TODOS LOS TE QUIERO QUE
OLVIDÉ DECIR
(SAGA TE QUIERO III)
LYLI BLACK
Para los que sientan que, a veces,
las segundas oportunidades son necesarias
para ser feliz.
ÍNDICE
Sinopsis
Prólogo
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Epílogo
Acerca del autor
Sinopsis
Carla Aguilar siempre estuvo enamorada de uno de los mejores amigos
de su hermano, Pablo Casas, y cuando pensaba que tenía todo lo que
siempre había soñado; un trabajo estable, unas amigas increíbles y ser su
novia, su vida da un giro de ciento ochenta grados y termina rompiendo con
el único hombre que la hizo sentir.
Han pasado nueve meses desde que lo dejó con Pablo, doscientos setenta
y cuatro días sin verle y sin saber de él, pero, ¿qué pasa cuando la boda de
su hermano se acerca y volverán a reencontrarse?
¿Y si al verle se le remueve todo?
¿Y si viene acompañado?
Carla ya no es aquella adolescente que siempre intentaba llamar su
atención, ahora es una mujer que ha aprendido a vivir sin él, pero lo que no
imaginaba, era que se reencontraría con un Pablo más maduro, más
prepotente y mucho más guapo.
Carla y Pablo intentarán evitarse por todos los medios, pero el destino,
las casualidades y las amistades en común les harán coincidir en más de una
ocasión, provocando que los sentimientos, los reproches y los celos
aparezcan en cada uno de sus encuentros.
Todos los te quiero que olvidé decir es la tercera entrega de la saga
Te Quiero y es una historia de amor, rencor, celos y sobre todo, de
muchos te quiero.
Prólogo
—Carla, ábreme —toca la puerta, pero no lo hago —por favor, déjame
explicarte.
Cierro los ojos y sigo sentada en el sofá llorando por todo lo que ha
pasado esta noche.
¿Se va?
¿Por qué no me lo ha contado?
¿Es que no le importo?
Ahora entiendo muchas cosas, por eso estaba tan raro y ausente, y yo
imaginando que estaba así porque tenía un amante.
—Carla —grita —tenemos que hablar.
Me pongo de pie para acabar con todo esto de una vez por todas, no
quiero tener problemas con mis vecinos y si él sigue gritando y dando golpe
a mi puerta, al final los tendré.
—Vete —abro al fin con lágrimas en los ojos.
—Rubia... —da un paso hacia delante, pero impido que me toque —deja
que te lo explique.
Entra en casa y cierro la puerta tomándome unos segundos para poder
tranquilizarme. Camino hacia el salón para hablar con él deseando que esta
noche se acabe de una maldita vez porque necesito que pase.
—Carla —le miro fríamente —¿te acuerdas del estudio que te comenté?
—Sí —se me corta la voz.
—Resuelta que me han aprobado una beca en Estados Unidos —explica
rápido —y jamás pensé que me la darían.
—¿Pero la echaste? —me cruzo de brazos.
—Sí, lo hice.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque suponía que no lo iba a conseguir, rubia.
—No seas hipócrita, si no me lo has dicho es porque no quería que me
enterara.
—No digas eso... —da un paso hacia delante, pero retrocedo dos pasos
para alejarme de él —no te enfades, por favor.
—¿Qué no me enfade? —elevo el tono de voz —mi novio se va a
Estados Unidos y yo sin enterarme —ironizo —¿pero te crees que soy
imbécil?
—No, claro que no.
—Vete, creo que ya lo has dicho todo.
—Yo te quiero, Carla —se acerca y esta vez impide que me aleje
agarrándome de la cintura y pegando a él.
—Si me quisieras, no me lo hubieras ocultado —le reprendo —has
tomado una decisión tan importante sin contar conmigo —me duele decirlo
en voz alta —¿dónde me deja a mí eso?
—Te lo iba a contar.
—Sí, claro —me burlo —cuando ya estuvieras en el avión y no tuvieras
más remedio.
—No, te lo iba a contar en estos días, pero no sabía como.
—Ya da igual, vete y sé feliz —intento no llorar, tengo que ser fuerte —
vamos, vete.
—Carla, por favor, sé razonable —me pide —he trabajado tanto para
esto y quiero compartirlo contigo.
—Si de verdad hubieras querido compartirlo conmigo, me hubieras
contado cada paso que dabas y lo hubimos celebrado juntos —le recrimino
—pero no, lo has ocultado y eso dice mucho de nuestra relación.
—¿Qué quieres decir? —se tensa.
—Que has tomado una decisión tan importante sin importar mi opinión
—es lo que más me duele —que he tenido que enterarme por otra persona...
—Y lo siento —eleva la voz con desesperación.
—Es mejor dejarlo aquí —me duele tanto decir esas palabras, pero cojo
fuerzas para no derrumbarme.
—¿Qué dices, rubia? —pregunta pegando nuestras frentes —Ey —
susurra mirándome a los ojos —somos nosotros —me da un beso corto —
nos queremos —me da otro —y no podemos separarnos.
—Tú no has separado —aparto sus manos de mi cuerpo —no puedo
estar con una persona que no cuente conmigo en temas tan relevantes.
—No digas eso.
—Vete, has conseguido lo que querías.
—No quiero estar sin ti, te quiero.
—Una persona que me quiere no me hace sentir como si no fuera
importante en su vida —confieso —esto se ha acabado.
—No —da un paso hacia delante —no podemos romper.
—Lo hiciste en el momento que aceptaste sin hablarlo conmigo.
—Carla, por favor.
—Vete —le vuelvo a pedir.
—No hablas en serio —gruñe —¿quieres asustarme?, ¿qué suplique?
—No, quiero que te vayas —aparto la mirada porque no puedo verle.
—Carla —dice enfadado —no seas egotista.
—Encima la egotista soy yo —esto es el colmo —adiós Pablo, buen
viaje.
—Como quieras —ruge —luego no vengas llorando pidiendo que
hablemos.
—Vete a la mierda —me rodea y sale de mi casa dando un portazo.
Vale, he roto con Pablo y esta vez es de verdad.
Ya no hay marcha atrás, ya no hay un nosotros y lloro como nunca había
llorado antes y lo peor de todo es que me encuentro tan sola desde que
Audrey se ha ido y sin ella, la casa me parece enorme y silenciosa.
Tengo que ser consecuente con mis actos y llorar esta noche todo lo que
tengo dentro para que mañana pueda intentar comenzar de nuevo, pero sin
él, sin Pablo, sin el hombre que me hace sentir especial... sin la persona que
siempre he querido estar y ahora he perdido.
Pablo y yo hemos roto y esta vez es de verdad.
Uno
Termino de hacer el informe que el capullo de mi jefe me ha pedido.
Cada día lo soporto menos, cada día le odio más, pero tengo que trabajar y
pienso contener mi boca para que no decirle lo que realmente pienso de él.
Salgo de mi despacho y voy hacia el suyo para entregárselo y acabar de
una vez por toda con esto. Miro el reloj y ya son las doce y cuarto de la
mañana, aún me queda más de una hora para poder salir de aquí.
Al llegar, su secretaria me da paso y toco su puerta mentalizándome que
pase lo que pase dentro, debo mantener la boca cerrada y no soltar todo lo
que me estoy guardando.
—Adelante —me da paso.
—Buenos días —saludo formal —el informe que me pediste.
—Menos mal —capullo, me acerco y se lo doy —puede irse.
Me doy la vuelta y salgo rápido de su despacho antes que me retenga y
vuelva a cargarme con más trabajo. Tengo el cupo lleno y no puedo coger
más porque me dará algo. Me encantaría irme, volver a casa y olvidarme de
todo, pero no puedo.
Vuelvo a mi despacho y me siento con mala gana en mi silla, me centro
en las tareas pendientes por hacer y miro el reloj cada dos por tres. El
teléfono de mi oficina suena, lo cojo al segundo y deseo con todas mis
fuerzas que no sea él de nuevo.
—¿Sí?—respondo borde.
—El señor Aguilar quiere que vaya a su despacho.
—Gracias.
Cuelgo y me levanto, que extraño que mi hermano me llame en el
trabajo porque nunca lo hace. Siempre trata con mi jefe directamente y esto
es muy raro.
Salgo del despacho, camino hacia el ascensor y pulso el botón al llegar.
Como ya es casi la hora de salida, tarda mucho más en llegar y cuando lo
hace, está prácticamente lleno.
Subo cada planta imaginando que podrá ser, espero que no sea nada de la
boda, no estoy de humor para eso y no quiero tratar mal a Victoria. Cuando
las puertas se abren, salgo sin mirar atrás y su secretaria me da paso.
—¿Qué quieres? —pregunto nada más entrar, pero me callo al descubrir
que con él está el primo de Victoria —¿pasa algo? —lo sabe, sabe lo que
pasó esa noche y no es el momento.
—Pasa y siéntate —ordena mi hermano —el señor Corberó está aquí
para encargarse de un proyecto.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Necesita a alguien de confianza que pueda ayudarle —me mira —y he
pensado en ti.
—¿En mí? —me tenso —estoy hasta arriba, tengo que entregar varios
informes que...
—El departamento se hará cargo de tus pendientes y tú trabajarás
directamente para él —no pregunta, ordena —Ni Victoria ni yo podemos
porque estamos con los últimos preparativos de la boda, así que solo quedas
tú.
—Está bien —que más puedo hacer.
—Durante estas semanas me quedaré en el despacho que se encuentra
libre en esta planta —me informa Gael y no recordaba que tuviera una voz
tan sexi —haga lo mismo.
—Vale —perder de vista a mi jefe es lo mejor que podría pasarme.
—Empezamos mañana —indica.
—¿Y qué tengo que hacer exactamente? —no lo entiendo.
—Todo lo que te pida —y eso suena a amenaza.
Me despido de ellos un poco confusa y salgo del despacho de mi
hermano.
¿Voy a trabajar para Gael Corberó?
¿En serio?
El destino me odia, pero no pienso sacar el pasado que tenemos en
común como excusa para no trabajar con él porque no merece la pena
hacerlo.
Vuelvo a mi despacho y decido recoger mis cosas para volver a casa y
reflexionar sobre este cambio. Espero que no saque esa llamada que le hice
porque lo solucionamos en su momento y entendió que solo era un juego y
que tenía que quedarse entre nosotros porque tenía novio...
<<Olvida eso>>
Me ordeno y salgo de mi despacho casi corriendo para no acordarme de
él, del único hombre que me bajó el cielo y luego me rompió el corazón en
mil pedazos.
Pero eso es pasado y no tiene sentido pensar en ello.
Entro en el ascensor cuando las puertas se abren, no hay mucho espacio,
pero me da igual, no voy a esperar al siguiente. Al salir de la empresa, paro
a un taxi y le doy la dirección de mi casa, y lucho durante todo el trayecto
para no volver al pasado, cuando lo tenía todo y era feliz.
Cuando para frente mi portal, vuelvo a respirar y le pago saliendo del
taxi para dirigirme a casa. Al abrir la puerta, sé que no me voy a encontrar a
nadie. Audrey ya no vive aquí y ahora mi casa es solitaria y aburrida.
Al menos una de las dos ha conseguido su final feliz.
Recuerdo toda la historia con Thiago, como jugaron con fuegos y se
quemaron, pero lo importante es que se quieren, que viven juntos en casa de
él y son muy felices.
Quien iba a imaginar que Thiago podría enamorarse de una mujer, pero
me alegro por él porque no encontrará a una mejor que Audrey.
Ojalá ella siguiera viviendo aquí, sin ella me sobra tantas horas que mi
mente siempre va al camino equivocado. Da igual donde mire, cada
pedacito de mi casa lleva su nombre, hemos vivido tantos momentos juntos
que todo me recuerda a él.
Llevo nueve meses sin saber de él, sin decir su nombre e intentando por
todos los medios reorganizar mi vida y pasar página. Creo que lo estoy
consiguiente, pero cuando llego a casa, todos los avances conseguidos se
pierden porque si cierro los ojos, recuerdo su risa, como me hacía de rabiar,
como me abrazaba y me besaba para conseguir lo que quería. Como
hacíamos el amor en cualquier rincón, como me llama rubia...
—Tengo que mudarme —me tiro sobre el sofá —tengo que irme de aquí
porque me ahogo en el recuerdo.
Me levanto del sofá y voy corriendo a mi habitación para coger el
MacBook y meterme en una página de venta de pisos.
Es lo mejor, aunque me duela.
Este piso me lo regaló papá cuando terminé la carrera y quise
independizarme. Aún recuerdo cuando me dio la sorpresa y me dijo que no
era un piso muy grande, pero que creía que llevaba mi nombre y que razón
tenía en ese momento, pero ya no lleva mi nombre, ahora lleva el suyo y...
—Déjalo —suspiro.
Me inscribo en una de las páginas y comienzo a rellenar la publicación,
las características y cuando termino, solo me falta adjuntar las fotos.
Automáticamente, me pongo en ello porque no quiero tardar y al terminar,
las adjunto y solo me falta decidir el precio.
Eso sí que no lo sé.
¿Cuál es el precio de mercado?
Ni idea.
No sé a quién llamar, papá, si se entera me hará muchas preguntas y
luego tendré a mamá encima de mí y es lo que menos necesito en estos
momentos. Thiago sería una opción, pero desde esa noche cambiaron
muchas cosas entre nosotros y, ¿Martín?
Mejor que no, porque entonces me preguntará y no me apetece decirle la
verdad, el motivo real, así que lo pospondré y ya lo publicaré más adelante
cuando contrate a un Administrador de Fincas para que me haga una
valoración para el precio de venta.
Me cambio de ropa y me pongo un camisón de seda para comer y luego
echarme un rato para desconectar la mente de una vez por todas.
Dos
—Quiero que me lleves el control de estos informes —entra mi jefe con
varias carpetas y me las deja sobre la mesa.
—Se lo tendrá que asignar a otro compañero —sigo recogiendo mis
cosas.
—¿Por qué? —gruñe —encárgate tú.
—No puedo, me han asignado otro trabajo y tengo que...
—¿Cómo? —grita —nadie me ha informado de ello, ¿quién dio la
orden? —se enfada —¿el señor Aguilar?
—No, el señor Corberó —sonrío por primera vez —me quiere en su
equipo y ya sabe como funciona esto.
—No puede irse cuando hay varios asuntos aún por tratar.
—He terminado con mis pendientes y los nuevos informes se lo he
asignado a mis compañeros para que se encarguen ellos.
—Pero yo no les he ordenado nada.
—Lo siento, señor, pero si tiene cualquier queja o sugerencia, lo tendrá
que tratar con el señor Corberó porque no ha sido decisión mía —finjo,
pero ahora mismo es lo mejor que me ha pasado para desintoxicarme de
este hombre.
—No recoja nada —ordena y sale de mi despacho cabreado.
—Eso es lo que tú te crees.
Sigo recorriendo y metiendo mis cosas en una caja para llevarla a la
última planta y descubrir lo que voy a hacer durante este tiempo. Lleno dos
cajas de tamaño mediano y decido dar dos viajes porque con uno no podré.
Cojo la primera caja que es la que pesa menos y camino hacia el ascensor.
Apenas hay nadie y mientras sube, se va quedando más vacío hasta que
me quedo sola. Llego a la última planta y me quedo sin saber qué hacer,
dijo que cogería un despacho libre, así que haré lo mismo. Estudio cada
despacho hasta que encuentro con uno con unas vistas preciosas, a pesar de
que no es muy grande.
Dejo la caja sobre la mesa y vuelvo a mi antiguo despacho para coger la
segunda caja mientras mis compañeros me miran asombrados. No sé qué se
están imaginando, pero poco me importa, sé que me critican a mis espaldas
y la hipocresía no me interesa.
En el ascensor suelto el aire y pienso en mí, tengo que hacer muchos
cambios para volver a sentirme completa, para volver a ser la Carla risueña,
simpática y extrovertida que era y no en esta que me he convertido, que
sobrevive sin esa vitalidad que le caracterizaba.
Salgo del ascensor al llegar y me olvido de mí que últimamente no paro
de darle vueltas a las cosas y eso me desespera porque no sé cómo
controlarlo.
—A mi despacho —ordena Gael sin mirarme —ya.
—Claro —suspiro.
Dejo la caja rápido en la mesa de mi nuevo despacho y corro hacia el
suyo porque no quiero hacerle esperar. Aunque también tengo que
reconocer que me muero de curiosidad por saber que es lo que me espera a
su lado.
—¿Se puede?
—Pase —sigue sin mirarme y eso no me gusta.
Me siento en la silla frente a él esperando a que me preste atención, a
que me mire y sobre todo a que me explique de que va todo esto.
—Estoy en un proyecto muy importante —por fin me mira —y necesito
una mano derecha de confianza, entregada y sobre todo, cualificada porque
no quiero a un estorbo —¿acaba de decir eso?, no sé si ofenderme o
sentirme alagada —y da la casualidad que todos confían en ti y no tengo
más remedio que hacerles caso porque tengo que empezar ya —directo al
grano —así que quiero que te lleves estas carpetas y estudies el caso.
—Vale —afirmo.
—Soy un jefe exigente, muy cuadriculado y sobre todo, de los que no
perdonan la incompetencia —me mira serio, cortante e intimidante, pero no
me afecta en absoluto —el horario laboral lo marco yo, quizás te necesite
los fines de semana o incluso que me acompañes a un viaje.
—Es decir, que en mi contrato donde figuran las horas que tengo que
realizar no cuenta, ¿no? —ironizo.
—Se le va a compensar económicamente —aclara —y si ve que le viene
grande, aún está a tiempo para negarse.
—No tengo más remedio, señor Corberó —me pongo de pie —así que
cuanto antes empiece, mejor.
Cojo los documentos y salgo de su despacho sin mirarle, espero que no
sea otro Martín en mi vida porque con uno ya tengo más que suficiente.
Paso el resto de mi jornada laboral leyendo toda la información del
proyecto y por lo que he entendido, Gael quiere conseguir que unas de las
cadenas hosteleras más relevantes contrate nuestros servicios. Es un
proyecto ambicioso y creo que me va a gustar formar parte de él porque
será muy interesante.
No sé cómo lo haremos, más vale que él sea lo suficientemente bueno
porque tiene que serlo para conseguirlo. Tomo anotaciones y me empapo de
cada informe, de cada palabra que aparece porque no hay ninguna que no
sea importante.
Cuando por fin miro el reloj me doy cuenta de que ya es muy tarde y es
hora de irse. Recojo mis cosas y dejo los documentos tal cual porque
mañana continuaré por donde lo dejé.
Salgo del despacho y descubro que todo está en silencio, esta planta nada
tiene que ver con la mía y lo agradezco.
Pulso el botón del ascensor mientras me coloco la chaqueta, hace un
poco de frío y no quiero resfriarme. Escucho como se cierra una puerta con
llaves y solo pueden ser dos personas, o Martín o mi nuevo jefe, puesto que
no hay nadie más en esta planta.
En el fondo deseo que sea mi hermano porque no me apetecería ver a
Gael Corberó a estas horas y tener que ser correcta con él, pero mis temores
se hacen realidad cuando le veo aparecer por el pasillo y parece que la mala
suerte me persigue.
Al mirarme se sorprende, pero no dice nada y lo agradezco, me gusta
que mantenga la distancia y me tratara como otra empleada más.
Las puertas se abren y entramos ambos, pulso la planta cero para que me
lleve a recepción y él le da al menos uno donde se encuentra el parking y
supongo que su coche.
—¿Leíste los informes?
—Sí, y creo que es un proyecto muy ambicioso —confieso.
—Lo es, pero no imposible —finjo una sonrisa a modo de respuesta.
Nos mantenemos en silencio y cuando llego por fin a recepción, me
despido de él con un adiós frío y el vigilante me abre la puerta para poder
salir de la empresa.
Llamo a un taxi y le espero pensando un poco en el cambio que ha dado
mi vida, pero quizás esto me venga bien porque quizás un reto era lo que
necesitaba para entusiasmarme y conectar con mi antiguo yo.
Tres
—Haz fotocopias a estos documentos —me pide o mejor dicho, ordena.
—Está bien.
Llevo una semana trabajando con Gael y prácticamente soy su secretaria.
No era lo que me imaginaba cuando accedí a trabajar con él, pensaba que
seriamos un equipo, no que él me ordenaría funciones básicas que podría
hacer cualquier persona.
Salgo de su despacho y voy a la fotocopiadora que está en el pasillo,
comienzo hacer lo que me pidió y veo a la nueva secretaria de mi hermano.
Espero que sea la definitiva, es una mujer de mediana edad, muy
profesional y educada, creo que lo tiene todo para el gruñón de mi
hermano.
Cruza una mirada conmigo, me saluda con una sonrisa y se la devuelvo.
Termino de fotocopiar los documentos y vuelvo a su despacho sin tocar. Me
siento en frente de él dejando los documentos sobre la mesa y espero a que
me ordene otra tarea, aunque lo que deseo es que quiera mi opinión o mi
punto de vista.
—Trabajaremos con este enfoque —mueve el iMac para que pueda ver
la pantalla —tenemos que ser originales.
—¿Cuándo nos reuniremos con ellos?
—Aún no he conseguido una cita —confiesa mirándome por fin —pero
estoy en ello.
—¿Por qué esta cadena? —pregunto directa —no solemos enfocarnos en
estos proyectos.
—Quizás hay que hacerlo —contesta borde —porque si lo logramos,
aumentaremos un diez por ciento el beneficio anual.
—Vaya, parece que has hecho los deberes —ironizo y me llevo una
mirada fría de su parte.
—Si no quiere estar, ahí está la puerta —me la señala —no tengo tiempo
para estas cuestiones.
—Está bien —cedo —en qué le ayudo.
—He averiguado que a finales de mes el socio mayoritario se hospedará
en unos de sus hoteles y tenemos que conseguir que nos reciba y para eso,
tenemos que tener la presentación terminada y perfecta.
—Pues no queda mucho, así que comencemos —eleva una ceja por el
tono que he utilizado.
Él es el jefe y no puedo hablarle de esa manera, pero no puedo emplear
otro. Uno de los problemas que tenía con mi anterior jefe de departamento
era exactamente eso, quería doblegarme, minimizarme para dejar de tener
esta actitud que no me correspondía porque al fin y al cabo solo soy una
más de sus empleados.
Él lo achacaba a que me sentía segura porque era la hermana del director,
pero no tiene nada que ver con eso, en lo referente a lo laboral, es el único
ámbito de mi vida que siempre he estado completamente segura de mis
habilidades y por eso quizás soy un poco altanera, pero con Gael tengo que
controlarme.
¿Está por encima de Martín?
Quizás antes sí, pero ahora mi hermano es socio y él solo uno de los
hijos de los dueños, así que técnicamente está por debajo, ¿no?
—Estos serán los temas a tratar —indica —quiero que te encargues de
los dos primeros.
—Vale, me ocupo de la introducción —al menos dejaré de hacer
fotocopias o de llevarle café —puedo hacerlo.
—Pues empieza.
Contengo mi mirada asesina y me levanto para volver a mi despacho y
comenzar de una vez.
Qué capullo es, jamás pensé que fuera así, pero ahora recuerdo alguna de
las pocas conversaciones que tuve con Victoria hablando de él. Sin duda
tenía razón en todos sus calificativos y en ese momento tenía que haberle
hecho la ola.
Me pongo inmediatamente, con el primer punto, comienzo a redactar las
funciones principales de la empresa, su alcance nacional y sobre todo, las
opiniones de los clientes a día de hoy. Utilizo gráficas y tablas para poder
desarrollar la información, me pongo los AirPods para concentrarme y me
meto de lleno en el informe que me pidió.
Sé que no es muy complicado, que es una carta de presentación para que
el cliente conozca los datos principales de la empresa y del mismo modo,
que se percate que no somos una empresa común y desde ese enfoque, Gael
trabajará en el resto de puntos.
Solicito información complementaria a los diferentes departamentos de
la empresa, Victoria como buena amiga me pasa un informe contable del
último año y lo añado en el escrito, haciendo una comparativa matizando en
el incremento que se ha obtenido en los últimos seis meses.
De repente un movimiento me distrae y al levantar la cabeza me
encuentro con la mirada recriminatoria de Gael. Me quito los AirPods y
espero a que me diga lo que necesita, pero estoy segura de que no será nada
bueno.
—Llevo llamándola media hora —gruñe.
—Lo siento, estaba con los AirPods y no le he escuchado.
—Pues evite utilizarlos porque no puedo perder el tiempo como acabo
de hacer —me regaña —¿ha terminado?
—¿Qué? —miro el reloj y solo han pasado una hora y media —lo estoy
terminando.
—Pásamelo al correo —suspira impaciente —lo terminaré yo —lo dice
como si fuera tonta.
—Si me da media hora, estará perfecto.
—No tengo media hora.
—Enseguida se lo mando.
Dejo de mirarle y le envío el documento que estaba redactando y que no
he podido terminar por su impaciencia. Se marcha a los pocos segundos tras
enviárselo y suelto todo el aire.
¿Ahora qué hago?
Recojo mi mesa y ordeno todo el caos que he formado para redactarlo,
mi estructura era muy buena y solo espero que no la ignore.
Suena el teléfono y lo cojo al segundo porque sé de quién se trata.
—Venga a mi despacho ya —ordena y cuelga.
—Capullo.
Salgo de mi despacho con prisas recolocándome la falda. Entro sin tocar
y me encuentro con su mirada examinándome y me da igual, ya me tiene
harta y solo llevo una semana con él.
—¿Qué pasa, señor Corberó?
—Quiero hablar sobre su trabajo —ya está, me echa de su servicio.
—Usted dirá —me cruzo de brazos.
—Al final no va a ser tan tonta como pensaba —¿acaba de decir eso? —
no se ofenda —como si con el simple hecho de decirlo fuera suficiente,
claro que me ofendo y mucho —ha hecho un buen trabajo.
—¿Qué? —no entiendo nada.
—Me ha gustado el enfoque que le has dado, como lo ha estructurado,
pero sobre todo, como ha destacado los puntos fuertes de la empresa sin que
parezca ni exagerado ni vulgar.
—Vaya, gracias —me acerco.
—Debo reconocer que tuve reticencia a la hora de trabajar con usted —
confiesa —que su hermano y amiga la recomienden no era lo
suficientemente imparcial, pero ahora que he descubierto que podemos
formar un buen equipo, me quedo tranquilo.
—¿Y por eso se ha comporta como si fuera un capullo?
—No —me mira con una sonrisa —soy un capullo.
—Es bueno saberlo —me río y me acerco hasta sentarme en frente de él
—¿amigos?
—Solo si no me llamas para confirmaciones de citas inexistentes.
—Oye —vuelvo a reírme —eso ya estaba más que aclarado.
—Estaba de broma —me relajo.
—¿Qué quieres que haga?
—Ayúdame con esto, nos quedan un mes para intentar convencerle —me
guiña un ojo —¿crees que podrás ayudarme?
—Sé que puedo ayudarte.
—Eso es lo que quería oír.
Durante el resto del día lo paso en su despacho, intentando redactar cada
punto sin borrarlo completamente porque no era lo suficientemente bueno.
Comemos en su despacho mientras seguimos y ahora que ha podido
comprobar que no soy tan tonta, se ha suavizado el ambiente y considero
que formamos un buen equipo.
Ahora lo entiendo, pensaba que era una enchufada y no quería que por
mi culpa echara a perder este proyecto tan importante para la empresa y por
eso se ha comportado así.
De los siete puntos que completa su estructura, terminamos tres y damos
por concluida el trabajo por hoy.
—Me duele la cabeza —me quejo cuando nos ponemos en pie.
—Y aún nos queda los puntos más fundamentales —suspiro —vamos
coge tus cosas que te invito a cenar.
—¿Una cita, señor Corberó?
—No, una cena de negocio —y sonrío.
Acepto encantada y quedamos en vernos en el ascensor, me gusta que no
tenga intenciones conmigo, si eso no fuera así, estaría incómoda y no podría
trabajar a gusto.
Gael es un hombre muy guapo y listo, pero no me gustaría que tuviera
doble intención conmigo, aunque en el fondo sería un halago que un
hombre como él se fijara en mí.
—Vamos —dice cuando le veo en el ascensor pulsando el botón para que
no se cierren las puertas —por fin.
—No seas tonto —estás últimas horas juntos, no ha hecho coger
confianza y no tiene nada que ver con jefe empleada.
En el parking me señala su coche que está en las plazas principales y nos
montamos. Es un coche de alquiler que utilizará durante su estancia en
Madrid.
El trayecto al restaurante lo hacemos en silencio solo con la música de
fondo, pero no es incómodo.
—¿Has estado en este restaurante? —pregunta.
—Sí, he venido unas cuantas veces con mi familia y se come muy bien.
—Es verdad, lo descubrí cuando vine hace unos días con tu hermano y
me encantó.
Entramos y nos sentamos en una mesa para dos, el camarero nos toma
nota y Gael pide varios entrantes y como plato principal, solomillo de
ternera para él y pastel de carne para mí.
Para tomar nos decantamos por agua.
Los entrantes llegan y comenzamos a hablar del proyecto, de como se
enteró y de las ganas que tiene de conseguirlo. Sabe que no es fácil porque
están a punto de cerrarlo con otra empresa y por eso todo esto es muy
precipitado.
El camarero nos trae los platos principales y dejamos de hablar de
trabajo para hablar de nosotros. Comienzo a conocer a un Gael que si me
cuadra más con lo que me confesó Audrey en varias ocasiones.
—¿Y a tu novio no le molestará que cenes conmigo? —me tenso
automáticamente.
—No tengo novio —revelo intentando no mostrar que me duele.
—¿Cómo? —frunce el ceño —sabes que si mis padres se enteran me
obligarán a cortejarte.
—¿Cortejarte? —me río —es un poco anticuado, ¿no?.
—Díselo a mi madre —me vuelvo a reír y sé lo que pretendía y solo por
eso, se lo agradezco.
—Entonces mejor que no se entere.
—No sé si ofenderme —finge.
—No, claro que no —sigo con la broma —¿y tú?, ¿tienes novia?
—No, no tengo —confiesa.
—Con lo guapo que eres y sin novia, eso sí que es raro.
—Pienso lo mismo de ti —¿me está tirando los tejos?, no creo.
Dejamos a un lado ese tema y terminamos de cenar consiguiendo que
vuelva a ser esa Carla que se reía por todo.
Salimos del restaurante y me lleva a casa, en esta ocasión, no paramos de
hablar durante todo el trayecto. Gael es adictivo y acabo de descubrir que
me gusta pasar tiempo con él porque vuelvo a ser yo.
—Gracias por traerme.
—Un placer —me mira.
—Hasta mañana —me inclino y le doy un beso en la mejilla.
—Qué susto, pensaba que te ibas a lanzar —sonríe.
—No eres tan irresistible —abro la puerta y salgo —soy inmune a ti.
—Y así debe ser —me guiña un ojo —dame tu número y escríbeme un
mensaje cuando estés en casa.
—Qué excusa tan pésima —pero se lo doy.
—Estaré aquí hasta que me escribas.
Le digo adiós con la mano y entro en mi portal. Con prisas llego a casa y
al coger el móvil, me encuentro con un mensaje suyo.
Este es mi número
Guardado
ya estoy en casa
gracias por la cena y demás
Un placer.
Me asomo por la ventana y veo como se va. ¿Cómo una persona ha
conseguido en un día pasar del odio al amor? Suponía que era un completo
imbécil y ahora, solo quiero seguir hablando con él porque me divierte,
tiene un humor muy parecido al mío y me hace bien.
Solo he necesitado veinticuatro horas para que un hombre me haga sentir
eso.
—Lo estoy superando de verdad —confieso —te estoy olvidando.
Y con esa afirmación, me desmaquillo y me pongo el pijama para dormir
por primera vez, en mucho meses, con una sonrisa de satisfacción.
¿Qué tendrá los Corberó para arreglarlo todo?
Quizás el destino nos lo ha puesto en nuestras vidas para mejorarla,
primero fue con mi hermano, luego con Thiago y ahora quizás me toca a
mí.
Cuatro
—Hasta que por fin te veo —se queja Audrey —estás muy desaparecida.
—El trabajo —miento —¿qué tal todo?
—Muy bien —y pone esa sonrisa tan bonita que tiene.
—¿Thiago dejó de ser un imbécil?
—Solo en ocasiones —me río.
—Buenas —aparece Carolina —siento la tardanza.
—No te preocupes, acabamos de llegar.
—¿Y Lucía? —pregunta sin verla.
—Ya sabes como es —contesta Audrey —aún no llegó.
—Al menos no soy la última —se quita la chaqueta y la pone en el
respaldo de su silla —¿cómo estás, Carla?
—Muy bien —sonrío —¿pedimos ya?, tengo hambre.
—Vale, cuando ella llegue que pida sus tapas —dice Audrey.
Llamamos al camarero y pedimos nuestras tapas porque estamos
hambrienta. Lucía aparece al poco raro y no se disculpa por su tardanza
para no variar.
—Audrey, mi madre, te espera mañana en casa —comenta —¿te lo dijo
mi hermano?
—No —frunce el ceño.
—Lo sabía —indica con suficiencia.
—Pues mañana, ahí estaré —afirma Audrey.
—¿Os venís? —propone Lucía —mamá preparará una comida.
—Yo no puedo —miento —pero para la próxima.
—Yo me apunto —se une Carolina —comida italiana de calidad,
siempre sienta bien.
—Entonces mañana a las dos en casa —matiza Lucía —¿y tú qué tal?
Lucía siempre ha hecho de hermana mayor conmigo, quizás porque tiene
un carácter más fuerte o porque yo siempre he sido la que ha terminado
llorando. Noto como sus ojos me estudian, nunca insiste y ha dejado su
lengua viperina a un lado desde que me rompieron el corazón porque en el
fondo sabe que no estoy bien.
—Bien, con cambios laborales —confieso —estoy trabajando con tu
primo, Audrey.
—¿Qué primo? —se sorprende —¿Gael?
—El mismo —por fin un tema fácil —estamos en un proyecto
importante y nuestros hermanos por el tema de la boda no pueden ocuparse
y me tocó a mí.
—Espero que no sea muy duro contigo, Gael es increíble, pero el trabajo
es lo más valioso de su vida.
—Para —la freno —trabajar con él es increíble.
—Para él —mariza Lucía elevando una ceja —es tu jefe.
—Se podría decir que sí —le quito importancia —pero como dice él,
somos casi familia —me río —¿es mi primo?
—No, no lo es —aclara Lucía —¿te gusta?
—¿Qué? —me río —a ver, es guapo, pero solo formamos un buen
equipo.
—Así se empieza para terminar en su cama.
—No seas cruel, Lucía —intercede Carolina en mi defensa —lo
fundamental es que estés bien.
—Sí, eso es lo fundamental —coincide la italiana —¿y tú qué tal con mi
hermano?, aún no me creo que esté enamorado —se ríe.
—Estamos mejor que nunca.
—¿Y con la galería? —me intereso.
—Muy bien, compaginando ambos trabajos —suspira y sonreímos.
Audrey está dando unos cursos en la Universidad de Madrid gracias a su
tutor y al mismo tiempo, lo está compaginando con la galería de Barcelona,
donde hizo su primera exposición.
Fue tanto el éxito que tuvo con su primera exposición, que la contrataron
y está preparando su segunda que saldrá después de la boda de nuestros
hermanos. Si Todos lo te quiero que me faltan por decir fue un éxito, no me
quiero ni imaginar la que está a punto de salir.
Thiago está tan enamorado de ella que ha convertido una de sus
habitaciones en un estudio para que pueda pintar y dedicarse al cien por
cien a lo que ama y son tan felices que me quedo con eso.
—¿Tienes fecha para la exposición? —pregunta Carolina.
—No, pero quedan varios meses aún.
—¿Tiene nombre? —soy muy curiosa.
—Pronto os diré más detalles —se ríe —tengo prohibido hablar de eso.
—Mírala ella, desde que está con un abogado conoce las normas —se
burla su cuñada —ver para creer.
La comida es más divertida de lo que me esperaba, las cervezas fluyen al
igual que las risas y me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que no me
lo pasaba tan bien con ellas. Siempre fingía y hacía que estaba bien, aunque
no lo estaba y en esta ocasión, lo estoy y es otra señal de que lo estoy
superando.
—Me acaba de escribir Thiago —señala Audrey —dice de venir.
—Qué pesado es mi hermano.
—Yo tengo que trabajar —miento —lo que os comenté, fines de semana,
días festivos...
—Ya me cae mal Gael —afirma Lucía.
—Ya te caía mal —le recuerdo.
—Verdad, pero, ¿no te puedes quedar? —me pide Lucía.
—Lo siento, pero quedé con él a las siete y me quiero cambiar.
—¿Y no lo puedes suspender? —sugiere Carolina.
—Es mi jefe.
—Puedo escribirle para que se una.
—No, Audrey, es un proyecto importante y no tenemos tiempo, así que
no os preocupéis que cuando termine podemos hacer lo que queráis —me
pongo de pie —pasarlo bien en casa de tus padres.
Me despido de ellas y casi corriendo me alejo buscando un taxi, no sé
cuantas veces he coincidido con los chicos, cinco o seis veces, pero siempre
he buscado una excusa para irme.
Sé que si viene Thiago, vendrá el resto y aunque Marcos no tenga la
culpa, no puedo verle. No es justo y sé que tengo que dejar eso otras, pero
voy paso a paso.
Ahora estoy viendo resultado, ahora puedo decir que las cosas están
cambiando y no quiero precipitarme y volver al principio.
Madrid me recuerda a él, los chicos me recuerdan a él y mi casa me
agota con su recuerdo, pero poco a poco voy a cambiar para que pueda
caminar por Madrid sin que me duela, pueda hablar con los chicos sin que
me produzca una presión en el pecho y en cuanto a mi casa, sé que no hay
solución y que tengo que venderla porque mi casa lleva su nombre.
Cinco
—¿Qué te parece? —pregunta Gael.
Estamos en su despacho modificando algunos de los puntos que ya
hemos redactado con el fin de mejorarlos.
—Creo que está perfecto —afirmo.
—Se lo voy a mandar a Martín para que me dé su opinión, cuanto más
mejor.
—Te dirá lo mismo que yo —sonrío.
—Te están llamando —me señala el móvil y es un número desconocido.
—¿Sí? —respondo al coger la llamada.
—Buenas tardes, le llamo de parte del Administrador de Fincas en
relación con la tasación que nos solicitaste.
—Ahora mismo me pillas trabajando —respondo —en cuanto tenga un
hueco os llamaré para la valoración.
—Gracias.
—A usted.
Cuelgo y dejo el móvil en la mesa para centrarme en lo que estaba
haciendo, pero Gael me mira con sus espectaculares ojos y sé que me va a
preguntar.
—¿Valoración de qué? —lo sabía.
—Voy a vender mi casa —confieso, es la primera persona que se lo digo.
—¿Por qué?
—Porque... —¿qué le digo?
—No tienes que darme explicaciones, Carla.
—Porque siento que me ahogo en ella, porque donde mire... —me callo
mordiéndome el interior de la mejilla.
—Tranquila —empatiza —¿no sabes qué precio poner?
—No.
—Tengo un buen amigo que se dedica a eso, si quieres puede vendértela
—me facilita las cosas.
—¿De verdad?
—Claro.
—Gracias, Gael —suspiro —¿qué necesitas?
—Una nota simple y las fotos de la vivienda —responde —creo que con
eso sería suficiente.
—Las fotos te las paso ahora, pero la nota simple tengo que sacarla...
—No te preocupes, que lo haga él.
—Vale, te paso las fotos y la dirección.
—Perfecto —me sonríe.
Dejamos a un lado el tema de la venta de mi piso y nos centramos en el
proyecto. Martín aparece y le da varias alternativas para modificar algunas
cosas del proyecto. Comienzan hablar y le felicita porque está haciendo un
buen trabajo.
Gael se muestra más frío con él y eso me extraña porque conmigo es
agradable.
—He quedado con Victoria a cenar, ¿os venís?
—Espérame dos minutos y me uno —responde Gael.
—¿Carla? —me lo pienso y tengo dos alternativas, ir y pasar una buena
velada o volver a esa casa solitaria.
—Claro, me uno.
—Os esperamos en el parking —se da la vuelta y se marcha.
—Las ideas de Martín son muy buenas —indico cuando nos quedamos a
solas.
—Sí, han mejorado algunas cosas con dos tonterías.
—Al principio opinaba que era muy complicado, pero si no nos cogen,
entonces no nos merecen.
—Anda, vámonos —sonríe y salimos de su despacho.
En el ascensor nos mantenemos en silencio, me abrigo bien para no
coger frío y guardo el iPhone en el bolso. Se abren las puertas en el parking
y no tardamos mucho en ver donde están la pareja del año y nos acercamos
a ellos.
—Que bien que os apuntáis —sonríe Victoria.
—Gracias a tu prometido por invitarnos —responde educado Gael.
—¿Vamos en el mismo coche? —sugiere Martín.
—No, mejor me llevo el mío porque es más cómodo —contesta —
mandarme la ubicación por WhatsApp.
—Voy contigo y así no te vas solo —propongo y mi hermano me
analiza, pero me da igual.
—Claro.
Entro en su coche ignorando ambas miradas, no sé qué estarán pensando,
pero me da igual. Soy mayorcita para tomar mis propias decisiones y no
voy a soportar ningún discurso ni preguntas en relación con mi vida.
Llegamos al restaurante rápido, no se encuentra muy lejos de la empresa y
lo agradezco porque tengo hambre y quiero pasarlo bien.
—Vamos —coloca su mano en mi espalda y me guía.
No me tenso, no me incomoda y no siento que esté haciendo algo
inapropiado. Me guía hasta una de las mesas libres y esperamos a la
parejita. No tardan mucho en llegar y se sientan en nuestra mesa
mirándonos.
—¿Cómo llevas el proyecto, primito? —ironiza.
—¿Y tú la boda? —contraataca con una sonrisa
—Pues muy bien, en dos meses seré una recién casada y feliz.
—Vaya, ¿acaso sabes qué es eso?
—Vamos, no empecéis —intercede mi hermano —vamos a disfrutar de
la noche.
—Eso —me río —los cuchillos mejor para cortar carne.
—Hola —saluda Audrey cogida de la mano de Thiago y me tenso un
poco —gracias por avisar.
Se sientan en las dos sillas libres y mi actitud es completamente
diferente. Ahora mismo hubiera preferido ir a casa, pero en algún momento
tenía que pasar y coincidir, ¿no?
—¿Qué tal Audrey? —le pregunta Gael y el tono de voz es
completamente diferente —¿cómo llevas el trabajo?
—Muy bien, ¿y tú el proyecto? —le sonríe con amor —gracias por
comprar unos de mis cuadros.
—Quería comprar todos, pero no me dejaron —le guiña un ojo.
El camarero nos interrumpe y nos toma nota. La conversación es fluida,
Thiago se mantiene en un segundo plano y en esta ocasión hago lo mismo,
y solo me dedico a responder cuando me hablan.
De vez en cuando noto su mirada en mí, pero le ignoro, desde esa noche
mi actitud con él es más fría, aunque en realidad no estoy enfadada con él,
sino decepcionada porque no es el culpable de mi dolor.
—Esto está realmente bueno —gime Audrey —¿queréis probar?
—Yo sí —responde Thiago —sí, está muy rico.
No sé si habla de la comida o es un mensaje clave. Es mirarle y ver las
mariposas revolotear entre ambos, se quieren y, aunque él se lo haya
confesado, sigue actuando con esa actitud de todopoderoso que nos saca de
quicio, pero su mirada brilla de manera diferente cuando la mira a ella.
—No me puedo creer que queden dos meses —aplaude Audrey —por
fin he encontrado el vestido ideal, me lo regaló Thiago —se ruboriza y es
tan mona —ya os lo enseñaré.
—Que bien, una cosa menos —le sonríe su hermana —¿y tú, Carla?,
¿tienes vestido?
—Estoy en ello, pero no te preocupes que para tu boda lo tendré —es
verdad que apenas me he puesto a buscar vestido porque es lo que menos
me apetece, pero no se lo digo.
—Claro, no te preocupes que aún queda tiempo de sobra.
—Buenas noches, familia —me tenso automáticamente, ¿qué hace
Marcos aquí? —Carla —me llama —qué alegría verte —me da un beso y
me mira con amor, pero soy incapaz de aguantársela porque sus ojos son...
—¿Cómo estás, Marcos? —me contengo.
—Muy bien, ¿y tú?
—Bien —finjo y sé que todos se han dado cuenta.
—Vamos, siéntate y come algo —le ordena Thiago ayudándome, pero no
le necesito, ya no.
—Si no fuera por Audrey ni me entero —se queja de bromas —¿qué tal
colega? —saluda a Gael.
Desde ese momento la cena va a peor, se me cierra el estómago y miro
de vez en cuando la hora para irme. No puedo estar aquí, aún no estoy
preparada para correr.
Dijimos pasito a pasito, con Thiago ya era suficiente pero, ¿Marcos?
No puedo.
—Yo ya me marcho —no puedo más —estoy cansada y mañana
trabajamos.
—Espérate un poco y te llevamos —sugiere Martín.
—No, seguid disfrutando...
—Espera que yo también me voy —se levanta Gael —si quieres te
acerco.
—Claro —finjo una sonrisa —nos vemos.
Me marcho junto con Gael y aguanto el tipo todo lo posible, me lo tenían
que haber dicho para digerirlo, para que no me sorprenda y sé que soy
injusta y que nadie se merece que le trate así, pero no puedo evitarlo.
—Desahógate —me dice Gael acariciando la espalda cuando estamos en
su coche a solas —no pasa nada.
—Lo siento —me tapo la cara con mis manos e intento respirar —solo
que...
—No pasa nada —sigue acariciándome la espalda.
—Pensarás que soy idiota, no me conoces de nada y te estoy causando
muchos problemas que...
—Shh —me calma —no pasa nada, Carla.
Le miro y le abrazo con fuerza porque necesito sentir un cuerpo fuerte
abrazándome y él lo hace. No me reconozco, no nos conocemos de mucho,
pero aun así se está convirtiendo en mi gran apoyo y solo me estoy dejando
querer para superarlo cuanto antes.
—Gracias, Gael... —me separo y lo tengo muy cerca.
Dudo durante unos segundos y finamente me lanzo a sus labios.
Quizás si le beso me despierta algo, pero antes de poder saborearlos, se
separa con suavidad y me coloca bien en mi asiento y creo que jamás me he
avergonzado tanto como en este momento.
—No quieres besarme, ni siquiera te gusto —afirma con una sonrisa —
no lo compliquemos cuando no tenemos química.
—Lo siento —soy imbécil.
—No te preocupes, lo fácil sería follar y respaldarte en mí, pero te
aseguro que no te sentirás mejor ni dejarás de sentir lo que sientes —no
puedo ni mirarle —así que vamos a seguir siendo amigos, ¿vale?
—Lo siento.
—Anda, mírame —lo hago —soy irresistible, así que no pasa nada.
—Qué idiota —me río y me olvido de este momento incómodo.
Conduce en dirección a casa y dejamos a un lado mi arrebato porque,
como dice él, no hubiera cambiado nada. Me ha rechazado, Gael me ha
rechazado y comienzo a reírme con lágrimas en los ojos.
—¿Qué pasa?
—Me has rechazado —sigo riéndome.
—¿Y eso te causa gracia?
—No, sí, no sé...
—Te he rechazado porque me caes bien y no me gusta abusar de una
chica que pensaba que era lo correcto.
—Gracias, Gael.
Nos despedimos en mi portal con un beso en la mejilla y salgo de su
coche. Casi cometo el peor error de mi vida porque Gael me cae bien y es lo
que necesito para superar lo mío, para superarlo de una vez por todas.
***
—¿Has conseguido la reunión? —entro risueña en su despacho, pero me
encuentro con su ceño fruncido.
—No, no me lo pasan.
—¿Por qué?
—Dicen que está ocupado.
Me siento en la mesa y me pongo a pensar, ya han pasado varias
semanas desde que trabajamos juntos y tenemos que conseguir la reunión
porque viene a España la próxima semana. Si no lo conseguimos, el trabajo
que hemos realizado no servirá de nada.
—¿Me dejas intentarlo yo? —pregunto.
—¿Qué puedo perder?
—Nada —le guiño un ojo —pásame los datos.
—Aquí tienes la tarjeta —me la da.
—Me voy, me tomo el resto de la mañana libre —le guiño un ojo y salgo
de su despacho.
Llamo a Lucía, pero no me lo coge, joder, no contaba con eso.
¿Ahora qué hago?
No lo sé.
¿Y si llamo a Thiago?
Tengo que dejar el pasado atrás y con pasitos como este se consiguen,
¿no?
Pulso su contacto y le doy a llamar, es lo mejor.
—¿Pasa algo, Carla? —responde al segundo.
—Necesito un favor.
—Dime, sabes que puedes contar conmigo.
—Necesito que me consigas una reunión con el dueño de una cadena
hostelera italiana.
—¿Qué? —se sorprende.
—Viene a España la semana que viene y es muy importante.
—Pásame los datos por WhatsApp —me pide seguro —tendrás la
reunión.
—Gracias.
—Carla, tenemos que hablar.
—No, está todo bien, pero mejor dejemos las cosas así...
—No me gusta que estés enfadada conmigo.
—No lo estoy —no es del todo cierto —forma parte del pasado y no
quiero hablar de él.
—Está bien —cede —luego te llamo para darte toda la información.
—Gracias.
Cuelgo y no sé qué hacer, me he tomado el día libre sin tener ningún tipo
de plan.
¿Y si vuelvo a la empresa?
No tengo nada más que hacer, así que no, mejor no.
Mi iPhone vibra y es Lucía, lo cojo al segundo porque quizás mi suelte
cambie.
—Hola guapa —saluda risueña.
—¿Estás trabajando? —pregunto.
—No, ¿por?
—¿Nos tomamos algo?
—¿No trabajas? —duda.
—Tengo la mañana libre, ¿nos vemos?
—Claro, paso por ti, ¿dónde estás?
—Saliendo de la empresa.
—Voy para allá.
Salgo de la empresa y me coloco en la esquina para esperarla, ojalá que
no tarde mucho porque no me apetece pasar frío. Estamos en febrero y las
temperaturas en la capital son bajas y no me quiero helar.
—Sube —aparece al poco tiempo.
Lo hago corriendo y le sonrío agradecida.
Vamos a un bar que se encuentra a pocas calles de la oficina para
tomarnos una copas y quizás picar algo.
—¿Estás bien? —pregunta nada más sentarnos —no es propio de ti
tomarte la tarde libre.
—Gael me la ha dado—le guiño el ojo.
—¿Gael?, qué confianza, ¿no? —ironiza —ten cuidado.
—Me rechazó —confieso de repente, pero antes de que pueda decir
nada, el camarero viene y pedimos dos batidos de frutas porque cogió el
coche y no quiere beber.
—Explícame que acabas de confesar.
—A ver, Martín nos comentó que iría a cenar con Victoria y nos invitó a
unirnos, así que aceptamos —resumo —lo que no me esperaba era que
también se uniría Audrey y tu hermano, pero pude soportarlo.
—¿Y qué tiene que ver eso con que te rechazara? —eleva una ceja sin
entender.
—Pues que también vino Marcos —suspiro —y de repente me agobié.
—¿Estás bien? —me coge de la mano.
—Sí, ahora sí —y no miento, han sido las mejores semanas después de
tanto tiempo —me fui y él se ofreció a llevarme —me muero de vergüenza
al recordar ese momento —y en su coche le besé, pero me apartó.
—Vaya...
—Y menos mal que lo hizo porque hubiera sido un error.
—Ahora no le odio tanto —me hace reír —¿cómo estás?, y quiero la
verdad.
—Estoy, han sido meses muy duros, pero ahora estoy mejor.
—Desde que estás con él te noto diferente —revela —más feliz, más
risueña y con buena energía.
—Sí, es raro, no nos conocemos, pero me ayuda mucho y no es por sexo.
—Sí, eso sí que es raro porque eres guapísima y ningún hombre te
rechazaría.
—Somos amigos.
—Me alegro por ti —cede y se lo agradezco —ahora cuéntame lo de la
tarde libre.
—Estamos con un proyecto y aseguré que le conseguiría una reunión —
explico —es una cadena hostelera italiana y quería pedirte ayuda.
—Me has llamado para utilizarme —bromea.
—Sí, pero al final se lo pedí a Thiago.
—¿A mi hermano? —suspira —entonces está hecho.
—Eso espero.
Nos tomamos el batido entre bromas y chisme, Lucía es una chica
increíble y siempre está cuando más lo necesito.
Sabe cuando preguntar o callar, cuando ir o quedarse, es una chica muy
lista y muy intuitiva, y en estos meses sé que me he salvado de muchas
broncas porque sabía que no estaba bien.
Es la primera vez que hablo en pasado, estaba y eso significa que por fin
dejo todo lo negativo atrás y puedo continuar con mi vida.
Han sido meses duros, pero poco a poco y con las personas indicadas, se
supera.
Por la tarde, vuelvo a la empresa con mejor humor, pasar el rato con
Lucía siempre es un acierto. Entro en mi despacho y coloco en la mesa mi
bolso, no sé qué hacer, pero mi móvil vibra y es la llamada que estaba
esperando.
—Dime que lo has conseguido —me va a dar un infarto.
—Te adjunto el teléfono personal para que le llames y concretéis la
reunión —me informa Thiago.
—Gracias, te debo una.
—No, no me debes nada —niega —lo siento.
—Da igual —cojo aire —ya es pasado, estamos bien.
—Eres muy importante para mí, sabes que no soy de muchas palabras.
—Lo sé y te quiero —expreso —y sé que tú también.
—Carla...
—Estamos bien, muchas gracias.
—Cuídate.
—Igualmente, un beso.
Cuelgo y corriendo voy al despacho de Gael. Entro sin tocar y gruñe a
modo de saludo, está agobiado porque no consigue la reunión, pero gracias
a mí, bueno, mejor dicho a Thiago, lo hemos conseguido.
—¿Qué me das si te digo que tengo su teléfono personal?
—¿Qué? —me presta atención —¿me estás vacilando?
—¿Qué me das? —me apoyo en la mesa y me inclino con una sonrisa
enorme en los labios.
—¿Qué quieres?
—Quiero... —me pongo a pensar —ahora no lo sé, pero me debes una.
—Está bien —afirma —dame su teléfono.
—Aquí tienes.
Se lo paso por WhatsApp y llama al segundo. Me muerdo el labio
inferior mientras habla él y por lo que estoy escuchando, está cerrando la
reunión.
—Perfecto, gracias señor Esposito.
—¿Lo hemos conseguido?
—Sí.
Se pone de pie y me abraza elevándome del suelo, qué sensación tal
gratificante, por fin me siento útil y quiero ir hasta el final.
—¿Qué pasa aquí? —exige Martín.
—Lo hemos conseguido —grito y le doy un beso —va a reunirse con el
señor Esposito.
—Vamos —corrige Gael —tu hermana ha conseguido su teléfono
personal.
—Bien, pero estas muestras de cariño no las quiero volver a ver —exige.
—No seas pesado —le miro mal —¿cuándo es la reunión y dónde?
—Es en su hotel el próximo jueves a las doce y media de la mañana.
—Vale, ¿vamos juntos desde la oficina?
Se ríe y no entiendo por qué lo hace.
¿Qué he dicho?
Este tío es imbécil y no lo entiendo.
—Cariño, es en Bilbao.
—¿Qué? —frunzo el ceño —pensaba que era aquí.
—No, ¿te apuntas?
—Claro, ya que he empezado, quiero terminarlo.
—Vale, ocúpate de reservar las habitaciones.
—Vale.
Salgo de su despacho y les dejo a solas, me voy a Bilbao y no me lo
esperaba. Por fin un viaje de negocios, creo que es el primero y me siento
muy útil. En el departamento de Recursos Humanos no salía del despacho y
me ocupaba de todo el trabajo que me daba mi jefe, aunque a veces me
explotaba, pero es lo que tiene ser una simple trabajadora y más cuando
estás empezando.
Reservo dos habitaciones en el mismo hotel donde se celebrará la
reunión y aprovecho para reservar los billetes de avión. Lo saco para el
miércoles por la mañana para tener tiempo de preparar todo en el hotel y
que no surjan ningún imprevisto.
—¿Vamos a cenar? —se asoma a mi despacho Gael.
—Vale, pero no vamos a ir a los restaurantes aburridos, te voy a llevar a
un sitio que hacen unas hamburguesas buenísimas y así lo celebramos.
