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Manacled de SenLinYu

Este documento resume el primer capítulo de una traducción al español de la obra "Manacled" de SenLinYu. Cuenta que tras la guerra mágica, Voldemort gana y mantiene a Hermione Granger prisionera en una celda oscura y silenciosa. Es torturada por Dolores Umbridge antes de ser llevada al sanador, donde sufre aún más al retirarle los hechizos de inmovilización y cruciatus.

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Manacled de SenLinYu

Este documento resume el primer capítulo de una traducción al español de la obra "Manacled" de SenLinYu. Cuenta que tras la guerra mágica, Voldemort gana y mantiene a Hermione Granger prisionera en una celda oscura y silenciosa. Es torturada por Dolores Umbridge antes de ser llevada al sanador, donde sufre aún más al retirarle los hechizos de inmovilización y cruciatus.

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Manacled de SenLinYu (Español de España, Castellano)

Posted originally on the Archive of Our Own at [Link]

Rating: Explicit
Archive Warnings: Graphic Depictions Of Violence, Rape/Non-Con
Category: F/M
Fandom: Harry Potter - J. K. Rowling
Relationship: Hermione Granger/Draco Malfoy
Characters: Hermione Granger, Draco Malfoy, Dolores Umbridge, Tom Riddle |
Voldemort, Astoria Greengrass, Graham Montague, Severus Snape
Additional Tags: Post-War, Harry Potter Dies, Alternate Universe - Voldemort Wins, Forced
Pregnancy, Imprisonment, Death Eater Draco Malfoy, Minor Character Death,
Memory Loss, Rape/Non-con Elements, Eventual Romance, Battle, Rape,
Mystery, Healer Hermione Granger, Self-Harm, Flashbacks, Slow Build, Angst
with a Happy Ending, Slow Build Draco Malfoy/Hermione Granger,
Espionage, Dramione español
Language: Español
Stats: Published: 2022-11-06 Updated: 2024-01-23 Words: 143,426 Chapters: 37/77
Manacled de SenLinYu (Español de España, Castellano)
by Larissa1281

Summary

Harry Potter ha muerto. Tras la guerra, con el fin de fortalecer el poder del mundo mágico,
Voldemort promulga un esfuerzo de repoblación. Hermione Granger guarda un secreto de la Orden,
perdido, escondido en su mente, por lo que se la envía como esclava subrogada al Oficial Supremo
hasta que su mente pueda ser descodificada.

Autora: SenLinYu
Traducción de Larissa1281

Notes

Advertencia: Esta obra es oscura. La violación y el sexo no consensuado son un aspecto


significativo y continuado de la trama. También hay muertes de los personajes, traumas
psicológicos, descripciones de violencia en el campo de batalla, y se hace referencia a la tortura. Se
recomienda discreción al lector.

Nota de la autora: Los personajes de esta obra no son míos: pertenecen a JK Rowling, quien resulta
que no soy. La inspiración inicial de esta trama se me ocurrió viendo el primer episodio de El
Cuento de la Criada. Hay elementos de ella que se mantienen durante la historia. El término Oficial
Supremo (High Reeve) fue extraído de la obra Uncoffined de Lady_of_Clunn.

La historia parte del canon tras el final de Harry Potter y la Orden del Fénix.

Trabajo alfa/beta de jamethiel y pidanka. Los errores que queden son de mi obra original.

Update 5/20: Todas las ilustraciones me las ha hecho y regalado Avendell. Seguidla en instagram y
tumblr.

Nota de la traductora: Este es el primer capítulo de la obra. Iré subiendo el resto conforme los
traduzca. He sido lo mas fiel posible al texto original, sin traductores online, para que podáis
disfrutarlo en nuestro idioma. ¡Espero que os guste mucho!

A translation of Manacled by senlinyu


Capítulo 1
Hacía tiempo que Hermione había perdido la esperanza de ver en la oscuridad.

Por un tiempo, pensó que si simplemente dejaba que sus ojos se acostumbraran, eventualmente
algún leve contorno se haría visible.

Ningún tenue rayo de luna se deslizaba entre los barrotes tan profundamente en las mazmorras. No
había antorchas en el pasillo fuera de la celda. Solo oscuridad y más oscuridad, hasta que se
preguntó si quizá estaría ciega.

Había explorado cada centímetro de la celda con las yemas de los dedos. La puerta, sellada
mágicamente, no tenía ninguna cerradura que forzar, incluso aunque hubiera tenido algo más que
paja y un orinal. Olfateó el aire con la esperanza de que indicara algo: la estación, el olor lejano de
comida o pociones. El aire estaba viciado, frío, húmedo. Sin vida.

Había tenido la esperanza de que, si inspeccionaba con la suficiente atención, encontraría alguna
losa suelta en la pared, algún compartimento secreto que escondiese un clavo, una cuchara, o
incluso algo de cuerda. Aparentemente, la celda nunca había contenido a ningún prisionero audaz.
Ninguna marca para llevar la cuenta del tiempo. Ninguna piedra suelta. Nada.

Nada más que oscuridad.

Ni siquiera podía hablar para mitigar el interminable silencio. Había sido el regalo de despedida de
Umbridge después de que la arrastraran a la celda y comprobaran sus esposas una última vez.

Habían estado a punto de irse cuando Umbridge hizo una pausa y susurró, "Silencio".

Sosteniendo la barbilla de Hermione con su varita de modo que sus ojos se encontraran, le dijo,
"Pronto lo entenderás".

Umbridge soltó una risita, y su aliento empalagoso y azucarado rozó el rostro de Hermione.

Hermione había sido abandonada en la oscuridad y el silencio.

¿La habían olvidado? Nadie vino nunca. Ni torturas. Ni interrogatorios. Únicamente soledad oscura
y silenciosa.

Aparecían comidas. Aleatoriamente para que no pudiera llevar la cuenta del tiempo.

Recitaba recetas de pociones en su mente. Técnica de transfiguración. Repasaba runas. Rimas de


sanación. Hacía gestos con los dedos, replicando técnicas de varita, moviendo la boca como si
articulara el hechizo. Contaba hacia atrás desde mil restando números primos.

Empezó a hacer ejercicio. Aparentemente a nadie se le había ocurrido contenerla físicamente, y la


celda era suficientemente espaciosa como para que pudiera hacer la voltereta lateral de un lado a
otro. Aprendió a hacer el pino. Pasaba lo que le parecían horas haciendo flexiones y algo llamado
burpees con los que su primo había estado obsesionado un verano. Descubrió que podía pasar los
pies a través de los barrotes de la puerta de la celda y hacer abdominales mientras colgaba boca
abajo.
Le ayudaba a desconectar la mente. Contar. Llevarse hasta los límites de la resistencia física.
Cuando sus brazos y piernas se volvían gelatina, se desplomaba en un rincón y caía en un sueño
profundo.

Era la única manera de dejar de ver el fin de la guerra una y otra vez ante sus ojos.

A veces se preguntaba si estaría muerta. Quizá eso era el infierno. Oscuridad y soledad y nada
excepto sus peores recuerdos suspendidos ante sus ojos para siempre.

Cuando finalmente se produjo un sonido, fue ensordecedor. El chirrido en la distancia cuando una
puerta abandonada hace mucho se abrió. Entonces hubo luz. Cegadora, luz cegadora.

Era como una puñalada.

Trastabilló hasta un rincón y se cubrió los ojos.

"Sigue viva", escuchó decir a Umbridge, que sonaba sorprendida. "Levantadla, veamos si aún sigue
lúcida"

Unas manos toscas arrastraron a Hermione del rincón y trataron de apartarle las manos de los ojos.
Incluso con los parpados cerrados con fuerza, el dolor por el súbito brillo era como si le clavaran
cuchillos en las córneas. Tironeó con las manos para volver a ponérselas sobre los ojos,
liberándolas del agarre de sus captores.

"Oh, por el amor de Merlín" escuchó decir a Umbridge, con voz mordaz e impaciente. "Superados
por una Sangre Sucia sin varita. Peteificus Totalus."

El cuerpo de Hermione se volvió rígido. Afortunadamente sus ojos se mantuvieron cerrados.

"Debiste ser lo suficientemente lista para morir. Crucio."

La maldición desgarró el cuerpo inmovilizado de Hermione. Umbridge no era la bruja más


poderosa que la había maldecido, pero lo hizo con ganas. El dolor se abrió paso por Hermione
como el fuego. Sin poder moverse, sentía su interior retorcerse en nudos, tratando de escapar del
dolor. Su cabeza palpitaba mientras el dolor se acumulaba más y más sin ninguna liberación.

Tras una eternidad, el dolor cesó, y sin embargo no lo hizo. La maldición había terminado, pero la
agonía permanecía enroscada en su interior, como si sus nervios hubieran sido desollados.

Hermione podía sentir su cerebro tratando de escapar; de liberarse de la agonía en suspensión.


Rómpete. Rómpete. Pero no podía.

"Lleváosla para que la valoren. Hacedme saber lo que dice el sanador de inmediato."

La hicieron levitar, pero el mundo siguió siendo un borrón de sonido y agonía. Tanto sonido.
Parecía como si las vibraciones estuvieran rechinando a través de su piel. Debían de haberla
mantenido dentro de una sala con barrera porque de repente el aire explotó en luz y sonido.

Trató de resistir concentrándose solamente en el sonido de los pasos. Diez en línea recta. A la
derecha. Treinta pasos. A la izquierda. Quince pasos. Parón. Uno de los guardas que la estaba
haciendo levitar llamó a una puerta.

"Adelante", dijo una voz amortiguada.


La puerta se abrió.

"Ponedla por ahí."

Hermione sintió que depositaban su cuerpo en una mesa de exploración.

Sintió que la tocaban con una varita.

"¿Hechizos recientes?"

"Inmovilización y cruciatus," respondió una voz nueva. Hermione creyó reconocerla, pero su mente
se retorcía demasiado en agonía como para ubicarla.

"¿Estando inmovilizada?" El sanador sonaba molesto. "¿Cuánto tiempo?"

"Un minuto. Quizá más."

Un siseo de irritación. "Apenas tenemos suficiente tal como está. ¿Es que Umbridge está intentando
acabar con ellos? Sujetadla. Si no se hará daño cuando retire los encantamientos."

Hermione sintió como le ataban las muñeca y tobillos con correas de cuero, y le metían algo entre
los dientes. Sintió un toque de varita en la sien.

"¿Yuhu? Brujita, si tu mente aún no está hecha papilla... Esto va a doler—mucho. Pero," continuó
alegremente, "te sentirás mejor después. ¡Finite Incantatem!"

El mundo de Hermione explotó. Era como sufrir la cruciatus de nuevo. Su cuerpo, por fin móvil, se
contraía mientras ella gritaba y pataleaba. Las correas que la retenían apenas le impedían arquearse
mientras se retorcía, sacudía y lloraba agónicamente. Parecía que pasaba una eternidad hasta que
pudo dejar de retorcerse. Mucho después de que su voz hubiera dado de sí. Sus músculos aún se
crispaban violentamente, y su pecho se contraía en sollozos.

"De acuerdo. Podéis iros ya," dijo el sanador mientras tocaba otra vez a Hermione con su varita.
"Pero decidle a Umbridge que si llega otro en estas condiciones, la reportaré por sabotaje."

Hermione abrió un ojo y observó a los guardas irse. Su visión se volvió borrosa. Todo era
agónicamente brillante, pero podía distinguir formas vagas y la luz dolía menos. O más bien, otras
cosas dolían más que sus ojos.

El sanador se volvió hacia ella. Era un hombre grande. No lo reconoció. Entrecerró los ojos
tratando de verlo con claridad.

"Ah, bien, seguimiento de movimientos." Le giró la muñeca para ver el número de prisión de su
esposa. "Numero 273..."

Sacó una fina carpeta de una estantería y frunció el ceño mientras la revisaba.

"Sangre Sucia, obviamente. Estudiante de Hogwarts. Oh, muy buenas calificaciones. Hmmm.
Maldición desconocida al abdomen en quinto año. No es muy buena señal. Bueno, veremos con lo
que podemos trabajar."

Realizó un hechizo diagnóstico complejo sobre ella. Observó su emblema mágico flotar sobre su
cabeza y varios orbes de colores colocarse a lo largo de su cuerpo.
El sanador los tocó y garabateó algunas notas. Estaba particularmente interesado en su abdomen,
especialmente en un orbe teñido de morado.

"¿Que—," musitó con la mordaza aún entre sus dientes, "—que estas mirando?"

"Hmm? Oh, unas cuantas cosas; tu salud física, sobre todo. Estás en notablemente buenas
condiciones. ¿Dónde te han tenido? Aunque nada de eso importa si no puedo descifrar esta vieja
maldición que aún llevas."

Trabajó en silencio algunos minutos más antes de reírse entre dientes. Con un giro complicado de
su varita y un encantamiento que Hermione no pudo distinguir, un chorro de llamas violetas se
disparó hacia su estómago. Su interior comenzó a burbujear de repente, y sintió algo vivo retorcerse
entre sus órganos. Algo arrastrándose dentro de ella.

Antes de que pudiera gritar, el sanador mandó un hechizo rojo hacia ella. El movimiento se detuvo,
y parecía que algo se había disipado en su interior.

“Un hechizo mal lanzado," explicó el sanador. "Alguien quería que te comieran viva, pero
afortunadamente para ti la maldición fue incompleta. Lo he arreglado y ahora está cancelada. De
nada."

Hermione no dijo nada. Dudaba que nada de aquello fuera para su beneficio.

Bueno, ya estás limpia. Eres apta también. Creo que vamos a poder hacer buen uso de ti. Aunque
ese cruciatus probablemente requiera algo de terapia hasta que te recuperes de ello. Lo voy a
apuntar."

Con un toque de su varita, las correas de alrededor de sus muñecas y tobillos se soltaron. Hermione
se sentó lentamente. Sus músculos aún sufrían contracciones involuntarias.

Abriendo la puerta, el sanador llamó, "Lo ha superado. Podéis procesarla."

Volvió a su escritorio.

Todo era extrañamente luminoso. Entrecerró los ojos. Tan luminoso que apenas podía ver más allá
de la luz para distinguir las formas que la rodeaban.

Con una mano temblorosa, se retiró la mordaza de entre los dientes. Inmediatamente comenzaron a
castañear. Se dio cuenta de que tenía un frío terrible. Demasiado frío. El guarda se estaba
aproximando a ella, agarrando su brazo para llevársela. Se deslizó de la mesa e intentó levantarse.

Se tambaleó.

"Sseñooor..."

¿Esa era su voz? No recordaba como sonaba su voz.

Las palabras salían mal articuladas, y todos los objetos luminosos de la habitación parecían
estirarse y distorsionarse ante sus ojos como si la hubieran metido en una pecera. El sanador se
volvió hacia ella extrañado.

"Creee-o quee stooy entrando nnn sshh—" las palabras parecían no poder salir otra vez de sus
dientes castañeantes. Lo intentó de nuevo "shhhh–shhhhh–shhhhhooooock..."
La oscuridad de repente comenzó a infiltrarse por los bordes de su campo de visión. Todas las cosas
luminosas se fueron apagando hasta que lo único que pudo ver fue el rostro preocupado del sanador
frente a ella. Sus ojos se pusieron en blanco y cayó.

Nadie la sostuvo.

Su cabeza golpeó una esquina de la mesa. Con fuerza.

"¡Joder!" soltó el guarda. Incluso el sonido parecía oscilante y distorsionado.

Lo último que Hermione recordaba era que pensó que podría ser Marcus Flint.

Recuperar la consciencia era como ahogarse en avena. Hermione no estaba segura de por qué era la
primera comparación que le vino a la cabeza. Luchaba por arrastrarse hacia la superficie,
moviéndose hacia las voces amortiguadas, tratando de distinguir su sentido.

"¡Dieciséis meses en aislamiento con privación de luz y sonido! Indudablemente debería estar
completamente desquiciada, si no muerta. ¡Ni siquiera aparece en ningún registro! ¡Como si la
hubiera lanzado a un pozo sin fondo! Mire esta carpeta. ¡Prisionera ciento ochenta y siete en la
cama de la habitación de al lado! ¿Ve cuántas páginas hay? ¡Revisiones! ¡Análisis de sangre!
¡Sesiones de salud mental! ¡Pociones prescritas! Incluso tengo fotos suyas para ver cómo era antes
de que la mutilara. Esta de aquí—¡nada! ¡Está registrada como asignada a esta prisión y después
desaparecida! ¡Nadie la ha visto! ¡No hay ningún registro de que haya comido nada! ¡Durante
dieciséis meses! ¡Explíqueme como ha pasado esto!"

Hubo una pausa, y entonces Hermione escuchó, "Ejem-ejem."

La voz de sonrisa tonta de Umbridge comenzó a excusarse, "Hay tantos prisioneros aquí... Apenas
es sorprendente que uno o dos hayan conseguido pasar desapercibidos como ha hecho la señorita
Granger."

"Señorita—Granger—,"la otra voz se volvió de repente horrorizada y vacilante. "¿Se refiere a LA


Granger? ¡Sabía que era ella! Intentó matarla."

"¿Qué? ¡No! Yo nunca—Es el Señor Tenebroso quien debe decidir sus destinos. Yo soy meramente
su servidora."

"¿De verdad creyó que nuestro Señor se olvidaría de una prisionera como Hermione Granger?
¿Cree que será clemente si se entera de lo que ha hecho?"

"¡No pretendí que fuera por tanto tiempo! Se suponía que iba a ser simplemente una situación
temporal. Usted no la conoce. No sabe de lo que es capaz. Tenía que asegurarme de que no podía
escapar o contactar con alguien. Aún se estaba volviendo a proteger el castillo. Entonces–entonces
para cuando todo estaba preparado–Ella–ella se me fue de la cabeza. ¡Yo nunca desafiaría a nuestro
Señor!"

"El éxito de la empresa que nuestro Señor nos ha asignado depende de usted y de mí. Si descubro
aunque sea un atisbo de que ha hecho algo más para socavar su plan, le reportaré a Él
inmediatamente. Tal como está la cosa, Granger está ahora completamente bajo mi jurisdicción. No
se le permite acercarse a ella sin mi permiso. Si le pasa cualquier cosa más, por quien sea, asumiré
que es usted responsable de ello."
"Pero–pero tiene muchos enemigos." La voz de Umbridge vaciló.

"Entonces le sugiero que supervise su prisión cuidadosamente. El Señor Tenebroso la ha nombrado


específicamente en sus planes. Le arrojaré ante él hoy mismo si es necesario para que tenga éxito.
He trabajado durante más tiempo y más duro que usted para llegar a donde estoy, Alcaide. No
dejaré que nadie se interponga en mi camino. Vaya a procesar al resto. El Señor Tenebroso espera
un informe sobre los números de elegibilidad esta noche, y ya he perdido medio día arreglando su
error."

Unos pasos se atenuaron. Los de Umbridge, pensaba y esperaba Hermione. Abrió un ojo tratando
de asimilar el entorno subrepticiamente.

"Estás despierta."

No suficientemente subrepticia. Abrió los ojos del todo y miró hacia arriba al contorno borroso de
una sanadora que estaba de pie por encima de ella. La sanadora se acercó para estudiar a Hermione,
y Hermione pudo distinguirla levemente contra la luz. Una mujer mayor, severa, con un atuendo
que denotaba veteranía médica.

"Así que, eres Hermione Granger."

Hermione no estaba segura de cómo responder al comentario. La conversación que había oído no
había aportado ninguna luz sobre lo que se requería de ella. Era importante para alguna terrible
maquinación de Voldemort. Presuntamente no debía estar muerta ni loca, y la querían sana.
Probablemente no iban a torturarla horriblemente de nuevo.

Permaneció callada, esperando que la sanadora fuera de las personas que seguían hablando cuando
la gente no respondía. Quedó decepcionada.

"Debo preguntarte, ya que nadie más parece saberlo. ¿Cómo sigues viva? ¿Cómo conseguiste
mantenerte cuerda?"

"Yo... n-no–se..." Hermione respondió después de esperar un momento. Su voz sonaba más grave y
vacilante de lo que recordaba. Sentía que sus cuerdas vocales estaban atrofiadas. Era difícil
articular las palabras; las consonantes se enredaban y paraban como si requiriese un esfuerzo
sacarlas. "Hacía–aritmancia mental... Yo... recitaba pociones. Hacia lo que podía... para no–perder
la cabeza."

"Asombroso," murmuró la sanadora, garabateando notas en una carpeta. “Pero ¿cómo sobreviviste?
No hay registros de que nadie te alimentara, y aun así has estado perfectamente mantenida en el
aspecto nutricional."

"No–no... se. La comida aparecía. Nunca había una hora fija. Pensé– que era intencionado."

"¿Qué era intencionado?"

"La irregularidad... Pensé que"–sentía la garganta exhausta mientras hablaba–"era parte de la...
privación sensorial. Para evitar–que... supiera... cuanto tiempo–había pasado."

Su voz se volvía más y más tenue con cada palabra.


"Oh. Si. Eso hubiera sido creativo. ¿Y tu condición física? Nunca te sacaron de esa habitación. Y
aun así tienes mejor tono muscular que la mitad de mis sanadores. ¿Cómo demonios es eso
posible?"

"Cuando... no podía–soportar pensar, hacía ejercicio–hasta que no podía más."

"¿Qué tipo de ejercicios?"

"Cualquier cosa. Saltos. Flexiones. Abdominales. Cualquier cosa–que me cansara... Para no soñar."

Más garabateos.

"Qué clase de sueños tratabas de evitar?"

Hermione se quedó sin aliento. Las otras preguntas habían sido fáciles. Eso–eso estaba demasiado
cerca de ser real.

"Sueños de antes."

"¿Antes?"

"Antes de venir aquí." La voz de Hermione era baja. Furiosa. Cerró los ojos; la luz le estaba dando
una fuerte migraña.

"Por supuesto." Más garabateos. El sonido hacía que los músculos de Hermione reaccionaran
estremeciéndose. "Estarás aquí, en la enfermería, hasta que los efectos secundarios de tus sesiones
de tortura hayan mitigado completamente. También traeré a un especialista para averiguar qué le ha
pasado a tu cerebro."

Hermione abrió los ojos de golpe.

"Me–," vaciló. "Me pasa algo–malo?"

La sanadora la miró pensativamente antes de agitar su varita sobre la cabeza de Hermione.

"Has estado en aislamiento con privación sensorial durante dieciséis meses. El hecho de que estés
lúcida es un milagro. Los efectos de tal experiencia apenas se pueden evitar, especialmente dadas
las circunstancias anteriores a tu llegada. ¿Me imagino que estudiaste algo de sanación durante la
guerra?"

"Si," dijo Hermione, mirando hacia la manta de su regazo. Estaba raída y olía tan fuerte a
antiséptico que el asalto olfatorio le daba náuseas.

"Entonces sabes cómo es un cerebro mágico normal y sano. Este es el tuyo."

Un simple movimiento de varita extrajo la imagen proyectada mágicamente del cerebro de


Hermione a la vista.

Hermione entrecerró los ojos. Esparcidas por la proyección había pequeñas luces brillantes; algunas
agrupadas, otras esporádicas. Por todo su cerebro. Nunca había visto nada parecido.

"¿Qué son?"
"Mi hipótesis es que son estados de fuga creados mágicamente."

"¿Qué?"

"En algún punto de tu aislamiento, tu magia comenzó a intentar protegerte. Ya que no podías
expresar magia externamente, se internalizó. Trabajaste duro para evitar, como tú misma has dicho,
perder la cabeza. Sin embargo, la mente apenas está preparada para afrontar algo así. Tu magia ha
encapsulado partes de tu mente. Como resultado, de alguna manera te ha fragmentado.
Normalmente una fuga es general, pero estas parecen ser casi quirúrgicamente precisas. Aunque la
sanación mental no es mi especialidad."

Hermione observó horrorizada.

"¿Quieres decir que–que estoy disociada?"

"Algo así. Realmente nunca había visto nada parecido. Podría ser una nueva enfermedad mágica."

"Tengo–personalidad múltiple?" Hermione se sintió débil de repente.

"No. Simplemente has aislado partes de tu mente. Creo que tu magia pretendía protegerlas de
ataques mentales, pero por extensión evitó que accedieras a ellas."

Hermione caviló internamente.

"Que–es lo que no recuerdo?"

"Bueno, no estamos del todo seguros. Vas a tener que ser la que descubra lo que has olvidado.
¿Cómo se llaman tus padres?"

Hermione hizo una pausa, tratando de calcular si la pregunta estaba basada en buscar un
diagnóstico o extraer información potencial. Palideció de repente.

"No lo sé," dijo, sintiendo de repente como si no pudiera respirar. "Recuerdo tener padres. Eran–
Muggles. Pero–no puedo recordar nada sobre ellos."

Luchando por ahogar el pánico que se alzaba en su interior, miró suplicante a la sanadora.

"¿Sabe algo?"

"Me temo que no. Vamos a probar otra pregunta. ¿Recuerdas la escuela a la que fuiste? ¿Quiénes
eran tus mejores amigos ahí?"

"Hogwarts. Harry y Ron," dijo Hermione bajando la mirada mientras se le cerraba la garganta. Sus
dedos se crispaban de manera incontrolable.

"Bien. ¿Recuerdas al director?"

"Dumbledore."

"¿Recuerdas que le sucedió?"

"Murió," dijo Hermione, cerrando los ojos con fuerza. Aunque los detalles eran confusos, estaba
segura.
"Si. ¿Recuerdas las circunstancias de su muerte?"

"No. Recuerdo–que fue rehabilitado como director después de que fuera confirmado que Vold-
Vold– Quien-Tu-Sabes había vuelto."

"Interesante." Mas garabateos. "¿Qué es lo que recuerdas de la guerra?"

"Era sanadora. Estaba en el hospital. Tanta gente que no podía salvar– Recuerdo perder. Algo–algo
no funcionó. Harry murió. Lo–lo colgaron de la Torre de Astronomía, y lo vimos pudrirse. Luego–
luego colgaron a Ron y a su familia a su lado. Y a Tonks y a Lupin. Los torturaron hasta que
murieron. Entonces me pusieron en esa celda y me dejaron ahí."

Hermione estaba temblando mientras hablaba. la cama del hospital se zarandeaba y emitía un fuerte
chirrido.

La sanadora parecía no darse cuenta y anotaba más cosas.

"Esto es muy insólito e interesante. Nunca había oído hablar de un estado de fuga como este. Estoy
impaciente por oír lo que piensa un especialista."

"Me alegra ser tan interesante," dijo Hermione, haciendo una mueca mientras abría los ojos para
lanzarle una mirada a la sanadora.

"Bueno, bueno, querida. No soy totalmente insensible. Míralo desde una perspectiva médica. Si
hubiera algo en tu pasado de lo que sería lógico para tu mente protegerse a sí misma, sería la
posguerra–por la cual estas claramente traumatizada. En vez de eso, ¿Que has decidido proteger
inconscientemente? La identidad de tus padres, y la estrategia de guerra de la Orden. Tu magia no
decidió proteger tu psique, decidió proteger a todos los demás. Es muy interesante."

Hermione supuso que lo era, pero sentía que todo era demasiado.

Tan solo ser capaz de ver de nuevo era abrumador. Ser capaz de hablar. Estar fuera de su celda.
Sentía que todo era demasiado. Demasiado crudo. Demasiado brillante.

"A menos que el especialista tenga alguna objeción, permanecerás en la enfermería durante una
semana para recuperarte antes de que te procesemos. Eso te dará tiempo a acostumbrarte a la luz y
el sonido de nuevo y los recibir la terapia que necesitas para recuperarte de la tortura y la contusión
que te hiciste en la revisión."

La sanadora comenzó a alejarse, pero de repente paró.

"Espero que decirte esto sea innecesario, pero supongo que dada tu casa y tu trayectoria debería
decirlo de todas formas. Estás en una encrucijada, señorita Granger. Lo que va a pasarte a
continuación es inevitable, pero tienes elección en como de desagradable vas a hacerlo para ti."

Se despidió con ese–¿consejo? ¿Amenaza? ¿Advertencia? Hermione no estaba del todo segura. La
sanadora desapareció tras la cortina divisoria.

Hermione echó un vistazo a su entorno cuidadosamente. Aún estaba en Hogwarts. Le habían


cambiado las ropas de la prisión por un pijama de hospital. Remangándose, advirtió que nadie
había cometido el error de quitarle las esposas que tenía aseguradas alrededor de cada muñeca.
Sostuvo una muñeca frente a su rostro para inspeccionarla. Se las habían puesto inmediatamente
después de aprisionarla en su celda, y nunca tuvo la oportunidad de ver realmente como eran.

A la luz parecían ser simplemente un par de brazaletes que estaban alrededor de cada una de sus
muñecas. Brillaban como una moneda nueva. Estaban chapados en cobre, como había supuesto.

En la oscuridad de su celda, había pasado una indecible cantidad de tiempo tratando de determinar
exactamente lo que eran. La respuesta sencilla era que suprimían su magia. Cómo lo hacían
exactamente, y cómo podía sortear el problema mientras estaba ciega y muda había tomado mucho
tiempo de reflexión.

Cuando finalmente se admitió a sí misma que era imposible eludirlas, comenzó a tratar de
averiguar cómo funcionaban.

Admiraba y odiaba a quien fuera que las había desarrollado. Estaba segura por la forma en la que el
cobre conducía su magia que cada una tenía una fibra de corazón de dragón, posiblemente incluso
de su propia varita.

Las esposas parecían específicamente sintonizadas con ella.

En su celda, en los intentos de realizar magia sin varita, la magia se deslizaba por sus brazos hacia
sus manos para materializarse y entonces simplemente –se disipaba en cuanto alcanzaba las
esposas. Confirmado ahora a sí misma que estaban chapadas en cobre, comprendió inmediatamente
cómo funcionaba.

El cobre absorbía la magia hacia sí mismo. Recordaba a Binns dando una clase de historia de la
magia sobre los intentos de usar otros materiales que no fueran madera para las varitas. El cobre
había sido una de las opciones más obvias debido a su conductividad natural para la magia.
Desafortunadamente, era demasiado conductivo. Absorbía cualquier chispa de magia que detectaba
tanto si era intencionada como si no. Los hechizos explotaban de las varitas de cobre antes de que
el mago pudiera terminar de realizarlos. Apenas podían tocar las varitas sin que estallaran. La
explosión de dos laboratorios de varitas y la perdida de cuatro dedos convenció a los fabricantes de
varitas de probar algo que no fuera cobre.

El núcleo de las esposas, Hermione estaba segura, era hierro. El cobre junto a la fibra de corazón de
dragón le arrebataba la magia y la depositaba en el núcleo de hierro donde era eficazmente
neutralizada.

La ingeniosidad la hacía bullir de rabia.

Las esposas de hierro eran bastante comunes en las prisiones mágicas. Amortiguaban la magia lo
suficiente como para que los prisioneros no pudieran realizar hechizos potentes. Siempre había sido
imposible neutralizar por completo la magia de un mago o bruja con hierro. Siempre podían pasar
un poco de magia a través de ellas o dejar que se acumulara hasta que una ola de magia accidental
estallaba de ellas. El cobre lo solucionaba. Con su excelente conductividad, especialmente con la
ayuda de un núcleo mágico equivalente al de la varita del prisionero, el cobre absorbía casi hasta la
última brizna de magia que se generaba en el interior de Hermione.

La convertían eficazmente en una Muggle.


Capítulo 2

"Hermione..." escuchó susurrar a alguien.

Levantando la vista de sus esposas, vio una cabeza que salía de detrás de de la cortina divisoria.
Entrecerró los ojos y la miró. Era Hanna Abbot.

A Hermione se le escapó un grito ahogado.

Hannah solo tenía un ojo.

Su ojo derecho observaba a Hermione, pero no tenía ojo izquierdo. Había un enorme, oscuro
agujero en su cabeza, como si se lo hubieran arrancado.

Hannah subió inmediatamente la mano para cubrir el lado izquierdo de su rostro.

"Lo siento. Siempre es horrible para la gente que lo ve por primera vez."

"¿Qué–ha pasado?" Se obligó Hermione a decir.

No conocía ninguna maldición que pudiera quitar un ojo de esa manera. Había muchas maldiciones
cegadoras, pero ninguna con resultados tan grotescos.

"Umbridge—me lo arrancó con la punta de su varita cuando—cuando intenté escapar. Hizo que los
sanadores lo mantuvieran así. Por la impresión." Hanna giró levemente el rostro para ocultarlo un
poco más.

"Se metió en un lío por ello de todas formas." Hannah bajó la cabeza y miró al suelo. Su voz
sonaba como si estuviera muerta de alguna manera. “Ahora normalmente corta dedos. Si eres
insolente. Si tratas de escapar. Si la miras mal. Parvati y Angelina, apenas les quedan dedos.”

Hannah le echó una dura mirada a Hermione con el ojo que le quedaba.

“Deja tu Gryffindor morir, Hermione. No intentes ser valiente. No intentes ser lista. Mantén la
cabeza baja. La gente ha estado intentando escapar durante meses. A todo el que atrapan lo mutilan.
Cualquiera—que escape—hicieron falta tantos intentos antes de que nos diéramos cuenta—las
esposas que todos tenemos—,” Hannah levantó su propia muñeca envuelta en cobre. “Tienen un
localizador. Si consigues llegar pasados los escudos mandan al Oficial Supremo. Cuelgan el
cadáver en el Gran Comedor para que todos tengamos que verlo descomponerse.”

Hermione sintió como si la hubieran golpeado con fuerza en el pecho. Sus dedos se crispaban
contra la tela de la manta que la cubría. Apenas podía respirar. “¿Quién?”

“Ginny. Fue el primer cuerpo que trajeron. Todos pensamos que quizá habías conseguido escapar.
Porque desapareciste. No nos dimos cuenta de que simplemente te habían puesto en otro sitio…”

La voz de Hannah se apagó y miró a Hermione. “Ni siquiera sabes por qué te han sacado,
¿verdad?”

Hermione sacudió la cabeza.


“Los guardas hablan bastante. Tras la guerra, todos esperábamos que el Señor Tenebroso
comenzaría a esclavizar a los Muggles. Pero parece que sus filas estaban más agotadas de lo que
habíamos pensado. Aparentemente ser inmortal le hace paciente. Decidió que la repoblación de
magos de Sangre Pura para sus filas debía ser lo primero en su plan. Emparejó personalmente a
todos los Sangre Pura. Les hizo casarse unos con otros para que comenzaran a reproducirse.”

El rostro de Hannah se torció con desdén mientras recitaba esta información.

Hermione frunció el ceño, sorprendida. ¿Un esfuerzo de repoblación? La guerra había avanzado
con muchas bajas dado el tamaño de la población mágica, pero Hermione no creyó que Voldemort
se daría cuenta, mucho menos que le importaría. Los matrimonios concertados no eran poco
comunes entre los Sangre Pura—pero que fueran órdenes parecía excesivo. Se preguntaba cómo se
habrían sentido sus seguidores.

“Apenas—había bebés. La tasa de fertilidad de los Sangre Pura lleva años cayendo en picado.
Hubo algunos embarazos que entusiasmaron a todo el mundo. La mayoría terminaron siendo
Squibs y esos embarazos se interrumpieron. O sufrieron abortos. En fin, “—La voz de Hannah se
volvió amarga—“aparentemente enfrentarse a la extinción del mundo mágico Europeo de alguna
manera le ha abierto la mente al Señor Tenebroso en lo que respecta a la pureza de la sangre. La
magia es poder, ya sabes. Ha decidido comenzar un programa de gestación con todas las prisioneras
mestizas y nacidas de Muggles que resulta que tiene a mano. Solo las chicas, porque al parecer es
un destino peor que la muerte el que un hijo de Muggles toque a una Sangre Pura. Van a hacer que
todas tengamos hijos hasta que nuestros úteros no den más de sí.”

Hannah parecía tan enferma como se empezaba a sentir Hermione.

“Pues por esto te han dejado salir,” dijo Hannah, con un ademán de impotencia. “Están usando los
expedientes médicos y de la escuela para decidir quienes de nosotras somos aptas. La sanadora con
la que estabas hablando—es la directora de todo esto. Al parecer está especializada en genética
mágica. Somos sus conejillos de indias. Están comprobando nuestra fertilidad.”

Hannah había comenzado a llorar. Hermione la miró, sintiéndose débil y en shock. No podía ser
verdad. Todo era demasiado terriblemente distópico. Una pesadilla que estaba teniendo dentro de
su celda.

“Tenemos—que salir de aquí,” dijo Hermione con la voz más firme que pudo sacar.

Hannah sacudió la cabeza.

“No podemos. ¿No me has oído? A menos que puedas cortarte las manos, nunca podrás escapar
con esas esposas. Ni siquiera te localizan aquí. Angelina perdió el dedo índice para averiguarlo. Va
al Señor Tenebroso personalmente. Por eso cuando alguien escapa, siempre es el Oficial Supremo
el que va tras ellos.”

Hannah miró alrededor, inclinando la cabeza para poder ver un poco mejor la sala más allá de las
cortinas de privacidad.

Hermione siguió la mirada de Hannah. Allí no había nada.

“¿Quién? ¿Quién es el Oficial Supremo?” Preguntó Hermione. No recordaba ese título.


Hannah alzó la mirada. “No lo sé. Ninguno de nosotros le ha visto nunca sin la máscara. Todo el
mundo habla de él. Es la mano derecha del señor tenebroso. A Voldemort no se le ve mucho así que
el oficial supremo aparece en su lugar. Organizaron unas ejecuciones públicas hace un par de
semanas. Más de veinte personas. Mató a cada uno de ellos con la maldición asesina. No se tomó ni
un descanso. Los mató a todos en fila. Nadie nunca ha visto ni al señor tenebroso lanzar tantas
seguidas.”

“Eso—no debería ser posible,” dijo Hermione, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

Hannah se inclinó hacia delante y bajó la voz. “Lo se. Pero he visto los cuerpos después de que
atrape a los fugitivos. Siempre los atrapa. McGonagall, Moody, Neville, Dean, Seamus, la
profesora Sprout, la señora Pomfrey, Flitwick, Oliver Wood; esos son los que conoces. Ha habido
más. Un montón más. Los miembros de la orden son los que se esforzaron más en escapar. Todos
volvieron siendo cadáveres. Siempre la Maldición Asesina.”

Hannah dudó por un momento y miró fijamente a Hermione. “No hagas ninguna tontería,
Hermione. No te estoy contando todo esto para que intentes escapar. Estoy intentando avisarte. Es
un infierno. Necesitas estar preparada para ello porque—si no lo estás—van a acabar mutilándote,
y ni siquiera va a significar nada.”

Hannah parecía a punto de decir algo más, pero unos pasos sonaron tras las cortinas. Una expresión
de terror le cruzó el rostro, y la cortina cayó al tiempo que se retiraba.

La cortina del otro lado se abrió de repente, y la sanadora de antes reapareció, con aspecto de estar
agobiada.

“El Señor Tenebroso quiere estar presente durante tu reconocimiento,” dijo la sanadora, agarrando
con fuerza el brazo de Hermione.

Hermione trató de alejarse instintivamente. Arrancó el brazo del agarre de la sanadora y bajó al otro
lado de la cama para crear más distancia.

“Oh, brujita estúpida.” La sanadora suspiró e hizo un gesto a alguien que estaba fuera del campo de
visión de Hermione. “Atúrdela y tráela.”

Dos guardas aparecieron de detrás de la cortina y lanzaron dos aturdidores hacia Hermione. El
primero lo esquivó, pero el segundo le dio en el hombro. Cayó a peso muerto.

Cuando despertó, estaba atada a una mesa en un pasillo oscuro. Sus brazos y piernas estaban
sujetas, aún crispándose por la tortura. Otras correas le sujetaban la frente y la barbilla,
manteniéndole la cabeza en su sitio. Había un mago bajito de pie a su lado. Al otro lado estaba el
mismísimo Voldemort.

El mago bajito estaba hablando en voz débil y temblorosa, gesticulando hacia una proyección del
cerebro de Hermione.

“Nunca—nunca había visto nada parecido. Normalmente la pérdida de m-m-memoria mágica


ocurre por todo el cerebro cuando es a-a-autoinfligida. La p-persona ni siquiera recuerda su
nombre. Pero esto es p-preciso. Como encantamientos desmemorizantes. Una fuga disociativa, o en
este caso m-muchas de ellas. Casi como auto-desmemorización. Su magia ha escondido recuerdos
específicos dentro de lo que solo puedo describir como casi una c-c-calcificación de capas de
magia. Probablemente nunca hubiera sido posible de no ser por las cir-circunstancias específicas de
su encarcelamiento. Esto ha llevado su t-t-tiempo. Su cerebro ha ido poco a poco reforzando una
línea de d-defensa a lo largo de meses. Casi como una ostra haciendo una perla, ha ido
enterrándolas poco a poco bajo capa tras capa. Se p-puede ver que algunas han sido más protegidas
que otras en función de lo que b-b-brillan.”

Los ojos de Voldemort se entrecerraron. “¿Podrían recuperarse esos recuerdos con legeremancia?”

El mago bajito parecía más nervioso. Pequeñas gotitas de sudor le perlaban el labio superior.

“Es—es poco probable. Es como si hubiera un muro de oclumancia de resistencia extraordinaria


alrededor de cada recuerdo específico. Es—es p-posible si el legeremante es suficientemente p-p-
poderoso.”

“Me gusta pensar que lo soy,” dijo Voldemort, bajando la vista hacia los ojos de Hermione. Los
cerró con fuerza al instante, pero fue demasiado tarde.

Creía—que quizá había sabido de oclumancia alguna vez. Con su magia casi arrebatada del todo,
no era capaz de crear un muro alrededor de su mente. Voldemort entró como una flecha,
enterrándose profundamente en sus recuerdos y filtrándolos lentamente. Era como si su mente
estuviera siendo aplastada bajo la de él.

Su infancia. Hogwarts. No le interesaban las memorias bloqueadas de sus padres. Tras el quinto
año, cuando todo se volvió borroso, su interés se acentuó. Examinó sus recuerdos sobre sanación.
Todos esos cuerpos. Todas esas heridas. Tanta gente. Cuanto más se acercaba al final de la guerra,
más recuerdos estaban bloqueados. Trató de conducirse a ellos. Trató de atravesar la magia con una
fuerza implacable. Ninguno de ellos cedió ante sus ataques violentos e insistentes.

La estaba quebrando. La fuerza era abrumadoramente dolorosa, y de alguna manera el dolor no


dejaba de aumentar hasta que pareció imposible que no la estuviera matando. Hermione se retorcía
mientras trataba de alejarse—de escapar de la invasión. Estaba rodeada de gritos que no cesaban.

Voldemort por fin se retiró de su mente. Furioso. Poco a poco se dio cuenta de que los gritos los
estaba profiriendo ella. Para entonces, se habían reducido a pequeños gimoteos suplicantes de dolor
que salían de sus cuerdas vocales destrozadas. Sollozos guturales se le atragantaban mientras su
pecho sufría espasmos del dolor, y luchaba por respirar.

“No me gusta que se me guarden secretos. Con Potter muerto no debería quedar nada que ocultar.
¿Qué es lo que escondes?” Siseó Voldemort. Sus dedos esqueléticos le atraparon el rostro y se lo
giraron de forma que le mirara a los ojos.

“No—no—lo sé,” dijo. Su voz sonaba áspera y rota, y trató débilmente de liberar la mandíbula de
su agarre.

“¡Llama a Severus! Y a la Alcaide. Será castigada por esto,” dijo Voldemort. Penetró
despiadadamente en la mente de Hermione hasta que yació inerte y apenas consciente sobre la
mesa.

Umbridge llegó primero, con aspecto de estar debidamente aterrorizada.

“Mi Señor, mi Señor,” dijo, dejándose caer al suelo y arrastrándose hacia él.

“Crucio.” Voldemort lanzó la maldición, su furia palpable en su tono.


Umbridge gritó. Gritó y gritó y se retorció en el suelo. Hermione casi sintió lástima por ella.

Tras varios minutos, por fin paró.

“¿Creíste, Alcaide, que cumplir la letra pero no el espíritu de mi orden te eximiría?

Umbridge solamente gimoteó.

“Sabía de tu aversión por la Sangre Sucia, pero esperaba que tu obediencia a mí sería motivación
suficiente para que te contuvieras. Quizá necesitas un recordatorio permanente.”

“Mi señor—“

“¿Cuál es el castigo que te has aficionado a infligir a las prisioneras a tu cargo? Falanges, ¿no?
Dime, Alcaide, ¿cuántos dedos te quedarán si te quito una falange por cada mes que has pasado
tratando de hacer enloquecer a la Sangre Sucia?”

“Noooooooo.” La voz de Umbridge se alzó en un alarido. Aún estaba temblando y agitándose en el


suelo.

“Quizá deba ser clemente,” dijo Voldemort, acercándose a ella lentamente mientras estaba
gimoteando postrada a sus pies. “Has hecho un buen trabajo en general. En vez de dieciséis, lo
reduciré a la mitad. Ocho falanges como recordatorio de que dije que quería a la Sangre Sucia de
Potter completamente intacta.”

“Por favooor…” Umbridge estaba tratando de levantarse del suelo, sollozando.

Severus Snape se deslizó por la habitación.

“¿Qué ocurre? ¿Incapaz de soportar las consecuencias de tu ideación?” Dijo Voldemort con desdén,
y agitó una mano mientras le daba la espalda a Umbridge. “Lleváosla. Volved a dejarla en su
prisión cuando terminéis.”

Dos Mortífagos se adelantaron y arrastraron a Umbridge fuera de la sala mientras rogaba y


gimoteaba disculpas.

“Severus, mi fiel siervo,” dijo Voldemort, girándose hacia el Maestro de Pociones. “Me encuentro
con un puzle en mis manos.”

“Mi señor,” dijo Snape, cruzando las manos respetuosamente frente a él y bajando la mirada.

“Recuerdas a la Sangre Sucia, supongo.” Voldemort retrocedió hacia Hermione, bajando la mirada
hacia ella y pasando un dedo esquelético por su boca sin labios.

“Por supuesto. Era una estudiante insufrible de enseñar.” Snape avanzó para inspeccionar a
Hermione, que aún estaba atada a la mesa.

“Sin duda, y buena amiga de Harry Potter, el chico que murió,” dijo Voldemort, acariciando
suavemente su varita. “También era miembro de la Orden como estoy seguro que recuerdas de tus
muchos años como mi espía. Cuando Potter murió, fue capturada, y ordené su encarcelamiento
pero que se la dejara intacta por si alguna vez la necesitaba. Desafortunadamente, la Alcaide de
Hogwarts consideró oportuno aplicarle su propio castigo por ofensas anteriores. Encarceló a la
Sangre Sucia durante todo este tiempo en una celda bajo privación sensorial.”
Los ojos de Snape se abrieron levemente.

Voldemort apoyó una mano en el hombro de Snape. “Según los sanadores de la mente, la
experiencia le permitió a la Sangre Sucia bloquear sus recuerdos. Sellándolos fuera de su alcance, y
del mío. La identidad de sus padres—que no tiene relevancia. Más sumamente importante, una gran
cantidad de recuerdos de la guerra, especialmente hacia el final. Esta pérdida de memoria ocurrió
tras la muerte de Potter—tras el fin de la guerra. ¿Qué es lo que podría querer ocultar?” Había una
amenaza en la voz baja y sinuosa de Voldemort. Hizo una pausa y bajó la mirada hacia Hermione.
“Quizá al ser alguien que la conoció durante esa época, tengas una mejor perspectiva de lo que
falta.”

“Por supuesto, mi Señor.”

Los ojos de Hermione encontraron los de Snape, fríos y sin fondo, mirándola. No le quedaban
fuerzas para tratar de resistirse mientras se adentraba en su consciencia.

No se molestó con sus recuerdos de la infancia. Fue directamente a la guerra y revisó los recuerdos
rápida pero exhaustivamente. Parecía tener varias categorías por las que buscaba. Sanación.
Elaboración de pociones. Reuniones de la Orden. Investigación. Conversaciones con Harry y Ron.
Luchas. La batalla final. Cuando Snape se encontraba un recuerdo bloqueado parecía hacer una
pausa para considerar su entorno antes de tratar de llegar a ella.

Su invasión fue considerablemente menos traumática que la de Voldemort, pero Hermione aún
estaba llorando y temblando para cuando por fin se retiró lentamente. Los puños se le apretaban
espasmódicamente donde estaban atados a la mesa.

“Fascinante,” dijo, mirando a Hermione con expresión apurada.

“¿Alguna idea?” La mano de Voldemort apretó el hombro de Snape, y su tono estaba lleno de
sospecha.

Snape le dio la espalda a Hermione y bajó la mirada. “Sinceramente, mi Señor, la Sangre Sucia y
yo mantuvimos muy poco contacto durante los últimos años de la guerra. Las reuniones de la
Orden de las que estoy al tanto están todas ahí. Lo poco que se de ella aparte de eso es que se la
mantenía alejada de las batallas, actuando como sanadora y maestra de pociones. Esos recuerdos
parecen intactos. Estoy perdido en cuanto a qué puede estar ocultando.”

“Si a la Orden le queda algún secreto que guardar, quiero saberlo,” Dijo Voldemort, entrecerrando
sus ojos escarlata.

“Por supuesto,” dijo Snape, su tono sedoso y comedido. “Desafortunadamente, la mayor parte de
los miembros de la Orden que estaban altamente informados están muertos ya. Ya en la batalla
final, o por torturas o intentos de huida. Aparte de la señorita Granger, probablemente no quede
nadie más que siga vivo y posea la información.”

Voldemort observó a Hermione con sus ojos rojos furiosos y calculadores, mientras se pasaba un
dedo lentamente por la boca. De repente desvió la mirada hacia el sanador de la mente.

“¿Hay alguna manera de recuperar los recuerdos?” Dijo Voldemort, sosteniendo la varita con las
yemas de los dedos en una amenaza casual.
“Bueno, e-eso es muy difícil d-de d-d-decir.” El sanador palideció. “Es p-p-posible. Ahora que las
circunstancias que lo causaron—han cesado. Con el t-t-tiempo, pu-puede que se restablezcan
solas.”

“¿Qué hay de la tortura? He atravesado barreras de recuerdos obliviados con la tortura antes.”

El rostro del sanador se tornó verde. “P-p-podría funcionar. Pe-pe-pero—no habría forma de
estimar cuales desbloquearíais. P-p-podríais obtener solamente unos pocos antes de volverla loca.”

Voldemort lanzó una mirada especulativa a Hermione. “En ese caso la quiero vigilada.
Atentamente. Por alguien que sea capaz de detectar el instante en que empiece a recordar. Severus,
he de dejarla a tu cargo.”

“Por—supuesto, mi Señor.” Snape se inclinó profundamente.

“¿Alguna objeción?” dijo Voldemort, usando la punta de su varita para obligar a Snape a
enderezarse. Le inclinó la cabeza hacia atrás hasta que sus ojos se encontraron.

“Jamás. Sus deseos son órdenes.” La expresión comedida de Snape vaciló ante el escrutinio.

“Sin embargo, tienes objeciones,” dijo Voldemort, retirando su varita y dándose la vuelta para
observar a Hermione.

“He de partir mañana hacia Rumanía,” dijo Snape, “con el fin de investigar los rumores de
insubordinación que nos han llegado. El viaje, tal como vos señalasteis cuando me lo
encomendasteis a mí, será una tarea delicada, compleja y rigurosa aún sin la adición de una
prisionera que requiere supervisión constante. Soy—reacio a decepcionaros en uno u otro de los
asuntos.” Llevó la mano al pecho y se inclinó de nuevo.

Voldemort hizo una pausa y pareció considerarlo, apoyando las manos en la mesa al lado de
Hermione e inclinándose para examinarla. Mientras estaba ahí, un movimiento al otro lado de
Hermione llamó su atención. La sanadora a cargo del programa de gestación de Voldemort se había
aproximado y le susurraba una pregunta al sanador de la mente.

“M-mi Señor,” dijo el sanador, acercándose vacilante, “la Sanadora Stroud ha llevado mi atención a
una id-dea que p-p-podría interesaros.”

“¿Sí?” El interés de Voldemort parecía ínfimo. No alzó la mirada hacia ninguno de los sanadores.

“Embarazo mágico, mi Señor,” dijo la Sanadora Stroud con una sonrisa de orgullo. “Hay algunos
casos registrados que indican que tales embarazos tienen la capacidad de atravesar las fugas
mágicas. La magia de un bebé es compatible pero suficientemente distinta de la de la madre para
tener un efecto corrosivo en la magia acumulada. No es nada concluyente, dada su excepcionalidad.
Sin embargo, es posible. La señorita Granger tiene una habilidad mágica excepcional—vos mismo
lo señalasteis y quisisteis incluirla en el plan de repoblación. Si la dejáis en el programa, cabe la
posibilidad de que un embarazo derive en el desbloqueo de sus recuerdos. Pero—,” vaciló
levemente.

“¿Qué?” Voldemort subió la mirada bruscamente hacia la Sanadora Stroud, haciéndola palidecer y
flaquear.
“Vos—vos seríais incapaz de inspeccionar su mente durante el embarazo.” Dijo la Sanadora Stroud,
hablando atropelladamente. “La magia invasiva tal como la legeremancia conlleva un alto riesgo de
aborto espontáneo. A menudo es tan traumático que puede causar infertilidad mágica permanente.
Deberéis esperar, aún si supierais que los recuerdos estuvieran volviendo, hasta que el bebé naciera.
A menos que el padre, que compartiría un emblema mágico familiar con el niño, fuera el que
llevara a cabo la legeremancia.”

Voldemort observó pensativamente a Hermione, pasándose los dedos por el pecho como si
estuviera aliviando una herida.

“Severus.”

“Mi Señor.”

“El Oficial Supremo es un legeremante excepcional, ¿no es cierto?”

“Sin duda, mi Señor,” dijo Snape. “Su destreza es presumiblemente igual a la mía. Lo entrenasteis
concienzudamente.”

“Su mujer ha resultado ser mágicamente estéril, ¿no es cierto?”

La pregunta iba dirigida a la Sanadora Stroud.

“Sí, mi Señor,” respondió inmediatamente.

“Entonces manda a la Sangre Sucia al Oficial Supremo. Que la fecunde y la supervise.”

Stroud asintió con vehemencia. “Puedo tenerla ahí en dos semanas. Quiero asegurar su estado y
hacer que la entrenen.”

“Dos semanas. Hasta que puede encinta, quiero que la traigan cada dos meses para que pueda
inspeccionar su mente personalmente.”

“Sí, mi Señor.”

“Llevadla de vuelta a Hogwarts, entonces.” Voldemort los despachó con un ademán.

El cuerpo de Hermione aún sufría leves espasmos cuando le retiraron las ataduras. Sentía que
debería hacer—algo. Escupir. O negarse. O—rogar.

Cualquier cosa excepto yacer ahí mientras Voldemort la enviaba despreocupadamente a que la
fecundaran.

Su cuerpo se negaba a cooperar. No pudo hacer nada mientras unas manos indiferentes la
levantaban de la mesa y la llevaban levitando a través de un pasillo.
Capítulo 3

La cama que había ocupado Hannah estaba vacía cuando Hermione volvió al hospital de Hogwarts.

La Sanadora Stroud le vertió por la garganta una poción a Hermione en cuanto la colocaron en la
cama. El dolor en la mente de Hermione se atenuó levemente. Parpadeó, y los puntitos negros que
no dejaban de opacarle la visión por fin comenzaron a desvanecerse.

Hermione sintió náuseas. Su interior se contraía y convulsionaba como si tuviera dentro un veneno
que su cuerpo no era capaz de expulsar. Aún temblaba. Quería darse la vuelta y acurrucarse, pero
no conseguía reunir la fuerza para ello.

“Protegedla con vuestras vidas. Si alguien quiere tocarla o incluso mirarla, deberán solicitar mi
permiso.” Escuchó decir a la Sanadora Stroud.

Hermione se giró, y pudo distinguir a dos hombres corpulentos de pie detrás de Stroud. Sus ojos
eran fríos mientras observaban a Hermione.

Stroud realizó varios hechizos de monitoreo sobre Hermione, que se alzaron centelleando alrededor
de su cuerpo. Tras examinar las proyecciones durante unos minutos, Stroud se dio la vuelta y se
fue, su uniforme ondeando tras ella.

Hermione miró al techo, tratando de procesar todo lo que le había pasado ese día.

Sintió que debería estar llorando, pero no conseguía reunir las lágrimas.

La resignación y desesperanza se habían entrelazado con su alma desde el momento en que vio
morir a Harry.

Tras haber visto morir de forma agónica a casi toda la gente a la que quería, sabía que su turno de
sufrir estaba al acecho.

Ahora había llegado.

Hermione nunca había temido a la muerte. Su miedo siempre había sido la manera de morir. Había
visto las peores formas de irse.

La muerte de Harry había sido piadosa comparada con las torturas a las que los Weasleys, Remus y
Tonks habían sido sometidos.

Lucius Malfoy había estado a pocos metros de donde Hermione estaba encarcelada cuando alzó la
mirada hacia Ron y rugió “¡Esto es por mi mujer!”

Lanzó una maldición que convirtió poco a poco la sangre de Ron en plomo fundido. Hermione
miró mientras la maldición se arrastraba lentamente por el cuerpo de Ron, destrozándolo desde
dentro. Totalmente impotente, no pudo hacer nada—no pudo evitarlo de ninguna manera.

Arthur Weasley se había vuelto demente debido a una maldición durante la guerra. Lloraba, sin
entender siquiera por qué le dolía o que estaba muriendo.

Dejaron a Molly para el final. Para que viera a todos sus hijos morir.
Remus había aguantado horas más que el resto. Su licantropía no dejaba de regenerarlo hasta que
quedó ahí colgando, sin responder. Finalmente alguien lo mató por aburrimiento.

Las muertes se habían repetido tantas veces ante los ojos de Hermione que pensaba que el dolor
que le producían eventualmente se atenuaría.

Nunca lo hizo.

Cada vez lo sentía igual de intenso. Igual de reciente.

Una herida que nunca sanaría.

Síndrome del superviviente, pensó, ese era el término Muggle. Que descripción tan miserable. No
reflejaba ni una pequeña fracción de la magnitud del tormento en su alma.

Para Hermione, concebir hijos para un Mortífago era un destino que nunca se le hubiera ocurrido.
Ser violada—el riesgo lo había considerado. Esto le parecía una violación a cámara lenta. Sin
embargo, la situación era bastante más compleja que simplemente eso. Lo que fuera que escondió
en su mente, había sido importante. Más importante para ella que cualquier otra cosa. No podía
dejar que cayese en manos de Voldemort.

No le daba miedo que dejaran su cadáver pudrirse en el Gran Comedor. Ese destino no era nada
comparado con renunciar a lo que estaba protegiendo. O comparado con que la violaran y forzaran
a tener un hijo que le sería arrebatado en el momento en que naciera.

Escapar, se dio cuenta, era un lujo que no se podía permitir. Lo importante sería morir cuanto antes.
Antes de que pudieran detenerla y evitar que lo intentara de nuevo.

Yació en silencio en la cama, maquinando.

Los días pasaban despacio. Ninguno de los prisioneros que traían al hospital se atrevía a hablar con
Hermione con los guardas constantemente al lado de su cama.

Acudían sanadores varias veces al día para valorarla y tratarla. Tomaron muestras de sangre y pelo
para analizarlas. Un terapeuta vino para tratar a Hermione por la tortura. Por los temblores.

Eventualmente la mayoría de los espasmos intermitentes desaparecieron. Los dedos de Hermione


aún tendían a crisparse espásticamente ante sonidos inesperados.

Ya no estaba acostumbrada al ruido.

Recordaba que en el pasado la vida estaba llena de ruido; en las clases, durante las comidas, en la
sala de hospital tras las batallas. Ahora cualquier sonido inesperado la pillaba desprevenida. Los
golpes en la puerta o los pasos de botas, las ondas de sonido—las sentía como sensaciones físicas
en su carne.

Se crispaba.

El nervioso sanador de la mente venía a menudo con la Sanadora Stroud para examinar el cerebro
de Hermione y su condición psicológica. Había dudas sobre su estabilidad general. Le aplicaban
hechizos de estimulación para ver cómo reaccionaría a multitudes, espacios cerrados, contacto
físico, gore. Si iba a quebrarse, querían que lo hiciera en el hospital.
Al parecer, a pesar de los espasmos, a Hermione se la consideraba suficientemente estable. Cuando
los temblores más graves de la tortura cesaron tras cuatro días de terapia, decidieron que estaba
lista para el entrenamiento.

Al quinto día, le dieron el alta. Los guardas la llevaron directa al Gran Comedor.

Había filas y filas de sillas colocadas hacia el frente del comedor. Las sillas estaban llenas de
mujeres vestidas con unos vestidos de un gris anodino.

Umbridge estaba de pie en la plataforma del frente, hablando con un entusiasmo de sacarina.
Estaba vestida con un tono más apagado de rosa y con un gran colgante en el cuello. Una de sus
manos estaba totalmente vendada.

“Habéis sido elegidas para ayudar a construir el futuro que nuestro Señor Tenebroso ha visualizado.
Os ha sido concedido el privilegio de hacerlo realidad,” dijo con una sonrisita. “Sois las pocas que
han resultado merecedoras de ello.”

Umbridge sonaba mecánica, mirando a las chicas desde arriba con los ojos brillantes de odio. La
sonrisa falsa plasmada firmemente en su rostro. Sus ojos no dejaban de desviar la mirada a un
rincón de la habitación.

Hermione se giró un poco para mirar y vio a dos Mortífagos de pie sin máscara; Corban Yaxley y
Thorfinn Rowle. Miraban a Umbridge con expresiones de aburrida diversión.

“El Señor Tenebroso ha ordenado que seáis entrenadas con el fin de cumplir vuestros deberes sin
falta. Esto es un gran honor que se os ha otorgado; no querréis decepcionarle. Sois importantes para
el Señor Tenebroso. Por eso, debéis estar protegidas tanto de otros como de vosotras mismas.”

La sonrisa de Umbridge se volvió mordaz, dejando ver un contorno perverso. Hizo un ademán
hacia el final, y Yaxley y Rowle se adelantaron. Umbridge se giró hacia los guardas que estaban en
fila a lo largo de una pared.

“Aturdidlas. Sed minuciosos con ello.”

Algunas de las mujeres que estaban sentadas se encogieron o trataron de retroceder, pero la
mayoría apenas se movieron mientras los guardas comenzaron a hechizarlas. Sus cuerpos se
desplomaron en las sillas o cayeron al suelo.

Hermione estaba de pie hacia el final. Vio a las chicas caer. Reconoció a algunas de ellas; Hannah
Abbott, Parvati Patil, Angelina Johnson, Katie Bell, Cho Chang, y Romilda Vane. Hermione
pensaba que algunas de las otras podrían ser de unos años más o menos en Hogwarts. Había
algunas mujeres más mayores también, pero ninguna parecía tener más de treinta. Eran casi cien.

Umbridge vio a Hermione al fondo de la sala.

“Aturdidla a ella también,” dijo Umbridge, lanzándole una mirada venenosa a Hermione.

Vacilaron.

La Sanadora Stroud apareció en el campo de visión de Hermione.

“Hacedlo,” dijo con un ademán de aprobación.


La noquearon antes de que pudiera prepararse.

“Rennervate.”

Hermione se levantó aturdida. La habían movido, y estaba tumbada con el resto de las chicas.

Estaban tumbadas en fila. Algunas seguían inconscientes, y los guardas las fueron despertando.
Otras estaban sentadas, observando las esposas de sus muñecas. Hermione bajó la mirada hacia las
suyas. Los brazaletes mágicos parecían algo distintos; más anchos, y ahora sin cierre. Un círculo
perfecto de cobre que envolvía cada una de sus muñecas.

“Propiedad del Oficial Supremo” estaba grabado en la brillante superficie de ambas esposas.
Más le preocupaba a Hermione el frío objeto bajo el metal que podía sentir presionando
suavemente el interior de sus muñecas. Las esposas estaban tan ajustadas que no podía mirar por
debajo para descubrir qué era. Estaba claro—la razón por la que las habían aturdido era para
reemplazar las esposas. Presumiblemente con algo peor de lo que habían sido.

El reloj de la pared indicaba que habían pasado horas desde que las habían aturdido. Cualquiera que
hubiera sido el proceso, había sido largo.

Apareció una gran mesa en el comedor, cubierta de armas.

No podía haber sido una trampa más obvia.

Todas se levantaron cautelosamente y observaron.

“Adelante,” dijo Umbridge con voz alentadora, invitándolas desde la mesa. “Venga. Venid a ver.”

Nadie se movió.

Umbridge parecía decepcionada. Claramente había esperado que alguna hubiera sido lo
suficientemente ingenua como para correr hacia la mesa y tratar de armarse.

“Tu. Ven aquí.” Umbridge señaló a una chica entre la multitud. Hermione pensaba que podría ser
del mismo año que ella. Mafalda, pensó, de Slytherin.

La chica obedeció lentamente, encogiéndose de aprensión.

“Levanta algo,” le ordenó Umbridge.

Mafalda levantó el brazo lentamente, pero cuando su mano se encontraba a pocos centímetros de
un cuchillo, la retiró bruscamente con una exclamación.

Umbridge sonrió triunfante.

“Ahora las demás, acercaos. Mirad lo que pasa.”

