación» (p. 31), y para ello usó la figura de Dionisos, que era a la vez
«destructivamente creativa» (es decir, «dar forma al mundo temporal de la individuación y el devenir») y
«creativamente destructiva» («aniquilar el universo ilusorio de la individuación»). «El único camino de
afirmación de la persona era el de actuar, manifestar el deseo en este torbellino de creación destructiva y
destrucción creativa, aunque el resultado estuviera condenado a ser trágico.
La figura clásica que representa lo anterior es, como ya adelantaron Lukács y Berman, el Fausto de Goethe,
que quiere modernizar el mundo (en parte, para que los hombres puedan ser libres y felices) y acaba
asesinando a la pareja de ancianos que se oponen a dicho cambio.
Hacia comienzos del siglo XX, y en particular después de la intervención de Nietzsche, ya no era posible
asignar a la razón de la Ilustración un estatuto privilegiado en la definición de la esencia eterna e inmutable de
la naturaleza humana. Así como Nietzsche había abierto el camino para colocar a la estética por encima de la
ciencia, la racionalidad y la política, la exploración de la experiencia estética —«más allá del bien y del
mal»— se convirtió en un medio poderoso para instaurar una nueva mitología acerca de lo que sería lo eterno
y lo inmutable en medio de lo efímero, de la fragmentación y del caos patente de la vida moderna. Esto otorgó
un nuevo papel y un nuevo ímpetu al modernismo cultural. (p. 34)
El papel de la estética (recordemos la Crítica del Juicio de Kant, donde «el juicio estético constituía un nexo
necesario, aunque problemático» entre la razón práctica (juicio moral) y el entendimiento (conocimiento
científico) dio una posición especial a artistas, escritores, poetas, filósofos… dentro del proyecto modernista.
De ahí todos los movimientos y las vanguardias de principios de siglo que trataban, a la vez, de buscar una
voz propia y de mostrar lo que de artificio tenían las artes, convirtiéndolas «en una construcción
autorreferencial más que en un espejo de la sociedad». Joyce, Proust, Mallarmé, Aragon, Manet, Pisarro,
Pollock. «Pero si la palabra era sin duda huidiza, efímera y caótica, por esa misma razón el artista debía
representar lo eterno mediante un efecto instantáneo, apelando a las técnicas del shock y a la violación de
continuidades esperadas, condición vital para transmitir el mensaje que el artista se propone comunicar» (p.
36). Todo esto, además, con el trasfondo de la mercantilización del arte y la necesidad de los artistas por
«vender su arte», es decir, conseguir mantenerse a base de sus ventas o patrocinios.
Por lo tanto, es importante tener en cuenta que el modernismo que apareció antes de la Primera Guerra
Mundial fue más una reacción a las nuevas condiciones de producción (la máquina, la fábrica, la
urbanización), circulación (los nuevos sistemas de transporte y comunicaciones) y consumo (el auge de los
mercados masivos, la publicidad y la moda masiva) que un pionero en la producción de esos cambios. (p. 39)
Por otro lado, las raíces de este arte modernista eran claramente urbanas. Simmel, en «Las metrópolis y la
vida del espíritu», ya había adelantado que, en las aglomeraciones que se estaban formando, el grado de
libertad era mucho más alto, pero a costa de «dar a los otros un trato objetivo e instrumental» basado en el
cálculo monetario y en la función que cada cual desarrolla, más que la persona que es.