—Lo que tú quieras, princesa —me guiña un ojo y empiezo a recoger
mis cosas —me tienes que contar como lo has conseguido.
Vamos hacia el ascensor y me río sin contestarle. Ya en el ascensor veo
como varios empleados nos mira, Gael impone cuando está serio, pero si lo
conoces, te das cuenta de que es un encanto y es mi descubrimiento.
—¿Me lo vas a decir? —vuelve a insistir cuando estamos en su coche.
—Se dice el pecado, pero no el pecador, príncipe —suelta una carcajada
y sigue mis indicaciones.
Al llegar mira el local y no está muy convenida que le vaya a gustar,
¿puede ser más snob? Con lo divertido que es, al final va a resultar que es
un quisquilloso.
Entramos y nos sentamos en una de las mesas libres.
—Confía en mí —indico y cuando viene el camarero, nos toma nota —
no seas pedante.
—No suelo cenar en estos sitios, o mejor dicho nunca he cenado en bares
como este.
—Eso es porque eres un snob —le critico —si no te gusta, estamos en
paz.
—Trato.
Esperamos la comida y cuando nos trae las dos hamburguesas y las dos
botellas de agua, nos ponemos a hablar del proyecto. Le informo de que ya
saqué los billetes para el miércoles y que he reservado dos habitaciones
continuas en el mismo hotel.
—¿Dos habitaciones? —hace un mohín —con una ya era suficiente.
—No seas imbécil —me río porque es muy divertido —eres...
Pero me callo cuando le veo, acaba de entrar con su hermano y mi
corazón va a mil.
¿Qué hace en España?
¿Qué hace en este bar?
¿Por qué ahora?
¿Por qué cuando lo he superado?
Suelto el aire e intento recomponerme, pero cuando su mirada choca con
la mira, la suya es fría.
—¿Te pasa algo? —pregunta preocupado.
—Está aquí —hago un mohín aguantando las ganas de llorar.
—¿Quién? —no entiende nada.
—Mi ex.
—Vale —me coge de la mano y me sonríe —eres increíble, no te
escondas, no llores y por supuesto, no le demuestres nada —me pide —
estoy contigo, vamos a comer, aunque se te hayan quitado las ganas y
demostrarle a ese imbécil de lo que vales.
—Gracias —suspiro.
—Ríete y haz como si no estuviera.
Y eso hago, hago todo lo que me pide sin ser consciente de que lo hago.
No le miro, no le busco, no intento hacer ningún acercamiento, no sé qué
hace aquí, pero no pienso demostrar lo que me ha hecho sentir de repente.
No puedo demostrárselo.
Seis
—Por favor, vámonos —suplico después de disimular durante una
eternidad.
—Está bien.
Se levanta y hago lo mismo, me pongo la chaqueta y Gael paga en la
barra. No miro hacia su mesa, hago como si no le hubiera visto y es lo
mejor. Él tampoco hace nada, no se acerca para habla conmigo y se lo
agradezco porque no podría, aún no.
Tengo que asimilar el cambio de rumbo que ha dado el destino.
¿Pero qué hace en Madrid?
—Joder, la boda.
Ahora encaja muchas cosas, pero todavía queda tiempo, ¿no?
No lo sé, pero prefiero pausar este tema hasta que esté en casa a solas.
Salimos del bar y me arrepiento de haber insistido en venir aquí, tenía que
haberle hecho caso e ir donde él quería.
—Vamos —nos montamos en su coche —lo has hecho muy bien.
—No sé qué hace aquí.
—Eso da igual, lo importante es, ¿cómo estás?
—Confundida —suspiro —necesito un tiempo para asimilarlo.
—Cuentas conmigo.
—Gracias —le miro —llévame a casa, necesito tumbarme y pensar.
—No sé si eso sea lo mejor en estos momentos.
—Por favor —suplico.
—Vale.
Me lleva a casa y mi mente viaja a otro lugar, al bar donde le vi. Estaba
diferente, más fuerte, más guapo, más... tengo que dejar de pensar en eso,
no puedo seguir así.
—¿Quieres que te acompañe?
—¿Qué?
—Si quieres compañía.
—Eh, claro.
Aparca el coche en condiciones y salimos con paso decidido. Abro el
portal y le invito a pasar, el conserje nos saluda y vamos directo al ascensor.
Debería estar nerviosa porque es la primera vez que invito a un hombre que
no sea de mi círculo cercano, pero sé que no tiene intenciones conmigo.
—Bienvenido a mi hogar —le invito —¿quieres tomar algo?
—Una cerveza —pide —no, agua que tengo que conducir.
—Es tarde y tengo una habitación libre por si quieres quedarte.
—¿De verdad? —duda —¿no te importa?
—No, claro que no —suspiro —me voy a poner cómoda, estás en tu
casa.
—Gracias.
Entro en mi habitación porque necesito unos segundos a solas para poder
mentalizarme.
Está en Madrid, ha vuelto y...
—¿Pero qué te importa? —me critico quitándome la ropa.
Elijo un camisón largo que no es provocador y vuelvo al salón. Al llegar
en lo encuentro con una cerveza en la mano y me siento a su lado.
—¿Aún le quieres?
—No, ya no, solo que no me lo esperaba.
—¿Llevabas mucho tiempo con él?
—Dos años.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Háblame del proyecto, de lo que tienes en mente.
—Iremos a Bilbao el miércoles, durante ese día estaremos en el hotel sin
salir —me guiña un ojo y sonrío —prepararemos la presentación y al día
siguiente lo conseguiremos.
—Estás muy seguro.
—No suelen decirme que no, por eso —explica —y en función de los
que nos diga, nos iremos el mismo jueves.
—Suena bien.
Durante una hora nos ponemos a hablar de todo y de nada a la vez, su
compañía se ha convertido en algo fundamental y aún me sorprende la
conexión que tenemos en tan poco tiempo.
Al mirar el reloj y descubrir que ya es muy tarde, me despido de él y le
doy todo lo que necesite para dormir cómodo en casa.
No me incomoda que un hombre duerma en la otra habitación, tenemos
muy claro que no tenemos esa química y por eso me gusta que esté aquí, así
al menos el desayuno no será tan aburrido.
Siete
—Carla —me abraza Carolina cuando llego al bar —pensaba que no
ibas a venir.
—Lucía puede ser muy pesada —me saca la lengua y me siento.
—Últimamente, estás muy ocupada con su primo —se burla la italiana.
—Eso es porque trabajamos juntos —hago un mohín —¿puedes dejar de
suponer que en cualquier momento me acostaré con él?
—No hasta que ocurra —me río.
—¿Cómo llevas el proyecto? —se interesa Audrey —comí con él y por
lo que me contó va estupendamente.
—Está tan seguro que lo vamos a conseguir que tengo miedo de su
reacción por si no lo hacemos —confieso —aún no he visto ese lado de él,
pero es un hombre con temperamento y...
—Lo conseguirá —le apoya su prima —siempre lo hace.
—Torres más altas han caído —matiza Lucía y la miro mal.
—Si formáis un buen equipo y el proyecto es bueno, ¿por qué no iba a
conseguirlo? —razona Carolina.
—Porque es un proyecto que el cliente no necesita, prácticamente lo
tiene cerrado con otra empresa y esto es que digamos una encerrona —
explico.
—Más fe en mi primo, anda.
—Si fe tengo, pero no me gusta apostar todo a una sola carta —ya lo
hice y me salió mal, aunque eso ya es pasado.
—¿Cuándo os vais? —pregunta Lucía.
—El miércoles —me callo cuando viene el camarero y pido una cerveza
y un sándwich vegetal —para preparar los últimos detalles porque el jueves
es la reunión y tiene que estar más que perfecto.
—Ya nos dirás que tal, aunque seguro que bien —me anima Carolina y
le sonrío.
El camarero vuelvo con mi pedido y comenzamos a cenar, creo que es la
primera cena después de tanto tiempo que la disfruto y me río como
hacíamos antes. Algo ha cambiado dentro de mí y sé que es gracias a Gael,
me ha ayudado a pasar página y volver a ser yo, aunque me haya costado
tantos meses.
—Oye, ¿por qué no vamos a la discoteca después de cenar? —sugiere
Carolina —hacía mucho tiempo que no estábamos todas juntas.
—Por mi bien —se anima Lucía.
—Vale, seguramente me encuentre con Thiago porque salió con los
chicos —me mira y sé a quién se refiere.
—Vale —ya es pasado, ya no me importa y no pienso permitir que se
lleve más momentos de mi vida.
—¿Segura? —me pregunta Lucía, preocupada.
—Sí, ya no me importa —declaro.
Al terminar de cenar llamamos a un taxi para que nos lleve a la discoteca
y me metalizo que si lo veo, no me importará. Es más, es mejor coincidir
antes de la boda para prepararme.
El trayecto lo hacemos en silencio, sé que están preocupadas por mí,
pero no tienen por qué estarlo. No puedo negar que estoy nerviosa, pero es
algo que pasará, como todo lo demás.
El taxista nos deja en la puerta y salimos convencidas mientras Carolina
le paga. El vigilante al reconocernos nos deja pasar como siempre sin tener
que hacer cola y vamos directamente hacia los reservados para tomarnos
algo más fuerte y empezar la noche.
—¿Qué queréis? —nos pregunta la italiana cuando entramos en el
reservado.
—¿Tequila?—sugiero.
—Empiezas fuerte, cariño —me guiña un ojo y sale para pedirlo.
Tomo asiento y suelto todo el aire acumulado, estoy más nerviosa de lo
que creía, no me esperaba esto, pero sé que puedo. Lucía vuelve con una
botella de tequila y riéndonos, llena los cuatro chupitos para brindar y
bebérnoslo del tirón.
—Joder —se queja Audrey.
—No seas quejica, cuñada —se burla Lucía —por nosotras.
Rellena de nuevo los chupitos y nos lo bebemos del tirón, ahora sí que
me siento un poco mejor, no hay nada que el alcohol no ayude.
—¿A quién le apetece bailar? —quiero mover el esqueleto y creo que es
el momento.
Me pongo de pie y Lucía también lo hace, con paso decidido vamos
hacia la pista de baile con buena actitud y al llegar, comienza a
sonar Shivers, la nueva canción de Ed Sheeran que me encanta.
Empiezo a moverme al ritmo de la canción y canto el primer verso como
si lo hubiera escrito yo, como si fuera mía.
"I took an arrow to the heart
I never kissed a mouth that tastes like yours
Strawberries and something more
Oh yeah, I want it all"
Porque sí, fue un flechazo y ahora estoy sufriendo las consecuencias de
mi error, pero ya nunca más, lo tengo superado y vuelvo a ser la Carla que
le gusta ir de fiesta, a bailar, a beber y a pasarlo bien.
—Amo esta canción —grito.
—A mí también me gusta mucho —me apoya Lucía.
Y con las mismas seguimos cantando, saltando, disfrutando y volvemos
a ser aquellas adolescentes que iban de fiestas a escondidas porque no
queríamos que sus hermanos se enteraran.
—Te quiero —le abrazo.
—Yo también te quiero, quiero que estés bien.
—Ya lo estoy —me aparto un poco para mirarle a los ojos —gracias por
siempre estar, en las buenas y en las no tan buenas.
—Así son las amigas, ¿no? —me guiña un ojo —anda, volvamos al
reservado a seguir bebiendo.
—Qué remedio.
Entre risas subimos las escaleras y cruzamos la puerta donde están los
reservados, no sabía que bailar fuera terapéutico, pero lo anoto para hacerlo
más seguido.
—Pero mira a quien tenemos por aquí —casi grito cuando escucho la
voz de Marcos —si son las pequeñas Aguilar y Bianchi.
—Piérdete Marcos, no nos estropees la fiesta.
—Tan simpática como siempre —aparta la mirada de ella y se centra en
mí —¿cómo estás?
—Muy bien, ¿y tú? —puede que exagere —¿qué tal todo?
—Bien, como siempre —me analiza y le sonrío —te echo de menos,
hace mucho tiempo que no nos veíamos.
—Necesitaba ese tiempo, ya sabes por qué —no miento, dicen que
cuando hablas de tus problemas es que lo estás superando y me está
pasando exactamente eso —lo siento.
—No digas tontería —me abraza —sabes que el imbécil volvió —me
tenso —si quieres puedo darle una paliza.
—No —me hace reír —no merece la pena.
—Sabes que siempre me tienes aquí —se separa.
—Lo sé y por eso te quiero —le doy un beso en la mejilla.
—Vámonos que necesito alcohol en mi sangre para verle la cara.
—No bebas mucho, pequeña Bianchi, que Thiago está por aquí.
—Por suerte traigo chaleco antibalas —salta.
—¿Chaleco? —se ríe sin entender.
—Audrey, masajista —le adelanta y se marcha como es ella, como una
diva.
—Modelos —suspira —tenemos que vernos más seguido.
—Prometido, vuelvo con las chicas.
—Sí, cuídate.
Nos despedimos cariñosamente y vuelvo al reservado, primera prueba
superada y no ha sido para tanto, ¿no?
—¿Es verdad que los chicos están aquí? —pregunta Audrey.
—Solo hemos visto a Marcos —Carolina sonríe —pero eso sí, comentó
algo de que Thiago estaba por aquí —le guiño un ojo.
—Vale, es que le escribí un mensaje y no le llega.
—¿Es que no puedes estar ni una noche sin el estúpido de mi hermano?
—le critica Lucía —ni se te ocurra invitarle al reservado.
—No, pero yo voy a saludar —se pone de pie —nos vemos enseguida.
—Odio las mariposas —se queja la italiana haciéndome reír.
—Ya te tocará —me burlo —y creo que serás peor.
—Antes muerta —gruñe y es igual a su hermano, aunque quiera negarlo
—¿pedimos otra ronda o nos quedamos con el tequila?
—Otra ronda, no me quiero emborrachar —al principio buscaba eso,
pero sé que no es lo ideal —un mojito que es dulce y suave.
—Aburrida —le saco la lengua.
—Voy a por las bebidas —se pone de pie Carolina.
—A mí pídeme una copa de champán.
—La diva siendo diva —me burlo.
—Ya que no queréis tequila, al menos beber algo con clase —me río.
—Pues marchando —sale Carolina dejándonos a solas.
—¿Estás bien?
—Si vuelves a preguntarme eso, te tiro el tequila a la cabeza —la
amenazo —tengo que avanzar.
—Entonces por los comienzos.
Carolina vuelve a los pocos minutos con nuestras bebidas y pasamos el
resto de la noche hablando del pasado, de cuando éramos menores de edad
y queríamos hacer exactamente esto sin tener que hacerlo a través de
engaños y mentiras.
—¿Os acordáis cuando tu hermano nos pilló? —me río —Thiago por
poco nos mata.
—Mis padres me castigaron durante dos semanas sin salir —suspira
Carolina —lo pasé fatal.
—Los míos, igual, aunque mereció la pena —estuvo muy guay.
—La que más lo sufrió fui yo, mis padres lo entendieron y Thiago estuvo
durante un mes amargándome la existencia, no me dejaba salir sola y fue
agotador.
—Lo recuerdo —me vuelvo a reír —Thiago siempre fue peor que tus
padres.
—Por suerte ahora tiene una nueva presa y así me dejará un poco
tranquila —eleva su copa y brinda —no entiendo a Audrey, ¿qué le habrá
visto?
—La lista es larga, pero me la ahorro porque sé que no te gustará
escuchar sus cualidades —me pongo de pie —voy al servicio.
Salgo del reservado y voy hacia el servicio, lo bueno de estar en la zona
vip es que no hay colas interminables. Entro en el baño de chicas y me miro
en el espejo, sorprendentemente tengo el maquillaje en su lugar, los ojos me
brillan a causa de las copas que me he tomado y me veo muy bien.
Hago mis necesidades, rápido porque no quiero tardar y al terminar, me
aseo y me miro por última vez. Salgo y comienzo a caminar por el pasillo
solitario, recuerdo que en esta zona secuestraron a Victoria y eso me causa
escalofrío, aunque sé que no me pasará nada, o eso espero.
—Carla —me freno al escuchar esa voz.
¿Cuánto tiempo ha pasado sin poder oírla?
Casi diez meses sin saber nada de él, sin verle, sin escucharle sin...
retomo los pasos con velocidad, pero su mano agarra mi brazo y me da la
vuelta.
Casi diez meses sin tocarle, sin ver esos ojos que son como el mar y que,
según su estado de ánimo, está en calma y brilla o por, el contrario, las
fuertes olas te arrastran y te ahogas.
—Suéltame —exijo sin acobardarme.
—Tenemos que hablar —dice de mal humor.
—Tú y yo no tenemos nada de que hablar, así que me sueltas y te olvidas
de que existo.
—Vaya —me hace caso —lo que hace acostarse con ese imbécil.
—Déjame tranquila —le fulmino con la mirada —y no es un imbécil.
Me doy la vuelta para alejarme de él, de su olor, de sus ojos, de todo lo
que me haga volver al pasado y pensar en lo que tuvimos y ya no tenemos.
—No lo niegas —me adelanta y doy un paso hacia atrás apoyándome en
la pared para separarme —contéstame, ¿te has acostado con él? —se acerca
tanto que me tiene apresada —vamos...
—¿Antes afirmabas y ahora preguntas? —me río —es mi vida privada y
hago lo que quiero.
—Vamos, no juegues con mi paciencia.
—¿Acaso tienes? —nos miramos a los ojos y no pienso perder esta
guerra —apartarte o...
—¿Qué pasa aquí? —la noche mejora por momentos —sepárate de mi
hermana.
—No te metas —le ordena sin dejar de mirarme —estamos hablando.
—No lo voy a repetir —se acerca —que decidiera no partirte la cara en
su momento, no significa que no tenga ganas.
—¿Qué has dicho? —por fin se aleja de mí para encararle.
—¿Se puede saber qué os pasa? —me pongo en medio porque no quiero
que se peleen —tú —señalo a Martín —es mi vida y no te metas —y tú —
me doy la vuelta para mirarle —no te acerques a mí, no somos nada y no te
quiero en mi vida —más clara no podría ser.
Camino en dirección al reservado deseando que no me persiga y que no
se peleen.
Son amigos y no quiero que por mi culpa lo hagan. Victoria me comentó
que su relación no era como la de antes, Martín no le perdona que me
hiciera daño, pero tiene que entender que soy mayorcita y que yo puedo
lamerme mis heridas sin que se meta.
—Chicas, me voy —recojo mi bolso y la chaqueta.
—¿Qué ha pasado? —se levanta Lucía para mirarme.
—Me he encontrado con él.
—Te juro que lo mato —intenta salir del reservado pero la freno.
—No merece la pena —suspiro —solo quiero irme a casa.
—Está bien, te acompaño —tan leal mi italiana.
—No, sigue disfrutando de la noche —le sonrió para que vea que está
todo bien
—No, vamos —se da la vuelta y recoges sus cosas —nosotras nos
vamos, ¿vale?
—¿Queréis que os acompañe? —pregunta preocupa Carolina.
—No, pásalo bien, no merece la pena.
Me despido de ambas y salimos del reservado rezando para que no
vuelva a encontrármelo, aún tengo que asimilar lo que ha pasado y todo lo
que he vivido.
Su mano agarrando mi brazo, su cuerpo prácticamente tocando el mío,
sus ojos conectados con los míos ojos, su respiración se perdía con la mía
y...
No, no pienso analizar nada porque no merece la pena.
Tengo que dejar de darle vueltas a todo lo que tenga que ver con él y
continuar con mi vida de una vez por todas.
Ocho
—Siento haber tardado —me excuso metiendo la maleta en su coche.
—No te preocupes, aún tenemos tiempo —me sonríe y me siento a su
lado —¿cómo estás?
—Con ganas —y no miento.
—Esa es la actitud.
—Gracias por no hacerme trabajar por la mañana, me ha venido bien
despertarme con calma.
—Era una tontería para dos horas —conduce con precaución mientras
escuchamos música.
Suena la canción Drivers license de Olivia Rodrigo y me sorprende que
a Gael le guste este tipo de canciones.
"I still hear your voice in the traffic
We're laughing over all the noise
God, I'm so blue, know we're through"
Escuchar esa parte hace que se me remueva todo porque es real, aún
escucho su voz en mucha ocasiones, veo pasar momentos que hemos vivido
y lo felices que fuimos, pero hemos roto, ya no estamos juntos y poco a
poco lo estoy superando.
Recuerdo la noche del sábado pasado, lo mal que lo pasé cuando llegué a
casa por el shock que me produjo volver a oírle, verle, tocarle y el saber que
ya no somos nada, que ya no puedo besarle, abrazarle, dormir juntos porque
él lo decidió así.
Fue tan egoísta que en ningún momento pensó en mí.
Era tan humillante enterarme delante de todos lo que estaba pasando, y
que en ningún momento se planteara contármelo antes de tomar una
decisión, fue doloroso.
Porque si me lo hubiera dicho, si hubiera hablado conmigo y me hubiera
contado la oportunidad laboral que tenía entre manos, hubiera hecho las
maletas y me hubiera ido con él sin pensar.
Porque él era mi casa, mi hogar y sin él, sin él, tengo que volver a
reconstruirlo y estoy en proceso.
—Vamos —me anuncia y no me había dado cuenta de que ya habíamos
llegado al aeropuerto.
—Pues, vamos —salgo y cogemos nuestras maletas —¿dejarás el coche
en el parking?
—Sí, es lo más cómodo.
—Cierto.
Con paso decidido entramos en el aeropuerto de Madrid y vamos
directamente al control porque ya tenemos las tarjetas de embarque y no
facturamos. Lo hacemos rápido y decidimos tomarnos algo en algunas de
las cafeterías hasta que podamos embarcar.
—Hola —saludo al camarero —me pones un té negro, por favor.
—Y un expreso —pide Gael.
Tomamos asientos en unas de las mesas libres mientras nos prepara
nuestras bebidas. No tardan mucho en servirnos y no los tomamos en
silencio, es lo que me gusta de él, que no tenemos que hablar de temas
absurdos.
—¿Estás nervioso? —pregunto interesada.
—¿Por viajar? —frunce el ceño.
—No tonto —me río —por la reunión.
—No, tenemos una propuesta increíble y no se puede negar.
—Odio a los prepotentes.
—Pues así soy —me guiña un ojo.
Media hora después abren el embarque y nos ponemos en la cola, no
puedo negar que me hace mucha ilusión esta experiencia. Creo que era
exactamente lo que necesitaba para salir de la rutina y del aburrimiento que
he estado sufriendo en estos meses.
En el avión nos sentamos en nuestros respectivos asientos y aprovecho
para mandar un mensaje a mamá informándola de que en breve
despegaremos y pongo el móvil en modo avión.
—¿Quieres un caramelo de menta? —me ofrece.
—Gracias, pero no —me pongo cómoda —a ver si puedo cerrar los ojos
durante una hora.
—Que lista tú, ¿no? —se burla —si puedes, duerme.
—Gracias.
Y sorprendentemente, caigo en un profundo sueño mientras dura el
vuelo. No soy mucho de dormir, pero estoy tan agotada que no lo he podido
evitarlo.
—Esta es mi habitación —me paro mirándole —la tuya es la dé al lado.
—Sí —mira el reloj —¿nos vemos a las cinco?
—¿No vas a comer? —son poco más de las dos.
—Prefiero descasar un poco para estar al cien por cien.
—Pues hasta las cinco, vecino.
Nos despedimos y entro en mi habitación y no necesito da un paso más
para descubrir que es enorme. Lo primero que hago es sacar la ropa de la
maleta y colocarla en el armario, es una manía que tengo desde siempre. Al
terminar, decido darme un baño relajante y luego, llamaré al servicio de
habitaciones para que me suba algo de comer.
Aunque sea un viaje de negocios, eso no quita que pueda disfrutar al
máximo de todas las comodidades y es lo que pienso hacer.
Sigo el orden del día, me doy el baño, como algo ligero y a las cuatro me
quedo sin cosas por hacer.
Cojo el iPhone y me tiro en la cama para ponerme cómoda y abro el
grupo de las chicas para mandarles un mensaje.
Carla:
Ya estoy en Bilbao
Lucía:
No le quites ojo a la bebida.
Carolina:
Ya nos contarás que tal la reunión.
Carla:
Espero que salga bien
Lucía, no seas imbécil
Lucía:
Luego no digas que te lo advertí
Audrey:
Disfruta de estos días
Victoria:
¿Al final cuando vuelves?
Carla:
Gracias Audrey
Seguramente mañana vuelvo
Carolina:
¿Podemos quedar el sábado?
Victoria:
Genial, últimamente he estado liada.
Audrey:
Estás desaparecida.
Lucía:
Os confirmo porque quizás no estoy en Madrid.
Carla:
Yo igual.
Miro el reloj y ya son poco más de las cuatro y media. Rápidamente, me
despido de las chicas y comienzo a prepararme.
Me decanto por un vestido básico de color blanco y me hago un moño en
el pelo para estar cómoda. No me maquillo porque aún llevo el maquillaje
de esta mañana y voy bien tal cual.
A las cinco menos cinco salgo de mi habitación y voy a la suya porque
no sé donde quiere que prepararemos la reunión, así que toco su puerta y la
abre al instante. Tiene el pelo mojado y va con un pantalón de pinza azul y
una camisa blanca ceñida que revela lo fuerte que está.
—Cojo el MacBook y nos vamos.
—Vale.
Espero hasta que salga y me apoyo en la pared, no se hace de rogar y a
los pocos segundos sale de su habitación. Nos dirigimos hacia el ascensor
en silencio, Gael me guía y yo le sigo sin rechistar.
Dentro del ascensor pulsa el botón y bajamos unas cuantas plantas y al
llegar, salimos y comienzo a seguirle como hasta el momento.
—Es aquí —abre una puerta —esta es la sala de reuniones que nos han
facilitado.
—Vale.
Conecta su portátil al proyector y nos ponemos en ello. Como le he
ayudado a redactar cada punto, me lo sé a la perfección y plateamos las
diferentes maneras de presentarlo.
No creo que haga mucho en la reunión, supongo que él llevará la voz
cantante como es lógico y yo solo seré una mena espectadora, pero aun así,
quiero estar al cien por cien con el proyecto y decir que yo también he
ayudado a conseguirlo.
—Es increíble —digo cuando termina —al final tendrás razón.
—Siempre la tengo, princesa.
—Deja de llamarme así —suspiro —¿qué más podemos hacer?
—Son las nueve, podemos ir a cenar.
—Que tarde...
—Claro, hemos estado muy concentrados.
—Pues vamos.
Recogemos la sala de juntas y salimos en dirección al restaurante del
hotel. No tengo mucha hambre, pero cenar con él me llama la atención.
Como era de esperar, está muy concurrido y encontramos una mesa libre
por suerte.
—¿Qué te apetece cenar?
—Algo ligero, una ensalada cesar.
—Vale —mira la carta —yo me decantaré por sopa de marisco y un
salteado de verduras con pollo.
—Suena bien.
A los veinte minutos el camarero nos trae la cena y comenzamos a
comer. Gael me cuenta un poco más sobre su familia, es hijo único y
heredero de la empresa y por eso trabaja tanto.
—Tiene que ser duro crecer con esa afirmación.
—No, siempre supe manejarlo y es algo que espero.
—¿Qué hubiera pasado si no te hubieras dedicado al legado familiar?
—Le hubiera dado un infarto a mi padre —ironiza —soy hijo único
Carla, ¿qué esperaba?
—Vaya, por suerte te gusta.
—Lo he tenido fácil, soy el hijo del dueño.
—No te quites mérito porque, por lo que tengo entendido, eres muy
bueno en lo que haces.
—Me encargo en supervisar que todo vaya correctamente —matiza
quitándole importancia —y cojo los proyectos que realmente me interesan.
—La modestia no te pega —critico con buen humor —supervisas a los
directores, si no fueras bueno, hace tiempo que tu padre te hubiera colocado
en un puesto fijo, pero sin ningún poder de decisión.
—Mejor cuéntame tú —me mira —¿por qué Relaciones Pública y
Publicidad?
—Porque era una de las carreras que me llamaron la atención.
—¿Tus padres también se dedican a esto?
—No, papá es abogado y trabaja en una empresa importante y mamá es
profesora.
—Vaya, profesora —sonríe —una familia adinerada.
—No me puedo quejar —mis padres siempre han trabajado para darnos
todo lo que necesitábamos —aunque los tuyos no se quedan atrás.
—¿Te gusta tu trabajo?
—No me gusta mi jefe, pero supongo que es normal, ¿no?
—No lo sé porque no tengo jefes —sonríe con superioridad y bebe de su
copa de vino.
—¿Y tu padre?, ¿tu tío?
—No cuenta como jefe porque no me dan órdenes —¿por qué es tan
prepotente? —tomo mis propias decisiones.
—Tomo mis propias decisiones —le imito y se ríe.
—¿Por qué no te gusta tu jefe?
—Porque es un imbécil que me explota porque quiere demostrar que
solo soy una cara bonita, y que estoy en mi puesto por ser la hermana dé.
—Vaya, parece un infierno.
—Lo puedo controlar —le quito importancia porque no quiero pensar en
eso —¿y a ti?, ¿te gusta?
—Me gusta tener el poder.
—No sé por qué no me extraña.
Terminamos de cenar y decidimos volver a nuestras respectivas
habitaciones para descasar y tener la mente despejada para la reunión de
mañana. Han sido semanas de mucho trabajo y solo espero que merezca la
pena, está seguro y he aprendido a confiar en él.
—Hasta mañana —me despido en la puerta de mi habitación.
—Que descanses Carla.
Se despide con un guiño y entro en mi habitación con ganas de que sea
mañana y conocer por una vez por todas como se va desarrollando la
reunión.
Nueve
—Vaya —dice el señor Esposito —es una propuesta muy ambiciosa —
reconoce cuando terminamos con la presentación —demasiado buena y
podría ser un éxito.
—Es lo que obtendrá si decide trabajar con nosotros —responde Gael —
somos muy competitivos y siempre queremos lo mejor.
—¿Qué podría ofrecerme que otra empresa no haría?
—Fácil —responde prepotente —compromiso y éxito.
—¿Solo dos palabras?
—Dos realidades, da igual lo que busque —indica —porque nosotros se
lo ofreceríamos sin pestañear porque somos una empresa de primera
categoría con un equipo ejemplar.
—Sin duda hijo de Samuel Corberó —sonríe —pero debo decir que no.
—¿Por qué? —frunce el ceño porque no se lo esperaba y si soy sincera,
yo tampoco.
—Ya lo he negociado con otra empresa que me ofrece lo mismo.
—Algo similar, pero no lo mismo —no cambia su tono de voz, está
relajado como si el que nos necesitara fuera él.
—Lo siento —se pone en pie —pero lo tengo casi cerrado con el señor
de la Vega.
—Lo sé —también se pone en pie —pero esto es negocio y tiene que
estudiar lo que cada empresa le ofrece.
—No sería justo que al final del trato me echara para atrás.
—Eso significaría que la propuesta no era tan buena como creían.
—Está bien —cede —os daré a ambas empresa una nueva oportunidad
para convencerme —propone —el lunes programaré una reunión y
tomarme una decisión.
—Perfecto —sonríe con suficiencia —no esperaba menos.
—Buenas tardes —se despide antes de salir de la sala.
Aún no puedo dejar de estar sorprendida, Gael es un tiburón en los
negocios y no me esperaba que fuera así, aunque debo admitir que estoy
impresionada.
—Enhorabuena —le felicito —no tenemos el sí que esperabas, pero no
nos podemos quejar.
—El lunes lo tendremos —me guiña un ojo —nos haremos con el
proyecto.
—Cuanto interés —me río.
—Es un proyecto muy importante y tiene que tener nuestra firma —
explica —recoge esto, tengo que hacer varias llamadas.
—¿Salimos esta noche a celebrarlo? —no he salido del hotel y me
apetece.
—A las diez en recepción.
—Sí, jefe.
Me deja sola y me pongo a recoger todas nuestras cosas, sin duda ha sido
la mejor reunión de negocios en la que he participado y aunque no he
podido abrir la boca, me conformo con asistir y poder ver esa faceta de
Gael.
Salgo con una sonrisa y voy hacia mi habitación para descansar un rato y
después me prepararé para cenar y pasarlo bien por Bilbao.
No son vacaciones, pero para mí es suficiente.
Ahora que sé que está en Madrid, poner tierra de por medio me ayuda a
dejar de pesar que en cualquier lugar me encontraré con él y es lo que
menos quiero.
No en este momento que por fin las cosas avanzan, no cuando vuelvo a
sonreír.
***
—¿Qué quieres para beber? —me pregunta mirando la carta.
—Una copa de un buen vino.
—Pues que sean dos —le noto feliz y no es para menos —¿sabes lo que
quieres pedir?
—Mmm —miro la carta porque todo tiene muy buena pinta —me
decanto por el marisco.
—Entonces pidamos.
El camarero nos toma nota y enseguida nos trae el vino francés que pidió
Gael.
—Te noto bien —confieso.
—Me gusta mi trabajo y me gusta que el esfuerzo tenga su recompensa.
—Aún no es nuestro proyecto —le recuerdo.
—Lo será, mujer de poca fe —achico los ojos.
—¿Eres así con todos los proyectos o hay algún motivo oculto?
—Solo con los proyectos que merecen la pena —me guiña el ojo —
¿cómo estás?, ¿cómo te sientes al saber que volvió a Madrid?
—Estoy mejor de lo que pensaba, pero, ¿te puedes creer que el sábado
me acusó de que me acuesto contigo? —digo indignada.
—Eso es porque está celoso, princesa —responde sin importarle.
—Es un capullo —cojo fuerzas —no puede arrinconarme y pedirme
explicaciones, ya no somos novio y ya lo he asumido.
—Los hombres somos así de imbéciles, creemos que hacemos lo
correcto, pero en el fondo es la peor decisión que puedes tomar.
—Es que no le perdono que tomara una decisión tan importante sin
consultármelo —suspiro —cogió una beca sin pensar en mí, en su novia,
en...
—Si realmente te ha dejado por una...
—Lo dejé yo, le eché de mi casa y... —recordar esa noche aún me duele
y por eso decido no seguir —no le importo, nunca le he importado y no
puedo estar con un hombre como él.
—Te mereces lo mejor.
—Gracias —finjo una sonrisa —irá a la boda.
—Me lo imaginaba —se calla cuando el camarero nos trae los entrantes,
pero ya no tengo tanto apetito —que no te influya.
—Es lo que intentaré, pero sé que será raro —bebo un poco de mi copa
—hace nada, pensaba que estaríamos el resto de nuestras vidas juntos y
ahora, ahora estoy intentando reconstruir la mía.
—Eres joven, inteligente y muy guapa —detalla —lo superarás.
—Tú sí que sabes animar a alguien —ironizo —¿y si va con alguien?
—No creo que sea tan imbécil.
—¿Y si lo es?
—Ven conmigo —propone de repente.
—¿A dónde? —miro a todos lados sin entender.
—A la boda, princesa —me río —¿quieres ser mi acompañante?
—Sí, príncipe —finjo que me emociono —lo pasaremos bien.
—Solo si no me cortas el rollo.
—No lo haré, podrás hacer lo que quieras —eso de ser acompañante me
gusta —solo espero que nadie deduzca que vamos en serio.
—¿Y te importa?
—Estarán los padres de él y no quiero que —me callo —no debería...
—Ellos no tienen la culpa de tener a él como hijo, pero mejor
cambiemos de tema porque estamos de celebración.
—Por nosotros —brindamos —por el proyecto que conseguiremos.
—Ese proyecto tiene mi apellido, princesa.
¿Puede ser más prepotente?
Sorprendentemente, lo paso tan bien con Gael que no paramos de
reírnos. La cena es de diez y al terminar, vamos a una discoteca muy
famosa para seguir con la celebración y quizás emborracharnos un poco,
que al fin y al cabo, nos lo merecemos.
—Somos vip —ironizo al sentarnos en uno de los reservados.
—¿Esperabas menos?
—Jamás te ofendería de esa manera, príncipe —me burlo.
—Voy a por unas copas —se levanta —espérame aquí.
—Vámonos a la pista a bailar.
Le cojo del brazo y le arrastro hasta la pista donde comienza a sonar la
nueva canción de Rosalía y The Weenknd, la fama y pegándome a él, nos
movemos al ritmo.
—Vaya, sabes bailar bachata —sorprendo.
—No sabes mucho de mí.
Me río y me dejo llevar por la canción, por el ritmo y nos movemos
sincronizados sin importar si molestamos o no al resto de personas que se
encuentra en la pista.
Termina la canción y nuestro baile que acabamos de pegarnos sin
ensayarlo, al final va a resultar que tenemos química y por eso me lo paso
tan bien con él. Además de guapo, es listo y divertido, aunque tiene ese
humor tan prepotente que a veces me saca de quicio.
Nos dirigimos hacia nuestro reservado y choco con la mirada de una
chica que me mira con suficiencia. Es alta, rubia y con mucho estilo, no la
conozco, nunca le he visto, así que la ignoro y me centro en Gael.
Vamos a por unas copas para seguir con la noche.
—Esta discoteca me encanta —el alcohol ya me está haciendo efecto y
me siento muy bien —gracias por traerme.
—Un placer, princesa —me aparta el pelo de la cara y me sonríe.
—¿Qué haces? —frunzo el ceño —¿estás coqueteando conmigo?
—No, no me atraes en ese sentido —confiesa.
—Es bueno saberlo —me río —¿bailamos?
—Estás un poquito borracha para eso —se burla —así que mejor nos
quedamos aquí un rato más.
—Vale aburrido —tiene un poco de razón, no creo que sea capaz de
bailar sin caerme —es la primera vez que salgo y disfruto.
—Eso es porque estás conmigo.
—No seas imbécil Gael —le empujo y sigo riéndome —gracias —me
inclino y le doy un beso en la mejilla.
—Anda, vámonos al hotel que al final te lanzas.
—Más te gustaría, príncipe.
Me ayuda a levantarme y salimos del reservado, al hacerlo me encuentro
con la misma chica y me mira de la misma manera. La ignoro de nuevo y
me agarro bien a Gael para que me ayude a salir sin romperme nada.
—Mañana te va a doler la cabeza.
—Merecerá la pena.
Salimos de la discoteca y vamos hacia la zona de taxis que se encuentra
en la esquina, nos montamos en uno libre y le da la dirección del hotel. Me
apoyo en su hombro y cierro los ojos para descansar durante unos
segundos.
—Me voy a dormir —suspiro.
—Aguanta hasta llegar porque no pienso cargar contigo.
—Que buen amigo eres —ironizo.
—Así soy yo.
Lo último que recuerdo es que me río y vuelvo a relajarme en su hombro
y poco a poco, me duermo sin importar nada que no sea disfrutar todo lo
que pueda de este viaje tan revelador.
Diez
—¿Vamos? —le pregunto cuando me termino el té —quedan media hora
para que comience la reunión.
—Claro.
Nos ponemos en pie y cogemos nuestros maletines con todo lo necesario
para realizar la reunión. En el ascensor, me recoloco el pelo y compruebo
que tengo todo el maquillaje en su lugar.
—Estás preciosa, Carla —casi me ruborizo por como lo ha dicho.
—Gracias —sonrío y me pongo recta esperando a que se abran las
puertas.
—Parece que somos los primeros en llegar —cometa dirigiéndose hacia
la sala y le sigo —enchufa el MacBook —me pide cuando cruzamos la
puerta y lo hago enseguida.
—¿Necesitas algo más? —digo después de colocar cada cosa en su sitio.
—No, solo esperemos —se sienta en una de las sillas y hago lo mismo.
Bebo un poco de agua y se abren las puertas de par en par y aparece el
señor Esposito con una mujer rubia que me suena.
—Buenas tardes —saluda el señor Esposito.
—Buenas tardes —respondemos ambos.
—Comencemos —pide —¿quién quiere ser el primero?
—Soy un caballero —responde mirándola fijamente —las damas
primero.
—Se lo agradezco, pero prefiero ser la segunda —aclara educada, pero
con una mirada desafiante.
—Pues no se hable más —sentencia el señor Esposito —adelante.
Gael se pone de pie y comienza a explicar cada punto que hemos
añadido al informe principal. Estamos en silencio mientras se hace con la
sala y es increíble la seguridad y la claridad en su discurso, en su
explicación.
—Estos son los beneficios a corto plazo —matiza señalando la pantalla
—no hay ninguna empresa actual en España que pueda ofrecerle lo que
nosotros le proponemos y como le dije el viernes, el éxito está al alcance de
su mano sin riesgo alguno —destaca —de usted depende que trabajemos
juntos, señor Esposito.
—Una presentación increíble, señor Corberó —le felicita —ahora que
veo lo que es capaz de hacer, le permitiré reunirse conmigo sin que tenga
que acudir a terceras personas —comenta de buen humor —su turno,
señorita de la Vega.
¿Ella es la otra parte?
Me sorprende cuando descubro una mujer prácticamente de mi edad.
—Gracias, señor —se pone de pie sin ningún apoyo documental o
informático para explicar su propuesta —no necesito tantas palabras y
adornos para transmitirle lo que le podemos ofrecer —dice tan segura que
llama mi atención —nosotros no trabajamos con palabras ni con promesas
—mira a Gael durante unos segundos —nosotros somos certeza y realidad
—saca el móvil de su bolsillo y lo desbloquea —si me dice que sí —se lo
pasa —esto solo será el principio.
Le da el iPhone y comienza a leerlo concentrado y no sé qué será, pero le
interesa. Miro a Gael sin entender nada y noto su vena en el cuello y sé que
está muy cabreado y eso es una mala señal.
—Podría haber adornado la reunión con unas cuantas diapositivas —
ironiza —pero no me gusta perder el tiempo, esto es lo que le ofrezco, si me
dice que sí, comienzo en este momento, pero si no le interesa... —se calla
para darle suspense —me concentraré en otro proyecto.
—Vaya —le devuelve el móvil —bien hecho.
—Gracias —no lo vamos a conseguir.
—Vale —nos mira —sinceramente ambas empresas han demostrado su
valía —comienza diciendo —señor Corberó, su propuesta es inmejorable,
ha explicado cada punto, los pasos a seguir y qué beneficios obtendríamos a
corto plazo —le felicita —pero la señorita de la Vega me ha ofrecido
realidad, no un supuesto y contra eso no puedo decir que no.
—Gracias, señor —responde con suficiencia.
—Ha sido un placer, pero el proyecto continuará con lo planeado.
—Lo entiendo y lo respeto —se pone de pie —un placer.
—El placer ha sido mío —también me levanto —en el futuro me
gustaría trabajar con usted para comprobar lo bueno que sois.
—Así será.
Sale de la sala sin mirar atrás, el señor Esposito y ella comienzan a
ultimar detalles y me pongo a recoger.
¿De qué me suena esta mujer?
Solo sé que es la hija de una de las mejores empresas de España y
competencia directa de la empresa Corberó, pero nunca me he cruzado con
ella.
—Adiós —me despido con una sensación de fracaso.
Es una pena no haberlo conseguido, hemos trabajado tanto que nos lo
merecíamos. Solo ha necesitado unos pocos segundos para quedarse con el
proyecto, para convencerlo y dejarnos con estas caras y sensaciones.
Decido darle espacio, supongo que se sentirá frustrado y no quiero
agobiarle porque pensaba que lo conseguiría y yo también, para que mentir.
Voy hacia mi habitación y me cambio para echarme un rato y dejar atrás
este fiasco.
—Estás mejor —estamos en el hotel tomándonos unas copas.
—Es que... —gruñe aún enfadado.
—No pasa nada —le animo —no sé qué le habrá enseñado, pero el
proyecto era suyo desde el principio.
—Pequeña endemoniada... —gruñe.
—¿Qué? —no le entiendo —¿la conoces?
—Sí, es una víbora engreída.
—Vaya —me río —muy altiva y prepotente, sí que era.
—Pensar que se ha llevado mi proyecto me cabrea...
—Relájate —le acaricio la espalda —conseguiremos mejores.
—Sí, pero no me gusta que la competencia directa nos gane.
—Ya nos vengaremos.
Nos despedimos en la puerta de mi habitación y veo como entra
cabreado en la suya. No le gusta perder y es una pena porque el proyecto
era increíble.
Dejo de pensar en eso y comienzo a guardar todas mis ropas en la maleta
porque ya no tengo nada que hacer aquí y tengo que volver a Madrid. Al
terminar de recoger todas mis cosas, cojo mi portátil y comienzo a buscar
billete para volver a casa.
Reservo uno a primera hora para llegar temprano a Madrid y no sé si
Gael también viajará conmigo, aunque lo dudo porque ya ha terminado con
lo que tenía pendiente.
Me da pena no trabajar más con él porque ha sido una experiencia muy
diferente y me ha gustado.
¿Y si pido un traslado a Bilbao?
Es una opción, pero tampoco me garantiza nada porque, aunque él pase
la mayor parte del tiempo en Bilbao, no trabaja directamente en la empresa.
Dejo de pensar en supuestos cambios y decido descansar un poco porque
ha sido un fin de semana movidito, aunque el sábado lo pasamos bien en la
discoteca.
—Joder —digo de repente —ella era esa mujer.
Ahora entiendo muchas cosas, ha reconocido a Gael y por eso nos
miraba de esa manera. Qué pena que no nos hemos hecho con el proyecto
para ver su cara al perderlo, pero a veces se gana y otras se pierden, me lo
dirán a mí.
Miro el reloj y son poco más de las siete, le mando un mensaje a Gael
informándole de que bajaré a tomarme algo por si quiere acompañarme.
Nada más sentarme, le veo aparecer y sonriendo, le hago un gesto para
que me vea. El camarero nos toma nota de nuestras bebidas y me doy
cuenta de que a pesar de que esté más calmado, aún sigue frustrado.
—Por cierto, ya tengo billete, me voy mañana.
—¿Mañana? —dice —pensaba que te quedarías más tiempo.
—No puedo —ojalá —además, la boda de mi hermano es en una semana
y tengo que ayudar con los últimos preparativos.
El camarero vuelve con nuestras bebidas y le doy las gracias.
—Es verdad —le doy un manotazo —voy a pasar la noche en mi casa —
anuncia —¿quieres venir y mañana te acerco al aeropuerto?
—No quiero molestar.
—No eres molestia, Carla —asegura —pero si lo prefieres, el hotel está
pagado.
—No es por eso, acepto.
—Prepara tus cosas que por mí nos vamos ahora y así cenamos algo en
un restaurante muy bueno.
—Tengo todo preparado, ¿y tú?
—Igual.
—Pues entonces vámonos.
Nos ponemos en pie y nos dirigimos hacia nuestras habitaciones, como
está todo más que recogido, es entrar y salir para luego hacer el check out.
En la puerta del hotel, cogemos un taxi que nos lleva a su casa. No
tardamos mucho en llegar y cuando frena, observo que vive en un edificio
increíble. Entramos en su portal y solo puedo describirlo como lujoso, el
ascensor es una pasada y no puedo dejar de admirar todo.
—Vaya —digo asombrada —qué pijo tú, ¿no?
—Esto no es nada.
Le quita importancia y salimos del ascensor y solo hay dos puertas. Abre
la que se encuentra en la derecha y le sigo, quita la alarma y si el bloque es
enorme y lujoso, su casa no se queda atrás.
Me enseña donde dormiré, es una habitación de invitados que tiene el
mismo tamaño que mi salón. Le doy las gracias y decido darme una ducha
para prepararme para salir a cenar. Es mi última noche en la ciudad y quiero
arreglarme, quiero estar guapa y sexi, y es lo que intentaré conseguir.
Me decido por un pantalón de cuero que ciñe cada curva de mi cuerpo y
un jersey fino del mismo color. Me pongo unos tacones negros y me hago
un moño desenfadado. Me miro al espejo y me maquillo los ojos
destacándolo y por último, utilizo un color nude en los labios.
Me miro por última vez y creo que ya es hora de salir, estoy lista y me he
esmerado demasiado. En el salón veo a Gael concentrado con su iPhone,
me acerco y cuando me ve, me estudia con la mirada poniéndome nerviosa.
—Vas a matar.
—¿Ah, sí? —me río —me he puesto lo primero que he pillado.
—Sí, sí —se pone de pie —¿nos vamos?
—Claro.
Salimos de su casa y esperamos al ascensor en silencio, ¿cómo puede ser
que en tan poco tiempo nos llevemos tan bien?
Entramos cuando se abren las puertas y pulsa el botón menos uno que
supongo que será el parking y estará su coche. Bajamos en silencio y espero
que él me indique el camino hacia su coche, se encienden unas luces y
como me imaginaba, es uno de alta gama. Nos montamos en él y arranca
poniendo música.
—¿Puedo poner una?
—Todo tuyo.
Me deja su móvil para elegir la canción que quiero escuchar, lo tiene
conectado por Bluetooth y solo tengo que pulsar una, pero ninguna me
llama la atención.
—Esta me gusta —la pongo y comienza a sonar la última canción de
Antonio Orozco, Entre sombras y sombras me faltas.
—Vaya —me mira —¿no has visto algo más movidito?
—No —le guiño el ojo.
Nos quedamos callados y miro la ciudad, qué bonita es y con esta
canción de fondo, aún lo es más.
—Hemos llegado —me señala el restaurante y busca aparcamiento.
—No estaba muy lejos, ¿no? —el camino se me ha hecho corto.
—No, relativamente está cerca.
Encuentra un espacio y comienza a maniobrar para aparcar el coche. Al
terminar, salgo y noto el cambio de temperatura y me aprieto más el abrigo.
—Vamos —coloca su mano en mi espalda y me guía —que tengo
hambre.
—Yo también —me quejo.
—Vamos a pedir el menú degustación para que pruebes las calidades de
este restaurante.
—Tú mandas.
Al entrar, pedimos mesa para dos y nos acompañan. Aparta la silla como
todo un caballero y me ayuda a quitarme el abrigo, no conocía esta faceta
suya, pero me gusta. Tomo asiento y él lo hace enseguida.
El camarero nos toma nota de la bebida, nos decantamos por vino para
mí y agua para él porque tiene que conducir.
—¿Cuáles son tus funciones? —me intereso.
—Supervisarlo todo —me informa.
—Y el encargado de la sede no se molesta.
—Al principio deseaba que no volviera, pero se ha acostumbrado de que
el jefe soy yo, no él.
—Qué engreído eres —el camarero trae nuestras bebidas —¿por qué
Bilbao?, ¿por qué no Barcelona o Madrid?
—Fácil —me mira —en Barcelona están mi padre y mi tío, no me
necesitan —es lógico —Bilbao es una sede muy grande, con mucho trabajo
y mayor la posibilidad de fallar.
—Vale, es cuestión de número, ¿no?
—Sí.
—No es porque te guste la ciudad, ¿no?
—No, es porque es necesario.
—Vale, lo pillo —pruebo el vino y está riquísimo —entonces eres el
directivo en la sombra.
—Podríamos calificarlo de esa manera, desde que la manejo yo, ha
aumentado un veinticinco por ciento sus beneficios anuales.
—¿Y todo gracias a ti?
—Podemos decir que sí —otro como Martín —consigo que los
empleados saquen el doscientos por ciento y espero que sigan así.
—¿Dónde has dejado la humildad?
—Si ser sincero y decir verdades no es ser humilde...
—Vaya, ¿te ofendes?
—Hace falta más de dos preguntas para eso, princesa.
—¿Puedes dejar de llamarme así?
—¿No te gusta? —eleva una ceja, juguetón.
—Da igual que te responda porque harás lo que te dé la gana.
—Ya me vas conociendo
—Te diría de brindar, pero da mala suelte hacerlo con agua —sonrío con
malicia —pero quien diría eso cuando acabamos de perder el proyecto.
Me mira mal y me río fuerte llamando la atención de varias personas,
pero me da igual. Gael consigue lo que nadie ha conseguido en este tiempo,
quizás es porque no lo conozco, porque puedo abrirme o porque
simplemente sé que no se enamorará de mí y eso me relaja.
Los platos llegan y como dijo Gael, no sé con cuál quedarme porque
están todos muy bueno. Pasamos la cena entre risas y bromas, es la mejor
compañía y en el fondo sé que le echaré de menos porque me hace no
pensar.
—Te voy a echar de menos —confieso en el postre.
—Tienes mi teléfono, puedes escribirme cuando quieras.
—Pero me he acostumbrado a trabajar contigo.
—Puedes hacerlo aquí, si es lo que quieres, mañana mismo realizo el
traslado.
—No puedo, no puedo irme de Madrid y más ahora que mi hermano se
casa.
—Avísame si quieres cambiar de aire.
—¿En calidad de qué? —me interesa.
—Puedes ser mi asistenta —le miro mal —no mi secretaria ni nada por
el estilo —aclara —sino como hemos hecho hasta el momento.
—Lo voy a pensar, gracias.
—No me las des, princesa.
Le miro con una sonrisa de agradecimiento y sigo disfrutando de la
noche y de su compañía. La conversación es tan fluida y tan alegre que me
lo paso muy bien y quizás Bilbao sea la decisión perfecta para dejar el
pasado atrás y continuar.
Once
—Mamá, eso lo tiene que decidir la novia —suspiro —no crees que te
estás tomando demasiadas atribuciones.
—No digas tonterías, además Victoria puede decidir si le gusta o no mi
idea —me regaña.
—Todo lo que digáis, me parece fantástico —la miro mal.
—Somos un buen equipo —dice su madre —es normal dar ideas, pero
son los novios los que finalmente eligen si quieren o no hacernos caso.
—Eso es —le apoya mamá y suelto el aire —¿dónde está Audrey?
—Viene un poco más tarde, tenía cosas que hacer —nos informa
Victoria.
—Suelte de algunas —me siento —¿en qué puedo ayudar?
—En nada —me mira mal mamá —solo sabes quejarte.
—Porque no escucho a la novia y a ti sí —le contradigo con cariño —tú
ya te has casado una vez y que sea ella la que decida.
—Se me da fatal todo lo que no sean cálculos ni decisiones
empresariales —interviene la novia —así que estoy feliz de que nuestras
madres se ocupen de todo y que me lo pongan tan fácil.
—Pues si realmente piensas eso —la miro a los ojos —genial, si no
escapa y sal corriendo.
—Qué cosas dices —me mira mal mamá.
—¿Y el novio? —me pongo cómoda —¿no opina?
—Vendrá en un rato —me explica Victoria.
—Chico listo —suspiro.
De esa manera paso la mañana en casa de mis padres, entre menús, color
del ramo, la distribución de los invitados en las mesas y es justo ahí donde
es imposible ponerse de acuerdo.
Siempre hay un pero para colocar alguien en algunas de las mesas, que si
se odian, que si no se conocen, que si es demasiado mayor para estar con
jóvenes o viceversa.
—Voy a por una cerveza —no aguanto más —¿os traigo algo?
—No, ahora preparamos la comida —comenta mamá.
—Te ayudo y luego continuamos —se ofrece su madre, se han hecho
muy amigas porque son iguales —así descansamos la mente y decidimos
como colocar cada invitado.
—Mátame Victoria.
—No te quejes anda y disfruta de estos momentos —la miro mal y se ríe.
Nuestras madres se dedican a hacer la comida mientras nosotras estamos
en el sofá tomándonos una cerveza y hablando de la boda. Está ansiosa para
que llegue por fin el gran día y la entiendo, o mejor dicho, la entendía.
Suena el timbre y voy a abrir, quizás es papá que se ha olvidado las
llaves, pero al abrir descubro que se trata de Audrey y Thiago. Les saludo
con una sonrisa y les invito a pasar, aunque debo reconocer que no me
esperaba a este último.
—¿Os apetece beber algo? —ofrezco, pero lo declinan.
—Has venido muy tarde —se queja su hermana.
—No pude escaparme antes y si no fuera por Thiago, hubiera venido
incluso más tarde.
—Claro —ironizo.
—Buenas tardes, chicos —saluda papá dejando el maletín en la mesa —
¿cómo estáis?
Se pone hablar con Thiago y yo me siento con Victoria que sigue
regañando con cariño a Audrey.
—Cariño, ¿puedes llamar a tu hermano para saber que le queda?
—Está de camino —informa Victoria —me lo dijo hace diez minutos.
—Gracias, mi vida —se marcha de nuevo mamá.
—¿Alguna decisión importante que habéis tomado?
—No Audrey, hablan de las mismas decisiones que han tomado hace
meses, pero se lo están replanteando —aclaro.
—En resumidas cuentas, no me he perdido mucho.
—Estamos con la distribución de las mesas —informa Victoria —no
conseguimos colocar cada invitado.
—Todo muy divertido, sí señor.
—Buenas tardes —entra Martín seguido de Marcos y de él.
