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La guerra contra los Rull: Misión en Carson

El documento presenta un resumen de la historia de ficción "La guerra contra los Rull" de A.E. Van Vogt. Describe cómo el científico Trevor Jamieson se estrella en el planeta Eristan II y se encuentra con un ezwal, una criatura inteligente. Ambos deben trabajar juntos para sobrevivir y llegar a la nave estrellada para buscar refugio y comunicarse con la Tierra.

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La guerra contra los Rull: Misión en Carson

El documento presenta un resumen de la historia de ficción "La guerra contra los Rull" de A.E. Van Vogt. Describe cómo el científico Trevor Jamieson se estrella en el planeta Eristan II y se encuentra con un ezwal, una criatura inteligente. Ambos deben trabajar juntos para sobrevivir y llegar a la nave estrellada para buscar refugio y comunicarse con la Tierra.

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Annotation

Cuando Trevor Jamieson, científico en jefe de la Comisión de las


Fuerzas Armadas Interestelares estrella su nave espacial a miles de años luz
de su planeta de origen, se encuentra con ezwals que lo ayudan en su misión
de desalojar a los rulls del Planeta Carson.

A. E. VAN VOGT
Traducción de JUAN DE LUZÓN
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COMPAÑÍA MERIDAN DE SALVAMENTO
INGENIERO JEFE
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FIN
A. E. VAN VOGT

LA GUERRA CONTRA LOS RULL


Traducción de JUAN DE LUZÓN

E. D. H. A. S. A.

TlTULO ORIGINAL EN INGLÉS:

THE WAR AGAINST THE RULL


Todos los derechos reservados por Simón and Schuster Inc. Depósito
Legal: B. 16926 — 1963 No. Rgtro.: 1908.63 © by 1963. Editora y
Distribuidora Hispano Americana, S.A. Avda. Infanta Carlota, 129 —
Barcelona emecé — E. Granados, 91 — Barcelona Edicion Electrónica:
U.L.D. Apaños:Jack!2006
1

Al desaparecer la astronave entre las vagarosas brumas de Eristan II,


Trevor Jamieson aprestó su fusil atómico. Sentíase aturdido, mareado por la
manera que había sido sacudido y zarandeado durante largos momentos en
la furiosa corriente de viento de la gran nave. Mas la certidumbre del
peligro le mantenía tenso en el arnés que estaba unido por cables a la placa
de antigravedad que estaba situada sobre él. Con ojos entornados miraba al
ezwal, que le estaba escudriñando desde la esquina superior de la aún
oscilante balsa espacial.
Sus tres ojos en línea, tan grises como acero bruñido, le miraban
fijamente, sin pestañear; su cabezota azul se tendía alerta y -Jamieson lo
sabía- dispuesta a sacudirse en el instante en que leyese en sus
pensamientos una intención de disparar.
— Bien -dijo Jamieson con aspereza-. Henos aquí a los dos… a miles
de años-luz de nuestros respectivos planetas patrios. Y estamos cayendo en
un infierno primitivo que tú, con tu aislada vida en el planeta Carson para
poder formarte idea, no te puedes imaginar a pesar de tu habilidad para leer
mis pensamientos. Ni siquiera un ezwal de seis mil libras de peso puede
sobrevivir solo allá abajo.
Una gran pata provista de garras se deslizó sobre el lado de la balsa y
se movió a uno de los tres delgados cables que sostenían el arnés de
Jamieson. Se produjo un cristalino y acerado ping al partirse el cable por el
cortante golpe, y la sacudida hizo alzarse varios pies a Jamieson en su
atelaje. Cayó pesadamente hacia atrás y comenzó a pendular de los dos
cables restantes, como de un trapecio. Torpemente, con su fusil en mano,
estiró el cuello para defender aquellos dos últimos sostenes contra un nuevo
ataque.
Pero el ezwal no hizo un nuevo movimiento amenazador y quedóse
únicamente con su cabezota tendida y los fijos ojos sin pestañeo
escrutándole de nuevo. Finalmente un pensamiento asaltó a Jamieson. Un
pensamiento frío y sin precipitación: «Por el momento sólo tengo una
preocupación. De los cien o más hombres de tu nave, sólo tú quedas con
vida. En consecuencia, de todos los componentes de la raza humana sólo tú
sabes que los ezwal de lo que denomináis el planeta Carson no son bestias
insensatas, sino seres inteligentes. Vuestro gobierno, lo sabemos, tiene
grandes dificultades en asentar o mantener colonos en nuestro planeta,
debido a que somos considerados únicamente como una especie de fuerza
natural, muy peligrosa para contender con ella, pero inevitable. Y así es
precisamente como queremos que permanezca la situación. Una vez que los
seres humanos se convencieran de que somos un enemigo inteligente,
promoverían una guerra sistemática y total contra nosotros. Y esto nos
perjudicaría seriamente en nuestro inalterable propósito de expulsar a todos
los violadores de nuestro mundo. Debido a que tú lo sabes, antes de tomar
el más ligero riesgo de tu escapatoria a los peligros de la jungla de abajo,
así la oportunidad de brincar al tope de esta balsa de anti gravedad
justamente cuando tú estabas a punto de lanzarte por la compuerta».
— ¿Qué es lo que te hace estar tan seguro -preguntó Jamieson- que
acabando conmigo se zanjaría la cuestión? ¿Has olvidado acaso la otra nave
con dos ezwal a bordo, una hembra y su cría? En el último contacto salió
indemne del choque con la nave de guerra R,nll que averió ésta, y
probablemente ahora se encuentra en camino a la Tierra.
— Me doy cuenta de ello -replicó despectivamente el ezwal-. Y
también me la doy del cabal escepticismo de su comandante cuando tú le
sugeriste simplemente que los ezwal podían ser seres más inteligentes de lo
que la mayoría de los humanos sospechan. Tú sólo podrías ser capaz de
convencer al gobierno de la Tierra de la verdad, debido a que tú solo estás
seguro de ello. En cuanto a los otros ezwal que habéis capturado, jamás
traicionarán a su especie.
— Los ezwal pueden no ser tan altruistas como indicas -replicó
cínicamente Jamieson-. Después de todo, tú salvaste tu propia vida al saltar
a esta balsa antigravitatoria. No habrías sido capaz de manejar un
salvavidas, así que para ahora te habrías estrellado con la nave, y dudo que
hasta un ezwal podría…
Su voz se ahogó en un uf de asombro cuando en borroso movimiento
se retorció el ezwal hacia arriba, en monstruosa forma azul de espantosas
garras afiladas que se tendían a un ave gigantesca. Con alas semejantes a
pabellones plegados, el pajarraco se precipitaba a la balsa, no haciéndose a
un lado. Jamieson tuvo un terrorífico vislumbre de sus penetrantes ojos y de
sus garras semejantes a hoces prestas a segar al ezwal.
El choque fue tremendo y la balsa se agitó como una cascara en aguas
tempestuosas, lanzando a Jamieson con vertiginosa velocidad de un lado a
otro. Ráfagas de sonido de las batientes alas enormes de la bestia atacante
semejaron fragorosos truenos sobre su cabeza. Jadeando alzó su fusil
atómico, la blanca llama de cuyo disparo alcanzó una de las alas cruzándola
con oscuro tizne, haciéndose abatirse y, simultánea, el pajarraco era
arrojado de la balsa por la rabiosa fuerza del ezwal, cayendo en el vacío,
cada vez más abajo, en un giro lento, hasta que se perdió en el sombrío
fondo de la masa de tierra al final.
Un chirriante sonido sobre él, hizo que Jamieson alzara rápidamente la
vista. El ezwal, habiendo perdido peligrosamente el equilibrio se
columpiaba en el mismo borde de la balsa, con sus cuatro miembros
superiores pateando el aire inútilmente, mientras que los dos se inferiores se
asían con desesperado esfuerzo a las barras de metal del tope de la balsa…
ganando por fin la partida. El enorme corpachón se retiró hasta quedar de
nuevo visible tan sólo la cabezota. Jamieson sacó el arma con ceñudo buen
humor.
— Ya ves -dijo-. Hasta un pajarraco fue demasiado para nosotros… y
yo te podía haber quemado las tripas. No lo hice por el simple hecho de que
te necesito… y tú me necesitas. He aquí la situación: tanto como puedo
computar, la astronave debe haberse estrellado para ahora no lejos del
Estrecho del Diablo, un cuerpo de agua de unas veinte millas de anchura
que separa esta gran isla de aquel continente. No salimos sino muy
oportunamente de la astronave en caída, pues en otro minuto más o cosa así,
el viento de la hélice lo habría hecho imposible. Pero ahora nuestra única
oportunidad de salvación es volver a ella. Tiene depósitos de provisiones y
nos procurará abrigo contra algunas de las fieras más insensatas de la fauna
de la galaxia conocida. Y podría ser posible hasta reparar la radio
subespacial… y hasta uno de los salvavidas.
«Pero el llegar hasta allá requerirá todos los esfuerzos que ambos
podemos mostrar. Por primera, quince millas o más de jungla hostil y
espesa entre aquí y el Estrecho del Diablo. Luego hemos de construir una
balsa navegable para protegernos de los monstruos del mar que pueden
tragarte entero. Toda tu tremenda fuerza y capacidad combativa, además de
tus poderes telepáticos, y toda mi habilidad más mi arma atómica serán
necesarios para que podamos salir con bien. ¿Qué dices a ello?»
No hubo respuesta. Jamieson deslizó su arma en su funda. No le
beneficiaría en nada estropear al único ser que podría ayudarle a escapar.
Sólo le cabía esperar que el ezwal tuviera para con él el mismo cuidado.
Como suave látigo le golpeó un viento cálido y húmedo trayéndole los
primeros débiles e impuros olores de abajo. La balsa se hallaba aún a gran
altura, aunque a través de la calina que saturaba aquella primitiva tierra, se
mostraban ya más claramente retazos de jungla y mar… oscuros árboles
informes desparramados alternando con el agua que resplandecía a la
sondeante luz del sol.
Minuto a minuto se hacía más vasta y fantástica la escena. Al norte,
tan lejos como podía abarcar la vista entre los apelotonados vapores, se
extendía la húmeda maraña de vegetación. En alguna parte de la oscuridad
que más allá se alzaba, se encontraba -Jamieson lo sabía- el hosco flujo de
agua llamado el Estrecho del Diablo. Todo esto se añadía a la realidad
infinita y mortal que era Eristan II.
— Puesto que no contestas -prosiguió Jamieson suavemente- debo
suponer que crees que puedes apañártelas solo. En toda vuestra larga vida y
en todas las dilatadas generaciones de vuestros antepasados, vosotros y los
de vuestra especie habéis fiado enteramente en vuestros magníficos cuerpos
para la supervivencia. Mientras los hombres se arrebañaban temerosamente
en sus cuevas, descubriendo el fuego como una protección parcial, creando
desesperadamente armas que nunca jamás existieran antes, siempre a un
paso de la muerte violenta… durante todos esos cientos de siglos, el ezwal
del planeta Carson recorría sus grandes y fértiles continentes, sin temor,
incomparable en fuerza como en intelecto, no necesitando hogares, ni
fuegos, ni vestiduras, ni armas, ni…
— La adaptación a un ambiente difícil -interrumpió fríamente el
ezwal- es una meta lógica para el ser superior. Los seres humanos han
creado lo que denominan civilización, que de hecho es simplemente una
barrera material entre él y su ambiente. Y esta barrera es tan compleja y
pesada, que simplemente el mantenerla ocupa la entera existencia de la
raza. Individualmente, el hombre es un esclavo frívolo e inconsciente que
pasa su vida en la mayor servidumbre a lo artificioso y muere
miserablemente de algún defecto en su cuerpo presto a la dolencia. Y es
este arrogante debilucho, con su insaciable voluntad de dominio, el mayor
peligro existente para las razas del Universo sanas que se bastan a sí
mismas.
Jamieson rió brevemente, diciendo luego:
— Pero quizá convendrás que hasta considerada con tus medidas hay
algo de recomendable en una insignificante manifestación de vida que ha
combatido con éxito contra todos los avatares, aspirado al conocimiento y
finalmente llegado a las estrellas…
— ¡Tonterías! -La respuesta tenía un agudo acento de agria
impaciencia- El hombre y sus pensamientos constituyen una enfermedad.
Como prueba, durante los pasados pocos minutos, has estado ofreciendo
argumentos especiosos conducentes una vez más a una llamada a mi ayuda.
Es un ejemplo característico de la falsía humana.
«Y como ulterior evidencia -prosiguió el ezwal- no necesito sino
prever el momento de nuestro aterrizaje. Suponiendo que no intente hacerte
ningún daño, no por ello dejará de estar tu lastimoso cuerpo en peligro
constante, mientras que yo… bien, debes admitirlo, aunque pueda haber ahí
abajo bestias físicamente más fuertes, la diferencia no puede ser tan grande
que mi inteligencia no logre más que equilibrar la situación. Y en realidad
me pregunto si en efecto se hallará ahí abajo una sola bestia que sea al par
más fuerte y rápida que yo»
— Una sola bestia no -replicó pacientemente Jamieson. Se sentía tenso
y ansioso, consciente de que cada razonamiento suyo podía significar la
vida o la muerte- Pero, por ejemplo, tu propio planeta bien poblado puede
parecerte desolado en comparación con éste. Hasta un soldado bien
entrenado y bien armado puede resistir mucho tiempo solo a una revuelta.
La respuesta fue inmediata:
— Según ese razonamiento, ni tampoco dos. Especialmente si uno de
ellos es tullido por herencia y pudiera suponer más estorbo que ayuda al
otro, a pesar de la posesión de un arma en la que fía demasiado…
Jamieson pugnó por dominar su exasperación, y prosiguió:
— No estoy exagerando la importancia de mi arma, aunque no debiera
ser desestimada. Lo importante…
— Es tu gran inteligencia, supongo -provino la réplica, atajándole-, la
cual te habilita a proseguir indefinidamente una discusión.
— No mi inteligencia -replicó a su vez prestamente Jamieson-, sino
nuestra inteligencia. Me refiero a la ventaja de…
— Lo que tú opines no tiene importancia. Me has convencido de que
no escaparás con vida de esa isla de abajo. Por lo tanto.
Esta vez dos grandes brazos se tendieron hacia abajo con fulgurante
rapidez y en gesto coordinado. Los dos cables restantes sujetos al atelaje de
Jamieson se quebraron como simples cordeles. El golpe fue tan fuerte que
Jamieson fue despedido arriba y al exterior en un arco de cien pies antes de
que su tenso cuerpo comenzara a descender a través del aire húmedo y
denso.
Un pensamiento, tintado de helada ironía, percutió tras él:
— Observo que eres un hombre previsor, Trevor Jamieson, al tener no
sólo una mochila sino un paracaídas a la espalda. Ello te permitirá llegar al
suelo sano y salvo. Y luego quedarás en libertad para ejercer tus poderes
razonadores con cualquier ciudadano de la jungla que tengas la suerte de
topar. ¡Adiós! Jamieson tiró de la anilla del paracaídas, apretó los dientes y
esperó. Durante un espantoso momento no hubo amortiguamiento alguno
en su caída. Torcióse torpemente para mirar, preguntándose si había alguna
impedimenta con uno de los tres cables rotos que todavía se unían a su
atelaje. Su primera ojeada le produjo una sensación de alivio. El fardo del
paracaídas comenzaba a hincharse perezosamente. Evidentemente había
sido empapado por la humedad, y antes de que se abriera y desplegara por
fin sobre él, pasaron varios segundos.
Jamieson desató los restos de cable y los arrojó lo más lejos que pudo.
Estaba ahora descendiendo a velocidad muy moderada debido al denso
aire… aproximadamente ochenta libras por pulgada cuadrada al nivel del
mar. Hizo una mueca. El nivel del mar era donde quisiera estar demasiado
rápidamente ahora. Según pudo percibir, no había mar alguno
inmediatamente bajo él. Unos cuantos manchones de agua sí, y unos árboles
esparcidos. El resto era una especie de claro… excepto que exactamente no
lo era. Tenía un aspecto grisáceo, repelente. El choque del reconocimiento
le invadió súbitamente y le dejó sin sangre las mejillas. ¡Tremedal! Un
insondable mar de cieno viscoso y tentacular. Apresado por el pánico tiró de
las cuerdas de su paracaídas, como si por la fuerza pudiera arrastrarse hacia
la jungla… aquella jungla tan próxima y sin embargo tan lejana (hizo un
rápido cálculo), a un cuarto de milla. Gimió al pensar en el miserable olvido
del ahogo que se hallaba a sólo unos minutos.
La desnuda fatalidad macabra del peligro le galvanizó y comenzó a
manipular la caída cuidadosamente para el impulso máximo. Bruscamente
vio que estaba más allá de su alcance la sólida masa de árboles. El
paracaídas se hallaba a menos de quinientos pies sobre aquella mortal
extensión moteada de cieno.
La jungla se concentraba aproximadamente a la misma distancia al
noroeste. Para alcanzarla necesitaba cuando menos un descenso de cuarenta
y cinco grados… una imposibilidad sin viento. Y al asaltarle este
pensamiento, sintió al par que la más débil de las brisas alzaba ligeramente
el paracaídas y lo impelía más cerca de la meta. Mas tan súbitamente como
llegó el viento, cesó, sin haber supuesto diferencia alguna.
La crisis se estaba aproximando rápidamente. El linde de la jungla
estaba a doscientos pies… luego fueron cien, y después vio que sus pies
chocarían dentro de segundos con el gris-verdoso cieno estancado. Alzóse
tan arriba como pudo, recogiendo al par sus manos los grupos parejos de
cuerdas de donde convergían en el atelaje, y con un tremendo esfuerzo, los
enrolló en torno a sus puños y elevó todo su cuerpo a lo largo de sus brazos.
Aún no bastaba. Sus rodillas abriendo un surco en el cieno por espacio de
unos treinta pies desde los matojos que señalaban el próximo terreno sólido.
Instantáneamente se puso en posición horizontal para distribuir su
peso, aunque el salobre y nauseabundo olor de la ciénaga le dificultaba la
respiración. Y antes de que el paracaídas agotara todo su aire, aflojó su
asimiento a las cuerdas, de modo que pudiera ser llevado tan lejos como
fuera posible de él. Había sólo una probabilidad de que…
La suerte no menguó empero. El flaccido paracaídas festoneó entre el
más próximo grupo de matorros, no liberándose a su suave halado. Pero su
cuerpo se hallaba ya semiinmerso en el blando cieno absorbente. Tiró
primero tanteando de las cuerdas y luego lo hizo con firmeza. El cieno se
asía a él con mortal insistencia.
Desesperadamente, Jamieson siguió tirando de las cuerdas con tanta
fuerza como podía. Su cuerpo quedó en parte libre, al mismo tiempo que se
oía un ruido de desgarro del paracaídas y las cuerdas se aflojaban. Jamieson
las agitó, recogiéndolas hasta sentir de nuevo la resistencia y volvió a tirar
con toda su fuerza. Esta vez su cuerpo se movió más fácilmente. Dos
tirones más y se halló deslizando sobre la gorgoteante superficie.
Forzando aún más el tirón de las cuerdas, se arrastró hacia adelante,
hasta finalmente asir las duras raíces de un matojo, y en una última
explosión de energía frenética nacida de la repugnancia, abrióse paso
gateando a través de matorros y yendo a desplomarse contra el paracaídas
que pendía en pliegues de un elevado arbusto, el cual se hallaba doblado
por su tirar y luego le sostuvo ondeando. Durante varios minutos
permaneció allí postrado, sin casi darse cuenta de los contornos.
Al mirar en derredor por fin, fue para recibir una desilusión… que era
tanto más dura por cuanto acababa de pasar. Se encontraba en una pequeña
isla separada del grueso principal de floresta por casi cien pies de ciénaga.
La isla tenía aproximadamente treinta pies de longitud por veinte de
anchura; cinco árboles, el mayor de unos treinta pies de altura, mantenían
una precaria existencia en esta base empapada aunque comparativamente
firme.
La sensación negativa cedió el paso a la esperanza. La altura
combinada de los cinco árboles representaba un total de más de cien pies.
Era en fin lo bastante. Pero… Su primer fulgor de esperanza se desvaneció.
Tenía una hachuela en su mochila. Viose imaginativamente abatiendo
aquellos árboles, podándolos y deslizándolos a su sitio. Sería una tarea larga
y ardua.
Jamieson se sentó, consciente por vez primera de un sordo dolor en sus
hombros, del entumecimiento de todo su cuerpo y del sofocante calor.
Apenas podía ver el sol, que era una ampolla blanca en el brumoso
firmamento, pero lo tenía casi en derechura sobre su cabeza. Lo cual
significaba, dada la rotación más bien lenta de este planeta, que faltaban
aún doce horas hasta el anochecer. Suspiró al percatarse que lo mejor que
podía hacer de momento era aprovechar la relativa seguridad de su aislado
paraje y descansar un rato. Y al escoger un rincón con maleza y arbustos
por pantalla le acudió a la memoria la gigantesca ave de presa con la que se
enfrentaran antes. Seguidamente se extendió sobre el húmedo césped,
poniendo sobre él un cobertor de hojas.
El calor era allí soportable, aunque la sombra escasa. El firmamento
resplandecía blanquecino de todas direcciones. El fulgor le hirió los ojos y
los cerró. Debió haber dormido. Al abrirlos, tardó un instante en localizar el
sol, el cual se había movido a alguna distancia hacia el horizonte. Dos horas
cuando menos -calculó- quizá tres. Bostezó, se desperezó y se notó
refrescado. Su mente se detuvo cuando llegó a la constatación… paróse a
consecuencia del choque de un descubrimiento que causaba vértigo.
Un puente de árboles caídos, más gruesos y sólidos que cualesquiera
de la pequeña isla se tendía recto a través de la ciénaga hasta la jungla al
otro lado. El cerebro de Jamieson volvió a ponerse en funcionamiento.
Después de todo podía caber poca duda en cuanto a quién podía haber
realizado aquella colosal hazaña. Y sin embargo, aun cuando su sospecha se
manifestara exacta, sintió un pánico vago y elemental cuando asomó la
enorme masa semejante a un saurio del ezwal por encima de la maleza y se
volvieron hacia él tres ojos de frío acero. Un pensamiento provino: «No has
de sentir temor, Trevor Jamieson. Al reconsiderarlo tu punto de vista me
pareció contener cierto mérito. Te ayudaré por el momento, y…»
La áspera y estridente risa de Jamieson cortó el pensamiento:
— Lo que quieres decir es que has tropezado con algo que no puedes
manejar. Puesto que pretendes ser altruista, supongo que habré de esperar a
descubrir lo que ha sucedido. -Se puso a la espalda la mochila y fue hacia el
puente-. En el ínterin, hemos de andar un camino largo.
2

La serpiente gigante se deslizó pesadamente fuera de la jungla, a diez


pies del extremo de tierra firme del puente de árboles y a treinta a la
izquierda del ezwal, que lo había ya cruzado. Jameison, hacia la mitad del
mismo, había visto el primer ondear violento de la hierba de la purpúrea
orilla, y ahora quedóse helado al tener ante la vista la fea cabezota seguida
por los primeros veinte pies de cuerpo amarillento y reluciente, de casi un
metro de grosor. Durante un instante, la cabezota se volvió directamente
hacia él, pareciendo fulgurar sus pequeños ojos cerdunos en los suyos
propios.
La conmoción contuvo a Jamieson… La conmoción y el gran
desaliento ante la increíblemente mala suerte que permitía a aquella letal
criatura hallarle en situación tan desvalida. Su parálisis, bajo aquellos ojos
destelleantes, era cosa agonizante… una tensión incontrolable que
entumecía cada músculo. Pero su inmovilidad le valió. La espantosa cabeza
se volvió a un lado, fijándose sus fascinantes ojos ávidos en el. ezwal, y su
cuerpo adoptó nueva rigidez. Jamieson se relajó un tanto, y su temor se tiño
de enojo, proyectando un dañino pensamiento al ezwal:
— Creí que podías sentir la aproximación de bestias peligrosas
leyendo en sus mentes.
No lo llegó respuesta alguna. La monstruosa serpiente se deslizó más
allá en el claro, con su cabeza alzada sobre el ondulante cuerpo. El ezwal se
retiró lentamente, cediendo su mente al simple hecho de que no había lucha
posible con aquella enorme criatura.
Más calmado ya, Jamieson dirigió otro pensamiento al ezwal:
— Puede interesarte saber que como jefe científico de la Comisión
Militar Interestelar, recibí un informe de Eristan II hace mucho tiempo. En
opinión de nuestra expedición de reconocimiento, su valor como base
militar es muy dudoso, existiendo para tal apreciación dos motivos
principales: una de las más condenadas plantas carnívoras que jamás se han
oído y esa linda criatura que tenemos ahora ante nosotros. Hay millones de
las dos especies. Cada serpiente cría cientos en su vida… hallándose su
número sólo limitado por el alimento, que es superior al de cualesquiera
otras especies del planeta, por lo que no pueden extirparse. Llegan a una
longitud de unos ciento cincuenta pies y a un peso de ocho toneladas.
Contraríamente a la mayoría de los demás matadores de este planeta, cazan
de día.
El ezwal, ya a más de unos cincuenta pies de la serpiente, seguía
retirándose lentamente, y Jamieson volvió a enviarle rápidas series de
pensamientos:
— Su aparición me sorprendió, pero sólo debido a que su mente da
simplemente cabida a una vaga curiosidad por algunos sonidos… sin clara
intención de matar. Pero esto no tiene importancia; se encuentra aquí; es
peligrosa. No cree que pueda atraparme, pero se halla considerando las
probabilidades, de manera rudimentaria. A pesar de su deseo por mí, el
problema es esencialmente tuyo; el peligro es por entero para ti… -
Jamieson prosiguió inflexible-. No estás seguro de que no te hallas en
peligro. Esa bestia parece de músculos agarrotados, pero cuando se pone en
movimiento, es como un muelle de acero en los primeros tres o
cuatrocientos pies.
Una impresión de arrogante autoconfianza acompañó a la réplica del
ezwal:
— Puedo recorrer cuatrocientos pies antes de que tú puedas contar tus
dedos.
— ¿En esa jungla? A veinte pies de la linde es como una maraña… o
más bien, como una maraña tras otra. A pesar de ello, no me cabe duda de
que pudieras atravesarla con tu corpachón. Pero en modo alguno con tanta
rapidez como la serpiente, que está estructurada a tal fin. Posiblemente
perdería una presa tan pequeña como yo en ese embrollo, pero en tu caso…
— ¿Y por qué -objetó el ezwal- habría yo de ser tan tonto como para
meterme en la jungla pudiendo contornearla sin obstáculos?
— Porque -replicó Jamieson con helado énfasis- correrías a una
trampa. Si bien recuerdo el terreno tal como lo vi del aire, la jungla se ahúsa
hasta un estrecho punto a no muchos cientos de metros detrás de ti. No
apostaría a que la serpiente no es lo bastante lista como para aprovecharse
de ese hecho.
Se produjo un perplejo silencio y finalmente provino el pensamiento
del ezwal:
— ¿Por qué no vuelves tu arma atómica sobre ella… y la quemas?
— ¿Y he de salir de aquí mientras estoy quemando a través de esa dura
cabeza hasta su pequeño cerebro? Esas serpientes viven la mitad de su vida
en este fango y se mueven por él con tanta facilidad como por cualquier
parte. No puedo arriesgarme, solo.
Los breves segundos que pasaron estuvieron preñados de tensión… y
de renuncia. Pero no podía haber demora alguna, como el ezwal debiera
saberlo. Por fin llegó la respuesta hecha de mala gana:
— Estoy dispuesto a las sugerencias… ¡y date prisa.'
A Jamieson le asaltó la deprimente constatación de que el ezwal estaba
pidiendo su ayuda sabiendo de que le iba a ser prestada, aunque sin ofrecer
por su parte nada en cambio. Y no había tiempo para regatear. Brevemente
propuso:
— Hemos de actuar en equipo. Antes de que ataque la serpiente,
comenzará a ondear su cabeza. Es casi un método universal reptilesco de
hipnotizar a las víctimas, paralizándolas. Realmente, el movimiento es
parcialmetne autohipnótico, pues concentra la atención de la serpiente en su
presunta víctima. Pocos segundos después de que comience a hacer ese
movimiento ondulante, yo le quemaré en la región de los ojos, lo cual
estropeará o destruirá su visión. Entonces la atacas por detrás… rápido. Su
cerebro está localizado justamente detrás del gran cuerno que tiene en la
cabeza. Clava tus garras allí y muerde si puedes, mientras que yo intento
debilitarla por un ataque a su cuerpo. ¡Atención, está comenzando ya! La
tremenda cabeza había empezado a moverse. Jamieson alzó su fusil
lentamente, pugnando por calmar su temblorosa mano, y cuando estuvo
seguro de su puntería, oprimió el botón de control.
La serpiente se debatió y presentó espantosa lucha, como de quien no
quiere morir. Sus restos humeantes se retorcían aún media hora más tarde,
cuando Jamieson salió del puente de árboles tambaleándose débilmente y
saltó a tierra, flaqueándole las piernas y quedando sentado. Cuando
finalmente se puso en pie, vio al ezwal apoyado sobre sus cuartos traseros a
unos cincuenta pies a lo largo de la estrecha orilla, contemplándole.
Aparecía extrañamente bruñido y bello en su vestidura azul y en la flexible
mole de su forma. Sintió alivio al pensamiento de que, cuando menos por el
momento, los poderosos músculos que se agitaban bajo aquella suave
envoltura estaban a su lado.
Devolvió con firmeza la mirada al ezwal, y finalmente dijo:
— ¿Qué fue de la balsa antigravitatoría?
— La abandoné a unas treinta de vuestras millas al norte de aquí.
Jamieson vaciló y luego dijo:
— Bien, hemos de ir a ella. Prácticamente descargué toda mi arma en
esa serpiente. Necesita del reactor alimentador para una nueva carga, y el
único que se encuentra por esta parte es el pequeño de la balsa. Lo
volveremos a necesitar, estoy seguro que convendrás en ello.
No hubo respuesta. Jamieson volvió a vacilar y luego habló con
decisión:
— El método evidente de llegar allá rápidamente es que me lleves
sobre el lomo. Puedo sacar el equipo del paracaídas de la pequeña isla y
hacer una especie de atelaje para tu cuello y piernas delanteras para poder
sostenerme en el sitio. ¿Qué opinas?
Esta vez hubo sensible evidencia de rumia mental antes de que la
orgullosa bestia consintiera, diciendo desdeñosamente:
— Indudablemente ése sería el método de transportar a un débil cuerpo
como el tuyo. Está bien, ve a buscar tu atelaje.
Pocos minutos más tarde, Jamieson se aproximó al ezwal con una
intrepidez que no sentía y desplegó el enrollado paracaídas en el suelo junto
a él. De cerca, la gran mole del ezwal era en verdad impresionante… hasta
sorprendente, puesto que a distancia su flexibilidad y agilidad de
movimientos lo hacían parecer más pequeño. Jamieson sintióse canijo al
ponerse a la extraña tarea de hacer un atelaje para el coloso de seis patas.
Reiteradamente al tocar el cuerpo del ezwal, Jamieson sintió una débil
oleada de repugnancia que emanaba de su mente.
— Esto servirá -dijo por fin, contemplando su obra. Había envuelto las
ligeras y sólidas cuerdas del paracaídas con el paño acolchado y
cruzándolas bajo el cuerpo de la bestia entre las patas anteriores y medias,
[Link]í un arnés bien encajado que permitiría al ezwal plena libertad
de movimientos. Atadas justamente tras el cuello, las correas de este
original atelaje constituían estriberas toscas pero eficaces.
Una vez sobre el lomo del ezwal, Jamieson se sintió un poco menos
vulnerable.
— Antes de partir -dijo suavemente- me gustaría me dijeras qué es lo
que te hizo cambiar de opinión. Tengo una idea…
Casi salió despedido de su sitio por el primer gran brinco del ezwal,
tras lo cual hubo de apelar a toda su destreza para mantenerse bien sujeto.
El ezwal, a lo que parecía, no estaba poniendo nada de su parte para dar
facilidades a su desagradable jinete. Pero al cabo de un rato, cuando
Jamieson se acostumbró mejor al ritmo peculiar de la galopada de un seis-
patas, comenzó a sentirse alborotadamente divertido con aquel loco y
salvaje cabalgar. A la izquierda, la jungla fulguraba en vertiginoso pasar
ante la desbocada carrera de la gran bestia a lo largo de la costa. Luego los
árboles formaron una especie de arco sobre la cabeza al atravesar una zona
menos densamente tupida que el resto. Sin el menor yerro, con absoluta
infalibilidad el ezwal elegía el camino sin aminorar su velocidad, como si
un instinto sumamente desarrollado le dirigiese exactamente por el mismo
camino por el que viniera.
Súbitamente provino una enérgica orden de mando:
— ¡Mantente fuerte!
Al instante se aferró más Jamieson al arnés y se inclinó hacia adelante,
tensándose sus pies al mismo tiempo contra las estriberas. Bajo él, los
músculos de acero se contrajeron. El enorme corpachón giró a un lado y
luego, con tremenda contorsión, siguió adelante.
Casi inmediatamente disminuyó la cegadora racha de velocidad, y
Jamieson pudo mirar hacia atrás, vislumbrando a varios grandes animales
de cuatro patas, que semejaban vagamente hienas de tamaño más crecido,
siendo después ocultados por los árboles, dejados irremediablemente a
distancia. Las bestias no hicieron esfuerzo alguno de persecución. Lo cual
era muy cuerdo por su parte, pensó Jamieson. Pues la magnífica criatura
bajo él, más grande que una docena de leones y más mortífera que ciento,
estaba claramente bien equipada para la supervivencia en este planeta.
La llama de sincera admiración de Jamieson se desvaneció. Sus ojos
habían escudriñado accidentalmente sobre los árboles y captado un
movimiento en el cielo. Y al estirar la cabeza para ver mejor, una astronave
gris asomó su morro de las brumas que empenachaban el firmamento de
Eristan II.
¡Una nave de guerra Rull!
A pesar de sí mismo, el reconocimiento fulguró claramente en su
cerebro. Siguió contemplando con desazón especulativa a la gran nave, de
aspecto tan cruel como un pez espada con su morro en punta, desapareció.
No cabía duda alguna de que iba a aterrizar. Y no servía de nada intentar
ocultar su sorpresa… era demasiado completa. La aparición de la gran nave
Rull era demasiado potencialmente desastrosa.
Le previno el pensamiento del ezwal con diapasón de triunfo:
— Me doy cuenta del pensamiento en el fondo de tu mente. Antes, de
ser entregado a los Rull, y que extraigan por la fuerza útil información de tu
cerebro, prefieres destruirlo con tu propia arma. Infiero que esta clase de
heroicidades es de lo más corriente en ambos lados del conflicto Rull-
humanos. Te prevengo: no intentes sacar tu arma. Te destrozaré si lo haces.
Jamieson se tragó el nudo que se le formó en la garganta. Sentíase
apresado como de un mareo y de una inmensa rabia a la vez, ante la
increíble mala suerte de la nave llegando allí… en aquellos momentos.
Mísero, cedió al ritmo que exigía el suave galope del ezwal, y durante
un rato no hubo más que el viento oloroso y el sordo sonido de las seis
patas. En torno a ellos, la jungla, y el ocasional y extraño lap, lap de
traidoras aguas. Y todo se hallaba allí, la rareza, lo terrible de aquel salvaje
cabalgar de un hombre sobre el lomo de un ser bestial teñido de azul y que
le odiaba… y que sabía de la nave.
— Estás loco -dijo por fin con voz átona- si crees que los Rull
significan alguna ventaja para ti o los de tu especie -. El tema era tan
familiar y la verdad de él tan evidente, que no tuvo impedimenta alguna en
proseguirlo únicamente con una parte de su atención. En el ínterin tensó su
cuerpo cuidadosamente, con los ojos posados en un miembro extendido
delante. Resumió su argumentación con una vehemencia que era en
absoluto auténtica -Los Rull son los más traidores, racialmente
ensimismados…
En el último instante, calibrando la distancia para el aventurado brinco,
debió haber huido de su mente su propósito concerniente a aquel miembro.
En una simple convulsión de movimiento el ezwal se alzó y retorció, y
Jamieson fue lanzado hacia adelante contra la superficie dura como el metal
de un enorme omoplato. Aturdido pugnó por recuperar el equilibrio y se
sostuvo precariamente cuando el animal giró y se metió a través de una
masa de ramas y enredaderas que le azotaron dolorosamente cabeza y
hombros. Unos momentos después emergían a la playa de una bahía de
verde esmeralda. En la densa y parda arena a lo largo de la orilla del agua,
el ezwal reanudó su marcha rápida e infatigable.
Como si el incidente que acababa de acontecer fuese demasiado banal
para discutirse, la bestia proyectó un pensamiento casual:
— Inferí de tu mente que crees que esas criaturas aterrizaron porque
detectaron el aparato de descarga de energía de la balsa antigravitatoria.
Jamieson tardó unos instantes en recuperar el aliento y luego habló
jadeante:
— Debe haber alguna razón lógica, y a menos que no cortaras la
fuerza como lo hice yo en la astronave…
El pensamiento del ezwal fue meditativo:
— Por eso es que debieron haber aterrizado. Si sus instrumentos
registraron también tu empleo del fusil en la serpiente, deben saber que
alguien aquí vive todavía. Lo mejor que puedo hacer, pues, es ir
directamente a ellos antes de que nos ataquen a ambos como a enemigos.
— ¡Eres un estúpido! -dijo Jamieson con duro énfasis-. Ellos nos
matarán a ambos como enemigos. Nosotros somos sus enemigos, y ello por
una sola razón: porque no somos Rull. Si no puedes entender este extremo
tan sencillo…
— Era de esperar que dijeses eso -atajó sardónicamente el Rull-.
Realmente estoy ya como fuere en deuda con ellos. Por primera vez, por el
rayo de energía que retorció tu nave y abrió una esquina de mi jaula. Luego
por la distracción que me permitió aproximarme a la tripulación de seres
humanos sin ser detectado, y destruirlos a todos. No veo razón alguna -
concluyó el pensamiento del ezwal- de por qué los Rull no aceptarían el
ofrecimiento que les haré en pro de mi propia especie… en ayudarlos a
expulsar al hombre del planeta Carson. Y ha de esperarse que el
conocimiento que obtengan de tu mente contribuirá a este propósito.
Jamieson sintió que le invadía negra cólera, y la combatió sólo debido
al gran apremio. No debía ceder, aunque pareciese desesperanzada la tarea.
Debía convencer a este orgulloso y desatento ezwal de la gran insensatez de
su plan. Mantuvo la voz en tono monocorde y dijo:
— Y cuando hayas realizado eso, ¿te imaginas acaso que los Rull se
irán tranquilamente dejándote en paz?
— ¡Que se atrevan a quedarse! La obcecada arrogancia de esta
observación era ya casi demasiado. De nuevo Jamieson pugnó por contener
su cólera. No debía olvidar, se dijo con firmeza, que esta criatura
fundamentalmente inteligente, hablaba desde el punto de vista
relativamente ignorante de una cultura no tecnológica… y sin ningún previo
conocimiento del arquienemigo de la humanidad. Y así dijo lentamente y
con gran énfasis:
— Ya es hora de que te des cuenta de algunos hechos. Se bate a los
Rull al planeta Carson por cuestión de unos meses solamente. Hasta si
vosotros los ezwal lo dificultéis tanto como podáis para que establezcamos
una base, estábamos combatiendo hace tiempo, demorando acciones en el
espacio, protegiéndoos de los seres más crueles e irrazonables que la
galaxia engendró jamás. Las mejores armas del hombre están al par de las
mejores de los Rull, pero en algunos aspectos hallamos que nos han
aventajado. Por una parte su tecnología es más antigua, más
equilibradamente desarrollada que la nuestra. Por otra, poseen la pasmosa
habilidad de alterar y controlar ciertas ondas electromagnéticas, incluyendo
el espectro visible, con las células de sus cuerpos… herencia de los gusanos
semejantes a camaleones de los que se supone ha evolucionado su especie.
Esta facultad les da un dominio del disfraz y el camuflaje personal que ha
hecho de su sistema de espionaje una amenaza perpetua.
Jamieson hizo una pausa, penosamente consciente de la obstinada
barrera entre su mente y la del ezwal. Luego, prosiguió tercamente:
— Jamás hemos sido capaces de desalojar a los Rull de cualquier
planeta en el que se establecieran. Por el contrario, ellos nos expulsaron de
tres importantes bases al cabo de un año de muestro primer contacto, hace
un siglo, y antes de que nos percatáramos de lo mortal del peligro y
resolviésemos mantenernos firmes por doquier, haciendo caso omiso de las
pérdidas. ¿Y eso son los seres a los que te dispones a aliarte contra el
hombre?
— Dentro de unos pocos minutos… sí -provino el pensamiento
insensible del ezwal, respuesta que era tanto más chocante por su completa
desatención a todo cuanto Jamieson expusiera. -Ya estamos cerca.
La hora de la discusión había pasado. Y su constatación llegó
súbitamente… tan repentinamente que Jamieson actuó casi sin pensamiento
consciente. Debido a tal circunstancia pudo sacar de golpe su arma y apretar
su cañón contra el lomo del ezwal. Triunfalmente oprimió el botón; se
produjo un fulgor que pasó sin obstrucción… ¡y no chocó en nada!
Pasó un momento antes de que pudo percatarse del sobrecogedor
hecho de hallarse volando por el aire, expelido por una simple contorsión
semejante a un latigazo de aquel enorme cuerpo elástico.
Fue a dar contra la maleza. Quebradizas enredaderas se asieron a su
ropa, le desgarraron las manos y laceraron salvajemente el arma, rasgándole
también la ropa y brotando la roja sangre… rindiéndose todo a la atenazante
jungla, excepto la cosa más importante… el arma que asió con amarga
tenacidad.
Había caído de costado, rodando, y alzó su fusil, con el dedo posado
una vez más sobre el botón disparador. A tres pies de su boca mortal, el
ezlaw se erguía con espantoso gruñido de su cuadrada carota, dio un brinco
de treinta pies a un lado y desapareció entre la espesura.
Aturdido y tembloroso, casi enfermo, Jamieson se sentó y consideró la
extensión de su derrota, los límites de su victoria.
3

Muy juntos en torno se alzaban los singulares árboles de gruesos


troncos de la extraña jungla… singulares porque no eran en absoluto
realmente árboles, sino abigarrados arbustos fungosos de treinta o cuarenta
pies a través de una embarazosa masa de espinosas enredaderas, verdes
liqúenes y hierbas bulbosas y rojizas. El ezwal había penetrado por tal
selvatiquez con fuerza irresistible. Para un hombre caminando a pie -
especialmente para quien no se atrevía a gastar el poder ya mermado y
evanescente de su arma- era un obstáculo casi desesperanzado a cualquier
progreso. La estrecha costa de playa que habían atravesado no estaba
demasiado lejos, pero habían girado en dirección errada un corto camino, y
el ezwal había vuelto de nuevo al interior.
Una cosa sólo podía decirse de la situación presente: cuando menos no
iba a ser llevado sin remedio a una nave de guerra cargada de Rulls.
— ¡Rulls!
Lanzando una boqueada, Jamieson se puso en pie. La hierba bajo él se
hundía traidoramente, por lo que se apresuró a pisar terreno más firme,
donde habló rápidamente en voz baja y monocorde, sabiendo que sus
pensamientos, si no sus sonidos, habían de alcanzar la aguda inteligencia al
acecho en alguna parte de aquel extravagante cobertor de luz y sombras que
le envolvía:
— Hemos de actuar con rapidez. En los instrumentos de los Rull deben
haberse registrado las descargas de mi fusil, y se encontrarán aquí en el
lapso de minutos. Esta es tu última oportunidad para cambiar de parecer con
respecto a ellos. Yo sólo puedo repetir que tu plan de alistar a los rulls como
aliados es pura demencia. Escucha la simple verdad: Nuestras naves espías
que tuvieron bastante suerte para volver de su parte de la galaxia, han
informado que cada planeta de los varios cientos que visitaron, estaba
habitado por… Rulls. No fueron halladas otras criaturas de suficiente
inteligencia como para ofrecer una resistencia organizada. Debió haber
habido algunas. ¿Qué les ocurrió?
Jamieson hizo una pausa para dejar que la pregunta surtiera su efecto,
y luego prosiguió rápidamente:
— ¿Sabes lo que el hombre hace cuando tropieza con una hostilidad
ciega y fanática en cualquier planeta? Ha sucedido varias veces. Ponemos
en cuarentena al planeta, estableciendo un cordón de naves en su derredor al
mismo tiempo, para defenderle contra un posible ataque de los Rull. Luego
dedicamos una gran cantidad de tiempo, que los Rull considerarían
desperdiciado, en intentar establecer relaciones pacíficas con los habitantes
del planeta. Equipos de observadores adiestrados estudian su cultura e
infieren tanto como es posible de su sicología, a fin de llegar a la raíz de la
perturbación.
«Y si todos los intentos fallan, determinamos el medio más incruento
de asumir su gobierno o gobiernos, una vez realizado lo cual, nos ponemos
a revisar cuidadosamente su cultura para sacar de ella sólo aquellos
elementos, por lo general paranoicos, que impiden la cooperación con tres
razas. Al cabo de una generación se concede una autonomía completa y se
otorga la libre elección de si desean unirse a la federación que en la fecha
incluye casi cinco mil planetas. Ni una sola vez ha dejado de compensarnos
esta puesta gigantesca y enormemente costosa.»
«Cito estos ejemplos simplemente para mostrarte el inmenso abismo
entre el sistema humano y el de los Rull. No debería haber necesidad de
nuestra toma de posesión del planeta Carson. Vosotros, los ezwal, sois lo
bastante inteligentes como para ver dónde se encuentra vuestro verdadero
enemigo, a poco que queráis abrir vuestra mentes. Tú mismo, y aquí y
ahora, puedes ser el primero.»
No quedaba nada más por decir. Quedóse pues a la espera,
pareciéndole que pasó mucho tiempo sin que la más débil respuesta
proviniera de la muda selvatiquez en torno. Sus hombros cayeron
desmayadamente. Era ya la última hora del atardecer y podía ver el
reverberar del sol a través de las bajas enredaderas colgantes. Percatóse que
su apuro, ya desesperado, empeoraría pronto todavía más.
Pues aunque escapara a los rull, dentro de dos horas a lo más, surgirían
voraces de sus madrigueras las bestias de afilados colmillos y los reptiles
carnívoros que rondaban las largas noches de este planeta primitivo, con sus
sentidos aguzados para la caza de la presa y mucho mejor dotados que él
para la supervivencia. Acaso si pudiera encontrar un verdadero árbol de
buen ramaje denso y sólido y elevada copa, disponiendo en él algún sistema
preventivo de enredaderas espinosas…
Comenzó a seguir adelante, evitando los boscajes de espesa maleza
que pudieran ocultar algo tan grande como un ezwal. Era un duro caminar,
y al cabo de varios cientos de metros le dolían por el esfuerzo brazos y
piernas. En este momento, y de manera brusca, le llegó la primera
indicación de que el ezwal se encontraba aún en la vecindad, en la forma de
un pensamiento ansioso y apremiante: -Hay una criatura suspendida sobre
mí, observándome. ¡Es semejante a un enorme insecto, tan grande corno tú,
con alas diáfanas y casi invisibles. Percibo su cerebro, pero los
pensamientos son… sin sentido! Yo…
— ¡No sin sentido! -atajó Jamiesen con voz tensa-. Ajenos, es la
palabra. El rull es mucho más diferente de ti y de mí que nosotros lo somos
mutuamente. Hay motivos para pensar que pueda ser de otra galaxia,
aunque esta teoría no se halla confirmada. No me extraña que no puedas
leer su mente.
Mientras hablaba, Jamieson se movió lentamente a lugar más
densamente cubierto, manteniendo presta su arma:
— Así -prosiguió- emplea una unidad anti-gravitatoria más pequeña y
eficaz de la que nosotros los humanos hemos sido capaces de producir hasta
el presente. Lo que parecen ser alas, es tan sólo una especie de aura, un
efecto de su control celular de las ondas luminosas. Tienes el peligroso
privilegio de ver a un rull en su forma natural, la cual ha sido revelada a
pocos seres humanos. La razón puede ser que tú eres una bestia estúpida y
puedes considerarte en consecuencia a salvo, si… ¡Pero no! ¡Debe poder
ver el arnés que llevas puesto!
— No -había un acento de desagrado en la negación del ezwal-. Me
quité ese objeto luego que nos separamos.
Jamieson asintió por sí mismo, y luego dijo:
— Entonces, actúa como una bestia estúpida. Grúñele y apártate, pero
corre como el diablo a esconderte en lo más profundo de la espesura si
tiende uno de sus apéndices reticulados hacia cualquiera de las ranuras que
aparecen a ambos lados de su cuerpo.
No hubo respuesta alguna.
Se arrastraron los minutos mientras Jamieson se esforzaba por captar
sonidos que procurasen un asomo de la crítica situación que se estaba
desarrollando en algún lugar fuera del alcance de su vista. ¿Intentaría el
ezwal comunicarse con el rull por otros medios que la telepatía, a pesar del
peligro que ello entrañaba y que parecía comprender? Y aún peor,
¿intentaría el rull, percatándose de la inteligencia del ezwal, formar una
impía alianza, viendo una ventaja en ella? Jamieson fue recorrido por un
escalofrío al imaginar lo que en tal caso podría suceder al planeta Carson.
Oyó sonidos, pequeños y perturbadores de todas partes en derredor: el
lejano crujir de los matojos cediendo el paso a algún cuerpo grande e
insospechable; débiles biifidos y gruñidos; un grito de bajo tono,
ultraterrestre y percutiente, que provenia de algún punto indeterminado,
posiblemente de muy cerca. Se agazapó más profundamente en la maraña
de maleza y fisgó cautelosamente el exterior, en una semiespera de hallar
alguna forma amenazante entre las fétidas miasmas brumosas que se
posaban sobre el suelo ensombrecido.
La tensión se hizo mayor de lo que podía soportar. Tenía que saber lo
que estaba sucediendo afuera. Por ende, suponía que el ezwal estaba
actuando a tenor de sus consejos.
Con silenciosa concentración proyectó un pensamiento:
— ¿Te está siguiendo aún?
La rápida respuesta le sorprendió:
— ¡Sí! Parece que está estudiándome. Quédate donde estás. Tengo un
plan.
Jamieson irguióse en su escondrijo, diciendo:
— ¿Ah sí?
El ezwal prosiguió:
— Conduciré a la criatura donde ti. Tú la destruirás con tu fusil. A
cambio, te ofrezco ayudarte a atravesar el Estrecho del Diablo.
El cansancio se deslizó de los hombros de Jamieson. Enderezóse más y
dio algunos pasos hacía delante, exultante, olvidado momentáneamente de
los posibles peligros.
No podía caber duda alguna: el ezwal había abandonado todo plan de
una alianza con los rull. Poca diferencia era la que suponía si ello había sido
debido a las explícitas prevenciones de Jamieson o bien simplemente a
causa del propio descubrimiento del ezwal de la barrera de comunicación.
Lo importante era que la amenaza que había tomado cuerpo con el primer
avistamiento de la nave rull se hallaba ya terminada.
Súbitamente le alboreó el pensamiento de que estaba desdeñando
aceptar formalmente la proposición del ezwal. Y estaba a punto de hacerlo
así, cuando una ola de desbaratador pensamiento provinente de la
gigantesca bestia hizo innecesaria su respuesta.
— Percibo tu acuerdo, Trevor Jamieson, pero ten cuidado.
¡Consideraré al rull como aliado sólo a fin de que pudiéramos zafarnos de
nuestro enemigo principal… el hombre! Jamás hubo seguridad cualquiera
de que otros de mi raza hubieran consentido en una alianza de cualquier
género. Para muchos de nosotros sería inconcebible. Ahora confío en que se
halle usted dispuesto ¡estaré ahí dentro de unos segundos!
A cierta distancia de la izquierda de Jamieson se produjo súbitamente
un remover de maleza. Se puso tenso y al hacerse más fuerte el ruido alzó
su arma, expectante. A través de la bruma divisó al ezwal moviéndose de
manera falazmente pesada sobre sus seis patas. A cincuenta pies, sus tres
ojos alineados de color gris acero, eran como lumbreras. Y luego, al hurgar
en los remolinos de vapor sobre la cabeza de la bestia esperando ver una
forma oscura y atalayante…
— ¡Demasiado tarde! -provino el traspasante pensamiento del ezwal-.
¡No dispares; no te muevas! Hay docenas de ellos encima de mí, y…
Una deslumbradora luz blanca irrumpió silenciosamente la escena
emborronando el flujo de la mente del ezwal, y desvaneciéndose
bruscamente luego. Con la postrera imagen quemándole los ojos, Jamieson
se sumió desvalidamente a una postura agazapada, esperando la condena
que parecía cierta.
Transcurrieron momentos angustiosos, mas nada aconteció, y al volver
sus ojos a recuperar parte de su función, pudo ver que lo que le había
salvado no era milagro alguno, sino la niebla que ahora rodaba más espesa
que nunca. Por muy desagradable que fuese, no obstante, le ocultaba
mientras se abría paso lentamente por entre la densa espesura y permanecía
agachado, y escudriñando con cautela. Una o dos veces atisbo entre la
oscura bruma formas revoloteantes encima de su cabeza. La ausencia de
toda brizna de pensamiento por parte del ezwal era conturbadora. ¿Podría
haber sido atacada y muerta aquella poderosa bestia tan fulminantemente
como para no dar lugar a una lucha audible?
No parecía probable. No habría dejado de emitir algún sonido, una
energía en suficiente cantidad para ello. Habia una alternativa más
probable: los rull debían haber causado una psicosis en el ezwal. Nada más
podría explicar aquel incoherente cesar del pensamiento en mente tan
poderosa.
La psicosis proyectiva se empleaba principalmente en animales y otras
formas incivilizadas y primitivas de la vida, desacostumbradas a aquel
intercambio súbito de fulgurantes luces. Y sin embargo, a pesar de su
potente cerebro, el ezwal era demasiado animal, demasiado incivilizado, y
posiblemente extremadamente susceptible a la hipnosis mecánica.
Esta línea de razonamiento indicaría que los rull habían supuesto que
el ezwal era simplemente una bestia primitiva. Considerando su aspecto y
deliberada conducta, la conclusión resultaba muy natural. Mas, ¿por qué
entonces querían capturarlo vivo? Quizá sabían que no era nativo de aquel
planeta y estaban buscando un indicio de su origen. Aunque aquel planeta
se hallara dentro de la periferia de las bases militares humanas, era lo
bastante accesible para que los rull lo hubiesen visitado antes.
Jamieson sonrió pálidamente. Si los rull llevaban al ezwal a bordo de
su nave bajo la impresión de que se trataba de un animal sin inteligencia, su
despertar podría ser rudo una vez que él hubiese recobrado sus sentidos.
Aquella bestia había borrado todo un cargamento de seres humanos que
habían estado mucho más próximos a percatarse de su cabal potencialidad.
El destello de un relámpago rasgó el cielo crepuscular hacia el norte, y
al cabo de unos segundos provino el esperado bramar del trueno.
Con brusca excitación, Jamieson dio un brinco poniéndose en pie. Era
un trueno artificial, inconfudible para sus oídos… el vibrante ronquido de
una andanada de proyectores de cien pulgadas de una nave de batalla.
Mientras contemplaba se produjo otro rayo volandero, y luego el
correspondiente trueno de respuesta, pero en menor escala. ¡El crucero rull
tendría suerte si lograba escapar!
¡Una nave de batalla! Una nave importante, probablemente de la base
más próxima, Kryptar IV, o bien en patrulla, o investigando descargas
energéticas.
Pero la sensación exultante de Jamieson decayó rápidamente. Este
nuevo grito de los acontecimientos le podía beneficiar sólo poco, si en algo
le beneficiaba. Para él, seguían subsistiendo la noche y sus terrores. Desde
luego, no habría desazones por parte de los rull, pero eso era todo. El
combate a la carrera entre las dos naves les llevaría lejos en el espacio, y
podría durar varios días. Hasta en el caso de que fuese enviada una nave
patrullera y la viera, no tenía medio alguno de lanzar señales, excepto con
su arma… si es que para entonces le quedaba alguna carga.
Estaba ahora tan oscuro que su visibilidad se redujo a muy breve
distancia, y por ende había aumentado en proporción geométrica su peligro
personal. Sus ojos y su fusil eran su única salvaguarda; los primeros se
tornarían casi inútiles dentro de poco tiempo, mientras que la pequeña
reserva de potencia de la segunda había de ser conservada por tiempo
indefinido.
Inquieto, Jamieson escudriñó en la oscuridad que se apelotonaba en
torno a él. Era posible que estuviese siendo acechado por algún monstruo
invisible. Se echó hacia delante, involuntariamente, y luego se detuvo. El
pánico sólo conduciría al desastre. Metióse un dedo en la boca, lo mantuvo
en alto y sintió una tenue frialdad a su derecha. Aquella dirección no era
demasiado alejada de donde suponía que debía hallarse la balsa
antigravitatoria… mas apenas había que pensar en ello ahora.
Comenzó a andar en dirección del viento y no tardó en saber que si el
progreso a través de la espesura de la jungla era bastante dificultoso durante
el día, de noche resultaba casi imposible. No pudo retener sentido alguno de
la dirección y viose obligado a detenerse repetidamente a cada pocos
metros, para volver a comprobar la dirección del viento. La oscuridad era
ya de boca de lobo, y los continuos traspiés sobre obstáculos invisibles
hacían tan ruidoso su paso que ponderó si era aconsejable el proseguir. Pero
la alternativa de quedarse allí inmóvil durante las largas horas de oscuridad
parecía mil veces peor. Erró, y pocos momentos después sus dedos tocaban
una corteza gruesa y carbonífera.
¡Un árbol!
4

