El embrujo de la pubertad / Marina Recalde
La adolescencia no es un significante que haya sido desarrollado por Freud. Siempre
se refiere a la pubertad, situándose como el período que sucede al de latencia. Es allí
donde se introducen los cambios que llevan la vida sexual infantil a su conformación
definitiva. Las pulsiones auto-eróticas, que en el ocaso del Complejo de Edipo se
habían subordinado al primado de la zona genital, se desplazarán en la búsqueda de
un objeto sexual. Este tiempo de cierta cristalización del proceso de sexuación,
introduce una diferencia entre el niño y la niña, ahora ya púberes. En él, la tensión que
se acumula tiene la posibilidad de la descarga, también al servicio de la reproducción;
en ella -una vez más- resulta enigmático. Siempre para Freud la mujer representó un
problema; en cierto sentido para Lacan también.
Estos cambios provocan lo que podemos entender en términos de posibles destinos de
la llamada excitación sexual. Es allí donde Freud ubica dos signos: lo que es el signo
anímico, la tensión que va acumulando cada vez más displacer; y el signo somático, es
decir, en el cuerpo, que es el cambio corporal que allí se produce. El problema es que
el aumento de la tensión, que llamaría a obtener más placer, a la vez genera displacer.
Y va a situar allí una diferencia importante: hay algo del placer previo -la excitación de
las zonas erógenas, ya presente, dice Freud, en la pulsión sexual infantil. Lo nuevo
entonces es este placer final, lo inédito que implica la posibilidad de poder descargar
tensión que se inaugura en la pubertad. Con lo cual, Freud lo ubica en la pubertad la
separación entre el carácter masculino y femenino. Es allí donde se renovarán las
sendas que resignificarán después el camino a la elección de objeto.
Pero la sexualidad como tal no empieza en la pubertad: ya el niño es perverso
polimorfo. Polémica y provocadora afirmación de Freud, que en la época victoriana no
podía dejar de causar revuelo. Hay algo que, acallado en la latencia, despierta.
Freudianamente, algo se reedita. Algo allí despierta, y también sacude, desordena, y
queda a la espera.
Que el psicoanálisis tenga algo para decir sobre púberes y adolescentes, es algo que
es evidente desde el inicio mismo. Todo comenzó con Anna O., jovencita que rondaba
(cuando se encontró con Freud), a los veinte años. Y más paradigmático aún resulta
considerar que el primer fragmento de análisis publicado por Freud, es el Caso Dora,
una muchacha de 18 años que es llevada a consulta por su padre. Considerar la
juventud de la paciente, no es algo que se le escape a Freud en la dirección de la cura
misma: “...pregunté con la mayor cautela a la paciente si conocía el signo corporal de la
excitación en el cuerpo del hombre. La respuesta fue 'Sí', para el momento actual; pero
en aquel tiempo (se refiere a la infancia de Dora), creía que no. En el caso de esta
paciente puse desde el comienzo el mayor cuidado de no aportar conocimientos
nuevos sobre la vida sexual, y no por escrúpulo moral, sino porque quería someter mis
premisas a una dura prueba en este caso. Por eso solo llamaba a una cosa por su
nombre cuando por las muy claras alusiones de ella la traducción al lenguaje directo
parecía traer un riesgo ínfimo".1 Es decir que ya en Freud es evidente que, una vez
transcurrido el período de latencia, algo irrumpe en términos de la sexualidad. Esto que
para él (estamos a principios de 1900) es planteado en términos de lo percibido
anteriormente, pero eliminado para la conciencia.
Como vemos, en los orígenes del psicoanálisis están los púberes y los adolescentes.
Como afirma Germán García en el artículo que forma parte de este volumen: “el
psicoanálisis nace de la imposibilidad de "superar”, de manera tan suelta y optimista, la
tormenta y el empuje [Sturm und Drang] de ese período crucial de la vida en que la
naturaleza y el cuerpo parecen aliarse sin mediación para interpelar las normas que
rigen los intercambios sociales”.
