0% encontró este documento útil (0 votos)
210 vistas146 páginas

Análisis de "Los pocillos" de Benedetti

Este documento presenta el índice de un corpus de textos que serán trabajados durante el año lectivo 2023 en el Curso 2 bajo la dirección del Profesor Cañete Agustín. Incluye una lista de 20 cuentos y relatos de autores como Mario Benedetti, Martín Kohan, Gabriel García Márquez y otros que serán estudiados.

Cargado por

dep.rrhh.mdp
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
210 vistas146 páginas

Análisis de "Los pocillos" de Benedetti

Este documento presenta el índice de un corpus de textos que serán trabajados durante el año lectivo 2023 en el Curso 2 bajo la dirección del Profesor Cañete Agustín. Incluye una lista de 20 cuentos y relatos de autores como Mario Benedetti, Martín Kohan, Gabriel García Márquez y otros que serán estudiados.

Cargado por

dep.rrhh.mdp
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CICLO LECTIVO 2023

CURSO: 2 - PROF. CAÑETE AGUSTÍN

Corpus de textos a trabajar durante el año

Índice
Los pocillos - Mario Benedetti Pág. 2
Muero contento – Martín Kohan Pág. 5
La soberanía nacional – Rodrigo Fresán Pág. 11
La composición - Antonio Skármeta Pág. 16
Manos - Elsa Bornemann Pág. 24
La pelota - Felisberto Hernández Pág. 29
Algo muy grave va a suceder en este pueblo - Gabriel García Marquez Pág. 30
Tito nunca más - Mempo Giardinelli Pág.32
El almohadón de plumas – Horacio Quiroga Pág. 36
A la deriva – Horacio Quiroga Pág. 39
Tres portugueses bajo un sombrero – Rodolfo Walsh Pág. 42
El crimen casi perfecto - Roberto Arlt Pág. 45
En defensa propia - Rodolfo Walsh Pág. 49
Jaque mate en dos jugadas - Isaac Aisenberg (W.I. Eisen) Pág. 53
La pesquisa de don Frutos - Velmiro Ayala Gauna Pág. 59
La pieza ausente - Pablo de Santis Pág. 66
Orden jerárquico - Eduardo Goligorsky Pág. 67
El camino de regreso - Dashiell Hammett Pág. 71
¿Él? - Guy de Maupassant Pág. 73
La alucinación de Stanley Fleming - Ambrose Bierce Pág. 78
La cabeza de mi padre - Alberto Laiseca Pág. 81
Popsy - Stephen King Pág. 83
El cuadro de Raulito – Eduardo Sacheri Pág. 87
El penal más largo del mundo – Osvaldo Soriano Pág. 91
Messi es un perro – Hernan Casciari Pág. 97
Lo que se dice un ídolo – Roberto Fontanorrosa Pág. 100

1
1- Los pocillos - Mario Benedetti

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles,
modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde
ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de
otro.
“Negro con rojo queda fenomenal”, había sido el consejo estético de Enriqueta.
Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería
usado con su plato del mismo color.
“El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?”, preguntó Mariana.
La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo
nada, pero José Claudio contestó: “Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo.”
Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de
ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. “¿Qué buscás?”, preguntó
ella. “El encendedor.” “A tu derecha.” La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese
temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la
llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de
registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. “¿Por qué
no lo tirás?” dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las
modulaciones de la voz. “No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana.”
Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo
como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y
todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían
comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un
brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante.
Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes.
Habían inaugurado en encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.
Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados
simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?
“Este mes tampoco fuiste al médico”, dijo Alberto.
“No.”
“¿Querés que te sea sincero?”

2
“Claro.”
“Me parece una idiotez de tu parte.”
“¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado
funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una
maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos.”
En la época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido un especialista en la
exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de
adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no
podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo,
a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que
seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.
“De todos modos debería ir”, apoyó Mariana. “Acordate de lo que siempre te decía
Menéndez.”
“Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La
Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros.”
“¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano.”
“¿De veras?” Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente
para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con
mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una
calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que
estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El
menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido —sinceramente, cariñosamente,
piadosamente— protegerlo.
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un
decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron
rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo
eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue u temor
horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a
herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba
a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que
llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás
de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

3
“Que otoño desgraciado”, dijo, “¿Te fijaste?” La pregunta era para ella.
“No”, respondió José Claudio. “Fijate vos por mí.”
Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin
embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda.
Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche
del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José
Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante
horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido
comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella
estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro.
“Gracias”, había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde
su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus
comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella,
querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en
los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado
en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado
tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro
que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había
provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su
hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años,
Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con
espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una
solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su
hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad,
no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto
se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
“Y ayer estuvo Trelles”, estaba diciendo José Claudio, “a hacerme la clásica visita adulona
que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la
suerte y el que pierde se embroma y viene a verme.”
“También puede ser que te aprecien”, dijo Alberto, “que conserven un buen recuerdo del
tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan
miserable como te parece de un tiempo a esta parte.”

4
“Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo.” La sonrisa fue acompañada de un breve
resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.
Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño,
había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que
él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y
quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable.
Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por
simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo
permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho
transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud
pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si
sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos
días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto
que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
“Ahora sí podés calentar el café”, dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita
ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo
había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de
Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente
y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había
animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en
una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia.
Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José
Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el
tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana
estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la
mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón.
Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó
silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José
Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía
siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia
púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
“No lo dejes hervir”, dijo José Claudio.

5
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el
mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio,
el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero
antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además,
con unas palabras que sonaban más o menos así: “No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo
rojo.”

2- MUERO CONTENTO -MARTÍN KOHAN

Cabral da dos, tres, cuatro vueltas sobre sí mismo. Se siente mareado y aturdido: se siente como
cuando ha tomado demasiado, lo que no quiere decir que haya tomado demasiado esta vez. Está, en
verdad, tan confundido, que cuando trata de pensar si ha tomado o no ha tomado demasiado la
noche previa, no logra siquiera acordarse de qué cosas hizo en las horas anteriores. Hay mucho
ruido y mucho humo en todas partes y Cabral se encuentra verdaderamente desorientado. Siendo él
una persona de aceptable poder de ubicación, podían preguntarle en medio de las sombras en qué
dirección quedaba el Paraná o en qué dirección quedaba el convento, y él hubiese contestado sin
vacilar y sin equivocarse. Pero ahora no consigue ni tan sólo establecer el lugar exacto del sol en el
cielo. Gira atontadamente, con lentitud, con un raro vértigo aletargado, procurando determinar un
lugar de referencia en medio de tanto alboroto.
Una palabra da vueltas en su cabeza, como da vueltas él, Cabral, en medio de la madrugada y
del griterío generalizado. Él mira y mira y mira y en la cabeza tiene rondando la palabra donde.
Primero le suena como un nombre, como si se estuviese acordando de alguien, como si estuviese
extrañando a una mujer. Después se da cuenta de que no, de que ese donde que le suena y le resuena
en la cabeza no es un nombre, sino una pregunta, y entonces Cabral, no sin confusión, reconoce que
lo que merodea sus pensamientos no es la expresión donde, sino la expresión ¿dónde?, lo cual
representa dos o tres variaciones de sentido o de matices que Cabral está en condiciones de
presentir, pero no de definir con nitidez.
Sólo entonces, y no con total claridad, Cabral advierte que esa especie de voz interior que le
grita y a la vez murmura: ¿dónde? ¿dónde? ¿dónde?, es en cierta manera el efecto o la consecuencia
de otra voz, exterior en este caso, que es puro grito y ni remotamente murmullo, y que le dice: ¡acá!

6
¡acá! ¡acá! Es como una especie de diálogo, por así decir, aunque para ser un diálogo en el sentido
estricto del término la voz interior de Cabral debería convertirse en exterior. De la manera en que
están las cosas, el diálogo es diálogo solamente para Cabral; para el otro, para el que lo llama a
gritos, es otra cosa que Cabral, inmerso en el caos de caballos y desables, no termina de precisar.
–Acá, acá, acá –grita el otro. Acá, sí, ¿pero dónde? –piensa Cabral. Yo también estoy acá. Todos
estamos acá. Lo que Cabral tiene que resolver, y con premura, es cuáles el allá de ese acá que le
están gritando. Pero en medio de tanto moribundo ni siquiera él, que habitualmente se ubica con
facilidad aún en terrenos desconocidos, tiene idea de su situación.
–¡Acá, acá, la puta madre! –grita el otro. Y grita, esa vez, en un momento en el que en el lugar
donde Cabral da vueltas sobre sí mismo, y en sus inmediaciones, no hay,por casualidad, ningún otro
grito, ni quejido de moribundo ni relincho de caballo. Entonces Cabral escucha con un aceptable
grado de nitidez y, para su sorpresa, cree reconocer la voz. En un primer momento lo que
experimenta es alivio. Es lógico que alguien que se siente tan absolutamente perdido y solo en
medio de siluetas extrañas encuentre alivio en el hecho fortuito de reconocer una voz. Pero pronto
retorna todo el humo y todo el ruido y Cabral ahora no sólo se pregunta ¿dónde? sino ¿quién?
Al parecer ahora está quieto. Es una suposición, nada seguro: al parecer, está quieto. Pero
también es posible que siga dando vueltas como estuvo dándolas durante quién sabe cuánto tiempo,
y que ahora todo su entorno, la batalla entera, haya comenzado a girar en el mismo sentido que él, y
a la misma velocidad, y al mismo tiempo, y que el resultado de todo eso sea que Cabral crea que por
fin se quedó quieto, cuando en verdad sigue dando vueltas como al principio.
A Cabral le parece decisivo resolver esta cuestión, sólo él sabe por qué. Pero antes de que
consiga hacerlo -aún más: antes de que consiga comenzar a hacerlo- una cara cruza por su mente y
lo distrae del asunto de si giraba o si estaba quieto. Cabral imagina la cara, o la recuerda, pero con
tanta certeza que cree que la ve. ¿Dónde? ¿dónde? ¿dónde? -vuelve a pensar, casi obnubilado, y
después de un rato, no es posible saber si largo o corto, comprende que la cara no responde a
¿dónde?, sino a ¿quién?
Cabral consigue asociar la voz y el rostro, cosa que puede parecer no tan meritoria para aquel
que no se encuentra en una situación de desconcierto como ésta que a él lo embarga. Reconocer la
voz le produjo alivio, pero reconocer el rostro lo sobresalta: ¡es él! –se dice, liberado de la pregunta
¿quién? pero infinitamente más abrumado por la pregunta ¿dónde? Es él, nada menos, y lo está
llamando. ¡Acá! ¡Acá! ¡Carajo! –le grita, y Cabral no tiene idea de nada.
Es tanta la desesperación que siente que le entran ganas de llorar. Más grita el otro y él menos
sabe qué hacer. ¿Llorar es de mujeres? ¿Llorar es de maricón? Atribulado, Cabral se hace visera
sobre los ojos, pero es inútil: no es el sol lo que le molesta, no es un reflejo lo que le impide ver,

7
sino el humo de los cañones y los gritos de los que se desangran. ¿Qué imagen brindaría un
sargento llorando en el campo de batalla? Cabral se avergüenza de sólo pensarlo. Pero después
recapacita: si él no puede ver a los otros por culpa del humo, ni siquiera a los que le pasan cerca, ni
siquiera al jefe que le grita y a quien él trata de ver, entonces, descubre conmovido, tampoco los
otros pueden verlo a él. Ahora no le parece tan mal estar un poco solo. La vida de campaña tiene
eso: que uno siempre está con un montón de gente. Todo el tiempo rodeado de soldados que cuentan
historias alrededor del fogón: llega un punto en que uno quiere quedarse un poco solo.
Y bueno, piensa Cabral, no con tanta claridad: ahora estoy solo. Es un pensamiento precario, y
aun así Cabral llega a darse cuenta de que la soledad que siente no es la mejor que pudiera pedirse.
Está solo, es verdad, o está como si estuviera solo, sí, pero con tanto ruido y tanto humo y tanta
muerte que ni siquiera puede disfrutar del campo y sentarse a reflexionar sobre algún tema que le
interese. Nada de eso: tiene que ubicar el acá desde donde le gritan, y tiene que ubicarlo con
urgencia porque el que grita es el jefe. ¡Acá! ¡acá! –le grita de nuevo–. ¡Cabral, no sea marmota!
Cabral se atribula aún más: ¿eso lo pensó o se lo dijeron? ¿Fue la voz exterior o la voz interior
la que dijo esa frase terrible? No logra estar seguro. Las batallas definitivamente lo aturullan. Si fue
la voz interior, el asunto no es grave: Cabral, como todo el mundo, por otra parte, tiene el hábito de
hablarse a sí mismo y de dedicarse pequeños insultos. Mirá que sos boludo, Cabral, se dijo, por
ejemplo, a sí mismo, por supuesto que cariñosamente, la noche en que tratando de deducir la
dirección en la que estaba el Paraná se cayó a una zanja. Es que él siempre trataba de saber adónde
se encontraba. Y ahora, precisamente ahora, cuando más lo deseaba en su vida, no podía
establecerlo.
Pero, ¿ese marmota lo pensó él, para sí mismo, o se lo dijeron desde afuera? Si se lo dijeron
desde afuera, entonces verdaderamente había de qué preocuparse. Porque la voz que lo dijo -claro
que él podría haberse hablado, interiormente, con la voz del otro- era la misma que gritaba todo el
tiempo ¡acá! ¡acá!; es decir que era la voz del jefe. Y había, todavía, algo peor. Cabral se estremece.
¿Él recordaba mal, cosa nada improbable en medio de tanto aturdimiento, o la voz había dicho:
Cabral, no sea marmota? La voz lo había nombrado. Si se trataba de la voz interior, todo estaba en
orden: Cabral siempre se llama a sí mismo Cabral cuando se hablaba internamente. Pero si la voz
vino de afuera, y Cabral ya sabe que la voz que viene de afuera es la voz del jefe, eso significa que
si lo nombró es que lo reconoció. Y que, deduce Cabral, a pesar de tanto espanto, si lo reconoció
es porque pudo verlo. Si él puede verme, sigue, tratando de clarificar su panorama, entonces yo
tendría que poder verlo a él. Es reconfortante razonar con tanta lógica, pero lo cierto es que no
puede verlo. ¿Dónde? ¿dónde? ¿dónde? -piensa otra vez. A Cabral, dadas las circunstancias, no le
parecen para nada injustificadas las ganas de llorar. ¿Cómo soportar tanta impotencia? Llorar, o,

8
mejor dicho, cierta forma de llorar, ¿no es también cosa de hombres? Quien sabe, piensa con
desdicha. Al parecer, se encuentra otra vez girando sobre sí mismo, aunque no es descabellado
suponer que siguió así todo el tiempo y que lo que ahora sucede es que la batalla ya no gira al
mismo ritmo que él, y entonces él puede darse cuenta de que da vueltas. Todo esto le da más ganas
de llorar. Pero se aguanta. ¿Cómo se vería -y, si la voz era exterior, a él lo están viendo- un sargento
llorando en el campo de batalla?
Cabral se aguanta de llorar. Aguantarse significa hacer fuerza en el momento mismo en el que
la garganta se atasca y las lágrimas le vienen raudamente hacia los ojos. El resultado de esta
contradicción es que las lágrimas se quedan en los ojos, en el borde de los ojos. No se quedan
adentro -¿adentro de dónde? ¿de dónde vienen las lágrimas? ¿están ya en el ojo? ¿le vienen a uno
del alma?-, pero tampoco se caen decididamente hacia fuera, a rodar por las mejillas, a correr entre
los mocos. A Cabral las lágrimas se le quedan en el borde de los ojos y entonces, milagrosamente, le
funcionan como pequeñas pero incomparables lentes de aumento. Ahora Cabral ve, aunque sigue el
humo y el remolino por todas partes. Con alguna zona difuminada, es cierto, pero ve. Y ve el quién
(el quién ya lo sabía, porque reconoció la voz) y ve también el acá. El acá no era tan allá como pudo
haber pensado: está bastante cerca y no será difícil hacer un mismo acá del acá del jefe y del suyo
propio.
Ahora Cabral quiere llorar, se lo propone decididamente, se esmera en ello. Ya no es un llanto
que avergüence: es un llanto destinado a servir a la patria. Pero las lágrimas no vuelven ahora,
cuando más se las necesita. Cabral trata entonces de orientarse hacia la dirección en la que vio al
jefe. Camina, cree, en ese sentido, y en una línea más o menos recta. El humo se entreabre en un
momento determinado, o posiblemente Cabral ha vuelto a lagrimear sin proponérselo en este caso y
tal vez sin darse cuenta siquiera.
El asunto es que vuelve a ver al jefe, y lo ve tan cerca, que ya puede prácticamente decirse que
están los dos en el mismo acá. Pero la escena que ve Cabral es rarísima: en lugar de estar, como era
digno de esperarse y como todos los retratos habrían de evocarlo, el gran jefe sobre su caballo, está,
¡quién lo diría!, el caballo sobre el gran jefe. Una extraña pregunta emerge en la mente de Cabral:
¿de qué color es el caballo blanco de San Martín? Cabral no sabe exactamente por qué ha pensado
en eso. Pero la pregunta le parece estúpida: ¡contesta, en su formulación, exactamente aquello que
está preguntando! El hecho es que ahí (¡acá!) está el caballo, y el jefe, increíblemente,
debajo y no encima de él.
Cabral se dirige con presteza a poner las cosas en su lugar. La vida de cuartel lo ha
acostumbrado al orden. Pero no es fácil mover ese caballo, salvar ese jefe, con tanto ruido, con
tanto humo. Cabral hace fuerza y fuerza y fuerza y le parece que no va a poder, hasta que al final

9
puede. Tira y tira y tira y de pronto el jefe sale. Cabral resopla, un poco por el esfuerzo, otro poco
por el alivio. Y es entonces cuando del humo, de en medio del humo, sale el maturrango y le clava
la bayoneta.
Mucho le duele la tetilla a Cabral. ¿La tetilla o más abajo? No hay manera de saberlo. Duele y
arde. Echado en el suelo, Cabral vuelve a preguntarse ¿dónde? ¿dónde? ¿dónde? Después piensa,
bastante sereno: qué carajo importa dónde, la cosa es que estoy jodido. Jodido y bien jodido. Lo
único que sabe Cabral es que le duele acá, pero ni idea de en qué jodida parte del cuerpo queda ese
acá. Antes se sabía a él, a sí mismo, y no el lugar en el que estaba. Ahora que se lo llevaron aparte,
ahora que el humo se está disipando y que el único grito que escucha es el suyo, lo que Cabral no
logra poner en claro es dónde le duele a él.
Se le acercan varios. Lo miran, lo miran. Él los ve desde abajo, tirado en el suelo. Le dicen que
la batalla se gana. La tetilla, dice Cabral, y nadie le hace caso. Le dan vueltas alrededor y por un
rato no le hablan. Después vuelven a decirle que la batalla se gana y que el jefe está entero. Cabral
se da cuenta de que se va a morir. No es que le parece, no es que lo sospecha, no es que tiene esa
impresión. Cabral sabe positivamente que se va a morir y eso le provoca una inmensísima tristeza.
Cabral siente, allí tirado, en medio del polvo, una enorme congoja, una terrible pena, una desdicha
imposible de medir. Sabe que se va a morir. Y no es ningún tonto, de modo que está tristísimo.
Alguien, quizás el jefe, se le acerca, se pone en cuclillas junto a él y le pregunta cómo se siente.
Cabral alcanza a pensar, mientras se muere, que nunca jamás en la historia existió hombre que
sintiera más tristeza que él en ese momento. Pero decirlo le da vergüenza. ¿Qué van a pensar de él?
Van a pensar que es una mujercita, van a pensar que es un maricón. Es sumamente probable que
Cabral tenga razón, que nunca haya habido un hombre que estuviese más triste que él. Siente una
tristeza inconmensurable. Pero, cuando se lo preguntan, no lo dice. ¿Qué van a pensar de él? Sólo le
queda aliento para pronunciar cuatro o cinco palabras, que apenas si se oyen: es su modesta
despedida, es su página mejor.

3- La soberanía nacional – Rodrigo Fresán

Rataplán, plan, plan;


Rataplán, plan, plan.
¡Rataplán!

10
¡Rataplán!
Rataplán, rataplán, plan, rataplán.
Kurt Vonnegut Jr

Ayer a la tarde vi a mi primer gurkha. Estaba sentado, de rodillas frente a un pequeño fuego que
no sé cómo se mantenía encendido bajo la llovizna. Sonreía a la nada y limpiaba su daga con la
misma devoción cansada con que una madre le cambia los pañales a su hijo.
Yo me había alejado de mi grupo casi sin darme cuenta. La idea era buscar un lugar tranquilo
para escribir una carta que no iba a ningún lado. Escribimos muchas en estos días. Parecemos
estatuas inclinadas sobre hojas de papel, ubicadas de espaldas al viento, sosteniendo lápices con el
puño cerrado para que no se vuelen las letras. Escribimos nuestras cartas con la plena seguridad de
que nadie va a leerlas porque, se sabe, el correo nunca fue muy eficiente que digamos. Lo que
hacemos entonces es escribirlas y leérnoslas en voz alta. De este modo nos convertimos en novias y
familias y amigos y se atenúa un poco la sensación de estar escribiendo en vano. El sargento
Rendido nos regala una hora por día para que nos perdamos y nos encontremos en este ejercicio de
dudosa utilidad.
Pero ayer tenía ganas de escribir a solas. Porque iba a escribir la carta más inútil de todas. Iba a
escribir a Londres y no tenía ganas de leerla en voz alta. Mejor no. Nunca falta un loco, como el
tipo ése que no para de remendar su uniforme, que va a pensar que soy un traidor o algo por el estilo
por el solo hecho de escribir a Londres. Allí está mi hermano mayor. Trabaja en un restaurante y no
puedo evitar preguntarme qué puede estar haciendo mi hermano en un restaurante de Londres.
Misterio no tan misterioso. Supongo que la idea, como siempre, es mandarlo lejos: mi hermano
mayor tiene lo que muchos entienden como personalidad problemática. La cuestión es que ahí está
ahora. Y yo estoy acá. Y yo le estaba escribiendo cuando vi a mi primer gurkha.
Hablábamos sobre ellos todo el tiempo pero hasta ahora nadie se había cruzado con uno y, esto
va a sonar idiota, lo primero en que pensé fue en pedirle un autógrafo. Pero enseguida me subió el
miedo. Los gurkhas cortaban orejas o al menos eso dicen. La cuestión es que me quedé ahí,
agarrándome la cabeza. El gurkha vino dando saltitos hasta donde yo estaba. Se desplazó sin
desperdiciar un solo movimiento y no pude evitar sorprenderme cuando abrió la boca y me habló en
un correctísimo inglés.
–¿Qué hay de nuevo, viejo? –me dijo, con la voz de Bugs Bunny.

11
Largué un suspiro largo mientras pensaba que, claro, entonces todo esto era una pesadilla y yo
me voy a despertar en cualquier momento; porque la existencia de un gurkha que imite a Bugs
Bunny era aún más imposible y ridícula que toda esta guerra junta.
Pero no. Abrí y cerré y abrí los ojos y ahí estaba la limpia sonrisa de Bugs Gurkha. Me preguntó
si yo hablaba inglés y le dije que parte de mi familia era inglesa.
–¿En serio? –dijo–. La verdad que no deja de ser gracioso.
Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno. Fumamos en silencio.
–¿Y cómo anda todo por ahí? –preguntó después de unos minutos.
Le contesté que no entendía a qué se refería con por ahí.
–Por ahí... –hizo un gesto vago que bien podía incluir el resto del mundo–. Ya sabes.
–Supongo que bien –contesté para no contrariarlo. Yo cargaba mi fusil al hombro y el gurkha
tenía, aparentemente, nada más que una daga. Pero yo apenas había apretado alguna vez el gatillo
mientras que el gurkha hablaba y hacía malabares con su cuchillo como si se tratara de una
prolongación de su brazo. Dejé caer mi fusil y volví a llevarme las manos a la cabeza. Todo había
terminado. Iban a tomarme prisionero. Pensé en el fanático de los Rolling Stones allá en el cuartel,
en el puerto. Lástima que no esté acá, pensé.
El gurkha parpadeó varias veces como si no entendiera y al final estalló en una carcajada
inesperada. Como si se riera en ideogramas pintados con tempera negra.
–No entiendes... no entiendes –decía agarrándose el estómago. Y, cuando intentaba explicarme,
otra vez la carcajada de él y la sensación mía de estar siendo soñado por otra persona, por un
desconocido.
–Yo soy tu prisionero –dijo por fin a la vez que me entregaba el cuchillo con la empuñadura
para mi lado.
Le dije que no, que de ningún modo, que el prisionero era yo. El seguía negando con la cabeza,
moviéndola de un lado a otro con la misma intensidad de quien supo resistirse a tomar la sopa en
más de un momento de su vida.
–YO-SOY-TU-PRISIONERO –repitió pronunciando con mayúsculas y golpeándose el pecho
con la mano abierta.
Intenté explicarle que no le convenía. Si yo lo tomaba prisionero le podía llegar a ocurrir alguna
de esas cosas espantosas que siempre me están pasando. Le dije que no era casual que yo anduviera
solo por el frente de combate. Nadie quería tener nada que ver conmigo. Por eso lo mejor era que
me tomara prisionero, que me entregara a sus mayores y me encerraran en una habitación hermética
de alguno de los acorazados. O en el Queen Elizabeth. Tenían lugar de sobra. Y yo necesitaba ese
lugar para poder pensar tranquilo.