Todas las mujeres arrastraron los pies hacia delante. Hermione se aproximó con creciente espanto,
su mente especulando. Debían haber añadido un hechizo de barrera a las esposas; algo que les
impedía acercarse a ciertos objetos.
Extendió la mano desde una distancia considerable y se acercó lentamente. Cuando sus dedos
estaban a diez centímetros de una daga de la mesa, una sensación de ardor comenzó a envolverlas.
Retiró la mano amargamente. Sus opciones si necesitaba recurrir al suicidio de repente estaban
drásticamente limitadas. Revisó los diversos objetos: ballestas, cuchillos, espadas, hachas, cuchillos
de cocina, abrecartas, incluso grandes clavos de acero. La hechicería para crear la barrera
sancionadora parecía ser exhaustiva. Catalogó cada objeto cuidadosamente.

Eso no podía ser todo lo que hacían las nuevas esposas. Incrustar un encantamiento de barrera era
magia demasiado simple. Había algo más complejo en el nuevo juego.

Hermione bajó la mirada y las toqueteó de nuevo.

“Estos nuevos brazaletes os mantendrán a salvo y asegurarán que las familias a las que os envíen
puedan cuidar bien de vosotras. El cabeza de cada casa llevará un encantamiento que les permitirá
encontraros siempre y saber si alguna vez estáis en peligro. Dada”—Umbridge sonrió amablemente
—“la naturaleza peligrosa y volátil común entre los Muggles, evitarán que cometáis cualquier acto
de violencia hacia alguien, incluyendo vosotras mismas. Os ayudarán a obedecer firmemente al
Señor Tenebroso en esta generosa oportunidad que os ha brindado.”

Varias mujeres estaban sollozando en alto.

“Son magos sumamente importantes a quienes estaréis sirviendo, después de todo. No queremos
ningún error o accidente importunándoles.”

Un encantamiento de barrera, probablemente algún tipo de hechizo de compulsión, y acoplado a un


encantamiento de monitoreo—eso es lo que Hermione sentía bajo las esposas—un artículo de
monitoreo, supervisando su bienestar físico.

Los encantamientos de monitoreo se usaban comúnmente en las plantas psiquiátricas de los


hospitales para alertar a los sanadores cuando los pacientes tenían probabilidades de hacerse daño a
sí mismos o agitarse. Tenían en cuenta la frecuencia cardiaca y las hormonas, captando picos y
repuntes. Los más complejos incluso estaban ligeramente conectados a la consciencia. No era
lectura de mente exactamente, pero daba una idea general del estado y las inclinaciones del sujeto
que lo llevaba.

Tratar de suicidarse o escapar sin ningún tipo de arma, atrapada bajo un hechizo de compulsión, sin
que se evidenciara mentalmente o en la frecuencia cardiaca—sería prácticamente imposible.

Hermione se quedó paralizada en el Gran Comedor mientras lo asimilaba.

Los días se confundían en una niebla de terror.

Las entrenaron.

Umbridge sostenía lo que parecía una pequeña linterna y dictaba una instrucción. Cuando
terminaba de hablar, la linterna brillaba levemente y las esposas se calentaban cuando la magia iba
surtiendo efecto.

Arraigando las compulsiones en sus mentes.

Se hacía gradualmente. Parece que cada instrucción necesitaba tiempo para enraizarse en su psique.
Para amoldar su comportamiento.
Serás discreta.

Serás obediente.

No harás daño a nadie.

No ofenderás a las esposas.

No te resistirás durante el sexo.

Tras el sexo no te moverás en diez minutos.

Harás cualquier cosa por quedar encinta y engendrar hijos sanos.

No tendrás relaciones con ningún hombre más que el designado.

Con el paso de los días, Hermione podía ver el efecto de las instrucciones en las otras mujeres.

Se volvían más y más calladas. Durante los primeros días, se oían susurros por la noche. Para el
tercer día, las habitaciones estaban casi siempre en silencio sin contar los sollozos amortiguados.

A Hermione la mantenían algo apartada de las demás. Siempre había un guarda flanqueándola.

Umbridge se mantenía alejada de Hermione, aunque sus ojos le lanzaban miradas triunfantes cada
vez que se establecía una nueva compulsión.

Cualquiera que fuera la magia Oscura que utilizaban para habilitar el hechizo de compulsión, era
delicada. Con cada nueva instrucción, los sanadores pasaban a diagnosticar a las chicas.

Un día, una de las chicas explotó de repente y se levantó gritando. Agarró su silla y la batió en el
aire antes de estrellarla sobre la mujer que estaba a su lado. Para cuando los guardas habían
aturdido a la chica que gritaba y se la llevaron, el hombro de la mujer estaba destrozado.

Puede que hubiera más instrucciones planeadas, pero tras ese acontecimiento, la Sanadora Stroud
decidió que con lo que las habían programado era suficiente.

Hermione yacía en la oscuridad cada noche y planeaba.

Si no podía escapar, su única esperanza era morir a punta de varita del Oficial Supremo.

Era, por lo que Hermione había podido recopilar, muy rápido matando. Si conseguía provocarlo
para que actuara sin pensar, podría matarla antes de poder contenerse.

Si—tenía éxito, Voldemort quizá matara al Oficial Supremo. Convirtiendo el mundo en un lugar
mejor, con diferencia.

Tendría que ser rápida. Inteligente. Si era tan buen legeremante como afirmaba Snape, el Oficial
Supremo encontraría la intención en su mente.

Quizá no importara.

Alguien tan lleno de odio—probablemente era mas rápido con las emociones que con la razón.
Podía usar eso en su beneficio y atar la soga en el cuello de ambos.
“Desnudaos,” dijo Umbridge varios días después.

Hermione no estaba segura de si eran las compulsiones o simplemente la futilidad de la resistencia


lo que hizo que obedeciera inmediatamente.

Ambas probablemente.

A la vez que el resto de mujeres, se desabrochó el vestido gris apagado y se quitó la ropa interior.
Permanecieron temblando en la fría habitación. Quedaban setenta y dos de ellas. Veinte habían sido
apartadas por la Sanadora Stroud por la preocupación de que explotaran como la chica que gritaba.

Estaban todas desnudas excepto por los brillantes brazaletes de cobre en sus muñecas, doblándose
sobre si mismas para esconder sus cuerpos de las miradas lascivas de los guardas.

“Vestíos con esto.”

Con un giro de muñeca, Umbridge desplegó una gran pila de ropa. Vestidos y túnicas rojo brillante.
Rojos como la sangre.

Sin ropa interior.

Hermione estaba lo suficientemente delgada como para no echar de menos llevar sujetador, pero la
falta de ropa interior se sentía intensamente. Como un nervio sensible.

“Y esto, para el fresco del invierno,” dijo Umbridge con una sonrisita, mientras desplegaba otra
pila de ropa. Medias de lana a la altura del muslo.

Entonces Umbridge añadió una pila de tocas blancas y zapatos escarlata de suela plana.

Hermione se puso todo.

La toca fue lo último. Tenía unas alas que bloqueaban su visión periférica casi por completo.
Amortiguaban el sonido.

Solo podía ver hacia delante. Si quería mirar algo a la derecha o a la izquierda, tenía que girar la
cabeza por completo.

Estaba todo cuidadosamente concebido para crear vulnerabilidad.

Apenas podían ver, apenas podían oír, no podían resistirse, no podían negarse, no podían escapar.

Su bienestar dependería completamente de que se sometieran a quienquiera que las poseyera

Así serían dóciles.

“Si abandonáis la casa a la que habéis sido asignadas, debéis llevar estas tocas. No debéis dejaros
mirar,” ordenó Umbridge. “Este es el fin de mi entrenamiento para vosotras. No puedo esperar a
veros engendrar a los niños.”

Los ojos de Umbridge estaban clavados en el rostro de Hermione, el odio en ellos tan denso que
Hermione casi podía sentirlo deslizarse por su piel. Umbridge esbozó una sonrisa alegre y fría, se
dio la vuelta y se fue.
Alguien le rozó el brazo a Hermione. Estaba tan cerca que incluso si se girara no vería quien era
con las alas de por medio.

“Lo siento mucho,” susurró la voz de Angelina. La voz se le quebró, como si estuviera conteniendo
un sollozo. “Tenías razón. Deberíamos haberte hecho caso.”

Hermione abrió la boca para preguntarle a Angelina qué quería decir. Antes de que pudiera hablar,
una mano se cerró sobre su brazo. Vio que la arrastraban a otra habitación.

La Sanadora Stroud estaba sentada detrás de un gran escritorio repleto de papeleo. Tenía un fichero
que parecía un calendario abierto delante de ella. Los cuadrados estaban rellenados con tics para
marcar los días.

Hermione se dio cuenta de que eran mediados de noviembre del 2004. No se había dado cuenta de
la fecha hasta el momento.

“Señorita Granger,” dijo la Sanadora Stroud mientras alzaba la vista, “estoy encantada de que haya
podido mantenerte en el programa.”

Hermione no dijo nada. Miró secamente a la mujer enfrente suya.

“Se que no elegiste esto, pero dado el bando que tomaste en la guerra, seguro que te alegrará que se
reconozcan tus capacidades mágicas.” Stroud examinó a Hermione, con ojos brillantes y expresión
extrañamente cálida. “No habrá Sagrados Veintiocho después de esto. Las próximas generaciones
serán simplemente mágicas. Estoy segura de que le puedes ver el lado bueno.”

Hermione se quedó maravillándose internamente de la lógica retorcida que la mujer enfrente suya
había empleado para limpiar su conciencia.

Le tomó varios minutos darse cuenta de que procedía una respuesta. A juzgar por el rostro de
Stroud, esperada.

“¿Me estas enviado a que me violen y quieres que le vea el lado bueno?” dijo finalmente,
arqueando las cejas.

Los ojos de Stroud relampaguearon brevemente y se volvieron fríos.

“No me responsabilizo de todas las decisiones sobre la seguridad. Puede que te sorprenda
escucharlo, pero estoy bastante comprometida con tu salud y felicidad.”

“¿Incluso si fuera estéril?”

Hermione bajó la vista y examinó el calendario boca abajo, tratando de leer los números y
determinar la fecha exacta. El papel blanco brillante se desenfocó e hizo que le dolieran los ojos.

La Sanadora Stroud puso los ojos en blanco y suspiró. “Claramente no se puede razonar contigo.
Aún estás demasiado sensible por todo. Quizá algún día, una bruja con tu inteligencia acabará
apreciando lo que estoy tratando de hacer.”

Hermione no dijo nada. Entrecerró los ojos e intentó leer el calendario de nuevo. Sus dedos se
crisparon.
La Sanadora Stroud dejó caer un fichero encima del calendario y se levantó. Hermione alzó la
vista.

“El Señor Tenebroso está ansioso por que estés bajo la supervisión de alguien capaz de monitorear
tus recuerdos. Había solicitado una ampliación, para poder ver cómo te ha afectado el
entrenamiento, pero alcanzarás la ventana de fertilidad en unos días, y el Señor Tenebroso te quiere
embarazada cuanto antes. Te hubiera ayudado a prepararte físicamente, pero--no pareces querer mi
ayuda. El Oficial Supremo está casado. Estoy segura de que sabe lo que hacer y no le importara
prepararte para satisfacerle.”

La Sanadora Stroud esbozó una sonrisa fina y fría y Hermione se estremeció. Se le encogió
dolorosamente el estómago.

La Sanadora Stroud abrió un cajón y sacó una bolsa.

“Esto te llevará a la finca del Oficial Supremo. Te están esperando.”

Extendió el brazo hacia Hermione. Hermione se deslizó hacia atrás.

Dejó caer la cabeza y trató de respirar. Solo necesitaba un momento para reunir fuerzas. Para
prepararse para lo que estaba a punto de enfrentar—y lo que estaba a punto de hacer.

“Dame una mano,” dijo la Sanadora Stroud mientras daba la vuelta a la mesa hacia Hermione. A
Hermione le latía dolorosamente el corazón mientras se mordía el labio y trataba de tragarse el
horror que se alzaba en su interior como una ola.

Impotente. Indefensa. Obediente.

Serás obediente.

Hermione comenzó a levantarse. Una moneda cayó en la palma de su mano. Al instante sintió un
tirón detrás del ombligo a la vez que desaparecía de ahí.
Capítulo 4

Hermione reapareció en un oscuro recibidor. Era una habitación vacía e inmaculada. Una mesa
negra y lacada circular ocupaba el centro de la habitación. En la mesa había un gran buqué de flores
blancas.

Se dio la vuelta lentamente. No quería perderse ni un detalle, pero las estúpidas alas de la toca
ejercían de anteojeras. Solo podía ver hacia delante.

Una gran escalera llevaba hacia la derecha. Pasillos fríos conducían hacia la oscuridad
adentrándose en la casa. Era una mansión, y una enorme, a juzgar por la anchura de la escalera.

“Hola, Sangre Sucia.”

La fría voz la dejó helada.

Dándose lentamente la vuelta, encontró a Draco Malfoy.

Estaba más mayor.

Sus últimos recuerdos de él eran de quinto año, cuando estaba en la Brigada Inquisitorial. Estaba
más alto. Se alzaba sorbe ella, y su rostro había perdido cualquier vestigio de la niñez. Había una
crueldad peligrosa y reinada en la forma en que se contenía.

La forma en que la miraba…

Sus ojos eran como los de un lobo; fríos y salvajes.

Su letalidad era palpable. Mientras la miraba desde arriba, estaba segura, podría inclinarse hacia
delante y cortarle la garganta mientras la miraba a los ojos. Después dar un paso atrás, solo
preocupado de que no le sangrara en los zapatos.
Él era el Oficial Supremo.

La mano derecha de Voldemort. Su verdugo.

La cantidad de sus amigos a los que había asesinado: Ginny, McGonagall, Moody, Neville, Dean,
Seamus, la Profesora Sprout, la Señora Pomfrey, Flitwick, Oliver Wood... la lista era larga. Aparte
de aquellos que habían sido torturados hasta morir inmediatamente tras la batalla final—cada
persona que sabía que había muerto tras la guerra—el Oficial Supremo los había matado.

Las chicas le habían hablado en susurros durante las primeras noches. Contándole sobre el mundo
de horror que se había perdido mientras estaba encerrada bajo Hogwarts.

Nunca había pensado que pudiera ser alguien que conocía.

Alguien tan joven.

El pánico brotó en su interior. No estaba segura de qué hacer para gestionar la conmoción.

Antes de que pudiera reaccionar—o siquiera procesar el descubrimiento—sus ojos se encontraron


con los de ella, y de forma brutal entró en su mente.

La fuerza casi la hizo desmayarse.

Su intrusión mental era como una cuchilla, introduciéndose directa en sus recuerdos. Cortó a través
de la frágil barrera que trató de erigir con los fragmentos de magia interna que pudo reunir. Perforó
hasta sus recuerdos bloqueados.

Era como si le estuvieran metiendo un clavo en la cabeza.

La precisión y la fuerza implacable.


No paraba de tratar de atravesarlos. Era casi peor que la cruciatus. Duraba más de lo que podía
hacerlo la maldición de tortura sin volver loco al receptor.

Cuando por fin paró, ella yacía en el suelo. Malfoy estaba de pie, mirándola desde arriba mientras
temblaba por la conmoción de su intrusión.

“Así que, realmente has olvidado todo,” dijo mientras la evaluaba. “¿Qué es lo que crees que estás
protegiendo en ese cerebro tuyo? Perdisteis la guerra.”

No podía responder.

No tenía respuesta.

“En fin,” dijo, alisando levemente sus ropas. “El Señor Tenebroso ha sido tan amable de enviarte a
mí. Si alguna vez recuperas tus recuerdos, seré el primero en saberlo.”

Esbozó una sonrisa burlona un momento antes de que su rostro se volviera frío e indiferente. Pasó
por encima suya y salió de la habitación.

Hermione se puso en pie, temblando de la angustia e impotencia que sentía.

Le odiaba.

Nunca había odiado a Draco Malfoy.

Simplemente había sido un matón adoctrinado, el síntoma de una enfermedad de la que otros eran
responsables. Ahora—le odiaba. Por lo que se había vuelto. Por lo que había hecho.

Ella le pertenecía.
Estaba atrapada bajo su suela, y pretendía pisotearla hasta que obtuviera lo que quería.

Apretó la mandíbula y se obligó a pensar a través de la súbita rabia. Su plan seguía siendo el
mismo. Tenía que encontrar la manera de escapar o engañarle para que la matara.

No era como ella había imaginado. Había esperado que el Oficial Supremo estuviera motivado por
sus emociones, pero aunque el Malfoy que conocía en la escuela lo había estado, ahora parecía frío
como el hielo.

De lo cual, por supuesto, debería haberse dado cuenta. Legeremancia, oclumancia; la clave era el
control. La capacidad de compartimentarse detrás de muros.

Haría falta astucia para hacerlo explotar lo suficiente como para hacer que cometiese un error tal
como matarla. De cualquier manera, no podría lograrlo inmediatamente. No podía precipitarse. No
podía ser imprudente. Tendría que esperar y soportar lo que venía hasta que se diera la oportunidad.

La idea la hacía estremecerse. La garganta se le cerró al tragar saliva y trató de pensar.

El sonido de unos tacones sobre el suelo de madera llamó su atención. Una bruja rubia y menuda
recorrió la habitación. Hermione y ella se miraron durante varios segundos.

“Bueno, aquí estas,” dijo la bruja, subiendo la nariz con una inhalación. “Quítate ese estúpido gorro
y ven. Tenemos que repasar juntos las instrucciones antes de que pueda dejarte donde te vamos a
tener.”

La bruja rubia giró sobre los talones y salió de la habitación. Hermione la siguió lentamente. La
bruja le resultaba familiar. Una Greengrass, creía Hermione. No era Daphne, pero quizá la hermana
pequeña.

Hermione no podía recordar su nombre.


Llegaron a una sala de estar. Malfoy ya estaba ahí, reclinado en una silla que parecía incómoda y
con aspecto de aburrido.

Hermione se quitó la toca.

“Bueno,” dijo la bruja que Hermione asumía que debía ser la mujer de Malfoy mientras se sentaba
en otra de las sillas. “La Sanadora Stroud ha enviado un paquete de instrucciones. ¿Quién iba a
decir que las Sangre Sucia venían con manual? Qué práctico, ¿no?”

El sarcasmo en la voz mordaz de la bruja sonaba débil.

“Léelo ya, Astoria,” dijo Malfoy, mirando brevemente con desdén a la bruja.

Astoria. Ese era el nombre de la mujer de Malfoy.

“Veamos. Nada de maldiciones o torturas o maltrato físico. Deberá ser alimentada. Podemos hacer
que trabaje, pero no más de seis horas al día. Y debe pasar al menos una hora al día en el exterior.”

Astoria soltó una carcajada un tanto maniaca.

“Es casi como mantener un crup, ¿no? ¿Quién iba a decirlo? Ah, sí. Que agradable. Recibiremos
una lechuza cada mes los cinco días que debes—rendir, Draco. La Sanadora Stroud ha incluido una
pequeña nota personal aquí, mencionando que dado el interés específico del Señor Tenebroso en la
familia Malfoy y la Sangre Sucia, acudirá personalmente cada mes para ver si tienes éxito.”

Astoria parecía estar tan al borde de la histeria que a Hermione le sorprendía que no hubiera
empezado a gritar y destrozado una silla.

“Escucha esto. ¡Se me permite mirar! Ya sabes, para asegurarme de que todo es totalmente clínico
entre la Sangre Sucia y tú.”
Astoria se puso increíblemente pálida. Sus ojos azules parecían casi trastornados. Le temblaban las
manos, y arrugó los papeles que sostenía y los aplastó con fuerza en la mesita de té.

“No lo haré,” dijo, su voz afilada y vibrante. “Si objetas, puedes arrastrarme frente al mismísimo
Señor Tenebroso antes de matarme. ¡No voy a mirar!”

Si que gritó la última parte.

“Haz lo que quieras, ¡solo cállate!” dijo Malfoy, su tono afilado, mientras se levantaba y salía a
grandes zancadas de la habitación.

Hermione se quedó paralizada cerca de la pared.

Astoria se quedó sentada, temblando en la silla durante varios minutos antes de hablarle a
Hermione.

“Mi madre criaba crups. Que cosas mas bonitas,” dijo Astoria. “Que divertido ver cómo se hace
con magos ahora.”

Hermione no dijo nada. Se quedó pegada a la pared tratando de no moverse. Tratando de que los
dedos no se le crisparan. Estoy fingiendo ser un árbol, pensó para sí misma.

Al fin Astoria se levantó.

“Te enseñaré tu habitación. Puedes hacer lo que quieras, pero no quiero verte. Tengo entendido que
esos brazaletes que llevas evitarán que te metas en problemas.”

Recorrieron un largo pasillo y pasaron por una puerta estrecha y casi escondida que llevaba a una
escalera de caracol para el servicio. Tras subir tres pisos, entraron a un pasillo principal más grande.
Estaban en un ala diferente. Las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas. Hacía frío, y todos
los muebles estaban cubiertos con sábanas protectoras.
“Este ala está deshabitada,” dijo Astoria, como si no fuese obvio. “Tenemos más criados de los que
necesitamos. Quédate aquí y fuera de vista a menos que se te reclame. Los retratos estarán
pendientes de ti.”

Astoria empujó una puerta. Hermione entró. Era un amplio dormitorio. En el centro de la
habitación había una cama con dosel y cerca de la ventana un solo sillón orejero. Había un gran
armario en una de las paredes. No había alfombra. Un retrato colgaba en la pared. Sin libros.

Todo era vacío y frío.

“Si necesitas algo, llama a un elfo doméstico,” dijo Astoria antes de cerrar la puerta. Hermione
escuchó sus pisadas alejarse.

Que la hubieran dejado de repente sin supervisión sin estar en una celda era desconcertante. Este
repentino cambio era a la vez emocionante y aterrador, como si acabara de saltar de un precipicio.

Tiró la toca al suelo junto a la puerta y fue hacia la ventana. El campo frío e invernal se extendía
hasta donde alcanzaba la vista. Mientras miraba, sopesó la situación.

Malfoy y astoria claramente se detestaban el uno al otro.

No era muy sorprendente. Como si los matrimonios concertados entre los Sangre Pura no fueran ya
suficientemente disfuncionales, que los dispusiera Voldemort con el solo propósito de que se
reprodujesen tenía que haber sofocado cualquier chispa potencial. Especialmente después de que
fracasaran en la tarea.

Astoria no parecía temer especialmente a Malfoy, así que probablemente no tenía tan mal genio
como para ser violento con ella. Parecía sobre todo resentida con e indiferente a él.

Él no parecía un marido atento de ninguna de las maneras. Parecía considerar a Astoria algo así
como una plaga que estaba obligado a soportar.
Sea como se sintiera Astoria respecto a su marido o matrimonio, la presencia de Hermione como
subrogada claramente picaba. Parecía decidida a ignorar la existencia de Hermione tanto como
pudiera.

Hermione no tenía objeciones. Cuantos menos jugadores de los que tuviera que preocuparse, mejor.
Si tuviera que preocuparse de evitar o complacer a Astoria sería un reto adicional. Si Astoria
estuviera pendiente de su marido, haría que escapar o encontrar una forma de manipular a Malfoy
fuera bastante más complicado. Si Astoria se preocupaba principalmente de fingir que Hermione no
existía, era el mejor de los casos. Hermione se mantendría fuera de vista, en las sombras, tanto
como pudiera. Hasta que tuviera la oportunidad de actuar.

La clave sería observar a Malfoy. Descubrir qué le impulsaba. Cuáles eran sus vicios. Qué podía
explotar de él.

No parecía particularmente interesado en Hermione más allá de descubrir lo que podía estar
ocultando en sus recuerdos perdidos. Si ese era el caso, era un alivio. Quizá también decidiría
dejarla más bien en paz. Estaba segura de que si quisiera podrían ocurrírsele un numero infinito de
formas de torturarla sin arriesgar su fertilidad.

Draco Malfoy era el Oficial Supremo.

Aún era chocante.

¿Qué le había pasado en la guerra para volverlo tan despiadado?

El odio necesario para lanzar con éxito una Maldición Asesina era tremendo. Infligir una muerte
instantánea desgarraba algo en ti. La mayoría de magos y brujas oscuros solo lograban hacer
ocasionalmente. Era en parte por lo que había tantas otras maldiciones que se utilizaban para matar.
El sadismo era un factor, pero la verdad es que ninguna otra maldición era tan irreversible e
irrefrenable como la Maldición Asesina. El poder necesario para usar algo tan definitivo era—
bueno, no había nada comparable.

La capacidad de Voldemort para lanzarla infalible y repetidamente era parte de la razón por la que
inspiraba tanto temor.
La reputación del Oficial Supremo de usar la maldición ya era casi igualmente legendaria. Le había
catapultado hasta el rango más alto entre los Mortífagos.

Y era Malfoy.

Tendría que avanzar con cuidado. La informalidad con la cual los Malfoy habían tratado su llegada
indicaba absoluta seguridad. Dejarla en el vestíbulo. Enseñarle la casa. Colocarla en un ala
deshabitada. Hermione estaba segura de que no había forma fácil de escapar. Hasta que pudiera
quitarse las esposas, Malfoy siempre sería capaz de encontrarla, y ella sería incapaz de luchar
contra él o cualquiera.

Suspiró, y su aliento dibujó un pequeño circulo de vaho en el frío cristal de la ventana.

Alzando la punta del dedo hacia el cristal, dibujó la runa thurisaz: para defensa, introspección y
concentración. A su lado, dibujó su inversa, su merkstave: para peligro, desamparo, malicia, odio y
rencor.

Lo que necesitaba. Lo que tenía.

Tenía que cambiar su suerte.

Observó las runas desvanecerse del cristal cuando el vaho se evaporó de vuelta en la habitación.

Ninguna de las chicas había oído ningún rumor de que la Resistencia siguiera existiendo. Aparte de
Hermione, todos los miembros de la Orden que sobrevivieron a la batalla final estaban muertos.
Sus muertes presenciadas públicamente. Sus cadáveres colgados para asegurar que no se daba
cabida a esperanzas secretas. La Resistencia se había desmoronado con la muerte de Harry.

Voldemort parecía haber sido muy minucioso en asegurar que la Orden no tenía ni una chispa de la
que resucitar. Al avanzar la guerra con los años, se había vuelo más cauteloso y menos seguro de su
infalibilidad de lo que había estado en los años de Hermione en Hogwarts.

Voldemort había sido meticuloso.


Eso era preocupante. Si había ascendido a Malfoy a Oficial Supremo, probablemente significaba
que Malfoy también era meticuloso. No alguien propenso a cometer fallos o errores de juicio.

Quizás aún había una resistencia en algún sitio. Las mujeres de Hogwarts solo sabían lo que los
guardas les habían contado. Podría haber aún facciones trabajando contra Voldemort. Si Hermione
escapaba, quizá podría encontrarlos y eventualmente darles lo que fuera el secreto que estaba
ocultando.

Al estar en casa del Oficial Supremo, si era lista igual podría recopilar información útil.

Si seguía comportándose de forma dócil y cooperativa.

Rota.

Si creían que estaba realmente rota, quizá eventualmente se volverían descuidados con ella.

Estaría esperándolo.

Se le daba muy bien esperar.


Capítulo 5

Hermione exploró la habitación donde la habían situado. Tenía poco más de lo que se veía a simple
vista.

El armario estaba lleno de más de los vestidos escarlata y capas que llevaba ahora. Había de varios
grosores, probablemente para el tiempo de verano e invierno. En los cajones había más tocas y
medias de lana. Más zapatos rojos endebles.

Hermione sacó un par y los observó. Las suelas eran finas, y estaban hechas de tela; se gastarían
rápidamente. Si quisiera huir, tendría que robar ropa y zapatos.

El retrato de la pared era de una joven bruja. Guapa y rubia. Sin duda una de las antepasadas de
Malofy. Tenía los mismos rasgos afilados y expresión desdeñosa. La bruja no podía estar más que
recién graduada en Hogwarts cuando la retrataron. Miraba con indiferencia a Hermione, sentada de
forma despreocupada en un sillón de respaldo alto, con un libro a su lado.

Al rato Hermione se dio la vuelta e inspeccionó el resto de la habitación. Había una puerta diseñada
para fundirse con la pared al otro lado de la habitación. Fue a abrirla.

Un baño, mayoritariamente ocupado por una bañera con patas. Sin ducha. No había nada más que
los objetos más esenciales: jabón, toallas, un cepillo de dientes, una pequeña taza para el agua.

Hermione cruzó la habitación y se lavó las manos. Al retirarlas, fingió tirar la taza del lavabo
accidentalmente. Chocó contra el suelo con un ruido agudo, pero no se rompió, ni se resquebrajó.

Tenía un hechizo de protección.

Malfoy era meticuloso

Lo recogió y lo enjuagó antes de devolverlo a su sitio. Al darse la vuelta, se dio cuenta de que había
un retrato en el baño también. La misma bruja joven observaba a Hermione con una mirada
cómplice.

Hermione fingió inocencia y volvió a la habitación.

Después de una hora, no quedaba absolutamente nada que pudiera inspeccionar de su habitación.
No es que Hermione hubiera esperado poder encontrar algo o meterse en problemas con la
penetrante supervisión del retrato de la pared. Aparentemente a la bruja le habían ordenado vigilar a
Hermione como un halcón.

Hermione fue hacia la puerta del dormitorio, y, tras vacilar un momento, giró el pomo y salió al
pasillo.

Su corazón inmediatamente comenzó a latir con fuerza.

La sensación de terror y libertad que experimentaba simplemente por salir de una habitación ella
sola era abrumadora. Mientras cerraba la puerta tras ella, se apoyó contra la puerta e intentó tomar
aire lentamente.
Sus dedos se crisparon alrededor del pomo mientras echaba un vistazo alrededor y trataba de
recuperar la compostura.

El largo pasillo que desaparecía en la oscuridad parecía tan—abierto.

Tragó saliva, nerviosa. Había supuesto que algunas secuelas de su largo encarcelamiento la
seguirían atormentando. Experimentarlas de verdad era más que inquietante. Era espantoso.

Sus intentos de respirar y calmarse estaban fracasando. Su pecho se contraía en pequeñas y rápidas
inhalaciones.

El único sonido en la fría y oscura ala de la mansión.

Se mordió el labio. Su mente—siempre había podido confiar en su mente. Incluso sus recuerdos
bloqueados parecían un mecanismo de defensa. Encontrarse entrando en pánico e hiperventilando
porque había entrado en un pasillo por voluntad propia—

Eso era traición.

Cerró los ojos con fuerza e intentó respirar regularmente. Intentó soltar la mano del pomo al que se
estaba aferrando desesperadamente, como si fuera a ahogarse si lo soltaba.

Su capacidad para razonar y decirse a si misma que estaba bien era una persuasión insuficiente para
su cuerpo y mente.

Trató de obligarse a dar un paso desde la puerta, pero sus piernas se negaban a cooperar.

El terror que atravesaba su cuerpo la tenía paralizada.

Era un pasillo. Solo un pasillo, se repetía a sí misma. Se le permitía estar ahí. No había órdenes que
la retuvieran—

No había ordenes que la retuvieran…

…solo ella misma.

Tras estar ahí de pie durante varios minutos, intentando y fracasando en obligarse a moverse,
sollozó de repente y se acurrucó contra la puerta.

No recordaba la última vez que había llorado. Hacía mucho tiempo, en su celda.

Ahí, temblando e hiperventilando en el pasillo del ala vacía de la mansión, lloró. Por todos los que
estaban ya muertos. Por todos a los que Malfoy había matado. Por las chicas de Hogwarts que
estaban siendo enviadas a un mundo de horror. De rabia por las esposas cerradas alrededor de sus
muñecas, y las esposas que había descubierto haberse puesto de alguna manera alrededor de su
propia mente.

Volvió a su habitación, cerró la puerta, se dejó caer al suelo y siguió llorando.

Pasó un día entero hasta que pudo forzarse a salir al pasillo de nuevo.

Estaba decidida a obligarse a sobreponerse al pánico. La mañana siguiente, abrió la puerta, se


agazapó en la cama, y se obligó a mirar el pasillo hasta que su corazón le dejó de latir
dolorosamente en el pecho solo de verlo.

Perdería cualquier oportunidad de escapar si no podía siquiera salir de su habitación sin sufrir una
crisis nerviosa.

Se sentó en la cama y tomó el desayuno que apareció mientras consideraba el problema.

Se había manifestado cuando estaba sola. No estaba segura de si era porque la compulsión de las
esposas sobre ser obediente había desviado su atención o si era una forma insidiosa de trauma
mental; que estar encarcelada durante tanto tiempo la había dañado hasta el punto de que ser
controlada por otros era la única forma en que sabía funcionar ahora.

Esperaba que fueran simplemente las esposas, pero se temía que era lo segundo. El
encarcelamiento le había corroído la psique en formas que tenía miedo de reconocer
completamente.

Se reforzó a sí misma. Estaba decidida a superarlo. Costase lo que costase.

Cuando la cena apareció aquella tarde, se obligó a comerla mirando hacia la puerta abierta. Sus
manos temblaban tanto que se le caía la mitad de la comida del tenedor. Para cuando terminó de
comer, el temblor había disminuido lo suficiente como para que pudiera beber agua sin
derramársela por encima.

Observó el pasillo. Observó los muebles cubiertos y los muchos retratos de aristócratas de rostro
pálido y frío.

Trató de recordar lo que sabía de Malfoy.

¿Cómo había conseguido ascender tan alto en las filas de Voldemort siendo tan joven?

Él—había estado implicado en la muerte de Dumbledore a principios del sexto curso. Las
circunstancias nunca habían estado del todo claras. Recordaba despertarse de repente con el sonido
de las alarmas del castillo después de que pasara. Minerva McGonagall y el resto de los profesores
estaban pálidos del shock y el espanto mientras trataban frenéticamente de averiguar qué había
pasado. Malfoy desapareció entre el caos.

Era el primer y último gran acontecimiento de la guerra que Hermione asociaba específicamente
con Malfoy. Después de aquello desapareció en las filas de Voldemort. Otro Mortífago sin rostro.

Su madre había fallecido tras varios años de guerra. Hermione recordaba oír sobre la muerte de
Narcissa Malfoy en la Mansión Lestrange. Había ocurrido durante una misión de rescate. Harry y
Ron habían sido capturados por unos Carroñeros. Cuando la Orden fue a rescatarlos, un Mortífago
perdió el control de una maldición de fuego maligno y prendió fuego a la mansión son Narcissa y
Bellatrix dentro.

La muerte de Narcissa había desquiciado totalmente a Lucius Malfoy. Se había deslizado con
facilidad hacia la vacante de locura de Bellatrix. Había echado la culpa de la muerte de Narcissa a
hombros de Ron y Harry y se había consagrado a vengarla acosando a los Weasley. El daño
cerebral de Arthur Weasley y que George hubiera estado a punto de morir durante la guerra había
sido obra de Lucius. Se convirtió en una bala perdida dentro de las filas de Voldemort. Había sido
demasiado útil y letal como para que su insubordinación le costara la vida, pero estaba
constantemente bailando sobre la línea.
A Hermione se le había ocurrido que quizá Lucius podría ser el Oficial Supremo, dado lo
despiadado y propenso al asesinato que era y lo lleno de odio que estaba. Como no lo era,
Hermione se preguntaba si seguiría vivo. Quizá tras la guerra había acabado sobrepasándose y
había conseguido que lo mataran. Hermione esperaba que así fuera. La manera en la que Lucius se
había reído mientras Ron moría gritando en agonía—Hermione nunca lo olvidaría.

Pero Malfoy…

No creía que se le hubiera dado especial importancia o se le hubiera considerado un Mortífago


relevante durante las reuniones de la Orden que recordaba. Lo que fuera que hubiese hecho para
abrirse camino hacia la cima debía haber ocurrido hacia el final de la guerra. Quizá había estado
involucrado en lo que fuera que hubiese provocado que los planes de la Orden durante la batalla
final fracasaran.

Al haber sido sanadora, Hermione no había estado presente durante toda la batalla. Algo en su
estrategia había fallado. Había habido muchos más mortífagos de los que la Orden había previsto.
Voldemort había lanzado una maldición asesina y Harry había caído. Después había ordenado a
Lucius que confirmara que Harry estaba muerto.

Harry no había muerto.

Así que Voldemort lanzó otra maldición asesina, y otra, y otra, y otra. Después de una docena de
maldiciones asesinas, Voldemort fue a confirmar por si mismo que Harry estaba muerto. Para
asegurarse, había hecho arrastrar el cuerpo de Harry por el aire y colgarlo de la Torre de
Astronomía. Todos vieron como Voldemort maldecía el cuerpo de Harry con una maldición de
necrosis y dejó que se pudriera delante de sus ojos.

Los ojos verdes inexpresivos de Harry—Hermione los veía cada vez que cerraba los suyos. La
expresión en su rostro; la toma de conciencia de que había fracasado se había quedado grabada en
él en su muerte.

Hermione tembló mientras pensaba en ello.

Sus mejores amigos habían muerto frente a sus ojos. Por un giro cruel del destino no se le había
permitido seguirlos.

La habían dejado atrás.

Cuadró los hombros y se obligó a dar un paso hacia el pasillo. Se había enfrentado a toda clase de
horrores. No iba a derrotarla su propia psique fracturada y un pasillo.

Un paso.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Su respiración se volvió débil, y cerró los puños hasta que pudo sentir las uñas hundiéndose en su
piel.

Cinco.
Seis.

Siete.

Plic. Plic. Plic.

Se detuvo y miró hacia abajo. De una de sus manos goteaba sangre, dejando un reguero por el
suelo.

Era del mismo color que su vestido.

Miró hacia abajo hasta que un charco del tamaño de un knut se acumuló gradualmente a sus pies.

Y entonces continuó andando por el pasillo. Contó el sonido de las gotitas que caían en vez del de
sus pasos hasta que llegó al final.

No tenía un destino en mente, así que se dio la vuelta y se dirigió a su habitación, probando a abrir
las puertas a lo largo del pasillo. Algunas estaban cerradas. Otras no. Echó un vistazo a más
habitaciones vacías con muebles cubiertos. Volvería y las inspeccionaría atentamente más tarde.
Quizá podría encontrar en ellas algo que le fuera útil.

Estaba temblando cuando volvió a entrar en su habitación.

Al quedarse dormida, soñó con Ginny.

Ginny—de cerca del final de la guerra, con el pelo corto por encima de los hombros y una larga y
cruel cicatriz en un lado de la cara. Estaba acurrucada al lado de una cama y miró hacia Hermione
de repente, sobresaltada.

La expresión de Ginny estaba retorcida de angustia, cubierta de lágrimas. Estaba sollozando de


forma incontrolable.

“Ginny,” Hermione se escuchó decir a sí misma. “Ginny, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado?”

Cuando Ginny abrió la boca para responder, el sueño se desvaneció.

Cuando Hermione se despertó la mañana siguiente, sabía que debía haber estado soñando. ¿Sobre
qué había estado soñando? No podía recordarlo. Algo—algo triste. Se apretó las palmas de las
manos sobre los ojos y trató de recordar.

No pudo forzarse a acercarse a la puerta ese día. Se acurrucó frente a la ventana y miró hacia los
jardines brumosos que se veían afuera. Había un laberinto de setos a un lado. Siguió el recorrido
con la mirada.

Inspeccionó todos los terrenos de la finca que podía ver. Tratando de tomar nota de todo lo que
pusiera serle útil. ¿Dónde iría si estuviera tratando de esconderse? ¿Si estuviera tratando de
escapar?

El día pasó lentamente.

Volver a ser consciente del tiempo era vagamente inquietante. El regular tic-tac del reloj
constantemente le llamaba la atención. Un sonido insoportable constante. Si se dejaba a sí misma
escucharlo durante mucho tiempo, sus dedos comenzaban crisparse con cada clic de los engranajes.
Se dio cuenta de que su mente tenía tendencia a divagar y perderse. Se interrumpía a sí misma de
algún pensamiento extraño y se daba cuenta de que habían pasado horas.

Al concluir el día, miró hacia la puerta.

Debería intentar salir de nuevo. Ni siquiera había visto a Malfoy desde su llegada. Había tenido
intención de vigilarlo. Estudiarlo. Armarse con algún tipo de comprensión sobre él.

Todos esos planes se habían desvanecido aquellos últimos dos días.

Se puso en pie y avanzó lentamente hacia la puerta. Mientras cerraba los dedos alrededor del pomo,
hubo un súbito “pop” tras ella. Sobresaltada, se dio la vuelta bruscamente y se encontró una elfina
doméstica detrás de ella.

“Tu debe prepararse para esta noche, la ama esta diciendo” dijo la elfina, evitando sus ojos y
desapareciendo de nuevo.

Hermione sintió que se le subía el corazón a la garganta. Sus manos comenzaron a temblar.

Consideró por un momento no prepararse.

Sin duda, si lo hiciera, Malfoy aparecería y le obligaría. Quién sabe que más podría hacerle si le
provocaba. Las compulsiones de su mente se avivaron…

Obediente.

No resistirse.

Su cerebro automáticamente comenzó a catalogar las cosas que se le había ordenado hacer.

No estaba segura de si las compulsiones le estaban haciendo racionalizar el obedecer, o si obedecer


era efectivamente la decisión más racional.

Fue al baño y abrió el grifo de la bañera. Salió agua ardiendo y observó la bañera llenarse
lentamente.

Se preguntaba si podría ahogarse de alguna manera antes de que Malfoy pudiera llegar. Como
Señor de la mansión, probablemente podía aparecerse en cualquier lugar. Se estremeció ante la idea
de él arrastrándola, desnuda, fuera de la bañera agarrándola del pelo.

Se quitó las ropas y se hundió en el agua, siseando pero saboreando el dolor. Apenas sentía nada
esos días. Aparentemente las esposas no le restringían del calor.

Una idea útil para archivar.

Después de haberse lavado, se secó con una toalla lujosa y demasiado grande. Luego se puso un
nuevo juego de ropas. El vestido escarlata, largo y con botones, y después la capa abierta escarlata.
Después se puso las medias. Las odiaba muchísimo. Si no hiciera tanto frío en la mansión, nunca se
los habría puesto. Dejando a un lado el espantoso color rojo, casi podía fingir que el vestido solo
era ropa, pero la horrible sensación de no llevar ropa interior la hacía sentir constantemente
expuesta.
Solo le darían ropa interior si estaba sangrando o embarazada. De lo contrario, debía permanecer—
accesible.

Cuando se hubo vestido, se quedó, insegura, en medio de la habitación. No sabía donde se suponía
que debía ir. Lo que debía hacer.

La puerta se abrió, y apareció Astoria, blanca como una sábana.

“Bien, estás lista. Temía tener que mandar a Draco a que te arrastrara,” dijo Astoria mientras
miraba a Hermione de arriba abajo con expresión crítica. “Te enseñaré a donde tienes que ir esta
noche. Después, no estaré por aquí. Cuento con que te prepares y vayas cada noche indicada sin
problemática. He estado pensando… realmente no necesitas todas las partes del cuerpo solo para
reproducirte. Así que si estas pensando en dar problemas—tenlo en cuenta.”

Un escalofrío recorrió la columna de Hermione, y asintió con la cabeza.

Astoria salió de la habitación, guiando a Hermione por la casa, a través del vestíbulo y luego por la
gran escalera y por un pasillo del segundo piso. Los retratos murmuraban a su paso.

“Puta.”

Hermione lo escuchó murmurar más de una vez.

Astoria paró en la séptima puerta.

“Entra y espera ahí. Draco vendrá cuando prefiera, pero tu debes estar aquí a las ocho en punto.”

Sin detenerse más, Astoria siguió andando por el pasillo y desapareció en la oscuridad.

Las manos de Hermione temblaban mientras agarraba el pomo de la puerta e intentaba abrirla. No
giraba al principio, y tuvo que respirar hondo un par de veces para calmarse y hacer que sus manos
dejaran de temblar lo suficiente como para girar el pomo.

Entrando en la habitación, trató de asimilar todos los detalles que pudo.

Parecía estéril.

Había dado por sentado que su habitación era fría y vacía por pura indiferencia, pero quizá era
simplemente la forma de ser de Malfoy. Había una gran cama, un imponente armario. Un escritorio
y una silla.

Hermione habría imaginado que Malfoy tendría una habitación más lujosa. Toda verde y plateada
con sábanas caras y cojines cubiertos de borlas y flecos.

La habitación delante de ella podría haber pertenecido a un monje.

Era funcional. Era todo lo que se podía decir de ella. No es de extrañar que Malfoy fuese tan frío.

Rehuyó la cama y fue a la silla del escritorio. Sentándose, observó los contenidos de la superficie
de la mesa. Pergamino en blanco y plumas. Extendió la mano con vacilación hacia las plumas,
preguntándose si sería capaz de tocarlas.

Cuando su dedo se acercó, notó una sensación de ligero ardor y retiró la mano.
El estómago se le estaba retorciendo de terror, y trató de distraerse recitando fórmulas de
aritmancia mientras esperaba.

Estaba acostumbrada a esperar indefinidamente. ¿Qué era una hora después de dieciséis meses de
privación sensorial? Solo tenía que dejar de pensar en lo que iba a pasar a continuación. Tenía el
estómago tan revuelto que pensó que quizá estaba enferma.

De repente, la puerta hizo un clic. Se levantó y se dio la vuelta a tiempo de ver a Malfoy entrar a
zancadas. Tenía la mano en la garganta, aflojándose el cuello de la camisa. Claramente no esperaba
encontrarla ahí. Se paró en seco y la miró, y pareció que realmente palidecía ligeramente antes de
apretar los labios en una dura línea.

“Sangre Sucia,” dijo, después de un momento. “Hoy es el día, por lo que veo.”
Capítulo 6
Chapter Notes

Advertencia de la autora: Este capítulo contiene escenas de abuso sexual. He hecho lo que he
podido para representarlo de manera que no sea innecesariamente gráfica, pero también he
intentado ser realista en cuanto al impacto de tal hecho. No incluiré repetidamente escenas de
este tipo en la obra, pero es un elemento dominante de la historia y considero que no sería
honesto pasarlo por alto. Se recomienda discreción.

See the end of the chapter for more notes

Hermione no dijo nada. Solo lo miró.

Estaba aliviada de no estar temblando.

Se obligó a sostenerle la mirada, recordándose a sí misma que solo tendría que soportarlo durante
algún tiempo—solo hasta que pudiera formular un plan.

Podía soportarlo. Lo haría.

No estaba segura de lo que se suponía que debía hacer. ¿Esperaba que fuera a tumbarse a su cama?

Pasó a su lado a grandes pasos dirigiéndose hacia el armario y después de colocar la mano sobre la
puerta durante un momento, la abrió.

Quizá Malfoy no era completamente como un monje. El armario tenía casi una habitación entera
dentro. La puerta tenía todo un bar, y Malfoy agarró una botella de whisky de fuego de un estante y
le quitó el corcho con los dientes. Escupiendo el corcho al suelo, se llevó la botella hacia los labios
mientras la miraba.

Hermione solo esperó.

Después de un minutó, él sacó su varita y con un movimiento rápido invocó una mesa en medio de
la habitación. Hermione la miró, completamente perdida. Miró de nuevo hacia Malfoy.

Él le devolvió una sonrisa burlona.

“Inclínate,” dijo en voz baja y provocadora, haciendo un ademán hacia ella.

Hermione no había creído que pudiera sentir más repugnancia hacia él, pero aparentemente sí
podía. Se mordió el interior del labio hasta que sintió ceder la piel y la sangre inundar su boca
mientras sentía que sus pies empezaban a obedecer automáticamente.

Avanzó lentamente y, tras vacilar un momento, se inclinó sobre la mesa.

La madera le mordió las caderas. Colocó las manos contra los bordes y los asió con fuerza hasta
que le crujieron los nudillos. Luchó por no temblar. Su cuerpo entero estaba al límite por la
intensidad de su vulnerabilidad. Sus oídos se esforzaban por detectar cualquier sonido.

Hubo una pausa, y entonces escuchó a Malfoy acercarse a ella lentamente.

Se detuvo justo detrás suya y se hizo de nuevo el silencio. Podía sentir su mirada puesta en ella.

Hubo un cambio en el aire.

“¿Eres virgen, Sangre Sucia? ¿Es algo que siquiera recuerdas?”

Vaciló al darse cuenta de que no lo sabía.

Dio otro paso hacia ella. “Estoy seguro de que Weasley o Potter se subieron por aquí en algún
momento.” Podía oír la malicia en su tono.

Su mano se apoyó brevemente en su espalda mientras le levantaba las faldas hasta la cintura. Sintió
el frío aire de la habitación contra su piel. Estaba temblando tanto que la mesa se sacudía.

“Bueno, supongo que pronto lo sabremos,” dijo, y después ordenó, “Abre más las piernas.”

Se obligó a moverse.

Sintió sus dedos sobre ella y se apartó ligeramente.

ÉL murmuró por lo bajo y Hermione sintió algo cálido y líquido dentro de ella. Un encantamiento
lubricante. Se sobresaltó tanto que las patas de la mesa chirriaron al arrastrarse por el suelo de
madera.

“No nos podemos permitir que ningún daño o infección afecte a tu—utilidad,” explicó en tono
burlón.

Escuchó su cinturón desabrocharse y entonces, sin previo aviso, la penetró.

Ella intentó tragarse el sollozo que se abrió paso por su garganta, pero la brusca invasión la había
cogido desprevenida. Ante su grito, él se quedó inmóvil, solo por un momento, antes de empezar a
moverse de nuevo. Aparte de donde estaban unidos, no la tocó. Su mano derecha asía la mesa cerca
de donde ella tenía vuelta la cara. Hermione podía ver un anillo negro en su mano, reluciendo
débilmente.

Cuando acabó, sus movimientos se volvieron irregulares y más fuertes, y de pronto se quedó
inmóvil con un siseo bajo.

Se quedó ahí solo un segundo antes de apartarse bruscamente de ella y volver a grandes `pasos al
bar.

“Fuera.” Su tono era mordaz.

Hermione se estremeció.

“No puedo.” Trató de no sollozar mientras lo decía, pero le temblaba la voz. “No se me permite
moverme hasta que pasen 10 minutos.”
Él rugió de rabia. De pronto la mesa bajo ella desapareció y Hermione cayó al suelo, golpeándose
la frente con fuerza.

“¡FUERA!”

La habitación tembló.

Ella se puso de pie y salió corriendo. Tropezando aturdida por el pasillo. Tratando de recordar el
camino de vuelta.

Le temblaba el pecho mientras intentaba no hiperventilar. No podía ver con claridad. Alzó la mano
para encontrar que se había abierto la frente donde se había golpeado. Le corría sangre hacia los
ojos.

Se paró en lo alto de las escaleras. Intentando recordar el camino de vuelta. Le entraba sangre en
los ojos. Podía sentir fluido deslizándose de entre sus piernas y bajándole por los muslos. Estaba
temblando. Intentando recordar dónde estaba su habitación.

Si se quedaba ahí—Astoria la encontraría y le sacaría los ojos, o le cortaría los dedos, o le


arrancaría los dientes.

Trastabilló y casi se cayó por las escaleras.

Tomaba aire con respiraciones rápidas y cortas mientras trataba de no sollozar muy alto.

No podía comprenderlo—había sobrevivido a la guerra. Había visto a sus amigos morir frente a
ella. Se había mantenido cuerda, sola en una celda oscura durante más de un año. Pero—ser forzada
a ser cómplice de su propia violación. No podía soportarlo. No sabiendo que se esperaba que lo
hiciera de nuevo el día siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente después de ese.

Miró aturdida al vestíbulo.

Si simplemente se lanzara por el balcón Malfoy no podría detenerla.

Todo se acabaría.

Se inclinó sobre la barandilla y miró a la mesa del vestíbulo. Solo un poco más—

Una mano se cerró con fuerza alrededor de su brazo y la apartó de un tirón.

Se dio la vuelta y se encontró a Malfoy mirándola, enfurecido.

“No—te—atrevas.” Gruñó las palabras. Su rostro blanco de furia.

“Por favor, Malfoy—“ Sollozó ella. “Por favor—“

La arrastró por las escaleras y a través de la casa mientras ella lloraba. Prácticamente abrió de una
patada la puerta de su habitación para arrastrarla dentro y empujarla a la cama.

“¡Evanesco!” espetó, apuntando con la varita al rostro de Hermione, y de pronto la sangre


desapareció de sus ojos. Continuó con un hechizo curativo y se quedó ahí, mirándola con furia
palpable.
“¿De verdad crees que no lo sabré cuando intentes suicidarte, Sangre Sucia?” preguntó finalmente
cuando ella hubo dejado de sollozar.

“Déjame hacerlo,” dijo ella. Su voz sonaba hueca, y su pecho seguía temblando, “Estoy segura de
que te darán otra Sangre Sucia para fecundar. Tú también me odias, Malfoy. ¿De verdad quieres
que sea la madre de tus hijos? ¿Ver mi cara en ellos? Estoy segura de que se te ocurrirá una excusa
convincente para matarme.”

Malfoy soltó una risotada.

“Si tan solo fuera así de fácil, te mataría ahora mismo. Por primera vez en tu vida, parece que has
subestimado tu valor. El Señor Tenebroso está ansioso por ver qué clase de descendencia
produciremos. Una vez me hayas dado algunos herederos, pretende pasarte a algunas de las viejas
familias mágicas a ver qué sale. Vosotras, pequeñas yeguas de cría, sois toda una mercancía. El
Señor Tenebroso tiene todo un programa de gestación planeado—abarca varias generaciones.”

Hermione le miró horrorizada.

Él se acercó, su expresión amenazante. “No nos olvidemos de esos recuerdos tuyos. El hecho de
que hubiera algo que considerabas digno de esconder incluso tras perder la guerra es razón para
preocuparse. Hasta que sepa por qué, no vas a morir. No obstante, cuánta libertad tienes en esta
casa—y con qué frecuencia tengo que supervisarte para poder asegurarla—tus pequeñas ideaciones
suicidas lo decidirán.”

Hermione se quedó helada. Por alguna razón había asumido que Malfoy sería el final de todo. Que
le forzaría a darle un hijo, y después se desharían de ella. No se le había ocurrido que se pretendía
que pasara de familia en familia de magos hasta que su cuerpo no diera más de sí.

Malfoy echó un vistazo alrededor de la habitación y luego de vuelta a ella. Su rostro estaba tenso, y
su mirada era penetrante.

“Bueno,” dijo, suspirando, “No pretendía hacer esto inmediatamente después de echarte el primer
polvo, pero ya estoy aquí, sin más planes para la tarde. Es cierto que no hay mejor momento que el
presente. Vamos a ver exactamente qué es lo que está pasando en esa pequeña mente de Sangre
Sucia tuya. ¿Qué otras ideas tienes?”

Antes de que ella pudiera apartarse, usó la punta de su varita para alzarle el mentón a la fuerza, y
sus fríos, grises ojos se clavaron en su consciencia.

No se molestó con los recuerdos bloqueados. Fue directamente a después de la guerra, a su


encarcelamiento, y avanzó desde ahí.

Hermione no se resistió. Si trataba de sacarlo, solamente dolería más, y él entraría a la fuerza de


todas formas. Colapsó en la cama mientras el peso de su mente atravesaba la de ella.

Sus dedos se crispaban involuntariamente, pero por lo demás estaba inmóvil.

Se deslizó rápidamente por todos los largos, silenciosos meses de aislamiento y entonces se movió
lentamente una vez la sacaron de la celda, torturada, petrificada, y después torturada de nuevo al no
ser aturdida cuando la movilizaron. Tomó nota de su conversación con Hannah y la descripción de
la sanadora de la condición de Hermione. Observó las técnicas que Voldemort y Snape habían
utilizado pata tratar de entrar a la fuerza en sus recuerdos bloqueados. Estaba particularmente
interesado en sus planes de suicidarse o escapar. Podía sentir su diversión condescendiente hacia
sus teorías sobre quién podría ser el Oficial Supremo; cómo se había preguntado si podría
aprovecharse de él y hacer que lo mataran.

Hermione no podía encontrar la forma de apartar los pensamientos de él u ocultarlos. Cada vez que
conseguía reunir algo más que una brizna de magia, sentía cómo el cobre de las esposas se lo
arrebataba.

Prestó especial atención a las esposas. Las compulsiones que les habían insertado. La chica que
gritaba que había explotado y golpeado a alguien casi hasta la muerte. A la llegada de Hermione a
la mansión y su reacción tras verlo a él. A sus teorías con respecto a Astoria y él. Después su
cuidadosa inspección de la habitación y ataques de pánico cuando trataba de salir al pasillo.

Duró horas.

Escudriño todos los detalles. Todos los giros, dudas, preguntas y teorías de su mente. Al fin, cuando
llegó al recuerdo de Astoria entrando a su habitación para recogerla esa misma tarde, se retiró. Al
parecer no le interesaba la idea de presenciar su perspectiva al ser forzada por él.

Hermione sentía como si le hubieran aplastado el cráneo. Apenas se crispó mientras él la miraba
desde arriba.

“Tantos planes,” dijo mientras se incorporaba e inclinaba la cabeza hacia atrás, evaluándola con
ojos fríos y burlones. “Por otra parte, me sentiría decepcionado si no estuvieras considerando al
menos un plan para intentar matarme y escapar. No puedo esperar a ver que es lo próximo que se te
ocurre.”

Se inclinó sobre la cama hasta que su cruel rostro estaba solo a un suspiro del de ella. “¿De verdad
crees que puedes engañarme para que te mate?”

Hermione desvió la mirada de su rostro hacia el dosel.

“Inténtalo con toda libertad,” dijo con una sonrisa de suficiencia, “tan pronto como consigas cruzar
esa puerta tu sola.”

Después se incorporó de nuevo, y la diversión desapareció de su rostro.

“Mantente fuera de mi habitación. No quiero volver a encontrarte ahí. Vendré a hacerlo aquí.”

Giró sobre sus talones y salió a grandes zancadas sin decir una palabra más.

Hermione no se movió.

Ni cuando se cerró la puerta.

Ni mientras las manecillas del reloj avanzaban implacables, indicando que eran más de las tres de
la madrugada.

Ni cuando se dio cuenta de la sensación de encostramiento en sus muslos, el tenue dolor entre las
piernas, y la extraña molestia en el bajo vientre.

Solo se quedó ahí tumbada.


Hace mucho tiempo… hubo una chica que luchaba. Que creía en que los libros, el ingenio, la
amistad y el valor podían con todo.

Pero ahora—

—esa chica había desaparecido.

Había pasado por todo menos la muerte durante la guerra.

Ahora—Draco Malfoy había pisoteado y reducido a polvo a esa chica a lo largo de una tarde.

Había violado física y mentalmente lo que quedaba de aquella chica hasta la muerte.

Hermione yació mirando hacia el dosel de la cama.

No había depositado muchas esperanzas en sus planes. Sabía que sus posibilidades eran
infinitamente pequeñas. Ahora—el desdén de Malfoy había sellado el sentido de derrota que tenía.

No se movió.

Cuando llegó el alba, no se despertó. La tarde estaba avanzada cuando por fin se arrastró de la cama
hacia el baño.

Malfoy apenas la había tocado, pero se frotó cada centímetro de piel en un intento de eliminar
cualquier rastro de él.

En el proceso, descubrió una fina cicatriz que hacía relieve en sus costillas que no recordaba
haberse hecho, así como tenues cúmulos de cicatrices en su muñeca izquierda y la parte superior de
su pecho.

Las inspeccionó todas con atención, pero no llegó a ninguna conclusión sobre cómo o cuándo se las
había hecho. No creía haber resultado herida en la batalla final. No había participado en incursiones
o peleas durante varios años antes del final de la guerra.

Al examinar de nuevo su muñeca, repasó mentalmente todas las maldiciones que conocía que
podrían causar una cicatrización semejante. Era una lista muy larga. Voldemort había creado una
división en su ejército específicamente dedicada a desarrollar nuevas maldiciones. Hermione no
podía recordar una batalla que no hubiera tenido múltiples bajas simplemente porque no pudo
identificar todas las nuevas maldiciones lo suficientemente rápido como para contrarrestarlas.

El agua se enfrió a su alrededor, pero no salió hasta que no comenzó a tiritar. Cuando volvió a la
habitación, se encontró con que le habían dejado la comida. Picó un poco con desgana.

Fue hacia la puerta y se quedó temblando enfrente de ella por varios minutos antes de darse la
vuelta.

Miró hacia el frío y brumoso paisaje de Wiltshire a través de la ventana. Presionando la frente
contra el cristal, saboreó el glacial y agudo dolor que atravesaba su piel. Deseó que penetrara lo
suficiente como para entumecer su mente.

No sabía que más hacer aparte de formular más planes inútiles.


No había nada mas que hacer. No había libros que leer. Nada con que ocupar su mente excepto
todos aquellos hechizos, problemas de aritmancia y recetas de pociones que ya se había recitado a
si misma un millón de veces.

No se había dado cuenta de la reconfortante inconsciencia que venía de no ver y apenas oír en una
nada atemporal. Salir de nuevo al mundo real era una desesperanza más intensa que incluso su
eventual aceptación de su celda. Darse cuenta de lo mucho que se había rebajado. De lo indefensa
que estaba para combatir sus circunstancias. Encontrar que ningún libro que hubiera estudiado ni
hechizo que hubiera aprendido le ofrecía ninguna solución para su situación…

No sabía cómo sobreponerse.

Ni siquiera sabía cómo aguantarlo.

Solo quería morir.

Incluso eso parecía completamente inalcanzable.

La mesa apareció en su habitación exactamente a las 7:30 aquella tarde.

Se había bañado solamente unas horas antes, así que simplemente la miró. Preparándose.
Considerando.

Por lo menos era—impersonal.

Por humillante y terrible que fuera, al menos no tenía que mirar a Malfoy mientras lo hacía. No
tenía que tocarlo.

No quería verlo.

Un minuto antes de las ocho, se inclinó sobre la mesa. Separó las piernas y volvió la cara de
manera que podía mirar el reloj.

Cuando la puerta hizo un clic no se movió.

Malfoy no dijo una palabra. Se acercó y se detuvo detrás de ella.

Las manos de Hermione comenzaron a temblar, pero se negó a permitirse moverse. No le miraría.

Cerró los ojos con fuerza y comenzó a recitar hechizos curativos; los más largos y complejos que
conocía. Practicando los movimientos de varita mentalmente.

Él le levantó las faldas, y el temblor de sus manos se extendió por todo su cuerpo.

Oyó que murmuraba el hechizo. Calidez y líquido.

Rechinó los dientes cuando sintió la presión entre sus piernas.

Cuando se hundió dentro de ella, se estremeció pero no gritó.

Cuando comenzó a moverse, ella buscó algo en su mente—algo nuevo. Algo que no hubiera
pensado ya hasta la muerte.
Los versos de un poema vinieron a ella lentamente.

“Sentí un funeral en mi cerebro,

los deudos iban y venían”

La sensación continua de movimiento dentro de ella desvió su atención de vuelta a la realidad.


Apretó los dientes y luchó por recordar los siguientes versos. Comenzó de nuevo.

“Sentí un Funeral en mi Cerebro,

Los Dolientes iban y venían

arrastrándose -arrastrándose -hasta que pareció

que el Sentido paso se abría –“

El ritmo del movimiento cambió, y removió desesperadamente su mente para recordar qué palabras
seguían.

“que el Sentido paso se abría –

y cuando todos estuvieron sentados,

una Liturgia, como un tambor –

comenzó a batir -a batir -hasta que pensé

que mi mente se entumecía –“

Malfoy acabó bruscamente mientras ella trataba de recordar el siguiente verso. Se retiró
rápidamente.

Hermione no se movió.

Un segundo después, oyó el clic de la puerta una vez más.

Hermione trató de recordar la tercera estrofa del poema, pero flotaba más allá del alcance de su
memoria.

Creyó—recordar una butaca y un libro de poesía. Brazos reconfortantes envolviendo a una pequeña
Hermione, y las manos de una mujer pasando las páginas. Una voz que ya no podía recordar…

Su madre—

Pensó que quizá había sido su madre la que le había enseñado el poema.

Abrió los ojos y miró el reloj.

Chapter End Notes


Nota de la autora: El poema incompleto que Hermione recita para sí misma es “I felt a
Funeral, in my Brain” (340) de Emily Dickinson.
Nota de la traductora: La traducción del poema es mía, con algunas líneas de Silvina Ocampo.
Capítulo 7
Chapter Notes
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Los tres días siguientes se desarrollaron de manera similar. La mesa aparecía exactamente a las
siete y media cada tarde. Hermione se inclinaba sorbe ella unos minutos antes de las ocho. Malfoy
entraba—rendía—y se iba sin decir una sola palabra.

Hermione recitaba poesía para sus adentros y trataba de llevar la mente lo más lejos posible.
Cualquier cosa para no pensar en lo que le estaba pasando a su cuerpo.

Ella no estaba ahí. Estaba tumbada en una mesa porque estaba cansada. Pasaba los dedos por el
sutil relieve de la madera. Quizá era roble. O nogal.

En cuanto se le permitía levantarse de la mesa, se metía en la cama y rezaba por que el sueño
llegara. No le estaba permitido lavarse hasta la mañana siguiente, y no quería sentir el fluido entre
sus piernas.

