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El gigante egoísta y su jardín encantado

Este cuento narra la historia de un leñador pobre que vive con su esposa en una cabaña destartalada. Un día, el leñador se queja amargamente de su pobreza y es escuchado por Júpiter, quien le ofrece cumplir sus tres primeros deseos. Emocionados, el leñador y su esposa pasan la noche imaginando todos los lujos que podrían desear, pero en su entusiasmo malgastan el primer deseo en una morcilla, para consternación de la mujer.

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El gigante egoísta y su jardín encantado

Este cuento narra la historia de un leñador pobre que vive con su esposa en una cabaña destartalada. Un día, el leñador se queja amargamente de su pobreza y es escuchado por Júpiter, quien le ofrece cumplir sus tres primeros deseos. Emocionados, el leñador y su esposa pasan la noche imaginando todos los lujos que podrían desear, pero en su entusiasmo malgastan el primer deseo en una morcilla, para consternación de la mujer.

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Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños iban a jugar al jardín del gigante.

Este era un gran jardín


encantador, cubierto de un césped suave y verde. Por aquí y por allá, había hermosas flores como estrellas, y
melocotoneros que en la primavera estallaban en delicadas flores de color rosa y en otoño daban ricos frutos. Los
pájaros se posaban en los árboles y cantaban con dulzura.
Un día, después de siete años de ausencia, el gigante regresó y encontró a los niños jugando en su jardín.
— ¿Qué hacen aquí? —gritó con voz áspera. Y los niños salieron corriendo.
— Mi jardín es mi jardín—dijo el gigante—. No voy a permitir que nadie más que yo juegue en él.
Entonces construyó un muro alto alrededor del jardín y puso un letrero enorme que decía:
“Se prohíbe la entrada. Quien no cumpla será castigado”.
Él era un gigante muy egoísta.
Los pobres niños ahora no tenían dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy
polvorienta y llena de piedras y no les gustó. A menudo se reunían frente al muro a recordar el hermoso jardín
oculto.
Luego llegó la primavera, y en todo el país había coloridas flores y pajaritos. Sin embargo, en el jardín del gigante
egoísta todavía era invierno. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron de florecer.
Solo una vez una flor se asomó entre el césped, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió
a meterse bajo tierra para quedarse dormida
Los únicos que se sentían a gusto en el jardín eran la nieve y la escarcha:
—La primavera se olvidó de este jardín —dijeron—, así que nos quedaremos aquí el resto del año.
La nieve cubrió el césped con su manto blanco, y la escarcha pintó de plateado los árboles. Enseguida invitaron a
su triste amigo, el viento del norte, para que pasara con ellos el resto de la temporada.
Con el viento del norte llegó el granizo y el invierno del jardín se hizo aún más blanco y frío.
-No puedo comprender cómo la primavera tarda tanto en llegar — decía el gigante egoísta, al asomarse a la
ventana—. Espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegó, y tampoco el verano. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del
gigante no le dio ninguno.
Siempre fue invierno en la casa del gigante.
Una mañana, el gigante estaba en la cama todavía cuando escuchó una música muy hermosa. Era un pequeño
jilguero cantando afuera de su ventana.
—Creo que la primavera ha llegado por fin —dijo el gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué
crees que vio?
Él vio algo maravilloso. Los niños habían entrado al jardín a través de un pequeño agujero en la pared. Los
árboles estaban tan contentos de tener a los niños de nuevo que se habían cubierto de flores. Los pájaros volaban y
cantaban con deleite, y las flores se asomaban entre el verde césped y reían. Era una escena encantadora.
— ¡Qué egoísta he sido! —Dijo el gigante —Ahora sé por qué aquí nunca llegó la primavera. Derribaré la pared, y
mi jardín será de los niños por los siglos de los siglos. El gigante se sentía realmente avergonzado de su egoísmo, así
que tomó su hacha y derribó el muro.
Si algún día pasaras por el hermoso jardín, leerías un enorme cartel que dice: Mantén el amor en tu corazón, una
vida sin él es como un jardín sin sol…
Y también encontrarías a un gigante jugando con los niños en el lugar más hermoso que hayas visto en tu vida.
Los deseos ridículos