Se me para el corazón cuando le veo, ¿qué hace aquí?
Ahora mismo odio a mi hermano porque sabía que estaría en casa
ayudando a su prometida con la boda. Intento relajarme y disimular, no
quiero que nadie se dé cuenta de lo mucho que me afecta su presencia.
—Audrey cada día te veo más guapa —le da un beso Marcos —y a él
más feo —se burla.
—No seas malo —le saca la lengua.
—La novia más guapa —saluda a Victoria —aún estás a tiempo.
—No me tientes —le guiña un ojo y se acerca a mí.
—Cuña... —abro los ojos y aguanto el tipo —lo siento.
—No te preocupes —finjo una sonrisa —¿queréis algo de tomar?, voy a
traer cervezas —no espero a que me contesten y salgo casi corriendo de la
sala para coger aire y mentalizarme.
En vez de ir a la cocina a por las bebidas, corro hacia mi habitación y
entro cerrando en ella.
—No pasa nada —me convenzo —saldré y actuaré como si nada.
Cojo aire y me mentalizo, no pasa nada, vamos a ser maduros y aquí no
ha pasado nada.
Suelto el aire y decido que es el momento de volver.
Abro la puerta, pero antes de poner salir, me encuentro con él y me
bloquea la salida cerrando de nuevo la puerta.
—¿Qué haces? —frunzo el ceño.
—Quiero que actuemos como personas maduras —ordena —no quiero
escándalos y menos en casa de tus padres.
—Sé comportarme como corresponde en cada momento, pero si te
preocupaba que te dijera lo capullo que eres delante de mis padres —le
encaro —no te preocupes que paso de desperdiciar ni un segundo de mi
vida contigo.
Le tiembla la barbilla porque no le ha sentado bien mi comentario y
ciertamente, me da igual. No tiene ningún derecho a ordenarme como debo
comportarme, lo que me faltaba ya.
—Carla...
—Apártate y déjame tranquila —exijo —no tienes ningún derecho a
entrar en mi habitación sin mi autorización.
—Antes no te importaba —antes éramos novios y ya no, me gustaría
decirle, pero no estoy preparada para expresarlo en voz alta.
—Vete —le pido perdiendo la paciencia —no te quiero cerca.
—¿Por qué? —da un paso hacia delante y retrocedo automáticamente —
¿te pongo nerviosa?
—Lo único que me produces son ganas de que desaparezcas.
—¿Estás segura? —da otro paso —¿por qué te alejas?
—Porque no te quiero cerca —improviso sin mostrarle nada.
—¿Seguro qué es eso? —otro paso, pero esta vez no me muevo.
—Sí, y ahora lárgate —me mantengo firme —no quiero que te acerques
más a mí —me mira a los ojos.
—¿Qué has hecho en Bilbao? —me pregunta de repente.
—¿Cómo sabes qué...?
—Lo sé todo, Carla —y mi nombre es sus labios, suena diferente, suena
a casa.
—No te importa y me dejas.
—¿Te has acostado con él? —exige.
—¿Ahora preguntas? —me pongo chula —¿y qué pasa si la respuesta es
afirmativa?, puedo hacer lo que me dé la gana —mi contestación no le
gusta porque se le hincha la vena del cuello —que te den.
Rápidamente, le adelanto y voy corriendo hacia la puerta para poder
escapar de estas cuatro paredes, pero antes de poder salir, cierra la puerta
con un portazo dejándome encerrada.
—Date la vuelta y dime que lo has hecho —me ordena, pero no le hago
caso —Vamos.
—¿Qué quieres? —no me doy la vuelta —¿qué pensabas?, ¿qué me ibas
a encontrar sufriendo por ti después de tantos meses? —cojo aire y por fin
puedo encararle —siento decirte que lo he superado hace mucho tiempo —
expreso con convicción —ya no me dueles.
—Me alegra saberlo —me analiza —no era plato de buen gusto
encontrarte sufriendo —aguanto el tipo —al fin y al cabo te tengo cariño,
eres la hermana de mi mejor amigo.
—Así debió ser siempre.
—Lo será a partir de ahora.
Me aparta y abre la puerta para salir de mi habitación, dejándome más
descolocada y dolida que nunca. Ha dejado demasiado claro que me ha
superado y que no siente nada por mí.
Para él, solo soy la hermana pequeña de su mejor amigo y por eso me
tiene cariño.
¿Cómo puede ser tan capullo?
Esto tenía que pasar y me quedo con que puedo con esto.
Salgo de mi habitación y vuelvo a la sala donde están todos pasándolo
bien, siento como me miran, pero actúo como si nada, como si él no me
hubiera hecho daño hace dos minutos y como si el culpable de mi dolor no
estuviera presente.
—La comida está lista, pasemos al comedor —nos invita mamá.
Aprovecho y la ayudo a servir a cada invitado, necesito distraerme y no
mirarle. Está diferente, ha cambiado su aspecto físico, ahora está más fuerte
y su mirada ya no mira con ese brillo especial, ahora es una mirada dura de
las que hacen daño, como sus palabras.
—Está buenísimo —les felicita Marcos.
—Gracias, cariño —le agradece mamá —espero que os guste y que
aproveche.
La comida se centra en la boda, papá tiene el mismo pensamiento que yo
y en más de una ocasión frena a mamá, aunque ella hace oídos sordos y
continua con sus ideas.
—Al terminar de comer, tenemos que decidir la distribución, hijo —le
amenaza mamá —de hoy no pasa.
—No mamá —cede.
—¿Cuándo viene Sergio? —pregunta papá.
—Está cerrando los pendientes para pasar estás últimas semanas
conmigo —responde Victoria —así que lo más seguro que en estos días esté
por Madrid.
Pierdo el hilo de la conversación y mi mente viaja al pasado, a ese
domingo donde mi vida cambió, aquel día donde empezó todo y no hubo
marcha atrás.
<<—Hola —casi me caigo al escuchar su voz detrás de mí.
—Pablo —le sonrío dándome la vuelta —hola.
—¿Cómo estás? —pregunta mirándome fijamente —hacía mucho tiempo que no te veía.
—Eso es porque estás muy ocupado con el Mir —me apoyo en la isla de la cocina —¿cómo lo
llevas?
—Lo llevo y eso es decir mucho —nos quedamos en silencio sin saber que más decir.
Nunca hemos sido amigos, creo que es la conversación más larga que hemos tenido. Lo que no
entiendo, ¿por qué ahora? Antes me moría porque ocurriera algo similar y tiene que pasar cuando
tengo novio y no estoy interesada.
Maldito destino.
—Bueno, vuelvo al jardín.
—Claro —sus ojos no se apartan de mí —me he enterado de que tienes novio —¿qué?, no
entiendo nada.
—Sí, tengo novio —confirmo aun sin entenderle.
—¿Qué haces con él? —me analiza —no te merece, Carla.
Mi nombre es sus labios, suena diferente, a algo más erótico, primitivo, pero no me permito a
analizarlo.
—¿Tú qué crees? —elevo una ceja —¿tengo que explicarte cuando dos personas se enamoran?
—¿En serio estás enamorada de él? —se acerca y me mira poniéndome nerviosa.
—Sí —pero no sueno para nada muy convencida.
—¿Y por qué no te creo? —aparto la mirada de él porque me intimida.
—Eso es cosa tuya —digo lo primero que me viene a la cabeza.
—Eres una chica muy guapa —abro los ojos y le miro, ¿acaba de decirme eso? —es una pena
que pierdas el tiempo con él.
—Tú no le conoces —le defiendo, pero solo puedo pensar que piensa que soy guapa.
—Conozco a esa clase de chicos y te mereces más —asegura y no sé qué más añadir —mírame
—me ordena y le hago caso —tú vales mucho.
—Pablo... —suspiro.
Pero entonces ocurre, no sé si es un sueño o fruto de mi imaginación, pero noto sus labios suaves
sobre los míos. Me pego un poco más a él y entonces sucede, me besa con ganas, con ansias,
introduciendo su lengua en mi boca y haciéndome sentir como jamás nadie lo ha hecho.
Me agarra de las caderas pegándome más a él y provocado que el beso sea más intenso, más
sensual, más, más, más...
—Si él no te hace sentir esto, entonces no te merece y es una lástima.
Me mira por última vez a los ojos y se marcha dejándome alucinada. ¿Me ha besado?
¿Pablo Casas me ha besado?
¿Por qué todo tiene que pasar cuando no lo buscas?
Llevo la mitad de mi vida provocando, deseando, insistiendo, anhelando exactamente lo que
acaba de ocurrir en la cocina, pero cuando dejas de esperar, cuando dices hasta aquí llegó, los sueños
inalcanzables, ocurre y no sé qué pensar>>
Aparto de mi cabeza esos pensamientos que no me hacen bien e intento
pillar el hilo de la conversación. Tampoco me he perdido mucho porque
siguen con el mismo tema de siempre y me quedo más tranquila al
descubrir que nadie se ha dado cuenta de mi viaje al pasado, en ese en el
que pensaba que los sueños se hacían realidad.
Ahora me doy cuenta de que todo es efímero y que las cosas pasan por
algo y que solo hay que adaptarse a los cambios, y es lo que voy a hacer.
La comida termina y entre todos recogemos la mesa de forma rápida y
eficiente, mamá comienza a preparar café y amenaza a Martín a ponerse
ahora mismo con las mesas. Durante más de una hora, hablan sobre el
asunto y poco a poco, y con ayuda de todos, van colocando a cada invitado
en la mejor mesa para que disfruten del gran día.
—¿En la mesa de los novios quien se van a sentar? —pregunta la madre
de Victoria.
—Nosotros lo hemos hablado y opinamos que lo ideal sería —responde
Martín —nuestros padres y nosotros.
—No queremos una mesa bastante llena, queremos que ese momento sea
especial y menos es más —explica Victoria —somos mucho y no quiero
que nadie se sienta excluido.
—Me parece bien —afirma mamá.
—En esta mesa podéis sentaros vosotros —propone su madre — está al
lado de la de los novios y será una mesa muy divertida.
—Pues sí —lo analiza Victoria —entonces en esta mesa la ocuparéis
vosotros, ¿vale?
—Pongo —anota mamá —Carla, Audrey, Carolina, Lucía, Thiago,
Marcos, Pablo...
Me tenso automáticamente, ¿vamos a compartir mesa? Ahora mismo
prefiero la mesa de los novios o cualquier otra, pero una en la que él no
este.
—Poned a Gael —digo de repente y todos me miran, pero finjo no
darme cuenta —me pidió ser su acompañante y acepté.
A mamá se le cambia la cara porque no le hace gracia que sea
acompañante de otro hombre, le mira preocupándose de como se siente
después de mi revelación. Por inercia yo también lo hago, pero le noto
normal, como si no le afectara y recuerdo la conversación que tuvimos en
mi habitación hace unas horas.
Continúan colocando a los invitados y desconecto, pensaba que sería
más fácil de tratar, pero me doy cuenta de que no es así. Ojalá pudiera irme
a casa, a esa casa que lleva su nombre, pero al menos no está. No puedo
continuar ni un minuto más aguantando su indiferencia, el poco interés que
me muestra y mi cupo del dolor está lleno y necesito escapar.
¿Pero dónde puedo ir cuando es un miembro más de mi familia?
Él siempre formará parte de mi entorno, siempre estará presenta en los
días importantes de mi familia y no tengo donde ir, no me puedo escapar de
esa realidad.
<<A Bilbao>>
Me recuerda mi subconsciente y siento que cada vez esa es la decisión
acertada en estos momentos. Él se irá, pero en cada rincón de Madrid, en
cada uno de ellos, estará atormentándome y recordándome la realidad de
que ya no hay un nosotros, un tú y yo, y que solo queda ese cariño que me
duele más que una puñalada en el corazón.
Yo no le tengo cariño, le quería, pero ahora, ahora ya no sé qué es lo que
siento, pero tenerle cariño significaría que le he olvidado, que me quedo
con lo bueno y que puedo verle sin sentir nada y no es verdad, siento
muchas cosas, la mayoría son sentimientos negativos; como el rencor, la
impotencia, pero sobre todo, una rabia profunda por hacernos esto.
Por romper mi normalidad, mi felicidad, mi paz mental y emocional, así
que no, no le tengo cariño, ni rozo ese sentimiento, pero solo espero que
algún día pueda dejar de sentirlo y quedarme en paz.
Pasar página y curarme.
Doce
Salgo de casa preparada para correr y olvidarme de mi día a día. Tengo
mucha energía acumulada, necesito sacarla y correr es la mejor solución
para mis problemas. Quizás me apunte a un gimnasio, quizás haga boxeo o
algo similar.
Me pongo los AirPods y comienzo a escuchar mi lista de reproducción
para centrarme en algo que no sea en mi vida. La primera canción en sonar
es Before you go de Lewis Capaldi y mi parte masoquista me obliga a no
quitarla ni pasarla, así que dejo que suene y me pierdo en la letra.
"Before you go
Was there something I could've said
To make your heartbeat better?
If only I'd have known you had a storm to weather"
Esa frase me hace daño, si me hubiera contado lo que pasaba, si hubiera
confiado en mí, si le hubiera importado perderme, no hubiéramos roto.
Estaríamos juntos, mi vida era él, su felicidad era la mía, su éxito laboral lo
hubiera celebrado como si fuera el mío propio, pero en vez de eso, actuó a
mis espaldas sin importarle por un momento lo que yo pensaba, lo que yo
quería.
La canción finaliza y me siento un poco más tranquila al cerrar ese tema
que me atormenta, comienza a sonar una canción más movidita, que me da
buena energía, es Mon Amour de Aitana y Zzoilo.
Llego hasta el retiro y sigo corriendo durante más de media hora, hasta
que mi cuerpo dice basta y tengo que parar. Me falta el aire, así que me
apoyo en una de las vallas e intento recuperarme mientras veo como
circulan familias, niños, parejas y observarlos me relaja un poco.
Cojo el iPhone para entretenerme y tengo varios mensajes de WhatsApp.
La mayoría son de mis amigas que proponen de salir a tomarnos algo, no
me apetece mucho, así que no contesto porque si pongo que no voy, me
bombardearan a mensajes hasta que sea un sí.
Abro el Instagram, pero la llamada de Lucía impide que pueda ver las
historias de mis amigos.
—Dime, pesada —gruño.
—¿Pesada yo? —se ofende —¿qué haces?
—Estoy en el retiro que salí a correr.
—Tú nunca corres —me acusa —¿qué te pasa?
—Estoy cambiando algunos hábitos de mi vida —confieso —he
decidido hacer deporte.
—Eso se llama ocultar la realidad —tan directa como siempre —ve a
casa, dúchate, ponte guapa y salimos.
—No me apetece.
—A las dos, paso por ti, más vale que hagas lo que te he pedido.
—Qué mandona.
—Ya me vas conociendo.
Me despido de ella y salgo del parque para buscar a un taxi que me lleve
a casa porque no puedo ir corriendo.
A las dos estoy más que lista, que no tenga mucho ánimo para salir, no
significa que vaya desganada. Me he arreglado más de la cuenta para
ocultar mi realidad.
Me he decantado por un mono rosa llamativo para darme el color que me
falta, lo he combinado con unas sandalias de tacón color esmeralda y
pedrería, y con su bolso a juego. Me he dejado el pelo suelto, liso y me he
maquillado sutil porque quiero que destaque el mono.
A las dos espero a Lucía en la puerta de mi portal, solo pido que no me
haga esperar mucho, pero cuando veo su Fiat 500 doblar la esquina me
relajo. Subo nada más pararse a mi lado y la saludo mientras conduce en
dirección al bar.
—Estás muy guapa —comenta —pensaba que tendría que subir hasta tu
casa y a obligarte a meterte en la ducha e incluso vestirte para poder salir.
—Exagerada —me río —no me apetecía simplemente.
—Por suerte estoy para convencerte —me mira —¿estás bien?
—Sí —miento un poco —¿y tú?
—Yo no lo he dejado con mi novio —directa al grano.
—No quiero hablar de eso.
—Pues lo siento señorita, pero llegó el momento de poner las tildes
sobre las i —me desafía —he cancelado con las chicas y solo seremos las
dos.
—¿Por qué? —me sorprende —se van a enfadar.
—No, luego vendrán a tomarse algo y aquí no pasó nada.
Llegamos al bar que tanto nos gusta y decidimos sentarnos en la terraza
porque no hace frío, se acerca el buen tiempo y estaremos más cómoda.
Antes de comenzar a hablar, el camarero que ya nos conoce de sobra nos
toma nota y nos deja a solas y no sé si quiero.
—¿Cómo estás? —pregunta —y no quiero un bien sin sentido.
—Estoy sobrellevándolo como puedo, me estoy adaptando a la nueva
situación y poco a poco.
—¿Qué tal en casa de tus padres? —suspiro —coincidiste con él.
—Me dijo que me tenía cariño —gruño —¿te lo puedes creer?
—Ese es imbécil —se ofende —¿cariño? —gruñe —cuando le vea le
daré una paliza.
—Actué como si no me hubiera apuñalado el corazón —confieso —lo
ha superado porque quizás nunca ha sentido nada por mí.
—Alguien que no siente nada por ti no está durante dos años con esa
persona.
—Me da igual, estoy superándolo.
—¿Cuál es tu plan? —me estudia.
—Supongo que lo mejor es poner distancia de por medio.
—Él se volverá a ir.
—Lo sé, pero no hablo de él —el camarero viene con nuestras bebidas y
me callo —me refiero al recuerdo, todo lo que haga me recuerda a él, da
igual que planes haga, estoy segura de que ya lo hice con él y así no puedo
continuar.
—¿Quieres darte un descanso y viajar?
—No, quiero irme de Madrid.
—¿Qué? —se sorprende —¿dónde vas a ir?
—Gael me ha ofrecido un traslado a Bilbao.
—¿Bilbao? —grita —pero si ahí siempre hace mal tiempo y...
—De momento creo que es lo mejor, aunque no está decidido.
—Joder, Carla —se calla —haz lo que necesites y si es irte, aunque sea
con ese capullo, lo respeto.
—Tampoco te estaba pidiendo permiso —sonrío —pero gracias por
apoyarme.
Dejamos un poco aparte mi tema para centrarme en su trabajo, tiene
varios desfiles por diferentes países y el próximo mes será portada de una
revista importante. Me alegro tanto por sus éxitos que brindamos en más de
una ocasión para celebrarlo.
Al terminar de comer, decidimos dar una vuelta caminando para seguir
hablando, le cuento todo lo que tengo planeado, irme tras la boda de mi
hermano con Victoria y empezar de cero. Sé que es una noticia que no
gustará mucho, sobre todo a mamá, pero es fundamental para cerrar un
periodo de mi vida que ha sido crucial.
—No me puedo creer que te hayas hecho amigo de mi enemigo —
suspira.
—¿De Gael? —me río —cuando lo conozca te caerá bien.
—Ya lo conozco y no lo hace —reprende —es un imbécil, un capullo, es
igual a mi hermano y ya por eso me cae mal.
—No seas tan quejica y dura.
—Solo defino una realidad, antes de que te vayas tiene que pasar mi
filtro para saber que estarás bien sin mí.
—Me voy de ciudad, no del país.
—Es lo mismo, Carla, porque no podrás llamarme e ir a tu casa para
ayudarte.
—Ya me he ido de Madrid y me ha ido bien —le recuerdo cuando
estudié fuera de España.
—En ese momento no tenías el corazón roto.
—No quiero volver a ese tema.
—Por desgracia, aunque no quieras, es el tema que te está haciendo
cambiar de vida.
—Lo sé, pero también un cambio de aire en lo profesional también será
enriquecedor.
—Solo cambias de sede, no de empresa —se burla.
—Qué quisquillosa eres.
Seguirnos hablando y riéndonos de sus ocurrencias, no se fía de Gael
basándose en diez minutos que habló con él y no reconoce que tenía razón,
que era nuestra culpa y que es normal que se sienta ofendido cuando le
hemos llamado a consecuencia de un juego.
Le escribimos a las chicas para tomarnos algo en el centro comercial y
mientras esperamos, me pido un té para seguir con este sábado tan
diferente.
—Hola —entra sonriendo Audrey.
—Qué sonriente, ¿no? —le guiño un ojo —¿tiene que ver Thiago con
eso?
—Oye —se queja Lucía —que es mi hermano.
—Mejor no contesto —me guiña un ojo y me río.
—Me pones un zumo de fresa —le pide al camarero —por cierto, me
encanta el mono —sonrío con cariño —estás preciosa.
—Gracias —sabía que el rosa era un gran acierto —¿Carolina no viene?
—necesito cambiar de tema, no quiero hablar de mí.
—Termina unas cositas y vendrá —me informa la italiana —¿al final
que hiciste?
—Salí con tu hermano a comer y ahora está con los chicos.
—Para no variar —suspira —¿luego vamos al cine? —sugiere —ya que
estamos por aquí.
—Por mi genial —es un buen plan —pero alguna comedia.
—Luego miramos la cartelera, pero me apetece reírme —propone
Audrey.
—Sí.
Nos tomamos nuestras bebidas y sobre las siete vamos al cine para ver
cuál están echando. No vemos ninguna interesante y finalmente elegido Sin
tiempo para morir, la última de James Bond y compramos tres entradas.
—Aún queda una hora para que empiece, vamos a entrar en las tiendas
que quiero comprarme un vestido para una cena —nos comenta Lucía.
Durante esa hora miramos varias tiendas, pero a Lucía no le convence
nada de lo que se prueba y finalmente, no compra nada. Volvemos al cine y
compramos palomitas, refrescos y algunas chocolatinas para disfrutar de la
película.
—¿Ese de ahí no es mi hermano? —achica los ojos.
—Sí, me preguntó que iba a hacer y le pareció interesante la película —
sonríe Audrey —así que se apunta.
—Pero no me has dicho que iba con esos dos idiotas —y me tenso
cuando veo a los hermanos Casas al conjunto.
Se me acaban de quitar las ganas de ver la película.
¿Por qué tiene que pasarme esto?
Nos toca pasar y no esperamos, no quiero coincidir con él y espero que
tenga vergüenza y se siente en otra fila.
Cogemos los asientos casi en la última fila y nos ponemos cómodas,
estoy tensa porque en cualquier momento sé que aparecerán y me da rabia
porque no quiero estar cerca de él.
¿Es tan difícil de entender?
—Gracias por esperarnos —se queja con humor Marcos y sé que no
tiene la culpa —¿nos sentamos con vosotras?
—No —responde Lucía —están ocupadas.
—¿Y por qué Thiago? —se sienta justo detrás de ella.
—Déjame, anda —se pone seria —oye... —se da la vuelta y le fulmina
con la mirada —¿me has tirado del pelo?
—Fue sin querer —pone cara de niño bueno y sonrío.
La espanta es muy graciosa, estamos las chicas, Thiago y yo en una fila
y los Casas en la fila de atrás, aunque recordar que Pablo está a mi espalda
ya no me parece tan gracioso.
Comienzan los tráileres y me pongo de nuevo cómoda, como un poco de
mis palomitas y solo se escuchan pasos de los que acaban de llegar.
Empieza la película e intento concentrarme, pero no soy fan de la saga
Bond y mi mente viaja al pasado, a una de las veces que fuimos a ver una
película romántica que él no quería ver.
<< —Qué película más mala —se queja, pero le ignoro comiendo palomitas —no sé cómo me
has convencido.
—Shh —le hago callar, pero solo consigo que me mire mal.
—¿En serio ha dicho eso? —bufa —¿puedo irme?
—No —respondo gruñendo —no me gusta ir sola al cine.
—Lo que hago por ti —me da un beso en la sien.
Durante más de media hora se queda callado mientras mira el móvil, pasa absolutamente de la
película y al menos no me molesta, y eso ya es mucho decir.
—Cuando lleguemos a casa —me susurra en el oído —pienso follarte en esa postura —casi grito
de la impresión.
Lleva toda la película ignorándola, pero en la escena de sexo le muestra atención.
Hombres...
—Cállate —susurro.
—Gritarás tanto que me suplicarás que nunca pare.
—Eso ya lo hago —sonrío olvidándome de la película.
—Eso es porque te follo con tantas ganas que nunca me sacio de ti.
—Eso es porque estás muerto por mí y no puede dejar tus ganas a un lado.
—Verdad —se inclina y me da un beso.
—Para... —me río, pero sigue besándome y para que mentir, me gusta.
—Te has puesto vestido —me mira.
—Ni se te ocurra —tarde porque siento una mano en mi muslo que sube peligrosamente.
—Abre las piernas.
—No lo hagas —pero las abro —me estás desconcentrando.
—Eso pasará cuando te corras con mis dedos.>>
—Carla... —me llama Lucía y vuelvo al presente —¿estás bien?
—Sí, sí —miento —¿qué pasa?
—Digo que me pases el agua —de la bolsa cojo el agua y se lo doy.
—Voy al servicio —necesito salir de aquí.
Me pongo de pie y salgo de la sala, busco el servicio y me encierro en él.
Me miro en el espejo sin entender qué me pasa, tengo la mejilla sonrojada,
el pulso disparado y estoy un poco excitada.
La puerta se abre de repente y aparece el culpable, nos miramos tras el
espejo y me pongo recta.
¿Qué hace aquí?
¿Por qué me ha seguido?
—Es el baño de chicas —le informo dándome la vuelta —tienes que
dejar de perseguirme.
—No te persigo —dice con prepotencia.
—¿Entonces qué haces aquí?
—No lo sé —da un paso hacia delante acercándose peligrosamente.
—Pues márchate porque no te quiero cerca —me pongo seria.
—Tu cuerpo no dice lo mismo —afirma chulo.
—¿Qué quieres?, ¿por qué me haces esto? —suspiro.
—¿Qué te hago? —se pega tanto a mí que por fin capto el olor a casa —
dime que me deseas.
—No lo hago —miento.
—Siempre se te dio fatal mentir —se pone a mi altura y me mira
directamente a los ojos —dime que te bese.
—No —me mantengo firme.
—Dime que te folle aquí y ahora —me muerdo el labio inferior —como
en los viejos tiempos.
—No —me agarro fuerte al lavabo.
—¿Por qué tiemblas? —sus labios rozan los míos.
—Para... —su lengua recorre el contorno de mis labios.
—¿Estás segura? —me mira —dime sí y me aparto.
Pero ese sí se me atraganta en mi garganta y me inclino hacia delante
para besarle. Solo un roce me basta para darme cuenta de que son sus besos
los que necesito diariamente. Me lanzo y profundizo el beso como si me
costara respirar, como si mi cuerpo llevaba tiempo pidiéndomelo y se lo
estaba negado.
Diez meses sin sus besos y no sé como he sobrevivido, como he
aguantado tanto.
—Dime que él no te besa como lo hago yo —exige cuando se separa —
que no te toca como lo hago yo.
Sus manos agarran mi trasero y me pega más a él.
—¿Qué? —no entiendo nada —eres un hijo de puta, no te acerques a mí
—me separo con toda mis fuerzas.
—¿Un hijo de puta por hacer lo que tu cuerpo pedía? —me grita
enfadado.
—No, por querer marcar territorio —grito —no te hace falta, puedes
hacer todo lo que quieras, pero jamás —le señalo con el dedo —jamás
volveré a ser esa idiota que quería llamar tu atención.
—¿Acaso has dejado de serlo? —abro los ojos y aguanto las ganas de
llorar.
—Vete a la mierda.
—Pablo.
—¿Qué? —frunzo el ceño.
—Di mi nombre —exige.
—No te lo mereces, ahora olvídate de que existo.
—Llevo haciéndolo durante diez meses.
No puedo aguantar más y salgo corriendo para que no me vea llorar, para
que no descubra lo mucho que me duele sus palabras, pero esta es la última
vez que se lo permito. No puedo venir y trastocar mi vida como lo está
haciendo, no puede comportarse como un capullo cuando me ha roto el
corazón.
Ya nunca más.
Salgo del cine sin avisar, sin esperar porque no puedo verle de nuevo.
Paro un taxi cuando pasa y le doy la dirección de mi casa para estar sola y
recomponerme.
Más duro no ha podido ser, si su intención era hacerme daño, lo ha
conseguido de goleada.
¿Desde cuándo es tan cruel?
¿Desde cuándo se comporta de esa forma tan dañina?
Me ha pedido que diga su nombre, pero lo que no sabe es que llevo diez
meses sin decirlo porque no me siento preparada. He mentido cuando dije
que no se lo merecía, no es por eso, pero tampoco se lo voy a confesar.
¿Para qué?
¿Para que disfrute al saber lo mucho que he sufrido por él cuando él
apenas lo ha hecho?
¿Tan poco era en su vida?
¿Por qué ha estado conmigo si me ha superado en dos días?
Dejo de pensar en esto cuando el taxi para frente a mi portal y le pago.
Ya no tengo que pensar en él, ya tengo que dejarlo atrás y no darle el poder
de afectarme como lo hace.
Voy corriendo a casa y le mando un mensaje a Lucía, no quiero que se
preocupe y le pido perdón.
Me siento en el sofá cuando llego y por impulso abro el chat de Gael.
Si sigue la oferta en pie, acepto.
Le doy a enviar y es lo correcto, no puedo esperar más, tengo que irme y
empezar de nuevo, y lo mejor es hacerlo en una ciudad donde nadie me
conoce y donde no he amado en cada rincón.
Mañana mismo firmo tu traslado.
Y con ese mensaje me tranquilizo, el primer paso dado, ahora me falta el
resto.
Trece
—Carla —entra mi jefe —archiva todos los expedientes que está en mi
mesa.
—Claro.
Me pongo de pie y con pesadez me dirijo a su despacho para ordenar los
archivos. Desde que he vuelto a sus servicios, me tiene ocupada haciendo
tareas básicas para recordarme cuál es mi trabajo.
No puedo con él, pero mientras que no me lo cruce, está bien.
Archivo, cada uno de los dosieres que se encuentra, sobre su mesa,
desperdiciado y están de una manera que pensaría que lo ha desordenado
apropósito, pero me ocupo de mi tarea esperando que sean las ocho y poder
ir a casa.
Durante más de media hora me dedico a esto, es un desperdicio de
tiempo, pero no soy nadie para desobedecer órdenes de mis superiores. Ya
me queda menos, dentro de tres semanas, como mucho, me mudaré y aquí
no ha pasado nada.
Están siendo semanas muy agobiantes, saber que está en Madrid me está
afectando más de lo que imaginaba. Su confesión en el cine ha sido lo más
duro que me ha pasado en todo este tiempo.
¿Por qué fue tan cruel?
Llevo varios días comiéndome la cabeza y he decidido dejarlo estar, es
pasado y me tengo que ocupar del presente. Tengo que comprarme un
vestido para el gran día de mi hermano. Lo he pospuesto tantas veces que
casi me pilla el tren, pero de este fin de semana no pasa, lo tengo muy claro.
O eso espero.
Vuelvo a mi despacho y continuo con el trabajo real y no con lo que he
hecho durante este tiempo de mi vida. Me concentro en los informes que
tengo entre manos, pero la puerta de mi despacho se vuelve abrir y como
sea mi jefe, le diré dos palabras bien dichas.
—¿Se puede saber que es esto?
Entra Martín muy cabreado y me da un documento, lo miro y
automáticamente sé a qué se refiere.
—Es un traslado —respondo como si fuera tonto.
—Sí, pero pone tu nombre.
—Porque he decidido irme, Gael me ha ofrecido un puesto de trabajo en
Bilbao y es bueno cambiar de ambiente.
—¿Gael? —me regaña —el señor Corberó.
—Lo que sea —suspiro —¿qué quieres?
—Quiero que me lo expliques —exige mirándome con sus ojos azules.
—No hay mucho que explicar, me ha ofrecido un puesto de trabajo —me
desespero —me he dado cuenta de que formamos un buen equipo y con él
aprendería mucho, y sería enriquecedor para mi experiencia laboral.
—No te andes por las ramas, ¿qué hay entre vosotros?
—Piensa lo que quieras, Martín —me pongo de pie y le encaro —pero si
lees la fecha —se la señalo —en menos de un mes me iré de aquí con o sin
tu permiso.
—Nuestros padres no te dejarán mudarte a otra ciudad sola.
—No soy una niña —le recuerdo —puedo tomar mis propias decisiones.
—Lo haces por Pablo, ¿no?
—No —finjo que es así —lo hago por mí.
—No te vas a ir —como si él tuviera algún poder sobre mí.
—Eso ya lo veremos —me vuelvo a sentar y le ignoro —ahora
márchate.
—No me cabrees, Carla —me amenaza.
—No —le fulmino con la mirada —no me cabrees tú.
Me mira por última vez y cuando se marcha, suelto todo el aire
acumulado y me apoyo en el respaldo del sillón. Vale, una cosa menos,
ahora solo faltan mis padres, sé qué mamá pondrá el grito en el cielo y papá
será más razonable y me pedirá explicaciones del motivo real de mi
cambio.
Pero que me voy, me voy.
—Hola —entra con una sonrisa Victoria —¿puedo pasar?
—Si vas a sermonearme, no estoy de humor —no quiero ser borde con
ella.
—No, claro que no —pasa y cierra la puerta —solo quería saber de ti —
se sienta frente a mí —tu hermano está muy cabreado.
—Mi hermano se pasa el ochenta por ciento de su tiempo cabreado.
—También es verdad —me mira —¿por qué te vas?
—Porque es una oportunidad increíble y pienso aceptarlo.
—No, ¿por qué te vas de verdad? —me analiza —Martín piensa que
quizás tienes un rollo con mi primo, pero yo sé que no es así.
—¿Qué? —me río —no tengo nada con Gael, somos como amigos.
—Me alegra escuchar eso porque Gael no conoce la monogamia.
—Estoy bien, solo necesito cambiar de aire, conocer a personas nuevas y
salir un poco de esta rutina.
—Tiene que ser duro ver al hombre que quieres después de tanto tiempo
y darte cuenta de que no ha cambiado nada, que le sigues queriendo y que
da igual lo que te hizo, que tus sentimientos son los mismos —me quedo sin
respiración al escucharla —lo sé porque me pasó con tu hermano, quise
odiarle, pero era imposible, ¿y sabes qué he aprendido de todo esto?
—¿Qué?
—Que hay que hablarlo, que los malentendidos nos ciegan y nos hacen
imaginar cosas que realmente no son —me aconseja —llámalo, háblalo con
él y sé feliz.
—Él no me quiere —esa confesión aún me hace daño —me lo dijo este
fin de semana y yo no quiero estar con un hombre que no me tiene como
primera opción, que antepone todo menos a mí —confieso —sé que es
duro, que aún no lo he olvidado del todo y por eso quiero cambiar de aire,
¿tan difícil es de entender? —suspiro —todo me recuerda a él, mi casa, el
trabajo, mis amigos, mis padres, Madrid...
—Entonces si Bilbao es tu decisión —me coge de la mano —te apoyo
porque quiero que seas feliz y ahora seremos como hermanas.
—Gracias, Victoria.
—Y de tu hermano no te preocupes que me encargo yo —me río —
cuenta conmigo para lo que necesites.
—Lo sé.
Se despide y me quedo más tranquila, sé que me ayudará a soportar al
cabezón de Martín y no necesito más frentes en mi vida.
Con uno ya me cuesta para añadir más problemas.
Miro el reloj y comienzo a recoger mis cosas, todavía quedan diez
minutos, pero me da igual, la cabeza me va a estallar y necesito salir de
aquí. Cojo mi móvil y descubro que tengo varios mensajes de Gael y lo
abro.
Tu hermano me ha llamado y está cabreado.
me ha amenazado, no quiere que me acerque a ti
Lástima que no le haga caso.
Lo siento, se ha enterado
pero ignóralo, el plan sigue en marcha.
Le doy a enviar y me coloco el bolso para irme a casa para despejar la
mente con una copa de vino y una cena ligera.
***
—Salgo en diez minutos —informo a Lucía —no puedo irme ya.
—Te espero en recepción —suspira indignada.
—Ahora nos vemos, quejica —me despido.
Cuelgo y recojo un poco los documentos que he utilizado, vamos a
comer en el bar de siempre, aunque solo seremos Lucía, Audrey y yo, las
demás no pueden, pero en otra ocasión nos reunimos todas y así es más
divertido.
Salgo de mi despacho y voy hacia el ascensor, espero hasta que por fin
llega y como era de esperar, va completo. Entro intentando no molestar y
espero hasta que me lleve a recepción donde me encontraré a una italiana
refunfuñando.
Odia que le hagan esperar, pero eso sí, ella puede llegar tarde sin que
pase nada.
—Menos mal —lo que me imaginaba —vámonos que llevo un buen raro
esperándote.
—Si no han pasado ni diez minutos —me río.
—Suficiente —salimos por la puerta giratoria y nos encontramos a mi
hermano apoyado en su coche.
—¿Dónde vais? —pregunta.
—Hemos quedado para comer —explica Lucía —¿y tú qué haces aquí
parado?
—Estoy esperando a... —se calla —menos mal.
—Siento llegar tarde —le abraza por la cintura y le da un beso —Martín
—se queja —hola chicas.
—Hola y adiós —digo riéndome —nos vamos que está Audrey
esperando.
—¿Os llevo? —se ofrece mi hermano.
—No gracias.
—Nosotros vamos también a comer, ¿por qué no lo hacemos todos? —
sugiere Victoria.
—A mí me da igual —se cruza de hombros Lucía.
—Y a mí.
Nos montamos en su coche y lo que iba a hacer una comida para tres,
resulta que seremos cinco. Mientras que mi hermano no me cabree, me
parece bien.
Como era de esperar, Audrey se encuentra en la puerta del bar con
Thiago sobre su moto. Se le ven muy felices y me alegro mucho por ambos
porque son increíbles.
—Siento llegar tarde —me excuso porque no soy como Lucía.
—No pasa nada.
—Thiago, ¿no te quedas? —le pregunta Martín.
—No, traje a Audrey, pero me voy a casa.
—Quédate, si yo también lo haré—le prepone.
—Está bien, me quedo.
Entramos en el bar y unimos dos mesas para estar todos cómodos.
Pedimos entre risas y bromas, hemos formado una buena familia y se nota
en el ambiente.
—¿Ensalada? —le critica Thiago.
—Sí, tengo que mantenerme que ahora se avecina mucho trabajo.
—Si estás estupenda —le guiño un ojo.
—Eso es porque me cuido —sonríe —estoy en...
—Buenas tardes, familia —saluda Marcos asustándome —por poco no
os pillo.
—Al final te dio tiempo —le dice Martín, pero me relajo al verlo solo.
—Sí, me acaban de cancelar una cita y aquí estoy —explica cogiendo
una silla y sentándose —¿habéis pedido?
Le decimos que sí y llama el camarero para que le tome nota. Se pone
hablar con Audrey que tienen buena química y le gasta bromas sin que se
altere. El camarero vuelve con nuestra comida y estoy por chuparme los
dedos.
—¿Ensalada, pequeña Bianchi? —se burla —te vas a quedar con hambre
—le ignora y sonrío —¿quieres un trozo de pescado? —le ofrece.
—Quiero que te levantes y vuelvas al spa, ¿puedes hacerlo?
—Con un por favor y gracias, sí —no se ofende.
—Por favor y gracias te diré cuando desaparezcas de una vez.
—Parece que a la modelo le molesta mi presencia —me río.
—Anda, déjala —intervengo —vamos a comer en paz.
—Solo porque me lo pides tú —se gana otra mirada asesina de ella.
—Por cierto, ¿ya habéis sacado los billetes para la luna de miel? —
pregunta Audrey.
—Sí, ayer lo cogimos y estamos deseando hacer el viaje —responde
Victoria, feliz.
—¿Dónde os vais? —se interesa Marcos.
—Vamos a las Maldivas —que envidia —queríamos playa y como
Victoria nunca estuvo, pues decidimos ir.
—Que envidia —me quejo de broma —os lo merecéis.
—Sí, he podido convencer a tu hermano para tomarnos dos semanas de
luna de miel.
—¿Dos en ese paraíso? —ahora sí que tengo envidia de verdad.
—No, estaremos una semana ahí y la otra, en otro destino, pero aún no
lo hemos decidido —comenta —pero me prometió dos semanas y así será.
—Dos sin estar en la empresa, cuidado —me burlo.
—¿Y quién se hará cargo de las decisiones importantes si os vais los
dos? —frunce el ceño Thiago.
—Vendrá Gael —vaya, no lo sabía —él se ocupará para que todo vaya
como hasta el momento —informa mi cuñada.
—Es lo más sensato —dice Marcos —a mí también me apetece irme de
viaje a descansar, no he parado.
—Tiene que ser muy duro dar masaje —ironiza Lucía.
—Ni te lo imaginas —la mira, serio.
—Thiago y yo estamos buscando una fecha para irnos también —
confiesa Audrey —pero entre su trabajo y el mío, es imposible.
—Vaya, quien bien vivís —me burlo —seguro que lo encontráis, aunque
sea un fin de semana.
—Pues yo viajo, pero por trabajo —anuncia la modelo —aunque
también quiero irme unos días solas para desconectar.
—¿Por qué?, ¿nadie te aguanta? —se burla Marcos.
—No, porque a diferencia de ti, mi trabajo es agotador y una necesita
reencontrarse.
—Sí, muy agotador posar y dar cuatro vueltas —le quita importancia —
aún no sabes que son los problemas serios que viven cada persona.
—Y tú, ¿sí? —está que arde.
—Sí, tengo pacientes que la vida le ha cambiado a consecuencia de un
accidente —se pone serio —y eso sí que te afecta psicológicamente, verlos
hundidos y animarlos para que no dejen su vida pasar, para que luchen —de
las pocas veces que le veo tan serio, siempre saca su parte más cómica —así
que posar y vivir de lo que te gusta, no es un drama.
—Mira Marcos, ¿por qué no te vas a la mierda?
—¿La princesita se quedó sin argumentos?
—Basta —interviene Thiago —cada uno tiene sus problemas y nadie
tiene que decidir cuál es más importante.
—Mejor lo dejamos aquí —se relaja un poco Marcos.
Lucía ni le mira, lo ignora cabreada y continuamos conversando, pero
tratando temas más divertidos y dejando los conflictos apartes.
—¿Queréis algo de postre? —sugiero —yo me voy a pedir tarta de oreo.
—Qué rico —me apoya Audrey mirando la carta —pues yo la de kínder.
Los demás no se animan y se decantan por café, mientras que nosotras
nos pedimos nuestras tartas. A los pocos minutos nos las traen y estoy por
chuparme los dedos.
—Buenas tardes, chicos —esto no puede ser.
Pero es real, se sienta al lado de Martín y no le miro. Todos les saludan y
son simpáticos menos Lucía y yo. Así es ella, te apoya incondicionalmente
y aunque sea una niñatería, me alivia un poco.
—Me pones un café solo —le pide al camarero.
—¿Algo más?
—No, gracias, con el café voy bien —capullo —¿de qué estabais
hablando?
—Hubieras venido y lo sabrías —le responde borde Lucía y sonrío de
medio lado porque sé que estará flipando.
—No he podido, pero no tengo que darte explicaciones.
—Ni las quiero, doctorcito —le mira mal.
—¿Te pasa algo conmigo? —por fin le observo y como esperaba, está
sorprendido.
—Me pasan cosas, pero contigo —sonríe con malicia —no.
—Pues no parece, ¿te he hecho algo?, ¿o eres así de maleducada?
—¿Maleducada? —suelta una carcajada —por respeto a los demás no te
voy a decir lo que pienso.
Me mira cabreado porque sabe que su comportamiento se debe a mí,
actúo con normalidad porque no voy a demostrarle que, aunque le moleste
algo, eso no me afecta, que él ya no me afecta.
Sigo comiéndome la tarta como si nada y la conversación se suaviza. Las
Corberó animan un poco los temas y eliminan el mal rollo que hay ahora
mismo con los hermanos Casas.
—Bueno —me pongo de pie —me voy ya.
—Te acompaño —se levanta Lucía.
—Decirme cuanto es lo mío y os lo doy —me coloco el bolso —hasta la
próxima.
—Adiós —se despide Lucía.
Caminamos en dirección a la salida, tensas, sé que nos están mirando y
me siento incómoda.
—Qué mal rollo —me quejo.
—¿Estás bien?
—Carla, ¿podemos hablar un momento? —me frena.
—No tenemos nada de que hablar —me giro para irme.
—Será solo un momento.
—¿No le has escuchado, Pablo? —interviene Lucía —no quiere hablar
contigo, así que date la vuelta y vuelve a Estados Unidos.
—No te metas —le ordena.
—Tú a mí...
—Tienes un minuto —le digo y así termino antes.
—Voy al servicio —se excusa para darnos intimidad.
—¿Qué quieres? —exijo.
—No sé qué estás haciendo, pero tienes que parar —me regaña —el
juego que te traes con tu amiga lo terminas.
—No hay juego y no me das órdenes —me cruzo de brazos —¿qué
quieres?, ¿por qué siempre me buscas? —le miro con una sonrisa —¿no
decías que me habías olvidado?, ¿por qué siempre apareces dónde estoy?,
¿por qué siempre te las arreglas para que estemos a solas?
—En primer lugar, si coincidimos es porque tenemos el mismo círculo
—explica —y no pienso reprimirme por ti —le miro mal —y en segundo
lugar, me parece absurdo tu comportamiento, madura un poco.
—Y tú deja de ser tan capullo —le recrimino —y si Lucía te habla de
esa manera, no tiene nada que ver conmigo y déjame en paz, no quiero ni
verte, ¿no lo entiendes?
—¿Acaso a mí me apetece? —se inclina hacia delante y me intimida —
pero uno de los dos tiene que comportarte.
—Suerte que te toca a ti —ironizo —bueno, después de la boda te
perderé de vista.
—Malas noticias para ti —sonríe con suficiencia —he vuelto para
quedarme —abro los ojos por la sorpresa —así que nos veremos más
seguido y espero por el bien de todos que cambies de actitud.
—Que tú vuelvas para quedarte francamente me da igual —finjo e
intento aguantar las ganas de llorar —pero la que se va soy yo —frunce el
ceño y sé que lo he descolocado —me trasladan.
—¿A dónde? —no entiende nada.
—A Bilbao.
Y al ver como cambia su cara de perplejidad a enfado, sé que he tomado
la mejor decisión de mi vida.
Carla Aguilar, uno, él, cero.
Catorce
—No puedes irte a Bilbao —eleva la voz —¿pero qué mierdas dices?
—Tú no eres nadie para decir que puedo hacer o no —me pongo seria —
¿pero de qué vas?
—Mira Carla —se toca el pelo nervioso —¿qué haces?
—No te importa —le grito cabreada —nada de lo que haga es asunto
tuyo.
—No te vas a ir —grita también cabreado —¿me oyes?
—Me da igual lo que digas, no pienso hacerte caso —le desafío.
—Ya lo veremos —me agarra del brazo y me pega a él —no te vas a
Bilbao, no te vas a ir con ese imbécil.
—Me voy —le miro con decisión —tras la boda nunca más nos
veremos.
—Deja de jugar con mi paciencia.
—Yo contigo, no quiero ni los buenos días —estamos tan pegados que
respiramos el mismo aire —eres tan egoísta.
—Y tú tan niña —me acusa con la misma rabia.
Nos quedamos callados y solamente nos miramos, tengo sus ojos a dos
centímetros y echan fuego, y su boca, maldigo a esa boca que me llama, que
me dice bésame y me muero de ganas de hacerle caso y lanzarme al
precipicio.
—Suéltame —le pido sin fuerzas.
—No hasta que me digas que no te vas.
—¿Qué te importa? —suspiro.
—No quiero que cometas un error, ¿es que no lo ves?
—Mis errores ya no son de tu incumbencia —estoy cansada de todo —
¿y qué si es un error?, a las malas vuelvo y fin del asunto.
—¿Por qué te vas? —pregunta estudiándome —¿por él o por mí?
—Eso no te importa —me muerdo el labio inferior —ahora suéltame y
desaparece de mi vida.
—Mira...
—Suéltala —escucho a mi hermano decir —¿es que no la has
escuchado?
—No te metas —responde sin mirarle, sus ojos están conectados con los
míos —estamos hablando.
—Si no quieres que te dé la paliza, que tantas ganas tengo de darte —le
amenaza —da un paso hacia atrás y no vuelvas a molestarla.
—Pablo —se interpone Marcos —suéltala, vamos.
—Esto no ha acabado —me amenaza.
Me suelta y se va echando humor por la cabeza.
¿Pero quién se ha creído qué es?
¿Esto no ha acabado?
Eso ya lo veremos, no pienso hablar contigo nunca más y no me puede
obligar.
—¿Estás bien? —se interesa Victoria.
—Sí —finjo una sonrisa —me voy, ya que son casi las cinco.
—Te llevo —se ofrece mi hermano y no puedo decirle que no.
Nos despedimos y me voy con la pareja hacia la oficina porque Lucía
llamó a un taxi para que le lleve a casa y así descansar un rato.
Una que puede, a mí me encantaría, pero el deber me llama y no puedo
hacer lo que me dé la gana, aunque sea la hermana de uno de los socios de
la empresa.
Como suponía, la tarde se me hace eterna y solo contaba los minutos
para irme de una vez por todas a casa y terminar con este día tan
complicado.
Es increíble que se meta en mi vida, que incluso me ordene lo que tengo
o no que hacer.
¿Pero ese hombre está bien de la cabeza?
¿Y qué es eso que se queda en Madrid?
¿Ha dejado la beca?
—Eso forma parte del pasado.
Me ordeno a dejar de pensar en él, suficiente tengo con el mal rato que
me hizo pasar al terminar la comida. No es normal que me lo encuentre
siempre que salga.
Salgo de la empresa cinco minutos antes de las ocho porque me es
imposible permanecer más tiempo. El taxi me está esperando a la salida y
corriendo me monto en él para que me lleve de una vez por todas a casa.
Necesito llegar, darme un baño y tomarme una copa de vino para
mejorar mi estado de ánimo. Están siendo semanas complicadas, de
cambios emocionales y una noche de tranquilidad conmigo misma me hará
bien.
El taxi frena cuando llegamos a mi portal, pago el importe y salgo con
decisión. Entro en mi edificio y camino hacia el ascensor, por suerte se
encuentra en mi planta y entro sin mirar atrás. Mientras sube, saco el móvil
y veo que no tengo ningún mensaje importarte, lo vuelvo a guardar mientras
se abren las puertas y salgo hacia mi puerta.
Hago todo lo que planeé, cojo el vino, la copa y voy directa al baño para
desnudarme mientras lo preparo. Me recojo el pelo en un moño para no
mojármelo y me preparo la copa antes de entrar.
—Joder —suspiro de placer.
Cierro los ojos y me pongo los AirPods para escuchar música suave y
relajarme. Estaba en tensión por todo el estrés de estos días y no hay nada
que un baño y una copa de vino no arregle. Tengo que decirles a las chicas
de ir a un spa, necesito un masaje cuanto antes y ahora que se acerca la
boda, es un plan ideal.
Un movimiento hace que abra los ojos y casi grito cuando me lo
encuentro apoyado en el marco de la puerta.
—¿Qué haces aquí? —grito quitándome los AirPods.
—Tenemos una conversación pendiente —explica.
—Lo primero, no tenemos nada pendiente —le contradigo —y lo
segundo —le señalo cabrea —no puedes invadir mi casa.
—He tocado, pero no me has abierto.
—Eso no es excusa —cojo aire —vete.
—No, vamos a hablar y no me importa hacerlo aquí —automáticamente
me doy cuenta de la situación, estoy desnuda y su mirada me calienta y me
pone histérica.
—Espérame en el salón —ordeno.
—Como quieras.
Se da la vuelta y me deja sola, me pongo de pie y cogiendo el albornoz
salgo de la bañera irritada. Estaba tan cómoda que ha tenido que venir él a
estropearme el plan, como todo lo que hace.
Salgo del baño para ir a mi habitación y me pongo un pijama para
enfrentarme a él. Pienso quitarle las llaves, no tiene ningún derecho a
invadir mi privacidad, a entrar sin ser invitado ni a mirarme mientras me
doy un baño.
Que antes lo hiciera y no me molestaba era normal, pero ahora, ahora no
tiene ningún derecho. Termino de vestirme y salgo para enfrentarme a él
más cabreada si es posible.
—Dame las llaves —exijo —no tienes derecho a invadir mi privacidad
—le acuso.
—Siéntate, vamos a hablar —me ignora —antes no hemos podido
terminar la conversación.
—Antes, no teníamos nada de que hablar y ahora, menos —le miro mal
—¿qué quieres?, ¿qué haces aquí? —digo cansada —ya me has dicho que
no sientes nada por mí, quizás nunca lo has sentido y todo era un engaño —
me duelen mis palabras —así que olvídate de que existo y desaparece de mi
vida.
—No puedo permitir que te vayas —responde serio —no quiero ser el
causante de que te mudes —explica —que te vayas lejos de las personas
que quieres...
—No te lo tengas tan creído —finjo una sonrisa —no me voy por ti —
miento —me voy porque me han ofrecido un puesto de trabajo que no
puedo rechazar.
—No me mientas —se acerca —tu vida está en Madrid, junto a tu
familia.
—Mi vida está donde sea feliz —confieso —y ya he pasado página —
aseguro —ahora que estoy sortera, puedo hacer lo que es mejor para mi
carrera y este trabajo lo es.
—¿Por qué no te creo? —me estudia.
—Me da igual, estoy cansada y quiero que te vayas —le pido —no
quiero que te acerques a mí, decidiste alejarte, ¿no?, cumple tu palabra.
—¿Qué yo decidí alejarme? —se cabrea —no me dejaste explicarme.
—No quiero hablar del pasado —aún me duele —las cosas son como
son, ambos somos felices, ambos hemos pasado página —le desafío —pues
haz lo que te dé la gana, pero lejos de mí.
—Si tanto has pasado página, ¿por qué no podemos tener un trato
normal? —da otro paso y su cercanía me pone nerviosa —¿por qué me
evitas?
—Si tu ego quiere que diga que aún estoy enamorada de ti, que no te he
olvidado —sonrío con suficiencia —siento decirte que no eres inolvidable.
—Llevas toda la vida enamorada de mí y me quieres decir que en unos
cuantos meses, ¿me has olvidado? —me mira con superioridad —no te
creo, aún me quieres.
—Piensa lo que quieras —vete, por favor.
—Si quieres que te crea, que descubra que realmente has pasado página
—me reta —quédate y seamos amigos.
—No me hagas reír —cojo aire —tú y yo nunca lo hemos sido, ni lo
seremos.
—¿Por qué?
—Porque no me caes bien —confieso —mírate, vienes aquí con tu aura
de que te he olvidado y me echas en cara, que siempre he estado enamorado
de ti, ¿pero de qué vas?, ¿tanto te molesta descubrir que no eres tan
irresistible?, ¿tan insensible eres? —le acuso —no seremos amigo porque
no te quiero en mi vida y ahora vete.
—¿No te caigo bien? —no le ha sentado bien mis palabras y me alegro
porque a mí las suyas tampoco —¿y qué hacías conmigo?
—Te quería, ¿vale? —gruño —me enamoré de una ilusión, de una
mentira y tus defectos pasaron a un segundo plano, pero ahora que he
pasado página, puedo ver como eres y no me gustas —me pongo chula —
así que no te creas tan importante porque ya no pienso en ti.
—¿Y por qué... —se acerca tanto que se me para el corazón —tu cuerpo
me dice lo contrario? —huele tan bien —me dice que me echas de menos,
que me necesitas, que quieres... —con suavidad me quita la pinza que sujeta
mi moño y mi pelo cae sobre mis hombros —que te bese —une nuestras
frentes —que te haga mía.
—Cállate —cierro los ojos.
Me da un beso en la mejilla y baja hacia mis labios haciendo que
contenga la respiración. Los roza, me provoca y estoy cayendo en su juego,
no me puedo resistir a él, no puedo y entonces nos besamos sin importar
nada más.
—Para —le pido, no puedo hacer esto —por favor.
—¿Por qué? —abro los ojos y le miro con decisión.
—Porque estoy conociendo a otro hombre.
—¿Qué? —me suelta automáticamente —¿estás con Gael?
—Nos estamos conociendo —sus ojos sueltan chispas y una parte de mí
se alegra de que le haya afectado —¿qué pensabas, que te iba a guardar
luto? —me río.
—Estás mintiendo.
—Piensa lo que quieras —le doy la espalda y voy hacia la puerta para
abrirla —vete.
—Carla... —me sigue cabreado —no puedes salir con ese capullo.
—Ya lo he hecho una vez, quizás en esta ocasión sale bien.
