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Este documento es una introducción a una antología de relatos de amor titulada "El amor sabe a libros & café". Incluye agradecimientos a los colaboradores, una sinopsis que describe la variedad de historias de amor incluidas, y el primer relato titulado "Esos ojos azules..." que narra el enamoramiento no correspondido de una mujer por su vecino.
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Este documento es una introducción a una antología de relatos de amor titulada "El amor sabe a libros & café". Incluye agradecimientos a los colaboradores, una sinopsis que describe la variedad de historias de amor incluidas, y el primer relato titulado "Esos ojos azules..." que narra el enamoramiento no correspondido de una mujer por su vecino.
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©Antología Multiautor Vol.

II, [2024]
Título de la Obra: El amor sabe a libros & café

1 era Edición Digital y Paperback

Corrección: Bet Alifanow


Edición y maquetación: Servicios Editoriales Letras Indomables
Diseño de Portada: Dayah Litworks
Diseño de Portadas Internas: Bet Alifanow, Carolina Vivas, Elizabeth Mendoza

Todos los derechos reservados

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente
prohibida, sin autorización escrita de la titular de Copyright, la reproducción total o parcial de esta
obra por cualquier medio o procedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopias, por grabación u
otros, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler préstamos públicos.
Índice

Índice
Agradecimientos
Sinopsis
Esos ojos azules… Helena Quirós
Libros, amor y terror en San Valentín. Paola Muñoz
Promesas para Aitana. Katerine Leal
Mi doctor encantador. Lorena Fuentes
Tu cuerpo y la espuma de mi café. Marian Sanoja
Perdón por desnudarte. James A.
El rechazo del amor de la bruja. Anabel Pinedo
La doncella y el bandolero. Carolina Vivas
El legado de la Princesa Syrah.Yaneth Marin
Obsesión Peligrosa. Lucrismar Otero
Conociendo a los autores de la Antología...
Agradecimientos

Como lectora de toda la vida, agradecer ha sido primordial en este


camino literario, pues me ha permitido conocer mucho en todos los
sentidos, pero principalmente coincidir con personas que han sido
importantes en mi día a día.
Bet, mujer, gracias por ese impulso que necesitaba para realizar este
proyecto, por tu ayuda desinteresada, y ser nuestra editora, correctora y
maquetadora.
Mi señor oscuro, gracias por motivarme, conocerte le ha dado a mi vida
un brío de alegría y emociones que no creí conocer. Gracias por apoyarme
en todo y ser mi confidente en muchas cosas.
Gracias a los autores participantes, que han estado y colaborado con
Coffee&Books, por esos relatos que amo y guardo en mi mente y corazón.
Gracias por apoyarme y su cariño.
A mis contrapesos en este camino, a ellas que desde que nos conocimos
por la lectura, han estado incondicionalmente para mí. Este proyecto es para
ustedes, no encontré otra manera de agradecerles tanto, así que espero lo
disfruten, lo atesoren y lo amen tanto como yo a ustedes, Ness, Nina,
Sandra, Wen, Lula y Anabel, gracias por estar siempre.
Y a mi grupo Coffee&Books, donde lectores, autores y bookstagrammer
hemos formado más que una comunidad, una familia. Para ustedes este
festejo, estas antologías donde cinco años solo han marcado la diferencia de
lo maravilloso que es leer y compartir este amor por los libros
.
Sinopsis

En los últimos cinco años, he sido testigo de los amores que han
florecido y desaparecido como hojas llevadas por el viento. En este
quinquenio de devoción al placer de un café exquisito y la inmersión en las
páginas de apasionantes historias de romance y sus diversos matices, surge
esta antología extraordinaria.
Imagínate sumergirte en un compendio de relatos que te transportan a
través de los caminos sinuosos del amor, la traición, la lujuria y
sorprendentes giros narrativos. Este conjunto de historias no es
simplemente un reflejo de emociones efímeras, sino una obra maestra tejida
por la colaboración de varios autores, cada uno dejando su distintiva huella
en las páginas que explorarás.
Cada relato es una ventana a la complejidad de las relaciones humanas,
capturando momentos efervescentes de romance y también las sombras de
la traición. Descubre cómo el amor puede florecer en los lugares más
inesperados, cómo la pasión puede desencadenar eventos imprevistos y
cómo la intriga puede tejerse en cada palabra escrita por los talentosos
escritores que forman parte de esta antología.
En este viaje literario, como lector, te encontrarás en un vaivén de
emociones, explorando no solo el amor romántico convencional, sino
también las facetas más oscuras y apasionantes de las relaciones humanas.
Un tributo a los cinco años de Coffee & Books, esta antología multiautor es
un festín literario que celebra la diversidad del romance en todas sus
formas, dejando una marca indeleble en el corazón de quienes se aventuren
en sus páginas.
Esos ojos azules …
Helena Quirós

Dicen que del odio al amor solo hay un paso…


yo diría más bien que un piso.

¿Cuántas clases de amor hay? Bueno, está el de tus padres, el amor


maravilloso de los abuelos, el amor peleonero e infaltable de los hermanos,
de los amigos incondicionales, pero también está el amor de pareja, ese que
anhelas y sueñas con él para siempre, también el de ese crush, que es irreal
y sueñas con volverlo realidad, y está ese amor, como el mío, el no
correspondido, enamorada del vecino del piso de arriba.
Lo conocí recién me mudé a este piso, de muy buena ubicación y
plusvalía, hace ocho años cuando cumplí los diecinueve, me lo regaló mi
papá por mis notas escolares y porque me quedaba más cerca de la
universidad. Y, aunque no ha sido un padre muy amoroso después de la
muerte de mi mamá, ha querido compensar el vacío con cosas materiales
que, aunque no lo llenan, me hacen la vida más fácil.
Volviendo al hombre perfecto. Sí, es mayor que yo, me lleva cinco
años, es piloto, ya saben eso de un amor en cada puerto, pues algo así era
él, joven, guapísimo al estilo Brad Pitt, poder, fama y fortuna, tiene todo.
Nunca olvido ese día cuando lo conocí, quizás mis ojos de adolescente
no me permitieron ver más allá de la boca del lobo, me deslumbré con su
caballerosidad y su hermosa sonrisa, sus halagos y ese cuerpo…. Sí, cliché,
pero era así, tallado por los mismos dioses, el caso es que después de que
me enseñó lo que se podía saber de sexo, vaya que era bueno el muy Don
Juan, y yo pase de moda, él simplemente dijo next…, y yo quedé sumida en
mi llanto, mis mocos, poco apetito y ganas de vivir, lo peor era tener que
ver cada mujer que entraba y salía de su vida como las estaciones del año, y
no repetía el muy granuja, pues sí, así es Nick un hombre con corazón de
condominio que no sabía estar solo.
Sola me sentía yo que trabajaba en una editorial donde ganaba bien,
pero consideraba que estaba estancada. Quería una oportunidad para
ascender, y había rumores de que le darían la gerencia a alguien nuevo y por
eso, un día como hoy, donde se pasó enero volando y entramos al muy
valorado día de los enamorados, estaba yo recordando que hoy primero de
febrero, tendía catorce días de agonía, donde las editoriales entraban en
modo fiesta porque venderían sus mejores libros de amor, con ese galán que
idealizamos, pero que nunca es real.
—Sofí, terminaste la revisión de los libros, tienen que estar en vitrina
esta semana.
—Sí, señor Black, ya se los hago llegar a su correo.
Mi jefe era adorable, un hombre en sus sesentas, que amaba su trabajo,
amigo de mi padre, si ya lo captaron, por él estoy aquí.
—Sofía, ¿tienes planes para este 14 de febrero? Quiero que vengas a
cenar a la casa con la familia, daré una cena en honor al amor y la amistad,
además mi hijo regresa de vacaciones.
—Voy a leer ese nuevo libro que me recomendó de Hilda Rojas, y me
alegro que regrese tu hijo, Sé que lo extrañas mucho.
—Yo creo que ya va siendo hora que busques con quien celebrar el día
del amor, no me gusta que una mujer hermosa e inteligente se quede sola
para vestir santos, ¿acaso te doy tanto trabajo, que no te queda tiempo libre
para enamorarte?
—Nada de eso Don Simón, solo que creo que me acostumbré a los
galanes de libros y ninguno me da la talla… Además, ¿acaso me quieres
emparejar con tu hijo? Pensé que ya era tu hija adoptiva.
—Ja, ja, ja, sí que lo eres. Tu papá no pudo haberme dado mejor regalo.
Sabes, Sofí… ese amor que no te ha llegado, ya llegará…, y con mi hijo,
nunca se sabe, nunca se sabe…
—No se preocupe, Don Simón. Ya tengo a San Antonio de cabeza,
como me recomendó.
—Eso espero Sofí, eso espero…
Ese mismo día salí del trabajo y me topé, adivinen con quien, en el
ascensor… Ajá sí, Nick…
—Sofí, ¿cómo estás?
—Bien y tú, Nick. Creí que ya no recordabas ni como me llamaba —si
soné ardida, pero que le hacemos, así estaba.
—¿Estás resentida conmigo?
—¿Yo?, ¡para nada! —«cretino», pensé para mis adentros.
—¿Quieres subir a beber una copa a mi departamento? Tengo una
buena botella.
Créanlo o no…, lo pensé, tenía ganas, quería sentirlo, estar en sus
brazos otra vez, llevaba mucho tiempo en blanco, luego me dije, «oye,
valgo más que un rato…»
—Gracias, pero tengo mucho trabajo.
El ascensor se abrió y yo salí contoneando mis caderas, quería que
supiera de lo que se había perdido… y solo escuché…
—Tú te lo pierdes… Si cambias de opinión, te estaré esperando.
¡Presumido!, cuanta seguridad tenía.
Tarde diez minutos caminando de un lado a otro, viendo los pros y los
contras de subir al PH, un piso más arriba. Sábanas de seda negra, una cama
enorme y él…
Eso fue lo que duré diciendo, lo voy a hacer entender que se quede
conmigo, soy mejor que todas esas mujeres, ¡vaya valentía tenía!
Entré en el ascensor y marqué el PH. Tan pronto las puertas se abrieron,
ahí estaba el muy granuja, unos jeans desgastados con el botón
desabrochado, sin camisa, con una copa de vino en la mano y esa estúpida
sonrisa en la boca. ¿Cuánto tardé en enredarme en ese cuerpo? Segundos,
antes de dejar que hiciera conmigo lo que le diera la gana.
Dicen que las reconciliaciones son peligrosas. ¡Vaya que sí! Amanecí
adolorida y sola, con una nota que decía:
Gracias por el revolcón,
no te recordaba tan fogosa,
cierra al salir
Nick

¿Eso era yo? ¿Un revolcón?, qué tonta fui… Bueno, al menos uno de
los dos consiguió lo que quería, él…
Con el orgullo por el suelo volví a mi piso, desecha. Era sábado y no
trabajaba, así que el día dos de mi cuenta regresiva iba de mal a peor.
Llamé a mi mejor amiga Cristina, vivía cerca, así que ella sería mi
refugio…
—Cris, te necesito.
—¿Estás llorando Sofí?, ¿qué te pasó?
—Nick …, y yo
—Sofía, te lo advertí. Ese hombre usa las mujeres como pañuelos
desechables.
—Sí, lo sé. Pero me sentía sola y ya viene el catorce, y yo creí…
—¡No, Sofía! Deja de creer en hombres como ese, tienes que ver la
realidad. Él no ama a nadie, ni así mismo, tienes que fijarte en otra clase de
hombres, hombres buenos hay pocos, pero hay.
—Lo dices fácil, tú tienes un hombre de esos. Freddy es un pancito de
Dios y te ama.
—Mira, Sofí. Ven a cenar a casa, hoy viene el mejor amigo de Freddy y
sé que te vas a sentir mejor que entre esas paredes.
—No creo amiga, necesito estar sola.
—¡Llorando por un idiota!, ¿qué mientras tú sufres, él está con su
nuevo rollo? ¡No vale la pena que sufras así! Anda, si solo es una cena… Si
no vienes voy por ti, sabes que puedo y lo haré de verdad.
—De verdad amiga, hoy no, mañana me sentiré mejor.
—Amiga, ¿quieres que vaya? Yo dejo todo por ti…
—No, anda, tú atiende a tu invitado, ya me sentiré mejor mañana.
—Sabes que estoy para ti, ¿verdad? Solo tienes que llamarme e iré
corriendo.
—Sí, lo sé. Y por eso eres mi mejor amiga, te amodoro
—Y yo a ti, mi peque.

Cuando el destino se cruza en el camino…


Qué bonitas son las casualidades,
cuando tienen ojos azules

Después de un tarro de helado de pie de limón y un six pack de smirnof


(vodka, siii, me gusta). Me sentía peor, así que miré el reloj, apenas iban a
dar las 8 y necesitaba algo que me durmiera las neuronas y dejara de pensar.
Así que, con mi pijama de gatos y pantuflas de Garfield, tomé mi gabardina
y me enrumbé al súper de la siguiente cuadra, mi nivel de alcohol no me
hacía pensar coherentemente.
Caminé por el pasillo entre varias miradas curiosas rumbo a las botellas
del frío congelador, justo iba a coger la única botella de vino que quería,
cuando otra mano la tomó primero. Reté con la mirada al hombre que, en
realidad, y bajo el efecto del alcohol, lo veía altísimo, con bellísimos ojos
azules y una sonrisa de: te pillé, y que me arrebataba lo que era mío.
—Esa botella es mía —le dije
—Ajá, y ¿por qué será que la tengo yo en la mano?
—Por abusador, obvio.
—No te la quité de las manos, ¿por qué abusador? —me preguntó.
—Porque te estás aprovechando de mi altura —el tipo me llevaba como
treinta centímetros o más.
—Bueno, hagamos algo —expuso—. Yo te la doy, si me das una buena
razón para hacerlo.
—¿Cuál es tu razón? —indagué.
—Regalo para una cena familiar.
—Pues, ¡te gané! —exclamé eufórica—. Yo necesito ahogar mis penas,
eso es más que tu cena familiar.
—Así que quieres beberte esta botella tú sola.
—¡¡¡Sí!!! ¿Algún problema?
—No, no —respondió levantando las manos con mi botella en ellas—.
¿Sabías que las penas saben nadar?
—No me digas, mal pretexto para dejártela.
—No es pretexto, es cierto
Lo miré de arriba abajo y le reté.
—Y, ¿qué propones tú para olvidar mis penas…?
—Bueno, que tal si te acompaño a tu casa, te cambias de ropa y me
acompañas a mi celebración, así ambos tomamos vino, te diviertes y olvidas
tu mal rato.
Mmm…, puse mi mejor cara de pensar, pero…
—Naaaaa, ¡mejor dame mi botella!
—Creo que no deberías beber más.
—¡¡¡Hombre!!! Que ahora me salió niñero.
—Solo intentaba cuidarte.
—Gracias, nadie te lo pido, Giganton.
—¡Qué carácter, mujer! —exclamó—. Te cedo mi botella, pero si me
dejas llevarte a tu casa y ver que llegas bien…
Entrecerré los ojos…, lo miré y pensé, «es cerca, no logrará hacerme
daño si pudiera, además, soy más lista».
Caminamos en silencio hasta llegar a las puertas de los apartamentos y
dije:
—Aquí es, ¡dame mi botella!
—No, hasta que entres a tu departamento
—¡Realmente eres molesto! —miré al portero que trataba de mirar a
otro lado.
—Sí, me lo dicen a veces.
Subimos al ascensor y justo antes de que las puertas se cerraran, subió
Nick
—¡Hola peque, linda pijama!
La sangre me hervía, me trataba como si nada hubiera pasado varias
veces la noche anterior, me dejó sola y me llamó revolcón, así que no pensé
mucho y le dije;
—Solo bajé por mi novio —contesté tomando la mano del extraño, él
me miró con cara de ¿dónde está tu novio? Nick miró nuestras manos y al
extraño de arriba abajo sin decir palabra, al bajar a mi piso jalé a mi nuevo
novio ficticio y me subí en él como garrapata, era muy alto, lo agarré por el
cuello y le planté tremendo beso,
Realmente no vi la cara de Nick, solo escuché el ascensor cerrarse y yo
seguí con mi lengua en la garganta de aquel extraño, que me ha tomado por
el culo y me devolvía el beso… Manos iban y venían, así como la pelea de
nuestras lenguas, ¡vaya que sabía besar bien el extraño…!
Cuando me aparté dos centímetros para coger aire, le dije:
—¿Quieres pasar a bebernos la botella…?
Bueno, les diré que nos bebimos esa botella y lo que me quedaba de
dignidad, porque nos besamos hasta la sombra, dijo Arjona, tanto que
olvide hasta mi nombre…
De la borrachera que me cargaba me dormí, y justo despierto, con más
dolor de cuerpo, un chupón en el cuello y una nota que decía,

Si necesitas más vino,


celos al vecino, o algo más,
búscame, estoy disponible.
Tuyo
SB

¡SB!, ¿cómo putas voy a encontrarlo? ¡¡¡ni que comiera yo mierda de


gitano!!! Miraba el papel como queriendo descifrar la fórmula de la bomba
atómica. Bueno y pensándolo bien, para qué quería yo buscar al gigante si
ya con Nick tenía suficiente de hombres guapos y patanes.
Aunque si con mis pocos sentidos aquel extraño estaba guapo, con
todos debía ser algo así como Cavil… ¡Huy papacito!! Ese hombre si era mi
perdición…
Conversé con mi BFF Cristina ese domingo, le conté casi todo, pero
omití el detalle del sexo, Como le iba a explicar que después de meses,
muchos meses de no tener sexo, había estado con dos seguiditos… No me
juzguen, pero creí que con Nick pasaríamos a la reconciliación y el
extraño…, yo no estaba en mis cinco sentidos, pero si le conté de la botella
y de aquel hombre, supongo que ella asumió que me dejó la botella, porque
le conté que me dormí bien ebria.
—Tus historias parecen de novela Sofí, y no le pediste el número de
cel.
—Créeme que no quiero volver a topármelo —comenté apenada, es
que era la primera aventura con un extraño que tenía—. Cambiando de
tema, ¿cómo te fue con tu cena?
—Pues bien, el señor oscuro como lo llamo, llegó tarde, pero fue bien,
es el mejor amigo de mi pollito, tú sabes, se enfrascan en cada conversación
que me fui a dormir y ahí los deje, me sentía cansada.
—¿Señor oscuro? Y dices que soy yo la de cosas de novelas, ja, ja.

Día tres y descontando…, la editorial era un hervidero, gente iba y


venía. Don Simón se tomó unos días para atender a su hijo…, o sea, aquí
todo era caos mientras no estaba.
El final del día llegó y no están ustedes para saberlo, ni yo para
contarlo, pero volví al súper a la misma hora que anoche, ¿curiosidad?,
obvio sí. Bueno, estuve ahí escondida entre los tomates y las papas, de
donde tenía una buena vista al congelador de licores, hasta que la voz del
dependiente me asustó.
—Señorita, ¿se le perdió algo o piensa robarse algo?
—¿Tengo cara de ladrona? —refuté con cara de ofendida.
—Bueno, lleva una hora aquí y no compra nada.
—Tenía que revisar bien si los productos están vencidos.
—¿Los tomates??
Mire los tomates como queriendo pedirles ayuda y luego al
dependiente…
—Me distraje y creí que alguien vendría, pero veo que no… —contesté
roja de la pena.
—Y, ¿va a comprar algo…?
Avergonzada tomé unos tomates, pagué en la caja, y volví a casa.
¿En qué estaba pensando? Un hombre como aquel no anda por ahí
levantándose mujeres despechadas, en el súper, su ropa era fina, y ese
cuerpo fijo de gimnasio…, «ya deja de pensar en él Sofía, acaso querías
algo más…» me dije.
Tomé el ascensor, seguía pensando si lo de anoche solo fue un sueño,
muy ardiente, por cierto, pero al llegar a mi puerta, encontré tres Yerberitas
de diferentes colores, el libro Cien años de Soledad, una botella de vino y
una nota que decía.

Las penas, aunque saben nadar,


siempre es bueno ponerlas en remojo,
preferiblemente con una buena compañía,
y ya que yo no puedo, te dejo uno de mis libros favoritos.
Tuyo
SB

Quería brincar de la emoción, él había vuelto, y era mío, eso decía la


nota. ¡Vaya!, este extraño me sacó una enorme sonrisa y por primera vez en
mucho tiempo dejé de pensar en el vecino de arriba.

Bienvenido a casa…. SB
Siempre es bueno regresar,
al lugar donde nos sentimos amados

Había vuelto para tomar las riendas de la empresa, al menos eso quería
mi padre, tenía tiempo pidiéndomelo para que asumiera la gerencia de sus
negocios, todavía no estaba seguro, en Inglaterra me iba muy bien, pero
sabía que mi padre estaba cansado, y su salud estaba pasándole factura.
Conversé con mi padre y le hablé sobre mis intereses, aunque aún no
estaban definidos del todo, también le comenté que tenía muchas ganas de
quedarme donde estaba, él me pidió que fuera por tres meses que tanteara el
terreno y después decidiera.
Bueno, jamás me imaginé toparme con un pequeño nomo de 1,60
centímetros, en pijama y pantuflas, adorable, por cierto, no sé por qué, pero
al ver su cara triste me dieron ganas de cuidarla.
Creo que tenía un faje con el vecino de arriba, porque intentó darle
celos o al menos eso me pareció, pero en cuanto esa pequeña granuja con su
coleta y sus mejillas rojas me planto tremendo beso, perdí los sentidos, mi
amigo reaccionó dentro de mis pantalones y no pude pensar más, sé que no
está bien aprovecharse de una persona pasada de tragos, pero en mi defensa,
diré que ella estaba medio ebria y yo me embriagué con ese beso.
No sé por qué volví al día siguiente, quizás me sentía mal por haberla
dejado sola mientras dormía, o quizás sea porque quería verla de nuevo, ¡no
sé!, lo único que sabía era que no podía dejar de recordar a esa duende
hermosa que me embrujó en una noche, ¡tres yerberas, por tres horas
inolvidables!

Sofía
Las vacaciones de don Simón se estaban alargando. Se había ido a una
cabaña con la familia de fin de semana, lejos del bullicio de la ciudad, pero
me advirtió que regresaría para el diez de febrero con las baterías puestas
para ver cómo iba con las novelas que ya estaban en venta al público. Lo
cual me recordaba, otra vez, la miserable fecha del catorce de febrero,
¡quería que la tierra me tragara y me escupiera después de terminar el mes!
De SB no volví a saber nada, quizás si había sido un sueño, aunque las
flores me recordaban que no, moría de ansias por verlo en mis cinco
sentidos, de volver a sentir esas manos sobre mi cuerpo, los besos que me
volvieron loca… Estaba perdiendo la capacidad de concentración, no había
podido editar ni un solo libro desde esa noche.
No entendía, como el amor no podía ser para mí, cómo a veces la
soledad se apodera de tu vida y solo respiras por inercia, te acuestas y te
levantas sola, es que me sentía tan pequeña, tan poca cosa, no era capaz de
que alguien se enamorara de mí.
El diez de febrero llegó. Ese día llegué tarde al trabajo por estar sumida
en mi miseria, recuerdo que llevaba un pantalón negro con una hermosa
blusa de encaje roja, mis tacones para parecer más alta y una mascada
anudada al cuello, mi boca en rojo pasión y una fingida sonrisa.
—Buen día, chicos —saludé al grupo.
—Buen día, Sofí, Don Simón te espera en la oficina, está con el que
parece ser el nuevo gerente, está guapísimo.
—¡Ay, Selma! Ya no quiero saber de hombre guapos, son una pérdida
de tiempo.
—Eso no vas a decir cuando te enamores.
—¡Primero me cae un rayo, Selma!
Tomé mi libreta y me enrumbé a la oficina, toqué la puerta con
seguridad y escuché un pase adelante.
—Con permiso, Don Simón, ¿me llamo usted? —él se puso de pie de
inmediato y fue a mi encuentro, pude ver al hombre de traje caro de
espaldas a mí, pero fue tapado por don Simón y su agradable abrazo.
—¿Cómo va todo, Sofí? ¿Qué tal mi ausencia?
—Todo en orden, Don Simón.
—Ven aquí, quiero presentarte a mi hijo Sebastián.
El tipo se puso de pie y se dio vuelta, quería que me tragara la tierra,
porque ahí frente a mí, estaba SB, la impresión fue tal que sentí como los
colores se me subían al rostro, él tomó mi mano fuerte.
—Mucho gusto, Sofía —me dijo con una sonrisa que no pude descifrar
—. Soy Sebastián Black.
No podía hilar una sola palabra en mi cerebro y lograr que saliera por
mi boca, Solo lo miraba con cara de estúpida.
—Creo que la dejaste sin palabras, Sebastián —comentó Don Simón
con una sonrisa pícara.
—Disculpen —logré expresar—. Mucho gusto, Sofía Reyes.
—El gusto es todo mío —dijo el muy desgraciado, que no soltaba mi
mano.
—Bueno, ahora que ya se conocen, quiero que conozcan mi plan de
trabajo. Pasa Sofía, siéntate.
Jalé mi mano fuerte y me senté al lado de Sebastián.
Don Simón hablaba y hablaba y yo no podía escuchar, solo miraba al
susodicho preguntándome si él ya me había conocido, que tanto le había
dicho don Simón de mí,
—…y por eso quiero que trabajen en conjunto estos tres meses que
Sebastián estará aquí,
Solo escuché la última frase y volví a ver a Don Simón,
—¿Él y yo juntos?
—Sí, Sofí. Mira, Sebastián, aparte de haber estudiado literatura, tiene
un posgrado en Administración.
—¡Ahh, no! Si tu hijo es un estuche de sorpresas —comenté con ironía.
«También roba botellas de vino y da unas cogidas espectaculares», pensé.
—Como te comenté, Sofí es como mi hija, así que quiero que la trates
bien Sebastián, y quiero que trabajen en la edición de una antología de
relatos que nos envió mi gran amiga Ceci Blackstone. Ahora voy a ventas a
ver los libros de la vitrina y ya vuelvo, mientras tanto, los dejo para que se
conozcan.
—Así que SB, era Sebastián Black.
—Así que el pequeño nomo, era Sofía.
—No soy un nomo, tú eres muy alto.
—Bueno nomo, dime, ¿vas a trabajar conmigo?
—Esto no puede estar pasando —agaché la mirada y puse mis manos
en la cabeza.
Vi los pies de Sebas chocar con mis zapatos, alcé la vista y ahí estaba
con esa sonrisa de anuncio de pasta dental,
—¿Qué te parece tan chistoso?
—¡Tú!
—¿Te estás riendo de mí?
—No
—Solo que esta situación es un poco extraña, sabe mi papá que bebes
como cosaco.
—¡Oh, MG! No soy una borracha, ese día había tenido un día difícil.
—Con el vecino…
—Eso no es de tu incumbencia.
—Bueno, parecía que sí, cuando te subiste en mí como mono en
enredadera.
—¿Cómo me llamaste? —grité exaltada mientras me levantaba por
impulso de la silla. Lo que él aprovechó para agarrarme por la cintura y
halarme hasta chocar con su pecho.
—¿Qué haces?, tu papá puede entrar.
—No, él tardará, mmm…. —hizo a pensar tomándose su barbilla—,
quince minutos —dijo al final mirando el reloj.
Y así, sin más, se apoderó de mi boca tanto y tan bien que sentí que se
me iba el alma en ese beso, no podía pensar, solo estaba sintiendo, les juro
que jamás nadie me había dado un beso de esa forma.
En cuanto sus manos me levantaron del suelo tomando por mis nalgas,
algo en mí se activó.
—¡Oye, no podemos hacer esto aquí!
—Tienes razón —me da un breve beso en los labios—. Llego a tu casa
a las 8 —Otro beso.
Me puso en el suelo, limpié mi labial corrido y salí de la oficina directo
al baño, yo era un charco literal, todo esto me parecía, un sueño, o más bien
una pesadilla.
Pasé toda la tarde pensando en esta situación, me había acostado con el
hijo de mi jefe, un hombre que solo estaría tres meses y se iría. Sopesé pros
y contras, y mi conclusión fue que no podía pasarme otra vez lo mismo que
con Nick. Así que, en cuanto llegara a casa no le abriría la puerta. Y ya en
la oficina le dejaría claro que yo no era una mujer de ocasionales, que mejor
se mantuviera a distancia y solo de manera profesional.
Busqué mi pijama de gatitos, me hice una coleta y me senté con un bote
de helados de pie de limón, mi preferido, a ver una serie en netflix que no la
había avanzado mucho.
Escuché el ascensor y mi corazón palpitó rapidísimo, el timbre sonó,
me quedé en silencio esperando que se fuera…
—Ya te escuché Sofía, la TV está encendida, abre soy Nick.
¡¿Nick?! Y ahora, ¿qué quería ese bueno para nada?
Abrí la puerta y ahí estaba, con esa sonrisa que regalaba a sus
conquistas.
—¿Estás sola? —preguntó mientras miraba adentro.
—¿Qué quieres Nick?
—No sabía que estuvieras saliendo con alguien.
—Y yo no sabía que eso te importara.
—Si estás sola podemos divertirnos un rato.
—Ella no está sola —habló una voz desde el pasillo,
Esto no podía estar pasando…
Sebastián llegó con botella en mano y extendiendo la mano para
saludar, le dijo a Nick:
—Sebastián, el novio.
—Nick, el vecino —tomó su mano y apretó fuerte
¡Solo esto me faltaba!
¡¡¡Dos idiotas viendo cuál miada era más grande!!!
Y ahí estaba yo, decidiendo mi futuro sin saberlo.
—Lo siento Nick, nos vemos —dije tomando a Sebas de la mano,
haciéndolo pasar y cerrando la puerta en las narices a Nick.
—¿Qué rayos fue eso? —le pregunté a Sebastián.
—¿A qué te refieres?
Yo hablaba como lora embarrada de m… de un lado para otro y él solo
levantaba una ceja y me miraba
—No puedes tomarte atribuciones que no te corresponden —finalicé.
—¿Terminaste?
—¡¡Ahhh!! ¿Acaso no escuchaste nada?
—Ahora ven —Y me jalo por el brazo, me levanto de las nalgas y me
subió a la mesa.
—Hablas demasiado —acotó antes de atacar mi boca.
Ayyy Dios, si yo les contara, ese hombre no solo era guapo, inteligente
y besaba como los dioses, me hacía olvidar hasta mi nombre, también tenía
una lengua con la que me demostró que no solo le servía para comer y
besar…
Ya extasiados y sudados, y más en calma le pregunté.
—¿Sabías quién era yo?
—No, hasta anoche, que vi fotos tuyas en la casa de mi padre.
—¿Qué es todo esto, Sebastián?
—Mmm no lo sé, solo apareciste así y ahora me es difícil dejarte.
Me senté tapándome el pecho, porque sentía que no solo tenía desnudo
mi cuerpo, sino también el alma.
—No quiero ser un polvo ocasional, y tampoco te estoy pidiendo
matrimonio, es solo que siento que soy yo quien lleva las de perder con
todo esto.
—Entiendo —fue su respuesta, se levantó, se puso el bóxer y el
pantalón en silencio, luego se volteó para hablarme:
—Mira, bruja. Yo no sé qué decirte, se supone que estaré tres meses
aquí para decidir si llevar la empresa o no, esto fue inesperado —me dijo
señalándonos—. Me gustas mucho, pero no pretendo enredarme en una
relación ahorita porque no sé si me voy a quedar.
Les juro que sentí como los ojos se me llenaron de agua, pero respiré
hondo y le respondí:
—Entonces es mejor que te vayas y no me busques más, creo que de
ahora en adelante nuestra relación debe ser estrictamente laboral.
No refutó nada, tomó su camisa, sus zapatos y antes de cerrar la puerta
del cuarto acotó:
—¡Lo lamento, bruja! Lo que me pasa contigo no me había pasado
nunca.
No están ustedes para saberlo ni yo para contárselos, pero lloré mucho
esa noche, porque es tan difícil decidir querer a alguien, compartir tu cama,
tus sueños, tu vida, porque una entrega todo y no recibe nada… porque
nadie puede quererme.
Una OPORTUNIDAD...
Y me di cuenta que tú y yo
jamás estaríamos juntos
el destino así lo quiso
ghostly

Llegué al trabajo al día siguiente, mis ojos estaban hinchados, mi


orgullo se había ido de paseo y solo me quedaba mi corazón roto que, aun
en ese estado, seguía latiendo.
Me senté en mi escritorio calladita, como nunca antes, y quizás mi cara
lavada me delataba, porque nadie se me acercó esa mañana, solo los
escuchaba murmurar.
Por la tarde tenía reunión con Sebastián.
—¿Estás bien? —me pregunto.
—Sí, bien.
—No te ves muy bien.
Levanté la vista y lo miré como diciéndole, ¿de verdad te importa cómo
me siento?
—Bien, dije que estoy bien.
Levantó las manos como diciendo bueno…
—Bruja, anoche…
Levante el dedo callándolo y añadí:
—Estrictamente laboral, y me llamo Sofía —Hice una corta pausa y
continué—. Hagamos algo, toma de la antología la mitad de los relatos, del
uno al seis y yo el resto y nos reunimos en una semana para leer las notas.
—¿No quieres que trabajemos juntos?
—No creo poder, por ahora, lo siento.
—Sofía… —Tomó mi mano—. Perdóname, no creí que te estaba
lastimando, no pensé…
No pude contener las lágrimas y me solté a como pude, tomé mis cosas
y me fui a casa.
Me reporté enferma, quizás así podía pasar este y los dos días que me
faltaban para el fatídico catorce de febrero, sola, consumiéndome en mi
soledad. Yo era un maldito imán para hombres oportunistas.
El teléfono sonó mil veces, unas de Cristina, otras de la oficina y varias
de un número desconocido, terminé por quitarle el sonido al teléfono, pero
sabía que no podía vivir así.
La puerta sonó y al abrirla era Nick.
—Hola preciosa, ¿estás bien?, llevo días sin verte.
—Sí, muy bien, ¿qué quieres?
—¿Por qué me tratas así?
—Qué quieres, Nick. No tengo ánimo para jugar.
—Venía a invitarte a cenar mañana.
—¿Mañana catorce de febrero? ¿Cómo una cita?
—Sí, Sofi. Como una cita, quizás es tiempo de sentar cabeza y
decidirme a tener algo más serio.
Les juro que no encontraba el truco en esas palabras…
—No sé, Nick. Tú eres como muy libre, ¿de verdad hablas en serio?
—Muy en serio Sofí. ¿Qué dices? ¿Me das la oportunidad? Claro,
espero no enojar a tu amiguito
—¡Hasta que salió el peine!, me invitas solo porque ya hay alguien más
en tu camino.
—Noooo, para nada, ya te dije quiero intentar algo más formal, más
serio.
—Mmm no sé Nick déjame pensarlo mañana te mensajeo a ver qué
—Bueno, espero tu llamada —me dijo dándome un beso en la comisura
de los labios.
¡Vaya!, esperé esto hace mucho tiempo y ahora que me lo dice no sé.
Ya no siento lo mismo. Quizás creyó que siempre iba a estar esperándolo, y
al ver a Sebas… Bueno, no sé, creo que son solo celos.
El timbre volvió a sonar…
—Ahora que Nick…
No era Nick…
—¡Huy, disculpa! —le dije al chico repartidor—, pensé que era alguien
más,
—¿Sofía Reyes?
—Sí, soy yo.
—Firme aquí.
Me entrego un hermoso ramo de yerberas y una botella de un vino que
conocía muy bien, con una nota.