12
Finalmente le dije que, después de todo, yo me había entregado primero. La Convención de
Ginebra estaba de mi lado.
–No, amigo, el hecho de que sea gurkha no significa que tenga que ser supersticioso. Puedes
guardarte todo eso para los adoradores de la diosa Khali... porque yo soy tu prisionero. Así que
vamos. ¿Para qué lado queda el cuartel?
Le dije que muy bien; que no me tomara prisionero, pero que se fuera rápido porque no le
convenía estar cerca de mí. Le dije que tengo una suerte espantosa y que traigo mala suerte. Pero no
sirvió de nada.
–Prisionero yo soy –me explicó como si cambiando el orden de las palabras pudiera
convencerme.
Entonces se inclinó para agarrar el fusil y dármelo y entonces el fusil se disparó, claro.

La verdad que los hacía más petisos a los gurquitas ésos. No sé, los chinos son todos petisos,
¿no? Pero éste era casi tan alto como yo. Tal vez lo que pasa es que se estiran un poco cuando están
muertos, ¿no? Lo trajeron anteayer al gurquita. Pobre flaco. Será el enemigo y todo lo que quieras
pero morirse así, la verdad que te la regalo. Con el agujero de la bala justo entre los ojos. Y quién
iba a decir que el mufa de Alejo tenía tanta puntería. O que era tan valiente. El asunto es que la
guerra se acabó tanto para uno como para otro. El gurquita bajo tierra y Alejo en el hospital y del
hospital a casita. Y de eso se trata, unos viven y otros mueren. Es sólo rocanrol pero me gusta.
Parece que el gurquita se le tiró encima por detrás, venía arrastrándose como una serpiente y clavó
el cuchillo en el brazo. Se pusieron a luchar, Alejo se soltó, hizo puntería y, ¡bang!, paint it blac y a
otra cosa, loco. Venir a morirse tan lejos. Y lo exhibieron por todo el cuartel como si fuera el
cadáver de Brian Jones.
Y aquí estamos, en la guerra. ¿A quién se le iba a ocurrir? Yo en la guerra. Y de voluntario,
además. Algunos flacos me miran como si estuviera loco. Pero yo la tengo super clara. Lo que pasa
es que no puedo decirles por qué me anoté en ésta. Tengo que jugarla tipo viva la patria, alta en el
cielo, tras su manto de neblina, se entiende, ¿no? Porque si Rendido se entera, el bardo que se arma
va a ser groso. Rendido es el sargento Rendido. Pobre gordo, milico y con ese nombre. Rendido es
el que está más o menos a cargo de nosotros. Digo más o menos porque la verdad que acá nadie
tiene la más puta idea de lo que está pasando. Hay días en que parecen todos fumados y ¡qué lo
parió, cómo extraño el fumo! I can get nou –tananán–, I can get nou –tananán–, satisfácshon, nou
satisfácshon...

13
Extraño al fumo casi tanto como a Susana. Si no fuera porque la última noche Susana entregó,
extrañaría más al fumo. Pero la verdad que se portó, la colorada. Y todo el rollo de que era virgen y
que por eso no quería. La verdad que, después del inicio de las hostilidades, como dicen acá, se me
hace bastante dudoso eso. Pero no importa. Ahora la tengo bajo mi pulgar.
Cuando reciba mi primera carta desde Londres se va a volver loca. Porque éste es el plan:
apenas salgamos a patrullar y la cosa se ponga densa, yo me voy para un costado, me hago el herido
y me entrego. Así de corta, loco. Se los digo en inglés. Meic lov not uar y ya pueden irme arreando.
Porque la idea es que me lleven prisionero a Londres, esperar que se acabe el tema éste de la uar y
entonces sí, pase para concierto de los Rolling y la gloria, man. ¿Cómo no iba a aprovechar ésta?
¿Cómo los iba a ver a Mic y a Keit si no era así? Y te juro que después de los bises yo me mando
para el fondo y hasta no hablar con Keit no paro. De repente hasta me tiran un laburo y todo. Yo con
la electricidad me defiendo. De mirarlo a mi viejo. ¿Te imaginás?, plomo de los Estóns. Por eso me
mandé de frente mar y derecho a la hermanita perdida. Bien cul, man. Te cagás de frío, pero no es
para tanto. Y Rendido te hace bailar mucho menos que cualquiera de los pesados que me tocaron en
la colimba el año pasado.
Ahí se lo llevan al gurca. Voy a ver si me puedo sacar una foto con el fiambre y se la mando a
Susana.
Misiu, beibi.
No siempre podés conseguir lo que querés; no siempre podés conseguir lo que querés; no, no
siempre podés conseguir lo que querés... pero si tratás con todo, podés llegar a descubrir que
conseguís lo que necesitás.

Para cuando los descubran a esos dos hijos de puta, yo ya voy a ser famoso. Yo ya voy a ser un
héroe. Por eso estoy tranquilo; casi no pienso en el tema. No hay mucho tiempo para pensar
tampoco. Estamos aquí reclamando lo que es nuestro por derecho legítimo y de aquí no nos van a
sacar.
Nuestra bandera jamás ha sido atada al carro del enemigo. Y nosotros somos los hijos de
nuestros próceres. No debemos defraudarlos.
El problema es que no todos piensan como yo. El problema es el material humano. Muchos de
los oficiales pensaron que todo esto iba a ser fácil, pensaron que no iban a mandar la flota.
Error.

14
Un auténtico guerrero siempre debe pensar que va a perder. Analizar las causas de su hipotética
derrota y, después, ir neutralizándolas una por una, como quien apaga velas con la punta de los
dedos. Sin quemarse.
Pero hablo por mí; desgraciadamente no puedo hablar por los otros. Y los otros son casi todos.
Ahí están jugando al fútbol en la lluvia. Se caen al barro, chocan entre ellos, sucios como cerdos,
con el uniforme a la miseria. Para ellos el uniforme no es importante. Y hasta se ríen de mí. Se ríen
de cómo cuido mi uniforme, de cómo repongo los botones y remiendo los agujeros. El uniforme es
la piel del soldado. No pueden entender eso. No tienen conciencia del heroísmo.
Y yo voy a ser un héroe. Cuando los encuentren yo ya voy a ser famoso y quién va a pensar en
eso después de todo lo que yo hice por la patria querida, por la madre patria. Me pregunto si los
habrán encontrado; pero no tanto como antes. Cada día que pasa pienso menos en ellos y más en mí.
Y está bien que así sea. Porque se aproxima el día de la Gran Batalla. Ayer volví a soñar con el
día de la Gran Batalla. En realidad, al principio estaba soñando con ellos. Los vi abrazados sobre
ese colchón mugriento, después los disparos se fundieron con los disparos de la Gran Batalla y me
vi corriendo por la nieve. El brazo en alto llevando a mi pelotón hacia la victoria definitiva. Esa
victoria de donde se regresa diferente. Porque en la acción de vencer radica la diferencia entre
dioses y mortales.
Me vi como un dios. Con un uniforme digno de un dios.
Todas mis balas encontraban su blanco y la muerte del enemigo era algo hermoso para ellos
porque no era su muerte, porque su muerte pasaba a ser parte de mi vida y de mi gloria. Yo los
miraba caer y los sentía morir, orgulloso como un padre porque todos ellos habían nacido para que
yo los matara. Habían nacido tan lejos y habían llegado hasta el fin del mundo para que, en el
último acto de sus existencias, yo les regalara el verdadero sentido de sus vidas.
Me desperté excitado y me masturbé pensando en si ya los habrán encontrado. Hijos de puta. Ni
tiempo de vestirse tuvieron. Cerré la puerta de ese departamentito de mierda y de ahí al cuartel y del
cuartel a los aviones. Me dio lástima tirar el revólver. Era de mi abuelo.
La lluvia golpea contra los costados de las bolsas de arena. El pozo se está llenando de agua.
Desperté a varios pero no me hicieron caso. Siguen durmiendo, mojados, como esos pescados
pudriéndose en el barro. Fui a avisarle al sargento Rendido. Me dijo que no le hinchara las pelotas,
que mañana lo arreglamos, que me vaya a dormir.
Estoy fuera de la cueva, cubriéndome con el capote, los ojos cerrados. Quería volver a meterme
en mi sueño de la Gran Batalla.
Sueño con la Gran Batalla desde que tengo memoria, desde los cinco años más o menos. Antes
soñaba con una Gran Batalla diferente. Con otros uniformes. Como en las series de televisión y en

15
las películas. Mis compañeros tenían nombres extranjeros y la verdad que eso me molestaba un
poco, por más que fueran mejores soldados que los de acá. Pero pienso que el cambio me conviene.
Soy el mejor; ayer nos pasó un coronel y me puso como ejemplo. Mi uniforme está impecable. Está
mejor que cuando me lo dieron.
Tengo aguja e hilo.
Tengo la mejor puntería de todo el pelotón.
Ayer rompí todas las botellas.
Diez botellas.
Diez balas.
No hay que desperdiciar munición.
Como con esos dos. A esta altura me imagino que deben de estar apestando todo el edificio. No,
seguro que ya los encontraron. Pero no me van a relacionar con todo eso. Ni siquiera van a pensar
en mí. Fui muy cuidadoso, además. Todo limpio y brillante. Sin sangre.
Igual que mi uniforme para la Gran Batalla.
Vuelvo a soñar con la Gran Batalla pero no es lo mismo. Esta Gran Batalla tiene defectos. Estoy
dormido pero enseguida me doy cuenta de que es un sueño. Hay errores. Aparece el tipo ése que
mató al gurkha y también el otro.
El que no paraba de hablar de los Rolling Stones, el que Rendido mandó a estaquear porque lo
agarraron robando chocolate. Estuvo toda la noche cantando a los gritos. En inglés. Cuando lo
desatamos a la mañana siguiente no reconocía a nadie, le temblaban los dientes y no paraba de
decirme Keith. Tenía los pies violeta. Dicen que se los tuvieron que amputar. A mí no me consta. De
todas maneras así se castigaba a los ladrones antes. No lo volvimos a ver. Por eso esta versión de la
Gran Batalla me irritaba un poco: el ladrón corría a mi lado y no paraba de cantar en inglés. Yo le
gritaba para que se calle y, de golpe, les estaba diciendo a Inés y a Pedro que se callaran, que no les
iba a servir de nada pedirme perdón.
Perdón, decía Inés, la muy puta, desnuda.
Tranquilo..., me sonreía Pedro. Tardó un rato en darse cuenta de que con el tranquilo y la
sonrisita no le iba a alcanzar. Entonces trató de explicarme. Me dijo que había sido ella la que llamó
para contarle que me mandaban a la guerra y que estaba mal y que por qué no pasaba a tomarse un
café. Te juro que la idea fue de ella, me dijo.
Inés empezó a putearlo como una loca. Y yo ahí sentado, con el revólver en la mano, moviendo
la cabeza de arriba abajo y de derecha a izquierda, frotándola contra la pared. Me encanta hacer eso.
Tengo el pelo corto y parado. La sensación es agradable y ellos que gritan y gritan y se echan la
culpa el uno al otro.

16
Entonces Rendido me despierta de una patada. Camina con dificultad. Le cuesta mantener el
equilibrio y me mira como se mira a alguien importante, a la historia misma.
Estamos ganando, me dice Rendido.
La venganza es mía, dijo el Señor.

4- Antonio Skármeta, La composición, 1998.


El día de su cumpleaños a Pedro le regalaron una pelota. Pedro protestó porque
quería una de cuero blanco con parches negros como las que pateaban los
futbolistas profesionales. En cambio, ésta de plástico le parecía demasiado ligera.
—Uno quiere meter un gol de cabecita y la pelota sale volando. Parece pájaro por
lo liviana.
—Mejor –le dijo el papá–, así no te aturdes la cabeza.
Y le hizo un gesto con los dedos para que callara porque quería oír la radio. En el
último mes, desde que las calles se llenaron de militares, Pedro había notado que
todas las loches el papá se sentaba en su sillón preferido, levantaba la antena del
aparato verde y oía con atención noticias que llegaban desde muy lejos. A veces
venían amigos que se tendían en el suelo, fumaban como chimeneas y ponían las
orejas cerca del receptor.
Pedro le preguntó a su mamá:
—¿Por qué siempre oyen esa radio llena de ruidos?
—Porque es interesante lo que dice.
—¿Qué dice?
—Cosas sobre nosotros, sobre nuestro país.
—¿Qué cosas?
—Cosas que pasan.
—¿Y por qué se oye tan mal?
—La voz viene de muy lejos.
Y Pedro se asomaba soñoliento a la ventana tratando de adivinar por cuál de los
cerros lejanos se filtraría la voz de la radio.
En octubre, Pedro fue la estrella de los partidos de fútbol del barrio. Jugaba en una
calle de grandes árboles y correr bajo su sombra era casi tan delicioso como nada en
el río en verano. Pedro sentía que las hojas susurrantes eran un estadio techado que
lo ovacionaba cuando recibía un pase preciso de Daniel, el hijo del almacenero, se

17
filtraba como Pelé entre los grandotes de la defensa y chuteaba directo al arco para
meter el gol.
—¡Gol –gritaba Pedro y corría a abrazar a todos los de su equipo que lo levantaban
por los aires porque, a pesar de que Pedro ya tenía nueve años, era pequeño y
liviano.
Por eso todos lo llamaban “chico”.
—¿Por qué eres tan chiquito? –le decían a veces para fastidiarlo.
—Porque mi papá es chiquito y mi mamá es chiquita.
—Y seguramente también tu abuelo y tu abuela porque eres requetechiquito.
—Soy bajo, pero inteligente y rápido; en cambio tú, lo único que tienes rápido es la
lengua.
Un día, Pedro inició un veloz avance por el flanco izquierdo donde habría estado el
banderín del corner si ésa fuera una cancha de verdad y no la calle entierrada del
barrio. Llegó frente a Daniel que estaba de arquero, simuló con la cintura que
avanzaba, pisó el balón hasta dormirlo en sus pies, lo levantó sobre el cuerpo de
Daniel que se había lanzado antes y suavemente lo hizo rodar entre las dos piedras
que marcaban el arco.
—Gol! –gritó Pedro y corrió hacia el centro de la cancha esperando el abrazo de sus
compañeros. Pero esta vez nadie se movió. Estaban todos clavados mirando hacia el
almacén.
Algunas ventanas se abrieron. Se asomó gente con los ojos pendientes de la
esquina. Otras puertas, sin embargo, se cerraron de golpe. Entonces Pedro vio que
al padre de Daniel se lo llevaban dos hombres, arrastrándolo, mientras un piquete
de soldados lo apuntaba con metralletas. Cuando Daniel quiso acercársele, uno de
los hombres lo contuvo poniéndole la mano en el pecho.
—Tranquilo -le dijo.
Don Daniel miró a su hijo:
—Cuídame bien el negocio.
Cuando los hombres lo empujaban hacia el jeep, quiso llevarse una mano al
bolsillo, y de inmediato un soldado levantó su metralleta:
—¡Cuidado!
Don Daniel dijo:
—Quería entregarle las llaves al niño.
Uno de los hombres le agarró el brazo:

18
—Yo lo hago.
Palpó los pantalones del detenido y allí donde se produjo un ruido metálico,
introdujo a mano y sacó las llaves. Daniel las recogió en el aire. El jeep partió y las
madres se precipitaron a la calle, agarraron a sus hijos del cuello y los metieron en
sus casas. Pedro se quedó cerca de Daniel en medio de la polvareda que levantó el
jeep al partir.
—¿Por qué se lo llevaron?
—Daniel hundió las manos en los bolsillos y apretó las llaves.
—Mi papá está contra la dictadura.
Pedro ya había escuchado eso de “contra la dictadura”. Lo decía la radio por las
noches, muchas veces. Pero no sabía muy bien qué quería decir.
—¿Qué significa eso?
—Daniel miró la calle vacía y le dijo como en secreto:
—Que quieren que el país sea libre. Que se vayan los militares del gobierno.
—¿Y por eso se los llevan presos? –preguntó Pedro.
—Yo creo.
—¿Qué vas a hacer?
—No sé.
Un vecino se acercó a Daniel y le pasó la mano por el pelo.
—Te ayudo a cerrar –le dijo.
Pedro se alejó pateando la pelota y como no había nadie en la calle con quien jugar,
corrió hasta la otra esquina a esperar el autobús que traería a su padre de regreso del
trabajo.
Cuando llegó, Pedro lo abrazó y el papá se inclinó para darle un beso.
—¿No ha vuelto aún tu mamá?
—No –dijo Pedro.
—¿Jugaste mucho?
—Un poco.
Sintió la mano de su papá que le tomaba la cabeza y la estrechaba con una caricia
sobre la camisa.
—Vinieron unos soldados y se llevaron preso al papá de Daniel.
—Ya lo sé –dijo el padre.
—¿Cómo lo sabes?
—Me avisaron por teléfono.

19
—Daniel se quedó de dueño del almacén. A lo mejor ahora me regala caramelos
–dijo Pedro.
—No creo.
—Se lo llevaron en un jeep como esos que salen en la películas.
El padre no dijo nada. Respiró hondo y se quedó mirando con tristeza la calle. A
pesar de que era de día, sólo la atravesaban los hombres que volvían lentos de sus
trabajos.
—¿Tú crees que saldrá en la televisión? –preguntó Pedro.
—¿Qué? –preguntó el padre.
—Don Daniel.
—No.
Esa noche se sentaron los tres a cenar, y aunque nadie le ordenó que se callara,
Pedro no abrió la boca. Sus papas comían sin hablar. De pronto, la madre comenzó
a llorar, sin ruido.
—¿Por qué está llorando mi mamá?
El papá se fijó primero en Pedro y luego en ella y no contestó. La mamá dijo:
—No estoy llorando.
—¿Alguien te hizo algo? –preguntó Pedro.
—No –dijo ella.
Terminaron de cenar en silencio y Pedro fue a ponerse su pijama. Cuando volvió a
la sala, sus papás estaban abrazados en el sillón con el oído muy cerca de la radio,
que emitía sonidos extraños, más confusos ahora por el poco volumen. Casi
adivinando que su papá se llevaría un dedo a la boca para que se callara, Pedro
preguntó rápido:
—Papá, ¿tú estás contra la dictadura?
El hombre miró a su hijo, luego a su mujer, y en seguida ambos lo miraron a él.
Después bajó y subió lentamente la cabeza, asintiendo.
—¿También te van a llevar preso?
—No –dijo el padre.
—¿Cómo lo sabes?
—Tú me traes buena suerte, chico –sonrió.
Pedro se apoyó en el marco de la puerta, feliz de que no lo mandaran a acostarse
como otras veces. Prestó atención a la radio tratando de entender. Cuando la radio
dijo: “la dictadura militar”, Pedro sintió que todas las cosas que andaban sueltas en

20
su cabeza se juntaban como un rompecabezas.
—Papá –preguntó entonces–, ¿yo también estoy contra la dictadura?
El padre miró a su mujer como si la respuesta a esa pregunta estuviera escrita en los
ojos de ella. La mamá se rascó la mejilla con una cara divertida, y dijo:
—No se puede decir.
—¿Por qué no?
—Los niños no están en contra de nada. Los niños son simplemente niños. Los
niños de tu edad tienen que ir a la escuela, estudiar mucho, jugar y ser cariñosos
con sus padres.
Cada vez que a Pedro le decían estas frases largas, se quedaba en silencio. Pero esta
vez, con los ojos fijos en la radio, respondió:
—Bueno, pero si el papá de Daniel está preso, Daniel no va a poder ir más a la
escuela.
—Acuéstate, chico –dijo el papá.
Al día siguiente, Pedro se comió dos panes con mermelada, se lavó la cara y se fue
corre que te vuela a la escuela para que no le anotaran un nuevo atraso. En el
camino, descubrió una cometa azul enredada en las ramas de un árbol, pero por más
que saltó y saltó no hubo caso.
Todavía no terminaba de sonar ding-dong la campana, cuando la maestra entró,
muy tiesa, acompañada por un señor con uniforme militar, una medalla en el pecho,
bigotes grises y unos anteojos más negros que mugre en la rodilla.
La maestra dijo:
—De pie, niños, y bien derechitos.
Los niños se levantaron. El militar sonreía con sus bigotes de cepillo de dientes
bajo los lentes negros.
—Buenos días, amiguitos –dijo–. Yo soy el capitán Romo y vengo de parte del
Gobierno, es decir, del general Perdomo, para invitar a todos los niños de todos los
grados de esta escuela a escribir una composición. El que escriba la más linda de
todas recibirá, de la propia mano del general Perdomo, una medalla de oro y una
cinta como ésta con los colores de la bandera. Y por supuesto, será el abanderado
en el desfile de la Semana de la Patria.
Puso las manos tras la espalda, se abrió de piernas con un salto y enderezó el cuello
levantando un poco la barbilla.
—¡Atención! ¡Sentarse!

21
Los muchachos obedecieron.
—Bien –dijo el militar–. Saquen sus cuadernos... ¿Listos los cuadernos? ¡Bien!
Saquen lápiz... ¿Listos los lápices? ¡Anotar! Título de la composición: “Lo que
hace mi familia por las noches”... ¿Comprendido? Es decir, lo que hacen ustedes y
sus padres desde que llegan de la escuela y del trabajo. Los amigos que vienen. Lo
que conversan. Lo que comentan cuando ven la televisión. Cualquier cosa que a
ustedes se les ocurra libremente con toda libertad. ¿Ya? Uno, dos, tres:
¡comenzamos!
—¿Se puede borrar, señor? –preguntó un niño.
—Sí –dijo el capitán.
—¿Se puede hacer con bolígrafo?
—Sí, joven. ¡Cómo no!
—¿Se puede hacer en hojas cuadriculadas, señor?
—Perfectamente.
—¿Cuánto hay que escribir, señor?
—Dos o tres páginas.
—¿Dos o tres páginas? –protestaron los niños.
—Bueno –corrigió el militar–, que sean una o dos. ¡A trabajar!
Los niños se metieron el lápiz entre los dientes y comenzaron a mirar el techo a ver
si por un agujero caía volando sobre ellos el pajarito de la inspiración.
Pedro estuvo mordiendo el lápiz, pero no le sacó ni una palabra. Se rascó el agujero
de la nariz y pegó debajo del escritorio un moquita que le salió por casualidad.
Juan, en el pupitre de al lado, estaba comiéndose las uñas, una por una.
—¿Te las comes? –preguntó Pedro.
—¿Qué? –dijo Juan.
—Las uñas.
—No. Me las corto con los dientes y después las escupo. ¡Así! ¿Ves?
E1 capitán se acercó por el pasillo y Pedro pudo ver cerca la dura hebilla dorada de
su cinturón.
—¿Y ustedes, no trabajan?
—¿Y tú? Sí, señor –dijo Juan, y a toda velocidad arrugó las cejas, sacó la lengua
entre los dientes y puso una gran “A” para comenzar la composición. Cuando el
capitán se fue hacia el pizarrón y se puso a hablar con la maestra, Pedro le espió la
hoja a Juan y preguntó:

22
—¿Qué vas a poner?
—Cualquier cosa. ¿Y tú?
—No sé –dijo Pedro.
—¿Qué hicieron tus papás ayer? –preguntó Juan.
—Lo mismo de siempre. Llegaron, comieron, oyeron la radio y se acostaron.
—Igualito mi mamá.
—Mi mamá se puso a llorar de repente –dijo Pedro.
—Las mujeres se la pasan llorando.
—Yo trato de no llorar nunca. Hace como un año que no lloro.
—Y si te pego en el ojo y te lo pongo morado, ¿no lloras?
—¿Y por qué me vas a hacer eso si soy tu amigo?
—Bueno, es verdad.
Los dos se metieron los lápices en la boca y miraron el bombillo apagado y las
sombrasen las paredes y sintieron la cabeza hueca como una alcancía. Pedro se
acercó a Juan y le susurró en la oreja:
—¿Tú estás contra la dictadura?
Juan vigiló la posición del capitán y se inclinó hacia Pedro:
—Claro, pendejo.
Pedro se apartó un poco y le guiñó un ojo, sonriendo. Luego, haciendo como que
escribía, volvió a hablarle:
—Pero tú eres un niño... –¿Yeso qué importa?
—Mi mamá me dijo que los niños... –comenzó a decir Pedro.
—Siempre dicen eso... A mi papá se lo llevaron preso al norte.
—Igual que al de Daniel.
—Ajá. Igualito.
Pedro miró la hoja en blanco y leyó lo que había escrito: “Lo que hace mi familia
por las noches”. Pedro Malbrán. Escuela Siria. Tercer Grado A.
—Juan, si me gano la medalla, la vendo para comprarme una pelota de fútbol
tamaño cinco de cuero blanco con parches negros. Pedro mojó la punta del lápiz
con un poco de saliva, suspiró hondo y arrancó:
“Cuando mi papá vuelve del trabajo…”.
Pasó una semana, se cayó de puro viejo un árbol de la plaza, el camión de la basura
estuvo cinco días sin pasar y las moscas tropezaban en los ojos de la gente, se casó
Gustavo Martínez de la casa de enfrente y repartieron así unos pedazos de torta a

23
los vecinos, volvió el jeep y se llevaron preso al profesor Manuel-Pedraza, el cura
no quiso decir misa el domingo, en el muro de la escuela apareció escrita la palabra
“resistencia”, Daniel volvió a jugar fútbol y metió un gol de chilena y otro de
palomita, subieron de precio los helados y Matilde Schepp, cuando cumplió nueve
años, le pidió a Pedro que le diera un beso en la boca.
—¡Estás loca! –le gritó Pedro.
Después que pasó esa semana, pasó todavía otra, y un día volvió al aula el militar
cargado de papeles, una bolsa de caramelos y un calendario con la foto de un
general.
—Mis queridos amiguitos –les dijo–. Sus composiciones han sido muy lindas y nos
han alegrado mucho a los militares y en nombre de mis colegas y del general
Perdomo debo felicitarlos muy sinceramente. La medalla de oro no recayó en este
curso, sino en otro, en algún otro. Pero para premiar sus simpáticos trabajitos, les
daré a cada uno un caramelo, la composición con una notita y este calendario con la
foto del prócer.
Pedro se comió el caramelo camino de su casa y esa noche, mientras cenaban, le
contó al papá:
—En la escuela nos mandaron a hacer una composición. Mmm…. ¿Sobre qué?
–preguntó el papá comiendo la sopa.
—“Lo que hace mi familia por las noches”.
El papá dejó caer la cuchara sobre el plato y saltó una gota de sopa sobre el mantel.
Miró a la mamá.
—¿Y tú qué escribiste, hijo? –preguntó la mamá.
Pedro se levantó de la mesa y fue a buscar entre sus cuadernos.
—¿Quieren que se las lea? El capitán me felicitó.
Y les mostró donde el capitán había escrito con tinta verde: “¡Bravo! ¡Te felicito!”
—El capitán... ¿qué capitán? –gritó el papá.
—El que nos mandó a hacer la composición.
Los papás se volvieron a mirar y Pedro empezó a leer:
—“Escuela Siria. Tercer Grado…”.
El papá lo interrumpió:
—Sí, está bien, pero lee directamente la composición, ¿quieres?
Y mientras los padres escuchaban con mucha atención, Pedro leyó:
—“Cuando mi papá vuelve del trabajo, yo voy a esperarlo al autobús. A veces, mi

24
mamá está en la casa y cuando llega mi papá le dice quiubo chico, cómo te fue hoy.
Bien le dice mi papá y a ti cómo te fue, aquí estamos le dice mi mamá. Entonces yo
salgo a jugar fútbol y me gusta meter goles de cabecita. Después viene mi mamá y
me dice ya Pedrito venga a comer y luego nos sentamos a la mesa y yo siempre me
como todo menos la sopa que no me gusta. Después todas las noches mi papá y mi
mamá se sientan en el sillón y juegan ajedrez y yo termino la tarea. Y ellos siguen
jugando ajedrez hasta que es la hora de irse a dormir. Y después, después no puedo
contar porque me quedo dormido.
Firmado: Pedro Malbrán. Nota: si me dan un premio por la composición ojalá sea
una pelota de fútbol, pero no de plástico.”
Levantó la mirada y se dio cuenta de que sus padres estaban sonriendo.
—Bueno —dijo el papá—, habrá que comprar un ajedrez, por si las moscas.

