Ética para Las Ciencias y Técnicas de La Vida
Ética para Las Ciencias y Técnicas de La Vida
INTRODUCCIÓN
OBJETIVOS
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1. Conocer la bioética y señalar las cuestiones relacionadas con ella.
2. Introducir los llamados «principios de la bioética» y ver los conflictos que
plantea su aplicación.
3. Tomar conciencia de la concepción de la persona que subyace en nuestro
tiempo y la vinculación de la misma a la idea de calidad de vida.
4. Conocer el sentido y uso de los códigos y los comités éticos.
5. A través de todos estos objetivos debe quedar claro que no es el fin de la
bioética resolver casos difíciles, sino aportar un marco conceptual y argumental
adecuado para plantear esos casos y discutirlos democráticamente.
1. QUÉ ES LA BIOÉTICA*
Así, la bioética aborda, antes que nada, cuestiones que tienen que ver con el
nacimiento y la muerte, con el tratamiento de las enfermedades, con la investigación en
biomedicina. Pero tiene que ver asimismo con el respeto a los animales y el respeto al
medio ambiente.
La bioética necesita de la ayuda de muchas disciplinas y procura especialmente el
diálogo entre ellas. La medicina, la enfermería, la biología, el derecho, la psicología, la
sociología, la filosofía, la antropología tienen algo que decir y que aportar a los análisis e
interrogantes con que se enfrenta la bioética.
Puesto que la tendencia de la mayoría de las ciencias es la especialización y la
concentración en reductos cada vez más estrictos y pequeños, la bioética pretende
romper con esa tendencia y forzar preguntas, juicios de valor, argumentos que las
distintas ciencias por sí solas no llega a plantearse.
De hecho, las preguntas de la bioética están latentes o manifiestas en la sociedad y
surgen ante cada nuevo descubrimiento científico o innovación técnica: la fecundación
artificial, la clonación, la manipulación genética, el encarnizamiento terapéutico, el
derecho a morir con dignidad, el derecho al aborto, la relación médico-paciente, son
algunas de las muchas cuestiones que una sociedad liberal y avanzada no puede eludir,
aunque no tenga para ellas respuestas automáticas.
Los temas de la bioética pueden ser muchos y es imposible enumerarlos todos. La
evolución de la biomedicina y las prioridades que se dan en la investigación básica y
aplicada determinan los dilemas que aparecen de continuo y amplían el campo de la
bioética. Señalaremos tan sólo aquellos temas que pueden considerarse ya consolidados
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como objeto de estudio de dicha disciplina.
— La eutanasia, el encarnizamiento terapéutico, la reanimación, el estado
vegetativo crónico.
— El aborto, el diagnóstico prenatal y el aborto selectivo.
— La fecundación asistida, la fecundación in vitro, la maternidad subrogada.
— La experimentación con embriones
— La manipulación genética, la terapia génica, el genoma humano.
— La información al paciente, el consentimiento informado
— Los trasplantes
— La geriatría. Las enfermedades degenerativas.
— El SIDA. La drogodependencia.
— Las enfermedades mentales.
— Las prioridades sanitarias y las prioridades de la investigación biomédica.
— El crecimiento demográfico y su control
— El deterioro del medio ambiente.
— La protección de los animales.
Según el Informe Belmont (USA, 1978), los principios de la bioética son cuatro:
no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia. Los dos primeros son tan
antiguos como el juramento hipocrático1, texto conocidísimo que representa el inicio de
la deontología médica y que ha sido asumido por los médicos de todas las épocas.
Los cuatro principios de la bioética no son sino la forma de afirmar los derechos
fundamentales de la vida (beneficencia y no maleficencia), de la libertad (autonomía) y
de la igualdad (justicia).
Veámoslos por separado.
2.1. La no maleficencia
Todos los principios básicos pecan de excesiva generalidad. Lo que hace que no
estén exentos de ambigüedad. Lo vemos al analizar este primer principio de la bioética.
