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Ética para Las Ciencias y Técnicas de La Vida

Este documento presenta un resumen del capítulo 5 del libro "Ética para las ciencias y técnicas de la vida" de Victoria Camps. El capítulo introduce el tema de la bioética y discute sus objetivos, definición, temas centrales y principios clave como la no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia. Explica brevemente cada uno de estos principios y los dilemas éticos que plantean en la práctica de la medicina y la investigación biomédica.
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Ética para Las Ciencias y Técnicas de La Vida

Este documento presenta un resumen del capítulo 5 del libro "Ética para las ciencias y técnicas de la vida" de Victoria Camps. El capítulo introduce el tema de la bioética y discute sus objetivos, definición, temas centrales y principios clave como la no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia. Explica brevemente cada uno de estos principios y los dilemas éticos que plantean en la práctica de la medicina y la investigación biomédica.
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CAPÍTULO V

Ética para las ciencias y técnicas de la vida


Victoria Camps
(Universität Autónoma de Barcelona)

INTRODUCCIÓN

El objeto de este capítulo es la introducción a la bioética, esto es, la disciplina que


considera los problemas éticos planteados por el desarrollo de las ciencias y las técnicas
aplicadas a la vida humana.
Las ciencias de la vida y las técnicas que derivan de ellas ofrecen hoy un
panorama de posibilidades apenas imaginable y que obliga a tomar decisiones, por otra
parte, ineludibles. Si aceptamos el supuesto de que no todo lo que es técnicamente
posible es éticamente legítimo, tendremos que aportar criterios y pautas que nos ayuden
a tomar las decisiones más correctas desde el punto de vista ético.
Aplicar la ética a la ciencia y a la técnica no significa hacer una casuística que
trate de dar respuestas a todos los problemas posibles, sino configurar un marco
conceptual y argumental que ayude a plantear las cuestiones y consensuar respuestas
racionales y sensatas.

OBJETIVOS

202
1. Conocer la bioética y señalar las cuestiones relacionadas con ella.
2. Introducir los llamados «principios de la bioética» y ver los conflictos que
plantea su aplicación.
3. Tomar conciencia de la concepción de la persona que subyace en nuestro
tiempo y la vinculación de la misma a la idea de calidad de vida.
4. Conocer el sentido y uso de los códigos y los comités éticos.
5. A través de todos estos objetivos debe quedar claro que no es el fin de la
bioética resolver casos difíciles, sino aportar un marco conceptual y argumental
adecuado para plantear esos casos y discutirlos democráticamente.

1. QUÉ ES LA BIOÉTICA*

Bioética es la disciplina que trata de la ética de la vida humana.

El concepto de bioética es de invención reciente y ha surgido como consecuencia de


tener que afrontar los retos que plantea el desarrollo científico y técnico aplicado a la
vida humana y, por extensión, a la vida en general.

Así, la bioética aborda, antes que nada, cuestiones que tienen que ver con el
nacimiento y la muerte, con el tratamiento de las enfermedades, con la investigación en
biomedicina. Pero tiene que ver asimismo con el respeto a los animales y el respeto al
medio ambiente.
La bioética necesita de la ayuda de muchas disciplinas y procura especialmente el
diálogo entre ellas. La medicina, la enfermería, la biología, el derecho, la psicología, la
sociología, la filosofía, la antropología tienen algo que decir y que aportar a los análisis e
interrogantes con que se enfrenta la bioética.
Puesto que la tendencia de la mayoría de las ciencias es la especialización y la
concentración en reductos cada vez más estrictos y pequeños, la bioética pretende
romper con esa tendencia y forzar preguntas, juicios de valor, argumentos que las
distintas ciencias por sí solas no llega a plantearse.
De hecho, las preguntas de la bioética están latentes o manifiestas en la sociedad y
surgen ante cada nuevo descubrimiento científico o innovación técnica: la fecundación
artificial, la clonación, la manipulación genética, el encarnizamiento terapéutico, el
derecho a morir con dignidad, el derecho al aborto, la relación médico-paciente, son
algunas de las muchas cuestiones que una sociedad liberal y avanzada no puede eludir,
aunque no tenga para ellas respuestas automáticas.
Los temas de la bioética pueden ser muchos y es imposible enumerarlos todos. La
evolución de la biomedicina y las prioridades que se dan en la investigación básica y
aplicada determinan los dilemas que aparecen de continuo y amplían el campo de la
bioética. Señalaremos tan sólo aquellos temas que pueden considerarse ya consolidados

203
como objeto de estudio de dicha disciplina.
— La eutanasia, el encarnizamiento terapéutico, la reanimación, el estado
vegetativo crónico.
— El aborto, el diagnóstico prenatal y el aborto selectivo.
— La fecundación asistida, la fecundación in vitro, la maternidad subrogada.
— La experimentación con embriones
— La manipulación genética, la terapia génica, el genoma humano.
— La información al paciente, el consentimiento informado
— Los trasplantes
— La geriatría. Las enfermedades degenerativas.
— El SIDA. La drogodependencia.
— Las enfermedades mentales.
— Las prioridades sanitarias y las prioridades de la investigación biomédica.
— El crecimiento demográfico y su control
— El deterioro del medio ambiente.
— La protección de los animales.