5- Manos, de Elsa Bornemann

Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia "de
miedo" cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.
Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino
o Junín o Santa Lucía... No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal
acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo
que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre
el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.
— ¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a
esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento
otra vez a cambio de tu promesa...
Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de
que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más
tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.
Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que
sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y
otra vez.
Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios "sobrinhijos" así como —

25
ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o
mi hijo y me pidieras:
—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento "de miedo"!
Y bien. Aquí va:
Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas. No sólo concurrían a la misma escuela sino
que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar
tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas. De otoño a primavera, las tres solían pasar
algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la
ciudad. ¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas,
fogones alanochecer...
Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría
de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque
la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos
dezapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.
Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de
buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de "tap"1. Las chicas lo sabían y por
eso le habían insistido para que bailara con ellas.
— ¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además,
la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las
cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada
sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se
ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la
función casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los
árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones. La
improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que
Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de "tap" y la abuela se quedara
exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la noche,
tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.
Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada
oportunidad que pasaban en esa casa. Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía
ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el
resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un

26
enorme poncho cubriéndolo todo). En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma
paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la cama de la izquierda, Martina, porque
prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al
lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía
protegida por sus amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre.
Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital
del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá
que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego. ¿Dormir?
¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se
quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que
oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el
miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse
sobre la noche. Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y
electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes.
— ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud. Martina
trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo
lo mismo. La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el
medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.
—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose
ánimo ella también con sus propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.
Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas—
transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes. Cuando el de la sala —grande y de
péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse
bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
— ¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez,
malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.
— ¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.
— ¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.

27
Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa
— donde tanto se la necesitaba en esos momentos...
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
— ¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y
velas! ¡O una linterna!
—"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó
Camila—. Yo, ¡ni loca!
— ¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo
también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos,
¿recuerdan? Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas…
Sean buenitas... Buaaah… Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana
parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera
una hermana mayor.
—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una
cosa para no tener más miedo, ¿sí?
— ¿Q--ué..? —balbuceó Oriana.
—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el
temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:
—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia
afuera, hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y
abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
— ¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados...
—En cambio, nosotras... —completó Martina— sólo con una mano...
Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus
miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse. Gracias a Dios, la
abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a
la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—.
Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había
sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!
—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles
el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.

28
—No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por su
comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos… Tras esta
confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse
demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron:
—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora...
—Estirarnos los brazos así, como ahora...
—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora...
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma
no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los
brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las
chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos! Sin embargo, las tres habían —
realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la
propuesta de Martina.
— ¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular
sus propios sentimientos de horror.
— ¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de
ambas manos!
Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche
al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí. Manos humanas. Manos espectrales. (Acaso
——a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo... y nos necesiten...)

6 - La pelota - Felisberto Hernández

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una
tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén.
Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me
amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita -pronto para correr- yo le volví a
pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina
donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a

29
sacar trapos. Cuando me di cuenta de que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio.
Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía
que no podía comprar la otra. Y que no había más remedio que conformarse con esta. Lo malo era
que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba
terminando, vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa;
pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució
de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era
una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las
más furiosas “patadas” me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba
direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y
parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de
que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía
que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué
con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad
vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que
aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era
lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la
mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la
comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día
de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo.) En el momento de cruzar el patio para
ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio
y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela
me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En almacén no quise mirar la otra, aunque
sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo
empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué
de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la
calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir
jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al
principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que
hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una
pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella
se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin

30
sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota
caliente que subía y bajaba con la respiración y después yo me fui quedando dormido.

7 - Algo muy grave va a suceder en este pueblo - Gabriel García Marquez

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de
17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos
le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este
pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo
se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador
le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué
pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana
sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o
una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su
mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor
véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están
preparando y comprando cosas.

31
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora
agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que
todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto,
a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y
tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados
por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central
donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y
otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va
la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

32
8 - Tito nunca más - Mempo Giardinelli
Para Pierpaolo Marchetti

1/
El mundo se le vino abajo el día que le cortaron la pierna. Solo tenía dieciocho años y era un
centrodelantero natural, uno de los mejores número nueve surgido jamás de las divisiones inferiores
de Chaco For Ever. Acababa de ser vendido a Boca Juniors, donde iba a debutar semanas después,
cuando recibió la citación para ir a la Guerra. Aquel verano del ‘82 el General Galtieri ordenó atacar
las Islas Malvinas y Tito Di Tullio fue convocado al término de la primera semana. Ahí empezó su
calvario.
Le tocó estar en la batalla de Bahía de los Gansos, en la que los cañones ingleses convirtieron
las praderas en infierno, los Harriers atacaban como palomas malignas y los gurkas se movían como
alacranes. Un granadazo hizo volar por los aires la trinchera que habían cavado por la mañana y una
esquirla en la pierna derecha le quebró el fémur y lo dejó tendido, boca arriba, mirando un punto
fijo en el cielo como pidiéndole una explicación. Enseguida reaccionó y, en medio de la balacera, se
hizo un torniquete para detener la pérdida de sangre. La herida no hubiera sido demasiado grave si
lo hubiesen atendido a tiempo, pero la incompetencia militar argentina y la furia británica lo
obligaron a permanecer allí por muchas horas, durante las que fue sintiendo cómo la gangrena o
como se llamase esa mierda que lo paralizaba le tomaba toda la pierna. El bombardeo y la metralla,
ruidosamente unánimes, impedían todo movimiento, y Tito, que parecía un muerto más en el campo
de batalla, solo pudo llorar amargamente, inmóvil y aterrado por el dolor y por el miedo, dándose
cuenta, además, de que nunca más volvería a jugar al fútbol.
Lo encontraron desvanecido y alguno dijo después que los ingleses lo habían dado por muerto.
Unos soldados enfermeros del 7º de Artillería que marchaban en retirada, al día siguiente, lo
reconocieron. Chaqueños todos ellos, uno dijo che éste se parece al Tito Di Tullio, el nueve de For
Ever, y otro dijo no parece, boludo, es el Tito y está vivo. Lo colocaron en una camilla improvisada
y lo llevaron hasta el comando del regimiento, que por esas horas empezaba a rendirse. La
desmoralización era general y nadie sabía quién mandaba. Todos los oficiales estaban
desconcertados y de hecho habían abandonado a sus tropas. Batallones enteros estaban a cargo de
sargentos, o simples cabos, y cuando llegó la camilla en la que agonizaba ese soldado que había
perdido muchísima sangre, alguien, seguramente un oficial británico, dispuso que fuese operado de
urgencia en uno de los hospitales de campaña que los ingleses instalaron en Puerto Argentino,
nuevamente llamado por ellos Port Stanley.

33
Allí le cortaron la pierna. Nadie supo ni sabría jamás si fue lo mejor que se podía hacer en aquel
momento, pero fue lo que hicieron. Así terminó la guerra para Tito Di Tullio, y también se
terminaron su carrera futbolística y sus ganas de vivir.

2/
Cuando regresó al Chaco, cuatro meses después, apenas sostenía su cuerpo magro y encorvado
apoyándose en un par de muletas. Pero lo que más impresionaba era la expresión de tristeza infinita
que se le había estampado en la cara como un tatuaje virtual. Esa misma primera semana, las
autoridades de Chaco For Ever le hicieron un homenaje en la cancha de la Avenida 9 de Julio. Con
las tribunas repletas, minutos antes de un partido de liga todo el estadio lo aplaudió de pie, como a
un héroe. Pero todos vimos, también, que Tito no se emocionaba ni sonreía; era apenas un cuerpo
irregular coronado por esa tristeza imbatible. Era una mueca mezcla de horror, angustia y rabia, y
todos vimos cómo sus ojos velados miraban la gramilla con resentimiento y más allá a unos chicos
que jugaban con una pelota a la que Tito, me pareció, hubiese querido patear para siempre.
Desde entonces, muchas veces me pregunté cómo se hará para soportar semejante frustración.
Los que estamos completos, y somos jóvenes, no podemos siquiera redondear la dimensión de
nuestra piedad. Incapaces de imaginar la crueldad de la tragedia, nos la figuramos como un
fantasma que jamás nos alcanzará, ocupado como está –suponemos– en hacer estragos con las vidas
de los otros.

3/
Como dos o tres años después, recuperada la democracia, un día yo salía del Cine Sep llevando
del brazo a la que era mi novia, Lilita Martínez, y de pronto lo vi y me quedé paralizado. En pleno
centro de la ciudad y a las nueve de la noche, apoyado sobre dos muletas deslucidas, de maderas
cascadas por el uso y con un par de calcetines abullonados en las puntas a manera de absurdos
zapatos silenciosos, Tito Di Tullio extendía una lata esperando que alguien depositara allí unas
monedas.
Creo que él no me vio, y yo, cobardemente, no me atreví a acercarme. Di un rodeo arrastrando a
Lilita del brazo, y luego me pasé la noche, en rueda de amigos, criticando estúpidamente al sistema
político que permitía que nuestros pocos héroes de guerra fuesen humillados. Se suponía que los
veteranos recibían algún subsidio del Estado, pero evidentemente eso no impedía que acabaran
pordioseros. No había programas de trabajo para ellos, y además la sociedad los despreciaba: por
duro que fuese reconocerlo, nadie quería ver en los excombatientes su propia estupidez. Por eso,
automarginados por el resentimiento infinito que los vencía, los supuestos héroes se habían

34
convertido en un problema incómodo e irresoluble. Eran glorias de una guerra que ya no importaba
a nadie y no valían más que un discurso por año en boca de algún cretino con poltrona en el poder.

4/
Durante un largo tiempo dejé de verlo, y nunca supe si fue por pura casualidad o porque Tito
desapareció de las calles de la ciudad. Ya nadie hablaba de esa guerra y todo el país se alarmaba con
otras crisis más visibles y cercanas.
La democracia era una ardua tarea a finales de los ochenta. La crisis económica empezaba a
hacer estragos, y, como si la decadencia de muchas instituciones fuese una de sus consecuencias
inevitables, también For Ever se vino abajo. El club entró en una pendiente de la que todavía no
termina de recuperarse: desafiliado de todas las ligas durante años, solo después de una amnistía se
le permitió volver a jugar en los campeonatos promocionales del interior del país. Y esa
reactivación futbolera demostró que la vieja pasión de los chaqueños por el único equipo que llegó a
jugar en primera en varios torneos nacionales se mantenía intacta, y todos volvimos al viejo estadio
de la 9 de Julio con las mismas antiguas banderas, bombos y entusiasmos.
Ahí reencontré a Tito, afuera del estadio, junto a las puertas de acceso a las tribunas populares.
Los días de partido llegaba temprano, abría una mesita de tijera y colocaba sobre ella un canasto
con golosinas y banderines, cigarrillos y cosas de poco valor, casi insignificantes, y se quedaba
distraídamente apoyado en su único pie y con la muleta en el sobaco.
La primera vez me acerqué a saludarlo y él se dejó abrazar, mansamente, como un hombre
resignado a su desdicha. Me pareció que no le disgustaba que la gente lo viese y saludase como a un
viejo héroe, de la Guerra y de los listones blanquinegros de la casaca forevista. Pero enseguida me
di cuenta de que, aunque devolvía todos los saludos, conservaba ese gesto mínimo, esa leve mueca
de resentimiento que los viejos amigos, al menos, podíamos advertir.
Yo pensé que no aceptaba convertirse a sí mismo en recuerdo y que esa era su tragedia, porque
seguía siendo un símbolo del For Ever campeón de los años de la dictadura. El reconocimiento de la
gente no era más que eso: un saludo momentáneo. Y aunque todos le brindaban su afecto, y más de
uno le compraba cosas que no necesitaba, era obvio que en el fondo todo eso lo enfurecía
secretamente. Por eso no entraba jamás a la cancha.
Lo observé durante varios fines de semana: desinteresado de lo que pasaba adentro, siempre de
espaldas al estadio, su patético desprecio solo conseguía subrayar cuánto odiaba asumirse como
mito, como estatua viviente del gran centrodelantero que la Guerra había malogrado.
Y en el exacto minuto en que comenzaba cada partido, Tito se iba. Casi en simultáneo, podía
escucharse el pitazo dentro del campo y verlo desarmar la mesita. Velozmente plegaba la bandeja, la

35
reconvertía en maletín, se la cargaba a la espalda y se marchaba a toda la velocidad que le permitía
su andar irregular y roto.

5/
Una tarde me quedé afuera, y antes de que huyera me le acerqué. Yo había pensado varias
veces, antes, en ayudarlo de algún modo. Una vez lo propuse para un trabajo en la universidad; otra
convencí a los japoneses del Zan-En para que lo admitieran en la panadería. Pero él ni siquiera se
presentó para hacerse cargo. Tampoco me agradeció las gestiones ni pareció apreciar mi
comedimiento. De modo que dejé de insistir y aquella tarde, a las puertas de la cancha, simplemente
quise invitarlo a ver juntos el partido desde la platea. For Ever jugaba contra Racing de Córdoba por
las semifinales del Promocional, era un sábado soleado, la cancha estaba llena y yo había
conseguido un par de buenos lugares.
Pero apenas formulé la invitación Tito me dijo que no con la cabeza, que movió frenéticamente.
Nervioso, pero sobre todo enojado por mi insolencia, golpeó el piso con la muleta y me dijo “No
jodás, andate de acá”. Y me miró fijo y sin pronunciar otras palabras me rogó con los ojos, que
parecían de fuego, que me alejara de allí. Me aparté, por supuesto, y entré a la cancha justo en el
momento, apenas comenzado el partido, en que For Ever marcó un gol. A juzgar por el estallido
jubiloso en las tribunas, la gritería y el rumor de los tablones repletos, había sido un golazo de esos
que vuelven loca a la hinchada porque se producen en los primeros segundos del partido, cuando el
equipo rival está apenas ordenándose en el campo. Me di vuelta para decirle dale Tito, vení, no te
pierdas esta alegría, pero él ya se iba y cuando lo llamé no se dio vuelta, ni siquiera vaciló.

6/
Nunca más vi a Tito Di Tullio. Nunca más volvió al estadio, no lo vi más en la ciudad y aunque
hice algunas preguntas, meses después, nadie supo darme razón. Muchas veces pensé que se habría
suicidado, como tantos excombatientes de Malvinas. Imaginé que lo encontraban colgado de una
viga, o que se tiraba al Paraná desde lo más alto del puente que lleva a Corrientes. Y más de una
mañana me descubrí, vergonzantemente, buscando una nota luctuosa en los diarios locales.
Pero nunca más lo vi y creo que fue lo mejor que pudo pasar. Tito perdió por goleada con la
vida y acaso su único triunfo fue saber evaporarse.
Suelo pensar que esa es la clase de resultados que arrojan las guerras idiotas: nunca hay un
final, un verdadero final para sus protagonistas anónimos. Solo ellos, cada uno de ellos y
absolutamente nadie más, han de saber lo insoportable que es vivir con el resentimiento

36
quemándote el alma. Por eso, me dije, mejor olvidar a Tito, no buscarlo nunca más. En todo caso,
capaz que un día de estos escribo un cuento y lo hago literatura.

9 – El almohadón de plumas – Horacio Quiroga

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su
marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero
estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta
estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo
a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda
hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura;
pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio
silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio
encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba
aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda
la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar
un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada
hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente
días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de
él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por
la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente
todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos
fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una
palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El
médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos

37
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran
debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme
enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.
Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír
el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus
pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a
su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que
descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino
mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente
mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de
estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido,
acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre
los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia
yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La
observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que
hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía
siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana
amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas
de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de
kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la

38
cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores
crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban
dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces
continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa,
no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos
de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato
extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de
sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos
lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y
temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del
comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio
un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el
fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una
bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca
—su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi
imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde
que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había
vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas
condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no
es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

39
10 – A la deriva – Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al
volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente,
y sacó sangre el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el
centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se
bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contemplo. Un dolor
agudo nacía de los dos puntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó
el tobillo con su pañuelo, y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre
sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta
la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta,
seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho, y se echó de
brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violetas desaparecían ahora en la monstruosa
hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. El hombre quiso
llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
–¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido
gusto alguno.
–¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo–. ¡Dame caña!
–¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer espantada.
–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos,
pero no sintió nada en la garganta.
–Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa
morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La
atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando
pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la
rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa.

40
Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú–Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus
manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez–,
dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la
ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó
hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría
jamás llegar él solo a Tacurú–Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía
mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente
atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido
de pecho.
–¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
–¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo.
En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su
canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el
fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río.
Desde las
orillas bordeadas de negros bloques de basalto asciende el bosque, negro también. Adelante, a
los costados, detrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se
precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio
de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento
escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le
dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno
comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la
mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría
en Tacurú–Pucú.
El bienestar avanzaba y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la
pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú–Pucú? Acaso viera también a su
ex patrón, míster Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su

41
frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos
cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba
velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en
ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su
ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y
nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba
helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves… El hombre estiró lentamente los dedos de la
mano.
–Un jueves...
Y cesó de respirar.

11 - Tres portugueses bajo un sombrero – Rodolfo Walsh

El primer portugués era alto y flaco.


El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.
2
- ¿Quién fue?- preguntó el comisario Jiménez.
- Yo no - dijo el primer portugués.
- Yo tampoco - dijo el segundo portugués.
- Yo menos - dijo el tercer portugués.
3
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.
4
- ¿Qué hacían en esa esquina? - preguntó el comisario Jiménez.

42
- Esperábamos un taxi - dijo el primer portugués.
- Llovía muchísimo - dijo el segundo portugués.
- ¡Cómo llovía! - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.
5
- ¿Quién vio lo que pasó? - preguntó Daniel Hernández.
- Yo miraba hacia el norte - dijo el primer portugués.
- Yo miraba hacia el este - dijo el segundo portugués.
- Yo miraba hacia el sur - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando hacia el oeste.
6
- ¿Quién tenía el paraguas? - preguntó el comisario Jiménez.
- Yo tampoco - dijo el primer portugués.
- Yo soy bajo y gordo - dijo el segundo portugués.
- El paraguas era chico - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.
7
- ¿Quién oyó el tiro? - preguntó Daniel Hernández.
- Yo soy corto de vista - dijo el primer portugués.
- La noche era oscura - dijo el segundo portugués.
- Tronaba y tronaba - dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.
8
- ¿Cuándo vieron al muerto? - preguntó el comisario Jiménez.
- Cuando acabó de llover - dijo el primer portugués.
- Cuando acabó de tronar - dijo el segundo portugués.
- Cuando acabó de morir - dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.
9
- ¿Qué hicieron entonces? - preguntó Daniel Hernández.

- Yo me saqué el sombrero - dijo el primer portugués.


- Yo me descubrí - dijo el segundo portugués.
- Mis homenajes al muerto - dijo el tercer portugués.

43
Los cuatro sombreros sobre la mesa.
10
- Entonces, ¿qué hicieron? - preguntó el comisario Jiménez.
- Uno maldijo la suerte - dijo el primer portugués.
- Uno cerró el paraguas - dijo el segundo portugués.
- Uno nos trajo corriendo - dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.
11
- Usted lo mató - dijo Daniel Hernández.
- ¿Yo, señor? - preguntó el primer portugués.
- No, señor - dijo Daniel Hernández.
- ¿Yo, señor? - preguntó el segundo portugués.
- Sí, señor - dijo Daniel Hernández.
12
- Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada - dijo Daniel Hernández. - Uno miraba al
norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían convenido en vigilar cada uno una
bocacalle distinta, para tener más posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.
"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia les mojó la parte
delantera del sombrero.
"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta para matar al que
miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o derecho a un costado. El que miraba al este,
en cambio, tenía que darse vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse
vuelta se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en el medio; es decir,
mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se mojaron solamente adelante, porque cuando
sus dueños se dieron vuelta para mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto
se mojó por completo por el pavimento húmedo.
"El asesino utilizó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con que juegan los
chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La detonación se confundió con los truenos
(esta noche hubo tormenta eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que
localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan pequeña: la nuca de su
víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte
chaparrón le empapó la parte posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa
particularidad. Por lo tanto es el culpable."

44
El primer portugués se fue a su casa. Al segundo no lo dejaron. El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto. Muerto

12 - EL CRIMEN CASI PERFECTO, de Roberto Arlt

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El
mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora
Stevens se suicidó entre las siete y las diez de la noche) detenido en una comisaría por su
participación imprudente en un accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba
en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en
cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de
leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso del caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para
festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención funesta.
Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.
Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la anti gua doméstica que servía hacía
muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la
tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el
portero un diario de la tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora
Stevens el diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume
lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las
entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del
comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en
esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A continuación se puso a
leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra.
El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.
Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente en
el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de
absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos
aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo, únicamente la
Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se
agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el

45
fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un
anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino
no podía saber si la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó
que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.
El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos
inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de
que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en
disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar
ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas.
Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el
whisky de las botellas eran completamente in ofensivos. Por otra parte, la declaración del portero
era terminante; nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de
manera que si yo, después de algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario
informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin
embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido
asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el
veneno ante s de que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el
sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo.
Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres.
Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios. Juan trabajaba como ayudante de
un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y
lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su
hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario, pero estaba
descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado
caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El
día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa,
robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y
manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa
estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera
vivido cien años. Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la

46
naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta
mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores
groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un
procedimiento judicial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que
ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de
acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho
anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde
abandonaba yo la habitación donde quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en mi
imaginación: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la
ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela
policial, pero convenía verificar la hipótesis.
Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla
solidificada no revelaba mudanza alguna. Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora
Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente, sino deportivamente. Yo estaba en
presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un
recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas,
que yo, que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo
permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de
whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel.
De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había
tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis
daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a
ella y le dije:
- Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con
hielo o sin hielo?
-Con hielo, señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
- No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en cubitos. – Y la
criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta
ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.

47
Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de
nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de
la heladera y varios cubitos de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia
del tóxico, y a los pocos minutos pudo manifestarnos: - El agua está envenenada y los panes de este
hielo están fabricados con agua envenenada. Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba
desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la
heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro
disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito
retiró un cubito de hielo (lo cual explicaba que el plato con hielo disuelto se encontrara sobre la
mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su alta concentración.
Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico,
hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron
esperar.
No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban
dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la
noche.
A las once, yo, mi superior y el juez nos presen tamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor
Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar
nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.
Había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino
más ingenioso que conocí.

13 - EN DEFENSA PROPIA, de Rodolfo Walsh

–Yo, a lo último, no servía para comisario –dijo Laurenzi, tomando el café que se le había
enfriado–. Estaba viendo las cosas, y no quería verlas. Los problemas en que se mete la gente, y la
manera que tiene de resolverlos, y la forma en que yo los habría resuelto. Eso, sobre todo. Vea, es
mejor poner los zapatos sobre el escritorio, como en el biógrafo, que las propias ideas. Yo notaba
que me iba poniendo flojo, y era porque quería pensar, ponerme en el lugar de los demás, hacerme
cargo. Y así hice dos o tres macanas, hasta que me jubilé. Una de esas macanas es la que le voy a
contar.