—Estás cometiendo un error —coge aire, está muy cabreado —pero haz
lo que quieras, espero que no acabes llorando.
—Ya lo he hecho una vez —grito impotente —y no merecía la pena,
ahora lárgate y olvídate de qué éxito.
—Así será.
Sale cabreado de mi casa y cierro con un portazo.
¿Pero cómo es capaz de hacerme esto?
¿Qué siga haciéndome daño?
Comienzo a llorar, ahora me lo puedo permitir porque estoy sola y no
tengo que fingir que estoy bien, que soy fuerte.
Aún me dueles y por eso me voy, idiota.
Quince
La semana transcurre con normalidad, sin contratiempos y por fin el
destino me da tregua para poder respirar. Mi jefe me hace la vida imposible,
me carga de trabajo y desde que sabe lo de mi traslado, me trata peor.
Me contengo porque sé que tengo los días contados, no quiero decirle
dos cosas feas y más cuando me queda tan poco tiempo. Me relajo, miro el
lado positivo y me quedo más tranquila.
—Carla —cojo aire cuando le veo aparecer de nuevo —¿has terminado
el informe?
—Estoy en ello —gruño —en una hora lo tendré acabado.
—Una hora es mucho tiempo —me critica.
Me callo y le miro para que se largue, ¿cómo puede ser tan capullo? Me
tiene tirria por ser la hermana del jefe y no lo disimula, siempre quiere
dejarme como tonta, como si no mereciera el puesto y siempre intento hacer
ver que se equivoca, pero no lo reconoce.
—Tienes media hora.
Me mira por última vez y se va por donde vino, me vuelvo a concentrar
en los documentos y continúo con mi trabajo. Sé que en veinticinco minutos
aparecerá y me exigirá el informe y es mejor terminarlo y que esté
perfecto.
Los días pasan y mantengo la mente ocupada, mañana tengo comida en
casa de los padres de Victoria y no me apetece ir. El motivo es que estará él
y no quiero verle, desde que vino a casa, no he vuelto a saber de él y ha sido
lo mejor.
Queda menos de un mes para el gran día, su padre y su tío se han
trasladado a la capital para involucrarse y disfrutar de estos momentos. Por
lo que tengo entendido, han cerrado todos los asuntos pendientes y de vez
en cuando, su tío viaja a Barcelona para resolver algún contratiempo.
Su familia parisina vendrá la semana que viene, cada vez queda menos y
estoy deseando que llegue para vivirlo y disfrutarlo como nunca.
Salgo de la empresa agotada, por suerte mañana es sábado y podré
descansar la mente. Busco un taxi para que me lleve a casa y veo uno al
poco rato. El camino se hace rápido, quiero meterme en la cama y no salí
hasta la hora de la comida.
¿Y si me busco una excusa?
No, mamá, me mataría y no merece la pena escucharla porque pondrá el
grito en el cielo.
Ya en casa voy directa al baño a desmaquillarme y ponerme el pijama.
Al terminar, entro en mi habitación para descansar como he estado
deseando.
Al día siguiente me levanto sin ganas, desayuno acompañada de la
televisión y dejo que las horas pasen. Cuando son las doce y media, con
pesar me doy una ducha rápida y comienzo a prepararme porque no tengo
más remedio. Me pongo un vestido malva muy bonito y me hago una cola
para estar más cómoda, y por último me maquillo y ya estoy lista.
He quedado con Lucía a las dos, ella no sabe que es la puntualidad y sé
que llegaremos tarde. No es algo que me quite el sueño, así estaré menos
tiempo en esa comida que sé que voy a estar incómoda.
Veo pasar su Fiat y me pongo en el borde de la acera, cuando para, subo
corriendo y la saludo con un beso rápido antes de que se incorpore a la
conducción.
—Estás muy guapa —confieso —te has esmerado.
—Gracias —me guiña un ojo —pero siempre lo hago.
—Claro —me burlo.
—¿Cómo estás? —me mira de reojo.
—Estoy —suspiro —nos besamos —declaro cerrando los ojos —me
beso y...
—¿Y qué?
—Pues que en ese momento fui yo —recuerdo —luego lo aparté porque
era lo mejor.
—¿Por qué no te sientas hablar con él? —propone.
—¿Hablar sobre qué?
—Le echas de menos, no lo has olvidado —explica —da igual cuantas
veces te convenzas al día, pero la realidad es esa.
—No —elevo la voz —no quiero saber nada más de él.
—Vale —cede —entonces iremos a esa comida y le demostraremos al
principito que nos da igual su presencia.
Sonrío un poco relajada, Lucía es la mejor amiga del mundo, sabe
cuando estoy al límite para callar y cuando tiene que ser más dura, y este no
es el momento.
No me siento bien y no es un secreto.
Quince minutos después llegamos al antiguo ático donde vivía Victoria y
que ahora ocupan sus padres. Cojo fuerzas y entramos en el portal, mientras
subimos por el ascensor, me mentalizo, me repito una y otra vez, que me da
igual, que no me afecta hasta que me lo creo.
—Menos mal —nos saluda Victoria mirándonos mal —llegáis tarde.
—Culpa de la modelo —delato abrazándola.
—No exageres, había mucho tráfico —se excusa.
—Anda, pasad que en nada se servirá la comida.
Entramos y en el salón hay varios grupos de conversación, por un lado,
están nuestras madres y su tía hablando, por otro mi padre con los Corberó,
en la esquina está Audrey con Carolina y en la terraza veo a los chicos y a
él.
—Hasta que por fin llegáis —se queja Audrey —pensaba que ya no
vendríais.
—¿Por qué las Corberó son tan exageradas? —se burla Lucía.
—Porque llegáis tarde —responde Carolina —y no hay excusas que
valgan.
—Dejadme, anda y traerme una copa de vino —exige —qué manera de
tratar a las invitadas.
—Solo como se merecen —le saca la lengua Victoria y se va para coger
varias copa y la botella de vino.
—Vaya —analiza Lucía la botella —un buen vino.
—¿Qué esperabas? —contesta la novia.
—En quince minutos está la comida lista —le informa su madre —
pasemos a la mesa.
—Claro, mamá.
—Justo —le digo a Lucía.
—Ves, en la mejor parte —camina como si fuera la dueña del mundo.
Cada uno toma asiento, la decoración es muy fina y las copas me
encantan. Qué buen gusto tienen, está todo precioso.
Dejo de prestar atención a la decoración porque veo a los chicos salir de
la terraza y acercarse, se sientan y no le miro, no puedo y más después del
beso, de la discusión.
—Hola, chicas —saluda Marcos —¿pensaba que no veníais?
—Hola, guapo —le sonrío —el tráfico.
—Ahora se llama así —me guiña un ojo y me centro en las chicas.
Llegan los entrantes y comenzamos a comer, la conversación es muy
variada y sorprendentemente, me lo estoy pasando bien. Somos tantos que
cada uno elige con qué grupo estar.
No le miro, tampoco siento que él lo haga y es lo mejor.
Por circunstancia de la vida, vamos a coincidir en estas semanas y lo
mejor será que seamos maduros, sensatos e ignorarnos. No quiero más
encontronazos, ni peleas, ni que me haga sentir como una...
Dejo la frase sin acabar porque no merece la pena, las cosas son como
son y no hay que vivir en el pasado porque hace daño y la herida no está
cerrada.
¿Qué hago para olvidarlo?
¿Para qué no sienta nada al mirarlo?
Mis ojos van por su cuenta y se centra en él, lleva un jersey celeste que
le queda genial. Está pendiente de lo que dice Thiago y solo puedo pensar
que es el hombre más guapo del mundo y hace poco era mío, solo mío y
ahora es de todas.
Me pongo de pie rápido y me convierto en el centro de atención. Me
disculpo alegando de que voy al servicio y casi corriendo me encierro para
coger aire y mentalizarme de nuevo, que no tengo que mirarlo y mucho
menos pensar en esas cosas que me hacen daño.
—Basta, Carla —me digo mirándome en el espejo —¿qué te pasa?
Cierro los ojos y cuento hasta diez, luego salgo y me dirijo de nuevo al
salón para seguir comiendo e intentar pasarlo bien. Cruzo el pasillo y al
llegar me freno cuando veo a Gael cogiendo una silla y arrimándose a la
mesa.
¿Qué hace aquí?
Increíble.
Me ve y me guiña un ojo y le sonrío.
Me siento en mi lugar y vuelvo a centrarme en las chicas mientras los
platos van y vienen.
—¿Desde cuándo eres tan amiguita de Gael? —exige Lucía —es tu jefe.
—Desde que le he conocido y me he dado cuenta de que es un buen
hombre.
—No me gusta.
—Deja de ser tan desconfianza —la critico —si lo conocieras te darías
cuenta de que es ideal.
—Ideal si... —le mira y yo también lo hago.
Está hablando con mi hermano y se le ve tranquilo, no sé qué relación
tendrán, pero no creo que sea muy cercana. Son educados y se respetan,
pero poco más, supongo que Victoria los habrá unido.
La comida termina y volvemos a dispersando por el salón. Estamos
sentadas en el sofá hablando sobre la boda y veo como se acerca hasta a
mí.
—Hola, chicas —saluda educado —¿tienes un segundo Carla?
—Claro.
Me pongo de pie y nos apartamos un poco bajo la atenta mirada de
todas.
—¿Qué haces aquí? —no me puedo contener.
—Me han invitado a la comida —responde como si fuera lo más normal
del mundo.
—No me lo has dicho.
—Pensaba que lo sabías —se justifica —ya tengo el tema de tu traslado
cerrado —cambia de tema —comienzas dos semanas después de la boda.
—Gracias —digo feliz y me lazo a darle un abrazo —no sabes como
necesito un cambio de aire.
—Mejor que te separes si no quieres que todos piensen que...
—Creo que ya se imaginan eso —me separo un poco avergonzada —le
insinué a mi madre que nos estamos conociendo y le dije que serás mi
acompañante en la boda.
—¿Por qué lo has hecho? —eleva una ceja.
—Lo siento —suspiro —estaba él.
—Asume las consecuencias cuando se entere la mía —se lo toma bien.
—¿No te molestas?
—¿Qué crean que estoy con una chica tan guapa y lista? —pregunta
como si nada —para nada.
—Eres imbécil —me relajo por primera vez.
—Hola —me doy la vuelta para encontrarme con la mirada de Lucía.
—Hola —responde él, pero utilizando ese tono de voz tan seco que a
veces tiene.
—¿De qué habláis? —directa al grano.
—De cosas —responde él.
—De la boda —intervengo.
—¿Y os tenéis que abrazar?
—¿Nos estabas espiando? —da un paso hacia delante intimidándola.
—Estáis a menos de dos metros —no se mueve ni un centímetro —muy
privado no era.
—Por lo que veo, sigues siendo la misma gruñona.
—Quizás —da un paso ella para acercarse a él —simplemente no me
gustan los capullos y tú hueles a eso a kilómetros.
—Mejor no te digo lo que pienso.
—Anda, parad —intervengo —Gael no le hagas caso, es una amiga que
me quiere, y tú —le señalo —no seas tan borde.
—Solo con capullos —le guiña un ojo.
—Mejor me voy —la mira un segundo para centrarse luego en mí —
hablamos después.
—Claro.
Vuelve con los chicos dejándome sola con la italiana que ahora mismo
quiero matarla. Le recrimino con la mirada, pero actúa como si nada, como
si no hubiera hecho nada malo, como si no le hubiera llamado capullo en su
cara.
—Te has pasado —la regaño sin poder aguantarme más.
—No me fio de él.
—Pues deberías, no quiere nada conmigo —explico —solo es un amigo.
—Claro —es imposible —por cierto, el principito no ha parado de
miraros y la vena de su cuello casi le explota.
—Me da igual —contesto —que le den.
—Vaya, cinco minutos con el muñeco diabólico y...
—No seas mala, anda.
—Está bien, pero cambia la cara —me sonríe y es lo que hago.
—Cariño, ¿podemos hablar un segundo? —me pregunta mamá.
—Voy a por más champán —se excusa mi amiga para dejarnos solas.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —me regaña.
—No te entiendo —frunzo el ceño.
—Con el primo de Victoria —responde con el ceño fruncido —Pablo
está aquí.
—¿Perdona? —me cabreo —ya no estamos juntos.
—Mira, hija, no entiendo nada de lo que ha pasado —dice —pero os
queréis y, ¿por qué no hablas con él y lo solucionáis?
—No hay nada que solucionar —estoy harta de este tema —no estamos
juntos y ni lo estaremos.
—No digas eso —me regaña como si tuviera quince años y hubiera
decidido no estudiar para un examen.
—Cuanto antes te mentalices, antes lo superarás.
La miro por última vez y voy hacia donde están las chicas. Esto es el
colmo, mi propia madre está a favor de él.
¿Pero estamos todos locos?
—¿De qué habláis? —intento integrarme para olvidar mi hostilidad.
—Pues del tema principal, de la boda de nuestros hermanos —me
explica Audrey.
—Vaya, qué sorpresa —me lleno una copa de vino para superar todo
esto.
—Ahora vengo —se excusa mi cuñada.
—Ahora que por fin estamos a solas —dice flojo, Lucía —tenemos que
concretar lo de la despedida de soltera.
—Tiene que ser épico —respondo.
—Voto por irnos a las Vegas —sugiere la modelo.
—Estás loca —se ríe Audrey —Martín nos mata.
—Yo me apunto —le guiño un ojo.
—Vaya dos —salta Carolina —haremos lo planeado, vamos a alquilar
una limusina, nos emborracharemos y terminaremos en el bar más cutre de
Madrid para concluir la noche.
—Me gusta más las Vegas.
—Sí, Lucía —le sigo el rollo —aunque terminar en el bar más cutre me
gusta.
—Sí, ¿y dónde introducimos al boy? —pregunta su hermana.
—En la limusina.
—Vale —responde —¿cuándo lo hacemos?
—El último sábado antes de la boda —propone Carolina.
A todas nos parece bien y pienso pasarlo tan bien y olvidarme de mis
problemas que necesitaré una semana entera para recuperarme.
—Pues una cosa menos —dejo la copa en la mesa —ahora vengo, voy al
servicio.
Me doy la vuelta y para estar un poco más tranquila subo a la planta de
arriba y voy directa a una de las habitaciones de invitados que tienen baño
privado.
—Me estoy asfixiando —confieso mirándome al espejo.
La puerta de repente se abre de malas maneras y me pongo recta al verle
muy cabreado, demasiado y creo que sé cuál es el motivo y espero poder
soportarlo.
—¿Qué estás haciendo? —le acuso —sal y déjame sola.
—No —cierra la puerta y da un paso hacia delante —ahora que estamos
a solas me vas a escuchar.
—Para eso tengo que querer y lástima que no me apetezca.
—¿Te piensas que me importa? —¿Desde cuándo es tan imbécil?
—¿Qué quieres? —me cruzo de brazos —vamos que no tengo todo el
día.
—¿Qué haces con él? —da un paso hacia delante —¿quieres joderme?,
¿molestarme?
—No eres tan importante para mí.
—Repítetelo todas las veces que quieras —su brazo rodea mi cintura,
rápido y me pega a su pecho —pero aún no me has olvidado.
—No te lo tengas tan creído que no te pega.
—¿Estás segura? —su nariz roza la mía —deja este juego estúpido.
—No estoy jugando —no miento —Gael a diferencia de ti —mis ojos
echan fuego —no es un capullo.
—No me hagas reír —se le endurece más la cara —solo quiere follarte y
una vez que lo consiga, pasará de ti.
—Vaya —suelto una carcajada —te equivocas.
—¿Qué dices? —me agarra del cuello y me pega más —¿qué coño
significa eso?
—No te importa y suéltame —su olor me está mareando y no sé cuanto
tiempo más podré fingir que no siento nada cuando me toca, cuando estoy
tan cerca de él.
—Tú eres mía —exige —solo mía.
Me besa duro, pero intento impedírselo, aún me queda un poco de
autocontrol y no pienso dejar que me nuble. Sus manos agarran las mías y
la coloca a mis espaldas y me pega contra el lavabo. Estoy totalmente
indefensa y entonces ocurre, empiezo a disfrutar del beso.
Es exigente, rudo, agresivo y le expreso todo el dolor que me ha
ocasionado, intento evitar que note mi anhelo, pero no sé si lo consigo
porque es él, el hombre que más he amado en la vida y dejo que mi cuerpo
se sienta vivo porque llevo más de diez meses muerta en vida.
Su rodilla separa mis piernas y me dejo hacer, suelta mis manos y una de
ellas se coloca en mi rodilla y hace un camino ascendente que eriza toda mi
piel.
Ahora estoy libre, mis manos se colocan en su cara y guio al beso,
necesito más, mucho más. Tengo que recuperar el tiempo perdido, me tiene
que devolver todos los besos que no me ha dado.
—Estás húmeda —gruñe con satisfacción.
Sus dedos apartan mis bragas y me acaricia con ganas, con deseo y abro
más las piernas porque necesito esto. Necesito que mi cuerpo explote y
vuelva a tener dos segundos de calma, la calma que me falta desde que se
fue.
—Joder —gruño cuando me penetra con dos dedos de repente.
—Voy a hacer que te corras —abro los ojos y me encuentro con los
suyos —voy a hacer que recuerdes lo que tú y yo somos.
—Madre mía —me tenso cuando siento que el orgasmo crece.
—Vamos, córrete, rubia.
Y lo hago con un pequeño grito y caigo hacia delante sin fuerzas. Dios
mío, ha sido increíble, intenso y tan normal que estoy a punto de echarme a
llorar.
—Ahora dile a ese imbécil que mis dedos te han follado, que tú eres mía
y que no tiene derecho a tocarte.
Me tenso al escucharlo y vuelvo a mí, a la nueva Carla, a la que me he
convertido desde que se fue. Recuerdo lo mucho que me costó dejar de
llorar todas las noches echándole de menos, todos los días que me convencí
de que era lo mejor, que no somos el uno para el otro y durante unos
minutos olvidé provocando todo esto.
—Eres un hijo de puta —susurro sin fuerzas, pero decidida —eres tan
cabrón —le empujo —vete y no vuelvas a tocarme.
—Carla...
—No, vete —cojo aire —esto ha sido un error.
—El error es que te engañes.
—¿Pero cómo tienes la poca vergüenza de decir estas cosas? —mi
cabreo está al máximo —déjame tranquila, estoy haciendo mi vida y tú ya
no formas parte de ella, ¿entiendes?
—Pues hace dos minutos no lo parecía—responde haciéndome daño.
—Vete a la mierda.
Le adelanto y salgo corriendo y me deja hacer. No puedo enfrentarme a
la realidad, se me atraganta todas las cosas que quiero decirle, expresarle,
pero no puedo tenerlo tan cerca, aún no.
Al doblar la esquila choco contra un cuerpo y me agarra para no caerme
al suelo.
—¿Estás bien, Carla? —le miro.
—No, Gael —no miento —pero...
—Oye, suéltala —exige el imbécil —¿qué coño estás haciendo?
—¿Te ha hecho algo? —me analiza a los ojos.
—¿Qué piensas que podría hacerle? —se ofende y se acerca tanto que
tengo miedo de que comiencen a pelearse —¿forzarla?
—Carla... —se está conteniendo, pero está al límite.
—No —suspiro —por favor, vámonos.
—No te acerques a ella —le amenaza Gael.
—¿O si no qué? —responde.
—Te las verás conmigo.
—Basta los dos —me separo de Gael —tú —le miro con desprecio —
déjame tranquila y lárgate —me doy la vuelta —y tú, estamos aquí
celebrando la boda de tu prima, así que déjalo estar y vamos a
tranquilizarnos.
—Está bien —cede —pero esto no quedará así.
—Lo estoy deseando —responde duro —ya nos veremos las caras,
Gael.
No le contesta y vamos hacia el piso de abajo con los demás invitados.
Para mí la fiesta ha terminado, he dejado que vuelva a tocarme, a que
vuelva a recordarme que es el único hombre que me hace vivir y que si él
no me toca, nadie podrá hacerlo y esa confesión es dura e injusta.
Al poco rato se despide de todos y se marcha muy cabreado, no tiene
derecho a exigirme nada, no tiene derecho a volver e intentar que ceda
porque no lo voy a hacer.
Hemos terminado y solo tengo que aguantar estas semanas.
Dieciséis
—Estás tan guapa —la abrazo —disfruta del mejor día de tu vida,
Victoria.
—Gracias, Carla —me abraza con lágrimas en los ojos.
—Prohibido llorar —le amenaza, Lucía —estamos de celebración y
vamos a brindar por ello.
Llena unas copas y nos las da para brindar por este día tan especial, por
los novios, por nosotras y en este punto me doy cuenta de que sin ellas todo
sería mucho más difícil. Que cada una de mis amigas me han demostrado
que me quieren, que me comprende y me quiero olvidar de todo para
disfrutar del hoy, de la boda.
—Chicas —nos interrumpe su madre —es el momento.
Entra y se emociona al ver a su hija vestida de novia, está tan guapa que
es imposible no pensarlo.
—¿Puedo pasar? —se asoma su padre.
—Os dejamos a solos—me muerdo el labio y salimos.
He soñado tanto con este momento, en mi boda con él, en unir nuestras
vidas para siempre y ser felices y saber que ya no existirá ese día, en el
fondo me duele.
Bajamos al salón donde está su familia, son tan divertidos y eso que
apenas entiendo francés. En breve saldremos hacia la iglesia para que se
den el sí quiero que tanto desean.
Recuerdo como estaba de emocionado mi hermano, nos dimos un abrazo
que representaba todo lo que sentimos, lo mucho que le quiero y lo
importante que es en mi vida.
Ahora mismo estará con los chicos ultimando los detalles, o quizás ya
esté de camino hacia la iglesia. De lejos veo a Gael y le sonrío, está muy
guapo con el traje que despertará pasiones entre las invitadas.
—En breve nos vamos —me susurra cuando se coloca a mi lado —si ves
a mi madre, escapa.
—¿Qué? —me río.
Pero antes de que pueda contestar, vemos como bajan la novia rodeada
de sus padres y se hace el silencio para contemplarla y es como si tuviera un
halo de paz a su alrededor.
Cada uno de nosotros la felicitamos, está feliz, sus ojos brillan y se lo
merece, es lo único que tengo claro.
Salimos de la casa que han alquilado cerca de la iglesia porque el ático
les parecía incómodo y me coloco en una esquina mientras veo como, con
la ayuda de su madre y tía, entra en el coche y acomodan el vestido.
—Buenas —casi grito cuando escucho la voz de Thiago a mis espaldas,
estaba tan concentrada que no me lo esperaba —por poco llego tarde.
—¿Martín ya está en la iglesia? —le pregunta Audrey, emocionada.
—Sí, intenté convencerle, pero no hubo manera.
—Idiota —sonrío.
—¿Quién viene conmigo? —pregunta cuando los invitados comienzan a
montarse en sus respectivos coches para ir a la iglesia.
—Nosotras —responde su novia aun mirando a Victoria que está
sonriendo a su padre.
—Pues vamos.
—Nos vemos en la iglesia, yo voy con Gael —anuncio con la boca
pequeña y veo como se alejan Thiago, Audrey, Lucía y Carolina.
Miro por si le veo, pero no sé dónde se habrá metido, uno de sus primos
comienza a hablarme, pero no entiendo nada de lo que dice.
Me hace gesto y termino riéndome pidiéndole perdón.
¿Qué estará diciendo?
—El francés no es lo tuyo —susurra en mi odio —te decía que si tienes
como ir a la boda.
—Gracias.
Le responde en francés y guiñándole un ojo se va.
—No sabía que dominabas el francés —me agarro a su brazo cuando me
lo ofrece.
—No sabes mucho de mí.
—Por suerte, dentro de poco pondré hacerlo, señor Corberó.
Nos montamos en su coche y vamos hacia la iglesia escuchando música
mientras hablamos.
Al llegar, veo a mi hermano en la puerta de la iglesia feliz. Se están
ultimando los últimos detalles antes de que aparezca la novia que ha cogido
un camino un poco más largo.
—¿Nervioso? —me acerco hasta él —estás guapísimo.
—Impaciente —afirma con una sonrisa —gracias, enana.
—Te quiero —le abrazo con fuerza intentando evitar las lágrimas —te
deseo toda la felicidad del mundo.
—Yo también te quiero —me da un beso en la mejilla —¿cómo la has
visto?
—Para eso tienes que esperar —le guiño un ojo y me aparto un poco
porque el resto de invitados comienzan a felicitarle.
Llegó el momento, la novia está a punto de entrar y nos colocamos todos
en nuestros puestos. Estoy con una sonrisa de felicidad, con una paz interior
que hacía mucho tiempo que no sentía. Cuando ella se coloca en la entrada
de la iglesia, suena la música y todo es tan bonito que, aunque intento
evitarlo, un par de lágrimas derramo.
La ceremonia es preciosa, se les ve tan felices después de todo lo que
han vivido. Era su final feliz y que mejor que ellos para que lo disfruten, lo
vivan y que sea así el resto de sus vidas.
Ya está hecho, son marido y mujer y ahora toca celebrarlo.
Llegamos a la finca que han alquilado para la celebración, está todo
precioso, aunque no me extraña porque nuestras madres se han dedicado en
cuerpo y alma para que quede así de bonito.
Recibimos a los novios con aplausos y gritos, y ellos felices hacen el
recorrido, cogidos de la mano.
—Qué guapa está —susurra Carolina emocionada —se lo merecen.
—Sí, por fin llegó el gran día —sonríe Lucía —ahora a celebrarlo.
—Eso, vamos a por unas copas —indico —que hoy es el gran día.
—Sí, que el champán tiene que ser de primera —me guiña un ojo y
avanza la italiana hacia el camarero para coger una copa.
—Resérvame un baile —me susurra Gael antes de seguirla.
—Eso estaba más que claro —afirmo.
Voy hacia ella y al girarme me encuentro con la mirada de Pablo, tardo
más de unos segundos en apartarla porque la noto diferente, ya no
desprende ni rabia, ni crueldad, ahora brilla como siempre lo hizo y algo
dentro de mí se remueve.
—Toma —me pasa una copa Lucía —como decía, de primera, así que ya
sabemos que terminaré la ceremonia borracha.
—Eso lo sabíamos antes de probar el vino—se burla Carolina —ahí está
Marcos —nos lo señala —¿cómo puede ser tan guapo y sentarle tan bien el
traje?
—Lánzate —le aconseja Audrey —tú estás sin acompañante y
sorprendentemente, él también —le guiña un ojo —quizás hoy es el día.
—¿Qué? —grita escandalizada.
—Aprovecha al final de la velada para invitarle a bailar y... —le
aconseja Lucía —es una fiesta, ¿no?
—¿Y si me rechaza? —pregunta insegura.
—Carolina, eres guapísima, si lo hace es porque quizás sea gay —casi
escupo el champán al escuchar a Lucía—que no es una idea descabellada.
—¿Qué dices? —frunce el ceño Audrey —qué va.
—A ti te tuvo a punto y...
—En primer lugar, dejemos ese tema aparte —sentencia, porque sé que
fue el gran motivo de que Thiago y ella lo dejarán —y en segundo lugar,
estaba borracha y caí en un sueño profundo, por suerte.
—Bueno, a lo que iba —reorganiza la conversación —estás guapísima,
ese vestido te queda de diez, así que cuando te haga la señal, pídele bailar.
—Está bien —sonríe —os haré caso.
—Claro, Marcos es ideal para ti y además, es guapo e inteligente —
afirmo porque es el único Casas que me cae bien.
—Pues brindemos —eleva la copa la italiana.
Y así lo hacemos, comenzamos a beber y hablar de nuestras cosas, a
recordar momentos divertidos y dejar a un lado el drama y los malos rollos.
—Buenas tardes, señoritas —saluda Gael poniéndose a mi lado.
—Primo —le abraza Audrey —qué guapo vas.
—¿Cuánto has bebido? —le pregunta —aún es muy temprano para que
estés ya así.
—No seas aburrido —la defiende su cuñada —estamos en una boda y lo
normal es beber —afirma segura —además, va por la segunda.
—Sí, pero a deferencia de ti —le fulmina con la mirada —ella no
soporta tanto el alcohol y rápido le hace efecto.
—Gael, estoy bien y no es el momento de discutir —intercede Audrey
—estamos divirtiéndonos, no lo arruines, por favor.
—Está bien —cede —como veo que lo estáis pasando bien, mejor me
voy.
—Espera —le cojo del brazo —quédate, anda.
—No —me sonríe —luego me acerco y hablamos un rato.
—Vale.
Le suelto y continuamos con nuestras bromas y frunzo el ceño cuando
Lucía le critica, qué cabezota es, dios mío.
—Hola —esta vez se acerca Thiago —cuántas risas por aquí, ¿no?
—Es lo que tiene estar de celebración —responde su hermana.
—Non iniziare —le fulmina con la mirada.
—Anda, vamos a brindar —propongo —por las bodas y porque quizás
pronto haya otra —les guiño el ojo y sonríen.
—Por las bodas —se une Carolina con una sonría.
—Oye —se acerca Marcos y se coloca al lado de Carolina y me parece
tan mona por ponerse tan nerviosa —¿estáis brindado sin mí?
—No —niego riéndome —era un cebo para que te acercaras y ha
funcionado.
—Tan lista como siempre —me guiña un ojo —¿por qué brindáis?
—Por las bodas y porque quizás pronto estemos en otra —aclaro.
—Pues por las bodas —sonríe —aunque espero que la próxima no sea la
de esta preciosidad con este gruñón —abraza a Audrey —aún no me creo
que estés con este capullo —pone cara de pena —entre él y yo pensaba que
me elegirías a mí.
—Lo siento —le sonríe —si hubiera sabido que estabas interesado,
quizás me lo hubiera pensado.
—¿Aún estamos a tiempo?
—No, ya no —sonríe.
—Anda, apártate de ella si no quieres salir con un ojo morado.
—Qué agresivo —se aparta y mira a su próximo objetivo —que seria,
pequeña Bianchi.
—No empieces que al final saldrás con ese ojito morado.
—Peleona, ¿no? —se coloca a su lado —me gustaría mucho verlo.
—Eres imbécil —susurra demasiado alto.
—Me habéis dejado solos —me muerdo el labio al escucharle detrás de
mí —aunque parece que lo estáis pasando bien.
—Con la pequeña Bianchi, imposible no hacerlo —se burla Marcos.
—¿Por qué no me dejas tranquila? —gruñe.
—No frunzas el ceño que para una modelo es malo —le fulmina con la
mirada, pero parece no importarle.
—¿Qué tal, Carla? —me pregunta tan flojo que eriza todo mi cuerpo.
—Bien, ¿y tú? —me atrevo a preguntar sin mirarle.
—Jodido —susurra en mi oído —me alegro de que estés bien.
Da un paso atrás y se separa de mí, y al girarme me doy cuenta de que se
ha ido porque acaba de aparecer Gael y no sé cómo me hace sentir lo que
acaba de pasar. Le veo de lejos, está hablando con sus padres y verle de esa
manera, me descoloca.
Me aíslo de la conversación que están manteniendo porque solo puedo
estar pendiente de él, está diferente, como si estuviera... aparto de mi mente
todo lo que tenga que ver con él, no es el momento ni el lugar para ordenar
mis ideas.
Un poco más tarde ocupamos la mesa que nos corresponde, que está
justo al lado de los novios. El ambiente es muy agradable, aunque tengo que
admitir que también es un poco incómodo compartir mesa entre Gael, él y
yo.
Durante la comida me ignora, creo que no me ha mirado ninguna sola
vez. Habla con el resto de la mesa, pero no interactúa conmigo ni yo con él,
como es lo habitual.
La conversación se centra en temas divertidos y para no variar, el que
lleva las riendas es Marcos, que es el causante de que más de una vez se me
escape las lágrimas de los ojos por reírme tanto.
—¿Quieres parar? —regaño a Lucía que la tengo a mi izquierda.
—Es que es insoportable, ¿en serio se considera gracioso?
—Lo es —afirmo.
—Traidora.
—Pesada.
—Visto de esa manera —dice Gael —te tengo que dar la razón.
—Anda que el otro —le critica la italiana.
—Para.
—Es que ahora mismo el mercado está tan desarrollado que es muy
difícil destacar —indica Carolina —pero en el fondo se resumen en eso.
Gael la mira durante unos segundos largos, sorprendido y no sé si
sentirme ofendida o no, ¿qué pensaba?, ¿qué éramos idiotas?
Aún recuerdo cuando me confesó que pensaba que solo era la enchufada
del jefe y quizás supuso que mis amigas eran iguales que yo, pero se
equivoca.
Podemos ser muchas cosas, pero jamás idiotas.
—Carolina podría ser un gran activo para la empresa Corberó —afirmo
convencida —pero su padre tiene todos los derechos y no nos la cede.
—Una pena —contesta Gael —bueno, si es tan buena como dices —me
mira —si cambia de opinión...
—Gracias —responde un poco roja —lo tendré en cuenta.
—No solo es una cara bonita —abro los ojos cuando le escucho decir
eso a Marcos, y Carolina por poco se desmaya —es un grupo muy formado,
cada una de ellas, aunque trabajen en la empresa familiar, no quita que no
sean increíbles —sonrío con cariño porque está dando la cara por nosotras
como haría cualquier hermano —son muy buenas.
—Vaya, casi me emocionas —suspira Lucía y la miro.
¿Qué le pasa?
¿Le ha sentado mal lo que acaba de decir?
—Tú mejor que nadie sabes que ellas son increíbles, que se han formado
para ser grandes empresarias —indica —¿no?
—Lo sé porque lo he vivido —le fulmina con la mirada y no entiendo
nada —y claro que Carolina es la mejor en lo suyo, con lo joven que es, las
aparecieras engañan.
—No siempre —sonríe canalla.
—Pues ahora más que nunca estoy interesado en que ocupes un puesto
en la empresa —afirma Gael —si ellos dicen que eres buena, entonces tu
lugar es en la empresa Corberó.
—Gracias, de verdad, pero la sangre tira y supongo que tú más que nadie
conoces la responsabilidad que supone ser hija única del dueño de una
empresa, o trabajas para él o trabajas para él.
—Exacto, ¿pero te gusta?
—Me encanta, aunque en más de una ocasión he deseado tirarme por la
ventana —suspira.
¿Esto qué es?
¿Me estoy perdiendo algo?
—Pues si cambias de empresa, en vez de desear, te tirarás —matiza la
modelo.
—Lucía —le regaña Thiago.
—Es broma —pero todos sabemos que no lo es.
—Te aconsejaría que si no conoces como funciona el trabajo de oficina,
de su dificultad, mejor no opines —se pone serio Gael —no tiene nada que
ver a lo que te dedicas.
—¿Perdona? —se pone seria —¿pero tú de qué vas imbécil?, ¿te crees
que sentar tu perfecto culo en la mesa de la empresa de tu padre es lo más
duro y difícil que existe?, no me hagas reír.
—Hombre, si comparamos dar cuatro pasos y mirar a la cámara con
tener la vida de miles de empleados en tus manos, creo que un poco más
complicado sí que es.
—Gael...
—Aquí no estamos para comparar profesiones —interrumpe Marcos a
Thiago —entiendo que tener un cargo tan importante requiere compromiso
y dificultades, pero esa chica que está en frente —señala a Lucía —ha
conseguido con su esfuerzo abrirse camino en el mundo de la moda y está
creando su propia marca —frunzo el ceño —así que no te permito que la
infravalores ni la trates con ese tonito porque es una de las nuestras.
Nos quedamos en silencio y nadie añade nada, es más, cambiamos de
tema porque no queremos estropear este día tan especial y es lo mejor que
hacemos.
La comida termina y así como el mal rollo que hemos tenido hace un
rato. Los camareros comienzan a recoger todo porque ahora empieza la
parte más divertida del día, van a abrir el bar y la pista de baile y es cuando
pienso pasarlo bien.
Me levanto de la mesa para retocarme el maquillaje y asegurarme de que
está todo perfecto. Al llegar al baño, me miro en el espejo y no puedo estar
más enamorada del vestido.
Es un vestido precioso, que se ajusta a cada curva de mi cuerpo y deja
los hombros al descubierto, pero lo que más me gusta, sin dudas, es la
apertura en la pierna izquierda y la larga cola de color azulado, que es
precioso.
Sorprendentemente, el maquillaje está en su sitio y me retoco un poco
los labios, como el vestido ya es lo suficientemente llamativo, me he
decantado por un maquillaje natural y mi melena suelta.
Cuando me doy el aprobado, salgo y me encuentro a su madre hablando
con la madre de Thiago.
—Buenas —saludo con un beso a cada una —qué guapa estáis.
—Tú sí que estás guapa — me piropea Sylvana —ahora vengo que me
está llamando mi marido —se excusa.
—¿Cómo estás, Carla? —se interesa.
—Estoy —suspiro —no está siendo fácil.
—Me lo puedo imaginar, ¿se está comportando como un idiota?
—Sí —confieso —es tan idiota que me dan ganas de estrangularle.
—Pero le quieres y el cuento de que estás conociendo a ese muchacho,
no me lo creo —agacho la cabeza —quiero que seas feliz, eres como mi
hija y el mío no te ha olvidado.
—No es lo que me ha dicho.
—Es un hombre Carla, se comportan así por naturaleza, pero lo que sí te
puedo asegurar, es que desde que ha vuelto, ha cambiado —no quiero
escucharlo —no es feliz, no lo es porque no te tiene y mirándote, tú
tampoco lo eres.
—Estoy en proceso.
—¿No puedes perdonarlo?, ¿el amor no es suficiente?
—No sé...
—No quiero convencerte de nada, solo quiero que sepas que, aunque no
estés con mi hijo, te sigo queriendo como siempre y puedes contar
conmigo.
—Gracias —la abrazo —tenía miedo de...
—Conozco a Pablo, sé que es un chico muy difícil, aún recuerdo lo que
le costó darse cuenta de que eras la mujer de su vida por ser la hermana de
Martín...
—Eso ya es pasado.
—Lo será cuando te enfrentes a él y ya no te duela —me coge de la
mano —puedes huir, puedes dejar de escuchar a tu corazón, pero, si no te
enfrentas a lo que sientes, nunca pasarás página sin sufrir.
—No estoy preparada.
—Nunca se está lo suficientemente preparada, el corazón tiene sus
tiempos y ya podrás hablar de eso sin sufrir —me da un beso en la mejilla
—anda, dejemos esta conversación para otro momento, disfruta de este día
tan bonito.
—Gracias —la abrazo —te quiero.
—Y yo mi niña.
Vuelvo con los chicos y cambio el chip porque pienso disfrutar de este
día tan especial para mi hermano. Se abre la pista con los bailes de los
novios, la canción es tan bonita que cierro los ojos y la disfruto.
Se les ve tan enamorados que jamás imaginé que podría ver a Martín así
y eso me gusta mucho porque lo veo más humano y se lo merece. Poco a
poco se va llenando la pista de invitados y Gael me saca a bailar. Nos
movemos al ritmo de la música, nos sincronizamos bien y disfruto
olvidándome de todo.
Después de dos canciones seguidas, decido ir a por una copa y me
coloco al lado de Lucía que no se pierde nada de lo que está pasando.
—Bailar con el enemigo es traición —me acusa gruñendo.
—No te pases —le quito importancia —es un buen chico, solo que tiene
mal carácter.
—Me ha llamado tonta y sin cerebro delante de todos.
—Y se lo voy a recriminar, pero no en la boda de su prima.
—Si pensabas que podría tener algún tipo de relación con él, después de
hoy, si me lo encuentro —me mira cabreada —le doy una paliza.
—Qué carácter —le doy un toque de humor —vamos a beber, a bailar y
a divertirnos porque, ¿a cuántas bodas acudimos?
—Haré un paréntesis —cede.
—Esa es mi chica.
—Vamos a bailar —nos pide Carolina saltando —esta canción me
encanta.
Y así lo hacemos, bailamos como cuando nos íbamos de fiesta con
diecisiete años y lo pasábamos muy bien porque no nos importaba nada de
lo que ocurriera a nuestro alrededor.
La tarde se convierte en noche y seguimos disfrutando y bebiendo, no sé
cuantas copas llevo encima, pero ya me está afectando un poco. He bailado
con todo el mundo, con los novios, con mis amigas, con los chicos y pienso
seguir haciéndolo.
—¿Cuándo vas a bailar con Marcos? —dice Audrey, bastante afectada
por el alcohol y me parece monísima.
—Aún no estoy lo suficientemente borracha para eso —confiesa.
—Eso es porque bebes como una tortuga.
—Lucía —se queja —no puedo.
—Si puedes y el momento es ahora porque ya queda menos.
—¿Y qué le digo?
—Hola, guapo, ¿bailamos?
—No voy a decirle eso, Lucía —le mira y en ese momento se está riendo
de alguna broma.
—Marcos —grita Audrey —saca a bailar Carolina que yo pienso hacerlo
con mi chico —se acerca —¿te parece bien?
—Claro.
Se acerca a nosotras y la coge de la mano para ir hacia la pista con una
sonrisa. Más roja no puede estar, pero lo importante es que puede surgir.
—No sé qué le ve —suspira la modelo —si ella quisiera, podría tenerlo
ya.
—Marcos es de los pocos chicos que conozco que es ideal.
—Lo que tú digas —suspira —¿dónde has dejado a tu acompáñane?
—No lo sé, pero no puedo bailar más —cojo aire —mis piernas no dan
para más.
—Quejica —se burla.
—Te quiero, ¿lo sabes?
—Y yo a ti, aunque me lo pones muy difícil.
La canción termina y de repente suena otra que hace que mi corazón se
dispare.
¿Por qué ahora?
Comienza las primeras melodías de All of me de John Legend y se me
corta la respiración con la primera estrofa.
—Carla —se acerca —¿quieres bailar conmigo?
Diecisiete
Abro los ojos cuando escucho su pregunta y me doy cuenta de que los
suyos son prudentes porque quizás espera una negativa por mi parte, pero
sorprendentemente, me levanto y le cojo de la mano para ir hacia la pista.
Esta canción era nuestra como tantas otras.
"Because all of me
Loves all of you
Love your curves and all your edges
All your perfect imperfections
Give your all to me"
Cierro los ojos y me dejo llevar por la canción, por lo que dice y
recuerdo todas las veces que la hemos escuchado juntos y... decido dejar el
pasado a un lado porque no quiero llorar.
—La canción ha terminado —anuncio.
—Gracias por el baile —me suelta y me siento vacía.
Se da la vuelta y miro como se aleja sin moverme.
¿Qué le pasa?
¿Por qué me hace sentir así?
¿Por qué me duele al intuir que él no está bien?
Cojo aire y me obligo a caminar hacia las chicas.
—¿Estás bien, Carla? —pregunta Carolina, preocupada.
—Sí —miento —¿qué tal el baile? —necesito pensar en otra cosa.
—Solo pensaba en besarle.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Porque no me miraba como te mira alguien que quiera hacerlo.
—Lo siento, cariño —la abrazo.
—Estoy bien —sonríe como hace siempre —sé que no le gusto.
—Tú gusta incluso a un muerto —afirma la italiana —es imbécil.
—Cállate que viene.
—¿Cómo lo estáis pasando? —nos mira —han desaparecido algunos de
nosotros, ¿no? —sonríe —por ejemplo, después del baile entre la pequeña
Corberó y...
—Cállate —le corta Lucía —¿qué quieres?
—Estaba aburrido y sé que con vosotras puedo cambiar ese estado.
—Si estás aburrido, búscate una distracción.
—Eso hago —le fulmina con la mirada —¿no bailas?
—No hay nadie que merezca la pena para hacerlo.
—Eso es porque te mueres de ganas de que te lo pida —sonríe chulesco
—anda, vamos —la coge de la mano y la levanta.
—No quiero.
—Sí, quieres y no hagas un escándalo porque me encantaría.
Se pone seria y le sigue con mala cara hacia la pista y me río. Recuerdo
las palabras que dijo Marcos y tiene razón, todos han desaparecido, Thiago
y Audrey lo entiendo, pero, ¿dónde está Gael?
¿Y él?
No lo sé, pero no quiero pensar en eso, ahora no. El resto de la velada la
pasamos de la misma manera; bebiendo, riéndonos y de vez en cuando
bailando.
Cada vez quedan menos invitados y los novios se han despedido hace
menos de media hora para vivir su noche de bodas y mañana viajarán para
comenzar su luna de miel.
—¿Nos vamos? —me pregunta Gael cuando aparece.
—Sí, porque estoy cansada y ya no tiene sentido estar sin los novios.
—Llamo a un taxi, de mientras despídete.
—A la orden.
Le hago caso en todo, me despido de la gente que quiero y cuando el taxi
llega, subo en él y deseo de una vez por todas llegar a casa y descansar de
este día lleno de grandes momentos.
Dieciocho
—No me puedo creer que hoy sea tu última noche en Madrid —se queja
Carolina —te voy a echar de menos.
—Y yo a vosotras —y no miento.
Me siento rara, por un lado, sé que estar en otra ciudad sin ellas, me va a
costar mucho, pero, por otro lado, considero que es la mejor decisión que he
tomado.
Estamos en el bar de siempre tomándonos algo y disfrutando de estas
pocas horas que me quedan en la capital. Voy por mi segunda cerveza y los
sentimientos están a flor de piel.
¿Qué haré sin ellas?
Me he acostumbrado tanto a estos planes que no sé si me sentiré un poco
sola en Bilbao.
—Dejemos el drama a un lado y disfrutamos de la noche —indica mi
italiana favorita.
—Chicas, os quiero —confieso —y ahora a beber y a divertirnos que
nadie se ha muerto.
—Eso es —eleva su cerveza Audrey —por los nuevos comienzos y que
mi primo se comporte.
—Por los comienzos y por los imbéciles —apunta Lucía.
—Por los nuevos comienzos y por lo que venga —sonríe Carolina, mi
amiga fiel y dulce.
—Por nosotras y porque esto no es un adiós, sino un hasta luego.
Brindamos y le doy un trago largo a mi cerveza que me sienta de
maravillas. Así continuamos el resto de la noche; hablando, riéndonos y
recordando.
—Qué pena que Victoria no esté aquí —suspiro —me hubiera gustado
oír los detalles de su luna de miel.
—Mañana vuelve y tú ya no estarás, qué pena —hace un mohín su
hermana —pero como dices, no se ha muerto nadie.
—Es una luna de miel, habrán follado y poco más —abro la boca y
suelto una carcajada.
—Lucía, tú tan fina como siempre —me guiña un ojo.
—Me echarás de menos.
—Ya lo hago y te tengo cerca.
—¿Es una declaración de amor? —sonríe.
—Lo hubiera sido si me gustarán las mujeres.
—Por suerte para ti, no me gustan —vuelvo a soltar una carcajada.
—Ser modelo te viene como anillo al dedo, presumida.
—¿Ese de ahí no es tu hermano, Lucía? —no, por favor.
—No —suelto el aire —farsa alarma.
—Yo no le dije nada —eleva las manos Audrey.
—Quiero una noche de chicas —miento un poco —ellos son increíbles,
pero os necesito a vosotras.
—Por eso no le dije nada, aunque supongo que sabrá que estamos aquí
porque somos muy previsible.
—No te justifiques —se burla su cuñada.
—No lo hago —le saca la lengua.
—Dejaros de peleas —pone orden Carolina —¿Ya tienes piso donde
quedarte?
—Aún no —suelto el aire —me quedaré durante unas semanas en casa
de Gael.
—¿Qué? —abre la boca Lucía —lo que me faltaba.
—Ya me estableceré en condiciones cuando conozca un poco más la
zona.
—Ahora se le llama así —frunce el ceño.
—No empieces, amiga.
—No lo haré porque todas sabéis qué pienso de ese imbécil.
—Si no te conociera —la estudio —pensaría que te gusta.
—Me gusta bien lejos —salta a la defensiva.
—Mejor cambiamos de tema que es mi primo y le quiero.
—Si lo dice Audrey, habrá que hacerle caso —cedo —estoy contenta,
me voy de la ciudad y espero que este sea la mejor decisión de mi vida.
—Claro que lo es —me anima Carolina.
—Y pensar que tu madre por poco te encierra en casa —se burla Lucía.
—Lo hubiera hecho si no fuera por papá, que como siempre, es el
sensato de la familia y entendió que es una oportunidad y que Bilbao no
está tan lejos —digo de una —mamá aún sigue un poco enfadada, pero por
suerte mañana viene la pareja feliz y se olvidará un poco de mi decisión.
—En nada le pide nietos —se ríe Carolina.
—Me solidarizo con ella porque lo va a pasar mal con mi madre, ya no
me tendrá a mí y solo se centrará en ella —me río —supongo que no ha
leído la letra pequeña.
—Victoria está acostumbrada a eso y sabrá llevarlo —afirma su hermana
—mi madre es igual.
—Por nuestras madres —elevo la cerveza.
—Por nuestras madres.
Estoy un poco cansada, miro el reloj y son las tres y cuarto de la mañana.
Las copas con las chicas me pasarán factura mañana, pero ha merecido la
pena, me merecía una despedida tranquila y divertida como la que hemos
tenido.
Salgo del ascensor y saco las llaves de casa, suspiro y abro la puerta por
fin.
—Carla —me paralizo al escuchar esa voz y cojo aire.
Me doy la vuelta y veo que está apoyado en la pared con las manos
metidas en los bolsillos de los vaqueros.
—¿Qué haces aquí?
—¿Podemos hablar?
Me aparto y le invito a pasar, no es buena idea, aún no sé por qué ha
venido, pero cuanto antes termine con esto, antes podré irme a dormir.
—¿Quieres tomar algo? —le ofrezco.
—No —camina nervioso por mi salón.
—¿Por qué has venido? —me quito la chaqueta y me mira de arriba
debajo de esa manera que me hacía sentir única e irremplazable.
—Carla... —se frena —¿qué estamos haciendo? —me callo porque no
puedo responder a esa pregunta —¿no me echas de menos? —se me corta la
respiración —¿ya me has olvidado? —da varios pasos hacia delante y se
coloca junto delante de mí —ey —se agacha para estar en la misma altura y
mirarme a los ojos —¿no me quieres?
—Por favor... —no sé por qué suplico, prefiero mil veces su lado capullo
a este.
—Carla, por favor —repite él —no te vayas.
—Es lo mejor —hago un puchero para no llorar.
—¿Para quién? —me besa en la mejilla y cierro los ojos —¿para ti?,
¿para mí?
—Necesito irme —confieso —aquí me asfixio con tu recuerdo.
—Déjame darte aire —besa mi comisura —estos meses sin ti han sido...
—me mira a los ojos y siento su dolor —un infierno.
—Tú has decidido irte, dejarme...
—No —suspira —no fue así, tú no me dejaste explicarme.
—Era tarde para hablar.
—Eres lo más importante de mi vida —su confesión me hace daño —por
siempre rubia, ¿recuerdas?
—Por favor —cierro los ojos derramando unas lágrimas.
—Siento hacerte daño —me besa —siento no haberte dicho lo que me
estaba pasando —vuelve a besarme y me dejo hacer —siento no haber sido
sincero, decirte las cosas a tiempo —coge aire —no te vayas, no cometas
mi error, no permitas que estemos separados —me abraza escondiéndome
en su pecho y siento que mis defensas se van rompiendo poco a poco —te
quiero, no te he olvidado y si me he comportado como un imbécil es porque
no sabía como reaccionar cuando te vi con otro, rubia —no me contengo
más y lloro —dame otra oportunidad, me estoy volviendo loco sin ti.
—No puedo —me tiembla el labio inferior —necesito irme.
—¿Y qué pasará con lo nuestro? —me pregunta separándose y
mirándome a los ojos.
—Dejemos que el destino nos sorprenda —necesito irme y pensar en mí
—es una gran oportunidad para mí.
—Si es por eso, me voy contigo —abro los ojos, sorprendida —me da
igual, Madrid, Bilbao o el fin del mundo, pero contigo, rubia —me besa y le
correspondo.
—No, quizás no nos hacemos bien —esa confesión me hace daño —
quizás no somos el uno para el otro, quizás...
—Sí, lo somos porque cuando te miro, veo un nosotros.
—Por favor.
—Pablo.
—¿Qué?
—Di mi nombre —me suplica.
—No puedo, llevo sin decirlo todo este tiempo y no estoy preparada —
da un paso atrás, me da la espalda y dejo que se aleje.
Aunque me muera por correr y abrazarle, por decirle sí a todo y volver
con el único hombre que he amado, sé que no es el momento porque algo
dentro de mí me obliga a que frene, a que vea las cosas con perspectivas y
sanar todo el dolor que siento por él, y quizás, de esta manera, podría haber
un futuro entre nosotros.
—No me has perdonado —susurra —lo entiendo y respeto tu decisión de
irte si es lo que necesitas —sé que le duele dejarme marcha, pero si me deja
ir sin luchar es porque también me quiere.
<<¿También Carla?>> señala mi subconsciente.
No puedo mentir, ya no más, le quiero, estoy enamorada de él y me he
obligado a olvidarle y no lo he conseguido. Era más fácil engañarme
cuando no estaba aquí, cuando no podía verle, cuando no podía oírle u
olerlo, cuando no...
—Al menos déjame despedirme de ti como merecemos —se da la vuelta
y sus ojos brillan, ¿son lágrimas? —déjame demostrarte que no te he
olvidado, que te quiero —da un paso hacia delante —déjame seguir el mapa
para volver casa, rubia —sonríe con dolor —aunque sea por unas horas.
—Sí —necesito una despedida.
Corta la distancia que nos separa y me mira a los ojos con intensidad.
Me besa por la mejilla y es tan dulce que hace daño.
—Tendremos nuestra despedida —me pongo de puntillas y le rodeo el
cuello con mis manos —porque yo también lo necesito.
Nos miramos durante unos segundos y unimos nuestros labios en un
beso lento, cargado de todas esas palabras que no somos capaces de decir,
de confesar.
Me coge en brazos como si fuera una princesa y me lleva hacia mi
habitación sin dejar de mirarme a los ojos, sin dejar de aprovechar todos los
segundos que nos quedan.
—Esta noche voy a amarte como jamás lo he hecho —me deposita con
cuidado sobre la cama y se quita la camisa —esta noche voy a quererte
como siempre has merecido y por imbécil, no he sabido hacerlo —se quita
el pantalón y hago lo mismo con mi vestido —esta noche voy a empaparme
de toda tu esencia para recordarte cuando no te tenga —se coloca sobre mí
y me le dejo espacio entre mis piernas —para cuando el recuerdo me
atormente... —me besa —para...
No le dejo continuar porque sus palabras me duelen y le beso para
recuperar todos los momentos perdidos, para que sienta que me pasa lo
mismo, aunque no pueda decírselo con palabras.
Aparta mi sujetador con maestría y separa sus labios de mi boca para
besarme el cuello y bajar hacia mis pechos. Lo amansa, lo besa
provocándome millones de sensaciones.
—Como os he echado de menos —suspira dándole amor a mis pechos
—no sé cómo he podido vivir sin vosotras.
Me mira a los ojos y comienza a besar cada lunar de mi estómago, me
muerdo el labio inferior porque sé lo que viene.
—Déjame seguir el mapa que me lleva a casa —susurra besándome los
lunares —eres mi mapa, mi guía y sin ti estoy perdido —cierro los ojos —
porque sé que jamás podré seguir el camino que me lleva a la felicidad, a
ti.
Me besa justo encima de mis bragas y jadeo, la aparta con cuidado y
besa el centro de mi deseo. No necesito preliminares, ya estoy lo
suficientemente excita para sentirle, pero dejo que haga todo lo que
necesite, es nuestra última noche juntos y no quiero perderme nada.
—Aah —gimo al sentir su lengua sin descanso —dios mío.
—Shh —me hace callar mientras uno de sus dedos se empapa de mis
flujos y me penetra con suavidad —disfruta, rubia.
—Madre mía —su lengua continúa atormentando mi clítoris mientras
sus dedos se introducen en mí, provocando que las sensaciones crezcan y lo
arrase todo como un tsunami.
—Qué sexi eres —trepa besando todo lo que encuentra —me vuelves
loco, como la primera vez.
—Calla —me pongo roja al recordarlo —fue un desastre.
—El mejor desastre de mi vida —sus labios están a pocos centímetros de
los míos —la mejor noche de mi vida.
—Acabaste con el ojo morado —se ríe y me pongo roja.
—Pero la tenía tan dura que por poco...
—Cállate —me río.
—Echaba de menos tu risa —confiesa y me besa —echaba de menos
estos momentos.