2. LOS PRINCIPIOS DE LA BIOÉTICA

Según el Informe Belmont (USA, 1978), los principios de la bioética son cuatro:
no maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia. Los dos primeros son tan
antiguos como el juramento hipocrático1, texto conocidísimo que representa el inicio de
la deontología médica y que ha sido asumido por los médicos de todas las épocas.
Los cuatro principios de la bioética no son sino la forma de afirmar los derechos
fundamentales de la vida (beneficencia y no maleficencia), de la libertad (autonomía) y
de la igualdad (justicia).
Veámoslos por separado.

2.1. La no maleficencia

Primum non nocere es la máxima que ha pasado a la historia como el primero de


los principios de ética médica:

«En primer lugar, no hacer daño».

Todos los principios básicos pecan de excesiva generalidad. Lo que hace que no
estén exentos de ambigüedad. Lo vemos al analizar este primer principio de la bioética.
¿Qué es no hacer daño? ¿Se hace más daño acelerando la muerte o evitándola? ¿Con una
terapia muy agresiva o con otra más suave pero menos segura? ¿Le hace daño al paciente

204
conocer la enfermedad que padece? ¿La mejor manera de no hacer daño es prevenir un
daño ulterior? ¿A costa de qué? ¿Qué tipo de daño se le infringe a un feto o a un
embrión? Son sólo unas cuantas preguntas de las muchas que provoca la práctica
sanitaria y la investigación en biomedicina.
La pregunta que podría resumir a todas las anteriores es la siguiente: ¿qué
tratamientos producen más daño que bien? Una pregunta imposible de contestar de una
vez por todas y al margen de situaciones concretas. Depende. El principio de doble
efecto, que consiste en buscar un efecto bueno a partir de un medio no tan bueno, es casi
inevitable en medicina. Cualquier terapia es molesta y la molestia es un daño que tiene
diversos grados. Poner límites a ese daño es un imperativo ético ineludible, cuya buena
aplicación no depende de fórmulas prefijadas, sino del buen sentido o de eso que ha
venido en llamarse la «buena práctica médica».

2.2. La beneficencia

No sólo el sanitario tiene la obligación de no hacer daño, sino que debe «hacer un
bien».

Nos encontramos a este propósito con dilemas similares a los anteriores: ¿qué es
beneficiar al paciente? ¿Curarle? ¿Prevenir de que caiga enfermo? Y cuando ninguna de
ambas cosas es posible, ¿de qué forma se le hace un bien mayor? ¿Cuidándole?
¿Informándole de lo que le ocurre? ¿Engañándole? Y cuando se niega a ser curado, ¿qué
se debe hacer? ¿Curarle a pesar suyo? ¿Dejar que empeore o que se muera?
El principio de beneficencia es aún más impreciso que el anterior. Es lógico que
así sea puesto que es más fácil saber qué está mal —qué es un daño— que saber qué está
bien —qué produce beneficio—. Es más, si las obligaciones legales con respecto al
paciente tienen que ser precisas, las obligaciones morales no pueden ni seguramente
deben serlo. La Ley General de Sanidad de España indica que es un derecho del paciente
«rehusar el tratamiento» excepto en los casos que la misma ley especifica y determina.
Pero la aplicación de la ley tiene también sus zonas grises. Además, cada enfermo y cada
caso es distinto. De algún modo, ante cada caso, hay que «inventar» cuál es la mejor
forma de tratarlo, entendiendo «tratar» tanto desde el punto de vista terapéutico como
desde el punto de vista humano.
Si pensamos en los dos tipos de criterios éticos vistos anteriormente, en el capítulo
3, y tratamos de verlos en función de los principios de la bioética, nos damos cuenta de
que ninguno de los dos criterios resuelve automáticamente los problemas más graves. El
principio kantiano que nos ordena tratar a las personas como un fin o aplicar sólo
aquellas máximas que puedan universalizarse no da ninguna respuesta indiscutible a la
pregunta sobre si es bueno para el paciente con un cáncer avanzado aplicarle una terapia
muy invasiva y de dudosa eficacia. Tampoco nos lo resuelve el criterio utilitarista según

205
el cual habría que hacer aquello que produjera mayor felicidad en el mundo. Es una
muestra de que

entre los principios y la práctica hay siempre un vacío que no puede ser llenado por
nadie sino por quien o quienes tienen que tomar una decisión. Es ahí, precisamente,
donde se encuentra y actúa la responsabilidad.

2.3. La autonomía

El principio de autonomía es una consecuencia de la importancia creciente que ha


ido adquiriendo la libertad individual como valor básico de nuestras sociedades.

