res, de las estrellas, de la muerte.
Inés Garland vuelve al mundo
líquido de las islas del Tigre y reúne personajes que se disuelven
en la confusión, en la diferencia de clase, en sus lejanías e impo-
sibilidades. Katya Adaui, escritora peruana radicada en Buenos
Aires, también ensancha el horizonte que mezcla y confunde lo
social, el servicio, el mundo del trabajo, las diferencias de habla
y de crianza. El texto de Hugo Salas llega con el impulso de la
mudanza que no cesa, un éxodo que resuena en tradiciones lite-
rarías y asaltan la lectura con una invitación a lo fantástico.
Con Claudia Piñeiro vuelve la idea del regreso, un recorrido
desde la capital a la zona norte para un personaje que enfrenta su
historia y expone también, en clave familiar, la idea del desarra
igo
y la soledad. Desde Córdoba, Camila Sosa Villada emprende una Bicicletas
verdadera épica, la frontera que expulsa y obliga a la construc-
ción de una identidad guiada por la naturaleza del deseo hasta Dolores Reyes
una patria, propia y desarrapada, en esa inmensidad que cobija a
migrantes de las provincias y de los países limítrofes.
Conurbe es un conjunto de voces de musicalidad y localiza-
ción diversa para narrar texturas de lo conurbano, un campo
que se nos presenta universal, inicial, una verdadera experiencia
de lenguaje.
Julián López
Enero 2020
Ay, guacho, cómo tira este corazón.
Vos sos mi verdadero vicio, en serio, lo otro... lo otro es pena.
loshua
Entre las hojas se junta todo lo bello. En lo alto, las bolitas verdes
de los paraísos y sus ramas cargadas hasta doblarse tejen som-
bras que son, por las tardes, el refugio del cajón de madera en
donde se sienta el padre con su vaso de ferné. Más allá, el jazmín
paraguayo inundando el aire con el perfume preferido de las
abejas y de las viejas del barrio. Al costado las espinas punzantes
de la Santa Rita y sus flores explotadas en color. El tronco contra
la reja en la que suelen quedar apoyadas las bicicletas se levanta
desde un suelo de hojas secas que esconden la bombacha que la
Yaron perdió la noche anterior. No tiene sangre sino una man-
cha que parece el chocolate en el fondo de una taza. Una pasta
amarronada y espesa que podría recordarle que ese tejido ya no
estará en su cuerpo nunca más.
Lo primero que hizo la Yaron después de abrir la reja
fue jardín y le pareció que volvía a tocar la piel suave que se asomó
meter la bicicleta y al pibito que venía sentado en la
parte de al desabrocharle el pantalón. La pija sin ropa pareció liberar el
atrás. En vez de tenerle miedo al silencio o a la
noche, como sexo de los dos y ella quiso probarla, saber si a las otras partes
les pasa a los grandes, sentían que la oscuridad los proteg
ía, de su cuerpo también les gustaba tanto el capuchón de piel
que los dejaba esconderse y jugar. No querían hacer
ruido clara, suave como una invitación. La boca se le fue mojando y el
ni que los vieran, así que una hora después, cuando él tuvo primer beso se cortó por la risa de los dos. Después, su lengua
que irse, saltó la reja en vez de volver a abrirla para no hacer
salió para ir recorriéndolo despacio, como si tuvieran todas las
siquiera ese sonido mínimo.
noches del mundo en esa noche.