Querida Sofi
Siento haberme portado mal contigo, en serio me gustas mucho, y
quizás eres la razón que necesito para quedarme aquí y no volver a
Inglaterra, déjame intentarlo.
Te quiero invitar a la cena del día de los enamorados que da mi padre,
quiero que vayamos juntos, anda dime que sí, que ya no puedo soportar un
día más sin verte
Tuyo más que nunca
SB

Pasé de llorar tres días seguidos a tener dos invitaciones para san
Valentín, tenía dos hombres guapos y muy diferentes pidiéndome una
oportunidad.
A ver San Antonio, ahora que me mandaste dos, dime con cuál me
quedo…
Llevaba un vestido de coctel hermoso azul rey, mis tacones de infarto y
mi cabello largo suelto, cuando puse un pie en la puerta unos hermosos ojos
azules me miraron como nunca antes nadie me había mirado, con ilusión y
deseo y me dije a mí misma,
«Sofía, vamos con todo, que, si ese hombre no se ha enamorado de ti,
hoy si se enamora».

FIN
Libros, amor y terror en San Valentín
Paola Muñoz

Todo, cada gesto, cada palabra que decía, iba siendo


almacenado, recogido y apilado, leña para el largo
invierno de su obsesión.
"Amor perdurable" (1997),
Ian Mcewan

El que no arriesga, no gana.

En un pueblo de México, había una bonita y especial librería a la que


Danna visitaba con regularidad. Esta librería llamada “Coffee & Books”,
quedaba a medio camino entre su departamento y trabajo, y era regentada
por la más extrovertida y cariñosa de las personas, Cecilia, a quien todo el
mundo llamaba Ceci.
Danna era una voraz lectora, por tal motivo era una clienta recurrente
de esta librería. Pero no solo era su amor por la lectura y el agradable
ambiente, lo que la movía a visitar de manera continua el lugar, sino el
enigmático y atractivo hombre que se sentaba siempre en la misma mesa,
junto a la ventana, a disfrutar de un café mientras leía un libro.
La primera vez que lo vio, se quedó impactada por su físico imponente,
sus cabellos oscuros entretejidos con sutiles canas, las mismas también
salpicaban su pulcra y fina barba. Ella le calculaba unos cuarenta años; y la
primera vez que sus ojos se toparon con su penetrante mirada verde, sintió
que esta la calentaba más que el café que en su momento llevaba en las
manos, a pesar de que él solo le sostuvo la mirada por breves segundos.
Se sentía como una acosadora debido a su necesidad por ver a este
espécimen de masculinidad, aunque fuera por breves minutos durante el
día. Siempre pasaba por la acera de enfrente, prometiéndose no entrar, pero
solo bastaba una furtiva mirada al lugar donde sabía que él iba a estar y su
determinación se iba al garete, sus pies adquirían vida propia y, cuando se
daba cuenta, ya estaba pasando el umbral de la librería.
Ese día se encontraba frente al gran estante de libros de autores
independientes, ubicado en un lugar estratégico que le permitía mirar las
novedades literarias, mientras furtivamente observaba a su secreta obsesión,
cuando la voz susurrante de Ceci la sobresaltó.
—¡¿Cuándo vas a dejar de mirarlo y acercártele, mujer?!
—¡Qué susto, Ceci! —exclamó llevándose la mano al pecho y
ruborizándose al ser hallada in fraganti.
Ceci solo arqueó una ceja mientras esperaba una respuesta, Danna
suspiró.
—No creo que me atreva. Además, él no parece estar interesado en
absoluto.
—Eso lo dices porque no estás atenta, si lo estuvieras, te darías cuenta
qué él también te echa miradas furtivas, y que no eres la única que le tiene
puesto el ojo. Si yo fuera tú, dejaría de languidecer por una mirada suya e
iría con todo mi arsenal, dispuesta a llamar su atención. ¡El que no arriesga
no gana, mi chula!
Dicho esto, Ceci se alejó para conversar con otros conocidos y dejó a
Danna sumida en sus pensamientos. Se mordió el labio y miró de reojo al
dueño de sus suspiros, encontrándose con su intensa mirada. De inmediato
se cohibió y desvió la vista a la estantería llena de libros que tenía en frente.
No se hacía ilusiones, ella era una chica curvy, de cabellos y ojos
negros, estaba segura de que un hombre como él, jamás se fijaría en alguien
normalita como ella.
—Esta es una de mis secciones favoritas —dijo de repente una gruesa
voz varonil junto a ella.
Al alzar la vista, se quedó sin respiración por unos segundos. El hombre
que se había convertido en su obsesión, estaba junto a ella, sonriéndole, le
sacaba como treinta centímetros, por lo menos. «¡¿Cómo rayos se movió sin
que se diera cuenta?!». Su mente había hecho cortocircuito, pues solo abría
y cerraba la boca sin que una palabra saliera de ella. «Espabila», se
recriminaba mentalmente.
—También es una de mis secciones favoritas. Es emocionante descubrir
autores autopublicados con mucho potencial. Nunca sabes el tesoro que
podrías encontrar.
—Tienes razón. Te he visto con regularidad por aquí, soy Trevor, por
cierto —le dijo extendiendo su mano.
—Soy Danna, y también te visto por aquí. Eres adicto al café y a los
libros —le respondió mientras sentía un corrientazo al estrechar su mano.
Él soltó una risa gutural.
—Culpable de los cargos —le dijo con una sonrisa ladeada y sus ojos
verdes chispeantes de humor—. Me preguntaba si tienes tiempo para
compartir un café conmigo.
—Yo… Mmm… ¡Claro, me encantaría! —le respondió tartamudeando
y llena de euforia. No podía creer que esto estuviera sucediendo. Estar cerca
de él era más impactante que verlo a hurtadillas y, aunque no lo demostraba,
sentía sus rodillas temblorosas cuál gelatina. Es que parecía más una
adolescente, que la mujer hecha y derecha de veintiocho ños que era.
Mientras se dirigían a pedir el café y esperaban, se iban desvelando sus
gustos y aficiones, sin ser conscientes de la penetrante mirada de un par de
ojos oscuros que, colérica, los fulminaba al ver la química que mostraban
los dos.
Esa mirada no se apartó de los ellos en todo el momento que, ya
sentados en la habitual mesa que siempre ocupaba Trevor, charlaban
animados como si fueran viejos conocidos. Esa persona decidió que era
momento de actuar y dejar de asechar en las sombras. Danna era suya y no
iba a permitir que nada, ni nadie se la quitara.

Acosador
Había pasado una semana desde que Trevor y Danna comenzaron a
entablar una amistad, tenían en común muchas cosas, más allá de su afición
por la lectura y aunque la química era palpable entre los dos, se estaban
tomando las cosas con calma y conociéndose mutuamente.
Lo discordante en esos días fueron las llamadas que Danna comenzó a
recibir casi al mismo tiempo que empezó a tratar a Trevor. Al principio,
solo era el silencio al otro lado de la línea cuando contestaba, luego fue
escuchar una respiración fuerte, después unos gemidos que la hacían
espeluznarse de asco y terror. Nunca escuchó una voz al otro lado de la
línea, y eso hacía la situación más escalofriante.
Había bloqueado el número que al principio la llamaba, pero tal parecía
que el enfermo que llamaba era alguien a quien no le importaba gastar
dinero en chips o dispositivos, pues las llamadas comenzaron a ser más
regulares y de diferentes números.
Puso una denuncia en la comisaría cercana, pero solo receptaron su
queja y le dijeron que tratarían de averiguar quién aparecía como
comprador de los números que la llamaban. Nada más se podía hacer si no
tenían algún sospechoso o una agresión “real”. Mientras tanto, ella vivía en
un continuo sopor y nerviosismo, al punto de sentirse vigilada a donde
quiera que iba.
Danna necesitaba que esta situación terminara ya, porque no creía
poder vivir siempre mirando sobre su hombro por si veía una persona
sospechosa o que fuera una posible amenaza.
En ese momento se encontraba otra vez en Coffee & Books, frente a una
de las muchas estanterías de romance. Antes de irse a casa, luego de una
larga jornada de trabajo, quería una lectura que la distrajera de su actual
pesadilla. Trevor no estaba hoy en la librería, por lo que compraría un libro
y se marcharía de inmediato.
Estaba tan concentrada en escoger un libro de la variedad que había
frente a ella, cuando de repente, una mano pesada se posó en su hombro y la
hizo dar un salto y un pequeño grito se escapó de sus labios.
—¡Wow! —exclamó Trevor apartando su mano al ver su reacción—.
Lo siento, no quise asustarte.
—No. Yo soy la que lo siente por reaccionar así. Lo lamento —le
contestó avergonzada.
—¿Estás bien? Hace días que te noto muy nerviosa.
—No es nada —suspiró y cerró los ojos—. En realidad, es todo, pero
no quiero abrumarte con mis problemas.
—¿Qué dices? Nada de eso, dime qué te pasa. Tal vez pueda ayudarte.
—Lo dudo —le respondió, pasándose una mano por la frente y agotada
le contó su suplicio—. Lo que pasa es que estoy siendo acosada y ni
siquiera tengo la menor idea de quién es el enfermo que lo hace.
—¿Acosada? ¿Cómo? ¿Desde cuándo? ¡¿Y por qué no me habías dicho
nada?! —le preguntó con el ceño fruncido y una mirada que transmitía
asombro y preocupación por ella.
—Sin ánimo de ofender, apenas nos conocemos, no tenemos la
suficiente confianza para contarte algo tan turbio como esto y… No quería
que nada empañara nuestra amistad —Un suspiro de derrota salió de sus
labios al terminar de hablar.
Iba a girarse para seguir buscando un libro, pero las manos de Trevor
en sus hombros la mantuvieron en su sitio con suavidad y firmeza.
—Eres una tonta que no se da cuenta de que no me hubiera importado
darte y ser tu apoyo apenas empezó esta situación; y más tonta aún si no te
has dado cuenta que me interesa ser algo más que tu amigo.
Los ojos de Danna se habían cristalizado debido a la emoción.
—¿Qué es lo que intentas decirme? —le susurró con un hilo de voz.
—Me gustas, Danna. Me gustas mucho —Y sin más preámbulos, se
inclinó y se apoderó de su boca.
Fue un beso abrasador. Ardiente. En el que transmitieron todo lo que no
se habían dicho con palabras. Danna sintió que se movían y que su espalda
chocaba con la estantería de libros y que una de las grandes manos de
Trevor rodeaba su nuca, y sostenía su mentón con la otra para inclinarle la
cabeza en el ángulo que quisiera, y así poder profundizar el beso. ¡Oh,
carajo! El tipo sabía besar.
Esta era la catarsis que necesitaba. Apagar su mente y olvidarse de la
pesadilla en la que se había convertido su vida con algo que la desconectara
de la realidad. ¡Y vaya que se desconectó! Pues olvidándose de dónde
estaban, ella rodeó la cintura de Trevor con sus brazos y respondió a su
beso con la misma o mayor intensidad. Trevor mordisqueó y lamió sus
labios, hundió la lengua dentro de su boca una y otra vez, haciéndola jadear
de puro placer.
Tan ensimismados estaban en su muestra de afecto que, por poco,
fueron víctimas de la ira de cierto individuo que se acercaba raudo por el
pasillo con una mirada asesina en sus ojos, desviándose en el último
instante, al ver aparecer a Ceci, cargando una pila de libros, por el otro lado
del pasillo.
Ceci se detuvo en seco al ver a la pareja devorándose con ansias, y con
una pícara sonrisa se aclaró ruidosamente la garganta para llamar la
atención de los tortolitos.
—¿Ustedes dos están tratando de protagonizar alguna escena de un
libro? Porque, si es así, quiero que me digan inmediatamente de qué libro se
trata —concluyó, soltando una sonora carcajada, al ver tan avergonzada a la
pareja.
—Lo siento, Ceci —le dijo Trevor pasándose una mano por sus
cabellos—, me dejé llevar.
—No tiene nada de malo dejarse llevar, pero la próxima vez háganlo en
el lugar adecuado, por favor. Yo no tengo ningún inconveniente en ver tal
espectáculo, pero recuerden que hay menores de edad que también visitan
la librería. ¡Por Dios!
—La próxima vez seremos más discretos —le aseguró Trevor,
ganándose una mirada sorprendida de Danna que solo abría y cerraba la
boca sin poder formular ninguna palabra.
«¡No habrá una próxima vez, si de mí depende!», pensaba el individuo
que escuchaba el intercambio al otro lado de la estantería y quién furioso se
dirigió a la salida con muchos planes maquiavélicos, inundando su
desquiciada mente.

El enfrentamiento
Mientras Trevor y Danna charlaban, entre sutiles caricias y besos
robados, sentados en la mesa que siempre ocupaba Trevor, un hombre con
el corazón inundado de celos y odio, los observaba desde un callejón oscuro
al frente de la librería. Su mente iba a mil por hora recreando varios
escenarios en donde le hacía pagar a Danna la afrenta de no haberse fijado
nunca en él, y había llegado a la conclusión de que, lo que más le dolería,
sería quitar de en medio al hombre a quién ella había escogido.
El tiempo apremiaba, pues pronto esos dos saldrían de la librería y él no
quería dar oportunidad a que ese sentimiento que había florecido entre la
pareja, prosperara. ¡NO! Si él no podía tener la atención y el afecto de
Danna, nadie más lo tendría. No encontrando ocasión de realizar un plan
sobreseguro, acechaba en las sombras, callado, siniestro. Esperando el
momento adecuado para acabar con los dos.
Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y palpó la pistola que había
comprado por internet días atrás. Parecía cosa del destino haber seguido ese
impulso y hoy estaba dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias para
paliar el odio visceral en el que se había convertido el amor que alguna vez
sintió por Danna.
Al ver que se levantaban, salió de su escondite para adelantarse a un
lugar en el que sabía pasarían, si ambos se dirigían al apartamento de ella.

****

Danna iba en una burbuja de felicidad. ¡Trevor, por quién había


suspirado desde hacía tiempo, sentía lo mismo que ella! Le había confesado
que llevaba tiempo cautivado por ella, pero nunca se atrevió a dar el paso
porque se consideraba muy mayor para ella y temía que si daba muestra de
su interés, sería rechazado. Cuanto tiempo habían perdido dejándose llevar
por la inseguridad.
Caminaban rumbo al departamento de Danna, asidos de la mano,
robándose miradas de anhelo y fugaces besos. Conversaban de todo y de
nada, cuando su camino fue interceptado por una alta figura.
Danna sintió que la sangre se le congelaba en las venas al observar
cómo un hombre alto salía de un callejón oscuro y se dirigía hacia ellos con
pasos decididos. Se detuvo a tan solo un metro, mudo, visceral, y tenebroso.
No es que fuera feo, de hecho, si se lo hubiera topado a la luz del día, le
habría parecido hasta simpático, pensaba ella, pero su oscura mirada
transmitía un odio antagónico que le ponía los pelos de punta.
Trevor la movió a su retaguardia al percibir el peligro, movimiento que
pareció enfurecer al individuo, quien, sacando la mano del bolsillo de su
abrigo, dejaba ver un arma con la cual les apuntó.
—Si lo que quieres es dinero puedes tomarlo todo, pero no nos hagas
daño —le dijo Trevor, levantando las manos y relajando su postura para no
alterar al hombre.
El sujeto soltó una risa llena de ironía.
—¿Dinero? No es eso lo que quiero. La quiero a ella. ¡Ahora! —
sentenció. Y Danna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¡Vamos, hombre! Puedes llevarte todo lo de valor que tengamos…
—¡QUÉ NO QUIERO TU SUCIO DINERO! —Le gritó el sujeto—.
¡QUIERO A DANNA, Y LA QUIERO AHORA!
Simultáneamente, Trevor y Danna, comprendieron que esto no se
trataba de un simple atraco, y ambos entraron en diferentes estados de
alerta. Él tratando de encontrar el modo de salir airosos de esta situación y
ella, atando cabos que la llevaron a una aterradora conclusión. Inclinándose
hacia un lado, aun detrás de Trevor, miró con miedo al hombre que los
apuntaba, quién inmediatamente centró su atención en ella.
—¿Cómo sabes mi nombre? —susurró temblorosa—. ¿Eres quién ha
estado haciendo esas llamadas?
—¡Bingo! —le respondió con una sonrisa ladeada—. Y ahora vendrás
conmigo.
—Sobre mi cadáver —le gruñó Trevor.
—Por mí no hay problema —le respondió el hombre, quien disparó el
arma hiriendo en el vientre a Trevor.
Danna, al escuchar el disparo y ver desplomarse a Trevor, gritó
aterrada. Se dejó caer a su lado y presionaba la herida para tratar de detener
la sangre que enseguida manchó la camisa de Trevor.
—¡No, no, no! ¡Auxilio! ¡Qué alguien me ayude! —suplicaba a gritos,
entre lágrimas de desesperación.
De repente, sintió un brazo rodear su cintura y levantarla de malas
maneras. Ella pataleaba y luchaba, entre gritos de histeria y terror. «¡Esto
no puede estar pasando!», pensaba aterrada.
—¡Déjame! ¡Suéltame! —exclamaba forcejeando con brío,
determinada a luchar para ayudar a Trevor, que impotente la miraba desde
el suelo agarrándose el vientre.
—¡CÁLLATE! —le gritó— ¡O le pego un tiro en la cabeza para
rematarlo!
Esas palabras hicieron que se paralizara de inmediato.
—¡No, por favor! ¡No lo hagas! —le suplicó llorando, llena de terror.
—¿Qué está pasando allí? —preguntó una voz detrás de ellos.
Su atacante se dio la vuelta, sujetando con firmeza a Danna, quien
ahora tenía el arma de su atacante apuntada junto a su sien.
—No te metas en esto, amigo —le respondió su atacante, al hombre de
la tercera edad que se había acercado—. Sigue tu camino.
—Es lo que yo te digo a ti —le respondió el anciano con las manos en
alto—. He llamado a la policía al escuchar el disparo y los gritos. La
llamada sigue abierta —concluyó haciendo un gesto con su cabeza para
señalar el móvil que tenía en una de sus manos.
—¡Maldito entrometido! —le gritó enfurecido su secuestrador, que
estirando el brazo que sostenía el arma, le apuntó al indefenso anciano.
Danna no podía permitir que este desquiciado hiriera a otra persona. Y
sin pensarlo, asió el brazo extendido del individuo con sus dos manos, y
jaló con todas sus fuerzas, desviando la trayectoria de la bala. De inmediato,
tomando impulso, le dio un fuerte golpe con su codo directo al hígado de su
atacante, quien la soltó y ella aprovechó para darse la vuelta y darle una
patada con todas sus fuerzas en la entrepierna. El hombre soltó el arma y
cayó al suelo quejándose de dolor. El anciano se acercó rápidamente para
patear lejos el arma, e instantes después se escuchaba las sirenas de la
policía acercándose.
Danna corrió hacia Trevor, dejándose caer junto a él.
—Resiste —le rogó ansiosa, mientras volvía a hacer presión sobre su
herida—. La ayuda ya viene en camino.

San Valentín

Los días habían pasado con una lentitud pasmosa, entre la preocupación
por Trevor, que gracias a Dios había salido muy bien de la operación de
emergencia consecuencia del ataque; y la ardua investigación que la policía
llevó a cabo luego del arresto de Timothy, su atacante.
Resultó que el hombre tenía la galería de su teléfono llena de fotos de
Danna: en la librería, saliendo de su departamento, rumbo a su trabajo, en el
mercado. Decenas y decenas de fotos que mostraban el grado de obsesión
que Timothy sentía por ella. También encontraron en su posesión varios
chips y confiscaron el arma.
Cuando le contó a Ceci lo sucedido, se quedó en shock.
—¡Te volviste loca, mujer! ¡¿Cómo se te ocurrió actuar de esa
manera?! ¡Pudiste resultar herida!
—¡No lo pensé, Ceci! Simplemente actué —Hizo una pausa,
avergonzada, porque sabía que lo que iba a decir era una locura—. Yo… me
acordé de ese movimiento porque lo leí en la obra El luchador de Lori
Foster, donde el chico le enseña defensa personal a la protagonista.
La cara de Ceci, era todo un poema. La miraba boquiabierta, en
completo estado de shock. —¡¡TÚ ESTÁS LOCA, MUJER!! ¿Sabes que lo
que se escribe en los libros es ficción? ¡¡FICCIÓN!! ¡Ay, no, a mí me va a
dar algo! —concluyó abanicándose con las manos.
—Lo sé. Sé que fui imprudente, en mi defensa diré que valió la pena.
¿Tú conocías a Timothy? —le preguntó cambiando de tema.
—Conocer, conocer, no. Era un cliente regular de la librería. Lo
percibía como un chico melancólico, solitario y pensativo. Siempre estaba
inmerso en algún libro y no socializaba con nadie.
—Es una pena lo que sucedió. Me siento, en parte, culpable.
—¡De eso, nada! Él obtuvo el fruto de sus actos.
Danna suspiró, pensando en todo lo que había ocurrido. El día que lo
arrestaron, juró vengarse apenas saliera en libertad. Y esa amenaza le hacía
tener pesadillas cada noche, en donde él cumplía lo prometido. Pero, el día
anterior, Danna había recibido una llamada del abogado que llevaba el caso.
Timothy había provocado a otro preso y ocasionó una pelea en la que fue
herido de gravedad con un arma blanca. Los médicos no pudieron hacer
nada.
Al colgar, tuvo sentimientos encontrados por esta noticia: por un lado,
sentía tristeza de que una vida tan joven se hubiera truncado de esta manera,
y, por otro, le habían quitado un enorme peso de sus hombros. A pesar de lo
sucedido nunca le guardo rencor a Timothy, comprendía que su atracción
por ella le hubiera hecho distorsionar la realidad, al fin y al cabo, ella
también estuvo obsesionada por Trevor, pero el aislamiento autoimpuesto
de Timothy le hizo perder la cordura y actuar de manera imprudente.

***

Ese día era San Valentín y Ceci había organizado una feria literaria que
contaba con la presencia de varios autores independientes. Al entrar en la
librería, vio el lugar con varios stands, donde cada autor(a) firmaría
ejemplares e interactuaría con los lectores. La librería estaba a reventar,
pero ella enseguida dirigió su mirada al mismo lugar de siempre. La mesa
que ocupaba Trevor.
Y allí estaba él. Guapo a rabiar y con una mirada depredadora que la
hizo acortar su camino con rapidez. Se fundieron en un abrazo y beso
apasionado. Se contemplaron con una mirada de amor, anhelo y deseo. Y
tomaron asiento juntos, abrazados y sonrientes.
—¿Cómo estás? —le preguntó Danna—. ¿Te duele la herida?
—Estoy bien, cariño. Mejor ahora que te tengo cerca —le respondió,
inclinándose para volverla a besar.
—Eres un testarudo. Debiste quedarte en casa descansando —le
reprendió ella.
—¿Y perderme este evento? ¡Ni hablar! Cuando la oleada de gente
disminuya, nos acercaremos a obtener algunos ejemplares firmados,
mientras tanto podemos quedarnos en este rincón viendo toda la algarabía.
—Todavía pienso que debiste quedarte en reposo.
—Estoy harto de estar en reposo. Necesitaba salir. Y qué mejor ocasión
que esta. Claro que si me dices que te quedarás a descansar conmigo podría
cambiar de opinión.
—¿Solo descansar? —le respondió coqueta—. Si me ofrecieras un
mejor incentivo podría estar considerándolo.
—¿Es así? Pues qué te parece si… —Inclinándose, Trevor le susurró al
oído todas las cosas deliciosas que le gustaría hacerle, logrando que Danna
se ruborizara profusamente.
—¡Al diablo los libros firmados! —exclamó Danna levantándose y
siendo retenida en el mismo lugar por Trevor que se destornillaba de risa.
—No, señorita, ahora tendrás que esperar. Además, sé que luego te
arrepentirás por no haber obtenido tus libros firmados.
—Está bien —le dijo cruzándose de brazos como una chiquilla
enfadada—, pero donde no cumplas con todo lo que me has dicho…
—¡Oh, cumpliré! Te prometo que cumpliré —la interrumpió, para
luego apoderarse de su boca con un beso cargado de promesas.

FIN
Promesas para Aitana
Katerine Leal

Algunas veces el amor es tan extraordinario


como letal, aun así, no te rindas jamás

Sé que es el cuarto día encerrada dentro de este maldito infierno,


incluso puedo precisar la hora. Me entrenaron a lo largo de un año entero
para esto, y les puedo asegurar que, de la teoría a la práctica, hay un camino
largo, gente, uno bastante estrecho y jodido. Lo único que me mantiene con
vida es mi urgida y ansiada necesidad de destripar el sucio cuerpo del hijo
de puta que ha orquestado esto. Esa bestia podrida es un ser despreciable
que lleva tiempo en la trata de menores para satisfacer su inmunda y carente
vida y la de su perverso entorno. Aun así, debo cumplir la orden principal
que me dieron: «no lo mates».
El dispositivo de rastreo insertado dentro de mi cuerpo, sobre el
húmero, es la luz verde para el equipo de rescate. Ya se encuentran en
camino.
—Eres diferente al resto.
Habla el malnacido con ojos de lobo asesino, no dejo de observarlo y
aunque el calor dentro de esta diminuta celda es asfixiante y hace que mi
pelo repleto de arena y polvo se pegue a mis sienes, no me inmuta. Puedo
soportar un poco más si me concentro lo suficiente. Era una misión suicida,
me lo advirtieron, podía tener la plena libertad de rechazarla y salirme del
programa. Sin embargo, la única y verdadera libertad para mí la representan
todos esos niños y adolescentes que han sido víctimas de este ser asqueroso
y sus secuaces.
Todas las víctimas son mi norte.
El hombre deja de mirarme lascivamente y se acerca hasta mí, su olor
nauseabundo me repugna y de inmediato aguanto la respiración. Toma mi
mentón con dureza para soltarlo y darme un puñetazo en la mejilla.
«Desgraciado»
—Y ya sé por qué eres tan especial, ovejita.
Y acabo de enterarme qué él sabe quién soy, por supuesto que lo sabe.
El dispositivo en mi brazo hizo tres pequeñas y molestas vibraciones en
señal de alerta. Significa que me han descubierto y me encuentro por mi
cuenta hasta que llegue la ayuda.
«Show time»
Desde que me trajeron a este pestilente lugar tuve bastante claro el
panorama. Luchar hasta el cansancio y sinceramente no me importa mi
corta vida si a este sujeto le sientan su horrible culo en la silla eléctrica.
Un último pensamiento cruza por mi mente antes de que el tipo golpee
con todas sus fuerzas mi abdomen y a la celda ingresen tres hombres más,
es el rostro de él.
«Zaid»

Año y medio atrás.

Oh-oh-oh-oh-oh, oh-oh-oh-oh, oh-oh-oh


Caught in a bad romance
Oh-oh-oh-oh-oh, oh-oh-oh-oh, oh-oh-oh
Caught in a bad romance

—Esta sí la vamos a bailar porque sí, es que es como…, ¡un maldito


baile perverso!
Me río con la bebida a medio camino de mis labios. Ojeo a Becca, tiene
mi edad y apenas nos acabamos de conocer hace un par de horas. Es una
morena de cabello corto al ras, un cuerpo perfecto y un rostro para nada
amigable. ¿Que, qué tenemos en común? Pues diecisiete años recién
cumplidos, terminamos secundaria y ambas acabamos de entrar al programa
ultrasecreto del FBI para jóvenes que en un futuro desean obtener un pase
directo a esa prestigiosa agencia.
Siempre he tenido claro mis metas y propósitos y este es el que más he
ansiado desde que inicié la secundaria. Gracias a mi excelente promedio
académico, logré ingresar al programa, aunque ese es un secreto a voces,
sin embargo, podría sonar un poco arrogante, ya que solo las mentes
brillantes entramos a dicho programa. Sencillo no es, puesto que se requiere
la autorización de un representante si eres menor de edad, tal como lo es mi
caso, y esta vez fue mi abogado quien tuvo esa tarea. Sí, mi único familiar
cercano en este planeta es un tío. Después que perdiera a mis padres, este
debido a su trajinada agenda de trabajo, le cedió todo ese poder al buen
abogado de bigotes graciosos. El hecho de que creciera prácticamente sola
me ayudó a madurar antes de tiempo.
Hoy por la mañana llegué a Washington, D.C.
Un hombre de traje me recogió en al aeropuerto, apenas hizo un saludo
de cabeza y de allí al auto con ese tipo de vidrios donde no se ve
absolutamente nada hasta que el coche se detiene. Al bajarme, pude
percatarme de varios edificios lujosos muy juntos, la curiosidad me mataba,
aun así, me mordí la lengua y avance detrás de mi guía. Caminamos por un
largo pasillo con puertas, hasta que se detiene en una y con un gesto, esta
vez de mano, me avisa que entre. Es un salón de reuniones en donde hay
otros jóvenes, tal vez unos cincuenta, entre chicos y chicas.
El silencio es bastante ensordecedor, hasta que unos tacones
repiquetean sobre el elegante piso de mármol. Una mujer, tal vez en sus
veintitantos, rubia, delgada con el cabello en una coleta bien peinada y
vestida con falda y chaqueta a juego, se detiene frente a un podio el cual
posee un micrófono. Ella se limita a presentarse, darnos la bienvenida,
desearnos suerte y, a la vez, nos informa que tendremos esa noche libre para
disfrutar antes de iniciar el implacable programa.
Las chicas nos marchamos a nuestra área, las habitaciones eran
compartidas en pareja. Sí, Becca es mi nueva compañera en ese lugar.
La aludida me observa con ojos suplicantes.
—¡Vamos, Aitana! Es nuestra última noche de diversión antes de
perder nuestra libertad durante quince largos meses.
Becca sonríe natural, sin ese tipo de risas forzadas o disimuladas. Me
cae bien.
Lady Gaga continúa sonando de fondo y mi compañera bate sus
caderas con encanto. Vuelvo a reír y me dispongo a sorber mi piña colada,
porque aún no se me permite ingerir alcohol, y no niego que lo hago de vez
en cuando, pero sé que aquí tenemos ojos observándonos. Me pongo de pie
para complacer a mi eléctrica compañera, cuando un par de chicos se
detienen frente a nosotras. Uno de ellos es demasiado bello, tanto, que hace
que me sonroje, aunque su cara de obstinado no me pasa desapercibida.

Zaid

—Media hora, compadre.