—No hablemos —no estoy preparada para recordar nuestro pasado —
disfrutemos de nuestra última noche —Se le tensa la mandíbula, pero no
dice nada y para distraerle, acaricio su miembro, aunque para que mentir,
me moría de ganas de volver a sentirlo.
—Si sigues así —me coge de la mano y me la parta —me voy a correr.
—¿Y qué hay de malo?
—Qué quiero hacerlo mientras te folle.
Se acomoda entre mis piernas y me penetra lentamente, incluso dulce y
echo la cabeza hacia atrás para sentirlo.
—Como he echado de menos esto —entra y sale de mí con más
velocidad —tenerte así.
—Y yo —es lo máximo que puedo confesar.
Hoy no follamos ni nos dejamos llevar por la pasión, hoy estamos
haciendo el amor, demostrándonos con nuestras acciones lo que sentimos,
aunque en estos momentos me encanaría decirle que sí, que quiero estar con
él, pero primero tengo que sanarme y siento que Bilbao es la mejor
decisión.
—Te quiero, rubia —confiesa mirándome a los ojos y tengo que cerrar
los míos para no llorar —y siento que te pierdo —me está matando —
gracias por dejar que tu último recuerdo sea así.
—Aah —gimo aún con los ojos cerrados.
—Dime que estás cerca, porque yo lo estoy.
Le agarro fuerte de los hombros y me contraigo cuando llego al orgasmo
entre sus brazos.
Se desploma sobre mí y le acojo sin soltarlo porque ya está, ya no
podremos estar juntos y esa realidad me duele más que nada en el mundo.
—Voy a aplastarte —me abraza fuerte.
—No me importa —necesito empaparme de sus ojos, de su esencia —un
segundo más.
—Y toda la vida si quieres.
Me hace reír y se aparta colocándose a mi lado. Nos quedamos así,
ambos boca arriba, mirando el techo y sin decir nada.
—No te has puesto condón —rompo el silencio.
—Sigues tomando la píldora, ¿no?
—Sí, pero me preocupan otras cosas —me giro para mirarle.
—Soy médico, Carla —frunzo el ceño porque no era la respuesta que
quería —no tienes qué preocuparte —quería saber si ha estado con otras
mujeres, pero no se lo voy a preguntar.
—¿Por qué sonríes? —frunzo el ceño
—Eres tan mona y cuando arrugas esta naricita —me la acaricia —me
vuelve loco.
Se inclina y me da un beso rápido sin entender su comportamiento.
—Mira...
—No estuve con ninguna mujer —confiesa—con ninguna, rubia.
—Vale —suspiro porque rompe todos mis esquemas.
—Y no me importa si tú has estado con otros —le quita importancia,
pero sé que le duele, al igual que a mí, imaginarme con otra persona —
ahora descansa.
No me da la oportunidad de aclararle nada y me abraza por detrás para
que pueda cerrar los ojos y sentirme en paz.
Diecinueve
Doy vuelta por la cama y no me encuentro con ningún obstáculo. Abro
los ojos y descubro que estoy sola, que él no está y por un momento pienso
que todo es fruto de mi imaginación y que la noche que hemos pasado era
mentira, pero una nota en mi mesita de noche me confirma que no, que ha
sido real y que ya no está.
La cojo y suspirando la leo.
Estabas tan mona durmiendo
que no me he atrevido a levantarte para decirte adiós,
no puedo mirarte a los ojos y saber que ya no habrá un nosotros.
Gracias por la noche de ayer.
Gracias por permitir que pueda despedirme de la única forma que sé.
Sé feliz Carla.
Cómete el mundo.
Que nadie te haga sentir que no puedes.
Eres la mujer más especial de mi vida.
Adiós, Rubia.
Adiós, mi amor.
Por siempre, tu doctorcito.
Cierro los ojos y comienzo a llorar como una niña, ya está, tengo que
cerrar este asunto, aunque me rompa el corazón, aunque sienta que es la
peor decisión de mi vida y sepa que me voy a equivocar.
Sigo llorando durante toda la mañana, por lo que fuimos, por lo que no
somos y por lo que no seremos.
Pero me quedo con el recuerdo de nuestro adiós, porque no hubiera sido
posible otro que no fuera lo que hicimos, nos entregamos en cuerpo y alma,
y que sea el destino que baraje las cartas.
Hoy me voy a Bilbao, hoy comienzo una vida nueva y sé que es una gran
oportunidad para pasar página y seguir con mi vida.
Una vida en la que él no esté atormentándome en cada recuerdo.
Veinte
—¿Comemos después? —pregunto cuando entro en su despacho sin
llamar.
—¿Sabes tocar? —vaya, parece que no está de buen humor.
—Sí, pero, ¿para qué perder tiempo? —me siento en frente de él y me
llevo una mirada fría.
¿Por qué me causa tanta gracia cuando está cabreado?
A todos les da miedo el gran señor Corberó, pero a mí me resulta
inofensivo.
—¿Qué quieres? —gruñe.
—¿Qué te pasa? —suspiro —¿problemas en el paraíso?
—No estoy para bromas, Carla.
—¿Salimos a comer? —vuelvo a invitarle.
—No puedo.
—¿Necesitas ayuda?
—No —dice borde.
—Entonces me voy, jefe —retiro la afirmación de que me acusa gracia
cuando está de mal humor.
Salgo de su despecho suspirando y decido ir a casa para descansar y
picar algo. Llamo a un taxi y espero en la puerta de la empresa, me hubiera
gustado comer con él y hablar como hemos hecho desde que estoy aquí.
Aún no me puedo creer que haya pasado varios meses desde mi llegado
a Bilbao, meses diferentes gracias a Gael. No puedo mentir y decir que no
me costó dejar todo atrás, dejarlo a él, pero hoy por hoy soy feliz y me
quedo con eso.
Aparece el taxi y me ayuda a alejar esos pensamientos de mi mente, le
doy la dirección de mi nueva casa y me distraigo con el móvil durante el
trayecto.
Estoy alquilando un piso en el bloque de Gael, gracias a él me lo han
dejado a un buen precio y estoy muy contenta. Él me ofreció vivir con él,
tiene mucho espacio y no le importaba compartirlo conmigo y así lo
hicimos durante mi primer mes mientras buscaba un piso propio.
Soy de las que piensa que tener nuestro propio espacio es lo ideal y lo
más recomendable.
Entro y dejo las llaves en el mueble de la entrada, voy directo al salón y
me siento en el sofá.
La casa es ideal, es grande, elegante y no lleva su nombre.
Me pongo de pie rápido para dejar ese pensamiento atrás y prepararme
algo de comer. Abro los muebles de la cocina y me decanto por pasta a la
boloñesa. Comienzo a preparar todo mientras escucho música para
distraerme y así no sentirme tan sola.
Como estoy un poco melancólica, pongo Emocional de Dani Martín y
me aíslo un poco de todo.
"Y dejar a las cosas pasar
y que digan su nombre"
Estoy en ese punto, estos meses poniendo tierra de por medio me está
ayudando a ser yo sin limitaciones, sin miedos ni dudas.
¿Soy feliz?
A ratos lo soy.
Remuevo los macarrones para que no se peguen y tocan el timbre.
¿Qué raro?
Voy hacia la puerta y al abrir me encuentro con Gael apoyado en la
pared. Me cruzo de brazos y elevo una ceja esperando a que diga algo.
—¿Puedo pasar?
—Depende —me hago la dura —si vas a ser un capullo, no.
—Lo siento —se disculpa.
—Pasa, anda —si soy una débil —estoy preparando pasta.
—Gracias —me echo a un lado y entra, pero se para junto a mi lado y
me da un beso en la frente —lo siento, princesa.
—Anda, pasa idiota —le doy un manotazo en el hombro.
—Eso ha dolido —me sonríe y qué guapo es.
—La próxima vez seré más borde.
—No habrá próxima vez.
Termino de preparar la pasta y comemos en el salón viendo una serie de
Netflix. Me comenta un poco el nuevo proyecto que le tiene de mal humor
y me río porque es muy divertido.
—No le veo la gracia, Carla.
—Eres un exagerado —me limpio la boca —¿cuál es el problema?, eres
increíble y les encantaran, como todo lo que haces.
—¿Seguro? —me guiña un ojo.
—Qué cerdo.
—¿Yo? —se ríe —¿salimos esta noche a tomarnos algo?, así me relajo
un poco.
—O sea, ¿me estás utilizando?
—Sabes que sí.
—Perfecto, porque yo también lo haré.
Llego del trabajo corriendo, he quedado con Gael a las diez y son poco
más de las ocho. Entro en el baño para darme una ducha rápida, no soy
mucho de tardar cuando me preparo, pero en esta ocasión me apetece
esmerarme porque saldremos con sus amigos que me caen muy bien.
Entro en mi vestidor y empiezo analizar cada prenda, ¿qué me pongo?
Finalmente, me decanto por un total Black, formado por una camisa
transparente, un top y unos vaqueros.
Me maquillo rápido y me peino sin perder ni un segundo. Al terminar,
me miro en el espejo y me gusta mucho lo que veo.
Cojo el bolso justo en el momento que suena el timbre, me retoco el pelo
antes de abrir y encontrarme con Gael, tan guapo como siempre.
—¿Preparada?
—Siempre.
Vamos hacia el parking donde tiene su coche y nos acomodamos en él al
llegar. Conduce con prudencia y nos mantenemos callados, vamos a ir a un
restaurante que se come genial y solo espero pasarlo muy bien.
En total seremos cuatro, Gael, Eloi, Lander y yo, creo que es la quinta
vez que quedamos con ellos. Los primeros tres meses solo salía con Gael,
no me animaba hacerlo con su grupo de amistad. Al cuarto mes, me
convenció alegando que sus amigos tenían curiosidad por mí y tuve que
salir con ellos y al instante me recordaron a los chicos, a mis chicos y
gracias a ellos, me siento en ocasiones como en casa.
—Baja —le miro y descubro que ya hemos llegado.
—Claro, jefe —sonrío.
—¿Prefieres terraza o dentro?
—Terraza que hace calor —estamos a finales de julio.
—Tú mandas —me coge de la mano y caminamos hacia una de las
mesas libres.
Nos sentamos, me quito la chaqueta, eleva una ceja al ver mi outfit y me
pongo roja automáticamente, y no entiendo por qué.
—Buenas, chicos —llega Eloi —que guapa Carla.
—Gracias.
Eloi es alto, fuerte y tiene unos ojos increíbles que podría estar horas y
horas mirándolos. Aparece el camarero y Gael pide una botella de vino
mientras esperamos a Lander.
—Por ahí viene —anuncia Eloi —llegas tarde.
—Lo siento, no pude llegar antes —se sienta con su aura de misterio y
me recuerda mucho a Thiago —¿qué tal, bonita?
—Muy bien, ¿y tú, bonito?
—Ahora mejor —me guiña un ojo y sonrío —¿habéis pedido?
—Te estábamos esperando —indica Gael.
El camarero vuelve con el vino y aprovechamos para pedir la cena.
Elegimos varios entrantes, que tienen buena pinta y varios platos
principales para compartir.
—¿No te cansas de este capullo? —me pregunta Eloi —es insoportable.
—Demasiado, pero que remedio —me río —podría ser peor.
—Os estoy escuchado —suspira.
—Y no nos importa —responde Lander —¿o a ti sí? —me mira.
—Hombre, es mi jefe —me muerdo el labio inferior —¿puedo ser
sincera?
—Adelante, princesa.
—No, no me importa —me río.
—Es de las nuestras —se burla Eloi.
—Anda, dejad de influenciarla —gruñe Gael —no sé cómo os he
presentado.
—Porque somos adorables y lo sabes —me guiña un ojo Lander y
suspiro.
—¿No te recuerdan a mis amigos de Madrid? —le pregunto a Gael —
¿por qué todos los guapos son prepotentes y engreídos?
—¿Te parezco guapo, bonita?
—La humildad no te pega, Lander.
—Me pegan otras cosas, ¿quieres descubrirla?
—Por el momento voy a pasar.
Suelta una carcajada y nos unimos a su risa.
Eloi y Lander son mi gran descubrimiento de mi nueva etapa. No
intentan ligar conmigo, ni me hacen sentir incómoda y no sé si es porque
Gael se lo ha ordenado o porque no les gusto, pero sea como sea, estoy
cómoda y por eso me encanta salir con ellos.
Cenamos entre bromas y compartimos cada plato como si nos
conociéramos de toda la vida.
—¿Desde cuándo os conocéis? —me interesa.
—Lander y yo estábamos en la misma clase desde primaria, así que nos
conocemos desde siempre —explica Eloi —y Gael desde que se trasladó a
Bilbao, unos seis o siete años.
—¿Dónde os conocisteis?
—Fue en una discoteca, por personas en común y nos caímos bien al
instante y aquí seguimos.
—Vaya —sonrío —un ejecutivo, un profesor y un fotógrafo.
—¿Adivina qué tenemos en común? —me guiña un ojo Lander.
—¿Que sois insoportables? —se ríen.
—No, pero casi.
—Eres idiota —suspiro con una sonrisa —lo que decía, los guapos
también son imbéciles.
—Eso es porque no has dado con el indicado.
Finjo una sonrisa porque mi mente me juega una mala pasada, recuerdo
sus ojos azules como el cielo, su sonrisa angelical y pícara, la forma en la
que pronunciaba rubia, como me besaba, como me hacía sentir...
—¿Terreno pantanoso? —se interesa Eloi.
—¿Mal de amores, bonita?
—Dejarla tranquila —me defiende Gael.
—Lo he dejado recientemente con mi novio —han pasado más de un
año, pero para mí sigue siendo reciente —y a veces es difícil.
—Por eso Bilbao, ¿no?
—Sí, Lander —suspiro —pero no quiero hablar de él.
—Sea quién sea, ha salido perdiendo —me coge de la mano Eloi —pero
como estamos de fiesta, ¿por qué no brindamos?
—Por la bonita del grupo —eleva la copa Lander.
—Por Carla y su toque femenino que tanto necesitábamos —me guiña
un ojo Eloi.
—Por la princesa del grupo.
—Por mí —suelto una carcajada y brindamos.
Sin duda lo mejor que me ha pasado ha sido conocer a Gael y abrirme su
mundo tan desinteresadamente. Saco el móvil y les pido que nos hagamos
una foto para el recuerdo, ya se la pasaré a las chicas para que les pongan
cara porque no paro de mencionarlos últimamente.
Tras la cena vamos a la discoteca del momento para seguir bebiendo y
pasarlo bien. Gael pilla un reservado y pedimos una botella de champán
mientras hablamos de nuestras cosas.
—En breve me voy —nos informa Eloi.
—¿Por qué? —estoy un poco borracha —aún es muy temprano.
—Mañana tengo una sesión de fotos y la resaca puede matarme.
—No seas aburrido, tío —se burla Lander.
—Lo dice quién tiene más vacaciones que trabajo —contraataca.
—¿Trabajas para una revista? —me intereso.
—No, voy por libre —indica —me contratan y según de quién se trate,
acepto o no.
—Entonces tienes que ser bueno para permitirte rechazar trabajos.
—¿No conoces a Eloi Vergara? —se sorprende Gael.
—¿Debería? —no sé si he metido la pata.
—Es uno de los fotógrafos más cotizados de España —explica Lander
—todas las revistas quieren que él se ocupe de las sesiones, ya que todo lo
que hace, lo convierte en éxito.
—No exageréis.
—Lo siento —me disculpo —no estoy muy metida en el mundo de la
moda.
—No te preocupes, estos son muy exagerados —le quita hierro al asunto
—en mis comienzos aceptaba todos los trabajos, pero a medida que he ido
creciendo, me he dado cuenta de que a veces más no siempre es lo mejor.
—Claro.
—Por eso soy un poco más selectivo porque lo que intento mostrar con
mi trabajo, es algo único y no quiero que vaya relacionado con un texto sin
sentido ni vulgar.
—Te entiendo —sonrío —te tengo que presentar a mi amiga.
—No estoy interesado en emparejarme —matiza.
—No, idiota —me río —lo digo porque ella sí que entiende tu trabajo, es
modelo.
—Sin ofender, pero hay muchas que se creen modelos y no lo...
—Mi amiga sí lo es —la defiendo —que no te escuche —cojo mi móvil
y busco una foto de ella para enseñarla —es esta.
—¿Tu amiga es Lucía Bianchi? —se asombra.
—¿La conoces?
—¿Quién no conoce a esta preciosidad? —elevo una ceja y escucho
bufar a Gael —hace un año estuve a punto de conseguir una sesión con ella,
pero finalmente no pudo ser.
—No lo sabía —me siento orgullosa de ella —¿aún te sigue interesando?
—¿En serio lo pregunta? —bufa —todos los fotógrafos estarían
interesados en fotografiarla, incluso matarían.
—¿Y tú?
—Yo no soy cualquier fotógrafo y no me rebajo Carla.
—Por suerte, para ti, viaja a Bilbao la semana que viene y si quieres,
puedo presentártela y lo que surja.
—A ver quien es —hemos despertado la curiosidad de Lander —está
muy buena.
—No hables así de ella —le regaño.
—Lo que tiene de bonita lo tiene de maleducada y si le sumamos que es
insoportable, la típica modelo engreída...
—Gael —le regaño —Lucía es increíble —sentencio —cuando llegue os
la presento a ambos.
—Adelante.
Dejamos a un lado el tema de Lucía y seguimos disfrutando de la noche
como merecemos, Eloi es el primero en irse y acabamos la fiesta en casa de
Gael, donde Lander y yo terminamos dormidos en el sofá sin poder
movernos.
Veintiuno
Camino por el centro comercial comiéndome un helado de vainilla y
chocolate, he decidido pasar el sábado de tiendas para no aburrirme en casa.
Gael ha desaparecido y tampoco quiero que esté siempre conmigo porque
tiene su vida y no sería justo para él tener que cargar conmigo.
Miro el reloj y ya son las seis de la tarde, el tiempo vuela.
Me termino el helado sin saber qué hacer, ¿voy al cine? Están echando
algunas películas que tienen muy buena pinta, pero odio ir al cine sola,
siempre me acompañaba él.
Me giro y veo a un chico que por un momento pienso que es él, intento
alcanzarlo, pero al esquivar a varias personas, termino perdiéndolo.
—Estoy obsesionada.
Creo que ya es el momento de volver a casa, camino con las bolsas de
las compras hacia la salida para coger un taxi que me lleve a casa y quizás
pasar el resto de la tarde en el sofá intentando no pensar en el pasado, en él.
Veo al taxi acercándose donde estoy y elevo la mano para pararlo. Frena,
abro la puerta y entro en la parte de atrás, intento cerrar la puerta para irme
de una vez, pero una persona me lo impide.
—Este taxi es mío, seño... —sus palabras mueren en su boca —¿Carla?
—¿Qué haces aquí? —¿es fruto de mi imaginación?
—¿Vais a compartir el taxi? —nos pregunta el taxista.
—Eh —no sé qué decir, estoy en shock —no, disculpa —me bajo y pago
el importe que marca el taxímetro —¿qué haces aquí?
—He venido a impartir un seminario que...
—¿Por qué no me has dicho que estabas aquí? —le interrumpo aun sin
saber como actuar, ¿estoy enfadaba porque mi ex no me ha llamado? —lo
siento.
—Vamos a tomarnos algo y así nos ponemos al día —me ofrece y
acepto.
Está aquí, a dos centímetros de distancia y algo dentro de mí se
despierta. Está más guapo que nunca, o son mis ojos que siguen viéndolo
especial porque, aunque pase el tiempo, no lo he olvidado.
Veintidós
—Estás muy guapa, Carla —me pongo roja y le noto sonreír por mi
reacción.
—Gracias —intento controlar las mariposas.
Estamos en una cafetería del centro comercial tomándonos algo, yo un té
y él una cerveza. Este momento me parece irreal, él, yo, en Bilbao, después
de la última vez que no vimos, después de hacer el amor como lo hicimos.
Después de su nota que me rompió el corazón.
—¿Cómo te va por aquí? —pregunta como si nada, como si hubiéramos
sido amigo de toda la vida.
—Muy bien y estoy conociendo a personas maravillosas —confieso
intentando ver algo en él, que le moleste o que simplemente me echa de
menos.
—Me alegro mucho —sonríe —no esperaba menos de ti Carla, eres tan
encantadora que consigue que todas las personas que te conocen, se queden
embelesados con tu personalidad.
—Contigo costó demasiado —indico.
—Porque soy un imbécil que quería autoengañarme y dejar de pensar en
la hermana pequeña de mi mejor amigo —sonríe recordando esa época —y
no me lo habías puesto fácil.
—No, y tenías que caer cuando por fin asumí que nunca habrá un
nosotros.
—Lo que te decía, un imbécil —le brillan los ojos tanto que iluminan
toda la estancia.
—¿Y tú qué tal por Madrid?
¿Tienes novia?
¿Estás conociendo a alguien?
¿Me has olvidado?
¿Me echas de menos?
—Bien, estoy dirigiendo el departamento de pediatría y doy seminarios
por diferentes provincias de España.
—Suena interesante —me alegro por él —siempre supe que serías un
gran médico.
—Sudor y lágrimas me ha costado —confiesa.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana a las seis de la tarde.
—¿Por qué no me has avisado? —me atrevo a preguntar.
—Carla... —bebe de su cerveza —te vi con él.
—¿Qué? —no entiendo nada.
—Fui a tu casa, te estuve esperando toda la noche hasta que te vi con él
y con otro chico entrando a tu casa y entonces me fui.
—Yo... —me quedo callada sin saber qué decir—no es lo que parece.
—No tiene que darme explicaciones, te vi bien, riéndote y me alegro.
Me encantaría decirle que no hay nada, que vivimos en el mismo bloque
y que solo somos amigos, pero no le veo interesado por querer matizar mi
relación con Gael.
—¿Tienes planes para esta noche?
—Tengo cena con los del seminario —explica —algo rutinario y
aburrido.
—Claro, entiendo —¿qué le puedo decir? —¿qué tal Marcos y los
chicos?
—Mi hermano, como siempre, es una persona maravillosa y los chicos
—sonríe de verdad —están bien que es lo que importa.
—Claro, es lo que importa —bebo de mi té para no decir alguna burrada
—tengo que irme —me pongo de pie —me ha encantado verte —también
se levanta y da un paso hacia delante.
No sabemos como actual, nos quedamos mirándonos y finalmente me da
un beso en la mejilla que me sabe a poco.
—Adiós, Carla —me mira tan profundamente que me tiembla todo el
cuerpo —cuídate.
—Adiós —finjo una sonrisa y me voy con mis bolsas.
¿Qué ha pasado?
No lo sé, no entiendo nada, pero siento un vacío en el corazón que no
logro descubrir el motivo. Estoy bien, soy feliz aquí, pero ha sido verle y
descolocar todas mis ideas.
He vuelto a ser la chica de doce años que estaba enamorada del mejor
amigo de su hermano y que la ignoraba. La que sentía mariposas en el
estómago, la que se ruboriza por sus piropos y la que sentía que le falta el
aire cuando lo tenía a menos de dos centímetros.
He vuelto a ser la Carla de antes y siento que le he perdonado, que ya no
me duele su recuerdo, que ya no siento rabia ni frustración.
He vuelto a ser la Carla que se moría de ganas de que la mirara con ese
brillo tan característico de sus ojos y ser la causante de sus sonrisas.
Paro de repente y me doy la vuelta corriendo para buscarle, no puedo
despedirme de él así, no puedo.
—Pablo —le llamo, su nombre en mis labios sabe a casa —Pablo.
Frunce el ceño sin entender y me lanzo a sus brazos, no quiero terminar
así, no con él.
—Te he perdonado —susurro llorando —te he perdonado.
—Carla —se aparta unos centímetros y sus ojos brillan de otra manera
—¿qué significa eso?
—No quiero odiarte —hago un puchero —quiero que seas feliz y que no
estemos incómodos cuando estemos en el mismo espacio —suspiro —ya no
me duele decir tu nombre —sonrío con tristeza —ya no se me rompe el
corazón al pensar en ti —me sincero —te perdono y quiero que intentemos
ser amigos.
—¿Amigos? —frunce el ceño.
—Sí, amigos, ¿quieres?
—Carla... —sus manos se colocan sobre mis mejillas —tengo que irme
—me da un beso en la frente —cuídate y quiero que sepas que siempre
podrás contar conmigo —cierro los ojos porque no quiero que se vaya —sé
feliz, te lo mereces, rubia.
Me suelta y se va sin volver a mirarme, sin volver a girarse, aunque me
muera de ganas de que lo haga porque tengo que ver esos ojos una vez más.
—Por favor, girarte, Pablo —suplico —por favor.
Pero cuando llega a la esquina y no lo hace, suelto el aire.
—No lo harás —me muerdo el labio inferior —vamos.
Y entonces se gira, lo hace justo antes de desaparecer y algo dentro de
mí crece, quizás no todo está perdido, ¿no?
—Quien me entiende.
Estoy en casa de Gael tirada en su sofá llorando como una niña de ocho
años.
¿Quién es capaz de comprenderme?
Nadie, pero lo sufre la única persona en la que confío, mi mejor amigo,
Gael.
—¿Quieres dejar de llorar? —implora, pero le ignoro —¿me quieres
contar lo que ha pasado?
—No puedo —llevo más de media hora llorando sobre su sofá y
diciendo la misma frase.
—¿Entonces este es tu plan? —señala —llorar en mi sofá y tener que
aguantarte.
—Sí —hago un mohín.
—Entonces te dejo a solas para que llores en silencio, ya que no me
quieres contarme —se da la vuelta.
—No, por favor—le agarro de la mano —no te vayas.
—¿Me lo vas a contar?
—Pablo está aquí.
—¿Aquí dónde? —frunce el ceño y me mira.
—En Bilbao —confieso —me lo he encontrado en el centro comercial y
hemos hablado.
Comienzo a contarle todo lo que ha pasado, lo que hemos hablado, lo
que he sentido y como nos hemos despedido. Se ha ido sin querer ser mi
amigo y eso me ha dolido porque quiero que esté en mi vida.
—A ver princesa —me limpia las lágrimas y me abraza, aunque no
quiera —¿qué esperabas?
—No lo sé.
—A mí todo el rollo del seminario me suena a excusa —frunzo el ceño
—ha venido a por ti, te ha visto entrar conmigo en el mismo edificio y se ha
hecho suposiciones erróneas —explica —y lo de que le perdonas y que
quieres ser su amiga, ¿qué esperabas, princesa? —hago un puchero —él no
quiere ser tu amigo y si de verdad te quiere, da un paso atrás para que seas
feliz, y eso es lo que ha hecho.
—¿Qué quieres decir?
—Que perfectamente podría haber jugado sus cartas y hacer que
volvieras con él, pero, sin embargo —me pongo nerviosa —se ha dado
cuenta de que eres feliz y que no le necesitas —no puedo dejar de llorar —y
por se ha echado a un lado, aun sabiendo que te quiere y que no puede vivir
sin ti.
—¿Qué hago, Gael? —necesito ayuda —siento que he vuelto a ser la
chica de doce años que se moría por el chico que pasaba de ella.
—Él no pasa de ti, pero no te adelantes —me mira a los ojos.
—¿Qué hago?
—Ve con calma, si has estado tanto tiempo sin él para poder pasar
página —indica —no te precipites, piénsalo, ve poco a poco y si tiene que
ser —me sonríe —será.
—Te quiero.
—Deja de llorar, princesa —me abraza fuerte y me siento un poco mejor
entre sus brazos.
Veintitrés
—Lucía —grito corriendo hacia ella —como te he echado de menos.
—Y yo cariño —por fin está aquí —por poco consigo que Carolina me
acompañe, pero su padre en el último momento me estropeó el plan.
—Que pena —suspiro —hubiera sido increíble.
—La próxima vez tienes que viajar a Madrid.
—Lo prometo —sonrío.
—¿Cómo? —me analiza —¿dónde has dejado él no puedo?
—Tengo muchas cosas que contarte.
—Vámonos ya —exige y como echaba de menos su autoridad.
El taxi nos deja frente al portal y le pago rápido porque quiero llegar a
casa para ponernos al día. Lucía alucina con el edificio y no me extraña, le
ha pasado igual que a mí.
—Bienvenida a mi hogar —la invito a pasar cuando llegamos.
—Vaya —silva —has tenido que acostarte con el jefazo para pagarlo.
—No idiota —me río —he conseguido un buen precio sin tener que
acostarme con nadie —le guiño el ojo —vamos a dejar tus cosas en la
habitación.
—Claro —arrastro su maleta y le enseño toda la casa —nada que ver con
tu pisito de Madrid —se burla.
—Nada que ver —me pongo tensa al recordar mi casa.
—¿Estás bien? —me abraza —hiciste bien en venderla, te hacía daño.
—Lo sé, pero solo imaginar que alguien duerme en mi cama donde
tantas veces he...
—Deja de pensar en eso.
¿Me he arrepentido de vender mi casa?
La respuesta es fácil, sí.
Era nuestro lugar, donde tantas veces he sido tan feliz y ahora hay
alguien viviendo en esas cuatro paredes que lleva su nombre y eso me
mata.
—Deja de pensar y cuéntame todo —se sienta sobre el sofá —pero antes
sé buena amiga y ofréceme algo de beber, ¿tienes vino?
—No —no suelo beber —lo siento.
—Luego le pondremos remedio —le quita importancia —¿algo con
alcohol?
—Te traigo una cerveza.
Cojo dos cervezas de la nevera y me siento en frente de ella para
ponernos al día. A medida que le cuento lo que ocurrió con Pablo, más
alucina.
—¿Amigos? —suelta una carcajada —le has matado, Carla.
—No digas eso —frunzo el ceño —no sabía qué decir.
—Vamos a mi casa a echar un polvo, ¿por ejemplo? —por poco escupo
la cerveza —no lo sé Carla, pero pasito a pasito se consiguen las cosas —
me apoya —ya has dado un paso gigantesco al perdonarlo, ahora deja que
las cosas fluyan y que pase lo que tenga que pasar sin tener que forzar
nada.
—Me has dicho lo mismo que Gael.
—No me hables de ese capullo y menos sin alcohol.
—Si le dieras una oportunidad, te caería genial.
—Lo único que quiero es que le caiga una macera en la cabeza.
—Eres increíble —suspiro.
Pasamos el resto de la tarde en casa hablando de nuestras cosas, ella me
cuenta los avances con su marca de ropa, que ya no le queda nada.
—¿Y si no sale bien?
—Eres Lucía Bianchi —sonrío —lo vas a conseguir y me tienes para lo
que necesites.
—Gracias —está tensa —Carolina se va a encargar de la campaña
publicitaria —me guiña un ojo —es lo bueno de tener una amiga tan buena
—bebe de su cerveza —a Audrey le he pedido que me haga unos cuadros
para decorar la tienda y que refleje el espíritu de mi marca, y Thiago se ha
encargo del papeleo.
—En resumida cuenta, no te sirvo para nada —hago un mohín.
—Claro que sí, pero no quería molestarte —le quita importancia.
—No me molestas, siempre has estado para mí y quiero hacer lo mismo
por ti.
—Con que estés, es suficiente.
—Siempre —aseguro —¿qué más falta?
—Las fotos para subirlas a la página web y cerrar algunos asuntos con
los proveedores.
—Oye —digo —tengo al fotógrafo ideal para eso.
—¿Qué? —frunce el ceño —¿desde cuándo conoces a un fotógrafo?
—Es amigo de Gael y creo...
—No —sentencia.
—Pero...
—No, Carla, no voy a poner mi futuro en manos de un fotógrafo que no
conozco y menos si es amigo de ese capullo.
—Tienes que dejar de ser tan prejuiciosa.
—Y tú de ser amiga de él.
—No quiero pelear, así que, ¿salimos esta noche?
—Obvio —sonríe por fin —he venido a despejarme y a pasarlo bien.
—Es lo que haremos.
Se me ocurre una idea, pienso mandarle a Eloi mi ubicación para que nos
encontremos casualmente y entonces ella podrá descubrir que es un gran
profesional.
—Por nosotras —brindamos —y por tu estancia en Bilbao.
Estamos en mi restaurante favorito, lo descubrí gracias a Gael y era
imposible ir a otro que no sea este. Quería que nuestra primera noche fuera
especial y más con la sorpresa que le tengo.
—Este lugar es mágico —indico.
—Sí, es precioso.
—La próxima vez vendremos con las chicas.
—Sería genial, aunque no sé si podremos cuadrar los días.
—Cierto —digo.
—¿Carla? —finjo sorpresa —¿qué haces aquí?
—Hola, Eloi —me levanto y le doy un beso —he quedado con mi amiga
—la miro —Lucía, este es Eloi, un amigo.
—Hola —sonríe y se pone de pie para darse dos besos —encantada.
—Os dejo que supongo que estaréis ocupadas —finge y lo hace de
muerte.
—¿Alguna cita?
—Trabajo, aunque ya he terminado.
—¿Por qué no te tomas algo con nosotras? —propongo.
—No quiero molestar.
—No lo haces, ¿a qué no Lucía?
—No, claro que no —le analiza y sé que le ha gustado.
—Entonces me tomo una copa con vosotras.
Se sienta entre Lucía y yo y llama al camarero para que le sirva una copa
de vino.
Por el momento todo está saliendo a la perfección,
—Lucía vino a pasar unos días para conocer la ciudad —explico.
—¿Y qué tal la experiencia? —pregunta educado —¿te está gustando?
—Realmente no he visto nada, acabo de llegar —eleva la copa —pero ya
he estado en otras ocasiones y sí, es una ciudad preciosa.
—Me quedo más tranquilo —sonríe y qué guapo es.
—¿Tenías alguna reunión de trabajo? —me intereso para sacar el tema.
—Sí, lo típico —suspira —pero no quiero aburrir a tu amiga con temas
laborales.
—¿A qué te dedicas? —se interesa —¿trabajas con Carla?
—Soy fotógrafo.
—¿Fotógrafo? —me mira elevando una ceja y me ha pillado —¿amigo
del capullo?
—¿Capullo? —frunce el ceño sin entender.
—Lucía —la regaño —se refiere a Gael.
—¿En serio? —suelta una carcajada —ese soy yo.
—Por cierto, Lucía, ¿tú no estabas buscando un fotógrafo para tu marca?
—me asesina con la mirada —Eloi es increíblemente bueno.
—No quiero molestarle, estará muy ocupado.
—¿Tienes una marca?
—Sí, bueno estoy en ello.
—Lucía es diseñadora, además de modelo.
—¿Modelo? —la mira fingiendo que no la reconoce.
—Lucía Bianchi —se ofende.
—Aah, sí, sí —le quita importancia —creo que una vez íbamos a
trabajar juntos.
—¿De verdad? —duda intentando recordar —¿Eloi Vergara?
—El mismo —le guiña un ojo.
—Qué casualidad —se inclina hacia delante —¿por qué no lo hicimos?,
¿problemas de agendas?
—Sí, cuando podías yo no y viceversa.
—¿Oye por qué no lo hacéis ahora? —propongo.
—Tengo un compromiso con una revista —¿qué?, le mato —un
reportaje, lo típico.
—Ella se quedará varios días —le miro mal —seguro que encontráis un
hueco los dos.
—Carla, está trabajando —le quita importancia mi amiga —este mundo
es muy caótico.
—Puedo hablar con la revista y que te incluya como modelo.
—He venido a despejarme, no a trabajar.
—Una pena —le quita importancia.
—¿Hay alguna posibilidad de que incluyan sus modelos? —sugiero.
—¿Qué dices, Carla? —se ríe.
—Yo podría sacarte las fotos y comercializarla en la mejor revista de
España, nadie dice que no a la modelo del momento —le guiña un ojo.
—No sé —duda —no quiero precipitarme.
—Bueno, si no quiere que sea yo —se encoge de hombros —sin
problemas.
—No es eso —suspira —es lo más importante de mi vida y tengo que
hacerlo bien.
—Lucía, haz las fotos y ya veremos que hacemos después —le
aconsejo.
—No tengo nada aquí.
—Eso no es problema —afirma.
—¿Qué días libres tienes? —le pregunta realmente interesada.
—El domingo.
—Resérvamelo —sentencia.
—Esa es mi chica —sonrío feliz —el fotógrafo y la modelo del
momento, suena bien.
—Pues por el fotógrafo y la modelo del momento —eleva su copa Eloi.
Lucía sonríe feliz y es sin duda la chica más guapa que he visto en mi
vida. Es tan perfecta con su aura de todo poderosa que no deja que nadie
conozca su corazón, lo tiene bien protegido, pero cuando lo ves, te
enamoras de ella.
Al poco rato, Eloi se despide de nosotras y nos deja a solas para poder
hablar sin limitaciones.
—Oye, no sabía que conocías a Eloi Vergara —aún está asombrada —y
es guapísimo.
—Coincidencias de la vida, y a lo segundo, sí —sonrío —y por lo que
tengo entendido, está soltero.
—No creo que tener una aventura con el fotógrafo del momento sea lo
mejor para mi carrera —suspira.
—¿Prefieres al fotógrafo que al sexo?
—Sí —hace un mohín —es que es buenísimo.
—Me matas —nos reímos —increíble lo tuyo.
—Así soy yo.
Veinticuatro
—¿Estás nerviosa? —pregunto mientras la maquillan para el shooting de
su marca de ropa.
—No, aunque si excitada y feliz —confiesa.
—Sabía que lo conseguirías.
—¿Qué tal, chicas? —entra Eloi interrumpiéndonos —¿os queda
mucho?
—Hola —saludo —eso se lo tienes que preguntar a la profesional.
—Quince minutos como mucho.
—Gracias, Sandra, eres increíble —la piropea y se sonroja.
—El set está preparado —informa —¿cómo lo llevas, Lucía?
—Estoy bien —le guiña un ojo —con ganas de empezar.
—Merecerá la pena —afirma —perdona —saca el móvil de su bolsillo
—dime.
Se da la vuelta y nos vuelve a dejar a solas mientras habla por teléfono,
miro a Lucía mientras ultiman los últimos detalles y está preciosa.
—Gracias por estar aquí —me sonríe —gracias por conseguir todo esto.
—No me las des, el destino.
—Ya hemos terminado.
Se pone en pie y sonríe feliz, nunca la he visto así, con ese brillo en los
ojos y esa sonrisa sincera.
—Estás preciosa —confieso.
—Gracias —me abraza —empecemos, ¿no?
Sale de la sala hacia el set y vemos a Eloi con el móvil en la mano. Al
vernos, lo guardan y comienzan a trabajar mientras me quedo como
espectadora.
Eloi le indica como posar y lo que tiene que transmitir, y Lucía, como
toda una profesional, le hace caso y solo puedo pensar en la suerte que
tengo de poder verla de esta manera.
Media hora después, Eloi da por finalizada la primera ronda y la modelo
se marcha para cambiarse.
—Es buena —declara mientras mira las fotos en su MacBook —¿cuánto
he estado?, ¿veinte minutos?
—Media hora —me pongo a su espalda y las miro.
—Es tan increíble que me sobraban veinte —me guiña un ojo —pero no
se lo digas.
—Trato —apoyo mi cabeza en su hombro —aquí sale preciosa.
—No sé con cuál quedarme —suspira —me va a dar dolor de cabeza.
—Y eso que solo es la primera ronda.
Y así pasamos el día, entre fotos y fotos, y como dice Eloi, es imposible
elegir. Al terminar y mientras Lucía se cambia de ropa, Eloi insiste en
fotografiarme a mí y termina convenciéndome.
No sé dónde me estoy metiendo, pero sigo sus indicaciones y solo espero
que no queden tan mal.
—Eres adorable —afirma y me río.
—¿Hemos terminado? —le pido.
—Mírame así —me ignora —muy bien, Carla —me muerdo el labio
inferior, nerviosa —no te muevas, así, así —le hago caso —piensa en un
recuerdo que te haga feliz —me pide —a algún momento que te gustaría
volver.
Lo tengo fácil, porque puedo elegir entre millones de mis momentos
favoritos y en todas aparece él, mi Pablo.
—Joder, Carla —suspira haciendo que vuelva a la realidad.
—¿Haciéndome competencia? —sale Lucía con una sonrisa.
—Eso es imposible —cojo aire —¿nos vamos a tomar algo?
—Claro —acepta la modelo.
—Si me esperáis dos minutos, me uno.
—Y cinco, pero no más —le señalo con el dedo —¿tienes todo listo?
—Sí —aplaude Lucía —¿qué te ha parecido?
—Impresionante.
—¿De verdad?
—Claro, tonta.
—Lo tengo todo —nos interrumpe Eloi —vámonos.
Ayuda a Lucía con las maletas y vamos hacia su coche mientras
comentamos lo que ha sucedido. Durante el camino lo hacemos entre
bromas, parece que hemos formado un buen equipo y apenas nos
conocemos, pero la química ha sido brutal.
—Por cierto, invité a los chicos —nos comenta mientras nos sentamos
en la mesa.
—Sin problemas, así Lucía le pone cara a Lander.
—¿Qué te ha parecido la sesión? —le pregunta.
—Eres muy buena, Lucía —se pone serio —y tu marca será un éxito
porque además de ser prendas preciosas, todas querrán ponérselo para que
le queden igual que a ti.
—No exageres —sonríe.
—Una modelo poco vanidosa —se asombra —no pierdas ese brillo,
siempre haz lo que te haga feliz y llegarás lejos.
—Gracias.
El camarero nos interrumpe para tomarnos nota y Eloi escoge por
nosotras los mejores platos del local.
—Buenas noches —nos interrumpe Lander —tú tienes que ser Lucía.
—Esa soy yo —se pone de pie y se saludan con dos besos.
—Lander —se presenta —¿qué tal, Carlita?
—¿Y tú, Landito? —hago un mohín.
—Ahora mejor —será seductor.
Toma asiento y llama al camarero para pedir otra copa de vino.
Comenzamos hablar y a contarle la sesión que hemos tenido y nos escucha
con educación.
Lucía se queda en un segundo plano porque no tiene esa confianza como
la que tiene con Eloi y es muy reservada, pero espero que la química surja.
Los platos llegan y la conversación con ella.
Eloi nos explica que en dos semanas como mucho tendrá las fotos lista y
él se ocupará de todo siempre y cuando si Lucía está de acuerdo.
—¿A qué te dedicas? —le pregunta a Lander interesada.
—Soy profesor de matemáticas en un instituto.
—¿Profesor? —eleva una ceja —no te pega.
—Es el profe sexi del instituto —indico —ojalá haber tenido un profesor
así, solo sacaríamos diez.
—No exageres, Carlita —le saco la lengua.
—Guapo eres un poco —confiesa la italiana —así que no vayas de
humilde que no te pega —le indica señalándole con el tenedor.
—Culpable —le guiña un ojo y frunzo el ceño por cómo se miran.
—Buenas noches —saluda Gael y le sonrío —gracias por esperarme.
—Hubieras venido antes —le acuso.
—No podía, princesa —me quita el tenedor con el trozo de carne y se lo
mete en la boca —qué rico.
—Gracias —me quejo y me sonríe.
Lucía le mira mal, pero no dice nada y lo agradezco. Supongo que no
sacará ese carácter italiano delante de Eloi y Lander porque ellos sí que les
ha caído bien.
Le ignora como si no estuviera y él hace lo mismo con ella.
A ninguno de nosotros nos pasa inadvertido la situación, aunque soy la
única que conozco el motivo de su mal rollo.
—¿Qué os pasa? —pregunta Eloi —¿habéis tenido algo o qué?
—¿Qué? —frunce el ceño Lucía —no es mi tipo.
—Solo es un poco maleducada.
—Y tú un cretino.
—Parad, por favor —les pido —llevemos la noche en paz.
—¿Entonces nos habéis tenido nada de nada? —se interesa Lander.
—No.
—No.
Dicen a la vez y me río, creo que se parecen tanto que por eso se llevan
tan mal.
—Carlita —me llama Lander —¿al final que pasó con Pablo?
—Lander —me quejo como una niña pequeña —lo último que supe de
él, fue lo que os conté.
—¿No te ha escrito?
—No, y no creo que lo haga —suspiro.
—Le dijo que fueran amigos —me critica Lucía.
—Le has matado —me abraza Eloi por los hombros —me gustaría
conocerle, ponerle cara.
—¿Podemos cambiar de tema?
—Seguramente tenga que viajar a Madrid para cerrar el asunto con
Lucía.
—Pues quizás te lo presente —se ofrece mi amiga.
—¿En serio? —no entiendo nada.
—¿Pero por qué tienes que viajar a Madrid? —pregunta Gael.
—Porque tenemos que cerrar las cosas y mostrar el trabajo.
—Pues que vuelva ella.
—Es una opción, pero me comentó que quería hacer fotos del interior
del local para la página web —explica —así cerramos todo.
—Exacto —le sonríe —hoy lo celebramos y mañana me dices que te
debo —le quita importancia.
—¿Qué dices? —frunce el ceño.
—Trabajo es trabajo y el tuyo lo vale.
—Es mutuo, yo también gano al ser yo quien fotografíe tu línea de ropa.
—No pienso dejar que lo hagas gratis.
—Ni yo que me pagues —sentencia.
—¿Puedes ser racional?
—¿Y tú?
—¿Queréis parar? —suspira Gael —si os beneficia a los dos, pues
dejarlo así —cierra el asunto.
Lucía le mira mal y cambiamos de tema.
Gracias a dios no se produce ningún enfrenamiento entre ellos durante la
cena y sorprendentemente, la disfrutamos y nos divertimos mucho.
Lo que tengo claro es que el único que no le ha caído bien a Lucía, es
Gael, porque con Lander y Eloi se llevan genial y he notado unas miradas
entre Lander y ella que no sé cómo interpretar.
Ya le preguntaré cuando estemos a solas y que pase lo que tenga que
pasar porque son solteros y jóvenes.
Veinticinco
Echo de menos a Lucía, me gustaba como era mi casa con ella dentro.
Me gustaba la piña que hemos conseguido con los chicos y me da pena que
todo lo bueno se acabe y ahora me encuentro sola en estas cuatro paredes.
No se puede tener todo en la vida.
A ella tampoco le hacía mucha ilusión volver a Madrid, pero tenía que
cerrar algunos asuntos con su marca y no se podía quedarse más tiempo,
aunque le hubiera encantado.
Como imaginaba, me confesó que le encantó Lander, que le parecía un
hombre muy guapo y sexi, además de interesante y misterioso. Por lo que
me comentó, solo se dieron cuatro besos tontos, aprovechado que ninguno
de nosotros estábamos, y que se ha quedado con ganas de más.
¿Cuándo fue la última vez que un hombre le pareció interesante? Creo
que desde hace mucho tiempo, es muy exigente, siempre busca algo más,
algo diferente y difícil de encontrar, y parece que con Lander lo ha
encontrado.
—¿Comemos juntos, princesa?
—Solo si dejas de llamarme así —gruño.
—Entonces, no —me guiña un ojo y sale de mi despacho.
Es insoportable, pero es el único que me saca una sonrisa en estos
momentos tan complicados. Cojo el iPhone y vuelvo a abrir la conversación
de Pablo para ver su imagen, ya no me tiene a mí, ya no salimos nosotros
como siempre tenía.
Amplío la foto y sonrío, ¿cómo puede ser tan guapo?
Es la única persona que me trastorna, le echo de menos; echo de menos
estar con él, besarle, abrazarle, hablarle y tener nuestras conversaciones
íntimas de madrugada.
Escribo un hola, ¿qué tal estás?, pero como siempre, nunca le doy a
enviar. No me atrevo, soy una cobarde.
Mientras borro cada palabra, veo que se conecta y se me para el
corazón.
¿También abrirá mi chat?
¿También me echará de menos?
¿Le gustaría hablarme?
Salgo de su conversación porque no quiero darle más vueltas.
Los días pasan y no me puedo sacar a Pablo de la cabeza, últimamente
hablo con las chicas para que me den información sobre él, pero apenas lo
ven y poco me pueden decir.
No sé qué me pasa.
Nadie me pregunta el motivo, supongo que todas sabrán que estoy muy
perdida y que no sé cómo actuar. Desde que le he perdonado, me siento
liberada y a la vez perdida.
—Te pago por trabajar —me critica Gael —no para estar en las nubes.
—¿Qué necesitas? —contesto un poco borde porque no estoy para su
ironía.
—Reserva dos billetes para Madrid —dice sin ganas —para el jueves y
con vuelta abierta.
—¿Y eso? —frunzo el ceño.
—Por si el viernes cierro el asunto y vuelvo directamente sin tener que
pasar el fin de semana en la capital.
—Que poco entusiasmo —me llevo una mirada de advertencia —¿el
hotel, el de siempre?
—Sí, saca dos habitaciones —me mira y no le entiendo —ya no tienes
casa, ¿no?
—No lo había pensado —suspiro —pero no hace falta, puedo ir a casa
de mis padres.
—Vale —da un paso hacia atrás —ahora a trabajar.
Cuando vuelvo a estar a solas, cojo aire para mentalizarme. Vuelvo a
Madrid, aunque sea para unos días, pero es la primera vez que me hace
ilusión.
Llevo casi siete meses sin pisar la capital, sin caminar por sus calles y
sin estar con los míos, y creo que es el tiempo suficiente para volver y
empaparme de ellos.
Lo primero que hago es reservar dos billetes a primera hora destino
Madrid, lo segundo, abro el chat que tengo con las chicas y comienzo a
teclear.
Carla:
¿Qué hacéis el jueves por la noche?
Carolina:
Descansar seguramente de un día
de trabajo agotador.
Audrey:
¿Sexo?
Lucía:
¿Quieres dejar de decir eso?
Victoria:
Tienes la piel muy fina
Carla:
¿Quedamos?
Audrey:
¿Por videollamada?
Lucía:
¿Mensajes de humos?
Carolina:
¿Nos estás invitando a ir?
Carla:
No, acabo de reservar
un billete destino Madrid
Lucía:
¿Qué?
¿estás de broma?
Audrey:
No juegues con eso.
Carolina:
Júralo.
Victoria:
Es verdad,
Gael viene a tratar unos asuntos
Carla:
Reservarme la noche
ahora os dejo.
Sonrío como si fuera tonta y comienzo a trabajar antes de que aparezca
el gruñón de mi jefe y vuelva a decirme esos comentarios que tanto odio.
Estoy contenta y entusiasmada, vuelvo a Madrid, a mi hogar, con mi
familia y donde él está.
Donde está Pablo.
Veintiséis
—Pásame el informe, Carla —me ordena Gael.
Estamos en Madrid, concretamente en el despacho que ocupó durante su
estancia en la sede. Hemos tenido reunión con mi hermano nada más
aterrizar y por lo que entendí, quieren hacerse con un proyecto ambicioso y
van a trabajar en equipo.
Lo que conlleva que como mínimo me quedaré hasta la semana que
viene y eso me gusta.
—¿Algo más? —pregunto antes de que me ordene otra cosa —¿necesitas
ayuda con algo?
—Sí —gruñe —¿por qué no comienzas hacer el estudio de mercado?, y
así adelantamos.
—Claro —sonrío —me voy al despacho que ocupé la última vez y así
estás más cómodo.
—Perfecto —no me mira, sigue pendiente de lo que pone el informe —
lo quiero para hoy.
—Y lo tendrás —le saco la lengua porque sé que no puede verme.
Salgo de su despacho con calma, independientemente del nivel de estrés
que supone este proyecto, me alegro de que estemos aquí y pienso
aprovecharlo.
Me pongo con la tarea que me asignó y mejor no perder el tiempo
porque ya lo conozco y sé que en dos horas preguntará y mejor tenerlo listo
para no escuchar su sermón.
Me concentro y comienzo analizar todo lo referente al proyecto, a leer
todos los informes y empaparme de él.
Tengo que saberlo todo, como si lo hubiera creado yo y así plasmarlo en
el documento que está aún completamente vacío, y que poco a poco espero
rellenar para que el gruñón de mi jefe, no diga nada negativo.
***
—No pienso tomarme otra copa —suspiro cuando el camarero nos trae
otra botella de vino —mañana trabajo y no quiero tener resaca.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan aburrida? —me critica la modelo.
—Desde que ocupo un puesto más interesante que requiere el cien por
cien —me defiendo.
—Lo que decía, una aburrida.
—Déjala —se burla Carolina —me tomo yo la otra copa —me guiña un
ojo —mañana tengo reunión con papá y será insoportable.
—Mándalo al cuerno y empieza un nuevo camino —le aconseja Lucía
—eres increíble y tu padre lo sabe, pero tiene que dejar de comportarse
como papá y jefe a la vez.
—Opino lo mismo, además Gael te ofreció un puesto en la empresa —le
recuerdo —sería genial trabajar juntas.
—Vives en Bilbao —indica Lucía.
—Puede trasladarse —le saco la lengua.
—Ni hablar —sentencia —ya se ha llevado una amiga, no voy a permitir
que me robe otra.
—Oye —nos frena Carolina —estoy aquí —se queja —y no puedo irme
—suspira —aunque a veces me encantaría, tengo una responsabilidad con
él que me lo impide.
—Tienes que estar en el lugar que te apetece estar.
—Y lo estoy Lucía —responde segura —es mi empresa, claro que quiero
que crezca y mejore, y papá solo intenta que aprenda lo más rápido posible,
aunque su forma de hacerlo me saque de quicio.
—Eres joven, no tienes que vivir la vida de una empresaria de cincuenta
—a veces su padre organiza compromisos que limita la vida social de
Carolina, impidiéndole que pueda hacer planes diferentes —tienes que
disfrutar.
—Lo sé Carla, intentaré tener menos responsabilidades, aunque no os
prometo nada.
—Por cierto, ¿cuándo es la gran inauguración? —estoy ansiosa.
—Pues el sábado viene Eloi para cerrar los asuntos pendientes —
informa haciéndose la interesante —realizaremos las últimas fotos, según
él, ya tiene el reportaje cerrado y que será un éxito —se cruza de hombros
quitándole importancia —después de eso, creo que en tres semanas o un
mes, será.
—Estoy tan feliz por ti —sonríe Carolina.
—No me hago ilusiones que luego pasa lo que pasa.
—Oye —la freno —será un éxito y poco a poco cumplirás tu sueño,
modelo y diseñadora de éxito.
—Por la modelo y diseñadora —eleva la copa Carolina.
—Por mí —sonríe.
—Chicas —nos interrumpe Audrey —ya estoy aquí.
—Te hemos invitado a ti, no a tu novio —suspira Lucía al darse cuenta
de que la acompaña su hermano.
—Buenas noches, chicas —me mira —¿qué tal Carla? —me da un beso
—me alegro verte después de tanto tiempo.
—Y yo —le hacemos sitio para que se sienten con nosotras.
—Una cerveza para mí y agua para ella.
—Thiago —se queja Audrey.
—Mañana me lo agradecerás —responde con ese aire sexi y sonríe como
una tonta.
—¿Qué tal la cena? —me intereso.
—Bastante bien, Audrey cerró otra exposición en Barcelona y lo hemos
celebrado —explica —y se empeñó en venir para terminar la noche.
—Es que es una de las nuestras —explico —Audrey, felicidades.
—Gracias —sonríe feliz —por supuesto estáis invitadas.
—Ya nos dirás fechas para cuadras agendas —indica Carolina —estoy
tan orgullosa de vosotras, hemos conseguido lo que soñábamos, ¿no?
—Sí —hace un mohín adorable Audrey —¿quién lo diría?
—Yo estoy en proceso —responde Lucía, prudente.
—Pues habrá que brindar por vosotras —propone Thiago, que desde que
está con Audrey, ha dejado a un lado su parte más oscuro.
—Buenas noches, chicas —nos saluda Marcos y sonrío de verdad —
pequeña Aguilar, ven a mis brazos.
—No cambias —me levanto y le abrazo —te echo de menos.
—Y yo a ti —me da un beso en la cabeza —¿qué tal por ahí?
—Muy bien —le guiño un ojo —¿y tú?
—Como siempre —se sienta al lado de Carolina y pide una cerveza.
—¿Desde cuándo una noche de chicas se ha convertido en esto? —bufa
la italiana —qué manera de cortar el rollo.
—Lucía —le regaña Thiago.
—¿Este sábado hacemos algo? —sugiere Marcos —algo diferente, no
salir a tomarnos una copa como siempre.
—¿Qué propones? —me interesa porque eso significaría que lo vería de
nuevo.
—Irnos a la playa, aunque lo veo difícil —me guiña un ojo.
—¿Por qué? —sonríe Thiago —vámonos unos días.
—¿Lo decís en serio? —frunzo el ceño —¿dónde?
—¿Marbella, Ibiza, Tenerife? —apunta sonriendo.