Ahora que volvía a estar sola, la Yaron trató de acomodarse
Si el sexo era eso le parecía más divertido que cualquier otra
UN poco, se tironeó la pollera para abajo, se alisó el pelo con las
fiesta a la que hubiera ido antes y mientras lo besaba se iba acor-
manos, se paró derecha, metió la llave en la cerrad
ura, abrió la dando del último cumpleaños de su hermana, cuando la Yani se
puerta y entró.
quejaba todo el tiempo del vestido, de la comunión de su com-
Aunque afuera ya clareaba, la casa estaba oscura y,
como pañera de escuela, en donde al final de la fiesta todos se sacaron
todos dormían, no prendió la luz y se mandó apurada hacia
la los zapatos para bailar cumbia en el patio del fondo, y de su pro-
pieza que compartía con sus hermanas. Quería contarles
cómo pia comunión, que fue un aburrimiento enorme, salvo la parte
el chico de la bicicleta le había acercado primero la
boca al de juntar los billetes en una carterita blanca que su vieja le había
cuello y cómo ella había sentido su aliento a chicle mezcl
án- tejido al crochet.
dose con el gusto de la cerveza y, pegado, un primer escalo
frío Cuando el pibe de la bicicleta la hizo pararse, darse vuelta
y el corazón latiéndole a mil por todo lo que le gustab
a tocar doblándose un poco con las piernas bien abiertas y le bajó la
ese cuerpo que iba también buscándole el gusto al suyo.
Pero bombacha para besarla, le pareció que el sexo tenía gusto a
al entrar en la pieza sus hermanas dormían. En la
cama de fiesta. Yaron abrió bien las piernas en el jardín y ahora también
abajo habían quedado partes de su uniforme de escuel
a y una en la cama, un poco, aunque estuviese toda vestida abajo de las
carpeta. Las juntó para ponerlas en el placard que estaba
por frazadas. Quizá si se hubiera sacado la remera, la campera de
reventar de ropa. De lo cansada que se sentía, no se desvis
tió, jean, la pollera y las medias negras, se habría dado cuenta de que
y cuando se acostó y encontró la almohada todo le armó
una le faltaba la bombacha.
película en la cabeza: el pibe con la pija tan hinchada que
pare- ¿Fue por el aturdimiento de la noche o lo hizo a propósito? La
cía que le explotaba el jean y ella, tan pegada a su cuerpo
que Yaron venía con ganas de contar y nada cuenta tanto como una
creía que debía bajarle el cierre, que no podía dejarlo
así más bombacha que no está más.
tiempo. Acostada en su cama, recordando, la Yaron sintió
de Ya es domingo, fue lo último que pensó al cerrar los ojos.
nuevo el cuerpo del pibito pidiéndole salirse de la ropa
en el Los oídos aturdidos le retrasaron la llegada del sueño pero,
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o
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en seguida, manchas oscuras en movimiento acompañaron el directamente sobre el colchón. Él es el preferido de Teresa aun-
zumbido en su cabeza, haciendo que no fuese tan desagra- que no puedan sacarle esa costumbre. A veces el dedo le queda
dable sino una danza que ella misma se inventaba eso que la todo arrugado de pasar la noche en la boca y su abuelo aprove-
hizo dormir. cha para decirle que de chuparlo se le va a abrir la piel hasta los
huesos y que ahí le va a crecer una planta. Cuando lo escucha, el
Las horas pasan. La luz parece adueñarse de todo. Cerca de nene deja la taza de leche para reírse. Su abuelo también se ríe,
las once la casa sigue en silencio. La madre hace horas que se por adentro, de que sus nietos sean todos varones y nadie pueda
levantó y está afuera cortando las plantas con una tijera que nunca dejarlos preñados. A la Yani le encanta ver a su hijo y a su
también usa para cortar las alas y las patas de los pollos que propio padre riéndose juntos.
les
cocina al horno. Algo la hace suspender lo que está haciendo. Cinco bocas, piensa Teresa con un poco de bronca. ¿Qué más
La mujer ve una tela entre las hojas amarillentas del suelo, deja quieren estas pendejas de ellos dos?
la tijera en el cajón de manzanas, se acerca y la levanta. Reco- Cinco bocas, pero la Yaron no.