Grandes bestias patuleaban abajo al asirse a la precaria percha elevada


sobre ellas. Centelleantes ojos se posaban en él. Por siete veces en las
primeras horas intentaron trepar por el árbol formas monstruosas,
maullando babeantes en felino deseo carnicero, y por siete veces
relampagueó su arma en haz más tenue de destructora energía. Otros
carnívoros potentes cuya aproximación hacía batanear la tierra, llegaron
incitados por la carne asada… y se marcharon.
¡Más de media noche pasó ya! A aquel paso, la carga de su fusil no
duraría hasta la mañana… por no hablar de la próxima noche, y de la
siguiente, y de la otra. ¿Cuántos días podría llevarle el llegar a la balsa…
eso en el caso de que pudiera encontrarla en absoluto? ¿Cuántas noches,
cuántos minutos podría sobrevivir después de que su arma quedase
convertida en un trasto inútil?
Lo deprimente era que el ezwal hubiese convenido en trabajar con él
contra los rull. Y la victoria tan próxima, se había desvanecido… Este
pensamiento quedó cortado por algo, por alguna cosa horrible que babeaba
al pie del árbol. Unas enormes garras rasparon la corteza, y luego dos ojos
muy apartados se fueron aproximando a asombrosa velocidad.
Jamieson asió su arma, vaciló y luego comenzó a trepar presuroso a las
ramas más delgadas. A cada segundo que gateaba más arriba tenía la
espantosa sensación de que se rompería una rama y le enviaría,
deslizándose por ella, hacia la babeante cosa de abajo; y experimentaba
también el más horrible convencimiento de que unas grandes mandíbulas se
hallaban muy próximas a sus talones.
Su determinación de ahorrar la energía de su arma sobrepasó sus
esperanzas. La bestia estaba contorneando las delgadas ramas tras él,
cuando se oyó un espantoso gruñido de otra bestia abajo, y otra forma más
grande trepó al árbol. El combate de ambos animales de presa comenzó al
instante. El árbol se zarandeó mientras las bestias se daban zarpazos y
rugían. Luego, desde la negrura próxima provino un chillido trompeteante,
y momentos después apareció la masa de un enorme monstruo de largo
cuello, cuyas mandíbulas de seis pies podrían haber alcanzado a Jamieson
en su percha, pero la fiera se lanzó a la carnicería y atacó a toda la
contendiente masa de matadores sin distinción. El primero en morir fue
arrastrado a un lado y luego devorado en tiempo increíblemente corto, tras
lo cual la colosal criatura se alejó, temporalmente saciada.
Hacia el alba, los constantes gruñidos y rugidos de cerca y lejos
disminuyeron, a medida que los ávidos estómagos se iban saciando,
retirándose las fieras a la digestión en sus cubiles.
Cuando amaneció del todo se sintió con vida, aunque fatigado al
extremo, cayéndosele el cuerpo de sueño, pero con la mente agudizada por
el solo deseo de seguir viviendo, aunque sin creencia alguna de que podría
sobrevivir al día. Si tan sólo el ezwal no le hubiese arrinconado tan
rápidamente en la cámara de control de la nave, podría haber tomado
pastillas contra el sueño, cápsulas de repuesto para su arma, un cronómetro
brújula, y… sonrió fútilmente por su hilván de razonamiento, también un
salvavidas que le habría permitido volar a lugar seguro.
Cuando menos habría habido cápsulas alimenticias en la cámara de
control, y habría arrebañado provisiones para un mes. Jamieson descendió
del árbol, puso alguna distancia entre él y el suelo empapado en sangre y
luego tomó algún alimento.
Comenzó a sentirse mejor. Y comenzó a pensar. Hasta donde podía
juzgar, basado en un cálculo de la velocidad del ezwal mientras estuvieron
viajando en compañía y el tiempo transcurrido, la balsa no podía estar a
más de cosa de diez millas al norte. Con los mil accidentes y peligros que le
saldrían al paso, ello supondría para él cuando menos un día entero o más
de camino, dependiendo ello de cuantos sectores de mar y ciénaga habría de
por medio. Luego, naturalmente, tendría que batir la jungla en amplios
círculos, hasta dar con la balsa y cargar su arma. En cuanto a la propia
balsa, no serviría a nada; hasta con su potencia no agotada era sólo una
especie de superparacaídas, incapaz de sustentar arriba mucho más que su
propio peso.
Con mucha suerte, en otras palabras, dispondría de la simple ventaja
de un arma de mano bien cargada, para comenzar un trayecto de cien millas
a la nave averiada. Cien millas de jungla, mar y ciénaga… y el Estrecho del
Diablo. Cien millas de calor, humedad, carnívoros…
Mas no servía a nada detenerse en los deprimentes augures contra él.
Había que ir paso a paso… era la única manera de poder continuar y
mantenerse en sus cabales.
Comenzó pues la marcha del día con los huesos fatigados por la falta
de sueño y la penosa tensión de la noche pasada. La primera hora de
progreso esforzado no fue muy alentadora. Había cubierto menos de una
milla, estaba seguro, y además no era en absoluto una línea recta. Había
perdido cuando menos la mitad del tiempo contorneando zonas de fango
movedizo y varias franjas zarzosas de una superficie de un acre, tan
densamente enmarañadas que dudaba de que hasta el ezwal hubiese podido
atravesarlas.
Más tiempo y energía habían de ser consumidos en trepar a un árbol
ocasional, a fin de comprobar la distancia y la dirección… cosa vital si
esperaba llegar a un paraje conveniente desde el cual proceder a la
búsqueda de la balsa.
Hacia mediodía calculó que había avanzado no más que tres millas en
la debida dirección. El blanco borrón que señalaba la posición del sol se
hallaba ahora tan próximo al cénit como para hacer inseguro su rumbo por
espacio de la siguiente hora. Este hecho, combinado con la presencia de un
elevado árbol próximo y su agotamiento físico, eran un argumento
acuciante en favor de un rato de descanso. En la copa del árbol había un
grupo de ramas semejante a una mano que se alzaba; con algunas de las
menos abrasivas enredaderas de la vecindad podría atarse al sitio y…
Cuando se despertó, las bestias nocturnas de Eristan gruñían su ansia
de sangre en la base del árbol.
Su primera reacción fue de terror… un terror a cortar la respiración,
ante la opresiva y mortal oscuridad en su derredor. Luego, al volver a
recuperar gradualmente el dominio de sus nervios, le invadió una honda
sensación de pesar por haber perdido tanto tiempo. Pero había necesitado
desesperadamente el descanso, se dijo, y no cabía duda de que físicamente
se sentía mucho mejor. No había posibilidad de saber hasta cuan adentrada
la noche había dormido, únicamente cabía esperar que no fuese mucho lo
que de ella quedaba.
El árbol vibró súbitamente como si abajo se abatieran monstruosas
garras contra su tronco. Sobresaltado, Jamieson comenzó a soltar las
enredaderas que le sujetaban. No era que pudiese trepar mucho más arriba,
pero había aprendido que hasta unos pocos pies podían suponer toda la
diferencia.
No había estrella alguna visible a través del denso cobertor de brumosa
atmósfera que se tendía sobre este planeta de jungla; la ausencia de todo
medio de señalar el paso del tiempo hacía parecer dobles a las horas. Varias
veces, gatunas bestias rapaces intentaron trepar a donde estaba, pero sólo
una llegó tan cerca que Jamieson se vio obligado a utilizar su arma. Y al
hacerlo, la tenuidad de su haz le contrajo el corazón. Pero sirvió,
chamuscando las patas delanteras del animal y haciendo que soltara su
asidero, cayendo chillando y a tumbos, para ser presa de las demás que
abajo estaban.
Cuando por fin llegó el alba, en lento despliegue, Jamieson no pudo
dar por unos momentos crédito a la escena que en torno a él iba
iluminándose ahora. La carnicería había amainado abajo y pudo percibir a
varias de las criaturas semejantes a hienas que topara durante su salvaje
cabalgar sobre el ezwal hacía dos días (¿sólo dos días?). Estaban
muñéndose más o menos sosegadamente de los restos de un número
indeterminado de esqueletos esparcidos. La precedente mañana había sido
lo mismo, pero esta vez la secuela fue distinta. Pues súbita y
silenciosamente, emergió de la espesura con la velocidad de una jabalina
una inmensa cabeza y cuarenta pies de cuerpo redondeado, atacando al más
próximo carroñero, que chilló ahogadamente al ser reducido a pulpa. Los
demás se desparramaron al instante, huyendo.
El resto del gigantesco cuerpo de la serpiente onduló despacio desde la
alta hierba y se puso a la tarea de engullir entera a su víctima, proceso que
sólo duró pocos minutos, pero después la serpiente no mostró la menor
disposición a marcharse. Quedóse donde estaba, mientras que el grueso de
su cuerpo se alargaba, retrayendose gradualmente hasta hacerse casi
imperceptible. Durante todo este tiempo, Jamieson quedóse helado en su
puesto, respirando tan quedamente como le era posible. No poseía un
extenso conocimiento de las prácticas de caza de las bestias, pero le cabía
poca duda de que aquélla le podía extraer fácilmente de la copa en que
estaba, si se lo propusiera.
Tras la hora más larga de la vida de Jamieson, la serpiente se agitó y se
marchó deslizante. Él esperó unos pocos minutos, descendió luego y siguió
su rastro claramente marcado, moviéndose lo más quedamente posible y
con la vista agudamente clavada delante. Aquel sería el último probable
paraje, razonaba, al que los comedores de carroña volverían a su festín, y
contaba con que no se volviese la serpiente o no se detuviera demasiado
pronto. Después de todo, un animal era un plato ligero para su colosal
estómago, y la caza debía proseguir.
No obstante, sintióse contento al dejar el rastro al cabo de unos cientos
de metros y reanudar la aproximada dirección por la que había ido el día
precedente. Ahora la claridad era total y probablemente se había alzado el
sol, aunque no sería visible hasta cosa de una hora. Habría tiempo suficiente
para orientarse y corregir el rumbo. En el ínterin proseguiría en línea tan
recta como fuese posible.
Para el mediodía había penetrado considerablemente más lejos que el
día anterior, debido principalmente a su mejorada condición fsica. No se
permitió más que una hora de descanso y terminó las últimas dos millas
para media tarde. La fatiga volvía a invadirle abrumadoramente, pero el
pensamiento de pasar otra noche interminable con un arma con la carga casi
agotada ya por toda protección, le espoleó a comenzar su búsqueda circular
de la balsa mientras quedaran unas cuantas horas de luz diurna.
Había un árbol elevado a unos cincuenta metros de donde estaba, y
estudió por espacio de un segundo infructuosamente la estructura, de
manera a poder reconocerlo desde cualquier ángulo. Sería su punto central.
Su primer círculo se trazaría a aquella distancia, el segundo a cincuenta
metros más lejos, y así sucesivamente. Tal pauta le procuraría una excelente
oportunidad de localizar un objeto grande y metálico como la balsa, aunque
algunas de las zonas de más densa espesura requerirían una inspección más
estrecha. Lo primero de todo, desde luego, treparía al árbol y vería lo que
podía avistarse desde su copa.
Cuatro horas después estaba tambaleándose de agotamiento, habiendo
casi completado su quinta vuelta. Estaba oscureciendo. La observación
preliminar desde el árbol no había revelado nada, y pronto debería volver
para otra noche implacable de espasmódico sueño y desveladoras
pesadillas.
El pensamiento le espoleó, como ya varias veces lo había hecho.
Cuando menos completaría esta vuelta, a pesar del creciente peligro de
bestias de presa. Pero ya no se ocultaba más la percatación estúpida de que
había sido neciamente optimista por su parte el haber pensado en encontrar
la balsa. A vista de pájaro desde la copa del árbol había aprendido una cosa
aquella tarde: el terreno se estrechaba hasta una península a sólo unas pocas
millas desde aquel punto. Pero el recorrer por completo aquella área podría
llevar semanas.
Fue dando traspiés hacia delante, no haciendo esfuerzo alguno para
moverse despacio, importándole ya poco realmente si un desastre final
acababa de una vez con su desesperada situación, ahora o pocos días
después.
La densa jungla se apartó inesperadamente ante él en un pequeño claro
que había sido invisible desde el árbol, y que estaba situado a sólo
doscientos cincuenta metros. Aún allí, naturalmente, el terreno no se hallaba
enteramente pelado, sino espesamente salpicado hacia el centro de
enredaderas trepadoras de Color gris.
Había dado unos pasos en el calvero, cuando se produjo un
movimiento de maleza en el extremo opuesto, y a unos cincuenta pies de él
emergió una gran bestia peluda de ojos encendidos y cara maniática. Al ver
a Jamieson gruñó espantosamente, abrió sus colmilludas mandíbulas y
cargó en derechura contra él.
Jamieson quedóse helado, percatándose instintivamente de la futilidad
de intentar correr y esperando hasta que la gran bestia diese el salto final
para intentar regatearla.
Mas no llegó el momento. Pues apenas la bestia inició el movimiento,
que sus patas se agarrotaron en aquella plantas, pareciendo apresado entre
ellas. E increíblemente, a pesar de todos sus violentos esfuerzos, parecía
que le era imposible desprenderse.
La razón no apareció de inmediato en la oscuridad que iba
tendiéndose, pero al mirar Jamieson como fascinado, comenzó a ver lo que
estaba sucediendo. La planta semejante a una enredadera estaba viva…
¡ferozmente viva! Duros zarcillos semejantes a látigos se enrollaban en
torno a las patas y cuello de la bestia con mayor rapidez de lo que sus
poderosos esfuerzos podían apartarlos o romperlos. Y otros, de
extremidades como de aguja, penetraban reiteradamente en su carne a
través de su greñoso pelaje. Súbitamente, el enorme corpachón del animal
se puso rígido con un tirón y sus miembros se extendieron como queriendo
alcanzar algo en vano, quedando tiesos, inmóviles, en una posición
antinatural. La bestia yacía como si se hubiese convertido en piedra.
Ahora las enredaderas menguaron su frenética actividad y comenzaron
a trepar sobre el rígido cuerpo, extendiéndose y haciéndolo desaparecer
gradualmente de la vista.
Jamieson se estremeció, apartó su vista del horrendo espectáculo y
miró presuroso en derredor para cerciorarse de que ninguna de aquellas
plantas crecían en su proximidad. Las había identificado ya, aunque era la
primera vez que las viera o se percatara de cómo funcionaban. Se trataba de
la planta carnívora Rytt, que junto con las serpientes inutilizaba aquel
planeta como base militar. Ciertamente, aquella planta carnieca no ocupaba
todo el planeta, como la serpiente, sino que aparecía sólo donde las
condiciones del terreno eran las convenientes a su particular metabolismo.
En tales áreas abundaba por lo general, y Jamieson sintió escalofríos al
pensar que posiblemente había pasado muy cerca de más de una de aquellas
matas durante las últimas varias horas.
De pronto se alarmó al darse cuenta de lo oscuro que se había hecho y,
al mismo tiempo, también se percató de que en los últimos pocos minutos
había aumentado considerablemente el nivel de ruidos de fondo que
caracterizaban aquel mundo primitivo. No existía aquí algo así como un
quedo crepúsculo; más bien era la hora del maligno despertar, el
desperezarse de monstruos rapiñadores en innumerables cubiles, y el
comienzo de un prolongado crescendo de delirante carnicería.
Se hallaba comenzando a moverse para volver al árbol, cuya copa era
justamente visible contra el oscurecido firmamento, cuando sintió un hurgar
sorprendente aunque familiar en su cerebro, imponiéndose un claro
pensamiento:
— No por ese camino, Trevor Jamieson, sino por el otro. La balsa que
buscas se encuentra en el siguiente calvero, no muy lejos de donde te
encuentras. Y yo también, esperándote. Según parece, otra vez necesito tu
ayuda.
Jamieson quedó quieto, temblando de excitación e incertidumbre a la
par. La última vez había visto al ezwal a merced de los rull. Esto podía ser
una añagaza de los rull, y acaso se encontraba el ezwal trabajando para
ellos… ¿por qué no, después de todo?
¿Mas, por qué habían de intentar atraerle mediante un señuelo…?
— Los rull que intentaron capturarme están muertos todos- cortó
impacientemente el ezwal -. El salvavidas que aterrizaron está también
aquí, intacto. Pero no puedo manipularlo, por lo que necesito de tu ayuda.
¡No hay bestias entre tú y yo en estos momentos, así es que date prisa!
Jamieson se volvió ávidamente y comenzó a contornear el calvero, con
su energía súbitamente renovada. La escueta información de mala gana
suministrada por el ezwal comenzaba a tener algún sentido. La nave de
guerra rull debió haberse visto forzada a marcharse con tanta rapidez, que
no había tenido tiempo de recoger a la partida de exploración que había
desembarcado. Y este grupo, pensando habérselas con una bestia sin
inteligencia, habían permitido al ezwal la oportunidad que precisaba para
barrerlos a todos. Así que ahora…
— Yo no los maté -provino la respuesta lacónica del ezwal-. No fue
necesario. Ya verás dentro de unos momentos lo que hice.
Jamieson emergió de una última franja de maleza semejante al
helecho, a un calvero más grande, en uno de cuyos lados reposaba el
salvavidas rull, de unos cien pies y de oscuro metal, convertido ahora en
una incongruencia por el giro de los acontecimientos. Y allá, entre grises
matorros de la planta Rytt, se hallaban los cuerpos sin vida, semejantes a
gusanos, de una docena de rull, de estrambótico aspecto aun en aquel
ambiente. Las grises trepadoras crecían en profusión cerca de la puerta
abierta del salvavidas, hasta extenderse algunas a través del umbral al
oscuro interior, como en una búsqueda ciega e instintiva de un camino
rondurente a más víctimas.
Jamieson parpadeó y supuso lo que había sucedido.
— Tus procesos lógicos son admirables- le interrumpió
sardónicamente el ezwal — aunque un tanto lentos. Sí, estoy en la cabina de
control de la nave, con una puerta de acero cerrada entre mí y las trepadoras
enredaderas. Sugiero que emplees tu fusil para despejar un paso entre ellas
inmediatamente, y entres también aquí. Hay varias bestias muy próximas y
evidentemente no puedes depender de esta planta para protegerte de nuevo.
Jamieson tomó una rápida decisión y giró hacia la balsa que estaba a
cincuenta pies, proporcionando las grises enredaderas un amplio atracadero.
Afortunadamente la balsa estaba embarrancada en el propio calvero; trepó a
ella, pues, del otro lado, y separó una placa de cobertura que exponía el
mecanismo de control más bien simple. Quitó un pequeño tornillo de su
arma y una también pequeña cápsula cayó en la palma de su mano. Aquella
cápsula era el corazón del fusil; él se hallaría completamente indefenso
hasta que pudiera ser reemplazada.
Alzó la tapa de un compartimiento de plomo, semejante a una caja, en
la cabina de control, colocó la cápsula en un contenedor de singular forma
que se hallaba en su interior y cerró la tapa. Esto era todo. En diez minutos,
una reacción engendradora, iniciada por los relativamente pocos neutrones
dejados en la cápsula, la cargarían por completo. Pero no esperaría
demasiado. Tres minutos aproximadamente producirían toda la carga que le
era precisa.
Jamieson se agazapó en la semioscuridad, dispuesto si fuese necesario
coger rápidamente la cápsula omnipotente y meterla en el fusil a tiempo de
salvar su vida. No estaba muy seguro de que pudiera hacerlo, pero no había
otro remedio. Toda la espantosa situación se hallaba ya muy clara en su
mente. Y el simple hecho de que no hubiese provenido negativa alguna por
parte del ezwal, tendía a demostrarlo.
Mientras esperaba, mirando constantemente a las negras sombras en
torno al calvero, dijo en voz alta, despacio, pero con gran énfasis:
— ¡Así es que los rull no sabían de la planta Rytt! No es sorprendente,
es uno de los pocos de tales tipos en la galaxia conocida. Pero han debido
de haber tropezado de noche con ella, para haberlos atrapado a todos. ¿Es
eso lo que sucedió, o bien estabas aún en trance entonces, como la estúpida
bestia que se pensaban eras?
La respuesta del ezwal fue rápida y altiva:
— Me sacudí la hipnosis antes de que terminaran de meterme en la
nave de la placa de antigravedad, donde me encadenaron. Con todos ellos
presentes y armados pensé que era mejor no mostrarle lo fácilmente que
podía soltarme, así que fingí permanecer inconsciente mientras me
encerraban en la bodega. Luego rompí las cadenas. Estaba esperando ver si
volvían a abandonar la nave, cuando se produjo un ruido como un trueno y
todos salieron fuera. No podría decir nada sobre sus extraños pensamientos,
excepto que estaban muy excitados. De pronto se excitaron todavía más, y
luego, al cabo de un minuto o cosa así, los pensamientos se detuvieron
súbitamente. Sospechaba yo lo que había sucedido, pero para asegurarme
rompí el pestillo de la bodega y miré por la compuerta principal. Estaba
muy oscuro para entonces, pero veo muy bien en la oscuridad. Todos
estaban muertos.
Jamieson deseaba también poder ver en la oscuridad, imaginándose
que había visto algo moviéndose en uno de los más sombríos extremos del
calvero, pero no podía estar seguro. Debían haber ya transcurrido los tres
minutos, o estarían próximos a cumplirse. No convenía esperar más.
Obligando a sus temblorosas manos a moverse metódicamente, tomó unas
pequeñas tenazas de la cantonera junto a la caja de plomo, abrió la tapa de
ésta y extrajo cuidadosamente la cápsula. La insertó en el arma, volvió a
atornillarla y exhaló un profundo suspiro de alivio.
Miró en torno al calvero de nuevo, y clavó la vista en la esquina
sospechosa, no se veía allá nada definido. Probablemente era sólo su
imaginación. Pero continuó vigilando mientras descendía de la balsa y
caminaba lentamente en dirección a la nave.
De nuevo habló quedamente:
— Me dijiste cuanto necesitaba conocer. Creo que puedo contar yo
mismo el resto de la historia. Después de que vieras muertos a los rull,
decidiste pasar la noche en la nave. No confiabas en tu magnífica vista para
protegerte contra todo posible afloramiento de la planta Rytt. Esto es lo
único de este planeta que temes verdaderamente. Tu primer encuentro con
ella debió haber sido muy interesante. Además de tu asombrosa velocidad y
fuerza, supongo que necesitaste una buena dosis de suerte para escapar. Y
hallaste que cuanto más remontabas la península, más espesamente crecía.
El miedo te invadió por completo. Y así decidiste que me necesitabas… a
mí y a mi arma. Y en consecuencia, volviste.
Mostróse el primer matorral de grises trepadoras un poco más
claramente contra la oscura tierra. Jamieson apuntó su fusil hacia abajo,
colocó su otra mano sobre los ojos y oprimió el disparador. Se oyó una
especie de crepitante rugido al chocar con el suelo el agostador haz de
energía, y aunque no pudo ver el fulgor de la llama, no cabía duda de que el
arma estaba convenientemente cargada. La manipuló de lado a lado delante
de sí, y tras haber dado algunos pasos adelante se detuvo, aflojando el
disparador. Miró en derredor y halló que podía ver bien aún. Se hallaba en
medio de una especie de negro terreno marchito, encontrándose el siguiente
parche de gris a unos veinte pies.
— Has estado en esa cabina de control durante dos días, ¿no es así? —
prosiguió Jamieson -. Debió haberte costado lo tuyo atravesar la puerta.
Pero hubiste de hacerlo debido a que la compuerta principal es accionada a
máquina cuyo manejo no comprendes, y tú no pudiste moverla a pesar de
toda tu fuerza. A la mañana siguiente, cuando abriste la puerta de control,
viste a la planta Rytt al otro lado de ella. Apuesto a que cerraste a toda prisa
la puerta y le echaste todos los cerrojos. Ello contuvo a la planta, desde
luego… pues su fuerza no es lo suficientemente concentrada como para
atravesar una puerta metálica. Puede pegarse a uno y pincharle en cien
lugares a la vez, pero no puede romper una puerta de acero, como tú. Así es
que te quedaste.
El segundo retazo de trepadoras grises — mayor que el primero — fue
igualmente tratado que éste. Entre Jamieson y la nave salvavidas se
encontraba ahora el matorral mayor y más sólido, que encerraba a los rull
muertos.
Habló en tono pausado e incisivo:
— Por espacio de dos días has estudiado ese mecanismo de control,
intentando sacar partido de él pero has fracasado por completo. Debes haber
llegado al punto de estar dispuesto a manipular ciegamente los mandos,
pasara lo que pasara. Entonces aparecí yo y la situación cambió. Me refiero
a mi llegada a la vecindad, hace unas horas. Lo percibiste, naturalmente. Y
para ti, ello significaba sólo una conveniente alternativa. Querías continuar
estudiando los controles. Caso de que no pudieras dar con el quid de ellos
antes de la noche, me llamarías, puesto que yo no podia sobrevivir a otra en
mi condición de agotamiento físico y con mi arma casi inválida por
completo. Pero si posiblemente lograbas resolver la manipulación de la
nave, ahuecarías el ala sencillamente, dejándome aquí para morir.
Hizo una pausa y esperó brevemente, mas no hubo respuesta alguna
por parte del ezwal, aun a la fina acusación condenatoria. Jamieson no se
sorprendió. La extraña y orgullosa criatura de la nave debía saber muy bien
que nada ganaría negándolo, y era incapaz de remordimientos.
Jamieson había despejado ya su camino hasta una distancia de pocos
pies de la compuerta principal de la nave salvavidas. Quedaban sólo las
trepadoras que se extendían en ella. Bajó unos grados la intensidad de su
arma, para evitar el daño al material de estampado de la compuerta, y luego
habló lo que esperaba ser sus últimas palabras a aquel singular ezwal.
— Voy a quemar todas las trepadoras hasta tu puerta. Cuando lo haga,
tú has de salir de ahí y dirigirte a la bodega donde has de permanecer. Para
comprobar que así lo haces, voy a disponer de tal modo esta arma que un
contacto fotoeléctrico hará que barra el pasillo si te aventuras a poner un pie
en él. Si te quedas donde estás, no recibirás daño alguno. Serán precisas dos
semanas para alcanzar la base más próxima, y desde allá podemos
dirigirnos al planeta Carson, donde me agradará mucho soltarte. En el
ínterin puedes hallar algo comestible en la bodega, aunque lo dudo. Puedes
consolarte con el pensamiento de que sin ningún conocimiento de
astronáutica hiperconducción, indudablemente hubieras muerto de hambre
antes de poder llegar a casa por ti mismo.
«Has fracasado en el intento de que siguiese siendo un secreto para mi
gobierno la inteligencia del ezwal. Mas yo deberé informar que en mi
opinión el promedio del ezwal adulto es absolutamente tan poco idóneo a
razonar con él, como si se tratase de una estúpida bestia. ¡Y ahora ya
puedes mantener tu trasero tan lejos como puedas de esa puerta… pues
dentro de un minuto la cosa estará que arde!»
5

A dos días de Eristan II, Jamieson estableció contacto por radio con un
crucero de una raza amiga del hombre. Explicó su situación y pidió que la
nave le dejase emplear sus potentes transmisores como relevo de contacto a
la más próxima base terrestre. Así lo hicieron.
Mas pasó una semana antes de que la nave de batalla terrestre tomara a
su bordo a la salvavidas rull y aceptara en transportar a Jamieson y al ezwal
al planeta Carson. El comandante de la nave de batalla no sabía nada de la
situación del ezwal, limitándose simplemente a verificar la identidad de
Jamieson y aceptar que era persona autorizada para los ezwal.
Cuando llegaron al planeta Carson, Jamieson obtuvo permiso del
comandante de la base para que la nave de combate aterrizara en área no
habitada por seres humanos. Allí tuvo su conversación final con el ezwal.
Era un paraje magnífico. Colinas onduladas se extendían como
rodando a los confines del norte. Al oeste había un verde bosque y en el
valle hacia el sur, el centelleo de un gran río. El planeta Carson era un
mundo de lujuriante verdor y mucha agua.
El ezwal saltó ágilmente al suelo, se volvió y miró hacia arriba a
Jamieson… quien se hallaba en la plataforma de la superficie inferior de la
nave. Jamieson comenzó:
— ¿Has cambiado de opinión en lo que fuere? El ezwal replicó con
breve pensamiento: -¡Iros de nuestro planeta y llevaos a todos los seres
humanos!
Jamieson dijo a su vez:
— ¿Quieres transmitir a tus congéneres ezwal que lo haremos así
siempre que ellos quieran desarrollar una civilización maquinista que pueda
defender al planeta de los rull?
— Los ezwal jamás se avendrán a ser esclavos de las máquinas —
respondió el ezwal. Y había tal determinación en el pensamiento, que
Jamieson asintió aceptando la realidad de su interlocutor. Los ezwal adultos
eran de un molde emocional que probablemente había estado elaborándose
millones de años Y por ende el lazo en que habían caído era de tal
naturaleza que no podrían librarse sin ayuda. Dijo suavemente:
— Todavía sois individuales. Queréis vivir por vosotros mismos, como
entidades aparte. Lo comprobamos ya en Eristan II.
El ezwal pareció irritado y desconcertado al par: -De tu mente colijo
que existen razas que tienen un existencia colectiva. Los ezwal son seres
separados que comparten una meta común. Siento, sin comprender
claramente tu pensamiento, que consideras esta separación como una
debilidad.
— No debilidad -replicó Jamieson -. Sólo un punto de ataque. Si
fueseis un grupo colectivo, nuestra aproximación sería diferente. Por
ejemplo, tú no tienes un nombre ¿no es así?
El pensamiento del ezwal mostró disgusto: -Los telépatas se reconocen
mutuamente sin necesidad de tales elementales medios de indentificación, y
te prevengo… — el enojo asomó al pensamiento -, que si pensáis hacer
unos conformistas de los ezwal, por la idea que detecto en tu mente, os
halláis equivocado de medio a medio. — De nuevo cambió el tenor de
pensamiento, pasando del enojo al desprecio -. Pero naturalmente vuestro
problema no es lo que queréis hacer con nosotros, sino cómo convencer a
vuestros congéneres humanos de que los ezwal son inteligentes. Te
abandono este problema, Trevor Jamieson.
El ezwal se volvió y marchóse a un corto trotecillo a través de la
hierba. Jamieson le llamó:
— ¡Gracias por haberme salvado la vida, y gracias por haber
demostrado de nuevo el valor de la cooperación contra un peligro común.
— No puedo — provino la repuesta — dar sinceramente las gracias a
un ser humano, por la razón que fuera. Adiós y no me molestes más.
— Adiós — dijo Jamieson quedamente. Tenía una sensación de pesar y
de fracaso, cuando la plataforma en la que estaba comenzó a rodar al
interior de la nave. Y al cerrarse, sintió el efecto antigravitatorio cuando la
gran nave comenzó a elevarse. Al cabo de unos segundos estaba acelerando.
Antes de abandonar el planeta Carson, Jamieson habló ante el Consejo
Militar gobernante. Sus sugerencias recibieron una acogida
formidablemente fría. Tan pronto como se manifestó claro su propósito, el
presidente del Consejo le interrumpió:
— Mr. Jamieson, no hay ser humano en esta estancia o en este planeta
que no haya sufrido la muerte de un miembro de su familia, asesinado por
esos monstruos ezwal.
Puesto que la observación era científica y militarmente impertinente,
Jamieson esperó y el gobernador continuó:
— Si hubiésemos de creer que esas criaturas son inteligentes, nuestro
impulso sería el de exterminarlas. Por una vez, señor, no se habría de tener
piedad por otra raza, y no la espere ninguna para los ezwal de los habitantes
de este planeta.
Hubo un airado murmullo de aprobación por parte de los demás
miembros del Consejo. Jamieson lanzó una mirada de soslayo a aquel
círculo de rostros hostiles y se percató de que el Planeta Carson era en
verdad una base precariamente mantenida. Sólo pocas veces en la historia
se había hallado una raza ajena tan antipática como lo era la ezwal. Lo que
hacía fatal el problema era que el planeta Carson constituía una de las tres
bases sobre las cuales los seres humanos basaban su defensa de la galaxia.
Bajo circunstancia alguna podía haber una retirada. Y caso de ser necesario,
podía ser justificada una política de exterminación a la convención de razas
Ajenas aliadas al hombre.
Pero hasta la llave de exterminación era su conocimiento, y suyo
sólo… que los ezwal se comunicaban por medio de telepatía. Como bestias,
los ezwal habían contrarrestado todos los intentos de destruirlos, por una
simple realidad. Pocas personas eran las que jamás hubiesen visto a un
ezwal, y la razón se mostraba ahora evidente… siempre habían sido
prevenidos de antemano.
Si él decía a estas gentes repletas de odio que los ezwal era telépatas,
los científicos humanos del planeta Carson planearían rápidamente métodos
de destrucción. Estos métodos, basados sobre ondas mentales
mecánicamente creadas, se trazarían para confundir a la raza ezwal, los
miembros de la cual eran en realidad muy ingenuos y vulnerables.
Jamieson se dio cuenta de que no era el momento de contar sus
experiencias en Eristan II. Que creyesen que simplemente tenía una
teoría… Debido a su posición, la mayoría de ellos creerían sus hechos si se
los presentaba. Pero todos podrían rechazar una simple teoría,
fundamentándose que se encontraban sobre el terreno y lo habían intentado
todo, y él únicamente se hallaba de paso. Y sin embargo, quería ponerles de
manifiesto que su rígida actitud no era aceptable.
— Damas y caballeros — comenzó Jamieson, inclinándose al par en
dirección a los tres miembros femeninos del Consejo — No puedo expresar
adecuadamente la simpatía y buena voluntad que motivó el que la
Convención Galáctica me enviara originalmente aquí, con la esperanza de
que como fuera pudiese ayudar al pueblo del planeta Carson a resolver el
problema ezwal… Pero debería deciros que me propongo recomendar a la
Convención la celebración de un plesbicito y el propósito del mismo, que es
el determinar si la raza humana aquí presente permitirá una solución
racional al problema ezwal planteado.
El gobernador objetó con frialdad:
— Creo que estamos autorizadas para considerar como un insulto lo
que acaba usted de decir.
Jamieson replicó:
— No fue tal mi intención. Pero mi sentimiento es el de los miembros
de este consejo. Se hallan tan cargados de resentimiento que no nos queda
otro recurso sino acudir al pueblo. Gracias por haberme escuchado.
Jamieson se sentó. Y el banquete oficial que siguió transcurrió en casi
completo silencio.
Tras la comida, el vicepresidente del Consejo se acercó a Jamieson
acompañado de una mujer joven, al parecer de unos treinta años, de ojos
azules y rostro y figura agradables, aunque en su expresión había una
firmeza poco femenina que contrarrestaba lo que de otro modo habría sido
una gran belleza.
El hombre estuvo simplemente cortés, diciendo:
— Mrs. Whitman me ha pedido la presentase a usted, Dr. Jamieson.
Y tras haber efectuado la presentación se apartó de allí, como si aquel
breve contacto fuese lo más que pudiera tolerar. Jamieson estudió a la mujer
cavilosamente. Recordó haberla reparado en grave conversación con sus
dos vecinos de mesa… uno de los cuales era el hombre que la había
presentado ahora.
— Es usted doctor en ciencias. — habló ella.
— Mi doctorado es en física — asintió él -, pero incluye mecánica
celeste y exploración interestelar… una materia sumamente especializada.
— Estoy segura de que lo es — convino ella — Ya soy viuda con un
chiquillo. Mi marido fue ingeniero químico. Siempre me maravillé de la
extensión de sus conocimientos. — Y como si le asaltara un recuerdo
añadió -: Fue muerto por un ezwal.
Jamieson supuso que el marido debió haber sido un ingeniero químico
de primera categoría, para que su mujer se moviese en los círculos del
Consejo. Pero todo cuanto dijo fue:
— Lo siento por usted y el chiquillo.
Ella se envaró ante su conmiseración y luego dijo pareciendo más
aplacada:
— La razón por la que pedí ser presentada a usted es la que la mayoría
de las decisiones básicas sobre el planeta Carson fueron tomadas hace dos
generaciones. Me gustaría que se quedase usted durante unos cuantos días y
personalmente me agradaría también mostrarle lo que pudiera ser una
solución alternativa al problema que aquí tenemos. Disponemos de una luna
habitable… ¿lo sabía usted?
Jamieson había percibido la luna a la llegada, y dijo lentamente:
— ¿Sugiere usted que debería ser la base?
— Puedo considerarlo así. Nadie tiene para cincuenta años.
Era un punto que había él de admitir. En aquella vasta sociedad
galáctica, la atención de los individuos y hasta de las organzaciones tendía a
ser pequeña. Los datos fundamentales eran a menudo archivados y luego
olvidados. Había siempre demasiados problemas generales en espera de que
una autoridad les prestara atención. Cada problema requería una detenida
ponderación, y una vez considerado y tomada la decisión, quien había
adoptado ésta se mostraba renuente a volver a examinar los datos.
Dudaba de que ella tuviese realmente una solución. Pero el inmenso
antagonismo de todo el mundo le había deprimido, y así le agradecía
calurosamente que se comunicara con él en vez de odiarle.
— Venga, por favor — apremió ella.
Jamieson calculó mentalmente su tiempo disponible. Pasarían algunas
semanas antes que el carguero «lento», con el ezwal hembra y su cría
completara el viaje de miles de años-luz a la Tierra. Podía fácilmente
tomarse unos cuantos días y todavía llegar a la Tierra antes que el carguero.
— Está bien — dijo -. Lo haré — ¿Comprendí que usted será mi guía?
Ella sonrió mostrando su deslumbrante dentadura.
— No creerá que nadie más quiera ni siquiera hablarle, ¿no es así?
Tristemente, Jamieson sabía que ella tenía razón.
6

Le dolian los ojos. Estuvo pestañeando mientras volaba, esforzándose


por tener a la vista el destello metálico que era el traje espacial impulsado
por energía de su guía.
Pesábale ya vivamente hacer el viaje a aquella extraña luna del planeta
Carson. En ruta desde éste a ella, en una gran nave de batalla que él había
comandado, había estudiado la Enciclopedia Interestelar y hallado en ellas
hechos concretos. Habían allá enormes cambios de temperaturas del día a la
noche. Tales cuerpos planetarios no podían simplemente ser utilizados para
sustentar a los millones de personas.
La mujer era desesperadamente difícil de ver contra la deslumbrante
refulgencia del sol, alzándose cada vez más del fantástico horizonte del
satélite de Carson. Jamieson se dijo que era casi como si su guía intentara
mantenerse en el resplandor del sol mañanero con el fin de perturbar su
desgastada mente y embotar su fuerza.
A más de una milla abajo, un reguero de bosque se extendía
desigualmente sobre un suelo torvo y repulsivo. Roca erosionada, como
picada de viruela, grava torturada y ocasionalmente una rala y renuente
vegetación herbosa que se mostraba tan parda y poco invitadora como la
propia fronda desparramada… y había ido a la distancia mientras ellos
surcaban allá arriba, dos objetos brillantes de metal a la velocidad de
bólidos.
Varias veces vio manadas de los grandes rumiantes moteados de gris,
allá abajo; y en una ocasión, lejos a la izquierda, percibió el lustroso
destello de un gryb vampiro de escamosa coraza.
Resultaba difícil ver su velocímetro, que estaba encajado en el
transparente casco de su armadura de vuelo espacial… difícil debido a que
tenía un segundo casco debajo, unido a su vestido calentado eléctricamente,
y la luz del sol se esparcía cegadoramente a través de las dos barreras. Pero
ahora que se habían despertado sus sospechas, posó en un esfuerzo sus ojos
en aquel fulgor, hasta que lagrimearon y se empañaron. Lo que vio contrajo
su madíbula en dura línea, y restalló en su aparato de comunicación con voz
tan fría y severa como sus pensamientos. -Hola, Mrs. Whitman.
— ¿Si, doctor Jamieson? — Sonó la voz de la mujer en su aparto,
pareciéndole al alerta oído de Jamieson que el tono con que había
pronunciado «doctor» contenía el matiz de una burlona y definida
hostilidad.
— Me dijo usted que este viaje había de ser de unas quinientas
veintiún millas o…
— O aproximadamente — fue la respuesta rápida, pero de hostilidad
más marcada, más intencionada.
Los ojos de Jamieson se estrecharon hasta formar dos estrías grises.
— Dijo usted quinientas veintiún millas. La cifra es lo bastante rara
como para suponérsela exacta, y no existe posibilidad alguna de que usted
no conociera la distancia exacta desde las Cinco Ciudades a las minas de
platino. Hemos viajado ya seiscientas veintinueve millas — más las de cada
minuto — desde que abandonamos las Cinco Ciudades hace más de dos
horas, y…
— ¡Vaya, vaya! — interrumpió la joven con inequívoca insolencia -.
Eso no es demasiado malo, doctor Trevor Jamieson.
Quedóse él silencioso, examinando la situación por su amenaza
potencial. Su primer indignado impulso fue de ponerse a tono con la
inesperada arrogancia de su intorlocutora, pero su cerebro, súbitamente
diáfano como el cristal, reprimió el deseo y siguió adelante como en rapto
especulativo.
Había allí un intento de asesino. Su mente batía fríamente, con la
sensación de algo repetido durante todos los tremendos años en los que
había errado a los planetas más lejanos. Era glacialmente reconfortador
recordar lo que había conquistado en el pasado. En el asesinato, como en
cualquier otra cosa, la experiencia contaba.
Jamieson comenzó a disminuir la velocidad. Llevaría tiempo… pero
acaso aún estaba a tiempo, aunque la actitud de su compañía sugería que la
crisis se hallaba peligrosamente próxima. No podía hacer nada más hasta
que hubo aflojado considerablemente la marcha, y entonces, aquietando sus
latidos impetuosos, dijo amablemente:
— Dígame, ¿se halla implicado todo el Consejo en este asesinato? ¿O
es sólo un plan suyo propio?
— No hay mal alguno en decírselo — replicó la mujer -. Decidimos
que no hiciera usted su recomendación sobre los ezwal a la Convención
Galáctica. Desde luego, sabíamos que esta luna no sería aceptada nunca
como base sustituta.
Jamieson rió con risa dura y horra de humor, pero comprensible, que
ocultó la lenta precaución con la que oblicuaba hacia el suelo. El esfuerzo
del buceo en curva torturaba su cuerpo y le desgarraba los pulmones, pero
se mantenía ceñudamente. Se encontraba ahora solo en el firmamento; el
destellante vestido espacial de su guía se había desvanecido en la difusa
distancia. Evidentemente ella no había vuelto su cabeza o percatádose de la
desviación de su buscador.
Ansioso porque el descubrimiento fuese aplazado tanto como fuese
posible, Jamieson dijo:
— ¿Y cuándo va usted a matarme?
— Dentro de unos diez segundos — comenzó ella, tensando su
aparto… Se detuvo. — ¡Oh, no se encuentra usted ya tras de mí! Así que
está intentando aterrizar. Bueno, eso no le servirá de nada. También puede
serlo de ese modo…
Jamieson se encontraba a cincuenta pies de la pelada roca cuando se
produjo un súbito rechinar en el mecanismo hasta entonces silencioso de su
motor. La fulminante velocidad de lo que aconteció no le dejó tiempo para
una acción más instintiva. Sintió dolor en sus piernas, un dolor agudo y
desgarrador, una sensación vertiginosa y ardiente que extravió su razón.
Luego chocó con el suelo, y con movimiento automático desconectó la
energía que se producía en tal corto-circuito que estaba quemándole vivo.
La oscuridad envolvió su cerebro como un manto.
Un mundo borroso de roca ondenado y remolineante sobre él… tal fue
el despertar de Jamieson. Se esforzó por recobrar la conciencia y se dio
cuentra tras unos instantes de confusión mental que no estaba ya embutido
en su traje espacial. Y al abrir definitivamente los ojos pudo ver sin
sensación de vértigo que tenía puesto sólo un casco… el unido a su ropa
eléctricamente calentada. Notó algo — una esquina de roca —
oprimiéndole dolorosamente la espalda. Con aturdida pero recuperadas
vista miró hacia arriba a la decidida mujer joven que se arrodillaba junto a
él. Ella devolvió la mirada con hosca hostilidad y dijo brevemente:
— Tiene usted suerte en haber salido con vida.
Evidentemente paró el motor oportunamente. Fue atajado por el
conductor eléctrico y le quemó a usted un poco las piernas. Le he puesto
algo de ungüento, de manera que no sentirá dolor y podrá caminar.
Se detuvo y se puso en pie. Jamieson se sacudió la cabeza para
despejarla, y luego miró a la mujer interrogadoramente, pero sin decir nada.
Ella pareció darse cuenta de lo que pensaba.
— No pensé que hubiera sido tan remilgada llegado el momento —
confesó ella con enojo -, pero así fue. Volví para matarle a usted, pero no
mataría ni a un perro sin darle una oportunidad. Bien, ya la tiene usted, si de
algo le sirve.
Jamieson se incorporó quedando sentado, y sus ojos hurgaron
penetrantemente el casco de ella. Había hallado antes mujeres duras, pero
ninguna que pareciese más sincera y honrada sobre sus intenciones.
Frunciendo el entrecejo, caviloso, Jamieson miró en derredor, y sus ojos,
entrenados para captar los detalles, vieron una falta en el cuadro.
— ¿Dónde está su traje espacial? — preguntó.
La mujer señaló con un ademán de la cabeza hacia el firmamento, y su
voz no manifestó ningún matiz amical al decir:
— Si tiene buena vista, verá un punto oscuro, casi invisible ya, a la
derecha del sol. Acoplé su traje al mío y luego conecté mi energía. Irán a
caer al sol dentro de unas trescientas horas.
Él ponderó la cuestión y dijo luego:
— Dispénseme si no creo apenas que ha decidido quedarse y morir en
mi compañía. Ya sé que hay personas que morirían por lo que creen que es
justo. Pero no puedo establecer lógica alguna sobre por qué había de morir
usted. Sin duda alguna tiene tomadas disposiciones para ser rescatada.
La mujer se sonrojó con una oleada de enojo que oscureció su rostro.
— No habrá rescate — dijo -. Voy a demostrar a usted que en esta
cuestión ningún individuo de nuestra comunidad, hombre o mujer, piensa
en sí mismo. Voy a morir con usted aquí debido, naturalmente, a que jamás
alcanzaremos las Cinco Ciudades a pie, y en cuanto a las minas de platino
se encuentran más lejos aún.
— ¡Pura bravata! — replicó Jamieson -. Por primera, el que se quede
usted conmigo no demuestra sino que es usted una idiota; y por segunda,
soy incapaz de admirar tal acción. Sin embargo, me alegra de que esté usted
a mi lado y le agradezco la cura de mis quemaduras.
Jamieson se puso cuidadosamente en pie tanteando sus piernas,
primero la derecha y luego la izquierda, y sintió un ligero vahído que se
sacudió con un esfuerzo.
— Hummm — comentó de manera tan indiferente como antes -. Nada
de dolor, pero sí debilidad. Ese ungüento debe haber sanado las quemaduras
a ciegas.
— Lo toma usted con mucha calma — dijo Bárbara Whitmann con
acritud.
— É1 asintió, añadiendo:
— Siempre me alegra el darme cuenta de que estoy vivo y siento que
puedo convencerla a usted que la conducta que planeé recomendar para el
planeta Carson es una solución sensata.
Ella rió secamente.
— No parece darse cuenta del atolladero en que nos encontramos.
Estamos a cuando menos a doce días de la civilización… eso es calculando
sesenta millas por día, lo cual es apenas posible. Esta noche la temperatura
descenderá a cien grados bajo cero, cuando menos, aunque varía y puede
llegar hasta ciento setenta y cinco, dependiendo ello del desplazamiento del
núcleo del planeta, que como usted sabe es muy caliente y muy próximo a
la superficie a veces. Esa es la causa de que no puedan subsistir en esta luna
en absoluto seres humanos ni otra vida. El núcleo se traslada en torno por el
Sol y el planeta Carson, dominando el Sol, de modo que hace siempre una
buena dosis de calor durante el día, y son tan endiabladamente frías las
noches cuando el sol está sobre el otro lado del planeta. Le explico a usted
ésto para que pueda formarse una idea de lo que sucede.
— Prosiga usted — dijo sin más comentarios Jamieson.
— Bien, si no nos mata el frío, estaremos expuestos a tropezar cuando
menos cada pocos días con una sanguijuela gryb. Pueden oler la sangre
humana a distancia pasmosa, y la sangre, por cualquier razón química, los
enloquece de hambre. Y una vez acorralan a un ser humano, sanseacabó…
Derriban los árboles más grandes y perforan la más sólida roca, penetrando
en las cuevas. La única protección en un fusil atómico y los nuestros se
fueron con los trajes. Sólo disponemos de mi cuchillo de caza. Aparte de
ello, nuestro único alimento posible es el gigante rumiante herbívoro, que
corre como un gamo a la primera vista de cualquier ser viviente y el cual
además puede matar a una docena de hombres acorralados. Se sorprenderá
usted del hambre que puede atacarle a uno en muy breve tiempo. Algo en el
aire — y naturalmente estamos respirando aire filtrado — acelera la
digestión normal. En un par de horas estaremos pereciendo de inanición.
— Parece que ello le produce a usted una especie de lúgubre
satisfacción — respondió secamente Jamieson.
Ella restalló:
— Me encuentro aquí para procurar que no vuelva usted con vida a la
colonia, eso es todo.
Jamieson apenas la oyó. Su rostro se plegó en adusto ceño:
— Siento que volviera usted. Me apena vivamente ver a una mujer en
situación tan peligrosa. Sus amigos son unos canallas por haberlo
permitido. Pero yo volveré sano y salvo.
Ella rió desdeñosamente:
— Imposible. Intente vivir del suelo de esta luna pelada; pruebe a
matar a un gryp con sus manos desnudas.
— No con mis manos — replicó Jamieson hoscamente -, sino con mi
cerebro y mi experiencia.
Volveremos a las Cinco Ciudades a pesar de esos obstáculos naturales,
y a pesar de usted…
En el silencio que siguió, Jamieson examinó los alrededores, y sintió el
primer escalofrío de duda cuando su mente y ojos se posaron sobre aquel
salvaje y desolado infierno de roca que se extendía hasta el horizonte de los
cuatro puntos cardinales. No, no de todos ellos. Apenas visible en la remota
distancia de la dirección que querían tomar había una oscura niebla de risco,
la cual parecía flotar contra la calina de semi-negror que era el firmamento
más allá del horizonte. En la próxima distancia la apilada roca mostraba
formas fantásticas, como si se hubiese helado en momentos de retorcedora
angustia. Y no había belleza alguna en ella, ninguna pincelada de grandeza,
sino simplemente millas interminables y desesperadas de entumecimiento,
de letal inercia… y silencio.
Se dio cuenta del silencio con un sobresalto que atravesó su cuerpo
como un choque físico. El silencio pareció súbitamente con vida. Oprimía
incesante aquella lisa franja de roca donde se hallaban. Un silencio
malévolo que perseguía continuo, sin ecos, sin tan siquiera un viento que
silbara y plañiera en los billones de cuevas y concavidades que alveolaban
el terreno yermo y traidor en torno. Un silencio que semejaba el propio
espíritu de aquel pequeño mundo hosco y mortal que bañaba un sol frío y
brillante.
— Es deprimente, ¿no es así?
Jamieson la miró sin verla exactamente, pues su vista se posaba mucho
más lejos.
— Sí — dijo cavilosamente -. Olvidé su sensación, y no me di cuenta
de lo mucho que olvidé. Bien, mejor es que empecemos a andar.
Mientras brincaban cautamente sobre la roca, ayudados por la menor
gravitación de la luna, la mujer dijo:
— ¿Qué cree usted haber descubierto sobre los ezwal?
— No puedo decírselo — replicó Jamieson -. Si supiera usted lo que
yo sé, odiándolos los destruiría.
— ¿Por qué no dijo usted al Consejo que disponía de una información
específica, en vez de presentar lo que parecía meramente una hipótesis? Son
gente sensibles…
— ¡Sensible! — repitió como un eco Jamieson, con un acento en su
voz cargado de significativa ironía.
— No creo por mi parte que tenga usted más que una teoría -dijo a su
vez Bárbara Whitman llanamente -. Así es que deje de pretenderlo…
7

Dos horas después, el sol estaba alto en aquellos cielos sombríos.