48
Fue allá por el cuarenta, y en La Plata. –Eso le indica –murmuró con sarcasmo, mirando la
plaza llena de sol a través de la ventana del café– que mi fortuna política estaba en ascenso, porque
usted sabe cómo me han tenido a mí, rodando por todos los destacamentos y comisarías de la
provincia. La fecha justa también se la puedo decir. Era la noche de San Pedro y San Pablo, el 29 de
junio. ¿No le hace gracia que aún hoy se prendan fogatas ese día?
–Es por el solsticio estival –expliqué modestamente.
–Usted quiere decir el verano. El verano de ellos que trajeron de Europa la fiesta y el nombre de
la fiesta.
–Desconfíe también del nombre, comisario. Eran antiguos festivales celtas. Con el fuego
ayudaban al sol a mantenerse en el camino más alto de cielo.
–Será. La cuestión es que hacía un frío que no le cuento. Yo tenía un despacho muy grande y
una estufita de kerosén que daba risa. Fíjese, había momentos en que lo que más deseaba era ser de
nuevo un simple vigilante, como cuando empecé, tomar mate o café con ellos en la cocina, donde
seguramente hacía calor y no se pensaba en nada.
Serían las diez de la noche cuando sonó el teléfono. Era una voz tranquila, la voz del juez
Reynal, diciendo que acababa de matar un ladrón en su casa, y que si yo podía ir a ver. Así que me
puse el perramus y fui a ver.
Con los jueces, para qué lo voy a engañar, nunca me entendí. La ley de los jueces siempre
termina por enfrentarlo a uno con un malandra que esa noche tiene más suerte, o mejor puntería, o
un poco más de coraje que seis meses antes, o dos años antes, cuando uno lo vio por última vez con
una vereda y una 45 de por medio. Uno sabe cómo entran, cómo no va a saber, después de verlo
llorando y, si se descuida, pidiendo por su madre. Lo que no sabe, es cómo salen. Después hasta le
piden fuego por la calle, y usted se calla y se va a baraja porque se palpita que hay un chiste en
alguna parte, y no vaya a resultar que el chiste es a costa suya.
Iba pensado en estas cosas mientras caminaba entre las fogatas que la garúa no terminaba de
apagar, esquivando los buscapiés de la juventud que también festejaba, como dice usted, lo alto que
andaba el sol y, seguramente, la cosecha próxima, y los campos llenos de flores. Para distraerme,
empecé a recordar lo que sabía del doctor Reynal. Era el juez de instrucción más viejo de La Plata,
un caballero inmaculado y todo eso, viudo, solo e inaccesible.
Entré por un portoncito de fierro, atravesé el jardín mojado, recuerdo que había unas azaleas
que empezaban a florecer y unos pinos que chorreaban agua en la sombra. La cancela estaba
abierta, pero había luz en una ventana y seguí sin tocar el timbre. Conocía la casa, porque el doctor
solía llamarnos cada tanto, para ver cómo andaba un sumario o para darnos un sermón. Tenía ojos
de lince para los vicios de procedimiento, la sangre de sus venas pasaba por el código y no se

49
cansaba de invocar la majestad de la justicia, la de antes. Y yo que hasta tengo que cuidar la
ortografía, y no hablo de los vicios de procedimiento ya va a ver. Pero yo no era el único. Conozco
algunos que pretendían tomarlo en farra, pero se les caían las medias cuando tenían que enfrentarlo.
Y es que era un viejo imponente, con una gran cabeza de cadáver porque año a año la cara se le
iba chupando más y más, hasta que la piel parecía pegada a los huesos, como si no quisiera dejarle
nada a la muerte. Así lo recuerdo esa noche, vestido de negro y con un pañuelo de seda al cuello.
Con este hombre yo me guardaba un viejo entripado, porque una vez en la misma comisaría,
adonde llegó como bala me soltó al tuerto Landívar, que tenía dos muertes sin probar, y más tarde
iba a tener otra. Nunca olvidé lo que me dijo Es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita
de la justicia. ¿Y el peligro? –le pregunté. El peligro lo corremos todos–dijo. Pero fui yo el que tuve
que matarlo a Landívar, cuando al fin hizo la pata ancha en los galpones de Tolosa, y yo me acordé
del doctor, del doctor y de su madre.
El comisario se agarró el mentón y meneó la cabeza. Como si se riera de alguna ocurrencia
secreta, y después soltó una verdadera carcajada, una risa asmática y un poco dolorosa.
–Bueno, ahí estaba sentado ante su escritorio, como si nada hubiera pasado, absorto en uno de
esos libracos de filosofía, o vaya a saber qué, pero en todo caso algo importante, porque apenas alzó
la cabeza al verme en la puerta y siguió leyendo hasta que llegó al final de un párrafo que marcó
con una uña afilada y como de vidrio. Tuve tiempo de sacarme el sombrero mojado, de pensar
dónde lo pondría, de ver el bulto en el suelo, que era un hombre, de codearme con un jinete de
bronce y, en general, de sentirme como un auxiliar tercero que lo van a amonestar. Recién entonces
el viejo cerró el libro, cruzó los dedos y se quedó mirándome con esos ojos que siempre parecían
estar haciendo la seña del as de espadas.
Le pregunté, de buen modo, qué quería que hiciera. Contestó que yo sabía cuál era mi deber,
que yo conocía o debía conocer el Código de Procedimientos, que desde ya su reemplazante de
turno era el doctor Fulano, y que no lo tomara a mal si, ya que estaba, observaba con interés
profesional la forma en que yo encauzaba el sumario.
Le aseguré que no faltaba más. Le dije si estaba bien que le hiciera una inspección ocular. Hizo
que sí con la cabeza. ¿Y que le preguntara algunas cosas y que lo tuviese demorado hasta que el
doctor fulano dispusiera lo contrario? Entonces se echó a reír y comentó “Muy bien, muy bien, eso
me gusta”.
Moví con el pie la cara del muerto, que estaba boca abajo frente al escritorio, y me encontré con
un antiguo conocido, Justo Luzati, por mal nombre El Jilguero, y también El Alcahuete, con fama
de cantor y de otras cosas que en su ambiente nadie apreciaba. Supe tratarlo bastante en un tiempo,
hasta que lo perdí de vista en un hospital, pobre tipo.

50
Pero resultaba bueno verlo muerto así, al fin con un gesto de hombre en la cara flaca donde
parecía faltarle unos huesos y sobrarle otros, y un 32 empuñado a lo hombre en la mano derecha, y
todavía ese gesto bravío de apretar el gatillo a quemarropa, cuando ya le iban a tirar, o le estaban
tirando, y le tiraron nomás y el plomo del 38 que el doctor sacó de algún cajón lo sentó de traste. Y
entonces se acostó despacio a lagrimear un poco y a morir.
Pero ese viejo, era cosa de ver, o de imaginar, la sangre fría, de ese viejo. Dejó el 38 sobre la
mesa, con cuidado porque era una prueba. Me llamó por teléfono, sin levantarse siquiera, porque no
había que tocar nada. Y siguió leyendo el libro que leía cuando entró Luzati.
–¿Lo conoce doctor? –le pregunté.
–Nunca lo había visto.
Entonces, mientras lo estaba mirando, descubrí ese estropicio en la biblioteca que tenía detrás
de él.
–¿Y de eso –señalé –no pensaba decirme nada?
–Usted tiene ojos –respondió.
Había una hilera de tomos encuadernados en azul, creo que era la colección de La Ley. Y uno
estaba medio destripado, le salían serpentinas y plumitas de papel, y al lado había un marco de plata
boca abajo, un retrato con la foto y el vidrio perforados.
–Quédese quieto, doctor, no se mueva–le previne y le di la vuelta al escritorio, me paré donde
se había parado Luzati, donde todavía estaba el agua de sus zapatos y desde allí miré al viejo, y
luego detrás del viejo, y nuevamente esa cara cadavérica y severa. Pero él me corrigió: –Un poquito
más a la izquierda –dijo.
–¿Qué se siente, doctor, cuando a uno le erran por tan poco?
–No se siente nada–contestó –y usted lo sabe.
Entonces me agaché, saqué el 32 de entre los dedos de Luzati, abrí el tambor y allí estaba la
cápsula picada y el resto de la carga completa, y hasta el olor de la pólvora fresca. Todo listo y
empaquetado para el gabinete Vucetich, donde seguramente iban a encontrar que el plomo de la
biblioteca correspondía al 32, y que el ángulo de tiro estaba bien, y todo estaba bien, y se lo iban a
ilustrar con dibujitos y rayas coloradas, verdes y amarillas para probar nomás que el doctor había
matado en defensa propia.
Puse el 32 junto al otro, sobre el escritorio, y fue entonces cuando él me oyó decir “Qué raro” y
me miró sin moverse.
–¿Qué raro doctor?–le dije caminando otra vez hacia la biblioteca –que usted, que solía tener
tan buena memoria, se haya olvidado de este pájaro cantor. Porque si a mí no me falla, hace cuatro
años usted sentenció en una causa Vallejo contra Luzati por tentativa de extorsión.

51
Él se echó a reír.
–¿Y eso? –dijo –. Como si yo fuera a acordarme de todas las sentencias que dicto.
–Entonces tampoco recordará que en el treinta lo condenó por tráfico de drogas.
Me pareció que daba un brinco, que iba a pararse, pero se contuvo, porque era un viejo duro, y
apenas se pasó una mano por la frente.
–En el treinta –murmuró –. Puede ser. Son muchos años. Pero usted quiere decir que no vino a
robar sino a vengarse.
–Todavía no se lo quiero decir. Pero qué raro, doctor. Qué raro que este infeliz, que nunca asaltó
a nadie, porque era una rata, un pobre diablo que hoy se puso la mejor ropa para venir a verlo a
usted –alguien que vivía de la pequeña delación, del pequeño chantaje, del pequeño contrabando de
drogas; alguien que si llevaba un arma encima era para darse coraje –, que ese tipo, de golpe, se
convierta en asaltante y venga a asaltarlo a usted…
Entonces él cambió de postura por primera vez, giró con el sillón, y me vio con el retrato entre
las manos, ese retrato de una muchacha lejana, inocente y dulce, si no fuera por los ojos que eran
los ojos oscuros y un poco fanáticos del juez, esa cara que sonreía desde lejos aunque estaba
destrozada de un tiro certero, porque el vencido amor y la sombra del odio que le sigue tienen una
infalible puntería.
Le devolví el retrato, le dije: –Guárdelo. Esto no tiene por qué figurar aquí y me senté en
cualquier parte sin pedirle permiso, pero no porque le hubiera perdido el respeto, sino porque
necesitaba pensar y hacerme cargo y estar solo. Pensar, por ejemplo, en esa cara que yo había visto
dos años antes en una comisaría de Mar del Plata, esa cara devastada, ya no inocente, repetida en la
foto de un prontuario donde decía simplemente Alicia Reynal, toxicómana, etc. Pero cuando pasó
un rato muy largo, lo único que se me ocurrió decirle fue:
–¿Hace mucho que no la ve?
–Mucho –dijo, y ya no habló más, y se quedó mirando algo que no estaba.
Entonces volví a pensar, y ahí debió ser cuando descubrí que ya no servía para comisario.
Porque estaba viendo todo, y no quería verlo. Estaba viendo cómo El Alcahuete había conocido a
aquella mujer, y hasta le había vendido marihuana o lo que sea, y de golpe, figúrese usted, había
averiguado quién era. Estaba viendo con qué facilidad se le ocurrió extorsionar al padre, que era un
hombre inmaculado, un pilar de la sociedad, y de paso cobrarse las dos temporadas que estuvo en
Olmos. Estaba viendo cómo el viejo lo esperó con el escenario listo, el tiro que él mismo disparó –
un petardo más en esa noche de petardos –contra la biblioteca y contra aquel fantasma del retrato.
Estaba viendo el 32 descargado sobre el escritorio, para que Luzati lo manoteara a último momento

52
y hasta apretara el gatillo cuando el viejo le apuntó. Y lo fácil que fue después abrir el tambor y
volver a cargarlo, sin sacarlo de las manos del muerto, que era donde debía estar.
Estaba viendo todo, pero si pasaba un rato más ya no iba a ver nada, porque no quería ver nada.
Aunque al fin me paré y le dije:
–No sé lo que va a hacer usted, doctor, pero he estado pensando en lo difícil que es ser un
comisario y lo difícil que es ser un juez. Usted dice que este hombre quiso asaltarlo y que usted lo
madrugó. Todo el mundo le va a creer y, yo mismo, si mañana lo leo en el diario, es capaz que lo
creo. Al fin y al cabo, es mejor que ande suelto un asesino, y no una ruedita de la compasión. Era
inútil. Ya no me escuchaba. Al salir me agaché por segunda vez junto al Alcahuete y, de un bolsillo
del impermeable, saqué la pistola de pequeño calibre que sabía que iba a encontrar allí y me la
guardé. Todavía la tengo. Habría parecido raro, un muerto con dos armas encima.
El comisario bostezó y miró su reloj. Le esperaban a almorzar.
–¿Y el juez? –pregunté.
–Lo absolvieron. Quince días después renunció, y al año se murió de una de esas enfermedades
que tienen los viejos.

14 - Jaque mate en dos jugadas - Isaac Aisenberg (W.I. Eisen)

Yo lo envenené. En dos horas quedaba liberado. Dejé a mi tío Néstor a las veintidós. Lo hice
con alegría. Me ardían las mejillas. Me quemaban los labios. Luego me serené y eché a caminar
tranquilamente por la avenida en dirección al puerto.
Me sentía contento. Liberado. Hasta Guillermo resultaba socio beneficiario en el asunto. ¡Pobre
Guillermo! ¡Tan tímido, tan mojigato! Era evidente que yo debía pensar y obrar por ambos. Siempre
sucedió así. Desde el día en que nuestro tío nos llevó a su casa. Nos encontramos perdidos en su
palacio. Era un lugar seco, sin amor. Únicamente el sonido metálico de las monedas.
-Tenéis que acostumbraros al ahorro, a no malgastar. ¡Al fin y al cabo, algún día será vuestro!-
bramaba. Y nos acostumbramos a esperarlo.
Pero ese famoso y deseado día se postergaba, pese a que tío sufría del corazón. Y si de
pequeños nos tiranizó, cuando crecimos colmó la medida.
Guillermo se enamoró un buen día. A nuestro tío no le agradó la muchacha. No era lo que
ambicionaba para su sobrino.
-Le falta cuna..., le falta roce..., ¡puaf! Es una ordinaria –sentenció.

53
Inútil fue que Guillermo se prodigara en encontrarle méritos. El viejo era terco y caprichoso.
Conmigo tenía otra suerte de problemas. Era un carácter contra otro. Se empeñó en doctorarme
en bioquímica. ¿Resultado? Un perito en póquer y en carreras de caballos. Mi tío para esos vicios
no me daba ni un centavo. Debí exprimir la inventiva para birlarle algún peso.
Uno de los recursos era aguantarle sus interminables partidas de ajedrez; entonces cedía cuando
le aventajaba para darle ínfulas, pero él, en cambio, cuando estaba en posición favorable alargaba el
final, anotando las jugadas con displicencia, sabiendo de mi prisa por disparar al club, Gozaba con
mi infortunio saboreando su coñac.
Un día me dijo con aire de perdonavidas:
-Observo que te aplicas en el ajedrez. Eso me demuestra dos cosas: que eres inteligente y un
perfecto holgazán. Sin embargo, tu dedicación tendrá su premio. Soy justo. Pero eso sí, a falta de
diplomas, de hoy en adelante tendré de ti bonitas anotaciones de las partidas. Sí, muchacho,
llevaremos sendas libretas con las jugadas para cotejarlas. ¿Qué te parece?
Aquello podría resultar un par de cientos de pesos, y acepté. Desde entonces, todas las noches,
la estadística. Estaba tan arraigada la manía en él, que en mi ausencia comentaba las partidas con
Julio, el mayordomo.
Ahora todo había concluido. Cuando uno se encuentra en un callejón sin salida, el cerebro
trabaja, busca, rebusca, escarba. Y encuentra. Siempre hay salida para todo. No siempre es buena.
Pero es salida.
Llegaba a la Costanera. Era una noche húmeda. En el cielo nublado, alguna chispa eléctrica. El
calorcillo mojaba las manos, resecaba la boca.
En la esquina, un policía me encabritó el corazón.
El veneno, ¿cómo se llamaba? Aconitina. Varias gotitas en el coñac mientras conversábamos.
Mi tío esa noche estaba encantador. Me perdonó la partida.
Haré un solitario –dijo-. Despaché a los sirvientes... ¡Hum! Quiero estar tranquilo. Después
leeré un buen libro. Algo que los jóvenes no entienden... Puedes irte.
-Gracias, tío. Hoy realmente es... sábado.
-Comprendo.
¡Demonios! El hombre comprendía. La clarividencia del condenado.
El veneno surtía un efecto lento, a la hora, o más, según el sujeto. Hasta seis u ocho horas.
Justamente durante el sueño. El resultado: la apariencia de un pacífico ataque cardíaco, sin huellas
comprometedoras. Lo que yo necesitaba. ¿Y quién sospecharía? El doctor Vega no tendría
inconveniente en suscribir el certificado de defunción. No en balde era el médico de cabecera. ¿Y si
me descubrían? Imposible. Nadie me había visto entrar en el gabinete de química. Había

54
comenzado con general beneplácito a asistir a la Facultad desde varios meses atrás, con ese
deliberado propósito. De verificarse el veneno faltante, jamás lo asociarían con la muerte de Néstor
Alvarez, fallecido de un sincope cardíaco. ¡Encontrar unos miligramos de veneno en setenta y cinco
kilos, imposible!
Pero, ¿y Guillermo? Sí. Guillermo era un problema, Lo hallé en el hall después de preparar la
“encomienda” para el infierno. Descendía la escalera, preocupado.
-¿Qué te pasa? –le pregunté jovial, y le hubiera agregado de mil amores: “¡Si supieras,
hombre!”.
-¡Estoy harto!– me replicó.
-¡Vamos!– le palmoteé la espalda- Siempre está dispuesto a la tragedia...
-Es que el viejo me enloquece. Últimamente, desde que volviste a la Facultad y le llevas la
corriente con el ajedrez, se la toma conmigo. Y Matilde...
-¿Qué sucede con Matilde?
-Matilde me lanzó un ultimátum: o ella, o tío.
-Opta por ella. Es fácil elegir. Es lo que yo haría...
-¿Y lo otro?
-Me miró desesperado. Con brillo demoníaco en las pupilas; pero el pobre tonto jamás buscaría
el medio de resolver su problema.
-Yo lo haría –siguió entre dientes-; pero, ¿con qué viviríamos? Ya sabes como es el viejo...
Duro, implacable. ¡Me cortaría los víveres!
-Tal vez las cosas se arreglen de otra manera... –insinué bromeando- ¡Quién te dice!
-¡Bah!... –sus labios se curvaron con una mueca amarga- No hay escapatoria. Pero yo hablaré
con el viejo sátiro. ¿Dónde está ahora?
Me asusté. Si el veneno resultaba rápido... Al notar los primeros síntomas podría ser auxiliado
y...
-Está en la biblioteca –exclamé-; pero déjalo en paz. Acaba de jugar la partida de ajedrez, y
despachó a la servidumbre. ¡El lobo quiere estar solo en la madriguera! Consuélate en un cine o en
un bar.
Se encogió de hombros.
-El lobo en la madriguera... –repitió. Pensó unos segundos y agregó, aliviado-: Lo veré en otro
momento. Después de todo...
-Después de todo, no te animarías, ¿verdad? –gruñí salvajemente.
Me clavó la mirada. Por un momento centelleó, pero fue un relámpago.
Miré el reloj: las once y diez de la noche.

55
Ya comenzaría a surtir efecto. Primero un leve malestar, nada más. Después un dolorcillo
agudo, pero nunca demasiado alarmante. Mi tío refunfuñaba una maldición para la cocinera. El
pescado indigesto. ¡Que poca cosa es todo! Debía de estar leyendo los diarios de la noche, los
últimos. Y después, el libro, como gran epílogo. Sentía frío.
Las baldosas se estiraban en rombos. El río era una mancha sucia cerca del paredón. A lo lejos
luces verdes, rojas, blancas. Los automóviles se deslizaban chapoteando en el asfalto.
Decidí regresar, por temor a llamar la atención. Nuevamente por la avenida hasta Leandro N.
Alem. Por allí a Plaza de Mayo. El reloj me volvió a la realidad. Las once y treinta y seis. Si el
veneno era eficaz, ya estaría todo listo. Ya sería dueño de millones. Ya sería libre... ya sería asesino.
Por primera vez pensé en el adjetivo substantivándolo. Yo, sujeto, ¡asesino! Las rodillas me
flaquearon. Un rubor me azotó el cuello, subió a las mejillas, me quemó las orejas, martilló mis
sienes. Las manos transpiraban. El frasquito de aconitina en el bolsillo llegó a pesarme una
tonelada. Busqué en los bolsillos rabiosamente hasta dar con él. Era un insignificante cuenta gotas y
contenía la muerte; lo arrojé lejos.
Avenida de Mayo. Choqué con varios transeúntes. Pensarían en un beodo. Pero en lugar de
alcohol, sangre.
Yo, asesino. Esto sería un secreto entre mi tío Néstor y mi conciencia. Un escozor dentro,
punzante. Recordé la descripción del tratadista: “En la lengua, sensación de hormigueo y
embotamiento, que se inicia en el punto de contacto para extenderse a toda la lengua, a la cara y a
todo el cuerpo”.
Entré en un bar. Un tocadiscos atronaba con un viejo rag-time. Un recuerdo que se despierta,
vive un instante y muere como una falena. “En el esófago y en el estómago, sensación de ardor
intenso”. Millones. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Póquer. Carreras. Viajes... “Sensación de
angustia, de muerte próxima, enfriamiento profundo generalizado, trastornos sensoriales, debilidad
muscular, contracturas, impotencia de los músculos”.
Habría quedado solo. En el palacio. Con sus escaleras de mármol. Frente al tablero de ajedrez.
Allí el rey, y la dama, y la torre negra. Jaque mate.
El mozo se aproximó. Debió sorprender mi mueca de extravío, mis músculos en tensión, listos
para saltar.
-¿Señor?
-Un coñac...
-Un coñac... –repitió el mozo-. Bien, señor –y se alejó.
Por la vidriera la caravana que pasa, la misma de siempre. El tictac del reloj cubría todos los
rumores. Hasta los de mi corazón. La una. Bebí el coñac de un trago.

56
“Como fenómeno circulatorio, hay alteración del pulso e hipertensión que se derivan de la
acción sobre el órgano central, llegando, en su estado más avanzado, al síncope cardíaco...” Eso es.
El síncope cardíaco. La válvula de escape.
A las dos y treinta de la mañana regresé a casa. Al principio no lo advertí. Hasta que me cerró el
paso. Era un agente de policía. Me asusté.
-¿El señor Claudio Álvarez?
-Sí, señor... –respondí humildemente.
-Pase usted... –indicó, franqueándome la entrada.
-¿Qué hace usted aquí? –me animé a farfullar.
-Dentro tendrá la explicación –fue la respuesta, seca, torpona.
En el hall, cerca de la escalera, varios individuos de uniforme se habían adueñado del palacio.
¿Guillermo? Guillermo no estaba presente.
Julio, el mayordomo, amarillo, espectral, trató de hablarme. Uno de los uniformados, canoso,
adusto, el jefe del grupo por lo visto, le selló los labios con un gesto. Avanzó hacia mí, y me
inspeccionó como a un cobayo.
-Usted es el mayor de los sobrinos, ¿verdad?
-Sí, señor... –murmuré.
-Lamento decírselo, señor. Su tío ha muerto... asesinado –anunció mi interlocutor. La voz era
calma, grave-. Yo soy el inspector Villegas, y estoy a cargo de la investigación. ¿Quiere
acompañarme a la otra sala?
-¡Dios mío! –articulé anonadado-. ¡Es inaudito!
Las palabras sonaron a huecas, a hipócritas. (¡Ese dichoso veneno dejaba huellas! ¿Pero
cómo...cómo?).
-¿Puedo... puedo verlo? –pregunté
-Por el momento, no. Además, quiero que me conteste algunas preguntas.
-Como usted disponga... –accedí azorado.
-Lo seguí a la biblioteca vecina. Tras él se deslizaron suavemente dos acólitos. El inspector
Villegas me indicó un sillón y se sentó en otro. Encendió con parsimonia un cigarrillo y con
evidente grosería no me ofreció ninguno.
-Usted es el sobrino... Claudio –Pareció que repetía una lección aprendida de memoria.
-Sí, señor.
-Pues bien: explíquenos que hizo esta noche.
Yo también repetí una letanía.

57
-Cenamos los tres, juntos como siempre. Guillermo se retiró a su habitación. Quedamos mi tío y
yo charlando un rato; pasamos a la biblioteca. Después jugamos nuestra habitual partida de ajedrez;
me despedí de mi tío y salí. En el vestíbulo me topé con Guillermo que descendía por las escaleras
rumbo a la calle. Cambiamos unas palabras y me fui.
-Y ahora regresa...
-Sí...
-¿Y los criados?
-Mi tío deseaba quedarse solo. Los despachó después de cenar. A veces le acometían esas y
otras manías.
-Lo que usted manifiesta concuerda en gran parte con la declaración del mayordomo. Cuando
éste regresó, hizo un recorrido por el edificio. Notó la puerta de la biblioteca entornada y luz
adentro. Entró. Allí halló a su tío frente a un tablero de ajedrez, muerto. La partida interrumpida...
De manera que jugaron la partidita, ¿eh?
Algo dentro de mí comenzó a botar como una pelota contra las paredes del frontón. Una
sensación de zozobra, de angustia, me recorría con la velocidad de un buscapiés. En cualquier
momento estallaría la pólvora. ¡Los consabidos solitarios de mi tío!
-Sí, señor... –admití.
No podía desdecirme. Eso también se lo había dicho a Guillermo. Y probablemente Guillermo
al inspector Villegas. Porque mi hermano debía estar en alguna parte. El sistema de la policía:
aislarnos, dejarnos solos, inertes, indefensos, para pillarnos.
-Tengo entendido que ustedes llevaban un registro de las jugadas. Para establecer los detalles en
su orden, ¿quiere mostrarme su libreta de apuntes, señor Álvarez?
Me hundía en el cieno.
-¿Apuntes?
Sí, hombre –el policía era implacable-, deseo verla, como es de imaginar. Debo verificarlo todo,
amigo; lo dicho y lo hecho por usted. Si jugaron como siempre...
Comencé a tartamudear.
-Es que... –Y después de un tirón-: ¡Claro que jugamos como siempre!
Las lágrimas comenzaron a quemarme los ojos. Miedo. Un miedo espantoso. Como debió
sentirlo tío Néstor cuando aquella “sensación de angustia... de muerte próxima..., enfriamiento
profundo, generalizado... Algo me taladraba el cráneo. Me empujaban. El silencio era absoluto,
pétreo. Los otros también estaban callados. Dos ojos, seis ojos, ocho ojos, mil ojos. ¡Oh, que
angustia!
Me tenían... me tenían... Jugaban con mi desesperación... Se divertían con mi culpa...