Intentaba no pensar en ello. Ni cuando ocurría. Ni después. Ni la mañana siguiente. Solamente—


intentaba no pensarlo siquiera.

No había nada que pudiera hacer.

Trataba de empujarlo a un rincón remoto de su cabeza. Llevar su mente todo lo lejos de su cuerpo
que podía y dejarla ahí.

Cuando se despertó por la mañana tras el quinto día, quería llorar. Estaba tan aliviada de que
hubiera terminado—al menos temporalmente. La sensación de espanto que vivía en su estómago se
aflojó un poco.

Se levantó y se bañó. Frotando cada centímetro de sí misma ritualmente. Después se plantó con
determinación frente a la puerta de la habitación.

Iba a salir. Iba a salir de su habitación y explorar por lo menos… cuatro. Cuatro de las otras
habitaciones del pasillo.

Estaba decidida. Iba a examinar cada centímetro, y ver si lograba encontrar algún arma potencial
con la que matar a Malfoy.

Había visualizado su muerte en toda clase de creativas formas a lo largo de los últimos días. Se
había sostenido en el ferviente deseo de ver la luz desvanecerse de sus ojos. Daría lo que fuera por
poder clavar una daga en su frío corazón.

Estaba dispuesta a conformarse con estrangularlo o envenenarlo.

Aparte de Voldemort y Antonin Dolohov, no había persona a la que Hermione le deseara tan
fervientemente la muerte.

Dolohov había sido el principal desarrollador de la división de maldiciones de Voldemort. Las


maldiciones más horribles que habían surgido a lo largo de la guerra se le podían atribuir a él.
Hermione se preguntaba si seguiría vivo, aún inventando nuevos métodos para matar a la gente con
agonizante lentitud.

Ahora, Dolohov y Malfoy estaban casi empatados. Hermione no estaba segura de quién tenía más
ganas de ver muerto. Probablemente aún con todo era Dolohov, suponía. Aunque el número de
víctimas fuera el mismo, Malfoy al menos no era tan sádico.

Abrió la puerta y salió. No se detuvo a cerrarla de nuevo. No se dio tiempo para paralizarse.
Recorrió rápidamente el pasillo hacia la habitación más cercana.

Cuando la puerta estuvo cerrada, dejó caer la frente contra el marco y se obligó a respirar. Respirar
lenta y profundamente. Llevando el aire a lo más bajo de los pulmones y fuera otra vez a la cuenta
de ocho.

Le temblaban los hombros, sus dedos se crispaban. Se dio la vuelta resuelta a examinar la
habitación. Era casi idéntica a la suya pero con dos sillones y una silla.

Echó un vistazo alrededor, asimilando los detalles más generales. Al hacerlo, casi soltó una
palabrota cuando vio un cuadro en la pared. Era una naturaleza muerta holandesa. Una mesa con
flores y fruta. Tras la mesa se encontraba la bruja del retrato de la habitación de Hermione. Estaba
observando a Hermione con expresión ligeramente desafiante.

Hermione quería lanzar algo hacia el cuadro, pero apretó los puños y se obligó a no reaccionar. Dio
una vuelta lentamente por la habitación. Echó un vistazo dentro del armario. Debajo de la cama. En
el baño.

Se deslizó tras las pesadas cortinas de invierno y miró hacia fuera a otra porción del laberinto de
setos.

Comprobó todas las tablas del suelo, pero ninguna chirriaba siquiera.

Por supuesto no sería fácil.

Respiró hondo y se obligó a caminar lentamente hacia la siguiente habitación.

Era casi exactamente igual. El retrato la siguió y montó guardia sentada en un picnic junto al río de
estilo impresionista. Mordisqueaba un trocito de queso delicadamente mientras observaba a
Hermione.

La tercera habitación fue la más alentadora. No era que contuviese nada ni remotamente útil, pero
el baño tenía una ducha. El corazón de Hermione dio un brinco. Se moría por ducharse.

Lavarse el pelo en una bañera era una de las innumerables cosas que odiaba sobre su vida. Cuando
se despertó en la enfermería de Hogwarts tras desmayarse, le habían aplicado encantamientos de
limpieza en el pelo y cuerpo para quitar meses de suciedad. No podía recordar la última vez que se
había lavado el pelo en condiciones.

Fue a la siguiente habitación. Siguió adelante. Sus ataques de pánico parecían estar un poco más
bajo control cuando se concentraba en moverse de una habitación a otra. Forzándose a contar
lentamente hasta cuatro con cada inhalación y exhalación.

Era principalmente el pasillo lo que daba problemas. Lo vasto, abierto, desconocido…


Las habitaciones individuales estaban contenidas. Manejables.

Pasó por todas las puertas abiertas del pasillo. Lo más cercano a algo útil que encontró en
cualquiera de ellas fue un atizador—el cual no podía tocar.

Desandó el camino hasta su habitación y se acurrucó en el sillón frente a la ventana.

Se sentía perdida. ¿Qué debería hacer?

Cerró los ojos.

Algo se revolvió en su interior. Necesitaba acercarse a Malfoy.

Era lo más parecido a una llave que tenía. Mientras permaneciera siendo un misterio, ella no
tendría ninguna manera de predecir cuales eran las maneras en las que era y no era cuidadoso.

Parecía meticuloso. Todo era irrompible. Un cuadro en cada habitación y baño. Pero nadie era
perfecto. Todo el mundo tenía alguna debilidad, y ella encontraría la de Malfoy y la usaría para
acabar con él.

Por supuesto, sería jugar al ratón y al gato.

Cualquier debilidad que descubriera, él la encontraría rápidamente en su cabeza. Si no sabía nada y


solamente trataba de ser impredecible, también lo encontraría en su mente. El truco sería llegar a
conocerlo suficientemente bien como para moverse más rápido de lo que él podía para detenerla.

La idea de estar cerca de él era aterradora.

Siseó entre dientes y se acurrucó más aún. Solo la idea de estar a la vista de Malfoy le causaba una
punzante sensación de horror que se deslizaba por su columna y se enroscaba en su espalda baja.

Enterró el rostro en el sillón.

Iba a hacerlo.

Lo haría.

Solo—aún no.

Necesitaba algunos días para reorientarse. Para separarse de los últimos cinco días que acababa de
soportar.

Quizá pasado mañana.

Malfoy no le dio tiempo de separarse o reorientarse. Entró en su habitación cuando ella estaba
terminando de comer el día siguiente, y se asustó tanto que casi gritó.

Él solo se quedó ahí, mirándola durante varios segundos, mientras ella asía el respaldo del sillón e
intentaba no encogerse de miedo.

¿Qué hacía él aquí? ¿Qué quería? ¿Iba a violarla otra vez?

Sus dedos se crisparon con espasmos mientras intentaba tranquilizarse.


Sus ojos pálidos y fríos se deslizaron sobre ella como si estuviera tomando nota de cada detalle.
Algo parpadeó en ellos cuando se dio cuenta de los espasmos de sus dedos. Se desvaneció
rápidamente en una atenta e inquebrantable frialdad.

Como una víbora, un instante antes de atacar.

“No has estado siguiendo las instrucciones,” dijo tras observarla algún tiempo.

Hermione le miró, perdida.

¿Se suponía que no debía ir a otras habitaciones? Nadie le había dicho que no podía. Él había dicho
que le estaba permitido salir de su habitación. Se dio cuenta mientras se le hacía un nudo en el
estómago—probablemente había sido un truco. Para tener la oportunidad de castigarla.

Sentía un nudo en la garganta mientras intentaba tragarse el terror y adivinar qué le haría Malfoy.

“Se supone que debes salir al exterior durante una hora todos los días,” aclaró, torciendo levemente
los labios. “Siendo que apenas sales de tu habitación, esas instrucciones están siendo aparentemente
ignoradas. No permitiré que tu inestabilidad mental interfiera con mi capacidad para obedecer a mi
Amo.”

Hizo un seco ademán hacia la puerta y luego se detuvo y la miró de nuevo.

“¿Tienes una capa?”

Hermione negó débilmente con la cabeza. Él hizo una mueca y puso los ojos en blanco.

“Me imagino que dejar que sufrieras congelaciones podría calificarse como negligencia y tortura,”
dijo con un suspiro. Sacó su varita y, con un ademán, convocó una pesada capa de color rojo
intenso, que hizo volar hacia ella.

“¡Ven!” Salió de la habitación hacia el pasillo.

Ella le siguió automáticamente y él le guió por la escalera principal y hasta una gran veranda de
mármol.

Hermione dio un grito ahogado al salir y sentir la brisa helada en su rostro. Se mordió el labio y
trató de calmarse mientras permanecía en la puerta.

Él se giró en seco.

“¿Qué?” preguntó, entrecerrando sus penetrantes ojos.

“No—no había estado en el exterior desde el día en que murió Harry,” dijo, con voz quebrada.
“Había olvidado—la sensación del viento.”

Él la miró durante unos segundos antes de resoplar.

“Una hora. Ve,” dijo, convocando una silla y un periódico de la nada.

Los ojos de Hermione fueron inmediatamente a los titulares que podía ver. Estaba tan privada de
información que le llamaron la atención más intensamente que la sensación de estar en el exterior.
¡Esfuerzo de repoblación en marcha! Proclamaba el titular.

Sintió algo retorcerse en su interior, y apretó los labios mientras desviaba la mirada. Malfoy se dio
cuenta.

“¿Quieres ver?” preguntó con un deje que le puso los pelos de punta. Escuchó el crujido del papel
desdoblándose y echó un vistazo par encontrar una foto de ella, inconsciente en una cama de
hospital, en la portada del Profeta.

Se quedó mirando, horrorizada.

“La Sangre Sucia de Potter se encuentra entre las primeras surrogadas elegidas por el Señor
Tenebroso para aumentar la población mágica,” era el encabezado.

Malfoy lo miró con una sonrisa de satisfacción.

“Mira, también me han incluido.” Su boca se torció en una sonrisa maliciosa y sus ojos brillaron
mientras señalaba una foto de él mismo algo más abajo. “Por si alguien en cualquier parte del
mundo quiere saber exactamente quien se te está follando y donde estás.”

Hermione sentía como si fuera a vomitar en la maceta de un abeto azul que había al lado de la
puerta.

“Pensé que era una trampa demasiado obvia,” añadió Malfoy con un suspiro, desviando la mirada y
reclinándose en la silla. Abrió el periódico con expresión de aburrimiento. “Por otra parte, tu
Resistencia nunca ha destacado por su inteligencia. Algo más sutil quizá les eludiría. El Señor
Tenebroso tiene la esperanza de que si aún queda alguien, se sentirá moralmente obligado a venir
corriendo a salvarte como a Potter le gustaba hacer.”

Oh dios…

El mundo entero sabía que Voldemort la había convertido en la esclava sexual de Malfoy para el
programa de repoblación. La estaban usando de cebo.

Hermione se tambaleó hacia atrás, sintiéndose débil. Necesitaba alejarse de Malfoy y su crueldad
antes de que le estallara la cabeza. Se tapó la boca con la mano mientras trastabillaba por el sendero
de grava.

“Si te pierdes en el laberinto, mandaré a mis perros para que te arrastren de vuelta.” La dura voz de
Malfoy parecía seguirla.

Ella corrió.

No había corrido en siglos, pero se había mantenido en forma en su celda. Todos los saltos y las
flexiones. Todo lo que había hecho para evadirse.

Necesitaba evadirse.

No podía pensar. Necesitaba moverse hasta que no pudiera más.

Corrió por el sendero hasta que se abrió en un camino. Siguió corriendo. Los imponentes setos la
estaban asfixiando.
Todo la estaba asfixiando.

Alzó las manos y se desabrochó la capa que Malfoy le había dado. Sintió cómo el viento se la
arrancaba.

Prefería morirse de frío.

Corrió y corrió hasta que los setos terminaron y el camino continuaba a lo largo de grandes campos.
Siguió adelante. Porque si paraba, pensaría. Si pensaba, lloraría. No podía llorar. No hasta que
hubiera encontrado una manera de escapar y evitar que cualquier miembro superviviente de la
Resistencia intentara salvarla.

Oh dios.

Oh dios…

Finalmente, se detuvo.

Sus pulmones estaban ardiendo. La punzante, abrasadora necesidad de oxígeno era intensa mientras
su pecho subía y bajaba. Su cuerpo entero estaba cubierto de sudor que rápidamente se volvió de un
frío cortante en su piel. Un fuerte dolor le apuñalaba el costado. Sus zapatos estaban destrozados.
Sus faldas llenas de barro.

Se quedó ahí, jadeando, y se volvió para inspeccionar donde se encontraba.

La finca de Malfoy parecía no tener final. Colinas grises de hierba muerta de invierno y oscuros
cúmulos de árboles sin hojas en la distancia, todo frente a un cielo gris.

Parecía como si todo el color hubiera sido drenado del mundo. Excepto ella. Se alzaba en rojo
escarlata. Marcada contra el monocromo.

Se tapó la boca con las manos mientras jadeaba.

Cuando su pecho finalmente se relajó, se volvió gradualmente consciente del frío que tenía. Había
un fuerte viento que cortaba a través de las finas ropas que llevaba. Las manos se le estaban
poniendo completamente blancas. Las mejillas y la punta de la nariz le empezaban a doler. Sentía
un frío glacial en los dedos de los pies que empezaba a irradiarse por sus piernas mientras el agua
empapaba sus zapatos y sus medias.

Se dio la vuelta para mirar de donde había venido. Los setos se veían pequeños en la distancia.

Se apretó las frías manos contra los ojos durante varios minutos. Intentando pensar.

No pasaba nada.

Nada nuevo. Nada más que pudiera hacer.

Su plan seguía siendo el mismo. Nada había cambiado.

Su situación era exactamente la misma que la noche anterior. La única diferencia era que su
conocimiento sobre la misma se había ampliado un poco. Sus opciones eran igual de limitadas;
simplemente había más en juego.
Se volvió lentamente.

Dudaba que Malfoy realmente fuera a enviar perros tras ella. Ser atacada y herida por una jauría de
perros de caza interferiría potencialmente con su capacidad para procrear.

Se preguntó distraídamente si las esposas le permitirían defenderse contra el ataque de un animal.


Si estuviera realmente desesperada por morir, quizá podría arrojarse en el camino de alguna criatura
letal. Alguien tan miserable como Malfoy podría tener algo como una mantícora guardada en su
finca. O quizá, si hubiera trampas para sus posibles salvadores, podría caer en una de ellas.

Le castañeaban los dientes mientras volvía por el camino hacia los setos. Estaba demasiado cansada
como para correr de nuevo e intentar entrar en calor.

Se encogió y siguió adelante.

No se le había ocurrido que Voldemort publicitaría el programa de repoblación. En retrospectiva,


era obvio. No era un secreto que se pudiera guardar fácilmente cuando se estaban distribuyendo
surrogadas a setenta y dos de las familias de magos más poderosas de Gran Bretaña. Mejor que se
supiera abiertamente.

Se preguntó distraídamente cómo se sentiría Malfoy al ser relacionado públicamente con ella. La
Sangre Sucia que había odiado tanto en la escuela, ahora destinada a ser la madre de sus hijos. Todo
el mundo lo sabría.

Era tan ciegamente obediente hacia cualquier cosa que su Amo quisiera, que probablemente lo
racionalizaría de alguna manera. Se burló para sí misma con desdén.

La cantidad de maneras en que Hermione podía odiarlo era increíble. Cada vez que lo veía, era
como si encontrara un nuevo aspecto de su persona que añadir a la lista de razones por las que
merecía una muerte lenta y cruel.

Las afiladas rocas del camino de grava eventualmente atravesaron sus zapatos. Sus pies
comenzaron a sangrar cuando estaba alcanzando los setos. Se quitó los inútiles zapatos y los lanzó
a un tejo, donde se quedaron. El rojo embarrado destacaba intensamente.

Siguió adelante, temblando.

Cuando por fin llegó de vuelta a la mansión y dobló la esquina, se encontró con que Malfoy aún
estaba ahí, leyendo un libro. Su periódico echado a un lado.

Se detuvo, vacilante. No quería interactuar con él, pero tenía un frío terrible. No sabía de qué otra
forma podía entrar.

El movimiento de color llamó la atención de Malfoy. Alzó bruscamente la mirada y la observó, con
aspecto levemente horrorizado al ver su apariencia desaliñada. Entonces alzó una ceja y esbozó una
sonrisa de suficiencia.

“Tomándote en serio tu estatus, por lo que veo. Rojo sangre y sucia*.” Rio entre dientes por un
momento antes de que su expresión se endureciera. “No debiste haber perdido la capa. Aún te
quedan,” echó un vistazo a su reloj, “diez minutos antes de que se te permita entrar.”
Hermione se encogió miserablemente y volvió a la pared de la mansión. Encontró un hueco que
estaba algo resguardado del viento y se acurrucó contra el edificio hecha un ovillo. Intentando
conservar el calor corporal.

Tenía mucho frío.

El temblor había cesado, y le estaba entrando un sueño terrible.

Lo cual, comprendió vagamente, indicaba hipotermia.

Hermione nunca había tratado hipotermia real durante la guerra. Solo la variedad que daban los
dementores.

La hipotermia no era algo que tendieran a sufrir los magos. Los encantamientos calentadores eran
tan fáciles que la mayoría de los de primer año podían realizarlos. La ropa página normalmente
tenía los encantamientos incluidos.

Debería ir a decirle a Malfoy que su temperatura corporal estaba bajando peligrosamente.

Pero—si esperaba… quizá moriría de ello.

Eso solucionaría todos sus problemas.

Se acurrucó más cerca de la pared de la mansión y cerró los ojos. Respirando de forma superficial.

Todo se volvió reconfortantemente borroso.

“Creativo.” La dura voz de Malfoy invadió la niebla en su mente.

Algo desagradablemente cálido golpeó su cuerpo entero. Sobresaltada, Hermione soltó un grito. Se
dio cuenta después de un momento de que Malfoy le había lanzado un hechizo calentador. El
contraste dramático de temperatura había sido físicamente doloroso cuando la magia del hechizo
chocó contra su piel.

Malfoy ya estaba alejándose con paso airado cuando ella alzó la mirada.

Maldito cabrón. La había calentado lo suficiente como para contrarrestar la hipotermia pero no lo
suficiente como para aliviar el frío terrible que sentía.

Se apiñó contra la mansión y trató de adivinar cuando habían pasado diez minutos. Las manos y
pies le dolían hasta los huesos por el frío.

Se arrepentía mucho de haberse quitado la capa. Al parecer aún le quedaba algo de impulsividad de
Gryffindor. La justa para permitirle hacer cosas estúpidas de vez en cuando. Ahora que la rabia y el
horror se habían atenuado un poco, era capaz de reconocer su idiotez un poco más.

Tratar de vengarse de Malfoy rechazando el cuidado que estaba obligado a proporcionarle no le


estaba haciendo daño a nadie más que a ella misma. Era como negarse a comer. Debilitarse a sí
misma para demostrarle que aún podía ser obstinada era exactamente lo contrario de lo que debería
estar haciendo. Malfoy no se iba a volver descuidado si pensaba que aún tenía ganas de luchar.

Se estaba tirando piedras a su propio tejado.


Gimió y golpeó la cabeza contra la pared de la mansión.

Un minuto después el crujido de la grava le llamó la atención. Alzó la mirada y vio a Malfoy
acercándose a ella de nuevo.

Su rostro era tan frío como el viento.

Extendió la mano y dejó caer la capa de Hermione a sus pies.

“La has encontrado,” dijo ella, mirando hacia abajo.

“Magia. El hechizo Accio es bastante útil para los que aún podemos usarlo,” dijo, con una sonrisa
cruel. “¿Vas a levantarte, o voy a tener que arrastrarte? Tengo más cosas que hacer aparte de
simplemente monitorearte. Hay muchos Muggles que aún siguen vivos. También hay unos cuantos
elfos domésticos a los que no he apaleado últimamente.” Le sonrió débilmente.

Hermione se mordió la lengua. Recogiendo la capa, se puso en pie y se envolvió con ella. Él se giró
sobre los talones y volvió a la veranda. Se detuvo en la puerta y esperó a que lo alcanzara.

Cuando lo alcanzó, Hermione se dio cuenta de que había palidecido levemente y estaba mirando el
suelo tras ella. Ella se dio la vuelta y vio que había dejado huellas de sangre por el mármol blanco.
Él se puso contemplativo mientras las inspeccionaba.

“¿Te sorprende que nuestra sangre sea igual?” preguntó ella, con voz suave.

Él rio con desdén.

“Todas las sangres parecen iguales. Mis perros sangran del mismo color. Igual que mis elfos
domésticos. La pregunta de la superioridad se responde con el poder. Dado que soy el amo de los
perros, los elfos, y el tuyo, considero que la respuesta a esa pregunta está suficientemente clara.”

“Y aún así soy la que debe darte herederos,” dijo Hermione, mirándole a los ojos con su propia
expresión fría.

“Eso se debe a una falta de Astoria, no mía,” dijo, enseñando levemente los dientes. Sacó la varita e
hizo desaparecer la sangre del mármol. Entonces suspiró y puso los ojos en blanco.

“Supongo que no puedo dejar que arruines las alfombras, a pesar de lo entretenido que sería dejarte
sangrando.”

Hizo un movimiento de varita hacia sus pies y los limpió antes de lanzar una serie de descuidados
hechizos de sanación. Después hizo desaparecer el barro que manchaba sus faldas.

“Confío en que tu cerebro aún funcione lo suficiente como para encontrar el camino de vuelta a tu
habitación. Si no, puedes dormir en el suelo.” Desapareció con un crujido.

Hermione se quedó sola ante la puerta durante unos segundos. Estaba helada pero—

Con un movimiento rápido cogió la copia del Profeta que estaba en el suelo. Deslizándose por la
puerta, se desplazó lo suficiente como para refugiarse del frío antes de abrirlo rápidamente y
comenzar a devorar hasta el más mínimo pedazo de información que contenía.
Chapter End Notes

*Juego de palabras en ingles. Sangre Sucia (Mudblood), mud (barro), blood (sangre).
Capítulo 8

¡El esfuerzo de repoblación está en marcha!

“La Sangre Sucia de Potter se encuentra entre las primeras subrogadas elegidas por el Señor
Tenebroso para aumentar la población mágica.”

Hermione siguió leyendo.

“La primera fase del intento de repoblación ha comenzado. Las subrogadas mestizas y Sangre
Sucia aptas han sido asignadas a varias de las familias de magos más eminentes de Gran Bretaña
con la esperanza de aumentar la población mágica. Las asignaciones han sido aprobadas
personalmente por el mismo Señor Tenebroso tras consultar a la Sanadora Lydia Stroud, quien ha
dedicado su carrera a especializarse en genética mágica y fertilidad en magos.

La más destacada entre las subrogadas es la Sangre Sucia Hermione Granger, la última miembro
superviviente de la célula terrorista conocida como La Orden del Fénix. Esta bruja ha gozado
desde joven de una reputación debido a sus asociaciones románticas con magos famosos. Esto ha
destacado especialmente en 1994, no solo con uno si no con dos campeones del Torneo de los Tres
Magos, Harry Potter y Viktor Krum. Ahora quizá haya conseguido meterse en la cama de su mago
más poderoso hasta ahora.

Draco Malfoy, notablemente afamado por el asesinato del Hechicero Albus Dumbledore a la
temprana edad de dieciséis años, es desde hace tiempo un Mortífago muy apreciado. El Profeta ha
confirmado con varias fuentes que la subrogada Granger fue enviada a la Mansión de los Malfoy
hace tan solo una semana. Desde que Lucius Malfoy renunció a su título de Lord para cedérselo a
su hijo tras la muerte de Narcissa Malfoy en 2001, el linaje familiar ha permanecido sin un
heredero sucesor.

Desafortunadamente el joven Señor Malfoy no podrá encariñarse demasiado con la traidora que le
calienta la cama. Cuando haya producido tres herederos para los Malfoy, la Sanadora Stroud
confirma que la subrogada Granger será transferida a otra familia de magos de sangre pura para
continuar ayudando a diversificar la sangre mágica de Gran Bretaña.

Si los resultados del intento de diversificación son tan exitosos como se anticipa, la Sanadora
Stroud espera que dichos intentos comiencen a funcionar a lo largo de la Europa mágica en el
plazo de un año…”

Así que Malfoy era quien había matado a Dumbledore. Otro nombre en la lista de aquellos
asesinados por el Oficial Supremo.

Lucius aún seguía vivo en alguna parte.

No se mencionaba a las otras mujeres en el programa de gestación. Los ojos de Hermione pasaron
rápidamente por el resto de columnas, recopilando cada pedazo de información.

La siguiente columna catalogaba las ejecuciones en Gran Bretaña que habían sido llevadas a cabo
por el Oficial Supremo. Había una fotografía. Varios hombres y mujeres desdichados estaban
arrodillados en una plataforma. Tras ellos, con túnica negra y una máscara ornamentada, se
encontraba el Oficial Supremo. En la fotografía, sacaba la varita y, con un movimiento casual,
mataba a la primera persona. Apenas le dirigió al cuerpo caído una mirada antes de lanzar una
segunda maldición a la siguiente persona. El bucle de la imagen duraba apenas unos segundos, pero
Malfoy mataba a tres personas ante de que volviera a empezar.

Hermione observó. Asimilando cada detalle.

Saber que era Malfoy hacía que fuera muy obvio que era Malfoy. La postura elegante de aire
despreocupado. El indolente movimiento de varita. La frialdad letal que parecía irradiar de él.

Sin embargo, ni el artículo sobre el esfuerzo de repoblación ni la columna sobre las ejecuciones
hacían ninguna referencia al hecho de que Malfoy era el Oficial Supremo. Como si el título y su
portador estuvieran separados.

El anonimato era desconcertante. El periódico ni siquiera hacía ninguna especulación sobre la


identidad del Oficial Supremo. Como si no estuviera permitido escribir algo así.

Hermione meditó sobre este hecho.

El Oficial Supremo era la mano derecha de Voldemort, aparentemente su representante. Hermione


se preguntaba si el anonimato era interés de Voldemort o de Malfoy. Sospechaba que
probablemente era de Voldemort. El Señor Tenebroso tenía una marioneta excepcionalmente
poderosa. Incluso Voldemort, cuando mató a Harry, no lanzó la maldición asesina con tanta rapidez
y tan poco esfuerzo.

No sería bueno para él darle a Malfoy la oportunidad de reunir sus propios seguidores, acumular
poder personal y entonces tratar de derrocar a su Amo. Forzar a Malfoy a permanecer anónimo tras
su título—solo permitiendo que sea conocimiento de los Mortífagos y otros siervos de confianza—
era probablemente una manera de controlarlo.

Voldemort estaba manteniendo bastante cerca a Malfoy.

Quizá Malfoy tenía ambiciones secretas que preocupaban al Señor Tenebroso.

Esto también convertía a Malfoy en la trampa perfecta para los guerreros de la Resistencia. Si
alguien tratara de salvar a Hermione, asumiría que iba a atacar a un mimado Mortífago de segunda.
No tendrían ni idea de que estarían poniéndose al alcance del Oficial Supremo, el mas infamemente
letal siervo de Voldemort.

Hermione leyó por encima el resto del periódico. Europa de norte aún no estaba bajo el control de
los Mortífagos. Voldemort estaba siendo muy agresivo en su intento de someter a los países
escandinavos. Al parecer los vampiros, arpías, y otras criaturas Oscuras que habían traído a Gran
Bretaña durante la guerra habían sido desplazados a Europa del norte a lo largo de los últimos
meses.

No se hacía mención a la insurrección de Rumanía. Ni a ningún miembro de la Orden que siguiera


luchando.

Pius Thicknesse era aún el Ministro de Magia. Había un Torneo de los Tres Magos planeado para el
año siguiente. Varias páginas estaban dedicadas a partidos de Quidditch internacionales.
Aparentemente el entretenimiento deportivo conservaba su encanto incluso bajo un régimen
distópico.
El resto del periódico estaba compuesto por páginas de sociedad.

Astoria Malfoy era toda una aristócrata. Asistía a todos los eventos, compraba mesas en actos
benéficos, y donaba generosamente a memoriales de la guerra. Malfoy se encontraba casi del todo
ausente de las páginas de sociedad, solo acompañando a su esposa ocasionalmente.

Hermione leyó cada palabra, incluidos los anuncios. Buscando pistas. Leyendo entre líneas.
Cualquier cosa que pudiera no ser dicha sino implicada.

Si tales cosas se incluían en las noticias, Hermione ignoraba los eventos actuales demasiado como
para detectarlas.

Al final volvió a doblar el periódico con cuidado con sus dedos agarrotados y lo colocó de nuevo
donde había sido abandonado en la veranda.

Se masajeó las manos heladas mientras entraba corriendo a la mansión.

No estaba, sorprendentemente, teniendo un ataque de ansiedad por deambular sola. Quizá era que
estaba demasiado distraída por el frío. Cruzó los dedos.

El camino de vuelta a su habitación era simple. El momento en el que estuvo de vuelta en ella,
corrió hacia el baño y abrió el grifo de agua fría. Dejó que le corriera por las manos entumecidas
hasta que poco a poco comenzó a sentirlas de nuevo y el agua dejó de parecer caliente. Entonces
abrió los grifos de la bañera y se preparó un baño caliente.

Se hundió en el agua con un suspiro, saboreando el alivio del dolor de su cuerpo congelado. Se
frotó los pies y los tobillos hasta que los últimos rastros de suciedad desaparecieron.

Después de haber vivido en una celda durante tanto tiempo, nunca más volvería a dar el estar
limpia por sentado. No sabía si algún día superaría la recién descubierta emoción de poder
sumergirse hasta el cuello en una gran cantidad de agua. Era el único punto culminante de su
existencia ahora mismo.

No se podía decir lo mismo de la comida. La cual, aunque los ingredientes eran claramente caros,
estaba destinada a ser puramente nutricional. No sabía mucho de dietas pre-embarazo, pero no veía
por qué solo le permitían comer verduras recocidas sin salsa y sin sal, pan de centeno con
mantequilla sin sal, y carne hervida y huevos pochados (también sin sal). Mataría por una bolsa de
patatas fritas.

Mientras estaba sentada en el agua, templándose poco a poco, pensó en la revelación del día.

Su “subrogacía” bajo la atenta mirada de Malfoy estaba siendo utilizada como un cebo.

El provocativo y atrayente lenguaje de la primera página era enfurecedor. Un tono equilibrado de


manera precisa, buscando simultáneamente deshumanizar a Hermione con el fin de evitar la
compasión del público general y tratar de suscitar la indignación frente al ultraje entre cualquier
simpatizante.

Hermione se preguntó que clase de medidas se habían instalado para atrapar a posibles salvadores.
¿Había más Mortífagos instalados en la Mansión de los Malfoy? ¿O se suponía que el Oficial
Supremo era suficientemente capaz de ocuparse personalmente de quien viniera?
Si se tratara del primer caso, Hermione tendría que mantenerse en guardia e intentar descubrirlos.
Supondrían una complejidad añadida a su huida—a menos que pudiera de alguna manera ganarse
su compasión. O quizá engañar a alguno para que la matara si se diera el caso. Un plan dudoso y
bastante ambicioso, dado que Malfoy probablemente encontraría la idea en su mente mucho antes
de que tuviera oportunidad de llevarla a cabo.

Si solo fuera Malfoy, bueno, sería un indicio preocupante de la confianza de Voldemort en las dotes
de Malfoy.

¿Cómo de peligroso era Malfoy?

Hermione apoyó la cabeza en sus rodillas e intentó recordar con más claridad las circunstancias de
la muerte de Dumbledore hacía casi ocho años. Los detalles eran—borrosos.

Cerró los ojos con fuerza y luchó por recordar.

Había ocurrido el primer mes de sexto año. Las alarmas se habían activado en los pasillos cuando
se había usado la Maldición Asesina. El castillo se había llenado de Polvo Peruano de Oscuridad
Instantánea y estudiantes corriendo y gritando. Cuando la oscuridad finalmente se disipó,
aparecieron docenas de estudiantes heridos y en pánico, y el cuerpo sin vida de Dumbledore. Lo
habían pisoteado en el caos.

Estudiantes de Hufflepuff y Slytherin de primer año acababan de volver al castillo de una clase de
Herbología. Eran los únicos que habían visto algo. Las declaraciones eran contradictorias.

Dumbledore había pasado por ahí. Había un estudiante más mayor en el pasillo. Quizá dos. Varón.
De Ravenclaw. De Slytherin. De Gryffindor. De Hufflepuff. Cormac McLaggen. Adrian Pucey.
Colin Creevey. Ernie Macmillan. Draco Malfoy. Zacharias Smith. Anthony Goldstein.

Los de primer año no reconocían a muchos veteranos después de solamente tres semanas de curso.
El consenso general era que había sido alguien rubio.

Escucharon una maldición. Luego oscuridad. Algunos decían que había sido al revés. Primero la
oscuridad y luego la maldición. Todos estaban corriendo y gritando. Nadie podía ver nada. Todas
las alarmas chillaban.

Cuando se disipó la oscuridad, los profesores convocaron a todos en el Gran Comedor. El


Departamento de Seguridad Mágica llegó para entrevistar a los estudiantes y examinar el cuerpo.

La autopsia concluyó que la causa de muerte había sido una Maldición Asesina por la espalda. No
se detectó más magia reciente.

Había habido algo más—algo sobre la mano de Dumbledore—

Hermione trató de recordarlo desesperadamente. Tenía la sensación de que era un detalle


importante. El recuerdo bailaba fuera de su alcance.

Todos los estudiantes más mayores mencionados por los estudiantes de primer año fueron
interrogados y declarados libres de sospecha. Todos menos Draco Malfoy. Estaba ausente. Se le
buscó por el castillo y los alrededores. Había desaparecido.
Se enviaron aurores a la Mansión de los Malfoy y la encontraron impenetrable. Se le declaró
presuntamente culpable. Si había lanzado personalmente la maldición, contado con ayuda, y por
qué lo había hecho eran preguntas que permanecían sin respuesta.

La Orden había supuesto que había sido un intento de redimir a la Familia Malfoy después del
fracaso y posterior encarcelamiento de Lucius tras la batalla en el Departamento de Misterios.

Hermione no recordaba si se había confirmado que Malfoy había matado a Dumbledore. Después
de que los Mortífagos tomaran el control del Ministerio de Magia seis meses más tarde, había sido
complicado conseguir buena información. El Profeta se convirtió inmediatamente y por completo
en una máquina de propaganda.

¿Se había confirmado? No lo recordaba.

La incapacidad de Hermione para recordarlo no tenía sentido. Ni siquiera tenía forma de detectar
dónde estaban los huecos en su memoria. Hasta que no se le planteaba una pregunta, no se daba
cuenta de lo que faltaba.

Cuando intentaba revisar sus recuerdos con magia, era como caminar por alquitrán. Agotador. Casi
fútil. Si empleaba algo más que el mínimo retazo de magia en el intento, las esposas se activaban y
lo absorbían todo.

El sentido más claro que tenía de dónde estaban los recuerdos perdidos venía de los varios intentos
de Voldemort, Snape y Malfoy de acceder a ellos.

El dolor, shock y trauma había difuminado los detalles. Daba la sensación de que había unos pocos
recuerdos perdidos dispersos a lo largo de la guerra pero la mayoría se concentraban en el último
año, justo hasta su encarcelamiento.

Los huecos en su memoria desgarraban algo dentro de Hermione. Estaba desesperada por saber qué
era lo que faltaba pero aterrada de recuperar la información. La hacía sentir como si caminara por
un campo de minas. No tenía ni idea de cuál podía ser un paso en falso.

Tratar de aceptar la pérdida de información—de entendimiento—era una sensación de amargo


veneno en su interior.

¿Por qué habían perdido la guerra?

¿No podía recordar por lo menos eso?

Era como si Malfoy y ella estuvieran jugando a un juego de ajedrez, pero solo él pudiera ver el
tablero.

Necesitaba desesperadamente cualquier pedacito de información.

Tan pronto como ella supiera algo también lo harían sus enemigos. Su ignorancia era tanto un
escudo como un arma. Le estaba ganando tiempo para escapar, pero podía volverse contra ella en
cualquier momento.

Lo sentía como la espada de Damocles sobre su cabeza.

El agua le había arrugado las yemas de los dedos cuando al fin salió de la bañera. Estaba agotada.
Se arrastró a la cama y abrazó una almohada.
Su mente era un torbellino, lleno de preguntas para las que no tenía respuesta.

Al día siguiente, Malfoy se apareció de nuevo después de la comida.

A Hermione se le encogió el corazón, pero cogió su capa y lo siguió dócilmente. Solo de caminar
tras él se le aceleraba el corazón. Se preguntaba si él podía sentirlo a través de lo que fuera que
usaba para monitorizarla.

Cuando llegaron a la veranda, Malfoy convocó una silla y se sentó, abriendo un periódico. En la
primera página se veía un artículo sobre un nuevo monumento en honor a Voldemort. La había
desvelado en el Callejón Diagón. Hermione se quedó, vacilante, en la puerta, preguntándose a
dónde ir.

Miró de reojo a Malfoy y comenzó a abrir la boca para hacerle una pregunta, pero era como si su
cuerpo se la tragara antes de que pudiera sacar las palabras.

Callada.

No podía iniciar conversación.

Miró amargamente hacia el laberinto. Suponía que se pondría a vagar sin rumbo.

Comenzó a caminar, pero mientras lo hacía, un ligero sentimiento de incomodidad le trepó por la
espalda. Alzó la mirada, y observó el cielo amplio y gris…

Sintió que el corazón se le paraba de repente.

Era como si todo el oxígeno y el sonido que existían hubieran sido aspirados de repente, y quedara
solamente un inmenso vacío infinito frente a ella.

No había aire.

Sentía que se estaba asfixiando. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Más y más rápido. Podía
oírlo.

Podía ver los escalones. La grava. Los setos.

Parecía…

Nada.

Como si el universo terminara a sus pies.

Si daba un paso hacia delante, caería al vacío.

Se quedó paralizada. Intentó moverse pero solo temblaba y no podía. Se mordió el labio. Tratando
de respirar. Tratando de obligarse a caminar hacia delante.

Era tan—abierto.

Cerró los ojos.

Solo estaba en su cabeza. Solo estaba en su cabeza.


Luchó por respirar. Tomando aire en una serie de secos jadeos, esforzándose por pensar.

Había estado bien el día anterior. Había estado tan horrorizada y enfadada. Había corrido varias
millas. Pero ahora—

No podía—

Era demasiado.

No recordaba el mundo tan amplio antes. El cielo estaba tan… alto. Los caminos no acababan
nunca. No sabía dónde acababan.

Sus manos empezaron a temblar y crisparse mientras pensaba en ello. Se encontraba muy mal.

Quería volver a su habitación.

Quería apretarse en un rincón y sentir paredes contra su cuerpo.

Bajó la mirada a sus pies y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. El pánico se alzaba en ella
como la marea. Su corazón cada vez latía más rápido. Parecía un pajarito asustado enjaulado dentro
de su pecho, golpeándose hasta la muerte mientras trataba de escapar.

Hermione se tapó la boca con las manos intentando no hiperventilar.

Un claro sonido le llamó la atención, y miró para encontrar que Malfoy estaba aferrando el
periódico con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Le temblaban las manos.

Ella soltó un grito ahogado y se tambaleó.

“Lo siento—lo siento--,” tartamudeó, aterrorizada. “Ya voy—“

Solo pudo dar un par de pasos hasta que sus piernas se negaron a llevarla más lejos.

Le daba miedo estar cerca de Malfoy, pero ni siquiera él superaba el terror que la invadía cuando
trataba de caminar hacia delante. Le daba la sensación de que le habían presionado todo el aire
fuera de los pulmones. Abrió la boca y jadeó en busca de aire. No podía meterlo.

El terror se estaba apoderando de ella como si una criatura hubiera deslizado las garras por su
espalda. Clavándoselas a lo largo de la columna. Desgarrándole la piel. Dejando expuestos los
músculos y nervios y huesos al frio aire del invierno, y ella se moría.

No podía respirar.

Parecía que el mundo se estaba inclinando.

Agujas se le clavaban en las manos y los brazos.

Todo lo que podía ver era la amplitud—

No podía dejar de temblar. No podía calmar el pánico. No podía ir—

Era tan amplio. Un vacío. Nada. Nada. Para siempre. Estaba completamente sola.

Ni siquiera había paredes. Nada.


Podría gritar para siempre. Ni un sonido.

Nadie vendría.

Había una oscuridad que se comía el cielo.

Después no habría nada.

Nadie vendría.

No podía—

“Basta,” rugió alguien detrás de ella.

La realidad se estrelló contra ella. Se sobresaltó y se dio la vuelta. Malfoy estaba pálido, y sus ojos
relampagueaban mientras la miraba.

“Se te exige salir al exterior. No se te exige que vayas deambulando por ahí. No te provoques una
crisis nerviosa que comprometa mi acceso a tus recuerdos.”

Se le desencajó el rostro levemente mientras la miraba. Sacando la varita, convocó otra silla.

“Siéntate. Y tranquilízate,” ordenó con tono gélido.

Hermione inspiró profundamente y dejó que sus pies la llevaran. Intentando no darle vueltas al
alivio que la invadía. Se sentó y bajó la mirada a sus manos mientras trataba de recuperar el control
de su respiración.

Estaba en una silla. Estaba en una silla junto a Malfoy. No estaba en un vacío. No había ningún
vacío. Había mármol bajo sus pies. No tenía que ir a ninguna parte. Estaba en una silla.

Inspiró lentamente. A la cuenta de cuatro.

Exhalar, por la boca. A la cuenta de seis.

Dentro y fuera.

Una y otra vez.

Estaba en una silla. No tenía que ir a ninguna parte.

Su corazón comenzó a latir más despacio, poco a poco, pero le dolía todo el pecho.

Una vez el temblor de su pecho cesó, intentó que sus dedos dejaran de crisparse. No paraban, así
que se sentó encima de ellos.

Cuando su mente se aclaró del todo de pánico, un latigazo de amarga desesperación la golpeó.

Estaba rota.

Lo estaba.

No tenía sentido intentar negarlo.


Mentalmente, algo se había fracturado en su interior durante su encarcelamiento, y no sabía cómo
arreglarlo. No podía superarlo a base de razonar. Se la estaba tragando desde dentro.

Bajó la mirada a su regazo. Se le deslizaron las lágrimas desde los ojos, por las mejillas y los labios
antes de caer. El viento cortante hacía que las sintiera como hielo en la piel. Se las secó y se
envolvió más en su capa, subiéndose la capucha.

La capa casi la estaba sofocando del calor que daba, pero Hermione estaba fría del horror, sentada
en silencio en la veranda. Intentando pensar.

Había estado bien. Ayer. Había estado bien. ¿Por qué? ¿Por qué no le había afectado entonces?

Algún tipo de agorafobia. Debía ser eso. De alguna manera, en la celda sin luz o sonido o tiempo,
se había aferrado a la seguridad de las paredes. La contención se había convertido en la única
constante en su vida. Así que ahora, cuando se libraba de la urgencia del horror de su situación en
ese momento; cuando tenía tiempo para pensar…

La sensación de amplitud le producía un miedo que se la tragaba.

El exterior era mucho peor que el pasillo.

Quizá era solo que no estaba preparada. Quizá ahora que lo sabía, sería capaz de superar el pánico.
Si se ponía metas razonables: Bajar los escalones. Caminar por la grava. Ir hasta el laberinto.

Si se marcaba el ritmo.

Desde luego, no iba a ir perdiéndose por el laberinto en un futuro cercano.

Se le hizo un nudo en el estómago. Su plazo para escapar seguía alargándose. Ni siquiera había
tenido la oportunidad de investigar sus opciones para huir. Cuanto más tardase—

Podría quedar embarazada.

Ya podría estar embarazada. Si no lo estuviese, cada mes adicional que se le ordenara ponerse
encima de esa mesa aumentaba las posibilidades de que lo estuviera.

Quería llorar.

Miró de reojo a Malfoy, que estaba inspeccionando ávidamente los resultados del Quidditch.

¿Qué información se suponía que iba a poder aprender sobre él? Lo único que hacía era estar
furioso y leer y luego irse por ahí a asesinar gente.

Nunca iba a escapar. Probablemente iba a morir en la finca.

Lo observó con desesperanza.

Solo era frío. Iracundo.

Una furia helada parecía estar suspendida sobre él. Podía sentir la Magia Negra enroscándose
alrededor de su silueta.
¿A quién odiaba tanto? ¿Era como Lucius, culpaba a la Orden por la muerte de Narcissa? ¿Todas
esas maldiciones asesinas eran venganza? ¿Era eso lo que alimentaba su ascensión?

Todo en él había cambiado. No parecía quedar ni rastro del chico que había conocido hacía tantos
años.

Había crecido, era más alto y ancho de hombros. La arrogancia de sus días en la escuela había
desaparecido, reemplazándose por una palpable sensación de poder. Una mortífera confianza.

Su rostro había perdido todo vestigio de la niñez. Era cruelmente hermoso. Sus afilados rasgos
aristocráticos formaban una expresión dura e implacable. Sus ojos grises eran como puñales. Su
pelo aún de ese pálido, casi blanco rubio, echado despreocupadamente hacia un lado.

Su aspecto era, en cada centímetro, el de un indolente Lord Inglés. Excepto por la casi inhumana
frialdad. Si la hoja de un asesino se hiciera humana, tomaría la forma de Draco Malfoy.

Lo observó. Atentamente.

Hermoso y atormentado. Un ángel caído.

O quizá, el Ángel de la Muerte.

Mientras lo estudiaba, él cerró el periódico de golpe y la miró. Sus miradas se encontraron por un
momento antes de que ella desviara la vista.

“¿Qué es lo que te pasa?” preguntó después de mirarla durante varios segundos.

Ella se ruborizó y no respondió.

“Si no me lo dices, simplemente te lo sacaré la respuesta de la mente.” dijo.

Hermione intentó no encogerse por la amenaza. Miró firmemente al laberinto.

“Creo—creo que se llama agorafobia,” dijo tras respirar hondo un par de veces. “Algo sobre—
sobre los espacios abiertos me hace entrar en pánico.”

“¿Por qué?”

“No lo se. No es como si fuera racional,” dijo amargamente mientras miraba la costura de su capa.
Las puntadas uniformes eran algo seguro a lo que mirar. Algo predecible. Algo que tenía sentido.
Algo que no era como su mente irracional.

“Tienes alguna teoría, estoy seguro,” dijo con tono desafiante. Como si la estuviera retando a
negarse a contárselo, para que pudiera entrar a la fuerza en su mente y conseguir la respuesta él
mismo.

Se sintió tentada a mentir, pero no tendría sentido. Sin duda entraría en su mente antes de que ella
pudiera escapar. Si no se lo decía ahora, lo sabría mañana, o el día siguiente. O cuando fuera que
decidiese investigar sus pensamientos de nuevo.

“Probablemente es por estar en esa celda tanto tiempo,” dijo después de un minuto. “No había nada
—era como un vacío. Todos estaban muertos. Nadie iba a venir a por mí. Solo estaba ahí, y ni
siquiera sabía cuánto tiempo había pasado. Las paredes—eran lo único real. Supongo que—acabé
por depender de ellas. Así que ahora—cuando intento ir a algún lado, y no sé—no se dónde lleva…
No se. No puedo—es como si—,” le costaba describir el terror. “Es como si—estuviera abandonada
otra vez. Todo el mundo está muerto, y yo estoy sola—Y puedo manejarlo cuando mi mundo es
pequeño—pero cuando recuerdo lo grande que es—no puedo. No puedo—“

Se le quebró la voz. No sabía como describirlo. Las palabras no eran suficientes para captar la
irracional complejidad. Desvió la mirada, perdida.

La expresión de Malfoy parecía endurecerse mientras ella hablaba.

“¿Y ayer?”

“No lo se. Supongo que el horror superó el miedo.”

Permaneció en silencio por un momento antes de resoplar por lo bajo y reclinarse en la silla,
observándola.

“He de admitir que cuando me enteré de que eras tu a quien me iban a mandar, estaba deseando ser
el que finalmente te quebrara,” dijo, y se inclinó hacia ella con una cruel sonrisa. “Pero dudo que
sea posible superar lo que te has hecho a ti misma. Es bastante decepcionante.”

“Estoy segura de que aun así lo intentarás,” dijo ella, mirándole a los ojos. Sabía que el desaliento
estaba grabado en su rostro, pero no tenía sentido tratar de ocultarlo.

Sus ojos grises destellaron al verlo.


Capítulo 9

Malfoy no le habló de nuevo en lo que quedaba de hora. Sacó un libro de su capa y empezó a
leerlo, aparentemente inmune al frío penetrante.

Hermione cerró los ojos durante unos minutos y trató de obligar a su corazón a dejar de latir tan
fuerte tan solo de mirar al cielo.

Iba a superarlo.

Costara lo que costase.

Los días se desdibujaban entre ellos.

Malfoy aparecía todos los días, justo después de la comida, y la guiaba hasta la veranda. Una vez
allí, Normalmente la ignoraba, leyendo El Profeta o algún libro. Hermione se movía por la veranda,
intentando encontrar el valor de ir más lejos. Podía bajar los escalones de mármol, pero se quedaba
paralizada antes de alcanzar la grava.

A diferencia del pasillo, no parecía poder superarlo. Había una línea que era incapaz de cruzar. Las
partes racionales de su mente simplemente se interrumpían.

Así que se sentaba en los escalones, recogía grava en las manos, y lanzaba las piedrecitas, una a
una, todo lo lejos que podía. O las colocaba en forma de imágenes o runas.

No había nada más que hacer.

Malfoy nunca le hablaba, y por eso ella no podía hablarle a él. No es que quisiera, pero la
humillación de necesitar permiso dolía de todas formas.

El hecho de que los Malfoy no necesitaran sirvientes aparentemente significaba que no se esperaba
que ella hiciera nada más que existir. No le proporcionaban absolutamente ninguna manera de
ocupar su tiempo. Ni libros, ni papel, ni siquiera un poco de cuerda. Estaba casi tan aburrida en la
mansión como lo había estado en su celda en Hogwarts. Excepto que aquí también la monitorizaba
obsesivamente un retrato acusador y sabía que había una mansión entera fuera de su habitación
esperando a ser explorada si tan solo pudiera reunir el valor de hacerlo.

Hermione había explorado todas las habitaciones del pasillo varias veces. Había estudiado el
laberinto de setos desde todas las ventanas hasta que estuvo casi segura de que podía encontrar la
salida.

Estaba intentando reunir el valor de descender las escaleras y explorar los otros pisos. Había pasado
a través del primer piso casi nueve veces con Malfoy. Y aún así no conseguía decidirse a hacerlo
sola.

Después de ocho días, Malfoy no apareció después de la comida. En vez de él, fue la Sanadora
Stroud la que atravesó la puerta de la habitación de Hermione.

Hermione permaneció callada y observó a la mujer invocar una mesa de exploración en medio de la
habitación.
Parecía que todas las personas que odiaba Hermione la ponían en mesas. Voldemort. Malfoy.
Stroud. Hermione se adelantó antes de que las compulsiones le obligaran y se sentó en el borde.

“Abre la boca,” ordenó la Sanadora Stroud.

La boca de Hermione se abrió automáticamente, y la Sanadora Stroud alzó una poción y le vertió
una gota en la boca. Mientras Stroud volvía a ponerle el corcho, Hermione echo una mirada furtiva
a los contenidos y se puso rígida. Veritaserum.

Suponía que era una forma de hacer las citas médicas eficientes—evitar que las pacientes
mintieran. Hermione no entendía qué sentido tenía. Las esposas ya la hacían obediente; la Sanadora
Stroud podría simplemente ordenarle decir la verdad.

La Sanadora Stroud pareció darse cuenta de la expresión del rostro de Hermione.

“Simplifica las cosas,” dijo Stroud, agitando la mano. “Si el Oficial Supremo te hubiera ordenado
mentir sobre algo estarías en conflicto. De esta manera, la honestidad no es culpa tuya.”

Hermione asintió con la cabeza. Suponía que tenía sentido.

“Hmm. Aún no estás embarazada. Supongo que era demasiado pedir tan pronto.”

Hermione casi se vino abajo del alivio. Entonces recordó que eso significaba que Malfoy iba a
tomarla encima de una mesa otros cinco días, y su alivió desapareció de golpe.

“Mírame, Señorita Granger,” ordenó la Sanadora Stroud, “¿alguien te ha hecho daño desde que
estás aquí?

Hermione miró fijamente a la mujer mientras su boca contestaba por voluntad propia.

“Me han violado cinco veces físicamente y dos veces mentalmente.”

La Sanadora Stroud no se inmutó, pero pareció meditarlo.

“¿La legeremancia es dolorosa?”

“Sí.”

“Hmm. Tomo nota de eso. ¿No has sufrido ningún otro daño?”

“No.”

“Muy bien. Es un alivio. Ha habido—problemas, con algunas de las otras.”

Hermione sintió que el horror se deslizaba sobre ella como la caricia de un fantasma.

“Están—están bien?” preguntó con voz ronca.

“Oh, sí. Tenemos todo bajo control. Algunos hombres simplemente necesitan que les recuerden que
los regalos del Señor Tenebroso se les pueden retirar si no los tratan adecuadamente,” dijo la
Sanadora Stroud. No había ni rastro de empatía o culpa en su expresión mientras agitaba la varita
por encima de Hermione.
Hermione quería alargar los brazos y romperle el cuello a esa mujer. Le temblaban las manos de
intentar contenerse.

La Sanadora Stroud no se inmutó ante la furia mal disimulada de Hermione. Proyectó un hechizo
diagnóstico centrado en su bajo vientre.

“No hay desgarros. Es un alivio. Hubiera sido un problema. Debería haber venido antes a revisarte,
pero estaba demasiado ocupada. Supervisar todas las colocaciones es más tedioso de lo que había
imaginado.”

La Sanadora Stroud parecía esperar que Hermione la compadeciera. Hermione miró fijamente al
reloj y no respondió.

“Tu condición física ha empeorado de alguna manera. ¿Estás saliendo al exterior todos los días para
hacer ejercicio?” preguntó la Sanadora Stroud con expresión irritada.

Hermione se puso rígida; se le encogió el pecho intentando respirar y responder a la pregunta con
indiferencia.

“No—lo hacía. Pero el Oficial Supremo ha empezado a asegurarse de que sí.”

“¿Das paseos? Los paseos largos son importantes para tu constitución.”

“No—puedo.”

La Sanadora Stroud miró a Hermione. “¿No puedes?”

Hermione se mordió el labio y vaciló. “Tengo ataques de pánico—Solo salir de esta habitación ya
es duro. El Oficial Supremo me lleva a la veranda durante una hora, pero yo—no puedo—no
puedo… No—es tan—tan—“

Hermione empezó a jadear tratando de explicarlo. Aún con la ayuda del veritaserum, le costaba
expresar el miedo con palabras. Luchó por manejar la ola de ira y desesperación que sentía por
tener un obstáculo tan irracional que no podía superar por sí misma.

Apretó los labios, pero se le torcieron en una mueca. Podía sentir la presión en sus mejillas y ojos
mientras luchaba por no llorar por ello.

“Interesante,” dijo la Sanadora Stroud, tomando notas. “Posiblemente debido a tu encarcelamiento.


No se me había ocurrido que salir al exterior pudiera ser un problema. Hmm. Una poción calmante
no sería suficiente, pero no te puedo dar ningún ansiolítico permanente; interfieren con el
embarazo. Quizá algo temporal, para ayudar a aclimatarte. Tendré que consultarlo.”

Hermione no dijo nada.

“Se te proporcionarán materiales diariamente para tu ciclo,” añadió Stroud mientras tomaba notas.
Un pensamiento pareció ocurrírsele, y alzó la mirada con curiosidad hacia Hermione. “¿Qué—qué
es lo que hacías cuando estabas en la prisión?”

“Solo sangraba,” dijo Hermione. “La celda se mantenía limpia, pero no me proporcionaban nada.”

Stroud sacudió levemente la cabeza con desaprobación. Como si tuviera alguna superioridad moral
sobre Umbridge en cómo trataba a Hermione.
“Algo más que creas que necesite saber?” le preguntó la Sanadora Stroud a Hermione.

“Creo que eres perversa y no tienes corazón,” respondió Hermione inmediatamente.

Ni siquiera le había dado tiempo a darse cuenta de que las palabras salían de su boca; el
veritaserum se las sacó.

La expresión de la Sanadora Stroud vaciló por un momento.

“Bueno, supongo que me lo he buscado. ¿Algo sobre tu salud que creas que debería saber?”

Hermione pensó durante un momento. “No.”

“Está bien.” La Sanadora Stroud echó un último vistazo a sus anotaciones. “Ah. Casi se me olvida.
Quítate las medias.”

Hermione se las quitó, obediente. La Sanadora Stroud miró sus piernas e hizo un ademán con la
varita. Una sensación de quemazón punzante las invadió por unos segundos.

Hermione siseó débilmente. Sorprendida. Cuando el escozor desapareció miro hacia abajo y vio
que sus piernas estaban enrojecidas y parecían irritadas.

“Un encantamiento de depilación permanente. Varios hombres se han quejado. Uno de ellos intentó
suministrar una poción de baño, pero la brujita rencorosa metió la cabeza entera y la sacó
completamente calva.”

La Sanadora Stroud le dio a Hermione un pequeño tarro de esencia de murtlap.

“La irritación debería remitir en uno o dos días. Hablaré con el Oficial Supremo sobre tu
condición.”

La Sanadora Stroud devolvió el expediente de Hermione a un maletín, y Hermione se levantó de la


mesa, incómoda, con las medias en una mano y el tarro de esencia de murtlap en la otra. Con un
ademán de su varita, la Sanadora Stroud hizo desaparecer la mesa y dejó la habitación sin una
palabra.

Malfoy llegó una hora después, con aspecto de estar más enfadado de lo habitual.

Hermione cogió su capa y lo siguió. Cuando llegaron a la veranda, la miró con una mueca.

“Estás obligada a caminar por lo menos media milla.”

Hermione lo miró atónita.

“Te mandaría con un elfo doméstico, pero a Stroud le preocupa que tu daño cerebral autoinfligido
pueda provocarte convulsiones si te alteras demasiado.” Parecía lo suficientemente furioso como
para romper algo. “Ahora tengo que pasearte.”

Desvió la mirada hacia la finca por un momento antes de añadir, “Eres peor que un perro.”

Bajó, furioso, las escaleras y se volvió en el camino de grava.


“Ven,” dijo con tono frío. Sus ojos relampagueaban y tenía los labios apretados en una fina línea
mientras la miraba.

Hermione lo miró, incrédula. Se congelaría el infierno antes de que la presencia de Draco Malfoy
evitara que tuviese un ataque de pánico.

La compulsión la empujó hacia delante.

Hermione respiró hondo mientras caminaba cautelosamente por los escalones y después, tras
vacilar un momento, hacia la grava. Dio cuatro pasos hacia él y quiso llorar de rabia al ver que no
se quedaba paralizada.

Al parecer era un día frío en el infierno.

Malfoy giró sobre sus talones y avanzó por el camino mientras ella le seguía.

Probablemente era por las esposas, se dio cuenta por el camino. Él le había ordenado que fuera, así
que ella había ido. Las esposas la obligaban permanecer sumisa mientras la violaban. Como fuera
que funcionaran las compulsiones, al parecer eran capaces de reprimir su deseo de zafarse de
Malfoy y después darle una muerte lenta y dolorosa.

Él se paseó a lo largo del laberinto hasta que lo dejaron atrás y entonces la guio por los senderos
que pasaban por la rosaleda invernal.
Hermione se preguntó si había algo sobre la finca de los Malfoy que no pareciera frío, muerto y
estéril. Los senderos de grava no tenían ni una piedra fuera de lugar. Los rosales estaban podados
meticulosamente para el invierno. Los setos se alzaban hacia el cielo en forma de muros rectos y
precisos.

A Hermione nunca le habían interesado particularmente los jardines formales ingleses pero los de
la Mansión de los Malfoy quizá eran los mas horrendos que hubiera visto. Setos, grava blanca, y
árboles y arbustos desnudos podados a dos dedos de sus vidas.

Suponía que no sería tan feo en primavera y verano, pero en su estado actual, había visto
aparcamientos con más atractivo estético.

Malfoy tampoco parecía inclinado a apreciar el paisaje.

Después de recorrer furiosamente los senderos durante una hora, Malfoy encabezó la marcha de
vuelta a la mansión. Al acercarse, Hermione creyó ver moverse una cortina del piso superior.

Malfoy fue hasta la habitación de Hermione, pero en vez de irse una vez llegaron, se quedó,
mirándola.

Hermione se encogió y jugueteó con el broche de su capa. Quizá si lo ignoraba se iría.

“A la cama,” ordenó tras un momento.

Ella alzó la mirada hacia él, asustada, y él esbozó una sonrisa maliciosa mientras daba un paso
hacia ella.

“A menos que prefieras hacerlo en el suelo,” dijo.

Hermione no se movió. Se quedó mirándolo, estupefacta por el terror. Él sacó la varita y después de
que hiciera un ademán no verbal, Hermione sintió que su magia la apresaba y la empujaba hacia
atrás hasta que chocó contra la cama, tropezó con ella y cayó.

Malfoy se acercó, con aspecto de aburrido. Había un débil destello en sus ojos.

Hermione se mordió el labio para evitar gimotear y cruzó los brazos sobre su pecho.

Él la miró desde arriba y entonces, colocando las piernas entre las de ella, se inclinó hacia delante.

Hermione deseó que se la tragara la cama y poder ahogarse en ella. Deseó poder gritar. Deseó tener
aunque fuera una pizca de magia para zafarse de él.

Obediente. Callada. No resistirse.

Hermione bajó la barbilla contra el hombro e intentó apartarse de él lo máximo posible.

La mano derecha de Malfoy presionó el colchón al lado de su cabeza, y sintió la punta de su varita
bajo su mentón.

“Mírame, Sangre Sucia,” ordenó.

Su mentón se alzó mientras se giraba para encontrar la mirada de él. Estaba a apenas unos
centímetros de ella. Sus pupilas estaban contraídas, y el gris de sus irises se asemejaba una
tormenta.

Entró en su mente.

Ella dio un grito ahogado.

Incluso su legeremancia era fría. Como si te lanzaran a un lago helado. Era un dolor agudo y claro.

Al contrario que en ocasiones anteriores, su mente no estaba ocupada por el trauma o el shock. La
experiencia era mucho más vívida por esa razón. Malfoy fue disparado por sus recuerdos,
centrándose en los racimos de recuerdos bloqueados. Intentó abrirse paso hasta que a ella se le
escapó un lamento de los labios.

Se movió rápido. Como si solo estuviera verificando que ninguno de ellos fuera accesible aún.
Después de comprobarlo, volvió al presente.

Parecía divertido por su creciente odio. Por lo desesperadamente que deseaba matarlo. La vio
explorar las otras habitaciones y correr por la finca y sentarse aburrida en la veranda. Como leyó El
Profeta. Su ataque de pánico.

Examinó sus repetidos esfuerzos por recordar los detalles de la muerte de Dumbledore, y cómo no
podía recordar algo sobre la mano del Hechicero. Ese detalle suscitó su interés. Intentó encontrar la
información, pero donde quiera que Hermione hubiera ocultado los detalles, no podía saberlo.

Podía sentir su irritación mientras se movía por fin a su cita con Stroud y su paseo por la finca y lo
mucho que le disgustaban los jardines. Cuando llegó a su terror cuando le había ordenado que se
pusiera en la cama, salió al fin de su mente.

La miró desde arriba con desdén.

“No te preocupes, Sangre Sucia, personalmente no tengo ningún deseo de tocarte. Encuentro tu
mera presencia en mi mansión ofensiva.”

“El sentimiento es definitivamente mutuo,” dijo Hermione con voz seca. No era una réplica
especialmente buena; le palpitaba la cabeza. Era como si Malfoy hubiera metido su mente entera
dentro de la suya, y la hubiera dañado por dentro.

Malfoy se enderezó y la miró desde arriba como si esperara que dijese algo más. Ella alzó la
mirada.

“¿De verdad mataste a Dumbledore?”

Esbozó una sonrisa de suficiencia y se apoyó en uno de los postes de la cama, cruzando los brazos
y ladeando la cabeza.

“¿Has olvidado eso también? ¿Es que recuerdas algo útil? ¿O sueles olvidar todo lo que no hayas
sacado de un libro?” Se miró las uñas y las lustró con su túnica con aire aburrido. “Supongo que
siempre ha sido para lo único que sirves. Ni siquiera luchabas durante la guerra, ¿verdad? Desde
luego nunca te vi. Nunca estabas por ahí con Potter y Wesley. Solo te escondías. Pasando todo el
tiempo en el hospital. Agitando la varita inútilmente, salvando a personas que al final iban a estar
mejor muertas.”
Ante sus palabras, Hermione palideció tan repentinamente que la habitación giró ante sus ojos.
Profirió un grito ahogado, como si la hubiera golpeado una bludger.

Todas las veces que había sanado a Ron, Bill, Charlie, Fred y George, Tonks, Remus, Ginny,
Hannah, Angelina, Katie…

Salvados para el final de la guerra. Salvados para ser torturados hasta la muerte. Salvadas para ser
esclavizadas y violadas.