Habían sido dos horas de silencio; dos horas en las que caminaron
dificultosamente a lo largo de estrechas franjas de roca entre valles
fantásticos que bostezaban amenazadores a cada lado, y bordeando al par
los márgenes de cuevas cuyas desoladas profundidades iban en derechura a
las entrañas inquietas de la luna; dos horas de desolación.
El gran risco negro, no nublado ya por la distancia, aparecía ahora
próximo y gigantesco. Tan lejos como podía alcanzar la vista se extendía a
cada lado; y desde donde Jamieson se afanaba cada vez más cansinamente,
sus paredes parecían abruptas y vidriosas… inescalables.
— Odio el confesarlo, pero no estoy seguro de poder escalar ese risco
— jadeó.
La mujer volvió hacia él un rostro en el que su saludable morenez se
había convertido en fatiga gris. A sus ojos asomó un fulgor.
— ¡Es el hambre!- dijo brevemente. Ya le dije a usted lo que pasaría.
Estamos pereciendo de inanición.
Jamieson forzó su marcha, pero al cabo de unos momentos aflojó el
paso diciendo:
— Ese herbívoro… come también las ramas más pequeñas de los
árboles, ¿no es así?
— Sí. Por eso tiene un cuello tan largo. ¿Y qué hay con ello?
— ¿Es todo cuanto come?
— Eso y hierba.
— ¿Nada más? — La voz de Jamieson era perentoria en el
interrogante, y su rostro tenso de insistencia. — Piénselo.
Bárbara se irguió.
— No emplee usted ese tono conmigo — dijo -. ¿A qué sirve todo, de
cualquier modo?
— Lo siento… sobre el tono, quiero decir. ¿Qué es lo que bebe esa
bestia?
— Le gusta el hielo. Siempre acostumbra a estar cerca de los ríos.
Durante el breve período de fusión anual, todo el agua de los bosques va a
los ríos y se hiela. La única otra cosa que come o bebe es sal. Como muchos
animales, precisa absolutamente tener sal, la cual es muy rara.
— ¡Sal! ¡Eso es! — La voz de Jamieson era triunfal. — Hemos de
desandar camino. Pasamos una franja de roca salina hace cosa de una milla.
Hemos de coger alguna.
— ¡Desandar camino! ¿Está usted loco? Jamieson la miró fijamente,
con una mirada acerada y de gris fulgor.
— Escuche, Bárbara, hace un momento dije que creía no poder trepar
esos riscos. Pues bien, no se preocupe, los escalaré. Y subsistiré todo el día
de hoy, y todo el de mañana y los otros doce o quince o veinte. Durante los
últimos diez años he aumentado en veinticinco libras, de las cuales he sido
administrador. Pues bien, mi cuerpo las empleará como alimento, y por el
cielo que permaneceré con vida y moviéndome y haciéndome más fuerte…
y hasta podré transportarla a usted en caso necesario. Pero si esperamos
poder matar a un hervíboro y vivir decentemente, entonces hemos de
conseguir sal. Vi algo de ella y no podemos desperdiciar una oportunidad.
Así es que volvámonos.
Se miraron fijamente, con el salvaje y tempestuoso enojó de dos
personas cuyos nervios están a flor de piel. Luego, Bárbara respiró
profundamente y dijo:
— No sé cuál es su plan, pero me suena a disparatado. ¿Ha visto usted
alguna vez un herbívoro? Bien, el aspecto semejante al de una jirafa, sólo
que es mayor y más rápido. Quiza albergue usted alguna idea de tentarlo
con sal y luego matarlo con un cuchillo. Ya le dije que no podría
aproximársele, pero no obstante volveré atrás con usted. Ya que vamos de
todos modos a morir, no importa lo que usted piense. Lo que yo espero es
que un gryb nos vea. Así la cosa será más rápida.
— Hay algo — manifestó Jamieson — de lamentable y horrible en una
mujer bella que está decidida a morir.
— ¡No se piense usted que yo desee morir! — restalló ella. Su
apasionada voz se apagó bruscamente, pero Jamieson sabía que era mejor
no dejar inexplorado tal vehemente sentimiento.
— ¿Qué hay de su hijo? — preguntó, viendo por la desventurada
expresión del rostro de ella que había dado en el blanco. No sintió pesar
alguno. Era imperativo que Bárbara Whitman desarrollase un deseo de
vivir. En la crisis que parecía ya muy próxima, la ayuda de ella podría
suponer fácilmente la diferencia entre la vida y la muerte.
Fue singular la fiebre de charla que invadió a Jamieson mientras
volvían laboriosamente a desandar el camino a la roca salina. Era como si
su lengua, como si todo su cuerpo se hubiese intoxicado; y sin embargo sus
palabras, aunque rápidas, no eran incoherentes, sino razonadas y calculadas
para convencerla. Habló del problema del hombre aterrizando en planetas
deshabitados y de las muchas soluciones que había hallado mediante el
raciocinio. Los seres humanos no se dan cuenta a menudo de cuan
profundamente se hallaba enlazada la vida a su propio planeta, y cuan
desesperadamente cada raza luchaba contra los intrusos.
— ¡Aquí tiene su sal! — fijo finalmente Bárbara.
La roca salina formaba una angosta cuña semejante a largo valladar
que discurría en línea recta y terminaba bruscamente al borde de un cañón,
alzándose allí como asustada de haber ido a dar al borde de un abismo.
Jamieson arrancó dos trozos de cascotes de sal y los metió en los
espaciosos bolsillos de su chaquetón… iniciando de nuevo la marcha de
regreso a la sombría pared del risco a tres millas de allá. Caminaron en
silencio. A Jamieson le dolía cada músculo del cuerpo, y cada nervio
lanzaba pulsaciones de alarma a su cerebro. Con fuerza desesperada y
obstinada se asía a cada saliente de la roca, dándose horrible cuenta de que
un resbalón podía significar la muerte. En una ocasión miró hacia abajo, y
su cerebro se desmayó ante las profundidades tras él.
A través de una visión empañada vio a la mujer a pocos pasos de allí,
mostrando las torturadas líneas de su rostro la debilidad por hambre que
estaba corroyéndoles las propias raíces de sus dos vidas tan precariamente
mantenidas.
— ¡Agárrese bien! — jadeó Jamieson -. Sólo quedan unos pocos
metros más.
Los cubrieron y se desplomaron en el borde de aquel terrorífico risco,
demasiado extenuados para trepar por el suave declive que quedaba antes
de que pudieran tender la vista sobre el terreno más allá, demasiado
agotados para hacer otra cosa sino descansar, succionando el aire vital en
sus pulmones. Por fin, Bárbara cuchicheó:
— ¿A qué todo esto? Si tuviésemos algún sentido común, lo mejor
sería que saltásemos desde el risco y acabáramos con todo.
— En cualquier momento podemos saltar a una profunda cueva —
replicó Jamieson. — Ea, sigamos ahora.
Levantóse perezosamente, dio unos cuantos pasos, irguióse luego y
seguidamente se echó abajo con profundo respirar silbante. Sus manos
asieron la pierna de ella y la obligó a echarse también.
— Quieta, por su vida — dijo -. Hay una manada de herbívoros a cosa
de una milla. Y ellos suponen la vida para nosotros.
Bárbara se arrastró a su lado, casi ávidamente, y ambos fisgaron con
precaución por encima del nudo rocoso la llanura herbosa, que se extendía
bajo ellos. A la izquierda, a cosa de cien escasas yardas, se hallaba el linde
picudo de un bosque, y la hierba más allá parecía casi como una protección
de su maleza. Al extremo de la hierba se encontraba una manada de unos
cien rumiantes.
— ¡Están yendo por ahí! — dijo Jamieson -. Y pasarán cerca de esa
cuña de árboles.
Un tenue acento de ironía asomó a la voz de su compañera al decir:
— ¿Y qué quiere usted hacer… salir corriendo y poner sal en sus
colas? Le digo a usted, doctor Jamieson, que no hemos conseguido una cosa
que…
— Nuestro primer movimiento — respondió Jamieson imperturbable,
y pareciendo pensar en alta voz — es llegar a aquel espeso cinturón de
árboles. Podemos hacerlo bordeando este risco y situando a los árboles
entre nosotros y los animales. Entonces podrá usted préstame su cuchillo.
— Está bien — convino ella con voz fatigada -. Si no quiere escuchar,
tendrá que aprenderlo a costa de la experiencia. Le digo que no
conseguiremos llegar a un cuarto de milla de esas bestias.
— Ni tampoco deseo hacerlo — replicó Jamieson -. Mire, Bárbara, si
tuviese usted más confianza en la vida, se daría cuenta de que este
problema de matar animales por la astucia ha sido solventado ya antes. Es
absolutamente sorprendente de qué manera tan similar ha sido solucionado
en mundos diferentes y bajo condiciones ampliamente distintas. Casi se
sospecharía una evolución común, pero en realidad es sólo una situación
paralela creadora de una solución asimismo paralela. Usted limítese a
observarme.
— Así lo haré — dijo ella -. De todos modos casi prefiero morir de
otro modo que por inanición. Una ración de herbívoro asado puede ser
correosa, pero no cabe duda de que sabrá a gloria. No olvide, sin embargo,
que los vampiros gryb siguen a las manadas de estas bestias,
aproximándose tanto como les es posible durante la noche y matándolas por
la mañana, cuando están heladas. Ahora mismo, con la oscuridad a punto de
tenderse, algún gryb debe rondar por ahí no lejos, ocultándose acechante,
serpeando… Pronto nos olerá, y entonces…
— Ya nos enfrentaremos con el gryb cuando venga por nosotros —
repuso con calma Jamieson -. Siento no haber visitado esta luna en mi
juventud, pues creo que hace tiempo que hubieran estado zanjados estos
problemas. Mientras tanto, el bosque es nuestra meta.
La aparente calma de Jamieson no era sino una máscara de una interior
excitación. Su cuerpo se estremecía de hambre y avidez cuando llegaron al
amparo del bosque, y sus dedos temblaban violentamente cuando tomó el
cuchillo de ella y comenzó a escarbar en la base de un gran árbol pelado y
pardo.
— ¿No es así que la raíz — preguntó volublemente — es tan dura y
elástica que semeja casi de acero templado y no se quiebra ni aunque se la
torsione? La llaman eurood en la Tierra y se la emplea en la industria.
— Sí — dijo ella dubitativamente -. ¿Qué es lo que va usted a hacer
con ella?… ¿Un arco? Supongo que podrá emplear dos hojas de hierba
como cuerda… pues es muy dura.
— No — respondió Jamieson -. No voy a hacer un arco y flecha.
Podría, desde luego, dispararla. Pero recuerdo lo que usted me dijo sobre la
imposibilidad de acercarse a un cuarto de milla de las bestias.
Arrancó una raíz que era de un grosor de una pulgada
aproximadamente, cortó dos pies largos y comenzó a afilar primero un
extremo y luego el otro. Era dura, más dura de lo que había supuesto,
resbalando el cuchillo sobre su superficie casi como si de metal se tratara.
Mas finalmente lo logró.
— Hace un buen filo y punta — comentó -. Y ahora écheme una mano
en plegar esto mientras yo ato algunas hojas de hierba para mantenerlo así.
— ¡Oooh! — exclamó ella con asombro -. Ya lo veo… Hará un
bocado de unas seis pulgadas de diámetro. El herbívoro que lo atrape lo
tragará de golpe para impedir que cualquiera de sus congéneres le quite la
sal que va a poner de carnada. Su jugo gástrico disolverá la cuerda de
hierba, las puntas saltarán como un resorte y desgarrarán la pared de su
estómago, produciendo una hemorragia interna.
— Es un método — corroboró Jamieson — empleado por los
primitivos de varios planetas, y nuestros propios esquimales lo utilizan en la
Tierra contra los lobos. Naturalmente, ellos usan diferentes clases de cebo,
pero el principio es el mismo.
Cautelosamente siguieron su camino hasta el linde del bosque y al
amparo de un árbol lanzó Jamieson con toda su fuerza las pequeñas piezas
de madera doblada, las cuales cayeron en la yerba a unas ciento cincuenta
yardas.
— Debiéramos de haber hecho algunas más — opinó Jamieson -. No
podemos depender sólo de unos pocos anzuelos.
Pero el resultado fue bueno y la comida excelente; la carne asada,
aunque dura, era gustosa; y también resultaba magnífico sentir penetrar una
como oleada de fuerza en el cuerpo. Él suspiró por fin y se puso en pie,
contemplando el sol poniente, que era una ráfaga ígnea anaranjada en el
firmamento del oeste.
— Hemos de llevar sesenta libras terrestres de carne por cabeza —
dijo -, o sea a cuatro libras por día durante la próxima quincena. El comer
únicamente carne es peligroso; podríamos perder el juicio, aunque en
realidad para que tal suceda ha de pasar cuando menos un mes. Y hemos de
llevar la carne porque no podemos perder más tiempo en matar rumiantes.
Con la misma, Jamieson comenzó a descuartizar al animal, que se
hallaba tendido sobre la dura hierba, y en pocos minutos había hecho dos
pequeños fardos, que los cubrió con hierba, y sujetó luego todo a su
espalda. Era necesario efectuar un pequeño ajuste para que el peso no
oprimiese demasiado su ropa eléctricamente calentada cuando por fin alzó
la vista, vio que Bárbara le estaba mirando de manera singular.
— Se dará cuenta, desde luego — dijo ella -, que ya está usted
completamente loco. Verdad es que con estos vestidos calientes podremos
ser capaces de soportar el frío de la noche, siempre que hallemos una cueva
profunda. Pero no crea ni por un momento que una vez que descubra
nuestra pista un gryb podremos arrojarle un trozo de madera aguzada
esperando producirle una hemorragia interna.
— ¿Y por qué no? — preguntó Jamieson, mordaz.
— Pues porque es la bestia más dura jamás engendrada por una
demencial evolución, razón principal por la que me imagino por qué no se
desarrolló ninguna inteligente forma de vida en la luna. Sus garras son
literalmente de diamantina dureza; sus dientes pueden retorcer metales
dejándolos deformes; la pared de su estómago apenas puede cortarse con un
cuchillo, cuando menos con una madera toscamente aguzada.
Su voz cobró un acento de exasperación al añadir:
— Estoy contento de haber hecho esta comida; el morir de hambre no
era una idea muy agradable para mí. Deseaba una muerte rápida como la
que el gryb nos procurará. Pero por amor del cielo, quítese de la cabeza que
saldremos con vida de ésta. Ya le digo que el monstruo nos seguirá a
cualquier cueva, alargándose astutamente donde tiene una dificultad, y dará
con nosotros. No son cuevas normales ésas, sino hoyos de meteoritos, el
resultado de un cataclismo cósmico de hace millones de años, hallándose
deformados por el movimiento de la corteza del planeta. En cuanto a esta
noche, lo mejor que haremos es darnos prisa a encontrar una cueva con
muchas quebraduras, y en lugar donde acaso podamos impedir que las
corrientes de aire procedan del exterior. El viento se alzará dentro de media
hora aproximadamente, antes de la puesta del sol, y nuestros calentadores
eléctricos no nos servirán de nada contra sus heladoras ráfagas. Nos será de
mejor provecho recoger alguna leña seca, de manera que podamos encender
una fogata en la parte realmente fría de la noche.
El meter la leña en la cueva fue bastante sencillo. Recogieron grandes
brazadas y formaron una pila en el primer viraje del túnel. Luego
descendieron ambos al primer nivel, primero Jamieson cautelosamente y
luego la joven — según se dio cuenta él — de un salto. Una sonrisa plegó
los labios de Jamieson. El espíritu de la juventud, pensó, no podía
suprimirse.
Se hallaban justamente arrojando madera recogida al siguiente nivel
cuando de súbito oscureció una sombra la boca de la cueva. Jamieson miró
hacia arriba con terrible sobresalto y tuvo una fugaz vislumbre de unas
grandes mandíbulas colmilludas y brillantes ojos que fulguraban en una
espantosa cabeza; una gruesa lengua roja asomaba con avidez insana y un
reguero de baba cayó sobre sus transparentes cascos de metal y ropa de
cuero.
Luego, las manos enguantadas de Bárbara se clavaron como duras
piedras en su brazo y se sintió arrastrado a la esquina.
Ambos fueron a caer sin daño entre la pila de ramaje de abajo y se
revolvieron frenéticamente para apartarlo. La horrible e inmunda bestia
maullante sobre ellos, hizo que redoblaran su celeridad y lo consiguieron
justamente en el momento en que la enorme cabezota asomó en el segundo
nivel, visible únicamente por el fosforescente fulgor de sus ojos que eran
como dos carbones incandescentes, a una corta distancia de sólo medio
metro.
Se oyó un terrorífico ruido de gatear cuando se abalanzaron locamente
al segundo nivel, y se desprendió una roca que faltó poco para aplastarles a
arnbos. De pronto, bruscamente, el silencio y la oscuridad.
— ¿Qué ha sucedido? — preguntó Jamieson, aturdido.
Había un acento de amargor en la voz de ella al responder:
— Se ha retrepado ella misma al darse cuenta de que no puede
cogernos en los pocos minutos que quedan antes de la helada de la noche; y
naturalmente, ahora no podremos pasar, con su enorme cuerpo pegado a la
roca. A su modo, es realmente una bestia muy astuta. Nunca caza a los
herbívoros, sino que los sigue tan sólo. Ha descubierto que despierta unos
cuantos minutos antes que ellos, y naturalmente cree que así será también
con nosotros. De todos modos, sabe que no podemos salir. Y, en efecto, no
lo podemos. Estamos ya acabados.
Toda aquella larga noche, Jamieson se mantuvo en alerta vela. Hubo
momentos en que dormitó, y otros en que le pareció dormitar, mas sólo para
darse cuenta con espantoso sobresalto de las diabólicas supercherías que
había formado en su mente la horrible oscuridad.
Ésta fue durante la primera parte de la noche como un peso que los
oprimiera. Ni el resplandor más tenue de luz natural penetraba en aquella
noche estigiana. Y cuando por fin encendieron una hoguera con su pila de
maleza, las pálidas llamas titilantes pugnaron débilmente contra la opresiva
y despiadada fuerza de la oscuridad y parecieron inválidas contra el frío.
Jamieson comenzó a notar éste, primero como si le mordiera la carne y
luego como constante y dolorosa viscosidad que se aferraba a sus propios
huesos. Y el frío era visible también en la escarcha que se espesaba en las
paredes. Grandes grietas aparecieron en la roca; y no una vez sino varias se
desprendieron partes del techo con fragor, amenazando sus vidas. El primer
repiqueteo de cascotes desplomándose pareció despertar a la mujer de un
estado de semicoma. Se puso en pie tambaleante y Jamieson la contempló
silenciosamente como andaba inquieta de uno a otro lado, golpeándose una
contra otra ambas manos cubiertas por guantes abrigados eléctricamente, a
fin de mantenerlas calientes.
— ¿Por qué no vamos arriba y encendemos una hoguera contra el
cuerpo del gryb? Si pudiésemos quemarlo… — preguntó Jamieson.
— Se acaba de despertar — respondió ella brevemente, añadiendo -. Y
además, su piel no arde a temperaturas ordinarias. Tiene todas las
propiedades del amianto metálico… conduce el calor pero es prácticamente
incombustible.
Jamieson quedó silencioso, frunciendo el entrecejo, y luego dijo:
— La dureza de esa bestia no es cosa de broma… y lo peor de todo
ello es que nuestro peligro, y todo el asunto, ha sido de lo más inútil. Soy la
única persona que tiene una solución para el problema del ezwal, y usted es
a la que intenta matar.
— No supongo realmente que importe — replicó ella -. ¿De qué sirve
que discutamos usted y yo sobre este asunto? Es ya demasiarlo tarde. En
pocas horas esa condenada bestia que nos acorrala se despabilará del todo y
acabará con nosotros. No hay nada que podamos hacer que la obligue a
retirarse ni una pulgada ni un segundo.
— ¡No esté tan segura de ello! — dijo Jamieson — Admito que la
dureza de ese monstruo me ha preocupado, pero no olvide usted lo que dije:
esos problemas han sido resueltos anteriormente en otros planetas.
— ¡Está usted loco! Hasta con un arma atómica 110 comenzaría a
desintegrarse su cuerpo tan duro antes de que no le fallara a usted el
corazón. ¿Qué es lo que podemos hacer contra una cosa así cuando todo lo
que poseemos es un cuchillo?
— Déjeme ese cuchillo — replicó Jamieson -. Voy a afilarlo. — Su
rostro se contrajo en sonrisa que era como una mueca. Acaso ello no
significaba mucho, pero había un tono de aceptación en su voz.
La constante oscuridad de aquella noche y el incesante crepitar de la
pálida fogata parecieron cobrar cada vez más vida a medida que fueron
arrastrándose las nerviosas horas. Era Jamieson quien andaba ahora de uno
a otro lado, con su poderoso cuerpo inquieto y tenso de ansiosa
incertidumbre.
Se iba notando también cada vez más calor; la blanca escarcha se
fundía por primera vez al calor de la balbuciente llama, y el cortante frío no
atravesaba despiadado la ropa calentada.
Cenizas dispersas yacían en el suelo, indicando cuan completamente
había ardido el combustible, pero aun así, la cueva presentaba una niebla de
humo, a través de la cual era difícil ver debidamente.
Bruscamente se oyó como un gran remover sobre ellos y luego un
profundo y ávido maullar y gatear rasposo. Bárbara Whitman se irguió de
un tirón donde había estado tendida.
— Ha despertado — jadeó — y ha recordado.
— Bien — repuso Jamieson con ceñuda hosquedad -. Eso es lo que
estaba usted deseando. La miró a través de la hoguera taciturno. -Estoy
empezando a ver que matarla a usted no resuelve nada. Fue una mala idea.
Se desprendió una roca y se aplastó contra ellos, marrando la fogata y
desapareciendo luego con estrépito en la oscuridad de más allá. A ello
siguió un sonido horrible de achuchamiento como el de escamas
quebradizas raspando roca, y luego, terriblemente próximo, como el
bataneo de un monstruoso pilón puesto en obra.
— ¡Está desgajando un trozo de roca! — exclamó ella sin aliento -.
¡Ea, rápido! Métase en una concavidad de la pared. Esas rocas comenzarán
a desplomarse y no nos marrarán siempre. ¿Qué va usted a hacer?
— Tengo miedo — respondió Jamieson con voz temblorosa -. He de
correr el riesgo de los desplomes. No hay tiempo que perder.
Sus manos cubiertas de guantes de cuero temblaban también con la
excitación que le invadió al desatar rápidamente una de las partes del
guante. Dio un respingo cuando su mano emergió al aire libre e
inmediatamente la puso sobre la llama de la fogata.
— ¡Uf, vaya frío! — exclamó -. Deben hacer aún lo menos noventa
grados bajo cero. He de calentar este cuchillo o se me incrustará en la piel.
Mantuvo la hoja en la llama y finalmente la retiró, efectuó una limpia
incisión en el pulgar de su mano derecha y embadurnó con la sangre la hoja
del cuchillo hasta que su mano, amoratada por el frío, se negó a sangrar
más. Luego volvió a enfundarse rápidamente el guante. Picaba la mano
mientras se calentaba, pero a pesar del escozor doloroso, cogió por un
extremo no quemado un llameante haz y se metió en la oscuridad,
escudriñando con la vista el suelo. Vagamente se dio cuenta de que la mujer
le seguía.
— ¡Ah! — exclamó Jamieson, sonándole al oído como si le arrancaran
su propia voz. Se arrodilló palpitante junto a una tenue grieta de la roca -.
Esto servirá poco más o menos. Se halla prácticamente contra la pared,
protegida de los cantos rodados por esta esquina de la misma. — Alzó la
vista a la mujer -. La razón que motivó que acampara aquí la pasada noche
en vez de más abajo fue la de que este borde tiene unos sesenta pies de
largo. Y el gryb sólo tiene treinta desde la cola al hocico, ¿no es así?
— Si.
— Bien, eso nos procura espacio para bajar y andar unos pasos; y
además la cueva es lo bastante espaciosa aquí para salir apretujados cuando
hayamos matado a la bestia.
— ¡Cuando hayamos matado a…! — dijo ella como un eco y con tono
lamentatorio -. ¡Me parece que es usted el loco mayor del mundo!
Jamieson no le escuchó apenas. Se hallaba introduciendo
cuidadosamente el mango del cuchillo en la hendedura de la roca, y
apuntalándolo. Luego lo probó.
— Humm — manifestó -. Parece bastante sólido. Pero hemos de
hacerlo doblemente seguro.
— Dése prisa — exclamó Bárbara -. Hemos de bajar al siguiente nivel.
Sólo existe una probabilidad de que haya abajo una comunicación
cualquiera con otra cueva.
— ¡Pues no la hay! Bajé a investigar mientras estaba usted durmiendo.
Unicamente hay dos niveles después de éste.
— ¡Por el amor del cielo, estará aquí dentro de un minuto…!
— Un minuto es cuanto necesito — replicó Jamieson pugnando por
calmar el estruendo de su corazón y aminorar el jadeo convulsivo de sus
pulmones -. Voy a meter como cuñas estas aristas de roca junto al cuchillo.
Y Jamieson se puso a la tarea mientras ella se agitaba frenéticamente
de uno a otro pie, en ansioso pánico. De pronto provino de arriba un
bramido tan próximo ya que casi era ensordecedor. Él siguió calzando las
aristas mientras le saltaban los nervios ante el resoplante bramar de la voraz
bestia.
Y luego, con un jadeo, apartó a un lado el trozo de roca que había
estado martilleando y descendieron temerariamente por el borde., en el
preciso instante en que dos grandes ojos fulgurantes los atalayaron
escrudiñadores. El resplandor de la fogata reveló el vago contorno de una
boca negrra y colmilluda y una gruesa y retorcida lengua; y luego hubo un
destello escamoso cuando el monstruo se abalanzó en derechura hacia el
fuego.
Jamieson no vio ya más. Soltó su asidero y se deslizó por lo menos
veinte pies hasta chocar con el fondo, donde quedó tendido durante un
minuto, demasiado aturdido para percatarle que el gateante ruido de arriba
había cesado. Se oyó ahora un sordo gruñido de dolor y luego un sonido de
succión.
— ¿Qué es lo que pasa? — dijo la mujer, perpleja.
— ¡Espere! — cuchicheó tenso Jamieson.
Esperaron durante lo que debieron haber sido unos cinco minutos,
luego diez… y después una hora. El sonido de succión de arriba era más
débil, acompañándolo un tono de jadeo y cesando los gruñidos. De pronto
se oyó un quedo y ronco gemido de agonía.
— Ayúdeme a subir — volvió a cuchichear Jamieson -. Quiero ver lo
cerca que está de la muerte.
— Escuche — restalló ella -, o bien usted está loco y yo voy a
volvérmelo. Por el amor del cielo, ¿qué pasó?
— Olió la sangre del cuchillo — explicó Jamieson — y comenzó a
chuparla, lo cual le dejó en jirones la lengua, que chasqueó frenéticamente
debido a que su propia sangre le inundaba la boca. Usted dijo que le gustaba
la sangre. Pues bien, durante la media hora pasada ha estado atiborrándose
de la suya propia. Son bestias primitivas, comunes a muchos planetas.
— Sospecho — dijo Bárbara Whitman con rara voz tras larga pausa —
que no hay nada que nos impida volver a las Cinco Ciudades.
Jamieson entornó los ojos mirando con fijeza a la oscura sombra de la
mujer en la oscuridad y respondió:
— ¡Nada… excepto usted!
Treparon en silencio a donde yacía muerto el gryb y Jamieson se dio
cuenta de que Bárbara le contemplaba mientras sacaba cautamente el
cuchillo de donde estaba empotrado en la roca. Luego, brusca y duramente,
ordenó ella:
— ¡Déme eso!
Jamieson vaciló unos segundos y luego le tendió el cuchillo. Al
exterior, la mañana salió a su encuentro, pálida aunque sin embargo más
invitadora. El Sol se encontraba ya sobre el horizonte, y algo más había
también en el firmamento: una inmensa esfera roja de pálido fulgor,
sumiéndose ahora hacia el horizonte de poniente. Era el planeta Carson.
El firmamento, el mundo de esta luna era más luminoso y brillante;
hasta las rocas no tenían un aspecto tan muerto o tan sombrío. Estaba
soplando un fuerte viento, que aumentaba la sensación de vida. La mañana
parecía alegre después de la negra noche, como si la esperanza fuese de
nuevo posible.
«Pero es una falsa esperanza — pensó Jamieson -. El Señor me guarde
del obstinado sentido del deber de una mujer honrada. No cabe duda de que
va a atacar.»
Sin embargo, cuando el ataque se produjo, sobrepasó cuanto esperara.
Captó el movimiento, el fulgor del cuchillo con el rabillo del ojo y se echó a
un lado. La fuerza de la mujer le asombró. El cuchillo tropezó con el
resistente tejido del brazo de su ropa eléctricamente calentada abriendo un
chirlo de un pie de largo en la materia semimetálica, y Jamieson se encontró
danzando a lo largo de un borde de roca firme.
— ¡Loca estúpida! — jadeó -. No sabe usted lo que está haciendo.
— ¡Apuesto a que lo sabe! — replicó ella en un jadeo también -. Voy a
matarle y lo haré a pesar de su lengua de plata. Usted es el propio diablo
para hablar, pero ahora va a morir.
Ella se adelantó blandiendo el cuchillo y Jamieson la dejó acercarse.
Había un medio de desarmar a una persona que atacara con un cuchillo,
siempre que el método fuese desconocido por el atacante. Ella llegó
silenciosamente y su mano libre asió a Jamieson; esto era todo cuanto él
necesitaba. Sólo un detestable aficionado que no sabía del combate a la
navaja intentaría agarrar al contrincante. Jamieson aferró la mano con toda
su fuerza y dio un tirón de la mujer poniendo a contribución toda su
energía. Y al arrojarse ella sobre él, impelida por su propio movimiento
tanto como por el tirón, Jamieson la retorció trabándose para el choque y
enviando el fuerte cuerpo de la mujer girando por el aire como un trompo.
La mujer trató frenéticamente conservar el equilibro. Pero no había
piedad en aquel áspero terreno. Jamieson dio un brinco y la apresó cuando
intentaba ella caer sobre una sección de roca sobresaliente. La apresó, la
sostuvo, y le arrancó la navaja de sus entumecidos dedos.
Ella alzó la vista mirándole, y sus ojos se inundaron súbitamente de
lágrimas. Jamieson vio aliviado que la dura máscara que lo cubría se había
vuelto a desvanecer, volviendo a ser una mujer y no un agente de
destrucción. En la lejana Tierra tenía él su propia y vehemente mujer, y así,
por experiencia personal sabía que ésta había cedido y que en adelante el
peligro era el del planeta enemigo y no de su compañera.
Durante toda aquella mañana escudriñó Jamieson el cielo. No esperaba
evidentemente ayuda alguna, pero lo hizo. En el «oeste» el planeta Carson
estaba engolfado en el horizonte azul y oscuro de su luna, en repetición de
un antiguo ciclo. Cesó el fuerte vieni.0 y todo quedó en la quietud y el
silencio en aquel país selvático y fantástico.
Hacia mediodía vio lo que había estado buscando durante toda la
mañana… una mota moviéndose en el firmamento, la cual fue
aproximándose cada vez más hasta cobrar el perfil de una pequeña
aeronave, la cual descendió describiendo círculos, viendo él con alivio —
aunque realmente lo había supuesto — que pertenecía a su propia nave de
batalla. Abrióse una escotilla y un oficial asomó:
— Le buscamos toda la noche, señor. Pero evidentemente no llevó
usted consigo ningún equipo para su detección.
— Tuvimos un desgraciado accidente — respondió sosegadamente
Jamieson.
— Nos dijo usted que iba a las minas de uranio… que se hallan en
dirección opuesta.
— Bien, ya todo está bien — dijo Jamieson reservadamente.
Y pocos momentos después se hallaban volando hacia la seguridad y
las comodidades de la civilización.

Una vez a bordo de la gran astronave, Jamieson consideró seriamente


cómo debía proceder en desquite del intento de asesinato de que había sido
objeto. Dos puntos eran importantes. Aquellas gentes estaban demasiado
enojadas para comprender la compasión. Lo interpretarían como miedo. Y
sustentaban demasiados prejuicios para aceptar como justificado el castigo.
Su decisión final fue la de no hacer nada. No quejarse. No presentar
demanda acusatoria alguna. Considerarlo todo como otra experiencia
puramente personal. Sintió aguda tristeza al llegar a tal conclusión. Era algo
duro para los hombres racionales de la Administración terrestre darse
cuenta de que el enemigo era periódicamente no los rull sino otros hombres.
Había una debilidad en los hombres, que jamás les permitiría llegar a un
adecuado reconocimiento de sus yerros. Para grupos enteros de gentes, o
para individuos, el descender más abajo de las necesarias normas de valor y
buen sentido… quizás algún día acarrearía un debido castigo dictado por un
tribunal sobrehumano. En ese lejano día, el acusado comparecería y los
cargos serían: autocompasión, excesivo pesar, incapacidad para los
sentimientos de vergüenza o de culpabilidad, fracaso en alzarse a la
potencialidad humana.
Bárbara Whitman, a su propia manera confusa, se había percatado
también de algo de esta verdad. Y así, se había quedado para afrontar los
riesgos con él. Pero era una solución mezclada para un problema que
solamente podía existir en un mundo de gentes caídas.
En ocasiones, como ahora, Jamieson llegaba a darse cuenta de cuan
grande era el número de débiles humanos en un universo amenazado por el
implacable y sin remordimientos enemigo rull.

En ruta a la Tierra, Jamieson envió por delante un mensaje


preguntando si el comandante McLennan había aterrizado con éxito con la
madre ezwal capturada y su cachorro.
La primera respuesta fue lacónica: «Nave lenta. Todavía no».
La segunda respuesta vino dos semanas después, sólo una antes de que
la nave superrápida que transportaba a Jamieson había de llegar a la Tierra.
Su contenido era electrizante: «Nuevas noticias recibidas hace pocas horas
dicen que la nave de McLennan estaba a punto de estrellarse perdido el
control en el norte canadiense. Se cree que ambos ezwal perecieron en el
choque. No se ha recibido ulterior información del personal de la nave».
— ¡Santo Dios! — exclamó en voz alta Jamiesen, angustiado.
Deslizósele el mensaje de las manos y cayó flotando al suelo de su cabina.
8

El oscuro rostro del comandante McLennan se volvió hacia los dos


oficiales:
— ¡Absolutamente fuera de control! — dijo -. La nave chocará contra
la Tierra dentro de quince minutos en algún lugar del Golfo de Alaska,
quizá tan lejos al este como la península… — Se irguió, cuadrando los
hombros -. No hay remedio alguno — prosiguió con más calma -.
Revisamos tan bien como humanamente era posible en el espacio la nave,
no apareciendo averia alguna. — Su voz se tornó quebradiza -. Carling, haz
que los hombres ocupen los salvavidas y luego establece contacto con la
Base Militar Aleutiana. Diles que tenemos a bordo dos ezwal que pueden
salir con vida del choque. No será en absoluto una caída libre, pues lo
impedirá la antigravedad residual, aunque haya cesado de funcionar la
potencia principal. Ello quiere decir que podrán seguir la pista de esta nave
con cada unidad de radar que posean, y anotar así el lugar donde cae y
hacérnoslo saber rápidamente. Si esos dos monstruos quedan en libertad en
el continente, no hay que decir las incalculables víctimas que harán.
¿Entendido?
— Sí, señor — dijo Carling dispuesto a marcharse.
— ¡Un momento aún! — le retuvo McLennan -. Tome nota de esto…
es importante; no ha de causarse daños a los ezwal a menos que queden
sueltos. El transportarlos aquí es una misión de especial importancia, y el
gobierno los quiere vivos si es posible. Nadie ha de entrar en el pecio hasta
que los lleve yo allá. Eso es todo. ¡Brenson!
El joven oficial interpelado, de pálido rostro, se puso en posición de a
la orden: -Sí, señor — dijo.
— Tome un par de hombres abajo y vea de que cada escotilla de la
bodega principal esté bien cerrada y asegurada. Ello podría contener un
tanto a esas bestias si sus jaulas se rompen. Y cuando menos estarán bien
aturdidas si sobreviven al choque. Una vez hecho esto, vaya a los
salvavidas en cinco minutos… ¡no más!
Brenson empalideció aún más.
— ¡Sí, señor! — repitió, marchándose al instante. Para McLennan
quedaban cosas vitales a hacer, y recoger valiosos documentos. Y el tiempo
corría. Al aproximarse al centro del puesto de salvavidas, percibió
distintamente el silbido del aire a lo largo del casco exterior. Carling le
saludó nerviosamente. -Todos los hombres están a bordo de los salvavidas,
señor… excepto Brenson.
— ¡Condenado Brenson! ¿Qué es lo que estará haciendo abajo? ¿Y
qué hay de los hombres que fueron con él?
— Según parece fue solo, señor. Todo el resto de la tripulación se
encuentra aquí.
— ¿Solo? ¡Pero qué diablos…! ¡Envíe a alguien a buscarlo! ¡No,
déjelo… iré yo mismo!
— Dispense, señor — dijo Carling con rostro angustiado -. ¡No hay
tiempo! Si no partimos dentro de los próximos dos minutos, la corriente
deslizante puede inutilizarnos. Además, hay algo sobre Brenson que no
sabía usted, señor. Era el hombre menos idóneo a enviar abajo, me temo.
McLennan se le quedó mirando fijamente.
— ¿Y por qué? — dijo -. ¿Qué es lo que ocurre con Brenson?
— Su hermano mayor — respondió Carling — perteneció a la Guardia
Colonial estacionada en el Planeta Carson… y fue hecho trizas por los
ezwal.

Desde arriba del joven ezwal provino el terrible gruñido de su madre, y


seguidamente su pensamiento, tan duro y afilado como el cristal.
— ¡Ponte debajo de mí, por tu vida! ¡El dos-piernas viene a matarnos!
Sus quinientas libras de monstruosidad pardiazul brincaron como una
centella desde el extremo de la jaula. Sus garras aceradas y prensibles
rechinaron metálicamente sobre el suelo de acero y seguidamente se halló
sumido en la oscuridad bajo la más inmensa forma materna, apretujándose
contra la cueva de blanda y protectora carne que había formado para él.
Luego se asió a su piel flexible e increíblemente dura con sus seis manos,
de manera que por muy violentos que fuesen los movimientos de su
progenitora, se hallaría sano y salvo, bien acomodado profundamente entre
los pliegues de sus grandes músculos ventrales.
De nuevo le provino el pensamiento de la madre: -Recuerda todo
cuanto te he dicho. La salvación de nuestra raza está en que el hombre
continúe pensando en nosotros como bestias. Si sospechan nuestra
inteligencia estamos perdidos. Y alguien lo sospecha. ¡Si este conocimiento
prospera, nuestro pueblo perecerá!… Recuerda, las mayores debilidades
son las de la juventud. Se ama a la vida demasiado. Y se debe aceptar la
muerte si llega la oportunidad de servir a la raza haciéndolo. No olvides
esto nunca. El cerebro de la madre aminoró su pensamiento y quedóse en
calma. Y él se compenetró con su mente tan estrechamente como su cuerpo
le estuviera unido. Vio los gruesos barrotes de acero de la jaula y,
semioculta por su espesor de cuatro pulgadas, la figura de un hombre. ¡Y
vio los pensamientos del hombre!
— ¡Condenados monstruos! — decían -. ¡No tendréis nunca rnás otra
oportunidad de matar a otro ser humano!…
La mano del hombre se movió y hubo un reflejo metálico cuando
introdujo su arma entre las barras, la cual escupió fuego blanco y, por un
instante, se oscureció el contacto mental con su madre. Eran sus propios
oídos los que oían el jadeante bramido y sus propias fosas nasales planas las
que percibían el olor de carne quemada. Y no había duda alguna sobre la
realidad física de la salvaje acometida de ella a la implacable arma de fuego
proyectada entre las barras.
La llama cesó y también se desvaneció la oscuridad de la mente de su
madre. El joven ezwal vio que el arma y el hombre se habían retirado del
alcance de la amenaza de las poderosas garras.
— ¡Maldita sea! — restalló el hombre -. ¡Está bien, tómalo desde aquí
entonces!
Debió haber sentido su madre un dolor cegador, pero no afloró a su
mente, cuyos pensamientos estaban por entero envueltos en malignidad. Por
lo demás no permanecía quieta un instante, moviéndose de un lado a otro,
corriendo, retorciéndose, con movimientos deslizantes y rodeantes, en lucha
por la vida en los estrechos confines de la jaula. Pero siempre, a pesar de su
desesperación, una parte de su cerebro seguía incortubado, sin mostrar
apuro. El fuego lancinante la seguía, marrándola a veces, otras alcanzándola
de refilón y otras de lleno con tanta frecuencia que no podía dudarse ya de
que el fin estaba próximo. Y con este pensamiento venía otro, su primera
percatación de que tenía un propósito en mantener el arma más allá de los
barrotes, obligándola a seguir el rápido frenesí de sus movimientos. Y en
aquel acto de perseguirla, el haz de llama había producido sus efectos
mustiadores en las gruesas barras de acero.
Ahora, entre los silbantes soplos ígneos del arma, podía oírse otro
extraño sonido, como un continuo suspiro que lo penetrase todo. Parecía
provenir del exterior de la bodega, y hacíase cada vez más alto hasta
tornarse agudo.
— ¡Dios! — previnieron los pensamientos del hombre -. ¿Es que no va
a morir nunca esta apestosa bestia? He de salir de aquí… o nos lo impedirá
el aire. ¿Y dónde se ha metido ese condenado joven? Debe estar…
El pensamiento se cortó perplejo cuando seiscientas libras de músculos
de acero se abatieron con movimiento de martinete contra los ya debilitados
barrotes de la jaula. El cachorro tensó sus propios músculos contra la
contracción de los de la pared que le rodeaba… y vivió. Oyó y sintió
doblarse y romperse los barrotes de metal por los sitios donde la llama
había desgastado su resistencia.
Se oyó un jadeante chillido y vio la imagen del hombre que allá se
hallaba, sin barras ya intermedias, y con su cara lívida y desencajada de
indecible miedo, y cayéndosele el arma de la mano dio vuelta a los talones
y echó a correr hacia el siguiente pasillo, asiéndose a la primera escalerilla,
cayendo casi y volviendo a ponerse en pie con dificultad, temblándole
indomeñablemente todos sus miembros, y comenzando a trepar por ella.
Luego, el joven ezwal sintió el entumecerse del cuerpo de su madre al
librarse de la última traba, y vio cómo de dos grandes brincos cubría la
distancia a la escalerilla de acceso, con el hombre trepando alocadamente
por ella. Oyóse otro grito, ahogado éste casi en su nacimiento por el zarpazo
de la acuchillante garra… y luego silencio. Y la escena se sumió en la
oscuridad.
¡Oscuridad! Cuando el inmenso corpachón volvió a arroparle, le
envolvió también el significado de aquella oscuridad, al par de una
sensación de pérdida que era casi insoportable. Para el joven ezwal, la
muerte de su madre era abrumadora; no sólo por la seguridad física que le
procuraba aquel cuerpo inmensamente capaz, sino por el seguro punto de
ventaja de su mente orgullosa y potente. Las había dado por sabidas estas
cosas, y ahora, por vez primera, comenzaba a percatarse cuan grande había
sido su dependencia a ellas, especialmente durante la cautividad. Se
encontraba de lo más terroríficamente solo, y la vida se había tornado
intolerable. Deseaba morir.
Y sin embargo, mientras se arrebujaba en la apatía, medio sofocado
por la ya inerte masa de su madre, se dio confusa cuenta de dos cosas. La
primera, de una vertiginosa sensación de ligereza y de un aflojamiento del
opresivo pero sobre él. Y la segunda el sonido como un suspiro que antes
oyera, aumentado ahora a las proporciones de un gran y bajo silbido. La
nave estaba cayendo… y cayendo más desenfrenadamente a cada momento
que pasaba.
Un instinto anclado en lo más hondo, advertido por aquella súbita
percatación, le impulsó a liberarse de la masa que lo cubría. El sonido
silbante era ahora muy fuerte y más penetrante. Y la sensación de caída se
había hecho atormentadora, como si la cubierta bajo él habría de ser
arrancada en cualquier instante. Aquella cubierta era de duro metal y fría; y
sintió nostalgia del refugio del vientre de su madre.
En lugar de ello, brincó a su ancho lomo, sintiendo necesidad de
contacto tanto como de un almohadillado. Pero brincó demasiado alto para
su reducido peso y cayó torpemente al otro lado. El aire del exterior aullaba
ahora contra el casco de la nave. El joven ezwal empezó a trepar
atolondradamente por el flanco de su madre muerta a sus lomos, cuando el
suspiro, el sonido, el silbido y cualquier otra percepción se fundieron en un
estallido que pareció hacer añicos el mundo.
9

La primera sensación que experimentó al volver en sí fue de dolor.