Aun cuando el profesional de la sanidad posee unos conocimientos que le otorgan


una competencia mayor con respecto al paciente, éste tiene derecho a saber qué
enfermedad padece, el tratamiento que se le va a aplicar, las consecuencias del mismo,
tiene derecho a dar su consentimiento si se le solicita que participe en un ensayo clínico,
e incluso tiene derecho, como acabamos de ver, a rehusar el tratamiento si éste choca con
alguno de sus principios o si considera que merma considerablemente su calidad de vida.
Puesto que la protección de la salud es un derecho que el estado debe garantizar
propiciando un sistema público de salud, la intervención estatal plantea muchos
problemas, especialmente cuando tal intervención incide en las libertades individuales.
Además de organizar la salud pública, es obligación del estado proteger la vida de los
ciudadanos en cualquier caso. La penalización de la eutanasia, por ejemplo, se hace
derivar de dicha obligación, siendo, al mismo tiempo, una de las restricciones que ponen
en cuestión el respeto a la autonomía del individuo que solicita ayuda para morir. Los
principios religiosos de los testigos de Jehová constituyen otro de los ejemplos
frecuentes donde los imperativos jurídicos pueden entrar en colisión con la autonomía de
la persona o con el principio de beneficencia. A medida que se vaya extendiendo la
medicina preventiva o la necesidad de establecer prioridades en el tratamiento de
enfermos, las medidas de carácter coactivo contra los fumadores o los bebedores podrán
considerarse otro ejemplo de oprobio a las libertades.
Una de las prácticas que ha contribuido a hacer realidad el principio de autonomía
es la del llamado consentimiento informado.
Ante la opción de ser incluido en un ensayo clínico, o de someterse a una terapia
determinada o a una intervención quirúrgica, se solicita al paciente que dé su
consentimiento previa información. El médico está obligado a dar una información que
sea a la vez justa y comprensible por parte del paciente de quien se requiere el
consentimiento. Dicha práctica, cuando se realiza bien, constituye la forma más idónea
de reconocer la autonomía del paciente.

206
2.4. La justicia *

Un estado de derecho, que asume como derecho fundamental la protección de la


salud, tiene que procurar hacer justicia, es decir, distribuir justamente la protección de la
salud, a través de un sistema público de salud.
Dado que los individuos no son iguales ni tienen todos los mismos problemas ni se
encuentran en las mismas situaciones psicológicas, culturales o económicas, la justicia
distributiva aplicada a la sanidad debe entenderse no como «igualitarismo», sino como
equidad.

Consiste la equidad en la distribución desigual de un bien básico como la mejor


forma de hacer justicia, dadas las desigualdades sociales existentes.

El filósofo estadounidense John Rawls2 es quien mejor ha definido los criterios de


equidad para las sociedades democráticas avanzadas, en su libro A Theory of Justice. En
dicho libro elabora una complicada teoría filosófica para establecer cuáles son los
principios de la justicia que deberían servir de criterio a las instituciones políticas. Su
conclusión es que

la justicia consiste en dos principios básicos: 1) libertad igual para todos; 2)


igualdad de oportunidades. El estado, que ha de garantizar ambos principios, afianzará la
igualdad de oportunidades por el procedimiento de “favorecer a los más
desfavorecidos”.

Creo que es ese criterio propuesto por Rawls —el de favorecer a los más
desfavorecidos— el que debería adoptarse como criterio básico de la justicia distributiva
aplicada a la sanidad. Hablamos de justicia porque los recursos siempre son escasos y las
necesidades, en cambio, crecen desmesuradamente. No es fácil mantener un sistema
público de salud que al mismo tiempo sea justo dada la dificultad de jerarquizar las
necesidades y decidir cuáles son más perentorias. Todas las vidas humanas valen igual,
pero no todas necesitan lo mismo y, sin embargo, los recursos para atender a esas
necesidades son de todos.
¿ Cómo resolver los dilemas planteados por las terapias más caras, la escasez de
camas, las listas de espera, la expectativas de vida, y tantos otros que fuerzan a tomar
decisiones a diario en los centros médicos y a perfilar distintas políticas sanitarias?
La asignación de recursos sanitarios es uno de los problemas que tienen planteados
los estados sociales de derecho ante la demanda creciente e imparable de los ciudadanos.
La aparición y viabilidad de nuevas técnicas como las de fecundación in vitro, o el
descubrimiento de nuevas terapias para combatir el cáncer, el SIDA o el alzheimer, tiene

207
como consecuencia inmediata la demanda de que sean cubiertas por la seguridad social.
Algunos países han tratado de establecer criterios para la asignación justa de los recursos
sanitarios. El estado de Oregon, en EE.UU., por ejemplo, fue pionero en tal intento y se
toma como referente de otros ensayos similares. Aunque sea inevitable revisar
periódicamente las conclusiones e incluso los criterios establecidos para la distribución
de recursos, el estado no puede eludir la obligación de tomar decisiones a tal respecto.
Tampoco pueden eludirla los centros sanitarios y los gobiernos locales, en la medida en
que tienen competencias para tomar decisiones en materia de justicia distributiva.