Hay un fuerte hilo conductor que va de la remodelación de París por Haussmann en la década de 1860,
pasando por las propuestas de la «ciudad-jardín» de Ebenezer Howard (1898), Daniel Burnham (la «Ciudad
Blanca» construida para la Feria Mundial de Chicago de 1893 y el Plan Regional de Chicago de 1907),
Garnier (la ciudad industrial lineal, de 1903), Camillo Sitte y Otto Wagner (con proyectos muy diferentes para
la transformación de la Viena de fin de siécle). Le Corbusier (La ciudad del mañana y la propuesta del Plan
Voisin para París de 1924), Frank Lloyd Wright (el proyecto Broadacre de 1935) a los esfuerzos de
renovación urbana en gran escala iniciados en las décadas de 1950 y 1960 e inspirados en el espíritu del alto
modernismo. La ciudad, observa De Certeau (1984, pág. 95) «es simultáneamente la maquinaria y el héroe de
la modernidad». (p. 41)
Otros embates sacudieron la idea del progreso unívoco de la modernidad. Los nuevos lenguajes artísticos
estaban evidenciando una multiplicidad de voces, pero también hubo frentes en las ciencias sociales («la
teoría estructuralista del lenguaje de Saussure, según la cual el significado de las palabras depende de su
relación con otras palabras y no tanto de su referencia a los objetos»), las teorías de Einstein o el principio de
incertidumbre de Heisenberg, además de la primera cadena de montaje de Ford en 1913 o las búsquedas del
erotismo y el inconsciente de Klimt o Freud. «La comprensión debía construirse a través de la exploración de
múltiples perspectivas. En definitiva, el modernismo adoptó el relativismo y la múltiple perspectiva como la
epistemología que daría a conocer aquello que aún se consideraba como la verdadera naturaleza de una
realidad unificada pero compleja.» (p. 46)
Si el modernismo de los años de entreguerras fue «heroico», aunque signado por el desastre, el modernismo
«universal» o «alto» que ejerció su hegemonía después de 1945 exhibió una relación mucho más confortable
con los centros de poder dominantes de la sociedad. Sospecho que, en cierta forma, la pugna por encontrar un
mito apropiado se apaciguó cuando el sistema de poder internacional –organizado, como veremos en la
Segunda parte, según las líneas fordistas-keynesianas bajo el ojo vigilante de la hegemonía norteamericana–
adquirió relativa estabilidad. El arte, la arquitectura, la literatura del alto modernismo, se convirtieron en artes
y prácticas de establishment, en una sociedad donde predominaba, en los planos político y económico, la
versión capitalista corporativa del proyecto de desarrollo de la Ilustración para el progreso y la emancipación
humana. (p. 52)
La arquitectura glosaba el poder y el capital, creando al mismo tiempo viviendas alienadas para la clase
obrera; las obras de las vanguardias, que surgieron como un revulsivo para su época y como un desafío,
fueron canonizadas e instauradas en las universidades como parte del cánon. En Estados Unidos triunfó el
expresionismo abstracto, un arte carente de crítica o significado, anclado en una estética vana y respaldado
por el establishment y el capital, deseoso de usar la cultura para validarse.
La despolitización del modernismo introducida por el auge del expresionismo abstracto presagiaba,
curiosamente, su captación por el establishment político y cultural como arma ideológica en la guerra fría. El
arte estaba demasiado marcado por la alienación y la ansiedad, y expresaba demasiado la violenta
fragmentación y la destrucción creadora (todo lo cual era sin duda apropiado a la era nuclear) como para que
se lo utilizara en calidad de ejemplo maravilloso del compromiso de los Estados Unidos con la libertad de
expresión, el individualismo rudo y la libertad creadora. La represión maccartista imperante carecía de
importancia porque las telas atrevidas de Pollock demostraban que los Estados Unidos eran el bastión de los
ideales liberales en un mundo amenazado por el totalitarismo comunista. (…) En la práctica, esta apelación al
mito daba lugar a una veloz transición «del nacionalismo al internacionalismo y luego del internacionalismo
al universalismo». Pero para que se distinguiera del modernismo existente en otras partes (sobre todo en
París), debía forjarse una «nueva estética viable» con materia prima específicamente norteamericana. Lo
específicamente norteamericano debía celebrarse como la esencia de la cultura occidental. Y eso ocurría con
el expresionismo abstracto, el liberalismo, la Coca-Cola y los Chevrolets, y con las casas suburbanas repletas
de bienes de consumo. (p. 54)
Era como si las pretensiones universales de la modernidad, combinadas con el capitalismo liberal y el
imperialismo, hubieran tenido un éxito capaz de proporcionar un fundamento material y político a un
movimiento de resistencia cosmopolita, transnacional y, por lo tanto, global, a la hegemonía de la alta cultura
modernista. Aunque si se lo juzga en sus propios términos, el movimiento de 1968 resultó un fracaso, debe ser
considerado, sin embargo, como el precursor político y cultural del surgimiento del posmodernismo. Por lo
tanto, en algún momento entre 1968 y 1972, de la crisálida del movimiento anti-moderno de la década de
1960 surge el posmodernismo como un movimiento en pleno florecimiento, si bien aún incoherente. (p. 55)
La condición de la posmodernidad, David Harvey (Ensayo original)
David Harvey comienza su prefacio a La condición de la posmodernidad: una investigación sobre los orígenes
del cambio cultural con la observación de que su respuesta inicial al "posmodernismo" fue tratar de esperar,
"con la esperanza de que desapareciera bajo el peso de su propia incoherencia o simplemente perder su
encanto como un conjunto de moda de 'nuevas ideas'".