—¡Cállate, imbécil!
—Solo digo. Ha pasado media hora desde que llegamos y no dejas de
verla.
Voy por el tercer trago. Esta noche tengo permiso de un máximo de
cinco tragos, es mi límite de sobriedad. Corey habla entre dientes, sin
embargo, y pese al ruido de la estridente música, entiendo lo que dice.
«¡Sácala a bailar, hombre!».
—¡No me jodas!
Respondo a su comentario.
—Bien —dice mientras se levanta de su silla—. En ese caso voy a
bailar con ella y su compañera. Dos por una, ¡eh! ¡Qué noche tan bonita!
Mi mano atrapa su codo y con fuerza lo vuelvo a sentar en un segundo.
—¿Te quieres morir hoy?
Corey sonríe con ese gesto de hijo de puta que se gasta porque sabe que
tiene la maldita razón. Y sí, esa castaña de ojos avellanas posee algún tipo
de hechizo porque desde que revisé su expediente, hace un año, no he
podido sacarme su rostro de la cabeza.
—Oye, amigo —habla en tono serio—. Es solo un baile, no estarás
haciendo nada ilegal ni rompiendo reglas o protocolos. Tú más que nadie
siempre has dado el ejemplo claro y fuerte a los demás, eres un inmaculado
para los jefes, lo sabes.
Asiento ante sus palabras. Corey es un buen tipo, un buen amigo y lo
admiro. Se preparó desde la secundaria para el programa secreto juvenil e
ingresar a la agencia federal, pero lamentablemente, le encontraron una
pequeña falla cardiaca antes comenzar el entrenamiento y eso fue un
enorme motivo para rechazarlo. Sin embargo, su mente brillante consiguió
que hoy día sea el jefe encargado del área de tecnología. Sí, ya es un agente
del FBI, él es mayor que yo por cuatro años y hace medio año comenzó su
trabajo. Le palmeó una pierna y esta vez soy yo quien se pone de pie.
—Andando.
Corey arruga la frente.
—¡Lárgate tú, aburrido! Yo me quedo.
Suelto una carcajada y mi buen amigo me observa precavido.
—Deja de verme así. No voy a ningún lado, idiota. Voy a invitarla a
bailar.
Le señalo con el mentón el lugar donde se encuentran las dos chicas. El
hombre parece que se ha ganado la lotería porque salta de su puesto y da
una palmada al aire luciendo feliz.
Avanzamos hacia el par de féminas, la morena parece extrovertida y
ella, ella le está sonriendo por algo que esta le dice mientras se levanta y mi
corazón reacciona ante esa sonrisa ¡Parezco un maldito crío! Bueno, la
realidad es que aún no cumplo los veinte.
—Buenas noches, señoritas —Saluda sonriente, Corey. Ellas les
responden a la vez.
—Hola.
Aitana me observa un poco más que a mi buen amigo y yo hago lo
mismo. Esa mujer puede barrer el piso conmigo si se lo propone, pero eso
no será posible. Una de las reglas es no tener ningún tipo de relación dentro
de este mundo, o sería la expulsión inmediata.
—Él es Zaid y yo, Corey.
Hacemos las debidas presentaciones por demás innecesarias, pero ellas
no tienen la menor idea de quién soy yo.
—Encantada. Ella es Becca y yo Aitana.
«El nombre más precioso que he escuchado en mi jodida vida».
—¿Les gustaría bailar?
—¡Por supuesto que sí!
Becca es quien ha respondido y en segundos toma a Corey por un brazo
arrastrándolo al centro de la pista. Corey se gira y me lanza un beso a modo
de broma. ¡Imbécil!
Me concentro en la hermosa castaña.
—¿Quieres bailar?
Parece que lo meditara y luego accede. A diferencia de su compañera,
ella no me toma por un brazo, comienza a caminar un par de pasos delante
de mí y la sigo. La fragancia que desprende su cuerpo ha comenzado a
nublarme la mente.

Aitana

Este hombre tiene un no sé qué y estoy a punto de arrinconarlo y


besarlo.
«Es de locos»
No es tan mayor, tal vez unos diecinueve o veinte. Es la primera vez
que me siento tan atraída y a la vez extasiada por alguien fuera de mi
entorno. He tenido un par de novios desde los quince, he besado con ganas,
he toqueteado sin reparo, y he tenido sexo ya saben, un par de veces. Sí,
casi una santa, ¿no?
Sin embargo, con él, aunque es la primera vez que lo veo en mi vida, se
siente diferente, salvo que ese rostro severo desencaja con todo lo demás.
Es alto, cuerpo atlético, cabello castaño medio y unos ojos claros
hipnóticos. Pero a quién le importa esa pequeñez de su rostro agrio cuando
en esta peculiar noche nos encontramos frente a frente, moviéndonos al
ritmo de la música y vaya que se mueve de una manera sexy, deliciosa e
ilegal.
Hasta el momento van dos canciones movibles, alegres, vibrantes y es
entonces que comienza a sonar una nueva canción suave. Me detengo
porque es muy probable que don amargura no desee bailar pegados. No
obstante, me doy una cachetada mental al segundo cuando Zaid rodea mi
cintura con una mano y me pega a su cuerpo, dejándome atónita porque
estoy percibiendo una pelea interna entre él y su endiablada y perfecta
anatomía.
Sonrío para mis adentros. A este juego podemos jugar los dos. Mi mano
se posa lentamente sobre su hombro y la otra sobre su pecho.
Su colonia me tiene abrumada, huele delicioso y para sumarle un grito
de hurra de un grupo de chicas porristas para él, su vestuario es la
perfección: jeans oscuros, camisa azul cielo y chaqueta casual.
La melodía de la canción atesora un tipo de magia envolvente y me
importa un comino si somos dos perfectos desconocidos, en lo que a mí
respecta, me voy a dejar llevar.
Estoy tratando de contener la respiración
Deja que se quede así
No puedo dejar que este momento termine
Has puesto en marcha un sueño en mí

Zaid

La maldita postura de no delatarme ante ella es lo que hace mantener


mi rostro y ánimo neutros, aun así, estoy perdiendo la batalla y es que al
tenerla abrazada de esa manera encantadora está consiguiendo que mande
todo a la mierda.
Es una noche, solo esta vez. Solo por ella. ¿Cómo es posible que ella
derrumbe esas perfectas murallas en mi vida?
A medida que transcurre la música nos abrazamos más, somos una
especie de dos imanes sin control alguno y siento que no puedo más
¡Carajos!
Levanto la vista en busca de las cámaras de seguridad de la discoteca,
sé en dónde se encuentran cada una de ellas y también sé qué, con un
movimiento de cabeza, las apagaran durante un minuto. Culpen a Corey, fue
su idea hace una semana y como él no se encuentra en el ojo del huracán,
me hizo ese pequeño “regalo”. Sus palabras se repiten en mi cabeza:
«Desde hace un año estas como loco por ella. Déjate llevar esta vez,
Zaid. Ya después de unos meses estará fuera de tu radar».
«Solo esta vez». Digo mentalmente antes de hacer la petición con la
cabeza y de inmediato veo que todas las cámaras de seguridad son apagadas
para después observar como las luces se hacen más tenues dejando el lugar
casi a oscuras. Es ahora o nunca.
Dejo de bailar y pese a la oscuridad consigo ver el rostro de ella, es tan
hermosa y sus ojos, demonios, ya estoy perdido en ellos hace meses y la
beso, la beso con arrebato, con ganas, desesperado por esa boca pecaminosa
e incitadora. No le pedí permiso antes y le beso presuroso esperando el
momento de una bofetada de su parte la cual me merezco, y esta no llega,
todo lo contrario. Aitana posa ambas manos en mi pecho y me besa con el
mismo ímpetu. Nuestras lenguas chocan gustosas y estoy a un segundo de
devorarla. Detengo nuestros labios viendo nuestros pechos subir y bajar
raudamente.
—Vayamos a un lugar con privacidad.
Propongo sin darle mucha vuelta a los pensamientos en mi cerebro. Ella
asiente y le coloco una mano en su espalda guiándola a un salón reservado.

Aitana

He perdido el juicio y la verdad es que no me preocupa. Estoy a


horcajadas sobre este hombre besándonos sin control, con el fuego
corriendo por nuestras pieles. Zaid introduce una mano por debajo de mi
vestido corto y sigue hasta encontrarse con mi ropa interior, esta no le
impide que la eche a un lado y meta un dedo en mi muy mojado centro, se
me escapa un jadeo al tanto me estremezco. Él se queda quieto y eso no es
lo que quiero.
—No pares.
Suplico mirándolo directamente a los ojos. Muy obedientemente
empieza a mover su dedo dentro de mí, luego introduce otro y mi piel la
percibo febril, sigue así unos segundos más y siento que estoy a punto de
correrme. Nuestras bocas no han parado, al contrario, seguimos
besándonos. Siento que estoy flotando sobre una nube de lujuria que ni me
he percatado del momento exacto en que nos despojamos de la ropa y Zaid
está a punto de penetrarme, sin embargo, espera mi autorización y le sonrío
invitándolo a que haga conmigo lo que desee, esta noche le he concedido
ese poder y libertad como a ningún otro hombre. Esta noche me estoy
entregando con el alma a un total desconocido que no veré de nuevo y
quiero recordarlo eternamente.
La forma en como me mira es la correcta, es la manera en como se
observa al cielo azul después de una tormenta.

***

El olor a café inunda mis fosas nasales. Son las seis de la mañana, en
media hora servirán el desayuno y luego comenzaremos el entrenamiento.
Becca disimula un bostezo, se encuentra sentada a mi lado, somos las
primeras en llegar al comedor. No será así después de mañana, solo es esta
vez. Mañana el desayuno será después del primer entrenamiento.
—¿Cómo es que apenas si dormimos unas pocas horas, tú te ves tan
radiante? —Sonrío.
—Nací privilegiada.

***

Son las siete y comienzan a ingresar al salón donde están las personas
encargadas de nuestra preparación. El corazón se me detiene un largo y
lento segundo al ver a Zaid llegar con la comitiva. «Mierda.»
Delante de nosotros hay cuatro hombres y tres mujeres, siendo el más
joven, él.
Después de las presentaciones ahora sé quién es en realidad. Zaid
Lancaster, diecinueve años, fue uno de los primeros reclutados del
programa secreto hace un par de años destacando por sobre el resto con un
coeficiente intelectual de un 130%. Es por eso que es uno de ellos.
«Qué bien, me he cogido a mi nuevo tutor.»
¡Tengo rabia conmigo misma, carajos!
La noche de ayer puede costarme mi puesto y expulsión. Y estoy
odiando a Zaid en este instante. Él ya debía saber quién era yo y aun así me
mintió, permitiendo todo lo ocurrido. No niego que disfruté tenerlo sobre
mí y sentirlo por completo, pero pudo haberme hablado con la verdad.
¡Maldito!

Tres meses después

—Necesito hablar contigo.


El entrenamiento de hoy es carrera al aire libre, aún no tengo la menor
idea donde nos encontramos, al menos sé que es territorio nacional. Esta
especie de base que es nuestra escuela, con sus bonitos edificios, es un
circuito cerrado. Llevamos cuarenta y cinco minutos sin detenernos. La
primera semana sentía que necesitaba un tanque de oxígeno corriendo junto
conmigo, hoy es pan comido.
Ignoro al chico sexy en ropa deportiva corriendo a mi lado, pero el olor
de su colonia no ayuda un carajo, es como un picante recordatorio a esa
noche pasional, su cuerpo, sus besos, a su p… «¡Maldito hombre!».
Desde ese día lo he ignorado de una manera magistral y él sigue
insistiendo en lo mismo.
—Usted y yo no tenemos nada de que hablar, señor.
Replico por lo bajo, aunque el resto está muy por detrás y sea normal
que él corra de lado de alguno de nosotros.
—Señorita Rossi, la espero en mi oficina a las dieciséis horas o me veré
en la obligación de informar a nuestros superiores de nuestra apasionada
noche de aquel día.
Sigue de largo y quiero mostrarle el dedo del medio. Suelto un suspiro
resignada controlando mi molestia.
Son las dieciséis horas y ni crea que iré por voluntad propia a su
oficina. Lo odio cada día más y a la vez me gusta. Me siento una loca
bipolar entre tanto cambio de humor por su culpa, hasta he comenzado a
tocarme debajo de las sabanas pensando en él. Ja.
El calor de la tarde cae en el bonito jardín, tenemos media hora de
receso y lo aprovecharé leyendo. Apenas si he abierto el libro cuando una
mano lo cierra y me levanta con brusquedad. Es él.
—Tenemos una cita, señorita Rossi.
—No iré.
—¿Quieres que cuente nuestro secreto?
—No serías capaz.
Lo tuteo con ganas de golpearlo. Observo nuestro entorno aterrada,
apenas si hay alguno que otro compañero cerca y Becca ayuda en la cocina.
—Ponme a prueba, Aitana. No juegues con mi paciencia.
Nos observamos un minuto entero retándonos y cedo, puede que no
tengamos público presente, sin embargo, las cámaras siguen vigilando.
—Adelante.
Abre la puerta de su oficina, ingreso y el hombre que me tiene con
sueños húmedos desde hace semanas me sigue. Apenas si ha cerrado tras de
sí cuando me hala por el codo, me presiona contra la puerta y me besa con
pasión. Y vuelvo a perder el juicio, es que es un tipo empecinado en estar
besándome así de buenas a primeras y sí, ya sé, lo odio, pero la carne es
débil, esta sabe que Zaid es justo ahora mi debilidad carnal.
Los dos jugamos con fuego y vamos a terminar quemándonos, porque
sin detener nuestras bocas hemos comenzado a despojarnos de la ropa y de
nuevo terminamos teniendo sexo. Con las piernas enrolladas en torno a su
cintura me embiste despacio sobre su escritorio, lento, delicioso y siento
que me ahogo de placer. Mi vientre se tensa y saborea ese dulce orgasmo
que se aproxima.
Aun con la respiración agitada nos vestimos y me invita a sentarme.
No deja de mirarme desde el otro lado de su escritorio y yo le mantengo
la mirada. Cualquiera que nos viera ahora no se imaginaría que hace unos
minutos estuvimos como poseídos entregándonos por completo. La presión
me subió al cielo después de nuestra entrega al recordar las malditas
cámaras de seguridad, me tranquilizó al decirme que en las oficinas no
había.
—Disculpa por tener que traerte a la fuerza. Necesito que entiendas que
jamás tuve la intención de perjudicarte. Sé cuánto deseas ser un agente del
FBI en unos años, al igual que yo. Y necesito que sepas que nunca antes me
había ocurrido algo similar con ninguna otra mujer. Lo siento, siento no
decirte la verdad ese día. Soy un completo imbécil.
—Acepto tus disculpas, pero yo necesito que por favor paremos esto.
Te lo ruego. Prométeme que me dejarás en paz. A la larga, tú serías el más
perjudicado y no me lo perdonaría. Fue una noche, ya dejemos todo atrás.
Tú y yo no somos nada, no nos conocemos.
Sonríe con ojos tristes y no entiendo por qué quiero llorar. Zaid se pone
de pie y yo también. Me tiende una mano y yo le estrecho la mía.
—Prometido. Serás una extraordinaria agente, Aitana. Una de las
mejores. Feliz vida.

Actualidad

Zaid

—¡Hay que sacar a Rossi de allí ahora!


—Señor, estamos a cinco minutos del lugar.
Las hélices del helicóptero de combate otras veces han calmado mi
ansiedad en este tipo de operativos cuando me han permitido estar en estos,
esta vez es cruelmente diferente y me voy a volver loco si a ella le ocurre
algo, sé qué es capaz de defenderse, de cuidarse sola, es valiente, es astuta,
es inteligente. Es la única que ha logrado superarme en ese proyecto secreto
y por ello fue la primera en la cual pensaron para esta misión cuando
finalizó su entrenamiento. La trata de menores es un asunto interminable y
siempre haremos hasta lo imposible por disolver ese enorme grupo de ratas
que abusan de niños y jóvenes.
Aitana poseía el perfil perfecto para hacerse pasar por una quinceañera
y fue el cebo ideal para los muy hijos de putas.
Hace una semana empezó esta pesadilla, ella entrando a ese bar de mala
muerte, ella saliendo con un maldito enfermo pegada a él, me dieron ganas
de matarlo. Me contuve por las buenas o arruinaría meses de investigación.
Cuatro días, cuatro interminables días en el fin del mundo. Son tan astutos
que no se les ocurriría tener tantos niños y chicas secuestrados frente a
nuestras narices.
Desde aquel día en mi oficina nuestro trato ha sido estrictamente
profesional, fingir que la ignoro ha sido sencillo comparado con lo que
siento por ella. La amo.
—Llegamos, señor.
Salgo como poseso del helicóptero y detrás de mí está el equipo
asignado. Es la única y última misión con ella, no lo sabe, pero pedí ser yo
quien estuviera a cargo del grupo de rescate por esta vez, como tampoco
sabe que aquel día que le prometí dejarla en paz por “nuestro bien” no solo
fue una promesa. Fueron dos.
Mis promesas para Aitana fueron mantenerme alejado de ella y la otra,
mantenerla a salvo hasta el final de mi existencia.

Aitana

La ventaja es que ellos son cuatro, yo una. Cobardes. No me rindo, me


mantengo en pie a pesar de mi cansancio y cuerpo resentido por los golpes.
Ha pasado media hora y estoy a punto de desfallecer. Cuatro días con
apenas dos vasos de agua en tu sistema no ayuda para una lucha.
—Suficiente. Me largo. ¡Mátenla!
Anuncia el cabecilla después de la patada que le he propinado en las
pelotas. Comienza a dar pasos adoloridos a la salida mientras se soba la
ingle.
«¡No!»
No puede escapar, no después de todo lo planeado. Debo detenerlo de
alguna manera, sé que el equipo ya aterrizó, deben estar por llegar, pero
demonios, ¡este mal nacido se nos va a escapar!
Con plena concentración trabajo a millón mi cerebro, me obligo a
hacerlo porque me encuentro a extremos agotada. Una salida, tres ratas
bloqueando el paso a la rata mayor.
«Plan X, distracción».
«¡Rayos!»
Esto parece un plan descabellado, pero así va. Mis manos danzan a los
tirantes de la mugrienta franelilla que en sus mejores días fue de un color
amarillo; bajo estos en cámara lenta y bingo, los tres pestosos se han
quedado quietos y concentrados en lo que hago, ellos ya vaticinan el show
que les daré, más no imaginan que el engendro de su jefe va incluido en
este. Muy a mi pesar, mis senos han quedado expuestos al trío de animales,
ellos no se merecen semejante regalo, en todo caso sería una bonita vista
para Zaid.
«Ni en una misión en la que mi vida se encuentra en riesgo sales de mi
mente»
Me río, ese hombre es una delicia y de la nada comienzo a cantar:

Otra noche. Otra luna sin tu vida. Esta loca. No te olvida


Te buscaré, bandido. Te atraparé, maldito
Te lo juro, pagarás por mi amor. Te esperaré, bandido
Tu corazón y el mío tienen algo pendiente los dos

Los hombres me observan sin entender, es una canción en español y no


tienen la menor idea. Danzando avanzo hacia mi objetivo el cual se
encuentra idiotizado viéndome los pechos.
«Perfecto».
Antes que se den cuenta, ya me encuentro al lado del objetivo principal
y le propino rápidamente un fuerte golpe en la nuca haciendo que pierda el
conocimiento mientras tomo el arma de su cintura antes que caiga al suelo.
Tres disparos resuenan en el reducido espacio haciendo que mis oídos
sientan dolor y un pitido agudo es lo único que logro escuchar. Hice disparo
a cada uno en partes que no los matarán porque antes deben interrogarlos
hasta el cansancio.
La puerta se abre de golpe y suelto un respiro de alivio. Es mi gente.
Cierro los ojos y me dejo caer al piso. Lo peor ya ha pasado.
—¿Te encuentras bien?
Creo que me he dormido y estoy soñando con el “bandido”.
—¿Aitana?
No es un sueño y aunque su voz se escuche como si estuviera lejos, es
él. Abro los ojos y allí está. Hincado ante mí como todo un príncipe
encantado. Su semblante luce preocupado y sus ojos me recorren en busca
de posibles daños.
—Estoy bien.
Suelta la respiración como si hubiera estado reteniéndola. El tiempo se
detiene y él y yo nos quedamos viéndonos. Los otros se encargan de los
malos.
Hay algo más en sus ojos, es ese brillo que ahora reconozco. Es esa
mirada que él me obsequia solo a mí. Una lágrima se me escapa y Zaid la
limpia con ternura. Es impensable que en este lugar tan espantoso me acabe
de dar cuenta que lo amo.
—Lo hiciste excelente. Estoy muy orgulloso de ti.
—Gracias.
—Te dije que ibas a ser la mejor. Esto apenas empieza, serás una de las
mejores agentes en unos años. La agencia no va a dejarte escapar. Ya saben
de ti. Aitana, yo…
Lo detengo antes de que el asunto se nos escape de las manos.
—Tú también serás uno de los mejores. Apuesto por ti joven Lancaster.
No me defraudes. Tienes un futuro extraordinario por delante.
Nos abrazamos y estoy muy segura que no lo volveré a ver. Hace un
par de meses me enteré de que su padre es uno de los directores de la
agencia.
Nuestro amor es un imposible en nuestras vidas, en nuestro futuro.
Jamás me había enamorado y tal vez no lo vuelva a hacer en mi vida
porque él ya se ha tatuado en mi corazón.
—Señor, hora de irnos. Los demás se están encargando de los rehenes y
el grupo de trata.
De inmediato nos separamos. Zaid asiente y me tiende una mano para
ayudarme a levantarme.
Atravesamos túneles con suelo de arena hasta llegar a la salida. Eran
unas cuevas en el desierto de algún lugar del mundo.
Dos helicópteros de combate nos esperan y una avioneta.
El equipo médico me hace una rápida revisión antes de abordar.
—Señor. Lo esperan. Debe abordar la avioneta de inmediato. Son
órdenes.
Zaid arruga la frente, tal parece no se esperaba esa orden. Su mirada se
queda fija en la nada, asiente y entonces me observa.
—Feliz regreso a casa, Rossi. Merecidas vacaciones.
Asiento también y creo que mi garganta se ha cerrado. No estoy
preparada para una despedida. Me entrenaron para las peores situaciones y
caos y esta situación que tengo al frente me es imposible resolverla.
Él me acaricia la mejilla.
—Debo marcharme. Adiós, Aitana.
Le sonrío.
«Hasta siempre, Zaid »
Lo veo avanzar hacia la avioneta, esta despega cinco minutos después
surcando un cielo azul mientras mi corazón adolorido se ha fragmentado y
también nublado por el llanto no derramado. Nunca imaginé que
enamorarme sería extraordinario y a la vez letal, porque siento en este
preciso instante que me han matado.

Años después
Los tacones repiquetean por el inmaculado piso de mármol de la
Agencia Federal de Investigación. Coleta bien atada y peinada, blusa blanca
de cuello con traje de falda y chaqueta a juego color negro. Cero maquillaje,
salvo por un toque de rímel y brillo labial. En esta ocasión soy yo la que
camina y voy rumbo a la dirección. Pulso el botón del elevador y llego a mi
piso, la amable secretaria me avisa que ya me esperan y señala la puerta de
la oficina del director. Doy un solo toque y entro.
—Hola, Aitana.
Mi corazón se detiene un milisegundo para después comenzar a latir
presuroso. Zaid me observa mientras sus labios se curvan en una hermosa
sonrisa.

FIN
Mi doctor encantador
Lorena Fuentes

Skylar

La vida es una montaña rusa que te sube y te baja en cualquier


momento de tu vida. Mudarme de Los Ángeles a Seattle, fue una decisión
que me tomó mucho tiempo, estaba en una bajada de caída libre y cada vez
que me acercaba al suelo, perdía la fe en todo lo bueno.
Sin embargo, tres años después estoy en la cima y a punto de alcanzar
mi más grande sueño. Me observo en el espejo, me encantó este traje al
verlo en vitrina, es de color blanco, su pantalón tipo padrino y un hermoso
blazer que me queda como un guante. Decidí usar una blusa sin mangas de
color rojo y unos hermosos zapatos de salón del mismo tono.
Hoy, es hoy, ya no seré la residente de último año de neurocirugía,
ahora soy la doctora Skylar Park, adjunta al doctor más odiado y temido del
Hospital General de Seattle, Stephen James —alias el torturador—, aunque
para mí es un hombre guapo que roba el aliento y que me hace a veces
suspirar. Olviden eso, es mi jefe, sin embargo, les dije que no puedo creerlo,
después de todos estos años, de creer que no lo lograría, de transferirme
desde el lugar que creí mi hogar, aquí estoy. La chica de cabello negro, ojos
azules y sin gracia, como repite la bruja de mi madrastra.
Me observo, no puedo creer que todo se vuelva realidad el día que
estoy cumpliendo veintiocho años. Observo mi reloj y salgo, hoy es un
buen día, hoy es el mejor día de mi vida. «No es momento de recordar
malos momentos, Sky». Me digo saliendo de mi piso, mi mente no para de
pensar hasta que salgo al sótano.
Subo a mi automóvil y al encenderlo, hago lo mismo con la radio.
Sonrío cuando suena A Little Respect, si alguna vez me enamoro, espero
que esa persona me dedique esa canción. Arranco pensando en mi día, amo
la ciudad Esmeralda, aquí encontré mi camino de baldosas amarillas y aquí
encontraré mi camino hacia Oz.
Bajo en el estacionamiento, tomo mis cosas de automóvil. Gracias a
Dios, paró de llover, pero aún hay charcos de aguas por doquier. Evito todos
para no ensuciarme, estoy a punto de cruzar para entrar al hospital cuando
una SUV pasa corriendo y sin verme, levanta toda el agua del piso, siento
como me empapo y me quedo paralizada. Quien sea se estaciona a tan solo
dos puestos, me giro para maldecirlo, pero cuando me doy cuenta de quién
se trata, me paralizo.
El mismo, Stephen James baja con su ropa de chico malo, una cazadora
de cuero, una camisa blanca debajo y unos vaqueros de color negro, lleno
de tatuajes, el diablo, el maltratador, mi maldito jefe, el hombre que me
roba el aliento desde que llegué a Seattle. Alza su mirada y sonríe al verme.
—Bonito traje, Park, aunque un poco sucio —se burla.
Y me quedo sin palabras, quiero matarlo. Respiro hondo, porque si lo
sigo lo mato.
—¡Idiota! —musito en voz baja.
Decidida a que no me arruine el día, entro al hospital, todos me
observan y al llegar a los ascensores. Está ahí mirando su móvil. Me
detengo a su lado, las puertas se abren, esperamos a que salgan las
personas. Estoy lo más alejada que puedo de él. Me quedo mirando al
frente mientras subimos y paramos en los diferentes pisos.
Lamentablemente, nuestra sala es una de las últimas, nos quedamos solos.
Aprieto las asas de mi bolso con fuerza, siento un calor extraño detrás de
mí, sus dedos tocan mi cabello y lo escucho respirar.
—Si vamos a trabajar, debes dejar ese perfume, porque me pones la
polla dura.
Y el maldito ascensor suena avisando que llegamos, las puertas se
abren y Stephen sale, no puedo moverme de dónde estoy, se da vuelta, me
observa de arriba abajo con una sonrisa macarra, se vuelve para irse
mientras me obligo a salir.
«Jesucristo, que alguien me despierte y me diga que es una pesadilla».
Pienso, porque no puedo creer que me haya dicho eso.

Stephen

La he visto abrirse paso durante años, aguantando cada tarea que le he


dado, ha estado conmigo en cirugías de más de veinte horas. La he visto reír
con sus amigos y la he mirado llorar a escondidas por perder un paciente.
Skylar Park es mi maldita obsesión, sufro un grave caso de priapismo
por su maldita culpa, pero ya no es mi residente, aunque todavía me puede
denunciar por acoso sexual, pero llevo tres malditos años imaginando como
sería enterrarme en ella. Su olor a vainilla me enloquece, como hace diez
minutos.
Entro a mi despacho para cambiarme, comenzaré las rondas con los
nuevos residentes y luego entraré a una craneotomía con un paciente
despierto. Me quito la cazadora y la camisa, el iPad sobre mi escritorio
suena avisándome que tengo que apurarme. La puerta se abre y me quedo
con las manos en el tercer botón de mi vaquero.
—¡Ay, por Dios! —musita sobrepasada.
Sonrío al ver a Skylar con el rostro ruborizado mientras sus ojos
curiosos recorren mi cuerpo.
—¿Se te perdió algo? —pregunto en tono burlón.
Niega y me mira a los ojos, sus fanales azules se pueden volver fríos y
distantes como ahora. Se aclara la garganta.
—Eres mi jefe, pero eso no te quita que eres un maldito idiota, he
trabajado mucho por esto y arruinarme el traje… —Respira hondo mientras
niega, para agregar—, o lo que dijiste, no van a hacerme huir.
—Si no vas a follarme con tu boca, te recomiendo que salgas.
Abre la boca asombrada y zapatea como una pequeña, se da vuelta para
irse ofendida. No cierra la puerta, camino para hacerlo y suelto una
carcajada.
—Esto va a ser interesante.

*****

—Despierta a Eric, doctora Park —ordeno mirando la pantalla.


El tumor que le cambió la vida a este joven de dieciséis años, está
frente a mí, escucho a Peter decir que es viable despertarlo, pues la sedación
está terminando.
—Eric —lo llama Skylar—. Eric despierta, vamos, cariño.
Desvío mi mirada unos segundos, normalmente no me involucro en los
casos, pero Eric se ha ganado corazón de todos, hasta de Skylar, si todo sale
bien, podrá tener una vida normal, volverá a la preparatoria. Ella me
observa, la veo sonrojarse y pierdo la concentración, niego mentalmente y
me regaño cuando escucho la voz somnolienta de nuestro paciente.
—Voy a comenzar, te pediré algunas cosas, Eric, vas a hablar con
Skylar, también moverás partes de cuerpo, ¿entendido?
—Sí, doctor James —contesta.
Inicio el procedimiento, toco ciertas áreas, voy ordenándole al chico
hasta que llego a la parte más importante, la motriz, le pido que mueva sus
manos, dándole un apretón a Skylar. Y falla, ella me observa, a veces lo
hace como si fuera un dios, pero en este momento lo hace horrorizada.
—Mueve los dedos de tus pies —ordeno.
—¡No puedo! —grita Eric—. Doctor, no podré moverme nunca,
prefiero morir, ¡máteme! —me pide.
—Presión ciento noventa sistólica, cien diastólica —anuncia Peter.
—Sédalo —ordeno—. Vas a caminar.
Prometo antes que se duerma, ordeno a Skylar a unirse, sus ojos azules
me observan emocionados, soy el único cirujano capacitado para este tipo
de cirugías, sin embargo, si alguien puede tomar mi lugar, sería ella, mi
Blancanieves es perfecta en todo lo que hace. Toma su puesto, me ayuda
mientras va señalando en la resonancia las áreas que pueden causar daño,
cuando termino de extraer el tumor, rezo para que Eric salga bien.
Le dejo cerrar, le indico algunas acotaciones que debe tomar en cuenta
para que el hueso quede en su lugar, al terminar salgo. Hablo con los padres
de Eric y me encierro en mi oficina, hoy será la más larga noche.

Skylar

Trabajar junto a Stephen se ha vuelto un suplicio. Prefiero los gritos,


los maltratos —en teoría, no soy masoquista—, en fin, lo que intento hilar
en este mar de pensamientos confusos, que me inclino a recibir eso, a sus
susurros eróticos con voz ronca, que hace despertar en mí deseos
primitivos, en mis momentos libres me ha encontrado fantaseando con él,
debe intuirlo, porque se burla de mí.
¡Soy de carne y hueso, por Dios! No follo desde hace cuatro años, verlo
sin camisa con su cuerpo lleno de tinta, unos abdominales perfectos, esa
uve perfecta que mostraba el inicio de un camino decadente de bajos
instintos, es un tipo que parece sacado del mismo Instagram. Cabello negro,
ojos verdes, piel olivácea.
—¿Otra vez fantaseando conmigo, Skylar? —Escucho su voz y me
sobresalto.
Ruedo la silla tomando una distancia prudencial, está con el uniforme
azul marino y su bata blanca.
—¿Te han denunciado por acoso? —lo ataco.
Sonríe, Stephen James que nunca le sonríe a nadie, ni siquiera a las
enfermeras, me está sonriendo a mí. Que la tierra se abra y me escupa en
Disney, porque parece el maldito príncipe encantador, pero con tatuajes.
Toma la silla a mi lado y toma una historia. Hace unas anotaciones para las
enfermeras.
—Me deseaste —afirma.
Resoplo molesta, tengo que aceptar que es bastante creativo y que es
admirable su determinación.
—Claro, ahora vamos a ir al cuarto de los residentes y follar como
delfines —me burlo.
Me levanto de la silla para continuar con mis rondas, pero no me doy
cuenta de que tengo las trenzas sueltas y me enredo. No puedo caer en el
piso, sino que lo hago en las piernas del mi jefe, que suelta una carcajada.
Me remuevo intentando levantarme, me paralizo cuando siento su polla
erecta. Me levanto como un resorte, me fijo en su sonrisa macarra.
—Te sigo, solo que con las ganas que te tengo, creo que no me basta un
aquí te pillo y aquí te le follo.
Pongo los ojos en blanco, quisiera partirle la cara, pero debo estar roja
como un tomate.
—¿Podrías dejar de comportarte como un idiota y prestarme atención?
Stephen parece entender que en este momento no estoy para sus
bromas.
—Claro… —acepta.
—Voy a referir a Eric a psiquiatría, tiene estímulos en sus piernas, pero
el miedo no le permite moverse.
Niega con su cabeza. Se corre el rumor por los pasillos del hospital, que
Stephen James odia a los psiquiatras, que, si por él fuera, esa especialidad
no sería necesaria.
—Déjamelo a mí —me pide.
—Pero…
—Hablaré con él, no te preocupes.
Lo veo con escepticismo.
—Vamos, Skylar, ponte en sus zapatos, tiene miedo y es normal
después de que su vida cambió, ¿nunca has sentido miedo?
Suspiro, claro que lo he sentido, pero no voy a aceptarlo. Se levanta de
la silla y me observa, su sonrisa ha desaparecido, sin embargo, me sigue
pareciendo hermoso.
—Lo dejaré pasar, pero si sigue negando, llamaré a psiquiatría.
—Ven —me pide ofreciendo su mano.
Me quedo mirándola por unos segundos o tal vez minutos, no tengo
idea si tomarla o no, termino aceptando su invitación, me lleva con él hacia
la habitación de nuestro paciente.
—Solo mira, nada más —ordena y yo asiento—. Después saldremos a
cenar.
No me deja responderme para negarme, me ignora entrando para hablar
con Eric.