3. EL CONFLICTO ENTRE LOS PRINCIPIOS DE LA BIOÉTICA

Uno de los problemas fundamentales de la ética es el conflicto de derechos: cómo


hacer compatibles la libertad y la igualdad, la libertad y la seguridad, la igualdad y la
vida. Lo mismo ocurre con los principios de la bioética. Es decir que no sólo nos
encontramos ante la dificultad de entender qué debe significar no hacer daño, hacer un
bien, ser justo o respetar la autonomía en cada caso particular, sino que

el intento de hacer un bien puede poner en peligro el respeto a la autonomía, o el


respeto a la autonomía puede acabar haciendo daño o siendo injusto.

Mantener el equilibrio de todos los principios es tan complejo como aplicarlos


correctamente.
Quizá los conflictos más difíciles de resolver son los que plantea el principio de
beneficencia, que puede chocar tanto con el de autonomía como con el de justicia.
Veámoslo con un poco de detalle.

3.1. El principio de beneficencia contra el principio de autonomía

Las convicciones religiosas —ya hemos aludido antes a los Testigos de Jehová—
en ocasiones se oponen y prohíben determinadas terapias. La ley impone ciertos límites,
por ejemplo, cuando el paciente es un menor que no puede decidir por sí mismo. Pero,
en el caso en que el paciente sea mayor de edad y goce, por tanto, de autonomía moral,
¿qué se debe hacer con un testigo de Jehová que rehúsa una transfusión de sangre?
¿Dejarle? ¿Tratar de convencerle? ¿ Forzarle? Está claro cuál es su bien: su bien de
acuerdo con la terapia médica al uso, pero no el bien que su religión le impone.
¿Debemos sacrificar la beneficencia a la autonomía? ¿Vale aquí la acusación de
paternalismo?
Otro ejemplo frecuente de choque entre la beneficencia y la autonomía lo plantean
los problemas provocados por el derecho a la confidencialidad o por el deber de secreto

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profesional. ¿Qué debe hacer el médico cuando el paciente afectado por el SIDA se
niega a que su familia —su mujer, su novia— conozca su enfermedad? ¿A qué
confidencialidad obliga una epidemia que pone en peligro evidente la salud pública?
Finalmente —los casos podrían multiplicarse, pero sólo podemos referirnos a unos
cuantos casos típicos—, pensemos en el enfermo de Alzheimer que, hastiado de vivir en
el estado en que se encuentra, se niega a seguir comiendo porque prefiere morir.
Imaginemos que su familia está de acuerdo con la postura del paciente. ¿Dónde está ahí
la beneficencia? ¿Dónde empieza y dónde acaba la autonomía?

3.2. El principio de beneficencia contra el principio de justicia *

Puesto que la salud es un bien público, reconocerlo como derecho básico significa
garantizar a todos la protección de la salud. Como, por otra parte, los recursos son
escasos, es inevitable calcular costes, beneficios, riesgos, teniendo en cuenta no sólo
intereses individuales sino intereses colectivos. Las terapias muy caras, como los
trasplantes, deberán tener limitaciones; ciertas prácticas como la rehabilitación de recién
nacidos cuando éstos tienen poquísimas posibilidades de supervivencia, no podrán
aplicarse sistemáticamente; ciertos pro- cedimientos diagnósticos tendrán que divulgarse
con mesura.

Unir la beneficencia individual y la colectiva no es el resultado de un cálculo


matemático donde todo cuadra. Siempre hay que sacrificar algo.

Por eso es difícil conjugar ambos principios, beneficencia y justicia, porque el bien
de unos tiene casi inevitablemente como consecuencia el abandono de otros. Una
cuestión que si a nivel nacional plantea problemas, éstos adquieren dimensiones
escandalosas cuando la pensamos a nivel internacional.
Los ensayos clínicos permiten contemplar la relación entre beneficencia y justicia
desde una perspectiva distinta pero no menos angustiosa. Los sujetos participantes en un
ensayo saben que se prestan a un experimento que probablemente no les beneficie a ellos
directamente, pero que puede redundar en beneficio de futuras generaciones. El
beneficio, de haberlo, no será para el sujeto que entra en el ensayo, sino para otros. De
algún modo, la beneficencia esperada coincide aquí con la justicia, en la medida en que
el bien social tiene que estar por encima del bien individual. Sin embargo, no es legítimo
someter a nadie a un experimento de este tipo sin consultarle previamente, informarle
bien y solicitar su consentimiento.

4. EL CONCEPTO DE PERSONA*

209
Por lo visto hasta ahora, podemos darnos cuenta de que

las decisiones que tomemos ante preguntas como las planteadas dependen del
concepto de persona que tengamos.