Se tapó la boca con las manos y presionó los dedos contra los labios hasta que sintió el contorno de
sus dientes. Su cuerpo entero temblaba en la cama, e intentaba no sollozar. Un gemido amortiguado
se abrió paso entre sus dedos. Le empezaron a picar los ojos un momento antes de que el rostro de
Malfoy se volviera borroso por las lágrimas. Se dio la vuelta y se acurrucó.

“Ya que tienes tanta curiosidad. El Señor Tenebroso solicitó personalmente que fuera yo el que
matara a Dumbledore en algún momento del sexto año. Así que, un viernes por la mañana, cuando
el idiota incompetente se me cruzó por el pasillo, le alcance en el centro de la espalda con una
Maldición Asesina. Se había parado a charlar con unos estudiantes de primer año sobre sorbetes de
limón o algún tema igual de estúpido. Bastante descuidado por su parte, estar así de desprotegido.
Pero así son los Gryffindor. Nunca esperan que alguien pueda elegir simplemente asesinarlos a
plena luz del día. Estoy bastante seguro de que hasta sabía que iba a intentar matarlo, pero aun así
me dio la espalda. Quizá supuso que me faltaba valor.” Resopló con desdén antes de suspirar. “Esa
es una de las desventajas de lanzarle a alguien la Maldición asesina por la espalda; se pierden ese
pequeño instante en que se dan cuenta de que van a morir.”

Hermione se mordió el labio mientras escuchaba cómo Malfoy recitaba arrastrando las palabras.
Había anticipado que, si alguna vez se lo preguntaba, él lo contaría engreído y de forma horrible.
Aun así, la conmocionaba escucharlo.

“Supongo que tu Amo estará complacido contigo,” dijo sin mirarlo.

“Lo estaba, especialmente después de que le presentara la varita del viejo estúpido. Cenó con mi
madre y conmigo esa noche, aquí, en esta misma mansión. Se me declaró un protegido.”

Su tono sonaba vagamente hueco. Hermione lo miró por encima del hombro. No la estaba mirando.
Sus ojos estaban clavados en la ventana, y tenía aspecto de estar casi melancólico y pensativo.
Como si tuviera la mente en otra parte.

Volvió en sí de pronto y le dedicó una débil sonrisa.

“¿Algún otro detalle que necesites que te aclare?” Alzó una ceja mientras preguntaba. Su expresión
era mecánica.

“No,” dijo, apartando la mirada de su rostro. “es todo lo que quería saber.”

“Bueno.” Se arregló la túnica y se dio la vuelta, “El mundo exterior me reclama. Intenta no
convulsionar en mi ausencia, Sangre Sucia.”
Capítulo 10
Chapter Notes
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estoy intentando recordarte

dejarte ir

al

mismo tiempo.

Nayyirah Weheed

Harry Potter estaba sentado en una azotea, fumando cigarrillos, con la mirada perdida. Hermione
trepó por una ventana para acompañarlo.

“¿Qué nos ha pasado, Hermione?” preguntó cuando ella se acercó a él.

“Una guerra,” dijo ella suavemente, alargando el brazo y girando su rostro hacia el suyo. Tenía
un corte en la cabeza. Su piel pálida estaba enrojecida por la sangre que se había limpiado. Tenía
el semblante triste, cansado y enfadado.

“¿Quién cambió? ¿Fuiste tú o yo?” preguntó Harry mientras Hermione le apartaba el pelo con los
dedos para poder cerrar la herida.

“Yo,” dijo ella, evitando su mirada.

“¿Por qué? ¿Crees que no voy a ser capaz de conseguirlo?” dijo. “¿Estás intentando prepararte
para mi fracaso?”

Ella proyectó un hechizo diagnóstico sobre él. Tenía dos costillas rotas y hematomas en el
abdomen. Lo empujó para que se tumbara antes de empezar a sanarlo.

“Creo que puedes conseguirlo. Pero—la profecía. Es cuestión de azar. Después de la muerte de
Dumbledore--,” titubeó ligeramente.

“La muerte esta a una maldición de todos nosotros,” continuó después de un momento. “No puedo
sentarme a mirar, esperando a que se dé una situación de cincuenta-cincuenta y asumir que
conozco el resultado. No cuando hay tanta gente que depende de nosotros. Eso que tienes, la forma
en la que quieres a las personas, es puro, es poderoso. Pero—¿cuántas veces has matado ya a
Tom? Siendo un bebe, gracias a tu madre. En primer y segundo año. Pero aún sigue aquí. Aún está
luchando contra ti. No quiero asumir que nada sea suficiente.”

“No crees que el Bien simplemente pueda ganar,” dijo Harry. El reproche en su voz era intenso.

“Todos los que ganan dicen que son buenos, pero son ellos los que escriben la historia. Nunca he
visto nada que indique que la superioridad moral haya marcado realmente alguna diferencia,” dijo
mientras murmuraba hechizos para reparar las fracturas.

“Pero estás hablando de historia Muggle. La Mágica es diferente. El mundo mágico es diferente,”
dijo Harry, extendiendo la mano hacia la varita de Hermione cuando iba a sanar la siguiente
costilla. Cerró la mano en un puño y luego la dejó caer.

Hermione sacudió mínimamente la cabeza y la expresión de Harry se volvió amarga. Alzó la vista
al cielo. Hermione se aplicó un encantamiento de barrera sobre la mano y comenzó a extender un
ungüento para moratones sobre el abdomen y costillas de Harry en pequeños círculos.

“Antes no eras así,” dijo Harry, “Antes buscabas justicia y eras más recta para todo que yo. ¿Qué
pasó con la P.E.D.D.O.? Esa chica nunca hubiera dicho que la Magia Negra estuviese justificada.
¿Qué pasó?”

“Esa chica murió en una sala de hospital intentando salvar a Colin Creevey.”

“Yo también estaba ahí cuando Colin murió, Hermione. Y no cambié.”

“Siempre estuve dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario, Harry. Todas esas aventuras
nuestras en la escuela. Una vez me apuntaba, estaba dentro. Quizá simplemente nunca te diste
cuenta de lo lejos que estaba dispuesta a llegar por ti.”
Cuando Hermione despertó, recordaba el sueño.

Lo repasó una y otra vez. Era un recuerdo. Lo cual la asustaba de alguna manera, pero no parecía
contener nada particularmente comprometedor. Intentó situarlo en el tiempo.

Harry estaba fumando. Un hábito que había adquirido a los tres años de empezar la guerra.
Hermione no reconocía la azotea, pero eso no significaba nada. Habían tenido docenas de pisos
francos que Hermione raramente visitaba.

Tener un nuevo recuerdo de Harry, aun siendo uno que no era especialmente alegre, era como un
regalo inesperado. Lo echaba tanto de menos que a veces le costaba respirar.

Se tumbó en la cama y le dio vueltas y vueltas en la cabeza. Tomando nota de cada detalle. La luz
de sus ojos. La manera nerviosa e intensa en la que daba una calada a sus cigarrillos y exhalaba
rápidamente. El agotamiento en sus facciones. La manera en la que su pelo se quedaba de punta.

Deseó haberlo abrazado. O haberle tomado la mano. O haberle mirado a los ojos y haberle dicho lo
importante que era para ella.

Haberle dicho lo mucho que lo necesitaba. Que era su mejor amigo. Que le seguiría hasta el fin del
mundo. Que nunca, nunca se recuperaría si lo perdiera.

Deseó poder volver atrás en el tiempo y encontrar la manera de arreglar lo que se había torcido. Lo
que sea que fuera. Poder volver atrás y decirle a Harry que no fuera a Hogwarts el día de la batalla
final.

Volver atrás y advertir a la Orden de lo que pasaría si perdían.

Su discusión en el recuerdo era una conocida. Hermione había querido que la Orden utilizara,
bueno, no necesariamente las Artes Oscuras, pero magia que fuera gris o ambigua. Conforme
avanzaba la guerra, había comenzado a insistir más en el asunto y eso había creado tensiones en sus
relaciones con más gente aparte de Harry.

Intentaba no darle vueltas a la idea de si hubieran podido ganar la guerra si la Resistencia hubiera
estado dispuesta a usar Magia Negra.

La guerra había acabado y habían perdido.

Se apretó las manos contra los ojos e intentó sacarse la pregunta de la cabeza. Cualquiera que fuese
la respuesta, sería tan doloroso como inútil alcanzarla.

Oh Harry…

¿Le había dicho que le quería el día que murió? ¿Había hablado con él siquiera?

No lo recordaba.

Hermione se acurrucó en la cama y se envolvió a sí misma con los brazos imitando un abrazo.
Cuando estaba en la celda, se preguntaba si era posible morir de la soledad devastadora que sentía.

Se había sentido como si se le hubiera roto el corazón.

Aún se sentía así.


Después de unos minutos, se obligó a levantarse. No iba a conseguir nada lamentándose en la cama
todo el día.

Hizo una pausa en la ventana. Había nevado. El mundo entero estaba cubierto de blanco. El respiro
visual del lúgubre gris era casi alentador.

Junto con el desayuno de esa mañana, llegó un frasquito de—algo. Hermione no reconocía la
poción. La observó y la olfateó, pero no podía estar segura de lo que era. La apartó. No le habían
ordenado tomarla, y hasta que lo hicieran, no tenía ninguna intención de beber pociones
desconocidas.

Llegó hasta las escaleras y las miró desde arriba. Era hora. Iba a bajar las escaleras ella sola. El
hecho de que aun no lo hubiera conseguido era patético. Era solo una escalera. Solo una escalera
que llevaba a un vestíbulo por el que había pasado docenas de veces con Malfoy.

Le temblaron los hombros de forma casi imperceptible, y los cuadró.

Se sentía como una niña asustada.

Lo odiaba.

Apretó los labios y respiró hondo. Entonces colocó la mano en la pared y lentamente dio el primer
paso.

Iba a escapar, se dijo a sí misma.

Antes de quedarse embarazada, iba a escapar de la Mansión de los Malfoy. Algún día, iba a volver
para matar a Malfoy.

Iba a ser libre. Libre. En algún sitio con luz y magia y gente que no le hiciera daño.

Se concentró en la idea hasta que no quedaron más escalones por descender.

Miró a su alrededor. Aún tenía la mano en la pared. Podía sentir la casi imperceptible textura del
papel. Tocar las paredes parecía ayudarla a mantener el corazón a un ritmo razonable.

Entró en una salita de té, un guardarropa y una sala de estar. Las exploró todas de forma minuciosa.
El retrato seguía los pasos de Hermione todo el tiempo.

Nada. Nada. Nada.

Incluso los cordones de las cortinas estaban hechizados para que no se pudieran separar. Abrió
aparadores, mesillas y armarios y dentro no había una sola cosa que fuera útil. No como arma que
pudiera usar. No para escapar.

Cerró con fuerza un cajón, frustrada.

Si quería encontrar algo con potencial, tendría que explorar las alas habitadas de la mansión. Era
fácil para Malfoy asegurar que un ala vacía no tuviera nada que Hermione pudiera utilizar. Sería
más difícil tener el mismo cuidado en otras partes de la casa.

Astoria le había parecido a Hermione algo frívola. Dado lo dedicada que estaba a ignorar la
existencia de Hermione, probablemente no se molestaba en tener el mismo cuidado excesivo que
Malfoy.

Hermione volvió lentamente a su habitación y observó el paisaje prístino que había debajo de ella.
Estaba agotada por su “excursión” al piso de abajo. Como si hubiera corrido una maratón.

Todo le costaba demasiado esfuerzo.

Apoyó la mejilla contra el cristal y el abatimiento la inundó de nuevo.

Incluso si consiguiera superar su agorafobia, apenas sería un comienzo. Daba igual cuantas
mentiras se susurrara para sí. La verdad era que no tenía ni idea de cómo conseguir nada más.

Bajó la mirada hacia las esposas que envolvían sus muñecas.

Había estado pensando y experimentando con sus capacidades los últimos días. Desde que Malfoy
había conseguido anular su agorafobia. Había empezado a analizar con más atención cómo
funcionaban las compulsiones.

La había dejado atónita lo poderosas que eran. Había estudiado varios artefactos oscuros a lo largo
de la guerra. Las esposas no se parecían a nada que hubiera visto antes.

Comenzó sus experimentos tratando de desobedecer la compulsión de la discreción y el silencio


intentando gritar. Ese concepto era menos restrictivo que el de la obediencia. Le estaba permitido
hacer ruido y responder cuando se le hablara. Pensaba que si lo intentaba lo suficiente podía abrirse
paso a base de pura fuerza de voluntad, de la misma manera en la que las personas de mente fuerte
podían, eventualmente, liberarse de la maldición Imperio.

Estaba bastante segura de que se la podía calificar como una persona de mente bastante fuerte.

Cuando abrió la boca para gritar, simplemente—paró. Daba igual lo mucho que intentara emitir
algún sonido. Luchaba con dificultad hasta que las esposas comenzaban a calentarse.

No podía con ellas.

Al cabo de un rato se había desplomado en el suelo, agotada hasta el punto de costarle mantenerse
consciente.

Mientras estaba ahí tirada, viendo a habitación girar ante sus ojos, comenzó a comprender la razón
por la que las esposas tenían tanto poder. Estaban usando su magia. Los magos y brujas no tenían
más poder sobre su propia magia del que tenían sobre sus glándulas adrenales. Cualquier esfuerzo
que hiciera para sobreponerse a las esposas, las esposas lo hacían en igual medida para someterla.

Ni siquiera pudo gritar de rabia y frustración cuando se dio cuenta. Tenía tanta ira en su interior que
sentía que iba a explotar en llamas.

Quería romper algo. Quería usar su magia y hacer estallar algo. Quería hacer algo que doliera.

Quería darle un puñetazo a un espejo como hacían en las películas. Ver el cristal resquebrajarse y
romperse hasta que reflejara cómo se sentía. Quería que los nudillos se le cortaran y sangraran y
sentir el dolor en sus metacarpos, a través de sus palmas y hasta sus muñecas… Estaba desesperada
por sentir algo más que la agonía emocional en la que sentía que se ahogaba.

Pero no podía.
Intentó eludir las esposas de varias maneras.

La compulsión llegaba más allá que simplemente no gritar o hablar hasta que le hablaran. No podía
hacer ruido porque se le había ordenado que fuera discreta. No podía dar portazos o pisotones.
Cualquier forma que se le ocurría de hacer ruido; cuando lo intentaba, era refrenada.

Era aquello por lo que la Sanadora Stroud se había preocupado tanto de asegurar la estabilidad
mental de las chicas. Si perdían la cabeza, las compulsiones no podían controlarlas. Por eso la chica
que gritaba había podido atacar a alguien.

Las restricciones de las esposas tenían los mismos límites que la creatividad de Hermione.

Hermione intentó concentrarse en otra cosa mientras intentaba dar pisotones o portazos. Practicar
aritmancia mental. Recitando en su cabeza la receta del Filtro de Paz. Las esposas se activaban de
todas formas.

Se había quedado sin ideas sobre cómo intentar burlarlas.

Dio la espalda al paisaje nevado y comenzó a hacer ejercicio en su habitación. Se había sentido
incómoda con el retrato observándola pero después de casi un mes, ya no le importaba.

Estaba cansada de pensar y desesperarse todo el tiempo.

No es que pudiera dejar de pensar incluso al atrancar los pies bajo el armario y comenzar a hacer
abdominales hasta que sentía como si le hubieran inyectado ácido en los músculos. Al menos era
una forma de sacar la rabia.

No iba a poder matar a Malfoy. Las esposas lo hacían imposible.

No podía escapar ella sola tampoco.

Umbridge ni siquiera se había molestado en grabar una compulsión sobre escapar. Así de seguras
estaban ella y la Sanadora Stroud de que las chicas no podrían quitarse las esposas. Ese detalle era
la única laguna que Hermione podía explotar. Podía hacer cosas con intención de escapar.

Había repasado todo lo que sabía sobre las esposas con atención. Hannah no había mencionado que
nadie se las hubiera conseguido quitar a pesar de la aparente laxitud o camaradería que había
surgido con los guardas chismosos. Las esposas tenían un localizador, pero en vez de simplemente
intentar que alguien se las quitara, Angelina había tratado de robar el localizador.

Bastantes personas habían conseguido escapar de Hogwarts. Todas las personas a las que Malfoy
había matado. Nadie había conseguido escapar con éxito porque nadie había podido quitarse las
esposas.

¿Qué había dicho Hannah? A menos que Hermione pudiera cortarse las manos, nunca lograría
escapar.

¿Cómo se quitaban las esposas?

Dos mortífagos habían ido a Hogwarts el día en que les habían puesto las nuevas. Yaxley y Rowle.
Les había llamado cuando los guardas comenzaron a aturdir a las mujeres, y ya no estaban cuando
las reanimaron.
Solo los mortífagos que portaran la Marca Tenebrosa podían quitar las esposas.

Tenía dos opciones. Tenía que encontrar la manera de hacer que Malfoy la matara o la ayudara a
escapar. No había opción que lo excluyera. No importaba que la Mansión contuviera material para
acampar, una cesta de trasladores, y un arma que pudiera tocar de alguna manera, todo sería inútil
si no podía quitarse las esposas.

Se lamentó para sí misma, se dio la vuelta y comenzó a hacer flexiones hasta que no pudo
levantarse del suelo.

Se dio la vuelta sobre la espalda y miró al techo.

Draco Malfoy, ¿dónde está tu talón de Aquiles?

Como si le hubieran dado la entrada se abrió la puerta y Malfoy entró. Giró la cabeza para mirarlo,
aún demasiado cansada como para intentar levantarse del suelo.

Él la miró desde arriba, sus ojos destellando por un momento.

“Cosas de Muggles, supongo,” dijo.

Hermione puso los ojos en blanco y se obligó a levantarse. Sentía como si su cuerpo estuviera
hecho de gelatina.

Malfoy repasó la habitación con la mirada. Sus ojos se posaron en el frasco de poción que
Hermione se había negado a tomar antes. Lo convocó sin varita desde el otro lado de la habitación
y lo atrapó hábilmente con la mano derecha.

"Sé que, siendo una Gryffindor, hay ciertas cosas obvias que de alguna manera nunca lograrás
comprender. Supongo que no debería sorprenderme que no hayas captado la instrucción implícita
de que debías tomarte esto," dijo, su boca torciéndose, mostrando un leve desconcierto.

Hermione cruzó los brazos con obstinación. Aunque a nivel estratégico fuera recomendable parecer
dócil y obediente, como antigua Maestra de Pociones, Hermione era demasiado paranoica como
para acceder a algo así.

"¿Qué es?" preguntó.

Malfoy parecía regodearse.

"Te lo diré si te lo tragas todo como una buena chica," dijo, mostrando una sonrisa maliciosa.

Hermione no cedió. Malfoy esbozó una vaga sonrisa mientras la miraba.

"Ven aquí, Sangre Sucia," ordenó después de un momento.

Hermione le lanzó una mirada fulminante mientras sus pies la llevaban contra su voluntad a través
de la habitación y hacia él. No pararon hasta que estuvo a escasos centímetros de él, tan cerca que
sus ropas se rozaban.

Hermione miró hacia sus zapatos con aire funesto.

"Mírame, Sangre Sucia."


Su mentón se alzó solo, hasta que estuvo mirándolo a los ojos. Él aún sonreía.

"Estoy seguro de que comprendes que no voy a matarte," dijo. En sus ojos bailaba una cruel
diversión. "Después de todo, si fuera así, imagino que te sentirías en la obligación de venir
corriendo."

Hermione frunció el ceño. Sí, lo sabía, pero el veneno era solo una de las cosas innumerables que
podría administrarle. Le latía el corazón con fuerza, y le zumbaban los oídos.

"Abre la boca," ordenó, descorchando el frasco y procediendo a vaciar su contenido en la boca


abierta de Hermione. "Trágatelo todo."

A Hermione se le cerró la boca, y tragó. La poción sabia amarga, y causaba una leve sensación de
hormigueo en la lengua y la garganta mientras bajaba hacia su estómago. Sintió que hacía una
pausa antes de dispersarse por su organismo.

Sintió como si hubieran cascado un huevo en su mente. Algo fresco fluyó por su consciencia hasta
que envolvió su mente entera. Como si le hubieran sacado el cerebro y lo hubieran colocado en un
bol de agua con hielo. Su cuerpo estaba ahí pero su mente—no. Era como experimentarse en
tercera persona.

Su frecuencia cardíaca bajo a un ritmo regular.

Debería estar sintiendo pánico. Era como si su consciencia hubiera sido separada de su sistema
endocrino. No había olas de adrenalina o norepinefrina. No había miedo.

Era una mera observación. Debería sentir pánico. No lo sentía.

Alzó la mirada hacia Malfoy.

Era consciente de que le odiaba. Era una información que parecía tener gran importancia, y aun así
no podía sentirlo. El odio era más un constructo que una emoción.

Él la miraba atentamente.

“¿Cómo te sientes, Sangre Sucia?” Preguntó después de un momento. Sus penetrantes ojos estaban
captando cada detalle, estudiando su rostro, sus ojos y su postura mientras ella permanecía frente a
él. Sus manos habían dejado de crisparse; se dio cuenta cuando bajó la mirada. Era como si la
estuviera catalogando. A Hermione se le pusieron los pelos de punta cuando fue consciente, y un
débil escalofrío le recorrió la columna, pero no podía sentir la ola de miedo correspondiente.
Solamente consciencia.

“Fría,” respondió. “Tengo el cerebro frío. ¿Qué me has hecho?”

“Su propósito es aclimatarte a la finca,” dijo, dando un paso atrás mientras continuaba valorándola
atentamente. “Para no estar obligado a monitorearte personalmente.”

Hermione no dijo nada. Su cerebro estaba analizando.

La falta de familiaridad con la mansión la alteraba. Lo desconocido. Le hacía entrar en pánico. La


poción lo bloqueaba. Ahora podía ir a donde quisiera.
Se dio cuenta de que la poción bloqueaba todo. No se sentía triste. Ni enfadada. Ni avergonzada. Su
pena había desaparecido. Su rabia.

Era—nada.

Solamente existía en una fría nada.

Alzó la mirada hacia Malfoy. “¿Así es como se siente ser tú?”

Chapter End Notes

El poema del principio es mi traducción de un poema de Nayyirah Weheed.


Capítulo 11
Chapter Notes
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Malfoy rio suavemente.

“¿Te gusta?” preguntó.

Ella ladeó la cabeza. Era fácil mirarlo ahora que no se sentía aterrorizada o abrumada por su odio
hacia él. Sí que era consciente de que era peligroso, pero su cuerpo no sufría ninguna reacción
emocional. Ningún nudo en el estómago. Ni ritmo cardiaco triplicado. Él podría haber sido una
estatua.

“Es como si estuviera muerta,” dijo ella.

Él asintió como si la afirmación no le sorprendiera.

“Los efectos son temporales. Desaparecerán en doce horas. Y eventualmente te volverás inmune.
Debería funcionar el tiempo suficiente como para que te acostumbres a la mansión y a la finca.”

Hermione alzó la mirada hacia él.

“Ahora me estás tratando diferente. Eres menos cruel. ¿Por qué estás haciendo esto por mí?”
preguntó ella. Frunció el ceño, confundida. Al parecer aún era capaz de sentir confusión.

Él alzó una ceja y se inclinó hacia delante, tanto que su aliento le acariciaba la mejilla.

“No lo hago por ti, Sangre Sucia,” le susurró suavemente al oído. “Lo hago por mí. No
reaccionarías de todas formas.”

Se enderezó.

“¿Lo ves? Nada. Ni pulso elevado. Ni latidos fuertes. Podría traer un boggart o inclinarte sobre una
mesa y ni te inmutarías. No es muy divertido.”

Hermione asintió con aire pensativo. Si quisiera suicidarse sería más fácil hacerlo bajo los efectos
de la poción. Podría ser que Malfoy no fuera capaz de detectar nada hasta que fuera demasiado
tarde.

El rostro de Malfoy se volvió impasible. Hizo un ademán hacia la puerta. “¿Vamos?”

Ella fue a por su capa y lo siguió al exterior. Él hizo una pausa en la veranda y observó cómo ella
bajaba los escalones sola. La nieve del sendero de grava se había derretido, pero aún así podría
sentir que el frío ya estaba mordiéndole los dedos de los pies a través de sus zapatos. Hacía un frío
terrible aquel día.

Vaciló un momento, intentando decidir a dónde ir. Entonces caminó hacia el laberinto de setos. En
todos sus paseos con Malfoy nunca había entrado en él. Le daba curiosidad saber si podría
encontrar la salida.
Era enorme. Los setos se alzaban muy por encima de ella. Le recordaba al laberinto del Torneo de
los Tres Magos. Dudaba que el laberinto de Malfoy intentara comérsela o contuviera ninguna
criatura oscura. Deambuló por el camino que se enroscaba y retorcía y pensó en la poción que
Malfoy le había hecho tragar.

Se le ocurrió fugazmente la idea de que él podría estar tomándola para conseguir ser un cabrón tan
frío y cruel, pero la descartó tras pensarlo un momento. La maldición asesina era magia basada en
la emoción. Imposible de lanzar con desapego.

De todas formas, Malfoy parecía aterradoramente capaz de romper las reglas en lo que respectaba a
aquella maldición.

Dejando a un lado a Malfoy y el misterio de su pozo sin fondo de odio, a ella no le vendría mal la
poción. Podría progresar mucho más en su afán de escapar bajo los efectos de la poción de lo que
había podido hacer en el último mes. Tanto que parecía sospechosamente descuidado por parte de
Malfoy.

Paró a considerarlo.

Malfoy no era descuidado. No importaba lo mucho que odiara monitorearla. No sería descuidado.
Debía haber algún mecanismo a prueba de error en el que confiaba lo suficiente como para
administrarle algo tan poderoso. No había manera de que se arriesgara si no, por mucho que
encontrara el monitorearla como una forma de tortura.

¿Cómo podía estar seguro de que no haría nada cuando no era probable que su ritmo cardiaco y
pulso le alertaran?

Ella casi se había lanzado desde un balcón y él simplemente la había frenado. Había sabido
exactamente cuándo necesitaba aparecer…

Bajó la mirada hacia sus muñecas.

Tuvo que haberlo percibido a través de las esposas. Pero, ¿cómo había sabido que debía ir en ese
momento, pero nunca molestarse en aparecer durante sus ataques de pánico? No era posible que un
encantamiento de monitoreo, incluso uno especializado, lo diferenciara con tal precisión.

A no ser…

Que Malfoy de algún modo estuviera leyendo su mente a través de ellas—

En el momento en que cayó en la cuenta estuvo segura de que estaba en lo cierto. Cómo, no estaba
segura. Pero hubiera apostado por ello.

Que irritante. Debería estar furiosa pero no conseguía sentirlo. Debería estar ahogándose en
desaliento. Pero indignación intelectual era todo lo que podía reunir.

Como si su legeremancia no fuera suficientemente invasiva; rastrear su mente como si fuera su


criadero de ostras personal. Estaba segura de que también estaba de algún modo leyendo su mente a
través de las esposas.

Nunca leía a ras de su mente. Se había dado cuenta. Recordaba como Snape solía hacerlo con los
estudiantes. Sumergirse en sus ojos y ver lo que estaba en la superficie. Cuando hacía contacto
visual con Malfoy él nunca se molestaba.

Hermione se dio la vuelta. Salió a grandes zancadas del laberinto y volvió a la veranda donde
Malfoy parecía estar inmerso en un libro de alquimia.

Cerró de golpe el libro y alzó la mirada mientras ella lo observaba. Las manos en las caderas.

No podía decir nada, pero podía fulminarlo con la mirada.

Él pareció darse cuenta de que no podía decir nada y esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción
mientras la miraba.

“¿Sí?” dijo tras casi un minuto.

“¿Me estás leyendo la mente?” dijo ella.

Él sonrió abiertamente.

“Y solo te ha costado un mes darte cuenta,” dijo con tono burlón. “Pero te lo admito, has estado
tremendamente ocupada llorando y lamentándote y estando asustada de los pasillos y el cielo.”

Lo bueno de no tener sentimientos era que sentía la maldad de Malfoy como simples piedrecillas
lanzadas a un estanque. Un pequeño y rápido chapoteo en su mente insensible y después calma e
indiferencia de nuevo.

“¿Cómo es posible?” preguntó ella, alzando una ceja con escepticismo. Desafiaba varias leyes
fundamentales de la magia.

“No te preocupes, Sangre Sucia, no estoy leyendo todos tus pensamientos. Si tuviera que
someterme al flujo constante de tu consciencia probablemente me lanzaría un Avada. Solo se
registran cuando estás haciendo algo—interesante. Y eso evita que tenga que aparecer solamente
porque estás intentando descender tu sola un tramo de escaleras.”

La Hermione no drogada se habría ruborizado con furia ante sus burlas. Pero la Hermione del
presente solo parpadeó y consideró la información.

Así que no era algo constante. Era bueno saberlo. Pero cuando algo se registraba lo suficiente, él de
algún modo era capaz de hurgar en su mente y leer los pensamientos principales. Eso—era un
problema.

Estudió a Malfoy. Tendría que robar lo que fuera con lo que la estuviera monitoreando. Umbridge
lo había descrito como un amuleto que portaba el cabeza de familia. Hermione no estaba segura de
qué podría ser. Los amuletos mágicos eran normalmente objetos de metal para canalizar la
conexión mágica. Y debían llevarse puestos; collares o brazaletes o anillos era lo más habitual.

Malfoy no parecía llevar nada de joyería, ni siquiera una alianza. El único objeto visible que
llevaba era el anillo negro en su mano derecha.

Quizá era eso.

“No puedes robarlo,” dijo Malfoy, arrastrando las palabras.

Ella lo miró con dureza.


“No es un objeto. No es esto,” dijo él, y alzó la mano para enseñarle la sortija que ella había estado
observando. Se la quitó del dedo y se la lanzó. Ella la atrapó al vuelo y la inspeccionó.

Era algún tipo de metal negro. No parecía tener ningún tipo de firma mágica fuerte tal y como la
tendría algo conectado a las esposas. Pero quizá aún así lo era. Podría estar mintiendo. Quizá estaba
tratando de desorientarla.

Se preguntó que haría él si se lo tragaba.

Él soltó una carcajada.

“No te lo tragues.”

Ella alzó la mirada y él alzó una ceja en un gesto de complicidad. Esbozó una sonrisa torcida y
extendió la mano. Ella dejó caer el anillo en su mano a regañadientes y él se lo deslizó de nuevo en
el dedo.

“Como he dicho, no es un objeto. No puedes robar el localizador. No el que llevas tú. Usaron algún
tipo de magia de sangre para hacer tus esposas.”

Hermione lo miró, atónita.

“¿Estoy en tu cabeza?” dijo ella, con la boca abierta, cuando se dio cuenta.

Habían tomado su sangre.

Cuando estaba en Hogwarts, habían tomado muestras de su sangre y su pelo. Ella había supuesto
que eran para realizar pruebas genéticas. No se le había ocurrido que lo pudieran usar para llevar a
cabo un ritual de magia negra de sangre.

Aquello significaba que estaba atada por la sangre de sus venas a la consciencia de Malfoy. Él
podría sentirla en el fondo de su mente. Era como las barreras de sangre en fincas y castillos, que
creaban una conexión subconsciente con el Señor que las poseía. Las barreras de sangre permitían
al dueño detectar cuando alguien entraba o intentaba forzar algo. Hermione existía en la mente de
Malfoy de la misma manera.

Si no estuviera completamente impasible hubiera quedado helada del horror.

Él asintió.

"Eres la Sangre Sucia de Potter. Se consideró necesario implantar medidas de seguridad


adicionales. Así que, déjame establecer a partir de ahora cómo funcionan las cosas: siempre sabré
lo que estás haciendo y siempre seré capaz de encontrarte. A menos que puedas quitarte esas
esposas." Les echó un vistazo y esbozó una leve sonrisa. "Me encantaría ver cómo lo intentas."

Soltó una risotada.

“Quizá puedes comenzar por seducirme,” le recomendó, divertido, reclinándose en la silla y


mirándola de arriba a abajo. "Robarme el corazón con tu ingenio y tu encanto."

Hermione puso los ojos en blanco.


"Claro. Quizá mañana," dijo, su mente ya dándole vueltas a todo. "Bueno, todo esto ha sido muy
esclarecedor," dijo ella. "No te molesto más."

Giró sobre sus talones y volvió al laberinto de setos.

Dio vueltas y vueltas por el laberinto mientras pensaba. Sus opciones se habían reducido de nuevo.
Malfoy claramente no esperaba que ella escapase. Ni siquiera parecía que le preocupara. No lo
culpaba. Ella tampoco pensaba que pudiera escapar.

Antes había sido un consuelo de tontos. Ahora parecía una completa estupidez. Suspiró débilmente
y observó la nube de vaho que se formó en el aire frío.

Cuando se le pasaran los efectos de la poción iba a estar tremendamente deprimida.

Exploró todo el laberinto de setos. Tenía los pies entumecidos y empapados para cuando volvió a
salir. Cojeó de vuelta a la veranda. Malfoy no dijo nada y ella pasó de largo, entrando a la mansión
y subiendo a su habitación ella sola.

Indiferente como estaba, era agradable sentirse un poco más como una persona funcional de nuevo.
Sin pena. Sin miedo. Sin depresión o desasosiego. No tenía que preocuparse de que su cuerpo la
traicionara con un ataque de ansiedad.

La poción podría volverse adictiva fácilmente.

No es que Malfoy fuera a permitirlo. La Sanadora Stroud había mencionado que las pociones para
la ansiedad podían interferir con el embarazo, así que probablemente solo iban a administrársela
durante un corto periodo de tiempo.

A Hermione le hubiera gustado saber algo más sobre el embarazo mágico. Había sido un tema en
gran parte desatendido en su formación como sanadora. Si le dieran pluma y pergamino podría
escribir un ensayo de ochenta centímetros sobre las pociones para la ansiedad y cómo interferían
con la magia de sanación y las maldiciones oscuras. Pero el embarazo estaba excluido de la
sanación de urgencias. Casi nadie tenía hijos durante la guerra, y si los tenían, dejaban de luchar y
acudían a una matrona.

Se preguntaba cómo estaba elaborada la poción. Estaba casi segura de que contenía baba de aguijón
de billywig, valeriana y grano de sopóforo. Quizá también cerebro de perezoso. Trató de recordar el
sabor y el cosquilleo al tragarlo. Quizá era la reacción de la baba de aguijón combinada con jarabe
de Eléboro.

Era bueno tener algo nuevo en lo que pensar. Sentía como si se hubiera rascado el cerebro hasta
dejarlo en carne viva desde la guerra. Totalmente privada de nada nuevo a lo que darle vueltas.
Estaba llena de pasado. Revisándolo una y otra vez. Preguntándose qué es lo que había fallado.

Su pasado era la cruz que portaba. Siempre arrastrándola hacia abajo. Arrastrándola
implacablemente de vuelta, preguntándose una y otra vez qué había salido mal.

¿Lo había sabido? ¿Había sabido por qué la Orden había perdido la guerra? ¿Había sabido y
escondido esa información? ¿Había elegido torturarse ocultándola?

¿Por qué? Como Malfoy había dicho, habían perdido la guerra. ¿Qué podría haberse molestado en
ocultar incluso en la posguerra? ¿Sabiendo que todas las personas que le importaban estaban ya
encarceladas o muertas?

Al igual que con la muerte de Dumbledore, los detalles del final de la guerra eran borrosos. No
podía recordar por qué habían ido a Hogwarts. Ni siquiera recordaba cómo la capturaron.
Recordaba la muerte de Harry. Y entonces estaba en una jaula viendo cómo torturaban a los
Weasley.

Suponía que tenía lagunas por el shock.

Hermione exploró el ala entera de arriba abajo antes de caer la noche. Los áticos, todos los
armarios, y las escaleras y túneles del servicio. No peinó las habitaciones, pero esperaba que si se
familiarizaba lo suficiente con ellas sería capaz de volver sin entrar en pánico o tener un colapso
nervioso aún sin la poción.

Se preguntó cuántos elfos domésticos tenían los Malfoy. No había ni una telaraña ni en los rincones
más oscuros de los áticos.

La mañana siguiente se despertó sintiéndose como si le hubieran puesto una roca en el pecho.
Clavada en la cama y abrumada por el golpe de abatimiento que no había sido capaz de
experimentar el día anterior. Luchaba por respirar.

La tregua de doce horas hacía que el dolor emocional fuera peor. Lo hacía más patente. No se había
dado cuenta de lo profundas que eran las heridas de amargura y soledad hasta que se había librado
brevemente del dolor que le causaban.

El peso de todo ello se cernía sobre ella y una vez más sintió que estaba siendo reducida a cenizas.
Podía sentir sus contornos desmoronarse y romperse. Disolviéndose en el éter. No quedaba nada de
ella más que dolor.

Su columna y su nuca estaban recalentadas. Mientras que el resto de su cuerpo estaba pegajoso y
frío como el hielo. Tenía la piel húmeda. Como si hubiera sudado la poción por la noche.

Rodó fuera de la cama y vomitó en el suelo antes de poder llegar al baño.

Se desplomó, temblando. Su cuerpo parecía hecho de plomo. Apenas podía mover los brazos.
Quería ducharse. Tenía demasiado calor y demasiado frío.

Tenía mucha sed. Estaba desesperada por beber agua.

Quería un abrazo.

Una nueva ola de soledad la golpeó tan de golpe que rompió a llorar.

Encontrarse tan mal y tan débil la hacía sentir como una niña de nuevo. Necesitando que su madre
la cuidara y le pusiera la mano en la frente. Que la consolaran.

Ni siquiera podía recordar a su madre, pero la echaba de menos aún así. Recordaba estar en la cama
con sus dedos fríos en la frente, apartando un mechón de cabello y posándose en su mejilla.

Cuando las náuseas remitieron se arrastró al baño y, tras beber varios vasos de agua, se sumergió en
un baño templado.
Era como estar de resaca a la vez que con la gripe. Quizá así era el síndrome de abstinencia.
Hermione nunca había experimentado una drogadicción, que ella recordara.

Por supuesto que Malfoy no le advirtió de que se encontraría tan terriblemente mal una vez
remitieran los efectos de la poción. Lo maldijo mentalmente y esperó que lo sintiera.

Quería ahogarse en la bañera.

Cuando volvió a su habitación habían limpiado el suelo.

Aún se sentía febril. Cogió las mantas de la cama y se acurrucó con ellas, apretando la mejilla
contra el cristal.

Estuvo enferma todo el día, y al parecer Malfoy lo había anticipado porque no apareció para
llevarla al exterior. La tarde siguiente llego sin decir palabra a pesar de las miradas fulminantes que
ella le lanzó y la guio a la veranda. Descubrió que la poción realmente la había acostumbrado un
poco. Fue capaz de conseguir caminar fuera de la veranda sin tener un ataque de pánico absoluto.
Tembló y tuvo que luchar por no hiperventilar, pero no se la tragó el miedo. Lo más duro fue pasar
por el sendero de grava hasta el laberinto. Pero en cuanto estuvo entre los altos tejos, pasando los
dedos por los setos, y concentrándose en recorrer el camino, consiguió respirar a un ritmo más o
menos regular.

Cuando volvió a la veranda Malfoy se había ido. Aparentemente satisfecho por dejar de estar
obligado a monitorear o pasearla.

La poción apareció de nuevo la mañana siguiente. Hermione pasó varias horas debatiéndose sobre
si debería tomarla de nuevo o no. La mera idea de pasar otro día con síndrome de abstinencia le
daba arcadas. Al final apretó los dientes y se la tomó.

Se deslizó por la mansión como una sombra y exploró el ala principal. Estaba constantemente
alerta por si escuchara el seco sonido de los tacones de Astoria. No se había encontrado con la bruja
desde la noche en que la había llevado a la habitación de Malfoy. Pero Hermione alguna vez había
vislumbrado a alguien mirar desde las ventanas cuando Malfoy la había llevado al exterior. No le
interesaba comprobar si las amenazas de Astoria eran sinceras.

Exploró la mayor parte del ala principal aquel día. Había tantas puertas cerradas que Hermione
cayó en la cuenta de que Malfoy probablemente había conectado la mansión con su sangre.
Atrapada por su propia firma de sangre.

El día siguiente el síndrome de abstinencia fue peor.

Tres días después la poción no apareció con el desayuno. Hermione sospechaba que sabía por qué y
apenas pudo probar bocado. Dio vueltas y vueltas por la habitación y fue a darse una ducha a la
habitación del pasillo, sentándose bajo el agua durante una hora mientras intentaba dejar de
temblar.

Después de la cena un elfo doméstico vino a llevarse los platos

"Debe prepararse para esta noche" dijo antes de desaparecer.

Hermione se quedó helada en la silla. Lo había supuesto. Aún así la confirmación era peor. Haber
tenido un mes para temerlo hacia que el terror pareciera más frío. Sentía como si algo estuviera
retorciendo sus órganos en un nudo más y más apretado hasta que sintió que algo estaba a punto de
romperse. Tenía tal presión en el pecho que apenas conseguía respirar de forma superficial.

Fue al lavabo y se bañó. Cuando salió, se encontró mirando repetidamente al centro de la


habitación. Estaba aterrada de que Malfoy decidiera variar la experiencia.

Se encontró a sí misma aferrándose a la esperanza de que la mesa aparecería y el no haría nada


nuevo.

No quería que la violaran de otra forma diferente.

Casi sollozó de alivio cuando la mesa apareció exactamente a las 7:30.

Quería abofetearse. ¿En qué clase de mundo horrible una mujer estaba contenta de que fueran a
violarla de una manera conocida?

Malfoy entró y se fue las cinco tardes sin decirle una palabra. Exactamente igual que lo había
hecho el mes anterior.

Cada tarde Hermione asía la mesa y se imaginaba que preparaba la poción para la ansiedad. Tenía
tanto tiempo libre para darle vueltas a las cosas que había comenzado a intentar averiguar cómo
prepararla con ingeniería inversa.

Trataba de hacerlo parecer lo más real posible para sí misma. De recrear los olores y las
sensaciones. Era muy atenta con los detalles. Obsesiva.

Muy muy lejos del balanceo. De la presión de la madera en sus caderas. De la sensación de
deslizamiento dentro de ella, en la que no permitía a su mente centrarse.

Ella no estaba allí.

Estaba preparando una poción.

Cogería un caldero de la estantería utilizando un taburete. Con un conocido gesto de su varita


conjuraría una llama. Esperaría a que el metal estuviera templado antes de añadir la baba de aguijón
de billywig. Sostendría el frasco en su mano derecha y lo vertería. El fuerte olor le haría cosquillas
en la nariz.

El metal y el calor conseguirían evaporar las propiedades levitadoras de la baba de aguijón tras
hervir durante un minuto. Embotellaría el vapor y lo usaría como anestésico en lesiones
localizadas. Sacaría un cerebro de perezoso de un tarro y usaría un cuchillo largo para cortarlo en
láminas tan finas que serían casi transparentes. El cerebro bajo su mano sería esponjoso y delicado.
Su tacto sería muy suave y la hoja del cuchillo afilada. Tras un minuto bajaría la temperatura de la
baba a fuego lento y colocaría las láminas de cerebro de perezoso en la superficie, dejando unos
minutos para que la baba de aguijón y el cerebro de perezoso se amalgamaran, tornándose
lentamente de un color azul metálico con consistencia viscosa.

Mientras tanto prepararía el grano de sopóforo. Usaría veinte. Los aplastaría bajo la hoja de su daga
de plata para extraer el jugo. Sintiendo la presión en su pulgar al apretarlos. Imaginaba la sensación
del grano cediendo bajo su daga. Una vez añadido el jugo, removería la poción en la dirección de
las agujas del reloj doce veces con una varilla de plata y después ocho veces en dirección contraria
con una varilla de fresno. Después cubriría la poción y la dejaría cocerse a fuego lento durante
setenta y tres horas. La cocción lenta era necesaria para anular las propiedades somníferas del jugo
de grano de sopóforo. La poción se volvería verde claro. Al llegar la hora número setenta y cuatro
añadiría tentáculos de murtlap picados, una escila aplastada, valerina, y cáscara de huevo de
ashwinder en polvo. Lo llevaría a ebullición durante treinta segundos antes de aplicarle un
encantamiento enfriador para bajar la temperatura hasta justo por encima de la temperatura de
congelación. La poción se tornaría de un color azul medianoche con una consistencia acuosa.
Entonces vertería jarabe de Eléboro en la superficie. Por cada gota, diez rotaciones lentas en la
dirección de las agujas del reloj y otras diez en dirección contraria. Se le cansaría un poco el brazo.
Tendría que echar treinta gotas hasta que la poción espesara y se pegara a la varilla de fresno.
Revolvería tres veces con la varilla de plata y lo llevaría a fuego medio durante cinco minutos antes
de sacarlo del fuego y dejar que bajara a temperatura ambiente sin usar la magia. Se volvería de un
gris oscuro y con consistencia de sirope. Daría para veinticinco dosis.

La preparaba en su mente todas las noches. Ajustando cantidades y técnicas. Revisando el orden de
los ingredientes. Para la quinta noche estaba casi segura de que había averiguado la receta
completa.

El sexto día se obligó a salir al exterior por miedo de que si no lo hacía, Malfoy aparecería y la
obligaría él.

Superar su agorafobia, decidió, era su prioridad. Cualquier plan que involucrara a Malfoy tendría
que esperar a que fuera capaz de salir al exterior de manera consistente.

En el fondo sospechaba que se estaba engañando a sí misma y evitándolo. Pero no tenía ni idea de
cómo podía manipularlo para que la matara cuando ni siquiera podía hablarle sin su permiso. Y
sobre seducirlo, como él había sugerido, bueno, la idea era tan absurda que casi daba risa.

Al día siguiente apareció en su habitación, la inmovilizó contra la cama y desgarró sus recuerdos.
Apenas le habló. Cuando terminó simplemente giró sobre sus talones y se fue.

Hermione tuvo un sueño dos días después sobre Alastor Moody en frente suya en un pequeño
almacén. Su ojo dando vueltas, escéptico. Era como si estuvieran bajo el agua, las palabras que se
intercambiaban eran indescifrables. Él la miraba intensamente mientras le decía algo, observando
su reacción. Recordaba sentirse escéptica pero decidida. Moody dijo algo más y Hermione sacudía
la cabeza. Él asentía con decisión y cuando se daba la vuelta para irse, su rostro era de piedra. Pero
en su ojo al mirar atrás se adivinaba la duda. Alastor nunca dudaba. Después de que Alastor se
fuera ella se quedó ahí sola durante unos minutos.

No sabía lo que significaba el sueño. Intentó no darle muchas vueltas.

Hermione exploró el ala principal de la mansión. Los retratos aparentemente tenían prohibido
hablarle. La observaban con miradas penetrantes, pero nunca decían una palabra. Exploró el
laberinto de setos hasta que pudo recorrerlo con los ojos cerrados. No conseguía ir a ningún otro
sitio del exterior a menos que tuviera una mano en el muro de la mansión.

Los espacios abiertos aún eran muy difíciles. Ni siquiera podía separarse de la pared cuando
caminaba por los pasillos más anchos. Y apenas podía soportar entrar al salón de baile del ala
principal de la mansión.

Después de diez días la Sanadora Stroud acudió de nuevo para comprobar si Hermione estaba
embarazada. Hermione no lo estaba. Había estado entrenando furiosamente en su cuarto para
canalizar la rabia. La Sanadora Stroud estaba satisfecha con la mejora de su condición física.
Al día siguiente, cuando Hermione entró a su cuarto temblando por el paseo, encontró a Malfoy
ahí, esperándola con las vestimentas de Mortífago.

“¿Te apetece salir, Sangre Sucia?”

Hermione lo miró, asimilando lo que llevaba puesto. Su rostro era tan inexpresivo como una
máscara mientras se acercaba a ella.

“¿Lo has olvidado?” preguntó, los ojos plateados relampagueando. “Dos meses. No hay embarazo.
El Señor Tenebroso esta impaciente por verte.”

La agarró del brazo antes de que pudiera retroceder y se apareció.

Chapter End Notes

Feliz Navidad a todos <3


Capítulo 12

El lugar donde residía Voldemort era húmedo y cálido como la jaula de un reptil. En algún lugar del
subsuelo. Las paredes que podía ver en la oscuridad eran de piedra sin ventanas.

Muy profundo bajo tierra.

El aire era denso y acre. Viciado. Podrido de magia negra.

La piel de Hermione se cubrió de un sudor frío y Malfoy la arrastró hacia delante, mientras ella
luchaba por escapar. No era una decisión consciente. Cada célula de su cuerpo le gritaba que
huyera.

La mano de Malfoy sobre ella era como una tenaza. No tenía posibilidad de liberarse. Él apenas
parecía notar que ella se retorcía bajo su agarre.

“Mi Señor,” dijo con un tono reverente mientras se inclinaba. “He traído a la Sangre Sucia. Tal y
como pedisteis.”

Sus palabras se veían interrumpidas por la respiración entrecortada por el miedo de Hermione, que
trataba de dominar el pánico. Un peso aplastante cayó sobre su espalda y la obligó a postrarse en el
húmedo suelo de piedra. Apenas podía respirar por la presión y luchó por meter oxígeno en los
pulmones con la mandíbula contra el duro suelo. Le zumbaban los oídos.

“Ah, sí,” murmuró Voldemort en un susurro como una caricia. “Stroud mencionó que aún no estaba
gestando.”

Hermione, con puro pánico, volvió los ojos hacia arriba para poder ver desde donde estaba sujeta
contra el suelo. Voldemort estaba reclinado en un gran trono de piedra, mirándola desde arriba con
indolencia.

Hizo un ademán con la mano, tenía escamas.

“Traedla,” ordenó Voldemort.

El peso que la aplastaba contra el suelo desapareció, y dos guardas la levantaron del suelo y la
arrastraron por los escalones del estrado, obligándola a arrodillarse a los pies de Voldemort.

Voldemort no se incorporó. Ladeó la cabeza y se secó la comisura de la boca. Hermione cerró los
ojos con fuerza, pero él entró en su mente aún así. La mente de él en la suya era como un hierro de
marcar. La estaba quemando. Rompiendo. Gritó y gritó hasta que sus pulmones y garganta no
dieron más de sí y se quedó en el suelo, temblando de dolor.

Hermione no se había dado cuenta de hasta qué punto el shock de que la sacaran de la celda había
atenuado todo. No recordaba que doliera tanto. O quizá Voldemort se estaba vengando de ella por
no haber quedado embarazada.

Era como si le estuvieran desollando la consciencia.

No sabía cuánto había durado. Había sido eterno. Sentía que debería haber muerto varias veces.
Voldemort intentó traspasar la magia que rodeaba sus recuerdos bloqueados y cuando por fin se
rindió procedió a devastar todos sus recuerdos recientes. Su llegada a la Mansión de los Malfoy, la
primera vez que Malfoy la había violado en su habitación. Y la segunda vez, y la tercera, y la
cuarta, y la quinta, y la sexta. Le hizo revivir las diez como si tuviera curiosidad de ver cómo lo
hacía Malfoy. Sus ataques de pánico. Sus conversaciones con Malfoy. Sus limitadas interacciones
con Astoria. Sus dudas y sospechas y planes. Escudriñó los meses con una excesiva crueldad y
curiosidad.

Arrasó la mente de Hermione hasta que yació inerte. Sus músculos demasiado agotados incluso
para temblar.

Al fin se retiró y las manos que agarraban a Hermione le permitieron caer al suelo, con espasmos
por todo el cuerpo.

“Conocías a la Sangre Sucia en la escuela,” escuchó decir a Voldemort después de un minuto.

“Así es, mi Señor,” dijo Malfoy, con un leve tono de burla. “Una de las favoritas de Potter.”

“Sueña con tu muerte con bastante desesperación. Más de lo que sueña con la mía incluso,” dijo
Voldemort, divertido.

“Un indicio de que es consciente de lo que es posible,” dijo Malfoy, arrastrando las palabras.

Voldemort empujó a Hermione con el pie. Su visión no dejaba de tambalearse y desvanecerse de


forma intermitente cuando intentaba enfocarla. No era oscuridad. Era como si sus ojos ya no
supieran cómo ver.

“Es inteligente. Confío en que sepas manejarla, Oficial.”

“Por supuesto, mi Señor. Sabéis que tengo éxito en cualquier cosa que me ordenéis.”

“Ciertamente,” dijo Voldemort. “Hace mucho tiempo que no me causas una decepción.”

“Os he jurado lealtad, mi Señor.”

“Eres consciente de que es peligrosa,” dijo Voldemort y Hermione sintió magia que la levantaba del
suelo y la suspendía en el aire mientras él la miraba, el rostro torcido en una mueca de desagrado.
“Está al acecho de una debilidad que explotar.”

“La habéis atrapado de manera meticulosa. Sabéis que no os fallaré.” Dijo Malfoy con tono
respetuoso.

“La quiero encinta,” dijo Voldemort en un siseo contundente. Después, como si se le hubiera
ocurrido, añadió, “Me preocupa que el linaje de los Malfoy no tenga heredero.”

“Por supuesto, mi Señor, Astoria y yo hemos seguido con esmero todas las instrucciones de la
Sanadora Stroud,” dijo Malfoy.

“Muy bien,” dijo Voldemort, reclinándose aún más en su trono y rozándose la comisura de la boca
de nuevo. “Llévala de vuelta a la mansión, entonces.”

Malfoy hizo una reverencia y agarró a Hermione del brazo desde donde estaba suspendida. La
magia que la sujetaba desapareció y cayó contra él. Hizo una mueca de evidente desagrado y
procedió a arrastrarla fuera de la habitación y lejos de aquél empalagoso y opresivo nido de magia
negra.

Cuando estuvieron por la mitad de un pasillo Malfoy la empujó contra la pared y la liberó. Ella se
deslizó un poco hacia abajo y alzó las manos temblorosas para secarse las lágrimas acumuladas en
sus mejillas. Apenas podía ver a través del dolor cegador de su mente.

“Bébete esto,” ordenó él, poniéndole un frasquito de una poción analgésica común en la mano. “Si
no, te desmayarás cuando te aparezca y aumentará el periodo de recuperación.”

Ella se lo tomó, bastante segura de que no iba a envenenarla.

“¿Alguna vez te ha pasado esto?” se encontró preguntando, cuando el dolor remitió lo suficiente
como para que pudiera hablar de nuevo y el rostro de él se enfocó lentamente en su campo de
visión.

Malfoy la miró por un momento.

“Más de una vez,” dijo. “Mi entrenamiento fue riguroso.”

Ella asintió.

“¿Fue después de quinto año?” preguntó, alzando la mirada hacia él. El dolor parecía mitigarse
cuando se concentraba en la pregunta.

“Sí,” dijo, con voz cortante.

“¿Tu tía?”

“Hmm,” murmuró como confirmación, entrecerrando los ojos.

Ambos se miraban con intensidad. Él parecía ser lo único que podía ver ella.

“No es lo único que aprendiste aquel verano,” señaló ella. Los ojos de Malfoy se abrían
gradualmente.

“¿Necesitas que confiese algo? ¿Debería contarte todo lo que he hecho?” preguntó, arrastrando
cuidadosamente las palabras. Se acercó de forma que se alzaba sobre ella.

Ella se obligó a no encogerse o deslizare al suelo más de lo que ya había hecho. Alzó la mirada
hacia sus ojos. Una pregunta ascendió a sus labios y sintió que era vital decirla.

“¿Es lo que quieres?” preguntó.

Él la miró como si estuviera sopesando algo. Entonces sus ojos se endurecieron y dio un paso atrás.

“¿Por qué iba a querer hablar contigo sobre nada, Sangre Sucia?” dijo fríamente, agarrándola del
brazo y arrastrándola por el pasillo hasta el punto de aparición.

Hermione sentía el cerebro aplastado y dañado. Cuando Malfoy se apareció de vuelta en la


habitación, la sensación opresiva en su cabeza la hizo gritar y desplomarse, vomitando en cuanto
apareció.
Malfoy se quedó de pie, tenso, mirándola desde arriba, e hizo desaparecer lo que había ensuciado
mientras ella trataba de reprimir las náuseas.

“Vete a la cama. Tienes dos días para recuperarte antes de tener que volver a dar paseos,” dijo antes
de darse la vuelta para irse. Le habría echado una mirada fulminante si hubiera podido frenar las
arcadas convulsivas que sacudían su cuerpo.

Cuando su cuerpo finalmente se convenció de que no quedaba absolutamente nada que expulsar en
su estómago, Hermione se arrastró a la cama y se acunó la cabeza en los brazos.

No estuvo segura de cuándo habían pasado los dos días. Dormía como una muerta y no hubiera
podido decir si habían pasado horas o días cuando por fin se levantó sin una migraña.

Cuando estaba toquiteando el desayuno Malfoy entró en la habitación.

Ella lo miró con resentimiento desde la cama.

“Felices fiestas, Sangre Sucia,” dijo con voz cansina.

Ella lo miró ligeramente sorprendida.

“Como regalo de Navidad para mí mismo, he decidido acabar con mi ritual semanal de sustituir
todos tus zapatos. Debería llegar mañana. Por favor, no lo interpretes como una muestra de mi
afecto,” dijo, y rio entre dientes. Después se le enfrió el rostro mientras se acercaba. "Han pasado
tres días y no has salido de la habitación. Espero que no vayas a causarme ningún inconveniente.”

Hermione se encontraba demasiado mal como para asustarse de Malfoy.

“No tengo forma de saber que día es,” dijo con voz monótona. “Quizá darme un calendario podría
ser un regalo adicional para ti mismo.”

Él la miró.

“¿No se te ha ocurrido pedírselo a un elfo doméstico?” preguntó después de un momento.

Hermione lo miró y sintió que lágrimas de humillación se le acumulaban en los ojos. Hizo una
mueca, intentando no gemir o llorar.

“No puedo hablar a menos que me hablen,” dijo con voz rígida.

Malfoy se quedó helado y estuvo en silencio durante un momento sorprendentemente largo. Una
expresión indescifrable pasó por su rostro antes de que pestañeara y riera suavemente.

“Y yo pensado que era por algo sobre los derechos de los elfos,” dijo con una sonrisa torcida. Sus
ojos aún parecían algo paralizados. “Mandaré un elfo más tarde y veremos si puedes hablar si él
inicia la conversación.”

Giró sobre sus talones y salió de la habitación sin decir una palabra más.

Cuando Hermione terminó de picar de la comida apareció una elfina a llevarse los platos.

“El Amo quiere saber si usted necesita algo,” dijo, evitando su mirada.
“Un calendario que indique la fecha, si es posible. Y—un libro, sobre lo que sea.”

La elfina parecía incómoda.

“Puedo darle a usted un calendario. Pero la Señora dice que la Sangre Sucia no debe mancillar
ningún libro de los Malfoy y que los ha encantado para que quemen la sangre impura de usted.”

A Hermione se le encogió el pecho y desvió la mirada. Se mordió el labio para que no le temblara.
Por supuesto que Malfoy o Astoria harían algo tan malicioso como prohibirle leer de forma
explícita.

“No importa entonces,” dijo en voz baja.

“Puede tener El Profeta, si usted quiere,” ofreció la elfina.

“Eso—estaría bien,” dijo Hermione, reacia a permitirse sentir esperanzas.

“¿La Sangre Sucia necesita algo más? “

A Hermione se le torció la boca. Casi le pidió a la elfina que la llamara Hermione. Nadie la había
llamado Hermione desde—desde—

Era difícil de recordar.

Pero no quería saber si la elfina tenía instrucciones explícitas de llamarla solo Sangre Sucia.
Probablemente sí. Era mas fácil no preguntar siquiera.

“Nada más,” dijo, mirando por la ventana.

La elfina desapareció.

Un calendario había aparecido en la pared y había una copia del profeta en su cama aquella tarde
cuando volvió, temblando, del paseo.

25 de diciembre. Verlo en la pared la dejó paralizada unos minutos.

La copia del periódico corroboraba la fecha. Tenía miedo de tocarlo, medio esperando que la
quemara: Un giro extra de crueldad.

Lo tocó con un dedo, vacilante. No pasó nada.

Se sentó y lo leyó de principio a fin. Saboreando las palabras.

Leyendo.

Lo había echado de menos. La última vez que leyó El Profeta lo había hecho muy deprisa.

Lo leyó despacio una vez. Y después otra. Y otra. Cada palabra.

Eran casi todo tonterías. Propaganda mal disimulada. Las noticias políticas eran casi
incomprensibles entre todo lo demás. A Hermione nunca le había interesado el quidditch, pero leyó
con avidez todos los resúmenes de los partidos, ya que al parecer era lo único de lo que se
informaba de manera fiel a la realidad. Las páginas de sociedad hablaban sin parar de Astoria.
Aparecía mencionada en todos los artículos.

Hermione leyó el periódico de arriba abajo. Buscando cualquier patrón. O código. Solo por si
acaso.

La mañana siguiente encontró un par de botas en el armario al lado de sus zapatos. El “regalo” de
Malfoy. Había estado desgastando las suelas de sus endebles zapatos cada pocos días y caminar por
la nieve casi le había provocado congelaciones en los dedos en varias ocasiones.

Las botas eran de cuero de dragón. Cuando se las puso se ajustaron a sus pies. Se percató de que
tenían encantamientos para mantener sus pies a una temperatura perfecta. Podría caminar mil
kilómetros con ellas y no le saldría ni una ampolla.

Las observó, confundida. Era—excesivo.

Igual que la capa que le había dado.

Quizá Malfoy ni siquiera sabía comprar zapatos normales. Daría por hecho que todas las botas
venían en cuero de dragón, y con control de temperatura y encantamientos amortiguadores.

Que Malfoy fuera mínimamente considerado era desconcertante. Se quedó mirando las botas unos
minutos más.

Desechó el asunto. Si Astoria tuviera un caniche seguramente le pondrían un collar de joyas.

Ella solo era una mascota subrogada bien calzada y abrigada con la que acostarse.

Probablemente estaba preocupado de que si desarrollaba congelaciones tendría que interactuar con
ella de nuevo.

Y, dado que presuntamente se pretendía que tuviera tres niños antes de dejar la finca probablemente
esperaban que viviera en la Mansión de los Malfoy por lo menos cuatro años. Posiblemente cinco o
seis.

Teniendo en cuenta lo espartana que parecía la Mansión de los Malfoy, Malfoy aparentemente tenía
una filosofía de “cómpralo una vez, y para toda la vida”. El hecho de haber tenido que comprarle
veinte pares de zapatos en dos meses probablemente era algo que encontraba moralmente ofensivo.

Si le hubieran dado antes las botas quizá se hubiera sentido alguna esperanza de usarlas para
escapar. Pero mirado a sus pies no sentía ni siquiera la más mínima pizca de optimismo.

De todas formas sería agradable que los pies no le dolieran durante horas cada día.

Las cosas por las que se encontraba sintiéndose agradecida eran realmente aterradoras.

La elfina doméstica apareció de nuevo para llevarse los platos y preguntó si necesitaba algo.

“¿Se me permite quedarme los periódicos después de leerlos?” preguntó Hermione con cautela.

Aparentemente esa pregunta no era una que la elfina estuviera preparada para responder. Arrastró
los pies y pareció considerarlo.
“Topsy cree que sí. Solo que desaparecerán luego,” dijo la elfina tras unos minutos. “¿Por qué los
quiere la Sangre Sucia?”

Hermione se encogió de hombros.

“No tengo nada que hacer. Tener papel que pueda usar estaría bien. Supongo que se me negaría si
pidiera un ovillo de cuerda o hilo.”

La elfina asintió, Hermione había acertado.

“Topsy debe mantener la habitación limpia. Pero la Sangre Sucia puede usar el papel hasta que
llegue el siguiente,” dijo la elfina.

“Está bien,” dijo Hermione. No es que tuviera elección en el asunto.

Hermione leyó el periódico doce veces antes de cortarlo en cuadraditos. Había pasado la noche
anterior repasando una lista de objetos que pensaba que quizá le permitirían tener. Suponía que no
le dejarían tener agujas de punto. Que le restringiesen el hilo lo había adivinado, aunque el hecho
de que Malfoy pudiera estar preocupado de que se ahorcara sin que un retrato se diera cuenta
parecía poco probable—

Quizá fuera. Tendría que fijarse mejor en los árboles de la finca… Desechó aquellos pensamientos
y los dejó para otro día.

No estaba pensando en el suicidio. No estaba pensando en la forma en la que aún le palpitaba la


cabeza., como si Voldemort le hubiera infligido un daño permanente. No estaba pensando en cómo
dolían los sonidos. O en que sus manos volvían a crisparse con el tic tac del reloj. O la forma en
que cuando Voldemort la había obligado a revivir el ser violada había sido aún más traumático que
cuando pasó de verdad. No estaba pensando en cómo iba a escapar.

No estaba pensando en nada más que en romper con cuidado El Profeta en líneas tan rectas como le
permitían los espasmos de sus manos.

Eso era todo.

Era lo único en lo que estaba pensando.

Cuando había hecho bastantes cuadrados, comenzó a plegarlos. Empezó por grullas de origami.

No recordaba exactamente dónde había aprendido a hacerlas. La habilidad parecía memoria


muscular, hacía los pliegues en un orden específico que no recordaba haber memorizado.

¿Su padre, quizás?