—Sí, sí, sí —grita Audrey —necesito playa, odio Madrid.
—¿Estáis en serio? —¿desde cuándo están tan interesados en viajar?
—Podemos ir el viernes por la tarde y volver el domingo a última hora
para aprovechar estos dos días —añade Marcos.
—¿Por qué no vamos una semana? —qué, ¿Thiago ha dicho eso? —
agosto es el mejor mes para eso.
—Trabajamos —suspiro —aunque me encantaría.
—Yo puedo escaparme unos días, es lo bueno ser mi propio jefe —
comenta Marcos.
—Nosotros también nos apuntamos —indica Thiago —¿chicas?
—Yo no creo que pueda —hago un mohín.
—Vamos, chicas, por favor —nos pide Audrey.
—Estáis locos, ¿tú puedes Carolina? —pregunto.
—Tendría que cerrar unas cosas, pero en principio sí.
—Esperad un segundo —nos corta Thiago sacando el móvil del bolsillo
y poniéndose en pie.
—¿Este de qué va? —frunzo el ceño —sois increíbles.
Thiago vuelve a los pocos minutos sin reflejar nada en su mirada. Le
preguntamos y solo comenta que en breve sabremos más haciéndose el
interesante y sacándonos de quicio.
Media hora después aparece Gael junto a Martín y Victoria, y miro a
Thiago.
—Hola —saludan y cogen otra mesa para unirlas y sentarse.
—¿A qué se debe tu llamada? —pregunta Martín —estábamos en una
cena de negocios.
Es verdad, pude escaparme porque prefería salir con las chicas que ir
como acompañante a una cena en la que no voy a abrir la boca, no me
apetecía mucho.
—Nos vamos de viaje —informa de repente Thiago —unos días y tenéis
que venir.
—No puedo —rechaza Martín —estoy en algo importante y tengo que
trabajar.
—¿Qué necesitas?
—¿Cómo? —no entiende la pregunta.
—¿Qué necesitas para trabajar? —se pone cómodo —el ordenador, el
expediente y tu cerebro, ¿no?
—Entre otras cosas.
—Puedes trasladar tu despacho a cualquier hotel.
—Thiago...
—Decidido, nos vamos.
Me quedo con la boca abierta, ¿desde cuándo es tan mandón? <<Desde
siempre, así que no entiendo por qué me sorprende>>
Me recuerda mi subconsciente y tiene razón.
Miro a Gael, pero está pendiente de la conversación de Thiago y Martín.
—Victoria, ¿tienes algo pendiente?
—No —responde con una sonrisa —y unos días lejos de aquí me vendría
genial, así que me apunto.
—Bien —le felicita Marcos —¿Gael?
—No creo que el viaje sea la mejor opción, Martín.
—Pienso lo mismo —responde mi hermano —el proyecto es muy
importante.
—Cariño, Thiago, tiene razón, puedes trabajar en el hotel con Gael —
intenta convencerle mi cuñada.
—Es verdad —me hago la tonta porque si ellos van, yo también.
—No seáis aburrido, si necesitáis cualquier cosa, siempre podéis recurrir
a los aparatos tecnológicos —añade Thiago.
—Dicho así, ¿qué opinas Gael? —le pregunta Martín.
—Que a las malas, cogemos un avión —sonrío.
—Pues esta noche saco los billetes, nos vamos mañana a última hora —
informa Thiago.
—¿Por qué no a primera hora para aprovechar el día? —añade Audrey.
—Yo no puedo pequeña Corberó, pero podéis ir vosotros y luego me
uno.
—Yo igual —comenta Carolina —además, no sé si podré ir.
—Nosotros podemos —responde Victoria —¿cariño?
—Sí, mejor por el día para acomodarnos.
—Pues decidido, ¿vamos todos menos Carolina y Marcos? —pregunta
Thiago.
—Yo no puedo, tengo una sesión de fotos el sábado —indica Lucía.
—Es verdad —lo comentó antes —¿no lo puedes hacer en la playa?
—Carla —me mira mal —si puedo me uno el mismo sábado o domingo,
si no, disfrutad.
—Aburrida —la critico.
Cogemos las cervezas y brindamos por la decisión que acabamos de
tomar, irnos unos días para estar todos es la mejor idea que hemos podido
tener y me muero de ganas de que sea mañana.
Al poco rato, nos despedimos para preparar las cosas porque a primera
hora cogemos un avión rumbo Tenerife, al paraíso.
Veintisiete
—Estoy en la gloria —suspiro —no quiero que pase el tiempo.
—Totalmente —me mira Audrey con sus espectaculares ojos —lo que se
están perdiendo Victoria, Martín y Gael.
—He tenido suerte —sonrío —porque estar en el hotel es lo que menos
me apetecía hacer.
—Mi primo te tiene muy consentida —me mira —¿tú y él?
—¿Qué? —me río —no, solo somos amigos.
—¿De verdad? —me estudia.
—De la buena —sonrío —hemos conectado.
—Te vas a quemar —nos asusta Thiago —déjame que te eche crema.
—¿Por qué no mejor nos metemos en el mar? —se pone de pie y le da
un beso rápido —el último en llegar es tonto.
Sale corriendo, pero en dos segundos Thiago la alcanza y la coge como
si fuera un saco de patatas y se meten en el agua mientras grita.
¿Quién iba a decir que veríamos a este Thiago?
Jamás imaginé que descubriría una parte suya más romántica y risueña.
Sin duda, Audrey ha conseguido llegar a su corazón y pintar su mundo de
color, nunca mejor dicho.
Me quedo sola y sigo disfrutando de este clima.
¿Pablo vendrá?
¿Pasará unos días con nosotros?
No lo sé, nadie lo ha mencionado y no quiero ser la que formule la
pregunta, aunque me muera de ganas.
Quizás lo haga con Marcos en el último vuelo, ¿me animo y le escribo
un mensaje a Carolina por si ella sabe algo de él?
No creo que sepa nada, quizás se lo encuentre en el aeropuerto y si lo
hace, sé que me avisará como buena amiga.
Como yo no lo soy, cojo el móvil, me hago una foto y debo que
reconocer que salgo guapa. Estoy boca abajo, con una sonrisa amplia,
enseñando parte de mi espalda y de mi trasero. Es un poco sexi, pero
también es bonita y para molestarlas, la envío en nuestro grupo.
Paraíso.
¿La subo de historia?
Quiero que la vea él, que me escriba o me reaccione. Con decisión, abro
el Instagram y la subo con un icono de palmera y un sol.
Tras nuestra ruptura, ninguno de los dos nos hemos eliminado por redes
sociales.
Lucía:
Que bien te veo, disfruta.
Carla:
Gracias
Pero vienes, ¿no?
Carolina:
Sí, por favor.
Lucía:
De momento no.
Carla:
Aburrida.
Dejo el móvil y me pongo cómoda, espero que venga porque no quiero
que sea la única que no lo haga.
Escucho como vuelven la pareja del año y sonrío por inercia.
Son el uno para el otro.
—Carla, ¿sabes si vendrán a comer? —pregunta Thiago.
—No lo sé, pero supongo que sí —miro el reloj y son poco más de las
dos.
—Podemos ir al chiringuito —dice Audrey —tiene buena pinta.
—Sí —me pongo en pie —llámales y vamos.
—Sí, que tengo hambre —Thiago la mira con una sonrisa.
Me pongo el vestido playero blanco y cojo el bolso con mis cosas.
Comenzamos a caminar rumbo al chiringuito y me pongo hablar con
Audrey mientras Thiago lo hace con mi hermano. Al llegar, nos sentamos
en una de las pocas mesas libres y miramos la carta.
—Buenas tardes —nos saluda el camarero —¿qué queréis tomar?
—Un vino dulce —pido.
—Agua, por favor —dice Audrey.
—Una cerveza —responde Thiago.
—Enseguida —nos deja a solas.
—¿Agua? —la critico.
—Es que es muy temprano y rápido se me sube.
—Aburrida —me río, pero Thiago le apoya.
El camarero nos trae las bebidas y aprovechamos para pedirle una paella
para seis personas y varias tapas para ir empezando mientras llegan el resto.
—¿Qué tal por Bilbao?, ¿te gusta? —se interesa Thiago.
—Sí —no miento —es diferente, pero estoy contenta.
—¿Y vosotros? —sonrío pícara —¿qué tal la convivencia?
—Increíble —afirma enamorada —aunque parezca un imbécil, es buen
compañero, nos complementamos bien.
—Me alegro por vosotros.
—Aquí tenéis —vuelve el camarero con las tapas —que aproveche.
—Gracias —respondemos los tres.
—¿Y con mi primo qué?, ¿cómo se porta?
—Ya lo conoces —suspiro —a veces es insoportable.
—¿Quién es insoportable? —pregunta mi hermano de repente.
—Gael —le saco la lengua —que a veces en el trabajo quiero matarle.
—¿Así qué matarme? —se sienta a mi lado.
—Gracias por esperar —se queja Victoria —estoy hambrienta, soportar a
estos dos no tiene precio.
—La próxima vez te unes al día de playa —le guiño un ojo.
—Sí, sin duda.
—¿Cómo lo lleváis?, ¿necesitáis ayuda?
—Gracias tío, pero sorprendentemente, hemos avanzado mucho.
—Está quedando increíble —le alaba su mujer —es imposible que nos
digan que no.
—Vaya, ya ha salido la prepotencia de los Corberó —me burlo —la
última vez que lo escuché, pasó exactamente eso —le recuerdo a Gael.
—No seas mala —me regaña Victoria y Gael me mira mal.
La comida se vuelve divertida y dejamos el tema del trabajo aparte.
Planeamos salir a cenar y tomarnos algo cuando venga el resto y
automáticamente pienso en los vestidos que me traje.
Tengo que estar increíble.
—¿Pero a qué hora llegan? —pregunta Audrey.
—Sobre las nueve y media, así que lo recogemos y nos vamos
directamente a cenar —indica Thiago.
—Vale —dice Victoria.
—¿Entonces a las nueve tenemos que estar listos? —pregunto mientras
me como una croqueta de marisco —para organizarme.
—Sí, para salir con tiempo —afirma Martín.
—¿Pero vais a beber? —me intereso —lo digo porque yo voy con la
mentalidad de pasarlo bien —aclaro —estoy de vacaciones y no voy a
aguantarme las ganas.
—Oye, no te pases —me critica mi hermano.
—Me uno —sonríe Audrey.
—Podemos hacer turnos, ¿no? —sugiere Gael —como hay dos coches y
seremos ocho...
—Siete, conmigo no cuentes —le interrumpo —no conduzco desde que
me saqué el carnet.
—Eso suena a excusa —me guiña un ojo —a mí no me importa, no
beber.
—Eliminarme de la ecuación —añade Audrey —pienso beber toda la
semana —se ríe —aunque con dos copas ya estoy borracha.
—Yo puedo conducir —añade Victoria —no soy mucho de beber
—¿Por qué no cambiamos de coche y cogemos uno de ocho plazas? —
caigo en la cuenta —así solo sería una persona y no dos.
—Es verdad, a veces piensas —se burla Gael.
—En realidad seremos nueve —aclara Thiago.
—Lucía, de momento no viene —cruzo los dedos para que diga su
nombre, por favor, que diga su nombre.
—Pero Pablo sí —casi grito de felicidad y noto todas las miradas en mí y
finjo desinterés.
—No lo sabía —le quito importancia.
—Al principio dijo que no —explica Martín.
—Pero nadie puede decirle que no a Marcos —se me escapa la sonrisa al
escuchar a Thiago —luego hago los cambios pertinentes y esta noche
aclaramos quien conduce.
—Genial —me animo.
La paella está riquísima, el ambiente es tan bueno que hoy nadie me
puede estropearme el día. Sobre las cinco y media, Gael y mi hermano se
van a la villa para terminar algunos asuntos y no insisto mucho en ayudarles
para que no acepten.
Hemos alquilado una villa preciosa, tiene cinco habitaciones, cuatro
baños y una piscina increíble. Es muy amplia y espaciosa para todos
nosotros y creo que es ideal para estos días.
Seguirnos un rato más en la playa y a las siete cogemos nuestras cosas y
volvemos a la villa para ducharnos y prepararnos para la noche que se nos
avecina.
Estoy sola en mi habitación, la comparto con Carolina y me hubiera
gustado que estuviera para que me ayude a elegir el vestido para esta noche.
¿Qué me pongo?
Tampoco quiero ir muy arreglada para que nadie intuya lo que me pasa,
lo que siento y lo que me provoca.
Miro entre las prensas que traje y finalmente me decanto por una mini de
cuero negro con flecos, un top del mismo color y unas sandalias de tacón un
poco altas.
Creo que he elegido bien, sencilla, pero guapa, o eso creo.
A las ocho estoy más que lista, me echo perfume y voy hacia el salón a
esperar el resto. El primero en aparecer es Gael y me hace compañía, no me
extraña que seamos los primeros porque somos los únicos con habitación
propia.
—Hola —entra Victoria junto Martín y está preciosa.
Sobre las nueve aparecen el resto y nadie les recrimina el retraso.
Salimos de la villa y veo un Mercedes último modelo, enorme y de color
negro.
Thiago nos abre la puerta y Audrey y yo nos sentamos en los últimos
asientos. En la fila del medio se sientan mi hermano y mi cuñada y Thiago
lo hace en el asiento del conductor y Gael en el del copiloto.
—¿Estáis listo? —pregunta Thiago con buen humor.
—Más que listo —respondo riéndome.
Me muero de ganas de llegar y verlo, quiero lanzarme a sus brazos, pero
me tengo que contener. Saco el móvil del bolso para distraerme y descubro
que tengo varios mensajes de WhatsApp y notificaciones del Instagram.
Lo primero que hago es abrir el WhatsApp y meterme en el grupo de
chicas y se me para el corazón cuando leo el mensaje de Carolina.
Sorpresa.
Es una foto en la que aparece él, concentrado en la pantalla del móvil
mientras esperaban la hora del embarque y si digo que está guapo es
quedarse corta.
¿Y si está hablando con alguna chica?
Descarto esa idea porque no quiero cambiar mi estado de ánimo por los
celos absurdos.
Guardo el móvil en el bolso cuando Thiago aparca en el parking del
aeropuerto y espero a que aparezca.
—Seguid resto —le da instrucciones Thiago —es el Mercedes negro.
Me inclino un poco para ver algo, pero no sé dónde están.
El corazón me va a mil y las mariposas revolotean por todo mi
estómago.
—Hola —saluda Marcos con una sonrisa.
Tras él está Carolina con un bonito vestido malva y a su lado Pablo.
Nuestras miradas conectan y gracias al cinturón de seguridad, me
contengo y no me lanzo sobre él.
Veintiocho
—Hola —saluda Carolina emocionada.
—Anda, subid que queremos disfrutar de la noche —exige Thiago —
hacerles sitio.
Marcos abre el maletero y guardan sus equipajes, lo hacen rápido antes
de subir en el coche. Carolina se sienta a mi lado, Pablo en el asiento del
medio y Marcos en primera fila.
No me puedo creer que está a menos de treinta centímetros de mí y
saberlo, me pone nerviosa.
—¿Qué tal el viaje? —necesito distraerme.
—Sorprendentemente —me mira con una sonrisa —corto —me guiña un
ojo —he pasado más de tres horas sentada al lado de Marcos y hemos
hablado muchísimo.
—Que bien —me alegro por ella.
—Tía, si antes pensaba que era increíble, ahora...
—Aprovecha el viaje —la animo —no sé, quizás surge, ¿no?
—No me quiero hacer ilusiones.
—Déjate llevar —le aconseja Audrey —y que pase lo que tenga que
pasar.
—A eso he venido, he discutido con mi padre porque tenía unos
compromisos, pero he pensado en mí, en lo que me apetecía y estoy
cansada de perderme momentos divertidos.
—Así se habla —le animo —muy bien.
—Muy bien —aplaude Audrey.
El trayecto al restaurante lo hacemos entre risas, se nota que ya llegó el
alma de la fiesta y que era necesario para pasarlo en grande.
Nos sentamos en la mesa que se han reservado, yo lo hago entre Audrey
y Carolina y en frente, le tengo a él. Pedimos una botella de champán y
varios entrantes para comenzar la noche.
—¿Qué tal el día? —se interesa Marcos.
—De diez—responde Audrey con una sonrisa —ojalá hubieras estado.
—Pero ya estoy —le guiña un ojo —mañana será de veinte.
—¿Y por qué no esta noche? —señalo.
—Muy bien, pequeña Aguilar —me alaba —pues entonces esta noche.
—No te pases —le frena Thiago —que al final me arrepentiré de haberte
invitado.
—Te recuerdo, letrado, que fue idea mía.
—Pero yo lo planeé.
—Oye —les corta Martín —no es una competición de quien la tiene más
grande.
—Ganaría con los ojos cerrados —por poco escupo la copa al escuchar a
Marcos.
—Eres asqueroso, tío —sonrío —tienes que echarte novia.
—¿Te interesa? —me tenso un poco porque hace poco era mi cuñado.
—No, pero puedo proponerte varias opciones —¿y si le emparejo con
Carolina? —tú y yo no porque somos como hermanos, Victoria y Audrey
no cuentan, así que solo te queda Carolina.
—Saldría ganando —le sonríe y se pone roja.
El camarero vuelve en el peor momento y deja los platos que pedimos y
hago un mohín por la interrupción.
¿Por qué?
No es junto.
Comenzamos a cenar y se deja a un lado el tema de Carolina y Marcos y
me da mucha rabia. Pero no pienso dejarlo aquí, estos días voy a intentar
que estén más juntos y que hablen más.
Quizás surge algo entre ellos.
Pincho una gamba y me la meto en la boca mientras escucho a Pablo
contar una anécdota de su trabajo.
¿Cómo puede ser tan increíblemente guapo?
Sonríe y me gustaría subirme en la mesa y lanzarme a sus brazos para
besarnos y recuperar todos los momentos perdidos.
—¿A qué sí, Carla? —¿qué?, miro a Thiago sin entender.
—¿A qué sí, qué? —quedo como una imbécil.
—¿Dónde estabas? —se burla Marcos.
No le contesto porque si lo hago diré la verdad, estaba en los brazos de
tu hermano, besándonos como si no hubiera un mañana y creo que la
mayoría de la mesa se escandalizaría.
Terminamos de cenar, pero apenas he disfrutado de la comida, no me he
quitado de la cabeza las ganas que tengo de besarle.
¿Pero por qué ahora?
¿Por qué siento que si no lo hago muero?
No lo sé, pero estos días son mi oportunidad para provocar un
acercamiento entre nosotros.
Decidimos ir a un local de ambiente a seguir la noche, conduce Gael,
que decidió no beber nada para conducir.
Buscamos una mesa libre al llegar y el local está bastante lleno. Nos
ponen dos mesas en la arena y sé que no podríamos encontrar un sitio más
mágico que este.
Estamos en una local con música en directo junto a la playa. Me quito
los tacones para caminar en condiciones sobre la arena y me siento mientras
el camarero nos toma nota, me decanto por un mojito para endulzar la
noche.
—Me encanta esta canción —señalo.
Hay una especie de escenario y una banda de música cantando en directo
y lo hacen muy bien. Están cantando A mi manera y les miro embelesada.
"Tal vez lloré, tal vez reí,
tal vez gané o tal vez perdí
y ahora sé que fui feliz,
que si lloré también amé
y todo fue puedo decir
a mi manera"
Le miro y me encuentro con sus ojos esperándome, sonrío y él no mueve
ningún músculo y eso me pone nerviosa. Está tan seguro, serio y guapo que
hace que mis mariposas revoloteen como nunca.
El camarero nos trae las bebidas y no sé cómo agradecérselo porque no
podía mantenerle su mirada.
Seguimos hablando y pasándolo en grande, pero cuando cantan la
canción de Todos los besos de los Rebujitos, Carolina y yo nos ponemos de
pie para bailarla y cantarla como tantas veces hicimos en el pasado.
Qué pena que no esté Lucía, hubiera sido épico.
Cojo el móvil y comienzo a grabarnos mientras lo hacemos, se unen
Audrey y Marcos y hacemos un círculo disfrutando mientras cantamos y
bailamos.
Incitamos a los demás para que nos acompañen, pero solo conseguimos
que se levante Victoria y es suficiente para nosotros.
—Todos los besos posibles, la llave para abrir tu corazón —grito
saltando y olvidarme de todo —irresistible...
Me río a carcajadas cuando la canción termina y me abrazo a Marcos
volviendo a la mesa. Les miro mal al sentarme de nuevo y les acuso por no
levantarse a bailar, pero me ignoran.
—Sois unos aburridos —se queja Marcos.
Mientras les critica, le mando el video a Lucía con una sonrisa porque sé
que le va a molestar y quizás le provoco y viene, aunque sea para estar unos
días con nosotros.
Sobre las tres y media damos por finalizado la noche y debo confesar
que no estoy tan borracha como quería. Volvemos a la villa y nos
despedimos para ir cada uno a su habitación, Victoria dormirá con mi
hermano, Audrey con Thiago, Marcos con Pablo, Gael solo y yo con
Carolina.
—Qué noche —suspira un poco borracha —ha sido una noche increíble.
—A mí me duele un poco la garganta de tanto cantar —me río.
—Tiene baño privado —alucina al verlo.
—Sí, la única habitación que no tiene, es la de Gael —le informo —
supongo que usará el baño que está en la planta baja.
—No, todo va a ser positivo, ¿no? —se desmaquilla —tiene una
habitación para él solo.
—No encontró compañero —me burlo y comienzo a desmaquillarme.
—Estoy agotada, ha sido un día largo —se desnuda quedándose en ropa
interior —mi padre estuvo insoportable.
—Se le pasará —afirmo convencida —te adora.
—Lo sé —bosteza y se pone el camisón —pero a veces es cansino.
—Es un padre —le quito importancia.
—Me meto en la cama que estoy agotada.
—Que descanses —cierro la puerta del baño para no molestarla y
termino de desmaquillarme.
No tengo nada de sueño.
Me encantaría ir a la habitación de Pablo y terminar la noche con él,
entre sus brazos.
—¿Qué cosas dices? —me regaño —el alcohol.
Como sé que si me meto en la cama junto con Carolina voy a dar vueltas
y vueltas, decido ponerme el biquini sin hacer ruido y darme una baño en la
piscina.
Cojo una de las toallas y sin nada más, voy hacia la planta baja y salgo
por la puerta que da al jardín. La noche es cálida, silenciosa y tranquila,
dejo la toalla a un lado y me meto lentamente en la piscina.
Está calentita, qué placer.
Comienzo a nadar de un lado hacia el otro como si fuera una carrera o
una competición, en mi mente pienso que lo estoy haciendo genial, pero si
alguien me ve, se reiría.
Cuando termino la tercera vuelta, me falta el aire por el esfuerzo. Voy
hacia la esquina, que apenas hago pie y me relajo.
Unas pisadas me despistan e intento mirar de quien se trata.
¿Y si es un ladrón?
No creo, seguramente sea uno de nosotros, pero al ver de quien se trata,
el corazón comienza a latirme demasiado rápido.
Aún no me ha visto, deja la toalla sobre la hamaca y solo lleva el
bañador. Se pone en el centro de la piscina para lanzarse y puedo disfrutar
durante esos segundos de su cuerpo.
Está más grande, más fuerte y más guapo, aunque Pablo siempre lo ha
sido, pero últimamente está que se me cae la baba. Se tira y comienza a
nadar como si nadie le estuviera viendo, me oculto un poco más en el agua
para que no me vea, quiero disfrutar de este momento.
A diferencia de mí, él nada a la perfección y es una maravilla verle de
esta manera. No levanta agua, son movimientos simétricos y no tarda nada
en llegar de un borde hacia el otro. He perdido la cuenta de las vueltas que
ha dado, pero al llegar al otro extremo, para y suspira quitándose el agua de
la cara.
Me pongo nerviosa y termino moviéndome y en ese instante, Pablo
repara en mí y noto sorpresa en su mirada.
—¿Carla? —pregunta —¿qué haces aquí?
—No tenía sueño y... —me callo mientras comienza a acercarse —y
pensé que un baño sería lo ideal.
—Hace una noche increíble —señala como si nada —y esto en Madrid
no lo tenemos.
—No, no lo tenemos
Finjo normalidad, pero solo puedo pensar en sus ojos, que bajo la poca
luz que viene de los focos del jardín, son tan azules, tan bonitos e
increíbles.
—Bueno... —dice sin terminar la frase.
—Es mejor que me vaya a dormir —cobarde.
Me inclino hacia delante para comenzar a nadar y nerviosa termino
tragando agua. Me agarra de la cintura, rápido y me eleva a la superficie.
—¿Estás bien?
—Sí —jadeo.
Me agarro a sus hombros para acercarme a él y huele tan bien que cierro
los ojos durante unos segundos. Al abrirlos, me encuentro con su mirada y
hago un recorrido desde sus ojos a su boca y viceversa.
Lentamente, se inclina hacia delante y sus manos se ancla con más
fuerza en mi cintura para unir nuestras bocas y lo recibe con ganas. Gimo al
sentir por fin sus labios sobre los míos y me apretó más a él, no quiero que
haya ningún centímetro de mi cuerpo que no toque el suyo.
Nada conmigo en brazos sin separar nuestras bocas y deja de hacerlo
cuando el agua llega hasta la cintura.
Rodeo su cintura con las piernas y me elevo un poco para intensificar el
beso, y al hacerlo, siento lo duro que está bajo su bañador.
Excitada, me rozo contra él con ganas y desesperación.
¿Era lo que quería desde que lo vi?
La respuesta es muy clara, sí.
—Joder, Carla —gruñe amansando mi trasero y pegándome más a su
excitación —dime que pare.
—No —le acaricio el labio —no quiero, ¿y tú?
—Sabes que no, rubia —y me muerdo el labio inferior para no hacer un
puchero, echaba de menos que me llamara así.
Me inclino lentamente y le doy varios besitos por la comisura del labio,
quiero ir despacio para disfrutar del máximo tiempo posible.
—Estás duro —señalo con una sonrisa.
—Estoy que voy a explotar —sonríe de medio lado mientras sus manos
acarician mi trasero —quiero hundirme en ti.
—¿Y a qué estás esperando? —me muevo colocando mi mano sobre su
miembro.
Cierra los ojos y coge aire.
Le muerdo el cuello y se la acaricio con más velocidad, con más ganas,
pero de repente se separa y frunza el ceño.
Me agarra con más fuerza de la cintura y elevándome, me lanza por los
aires y termino bajo agua tragando agua.
—¿Se puede saber qué haces? —me enfado cuando dejo de toser.
—¿Yo? —se coloca a mi espalda y me inmoviliza.
—Suéltame, imbécil.
Me empuja y me aplasta contra el borde de la piscina, apretando su
miembro contra mi trasero.
—Pienso follarte en esta posición —aparta el bikini con brusquedad y
acaricia el centro de mi deseo.
—No voy a follar contigo —me muerdo el labio para no gemir de placer
—eres un cretino.
Coloca la punta de su miembro en mi entrada, pero no lo mueve, lo deja
ahí y es frustrante.
—¿Dime, rubia? —susurra en mi oído.
—Cretino —hago un mohín —hazlo.
—Respuesta correcta —y de una solo estocada, se introduce en mí y
grito de placer sin importar si alguien nos escucha o nos ve —joder, rubia.
—No pares —me agarro fuerte al borde —qué bueno.
—Antes muerto.
Me penetra con más fuerzas mientras se agarra a mi cintura para
impulsarse. No me importa si me deja marca, es más, quiero que me las
deje para recordar este momento.
—Ahh —no puedo callarme, es maravilloso.
—¿Lo sientes?, ¿sientes como se introduce en ti con ganas? —me
muerde el lóbulo de la oreja —¿cómo te llena, te hace gritar?
—Pablo, estoy cerca —suplico.
—Vamos, córrete entre mis brazos —su mano baja hasta mi clítoris y es
mi perdición —eso es rubia.
—Joder...
Caigo hacia delante sin fuerzas mientras sigue bombardeando dentro de
mí, sin contemplación ni suavidad y me vuelve loca.
—Mierda —se corre y me aplasta contra el muro haciéndome un poco de
daño, pero no quiero que se separe —ha sido la ostia.
—No ha estado nada mal —contento sin fuerzas.
—¿Nada mal? —me muerde el cuello —tus gritos decían otra cosa.
—No seas prepotente —me doy la vuelta y le abrazo la cintura con las
piernas.
—¿Prepotente? —sus manos van hacia mi culo y lo amansa.
—Tienes los ojos más bonitos del mundo —confieso acariciándole la
cara.
—Rubia... —me mira intensamente.
—¿Te acuerdas cuando fingía que no me gustabas? —sonrío como una
tonta —tenía como quince años y siempre te buscaba con la mirada y te
ignoraba.
—¿Qué si me acuerdo?, siempre ibas con esas falditas —me da una
cachetada y me río.
—¿Cuándo te diste cuenta de que era yo? —me atrevo a preguntar.
—Creo que siempre fuiste tú, solo disfracé ese sentimiento por
preocupación por ser la hermana pequeña de Martín —confiesa —pero no
podía apartar los ojos de ti, te vigilaba, intentaba que no te metieras en lío y
que mi polla no se pusiera dura como ahora.
—Pablo —suelto una carcajada —eres imposible —le doy un beso —
estás más fuerte.
—Es lo que tiene follar menos —frunzo el ceño —que tengo que ir al
gimnasio para pagar mi frustración.
Se me borra la sonrisa de la cara y le aparto.
Que me confiese que folla menos significa que lo sigue haciendo y eso
me molesta.
Me molesta y mucho.
—Es tarde y mañana tenemos que levantarnos temprano —finjo que
estoy bien.
—Rubia... —me agarra del brazo para que le mire —¿estás bien?
—Sí, pero un poco cansada —le quito importancia —mañana nos
vemos.
Casi corriendo, salgo de la piscina y cojo la toalla para ir a mi habitación
y esconderme de sus ojos. De aquellos que hacen que olvide el mundo y
que solo quiera que me miren solo a mí.
Odio que esté con más chicas, que les haga sentir como a mí, porque con
solo imaginarlo, me dan arcadas.
Entro en mi habitación y Carolina está durmiendo. Sin hacer ruido, voy
al baño para darme una ducha y eliminar el cloro de mi piel.
Al terminar, vuelvo y me tumbo sobre la cama con una sonrisa. Después
de tanto tiempo, he vuelto a estar con él.
Veintinueve
—¿Me pones crema? —le pido a Marcos y me sonríe.
—No soy tu masajista —hago un mohín —pero está bien.
—Eres un sol.
Me desabrocho el broche de la parte de arriba del bikini y me coloco
boca abajo poniéndome cómoda. Marcos es el mejor en poner crema solar,
ya no es solo para protegerte del sol, sino por el placer que te produce al
ponértela.
—Qué piel tan suave —eleva la voz y sé qué pretende.
Como imaginaba, lo ha hecho para molestar a su hermano, aunque no ha
funcionado porque Pablo jamás podría estar celoso de Marcos. También
puede ser que no sienta nada por mí y le da igual que sea cualquiera, y ese
pensamiento me inquieta.
—Marcos, luego a mí —pide Victoria.
—Ni lo sueñes —interviene Martín —si quieres crema, te lo hecho yo.
—Martín... —se ríe.
—Estás tensa, tienes una contractura —indica serio —¿quieres que te la
quite?
—Vale, pero que sea rápido.
Aprieta con fuerza sobre ese punto y gruño, no sé por qué le dije que sí,
cuando me gustaba más lo que me hacía antes.
—Si estuviera Lucía, ya te hubiera soltado algún comentario —se burla
Audrey.
—Por suerte no está —responde de buen humor —te vas a dormir.
—Solo si sigue así —ayer apenas lo hice después de mi encuentro con
Pablo.
—Listo —se levanta y me quejo.
Me abrocho el bikini y me doy la vuelta para involucrarme en la
conversación y porque quiero verle.
—Se te cae la baba —me critica Carolina.
—¿Tanto se me nota?
—Si no cambias esa cara, sí —me sonríe.
—Ayer nos acostamos —confieso.
—¿Qué? —eleva la voz —¿cómo?
—En la piscina cuando te quedaste dormida.
—¿Y qué tal? —le mira y hago lo mismo.
—Increíble —suspiro —fue rudo, pero a la vez, me hizo sentir que no
pasó el tiempo, que seguíamos siendo nosotros.
—Sois los mismos, solo hay que ver como te mira —sonrío como una
tonta —por lo que oí, él no iba a venir, pero Marcos le convenció en el
último momento cuando le dijo que tú también vendrías.
—¿Qué?
—Quería verte y por eso vino.
—Estoy hecha un lío.
—Déjate llevar y disfruta del momento.
—Es lo que deseo —confieso —quiero volver estar con él.
—Conociéndoos, os la apañaréis —se ríe y me sumo a su risa.
Pasamos la mañana en la playa, somos un grupo muy completo y no nos
aburrimos. Poco más de la una, Gael se une y coloca una hamaca junto a la
mía y comenzamos a hablar.
—Chicos, ¿vamos a comer? —sugiere Thiago.
—Vale —se levanta Martín —son más de las dos.
—Pues decidido —afirma Marcos —vámonos a comer.
Recogemos las cosas y volvemos al chiringuito que estuvimos ayer, se
come muy bien y el ambiente es increíble. Me siento al lado de Gael y
seguimos hablando de nuestras cosas y noto la mirada de Pablo de vez en
cuando.
No quiero que piense cosas que no son, pero es mi amigo y no creo que
la mejor solución sea ignorarlo o alejarme. Ya le dejé claro, con lo que pasó
ayer, que entre Gael y yo no hay nada, que no estamos juntos y que somos
amigos, y si quiere estar celoso o molesto, no es mi problema.
Soy buena amiga y no me dejo influenciar por nadie.
¿Y si realmente pasa de mí?
Mi móvil vibra y me distrae de mis pensamientos, se trata de Lucía que
se está preparando para la sesión que tiene con Eloi y está emocionada. Me
envía una foto en la que salen los dos y se la enseño a Gael.
Pone mala cara y me río, este hombre es imposible.
Pedimos entrantes para picar y cervezas que hace mucho calor. Estamos
de buen humor y el clima es inmejorable, aunque estar sentada a su lado
mientras me abraza por los hombres como hacíamos siempre, sería mucho
mejor.
Sería perfecto.
—Carla, ¿cuándo vuelves a Bilbao? —pregunta Audrey.
—Nada más volver, ¿no? —respondo con pesar.
—Sí, esto no es lo que tenía en mente cuando decidí ir a Madrid
contigo.
—No, pero es mucho mejor —le saco la lengua —¿a qué sí?
—Eres imposible —se pone serio, pero sé que finge.
Brindamos con las cervezas y seguimos con el buen clima.
Sobre las cuatro decidimos volver a la villa y descansar un rato, esta
noche saldremos y pasaremos el resto de la tarde en la piscina, aquella
piscina donde estuve con él.
Treinta
Estamos en el reservado de una discoteca tomándonos una copa de
champán y pasando un buen rato con las personas que quiero.
Victoria está contando una anécdota laboral que vivió la semana pasada
y nos reímos tanto que no es por la historia, sino por como la cuenta.
—De ese tipo de cliente me topo mucho —señala Carolina —a mí
también me pasa y a diferencia de ti, me sacan de quicio.
—Es que os ven tan jóvenes y guapas, que pensarán que aún no estáis lo
suficientemente cualificadas —sonríe como una tonta tras el comentario de
Marcos —pero ni caso, que valéis mucho.
—Sí, yo ya paso —le quita importancia Carolina.
—Es lo mejor que puedes hacer —añade Gael —darle más importancia
es perder el tiempo.
—Lo dice el hijo que nunca ha tenido que luchar para que le tomen en
serio —se burla Victoria.
—¿Qué culpa tengo yo de ser tan inteligente y eficaz?
—Ninguna —le saca la lengua —pero no es justo que por ser hombre, la
industria dé por sentado que eres bueno, tendría que ser igual —se cabrea
—estoy harta de qué, por ser mujer, no pueda tener un puesto importante y
lo justifican que como soy la hija, es lo que toca, pero, en cambio, contigo,
dicen que eres el heredero y nadie le quita importancia.
—Prima eso es porque la industria es machista.
—Pero da rabia.
—Tú sabes lo que vales, nuestros padres también lo saben y quien te
conozca, no dudan de tus capacidades —zanja Gael —y si alguien tiene
algún problema al respecto, se la tendrán que ver conmigo, ¿vale?
—Sí —se queda más tranquila.
—Tú no eres menos que yo —afirma seguro —así que deja esa chorrada.
—Hazle caso a tu primo —intervengo —pero es verdad, dan por hecho
que por ser hija o hermana, es como si no merecieras el puesto.
—¿A que sí? —gruñe —antes me importaba más, ahora me da igual.
—Esa es la Victoria que quiero —le da un beso su marido —tú nos das
mil vueltas a todos.
—Tampoco te pases —le frena Gael con una sonrisa.
—Envidioso —le saca la lengua ella.
—Yo me quedé con la Aguilar que quería, así que envida ninguna —
contraataca y me río.
Deja a un lado este tema tan poco divertido porque si lo analizamos en
profundidad, no entiendo por qué las mujeres estamos constantemente
justificando nuestra valía y es injusto y retrógrado.
—¿Quién se viene a bailar? —propone Audrey.
—Yo —me pongo en pie —necesito mover el esqueleto.
—¿Alguien más? —analiza el reservado con sus ojazos, pero nadie ser
levanta.
—Aburridas —critico y salgo junto a Audrey.
Nos dirigimos hacia la pista con ganas de llegar y darlo todo, está
sonando una canción de reguetón movidita que no conozco, ya que no
escucho ese estilo de música. Al llegar, comienzo a moverme y a olvidarme
de todo para pasarlo bien.
Audrey me sigue y no podría tener una mejor compañera de baile, no
entiendo por qué nadie se unió, pero no me importa, con ella es más que
suficiente.
—Qué ambiente —grita.
—Sí, esto es el paraíso —muevo las caderas —aún no me creo nada de
esto.
—Yo tampoco, ¿desde cuándo Thiago es tan divertido? —se burla.
—Desde que está enamorado —aclaro segura —lo has cambiado para
mejor.
—¿Tú crees? —saca su lado más inseguro.
—Estoy segura, sois el uno para el otro y qué feliz me hace eso —la
abrazo interrumpiendo el baile —te lo mereces y sé que ese gruñón no
hubiera conocido a una mejor compañera de vida que tú.
—Gracias —me da un beso en la mejilla —¿y tú qué tal con el guaperas?
—Nerviosa, excitada e insegura.
—Se muere por tus huesos —afirma.
—Lo noto muy pasota conmigo —me sincero.
—¿Qué? —grita —si lleva todo el día buscándote, mirándote y
pendiente de ti.
—¿De verdad?
—Claro, solo que te mira cuando tú no lo haces.
—Gracias —ahora soy yo quien se las da —te echo de menos.
—Quien lo diría, me has cambiado por mi primo —se queja en broma.
—Pero a ti te quiero más —le sigo el rollo.
—Más te vale Carla —me amenaza.
Terminamos de bailar cuando la música se acaba y decididnos volver
con los demás y seguir bebiendo. En el reservado el ambiente ha mejorado,
supongo que las copas están haciendo su efecto y nos unimos a las risas.
Para no varar, es Marcos quien lleva la voz cantante y es un ser tan
especial que quiero siga siempre en mi vida. En realidad, quiero que todos y
cada uno de ellos lo estén porque sé que no voy a encontrar a nadie mejor
que ellos.
—¿Otra botella? —propone Audrey.
—Es tarde y ya hemos bebido suficiente —nos corta Thiago —creo que
es hora de irnos.
—Pero si la noche aún no ha empezado —estoy un poco borracha —
vamos a quedarnos un poco más.
—Carla, son más de las cuatro —me regaña Martín —es tarde y mañana
queréis hacer turismo, ¿no?
—No —me quejo como una niña pequeña.
—¿Por qué no nos dividimos? —sugiere Audrey.
—Eso —la apoyo —quien se quiera ir, que se vaya y quien quiera seguir
con la noche, pues se quedan —sonrío.
—Ni hablar —sentencia Thiago —nos vamos todos y mañana me lo
agradeceréis.
—No —hace un mohín adorable su novia.
—Sí.
—No es justo —parezco una niña pequeña.
—Discútelo con la almohada —se burla Marcos y nos enfadamos.
Intentamos por todos los medios quedarnos, seguir con la noche, pero no
los prohíben como si fuéramos niñas pequeñas y eso me cabrea y mucho.
Estamos en la parte de atrás del coche refunfuñando. Victoria conduce
con precaución porque es la única que no ha bebido, y el resto están en
silencio ignorando nuestras quejas. Eso nos irrita más y hacemos más ruido,
pero no hay manera de ofender a ninguno de nuestros amigos.
Al llegar a casa, finjo que estoy en perfecto estado para ir a la habitación,
aunque Carolina me ayuda. Me hubiera gustado seguir en la discoteca
porque me lo estaba pasando realmente bien.
Me desmaquillo entre queja y queja y la pobre de Carolina me escucha
sin decir nada. Es un sol y al terminar, me pongo el camisón y me meto en
la cama haciendo morritos.
—Mañana seguiremos pasándolo bien —me anima —es tarde y
habíamos bebido demasiado.
—Pero no es justo —cuando bebo, soy como una niña.
—Buenas noches —me da un beso en la mejilla y me da la espalda.
Sabe que no va a conseguir nada si me contesta, ya me conoce lo
suficiente y ser cabezota, es uno de mis defectos. Los minutos pasan y no
consigo dormirme porque aún tengo mucha energía, la noche me supo a
poco.
Carolina se queda frita a los diez minutos de meterse en la cama, sigue
sorprendiéndome la capacidad que tiene de aislarse del mundo y descansar,
para mí, es imposible.
Resignada, me siento en la cama porque no tengo sueño y no quiero estar
aquí. Una idea tonta me viene a la mente y salgo de la cama.
¿En serio lo haré?
Pero como estoy borracha, no razono.
Salgo de la habitación sin hacer ruido y con paso decidido, voy hacia la
suya. Espero que al abrirla no vea nada raro, quiero mucho a Marcos, pero
como un hermano y sería incómodo ver algo indecente. Tengo claro que esa
imagen no podría sacármelo de la cabeza y lo recordaría de por vida,
provocando que nuestra relación sea un poco rara.
Despacio, abro la puerta, estoy excitada porque es como si estuviera
haciendo algo malo y si alguien me pilla, me regañará. Al abrirla del todo,
los veo cada uno en sus respectivas camas.
Entro y cierro con cuidado, camino despacio y el corazón me va a mil.
Me coloco en la cama de Pablo y observo que está profundamente dormido,
sonrío como una tonta y con cuidado, me tumbo a su lado.
Es muy pequeña, no estoy acostumbrada y tengo que moverlo para no
caerme. Con mucho cuidado, cojo su brazo y lo coloco sobre mi cintura
para que me abrace.
—Mmm —gruñe —¿Carla? —dice medio dormido.
—Shh —le callo porque no quiero que su hermano se despierte.
—¿Qué haces aquí? —me abraza con fuerzas y me pega a su pecho.
—No podía dormir —me sincero.
Se recoloca y nos ponemos cómodos para dormir abrazados, hacía tanto
tiempo que no lo hacíamos que por poco lloro. Siempre pensé que mi
momento favorito con él, era exactamente cuando nos abrazábamos para
dormir y sin intenciones sexuales.
Cierro los ojos, cojo aire y poco a poco cada músculo de mi cuerpo se
relaja y termino durmiéndome con una sonrisa de satisfacción en los labios.
Me muevo buscando una posición más cómoda, estoy muy cansada y un
ruido me molesta porque no quiero despertarme y romper este momento tan
especial. Cuando el ruido se detiene, me doy cuenta de que se trataba de la
ducha y me vuelvo a dormir.
—No hagas ruido —escucho decir a Pablo.
—¿Qué hace aquí? —pregunta Marcos, pícaro.
—Nada que te importe.
—¿Lo habéis resuelto? —susurra —¿no me digas que ayer...?
—No, solo hemos dormido —aclara.
—Salgo, os dejo a solas.
Me abraza con más fuerzas y suspiro de placer, esto es el paraíso y no
quiero despertarme, aún no, pero una mano comienza acarícienme el muslo
y me gusta.
Coloca su miembro duro en mi trasero y abro los ojos mordiéndome el
labio inferior, me muevo para rozarme contra él y suspira.
—Carla...
—Mmm —no puedo hablar, todavía no.
—Estoy cachondo perdido —confiesa como si no me hubiera dado
cuenta.
—Mmm —sonrío.
—¿Y tú? —su mano traicionera sube y se cuela entre mis muslos —¿lo
estás?
—Mmm.
Separo un poco las piernas para darme mejor acceso y aparte las
braguitas.
—Sí, estás húmeda, pero no lo suficiente.
Me calienta con cada caricia y agarro fuerte la almohada cuando
introduce un dedo con cuidado. El sexo por la mañana siempre ha sido el
más suave de todos y unos de mis preferidos.
—Ahh —jadeo cuando introduce otro estimulándome.
—Qué ganas de hundirme en ti —aclara —hacerte mía y que grites de
placer.
—¡¡Pablo!! —siempre me ha gustado este lado de él.
—¿Estás preparada? —sabe que sí, pero quiero que me desespere —¿o
todavía?
—Sí, lo estoy —gruño —fóllame.
—Qué boquita, Carla —me regaña, aunque le vuelve loco.
De una sola estocada se introduce en mí de golpe y se mantiene quieto
para adaptarme a su invasión. Muerdo la almohada para que nadie escuche
mis gritos de placer mientras su mano se coloca en mi cadera y comienza a
impulsarse en mi interior, de una forma más suave, más tierna.
—Qué bueno —gimo —me encanta como lo haces.
—Y a mí que estemos así, que disfrutes mientras te hago el amor —
susurra en mi oído y me estremezco —que me desees tanto, que no puedas
respirar, que necesites esto tanto como yo, porque sin ti, sin ti me siento
vacío.
—Pabloo... —se me llenan los ojos de lágrimas —estoy cerca —te
quiero, es lo que me gustaría decirle, pero por suerte no dejo que esas ocho
palabras se me escapen entre mis labios.
—Córrete porque yo lo haré en nada.
Y como si tuviera el poder sobre mi cuerpo, lo hago y siento que me
desvanezco. Él continúa invadiendo mi cuerpo hasta que gruñe con un
maravilloso orgasmo, pero no puedo ni abrir los ojos de lo saciada que
estoy.
—Joder —suspira sacándola de mi cuerpo —me voy a dar una ducha —
me informa dándome una cachetada en el culo que pica.
A los pocos segundos escucho el agua correr y siento que me reactivo,
salgo de la cama quitándome el camisón mientras me dirijo hacia el baño.
Abro la boca cuando al verlo tras la mampara y si antes estaba bueno, ahora
está rompedor.
—¿Vas a quedarte mirando? —me incita.
—Sabes que soy más de hacer —con chulería, la abro y entro sin perder
el tiempo.
—Esa es mi chica —se inclina y me besa.
Me separo de sus labios y comienzo a besarle por el cuello, la garganta,
y noto que su pulso va a mil, y sonrío perversa. Continuo con mi camino
descendente y me deleito con su pecho amplio y duro.
—¿Qué pretendes?
—Shh —le hago callar y sigo avanzando con paso firme.
Siento como se endurece contra mi estómago y creo que es el momento
de darlo todo. Me pongo de rodillas con una sonrisa mientras él me mira
desde arriba alucinando por lo que acabo de hacer.
—Como te he echado de menos —digo sin pudor.
—¿Le estás hablando a mi polla?
—Y no es lo único que le voy a hacer.
Con seguridad, la agarro y me la introduzco en la boca con suavidad
provocando que se endurezca más.
—¿Y tú?, ¿me has echado de menos? —susurro dándole besitos en la
punta.
—No juegues, rubia —gruñe —sabes que sí, echaba de menos la calidez
de tu boca.
—¿Solo eso? —me separo para mirarle a los ojos y sacarle de quicio.
—No, pero si lo que más —me agarra del pelo e intenta que me la
vuelva a introducir en la boca, pero no lo hago —Carla —me reprende —si
vas a hacerme una mamada, al menos haz que disfrute.
—No vayas tan rápido —me quejo, pero estoy disfrutando.
—Carla...
—Shh —le mando a callar.
—Joder —gruñe, pero me suelta el pelo.
Vuelvo a darle besitos cortos por todo el grosor, suspira de importancia,
pero me deja hacer lo que quiera. Tengo el poder y pienso aprovecharlo,
pero que disfruta, disfruta como que me llamo Carla Aguilar.
—Qué bonita eres —frunce el ceño y por poco me río —eres la polla
más bonita que he visto.
—Al final conseguirás que se me baje.
—¿Por qué eres tan seco?
—Haz lo que quieras —se apoya en la pared y deja que el agua caiga
sobre su cabeza.
—Voy a hacer que te corras y no desearás salir de la ducha —succiono
con fuerza la punta.
Se tensa y dejo el juego aparte, ya he perdido mucho tiempo en la ducha
y no quiero que nadie se dé cuenta de lo que está pasando. La introduzco en
mi boca todo lo que puedo y la parte que se queda a fuera, se la acaricio con
la misma velocidad que mi boca lo succiona.
—Joder —me agarra el pelo con fuerza —me vuelves loco, rubia —me
incita a que me mueva con más velocidad y que me la introduzca hasta al
fondo.
Está disfrutando de mi felación y eso me ayuda a seguir, antes de estar
juntos, no era lo que más me gustaba, es más, lo evitaba, pero desde que
estoy con él, es uno de mis momentos favoritos porque me excita ver su
cara del placer y ser yo quien se lo provoca.
—Joder —me aparta de su polla bruscamente y me obliga a levantarme.
—¿Qué haces? —me quejo.
—Voy a hacer que mires las estrellas.
Me coloca de espalda y eleva mi trasero para penetrarme de una sola
vez. Estoy tan mojada después de darle placer, que suelto un gemido. Me
hubiera gustado terminar y que se corriera en mi boca, pero sentir como
entra y sale de mi cuerpo, con esa violencia, me encanta.
—Dios, Pablo.
—No grites —me regaña agarrándome de las caderas.
—Aaah —no le hago caso, sus embestidas son más intensas, más duras y
me encanta.
—Córrete, vamos rubia —exige colocando su mano sobre el clítoris —
quiero que te corras
—Madre mía —gimo con más fuerza —lo haré —no sé cómo soy capaz
de hablar —en breve.
Sale de mí de repente y sustituye su polla con sus dedos, lo introduce
inclinándolos y tocando ese punto que me hace gritar y ver las estrellas
como prometió.
—No puedo, no puedo.
—Sí, puedes —me pega más contra la pared cuando nota que le aparto
—vamos.
Sigue moviendo sus dedos en esa posición hasta que consigue lo que
buscaba, dejarme rota, con las rodillas temblando después de hacer que me
corra con una brutalidad increíble.
—Jodeeeerr —no para.
—Eso es, rubia —me besa en el cuello —me encanta escucharte
mientras te corres.
—Te odio —gruño sin fuerzas.
—Sí, sí —me da un beso en el hombro —aún no he acabado contigo.
Vuelve a penetrarme y me muerdo en la mano para no gritar, estoy muy
sensible y está acabando conmigo, literalmente.
Me está dando tanto placer que terminaré desmayada.
—Pablo —suspiro —no puedo más.
—Córrete una vez más —ruega —hazlo conmigo.
—No puedo —miento, si puedo porque estoy a punto de hacerlo.
—Vamos, córrete rubia —entra con más ímpetu y lo hago, me corre
mientras él también lo hace y la conexión es brutal.
Descanso contra la pared mientras cojo fuerzas después de la sesión de
sexo matutino. Menos mal que Pablo me tiene bien sujeta porque si no,
terminaría en el suelo.
Seguimos durante unos minutos en esta posición, recuperando fuerzas
para poder ducharnos y quitarnos todo el rastro de sexo. No queremos que
nadie sospeche, aunque supongo que alguno se habrá dado cuenta.
Al terminar, me enredo con una toalla y rezo para no encontrarme con
nadie en el pasillo, me moriría de vergüenza y no quiero.
Abro un poco la puerta mientras Pablo sonríe porque le parece una
estupidez lo que estoy haciendo. Me asomo con cuidado y miro si hay
alguien, al ver que está completamente vacía, abro de golpe la puerta para
correr hacia mi habitación, pero una mano fuerte me lo impide agarrándome
del codo.
—¿Te vas sin despedirte? —susurra.
—No es una despedida, en nada nos vemos —aclaro.
—Me da igual, quiero mi beso.
—Pablo —me quejo, pero se lo doy encantada.
—Ahora puedes irte.
—Idiota.
Salgo corriendo y por suerte no hay nadie en el pasillo que sea testigo de
esta estupidez. Entro en mi habitación sin esperar ni un segundo y descubro
que Carolina no está.
Me visto de manera informar y cómoda a conocer la isla y por eso me
pongo una mini vaquera, una básica blanca y unas zapatillas del mismo
color. Me maquillo y por último, me peino dejándome el pelo suelto.
Me miro al espejo una vez más y mis ojos brillan gracias a él.
Salgo de la habitación y voy hacia la planta baja para desayunar, me doy
cuenta de que soy la última en llegar y que Marcos me sonríe al verme. Me
pongo roja porque sé que me habrá visto con su hermano y con la mirada le
pido que no diga nada.
Me preparo un té rápido y unas tostadas de mermelada de fresa y me
siento al lado de Gael, que tiene un café en la mano y está concentrado con
el iPad.
—Buenos días —sonrío.
—Hola —me mira estudiándome.
—¿Qué? —frunzo el ceño.
—¿Te has acostado con él? —¿qué?
—¿Cómo lo sabe?
—Vueles a sexo a kilómetros.
—¿Qué? —me escandalizo.
—Es por lo que trasmites, princesa —sonríe —y porque el imbécil desde
que ha bajado, llevaba una sonrisa de oreja a oreja.
—Tú eres el imbécil —le saco la lengua —y sí, lo hemos hecho y ha
sido brutal.
—Me alegro —me da un toque en la nariz.
—¿Vendrás con nosotros?
—Sí, el proyecto está controlado y terminado.
—No esperaba menos de ti.
Me inclino y veo a Pablo hablando con Thiago y sí, está sonriendo. Le
noto tranquilo y feliz, supongo que yo también tendré la misma cara de
imbécil.
—Oye, en media hora nos vamos —pone orden Thiago —ya son las diez
y no quiero perder toda la mañana sin aprovecharla.
—Sí, jefe —me burlo.
—Parece que hay una graciosa en el grupo —le saco la lengua.
¿Por qué me mira así?
¿También se ha dado cuenta?
Es imposible, nadie puede saberlo.
—¿Qué miras?
—Nada, solo que te veo diferente.
—Eso es porque estoy de buen humor por conocer la isla —finjo.
—Será eso.
Por suerte no insiste y me vuelve a ignorar y voy hacia Marcos para
interrogarle y saber si ha abierto la boca.
—Marcos —cojo aire —lo que viste esta mañana, no quiero que...
—Tranquila, no he visto nada.
Y termino sonriendo.
Treinta y uno
No me puedo creer que sea el último día en esta maravillosa isla. Han
sido días mágicos a su lado, días que no quiero que acaben nunca, pero no
podemos detener el tiempo.
Hemos dormido todas las noches juntos, Gael se cambió con Pablo y
dormimos en la habitación individual para tener intimidad.
Supongo que el único que no se ha dado cuenta de lo que estaba
pasando, es mi hermano y lo agradezco. Lo que menos me apetece es el
sermón de hermano mayor y tampoco quiero que su relación con él se tense
y mucho menos por mi culpa.
Sé que tenemos una conversación pendiente, tenemos que aclarar
muchas cosas y siento que ya estoy preparada para dar el paso porque el
rencor ha desaparecido por fin y es el momento.
Sé que tenemos que sentarnos y explicarnos muchas cosas, que tengo
que abrirme con él y contarle lo que siento; lo que me sucede y lo que me
da miedo.
Sé tantas cosas, pero no me atrevo; siento que si abro la caja de Pandora,
saldrá muchas verdades que quizás no es lo que busco ni quiero.
—Carla —me llama Carolina —¿en qué mundo estás?
—En el mundo que no quiero volver —confieso.
—Me pasa lo mismo, volver a Madrid y aguantar la reprimenda de mi
padre, no se lo deseo a nadie.
—No seas mala —me río —yo vuelvo a Bilbao.
—Lo sé —me abraza —¿qué harás con Pablo?