noce la bombacha de su hija menor y vuelve a la casa hecha
Mai
Teresa camina unos pasos para estar frente a la cama de su
una furia. hija menor, que parece desmayada. Es la única de sus pibas que
Tan== quae
Teresa piensa que el problema es de ella, que todo lo que duerme sola. La mira y le parece que podría quedarse mirándola
hacen sus hijas llama la atención en el barrio y es su culpa, toda la noche, porque siente una tranquilidad enorme. Solo dor-
que los vecinos sospechan que ella hace todo mal y por eso midas sus hijas la hacen sentir así, que nada malo está pasando,
las pibas no saben portarse de otra manera. Su marido no está. salvo que algo se esté despertando en la panza de su piba. Es
Él se encarga de las cuentas y de dejar la guita de la comida. Él tan chica, piensa Teresa, y el miedo rompe en su propia casa
es el que trabaja y cuando vuelve está cansado, tiene ham-
como la ola de un mar que no vio nunca. Miedo de que la Yaron
bre y no quiere asuntos de bombachas. Que la guita alcance duerma con algo metido adentro. La mujer no quiere imaginar
para las bocas de la familia siempre ha sido tarea de Teresa y la cara de su marido esta vez. Mira a la Naty, que también com-
ella siente que está en el borde, que no puede estirar más la parte la cama con su hijo, y trata de no despertarlos. El aire de la
cuerda, que algo esta vez va a romperse si no se pone firme, pieza huele a alcohol y a muchachas frescas.
que antes de caerse no sabe bien adónde esta vez tiene que Teresa se acerca lo más que puede a la cama de la Yaron y en
hacer algo. Teresa siente miedo cuando baja el picaporte y
un solo movimiento saca frazada y sábana. La Yaron apenas abre
empuja la puerta de la pieza de las pibas, en donde ahora los ojos para escuchar:
duermen cinco bocas. ¿Vos también?
Yani en la cama de arriba abraza al pibe que duerme chupán- Eso que la Yaron pensó cómo contarles mil veces a sus her-
dose el pulgar, tapados los dos por una frazada roja, acostados manas la mamá lo despacha en un segundo. Teresa se agacha
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para asegurarse de que su hija la escucha y se acerca todavía un próximo al cuerpo de un hombre que volvió a sentir desde que
poco más antes de abrir la boca: el Rodri le nació. Yani ya no quiere hombres. Prefiere el vértigo
—¿Vos también cogés, pendeja? de las bicis, tomar una birra con las amigas que le quedan en la
Nadie dice nada en la pieza abarrotada de cuerpos y de plaza, ir a la feria con su mamá, escuchar música y tomar mate
cosas. Antes ni eso tenían, piensa Teresa, dormían todas juntas con las hermanas. Todos los placeres que no la puedan volver a
en el cuarto que compartían con ella y su marido. La mujer dejar preñada.
recuerda cientos de mañanas, años de amanecer con las pibas Aunque está sentada y bien despierta, la Yaron no contesta y
en la misma pieza. Alguna en la cama matrimonial, las otras se queda abrazada a un almohadón chiquito que tiene la forma
en colchones que ponían a los costados durante las noches de una cabeza de unicornio. Teresa siente la necesidad de decir
y después dejaban parados contra la puerta del ropero. Casi algo más, de sacar, esta vez, todo para afuera:
no quedaba lugar libre en la casa a la hora de dormir. Teresa —Te voy a llevar al médico para que te revise, y pobre de
piensa en la suerte que habían tenido de conseguir esa pieza VOS Si...
para cuando la Naty, la más grande de las tres, quedó embara- Pero no llega a terminar de decirlo. Intenta arrancar de
zada. Siempre había sabido que iba a ser abuela pero no si iba nuevo, pero es como si su boca no terminara de masticar las
a gustarle. palabras. Solo le queda tomar aire, esperar unos segundos, cal-
Pero cuando un año después la escena se repitió, con la piba marse e intentar de nuevo:
del medio, su marido tampoco dijo nada y la piba del medio, —Mirá, pendeja, te pagamos el colegio aunque yo no tenga ni
menos. Solo que el cuerpo de la Yani pasó de ser flaco como las para zapatillas. No vayas a cagarla vos también.