Alguien con dedos ágiles y precisos. En la mesa de la cocina, enseñándole los pasos.

“Si haces mil grullas en un año, tendrás un deseo,” dijo una voz masculina.

“No, tendrás suerte y felicidad,” dijo una voz femenina desde la habitación de al lado.

“Es lo mismo.”
“No creas. Un deseo supone que la persona sabe qué es lo mejor para sí misma. La buena suerte y
la felicidad dejan que el Destino te guíe por el camino correcto. Preferiría que me concedieran
suerte y felicidad que un solo deseo.”

“Vale, Confucio. Me rindo ante tu conocimiento superior de lo místico.”

“Ahora solo intentas provocarme a propósito. Mezclar el Confucianismo con la Mitología


Japonesa es una ofensa ante los dioses de la pedagogía. No voy a dejar que le llenes a nuestra hija
la cabeza con semejante desinformación.”

“Quizá lo estoy haciendo para estimular su pensamiento crítico… Está bien, me disculpo
sinceramente por lo terriblemente mal informada que estará ahora. Asumo toda la responsabilidad
cuando la destierren de la sociedad y se vea obligada a vagar por la tierra como nómada. En el
futuro me aseguraré de referenciar todo lo que diga de una biblioteca primero.”

“Sí, muchas gracias. Eso sería fantástico.”

“El problema de casarse con alguien que nunca te aburre es que ni siquiera dejan a un hombre en
paz para enseñarle a su hija su hobby favorito. Mira, te enseñaré a hacer mosaicos de origami. Tu
madre no tiene ni idea de eso. Acabo de leer un artículo de un astrofísico que propone usar la
técnica para almacenar membranas grandes en satélites.”

Hermione hizo grullas de origami hasta que le dolieron los dedos. Después las puso de pie en el
suelo, con las alas extendidas.

El periódico no tenía la consistencia ideal para el origami, pero era algo que hacer. Hermione no
había tenido nada que hacer en mucho tiempo.

Era una pena que la mitología japonesa no fuera magia de verdad. Haría cien mil grullas si fueran a
darle un poco de suerte.

Reunió todas las grullas y las aplanó. Dejándolas en una pulcra pila para que los elfos se las
llevaran.

Se preguntaba cómo habían sido sus padres. Qué clase de trabajo habían tenido.

Esperaba que su incapacidad para recordarlos significara que estaban a salvo en alguna parte. Que
los había protegido antes de que empezara la guerra.

Esperaba que no supieran lo que había sido de ella.


Capítulo 13

Cinco días después, Hermione estaba sentada en el suelo junto a la ventana, plegando la que
calculaba que era su grulla número doscientos treinta y seis, cuando se abrió la puerta y un hombre
asomó la cabeza. Sus ojos repasaron la habitación y cuando se fijaron en Hermione, entró en la
habitación y cerró la puerta tras de sí.

Tenía una expresión furtiva y la miraba fijamente mientras avanzaba hacia ella.

Parecía tener prisa.

Era un hombre robusto de pelo negro y rasgos angulosos. Llevaba ropa formal, una túnica azul
oscuro. Tenía una espesa barba.

La respuesta instintiva de Hermione al verlo fue puro terror.

Se quedó petrificada mirándolo.

No había a dónde huir. Ni siquiera podía gritar.

Nunca se le había ocurrido que un extraño pudiera entrar en su habitación algún día.

Él frenó un poco, advirtiendo su expresión.

“No me recuerdas,” dijo con tono de sorpresa. Parecía haber un atisbo de ofensa en sus palabras.

Hermione lo estudió, desesperada, tratando de adivinar quién podía ser. Le resultaba vagamente
familiar. ¿Quizá del colegio? Alguien que no conocía demasiado.

Él seguía avanzando. Había recorrido casi la mitad de la habitación y a Hermione comenzaron a


crispársele las manos mientras intentaba pensar en qué hacer. Si huía, tendría que alejarse de el lo
suficiente como para no oírlo o simplemente podría ordenarle que parara. Quizá si se tapaba los
oídos… pero podría aturdirla.

No podía—

Estaba a apenas un metro y su expresión se volvía triunfante.

De repente se oyó un seco crujido y Malfoy apareció de la nada a lado de Hermione. Ella,
sobresaltada, se encogió y retrocedió hacia él, alejándose del extraño.

Su expresión intensa y triunfante cambió de pronto, siendo sustituida por indiferencia al ver a
Malfoy. Su actitud furtiva desapareció al enderezarse y echo un vistazo a la habitación de
Hermione.

“¿Te has perdido, Montague?” preguntó Malfoy con frialdad mientras daba un pequeño paso para
ponerse delante de Hemrione.

Montague se encogió de hombros.


“Solo estaba explorando,” dijo. “Me entró la curiosidad al verla. Tienes un montón de barreras
protectoras en esta habitación, Malfoy.”

Hermione desvió la mirada hacia las paredes. ¿Había barreras? Nunca se había dado cuenta. Era
difícil detectar ciertos tipos de barreras sin una varita o un poco de magia para percibirlas.

“El Señor Tenebroso me la ha confiado con instrucciones específicas sobre su cuidado. Siempre es
útil saber cuando hay un intruso,” respondió Malfoy. Su tono era de puro hielo.

Montague se rió. “¿No se le permiten visitas?”

“No se le permiten,” dijo Malfoy, alejándose de Hermione tras dirigirle una rápida mirada
indiferente. “Y si tenías curiosidad pudiste simplemente preguntarme. Es casi medianoche. Quizá
deberíamos volver a la fiesta. Estoy seguro de que Astoria nos echará en falta.”

Malfoy cruzó la habitación a zancadas y esperó a que Montague lo siguiera. Montague pareció
tomarse su tiempo a propósito.

Echó un último vistazo a la habitación y después a Hermione. La intensidad volvió a sus ojos
mientras la observaba desde arriba con Malfoy tras él.

Algo. Había algo que estaba tratando de comunicarle.

Entonces se dio la vuelta y siguió a Malfoy fuera.

Hermione se quedó mirando la puerta que habían cerrado tras ellos durante unos minutos.

Montague.

¿Graham Montague?

Había estado en la Brigada Inquisitorial. Y había sido capitán del equipo de quidditch de Slytherin.
Fred y George le habían metido dentro del armario evanescente en quinto año.

Hermione apenas le conocía. Él apenas la conocía a ella.

¿Cuándo le había conocido hasta el punto en que esperaba que lo reconociera?

Mientras pensaba, Hermione dejó a un lado un trozo de papel que había roto por los espasmos de
sus dedos.

Los Malfoy estaban dando una fiesta de Año Nuevo en la mansión. No habría tenido ni idea si
Montague y Malfoy no hubieran aparecido.

Se levantó y fue hacia la puerta, indecisa. Quería ver a gente con sus propios ojos, pero la idea
también la aterrorizaba.

Si alguien la veía podría hacer lo que quisiera con ella, a menos que Malfoy apareciera y lo
impidiese. El intenso alivio instintivo que había sentido por su llegada antes la perturbaba más de lo
que quería pensar.

Más vale malo conocido que bueno por conocer.


Se quedó en la puerta varios minutos antes de abrirla, vacilante. Caminó por el pasillo y se deslizó
por uno de los pasajes de servicio, hacia el ala principal de la casa.

Poco a poco, el sonido de un cuarteto de cuerda comenzó a alcanzar sus oídos acompañado del
murmullo de conversaciones. Se paró a escuchar.

Música.

No había escuchado música en años.

Se quedó quieta y se apoyó en la pared para absorberlo. Cerrando los ojos y respirando al tempo de
las cuerdas.

Había olvidado la sensación de escuchar música.

Después de quince minutos volvió en sí y se puso en marcha de nuevo. Abrió una puerta y se
asomó a un pasillo oscuro para ver si estaba despejado. Estaba a punto de entrar cuando escuchó
una risita de mujer. Hermione volvió atrás rápidamente y vio a Astoria doblar la esquina cogiendo a
alguien de la muñeca. Una muñeca de hombre que era obvio que no pertenecía a Malfoy.

Hermione no podía ver claramente en la oscuridad, pero la complexión del hombre no encajaba.
Era más ancho de hombros y más bajo. Y no tan pálido, ni rubio.

Astoria se reclinó contra la pared y el hombre se puso frente a ella de modo que Hermione no podía
ver a la bruja rubia. Los ojos de Hermione se agrandaron al ver que las risitas daban paso a jadeos
entrecortados.

Ella no—bueno, no le sorprendía especialmente—Hermione simplemente no había esperado


encontrárselo.

De pronto dos piernas blancas como la leche se hicieron visibles, envolviendo las caderas del
hombre, y los sonidos se volvieron de jadeos a gemidos.

Hermione se encontró extrañamente fascinada hasta que se le ocurrió un pensamiento horrible—

Malfoy lo encontraría en su memoria.

Retrocedió de golpe y subió las escaleras sin hacer ruido. Tomó otra ruta hacia el salón de baile.

Había conseguido manejarse bastante bien por casi toda la mansión. Mientras fuese a su ritmo y
usara las paredes como piedra angular podía ir casi a cualquier parte.

En el tercer piso había una estrecha escalera de caracol que llevaba a un balcón desde el que se veía
el salón de baile. Hermione suponía que la fiesta tenía lugar en aquel salón.

Quería ir a algún sitio en el que escuchar las conversaciones, pero la aventura del pasillo de Astoria
había interferido con su plan. Hermione recordó lo que había visto. El acto en si no la sorprendía,
pero la indiscreción parecía excesiva. Engañar a su marido en un pasillo lleno de los retratos de su
familia. Incluso si fuera un matrimonio abierto la falta de tacto parecía poco diplomática.

Hermione se deslizó hasta el balcón, se arrodilló y echó un vistazo por encima de la barandilla,
hacia la fiesta. El salón estaba lleno de gente vestida con sus ropas más lujosas. La sala
resplandecía con las decoraciones. Brillando. Las lámparas de araña estaban encendidas con
lucecitas de hadas y en el centro de la habitación había una torre de copas de champán que media
por lo menos dos metros. El champán bajaba por ella en una fuente mágica infinita.

Era una fiesta para las páginas de sociedad. Había varios fotógrafos tomando fotos para el
periódico de la mañana siguiente.

Hermione alcanzó a ver a Pius Thicknesse y a otras varias figuras importantes del Ministerio.
Había docenas de Mortífagos que Hermione reconocía.

Un destello de pelo rubio pálido atrapó la atención de Hermione y encontró a Malfoy teniendo una
conversación con Dolores Umbridge. La Alcaide llevaba una túnica de vestir rosa fucsia, con un
pronunciado escote y un colgante colocado de manera sugerente en su pecho.

Umbridge estaba tocando el brazo de Malfoy con gestos afectados mientras él permanecía con el
rostro impasible. Él no dejaba de lanzar miradas disimuladas a su pecho de una forma que parecía
ser una mezcla de curiosidad y malestar.

Antes de que Hermione pudiera tomar nota de aquella interacción, una figura escarlata llamó su
atención. Miró hacia allí y tuvo que mirar dos veces. Había una subrogada en la fiesta.

Hermione repasó la sala con la mirada y se dio cuenta de que había nueve de ellas.

Las miró, atónita. No podía reconocer a ninguna de ellas; todas llevaban toca y seguían a magos
como si fueran sombras. Tenían la cabeza gacha y los hombros hacia delante, sumisas.

Algunos de los magos a los que acompañaban eran Mortífagos. Hermione reconoció a Amycus
Carrow, Mulciber, y Avery. Los demás eran más jóvenes. Creía que uno podía ser Adrian Pucey y
otro Marcus Flint.

Las subrogadas, Hermione se dio cuenta mientras observaba, estaban siendo utilizadas como
símbolos de estatus. Haciéndolas desfilar para hacer alarde de la importancia del linaje.

A Hermione se le encogió el pecho y se le torció el gesto mientras miraba.

Las mujeres no se acercaban unas a otras. Probablemente les habían ordenado que no se separaran.
Pero cuando dos de ellas se cruzaban Hermione vio que se rozaban las manos un instante. Para
pasar un mensaje o simplemente para consolarse, Hermione no podía distinguirlo desde tan arriba.

Hermione había asumido que a las otras subrogadas las mantenían enclaustradas en casas como a
ella. Claramente era una suposición incorrecta.

Hermione era la excepción. Miembro de la Orden. Recuerdos ocultos. Esposas con magia de
sangre. Entregada al Oficial Supremo. Llevada ante Voldemort.

Era posible que a las otras chicas incluso les permitieran salir solas. De hecho, dado que podían
rastrearlas, no había ninguna razón por la que no podrían.

Quizá Hermione técnicamente tenía permitidas tales cosas. Aunque realmente lo dudaba. Si no se
le permitían las visitas parecía discutible que Malfoy le permitiera salir de la finca.

“¡Un minuto para la medianoche!” exclamó alegremente una bruja con voz sonora, interrumpiendo
los pensamientos de Hermione. “¡Preparaos para vuestros besos de Año Nuevo!”
Astoria volvió a la sala. Se había alisado la ropa y su expresión era inocente, pero la rodeaba una
leve sensación de estar desarreglada que a Hermione le parecía obvia. Su pintalabios estaba
ligeramente difuminado de forma que no se quedaba del todo en la línea de sus labios. No estaba
emborronado, pero era suficiente como para que el contorno de sus labios se viera suavizado de
forma descuidada. Su expresión era altiva.

Hermione observó a Astoria avanzar hacia Malfoy. La expresión de Astoria se iba convirtiendo en
una de afecto mientras se acercaba, pero había una chispa de algo más en sus ojos.

Malfoy la observó atentamente pero su expresión no vaciló. Hermione no podía ver el rostro de
Astoria desde ese ángulo.

“¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho! ¡Siete!” La sala entera comenzó a cantar la cuenta atrás al año nuevo.

Al bajar los números Malfoy alzó la mano, su expresión aún en blanco, y pasó el pulgar por los
labios de Astoria.

En el cero se inclinó hacia delante y presionó los labios contra los de Astoria. Saltó el flash de una
cámara. La habitación explotó con fuegos artificiales mágicos y vítores y el entrechocar de las
copas al brindar.

Los labios de Malfoy permanecieron presionando los de Astoria, pero mientras besaba a su mujer
alzó la vista, mirando por encima de la cabeza de ella. Sus ojos fríos y grises inmediatamente se
clavaron en el rostro de Hermione.

Hermione se olvidó de respirar.

Le devolvió la mirada. Paralizada.

Se le encogió el estómago. Comenzó a latirle el corazón con fuerza hasta que pudo escucharlo en
sus oídos. Se estremeció. Sentía que debería retirarse de la vista, pero se encontró atrapada, como si
estuviera atada por la fría plata.

Él siguió mirándola desde abajo hasta que Astoria se apartó y se dio la vuelta. Entonces bajó la
vista y una falsa sonrisa de aristócrata curvó sus labios cuando miro hacia la sala, aplaudiendo sin
entusiasmo durante varios segundos antes de tomar una copa de champán de una bandeja flotante.

La vació como si fuera enjuague bucal.

Hermione se sentó, poniendo las manos contra el pecho intentando que su corazón dejara de latir
tan fuerte.

La fiesta duró horas. Hermione estudió con atención todas las interacciones. Buscando signos de
tensiones y alianzas. Tratando de identificar el orden social para poder entender lo que se dejaba
fuera de El Profeta.

Vio a Graham Montague conversando y lo observó durante un rato, intentando distinguir si le


resultaba familiar. Le era totalmente ajeno.

Mafoy no conversaba. Permanecía en un sitio y dejaba que otras personas conversaran con él. Se
volvió aparente para Hermione quienes sabían que era el Oficial Supremo y quienes no. Había algo
de reverencia y delicadeza en cómo los Mortífagos más jóvenes se dirigían a él. Los Mortífagos
más mayores como Mulciber o Nott Sr o Yaxley lo trataban con una mezcla de respeto y
resentimiento.

Aunque los otros no supieran por qué Malfoy era tratado con tanto cuidado por los Mortífagos, el
respeto era contagioso. La sala se orietaba hacia Malfoy de una manera inquietante.

Malfoy interpretaba su papel como un rey benévolo. La frialdad y la sensación de peligro que
envolvían su persona eran innegables, pero lo escondía bajo capas de cortesía aristocrática. La
expresión dura e inflexible que tenía cuando estaba con ella había desaparecido. Ahora era
indulgente. Sonreía y entablaba lo que parecía ser una sarta de conversaciones triviales con
cualquiera que se acercara. Pero a Hermione, que era incapaz de distinguir las palabras y
simplemente le observaba, le parecía siempre frío y lleno de aburrimiento.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando partieron los últimos invitados.

Hermione volvió con cautela a su habitación. No quería volver a encontrarse con Astoria, o ningún
rezagado. Cuando llegó al pasillo que llevaba a su habitación, se asomó desde la esquina y encontró
a Malfoy ahí de pie.

Él miro hacia donde estaba y la vio inmediatamente.

“¿Lo has pasado bien?” preguntó.

Ella vaciló un instante antes de doblar la esquina y avanzar hacia él, encogiéndose de hombros.

“Ha sido mas interesante que solo leer sobre el tema,” dijo ella.

Él resopló.

“Unas palabras que nunca esperaba oírte decir,” dijo. Entonces la miró, entrecerrando los ojos.

“¿Por qué Montague está interesado en ti?” inquirió, alzando una ceja.

Hermione alzó la mirada. Por supuesto que eso era por lo que estaba aquí.

Le sorprendió que le preguntara. Tenía, Hermione se había dado cuenta, un a pauta para examinar
sus recuerdos. Aproximadamente cada diez días. Se había saltado la última sesión y se la había
dejado a Voldemort, pero esperaba que apareciera en algún momento del día siguiente. Si hubiera
querido simplemente podría haber esperado.

“No lo sé,” dijo ella. “Apenas le conocía en el colegio.”

La curiosidad floreció en los ojos de Malfoy.

“¿De veras? Qué curioso,” dijo, reflexivo. “Estás llena de sorpresas.”

Hermione puso los ojos en blanco.

“¿Le dices lo mismo a todas?” dijo dulcemente con sarcasmo.

Él la miró, cortante, y entonces rio entre dientes.

“Vete a la cama, Sangre Sucia.”


A pesar de la construcción de la frase, no parecía una orden. Hermione le observó durante unos
segundos más antes de entrar a su habitación de todos modos.

Él aún estaba de pie en el pasillo cuando ella cerró la puerta.

El periódico de la mañana siguiente tenía una fotografía de Malfoy y Astoria en la portada.


Plasmaba el momento en que Malfoy alzaba la mano y pasaba el pulgar por los labios de Astoria
antes de inclinarse a besarla, con fuegos artificiales estallando tras ellos.

Parecía bonito, romántico e íntimo.

En la página siguiente había una imagen del Oficial Supremo ejecutando a varias personas en
Francia. Una chica le resultaba vagamente familiar. Hermione pensó que quizá había visitado
Hogwarts durante el Torneo de los Tres Magos.

Hermione no se había dado cuenta de que Malfoy había dejado el país aquella semana.

Hermione plegó una fotografía de Malfoy y Astoria con un patrón en espiga y se entretuvo
haciendo que Malfoy y Astoria se separaran y se chocaran el uno con el otro.

Rasgó la imagen del Oficial Supremo en pequeñas tiras y la entretejió como una red. En otra vida,
pensó, quizá disfrutaría de crear complejas cubiertas de tarta.

Después se levantó y comenzó su rutina de ejercicios.

Se estaba poniendo tan en forma que era ridículo, lo cual era satisfactorio, pero sobre todo inútil.
Realmente no importaba la fuerza que tenía en el brazo si no era capaz de lanzarle un puñetazo en
la cara a Malfoy. No servía de nada tener resistencia cuando estaba al borde del ataque de pánico
cada vez que separaba la mano de los setos o intentaba moverse a una velocidad que no fuera
glacial.

Malfoy apareció por la tarde para revisar sus recuerdos. No pareció encontrar nada de especial
interés en su pasado reciente. Ni siquiera reaccionó cuando encontró el recuerdo de Astoria
siéndole infiel en el pasillo. Los retratos probablemente ya le habían informado. Cuando terminó de
repasar sus recuerdos se enderezó.

Hermione parpadeó para despejar la presión de la cabeza y se sentó, mirándolo.

“Mandaré un último frasco de la poción mañana,” dijo.

Hermione asintió. Él no dijo nada más antes de darse la vuelta e irse.

Aquella noche Hermione ideó un cuidadoso plan para el día siguiente. Si en efecto iba a ser su
última dosis de la poción entonces había una serie de cosas que quería probar antes de que se
pasaran los efectos.

La mañana siguiente no se detuvo a leer el periódico. Vació el frasco de poción antes de permitirse
dudar o temer el síndrome de abstinencia que sufriría más tarde. Después se dirigió hacia la puerta
con fría determinación.

Su primer objetivo era el ala sur de la mansión. La única parte de la casa que le quedaba por
explorar. Comenzó por los pisos más altos y fue bajando. Era en los que sería menos probable
encontrarse a alguien, así que podría moverse con más rapidez.
Al alcanzar el primer piso sintió que el ambiente se volvía frío y retorcido, podía sentirlo incluso a
través del efecto amortiguador de la poción. Se le erizó el vello de la nuca y su cuerpo se cubrió de
un sudor frío.

Magia negra.

Era tan densa en el aire que casi podía saborearla.

Se quedó paralizada en las escaleras varios minutos, calculado.

Su instinto la urgía intensamente a darse la vuelta y marcharse. Pero estaba sofocado bajo los
efectos de la poción.

Su curiosidad no.

Descendió el resto de la escalera y siguió la sensación. Había una puerta entreabierta. Echó un
vistazo. Era un gran salón. Totalmente vacío. No había ni un mueble. Ni cortinas. Ni retratos en las
paredes. Incluso el papel de la pared parecía estar arrancado.

No había nada más que una gran jaula en el centro de la habitación.

La magia negra estaba suspendida en toda la habitación, pero parecía estar más concentrada
alrededor de la jaula.

Hermione entró lentamente a la sala y se acercó a ella.

Había muerto gente en aquella habitación. Mucha gente. Lentamente.

La mente de Hermione comenzó a catalogar los rituales oscuros que conocía que crearan semejante
presencia de magia retorcida tan duradera.

Probablemente había corrompido algunas de las líneas ley de la finca.

Al acercarse vio que la jaula estaba construida desde la piedra del suelo. Era literalmente
inamovible, a menos que se quitaran piedras fundamentales de la mansión, y qún así quizá no sería
suficiente.

Solamente permanecer en presencia de la jaula le hizo percibir un sabor en la boca, como el sabor
metálico de la sangre.

La observó atentamente.

Era unos centímetros más baja que ella. Probablemente un metro y medio de alta y uno de ancha.
Lo suficientemente alta para que el prisionero pudiera levantarse encorvado o agacharse.

Se preguntaba cuánta gente había estado ahí atrapada.

Un sonido la hizo sobresaltarse. Se dio la vuelta y encontró a Malfoy en la puerta, mirándola con
tal irritación que rozaba la furia.

“Por supuesto que no ibas a ser lo suficientemente sensata como para no entrar aquí,” dijo con tono
cortante y avanzó hacia ella a grandes zancadas.
Capítulo 14
Chapter Notes
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Hermione se dio la vuelta hacia Malfoy con calma. Dudaba que incluso sin la poción se hubiera
sentido especialmente preocupada. Le miró mientras él se acercaba. Había llegado a la conclusión
de que no le estaba permitido ni estaba particularmente interesado en hacerle daño.

Aún si no estuviera desesperado por descifrar sus recuerdos, Stroud probablemente le había
explicado por qué no sería aconsejable quebrarla psicológicamente.

“¿Tienes enjaulada a mucha gente?” preguntó ella.

Él la miró. Estaba ligeramente pálido, y sus ojos se oscurecieron y endurecieron con la rabia que
apenas estaba conteniendo. Podía sentirla envolver su silueta.

Se le ocurrió que si quisiera intentar que la matara, probablemente aquel era el momento perfecto.
Estaba rodeado por la magia negra de la habitación, corruptora y adictiva. Lanzar hechizos en un
ambiente como aquél podía ser como una droga.

Malfoy apretó los labios, formando una dura línea, y ella pudo ver cómo tensaba la mandíbula.
Había mucha emoción bajo su eterna frialdad. Tenía una furia latente revolviéndose, ondulando,
justo bajo la superficie.

La sala tenía un intenso efecto sobre él. La provocación correcta y quizá conseguiría hacerlo
explotar. Se preguntó cómo podría hacerlo.

Entonces él esbozó una sonrisa torcida.

“Tú eres la única a la que tengo enjaulada, Sangre Sucia,” dijo. Su expresión de pronto se volvió
indiferente de nuevo, la furia aparentemente arrastrada de nuevo a las profundidades. “¿No lo
habías notado?”

Hermione le enseñó los dientes. Malfoy echó un vistazo a la habitación; tenía el rostro algo
demacrado, pero le dirigió una leve sonrisa.

“Esta es el ala de mi padre de la mansión,” dijo.

Hermione miró alrededor bruscamente, casi esperando que Lucius apareciera de la nada con
expresión maniaca, igual que la de su antigua cuñada.

“Por suerte para ti,” continuó Malfoy, “ha estado en el extranjero desde el final de la guerra. Me
gustaría pensar que no te torturaría y maldeciría de maneras horribles si te cruzaras en su camino,
pero si fuera hombre de apuestas tendría que admitir que no lo tendrías todo a tu favor. Así que no
te recomiendo visitas regulares aquí. ¿Quieres un tour completo antes de que nos vayamos? ¿Solo
para que te asegures de que no hay nada convenientemente tirado por ahí con lo que puedas
asesinarme?”
Hizo un ademán hacia la puerta y Hermione salió de la sala. Él la siguió de cerca y cerró la puerta
con firmeza. Hermione sintió un pulso de magia cuando se cerró; la sensación de oscuridad que los
rodeaba desapareció del ambiente. La puerta tenía fuertes barreras. Hermione supuso que era una
de las innumerables habitaciones en las que no debía entrar. Se preguntó si las otras habitaciones de
las que la mantenía alejada estaban igualmente teñidas en magia retorcida.

“Astoria no me dijo que hubiera ningún sitio al que no debiera ir. Supuse que me estaba permitido
explorar toda la mansión,” dijo ella.

“Estoy seguro de que estaría encantada si sufrieras un desafortunado accidente. Dejando a un lado
lo humillante que es tu existencia, podría acarrearme la muerte a mí también. Entonces ella se
convertiría en una viuda rica y sería libre de llevar a cabo sus sórdidas aventuras románticas de
forma más pública de lo que lo hace ya,” dijo Malfoy con tono indiferente.

Hermione alzó la mirada hacia él.

“¿Y no te importa?”

Él la miró con expresión fría.

“Se me ordenó que me casara con ella, así que me casé con ella. Nunca se me ordenó que me
importara,” dijo.

“Suenas tan esclavizado como yo,” dijo Hermione con sarcasmo.

Malfoy se detuvo en medio del pasillo y se volvió a mirarla, alzando una ceja. La observó durante
unos segundos y Hermione se detuvo a devolverle la mirada.

“¿Estás intentando provocarme o quebrar mi lealtad, Sangre Sucia? Cuan terriblemente atrevido
por tu parte.”

Hermione estudió su rostro durante unos segundos más antes de ver como sus labios se curvaban en
una leve sonrisa. “¿Sabes? Casi pareces una Gryffindor de nuevo.”

“Siempre he sido una Gryffindor,” respondió ella.

Los ojos de Malfoy centellearon levemente.

“Cierto. Supongo que sí,” dijo.

El momento se alargó. Siguieron mirándose el uno al otro. Hermione entrecerró los ojos mientras lo
evaluaba.

Parecía imposible que solo tuviera veinticuatro años. Nadie tan joven debería tener semejante furia
helada contenida detrás de sus ojos. Hermione había visto muchos rostros envejecidos por la
guerra, pero la expresión de Malfoy era única. Estaba compuesta meticulosamente, pero sus ojos
eran una tormenta; parecían contener el poder del océano.

¿A cuántas personas había matado? Gente que conocía, gente que no; nada de ello parecía
perturbarlo. Su rostro no estaba marcado por la preocupación; joven e indolente. Podía ver la guerra
en sus ojos, aun así. Todas las muertes que había visto y provocado. Como si el gris en ellos fueran
fantasmas.
Ginny. Había matado a Ginny. Había colgado su cadáver frente a todos sus amigos y lo había
dejado podrirse.

Y Minerva. Poppy Pomfrey, quien le había enseñado a Hermione sanación primero. Neville, el
primer amigo de Hermione en el mundo mágico. Moody.

Malfoy había matado a todos lo que quedaron después de la guerra. Había aniquilado la Orden del
Fénix.

Incluso bajo los efectos de la poción, el odio e ira que sentía hacia él no podía ignorarse. No era
que meramente le odiara emocionalmente. La furia que sentía por todo lo que había destruido era
una estructura en su mente. Merecía sufrir terriblemente por todo lo que había hecho. No necesitaba
emociones para creerlo.

No podía comprender qué es lo que sacaba de todo ello. Era rico, pero no hacía nada con el dinero.
Era poderoso, pero estaba obligado a mantenerlo en secreto. No parecía tener hobbies aparte de
matar gente con eficiencia y leer. Ni siquiera parecía disfrutar especialmente de matar.

Su vida parecía extrañamente carente de algo satisfactorio. ¿Qué le impulsaba?

Abrió la boca para sacar el tema, pero se refrenó. Tenía que andar con cuidado. Quería pensar en
ello un poco más.

Él sonrió al verla cerrar la boca.

“¿Elaborando mi perfil psicológico?” preguntó.

Hermione esbozó una débil sonrisa.

“Sí,” dijo.

“Espero a verlo con impaciecia,” dijo, dándose la vuelta para continuar caminando por el pasillo.

Ella resopló y lo siguió.

De pronto se oyó el sonido seco de unos tacones y apareció Astoria, doblando la esquina. Cuando
vio a Hemrione y a Malfoy entrecerró los ojos y frunció los labios.

“¿Es que socializamos todos juntos ahora?” preguntó Astoria con voz dulzona.

“Solo estoy enseñándole la mansión,” dijo Malfoy, arrastrando las palabras, y Astoria palideció
ligeramente. “La puerta al salón del ala sur estaba abierta.”

“Quizá los elfos domésticos la han dejado abierta,” dijo Astoria con frialdad.

“Por supuesto,” dijo con una sonrisa torcida. “Sin duda han sido los elfos domésticos.”

“Creía que estabas ocupado hoy,” dijo Astoria, cambiando de tema abruptamente. “Me habías dicho
que tenías mucho que hacer cuando te he pedido que te pasaras por el evento solidario esta tarde y
sin embargo aquí estas, `enseñándole la mansión´.”

Hermione vacilaba ligeramente al estar entre Malfoy y Astoria. La mujer de Malfoy tenía algo
intensamente inestable y Hermione no se sentía inclinada a llamar su atención—o ira. Sin embargo,
Hermione no tenía forma de retirarse de la tensa conversación sin que fuera demasiado obvio.

Permaneció inmóvil en el sitio, observado la escena con cuidado e intentando ser discreta. Las
palabras parecían ir con doble intención y mutuo desagrado. Astoria hervía de resentimiento mal
disimulado, enseñando levemente los dientes mientras fulminaba a su marido con la mirada.

“El señor tenebroso ha constatado explícitamente que la Sangre Sucia tiene prioridad sobre todo lo
demás,” dijo Malfoy con frialdad.

Astoria soltó una seca risa histérica.

“Cielos, no sabía que los herederos fueran tan importantes,” dijo, desviando la mirada hacia el
vientre de Hermione.

“Las instrucciones del Señor Tenebroso son lo que es importante,” dijo Malfoy, que comenzaba a
sonar aburrido. Hermione se percató de que ni siquiera estaba mirando a su mujer, estaba mirando
por encima de la cabeza de Astoria hacia un espejo de la pared que los reflejaba a él mismo y a
Hermione. “Si me pidiera que criara gusarajos lo estaría haciendo con la misma devoción.”

Hermione casi soltó una carcajada.

“No me ha parecido que ninguna de las amas de cría necesite tal devoción. No dejas que nadie se le
acerque. Es como si la estuvieras custodiando,” respondió Astoria secamente.

Malfoy rio entre dientes, un destello cruel asomó en sus ojos al dirigirse al rostro de Astoria. A ella
le cruzó el rostro un atisbo de incertidumbre, como si la atención repentina de su marido la pillara
desprevenida.

“Tenía entendido que no querías ponerle los ojos encima, Astoria. ¿Me equivoco?” dijo Malfoy,
con tono suave—casi seductor—pero con un toque de frialdad. “¿Preferirías que me la llevara por
ahí? ¿Qué la trajera a la ópera conmigo? ¿Quizá que se una a nosotros en la portada del Profeta el
próximo Año Nuevo? El mundo entero sabe que es mía. ¿Querías que lo reiterara?”

Astoria palideció y lanzó a Hermione una mirada de odio manifiesto.

“No me importa lo que hagas con ella,” siseó Astoria, y después giró sobre sus talones y se fue.

La inestabilidad despareció del ambiente con el sonido de pisadas que se alejaba. Malfoy observó
la marcha de Astoria con expresión de fastidio. Se giró para dirigir el ceño hacia Hemrione.

“Has hecho enfadar a mi mujer, Sangre Sucia,” dijo.

Hermione alzó la mirada hacia él. Casi parecía esperar una disculpa.

“Mi existencia la hace enfadar,” respondió, indiferente. Le miró de reojo. “Si te `importara´ podrías
remediarlo fácilmente.”

El resopló y la miró.

“La poción sí que hace de las suyas contigo,” dijo. La miraba con tal intensidad que parecía que
estaba memorizando su rostro.
Ella le devolvió la mirada con calma. Le hubiera gustado poder estar tan calmada sin sentir como si
fuera de hielo. Había tantas cosas que quería desentrañar y aprovechar de él; si simplemente
pudiera reinar en su propia pisque y controlarse.

Había tantas cosas en él que tenían tan poco sentido para ella…

Si pudiera acercarse un poco…

“Siento como si pudiera respirar,” dijo. “Como si hubiera estado ahogándome tanto tiempo que
hubiera olvidado la sensación de tener oxígeno.”

Entonces hizo una mueca.

“Aunque la abstinencia deja mucho que desear,” añadió.

Él soltó una carcajada y al fin desvió la mirada de su rostro. “Si no te dejara vomitando en el suelo
podrías cometer el error de pensar que me importa,” dijo con desdén.

Hermione lo miró.

“Pareces estar sorprendentemente preocupado de que pueda pensar algo así,” dijo ella con
serenidad.

Malfoy se detuvo y le dirigió la mirada de nuevo por un instante antes de que una sonrisa felina se
dibujara en sus labios.

“¿Seguimos adelante con el plan, entonces?” dijo con voz cansina.

Hermione entrecerró los ojos.

“¿Cómo era? ¿Explorar el ala sur, intentar encontrar las cocinas, buscar un cobertizo o un establo,
encontrar a Malfoy e intentar encontrar alguna debilidad que aprovechar? ¿Ya hemos llegado a
tanto? Eres realmente eficiente.”

Hermione lo miró fijamente. Quería estar enfadada pero la poción tenía la emoción reprimida.

“Estuviste en mi cabeza anoche,” dijo al final.

“Estaba intentando dormir, pero estabas pensando demasiado fuerte,” dijo él con indiferencia,
quitando de su túnica un hilo inexistente e inspeccionando el vestíbulo como si fuera un decorador
de interiores.

“En fin, diviértete,” dijo. “Los establos están detrás de la rosaleda de la cara sur de la mansión. Y el
cobertizo está en el lado más alejado del laberinto de setos. Se de buena tinta que no puedes tocar
podadoras u horcas. Quizá consigas estrangularme con una brida, pero realmente dudo que
consiguieras reunir el valor para hacerlo.”

Esbozó una sonrisa de suficiencia mirando hacia sus muñecas antes de subir la escalera sin decir
una palabra más. Hermione permaneció en el sitio y lo observó desaparecer por un pasillo, y
después echó un vistazo alrededor, reflexionando sobre la conversación y valorando su próximo
movimiento.
Malfoy había estado leyendo su mente la noche anterior. No le sorprendía, pero hacía que cualquier
cosa que hiciera pareciera terriblemente fútil. Ni siquiera tenía que esperar a usar la legeremancia;
podía ver sus planes desde la superficie de su mente.

Volvió a su habitación y se puso la capa y las botas. Cuando salió de la mansión a la veranda,
comenzó a contar mentalmente de dos en dos.

Dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce…

Mientras contaba, dejó que su mente divagase, pensando perezosamente.

Draco Malfoy era un enigma. Había una gran cantidad de contradicciones arremolinadas bajo su
fría fachada. ¿Cuáles eran sus ambiciones?

Veintidós, veinticuatro, veinticinco, veintiséis, veintiocho…

Parecía estar acumulando poder sin ningún propósito específico.

Él sabía que estaba encadenado por unas órdenes que no podía desobedecer. Casarse con Astoria,
mancillar su linaje con mestizos, mantener a Hermione bajo supervisión constante…

Seguía las órdenes de Voldemort con devoción sin sentir ningún agrado aparente por ellas.

¿Qué sacaba de ello? ¿Qué era lo que le impulsaba? Su poder y su estatus no parecían tener
propósito. No parecía que sacara nada más de ello de lo que sacaría siendo un Mortífago de rango
medio.

Sesenta y seis, sesenta y ocho, setenta, setenta y dos…

Sin duda Hermione debía estar pasando algo por alto. Pasaba días y días fuera, durante los cuales
ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Podía haber innumerables cosas de las que ella no
tenía ningún conocimiento.

Había algo que se le estaba escapando. Un detalle que sentía que sabía de forma inconsciente pero
no conseguía situar. Algo… algo. Como un puzle que estaba intentando resolver pieza por pieza,
con toda la información contradictoria que había estado acumulando en su mente.

Ciento treinta y dos, ciento treinta y cuatro, ciento treinta y seis.

Sintió algo resquebrajarse en el fondo de su mente y una página de una libreta desgastada, escrita
con su caligrafía, flotó ante sus ojos.

“Amaga al aire con destreza y executa en la impensada realidad, atenta siempre a desmentir. Echa
una intención para assegurarse de la émula atención, y rebuelve luego contra ella venciendo por lo
impensado. Pero la penetrante inteligencia la previene con atenciones, la azecha con reflexas,
entiende siempre lo contrario de lo que quiere que entienda, y conoce luego qualquier intentar de
falso; dexa passar toda primera intención, y está en espera a la segunda y aun a la tercera.
Augméntase la simulación al ver alcançado su artificio, y pretende engañar con la misma verdad:
muda de juego por mudar de treta, y haze artificio del no artificio, fundando su astucia en la mayor
candidez. Acude la observación intendiendo su perspicacia, y descubre las tinieblas revestidas de
la luz; desçifra la intención, más solapada quanto más sencilla. Desta suerte combaten la calidez
de Pitón contra la candidez de los penetrantes rayos de Apolo.”
Hermione se detuvo, preguntándose de dónde habían salido aquellas palabras. No era ningún libro
que pudiera recordar. Había memorizado las palabras. Tan pronto como las vio en su memoria
recordó haberlas memorizado.

Amaga al aire con destreza y executa en la impensada realidad.

Musitó para sí las palabras varias veces.

Después comenzó a contar de tres en tres mientras recorría el camino que Malfoy le había indicado
hacia el cobertizo.

El día pasó sin incidentes, siempre contando. No pudo encontrar nada útil en su última inspección
de la finca de los Malfoy.

El cobertizo al que Malfoy la había dirigido estaba cerrado.

Descubrió que Malfoy tenía un establo de caballos alados; enormes Abraxans, Granians y
Aethonens. Todos los cuales la observaron a través de los barrotes de las puertas del establo y
pifiaron cuando se acercó.

El único que no retrocedió al acercarse Hermione fue un elegante Granian. Batió las alas de tono
ahumado y metió el hocico entre los barrotes, relinchando y sacudiendo la cabeza hacia Hermione.

Ella acarició suavemente su hocico aterciopelado y sintió la calidez de su aliento contra la palma de
su mano. Si Hermione no hubiera tenido la mente amortiguada quizá hubiera llorado al darse
cuenta de que aquel era el primer contacto cálido y dulce que había tenido en años.

Permaneció unos minutos acariciándole la frente y rascándole la barbilla mientras el caballo


acariciaba con la cabeza sus ropas, con la esperanza de encontrar una manzana o una zanahoria.
Cuando vio que Hermione no tenía nada que ofrecer volvió a meter la cabeza por los barrotes y la
ignoró.

Hermione se quedó allí más tiempo del que debería.

Volvió al sendero y encontró la entrada a la Mansión de los Malfoy. Las grandes puertas de hierro
forjado estaban cerradas y no se abrieron para ella. Hermione no estaba segura de qué hubiera
hecho si no hubiera sido así.

Vagó por la finca tan lejos como pudo.

Hermione encontró el cementerio familiar. Innumerables lápidas y mausoleos enterrados bajo la


nieve. La familia Malfoy era antigua.

Solo había un mausoleo al que habían quitado la nieve. A cada lado de la puerta había narcisos
encantados, en flor. Hermione leyó las palabras talladas en el mármol.

Narcissa Black Malfoy. Amada esposa y madre. Astra inclinant, sed non obligant.

La gran lápida de Bellatrix Lestrange estaba cerca. El escudo de la Familia Black adornando el
mármol. Toujours pur.

Hermione salió del cementerio y siguió explorando la finca. Parecía no acabar nunca. Aislada.
Colinas nevadas interminables se extendían hasta donde alcanzaba la vista, de un blanco cegador
bajo el cielo azul. Al caer la noche Hermione siguió vagando, mirando hacia arriba, a las
constelaciones, hasta que sintió que los efectos de la poción comenzaban a desaparecer.

La mañana siguiente se encontraba tan mal que pensó que se estaba muriendo. Vomitó al lado de la
cama y le llevó horas conseguir arrastrarse hacia el baño. No sabía si se podía volver inmune a la
poción pero no creía que fuese posible seguir sobreviviendo para averiguarlo. Incluso si Malfoy la
volvía a enviar, dudaba que fuera a ser capaz de tomarla de nuevo.

Se encontró mal durante dos días, y se quedó apoyada contra la ventana, temblando y sudorosa,
eliminando la poción de su organismo. Pensando en Malfoy y en la sala del ala sur una y otra vez
cuando no tenía demasiada fiebre como para pensar de manera coherente. La segunda noche soñó
con Ginny.

Ginny estaba acurrucada al lado de una cama, sollozando silenciosamente. Se dio la vuelta de
pronto cuando Hermione entró en la habitación. La expresión de Ginny al darse la vuelta y ver a
Hermione era de angustia, respiraba entrecortadamente con la boca entreabierta. Incluso su pelo
rojo estaba empapado de lágrimas.

Mientras Hermione se acercaba, a Ginny se le deslizó hacia atrás el pelo, dejando a la vista una
cruel cicatriz que bajaba por un lado de su rostro desde la frente hasta la mandíbula.

“Ginny,” dijo Hermione. “Ginny, ¿qué te ocurre? ¿Qué ha pasado?”

“No lo sé—“ Ginny se obligó a decir y después comenzó a llorar con más fuerza.

Hermione se arrodilló al lado de su amiga y la abrazó.

“Oh dios mío, Hermione—,” jadeó Ginny. “No sé cómo—“

Ginny se derrumbó mientras luchaba por respirar. De su garganta emergían hipos y sonidos
estrangulados por los espasmos de sus pulmones.

“Tranquila. Respira. Tienes que respirar. Dime qué es lo que ocurre y te ayudaré,” prometió
Hermione mientras le acariciaba los hombros. “Céntrate en repsirar. Coge aire a la de cuatro.
Mantenlo. Y después échalo por la nariz a la de seis. Vamos a intentarlo. Voy a respirar contigo.
¿Vale? Vamos, respira conmigo. Estás a salvo.”

Ginny comenzó a llorar más fuerte.

“No pasa nada,” repetía Hermione, comenzando a respirar de forma demostrativa para que Ginny
la siguiera. La abrazó con fuerza para que la chica más joven pudiera sentir como su pecho se
expandía y contraía lentamente como una pauta subconsciente.

Ginny siguió llorando unos minutos más antes de que sus sollozos se calmaran y comenzara a
imitar lentamente la respiración de Hermione.

“¿Quieres contarme qué ocurre o prefieres que vaya a avisar a otra persona?” Preguntó Hermione
cuando estuvo segura de que Ginny había dejado de hiperventilar.

“No—no puedes—,” dijo Ginny inmediatamente. “¡Oh dios! Yo no—“

Ginny comenzó a llorar de nuevo en el hombro de Hermione.


Aún estaba llorando cuando Hermione se despertó del sueño.

Hermione volvió a reproducir el recuerdo en su mente.

Ginny raramente lloraba. Cuando murió Percy lloró durante días, pero al ir avanzando la guerra sus
lágrimas se habían agotado, al igual que las de todos los demás. Ginny apenas había llorado cuando
maldijeron a Arthur o cuando George casi murió.

Hermione no podía recordar que Ginny hubiera llorado así alguna vez.

Hermione no dejaba de darle vueltas al recuerdo, intentando darle sentido.

No recordaba la cicatriz en el rostro de Ginny. Parecía haber sido de hacía unos meses en el
recuerdo, pero Hermione no tenía conocimiento de cómo se la podría haber hecho. Parecía como si
alguien hubiera cortado con crueldad una sección del rostro de Ginny con un cuchillo.

Hermione se preguntaba si había sido ella quien la había curado.

Chapter End Notes

La cita es de Oráculo manual y arte de Prudencia, de Baltasar Gracián.


Astra inclinant, sed non obligant = las estrellas nos inclinan, mas no nos atan.

Nota de la traductora: Siento muchísimo la espera. Estoy con exámenes y no he estado


pudiendo sacar tiempo para traducir.
A final de enero volveré a actualizar con más regularidad.
Gracias por la paciencia <3
Capítulo 15

Hermione estaba de nuevo en días fértiles.

La mesa apareció en el centro de la habitación, y se sintió resignada al verla. Había comenzado a


parecer inevitable.

Inevitable.

Hermione se dio cuenta de que se estaba acostumbrando a su jaula.

Malfoy iba a violarla en una mesa y la idea se había vuelto fácita para ella. Incluso la palabra violar
poco a poco iba pareciendo más imprecisa.

Había comenzado a sentir—

Menos.

Física y mentalmente el terror se había ido desvaneciendo, forzándola a adaptarse. Ya no sentía


náuseas. No le latía tan fuerte el corazón. La sensación desgarradora que había tenido en el
estómago no era ya tan opresiva como para que pensara que se iba a ahogar.

Su mente se estaba envolviendo a sí misma con racionalidad. Intentando que se adaptara. Que
sobreviviera.

Si la situación dejaba de enfurecerla, sería menos probable que se arriesgara a escapar. Menos
probable que provocara a Malfoy.

Podía entenderlo desde un punto de vista científico. Desde la perspectiva de una sanadora, podía
explicar la psicología y la fisiología que había detrás. Era insostenible permanecer en un estado de
miedo constante, horror constante, terror constante. Su cuerpo no podía mantenerla en un estado de
lucha o huida permanente. Se vería obligada a adaptarse o se acabaría quemando. La poción que le
había administrado Malfoy probablemente había ayudado a amortiguarlo.

Entender la explicación científica no ayudaba demasiado. Al contrario. Sabía hacia dónde iba su
mente.

Se estaba `acostumbrando a la mansión´.

La idea la estremeció hasta lo más profundo de su ser.

Miró hacia la mesa y se sintió perdida sobre qué hacer al respecto. No era como si pudiera
resistirse. No podía resistirse más de lo que lo estaba haciendo ya.

Él no estaba haciendo nada que doliera. Si prestara atención—dejara de alejar su pensamiento—


probablemente sería peor más que mejor.

Tenía que escapar. Eso era todo. Tenía que escapar. Tenía que encontrar la forma. Tenía que haber
una forma. Ninguna jaula era perfecta. Nadie era perfecto. Tenía que haber algo en Malfoy que
pudiera utilizar. Solo tenía que descubrir qué era.
Tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo.

No dejaba de repetírselo a sí misma, incluso mientras cruzaba la habitación y se inclinaba sobre la


mesa. Las piernas separadas.

No pienses en ello, se decía a sí misma. Podrían pasar cosas peores si se dejaba pensarlo.

“Voy a escapar,” se prometió a sí misma. “Voy a ir a algún sitio donde la gente sea buena y amable
y ser libre.”

Cerró los ojos con fuerza y musitó la promesa para sí una y otra vez, hasta que escuchó que se abría
la puerta.

Contempló cómo pasaban los días de enero.

Malfoy vino durante cinco días. En el sexto día, llegó y, sin una palabra, inspeccionó sus recuerdos.
Parecía estar preocupado.

Después la dejaron con sus asuntos.

Plegaba origami. Exploraba la mansión. Exploraba la finca. Leía el periódico.

Relegaron las noticias sobre los programas de guerra a columnas más pequeñas. La fascinación
pública por las subrogadas estaba lentamente devorando las páginas de sociedad. Aparecían con
cada vez más frecuencia en público; las paseaban, las llevaban a la ópera; las trataban como si
fueran mascotas exóticas. Fotografías de sus siluetas con toca aparecían de la mano con agresivos
cotilleos; ¿era eso hinchazón o simplemente el corte de sus ropas? Fuentes anónimas decían cosas
tan sugestivas como `parece ser que los Flint habrán añadido un nombre al tapiz familiar para
finales de año´.

La Sanadora Stroud tenía los labios sellados para los reporteros, lo cual solo servía como
combustible para más especulaciones.

Los ataques de pánico de Hermione casi parecían cosa del pasado. Tenía bien controladas sus
limitaciones e intentaba no excederlas. Mientras se mantuviera concentrada y ocupada
inspeccionando los retratos y explorando la mansión y los terrenos, conseguía mantener la calma;
cuando intentaba no pensar en la guerra y en que todos estaban muertos.

Con el tiempo se le empezó a dar tan bien mantenerse ocupada que había momentos en los que
olvidaba que estaba olvidando. Tomaba aire y experimentaba un momento que no estaba roto o
lleno de dolor y desaliento.

Cuando solo estaba su soledad, extendiéndose frente a ella.

La culpa que la atravesaba un momento después era fría y amarga como el agua de mar.

Se quedaba helada por un momento, y entonces se tragaba el nudo de horror de la garganta y


renovaba su promesa de escapar.

Pero no podía escapar.

Exploró la mansión de arriba abajo. Encontró un set de ajedrez mágico y jugó contra sí misma.
Construyó castillos con las cartas que encontró en un cajón. Visitaba a los caballos.
No había manera de escapar.

Trataba de encontrara a Malfoy pero nunca lo conseguía. Ni siquiera sabía si estaba en la mansión.
Podía estar fuera, o solamente tras una puerta que ella no podía abrir. A veces parecía como si la
estuviera evitando.

No tenía ni idea de cómo podría escapar.

Hermione comenzó a ver a Astoria con creciente regularidad. Se escuchaba el familiar sonido de
tacones en la distancia y Hermione se había acostumbrado a desaparecer inmediatamente tras una
cortina o por un pasillo de servicio.

Los pasillos de servicio estaban llenos de mirillas hábilmente escondidas. Hermione sospechaba
que, dado el uso de elfos domésticos, los sinuosos túneles siempre habían sido utilizados
principalmente para el espionaje. La mansión estaba plagada de ellos; algunos eran obvios y otros
estaban extremadamente bien disimulados. Hermione los encontró todos. Cada vez que Hermione
notaba que las dimensiones de una habitación no cuadraban se ponía manos a la obra, dando
toquecitos por las paredes, apretando cada nudo en la madera y haciendo girar cada candelabro o
tornillo hasta que notaba que algo cedía. Algunas puertas aparecían mágicamente, mientras que
otras estaban construidas con ingeniosos mecanismos de engranajes y muebles rotatorios.

Astoria raramente estaba sola cuando Hermione la veía. La acompañaba el mismo hombre moreno
y de hombros anchos que Hermione había vislumbrado en año nuevo. Pronto se hizo aparente que o
Astoria o su acompañante tenían alguna clase de objeción en lo que se refiere a las camas. La
primera vez que Hermione se los encontró Astoria estaba casi desnuda contra una ventana del
salón.

Parecían estar intentando tener sexo en todas las habitaciones de la mansión.

Hermione hacía lo que estaba en su mano para evitarlos. No le agradaba especialmente la idea de
que Malfoy utilizara sus recuerdos para ver cómo se acostaban con su esposa desde todos los
ángulos. Hermione contempló la idea de mirarlos solo para herirle, pero pronto la descartó; a
Malfoy no parecía importarle lo que hiciera su esposa, probablemente no tendría ningún efecto
sobre él. Solamente sería tremendamente incómodo para Hermione.

Cada vez que Hermione se encontraba con Astoria en medio del acto, rápidamente desviaba la
mirada y se marchaba.

Durante un tiempo solamente pudo vislumbrar a la apasionada pareja mientras huía, pero
finalmente Hermione se los encontró completamente vestidos. Hermione había estado vagando por
el piso más alto del ala norte cuando los divisó paseando por el camino de grava que corría al lado
del laberinto de setos. Astoria estaba hablando con entusiasmo, y mientras hablaba, el hombre que
se encontraba a su lado se volvió y alzó la vista hacia el ala norte. Hermione, al mirar, por fin vio su
rostro.

Graham Montague.

Hermione observó, impactada, cómo los ojos de él escaneaban las ventanas más bajas del ala norte.
Cuando comenzó a volver la cabeza hacia atrás, Hermione retrocedió bruscamente y desapareció de
la vista.

A Hermione se le aceleró el corazón.


Graham Montague era el amante de Astoria. Montague, que ‘por casualidad’ se había encontrado
con Hermione en la fiesta de año nuevo. Que había dado por hecho que Hermione lo reconocería al
instante.

Estaba teniendo una aventura con Astoria. Estaba visitando la mansión casi a diario. Estaba
mirando hacia las ventanas en las que se encontraba la habitación de Hermione con expresión de
intensa determinación.

¿Era todo una coincidencia? ¿Podía tratarse de una coincidencia?

Hermione repasó todas las situaciones que se le ocurrieron.

¿Qué sabía de él?

Slytherin. Antiguo miembro de la Brigada Inquisitorial. Gravemente herido por Fred y George. En
algún momento de la guerra Hermione le había conocido y olvidado. Estaba teniendo una aventura
con Astoria. Parecía estar buscando a Hermione.

¿Era un mortífago? Hermione no lo sabía. A menos que hubiera estado trabajando en el Ministerio
debía de haberse unido a las filas de Voldemort de alguna manera. Parecía estar demasiado bien
posicionado socialmente como para ser un simple carroñero, y no había mostrado especial
familiaridad con los oficiales del Ministerio en la fiesta de año nuevo.

Hermione repasó todo lo que podía recordar de aquella noche. Había estado tan absorta observando
a Malfoy y después a las subrogadas que no había caído en la cuenta de que Astoria y Montague
habían desaparecido al mismo tiempo. Cuando lo vio un poco más tarde estaba charlando con
varias personas, pero parecía tener más confianza con Marcus Flint y Adrian Pucey.

A pesar de sus imprecisos recuerdos en lo que respecta a la guerra, Hermione estaba bastante
segura de que Flint y Pucey habían sido, por lo que recordaba, Mortífagos sin marca de rango
medio.

Ganarse la Marca Tenebrosa se consideraba una distinción significativa; una admisión al círculo de
los allegados más selectos de Voldemort. Al irse asegurando el dominio de Voldemort sobre
Europa, había ido marcando a menos seguidores.

Por lo tanto, la conclusión lógica era que Montague también era un Mortífago. Con o sin marca,
eso no lo sabía.

Sin embargo, eso no explicaba por qué tendría cualquier interés o relación con Hermione.

A no ser que…

¿Podría ser—?

Hermione casi tenía miedo de contemplar siquiera la idea; de permitir que el pensamiento existiese
en su mente donde Malfoy podría encontrarlo, pero no podía evitar pensarlo.

¿Podría haber sido Montague un espía para la Resistencia? ¿Podría serlo aún? ¿Podría ser eso lo
que había estado intentando comunicarle antes de irse con Malfoy?

Comenzó a observar con atención a Astoria y Montague cuando no estaban acostándose. Los
espiaba desde los pasajes secretos y cada vez se convencía más de que Montague tenía motivos
ocultos para estar en la mansión. Estaba sumamente interesado en la casa, y sus ojos vagaban de
forma extraña cuando Astoria estaba distraída.

Hermione sopesó el riesgo de intentar acercarse a él. Raramente estaba solo. Astoria nunca parecía
alejarse más de unos metros de él.

En las pocas ocasiones en que lo había encontrado solo, vaciló. Le resultaba tan poco familiar…
Seguramente, si fuera alguien en quien confiara, lo sentiría instintivamente.

Trató de razonar consigo misma. Si fuera un miembro de la Resistencia y ella se acercase a él de


forma prematura, podría exponerlo. Si no conocía una forma de quitarle las esposas todo sería en
vano.

Hermione decidió esperar al momento propicio y seguir observando. Mejor sospechas sin
confirmar que algo concreto que Malfoy pudiera sacarle.

Seguía dudando.

La Sanadora Stroud vino y encontró que Hermione, una vez más, no estaba embarazada. Su
expresión mientras revisaba el resultado diagnóstico parecía ser de irritación. Hermione miró con
determinación el reloj de la pared.

“¿Por qué tienes tan bajos los niveles de sodio?” Preguntó la Sanadora Stroud tras realizarle varios
test más a Hermione.

Hermione la miró. “No me proporcionan sal con la comida.”

“¿No?” Dijo Stroud con tono de sorpresa. “¿Qué te dan de comer?”

Hermione se encogió de hombros. “Cosas hervidas. Verduras, carne y huevos. Y pan de centeno.”

“¿Por qué?”

“Suponía que es lo que les habían indicado darme. No es como si tuviera libertad para cuestionar
nada,” dijo Hermione fríamente.

“Se supone que debes llevar una dieta equilibrada. Eso incluye sal,” dijo la Sanadora Stroud con
expresión de disgusto. Extendió el brazo y tocó una de las esposas de las muñecas de Hermione con
la punta de la varita.

Un minuto más tarde, Malfoy entró, frunciendo el ceño.

“¿Ha llamado?” dijo.

“Sí. ¿Hay alguna razón por la que no le están dando sal?” dijo la Sanadora Stroud.

Malfoy parpadeó. “¿Sal?”

“Dice que toda su comida está hervida y no lleva sal. Está comenzando a afectar a sus niveles de
sodio,” dijo la Sanadora Stroud, mirando a Malfoy con los ojos entrecerrados.

Malfoy alzó las cejas, aparentemente sorprendido.


“Los elfos tienen instrucciones de proporcionarle las comidas. Suponía que estaba comiendo lo
mismo que Astoria y yo,” dijo. Entonces se le tensó la mandíbula y entrecerró también los ojos.
“Astoria es la responsable de la aprobación del menú. Averiguaré qué es lo que ha ocurrido.”

“Por favor. El Señor Tenebroso se está impacientando por la falta de progreso. No queremos que
nada interfiera.”

“Desde luego,” dijo Malfoy con frialdad, sosteniendo la mirada de Stroud. “Bien, si eso es todo,
debo volver al trabajo.”

“Por supuesto, Oficial, no le entretengo más,” dijo la Sanadora Stroud dirigiéndole una última
mirada antes de volverse hacia Hermione de nuevo.

Aquella noche Hermione recibió una comida completa, con entrantes y una ensalada, especias y, lo
más significativo para ella, un salero.

No se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos la sal hasta que volvió a probarla.

En retrospectiva, no era precisamente sorprendente que Astoria hubiera decidido ordenarle a los
elfos domésticos que alimentaran a Hermione con algo así como— ¿comida de prisión? ¿alimento
de campesinos? Hermione no estaba segura de qué se suponía que debía ser. Astoria era una mujer
— peculiar. Su indignación hacia Hermione parecía manifestarse de cualquier extraña manera en la
que consideraba que podía salirse con la suya.

Y lo había conseguido, durante tres meses; aproximadamente doscientas setenta comidas.


Hermione no quería volver a comer una verdura hervida nunca más.

Malfoy entró a la habitación de Hermione cuando casi había terminado de comer, y se acercó para
comprobar los platos.

“Al parecer estoy obligado a asegurarme de todo personalmente,” dijo, frunciendo el ceño, una vez
que comprobó que los platos estaban a la altura de sus expectativas. “Podrías haberlo mencionado.”

“Si empezara a quejarme, la comida no sería el primer tema que sacaría,” respondió Hermione,
atravesando con saña un tomate con el tenedor.

Él esbozó una débil sonrisa. “No. Supongo que no lo sería.”

Se acercó a la ventana y observó los terrenos de la finca mientras ella terminaba de comer. Se tomó
su tiempo a propósito, y recitó mentalmente todas las irritantes canciones repetitivas que había
aprendido en el colegio.

Al terminar lo miró por encima del hombro. Podía ver su perfil, y se dio cuenta de que sus ojos se
desenfocaban brevemente. Espero que sufras la muerte más lenta y dolorosa que se pueda
concerbir, Malfoy, espetó mentalmente de inmediato. Un instante después, Malfoy parpadeó y
volvió la vista hacia ella, inexpresivo. Ella le sostuvo la mirada con decisión.

“Lo tendré en cuenta,” dijo, e hizo un ademán hacia la cama.

Hermione se acercó, resignada, y se sentó en el borde antes de alzar la vista hacia él, sin parpadear,
y sus fríos ojos de plata se hundieron en su consciencia.

Siempre acababa postrada en la cama para cuando él terminaba de revisar sus recuerdos.
Vio el recuerdo de Ginny varias veces.

Después vio su espionaje y sus dudas sobre Graham Montague. Se retiró de su mente.

“Montague obtuvo la Marca Tenebrosa tras la batalla final,” dijo, mirándola desde arriba. “Fue, por
lo que me dijeron, en reconocimiento de los excepcionales servicios que había brindado.”

Lo dijo con una mueca de desdén.

“¿Tú también brindaste excepcionales servicios?” dijo ella mientras lo miraba. No sabía si estaba
mintiendo sobre Montague, si se molestaría.

La observó desde arriba y su boca se torció en una cruel, rígida sonrisa.

“Más excepcionales que los de Montague,” dijo. Entonces la sonrisa se desvaneció. Siguió
mirándola; estudiando su rostro con cuidado y después desviando la mirada hacia su cuerpo.

Su mirada era más suave y más oscura de lo habitual.

Se dio cuenta entonces de que estaba tumbada en una cama frente a él. Se le erizó la piel. Se
incorporó rápidamente.

El la observó un último instante antes de desviar la mirada hacia la pared que estaba detrás de ella.

“Si tenías alguna esperanza que involucrara a Montague, deberías dejarla morir,” dijo fríamente.
Entonces se dio la vuelta y se fue.

Una semana después, Hermione soñó de nuevo con Ginny.

Hermione estaba en su cuarto de Grimmauld Place cuando Ginny entró a la habitación.

“Has vuelto pronto,” dijo Ginny.

Hermione miró su reloj.

“Día de suerte,” dijo Hermione.

“Pues sí,” dijo Ginny. Parecía incómoda. “Eh… Quería—preguntarte una cosa.”

Hermione esperó.

Ginny se tocó el pelo con nerviosismo, su rostro estaba intacto.

“Yo—bueno—tú, obviamente sabes lo mío con Harry,” dijo Ginny.

Hermione asintió.

“Vale, bien. Bueno. La cosa es, que quiero tener cuidado. He estado usando el encantamiento.
Pero—pasa algo con los Prewetts, no son como las otras familias de magos. Hagan lo que hagan
se quedan embarazados. Ron y yo, ambos fuimos accidentes después de nacer los gemelos. Así que
—me preguntaba si me prepararías una poción anticonceptiva. Si tienes tiempo. Siempre se me han
dado fatal las pociones. Si no puedes—no pasa nada. Le puedo preguntar a Padma. Se que estas
muy ocupada. Solo—no quería que pensaras que no quería pedírtelo.”

“Pues claro. Voy a estar preparando pociones esta noche de todas formas. Será muy fácil de
incluir. ¿Tienes alguna preferencia sobre el sabor? Las mas efectivas no son muy agradables.”

“No me importa como sepa con tal de que funcione,” dijo Ginny con decisión.

“Bueno, tengo algunos frascos de una variedad. Te los puedo dar ya, si quieres.”

“Ah, ¿sí?” Ginny parpadeó y observó a Hermione con suspicacia. “¿estás—?”

Hermione casi podía ver como Ginny repasaba la lista de posibles hombres en su vida.

“No estás—con Snape, ¿no?” soltó Ginny con un grito ahogado.

Hermione se quedó boquiabierta.

“Por dios—¡No!” balbluceó. “¡Soy sanadora! Tengo un montón de cosas a mano. ¡Virgen santa!
¿Qué—por qué ibas a—?”

Ginny parecía algo avergonzada.

“Es solo que parece que es la única persona con la que pareces hablar un tiempo. Aparte de Fred,
que está con Angelina. Con todos los demás te acabas peleando. Y no en plan intenso y sofocado
de ‘vamos a tener sexo después’.”