Charles Perrault

En lo profundo de lo profundo del bosque, en una casita tan destartalada que a duras penas lograba sostenerse en pie, vivía
un pobre leñador con su mujer.
Cada día se levantaba al alba y trabajaba sin descanso hasta el atardecer recogiendo leña, la que cambiaba en el pueblo por
un poco de harina, de sal o de legumbres. Por las noches las cigarras rodeaban la casa y canturreaban sus historias
antiguas, mientras que adentro ardía un fuego bueno y la sopa olía a hierbas recién cortadas.
El leñador y su mujer, sin embargo, no eran felices (o a lo mejor lo eran y no se daban cuenta). En lugar de contentarse
con lo que era, añoraban lo que no era, soñando con una vida menos esforzada. Y como el tiempo fue pasando sin que la
fortuna golpeara a la puerta, los sueños se les llenaron de rezongos.
— ¡Qué largos son mis días de trabajo, y que corta mi suerte! –Se quejaba el leñador– ¡Y qué cansado estoy! Debe ser por
el hacha. Está tan vieja la pobre que cada vez tengo que esforzarme más para cortar una rama. Ojalá pudiera comprarme
una nueva.
—Y yo… si tan solo pudiera alguna vez vestirme como viste la marquesa y pasearme por el pueblo con aires de gran
señora –suspiraba la mujer.
Y así pasaban sus días –y sus noches– deseando y deseando en vano, pues su pobreza seguía tan flaca como siempre.
Cierto día en que regresaba a su casa resoplando bajo el peso de un enorme atado de leña, el leñador tropezó y cayó de
bruces en el suelo. Sintiéndose entonces el ser más desdichado de la faz de la Tierra, comenzó a quejarse amargamente a
los Cielos.
—Héme aquí tirado, el más desgraciado de los hombres. No sé quiénes serán los que gobiernan mi fortuna, pero sin duda
se trata de seres que carecen de corazón. ¡No se han dignado a concederme tan siquiera el más insignificante de los
muchos deseos que les he pedido en todos estos años!
En ese momento, el cielo se cubrió de nubarrones tan espesos que la noche cayó sobre el bosque.
— ¡Solo esto me faltaba! Va a llover y yo en el medio del bosque –continuó lamentándose el leñador.
Apenas terminó de pronunciar estas palabras un relámpago partió el cielo en dos pedazos y un trueno retumbó en el
páramo, y a través del trueno se oyó una voz.
— ¡Ya bastaaa! ¡Basta de tanta queja!
El leñador, aturdido, no podía creer a sus ojos (ni a sus oídos). Una nube bajó y bajó, y cuando estuvo tan cerca de él que
podía tocar las pequeñas gotas que la formaban, salió de ella un hombre muy alto de túnica blanca y con el ceño
visiblemente fruncido. Llevaba en sus manos un rayo resplandeciente.
Habrán de saber que por aquel bosque aún merodeaban los dioses antiguos, aquellos que la gente había olvidado hacía
largo tiempo, y que el enigmático aparecido no era otro que el mismísimo Júpiter, el más poderoso de todos ellos, que
había decidido descender del Olimpo para acallar las quejas que no lo dejaban dormir.
— ¡Te quejas con tanta fuerza que es imposible pegar un ojo! ¡Deja ya de lamentarte, buen hombre, y dime de una buena
vez qué es lo que deseas! –dijo el desconocido estregándose los ojos.
—Na…nada deseo, señor, nada. Ni rayos ni truenos ni nada de lo que usted tiene para ofrecer –contestó el leñador
tartamudeando por el susto.
—Deja de temblar y presta atención. Yo soy Júpiter, señor del Cielo y de la Tierra, y he venido a aliviar tus penas. Es por
eso que voy a concederte los tres primeros deseos que formules.
— ¿En verdad tienes ese poder?