¿Qué es no hacer daño? ¿Se hace más daño acelerando la muerte o evitándola? ¿Con una
terapia muy agresiva o con otra más suave pero menos segura? ¿Le hace daño al paciente
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conocer la enfermedad que padece? ¿La mejor manera de no hacer daño es prevenir un
daño ulterior? ¿A costa de qué? ¿Qué tipo de daño se le infringe a un feto o a un
embrión? Son sólo unas cuantas preguntas de las muchas que provoca la práctica
sanitaria y la investigación en biomedicina.
La pregunta que podría resumir a todas las anteriores es la siguiente: ¿qué
tratamientos producen más daño que bien? Una pregunta imposible de contestar de una
vez por todas y al margen de situaciones concretas. Depende. El principio de doble
efecto, que consiste en buscar un efecto bueno a partir de un medio no tan bueno, es casi
inevitable en medicina. Cualquier terapia es molesta y la molestia es un daño que tiene
diversos grados. Poner límites a ese daño es un imperativo ético ineludible, cuya buena
aplicación no depende de fórmulas prefijadas, sino del buen sentido o de eso que ha
venido en llamarse la «buena práctica médica».
2.2. La beneficencia
No sólo el sanitario tiene la obligación de no hacer daño, sino que debe «hacer un
bien».
Nos encontramos a este propósito con dilemas similares a los anteriores: ¿qué es
beneficiar al paciente? ¿Curarle? ¿Prevenir de que caiga enfermo? Y cuando ninguna de
ambas cosas es posible, ¿de qué forma se le hace un bien mayor? ¿Cuidándole?
¿Informándole de lo que le ocurre? ¿Engañándole? Y cuando se niega a ser curado, ¿qué
se debe hacer? ¿Curarle a pesar suyo? ¿Dejar que empeore o que se muera?
El principio de beneficencia es aún más impreciso que el anterior. Es lógico que
así sea puesto que es más fácil saber qué está mal —qué es un daño— que saber qué está
bien —qué produce beneficio—. Es más, si las obligaciones legales con respecto al
paciente tienen que ser precisas, las obligaciones morales no pueden ni seguramente
deben serlo. La Ley General de Sanidad de España indica que es un derecho del paciente
«rehusar el tratamiento» excepto en los casos que la misma ley especifica y determina.
Pero la aplicación de la ley tiene también sus zonas grises. Además, cada enfermo y cada
caso es distinto. De algún modo, ante cada caso, hay que «inventar» cuál es la mejor
forma de tratarlo, entendiendo «tratar» tanto desde el punto de vista terapéutico como
desde el punto de vista humano.
Si pensamos en los dos tipos de criterios éticos vistos anteriormente, en el capítulo
3, y tratamos de verlos en función de los principios de la bioética, nos damos cuenta de
que ninguno de los dos criterios resuelve automáticamente los problemas más graves. El
principio kantiano que nos ordena tratar a las personas como un fin o aplicar sólo
aquellas máximas que puedan universalizarse no da ninguna respuesta indiscutible a la
pregunta sobre si es bueno para el paciente con un cáncer avanzado aplicarle una terapia
muy invasiva y de dudosa eficacia. Tampoco nos lo resuelve el criterio utilitarista según
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el cual habría que hacer aquello que produjera mayor felicidad en el mundo. Es una
muestra de que
entre los principios y la práctica hay siempre un vacío que no puede ser llenado por
nadie sino por quien o quienes tienen que tomar una decisión. Es ahí, precisamente,
donde se encuentra y actúa la responsabilidad.
2.3. La autonomía
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2.4. La justicia *
Creo que es ese criterio propuesto por Rawls —el de favorecer a los más
desfavorecidos— el que debería adoptarse como criterio básico de la justicia distributiva
aplicada a la sanidad. Hablamos de justicia porque los recursos siempre son escasos y las
necesidades, en cambio, crecen desmesuradamente. No es fácil mantener un sistema
público de salud que al mismo tiempo sea justo dada la dificultad de jerarquizar las
necesidades y decidir cuáles son más perentorias. Todas las vidas humanas valen igual,
pero no todas necesitan lo mismo y, sin embargo, los recursos para atender a esas
necesidades son de todos.