58
De pronto el inspector gruñó:
-¿Y?
Una sola letra, ¡pero tanto!
-¿Y?– repitió- Usted fue el último que lo vio con vida. Y además, muerto. El señor Álvarez no
hizo anotación alguna esta vez, señor mío.
No sé por qué me puse de pie. Tieso. Elevé mis brazos, los estiré. Me estrujé las manos,
clavándome las uñas, y al final chillé con voz que no era la mía:
-¡Basta! Si lo saben, ¿para qué lo preguntan? ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! ¿Y qué hay? ¡Lo odiaba
con toda mi alma! ¡Estaba cansado de su despotismo! ¡Lo maté! ¡Lo maté!
El inspector no lo tomó tan a la tremenda.
-¡Cielos!– dijo -Se produjo más pronto de lo que yo esperaba. Ya que se le soltó la lengua,
¿dónde está el revolver?
-¿Qué revolver?
El inspector Villegas no se inmutó. Respondió imperturbable.
-¡Vamos, no se haga el tonto ahora! ¡El revólver! ¿O ha olvidado que lo liquidó de un tiro? ¡Un
tiro en la mitad del frontal, compañero! ¡Qué puntería!

15 - La pesquisa de don Frutos - Velmiro Ayala Gauna

Don Frutos Gómez, el comisario de Capibara-Cué, entró en su desmantelada oficina haciendo


sonar las espuelas, saludó cordialmente a sus subalternos y se acomodó en una vieja silla de paja,
cerca de la puerta, a esperar el mate que uno de los agentes empezó a cebarle con pachorrienta
solicitud.
Cuando tuvo el recipiente en sus manos, succionó con fruición por la bombilla y gustó del
áspero sabor del brebaje con silenciosa delectación. Al recibir el segundo mate lo tendió cordial
hacia el oficial sumariante que leía, con toda atención, junto a la única y desvencijada mesa del
recinto.
—¿Gusta un amargo?
—Gracias... —respondió el otro—. Sólo lo tomo dulce.
—Aquí sólo toman dulce las mujeres... —terció el cabo Leiva con completo olvido de la
disciplina.
—Cuando quiera su opinión se la solicitaré... —replicó fríamente el sumariante.

59
—Está bien, mi oficial... —dijo el cabo y continuó perezosamente apoyado contra el marco de
la puerta. Luis Arzásola, que hacía tres días había llegado desde la capital correntina a hacerse cargo
de su puesto en ese abandonado pueblecillo, se revolvió molesto en el asiento, conteniendo a duras
penas los deseos de "sacar carpiendo" al insolente, pero don Frutos regía a sus subordinados con
paternal condescendencia, sin reparar en graduaciones, y no quería saber de más reglamentos que su
omnímoda voluntad.
Cuando él, ya en ese breve tiempo, le hubo expuesto en repetidas ocasiones sus quejas por lo
que consideraba excesiva confianza o indisciplina del personal, sólo obtuvo como única respuesta:
—No se haga mala sangre, m'hijo... No lo hacen con mala intención sino de brutos que son
nomás... Ya se irá acostumbrando con el tiempo.
Para olvidar el disgusto siguió leyendo su apreciado libro de psicología y efectuando apuntes en
un cuaderno que tenía su lado, pero la mesa, que tenía una pata más corta que las otras, se inclinaba
hacia ese costado y hacía peligrar la estabilidad del tintero que se iba corriendo lentamente y
amenazaba concluir en el suelo. Para evitar tal contingencia tomó un diario, lo dobló repetidas
veces y lo colocó, para nivelar el mueble, debajo del sostén defectuoso. Luego siguió con la lectura
interrumpida.
—¿Qué pa está aprendiendo, che oficial? —preguntó el agente mientras esperaba el mate de
manos del comisario.
—Psicología.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para conocer a la gente. Es la ciencia del conocimiento del alma humana.
El milico recibió el mate vacío, meditó unos segundos y concluyó sentenciosamente:
—Para mi ver eso no se estudia en los libros... Para conocer a la gente hay...
Vaciló un momento y afirmó:
—... hay que estudiar a la gente.
Después se acercó al brasero que ardía en un rincón y empezó a llenar la calabaza cuidando que
el agua no se derramara y que formara una espuma consistente. En eso estaban cuando Aniceto, el
mozo de la carnicería, entró espantado:
—¡Don Frutos!... ¡ Don Frutos!...
—¿Qué te ocurre hombre? —contestó el aludido y empezó a levantarse.
—Al tuerto Méndez...
—¿Sí?

60
—Lo han achurao sin asco... Recién cuando le fui a llevar un matambre que había encargao
ayer, dentré a su rancho y, ¡ánima bendita santa!, lo encontré tendido en el suelo, boca abajo y lleno
de sangre...
—¿Seguro pa de que estaba muerto, chamigo?
—Seguro, don Frutos... Duro, frío y hasta medio jediendo con el calor que hace...
—Güeno, gracias, Aniceto... andate nomás...
—¡Hasta luego, don Frutos!
—¡Hasta luego, Aniceto!... —respondió el funcionario y volvió a sentarse cómodamente. El
oficial, que había dejado el libro, se plantó frente a su superior.
—¿Qué pa le pasa, m'hijo?
—¿No vamos al lugar del hecho, comisario?
—Sí, en seguidita...
—Pero... ¡es que hay un muerto, señor!...
—¿Y qué?... —contestó el viejo ya con absoluta familiaridad— ¿Acaso tenés miedo de que se
dispare?... Dejame que tome cuatro o cinco matecitos más o de no se van a desteñir las tripas.
Cuando después de una buena media hora arribaron al rancho de las afueras donde había
ocurrido el suceso, ya el oficial había redactado in mente el informe que elevaría a las autoridades
sobre la inoperancia del comisario, sus arbitrarios procedimientos y su inhabilidad para el cargo.
Creía que era llegada la ocasión propicia para su particular lucimiento y para apabullar con sus
mayores conocimientos los métodos simples y arcaicos del funcionario campesino Lo único que
lamentaba era haber olvidado en la ciudad una poderosa lupa que le hubiera servido de maravilloso
auxiliar para la búsqueda de huellas. Apenas a unos pasos de la puerta estaba el extinto de bruces
contra el suelo.
—¡Andá!... —ordenó el comisario al cabo Leiva—. Abrí bien la ventana pa que dentre la luz.
Éste lo hizo así y el resplandeciente sol tropical entró a raudales en la reducida habitación.
Don Frutos se inclinó sobre el cadáver y observó en la espalda las marcas sangrientas de tres
puñaladas que teñían de rojo la negra blusa del caído.
—Forastero... —gruñó.
Luego buscó un palillo y lo introdujo en las heridas. Finalmente lo dejó en una de ellas y
aseveró:
—Gringo...
Se irguió buscando algo con la mirada y, al no encontrarlo, dijo al cabo:
—Andá, sacale las riendas al rosillo que es mansito y traémelas...

61
Cuando al cabo de un momento las tuvo en su poder, midió con una la distancia de los pies del
difunto hasta la herida y, luego, haciendo colocar a Leiva a su frente, marcó la misma sobre sus
pacientes espaldas. En seguida alzó un brazo y lo bajó. No quedó satisfecho, al parecer y,
poniéndose en puntas de pie, repitió la operación.
—¡Ajá!... —dijo—. Es más alto que yo, debe medir un metro ochenta más o menos…
Inmediatamente inquirió de su subordinado:
—¿Estuvo el Tuerto ayer en las carreras?
—Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba.
—¿Y le jue bien?
—¡Y de no!... ¡Si era como no hay otro pa clavarla de vuelta y media! ¡Dios lo tenga en su
santa gloria!... Ganó una ponchada de pesos... Al capataz de la estancia, a ése que le dicen "Mister",
lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenía de ricuerdo; al Ñato Cáceres le ganó
ochenta pesos y el anillo'e compromiso.
—Güeno, revisalo a ver si le encontrás plata.
El cabo obedeció. Dio vueltas al cadáver y le metió las manos en los bolsillos, hurgó en el
amplio cinturón y le tanteó las ropas.
—Ni un veinte, comesario.
—A ver, vamos a buscar en la pieza, puede que la haiga escondido.
—Pero, comisario... —saltó el oficial—. Así van a borrar todas las huellas del culpable.
—¿Qué güellas, m'hijo?
—Las impresiones dactilares.
—Acá no usamos de eso, m'hijo. Tuito lo hacemos a la que te criaste nomás...
Y ayudado por el cabo y el agente, empezó a buscar en cajones, debajo del colchón y en cuanto
posible escondite imaginaron. Arzásola, entre tanto, seguía acumulando elementos con criterio
científico, pero se encontraba un poco desconcertado. En la ciudad, sobre un piso encerado, un
cabello puede ser un indicio valioso, pero en el sucio piso de un rancho hay miles de cosas
mezcladas con el polvo: recortes de uñas, llaves de latas de sardinas, botones, semillas, huesecillos,
etc.
Desorientado y después de haber llenado sus bolsillos con los objetos más heterogéneos que
encontró a su paso, dirigió en otro sentido sus investigaciones. Junto a la puerta y cerca de la
ventana encontró una serie de pisadas y, entre ellas, la huella casi perfecta de un pie.
—¡Comisario!... —gritó—. Hay que buscar un poco de yeso...
—¿Pa qué, m'hijo?
—Para sacarle el molde a esta pisada. El asesino estuvo parado aquí y dejó su marca.

62
—¿Y pa qué va a servir el molde?
—Porque gracias a una ciencia que se llama Antropometría — respondió despectivamente y
como dando una lección— de esa huella se puede deducir la talla de su dueño y otros datos.
—No te aflijas por eso... El criminal es gringo, más o menos una cuarta más alto que yo, y
dejuro que ha de estar entre la peonada'e la estancia'e los ingleses...
—¡Pero...! —se asombró el oficial.
—Ya te explicaré más tarde, m'hijo. Estoy seguro que el tipo estuvo en la cancha'e taba y vio
cómo el Tuerto se llenaba de plata, después se le adelantó y lo estuvo esperando en el rancho.
Quedó un rato vichando el camino desde la ventana y después se puso detrás de la puerta. Cuando
el pobre dentro le encajó una puñalada y en seguida dos más cuando lo vio caído...
—Así es, don Frutos... —asintió el cabo—. Se ve clarito por las pisadas.
—Al verlo muerto le revisó los bolsillos, le sacó tuitas las ganancias y se fue... Pero ya lo
vamos a agarrar sin la Jometría esa que decías...
En seguida, dirigiéndose al agente que lo acompañaba, ordenó:
—Andate a lo del carnicero y decile que te dea un cuero de vaca y te emprieste el carro. Lo
traés al Aniceto pa que te ayude, lo envuelven al finao y lo llevan a enterrar... El pobre no tiene a
nadies que lo llore. Cuando venga el Paí Marcelo pa la Navidá, le haremos decir una misa...
—Está bien, comisario...
Inmediatamente se volvió al oficial y al cabo y dijo:
—Ahora vamos pa la estancia... Se me hace que el infiel que hizo esta fechuría debe de estar
allí.
La estancia de los ingleses se encontraba más o menos a media legua del pueblo. Además del
habitual personal de servicio y peones, había en ella unas dos docenas de obreros trabajando en la
ampliación de una de las alas del edificio. Interiorizado el administrador del propósito que los
llevaba, hizo reunir, frente a una de las galerías, a todo el personal. Hombres de todas clases y con
los más diversos atavíos se encontraron allí. Algunos con el torso desnudo brillante de sudor porque
el sol ya empezaba a hacerse sentir, otros en camiseta, blusas, camisas de colores chillones, un
inglés con breeches, un español con boina, un italiano con saco de pana, etc.
—Poné a un lado a los gringos y a los otros dejalos ir... —dijo don Frutos al oficial, después de
pasar su mirada por el conjunto, y se sentó con el dueño de casa a saborear un vaso de whisky.
Arzásola, a su vez, trasmitió la orden.
—Los extranjeros que avancen dos pasos al frente.
Una decena de hombres se destacó de la masa. El oficial, entonces, dirigiéndose a los otros,
exclamó:

63
—Ustedes pueden retirarse.
Correntinos, formoseños, misioneros y de algunas otras provincias del norte se alejaron
murmurando entre dientes o contentos de verse libres de la curiosidad policial. De pronto el cabo
Leiva se adelantó hacia un mocetón de pelo hirsuto y tez cobriza que había quedado con los demás.
—Y vos, Gorgonio, ¿qué hacés aquí?
—El oficial dijo que se quedásemos los estranjeros, pues...
—¡Qué pa vas a ser estranjero vos!... Usté sos paraguayo como yo, chamigo... Estranjero son
los gringos, los de las Uropas... ¡Andá de acá y no quedrás darte corte! Y así diciendo, lo sacó a
empellones de la fila.
Don Frutos, entonces, se acercó a los restantes y después de observarlos, dijo:
—Los dos petisos de la esquina y ese otro de boina pueden irse nomás… Frente a él quedaron
el inglés, un par de italianos, dos españoles y un polaco.
—A ver... —continuó—, muéstrenme la cartera o la plata que tengan.
En cinco manos callosas aparecieron carteras grasientas o pesos arrugados.
El inglés, sin inmutarse, advirtió:
—Mí no tener una moneda...
Al oírlo, Arzásola se acercó a don Frutos y le dijo suavemente:
—Está mintiendo, me parece... Debe ser él y seguro ha escondido lo robado. Lo habrá hecho
para recobrar sus esterlinas...
—No... —le respondió el superior—. Ese no puede ser... Mirále a los pieses...
El inglés permanecía firme y estático mientras los otros, inquietos, se asentaban ora sobre un
pie, ora sobre el otro.
—¿Ves, m'hijo? El "Míster" puede estarse mucho tiempo sin moverse, mientras el que estuvo
allá dejó el suelo como pisadero para hacer ladrillos...
Se acercó a los hombres silenciosos y les revisó el dinero sin decir palabra. Se retiró unos pasos
atrás y dijo al oficial:
—El polaco, el italiano pelo'e choclo y los dos gallegos no han estado en la tabeada...
—¿Cómo lo puede asegurar? Si ni siquiera los ha interrogado...
—¿No viste que la plata de ésos estaba limpita y lisa? La de los otros estaba arrugada y sucia de
tierra... Cuando puedas observar una partidita vas a ver cómo los tabeadores estrujan los billetes, los
hacen bollitos, los doblan y los sostienen entre los dedos, los tiran al suelo, los pisan, los arrugan,
etc. Uno de esos dos debe ser...Se acercó de nuevo a la fila y pasándose el pañuelo por la cara dijo:
—Está apretando la calor, ¿no?
Miró al italiano de saco de pana y le aconsejó con tono paternal:

64
—Ponete cómodo... Sacate el saco...
—Estoy bien, gracias.
—Sacate el saco, te he dicho... —ordenó, entonces con rudeza, y luego siguió con aire protector
—: te va a embromar la calor si no lo hacés… A regañadientes obedeció el otro.
Apenas lo hubo hecho cuando don Frutos indicó al cabo:
—¡Metelo preso!... Éste es el criminal...
Dando un rugido de rabia, el indicado metió la mano en la cintura y la sacó empuñando un
pequeño y agudo cuchillo, pero el cabo, con rapidez felina, se lanzó sobre él lo encerró entre sus
fuertes brazos mientras el oficial, prendiéndosele de la mano, se la retorció para hacer caer el arma.
En seguida, ayudado por los otros peones, lo maniataron y lo arrojaron sobre un carro que le facilitó
el administrador para llevarlo al pueblo. Don Frutos recogió el saco del suelo, lo estrujó poco a
poco como buscando algo y, luego, con el mismo cuchillo, le descosió el hombro y allí, entre el
relleno encontró escondidas las monedas de oro y el anillo. Después volvió a la mesa a terminar su
whisky y agradecer al dueño de casa su colaboración, terminando lo cual la comisión montó a
caballo y emprendió el regreso.
Una vez que el preso estuvo bien seguro en el calabozo, el comisario y el oficial se acomodaron
en la oficina Arzásola, impaciente, preguntó:
—Perdón, comisario, pero ¿cómo hizo para descubrir al asesino?
—Muy fácil, m'hijo... Apenas le vi las heridas al muerto supe que el culpable era forastero.
—¿Por qué?
—Porque las heridas eran pequeñas y aquí nadie usa cuchillo que no tenga, por lo menos, unos
treinta centímetros de hoja. Aquí el cuchillo es un instrumento de trabajo y sirve para carnear, para
cortar yuyos, para abrir picadas en el monte, y adonde se clava deja un aujero como para mirar del
otro lado y no unos ojalitos como los que tenía el Tuerto. Después, cuando le metí el palito adentro,
supe por la posición que el golpe había venido de arriba para abajo y me dije: Gringo...
—Cierto, yo lo oí... pero ¿cómo pudo saberlo?
—¡Pero, m'hijo! Porque el criollo agarra el cuchillo de otra manera y ensarta de abajo para
arriba como para levantarlo en el aire…
—¡Ah!
—Después medí la distancia de los pieses a la herida y la marqué en la espalda del cabo, alcé el
brazo y lo bajé, pero daba más abajo… Entonces me puse en, puntas de pie y me dio más o menos.
Por eso supe que el asesino era como cuatro dedos más alto que yo, y como mí medida, asegún la
papeleta, es de uno setenta, le calculé uno y ochenta...
—Sí, pero ¿cómo adivinó que había escondido las monedas y el anillo en el saco?

65
—Porque con el calor que hacía no se lo sacaba de encima. Pensé que debía tener algo de valor
para cuidarlo tanto y más me convencí cuando empezó a sacárselo y le vi la camisa pegada al
cuerpo por el sudor...
—Servite, m'hijo... Aquí vas a tener que aprender a tomarlo cimarrón. Arzásola lo aceptó y dijo:
—Creo que voy a tener que aprender eso y otras cosas más. Lo vació de tres o cuatro enérgicos
sorbos y lo devolvió al milico: luego, como la mesa empezaba a tambalear nuevamente, tomó el
libro de psicología y lo puso debajo de pata renga.

16 - La pieza ausente - Pablo de Santis

Comencé a coleccionar rompecabezas cuando tenía quince años. Hoy no hay nadie en esta
ciudad –dicen- más hábil que yo para armar esos juegos que exigen paciencia y obsesión.
Cuando leí en el diario que habían asesinado a Nicolás Fabbri, adiviné que pronto sería llamado
a declarar. Fabbri era Director del Museo del Rompecabezas. Tuve razón: a las doce de la noche la
llamada de un policía me citó al amanecer en las puertas del museo.
Me recibió un detective alto, que me tendió la mano distraídamente mientras decía su nombre
en voz baja –Lainez- como si pronunciara una mala palabra. Le pregunté por la causa de la muerte:
“Veneno” dijo entre dientes.
Me llevó hasta la sala central del Museo, donde está el rompecabezas que representa el plano de
la ciudad, con dibujos de edificios y monumentos. Mil veces había visto ese rompecabezas: nunca
dejaba de maravillarme. Era tan complicado que parecía siempre nuevo, como si, a medida que la
ciudad cambiaba, manos secretas alteraran sus innumerables fragmentos. Noté que faltaba una
pieza.
Lainez buscó en su bolsillo. Sacó un pañuelo, un cortaplumas, un dado, y al final apareció la
pieza. «Aquí la tiene. Encontramos a Fabbri muerto sobre el rompecabezas. Antes de morir arrancó
esta pieza. Pensamos que quiso dejarnos una señal.
Miré la pieza. En ella se dibujaba el edificio de una biblioteca, sobre una calle angosta. Se leía,
en letras diminutas, Pasaje La Piedad.
-Sabemos que Fabbri tenía enemigos -dijo Lainez-. Coleccionistas resentidos, como
Santandrea, varios contrabandistas de rompecabezas, hasta un ingeniero loco, constructor de
juguetes, con el que se peleó una vez.
-Troyes –dije-. Lo recuerdo bien.

66
-También está Montaldo, el vicedirector del Museo, que quería ascender a toda costa.
¿Relaciona a alguno de ellos con esa pieza? -Dije que no.
- ¿Ve la B mayúscula, de Biblioteca? Detuvimos a Benveniste, el anticuario, pero tenía una
buena coartada. También combinamos las letras de La Piedad buscando anagramas. Fue inútil. Por
eso pensé en usted.
Miré el tablero: muchas veces había sentido vértigo ante lo minucioso de esa pasión, pero por
primera vez sentí el peso de todas las horas inútiles. El gigantesco rompecabezas era un monstruoso
espejo en el que ahora me obligaban a reflejarme. Sólo los hombres incompletos podíamos
entregarnos a aquella locura. Encontré (sin buscarla, sin interesarme) la solución.
-Llega un momento en el que los coleccionistas ya no vemos las piezas. Jugamos en realidad
con huecos, con espacios vacíos. No se preocupe por las inscripciones en la pieza que Fabbri
arrancó: mire mejor la forma del hueco.
Laínez miró el punto vacío en la ciudad parcelada: leyó entonces la forma de una M.
Montaldo fue arrestado de inmediato. Desde entonces, cada mes me envía por correo un
pequeño rompecabezas que fabrica en la prisión con madera y cartones. Siempre descubro, al
terminar de armarlos, la forma de una pieza ausente, y leo en el hueco la inicial de mi nombre.

17 - Orden jerárquico - Eduardo Goligorsky.

Abáscal lo perdió de vista, sorpresivamente, entre las sombras de la calle solitaria. Ya era casi
de madrugada, y una niebla espesa se adhería a los portales oscuros. Sin embargo, no se inquietó. A
él, a Abáscal, nunca se le había escapado nadie. Ese infeliz no sería el primero. Correcto. El Cholo
reapareció en la esquina, allí donde las corrientes de aire hacían danzar remolinos de bruma. Lo
alumbraba el cono de luz amarillenta de un farol.
El Cholo caminaba excesivamente erguido, tieso, con la rigidez artificial de los borrachos que
tratan de disimular su condición. Y no hacía ningún esfuerzo por ocultarse. Se sentía seguro.
Abáscal había empezado a seguirlo a las ocho de la noche. Lo vio bajar, primero, al sórdido
subsuelo de la Galería Güemes, de cuyas entrañas brotaba una música gangosa. Los carteles
multicolores prometían un espectáculo estimulante, y desgranaban los apodos exóticos de las
bailarinas. Él también debió sumergirse, por fuerza, en la penumbra cómplice, para asistir a un
monótono desfile de hembras aburridas. Por si eso fuera poco, un tufo en el que se mezclaban el
sudor, la mugre y la felpa apolillada, impregnaba al aire rancio, adhiriéndose a la piel y las ropas.

67
Se preguntó qué atractivo podía encontrar el Cholo en ese lugar. Y la respuesta surgió,
implacable, en el preciso momento en que terminaba de formularse el interrogante.
El Cholo se encuadraba en otra categoría humana, cuyos gustos y placeres él jamás lograría
entender. Vivía en una pensión de Retiro, un conventillo, mejor dicho, compartiendo una píeza
minúscula con varios comprovincianos recién llegados a la ciudad. Vestía miserablemente, incluso
cuando tenía los bolsillos cargados de plata: camisa deshilachada, saco y pantalón andrajoso,
mocasines trajinados y cortajeados. Era, apenas, un cuchillero sin ambiciones, o con una imagen
ridícula de la ambición. Útil en su hora, pero peligroso, por lo que sabía, desde el instante en que
había ejecutado su último trabajo, en una emergencia, cuando todos los expertos de confianza y
responsables, como él, como Abáscal, se hallaban fuera del país. Porque últimamente las
operaciones se realizaban, cada vez más, en escala internacional, y los viajes estaban a la orden del
día.
Recurrir al Cholo había sido, de todos modos, una imprudencia. Con plata en el bolsillo, ese
atorrante no sabía ser discreto. Abáscal lo había seguido del teatrito subterráneo a un piringundín de
la 25 de Mayo, y después a otro, y a otro, y lo vio tomar todas las porquerías que le sirvieron, y
manosear a las bailarinas, y darse importancia hablando de lo que nadie debía hablar. No mencionó
nombres, afortunadamente, ni se refirió a los hechos concretos, identificables, porque si lo hubiera
hecho, Abáscal, que lo vigilaba con el oído atento, desde el taburete vecino, habría tenido que
rematarlo ahí nomás, a la vista de todos, con la temeridad de un principiante.
No era sensato arriesgar así una organización que tanto había costado montar, amenazando, de
paso, la doble vida que él, Abáscal, un verdadero técnico, siempre había protegido con tanto celo.
Es que él estaba en otra cosa, se movía en otros ambientes. Sus modelos, aquellos cuyos
refinamientos procuraba copiar, los había encontrado en las recepciones de las embajadas, en los
grandes casinos, en los salones de los ministerios, en las convenciones empresarias. Por eso incluso
llevaba encima, mientras se deslizaba por la calle de Retiro, siguiendo al Cholo, el pasaje que lo
transportaría, pocas horas más tarde, a Caracas. Lejos del cadáver del Cholo y de las suspicacias
que su futura eliminación podría generar en algunos círculos.
En eso, el Doctor había sido terminante: Matar y esfumarse. El número del vuelo, estampado en
el pasaje, ponía un límite estricto de tiempo. Lástima que el Doctor, tan exigente con él, hubiera
cometido el error garrafal de contratar, en ausencia de los auténticos profesionales, a un rata como
el Cholo. Ahora, como de costumbre, él tenía que jugarse el pellejo para sacarles las castañas del
fuego a los demás. Aunque eso también iba a cambiar, algún día. Él apuntaba alto, muy alto, en la
organización.