Si el objetivo de la ética —como nos enseñó Kant— es respetar a la persona,


tratándola siempre como un fin en sí, tenemos que aclararnos sobre qué significa eso
ante una práctica que como la médica siempre manipula de algún modo a las personas.
Si hablamos de bioética es porque las ciencias especializadas son incapaces de dar
respuesta a todas las cuestiones que se nos ocurren. Entre ellas, está la definición de
persona. ¿Qué es la dignidad humana personal? ¿Cómo se la respeta? ¿En qué consiste la
identidad personal? ¿Cuándo empieza y acaba la vida humana?
La ciencia no tiene ni podrá tener respuesta a preguntas como éstas que, en el
fondo, son preguntas metafísicas. Tampoco la filosofía puede dar respuestas
indiscutibles. Pero sí puede aventurar teorías, puntos de vista, opiniones. Puede, sobre
todo, argumentarlos, dar razones a favor de una u otra perspectiva. En realidad, los
filósofos lo han hecho siempre. En el fondo de toda teoría filosófica hay una concepción
de la persona.
La tendencia actual, como consecuencia de la tecnificación de la vida, es a la
reducción del «sujeto» a la calidad de mero «objeto», a la «reificación» de la persona.
Muchas veces nos quejamos de que somos simples números o simples órganos para la
medicina. ¿Dónde está el valor, la personalidad, el ser de cada uno?
La persona —del griego prosopon, que significa a la vez «rostro» y «máscara»—
es el ser que se pertenece a sí mismo, que no es reductible a algo distinto de sí como
mero objeto. Esta auto-pertenencia es el núcleo de la conciencia y de la libertad o
autonomía.

Desde un punto de vista ético, la persona posee una dignidad intrínseca según la
cual es ilegítimo tratarla como si fuera una cosa.

Este valor que hay que reconocerle al ser humano por el hecho de serlo le hace
sujeto de unos derechos fundamentales que son los «derechos humanos».
La dignidad que define a la persona humana ha sido caracterizada de forma
distinta a lo largo del pensamiento. Mientras se entendió a la persona como portadora de
un fin, un telos, que debía realizar, la concepción de persona, desde el punto de vista de
su dignidad intrínseca, se hizo depender de dicho fin.
Aristóteles concibió la «excelencia» humana como «ciudadanía». El hombre
virtuoso era el buen ciudadano. Adquirir las virtudes de la ciudadanía era el fin de la
persona.
En la Edad Media, la filosofía cristiana hizo depender la dignidad humana de

210
Dios, su creador. El fin del hombre era realizar el mandato divino, en eso consistía su
excelencia o su dignidad.
Con la Modernidad se complica la posibilidad de concebir a la persona de acuerdo
con un fin preciso. El pensamiento moderno se separa de la religión y entiende a la
persona básicamente como «individuo libre». La dignidad está en el buen uso de la
autonomía o de la libertad, con la dificultad de que ese «buen uso» no es del todo
precisable. Como bien dice Stuart Mill, el individuo es libre para hacer lo que quiera
salvo hacer daño al otro.

Eso, el daño al otro, la libertad del otro, es el único límite a la propia libertad.

La concepción moderna de la persona es aún la nuestra. Una concepción que


considera al ser humano como sujeto de derechos y obligado a respetar los derechos de
los demás. No es un criterio demasiado preciso, como hemos visto, para dotar de
contenido y de significado a los principios de beneficencia o no maleficencia o para
resolver los dilemas que plantea la puesta en práctica de todos los principios de la
bioética.
El filósofo H. Tristram Engelhardt3 distingue entre «las personas en sentido
estricto» y «la vida biológica humana». Las «personas en sentido estricto» son seres
autoconscientes, racionales, libres y capaces de juicio moral. Si aceptamos tal definición,
habrá que preguntarse si los fetos, los recién nacidos o las personas con deficiencias
mentales graves son personas. O si existen grados en el ser persona o en la dignidad de
las mismas.
Puesto que no es la ciencia la que puede resolver nuestras dudas, tal vez habrá que
concluir que

el concepto de persona moderna es un concepto abierto cuyo futuro lo


construiremos con nuestras decisiones.

Más que partir de una idea de persona que nos tranquilice, hay que pensar en la
responsabilidad de aceptar o rechazar todas las posibilidades que ofrecen las nuevas
técnicas aplicadas a la vida humana. ¿Qué tipo de persona, qué tipo de sociedad
queremos? Es una pregunta que no debe abandonar a la reflexión sobre los experimentos
y avances que pueden ser un progreso o una amenaza para la vida humana.

5. LA CALIDAD DE VIDA

El concepto de persona de nuestro tiempo está muy ligado a eso que llamamos
«calidad de vida» y que tiene que ver con el hecho de que nuestras necesidades son

211
imparables. No damos valor a la mera supervivencia vital, sino que exigimos que la vida
tenga una calidad. En eso consiste la dignidad de la vida moderna: en una vida digna de
ser vivida.
La idea de calidad de vida añade más complejidad si cabe a la concepción de la
persona. La calidad de vida la define cada cual, es un concepto subjetivo, que
difícilmente se ajustará a unas medidas objetivables.
La bioética utilitarista ha establecido unos parámetros —Qualy— para determinar
la calidad de vida de los pacientes y poder aplicar, a partir de ellos, el principio
utilitarista de maximización de la utilidad o del beneficio. Aunque no dudamos del
servicio que puede obtenerse de la puesta en práctica de métodos como el de los Qualy,
no hay que olvidar que, porque tratamos con personas, la calidad de la vida siempre es
algo más complejo que el resultado de una simple encuesta.