—No lo sé —suspiro, agobiada —¿qué hago?
—Lo que sientas —me aconseja —tenéis que hablar.
—Lo sé, pero me da un poco de miedo —explico —¿y si nos hacemos
más daño?, ¿y si no siente lo mismo que yo?, ¿y si ya no me quiere...?
—Déjate de tontería —se pone seria —eres una mujer increíble, ya no
hablo físicamente porque eres un bombón; sino por dentro —sentencia —
Pablo está igual o más enamorado que antes, ¿es qué no te das cuenta? —
suspira —solo hay que ver cómo se comporta contigo, está muy pendiente
de ti y sus ojos brillan cuando te observa —intento decir algo, pero me lo
impide —desde que te fuiste, las pocas veces que hemos coincidido, se ha
comportado esquivo, solitario y gruñón —añade —pero en este viaje se
comporta como el antiguo Pablo, ¿y sabes por qué? —me sonríe —porque
te quiere y se siente completo cuando está contigo.
—Carolina...
—Tienes que hablar con él y decirle lo que sientes, tienes que ser feliz.
La abrazo con fuerzas porque era lo que necesitaba, alguien que me diga
la las verdades y que me abra los ojos.
Salimos de la habitación arregladas porque vamos a salir a cenar y lo
haremos en un restaurante elegante para despedirnos de la isla.
—Por fin llegáis —se queja mi hermano, ya que somos las últimas en
llegar —vámonos —ordena.
Le seguimos y como hasta el momento, nos sentamos en los últimos
asientos, que para mí, son los mejores porque con Audrey y Carolina es
imposible no reírse.
—¿Qué tal con Pablo? —sonríe pícara Audrey.
—Tengo agujetas, con eso digo todo —le guiño un ojo.
—Yo igual —hace un mohín infantil.
—¿Queréis dejar de darme envidia? —suspira Carolina —y menos mal
que no está Lucía para regañarte —añade riéndose.
—Lucía a veces es aburrida —le saca la lengua —¿qué tiene decir lo que
me hace sentir Thiago?
—Que es su hermano —explico —a mí me pasa igual con Victoria.
—Pues eres otra aburrida —me acusa en broma —que pena que al final
no pudo venir; ella le hubiera dado un toque a estos días.
—Hubiera sido brutal —afirmo.
Nos callamos cuando Marcos aparca el coche y nos abre la puerta para
salir. Veo como Pablo me mira y le sonrío, me guiña un ojo como respuesta
y me derrito en el acto.
Entramos entre bromas y bromas y nos sentamos en la mesa que
reservaron para cenar y disfrutar. El camarero nos ofrece la carta y le echo
un ojo, realmente tienen platos que me encanta y no sé qué elegir y dejo que
Martín escoja y se decanta por platos para compartir.
—Pensar que mañana estaré con un paciente y no en esta maravillosa
isla, es deprimente —se lamenta Marcos.
—Bienvenido al club —me sumo —ha sido una semana increíble.
—Vamos a repetir —indica Thiago —dejad las lamentaciones.
—Desde que estás enamorado, no te reconozco —se burla el mayor de
los Casas —¿qué le has hecho?
—Cuando te enamores, lo sabrás —le desafía.
—Oye —se queja Thiago —Martín no se queda atrás.
—Martín ha pasado de ser el villano a ser una princesa Disney —me río
fuerte —ya no es tan serio ni cruel como antes.
—Sigo siendo el mismo —se defiende.
—Digamos que ahora está más relajado —añade su mujer —pero
cuando quiere, es insoportable.
—Eso ya me suena más —sonrío.
El camarero viene con el vino que hemos pedido y tengo muchas ganas
de probarlo. Me llena la copa y al saborear el vino, solo puedo decir que me
he enamorado.
—¿A qué hora sale tu vuelo? —le pregunta Victoria a su primo.
—A primera hora —gruño —así que no bebas mucho —me dice.
—No seas aguafiestas —le señalo con la copa.
—Mañana no te quejes, entonces —me desafía con la mirada, pero le
ignoro.
Vienen los primeros platos y seguimos con este ambiente tan bueno que
hemos conseguido. Todo lo que pruebo me encanta, está todo muy rico y ha
sido una buena elección venir aquí.
En el postre pido un coulant para darle un toque dulce a la cena y al
probarlo, es el mejor que he probado en mi vida y solo me queda gemir de
placer.
Pagamos la cuenta entre todos después de pelearlo y salimos del
restaurante para ir a una local de música en directo y tomarnos unas copas.
Volvemos al local de la primera noche y la noche está increíble, el olor a
mar me encanta y si le sumamos las canciones que están cantando, es
mágico.
Pido mojito para beber y miro hacia la pista mientras suena una canción
muy bonita, es Ojalá de Beret y la letra es preciosa.
"Y ojalá nunca te abracen por última vez
Hay tantos con quien estar, pero no quien ser
Tan solo somos caminos que suelen torcer
Miles de complejos sueltos que debemos de vencer"
Cuanta verdad hay en esta canción tan bonita, la frase “hay tantos con
quien estar, pero no quien ser”, es tan real.
Yo solo soy cuando estoy con él, con Pablo y nadie en mi vida ha podido
hacerme sentir ni un poquito como me hace sentir él cuando está conmigo;
cuando me mira, me habla, me besa y me hace el amor.
Soy cuando estoy junto a él.
El camarero me distrae cuando me deja el mojito sobre la mesa y le
sonrío a modo de agradecimiento. Acaba la canción y empieza otra que es
incluso más bonita, Algo contigo, de Rosario Flores.
—Carla —le miro cuando me llama —¿quieres bailar conmigo?
—Claro.
Me coge de la mano y mi piel vibra, me aparta de la mesa y me abraza
para comenzar a bailar. Su olor invade mis fosas nasales y casi suspiro de
placer.
No sé si con la canción quiere decirme tantas cosas o simplemente, solo
quiere bailar conmigo.
No lo sé, pero quiero disfrutar de este momento, de él, de nosotros y del
sonido de las olas que hace que sea un momento insuperable.
Comienza a cantar la canción en mi oído y cierro los ojos de puro placer.
"Ya no puedo acercarme a tu boca
Sin deseártela de una manera loca
Necesito, niña, controlar tu vida,
Saber quién te besa y quién te abriga"
Escondo más mi cara entre el hueco de su cuello y cojo aire. Él rodea mi
cintura con más fuerza y siento que cada parte de mi cuerpo está conectado
con el suyo. Siento que nos estamos diciendo tantas cosas al tocarnos y no
lo verbalizamos.
Quiero que esté momento sea eterno y que él también lo quiera.
—Pablo —susurro.
—Shh —me calla con un beso en la mejilla —vivamos este momento.
—Sí
La canción termina, pero no nos movemos, seguimos bailando pegados,
olvidándonos de nuestro alrededor y nos centramos en lo que nuestra piel
nos pide, en cómo late con más velocidad nuestros corazones y en las ganas
que tenemos de besarnos, pero coge aire y se separa de mí.
Quiero llorar de frustración, no quería separarme de él y sus ojos me dice
que él tampoco. Volvemos a la mesa y actúan como si nada e intento unirme
a la conversación, pero mi mente viaja al momento que hemos vivido hace
dos minutos.
Mi noche, a partir de ese momento, cambia y me quedo callada. Solo
quiero hablar con él porque no quiero irme sin saber lo que significo en su
vida. No quiero ser una simple aventura, alguien que le ha hecho más
divertido estas vacaciones porque eso me mataría.
Una hora después decidimos volver, ya que mañana madrugamos y es lo
que deseaba.
El camino de vuelta lo hago en silencio y perdida en mis pensamientos.
Tengo que ordenar todos lo que siento para poder expresárselo y que me
entienda.
Quiero decirle tantas cosas que me da miedo no saber o no poder
explicárselo en condiciones.
¿Estoy preparada para escuchar algo que no me gusta?
Creo que sí, sé que me haría daño, pero quizás es lo que necesito para
cerrar definitivamente nuestra historia e intentar seguir con mi vida sin
volver al pasado.
Sería ese pequeño golpe de realidad que tanto necesito después de tantas
idas y venidas.
Llegamos a la villa, cansados y nos despedimos. Espero durante un buen
rato en mi habitación hasta que esté segura de que no me encontraré con
nadie.
Salgo de mi habitación con decisión para ir a ala suya, pero me lo
encuentro en el salón esperándome.
—Por fin llegas —se acerca a mí.
—Espera —impido que me abrace por la cintura —tenemos que hablar.
—Odio esa frase —intenta darle un toque de humor, pero sus ojos son
firmes —¿qué pasa?
—Es nuestro último día —suspiro y camino hacia la ventana.
—Lo sé, Carla —se coloca en mi espalda y me abraza por detrás —
¿crees que no lo sé?
—Solo quiero aclarar las cosas —cierro los ojos al sentir sus labios sobre
mi piel.
—Está bien —da un paso atrás y mi cuerpo se queja —hablemos.
—A ver, por dónde empiezo —estoy nerviosa —ya sabes todo lo que ha
pasado entre nosotros —indico —cuando te fuiste te odié.
—Yo también lo hice —confiesa —te odié por permitir que lo nuestro se
rompiera.
—Te fuiste —le acuso.
—Me echaste —se defiende.
—Lo hice porque me mentiste.
—No te mentí, no sabía como decírtelo —se sienta sobre el sofá cansado
—claro que te lo iba a decir, pero quería hacerlo bien.
—Tan bien que me enteré por otro —recuerdo ese día y fue uno de los
peores de mi vida.
—Y no sabes las ganas que tuve de matarle —asegura —pero luego
decidiste no escucharme y romper conmigo.
—No rompí contigo —o no lo sé —sentí que no era importante en tu
vida.
—Eras la persona más valiosa de mi vida —aclara —me enfrenté a todos
por estar contigo.
—No eras lo que me transmitías —me siento a su lado —luego te fuiste
y fueron meses muy dolorosos, lo pasé falta, no sabía como continuar sin ti,
todo me recordaba a ti e intenté sobrevivir —confieso.
—Yo tampoco lo pasé bien, me centré en el trabajo para no pensar en ti y
nunca lo conseguí —cierro los ojos porque no puedo escuchar eso —e
intenté terminar con la beca cuanto antes para volver a casa y estar contigo.
—¿Por eso viniste antes?
—Vine por ti.
—Pues no se notaba —suelto el aire —fuiste muy imbécil y dañino.
—Porque al verte estabas con él —baja el tono de voz —y me volví
loco.
—Pablo, quiero...
—No pasa nada, no estábamos juntos y tú podías conocer a quien
quisieras, aunque me dieran ganas de partirle la boca.
—Pablo, no te voy a mentir —afirmo —entre Gael y yo nunca pasó
nada, no nos gustamos de esa forma, solo somos amigos.
—¿Qué? —frunce el ceño.
—Que jamás pasó nada, que no tenemos esa clase de química y lo hice...
—Lo hiciste para hacerme daño —se enfada —¿cómo has sido capaz?
—No fue por eso —o eso creo.
—¿Sabes lo mal que lo he pasado imaginado que él te tocaba? ¿Qué te
habías olvidado de mí? ¿Qué no habría un nosotros?—ruge —todas las
noches que no dormí imaginándome cosas.
—Lo siento —suspiro —solo estaba protegiendo mi corazón de ti.
—¿De mí? —bufa —has hecho que me vuelva loco —me acusa —y
todo porque tú decidiste que ya no querías estar conmigo sin dejar que te
explicara que eres la mujer de mi vida —eleva la voz a medida que lo dice.
—¿Qué? —sonrío como una imbécil al escucharlo.
—¿Por qué sonríes?
—¿Soy la mujer de tu vida? —me acerco a él porque quiero una tregua.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo —le rodeo el cuello para unir nuestros labios en un beso corto —
nunca me lo habías dicho.
—Carla...
—Shh —le vuelvo a besar —dos minutos de tregua.
—Joder —me agarra de la cintura y me eleva para colocarme sobre su
regazo —dos minutos.
—Sí —le beso en la mejilla —noventa segundos.
Se muerde el labio inferior mirándonos a los ojos.
¿Qué estamos haciendo?
¿Por qué no hemos hablado antes?
¿Por qué nos hemos comportado de esta manera?
—Te quiero —le abro el corazón —nunca te he olvidado, escapé de
Madrid por tu recuerdo, vendí la casa por ti y no he podido sacarte de mi
cabeza ni de mi corazón.
—Carla...
—No sabes como te odié cuando me deshice de mi casa, de mi familia,
de mis amigos, de mi vida —cierro los ojos —te lo llevaste todo y Gael fue
mi escape de aire.
—Lo siento, rubia —me besa en la mejilla —siento hacerte daño, siento
haber sido yo el culpable de todo.
—¿Qué hacemos?
—¿Eres feliz? —pregunta.
—Sí, he conseguido una estabilidad —no miento —pero pídeme que
vuelva y lo haré.
—No, Carla —me besa rápido —no puedo pedirte eso.
—¿Y entonces? —me tiembla la barbilla.
—Dejemos que el destino lo decida todo —sonríe, pero no le llega a los
ojos —déjame que te haga el amor.
—Sí.
Y no necesita nada más para hacerme sentir especial, única y sobre todo,
hacerme sentir querida y que aún existe un nosotros.
Me quiere, le quiero y por esa razón no quiere que deje todo lo que he
conseguido por él y por ese motivo, es el amor de mi vida.
Lo supe con doce años y hoy estoy segura de que sigue siendo él.
—Yo también te quiero, rubia —confiesa abrazándome con fuerza —si
lo deseas, vamos a ir despacio, vamos a empezar de nuevo y si tiene que
ser, será.
—No quiero estar sin ti.
—Yo tampoco, pero en esta ocasión —me acaricia la mejilla —lo
haremos bien y de mientras...—sonríe.
—¿Qué?
—Hablaremos por teléfono, haremos videollamadas y tendremos sexo
telefónico —me río —prepararé mi traslado.
—¿Qué? —abro los ojos.
—No sé lo que tardaré en que me lo den, pero ese margen será suficiente
para conocernos de nuevo y enamorarnos como nunca —me muerdo el
labio inferior para no llorar —para madurar como pareja y que jamás haya
ninguna grieta que nos haga tambalear.
—No puedo permitir que te vayas —no puedo ser tan egoísta.
—No necesito tu permiso, lo decidí después de nuestra primera noche
aquí, después de hacerte mía y descubrir que lo que pensaba que tenías con
él, se había acabado.
—Pablo...
—Shh, vamos a empezar y hacerlo bien.
—Lo siento —me escondo en su pecho —siento todo esto, siento ser la
causante de que nos perdamos tantas cosas —comienzo a llorar mientras me
consuela —siento hacerte traicionando y provocado que el lugar donde tú y
yo éramos felices, lo tenga otra persona.
—Shh, es una casa —me abraza con más fuerzas —crearemos nuevos
recuerdos.
—¿Lo prometes?
—Siempre, rubia.
Treinta y dos
—Carla, pásame los informes —me pide Gael.
—Aquí tienes —se lo dejo sobre su mesa sin perder ni un segundo.
No está de humor, cuando tiene esa cara de seta, significa que buscará
cualquier excusa para regañarme, pero no se lo voy a permitir. Vuelvo a mi
oficina antes de que lo consiga y al llegar, me siento tras mi mesa y suspiro.
Ojalá pudiera volver a esos días en Tenerife, volver a sus brazos y
aprovecharlo más si es posible.
Ya han pasado una semana y le echo de menos. Hablamos todos los días,
no sé cómo explicarlo, somos nosotros, pero es como si nos estuviéramos
conociendo de nuevo y todo está resultando precioso.
A veces es complicado porque tiene un horario laboral diferente al mío,
pero estamos consiguiendo tener una buena comunicación y me quedo con
eso.
Este fin de semana trabaja, le propuse de viajar el viernes en el último
vuelo a Madrid y volver el lunes a primera hora, pero me informó que
estaría trabajando para cubrir una baja y no quiso que me molestara.
Quería hacerlo, me hubiera bastado con una hora para volver a llenarme
de él, pero no quería insistir y lo dejé pasar, aunque me hubiera muerto de
ganas. Así que este sábado ceno con los chicos y sé que al menos con ellos
me lo pasaré muy bien y me distraeré de mis pensamientos.
También quiero que Eloi me cuente cómo le fue con Lucía en la sesión
de fotos, ella está muy contenta con el resultado, parece ser que tienen
buena química en el ámbito laboral, pero quiero su versión. Pienso hacerle
un interrogatorio y no sé a librar tan fácil de mí sin conseguir lo que quiero
escuchar.
—Carla —entra Gael sin tocar —llámales y diles que ya le he mandado
la propuesta final.
—Perfecto.
—Tengo una reunión, cualquier cosa me llamas.
—Sí, jefe.
Hago lo que me pide al segundo y continuo con mi trabajo. Tengo que
dejar de darles vueltas a mi vida sentimental y comenzar a disfrutar de una
vez por todas.
Mi iPhone se ilumina con un mensaje y al mirarlo, descubro que se trata
de Pablo y sonrío como una tonta enamorada.
Acabo de salir, estoy molido.
Pobre, descansa un rato.
Es lo que haré
solo quería hablar contigo
antes de desaparecer durante unas horas.
Al menos, sueña conmigo.
Suspiro al leer su último mensaje, cuando me dice estas cosas, hace que
todas las mariposas de mi estómago bailen de felicidad.
Intento hacerme la difícil, pero con él es imposible y termino babeando
como siempre que hablo con él.
Sabes que estás en mi mente siempre
incluso cuando duermo.
Cierro los ojos y cojo aire, le necesito tanto. Tengo ganas de besarle,
sentirle, quererle y siento que la distancia me está matando poco a poco. Él
quiere hacer las cosas bien, comenzar de nuevo, volver a conectar para que
los cimientos de nuestra relación sean fuerte y duradero y yo únicamente
quiero estar con él, sin tener que conformarle con a través de una pantalla o
por mensajes.
Eso no es suficiente para quitarme las ganas de él.
¿Te estás volviendo un romántico?
Tonteo un poco con él porque es lo que me da vida. No sé cómo he
podido estar tanto tiempo sin mi doctor favorito y tras analizarlo comprendí
que durante todo el tiempo que estuvimos separados, no era yo, sino una
réplica de mí misma para sobrevivir sin él.
¿Yo, romántico?
Solo contigo.
Eso espero.
Luego hablamos, voy a conducir.
Tecleo rápido un te quiero, pero lo borro al percatarme de lo que estaba a
punto de enviarle.
Conduce con cuidado y descansa
un beso.
Gracias, rubia.
Se desconecta y me levanto para prepararme un té. Es raro esta situación,
tener que cohibirme, pero así son las cosas y es lo que toca, o al menos,
durante un tiempo.
Paso el resto de día trabajando y aguantarnos al gruñón de mi jefe. Lo
peor de todo es que aún estamos a lunes y todavía me queda una semana
muy larga.
Al salir, vuelvo a casa en taxi y lo primero que hago es tirarme sobre el
sofá. Quería hacer un poco de deporte, pero no me apetece, así que cojo el
iPhone por si tengo algún mensaje suyo.
Al mirarlo me doy cuenta de que no tengo ninguno y ya han pasado seis
horas desde que se despidió.
¿Tanto duerme?
Quizás está con Marcos o con los chicos divirtiéndose después del turno.
¿Has descansado?
Espero que sí y que hayas soñado conmigo.
Lo envío y me quedo un buen rato mirando la pantalla por si se conecta.
Seguramente puso el modo avión porque no le llega.
¿Seguirá durmiendo?
No lo sé, dejo el móvil y cierro los ojos. Si Gael no estuviera de tan mal
humor, iría a su casa y prepararíamos algo de cenar, o incluso invitaríamos
a los chicos, pero como no lo está y paso de que me gruña fuera del horario
laboral, decido no proponerle nada.
Enciendo la televisión y me sirvo una copa de vino, no sé qué ver, pongo
Netflix y miro en la sección de novedades por si hay algo interesante.
Necesito comedia, alguna película que me haga reír y olvidarme de esta
sensación.
¿Estás en casa?
¿Qué querrá ahora?
Sí
¿Me invitas?
Vaya, qué raro, le contento con un sí rápido y al segundo suena el timbre
de casa. Abro con una sonrisa porque soy una débil y más con él.
—Adelante —le invito a pasar.
Sigue con la misma ropa de la empresa, lo que significa que acaba de
llegar y vino directamente a mi casa.
—Gracias —va hacia el salón y se sienta sobre el sofá cogiendo mi copa
de vino.
—¿Qué te pasa? —pregunto —¿es por el proyecto? —se la bebe del
tirón —si todo va bien.
—No quiero hablar de eso —gruñe y lo dejo estar.
—¿Tienes hambre?, ¿pedimos comida?
—Sí, será lo mejor.
Saca su móvil del bolsillo y llama a nuestra pizzería preferida. Como
siempre, me decanto por una boloñesa, más picante porque me encanta el
punto de la carne y él escoge una carbonara con pollo.
Vuelvo a la cocina a coger la botella de vino y otra copa para mí y
regreso. Al sentarme de nuevo sobre el sofá, se quita la chaqueta y la deja
en el respaldo de malas manera.
Le miro mal y la recoloco para que no se arrugue.
—Da igual.
—No me gusta verte así —añado.
—A mí tampoco, pero no quiero hablar de ello —no insisto —¿qué tal?
—Bien —relleno la copa.
—¿Y con tu amor?—ironiza.
—Bien, estamos teniendo una relación completamente diferente y me
gusta y me desespera al mismo tiempo —confieso.
—Estáis madurando como pareja —simplifica —y eso es bueno.
—Sí, pero le echo de menos —revelo —le propuse de ir el fin de semana
y básicamente me dijo que no —suelto el aire —me comentó que trabajaría
para cubrir una baja y no quería molestarme porque apenas podrá pasar
tiempo conmigo.
—No le des más vuelta, estará agotado y no querrá que te molestes
cuándo apenas podrá disfrutar de ti.
—Pero si con un ratito me hubiera vale.
—Sí, pero ya sabes cómo son los hombres, quizás el siguiente fin de
semana.
—Eso espero —suspiro.
El timbre suena y me levanto para abrir. Supongo que serán nuestras
pizzas y debo reconocer que me muero de hambre.
—Ya abro yo —me frena —tú trae servilletas.
—Vale.
Voy hacia la cocina y cojo un poco de aceitunas y las servilletas. Las
dejo en la mesa y al darme la vuelta, por poco me caigo al ver quien está.
—¿Pero qué...?
No termino la frase porque se acerca a mí y como loca salto sobre él para
abrazarle con fuerzas. Le rodeo la cintura con las piernas y nos besamos
con todas las ganas acumuladas.
¿Es real?
—¿Por qué no me has dicho que venías?
—Quería darte una sorpresa.
—Por eso... —le miro mal al atar cabo.
—Os dejo chicos —escucho decir a Gael y me acabo de dar cuenta de
espectáculo de besos que nos hemos dado delante de él.
—No, quédate —abro los ojos cuando se lo propone Pablo.
—En otra ocasión, mejor que estéis a solas.
Me separo de Pablo y acompaño a Gael hasta la puerta para despedirle.
No puedo evitar sonreír como una tonta enamorada porque es lo que
realmente soy.
—Perdona —me disculpo.
—¿Por qué? —frunce el ceño.
—Íbamos a cenar juntos.
—No te preocupes, nos vemos mañana —me da un beso en la frente y
sale de casa.
Cogiendo aire, vuelvo al salón y mordiéndome el labio inferior, me
acerco a él.
—Te voy a matar —le señalo con el dedo con una sonrisa.
—¿No te ha gustado la sorpresa?
—Me ha encantado.
—Menos mal —suspira y me acerca él —he tenido que doblar turnos
para tener estos días libres.
—¿Lo has hecho por mí?
—No, por mí, porque me moría de ganas de volver a verte y de estar
contigo —declara y le doy un beso corto.
—Gracias.
El timbre vuelve a sonar interrumpiendo nuestro beso y dándole el
último, me escapo de sus brazos y voy hacia la puerta para abrir y coger la
cena. Le pago rápido y vuelvo al salón donde está Pablo comiéndose una
aceituna.
—¿Boloñesa o Carbonara? —le enseño ambas pizzas.
—Las dos —me río —estoy hambriento.
—Pues vamos a alimentarte.
Nos sentamos sobre el sofá y comenzamos a cenar hablando como si no
hubiera pasado el tiempo. Se sorprende al probarlas y le explico que es la
mejor pizza de Bilbao. No me pregunta por Gael, intenta tener un buen
clima con él y solo por eso; le quiero.
—Me hace sentir mal, era su cena.
—No te preocupes, habrá improvisado —le quito importancia.
—Ha venido para nada.
—Realmente, solamente le ha dado al botón del ascensor.
—¿Qué?
—Vive en el ático.
—Aaah —pone esa cara que no sé descifrar.
—Oye, solamente somos amigos, me ayudó a conseguir el piso y hace
que no me sienta tan sola.
—Lo siento, rubia —me abraza y dejo que su olor me invada.
—Vamos a terminar de cenar que se enfría.
Y es lo que hacemos, nos dedicamos a comer mientras ponemos una
película de Netflix que apenas le presto atención. Al terminar, me ayuda a
recoger y no sé por qué, pero me siento tremendamente tímida.
—¿Quieres postre? —le ofrezco, tengo varias tartas en el frigorífico,
además de helado.
—Sí, a ti.
Me agarra de la mano para tirar de mí y pegarme a su pecho. Le sonrío
tímidamente y poco a poco une nuestros labios en un beso cargado de
sensibilidad. Entre abro los labios para profundizar el beso y me dejo hacer.
—Vamos a mi habitación —le pido.
Le señalo el camino y al llegar, me mira a los ojos y vuelve a besarme.
Sus dedos me acarician los brazos hasta detenerse en mi cuello y pegarme
más a él, le dejo hacer todo lo que quiera porque es exactamente lo que
necesito y deseo.
—Qué bien hueles —susurra.
—Pablo...
—Shh —me calla con otro beso —deja que te haga el amor.
—Sí.
Coge el bajo de mi vestido y lentamente me lo sube por el cuerpo hasta
que me lo quita completamente dejándome en ropa interior. Menos mal que
tengo un conjunto de encaje negro muy bonito porque si no, me hubiera
muerto de vergüenza.
—Eres tan bella —me mira de arriba abajo —siempre has sido tan
guapa.
—Pablo...
—Ven —vuelve a interrumpirme.
Me coloca sobre la cama con ternura y su mirada me analiza desde
arriba. Se desprende de su polo y sus vaqueros, quedándose como yo, en
ropa interior.
—He tenido que tener una semana de mierda solo para esto —se coloca
entre mis piernas —para estar contigo y darme cuenta de que todo merece
la pena —me besa por el cuello —¿por qué eres tan increíblemente suave?
—su mano se coloca sobre mi vientre y sube lentamente hacia el sujetador.
Desabrocha el cierre delantero exponiendo mis pechos y no tarda mucho
en dedicarse a ellas y hacerme suspirar. Me acaricia el pecho y me pellizca
el pezón antes de metérselo en la boca y comenzar a succionarlo,
provocándome una descarga eléctrica por todo el cuerpo.
Repite el proceso con el otro pecho y ya me tiene como quería. No
necesita mucho más para lograr que tenga tantas ganas de él y que sea el
único hombre que ha conseguido hacerme sentir viva y completa.
—Ah —gimo al sentir su mano sobre mi sexo.
—¿Estás lista?
—Siempre cuando se trata de ti.
—Respuesta correcta —aparta mis braguitas y coloca su dedo índice y
corazón sobre el clítoris y comienza a estimularlo.
—Pablo... —jadeo.
—Disfruta —y es lo que hago.
Cierro los ojos y me retuerzo de puro placer. Nadie ha conseguido
tocarme como él, es como si conociera mi cuerpo, incluso mejor que yo y
es algo que no entiendo. Agarro las sabanas con fuerzas y sé que no voy a
aguantar mucho si continúa así.
—Me voy a correr —anuncio.
—¿Y a qué estás esperando? —me penetra con un dedo y grito —
¿quieres que vaya más rápido?
—Quiero que me hagas disfrutar.
Introduce un segundo dedo y los mueve con maestría.
¿Cómo puede ser tan bueno?
No ha hecho nada del otro mundo y ya estoy a punto de explotar.
—Eso es.
—Pablo.
Y ya no puedo decir nada más porque llego al orgasmo con su nombre
entre mis labios. Cierro los ojos e intento recomponerme, pero no tengo
mucho tiempo, ya que nos desnuda completamente y sin esperar ni un
segundo, comienza rozar nuestros sexos con los flujos de mi orgasmo.
—Mira como resbala —le brillan los ojos —eres perfecta —me besa —
¿estás preparada?
—Para todo.
Y con una sonrisa en los labios, me penetra dejando que nuestros
cuerpos expresen lo que nuestras bocas no son capaces de decir y lo disfruto
como si fuera la primera vez que hacemos el amor.
Hizo doble turno para viajar a Bilbao y pasar unos días a mi lado. Ha
hecho que mi vida vuelve a ser de color de rosas, lo está intentando y soy
feliz por eso.
Está haciendo todo lo que prometió, está consiguiendo reescribir nuestra
historia.
—Carla... —gruñe moviéndose con más ímpetu —te quiero, ¿lo sabes?
—Sí, lo sé.
—Te quiero —gimo agarrándome a sus hombros —te quiero.
—Lo sé —se me llenan los ojos de lágrimas —no hace falta que lo
repitas.
—Si hace falta—me mira tan intensamente que me tiembla todo el
cuerpo —te quiero —declara —y quiero decirte —voy a llorar —todos los
te quiero que olvidé decir.
Treinta y tres
Pablo.
Me levanto como cada día antes que ella y la miro feliz porque aún no
me puedo creer que estemos así de bien, que volvamos a ser nosotros poco
a poco y que lo estemos consiguiendo.
La abrazo más a mi pecho porque no quiere recordar los meses que
estuve sin verla, sin sentirla, sin ser nosotros, pero inevitablemente,
mientras lucho por apartar esos recuerdos, finalmente me vencen y vuelvo a
ese punto donde sentí que mi vida no tenía ningún sentido porque ella ya no
estaba.
La trágica noche donde, por culpa de mis secretos y fue el principio del
fin. Me echó de su vida y fue exactamente en ese momento cuando la mía
se apagó.
¿Por qué me mantuve callado?
¿Por qué no le dije que solicité la beca?
Sé que Carla se alegraría incluso más que yo por mis propios logros,
pero por imbécil, lo dejé pasar y no supe cómo hacerlo.
¿Es que acaso no quería que dejara todo por mí?
¿Es que no quería ser un egoísta?
Sí, me sentía mal porque estaba haciendo algo que no quería que
ocurriera, no quería que por mí, Carla tuviera que dejarlo todo porque no
era justo para ella.
¿Por qué eché la beca si no quería separarme de ella, ni permitir que lo
dejara todo por mí?
¿Por qué me dejé llevar por mi superior?
La respuesta es fácil, siempre es la misma, nunca cambia.
Por imbécil.
Esa noche, cuando me echó de su casa, rompió conmigo y no me lo
podría creer. Pensé que lo solucionaríamos como siempre hicimos y que me
daría la oportunidad para expresarme.
Me daba igual todo, solo quería estar con ella y estaba dispuesto a dejar
la beca porque mi felicidad era ella, siempre lo supe, aunque no siempre se
lo demostré como merecía.
Pero nunca ocurrió, ella me echó de su vida sin mirar atrás y sin dejar
que pudiera defenderme y demostrarle que era lo más importante de la mía,
que sin ella, mi vida no tenía sentido.
Me dejó, rompió conmigo y me quedé sin saber qué hacer y me fui. Me
alejé pensando que podría superarlo y solo era la rabia quien hablaba por
mí.
¿Hice lo correcto?
A día de hoy la respuesta sería afirmativa, a pesar de todo lo mal que lo
pasé, porque gracias a ese parón en nuestra relación, me di cuenta de lo
imbécil que fui llegando a la conclusión que lucharía por estar con ella y le
demostraría cada día que era mi primera opción en todo, incluso de mí.
Por eso volví antes, por eso durante todo esos meses donde la tristeza, la
añoranza y el cabreo me recordaba que no estaba con Carla, me centraba en
el trabajo consiguiendo adelantar el trabajo y volver cuantos antes a
Madrid, a mi casa, a ella.
Necesitaba estar con mi rubia y solo saber de ella a través de mi hermano
y de los chicos, me mataba.
Pero al volver con la idea de recuperarla y ser los de antes, me encontré
con lo que jamás imaginé que pudiera ocurrir y lo que terminó por
destruirme.
Ella estaba con otro.
Ella estaba con ese imbécil.
Ella ya no era mía.
Ella me había olvidado.
Y entonces me comporté como un capullo inmaduro, como un cretino,
porque no podía estar cerca de ella e imaginar que son otros labios quien la
besaba, que son otras manos, quien la tocaba, que... que es él quien
recibiera cada sonrisa, cada mirada, cada te quiero que debería ser mío y ya
no lo era, y entonces, en ese punto, cuando sentí que me moría, porque era
real, porque ya no era suposiciones ni imaginaciones, sino hechos y
verdades, se rompió el alma.
Los chicos siempre intentaron ayudarme, aconsejarme y convencerme de
que aún estaba enamorada de mí y que dejara de ser tan idiota y le
demostrara de una vez que era la mujer de mi vida, pero era verla y pensar
en Gael y me cegaba.
¿Lo hice mal?
Sí, y me arrepiento por ello.
Pero no podía evitar cabrearme cada vez que la veía, porque no podía
gritarle que somos nosotros, ella y yo, mi rubia, mi vida, y si no fuera por
Marcos, no hubiera dejado la rabia a un lado y sentir que solo quería que
fuera feliz, aunque no sea a mi lado.
El día de la boda de Martín y Victoria, fue uno de los días más felices y
triste de mi vida. Feliz porque se casaba mi mejor amigo, mi hermano, con
el amor de su vida, y triste, porque al recordar que no iba a ser mi
acompañante como planeamos, me mataba.
En el momento que sonó nuestra canción, no puede resistirme más y
derrumbé todos mis muros abajo para acercarme a ella y bailar con la única
mujer que amaba. Gracias a Dios, no me rechazó y pude disfrutar de ella
como si fuéramos los de antes, como si nunca hubiera pasado lo que pasó y
como si ella aún fuera mi rubia.
Después de eso, fue el final, Carla se marchaba con él y la perdía para
siempre. No quería alejarme de ella, lo juro, fue lo más difícil que hice en
mi vida, pero no podía ser egoísta y si ella pudo avanzar sin mí, no sería yo
quien le fastidiara su felicidad.
Así que la deje ir, no luché, me conformé con lo que vivimos, aun
sabiendo que me destrozaría por dentro al recordar que ya no volveríamos a
crear nuevos recuerdos, ni hacer todo lo que planeamos.
La perdí, pero no podía hacerlo del todo, necesitaba algo que me
acercara a ella, que me recordara los momentos más dulces de nuestra
relación, dejando a un lado, aquellos que me dolerían. Necesitaba un ancla
para agarrarme y confirmar que todo lo que vivimos era real y no fruto de
mi imaginación.
Quería encontrar un punto de unión unilateral sin que a ella le afectase ni
le hiciera daño, solo para mí y de esta manera, poder seguir con mi vida sin
sentirme vacío por dentro.
Y cuando me enteré de que vendía su casa, que cerraba una vez más
nuestra historia, no pude soportarlo y la compré sin que Carla supiese que
fui yo quien realmente lo hizo.
Me moría de rabia y de dolor al imaginar que otras personas ocuparía el
lugar donde tantas veces fuimos felices, donde hicimos el amor, donde nos
reíamos tantos y pasábamos la mitad de mi vida junto a ella.
El lugar donde le decía te quiero y la amaba.
No podía, era superior a mí y lastimándome más, la compré y comencé a
vivir en ella y con su recuerdo. No estaba, pero la sentía en cada punto, en
cada estancia y aunque fuera mínimo, me sentía bien porque a veces,
cuando llegaba a casa y me tiraba sobre su cama cerrando los ojos, era
como si ella estuviera conmigo y me reconfortaba.
Juré que dejaría que fuera feliz sin mí, que no la molestaría, pero pasaron
los meses y era como el primer día. Así que aproveché un seminario que se
impartiría en Bilbao para pedir varios favores y ser yo quien lo hiciera.
Averigüé su dirección y fui nada más al aterrizar porque necesitaba verla
y saber cómo estaba. Era insuficiente estar al tanto de su vida durante las
salidas con los chicos, necesitaba saberlo de sus propios labios.
Recuerdo que toqué el timbre, pero nadie respondió. Supuse que aún no
había llegado y la esperé durante horas en la esquina hasta verla aparecer. Y
si lo hizo, vino, pero no como yo imaginé que lo hiciera.
Se estaba riendo, era feliz y le acompañaba Gael con un chico que no
conocía. Fue en ese momento, cuando me di la vuelta y la solté de verdad.
Ya no tenía derecho y lo mejor que podía hacer era dejarlo pasar y no
volver a molestarla.
Pero el destino barajaba sus cartas como quiere e hizo algo que me
sorprendió y que no esperaba. Encontrármela en el mismo centro comercial
y robándome el taxi que pedí.
Ese día hablamos, la vi feliz, acostumbrada a su nueva vida y tan guapa
que me dolía solo con verla. Me alegraba por ella, lo juro, pero durante
unos segundos, solo quería sentir y ver que también me echaba de menos,
aunque solo fuera un poco.
No podía continuar con esto, no podía estar cerca de ella sin gritarle lo
roto que estaba desde que no era sin mi rubia y como no quería ser egoísta,
rechacé el plan de cenar juntos porque era superior a mí.
Al levantarse para irse, no supe cómo hacerlo y le di un beso en la
mejilla que me removió todo, pero lo tuve claro, me despedí de ella.
Me despedí de nosotros.
Pero una esperanza surgió en mi ser al escuchar de nuevo de su boca mi
nombre. Llevaba más de un año sin escuchárselo decir y era lo que
necesitaba para volver a ser yo durante unos segundos y sentirme, aunque
sea poco, en paz.
Me había perdonado y fui el hombre más feliz del mundo, aunque no me
había perdonado como realmente me gustaría. Quería ser mi amiga y yo no
pude ser eso, aún no y sentía que jamás estaría lo suficientemente preparado
para aceptarlo, así que le di un beso en la frente y le deseé que fuera feliz
porque se lo merecía.
Si alguien tendría que estar sonriendo las veinticuatro horas del día, era
ella y pensar que al menos mi rubia lo estaba, me sentía un poco mejor.
Me di la vuelta y me marché una vez más con el alma en mil pedazos,
aguanté todo lo posible para no darme la vuelta y mirarla mientras se
alejaba de mi vida definitivamente.
No pude hacerlo, lo intenté, pero terminé girándome antes de doblar la
esquina y encontrarme con su mirada.
Llegué a Madrid destruido, pero un poco reconfortado al saber y ver con
mis propios ojos que ella, al menos, sí era feliz.
El tiempo pasaba y mi vida no mejoraba, estaba destruido y solo me
sentía en paz en su casa y por eso rechacé el plan de irme a Tenerife con los
chicos, no podía estar tanto tiempo sin sentirla, sin cerrar los ojos en su
cama y notar que todavía seguía a mi lado, que no la había perdido y que
seguíamos siendo nosotros.
Todavía seguía siendo mi rubia.
Pero acepté, claro que acepté cuando Marcos, con una sonrisa de medio
lado, me confesó que ella también iría, que estaba en Madrid y que a pesar
de saber que era un error ir y verla con él, era peor no hacerlo.
En el avión estaba inquieto porque no sabía cómo reaccionaría al verla
con él, al verlos besándose, sonriéndose y dudé sobre mi decisión porque si
ya era mucho sufrimiento imaginarlo, verlo, sería mucho peor.
Pero nada más coincidir con su mirada en el coche, sentada en los
asientos traseros, supe que si merecía la pena todo mi sufrimiento por ella.
Estaba tan guapa, que después de tantos días, volví a sentir esa paz fuera de
su casa.
Ella me había perdonado y únicamente quedaba que lo hiciera yo,
conmigo mismo, y quizás necesitaba pasar esta semana junto a ella para
pasar página.
Casi grito de alegría al descubrir que Carla no compartiría habitación
con él, por un momento pensé que quizás lo hizo por mí, pero lo descarté
completamente esa idea porque no quería hacerme más daño.
Durante la cena no pude apartar la mirada de Carla, solo podía estar
pendiente de ella y contenía la respiración cuando hablaba con él sentir esa
complicidad que tanto me mataba.
Al volver a la villa no podía pegar ojos al saber que solo nos separaban
metros. Necesitaba agotarme, sentir que me faltaba el aire para poder
meterme en la cama y dormir sin tener esas ganas locas de ir a buscarla.
La piscina era la mejor solución para eso y era exactamente lo que hice,
pero el destino como siempre conseguía descolocarme y volverme loco, ya
que coincidí con ella y pude volver a sentirla y quererla, como si no hubiera
pasado tiempo.
Me volví loco porque no entendía lo que pasaba.
¿No estaba con Gael?
Pero aparté esos pensamientos de mi mente y me dediqué a disfrutar de
esta pequeña tregua que el destino me regalaba e iba a aprovechar.
Y después de todo eso, compartí cama con la mujer de mi vida tras
hablar después de confesarme que jamás tuvo nada con él, que nunca fueron
novios y que solo lo dijo para hacerme daño y alejarme de ella.
Me cabreé porque llevaba más de un año imaginando como la tocaba,
como borraba mi rastro de su cuerpo y que por un momento, me dejé llevar
por el engaño, pero dejé eso atrás y me centré en el ahora.
No quería perder más el tiempo sin ella, sin mi rubia y fue la mejor
decisión que tomé.
Le propuse ir con calma, volver a conocernos y a confiar el uno del otro
mientras cerraba mi traslado y me mudaba a Bilbao junto a ella.
Porque no quería a estar lejos de ella y me daba igual donde sea, pero
con ella, con mi rubia, con la mujer de mi vida.
No perdí tiempo, le confesé todos los te quiero que olvidé decir para
sentirme en paz conmigo mismo.
—Mmm —suspira pegándose más a mi pecho —¿Pablo?
—Estoy aquí, rubia —se relaja y la abrazo de nuevo —te quiero.
—Lo sé —sonríe y me da un beso en el pecho —yo también te quiero.
—Déjame, decírtelo —pido —te lo debo.
—No me debes nada.
—Sí, te debo todos los te quiero que olvidé decir.
.
Treinta y cuatro
—Lander, Eloi, os presento a Pablo —señalo —Pablo, estos son los
amigos de los que te hablé.
—Encantado —saluda con una sonrisa.
—Igualmente, Pablo —le estudia Lander.
—Sentémonos —indica Eloi, simpático —Gael vendrá en un rato, me
llamó informándome que llegaría un poco tarde.
—Sí, me dejó un mensaje —estoy un poco nerviosa y no debería estarlo.
Quiero que todo salga bien, quiero que se lleven bien y les guste porque
ellos dos, aunque les conozca de hace unos meses, se han convertido en mis
amigos y quiero que lo acepte.
—Me comentó Carlita que te trasladaría para estar con ella —le miro
mal porque no me gusta el tono que empleó, ¿por qué es tan borde?
—Sí, quiero estar con ella y me da igual la ciudad —Pablo también se ha
dado cuenta de su tono y me mira de reojo.
No entiende lo que está pasando, supongo que se imaginará muchas
cosas como, por ejemplo, que le gusto o que hemos tenido algo y eso sí que
me preocupa porque no quiero malentendidos.
El camarero interrumpe la conversación un poco tensa y nos toma nota y
se lo agradezco. Al marcharse y dejarnos solos de nuevo, Eloi comienza a
hablar con un tono muy diferente al de su amigo, el profesor, y por lo
menos intenta que la cena sea más divertida.
—Buenas noches —saluda Gael al llegar y tomar asiento —disculpad
por la demora, he tenido un incidente.
—No te preocupes —le quito importancia —no llegas muy tarde.
—¿Qué me he perdido?
—Nada —responde Lander con ese tono —Pablo nos contaba un poco
sobre su trabajo.
—Exacto —le asesino con la mirada —¿algo grave?
—No, pero quería solucionarlo y así quedarme más tranquilo y no
esperar hasta el lunes —me sonríe.
El camarero vuelve con los entrantes y Gael aprovecha para pedir su
plato. Se decanta por el solomillo con salsa y vuelve a centrarse en
nosotros.
—Me comentó Carla que te vas mañana —se interesa.
—Sí, a primera hora porque trabajo en el turno de la tarde —informa —
se me acabó lo bueno.
—Bueno, Carla tiene un horario más fijo, así que seguro que sabréis
organizaros para veros más seguido —señala Eloi.
—Claro, los fines de semana podría bajar a Madrid y estar juntos.
—Exacto —me apoya Gael —además, aún tienes algunos días de
vacaciones y podéis aprovecharlos para daros una escapada.
—Eso suena genial —miro a Pablo —ya veremos.
—Estaría bien, solo tendría que cuadrar los turnos para acumular varios
días y así poder irnos, aunque sea unos días —me mira intensamente que
provoca que me tiemble todo el cuerpo —pero supongo que lo importante
es que estemos bien, juntos.
—Sí —sonrío como una tonta enamorada.
—Pues brindemos por eso —eleva la copa Eloi —por vosotros.
Brindamos y no puedo dejar de sonreír, aunque la cara de Lander
estropee un poco el momento, pero no se lo voy a permitir, cuando pueda
estar unos segundos a solas con él, pienso darle una paliza.
—Tú eres el que le hizo el reportaje a Lucía, ¿no? —a Pablo le cayó bien
y eso me alegra —habla maravillas de ti.
—Realmente yo no he hecho nada, simplemente darle al botón, ya que
ella se encargó de lo difícil.
—No seas modesto —le regaño.
—En serio, Lucía es una modelo increíble, con la que es muy fácil de
trabajar.
—Es mutuo, hazme caso —confieso —también se impresionó con tu
trabajo y seguro que haréis mucho más.
—Eso espero porque sería fantástico.
—¿Cuándo sale el reportaje? —se interesa Pablo mientras bebe de su
copa de vino.
—En tres semanas, justo antes de la inauguración.
—Sí —aplaudo —está tan feliz por eso.
—Se lo merece, ha trabajado mucho por sus sueños y lo está
consiguiendo —dice con orgullo mi novio —supongo que iréis, ¿no?
—Claro —le guiña un ojo el fotógrafo —ya me llegó la invitación.
—Perfecto, cuando estéis por Madrid avisadme y salimos a tomarnos
algo con los chicos.
—Claro, Gael y Carla nos han hablado mucho de ellos y me encantaría
conocerlos —afirma Eloi —cuando estuve por Madrid, estabais de viaje y
fue imposible.
—Es verdad, qué pena de que no podíais venir.
—Trabajo —suspira resignado —pero en esta ocasión, no hay excusa.
—¿Tú vienes, Lander? —quiero que participe en la conversación.
—En principio sí, me llegó la invitación y es un sábado por lo que no
trabajo.
—Genial, ¿y tú, Gael? —ya me estoy imaginando una cena divertida con
todos.
—No —responde seco —en primer lugar, no me hace especial ilusión ir
a una inauguración de una marca de ropa y en segundo lugar, no me llegó la
invitación, así que no iré —¿qué?, ¿no lo ha invitado? La mato.
—Imposible —finjo —si me pasó la lista de invitados y estabas.
—Habrá cambiado de opinión, pero sinceramente, es algo que no me
importa porque no iba a ir de todas formas.
—No seas así, Gael —le regaño —claro que irás porque no trabajas y no
te puedes excusar con eso y además, me gustaría que estuviéramos todos —
hago un mohín —así que vendrás.
—Carla, sabes que no me va eso de la moda.
—Pero no es por eso de la moda, es para apoyarla y están todos.
—Si ni siquiera nos caemos bien —aclara —esa mujer es insoportable.
—Pues a mí me cayó bien —la defiende Lander con esa sonrisa y sé por
qué lo dice.
—A mí también.
—Bien por vosotros —gruñe —pero a mí no.
—Gael —suspiro como si tuviera cinco años.
—Ya hablaremos de ese tema, no aburramos a Pablo con estas
conversaciones.
Cambiamos de tema y la cena va mejor de lo que pensaba. Lander habla
más, aunque sigue con esa pose de perdonavidas que no me gusta para
nada. Por el contrario, a Pablo le veo más relajado con la presencia de Gael
y eso me alegra porque significa que ya no cree que entre nosotros hubo
algo o habrá, por fin se ha dado cuenta de que simplemente es mi jefe y
amigo.
En el postre, pido helado con frutas variadas y ellos una taza de café.
Qué aburridos son, pero me da igual, yo soy muy de dulces y para mí el
postre es exactamente lo que he pedido.
—Voy a fumarme un cigarro, ¿alguien viene? —se levanta Lander —
¿Eloi?
—Paso.
—Yo sí —abro los ojos cuando se levanta Pablo, pero si él no fuma —
venimos ahora.
Se van y me inquieto porque no quiero que pase nada entre ellos.
¿Y si también voy para comprobar que no pasará nada?
—No te preocupes —aparto la mirada de ellos para centrarla en Gael.
—Pablo no fuma —revelo.
—¿Y? —pregunta Eloi —así hablan y dejan las cosas claras.
—¿Por qué Lander se ha comportado como un capullo con él?
—Porque es así —le quita importancia mi jefe —cuando alguien le
importa de verdad, se preocupa y hasta que no verifique que no te hará daño
de nuevo, no se quedará tranquilo.
—¿Y se tiene que comportar así? —gruño —¿como si le perdonara la
vida?
—Es su esencia —se burla el fotógrafo haciéndome reír.
El camarero vuelve con mi postre y las tazas de café y aunque me lo
como, no lo saboreo igual porque no paro de mirar hacia la puerta deseando
que vuelvan y sin un rasguño.
—Se nota que te quiere, que está enamorado de ti —confiesa Eloi y me
ruborizo.
—Lo estamos consiguiendo, hemos dejado el pasado atrás y solo
queremos ser felices.
—Y él también dejaría su vida por ti, si eso no es amor... —deja la frase
sin acabar.
—Gael —no sé qué responderle —a veces me siento mal por eso.
—Tienes que hablarlo con él, no te guardes nada porque luego pasa lo
que pasa —me saca una sonrisa —confiésale que es lo que te inquieta y él
te responderá que le da igual donde estar si es contigo.
—Vaya, qué romántico —me burlo —¿y si soy una egoísta?
—No lo eres —niega Eloi —habla con él y disfruta de estos días juntos.
—Lo sé —me meto otra cucharada en la boca y veo cómo se acercan
como si nada y me pongo en alerta.
—Gracias por esperar —se queja Lander mientras se sienta.
—Es que se derrite —me defiendo y les analizo.
—Está bien, Carlita —le saco la lengua.
Sorprendentemente, su actitud cambia radicalmente, ya no es tan gruñón
ni seco como al principio y ahora se comporta como el Lander que conozco
y quiero. No sé de qué han hablado, pero pienso descubrirlo esta noche
cuando me quede a solas con Pablo.
Mi novio paga la cena, a pesar de las quejas de los demás. Era su forma
de agradecerles la bienvenida que le han dado.
Eloi propone de ir a un bar con música en directo para tomarnos algo
más suave porque mañana se va a primera hora y todos lo vemos bien. Nos
dan la dirección y nos separamos porque cada uno han traído su propio
coche.
Al quedarme a solas con él, espero a que estemos en el interior del coche
que alquiló para preguntarle sobre Lander.
—Pablo —digo nada más entrar —¿qué ha pasado cuando te has ido a
fumar con Lander?
—Nada —sonríe —solo hemos hablado.
—Pero si tú no fumas —suspiro —¿de qué habéis hablado?
—De ti.
—¿Qué? —aunque era de imaginar —cuéntame y no te hagas más de
rogar.
—No pasa nada, rubia —conduce con cuidado —simplemente quise
hablar con él porque noté durante la cena que tenía reticencia hacia mí.
—Entre nosotros no hay nada —aclaro.
—Lo sé, no me refería a eso, quise aclararlo porque sé que es importante
para ti —me muerdo el labio inferior por la sorpresa —al hacerlo, me di
cuenta de que solo era un amigo preocupado, que no quería que volviera a
hacerte daño y le expliqué que mi intención era completamente lo contrario
y me dio el beneficio de la duda.
—¿Solo pasó eso?
—Sí, rubia —sonríe.
Llegamos al local que nos comentó Eloi y Pablo aparca en uno de los
espacios libres. Entramos cogidos de la mano y les vemos sentados en una
de las mesas, supongo que ellos, al conocer el camino hacia el local, han
llegado antes.
—Hola de nuevo —nos sentamos —¿habéis pedido?
—No, estábamos esperándoos —señala Eloi.
Y tras decirlo, viene el camarero y pedimos cinco cervezas. Mientras nos
las traen, analizo el local y es una pasada, tiene un escenario y en estos
momentos cantan la canción Happier de Olivia Rodrigo.
"Oh, I hope you're happy
But not like how you were with me
I'm selfish, I know
I can't let you go
So find someone great, but don't find no one better
I hope you're happy, but don't be happier"
La letra es tan bonita y real que sentí exactamente lo que dice cada
palabra durante los meses en los que no estuve con Pablo. Durante esa etapa
le deseaba que estuviera feliz, pero en el caso de que encontraba a alguien,
no quería que la amara como lo hizo conmigo, ni que ella le hiciera sentir
más cosas de las que yo le hice sentir.
Que fuera feliz, pero no más que conmigo, como dice la canción y
cuanta verdad hay en esa frase.
Dejo de prestar atención a la letra de la canción y me centro en los
chicos que me rodean y que ahora mismo están hablando como si se
conocieran de toda la vida y eso me encanta porque significa que se han
caído bien.
—Deja de decir eso —me río porque Eloi es la clase de chico que
quieres tener en tu vida sí o sí.
A pesar de ser increíblemente guapo, con esos ojos verdes que te
hipnotizan, es un ser lleno de luz que hace que estés tranquila y a gusto en
su compañía.
—Es verdad, tengo las fotos en el estudio y sales guapísima —me pongo
roja —recuérdamelo la próxima vez que nos veamos y te las doy para que
las tengas.
—Quiero verlas —sonríe orgulloso Pablo.
—Pásame tu móvil o tu correo y te las envío.
—Hecho.
—¿Queréis dejar de hablar de mí como si yo no estuviera? —me
desespero.
—Vi las fotos y estás preciosa, Carlita —sonríe Lander.
—Cállate.
—Dejarla tranquila —me defiende Gael —que como sigáis así, me
quedo sin empleada porque querrá dedicarse al modelaje.
—Trabajo no le faltaría —se pone serio Eloi —tienes una belleza
increíble, la cámara te quiere —afirma —hablo profesionalmente.
—Si me canso de este —señalo a Gael —ya sé con quién hablar.
—Cuenta conmigo —me guiña un ojo y sonrío.
—Dicho esto —se pone de pie Pablo y frunzo el ceño —¿quieres bailar
conmigo?
—¿Qué? —no entiendo nada, pero digo que sí.
Comienza la canción Love me like you do de Ellie Goulding que es
preciosísima y abrazándome por la cintura, comenzamos a movernos a
ritmo de la canción.
" So love me like you do
Lo-lo-love me like you do
Love me like you do
Lo-lo-love me like you do
Touch me like you do
To-to-touch me like you do
What are you waiting for? "
—Only you can set my heart on fire, on fire —susurra en mi oído y me
derrito literal.
Este es el Pablo del quién siempre estuve enamorada y siempre lo estaré
porque he vivido mi vida con él, y sin él, y tengo bastante claro que no
quiero desperdiciar ni un minuto más de ella, sin tenerle a mi lado, sin
decirle lo mucho que le quiero, que es el amor de mi vida y que, sobre todo,
que es la única persona que me hace vibrar y sentir.
—Te quiero —me mira a los ojos —¿lo sabes?
—Y yo.
Me pongo de puntillas y uno nuestros labios en un beso cargado de amor
y al separarnos, puedo verlo en su mirada.
Volvemos a la mesa y me encuentro con las miradas burlonas de los
chicos y finjo que no me he dado cuenta de ello. Continuamos con la velada
y siento que es la mejor noche que he pasado desde que me he mudado
porque tengo a mis amigos de aquí y a mi pareja y eso es insuperable.
Sobre las dos de la mañana, nos despedimos con abrazos y
prometiéndonos que esto se repite, ya sea en Madrid o aquí. Vuelvo a casa
con él, con mi Pablo, con la única persona que me ha hecho sentir especial
y querida.