Stephen

Logro convencer a Eric de levantarse e ir a rehabilitación, todo bajo el


escrutinio de Skylar. Al salir de la habitación intenta rechazarme, pero le
dejo en claro que no voy a aceptar un no por respuesta. He movido todas
mis fichas, puse el juego a mi favor y estoy seguro de que ella y yo haremos
estallar fuegos artificiales cuando estemos follando. Nunca he puesto tanto
empeño en conseguir a una mujer, sin embargo, algo me dice que estar con
Skylar será la mejor experiencia del mundo.
Ella se ha metido en mi cabeza, parece que la tengo presente a todas
horas. No me había pasado, evité cualquier acercamiento durante sus años
de residencia, pero la deseo ahora más que nunca. Salgo del hospital y la
encuentro caminando de un lado a otro, está nerviosa. Parece sentir mi
presencia, ya que se detiene y se gira hacia mí. Hoy está preciosa, con un
vestido de color azul claro como sus ojos que se abraza a cada curva de su
cuerpo.
Me acerco y la tomo del brazo para atraerla, dejo un beso en su mejilla,
sin embargo, como un adicto a su aroma, me quedo unos segundos más
disfrutando.
—Stephen… —me llama—, no puedo… —titubea nerviosa—, es que
no…
Coloco uno de mis dedos en sus labios, abre sus ojos sorprendida.
—Solo es una cena entre colegas, Skylar.
Niega con su cabeza y quita mi mano, aunque los dos sabemos que no
es así, la verdad es que hay algo eléctrico entre ella y yo, sé que me desea
tanto como yo a ella.
—Una cena y nada más —acepta.
Sonrío triunfante, acepto y la insto a caminar hasta mi SUV, le abro la
puerta y cuando sube, sé que estoy a un paso de tenerla.
*****

Hablar con Skylar es vigorizante, su entusiasmo me recuerda a mí de


cierta manera. Con casi cuarenta y cinco años ya nada o nadie logra
sorprenderme, no obstante, ella sí, su manera de hablar, su forma de ver la
vida y su alegría. Esta, sin duda, ha sido la mejor velada en mucho tiempo.
—¿Por qué neurocirugía? —averiguo.
Tengo tres años conociéndola y trabajando a su lado, pero no sé nada de
ella. Respira hondo y me contesta:
—Mi madre murió por un tumor maligno. Cuando lo descubrieron, era
muy tarde, fue desmejorando, perdiendo las capacidades motoras. De la
hermosa mujer que era, a la hora de su muerte, era un cascarón vacío.
«¡Diablos, no imaginé nunca nada igual!», pienso en mi mente.
—Lo siento, Sky…
Se sonroja y para mí es algo nuevo, acaricio sus mejillas.
—Solo ella me llamaba así —comenta.
—¿Puedo llamarte así? —pregunto.
Alza sus hombros y esperanzado, espero por su respuesta.
—Sí, pero solo en privado —acepta.
Me acerco más a ella, si fuera otra mujer no dudaría, pero lo hago con
cautela temiendo su reacción.
—Voy a follarte, Sky. Voy a follarte fuerte y duro, lo haré toda la noche
y mañana, cuando estemos a solas, volveré a follarte.
Con esa promesa la tomo de la nuca para besarla, llevo famélico por
tres años. Esto es mejor de lo que esperaba porque corresponde a cada
movimiento, mientras que de su garganta salen soniditos que deseo
memorizar.

Skylar

Stephen rompe el contacto, todos a nuestro alrededor nos observan con


asombro. Saca un fajo de billetes y me levanta para salir del lugar. Caminos
hasta su SUV entre besos. Cuando llegamos a la puerta, me pega contra
ella, el contacto de su cuerpo contra el mío se siente maravilloso. Sus
manos acarician con avaricia cada lugar de mi cuerpo, la humedad de mi
sexo empapa mi tanga. Una de sus manos se escapa avariciosa por el bajo
de mi vestido, acaricia mi pierna colándose hacia arriba, sostengo la
respiración cuando toca mi coño.
—¡Joder, Sky! —gruñe contra mis labios, escucho el chasquido de la
tela rasgarse—. Estás empapada y lista para mí.
—No vas a follarme aquí —advierto, pero mi voz sale ronca.
Se aleja mientras pasa mi tanga rota por su nariz. Muerde su labio antes
de guardarla en el bolsillo de su pantalón.
—Sube o lo hago —ordena.
Me muevo para subir, lo escucho soltar una carcajada. Enciende el
motor y arrancamos, creo que pasa todos los límites de la ciudad mientras
salimos. Cuando me doy cuenta estamos el puente flotante de Evergreen
Point, vamos rumbo hacia Medina, la zona más exclusiva del estado de
Washington. Nos miramos de vez en cuando. «¿Estás segura de esto?»,
pregunto en mi mente.
—No lo pienses, nena, no pienses nada.
Cuando me doy cuenta, es que ya estamos estacionando en una
hermosa mansión. Bajamos dentro de la cochera y ahí mismo, se lanza
sobre mí mientras la puerta se cierra. Sus labios follan mi boca con el
mismo deseo que sus manos suben mi vestido, escucho un cierre bajarse y
su capullo colarse por los labios de mi coño.
Muerdo su labio inferior cuando lentamente se entierra dentro de mí, se
me corta la respiración mientras de su garganta se escapa un sonido gutural.
Mis dientes lo sueltan y lo escucho:
—¡Joder, tan apretada y tan húmeda!
Escondo mi rostro en el hueco entre su cuello y su hombro, mi
respiración es forzosa.
—Por favor —le ruego.
—¿Qué necesitas, nena? —pregunta.
—A ti…
—Me tienes.
Alza mi pierna y sale un poco, vuelve a penetrarme con fuerza. Grito de
puro placer, sus arremetidas son rápidas, esto es aquí te agarro y aquí te
follo, pero se siente divinamente como su boca deja un reguero de besos en
mi cuello, me muerde, esto es carnal, es una necesidad primitiva de dos
personas que se desean y necesitan urgentemente sentirse. Toma mi pierna
para enredarla en su cadera.
—Sostente de mi cuello —ordena.
Enredo mis brazos alrededor de su cuello, mientas que toma mi otra
pierna, jadeo al sentirlo más profundo, su boca busca la mía y cuando se
encuentran, su lengua irrumpe de manera violenta en mis fauces, sus
arremetidas son rápidas, todo se conjuga provocando ese cosquilleo que va
emergiendo. Me corro mientras sus besos acallan mis gritos, me sigue y el
calor de su semilla dentro mi…, esto, es más, nunca lo imaginé.
Ralentiza el beso hasta perder el contacto, pega su frente de la mía.
—No quería follarte así, pero tenemos la noche entera, nena y esto
apenas está comenzando —promete.
—Espero que sea así —contesto descaradamente.
Stephen me baja y sale de mí, se queda mirando mi entrepierna unos
segundos, forma una sonrisa lobuna. Toma mi mano y me hala para entrar a
su casa, me quita la ropa antes de llegar al salón. Lo cabalgo en el sofá
mientras su boca atiende mis pechos. Me folla en la cocina y cuando pienso
que todo acabaría, me lleva a su habitación y vuelve a follarme en su cama,
pero está vez más lento mientras de sus labios salen palabras como: bella,
nunca podré tener suficiente de ti. Me duermo entre sus brazos y por
primera vez, me siento que pertenezco a un lugar.

Stephen

Despierto con Sky abrazada a mí, nunca me ha gustado que una mujer
se quede después de follar, sin embargo, con ella es diferente todo. Llevo
tanto tiempo intentando alejarme, que ahora que está a mi lado, no puedo
estar separado de la mujer que me roba el aliento, que me hace sentir que
era lo que tanto buscaba y ni siquiera sabía que quería. Contradictorio, lo
sé, solo que muchas veces no sabemos que necesitamos algo o alguien.
Su cabello se esparce por las almohadas y su mano está en mi pecho
dónde late mi corazón. Es preciosa, su piel nívea está salpicada de pequeñas
pecas de un color marrón muy claro, casi parecen de color dorado, se siente
la suavidad al tocarla. La mantuve despierta hasta casi el amanecer, era
adictiva, pues mientras más obtenía su placer, deseaba obtener un poco más.
Dejo un beso casto en su frente, se remueve pegándose más a mí, su
pierna me abraza. Sonrío y escucho en un suspiro que sale de sus labios.
—Buenos días, nena… —susurro en su oído.
Alza su cabeza un poco y me encuentro con los ojos más azules que he
visto en mi vida.
—Buenos días —contesta con voz ronca y una sonrisa—. ¿Qué hora
es?
—Ni idea, pero ya que los dos tenemos guardia esta noche, pienso que
podemos retomar lo que no terminamos.
—Eres un enfermo y adicto sexual —bromea.
—Ni te imaginas… —contesto dejando un reguero de besos.
Hasta llegar a su coño y lamerlo con hambre, definitivamente, Sky saca
al hombre insaciable y primitivo que escondo dentro de mí.

*****

Acompañé a Sky a cambiarse de ropa, también la obligué a hacer un


bolso con otro cambio para cuando salgamos de esta guardia de setenta y
dos horas.
En el hospital me mantengo alejado, pero si fuera por mí, estaría en una
de esas literas follando como un animal con ella. Las primeras doce horas
han pasado sin novedad, casi todos los pequeños casos los ha atendido ella.
Es buena en lo que hace y como lo hace, me gusta la manera en que intenta
hacer sentir los pacientes, esa empatía que muchas veces perdemos por la
cantidad de casos que tenemos y el saber que cualquier paciente puede
perderse.
Me siento a su lado en el staff de enfermeras, está llenando las formas,
se gira un segundo, sonríe y siguen lo suyo.
Voy a hablar, pero llega Samuel Smith de cardiología.
—¿Estás libre el sábado para una copa, Skylar? —le pregunta.
Sky ni siquiera levanta la mirada de lo que hace, aprieto mis manos en
puño, muerto de celos, sí, esto son celos y no me gusta para nada sentirlo.
Sábado es el día que terminamos la guardia y en su casillero hay un bolso
esperando para ir a mi casa.
—Skylar —la llama.
—No, Samuel, lo siento, pero saldré con alguien —contesta dejando
todo y prestándole atención—. En otra ocasión.
Samuel se queda mirándola y ella toma su móvil.
—¿Ya tienes novio? —pregunta entrometiéndose.
—Sí, Smith, soy el novio de Sky —contesto por ella y los dos me
observan sorprendidos, que mate, no me importa, quiero ser su novio, el
hombre que robe su aliento—. Así que no está disponible ahora y tampoco
nunca.
Samuel no contesta, se va dejándonos solo. Sky se levanta y me
fulmina con la mirada.
—¡No tenías derecho! —reclama.
—¿Quieres ser mi novia? —pregunto.

Skylar

—¿Quieres ser mi novia? —pregunta.


Me quedo mirándolo, ni en mis sueños más recónditos imaginé que el
mismísimo, Stephen James me pidiera ser su novia. No tengo idea qué
responder. Si acepto, cumpliría una de mis fantasías —sí, es cliché estar
enamorada de mi jefe en secreto—. Alguien se tropezó conmigo, estoy tan
distraída que no lo veo venir, me tambaleo y caigo en las piernas de él, me
atrapa con una sonrisa en los labios.
—Siempre voy a atraparte cuando caigas —susurra en mi oído.
—Disculpe, doctora Park —se disculpa Sandra, una enfermera.
Me levanto y pongo los ojos en blanco, sonrío a la chica que está
nerviosa.
—No es nada, Sandy —contesto y me giro hacia Stephen—. Voy a
hacer mis rondas.
No quiero responder, prácticamente salgo corriendo del staff de
enfermeras. No quiero saber qué es lo que pasa por la cabeza de ese
hombre. Cuando creo que estoy a salvo, me halan de codo y entro a una
habitación oscura. Pego contra el pecho de un hombre, cierro los ojos
cuando reconozco su esencia a especias y sándalo, el mismo olor que tengo
en el cabello y me ha hecho soñar despierta durante doce horas.
—¿Huyendo? —inquiere entre dientes.
Niego con mi cabeza, siento el calor de su aliento en mi oreja, me eriza
la piel y no me ha tocado.
—No suelo hacer esto, pero contigo todo es diferente, sé que sientes
algo, esto no es un error, veamos que pasa, no tengas miedo.
—Pero apenas me soportabas —contesto.
—No, nena, esto es real, porque desde hace tres años lucho con esto y
tú también, no niegues esta atracción, porque tus besos, tu piel y tu cuerpo
te delatan.
Cierro los ojos, no puedo mentirle, me atrae desde la primera vez que lo
vi, además de alguna manera sabía que había algo entre los dos, siempre
que me tocaba sentía como si nos atrajéramos como dos polos opuestos,
como la fuerza invisible entre dos imanes.
Mi mente grita: tienes miedo y mi corazón grita más alto: no tengas
miedo e inténtalo. Cuando el corazón manda, no cabe razón que seguir.
—Sí, sí. Quiero ser tu novia —musito.
No me hace esperar cuando sus labios tocan las míos en un beso lleno
de promesas silenciosas y anhelos. Tengo miedo de que todo salga mal,
porque solo conozco como profesor y jefe. Sin embargo, quiero quitar las
capas, descubrir que es lo que esconde el hombre lleno de tatuajes que aleja
a todos. Rompemos el contacto y me abrazo a él.
—Tengo miedo —confieso.
—Yo también, no sé ser novio, así que tendrás que enseñarme.
Nuestros localizadores suenan, no puedo responder. Me da un beso
casto y salimos. Una vez leí en alguna parte, que enamorarse es un salto en
paracaídas, es caer al vacío, nunca sabes si va a abrir. No puedo seguir
pensando en nosotros, porque bajamos hasta emergencias y encontramos un
caso asombroso; un hombre con disparos y con dos balas alojadas entre la
piel y cráneo.
Los dos nos movemos en sincronía, mientras operamos nos felicitan
por nuestro noviazgo, ya vemos que Samuel no puede guardarse nada, pero
no importa porque cuando lo veo sonreírme, pierdo la cabeza y esto es el
inicio de algo.

Stephen
Seis meses después

Y pensé que ser novio de alguien sería fácil, pero no fue así. Skylar y
yo hemos sorteado varias discusiones a lo largo de seis meses, los dos
tenemos nuestros puntos de vistas y a veces nos cuesta ceder. Sin embargo,
me enamora cada día más. Estamos en las Bahamas de vacaciones, anoche
me habló de su madre y como si padre prácticamente la olvidó después de
la muerte de esta.
Poco a poco la conozco, sé que odia el té, que es adicta al café negro,
que odia hacer ejercicios y que ama su cuerpo, aunque se queja de tener
lonjas, yo veo en ella perfección. En este momento que toma el sol entre
mis brazos, está decidiendo algo que cambiará su vida profesional. La
escucho respirar hondo.
—Si tomo el puesto, no vamos a operar juntos, nunca más… —alega.
—Si tomas el puesto serás jefa de neurocirugía de un hospital
universitario y enseñarás —apunto.
—Pero…
—¿A qué le tienes miedo, nena? —averiguo.
Suspira, amo cuando su mente divaga y ella ama cuando me quedo en
casa a su lado mirando series en Netflix o leyendo un libro. Sé todo lo que
ha perdido, mientras ella sabe cuándo me siento solo.
Desde todos mis aires de grandeza, hasta lo más insignificante que
puedo tener. Nada ahora tiene sentido sin ella a mi lado. De todos los
sueños que persigo, solo hay uno que elijo y es tenerla a mi lado.
—Que no quiero estar lejos de ti —confiesa.
—Por años pensé que estaba loco, por pensar que podía ser el dueño de
tu corazón y mírame, estoy perdido, porque te amo —Sonríe—. Nena,
tengo cuarenta y cinco años, he logrado todo, te toca a ti, así que acepta el
empleo, siempre que vuelvas a casa por las noches.
—¿Estás hablando en serio? —pregunta.
—Lo estoy, Sky… —afirmo y tomo su mano para jugar con dedos—.
Te amo y tú me amas, a veces me pregunto cómo diablos es que lo haces,
pero la mejor parte de mí eres tú, así cuando volvamos espero que aceptes.
Se sube a horcajadas sobre mí y toma mi rostro entre sus manos.
—Te amo, Stephen y también me pregunto lo mismo, porque sé que
puede tener cualquier mujer, gracias por impulsarme, gracias por amarme.
Me besa y soy feliz, porque puede que las relaciones no sean perfectas,
que la vida sea una montaña rusa de emociones, pero cuando encuentras a
la persona correcta en el momento indicado, solo hay que vivirlo, sin miedo
a nada.
Y este solo es un inicio, no el final.

FIN
Tu cuerpo y la espuma de mi café
Marian Sanoja

—Necesitas conseguir un abogado urgentemente —me dijo Julia por


quinta vez mientras tomamos un expreso de mi nueva máquina.
—Sí, lo sé, pero el último me dijo que no podía hacer nada, ya que
nunca había un caso de divorcio donde la razón fuera una como la mía —
gruño ya obstinada de no poder resolver mi situación con Alonso — ¡Ya no
sé qué hacer!
—Mira, no te desesperes. Vamos a ver que la María el otro día me dejó
el nombre de la firma donde empezó a trabajar con el buenorro ese de
abogado que no pierde ni un solo de los casos que defiende.
—Ja, y tú crees que ese buenorro me va a prestar atención, imagínate si
los más esquís de la vida legal no quieren mi caso, ¿cómo haré para que
acepte representarme?
—Pues, como todo en esta vida, te pones hermosas y luego vas y te
pides una cita con el hombre que de seguro podrás convencer de que te
ayude, y le patee el trasero al hijito de perra ese que tenías como marido.
—¿Será? —cuestiono, dudosa de sus palabras.
—Verás que sí, déjame y la llamo.
Luego de tres llamadas continuas logramos armar un plan para que el
jefe recién estrenado de María pudiera verme, sin cita, ya que su agenda
está a reventar y no había manera de que esto ocurriera.
—Entonces estamos sincronizadas. Mañana a la oficina del buenorro
para que aplaste la vida del Alonso.
—Tengo mis dudas, pero la desesperación, puede más —Aseguro
mientras mi amiga del alma asiente con su cabeza dándome más apoyo.

****

Martes por la mañana y yo aun si haber podido tomar mi taza de café


esencial para lograr activar mi cerebro, aun así, voy en el ascensor que
marca el piso treinta, nivel presidencia y donde se ubica “el cielo del dios”
como dice Julia desde que llegamos.
El din del ascensor aumenta mis nervios y me muevo por inercia, entre
estresada, preocupada y nerviosa a morir porque no sé si el plan funcionará.
También tengo muy presente que este hombre puede completar las
desgracias a mi vida, colocándome una demanda por invasión a la
propiedad privada o por acoso…, realmente por lo que se le antoje una vez
que me vea y le cuente todo sobre mi caso y que casi lo obligue para que
me represente.
—Deja de pensar tanto, Cecilia, que te conozco y seguro ya hasta te ha
demandado el hombre en tu mente.
—Es una posibilidad.
—La única posibilidad que tendrás al entrar en esa oficina será que él,
como mínimo, te envíe con uno de sus excelentes abogados. ¡Así que
adelante, que para luego es tarde!
No había notado que estábamos ya frente a la puerta enorme que estaba
deteniendo mis pasos para acercarme a la única opción que me queda para
resolver mi caos de vida.
Así que, con una mano un poco temblorosa, giro el picaporte y empujo
despacio la puerta para hacerme espacio y entrar, acción que se detiene
justo cuando una voz gruesa, pero a la vez cálida, cuestiona “quien carajos
soy” y es entonces cuando ubico de donde, que me quedo firme en mis tres
pasos dentro de la oficina del “buenorro”, que realmente está buenorro y
creo que ni siquiera le hace justicia la palabra.
—Ho-hola soy Cecilia —titubeo un poco.
Mientras veo fijamente esos ojos grises que armonizan con esa nariz
perfilada, pero muy, muy varonil, esos labios finos y quijada cuadrada que
permiten ver un cuello largo, que dan inicio a anchos y firmes hombros,
brazos; puedo asegurar ¡que pecho!, ya que la camisa blanco puro que se
encuentra con dos botones abiertos y remangada hasta los codos, donde
unas manos grandes y muy hermosas sostienen una delicada taza humeante
y que resalta gracias a esa cintura estrecha que son el complemento perfecto
para unas piernas que, ¡santas montañas!, parecen talladas por los escultores
de los dioses. ¿Está permitido estar tan bien de todo y andar por allí
infartando el corazón de las mujeres?
—¿Y eso me interesa por…?
Carajo, me ha vibrado hasta el cabello con su voz. Aun así, me obligo
mentalmente a reaccionar y poner de mi parte todo para lograr el objetivo.
—Porque serás mi abogado y eso hacen los abogados ¿No?
—Interesante —murmura mientras se desplaza hacia el gran escritorio
de madera y cristal que está al lado de la pared de vidrio, no entiendo que
obsesión con colocar cosas al lado de las ventas y más cuando estamos en el
piso treinta.
—¿Qué es interesante? —cuestiono y me acerco más.
—Que tengo una futura cliente de la cual no estaba enterado y mejor
aún, no entiendo cómo fue que entraste en mi oficina y justo en mi hora de
descanso.
—Ah, bueno, yo solo pasé y tu asistente estaba luchando con una mujer
que se veía muy feroz.
—Y será que esa mujer, tendrá algo que ver contigo —me pregunta
mientras arquea una ceja y sonríe un poco de lado y me mata el corazón ver
a este hombre con atracción perfecta en forma de hoyuelos, creo que llegue
al cielo y no me he dado cuenta por alguna razón.
—No sé a qué se refiere señor… —mierda, nunca pregunte ni averigüe
el nombre antes de venir, desvío la vista un momento y al levantarla
nuevamente miro que tiene un rastro muy llamativo y atractivo de espuma
de lo que supongo es un café, hipnotizante—, espuma.
No tengo ni la menor idea de porque mi cerebro ha soltado semejante
estupidez, pero lo que menos esperaba era estar justo frente a él, del otro
lado del escritorio y pasar mi pulgar por la espuma que había en la comisura
de su labio; así como tampoco quedarme viéndolo de cerca mientras mi
pulgar termina en mi boca para eliminar los rastros de este.
—Fascinante —susurró o no, pero lo cierto que la calidez que irradia su
cuerpo es totalmente percibida por el mío, haciendo que los lugares
correctos se ericen al sumarle su seductor tono de voz.
—Bueno —logro articular luego de carraspear mi garganta—, ya que el
hecho le atrae tanto, pues me alegra que esté de acuerdo.
—Sigo sorprendido, y las interrogantes son muchas. Aunque me ha
gustado una parte de toda esta invasión, quisiera saber por qué no está
implorando que no le coloque una demanda por acoso e invasión a la
propiedad privada.
—Lo sabía, yo lo dije.
—¿Qué cosa? —pregunta mientras da otro trago a su café lo que me
hace recordar por qué estoy aquí.
—Su respuesta, fue justa la que dije usted daría.
—Y, aun así, por qué se arriesgó a entrar…
—Canela
—¿Perdón?
—Canela, nuez moscada y un toque de cacao.
—¿Cómo?
—Su café, la espuma tiene canela, nuez moscada y cacao.
—Entonces vino a inspeccionar mi café.
—No, vine a que me ayude a finalizar mi divorcio.
—No llevo casos maritales, solo litigios de propiedades.
—Por eso, necesito pelear en mi divorcio la propiedad de ciertos bienes
que son míos.
—Sigue siendo un caso marital —responde con firmeza, mientras se
levanta y mira su reloj, estira sus mangas y toma su saco para colocárselo,
dándome la espalda con toda la intención de dirigirse hasta la puerta, por lo
que me levanto rápido, me le acerco a pasos apresurados y lo jalo de su
brazo para detenerlo con fuerza.
—Agresión.
—Café.
Decimos al unísono y puedo ver como su gesto de sorpresa pasa ha
confundido, y esta es la señal que necesitaba para poder decir todo lo que
requiero para convencerlo.
—Café, el idiota de mi ex, quiere quedarse con mis máquinas de café,
son treinta en total y hacen el mejor café del mundo.
—Quizás no lo sabes, pero las propiedades que yo defiendo son
creaciones y al menos que hayas inventado una de esas máquinas no tengo
ninguna razón para tomar tu caso.
—Todas.
— ¿Cómo dices?
—Todas, he inventado, diseñado cada una de esas máquinas de café —
entonces hago la tercera cosa estúpida de mi día, tapo con mi dedo índice
sus labios al ver que quiere hablar—. Treinta máquinas que hacen el mejor
café del mundo en más de mil combinaciones. ¡Ah!, pero no es el café, sino
la espuma que lo acompaña sin alterar el sabor original del café.
—¡Siéntate! —ordena, luego de quitar mi mano de su boca, pero lo
que me sorprende es que no me lleva a la silla, sino al sofá que está del lado
contrario al escritorio.
—Explícame de nuevo, ¿creaste treinta máquinas de café?
—Sí, pero no es que son de café, sino de espumas para el café. Mis
máquinas hacen una espuma que puedes crear a partir de la combinación de
ciertas…
Las próximas tres horas me dedico a contarle todo sobre mis máquinas
y también confirmo que son ya veintinueve, ya que hace poco, un conocido,
le hablo de un cercano que estaba vendiendo una sorprendente creación.
—Acepto —Asegura y yo me quedo estática, aunque no sé si es por la
emoción o por caer en cuenta que me encuentro muy cerca de él
sosteniendo su mano derecha con las mías, debido a la emoción de contarle
de mis hermosas creaciones.
—¿De verdad?
—Sí, tendremos mucho trabajo por hacer, pero lo lograremos.
—¡Oh, gracias, gracias! —Y allí estoy, haciendo quien sabe qué
número de la estupidez de hoy. Abrazarlo, mientras agradezco emocionada
porque tengo la oportunidad de recuperar mis años de trabajo.
Entonces ocurre el momento de silencio por la tensión de estar tan
cerca.
—Lo siento —carraspeo y me levanto apresurada para completar mi
huida y recuperar toda mi inteligencia, digo, soy la creadora de unas
fabulosas máquinas.
—Le diré a María que te agende para mañana y que te coloque la lista
de documentos que debes traer.
—Muy bien, así lo haré —aseguro mientras tomo su mano extendida y
sufro otro pequeño infarto por la suavidad de sus dedos.
Y después de lo que parece una eternidad me suelta mientras me
despido otra vez y salgo de la oficina acalorada hasta los huesos, soporto
todos los comentarios de Julia y Maria y cuando llego a la casa de mi
amiga, lloro de la emoción de ver que es más real el poder recuperar parte
de mi vida futura.

***

Seis meses completos de papeles y gestiones de peleas en los


tribunales, de preparación, de lograr una sentencia a mi favor y hoy por fin
el primer día del resto de mi mejor vida. Seis meses que lo único que
lamento es que luego de hoy no volveré a ver al “buenorro” de César, sí
porque hasta el nombre le queda perfecto y para hacerlo más único, le
gusta, no…, adora el café tanto como yo.
El rin del comunicador me saca de mis reflexiones y con el corazón
acelerado como cada vez que lo sé cerca.
—¿Diga? —consulto por el parlante, no tengo dudas que es él, pero no
quiero otra charla de cómo debo cuidar a quien le abro la puerta sin
confirmar antes.
—Soy, Cecilia, ya estoy aquí.
—Adelante —le respondo mientras le doy acceso y giro a ver que todo
esté en su lugar, girándome justo en lo que siento su presencia, esa que me
absorbe desde los pies hasta envolverme por completo.
—Así que ya está todo listo para la gran apertura —su voz, esa voz que
me enloquece, que me hace soñarlo y que me ha otorgado muchas
sensaciones; que me ha confortado en los momentos más desesperantes y
que me ha hecho delirar con los sueños más ardientes y húmedos que en
toda mi vida he tenido.
—Bueno, hace dos horas dejamos todo listo, y ahora en este momento
quiero formalizar que todo está en su lugar.
—¿Y cómo planeas hacerlo? —aunque noto su voz un poco más ronca
y baja, me controlo para no hacer un papelón, y dejar que mi mente me
juegue una mala percepción. Así que me dirijo a la mesa que ubiqué en la
esquina de mi oficina, donde reposa mi hermosa primera máquina.
Preparo dos tazas de café con crema para que no sea tan fuerte por la
hora, y agrego una porción doble de espuma sobre cada uno, pero con los
sabores de su gusto; sin embargo, mis intenciones quedan suspendidas
cuando noto que su calor corporal se siente muy cerca de mí.
Y todo se vuelve nada cuando sus manos tocan mis hombros y el calor
de sus manos llega a mi piel enviando una pequeña corriente por todo mi
cuerpo, haciendo que, con solo este gesto, mi corazón se acelere y mi
respiración se vaya escaseando.
—Hasta cuando, vamos a seguir ignorando esto —murmura cerca de
mi oído y su cálido aliento acaricia mi piel erizando mi cuerpo, irguiendo
mis pezones.
—¿Qué-qué cosa? —susurro titubeando, mientras mi respiración se va
complicando al sentir como sus manos comienzan a descender por mis
brazos.
—Tengo que demostrarte qué es lo que estamos ignorando.
Su pregunta tiene firmeza y seducción combinada, mientras una de sus
manos sostiene mi cintura, la otra se adentra por debajo de mi blusa y es ese
primer contacto entre las suaves yemas de sus dedos y mi ardiente piel, lo
que me quitan el control, ese control mantenido por tantos meses.
—Sí —y este si se suma a la lista de cosas improvisadas que hago cada
vez que lo tengo cerca.
Solo bastan pocos segundos para encontrarme girando entre sus brazos
y sin preámbulos, lanzarme a devorarle la boca. Sin sorprenderme, en
realidad, recibo su respuesta posesiva y demandante de poseer el control del
beso, no es suave ni lento, pero si es dulce y cálido, sensual, desbastador;
acaba con mi razón y desata mis más altas pasiones.
Decir que se perdió el control es mentir, en este momento nunca
existió. Su boca desbasta y marca cada centímetro de mi piel, mientras
nuestras ropas van dejándonos libres de nuestras inhibiciones.
En algún momento termino sobre mi escritorio, abrazando su cintura
con mis piernas, mientras su lengua me recorre previa a la succión de su
boca a mis pechos. Mis manos jalan su cabello y mis talones se presionan
sobre su trasero firme.
Sus dientes se presionan contra mi clavícula dejando una sensación de
querer más, mi cuerpo se humedece y cada poro de mi piel grita que lo
quiere más cerca posible y real.
Su presencia abruma por completo mis sentidos y cada uno responde a
su toque, puedo escucharme lloriquear de anhelo por complacer mi deseo
de sentirlo en mi interior y es su risa ronca lo que hace que quiera gritar
suplicante por más.
—Esto es lo mejor que he descubierto en el mundo —su voz vagamente
es percibida por mi poseído sentido auditivo.
Y segundo después, entiendo sus palabras. Una pequeña cantidad de
espuma dulce, se encuentra en mi boca y apenas logro percibirla antes de
ser reemplazada por el exquisito sabor de sus besos y más cuando su lengua
recorre la mía.
Una calidez diferente cubre mi pecho derecho y su boca entra en
contacto con mi pezón haciendo delirar mucho más, hasta que mi bajo
llanto es callado a la perfección con la sensación de César llenado mi
interior, mientras sus dientes mordisquean mis pechos y su esbelta cintura
se desenfrena en movimientos codiciosos que no cesan hasta llevarnos a la
cúspide de satisfacción sincronizada.
Nos mantenemos abrazados en nuestra posición, sin movernos ni un
solo centímetro; mis manos se mueven sobre su espalda y mis uñas trazan
caricias dispersas, nuestras respiraciones se sincronizan desacelerando.
—Tenías razón… en que esto es lo mejor que hemos descubierto en el
mundo. —murmuro sobre su boca que me deleita con otro beso que no
tiene nada que envidiar a los primeros.
—Tu cuerpo y la espuma de mi café, son lo mejor en mi vida.
Y mi corazón se acelera, mientras siento nuestra conexión reactivarse y
con sutiles movimientos llevarme a ese momento tan perfecto de locura y
cordura por igual.

FIN.
Perdón por desnudarte
James A.