Solo cuando el posmodernismo comenzó a aparecer "cada vez más como una poderosa configuración de
nuevos sentimientos y pensamientos", es decir, como un cambio cultural genuino que señalaba una transición
o cambio de época, Harvey dirigió su atención concertada a él. ¿Qué es una tendencia o una moda? ¿Qué es
un cambio de época o, más modestamente, cultural? La distinción entre ellos y los debates sobre lo que
significa que una expresión cultural o un modo de pensar se correspondan con un tiempo, sean oportunos,
estuvieron en juego en el término "posmoderno" casi desde el principio. El mismo Harvey permanece
ambivalente sobre el poder real de contención de la posmodernidad, y especialmente sobre su estatus como
marcador de época, hasta el final de este libro largo, variado y cuidadosamente argumentado.
De todos los 'ismos' académicos, podría decirse que el posmodernismo tuvo el mayor alcance entre disciplinas
y en la prensa popular, y se convirtió en una especie de abreviatura y, a menudo, en una caricatura de las
modas intelectuales o tendencias teóricas que animaban los estudios literarios y culturales alrededor de 1990.
Y, sin embargo, en las últimas dos décadas, la posmodernidad parece haber desaparecido casi por completo de
las humanidades literarias estadounidenses, en marcado contraste con otros textos y temas de 1990 que se
están considerando actualmente. No muertos vivientes sino desaparecidos: un ex Zeitgeist, el fantasma de otro
tiempo intelectual, y quizás de las estrictas demarcaciones históricas que subyacen a otros tiempos.
The Condition of Postmodernity: An Inquiry in the Origins of Cultural Change fue un éxito de ventas
reimpreso muchas veces durante los años noventa y nombrado por The Independent como una de las
cincuenta obras de no ficción más importantes publicadas desde 1945. Harvey, aunque es un eminente
geógrafo y antropólogo marxista, es quizás una figura menos familiar que Fredric Jameson para la idea del
posmodernismo en lo que los eruditos literarios llaman vagamente "teoría". La condición de la
posmodernidad es una síntesis y resumen de debates transdisciplinarios intensos y de alto perfil en la
academia durante la década de 1980.
Harvey inicia el libro con una declaración concisa de su argumento: Ha habido un cambio radical en las
prácticas culturales y político-económicas desde alrededor de 1972. Este cambio radical está ligado al
surgimiento de nuevas formas dominantes en las que experimentamos el espacio y el tiempo. Si bien la
simultaneidad en las dimensiones cambiantes del tiempo y el espacio no es prueba de una conexión necesaria
o causal, se pueden aducir sólidos fundamentos a priori para la proposición de que existe algún tipo de
relación necesaria entre el surgimiento de formas culturales posmodernistas, el surgimiento de formas
culturales más flexibles, modos de acumulación de capital, y una nueva ronda de “compresión espacio-
temporal” en la organización del capitalismo. Pero estos cambios, cuando se comparan con las reglas básicas
de la acumulación capitalista, aparecen más como cambios en la apariencia superficial que como signos del
surgimiento de una sociedad poscapitalista o incluso posindustrial completamente nueva.
A diferencia del sólido argumento de Jameson a favor del posmodernismo como "la lógica cultural del
capitalismo tardío", la afirmación de Harvey de una asociación entre los cambios en las prácticas culturales,
por un lado, y los cambios en los modos de acumulación capitalista, por el otro, es más provisional. Como
indica la oración final anterior, los cambios en cuestión equivalen a "cambios en la apariencia superficial" en
lugar de "signos ... de un orden completamente nuevo". En comparación con las afirmaciones
maravillosamente citables ya menudo hiperbólicas de Jameson, las de Harvey son mesuradas, casi
deflacionarias. Aunque claramente argumenta que el posmodernismo es un cambio cultural, no una mera
tendencia o moda efímera, no es una ruptura sino un cambio. En el relato de Harvey, la condición posmoderna
tiene muchas similitudes con otros momentos de crisis y transición. Este énfasis complica cualquier
progresión lineal simple y un límite epocal dramáticamente distinto que separa un "entonces" de un "ahora", y
a menudo interrumpe la marcada diferencia entre modernismo y posmodernismo asumida en las ubicuas
tablas paralelas que inventarían características antitéticas que acompañan a los artículos en la prensa popular
en el tiempo.