Treinta y cinco
—Le echo de menos —confieso sentada en el sofá del ático de Gael —
desde que se ha ido no paro de pensar que quizás soy egoísta.
—Y si fuera al revés, él también lo supondría —sentencia —¿qué
quieres hacer?, ¿qué es lo que te pasa?
—No lo sé —dudo —no quiero que deje su carrera por mí, tampoco
quiero dejarte solo.
—No pienses en mí ni en él, piensa en ti y en lo que realmente te apetece
hacer.
—A veces creo que lo mejor sería volver a mi vida, pero si hago eso,
también sería injusta contigo porque me ayudaste mucho cuando más lo
necesitaba y...
—Frena, frena —me interrumpe —¿qué parte no entiendes de que quiero
que únicamente pienses en lo que tu corazón quiere hacer?
—Quiero volver —afirmo —pero al mismo tiempo, si vuelvo y me doy
cuenta de que lo he hecho mal desde el principio...
—Tú no has hecho nada mal —me abraza —cuéntame que es lo que te
pasa.
—Me pasa que siento que por mi culpa he perdido tiempo con él —se
me llenan los ojos de lágrimas —cosas que jamás volverán a ser porque no
se puede volver al pasado.
—El pasado es pasado —me da un beso en la frente —lo que importa es
el presente y construir recuerdos nuevos.
—Ya no hablamos de recuerdos, sino... —no puedo decirlo en voz alta.
—Dilo, soy yo.
—Mi casa, nuestra casa...
—Es solo una casa —le quita importancia —eso podréis hacerlo en
cualquier parte, solo se necesita dos cosas —me mira a los ojos —tú y él.
—¿Y qué pasa contigo?
—Yo estoy bien, ¿no me ves? —sonríe —sé feliz, que si tú lo eres, yo
también.
—A veces, eres tan cursi —me río mientras me limpio las lágrimas —te
quiero, ¿te lo he dicho alguna vez?
—No, pero no hace falta decirlo para sentirlo —me da otro beso en la
frente —sé feliz.
—Gracias —le abrazo fuerte —¿qué haría sin ti?
—Todo o más.
Paso la noche es su casa para meditar y ordenar todo lo que siento.
¿Quiero irme y empezar de cero en la ciudad en la que fuimos?
¿Podré conseguirlo a pesar de todos mis errores?
Como dice Gael, solo necesitamos dos cosas, él y yo, pero sé que me
romperé cuando pase por mi calle y vea a una pareja entrar e imaginar que
son ellos los que borran nuestros recuerdos, nuestra esencia y todo lo vivido
en ella.
Solamente es una casa, lo sé, pero para mí era mucho más, fue el inicio
de nosotros, nuestras primeras veces, donde vivimos nuestras peleas y
reconciliaciones, donde fuimos simplemente Carla y Pablo y me duele
recordar que ya nunca más volveré a ella.
Dejo apartado ese pensamiento porque lo único que consigo es hacerme
daño. Tengo que ser valiente y dejar el pasado y los errores atrás para vivir
el presente y ser feliz, y lo estoy consiguiendo.
No quiero ir hacia atrás, sino hacia delante.
¿Estás despierto?
Le envío un mensaje a Pablo y espero durante unos segundos hasta que
veo que se conecta y está escribiendo.
Trabajando, ¿pasa algo?
Sí, te echo de menos.
Y yo rubia
Pero este fin de semana vienes, ¿no?
Sí, voy.
Lo siento, pero te tengo que dejar
contaré los días rubia
te quiero.
Yo también te quiero.
Dejo el móvil y tomo la mejor decisión del mundo, este fin de semana
volveré, pero para quedarme. Le pediré a Gael que gestione el traslado y
espero que Martín lo apruebe. Volver con ese jefe que me hacía la vida
imposible, pero sé que lo compensaré al llegar a casa y poder verle sin que
sea a través de una pantalla.
Treinta y seis
—Te voy a echar de menos —le abrazo fuerte —gracias por todo.
—No digas tonterías —dice en mi oído —sé feliz, princesa.
—¿Y a nosotros no nos echarás de menos, Carlita? —pregunta mi
profesor favorito —o solo tienes para Gael.
—Claro que sí, tontito —me separo de Gael y le abrazo —gracias por
hacer mi estancia más fácil —y es verdad —ha sido increíble conocerte.
—Igualmente —me da un beso en la mejilla —¿tienes qué irte?
—Sí —hago un mohín —creo que es la mejor decisión que he podido
tomar.
—Déjala tranquila —me defiende Eloi —mientras que sea feliz, nos
vale.
—Eloi, gracias a ti también por todo —a él también le abrazo con todas
mis fuerzas —ha sido un placer conocerte.
—A mí también me ha gustado conocerte —me da un beso en la cabeza
—eres de las nuestras.
—¿Así de fácil? —se burla Lander apoyándose contra la pared —¿sin ni
siquiera una prueba de aceptación?
—Déjate de tonterías —le corta Gael —vamos a brindar para que este
sea el principio de una amistad duradera.
—Por favor —cojo mi cerveza —no quería emborracharme antes del
viaje, pero podría ser una bonita despedida.
—Voto que sí —eleva su cerveza Lander —así te tengo un día más para
mí solito.
—Y yo —se une Eloi.
—Menos mal que soy el más sensato del grupo —pone orden mi todavía
jefe —solo un botellín.
—Aburrido —se burla Lander.
—Piensa en Pablo —sonrío como una tonta enamorada y no soy la única
que se ha dado cuenta de ello.
—¿Y esa sonrisa? —pregunta Eloi.
—Si te vuelve hacer daño —me mira Lander —le doy una paliza.
—Sí, papi.
—¿A qué hora sale tu avión?
—A las seis, así que me daría tiempo a emborracharme si no fuera por
mi jefe —le guiño un ojo —¿vendréis?
—Sí, tenemos la inauguración de tu amiga en dos semanas.
—¿Y tú? —pregunto a Gael que sé que será el único que quizás no
venga.
—No te prometo nada —contesta.
—Por fi, por fi.
—Princesa, si siquiera estoy invitado —dice exasperado.
—Eso tiene fácil solución —hago un mohín.
—Ya hablaremos, ¿vale?
—Vale —cedo.
—¿Dónde te quedarás? —se interesa Lander, mientras abre otro botellín
de cerveza.
—En casa de mis padres —suspiro —sí, muy divertido todo, pero hasta
que no encuentre otra cosa...
—¿Por qué no vives con tu novio? —se interesa Eloi.
—Porque vive con su hermano y sinceramente, no quiero invadir su casa
—ojalá viviera solo.
—¿Él lo sabe?
—No, no sabe nada y espero que le guste la sorpresa.
—Seguro que sí, princesa.
Seguimos despidiéndonos de la mejor formas que sabemos, que es entre
bromas y sé que los echaré de menos, cada uno de ellos se han convertido
en mi familia en estos meses, en lo que creía que la vida se me rompía a
pedazos.
Son como mis hermanos y siempre me tendrá y espero que cuenten
conmigo para lo que necesiten y sigamos viéndonos siempre que podamos.
Únicamente pido eso.
A las cuatro me despido de ellos y Gael me lleva al aeropuerto con todas
las maletas, que no son pocas, pero es lo que tiene estar tanto tiempo en la
misma ciudad.
—Por favor —le abrazo cuando termino de facturar el equipaje —no te
olvides de mí.
—Eso sería imposible, princesa.
—Te quiero, ¿lo sabes, no?
—Y yo, te has convertido en alguien muy importante para mí —quiero
decirle todo lo que siento —quiero que seas feliz.
—Lo soy y tú también lo eres.
—Ven a visitarme.
—Te recuerdo, princesa, que aunque no estemos en la misma ciudad,
sigo siendo tu jefe.
—Tan prepotente como siempre.
—Así soy yo —me da un beso —tienes que irte.
—Lo sé, pero no quiero.
—Se lo voy a decir a tu novio —me río.
—Cuídate —me pongo de puntillas y le doy un beso en la mejilla.
—Tú también.
Me da un último beso en la frente y me deja ir para pasar el control y lo
hago llorando. Tengo sentimientos encontrados, por un lado, sé que hago lo
correcto, mi felicidad está con los míos, con mi familia, con mis amigos y
con Pablo, pero por otro, echaré de menos trabajar con él porque sin duda,
ha sido el mejor jefe que he tenido y me da mucha pena dejarlo atrás.
Dejo de pensar en eso porque si no me pongo triste y recuerdo los planes
que tengo en mente. Quiero vivir con él, no quiero perder más el tiempo y
solo rezo para que él también lo quiera porque sino, todos los planes
bonitos que tengo en mi cabeza, se irán al trasto y es una pena porque sería
un sueño poder cumplirlo.
Durante el trayecto de Bilbao a Madrid, me la paso entre nerviosa,
excitada y con ganas de pisar mi tierra, mi capital, mi casa y sobre todo, el
lugar donde están mis sueños, mi vida y mi felicidad.
Cojo un taxi para que me lleve a casa de mis padres para poder
ducharme y dejar las cosas. Sé que se llevarán una sorpresa cuando me vean
porque nadie sabe absolutamente nada de mi llegada, lo prefería así para
que él no lo averiguara.
Le doy la dirección al taxista y mientras me lleva, le dejo un mensaje al
grupo de los chicos para que sepan que he llegado sana y salva y se alegran
por ellos.
Pago al taxista cuando me deja en la verja de la casa de mis padres y me
ayuda a bajar todo mi equipaje. Se lo agradezco y dándome la vuelta toco el
timbre y me atiende la empleada.
—¿Pero qué haces aquí, hija? —sale mi madre corriendo —¿está todo
bien?
—Sí, mamá —la abrazo para tranquilizarla —estoy bien, solo que
vuelvo a casa.
—¿Qué? —me mira —¿qué pasa?
—Que vuelvo a Madrid, quiero estar con vosotros, con Pablo, con...
—Espera, espera —no entiende nada —¿qué dices?, ¿estás con Pablo?
—Vamos a entrar y te lo explico todo.
—Un día de esto vas a matarme.
Entre risa entramos en casa y en el salón le cuento todo lo que ha pasado
en estos meses, desde cuando estoy con Pablo, porque he vuelto a Madrid y
si es para siempre.
Ella no puedo estar más feliz de que su niña por fin vuelva a casa y
durante un tiempo viva con ella, aunque le maticé que sería para un tiempo
limitado porque cuando pueda, me iré para tener mi intimidad y poder vivir
mi vida como siempre quise y no dejaré que los miedos vuelvan a ganar la
batalla.
—Mamá, voy a ducharme —me pongo en pie —luego saldré.
—¿A dónde? —se levanta también.
—A ver a Pablo —anuncio —quiero contarle que estoy aquí y es para
siempre.
—¿No lo sabe?
—No lo sabe nadie, así que por favor no lo digas antes que yo.
—Hija —me frena —me alegra saber que estás de nuevo en casa.
—Y yo, mamá.
Me ayudan a subir todo el equipaje a mi habitación y solo abro una para
que me dé tiempo a salir de casa e ir al hospital porque a las diez termina su
turno y quiero estar esperándole para darle la sorpresa.
Para la ocasión, me decanto por un vestido lila ceñido por encima de las
rodillas y unas sandalias del mismo color. Es atrevido, pero lo necesito para
que me ayude a no echarme para atrás.
Dijimos adiós a los miedos y vine para esto y no permitiré que nadie ni
nada, y mucho menos yo, sea la causante de frenar mis sueños.
Si perder más tiempo, voy al baño para darme una ducha rápida. A los
quince minutos salgo y me enredo con una toalla.
Me echo crema hidratante en todo el cuerpo y empiezo por el maquillaje,
se me da muy mal y como quiero hacerme algo más trabajado, tengo que
hacerlo sin las prisas del momento.
Al terminar, me seco el pelo y me hago un poco de ondulaciones para
darle volumen y sinceramente, me han quedado muy bien. Por último me
visto y ponerme las sandalias y al mirarme al espejo, creo que voy mejor de
lo que pensaba.
Me echo perfume y salgo de la habitación.
—Qué guapa, hija —me halaga mamá.
—Gracias mamá —le doy un beso —he llamado a un taxi, en breve
llegará.
—Está bien —se da la vuelta y coge algo de la mesa —las llaves de casa
junto con la alarma.
—Genial —no había caído en eso
—Supongo que no tengo que esperarte despierta, ¿no?
—Mamá —me escandalizo —¿desde cuándo eres tan moderna?
—Nunca —sonríe —solo que estoy feliz de que lo hayáis solucionado.
—Y yo —sonrío —me voy, te quiero.
Salgo y como imaginaba, el taxi ha llegado. Me subo en él y le doy la
dirección del hospital donde trabaja Pablo. Voy muy bien de tiempo, son
apenas poco más de las nueve, así que tengo tiempo de sobra.
Media hora después, me deja en el hospital y le pago.
He llegado veinte minutos antes de su hora de salida y le mando un
mensaje para saber como va.
¿Qué tal tu día?
Espero que no esté en el quirófano porque eso significaría que mi plan se
va al garete y no es justo.
Largo e intenso.
¿Y tú, rubia?
Largo e intenso.
¿Qué podemos hacer para solucionarlo?
Noche de sexo.
Me apunto
¿cuándo?
¿Esta noche?
¿Dónde hay que firmar?
Ojalá estuvieras.
Ojalá.
Llego a casa, ¿y hacemos videollamada?
¿Qué te queda?
En diez minutos salgo
¿tú estás en casa?
No, pero en diez minutos sí.
Me muero de ganas de verte.
Y yo, avísame cuando salga.
Y cuando esté en casa.
Eso también.
Cierro algunas cosas y salgo.
Te quiero.
Y yo rubia.
Sonrío como una estúpida, pero me da igual si alguien me ve. Estoy en la
esquina apoyada en un coche mientras espero su mensaje que me avise para
esperarle en la puerta y darle la sorpresa.
A las diez menos cinco espero su mensaje, no llega y me muevo de un
lado para otro, nerviosa. Unos minutos después, hago lo mismo y nada, sigo
sin ver su mensaje y con miedo, miro hacia la puerta con la incertidumbre
de no saber si ya se ha ido y no le he visto.
Estoy saliendo
¿y tú?
En dos minutos estoy en casa.
Yo estaré en unos quince.
¿Seguro?
Camino en dirección a la puerta, esperando que salga por fin, pero de
momento nada. Al fondo veo como se acerca un hombre y a medida que lo
hace, me doy cuenta de que es él.
Lleva una mochila en los hombros y está hablado con alguien, no puedo
verle la cara, pero es una chica.
Se despide con una sonrisa antes de cruzar la puerta y veo como saca el
móvil y al vibrar mi móvil me doy cuenta de que me estaba escribiendo a
mí.
Camina hacia su coche sin fijarse en nadie y al pasar justo por mi lado,
no me presta atención y prácticamente pasa de mí y sonrío.
—Perdona, ¿me podrías decir la hora?
—Claro —se da la vuelta sin darse cuenta aún —las diez y ocho.
—Gracias.
Por fin me mira y abre los ojos por la sorpresa, se queda parado sin saber
como reaccionar hasta que veo su sonrisa y corriendo me abraza fuerte y le
correspondo de la misma manera.
Por fin me siento en casa.
—¿Qué haces aquí? —me da un beso.
—Sorpresa —sonrío y me da otro beso.
—Pienso matarte, ¿por qué no me has dicho que venías?
—¿Dónde estaría la gracia? —nos volvemos a abrazar como si no
hubiera un mañana.
—Rubia —me mira a los ojos —eres...
—Tengo que hablar contigo —anuncio —¿qué hacemos?, ¿vamos a tu
casa y nos tomamos algo o...?
—No —sonríe tenso —con lo guapa que estás, vamos a cenar.
—¿Al bar de siempre? —sonrío por el piropo —y tú también estás muy
guapo.
—Qué va, rubia.
—Me gusta como te quedan los vaqueros.
—Eso es porque me hace un culo increíble.
—Sí —le doy otro beso rápido y vamos hacia su coche abrazados.
Al subiros en él, Pablo no para de mirarme cada dos segundos y sonrío
porque sé que lo hace para cerciorarse de que estoy aquí, con él, en el
asiento del copiloto.
—Aún no me creo que estés en Madrid.
—Pues créetelo —me inclino y le doy un beso en la mejilla —¿te gustó
la sorpresa?
—Me encantó —sonrío feliz —aunque casi me da un infarto.
—Suerte de que estábamos cerca de un hospital.
—No seas mala, rubia —me mira antes de girar y comienza a aparcar.
—¿Tenías planes para hoy? —me intereso.
—Sí.
—Vaya, ¿te lo he jodido?
—Sí, tenía una noche de sexo telefónico con mi novia.
—Suena bien, si quieres, nos vemos otro día.
—Ya que estamos aquí... —me guiña un ojo.
Nos sentamos en la terraza y el camarero al vernos me saluda y
hablamos durante unos minutos antes de pedir varias tapas y dos cervezas
sin alcohol porque tiene que conducir.
—¿Cuándo te vas? —se interesa —tengo que mirar mis turnos y a ver si
alguien me los cambia.
—Frena —sonrío.
—Quiero aprovechar que estás aquí para pasar tiempo contigo.
—No es necesario que cambias tus turnos.
—Pero rubia, quiero estar contigo.
—Y lo vamos a estar —le acaricio la mejilla.
—Tengo turnos de tarde en estos días —piensa —podemos vernos por la
noche si no...
—Que frenes —me río —qué mono eres.
—No sé por qué estás así —frunce el ceño —quien te entiende.
Voy a contestar, pero el camarero vuelve con las bebidas y me
interrumpe. Me encanta ver a Pablo así, refunfuñando sin entender nada,
porque es tan mono.
—Pablo, tengo algo que decirte.
—¿Qué pasa? —se preocupa.
—En realidad, no quiero que cambies los turnos porque no quiero pasar
tiempo contigo.
—¿Qué?
—Es broma, tonto —le doy un beso —vuelvo a Madrid.
—Déjate de bromas, Carla —se está enfadando porque imagina que me
estoy burlando de él.
—No es broma, pedí mi traslado y Gael junto con mi hermano lo han
resuelto todo —explico —tengo estos días para reorganizarme y el lunes
vuelvo a mi puesto.
—¿En serio? —le brillan los ojos.
—Sí, tonto.
Se pone de pie y tira de mi brazo para que yo también lo haga y me
abraza con fuerzas escondiendo mi cara en su cuello porque es el mejor
lugar del mundo.
—Te quiero —susurra.
—Y yo.
Nos volvemos a sentar y no deja de sonreír, es tan guapo que no puedo
dejar de mirarle, de quedarme embobada pensando que este hombre es mi
novio y no sé qué habré hecho en la otra vida para merecerlo.
—Menos mal porque mi traslado estaba muy retrasado y no sabía
cuando conseguiría plaza.
—De eso no tienes que preocuparte —le doy un beso en la mejilla —eso
sí, cancélalo, no vaya a ser que tú te vayas y yo me quede.
—Eso nunca.
—Esta noche podemos celebrarlo en tu casa —le guiño un ojo.
—Está Marcos, rubia —se justifica.
—Da igual —ronroneo —te prometo que no haré ruido.
—Ya veremos —suspira.
Comenzamos a cenar y conseguimos un clima ideal, aún no se cree que
vuelva a Madrid, que podemos vernos siempre que queramos y podamos,
pero la única desventaja de mi vuelta es que ya no trabajaré con Gael y es
una pena porque me gustaba mucho hacerlo.
—Por cierto, los chicos te mandan saludos.
—Diles que igualmente —bebe de su cerveza —vienen dentro de poco,
¿no?
—Sí, y me muero de ganas de que lo hagan, nos hemos hecho muy
amigos.
—Sí, me di cuenta cuando fui.
—Son increíbles —sonríe.
—¿Quién sabes que estás aquí?
—Solo mi madre porque dejé mis maletas en casa —explico —y ahora
tú.
—¿Soy el segundo?
—Pero por obligación, me hubiera gustado que seas el primero.
—Así se habla rubia.
Pasan las horas y seguimos disfrutando de la cena, nos ponemos al día y
hablamos de todo y de nada a la vez. Me gusta su compañía, me hace bien y
no quiero que pasen los segundos, quiero quedarme así para siempre.
—Ya es tarde rubia —se pone en pie —pago la cuenta y vuelvo.
—Vale, guapo.
Miro el reloj y son casi las tres de la mañana, con Pablo el tiempo vuela
y no me doy cuenta de nada. Vuelve con una sonrisa y cogiéndome de la
mano, vamos hacia el coche.
—Le dije a mi madre que no me esperara despierta.
—Rubia —aprieta mi muslo —mañana trabajo, ¿quieres que te lleve a
casa?
—Prefiero dormir contigo.
—Pero está el tonto de Marcos y si quieres, podemos hacerlo mañana.
—¿Pero por qué hoy no?
—Ya te lo he dicho, no avisé a Marcos y mañana trabajo y no quiero que
nuestra primera vez sea mediocre.
—¿Pero qué primera vez? —me río —si hemos follado más que nadie.
—Ya me entiendes rubia —le quita importancia —quiero que sea
especial.
—Para eso es necesario dos ingredientes, tú y yo.
—Estoy cansado y no quiero que...
—Está bien —cedo de mala gana, si no quiere estar conmigo no le voy a
obligar.
Me lleva a casa de mis padres y me quedo callada. No me esperaba para
nada terminar así la noche, pensaba que lo haría en sus brazos y
demostrándole lo mucho que nos hemos extrañado.
—Mañana nos vemos —me sonríe acariciando mi mejilla.
—Claro —finjo que todo está bien.
—Paso por ti, ¿a las ocho? —me mira a los ojos —ponte guapa.
—Vale —abro la puerta del coche.
—Espera —tira de mí —no te enfades, rubia —me acaricia la mejilla
para que le mire a los ojos —sabes que me muero de ganas de estar contigo,
pero quiero hacer las cosas bien, ya no soy un adolescente...
—Pablo...
—Espera —me interrumpe —quiero que cuando estemos juntos sea
especial y no llevarte a mi cama, donde a dos metros está Marcos
escuchando tus gemidos, no me hace mucha gracia —gruñe.
—Mañana será igual, hasta que no encuentre donde vivir —indico —
¿qué será siempre así?
—Mañana no, hablaré con Marcos para que se vaya de paseo —sonríe.
—Pablo, solo quiero estar contigo, aunque no hagamos nada.
—No puedo dormir en la misma casa sin hacer nada, tu cuerpo me
llama, rubia
—Idiota.
—Eso es, me gusta más cuando sonríes —me da un beso rápido —dime
que no estás enfadada.
—Un poco —suspiro —pero se me pasará.
—Mañana te lo recompensaré, ¿vale?
—Está bien —cedo —mañana.
—Eso es rubia.
Me da un beso y me olvido de todo.
¿Por qué siempre tengo que buscar lo negativo?
Mañana estaremos solos él y yo y lo vamos a disfrutarlo.
—Te quiero —interrumpo el beso para mirarle a los ojos.
—Y yo rubia.
Nos damos el último beso y salgo del coche un poco menos enfadada.
Espera hasta que entre en casa y le digo adiós antes de cerrar la verja.
Por un lado, entiendo lo que dice, pero, por otro, no.
Como le dije a él, me hubiera conformado con dormir abrazados y estar
toda la noche hablando, pero parece ser que para él no es suficiente.
No quiero pensar mal, confió en él, pero hay algo que no me cuadra
porque muchas veces nos hemos quedado en su casa y nos daba igual que
estuviera Marcos, no entiendo por qué ahora sí.
Subo hacia mi habitación y me doy cuenta de que al final me he puesto
tan guapa para nada. He estrenado ropa interior y ni se ha molestado en
verlas, que desperdicio.
Me pongo el pijama, me desmaquillo y por último, me lavo los dientes
antes de tumbarme sobre la cama e intentar dormir.
Dijo que mañana sería diferente, vamos a ser positiva.
Treinta y siete
Salgo del baño con la toalla alrededor de mi cuerpo, hoy tengo la cita
con Pablo y quiero disfrutarla porque ayer me quedé con ganas de más.
Cojo cuatro vestidos y analizo los pros y contras de cada uno de ellos.
Me los pruebo uno a uno, pero ninguno me convence y los dejo sobre la
cama para seguir buscando otra opción. Iba bien de tiempo, pero estoy
perdiendo mucho en elegir la vestimenta.
—Joder —gruño.
Sigo mirando una a una cada prenda hasta que veo un conjunto
monocolor muy bonito y que, extrañamente, no me lo he puesto nunca.
Me lo pruebo y automáticamente, me doy cuenta de que ya sé que
ponerme y no puedo estar más feliz por la elección.
Lo dejo con cuidado sobre la cama y vuelvo al baño para comenzar a
maquillarme y peinarme.
Me empeño mucho con las sombras para darle profundidad a mi mirada
que brilla más que nunca. Me está gustando el resultado y en los labios, me
decanto por un tono nude, ya que quiero que sean mis ojos los que
destaquen.
En el pelo me hago un recogido desenfadado con varios mechones
sueltos para darle un toque más informal y así poder lucir la gargantilla que
me regaló Pablo en nuestro primer aniversario y los pendientes en forma de
lágrima.
Una vez preparada y vestida con el conjunto de seda azul que escogí,
solo puedo sonreír porque me veo guapa y sexi.
Miro el reloj y compruebo que son poco más diez, me echo perfume
rápido y salgo de la habitación para esperarle en la sala. Al bajar, descubro
que ya ha llegado y que está hablando con mis padres, y sonrío al ver la
estampa y darme cuenta de que es como si no hubiera pasado el tiempo.
Le analizo y a los dos segundos que mis ojos recorren su cuerpo, llego a
la conclusión que va muy guapo. Está tan elegante con su pantalón de pinza
azul marino, su camisa celeste que involuntariamente se me cae la baba al
darme cuenta de que vamos conjuntados.
—Hija —la primera al verme es mamá y aparto los ojos de él —qué
guapa estás.
Pablo, al mirarme, noto sorpresa en sus ojos y sonrío con suficiencia.
—Me hubierais avisado que ya estabas aquí —me acerco y le doy un
beso en la mejilla.
—Tus padres, tan amablemente, me han acompañado mientras te
esperaba —me abraza por la cintura —ha merecido la pena esperar cada
segundo.
—Nosotros nos vamos —me ruborizo —adiós.
—A divertiros —se despide papá.
Salimos de casa y nos metemos en su Audi. Me pongo el cinturón y noto
como me mira y ahora que estamos a solas, podemos hacer lo que tantas
ganas teníamos de hacer.
—Estás preciosa —me acaricia la mejilla —no sé cómo puedo seguir
respirando al mirarte.
—No exageres, Pablo —me inclino y uno nuestros labios en un beso
corto —anda, conduce que seguramente mis padres están mirando a través
de la ventana.
—Está bien —cede —pero tienes que hacer todo lo que te diga.
—¿Qué? —sonrío sin entender.
—Es una sorpresa —parece un niño pequeño —prométeme que me harás
caso en todo.
—Lo prometo.
Conduce mientras escuchamos música y le doy un poco de volumen al
sonar la canción Mil veces de Dvicio.
"Te miro y se nota
Que estamos hechos de lo mismo
Puedo tocarte y sentirlo."
Es tan cierta esa frase y ahora sé, sin dudas ni miedos, que Pablo y yo
estamos hechos para estar juntos y querernos como nadie lo hizo.
Es mi media naranja y yo la suya.
¿Hay algo más bonito que darse cuenta de que estás con la persona
indicada?
No, estoy segura de eso y quiero vivir todos los momentos que estoy
segura de que serán mágicos, y recuperar aquellos que no hemos podido
vivir, pero lo que tengo claro, es que mereció la pena nuestra separación
para tener esta seguridad en nuestra relación, aunque el camino haya sido
tan complicado y doloroso.
—Ponte esto —frena de repente el coche y le miro sin comprender —
prometiste que harías todo lo que yo quisiera.
—¿Qué escondes?
—Es una sorpresa —sonríe de medio lado ofreciéndome un antifaz de
color negro —vamos, rubia.
—Está bien —lo cojo y me la pongo.
—¿No ves nada?
—No, tonto —me río.
—No hagas trampa, merecerá la pena, rubia —me da un apretón
cariñoso en la rodilla y vuelve a conducir.
No sé qué trama, pero las sorpresas me excitan y me muero por describir
que será. Mi lado ansioso desea elevar un poco el antifaz para tener una
pista de donde me lleva, pero no quiero romper la sorpresa y además, he
notado en su voz un poco de nerviosismo e ¿inseguridad?
—¿Queda mucho? —me quejo como si tuviera cinco años.
—No, quince minutos solo.
—Vale —busco su mano y se la cojo —¿me das una pista?
—No —niega.
—Qué soso —me suelto de su mano con una sonrisa y me acomodo.
—Eres peor que una niña —se burla —tiempo al tiempo.
—Tiempo al tiempo —le imito.
Cojo aire y disfruto del camino, conduce tan bien que si sigo así, me
dormiré.
Quince minutos más tarde, como indicó él, apaga el motor del coche y
automáticamente, me activo porque ya hemos llegado.
—No te muevas —ordena suave.
Abre la puerta del coche y sale de él, a los pocos segundos, se abre la
mía y me desabrocha el cinturón mientras me ayuda a bajar para que no me
caiga.
Me agarra de la cintura y me conduce, huele tan bien que aspiro su olor
que me sabe a gloria. Con cuidado, caminamos y no tengo ni idea de donde
me está llevando, oigo mucho ajetreo, pero esto es Madrid, así que no es
ninguna pista.
Se detiene y escucho unas llaves, descarto cualquier local o restaurante
porque si así fuera, ¿para qué quiere unas llaves?
Abre la puerta y con cuidado, entramos y estoy más perdida que nunca.
Volvemos a detenernos y escucho el pitido que indica que se están abriendo
las puertas del ascensor, así que tenemos que estar en un edificio.
¿Su casa?
¿Me ha preparado una cena romántica?
Me muero, pero no entiendo por qué me ha puesto el antifaz a mitad de
camino, me lo podría haber puesto justo al entrar en su edificio.
Dejo de pensar en eso y disfruto del momento tan bonito que estoy
viviendo a su lado. Salimos del ascensor y vuelvo a oír el sonido de las
llaves al cogerla.
—Ya hemos llegado —anuncia caminando hacia delante y se para de
repente.
—¿Me lo quito?
—No —niega demasiado rápido —todavía no.
—Vale —sonrío.
¿Por qué está tan nervioso?
¿Me pedirá matrimonio?
¡¡¡JODER!!!
—Antes de que te quites el antifaz, quiero decirte dos cosas —su voz
tiembla y yo con ella.
—Dime, Pablo —le pido, casi le suplico muerta de nervios.
—Te quiero —afirma seguro y yo sonrío intentando tranquilizarme.
—Y yo —me muerdo el labio inferior —¿y lo otra cosa?
—Cuando me echaste de tu vida, de tu casa... —traga saliva —sentir un
dolor tan profundo que me perdí, porque sin ti, no soy yo, porque eres el
faro que guía mi vida y te necesito para ser feliz... —me tiemblan las
rodillas —y por eso, cuando te fuiste de Madrid para separarte de mí
definitivamente, hice algo para tenerte, aunque no estuvieras —¿qué?, no
entiendo nada —para revivir todos nuestros momentos, para sentir que
estabas a mi lado, para impedir que mis errores no se lleve nuestros
recuerdos... —me acaricia la mejilla y sus dedos se colocan sobre el antifaz
—por eso lo hice... —poco a poco me lo levanta —porque te quiero y
porque no podía vivir sin ti y...
Me quita el antifaz del todo y cierro los ojos para acostumbrarme a la luz
y al abrirlos de nuevo y ver donde estamos, casi me desmayo de la
impresión.
—¿Qué es esto?
—La compré yo —confiesa y sin darme cuenta, comienzo a llorar —lo
siento, no podía permitir que también te llevaras todos los momentos que
vivimos en estas cuatro paredes, así que...
—¿La compraste? —no sé si lo he comprendido bien.
—Sí, y desde que te fuiste, vivo aquí —me estudia nervioso —lo siento
por habértelo ocultado, hacerlo a tus espaldas, siento...
—Cállate —tengo que digerir todo esto —¿es tuya?.
—No, es tuya —me corrige.
—Joder, Pablo —me tapo la cara para soltarlo todo —llevo meses
maldiciendo el momento que firmé la compraventa —me lamento —
arrepintiéndome, en cada segundo, por ser tan idiota y permitir que otros
borraran nuestros recuerdos.
—Shh —me abraza —lo siento.
—¿De verdad la compraste? —me agarro a eso con desesperación.
—Sí, la compré por ti —se separa y mira mis ojos —para ti —me da un
beso corto —pero sobre todo, para mí, para tener algo que aún huela a ti.
—Te quiero —le abrazo fuerte —te quiero.
—Y yo, rubia.
—Gracias —sorbo por la nariz —gracias por no permitirlo.
—No me las des, también lo hice por egoísmo.
—Al menos uno de los dos supo actuar —sonrío de medio lado.
—Toma —me coloca las llaves sobre mi mano —bienvenida a tu casa.
—¿Qué?
—Es tuya, la compré para ti y tienes que vivir en ella.
—Pablo... —no sé qué decir.
—Shh —me calla con otro beso —luego hablaremos de todo, cuando
hayas digerido la noticia —sonrío —pero ahora, a cenar.
—¿Has preparado la cena? —no me lo creo.
—Sí, solo falta darle un toque de calor —explica —siéntate.
Con una sonrisa por volver a pisar la casa donde fui tan feliz, me siento
en la mesa mientras él termina de preparar todo.
Vuelve a aparecer con un vino francés y rellenas nuestras copas con una
sonrisa. Bebo un poco de ella mientras desaparece y a los pocos minutos,
aparece con dos platos y lo deja sobre la mesa
—Espero que te guste
—Seguro que sí.
Comenzamos a cenar las vieiras rellenas al estilo de Julia Child y al
probarlo, gimo de placer. Están tan ricas que se me queda corto y quiero
más, pero como es el primer plato, será mejor no hincharse.
Terminamos con el primer plato y recoge la mesa, y a los pocos
segundos, aparece con el segundo, que se trata de salmón al vapor con salsa
a la pimienta.
—¿Por eso no querías que pasemos la noche juntos? —pregunto de
repente.
—Exacto, ya no vivo con Marcos y no quería que te enteraras de aquella
manera.
—¿Y por eso has montado todo esto?
—Sí, quería darte la noticia con esta sorpresa.
—Una sorpresa preciosa —sonríe por fin —¿por qué no me dijiste nada
cuando te conté lo mal que estaba por deshacerme de mi hogar?
—Porque no quería condicionarte —confiesa —eras tan feliz que si te lo
decía, quizás hubieras hecho las maletas y hubieras vuelto a Madrid.
—Al final lo hice.
—Pero eso fue porque tú lo decidiste sin que yo interviniera, no quería
convencerte de nada y mucho menos, utilizar esa baza para que regresaras
—señala —estaba listo para mudarme y estoy completamente seguro que
hubiéramos sido muy feliz en Bilbao.
—Lo sé y por eso te quiero —le cojo de la mano —gracias por pensar en
mí, en lo que necesitaba y lo que quería.
—Y yo rubia, siempre has sido mi prioridad y quise demostrarlo.
Me pongo de pie y me siento sobre su regazo para darle un beso que
demuestre lo mucho que le quiero, lo importante que es para mí y lo que
significa en mi vida.
—Se va a enfriar —indica.
—Que le den a la comida —me río —te prefiero a ti.
—Y yo rubia.
Poniéndose de pie de golpe, me coge como si fuera una princesa y me
lleva a mi antigua habitación, que al estudiarla, descubro que sigue
exactamente igual como la dejé.
—Te quiero —me deposita sobre la cama y él sobre mí.
—Lo sé —le doy un beso —eres el amor de mi vida.
—Y tú el mío.
Me mira con tanta seguridad que no cambiaría nada por llegar a este
momento.
Me vuelve a besar y nos demostramos todo lo que sentimos con caricias,
besos, miradas mientras la ropa va desapareciendo y así poder hacer el amor
como jamás antes lo hicimos.
Vuelvo a mi hogar y puedo decir que me siento completa porque le tengo
a él, a mi familia, a mis amigos, mi trabajo y sobre todo, tengo esta casa que
lleva su nombre y que tanto me atormentó perder en estos meses.
Parece ser que el destino me da un descanso y la felicidad vuelve a tocar
mi puerta y la he abierto de par en par para disfrutarla y vivirla como debí
hacer y no hice por miedo, incertidumbre, inmadurez, pero se acabó todo
eso.
Somos él y yo y que se pare el mundo porque nosotros no volveremos a
hacerlo.
Treinta y ocho
Una semana después.
—Rubia —me llama —vamos a llegar tarde.
—Me pinto los labios y salgo —respondo dándome prisa.
Hoy tenemos comida en casa de mis padres y estoy terminando de
arreglarme, aunque por las horas que son, llegaremos tarde seguro.
Para esta ocasión me he decantado por unos vaqueros básicos de cintura
alta, un crop top mostaza dejando los hombros y el ombligo al descubierto y
la he combinado con unas sandalias de tacón y un bolso del mismo color
que el top.
—Rubia —vuelve a llamarme —me voy a ir sin ti.
—No serías capaz —salgo del baño para ir al salón —ya estoy lista,
pesado.
—Vaya —se acerca y me agarra de la cintura para pegarme a su pecho
—ahora mismo no quiero salir.
—¿Y qué quieres hacer?
—Follarte —se inclina para darme un beso, pero me aparto.
—No que me distraes y ya llegamos tarde.
—Eso es por tu culpa, rubia —me acusa.
—Por eso voy a remediarlo, aunque me quede sin un orgasmo increíble.
—Así que increíble —sonríe de esa manera que me vuelve loca.
Hago un mohín y salimos de casa cogidos de la mano. Esta semana ha
sido de ensueño, no imaginaba que vivir con él sería una experiencia tan
espectacular que ahora no podría vivir sin él.
Aunque él diga que es mi casa y que puedo hacer lo que quiera,
realmente es suya y que mejor que compartirla y recuperar el tiempo
perdido en ella.
Debido a nuestro trabajo, hay días que nos vemos muy poco y otros, que
no dormimos juntos porque él tiene guardia de noche, pero cuando si lo
hacemos, lo disfrutamos como si no hubiera un mañana y de la mejor
manera posible, entre sus brazos.
Llegamos a casa de mis padres y salimos del coche corriendo porque
mamá odia la impuntualidad. Nos dirigimos directamente al jardín y me
doy cuenta de que somos los últimos, para no variar.
—Hola —saludo.
—Llegas tarde —me recrimina mamá.
—Lo siento... —me quedo callada cuando veo a la persona que jamás
pensé que vería —¿pero tú que haces aquí?
—Tuve reunión con tu hermano y aquí estamos.
—Gael —le señalo con el dedo —¿por qué no me dijiste que vendrías?
—Porque no lo sabía hasta ayer y al suponer que te vería hoy, pues
sorpresa.
—Te odio —le doy un abrazo largo porque le he echado de menos.
Saludo a papá y cogiendo una cerveza, me pongo hablar con las chicas
mientras veo a Pablo hacer lo mismo con los chicos.
—¿Cómo estás, Carla? —pregunta Victoria.
—Feliz —creo que no hay otra palabra que lo describiría mejor —
realmente feliz.
—No hace falta ni que lo digas, es verte y darme ganas de vomitar —
critica Lucía con una sonrisa —veo, incluso, las mariposas.
—No seas envidiosa —me defiende Carolina —ya era hora de que por
fin lo seas de nuevo.
—Eso, eso —se une Audrey —y qué fuerte lo de la casa.
—Me quedé muerta —señalo —me dio la mejor sorpresa de mi vida.
—Debo confesar que yo ya lo sabía —miro de repente a Victoria —lo
siento, pero no podía decírtelo.
—No te preocupes —le quito importancia —Lucía, ¿cómo llevas eso de
la inauguración?
—Me va a dar un ictus por el estrés, pero por lo demás...
—No seas tan exigente, va a quedar preciosa —afirma Carolina —¿por
qué eres tan estricta?
—Porque no quiero que salga nada mal.
—No saldrá mal —la abraza.
—Gracias por ayudarme, por cierto —le agradece la modelo —me has
quitado muchas cosas de encima.
—Para eso están las amigas, ¿no? —le quita importancia.
—En realidad a todas —sonríe por fin —Audrey, los cuadros quedaron
ideales.
—Me alegra saber que te gustaron —le guiña un ojo —si necesitas algo
más, aquí me tienes.
—Gracias, de momento creo que voy bien —suspira —mañana hablaré
con el catering porque creo que voy a cambiar el menú, pero lo tengo
controlado.
—Una semana y abrirás —grito.
—No lo digas dos veces que todavía no me lo creo.
—Chicas —nos interrumpe mamá —tomar asiento que vamos a empezar
a comer mientras se hace la carne.
Nos sentamos en la mesa y al girar la cara y ver a Pablo, me guiña un ojo
y sonrío. Analizo la mesa y hay de todo, por eso me encantan las
invitaciones de mis padres.
Me pongo un poco de paella en mi plato y comienzo a comer mientras
hablamos de todo y de nada a la vez. Martín se está encargando de la
barbacoa que es su especialidad, mientras el resto estamos sentados y
disfrutando del día.
—¿Me la rellenas? —le pido a Audrey —necesito más vino.
—Y más de esta que es de primera calidad —me guiña un ojo.
Pico de todo un poco porque hay tantas cosas y todo está tan bueno que
es una pena no probarlo porque sé que luego, al recordarlo, me arrepentiré.
—Lucía, cariño, gracias por la invitación —le agradece mamá —ahí
estaremos.
—Gracias —sonríe —estaré encantada de veros.
—Iremos todos —señala Victoria.
—Todos, no —escucho decir a Gael y le miro mal.
La comida se hace muy divertida y una de las ventajas de volver a
Madrid era precisamente esto, poder estar con todas las personas que me
importan siempre que quiera.
En el postre, mi momento favorito del día, me pongo una porción de
tarta de limón que hizo mamá y seguimos con las risas y el buen rollo.
Thiago prepara café para todos y nos ponemos hablar de las anécdotas
del pasado. Como siempre, Marcos es el que más tiene que decir, ya que se
acuerda de las decisiones y momentos más absurdos de sus amigos y no
paramos de reírnos.
Al terminar, recogemos la mesa entre todos y luego, volvemos a
dispersarnos en grupos pequeños. Está siendo un día increíble y me da pena
que el tiempo pase tan rápido.
Me estoy riendo de algo que dijo Lucía mientras veo a Pablo
mirándome, al pillarle aparta sus ojos de mí, rápido y no le doy más
importancia. Así continuamos durante un buen rato y tomo la decisión de
que si vuelvo a pillarle mirándome y al coincidir apartarla, iré a hablar con
él y preguntarle directamente lo que le pasa.
Pero no me da tiempo ni a dar dos pasos, porque se pone en pie sin
apartar la mirada sobre mí mientras se acerca donde estoy.
—Carla —dice alto y claro —llevo, prácticamente toda mi vida,
enamorado de ti y en muchas ocasiones, he sido tan imbécil al no
reconocerlo por el maldito prejuicio, pero fue exactamente en esta casa
donde empezó todo —abro los ojos sin entender nada —como todos
sabréis, en muchos momentos de nuestra relación, no he estado a la altura,
hemos tenido muchas idas y venidas, pero lo que si tengo claro es que eres
la mujer de mi vida —me tiemblan las rodillas —te quiero, eres lo más
importante que tengo y ya he sentido que es vivir sin ti y no quiero volver a
sentirlo —el corazón me va a mil —por eso, delante de tus padres, de tu
hermano, de tus amigas y amigos —da el último paso y se pone de rodillas
sacando una cajita y al abrirla, descubro un anillo precioso —quiero que te
case conmigo, que formemos una familia, que seas mi mujer y ser tú y yo
por el resto de nuestra vida —no puedo decir nada, solo llorar —Carla
Aguilar, ¿quieres casarte conmigo?
—Sí —susurro —sí, quiero.
Me pone el anillo con toda la suavidad del mundo y lentamente, se pone
en pie y me da un beso que me sabe a gloria, nuestro primer beso siendo,
¿prometidos?
Escucho gritos de las personas que nos rodean, pero nos da igual,
seguimos besando y viviendo este recuerdo sin quedarnos con las ganas de
nada.
Al separarnos y mirarnos a los ojos, sé que no puedo ser más feliz de lo
que estoy siéndolo con él. Muchas veces, la distancia y el tiempo es el
mejor amigo para poder darte cuenta de lo que necesitas y como lo
necesitas, y a mí con Pablo me ha pasado y, aunque al principio no lo veía,
ahora tengo claro que lo mejor que hicimos era darnos un tiempo.
Cada una de ellos nos felicitan con besos y abrazos y solo puedo dar las
gracias, sonreír y soltar un par de lágrimas, pero todas de felicidad.
—¡¡¡Qué te casas!!! —grita Lucía y comenzamos a saltar feliz.
—Gracias Pablo por hacerme feliz —añade mamá emocionada —me
quedo más tranquila a saber que tú serás su compañero de vida.
—Vamos a brindar como se merece —se levanta papá —voy a por el
champán.
Me río mientras veo como desaparece y a los pocos minutos volver con
el champán. Lo abre y llena cada una de las copas para brindar por mi
futura boda.
—Vamos, Victoria —le anima papá.
—Yo también tengo que dar una noticia —sonríe —siento romper el
momento, pero ya no podemos esperar más.
Frunzo el ceño porque no sé a qué se refiere y más cuando Martín se
coloca a su lado y la coge de la mano.
—Papá, mamá, amigos, amigas... —comienza a decir Martín —Victoria
y yo...
—Estoy embarazada —dice de golpe ella y abro la boca.
—No me lo creo —grita mamá corriendo para abrazarlos —qué gran
noticia, qué día tan bonito.
Volvemos a abrazarnos y dar las felicitaciones a los futuros papás y no
podría estar más feliz, un sobrino o sobrina y ya me estoy muriendo por
conocerlo o conocerla.
—Ahora sí que vamos a celebrarlo.
Brindamos con más motivos que antes y al ver a cada una de las
personas que me rodean, noto en sus ojos la alegría al conocer las noticias
que hemos dado y eso es lo que hacen las familias.
Sobre las nueve, nos despedimos de mis padres, aunque ellos insisten en
que nos quedemos por lo menos a cenar, pero estamos tan agotados que
queremos volver a casa.
Prometemos repetirlo y no insiste porque supongo que tendrá que pensar
en los preparativos y menos mal que Victoria va a ser mamá para que no se
dedique por completo a mí y no me agobie.
—¿Eres feliz? —pregunta mientras nos dirigimos a casa.
—¿En serio lo preguntas?
—Sí —me mira cuando frena en un semáforo.
—La felicidad se queda corta con lo que siento —me inclino y le doy un
beso corto.
Veinte minutos después, entramos en casa y lo primero que hago es
quitarme las sandalias y mis pies descansen. Elevo mi mano y analizo el
anillo, es tan bonito y tan yo que, sin duda, si hubiera un anillo que me
describiría, sería este.
—¿En qué piensas? —me abraza por la cintura.
—En que es el anillo ideal.
—Lo compré antes de que lo dejáramos, pero por suerte no te lo pedí en
ese momento —abro los ojos —no estábamos preparados.
—¿En serio? —me doy la vuelta para mirarle.
—Sí, Carla —coge aire —recuerdo que cuando me fui a Estados Unidos,
lo dejaba todas las noches en la mesita para recordar lo que pudimos tener y
lo que perdí por imbécil.
—No digas tonterías —le regaño acariciándole las mejillas —como tú
dices, no era nuestro momento.
—Te quiero.
—Y yo.
Me pongo de puntillas y le doy un beso suave, quiero demostrarle con él
lo mucho que le quiero y lo importante que es para mí.
Poco a poco, nos desprendemos de la ropa para poder sentirnos, y al
quedarnos en ropa interior, me coge por las caderas y enredo mis piernas
alrededor de su cintura mientras nos lleva a nuestra habitación.
—Hoy será el principio de todo —señala.
—Nunca volveremos a separarnos —me deposita sobre la cama y
seguimos besándonos —esto ya es para siempre.
—Que me maten primero —desabrocha mi sujetador liberando mis
pechos —antes muerto a dejar de ver, acariciar o besar a estas
preciosidades.
Sonrió mientras se inclina y hace exactamente lo que dijo, no necesito
más para saber que ya estoy lista para él. Aparto como puedo su calzoncillo
para liberarlo y poder acariciarlo.
Está duro, listo y dispuesto para hacerme disfrutar y me muero de ganas
de que lo haga.
—Joder, qué mojadas estás —gruñe cuando una de sus manos se cuela
por dentro de mis braguitas.
—Te necesito —suplico —ahora y siempre.
—Y yo rubia.
Se recoloca entre mis piernas y siento su miembro en mi entrada. Me
muevo para poder introducirlo y cuando siento como me penetra tan
suavemente, siento que voy a morir.
—Esto es el paraíso —describe por mí.
—¡¡¡Diiios!!! —echo la cabeza hacia atrás.
—Te quiero —confiesa —eres la mujer de mi vida.
—Y yo, cariño.
—Te quiero y odio haber sido tan capullo contigo.
—Shh —le miro —eso era antes—gimo —el pasado es pasado.
—Rubia—me embiste con más fuerza, provocando que llegue al
orgasmo con su nombre entre mis labios.
Continúa introduciéndose en mi interior y cuando consigue llegar al
clímax, cae sobre mí para recuperar la respiración.
—Joder —se recoloca llevándome con él y así abrazarlo por la cintura.
—Sí, joder —le doy un beso en el centro de su pecho.
—Rubia —coloca sus dedos en mi barbilla para que le mire a los ojos y
me pierdo en ellos —quiero demostrarte todos los te quiero que olvidé
decir.
FIN
Epílogo
La miro y no entiendo que sea mi prometida, que me haya dicho que sí, a
mí, al hombre más estúpido de la faz de la tierra por haber provocado
perdernos tanto tiempo juntos.
Desde siempre supe que era ella y no entiendo por qué no me dejé llevar
por mis sentimientos, por cómo me hacía vibrar, pero lo importante es que
me dio una segunda oportunidad y no pienso desaprovecharla.
Sin ganas de separarme de ella, pero como quiero prepararle el
desayuno, salgo de la cama sin hacer apenas ruido y entro en el baño para
darme una ducha rápida y asearme.
Me pongo un pantalón corto de deporte y una camiseta básica al salir y
me lavo los dientes. Aún es muy temprano, tengo media hora antes de que
suene el despertador y voy a aprovecharlo.
En la cocina preparo varias tostadas, huevos, corto frutas, pongo la
cafetera y caliento agua para su té.
—Buenos días —me abraza por detrás y me da un beso en el hombro —
¿y esto?
—Tu desayuno, rubia —me doy la vuelta y me la encuentro tan guapa
que aún me sigue sorprendiendo su belleza.
—Así da gusto vivir contigo —bromea —voy a calentar el agua para el
té.
—Listo, siéntate y disfruta.
—Qué apañado —sonríe y le pongo un poco de todo en su plato —¿Qué
harás hoy?
—Saldré a comprar unas cosas con Marcos —comento —¿salimos a
comer?
—Como quieras, si no, lo hacemos en casa.
—Lo vamos viendo que no sé cuándo terminaré —odio salir de compras
—por cierto, tu madre no para de exigir una fecha para nuestra boda, ya la
conoces.
—Lo sé, a ver si con lo de Victoria nos deja tranquilos —bebe de su té
—yo quiero una boda íntima.
—Y yo, lo que tú quieras —por mí, como si estamos solo los dos.
—Por eso te quiero —me guiña un ojo.
—Termínate todo —me pongo en pie y me coloco a su lado —me visto y
te llevo al trabajo.
—Te quiero —me da un beso rápido.
Estos días están siendo un sueño, muchas veces me da miedo pensar que
como todo va tan bien, pase algo que rompa nuestra armonía, pero luego
recuerdo que no pienso estropearlo y que es ella y se me pasa.
En la puerta de la empresa Corberó, la beso como si no la viera en una
semana y suspirando, baja del coche y me encanta provocarle todo esto.
Cuando desaparece tras la puerta giratoria, me pongo en marcha y voy a
por el patán de mi hermano.
—Hasta que apareces —se queja subiendo al coche.
—No lloriquees —me burlo.
—Le diré algo a la pequeña Aguilar —me amenaza.
—¿Algo como qué?
—Como que solo hay una despedida al día y que duran cinco segundos.
—Aburrido —me burlo —entre ella y tú, prefiero estar con ella.
—Te tiene bien cogido por los huevos.
—Y no sabes como lo hace —le guiño un ojo sonriendo y él me la
devuelve.
—Cuídala —se pone serio —no le rompas más el corazón.
—Descuida, eso haré.
Él siempre fue el único que siempre me dijo las cosas en la cara y se ha
adelantado a mi fracaso, a pesar de que nunca le hice caso.
Marcos es tan real y empático que aún no entiendo cómo sigue soltero.
En estos meses sin ella, me ayudó y me aconsejo tan bien, pero como soy
un imbécil y no razono como él, así me fue.
El día con él pasa volando y solo quiero que sean las dos para ver a mi
rubia favorita y él se burla porque también ha notado mi impaciencia al
mirar el reloj cada dos por tres.
A las dos, estoy en el parking esperando a que baje, lo hago junto a mi
hermano porque a pesar de que no le haya invitado, se ha unido y ha sido
imposible desprenderme de él.
—Hola, cuñado —sube en el asiento de atrás y nos da un beso a cada
uno en la mejilla —¿qué tal la mañana?
—Pésima con este —me señala.
—Te recuerdo que es tu hermano —se burla —¿dónde vamos a comer?
—Donde tú quieras —la miro a través del espejo y me guiña un ojo.
—Por mí, al bar de siempre.
Y sus palabras son órdenes para mí.
Vamos al bar de siempre y sorprendentemente, me lo paso muy bien con
ellos. Marcos es único y Carla le quiere como si fuera su hermano y él,
igual.
—¿Te cuida? —le pregunta Marcos en el postre.
—Lo hace —se pone seria.
—Llámame cuando no lo haga, le daré una paliza.
—Cuenta con ello.
La tarde avanza y nos despedimos porque ambos tienen que ir a trabajar
mientras que yo vuelvo a casa solo y deseando que sean las ocho para que
salga y poder pasar tiempo juntos.
Nunca es suficiente.
Y por eso, siempre que estoy con ella, intento trasmitirle mis
sentimientos, aunque a veces soy tan frío que me desespero.
—Buenas noches —entra risueña.
—Ven aquí —llevo toda la tarde con ganas de este momento.
—Vaya, quien te viera pensaría que llevas una semana sin verme.
—Llevo tres horas y sabes que mi tope son diez minutos.
—Diez minutos —me abraza por el cuello con esa mirada burlona —
vaya, qué poco duras.
—Cuando se trata de ti, no soy muy paciente.
—¿Solamente conmigo? —roza su nariz contra la mira.
—Sí, exclusivamente contigo —sentencio.
—Qué guapo estás cuando te pones tan serio —le brillan los ojos —yo
también me moría de ganas de estar así contigo.
—Me alegra saber que no soy el único —le pego más a mí para darle un
beso en condiciones —cuento los segundos y me desespero cuando
descubro que aún quedan horas sin poder verte y estar contigo —tiro de su
labio inferior —¿qué hacemos para no volvernos locos?
—Querernos como nunca.
—Siempre lo hago, rubia.
—¿Siempre, siempre?
—Siempre —sonrío —¿sabes por qué?
—No —hace ese gesto con la nariz que me encanta.
—Porque te quiero, porque eres la mujer de mi vida —sonríe de esa
forma que me vuelve loco —porque quiero pasar cada segundo contigo...
—Te quiero —me interrumpe poniéndose de puntillas para unir nuestros
labios en un beso cargado de sentimientos.
—Y yo rubia —sonrío de medio lado —y aún te debo todos los te quiero
que olvidé decir.
—Pues empieza ahora —cierra los ojos.
—Te quiero.
Acerca del autor
Lyli Black, nacida en España, siempre le ha gustado escribir, crear
historia de amor, como buena romántica empedernida y soñar con
publicarlas.
Comenzó en una plataforma para poder expresarse y escribir sus
historias, consiguiendo, por el camino, a una familia virtual maravillosa.
Creadora de la trilogía Sueño, trilogía Stark, El camino que me lleva a ti
y la Saga Te Quiero.
@LyliBlack.