Valentina soltó un suspiro cuando estacionó el auto en la casa de sus


padres, desde ahí se escuchaba la música alta, se sonrió por la felicidad de
ambos, pero se preocupó por el malestar de sus vecinos. Se bajó del
vehículo viendo desde ahí a su superhéroe bailando, como si los años no
pasaran por él, seguía tan pícaro, su niñez estaba llena de recuerdos de
aquel hombre siendo una bomba de felicidad.
Avanzó con cautela, quería darles una sorpresa. Ella les había dicho que
no iba a poder viajar, que su trabajo se lo impedía; pero ahí estaba, siendo
cómplice de la felicidad de su superhéroe. Bajó su maleta, cruzó el portón y
una sonrisa tiró de sus labios cuando su padre la vio. Descalzo corrió hacia
la chica, mientras derramaba el jugo de naranja a su paso. Soltó una risotada
cuando él la levantó, feliz de que su pequeña bebé estuviera ahí, ella
también había extrañado la frescura de su hogar.
Canadá era linda y fría, pero su corazón seguía latiendo ahí, en su país
y con su familia.
—Mi bella Valentina ¿Qué pasó? ―sonrió feliz sin soltarla―. Me
dijiste que era una fecha de mucho trabajo, pero aquí estás.
—Te mentí ―ella tomó las manos de su papá y dejó un suave beso―.
Es tu cumpleaños, no podía perderme una fecha tan especial.
—¿Adrián? Te he dicho que bajes el volumen, los vecinos nos
mandarán a la policía ―escuchó la voz quejona de su mamá, la chica sonrió
haciéndose a un lado para verla de pie y sus miradas se encontraron, sus
ojitos brillaron―. ¡Llegó mi Valentina! ¡Muchachos!
La joven se carcajeó al momento que su madre y hermanos se lanzaron
hacia ella, parecía una eternidad desde que se vieron, ya había pasado
varios meses. Su familia seguía sufriendo, cuando joven tomó la decisión de
postularse a un buen trabajo, nadie la culpaba, ellos la habían criado para
ser ambiciosa y que se comiera el mundo.
Valentina era eso, y aunque les dolía, estaban felices por su
crecimiento.
—¡Estás bellísima! ―chilló su madre viendo su cabello largo, sus ojos
rasgados y esa sonrisa tan pícara que llevaba―. Aunque no me gustan los
tatuajes que te hiciste.
—¡Ay, mamá! ―la joven gimoteó mientras su padre la abrazaba y la
llenaba de besos―. ¿Cómo va los preparativos para los cincuenta?
—¡Muy bien!, ya tenemos casi todo, solo falta la ropa que tu padre
necesita ir a ver hoy, Román y yo iremos a ver cómo va la decoración y
Miguel es nuestro chef que está haciendo muchas cosas ricas.
—Haré el dulce de limón que tanto te gusta ―Miguel sonrió tirando de
su hermana mayor―. Me da gozo verte, hermanita.
—Val, ¿puedes acompañar a tu padre a ir por la ropa? ―Su mamá le
preguntó cuándo ya habían entrado, la aludida miró alrededor notando que
todo estaba intacto, nada nuevo y eso hacia el lugar más acogedor. Su
corazón se presionaba cada vez que volvía, y se preguntaba si había hecho
lo correcto en irse.
La chica se sentó y su padre colocó en la mesa pan con tortilla de huevo
y cebolla china, mientras Román le hacía su tan aclamado jugo de papaya,
el calorcito que se esparcía por su cuerpo hasta llegar su corazón es algo
que no sentía en el país frío.
—Por supuesto ―Ella asintió probando el jugo, Miguel subió sus
maletas, hablaron sobre el viaje, el país y temas triviales. La confianza que
había era en su mayoría porque todos los días hacían dos videollamadas;
mientras cocinaba o se hallaba en la calle, así que sus padres se encontraban
muy pendientes de su vida.
A las doce del día, su madre y hermano se fueron, se les veía cansados,
pero todos ponían su granito de arena cuando se trataba de su padre. Al ser
tan jovial y bueno con los demás, lo mínimo que se podía obrar por él era
hacerlo feliz.
Se dio un baño rápido y cuando estuvo lista se encontró a su papá
sacando su moto, su mayor adoración, decía él con orgullo. Su mamá seguía
sin acostumbrarse a subirse en ella, le aterraba, pero por amor se hace todo.
—No me digas que tú también tienes miedo ―Le entregó el casco y la
joven sonrió negando.
—No, sabes que no, he pasado casi toda mi vida sobre tu maravillosa
moto ―Ella se colocó arriba, abrazó a su padre y segundos después
arrancaron con dirección al centro, donde vería su ropa.
Ya no tenía conocidos ahí, cuando ella se fue, sus amigos demostraron
que la joven no les importaba, nunca hubo un mensaje y siempre dejaron en
visto los mensajes que Val les enviaba.
Con el tiempo, entendió que solo eran amigos cuando iban a bailar o
ella prestaba su casa para fiestas, así que endureció su corazón y avanzó.
Al llegar, Adrián saludó al dueño y la presentó con orgullo, la joven iba
tomada de la mano de él viendo el lugar lleno de diferentes estilos de ropa.
Eso le recordaba que después debía ver un bonito vestido y zapatos.
—Miren, si es el cumpleañero ―la voz ronca y burlona la hizo girar de
inmediato, y todo pasó en cámara lenta. El hombre también se estaba
probando un traje negro, era más alto que su padre; de cabello largo rojizo
con mechas rubias, unos ojos rasgados, pero estaba segura de que eran color
avellano.
¡Dios!
El atractivo varón golpeó con suavidad el hombro del empleado, bajó
sin dejar de sonreír, era muchísimo más grande que ella, con un pecho
amplio. Nunca vio un tipo así y lo más importante, jamás sintió su cuerpo,
reaccionar de tal manera, tembló y sus mejillas empezaron a quemar.
—¡Miren a ese! ¿Me quieres opacar? ―se regocijó su padre
aproximándose al hombre para darle un abrazo―. ¿Por qué no me dijiste
que venías?
—Fue a último minuto, tenía pensando arribar ayer, pero el día fue
eterno ―Volvió a sonreír, pasó sus manos por las mechas que caían en su
frente. Su padre se giró tomando de la cintura a Valentina, ahí recién
estuvieron los ojos de ese hombre sobre ella, la recorrió, sus labios llenos se
curvaron en una sonrisa que hizo explotar el interior de la muchacha.
La chica tembló como una hoja de papel y al mismo tiempo sintió la
brisa del mar golpearla, avisándole un desastre natural. Eso fue lo que sintió
al conocer a ese hombre.
―Ella es mi hermosa Valentina ―La presentó de inmediato y la joven
forzó una sonrisa, podía sentir sus piernas tiritar, el hombre achinó los ojos
inclinándose hacia ella―. Mi amor, él es Kaito, mi amigo de la escuela.

Kaito.

Hasta el nombre era poderoso, y el tacto de su boca en la mejilla


también lo era, mezclado con picardía, cuando se alejó, la joven se sintió
abrumada por su aroma. Quería otro beso, deplorar otra vez el tacto, sentir
su mano pesada en su cintura, la dejó con ganas de más.
―Solíamos estar juntos en todo momento, él se fue al extranjero y nos
comunicábamos por Facebook ―contaba su padre riendo. Kaito lo
acompañaba, sin embargo, sus ojos no la soltaban, produciendo un
cosquilleo por todo su cuerpo―. No obstante, volvió este año y tenerlo
cerca ha sido increíble.
―Una amistad de años debía perdurar. Adrián es mi mejor amigo
―sonrió y la pelinegra asintió―. Me dijo que vives en Canadá, ¿en qué
parte?
Val luchó por encontrar las palabras y también su voz, parecía que ese
hombre le había robado todo con su sola presencia.
―Toronto ―susurró y luego aclaró su voz―. ¿Conoce?
―Sí, un par de años viví allá, es hermoso, aunque nunca te
acostumbras al frío ―Soltó con una risita al final, gruesa y rasposa, su
padre también se río.
―Sí, cada invierno sufro mucho ―Trató de relajarse―. Por mi labor,
estar expuesta al frío desde temprano es una cosa…, maravillosa.
―¿En qué trabajas, Valentina?
Él susurró de su nombre y fue una corriente eléctrica que hizo que se
sostuviera de su padre para no caer, todo su cuerpo estaba inquieto, ella ya
no era una niña que se le alteraban las hormonas por una persona. ¿Qué
clase de hombre era él?
―Soy abogada.
―¡No cualquier abogada!, mi nenita es aclamada allá, todos quieren
que los defienda, no te imaginas la cantidad de artículos que hablan sobre la
abogada Valentina ―su padre dialogaba con mucho orgullo y la joven
sonrió algo tímida, era cierto.
Le costó, pero logró hacerse de un nombre y en la firma donde estaba,
los abogados eran muy famosos por ser muy buenos, ella no era la
excepción. Amaba su trabajo, y el valor que Toronto le había regalado.
—Abogada, justo ando necesitando una para mis trámites de divorcio
―mencionó―. ¿Me das tu tarjeta, Valentina?
La joven tartamudeó y asintió, sacó de su cartera una tarjeta, se la
tendió y trató de evitar sus ojos que a la luz del sol parecían dorados. Él
leyó el pedazo de cartón y luego la guardó, el corazón de la chica estaba por
escaparse de su pecho, así que deseó que se fuera y minutos después se fue,
el roce su boca en su mejilla la hizo desear más.
Val no era alguien sin experiencia, estuvo a punto de casarse, pero
Kaito era una persona que solo existía en los deseos.
—¿Su cabello es real, papi? ―preguntó con cautela mientras su padre
se probaba el traje azul marino, Val sonrió viéndolo y le tomó una foto.
—¿De Kaito? ―inquirió y la joven asintió―. Ah, sí. Una locura,
¿verdad? Es rojizo con mechas rubias, siempre fue una envidia en el colegio
por sus facciones exóticas. Su padre, que en paz descanse, era irlandés e
igual a él.
—Pensé que se lo pintaba ―susurró bajo buscando su nombre entre los
amigos de su papá y lo encontró. Kaito Val, y su foto de perfil era él en la
playa, el cabello cayéndole en los hombros, llevaba un short y la joven pudo
ver su cuerpo con detalle.
Hacía ejercicio, el pecho ancho y unos brazos del porte de sus piernas
se lo decían. Su foto estaba llena de comentarios, muchos me encantan y
sonrió, no culpaba a las mujeres por admirarlo.
Las siguientes fotos eran de sus viajes, casi no se tomaba a sí mismo,
hasta que había una de él, mucho más joven y con su novia, el cabello
recogido en una coleta, un traje blanco y tomados de la mano. Su esposa.
Era hermosa. ¿Qué tenía ella que él se estaba divorciando?
―¿Me estás escuchando, hija? ―la muchacha salió de redes y subió su
mirada encontrando a su papá con el traje azul, camisa blanca y viéndose
muy bien. Ella sonrió poniéndose de pie.
―Por supuesto que sí, señor guapo ―Le tomó otra foto y luego se
acercó para abrazarlo, al final ese fue el traje ganador.
Cuando fueron por su ropa, ella no creyó que se tardaría tanto, en
especial porque ningún vestido le convencía, hasta que encontró el ganador,
y por alguna razón, pensó en aquel hombre.
A las ocho de la noche volvieron, todos lucían exhaustos, comieron
algo y se fueron a su cama, cuando ella regresó de darse un baño, encontró
un mensaje de un número que no tenía agendado.

Hola, Val. Soy Kaito, espero que no te moleste que te haya escrito.

La chica se lanzó a la cama abriendo de inmediato el mensaje, hacía


diez minutos lo había enviado. Le respondió y luego se fijó en su foto de
perfil; él riendo mientras llevaba un pantalón que caía perfectamente en su
cadera, marcando aquella tentadora V, ahogó un gemido cuando él volvió a
escribirle:

Kaito 21:10 pm: Fue una sorpresa conocerte, ¿Por cuánto tiempo
estarás?
Valentina 21:12 pm: ¿Por qué sorpresa? Estaré quedándome por un
mes, hasta que se acaben mis vacaciones y pueda volver.
Kaito 21:12 pm: Porque Adrián siempre se refiere a ti como una bebé,
creí que eras pequeña y eres toda una mujer.
El cuerpo de Valentina tembló por el mensaje, hipó bajito, se levantó y
cerró la puerta de su habitación, volvió, aun con la toalla puesta. Se tomó
una foto, sensual, pero que no mostraba mucho, la colgó en su estado,
poniendo solo para que él la viera y no tardó en verla.
Al segundo volvió a escribirle.

Kaito 21:22 pm: Definitivamente, no eres una niña, eres una mujer…

Valentina nunca fue una niña mala, siempre bajo los códigos, teniendo
sexo conservador con sus novios, dentro de una estructura, pero parecía que
con Kaito aquella armadura que la forzaba, se estaba agrietando.
Ella con cuidado se quitó la toalla, se inclinó hacia su cajón de la mesa
de noche, levantó el libro que protegía su secreto y ahí lo encontró,
reluciente, su pequeña bala vibradora, que en sus sueños más intensivos
había sido un gran alivio.
Respiró profundo cuando escuchó la vibración, para saber si las pilas
estaban bien cargadas, ella rozó la punta del vibrador por los pezones, y de
inmediato hubo un efecto; se endurecieron. Jadeó bajito y respondió el
mensaje, ahora con valentía y con los botones duros y una entrepierna ya
mojada.

Valentina 21:40 pm: ¿Quieres saber qué tan mujer soy?

Fue un mensaje arriesgado, al instante marcó dos rayitas azules y la


joven se angustió por la espera, el vibrador estaba en su abdomen, muy
cerca de su entrepierna y eso no ayudaba.
Kaito está escribiendo…
Kaito envió un mensaje.

Abrió el mensaje con dedos temblorosos reprodujo el audio que él


había enviado.
—Eres el diablo disfrazado de mujer sensual y poderosa ―arrastró las
palabras, estaba tomando, pero no estaba borracho. Su voz era pesada, cada
letra era una caricia en aquel cuerpo que por mucho tiempo había sido
abandonado―. Quiero que sea la fiesta y saber qué pecado me harás pagar.
Ella no le respondió el mensaje, fue suficiente para que esa noche Kaito
Val, fuera el dueño de sus pensamientos y deseos.
El vibrador la hizo gemir, tuvo que tapar su boca mientras deslizaba la
bala por su zona v, sus pezones reventarían por lo duros que estaban, la
joven se retorcía en la cama deseando que fuera él quien le estuviera
proporcionando placer.
Durmió como un ángel después de un buen orgasmo que iba dedicado a
aquel león que había capturado su atención, su cuerpo reaccionaba ante la
idea de verlo al otro día en la noche, bailar y atreverse a hacer algo más.
Vida era una y en un mes se iría.
Llegó el día de la fiesta y era una locura, apenas pudo desayunar por
todo lo que debía hacer, sabía que toda su familia estaría en esa fiesta.
Desde muy temprano ella ayudó a su padre en todo, hasta en cortarle el
cabello.
El vestido que había elegido era perfecto; era largo, con una abertura en
la pierna, delicado, con un escote moderado. Había decidido llevar el
cabello recogido para que su largo cuello fuera apreciado, en especial por el
colgante que llevaba. Después de arreglarse, había una fila larga de mujeres
que habían llegado para que Val las arreglara; sorprendida aceptó.
Para las siete de la noche, ya todos estaban listos para ir al local, su
madre nunca soltó la mano de su papá, Adrián dijo que para entrar en
ambiente iba a poner música y qué mejor que salsa. Román sonreía
tomando la mano de su hermana, dándole un beso con cariño, Miguel se
había adelantado para revisar todo el tema de la comida. Valentina estaba
nerviosa, no por la familia o porque su primer amor estaría ahí, Mike era
hijo de un buen amigo de su padre, así que estaría ahí. Para ser sincera, ella
estaba nerviosa porque Kaito estaría, y ese audio estaba lleno de sorpresas.
Cuando llegaron, la música ya sonaba, la buena salsa. Su madre arregló
el traje de su padre, mientras Román le pedía ayuda a Valentina. Después
cada una tomó la mano de los hombres Galán. La pelinegra se sujetó al
brazo de su hermano con fuerza mientras iban entrando, Miguel llegó a su
par, también tomando su mano.
Una rica salsa de Adolescentes sonó con fuerza, y el cumpleañero
ingresó bailando de la mano con el amor de su vida, quien se movió a su par
con la misma felicidad de su esposo. Valentina sonrió cuando sus hermanos
iniciaron una pelea, bromeando, pero al final bailó con ambos robando
risas.
Kaito, que estaba ahí con el resto de los amigos, con una copa en sus
manos, se deleitó por la joven Galán que bailaba la salsa de una manera
muy sensual. Su entrepierna dolió y recién la noche estaba empezando. El
día anterior cuando ella ya no contestó; se preguntó si su audio había estado
fuera de lugar y esperaba que no.
Su amigo bailaba siendo el hombre más feliz y lo era, tenía una bella
familia y cada hijo realizado, mientras Kaito viajaba y peleaba con su aún
esposa, Adrián y los demás construían una familia para siempre. Nunca
sintió celos, el tiempo de cada uno era diferente.
La noche anterior había buscado a la pequeña Galán en redes sociales y
eso solo fue una locura para su mente y su cuerpo, cada foto suya fue una
vibración para su cuerpo. En traje de baño, con ropa formal y recibiendo
reconocimiento; cada faceta suya lo había vuelto loco.
Cuando vio a Valentina quedarse sola, ya que todos estaban bailando,
dejó la copa a un lado y avanzó a pasos seguros. Con cuidado tomó su
mano y ella se giró. Su linda boca se abrió sorprendida, pero luego se dio
cuenta quien era, la joven sin ser discreta lo recorrió con la mirada,
gustándole lo que veía.
―¿Me permites un baile? ―preguntó notando la mirada de muchos en
ellos, Adrián en su dirección levantó los dedos con aprobación sin saber que
aquel hombre quería robarse su pequeño tesoro.
Ella aceptó con gusto, y avanzaron hacia la pista. La salsa la llevaba en
la sangre, era un país salsero y él quería tenerla en sus brazos, la ironía era
la canción

Mi cuerpo vibró, cuando su mano tomé; el cielo tomé…


Él le siguió el ritmo, aferrando su mano a la delgada cintura de la joven,
apretando y acercándola a su pecho. Olía a vainilla y era embriagador. No
quería soltarla, sabía que, si su amigo se enteraba de lo que Kaito quería
hacerle a su Valentina, lo mataría, pero en ese punto ya no le importaba.
Cuando la canción terminó, ambos se quedaron viendo, él le sonrió y se
alejó dejándola, temblando en la pista de baile.
Para la una de la mañana, ya todo era un descontrol, su padre había
tomado mucho, de hecho, todos los que estaban ahí ya se habían pasado de
copas. La joven había bebido lo suficiente para tener valor, mientras veía el
descontrol en la fiesta, ella lo buscó con cautela, encontrándolo otra vez
bailando con una mujer, toda la noche había sido así.
Fue al bar por otro trago, se sentó y pidió uno, uno cargado que la
hiciera estar nuevamente feliz. Dio varios tragos hasta que sintió un aliento
golpear su hombro y luego su mejilla, el olor del alcohol mezclado con el
perfume era adictivo, ella no se giró porque ya sabía quién era.
―¿Por qué estás aquí y no bailando? ―inquirió, luego hizo una seña
para que el muchacho le trajera alguna bebida, se recostó y ella observó
como las mechas rojizas caían en su frente, en su tan perfecto moño.
Ya no llevaba el blazer negro, ahora estaba con la camisa remangada,
incluso desaliñado seguía viéndose tentador.
―Me duelen los pies ―hizo un puchero y él levantó con cuidado los
pies de ella, le retiró las zapatillas de tacón y luego masajeó con dulzura.
Valentina se tensó, porque nadie había hecho eso, nunca.
―¿Ninguno de tus amantes ha hecho esto, dulzura? ―preguntó con la
voz cargada de deseo, era un complemento a esa mirada pícara.
―No suelo tener amantes, solo novios…
―Con razón ―susurró sin dejar de acariciar sus pies.
Cuando llegó su trago, con una mano lo sostenía y con la otra seguía
haciéndole caricias a sus pies, que ahora se sentían agradecidos.
―El abogado que sale en la mayoría de tus fotos ¿es tu novio?
―preguntó sin darle vueltas. Valentina supo que él había estado viendo sus
redes sociales.
―Es mi jefe ―susurró viéndolo―. Solo eso.
―Estoy seguro de que no te quiere como un jefe, la forma tan posesiva
como te sostiene ―la voz de él se volvió más pesada, como si estuviera
molesto.
Se refería a su jefe, Henry le había dado la oportunidad y ella se
enamoró de él, era un hombre inteligente y bueno ¿Quién no se fijaría en
él? Pero Henry nunca la estaba mirando de otra manera, aunque Valentina
había pasado los últimos años suspirando por aquel abogado.
―No, te equivocas ―soltó riendo, poniéndose de pie, descalza―. Me
ve como su pequeña abogada, nada más.
―¿Por qué crees eso?
―Porque él está allá y tú aquí. Henry nunca mostró interés en mí.
―Te gusta.
―Tú me gustas ―afirmó Valentina viéndolo a los ojos, el hombre
sonrió, dejó la copa y miró alrededor.
―Te espero en la esquina, mi camioneta es negra. ―susurró
viéndola―. Estoy ansiando pasar mi lengua por cada parte de tu cuerpo,
para descubrir que tan adictivo es ese olor a vainilla que desprendes al
caminar.
Ella se tuvo que sostener ante las palabras que la golpearon con fuerza,
aspiró profundo cuando lo vio alejarse, yéndose con cuidado de que nadie
lo viera, pero a ese punto de la madrugada, cuando estaban todos ebrios;
ella dudó de que alguien se diera cuenta.
Se puso los tacones y fue hacia sus padres, les dijo que iría a casa, que
se sentía cansada y ellos le creyeron. Aun titubeando, la joven avanzó con
cautela hasta la esquina, viendo la camioneta negra de Kaito.
Sabía a qué iba, así que avanzó y subió a la camioneta, ninguno de los
dos dijo nada y no era necesario. Cuando llegaron a la casa de él, Kaito le
abrió la puerta y la ayudó a bajarse, ni siquiera había llegado cuando la boca
del hombre ya le estaba recorriendo el cuello, la muchacha jadeó poniendo
sus manos en la pared sintiendo los dedos hábiles de él bajar el cierre del
vestido.
La joven suspiró cuando la boca del hombre recorrió su cuello,
mientras su mano avanzaba desde su vientre hasta su parte íntima, ingresó
sus dedos y tiró con suavidad de la ropa interior, rompiéndola en el acto.
Ella clavó las uñas en la pared, mientras un dedo grueso de él empezaba a
deslizarse con suavidad, para tomarla con dureza. Val se arqueó cuando él
mordisqueó su hombro e introdujo un dedo dentro de ella, el gritó que soltó
solo hizo que Kaito se llenara de deseo.
Le arrancó el vestido del cuerpo, dejándola desnuda; viendo aquellas
curvas que lo habían vuelto loco desde el día anterior. Su piel cremosa lo
estaba llamando, así que, con rapidez arrancó su camisa, los botones
cayeron en el suelo, pero eso poco le importó, necesitaba tomarla. La
deseaba.
Valentina jadeó cuando pelirrojo volvió por más, la tumbó en el sillón y
le abrió las piernas, ella se avergonzó porque solo dos veces le habían hecho
sexo oral y fue un desastre. Cuando Kaito deslizó su lengua por su zona
íntima, el cuerpo de Val dejó de pertenecerle, se arqueó porque el hombre
deslizaba su lengua con rapidez, dureza que la estaba volviendo un poco
más loca. Había enterrado sus dedos en la cadera de la joven para
inmovilizarla, mientras saboreaba su entrepierna, escuchándola gemir alto,
gustándole.
La joven abogada enredó sus dedos en el cabello del hombre,
apretándolo a su entrepierna, en ese momento se dio cuenta lo ruidosa que
era ella, pero no podía acallar lo que Kaito le estaba haciendo sentir. Su
parte íntima estaba siendo torturada de la manera más deliciosa, exigía más
y eso obtenía, el plus era su barba, que la hizo venirse por primera vez.
Rompió en un orgasmo que la marcó, su cuerpo seguía convulsionando,
en especial cuando vio a Kaito relamerse la boca, y volviendo por más. A él
le gustaba todo lo que era ella.
La joven con la poca fuerza que tenía tiró del hombre para subirse en su
regazo, sus dedos tímidos tiraron del cinturón y del botón. Con su ayuda
bajó los pantalones, mostrando una erección dura, que ella deseaba sentir.
Kaito le alcanzó el preservativo, la joven se lo puso en la boca mientras
bajaba el bóxer liberando su miembro, jadeó por el grosor y tamaño. Con
cuidado deslizó el condón por la base, cuando estuvo encima de él, gimió
alto mientras enterraba sus uñas en la espalda del hombre, el pelirrojo llevó
sus manos a la cadera de ella, acariciando para después empezar a moverla.
La joven arqueó su cuerpo por la intromisión de aquella dureza, al
principio dolió, pero fue gentil hasta que rogó por más. Ella se echó para
atrás mientras se movía en círculos, aumentando la velocidad al encontrar el
punto de su perdición. Kaito gruñó cuando la joven cayó hacia adelante sin
dejar de moverse, poniéndole los pechos en la boca.
Tomó entre sus dientes el pezón endurecido, lo chupó con deseo y
luego empezó a mover, perdido por su sabor, su suavidad. Su entrepierna
parecía endurecer más dentro de ella, el hombre movió sus caderas con
fiereza, mientras la joven temblaba, antes de que Val llegara al orgasmo,
salió de su interior. El pelirrojo la colocó en cuatro, y ella contorneó el
bonito culo que tenía, él ingresó de golpe arrancándole un gemido.
La embistió con fuerza y en la habitación solo se escuchaba el sonido
de su cuerpo golpeando el suyo, los gimoteos de Valentina y los gruñidos de
satisfacción del hombre. El cuerpo de la joven enrojeció en cada embestida,
la vio apretar los cojines del sillón con fuerza, echar la cabeza hacia
adelante y empujar su culo cerca de su miembro, segundos después tuvo su
segundo orgasmo, él no paró y minutos después volvió a correrse gritando
su nombre.
Esa noche debía ser larga para poder saciarse de ella, pero no lo fue.
Toda la noche se entregaron de mil formas, él volvió a deslizar su
lengua por sus labios, mientras la joven gemía desesperaba, volvió a
montarla y ella a cabalgarlo. La mañana los encontró en la ducha, ella de
espaldas, moviendo el culo; pidiendo más.
A las diez de la mañana ella ya estaba cambiada, con los ojos cansados
y una sonrisa feliz. Kaito tiró de la joven para besarla, mientras sus dedos se
volvían a colar en su pantalón, ropa que era suya.
―Quédate ―le pidió él.
―Mi coño está adolorido, dale un respiro ―susurró ella, palabras que
causaron que su miembro se despertara.
―Boca sucia ―se quejó él―. ¿Cuándo nos veremos?
―Tengo un mes para hacerte feliz, hay que disfrutarlo ―ella besó su
boca, mordisqueando su labio, él gruñó sentándola en su regazo, para que
sintiera su dureza―. Debo irme, Kaito.
―Un fin de semana quédate conmigo, diles a tus padres que pasaras
unos días con amigos ―le sugirió deslizando su lengua por el escote,
viendo sus pechos llenos y rojos por todo lo que había hecho.
―¿Y si papá se entera?
―Canadá es un buen país para vivir y para colarme en tu habitación
―ella jadeó cuando él pasó su lengua por su pezón despertándolo de
inmediato, Val no tuvo que seguir siendo persuadida, porque ella misma se
desnudó y pidió más.
Con un hombre como Kaito, era difícil no pedir más. Lo deseaba y se
había convertido en un deseo constante, quería que calentara sus noches en
Canadá, cuando el frío y la soledad la embargaba. Y así sería.

FIN
El rechazo del amor de la bruja
Anabel Pinedo

Los hechos narrados en esta historia tienen


algunos datos históricos reales y otros
ficticios.

Corremos lo más rápido posible, no podemos dejar que ella nos


alcance, sería nuestro fin. Siento su figura etérea corriendo a la par de la
mía, a pesar de que no tiene pisadas, trata de mantenerse a mi ritmo para no
dejarme sola. El miedo se va a apoderando de mi ser, a medida que mis
pulmones comienzan a quejarse por el gran esfuerzo que estoy haciendo. En
ese momento escucho cómo su risa malvada va llenando cada rincón de la
cueva y la siento aproximarse. Puedo ver casi la salida, unos tenues rayos
de luna la iluminan, cuando tropiezo. Comienzo a girar hasta que caigo
despatarrada boca arriba.
—¡Levántate, Beth! Tenemos que salir de aquí.
Me apremia Alec, pero ya es demasiado tarde. Seelie está junto a
nosotros y agarra a Alec por el cuello. El cuerpo de ella está rodeado por
unos haces de colores violetas y azules, mientras que sus manos parecieran
garras que sostienen el cuerpo fantasmal de Alec.
—¡Niña estúpida! Pensaste que podrías liberarlo —Ríe y un escalofrío
me traspasa—. Prepárate, amorcito —dice, refiriéndose a Alec—, que tu
nuevo caprichito está a punto de morir.
—¡¡¡¡¡NOOOOOOOO!!!!!
2 semanas antes…

Finalmente, he llegado a mi destino. Luego de casi ocho horas, un


autobús, un tren y un ferry, por fin me encuentro en la Isla de Mull. A mi
querido jefe se le ha ocurrido hacer un artículo especial para conmemorar el
quinto aniversario del periódico, que resulta que es el mismo día de San
Valentín. Sí, el catorce de febrero. El tema es que, aunque todos hablan de
flores y corazones por estas fechas, él quiere hacer un artículo especial
sobre las famosas brujas que habitaban en esta isla, ya que según dicen las
malas lenguas, algunas fallecieron debido a una trágica historia de amor.
Quiere que hagamos de ese hecho trágico, algo sumamente romántico, por
lo que me mandó a investigar al lugar con más leyendas de toda Escocia.
Arrastro mi maleta por las calles del puerto, hasta llegar al Hotel
Tobermory, que se encuentra ubicado en la calle principal de la ciudad, por
el cual ha sido nombrado. Cuando entro, detrás del mostrador de recepción
se encuentra una señora, aparenta estar en su sexta o séptima década de la
vida, con el pelo blanco y su cara llena de arrugas que evidencian el paso
del tiempo. Lo que me sorprende es que tan pronto me ve, se levanta con
una agilidad impensable para su edad, saliendo del mostrador, ayudándome
con la puerta y el equipaje.
—¡Buenas noches, señorita! Bienvenida al Hotel Tobermory. Mi
nombre es Skylar, ¿en qué puedo asistirle? —Mientras dice todo esto, ya se
ha acomodado detrás del mostrador nuevamente, puesto unas gafas de
lectura y buscando algo en el ordenador. Parece tener la vitalidad de una
veinteañera, creo que tiene hasta más energía que yo.
—Este… eh… Hola, tengo una reserva con ustedes —Me espabilo un
poco, ya que he quedado desconcertada con su actitud—. Mi nombre es
Meribeth Milne.
Skylar comprueba algo en el ordenador, murmurando algo. Luego
desvía su atención hacia mí y se quita sus gafas, posando una de las patas
en sus labios. Me detalla a consciencia, cada parte de mi metro sesenta, mi
figura esbelta a mis veintiocho años, mi cabellera pelirroja, hasta detenerse
más tiempo en mi cara, esa salpicada de algunas pecas, labios carnosos y
ojos verdes. Algo se ilumina en el fondo de sus ojos cuando encuentra algo
que no sé especificar, solo sé que su sonrisa se ensancha, hasta que toda su
dentadura se puede apreciar, de ella sale un suspiro y escucho un murmullo
parecido a «Ha llegado el momento», más no estoy segura.
—Claro, aquí está todo agendado. Tome la llave, su habitación es la
número cinco, la que tiene la puerta color café, en la segunda planta.
¿Quiere que le ayude con el equipaje?
—No, no se preocupe. Yo lo llevo. Muchas gracias.
—De nada, cualquier cosa, estoy a sus órdenes, señorita Meribeth.
Bienvenida a la Isla de Mull. Espero que encuentre lo que busca y mucho
más —dice esto último, con un tono cantarino y misterioso.
Me despido con un asentimiento de cabeza y me encamino a mi
habitación, con una sensación extraña por las últimas palabras que ella
pronunció.

***

Esta semana ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. He explorado un


poco la isla de Mull. Sus calles, sus casitas pintorescas, sus negocios
locales, te hacen respirar un ambiente de tranquilidad, alejado de una gran
ciudad como Edimburgo. Sus montañas, playas y cascadas te hacen entrar
en ese lado encantador y más cerca de la naturaleza que tienen las tierras
altas escocesas. Lo que más he disfrutado en estos días, es acercarme a los
locales, haciendo investigación de campo y conocer un poco más de cerca
las historias que se han transmitido por generaciones de brujas que han
habitado esta isla. Es un buen aliciente y creo que me ayudará cuando esté
realizando mis pesquisas en la biblioteca del Museo de Mull, ubicada en la
primera planta. Es una biblioteca que cuenta con más de novecientos libros,
que son donados o comprados por la biblioteca y hacen referencia a la Isla.
Van desde libros sobre legados familiares, lugares de visita, historias de la
isla datada de siglos y lo que más me interesa, mitos y leyendas.
Cuando entro a la biblioteca, me dirijo hacia el mostrador donde se
encuentra una chica que no parece tener más de diecisiete años, con
anteojos y que está muy pendiente de su móvil. Me acerco y le pregunto
sobre la sección de mitos y leyendas. Pone los ojos en blanco y murmura
que: «la he interrumpido mientras estaba preparándose para subir el
TikTok, que será el más viral de la semana». Me comenta que vaya a la
planta inferior y en la estantería del fondo, la que consta de cinco tramos,
encontraré lo que busco. Me aconseja amablemente que tome lo que quiera
y suba a las mesas de aquí arriba, porque a ella particularmente le da
“repelús” estar mucho tiempo allá abajo. Todo esto lo ha dicho de carrerilla,
haciendo morritos al teléfono y tomándose selfies.
Bajo las escaleras y con cada peldaño que desciendo, siento que el
ambiente apacible que reinaba en la biblioteca cambia. No es fácil de
explicar, solo que se siente cargado, pesado, raro, tal vez sea el polvo
acumulado por estas ediciones tan antiguas o por las luces que son menos
brillantes y parpadean. Al estar frente a la estantería que la chica me ha
señalado, veo la gran cantidad de libros que hay sobre las criaturas míticas
de la isla: hadas, elfos, banshees[1], kelpies[2], fantasmas, y los que me
interesan en este caso, brujas.
Tomo todos los que hagan referencia a mi investigación y los llevo a la
mesa más cercana. Hay más de quince tomos, con más de quinientas
páginas cada uno, por lo que creo que la faena que me queda es larga. No
creo que pueda terminar todo en un solo día.