La calidad de vida, junto a la autonomía de la persona, pone de manifiesto que cada


uno es últimamente el sujeto de su propia vida y que a él compete decidir sobre ella.

Pero, al mismo tiempo, sabemos que nadie vive aislado y que la vida propia vale
también por la relación que existe entre nuestra vida y la de los demás. De ahí que las
decisiones en bioética no pueden considerarse ni exclusivamente subjetivas —cada cual
decide sobre su vida— ni exclusivamente sociales o comunitarias —los demás deciden
por mí—. Ambas dimensiones deben ser tenidas en cuenta y hacer que converjan. Al
decidir, por ejemplo, sobre la aplicación de la eutanasia a un individuo que la solicita,
nuestra decisión afecta, por supuesto, a tal individuo, pero también afecta a la
concepción de la persona y de la vida de toda la comunidad. No olvidemos que las
decisiones siempre sirven de precedente, que, por decirlo así, construyen futuro.

Existe un grupo de derechos humanos que se denominan de la «tercera generación».


Es la tercera generación de derechos, teniendo en cuenta que la «primera generación»
fue la de los derechos civiles y políticos —derechos de la libertad—, la «segunda
generación» fue la de los derechos sociales —derechos de la igualdad—. A estos últimos
derechos se los llama los «derechos de la solidaridad».

Son estos derechos los que pretenden en incidir en la calidad de vida como
requisito que no se puede obviar al valorar la vida humana. El derecho a decidir sobre la
propia muerte, a rehusar un tratamiento especialmente agresivo, el derecho a disfrutar de
un medio ambiente depurado, a interrumpir la carrera de armamentos, constituyen
formas de tratar de preservar la libertad ante amenazas derivadas de las nuevas
tecnologías, pero a preservarla en solidaridad con los demás y, a ser posible, no con los
más próximos a nosotros, sino con todo el mundo. Aquí es donde convendría celebrar la
tan mentada y denostada globalización.

212
6. LOS COMITÉS ÉTICOS

Es Habermas4 quien ha dicho que la ética de nuestro tiempo es una ética basada en
la comunicación. Dada la dificultad de encontrar respuestas unánimes y convincentes,
dada la imposibilidad de tener la garantía de que no nos equivocamos en nuestras
decisiones, la única vía es el diálogo democrático.

Los comités éticos son organizaciones destinadas a institucionalizar el diálogo


sobre cuestiones de bioética. Existen diversos tipos de comités éticos.

6.1. Comités nacionales e institucionales

El primero fue el Consejo de Investigación Médica del Reino Unido, creado en


1962 y que produjo, en 1982, el famoso Informe Warnock sobre la reproducción asistida,
el primer documento de carácter ético sobre la materia. En Estados Unidos empezaron a
crearse «comités nacionales de ética» a partir de los años 70 y, posteriormente, en
distintos países europeos. En España se constituyó en 1985 la Comisión Especial de
Estudio de la Fecundación in vitro y la Inseminación Artificial Humanas, y algunos
organismos institucionales han establecido comisiones éticas asesoras para la consulta de
los problemas que van apareciendo.

6.2. Comités éticos de investigación clínica

La ley del Medicamento (1990) obliga a la creación de unos comités que evalúen
los aspectos metodológicos, éticos y jurídicos de los protocolos de ensayos clínicos. No
se trata de comités propiamente «éticos», puesto que el trabajo que deben realizar es la
evaluación científica, y no sólo ética, del ensayo clínico propuesto. Un apartado del
ensayo clínico tiene que ver con la información al paciente y el consentimiento del
mismo. Desde el punto de vista ético, éste es el aspecto más delicado, si bien hay que
reconocer que el conjunto del ensayo puede plantear asimismo dilemas con dimensiones
éticas, como la legitimidad del placebo, la valoración de los posibles riesgos o la
pertinencia del mismo ensayo desde un punto de vista de justicia distributiva.

6.3. Comités asistenciales *

No son todavía prescriptivos desde un punto de vista jurídico por lo que su


existencia en los hospitales es aún bastante esporádica. La función de estos comités es
debatir sobre los conflictos que surgen en el día a día del hospital y que obligan a

213
adoptar actitudes, establecer criterios o tomar decisiones tanto respecto al tratamiento del
enfermo como a la información que debe recibir él o a sus familiares.
Característica de todos los comités es su composición interdisciplinar. Constituyen
un equipo integrado por médicos, farmacólogos, personal de enfermería, así como
personas ajenas a las profesiones sanitarias. La interdisciplinariedad asegura una cierta
independencia e imparcialidad de criterios.

La remisión de los problemas a los comités de ética pone de manifiesto la necesidad


de dialogar y debatir sobre temas que no pueden tener soluciones ni respuestas
predeterminadas.