¿ Cómo resolver los dilemas planteados por las terapias más caras, la escasez de
camas, las listas de espera, la expectativas de vida, y tantos otros que fuerzan a tomar
decisiones a diario en los centros médicos y a perfilar distintas políticas sanitarias?
La asignación de recursos sanitarios es uno de los problemas que tienen planteados
los estados sociales de derecho ante la demanda creciente e imparable de los ciudadanos.
La aparición y viabilidad de nuevas técnicas como las de fecundación in vitro, o el
descubrimiento de nuevas terapias para combatir el cáncer, el SIDA o el alzheimer, tiene
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como consecuencia inmediata la demanda de que sean cubiertas por la seguridad social.
Algunos países han tratado de establecer criterios para la asignación justa de los recursos
sanitarios. El estado de Oregon, en EE.UU., por ejemplo, fue pionero en tal intento y se
toma como referente de otros ensayos similares. Aunque sea inevitable revisar
periódicamente las conclusiones e incluso los criterios establecidos para la distribución
de recursos, el estado no puede eludir la obligación de tomar decisiones a tal respecto.
Tampoco pueden eludirla los centros sanitarios y los gobiernos locales, en la medida en
que tienen competencias para tomar decisiones en materia de justicia distributiva.
Las convicciones religiosas —ya hemos aludido antes a los Testigos de Jehová—
en ocasiones se oponen y prohíben determinadas terapias. La ley impone ciertos límites,
por ejemplo, cuando el paciente es un menor que no puede decidir por sí mismo. Pero,
en el caso en que el paciente sea mayor de edad y goce, por tanto, de autonomía moral,
¿qué se debe hacer con un testigo de Jehová que rehúsa una transfusión de sangre?
¿Dejarle? ¿Tratar de convencerle? ¿ Forzarle? Está claro cuál es su bien: su bien de
acuerdo con la terapia médica al uso, pero no el bien que su religión le impone.
¿Debemos sacrificar la beneficencia a la autonomía? ¿Vale aquí la acusación de
paternalismo?
Otro ejemplo frecuente de choque entre la beneficencia y la autonomía lo plantean
los problemas provocados por el derecho a la confidencialidad o por el deber de secreto
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profesional. ¿Qué debe hacer el médico cuando el paciente afectado por el SIDA se
niega a que su familia —su mujer, su novia— conozca su enfermedad? ¿A qué
confidencialidad obliga una epidemia que pone en peligro evidente la salud pública?
Finalmente —los casos podrían multiplicarse, pero sólo podemos referirnos a unos
cuantos casos típicos—, pensemos en el enfermo de Alzheimer que, hastiado de vivir en
el estado en que se encuentra, se niega a seguir comiendo porque prefiere morir.
Imaginemos que su familia está de acuerdo con la postura del paciente. ¿Dónde está ahí
la beneficencia? ¿Dónde empieza y dónde acaba la autonomía?
Puesto que la salud es un bien público, reconocerlo como derecho básico significa
garantizar a todos la protección de la salud. Como, por otra parte, los recursos son
escasos, es inevitable calcular costes, beneficios, riesgos, teniendo en cuenta no sólo
intereses individuales sino intereses colectivos. Las terapias muy caras, como los
trasplantes, deberán tener limitaciones; ciertas prácticas como la rehabilitación de recién
nacidos cuando éstos tienen poquísimas posibilidades de supervivencia, no podrán
aplicarse sistemáticamente; ciertos pro- cedimientos diagnósticos tendrán que divulgarse
con mesura.
Por eso es difícil conjugar ambos principios, beneficencia y justicia, porque el bien
de unos tiene casi inevitablemente como consecuencia el abandono de otros. Una
cuestión que si a nivel nacional plantea problemas, éstos adquieren dimensiones
escandalosas cuando la pensamos a nivel internacional.
Los ensayos clínicos permiten contemplar la relación entre beneficencia y justicia
desde una perspectiva distinta pero no menos angustiosa. Los sujetos participantes en un
ensayo saben que se prestan a un experimento que probablemente no les beneficie a ellos
directamente, pero que puede redundar en beneficio de futuras generaciones. El
beneficio, de haberlo, no será para el sujeto que entra en el ensayo, sino para otros. De
algún modo, la beneficencia esperada coincide aquí con la justicia, en la medida en que
el bien social tiene que estar por encima del bien individual. Sin embargo, no es legítimo
someter a nadie a un experimento de este tipo sin consultarle previamente, informarle
bien y solicitar su consentimiento.