***

Me he pasado todo el día en la biblioteca y es impresionante la cantidad


de datos que he podido recopilar, aunque todavía hay una pila de libros que
no he podido ni siquiera tocar, ni hablar de la cantidad de café que he
tomado. Aunque se suele tomar en estas tierras el café escocés[3], debo
mantenerme lúcida para poder redactar el artículo. Suelo tomarlo casi
amargo, con muy poca azúcar y bien caliente, a diario y varias veces al día.
Esto me ayuda a mantener despiertos mis sentidos y concentrarme mejor,
por lo que, en la fase de investigación, es un buen aliado.
Este será el último libro que revisaré, me siento agotada y ya son casi
las cinco de la tarde. Tomo un sorbo de café, pensando en que mucho de lo
que está aquí escrito son solo fábulas, pero algunas tendrán cierto vicio de
realidad. De mi boca salen despedidas unas palabras que llevaban rondando
en mi cabeza un buen rato: “Quiero descubrir la verdad que está oculta en
estas leyendas”. Al terminar de decirlas, suena un estruendo y comienzan a
sonar las campanadas de un reloj anunciando que son las cinco de la tarde.
Cada campanada hace que mi corazón tiemble, con un presentimiento de
que algo va a ocurrir. Comienzo a recoger con rapidez todo lo que se
encuentra en la mesa, derramando sin querer lo que quedaba de mi taza de
café en uno de los libros. Precisamente ese me causó mucha curiosidad, ya
que era un libro viejo, su cobertura cuero le daba el aspecto de antiguo, pero
sus páginas, aunque se veían muy hojeadas, se encontraban en blanco. Me
llamó mucho la atención por su título: “El rechazo del amor de la bruja”.
Trato de limpiar el estropicio con algunas servilletas que tengo en mi bolso.
Cuando abro el libro para ver si se ha dañado alguna página, me doy cuenta
que la primera tiene algo escrito. Eso no estaba ahí antes y pareciera tener
trazos del café previamente derramado. Solamente está escrito un nombre.
Esas dos palabras que rozo con la yema de mis dedos, una y otra vez. Me es
imposible detenerme porque es como si una fuerza superior me llamara y es
cuando la pronuncio en voz alta: Alec MacKinnon.
En el instante en que enuncio ese nombre, todo el ambiente cambia: la
temperatura desciende drásticamente y las luces comienzan a parpadear. De
un momento a otro, la mesa comienza a tambalearse y también las
estanterías de alrededor. Se me hiela la sangre en las venas, cuando veo que
el misterioso libro sale despedido, quedando abierto en el medio de la sala.
Un humo negro se desprende de sus páginas, a la par que una especie de
torbellino se forma a su alrededor. Debería salir corriendo de aquí, pero no
puedo. Tengo los pies completamente anclados al suelo y siento que algo
me une al libro. A medida que pasan los segundos, se va formando la figura
de algo, primero los pies, luego el torso, los brazos y finalmente la cabeza,
por sus rasgos puedo inferir que es un hombre. Lo más importante a resaltar
es que, a pesar de que puedo verlo y distinguir sus facciones, su cuerpo es
translúcido. Es como si fuera… un fantasma.
Poco a poco se va deteniendo el torbellino y el humo. El hombre mira
sus manos, se toca el cuerpo y la cabeza. Puedo describir que mide
aproximadamente un metro ochenta, de cuerpo esbelto, con fuertes brazos y
piernas. Su cabello es rubio oscuro y le llega hasta los hombros, nariz recta
y puntiaguda, con pómulos bien definidos. Lleva una camisa blanca y un
kilt[4]. Cuando termina su propia inspección, observa todo lo que se
encuentra a su alrededor y se fija en mí. En el instante en que sus ojos se
conectan con los míos, mi corazón se detiene por una fracción de segundo y
después todo se vuelve negro.

***

Siento mi cuerpo muy pesado. Voy abriendo los ojos muy despacio, en
lo que voy siendo consciente de todo lo que ha pasado y es cuando siento su
presencia cerca de mí. Su cara se encuentra a apenas unos centímetros de la
mía, y a pesar de su cuerpo fantasmal, el verde cristalino de sus ojos me
atraviesa el alma.
Me siento y retrocedo hasta pegarme a la pared, quiero separarme de él
lo más posible.
—No me hagas daño, por favor —suplico por mi vida.
—No… No lo haré. ¿Quién eres? ¿Eres una de las aprendices de
Seelie?
—¿Seelie? ¿Quién es ella?
—¿Cómo no vas a saber quién es? Todos saben quién es la bruja más
poderosa de la isla —masculla y observa en todas las direcciones, sin saber
lo que me han afectado sus palabras—. Si no la conoces, entonces, ¿cómo
has logrado romper la maldición?
—¿Maldición? ¿De qué estás hablando?
—Creo que tendré que empezar por el principio —resopla, mientras se
pasa la mano por la cabeza. Todos sus movimientos son completamente
normales, aunque puedo ver a través de él—. Pero primero, lo primero. Mi
nombre es Alec y pertenezco al clan MacKinnon. Y usted, hermosa dama,
¿cómo se llama?
—¿Por qué debería darte mi nombre? —replico.
—Porque me gustaría saber el nombre de mi salvadora.
—Meribeth Milne —respondo dudosa, sin saber si acabo de cometer un
error.
—Beth —Es lo único que dice, utilizando ese apelativo que solo había
escuchado en mis sueños. Analiza cada una de mis facciones y se sienta en
el suelo para que estemos a la misma altura—. Ahora te explicaré cómo
todo empezó y por qué llevo cuatrocientos años atrapado en ese libro.

***

Alec procede a contarme la historia de su vida. Está atrapado desde el


siglo XVII en ese libro. Siendo el año 1624, se enamoró perdidamente de
Aila, una hermosa chica rubia y de ojos azules. Ella vivía en otro pueblo y
se conocieron de casualidad un día en la cascada de Ears Fors. Fue
instantáneo el sentimiento que sintieron el uno por el otro. El amor llegó a
sus vidas de forma inesperada, por lo que comenzaron a verse con
frecuencia, siendo su punto de reunión la cascada. De simples charlas,
pasaron a ser parte de la vida del otro, por lo que, rebosantes de amor,
decidieron que querían unir sus vidas en el próximo verano. Lo que Alec no
sabía era que la bruja del pueblo estaba encaprichada por él.
Un día, cuando iba al encuentro con su amada, se aparece en su camino
una hermosa mujer, de tez clara, cabellos largos y negros, con unos ojos de
color zafiro. Se presentó ante él y se sintió envuelto en un hechizo, no podía
despertar. Su voz lo rodeaba y lo llevaba cerca del lago. A unos pasos,
sintió un tirón en el corazón y su mente se disipó. El recuerdo de su amada
le sacó de aquel letargo, se despidió y siguió su camino. La bruja no supo
cómo fue capaz de escapar y rechazarla, por lo que juró venganza.
Pasadas unas semanas, mientras los amantes se encontraban en la
cascada, pasó junto a ellos la malvada bruja con el aspecto de una anciana.
Charló con ellos de forma alegre y les comentó que venía desde lejos, y lo
fascinante que estaba siendo su paso por la isla. Les brindó una bebida
mágica y especial que ella misma preparaba, de color oscuro y sabor
amargo, pero que les uniría para siempre y fortalecería su amor. Dudosos, a
la par que alegres, tomaron la bebida. Aila se tornó blanca como el papel y
murió entre los brazos de Alec. Inmediatamente, la ancianita se transformó
en su verdadero ser, una mujer de tez azulada, con el mismo cabello oscuro
y ojos zafiros que se había encontrado junto al lago.
Ella le dijo que él le pertenecía, a ella, Seelie Bheur, descendiente de
Cailleach Bheur, una de las brujas más poderosas. Alec lleno de rabia e
incredulidad por lo que sus ojos presenciaban, trató de acercarse a ella, pero
la bruja lo detuvo con su magia. Alec le dijo que nunca estaría con ella y
que prefería estar muerto, antes que a su lado. Seelie no sabía lo que era
perder, por lo que decidió que, si no era de ella, no era de nadie. Se desharía
de él, más no lo mataría. Eso no, no podría llegar al mismo lugar en el que
se encontraba su amada Aila. Lo dejaría en el medio de este plano y el otro,
en un limbo donde no haría más que arrepentirse por no haberla elegido.
Lanzó un hechizo y sacó un libro de su bolso. La bebida que la bruja le
había ofrecido a los amantes, se arremolinó en torno a él, con cada giro le
iba quitando su brillo, su humanidad, tornándolo en un espectro que no
tenía carne ni huesos, luego lo arrastró hasta el libro, encerrándolo en sus
páginas, que solo tenía como título: “El rechazo del amor de la bruja”. Se
convirtió en un ser errante del mundo, en el que podría ver a lo largo de los
años a las personas que abrieran el libro, explorar su entorno mientras este
estuviera abierto, más nunca escapar. Hasta ahora, que ella lo sacó de su
encierro.

Conocer el triste destino de Alec, hizo que su corazón se encogiera. Sin


embargo, estaba encerrado en ese libro por el resto de la eternidad. Lo que
no entendíamos es por qué solo yo podía verlo, aunque el libro estuviera
abierto frente a otros. A partir de ese momento, el libro estuvo conmigo a
cada momento. Solo tenía que abrirlo y él se aparecía. Exploramos la isla,
él contándome las cosas que vivió en su época y yo poniéndolo al tanto de
lo que pasó después, hasta llegar a la actualidad. El lugar donde nunca quiso
volver fue a la cascada y lo entendía. Fue el lugar donde ocurrió su
desgracia. Gracias a él y a toda la exploración que había hecho entre los
libros y la isla, ya había completado mi artículo, por lo que era el momento
de volver a casa. Lo que no esperaba es que todo el tiempo que pasaba con
él, su personalidad y sus ojos, iban a enamorarme. Ese espectro de luz,
condenado por una bruja, se había robado mi corazón.

Me encanta el aire limpio que se respira en las tierras escocesas, adoro


la naturaleza. Este es el sitio perfecto para despedirme, debo retornar a casa.
Hoy es catorce de febrero, mi artículo salió en el día de ayer y ha sido todo
un éxito. Mañana abandonaré la isla y tengo que dejar atrás a Alec también.
No puedo aferrarme a un fantasma. Abro el libro y lo coloco junto al árbol
que está a la orilla del lago. Inmediatamente, veo su espectro salir de entre
las hojas. Tiene una sonrisa preciosa que me dedica y después sus ojos se
abren desmesuradamente.
—¿Qué hacemos aquí? —dice inquiero.
—Eh… pasé hace unos días y me pareció precioso. Quería enseñártelo.
—Vámonos de aquí, por favor. Corre —Su voz solo refleja miedo.
—Calma, Alec. ¿Qué te pasa? Hace un día precioso.
Tan pronto he terminado de decirlo, el día se torna gris, con unas nubes
densas y un viento que hiela los huesos. Repentinamente, de la orilla del
lago se ve emerger una figura. Una mujer de piel azulada y cabello negro.
Camina por encima de las aguas hasta colocarse en tierra firme. Su mirada
se clava en nosotros y de su dedo índice emerge un rayo de luz que hace
todo mi cuerpo vibrar, me eleva al cielo y luego caigo de golpe, perdiendo
el conocimiento.

***

Me despierto y parece que estoy en una cueva. Me encuentro dentro de


un pentágono, sus puntas están formadas por piedras. Frente a mí, se
encuentra la bruja.
—¡Al fin despertaste, mosquita muerta! —me dice con desprecio, con
sus ojos fijos en mí.
—¡Déjala en paz! —responde Alec, que se encuentra a mi lado. Ella
desvía la mirada hacia él.
—Te he mantenido en ese libro durante todos estos años por no querer
estar a mi lado, ¿crees que voy a dejar que esta cualquiera pueda estar
contigo? —replica Seelie, escupiendo cada palabra llena de odio.
—Ella no tiene la culpa de lo que sucedió. Déjala ir —le ruega Alec. La
bruja se ríe con incredulidad.
—¿Ya te enamoraste de ella? Apenas la conoces y ya la amas. Y a mí, a
la bruja más poderosa de la isla, ni siquiera me diste una oportunidad. Pues
no, ella terminará igual que tu amada Aila. Ya lo hice una vez y lo volveré a
hacer —dice la bruja, con una risa malvada.
Lo que no se ha percatado es que he tomado una de las rocas que
componían, por lo que antes de que pueda acabar conmigo, se la lanzo,
impactando de lleno en su frente. Queda sorprendida por mi buena puntería,
lo que me permite levantarme y escapar.
Corremos lo más rápido posible, no podemos dejar que ella nos
alcance, sería nuestro fin. Siento su figura etérea corriendo a la par de la
mía, a pesar de que no tiene pisadas, trata de mantenerse a mi ritmo para no
dejarme sola. El miedo se va a apoderando de mi ser, a medida que mis
pulmones comienzan a quejarse por el gran esfuerzo que estoy haciendo. En
ese momento, escucho cómo su risa malvada va llenando cada rincón de la
cueva y la siento aproximarse. Puedo ver casi la salida, unos tenues rayos
de luna la iluminan, pero me tropiezo. Comienzo a girar hasta que caigo
despatarrada boca arriba.
—¡Levántate, Beth! Tenemos que salir de aquí.
Me apremia Alec, pero ya es demasiado tarde. Seelie está junto a
nosotros y agarra a Alec por el cuello. El cuerpo de ella está rodeado por
unos haces de colores violetas y azules, mientras que sus manos parecieran
garras que sostienen el cuerpo fantasmal de Alec.
—¡Niña estúpida! Pensaste que podrías liberarlo —Ríe y un escalofrío
me traspasa. —Prepárate, amorcito—dice refiriéndose a Alec—, que tu
nuevo caprichito está a punto de morir.
—¡¡¡¡¡NOOOOOOOO!!!!! —grita Alec.
Todo su poder se dirige hacia mí. Estaba tan concentrada en su ataque
hacia mí que ha soltado a Alec que se dirige en mi dirección,
interponiéndose en la magia que pretende acabar conmigo y la absorbe. Su
ser se llena de colores y se va transformando en una masa sólida
completamente blanca, que finalmente estalla en dirección de Seelie y la
destruye.
Lo último que escucho antes de que todo se vuelva oscuridad es la voz
de Alec en un susurro que dice «Te amo».
Edimburgo, Escocia
1 mes después…

Mi vida se ha convertido un torbellino desde mi vuelta de la Isla de


Mull. Todo ha sido trabajar sin cesar, lo cual agradezco. Eso evita que me
ponga a pensar en lo que viví durante esas semanas, en especial, en la
última noche. No sé qué fue lo que pasó, he elegido creer que «el amor
verdadero» fue lo que me salvó de morir esa noche y también lo que salvó a
Alec. Considero que es amor verdadero porque sí, aunque suene
inverosímil, lo llegué a amar en apenas unos días. Y a pesar de que no está
a mi lado, estoy feliz por él. Porque ya un libro no es su prisión y lo más
seguro está con su amada.
Salgo del periódico y voy camino a mi cafetería preferida. Está cerca
del trabajo, puedes tomar un café y lo más importante, tiene integrada una
librería, donde te relajas y disfrutas del placer de la lectura.
Me siento en una mesa alejada y acomodo mis pertenencias. Voy a la
fila a ordenar mi café, cuando me doy cuenta que he dejado el dinero en la
mesa. Al darme la vuelta, me tropiezo con alguien, que me envuelve en
unos fuertes brazos para que no me caiga. Cuando levanto la cara para
agradecer, me quedo petrificada. Unos ojos verdes y cristalinos son los que
me devuelven la mirada. Aquellos que tenía un mes sin ver.
—Disculpa, no me fijé. ¿Estás bien? —dice el hombre.
—Eh…. —no me salen las palabras del asombro—. Sí, estoy bien. La
culpa ha sido mía —Trato de salir de mi aturdimiento, porque este no puede
ser Alec. Es alguien parecido.
—Je, je, la culpa es de los dos.
—Vale —digo y trato de escabullirme, pero me corta el paso.
—Disculpa el atrevimiento. ¿Aceptarías que te invite un café? Así
puedo resarcir lo mal que me siento por mi torpeza.
—No es necesario.
—Insisto —Me tiende la mano—. Mi nombre es Alec.
—Meribeth.
—Beth —paladea esa sola sílaba, como si fuera en reconocimiento—,
hermoso nombre.

FIN
La doncella y el bandolero
Carolina Vivas

Quién creería que… nuestra historia comenzó con una


puñalada.

—¡Fíjate en su mostacho! Espera…, no voltees ahora. ¡Gírate hacia mí


y sigamos hablando! Si mirara hacia aquí, se daría cuenta de que estamos
hablando de él… ¡Ahora sí, ya puedes mirar! ¿De verdad te casarás con ese
fósil bigotudo? ¡No, qué feo! Además, es pálido y rollizo, el abrigo negro le
queda muy ajustado, los botones podrían explotar en cualquier momento.
¡Mejor vamos a tomar el aire, no vaya a ser que nos saque un ojo!
De inmediato, salieron a la terraza, y a partir de entonces, a causa de
que su hermana menor, Lady Florence, no se callaba, ella apretó los labios y
se convirtió en una estatua…, exactamente igual que cuando hablaban del
futuro.
—¿Por qué no nos vamos a vivir a otro lugar? A algún sitio donde no
tengamos que ver más nunca ese bigote.
Lady Hana Fitzgerald la miró con horror, y pensó: «Se volvió loca».
No podrían. En ese momento no comprendió, (aunque más tarde logró
entenderlo), que su hermana también era desdichada, y por su culpa, por
haberse comprometido con el Conde de Wiltshire. A menudo pensaban en
lo limitadas que estaban y en lo mucho que se habían precipitado los
acontecimientos. El Conde era un desconocido para ellas y, a pesar de eso,
su padre les hizo saber la incómoda y patética decisión: Lady Hana pronto
se casaría.
El enlace fue pactado por un gran motivo; su padre estaba en
bancarrota. Su familia había sufrido dos tragedias, no solo habían perdido
su antiguo hogar, que se vendió cuando murió su madre y se descubrió el
alcance de las deudas de su padre; sino que, por si fuera poco, tuvieron que
mudarse a la mansión del Conde, un indeseable hombre autoritario y
déspota.
Cada vez que miraba a Lady Hana le sonreía y se humedecía los labios,
dando a entender con ello el profundo deseo que sentía de poseerla. Eso
ocurría, por supuesto, siempre que su padre o hermana no estaban. El
Conde estaba acostumbrado a insinuaciones cotidianas que causaban mucha
cólera en la joven.
Lady Hana, le contestó a Florence con sarcasmo:
—¿En dónde viviríamos? ¿En una casita de campo de dos metros
cuadrados? ¡Sí, claro!
¡No tenían ni un penique! Dada su condición de pobreza, eso sería el
mayor problema para escapar de Wiltshire. ¡No podían permitirse lujos!
Lady Florence ya no iba a la escuela privada y por ser la hija de un Barón,
estaba vetado que acudiera a clases en alguna escuela del pueblo. La única
alternativa era una institutriz, que, por cierto, el Conde no quería pagar. «La
unión de Hana con la grandeza de una familia rica, bastaría para suplir
nuestras carencias», eso decía siempre su padre.
—A mí no me importaría…, con tal de que te alejaras de él —confesó
la más joven.
En ese instante, Hana comprendió que su hermana ya no era una niña
ingenua, no recordaba haberle visto esos ojos tan rabiosos. De hecho, no
recordaba haberla oído hablar de querer vivir en otro sitio que no fuera
Wiltshire. Ahí nacieron, crecieron, había recuerdos preciados en cada sitio,
pero como Lady Hana no llevaba sus guantes, Lady Florence había notado
los moretones que adornaban sus brazos.
—¿Te maltrata? —se aventuró a preguntar.
—¡No seas absurda, hermana, por supuesto que no!
—Eso no es vida, Hana —comentó con cierta frustración—. Todo el
mundo sabe lo que sucedió con la condesa. ¡No puedes casarte con ese
Lord, simplemente terminarás muerta también!
—Te diré una cosa, Florecita… —Porque para Hana esa joven de
dieciocho seguía siendo su hermanita pequeña, solo cuando estaba molesta
la llamaba por su nombre completo—. Tú no te preocupes, él es un poco
bestia, pero yo no puedo hacer otra cosa…, sino aguantar, eso es mi futuro.
—Pero, ¿aguantar qué?
—Pues a él, por supuesto.
—¿Mientras te lastima?
—Eso no es siempre.
—¡Y un cuerno! No lo puedes permitir, Lord Wiltshire no parece ser de
los que cambian.
—¿Qué más puedo hacer?
—Huir, supongo…, proponerte escapar.
—¿No ves que eso sería imposible?
—Imposible es tocar una estrella.
Lady Hana la miró, Florence había cambiado tanto desde que su madre
murió; su cuerpo delgado y flacucho ahora escondía a una joven inteligente,
sus ojos claros tras unas gafas, su rostro aniñado, perspicaz, con un cabello
castaño claro que lo enmarcaba. Esa era Lady Florence, la chica que nunca
se guardaba lo que pensaba y que la obligaba a ver siempre las cosas de otro
modo.
Por años, Hana cuidó de ella, desde que su madre enfermó siempre la
atendió. Florence era una niña retraída, se aislaba y se encerraba por horas
en la biblioteca, siempre decía que leer era importante, que las mujeres
podían hacer más cosas de las que les permitían, pero Hana sabía que, como
se les ocurriera decir eso en voz alta, toda la sociedad de Wiltshire las vería
como a unas jóvenes que habían perdido la cabeza. A Lady Hana no le
importaba que Florence se expresara así frente a ella, también estaba
cansada de las prohibiciones, pero siempre cuidaba de que los demás no la
escucharan.
—Ya baja la voz… —le pidió en un susurro—. ¿No ves que nos
meterás en problemas? ¿Podríamos hablar de esto luego?
Lady Florence negó y eligió ignorar cualquier cosa que hiciera que
Hana olvidara el tema. «¿Y si ese hombre la lastima de verdad?» Ni
siquiera quería pensarlo.
—Tienes miedo… —adivinó los pensamientos de la mayor, que apretó
los ojos con fuerza—, y mucho…
—¡Sí, lo tengo! —confesó Hana mientras su gesto se volvía penoso.
Tenía miedo, en especial por las noches, cuando ese hombre tocaba a su
puerta y golpeaba fuerte porque ella había puesto el seguro. Cada vez más
cerca, más insistente, más asqueroso. Por eso tenía pánico, pese a que Lord
Wiltshire nunca había logrado su objetivo.
—¡No te preocupes, pensaré en algo! —exclamó la menor dándole
consuelo. Tenía muchas ideas, pero no el plan adecuado, o quizás no lo
había descubierto. La opción de hablar con su padre parecía la más lógica,
pero el Barón no razonaba. No cuando necesitaba dinero. ¿Cómo podía
ayudar a Hana? Lady Florence era talentosa para idear cosas, leer le traía
beneficios, siempre encontraba buenas soluciones—. Sígueme… —ordenó
cuando por fin su cerebro hizo clic, tomando del brazo a su hermana.
—¡Espera! —se quejó la mayor cuando la movió con brusquedad y
comenzó a conducirla escaleras arriba.
Las pisadas rápidas de Lady Florence no se detuvieron ni siquiera al
llegar a la habitación de su padre, porque enseguida corrió y abrió la puerta
del armario y comenzó a hurgar sin detenerse. Movió unas cajas al fondo
con dificultad y levantó la voz en una queja, luego pronunció algo en voz
baja: El Bandolero de Cristo.
—¡Lo encontré! —gritó tan emocionada que Lady Hana dio un
respingo, luego, en un corto lapsus de tiempo, la obligó a sentarse en la
cama para mostrarle la tarjeta que hace un tiempo había descubierto. El plan
perfecto estaba en ese trocito rectangular que había estado oculto en el
armario de su padre y que ahora les podría servir—. Toma.
Lady Hana recibió la tarjeta con curiosidad y la observó confundida, en
la cara de su hermana se dibujaba una sonrisa, sin embargo, ella no
entendía.
—Florecita… —La aludida dio un brinquito, el colchón se movió
porque estaba sentada junto a ella—. ¿Quién es el Bandolero de Cristo?
—¿No lo imaginas? —En sus facciones se notaba la emoción de una
aventura—. Es alguien que hace “diligencias” —le explicó mientras hacía
comillas con sus dedos—. ¡Bueno, no me mires así! Es obvio que debe
hacer pequeños trabajos para las personas.
—¡Ni lo pienses! —exclamó—, esa sería mi última opción. —Se
incorporó y miró rápidamente a Florence con el rostro pálido.
—Como siempre, tu buena fe y misericordia van de la mano —El
sarcasmo en la voz de Florence fue claro—. Bueno, si cambias de opinión,
el tipo acostumbra sentarse a fumar detrás de la iglesia, en el callejón.
Lady Hana le dirigió otra mirada a Florence y le hizo un gesto para que
no la siguiera, luego, caminando con un sentimiento de frío espanto, volvió
a su habitación. Ella recordó haber visto a ese hombre la última vez que el
padre hizo que repartieran comida en domingo. Podía escucharlo diciendo
«Gracias» al recibir la bandeja y luego su silueta desapareció de las
cercanías. ¿Aceptaría realmente ayudarla si se lo pedía?
Al caer totalmente la noche se cambió y se acostó. Abrió un libro,
revisando las páginas donde había dejado la lectura cuando un golpe seco
sonó. Siempre era así, llegaba, trataba de abrir y al no tener respuesta
comenzaba a golpear la madera. Lady Hana juntaba fuerzas y soportaba
todo aquello, en algunas ocasiones lloraba, pero en otras se llenaba de
mucha ira, era una verdadera pesadilla.
—¡Abre la puerta! —El repugnante Lord había tomado de más.
—¡Por favor, váyase…! —Hana se sentó en la cama, abrazando la
almohada contra su pecho.
—Es una pena que no quieras dejarme entrar, pero decidí llamar a un
cerrajero el día de mañana —amenazó, y luego se fue de ahí riéndose a
carcajadas.
Hana se levantó con terror y corrió al baño de su habitación con
desesperación, al entrar tiró todo al suelo, ese hombre se había vuelto
peligroso y solo lograba infundirle rabia y terror. Lloró con ganas hasta que
notó su reflejo deplorable en el espejo, y al fin se decidió:
—Tendré que buscar a ese hombre —Y salió de allí para vestirse otra
vez.
Sus pasos eran inseguros, pero ya no quería cambiar de opinión. Esa
zona de Wiltshire era poco concurrida por las noches, había uno que otro
desamparado, pero nada más. Se detuvo frente a la iglesia para guiarse y de
algún modo supo que lo encontraría al final del callejón. Caminó entre la
oscuridad viendo todo, las paredes de ladrillos detrás de ella, las ventanas
enrejadas, los objetos viejos desechados en el suelo.
Lady Hana levantó su cara, pequeña y pálida, su cabello rubio se veía
más oscuro, ya no tenía un moño pegado a la cabeza, lo llevaba suelto. Se
sentía frágil y expuesta en ese sitio, como caminando sobre hielo. A lo lejos
vio una figura, era el tipo del que le había hablado Florence. Estaba sentado
sobre un balde de metal y se fumaba un cigarrillo con aire despreocupado,
mantenía la cabeza recostada a una pared mientras se concentraba en la
música que salía Dios sabe de dónde, vestía totalmente de negro y, a simple
vista, era sumamente intimidante.
Al llegar hasta él no supo cómo iniciar una conversación, pero no hizo
falta, ya que el hombre levantó la cabeza y la barrió con los ojos de arriba
abajo, de la manera en la que siempre estaba acostumbrado a ver a las
mujeres, de la manera en la que había entrenado para hacerlo. La había
visto llegar, incluso, desde que ella curvó la entrada del callejón, desde el
oscuro pasillo por donde ninguna dama debería caminar nunca, y menos
sola, a punto de cambiar su vida para siempre. La miró con extrañeza, ella
estaba ahí, con ganas de echarse a correr y huir rápido, así que terminó
alzando una ceja y preguntó:
—¿Está perdida, señorita? —Su voz sonó tranquila y masculina
mientras que las manos de ella se movían nerviosamente.
Hana se quedó callada ante la gloriosa visión, la más perfecta de todas.
Ese hombre resaltaba ante cualquier otro, ese cabello negro no era de
esas tierras, ni hablar de sus ojos esmeraldas que se convirtieron en su
punto de enfoque. Parecía un guerrero, un gallardo caballero dispuesto a
llevarla en brazos, como si no necesitaría ni caballo, salvándola así de los
dragones.
—¡No! —respondió de pronto, con el calor arremolinado en sus
mejillas, y para que sus nervios no quedaran en evidencia delante del
caballero que parecía un sueño, dijo—: Conozco este lugar, en realidad lo
estaba buscando a usted.
—¿A mí? —preguntó él con una mezcla de sorpresa y rareza.
—Sí, usted es el Bandolero de Cristo, ¿cierto? Bueno, me gustaría que
hiciera un pequeño trabajo para mí.
—Señorita, yo no sé de qué me habla, se equivocó de lugar.
—No, no me he equivocado, estoy en el lugar correcto. Estoy en
problemas y usted es el único que puede ayudarme. ¡Estoy desesperada! —
Comenzó a caminar de aquí para allá mientras explicaba su problema—.
Existe un hombre que no deja de molestarme, he pensado en muchas
soluciones, pero nada de lo que haga logrará salvarme de las garras de ese
cerdo repugnante, ¡nada! No cuento con el apoyo de mi padre, no tengo
hermanos, ni primos, y si no hago algo pronto todo empeorará… —hablaba
con rapidez, mientras que él solo la observaba—. ¿Entiende a lo que me
refiero?
—¿Quiere que sea una especie de asesino? —inquirió él.
—¡Sí! Bueno, quizá no matarlo, pero sí castrarlo.
—No.
—¿Por qué no?
—¿Qué se supone que ganaría yo con eso? —Su mirada esmeralda se
hizo más intensa y siendo sinceros, un desconocido cosquilleo invadió el
pecho de Hana.
—Pues, no lo sé, ¿cuál es su precio?
—Escuche, señorita, definitivamente esto no es un tema que deban
discutir un hombre y una mujer en plena calle, más cuando nos estamos
saltando mínimo diez normas sociales. No necesito su dinero, lamento no
poder ayudarle.
—Vivir en casa de ese Lord ha sido la experiencia más lamentable por
la que he tenido que pasar. Si usted supiera los desagravios con los que él
me ofende, pues tal vez, lo pensaría mejor. Aunque sea un bandido, debe
quedar algo de gentileza en su alma.
—Se equivoca de nuevo, mi Lady. Pongo a Dios por testigo de que la
gentileza no me distingue, de eso no queda nada en mí. Yo no puedo vengar
su honor.
—¡Gracias por nada entonces! —clamó decepcionada, con el corazón
retumbando, había sido una pésima idea buscarlo.
Lady Hana se marchó inconforme y así debió quedar todo, pero en vez
de ello el cuerpo del hombre fue en contra de todo raciocinio y se abrió
paso por el callejón para seguirla sin ser visto. Su sonrisa se ladeó hacia la
derecha, esa joven le resultó tan… interesante, que sería una lástima no
averiguar quién era el bufón que la molestaba.
Cuando se enteró puso el grito en el cielo. ¿Y cómo no? Tenía razón la
joven, ese tipo era tan hosco y grosero que el recuerdo lo hizo apretar la
mandíbula con indignación.
En mala hora sus destinos volvían a cruzarse, pues nadie se había
mostrado tan despreciable con él como lo hizo el Conde de Wiltshire
cuando sus hombres lo capturaron en una desvalijada de carruajes en el
monte. ¡Qué mal rato pasó! ¡Cuánta violencia sufrió!
Tres meses lo tuvo en un calabozo, hasta pensó que perdería la vida. Y
no es que él fuera vengativo, pero es que hay cosas que no se olvidan.
Además, Alexander Coleman, mejor conocido como el Bandolero de
Cristo, no perdería el tiempo: aprovecharía la petición de la joven y saldaría
la rencilla que tenía con ese canalla.
Resulta que, al llegar Lady Hana no escondió la tarjeta y la dejó sobre
su buró, ¡imprudente muchacha! Pues el Conde, que además de villano era
un cotilla, al día siguiente revisó la habitación hasta dar con ella y montó
una escena de cólera. Como ya lo he dicho, ese hombre nunca fue un
hombre distinguido ni gentil, ¡era un ordinario!
«Ramera», se atrevió a llamarla el infeliz. Fue tan horrible escuchar esa
vulgaridad hacia su persona que Lady Hana quiso huir, pero él la detuvo,
como cabía de esperar, y esta vez no solo la hirió con palabras, sino que la
golpeó en el rostro, propinándole una bofetada.
Sucedió que, desde el suelo, ella comenzó a rezar: «Sagrado Corazón
de Jesús, en ti confío, hazme el favor de no permitir que Lord Wiltshire me
agravie más», pero pronto paró de rogar porque la silueta de alguien
valiente y temerario llegó a su campo de visión.
Allí estaba él, vestido de negro y su pistola brillando al cinto. Se había
deslizado sin ruido por la ventana, como solo un asaltante sabría hacer, uno
muy guapo y de fuertes brazos, cabe destacar.
—Todo acabará, frágil señorita —susurró, y a continuación se encargó
de todo, la levantó suavemente y la puso a resguardo detrás de su espalda,
ahí donde no la alcanzara la salpicadura de la sangre que era preciso
derramar para restablecer su honor.
El Conde vociferó como un insulso verdulero, el Bandolero fue hacia él
y hundió la daga en su inmundo cuerpo. El prometido de Lady Hana cayó
de rodillas al suelo y desde arriba la voz solemne del Alexander Coleman
tuvo la última palabra, como siempre.
—¡Aquí termina tu infame vida! ¡Nadie mancilla el honor de una
doncella y vive para contarlo!
Hana no se alegró de la muerte del Conde, tal vez un buen susto habría
sido suficiente, pero así ocurrieron las cosas, Alexander fue implacable ante
la injusticia y la insolencia y ella no pudo evitar que el vello se le pusiera de
punta cuando esa voz grave puso punto final a los desagravios del
mamarracho bigotón.
El Bandolero no dejó que la bella Hana se declarara cómplice, pues ni
la policía creería que ella lo buscó para deshacerse de su prometido. Así
que, ¿qué otra cosa podía pasar? Igualmente, a él ya lo estaban buscando.
—Ya se lo dije —repitió—. Fue el Bandolero de Cristo…
Lady Hana terminó yéndose de Wiltshire, no se sabe bien si por culpa o
discreción.
Lo que sí se sabe es que esa huida le sentó de maravilla. No imaginan
las veces que ha sido tentada a desvelar su mayor secreto, el Bandolero de
Cristo al fin le dijo su precio: «Vas a pagar beso a beso por el daño que
hemos hecho».