“Eso no significa que me esté liando con él,” musitó Hermione, con las mejillas ardiendo como si
fueran a estallar en llamas. “Es un compañero de trabajo. Consulto con él sobre pociones.”

“Es que tienes que sentirte sola,” dijo Ginny, mirando a Hermione detenidamente.

Hermione miro a Ginny, aturdida.

“Últimamente no hablas con nadie,” dijo Ginny. “Antes siempre estabas con Ron y Harry. Pero
incluso antes de que te fueras para convertirte en sanadora, parecía que estabas cada vez más y
más sola. Pensaba—que quizá tenías a alguien. De acuerdo, Snape sería una extraña elección por
muchas razones—Pero, estamos en guerra. Es demasiado para cualquiera pasar por ello solo.”

“El sexo catártico es cosa de Ron. No mía,” dijo Hermione con rigidez. “Además, ni siquiera estoy
luchando.”

Ginny la miró, pensativa, antes de decir, “Creo que el hospital es peor que el campo de batalla.”

Hermione desvió la mirada. A veces se había preguntado si sería así, pero nunca había sido algo
que le pudiera preguntar a alguien.

Ginny continuó, “Lo pienso cada vez que estoy ahí. En la batalla—todo es concentración. Incluso
cuando alguien está herido. Solamente los apareces a otro lugar y después vuelves. Salvas a
algunos. Pierdes a otros. Te golpean a veces. Devuelves el golpe. Te dan días libres si es demasiado
duro, o si tu compañero de duelo muere. Pero en el hospital cada batalla parece una derrota.
Siempre acabo más traumatizada después de estar allí que cuando lucho.”
Hermione permaneció callada.

“Y nunca te dan tiempo libre,” dijo Ginny. “Estás de guardia para cada pelea. No pueden
prescindir de ti, ni siquiera para darte tiempo a pasar el duelo. Sé, por Harry y Ron, que aún estás
insistiendo en lo de las Artes Oscuras cuando vas a las reuniones de la Orden. No estoy de acuerdo
—pero lo entiendo. Me doy cuenta de que ves la guerra desde un punto diferente al de todos
nosotros. Probablemente el peor. Así que—quiero decir, si tuvieras a alguien, me alegraría mucho
por ti. Incluso si fuera Snape.”

Hermione puso los ojos en blanco.

“Probablemente deberías cerrar la boca si aún quieres esa poción anticonceptiva,” dijo Hermione,
mirándola con una mueca.

Hermione despertó en estado de shock.

Ginny y Harry habían estado juntos.

Ginny y Harry habían estado juntos y Hermione no conservaba ningún recuerdo de ello. No había
ni una pista en su memoria. Lo había olvidado por completo.

La relación de Ginny y Harry era algo que había olvidado…

¿Intencionadamente?

¿Era eso lo que Hermione había estado escondiendo?

Ginny estaba viva cuando encarcelaron a Hermione. Ginny no había estado en la batalla final. No
la habían torturado a muerte junto al resto de los Weasley.

Hermione había creído que Ginny aún estaba viva hasta que Hannah le había hablado sobre el
Oficial Supremo.

Si Voldemort hubiera sabido de la importancia única de Ginny para Harry, su muerte hubiera sido
horrible. Mucho peor incluso que la que les habían infligido al resto de los Weasley.

Hermione hubiera hecho cualquier cosa por proteger a Ginny; robar sus propios recuerdos para
tratar de redimirla.

Por Harry.

Por la propia Ginny.

Ginny había sido una amiga constante durante la guerra. No tan cercana, pero siempre constante en
su amistad con Hermione aún cuando se habían desarrollado desacuerdos y peleas en tantas de sus
otras relaciones. Ginny, Luna y Hermione habían compartido habitación en Grimmauld Place hasta
que Luna murió.

Pero Ginny había muerto. Malfoy le había dado caza y la había matado.

A Hermione se le revolvió el estómago.


¿De verdad todo esto era en vano? ¿Había bloqueado su pasado para proteger a Ginny sin saber que
Ginny ya estaba muerta? La habían entregado a Malfoy, y arrastrado frente a Voldemort, y todo
había sido para proteger a alguien que ya estaba muerto.

Y Snape.

Hermione había hecho un gran esfuerzo desde que la liberaron en no permitirse pensar en Snape.

Había creído que estaba de su parte.

La había formado como Maestra de pociones. Había invertido incontables horas de su tiempo libre
en ello.

Poco después de que Dumbledore fuera asesinado, ella había bajado a las mazmorras, a la puerta de
Snape, y le había preguntado con voz firme, “Si hubiera una batalla, ¿qué pociones debería saber
preparar, que probablemente no podría encontrar o comprar en ningún sitio?” En vez de hacer una
mueca y cerrarle la puerta en la cara, la había invitado a entrar a su oficina.

Hasta que cerraron Hogwarts, había pasado todas las tardes hasta bien entrada la noche en su
oficina, preparado una exigente y complicada poción tras otra. Cuando abandonaron Hogwarts
continuó enseñándole en Grimmauld Place.

Aquel hombre tan enigmático había comenzado a ablandarse de puro agotamiento a lo largo de su
formación. No tenía energía para insultos. Era duro y exigente pero generoso con sus
conocimientos. Parecía ser una de las pocas otras personas que también se estaban preparando para
una larga guerra.

Le apilaba montones de textos de pociones anotados a mano en los brazos para que los leyera y
dibujaba mapas indicando dónde recolectar sus propios ingredientes cuando hubiera pocas opciones
para comprarlos. En mitad de la noche y temprano por la mañana la había llevado con él por toda
Inglaterra. Se aparecía de un lugar a otro para enseñarle como encontrar plantas y recogerlas de
forma que la potencia se conservara. Le enseñó a construir trampas, y a atrapar y dar una muerte
humana a los animales y criaturas mágicas que necesitara para los ingredientes de las pociones.

Ni siquiera dijo nada cuando ella lloró tras matar su primer murtlap.

La había formado hasta que estuvo cualificada para la Maestría en Pociones.

Había sido su defensor más acérrimo durante la guerra.

Charlie Weasley acabó por odiarla por ponerse de parte de Snape contra casi todo el mundo. Había
defendido los métodos de Snape y todo lo que hacía como Mortífago como necesario. Lo había
protegido cuando Harry y Ron quisieron echarlo de la Orden.

Ella lo consideraba más que un compañero o mentor. Había sido alguien en quien confiaba de
manera incondicional.

Había sido todo una treta. Un ingenioso ardid. Sin tener a Dumbledore para responder por él, se
había cultivado un nuevo campeón. La había tenido comiendo de la palma de su mano siendo
generoso con sus conocimientos. Había comprado su lealtad con una maestría en pociones.
Entonces, una vez victorioso, la había dejado de lado. Había tenido una oportunidad de salvarla del
programa de gestación y había rehusado. Había partido hacia Rumanía y la había dejado atrás para
que la convirtieran en una concubina.

Para que la violaran

Era una traición tan amarga y tan profundamente personal que apenas podía soportar pensar en ello.

Se levantó y leyó el periódico.


Capítulo 16

Eran mediados de febrero cuando Dolores Umbridge murió durante un intento de asesinato del
Ministro de Magia.

Se estaba desvelando una estatua de Voldemort en la prisión de Hogwarts como memorial de la


batalla final. La alcaide Umbridge se encontraba en una tarima junto al Ministro Thicknesse
mientras éste pronunciaba un discurso para los guardas de la prisión, reporteros y algunos oficiales
del ministerio. Al comenzar el corte de la cinta, una flecha de ballesta emergió desde el Bosque
Prohibido, pasó de largo a los guardas, pasó muy cerca del Ministro, fallando por poco y
enterrándose en el centro del pecho de la alcaide Umbridge.

No murió de inmediato. Esquirlas de un collar y el astil de la flecha disminuyeron el sangrado. Los


guardas, que ignoraban la forma de la flecha dentada medieval, y el sentido médico básico, le
arrancaron la flecha. Entonces murió al instante.

El intento de asesinato del popular Ministro de Magia durante tres periodos conmocionó a la
comunidad mágica británica. Se consideraba que los terroristas de la Resistencia habían sido
erradicados. Que hubieran resurgido de una manera tan espectacular hizo que reinara el caos y que
se movilizara un despliegue de Mortífagos en uniforme completo.

Voldemort se tomó el ataque como un insulto a su persona.

Las visitas de Montague a la mansión cesaron de forma abrupta. Astoria vagaba por la mansión,
pálida y paranoica. Hermione escuchó como le preguntaba a Malfoy con voz estridente
exactamente qué tipos de barreras protectoras había en la finca de los Malfoy.

Malfoy, cuando Hermione lo vislumbraba, estaba siempre vestido con algo que parecía una mezcla
entre equipo de combate y ropa de caza. Normalmente volvía a la mansión cubierto de barro y
pálido de furia.

Hermione estaba emocionada.

Leía las noticias de manera obsesiva. Los periódicos pregonaban cómo había sido un intento de
asesinato fallido, pero Hermione consideraba la muerte de Umbridge mucho más apropiada que la
del objetivo previsto. Thicknesse era poco más que una marioneta. Los pecados de Umbridge eran
solo suyos.

Pero la satisfacción de la merecida pena era insignificante comparada con el alivio de descubrir que
la resistencia aún vivía. Hermione lloró durante media hora de pura alegría. Se encontró sintiéndose
inesperadamente esperanzada por primera vez en mucho, mucho tiempo.

Saber esto la hizo sentirse mejor durante días.

Cuando la Sanadora Stroud vino a visitar a Hermione, su irritación por que Hermione no estuviera
embarazada era claramente visible. Proyectó algunos hechizos sobre Hermione y los estudió con
atención.

“Bueno, tus niveles de sodio parecen estar normalizándose,” dijo la Sanadora Stroud tras
permanecer unos minutos en silencio.
Hermione miró el reloj y no dijo nada.

La Sanadora Stroud rebuscó en un maletín médico y extrajo un gran frasco de una poción de color
morado.

“Bébete todo esto,” ordenó Stroud.

Hermione se lo llevó a los labios automáticamente, aún cuando dejó escapar un, “¿Qué es esto?”

La Sanadora Stroud esperó y no dijo nada hasta que Hermione hubo vaciado el frasco.

“Poción de fertilidad. No debería ser necesario, pero me he quedado sin ideas. No te van a gustar
los efectos secundarios, me temo, y aumentará la probabilidad de embarazo múltiple.”

Hermione palideció y sintió como si fuera a caerse de la camilla. El frasco se le resbaló de la mano
y se rompió en pedazos. La Sanadora Stroud hizo desaparecer los cristales.

“Es probable que sientas hinchazón y dolor de mamas, cefalea, cabios de humor e hinchazón en el
abdomen. Puede producirse también sensibilidad al calor y puede hacer que la ansiedad aparezca de
nuevo,” dijo la Sanadora Stroud mientras añadía notas adicionales a la historia clínica de
Hermione. “Informaré al Oficial Supremo.”

Hermione tragó saliva y se mordió el labio mientras miraba con determinación al reloj del otro lado
de la habitación.

Malfoy no apareció a inspeccionar sus recuerdos. A Hermione no le sorprendió; ya lo había


anticipado.

Voldemort. Cada dos meses hasta que quedara embarazada.

Cuando Malfoy llegó al día siguiente, parecía agotado y enfadado. No dijo una palabra mientras la
agarraba del brazo y se aparecía con ella en los sinuosos túneles que llevaban al salón de
Voldemort.

En la sala hacía aún más calor y hedía a carne putrefacta. A Hermione le entraron arcadas el
momento en el que tomó aire. Malfoy parecía inmune, tirando de ella y arrodillándose,
arrastrándola al suelo de piedra a su lado. El suelo estaba húmedo y pegajoso, ligeramente brillante.

La sala era de un negro intenso, la única fuente de iluminación eran unos candelabros distantes. No
había sirvientes o Mortífagos que Hermione pudiera ver.

“La sangre sucia, mi Señor,” dijo Malfoy.

Se escuchó un largo y lento suspiro sibilante que venía de la oscuridad de la tarima, y los ojos
escarlata de Voldemort emergieron de pronto.

“Tráemela,” dijo Voldemort después de un instante.

Malfoy tiró de Hermione y la hizo subir los escalones antes de ponerla de rodillas. Hermione se
quedó mirando, asqueada.

El trono en el que Voldemort había estado sentado la última vez había desaparecido. En cambio,
estaba reclinado en un enorme nido de pitones que estaban enroscadas entre ellas conformando
algo parecido a una silla. Estaban entrelazadas debajo de él, ondeando perezosamente.

Voldemort ladeó la cabeza y se pasó los largos dedos por el pecho mientras evaluaba a Hermione
con aire pensativo.

“Aun no essstá encinta,” dijo Voldemort con tono amenazador.

“Por desgracia no, mi Señor,” dijo Malfoy, pidiendo disculpas. “Sin embargo, como podréis ver, los
sanadores de la mente estaban en lo cierto al afirmar que el tiempo por sí solo es suficiente para
comenzar a desbloquear sus recuerdos.”

Voldemort suspiró, irritado, y la cabeza de una pitón emergió de la masa enroscada en movimiento
y se posó en su regazo. Voldemort acarició a la serpiente perezosamente y se hundió más aún en las
resbaladizas espirales.

“Sujétala,” ordenó Voldemort.

Malfoy colocó la rodilla entre las escápulas de Hermione y le envolvió la mandíbula con las manos,
manteniéndola en su sitio. Hermione se estremeció cuando los ojos escarlata de Voldemort
atravesaron los suyos y se introdujeron en su mente.

Hermione podía sentir las manos de Malfoy contra su mandíbula y su garganta mientras temblaba
de dolor. La legeremancia de Voldemort era como una cuchilla desgarrando su mente. Gritó a
través de los dientes.

Iba más lento. En vez de una cegadora agonía abrasadora, era un dolor insidioso y gradual. Del tipo
que te penetra en los huesos y los recodos de la mente, y permanece ahí.

Voldemort despedazó perezosamente sus recuerdos; como un gato, jugando con su presa. Ella no
sabía que tal cosa fuera posible. Pedacitos de cosas que él consideraba insignificantes, las
destrozaba solo para sentir su reacción. Sus recuerdos plegando origami mientras sus padres
debatían sobre el misticismo oriental, su descubrimiento del Granian en los establos. Los hizo trizas
como si fueran papel.

Ella sintió cómo se alejaban… trató de aferrarse a ellos mientras se desvanecían, pero se le
escaparon, y el profundo dolor la hizo olvidar qué es lo que estaba intentando alcanzar.
Los recuerdos de Ginny le provocaron una gran fascinación. Cuando se retiró de la mente de
Hermione, ella se desplomó sobre Malfoy. No podía ver más que el rojo iracundo de los ojos de
Voldemort. ¿Podía verlo? ¿O era que simplemente sus ojos se habían grabado a fuego en su mente?

Le dolía tanto el cerebro que casi esperaba sentir como goteaba de sus oídos. A través de la bruma
de dolor que no se mitigaba, podía notar el pulso del palpitar de su corazón enloquecido contra la
presión de los dedos de Malfoy.

“Es una pena que no trajeras viva a la chica Weasley.” Escuchó Hermione decir a Voldemort.

“Lo lamento, mi Señor, no sabía de su importancia. Como podéis recordar, estaba al borde de la
muerte cuando la encontré.”

Hermione se agitó levemente y gimoteó, intentando despejarse a pesar del dolor para escuchar con
atención.

“Eso explica el ataque de la Sangre Sucia en Sussex,” dijo Voldemort con tono pensativo. “Una
misión suicida para liberar a una amiga moribunda. La Orden siempre fue sorprendentemente
predecible.”

“Desde luego.” Había un desdén manifiesto en la voz de Malfoy.

Se produjo un largo silencio. Malfoy le soltó la mandíbula y Hermione se deslizó hasta el suelo.
Mientras estaba ahí, el frío, musculoso cuerpo de una serpiente comenzó a enroscarse lentamente
por su pierna.

“Estoy decepcionado con tu falta de progreso en la búsqueda de los responsables del ataque,
Oficial,” dijo Voldemort. Había un susurro de furia enlazado en sus palabras.

Hermione apenas podía respirar. El calor húmedo y la podredumbre de la habitación la estaba


asfixiando y las escamas de la serpiente se enganchaban en sus medias al apretar su pantorrilla. La
pitón se estaba metiendo debajo de sus ropas. Se estremeció e intentó alejar la pierna.

Apenas podía distinguir nada en el oscuro salón. El no poder ver aumentaba su sensibilidad a los
sonidos del salón; los siseos y el leve murmullo de las escamas deslizándose cerca de ella en la
oscuridad.

“No os fallaré. Si ha sido la Orden, los encontraré,” dijo Malfoy. Su tono era sereno y firme. Letal.

Hermione sintió que le temblaban los labios y se le llenaban los ojos de lágrimas. Sintió que le
temblaban las manos cuando la rabia atravesó su dolor. No podía hacer nada. Malfoy podría atrapar
y asesinar a alguien en la propia habitación de Hermione si quería, y ella solo podría mirar. Te odio,
Malfoy. Te odio. Te odio.

“Ha sido la Orden. ¿Quién más podría saberlo? Ese necio de Slughorn debió de contárselo a
Dumbledore. Potter debía saberlo; por eso irrumpió en Hogwarts. Se pasó a alguien por alto en la
purga. Alguien importante en la Orden. No uno de sus ignorantes soldados rasos. Estoy seguro de
que la Sangre Sucia sabe quién es.”

Mientras Voldemort hablaba, el efecto de la magia negra en la habitación se hizo más denso, como
si el mismo aire se hubiera convertido en una pesada masa sólida, aplastando a Hermione sin
piedad. Sentía que sus costillas se arqueaban por la presión que la apisonaba contra el suelo.
Respiraba entrecortadamente, intentando tomar aire en unos pulmones que no se expandían.

“Quizá, mi Señor, sería sensato llamar de nuevo a Severus,” dijo Malfoy. Las palabras sonaban
forzadas. Hermione no era la única que estaba siendo aplastada brutalmente.

“No…” dijo Voldemort con frialdad. “Rumanía es crucial. Se suscitarían preguntas si reclamáramos
a Severus por un atentado contra Thicknesse. Severus se mantendrá en su puesto. ¿Has averiguado
cómo llego a sus manos el guardapelo?”

La presión se aflojó ligeramente y Hermione jadeó, metiendo aire a los pulmones. La pitón se
enroscaba cada vez más arriba por su pierna. Podía sentir las escamas rozar la piel desnuda de
encima de la media. Un gemido de repulsión escapó de su garganta e intentó apartarse con más
empeño. Otra serpiente se enroscó en su otro tobillo.

“He estado investigando con discreción. Hay fotografías del Ministerio del ’95 en las que parece
llevarlo puesto. Ella afirmaba que era una reliquia familiar de los Selwyn. Cómo llegó a sus manos,
nadie lo sabe, no obstante, una antigua secretaria mencionó que la Alcaide tenía el hábito de
despojar a mercaderes sin licencia de sus posesiones.”

“De modo que no sabes nada. Ni cómo la Orden consiguió destruirlo desde una distancia
imposible. Ni cómo consiguieron identificarlo. Ni siquiera cómo lo obtuvo ella. ¿Es que hay algo
que sí sepas?” rugió Voldemort. Entonces se contuvo, y después de un momento dijo con voz más
calmada, más amenazante, “Me has decepcionado, Oficial, y espero que no hayas olvidado lo que
ocurrió la última vez que me decepcionaste tan profundamente. ¡Crucio!”

Hermione notó cómo Malfoy caía de pronto. No cayó boca abajo, sino que se desplomó agazapado
sobre ella. Ella podía sentir su cuerpo temblar con rigidez por la tortura mientras un grave gemido
gutural desgarraba su garganta.

Voldemort no mantuvo la maldición durante mucho tiempo. En poco más de un minuto se detuvo,
los espasmos cesaron y Hermione oyó a Malfoy jadear cerca de su oído mientras se recomponía.

“No os fallaré, mi Señor. He hecho examinar la punta de flecha y los restos del guardapelo por un
goblin,” dijo Malfoy, con tan solo el más leve temblor en la voz, mientras comenzaba a ponerse en
pie de nuevo. “La punta de la flecha es de plata forjada por goblins, impregnada con una
combinación de veneno extraído de la cola de una mantícora y veneno de basilisco. El veneno de la
mantícora permitió a la flecha atravesar las barreras—el veneno de basilisco a destruir el
guardapelo.”

“¿Has investigado su posible procedencia?”

Hermione sintió el roce de una lengua deslizarse por su muslo interno desnudo y sollozó en
silencio.

“Un basilisco joven es bastante fácil de obtener para cualquier mago con un sapo y talento para las
maldiciones cegadoras, si es paciente. La procedencia del veneno de mantícora es más
cuestionable, dado lo cuidadosamente que han estado regulados tantos ingredientes desde que
tomasteis el control del Ministerio. McNair insistió en hacerse responsable de la investigación, lo
cual fue extrañamente generoso por su parte. Interrogué en privado a uno de sus asistentes. Parece
ser que ha habido continuadas discrepancias en los libros de registro en lo que respecta a las
cantidades de algunas de sus criaturas importadas. El mercado negro ha sido tremendamente
lucrativo durante los últimos años.”

“Hazlo llamar enssseguida,” dijo Voldemort, la furia manifiesta en su voz. “El ataque no hubiera
sido posible de no ser por sus descuidos. Mis siervos parecen comenzar a tener hambre.”

“Como deseéis, mi Señor,” dijo Malfoy, y levantó a Hermione del suelo.

La pitón que estaba enroscada alrededor de su pierna la envolvió con más fuerza y tiró de ella.
Voldemort siseó con severidad y la serpiente la soltó lentamente, con un sibilante sonido de
disconformidad. Mientras Malfoy la liberaba de las serpientes, el rostro de Voldemort entó en su
campo de visión.

Varias de las serpientes se habían enroscado a su alrededor. Estaba casi cubierto de pitones, y la
observaba atentamente.

“Esa Sangre Sucia está marcada por la oscuridad. Las serpientes pueden saborearlo. Y es bastante
fecunda,” dijo Voldemort, secándose la boca sin labios mientras la estudiaba.

Hermione le sostuvo la mirada durante un momento, pero su visión empezó a parpadear de nuevo.
Notaba los leves tremores de la tortura en las manos de Malfoy.

“La Sanadora Stroud le administró una poción ayer,” dijo Malfoy. “En cuanto a la oscuridad—
bueno, el rastro de destrucción que se reportó en Sussex ya indicaba que no se adhería a las
políticas de la Orden sobre la Magia Negra.”

Voldemort emitió un siseo afirmativo.

“Vigílala bien. Ahora que la Orden se está moviendo de nuevo es probable que vayan a por ella,”
dijo Voldemort.

“Sabéis que moriré antes que perderla de vista,” dijo Malfoy con voz grave, y Hermione notó que
la agarraba con más fuerza.

“Quiero su cadáver, Oficial. Quienquiera que fuera. Este último miembro de la Orden. Quiero su
cráneo en mi colección.”

“Lo tendréis, tal y como os he estregado los del resto,” dijo Malfoy.

Hermione se estremeció y trató de liberar el brazo. Voldemort la observó, y ella pudo ver la
crueldad y la malicia en su mirada. Abrió la boca y sacó la lengua, como si estuviera saboreando el
aire. Sus encías eran blancas y sin dientes, como las de una serpiente, y su lengua brillaba en la
penumbra. Cuando cerró la boca, se inclinó hacia delante y siseó suavemente.

Su rostro estaba a centímetros del de Hermione. Podía sentir su aliento en la mejilla. No estaba
segura de si iba a lamerle el rostro o practicarle legeremancia de nuevo. Sus ojos rojos como la
sangre la evaluaron por un momento antes de que volviera a reclinarse en el nido de pitones.

“Una vez que la Sangre Sucia haya desvelado todos sus secretos, la quiero muerta también. Sabe
demasiado como para mantenerla en el programa de Stroud. Aunque… si está embarazada, te
permitiré esperar hasta que tengas tu heredero.”

“Como ordenéis, mi Señor,” dijo Malfoy sin vacilar. Después arrastró a Hermione fuera del salón.
Una vez estuvieron en los pasillos, Malfoy le administró una poción analgésica. Hermione resopló
para sí misma antes de bebérsela.

Intentó despejarse, luchando por enfocar la vista. Parecía como si el aire del salón la hubiera
envenenado. Se deslizó débilmente hasta el suelo. El dolor de cabeza era casi insoportable, aún con
la poción analgésica. Sin embargo, encontró que estaba rebosante de preguntas.

“¿Yo ataqué una prisión?” consiguió articular.

“Tras la muerte de Potter.” La voz de Malfoy emergió de la oscuridad. “Unas horas después de la
batalla final. Te capturaron tras volar casi la mitad del edificio para conseguir entrar. Fue un
contraataque inesperado. Solo leí los informes después de que te asignaran a mí. Es una pena que a
nadie se le ocurriera interrogarte antes. La victoria nos dio demasiada confianza, supongo.”

Hermione alzó la vista en dirección a su voz. Solo pudo distinguir su pelo claro en la penumbra
antes de que se le oscureciera la vista de nuevo. Reclinó la cabeza contra la pared para
recomponerse.

“Era sanadora…” dijo. “No era—no me dejaban—luchar.”

Frunció el ceño, intentando comprender. “Pero, ¿Ginny escapó? ¿La ayudé a escapar?”

“Lo hiciste.”

“Pero estaba moribunda—cuando—cuando la mataste. ¿Por qué?” preguntó con voz queda y
afligida.

Se hizo el silencio antes de que Malfoy hablara.

“Estaba en Sussex para investigación experimental.”

Un grave sonido de horror surgió desde lo más profundo del cuerpo de Hermione.

“La sección de desarrollo de maldiciones de Dolohov…” se le quebró la voz. Distinguió a Malfoy


asintiendo en las sombras.

Se dobló sobre sí misma y vomitó. Dios mío, Ginny… Malfoy esperó a que dejara de sacudirse por
las arcadas antes de levantarla del suelo y aparecerse de nuevo a su habitación en la mansión.

El sonido de dolor que profirió por la aparición era animal. Se desplomó contra Malfoy y se dio
cuenta de que estaba cubierta de lo que parecían ser restos viscosos y putrefactos. Solo pudo verlo
un momento antes de que se le desenfocara de nuevo la vista. Ahogó un sollozo y trató de limpiarse
las manos en las ropas, que estaban igual de sucias.

Malfoy murmuró varios encantamientos de limpieza y el olor desapareció. La empujó a la cama.

“Tres días,” dijo, y ella oyó como se marchaba.

Hermione quería mantenerse consciente. Para poder llorar e intentar procesar lo que había
descubierto, pero su mente se desviaba. Como si no pudiera alcanzar…

Se tiró de la ropa hasta que arrancó los botones y la lanzó al suelo. Se quitó las medias con los pies
e intentó frotarse las piernas para librarse de la sensación de las serpientes deslizándose por su piel.
Pasaron dos días hasta que pudo ver con claridad. El dolor de cabeza le impedía mantener ninguna
comida en el estómago. La habitación se desenfocaba cada vez que intentaba sentarse o levantarse.

No tenía nada que hacer más que pensar.

Cuando Malfoy la visitó el tercer día se obligó a sentarse y a mirarlo con determinación.

“¿Más preguntas?” dijo fríamente, contemplándola.

Hermione sacudió la cabeza. Malfoy pareció sorprenderse ligeramente.

“Bueno, una, supongo,” dijo tras un momento.

Malfoy aguardó. Ella ató todos los cabos; todas las incongruencias que había recopilado
mentalmente a lo largo de los últimos meses. Finalmente lo había convertido en algo coherente.

Hermione respiró profundamente antes de responder. Entonces le sostuvo la mirada.

Amaga al aire con destreza y executa en la impensada realidad.

“La guerra se ha estancado,” dijo. “A pesar de que oficialmente aún está en curso en algunas partes
de Europa. Ya no se trata como algo significativo o relevante. De hecho, en base a la cobertura,
sospecho que probablemente se anuncie pronto un armisticio. En los últimos dos años, aparte de la
conquista de Gran Bretaña, apenas ha habido ningún progreso desde la muerte de Harry.”

Malfoy permaneció en silencio; su expresión cuidadosamente indescifrable.

“De hecho, no ha ocurrido casi nada desde la muerte de Harry. Toda la campaña de Voldemort se
estancó una vez que derrotó a Harry…” vaciló muy ligeramente, “había algo que los conectaba.
Estaban enlazados de alguna manera, probablemente de cuando intentó matar a Harry cuando era
un bebé. Es por eso que él y Harry acababan de vez en cuando en los sueños del otro y, estoy
segura de que recuerdas que Harry podía hablar pársel. Es por eso que cuando Voldemort usó la
Maldición Asesina—para matar a Harry en Hogwarts—no funcionó al principio—“

A Hermione se le quebró la voz y tragó saliva, obligándose a continuar. Un dolor desconocido


comenzó a florecer en el fondo de su mente. Lo ignoró.

“Es por eso que tuvo que volver a lanzarle la maldición a Harry. Por el lazo. Pero—no era solo
Harry. El ser inmortal… el Profesor Quirrell, el diario que tenía tu padre… de algún modo tu amo
encontró la manera de atar su fuerza vital a objetos animados e inanimados. Y la orden lo sabía. Por
eso sabe que el ataque de este mes ha sido cosa de la Orden y no de alguna nueva Resistencia.
Porque el intento de asesinato no fue un intento. Thicknesse no era el objetivo. Umbridge tampoco.
El colgante que llevaba a veces. El guardapelo. Lo vi cuando nos estaba adiestrando. Era de él. Uno
de sus lazos. Quienquiera que sea, el último miembro de la Orden, descubrió qué era y la mató para
destruirlo.”

Malfoy entrecerró los ojos muy levemente. Hermione ladeó la cabeza y se observaron el uno al
otro.

“Creo que me he perdido la pregunta,” dijo Malfoy tras un momento.

“Aún no la he formulado,” dijo Hermione con serenidad, tratando de ignorar el dolor pulsátil que
aumentaba gradualmente en su nuca, como si le estuvieran clavando un bisturí en la base del
cráneo.

“El intento de repoblación,” dijo, tratando e respirar a través del dolor, “es una tapadera. Es un
ardid. A Voldemort no le importa la población mágica. Es algo diseñado para desviar la atención
del público, tenerlos ocupados. No está esperando para esclavizar a los muggles porque esté
preocupado por la demografía mágica. Lo está haciendo para ganar tiempo; está distrayendo a las
masas con espectáculos públicos de las familias de sangre pura. Primero los matrimonios y abortos
espontáneos, y ahora, las subrogadas. No ha detenido la guerra porque haya querido, sino porque ha
tenido que hacerlo.”

El dolor le atravesó la cabeza a Hermione y la habitación se volvió de un horrible rojo, como si le


corriera sangre por la frente y le cayera a los ojos. Profirió un grito agónico y comenzó a caer hacia
delante. Se obligó a mirar a Malfoy. Estaba acercándose a ella.

Consiguió articular la pregunta.

“Se está muriendo. ¿No es así?”


Capítulo 17

Hermione estaba en el tercer piso de Grimmauld Place. El pasillo estaba en silencio y en


penumbra; podría ser ya avanzada la tarde o la madrugada. Al pasar por la puerta de una de las
habitaciones vislumbró una mata de pelo rojo inclinada sobre una mesa con mapas. Se detuvo y
llamó suavemente a la puerta.

“Ey, Mione,” dijo Ron, distraído, mientras movía unas piezas por los mapas, y después se rascó la
cabeza con la punta de la varita con aire pensativo. Tenía expresión tensa.

“¿Tienes un minuto?” preguntó ella.

“Claro.” Volvió a meter la varita en el bolsillo trasero y la miró. “Solo estaba revisando lo que ha
pasado desde que me fui. Ha habido muchas redadas durante los días que hemos estado fuera;
debes de haber estado ocupada.”

La estaba observando con mirada penetrante. Hermione bajó la vista.

“Estoy segura de que captas la estrategia,” dijo en voz baja.

“Kingsley está usando los horrocruxes para mantener a Harry fuera del campo de batalla,” dijo.

Hermione asintió. “Entiendes el por qué, ¿verdad?”

A Ron se le endureció el rostro y se encogió de hombros, asintiendo.

“No vale la pena arriesgar su vida en una pelea cuando lo necesitamos para el golpe de gracia.
Claro. Lo pillo. Pero no quiere decir que me guste. Y algunos de estos—,” sacó algunos
pergaminos y les echó un vistazo. “Son prácticamente misiones suicidas. No me había dado cuenta
de que Kingsley estaba yendo tanto a lo seguro por Harry. Viendo lo que hace cuando nos vamos
un par de semanas—”

Se interrumpió, mirando los informes con irritación. “¿Cuál ha sido exactamente el número de
bajas mientras hemos estado fuera?”

Hermione abrió la boca para responder, pero él la interrumpió.

“No hace falta que me lo digas. Ya veo los números aquí delante. Es jodidamente—no me lo puedo
creer. Si Kingsley estuviera aquí le daría un puñetazo.”

Su rostro estaba rojo de rabia.

“Ron, ya no podemos permitirnos jugar sobre seguro,” dijo Hermione con un nudo en el estómago,
pensando en la cantidad de personas a las que había tenido que cerrar los ojos durante las últimas
semanas y las barreras que había ayudado a poner a Bill en el nuevo hospicio. “No creo que te des
cuenta de lo agotados que están nuestros recursos. ¿Cuántos años más crees que podría financiar
un ejército la cámara de Harry? El hospital ya está bajo mínimos. Estamos perdiendo el acceso a
Europa debido al control de Tom. La única opción que nos queda es asumir riesgos. Y no podemos
arriesgar a Harry.”
Ron no dijo nada. Hermione podía ver los músculos de su mandíbula contraerse mientras la
apretaba y la soltaba.

“Tenemos que encontrar los horrocruxes,” dijo finalmente. Hermione soltó un profundo suspiro
que había estado conteniendo, ansiosa, y asintió.

“Es cierto,” dijo. “Tom y Harry son las piedras angulares. En cuanto a ideología, entre los
Mortífagos hay demasiada diversidad. Es el poder de Tom lo que los mantiene cohesionados. Si
podemos matarlo, de forma permanente, debería haber suficiente lucha interna como para darle a
ventaja a la Resistencia.”

“Supongo que esa es lo único bueno de los delirios de inmortalidad de Tom: no se está molestando
en buscar un sucesor,” dijo Ron, inexpresivo, leyendo el informe de otra misión. Hermione podía
ver su propia firma al final; confirmando los heridos, calculando las bajas con números limpios e
impersonales. “Aunque no dudo que los Malfoy pensarán que son los primeros en la lista ahora
que Bellatrix ha muerto. Jodidos psicópatas.”

“Tienes que convencer a Harry de que los Horrocruxes son la prioridad,” dijo, mirando a Ron
fijamente. “Especialmente ahora, después de lo de Ginny. Me preocupa que quiera ignorarlos.”

A Ron se le crispó el rostro.

“Ya,” dijo en voz baja.

Hermione se acercó un poco, vacilante.

“Ron, espero que lo que dije en la reunión de anoche no te hiciera sentir como si hubiera sido tu
culpa. Salvaste a Ginny. No creo que hubiera sido apropiado ocultar la información, pero no
pretendía hacerte daño revelándola.”

“No pasa nada,” dijo con rigidez. “Hiciste lo correcto.”

“Lo siento—“

“Para. De verdad que no quiero hablar de ello,” dijo con una voz trémula que no admitía
discusión.

Hermione pasó la mirada por su rostro, advirtiendo la tensión alrededor de sus ojos, el rubor de
sus orejas contrastando con la palidez de su rostro, que hacía que sus pecas parecieran gotas de
sangre atravesando su cara.

Si lo presionaba, explotaría.

A Hermione se le encogió el corazón.

“De acuerdo. Bueno, te dejo con la revisión,” dijo, volviéndose para marcharse.
Hermione recuperó la consciencia y, aturdida, se percató de que había alguien inclinado sobre ella,
reclinándole la cabeza. Tenía el lado izquierdo de la cara y el cuerpo rígidos. No podía mover los
dedos y la lengua le dolía como si se la hubiera mordido repetidamente.

Se alejó con brusquedad de las manos que estaban sobre ella y ese alguien, un hombre, dejó de
tocarla. Dio un paso atrás, observándola atentamente. Ella lo miró, confusa. Tenía la piel pálida y el
pelo rubio, y su rostro, que le había parecido expresivo cuando había abierto los ojos, era ahora
impasible.

“Has sufrido una crisis,” dijo con calma. “Al parecer las pociones de fertilidad y la legeremancia
interaccionan.”

Bajó la mirada hacia la varita que sostenía en la mano. “¿Puedes hablar? Has estado gritando
durante varios minutos.”

Hermione intentó tragar saliva. Tenía la garganta en carne viva, parecía que lo de varios minutos
era un eufemismo. Trató de abrir la boca y se dio cuenta de que tenía los músculos del lado derecho
de la mandíbula tan tensos que apenas podía separar los dientes.

Estaba agotada. Se sentía como si la hubieran electrocutado; notaba los músculos y los tendones
como su hubieran tirado de ellos hasta casi romperlos. Cuando tomó aire escuchó un murmullo
áspero que salía desde el fondo de su garganta.

Trató de recordar lo que había pasado. Intentó levantarse, pero su cuerpo no cooperaba. Se echó a
llorar.

“¿Quién eres?” consiguió articular, entre dientes, cuando por fin pudo dejar de llorar. Alzó la vista
hacia el hombre que estaba de pie a su lado.

Una miríada de emociones pasó por su rostro. Abrió la boca, y después la cerró con firmeza y
vaciló.

“Estoy a cargo de tu cuidado,” dijo finalmente, inexpresivo una vez más. Sacó un frasco, al parecer
de la nada. “Deberías tomarte esto. Probablemente podrás recordar lo que ha ocurrido cuando te
vuelvas a despertar.”

Hermione vaciló y asintió con la cabeza, dando su consentimiento. Él pasó una mano por debajo de
su cuello, colocándola en la nuca, y la ayudó a inclinar su cuerpo rígido para poder tragar. En
cuando se lo bebió, el agotamiento se sobrepuso y sintió que se iba quedando dormida.

“¿Te conozco?” preguntó mientras se le cerraban los ojos.

“Supongo que sí.”

Cuando Hermione se despertó de nuevo, tenía el lado derecho del cuerpo dolorido, y en la lengua
tenía la leve sensación de un encantamiento curativo.

Trató de recordar qué había pasado.

Había estado hablando con Malfoy sobre Voldemort, sobre horrocruxes—de pronto recordó la
palabra. Había planteado al fin su pregunta; la cual apenas había sido una pregunta porque estaba
casi segura de que estaba en lo cierto. Voldemort se estaba muriendo.
Y entonces había sentido como si le explotase la cabeza, la habitación se había vuelto roja y se
había desplomado.

Había tenido una crisis convulsiva delante de Malfoy.

Cuando se había despertado por primera vez estaba prácticamente inmóvil y no recordaba quién era
él. Le había administrado Poción de Sueño sin Sueños.

Evaluó el intercambio. ‘A cargo de su cuidado’ era una forma muy generosa de describirse a sí
mismo. Resopló para sí.

Movió los hombros e intentó abrir la boca. Le dolía la mandíbula, pero podía abrir la boca del todo.
Se incorporó con cuidado y se examinó a sí misma.

La habían tratado. Las crisis convulsivas no eran su especialidad curativa, pero Arthur las había
sufrido durante un tiempo tras ser maldecido por Lucius Malfoy. Había investigado un poco. El
tratamiento era parecido a tratar a una persona por el cruciatus, un tratamiento con el que estaba
bastante familiarizada.

No era solamente sanación con varita, sino también fisioterapia mágica; usar hechizos y después
masajear las contracturas y la tensión con las manos. Alguien la había tocado. Como mínimo le
tenían que haber masajeado todo el lado derecho del cuerpo para conseguir aliviar la tensión y la
rigidez con tal eficacia. Considerando que se sentía casi normal, sospechaba que la habían tratado
en ambos lados del cuerpo, de la mandíbula a los pies.

Se estremeció ligeramente, pero intento razonar consigo misma.

Era sanación. Solo sanación. Ella había sanado a cientos de personas. Había tratado lesiones en
todas las partes del cuerpo. Una lesión era una lesión. Sanar era sanar. Estaba separado de cualquier
sentido de la sensualidad y sexualidad. Clínico. Los cuerpos rara vez se registraban como algo más
que algo que tratar.

Pero aún así… La idea de que alguien había manejado su cuerpo mientras estaba inconsciente en la
casa de Malfoy la ponía enferma.

Se aferró las sábanas contra el pecho en un ademán protector.

Miró el calendario de la pared y advirtió que habían pasado dos días desde su conversación con
Malfoy.

Se movió y siseó entre dientes, mirando hacia abajo. Tenía los pechos doloridos e—hinchados. Se
los quedó mirando con el horror más absoluto durante varios segundos hasta que recordó que era
uno de los efectos secundarios de la poción de fertilidad que le había dado Stroud. Esbozó una
mueca y se levantó de la cama.

Malfoy le había aplicado encantamientos de limpieza después de traerla de vuelta del salón de
Voldemort, pero realmente no se había limpiado. Cogió toallas y ropa y recorrió el pasillo hacia el
baño con ducha.

Una larga ducha alivió los últimos dolores de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás, dejando que el
agua le cayera en el rostro, y pensó en los recuerdos de Ron que había desbloqueado sin querer.
Horrocruxes. Y números de bajas. Y Ginny.
Siempre volvía a Ginny.

Ron. Se lo veía demacrado. Hundido por la guerra. En su melena habían empezado a verse
mechones de canas a pesar de que no podía tener más de veintidós años en aquel momento. Había
olvidado aquellos detalles. Había olvidado cómo lo había consumido la guerra; cómo el estrés se
había manifestado en él de forma física.

Planeaba misiones con Moody y Kingsley. Había tomado su talento para la estrategia y el ajedrez
mágico y había aprendido cómo aplicarlo a la guerra. Había estado muy orgulloso la primera vez
que Kingsley había aprobado una de sus estrategias.

A Ron, Harry y el ED les había llevado un tiempo aceptar que la guerra iba a ser larga. Pensaban
que las comunidades mágicas se alzarían para apoyar a la Orden. Que el haber presenciado la
derrota de Voldemort en la primera guerra mágica imbuiría al Mundo Mágico con una profunda
confianza en el poder de la Luz.

Pero Voldemort había aprendido de la primera guerra. Era más inteligente, cauto y astuto de lo que
había sido la primera vez, especialmente después de los errores en la batalla del Departamento de
Misterios. Limitaba su régimen de terror a los hijos de muggles, familias mestizas y traidores de la
sangre. Se hizo muy pronto con el control del Ministerio e hizo que la Orden fuera etiquetada como
organización terrorista. Mandó asesinar a Dumbledore en su propia escuela a manos de un chico de
dieciséis años.

Toda la confianza que el mundo mágico hubiera podido tener en el poder de la Luz fue rápidamente
ahogada. Los hijos de muggles y los mestizos eran solo un fragmento de la población mágica. Para
la comunidad mágica establecida era más sencillo simplemente elegir agachar la cabeza y dejar que
los miembros de la Orden lucharan solos contra Voldemort

Era complicado luchar en una guerra como grupo terrorista.

Incluso si tenías dinero, ir al Callejón Diagón y acceder a una cámara de Gringotts era muy difícil.
Se requería una identificación del Ministerio para comprar cualquier cosa, comida o ingredientes de
pociones; y adquirir grandes cantidades atraía sospechas. Se podía enviar a una persona al hospital
tras una batalla, pero en San Mungo estaban obligados a contactar con el Departamento de
Seguridad Mágica e informar de cualquier lesión que enviaran a la planta de Daños por Hechizos; a
los miembros de la Resistencia heridos los acusaban de terrorismo, los arrestaban mientras estaban
convalecientes y desaparecían en una de las prisiones de Voldemort nada más salir de San Mungo.

La Resistencia no había estado preparada para lo decisivas que habían sido las primeras acciones de
Voldemort. No habían hecho acopio de reservas. No habían ocultado a suficientes personas, y a los
que sí habían intentado proteger no habían conseguido esconderlos con el suficiente cuidado.
Siempre había gente que pensaba que podía salirse con la suya y decir algún adiós antes de irse,
alguna pequeña pista que la tortura de los mortífagos podía sacarles a los vecinos.

El orgullo que sentía Ron cuando utilizaban sus estrategias se fue desvaneciendo rápidamente
cuando se dio cuenta de que era imposible idear una estrategia para una pelea sin bajas. Las
personas no eran piezas reutilizables en un tablero; cuando las sacrificabas, morían. De formas
horribles. E incluso si hacías todo lo posible en cuanto a estrategia para protegerlos, no siempre
hacían lo ordenado o lo previsto. E incluso si lo hacían, el enemigo no.

Ron tendía a tomarse cada muerte y cada herido como una responsabilidad personal. Todo destello
de heroísmo y de la envidia que antes le tenía a Harry, desapareció. La guerra lo volvió más serio y
la comprensión los unió aún más a él y a Harry; reparado cualquier fractura que sus celos hubieran
creado a lo largo de los años. Se unieron en la culpa, la determinación y el idealismo. Como
hermanos.

No había quedado mucho sitio para Hermione.

Hermione suspiró y dejó caer la cabeza, sintiendo cómo el agua se deslizaba por sus mejillas. Se le
torció la boca y le temblaron los labios al pensar en Hogwarts.

Harry, Ron y Hermione: el trío inseparable… hasta la muerte de Dumbledore, cuando Hermione
eligió las pociones y la sanación antes que los ejercicios de magia defensiva con Harry, Ron y el
resto del ED.

Pasaba los días estudiando sanación con Poppy Pomfrey. Y las noches estudiando pociones con
Snape. Sus amistades se quedaron de lado por el camino. Incluso sus calificaciones cayeron.

Le quedaba muy poco tiempo para entrenar hechizos defensivos. Todo el mundo estaba estudiando
magia defensiva. Nadie parecía preocuparse por los heridos ni por cómo contrarrestar maldiciones.
O por ser capaz de elaborar las pociones necesarias para curar heridas.

Durante el mes que siguió a la Batalla del Departamento de Misterios, Hermione había tomado diez
pociones diarias para reparar el daño interno que le había causado la maldición no verbal de
Dolohov. Tenía suerte de haber sobrevivido.

Cuando Dumbledore murió tan solo unos meses después, ella ya era profundamente consciente de
lo vital que sería el papel de la sanación y las pociones en la capacidad de la Resistencia para
sobrevivir el tiempo suficiente como para ganar la guerra. Pero ella era la única que se preocupaba
por ello. Todo el mundo la consideraba una paranoica. Los hospitales eran terreno neutral; si
alguien necesitaba que lo sanaran, siempre se podría recurrir a San Mungo.

Pero entonces los convirtieron en terroristas. Los hospitales no eran neutrales para los terroristas.

Cuando Voldemort tomo el control del Ministerio de forma abrupta; la primera ley que firmó el
Ministro Thicknesse fue la Ley de Registro de los Hijos de Muggles. El momento y la estrategia
estaban cuidadosamente planeados. A los aurores del DSM y sanadores de San Mungo mestizos e
hijos de muggles los arrestaron y les quitaron las varitas antes de que pudieran huir hacia la Orden.

Hubieran sido miembros inestimables de la Resistencia si la Orden hubiera llegado a ellos a


tiempo.

En vez de eso, la “organización terrorista” se encontró que estaba totalmente aislada del mundo,
dejando en poco tiempo a Poppy Pomfrey como su sanadora más experimentada. Le traían todos
los combatientes de la Resistencia a la enfermera de un internado para que sanara heridas de guerra
y maldiciones oscuras. Kingsley había conseguido reclutar a dos sanadores generalistas para
montar un hospital semi funcional. Sin embargo, la tendencia de Voldemort a castigar a familias
enteras hacía que la mayoría de la población mágica no estuviera dispuesta a dejar atrás su vida y
aliarse con la Orden si no se veía obligada.

La guerra se había concentrado en Gran Bretaña en aquel momento. Tras la incautación del
Ministerio de Magia Británico, hospitales mágicos europeos que simpatizaban con la Resistencia
contactaron con ellos en secreto y les ofrecieron formación especializada en sanación de magia
negra y maldiciones oscuras. Hermione era la única persona de la que la Orden podía prescindir
con suficientes conocimientos básicos de sanación.

Apenas había sido una pregunta. La Orden necesitaba un sanador de urgencias, si no podían
reclutar a alguien, tendrían que crearlo; Hermione tenía la aptitud. Casi no le habían dado tiempo
para despedirse antes de que Kingsley la sacara de Gran Bretaña de forma clandestina. En aquel
momento no sabía cuándo iba a volver.

Se formó de forma obsesiva durante casi dos años. Estaba llegando al final de su formación cuando
el hospital del piso franco de la orden se vio comprometido tras una lucha. Un Mortífago consiguió
agarrar a Ernie MacMillan cuando se estaba apareciendo hacia ahí. Una vez el Mortífago estuvo
dentro de las barreras protectoras, se fue inmediatamente y volvió con algunos Mortífagos más.

Aparte del encantamiento Fidelius, el hospital no estaba bien protegido. No había plan de
evacuación. Ni guardas. Ya era un baño de sangre para cuando la Orden consiguió recomponerse y
lanzar un contraataque. La Orden perdió a los dos sanadores que había reclutado, a los aprendices
de sanadores, a Horace Slughorn, y a casi todos los combatientes que estaban convaleciendo.

Los Mortífagos dejaron vivo a Ernie por pura maldad.

La Orden necesitaba a Hermione de vuelta inmediatamente.

Voldemort le había permitido a Dolohov crear una sección de desarrollo de maldiciones; en las
batallas se utilizaban maldiciones nuevas y letales, que requerían análisis de hechizos avanzados
para contrarrestarlas. La especialidad de Hermione. También necesitaban reemplazar a su maestro
de pociones y Hermione también era apta para ello.

Tres días después, Kingsley en persona llegó al hospital mágico de Austria, donde ella había estado
estudiando, y la trajo de vuelta a Inglaterra.

En su ausencia, Harry y Ron se habían vuelto a forjar como dúo. Cuando ella volvió, el trío intentó
reanudar su amistad pero aquellos dos años los habían conducido en direcciones diferentes.

Hermione no había sido capaz de compartir la creencia idealista de que la Luz, por su inherente
cualidad para el bien, eventualmente cambiaría las tornas de la guerra. Bajo su punto de vista,
parecía que cada vez estaban peor para la Orden.

Desde el momento en que volvió a Inglaterra, vivió en la nueva planta de hospital que se había
construido en el segundo piso de Grimmauld Place. Pasaba los días y las noches viendo morir a
gente; viendo cómo se daban cuenta de que iban a morir. Intentando salvarlos. Se sentaba junto a
ellos y les explicaba con toda la delicadeza posible que nunca volverían a hablar, a comer, a ver, a
caminar, a moverse de nuevo. Que nunca tendrían hijos. Que sus parejas, padres o hijos habían
muerto mientras estaban inconscientes.

Vivía cada día las secuelas de la batalla; respiraba la devastación hasta que se ahogaba en ella.

No le estaba permitido luchar. No le dejaban estar en el campo. Era demasiado valiosa como
sanadora y maestra de pociones. La Orden no podía permitirse perderla.

Permanecía en el tiempo que venía después de batallas sobre las que no tenía ninguna influencia.
Así que usaba lo que tenía, su voz y su posición como miembro de la Orden. Utilizaba su sitio en
las reuniones para alentar a la Orden a expandir su formación más allá de la magia defensiva. No
estaba abogando por la tortura o las Maldiciones Imperdonables; solo quería que a los combatientes
de la Resistencia les dieran permiso explícito en vez de tácito para matar Mortífagos en defensa
propia.

No se le hubiera ocurrido que fuera a ser una posición tan delicada y complicada de mantener tras
tres años de guerra.

Lo era.

Harry era inflexible: no usarían magia negra; no matarían a nadie. La mayoría de la Orden se había
alineado con la visión de Harry.

Hermione había sido la detractora proclamada. Aquello había erosionado a un ritmo constante la
mayoría de sus amistades.

No era del todo sorprendente que Ginny hubiera llegado a pensar que Snape era la única persona
con la que Hermione pudiera haber tenido una relación. Ginny estaba en lo cierto. Hermione había
estado casi completamente sola.

Hermione suspiró para sí y cerró el grifo de la ducha.

Si hubiera hecho algo de manera diferente, ¿podría haber cambiado el resultado de la guerra? ¿Si se
hubiera centrado en la defensa? ¿Si no hubiera seguido con la sanación y las pociones? ¿Si no se
hubiera ido durante dos años?

¿Hubiera supuesto alguna diferencia? ¿Habría salvado a alguien?

Se le hizo un nudo en la garganta al recordar las palabras burlonas de Malfoy de hace unos meses:

“Ni siquiera luchabas durante la guerra, ¿verdad? Desde luego nunca te vi. Nunca estabas por ahí
con Potter y Weasley. Solo te escondías. Pasando todo el tiempo en el hospital. Agitando la varita
inútilmente, salvando a personas que al final iban a estar mejor muertas.”

Tragó saliva y apretó los labios mientras salía de la ducha y se ponía la toalla.

Se detuvo un instante y se observó a sí misma en el espejo.

Odiaba su reflejo. Odiaba verlo. Trataba de apartar la vista cada vez que se encontraba un espejo.
Apenas reconocía a la persona que encontraba en el cristal.

En sus recuerdos de sí misma estaba demacrada por el estrés y la malnutrición. Pálida de


permanecer en el interior sanando y preparando pociones. Su piel era frágil. Su pelo rebelde
siempre contenido cuidadosamente en trenzas ajustadas que mantenía enroscadas en la nuca.
Huesuda y delgada. Sus ojos, hundidos y oscuros, pero con fuego en su interior.

Ahora…

Su rostro ya no estaba demacrado. Una alimentación adecuada le había rellenado las mejillas. Los
paseos diarios le habían devuelto el color a su piel, un leve tono rosado en el rostro. Sin ningún
peine ni gomas de pelo, solo podía desenredarse el pelo con los dedos y dejarlo suelto. Caía, en una
desordenada cascada de bucles y ondas, más allá de sus codos. Sus rodillas, codos, caderas y
costillas ya no sobresalían. Había ganado masa muscular haciendo ejercicio.

Tenía aspecto saludable. Estaba guapa incluso. Normal. Como una Hermione de otra vida diferente.

Pero sus ojos—

En sus ojos no había vida. No había fuego.

El brillo que consideraba más intrínseco de quién era había desaparecido.

Estaba muerta en vida.

Le dio la espalda al espejo y se vistió.

La poción de fertilidad afectaba a cómo le quedaba la ropa. Los botones del pecho estaban tirantes
y sus pezones sobresalían a través de la tela. Echó los hombros hacia delante y se puso el pelo por
delante de los hombros.

Cuando volvió a su habitación encontró la comida dispuesta para ella. Picó un poco de ensalada de
pepino y miró por la ventana. La nieve se había derretido. La finca estaba compuesta de un gris
interminable. Incluso el cielo era gris.

Aún estaba mirando por la ventana cuando se abrió la puerta. Miró hacia ella y vio que Malfoy
había entrado. Llevaba sus ropas de ‘caza’. Estaban limpias, así que suponía que estaba a punto de
irse más que de vuelta.

Le sostuvo la mirada. Sin la túnica era notablemente alto y esbelto. La ropa era toda negra, pero en
sus antebrazos, pecho y piernas tenía atadas unas placas protectoras metálicas plateadas. Armadura
de cuero de Ironbelly Ucraniano, concluyó Hermione, tras observarlo unos segundos; para contar
con protección contra armas y hechizos, a menos que su hobby fuera domesticar dragones y
Hermione no lo supiera. Sostenía un par de guantes en la mano.

Se preguntaba si llevaba esas mismas ropas cuando había matado a Ginny, Minerva Mcgonagall,
Alastor Moody, Neville, Dean, Seamus, la Profesora Sprout, Madam Pomfrey, el Profesor Flitwick
y Oliver Wood. Probablemente siempre lo llevaba bajo su túnica de mortífago.

El cuero de Ironside era altamente resistente a la magia y prácticamente impenetrable por ataques
físicos. En un duelo, a menos que el atacante pudiera acertar en la cabeza o usara una maldición
asesina, Malfoy sería difícil de derrotar. Alguien con unas esposas que bloqueaban su magia no
tenía ninguna posibilidad contra él.

Pero claro, ¿cuándo se habían molestado los Slytherin en jugar limpio?

Sus miradas se cruzaron a través de la habitación y él la estudió con atención.

Ella cruzó los brazos a través del pecho en un ademán protector.

“¿Me recuerdas ahora?” preguntó él.

“Muy a mi pesar,” dijo ella, desviando la mirada. Él se acercó lentamente.


“He informado a Stroud sobre lo ocurrido. Al parecer no se molestó en verificar que la poción de
fertilidad no interaccionara con una sesión de legeremancia,” dijo, con una leve mueca de
desprecio.

“Dudo que sea una combinación que los maestros de pociones estudien a menudo,” dijo Hermione
secamente.

Hubo un silencio, y Malfoy hizo aparecer un periódico y se lo dio. Ella se lo quitó de las manos con
expresión de curiosidad.

“Claramente has estado dándole buen uso a tus lecturas,” dijo cuando ella lo desdobló.

“¡Negociaciones de paz en Escandinavia!” anunciaba la portada.

Sonrió para sí misma mientras leía por encima el artículo.

“¿Cómo lo has adivinado?” dijo, tras un momento de silencio.

Ella alzó la vista del periódico.

“¿Esto?” dijo, abriendo los ojos con gesto inocente y señalando el artículo.

Él puso los ojos en blanco.

“No.”

A ella se le torcieron las comisuras de la boca.

“Soy sanadora,” dijo, y después bajo la mirada hacia sus muñecas. “O lo era, al menos. Mi
especialidad era sanar magia negra. Conozco los síntomas de la corrosión mágica. Mucho de
algunos tipos de magia negra y se convierte en veneno para el cuerpo. El cuerpo y la magia intentan
asimilarlo. Una vez la magia negra llega al nivel celular, no hay vuelta atrás. La magia se come el
cuerpo desde el interior.”

Dejó a un lado el periódico. “La magia aún es altamente poderosa, por supuesto. Aún es uno de los
magos más poderosos del mundo. Pero a nivel físico se está deteriorando. Ni siquiera toda la sangre
de unicornio que esta consumiendo y en la que se está bañando es suficiente para controlar los
síntomas. Recostarse letárgicamente en un nido de serpientes es simplemente retrasar lo inevitable.
Aunque sea inmortal, pronto será poco más que una sombra. Se desvanecerá en el éter. Con Harry
muerto, no tiene forma de renacer de nuevo. Si todos sus horrocruxes han sido destruidos—
simplemente—dejará de existir.”

Malfoy la miró con dureza y ella le sostuvo la mirada.

“Los lazos, se llaman horrocruxes, ¿verdad?”, preguntó.

Él asintió lentamente.

“¿Otro recuerdo?” dijo.

Ella asintió.
“Durante la crisis,” dijo, reclinándose en la silla. “La Orden estaba buscándolos. La tarea se les
asignó a Hary y a Ron.”

“¿Algo más?” dijo, con tono grave y amenazante.

“Ron estaba disgustado por el número de bajas. Pasábamos hambre. Dudo que sea nada que no
sepas ya,” dijo en voz baja.

Lo miró sin pestañear, esperando que avanzara inmediatamente para invadir su mente. Para
comprobarlo. Él solo la contemplaba.

Bajó la mirada. Poco después, volvió a alzar la vista, vacilante.

Él se percató de su mirada e inclinó la cabeza, alzando una ceja.

“Kingsley Shacklebolt…” dijo. “Hannah no lo mencionó. Todo el mundo dice que soy todo lo que
queda de la Orden, pero no recuerdo—“

“Murió unos meses después de la batalla final,” dijo Malfoy, desviando la mirada. Apretó
levemente la mandíbula.

Hermione lo había sabido—pero aún así sintió un dolor punzante en medio del pecho cuando
escuchó la confirmación.

Estaba segura de saber también la respuesta a su próxima pregunta.

“¿Fuiste tú el que—?”

Él le sostuvo la mirada y asintió. “Se interpuso en mi camino.”


Capítulo 18

Hermione se quedó mirando, atónita, el cuadrado de papel que tenía en las manos.

Frunció el ceño mientras lo plegaba por la mitad y luego se detuvo, sin saber qué hacer.

No conseguía recordar cómo plegar una grulla de origami.

Había plegado más de mil. Grandes y pequeñas. Día tras día. Recordaba claramente haberlas
plegado.

Pero de alguna manera—

Ya no era capaz de recordar cómo hacerlas. Lo había intentado, cada mañana después de leer el
periódico, pero por alguna razón no conseguía averiguar qué tenía que hacer.

No era capaz de recordar el orden de los pliegues. ¿Era primero un pliegue diagonal? ¿Quizá tenía
que plegarlo por la mitad dos veces? Lo intentó de ambas maneras.

No era capaz de recordarlo. La información—no estaba.

No tenía ninguna de las grullas que había plegado previamente para desplegarla y hacer ingeniaría
inversa en el proceso. Los elfos las hacían desaparecer al final del día.

Hermione suspiró para sí y dejó a un lado el papel.

Debió desaparecer durante la crisis. Quizá había sufrido lesiones cerebrales.

El recuerdo—la información—había desaparecido de dondequiera que lo hubiera guardado. Como


si no hubiera existido nunca. Pero ella sabía que sí. Recordaba con claridad haber sido capaz de
plegarlas.

No importaba.

Ni siquiera sabía por qué plegaba grullas. No podía recordar cuando había aprendido. Quizá en la
escuela primaria…

Se puso la capa y se dirigió al exterior.

La finca tenía un aspecto lúgubre y fangoso. El invierno estaba dando los últimos coletazos antes
de que llegara la primavera. A veces las ventanas se cubrían de escarcha al alba, pero los días
comenzaban a templarse y algunos días llovía a cántaros.

Aquel día solo caía una leve llovizna, así que Hermione se aventuró a salir.

Había llegado a un punto en el que era capaz de atravesar la mayor parte de los jardines que
rodeaban la mansión; siempre y cuando no estuvieran muy descubiertos. Aún no podía manejar los
espacios abiertos.

En las ocasiones en que intentaba forzarse a ir más allá de los setos hacia las colinas y el campo
abierto, se sentía como si alguien la estuviera diseccionando; cortándole los nervios y dejándolos
fuera de su cuerpo, al viento y al frío. Su mente se plegaba sobre sí misma y la dejaba sola en un
estado de puro terror.

No podía—no podía soportarlo.

Se preguntaba si alguna vez sería capaz de manejarlo. Si algún día se recuperaría de la agorafobia.
Sentía que el miedo había echado raíces profundas, enroscándose en su interior y a través de ella;
desde su cerebro y bajando por la garganta, envolviendo sus pulmones y sus órganos como una
mala hierba, esperando a asfixiarla hasta la muerte.

Los días que no estaba diluviando Hermione pasaba la mayor parte del tiempo vagando por la
finca. Entraba en la mansión cubierta de barro y no tenía mas opción que dejar un rastro por los
pasillos. Las casas de magos no tenían tradición de tener felpudos cuando un rápido encantamiento
de limpieza podía hacer desaparecer la gran mayoría del barro. Hermione murmuraba internamente
disculpas a los elfos domésticos cada día.

Sus días se habían hundido en una tediosa monotonía.

Se levantaba y se tomaba el desayuno. Leía el periódico varias veces. Había hecho origami. Comía.
Cuando no estaba lloviendo salía y exploraba la finca durante horas y horas. Si llovía demasiado
solo salía un rato y después hacía ejercicio en su habitación hasta que estaba a punto de
desplomarse. Se duchaba. Exploraba la mansión. Cenaba. A veces Malfoy aparecía y le practicaba
legeremancia. A veces aparecía y la violaba con indiferencia encima de una mesa. Se acostaba. Se
levantaba de nuevo y repetía la misma rutina.

Día tras día.

La única novedad eran las noticias.

Nunca hablaba con nadie excepto con Malfoy y Stroud.

Saber que el programa de gestación era una treta no cambiaba nada. Saber que Voldemort se estaba
muriendo, que tenía horrocruxes, no cambiaba nada.

No para ella.

Malfoy aún estaba invirtiendo todo su tiempo en perseguir a quienquiera que fuese quien había
destruido el guardapelo. Cuando había ido a inspeccionar sus recuerdos tenía un aspecto
visiblemente demacrado. Solo exploró brevemente su mente, como si tuviera miedo de dañarla y
provocarle otra crisis.

Hermione comenzaba a sospechar que Voldemort lo torturaba regularmente con la Cruciatus; cada
vez que Malfoy reportaba que aún no había atrapado al culpable.

Se dio cuenta de que no volvía a la mansión pálido por la furia; estaba pálido debido al shock físico
que producía la tortura. De hecho, parecían estar torturándolo todos los días. Los síntomas eran más
marcados cada vez que Hermione lo veía. Tenía un aspecto notablemente deteriorado; como si
estuviera al borde del colapso.

La maldición Cruciatus le hacía aquello a una persona. Cuando se usaba frecuentemente, aun
cuando no volvía loca a la víctima, podía dar secuelas a largo plazo.
Se le crispaban las manos de la misma manera que le ocurría aún a veces a Hermione. Se preguntó
si le estaban tratando para la tortura. Si tenía tiempo.