Un punto de referencia para la discusión de los comités éticos son los códigos
éticos o deontológicos que se van elaborando tanto para regular el funcionamiento de
los propios comités, como para establecer los principios que deberán tenerse en cuenta
para evaluar los casos que se presenten.
Los códigos éticos o deontológicos suelen consistir en enunciados de principios
muy generales y, en cualquier caso, precisan de interpretaciones ajustadas a la situación
concreta. Los cursos de bioética no pueden prescindir del «análisis de casos» como
forma de acercarse a los problemas más reales. Los comités constituyen la ocasión de
discutir los problemas que realmente suscita la práctica médica, así como de llegar a
conclusiones consensuadas. La única forma de ir avanzando en el terreno de la bioética.

7. LOS CÓDIGOS ÉTICOS

Además de los Códigos Deontológicos de los Colegios de Médicos que cuentan


con una larga trayectoria, conviene destacar los documentos que, a modo de códigos, han
marcado hitos en la todavía muy breve historia de la bioética.
Declaración de Sidney (Australia, 1968), sobre la determinación del
momento de la muerte.
Informe edel Comité para la Investigación y la Embriología Humanas (Informe
Warnock, Londres, 1984).
Carta de Derechos y Deberes del paciente (Instituto Nacional de la Salud, España,
1984).
Convenio relativo a los Derechos Humanos y la Biomedicina (Consejo de Europa,
1996).
Declaración Universal sobre el genoma Humano y los Derechos Humanos
(Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 1997).

RESUMEN

214
No todo lo técnicamente posible es éticamente legítimo. La bioética desarrolla
dicho principio confrontándolo con los retos de la biotecnología.
A la luz de los temas que son objeto de preocupación de la bioética hay que ir
descubriendo el significado que tienen para nosotros los principios de no maleficencia,
beneficencia, autonomía y justicia.
Los conceptos de persona y calidad de vida son un supuesto irrenunciable de la
bioética. La indeterminación que caracteriza a ambos conceptos no puede ser obstáculo
para tratar de responder a los problemas y conflictos planteados por las ciencias y las
técnicas de la vida.
Los códigos y los comités éticos constituyen el principio para la puesta en práctica
de una ética que sólo puede basarse en el diálogo.
El filósofo Hans Jonas5, en su El principio de responsabilidad ha reformulado el
imperativo categórico kantiano de esta forma que muy bien puede servir como
imperativo de la bioética:

Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia
de la vida humana auténtica en la Tierra.

ACTIVIDADES

1. Analice casos clínicos a la luz de los principios de la bioética tratando de ver los
conflictos que se plantean.
2. Vea la película En estado crítico y comente o discuta las cuestiones éticas que
plantea.

EJERCICIOS DE AUTOEVALUACIÓN

1. ¿ Cree que la fertilización in vitro debería ser cubierta por la seguridad social?
Argumente las razones en pro y en contra utilizando los principios expuestos en este
capítulo.
2. Explique la importancia de la información al paciente como forma de respetar
su autonomía. ¿Cree que la práctica del consentimiento informado que se realiza en los
hospitales es la adecuada? ¿Qué insuficiencias o defectos le ve?
3. Confronte la idea de salud pública (a propósito del SIDA, tabaquismo,
alcoholismo, drogas) y el principio de la autonomía individual.
4. Explique de qué forma la concepción que tengamos de la persona y de la
calidad de vida determina nuestra posición sobre el aborto y la eutanasia.
5. ¿ Cree que los comités éticos sirven al objetivo de discutir y tratar de resolver
los problemas que se plantea la bioética?

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SOLUCIONES

1. Conviene preguntarse si la esterilidad debe ser vista como una patología igual a
otras enfermedades más «clásicas». Es un hecho que, a medida que la sociedad progresa
científica y técnicamente, a medida que mejora la calidad de vida de la gente, aumentan
también sus necesidades. Lo que antes no era visto como una enfermedad curable, ahora
lo es.
Sin embargo, el principio de justicia nos obliga a concretar necesidades básicas.
La escasez de recursos fuerza a priorizar tratamientos y a distinguir las terapias
imprescindibles de las que no lo son.
Ejemplos como el de Oregon y los criterios allí utilizados para establecer una lista
de las prioridades sanitarias pueden servir de base para argumentar a favor o en contra de
la inclusión de la fertilización in vitro entre las prestaciones cubiertas por la Seguridad
Social.
Hay que situar esta cuestión en el contexto del posible conflicto entre el principio
de justicia y el principio de beneficencia. También verlo a la luz de la dificultad de
definir la calidad de vida. Es evidente que las técnicas de fecundación artificial
benefician al individuo. También lo es que un sistema público de salud debe asegurar las
necesidades más básicas. ¿Lo es la fecundación artificial?
2. Los protocolos de ensayos clínicos incluyen una hoja de información al paciente
seguida de una hoja de consentimiento.
Para contestar a esta cuestión convendría analizar esas hojas informativas y ver si
son efectivamente comprensibles para el paciente y si la información es correcta y
completa.
También convendría ver en qué otras ocasiones y situaciones, el médico solicita el
consentimiento del paciente y si lo hace justificada y adecuadamente.
Sin duda, el consentimiento informado es la forma externa más explícita de
reconocimiento de la autonomía del paciente. Ahora bien, ¿puede decirse que siempre es
así? No todos los pacientes son iguales ni pueden entender la información que se les da.
¿No puede ser el consentimiento informado una excusa para desresponsabilizar al
médico y defenderse de posibles acusaciones?
Dado que no todos los pacientes son iguales y no todos reaccionan del mismo
modo ante el conocimiento de la enfermedad, ¿no debería hablarse más de una
información «diversificada»? Explicar la importancia que tiene el diálogo, la
conversación, la relación médico-paciente en esta cuestión.
3. La idea de salud pública es necesaria, pero puede ser fundamentalista y
totalitaria. Un ejemplo es el llamado «problema de la droga». Razones de moral y salud
pública llevaron a prohibir el consumo y el tráfico de drogas, que estuvo libre de
legislación durante siglos. Razones económicas o de una mal entendida «justicia
distributiva» pueden llevar a estigmatizar a los fumadores o bebedores como personas
que, por voluntad propia, constituyen una carga para el sistema público de salud.
Hay que ver estas limitaciones de la libertad individual o de excesivo paternalismo