lombrices que Teresa junta del fondo de su jardín los días en que La Yaron sabe que hace tiempo entendió todo lo que le dice
van a pescar al arroyo, a ser un cuerpo de una panza imposible, su vieja. Que le gustan las tetas chicas que tiene ahora y no las
como decían los vecinos por lo bajo. Teresa y su marido suma- que le ve a la Naty de reojo, enormes, reventando el alambre
ron a ese problema la molestia de sentirse siempre los últimos de los corpiños con sus pezones oscuros, casi negros, como
en enterarse de todo. si la Naty fuera una mona y no su hermana mayor. Que no le
Yani, la del medio, sigue durmiendo en la cama de arriba con fusta tener un sobrino llamado Rodri ni otro Jesús, pero que no
el Rodri enroscado entre las piernas. Ella también anda en bici- sabe cómo le gustaría que se llamasen. Que nunca le buscó un
cleta y le encanta. Hace un año le puso a Rodri una sillita en la nombre a nadie ni quiere tener que hacerlo. Que le gusta ir al
parte de atrás para que puedan moverse los dos. Pedalear con colegio y no quiere dejar, pero, sobre todo, que le gusta andar
su hijo es uno de los momentos del día que más le gustan. Para en bicicleta por las calles del barrio cuando todos duermen y
ella, ese cuerpo pequeño, cercano, agarrado con las dos manos arrastrarse a un pibe del boliche atravesado del caño y después
a su cintura —así de paso su pibe no se chupa el dedo-, es lo más decirle chau con un beso.
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—Estoy chipeada —contesta la Yaron sin terminar de desper- dejó, enderezó su cuerpo y caminó hasta la entrada de la salita.
tarse y su cabeza, y sus pelos oscuros, y su boca sabor a cerveza Se detuvo antes de empujar la puerta enorme de vidrio porque
que empezó a agriarse por las horas de sueño, caen de nuevo vio a un costado una virgen muy pequeña, de yeso, rodeada de
sobre la almohada como si cargaran con todo el peso del mundo. flores. Algunas estaban secas pero otras eran flores frescas, el
Teresa se queda quieta, con la boca abierta, tratando de color tan vivo como las ganas de la Yaron de tener lo que había
entender esas palabras que no le significan nada. Reacciona un ido a buscar. Yaron se quedó mirándola: alguien le había anudado
rato después: un pañuelo verde al cuello. A diferencia de las otras vírgenes que
—Naty, ¿qué habla esta piba? conoce, esa era toda blanca, menos el pañuelo y las flores. La
La mayor de las hermanas está despierta y se sienta en la Yaron sonrió. Parecía una virgen contenta. Trató de pensar cuál
cama. Jesús es su orgullo y lo busca con la mano al costado de su virgen sería, pero no tenía ni idea. Como estaba parada frente
cuerpo. Desde que nació todos la felicitan y le dicen que es una a la entrada principal, alguien le preguntó con voz fastidiada si
buena madre, que quién lo hubiera pensado. pensaba entrar y la Yaron se olvidó de las vírgenes y se metió.
Naty tira del brazo del Jesús suyo y lo acerca para abrazarlo —Tengo turno con la ginecóloga —le dijo al tipo de la mesa de
tan fuerte que parece que tuviera miedo de que se le fuera a informes y el viejo le pidió el documento, anotó algo en una pla-
ir, abre la boca y, como ve que su hermana duerme de nuevo, nilla y se lo devolvió diciéndole que esperara a que la llamasen
levanta la voz todo lo que puede: del consultorio seis. La Yaron caminó unos metros y se pegó a
—Usar eso es de puta —dice y se la queda mirando. la pared avanzando hasta la boca de sapo abierta que le pareció
La Yani y su pibe también se sientan con cuidado de no siempre el dispensador de forros. Miró hasta el fondo pero no
reventarse la cabeza contra el techo, pero se quedan callados encontró ninguno y siguió caminando tratando de no desviar la
en la cama de arriba que empieza a quedarles chica. La madre vista. Estaba segura de que la estaban mirando, hasta que llegó a
espera. Ninguna sabe si escuchó o no, pero la Yaron no se la puerta número seis, la última antes de la enfermería, y ahí se
mueve y la Naty, que trata de acomodarse las tetas adentro del dio vuelta y se apoyó contra la pared a esperar.