4. EL CONCEPTO DE PERSONA*
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Por lo visto hasta ahora, podemos darnos cuenta de que
las decisiones que tomemos ante preguntas como las planteadas dependen del
concepto de persona que tengamos.
Desde un punto de vista ético, la persona posee una dignidad intrínseca según la
cual es ilegítimo tratarla como si fuera una cosa.
Este valor que hay que reconocerle al ser humano por el hecho de serlo le hace
sujeto de unos derechos fundamentales que son los «derechos humanos».
La dignidad que define a la persona humana ha sido caracterizada de forma
distinta a lo largo del pensamiento. Mientras se entendió a la persona como portadora de
un fin, un telos, que debía realizar, la concepción de persona, desde el punto de vista de
su dignidad intrínseca, se hizo depender de dicho fin.
Aristóteles concibió la «excelencia» humana como «ciudadanía». El hombre
virtuoso era el buen ciudadano. Adquirir las virtudes de la ciudadanía era el fin de la
persona.
En la Edad Media, la filosofía cristiana hizo depender la dignidad humana de
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Dios, su creador. El fin del hombre era realizar el mandato divino, en eso consistía su
excelencia o su dignidad.
Con la Modernidad se complica la posibilidad de concebir a la persona de acuerdo
con un fin preciso. El pensamiento moderno se separa de la religión y entiende a la
persona básicamente como «individuo libre». La dignidad está en el buen uso de la
autonomía o de la libertad, con la dificultad de que ese «buen uso» no es del todo
precisable. Como bien dice Stuart Mill, el individuo es libre para hacer lo que quiera
salvo hacer daño al otro.
Eso, el daño al otro, la libertad del otro, es el único límite a la propia libertad.
Más que partir de una idea de persona que nos tranquilice, hay que pensar en la
responsabilidad de aceptar o rechazar todas las posibilidades que ofrecen las nuevas
técnicas aplicadas a la vida humana. ¿Qué tipo de persona, qué tipo de sociedad
queremos? Es una pregunta que no debe abandonar a la reflexión sobre los experimentos
y avances que pueden ser un progreso o una amenaza para la vida humana.
5. LA CALIDAD DE VIDA
El concepto de persona de nuestro tiempo está muy ligado a eso que llamamos
«calidad de vida» y que tiene que ver con el hecho de que nuestras necesidades son
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imparables. No damos valor a la mera supervivencia vital, sino que exigimos que la vida
tenga una calidad. En eso consiste la dignidad de la vida moderna: en una vida digna de
ser vivida.
La idea de calidad de vida añade más complejidad si cabe a la concepción de la
persona. La calidad de vida la define cada cual, es un concepto subjetivo, que
difícilmente se ajustará a unas medidas objetivables.
La bioética utilitarista ha establecido unos parámetros —Qualy— para determinar
la calidad de vida de los pacientes y poder aplicar, a partir de ellos, el principio
utilitarista de maximización de la utilidad o del beneficio. Aunque no dudamos del
servicio que puede obtenerse de la puesta en práctica de métodos como el de los Qualy,
no hay que olvidar que, porque tratamos con personas, la calidad de la vida siempre es
algo más complejo que el resultado de una simple encuesta.
Pero, al mismo tiempo, sabemos que nadie vive aislado y que la vida propia vale
también por la relación que existe entre nuestra vida y la de los demás. De ahí que las
decisiones en bioética no pueden considerarse ni exclusivamente subjetivas —cada cual
decide sobre su vida— ni exclusivamente sociales o comunitarias —los demás deciden
por mí—. Ambas dimensiones deben ser tenidas en cuenta y hacer que converjan. Al
decidir, por ejemplo, sobre la aplicación de la eutanasia a un individuo que la solicita,
nuestra decisión afecta, por supuesto, a tal individuo, pero también afecta a la
concepción de la persona y de la vida de toda la comunidad. No olvidemos que las
decisiones siempre sirven de precedente, que, por decirlo así, construyen futuro.