216
desde la perspectiva del concepto de libertad definido por Stuart Mill. Según tal
definición, sólo el daño al otro —nunca el daño a uno mismo— justifica la intervención
en las libertades. Una ética utilitarista, según la cual es bueno lo que maximiza el
bienestar de la mayoría, puede asimismo fundamentar determinadas concepciones de la
salud pública.
Otro tema a considerar es el de la confidencialidad con respecto a enfermedades
contagiosas, como el SIDA. Si no es legítimo estigmatizar a los afectados por una
patología por razones mal llamadas «morales», sí lo es, desde la defensa de los
principios de no maleficencia y beneficencia, romper la obligación de confidencialidad
cuando está en peligro la salud de otras personas.
4. Se trata de explicar que la definición de persona no es una cuestión científica
que pueda ser resuelta desde parámetros biológicos. Los derechos del feto o del embrión
no son totalmente equiparables a los derechos del nacido. Uno es libre de tener las
convicciones y creencias que le parezcan adecuadas sobre estas cuestiones, pero dado
que no hay una solución científica y objetivable, hay que tener claro que las creencias
son sólo creencias y no son generalizables.
No obstante —como bien argumenta Ronald Dworkin en su excelente libro El
dominio de la vida—, si bien hay que respetar la libertad de creencia de los individuos,
el estado tiene asimismo la obligación de defender la vida de las personas, y también de
los fetos o embriones. Ambos derechos, el de la libertad y el de la vida, son a veces
conflictivos y respetarlos a la vez puede forzar a poner límites a las libertades.
En cuanto a la eutanasia, hay que distinguir entre la que es solicitada por el
individuo que se ve en situación desesperada o terminal, y la de aquel que necesita ayuda
para poder morir. La protección de este último es fundamental por parte de un estado que
debe proteger la vida de todos los individuos.
Respecto a este último punto, podría analizarse el llamado «Testamento vital» y
exponer razones a favor y en contra del mismo.
5. La misma dificultad de dar a cada una de las preguntas anteriores respuestas
tajantes y definitivas, lleva a considerar que los llamados «comités éticos» son
imprescindibles.
En una sociedad liberal y plural, la indeterminación con respecto al «qué debemos
hacer» no nos exime de tomar decisiones, aunque éstas sean revisables y corregibles.
Los comités éticos permiten discutir y consensuar puntos de vista. Se acogen a la
democracia que, como pensaban los griegos, no es el mejor régimen de gobierno en
términos absolutos, pero sí el único legítimo habida cuenta que no somos sabios ni
omniscientes y que no nos movemos en el terreno de la verdad sino en el de la mera
opinión. Contrastar ideas es la único forma de llegar a propuestas aceptables para todos.
GLOSARIO

Autonomía: Principio de la bioética que prescribe el respeto a la libertad o capacidad de


decidir de las personas.
Beneficencia: Principio de la bioética que prescribe la atención al bien del paciente o al

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bien de las personas en la práctica médica y en el desarrollo científico y técnico.
Bioética: Es la disciplina que estudia los problemas éticos planteados por las ciencias de
la vida.
Calidad de vida: Una vida que tiene calidad es un vida digna. La bioética no se propone
proteger vidas humanas en un sentido meramente cuantitativo, sino defender la
calidad que merece la vida humana.
Código ético (o código deontológico): Conjunto de normas o principios básicos de una
determinada práctica profesional.
Comité ético: Organización destinada a discutir y, eventualmente, tomar decisiones,
sobre aspectos éticos relacionados con la protección de la vida humana.
Justicia: Principio de la bioética que prescribe una distribución equitativa de la
protección sanitaria y de la atención a las necesidades de la vida humana.
No maleficencia: Principio de la bioética que prescribe no hacer daño en el ejercicio de
la práctica médica o en el desarrollo científico y técnico.
Persona: Es el sujeto de la ética, esto es, el ser humano como individuo digno de ser
respetado y tratado como un fin y no sólo como un medio.

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