68
Abáscal deslizó la mano por la abertura del saco. Al hacerlo rozó, sin querer, el cuadernillo de
los pasajes. Sonrió. Luego, sus dedos encontraron las marcas de la pistola Luger, las acariciaron,
casi sensualmente, y se cerraron con fuerza, apretando la culata.
El orden jerárquico también se manifestaba en las armas. Él había visto, hacía mucho tiempo, la
herramienta predilecta del Cholo. Un puñal de fabricación casera, cuya hoja se había encogido tras
infinitos contactos con la piedra de afilar. Por supuesto, al Cholo había usado ese cuchillo en el
último trabajo, dejando un sello peculiar, inconfundible. Otra razón para romper allí, en el eslabón
más débil, la cadena que trepaba hasta cúpulas innombrables.
En cambio, la pistola de Abáscal llevaba impresa, sobre el acero azul, la nobleza de su linaje.
Eso sí, la Luger tampoco colmaba sus ambiciones. Conocía la existencia de una artillería más
perfeccionada, más mortífera, cuyo manejo estaba reservado a otras instancias del orden jerárquico,
hasta el punto de haberse convertido en una especie de símbolo de status. A medida que él
ascendiera, como sin duda iba a ascender, también tendría acceso a ese arsenal legendario,
patrimonio exclusivo de los poderosos.
Curiosamente, el orden jerárquico tenía, para Abáscal, otra cara. No se trataba sólo de la forma
de matar, sino, paralelamente, de la forma de morir. Lo espantaba la posibilidad de que un arma
improvisada, bastarda, como la del Cholo, le hurgara las tripas. A la vez, el chicotazo de la Luger
enaltecería al Cholo, pero tampoco sería suficiente para él, para Abáscal, cuando llegara a su
apogeo. La regla del juego estaba cantada y él, fatalista por convicción, la aceptaba: no iba a morir
en la cama. Lo único que pedía era que, cuando le tocara el tumo, sus verdugos no fueran
chapuceros y supiesen elegir instrumentos nobles.
La brusca detención de su presa, en la bocacalle siguiente, le cortó el hilo de los pensamientos.
Probablemente el instinto del Cholo, afinado en los montes de Orán y en las emboscadas de un
Buenos Aires traicionero, le había advertido algo. Unas pisadas demasiado persistentes en la calle
despoblada. Una vibración intrusa en la atmósfera. La conciencia del peligro acechante lo había
ayudado a despejar la borrachera y giró en redondo, agazapándose. El cuchillo tajeó la bruma,
haciendo firuletes, súbitamente convertido en la prolongación natural de la mano que lo empuñaba.
Abáscal terminó de desenfundar la Luger. Disparó desde una distancia segura, una sola vez, y la
bala perforó un orificio de bordes nítidos en la frente del Cholo.
Misión cumplida.
El tableteo de las máquinas de escribir llegaba vagamente a la oficina, venciendo la barrera de
aislación acústica. Por el ventanal panorámico se divisaba un horizonte de hormigón y, más lejos,
donde las moles dejaban algunos resquicios, asomaban las parcelas leonadas del Río de la Plata. El
smog formaba un colchón sobre la ciudad y las aguas.

69
El Doctor tomó, en primer lugar, la carta fechada en Caracas que su secretaria acababa de
depositar sobre el escritorio, junto a la foto de una mujer rubia, de facciones finas, aristocráticas,
flanqueada, en un jardín, por dos criaturas igualmente rubias. Conocía, de antemano, el texto :
“Firmamos contrato”. No podía ser de otra manera. La organización funcionaba como una
maquinaria bien sincronizada. En eso residía la clave del éxito.
“Firmamos contrato”, leyó, efectivamente. O sea que alguien -no importaba quién- había
cercenado el último cabo suelto, producto de una operación desgraciada.
Primero había sido necesario recurrir al Cholo, un malevito marginado, venal, que no ofrecía
ninguna garantía para el futuro. Después, lógicamente, había sido indispensable silenciar al Cholo.
Y ahora el círculo acababa de cerrarse. “Firmamos contrato” significaba que Abáscal había sido
recibido en el aeropuerto de Caracas, en la escalerilla misma del avión, por un proyectil de un rifle
Browning calibre 30, equipado con mira telescópica Leupold M8-100. Un fusil, se dijo el Doctor,
que Abáscal habría respetado y admirado, en razón de su proverbial entusiasmo por el orden
jerárquico de las armas. La liquidación en el aeropuerto, con ese rifle y no otro, era, en verdad, el
método favorito de la filial Caracas, tradicionalmente partidaria de ganar tiempo y evitar sobresaltos
inútiles.
Una pérdida sensible, reflexionó el Doctor, dejando caer el cable sobre el escritorio. Abáscal
siempre había sido muy eficiente, pero su intervención, obligada, en ese caso, lo había condenado
irremisiblemente. La orden recibida de arriba había sido inapelable: no dejar rastros, ni nexos
delatores. Aunque, desde luego, resultaba imposible extirpar todos, absolutamente todos, los nexos.
Él, el Doctor, era, en última instancia, otro de ellos.
A continuación, el Doctor recogió el voluminoso sobre de papel amarillo que su secretaria le
había entregado junto con la carta. El sello era de Nueva York, el membrete era el de la firma que
servía de fachada a la organización. Habitualmente, la llegada de uno de esos sobres marcaba el
comienzo de otra operación. El código para descifrar las instrucciones descansaba en el fondo de su
caja fuerte.
El Doctor metió la punta del cortapapeles debajo de la solapa del sobre. La hoja se deslizó hasta
tropezar, brevemente, con un obstáculo. La inercia determinó que siguiera avanzando. El Doctor
comprendió que para descifrar el mensaje no necesitaría ayuda. Y le sorprendió descubrir que en ese
trance no pensaba en su mujer y sus hijos, sino en Abáscal y en su culto por el orden jerárquico de
las armas. Luego, la carga explosiva, activada por el tirón del cortapapeles sobre el hilo del
detonador, transformó todo ese piso del edificio en un campo de escombros.

70
18 -El camino de regreso - Dashiell Hammett

-¡Está loco si deja pasar esta oportunidad! Le concederán el mismo mérito y la misma
recompensa por llevar las pruebas de mi muerte que por llevarme a mí. Le daré los documentos y
las cosas que tengo encerrados cerca de la frontera de Yunnan para respaldar su historia, y le
aseguro que jamás apareceré para estropearle el juego.
El hombre vestido de gris frunció el ceño con paciente fastidio y desvió la mirada de los
inflamados ojos pardos que tenía frente a sí para posarlos más allá de la borda del barco, donde el
arrugado hocico de un cocodrilo agitaba la superficie del río. Cuando el pequeño cocodrilo volvió a
sumergirse, los grises ojos de Hagerdorn se clavaron nuevamente en los del hombre que le
suplicaba, y habló con cansancio, como alguien que ha contestado los mismos argumentos una y
otra vez.
-No puedo hacerlo, Barnes. Salí de Nueva York hace dos años con el fin de atraparle, y durante
dos años he estado en este maldito país -aquí en Yunnan- siguiendo sus huellas. Prometí a los míos
que me quedaría hasta encontrarle, y he mantenido mi palabra. ¡Vamos, hombre! -añadió, con una
pizca de exasperación-. Después de todo lo que he pasado, no esperará que ahora lo eche todo a
rodar… ¡ahora que el trabajo ya está casi terminado!
El hombre moreno, vestido como un nativo, esbozó una sonrisa falsa y restó importancia a las
palabras de su captor con un ademán de la mano.
-No le estoy ofreciendo un par de miles de dólares; le ofrezco una parte de uno de los
yacimientos de piedras preciosas más ricos de Asia, un yacimiento que el Mran-ma ocultó cuando
los británicos invadieron el país. Acompáñeme hasta allí y le enseñaré unos rubíes, zafiros y
topacios que le dejarán boquiabierto. Lo único que le pido es que me acompañe hasta allí y les dé
un vistazo. Si no le gustan, siempre estaría a tiempo de llevarme a Nueva York.
Hagedorn meneó lentamente la cabeza.
-Volverá a Nueva York conmigo. Es posible que la caza de hombres no sea el mejor oficio del
mundo, pero es el único que tengo, y ese yacimiento de piedras preciosas me suena a engaño. No le
culpo por no querer volver… pero le llevaré de todos modos.
Barnes dirigió al detective una mirada de exasperación.
-¡Es usted un imbécil! ¡Por su culpa perderé miles de dólares! ¡Maldita sea!
Escupió con rabia por encima de la borda -como un nativo- y se acomodó en su esquina de la
alfombrilla de bambú.

71
Hagedorn miraba más allá de la vela latina, río abajo -el principio del camino a Nueva York- , a
lo largo del cual una brisa impulsaba al barco de quince metros con asombrosa velocidad. Al cabo
de cuatro días estarían a bordo de un vapor con destino a Rangún; otro vapor les llevaría a Calcuta
y, finalmente, otro a Nueva York… a casa, ¡después de dos años!
Dos años en un país desconocido, persiguiendo lo que hasta el mismo día de la captura no había
sido más que una sombra. A través de Yunnan y Birmania, batiendo la selva con minuciosidad
microscópica -jugando al escondite por los ríos, las colinas y las junglas- a veces un año, a veces
dos meses y después seis detrás de su presa. ¡Y ahora volvería triunfalmente a casa! Betty tendría
quince años… toda una señorita.
Barnes se inclinó hacia adelante y reanudó sus súplicas con voz lastimera.
-Vamos, Hagedorn, ¿por qué no escucha a la razón? Es absurdo que perdamos todo ese dinero
por algo que ocurrió hace más de dos años. De todos modos, yo no quería matar a aquel tipo. Ya
sabe lo que pasa; yo era joven y alocado -pero no malo- y me mezclé con gente poco recomendable.
Aquel atraco me pareció una simple travesura cuando lo planeamos. Y después aquel hombre gritó
y supongo que yo estaba excitado, y disparé sin darme cuenta. No quería matarlo y a él no le servirá
de nada que usted me lleve a Nueva York y me cuelguen por aquello. La compañía de transportes no
perdió ni un centavo. ¿Por qué me persiguen de este modo? Yo he hecho todo lo posible para
olvidarlo.
El detective contestó con bastante calma, pero toda la benevolencia anterior había desaparecido
de su voz.
-Ya sé… ¡la vieja historia! Y las contusiones de la mujer birmana con la que estaba viviendo
también demuestran que no es malo, ¿verdad? Basta ya, Barnes; afróntelo de una vez: usted y yo
volvemos a Nueva York.
-¡Ni hablar de eso!
Barnes se puso lentamente en pie y dio un paso atrás.
-¡Preferiría morirme…!
Hagedorn desenfundó la automática una fracción de segundo demasiado tarde. Su prisionero
había saltado por la borda y nadaba hacia la orilla. El detective cogió el rifle que había dejado a su
espalda y se lanzó hacia la barandilla. La cabeza de Barnes apareció un momento y después volvió a
sumergirse, emergiendo de nuevo unos cinco metros más cerca de la orilla. Río arriba, el hombre
del barco vio los arrugados hocicos de tres cocodrilos que se dirigían hacía el fugitivo. Se apoyó en
la barandilla y evaluó la situación.

72
«Parece ser que, después de todo, no podré llevármelo con vida… pero he hecho mi trabajo.
Puedo disparar cuando vuelva a aparecer, o dejarlo en paz y esperar a que los cocodrilos acaben con
él.»
Después, el súbito pero lógico instinto de solidaridad con el miembro de su propia especie
contra enemigos de otra, borró todas las demás consideraciones, y se echó el rifle al hombro para
disparar una andanada de proyectiles contra los cocodrilos.
Barnes se encaramó a la orilla del río, agitó una mano por encima de la cabeza sin mirar hacia
atrás, y se internó en la jungla.
Hagedorn se volvió hacia el barbudo propietario del barco, que había acudido a su lado, y le
habló en su chapurreado birmano.
-Lléveme a la orilla y espere hasta que lo traiga.
El capitán meneó la negra barba en señal de protesta.
–Mahok! En esta jungla, sahib, un hombre es como una hoja. Veinte hombres podrían tardar
una semana o un mes en encontrarlo. Quizá tardarán cinco años. No puedo esperar tanto.
El hombre blanco se mordió el labio inferior y miró río abajo… el camino a Nueva York.
-Dos años… -dijo para sí, en voz alta-. Me costó dos años encontrarlo cuando no sabía que lo
perseguía. Ahora… ¡Oh, demonios! Quizá tarde cinco. Me preguntó qué hay de cierto en eso de las
joyas.
Se volvió hacia el barquero.
-Iré tras él. Usted espere tres horas -señaló al cielo-. Hasta el mediodía. Si entonces no he
vuelto, márchese
El capitán asintió.
–Hokhe!
El capitán aguardó cinco horas en el barco anclado, y después, cuando la sombra de los árboles
de la orilla oeste empezó a cernerse sobre el río, ordenó que izaran la vela latina y la embarcación
de teca se desvaneció tras un recodo del río.

19 - ¿Él? - Guy de Maupassant

Amigo mío, ¿no lo comprendes? Lo creo. ¿Piensas que me volví loco? Tal vez sí estoy algo
loco, pero no por la causa que imaginaste.
Sí. Me caso. Ahí tienes.

73
Y, sin embargo, mis ideas y mis convicciones, ahora como siempre, son las mismas. Considero
estúpida la unión legal de un hombre y de una mujer. Estoy seguro de que un ochenta por ciento de
los maridos han de ser engañados. Y no merecen otra cosa, por haber cometido la idiotez de ligar a
otra vida la suya, renunciando al amor libre, lo único hermoso y alegre que hay en el mundo, y de
cortar las alas a la fantasía que nos impulsa constantemente hacia todas las hembras agradables, etc.
Me siento incapaz de consagrarme a una sola mujer, porque me gustarán siempre todas las mujeres
bonitas. Quisiera tener mil brazos, mil bocas, mil… temperamentos, para poder gozar a un tiempo a
una muchedumbre de criaturas femeninas.
Y, sin embargo, me caso.
Añade que apenas conozco a mi futura esposa. La he visto nada más tres o cuatro veces. No me
disgusta, y esto basta para mis propósitos. Es bajita, rubia y regordeta. En cuanto sea ya su marido,
comenzaré a desear una morena delgada y alta. No es rica. Pertenece a una familia modesta en
todos los conceptos. Mi futura es una muchacha, como las hay a millares, útiles para el matrimonio,
sin virtudes ni defectos aparentes.
Ahora la juzgan bonita; cuando esté casada la juzgarán encantadora. Pertenece al ejército de
muchachas que pueden hacer la dicha de un hombre… mientras el marido no repara que prefiere a
su elegida cualquiera de las otras.
Ya oigo tu pregunta: ¿Por qué te casas?
Apenas me atrevo a confesar el motivo que me ha impulsado a una resolución tan estúpida.
¡Me caso por no estar solo!
No sé cómo decírtelo, cómo hacértelo comprender. Me compadecerás, despreciándome al
mismo tiempo; llegué a una miseria moral inconcebible.
Estar solo, de noche, me angustia. Quiero sentir cerca de mí, junto a mí, a un ser que pueda
responderme si hablo; que me diga cualquier cosa.
Quiero alguien que respire a mi lado; poder interrumpir su dulce sueño de pronto, con una
pregunta cualquiera, una pregunta imbécil, hecha sin más objeto que oír otra voz, despertar una
conciencia; un cerebro que funcione; ver, encendiendo bruscamente mi bujía, un rostro humano
junto a mí; porque…, porque…, porque…, ¡me avergüenza confesarlo!…, solo, ¡tengo miedo!
¡Ah! Tú no me comprendes aún.
No temo peligros ni sorpresas. Te aseguro que si en mi alcoba entrara un hombre, lo mataría
tranquilamente. Tampoco me infunden temor los aparecidos; no creo en lo sobrenatural. Nunca tuve
temor a los muertos; al morir, cada persona se aniquila para siempre.

74
Y a pesar de todo…, ¡claro!…, a pesar de todo, tengo miedo…, ¡miedo de mí mismo!… Tengo
miedo al miedo; me infunden miedo las perturbaciones de mi espíritu. Me asusta la horrible
sensación del terror incomprensible.
Ríete de mí si te place. Sufro sin remedio. Me hacen temer las paredes, los muebles, los objetos
más triviales que se animan contra mí. Sobre todo, temo los extravíos de mi razón, que se confunde
y desfallece acosada por una indescifrable y tenue angustia.
Comienzo por sentir una vaga inquietud que atormenta mi alma y al fin me produce un
escalofrío. Vuelvo la vista en torno y no descubro nada que pueda causarme terror. Yo quisiera
encontrar algo que lo motivase. ¿Qué? Algo sensible, corpóreo. Pero ¡ay!, lo que más aumenta mi
terror es que no hallo su causa.
Si hablo, mi voz me asusta. Si paseo por la estancia, temo tropezar con lo desconocido que se
oculta detrás de la puerta, entre la cortina, en el armario, bajo la cama. Y, sin embargo, tengo la
certeza de que mi temor es infundado.
Doy media vuelta con brusquedad, temeroso de lo que tengo a la espalda. Y estoy seguro de que
no hay nada temible.
Me agito; mi espanto aumenta; cierro con llave mi habitación. Me hundo entre las ropas de mi
lecho, haciéndome un caracol; cierro los ojos obstinadamente y permanezco en semejante postura
un tiempo indefinido; reflexionando que la bujía sigue ardiendo y que será indispensable apagarla.
Ni siquiera me atrevo a moverme.
¿No es horrible vivir así?
Antes, no me preocupaban esas cosas. Entraba en mi habitación tranquilamente. Iba y venía sin
que nada turbase mi serenidad. ¡No me hubiera reído poco si alguien me pronosticara que una
dolencia de miedo inverosímil, estúpido y terrible me sobrecogería con el tiempo! Entonces no me
asustaba poco ni mucho abrir las puertas en la oscuridad, ni acostarme tranquilamente sin echar los
cerrojos, y nunca tuve que levantarme a medianoche para convencerme de que todas las aberturas
de mi cuarto estaban herméticamente cerradas.
Mi dolencia lastimosa dio comienzo hace un año de un modo especial.
Era en otoño y en una noche húmeda. Cuando se hubo ido mi asistenta, después de servirme la
comida, me puse a pensar qué haría yo. Así pasé una hora dando vueltas por mi estancia. Me sentía
fatigado, abatido sin causa, impotente para trabajar, sin deseo de coger siquiera un libro para
entretenerme.
Una lluvia menuda golpeaba en los cristales; me invadió la tristeza, una tristeza, inexplicable,
unas ganas de llorar, un desasosiego verdaderamente invencible.

75
Me sentía solo, abandonado; mi casa me pareció silenciosa como nunca. Envolvíame una
soledad inmensa y desconsoladora. ¿Qué hacer? Me senté; pero una impaciencia nerviosa me
hormigueaba en las piernas. Levantándome, volví a pasear. Es posible que tuviera un poco de
fiebre; notaba que mis manos cogidas a la espalda, en una posición frecuente cuando se pasea
despacio y solo, abrazábanse una contra otra. De pronto, un escalofrío estremeció todo mi cuerpo.
Creí que la humedad exterior penetraba, y me puse a encender la chimenea, que no había encendido
aún aquel otoño. Me senté, contemplando las llamas. Pero en seguida tuve que levantarme; no podía
estar quieto y sentí deseos de salir, de moverme, de hablar con alguien.
Fui a casa de tres amigos; no encontré a ninguno y encamineme hacia el bulevar, ansioso de ver
alguna cara conocida.
Todo estaba triste. Las aceras mojadas relucían. Una tibieza de lluvia, una de esas tibiezas que
producen estremecimientos crispadores, una tibieza pesada, una humedad impalpable, oscureciendo
la luz de los faroles de gas, lo envolvía todo.
Yo avanzaba con paso inseguro, repitiéndome: “No encontraré a nadie con quien hablar”.
Asomándome a los cafés, recorriendo la Magdalena, sólo vi personas tristes, hombres abatidos,
como si les faltaran fuerzas para levantar las copas y las tazas que tenían delante.
Así anduve mucho tiempo, errante, y a medianoche tomé la dirección de mi casa, tranquilo,
pero fatigado. El portero, que se acuesta siempre antes de las once, no me hizo esperar en la calle,
contra su costumbre. Y me dije: “Acabará de abrir la puerta para otro vecino”.
Siempre que salgo de casa, doy las dos vueltas a la llave. Me sorprendió que sólo estaba echado
el picaporte, y supuse que habría entrado el portero para dejarme alguna carta sobre la mesa.
Entré. Aún estaba encendida la chimenea; los resplandores del fuego esparcían alguna claridad
por la estancia. Acerqueme para encender una luz y vi a un hombre que, sentado en mi sillón, se
calentaba los pies, mostrándome la espalda. No sentí miedo. ¡Ah, ni la más insignificante zozobra!
Una suposición muy verosímil cruzó mi pensamiento; supuse que alguno de mis amigos fue a
verme, y el portero lo hizo entrar para que me aguardara. Y de pronto recordé su prontitud en
abrirme la puerta de la calle y la circunstancia de hallarme la de mi cuarto cerrada sólo con
picaporte.
Mi amigo dormía profundamente. Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una
sobre otra. Su cabeza, inclinándose, indicaba un sueño tranquilo. Entonces me pregunté: “¿Quién
será?”. Y cuando puse la mano en su hombro…, el sillón estaba ya vacío. No vi a nadie.
¡Qué sobresalto! ¡Misericordia!
Retrocedí, como si un peligro espantoso me amenazara.

76
Luego, dando media vuelta en redondo, cercioreme de que tampoco había nadie a mi espalda.
Un ansia irresistible me arrastró hacia el sillón vacío. Y estuve en pie, angustioso, jadeante,
horrorizado, a punto de caer al suelo, desvanecido.
Pero soy hombre sereno y pronto recobré mi sangre fría. Me dije: “Acabo de padecer una
desagradable alucinación. Todo se reduce a eso”. Y reflexioné inmediatamente acerca de semejante
fenómeno. El pensamiento vuela en tales circunstancias.
Que todo fue alucinación, era seguro. Pero mi espíritu no se había turbado, mi juicio funcionaba
mientras sufría natural y lógicamente; luego no hubo desarreglo cerebral. Solamente se habían
engañado mis ojos, y su engaño fue origen del error mental. Habían padecido los ojos un extravío,
una de las aberraciones visuales que parecen milagrosas a las gentes incultas. Era un poco de
congestión, acaso.
Encendí la bujía, y al acercar la mano al fuego, sacudiola un temblor, y me incorporé
rápidamente, como si alguien me hubiera tocado por la espalda.
Sentía inquietud…
Anduve de una parte a otra, diciendo algunas frases, para oírme; canté a media voz.
Luego cerré la puerta con llave, y esto me tranquilizó algo. Nadie podía entrar por sorpresa.
Sentado, reflexioné las circunstancias de mi aventura; después me fui a la cama y apagué la luz. Al
principio nada hubo de particular. Estuve tumbado tranquilamente. Luego sentí ansia de mirar en
torno y me apoyé sobre un costado.
En la chimenea sólo había ya dos o tres brasas; lo suficiente para permitirme ver con sus
difusos reflejos las patas del sillón, y me pareció que había vuelto a sentarse un hombre.
Encendí una cerilla con rapidez. Me había equivocado. No vi a nadie.
Sin embargo, me levanté, arrastrando el sillón hasta la cabecera de mi cama.
Volviendo a quedarme a oscuras, procuré descansar. Acababa de dormirme cuando se me
apareció, en sueños, pero tan claro como si lo viera en realidad, el hombre sentado junto a la
chimenea. Despertando con angustia, encendí la luz, y me quedé sentado en la cama sin atreverme a
cerrar los ojos.
Dos veces me venció el sueño, a mi pesar; dos veces el fenómeno se reprodujo. Creí volverme
loco.
Al amanecer, la claridad me tranquilizó y dormí sosegado hasta el mediodía.
Todo había concluido. Fue una fiebre, una pesadilla, ¿quién sabe? Sin duda estuve algo
enfermo. Sólo sentí al despertar mi cerebro atontado.
Pasé alegremente aquel día; comí en el restaurante; fui al teatro; luego, me dispuse a retirarme.
Pero, camino de mi casa, una inquietud angustiosa me sobrecogió. Temí encontrarlo; no porque me

77
infundiera miedo verlo, no porque imaginara real su presencia; temía sentir de nuevo el extravío de
mis ojos, mi alucinación, miedo al espanto sin causa.
Durante más de una hora estuve arriba y abajo por mi calle hasta que, juzgando imbécil mi
temor, entré al fin en casa. Iba temblando hasta el punto de que me fue difícil subir la escalera.
Estuve diez minutos en el descansillo, hasta que tuve un momento de serenidad y abrí. Entré con
una bujía en la mano, di un puntapié a la puerta de mi alcoba, y mirando ansiosamente hacia la
chimenea, no vi a nadie.
-¡Ah!…
¡Qué gusto! ¡Qué alegría! ¡Qué fortuna! Iba de un lado a otro, decidido; pero no estaba
satisfecho; de pronto, volvía la cabeza, sobresaltado; cualquier sombra me hacía temer.
Dormí poco y mal, despertándome con frecuencia ruidos imaginarios. Pero no lo vi; no
apareció. Desde aquel día, todas las noches el miedo me acosa. Lo adivino cerca de mí, detrás de
mí. No se presenta, pero me hace temer. Y ¿por qué temo, si no ignoro que fue alucinación, que no
existe, qué no es nada?
Sin embargo, temo, y me obsesiono. “Un brazo colgaba fuera del sillón y tenía las piernas una
sobre otra”. ¡Basta! ¡Basta! ¡Es insufrible! ¡No quiero pensar y no se aparta de mi pensamiento!
¿Qué significa esa obsesión? ¿Por qué persiste? ¡Veo sus pies junto al fuego!
Me acobardo; es una locura; pero el caso es que me acobardo. ¿Quién es? ¡Ya sé que no existe,
que no es nadie! Sólo existe como imagen de mi angustia, de mi desasosiego, de mis temores.
¡Basta, basta!
Sí; por mucho que razono, por más que me lo explico, no puedo estar solo en mi casa. Él no se
aparece, pero me domina. No vuelve. Todo acabó. Pero sufro como si volviera. Invisible para mis
ojos, ahora se clava en mi pensamiento. Lo adivino detrás de las puertas, dentro del armario, debajo
de la cama, en todos los rincones, en cada sombra, entre la oscuridad… Si me acerco a la puerta, si
abro el armario, si miro debajo de la cama, si aproximo una luz a los rincones, huye con la
oscuridad: nunca se presenta. Quedo convencido, no se presenta, no existe, y, sin embargo, me
obsesiona.
Es imbécil y horrible. ¡Qué puedo hacer? ¡Nada!
Si alguien estuviera conmigo, él no me turbaría. Turba mi soledad; le temo, porque la soledad
me acongoja.