Son estos derechos los que pretenden en incidir en la calidad de vida como
requisito que no se puede obviar al valorar la vida humana. El derecho a decidir sobre la
propia muerte, a rehusar un tratamiento especialmente agresivo, el derecho a disfrutar de
un medio ambiente depurado, a interrumpir la carrera de armamentos, constituyen
formas de tratar de preservar la libertad ante amenazas derivadas de las nuevas
tecnologías, pero a preservarla en solidaridad con los demás y, a ser posible, no con los
más próximos a nosotros, sino con todo el mundo. Aquí es donde convendría celebrar la
tan mentada y denostada globalización.
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6. LOS COMITÉS ÉTICOS
Es Habermas4 quien ha dicho que la ética de nuestro tiempo es una ética basada en
la comunicación. Dada la dificultad de encontrar respuestas unánimes y convincentes,
dada la imposibilidad de tener la garantía de que no nos equivocamos en nuestras
decisiones, la única vía es el diálogo democrático.
La ley del Medicamento (1990) obliga a la creación de unos comités que evalúen
los aspectos metodológicos, éticos y jurídicos de los protocolos de ensayos clínicos. No
se trata de comités propiamente «éticos», puesto que el trabajo que deben realizar es la
evaluación científica, y no sólo ética, del ensayo clínico propuesto. Un apartado del
ensayo clínico tiene que ver con la información al paciente y el consentimiento del
mismo. Desde el punto de vista ético, éste es el aspecto más delicado, si bien hay que
reconocer que el conjunto del ensayo puede plantear asimismo dilemas con dimensiones
éticas, como la legitimidad del placebo, la valoración de los posibles riesgos o la
pertinencia del mismo ensayo desde un punto de vista de justicia distributiva.
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adoptar actitudes, establecer criterios o tomar decisiones tanto respecto al tratamiento del
enfermo como a la información que debe recibir él o a sus familiares.
Característica de todos los comités es su composición interdisciplinar. Constituyen
un equipo integrado por médicos, farmacólogos, personal de enfermería, así como
personas ajenas a las profesiones sanitarias. La interdisciplinariedad asegura una cierta
independencia e imparcialidad de criterios.
Un punto de referencia para la discusión de los comités éticos son los códigos
éticos o deontológicos que se van elaborando tanto para regular el funcionamiento de
los propios comités, como para establecer los principios que deberán tenerse en cuenta
para evaluar los casos que se presenten.
Los códigos éticos o deontológicos suelen consistir en enunciados de principios
muy generales y, en cualquier caso, precisan de interpretaciones ajustadas a la situación
concreta. Los cursos de bioética no pueden prescindir del «análisis de casos» como
forma de acercarse a los problemas más reales. Los comités constituyen la ocasión de
discutir los problemas que realmente suscita la práctica médica, así como de llegar a
conclusiones consensuadas. La única forma de ir avanzando en el terreno de la bioética.
RESUMEN
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No todo lo técnicamente posible es éticamente legítimo. La bioética desarrolla
dicho principio confrontándolo con los retos de la biotecnología.
A la luz de los temas que son objeto de preocupación de la bioética hay que ir
descubriendo el significado que tienen para nosotros los principios de no maleficencia,
beneficencia, autonomía y justicia.
Los conceptos de persona y calidad de vida son un supuesto irrenunciable de la
bioética. La indeterminación que caracteriza a ambos conceptos no puede ser obstáculo
para tratar de responder a los problemas y conflictos planteados por las ciencias y las
técnicas de la vida.
Los códigos y los comités éticos constituyen el principio para la puesta en práctica
de una ética que sólo puede basarse en el diálogo.
El filósofo Hans Jonas5, en su El principio de responsabilidad ha reformulado el
imperativo categórico kantiano de esta forma que muy bien puede servir como
imperativo de la bioética:
Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia
de la vida humana auténtica en la Tierra.