Cada hueso de su cuerpo incrustaba sensiblemente su lastimadura en su
cerebro renuente; cada músculo evidenciaba su despiadada tensión y
magullamiento. Anheló sumirse en la inconsciencia, pero había algo más
que no le abandonaba. ¡Los pensamientos! ¡Una maraña de extraños
pensamientos de las mentes de muchos hombres! ¡Peligro!
Despabilándose, hallóse tendido sobre la cubierta de frío metal. Al
parecer se había deslizado o rodado del lomo de su madre después de que
su elástica carne hubiese hecho de amortiguador en el espantoso choque,
salvándole así la vida. Encima de él la nave se había abierto en dos
mostrando un tosco cielo a través de la grieta, mostrándose otra media
docena de bosques a lo largo del sitio visible. A través de ellos se colaba un
frío viento, y más allá el suelo presentaba un color singularmente blanco.
Recortadas en esta blancura se movían oscuras formas. Mientras miraba, un
haz de luz penetró por uno de los boquetes, pasando a su vera y
deteniéndose sobre el cuerpo de su madre. En un espasmo de movimiento,
evitando aquella luminaria, se acurrucó bajo ella, apretujándose contra los
pliegues de su vientre y manteniéndose allí en estremecida quietud.
Grandes voces resonaron huecamente en la bodega, proferidas desde
los ángulos de los retorcidos mamparos, y confundiéndose
desesperanzadamente. No es que significaran nada para el ezwal. Pero el
pensamiento tras ellas aparecía bien claro, y la mente del hombre que lo
formaba denotaba gran alivio. -¡Todo está en orden, comandante! ¡Ha
muerto! Hubo un sonido raro y torpe y luego el patuleo de varios pares de
pies sobre el metal.
— ¿Qué quiere usted decir con está muerto? — replicó una mente
distinta y muy categórica -. Quiere usted decir que la bestia mayor murió,
¿no es así? Ea, déme usted esa linterna…
— No supondrá usted que el cachorro podía haber…
— No se puede dar nada por seguro. Y además no es tan pequeño.
Unas quinientas libras ya, y por mi parte antes preferiría habérmelas con un
tigre de Bengala. — Varios haces luminosos se movieron ahora
metódicamente en torno a la estancia -. Sólo espero que no haya podido
salir ya de aquí. Hay una docena de lugares… ¡Carling! Lleve veinte
hombres alrededor del otro lado del mamparo y proyecte luz en aquel
boquete más grande. ¡No olvide de comprobar si hay huellas en la nieve
antes de que las revuelva! ¿Qué sucede, Daniels?
Una ola de horror y repugnancia estarna emanando de la mente del
hombre.
— Es… es Brenson, señor — dijo -, o lo que queda de él. Ahí… junto
a la escalerilla
Inmediatamente fue compartida la emoción del hombre en diversos
grados por los demás, siendo seguida por una rigidez mental y por una
naciente furia entre ellos, lo cual hizo que el joven ezwall se arrebujara más
en su escondrijo.
— ¡Maldita sea! — provino un pensamiento explosivo -. Desde luego
una estupidez, pero… ¡Mire! Por el aspecto de esta bestia no fue
precisamente el choque lo que la mató. ¡Su jaula está casi abrasada!
Y mire los barrotes… — Siguió una conjetura bastante precisa sobre lo
acontecido y luego terminó el comandante McLennan -. Naturalmente, si el
cacharro hubiese sido apresado bajo ella, habría sido hecho papilla. Por otra
parte… ¡Parker!
— ¡SI, señor!
De manera harto curiosa, esta respuesta no provino directa, sino que al
ezwal le fue perceptible sólo como registrada en la mente del comandante.
Quien la enviaba, por ende, se debía encontrar a alguna distancia y
comunicando mecánicamente. El ezwal se percataba de que eran posibles
tales cosas.
— Traiga su salvavidas al instante sobre la grieta principal de este
casco. Enrolle un cable sobre las patas centrales de esta bestia e ícela.
Carling, ¿vio usted algunas huellas en torno a la nave?
— No, señor.
— Entonces hay una buena probabilidad de que el cachorro se
encuentre todavía bajo su madre, o muerto o vivo. Sitúe a sus hombres de
manera que cubran todas las aperturas de ese lado. Vuelva su linterna allá
donde se muestre una sombra. ¡Y ahora alerta todos! ¡Si sale, disparad
rápidamente, y dar a matar!
El ezwal se dejó sumir lentamente en su cueva de carne. Su nariz captó
una corriente de aire y se contrajo ante el olor de la carne asada del cuerpo
de su madre. El recuerdo de fuego y agonía le produjo un escalofrío de
desmayo.
Con un esfuerzo se sacudió el miedo y ponderó la oportunidad que
podría tener. En las mentes de los hombres había habido imágenes de
maleza y árboles. Lo cual quería decir escondrijos. Pero también había una
sensación de blanca brillantez, y relacionada como fuere con una humedad
fría y pegadiza que obstaculizaba a los pies y le frenaría si por cualquier
milagro llegaba tan lejos. Pero fuera estaba casi oscuro, lo cual ayudaría.
Luego, mientras cautelosamente apartaba un pliegue de carne lo
bastante sólo para descubrirle un tanto de la escena más allá, sus esperanzas
se desvanecieron y el terreno al exterior de la nave le pareció en verdad
muy remoto. Una destellante luz blanca bañaba el interior de la bodega y
hombres en tensa espera y con sus armas prestas se hallaban en las
aberturas. El lugar era una trampa mortal, tan inevitable como la podían
hacer cincuenta hombres armados y determinados. El joven ezwal entornó
lentamente sus tres ojos en línea para no ser traicionado por ellos a causa
del reflejo de la luz. Su madre le había enseñado esta precaución como
parte de la operación del cobro de una presa en los vastos bosques de la
patria, la cual se hallaba ahora tan inimaginablemente lejos.
De pronto, las paredes de carne que le encastraban se movieron y
comenzaron a alzarse… Hubo un electrizante momento en el cual se
imaginó que su madre se agitaba volviendo de nuevo a la vida, y luego le
invadió el pánico al darse cuenta de la verdad. ¡La estaban volviendo de
lado! Quedó helado, casi cegado por la creciente inundación de luz, la cual
sin embargo disminuyó el siguiente instante, y simultáneamente el viento se
apartó de él por la masa descendiente. Algo había deslizado al parecer, y el
ezwal quedóse jadeando buscando aliento, mientras las órdenes impacientes
de McLennan llegaban a su mente.
— ¡Parker! Lleve su salvavidas más a proa y ponga el lazo más
próximo al cuerpo… Así va mejor. ¡Está bien, pruébelo de nuevo!
Una vez más comenzó a elevarse el refugio del cuerpo de su madre…
y siguió ascendiendo. El joven ezwal se agazapó, absorbiendo penosamente
el aire sus cansados pulmones. En cualquier momento ya, los hombres
distinguirían su cuerpo del mayor. Y entonces se abatiría el espantoso
dolor… el mismo fuego que había quemado la vida de su madre, pero
multiplicado muchas veces.
Se envaró ante el pensamiento de aquella muerte y recordó lo que ella
le había dicho sobre combatir al miedo. Ella también había sabido de la
segura condena, pero había irrumpido a través de barras de acero para
atrapar a su verdugo y matarlo con el resto de sus fuerzas. Estos hombres
eran muchos — desesperanzadoramente muchos -, pero no había barrotes
intermedios… Si se movía con bastante rapidez…
Todo el miedo había desaparecido ya, dispersado por la intensidad de
su terrible propósito. En otro instante, la masa elevándose sobre él, dejaría
el camino expedito. Respiró profundamente y plantó sus patas traseras
sobre la carne más solida que pudo hallar tras sí.
¡Ahora! Como un muelle saltando, el ezwal se lanzó en derechura
sobre el grupo más próximo de hombres, a unos treinta metros. Y al
hacerlo, le invadió una oleada de desconcierto y alarma proveniente de las
mentes de muchos seres humanos, como si penetrara en su propio cerebro
casi con fuerza física. Aquel explosivo instante fue seguido de inmediato
por una intención unánime y mortal: ¡Matadlo! ¡Matadlo! Las armas
sostenidas por los hombres directamente ante él eran sólo unas pocas de las
docenas que apuntaban en aquel momento, prestos los dedos a apretar los
disparadores.
Medio cegado aún por el fulgor, no vio una grieta entre dos retorcidas
placas de cubierta, hasta que uno de sus pies se deslizó en ella quedando
apresado. Por un fantásticamente rápido movimiento reflejo pudo echar
todo su cuerpo a un lado a tiempo de librar el pie sin lesionar los huesos.
Pero como resultado de ello cayó rodando y se metió sin remedio en un
boquete de diez pies de profundidad, donde se había desplomado una gran
sección de la cubierta. La maniobra no planeada salvó su vida… por el
momento. Y mientras daba en el fondo del boquete, el aire sobre él crepitó
con los fuegos convergentes de una docena de fusiles.
Había una abertura oscura y mellada en un lado del boquete, de
anchura suficiente para colarse por ella. Probablemente conducía a un nivel
más bajo, que podría o no dar acceso al exterior. Se decidió en contra.
Aquel nivel debía haber sido más averiado aún que éste y podía fácilmente
ser una trampa fatal.
Los hombres más próximos llegarían al borde del boquete en cualquier
segundo. Calculando tan precisamente como pudo la dirección de la cual
provendrían, se contrajo y brincó, franqueando el agudo bordillo retorcido
del boquete y aterrizando al alcance del primer hombre que llegaba. La
sangre brotó como de un surtidor, cayendo por el boquete el hombre como
un pelele, mientras su arma se disparaba inofensivamente por el aire.
Sin vacilación, el ezwal se abalanzó con la misma fulgurante rapidez
sobre los dos hombres más allá, quienes no habían disparado antes a causa
de su compañero. Pero ya era demasiado tarde. El ezwal aplastó a uno con
fuerza trituradora y convirtió en jirones el pocho y el vientre del otro.
Resistiendo al impulso de detenerse y clavar sus dientes en los caídos, el
ezwal se dirigió a la siguiente abertura, a sólo veinte pies más allá, y un
momento después la atravesaba de un brinco y giraba violentamente a un
lado. Casi en el mismo instante en que lo hizo, unn rugiente masa de llama
penetró por el boquete e iluminó vivamente la escena cubierta de nieve.
¡Nieve! Su sensación de orgulloso triunfo disminuyó acusadamente
cuando aquella extraña materia blanca, fría y blanda, frenó sus pies a su
media potencia de velocidad.
Ahora, un brillante haz de luz brotó de la nave tras él, danzó
fulgurantemente a través de la nieve y proyectó su alargada sombra ante el,
iluminando también un gran peñasco a poca distancia enfrente.
El ezwal se escabulló en la oscuridad del otro lado del peñasco, el cual
era alcanzado por salvaje llama, siendo reducido a cascotes con restallante
ruido. La llama le persiguió también levantando calientes olas sobre él
mientras vadeaba buceando un arroyo de poco caudal. Luego la nieve se
había amontonado en su remolinear, siendo blanda y profunda, y siguió
torpemente, con desesperante lentitud. Al cabo de corto camino, se arriesgó
a tomar el serrijón rocoso que bordeaba el arroyo, corriendo por él hasta
debajo de su cima que estaba en el lugar más alejado de la nave.
Por dos veces descendió más cuando los haces de luz escrutante
recorrieron el serrijón, no dando con él. Luego, echando una ojeada hacia
atrás, reparó en algo que motivó un nuevo decaimiento de sus esperanzas.
La embarcación salvavidas estaba deslizándose por el aire en derechura
hacia él a una velocidad que no podría igualar y, de su parte inferior, se
proyectaban sobre el terreno una docena de reflectores sobre una extensión
difícil de evadir por su amplitud. El único refugio que podía ocultarle era un
boscaje… pero estaba demasiado alejado como para llegar a él a tiempo. El
aparato estaría sobre él en pocos segundos.
Más próximo se hallaba un grupo de cantos rodados, medio enterrados
en la nieve, el más próximo a unos veinte pies. Contrayéndose, dio un
brinco, a fin de no dejar huellas en la nieve intermedia, y aterrizando sobre
él, nuevamente brincó con toda la tensión de sus músculos, cayendo
directamente en medio del grupo de rocas. Metió la cabeza en la nieve,
arqueó su elástico lomo y mantúvose rígido, convertido también en un
artificial canto rodado.
No pudo ver las luces cuando el aparato pasó sobre él, pero los
pensamientos de los observadores que en él iban no daban señales de
haberlo detectado. El piloto se hallaba evidentemente en comunicación con
el comandante que había quedado en el pecio, y la situación anterior se
había invertido. Ahora eran los pensamientos del piloto los que llegaron
directamente al ezwal.
— No puedo ver cómo pudo ir mucho más lejos que aquí, señor, pero
no hay ni rastro de él.
— ¿Está usted seguro de que no volvió al serrijón?
— Sí, señor. La nieve es profunda a ambos lados. No pudo haberlo
hecho sin dejar huellas. Y no hay sitio alguno para esconderse. Espere un
instante. Hay un boscaje de árboles y maleza delante… el único por estos
contornos. No estoy seguro de que las luces puedan penetrarlo
suficientemente para…
— Mejor es que aterrice e investigue. ¡Pero, por Dios, tenga cuidado!
Ya hemos padecido bastantes bajas.
El ezwal relajó su incómoda posición pero no dejó su hoyo en la nieve,
la cual se estaba fundiendo con el calor de su cuerpo y ensanchándose a
proporciones reveladoras en su derredor. Y sus seis extremidades, inmersas
en otros tantos pozos de agua helada, se le estaban entumeciendo. En el
mundo tropical de donde era originario, había agua en abundancia, pero su
temperatura iba de la tibia a la caliente. El joven animal anhelaba aquel
mundo con todas las fibras de su ser.
Bruscamente se puso alerta. Los hombres estaban volviendo a
embarcar en sus salvavidas.
— No está allí, señor. Hemos revisado cada pie cuadrado del boscaje.
Hubo una pausa y luego:
— Está bien, Parker. Dé un par de vueltas más a la zona, a más altura,
y vea si hay algún otro lugar en el que pueda haberse ocultado. Entre tanto
llame al otro salvavidas. Debe hallarse en camino a la base para ahora.
Dígales que tan pronto como ingresen a los heridos en el hospital recojan a
los perros de caza y los traigan aquí. El superintendente dice que puede
disponer de diez. Con ellos podremos seguir el rastro a ese joven monstruo,
haya o no huellas. ¡Y les garantizo que podrán dar buena cuenta de todos
los seis patas que haya!
El ezwal vigiló tenso el elevarse del suelo del salvavidas, el cual se
movió a la izquierda, ganando altura, y tan pronto como hubo estado a
distancia que consideró segura, brincó de nuevo al serrijón, corrió por él y
se refugió luego entre el protector ramaje del boscaje. Allá estaría a salvo
hasta que el circulante salvavidas abandonara aquellos aledaños.
Cinco minutos después de que lo hiciera definitivamente, siguió
adelante para detenerse en el borde rocoso de un espacioso valle que
formaba una cueva perdiéndose difusa en la lejanía. Había allí muchos más
árboles y terreno más quebrado y selvático, cubierto de nieve y destellando
en la noche estrellada y sin luna. A su izquierda, el cielo estaba débilmente
iluminado por una extraña luz parpadeante. Podía significar algo en aquel
extraño mundo, pero podría ser la evidencia de habitación humana. Por lo
tanto había de evitarse aquella dirección.
Saltó desde el borde y penetró en el valle a paso firme y rápido. La
nieve era allá más dura y podía seguir sin marcar huellas profundas, sobre
todo si orillaba los amontonamientos. Ello imposibilitaría que los seres
humanos le siguieran desde el aire, o cuando menos habrían de limitarse a
la velocidad de los perros. La imagen de éstos no había sido clara, pero
conjeturaba que había de tratarse de seres más pequeños que los humanos y
menos inteligentes, pero con un agudo olfato propio.
10

Una gris luz diurna se extaba extendiendo lentamente sobre los


nevados y boscosos cerros antes de que el joven ezwal se detuviera para
descansar. Con este propósito escogió una hendidura bajo un risco
atalayante que emergía de la nieve y abrigaba del crudo viento. Durante las
largas horas de la noche había combatido el insólito frío por la continua
actividad de correr, y la magnífica máquina que era su cuerpo había
circulado un adecuado calor a sus extremidades. Mas ahora se arracimaba
con sus miembros contra su cuerpo, y no fue hasta que calentara la
superficie de la pared de roca en torno que el refugio se confortabilizara
tanto como para dormitar.
Algún tiempo indefinido después, un tímido pensamiento le asaltó la
mente, formado en parte de temor, en parte de curiosidad y en su mayor
parte de estupidez. Y por unos momentos, en aquel estado de
semidebilidad, le pareció ser una propia percatación.
Le llevó unos instantes el rechazar aquellas características, que
definitivamente no se aplicaban a él. Y sobresaltado al darse cuenta de que
se trataba de una intrusión mental ajena, el ezwal abrió los ojos.
Un venado pacía unos desperdigados matojos de hierba parda que
había descubierto en un declive a poca distancia de allá. Los ojos del
animalito rodaban, con la cabeza semivuelta; su clase de pensamiento era
como combinado de apremio de hambre y alerta al peligro.
¿Alimento? Con ojos ávidos el ezwal estudió a la criatura y evaluó la
posibilidad de matarla. Había mucha nieve entre ellas, de profundidad y
solidez variables; la mayor parte del ímpetu del ataque había de provenir de
su salto inicial. Cuidadosamente el ezwal dispuso sus patas bajo sí, clavó
primero las garras de una en el duro suelo, y luego la otra y se tensó como
un arco para la carga.
La carne era comestible; eso era todo. Tragó de prisa para no retener el
sabor en su boca. Varias veces metió su hocico en un banco de nieve para
que su húmeda frialdad le quitara el regusto de sangre Se hallaba
limpiándose de nuevo la boca de esta manera cuando un sonido rasgó el aire
en calma. ¡Gañido de animales!
El sonido era lejano, pero un débil acento de pensamiento provino al
par: pensamiento humano, propósito humano. Con un estremecimiento de
preocupación, el ezwal sospechó que aquéllos eran los sabuesos y aquélla la
caza… para él.
Brincó a un risco para ver mejor, irguiéndose sobre sus patas traseras y
tendiendo el cuello. Desde aquella altura podía divisar las huellas en el valle
que había cruzado el atardecer anterior. El camino que él había seguido se
destacaba inconfundiblemente en la nieve… demasiado recto, demasiado
fácil para seguirse. Su confianza le agitó, y estaba a punto de saltar abajo y
escapar, cuando una sombra revoloteó a través de la nieve.
El ezwal quedó helado. Un momento después, un aparato aéreo pasó a
menos de un cuarto de milla a su derecha y descendió posándose a una
milla, cerca de su rastro. Una portezuela se abrió en el aparato y de ella
saltaron cinco perros que se abalanzaron rápidamente en todas direcciones,
con avidez plenamente perceptible por los alaridos que lanzaban. Mientras
el ezwal los contemplaba, uno de ellos encontró su rastro y aulló. Un
minuto después, las cinco bestias estaban dirigiéndose a él a través de la
nieve.
El ezwal sintió el impulso de escapar al punto de aquella amenaza.
Mas en lugar de ello, tras una sacudida mental de miedo, comenzó a seguir
el serrijón rocoso que se dirigía a las montañas más altas, lejos del sol
naciente. La marcha no era fácil. El terreno, donde no estaba cubierto de
nieve, era áspero, y fue por él ora corriendo, ora lentamente, o bien
franqueando de un brinco una peligrosa grieta, con el desgraciado
sentimiento de que los sabuesos corrían en derechura a él. Y además de
ello, sus amos humanos no tardarían en remontarse y le barrerían de esta
precaria altura. Con la imaginación vio a otro aparato aéreo recogiendo
otros perros más allá de la pista y llevándolos delante, a un punto más
próximo de ella.
Bruscamente giró del serrijón y se lanzó con rapidez por el empinado
declive, hacia abajo. Cambiando de nuevo de dirección atravesó un angosto
valle hacia otro serrijón más allá, evitando automáticamente el camino más
fácil y evitando instintivamente las huellas tanto como le era posible. No
obstante, no hacía una obsesión del ocultamiento. Había veces en que los
ladridos se perdían a gran distancia en los valles repletos de nieve, pero
siempre retornaba su sonido. Y cada vez se veía forzado a un nuevo
esfuerzo de su cuerpo que comenzaba a cansarse. Y cuando por fin el rojizo
sol comenzó a sumirse entre dos fragorosos riscos y las largas sombras se
hicieron más oscuras, el ezwal supuso, tediosamente, que por aquel día
estaba a salvo.
Estableció su plan, y a grandes brincos, con toda su fuerza de reserva,
atravesó una hilera de cerros, en ángulo recto a la carrera que había estado
siguiendo… y, a una distancia de cien metros, tomó el camino de vuelta que
había estado siguiendo todas aquellas horas.
Ahora, desde el relativamente seguro lugar de una eminencia cubierta
de maleza, tendió la vista abajo a un valle en el que se hallaban dos aparatos
posados, uno cerca del otro. Pequeñas figuras de hombres se movían en la
nieve, y a un lado, al abrigo de un cantil, estaban dando de comer a los
perros. Los cazadores parecían estar disponiéndose a acampar durante la
noche.
El ezwal no esperó a asegurarse, y cuando las sombras de la naciente
noche se alargaron sobre aquel yermo paraje, descendió la falda de la
montaña. Había de describir un amplio círculo, pues el viento del
crepúsculo era errático. Y así, buscando una aproximación contraria al
viento, llegó a la cima del cantil.
Con ojos ardientes clavó la vista desde su posición ventajosa en diez
perros, que se hallaban atraillados y algunos ya dormidos en la nieve. Un
olor horrible y ajeno se alzaba de ellos, y supuso que como jauría eran
peligrosos. Pero si podía matar a estos perros, habrían de ir en busca de
otras bestias. Y en el ínterin podía tener tiempo de perderse en aquellas
millas de bosque y montañas.
Su acción había de ser asesinamente rápida, dura. Los hombres podían
salir en cosa de segundos de aquellos aparatos e ir hacia él con sus
irresistibles armas.
El pensamiento le hizo lanzarse declive abajo, con más rapidez que la
nieve que desalojaba.
El primer perro le vio. Captó el sobresaltado pensamiento cuando se
abalanzó a sus pies con un alarido de prevención y sintió un restallido de
oscuridad en su cerebro al sentir una dentellada. Remolineó y sus
mandíbulas se cerraron precisamente al paso del can que se abalanzaba
ahora a su cuello. Colmillos metálicos se clavaron en mordisco feroz y
apuñalante. La sangre se vertió en su boca, apestosa y de lo más
desagradable al paladar, y la escupió con un gruñido mientras otros ocho
perros ululantes se le abalanzaban también, afrontando al primero con una
de sus acorazadas patas delanteras alzada.
Las lobunas mandíbulas acuchillearon el brazo tendido al descender,
ansiosas por triturarlo. Pero con su acostumbrada celeridad, el ezwal evitó
los colmillos de los atacantes y sus garras aceradas se clavaron
profundamente en sus lomos, saliendo uno por el aire como disparado y
cayendo sordamente en la nieve, quedándose inmóvil, con el cuello roto. El
ezwal giró para una embestida a los demás… y se detuvo. Los canes
retrocedían temerosos. Estaban derrotados, acobardados al extremo.
Hizo una pausa para asegurarse. Se oían grandes voces de hombres y
aparecían destellos de luces. Pero el ezwal exploró aún los pensamientos y
sentimientos de los perros, hasta que finalmente no le cupo duda. Estaban
aterrorizados de él. Aquella jauría había dejado de ser peligrosa para él. No
podían, estaba seguro de ello, ser ya azuzados en su seguimiento. El ezwal
volvió grupas para escapar y el haz de un reflector le dio de lleno en la cara,
haciéndole emprender una carrera a la que prestaba alas el pánico. Quien
manipulaba el reflector parecía falto de habilidad, pues le perdió casi al
instante. Cuando estuvo ya casi a salvo más allá de otro declive, alguien
comenzó a disparar tardíamente a las sombras tras él. Las explosiones
iluminaron el cielo.
Durmió aquella noche satisfecho, y al alba se volvió a poner en
camino. Era ya media tarde cuando volvió a oír los gruñidos de los canes.
El sonido le produjo una conmoción, pues había tendido a engañarse un
poco esperando a pesar de la lógica que yendo al límite más extremo podría
como fuese lograr seguridad en aquella paramera.
Corrió sintiendo un gran cansancio; no sólo estaba agotado, sino que
su voluntad de vivir estaba, nublada. Pues no podía imaginarse que pudiera
de nuevo atacar con éxito a otro jauría de perros de refresco. Sin embargo,
cuando se tendió la oscuridad, lo intentó. Como antes volvió sobre sus
pasos, astuta y cautelosamente, con toda su atención puesta en el peligro. Su
mente telepática detectaba la emboscada a segura distancia.
Y nuevamente se retiró, chasqueado y ansioso a la oscuridad, y siguió
adelante patullando sobre el suelo nevado. La noche se tornó más oscura, al
borrar cúmulos de nubes las estrellas; tan sólo la difusa blancura de la nieve
le permitía ver lo bastante claramente para evitar los azares.
El frío se intensificó, y comenzaron a caer blancos copos, cada vez
más oblicuamente se alzó un viento del norte, ligeramente primero y luego
con impulsiva violencia.
Durante toda aquella larga noche luchó contra la ventisca y el frío.
Pues en ello adivinaba la salvación que había estado buscando. Una vez
más, su meta era el poner distancia entre sí y sus perseguidores, con el
conocimiento de que en esta ocasión su rastro había de ser cubierto por
millas de remolineante nieve.
Con la primera tenue claridad del alba fue amainando la tormenta,
aunque proseguían ráfagas de furia. Y el miserable y hambriento joven
ezwal, helado de frío, al atisbar una abertura cavernosa en un empinado
declive, se dispuso a entrar en ella. De su interior surgió una forma difusa y
maciza.
La sorpresa fue mutua e intensa. El agotado ezwal percibió el húmedo
olor de calor animal, al rancio de excrementos y el súbito prorrumpir de
ondas de pensamientos que irradiaban hacia él… y supuso que había
sorprendido en su sueño al monstruo.
Otro oso atreviéndose a intrusionar en el cubil… atropello… una
desesperada necesidad de sacudirse el embotamiento de un largo sueño.,
tales eran las formas de la idea del oso Kodiak. Viendo sólo una figura
alargada, y ello sólo vagamente, la bestia pasó en unos instantes de la apatía
a un espantosa furia, y gruñendo terriblemente cargó.
El impacto envió al ezwal patinando hacia atrás en la nieve, pero no
muy lejos. Sus garras asieron la helada superficie y a su manera sólida
plantó cara y mordió sin piedad en el colosal lomo que se apretaba contra
él.
El oso reaccionó con un rugido y una acción de aferramiento que hizo
alzarse casi al más ligero ezwal sobre sus patas traseras, quitándole luego
casi de los pulmones el abrazo de su adversario. Por un momento, el ezwal
pugnó por zafarse, sintiéndose demasiado fatigado para entablar combate a
muerte con bestia tan poderosa y descansada.
El intento fue un grave error. Había ya captado del otro la primera
percatación del ser extraño que estaba combatiendo. Un tinte de miedo, de
desconcierto, un sordo deseo de retirarse y reconsiderar la situación. Pero al
intentar separarse el ezwal, el cambio en el poderoso Kodiak fue rápido.
Apretó más y con sus largas mandíbulas acuchilló el cuerpo del ezwal,
abriéndole un doloroso boquete.
La bestia lanzó un espantoso gruñido de triunfo, y el fluir de su
pensamiento estuvo ahora lleno de rabia y salvajismo y de ansia de matar.
Alzó una pata maciza y la blandió con sorprendente celeridad.
Fue un golpe demoledor. El ezwal se sintió momentáneamente
aturdido. Luego el propio dolor le galvanizó, quitándole cansancio y
durante breve período volvió a sus cabales. Lanzó una dentellada a la garra
en retirada, y fue tan rápido su movimiento que sus colmillos quedaron
clavados. Una sacudida de su cabeza seccionó tendones y trituró huesos. Y
simultáneamente puso en juego sus patas centrales y posó sus largos talones
en el vientre del oso, rasgando la piel, hendiendo la pared del estómago y
sumiendo sus garras en la cavidad.
El contrataque fue tan violento que debió haber acabado la lucha. Pero
el oso en su furia estuvo muy lejos de reconocer el tremendo estropicio que
había sufrido. De haber estado menos cansado el ezwal, podría haber
escapado en aquel momento. Pero el oso lanzó un terrible chillido y ciego
de dolor repitió su locura, abrazándose desesperadamente a su antagonista.
Mas aquellos enormes brazos no habían antes aferrado tal máquina de
destrucción.
El ezwal no pudo reaccionar rápidamente. Mas no era necesaria la
velocidad. Cansadamente puso sus patas centrales en posición y
cansadamente desgarró. Esta vez masas enteras de las partes vitales del oso
fueron literalmente arrancadas.
No podía haber furia bestial alguna que se resistiese a tal devastación.
Con enorme y atónita sorpresa, el oso se desplomó en la nieve, y asido aún
al ezwal brotaron de su hocico espumarajos de sangre… y murió.
El ezwal quedó también tendido, agotado, aprisionado por el abrazo,
hasta que se produjo un postrer agitar convulso e insensato de los músculos
del oso y luego se aflojaron sus poderosas patas delanteras. Él ezwal se zafó
dolorosamente y entró dando tumbos en la cueva.
El desagradable olor del cubil no le desalentó. Lamióse sus heridas y
luego se apelotonó en la yacija caliente. Y durmió.
11

Despertóse con la impresión mental de que había animales en las


proximidades. Y aquella impresión era lo bastante definida como para darse
cuenta de su tamaño. Aunque había muchos, la sensación de tamaño que
captó fue de que se trataba de animales mucho más pequeños que el oso.
Había un dominante flujo mental de la mayor bestialidad… que le
tranquilizó. Puesto que tales criaturas se sentían a salvo, no había peligro
alguno de seres humanos. Por los sonidos e imágenes mentales conjeturó
que estaban ocupadas en comerse el oso. El ezwal volvió a dormirse, y al
despertar de nuevo, era aún de día y los lobos se habían ido casi todos. El
ezwal vislumbró huesos y pieles desparramados por la nieve, y a cuatro
bestias restantes, dos de las cuales estaban triturando un hueso. La imagen
telepática que obtuvo no resultó clara sobre lo que una de las otras bestias
estaba haciendo. Pero la última se hallaba husmeando a la entrada de la
cueva.
El ezwal se puso en pie, alerta, haciendo copio de energía muscular. Al
despertarse por primera vez había estado demasiado cansado para
preocuparse de ser acorralado. Ahora, fuerte de nuevo, se dirigió a la
entrada… llegando cuando el lobo asomaba cautelosamente su hocico. Se
miraron a una distancia de sólo pocos pies.
Más salvajismo que el de los perros, o hasta del oso… tal fue el
impacto del pensamiento. Y sin embargo, tras un prolongado gruñido
enseñando sus afilados colmillos, el lobo se echó hacia atrás, dio media
vuelta y se escabulló con el rabo entre piernas. El ezwal leyó en sus
pensamientos no miedo sino un saludable respeto. Y en ciertos tonos
reconoció también un hambre saciada. El lobo con la andorga repleta no
tiene interés en molestar a una criatura extraña, que como aquella era mayor
y de aspecto más poderoso que tres o cuatro de sus congéneres.
El ezwal se sintió ahora nervioso, invadiéndole gran apremio por
ocultar todas las huellas del oso muerto. Le parecía que los huesos y girones
de piel esparcidos, y los chaferriones de sangre en la nieve habían de ser
claramente observables desde el aire.
Se daba cuenta de haber dormido la mayor parte del tiempo,
demasiado agotado para preocuparse por nada. Pero su capacidad de
sentirse ansioso había vuelto. Salió pues.
Cerca había dos lobos, a cosa de unos cien metros de distancia. El más
próximo le miró con ojos rabiosos, pero ambos se retiraron mientras él
avanzaba, abandonando los huesos que habían estado royendo. Sin hacerles
el menor caso, el ezwal enterró todos los restos que pudo encontrar,
alisando luego la nieve lo mejor que pudo. Y después volvió a encaminarse
paso a paso de nuevo a la cueva, borrando también las huellas mientras lo
hacía.
Durmió en paz durante toda la noche, en el corazón de la ladera del
cerro. Y al día siguiente lo hizo esporádicamente, sintiendo el aguijón del
hambre que volvía. Hacia media tarde comenzó a nevar, y cuando se espesó
la cortina que caía del firmamento, el ezwal se aventuró a salir de la cueva.
Tenía una meta definida. Recordó haber cruzado un río helado no lejos de
allí y también otros iguales donde había sentido la presencia de formas
vivientes bajo el hielo. Merecía la pena investigar.
Rompió el hielo en un punto en que la corriente discurría rápidamente
debajo de su capa y se agazapó al lado del boquete, al acecho. Pensamientos
rudimentarios emanaron del agua, ora cercanos, ora lejanos, y por dos veces
vio destellantes formas en la remolineante corriente, observando
simplemente sus movimientos rápidos y espasmódicos.
La tercera vez metió su pata derecha anterior en el agua helada y la
tuvo allá, y la siguió teniendo… hasta que se aproximó un pez y, de pronto
movió con movimiento relampagueante su pata, y el pez salió volando al
hielo junto con el agua espumante. Comió con delicia el bocadillo que tenía
un sabor muy agradable muy distinto del de venado.
Requirió una hora el apresar y comer cuatro pescados más. El éxito le
dejó insatisfecho, pero cuando menos había aplacado el hambre. Se estaba
haciendo oscuro cuando volvió a su cueva.
Cavilosamente se instaló para pasar la noche.
Se daba cuenta de que estaban solucionados los abrumadores
problemas de los pasados pocos días… y mucha mejor de lo que esperaba.
Tenía ahora un adecuado refugio que le preservaba de sus enemigos… y
hasta una insospechada fuente de gustosos alimentos. Todo ello lo había
realizado por sí mismo, como la primera prueba auténtica de bastarse a sí
mismo en su joven vida, y estaba seguro de que su madre se habría sentido
enormemente orgullosa de él, de haberlo sabido.
Mas a pesar de todo ello, notaba una vaga sensación de descontento.
Después de todo, sólo había asegurado su propia escapatoria; poco o nada
había hecho para vengar la muerte de su madre.
¿Cuántas vidas humanas tomaría para ello? Decidió que apenas había
seres humanos bastantes en aquel planeta para el propósito. Ciertamente
eran demasiado escasos en esta remota parte de él; y bajo el punto de vista
realista, veía harto pocas probabilidades de acceder a zonas más
densamente pobladas.
Ya de las mentes de sus persecutores había captado fugaces vislumbres
de poblados y establecimientos coloniales por los alrededores.
Eventualmente podría serle posible alcanzar uno o más de ellos y realizar
cuando menos parte de su venganza antes de que fuera muerto.
Mas no todavía. Sería estúpido imaginarse que la caza había cesado.
Haría bien en exponerse lo menos posible durante los siguientes días, y
luego aprovecharse de las ráfagas de nieve para salir de los cerros.
El cuarto día después de estos pensamientos, algo aconteció que hizo
cambiar sus planes. Cuando estaba andando a lo largo del lecho del río
buscando un lugar para la pesca, su pata izquierda trasera se metió en una
trampa para castores.
El trallazo de las mandíbulas metálicas le hicieron dar un brinco. El
instantáneo dolor hizo que diese un violento tirón. Fue esa reacción lo que
hirió seriamente su pata, pues su fuerza era tan grande que desgarró la carne
y dañó los tendones.
El ezwal se agazapó angustiado y examinó el instrumento que le había
apresado, y en breves instantes comprendió como operaba. Separó los
extremos lisos y sacó el pie herido, que pulsaba de dolor, y poco después
siguió río abajo sobre las cinco patas restantes. Habríale gustado volver a la
cueva y permanecer allí hasta que sanara el pie herido, pero no se atrevió.
Era a discutir el tiempo en que tardaría en descubrir la trampa saltada y
la relación de ello establecerían en lógica deducción. Pero de lo que no
cabía duda de que aquel territorio no era ya seguro.
Hacia el alba halló un lugar de descanso bajo una prominente roca. Y
durmió allí la mayor parte del día, emergiendo cautelosamente al lecho del
río cuando comenzó a oscurecer, y hallando que el hielo era más tenue
sobre corriente rápida, empleó una gran piedra para romperlo. Atrapó varios
peces.
Durante toda la noche también siguió a lo largo del cauce de la
corriente. Y así mismo la siguiente.
Al tercer día se despertó de un profundo sueño al familiar sonido de
silbantes reactores. El ezwal contempló tenso desde su refugio como un
pequeño aparato aéreo se movía a pocas docenas de pies sobre el lecho del
río, avanzando en la dirección que él estaba.
Al apartarse de la vista, un claro pensamiento al parecer directamente
dirigido a él, llegó a su mente.
— ¡Abandona ese río inmediatamente! Han sido vistas tus huellas y
comenzada la búsqueda. Mi nombre es Jamieson y estoy intentando obtener
autorización para salvar tu vida. Pero acaso pueda llegar tarde. Abandona
ese río inmediatamente. Tus huellas han sido vistas…
La aeronave se perdió de vista río abajo y fuera al par de su alcance de
percepción de pensamiento. El joven ezwal se agazapó donde estaba,
pensando intensamente. «¿Sería aquella una celada para hacerle salir a
descubierto mientras quedase aún luz diurna?»
Decidió que no. Aquel era uno de los hombres que habían sospechado
el secreto ezwal. Y realmente su amistad — que sólo lo era en verdad en un
sentido limitado -, resultaba más peligrosa para la raza ezwal que la muerte
de su madre o la suya propia.
El joven ezwal sintió gran renuencia a morir sin lucha. Tal un corredor
comenzando una carrera, se lanzó de su escondite remontando el río, en
dirección a donde había venido, y temprano en la mañana pasó por una
profunda depresión que formaba un mellado valle rocoso extendiéndose
desde la corriente en ambas direciones, no hallándose lejos.
Llegó allí y su pie comenzó a dolerle de nuevo, mas no haciendo caso
del dolor siguió a lo largo de lo que parecía ser la más intransitable de las
dos trayectorias. El terreno sin sendas ascendía cada vez más y ahora se
halló sobre una cresta a varios centenares de pies sobre la corriente.
No había todavía aeronave alguna a la vista, ni ninguna señal de
persecutores. Aliviado, el ezwal se dirigió hacia los pasos más altos que
podía divisar a la distancia.
La noche estaba cayendo cuando recorrió un paraje que parecía de
infinita desolación hibernal. Una luna corcovada se alzó tras él, y el cielo a
su derecha cobró vida con las raras luces que había llegado a reconocer
como peculiaridad del propio planeta.
Interminablemente mucho más tarde, los primeros rayos de la luz del
sol le hallaron cansado y con un pie que palpitaba con incesante punzar. Y
cosa mucho más desazonante aún, el mundo que delante se iba
abrillantando, revelaba una costa marina con un desperdigamiento de
habitaciones humanas y, hasta donde podía alcanzar la vista, un océano gris.
El ezwal se detuvo en pausa vacilante y miró en derredor. En cierto modo,
aquel era la especie de paraje que había estado buscando; allí había seres
humanos en los cuales comenzar a desatar su venganza. Mas no mientras la
caza estuviere relativamente próxima, y no mientras su pie herido le
obstaculizara los movimientos.
Había de bordear aquella colonia a derecha o a izquierda, volver de
nuevo al interior y yacer hasta que…
Súbitamente apareció sobre un cercano grupo de árboles una aeronave
volando a poco altura, y que se plantó sobre su cabeza en un instante. El
ezwal se escabulló como una centella, mas no sin haber reconocido al
mismo aparato que viera el día anterior en la cala del río. Ahora lo seguía
con facilidad, comprobando todos sus giros y evoluciones, y captando una
serie de pensamientos concisos y rápidos de la misma clara mente que se le
había dirigido el día anterior.
— ¡No quiero hacerte daño! ¡Si lo deseara, morirías! ¡Deja de correr o
serás visto! Ya lo has sido en otros contornos e informada tu presencia.
Sabiendo la dirección de la que provenías, pude hallarte el primero. Pero
toda esta zona ha sido alertada y otros aparatos andan en tu búsqueda. ¡Deja
de correr o serás visto!
El ezwal se sintió desvalido… desgarrado entre su intensa llamada a su
sentido de cautela y una tremenda frustación de ser incapaz de zafarse de su
inmediato persecutor. Pero menos de medio minuto después se zanjó la
cuestión para él. Vio delante un esparcido grupo de casa, cambió de
dirección y vio luego a uno de los temidos salvavidas aéreos moviéndose a
menos de una milla de allí. Se zambulló en un matorral y quedóse allá
encogido y tembloroso.
De pronto, la pequeña aeronave descendió como una piedra y se posó
en un claro a unos cincuenta pies. El ezwal se sobresaltó cuando se abrió
una escotilla de popa del aparato, mas nadie surgió de ella: En su lugar
provinieron apremiantes pensamientos:
— Ayer intenté dirigirte a terreno despejado, pero ahora que has
venido a esta parte habitada, es la única manera en que puedo salvar tu vida.
Debes venir al compartimiento de popa y dejar que te lleve a donde puedas
estar a salvo. No, no puedo libertarte de nuevo, pero creo que puedo
garantizar de que no se te causará daño alguna. ¡Ea, la otra aeronave se
aproxima, y los hombres que la tripulan no creen que seas una criatura
inteligente ni cosa por el estilo, sino una amenaza para las vidas humanas…
no hay tiempo para convencerlos de la verdad! ¡Te matarán a menos que no
actúes rápidamente! ¿Has comprendido?
El salvavidas estaba ahora sólo a unos cien metros, atalayando una
franja de matorrales muy semejante a la en que se ocultaba el ezwal.
Evidentemente se hallaban investigando más de cerca.
El ezwal esperó tenso. Sus huellas, estaba seguro, eran indistingibles
en la nieve lodosa y removida, y había una probabilidad de que el
salvavidas fuese a otra parte. Pero de pronto tomó más altura y se dirigió en
derechura a donde él estaba.
— ¡Ea, deprisa! — previnió la apremiante conminación de la aeronave
más pequeña — ¡Será mucho mejor que no te vean entrar!
Aún vaciló el ezwal, enconadamente renuente a abandonar su libertad
tan duramente ganada, aun para salvar su vida. Luego en el último
momento posible, no fue la consideración de su salvación personal lo que le
decidió, sino el recuerdo de algo que su seudo protección dijera: «Los
hombres que la tripulan no creen que seas una criatura inteligente…» Ello
podía significar que quien le esperaba en su aparato, fuese el único que lo
creía. Y si ese hombre pudiera ser matado, su conocimiento moriría con él.
12

Manteniendo su cuerpo casi pegado al suelo y valiéndose de los


matorros, el ezwal se deslizó rápidamente hacia el aparato y se coló de un
brinco por la escotilla, la cual se cerró tras él dejándole en la oscuridad, mas
no sin que antes hubiera visto que el interior no tenía otro distintivo que dos
pequeñas aberturas de ventilación. Y cuando la cubierta se alzó
bruscamente bajo él, se posó cansadamente sobre sus caderas y permaneció
quieto.
De manera singular, la percatación de que no había una posibilidad
inmediata de matar al poseedor del secreto vital, no produjo en su mente un
sentimiento especial de pesar o resquemor, sino sólo la aceptación pasiva de
que los asuntos deberían proseguir ahora su marcha independientemente de
cuanto podría ser.
Desde alguna parte exterior al aparato provinieron luego pensamientos
que se registraron simultáneamente en la mente del hombre que se sentaba
en el contiguo compartimiento, y que produjeron también sonidos
débilmente audibles a través del mamparo metálico.
— ¡Doctor Jamieson! Según parece, se nos adelanta usted siempre…
¿Ha visto usted algo de este pobre y mal juzgado monstruo? — Era la
misma mente poderosa que había dado órdenes en el pecio muchos días
antes, y que ahora denotaba una animosidad mal oculta.
Hubo una pausa y luego una cautelosa réplica irónica:
— Estoy seguro de que ha abandonado la zona, comandante
McLennan.
— ¿Ah, sí? Bien, pronto lo sabremos. Seis perros le siguen el rastro y
luego el otro salvavidas. A juzgar por su velocidad han tenido un buen
venteo fresco. Esta vez no nos detendremos, hasta dar con él donde se
encuentre. Lástima grande que no hubiese podido usted persuadir al
delegado de que la bestia era lo bastante inofensiva como para intentar
capturarla viva…, pero probablemetne se la cederán a usted disecada.
Mientras hablaba el comandante, sus pensamientos directos se hacían
más débiles, y el ezwal pudo sentir cómo la pequeña aeronave de Jamieson
tomaba velocidad horizontal. Y a los pocos momentos, Jamieson se dio
cuenta, preocupado, de que el salvavidas volvía de nuevo rápidamente.
— ¡Jamieson! — Era la voz y el pensamiento de McLennan, ambos de
un diapasón furioso. — ¡Aterrizará usted inmediatamente su aparato, o nos
veremos obligados a barrerle a usted del aire!
El ezwal leyó el desaliento y el desconcierto en la mente del hombre
del compartimiento contiguo. Había también indecisión, un debate mental
sobre cómo manejar los mandos de manera a descender la nave para un
aterrizaje, o de otro modo hacerla salir disparada a toda velocidad entre las
montañas y las nubes que pendían bajas. Mas nada de esta incertidumbre
apareció en la indignada réplica de Jamieson.
— ¿Qué es lo que significa esto, comandante?
— El fanfarronear no le servirá de nada, Jamieson. Uno de los
residentes vio todo el asunto desde su casa en la ladera de una montaña de
allá detrás. Y al contemplar maniobrando a su aeronave tomó sus gemelos y
le vio aterrizar. Y también cómo la bestia entraba a bordo. Se lo prevengo,
Jamieson, nuestras armas están apuntando a su aparato. Si no ha empezado
usted a descender cuando cuente tres, daré la orden de fuego. ¡Una…
dos…!
El ezwal sintió comenzar a sumirse bajo él. Pero justamente antes de
ello, se había percatado de fulgurantes series de pensamientos en la mente
de Jamieson… de una representación imaginativa del aparato siendo
derribado, del propio Jamieson muriendo en el choque, y del ezwal
sobreviviendo lo bastante como para ser muerto por las despiadadas armas
de los ocupantes de la otra aeronave.
Era cosa muy singular. La mente de este hombre parecía muy distinta
de la que había matado a la madre del ezwal. En esta mente no había la
voluntad de destruir a los de la otra nave, aunque hubiesen amenazado su
vida. Y también había poco miedo, si es que había alguno.
Y de cuando en cuando se entrecruzaba un torrente de presurosos
pensamientos dirigidos a él:
— No hay tiempo de explicártelo detalladamente, pero debes
comprender una cosa vitalmente importante. Ya sabes, desde luego, por qué
los ezwal han decidido ocultar su inteligencia: temen una dura oposición de
los humanos si lo descubren. Ello podría ser verdad… si ninguna de ambas
partes tuviera más derechos que la otra al planeta Carson. Como simples
animales que pretendéis ser, vosotros los ezwal no podéis tener tales
derechos bajo la Ley Interestelar. Pero como seres inteligentes y habitantes
originales del mismo, tenéis el título más claro posible.
«Los ezwal jamás podrán expulsar a los seres humanos del planeta
Carson simplemente por la fuerza bruta; pero como raza científicamente
desarrollada con respecto a otra, podéis pedirnos lo abandonemos, tan
pronto como estéis en condiciones de defender vuestro planeta por vosotros
mismos, y nosotros nos veremos obligados a hacerlo.»
«He puesto en juego mi reputación personal, y mi personal seguridad,
en llevarte ante las autoridades de mi gobierno en la esperanza de
demostrarles que tú y los de tu especie sois criaturas inteligentes y que
debemos cesar de matarnos y comenzar a discutir como se debe las
cuestiones. Naturalmente, no puedo hacerlo sin vuestra completa
cooperación.»
Cuando el hombre terminó de hablar, una ligera sacudida indicó que el
aparato había tocado tierra. Probó las paredes del compartimiento
oprimiéndolas con toda su fuerza, mas no había en ninguna parte de ellas
ninguna aparente debilidad. Los dos grupos de boquetes perforados que
formaban las aberturas de ventilación mostraban por el acero que los
rodeaba que el grosor era tanto como la longitud de sus garras.
Jamieson estaba hablando de nuevo, más bien presuroso:
— Los hombres del otro aparato, como probablemente lo sabes, son
militares, encargados de acosarte y capturarte, muerto o vivo. Cuando
llegué hace unos pocos días a la Tierra y me enteré de la situación, pedí que
me encargasen de ello, ya que el comandante McLennan no había tenido
éxito en localizarte. Pero mi solicitud fue denegada debido a que recalqué la
importancia de cogerte vivo, y tú eras considerado una amenaza demasiado
grande. Estoy aquí contra los deseos de McLennan, quien opina que los
militares son más idóneas a manejar esta situación. El ezwal estaba
recibiendo el informe de Jamieson sólo con parte de su mente, ocupada la
otra cada vez más en la presión de los pensamientos del exterior. Eran
pensamientos mezclados, algunos hostiles… y algo de esta hostilidad
parecía estar dirigida hacia Jamieson. Parecía haber un sentimiento de que
el hombre había jugado sucio. Pero acá y allá había un tinte de admiración
por la manera en que Jamieson había realizado lo que ellos habrían
considerado imposible.
La mescolanza de pensamientos había aumentado firmemente durante
los pocos minutos últimos, y ahora permanecía constante. El otro aparato
había evidentemente aterrizado muy cerca.
Jamieson terminó apremiantemente:
— La situación no está ya en mi mano. Pero puedes ayudarnos a los
dos haciéndome saber lo que McLennan tiene en mente, cuáles son sus
planes… tan pronto como se te manifiesten claros. ¿O te das cuenta ya de
ellos?
El ezwal volvió a sentarse desdeñosamente sobre sus posaderas.
Realmente no había concedido aún nada. Y, ciertamente, no caería en una
admisión mediante una añagaza tan baldía, aun cuando no había evidencia
de que la intención del hombre fuese tal.
13