20 - La alucinación de Stanley Fleming - Ambrose Bierce

78
De los dos hombres que estaban hablando, uno era médico.
-Le pedí que viniera, doctor, aunque no creo que pueda hacer nada. Quizás pueda
recomendarme un especialista en psicopatía, porque creo que estoy un poco loco.
-Pues parece usted perfectamente -contestó el médico.
-Juzgue usted mismo: tengo alucinaciones. Todas las noches me despierto y veo en la
habitación, mirándome fijamente, un enorme perro negro de Terranova con una pata delantera de
color blanco.
-Dice usted que despierta; ¿pero está seguro de eso? A veces, las alucinaciones tan sólo son
sueños.
-Oh, despierto, de eso estoy seguro. A veces me quedo acostado mucho tiempo mirando al perro
tan fijamente como él a mí… siempre dejo la luz encendida. Cuando no puedo soportarlo más, me
siento en la cama: ¡y no hay nada en la habitación!
-Mmmm… ¿qué expresión tiene el animal?
-A mí me parece siniestra. Evidentemente sé que, salvo en el arte, el rostro de un animal en
reposo tiene siempre la misma expresión. Pero este animal no es real. Los perros de Terranova
tienen un aspecto muy amable, como usted sabrá; ¿qué le pasará a éste?
-Realmente mi diagnosis no tendría valor alguno: no voy a tratar al perro.
El médico se rio de su propia broma, pero sin dejar de observar al paciente con el rabillo del
ojo. Después, dijo:
-Fleming, la descripción que me ha dado del animal concuerda con la del perro del fallecido
Atwell Barton.
Fleming se incorporó a medias en su asiento, pero volvió a sentarse e hizo un visible intento de
mostrarse indiferente.
-Me acuerdo de Barton -dijo-. Creo que era… se informó que… ¿no hubo algo sospechoso en
su muerte?
Mirando ahora directamente a los ojos de su paciente, el médico respondió:
-Hace tres años, el cuerpo de su viejo enemigo, Atwell Barton, se encontró en el bosque, cerca
de su casa y también de la de usted. Había muerto acuchillado. No hubo detenciones porque no se
encontró ninguna pista. Algunos teníamos nuestra «teoría». Yo tenía la mía. ¿Pensó usted algo?
-¿Yo? Por su alma bendita, ¿qué podía saber yo al respecto? Recordará que marché a Europa
casi inmediatamente después, y volví mucho más tarde. No puede pensar que en las escasas
semanas que han transcurrido desde mi regreso pudiera construir una «teoría». En realidad, ni
siquiera había pensado en el asunto. ¿Pero qué pasa con su perro?

79
-Fue el primero en encontrar el cuerpo. Murió de hambre sobre su tumba.
Desconocemos la ley inexorable que subyace bajo las coincidencias. Stanley Fleming no, o
quizás no se habría puesto en pie de un salto cuando el viento de la noche trajo por la ventana
abierta el aullido prolongado y lastimero de un perro distante. Recorrió varias veces la habitación
bajo la mirada fija del médico, hasta que, parándose abruptamente delante de él, casi le gritó:
-¿Qué tiene que ver todo esto con mi problema, doctor Halderman? Se ha olvidado del motivo
de que le hiciera venir.
El médico se levantó, puso una mano sobre el brazo del paciente y le dijo con amabilidad:
-Perdóneme. Así, de improviso, no puedo diagnosticar su trastorno… quizás mañana. Hágame
el favor de acostarse dejando la puerta sin cerrar; yo pasaré la noche aquí, con sus libros. ¿Podrá
llamarme sin levantarse de la cama?
-Sí, hay un timbre eléctrico.
-Perfectamente. Si algo le inquieta, pulse el botón, pero sin erguirse. Buenas noches.
Instalado cómodamente en un sillón, el médico se quedó mirando fijamente los carbones
ardientes de la chimenea y meditando en profundidad, aunque aparentemente sin propósito, pues
frecuentemente se levantaba y abría la puerta que daba a la escalera, escuchaba atentamente y
después volvía a sentarse. Sin embargo, acabó por quedarse dormido y al despertar había pasado ya
la medianoche. Removió el fuego, cogió un libro de la mesa que tenía a su lado y miró el título.
Eran las Meditaciones de Denneker. Lo abrió al azar y empezó a leer.
«Lo mismo que ha sido ordenado por Dios que toda carne tenga espíritu y adopte por tanto las
facultades espirituales, también el espíritu tiene los poderes de la carne, aunque se salga de ésta y
viva como algo aparte, como atestiguan muchas violencias realizadas por fantasmas y espíritus de
los muertos. Y hay quien dice que el hombre no es el único en esto, pues también los animales
tienen la misma inducción maligna, y…»
Interrumpió su lectura una conmoción en la casa, como si hubiera caído un objeto pesado. El
lector soltó el libro, salió corriendo de la habitación y subió velozmente las escaleras que conducían
al dormitorio de Fleming. Intentó abrir la puerta pero, contrariando sus instrucciones, estaba
cerrada. Empujó con el hombro con tal fuerza que ésta cedió. En el suelo, junto a la cama en
desorden, vestido con su camisón, yacía Fleming moribundo.
El médico levantó la cabeza de éste del suelo y observó una herida en la garganta.
-Debería haber pensado en esto -dijo, suponiendo que se había suicidado.
Cuando el hombre murió, el examen detallado reveló las señales inequívocas de unos colmillos
de animal profundamente hundidos en la vena yugular.
Pero allí no había habido animal alguno.

80
21 - La cabeza de mi padre - Alberto Laiseca

¿Por qué estoy aquí? Yo no sé por qué estoy aquí, ni quién es toda esta gente, no puedo entender
nada, el personal directivo está vestido de blanco, nosotros con piyamas grises, sé perfectamente
que esto es un manicomio, pero no es mi lugar, yo no estoy loco. Ahora, en verdad no sé por qué
hice lo que hice, pero eso no quiere decir que esté loco. Lo quería mucho a mi padre, creo que
mejor padre no puede tener un hijo que el que yo tuve, era como un gigante de cinco metros de
altura, un genio, como un Dios, por tener el padre que tenía era realmente privilegiado,
privilegiado…
Vivíamos juntos, yo solo con papá, desde que murió mamá cuando era muy chico, él me daba
consejos, muy buenos consejos, era un verdadero padre, daba muy buenos consejos, lástima que yo
no podía seguir ni uno, él por ejemplo me decía pero con justa razón:
-¡Oye infeliz!, ya es hora de que estudies o trabajes que ya tienes 20 años, que no puedes seguir
viviendo a costillas de tu padre toda la vida.
Tenía razón papá, tenía toda la razón.
-¡Oye!, otros chavales andan detrás de las chavalas, pero no tú, tú te quedas acá todo el día, así
nunca me vas a dar un nieto, ya tienes 20 años, eres grande.
Él tenía razón, papá siempre tenía razón, era un genio, todo, todo sabía, yo le quería decir a la
muchacha, no me animaba a decírselo, pero cómo voy a hacer para acercármele, hay que
conmoverlas, yo no sé cómo conmover a una mujer, si tú a una mujer no la conmueves nunca va a
andar contigo por más joven y lindo que seas, y qué las voy a conmover yo que soy un yeso, así,
todo apretado, duro, siempre mirando a las chavalas con ojos de huevo frito, si soy un infeliz, les
tengo miedo, ¿ustedes no se sienten inseguros?, ¿no? Yo sí, toda la vida.
Papá hacía la comida, era muy buen cocinero, yo no sé ni preparar un huevo frito, yo quise
aprender cuando era chico, pero papá se reía de mí y me decía:
-¡Eeeh!, ¡esto no es pa’ ti! La cocina es una cosa de artistas, tú no tienes talento pa’ esto, anda,
anda, ¡ve y lava los platos!
Eso sí, les voy a decir una cosa eh, soy muy buen carpintero, porque buen carpintero sí que
soy, muy buen carpintero. En casa, en mis ratos libres, que eran los más, pues hacía mesitas,
juguetes, sillas y todo muy perfecto, eso lo enojaba mucho a papá, decía:

81
-¡Tú sí eres bueno pa’ hacer pamplinas!, ya que eres bueno pa’ hacer pamplinas, ¿por qué no te
empleas en una carpintería? Así traerías un poco de dinero a casa, ¡pero no!, a ti ni se te ocurre, ¡ni
se te ocurre!
Yo me reía porque es algo que me pasa cuando me dan consejos y yo ya había pensado en
emplearme en una carpintería, pero bastó que papá me dijese que me empleara en una carpintería
para que se me fuesen las ganas, jaja, no sé por qué soy así, se me fueron las ganas.
Yo soy un misterio, incluso para mí mismo, un misterio muy aburrido la verdad, pero misterio
al fin, no sé por qué hice lo que hice, pero no estoy loco. Fue ahí donde empecé a pensar en la
ballesta, ¿ustedes saben qué es una ballesta? Sirve para tirar flechas, es como un fusil pero sin
pólvora, tira flechas con más precisión y más fuerza que un arco.
Yo así en un paseíto que di, vi en una armería que había una ballesta, entré, le pedí al dueño
que me la mostrara, la tuve en mis manos y en seguida comprendí el mecanismo, me fui a casa y ahí
me fabriqué yo una, con maderas y bronce, soy muy buen carpintero. La probaba en el patio, a 10
metros la agarraba a tiros, entonces como siempre todos los días estábamos igual, a comer y
después de comer, yo hacía como que me iba a mi cuarto para hacer cosas y él protestaba que “¡ah!,
éste que no lava los platos en seguida después de comer, siempre dejando las cosas a lo último”,
estaba refunfuñando mi apá y yo volvía a punta de pie a mi cuarto y le apuntaba con la ballesta, no
le iba a tirar, ¿cómo le voy a tirar a mi padre?, ¡pues no!, a mi padre no le voy a tirar, pero me
excitaba apuntarle a la cabeza con una flecha puesta, ¿cómo le iba a tirar?
Hasta que una tarde, fue un día igual que cualquier otro, él me daba más y mejores consejos
que nunca, y no sé por qué le dio por hablar de la Dolores, me dijo:
-¡Oye!, a ti la Dolores te mira mucho, ¿qué esperás para ir y enamorarla?, así me darías un
nieto.
La Dolores es una muchacha de acá a la vuelta, es a la que a mí me hubiera gustado
acercármele, claro que hubiera tenido hijos con ella, entonces, francamente cuando me dijo eso, ahí
se me fueron las ganas de comer, le dije a papá que no tenía más hambre y me fui a mi cuarto y
volví con la ballesta, como otras veces él estaba rezongando como siempre:
-¡Eh!, este que no lava los cacharros en seguida después de comer, siempre dejando las cosas
pa’ lo último.
Estaba refunfuñando papá, y ahí sí apreté el gatillo, la flecha que tenía puntas de plomo pues
yo les hice puntas de plomo, le entró en la nuca y cayó al piso sin ningún gemido, con convulsión…
convulsión… no lo podía creer, yo creí que papá iba a vivir para siempre porque un hombre tan alto
de cinco metros de altura, una mísera flecha no le puede hacer nada a papá, ¡pues no!, le entró como
si fuera una bala.

82
Me acerqué y vi que todavía estaba vivo, entonces le tiré otras cuatro flechas más en la cabeza,
la primera no, la primera sentí una especie de odio y amor, o yo qué sé y no sé por qué, pero las
otras cuatro no, las otras cuatro sí lo hice por caridad, por piedad, para que no sufra, para que no
sufra, claro.
Entonces me di cuenta que algo no estaba bien, me fui a mi cuarto y traje una almohada, le
quité la flecha de la nuca que era la primera, la que había traído tol incordio, y lo puse a reposar, las
otras 4 flechas no se las saqué, tenía como una corona de espinas, y es lo lógico porque para un
padre tener un hijo como yo era una verdadera cruz, ¡eso es cierto!, por eso me sorprendió lo que
me preguntó la policía, que por qué había hecho una cosa tan rara de sacarle la flecha de atrás y
ponerlo boca arriba, pues para que repose, para que esté tranquilo, para que esté más cómodo, para
eso lo hice.
Ya hace 10 años que me han traído a este lugar, y no comprendo por qué, la verdad, yo siempre
quise a mi padre, me daba tan buenos consejos. La cabeza de mi padre, siempre admiré a la cabeza
de mi padre, el centro de todo su poder, la cabeza de un genio, la cabeza de un rey, la cabeza de un
Dios.

22 - Popsy - Stephen King

Sheridan conducía con lentitud frente a la larga fachada lisa del centro comercial cuando vio al
chiquillo salir por las puertas principales, situadas bajo el cartel iluminado. Era un niño, de tal vez
algo más de tres años, aunque, sin duda, no pasaba de los cinco. En su rostro se leía una expresión a
la que Sheridan se había tornado muy perceptivo. Estaba intentando contener las lágrimas, pero no
tardaría en echarse a llorar.
Sheridan se detuvo un instante mientras le acometía la familiar sensación de disgusto…, aunque
cada vez que se llevaba a un niño, la sensación se hacía menos acuciante.
Sheridan estacionó la furgoneta en unas de las plazas más cercanas al centro comercial y
reservadas a los inválidos. En la parte trasera de la furgoneta llevaba una matrícula especial que el
estado concede a los inválidos. La matrícula valía su peso en oro, porque impedía que los guardias
de seguridad sospecharan y, además, porque esas plazas resultaban muy prácticas y casi siempre
estaban vacías.
Se bajó de la furgoneta y caminó hacia el niño, que miraba en derredor con una expresión de
creciente pánico. Sí, señor, pensó Sheridan, unos cinco años, tal vez seis, pero muy menudito. Bajo

83
las estridentes luces fluorescentes que emanaba el interior del edificio, el niño aparecía blanco como
la nieve, no sólo asustado, sino realmente enfermo. Sheridan supuso que su aspecto se debía al
miedo. Por lo general, reconocía aquella expresión cuando la veía, porque había visto un gran terror
reflejado en su propio espejo durante el último año y medio.
El niño alzó los ojos esperanzado hacia las personas que pasaban junto a él, personas que
entraban en el centro comercial ansiosas por comprar, que salían cargadas de paquetes, con el rostro
soñador, casi como drogado, impregnado de algo que probablemente tomaban por satisfacción.
El niño, enfundado en vaqueros Tuffskin y una camiseta de los Penguins de Pittsburgh, buscaba
ayuda, buscaba a alguien que le mirara y comprobara que algo andaba mal, buscaba a alguien que le
formulara la pregunta adecuada.
«Aquí estoy yo –pensó Sheridan mientras se acercaba–. Aquí estoy yo.»
Cuando estaba a punto de alcanzar al niño, divisó a uno de los guardias del centro comercial.
Avanzaba despacio por el pasillo central en dirección a las puertas principales. Tenía la mano
metida en un bolsillo, sin duda buscaba un paquete de cigarrillos. Dentro de un momento saldría y
al diablo con el golpe de Sheridan.
Sheridan retrocedió unos pasos y fingió rebuscar en sus bolsillos para asegurarse de que todavía
llevaba las llaves. Su mirada pasó del niño al guardia de seguridad y otra vez al niño. El pequeño se
echó a llorar. No a aullar, todavía no, pero gruesas lágrimas, que parecían rosadas, empezaron a
rodar por sus mejillas.
Al fin Sheridan decidió ir hacia donde el chiquillo estaba.
–¿Has perdido a tu padre?– preguntó Sheridan.
–Mi papito– repuso el niño mientras se secaba las lágrimas–. No lo encuentro.
De pronto el niño estalló en sollozos, y una mujer se volvió con una expresión de vaga
preocupación.
La mujer siguió su camino. Sheridan rodeó los hombros del chico en ademán de consuelo y tiró
de él hacia la derecha… en dirección a la furgoneta. A continuación echó otro vistazo al interior del
centro comercial.
–Quiero a mi papito– Sollozó el pequeño.
–Claro que sí –lo consoló Sheridan. Y lo encontraremos.
Empezó a dirigirse a la entrada principal, olvidadas ya las lágrimas, y Sheridan tuvo que hacer
un gran esfuerzo para no agarrar al pálido chiquillo en aquel preciso instante.
Primero tenía que conseguir que subiera a la furgoneta.
Llevó al chico a la furgoneta, que tenía cuatro años y estaba pintada de un desvaído color azul.
Abrió la portezuela y dedicó una sonrisa al niño, quien lo miró con expresión de duda. Los ojos

84
verdes parecían nadar en su pequeño rostro pálido, ojos tan grandes como los de un niño extraviado
de una de esas fotos que anuncian en los semanarios sensacionalistas baratos.
Sheridan salió del estacionamiento principal del centro comercial, se detuvo para comprobar
que no venían coches. El niño estaba sentado en el borde del asiento, con las manos sobre las
rodillas de los téjanos y los ojos completamente atentos.
–¿Por qué vamos por detrás? –quiso saber el niño.
–Hay que dar la vuelta para ir a las otras puertas –explicó Sheridan.
La expresión atormentada del pequeño se transformó en otra de sublime alivio, y por un
instante, Sheridan sintió compasión por él. Al fin y al cabo, no era un monstruo ni un maniaco, por
Dios. Pero las deudas iban aumentando un poco más cada vez. Y era la única forma que tenía para
pagarlo.
Sheridan extrajo unas esposas de la guantera sin que el niño lo notara.
El chico se inclinó por un momento, Sheridan se acercó a él y cerró una de las esposas sobre la
mano extendida del niño con toda la facilidad del mundo, y entonces empezaron los problemas. El
crío peleaba como un lobezno, retorciéndose con una fuerza a la que Sheridan nunca habría dado
crédito de no estar experimentando sus consecuencias en aquel mismo instante.
Sheridan agarró al niño por el cuello redondo de la camiseta y tiró de él hacia dentro. Intentó
cerrar la segunda esposa en torno a la riostra especial que había junto al asiento del copiloto, pero
falló. El niño le mordió la mano dos veces hasta hacerle sangrar. Dios, tenía los dientes como
cuchillas de afeitar. Le acometió un intenso dolor que le ascendió por el brazo. Asestó al niño un
puñetazo en la boca. El niño cayó sobre el asiento, medio atontado, con la sangre de Sheridan sobre
los labios, la barbilla y el cuello de la camiseta. Sheridan cerró la esposa sobre la riostra y se hundió
en su propio asiento mientras se succionaba la sangre de la mano.
El dolor era terrible. Se sacó la mano de la boca y observó las heridas a la mortecina luz del
salpicadero. Distinguió dos hileras de orificios superficiales, de unos cinco centímetros de longitud,
que avanzaban hacia la muñeca desde los nudillos. La sangre brotaba en pequeños hilillos. Pese a
todo no sentía deseos de volver a golpear al muchacho, y eso no tenía nada que ver con dañar la
mercancía.
–Se arrepentirá –anunció el niño.
Sheridan miró en derredor con impaciencia.
–Mi papito es muy fuerte, señor. Me encontrará.
–Ajá –dijo Sheridan
–Puede olerme

85
Sheridan no lo dudaba. Él mismo podía oler al crío. El miedo despedía un olor con el que se
había familiarizado en sus expediciones anteriores, pero el olor de este niño era irreal, una mezcla
de sudor, barro y ácido sulfúrico hervido. Cada vez estaba más convencido de que al niño le pasaba
algo grave.
Siete kilómetros más adelante, Sheridan tomó un camino de tierra apisonada que rodeaba el
lado norte de una laguna. Ocho kilómetros más adelante y hacia el oeste, tomaría la carretera 41.
Echó un vistazo a la laguna, una extensión plateada a la luz de la luna… y de pronto la luna
dejó de brillar. Desapareció.
Sobre la furgoneta se oyó un ruido parecido al que producen las sábanas al ondear al viento.
–¡Abuelito!– gritó el niño.
–Cierra el pico, es un pájaro.
Pero de pronto sintió que un gran escalofrío le recorría el cuerpo. Un escalofrío tremendo. Miró
al pequeño. Había vuelto a abrir los labios, mostrando todos los dientes. Tenía dientes blancos, muy
blancos y grandes.
Algo aterrizó sobre el techo de la furgoneta con un gran golpe sordo.
–¡Papito! –volvió a gritar el pequeño, casi loco de alegría.
De pronto Sheridan dejó de ver la carretera… una enorme ala membranosa, sembrada de venas
palpitantes, cubrió toda la extensión del parabrisas.
–El abuelito sabe volar.
Sheridan lanzó un grito y pisó el freno con la esperanza de que aquella cosa saliera despedida
del techo.
–¡Me ha raptado, abuelito!
De pronto, una mano, que parecía más una garra que una auténtica mano, atravesó el vidrio de
la ventanilla y le arrebató dos dedos. Al cabo de un instante, el abuelito arrancó toda la portezuela
de cuajo, convirtiendo las bisagras en brillantes virutas de metal inútil.
El abuelito sacó a Sheridan del coche de un solo tirón, y sus garras se le clavaron en la
chaqueta, después en la camisa y a continuación, en lo más profundo de la carne de sus hombros.
De repente los ojos verdes del abuelito adquirieron un color rojo oscuro como la sangre.
–Hemos ido al centro comercial para comprar juguetes articulados –susurró el abuelito.
El aliento le olía a carne plagada de gusanos.
–Todos los niños los quieren. Debería haberlo dejado en paz.