ACTIVIDADES
1. Analice casos clínicos a la luz de los principios de la bioética tratando de ver los
conflictos que se plantean.
2. Vea la película En estado crítico y comente o discuta las cuestiones éticas que
plantea.
EJERCICIOS DE AUTOEVALUACIÓN
1. ¿ Cree que la fertilización in vitro debería ser cubierta por la seguridad social?
Argumente las razones en pro y en contra utilizando los principios expuestos en este
capítulo.
2. Explique la importancia de la información al paciente como forma de respetar
su autonomía. ¿Cree que la práctica del consentimiento informado que se realiza en los
hospitales es la adecuada? ¿Qué insuficiencias o defectos le ve?
3. Confronte la idea de salud pública (a propósito del SIDA, tabaquismo,
alcoholismo, drogas) y el principio de la autonomía individual.
4. Explique de qué forma la concepción que tengamos de la persona y de la
calidad de vida determina nuestra posición sobre el aborto y la eutanasia.
5. ¿ Cree que los comités éticos sirven al objetivo de discutir y tratar de resolver
los problemas que se plantea la bioética?
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SOLUCIONES
1. Conviene preguntarse si la esterilidad debe ser vista como una patología igual a
otras enfermedades más «clásicas». Es un hecho que, a medida que la sociedad progresa
científica y técnicamente, a medida que mejora la calidad de vida de la gente, aumentan
también sus necesidades. Lo que antes no era visto como una enfermedad curable, ahora
lo es.
Sin embargo, el principio de justicia nos obliga a concretar necesidades básicas.
La escasez de recursos fuerza a priorizar tratamientos y a distinguir las terapias
imprescindibles de las que no lo son.
Ejemplos como el de Oregon y los criterios allí utilizados para establecer una lista
de las prioridades sanitarias pueden servir de base para argumentar a favor o en contra de
la inclusión de la fertilización in vitro entre las prestaciones cubiertas por la Seguridad
Social.
Hay que situar esta cuestión en el contexto del posible conflicto entre el principio
de justicia y el principio de beneficencia. También verlo a la luz de la dificultad de
definir la calidad de vida. Es evidente que las técnicas de fecundación artificial
benefician al individuo. También lo es que un sistema público de salud debe asegurar las
necesidades más básicas. ¿Lo es la fecundación artificial?
2. Los protocolos de ensayos clínicos incluyen una hoja de información al paciente
seguida de una hoja de consentimiento.
Para contestar a esta cuestión convendría analizar esas hojas informativas y ver si
son efectivamente comprensibles para el paciente y si la información es correcta y
completa.
También convendría ver en qué otras ocasiones y situaciones, el médico solicita el
consentimiento del paciente y si lo hace justificada y adecuadamente.
Sin duda, el consentimiento informado es la forma externa más explícita de
reconocimiento de la autonomía del paciente. Ahora bien, ¿puede decirse que siempre es
así? No todos los pacientes son iguales ni pueden entender la información que se les da.
¿No puede ser el consentimiento informado una excusa para desresponsabilizar al
médico y defenderse de posibles acusaciones?
Dado que no todos los pacientes son iguales y no todos reaccionan del mismo
modo ante el conocimiento de la enfermedad, ¿no debería hablarse más de una
información «diversificada»? Explicar la importancia que tiene el diálogo, la
conversación, la relación médico-paciente en esta cuestión.
3. La idea de salud pública es necesaria, pero puede ser fundamentalista y
totalitaria. Un ejemplo es el llamado «problema de la droga». Razones de moral y salud
pública llevaron a prohibir el consumo y el tráfico de drogas, que estuvo libre de
legislación durante siglos. Razones económicas o de una mal entendida «justicia
distributiva» pueden llevar a estigmatizar a los fumadores o bebedores como personas
que, por voluntad propia, constituyen una carga para el sistema público de salud.
Hay que ver estas limitaciones de la libertad individual o de excesivo paternalismo
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desde la perspectiva del concepto de libertad definido por Stuart Mill. Según tal
definición, sólo el daño al otro —nunca el daño a uno mismo— justifica la intervención
en las libertades. Una ética utilitarista, según la cual es bueno lo que maximiza el
bienestar de la mayoría, puede asimismo fundamentar determinadas concepciones de la
salud pública.