Ahora, las imágenes de la mente de Jamieson mostraban que había


abierto la portezuela de la cabina de mando y salía para enfrentarse con
varios hombres cuyas armas estaban apuntadas contra él.
La voz de McLennan, quien se hallaba aún en el otro aparato, previno
a través del altavoz:
— Doctor, estoy demasiado asombrado por su acto ilegal para decidir
lo que he de hacer. Apártese a un lado.
Jamieson no replicó nada, pero hizo como se le ordenaba, apartándose
de su aeronave.
McLennan dijo ceñudamente:
— Está bien, Carling, puede empezar ya.
Uno de los hombres, quien llevaba un pequeño cilindro de metal, fue a
la cabina de mando que acababa de abandonar Jamieson y subió a su
interior. Siguió una serie de sonidos metálicos y luego Jamieson habló con
vehemencia:
— Se lo prevengo, comandante; si daña al ezwal como indefenso
prisionero, le costará mucho el justificarse.
— No tema, doctor Jamieson…, su camarada no recibirá daño.
Simplemente considero necesario inspeccionar el compartimiento para ver
si es adecuado el transporte de bestia tan peligrosa a la civilización.
El gas, simplemente, le dejará inconsciente por un periodo de pocas
horas.
— No le afectará éste — dijo Jamieson — porque ha sido ya
prevenido.
— ¡Ah, sí! — manifestó irónicamente el comandante -. Su linda teoría.
Bien, bien, ya veremos si es lo bastante inteligente como para dejar de
respirar durante varios minutos. Carling, ¿se halla instalado ya? En ese
caso, abra la válvula.
— Sí, señor.
El ezwal estaba tomando su tercera profunda inspiración cuando
comenzó el silbante sonido, y la contuvo. No tenía una idea exacta de
cuántos minutos podrían ser, de manera que se quedó inerte, resuelto a
mantener su respiración hasta la inconsciencia si preciso fuese.
En el ínterin, en el exterior del aparato, Jamieson decía:
— Se lo prevengo, comandante, cometerá usted un error peligroso si
confía en el gas para inmovilizar a esa criatura.
— ¿Está pidiéndonos que creamos — replicó Mc-Lennan — que la
bestia sabe que estamos gasificándola, simplemente porque hemos estado
hablando de ello… en una palabra, que se entera de lo que hablamos?
— Lee los pensamientos.
La afirmación pareció detener a McLennan. El ezwal captó el cambio
en el pensamiento del hombre, la súbita aceptación parcial de lo que
Jamieson estaba diciendo.
McLennan habló lentamente:
— ¿Habla usted en serio, señor?
— Jamás lo hice más seriamente en mi vida. Los ezwal son unos
perfectos telépatas, los únicos telépatas del universo que conocemos puedan
recibir y enviar a los no telépatas.
McLennan dijo especulativamente:
— Sería una situación ideal la de que pudiésemos tener un telépata así
a bordo de cada aeronave.
— Ciertamente, lo sería — repuso Jamieson -, y esa es sólo una de las
muchas posibilidades.
La vacilación de McLennan cesó. Era un hombre de decisivos giros
mentales, y dijo ahora con determinación:
— Eso nos deja aún el problema de que siga prisionero y no cause más
daños. Carling, aplíquele otros cinco minutos de ese gas. Y luego abra la
puerta.
Cinco minutos, treinta…, sesenta…, ello no supondría diferencia
alguna. Los ezwal eran anfibios y una hora y media sería más
probablemente el tiempo necesario para estar seguro de que un ezwal se
encontraba debidamente anestesiado.
Para el ezwal, la semiaceptación por parte de McLennan de la teoría de
Jamieson, cristalizó la decisión que había de tomar. Ahora o nunca…
Jamieson debía morir… de tal manera que la creencia momentánea de
McLennan en la inteligencia de los ezwal quedaría por siempre fundida en
un bestial despliegue.
Se movió de manera a poder actuar instantáneamente, y luego relajó su
cuerpo. Se dio cuenta de que Jamieson estaba subiendo al aparato, sin que
los demás lo vieran. El científico debió haber mirado al interior, pues habló
vehemente:
— Comandante, le pido que cese el empleo de ese gas. Nadie puede
prever sus efectos sobre un ezwal.
— Es el mismo que empleó usted cuando lo capturó.
— Tuvimos suerte.
McLennan repuso:
— Está bien, Carling. Abra esa puerta. Échese atrás todo el mundo.
— ¿Qué es lo que intenta usted hacer? — preguntó Jamieson.
— Si se encuentra inconsciente, lo izaremos al aparato grande.
Jamieson pareció resignado:
— Permítame que le coloque el atalaje — dijo.
El ezwal tuvo una imagen mental de Jamieson yendo hacia la puerta
abierta del compartimiento, y ello le hizo variar por completo de propósito.
Había intentado hacerse el dormido de momento y esperar simplemente a
que cualquier oportunidad indefinida llevase a su alcance a Jamieson. Y
ahora, era el mismo hombre quien se situaba en la más fácil posición para
matarlo. El ezwal recogió sus patas bajo sí y saltó a través de la zona
luminosa del umbral.
La puerta se abrió de par en par y ezwal y hombre se vieron cara a
cara. Los tres ojos alineados de fulgor de acero estaban al nivel de los dos
firmes e inmóviles pardos.
De más allá, del hibernal exterior, provino un bullir nervioso, una
tensión de varias mentes, de lo cual se percataba el ezwal, concentrándose
en el fondo de su pensamiento.
Estaba sucediendo una cosa pasmosa. A pesar de su desesperado
propósito, vacilaba. Vagamente comprendió el por qué. Antes — días antes
— había matado a hombres despiadamente debido a que para ello era una
bestia, y para él eran enemigos de su raza.
Esto era diferente. Aquel hombre era un amigo, inconfundiblemente,
inalterablemente. Y había aún más. Ambos eran dos seres inteligentes
confrontándose; y aun cuando el ezwal se diera cuenta de ello de manera
sólo confusa, sentía el parentesco existente entre las inteligencias cuando
entran en comunicación.
En una remota parte de su cerebro comprendió la especie de
antagonismo que puede existir entre dos formas inteligentes de vida. Pero
su desarrollo emotivo no había alcanzado aquel punto. Y así, sólo el
sentimiento de comunicación y parentesco era creciente.
Luego Jamieson habló en voz alta, con voz lenta y resonante, siendo
sus palabras sin significado para el ezwal, pero sus pensamientos diáfanos:
— Soy tu amigo, y me hallo entre ti y la muerte segura. No debido a
que esos hombres sean tus enemigos, sino a causa de que no quieres
dejarles ser tus amigos.
«Me puedes matar fácilmente, y sé que por tu parte no consideras
importante tu propia vida. Pero piensa en esto: mientras nosotros estamos
aquí, algún ezwal de tu planeta patrio puede estar matando a un ser humano,
o siendo muerto por él. Y aunque nos hallamos a una gran distancia de allá,
en ti está ahora el decidir si ha de acabar pronto una matanza tan insensata,
o bien si ha de proseguir por mucho tiempo.»
«No creas que te estoy ofreciendo una fácil y cobarde salida. La tarea
de llevar a los ezwal y a los humanos a una armonía mutua no será sencilla.
Habrá de convencerse a muchos miembros de arribas razas. Encontrarás a
muchos de mis congéneres que consideran a todos los demás seres muy
diferentes de ellos como animales y automáticamente por debajo. Tal
pueblo ignorante no rige este mundo, pero sí puede tentar vuestra paciencia
antes de que lleguemos a un acuerdo. Muchos de mi propia raza te
considerarán como un traidor al principio, simplemente debido a que no
comprenden la verdad mejor de lo que la entienden cualquiera de esos
hombres que se hallan a mi espalda. La tarea de hacérsela comprender
puede ser larga y ardua, pero también puede ser realizada con tu ayuda. Y
puede comenzar ahora mismo.»
Con gran calma, Jamieson volvió la espalda al ezwal y se enfrentó a
los demás hombres. Y el comandante McLennan pareció turulato cuando el
científico dijo:
— Comandante, ¿quiere hacer el favor de hacer que uno de los
hombres me traiga mi estuche médico de la cabina de mando? Nuestro
huésped tiene muy lastimado un pie y necesita cuidado.
McLennan pestañeó, y sin hablar miró a uno de sus hombres,
asintiendo. El hombre se dirigió a la cabina de mando.
— Mas también observará usted — añadió Jamieson que dispone de
otras cinco piernas sanas, por lo que nadie debe cometer el error de cerrar la
puerta hasta cuando esté dispuesto a ello el propio ezwal.
Este había estado inmóvil como una estatua, aumentando a cada
momento en su cerebro la tortura de la indecisión. Ya demorándose tanto
había dado la cierta impresión a los circunstantes de lo que había más que
nada dispuesto evitar… la idea indeleble de que era una criatura dotada de
inteligencia.
Él hombre que había ido a la cabina de mando regresó con un pequeño
estuche y lo tendió a Jamieson. Éste se volvió de nuevo y puso el estuche en
el umbral de la puerta. Una vez más fijó su mirada en los ojos del ezwal.
— Si quieres tenderte, podré examinar ese pie que tienes lastimado —
dijo con brevedad -. Me parece que puedo hacer algo por él.
La mente del hombre parecía sinceramente abierta de par en par. Era
su final poner las cartas boca arriba, sin la menor pretensión de ello… pero
también él deseaba ayudar con igual sinceridad.
Y cuando por fin se decidió, se dio cuenta de que ello había sido
inevitable. Únicamente sintió gran alivio al tenderse y extender su pie
lastimado.
14

La gran ciudad era ahora visible entre la bruma. La ciudad de la Nave.


Antes, Jamieson había telefoneado a su mujer desde el avión, siendo ésta la
primera noticia que ella tuvo de la vuelta de su esposo. Pero había traído
apresuradamente a Didi de la habitación y habían sostenido los tres una
excitada conversación.
La avidez de madre e hijo le hacían sentirse culpable, pues debió haber
llamado a su mujer ya a la vuelta. Había estado él cuatro meses y medio en
el espacio y sabía que la incomodaría si descubriese que había pasado unas
semanas adicionales salvando la vida de un cachorro de ezwal. Y por ende
había decidido no contárselo.
Sentado ahora en una butaca del avión, Jamieson meneó la cabeza ante
los problemas a que se enfrentaban hombres y mujeres de aquella época.
Todo — vida, familiar, cuidado de la infancia, amor y deseos personales —
venía en segundo lugar de la exigencia cosumidora de la guerra de siglos
contra el enemigo rull. En menos de una hora estaría en casa. Habrían besos
mezclados con lágrimas, pues Veda era mujer de intensa emoción. Por un
tiempo, lo sabía, ella competiría con su ardor, y luego, durante otro, la
demanda de ella superaría a la suya; y después la llama se atenuaría
gradualmente. En el ínterin, él había de sumirse bien pronto en su gran
posición administrativa, que abandonaba cada vez con menos frecuencia en
aquellos días. Podía contar con los dedos de la mano la especie de problema
que le apartaría de su despacho. Una era el género de idea que se le había
ocurrido sobre los ezwal.
Dos hechos habían hecho de esto materia para la dirección del
Departamento Científico. Ningún otro habría generado cualquier
entusiasmo sobre la posible inteligencia de los ezwal, y así no podía haber
confiado que nadie tomara en serio el proyecto de capturar uno o más de
aquellos seres. Y por segunda, el hecho de que tuviera que habérselas con el
planeta Carson, uno de los tres pivotes de la defensa humana contra los rull.
Bajo tales circunstancias, el tener una nueva idea sobre los ezwal había
hecho imperativa la acción. Había pocas otras posibilidades, pero por la
mayor parte, no había necesidad alguna para él en efectuar ya más trabajo
de «campaña».
Y así, cierto día, no mucho después de que fuera capturado el joven
ezwal, sentábase en su despacho dirigiendo una entrevista lo bastante
importante como para requerir la atención del «patrón». Era una reunión
«cumbre», mas no que pudiera sacarle de la Tierra.
— ¡Aquí! — dijo Trevor Jamieson posando la punta de su lápiz en el
centro de un borrón verde sobre el mapa que ante él tenía. Alzó la vista en
dirección al hombre tieso frente a él -. Aquí exactamente — añadió -, es
donde ha de ser construido el campamento.
Ira Cluggy se inclinó hacia delante y miró el lugar señalado. Pareció
perplejo y hubo un tono de comienzo de irritación en su voz al preguntar:
— ¿Y por qué ese paraje particular?
— Es muy sencillo — respondió Jamieson. Le molestaba tratar a un
hombre maduro como si fuese un chiquillo. Pero la guerra rull-humanos
requería administradores que tuvieran distintas funciones y tocaran diversas
cuerdas -. Todo el propósito del proyecto — prosiguió — es obtener fluido
para nuestros laboratorios de la progenie de estas bestias de la linfa de
Mira… rápidamente y en cantidad. Esta zona boscosa es su morada
principal. Por lo tanto el campamento debe ser instalado en ella, para los
más rápidos resultados.
No podía remediar sino aprobar la exasperada reacción de Cluggy. Se
conformaría con no recibir un puñetazo en la nariz, pensó lastimosamente
Jamieson. Las enormes manos del hombre del espacio apretaron los puños
en un esfuerzo de autodominio, y tragó saliva diciendo luego con sosiego:
— Míster Jamieson, como usted sabe, hemos hecho ya una inspección
preliminar. En experiencia del hombre, no ha habido nunca un bosque como
ése. Está repleto de crías de esa bestia de la linfa y de mil otras criaturas
mortales. — Se puso en pie y se inclinó sobre el mapa topográfico del
planeta Mira. -Pero aquí — dijo vivamente -, en esta zona montañosa, si
bien es bastante mala, puede ser combatida la vida animal y vegetal y el
clima resulta soportable. Nos podemos situar ahí, hacer frecuentes viajes
alternos y sacar todo el jugo que se desee. Lo cual resultará más barato
también, considerando el coste de despeje y mantenimiento de un paraje
boscoso.
A Jamieson el análisis le pareció sumamente cuerdo. Si Cluggy estaba
controlado por los rull, en verdad que lo estaba haciendo muy bien.
Jamieson sabía que las reacciones de Cluggy estaban siendo estudiadas por
un equipo psicotécnico en otra habitación, donde era proyectada esta
escena. Si Cluggy daba una nota falsa, una luz preventiva no visible para él
aparecía en el panel del escritorio de Jamieson. Pero el panel permaneció
oscuro. Jamieson insistió:
Por razones que no son de libre discusión, el fluido de la linfa es
demasiado vital como para preocuparse de los gastos que entrañe su
obtención. Debemos tenerlo pronto. Además, el contrato, si se obtiene,
costará más… sometido a nuestra intervención, desde luego. En
consecuencia…
— ¡Deje el costo! — dijo Cluggy con voz estridente -. No debiera yo
haberlo mencionado. Lo que realmente importa es el exponer a varios
centenares de excelentes hombres a peligros innecesarios.
— No estoy de acuerdo en que los peligros sean innecesarios —
repuso Jamieson. Apretaba ahora de firme, ansioso por provocar una crisis
-. Y asumo la responsabilidad entera de mi decisión.
Cluggy volvióse a sentar lentamente en su sillón. El curtido de muchos
soles en su rostro estaba encendido por un fulgor de enojo. Pero de nuevo
visiblemente se contuvo.
— Escuche, míster Jamieson — dijo finalmente -. Aquí hay una
pequeña montaña, un gran cerro más bien, en el borde de esta zona de
jungla. Se la menciona en mi informe. No es lo que se puede llamar un buen
paraje, pero sí está exento de algunos de los peores rasgos de las tierras
bajas. Si el gobierno insiste en un campamento próximo a la fuente de
suministro, o, más bien, si usted insiste, puesto que dispone de plena
autoridad, lo construiremos sobre este cerro. Pero se lo digo de una vez: es
lo más cerca que yo puedo asentar a mis hombres, aunque me cueste el
contrato.
Jamieson sintióse claramente desdichado. Tenía consciencia de cuan
irracional le había de parecer a aquel práctico ingeniero. Pero la punta de su
lápiz volvió al centro del borrón verde y apretó allí con firmeza:
— ¡Aquí! — dijo con decisión irreplicable.
El cenceño cuerpo de Cluggy se despegó de su sillón como un mueble
de acero, y su puño se abatió sobre el escritorio de Jamieson con bastante
fuerza como para hacerlo vibrar.
— ¡Maldita sea! — barbotó -. Es usted igual a otros dioses de hojalata
en su sillón giratorio, que he conocido. Se sientan tras esos pupitres durante
tanto tiempo que pierden contacto con la realidad, pero se figuran que
pueden mantener una reputación de ser duros ordenando a todos que
ejecuten lo más duro… aun cuando ello ponga en peligro vidas de hombres
mejores que ustedes mismos. ¡Hermano, si pudiese yo ponerle a usted sólo
por cinco minutos en ese paraje que apunta su lápiz, ya veríamos dónde
quiere que se construya el campamento!
Fue la explosión que había estado provocando Jamieson, mas aún no
apareció señal luminosa alguna preventiva. Se sintió aliviado. Sólo restaba
ahora terminar la entrevista sin revelar que se había tratado únicamente de
una prueba comprobatoria.
— Verdaderamente, míster Cluggy — dijo brevemente -, me sorprende
que presente usted a personalidades en este asunto puramente
gubernamental. La mirada de Cluggy fue firme, aunque su expresión de
furia se había atenuado a un tosco ceño.
— Míster Jamieson — dijo con aspereza -. Un hombre que quiere
enviar por puro antojo a otros a una situación imposible, ha introducido ya
el elemento personal. Si es ahí donde quiere usted que se construya el
campamento, lo puede usted construir por sí mismo. Yo voy a ordenar a mi
tripulación que regrese a la Tierra. ¡Al diablo con el contrato…, bien sea de
más costo o de la clase que sea!
Cluggy giró sobre sus talones y se dirigió a grandes zancadas a la
puerta. Jamieson no hizo intento alguno de detenerlo. La prueba no estaba
aún completa. El remache sería si Cluggy cumpliría su amenaza de llamar a
sus hombres de Mira 23, retirando así toda pretensión al contrato. Era algo
que los rull no harían nunca — rescindirlo, abandonando el control a través
de Cluggy de un proyecto de suprema prioridad, como aquel del fluido de la
linfa -, aunque hubiera de instalarse el campamento sobre un volcán. Y
concebiblemente tampoco habrían llevado tan lejos la pretensión de una
preocupación por el personal humano.
Trevor Jamieson hizo girar un disquito y conectó un conmutador sobre
el papel del pupitre. Al instante se iluminó una pantalla mostrando a un
grupo de tres hombres. Era el equipo psicotécnico que había estado
observando a Cluggy tan minuciosamente como podía permitirles diversos
instrumentos detectores ultrasensibles.
— Bien — dijo Jamieson -. Parece como si Cluggy estuviera limpio,
¿no lo creen así, caballeros? Uno de los hombres sonrió y dijo: -Esa pólvora
de genio era de lo más puro. Cluggy. Apuesto por él.
— Si puedo volver a traerlo a mandamiento -manifestó, ceñudo,
Jamieson -. Esperemos que los rull no lo atrapen antes de que salga para
Mira.
Desgraciadamente para la Humanidad, ésta era la parte desastrosa de la
cuestión. Jamás podía estar segura, especialmente aquí, en el planeta patrio
del hombre. En parte alguna del sector humano controlado de la galaxia se
hallaba tan bien establecida la actividad de espionaje rull como en la propia
Tierra, a pesar del más intenso e incesante contraespionaje. Las razones de
esta situación se retrotraían a cien años, a la época fatal de la historia
humana, cuando la primera Armada destructura rull había venido de allende
una región de materia oscura extendida a través de un brazo de la galaxia.
Mil sistemas planetarios fueron entonces perdidos para los humanoides
antes de que éstos pudieran movilizar sus flotas y contraatacar con
suficiente fuerza para contener el avance. Durante unos cuantos años el
lejano frente de batalla se mantuvo firme, siendo tenida a raya la fría e
implacable tenacidad rull por la cabal e intrépida valentía humana, y la
ciencia más equilibrada del enemigo por la incomparable creatividad de la
mente humana en aprieto. Luego, el flujo rull comenzó nuevamente a seguir
adelante de manera inexorable, al fracasar uno tras otro de los planes
militares humanos y haber sido prevista parte de su más secreta estrategia.
Lo cual parecía significar sólo una cosa. Los espías obtenían información
del enemigo.
La facultad de los rull de controlar la luz con las células de sus cuerpos
no era siquiera sospechada, hasta que un día un «hombre» fue sorprendido
intentando escapar al ser descubierto revisando los archivos secretos del
Consejo de Investigaciones. Al disolverse por los disparos de las armas
atómicas la imagen humana en una forma agusanada provista de numerosas
piernas y brazos articulados, los seres humanos tuvieron el primer atisbo del
fantástico peligro que amenazaba.
En el plazo de pocas horas, carros blindados y aeronaves estaban
registrando cada ciudad y todo camino de mil planetas, sacando a todos los
ciudadanos de sus viviendas y empleando el radar para descubrir sus formas
verdaderas.
Unos cien mil espías rull fueron hallados y ejecutados en la Tierra sólo
en esta primera redada. Pero desde aquel tiempo no había cesado nunca la
búsqueda. Los rull no habían tardado en desarrollar un sistema
complementario que les permitía frustrarlo todo excepto el más compeljo de
los sistemas detectores sincronizados de radar.
Y así, década tras década, la recapitulación mostraba que los rull
estaban ganando. Eran entonces duros, de forma de vida silicoide-fluorina,
casi inmunes a los compuestos químicos y bacterias que afectaban a los
hombres. El acuciante problema para éstos había sido hallar un organismo
en su propia parte de la galaxia que les permitiera la experimentación en la
guerra bacteriológica.
La progenie de la bestia de la linfa era este organismo. Hasta Ira
Cluggy había sido engañado sobre el propósito de aplicación del fluido.
Había aceptado la idea de que tenía algo que ver con plantas de
regeneración de aire para grandes naves de batalla. Y se esperaba que los
rull hubiesen adquirido la misma falsa idea.
Los pensamientos de Jamieson fueron interrumpidos por el zumbido
de la intercomunicación del despacho exterior. Se excusó al grupo de
sicotécnicos y conectó la pantalla al rostro de su secretaria.
— Míster Caleb Carson al habla — dijo la joven.
— Póngame con él — respondió Jamieson. La secretaria asintió, y su
imagen en la pantalla fue reemplazada por el rostro serio y de aspecto
inteligente de un joven de pelo oscuro. Caleb Carson era el nieto del
descubridor del planeta Carson y del conflicto humano-ezwal.
— Listo — dijo lacónicamente. Jamieson sintióse ansioso.
— Iré al instante — dijo, y cortó seguidamente la comunicación,
anunciando luego a su secretaria:
— Voy al Centro de Investigaciones. Si llega algún informe sobre Ira
Cluggy transmítamelo allí.
— Sí, señor.
Al abandonar su despacho, Jamieson se felicitó una vez más por la
tempestad cerebral que le había hecho nombrar al nieto del descubridor del
planeta Carson como adiestrador del joven ezwal. Si alguien tenía interés en
el éxito de un plan que estabilizara la situación en el planeta Carson, era el
joven y brillante Caleb Carson.
Jamieson tomó un ascensor en el hangar de la azotea, donde estaba
aparcada su avioneta. Dos guardias armados en la puerta del hangar le
saludaron cortésmente y procedieron luego al cacheo de rigor y al examen
de su carnet de identidad. Jamieson se sometió pacientemente al
procedimiento; era el medio más seguro y sencillo de capturar a posibles
agentes rull, y las oficinas del gobierno instaladas en aquel edificio
contenían mucha información clasificada en sus archivos.
Su avioneta, junto con varias otras, estaba aparcada en la puerta abierta
junto al hangar. Y al subir a ella, su vista se posó en un peculiar trazado de
líneas sobre una pequeña franja del material silíceo que formaba la
superficie.
Jamieson parpadeó y luego meneó la cabeza. Experimentó una extraña
sensación de calor y luego apretó, cerrándolos, una vez más sus ojos, pero
la imagen del trazado persistía como si se hubiese abierto algún paso
particular en su cerebro.
Se halló conduciendo la avioneta hacia un distante edificio antes de
que pudiera pensar qué diablos era aquéllo.
Se hallaba todavía nervioso y extrañamente frenético, al posar su
aparato sobre la azotea de un elevado edificio. De manera ausente, aún
introspectiva, y perplejo y desazonado, se detuvo y esperó a que el
encargado del aparcamiento le trajera su tíquet. Y cuando vino hacia él, se
dio cuenta de que se trataba de otro hombre que jamás había visto. Y luego,
mirando en derredor, se percató de algo absolutamente asombroso.
¡Aquel edificio no era el Centro de Investigaciones!
Y no sólo eso, sino que se asemejaba particularmente al Centro.
Desconcertado, se volvió al encargado del aparcamiento y se excusó. Y al
punto quedó helado. Pues aquel hombre tenía en mano, no el tíquet que
esperara, sino un arma reluciente. Jamieson sintió una fría ráfaga de gas en
su rostro y una especie de estrangulamiento en su garganta. Luego todo
quedó en al oscuridad…
15

La siguiente impresión sensorial que llegó a su consciencia fue el


denso y rancio olor de vegetación putrescente, al par familiar y extraño.
Quedóse como estaba, con los ojos cerrados y el cuerpo muy quieto,
respirando lenta y profundamente como un durmiente. Yacía sobre algo que
sentía como catre de lona. que aunque un tanto combado en su centro era
razonablemente cómodo. Sus pensamientos se hicieron analíticos. ¿Era la
víctima de… rulls? ¿O se trataba de su personal? Como jefe científico de la
Comisión Militar Interestelar había ofendido a veces a muchos individuos
audaces y peligrosos, tanto en la Tierra como en otros planetas. ¿Ira Cluggy,
acaso? Era ciertamente el último de los individuos ofendidos. Pero
¿secuestraría Cluggy a un funcionario del gobierno con el sólo propósito de
remachar una discusión? Parecía imposible. La mente de Jamieson saltó a la
singular forma de líneas que había atraído su atención. ¿Una nueva especie
de control mental? Mas, aunque lo pensara, se dio cuenta de que especular
sobre ello no resolvería nada.
Abrió los ojos, y su vista se posó a través de un espeso follaje en un
brillante cielo verdiazulado. Se percató súbitamente de que estaba sudando
copiosamente, y que hacía un calor insoportable, y que aquel lugar estaba
repleto de ruidos de máquinas. Se incorporó, quedando sentado, sacó las
piernas del catre y lentamente se puso en pie. Entonces se dio cuenta de
hallarse embutido en un traje de malla fina desde la cabeza a los pies. Era la
especie de aparejo de caza empleado en los primitivos planetas que se
hallaban saturados de vida hostil de toda clase. Vio que su catre se hallaba
al borde de un claro que estaba despejándose. Niveladoras, excavadoras y
otra serie de monstruos destinados a la construcción de pistas y carreteras se
hallaban en plena tarea. A la derecha se alineaban cabanas de plástico, y
otras en curso de ser plantadas. Si aquello era Mira 23, entonces Cluggy
debía hallarse ya operando.
Era Cluggy… lo aceptó ahora. No podía haber ninguna otra
explicación. ¡Y por Dios que Cluggy habría de prepararse a dar una
explicación!
Al echar a andar hacia la hilera de cabanas, Jamieson se dio cuenta de
que el tinte verdoso del firmamento era motivado por una pantalla
energética, detectándola por la ligera reverberación sobre las copas de los
árboles. La observación zanjaba cualquier confusión que pudiera haber,
pues el efecto verdoso era debido a la absorción por la pantalla de las
frecuencias visibles inferiores del gigantesco sol rojo que ahora fulguraba
tan lívido en el cénit de la misma. ¡Mira el rojo, el maravilloso!
Por dos veces, mientras iba andando Jamieson hubo de apartarse
vivamente a un lado de las máquinas que arrancaban la cizaña ponzoñosa,
tan perjudicial al ser humano como lo que más lo fuera. El suelo removido
relucía de largos gusanos negros que se retorcían débilmente, y de los
famosos cocos rojos de Mira que sacudían a sus víctimas con corrientes
eléctricas, y con otras cosas que no reconoció. Alcanzó la zona de las
cabanas, siguió y llegó ante un cartel que decía:
COMPAÑÍA MERIDAN DE
SALVAMENTO

IRA CLUGGY
INGENIERO JEFE

Jamieson penetró en la cabana. Un joven de unos veinte años se


hallaba sentado ante una mesa, mirando de manera molestamente fría y
alerta al sudoroso Jamieson.
— ¿Dónde está Ira Cluggy? — preguntó Jamieson sin preámbulos.
El mozo no mostró ninguna particular sorpresa.
— ¿Quién es usted? — dijo -. No recuerdo haberle visto por aquí
antes.
— Mi nombre es Trevor Jamieson. ¿No significa nada ello para usted?
El joven no pestañeó.
— El nombre sí. Es el engranaje asignado a este proyecto por la
Comisión Militar. Usted no puede ser Jamieson. No es hombre de campaña.
— Usted debe ser Peter Cluggy — dijo Jamieson, pasando por alto la
observación del joven.
— ¿Cómo lo supo? — El mozo miró con fijeza a Jamieson, y luego
añadió -: El que sepa mi nombre no demuestra que usted sea Trevor
Jamieson. ¿Cómo llegó usted aquí de todos modos? No ha habido nave de
servicio hace cinco días.
— ¿Cinco días? — dijo como un eco Jamieson, chocado.
El joven asintió.
Cinco días, pensó Jamieson. Y el viaje desde la Tierra llevaba siete u
ocho. ¿Pudo Ira Cluggy haberle tenido inconsciente y oculto durante todo
aquel tiempo sin que lo supiera el sobrino?
— ¿Dónde está su tío? — se limitó a preguntar sencillamente.
Peter Cluggy meneó la cabeza. -No creo que debería decírselo sin
saber quién es usted o cómo llegó hasta aquí. Pero le llamaré. — Tomó el
teléfono de encima de la mesa y oprimió un botón en un panel adyacente.
Al cabo de un momento provino el débil sonido de una voz en la línea, y
luego pareció haber una exclamación al informar Peter Cluggy. Luego
Jamieson se sobresaltó al oír al mozo describirle personalmente:
— Algo más alto que el promedio, pelo pajizo un tanto crespo, con
pronunciado pico en la frente, la cual es muy ancha, facciones acusadas…
— Peter Cluggy hizo una pausa mientras la voz en la línea hablaba
brevemente y luego dijo -: Está bien, pero hará mejor trayéndose por si
acaso un par de hombres. — Colgó y volvióse a Jamieson -. Mi tío dice que
podría usted ser Jamieson, según la descripción. O bien un rull haciéndose
pasar por Jamieson.
Jamieson sonrió y se puso en pie. Dando un paso adelante tendió su
mano:
— Ahí va… le demostraré cuando menos que no soy un rull. Choque
mi mano.
La de Peter Cluggy posaba su palma sobre el escritorio, y la movió
justamente para descubrir un arma pequeña pero mortal bajo ella.
— Manténgase a distancia — dijo sin inflexiones en la voz -. Ya habrá
tiempo suficiente para comprobaciones cuando llegue mi tío aquí.
Jamieson se le quedó mirando con fijeza un instante y luego se
encogió de hombros. Volvióse después y se dirigió a la puerta.
— Quítese de ahí — dijo ásperamente el joven -. Siéntese donde pueda
vigilarle.
Jamieson no le hizo caso y quedóse mirando el paisaje más bien
notable. Al llegar a esta cabana había estado demasiado embebido en su
problema personal para fijarse en el aspecto de la campiña. Aquel debía ser
el paraje de compromiso que Cluggy había sugerido durante su acerbada
discusión en la Tierra. El cerro se alzaba a unos mil pies del nivel de la
jungla, pero no demasiado escabrosamente. Ahora que había sido despejada
la mayor parte de su vegetación de su cresta, permitía una vista magnifica
de la destellante floresta al pie, cuyo verde esplendor llegaba hasta las
esbozadas montañas del horizonte.
Vio el fulgor de los ríos, los centelleantes colores de exóticos árboles y,
mientras se hallaba sumido en su contemplación, le agitó la emoción
perenne que se hallaba en su interior, una sensación de exaltación al
contemplar aquel universo de fabulosos planetas y maravillosas estrellas,
como el famoso sol Mira sobre él.
La visión de tres hombres armados atravesando el claro en su dirección
le recordó bruscamente el aprieto del momento. La figura membruda y
cenceña a la cabeza, podía ser la de Ira Cluggy. Y al aproximarse lo
bastante para el reconocimiento, su curtido rostro tomó un aire de lo que
Jamieson habría jurado ser una sincera perplejidad.
Ira Cluggy no dijo nada hasta que a una señal suya, cachearan los otros
hombres a Jamieson, y luego dijo:
— Sólo algo más, míster Jamieson. No insistiría en ello de no haber
aparecido usted de manera tan misteriosa por aquí. — El ingeniero tomó
una pluma de la mesa y se la tendió -. Por favor, firme su nombre en este
papel y lo comprobaré con algunos documentos de nuestros archivos que
llevan también su firma.
Una vez realizada la comprobación, Cluggy dijo:
— Está bien, míster Jamieson. Únicamente desearía saber cómo llegó
usted hasta aquí.
Jamieson sonrió ceñudamente.
— Lo crea o no, vine a este despacho también para hacerle a usted la
misma pregunta. — Súbitamente había decidido que no había nada a
ganarse ocultando algo.
Y así contó a Cluggy todo cuanto sabía, desde que abandonara su
despacho en la Ciudad Solar hasta su llegada a esta planeta. No ocultó
nada… ni siquiera las sospechas que del mismo Cluggy había albergado.
Ante ello, Ira Cluggy se mostró irónicamente divertido.
— No me conoce usted muy bien — respondió -. Me hubiera alegrado
mucho haberle dado a usted un puñetazo en la nariz cuando discutimos en
su despacho. Pero el rapto no es mi estilo.
Cluggy prosiguió describiendo los acontecimientos desde su enojada
partida del despacho de Jamiesen. Habíase ido directamente al Club de
Navegantes del Espacio y puesto un radio a su equipo de Mira 23 que
recogiese sus bártulos y regresara. Se encontraba aplacando su cólera en el
bar del club cuando se le aproximó un agente del gobierno explicándole el
motivo de la difícil sesión con Jamieson. Y así apaciguado envió otro radio
de contraorden a su gente. A la mañana siguiente firmó el contrato y
comenzó a embarcar a más hombres y equipo a bordo de una de sus
astronaves de salvamento. Y dos días después partía rumbo a Mira 23.
— Puede usted radiar a la Tierra para comprobar cuanto le he dicho —
terminó.
— De todos modos he de hacerlo — respondió Jamieson -, y de paso
comprobaré su relato, aunque debo decirle que le creo a pies juntillas. Pero
mucho más importante es que nos envíen una nave grande tan pronto como
puedan. Lo que me sucedió a mí no fue ningún accidente y aún no está
resuelto.
La cabana de la radio no estaba lejos y era fácilmente identificable por
el emblema de anillos cónicos que la remataban y que formaban la antena
sub-espacial. El operador fisgó por detrás del tablero de control cuando
entraron. En su cara había una expresión preocupada.
— ¡Míster Cluggy, estaba a punto de llamarle a usted! ¡De nuevo el
condenado McLaurin! ¡Se ha quemado!
Cluggy miró al hombre ceñudamente.
— Lo siento, Landers, pero he de ponerle a usted. bajo arresto.
La observación pareció apabullar al joven. También Jamieson se
sorprendió, y lo manifestó.
— Doctor — replicó Cluggy -. Éste es el tercero y último condensador.
Pasarán seis días antes de la llegada de otra nave que naturalmente traerá
repuestos. Pero en el ínterin estamos incomunicados por radio.
El espantoso significado de aquello justificaba bien el arresto. De
golpe se hizo cargo Jamieson de la situación. Eran cuatro los que se
encontraban en la estancia: los dos Cluggy, el operador de radio y él. Al
exterior, el rugido de la maquinaria anulaba la posibilidad de que fuese oído
ningún otro sonido humano.
El joven Peter Cluggy interrumpió su hilván de pensamientos
colocando un arma en la mesa a su lado.
— Tenga, señor — dijo -. Cúbrale mientras le aplico la prueba.
Jamieson asió el arma, aliviado por tener en sus manos una de nuevo.
Volvióse e hizo un ademán al joven Cluggy para que se adelantara. Junto a
él, Ira Cluggy empuñó también su arma. Ambos permanecieron alertas
mientras el operador de radio extendía su mano.
Tras el apretón de manos, el sobrino de Cluggy pareció aliviado, y
volviéndose hacia Jamieson dijo:
— Es humano, señor.
La atmósfera en el interior de la cabana se hizo menos tensa.
— ¿Dónde se encuentra el más próximo transmisor? — preguntó
Jamieson.
— En el campamento minero de uranio, a novecientas millas al sur —
respondió Cluggy, añadiendo -: Puede usted tomar una de nuestras
avionetas y partir en seguida. De hecho le llevaré yo mismo.
El joven Peter Cluggy se dirigió inmediatamente hacia un grupo de
pequeñas aeronaves que se alineaban a través del claro.
— Voy a traer un aparato — dijo por encima del hombro.
Minutos después estaban en el aire, deslizándose a mil pies, abajo la
espesa y verde floresta, en dirección al norte. Peter Cluggy había querido
pilotar el aparato, y por el momento se hallaba manipulando expertamente
los aparatos de control para la ruta prescrita.
Ira Cluggy se hallaba sentado mirando silenciosamente por la ventana,
al parecer sin humor de conversación. Jamieson no se lo reprochaba… era
tiempo además de poner en orden sus propios pensamientos sobre unas
cuantas cuestiones.
El propósito de los rull, se decía, es demorar o bien bloquear la
procuración de fluido linfático. Esta premisa debería ser la clave de toda la
situación. ¿Pero por qué le habían atrapado con la trampa de las líneas en
forma singular y traídole aquí, al parecer en una de sus propias naves? Se
estremeció al pensar que había estado en su custodia durante el largo viaje a
través del espacio.
¿Y por qué me dejaron vivir? Había sólo una explicación razonable.
No habría sido suficientemente perjudicial para el proyecto el matar
simplemente al administrador, pues éste podía ser remplazado debidamente.
Debía existir un plan más profundo que incluyera a Ira Cluggy
indudablemente, y que estuviera calculado con precisión para paralizar toda
la operación durante algún tiempo.
Al parecer, este plan requería que fuese establecida aquí la presencia
de Jamieson. Ello resultaba sencillo. Todo cuanto tuvieron que hacer era
instalarle en el campamento, probablemente, antes del alba, y lo demás
había de venir por sus pasos contados, a cargo de él mismo.
Jamieson sintió súbito desasosiego. Todo cuanto había hecho había
sido muy natural, y muy predecible.
¿Qué más natural también que él — e Ira Cluggy — estuvieran a bordo
de aquella pequeña aeronave en camino de novecientas millas hacia la
siguiente estación de radio subespacial, habiéndose averiado la del
campamento? Sí, del todo predecible, desde el punto de vista de algún
agente que había astutamente saboteado la radio subespacial, pero que no
sabía de la existencia de naves patrulleras por la atmósfera.
Jamieson se puso en pie. ¡Debía entrarse en contacto inmediato con el
campamento minero, antes de que fuese demasiado tarde!
Fue entonces, lanzando una rápida ojeada en torno al horizonte, que
vio aproximarse otra nave. Y aunque más que a medias lo había esperado,
su vista le produjo un alarmante escalofrío en los nervios. Era mayor y más
rápida que la que ellos ocupaban, y probablemente armada. ¡Y a aquel
ángulo de velocidad, serían alcanzados en dos o tres minutos!
Jamieson se volvió presuroso hacia el tablero de radio… y se detuvo.
Peter Cluggy se hallaba en pie ante él, con rostro inexpresivo pero
empuñando la misma arma que antes tuviera, y la cual apuntaba al
estómago de Jamieson.
Hubo un jadeo por parte de Ira Cluggy. -Peter, ¿es que te has vuelto
loco? ¡Ea, dame eso! — dijo saltando de su asiento y dirigiéndose hacia la
amenazadora arma que se dirigió asimismo hacia él.
Jamieson detuvo con una mano a Ira Cluggy, y esforzándose por
mantener tranquila la voz, dijo:
— Lo único que espero es que su sobrino no haya perdido la vida. Ése
no es Peter Cluggy… ni cualquier otro ser humano…
16

Varias cosas encajaron súbitamente en la mente de Jamieson. La


negativa de Peter Cluggy a estrechar las manos, bajo el pretexto de que él
pensaba que Jamieson pudiera ser un rull. Y la primera cosa que había
notado en el joven Cluggy era su innatural frialdad en aquel clima de
excesivo calor y húmedo… evidente ahora. Y puesto que era Peter Cluggy
quien había «establecido» por apretón de manos la humanidad del operador
de radio, también este individuo debía ser… rull.
— ¿Qué han hecho con mi sobrino? — preguntó.
Jamieson estudió al «joven» estrechamente, no pudiendo descubrir en
su imagen humana defecto alguno. Hubo de admitir la perfección. Era al
parecer regla inexorable que un disfraz nunca debía ser aflojado en
presencia de seres humanos. Jamieson aprobó de todo corazón. Siempre
había hallado turbadora la vista de sus cuerpos agusanados y de múltiples
apéndices.
Ira Cluggy se había recobrado de su choque inicial y miró al rull.
— ¿Qué han hecho con mi sobrino? — preguntó, al par que se
adelantaba amenazador.
Jamieson volvió a contenerle.
— Cuidado, amigo. No necesita siquiera el arma para destruirnos con
una descarga de alta frecuencia que puede controlar con las células de su
cuerpo.
El rull no dijo nada, pero extendió lo que parecía ser una mano
humana hacia el cuadro de control, tirando de una palanca. Al instante
comenzó a descender la aeronave hacia la verde floresta de abajo.
Una ojeada en derredor descubrió a Jamieson que la otra aeronave se
había aproximado y descendía también al par de ellos. Un minuto después,
los matojos crujieron bajo el casco al posarse sobre el suelo. Singularmente,
el otro aparato no aterrizó, sino que permaneció revoloteando a una docena
de metros de allá y a pocos pies sobre el terreno, proporcionando sus
ronroneantes reactores inferiores automáticamente la suficiente presión para
equilibrar su poco peso residual.
¿Podría ello suponer el propósito de no dejar huella alguna de su
presencia allí? Mientras miraba, los dos ocupantes de la aeronave, ambos de
aspecto humano, pero indudablemente rulls, saltaron de la portezuela de su
aparato a tierra, y corrieron a través del terreno intermedio. Lo que
sobresaltó a Jamieson fue su aparente desconsideración al suelo que
pisaban, debido a que aquel era el corazón de la floresta Verde, repleta de
crías de la bestia linfática.
Acaso los rulls no sabían realmente cuál era el propósito de los
trabajos de Cluggy. O tal vez era una simple operación de espionaje para
sabotear un proyecto humano. Y no sabiéndolo podían bien haber
confundido la bestia linfática adulta con la progenie. Pues los progenitores
eran inofensivos. Las crías atacaban a todo cuanto se moviera. Y si cesaba
de moverse antes de que lo alcanzaran, lo olvidaban inmediatamente. Sin
hacer la menor distinción, atacaban a las hojas remolineando en el viento de
la ondulante rama de un árbol y hasta al agua moviéndose. Millones de
aquellos seres semejantes a sierpes morían cada mes efectuando insensatos
ataques a objetos inanimados que se habían movido por una u otra razón.
Pero algunos, inevitablemente, sobrevivían los primeros dos meses de su
existencia y se transformaban en su forma final.
En el desarrollo de la bestia linfática, la Naturaleza había realizado uno
de sus más fantásticos actos compensatorios. La última forma de la bestia
linfática era una construcción de dura concha y semejante a una colmena,
que no se podía mover. Se hacía difícil penetrar lejos en la verde floresta sin
tropezar con una de estas estructuras. Se hallaban por doquier… en el suelo
y en los árboles, en laderas de colinas y en los valles; allá donde el joven
monstruo se encontraba en el momento del cambio, allá se instalaba el
adulto. La colmena vivía por entero del alimento que había almacenado de
joven. Y siendo hermafrodita, pasaba su breve existencia en constante
éxtasis de procreación. No obstante, las crías no eran expulsadas de ella. Se
incubaban en el interior, y pronto empezaban a comer las partes vitales del
padre. Ello detenía el proceso de reproducción, mas para entonces había ya
muchas de ellas. También se comían mutuamente, pero cuando la concha se
ablandaba y se desprendía por la acción de sus secreciones, una cierta
proporción alcanzaba una seguridad relativa en el exterior.
El pensamiento de Jamieson acabó con la imagen rull de Peter Cluggy
soltando un conmutador, abriendo la portezuela de la aeronave y haciendo
un ademán con su arma.
— ¡Ea, afuera los dos!
De mala gana precedieron a su raptor al suelo donde los otros dos rulls
se hallaban ahora a la espera. El calor era sofocante. En la Tierra, en un
clima sin lluvia como éste, la vegetación sería parda y marchita; aquí el
claro herboso y la floresta circundante presentaban un aspecto casi artificial
en su verúleo verdor.
Las imágenes de los tres rulls ondularon ligeramente, uno tras otro.
— Están conferenciando — explicó Jamieson en voz baja a Cluggy -.
Al parecer es difícil comunicar con ondas cortas y mantener una imagen
perfecta.
La imagen de Peter Cluggy se volvió bruscamente hacia Ira e hizo un
ademán.
— Está bien, ya puede marcharse usted.
Ira Cluggy pareció perplejo.
— ¿Marcharme?
— Sí. Vuelva a su aparato y vayase. A su campamento o donde más
guste. ¡Pero no vuelva de nuevo aquí hoy!
Jamieson se sintió tan desconcertado como Ira Cluggy, quien además
parecía sostener una pugna consigo mismo, diciendo al fin con voz
monocorde:
— No hay nada que hacer. Si míster Jamieson se queda, yo me quedo
también.
El «doble» de Peter Cluggy vaciló, y luego dijo:
— ¿Pero por qué? Sabemos que usted tiene una aversión personal a
este hombre.
— Acaso la tuviera, pero… — Ira Cluggy se detuvo. Su rostro se
contrajo con renovada furia ante la completa implicación de lo observado
por el rull -. ¡Así que también sabían eso! Lo cual significa que mi sobrino
fue muerto… y usted ocupó su lugar hasta en la Tierra.
Jamieson volvió a posar su mano sobre el hombro del ingeniero para
contenerle, pues de lo contrario se habría abalanzado sin remedio contra los
rulls.
Éste dijo:
— Su sobrino no ha muerto. Está… aquí.
Y yendo al departamento de almacenaje de la aeronave junto a la cual
estaban, abrió una escotilla. En el interior del compartimiento apareció una
figura inmóvil al parecer idéntica a la que había abierto la puerta.
— Debía permanecer inconsciente durante varias horas — dijo el rull
-. Fue sorprendentemente resistente a la parálisis. Pero se recobrará. Fue no
obstante sólo esta mañana, en el campamento, que ocupé su puesto. No
había sido necesario antes, a fin de poder descubrir lo que necesitábamos
saber.
Jamieson pudo creer bien aquellas palabras. Ira Cluggy había
indudablemente radiado suficientemente sus sentimientos en el Club de los
Hombres del Espacio después del memorable altercado en el despacho de
Jamieson.
El rull pareció conferenciar de nuevo con sus camaradas agentes.
Evidentemente no habían contado con la oposición de Cluggy.
Fue en este instante, mientras su mente se esforzaba por acoplar las
piezas de las desconcertantes acciones de los rulls, que prendió la atención
de Jamieson un movimiento en la hierba. Se había producido a alguna
distancia, y sólo pudo ver una serie de sombras. Pero sintió un profundo
estremecimiento de terrible miedo.
La sombría floresta de Mira, pensó trémulo. Repleta de las terribles
crias de la bestia linfática.
La breve conferencia entre los rulls terminó y el doble de Peter Cluggy
habló a Ira.
— No es necesario que vuelva usted solo con la aeronave. Yo le
conduciré a corta distancia del campamento y le dejaré allí con ella. ¡Ea,
andando! La mandíbula de Ira se contrajo.
— ¿Y qué sucederá a míster Jamieson? — preguntó.
— Lo abandonaremos aquí — replicó el rull -. Dentro de una hora
estará ya oscuro. Antes de que posiblemente pueda usted volver y
encontrarle, habrá muerto.
Jamieson estaba pensando. El administrador muerto, el ingeniero libre.
¿Por qué? Súbitamente lo comprendió. Naturalmente. La gente recordaría
las vehementes expresiones de Cluggy sobre someter al administrador del
proyecto al ambiente de Mira. Y al instante el jefe de operaciones en el
campamento se haría sospechoso de asesinato y podrían demorarse mucho
los suministros de fluido linfático.
Era un plan audaz aunque de lo más simple. Y ello recalcaba el hecho
de que los rulls no conocían la verdadera importancia del proyecto que
estaban atacando.
En alguna parte un centro rull de espionaje había sido advertido de
aquella actividad humana en Mira 23 y destacado un grupo de agentes para
tratarlo. Los individuos implicados, a falta de información, procedían de
acuerdo a un típico plan rull y con la habitual valentía rull.
Jamieson miró con el rabillo del ojo a la línea que avanzaba y que sólo
podía ser de progenie linfática. Era una línea irregular y se hallaba ahora a
sólo treinta o cuarenta pies de distancia. Vislumbró en un punto una forma
gris y moteada, retorciéndose. Dentro de un minuto aquellas criaturas los
rodearían.
Jamieson esperó aún unos instantes. Había de confiar en que su
análisis del plan rull era correcto y emplear por ende su gran conocimiento
del enemigo rull. Dando dos pasos estuvo junto a Cluggy.
— Usted irá en ese aparato — dijo en voz alta -. No hay razón alguna
para que muramos ambos. — Y en un cuchicheo añadió -. Estamos
rodeados de linfas. Yo me salvaré quedándome quieto. ¡Ande! — Y dando
un empellón a Cluggy lo envió tambaleándose hacia la aeronave. Cluggy
recuperó el equilibrio, vaciló y luego se zambulló en su interior, despegando
al instante sin esperar a los rulls.
Jamieson se dio simplemente cuenta de ello, pues estaba ya corriendo
hacia un próximo lindero de la jungla. «No me matarán», se decía. «Ello
frustraría su plan».
Si pudiera retener la atención de los rulls unos cuantos segundos
más…
Mas antes de que pudiera haber tenido otro pensamiento, hubo un
crepitar en el aire en torno suyo y cada nervio de su cuerpo pareció
contraerse en un nudo. Completamente indefenso cayó como una vara,
dando con el hombro izquierdo contra el suelo. No perdió el conocimiento,
mas pasó un momento antes de que su cabeza se despejara lo bastante como
para darse cuenta de que lo que había deseado que sucediera había
acontecido. Uno de los rulls le había alcanzado con una descarga de energía
paralizante. Se preguntó si se le habría roto algún hueso del hombro
izquierdo o del brazo, pero no había manera de poderlo saber. Ambos
miembros, como todos los demás, los tenía completamente entumecidos.
Un pensamiento terrible asomó a su cerebro: ¿Y si una de las linfas le
habría atacado cuando chocó con la tierra y se hallaba ahora alimentándose
con sus partes vitales? ¿Sería la única indicación de ello un
desvanecimiento de la consciencia a medida que su sangre vital
desaparecía?
Un fogonazo brillante y opaco interrumpió su triste meditar. Siguieron
una serie de fogonazos en rápida sucesión. Su proveniencia estaba fuera del
alcance de la limitada visión de Jamieson, pero pudo suponer lo que estaba
sucediendo.
Pasaron los minutos. Los fogonazos disminuyeron a un ocasional
destello. Olor de ozono invadió sus fosas nasales. Los ojos le picaban pero
no podia cerrarlos.
Un momento después deseó fervientemente poderlo hacer. En el borde
más bajo de su campo de visión, yaciendo de costado, una pequeña cabeza
indescriptiblemente horrorosa se movía y balanceaba a pocas pulgadas de
su mandíbula. Era una cría de linfa, y aunque Jamieson no podía sentir
nada, por la posición de aquella cabeza sabía que el repugnante bicho se
disponía a trepar sobre su cuerpo.
La espantosa cabecita se apartó de su vista, pero dejando en la mente
de Jamieson una impresión indeleble de sus numerosos ojillos semejantes a
brillantes cabecitas de alfiler, y la boca amarilla y carnosa tachonada de
anillos concéntricos de espinosos dientes.
Pasaron minutos interminables. Súbitamente, el suelo pareció moverse
apartándose de su cabeza y se dio cuenta de que estaba siendo levantado por
detrás, tan rápidamente que su primer pensamiento fue que se trataba más
de una persona quien lo hacía, pero un instante después se encontró
colgando del hombro de Ira Cluggy.
El membrudo ingeniero no estaba desperdiciando tiempo. Había
aterrizado su aeronave tan cerca como le fue posible y ahora metía a
Jamieson como un fardo en ella.
Antes de cerrarse la portezuela, Jamieson vislumbró a los tres rulls
yaciendo en el césped a unos cincuenta pies. Se habían disipado sus
imágenes humanoidas que proyectaran en vida, revelándose sus formas
agusanadas, de múltiples apéndices. Acá y allá, los oscuros cuerpos
mostraban un mate resplandor, testimonio de que algunas de sus células
controladoras de la luz se hallaban aún con vida. Pero ellos estaban
muertos. Había pasado ya bastante tiempo para que los pequeños monstruos
que los atacaran se enterraran por completo en sus víctimas.
17