Entonces, no solo se trata del empuje biológico, sino que hay (tal como plantea
Alexander Stevens) un empuje discursivo, y frente al cual la respuesta que da el púber
es, precisamente, la adolescencia entendiéndose como el conjunto de síntomas por los
cuales el sujeto responde a ese real que encuentra 2. Hay un real biológico, algo
cambia, pero no sin el discurso que lo acompaña y que produce efectos:
! Cada púber, sea hombre o mujer, se las va a tener que ver con eso. Es decir, no solo
con el desarrollo biológico, sino con lo que el Otro dice sobre eso. Cambio en el lazo
con el Otro que a veces se produce de manera más o menos salvaje, más o menos
abrupta, más o menos tranquila: lo que es seguro, es que hay algo ahí que siempre
acontece.
“...El púber encuentra un punto donde falta un saber sobre el sexo, sobre lo que dos
tienen que hacer juntos, a la vez que todo en el discurso le señala que algo tiene para
hacer juntos”.3 Y ahí, en ese encuentro, el púber inventa. Invención, en el mejor de los
casos, por la vía del síntoma.
Existe una búsqueda de un modo de situarse frente a ello, tan singular como sujetos
haya. Es un momento de muchas preguntas y pocas respuestas: el lazo con los pares,
los amigos, los grupos de pertenencia, se dan de un modo mucho más evidente. Como
afirma Mario Goldenberg, refiriéndose al protagonista del film Elephant, “(Alex) no
encuentra ninguna versión para abordar a una mujer. I Encuentra en un reciente
amigo mayor alguien a quién seguir, y esto lo lleva a colgarse de un tren, un goce
trasgresor”.
Modos diversos de intentar tramitar aquello que irrumpe y en lo que el sujeto se
encuentra desorientado. Modos, finalmente, de poder ubicarse en un lugar en relación
al Otro. Al decir de Hebe Tizio, "se abre la posibilidad de otro acceso al goce que lleva
al encuentro con el partenaire sexual, un encuentro que no está regulado por el instinto,
que no tiene las pautas fijadas para la especie sino las condiciones particulares que se
han anudado para ese sujeto”.
Hay un exceso no solamente de lo que irrumpe sino muchas veces en la respuesta que
va a dar ese sujeto. Hay diversos modos de arreglárselas con eso.
Este libro, precisamente, habla de ello. De las diferentes posiciones que cada sujeto
toma frente a este exceso que estalla. Y de lo que un psicoanálisis y un psicoanalista
de la orientación lacaniana, tienen para ofrecer y decir.
Así, Alejandra Glaze nos presenta la extrema “particular visión del mundo” de los
School Killers, protagonistas de diversas masacres, como la de Columbine High
School, en Colorado, Estados Unidos. Y lanza una pregunta capital: “Qué podemos
decir sobre aquellos que van a la búsqueda (comandados por el discurso de la época)
del goce que sería el adecuado. Qué pensamos acerca de aquellos que justamente se
definen por su propio goce, que ésa es la marca indeleble con la que quieren dejar su
huella en el mundo”.
¿Cómo plantear entonces un abordaje que, tal como plantea Silvia Bermúdez, no sean
"abordajes que lejos de resolver obedecen a la lógica desarticuladora que caracteriza al
discurso cínico de nuestra época”?
Sin llegar a estos extremos, nos encontramos con diversos tipos de síntomas que de
todos modos no dejan de interrogarnos.
Los síntomas de la época, nombres sociales a patologías singulares, nos confrontan de
manera cada vez más frecuente con las anorexias, las bulimias, adolescentes
aburridos, adictos, deprimidos, violentos, alcohólicos, etc.
Y es por ello que en este volumen no podía estar ausente la práctica clínica. Los casos
presentados son por demás diversos y ejemplificadores. Ejemplos clínicos que van
desde los avatares de los primeros síntomas, los excesos y desconciertos, hasta llegar
al primer beso y el primer amor, tal el caso de la joven que nos presenta Débora
Nitzcaner. Recorrido clínico de varios años, donde se verificará, en la entrada de la
pubertad, la puesta a prueba de “la formalización de las respuestas fantasmáticas y
sintomáticas de las que se valió en su salida del Edipo”.
Bernardino Horne y Célia Salles nos traen un recorte de una paciente anoréxica, de 14
años, donde se evidencia “un fracaso del fantasma en la pubertad”, donde el púber
"goza con el mal y la infelicidad", señalando un quehacer posible frente a estos sujetos,
“inmersos en síntomas que dejan de lado lo simbólico y afectan directamente al
cuerpo”. En este punto, donde falta un saber sobre el sexo, el púber puede también
indicarnos su angustia e inhibición en este momento de franqueamiento. Tal es el caso
presentado por Irene Kuperwajs, donde un joven de 15 años aparece como aburrido.