Otro tema a considerar es el de la confidencialidad con respecto a enfermedades
contagiosas, como el SIDA. Si no es legítimo estigmatizar a los afectados por una
patología por razones mal llamadas «morales», sí lo es, desde la defensa de los
principios de no maleficencia y beneficencia, romper la obligación de confidencialidad
cuando está en peligro la salud de otras personas.
4. Se trata de explicar que la definición de persona no es una cuestión científica
que pueda ser resuelta desde parámetros biológicos. Los derechos del feto o del embrión
no son totalmente equiparables a los derechos del nacido. Uno es libre de tener las
convicciones y creencias que le parezcan adecuadas sobre estas cuestiones, pero dado
que no hay una solución científica y objetivable, hay que tener claro que las creencias
son sólo creencias y no son generalizables.
No obstante —como bien argumenta Ronald Dworkin en su excelente libro El
dominio de la vida—, si bien hay que respetar la libertad de creencia de los individuos,
el estado tiene asimismo la obligación de defender la vida de las personas, y también de
los fetos o embriones. Ambos derechos, el de la libertad y el de la vida, son a veces
conflictivos y respetarlos a la vez puede forzar a poner límites a las libertades.
En cuanto a la eutanasia, hay que distinguir entre la que es solicitada por el
individuo que se ve en situación desesperada o terminal, y la de aquel que necesita ayuda
para poder morir. La protección de este último es fundamental por parte de un estado que
debe proteger la vida de todos los individuos.
Respecto a este último punto, podría analizarse el llamado «Testamento vital» y
exponer razones a favor y en contra del mismo.
5. La misma dificultad de dar a cada una de las preguntas anteriores respuestas
tajantes y definitivas, lleva a considerar que los llamados «comités éticos» son
imprescindibles.
En una sociedad liberal y plural, la indeterminación con respecto al «qué debemos
hacer» no nos exime de tomar decisiones, aunque éstas sean revisables y corregibles.
Los comités éticos permiten discutir y consensuar puntos de vista. Se acogen a la
democracia que, como pensaban los griegos, no es el mejor régimen de gobierno en
términos absolutos, pero sí el único legítimo habida cuenta que no somos sabios ni
omniscientes y que no nos movemos en el terreno de la verdad sino en el de la mera
opinión. Contrastar ideas es la único forma de llegar a propuestas aceptables para todos.
GLOSARIO
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bien de las personas en la práctica médica y en el desarrollo científico y técnico.
Bioética: Es la disciplina que estudia los problemas éticos planteados por las ciencias de
la vida.
Calidad de vida: Una vida que tiene calidad es un vida digna. La bioética no se propone
proteger vidas humanas en un sentido meramente cuantitativo, sino defender la
calidad que merece la vida humana.
Código ético (o código deontológico): Conjunto de normas o principios básicos de una
determinada práctica profesional.
Comité ético: Organización destinada a discutir y, eventualmente, tomar decisiones,
sobre aspectos éticos relacionados con la protección de la vida humana.
Justicia: Principio de la bioética que prescribe una distribución equitativa de la
protección sanitaria y de la atención a las necesidades de la vida humana.
No maleficencia: Principio de la bioética que prescribe no hacer daño en el ejercicio de
la práctica médica o en el desarrollo científico y técnico.
Persona: Es el sujeto de la ética, esto es, el ser humano como individuo digno de ser
respetado y tratado como un fin y no sólo como un medio.
BIBLIOGRAFÍA
218
PLATTS, M. (1999). Sobre usos y abusos de la moral. Ética, SIDA y sociedad. Barcelona:
Paidós.
— (ed.) (1997). Dilemas éticos. México: Fondo de Cultura Económica.
PUYOL, A. (1999). Justícia i salut. Ética per al racionament dels recursos sanitaris.
Barcelona: Universitat Autonoma de Barcelona.
SILVER, L. M. (1998). Vuelta al Edén. Más allá de la clonación en un mundo feliz.
Madrid: Taurus.
219