— ¿Qué nombre? — preguntó divertido Jamieson. Estaba ya en viaje


de regreso del fabuloso Mira 23 y en instantáneo contacto por radio con la
Tierra.
Caleb Carson respondió:
— Quería el tuyo; luego, cuando el Mando dijo que produciría
confusiones, escogió el de Efraim.
Jamieson se echó hacia atrás en la butaca especial empleada para aislar
a los individuos transmitiendo con el tubo McLaurin. Sonrió al
pensamiento. Así, pues, el joven ezwal había aceptado un nombre.
Era un acontecimiento que marcaba un hito: «¿Qué es un nombre?»,
había escrito un poeta antiguo. «Una rosa entre otros nombres», etc. Pero el
poeta que así lo dijo, cometió uno de sus pocos errores. Pues el hombre, al
lanzarse a los espacios, halló razas donde los individuos no estaban
identificados. Tales razas no podían ser «civilizadas».
Como todo ser elevadamente evolucionado que tenia una perspectiva
galáctica de la vida y del universo, Jamieson sabía que durante cien años la
palabra «civilización» había tenido una definición sesgada: una raza estaba
civilizada hasta donde fuera capaz de participar en la defensa contra los
rulls.
Desde un punto de vista práctico, no podía tomarse en consideración
una definición distinta.
— Efraim — dijo como un eco Jamieson -. ¿Y el apellido?
— Jamieson. El Mando lo ha autorizado.
— Bien, la familia aumenta pues. ¿Se lo dijo a mi mujer?
— Sí. La llamé ayer. Temo que estuviera demasiado preocupada por la
desaparición de usted como para apreciar el honor.
Puesto que ya habían hablado a Veda y calmado su ansiedad, Jamieson
pudo responder festivamente. Y en este tono prosiguió la charla a través de
años de millas. Una decisión brotó de la conversación: la de preparar un
artefacto que pudiera transmitir un pensamiento: «Mi nombre es…» Cada
nombre sería diferente.
Millones de tales ingenios serían transportados en breve al planeta
Carson. Y allá, transportados por aeronaves provistas de máquinas
confundidoras de las mentes, serían disparados para que penetrasen en la
piel y se impresionaran en los músculos de todo ezwal avistado y
alcanzado.
Tales cápsulas se harían de material que quedaría absorbido por la
corriente sanguínea al cabo de un tiempo. Mas no antes de que cada ezwal
impregnado no supiera que «Mi nombre es…»
Jamieson no tenía la menor duda de que si aparecía ante la Convención
Galáctica con Efraim y un ingenio mecánico telepático para la
identificación de todo ezwal existente en el planeta Carson, la Convención
ordenaría al instante al Consejo Militar que cooperase con él.
Satisfecho finalmente, cortó la comunicación, llamando luego a una de
las oficinas de investigaciones del gobierno, hablando con un neurólogo
sobre las líneas de «nervio» que al parecer le habían hipnotizado. Describió
la posición de las líneas tan bien como pudo y luego hizo una descripción
sorprendentemente precisa — así le pareció al menos — de la estructura de
las propias líneas.
Y al colgar pensó que cuando menos dejaba las cosas en marcha.
Pocos días después se hallaba de nuevo en su despacho
— Se le desea a usted en el video — le comunicaron de la centralita.
Jamieson manipuló en su aparato. «Sí», dijo antes de que se formara la
imagen.
La mujer cuya imagen apareció en la placa del video parecía agitada:
— El Mando acaba de llamarme. Diddy ha salido al ejercicio de
sonido.
— Oh — dijo lacónicamente Jamieson.
Observó la imagen de ella. Era un rostro excepcionalmente atractivo,
de piel clara, bien formado y coronado por maravilloso cabello negro
enrollado. Pero en aquel instante su expresión no era normal. Sus ojos
aparecían dilatados, los músculos faciales tensos y su peinado ligeramente
desplazado. El matrimonio y la maternidad habían afectado profundamente
a su amada.
— Veda — dijo con cierta aspereza -. No permitirás que ello te afecte.
— Pero él está fuera. Y se dice que toda la zona está llena de espías.
— Se le notó un estremecimiento, como si pronunciara el nombre de un
gran enemigo.
— El Mando lo dejó ir, ¿no es así? Debió pensar que ya está
dispuesto…
— Pero estará fuera toda la noche…
Jamieson asintió ligeramente, y repuso:
— Mira, querida, eso tenía que suceder. Forma parte del proceso del
crecimiento, y lo esperábamos desde su noveno cumpleaños en mayo
pasado — Cambió de tema -. ¿Qué te parece si vas un poco de tiendas? Eso
te distraerá para el resto de la tarde… Gasta… — Hizo un rápido cálculo,
miró de nuevo el rostro de ella, y enmendó la cifra inicial que pensara
añadiendo -… lo que quieras. Y ahora, adiós, y no te preocupes.
Cortó la comunicación rápidamente y se puso en pie, yendo a la
ventana, donde se quedó durante largo rato mirando a Los Astilleros. Desde
este punto dominante no podía ver la «Vía» o la nave, que se hallaban al
otro lado del edificio. Pero el paisaje feérico de calles y edificios que
divisaba embargaron su ánimo ahora como siempre. Los Patios era un
suburbio de la Ciudad Solar, y aquella metrópolis masiva en su encaje
artificial tropical constituía una visión que no tenía paralelo en la parte de la
galaxia controlada por los humanos. Edificios y parques se extendían hasta
el calinoso horizonte de los cuatro puntos cardinales.
Apartó su vista de la lejanía, volviéndola a posar sobre la ciudad
propiamente dicha de Los Patios, y lentamente se volvió también de la
ventana. En alguna parte allá abajo, su hijito de nueve años estaba
explorando el mundo del sonido. El pensar en ello o en los rulls no haría
ningún bien ni a Veda ni a él mismo.
Para cuado el cielo oscureció, Diddy Jamieson sabía que el sonido no
acababa jamás. Tras habérselo preguntado durante toda su vida, o así le
parecía, era bueno saberlo. Se le había dicho que terminaba en alguna parte
«por allá»… vagamente. Pero aquella tarde lo había demostrado por sí
mismo, que por muy lejos que uno fuese, el sonido persistía. El hecho de
que sus progenitores le hubiesen mentido sobre el particular no desazonaba
a Diddy. Según su profesor robot, el Mando de Formación, los padres a
veces decían un embuste para probar la ingenuidad y confianza en sí mismo
de un niño.
Durante todos aquellos años, el sonido había estado presente en su
habitación de juegos y en la salita, bien se hallara él silencioso o hablara, y
en el comedor marcando un ritmo aparte de los ruidos que al comer hacían
mamá y papá y él mismo… en los días que le permitían comer con ellos. Y
por la noche, el sonido se metía en la cama con él, y mientras dormía, aun
en el sueño más profundo, podía sentirlo palpitando en su cerebro. Sí, era
una cosa familiar, y resultaba natural que tratase de hallarlo si se detenía al
final de la primera calle y después de otra. Únicamente no resultaba claro
cuántas calles había recorrido y si había ido al este o al oeste, o al sur o al
norte. Había cenado hace una hora en un pequeño restaurant. Y ya era hora
de descubrir dónde comenzaba el sonido.
Diddy hizo una pausa para meditar dónde se hallaba. Lo importante
era figurarse justamente dónde estaba en relación con Los Patios. Calculaba
mentalmente el número de calles entre la Cinco y la Diecinueve, H y R,
Centro y Derecha para poder situarse, cuando alzó la vista. Allá, a cien pies,
había un hombre que había visto ya antes a tres bloques de casas y diez
minutos atrás.
Algo en el movimiento del hombre agitó un recuerdo curioso y
desagradable, y por vez primera vio lo oscuro que se había tornado el cielo.
Comenzó a andar a través de la calle, y se alegró al darse cuenta de que no
tenía miedo. Esperaba despegarse del hombre y volver a la más concurrida
Calle Sexta. Y esperaba también haberse confundido en su reconocimiento
del hombre como un rull.
Su corazón se contrajo cuando un segundo hombre se unió al primero
y ambos empezaron a atravesar la calle para interceptar su paso. Diddy
dominó un impulso de dar la vuelta y echar a correr. Lo dominó, puesto que
si de rulls se trataba, podían moverse varias veces más rápidamente que un
hombre. Su apariencia de cuerpo humano era una ilusión que podían crear
mediante su control de la luz. Era ello lo que le había hecho sospechar del
primero de los dos. Pues al volver la esquina, las piernas del individuo
habían caminado al revés. Diddy no pudo recordar cuántas veces el Mando
de Formación había descrito tal posibilidad, pero ahora que lo había visto,
se dio cuenta de que ello era inconfundible. Durante el día se decía que los
rulls eran más cuidadosos con sus ilusiones.
— ¡Eh, muchacho!
Diddy aminoró su marcha y miró a los dos hombres como si los viera
por primera vez.
— Muchacho, andas por las calles un poco tarde.
— Es mi noche de exploración, señor — respondió Diddy.
El «hombre» que había hablado metió la mano en el bolsillo interior de
su traje Era un gesto singular, no completo, como si creando la ilusión de
movimiento no hubiese pensado del todo en lo intrincado de tal acción. O
acaso se mostraba descuidado en la creciente oscuridad. Su mano volvió a
salir y refulgió una insignia.
— Somos agentes de Los Astilleros — dijo -. Te conduciremos al
Camino.
Volvió a meterse la insignia en el bolsillo, o asi lo pareció, y se movió
hacia el resplandor que se divisaba a lo lejos.
Diddy sabía que mejor era no oponer resistencia alguna.

Jamieson abrió la puerta de su apartamento a los dos policías poco


después de cenar.
— ¿El doctor Jamieson? — preguntó uno de ellos.
— ¿Sí?
— ¿Trevor Jamieson?
Asintió en silencio esta vez, sintiendo, a pesar de haber comido, una
sensación de vacío.
— ¿Es usted el padre de Dexter Jamieson, de nueve años de edad?
Jamieson se sostuvo en la jamba de la puerta.
— Sí — murmuró.
El portavoz dijo:
— Es nuestro deber, como lo requiere la ley, informar a usted que en
este momento su hijo se halla bajo el control de los rulls y que se hallará en
grave peligro su vida durante algunas horas próximas. Jamieson no
respondió nada.
Sosegadamente, el policía describió cómo había sido llevado de la
acera. Y añadió:
— Hace algún tiempo nos hemos dado cuenta de que han estado
concentrándose rulls en la Ciudad Solar en número mayor de lo
acostumbrado. Naturalmente, no los hemos localizado. Como puede saber,
calculamos su número por el de los que hemos señalado.
Jamieson lo sabía, pero no dijo nada. El otro continuó:
— Como probablemente también se halla usted percatado, nos
hallamos más interesados en descubrir los propósitos de un círculo rull que
en capturar individuos. Al igual de los planes rull en el pasado,
probablemente también éste será extremadamente tortuoso. Parece claro
que sólo hemos sido testigos de los primeros pasos de uno sumamente
intrincado. Bien, ¿desea usted alguna información más?
Jamieson vaciló. Veda se hallaba en la cocina poniendo los platos en el
lavadero automático tras la cena. Era vital que despachara a estos policías
antes de que ella se percatara de la misión que traían. Sin embargo, tenía
una pregunta que hacer.
— Según comprendo, ¿no se efectuará un intento inmediato de rescatar
a Diddy?
El oficial respondió con voz firme:
— Hasta que dispongamos de la información que deseamos, se dejará
que madure la situación. Se me ha instruido que pida a usted que no
albergue esperanzas. Como usted sabe, un rull puede realmente concentrar
poder energético de marchitamiento mediante las células. Bajo tales
circunstancias la muerte puede asaltar muy fácilmente. — Se detuvo -.
Eso es todo, señor. Si desea ulterior información puede llamar de
cuando en cuando a la Comandancia de Seguridad. La policía no se la
volverá a comunicar por su propia iniciativa.
— Gracias — dijo Jamieson automáticamente. Cerró la puerta y volvió
de nuevo a la sala de estar con mecánica estolidez.
Veda llamó desde la puerta:
— ¿Quién era, querido? Jamieson respiró profundamente:
— Alguien que buscaba a un tal Jamieson. El nombre estaba bien, pero
la persona no concordaba. — Mantuvo firme la voz.
— Oh — se limitó a decir Veda. Ella debió haber olvidado el incidente
al instante, pues no lo volvió a mencionar. Jamieson se acostó a las diez.
Tendido, sentía un vago dolor en la espalda y algo como una náusea en la
boca del estómago. A la una de la madrugada se hallaba aún despierto.
18

Diddy sabía que no debía oponer resistencia alguna. No debía intentar


frustrar ninguno de los planes que ellos pudieran tener. Durante años lo
había recalcado el Mando de Formación. Ningún joven, había establecido
categóricamente, debería considerarse calificado para juzgar cuan peligroso
pudiera ser cualquier rull particular. O bien cuan importante el plan de un
círculo de espías rulls. Suponer que algo se estaba haciendo. Y esperar
instrucciones cuchicheadas.
Diddy estaba recordando todas estas cosas mientras caminaba entre los
dos rulls, vacilándole un tanto las piernas al verse obligado a andar con más
rapidez que a su paso normal. Le alentaba el hecho de que todavía no le
hubiesen pedido su identidad. Estaban fingiendo aún.
La calle se hizo mucho más brillante. Delante podía ver la nave cuya
silueta se recortaba contra el cielo negroazulado. Todos los edificios que
llenaban El Camino estaban despidiendo la luz que habían absorbido
durante el día. El edificio de cien pisos de la administración refulgía como
una joya en la sombra de una torre atalayante, y todos los demás brillaban
con una intensidad luminosa que variaba según sus tamaños. Con Diddy a
remolque, ambos rulls llegaron al Cruce 2. El propio Camino era el Cruce
1.
Caminaron a través de la calle y llegaron a la barrera. Los dos rulls se
detuvieron frente a la banda de ocho pies de anchura de metal acanalado,
con su constante efecto de succión, y miraron abajo a los ventiladores
abiertos.
Un siglo antes, cuando entraron en contacto por primera vez los rulls y
los seres humanos, había habido muros de cemento o vallas de alambradas
electrificadas en torno a las plantas de la defensa y zonas militares. Luego
se descubrió que los rulls podían desviar la corriente eléctrica, y que sus
duras pieles eran impenetrables a la aguda mordedura del espinoso alambre.
El cemento resultaba igualmente ineficaz. Los muros solían derrumbarse
ante cierta energía dirigida por los rulls. Y entre los obreros que iban a
repararlos había siempre un rull que operaba negativamente por un proceso
de transferencia de imagen y asesinato. Patrullas armadas eran
frecuentemente muertas por un hombre, y ocupadas sus plazas por
impostores rulls. El tipo de barrera de succión de aire sólo tenía pocos años
de antigüedad, y se extendía en todo el perímetro en torno a Los Patios. Los
seres humanos que la atravesaban apenas la notaban. Pero un rull que
intentara hacerlo moría en el plazo de tres minutos. Era uno de los sumos
secretos del hombre.
Diddy percibió la vacilación de su escolta. -Gracias por haberme traído
hasta aquí — dijo -. Ahora ya sabré apañármelas.
Uno de los espías rió. Su risa era semejante a la humana si se
consideraba sólo el sonido, pero le faltaba algo de entonación vital,
personal. A los oídos de Diddy sonó horriblemente.
— Mira, muchacho — dijo aquel individuo -. Tienes aspecto de
deportista. ¿Quieres divertirte un poco… sólo por un minuto para mostrar
que nuestros corazones están en su sitio?
— ¿Divertirme? — respondió Diddy.
— ¿Ves esa barrera? Diddy asintió.
— Bien, como ya te lo hemos dicho somos agentes de la policía de
seguridad… ya sabes… antirrull. Naturalmente, tenemos el problema todo
el tiempo en nuestras mentes. Puedes comprenderlo, ¿no es así?
Diddy dijo que sí, preguntándose al par en su fuero interno lo que iba a
venir.
— Bien, el día pasado, mi amigo y yo estábamos hablando sobre
nuestro trabajo y nos imaginamos un medio por el cual un rull podía
atravesar la barrera. Parecía tan tonto que pensamos que debíamos
experimentarlo primero antes de informar en las alturas… ya sabes lo que
quiero decir, pues si estábamos equivocados nos hubiesen tomado por
idiotas. Ésa es la prueba que queremos que nos ayudes a hacer.
Ningún joven… debe… intentar frustrar cualquier plan… de un círculo
de espías rulls. La orden, tan a menudo dada por el Mando de Formación,
repercutía como un eco en el cerebro de Diddy. Parecía espantosamente
claro que existía aquí un peligro especial, y sin embargo no tocaba a él
juzgar ni oponerse. Los años de instrucción lo hacían ya automático. No era
aún lo bastante mayor para saberlo.
— Todo cuanto has de hacer — dijo el portavoz rull — es caminar
entre esas dos líneas a través de la barrera y luego volver.
Las líneas indicadas formaban parte del dispositivo acanalado de los
ventiladores. Sin una palabra de objeción, Diddy caminó pasando al otro
lado. Por un instante sólo vaciló entonces, medio decidido a echar a correr
para guarecerse en un edificio a treinta pies de allí. Pero cambió de idea. Le
podrían dejar seco antes de haber recorrido diez pasos. Y así cumplió con
su deber tal como el Mando de Formación se lo había dictado.
Un puñado de hombres venían por la calle, y al aproximarse, Diddy y
los dos rulls se apartaron para dejarles pasar. Diddy los miró esperanzados.
¿Policía?, se preguntó. Esperaba desesperadamente estar seguro de que
había sido sospechoso cuanto estaba sucediendo.
Los hombres pasaron ruidosamente a través de la barrera y
desaparecieron tras el edificio más próximo. Probablemente se trataba de
obreros.
— Por aquí, muchacho — dijo el rull -. Hemos de tener cuidado de no
ser vistos.
Diddy opinaba de manera distinta sobre ello, pero siguió y los tres se
metieron en un espacio oscuro entre dos edificios.
— Dame tu mano, muchacho. Diddy la tendió, tenso y espantado.
«Voy a morir», pensó, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. Pero
su instrucción venció, y permaneció quieto al sentir en su dedo el punzante
dolor de una aguja.
— Sólo se trata de tomar una muestra de tu sangre, muchacho. Mira,
tal como nosotros pensamos, ese sistema de succión oculta microeyectores
de gran potencia que lanzan bacterias a las cuales son vulnerables los rulls.
Naturalmente, esos microeyectores despiden sus cargas de bacterias a unas
mil millas por hora, tan rápidamente que pueden penetrar en la piel sin
sentirlas ni dejar traza. Y la razón por la que los ventiladores de succión
absorben tanto aire es para impedir que las bacterias escapen a la atmósfera.
Y también se emplea repetidamente el mismo cultivo de bacteria. ¿Aprecias
a dónde nos conduce esto?
Diddy no lo sabía, pero estaba conmocionado hasta la medula de su
ser. Pues su análisis parecía exacto. Podían ser bacterias lo que se empleaba
contra los rulls. Decíase que sólo unos pocos hombres conocían la
naturaleza de la defensa proyectada por la barrera de inocente aspecto.
¿Sería posible que los rulls lo estuvieran descubriendo al fin?
Pudo ver que el segundo rull estaba haciendo algo en la zona umbrosa
entre los dos edificios. Hubo varios destellos de luz. Diddy tuvo una
vehemente sospecha de que estaba examinando su sangre con un
microscopio para ver cuántas bacterias antirrulls muertas había en ella.
El rull que había llevado todo el tiempo la voz cantante hasta entonces
dijo:
— Ya sabes como es, muchacho. Puedes atravesar esa barrera y las
bacterias que son jeringadas mueren inmediatamente en la corriente
sanguínea de un humano. Nuestra idea es ésta: ¿Puede haber sólo un tipo de
bacteria enviada en cualquier área? ¿Y por qué? Pues debido a que son
succionadas y vueltas a las cámaras de depuración pueden ser sacadas del
aire y empleadas de nuevo, lo cual sería muy complicado de tratarse de más
de un tipo de bacteria. Las más virulentas bacterias que prosperan en un
compuesto de fluorina son casi tan mortales mutuamente como para el
organismo al que atacan. Sólo cuando se produce un tipo en enorme
cantidad predominante resulta peligroso para los rull. En otras palabras,
sólo un tipo determinado de bacteria puede matar a un rull.
«Evidentemente, si un rull está sometido a una inoculación
inmunizadora contra ese tipo particular de bacteria… entonces, muchacho,
puede atravesar la barrera por este lugar con tanta facilidad como tú, y
puede hacer cuanto quiera en el interior de Los Patios. ¿Ves pues en qué
tarea tan grande estamos empeñados? — Se detuvo -. ¡Ah, veo que mi
amigo ha terminado ya de examinar tu sangre! Espera aquí un momento. —
Con la misma se dirigió a donde el otro rull estaba y la conferencia entre
ambos, trataran de lo que trataran, duró menos de un minuto.
Volvió el rull y dijo:
— Está bien, muchacho. Ya puedes marcharte. Gracias mil por
habernos ayudado. No lo olvidaremos.
Diddy no dio crédito a sus oídos durante un momento:
— ¿Quiere decir que eso era todo cuanto deseaban de mí? — preguntó.
— Eso es todo.
Al emerger del espacio en sombras entre los dos edificios, Diddy
esperó, sin embargo, ser detenido. Pero aunque los dos rull le siguieron por
la calle, no intentaron acompañarle al dirigirse a cruzar la barrera.
El rull le llamó, diciendo:
— Hay otro par de chicos que suben la calle, puedes unirte a ellos y
buscar juntos el sonido.
Diddy se volvió para mirar y al hacerlo vio que dos muchachos venían
corriendo hacia él gritando:
— ¡El último es un tonto!
Pasaron como una exhalación ante él y al correr tras ellos, Diddy los
vio vacilar, girar ligeramente y luego cruzar la barrera sobre los
ventiladores que él había comprobado para los dos investigadores rull. Al
otro lado se detuvieron a esperarle.
— Mi nombre es Jackie — dijo uno de ellos.
— Y el mío Gil — dijo el segundo, añadiendo -: Vayamos juntos.
— Mi nombre es Diddy — dijo él.
Se oyeron sonidos separados mientras los tres caminaban y luego
dominó el sonido, que formaba un molde intrincado de estrepitoso bataneo,
y de tonos murmurantes del desplazamiento molecular de masas de materia.
Un tren de ruedas de caucho vino zumbando en dirección de ellas por el
interminable piso metálico que pavimentaba Los Patios y aminoró la
marcha cuando los detectó sus ojos y oídos electrónicos. Ellos se apartaron
de su camino y él prosiguió veloz. Una hilera de grúas alzaba una placa de
metal de cien toneladas a un transporte antigravitatorio, que flotaba ligera y
aéreamente en el destelleante firmamento.
Diddy no había estado nunca antes de noche en El Camino, y ello
habría sido ahora tremendamente excitante de no sentirse tan desgraciado.
Lo que le preocupaba era que no podía estar seguro. ¿Eran también estos
dos «muchachos» camaradas, rulls? Hasta el momento no habían hecho
nada que realmente demostrara lo fuesen. El hecho de que hubiesen cruzado
la barrera en el punto donde él había sido experimentado por los dos
«hombres» rull podía haber sido una coincidencia. Mas hasta estar seguro
del todo, no se atrevía a decir a nadie lo que había sucedido. Hasta
cerciorarse bien, seguiría con ellos y hasta colaborar si querían hacer algo.
Tal era la regla, tal la instrucción. Tuvo una imagen de grupos de
muchachos atravesando la barrera en el punto de prueba. Aun ahora podrían
estar moviéndose a lo largo de El Camino, con tanta libertad como
quisieran.
El universo en torno a El Camino retemblaba con un encadenamiento
de sonidos. Pero en parte alguna a donde mirase Diddy, en ningún umbral
por el que fisgara, ni edificio que atravesara con ojos dilatados y
fascinados… en ninguna parte había un sonido que no se desvaneciera
rápidamente al seguir él adelante. Ni una vez llegaron a algo que aunque
débilmente se pareciera a un ventilador del tipo de barrera. Si había allí
alguna amenaza para los andorreantes rull, no resultaba aparente. Las
puertas estaban abiertas de par en par. Había esperado de manera vaga que
la atmósfera de alguna habitación cerrada fuese mortal para el enemigo y no
para él. Pero no había estancias cerradas.
Y lo peor de todo, no había la menor señal de un ser humano que
concebiblemente pudiera protegerle de los rull, o bien sospechar la
presencia de ellos. Si tan sólo pudiera estar seguro de que aquellos dos
muchachos fueran o no rulls… ¿Y suponiendo que llevasen consigo algún
arma mortal capaz de causar tremendos daños a la nave?
Llegaron a un edificio de media milla cuadrada. Y Diddy se sintió
súbitamente esperanzado. Sus camaradas no pusieron objeción alguna
cuando caminaron a través de una inmensa puerta a una acera. Bajo ellos
estaba profundo, y desde la acera Diddy vio en la profundidad un mundo
difusamente reluciente de enormes estructuras cúbicas. La cima de la más
elevada de ellas se encontraba a cuando menos un cuarto de milla de la
acera, y estaba tapiada por puerta tras puerta de plástico, tan diáfanamente
transparente que sólo un destello aquí y allá revelaba que habían muchas
capas de dura y frustradora materia protegiendo el mundo sobre ellas, de las
enormes pilas atómicas de su colosal central de energía.
Al aproximarse al centro de la acera, Diddy vio, como
esperanzadoramente lo había aguardado momentos antes, que había algo en
la estructura transparente que sobresalía de la obra metálica. Una mujer
leyendo, la cual alzó la vista a los tres muchachos, a cuya cabeza iba Diddy.
— ¿Buscando el sonido, eh? — preguntó en tono amical, añadiendo -:
Por si no lo sabéis, yo soy… una sensitiva.
Los otros muchachos quedaron silenciosos, pero Diddy dijo que él ya
lo sabía. El Mando de Formación le había enseñado sobre las sensitivas.
Podían anticipar los cambios en el fluido de las pilas atómicas. Ello tenía
que ver algo, recordó, con la manera en que era controlado el contenido de
calcio de su sangre. Las sensitivas tenían una larga vida — alrededor de los
ciento ochenta años — no a causa del trabajo que efectuaban, sino debido a
que podían responder a los procesos de rejuvenecimiento del calcio.
La memoria era sólo un fondo de su creciente desencanto. Al parecer,
ella no tenía, medio alguno de poder detectar la presencia de un rull. No
daba muestra alguna de ello. Lo mejor que él podía hacer era pretender que
aún se hallaba interesado por el sonido, lo cual en cierto modo era verdad,
Y así dijo:
— Esas dínamos de ahí abajo podrían vibrar mucho, supongo.
— Sí que podrían.
Diddy se sintió súbitamente decidido. Impresionado, pero no
convencido.
— Sin embargo, no veo cómo podran hacer el gran sonido.
La sensitiva dijo:
— Parecéis buenos chicos. Voy a proporcionaros una pista… al oído.
A ti el primero — señaló a Diddy.
Parecía extraño, pero él no vaciló y se inclinó.
— No te sorprendas — cuchicheó ella -. Hallarás un arma muy
pequeña bajo la esquina superpuesta del andén metálico bajo la nave. Baja
el ascensor siete y tuerce a la derecha. Justamente en el lado de un mamparo
hay una gran H pintada. Asiente con la cabeza si has comprendido.
Diddy asintió.
La mujer continuó rápidamente:
— Mete el arma en tu bolsillo. No la uses hasta que te lo ordenen.
Buena suerte. — Se irguió -. Bueno, eso te dará una idea… — Hizo un
ademán a Jackie -. Ahora te toca a ti.
El recio muchacho meneó la cabeza:
— No necesito ninguna pista — dijo -. Además, ni quiero que nadie
me cuchichee nada.
— Ni yo tampoco — dijo Gil.
La mujer sonrió.
— No debéis ser tímidos — dijo -. Pero no importa. De todos modos
os daré una pista. ¿Sabéis lo que la palabra miasma significa? — Hablaba
directamente a Jackie.
— Niebla.
— Esa es mi pista, pues. Miasma. Y ahora haréis mejor en iros. El sol
saldrá minutos antes de las seis, y son ya más de las dos.
Volvió a tomar su libro y, al lanzar una ojeada pocos minutos después
Diddy hacía atrás, parecía como si formara parte de su butaca, apenas viva,
tan quieta estaba. Pero debido a ella sabía que la situación era tan mortal
como lo había sospechado. La propia gran nave debía hallarse en peligro. Y
fue hacia ella que se encaminó.
19

Trevor Jamieson tuvo la súbita sensación de que algo le había


despertado, por lo cual debió haberse dormido. Gimió interiormente y
cambió de postura. ¡Si tan sólo pudiera dormir aquella noche! Con un
sobresalto se dio cuenta de que su mujer se hallaba sentado en el borde de la
cama. Lanzó una ojeada a su reloj de esfera luminosa. Eran las 2,22 de la
madrugada.
«¡Santo Dios! — pensó él -, he de hacer que vuelva a la cama».
— No puedo dormir — dijo Veda, con acento plañidero que le hizo
sentirse mal. Pues ella se estaba preocupando sobre nada definido, mientras
él fingía hallarse profundamente dormido.
— Querido…
Jamieson se desperezó un tanto, abriendo un ojo.
— Di, querida.
— Me pregunto cuantos otros muchachos estarán fuera hoy.
Jamieson dio la vuelta.
— Veda, ¿por qué intentas tenerme en vela…?
— Oh, lo siento. No era esa mi intención. — Su tono, sin embargo, no
indicaba que lo sentía, y al cabo de un momento olvidó lo que había dicho,
pues volvió a la carga.
— Querido…
E1 no respondió.
— ¿Crees que podemos averiguarlo? — siguió ella.
Él intentó no proseguir la conversación, por su mente comenzó a
examinar el posible significado de lo que ella había dicho, y se desveló del
todo.
— ¿Averiguar qué? — preguntó.
— Cuántos son.
— ¿Cuantos son quiénes?
— Los chicos… que andan fuera esta noche.
Jamieson, que estaba abrumado por temor más desesperado, suspiró,
diciendo:
— Ten en cuenta, Veda, que he de ir a trabajar mañana.
— ¡Trabajar! — respondió Veda con tono algo nervioso -. ¿Es que no
puedes pensar en otra cosa si no en trabajar? ¿No tienes sentimientos?
Jamieson guardó silencio, pero no era aquel el medio de volverla a ella
a la cama. Veda prosiguió con una voz varios tonos más alta:
— Lo malo de vosotros, los hombres, es que os hacéis insensibles.
— Si por eso quieres decir que me preocupe… no, no estoy
preocupado. — Apenas pudo manifestarlo, pero pensó que había de
mantenerse en este plano. Incorporóse quedando sentado y encendió la luz,
diciendo -: Querida, si ello te produce alguna satisfacción, has conseguido
tu propósito. Ya estoy despierto.
— Ya era hora — dijo Veda -. Creo que deberíamos llamar e
informarnos. Y si tú no lo haces, lo haré yo.
Jamieson saltó de la cama.
— Está bien, pero no te cuelgues a mi cuello mientras llamo. No
quiero en absoluto que nadie sospeche que soy un marido llevado de la
nariz. Tú te quedarás aquí.
Se sintió aliviado por haber sido ella quien tomara la decisión. Salió
del dormitorio y cerró la puerta tras sí. Dio su nombre en el video. Se
produjo una pausa y apareció luego la imagen de un hombre de rostro grave
y vestido con uniforme de almirante del espacio. Jamieson y él se conocían
oficialmente. La imagen llenó la placa del video cuando se inclinó en su
despacho sobre su aparato, diciendo:
— Trevor, la situación es como sigue: Su hijo se encuentra aún en
compañía de dos rull… un diferente por ahora, incidentalmente. Emplearon
un método muy ingenioso para atravesar la barrera, y en el momento actual
sospechamos que un centenar de rull se encuentran en figura de muchachos
en alguna parte de Los Astilleros. Nadie ha intentado cruzar la pasada
media hora, por lo que suponemos que todo rull de la Ciudad Solar que ha
sido preparado contra la defensa particular que tenemos en el área, se
encuentra ahora en Los Patios. Aunque no se han concentrado todavía en un
punto particular, sentimos que la crisis es inminente.
Jamieson dijo con tono firme:
— ¿Y qué hay de mi hijo?
— Indudablemente tienen otros planes para él. Estamos intentando
proporcionarle un arma, pero cuando más ello tendría un valor limitado.
Jamieson se dio cuenta infelizmente que estaban siendo muy
cuidadosos en no decir nada que le diese cualquier esperanza real y dijo
lentamente:
— ¿Dejaron que se metiesen en Los Patios un centenar de esos rull sin
saber a lo que iban?
El almirante respondió:
— Ya sabe usted cuan importante es que sepamos su objetivo. ¿Qué es
lo que valorizan? ¿Qué es lo que creen que merece la pena un riesgo tan
tremendo? Es una empresa muy valerosa de su parte, y nuestro deber
consiste en dejarles llegar a la toma de una decisión. Estamos
razonablemente ciertos de lo que persiguen, pero hemos de estar seguros
del todo. En el momento final haremos todos los esfuerzos para salvar la
vida de su hijo, pero no podemos garantizar nada.
Jamieson se dio cuenta clara de cómo consideraban aquellos hombres
la situación. Para ellos, la muerte de Diddy no sería más que un sensible
accidente. El parte diría: «Las bajas fueron leves». Y hasta podrían
convertirle en héroe de un día.
— Lo siento — dijo el almirante -, pero he de pedir a usted que corte
ya la comunicación. En este momento, su hijo está yendo bajo la nave y
quiero prestarle toda mi atención. Adiós.
Jamieson cortó la comunicación y se puso en pie, quedándose durante
unos instantes con los brazos cruzados, y luego volvió al dormitorio,
diciendo jovialmente:
— Parece que todo va bien.
No hubo respuesta, y al mirar vio que Veda estaba tendida con su
cabeza en la almohada. Evidentemente, se había tumbado para esperar su
vuelta y había quedado inmediatamente dormida.
Para una mujer de su extrema sensibilidad, había hecho lo mejor y más
beneficioso. Su dormir era desasosegado, y sus mejillas estaban
humedecidas por las lágrimas. Él decidió emplear una jeringuilla de gas
bajo presión para inyectarle en la corriente sanguínea un somnífero
especial. Al hacerlo, hubo una pausa, y luego ella se relajó exhalando un
suspiro, y su respiración se tornó lenta y acompasada.
Seguidamente Jamieson telefoneó a Caleb Carson a su apartamento y
le explicó la situación, añadiendo apremiante:
— Busque a Efraim. Dígale que su familia le necesita urgentemente y
llévelo al Cuartel General de Seguridad próximo a la nave. Ocúltelo bien.
No deje que nadie lo vea.
Cortó la comunicación, se vistió rápidamente.y se dirigió en persona al
edificio de Seguridad. Habrían problemas, lo sabía. Se produciría
resistencia por parte del elemento militar a la idea de emplear al ezwal. Mas
la presencia de éste era una bonificación personal que él, y a través de él,
Diddy, habían merecido.
— ¿Qué es lo que te ha cuchicheado aquella dama? — preguntó
Jackie. Estaban bajando el ascensor que conducía al túnel bajo Los Patios.
Diddy, que había estado escuchando intensamente para percibir el
sonido — no había ningún ruido particular — se volvió y dijo:
— ¡Oh, lo mismo que te dijo a ti!
Jackie pareció meditarlo. Llegaron al paso y Diddy comenzó a
recorrerlo inmediatamente. Con aire despreocupado buscaba un poste
metálico con una H sobre él. Y bruscamente lo vio, a unos cien pies más
adelante.
Tras él, Gil habló:
— ¿Por qué se tomó la molestia de cuchicheártelo al oído si de todos
modos a nosotros había de decirnos lo mismo?
La sospecha hizo temblar interiormente a Diddy, pero su instrucción
venció.
— Me parece que se estaba divirtiendo a nuestra costa, como chicos
que somos — explicó.
— ¡Divirtiéndose! — exclamó Jackie esta vez.
— ¿Qué es lo que vamos a hacer bajo la nave? — dijo Gil.
— Estoy cansado — repuso Diddy -. Sentóse en el borde de la calzada
junto al mamparo de cinco pies de espesor que se alzaba muy alto, y dejó
columpiarse los pies sobre el propio túnel. Los dos rull le pasaron y se
detuvieron al otro lado del poste. Diddy pensó con excitación: «Van a
comunicarme entre ellos… o con otros!»
Sosteniéndose hurgó el reborde de la acera con su mano, recorriendo
ágilmente sus dedos bajo el metal. Tocó algo. La pequeña arma vino pronto
a su mano y la deslizó en el bolsillo con simple movimiento sincronizado.
Luego, débil para reaccionar, quedóse sentado. Notaba la vibración del
metal en los huesos de sus muslos. Sus zapatos especiales habían absorbido
la mayor parte de aquel temblor, y había estado tan atento al arma que no se
había dado cuenta inmediatamente de ello. Ahora sí. Aunque ligeramente,
hasta su cuerpo temblaba y se estremecía. Se sintió inmediatamente
arrastrado al sonido. Sus músculos y órganos zumbaban y palpitaban.
Momentáneamente olvidó a los rull, y durante aquel instante le pareció
inconmensurablemente extraño hallarse sentado allá sobre el frío metal sin
protección y sintonizado con el propio sonido. Se imaginó lo terrorífica que
habría de ser la vibración bajo la nave de las naves. La ciudad de Los
Astilleros estaba construida de metal. Pero todo el material absorbente de
choques con el cual se hallaban pavimentadas calles y caminos, no podían
embozar las fuerzas enormemente y energías enormemente violentas que
habían sido concentradas en una pequeña área. Habían aquí pilas atómicas
tan calientes que explotaban de continuo con una máxima detonación breve
de cataclismo. Había máquinas que podían estampar y prensar placas de
acero galvanizado de cien toneladas.
Durante ocho años y medio más, existirían Los Astilleros para aquella
nave colosal. Y luego, cuando finalmente volase, él embarcaría en ella.
Cada familia de Los Astilleros había sido elegida por dos motivos… debido
a que el padre o la madre tenían alguna habilidad que podía ser empleada en
la construcción de la nave, o porque tenían un hijo que crecía en torno a la
nave. Y su padre, perteneciendo al personal superior del gobierno, lo había
incluido por solicitud.
De ninguna otra manera, excepto creciendo con ella, aprenderían
jamás los seres humanos a comprender y manejar la nave espacial que se
estaba alzando como una joven montaña. En sus nueve mil cuatrocientos
pies de eslora se hallaba concentrado el genio ingenieril de siglos, y tanto
conocimiento especializado, tanto detalle mecánico, que dignatarios en
visita miraban perplejos en derredor a los acres de máquinas y cuadrantes e
instrumentos de cada piso, y las fulgurantes luces que habían sido instaladas
ya en las cubiertas inferiores.
Él iría en ella. Diddy se levantó corno impulsado por la sacudida de la
excitación al pensarlo… justamente en el momento en que los dos rull
surgían detrás de la columna.
— ¡Ea, vamos! — dijo Jackie -. Ya hemos andado bastante por acá.
Diddy descendió de las alturas de su exaltación.
— -¿A dónde? — preguntó.
Fue Gil quien responió, diciendo:
— Ya te hemos seguido todo el tiempo… ¿Qué te parece si para
cambiar vamos donde queremos nosotros?
Diddy no pensó siquiera en formular la menor objeción.
— Pues claro — dijo simplemente.
El rótulo luminoso del edificio decía «INVESTIGACIÓN», y había
por allá una partida de muchachos que andaban solos en grupos. Más lejos
pudo Diddy ver a otros que tenían un aspecto de no dirigirse a ninguna
parte en particular. ¿Podían ser rulls algunos de ellos? ¿O acaso todos? Pero
aquello era estúpido; no debía dejar correr tanto la imaginación.
Investigación. Eso era lo que buscaban. Allí, en aquel edificio, se había
creado la bacteria antirrull de la barrera. De lo que no tenía la menor idea
era por qué justamente querían conocer los rull el proceso de su desarrollo.
Tal vez se tratara de información relacionada con lo que les permitiría
destruir una fuente material u organismo, y anular así la defensa entera. El
Mando de Formación había admitido que existían tales posibilidades.
Todas las puertas de «Investigación» estaban cerradas, contrariamente
a lo que otros edificios habían visto.
— Abre tú, Diddy — dijo Jackie.
Obedientemente, Diddy tendió la mano al picaporte, deteniéndose al
aparecer dos hombres por la calzada, uno de los cuales le espetó:
— ¡Vaya muchacho! Te hemos atrapado con las manos en la masa, ¿no
es así?
Diddy se apartó de la puerta y se volvió para enfrentarse a los
«hombres», los cuales tenían el mismo aspecto que los que le acompañaran
a la barrera y habían hecho en él el examen de la bacteria. Pero podía
tratarse puramente de una apariencia exterior. Los únicos rulls en el interior
de la barrera de todos los de la Ciudad Solar, serían individuos inmunizados
ya contra la bacteria que los había aislado de esta parte.
Sería una coincidencia que ambas imágenes de agentes de Los
Astilleros hubiesen pertenecido a aquel grupo. Probablemente no eran los
mismos. Mas ello no importaba.
El portavoz dijo:
— Me alegra haber dado contigo de nuevo. Queremos hacer otro
experimento. Mira, tú entrarás ahí. «Investigación» se halla seguramente
protegida de manera especial. Si podemos comprobar nuestra idea aquí,
habremos ayudado a que sea más difícil a los rull penetrar en Los
Astilleros. Merece la pena, ¿no es así?
Diddy asintió. Sentía una especie de vahído interior, por lo que no
estaba seguro de hablar sencillamente, a pesar de todo su entrenamiento.
— Ea, entra — dijo el rull -. Anda por el interior durante unos
momentos y luego respira hondo, y sal conteniendo el aliento. Eso es todo.
Diddy abrió la puerta y penetró en el brillante interior. La puerta se
cerró automáticamente tras él. Se encontró en una amplia estancia. Podría
correr, se dijo. Ellos no se atreverían a entrar aquí. Mas la ausencia de
personas en el interior de la estancia enfrió su impulso. Parecía insólito que
no hubiese nadie por allá. La mayoría de los departamentos de Los
Astilleros trabajaban por el sistema de turnos.
Tras él se abrió la puerta. Diddy se volvió. Los únicos rull a la vista
eran Jackie y Gil, muy apartados de la puerta, y otros muchachos, más lejos
aún. Quien quiera que hubiese abierto la puerta no estaba incurriendo en
riesgo alguno de absorber la dosis que fuese de sustancia peligrosa.
— Puedes salir ya — dijo la voz del hombre que hablaba tras la puerta
-. Pero recuerda, primero haces una profunda inspiración y la contienes.
Diddy respiró profundamente y la puerta se cerró automáticamente al
salir. Allá estaban los dos seudo policías de Los Astilleros esperándole. Uno
de ellos alzó un frasquito con un tubo de goma.
— Expira aquí el aire — dijo.
Una vez lo hiciera Diddy, el rull entregó el frasco a su compañero,
quien se dirigió rápidamente a la esquina del edificio, fuera del alcance de
la vista.
El portavoz dijo:
— ¿No notaste nada de particular?
Diddy vaciló. El aire en el interior del edificio, ahora que pensaba en
ello, le había parecido denso, un tanto más difícil de respirar que el
corriente. Pero meneó la cabeza lentamente, manifestando:
— Pues me parece que no.
El rull se mostró tolerante.
— Probablemente es que no te diste cuenta — dijo, añadiendo
rápidamente -: Podríamos también examinar tu sangre. Levanta el dedo.
Diddy se retrajo un poco ante la aguja, pero permitió que le extranjeran
la sangre. Gil se adelantó, diciendo afanoso:
— ¿Puedo ayudar en algo?
— Pues, sí — respondió el hombre -. Lleva esto a mi amigo.
Gil se marchó al igual que un chico lo haría… a la carrera. Pasó un
minuto y luego otro, y después…
— ¡Ah!- dijo el hombre — Ya vuelven.
Diddy miró con fijeza a la pareja que volvía, con desmayada sonrisa.
El rull que había estado junto a él, fue rápidamente al encuentro de los dos,
no pudiendo percibir Diddy si los dos espías se dijeron algo. En realidad,
daba por seguro que había habido un ligero cambio de impresiones.
El hombre que había llevado siempre la voz cantante volvió a donde
estaba Diddy y dijo:
— Muchacho, nos has sido de gran utilidad. Parece como si
efectivamente vamos a aportar una gran contribución a la guerra contra los
rull. ¿Sabías que el aire que absorbiste era un gas artificial mezclado con un
compuesto de fluorina? Muy interesante y muy seguro de por sí mismo. Y
hasta si un rull con su metabolismo de fluorina entrase así, estaría
perfectamente a salvo… a menos que intentara emplear la energía de su
cuerpo o un arma o una palanca de comunicación. Entonces la energía
actuaría como agente ionizante, provocando una unión molecular entre la
fluorina en el aire y la del cuerpo del rull. La unión no duraría mucho,
siendo inestable, pero tampoco lo haría el cuerpo del rull.
Diddy no comprendió por entero la explicación. Las reacciones
químicas de la fluorina y sus compuestos habían sido tratadas de manera
general como parte de su enseñanza, pero esto era algo diferente.
— Muy inteligente, sí — repitió el espía con evidente satisfacción -. El
propio rull desencadena la reacción que lo matará… Bien, chicos, supongo
que querréis entrar también y echar un vistazo. Adelante, pues. Tú, no… —
se dirigió a Diddy -, no por unos minutos. Quiero charlar un momento
contigo. Ven acá.
Llevó a Diddy a un lado, mientras los «chicos» se abalanzaban por la
puerta Diddy pudo imaginárselos recorriendo el edificio en búsqueda de
secretos.
Y pensó, cansado, «que alguien haría algo, y rápidamente».
El rull dijo:
— Confidencialmente, muchacho, es verdaderamente una tarea
importante la que has hecho hoy para nosotros. Para darte una idea tan sólo,
hemos vigilado el edificio de investigaciones durante toda la noche. La
dependencia de aquí va generalmente a casa alrededor de medianoche.
Desde medianoche, un par de obreros han entrado, instalando algún equipo
y marchándose luego. Pusieron una conexión de radio sobre la puerta, con
un altavoz dentro y fuera. De haber sido yo un rull, hubiese averiado una
cosa como esa, simplemente por precaución. Ahora, excepto por los
muchachos, todo el lugar está vacío. Ya ves hasta qué punto la gente de
dentro fiaba en la barrera bacterológica para mantener apartados a los rull.
— Hizo una pausa y luego prosiguió -: Naturalmente, los rull podían espiar
la mayor parte de esta información de antemano, y si finalmente lograban
atravesar la barrera, podían colocar guardias en torno al edificio,
impidiendo así hasta a las fuerzas más poderosamente armadas el atravesar
la defensa del edificio. Podía volar el mismo, desde luego, a distancia y ser
destruido, pero es difícil imaginar que lo hicieran muy rápidamente.
Habrían esperado hasta probar otros métodos.
«Ya ves a donde nos lleva eso. Los rull habrían tenido una oportunidad
de descubrir algunos de los secretos del edificio, y una vez fuera, podrían
haber comunicado la información a otros rull situados en zona no peligrosa,
y cada individuo habría aprovechado una ocasión para escaparse. Es cosa
audaz, pero los rull han hecho ya antes cosas semejantes. Así, pues, ya ves,
todo podría haber sucedido con bastante facilidad. Pero ahora lo hemos
impedido.»
— Diddy — oyó el muchacho en un cuchicheo provinente de arriba y
a un lado de él -. No des señal alguna de lo que has oído.
Diddy se estiró y luego se relajó rápidamente. Hacía tiempo estaba
comprobado que el oído electrónico rull y el mecanismo del habla, situados
como estaban en el interior de los músculos amortiguadores del sonido de
los hombros, no podían detectar un cuchicheo.
Éste prosiguió rápidamente:
— Tienes que penetrar en el interior. Cuando lo hagas, quédate cerca
de la puerta. Eso es todo. Entonces habrá más instrucciones para ti.
Diddy localizó la procedencia del cuchicheo. Era desde arriba de la
puerta. El rull había mencionado una radio instalada allí, pensó trémulo;
luego el cuchicheo debe venir a través de él.
Pero ¿cómo podía entrar si el rull le estaba tan evidentemente
demorando? Ahora le decía algo sobre un premio, pero Diddy apenas le oía.
Distraídamente miró en derredor, pudiendo ver una larga hilera de edificios,
algunos de ellos brillantemente iluminados y otros sumidos en una
semioscuridad. La gran nave destelleante proyectaba una larga sombra
donde él se hallaba. En el firmamento, la noche parecía tan negra como
siempre.
No había señal alguna del resplandor del alba, a unas horas todavía.
Diddy se dijo, desesperadamente:
— ¡Santo Dios, será mejor que entre! El sol se alzará pronto, y me
quedan aún muchos sitios por mirar.
— Yo no quisiera perder mucho tiempo aquí — dijo el rull -. Pero de
todos modos echa un vistazo dentro. Hay algo que quiero que hagas.
Temblorosamente Diddy abrió la puerta. El rull la retuvo antes de que
pudiera cerrarse, diciendo:
— Entraré también un segundo tan sólo.
Y dando un paso adelante tendió la mano hacia arriba y dando un tirón
arrancó algo flexible, volviendo a situarse en el exterior.
— Acabo de crear una condición de guerra para nuestro pequeño
experimento — explicó -. He desconectado el cable de ese sistema de habla
recientemente instalado. Anda, mira por ahí durante un minuto y dime lo
que están haciendo los otros chicos.
La puerta se cerró tras Diddy de manera automática.
En el edificio de Seguridad, el almirante jefe se encogió de hombros
con aire pesaroso ante Jamieson.
— Lo siento, Trevor — dijo -. Hicimos cuanto pudimos. Pero acaban
de dar al traste con nuestra única esperanza de contacto con su chico.
— ¿Qué mensaje pensaban darle? — preguntó Jamieson.
— Lo siento — repitió el almirante — está ya clasificado.
Desde su jaula del remolque situado al exterior del edificio, el ezwal
habló telepáticamente a Jamieson:
— Leo su mente. ¿Quiere que se lo transmita yo a Diddy?
— Sí — dijo Jamieson mentalmente.
A Diddy el mensaje que le provino fue claro y directo… y tan
penetrante que lo confirmó con un discurso cuchicheado. Decía así:
— Diddy, a menos que un rull no lleve un arma, depende de la energía
de sus células. Por su propia naturaleza, un rull ha de andar sin ropa alguna.
Es sólo su cuerpo que puede producir las imágenes de ropaje y formas
humanas. Distingo únicamente a dos muchachos a la vista.
Eran dos, en efecto, los que se estaban inclinando sobre una mesa
escritorio del extremo de la estancia. Por unos instantes Diddy se preguntó
cómo podía ver esta escena quien hablaba. Mas no tuvo tiempo para la
especulación, pues provinieron las siguientes palabras:
— Saca tu arma y dispara sobre ellos.
Diddy metió la mano al bolsillo, tragó saliva y sacó su arma. Su mano
tembló un poco, pero por espacio de cinco años había sido entrenado
también para un momento como éste, por lo que se sintió firme
interiormente. Y por lo demás, no era aquella un arma que había de
apuntarse con precisión. Brotó un denso reguero de llama azul en dirección
a los rull, quienes comenzaron a volverse, desplomándose casi al instante.
— Buen disparo — comentó el ezwal.
Diddy apenas se dio cuenta de que sonido alguno acompañaba a las
palabras. A través de la estancia, lo que habían sido dos muchachos de
mejillas de manzanas estaban transformándose. En la muerte, las imágenes
no podían subsistir. Y aunque había visto Diddy cuadros de lo que ahora
estaba sucediendo, resultaba diferente ver al natural presentarse la oscura
carne y los extraños miembros reticulados.
— Escucha — el pensamiento proveniente ahora le sacó de su
conmoción ante el espectáculo -. Todas las puertas están cerradas. Nadie
puede entrar ahí. Ni nadie salir. Echa a andar a través del edificio. Y dispara
contra quien quiera que veas. ¡Contra quien quiera! No aceptes súplicas ni
pretensiones de que son sólo muchachos. Ha sido seguida la pista a todo
auténtico muchacho y únicamente hay rulls en el edificio. Así, pues,
¡quémalos a todos sin piedad!
Fue varios minutos después que el ezwal informó a Jamieson:
— Tu hijo ha destruido a todo rull en el interior del edificio. Le he
dicho que se quede dentro, pues se va a efectuar un intento para matar a los
que se encuentran en el exterior. Permanecerá pues allí hasta que le diga
que puede salir.
Al recibir este mensaje, Jamieson exhaló un estremecedor suspiro de
alivio.
— Gracias, amigo mío — dijo silenciosamente -. Ésta fue una gran
hazaña telepática.
Fue después el almirante quien deseó hablar con Jamieson.
— Fue realmente una tremenda victoria — dijo -. Los rull del exterior
lucharon con su habitual bravura, pero cambiamos la bacteria donde
originalmente cruzaron la barrera y los copamos a todos. — Vaciló y luego
dijo, en tono perplejo -: Lo que yo no comprendo es cómo supo su hijo
exactamente cuándo emplear el arma contra ellos sin que nosotros se lo
dijéramos… Jamieson repuso:
— Desearía recordarle esa pregunta cuando reciba usted mi informe
sobre lo que ha sucedido.
— ¿Y por qué quiere usted escribir un informe sobre este incidente?
— preguntó asombrado el oficial.
— Ya lo verá — replicó lacónicamente Jamieson.
Estaba tan oscuro como la paz cuando Diddy tomó un helicóptero en el
Cruce 2 y voló a un bloque del cerro, desde el cual los «Exploradores» a
cuyo cuerpo pertenecía, habían de velar la salida del sol. Trepó las escaleras
que conducían a la cima del cerro y halló allí ya a otros muchachos,
sentados y en pie. A pesar de que no podía estar cierto de que fuesen
humanos, tenía una honda convicción de que lo eran. No parecía haber
razón alguna por la que un rull participara en aquel ritual particular.
Diddy se tendió bajo un matorro, junto a la sombra de uno de los
muchachos. Ninguno de los dos habló al principio, y luego Diddy dijo:
— ¿Cómo te llamas?
— Mart. — La voz que respondió era aguda pero no alta.
— ¿Hallaste el sonido?
— Sipi.
— También yo. — Vaciló, pensando en lo que había hecho, y por un
fugaz momento tuvo la aguda impresión de cuan magnifico era el
entrenamiento que había hecho posible actuar como él había actuado a un
niño de nueve años. Luego ello se borró de su consciencia y dijo:
— Ha sido divertido, ¿no cree?
— Así me lo parece también.
Se produjo silencio. Desde donde estaba sentado Diddy, podía ver el
intermitente fulgor de los hornos cuando el cielo destelleaba con blanco
fuego reflejado. Más allá, el aura luminosa que parcialmente enmarcaba a la
nave. El firmamento ya no estaba oscuro, y Diddy se percató que las
sombras en su derredor no eran tampoco ya densas, sino grisáceas. Podía
ver el cuerpo de Mart agazapado bajo el matorro, un cuerpo más pequeño
que el suyo.
Al clarear el alba contempló a la nave. Lentamente, el metal de sus
desnudas cuadernas superiores captaba las llamas del sol que aun no era
visible desde donde ellos se encontraban. El fulgor se expandía hacia abajo,
y la luz del sol rielaba en la vasta inmensidad de las paredes inferiores,
recortándose la maciza forma contra el firmamento.
Emergía así de las sombras la nave, objeto indescriptible, mayor que
cualquier cosa que le rodeaba. A aquella distancia, el edificio de cien pisos
de la Administración parecía parte de su andamiaje, una columna blanca
contra el oscuro coloso que era la nave. Mucho después de que se alzara el
sol quedóse Diddy contemplándola con la exaltación del orgullo. Al claror
del nuevo día, la nave parecía recogerse como si se dispusiera a emprender
el vuelo. No todavía, pensó Diddy trémulamente, todavía no. Mas, llegaría
el día. Y en aquel tiempo lejano, la más gigantesca nave jamás diseñada y
construida por el hombre, apuntaría su morro a los abiertos espacios entre
las próximas estrellas y volaría en la oscuridad. Y entonces ciertamente que
habrían de ceder terreno los rull.
Finalmente, en respuesta a la conocida sensación de vacío en el
estómago, Diddy descendió del cerro. Desayunó en un pequeño restaurante
«automático», y luego, sintiéndose feliz, montó en un helicóptero y se
dirigió a casa.
En su dormitorio, Jamiesen oyó abrirse la puerta exterior del
apartamento, y dijo a su mujer con voz queda:
— Debe estar cansado. Dejémosle que repose.
Diddy atravesó de puntillas la sala de estar y penetró en la habitación
de juegos y estudio. La puerta se cerró automáticamente tras él al entrar, y
se encendieron las luces. Una ojeada a los controles de la pared le mostró
que la compleja estancia-robot estaba alerta a su presencia. Finalmente,
dijo:
— Tu informe, hazme el favor.
— Hallé lo que era el sonido — respondió alegremente Diddy.
— ¿Y qué es?
Una vez hubo respondido Diddy, el Mando de Formación dijo:
— Bien, has acreditado mi instrucción. Estoy orgulloso de ti. Y ahora,
vete a dormir.
Al meterse bajo las sábanas, Diddy notó el tenue temblor de la
habitación, y luego cómo vibraba su cama y oyó el estremecimiento de las
ventanas de plástico absorbente. Bajo él, el piso crepitaba también
débilmente en su remota e inacabable relación con la vibración que lo
penetraba todo.
Sonrió satisfecho pero muy cansado. Nunca más habría de preguntarse
sobre el sonido. Era una miasma de Los Astilleros, un tenue humo de
vibración de las masas de edificios y metal y máquinas que extendían sus
zarzillos desde El Camino.
Aquel sonido se hallaría con él toda su vida, pues cuando se terminara
la nave, un sonido similar y penetrante se expandería de cada placa de
metal.
Y quedóse dormido, sintiendo el sonido profundamente en su Interior,
como parte de su vida.
2O