86
23 - El cuadro del Raulito - Eduardo Sacheri

El decidió, de entrada nomás, dejarlo en libertad. Tenía la idea de que los amores no se
imponen, ni siquiera se eligen. Pensaba que en todo caso eran los amores los que optan, los que se
le imponen a uno. Por eso, con cierta prescindencia fatalista pensó que si tenía que ser, sería, y que
si no, era inútil gastar pólvora en chimangos.
No le fue fácil, sin embargo. Sobre todo cuando en sus narices otros rivales se lanzaron a tratar
de convencerlo. Le costó sobreponerse, y aceptar sonriendo a tíos y primos y cuñados y amigos y
vecinos tentándolo al Raulito, ofreciéndole camisetas y pelotas y gorritos, a cambio de promesas de
fidelidad a sus propios cuadros. Tampoco dijo nada cuando sorprendió a más de uno de esos buitres
futboleros enseñándole al chico los canutos de la cancha, instruyéndolo subrepticiamente en las
rivalidades históricas, ensalzando las hipotéticas virtudes de los unos, y vilipendiando las supuestas
taras infames de los otros.
El los dejó. Un poco por esa resignación que era tan suya. Y otro poco porque a veces, en sus
días tristes, sospechaba que tal vez fuese mejor así, que la cadena de afectos inexplicables se cortase
con él, sin involucrar a su hijo. Que tal vez el chico terminase siendo más feliz siendo hincha de
algún grande, saliendo campeón de vez en cuando, viendo la cancha llena, comprando El Gráfico
con su ídolo en la tapa. Si al fin y al cabo él venía sufriendo hacía... ¿cuánto? Más de veinte años
desde aquel campeonato. Y después la debacle. Hasta el descenso había tenido que sufrir, hasta el
descenso. Y a la vuelta, la desilusión grande del 94. Justo en la última fecha, será de Dios, en la
última fecha. Si faltaba tan poquito, un empate y listo. Pero ni siquiera.
Por eso, seguramente, aceptó con entereza que Raulito, desde los nueve, más o menos,
empezase a decir que era de River, «como el tío Hugo»; aunque en el fondo más recóndito de su ser,
él sintiese sinceros deseos de pasar al «tío Hugo», lenta, dulcemente, por la picadora de carne y la
máquina de hacer chorizos.
Es que, a solas consigo mismo, en el resto de los días, sabía que era todo grupo. Que le hubiese
encantado que Raulito saliese de los suyos. Que ahora que ya tenía trece, ahora que era todo un
hombrecito, habría sido lindo ir juntos a la cancha. A la tarde, tempranito, en el tren y el 118,
hablando de bueyes perdidos, mirando el partido de tercera acodados en el escalón de arriba,
dejando pasar la vida.
Pero igual no cambiaba de idea. No señor. Que si tenía que ser que fuese, y si no, no. Igual, y
por si acaso, cultivó su propia planta de leyendas mentirosas, como para mantener viva su
persistente esperanza. Y aunque le daba un poco de vergüenza comparar al equipo del 73 con la

87
Selección del 86, igual seguía adelante, envalentonado en su propia pirotecnia falaz, enternecido en
la admiración dibujada en los ojos del Raulito.
Esa tarde, la inolvidable, la definitiva, empezó como todas, con el mate y la radio en la mesita
de hierro del patio. El padre decidió prevenirlo de entrada:
–Mira, Raulito, que hoy juegan contra nosotros. El hijo lo miró con curiosidad.
–¿Y qué problema hay, pa?
El padre, feliz en la sencillez del chico, terminó sonriendo:
–Tenés razón, Raulito, ¿qué problema hay?
A los veinte minutos penal para River. El chico lo miró al padre, como dudando. El lo
tranquilizó, a pesar de sí mismo:
–Gritalo tranquilo, Raulito. Eso sí: si después hay un gol nuestro, no te enojés si yo lo grito.
–No, papá, si no me enojo –le aclaró, muy serio. Después gritó el gol, pero no mucho. Fue un
grito breve, un poco tímido. El padre lo palmeó.
–No seas tonto, Raúl, gritalo todo lo que quieras.
–Así está bien, pa –fue toda su respuesta. Al rato vino el dos a cero. Ahí el chico lo miró
primero, y después dio un par de aplausos, y eso fue todo.
–Che, ¿qué clase de hincha sos vos? ¿Así te enseñó tu tío Hugo a gritar los goles?
–No pa, él los grita como loco. Como vos, los grita.
–Y entonces gritá tranquilo, hijo. –Y después añadió, con un guiño:– Ojo que en el segundo
tiempo capaz que grito yo, ¿eh?
Se sentía en paz, dueño de una felicidad sencilla y robusta. Casi ni se acordaba de que iban
perdiendo. Empezaba a pensar que tal vez no fuese tan terrible que su hijo fuese de River. A lo
mejor iban a poder ir a la cancha igual, turnándose un domingo cada uno, si el fixture ayudaba.
El segundo tiempo siguió por el trillado sendero de la tragedia. Un contraataque y tres a cero. El
pibe ni siquiera hizo un gesto cuando el relator vociferó la novedad a voz en cuello.
–Che, Raulito, ¿estás dormido, vos? –El padre lo palmeó con afecto.
–No, papi. –Zarandeaba las piernas cruzadas debajo del asiento, y tenía los dedos cruzados en el
regazo, como cuando pensaba en cosas complicadas. Luego aventuró:– No sé, me da un poco de
lástima.
El padre se rió con ganas.
–Dejate de jorobar, Raúl, y disfrutalo. Total, un partido más, uno menos... Aparte, cuidado, pibe
–bromeó–, mirá que a lo mejor todavía se lo empatamos.
Para colmo, y como dándole la razón, al ratito vino el tres a uno. El padre lanzó un gritito
contenido, tenso, como el que habrían dado los jugadores, saludándose apenas entre ellos,

88
disputándole la pelota a un arquero con ganas de enfriar la cosa, corriendo hacia el medio campo
para ganar tiempo. El hijo lo miró sin tristeza. Cuando sus ojos se cruzaron, ambos sonrieron.
–Te dije, pibe, ojo con nosotros. Mirá que somos bravos.
Por lo que decían en la radio, el partido se estaba poniendo bueno.
–Escuchá, Raulito, escuchá: los tenemos en un arco.
Pero el aviso era inútil. El chico seguía el relato concentrado, serio. Acompañaba las jugadas
trascendentes con patadas en el aire, como jugando él también su parte del asunto. El padre sonrió.
Cómo son los pibes. Se posesionan de tal modo que se sienten ellos mismos protagonistas del
partido. En realidad, no sólo los pibes: un par de semanas atrás él mismo había hecho trizas el termo
en un esfuerzo supremo por despejar al córner un disparo bajo que iba a sobrar fatalmente al
arquero.
A los treinta, más o menos, tiro de esquina sobre el área de River. El chico seguía
enchufadísimo. Hasta balanceaba ligeramente el cuerpo de un lado a otro, como todo buen
cabeceador, esperando el momento de correr un par de metros y madrugar al marcador y pegar el
salto y conectar el frentazo. Pero había algo que al padre no le cerraba, algo en el modo en que
estaba parado, algo en la expresión de sus ojos negros.
El corazón le dio un vuelco cuando comprendió: el pibe se estaba perfilando de atacante, no de
zaguero. El movimiento era para zafarse de algún marcador pegajoso, los ojos tenían el fuego de
vení bola vení que te mando a guardar. El brazo derecho se alzaba en el gesto que se le hace al siete
de ponéla acá, justito acá por lo que más quieras.
El relato se suspendió en una nota aguda, una de esas notas que se alargan, que perduran en el
aire, mientras el relator decide si tiene que gritar o decir que pasó cerca. Igual no hizo falta, porque
la hinchada, detrás de ese arco, lo gritó primero, y el relator en todo caso se encaramó después a ese
alarido. El padre lo gritó con ganas, entusiasmado. Tres a uno es una cosa. Pero tres a dos es otra
bien distinta, y entonces...
Tuvo que interrumpirse de golpe en sus divagaciones. Porque a sus pies, al costado de la mesita,
de rodillas, de cara al cielo, gritando como si lo estuviesen desollando, con los brazos extendidos y
las palmas abiertas, mezclando los chillidos de su voz de nene y los ronquidos incipientes de su
madurez en ciernes, estaba el pibe, el pibe ya sin vueltas, ya sin chance alguna de retorno, ya
inoculado para siempre con el veneno dulce del amor perpetuo, ya ajeno para siempre a cualquier
otra camiseta, más allá de cualquier dolor y de todas las glorias, dando al cielo el primer alarido
franco de su vida.
El padre se lo quedó mirando, impávido, hasta que el pibe se quedó sin voz y volvió a sentarse.
Tuvo miedo de pronunciar palabra, como si cualquier cosa que dijese conllevara el riesgo de

89
destruir ese hechizo de epopeya. El pibe, igual, no lo miraba. Estaba ciego a cualquier cosa que no
fuese esa cancha, ese arco de sus desdichas, ese reloj fugaz y traicionero, ese relato interminable de
centros llovidos al área y despejes agónicos. Sobre todo eso el padre pensó después, porque en ese
momento, agobiado en la constatación de su pequeño milagro íntimo, apenas le quedaba tiempo de
mirarlo al pibe, de comérselo con los ojos, de grabárselo para siempre en el recoveco más recóndito
de su alma.
En eso estaba cuando, ya en el descuento, River jugó mal al off–side y el nueve se escapó con
pelota dominada. El relato radial se trepó de nuevo a uno de esos agudos oraculares. El pibe se puso
de pie, incapaz ya de tolerar la tensión de la jugada. Con el rugido de la hinchada de fondo, padre e
hijo contuvieron el aliento, con el alma pendiendo de ese nueve que entraba al área a liquidar el
pleito, que punteaba la pelota por encima del arquero, buscando el segundo palo. El relato se cortó
de pronto, y cuando continuó ya lo hizo en un tono menor, para explicar lo inexplicable: la pelota
besando el travesaño y yendo a morir al techo de la red, ya inútil, ya sin sentido, ya con el arbitro
pitando el final.
El padre se volvió a mirarlo. El chico estaba rojo de la bronca, con los ojos muy abiertos de tan
incrédulos, con los puños apretados de impotencia. Pensó primero en decir algo, como para tratar de
mitigar ese dolor en carne viva. Pero lo disuadió la certeza de que era mejor así, porque así eran
siempre las cosas, y las cosas no podían estar mal, si así eran siempre. Los labios del chico se
torcieron en una mueca, y por fin se lanzó en un llanto desbocado. Ya era grande. Lo suficiente
como para querer llorar a solas. Por eso se levantó de pronto y corrió hasta su pieza. El padre
escuchó el portazo, y no necesitó verlo para saberlo derrumbado sobre su cama, confuso, dolido,
ignorante de qué debe hacer uno con el dolor y con la rabia.
El padre lo supo llorando a mares, y se regocijó en esas lágrimas. Porque uno puede decir que
es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces. Sobre todo si abundan los tíos y los
primos grandes, dispuestos a comprar con pelotas y camisetas la fidelidad de un corazón novato.
Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso. De
la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas. Porque cuando uno sufre por su Cuadro,
tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se lo llena nada. O mejor dicho, sólo se le llena
con una cosa: con ganar el domingo que viene. De manera que asunto concluido. La suerte está
echada. Nosotros acá, el resto enfrente. Algunos más amigos, otros menos. Pero de este lado
nosotros, los de acá, los que no tenemos en común, tal vez, victoria alguna, pero que compartimos
las lágrimas de un montón de derrotas.
Cuando su mujer salió al patio, extrañada de que su marido siguiese al sereno en el atardecer
frío del otoño, lo encontró llorando a él también, pero unas lágrimas gordas, densas, de esas que

90
abren surcos pegajosos en su camino, de esas que uno llora cuando está demasiado feliz como para
sencillamente reírse.
–¿Se puede saber qué les pasa? –preguntó la mujer, confundida. El la miró, sin preocuparse
siquiera de ocultar sus lágrimas–: Hace rato que el Raulito entró a su pieza y dio un portazo, y me
dice que no quiere que entre, y se lo escucha llorar y llorar como loco. Y ahora salgo y te veo a vos
también moqueando. ¿Me querés explicar qué cuernos pasa?
El hombre la consideró con benevolencia. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Intentar explicarle?
¿Cómo? Se conformó con mirarla, mientras seguía sintiendo el fluir del tiempo en el gotero de
cristal de ese momento indestructible.
–Seguro que le ganaron a River y vos lo cachaste al chico, ¿no? Seguro que te la agarraste con
el nene, ¿no? –Ella lo miraba con gesto de severo reproche.–Semejante grandulón, ¿no te da
vergüenza?
–No, Graciela, no le hice nada. Si River ganó tres a dos. Al chico no le dije nada, te juro –
respondió con calma, desde la cima de su paz reconquistada.
–Pero entonces no entiendo nada. ¿Me decís que ganó River, y el nene está llorando como loco
encerrado en la pieza?
–Sí, Graciela. Ganó River. Pero el pibe no es de River, Graciela. –Y se sintió reconciliado con
la vida, eufórico, agradecido, emocionado; dueño legítimo y absoluto de las palabras que iba a
pronunciar. Después se incorporó, porque cosas así se dicen de parado:– Lo que pasa es que el
Raulito es de Huracán, Graciela. ¡De Huracán!

24 - El penal más largo en el mundo - Osvaldo Soriano

El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de
Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de
billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla
del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos
no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince
años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo
blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes
y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían

91
colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada
en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro
club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro
partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de
ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno
campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un
punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no
imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y
pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no
tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho
apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre
cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos
los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre
otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino
refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda
Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la
atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos los recogían de los bares cuando tomaban
demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para
los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su
pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la
primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete
goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo
siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la
primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las
casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la
primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles.
Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos
tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.

92
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y
todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo
tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo
Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para
impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por
sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de
Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio
Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padini entró en el área y ni bien se le acercó
un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo
el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de
hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella
Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche
y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la
linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar
dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda
persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de la Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir
de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz
al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que
el penal duró una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El
miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y
todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para
patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa
era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y
zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borceguí
militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a
jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro
hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
—Constante los tira a la derecha.
—Siempre —dijo el presidente del club.
—Pero él sabe que yo sé.
—Entonces estamos jodidos.

93
—Sí, pero yo sé que él sabe —dijo el Gato.
—Entonces tírate a la izquierda y listo —dijo uno de los que estaban en la mesa.
—No. Él sabe que yo sé que él sabe —dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
—El Gato esta cada vez más raro —dijo el presidente del club cuando lo vio salir pensativo,
caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron
caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
—¿Lo vas a atajar?— le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
—No sé. ¿Qué me cambia eso? —preguntó.
—Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
—Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer —dijo y silbó al perro
para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo
entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato
Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
—Pobre tipo —dijo ella con una mueca y ni miró las flores que habían llegado de Neuquén por
el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los
Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa
sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del
río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal
vez, después que atajara el penal, en el baile.
—¿Y yo cómo sé? —dijo él.
—¿Cómo sabés qué?
—Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
—En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién —dijo ella.
—¿Y si no lo atajo? —preguntó él.
—Entonces quiere decir que no me querés —respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los
detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el
sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que

94
ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el
estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde
allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía
a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas
de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un
partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos
estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le
había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había
inventado la tarjeta roja, y Herminio señalaba la entrada del túnel con una mano temblorosa de la
que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el
árbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su
lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de
aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se
colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía
dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque
hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería
saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las
noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes,
los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a
acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la
cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces —contó después— que volvería a patearlo a cada
instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se
llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había
machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacia el arco, el referí sintió que los ojos
se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su
derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida
que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el

95
baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había
quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro
Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando
todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la
bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: "¡no vale, no
vale!".
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro.
Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el "no vale"
llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta
definitiva. Lo primero que preguntó fue "qué pasó" y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo
que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no
puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al
vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía
una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue
hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se
escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la
cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacia la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia
y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a
llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que
miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a
doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en puntas de pie, con los dedos abiertos y
largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de
la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le
cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro
y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba
levantándose como un perro apaleado.
—Bien, pibe —me dijo—. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le
hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.

96
25 - Messi es un perro – Hernan Casciari

La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me
preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque
estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia.
Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me
divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio
algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra
más.
Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres
para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres
partidos de tres competiciones diferentes.
La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de
inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la
cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si
termino de darle vuelo.
Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con
culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto.
De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que
es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores
jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos
a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae.
No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma,
él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que
aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.
Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de
zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y
recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran
de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue.
Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada
fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota,
pero no en el fútbol ni en el contexto.

97
El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es
asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros
contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la
oportunidad.
Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le
importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender
esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista
ni aunque lo apuñalen.
¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de
introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé:
eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.
Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro
inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía
oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer.
Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una
determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que
nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi
mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía
dejar de mirarla.
No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico
por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan
de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la
mirada escrutadora de Sherlock Holmes.
Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi
teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que
juega al fútbol.
Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven
venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no
buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran
así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada,
ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba
como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro.
Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte,
sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.

98
¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió
realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que
indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped
para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el
partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la
doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo?
¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que
recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral?
No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un
partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la
esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas.
Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al
fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos
olvidamos que lo importante era la esponja.
Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo
erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades
diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo
lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder
algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde.
Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como
Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido:
—El día que él quiera hará seis.
No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una
enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y
es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en
Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte.
Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto
iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis
adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser
contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.
Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi.
Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí,
en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para
hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São

99
Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a
Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.
Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por
hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y
no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido
de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.

26 – Lo que se dice un ídolo – Roberto Fontanorrosa

Pedrito se apioló tarde de cómo venía la mano. Porque él podía haber sido un ídolo, un ídolo
popular, desde mucho tiempo antes. Lo que pasa que el Pedro, vos viste cómo es, un tipo que se
pasa de correcto, de buen tipo.
Decime vos, ocho años jugando en primera y no lo habían expulsado nunca. ¡Nunca, mi viejo,
nunca! Ni una expulsión ni una tarjeta amarilla aunque sea. Y mirá que liga, eh. Porque siempre fue
para adelante y lo estrolaban que daba gusto. Muy respetado por los rivales, por el referí, por todos,
pero le pegaban cada guadañazo que ni te cuento. Y sin embargo, nunca reaccionó. Mirá que más de
una vez se podía haber levantado y haberle puesto un castañazo al que le había hecho el ful, o a la
vuelta siguiente encajarle un codazo, pero él… nada che. Una niña. Un duque el Pedro. Claro,
¿cómo no lo iban a querer? Los contrarios, los compañeros, todos. Pero… ¿querés que te diga? No
sé si era cariño, cariño. Por ahí era respeto, más que nada. Respeto ¿viste? Porque mirá que yo lo
conozco al Pedro y te digo que no es un tipo demasiado fácil para acercarse, para hablar, para…
¿cómo te digo?… para que se te franquee. ¿Viste? No es un tipo que va a venir y sin que vos le
preguntés nada te va a contar de algún balurdo que tiene, algún fato afectivo… no, no es de esos. Es
un tipo más bien reconcentrado que, a veces, para que te cuente qué le pasa, la puta, se lo tenés que
preguntar mil veces, y eso que a mí me conoce mucho.
Incluso yo a veces le decía: No dejes que te peguen» porque me daba bronca ver cómo la ligaba
y se quedaba muzzarella. No dejes que te peguen, Pedro le decía. Poneles una quema, meteles una
buena plancha, a ver si así te van a entrar tan fuerte».
Y me decía que no, que es muy jodido pegar siendo delantero. Sí, andá a decirle al Pepe Sasía
eso, andá a decirle al cordobés Willington que no se puede pegar siendo delantero. O al negro Pelé,
sin ir más lejos, que tiene el récord de tipos quebrados. Andá a decirle al Pepe Sasía que a los
delanteros les es más difícil pegar. El Pepe te metía cada hostiazo que te arrancaba la sabiola. Le

100
bajaba cada plancha a los fulbá que te la voglio dire. Pero al Pedro qué le iba a pedir eso. Si ni
cuando se armaban las roscas grandes se metía. Cuando se armaban esos bolonquis de todos contra
todos o esos entreveros con el referí en el medio, que son ¿sabés qué? pa repartir tupido, son una
uva, él se quedaba a un costado, con los bracitos en la cintura, ni se acercaba. Y en esos entreveros
no hay peligro ni de que te echen, ahí te meten esos puntines en los tobillos, o te tiran del pelo, te
meten los dedos en los ojos o te african un cabezazo y vale todo. Nadie vio nada. Que siga la joda.
Y no era que el Pedro no se metiera de cagón, ¿eh? Porque eso sí, de cagón nunca tuvo un carajo.
Un tipo que se mete en el área como se mete el Pedro, oíme, a un tipo de esos ni en pedo lo podes
catalogar de cagón.
Pedro no se calentaba. Tenía eso. No se calentaba. No era un tipo que se podía calentar. Lo
fajaban y se quedaba en el molde. Y la hinchada lo quería, sí, pero nada más. Cuando salía de los
vestuarios después del partido, las palmaditas, Bien Pedro, Buena Pedrito. Pero ahí nomás. A veces
algún cantito. O no lo puteaban demasiado cuando perdían. El Pedro siempre normal, en siete
puntos, seis puntos, como diría el Flaco.
¿Sabés cuál era la cagada del Pedro? Yo lo estuve pensando. Era muy lógico. Mirá vos, era muy
lógico. Nunca decía algo fuera de la lógica. Todo era, digamos, criterioso. Pensado. Lógico, todo
era lógico. Me acuerdo que íbamos a jugar contra Boca, en Buenos Aires, y le preguntan qué
pensaba del partido. Y él contesta que lo más probable era que perdiéramos. Que con un empate
estábamos hechos. ¡Por supuesto que lo más probable era que perdiéramos! Si lo más probable
cuando salís de visitante es que te hagan el hoyo, y no en cancha de Boca, en cualquiera.
Pero, viejo, qué sé yo, agrandate, decí: les vamos a romper el culo, les vamos a hacer tricota,
qué sé yo. No te digo siempre, pero alguna vez andá en ganador. No, el Pedro siempre con la justa:
La verdad que nos van a ganar. Si sacamos un empate estamos hechos. La lógica es que nos rompan
el orto.
Claro, desde un punto de vista razonable, todo lo que él declaraba era cierto. No se le podía
discutir. O cuando se perdía. Era lo mismo que cuando lo fajaban. Siempre estaba de acuerdo con el
resultado. Nos ganaron bien, jugando así nosotros, era lógico que nos ganaran, nos tendrían que
haber hecho más goles. Nunca se enojaba. Era como cuando lo fajaban los defensores. Se la
bancaba siempre. Nunca ibas a leer declaraciones de que les habían afanado el partido, que los
habían cagado a patadas, que les habían cobrado un gol en offside. Nunca. ¡Te imaginás! Fue
premio a la caballerosidad deportiva como mil veces.
Y cuando se armó la primera vez este fato con la mina ésa, también. Porque tampoco el Pedro
era un tipo que le podías buscar una fulería en su vida privada.

101
Padres macanudos, ningún problema con los viejos, y la Isabel, la noviecita de toda la vida. Y
pará de contar. Ni jodas, ni calavereadas, ni un chancletazo por ahí. Nada. Fue cuando le inventaron
el fato ese con la Mirna Clay, la cabaretera esa. ¡Mirá vos! Justamente a Pedro venirle a inventar
que se encamaba con esa mina. Al Pedro, que la Isabelita lo tenía más marcado que los fulbás
contrarios. Y además, ni falta hacía marcarlo, porque para eso era un nabo. Pero vos viste que hay
periodistas que ya no saben qué carajo inventar y armaron todo el verso ese de que el Pedro andaba
con la Mirna Clay. ¡El quilombo que se armó! ¡Para qué! El Pedro, ahí sí, fue a la revista, chilló,
tiró la bronca y los ñatos de la revista pegaron marcha atrás y desmintieron todo. Que habían sido
rumores, que eran todas mulas, en fin. La cosa que el Pedro se quedó tranquilo. Y fijate que ahí yo
estuve a punto pero a punto de decirle algo, pero me callé la boca.
Dijo: callate Negro, que por ahí la embarrás y me callé bien la boca. Yo los conozco mucho a
los viejos, a la Isabelita, ¿sabés? y preferí quedarme en el molde.
Pero mirá vos, pasa el tiempo, y esta otra revista empieza con la misma milonga. Con otra mina
pero con la misma milonga. Ahora con la loca ésta, la Ivonne Babette, pero con el mismo verso.
Que los habían visto juntos, que parecía que el Pedrito se la movía, que qué sé yo. Para colmo la
mina ésta que debe ser más rápida… una luz la mina… agarró el bochín y empezó con que estaban
perdidamente enamorados, que Pedro era el único amor de su vida, en fin. Se ve que armaron el
estofado a partir de esa foto que salió cuando el equipo tenía que viajar a Perú y les sacaron una foto
en el aeropuerto cuando justo estaba la reventada ésta que también viajaba en el mismo avión.
Para colmo la mina sale al lado de Pedro. Eran como mil en la delegación pero dio la puta
casualidad que esta mina sale junto al Pedro. Y se ve que ahí armaron el estofado. Que a la mina le
viene macanudo, mirá qué novedad.
Y ahí sí, lo agarré al Pedro y le dije: Pedrito no hagas declaraciones. No digas ni desmientas
nada. Quedate chanta, haceme caso. Lo corrí un poco con el verso de que él no podía prestarse a ese
escándalo, que él tenía que mantenerse por sobre toda esa suciedad, que no tenía que prestarse
siquiera a hablar del asunto. Que ya bastante se había ensuciado antes con el balurdo anterior con la
Mirna Clay. Y el Pedro me hizo caso. Lo llamaban de los diarios y él decía que no iba a hablar del
asunto. Que no insistieran. Y los periodistas, que son lerdos también, se agarraron de eso que el que
calla, otorga. Y dieron el caso como comprobado. Hasta diarios más serios hablaron del caso del
Pedro con esta mina. Y la mina ¡para qué te cuento! inventó cualquier boludez para darle manija al
asunto. Cuando el Pedro quiso parar la cosa, ya era demasiado grande y tuvo que quedarse en el
molde. Eso habrá durado un par de semanas. La Isabelita se enojó con el Pedro y casi lo manda a la
mierda, los diarios dijeron que esa pelea confirmaba el enganche del Pedro con la Babette ésta, en
fin, un quilombo impresionante.

102
Al domingo siguiente, tenían que jugar en Buenos Aires un partido chivo contra Vélez. Y al
Pedro lo marca Carpani, un hijo de mil putas que le pega hasta a la madre y este Carpani lo empieza
a cargar. Le decía: ¡Qué mierda te vas a voltear vos a esa mina, si vos en tu vida te volteaste
ninguna!, ya que sos tan macho animate a entrar al área que te voy a romper la gamba en cuatro
pedazos, esas cosas. Y le tocaba el culo. Al final el Pedro, mirá como estaría, le pegó semejante
roscazo que le arruinó la jeta. Le puso una quema en medio de la trucha que lo sentó de culo en el
punto del penal. ¡Te imaginás lo que fue eso! Que al terrible Carpani, el choma que se comía los
pibes crudos, el patrón del área, le pusieran semejante hostia en la propia cancha de Vélez, en el
Fortín de Villa Luro. Lo tuvieron que sacar en camilla porque quedó boludo como media hora. Y a
Pedro, más bien, tarjeta roja y a los vestuarios. Por primera vez en la vida. Pero después me
contaba, los de Vélez lo miraban pasar para las duchas y no le decían nada, lo miraban nomás.
Hasta hubo uno que le dio la mano.
Le dieron pocos partidos. Y volvió en cancha nuestra, contra la lepra. Y ahí se confirmó mi
teoría. Era un mundo de gente. Muchos habían ido por el partido, pero muchos habían ido para
verlo al Pedro. ¡Y cuando entró… se venía abajo la tribuna, mi viejo! «Y coja, y coja, y coja Pedro,
coja» cantaban los negros. Era una locura. Y pegue, y pegue, y pegue Pedro, pegue. Como será que
hasta el Pedro se emocionó y se apartó de los muchachos para saludar a la hinchada con los dos
brazos en alto. Una locura. Ahí empezó a ser ídolo. Ahí empezó. Aunque no me lo reconozca
porque nunca volvió a darme demasiada bola. Pero no podés ser ídolo si sos demasiado perfecto,
viejo. Si no tenés ninguna fulería, si no te han cazado en ningún renuncio… ¿Cómo mierda la gente
se va a sentir identificada con vos? ¿Qué tenés en común con los monos de la tribuna? No, mi viejo.
Decí que el Pedrito se apioló tarde de cómo viene la mano.

103

También podría gustarte