—Ese, y muchos más. No olvides mis palabras: los tres primeros deseos que pronuncies con verdadero fervor se
cumplirán de inmediato, sean los que fueren. Pero no expreses tus deseos a la ligera. Regresa a tu casa y piénsalos bien,
pues no te daré sino tres, y tu felicidad depende de ellos. Verás que no resulta fácil escoger un deseo cuando se sabe que
se va a cumplir.
Pronunciadas estas palabras, Júpiter desapareció en su nube, y el día volvió a ser claro y brillante.
El leñador, loco de contento, echó a su espalda el haz de leña, que ahora no le pareció en absoluto pesado, y llevado por
las alas de la alegría, volvió a su casa en un santiamén, dando grandes pasos y saltos.
Y a los saltos entró en su cabaña, gritando: —Mujercita mía, enciende una buena lumbre y prepara abundante cena pues
somos ricos, ¡pero muy ricos!; y tanta es nuestra dicha que todos nuestros deseos se verán por fin realizados.
Y entonces, punto por punto, le contó todo lo sucedido a su esposa, cuyos ojos se iban encendiendo más y más a medida
que escuchaba el relato.
—Ahora podré dejar esta miserable choza y mudarme a un palacio. Pero qué digo un palacio, ¡voy a pedir el palacio de la
mismísima marquesa! Ahí desayunaré cada mañana pastelitos de crema y leche tibia con caramelo –decía la mujer, sin
saber a ciencia cierta si tales manjares existían.
—Yo quisiera que la casa tuviera un techo que no gimiese y gotease cada vez que caen tres gotas. Y una alacena repleta
de hormas de queso y de vino bien estacionado! –soñaba por su lado el marido…
— ¡Joyas y vestidos! ¡Polvos y perfumes!
—Un hacha que no se oxide ni se desafile nunca. ¡Y un buen sacón de piel para no sentir frío cuando salgo al bosque en el
invierno!
—Y por cierto que no he de estropear mis zapatos nuevos andando por el barro. Iré en carruaje, como corresponde a una
marquesa…
—Me vendría bien una mula bien robusta para cargar la leña de vuelta. Ya no soy tan joven…
En ese momento la mujer miró a su marido con sorpresa y también con cierto desdén, pues pensó que sus deseos se habían
quedado un tanto pequeñitos.
Quedaron mirándose en silencio por un breve instante, al cabo del cual ella dijo:
—No nos dejemos llevar por la impaciencia. Dejemos para mañana nuestro primer deseo, consultándolo antes con la
almohada, que es buena consejera.
—Estoy de acuerdo –respondió el hombre–. Mientras tanto, celebremos esta noche. Anda, aviva el fuego que yo traeré el
vino añejo que guardo para las grandes ocasiones.
La pareja bebió alegremente el vino y compartió unas rebanadas de pan mientras seguía haciendo castillos en el aire.
Mientras hablaban, la mujer tomó unas tenazas y atizó el fuego; y viendo los leños encendidos dijo distraídamente:
— ¡Con estas brasas tan buenas, qué bien vendría una buena vara de morcilla!
—Es verdad, mujer. ¡Ojalá tuviéramos una aquí mismo!
Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, cayó por la chimenea una morcilla muy grande, causando un gran
alboroto de chispas por toda la habitación.
Al instante la mujer lanzó un grito de indignación. ¡Habían malgastado el primer deseo en una simple morcilla! Y
entonces, hecha una furia, porque a su juicio la torpeza correspondía a su marido, la emprendió contra el pobre con las
palabras más hirientes que pudo encontrar. — ¡Qué necio eres! Se podría pedir un palacio, oro, collares de perlas,
carruajes, vestidos… ¿Y no se te ocurre desear más que una morcilla?
—Pero mujer, ¡no he hecho más que repetir lo que tú misma acabas de decir! –se defendió el hombre.
— ¡Una morcilla! De morcilla hay que tener rellenos los sesos para hacer lo que has hecho tú.
Al escuchar estas y otras injurias, el esposo, más de una vez, se sintió tentado de formular un deseo mudo. Y, dicho entre
nosotros, habría sido lo mejor que hubiera podido hacer. Al fin, viendo que su mujer no cesaba en sus agrias palabras,
perdió la paciencia y gritó furioso:
— ¡Maldita sea la morcilla que te ha desatado la lengua! Quiera el Cielo que se te vuelva morcilla la nariz para que te
calles de una buena vez.
Dicho y hecho, la nariz de la mujer se transformó al punto en una morcilla que al colgarle por sobre la boca no la dejaba
hablar con naturalidad, y menos aún gritar.
Hubo entonces unos instantes de silencio. El leñador miraba fijamente el fuego con la boca abierta mientras se rascaba el
cogote, cosa que hacía cada vez que tenía que concentrarse en sus pensamientos. A su lado, la mujer hacía unas
morisquetas muy graciosas mientras se ponía bizca tratando de ver su nueva nariz. Un rayo de luna se coló por la ventana
y se reflejó en la tersa morcilla. ¡Ya se podrán imaginar el efecto de tal prodigio sobre el rostro de aquella mujer!
“Con el deseo que me queda –pensaba el hombre– podría convertirme en rey, pero hay que pensar la tristeza que tendría
la reina cuando, al sentarse en su trono, se viera con la nariz más larga que una vara. Voy a ver qué dice y que decida ella:
si prefiere convertirse en una reina y conservar esa horrible nariz o quedarse de simple leñadora con la nariz corriente,
como las demás personas, tal como la tenía antes de la desgracia.”
En estas cavilaciones andaba el leñador cuando su mujer, ya apaciguada, rompió el silencio.
— ¿Y bien? ¿Qué haremos ahora? –dijo en un murmullo, aunque resultaba difícil tomarla en serio, porque al hablar la
morcilla bailoteaba por su rostro como una marioneta.
—Nos queda solo un deseo. Puedo pedir transformarme en rey, y a tí en reina. O bien puedo devolverte tu nariz. Elige,
mujer: o reina con esa nariz, o leñadora con la nariz con la que viniste al mundo.
—Pero… ¿qué clase de reina se pasea entre sus súbditos precedida de una nariz más larga que una semana sin pan? Todos
se van a reír de mí, lo sé, sobre todo la marquesa.