Jamiesen se despertó a su hora acostumbrada, y estaba deslizándose


pausadamente de su lecho cuando recordó. Volvióse, miró a su mujer, y
meneó la cabeza alegremente. Ella parecía estar descansando bien.
Ella y el muchacho dormirían varias horas aún. De puntillas se metió
en su cuarto de vestir, y luego, desayunando a solas consideró cómo los
acontecimientos de la noche podían afectar los días venideros. De que los
afectarían, estaba convencido.
El ezwal había hecho su prueba. El haber salvado a su hijo era el
simple resultado de su propia determinación de emplear todos los medios
posibles de ayuda al muchacho en su sostenido período de peligro.
Llegado a su despacho, Jamieson preparó un informe sobre la acción
de la noche, exponiendo como conclusión final que lo acontecido era tan
importante como la propia terminación de la nave. Y escribió: «La utilidad
de la telepatía mental como medio de comunicación con razas ajenas que
aún procura tan pequeña ayuda contra el común enemigo rull, es
naturalmente cuestión de una experimentación cuidadosa. Pero el que tal
medio de comunicación existe en absoluto, es un hecho sobresaliente en la
historia de la galaxia».
Sacó varias copias del informe, y las envió a quienes pensaba que su
opinión había de tener influencia.
La primera respuesta le llegó por la tarde, procedente de un elevado
personaje de las fuerzas armadas.
«¿Se habían tomado precauciones para asegurarse de que el ezwal no
tuviera acceso a nadie que conociera los secretos de la Investigación
Interina? (Interina era la clave que significaba Secreto Máximo) ¿Era
posible que este particular ezwal fuese destruido como medida de simple
precaución?»
Jamieson leyó el mensaje con una sensación de que estaba tratado con
una forma de insania. Naturalmente, lo era. Se había ya percatado de los
extremos a que llevaba a veces el secreto militar.
Y vio que la respuesta del gran hombre había sido enviada a todos
aquellos a quien también sometiera su propio informe.
Galvanizado, preparó una respuesta que establecía sobre una base de
datos que podían ser comprobados, que el ezwal no había estado cerca de
nadie que conociera los reales detalles científicos de la Investigación
Interina. Señaló que aunque su propio conocimiento había siempre tenido
en un mínimo generalizado, la acción de los agentes rull al atravesar las
barreras, y en sus otras acciones, habían indicado un conocimiento
considerable de los métodos de guerra bacteriológica que se empleaban
contra ellos; y que más bien que condenar al ezwal por los escasos datos
que podía haber obtenido de nosotros, sería mejor que descubriésemos los
que había conseguido de los agentes rull.
Esta fue la única tergiversación en su réplica. Sabía por experiencia del
gigante ezwal adulto en Eristan II, que los ezwal no podían leer la mente de
un rull. Mas no era el momento de presentar una información negativa.
Y así prosiguió: «Merece la pena señalarse también, que requeriría
meses, y posiblemente años, el crear de nuevo una circunstancia por la que
cayese en nuestras manos un joven ezwal dispuesto a colaborar. Asimismo
merece la pena señalar de que las futuras relaciones con la raza ezwal
dependerán de cuan meticulosamente nos comportemos en el presente. Si se
diesen cuenta de que ejecutamos realmente a un cachorro ezwal sabiendo lo
que ahora sabemos, la entera relación quedaría al instante comprometida.»
Jamieson despachó su réplica, con las correspondientes copias. Y
puesto que tenía aún a su cargo al ezwal, tomó la precaución de que lo
trasladasen a otro lugar, a fin — así lo escribió en su informe — de
asegurarse cabalmente de que no tuviera contacto alguno con nadie que
poseyera datos valiosos. Y seguidamente archivó en su despacho la
oportuna copia para el debido registro.
Satisfecho de que el ezwal no sería ahora destruido por alguna
acelerada acción tomada sin su conocimiento, esperó ulteriores reacciones.
Hubo varias antes del final de la tarde. Con una excepción eran
simples acuse de recibo. La excepción provenía del personaje que antes
respondiera. Era una nota personal a Jamieson, que decía: «¡Por Dios,
hombre! ¿Fue ese monstruo que nos mostró usted como una criatura?»
Fue el último intento para destruir al joven ezwal por razones militares
o legales.
Transcurrió una semana.
Jamieson recibió un memorándum de la División de Cómputos, poco
antes de mediodía y el cual decía: «En respuesta a su solicitud del 10 del
actual, nos complacemos en notificarle que tenemos a su disposición
algunos datos sobre nombres de razas con las cuales ha sido imposible
establecer comunicación».
Llamó a Caleb Carson, y quedaron en comer juntos, a fin de pasar en
compañía la mayor parte de la tarde en la División de Cómputos.
Carson era en lo físico enjuto y de prominentes mandíbulas, con un
gran parecido a su abuelo el famoso explorador. Parecía rodearle una
especie de aura, un aire de excitación contenida, como si conociera secretos
y tenido experiencias que no pudiera compartir con nadie.
Sentados ambos en la «Estancia de la Nave» del restaurant del
gobierno para los directores, Jamieson dijo al joven Carson:
— Mi intención es llevarme conmigo al ezwal en un viaje a un planeta
extranjero. Quiero tener la experiencia de emplearlo por lo menos una vez
como medio de comunicación. Y luego me gustaría transpasárselo a usted.
Caleb Carson asintió. Parecía sonrojado y ansioso, contestando:
— Se lo agradezco, señor. Me está dando una oportunidad para abrir
planetas enteros a una cooperaración con la cultura galáctica. No he
operado a este nivel antes.
Jamieson asintió pero no dijo nada. Recordó sus propios sentimientos
antes de que él también fuese destinado a un nivel de operaciones que
implicaba el empleo de su propia discreción en el trato con planetas enteros.
Resultaba un tanto sobrecogedor el percatarse que había alcanzado ya un
puesto en el que podía firmar una autorización que otorgase a los demás
también el mismo poder.
…El poder de comandar astronaves.
…El poder de firmar acuerdos que ligasen a la Tierra durante algún
tiempo.
…El poder…
Recordó su propia impresión de los hombres que le habían concedido
el derecho de funcionar a tal nivel. Había pensado que eran de mediana
edad. ¿Lo era él también? En ésto no había pensado antes sino fugazmente.
Comenzaron a discutir detalles tales como el grado de libertad que
debía darse al ezwal para su propio bien y el de los demás. Terminaron de
comer, echaron un último vistazo a la nave… que visiblemente atalayaba a
través de los transparentes muros, y luego, al salir, Carson dijo:
— ¿Proyectan realmente ir al planeta Rull con esta nave?
Por la expresión de Jamieson debió haber visto que había dicho algo
inconveniente, y suspiró:
— Está bien, pasemos por la caseta de guardia y veamos si soy un
Rull.
Muy seriamente ambos se sometieron al procedimiento de rigor,
siendo debidamente identificados, aunque — Jamieson lo sabía sólo por el
momento.
Pues en un mundo de agentes Rull, que podían mimetizar de tan
extraordinaria manera a los seres humanos, la identificación únicamente era
cuestión temporal. Una pregunta errónea, una acción sospechosa, la prueba
había de ser repetida.
Hasta cierto punto, un hombre necesitaba simplemente tocar a un Rull
sospechoso, para establecer su humanidad. Mas debido a que pocos
individuos eran capaces de contender con un Rull, el procedimiento
prescrito era informar inmediatamente a las autoridades. El hecho de que
Carson se ofreciera voluntariamente a la comprobación demostraba que era
un ser humano. Pero de todas maneras había de ser efectuada la
verificación.
En camino a la División de Cómputos, Carson dijo vivamente:
— Por el momento cuando menos puedo hablar con entera libertad.
¿Sobre qué base está seleccionando razas extranjeras la División? Jamieson
respondió sin vacilar:
— Una forastería cabal más ciertas características pudieran ser de
utilidad en la guerra Rull-humana. Sólo en extremas circunstancias me
place emplear la telepatía mental del ezwal. Únicamente hemos tenido un
fracaso hasta ahora. — Explicó la incapacidad de contactar a los Rull, y
prosiguió -. Puesto que existe cierta posibilidad de que los Rull sean
realmente de otra galaxia, sospecho ciegamente que toda la vida de nuestra
galaxia de la Vía Láctea se encuentra como fuere emparentada.
Verdaderamente, nadie podía discutir tal especulación. El hombre
había descubierto miríadas de hechos sobre la vida y su funcionamiento.
Mas no lo que la vida era, o su causa, era todavía una incógnita que se hacía
más desconcertante a medida que se revelaba la inmensidad del espacio a
los seres humanos que tripulaban las astronaves, y penetraban cada vez más
profundamente en él y tendían la vista más allá, a las inconmesurables y al
parecer infinitas distancias de lo continuo. En tal universo, los hombres
podían a lo más establecer elaboradas hipótesis. Y a Jamieson le parecía
que había observado cosas sobre la vida que justificaban la suya propia.
— ¿Tiene usted alguna raza en la mente? — preguntó Carson.
— No. Doy mis requisitos a la División. Dejo a ella que decida.
Quedaron silenciosos el resto del camino. Un técnico los condujo a
una pequeña estancia, donde comenzó a sonar con ruido una máquina de
escribir automática. Jamieson miró la primera frase, lanzó un tenue silbido
y dijo:
— ¡Debiera haberlo pensado! Los ploianos, naturalmente. ¿Quién sino
en toda esta galaxia?
— ¡Los ploianos! — dijo Carson frunciendo el entrecejo — ¿No se
trata únicamente de un mito? ¿Estamos seguros de que existe una raza
ploiana?
— Pues no, no lo estamos — repuso Jamieson jovialmente -. Pero es el
tiempo mejor para descubrirlo.
Se hallaba excitado. Se había olvidado de los ploianos. Seguramente
ello habría de ser una prueba severa para el ezwal, y para su propia
concepción de que existía un eslabón entre razas de las misma galaxia.

El salvavidas especialmente construido se deslizó del crucero al


espacio y comenzó a descender hacia el planeta Ploia en larga y oblicua
zambullida, frenándola gradualmente Jamieson.
Examinó el termómetro y velocímetro cuando el aparato penetró en la
zona atmosférica del planeta, y continuó frenando la velocidad, como
resultado de lo cual, únicamente se recalentaron las paredes exteriores del
salvavidas.
Continuó descendiendo a velocidad normal mediante sus robots
eléctricos y electrónicos, llegando a menos de cuarenta millas del planeta, y
cayendo ahora a unos cinco mil pies por minuto. A veinte millas, Jamieson
aminoró aún más… hasta llegar a menos de treinta millas por hora. Se
hallaba enderezando su vuelo a posición horizontal, cuando el aparato
regulador del aire reaccionó anormalmente, abriéndose y cerrándose
alternativamente.
Jamieson esperó expectante. Bruscamente las agujas del manómetro
reaccionaron a una oleada de potencia, y al instante el salvavidas comenzó
un vuelo errático e incontrolable, aumentando enormemente la velocidad de
su caida, bandeando de uno a otro lado como si estuviera encabritado.
Jamieson pulsó uno tras otro sus aparatos de control, pero el salvavidas
continuó con su vuelo inestable y antojadizo. Ninguno de los robots
electrónicos respondieron a nada de lo que Jamieson hiciera durante los
momentos que siguieron.
Tenso pero positivo, Jamieson se inclinó hacia atrás para esperar. No le
había por lo demás sorprendido que sucediera aquello. Y ahora no había
nada que hacer sino aceptar ciertas condiciones creadas por cualquier
agente que hubiera tomado posesión de la nave.
La situación cesó automáticamente cuando el salvavidas alcanzó un
nivel de veinte mil pies sobre el verde suelo de abajo.
A bordo, una máquina que no era de naturaleza eléctrica, reaccionó a
una lectura de barómetro, como resultado de lo cual se movió una rueda
graduada y se interrumpió toda energía eléctrica dentro del salvavidas.
Otros artefactos puramente mecánicos fueron activados por la corriente de
viento de una caída libre. La cámara reguladora de presión de aire se cerró
mecánicamente. Prendiéronse los cohetes, y ahora, el salvavidas, operando
con maquinaria no eléctrica volvió a remontar hacia el espacio.
Como una bala en plena furia de su vuelo, llegó disparado a zona sin
aire. A tales distancias resultaba imposible determinar si algo había
penetrado a bordo y apañándoselas para resolver el problema de abrir la
cámara de presión del aire sin el empleo de fuerza eléctrica. Lo dudaba. Por
consiguiente, había capturado un ploiano.
La primera expedición terrestre había aterrizado en Plonia
aproximadamente hacía unos cien años. Y al instante se halló sumida en
una pesadilla. El piso de metal, los enseres de metal y hasta los simples
objetos de metal se hallaban súbitamente conduciendo electricidad tan
libremente como si formase parte del sistema eléctrico de la nave.
Científicamente resultaba un fenómeno fantásticamente interesante.
En los ochenta y un hombres que fueron electrocutados en aquellos
primeros mortales momentos, las manifestaciones que presentaron no
fueron de interés alguno.
Los ciento cuarenta hombres restantes de la tripulación que no tocaron
metal durante aquellos primeros momentos, eran de gran experiencia y
entrenamiento. Sólo veintidós de ellos no se dieron cueta rápida de que se
trataba de un fenómeno eléctrico, siendo más tarde enterrados juntamente
con el primer desgraciado grupo, en una tierra que era tan verde y virgen
como la del más primitivo planeta que descubriera el hombre.
Los supervivientes intentaron lo primero de todo el volver a obtener el
control de su nave. Cortaron toda corriente, y razonando que alguna especie
de organismo viviente había entrado a bordo, comenzaron a efectuar una
limpieza sistemática, mediante pulverizadores químicos. Cuando toda la
nave estuvo bien saturada, conectaron de nuevo la energía, pero, al cabo de
un momento, la cosa se puso tan mal como antes. Volvieron a emplear sus
pulverizaciones químicas, mas sin resultado. Intrépidamente salieron al
exterior, enchufaron una manguera de agua y funcionaron el sistema de
riego de la nave. Cada pulgada cúbica de la misma fue sometida a una
corriente de presión.
Tampoco ello produjo el menor efecto. Realmente, quienquiera que
hubiese entrado a bordo era tan sensible que había observado cómo se
ponían en marcha y se detenían las dínamos. Durante una de las guardias
nocturnas, mientras la mitad de los hombres dormitaban
desasosegadamente, todas las máquinas eléctricas empezaron a funcionar
simultáneamente. Y hubieron de cortar los contactos, valiéndose de
herramientas adecuadas, antes de que todo se fuera al traste.
En el ínterin, se emplearon espejos para entrar en contacto con un
crucero compañero que «flotaba» en una órbita sobre la atmósfera. La
tripulación de abajo, aterrorizada y al borde de la locura recibió un análisis
de su situación que confirmaba sus propias observaciones.
«Los extranjeros — les advirtieron — no parecen ser directamente
hostiles a los seres humanos. Todas las muertes resultan ser resultados
accidentales de su interferencia con el sistema eléctrico de la nave.»
Cabe, por ende, postularse que puede ser efectuado un estudio de su
forma de vida, disponiendo varias combinaciones de fenómenos eléctricos y
examinando su reacción. Serán diseñados instrumentos a tal fin y se os
lanzarán.
La expedición se hizo científica y durante seis meses fueron estudiados
los fenómenos de una vida extraña. El resultado final no fue satisfactorio,
debido a que en ningún momento se estableció contacto, ni se determinó
por último qué forma de vida existía realmente sobre el planeta.
Al final del medio año, el crucero compañero; arrojó varios cohetes de
estilo antiguo, que utilizaban mecanismos de disparo no eléctricos. Y así
fueron rescatados los supervivientes de la primera expedición a Ploia.
Jamieson pensó en todo ello mientras empleaba haces tractores para
llevar a su salvavidas a una cámará reguladora de presión de su propio
crucero. Unos pocos momentos después, la gran nave aceleraba la
velocidad al espacio interestelar.
No había nada decisivo a hacer inmediatamente. El ezwal informó la
presencia de otra «mente», mas no pudo captar otro pensamiento más que el
de ansiedad y desdicha.
La indicación de que había algo alivió considerablemente el espíritu de
Jamieson. En vista de la experiencia de la primera expedición, no había
podido hurtarse a la sensación de que se estaba engañando a sí mismo. Por
la identificación de una presencia, el ezwal estaba sirviendo ya a un
propósito útil.
A unos cien años-luz de Ploia, desconectó los mandos interestelares de
todas las conexiones eléctricas, y luego, él y el ezwal se retiraron a una
parte de la nave especialmente construida para este viaje, la cual se hallaba
comunicada con la sección principal por mecanismos impulsados a motor y
operados a mano. En ella se encontraba un segundo cuadro de control.
Desde allí, y empleando un aparato mecánico especialmente construido,
Jamieson abrió la cámara reguladora de presión del salvavidas y permitió al
ploiano entrar en el cuerpo principal de la nave…, si aquel extraño ser
deseaba hacerlo así.
El ezwal informó a su rápida manera mental: «Tengo imágenes de
escenas en la cabina principal de mando. Parecen provenir de cerca del
techo. Tengo la impresión de que está calibrando la situación».
Aquello parecía razonablemente decisivo. La mente del ploiano podía
ser leída. Jamieson podía imaginarse a sí mismo en similar aprieto a bordo
de una nave forastera. Supuso lo cauto que sería.
— Ahora ha ido al cuadro de mando — restalló el ezwal.
— ¿Se ha metido en él? - preguntó Jamieson, sobresaltado.
Se produjo una sacudida y la nave viró en ángulo de su rumbo. La
errática carrera no alteró a Jamieson. Pero su nuevo conocimiento del
ploiano — obtenido a través del ezwal — compuso una imagen inquietante
de un tablado de control en cortocircuito. Vio a una criatura amorfa
serpeando y gateando a través de una masa de alambres e instrumentos, con
su «cuerpo» como puente para la potencia efectiva en los numerosos relés.
Mientras se formaba esta imagen, la carrera de la nave se hizo más
estable. La gran embarcación surcó en línea recta a través de aquel borde
remoto de la galaxia.
Provino ahora el pensamiento del ezwal:
— Eligió una dirección y tiene un plan para seguirla exactamente
como antes lo hicimos nosotros. No sabe nada de impulsos más rápidos.
Jamieson meneó la cabeza, impresionado pero complacido. ¡Pobre
ploiano! Cogido en la trampa de una distancia que nadie de su raza había
jamás visto o ni siquiera sospechado…
En voz baja dijo ahora:
— Comunícale cuan grande es la distancia, y explícale la diferencia
que hay entre el impulso interestelar y el que está empleando. El ezwal
respondió:
— Ya se lo he dicho. Y en respuesta sólo ha manifestado cólera.
— Sigue diciéndoselo — repuso con firmeza Jamiesen, para añadir
más tarde -: Dile que tenemos una máquina operada eléctricamente a través
de la cual podremos hablar él y yo… una vez que aprenda su mecanismo.
Más tarde aún, Jamieson instruyó:
— Pregúntale qué emplea como alimento.
Esto trajo la primera respuesta.
— Dice — informó el ezwal que está muriéndose y que nosotros
somos los responsables.
Era completa telepatía. Ahora tenían ya la información de que los
ploianos se alimentaban de la fuerza magnética de su planeta, que
convertían en una especie de energía vital.
Con el sistema eléctrico interrumpido, no había disponible ningún
fluido magnético de los numerosos cables y armaduras de los motores
eléctricos, generadores, relés y magnetones. Efraim recibió la impresión de
que tales concentraciones de fluido eran extraordinariamente estimulantes
para los ploianos.
Se le ocurrió a Jamieson que esta simple reacción contaría en mucho,
si no en todo, sobre el daño que los ploianos habían infligido a los
precedentes exploradores. Y tuvo la súbita y clara impresión de que todas
las averías del equipo y el efecto mortal sobre la tripulación humana, había
sido en gran medida incidental, debida a una especie de «pítima» que
cogieran los ploianos.
Con esta idea en la mente, no era truco alguno el poner en marcha una
pequeña turbina de gas que impulsara un generador, el cual a su vez operase
el motor eléctrico de un compresor.
— Dile — comunicó Jamieson al ezwal — que no absorba el fluido
demasiado rápidamente, pues de lo contrario trabará el sistema.
Dieron, pues, de esta manera su «comida» al ploiano y luego añadió
Jamieson:
— Dile ahora que no tendrá más alimento hasta que se avenga a
emplear ese aparato comunicante.
En el plazo de horas, el ploiano pudo modular de tal modo la corriente
eléctrica que provinieron sonidos parlantes inteligentes, si bien guturales.
Aquella criatura adquirió un aceptable dominio del inglés en un día.
— La cuestión es — dijo Jamieson, más a sí mismo que al joven ezwal
-, ¿qué clase de cociente de inteligencia tiene ese tipo, para aprender un
idioma tan rápidamente?
Efraim no podía comentar directamente sobre el particular, pues no
tenía necesidad de lenguaje. Pero informó:
— Parece tener disponible para el almacenaje de recuerdos todo su
campo de energía, el cual se extiende casi tanto como lo desee.
Jamieson meditó en ello, pero fue incapaz de obtener una clara imagen
mental de tal «sistema nervioso». Finalmente, dijo:
— En nuestro viaje de regreso voy a fabricar una versión en miniatura
de esa máquina comunicante, de manera a poder llevarla encajada en el
oído. Me gustaría entrenarle al punto que pueda hablar con él tan fácilmente
como lo hago contigo.
Construyó el instrumento y se hallaba en proceso de entrenar a aquel
ser, cuando le llegaron dos mensajes procedentes de la Tierra, los cuales
cambiaron sus planes para el inmediato futuro.
El primer mensaje era de Caleb Carson:
«El cambio político sobre el planeta Carson hace posible un sistema
educativo para los ezwal sin esperar a la Convención Galáctica. Una tal
mistress Whitmann se halla en el origen de esta información. Dice que
usted comprenderá.»
El comentario de Jamieson a este mensaje fue torcido:
«Hubo una época en que mistress Whitmann y yo no nos apreciábamos
mucho. Supongo que ahora ello ha cambiado. Creo que lo deseo».
El segundo mensaje era igualmente decisivo:
«Diríjase inmediatamente al planeta recientemente descubierto en la
Región 18. Situación sobre 1-8-3-18-26-54-6. Queda usted facultado para
una investigación personal e informar en consecuencia. Firmado
COMSUOPES.»
Jamieson no necesitaba le dijeran por qué el Comandante Supremo de
Operaciones Espaciales estaba directamente interesado en la cuestión. La
Región 18 era la clave que designaba la extrema «línea» de vanguardia de
las fuerzas antirrulls. Junto con el planeta Carson y dos más, este nuevo
mundo constituiría un cuadrilátero de bastiones militares desde los cuales la
Tierra — y la parte humana de la Galaxia — podía ser defendida.
Los números indicaban simplemente la clave mediante la cual se le
radiaría la posición del nuevo planeta.
Al recibo de ambos mensajes, Jamieson varió sus planes, acusando
inmediato recibo, radiando a Caleb Carson:
— Vaya a verme a… — Nombró un planeta al cual podían llegar
aproximadamente ambos -. Entregaré a usted a Efraim y esta nave y usted
se dirigirá al planeta Carson para operar como planeado.
Y al COMSUOPES:
«Disponga que cuente con nave de guerra en…» — Nombró el planeta
donde esperaba encontrarse con Caleb Carson -. «Y prepare también la
toma a bordo de mi salvavidas personal.»
Era la única buena solución al problema planteado por el ploiano…
llevárselo consigo.
Seriamente, Jamieson inculcó a aquel ser la importancia de no hacer
nada demasiado precipitadamente…
— Si esperas volver algún día a tu propio planeta, has de hacer
exactamente y en todo tiempo cuanto yo te diga — le comunicó.
Y el ploiano lo prometió así, sobria y solemnemente.
21

Trevor Jamieson veía la otra nave espacial por el rabillo del ojo. Se
hallaba sentado en una concavidad a una docena de metros del borde del
precipicio, y a unos cuantos pies de la puerta de su salvavidas. Había estado
intensamente sumido en su libro-registro, anotando un comentario, recogido
al par por la cinta magnetofónica, sobre que Laertes III se hallaba tan unida
a la invisible línea divisoria entre el espacio controlado por la Tierra y el
controlado por los rull, que su previo descubrimiento por el hombre suponía
en sí mismo una gran victoria en la guerra rull-humanos.
Así, había escrito: «El hecho de que naves con base en este planeta
pudieran asestar un golpe a varias de las áreas más densamente pobladas de
la galaxia, rull o humana, da la máxima prioridad a todo el equipo militar
disponible. Debieran ser instaladas unidades preliminares de defensa en
Monte Monolito, donde me encuentro, en el plazo de tres semanas…»
Fue en este punto que vio la otra nave, arriba y un tanto a la izquierda,
aproximándose a la meseta. Alzó la vista y quedóse suspenso, en conflicto
entre dos dispares propósitos. Su primer impulso, correr hacia el salvavidas,
lo desechó al darse cuenta inmediata de que el movimiento habría de ser
visto al instante también por los reflejos electrónicos de la otra nave.
Después, y por unos segundos, albergó la tenue esperanza de que si
permanecía lo bastante quieto, ni él ni su nave serían observados.
Inmóvil, pues, y sudando de indecisión, sus ojos tensos se fijaron en
las marcas rull y en el inclinado diseño de la otra nave, permitiéndole su
amplio conocimiento de las cosas rull catalogarlo como un aparato de
inspección.
Un aparato de inspección. Los rull habían, pues, descubierto el sol
Laertes.
La terrible posibilidad era que tras aquel pequeño crucero hubiesen
flotas de naves de batalla, mientras que él estaba solo. Su salvavidas había
sido lanzado por el Orion a cosa de un parsec, mientras que la gran nave
seguía a velocidades antigravitatorias, a fin de asegurarse de que los
rastreadores energéticos rull no registraran su paso a través de esta zona del
espacio. El Orion iba rumbo a su base más próxima, donde cargaría equipo
de defensa planetaria, volviendo después, dentro de diez días.
¡Diez días…! Jamieson lanzó un gemido interior, cruzó las piernas
bajo él y apretó con la mano el libro-registro. Pero todavía la posibilidad de
que su nave, parcialmente oculta bajo un grupo de árboles, pudiera escapar
a la observación, caso de que él permaneciera quieto, le mantuvo en su sitio
descubierto, con la cabeza encogida y el cerebro deseoso de desviarse. Una
vez más en aquella tensa e inmóvil espera le penetraban hasta lo más hondo
las deducciones del desastre que podría producirse.
La nave rull se hallaba ahora a cien metros y no daba señales de
cambiar su rumbo. Dentro de pocos segundos pasaría sobre el soto que
ocultaba a medias el salvavidas.
Con movimiento espasmódico, Jamieson salió disparado de su silla, y
en completo abandono se zambulló por la abierta portezuela de su aparato.
Al cerrarse la portezuela tras él, la embarcación se conmovió como si
hubiese sido golpeada por un gigante. Parte de su techo se combó; el piso se
alzó bajo él, y el aire se hizo caliente y sofocante. Jadeando, Jamieson se
deslizó en la cabina de mando y asió la palanca principal de emergencia.
Los inyectores zumbaron en automática posición de disparo para terminar
su zumbido en un ping ahogado. Los refrigeradores gimieron con la
energía, y una fría ráfaga de aire sopló en su cuerpo. El alivio fue tan rápido
que pasó un segundo antes de que Jamieson se diera cuenta de que los
motores atómicos habían dejado de responder. Y que el salvavidas, que
debía hallarse ya surcando el aire, se encontraba aún yaciendo inerte en una
posición expuesta.
Miró tenso las placas visoras, tardando un momento en localizar al
aparato rull, que aparecía en el extremo inferior de una de ellas,
descendiendo lentamente hasta desaparecer de la vista más allá de una
arboleda a un cuarto de milla de distancia. Luego, el estrépito producido por
un raro aterrizaje, le provino inconfundiblemente del tablero de sonido
situado frente a él.
El nuevo alivio que experimentó fue contrapesado por una terrible
reacción, desplomándose Jamieson sobre los cojines de la butaca de control,
sintiéndose sin fuerzas por lo precario de su escapatoria. Su debilidad
terminó bruscamente al ocurrírsele una idea. La nave enemiga había
descendido, en efecto, de manera que más que disponerse a aterrizar parecía
iba a estrellarse. Pero aún en este caso, ul choque no habría matado a todos
los rull a su bordo. Y él se encontraba solo sobre una montaña
infranqueable, con una o varias de las más crueles criaturas que jamás
fueran engendradas. Por espacio de diez días habría de luchar con la
esperanza de que el ser humano pudiera ser aún capaz de plantar sus reales
en el planeta más precioso descubierto en medio siglo.
Jamieson abrió la portezuela y salió a la meseta.
Temblaba aún por la reacción, pero estaba oscureciendo rápidamente y
no había tiempo que perder. Caminó aprisa a la cima de la loma más
próxima, que estaba a unos cien pies, recorriendo los últimos metros
sirviéndose de manos y rodillas. Escudriñó con cautela sobre su borde. Era
visible la mayor parte de la cumbre de la montaña, que formaba un tosco
óvalo de unos ochocientos metros de anchura en su parte mas angosta, y
presentando una paramera poblada de una maraña de matorrales y roca,
dominada acá y allá por algunos grupos de árboles. No se percibía
movimiento alguno, como tampoco la menor señal de la nave rull. Sobre
todo ello se hallaba tendida una atmósfera de desolación y el infinito
silencio de un desierto.
El crepúsculo fue más denso ahora que el sol se había sumido por el
precipicio del sudoeste. Y lo fatal era que, para los rull, con su visión más
amplia y por hallarse más cabalmente dotados sensorialmente, la oscuridad
no significaba nada. Durante toda la noche habría de estar él a la defensiva
contra seres cuyo sistema nervioso superaba al suyo en todas las funciones,
excepto acaso en la inteligencia. Sólo al nivel de ésta podían cuando menos
pretender una igualdad los seres humanos. La comparación le hizo
percatarse de cuan desesperada era su situación. Necesitaba una ventaja. Si
pudiese llegar al pecio de los rull y perjudicarles como fuere antes de que se
cerrara del todo la noche, y antes de que se recobrasen de la conmoción de
su estrellamiento indudable, sólo entonces podía existir una diferencia para
él entre la vida y la muerte.
Era un riesgo que tenía que correr. Y sin pensarlo más, Jamieson
comenzó a descender presuroso la loma a lo largo de una somera torrentera.
El terreno era fragoso y sembrado de cantos rodados y retorcidas raíces y
recios matojos. Cayó dos veces, hiriéndose la primera la mano derecha. Ello
le hizo aflojar el paso mental y físico. Nunca antes había intentado hacer
velocidad sobre la selvatiquez sin veredas de la altiplanicie. Y vio que en el
lapso de diez minutos había recorrido una distancia de no más de cien
metros. Se detuvo. Una cosa era ser audaz por la probabilidad de obtener un
logro vital. Y otra muy distinta exponer su vida atolondradamente como un
dado al azar. La derrota no sería suya sola, sino del hombre.
Parado ahora, pues, se dio cuenta del frío helador que se había alzado,
con un viento del este, para medianoche la temperatura sería de cero.
Comenzó a retirarse. Había varias defensas a armar antes de la noche, y
haría mejor en darse prisa a hacerlo.
Una hora después, cuando la oscuridad sin luna se suspendía
pesadamente sobre aquellos parajes y las montañas, Jamieson se encontraba
tenso ante sus placas de visión. Había de ser una noche larga para un
hombre que no se atrevía a dormir. Y fue ya aproximadamente mediada
cuando Jamieson percibió un movimiento en el remoto perímetro de su
placa de visión de onda múltiple. Con el dedo en el botón disparador de
energía agostadora, esperó a que el objeto se enfocara más. Pero no llegó a
hacerlo. El alba fría encontró a Jamieson cansado, pero todavía alerta a un
enemigo que estaba actuando tan cautelosamente como él. Y comenzó a
preguntarse si en realidad había visto algo o fue sólo ilusión de sus sentidos.
Tomó otra pastilla antisueño y revisó más minuciosamente los motores
atómicos, no tardando en comprobar su anterior diagnóstico. La pila básica
de gravitación había sido averiada por entero, y hasta que pudiera ser
reactivada en el Orion, los motores eran inútiles. El resultado del
concluyente examen le vigorizó, en medio de todo. Estaba obligado
irrevocablemente a aquella batalla mortal de la altiplanicie. La idea que
había estado dando vueltas en su cerebro durante la noche, cobró un nuevo
significado. Era la vez primera, a su conocimiento, que un rull y un ser
humano se enfrentaban en un limitado terreno de acción, en el que ninguno
era prisionero. Las grandes batallas en el espacio eran de nave contra nave y
flota contra flota. Los supervivientes, o bien escapaban o bien eran barridos
por fuerzas abrumadoras. A menos que fuese él superado antes de hallarse
organizado, se presentaba allí una inapreciable oportunidad para intentar
algunas pruebas sobre los rull… y sin demora. Cada momento de la luz
diurna debía ser utilizado al máximo.
Jamieson se ciñó sus especiales cinturones «defensivos» y salió al
exterior. El alba acrecentaba su fulgor a cada minuto y los panoramas que
iban revelándose al aumento de la luminosidad fortalecían su cuerpo para la
lucha que se avecinaba. ¿Y por qué — se preguntaba — había de producirse
aquello sobre la más extraña montaña jamás conocida?
El Monte Monolito tenía su base al nivel y alcanzaba la vertiginosa
altura de ocho mil doscientos pies. La columna más mayestática en el
mundo conocido, y bien calificada como una de las cien maravillas
naturales de la galaxia.
Él había hollado el suelo de planetas a cien mil años luz de la Tierra, y
las cubiertas de las grandes astronaves habían brotado fulgurantes de la
noche eterna a los resplandores de soles azules y soles rojos, amarillos y
blancos, anaranjados y violetas, soles tan maravillosos y diferentes, que
imaginación alguna podría parangunarlos con la realidad.
Sin embargo, aquí se hallaba él sobre una montaña en el lejano
Laertes; un hombre impelido por las circunstancias a poner en juego su
astucia contra uno o más de los supremamente inteligentes enemigos rull.
Jamieson se sacudió, despabilándose ásperamente. Era ya hora de
lanzar su ataque… y descubrir la oposición que podría serle mostrada. Era
el Primer paso, y lo importante era asegurar de que no fuese también el
Ultimo. Para cuando el sol de Laertes asomó pálidamente sobre el horizonte
que formaba el borde nordeste del cerro, el asalto estaba en marcha. Las
defensas automáticas que había instalado la noche anterior, se movían
lentamente de punto a punto delante del eyector móvil. Cautamente previo
que una de las defensas cubriese también la retaguardia, aumentando esta
protección fundamental arrastrándose de una prominente roca a otra. Los
aparatos los manipulaba por un pequeño mando de mano que estaba
conectado a las placas de visión que asomaban a la visera de su casco,
justamente bajo sus ojos. Con tensos ojos vigilaba las agujas oscilantes que
indicarían movimiento o bien que las defensas del enemigo estaban siendo
sometidas a la oposición energética.
No sucedió nada. Al llegar a la vista del aparato rull, Jamieson se
detuvo, meditando seriamente en el problema de no hallar resistencia
alguna. No le gustaba aquello. Era posible que todos los rull de a bordo
hubiesen resultado muertos, pero lo dudaba.
Examinó fríamente el pecio a través del ojo telescópico de una de las
defensas. Se hallaba en una pequeña depresión, con el morro enterrado en
una capa de grava. Sus planchas inferiores eran versiones retorcidas del
original. Su eyector de energía, por muy automático que pudiera haber sido,
había asestado un golpe mortal el día anterior a la nave rull.
El efecto predominante era de ausencia de vida. De ser una añagaza, lo
era muy hábil. Mas por fortuna, podía hacer comprobaciones, no decisivas,
pero sí evidenciadoras e indicadoras.
La altura sin ecos de la montaña sin par que jamás fuera descubierta,
zumbó con el sonido ígneo del eyector móvil, y el ruido se convirtió en
rugido cuando la pila de unidad de calor desarrolló su máximo de actividad
emanadora. Sometido a aquella violenta ráfaga, el casco de la nave enemiga
tembló un poco y cambió ligeramente de color, mas eso fue todo. Al cabo
de diez minutos, Jamieson cortó la corriente y quedóse desconcertado e
indeciso.
Las pantallas defensivas de la nave rull estaban desplegadas. ¿Se
habían puesto en funcionamiento automáticamente después de su primer
disparo de la tarde anterior? ¿O bien lo habían sido deliberadamente para
anular precisamente un ataque tal como el suyo ahora? No podía estar
seguro. Eso era lo intranquilizador; no tenía un positivo conocimiento.
Podía yacer muerto en el interior. (Era singular que comenzara a pensar en
términos de uno más bien que de varios, pero el grado de precaución
empleado por la oposición — si oposición existía — contendía con el suyo,
e indicaba la cautela de un individuo moviéndose contra avatares
desconocidos.) Podía estar herido e incapaz de ejecutar nada contra él.
Podía haber pasado la noche trazando líneas de control de nervios sobre la
altiplanicie — debía por su parte no mirar nunca directamente al suelo — o
bien podía estar simplemente esperando la llegada de una nave más grande
que la que le había lanzado al planeta.
Jamieson rehusó aceptar la última posibilidad. Si así fuese, podía darse
por muerto, sin esperanza. Frunciendo el entrecejo, estudió el daño visible
que había causado a la nave. Todos los metales duros habían resistido, tanto
como podía apreciarlo, pero el fondo entero de la nave estaba abollado en
una profundidad que variaba de uno a cuatro pies. Debía haber penetrado
alguna radiación, y la cuestión era saber cuál es la que podía haber
producido la avería. Él había examinado docenas de cruceros de inspección
rull capturados, y si éste era del mispo tipo, debía tener en su parte anterior
el centro de control, con una cabina eyectora. Y a popa la sala de máquinas,
dos bodegas, una para combustible y equipo, la otra para víveres y…
¡Para víveres! Jamieson dio un brinco y luego, con ojos dilatados,
observó que este compartimiento había sufrido más graves daños que
cualquier otra parte de la nave. De seguro que alguna radiación debió haber
penetrado en él, envenenándolo, aniquilándolo, y colocando así en situación
fatal a los rull, con sus rápidos sistemas digestivos.
Jamieson suspiró con la intensidad de su esperanza y se dispuso a la
retirada. Al volverse, de una manera puramente incidental, accidental, lanzo
una ojeada a la roca tras la cual se había escudado contra algún fuego
posible directo. Y vio impresa las líneas en ella… Líneas intrincadas,
basadas en un estudio profundo e inhumano de las neuronas humanas. Las
reconoció como lo que eran y quedó yerto de espanto. ¿Dónde… dónde
estoy siendo dirigido?, pensó.
Se había descubierto aquéllo después de su regreso de Mira 23, con su
informe de cómo fuera al parecer hipnotizado instantáneamente; las líneas
impelían al movimiento a alguna parte. Y allí en aquella fantástica montaña,
únicamente podía haber un despeñadero. ¿Pero cuál?
Con una desesperada voluntad luchó por mantenerse en su cabales un
momento más… Pugnó por no ver las líneas de nuevo. Pero vio, breve y
fulgurantemente, cinco ondulantes verticales y sobre ellas tres que
apuntaban a oriente con sus también ondulantes extremos. Y siguió
esforzándose por recordar si habían anchos bordes próximos a la cima del
despeñadero oriental. Sí, los había. Los recordó en final angustia de
esperanza. Aquél, pensó, aquél, aquél… Que vaya a parar en él…
Retorcíase casi por mantener su deseada imagen, repitiendo al par muchas
veces la orden que podría salvar su vida. Su último triste pensamiento fue
de que allí estaba la respuesta a sus dudas. El rull estaba vivo. La oscuridad
se cerró sobre él como una cortina de la pura esencia de la noche.
22