Sin duda era así; había hecho que la trataran a ella tras la crisis. Probablemente él iba al mismo
sanador. Tenía que tener uno. Probablemente había tenido a un sanador contratado durante la
guerra. No tenía pinta de ser de los que van a sentarse en la sala de espera de San Mungo.

Ella trataba de ignorar los síntomas; la lividez, los espasmos esporádicos en sus dedos, la dilatación
de las pupilas. Se recordaba a sí misma que estaba intentando atrapar al último miembro de la
Orden; cada vez que volvía y lo habían torturado, aquello indicaba que no lo había conseguido y la
Orden había sobrevivido.

Pero le preocupaba, como sanadora. El deterioro; no podía evitar reparar en ello y le carcomía de
manera inexplicable la conciencia.

Lo ignoró.

Voldemort se estaba muriendo. Voldemort se estaba muriendo y Malfoy lo sabía y había


aprovechado para escalar puestos, y aniquilar a la Orden. Se había preguntado por qué era tan
servilmente obediente, incluso ante la perspectiva de que ella fuera la madre de sus futuros hijos, y
ahora sabía por qué. Por supuesto que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conservar el
favor de Voldemort.

Ron había estado en lo cierto. Era probable que Malfoy se viera a sí mismo como el sucesor. Y,
¿Por qué no? El Oficial Supremo. La ‘Mano de la Muerte’ del Señor Tenebroso. Cuando Voldemort
finalmente se consumiera, ¿quién se atrevería a disputar que Malfoy era el próximo en la fila? No
había ningún Mortífago que se le comparara.

Malfoy claramente pretendía convertirse en el próximo Señor Oscuro a menos que Voldemort
acabara con él antes, y Hermione estaba convencida de que lo haría.

Se preguntó qué clase de Señor Oscuro sería Malfoy. ¿Qué es lo que sacaría de ello de todas
formas? Hermione aún no lo sabía. Quizá nunca lo sabría. Siempre se lo preguntaba y nunca
lograba comprenderlo.

Merecía morir, pensaba para sí. Merecía ser torturado. El mundo sería un lugar mejor si mataran o
volvieran loco a Draco Malfoy.

Pero visualizarlo con la mirada vacía en la sala Janus Thickey la molestaba por alguna razón.
Presenciar pasivamente cómo la tortura hacía mella en él la hacía sentir sorprendentemente
culpable.

No podía hacer nada al respecto, se recordaba a sí misma con frialdad mientras paseaba por el
laberinto de setos, incluso si realmente quisiera ayudarlo. Y no era el caso. Era un Mortífago. No
era como si alguien le hubiera obligado a convertirse en Mortífago o matar a Dumbledore o ser el
que asesinara a la Orden del Fénix al completo y a buena parte de la Resistencia. Merecía cada
pizca de sufrimiento que viniera de la mano con su servidumbre. Más incluso.

Si ella no podía matarlo, la ironía de que fuera Voldemort el que lo hiciera por ella lentamente era
tanto apropiado como satisfactorio de contemplar.

Casi del todo.


Hermione suspiró y se detuvo, presionándose los ojos con las palmas de las manos. Tratando de
aclarar la mente y dejar de pensar.

Al parecer había conseguido retener un poco de buen corazón, incluso para monstruos depravados.
Siempre había odiado la mera idea de la tortura. Le había consternado presenciar la de Umbridge.
Aparentemente ni siquiera podía disfrutar de la de Malfoy.

Su siguiente periodo fértil fue marcadamente peor debido a la poción de fertilidad.

Conforme se acercaba se le fueron hinchando los pechos hasta volverse varias copas más grandes,
y sin sujetador para sostenerlos se movían y le dolían, y estaban tan sensibles que palpitaban. Su
vientre estaba hinchado de tal manera que parecía que realmente estaba embarazada de unas pocas
semanas. Era aterrador. Hermione se vio, de repente, enfrentada de manera vívida y visceral a la
idea del embarazo de una forma que había conseguido ignorar y evitar hasta aquel momento.

Lloraba. La ropa no le cabía. No podía hacer ejercicio, se sentía demasiado incómoda. Se sentía
tremendamente cansada, y con los nervios a flor de piel. Solo se acurrucaba en la cama y trataba de
ignorar todas las cosas que estaba haciendo su cuerpo.

Cuando apareció la mesa encontró que le resultaba doloroso inclinarse sobre ella y sentir el peso de
su cuerpo presionando la madera. Tragó saliva. Sentía todo el cuerpo muy sensible, especialmente
en zonas en las que quería evitar pensar a toda costa. Cuando escuchó la puerta se concentró en el
dolor, presionando los pechos con más fuerza de la necesaria y obligándose a no pensar en nada
más.

Por favor no te quedes embarazada. Por favor no te quedes embarazada, le suplicaba a su cuerpo.

Después de los cinco días, cuando Malfoy vino a inspeccionar sus recuerdos, parecía estar un poco
menos al límite. No tan lívido. Menos recientemente torturado. Temía que eso significara que había
hecho algún avance en su investigación.

Examinó sus recuerdos atentamente. Más a fondo que la vez anterior pero aun dejando en paz los
recuerdos bloqueados. Si que miró la conversación de Hermione con Ron varias veces, como
buscando detalles. Cuando llegó a su reticente preocupación sobre los síntomas de la tortura se
retiró de su mente.

“¿Preocupándote por mí, Sangre Sucia?” dijo con una sonrisa burlona. “Tengo que admitir que
nunca pensé que llegaría el día.”

“No te lo tomes como un cumplido,” dijo Hermione con rigidez. “Me dio lástima Umbridge cuando
él la torturó pero bailaría con mucho gusto sobre su tumba.”

Alzó las comisuras de la boca, divertido. “Por desgracia se la comieron las serpientes.”

Hermione se encontró a sí misma sonriendo antes de poder detenerse. Malfoy soltó una carcajada.

“Eres una zorra,” dijo, sacudiendo la cabeza.

La sonrisa de Hermione se desvaneció. “Algunas personas merecen la muerte,” dijo con frialdad.
“Y los que no la merecían—los mataste igualmente.”

Él puso los ojos en blanco, como si Hermione simplemente hubiera criticado sus modales.
“Hice lo que se me ordenó hacer,” dijo, encogiéndose de hombros.

“¿Eso te dices a ti mismo para tener la conciencia tranquila?” Dijo ella con desdén mientras se
levantaba de la cama. “¿Cuándo los colgaste y los dejaste pudrirse? ¿Pensaste que estabas siendo
noble?”

Él esbozó una leve sonrisa y alzó una ceja. “La esperanza de tu Resistencia no parecía tener límites,
incluso después de ver a Potter morir frente a ellos. Eran de los que nunca se creerían las tasas de
fallecidos en base a los rumores de los Mortífagos. ¿Cuántos guerreros crees que hubieran tratado
de escapar si no hubieran visto los cuerpos pudrirse ante sus ojos? Sin duda no crees en alentar el
optimismo suicida.”

“Aún queda alguien ahí fuera,” dijo ella. “Alguien a quien no habéis atrapado.”

El esbozó una sonrisa torcida. “No por mucho tiempo.”

A Hermione le bajó la sangre del rostro tan bruscamente que sintió que se le había quedado la
cabeza vacía. “¿Has—?” Le tembló la voz.

“Aún no. Pero puedo prácticamente garantizarlo,” dijo con una sonrisa cruel. “Mucho antes de que
el Señor Tenebroso se haya consumido, tu último miembro de la Orden estará muerto y tu querida
pequeña Resistencia ni siquiera sabrá que existió.”

“Eso no lo sabes,” dijo Hermione con ferocidad.

“Créeme, lo sé,” dijo, y su rostro se endureció tanto que podría haber estado tallado en mármol.
“Esto es una historia con un solo final. Si tu Orden hubiera querido uno diferente debería haber
tomado diferentes decisiones. Quizá alguna dura y realista. Deberían haber dejado morir sus ideas
de cuento de hadas sobre que podrían, de alguna manera, ganar una guerra sin ensuciarse nunca las
manos. Eran unos idiotas, casi hasta el último de ellos.” Esbozó una mueca de desdén, mirándola
desde arriba. “¿Acaso te haces una idea de lo fácil que es matar a alguien cuando sabes que solo
tienen intención de aturdirte? Mucho. Tan fácil que podría hacerlo dormido llegados a este punto.”

Hermione lo contempló, viendo la forma en que se le torcía la boca en un gesto de burla, y la furia
en sus ojos mientras hablaba.

“¿A quién odias de esta manera?” preguntó ella. Aún no lograba comprenderlo. Parecía desafiar los
límites de la magia.

“A mucha, mucha gente,” dijo, encogiéndose de hombros. Entonces sonrió. “Muchos de los cuales
ya están muertos.”

Se marchó antes de que pudiera preguntarle nada más.

Un mes después, Montague comenzó a visitar la mansión de nuevo. Hermione no se molestó en


espiarlo. Había llegado a la conclusión de que probablemente no era un miembro de la Resistencia
ni de la Orden. Si hubiera alguna posibilidad, sin duda Voldemort habría enviado a Malfoy tras él.

Cuando volvió de pasear un día, encontró a una docena de elfos domésticos en la veranda del ala
norte, preparando una gran mesa y poniendo grandes cantidades de flores por todas partes. Uno de
ellos desapareció con un ‘pop’ y un momento después apareció Topsy, y se acercó a Hermione.
“La Señora da una fiesta de Ostara esta noche. La Sangre Sucia debe permanecer fuera de la vista,”
dijo Topsy.

Hermione parpadeó y echó un vistazo alrededor, hacia la veranda, que parecía estar preparándose
para un banquete de boda más que para una celebración del equinoccio de primavera.

“Está bien,” dijo Hermione, y se fue a buscar una entrada diferente a la mansión. Observó las
preparaciones desde la ventana del piso de arriba y llegó a la conclusión de que el equinoccio era
solamente una excusa para Astoria para organizar una fiesta. Aparentemente no había nada de los
rituales o tradiciones aparte de la abundancia de flores.

Cuando anocheció la veranda estaba preciosa, brillaba con guirnaldas de luces escondidas entre los
enromes ramos de narcisos y tulipanes. Astoria debía de haberlos encargado de otra parte, supuso
Hermione, en la finca de los Malfoy aún hacía frío y apenas se insinuaba la primavera.

Hermione vio llegar a los huéspedes, Mortífagos, todos ellos. Estaban todos rígidos y eran formales
los unos con los otros hasta que comenzó a circular generosamente la bebida.

Cuando todo el mundo estuvo sentado y la comida bien avanzada, Hermione se separó de la
ventana desde la cual había estado observando y cogió su capa. Se deslizó por un pasillo vacío y
llegó a los jardines. Podía escuchar las voces de la fiesta desde los setos. Si lograba encontrar un
buen emplazamiento quizá pudiera escuchar a escondidas. Quizá alguien dejaría caer alguna
información útil sobre la Orden o la Resistencia. O las demás subrogadas.

El Profeta siempre estaba colmado de especulaciones, pero era complicado distinguir lo que podría
ser verdad.

Recorrió los senderos serpenteantes del laberinto de setos. No hacía ruido al pisar. No le habían
dicho que no pudiera salir.

Intentar espiar lo que se estaba convirtiendo claramente en una cena de borrachera era un alivio.
Hermione se sintió—viva. En vez de sentirse como una criatura muerta mecánica que pasaba los
días plegando origami, haciendo ejercicio, y esperando a que apareciera una mesa en medio de la
habitación en la que la penetrarían con impasibilidad y la dejarían para repetir el ciclo.

La veranda tan solo estaba al otro lado del seto en el que se encontraba. Podía escuchar las voces
con claridad.

“Casi no tiene ningún dedo,” dijo una voz. “No puedo exhibir algo así. Me pone los putos pelos de
punta. Al principio apenas conseguía que se me levantara para follármela, pero ahora que esta
preñada tiene un par de tetas increíbles. Sin duda alguna compensa el que no tenga dedos.”

Hermione se quedó helada. Estaban hablando de las otras chicas. Probablemente Parvati o
Angelina. Ambas habían perdido la mayoría de los dedos.

Algunas de las chicas estaban embarazadas.

“Al menos la tuya tiene los dos ojos,” dijo otra voz. “A la mía no se la puede ni mirar a la cara. Se
lo hago por detrás o le tapo la cara con algo para no tener que ver el jodido agujero que tiene en la
cabeza. Ahora lleva un parche, pero aun así…”

Hannah Abbot.
“No están ahí para mirarlas,” intervino la voz seca de Astoria.

La respuesta fue un coro de risotadas.

“Deberías ver cómo tengo a la mía adiestrada,” irrumpió otra voz. “Lo único que tengo que hacer
es chasquear los dedos y se inclina para mí. Tiene el coño tan suelto que prefiero hacérselo por el
culo a menos que sea uno de los días obligatorios. Debió de ser toda una zorrita en Hogwarts, pero
sabe chupar una polla. La tengo debajo de la mesa todas las mañanas mientras me tomo el
desayuno.”

Hermione sintió como si la hubieran apuñalado. El horror que la invadía era físicamente doloroso.

Se oyeron varias exclamaciones de admiración.

“Tú tienes a la Sangre Sucia, ¿no es así, Malfoy? Vi un artículo bien grande en El Profeta.”

“Así es,” dijo Malfoy con voz fría.

“La Alcaide la odiaba cuando estábamos en la escuela. Apuesto a que te llegó a trozos.”

“No,” dijo Malfoy, con tono rígido. “El Señor Tenebroso la quería intacta.”

“Cabrón con suerte,” murmuró alguien.

“Debe ser divertido, mirarle a esa cara de sabelotodo mientras se la metes. ¿Llora alguna vez?
Siempre me he imaginado que sería una de las que lloran. Cuando estábamos en el colegio tenía la
fantasía de ponerla contra una mesa y penetrarla mientras lloraba.”

A Hermione se le erizó la piel, y se envolvió con la capa.

“Nunca he prestado atención,” dijo Malfoy con tono de aburrimiento. “Lo que me ordene el Señor
Tenebroso lo haré, pero no hay mucho en ella que me interese especialmente.”

Varias voces gruñeron algo sobre Malfoy, pero la conversación avanzó hacia otros temas.

Hermione prestó atención. Estaban hablando sobre la muerte de Umbridge. Quejándose de las
guardias en el Bosque Prohibido y la molestia que suponían los centauros. Parecía que ninguno de
ellos sabía nada de los horrocruxes. Era decepcionante, si no sorprendente.

Continuó escuchando.

A Malfoy lo iban a enviar a Rumanía. Eso era nuevo. Había varias ejecuciones programadas ahí, y
Voldemort quería que se hicieran con ceremonia. Una demostración de fortaleza, en caso de que
algún otro país europeo interpretase el intento de asesinato de Thicknesse como un signo de
debilidad. Lo haría el Oficial Supremo en persona.

Hermione se preguntó si aquella era la razón por la que Voldemort había dejado de torturar a
Malfoy. Necesitaría estar en la mejor condición para mostrar su talento para el asesinato en
Rumanía.

Hubo murmullos de envidia por la tarea de Malfoy. A Hermione se le torció la boca. ¿Qué clase de
criaturas despreciables tenían envidia de que alguien más pudiera matar gente?
“Les vas a hacer Avada a todos?” dijo alguien con tono de admiración.

“Esa sería la tradición,” dijo Malfoy, arrastrando de tal manera las palabras que Hermione
prácticamente podía ver cómo las acompañaba poniendo los ojos en blanco.

No tenía claro qué la inquietaba más, si la naturalidad de Malfoy o el entusiasmo de los otros
Mortífagos.

La conversación continuó, sin ofrecer nada útil. Después se escuchó el sonido de sillas que se
movían y gente levantándose, y Astoria comenzó a decir estupideces sobre las flores del
invernadero.

Hermione desapareció entre los setos hacia la otra entrada de la mansión. No quería que se la
encontraran si alguno de los Mortífagos decidía ir a explorar el laberinto.

Casi había llegado a la casa cuando de repente,

Immobulus.

La maldición la alcanzó en un lado de la cabeza. Se quedó paralizada en el sitio y Graham


Montague atravesó las puertas de la mansión.

“¿Quién me iba a decir que escaparme al baño me iba a dar tanta suerte?” Parecía estar maravillado
mientras se acercaba a ella. “Con todas las barreras que Malfoy añadió a tu ala de la mansión temía
que no fuera a poder alcanzarte de nuevo. ¿Te ha dejado preñada ya?”

Proyectó un hechizo de detección de embarazo sobre ella y sonrió ampliamente cuando resultó ser
negativo.

“Nunca pensé que hacer que Astoria montara una fiesta del equinoccio sería lo que funcionaría por
fin,” dijo, riendo entre dientes. Estaba examinando su rostro con expresión triunfante, igual que en
año nuevo. Le desató la capa y se la quitó de los hombros. “Joder, no tenías estas la última vez.”

Sus pechos aún estaban algo agrandados debido a la poción de fertilidad. Le tocó el pecho
izquierdo y lo apretó mientras se acercaba, de forma que sus cuerpos estuvieron casi pegados el uno
contra el otro. Enterró la nariz en su pelo e inspiró. Olía a vino. Estaba borracho.

“Se suponía que ibas a ser mía, ¿sabes?” Dijo, retrocediendo ligeramente para observarla de nuevo.
“Fui yo quien te atrapó cuando atacaste Sussex. Cuando te vi de pie bajo un cielo lleno de
dementores en llamas—quería tomarte ahí mismo, en aquel campo.” Le apretó con más fuerza el
pecho mientras hablaba, clavándole los dedos en la piel. Si Hermione hubiera podido moverse,
habría estado gimiendo de dolor. “Así fue como me gané la Marca, ¿sabes? Atrapándote. Mi
servicio excepcional al Señor Tenebroso. Cuando te vi en Sussex, te reconocí de la cueva.
¿Recuerdas que te dije que te pediría para mí? Fui yo el que le recordó al Señor Tenebroso tu
existencia para el programa de gestación. Dijo que serías mía. Pero entonces cambió de opinión y
te entregó a Malfoy.”

Montague siseó y le retorció con fuerza el pecho con la mano. “El maldito Malfoy se queda con
todo. Pero te debo mucho dolor por haberme apuñalado con aquellos cuchillos envenenados, no
voy a dejar que se interponga en mi camino. He fantaseado con esto muchísimo tiempo. Incluso he
traído un pensadero, para poder ver cómo te arrodillas frente a mí y me desabrochas los pantalones
tantas veces como quiera.”
Hermione habría estado temblando si hubiera podido moverse. No sabía de qué estaba hablando
Montague, pero reconoció el sonido de una cruel y obsesiva sed de venganza en su voz. Él le sonrió
y colocó la punta de la varita contra su frente.

“No queremos que Malfoy venga a interrumpir nuestra diversión, ¿verdad? Confundo.”

A Hermione se le nubló la mente, y al deshacerse el hechizo de inmovilización se desplomó en sus


brazos.
Capítulo 19
Chapter Notes
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Había algo que no—

Esto no está bien, pensó Hermione mientras la empujaban contra el seto y le arrancaban el vestido.

Frío.

El viento era frío.

Había unos dientes en su cuello. Dolía.

No le gustaba.

Trató de liberarse, pero le apartaron bruscamente las manos y entonces sintió los dientes en su
pecho un momento antes de que mordieran.

Con fuerza.

Estaba llorando—o eso creía.

Tenía unos dedos entre las piernas y se estaban introduciendo en su interior. Empujando con
violencia.

Intentó cerrar las piernas, pero algo se interpuso entre ellas.

Así que no pudo.

No creía que—

Esto no debería—

El seto la estaba arañando. Se le clavaba en la espalda.

Los dedos seguían metiéndose en su interior y los dientes no dejaban de morder sus hombros y sus
pechos.

Entonces la tiraron al suelo.

Podía sentir la grava del camino bajo sus manos.

Pequeñas rocas frías y afiladas.

Algo—que no quería.

Estaba a punto de ocurrir.

Pero ella—
No estaba segura de qué podía ser.

¿Tenía algo que ver con Malfoy?

Había un hombre arrodillado entre sus piernas. Montague.

Lo miró desde abajo, con los ojos vidriosos.

Se le crispaban los dedos, clavándose en la grava.

Él se inclinó hacia ella.

Su rostro estaba muy cerca del de ella.

Quizá iba a contarle un secreto.

Había algo empujando entre sus piernas.

Sentía como que debería saber qué era—pero no lo recordaba.

Algo que no debería estar pasando.

Un secreto.

De Malfoy.

Pero—ella no quería.

Malfoy lo sabría—si tenía un secreto.

Siempre estaba en su cabeza.

Intentó decírselo al hombre, pero solo le salió llorar.

Entonces, de repente, el hombre ya no estaba y se oyó un fuerte estruendo.

Se dio la vuelta y vio al hombre aplastado contra la pared de la mansión.

Malfoy le estaba dando patadas tan fuertes que se escuchaban los crujidos.

Hermione se incorporó para mirar.

Malfoy agarró al hombre del cuello y lo alzó hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura.

“¿Cómo te atreves? ¿Pensabas que podrías salirte con la tuya, Montague?”

“No parecía que te importara el tenerla, Malfoy,” jadeó Montague. “Supuse que no te importaría
compartir, dada la forma en la que dejas salir a jugar a Astoria. Se suponía que la Sangre Sucia iba
a ser mía. Te colaste en la fila. Fui yo quien la atrapó. Era mía.”

“Ella nunca será tuya.” Dijo Malfoy con desprecio, mientras efectuaba un brutal ademán de
apuñalamiento y cortaba la camiseta de Montague y hasta su estómago.
Sin vacilar, o dejar caer a Montague de donde lo tenía agarrado, Malfoy introdujo la mano en la
cavidad abdominal de Montague y comenzó a sacarle los órganos y enrollarlos alrededor de su
puño.

Montague gritaba y se retorcía.

Malfoy le arrancó un puñado de intestinos lo suficientemente lejos como para que brillaran a la luz
de la luna.

“Si te vuelvo a ver alguna vez, te estrangularé con esto,” dijo Malfoy, con perfecta calma.

Dejó caer los intestinos, de manera que quedaron colgando como cadenas de reloj. Malfloy hizo
desaparecer con un hechizo la sangre y otros fluidos de su mano mientras observaba a Montague
marcharse tambaleando, gimiendo y llorando, e intentando volver a meterse los intestinos en el
abdomen.

Malfoy se dio la vuelta hacia Hermione. Estaba blanco.

“Idiota—¿por qué—has salido esta noche?”

Hermione se quedó sentada plácidamente en la grava y lo miró con los ojos muy abiertos.

Pensó que debería decir algo. Pero—no estaba segura de recordar qué era.

Algo sobre Malfoy—pensó. Es lo que quería decirle al hombre. Montague.

“Malfoy siempre viene a por mí,” susurró.

Él la miró, la mandíbula apretada y los puños cerrados, durante varios segundos, antes de tragar
saliva.

“¿Qué es lo que te ha hecho?” dijo con voz grave, arrodillándose a su lado.

Probó a aplicarle varios contrahechizos hasta que uno de ellos funcionó y entonces, como agua
helada, la realidad cayó sobre Hermione.

Un sollozo estrangulado le atravesó la garganta y se envolvió a sí misma con los brazos. Sus ropas
estaban destrozadas y notaba las marcas de mordeduras por todo el cuerpo. No podía dejar de
temblar.

Malfoy estaba arrodillado a su lado, totalmente inexpresivo. Alargó la mano lentamente y la tomó
del brazo.

“Vamos a limpiarte.”

Con un ‘pop’ reaparecieron en su habitación y él la empujó suavemente para que se sentara en el


borde de la cama antes de dirigirse al baño. Se hizo un largo silencio hasta que volvió a aparecer
unos minutos después, con una palangana y un paño húmedo que le entregó a Hermione. Ella había
dejado de sollozar, pero hipaba al intentar no llorar o hiperventilar.

Malfoy se dio la vuelta y miró por la ventana mientras ella intentaba limpiarse la grava y la tierra
que estaba pegada a la sangre de las mordeduras que tenía por todas partes. Algunas de ellas eran
tan profundas que eran como grandes lunas crecientes más que marcas de dientes. Notaba cómo la
sangre le corría por el torso. Le temblaban tanto las manos que no dejaba de caérsele el paño al
regazo.

Escuchó un siseo de irritación y la mano de Malfoy de repente le quitó el paño de las suyas. Se
encogió de miedo.

“No voy a hacerte daño,” dijo con voz tensa mientras se sentaba a su lado en la cama. Alargó
lentamente los brazos y la tomó de los hombros, volviéndola hacia él para valorar los daños.

Se le tensó la mandíbula al mirarla.

Se movía lentamente, como si ella fuera un animal asustadizo, comenzó por sus hombros.
Limpiando suavemente la sangre y murmurando los encantamientos para sanar las heridas. Ella
trataba de no encogerse cada vez que la tocaba. Trabajó en sus hombros y después por el cuello
antes de dirigirse a las peores; que estaban acumuladas en sus pechos.

Él tenía los labios presionados en una fina línea mientras comenzaba a curarlas. Algunas eran tan
profundas e irregulares que fueron necesarios varios hechizos para cerrarlas. Su expresión era
clínica y estaba absorto en la tarea. Hermione lo miró, aún incapaz de controlar los temblores.

Apenas la había tocado hasta aquel momento. Aparte del mínimo contacto cuando intentaba dejarla
embarazada, las únicas otras veces que la había tocado había sido cuando había evitado que se
tirara del balcón o cuando se aparecía con ella.

Trabajaba de forma eficiente y finalmente se echó hacia atrás y desvió la mirada.

“¿Algún sitio más?” preguntó.

“No,” dijo Hermione con voz tensa, tirando de sus ropas destrozadas y abrazándose con los brazos.

Él le echó un vistazo, como si estuviera valorando si le estaba diciendo o no la verdad. Después


hizo desaparecer la palangana de sangre y agua y se puso en pie.

“Haré que te proporcionen Poción Calmante y Sueño Sin Sueños durante la semana,” dijo. “Estoy
seguro de que lo has oído, estaré ausente los próximos días. Tú—deberías quedarte en tu habitación
hasta que vuelva.”

Hermione no dijo nada. Solo aferró las ropas con más fuerza y miró al suelo. Le veía los zapatos.
Se dio la vuelta y se marchó de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Hermione permaneció sentada unos minutos más, paralizada. Después se levantó y fue al baño.
Dejó caer el vestido mientras veía cómo se llenaba la bañera.

Dejó la ropa en el suelo y deseó que los elfos domésticos la quemaran en vez de repararla y
devolvérsela.

El agua se tiñó de rojo de la sangre que quedaba, así que la vació y la volvió a llenar, frotándose la
piel hasta dejarla casi en carne viva.

Aún podía sentir los dientes de Montague clavándose en su carne. La piel que Malfoy le había
curado aún estaba fina y sensible. Luchó contra la tentación de arañársela.

Se quedó sentada en la bañera y lloró hasta que el agua se enfrió y empezó a temblar.
Salió de la bañera y aferrando una toalla contra su cuerpo, volvió, vacilante, a la cama. Había dos
frascos esperándola en la mesilla. Se tomó un Sueño Sin Sueños y se metió en la cama.

La mañana siguiente se quedó en la cama. No tenía razones para levantarse.

No quería moverse. No quería pensar. Solo quería otra dosis de Sueño Sin Sueños. Por mucho que
lo intentara no podía volver a dormirse. Se tomó la Poción Calmante y sintió que el nudo de
angustia que tenía en el estómago se aflojaba un poco mientras se acurrucaba en la cama.

No podía dejar de pensar.

Su mente nunca se callaba. Siempre había compresión, culpa y duelo; algo de lo que preocuparse
de forma obsesiva.

Montague… no quería ni pensar en Montague.

Había poco de la noche anterior que no fuera aterrador.

Por alguna razón había asumido que la situación era la misma para todas las chicas del programa de
gestación. Que quienquiera a quien se las hubieran entregado las estaría tratando más o menos de la
misma manera en que la trataban a ella. Clínicamente. Mas bien dejándola en paz. Los intentos de
concepción totalmente carentes de sensualidad por ambas partes.

Pero aquel claramente no era el caso. Era obvio, en retrospectiva, que las subrogadas no estaban
destinadas a aquello. La Sanadora Stroud quizá consideraba que el programa de gestación mágico-
genético era ciencia legítima, pero en esencia y de manera mucho más fundamental, era una
distracción. Hacía de los Mortífagos un espectáculo, pero también era un soborno. Las subrogadas
eran esclavas sexuales.

Hermione se dio cuenta con una punzada de amargura que había estado tan absorta en su propia
situación que no había tenido en cuenta que para las otras podía haber sido mucho peor.

Aquella siempre fue claramente la intención. Sin sujetador. Sin braguitas. El hecho de que los
botones de sus vestidos saltaran con el más mínimo tirón.

Accesibles.

Los Mortífagos debían violarlas en sus días fértiles, pero las instrucciones no hacían referencia a
que el periodo fértil fuera el límite.

De algún modo haber sido entregada a Malfoy la hacía—¿afortunada?

Malfoy parecía indiferente al utilizarla.

Quizá era simplemente porque Voldemort no quería que estuviera demasiado dañada hasta que
recuperase sus recuerdos. Quizá no le estaba permitido hacerle daño, o violarla de la forma en que
le gustaría.

Pero—no parecía que fuera el caso. No parecía estar interesado. No era como si se estuviera
refrenando. Siempre parecía impaciente por terminar con ello. Por alejarse de ella. Era una tarea
para él.
¿Era posible que el Oficial Supremo fuera la figura menos inhumanamente cruel en el gobierno de
Voldemort?

Eso tampoco parecía ser así. No después de lo que le había visto hacerle a Montague. Ver como
estaba ahí de pie, arrancándole los órganos internos a Montague con sus manos desnudas era—
aterrador.

La indiferencia.

La facilidad.

Malfoy tenía crueldad de sobra en su interior. Latente bajo la superficie, esperando a ser liberada.

Quizá la violación no era lo suyo.

Una idea extraña, pero la más plausible que se le ocurría. Odiaba tocarla; lo evitaba todo lo posible.

Al parecer Malfoy no era del todo inhumano.

No es que importara. Nada de aquello importaba. Nada de aquello había importado nunca.

Era lo mismo que darse cuenta de que Voldemort estaba muriendo. Darse cuenta de que era peor
para las otras chicas no hacía ninguna diferencia. No había nada que Hermione pudiera hacer.

Incluso si por un milagro encontraba la manera de escapar, lo cual en sí era absolutamente


imposible, no podría pararse a salvar a nadie más. Tendría que huir. Huir y huir. Lo máximo que
podría hacer sería tratar de encontrar a quienquiera que quedara de la Orden y ver si podían
encontrar la manera de salvar a los demás. Pero si hubiera alguna forma, sin duda la Orden ya lo
estaría haciendo. Sin duda la Orden no habría abandonado a las subrogadas tanto tiempo si hubiera
una manera de salvarlas.

Hermione no podía pensar en nadie más que en ella. Si tenía la información que Voldemort y
Malfoy pensaban que poseía, entonces lo más vital que podía hacer era evitar que la consiguieran.

Tenía que escapar.

Se le estaba acabando el tiempo.

Parecía un absoluto milagro que aún no estuviera embarazada. Estaba segura de que después de la
poción de fertilidad estaría embarazada.

Una vez estuviera embarazada—

Hermione sintió que no podía respirar. Se le cerraron la garganta y el pecho, y comenzó a temblar
intentando no echarse a llorar.

Sus posibilidades de escapar ya eran infinitésimamente reducidas. Una vez quedara embarazada
serían prácticamente inexistentes y disminuirían con cada día que pasara.

Ni siquiera podía caminar por un campo o por un camino abierto como estaba. Escapar con los
desafíos adicionales y progresivos que le presentaría un embarazo sería imposible.
Una vez diera a luz, Malfoy le arrancaría al niño de los brazos (suponiendo que le dejara siquiera
tenerlo en brazos), y entonces entregaría a Hermione a Voldemort y la mataría, y después se la
comerían las horribles pitones de Voldemort y su bebé se quedaría solo en la horrible casa de
Malfoy, y lo criarían él y su horrible mujer…

Hermione comenzó a respirar con dificultad y antes de poder evitarlo comenzó a sollozar tan
bruscamente que se atragantó.

Aún si escapaba Malfoy nunca dejaría de buscarla.

No había forma de escapar. Cualquier plan que pudiera idear, ninguno daría resultado. Era como un
insecto clavado a una tabla.

La mansión era una jaula perfecta.

A menos que por obra de algún milagro pudiera convencer a Malfoy para que la dejara ir…

Y eso sencillamente no iba a pasar.

Ni siquiera estaba segura de que pudiera hacerlo, incluso si quisiera. Había algo en la forma en que
a veces miraba las esposas de Hermione que la hacía dudar que pudiera quitárselas.

Solo podía matarla. Y ya estaba planeando hacerlo.

Se tumbó boca arriba y se quedó mirando el dosel.

No había forma de salir.

Nunca lograría escapar. Pronto se quedaría embarazada.

Y nunca lograría escapar.

La invadió la depresión y al final se quedó dormida.

Hermione apenas dejó la cama durante los días siguientes.

Estaba mirando por la ventana cuando de repente la puerta de la habitación explotó y Astoria entró
a grandes zancadas, con la varita en una mano y un periódico arrugado en la otra.

Hermione se puso en pie rápidamente, y Astoria se detuvo. Se miraron la una a la otra durante un
minuto.

Astoria no se había dirigido a Hermione desde la noche en que había guiado a Hermione a la
habitación de Malfoy. A Hermione se le crispaban los dedos por los nervios. Astoria tenía que estar
ahí por lo de Montague.

“Ven aquí, Sangre Sucia,” ordenó Astoria con voz seca.

Hermione atravesó la habitación con reticencia hasta que estuvo solo a un palmo de Astoria. Le
latía el corazón con fuerza y tenía la sensación de que la conversación que estaban a punto de tener
no iba a acabar bien.
Astoria estaba pálida. Inestable. Su aspecto y su vestuario eran impecables, pero desprendía una
sensación de desquicie. Los pendientes que llevaba temblaban levemente y miraba a Hermione con
los ojos entrecerrados.

“Se que eres una fisgona. ¿Has visto este artículo?” dijo Astoria, alzando el periódico para que
Hermione pudiera ver la imagen de la portada.

Hermione había estado demasiado deprimida como para leer el periódico desde el equinoccio. Bajó
la vista para mirar la fotografía y se le ensancharon los ojos.

En la portada del Profeta había una fotografía de Malfoy destripando calmadamente a Graham
Montague en mitad de la sala de espera de San Mungo.

Hermione solo la vio un instante antes de que Astoria doblara el periódico de un tirón.

“He de admitir,” dijo Astoria, con una calma artificial en la voz. “Cuando me enteré de que Draco
había asesinado públicamente a Graham, pensé ‘por fin se ha dado cuenta’.”

A Astoria se le crisparon los labios y desvió la mirada del rostro de Hermione.

“Intenté ser la esposa perfecta cuando me eligieron,” dijo Astoria. “La mujer de Draco Malfoy. La
verdad es que no había nada comparable. El general más poderoso del ejército del Señor
Tenebroso. Todas las otras chicas se morían de celos. Claro que fue concertado, pero pensé que con
el tiempo se daría cuenta de que yo era la mujer adecuada para él. De que era una buena esposa. Lo
hice todo. Participé en cada evento, cada organización benéfica. Era la esposa perfecta. Era
perfecta. Pero a él nunca le ha importado.”

Astoria se encogió de hombros e hizo un ademán con la mano de la varita. Tenía las uñas plateadas
y reflejaban la luz.

“La gente no lo sabe, pero ni siquiera vivía aquí. Nos casamos y él—él simplemente me dejó tirada
en esta casa. Desde luego nunca me hizo ni un tour de la mansión. El día de nuestra boda me trajo
aquí y me dejó en el vestíbulo; ni siquiera se molestó en consumar el matrimonio hasta que estuve
en días fértiles. Y después—una vez los sanadores determinaron que era infértil—Draco dejó de
venir del todo. Solo—desapareció. Nunca sabía dónde estaba. No podía ponerme en contacto con
él. Pensé que quizá podría llamar su atención si le ponía celoso, pero nunca le importó lo que hacía.
Con el tiempo—acepté que él era así.”

La amargura en la expresión de Astoria le torcía el rostro, convirtiéndolo en algo no solo feo sino
también aterrador.

“Pero entonces llegaste tú.” La voz de Astoria tembló de resentimiento. “Y entonces él se mudó
aquí y puso todo patas arriba para poner barreras y asegurarse de que era seguro. Te llevaba a
pasear y te hizo un tour de la mansión.”

Hermione comenzó a abrir la boca para señalar que a Malfoy le habían ordenado hacer todas esas
cosas.

“¡Cállate! No quiero oírte,” dijo Astoria con brusquedad, enseñando los dientes.

El periódico se estaba desmoronando en el puño cerrado de Astoria y había comenzado a arder.


“Y entonces Graham comenzó a prestarme atención,” dijo Astoria, le temblaba la voz, como si
estuviera conteniendo las lágrimas. “Era tan comprensivo, y me hacía compañía en todos los
eventos en los que Draco nunca se presentaba. Quería ver todo lo que había hecho y se percataba de
todas las cosas que hacía para impresionar a Draco. Quería que le enseñara toda la mansión para
ver cómo la había decorado. La idea de hacer la fiesta de año nuevo en la mansión fue suya. Y las
cenas. E incluso la fiesta del equinoccio en la veranda del ala norte. Insistió mucho en que fuera en
el ala norte…”

La voz de Astoria se fue desvaneciendo, y miró por la ventana durante unos segundos.

“Cuando me enteré de que Draco había matado a Graham pensé ‘Draco por fin se ha dado cuenta,
solo ha estado ocupado’. Pero entonces,” Astoria se puso tensa, “reparé en que—Graham se acercó
a mí una semana después de que El Profeta publicara aquel repugnante artículo sobre que
estuvieras viviendo aquí. Siempre tenía muchas ganas de venir a esta finca en vez de ir a un hotel o
a su casa en la ciudad. Era bastante insistente. Tenía que ver la finca, la mansión. Todas las
habitaciones, aun si teníamos que romper barreras para entrar. Y entonces reparé en la tendencia
que tenía Graham a desaparecer; en año nuevo, y las cenas, y la fiesta del jardín. Siempre estaba…
desapareciendo.”

Astoria permaneció en silencio durante unos segundos. Hermione se encogió, incapaz de hablar,
incapaz de clarificar. No sabía si supondría alguna diferencia, aunque pudiera hacerlo.

“Era por ti,” dijo Astoria al fin. “Graham venía aquí por ti. Draco lo mató por ti. ¡Graham
solamente me estaba utilizando! ¡Me estaba utilizando para llegar a ti!”

Astoria lanzó el periódico al suelo. Las páginas se desperdigaron por el suelo de madera, mostrando
a Malfoy asesinando a sangre fría a Graham Montague en un bucle continuo en blanco y negro.

¡Draco Malfoy asesina públicamente a un compañero Mortífago!

“¿Por qué les importas tanto?” demandó Astoria, dando un paso hacia Hermione y clavándole la
varita en la garganta. “¿Qué tienes de especial para que Draco se mude aquí, a esta casa que
claramente odia? ¿Para que Graham se pase meses utilizándome para llegar a ti? ¿Por qué iba a
importarle a alguien una Sangre Sucia? ¿Por qué todo el mundo te considera tan importante?”

En los ojos de Astoria había un destello maniaco.

Hermione comenzó a abrir la boca y Astoria la abofeteó con fuerza.

“¡No quiero oír tus explicaciones!” ladró Astoria. “Te lo advertí. Te dije que no me dieras
problemas.”

Astoria alzó de repente la varita al rostro de Hermione, hacia sus ojos. A Hermione se le contrajo el
pecho y apartó la cara.

“¿Sabes?” dijo Astoria en una voz aguda y temblorosa, tomando a Hermione por el mentón.
“Marcus dice que apenas puede soportar mirar a su subrogada, porque el agujero que tiene en la
cabeza la convierte en un horror. Quizá Draco pasaría menos tiempo obsesionándose contigo si tu
tuvieras dos de ellos.”

Hermione se tambaleó hacia atrás


“Estate quieta,” ordenó Astoria.

Hermione se quedó paralizada y Astoria se acercó de nuevo.

Malfoy vendría. Malfoy vendría. Malfoy vendría.

Malfoy estaba en Rumanía.

Astoria la tomó del mentón una vez más.

“Abre bien los ojos, Sangre Sucia,” ordenó Astoria.

Hermione comenzó a temblar mientras abría los ojos.

“Por favor… ¡no!”

“Cállate,” dijo Astoria con frialdad mientras se acercaba al rostro de Hermione. Astoria presionó
con la varita la esquina externa del ojo izquierdo de Hermione; introduciendo la punta en su cuenca
ocular. Esbozó una mueca de desprecio. “Espero estar presente cuando Draco te vea. Aunque me
mate, la satisfacción habrá valido la pena.”

Hermione intentó apartar la cabeza y Astoria retiró la varita para inmovilizar a Hermione con un
rápido hechizo, paralizando a Hermione antes de clavarle bruscamente la varita en la esquina del
ojo de nuevo.

El dolor que Hermione sentía en el ojo estaba aumentando. Podía notar que su globo ocular estaba
a punto de salirse de la cuenca. Le temblaba el cuerpo entero y no podía moverse.

El sonido de su respiración entrecortada por el pánico era lo único que se sobreponía a la surrealista
idea de que el rostro de Astoria Malfoy podría ser lo último que viera. Escuchó su propio grito
desgarrador al sentir que algo en su ojo cedía y su visión se volvía unilateral.

De repente se oyó un crujido en la distancia, tan abrupto que la mansión entera tembló. Astoria se
sobresaltó, pero no se detuvo.

“¡Expelliarmus!” rugió Malfoy, apareciendo de la nada.

La varita que estaba clavada en el ojo de Hermione desapareció, y Astoria salió volando a través de
la habitación, chocando contra la pared con un desagradable crujido antes de caer al suelo.

Hermione permaneció paralizada con los ojos abiertos, sollozando histéricamente e inmovilizada
donde Astoria la había dejado.

Malfoy se deslizó hacia Hermione y deshizo el hechizo inmovilizador. Hermione se desplomó.


Malfoy se arrodilló frente a ella y le tomó el rostro entre las manos para alzarlo hacia el suyo.
Estaba pálido, helado, y una mueca de horror recorrió su rostro al ver el de ella.

Proyectó un hechizo diagnóstico sobre ella. Un minuto después tragó saliva y respiró hondo varias
veces, como si estuviera intentando tranquilizarse.

“Tienes el ojo casi fuera de la cuenca y una perforación profunda en la parte blanca,” dijo
finalmente. “¿Cuáles son los hechizos para arreglarlo?”
Hermione lo miró, aturdida. Sollozando. El rostro contraído mientras temblaba contra sus manos, y
sentía las lágrimas acumularse en sus dedos. Podía verlo con un ojo, pero solo veía una mancha
oscura con el otro.

No podía dejar de llorar y estremecerse mirando a Malfoy.

Sabía que debería saber la respuesta a su pregunta, pero no podía recordarlo. Solo podía prestar
atención al punto en que Astoria le había perforado el ojo.

No podía ver…

Malfoy inspiró profundamente y su rostro se endureció al mirarla más fijamente.

“Necesito que te tranquilices para poder decirme cómo arreglarlo,” dijo Malfoy, la autoridad
patente en su tono.

Hermione ahogó un sollozo e intentó respirar. Quería cerrar los ojos, pero no podía, porque Astoria
había intentado arrancarle uno.

Jadeó entrecortadamente unas cuantas veces más mientras intentaba recomponerse. Después se
obligó a mirar el diagnóstico que aún salía de la varita de Malfoy.

Era sanadora. Alguien tenía una lesión en el ojo. Necesitaba ser eficiente si quería intentar
preservar la vista.

“Para la esclera perforada,” dijo con voz temblorosa, intentando recordar mientras interpretaba los
resultados del diagnóstico. Malfoy había hecho un diagnóstico detallado y podía ver que el daño
era extenso. “Sclera Sanentur. Lo tienes que decir rítmicamente, casi cantarlo. Y pasar la punta de
la varita sobre la perforación.”

Malfoy repitió la inflexión y el ritmo y ella asintió. Procedió a realizarlo en su ojo. Ella gimió
suavemente al sentir cómo la perforación comenzaba a cerrarse.

“Y después—para—el ojo izquierdo luxado,” dijo, con más calma en la voz de la que sentía. “Es
oculus sinister retreho. Y el movimiento de la varita—“

Con cuidado, y medio cegada, extendió el brazo hacia la mano izquierda de Malfoy y, cuando él no
la retiró, colocó los dedos encima de los suyos y realizó el delicado movimiento en espiral.

“No lo hagas muy rápido, o harás que se retraiga en exceso,” añadió.

Malfoy asintió.

Hermione sintió que su ojo volvía a su lugar. La mancha negra se volvió más luminosa, pero aún
era como mirar a través de una ventana empañada.

Malfoy proyectó un nuevo diagnóstico.

“¿Q-qué tal puedes ver?” preguntó, alzándole el rostro de nuevo, con los dedos presionando
suavemente su mandíbula.

Ella lo miró y se cubrió el ojo derecho con la mano. Su rostro solo estaba a unos centímetros del de
ella.
“Eres rubio. Creo—puedo distinguir el color del pelo y si lo intento puedo ver el contorno de tus
ojos y tu boca un poco—“ Se le apagó la voz con un gemido y comenzó a sollozar de nuevo. Dejó
caer la mano que tenía en el ojo y con ella se cubrió la boca, intentando no llorar.

“¿Qué más tengo que hacer? ¿Cómo lo arreglo?” preguntó él.

“Díctamo,” dijo ella. “Esencia de Díctamo, podría conseguir reparar el resto del daño. Pero es rara.
Podría ser difícil de obtener—a tiempo.”

“¡Topsy!”

La elfina apareció al instante.

“Tráeme Esencia de Díctamo.”

La elfina doméstica desapareció otra vez.

Las manos de Malfoy sostuvieron su rostro hasta que el llanto cedió de nuevo y entonces,
lentamente, las retiró.

“Espera aquí. Tengo que ocuparme de Astoria ahora,” dijo Malfoy.

Hermione asintió y se secó las lágrimas, dándose cuenta de que estaba llorando sangre. Observó
como Malfoy se dirigía a Astoria, la levitaba y la dejaba caer en una silla antes de proyectar un
hechizo diagnóstico sobre ella. El desbalance en el campo de visión de Hermione le dificultaba leer
el diagnóstico desde el otro lado de la habitación. Creyó ver que Astoria tenía varias costillas rotas
y una conmoción cerebral.

Malfoy reparó las fracturas con la facilidad que da la práctica y después se quedó mirando a Astoria
durante unos minutos antes de despertarla.

Chapter End Notes

Nota de la autora: Agradecimiento especial a LightOfEvolution por las consultas y los


consejos sobre el latín para los hechizos de sanación.
Capítulo 20

“Draco, ¿cómo puedes estar aquí?” dijo Astoria con un grito ahogado en el momento en que
recuperó la consciencia. Fue a levantarse, pero volvió a encogerse en la silla, palpándose el costado
con cautela.

“Me has forzado a aparecerme desde la otra punta de Europa,” dijo con un gruñido grave.

La furia en su voz era palpable.

Hermione lo observó fijamente. La aparición trans-continental era—casi imposible. Exigía o bien


que se saltara tantas veces que la persona agotaba su magia y tenía que parar, o bien una
concentración tan tremendamente intensa que era prácticamente imposible sobrevivir a ello. La
mayoría de las personas que saltaban más de un par de países fallecían por despartición. Si Malfoy
de verdad se había aparecido desde tan lejos, debería estar moribundo debido al agotamiento
mágico.

En tal caso, no era de extrañar que la mansión hubiera temblado. El poder y la concentración
necesarios para realizar con éxito un salto así explotarían como el choque de un estampido sónico.
Probablemente había alguna habitación en la mansión que había sido reducida a astillas.

“Eso—es absolutamente imposible,” tartamudeó Astoria.

“¿Subestimando a tu marido, Tori?” dijo con un tono sereno y amenazante. “No es muy de esposa
perfecta por tu parte.”

“Ah, ¿estás aquí por mí?” Astoria tenía un tono malicioso. “No. No lo estás. Estás aquí por esa
Sangre Sucia. Me has lanzado una maldición. Me has lanzado contra una pared. Has asesinado a
Graham Montague, todo por esa Sangre Sucia.”

“Sí, así es,” dijo Malfoy. “He hecho todas esas cosas porque ella es el último miembro de la Orden
del Fénix, y eso quiere decir que ella, a diferencia de ti, es importante; infinitamente más
importante que tú. Considerablemente más importante que Montague. ¿Eres consciente de que el
Señor Tenebroso ordena que la lleven ante él regularmente para inspeccionar sus recuerdos? Los
ojos son bastante útiles cuando se practica la legeremancia.”

Astoria palideció y Malfoy comenzó a hablar de nuevo con aquella voz fría y letal, “He intentando
ser paciente contigo, Astoria. He estado dispuesto a pasar por alto tu comportamiento indecente y
tus triviales intromisiones, pero por favor ten en cuenta que más allá de lo meramente decorativo,
no me sirves de nada. Si vuelves a acercarte a ella, o le diriges la palabra, o utilizas tu posición de
señora de esta mansión para atravesar alguna de mis barreras, te mataré. Y lo haré lentamente;
quizá a lo largo de una o dos tardes. No es una amenaza. Es una promesa. Fuera. De. Mi. Vista.”

Astoria soltó un sollozo aterrorizado y se marchó corriendo de la habitación.

Malfoy permaneció de pie, respirando profundamente durante unos segundos, y después se volvió
de nuevo hacia Hermione.

Se acercó a ella lentamente, se arrodilló y le alzó el rostro para mirarle los ojos de nuevo.
“Tienes las pupilas de diferentes tamaños,” dijo un momento después. “Después de aplicarte la
Esencia de Díctamo, mandaré a un especialista para que valore si hay algo más que se pueda
hacer.”

Hermione solo lo miró.

“No necesitas mis ojos para practicarme legeremancia,” dijo con voz rígida. “Solo es más fácil así.
No importaría que me quedara ciega de un ojo.”

Notó que los dedos que sostenían su rostro se crispaban ligeramente y que su mandíbula se tensaba.

“Considéralo una cuestión de conveniencia,” dijo tras una pausa.

Le rozó suavemente el pómulo con el pulgar mientras continuaba contemplándola.

Ella le sostuvo la mirada. Le pareció verlo ojeroso y demacrado, pero quizá solo era porque veía
borroso.

“¿Cómo te has aparecido desde Rumanía?” preguntó.

Esbozó una sonrisa cansada. “La capacidad es un obsequio del Señor Tenebroso. Aunque—no creo
que lo supiera en aquel momento. Pretendía que fuera un castigo.”

Hermione frunció el ceño. No se le ocurría que clase de castigo podría tener el efecto secundario de
posibilitar la aparición trans-continental. Alguna clase de horrible magia negra.

“¿Qué clase de maldición—?”

“No fue una maldición, fue un ritual, y no uno sobre el que me apetezca debatir,” dijo,
interrumpiéndola bruscamente.

“¿Cómo supiste que me sabría los hechizos?” dijo ella, viendo que él no dejaba de mirarla.

“Eras sanadora.” Se encogió de hombros. “Si te hubiera aparecido a San Mungo, supuse que la
presión te habría destrozado el ojo. El tiempo era vital.”

“¿Dónde aprendiste a sanar?” preguntó, recordando los hechizos y diagnósticos que él había
realizado inmediatamente.

Una leve sonrisa tiró de la comisura de su boca.

“Fui General durante años, aprendí algunas cosas con el tiempo. Es evidente que es una habilidad
útil para desarrollar.”

“No para todo el mundo.” Hermione había intentado en diversas ocasiones enseñar a los miembros
de la Orden algo más que los hechizos básicos de sanación de emergencia, pero la mayoría de ellos
se habían mostrado reticentes a aprender algo más allá del Episkey.

“Ya. Bueno, yo he estado en el bando ganador, obviamente tomamos mejores decisiones


estratégicas,” dijo fríamente mientras retiraba las manos.

“Ha sido un hechizo diagnóstico poco común,” dijo Hermione, ignorando su comentario.
“Ha sido una larga guerra.” Aún estaba arrodillado frente a ella.

Hermione bajo la mirada a su regazo, y tras un momento volvió a mirarlo. Se le estaba comenzando
a generar un dolor de cabeza en las sienes debido a la visión desbalanceada.

“Tienes—talento natural para la sanación. En otra vida, podrías haber sido sanador,” dijo.

“Una de las grandes ironías de la vida,” dijo, desviando la mirada. Ella creyó ver como curvaba la
comisura de la boca, pero quizá era que no veía bien.

“Supongo que lo es.” Hermione bajó la mirada de nuevo hacia sus manos. Tenía los dedos
manchados de sangre. Él también.

Se oyó un crac, Topsy apareció con un pequeño frasco de Esencia de Díctamo, y se lo entregó a
Malfoy.

“Repara la puerta,” le ordenó Malfoy sin apenas mirarla, volviéndose hacia Hermione.

Hermione comenzó a ponerse en pie, vacilante.

“Debería—debería tumbarme, para que no se escurra,” dijo. No conseguía mantener el equilibrio y


le temblaban los brazos y las piernas, así que no sostenían su peso. Volvió a deslizarse hacia el
suelo y se mordió el labio con frustración; tendría que tumbarse en el suelo.

Una mano se cerró sobre su codo y la puso en pie.

“No voy a inclinarme sobre ti en el suelo,” dijo Malfoy con frialdad mientras la guiaba a través de
la habitación y la reclinaba en la cama. “Túmbate aquí.”

Ella se tumbó. Apartó la almohada y se puso boca arriba.

Malfoy se inclinó sobre ella, frasco en mano. Su rostro se enfocaba y desenfocaba cada vez que
Hermione parpadeaba. Oscuro. Claro. Oscuro. Claro.

“¿Cuántas gotas?” preguntó.

Hermione vaciló. La Esencia de Díctamo era cara. Cuando era sanadora tenía que racionarla;
sopesar con cuidado el riesgo y el beneficio.

“Una gota cada dos horas durante los próximos días sería lo ideal. Pero, una dosis de tres gotas
servirá,” dijo finalmente.

“¿Servirá para qué?” dijo él.

“Probablemente seré capaz de distinguir contornos y colores a unos cuantos metros,” dijo.

Malfoy se inclinó hacia ella y utilizó la mano derecha para mantener abierto su ojo izquierdo
mientras dejaba caer una gota de Esencia. Picaba. Hermione cerró inmediatamente los ojos para
evitar parpadear.

La mano se alejó.

“Volveré en dos horas. Y me aseguraré de que Astoria no se te acerque.”


Escuchó los pasos que se alejaban y alzó la mano para mantener cerrado el ojo izquierdo y poder
verlo marcharse.

Se tambaleó ligeramente cuando estuvo cerca de la puerta, como si no pudiera mantener del todo el
equilibrio.

Hermione cerró los ojos de nuevo y se quedó tumbada, obligándose a no llorar.

No llores. No llores, se decía a si misma. Echaría a perder el Díctamo.

Malfoy apareció de nuevo dos horas después con un oftalmólogo; un hombre mayor con ropas
verde lima. El sanador estaba ojeroso, pero parecía decidido a ocultar su incomodidad. Apenas
miró a Hermione.

“Las perforaciones de la esclera son un asunto bastante peliagudo,” dijo el sanador con voz
sibilante mientras conjuraba una silla al lado de la cama y miraba hacia Malfoy. “No siempre se
puede hacer mucho. Los hechizos básicos de sanación son muy útiles para preservar la vista.
Veremos ante qué nos encontramos. ¿Ella es la que le dijo qué hechizos usar?”

Malfoy asintió brevemente y se apoyó en la pared.

El sanador se volvió hacia Hermione y proyectó un hechizo de diagnóstico oftalmológico que ella
no conocía.

Hermione observó las cintas de colores que flotaban sobre su cabeza, pero no supo interpretarlas.
El sanador permaneció en silencio durante unos minutos mientras manipulaba el diagnóstico.

“Esto—es una reparación excepcional,” dijo el sanador con tono de sorpresa, después de tocar por
última vez la cinta con la varita, enviándole pequeñas chispas luminosas. Las cintas se agitaron y
enroscaron como respuesta.

“¿Qué hechizo le hiciste usar?” preguntó el sanador, mirando al fin a Hermione a la cara.

“Sclera Sanentur,” dijo.

Él alzó las cejas. “Probablemente hubieras perdido la vista si hubieras elegido un hechizo más
común. ¿Dónde aprendiste esta clase de sanación?” preguntó, atónito.

“Austria, Francia, Albania y Dinamarca,” dijo Hermione, con voz tenue. “Me iba moviendo. Mi
especialidad era sanar las artes oscuras y lesiones de urgencias.”

“¿De verdad?” La actitud desdeñosa del sanador hacia Hermione desapareció, y procedió a
estudiarla con atención. “Me presenté para estudiar en Albania. Allá por el ‘64. No conseguí entrar,
mi trabajo con la varita no era suficientemente preciso. Un hospital precioso. Su Departamento de
Magia Antigua era el mejor de Europa.”

“Lo era,” dijo Hermione, con tono melancólico.

“Una pena que los terroristas lo destruyeran durante la guerra,” dijo el sanador. “Pero, claro,” echó
un vistazo a las ropas y esposas de Hermione e hizo una mueca, “Supongo que tu eras una de
ellos.”

“No de las que hubiera atacado jamás un hospital,” dijo Hermione.


Había sido una de las tácticas predilectas de Voldemort; atacar lugares que deberían ser neutrales y
culpar a los terroristas de la Resistencia. Había contribuido a que el público se aliara con
Voldemort, y había hundido aún más a la Resistencia.

Hermione recordaba el momento en que recibieron la noticia de que habían volado el hospital de
Albania. Casi no había habido supervivientes; todos los sanadores que habían formado a Hermione
habían muerto aplastados por los escombros.

La Resistencia albanesa había desaparecido no mucho después.

El oftalmólogo siguió estudiando el diagnóstico durante unos minutos más, antes de hacerlo
desaparecer con un movimiento de varita. Realizó un par de encantamientos que Hermione notó en
su cuerpo y que le dieron una sensación de frío en la parte frontal del cerebro. Después el sanador
se inclinó sobre ella y le aplicó una gota de Esencia de Díctamo en el ojo.

“Creo que es posible que haya una remisión completa. Mantén las luces bajas y aplícate la Esencia
de Díctamo cada dos horas durante el día y una gota extra antes de irte a dormir durante las
próximas dos semanas. Si haces esto, creo que deberías acabar teniendo de muy poca a ninguna
discapacidad visual a largo plazo.”

Hermione observó con un ojo cómo se levantaba y se dirigía a Malfoy, alisándose las ropas con aire
pomposo.

“He de decir que es una pequeña sanadora excepcional la que tiene usted aquí. Cuando me contó lo
que había ocurrido esperaba que se quedara prácticamente ciega de un ojo. Los hechizos Sanetur
son bastante poco conocidos y específicos para la lesión. Es extraordinario que fuera capaz de
mantener la mente fría para percatarse de que sería apropiada para reparar ese tipo concreto de
perforación. “

“Qué suerte,” dijo Malfoy, con voz plana. “¿Alguna otra recomendación? Estoy bajo órdenes
estrictas de mantenerla en buenas condiciones. No quiero pasar nada por alto.”

“Bueno—quizá una compresa fría. La Esencia de Díctamo actúa mejor en los ojos cuando se
mantiene a temperatura baja. Y—eh—mmm. Comida nutritiva. Caldo de pollo y esa clase de cosas.
Para ayudar al cuerpo a sanar. Ella sabrá de lo que hablo.”

“Muy bien,” dijo Malfoy, incorporándose y haciendo un ademán hacia la puerta de la habitación de
Hermione, que los elfos domésticos habían reparado.

El sanador contempló a Hermione desde arriba de nuevo.

“Verdaderamente extraordinario,” dijo otra vez, con tono de sorpresa. “Una pena. Qué pérdida de
talento.”

“Hmm,” asintió Malfoy con indiferencia.

“Y usted, señor. Verdaderamente notable que pudiera realizar los hechizos con tanto éxito. Una
excelente colaboración. Podría ser usted sanador.”

“Eso insisten en repetirme,” dijo Malfoy con una sonrisa no muy sincera. “Cree que San Mungo me
contratará aun después de que haya asesinado a alguien en su sala de espera?”
El sanador palideció. “Bueno—A lo que me refiero es—”

“Si eso es todo, le acompañaré a la puerta,” Malfoy lo interrumpió, y salió de la habitación.

Hermione pasó la mayor parte de los días siguientes en la cama. Un elfo doméstico acudía cada dos
horas con un frasco de Esencia de Díctamo, veía como ella se aplicaba una gota en el ojo, y
desaparecía de nuevo.

Tras cuatro días, casi había recuperado la vista dentro de la longitud de su brazo, pero, más allá de
aquel radio, las imágenes se volvían borrosas y dolía intentar enfocarlas.

Malfoy no volvió a aparecer, pero Hermione creyó escuchar sus pasos en el pasillo.

Entonces vino la Sanadora Stroud.

“Has tenido un mes un poco desafortunado, por lo que he oído,” dijo Stroud. Conjuró una camilla y
esperó a que Hermione se acercara.

Hermione no dijo nada mientras se aproximaba y se sentaba en el borde. Stroud sacó un frasco de
veritaserum y Hermione abrió la boca y dejó que le vertiera una gota en la lengua.

Stroud proyectó un diagnóstico general sobre Hermione y ambas lo inspeccionaron. El ojo de


Hermione estaba mucho mejor. Sus niveles de sodio se habían normalizado. Sus niveles de cortisol
estaban extremadamente elevados.

Siempre estaban elevados, pero ahora había un marcado pico.

Stroud suspiró y escribió algo en la historia clínica de Hermione antes de realizar un hechizo de
detección de embarazo.

Hermione ya sabía cual iba a ser el resultado. Miró fijamente el reloj de la pared. Su visión
descompensada no le permitía distinguir los números a menos que cerrara el ojo izquierdo.

Se hizo un largo silencio. Tan largo que Hermione bajó la mirada y encontró que Stroud había
realizado un diagnóstico más detallado del aparato reproductor de Hermione.

Hermione no reconocía todas las lecturas con claridad, pero reconocía lo suficiente como para
saber que no había nada inusual en ellas. Observó el rostro de la Sanadora Stroud.

La veía borrosa, pero Hermione podía distinguir aun así la familiar mueca de tensa irritación en su
boca mientras manipulaba el diagnóstico con la varita.

“Aún no estas embarazada,” dijo Stroud con voz plana.

La frase era tanto una acusación como un reproche.

Hermione no se inmutó. La Sanadora Stroud continuó, “Eres una de las pocas que aún no están
embarazadas. Y en el caso de las otras, es porque los—señores tienen sus propios problemas.”

Se hizo una pausa. La Sanadora Stroud parecía estar esperando una defensa.

“Quizá el Oficial Supremo también tiene problemas,” dijo Hermione finalmente.


“No los tiene. Lo examiné personalmente, varias veces. Es perfectamente viril y fértil. Excepcional
incluso.”

Hermione luchó por no dejar que su boca se curvara, divertida, ante la idea de Malfoy siendo
examinado por Stroud. Debe de encantarle, pensó para sí.

Por fuera, Hermione estaba en silencio. La Sanadora Stroud exhaló con fuerza.

“¿Cómo te toma? ¿Permaneces reclinada después como se te instruyó? ¿Te estás lavando después?”

Las preguntas tenían tono de sospecha.

Hermione sintió que se le encendían las mejillas al verse obligada a responder a las preguntas.

“Hay un reloj en la pared. Siempre espero el tiempo indicado antes de moverme. Sigo todas las
instrucciones de limpieza. El retrato puede confirmarlo.”

La Sanadora Stroud entrecerró los ojos.

“¿Y cómo te toma?”

Hermione miró fijamente el borroso reloj hasta que empezó a palpitarle la cabeza.

“Sobre una mesa.”

“¿Qué?” dijo Stroud bruscamente.

“Hace—hace aparecer una mesa, en mitad de la habitación. Y me hace inclinarme sobre ella.”

“¿Te toma desde atrás?”

Hermione sintió que se le calentaban las mejillas y las orejas. “Si. Lo hace muy—impersonal.”

“¿Cuántas veces al día?”

“Una vez al día. Durante cinco días.”

Se hizo un largo silencio.

“Bueno—” dijo Stroud al fin. Entonces se acercó y dio dos toquecitos con la varita en una de las
esposas de Hermione. Notó una descarga de calor.

Un minuto después, se escuchó cómo alguien llamaba a la puerta y Malfoy entró a la habitación,
más inexpresivo de lo que Hermione lo había visto nunca. Apenas podía distinguir sus rasgos
mientras se acercaba a Stroud. Cerró el ojo izquierdo para poder ver con más claridad.

“Me has llamado,” dijo él.

“Aún no está embarazada,” anunció la Sanadora Stroud.

Malfoy no parecía sorprendido ni decepcionado por las noticias.

