EPICURO DE SAMOS
Nacido en Samos (Grecia) en 341 a. C., Epicuro fundó, como también
hicieron Platón y Aristóteles, su propia escuela, El Jardín. Este espacio,
dentro de su propio hogar, fue el lugar escogido para desarrollar su
filosofía, en las reuniones y charlas que mantenía con sus seguidores y
amigos. A diferencia de lo que ocurría con otros filósofos y sus escuelas,
estos amigos y seguidores eran de toda condición: hombres, mujeres,
ricos, pobres, esclavos, etc.
Tanto la filosofía de Epicuro como su escuela fueron objeto de numerosas críticas,
principalmente por su defensa del placer como llave de la felicidad en la vida. Esto no deja
de ser curioso, pues algunos de los mayores enemigos del epicureísmo se encontraban
entre los estoicos (seguidores de la escuela de Zenon de Citio, la Stoa, que defendía una
filosofía basada en el determinismo y una ética estricta en favor de la virtud y el
alejamiento de las pasiones), pese a que ambos, como veremos, defendían una manera
de vivir bastante similar, a pesar de hacerlo partiendo de ideas muy diferentes. La filosofía
de Epicuro, no obstante, ha sido profundamente malinterpretada y sólo en los últimos
años ha recuperado el esplendor que merece.
Una filosofía para ser feliz
Después de varias décadas de una extraordinaria labor filosófica Epicuro fallece y escribe
a Idomeneo: «Te escribo estas líneas en este día feliz que es sin embargo el último de mi
vida. Los dolores de estómago y del riñón me asaltan continuamente. Pero son
compensados ampliamente por el gozo del alma al recordar nuestras pasadas
conversaciones filosóficas». Es una muestra magnífica del valor de la reflexión y del
diálogo sobre los grandes temas universales que trata la actividad ética y que interesan a
todos. El arte de vivir bien y buscar el placer y la felicidad.
Según los historiadores, Epicuro dejó a su muerte una enorme producción literaria de más
de 300 obras y tratados, pero, tristemente, apenas ha llegado nada hasta nosotros. Hoy,
tres cartas (a Heródoto, sobre gnoseología –o epistemología, teoría del conocimiento– y
física; a Pitocles, sobre cosmología y astrología; y a Meneceo, la más famosa, sobre
ética) nos permiten conocer sus tesis fundamentales, así como apuntes diversos sobre él,
principalmente del poeta latino Tito Lucrecio Caro (De rerum natura) y Diógenes Laercio,
gran historiador griego que dedicó a Epicuro en exclusiva el último capítulo de su
imprescindible obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres.
Pese a que la filosofía de Epicuro engloba las principales ramas de la filosofía, se centra
en la ética, y de esta, en un aspecto concreto: la felicidad. Cuestión básica según Epicuro,
pues es la principal motivación que persigue todo ser humano en su vida.
“El placer es el principio y el fin de la vida feliz”
Existen dos factores que determinan nuestro grado de felicidad: el placer y el dolor. El
primero nos acerca a ella, mientras que el segundo nos aleja de la misma. De este modo,
Epicuro determina que la clave de una vida feliz es conseguir acumular la mayor cantidad
de placer mientras reducimos al máximo el dolor. De hecho, esta segunda parte de la
fórmula es más importante que la primera. El requisito indispensable para una buena vida
es la erradicación del dolor.
Epicuro es, por tanto, un hedonista, sí, pero no de la manera de otros filósofos, como por
ejemplo Aristipo de Cirene (que es lo que se entiende normalmente por hedonista: un
amante de los placeres corporales). El de Samos apuesta por el placer, pero lo hace
desde un punto de vista del todo racional. Los principales placeres que hemos de
perseguir no son los corporales, pues, pese a su intensidad, son efímeros y desaparecen
enseguida. Hemos de buscar antes los placeres espirituales. Ahora bien, para escoger y
saciar cualquier deseo placentero, es necesario hacer uso de una virtud, la prudencia,
pues sólo con ella podremos disfrutar de un modo inteligente. Es gracias a la prudencia
que somos capaces de rechazar un placer que más tarde podría provocarnos dolor (como
ocurre con las adicciones).
El hedonismo que funda el filósofo griego se basa en los goces o
placeres del cuerpo y del alma. La condición fundamental es que sean
moderados, naturales y en calma. El pasado es fuente de placer también
ya que el alma se deleita con el recuerdo de lo que pasó y con lo que
está sucediendo y no es ajena al disfrute de lo que puede ocurrir en el
futuro. La Carta a Meneceo de Epicuro es un logrado resumen de los
planteamientos fundamentales de la ética hedonista epicúrea.
Para Epicuro es más placentero hacer el bien que recibirlo. También es cierto que la
amistad no debe ser, simplemente, un tráfico de ventajas. El hedonismo de Epicuro no es
vulgar, porque reitera que la moderación debe regir los actos y conductas humanas. Esto
plantea que la aponía o el no sufrir en el cuerpo y la ataraxía o tranquilidad de la mente o
del ánimo sean algo fundamental en la existencia.
“Debemos meditar sobre las cosas que nos reportan felicidad, porque si
disfrutamos de ella, lo poseemos todo, y si nos falta, hacemos todo lo posible
por obtenerla”
Epicuro no apuesta, en absoluto, por una existencia lasciva y descontrolada; al contrario,
apuesta por una existencia moderada y basada en el autocontrol, pues considera que, de
esa manera, se maximiza el placer y se evita, en lo posible, el dolor. Es por ello por lo que
centra su búsqueda de aquellos placeres que son seguros y a largo plazo.
¿En qué se traduce entonces su idea de una vida feliz? En una vida sencilla, con sólidas
amistades, pequeños placeres y alejada de tensiones innecesarias. Una vida tranquila, sin
excesos. Independiente. Autónoma. Autárquica. Una vida basada en el mismo principio de
la filosofía estoica: la ataraxia. La tranquilidad de ánimo. La paz de espíritu. Y toda su
filosofía está enfocada a ello. Para Epicuro, el conocimiento no sirve para nada si no
ayuda al hombre a ser feliz.