Vino desde la lejana galaxia un frío e implacable caudillo de caudillos,


el yeli, Meesh, el lin de Ría, el alto Aaish de Yeell. Y otros títulos, y otros
cargos, y poder. ¡Oh, el poder que tenía, el poder de la muerte, el poder de
la vida y el poder de las naves de Leard!
Había venido armado de cólera para descubrir lo que andaba mal.
Muchos años antes había sido dada la orden: Expándete en la Segunda
Galaxia. ¿Por qué, pues, quienes-no-podían-ser-más-perfectos eran tan
lentos en llevar a cabo las instrucciones? ¿Cuál era la naturaleza de las
criaturas de dos piernas cuyas numerosas naves, inexpugnables bases
militares y numerosos aliados habían llevado a un callejón sin salida a los-
que-poseían-el-supremo-sistema nervioso de-la-Naturaleza
— ¡Traedme un ser humano viviente!
La orden expandió su eco a los límites del espacio riático, y aportó un
embotado superviviente de un crucero de la Tierra, un navegante de baja
categoría con un cociente de inteligencia de noventa y seis y un índice de
miedo de doscientos siete. La criatura hizo vagos esfuerzos para suicidarse,
y se retorció en las mesas de los laboratorios, escapando finalmente a la
muerte cuando los científicos se hallaban aún en el comienzo de los
experimentos que él había ordenado se realizaran ante sus propios ojos.
«Seguramente, éste no es el enemigo.»
«¡Señor, capturamos tan pocos con vida! Así como nosotros
condicionamos los nuestros, también ellos parecen haber inculcado en los
suyos el suicidio en caso de captura.»
«El ambiente es erróneo. Debemos crear una situación en la cual el
capturado no sepa que está prisionero. ¿Existen algunas posibilidades de
ello?»
«Será examinado el problema.»
«Había venido para conducir el experimento, al sol donde había
observado un hombre siete períodos antes. El hombre tripulaba un pequeño
aparato — así decía el informe — que fue súbitamente precipitado del
subespacio y cayó a este sol. El hecho de que no empleara energía alguna,
despertó las sospechas de nuestra nave de combate observadora, que de otro
modo no habría prestado atención alguna a artefacto tan pequeño. Y así,
debido a haberse efectuado inmediatamente una investigación, disponemos
de una nueva posibilidad básica, y desde luego de una situación ideal para
el experimento.»
El informe proseguía: «No se han efectuado otros aterrizajes hasta la
fecha, como os informamos; hasta donde podemos saberlo, nuestra
presencia no es sospechada. Puede suponerse que hubo un precedente
aterrizaje humano en el tercer planeta, pues el hombre estableció su cuartel
general inmediatamente en la singular cima de la montaña, la cual será ideal
para vuestros propósitos.»
Un grupo de batalla patrullaba el espacio en torno al sol. Pero dio con
una pequeña nave, y debido a despreciar a su enemigo, lo había hecho ir a
las montañas, fogueándole en tierra con sus ráfagas inutilizantes… y
sorprendídose luego por una potentísima ráfaga de respuesta que hizo
estrellarse al aparato dominador. La muerte se produjo para todos en esos
segundos, excepto para él, que logró salir conmocionado, pero aún con
vida, gateando tras abandonar su butaca de la cabina de mando. Con ojos
cavilosos sopesó la magnitud del desastre. Tenía órdenes de llamar en
auxilio en caso de necesidad. Pero no pudo hacerlo. Pues la radio estaba
completamente destrozada, siendo imposible su reparación. Experimentó
una sensación angustiosa al descubrir que los víveres estaban
emponzoñados.
Rápidamente hizo de tripas corazón y se endureció ante el aprieto.
Luego, rondó en torno al perímetro de las energías defensivas del hombre,
estudiando el salvavidas y ponderando las acciones posibles que su
antagonista podría emprender contra él. Y, finalmente, con infatigable
paciencia, examinó los accesos a su propia nave. Y en los puntos-clave,
trazó las líneas-que-podían-captar-las-mentes-de-los-hombres. Y poco
después de que el sol se alzara, tuvo la satisfacción de ver al enemigo
«prendido» y «compelido». Mas la satisfacción tenía un inconveniente. No
podía aprovecharse de ella según sus deseos. Pues el eyector mortífero del
hombre había sido enfocado sobre su principal cámara reguladora de
presión del aire. No estaba emitiendo energía, pero al rull no le cabía duda
alguna de que se dispararía automáticamente si abría la portezuela.
Lo que hacía seria la situación era que, cuando intentó emplear la
salida de emergencia, la encontró atrancada. No lo había estado. Al tener un
presentimiento de este género, la había probado inmediatamente después
del choque. Entonces se abrió. Y ahora, sin embargo, no. La nave debió
haberse empotrado durante el período sin sol. En realidad no importaba la
razón de que así sucediera. Lo que contaba era que estaba cerrada cuando
precisamente deseaba estar en el exterior. No era que hubiese decidido
destruir inmediatamente al hombre. Si su captura suponía el poder
apoderarse de sus víveres, entonces sería innecesario darle muerte. Era
importante, no obstante, ser capaz de tomar la decisión mientras el hombre
estuviese indefenso. Y la posibilidad de que el hombre pudiese matarle a él,
hizo fruncir el entrecejo al yeli. No le gustaban accidentes que perturbasen
sus planes.
Desde el principio había tomado el asunto un giro siniestro. Había sido
sorprendido por fuerzas más allá de su control, por elementos de espacio y
tiempo que siempre había tenido en cuenta que fueran teóricamente
posibles, pero jamás los había considerado como de aplicación personal.
Era por las profundidades del espacio por donde las naves Leard
combatían para extender las fronteras de los perfectos. Fuera de allí vivían
criaturas ajenas que habían sido engendradas por la Naturaleza antes de que
hubiese estado terminado su definitivo sistema nervioso. Y todos aquellos
extranjeros debían morir debido a que eran ya innecesarios, y porque
existiendo podían descubrir incidentalmente medios de subvertir el
equilibrio de la vida yeeliana. En la civilizada Ria estaban prohibidos los
accidentes.
El rull despejó su mente de tales debilitantes pensamientos. Decidió en
contra del intento de abrir la puerta de emergencia y, en vez de ello, volvió
su eyector contra una grieta en el duro piso. Los anuladores soplaron sus
grasas a través del área que había operado, y las bombas aspirantes
recogieron la remolineante materia radiactiva de una puerta abierta como
válvula de seguridad hacía muy peligroso el trabajo. Muchas veces hizo una
pausa mientras se purificaba el aire, de manera a salir de nuevo de la cabina
anuladora a la que se retiraba cada vez que el calor hacía hormiguear sus
nervios… guía más de fiar que cualquier instrumento que había de ser
vigilado.
El sol había pasado el meridiano cuando finalmente la placa de metal
se separó procurándole una abertura entre la grava y roca de abajo. El
problema de hacer un socavón a terreno libre era fácil, aparte de que
requería tiempo y esfuerzo físico. Polvoriento y enojado y hambriento, el
rull emergió del hoyo, cerca del centro del grupo de árboles junto al cual
había caído su aparato.
Su plan de realizar un experimento había perdido su atractivo. Tenía
cualidades de obstinación en su naturaleza, pero razonaba que esta situación
podía ser reproducida para él a nivel más civilizado. No había necesidad
alguna de tomar riesgos o de estar incómodo. Mataría al hombre y
químicamente lo convertiría en alimento hasta que las naves vinieran a
rescatarle. Con mirada ávida buscó el escabroso y quebrado despeñadero
del este, asomando a sus pendientes y trepando luego rápidamente hasta
haber circunvalado virtualmente la altiplanicie. No halló nada, podía estar
seguro de ello. En uno o dos puntos, el suelo presentaba un aspecto
lacerado, como por el paso de un cuerpo, pero un examen más detenido no
establecía que realmente alguien hubiese estado allí.
Sombríamente, el rull se deslizó hacia el salvavidas del hombre,
examinándolo desde segura distancia. Las pantallas de defensa estaban
alzadas, pero no estaba seguro de que hubiesen sido instaladas antes del
ataque de la mañana, o bien después, o acaso lo habían hecho
automáticamente a su aproximación. No podía estar seguro. Eso era lo
malo. Por doquier en la altiplanicie la fragosidad y desolación eran tales
como jamás las hubiera contemplado. El hombre podía estar muerto,
yaciendo su cuerpo destrozado en el remoto fondo de la montaña. Podía
hallarse en el interior de la nave, gravemente herido; mas por desgracia
había tenido tiempo de volver a la seguridad de su aparato. O bien podía
hallarse en su interior, alerta, agresivo, y consciente de la incertidumbre de
su enemigo, decidido a provecharse por completo de ella.
El rull instaló un dispositivo de alerta que le avisaría cuando se abriese
la portezuela. Luego volvió al túnel que conducía a su nave, se arrastró
laboriosamente por él e instalóse en espera de la emergencia. El hambre que
sentía era como una fuerza expansiva que a cada hora apretaba más. Era el
momento ya de dejar de moverse por los alrededores. Necesitaría toda su
energía para la crisis. Los días pasaron.
Jamieson se removió en un efluvio de dolor que al principio le pareció
envolvente, como una bruma de angustia que le bañara en sudor desde la
cabeza a los pies. Luego lo localizó gradualmente en la región de la parte
inferior de su pierna izquierda. El latido del dolor marcaba un ritmo en sus
nervios. Los minutos se convirtieron en una hora y finalmente pensó:
«Bien, tengo un tobillo torcido». Era algo más que eso, desde luego. La
presión que le había conducido allí, aprimía su fuerza vital. No supo cuánto
tiempo quedó allí tendido, consciente en parte, pero cuando abrió
finalmente los ojos, el sol estaba aún brillando sobre él, aunque casi
directamente sobre su cabeza.
Lo contempló con la indiferencia de un sonámbulo al retirarse
lentamente en el borde del suspedido precipicio. No fue hasta que la sombra
del risco le bañara el rostro que cobró cabal conciencia, con súbito recuerdo
de peligro mortal. Pasó un rato antes de que lograra sacudirse los restos del
efecto de las líneas de nervios de su cerebro. Y hasta cuando se estaban
desvaneciendo abarcó con cierta extensión las dificultades de su situación.
Vio que había dado un traspiés cayendo del borde de un risco a un
empinado declive, cuyo ángulo de descenso era de cincuenta y cinco
grados, habiéndole salvado el que su cuerpo fuese prendido por la
enmarañada broza próxima al mayor precipicio más allá. Debíasele haber
torcido el pie en aquella maleza y lesionádose el tobillo.
Al darse finalmente cuenta de la naturaleza de sus heridas, Jamieson se
abrazó. Estaba a salvo. A pesar de haber experimentado una derrota de
grandes proporciones, su intensa concentración en este declive, su
desesperada voluntad de hacer de él el lugar donde hubiera de caer, había
sido eficaz. Comenzó a trepar, resultando bastante fácil el hacerlo a pesar de
lo empinado del declive, pues el suelo era fragoso y roqueño y cubierto de
broza. Fue al llegar a la roca dominante que su tobillo demostró el
obstáculo que podía suponer. Cuatro veces resbaló renuente, y por fin, al
quinto intento sus manos asieron una raíz consistente e irrompible.
Triunfalmente se arrastró a la salvación de la altiplanicie.
Ahora que había cesado el sonido de su arrastrarse y pugnar, sólo su
pesada respiración rompía el silencio de aquel inmenso vacío. Sus ansiosos
ojos estudiaron el quebrado terreno. La altiplanicie se extendía ante él sin
muestra alguna de figura moviente. A un lado podía ver su salvavidas.
Jamieson comenzó a arrastrarse hacia él, teniendo cuidado de permanecer
sobre roca tanto como fuera posible. Ignoraba lo que pudiera haberle
sucedido al rull. Y debido a que su tobillo habría de tenerle encerrado en su
nave, podía mantener a su enemigo haciéndose cabalas durante aquel
tiempo.
Estaba oscureciendo, y se hallaba ya dentro de su aparato, cuando una
voz impaciente dijo en su oído: «¿Cuándo volvemos a casa? ¿Cuando
comemos otra vez?»
Era el ploiano, con su perenne pregunta de regreso a Ploia. Jamieson
se sacudió su momentánea sensación de culpabilidad. Había olvidado por
completo a su compañero durante muchas horas.
Mientras «alimentaba» a aquel ser, pensó, no por vez primera: ¿Cómo
explicar la guerra rull-humana a aquella mente inculta? Y más importante
aún, ¿cómo podría explicar su aprieto presente? En voz alta dijo:
— No te preocupes. Te quedarás conmigo y yo veré de que vuelvas a
casa.
Aquello — más el alimento — pareció satisfacer al ente.
Luego, y durante algún rato, Jamiesen consideró cómo podría utilizar
al ploiano contra el rull. Pero el hecho era de que su principal habilidad no
resultaba necesaria. No servía de nada el permitir a un rull muriendo de
hambre que su adversario humano tenía un método de revolver el sistema
eléctrico de su nave.
23

Tendido en su litera, Jamieson meditaba. Podía oír los latidos de su


corazón. Luego se produjeron los ocasionales sonidos al salir de la cama.
La radio, al conectarla, quedóse muerta… sin ni siquiera la señal de una
onda. A aquella colosal distancia, resultaba imposible hasta la radio
subespacial. Escuchó en todas las ondas rulls más activas. Pero en ellas se
hallaba tendido también el silencio. No es que estuvieran emitiendo, de
hallarse en la vecindad. Se hallaba aislado en su pequeña nave, sobre un
planeta deshabitado, y con motores inútiles. Intentó no pensar en ello. Aquí,
se dijo, se encuentra la oportunidad de una vida para un experimento. Se
calentó a la idea como una polilla a la llama. Era difícil mantener a
distancia a rulls vivos. Y aquí había una situación ideal. Ambos estamos
prisioneros. Era la manera en que trató de imaginárselo. Prisioneros de un
ambiente y, de manera singular, prisioneros el uno del otro. Únicamente se
hallaban ambos libres en la condicionada necesidad de suicidarse.
Había cosas que un hombre podía descubrir. Los grandes misterios —
en cuanto a los hombres concernían — que motivaban las acciones de los
rulls. ¿Por qué querían exterminar por entero a las demás razas? ¿Por qué
sacrificaban innecesariamente valiosas naves en atacar a las máquinas
terrestres que se aventuraban en sus sectores del espacio, sabiendo que los
intrusos se marcharían de todos modos en pocas semanas?
Las posibilidades de este combate del hombre contra el rull en una
solitaria montaña estimuló a Jamieson tendido de nuevo en su litera,
planeando, dándole vueltas al problema en su cerebro. Había momentos de
aquellos días de perro en que se instalaba en la butaca de control y
escudriñaba por espacio de una hora en las placas de visión. Veía la
altiplanicie y el paisaje más allá. Veía el cielo de Laertes III, de color de
pálida orquídea, silente y sin vida. Y vio la prisión. Encerrado en ella, pensó
crudamente. Trevor Jamieson, cuya sosegada voz hablaba con considerable
autoridad en las cámaras de Consejo del imperio galáctico terrestre… aquel
Jamieson estaba allí, solo, tendido en una litera, esperando que sanara su
pierna; para poder llevar a cabo un experimento con un rull. Parecía
increíble. Pero al paso de los días se imbuía en la verdad del hecho.
La tercera jornada fue capaz de moverse lo bastante para manipular
algunos objetos pesados. Comenzó a operar inmediatamente con la pantalla
luminosa, la cual estaba terminada para el quinta día. Luego había de ser
registrada la historia, lo cual era fácil. Cada secuencia había de ser
cuidadosamente elaborada en la cama, de forma que fluyera de su mente al
cable de visión.
La instaló a unos doscientos metros del salvavidas, tras un resguardo
de árboles, y a una docena de pies, a un lado de la pantalla puso una lata de
comida.
El resto del día estuvo a atisbo. Era el sexto desde la llegada del rull, y
el quinto desde que lesionara su tobillo. Llegó la noche.
24

Como sombra deslizante, ondulando bajo la luz de las estrellas de


Laertes III, el rull se aproximó a la pantalla instalada por el hombre. ¡Cuan
brillante era, destellando en la oscuridad de la altiplanicie, ampolla
luminosa en un negro universo de terreno quebrado y enanos matojos!
Cuando estuvo a unos cien pies de la luz, percibió el olor de comida… y se
dio cuenta de que era una trampa. Para el rull, seis días sin alimento había
supuesto una enorme pérdida de energía, ofuscaciones visuales de una
docena de grados de color, y una opacidad de la fuerza vital que encajaba
con las sombras, no con el sol. Aquel mundo interior de descoyuntado
sistema nervioso era como una batería agotada, con una serie de
«instrumentos» orgánicos desconectándose uno por uno al descender el
nivel de energía. El yeli reconoció difusamente, pero con salvaje ansiedad,
que las aristas más agudas de aquel sistema nervioso no podrían ser nunca
restauradas por completo. La velocidad era esencial. Unos cuantos pasos
más hacia abajo y luego el antiguo condicionamiento de imperativo suicidio
se aplicaba hasta al elevado Asish de los Yeell.
El reticulado cuerpo quedóse quieto. Los centros visuales que disponía
por doquier recibieron la luz de una estrecha banda de la pantalla. Desde el
comienzo hasta el fin contempló la historia en su desarrollo y luego la
volvió a contemplar ansioso de la repetición con el ardor de un primitivo.
La película comenzaba en el profundo espacio con el salvavidas del
hombre siendo lanzado de una escotilla de una nave de batalla. Mostraba a
ésta yendo a una base militar y abasteciéndose en ella y asimilándose una
gran flota de refuerzos, partiendo luego para el viaje de retorno. La escena
encadenado con el salvavidas arrojado sobre Laertes III mostraba todo
cuanto posteriormente aconteciera, y sugería que la situación era peligrosa
para ambos… señalando la única solución salvadora. La secuencia final era
la del rull aproximándose a la lata de comida, a la izquierda de la pantalla, y
abriéndola. Todo aparecía en detalle, así como la imagen del rull atareado
en ingerir el alimento. A cada momento que la secuencia se aproximaba, al
rull invadía una tensión, un deseo de que la historia fuese real. Mas no fue
hasta que la séptima exhibición cesara que se deslizó hacia delante,
franqueando el último espacio entre él y la lata. Era una trampa, lo sabía, y
acaso también estaba la muerte implícita… mas no importaba. Para vivir
había de correr el riesgo. Sólo de esta manera, exponiéndose a lo que la lata
contenía, podía esperar subsistir durante el tiempo necesario.
Ignoraba el tiempo que transcurriría antes de que los cruceros surcasen
el negro espacio… ni el que pasaría antes de que se decidieran a invalidar
su mando. Pero sí que vendrían. Aun si esperaban hasta que las naves
enemigas llegaran antes de que se atreviesen a actuar contra sus órdenes
estrictas, vendrían… Y en aquel momento podrían descender sin temor a
sufrir los efectos de su cólera. Hasta entonces necesitaba todo el alimento
que pudiera conseguir. Cautelosamente extendió un aspirador para activar el
abridor automático de la lata.
Fue poco después de las cuatro de la madrugada cuando Jamieson se
despertó al timbre del aparato de alarma sonando [Link] exterior la
oscuridad era aún como la pez… el día en Laertes era de veintiséis horas
siderales y el alba se hallaba aún a tres horas. No se levantó en seguida. La
alarma había sido desatada por la abertura de la lata de alimento. Continuó
sonando el timbre durante quince minutos enteros, lo cual resultaba
perfecto. La alarma estaba conectada al dispositivo electrónico de emisión
de la lata, durante tanto tiempo como quedara alimento en ella, y hallándose
ese lapso acordado a la capacidad de una de las bocas rull en absorber tres
libras de comida debidamente preparada. Así, pues, durante quince minutos,
un miembro de la raza rull, enemiga mortal del hombre, había estado
sometido a un módulo de vibraciones mentales correspondientes a sus
propios pensamientos. Era un módulo al que el sistema nervioso de otros
rulls habían respondido en experimentos de laboratorio. Desgraciadamente,
estos otros se habían suicidado al despertar, por lo que no habían podido ser
obtenidos resultados satisfactorios definitivos. Pero sí había sido
establecido por el euforiómetro que era afectada la consciencia y no
subconsciencia. Era el comienzo da la instrucción y control hipnóticos.
Jamieson siguió tendido en su litera, sonriendo quedamente para sus
adentros. Finalmente volvió su cuerpo, decidido a proseguir el interrumpido
sueño, y entonces se percató de lo excitado que se hallaba. Aquel era el
momento álgido en la historia de la guerra rull-humana. De seguro que no
habría de dejarlo pasar sin observarlo detenidamente. Y así, salió de su
litera y se preparó una bebida.
El intento del rull de atacarle a través de su mente inconsciente había
acentuado sus propias posibles acciones en tal dirección. Cada raza había
descubierto algún punto débil en la otra. Los rulls empleaban su
conocimiento para exterminar. El hombre intentaba la comunicación y
esperaba en la asociación. Ambas razas eran implacables, criminales y
despiadadas en sus métodos. Los ajenos a veces tenían dificultad en
distinguir a la una de la otra. Pero la diferencia en el propósito era tan
grande como la existencia entre lo negro y lo blanco, con la ausencia,
comparada con la presencia, de la luz. Había sólo un trastorno con la
situación inmediata. Ahora que el rull había comido, podía desarrollar
planes propios.
Jamieson volvió a su litera y quedóse tendido en la oscuridad. No
subestimaba los recursos del rull, pero puesto que había decidido llevar a
cabo un experimento, ninguna oportunidad debía ser considerada
exagerada. Y con este pensamiento se durmió finalmente, y con el sueño de
un hombre firmemente convencido de que las cosas estaban tomando un
sesgo favorable.
Por la mañana se vistió su traje a prueba de frío y salió al exterior con
el primer resplandor del alba, saboreando de nuevo el silencio y el ambiente
de aislada grandeza. Un intenso viento soplaba del este, glacial, azotándole
el rostro, mas no paró mientes en ello. Había cosas importantes a hacer en
esta mañana de las mañanas. Y las ejecutaría con su habitual cautela.
Con paso ajustado a las defensas y al eyector móvil, se encaminó a la
pantalla mental, la cual se encontraba en terreno elevado y abierto, donde
podía ser visible desde una docena de diferentes escondrijos. En cuanto
pudo apreciar, no había sido deteriorada. Comprobó el mecanismo
automático, y por medida asimismo de precaución desarrolló sobre ella
unas escenas.
Había puesto otra lata de alimento en el césped próximo a la pantalla y
estaba de vuelta cuando pensó: «¡Qué cosa más rara! ¡El marco de metal
parece como si hubiese sido bruñido!»
Estudió el fenómeno en un espejo energético, y vio que en efecto el
metal había sido cubierto con una sustancia clara, semejante al barniz.
Sintió un desmayo al reconocerlo, y angustiado pensó: «Si la sugerencia es
no disparar, no la seguiré en modo alguno. Dispararé aun si mi eyector se
vuelve contra mí».
Recogió algo del «barniz» en un recipiente y comenzó a retirarse al
salvavidas. Su pensamiento estaba desbocado. ¿Dónde ha obtenido todo
esta materia?, se decía. Pues no forma parte del equipo de un crucero de
inspección…
Tuvo la primera sospecha de que cuanto estaba sucediendo no era un
accidente. Y se hallaba ponderando las vastas implicaciones de ello, cuando
vio a un lado al rull. Por vez primera en sus muchos días en las altitudes,
veía al rull. ¿Cuál era la sugerencia?

El recuerdo del propósito le asaltó al rull poco después de haber


comido. Fue como tenue chispa al principio, pero luego se expandió. No era
únicamente la sensación de su retorno de energía. Sus centros visuales
interpretaban más luz. La altiplanicie iluminada por las estrellas se hizo más
brillante, no tanto como podría haberlo sido para él, pero de todos modos la
dirección era de alza y no de descenso, y en un gran porcentaje. Sentíase
inefablemente afortunado de que no fuese peor.
Había estado deslizándose a lo largo del borde del precipicio, y ahora
se detuvo para mirar abajo. Hasta con su visión parcial, la vista cortaba el
aliento. Había distancia abajo y distancia a lo lejos. Desde una nave
espacial, el efecto de la altura estaba minimizado. Pero el asomarse a este
seno de grava de tales profundidades resultaba una experiencia diferente.
Ello venía a subrayar lo mucho que había sufrido, y cuando completamente
había sido prendido por un accidente. Y le recordó lo que había estado
haciendo antes del hambre. Volvióse al instante de la quebrada y corrió a
donde el pecio de su nave había estado recogiendo polvo durante días…
pecio chafado y retorcido, semienterrado en el duro suelo de Laertes III. Y
se deslizó a su interior por las melladas planchas de un punto en que el día
anterior había sentido un temblor de oscilación anti-gravitatoria… tenue,
más potente y tremenda oscilación, capaz de ser influenciada.
El rull trabajó con intensidad y colmado de propósito. La plancha se
hallaba aún firmemente unida al marco de la nave. Y la primera labor, la
tarea extremadamente difícil, era sacarla, librarla completamente. Pasaron
las horas.
Con un sonido de desgarro, la dura plancha cedió al ligero dispositivo
de su estructura nucleónica. El desplazamiento fue infinitesimal, debido en
parte a que la energía rectora de su cuerpo no estaba en su centro y en parte
a que estaba calculado para ser pequeño. Allá disponía de un objeto
despidiendo energía suficiente como para volar una montaña.
Finalmente descubrió, sin embargo, que aquella placa encerraba toda
clase de peligros. Lo notó en el momento que rastreó bajo ella. La sensación
de potencia que emitía era tan leve que dudó en poder alzarla del suelo.
Pero lo hizo. La prueba de funcionamiento dio siete pies, y con ello la
medida de la limitada fuerza que tenía a su disposición. Suficiente sólo para
un ataque.
No cabía duda alguna en su mente. El experimento estaba hecho ya. Su
único propósito debía ser matar al hombre, y la única cuestión era el poder
asegurarse de que el hombre no le matara a él mientras estaba intentándolo.
¡El barniz!
Lo aplicó afanosamente, lo secó con un secador y luego, recogiendo de
nuevo la placa la llevó al hombro al escondrijo que deseaba. Y una vez
enterrado con ella bajo las hojas muertas de un matorral, se calmó.
Reconoció que la capa de su cilización estaba ausente. Le chocó, pero no lo
sintió. Al darle de comer, el ser de dos piezas estaba evidentemente
haciéndole algo. Algo peligroso. La única respuesta en problema entero del
experimento de la altiplanicie era contender con la muerte sin demora. Y
quedóse tenso, feroz, más allá del poder de cualesquiera errabundos
pensamientos, en espera de la llegada del hombre.

Lo que después aconteció fue una aventura tan desesperada como la


más que Jamieson la experimentara en su servicio. Normalmente la habría
tratado de manera experta. Pero estaba intensamente atento… a la parálisis
que le estaba atenazando. La cual parálisis provenía del barniz. Y así, fue el
inesperado acto normal lo que le confundió. El rull salió volando de un
grupo de árboles, montado en la placa antigravitatoria. La sorpresa fue tan
grande que casi logró su objetivo. Las placas, según sus comprobaciones,
habían sido despojadas de toda energía la primera mañana. Sin embargo,
había todavía una viva, y animada con la especial ligereza antigravitatoria
que los científicos rulls habían llevado a la cima de la perfección.
La acción de movimiento a través del espacio hacia él, se basaba desde
luego en el del planeta girando sobre su eje. La velocidad del ataque,
partiendo como lo hacía de cero, no se aproximaba a la velocidad horaria de
ochocientas millas del girante planeta, pero era bastante rápida. La
aparición del metal y del cuerpo reticulado rull cayó sobre él a través del
aire. Y aun cuando aprestó su arma y disparó, hubo de hacer una elección,
de ejercitar una contención: ¡No mates!
Aquello era duro, muy duro. La necesidad imponía una limitación tan
férrea, que durante el segundo que tardó en plegarse a ella, el rull llegó a
diez pasos de él. Y lo que le salvó fue la presión del aire sobre la plancha
metálica. El aire la ladeaba como el ala de un avión transportado por el aire.
Disparó su irresistible arma al fondo de la placa de metal, la segó y la hizo
desviarse y abatirse entre matorros a unos veinte pies a su derecha.
Jamieson fue deliberadamente lento en redondear su éxito, y cuando llegó
al matorral, el rull se encontraba ya a cincuenta pies y en franca huida,
desapareciendo tras un grupo de árboles. No lo persiguió ni disparó por
segunda vez, sino que, cautelosamente, empujó a la placa antigravitatoria
fuera de la maleza y la examinó.
¿Cómo la habría desgravitizado el rull sin la maquinaria de precisión
necesaria al efecto?, se preguntó. Y si eran los rulls capaces de crear un tal
«paracaídas», ¿por qué no había flotado éste a la floresta de abajo, donde
podía hallarse alimento y encontrarse a la vez a salvo de su enemigo
humano? Una de las preguntas quedó respondida en el momento en que
alzó la placa. Era de peso normal, pero su energía se hallaba al parecer
agotada tras un recorrido de menos de cien pies. Evidentemente no habría
sido capaz de cubrir el trayecto de milla y media al bosque y llanura de
abajo.
Jamieson no quiso correr más riesgos y arrojó la placa por el más
próximo precipicio, viéndola caer a lo lejos. Estaba de vuelta en su
salvavidas, cuando recordó el «barniz». No había habido sugestión; todavía
no. Examinó lo que de él había recogido. Químicamente se evidenciaba
como simple resina, de la empleada para la elaboración de barnices, en
efecto Atómicamente se hallaba estabilizada. Electrónicamente,
transformaba la luz en energía al nivel de vibración del pensamiento
humano. Era, pues, materia viviente. Pero ¿cuál era su registro? A fin de
establecer comparaciones, hizo un gráfico de cada nivel de energía y
material, y tan pronto como hubo dejado sentado que había sido alterado al
nivel electrónico — lo cual resultaba evidente, pero había de ser
comprobado aún — registró las imágenes en un cable de visión. El
resultado fue un batiburrillo de fantasías de irrealidad sonámbula.
Símbolos. Recurrió a su manual Interpretación de los símbolos de la
Inconsciencia, y halló la referencia: «Inhibiciones mentales». Y en la
página y línea referidas, leyó: «No mates».
«Bien, ya está… — se dijo en voz alta Jamieson en el silencio del
interior de su salvavidas -. Eso es lo que sucedió.»
Se sintió aliviado, y luego no tanto. Había sido su intención personal
no matar en aquel extremo. Pero el rull no lo sabía. Operando una
inhibición tan sutil, ella había dominado el ataque hasta en la derrota. Ése
era el trastorno. Hasta ahora habíase zafado de situaciones, pero no había
creado ninguna de éxito en desquite. Tenía una esperanza, pero ello no era
suficiente.
No debía incurrir en más riesgos. Aun su experimento final debía
esperar hasta el día en que era de llegar el Orion. Los seres humanos eran
un tanto demasiado débiles en ciertos aspectos. Sus propias células vitales
tenían impulsos que podían ser removidos por la astucia y la crueldad. No
dudaba que como solución final, el rull intentaría inducirle a la
autodestrucción.
25

La novena noche, víspera del día en que debía llegar el Orion,


Jamieson se abstuvo de sacar una lata de alimento fuera, y a la mañana
siguiente pasó media hora ante la radio, intentando establecer contacto con
la nave de batalla. Tomó la decisión de hacer un informe detallado de lo que
hasta entonces había sucedido y describió cuáles eran sus planes,
incluyendo su intención de probar al rull para ver si había sufrido algún
daño de su período de hambre.
El subespacio permaneció totalmente silencioso. Ni un latido de
vibración respondió a su llamada, y finalmente abandonó el intento de
establecer contacto, y saliendo al exterior dispuso rápidamente los
instrumentos que necesitaría para su experimento. La altiplanicie presentaba
el aspecto de una paramera desértica. Comprobó su equipo y luego consultó
su reloj. Eran las once menos diez. Y súbitamente nervioso, decidió no
esperar los minutos que faltaban para la hora. Se adelantó, vaciló, y luego
oprimió un botón. Desde un foco próximo a la pantalla, estaba siendo
emitido un ritmo de muy elevada frecuencia de energía. Era una variación
de la cadencia a la cual había estado sometido el rull durante cuatro noches.
Lentamente, Jamieson se retiró hacia el salvavidas. Deseaba intentar de
nuevo el contacto con el Orion. Y al mirar hacia atrás, vio al rull deslizarse
al claro y encaminarse en derechura a la fuente de vibración. Jamieson se
detuvo involuntariamente, fascinado, y en el mismo momento se desató con
un rugido el principal sistema de alarma del salvavidas, cuyo sonido
provocó un eco singularmente aterrador en alas del helado viento que
soplaba, obrando como una sugerencia. Su radio-muñequera dio un
chasquido, sincronizando automáticamente con la potente del salvavidas.
Una voz dijo apremiantemente: -Trevor Jamieson, aquí Orion al habla.
Captamos sus anteriores llamadas, pero nos abstuvimos de responder, pues
una flota entera rull está atravesando la vecindad del sol de Laertes. Dentro
de aproximadamente cinco minutos efectuaremos un intento para recogerle
a usted. En el ínterin déjelo todo.
Jamieson lo dejó. Fue un movimiento físico y no mental. Por el rabillo
del ojo, mientras escuchaba su radio, había visto un movimiento en el cielo:
dos oscuras burbujas que se tornaban vastas sombras alargadas. Oyóse un
enorme bramido cuando los super-acorazados rulls pasaron como centellas
sobre su cabeza, y su paso fue seguido de una especie de ciclón que casi le
arrancó del suelo, donde se asió desesperadamente a las raíces de los
matorros. A la máxima velocidad, empleando evidentemente potencia
gravitónica, las naves de guerra enemigas giraron en redondo como si
barriesen el aire, y volvieron en dirección de la altiplanicie. Jamieson
esperó la muerte instantánea, pero el fuego pasó de largo, y luego, el fragor
de las energías desencadenadas rodó hacia él, sonido inmenso, colosal,
anegador de cuanto pudiera pensar o experimentar. ¡Su salvavidas! ¡Habían
disparado contra su salvavidas!
Gimió al imaginárselo aniquilado en un flamear intolerable. Y
seguidamente no hubo ya más tiempo para pensar de nuevo o angustiarse.
Una tercer nave de guerra apareció a la vista, pero mientras Jamieson
intentaba precisar sus contornos, dio la vuelta y huyó.
Su radio-muñequera piñoneó:
— No podemos ayudarle de momento. Sálvese como pueda por el
instante. Nuestros cuatro acorazados acompañantes y escuadrones de apoyo
librarán batalla a la flota rull, e intentarán llevarla hacia nuestro grupo
mayor de combate que cruza cerca de la estrella Bianca, y entonces re…
Un fogonazo en el firmamento lejano cortó el mensaje. Pasó un minuto
entero antes de que el frío aire de Laertes III transmitiera el eco del remoto
estallido de la andanada. El sonido murió lentamente, como a desgana,
como si tenues tonos de él hubiesen pegado a cada molécula del aire. Y el
silencio que luego se tendió fue, de manera singular, no pacífico, sino una
quietud llena de presagios suspendidos, vivida de inmensas amenazas.
Estremecido, Jamieson se puso en pie. Era ya hora de enfrentarse al
peligro inmediato que se había abatido. Sobre el mayor no osaba pensar
aún. Por primera vez se encaminó a su salvavidas. Mas no tuvo que andar
todo el trayecto, pues la sección entera del despeñadero había sido como
segada. De la nave no había el menor rastro. Lo había esperado, pero el
choque de la realidad fue entumecedor. Se agazapó como un animal y miró
fijamente al cielo. No había en él movimiento alguno, ni provenía ningún
sonido, excepto el del viento del este. Se encontraba solo en un universo
entre el cielo y la Tierra… un ser humano empujado al borde de un
precipicio.
En su mente, en tensa espera, penetró una aguda comprensión. Las
naves rulls habían volado sobre la montaña para calibrar la situación de la
altiplanicie, y luego habían intentado destruirle. E igualmente trastornador y
desconcertante era el hecho de que acorazados del último modelo se
arriesgaran a defender a su adversario sobre aquella aislada montaña.
Había que apresurarse. En cualquier momento podrían arriesgar uno de
sus destructores en un aterrizaje de rescate. Mientras corría, sintió a uno con
el viento. Conoció aquel sentimiento, aquella sensación de un retorno de
primitivismo durante los momentos de excitación. Así sucedía en las
batallas, y lo importante era entregar el propio cuerpo y echar su cuarto a
espadas. No se combatía en modo alguno con eficacia con media parte del
cerebro o media parte del cuerpo. Se requería la totalidad.
Esperaba caídas y las tuvo. Cada vez se levantó, casi sin darse cuenta
del dolor, y siguió corriendo de nuevo. Llegó sangrando, casi indiferente a
una docena de heridas. Y el firmamento permaneció silencioso.
Al abrigo de un matorral escudriñó al rull. El cautivo rull, su rull, para
hacer de él lo que quisiera. Vigilarle, obligarle, educarle… la más rápida
instrucción en la historia del mundo. No había tiempo para un pausado
cambio de información. Desde donde estaba tendido manipuló los controles
de la pantalla.
El rull había estado moviéndose de un lado a otro frente a ella. Ahora
aceleró, luego aminoró la marcha y nuevamente aceleró, de acuerdo con su
voluntad.
Hace unos mil años antes, en el siglo veinte, se había efectuado la
clásica y extemporánea investigación, uno de cuyos resultados finales era
éste. Un hombre llamado Pavlov alimentó a un perro de laboratorio a
intervalos regulares, con el acompañamiento del sonido de una campanilla.
Y pronto el sistema digestivo del perro respondió tan prestamente al sonido
de la campanilla sin alimento, como al alimento y a la campanilla juntos.
Pavlov no se percató hasta muy tarde en su vida de la más importante
realidad que se escondía tras su proceso condicionador. Mas lo que
comenzó en aquel día remoto terminó en una ciencia que podía lavar el
cerebro de animales, y de seres ajenos — y de hombres — casi a voluntad.
Únicamente los rulls frustraron los maestros experimentadores en los
últimos siglos, cuando hubo una ciencia exacta. Derrotados por la voluntad
de muerte de todos los cautivos rulls, los científicos previeron la ruina del
imperio galáctico terrestre, a menos que pudiera establecerse algún
comienzo de la penetración en las mentes de los rulls. Su desesperada mala
suerte personal había sido no haber dispuesto de tiempo para penetraciones.
La muerte se hallaba allí presta para quienes se demoraban.
Pero aun el estricto mínimo de lo que tenía que hacer llevaría tiempo.
Atrás y adelante, atrás y adelante; había de ser establecido el ritmo de
obediencia. La imagen del rull sobre la pantalla era tan vivida como el
original. Era tridimensional y sus movimientos semejaban a los de un
autómata. Se hallaban afectados los centros nerviosos básicos. El rull no
podía ya remediar tomar un paso, como no podía resistir la llamada del
impulso al alimento. Tras haber seguido aquella descuidada pauta durante
quince minutos, cambiando el paso a su dirección, Jamieson puso al rull y a
su imagen trepando árboles. Arriba y luego abajo de nuevo, durante media
docena de veces. Y en este momento, Jamieson introdujo una imagen de sí
mismo.
Tensamente, con un ojo en el cielo y otro sobre la escena ante él,
examinó las reacciones del rull. Y cuando al cabo de pocos minutos se
sustituyó por su imagen, quedó satisfecho de que su rull hubiese perdido
temporalmente su condicionamiento de odio — suicidio al ver un ser
humano.
Ahora que había alcanzado la fase de control final, vaciló. Era ya
tiempo de hacer sus pruebas. ¿Podía disponer de tiempo? Había de
tenerlo… Aquella oportunidad no se presentaría ya más en cien años.
Cuando veinticinco minutos después terminó las pruebas, se hallaba
pálido de excitación. «Ya está», pensó. «Ya lo tenemos». Gastó diez
preciosos minutos en emitir su descubrimiento mediante su radio-
muñequera — esperando que el transmisor de su salvavidas hubiese
sobrevivido a su caída de la montaña — y retransmitió el mensaje a través
del sub-espacio. No hubo una simple respuesta a su llamada, sin embargo,
durante los enteros diez minutos.
Dándose cuenta de que había hecho cuanto cabía, Jamieson se dirigió
al borde del risco que había escogido como punto de partida. Miró abajo y
se estremeció, recordando luego lo que el Orion había dicho: «Una entera
flota rull cruzando…» ¡Aprisa!
Descendió al rull al primer borde, y un momento después sujetó el
atelaje en torno a su propio cuerpo y se lanzó al espacio. Sensatamente y
con desembarazada fuerza, el rull asió el otro extremo de la cuerda y lo
descendió al borde junto a él. Así continuaron descendiendo cada vez más.
Era una tarea dura, aunque empleaban un sistema muy sencillo. Un largo
cordel de plástico tendía los espacios para ellos. Y un tirante de metal, de
escalada, mantenía posición tras posición la cuerda hacia su trabajo.
A cada borda, Jamieson empotraba el tirante en roca sólida de otro
declive inferior. La cuerda se deslizaba a través de un dispositivo de poleas
en el metal, cuando el rull y él, por turnos, descendían a otros bordes más
profundos. El día se sumió hacia la oscuridad como un hombre cansado en
el sueño. Jamieson sentía también todo su cuerpo saturado de la melancolía
de la fatiga que tiraba de sus músculos.
Pudo percatarse de que el rull le prestaba más atención cada vez.
Cooperaba aún, pero lo examinaba con ojos intensos cada vez que iba
sumiéndose abajo. El estado condicionado estaba finalizando. El rull iba
emergiendo de su trance. El proceso estaría completo antes de la noche.
Hubo un momento en el que Jamieson desesperó de poder llegar abajo
antes de que cayesen las sombras. Había escogido el lado occidental y
soleado para aquel fantástico descanso por un farallón a pico, pardinegro y
sin semejanza alguna en los conocidos mundos del espacio. Vigilaba al rull
con ojeadas rápidas y nerviosas durante los momentos en que estaban juntos
sobre un borde.
A las cuatro de la tarde, Jamieson hubo de marcar otra pausa para un
descanso. Se apartó del rull yendo a un lado del borde y se dejó caer sobre
una roca. El cielo estaba silencioso y sin viento, como una cortina tendida
sobre el negro espacio superior, ocultando lo que debía ser ya la mayor
batalla rull-humana en diez años. Era un tributo a los cinco acorazados
terrestres que ninguna nave rull hubiese intentado aun rescatar a su
congénere de la altiplanicie. Posiblemente, desde luego, no querían señalar
la presencia de un ser de su propia especie.
Jamieson abandonó la fútil especulación, y cansinamente comparó la
altura de lo descendible, con lo que quedaba aún por descender. Calculó que
habían recorrido dos tercios de la distancia. Vio que el rull se había vuelto
para mirar al valle. Jamieson se volvió también y lo contempló igualmente.
La escena, hasta de aquella reducida elevación, era todavía espectacular. La
floresta comenzaba a un cuarto de milla del fondo del farallón, y era casi
literalmente ilimitada, extendiéndose sobre las colinas y cañadas y valles,
plegándose en la margen de un ancho río y emergiendo y ondulando de
nuevo para finalmente trepar las laderas de las montañas que se tendían
entre la lejana bruma.
Era ya hora de seguir de nuevo. A las seis y veinticinco alcanzaron un
borde situado a ciento cincuenta pies sobre el quebrado llano. La distancia
forzó la capacidad de la cuerda, pero la operación inicial de descender al
rull a la libertad y la seguridad fue realizada sin incidente. Jamieson miró
abajo contemplando curiosamente a la criatura. ¿Qué haría ahora que estaba
en el claro?
Esperaba simplemente. Jamieson se irguió. No iba a correr riesgo
alguno así como así. Hizo unos ademanes imperativos al rull y sacó su
arma. El rull se retiró, mas sólo para guarecerse tras un grupo de rocas. Do
color rojo sangre, el sol estaba sumiéndose tras las montañas. La oscuridad
se tendía sobre el paisaje. Jamieson tomó rápidamente su cena, y estaba
terminándola cuando percibió un movimiento abajo. Y vio cómo el rull se
deslizaba pegado al pie del precipicio para desaparecer luego tras un
cabezo.
Jamieson esperó brevemente y luego se descolgó por la cuerda. El
descenso requirió un gran esfuerzo, pero halló sólido terreno en el fondo. A
tres cuartas partes de la bajada se cortó un dedo con un sector de la cuerda,
que presentó una insólita dureza. Al plantar pie en el suelo finalmente, se
dio cuenta de que su dedo se estaba volviendo de un extraño color gris. En
la oscuridad, presentaba un aspecto raro y malsano. Sintió que se le retiraba
la sangre del rostro. Pensó colérico que el rull debió haber embadurnado la
cuerda al bajar.
La angustia le atravesó el cuerpo, seguida al instante por una sensación
de rigidez. Con un jadeo asió su arma, presto a suicidarse. Mas su mano se
heló a medio camino en su movimiento. Y luego se tambaleó todo él y cayó
con cuerpo inerte, incapaz de evitarlo. Chocó contra el duro suelo y luego
quedó inconsciente.
La voluntad de morir se encuentra en toda vida. Cada célula orgánica
euforiza los grumos heredados de su origen inorgánico. El latido de la vida
es una película escamosa superpuesta sobre una materia subyacente tan
intrincada en su delicado equilibrio de diferentes energías, que la propia
vida no es sino un breve y vano forcejeo, una excesiva tensión contra aquel
equilibrio. Por un instante de eternidad se intenta una norma, la cual toma
muchas formas, pero son aparentes. El molde real es siempre de tiempo y
no de espacio. Y este molde, esta forma es una curva. Que asciende y luego
desciende. De la oscuridad a la luz, y de nuevo a la oscuridad.
El salmón macho rocía su lechecilla en los huevos de la hembra. Y al
instante es apresado por una melancolía mortal. La abeja macho se hunde
en el abrazo de la reina que ha ganado, volviendo a sumirse en aquel molde
inorgánico del cual se elevara para un simple momento de éxtasis. Y en el
hombre, el molde fatal se halla impreso reiteradamente en innumerables
células efímeras, mas sólo el molde subsiste.
Los científicos de mentes agudas rulls, hacía tiempo que habían
hallado el secreto de la voluntad humana a la muerte, probando sustancias
químicas que conmocionaban el sistema humano volviéndolo a sus formas
primitivas.
El yeli, Meesh, volviendo a deslizarse hacia Jamieson, no pensó en el
proceso. Había estado esperando la oportunidad. Y ésta había llegado.
Vivamente despojó al hombre de su arma y luego le registró buscando la
llave del salvavidas, transportando después a Jamieson a un cuarto de milla
en torno a la base del despeñadero, a donde había sido catapultada la nave
del hombre por las ráfagas de los acorazados rulls. Cinco minutos después,
la potente radio interior estaba emitiendo en longitudes de onda rull una
orden imperativa a la flota rull.
Oscuridad. En el interior y al exterior de su cráneo. Jamieson se sentía
en el fondo de un pozo, asomando de la noche al crepúsculo. Y de pronto
una presión de algo se distendió en su derredor, y lo alzó cada vez más
arriba, y cada vez más cerca de la boca del pozo. Pugnó los últimos pocos
pies con preciso esfuerzo mental, y miró por el borde. Conciencia.
Se hallaba tendido sobre una mesa alzada en el interior de una
habitación que tenía anchas aberturas semejantes a ratoneras al nivel del
piso, y las cuales comunicaban con otras estancias. Identificó a las puertas
como de rara forma ajena y no humana. Jamieson quedó contraído ante el
choque abrumador del reconocimiento. Se hallaba en el interior de una nave
de guerra rull.
No podía decir si ésta se hallaba en movimiento, aunque suponía que
sí. El rull no se demoraría en la vecindad de un planeta.
Pudo girar la cabeza y vio que nada material le sujetaba. De tales cosas
sabía tanto como cualquier rull, de modo que en un instante localizó la
procedencia de los haces gravitónicos que se entrelazaban a través de él.
El descubrimiento era de valor abstracto, pensó amargamente.
Comenzó a templar sus nervios ante la clase de muerte que podía esperar.
La tortura por el experimento.
El templar los nervios era un simple procedimiento. Había sido
descubierto que si un hombre pudiera contemplar todo tipo de tortura, y lo
que haría mientras estaba sucediendo, y se encolerizaba antes que sentir
miedo, podía mantenerse en el propio borde de la muerte con un mínimo de
dolor.
Jamieson estaba catalogando apresuradamente los diferentes tipos de
tortura que le podrían aplicar, cuando una voz plañidera dijo a su lado:
— Vamonos a casa, ¿eh?
Tardó un momento en recobrarse de la sorpresa, y segundos en
considerar que el ploiano era probablemente invulnerable a las ráfagas de
energía como las que habían alcanzado a su salvavidas procedentes de la
nave de guerra rull. Y pasó un minuto por lo menos antes de que Jamieson
respondiera en voz baja:
— Quiero que hagas algo por mí.
— Desde luego.
— Métete en esa caja y deja que la energía mane a través de ti.
— Oh, magnífico… he estado deseando meterme ahí.
Un instante después, la fuente eléctrica de los haces gravitónicos se
hallaba evidentemente recanalizada. Pues Jamieson pudo incorporarse. Y
apartándose rápidamente de la caja dijo:
— ¡Sal ahora!
Tuvo que llamar varias veces para atraer la atención del ploiano.
Luego Jamieson preguntó:
— ¿Has echado un vistazo a esta nave?
— Sí — respondió el ploiano.
— ¿Hay una sección a través de la cual se encuentre canalizada toda la
energía eléctrica?
— Sí.
Jamieson respiró hondamente.
— Ve a ella pues — dijo — y haz que fluya a través de ti la energía. Y
luego vuelve aquí.
— Oh, ¡qué bueno eres para mí! — respondió el ploiano.
Jamieson tomó la precaución de hallar un objeto no metálico para
posarse sobre él. Y apenas se situó en posición segura que cien mil voltios
crepitaron de cada plancha metálica.
— ¿Qué he de hacer ahora? — dijo el ploiano dos minutos después.
— Examina la nave y mira si quedan con vida algunos rulls.
Casi al instante, fue informado Jamieson que unos cien rulls eran los
con vida aún. Según los informes del ploiano, los supervivientes se habían
apartado ya del contacto con superficies metálicas. Luego describió
Jamieson el equipo de radio al ploiano y terminó diciendo:
— Si alguien, quienquiera que sea, intenta utilizar el aparato, te metes
en su interior y dejas que la corriente discurra a través de ti…
¿comprendido?
El ploiano convino en hacerlo así, y Jamieson añadió:
— Infórmame periódicamente, pero sólo en ocasiones en que nadie
intente manipular la radio. Y no te metas en el conmutador principal sin mi
permiso.
— Délo por hecho — dijo el ploiano.
Cinco minutos después, el ploiano localizaba a Jamieson en la armería.
Alguien intentó hace unos momentos emplear la radio, pero desistió
finalmente y se marchó.
— Magnífico — dijo Jamieson -. Sigue alerta… y escucha, únete a mí
tan pronto como acabe aquí.
Jamieson albergaba la suposición positiva de que tenía una ventaja
decisiva sobre los supervivientes rulls; lo supo cuando estuvo a salvo de
tocar metal. Antes de atreverse a mover, ellos habrían de establecer
complicados dispositivos.
En la cabina de control de armamento trabajó con energía, apresurada
pero eficazmente, inutilizando herramental. Su propósito era el de
asegurarse que los eyectores gigantescos no pudieran ser dispararlos antes
de que quedase totalmente reparada la enclabadura de aquella cabina.
Una vez realizada su tarea, se dirigió al salvavidas más próximo. El
ploiano se le unió cuando orillaba su camino a través de una abertura.
— Hay algunos rulls por ese camino — previno el ploiano -. Mejor
será que tomemos este otro.
Finalmente penetraron sin contratiempos en un salvavidas rull, y pocos
minutos después, Jamieson lanzó el pequeño aparato. Mas pasaron cinco
días antes de que fueran recogidos.
El alto Aaaish de Yeell no se encontraba a bordo de la nave a la cual
había sido llevado cautivo Jamieson. Y por lo tanto no se hallaba entre los
muertos, ni por cierto supo tampoco durante algún tiempo de la fuga del
prisionero. Y cuando le llegó finalmente la información del hecho, su
estado mayor dio por seguro de que castigaría a los supervivientes rulls del
averiado acorazado.
Pero en lugar de ello, dijo cavilosamente:
— ¿Así era pues el enemigo?… Un ser muy poderoso, en verdad…
Silenciosamente consideró la semana de angustia que había soportado
Había recuperado casi la mayor parte de sus facultades perceptivas… de
forma que era capaz de tener un insólito pensamiento para un individuo de
su encumbrada posición.
Empleando el comunicador de onda corta, dijo:
— Opino que es la primera vez que un jefe de primera categoría ha
visitado el frente de batalla. ¿No es exacto?
Lo era. Un supergeneral había venido del Cuartel General de
retaguardia a las «líneas del frente». Un ejecutivo superior había salido del
abrigado y protegido planeta patrio, para arriesgar una pelleja tan preciosa
que todos los de Ría se estremecieron cuando se divulgaron las noticias.
El rull supremo continuó sus especulaciones:
— Me parece que no hemos recibido la más precisa información de
espionaje sobre los seres humanos. Parece que ha habido un intento de
subestimar sus facultades y capacidad, y en tanto que alabo el celo y el
valor desplegados, mi reacción es la de que esta guerra no tiene
probabilidades de alcanzar un éxito decisivo. Por lo tanto, mi conclusión es
la de que el Consejo Central reexamine los motivos para la continuación del
esfuerzo bélico. No prevengo sobre una inmediata rotura de contacto con el
enemigo, pero bien pudiera ser que el combate se disipara gradualmente si
asumimos una posición puramente defensiva en esta zona del espacio, y
acaso volvamos nuestra atención a otras galaxias.

Muy lejos de allí, a través de años-luz de espacio, Jamieson estaba


informando a un cuerpo augusto, la Convención Galáctica:
— Estoy convencido de que era Persona Muy Importante entre los
rulls; y puesto que lo tuve durante algún tiempo bajo hipnosis total, creo
que podríamos esperar una favorable reacción. Le dije que los rulls estaban
subestimando a los seres humanos, y que la guerra no alcanzaría el éxito, y
le sugerí que volviesen su atención a otras galaxias.

Habían de pasar años antes de que los hombres estuvieran finalmente


seguros de que había terminado la guerra rull-humana. Por el momento, los
miembros de la Convención estaban fascinados sobre la manera en que un
cachorro de ezwal que leía la mente, había sido empleado para contactar a
un invisible ploiano; y cómo este nuevo aliado había sido el medio de que
un ser humano escapara de una nave de guerra rull con tanta información
vital como la que Jamieson trajera consigo.
Ello era la justificación de todos los años de duro y paciente esfuerzo
que los hombres consagraran a una política de amistad con razas
extranjeras. Y por una abrumadora superioridad, la Convención creó para
Jamieson un cargo especial que llevaría por nombre: Administrador de
Razas.
Volvería al planeta Carson como suprema autoridad foránea, no sólo
para los ezwal, pero como luego resultó, la expresión de su empleo fue
posteriormente interpretada como siendo el Hombre negociador con los
rulls.
Y mientras se desarrollaban estas cuestiones, la guerra galáctica rull-
humana llegó a su término.
FIN

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22/03/2010

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