Aburrimiento que se ubicará “muy ligado a la estructura en un momento de
construcción de nuevas identificaciones y nuevas elecciones que lo obligan a salir de la
sexualidad infantil y construir sus objetos sexuales fuera de lo familiar”.
Como nos recuerda María Inés Negri, ya Jacques Lacan había hecho una referencia al
respecto, al ubicar hasta qué punto el aburrimiento es típicamente una dimensión de la
Otra cosa que llega incluso a formularse como tal de la manera más clara. E ilustra con
un caso cómo las adicciones se presentan “como la salida hedonista que pudiera
remediar este sentimiento [...], el sujeto deja de lado la zona del principio del placer,
porque muy rápidamente esto se agota, y entra directamente en el más allá del
principio del placer. Y se pone en evidencia la pulsión de muerte”.
O el caso de la joven paciente que nos presenta Virginia Notenson, una púber de 14
años "pasada de todo”, que “había decidido pasar por alto las preguntas que este
nuevo partenaire -su cuerpo adoles cente- le planteaba, anteponiendo las respuestas
para que no hubiera preguntas”. Y es allí, en el encuentro con una analista, donde
pueden despejarse las coordenadas para ubicar que la “identificación viril de la infancia
de esta joven había sido el modo de salida posible frente a la ley incontrolada de la
madre. Pero, llegada su pubertad, ésta le cerraba el acceso a la feminidad”.
Distinto es el caso que nos presenta Lucas Leserre. Un joven de 16 años sumido en el
asco, miedo y odio a la gente. Es el trabajo analítico el que le permitirá ir dialectizando
su padecer, antes de que “la bomba estalle”. Así, por la vía del chiste, este adolescente
encuentra en transferencia un Otro al que es posible dirigir su respuesta, inventando
así un nuevo lazo posible.
O el caso que yo misma presento, donde una joven de 15 años se presenta
completamente tomada por un “no me importa" generalizado, traída por su madre a
consulta, quien se presenta horrorizada e impotente frente a los excesos de su hija.
Excesos que serán el modo en que ella puede responder, ahí donde un duelo había
quedado detenido.
A partir de estas consideraciones, podemos concluir en que hay que tomar muy en
serio la pubertad. Es un tiempo clave, de anudamientos y desanudamientos. Tiempo,
como ubica Ricardo Seldes, “de ô la tormenta y del relámpago de una asombrosa
sinfonía pastoral y sus 3 expresiones, una irrupción de goce que cambia las cosas de
golpe, de la noche a la mañana”. Tiempo que suele desconcertar a todos, padres,
maestros, educadores y -por supuesto, a los púberes mismos. Como analistas, es
necesario que tomemos posición. Aquella que no obstaculice las propias invenciones,
que le permitirán el acceso a sus posiciones sexuadas y a las elecciones que
comenzarán a escribir el derrotero de su vida. Como ubica Eric Laurent, en la entrevista
realizada por France Culture sobre el pequeño Hans: un éxito terapéutico es
precisamente “haber aliviado suficientemente de su sufrimiento a alguien para que
pueda tratar de manera creativa lo que habrá de encontrar más tarde como
reformulación de su dificultad frente al drama esencial que lo trajo al mundo".
Hace unos meses atrás, circuló por algunos medios de comunicación un informe sobre
púberes y adolescentes, donde una jovencita de alrededor de 14 años, relataba su
desconcierto y desorientación frente a los cambios repentinos en su cuerpo y en el
discurso social que sobre ella recae. Así, nos daba una pista formidable para
ubicarnos, como analistas, en un quehacer posible: “Estoy rara, pienso cosas raras,
hago cosas raras. A veces imagino que todo esto es como un sueño, y que hay que
dejar pasar el tiempo... Ya llegará el momento de salir de este embrujo, el embrujo de
la pubertad”.
Será nuestra tarea, como analistas, ofrecer un espacio y una escucha donde estos
púberes, más o menos desorientados, puedan aliviarse un poco del tormento,
acompañarlos en ese compás de espera, y
que así puedan encontrar un Otro a quien dirigir ésos, sus propios y desconcertantes
embrujos.
STO