Los reclamos por el posmodernismo en la vena de Harvey y Jameson son trascendentales; investigan un
cambio histórico, postulan un antes y un después, pero la temporalidad en el relato de Harvey no es
estrictamente lineal, porque la compresión espacio-temporal se intensifica en momentos de crisis y su análisis
abre analogías históricas entre, por ejemplo, el período posmoderno (comenzando libremente alrededor de
1972) con el período moderno de principios del siglo XX en Berlín o Viena. De esta manera, Harvey puede
alinear a sociólogos "modernos" como Georg Simmel con pronosticadores "posmodernos" como Alvin
Toffler.
El posmodernismo ha sido un pararrayos para la polémica y lleva una atracción magnética acumulada para
pronunciamientos, prematuros o no, de desaparición y diagnósticos alegres o nostálgicos de obsolescencia e
irrelevancia. No obstante, persiste la tarea teórica de indagar sobre la conexión entre las fases de la
acumulación capitalista y las formas culturales y, más en general, sobre las ramificaciones del cambio
cultural, tan rigurosamente modeladas en La condición de la posmodernidad. Dos intervenciones recientes
llevan títulos que citan explícitamente a Harvey. Uno es The Condition of Digitality: A Post-Modern Marxism
for the Practice of Digital Life de Robert Hassan, que aboga por la urgencia de un marxismo posmoderno y,
de hecho, amplía y ajusta el análisis de Harvey para dar cuenta de la expansión radical de la digitalidad y la
creación de una sociedad global en red durante las últimas dos décadas.
Reconsiderar una obra desde la distancia de tres décadas induce a la reflexión sobre la experiencia del paso
del tiempo, sobre la obsolescencia, sobre la ruina de lo que entonces era nuevo, una reflexión tanto más
inmediata y visceral cuanto que la evidencia del entorno construido ocupa un lugar tan destacado en “La
Condición de la Posmodernidad”. Harborplace, el centro comercial cubierto y el "mercado de festivales"
inaugurado en el puerto de Baltimore en 1980, es un ejemplo señalado para Harvey del paso del "modernismo
austero de la renovación del centro" en la década de 1960 al ethos posmodernista dos décadas después.
Harborplace ofrece "una arquitectura de espectáculo, con su sentido de brillo superficial y placer transitorio,
de ostentación y efímero, de goce", plagado de vacantes. Curiosamente, Harborplace entró en suspensión de
pagos en junio de 2019.
Ante los ejemplos de Harvey, las insinuaciones de obsolescencia no emanan de la experiencia de un nuevo
entorno construido existente en el futuro de Harborplace, sino más bien de su total ruina. Como mínimo, y
posiblemente provisionalmente, la epocalidad, no sólo como marco cognitivo o epistemológico, sino como
experiencia, desaparece, dejando con una sensación disociada de obsolescencia, anacronismo separado de la
historicidad.
Para Harvey, la compresión espacio-temporal posmoderna dio lugar a una sensación de presente cerrado, un
presente total, separado de la historia al menos en su forma dialéctica. Nuestro propio momento, bajo la
presión de la crisis ecológica, parece en cambio preocupado por un futuro ligado a la conciencia de una escala
de tiempo geológico, una escala que empequeñece por completo la época histórica.
Harvey, a través de su libro concluye que:
“…[Detrás de eso] Hay una renovación del materialismo histórico y del proyecto de la Ilustración. A través
del primero, podemos empezar a comprender la posmodernidad como una condición histórico-geográfica.
Sobre esa base critica se hace posible lanzar un contraataque de lo narrativo a la imagen, de la ética a la
estética, de un proyecto del Devenir y no del Ser, y buscar la unidad dentro de la diferencia, aunque en un
contexto donde el poder de la imagen y de la estética, los problemas de la compresión espacio-temporal y la
significación de la geopolítica y de la otredad sean claramente comprendidos.
Hay quienes preferirían una vuelta al clasicismo y otros que intentan seguir el camino de los modernos. Desde
el punto de vista de estas últimos, toda edad logra «la plenitud de su tiempo, no a través del ser sino a través
del devenir», No podría estar más de acuerdo…”