—Cuando se está coronada siempre se tiene la nariz bien hecha –replicó su marido tratando de conformarla…
Mucho discurrieron antes de tomar una decisión, pero como su mirada no podía apartarse de la morcilla –que a cada gesto
se movía como una rama a impulsos del viento– prefirió la leñadora conservar las narices antes que hacerse reina y fea.
Una vez que el leñador hubo formulado el tercer deseo, su mujer corrió a mirarse en el espejo, donde comprobó con
alegría que había recuperado su nariz. Y tocándosela una y otra vez, como si temiera perderla de nuevo, sentenció:
—Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo más ricos de lo que somos en este momento. Es mejor no desear nada
y tomar las cosas como vienen. Mientras tanto, comámonos la morcilla, puesto que es lo único que nos queda de los tres
deseos.
El marido pensó que su mujer tenía razón, y cenaron alegremente, sin volver a preocuparse por las cosas que habrían
podido desear.
 1909: De conformidad con una declaración del partido Socialista de estados Unidos, el 28 de febrero se
conmemoró en Estados Unidos el primer Día Nacional de la Mujer.
 1910: La internacional Socialista, reunida en Copenhague, proclamó el Día de la Mujer de carácter internacional
como homenaje al movimiento en favor de los derechos de la mujer y para ayudar a conseguir el sufragio
femenino universal. La propuesta fue aprobada unánimemente por la conferencia de más de 100 mujeres
procedentes de países. No se estableció una fecha fija para la conmemoración.
 1911: Como consecuencia de la decisión adoptada en Copenhague el año anterior, el día internacional de la
mujer se conmemoró por primera vez el 19 de Marzo en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza. Además del
derecho del voto y de ocupar cargos públicos, exigieron el derecho al trabajo, a la formación profesional y a la
no discriminación laboral.
 1913-1914: En el marco de los movimientos en pro por la paz mundial que surgieron en vísperas de la primera
guerra mundial las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la mujer, el último domingo de
febrero de 1913. En el resto de Europa., las mujeres realizaron reuniones en torno al 8 de Marzo del año
siguiente ´para protestar por la guerra y solidarizarse con las demás mujeres.
 1917: Como reacción a los soldados caídos en la guerra, las mujeres rusas eligieron de nuevo el último domingo
de febrero para declararse en huelga en demanda de “Pan y Paz. El gobierno provisional le concedió el derecho
al voto.
 1975: Coincidiendo con el año Internacional de la mujer, las Naciones Unidas celebraron el día Internacional de
la mujer, por primera vez el 8 de marzo.
 1995: La declaración y la Plataforma de Beijing, una hoja de ruta histórica firmada por 189 gobiernos hace 20
años, estableció la agenda para la materialización de los derechos de las mujeres.
 2014: La 58 de la comisión sobre la condición Jurídica y Social de la mujer, la reunión anual de estados para
abordar cuestiones relativas a la igualdad de género, se centró en los “desafíos y logros en la aplicación de los
Objetivos de desarrollo del milenio para las mujeres y niñas”

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