corpiño, no quiere volver a dormirse y la mira. El chip te revienta el cuerpo, es una bomba eso, nena. Tenés
catorce años, cuando quieras tener un bebé no vas a poder.
La primera vez que se acercó a la salita la Yaron tuvo que dejar Todas las cosas que le había dicho la Naty le daban vueltas en
la bici en el bicicletero de la puerta y asegurarse de ponerle bien la cabeza.
el candado. Una amiga le había dicho que se la habían robado ahí Fijate que hay mucho bicho, nena, cogen todos con todos y nadie
mismo, adelante de todos, cuando había ido a pedir las pastillas. se pone un forro. De eso no hay chip de hormonas que te salve.
Antes, porque hacía meses que ya no daban. La Yaron probó dar La Yaron pensaba que por ahí su hermana mayor quería que
un tirón a la cadena de su bicicleta y, como la sintió fuerte, la ella también tuviera un hijo, pero estaba segura de que la otra, la
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Yani, no. Á veces le parecía que ella era la única que extrañaba a
un pelo largo y muy oscuro, igual que la piel de los brazos abajo
sus hermanas de antes, la Naty chica, la Naty contenta, sin pibe del guardapolvo. La médica le pareció tan joven que ella también
ni ganas de mandonear. La Yani diciendo que quería ser baila- debía andar en bicicleta, pensó la Yaron, mientras pasaba por
rina, la Yani riéndose y hablando hasta por los codos. adelante de la mujer. La puerta se cerró dejando solo esos dos
La Yaron dedicó la lenta media hora que pasó hasta que la cuerpos adentro del consultorio seis.
llamaron a planear: primero iba a quedarse con la boca cerrada
escuchando a la ginecóloga tirarle todas las cosas horribles que
Es domingo de nuevo y en el almuerzo nadie dice nada. Al
tuviera que decir, igual que hacía siempre su hermana mayor. Iba silencio apenas lo cortan los pibitos jugando con la comida o
a dejarla descargarse hasta que llegara el momento de ponerle pidiendo Coca Cola. El abuelo le sirve, el Rodri manotea, el vaso
el chip en el brazo, una varita chiquita como un fósforo que iba
ge vuelca y ya no hay nada en la botella para volver a llenarlo. Las
a ser magia en su cuerpo. Iba a ser capaz de aguantarse lo que cuatro saben que es mejor quedarse calladas. Teresa se levanta a
fuese con tal de estar tranquila y segura de que no se le viniera
buscar una rejilla y vuelve a poner el trapo gris para que chupe la
un pibe adentro.
Coca que resbala por el mantel. La Yani espera que ninguna mire
Las viejitas sentadas en los bancos frente a la puerta de los y pasa la Coca que quedaba en su vaso al del pendejo. El pibe
consultorios le daban una tristeza enorme y no sabía por qué. esta vez lo agarra con las dos manos y toma apurado.