.
FIN
El legado de la Princesa Syrah
Yaneth Marín

“El mundo que conoces, solo es una pequeña parte de


todo lo que existe en el vasto universo; solo tienes que cerrar
tus ojos y contemplar con el corazón, el fantástico mundo de
la imaginación.”
Yaneth Marín

Reino de Estrigifox

—¡Princesa, espera, por favor! —escuchó gritar a la nana.


—¡No! ¡No puedo dar marcha atrás, nana! —respondió mientras seguía
su camino.
—¡Piensa en tu padre! —continúa—, y en el príncipe Cosían. ¡No
puedes huir así! ¡Es el día de tu boda…! ¡Tienes responsabilidades como
heredera!
—¡Escúchame, nana! —me detengo un momento para contestarle—.
¡Quédate!; si vienes conmigo te acusarán de cómplice.
Al ver que la nana la escuchaba con atención, continuó:
—Entregué mi corazón hace tiempo —susurró—. Mi padre nunca lo
aceptará, es por eso que tengo que escapar. Aquí, crece el fruto de nuestro
amor —pronunció, colocando las manos sobre su vientre.
—¡Iré contigo, Marelissa! —contestó la nana—. ¡No importa adonde,
siempre estaré a tu lado!

Años después…

Esa majestuosa criatura se dirige directamente hacia mí, mirándome


fijamente con sus enormes ojos violeta, su cuerpo cubierto de plumas y
cabeza de zorro; imita mis movimientos, como si fuera mi reflejo en el
espejo.
De repente todo cambia, me veo de pie en una cabaña húmeda y oscura,
hay sangre por doquier. Camino lento, tropiezo con algo, son los cuerpos de
mis padres cubiertos de sangre.
—¡Nooo!, ¡mamá, papá! —grito con fuerza.
—¡Syrah, Syrah!
Despierto sobresaltada, sudando y llorando; al escuchar a mi abuela
llamarme. ¡Otra vez ese sueño, todos los años en esta fecha, sucedía!
Visito la tumba de mis padres, como cada año, siento la lluvia caer
mientras dejo flores. Después de tanto tiempo nada me cuadra, todo fue tan
extraño.
Pensé en los recuerdos que tengo de ese trágico día, hace cinco años:

«Regresaba del colegio, como siempre, pero esa vez encontré a mis
padres apresurados preparando maletas, se veían nerviosos y
desesperados, mi maleta estaba lista. No comprendía por qué tanto
alboroto, casi que no me dejaron hablar o preguntar, solamente me dijeron
que era un viaje urgente de negocios y por alguna razón esta vez no podían
dejarme sola en casa, ¡ni que fuera una niñita pequeña!
Llegamos a la hacienda de nana, mi abuelita, a quien siempre visitaba
en vacaciones, lo que no sabía era que ese sería mi hogar desde ese
momento.
Días después, llegaron los agentes federales y guarda bosques. Mi
corazón se aceleró presintiendo una desgracia. Mi abuelita, como si
también lo supiera, me sostuvo con firmeza. Nos dieron la aterradora
noticia que cambió todo: mis padres fueron declarados muertos al
encontrar sus pertenencias cubiertas de sangre en una cabaña remota
dentro del bosque. Sin embargo, sus cuerpos jamás aparecieron; asumieron
que fueron atacados por algún depredador.
Fueron tiempos de angustia y dolor, ni siquiera pude regresar para
buscar alguna pista entre sus pertenencias, ya que ese día nuestra casa
quedó envuelta en llamas, según los expertos, mis padres habían dejado el
gas abierto, lo que provocó una explosión».

Por mucho tiempo acudí a las autoridades pidiendo que continuaran con
la investigación. Mis amigos se alejaron, me trataron de loca obsesionada.
«Es curioso, en los momentos malos es donde conoces quién
verdaderamente es tu amigo», reflexioné.
—¡Vámonos, Claus! — le digo a mi gato, ese travieso bribón de pelo
rojo y blanco que apareció en nuestra puerta justo el día que me mudé.
Durante días busqué en los alrededores a sus dueños, en caso de que
estuviese perdido, ya que lleva un extraño medallón en su collar.
—¡Hola, abue! —la saludo, dándole un beso en la frente, al llegar a
casa.
—¿Qué tal tu día? —me pregunta—, déjame verte, tienes los ojos
hinchados.
—¡Es que no puedo evitarlo, abue! —sollozo, han pasado cinco años y
aún siento esta rabia e impotencia muy dentro de mí.
—¡Ay hija! —suspira—, quisiera darte consuelo, pero aún… —hace
una pausa—. Mejor ve a darte un baño mientras termino la cena, necesito
que me ayudes a terminar la lista del personal que necesitaremos.
—¿Personal? ¿Para qué, abuela?
—La próxima semana tenemos recolección de café, ¡Si recuerdas que
vivimos en una finca cafetalera! —sonríe, contagiándome de su alegría—.
Sabes que tenemos que planificar todo con anticipación, sobre todo porque
este año tenemos personal nuevo.
—¡Oh, lo había olvidado! Lo siento, pero sabes que cuentas conmigo y
que me encanta participar en la cosecha.
¡Nana tiene toda la razón! Después de un reconfortante baño, tomo mi
taza favorita de café, adentrándome en nuestra pequeña biblioteca. Poco a
poco hemos ido llenándola de nuevos libros; este lugar se ha convertido en
un refugio para mí. Leer es como viajar a diferentes lugares maravillosos.
¿Existirán esos lugares? Quizás en una realidad alterna o…
—¡Soñando despierta! — Enzo interrumpe mis pensamientos, entrando
como siempre cuando nadie lo llama.
—¡Pues sí, soñar no cuesta nada! —sonrío—. ¿No crees que podría
existir otro mundo aparte de este? —pregunto con curiosidad.
—¡Quizás mi reina! ¡Quizás…!
—Te he dicho que no me llames así — me quejo en voz baja—;
cualquiera podría malinterpretar.
—¿Cualquiera como quién? ¿Tu abuela?
—Sabes que no me gusta que me interrumpan cuando estoy leyendo —
cambio de forma radical la conversación—. ¿Por qué entras
sorpresivamente como si fuera tu casa?
—¡Como si lo fuera, cariño! —contesta con una sonrisa—. ¿Recuerdas
que vivo en el cuarto de alquiler?
—Bueno, tienes razón, pero tienes que quitarte esa costumbre de entrar
sin avisar —insisto, lo observo recostado en la puerta, con su cabello rojo
como el fuego, me mira fijamente con sus enormes ojos verdes, sus labios
carnosos hacen que muerda los míos. ¿Desde cuándo lo veo de esta
manera?
Enzo ha sido mi amigo leal e incondicional, desde que nos conocimos.
Llegó en esos momentos de soledad y nostalgia tras la muerta de mis
padres. Como si ellos lo hubiesen enviado para protegerme y ser mi
compañía.
¡Qué irónico suena eso en mi cabeza, perder y recibir!
—¡Tierra llamando a Syrah! —vocifera Enzo—. ¡Hello, preciosa! ¿De
nuevo soñando despierta…? Dime algo, ¿aparezco yo en alguno de esos
sueños? Porque, ¿sabes?, eso me encantaría —comenta con picardía.
—¡Qué tonterías dices! —bufo con fuerza—. Ven, mejor vamos a
ayudar a mi abuela con la cena.

Una semana después…

—¡Feliz cumpleaños, a ti! ¡Feliz cumpleaños, querida Syrah…! —


cantan Enzo, entrando a mi habitación con un hermoso pastel.
—Apaga la vela y pide un deseo —sonríe emocionado.
Cierro los ojos, pidiendo el mismo deseo de siempre mientras soplo las
velas; de repente, siento un nudo en la garganta por las lágrimas, respiro
lentamente.
—Tranquila, nena. No se vale estar triste hoy —dice Enzo
abrazándome fuerte, mientras escuchamos a nana avisarnos para bajar a
desayunar.
—¿Has visto a Claus? —pregunto mientras vamos hasta la cocina—.
¡Ese gato perezoso!, cada vez que vienes tú, se desaparece.
—¡Ja, ja, ja, qué tonterías dices, Syrah! —responde Enzo riendo y
rascando su cabeza—; no te preocupes, creo que lo vi afuera.
Después de desayunar, vamos al patio trasero. Enzo lleva meses
dándome clases de defensa personal.
He mejorado, ya logro dominar las cinco técnicas más comunes:
posición de guardia, agarre frontal, agarre por detrás, flexión de dedos y
ataque en el suelo.
Mientras practicamos esta última, quedamos enredamos en el suelo,
riéndonos a carcajadas, sin darnos cuenta nuestros rostros están demasiado
cerca, mirándonos a los ojos, hay algo diferente, ¿deseo, quizás atracción?
Trato de liberarme, pero Enzo me lo impide rodeándome con sus
piernas. Me besa con suavidad, cierro los ojos y me dejo llevar. Siento un
extraño hormigueo recorrer mi cuerpo. Luego, como si necesitara más, se
apoya contra mí, me besa con ansiedad. Me gusta, de repente, se detiene
separándose de mí.
—Perdóname, princesa —tartamudea Enzo, limpiando su rostro—. No
sé en qué estaba pensando, te prometo que no volverá a pasar.
—No te preocupes —miento, levantándome del suelo camino
apresurada, encerrándome en mi habitación. Algo hierve dentro de mí. Mis
ojos están rojos, mis puños apretados. ¿Por qué se disculpó así? ¿En qué
estaba pensando? ¡Eso fue lo que dijo! ¡Claro! Seguramente él sigue
viéndome como su pequeña amiguita, pero ya soy toda una mujer.
¿Y esa necesidad de protegerme y enseñarme esas técnicas? Me siento
molesta, no sé si es porque me gustó ese beso o porque me siga viendo
como una niña.
—¿Te sientes mejor? —pregunta nana, con gesto de compasión.
—¡Si nana! Estoy bien y lista para mañana comenzar con la cosecha.
—Esto es para ti —dice acercándome unas cajas de regalo, esta es de tu
madre, la otra es mía.
Desesperada rompo el papel, es una caja musical con bailarina vestida
de princesa, lleva mi nombre y una cerradura antigua que se me hace
conocida, pero no trae la llave.
Intento abrirla con un gancho de cabello. ¡Es imposible!
—Concéntrate, Syrah —susurro. «¿Dónde he visto algo parecido?
¿Qué sentido tiene una caja sin llave?», pienso. Quizás podría ser…, miro
la cadena que me regalo mamá por mis quince años, el dije tiene la misma
forma. Nada pierdo con intentar, lo introduzco en la cerradura girándolo.
¡Funciona!
Comienza a sonar la canción de la luna que siempre tarareaba mamá, al
terminar se abre un compartimiento en la parte inferior, en el que encuentro
un medallón antiguo con un símbolo extraño y un diario con el mismo
símbolo, es el diario de mi madre. Al abrirlo encuentro una carta para mí:

A mi querida hija Syrah:


Si estás leyendo esto significa que no pude regresar, hoy debe ser tu
cumpleaños número veinte. Sin duda, sé que ahora eres una hermosa mujer,
“Feliz cumpleaños, mi amor.”
El mundo que conoces, solo es una pequeña parte de todo lo que existe
en el vasto universo. Solo tienes que cerrar tus ojos y contemplar con el
corazón el fantástico mundo de la imaginación.”
Hace mucho tiempo, escapé de mi hogar, en un reino lejano donde
habitan seres mágicos. Era la princesa heredera del reino de Estrigifox.
Durante una excursión al reino humano, conocí a tu padre y me enamoré
perdidamente de él, pero ya estaba comprometida con un príncipe, mi deber
era casarme y heredar el trono de mi padre, el Rey Orión.
El día de mi boda escapé; dejé todo atrás por él y por ti, que crecías en
mi vientre. Cuando tú naciste, llenaste nuestras vidas de mucha más
felicidad. No tenía más que pedir, no me importaba dejar las comodidades
de mi palacio si estaba con ustedes.
Tiempo después, sufriste una extraña enfermedad. Ningún médico
humano pudo ayudarnos. Así que te tomé entre mis brazos, abrí un portal a
mi reino y fui al palacio de mi padre. ¡Estaba desesperada!
Lloré, imploré y le rogué para que los sanadores del reino te salvaran,
pero el rey Orión, no perdonó mi falta. Me cerró las puertas del palacio sin
ningún remordimiento.
Desesperada y aterrada con temor a perderte, acudí a un ser peligroso:
“la dama del bosque”, un ser mágico que se encontraba condenada y
confinada a vivir en el bosque helado. Un hada del invierno me guio hasta
ese sombrío lugar, donde ella apareció entre la niebla.
Me observaba detenidamente, caminando a nuestro alrededor con una
malévola sonrisa, alimentándose de mi desesperación. Aceptó salvarte a
cambio de entregarle mis poderes mágicos.
Sabía que era una muy mala idea, pero no tenía opción. Sabía que con
mis poderes ella podría salir de aquel bosque y también era consciente que
por algo mi padre la había condenado, y que mi decisión podría provocar
un desastre para mi gente.
Pero, ¿de qué me valía un reino sin amor, un reino que me dio la
espalda, un reino sin ti?
Accedí a sus condiciones y regresé contigo a casa, sana y salva junto a
tu padre. Eso era todo lo que deseaba.
Cuando cumpliste doce años la marca ancestral de nuestro reino
apareció en tu espalda y supe que tus poderes poco a poco despertarían.
Después de idear un plan, te envié donde nana, mi protectora. Con ella
estarás a salvo.
Te queremos demasiado,
Marelissa

Día de recolección del café

Nos dispersamos a lo largo del extenso campo, entre las múltiples


plantas que ya están cargadas con café rojo y algunos verdes, de los que
solo podemos recoger los primeros.
—¡Gracias por cada de regalo, abu, son hermosos! —digo acercándome
a nana y dándole un gran abrazo—. ¡Quisiera hacerte algunas preguntas
abu! Anoche me quedé dormida después de abrir los obsequios.
—¡Señora, señora! —gritaron algunos campesinos, solicitándola en la
parte más alta.
—Supongo que tendré que esperar —comento en voz baja mientras veo
a mi abuela atender el llamado.
—¡Buh!
—¡Ay! —salto del susto—. ¡Enzo! ¿Cómo llegas así de sorpresa y por
detrás? Por poco te tiro la cesta de café.
—¡Hola preciosa! ¿Tanto te alegra verme? Dime que no sigues
enfadada por lo de ayer.
—No, ¿por qué debería?
—Me alegro. ¿Me dejas recoger café cerca de ti?
Terminando la jornada, escuchamos gritos y un alboroto desde la parte
alta.
—¡Nana! —grito—. ¡Enzo, ella se fue por ese lado!
Al llegar encontramos a un campesino herido de gravedad.
—¿Y mi abuela? —pregunto angustiada—. ¡Donde está! —grito.
—Dos hombres enormes, vestidos con capas negras y sus rostros
cubiertos —dice una de las campesinas—. Se llevaron a la señora a la
fuerza; este hombre trato de ayudarla y le clavaron el puñal.
—Dejaron esto, señorita— comenta, entregándome un papel que dice:
«Ven por ella, princesa».
Siento mi cuerpo pesado, me tiemblan las rodillas. ¿Qué me pasa? No
puedo sostenerme. Todo se vuelve negro…

*****

Al día siguiente.
Enzo

—¡Nana! —escucho a Syrah despertar, después de haberla cuidado


toda la noche. Luego de muchos cuidados, al fin le bajó la fiebre y se
durmió. Velé su sueño, y la observé en silencio. Su piel clara y delicada, su
largo cabello castaño, esos ojos violetas que me llaman con el brillo que
emanan. Sé que no debo verla así, ella es mi princesa y yo solo su protector.
Nunca me aceptaría como algo más que su amigo.
—¿Cómo llegué aquí? —pregunta tratando de sentarse.
—Te desmayaste en medio de la conmoción. Te traje cargada, te
mantuve con paños para que bajara la fiebre y descansaras.
Suspiro y me acerco, sentándome a su lado mientras coloco mis manos
alrededor de su hermoso rostro.
—Syrah, cuando te desmayaste una luz violeta envolvió tu cuerpo y la
marca en tu espalda no dejaba de brillar —le explico, y hago una pausa
corta—. Perdóname por haber callado. Solo espero que no me odies, porque
yo… sé que no debo sentir esto, y entiendo si no sientes lo mismo; pero
quiero que lo sepas: ¡Te amo!
Tomo el medallón que guardo en mi bolsillo colocándolo sobre mi
pecho, transformándome en Claus. Cuando vuelvo a mi forma humana
siento el ardor en mi rostro, al recibir una cachetada de Syrah.
— ¡Auch!
—¡Me he desnudado frente a Claus! —grita Syrah, y eras tú todo este
tiempo.
—Entiendo que estés enojada —susurro—. ¡Por favor escúchame, te lo
ruego! —Dios, aún enojada me provoca besarla.
—Tu madre, la princesa Marelissa, me asignó como tu protector hace
cinco años. No es casualidad que llegara a tu vida justo en ese momento.
¡En esta vida nada llega por casualidad Syrah, todo tiene un propósito!
—Antes de eso, debía investigar para ella los acontecimientos en
nuestro reino.
—¡No me interesa nada de ese reino! —interrumpe alterada—. Solo
quiero recuperar a mi abuela, y tú no tienes que ser mi guardián o protector,
como sea, ¡te libero!
—Sé que debes odiarme, pero esto va más allá de tu abuela o de tus
padres. ¡Ya deja de comportarte como una malcriada! —espeto con seriedad
—. Te dejaré sola para que te vistas, tenemos un largo viaje. No olvides
usar la capa y traer el diario de tu madre. El resto de la historia te la contaré
en el camino.
Finalmente, después de varias horas, vamos caminando a través del
cafetal.
—¿Te sientes mejor? —pregunto, para romper el hielo.
—¿Por qué mencionaste que esto va más allá de mi abuela o lo que
paso con mis padres? —cuestiona Syrah
—La esposa del rey tuvo hijos mellizos, una niña y un varón; primero
nació la niña, la princesa Marelissa, minutos después el príncipe Killian.
Pero en ese momento se cumplió la maldición; la reina sufrió fiebre alta, en
cuanto terminó de dar a luz y murió. El rey guardó luto de por vida, aun con
dolor cumplió su promesa y crio a los niños con ayuda de algunas hadas del
palacio, pero cuando crecieron, el rey vio que el príncipe tenía malos
sentimientos hacia su hermana. Para evitar conflictos, el rey ordenó la
división del reino, el norte sería gobernado por la princesa y el sur por el
príncipe.
—¿Qué tiene todo esto que ver conmigo, Enzo? —interrumpe Syrah.
—¿Me dejas continuar? —pregunto levantando una ceja, ella me
devuelve el gesto y continuo—. La decisión que tomo tu madre ocasionó
que la maldita bruja escapara del bosque helado, dedicándose a aumentar su
poder e ideando un malévolo plan para acabar con tu abuelo.
Un silencio incómodo nos envolvió por unos segundos…
—Al pasar de los años visitaba al príncipe Killian, alimentando su
corazón de odio y maldad, convenciéndolo de tomar el trono como fuera
posible. Hace poco más de cinco años, el príncipe asesinó a su propio padre
mezclando una poción de veneno en su copa, para proclamarse como el
único gobernante en todo el reino. Pero el rey Orion, en su último aliento,
rogó a los seres ancestrales, mitad zorro, mitad lechuza, que le concedieran
un último deseo, de este modo lanzo un hechizo en la corona. Desde ese
momento la corona y la piedra preciosa desaparecieron y solo serán visibles
ante el legítimo heredero.
—¿Qué decía ese hechizo y yo que tengo que ver? —interroga inquieta.
—¡Pero qué mujer tan impaciente! —digo, colocando mis manos sobre
mi cuello—. Se dice que hay un pergamino real con los deseos del rey,
otorgándole la corona a la hija de su primera hija, por derecho de sangre si
es digna de ello. ¡El destino del reino está en las manos equivocadas! Syrah,
sin la corona nuestro pueblo está muriendo poco a poco. ¡Tú eres la
heredera, solo tú puedes salvarnos!
Syrah me mira pensativa, sé que es mucha información para procesar.
La dejo con sus pensamientos y seguimos caminando en un silencio
cómodo.
Al llegar al límite entre los campos de café y las montañas, nos
detenemos.
—En este lugar haremos el portal a nuestro reino.
—¿Haremos? —cuestiona Syrah.
—¡Sí!, te enseñaré como hacerlo —indico colocándome detrás de ella,
con mi mano izquierda la sujeto por la cintura, mientras mi mano derecha
sujeta la de ella extendiéndola hacia adelante, guiándola con movimientos
circulares.
—Cierra los ojos —susurro, muy cerca de su oído—, e imagina la luz
que se forma en tus manos.
—¡Pero es solo mi imaginación, no es real! —gimotea incrédula.
—¿Y quién decide que es real o no? —cuestiono—. Cierra los ojos —
repito hablando lentamente a su oído—; ve la luz en tu mente, visualiza una
cascada, escucha el sonido del agua chocando con las rocas; siente el viento
pasar entre tus cabellos y su dulce silbido al pasar entre los árboles.
—¡Ya puedes abrir los ojos! Hemos llegado hermosa…

Syrah

Las noches aquí son frías pero fantásticas. Adoro contemplar este cielo
donde las estrellas parecen estar a centímetros de distancia; las dos lunas
que lo engalanan parecen observarme desde lo alto de esta montaña.
Al escuchar el crepitar de la fogata, me invade la tristeza de pensar en
mis padres y saber que viví ajena a este mundo. Han pasado tres noches;
acampamos en esta pequeña cabaña de troncos. Con la ayuda de mi amigo
he logrado dominar los elementos con mi magia.
—Por favor, apaga la fogata y entra —ordena Enzo. ¡¿Se cree mi
padre?! Aunque ha hechizado el lugar para que no nos encuentren, dice que
por las noches rondan criaturas malvadas, espías de la dama del bosque.
Lo observo desde la puerta, mientras él estudia el mapa, buscando la
mejor ruta para mañana.
Quizás este sea el momento para confesarle lo que siento; aquel día
cuando me dijo que me amaba y yo solo reaccioné golpeándolo, quizás le
haya dado una impresión equivocada de lo que a mí también me pasa. No
he dejado de pensar en ello.
—Quisiera hablarte de algo, Enzo —le comento.
—¡Silencio! —me calla colocando sus dedos sobre mis labios—. Se
escuchan pasos alrededor de la cabaña.
—¿Cómo? —susurro con preocupación—. ¿No era que la cabaña
estaba protegida con magia?
—Mi magia agoniza al igual que el pueblo— contesta en voz baja,
mientras saca su espada y se coloca en posición de ataque.
Algo se acerca, las paredes de la cabaña se tambalean hasta
desmoronarse. A nuestro alrededor se ha formado una espesa bruma, de
donde surge la figura de una mujer de cabellos blancos, cuyo vestido
arrastra hasta el suelo. A su lado, una pandilla de elfos enanos, empuñando
sus espadas.
—¡Es la dama del bosque! —gruñe Enzo—. ¡Tu capa princesa, póntela
y escóndete! ¡No permitiré que te haga daño!
—¡Pequeña princesa, tan ingenua como tu madre! —vocifera la mujer,
riendo como loca—. Al fin tendré el poder de la corona y destruiré tu
amado reino humano, si yo no pude ser feliz entonces nadie lo será.
—¡Si hubieses llegado antes quizás hubiesen muerto juntas! Por mucho
que la torturé nunca confesó el escondite de la piedra real —comenta con
descaro.
Siento el pecho tan apretado, casi no respiro…
—¡Eres una maldita! —grito, pero Enzo se para delante de mí
indicándome que me esconda con la capa que se camufla entre los árboles.
Él la ataca con su espada, mientras los elfos tratan de encontrarme; la mujer
abre su boca expulsando un frío viento contra Enzo, su cuerpo se congela
dejándolo inmóvil.
—¡Nooo, Enzo! —grito con fuerza, ahora se dirige hacia mí; uso
nuevamente mi capa y corro entre los árboles. De repente aparece la
criatura de mis sueños. Es enorme, cubierto de plumas violetas, alas
enormes, rostro de zorro, sus patas son como de ave. Quiere que lo siga, mi
corazón late muy rápido; llegamos hasta un precipicio, aún me siguen los
malditos elfos.
Escucho una voz en mi mente: «Salta», dudo… «¡Dios, esto es una
prueba de fe!», pienso. ¡Carajos! Cierro los ojos y me lanzo. Siento el agua
al caer, trato de nadar a la orilla, siento debilidad, no veo nada.

*****

Al abrir los ojos me encuentro en una pequeña canoa, navegando por


algo que parece un manglar. Al incorporarme, veo a una pequeña hada
remar, mientras tararea alguna melodía, nos movemos despacio entre los
árboles.
—¿Quién eres? ¿Cómo llegué hasta aquí?
—¡Ah, por fin despiertas! —contesta con voz apacible—. Eres igual a
tu madre.
—¿Conoces a mi madre?
—Desde que era un bebé —responde—; la vi crecer mientras trabajé en
el palacio, presencié como se convirtió en una hermosa dama, cuando se
enamoró de quien no debía y cuando volvió hace cinco años.
De repente siento la garganta atorada con mis lágrimas al recordar a
Enzo y la confesión sobre mi madre. Oculto mi rostro con las manos, ni
siquiera sé si nana aún vive, estoy sola en este mundo que desconozco.
Al detener la canoa en un claro con flores, oculto dentro del manglar, la
pequeña hada se acerca indicándome bajar.
—Llorando no solucionarás nada, princesa —comenta con
determinación—. Es momento de hacer que valga la pena todo lo que has
pasado. Cuando tu madre regreso y antes de que la atraparan, ella vino a mí,
encargándome traerte a este lugar.
—Debes ir allá —señala una cueva de rocas al final—. Pero debes ir
sola, es tu misión; yo esperaré por ti.
Camino despacio, utilizando el viento para secar mis ropas. Al entrar a
la cueva, esta húmeda y oscura. De pronto, la piedra del medallón comienza
a brillar iluminando el camino, hay un cofre flotante con el símbolo de mi
medallón.
Al acercar el medallón, el cofre se abre y lo tomo entre mis manos. La
verdadera corona real aparece ante mis ojos. El medallón, como un imán,
sale de mis manos y se incrusta en el espacio vacío de la corona. En ese
preciso momento, la criatura aparece frente a mí, junto a la imagen de un
hombre alto con cabellos y barba blancos.
—¡Mi querida nieta! —pronuncia con ilusión—. Un día me equivoqué
cerrándote las puertas de mi palacio cuando solo eras un bebé. Pero ahora el
destino de mi reino lo dejo en tus manos, utiliza con sabiduría este poder y
sé responsable del legado que se te ha confiado.
Después de esto desaparecen ambas imágenes y la corona está en mi
cabeza. Sin darme cuenta, la cueva desaparece y estoy donde la pequeña
hada espera por mí. Veo mi reflejo en el agua, mis ropas ahora son otras,
llevo un vestido lila con tocados de flores violetas, sobre mi cabeza la
corona se ha transformado en una de flores. Siento mi capa aún, pero esta es
invisible.
Después de un largo camino con la pequeña hada, ya en el pueblo, su
condición es decadente. Las casas y las calles son de piedras, pero se ven
deterioradas. Hay niños por la calle con ropas rotas pidiendo dinero. No lo
había notado, la pequeña hada cojea de una pierna y una de sus alas parece
estar rota.
—¿Por qué está todo así? —pregunto inquieta.
—¡La culpa es de la dama del bosque! —contesta irritada el hada—.
¡Envenena con sus hechizos al príncipe! Nos convirtió en sus esclavos, y
utiliza a los elfos enanos para acecharnos y cobrarnos altos impuestos.
—¿Siempre fue así? —indago—. La dama del bosque, ¿siempre fue un
ser tan cruel?
—¡No! —contesta—. ¡Vienen los elfos enanos! Ven, escondámonos en
este callejón. Cubro mi cabeza con la capa.
Al pasar por un pequeño mercado, vemos como los secuaces de la bruja
tiran las mesas de los vendedores, los golpean con varas de madera. Son
pequeñas criaturas de orejas y nariz puntiaguda, largos brazos con manos
enormes, piernas cortas y pies gigantes.
—La dama del bosque era tan buena como un ángel —explica el hada
—, su deber y responsabilidad era cuidar y proteger los bosques y los
animales que habitan en ellos. En cada reino se asigna una dama del
bosque.
—¿Hay otros además de este? — interrumpo. «Syrah, debe dejar de ser
tan impaciente», pienso.
—Son cinco reinos —indica.
—¿Qué paso con ella?
—¡Ay, mi niña!, esa es una larga historia, prometo contártela después.
Ahora entiendo por qué Enzo insistía en que mi deber era salvar este
pueblo. Me agobia la tristeza que veo en el rostro de la gente. Supongo que
a mamá tampoco le gustaría ver su pueblo así.
El palacio del norte

Extiendo mis manos al frente, en la parte trasera y oculta del palacio,


cierro los ojos, pienso en un elemento: ¡La piedra! Imagino cómo cada
ladrillo se mueve hasta tener el espacio suficiente para entrar.
Bajo las escaleras directo al calabozo, donde los barrotes de hierro,
sucias y húmedas celdas mantienen cautivo a los prisioneros. Uno a uno, los
libero.
Al abrir la última celda, no sale nadie. Me acerco levantando el manto
que lo cubre. Coloco mis manos sobre mi boca al descubrir que es mi nana.
—¿Qué te han hecho? —susurro entre sollozos—. Soy yo, abu.
Un grupo de hadas, de las que liberé, se ofrecen a curar sus heridas y
cuidarla en un lugar seguro. No tengo tiempo para ir con ellas, les ruego la
salven.
Cubriéndome con mi capa de camuflaje subo las escaleras el primer
piso. Con cuidado, me acerco donde escucho gritos, sonidos de golpes;
están torturando a alguien.
¡No permitiré que esos enanos malditos sigan oprimiendo a mi gente!
Formo bolas de fuego con mis manos y le lanzo a los tres elfos.
No puedo creerlo, es Enzo. Está vivo, atado de manos sobre su cabeza,
su ropa destrozada y ensangrentada.
—Despierta por favor —susurro sobre su oído, lo acuesto sobre mis
rodillas. Con el poder de la corona repito el hechizo para sanar, sus heridas
desaparecen, pero no reacciona.
—Enzo, mi amor, despierta. ¡También te amo! —sollozo—. No puedo
gobernar este reino si no estás a mi lado. ¡Te necesito! —Beso sus labios
con suavidad, lo siento reaccionar.
—Te creí muerto —digo, mientras nos abrazamos.
—Ya lo sabes preciosa —contesta—, ¡hierba mala, nunca muere! Así
dicen los humanos, ¿no? Casi muero congelado, si no fuera porque ella se
detuvo para perseguirte aquella noche. Enojada al no encontrarte, me trajo
aquí para divertirlos mientras me torturaban.
—No tenemos mucho tiempo, debemos enfrentar a tu tío. Tienes que
tomar posesión del trono; solo así el poder de la corona podrá extenderse y
el pueblo comenzará a recuperar su magia.
Llegamos al último piso, el príncipe Killian, se levanta al verme:
—¡La hija perdida de mi hermana! —exclama con sorna—. Así que
vienes a quitarme el trono de mi padre.
Hace silencio mientras me mira con desprecio.
—¡No! —grita con fuerza—. Nunca tendrás este trono, me pertenece
por derecho. Una mestiza de sangre sucia como tú jamás podrá ser reina.
Extendiendo su báculo mágico, levanta a Enzo en el aire. Este deja caer
un pergamino y me pide que lo abra.
—Si tanto lo quieres, mejor dame esa corona —expresa con ironía—.
¡Soy el único heredero del rey Orion!
—No tienes derecho —musita Enzo—. Tenemos pruebas de que tú
mataste al Rey, y ese pergamino muestra que el rey Orion dejó su heredero.
El primer hijo del primer heredero y esa es Syrah. De lo contrario, no
traería la corona sobre su cabeza. Los seres ancestrales lo han aprobado.
Los guardias entran en la sala rodeándome, y comprobando lo que dice
el pergamino. Mi capa cae al piso y la corona vuelve a su forma original.
Libero a Enzo de la magia despojando al tío de su báculo con una corriente
de viento. Los guardias lo aprisionan en espera de mis instrucciones.
Al sentarme en el trono real, los seres ancestrales aparecen frente a mí
haciendo una venia de respeto. En ese momento un rayo de luz sube desde
la corona hasta el cielo.

*****

Meses después
Enzo

El reino ha recuperado su esplendor y devoción, gracias a la magia de


la corona.
Permanecemos a la defensiva esperando que la dama del bosque
contraataque.
Hoy celebraremos la coronación real de mi princesa, y también debo
trasladar al príncipe Killian a la prisión mágica.
La mayoría de los heridos ha logrado recuperarse, incluyendo a nana.
Después de la coronación, regresará al reino humano, no puede dejar sus
campos de café, pero siempre la visitaremos.
Hemos fijado la fecha para casarnos dentro de un año. Syrah aún siente
nervios por gobernar correctamente, es comprensible, un mundo nuevo.
Todos salen a despedir al príncipe antes de su traslado, Syrah lo quiso
así. Le guarda respeto, pues es de su familia y lo considera una víctima de
las circunstancias.
Estamos por subir a la carroza, cuando de repente surge una espesa
bruma cubriendo todo, de entre ella surge la dama del bosque.
—¡Maldita! —grita el príncipe Killian—. ¡Gracias a ti terminaré mis
días en la cárcel!
—¿Gracias a mí?, ja, ja, ja —vocifera la bruja riendo—. Yo solo
alimenté tu sed de poder y la envidia que ya tenías dentro de ti, príncipe.
Pero, aun así, no me serviste para obtener el poder.
—¡Ataquen! —Les grita a sus elfos, los que comienzan a herir a los
guardias, quienes con sus espadas defienden el castillo, las hadas que han
recuperado su magia también se defienden.
Syrah desde su habitación escucha el ruido por la algarabía y utiliza su
nuevo poder, transportándose de inmediato hasta donde está la bruja del
bosque.
—¡Enfréntate a mí! —grita Syrah a la bruja, pero ella vuela
acercándose al príncipe, quien los guardias habían dejado desprotegido,
clavando una estaca de hielo justo en su corazón.
—¡No he terminado contigo, princesa! Juro que aniquilaré toda la
descendencia del traidor rey Orion —grita la endemoniada mujer, mientras
escapa ocultándose en la niebla.

FIN
Obsesión Peligrosa
Lucrismar Otero

Alejandra se despertó sintiendo un fuerte dolor de cabeza, sentía tanta


molestia que tuvo que hacer un gran esfuerzo para abrir sus ojos. Trato de
moverse, y no pudo. Sus manos estaban atadas al espaldar de la cama con
una cinta de seda, hizo un recorrido visual que solo sirvió para confirmar,
con horror, que no estaba en su habitación. Quiso levantarse un poco,
tirando sus brazos, pero fue inútil, sintió que el nudo se apretaba un poco
más haciéndole daño. Sus piernas también estaban inmovilizadas,
amarradas al pie de la cama, dejándola totalmente impedida y expuesta. Su
ropa había desaparecido, solo vestía un juego de ropa interior color negro
que no dejaba nada a la imaginación y que no era suyo.
«¡Por Dios!, ¿qué estaba pasando? ¿Dónde estoy? No tengo la menor
idea de cómo he llegado hasta aquí. ¿Será una broma de mal gusto?
¿Quién podía tenerme prisionera?» Pensó con angustia.
En su desesperación, Alejandra volvió a jalar de sus ataduras, buscando
aflojar esos nudos, que con cada intento se apretaban cada vez más,
cortándole la circulación y ocasionándole dolor.
Sintiéndose cada vez más aterrorizada y adolorida, comenzó a gritar
pidiendo ayuda, sin obtener ninguna respuesta. El silencio se imponía, no se
escuchaba ningún tipo de ruido, lo que la llevó a pensar en que, o estaba en
un lugar aislado, o las paredes estaban insonorizadas.
El tiempo transcurría muy lento, brindándole la oportunidad de
observar de forma detenida, lo que había en el cuarto en donde estaba.
Identificó dos puertas, una pequeña mesa con dos sillas, un gavetero y, por
último, una pequeña ventana, a una considerable altura, que le permitía ver
al exterior. Así pudo constatar que era de día cuando despertó, pero ya
estaba comenzando a oscurecer, no sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Ella era una mujer que llevaba una vida solitaria, sin familia ni amigos,
no se metía con nadie, su vida estaba dedicada exclusivamente a hacer
crecer a su bebé; una agencia de marketing a la que venía dedicando todo su
esfuerzo desde que salió de la Universidad. Se había vuelto experta en el
manejo de las diferentes plataformas de comunicación, operando cuentas y
campañas con mucho éxito.
Resultaba sorprendente darse cuenta de que, ahora que se encontraba en
una situación de peligro, nadie sentiría su falta si llegara a desaparecer. Tal
vez sus empleados notarían su ausencia al no encontrar su firma en los
cheques.
—Un triste final, Alejandra —susurró—, debiste invertir mejor tu
tiempo.
Aunque pensó que quizás había una persona que la extrañaría,
reflexionó sobre la dueña de Coffee & Books by Ceci. Desde la
inauguración del local hace cinco años, Alejandra dedicaba mucho tiempo a
este lugar. En un principio, la atrajo el excelente café que servían, pero
luego surgió una conexión a través del amor por los libros. Pasaban
numerosas horas conversando sobre sus lecturas más recientes, autoras,
próximos lanzamientos y, por supuesto, en ocasiones discutían un poco.
Ceci era una acaparadora de protagonistas y no quería compartir con nadie.
Decía que todos eran de ella, lo que siempre las hacía reír.
De verdad esperaba que Ceci la extrañara y se percatara de su ausencia.
Lágrimas empezaron a correr por su cara. ¡Su vida no podía terminar
así!
De pronto, escuchó que introducían una llave en la cerradura de la
habitación, había llegado la hora de conocer quién la tenía retenida en
contra de su voluntad.
La puerta se abrió lentamente, dejándola ver la figura de su captor,
vestido de negro de pies a cabeza, con guantes y un pasamontaña que cubría
toda su cara. Llevaba en sus manos una bandeja, con un plato de comida,
una jarra con agua y un vaso.
La misteriosa figura colocó la bandeja sobre la mesita, mirándola
fijamente, se acercó a la cama y con una voz distorsionada, le dijo:
—¡No esperaba encontrarte despierta! Parece que calculé mal y no te di
la dosis adecuada, deberías haber dormido un par de horas más. Necesitas
descansar —Acercó su mano, y tomó un mechón de su cabello,
acariciándolo por un momento y colocándoselo detrás de la oreja.
Alejandra trató de alejarse, sintiendo una gran repulsión, no quería que
la tocara. Pero lo único que logró fue hacerse más daño en sus muñecas y
tobillos.
—¿Quién eres? ¿Por qué me tienes retenida aquí? ¿Cuáles son tus
intenciones? ¿Qué quieres de mí? —gritó Alejandra, sin dejar de moverse.
—Son muchas preguntas. ¡No seas tan impaciente, Mariposa! —
exclamó su captor con sarcasmo—. Si te portas bien, más adelante
despejaré tus dudas. Por ahora, tendrás que conformarte con saber que no es
la primera vez que pasamos la noche juntos, y que te he tratado tan bien que
ni siquiera te has dado cuenta. Al principio, me conformé con esos
momentos, pero quiero más de ti, quiero ser yo el que te cuide, quiero
formar parte activa de tu vida, ya no quiero estar en las sombras.
Hizo una pequeña pausa y continuó
—Tengo mucho tiempo observándote, siguiendo todos tus
movimientos. Sé que eres una mujer fuerte y que crees que no necesitas a
nadie. Pero también sé, que muy dentro de ti, anhelas tener a alguien que te
cuide y te quiera como a las protagonistas de las novelas que tanto te
gustan. Y quién mejor que yo. Eres una mujer increíble y no deberías estar
sola.
—Pero, ¿qué dices? ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo es eso de que ya
hemos pasado la noche juntos? ¿No crees que yo lo sabría? ¿Acaso crees
que esta es la mejor forma de conquistar a una mujer? —vociferó Alejandra
desesperada.
—¿Recuerdas tus episodios amnésicos? ¡Lástima que no recuerdas
nada! En mi memoria están grabados esos momentos, son horas que
disfrute mucho poseyéndote y teniéndote solo para mí —rememora su
captor—. No me dejaste opción, he estado cerca de ti en todo momento,
pero nunca ves más allá de lo externo, ¡como si yo no valiera la pena!
Siempre eres amable y educada, pero solo eso. Tú me obligaste a tomar este
camino. Tuve que improvisar un poco, al final, el fin justifica los medios.
Tomó una silla y se sentó a horcadas en ella, justo al frente de donde
estaba la cara de Alejandra
—Si no te hubieras puesto tan inquieta y curiosa, podría haber
disfrutado mucho más tiempo de ti en las sombras, me habría conformado
con eso. Veníamos muy bien, nunca sospechaste nada. Pero tenías que
llevarlo a otras instancias, y yo no puedo dejar que otras personas estén
curioseando sobre lo que te estaba pasando y mucho menos que te alentaran
a seguir investigando. ¡No sabes cuanta alegría me causo la ineptitud del
detective con el que hablaste! Disfruté mucho cuando supe que no se tomó
ninguna molestia en investigar tu denuncia.
Alejandra lo miraba sin saber qué decir. ¡A este tipo de verdad le
faltaba un tornillo! Esperaba que ya alguien hubiera notado su desaparición
y que la estuvieran buscando.
—¿Cómo sabes todo eso? Lo de la Policía no lo sabía nadie, a
excepción de Ceci, ¿la conoces?
—¡Ay, Mariposa! ¿Seguro que quieres saber la verdad? Mientras más
sepas, menos voy a dejar que te vayas de mi lado.
Alejandra, dándose cuenta de que no estaba dispuesto a contestar sus
preguntas, cambio de estrategia, recordando una de las tantas tramas que
había leído, decidió hacerle creer que se conformaba con su destino y que
se portaría bien, necesitaba ganar tiempo y su confianza.
Alejandra puso su mejor voz de niñita buena y le dijo:
—¿Podrías desatarme? Necesito ir al baño. Tengo mucha hambre y sed,
no recuerdo cuando fue la última vez que ingerí algún alimento.
Su captor la observo pensativamente y le comentó:
—Está bien, te voy a desatar. Pero dejemos algo claro, si intentas
cualquier cosa para escaparte, habrá consecuencias y te aseguro que no te
van a gustar nada.
Ella asintió. Se quedó muy quieta, haciendo un gran esfuerzo para
disimular el desagrado que sentía al tenerlo tan cerca. Era evidente que no
confiaba en él. Aunque la sorprendió que se quitara los guantes y frotara
suavemente cada miembro que iba soltando, con la intención de que la
sangre fluyera y no sufriera tantas molestias.
Su captor le señaló una puerta, indicándole donde estaba el baño. Salió
de la habitación anunciándole que volvería en un par de horas. Le advirtió
que no perdiera el tiempo gritando, ya que nadie la oiría.
Alejandra esperó unos minutos, antes de levantarse, se sentía un poco
inestable, así que caminó lentamente al baño, hizo sus necesidades, y
consideró tomar un rápido baño. Su captor tardaría un rato en volver y
debería aprovechar ese tiempo para despejarse y pensar con mayor claridad.
Tenía que encontrar la forma de cómo salir de allí.
Quiso pasarle seguro a la puerta, pero era una cerradura sin pasador, lo
que la hizo tomar el baño más rápido de toda su vida. Se sorprendió al ver
que los productos que encontró en el baño eran los que ella utilizaba. La
ropa que consiguió en el gavetero era de su talla y estilo. A excepción de la
ropa interior, ella solía usar modelos bonitos, pero no tan provocativos y
sexys como los que allí había.
Decidida a conseguir algo que le permitiera defenderse, revisó toda la
habitación, sin encontrar nada que le pudiera servir. En ese momento, su
estómago rugió, recordándole que tenía que comer y saciar su sed, por lo
que se sentó a hacerlo.

Dos días antes…

El detective Blackstone llegó temprano a su oficina, tenía mucho


papeleo pendiente. Revisaba algunos expedientes en su escritorio, sin
prestar mucha atención a la conversación que mantenían dos de sus
compañeros, hasta que uno de ellos mencionó las palabras “episodio
amnésico”, allí levantó la mirada y con curiosidad les preguntó de qué caso
estaban hablando.
El detective Márquez, describió a grandes rasgos, la conversación que
mantuvo con Alejandra Martínez sobre los episodios amnésicos qué, según
ella, había tenido. En el reporte constaba de su visita al médico, donde le
confirmaron que estaba sana y de que no había ninguna explicación para los
mismos, aun cuando la doctora que la atendió, asomó la posibilidad de que
alguien le estuviera suministrando alguna droga, como Rohypnol, usada por
delincuentes sexuales y a la que llamaban la droga de la violación. Pero
todo eran presunciones, por lo que se vio en la obligación de decirle que no
lo podían considerar como un caso de investigación, ya que no contaba con
pruebas de ningún tipo.
—¿Por casualidad tomaste nota de sus datos? Todo lo que me cuentas
me causa un poco de curiosidad y me gustaría hablar con ella —le dijo el
detective Blackstone.
—¡Por supuesto! Ya te paso mis anotaciones y su información.
Aunque ya era tarde, marcó su número, cayendo la llamada directo al
buzón de voz. Dejó un mensaje explicándole quién era y pidiéndole que le
devolviera la llamada.
Esa madrugada, el detective Blackstone fue llamado para atender la
escena de un robo que terminó en asesinato, por lo que se le complicó el día
y parte de la noche.
Veinticuatro horas después, al fin pudo sentarse un momento en su
escritorio. Revisó los mensajes del día, sin encontrar ninguno que
perteneciera a Alejandra Martínez. Eso lo hizo volver a llamar y dejar un
segundo mensaje, reiterándole lo importante que era que le devolviera la
llamada. No parecía una buena señal la falta de respuesta.
Al día siguiente, tras pasar toda la mañana buscando pistas sobre el
caso en el que estaba trabajando, regresó a su oficina, encontrándose en la
recepción de la Estación con una mujer que, muy enojada y en voz más alta
de lo normal. Dentro de las cosas que decía, señalaba que no se marcharía
de allí hasta que alguien tomara su denuncia y se activara la búsqueda de su
amiga.
—¿Es que no piensan hacer nada? ¡Ustedes son los culpables de su
desaparición! Alejandra pidió su ayuda y ni siquiera se tomaron el trabajo
de investigar un poco. Ahora, ella está desaparecida y me dicen que tengo
que esperar veinticuatro horas más —gritó Ceci muy alterada, casi al borde
de las lágrimas.
El detective Blackstone, comenzaba a subir las escaleras, cuando
escuchó el nombre de Alejandra, volviéndose sobre sus pasos, se presentó
ante una nerviosa Ceci, pidiéndole que por favor lo acompañara, que él
tomaría su denuncia.
Ceci lo siguió, un poco más tranquila. ¡Al fin alguien se había dignado
a escucharla! Ella no estaría tranquila hasta que su amiga apareciera. Este
detective no parecía tan insensible como los otros y de paso, tenía muy
buena vista. ¡Madre mía del amor hermoso! ¡Qué bien le quedaban los jeans
que usaba!
—Soy el detective Blackstone —se presentó—. Escuché que decía que
su amiga Alejandra había desaparecido. ¿Qué la hace creer que su amiga
está desaparecida? ¿Por qué llego a esa conclusión? Necesito que me diga
el nombre completo de su amiga, qué sitios frecuenta, la dirección donde
vive, donde trabaja y cualquier otra cosa que usted piense que pueda ser de
ayuda, por más insignificante que parezca.
Ceci, sin escatimar detalles, fue narrándole con lujo de detalles los
últimos acontecimientos en la vida de Alejandra. Durante una hora le dio un
breve paseo por su vida, su trabajo, las angustias y miedos que había
experimentado luego de sufrir el último episodio amnésico y cómo eso la
llevó a buscar respuestas, sometiéndose a exámenes y evaluaciones médicas
primero, de las cuales salió con un diagnóstico claro de que no había
motivos de salud para los mismos. Le habló de su visita a esa estación
Policial y la falta de apoyo por parte de alguno de sus colegas.
Terminó su relato con la conversación que mantuvieron en su local,
donde Ceci despotricó tan airadamente, que no pasó desapercibido para el
resto de los clientes que a esa hora se encontraban allí. Cuando logró
calmarse, le había ofrecido todo su apoyo y ayuda para descubrir que era lo
que estaba pasando, esa noche conversaron hasta que llegó la hora de cierre
del local y Ceci tuvo que dejar que se fuera sola. Justo ese día tuvo que
encargarse del cierre del local, Ivana su mano derecha, había llamado
temprano para informarle que se sentía un poco mal y que no podría asistir
al trabajo.
El detective Blackstone, tomó nota de todo, le hizo algunas preguntas
complementarias y le pidió que le diera sus datos para contactarla en caso
de que necesitara darle alguna información. A lo que Ceci accedió con
muchísimo gusto.

Alejandra se sentía muy mareada. De nuevo despertaba desnuda, en ese


cuarto que se había convertido en su prisión. Se sentía muy sola y
desamparada. Ya había perdido la cuenta de los días que tenía encerrada.
No entendía el gusto de su captor por preferir dormirla para estar con ella.
Debía estar muy enfermo para aprovecharse de una mujer inconsciente.
Por más que había buscado, no había conseguido ninguna forma de
escapar y cada día se iba apagando un poco más su esperanza, y para
empeorar la situación, estaba muy débil. En un intento de evitar la droga
había dejado de tomar cualquier líquido que le llevara, solo tomaba algunos
sorbos del grifo del baño, pero esto también resultó inútil, porque no sabía
cómo lo había vuelto a hacer. Así que también dejó de comer, pero eso solo
estaba debilitando su cuerpo. No entendía como lo hacía, ni porque su
captor prefería mantenerla bajo los efectos de la droga. Estaba desesperada.
¿Sería posible que nadie diera con ella? ¿Habría alguien buscándola?

Ya habían pasado tres semanas desde que Ceci había puesto la denuncia
y hasta ahora el detective Blackstone no había conseguido ninguna pista.
Todo era un misterio y no conseguía ningún hilo del que tirar.
Se había acostumbrado a pasar en sus ratos libres por el local de Ceci,
ella era una mujer muy inteligente y lo había convencido de que
compartiera sus hallazgos, así que repasaban los hechos una y otra vez,
buscando cualquier detalle que se les hubiera pasado por alto.
Esa tarde, Ceci lo esperaba ansiosa. Salió a su encuentro con un sobre
en la mano, cuando lo vio entrar.
—Buenas tardes, Ceci. Parece que te alegra mucho verme.
—¡Ah, Blackstone, no te hagas ideas! Esta tarde un servicio de entregas
trajo este sobre para mí. Es una carta de Alejandra disculpándose por no
avisarme antes de su viaje, que todo lo que le pasó la tenía muy abrumada,
así que decidió poner distancia y tomarse unos meses de vacaciones por
Europa, que al regresar tendríamos mucho de que conversar, ya que pensaba
leer mucho. Dice que al principio se fue sin ningún plan, solo por unos días,
pero se sintió tan bien, que decidió quedarse un tiempo más. Que había
delegado casi todas sus obligaciones en manos de sus empleados de más
confianza y que lo más importante lo seguía manejando ella vía online —le
resumió, casi sin tomar aire, una emocionada Ceci.
—¿Estás segura de que es de ella? Te veo un poco dudosa —respondió
el detective.
—Haces muy bien tu trabajo, detective. Pues sí, tengo mis dudas.
Alejandra no es el tipo de mujer que huye de esa manera y deja su negocio.
A ella le ha costado mucho levantarlo y apenas ahora estaba pensando en
delegar un poco. No puedo creer que se haya marchado así, como así, sin
ningún plan, dejando a todos por la vía libre.
—Tienes razón Ceci, yo tampoco lo creo. Voy a pasar por la agencia, es
necesario que sepamos si también recibieron una carta. Me parece
sospechoso, que el sobre no tenga la dirección del remitente y mucho
menos estampillas. También voy a necesitar llevarme el sobre con la carta,
tal vez tengamos suerte y podamos conseguir alguna huella.
—Está bien, pero por favor no me dejes por fuera. Averigües algo o no,
por favor, llámame más tarde.
Ceci no se separó del teléfono el resto de la tarde, esperando la llamada
del detective, estaba segura de que esa carta los guiaría hacia Alejandra.
Casi había llegado la hora de cerrar, cuando el detective Blackstone
cruzo las puertas del local, con una mirada llena de preocupación. Ceci
salió rápidamente a su encuentro, por lo que un poco divertido, él le dijo:
—¿Dos veces en un día corres a recibirme? ¡Voy a pensar que te
emociona verme! —exclamó risueño, tratando de aligerar el ambiente.
—¡Oh, por favor! ¡Creo que te estás pasando, Blackstone! La próxima
vez tú y tu ego no van a poder entrar juntos por esa puerta —respondió
Ceci.
—¡Tranquila, solo era una broma! Traigo algunas noticias. Pase por la
agencia, allí me confirmaron que también habían recibido una carta, a
través de la cual Alejandra delegó parte de sus funciones, tal como te lo
mencionó en la carta que te envió. Pero, lo más curioso de todo, aparte de
que no se dirigió a sus empleados a través de la red interna de
comunicaciones que ella misma estableció dentro de la agencia, es que
pidió que le hicieran la transferencia de una fuerte suma de dinero, a una
cuenta que no está registrada a nombre de ella, en las Islas Caimán.
Debemos agradecerle mucho a Alejandra que haya capacitado tan bien a su
personal, que cuando entré a sus oficinas, ya ellos habían decidido
llamarme, porque todo les parecía muy extraño.
—¡Gracias a Dios! Por fin, buenas noticias. —reconoció Ceci.
—Sí, yo también siento un gran alivio. Ya me estaba desesperando.
Estábamos en un callejón sin salida. Todavía debemos tener mucho
cuidado, Ceci. Aún no podemos cantar victoria, no tenemos claro en quién
podemos confiar, por lo que te agradezco que esta información no salga de
nosotros dos.
Cuánta razón tenía el detective Blackstone. La pareja estaba tan
emocionada conversando, que no se habían dado cuenta de que los
observaban desde algún punto del café. El enemigo estaba en casa, más
cerca de lo que imaginaban, siempre atento y vigilando todos sus
movimientos. Aunque en esa oportunidad lo habían agarrado desprevenido,
no esperaba que el detective regresara esa tarde, y tampoco había podido
acercarse a escuchar la conversación.

Alejandra sentía que se estaba volviendo loca, estaba cansada de


recorrer los pocos pasos de la habitación una y otra vez. No sabía qué
estaba pasando con su captor, parecía que había perdido el interés en ella,
ya no le hablaba, había dejado de drogarla y solo aparecía en la habitación
para llevarle sus alimentos. No sabía que era peor, si crearse falsas
expectativas pensando en que la podía dejar ir o preocuparse aún más
pensando en que tal vez estuviera planeando deshacerse de ella. Volvió a
recorrer la habitación, fustigándose mentalmente para idear alguna manera
de atacar a su captor y poder escapar, pero su imaginación parecía haberse
quedado evaporado. Ella, que siempre se le ocurrían las mejores ideas, no
lograba dar con alguna que la ayudara a ser libre.
Sus pensamientos fueron interrumpidos, al escuchar muchas voces y
algunos ruidos de puertas abriéndose, no sabía qué estaba pasando.
Se alejó de la puerta con los nervios a flor de piel, esperando no sabía
qué.
En ese momento, la puerta se abrió violentamente, dejando pasar un
grupo de policías fuertemente armados, que le hablaban sin ella entender lo
que decían. La llamaban por su nombre, pero ella no lograba reaccionar.
Solo pensaba en que al fin estaba a salvo.
Muy a lo lejos, llego a ella una voz que le parecía familiar y que la hizo
reaccionar ante lo que estaba pasando.
—Déjenme pasar, no me pueden impedir verla —gritaba una iracunda
Ceci, tratando de abrirse paso entre los policías.
Alejandra rompió a llorar cuando sintió los brazos de su amiga
rodearla.
¡Por fin estaba a salvo!

Un año después…

La experiencia vivida por Alejandra, le dejó algunas secuelas que no


pudo manejar sola, así que desde hace once meses asistía a terapia. También
implemento algunos cambios en su vida, había aprendido la lección. Ahora
delegaba más en su personal, la agencia no decayó durante su forzada
ausencia, demostrándole que los había capacitado bien. Comenzó a ir al
Gym, se inscribió en un curso de cocina y en uno de escritura creativa,
hasta estaba pensando en escribir una novela. Se propuso hacer nuevos
amigos, empezando por el detective Blackstone, a quien veía muy a
menudo en el local de Ceci, no sabía que se traían esos dos entre manos,
pero le hacían pasar un buen rato cada vez que compartía con ellos.
Alejandra se alegró mucho de saber que él nunca se rindió con su caso.
El detective Blackstone, le explicó que su captor se había confiado mucho,
cometiendo un error que él supo aprovechar. En una de las cartas
encontraron una huella parcial, que, al cotejarla con el sistema de huellas de
la policía, dio una coincidencia que los sorprendió. El sospechoso que
siempre pensaron era un hombre, realmente era una mujer. Y no cualquier
mujer, resulto que era Ivana Clark, la mano derecha de Ceci.
Cuando vio la foto de la implicada, el detective Blackstone la reconoció
inmediatamente, siempre la veía alrededor de Ceci y muchas veces se había
mantenido cerca de ellos cuando conversaban. Pensaba que era por cuidar a
su jefa, pero ahora entendía que solo los estaba espiando.
De inmediato llamó a Ceci, preguntándole por su empleada, a lo que
ella le respondió que tenía dos días que no asistía al trabajo, que se había
reportado enferma. Esa noticia alarmó al detective Blackstone, por lo que
solicito a sus jefes emitieran urgentemente la orden de captura de la
sospechosa, así como una orden de allanamiento de un inmueble de su
propiedad.
En la propiedad, además de Alejandra, habían encontrado un cuarto
lleno de fotos, donde aparecía la implicada con una inconsciente Alejandra
en diferentes poses, recreando, para un ojo no experto, a una amorosa pareja
de mujeres. Allí entendió ella porque prefería drogarla. Además, también
encontraron fotos de lo que presumían sería su siguiente víctima, tomadas
en diferentes ángulos, a la distancia y realizando diferentes actividades.
¡Con razón había ido perdiendo el interés en ella!
La búsqueda de la sospechosa fue infructuosa, y sin ningún resultado,
había desaparecido sin dejar ningún rastro. Hecho que la preocupaba
mucho, aunque el detective Blackstone le aseguraba, con total
convencimiento y fe en el sistema, de que ella no sería capaz de volver a
esa ciudad. De atreverse, sería detenida inmediatamente, ya que su foto
figuraba entre los más buscados y habían enviado una alerta a todos los
aeropuertos, estaciones de bus y tren.

Tres años después….

Alejandra miraba los sobres que le habían dejado en el buzón de su


departamento.
Entre ellos destacaba un sobre rojo, que curiosamente procedió a
destapar y que, al leer, lo dejó caer de sus manos, temblando de miedo…
¡No sabes cuánto te extraño, mi Mariposa…!
FIN
Conociendo a los autores de la
Antología...

Autora: Helena Quirós

Relato: Esos Ojos Azules

Género: Romance Contemporáneo

Pais: Costa Rica

Lectora apasionada de casi todos los géneros literarios, siendo sus


preferidos la novela romántica de época y el suspenso. Entre sus
autores preferidos están Gabriel García Márquez, Isabel Allende,
Jane Austen, Hilda Rojas, Mile Bluett, Juliana Velázquez y Jess
GR entre otros

Autora: Paola Muñoz

Relato: Libros, amor y terror en San Valentín

Género: Suspense romántico

Pais: Ecuador

Se considera una ávida lectora. En el 2021 decidió incursionar


como autora publicando, «Un Amor Inesperado». A la fecha de
hoy, lleva tres obras autopublicadas y es su anhelo que muchas
obras más se les sumen a hacerles compañía.

Autora: Katerine Leal

Relato: Promesas para Aitana

Género: Romance juvenil


Pais: Colombiana viviendo en Venezuela

El amor por la lectura se presentó un día cuando era muy joven,


al leer una historia de Corín Tellado, desde entonces lee todo
tipo de historias de romance. Madre consentidora de dos hijos,
sus motores de vida, esposa enamorada y una soñadora
incorregible. Escribe desde pequeña, posee varias historias en
las plataformas Wattpad, Buenovela y Amazon. Redes:
@kayluvilu..

Autora: Lorena Fuentes

Relato: Mi doctor encantador

Género: Comedia Romántica

Pais: Venezuela

Es amante de las artes en todas sus expresiones. En 2015, con


Soy Tuya incursiona por primera vez en ese mundo de la
literatura. Escritora Best Seller de Amazon. Sus obras están en
español, inglés, francés y portugués. Redes sociales: IG:
@lorenafuentes2 ; X: @lore2811

Autora: Marian Sanoja

Relato: Tu cuerpo y la espuma de mi café

Género: Romance erótico

Pais: Venezolana

Lectora consumada y escritora apasionada. Considera que el


mundo de la escritura es la manera de dar libertad a su
imaginación y que cada día se aprende algo nuevo. “Quien lee
vive miles de vidas… Quien escribe las regala…

Autor: James A.

Relato: Perdón por desnudarte

Género: Romance erótico

Pais:

Escritor apasionado con dos novelas y un poemario publicados


en Amazon, además de varias novelas disponibles en Wattpad.
Su amor por el arte se refleja en sus historias. Actualmente
estudia para ser profesor de arte. Con su enigmática
personalidad, James A se muestra como un lobo oculto tras su
pasión por la escritura y el arte.

Autora: Anabel Pinedo

Relato: El rechazo del amor de la bruja

Género: Romance paranormal

Pais: República Dominicana

Médico de profesión, amante de la lectura, la naturaleza y la música. Adora los libros en todas sus versiones, digital y
audiolibros, ya que el propósito final es sumergirse en los mundos que han sido creados por la imaginación de los escritores,
permitiéndose disfrutar cada una de las páginas que lee. Sus géneros favoritos son el romance, suspenso y acción.

Autora: Carolina Vivas

Relato: La doncella y el bandolero

Género: Romance histórico

Pais: Venezuela

Escritora y apasionada de las letras. Ha logrado autopublicar ocho libros. Con cada novela busca dejar una huella duradera en
el mundo de la literatura. El diseño y la corrección de textos también ocupan un lugar importante en su vida, y eso
complementa su crecimiento creativo.
Redes sociales: IG: @_VivasCaro, X: @_VivasCaro

Autora: Yaneth Marín

Relato: El legado de la princesa Syrah

Género: Fantasía romántica

Pais: Panamá

Lic. en admon. de empresas, madre de dos hermosos hijos que


son mi motivo para seguir adelante. En el año 2022 participé en
la coautoría de la antología Indomable, que la música mueva tu
mundo, donde comparto letras con otros once autores. En
diciembre de 2023 publique mi primera novela: Bucle
Navideño

Autora: Lucrismar Otero


Relato: Obsesión peligrosa

Género: Thriller romántico

Pais: Venezolana viviendo en USA.

Lectora empedernida. Participante en la Antología “Indomable:


Que la música mueva tu mundo” en el año 2022 y en la
Antología “Detrás del Disfraz” Vol. III, en el año 2023.
Actualmente tiene en revisión su Primera Novela. Redes
sociales: @lurggibooks en Instagram
©Antología Multiautor Vol.II, [2024]
Título de la Obra: El amor sabe a libros & café
Corrección: Bet Alifanow
Edición y maquetación: Servicios Editoriales Letras Indomables
Diseño de Portada: Dayah Litworks
Diseño de Portadas Internas: Bet Alifanow, Carolina Vivas, Elizabeth Mendoza

Todos los derechos reservados

1 era Edición Digital y Paperback.

LETRAS INDOMABLES
SERVICIOS EDITORIALES.
CONTACTO WHATSAPP
+1 (239) 378 1772

[1]
Espíritu femenino que te advierte con su largo y triste llanto que alguien de tu familia va a morir.
[2]
Espíritu de agua en forma de caballo que ahoga a sus jinetes.
[3]
Café que contiene whisky y helado de vainilla.
[4]
Falda corta típica escocesa utilizada por los hombres, hecha de lana de cuadros o listas, plisada.

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