Eran mucho más grandes que ella, pero sus cuerpos parecían Después de comer, el padre se va a hacer su siesta y la Naty
más chicos, gastados. Yaron trataba de ver a cuál médico esta- y su mamá se acercan con los platos a la pileta de la cocina.
rían esperando ellas, pero en las puertas solo se leían los núme-
Conversan entre ellas con el Jesús jugando a las bolitas entre
ros de los consultorios y el cartel de NO GOLPEE. Las otras las piernas. La Yani y su hijo miran la tele en silencio. El Rodri se
mujeres, todas calladas y quietas, parecían acostumbradas a chupa el dedo porque sabe que ahora nadie lo ve.
esperar, pero la Yaron se sentía enjaulada. Al menos le hubiera Al rato, la Yaron escucha un ruidito que viene de la reja de la
gustado escuchar música, así no volvía a sentir esa voz de la entrada y se levanta para acercarse a la ventana. Cuando corre
Naty una y otra vez en su cabeza, pero todo era silencio y el olor
la cortina y se asoma, se sobresalta. El pibito del boliche está
horrible que tiene la gente cuando se enferma. Le parecía que
parado en la entrada y hace sonar el candado sobre el metal de
ahí adentro nadie quería vivir y que afuera estaba el sol, la cum-
la reja. La Yaron no lo puede creer: había pensado que no iba a
bia, sus hermanas, el Jesús queriendo que lo llevaran a la plaza,
verlo nunca más. A lo sumo cruzárselo alguna vez, hacerse oji-
su bicicleta, el Rodri chupándose el dedo.
Los, sonreír. Esta vez el pibe trae su propia bicicleta. Está desin-
“Yaron Quispe”, llamó la voz de una mujer joven que tenía
flada, dice, y le pide a la Yaron que lo acompañe a la bicicletería.
puesto un guardapolvo celeste desde la puerta de enfrente. La
Cuando la Yaron se da vuelta se da cuenta de que su madre y sus
Yaron se levantó y caminó hacia ella. La mujer le sonrió. Tenía hermanas la están mirando, pero se gira como si no pasara nada
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para abrir la puerta. La Yaron llega hasta la reja, escoltada por su társelo por los hombros y raparse la nuca para sentir mejor
madre y sus hermanas. La Naty ni siquiera llegó a dejar el repa- cuando algunos labios le besen el cuello. También que no va
sador en la cocina. El pibe repite lo de la rueda y dice, como si ij teñirse el color oscuro para ponerse las tinturas de fantasía
las mujeres no supieran, que la bicicletería está cerca, mientras que usan las chicas del colegio, aunque le encante ver el color
muestra la bicicleta desinflada como si le sirviera de prueba. La de los chicles en sus cabezas, y que va a usar las bombachas
madre le clava los ojos y el pibe espera en la puerta, sin animarse inchas de algodón con dibujos que le compra su madre en la
a entrar pero sin amagar a irse. feria aunque tenga plata para comprarse otras que le gustan
La Yaron mira a su madre y al lado, a su hermana mayor. más, pero que al chip, ese que le puso la doctora de guardapolvo
Aprovecha que al menos no dicen nada para entrar a buscar una celeste sin decirle ninguna cosa de más, a ese no se lo va a
camperita, dando a entender que va a salir sin dar más explica- sacar nunca.
ciones, total no está haciendo nada malo.
La madre le corta el paso y le dice:
—Me entero que andás culiando con ese pendejo y pobre
de vos.
La Naty se envalentona. Le brillan los ojos:
—Decile que si te preña nosotras lo vamos a cagar a palos.
Cuando la escucha, el Jesús se da vuelta y se vuelve solo para
la cocina.
La Yaron no se enoja, siente que así la quieren, que no es
otra cosa, y les da un beso a cada una, pero al sacar su bicicleta
a la vereda, cerrar el candado e irse, la casa le da un sacudón
de tristeza. El pibe se acerca a darle un beso y la Yaron lo corta
en seco:
—Después.
Caminan con las bicis hasta la esquina, cruzan y después
arrancan. La Yaron piensa que de este pibito tampoco sabe el
nombre, y que capaz el nombre no le gusta, pero el pibito sí.
Esa tarde, pedaleando, riéndose cada tanto con él, besándose,
jugando carreras, la Yaron decide que va a seguir dejándose
el pelo largo solo porque sus padres quieren, en vez de cor-
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