“Una lástima,” dijo con frialdad.


“Desde luego. Está comenzando a ser anómalo. No encuentro nada a lo que achacarlo.”

Stroud tenía los ojos entrecerrados mientras miraba a Malfoy.

A Hermione de repente le picó la curiosidad. ¿La Sanador Stroud sospechaba que Mafoy estaba
intentando evitar dejar a Hermione embarazada? ¿Lo estaba haciendo? ¿Por qué haría eso? Debería
estar desesperado por dejarla embarazada. Si no fuera por tener un heredero, por lo menos
esperando que la compatibilidad de la magia finalmente corroería y atravesaría las barreras mágicas
que protegían los recuerdos de Hermione.

“El Señor Tenebroso podría tener razones para preocuparse si esto continúa siendo infructuoso.
Como bien sabe, su deseo es de carácter dual.”

“Desde luego. Soy consciente.” Dijo Malfoy, con un destello peligroso en la voz.

“Entonces no debería tener objeciones si propongo algunas recomendaciones sobre cómo aumentar
su probabilidad de éxito.”

Malfoy inclinó la cabeza. “Cualquier cosa por servir al Señor Tenebroso.”

“Se acabaron las mesas, entonces,” dijo Stroud con tono incisivo.

Apareció un destello de algo, probablemente irritación, en los ojos de Malfoy.

“Está bien.”

“Y tómala en posición reclinada,” dijo Stroud, alzando el mentón, “con menos indiferencia.”

Los labios de Malfoy se curvaron en una mueca, pero antes de que pudiera decir nada Stroud
añadió, “El embarazo mágico tiene mayor complejidad que meramente el proceso biológico de
fertilización. Puede requerir una conexión. Si no fuera así; podríamos estar utilizando métodos
muggles para la repoblación y sería mucho más conveniente para todos.”

“¿De veras? ¿Todas las otras gestantes embarazadas que tienes atribuyen su condición a la
conexión que tienen con los señores?” dijo Malfoy, arrastrando las palabras.

“La magia de ésta es excepcional, así como la de usted,” dijo Stroud, con expresión rígida.
“Algunas teorías afirman que tal poder determina que la chispa de la vida requiera más—
persuasión. A menos que haya otra explicación que pueda ofrecer.”

Echó a Malfoy una larga mirada, la cual él le devolvió sin parpadear.

Hermione estaba segura, Stroud sospechaba que Malfoy estaba interfiriendo.

“De acuerdo.”

“Excelente,” dijo Stroud, esbozando una leve sonrisa. “Después de todo, el Señor Tenebroso está
bastante impaciente por tener acceso a esos recuerdos. Si los intentos de concepción continúan
fracasando, podríamos vernos obligados a considerar a otros hombres.”

“Tenía entendido que utilizar el embarazo mágico para desbloquear los recuerdos requería que el
padre fuese el legeremante, o podría provocar un aborto,” dijo Malfoy con tono levemente cortante.
“Es cierto. La similitud genético-mágica es importante. Sin embargo, no es imprescindible que sea
un parentesco de paternidad. Hermanastros, por ejemplo, sería una opción. Me han llegado rumores
de que su padre podría tener que volver a Gran Bretaña.”

Hermione comenzó a marearse y se le contrajo la garganta como si fuera a vomitar. La expresión de


Malfoy no se movió un ápice, pero palideció visiblemente, incluso para la visión borrosa de
Hermione.

La Sanadora Stroud continuó y en su voz había un atisbo de provocación. “No le he mencionado la


opción al Señor Tenebroso. Todavía. Pero sé lo impaciente que está por ver progreso. Sería
decepcionante para mí tener que recomendarlo. Como científica, debo admitir que tengo una
especial curiosidad por ver la progenie que engendran dos individuos tan excepcionalmente
poderosos. Pero… mi lealtad es para el Señor Tenebroso, así que si este emparejamiento en
particular sigue siendo infructuoso tras seis meses me temo que no me quedará más opción que
ofrecer una solución alternativa.”

“Por supuesto,” dijo Malfoy, su tono era calmado, pero con un matiz que Hermione reconoció
como fría furia. “¿Algo más?”

“Nada más, Oficial. Gracias por su tiempo,” dijo la Sanadora Stroud.

Malfoy giró sobre sus talones y desapareció a través de la puerta.


Capítulo 21
Chapter Notes

Nota de la autora: Un pequeño recordatorio que la representación no es aprobación por parte


del autor. El punto de vista limitado de una tercera persona implica necesariamente algunas
distorsiones de pensamiento y la malinterpretación de acontecimientos.

Hermione permaneció sentada en la camilla en estado de pánico. El sonido estridente de la pluma


de la Sanadora Stroud escribiendo en la historia de Hermione acompañaba al interminable,
monótono tic-tac del reloj.

Hermione tenía la boca seca y no conseguía tragar saliva; tenía un sabor amargo. Intentó respirar
con regularidad, pero se dio cuenta de que se le había cerrado la garganta, y no pudo hacer nada
más que sentarse ahí, rígida, e intentar no desmayarse ante la idea de que la entregaran a Lucius
Malfoy.

Lucius Malfoy, que había enloquecido, mucho más de lo que lo había hecho Bellatrix Lestrange.
Que siempre rompía las reglas y de algún modo había conseguido usar su labia para salvarse el
cuello. Que podría haber matado a Arthur Weasley, pero en vez de ello eligió maldecirlo de tal
manera que le robó al patriarca de los Weasley la mente y dejó su cuerpo intacto, para que su
familia lo cuidara y lo llorara; la indefensa, infantil sombra de un padre extraordinario y generoso.
Que maldijo a George con una horrible variante de la maldición necrótica que obligó a Hermione a
amputarle la pierna por la cadera mientras aún estaba consciente para poder salvarlo. Que había
matado a Ron ante la mirada de Hermione, mientras reía a carcajadas.

Hermione creyó estar a punto de desmayarse, o que su cerebro iba a colapsar y empezaría a gritar.
Le palpitaba la cabeza y la habitación daba vueltas.

Comenzó a temblar.

“¿Qué te ocurre?” preguntó la Sanadora Stroud.

Hermione se encogió.

“Tu—acabas de amenazar con entregarme a Lucius Malfoy.”

“Espero que no lleguemos a ese punto,” dijo la Sanadora Stroud con voz plana.

“¿Y si llegamos?”

“Bueno, podemos supervisarlo, si nos preocupa mucho que Lucius se pase de la raya. Es una pena
que no pueda darte otra dosis de poción de fertilidad este mes. Te haré llegar unas pociones que
deberían hacer las cosas más fáciles y probablemente incrementar las probabilidades de éxito.”

Hermione guardó silencio y no volvió a hablar. Se encontraba tan mal por el estrés que llegó a
preguntarse si no se estaría envenenando a sí misma.
Malfoy llegó muy avanzada la tarde y ella se quedó mirándolo lánguidamente. Su expresión era
dura; mandíbula apretada y ojos de fría piedra, pero también cansada. Probablemente había vuelto a
la caza del último miembro de la Orden. O quizá estaba preocupado por que su padre la matara
demasiado pronto.

Analizó su expresión, tratando de adivinar por qué demonios iba él a hacer algo para evitar dejarla
embarazada intencionadamente. Hermione no tenía ninguna explicación. No dejaba de darle
vueltas, pero no se le ocurría nada que fuera plausible.

Repasó las posibilidades.

Podría ser que considerase inaceptable la idea de que ella fuera la madre biológica de su heredero,
pero Hermione dudaba que aquél fuera el problema. Para empezar, aparte de utilizar el término
Sangre Sucia como si fuera su nombre, no parecía importarle demasiado la pureza de la sangre. No
trataba la victoria de Voldemort como un testimonio de la superioridad de la sangre pura, ni el
encarcelamiento de Hermione como consecuencia de su sangre impura. Cuando hablaba de la
guerra, se refería a los bandos como separados principalmente por el idealismo contra el realismo.

Según la experiencia de Hermione, los fanáticos estaban obsesionados con su fanatismo. Draco
Malfoy en Hogwarts repetía como un loro el fanatismo de su padre. El Draco Malfoy del presente
—Hermione no estaba segura de qué era lo que le obsesionaba.

Hermione, si se le daba crédito a Astoria.

Hermione no sabía que pensar.

Siempre tenía una respuesta rápida y una excusa convincente para su comportamiento.

¿Por qué no querría dejarla embarazada? No se le ocurría en qué estrategia entraría aquello.

Ella no quería quedar embarazada, pero ahora, considerando lo lejos que la Sanadora Stroud y
Voldemort podrían llegar para asegurarse de ello…

Le parecía completamente nauseabunda la idea de que Malfoy la ‘tomara’ en una cama ‘con menos
indiferencia’; de quedar embarazada; de no quedar embarazada y que entonces la entregaran a
Lucius…

No había buenas opciones; todo se ponía peor y peor, y Hermione creyó que al final simplemente
colapsaría.

No podía dejar de pensar en ello, cada vez que repasaba las opciones sentía como si fuera a
vomitar.

Malfoy le proyectó un hechizo diagnóstico en los ojos y lo inspeccionó.

“¿Qué tal ves ahora?” preguntó.

Hermione soltó una carcajada.

No tenía ni idea de cual había sido la última vez que se había reído. Hacía años, probablemente.
Pero la pregunta tenía su gracia. De hecho, era graciosísima.
Todo lo que había en su vida era completo y absoluto terror, y al parecer la mayor preocupación de
Malfoy era su agudeza visual. La mantenía prisionera en su casa, la violaba cuando se lo
ordenaban, y estaba preocupado por su vista.

No podía parar de reírse. Rio y rio y su risa cada vez sonaba más histérica, y entonces ya no estaba
riendo, de hecho estaba llorando. Lloró y lloró y lloró, mientras se balanceaba en el borde de la
cama, y Malfoy se quedó ahí de pie, mirándola, inexpresivo.

Pasaron veinte minutos hasta que pudo dejar de sollozar. Y entonces se quedó sentada, hipando y
cubriéndose los ojos con las manos, intentando respirar. Se sentía vacía por dentro; como si hubiera
llorado todo lo que tenía dentro y no hubiera quedado más que una cáscara.

Al final quedó en silencio, interrumpido por alguna respiración entrecortada, y mirando al suelo
deseando morir ahí mismo.

“¿Te sientes mejor?”

Se le alzó la comisura de la boca y se encogió de hombros, cansada.

“Todo lo mejor que podré llegar a sentirme nunca,” dijo. Le miró las manos y vio que se le
crispaban levemente los dedos. Alzó la vista.

“¿Por qué te han torturado esta vez?” preguntó.

Esbozó una sonrisa torcida mientras guardaba la varita en su manga derecha. “Claramente no has
estado leyendo las noticias. El público, mediante su extraordinaria inteligencia colectiva, ha
concluido de algún modo que yo soy el Oficial Supremo, aún sin la confirmación del Profeta.”

La noticia le picó la curiosidad. “¿Por lo de Montague?”

Él se encogió de hombros. “Puede que haya estado relacionado, pero sospecho que ha tenido más
que ver con que mi aparición en Rumanía coincidiese con la visita del Oficial Supremo. La prensa
de algunos otros países de Europa está considerablemente menos controlada que la de Gran
Bretaña. Una vez que un periódico lo ha mencionado, no tarda en divulgarse. Ahora soy conocido
públicamente como el protegido del Señor Tenebroso. El anterior anonimato era por mi seguridad,
por supuesto.”

“Por supuesto,” dijo Hermione. “Pero has sido castigado por ello.”

“Otros han muerto,” dijo, la mirada gélida. “A mi simplemente me han reprendido.”

“¿Solo dos minutos de cruciatus entonces?” dijo Hermione con tono mordaz.

“Cinco.”

Hermione palideció, horrorizada, mientras lo miraba. Él esbozó una leve sonrisa.

“No te preocupes por mí, mi pequeña sanadora. Fue hace días. Sigo vivo.”

Se produjo una pausa.

“¿Por qué mataste a Montague?” preguntó ella. Había estado tumbada en la cama durante días,
preguntándoselo a si misma. Si iba a matar a Montague, ¿por qué no hacerlo en el momento? ¿Por
qué públicamente?

Malfoy esbozó una sonrisa de satisfacción. “Me preguntaba cuándo me lo preguntarías por fin.
Creía que era obvio. Interfirió intencional y descaradamente con mi tarea, poniéndola en riesgo, a
pesar de haberle advertido en repetidas ocasiones que no debía alterarte de ninguna forma. Lo
hubiera hecho con más formalidad, pero con el viaje andaba corto de tiempo.”

“¿Así que lo mataste en mitad de San Mungo?” dijo, mirándolo con suspicacia.

“Bueno, iba a matarlo en la habitación del hospital, pero trató de huir. Improvisé.” La expresión de
Malfoy era indiferente. “Ahora, si has terminado de asaltarme con preguntas, creo que tenemos
programada una sesión de legeremancia.”

No entró por los ojos. Hermione no estaba segura de si había algo de literatura sobre usar
legeremancia tras una lesión ocular, pero al parecer Malfoy había decidido no arriesgarse y lo hizo
a través del cráneo.

Dolió un poco más de lo habitual, pero una vez hubo entrado a la fuerza, el dolor remitió un poco.
Hermione deseó que hubiera alguna manera de disociar mientras él revisaba su mente, pero la
legeremancia arrastraba a la víctima a través de su mente junto con el legeremante. A donde fuera
Malfoy dentro de su mente, Hermione lo acompañaba.

No tenía nuevos recuerdos desbloqueados, solo repeticiones más recientes de los anteriores; sobre
todo Ginny llorando. Parecía que lo soñara cada noche. Siempre el mismo recuerdo. Siempre
paraba en el mismo momento.

Casi pareció dudar antes de profundizar en sus recuerdos más recientes. De Montague. De Astoria.
De las preguntas de Stroud antes de su llegada.

Para cuando retiró su consciencia de la mente de Hermione, se sentía como si hubiera colapsado
desde dentro. Revivir todo lo que había pasado había sido traumático. Tenía la mandíbula tan
apretada que le parecía que se le iban a romper los dientes al intentar no derrumbarse.

Se tumbó de costado y se acurrucó sobre sí misma.

Malfoy suspiró, un sonido apenas audible, pero no dijo una palabra. Pasó un momento más antes de
que lo escuchara irse.

Se quedó tumbada en la cama intentando no pensar; deseando poder apagar la mente.

La amargura la cubrió como un manto; como el aliento de un fantasma, ineludible a su alrededor.

No podía librarse de ella. Ni siquiera se molestó en intentarlo.

El día que siguió a la visita de Stroud dejó la habitación por primera vez desde el equinoccio. Se
quedó en el ala norte, vagando sin rumbo. En silencio. Yendo de una habitación a otra. De una
ventana a otra.

Al ir recuperando la vista, pudo ver con la suficiente claridad como para descubrir que la primavera
por fin había comenzado a invadir la finca. En el frío y gris paisaje Inglés comenzaban a aparecer
tenues atisbos de verde brillante, saliendo de las puntas de las ramas de los árboles y deslizándose
con cautela desde la tierra húmeda.
Ver cómo la primavera se desplegaba lentamente casi se parecía a la esperanza.

Exceptuando que—en el lugar en que había vivido la esperanza en el interior de Hermione ahora
solo había un hueco. Como si le hubieran arrancado algo del centro de su ser. Donde antes había
florecido la esperanza ahora no quedaba nada más que algo podrido y doloroso.

Pero, aun así—la primavera era preciosa.

Era sorprendente darse cuenta de que aún había cosas bonitas y puras en el mundo. Contradictorio.

No de modo racional. Racionalmente, Hermione sabía que el reinado de Voldemort no apagaba las
estrellas del cielo, no destruía la secuencia de Fibonacci, no ultrajaba las primeras flores de la
primavera. Pero, aun así, le sorprendía que aún fuera capaz de apreciar la belleza.

De algún modo había empezado a creer que la fea frialdad de su vida indicaba que fría fealdad y
belleza cruel eran lo único que quedaba a su alcance.

Ver cómo la finca se adornaba con nueva vida hizo que algo se marchitara en su interior.

Si tuviera un bebé… sería precioso. Puro. Con la piel blanca, y suave, y sonrosada. Con unos ojos
llenos de confianza que solo sabrían esperar ternura. Con manos que se extenderían hacia quien se
acercara. Un bebé sería precioso. Puro como la primavera. Dulce como el verano.

Y entonces se lo llevarían. Hermione moriría, y su bebé quedaría abandonado; lo educarían y le


harían daño y lo corromperían hasta que se convirtiera en un monstruo frío y cruel como Malfoy, y
Astoria, y todos los Mortífagos.

Hermione se separó de la ventana por la que estaba mirando, y fue apresuradamente hacia las
habitaciones internas del ala norte. Habitaciones sin ventanas. No quería pensar en la primavera, o
en la vida, o en hijos, o en la belleza, o en la bondad.

No quería pensar en las cosas buenas que habían existido, y habían sido destruidas. O la belleza que
quedaba. Hacía resaltar más intensamente el horror, de forma que le dolía pensar—respirar—vivir.

Si tan solo fuera posible para una persona morir por desearlo con el suficiente fervor.

No podía comer. Apenas podía tragar un poco de agua. Cuando llegó un surtido de cinco pociones
con una nota de la Sanadora Stroud, las empujó a un cajón del baño.

La angustia le envolvía el corazón con más fuerza, día tras día; sabiendo que su periodo fértil se
acercaba más y más.

Malfoy entró de improviso en su habitación y ella casi se echó a llorar.

Estaba tan tenso que parecía que podría romperse al mirarla.

Ella se puso en pie como si la hubieran electrocutado y después se quedó paralizada.

Se quedaron quietos, y Malfoy parecía estar más incómodo de lo que Hermione lo había visto
nunca.

“He pensado que avisar antes de venir podría empeorar la situación,” dijo Malfoy, observándola
con cautela.
“No—me he preparado,” murmuró, desviando la mirada.

“Te duchas cada mañana. No necesito que te laves en exceso.” Su voz era cortante, como el filo de
un cuchillo.

Al parecer el retrato aún le mantenía informado de todo lo que hacía.

Hermione se quedó de pie, mirándolo. Se sentía como la primera noche, cuando había estado en su
habitación; intentando no temblar, preguntándose si tendría que ir a tumbarse en su cama.

¿Querría que se colocara en el borde o en el centro?

“Tómate esto,” dijo, sacando un frasco de su túnica y entregándoselo.

Ella lo aceptó, y analizó la consistencia y el color antes de quitarle el corcho. Una poción calmante.

Se la bebió mientras él la observaba.

Notó cómo la poción hacía efecto, relajándole la mandíbula y los hombros, y la tensión que tenía
enroscada en la base del cráneo se soltó un tanto. El nudo que tenía en el estómago, que se había
ido apretando más y más durante últimos doce días, por fin se aflojó ligeramente.

Mientras Hermione tomaba la Poción Calmante, Malfoy volvió a introducir la mano en su túnica y
sacó una segunda poción. A ella le sorprendió ver que se la tomaba él mismo.

No parecía ser otro frasco de Poción Calmante. Si acaso Malfoy parecía estar más tenso y enfadado
después de tomarla.

¿Una poción de libido? A Hermione nunca se le había ocurrido que pudiera estar tomando algo.
¿Lo hacía siempre? Aparte de la primera noche, ella nunca lo estaba mirando. Incluso aquel día
podría haber tomado algo cuando ella estaba de espaldas.

¿Por qué lo necesitaría? Stroud lo había descrito como perfectamente viril. Excepcional.

La violación realmente no era lo suyo.

“¿Me—? ¿Me—? ¿Debería ponerme en el centro o en el borde de la cama?” Hermione se obligó a


preguntar.

Él solo la miró.

“Centro,” dijo finalmente, con voz tensa. “Dado que se me ha ordenado ser menos indiferente.”

Hermione se volvió hacia su cama.

Su cama.

Donde dormía cada noche.

El único lugar que le daba alguna sensación de consuelo o seguridad que le quedaba.

Su cama.

Donde estaba a punto de—¿de ser—? ¿Era violación si prefería que fuera él a su padre?
Se mordió el labio y tragó saliva mientras se aproximaba, intentando no echarse a llorar.

Se sentó en el borde, se deslizó al centro, y se obligó a tumbarse de espaldas. Malfoy se acercó un


momento después.

Se había quitado la túnica, solo llevaba una camisa y pantalones.

Ella se puso tensa en cuanto se acercó, sintió que se le apretaba la mandíbula e intentó no hacerse
daño en los dientes. Luchó por no hiperventilar al tenerlo cerca, mirándolo con los ojos muy
abiertos, aterrorizada.

Su aspecto pareció incomodarle.

“Tú solo cierra los ojos,” siseó. “No voy a hacerte daño.”

Se obligó a cerrar los ojos, e intentó concentrarse en regular la respiración mientras sentía en
cambio de peso en la cama. Percibía su olor; el intenso aroma del suelo del bosque la golpeó de
repente, mientras hiperventilaba.

Se produjo una pausa, y entonces sintió como le retiraba las ropas a un lado y se colocaba entre sus
piernas.

Entre sus piernas. Como Montague.

La grava, afilada y fría.

Sollozó entre dientes y se encogió. Tenía los músculos tan tensos que le temblaba todo el cuerpo.
Podía sentir como las uñas le rompían la piel de las palmas de las manos, al apretar más y más los
puños.

“No voy a hacerte daño,” Malfoy susurró las palabras cerca de su oído.

Asintió levemente para indicar que lo había entendido. Mejor que Lucius. Dios—ni siquiera podía
pensar en ello. Se sacudió y ahogó otro sollozo. Trató de relajarse un poco.

“Tú solo—respira,” dijo él.

Lo escuchó murmurar un encantamiento lubricante un momento antes de deslizarse dentro de ella.

Intentó concentrarse en su respiración. Forzarse a pensar en la sensación de cómo su caja torácica


se expandía y contraía. De sus uñas clavándose en sus manos.

Notaba el aliento de Malfoy cerca de su rostro. El olor del aceite de cedro en su ropa. El peso de su
cuerpo contra el suyo. Su presencia dentro de ella.

No quería sentir nada de aquello. No podía no sentirlo. Él estaba en todas partes. Rodeándola.
Sentirlo dentro y sentir su peso encima era demasiado real, no podía escapar de ello. No podía
evadirse de la forma que había aprendido a hacer en la mesa.

Quería suplicarle que parara.

Mejor que Lucius. Mejor que Lucius.


Solo quería que se terminara.

No quería llorar, pero se percató de que tenía lágrimas deslizándose por sus mejillas. Intentaba no
sollozar bajo su cuerpo.

Al fin se sacudió y terminó con un siseo.

Nada más terminar se alejó tambaleándose de ella y de la cama.

Hermione abrió los ojos e intentó respirar hondo. Tumbada en la cama, se percató de que del baño
provenía el sonido de alguien vomitando.

Escuchó cómo tiraban de la cadena, y después oyó correr el agua del lavabo durante unos minutos.

Trató de recomponerse, y no pensar en el hecho de que no podía moverse. No pensar en la


experiencia física que acababa de ocurrir.

Había sido tan considerado como le había sido posible.

Era extraño. Era una persona fría, indiferente y sanguinaria que podía destripar a alguien sin
problemas, pero la violación cruzaba el límite.

¿Siempre vomitaba después? ¿O tener que mirarla lo hacía más difícil?

Quizá le había pasado algo a alguien que conocía. A alguien que le importaba. Quizá su capacidad
para lanzar la maldición asesina tenía que ver con aquello.

Salió del baño. Su expresión tensa parecía haberse aflojado un poco, como si no fuera capaz de
mantenerla. Estaba pálido y agotado, y tenía aspecto de estar más traumatizado de lo que ella lo
había visto nunca.

Nunca se había quedado después. Siempre se iba antes de que ella pudiera verlo. Quizá siempre
tenía este aspecto después.

Parecía—preocupado por ella. No es que le preguntara, pero la estaba estudiando con cuidado
desde el otro lado de la habitación.

“Lo siento,” se oyó a sí misma decir. Parpadeó.

¿Por qué se estaba disculpando con Malfoy? Era como si las palabras salieran de su boca en contra
de su voluntad. Él la miró, sorprendido. Intentó clarificarlo.

“Por llorar. Has sido—” No tenía ni idea de cómo describirlo. ¿No has sido el peor violador?

“Es—es solo que—me ha recordado a Montague,” dijo al final, desviando la mirada.

“Con suerte será más fácil mañana,” dijo con seriedad. Después convocó sus ropas, y salió de la
habitación a grandes zancadas sin decir una palabra más.

Hermione permaneció tumbada, viendo como las manecillas del reloj recorrían lentamente la
circunferencia. Aun cuando pasaron diez minutos, no se movió. Quizá si esperaba más tiempo se
quedaría embarazada, y entonces no tendría que tumbarse ahí y soportar ser—
No estaba segura de cual era el término apropiado para lo que le hacía Malfoy.

A pesar de que el concepto y la situación general entraba en la categoría de violación, no sentía que
el término reflejara correctamente lo que había ocurrido. No era tener sexo, o acostarse, o echar un
polvo, ni siquiera “tomar”. Copular, era probablemente el término apropiado para lo que ocurría
antes, en la mesa. Pero ahora—era demasiado real y conectado y consternador para ambos como
para usar un término tan clínico.

No había palabras.

Pasaría de buena gana el resto de su vida sin que la volviera a tocar un hombre. No quería pensar en
que Malfoy volvería a repetir todo aquello al día siguiente.

La idea de una vida comenzando en su interior hizo que se sintiera enferma. La idea de que no—

Podía soportar a Malfoy. No creía que pudiera soportar a Lucius.

Rodó sobre un costado y se quedó dormida encima de las sábanas.


Capítulo 22
Chapter Notes

Nota de la autora: Un pequeño recordatorio que la representación no es aprobación por parte


del autor. El punto de vista limitado de una tercera persona implica necesariamente algunas
distorsiones de pensamiento y la malinterpretación de acontecimientos.

La mañana siguiente, Hermione se arrastró desde la cama al baño con ducha del final del pasillo. El
agua caliente cayendo sobre su cuerpo y rodeándola era lo más cercano al confort físico a lo que
tenía acceso.

Cerró los ojos y permaneció ahí, deslizándose eventualmente hasta el suelo y abrazándose las
rodillas con los ojos cerrados con fuerza, intentando no pensar en la noche anterior.

Se concentró en la ducha.

Uno de los aspectos más infravalorados de la magia era el suministro infinito de agua caliente.
Nunca se terminaba el agua caliente y la temperatura no cambiaba. Solo caía sobre ella. Aunque se
quedara ahí todo el día el agua aún saldría caliente.

Cuando por fin se obligó a cerrar los grifos y salir, se quedó de pie en medio del baño lleno de
vapor, reuniendo la fuerza de voluntad para secarse y vestirse.

Nunca se había sentido tan desmotivada. Existir parecía una demanda tremendamente injusta.

Hermione daría lo que fuera por un libro—cualquier cosa que pudiera leer que no fueran las
noticias. Estaba harta de las noticias.

Quizá saldría a dar un paseo. No había estado en el exterior desde el equinoccio. No sabía si alguna
vez iba a ser capaz de acercarse a los setos de nuevo, pero quizá podría pasear por alguno de los
caminos. Podría mirar los brotes de los árboles. Contar narcisos. Cualquier cosa.

Salió del baño y recorrió el pasillo helado envuelta en una toalla. Cuando llegó a su habitación se
acercó al armario y sacó un conjunto limpio de ropas.

Lo colocó en la cama y dejó caer la toalla para mirarse.

Las cicatrices restantes de Montague se habían desvanecido por completo. Había un punto en el
interior de su pecho derecho que aún parecía tener tejido cicatrizal.

Hermione pasó los dedos por encima. Había sido tan profundo que probablemente hubiera
requerido un hechizo sanador más específico. Estaba algo tirante.

Había sido tan profundo que el tejido dañado no era solo la dermis. Los hechizos sanadores
generales estaban diseñados para reparar piel y músculo. Probablemente había un hechizo
específico para reparar tejido mamario, pero Hermione no lo recordaba. Cerró los ojos, e intentó
recordar si alguna vez lo había aprendido.

Recordaba un gran libro de hechizos sanadores. Lo había llevado encima todo el tiempo durante
varios años. Encogido para que cupiera en su bolsillo., siempre a mano. Manchado de sangre y
pociones que habían absorbido las páginas cuando había estado demasiado ocupada para usar un
hechizo de limpieza a tiempo. Con esquinas dobladas en las secciones más importantes.
Muchísimas páginas dobladas. Llenas de anotaciones en los márgenes.

Fue lo primero que compró cuando murió Dumbledore. Recordaba el gran búho que entró volando
en el Gran Comedor de Hogwarts y lo depositó frente a ella.

Todos los demás hablaban sobre reorganizar el ED. Compraban libros sobre magia defensiva. Pero
Hermione se había centrado en la sanación. Había sido el inicio del cisma, el espacio que creció
lentamente entre ella y el resto de personas de su edad de la Resistencia.

Mientras ellos practicaban hechizos de barrera y aturdidores, ella se había dirigido a Madam
Pomfrey y le había pedido que la tomara como aprendiz.

Pasaba la mayor parte de los días con Madam Pomfrey, memorizando todos los hechizos sanadores
y diagnósticos avanzados que la enfermera del colegio podía enseñarle. Aprendiendo los signos y
síntomas que había que buscar.

Los hechizos sanadores eran altamente precisos—sutiles. Requerían la capacidad de filtrar las
distracciones y concentrarse, canalizar la magia con matices extremadamente delicados. Determinar
el hechizo apropiado, perfeccionar la inflexión, y canalizar la intención con precisión.

Los sanadores no utilizaban escalpelos, pero en cuanto a la magia, la exactitud mental y de los
movimientos de varita era comparable.

Hermione había memorizado diagrama tras diagrama de anatomía. Entrenándose para distinguir los
detalles que le podrían orientar a un diagnóstico; piezas de puzle que tenía que encajar para
identificar qué es lo que iba mal.

Después, por las tardes se dirigía a las mazmorras para estudiar pociones con Snape.

Cuando terminaba con la sanación y las pociones, se aislaba en un rincón de la biblioteca, hojeando
libro tras libro en busca de hechizos que podrían ser útiles para Harry. Hasta que se quedaba
dormida ahí.

Poco a poco, se había alejado de sus amigos.

Estaban todos tan enfadados, con todo el derecho, y aun así era tan optimistas tras la muerte de
Dumbledore. Los impulsaba un fuego de certeza del que Hermione no había sentido ni una chispa
en su interior, ni siquiera al principio. Cuando más aprendía, más parecía menguar su confianza
sobre el resultado de la guerra. Nadie más parecía apreciar lo difícil que era mantener viva a una
persona.

Cuando ella no consiguió compartir su optimismo, se ofendieron. Era amiga de Harry, ¿por qué no
iba a creer en él? ¿Por qué estaba tan decidida a asustar a todo el mundo? ¿Se creía más lista que
ellos? Ya ni siquiera podía lanzar un patronus. Quizá si pasara más tiempo practicando hechizos
defensivos dejaría de ser tan morbosa.
No era que no se tomaran la guerra en serio, es que su perspectiva era muy estrecha. Era la Luz
contra la Oscuridad, el Bien contra el Mal. La Luz siempre ganaba. Mira los relatos de los libros de
historia. Sí, alguna gente moría, pero era por la causa; una muerte digna. No tenían miedo a morir
por ello.

Con el tiempo Hermione dejó de hablar y se retiró con sus libros. No tenía sentido señalar que los
libros de historia los escribían los ganadores. O que había incontables guerras en el mundo muggle
donde las vidas eran poco más que otro tipo de munición; donde las batallas no significaban nada,
no producían más que una nueva lista de bajas; otra fila de tumbas.

Quizá todos ellos necesitaban creer en cosas como aquellas, pero Hermione no era capaz. Había
necesitado prepararse. Se enterró en la sanación, las pociones y los libros hasta que el Ministerio de
Magia cayó y la Guerra comenzó oficialmente.

Después de aquello la enviaron rápidamente a estudiar a Francia. Después Albania, cuando Francia
se volvió demasiado peligroso. Después Dinamarca. Después—¿Austria? No.

¿Había estado en otro lugar, antes de ir a Austria? Había una laguna. Un borrón. Hermione se
concentró en el espacio en blanco en su memoria. Algún lugar, algún otro lugar al que había ido a
formarse. ¿Dónde podía haber sido? ¿Por qué iba a olvidarlo? Forzó su mente hacia el borrón y
solo vio penumbra. Una débil luz dorada procedente de una lámpara, polvo, el aroma de pergamino
antiguo, seco y verde, y la fina cadena de un colgante en sus manos.

Nada más. Presionó con más fuerza, pero el recuerdo se desvaneció fuera de su alcance otra vez.
No pudo recordar nada más.

Al igual que no podía recordar el hechizo para reparar tejido mamario.

Suspiró para sí y dejó caer la mano.

Las deficiencias de su memoria cada vez eran más desconcertantes.

A veces ni siquiera estaba segura de quién había sido ella durante la guerra. Se recordaba a sí
misma como sanadora. Solo una sanadora y maestra de pociones.

En un momento dado había divergido de aquella persona, y no sabía cómo ni cuándo había
ocurrido.

¿Cuándo se había convertido en alguien a quien Voldemort describiría como peligrosa? Una
persona que había arrasado media prisión. Que había quemado dementores, y apuñalado a Graham
Montague con un cuchillo envenenado.

Hermione no tenía ni idea de dónde podía haber venido esa versión de sí misma. Se le hacía difícil
creer que esa persona hubiera existido siquiera.

De algún modo u otro a aquella persona misteriosa se la había tragado la oscuridad bajo Hogwarts.
Sin los relatos de segunda mano de Voldemort, Malfoy y Montague, nunca hubiera sabido que
aquella persona existió. Casi pensaría que era alguna clase de engaño si no tuviera tantas cicatrices
de las que no podía dar cuenta.

Bajó los ojos hacia su muñeca izquierda, pasó los dedos sobre las cicatrices plateadas y dispersas
que veteaban su esternón y sus clavículas, y después siguió el contorno de la larga y delgada
cicatriz entre su séptima y octava costilla.

La Sanadora Stroud había afirmado que las fugas de su mente no implicaban una disociación o
personalidad múltiple, pero Hermione casi pensaba que debía ser que sí. Hermione, tal y como se
conocía a sí misma, nunca hubiera volado una prisión y matado a incontables personas para
conseguir entrar. Ni siquiera por Ginny. Hermione no hubiera tratado a todos los demás como
daños colaterales en un intento de rescate. No sabía cómo se podía llenar el cielo de dementores en
llamas. Nunca había llevado encima cuchillos envenenados, y mucho menos había aprendido a
apuñalar a alguien con ellos.

Su ignorancia tenía algo cavernoso, y no sabía cómo integrarlo.

Tomó su capa, bajó por las escaleras y vaciló al llegar a la veranda. El aire era cálido y olía a tierra
fresca, con tenues trazos dulces. Se veían grandes lechos de narcisos y lirios que al parecer había
florecido en las últimas dos semanas. Los pájaros cantaban.

Era como si el mundo exterior se hubiera transformado mientras Hermione yacía en su oscura
habitación. La naturaleza había dejado caer su manto, y había dejado de reflejar la fría melancolía
de la vida de Hermione. El mundo la había dejado atrás. Había vuelto a la vida mientras ella aún
estaba atrapada en una jaula, fría y sepulcral.

Se dio la vuelta y volvió a entrar.

No quería sentir la emoción de la primavera en su piel ni en su sangre. No quería pensar en la vida


bullendo. No a su alrededor. No dentro de ella.

Topsy apareció antes de la cena.

“Debes prepararte ahora,” dijo la elfina con voz chillona.

Era horas más pronto de lo que Malfoy había venido nunca. Hermione no tenía ni idea de cual
podía ser la razón para el cambio. Cada vez que se añadía algo impredecible lo empeoraba. La
invadió la angustia.

Fue a bañarse. Mientras se ponía la toalla con las manos temblorosas, recordó las pociones que
había mandado la Sanadora Stroud. Había estado tan nerviosa la noche anterior que se había
olvidado de ellas.

Después de vestirse, fue a coger una de las pociones del armarito del baño. No era Poción
Calmante; no reconocía el color ni la consistencia. Inhaló el aroma. Era fuerte y picante,
ligeramente cítrico. Se echó una gota en el dedo y la probó. Estaba caliente y era dulce.

Esperó un minuto. Ya no sentía tanta ansiedad.

Se la tomó, y notó cómo le calentaba la garganta. Al llegar a su estómago, el calor pareció


extenderse por todo su cuerpo.

Sintió un cosquilleo en la piel, que se volvió casi dolorosamente sensible. Hermione se quedó
helada, dio un grito ahogado, horrorizada, y se dirigió al espejo, mirando su reflejo con los ojos
muy abiertos. Se tapó la boca con las manos y se tambaleó hacia atrás.

Stroud le había dado una poción afrodisíaca.


Hermione quería echarse a llorar. Intentó calmarse y evitar a fuerza de voluntad los efectos de la
poción que la estaba quemando por dentro.

Esto no podía estar pasando.

Era de una crueldad sin límites.

A Hermione le temblaban las manos mientras intentaba pensar en alguna solución. Alguna manera
de neutralizarlo. Agarró el vaso del lavabo y bebió vaso tras vaso de agua con la esperanza de
acelerar la eliminación de su organismo. No funcionó. El calor solo pareció ir bajando por su
cuerpo, irradiando desde su bajo vientre.

Volvió a su habitación. No podía comprender por qué Stroud había hecho aquello.

Castigar a Malfoy por lo que fuera que hubiera hecho para interferir con el programa de gestación
era una cosa, pero engañar a Hermione para autoadministrarse una poción afrodisíaca era un nuevo
nivel de crueldad.

Hermione se tambaleó hacia la cama, se tumbó boca arriba y cerró los ojos. Si se quedaba quieta y
se concentraba quizá no pasaría nada.

Se estremeció con el clic de la puerta.

Abrió los ojos y se encontró a Malfoy de pie, frío y tenso, desabrochándose la capa y dejándola
caer desde sus hombros. La observó mientras cruzaba la habitación, dobló la túnica, la dejó en el
borde de la cama y la miró desde arriba.

“¿Quieres otra Poción Calmante?” dijo.

Era posible que una Poción Calmante ayudara. Hermione lo valoró, podría mitigar la reacción
física que estaba quemando su cuerpo. Asintió con la cabeza y se sentó.

Mientras ella tomaba el frasco de sus manos, sus dedos se rozaron, y tuvo que morderse la lengua
para no emitir un grito ahogado.

Le quitó el corcho y se lo tomó mientras Malfoy tomaba su propia poción.

La Poción Calmante empeoró el efecto. En vez de mitigar los síntomas, hizo que su cuerpo se
rindiera ante ellos. Se le cayó el frasco a la cama al intentar devolverlo.

Se tapó la boca con las manos y se echó a llorar. Malfoy la observó un momento.

“¿Qué ocurre?” preguntó.

“La Sanadora Stroud mandó unas pociones que dijo que harían las cosas más fáciles,” dijo,
secándose las lágrimas y mirando fijamente las sábanas. “Ayer se me olvidaron, pero hoy me he
tomado una, antes de que vinieras. Creí que sería para la ansiedad. Es lo que parecía cuando probé
una gota. No es que pueda hacer hechizos de análisis. Así que me la tomé, pero—” se le cortó la
voz. “Era un afrodisíaco.”

Se hizo un silencio.

“Eres una estúpida,” dijo Malfoy finalmente. “¿Es que te tragas cualquier cosa sin preguntar?”
Hermione se estremeció.

“La última vez que te pedí que identificaras una poción que me habían mandado, me forzaste a
tragármela por puro despecho. ¿Se supone que tenía que asumir que esta vez sería diferente?”

Malfoy permaneció en silencio. La furia que emanaba de él era palpable. Como olas de calor
alrededor de una llama, el aire casi parecía distorsionarse alrededor de su silueta mientras la
fulminaba con la mirada.

“Eres una estúpida,” repitió.

Hermione quería acurrucarse en un ovillo.

El calor en su abdomen permanecía constante, distrayéndola, y notaba todo el cuerpo demasiado


cálido y sensible. Se sentía vacía por dentro. Quería que la tocaran. Nadie la había tocado en tanto
tiempo…

No. No. No.

Inhaló temblorosamente. “¿No podrías esperar a hacerlo más tarde? Estoy segura de que se me
pasará en unas horas.”

“No puedo. Me requieren en Francia esta noche. Por eso he venido pronto, no volveré a la mansión
hasta mañana por la tarde,” dijo Malfoy.

Hermione ahogó un sollozo.

“Está bien.” Logró articular, y se obligó a tumbarse de espaldas en la cama. “Solo—hazlo ya.”

Cerró los ojos con fuerza e intentó concentrarse en contar hacia atrás desde mil restando el doble
cada vez.

Menos uno.

Novecientos noventa y nueve.

Menos dos.

Novecientos noventa y siete.

Menos cuatro.

Novecientos noventa y tres.

Menos ocho.

Novecientos ochenta y cinco.

Notó que Malfoy le apartaba las faldas y se estremeció.

Menos dieciséis.

Novecientos setenta y nueve.


Menos treinta y dos.

Los dedos de Malfoy entre sus piernas rompieron su concentración, y dejó escapar un gemido
ahogado mientras abría los ojos de golpe.

Malfoy la estaba mirando con los ojos muy abiertos, horrorizado.

Ella lo miró. Realmente nunca lo había considerado como alguien sexual. A pesar de que la hubiera
hecho inclinarse sobre una mesa durante cinco meses, nunca había procesado el aspecto sexual en
su persona. Era frío y peligroso. Bello, pero solo en lo estético, como una estatua de mármol. No
algo de sangre caliente. No algo con lo que querría tener ningún tipo de contacto físico.

Nunca, nunca había querido que él la tocara de ninguna forma.

Ahora quería sentir sus labios contra los de ella. Sentir sus manos en su cuerpo. Su peso, del que
había estado tan desesperada por escapar la noche anterior—quería sentirlo; quería sentirlo encima
de ella. Apretándose contra ella.

La llama de excitación en su vientre le nublaba el pensamiento. Nunca había sentido la necesidad


de tener algo dentro de ella, pero ahí tumbada se sentía preparada para gritar si él no la tocaba.

No había creído posible que la segunda noche fuera peor que la anterior, pero aquello era mil veces
peor.

Se obligó a cerrar los ojos de nuevo para dejar de examinar su rostro; dejar de captar todos los
detalles en los que nunca se había molestado en fijarse. Su pelo y sus pómulos afilados, la
intensidad de sus ojos, los finos labios y dientes blancos y rectos, las líneas precisas de su
mandíbula, y su pálida garganta desapareciendo en el cuello negro de su camisa.

“Muévete,” dijo ella, y casi sollozó por el esfuerzo que le suponía no moverse ella misma.

Un momento después, sintió que se acercaba y se deslizaba dentro de ella, y ella movió de
inmediato las caderas hacia delante para profundizar la penetración.

Enterró el rostro en las manos e intentó abstraerse mientras jadeaba contra las palmas, devastada.

Estaba temblando.

Lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que quería que se moviera. Rápido y con fuerza.

Le era imposible ahogar los gemidos que se formaban en el fondo de su garganta. Se estaba
conteniendo con tal rigidez que le temblaba todo el cuerpo al intentar no permitirse ningún tipo de
reacción.

Un nudo de deseo se apretaba más y más en su interior. Se mordió los labios. No pensaba ceder.

Solo tenía que aguantar. Pronto terminaría. Entonces podría dejar que la poción se eliminara de su
organismo. La estaba empujando con más aspereza tal como hacía cuando se acercaba al final.
Aumentó ligeramente la velocidad y ella se mordió la lengua con fuerza, intentando mantenerse
firme.

Y entonces—
Se rompió con un sollozo desesperado.

Su cuerpo entero se estremeció alrededor de él. Sentía como se apretaba y se sacudía mientras él la
empujaba una última vez, y entonces él se estremeció emitiendo un gruñido angustiado.

Al segundo se apartó, y ella apenas abrió los ojos a tiempo para ver como agarraba sus ropas de la
cama y se aparecía fuera de la habitación. Vislumbró su rostro antes de que desapareciera; tenía mal
aspecto, como si estuviera a punto de desmayarse.

Yació en la cama y lloró mientras su cabeza se despejaba. La realidad, amarga como el veneno,
comenzó a infiltrarse en ella al asimilar lo que había ocurrido.

Había tenido el primer orgasmo del que tenía memoria.

No sabía si había sido virgen antes de que la enviaran a Malfoy. Si no lo había sido, lo que faltaba
era uno de los muchos detalles que habían desaparecido de su mente. Parecía algo extraño que
haber elegido proteger. Así que lo más probable es que no hubiera tenido sexo durante la guerra.

Todo le era ajeno. Nada le había dado ningún indicio de que tales cosas eran algo con lo que su
cuerpo estaba familiarizado.

La poción afrodisiaca había alterado las cosas. De forma permanente, se temía. Había despertado su
cuerpo a un nuevo aspecto de aquellas invasiones físicas que hasta ahora había yacido latente.

Hermione no se movió durante diez minutos.

Cuando terminó el tiempo se puso en pie y fue hacia el baño. Sacó todos los frascos de pociones
que quedaban y los vació en el lavabo antes de tirar los frascos a la basura.

Cuando alzó la vista, el retrato estaba ahí, mirándola a través del espejo. Siempre vigilante.
Siempre en silencio.

Hermione le dedicó una sonrisa amarga y se deslizó hacia el suelo.

La joven bruja observó a Hermione.

Hermione tenía frío, como si fuera a entrar en shock. Se hizo un ovillo, abrazándose las rodillas e
intentando respirar.

Iba a perder la cabeza.

Iba a perder la cabeza.

No podía seguir aguantando. Ni siquiera sabía por qué estaba aguantando. Por qué no se había
dejado llevar por la locura cuando estaba encerrada bajo Hogwarts.

La Mansión de los Malfoy era peor.

Enterró el rostro en las manos. Notaba sus fluidos y los de Malfoy entre las piernas.

Se quedó dormida en el suelo.


Capítulo 23

Hermione estaba de pie en la cocina de la casa de la calle de La Hilandera. Dio una vuelta
lentamente, observando las superficies cubiertas de cuadernos, ingredientes preparados y pociones
burbujeantes.

Hermione se detuvo al fijarse en una poción que brillaba en un rincón. Se acercó y observó las
espirales de vapor que se alzaban desde la superficie. Inhaló su aroma con recelo. El fuerte y
terroso olor del musgo de roble, con matices de cedro, el aroma de las hojas secas, y pergamino—
no. Inhaló de nuevo. Papiro.

Retrocedió bruscamente y desvió la mirada hacia el resto de calderos.

“Estás preparando una considerable variedad de filtros de amor,” dijo, girándose hacia Severus,
que estaba inclinado sobre un caldero que hervía.

“Un nuevo proyecto para el Señor Tenebroso. De pronto ha desarrollado interés en intentar
convertirlas en un arma,” dijo Severus, esbozando una mueca hacia el líquido turbio y
luminiscente en el que estaba trabajando.

A Hermione se le heló la sangre. “¿Es eso posible?”

Severus se encogió de hombros con una leve sonrisa. “Me siento tanto escéptico como poco
motivado, así que es probable que no. Me inclino a creer que es más un capricho pasajero que algo
en lo que tenga un interés sincero. Estoy elaborando un informe exhaustivo para presentarle en el
caso de que pregunte por él. Y lo estoy haciendo en mi casa en vez de en el laboratorio para
garantizar que nadie ofrezca ninguna idea innovadora.”

Hermione inspeccionó la habitación. Había diez variedades de filtro de amor y algunos


afrodisíacos que reconociera, así como unas quince adicionales que parecían ser experimentales.

“¿Qué significaría un filtro de amor como arma?”

“Algo de un poder excepcional que no requiere varias dosis. Creo que se imagina a sí mismo
utilizándolo para interrogatorios.”

“Eso es—obsceno,” dijo Hermione.

“Estoy de acuerdo. Afortunadamente, o quizás desafortunadamente, hay otros asuntos que


considera más urgentes para Sussex de los que preocuparse.”

Hermione se despertó, aún tumbada en el frío suelo del baño. Se quedó ahí; si su estado depresivo
tenía alguna ventaja es que hacía que dormir fuese más fácil. Era como si su cuerpo se hubiera
rendido. La furia que había pasado meses cultivando se había derretido y la había dejado cansada y
apática, como si su cuerpo pesara demasiado incluso como para arrastrarlo por el suelo.

Podía dormir y dormir en un estado de perpetua desesperanza durante todo el día.


Se levantó del suelo, fue a su habitación y trepó a la cama, bajo las mantas; envolviéndose con
ellas.

Incluso su cerebro parecía estar cansado y lánguido. Como si incluso pensar le supusiera demasiado
esfuerzo.

Echó un vistazo al reloj. Eran casi las nueve de la noche. La bandeja con la cena estaba al lado de la
silla, pero Hermione no tenía apetito.

Se preguntaba por qué Malfoy estaba en Francia; probablemente para matar a más gente.

¿Aún estaría enmascarado, o lo haría con el rostro descubierto? Se preguntaba qué aspecto tendría
lanzando la Maldición Asesina. A la mayoría se les retorcía el rostro en una horrible mueca cuando
la lanzaban. Incluso a Voldemort. Pero la furia y el odio de Malfoy eran fríos. Quizá tenía el mismo
aspecto que había tenido cuando estaba matando a Montague.

Hermione se preguntaba si el haber sido expuesto como el Oficial Supremo era intencional.

Si Malfoy estuviera intentando tomar el poder de Voldemort, necesitaría ser conocido. Conocido y
temido. Ser expuesto había sido quizá un riesgo calculado, contando con que la necesidad de
Voldemort de un personaje público le salvaría la vida. Si las cosas e Rumanía eran tan inestables
como se daba a entender, Voldemort no podía matar a Malfoy ahora—aunque quisiera. Dejaría un
vacío de poder, desestabilizaría todo el ejército de Mortífagos, y le daría a Europa una oportunidad
de liberarse.

No había ninguna otra figura en el ejército de Voldemort ni remotamente comparable. Voldemort


tenía a gente gobernando de manera local, pero Malfoy era el único apoyo de Voldemort a nivel
continental.

El General más poderoso del ejército del Señor Tenebroso, como había dicho Astoria. Un General
durante años; como había dicho Malfoy de sí mismo.

Hermione se detuvo, confusa. ¿Malfoy había sido un General durante la guerra?

No recordaba que Malfoy fuese General. No recordaba mucho de él tras la muerte de Dumbledore.
Había supuesto que su ascenso de rango había ocurrido hacia el final de la guerra, pero quizá estaba
equivocada. Había sido difícil obtener información fiable al acercarse el final de la guerra.
Hermione no había sido incluida en la mayoría de las reuniones estratégicas de la Orden. Debía ser
un detalle que se le había escapado.

Había tantas cosas sobre Malfoy que se le antojaban incomprensibles… Su poder. El objetivo de su
ambición. Su talento irónico para sanar. Su capacidad para aparecerse.

Un ritual previsto para ser un castigo…

Hermione le dio vueltas al misterio en la cabeza.

Probablemente era a lo que se refería Voldemort cuando había hablado de Malfoy decepcionándolo
profundamente. Hermione se preguntaba que demonios podría significar. Los rituales de Magia
Negra por lo general resultaban tanto física como mentalmente corrosivos. Malfoy parecía
sospechosamente, incluso de forma antinatural, estar intacto.
De hecho, pensándolo bien, era imposible que Malfoy estuviera tan cuerdo.

Con la cantidad de Magia Negra a la que estaba expuesto, tanto por su propio uso como a través del
de Voldemort, debería estar envenenado con ella. A menos que estuviera pasando todo el tiempo
sometiéndose a rituales de purificación, su relativa salud era increíble.

Hermione se había encontrado mal solo de entrar en el Salón de Voldemort, mientras que a Malfoy
aparentemente no le había afectado en absoluto; y seguramente iba a aquel lugar varias veces a la
semana. A la gente no dejaba de afectarle la Magia Negra. Era como una droga venenosa. Adictiva.
Eficaz.

Letal.

Los Magos Oscuros tendían a usar tipos de Artes Oscuras más y más potentes hasta que se
corrompían, al igual que Voldemort, o enloquecían, como Lucius y Bellatrix.

Pero Malfoy estaba intacto. Tanto física como mentalmente estaba—inmaculado.

Y era capaz de aparecerse a través de un continente entero.

¿Cómo demonios era eso posible?

Hermione continuó dándole vueltas a aquella pregunta hasta que al final se rindió. No tenía
suficiente información como para elaborar ninguna teoría.

Pasó a un enigma diferente.

No se le ocurría cómo encajaba ella. Cualquiera que fuese el plan de Malfoy, aparentemente ella
debía jugar algún papel. Malfoy estaba demasiado entregado a su cuidado como para que no fuera
así. Hermione había supuesto que era simplemente porque se lo habían ordenado, pero comenzaba
a sospechar que sus atenciones iban más allá de aquello. Parecía estar personal y emocionalmente
implicado en ello. La forma en que la miraba; la intensidad era casi innegable. Ella era importante
para él o sus planes.

¿Dónde encajaba en su estrategia el no dejar a Hermione embarazada?

Él odiaba forzarla; ni parecía disfrutarlo ni lo intentaba. Le ponía enfermo. Así que, ¿no querría que
se quedara embarazada lo antes posible?

A menos que tuviese algo que ver con sus recuerdos. La idea de que el embarazo desbloquearía
esos recuerdos era como mucho hipotética. Pero si Malfoy sospechaba que había algo en su mente
que él no quería desbloquear… eso podría explicarlo.

Pero incluso sin el embarazo, los recuerdos estaban comenzando a salir lentamente a la superficie.

Si se quedara embarazada, eso le permitiría un acceso exclusivo a ellos durante nueve meses. Así
que mientras no estuviera embarazada, recuerdos aleatorios podrían surgir y Voldemort los vería.

¿Por qué iba a seguir sometiéndolos a ambos a cinco días traumáticos al mes?

Hermione no le encontraba explicación.

Continuó dándole vueltas.


El único elemento adicional que se le ocurría era que Malfoy sabía que ella preferiría morir antes
que quedarse embarazada.

¿Le importaría aquello?

Siguió preguntándoselo hasta que se quedó dormida.

Estuvo angustiada todo el día siguiente; con los nervios de punta e inquieta, hasta el punto de
preocuparse por si empezaría a arrancarse la piel. Apenas leyó por encima El Profeta antes de
comenzar a romperlo en cuadraditos y plegarlos en cualquier forma que se le ocurría. No podía
plegar grullas, pero podía hacer aviones y todo tipo de formas geométricas. Vertió su energía
nerviosa en ello hasta que le dolieron los dedos.

Comenzó a pasear por el ala norte, pasando los dedos por la pared mientras caminaba.

Cuando llegó la tarde, Hermione se bañó sin que se lo indicaran. Topsy no apareció, pero sí lo hizo
la cena. Hermione la ignoró. Eran casi las nueve cuando la elfina apareció en la habitación.

Topsy desvió los ojos cuando Hermione la miró.

“El amo ha vuelto. Debes prepararte.”

Hubo una pausa.

“Ya estoy preparada,” dijo Hermione.

Topsy asintió y desapareció.

Hermione se sentó en el borde de la cama.

Cuando Malfoy entró, se miraron el uno al otro a través de la habitación durante unos minutos.

No había nada que decir.

Él cruzó la habitación y sacó un frasco de Poción Calmante, que le entregó sin una palabra. Ella se
bebió el contenido, y se lo devolvió.

Mientras él se tomaba su propia poción, Hermione se deslizó hacia la cama y se tumbó de espaldas,
mirando fijamente el dosel que estaba encima de su cabeza.

No se inmutó cuando sintió que la cama se movía. No emitió un sonido cuando notó cómo le
apartaba las ropas y la dejaba expuesta. Cuando lo notó moverse entre sus piernas, se mordió el
labio mientras seguía mirando el dosel. Cuando él murmuró el encantamiento lubricante, ella apretó
los puños.

Cuando entró en ella, ahogó un jadeo y volvió el rostro hacia la pared con amargura, retorciéndose
de angustia por dentro.

Su cuerpo lo había anticipado. En sintonía y esperando. Estaba listo. Anhelante.

Era una traición terriblemente profunda.

Saber que su excitación era fisiológicamente normal no aliviaba la culpa.


Cuando la violación era impersonal, era soportable. Cuando la violación era bajo los efectos de una
droga, era soportable. Pero cuando solo era ella, solo su mente y fisiología, era lo peor de todo.
Retorcía y desgarraba algo en su interior.

Estoy siendo forzada y mi cuerpo lo está disfrutando, pensó con amargura, y deseó poder
acurrucarse.

Creyó que iba a vomitar.

No quería saber si Malfoy notaría la diferencia. Si lo sabría.

Miró a la pared e intentó no dejar escapar ningún sonido. Cuando terminó, se retiró de inmediato, le
bajó la falda de un tirón, cogió sus ropas y desapareció.

Ella no se dio la vuelta para ver que aspecto tenía antes de desaparecer. Solamente cerró las piernas
y se quedó tumbada. Notaba las lágrimas dejar fríos rastros en sus sienes.

Los dos días siguientes fueron iguales.

Tuvo poca sensación de alivio la mañana de después del quinto día. Solo se sentía fría.

Su habitación y su cama habían perdido todo el sentido de seguridad para ella.

Sacó ropa limpia del armario y recorrió el pasillo hasta el baño con ducha. Ahí se acurrucó sentada
en el suelo de la ducha y permaneció ahí, bajo el agua.

No tenía sentido negarlo. Las cosas habían cambiado. Nada era igual. Ya no.

La poción había sido un factor considerable, pero Hermione no podía negar otra serie de elementos.

Malfoy no era el monstruo que ella había creído que era al principio. Tras descubrir lo que les
estaba pasando a las otras subrogadas; después de lo que Montague había intentado hacerle;
después de Astoria; después de que la aterrorizaran las cosas crueles que Lucius Malfoy podría
idear si la transferían. La persona que creía que era Malfoy había cambiado.

Que la hubiera ‘salvado’ había cambiado las cosas.

La había tocado. Nadie la había tocado en muchísimo tiempo.

La había sanado, mucho más de lo que era necesario.

Ni siquiera quería violarla.

A pesar de que insistía en que su protección era enteramente por su propio interés—porque se lo
habían ordenado—estaba casi segura de que estaba excediendo con creces a lo que estaba obligado.

El poder de las esposas también contribuía. Desde el principio habían estado diseñadas para
cultivar sumisión y dependencia. Para eliminar su capacidad de resistirse.

Si podía resistirse a que Malfoy la forzara; si él estuviera reteniéndola físicamente mientras la


violaba, sería más difícil para ella resignarse y acostumbrarse a ello. Era el estar tumbada, en
silencio, experimentándolo. La expectativa de algo inevitable de lo que no tenía el poder para
resistirse.
Si las formas en las que le hacía daño fueran más voluntarias y menos obligatorias, sería más fácil
verlo como lo que era.

Aunque incluso entonces, la mente era cruelmente adaptable. La voluntad subconsciente de


sobrevivir estaba grabada en los humanos más profundamente que casi cualquier otra cosa. La
supervivencia no requería que Hermione estuviese intacta. Que estuviera decente. Que fuera ella
misma. La supervivencia se comería cualquier parte de ella que hiciera resistir más difícil.

Suavizaría el tormento en su mente. Se aferraría a cualquier atisbo de amabilidad. Haría que la vida
dejase de doler.

Si no tenía cuidado, le robaría hasta el último pedazo de su ser hasta que estuviera tan rota que
aceptaría su celda.

Hermione se estremeció bajo el agua ardiente que aun caía sobre ella.

Tenía que mantenerse alejada de Malfoy.

No hablaría con él. No se permitiría hacerle ninguna pregunta. Si él le preguntaba algo, respondería
lo más brevemente posible. Dejaría de relacionarse con él, de intentar comprenderlo.

Quizá no podía controlar loque hacía su cuerpo, pero sí podía controlar su mente. Lo que quisiera
de ella, tendría que sacárselo a la fuerza.

Dejó caer la cabeza sobre las rodillas y la invadió una sensación desoladora.

Estaba muy cansada de estar sola. Apretó los labios, luchando por no echarse a llorar.

Incluso sus recuerdos eran un abismo de soledad. Había estado sola casi todos los años de la guerra.

Estudiando sola en Hogwarts. Después formándose en Europa, no había tenido tiempo de nada más
que relaciones profesionales. Cuando estuvo de vuelta, prácticamente vivía en la planta de hospital.

Nunca había tiempo para amistades. Cuando tenía algo de tiempo libre, Harry y Ron estaban en
alguna misión. Cuando volvían, era casi siempre tras una batalla, cuando el trabajo de Hermione
era más necesario. Tenía muy pocos recuerdos en los que estaba con cualquiera de ellos en
circunstancias que no fueran profesionales.

Después, tras la batalla final, el encarcelamiento de Hermione bajo Hogwarts había sido como una
caída interminable. Sola. Sola. Sola. Hasta el punto en que su mente se había canibalizado a sí
misma.

Cuando al fin la habían sacado de ahí y la habían metido a la fuerza al programa de gestación, la
habían reducido a su función. Para la Sanadora Stroud era un útero. Para Voldemort era una fuente
potencial de inteligencia de guerra.

No era una persona.

Para nadie excepto para Malfoy.

Él la trataba como una persona. Respondía casi todas sus preguntas, y la miraba como si la viese.
Le hablaba. La trataba como si fuera personalmente importante para él. Cuando le hacía daño
siempre parecía ser por obligación o contra su voluntad.
El resto de personas solamente le hacían daño porque podían.

Incluso los elfos domésticos apenas la miraban.

No había trabajo sobre el que volcarse en la mansión de los Malfoy. Ningún vacío infinito en le que
perderse. Solo estaba Hermione, sentada y pensando y plegando papel; atrapada en una fría casa.

Malfoy era el único atisbo de calor o de vida o de contacto humano que tenía. Lo hubiera previsto o
no, Hermione se estaba aferrando a él en su desesperada soledad.

No podía.

Los había matado a todos. Los había asesinado o ejecutado a todos. Por voluntad o no, la estaba
violando. Ella era solo un peón para él.

No iba a traicionar la memoria de sus amigos de tan terrible manera. No iba a traicionarse a sí
misma.

Si moría en la Mansión de los Malfoy, lo haría aferrándose a los pedazos de sí misma que quedaran.
Como la muerte misma, Malfoy le había quitado todo lo que tenía, y estaba esperando a tomar más.

Podía alejarse de Malfoy. Podía negarse a colaborar a menos que la obligara o coaccionara.

Podía hacerlo. Lo haría.

Estaba acostumbrada a estar sola.

Pasó el resto del día resolviéndose. Preparándose. Malfoy tendría programada una sesión de
legeremancia. Siempre lo hacía después de los días fértiles.

Cuando lo hiciera, vería todos sus pensamientos. Probablemente se burlaría de ella.

Ella no respondería.

Pasó la tarde construyendo una torre de cartas.

El día avanzó. Llegó la cena. Malfoy no.

Hermione intentó no ponerse nerviosa. Intentó no mirar el reloj. Ignoró la presión en el pecho,
esperando que apareciera.

Probablemente lo estaba haciendo a propósito, se recordó. Quizá había estado leyendo su mente
cuando había estado pensando antes. Probablemente la estaba torturando a propósito.

Siguió esperando que apareciera en algún momento hasta que dieron las once, hora en la que
Hermione normalmente ya estaba dormida. Al final se fue a la cama.

No podía dormir.

Yació en la cama, preguntándose por qué él no había aparecido. Quizá estaba de viaje otra vez. El
periódico no decía nada, pero quizá era así. Igual había salido con Astoria a algún evento,
Hermione no creía recordar que se mencionara nada en las páginas de sociedad. Quizá solo habían
salido a cenar. ¿Astoria y él saldrían a cenar juntos?
Hermione se quedó tumbada en la cama, haciéndose preguntas, hasta que el reloj indicó que eran
casi las dos de la mañana.

Se levantó de la cama. La luna estaba casi llena.

Se dirigió a la puerta y salió de la habitación para vagar por los pasillos bañados en luz de luna del
ala norte. El retrato la siguió como un pálido espectro.

Hermione pasaba los dedos por la pared mientras caminaba. Nunca había tenido ataques de
ansiedad dentro de la mansión, pero la sensación de la pared bajo las yemas de sus dedos le daba
estabilidad.

La luz de la luna proyectaba largas sombras afiladas a través del suelo y las paredes.

Una idea la golpeó de pronto. ¿Y si Malfoy moría? ¿Lo sabría siquiera? Probablemente no. No en
unos días. La Sanadora Stroud vendría y se llevaría a Hermione para transferirla a otro
legeremante. Quizá Voldemort traería a Snape de Rumanía y le ordenaría dejarla embarazada en el
lugar de Malfoy.

¿Y si ya estaba embarazada? La idea la dejó paralizada. ¿Y si estaba embarazada y Malfoy moría?


¿Esperaría Voldemort a que diera a luz y después le arrancaría los recuerdos él mismo? ¿U
ordenaría a Stroud que le practicara un aborto para poder transferirla? ¿Si llegara a término, qué
sería de él? ¿Voldemort le entregaría el bebé a Astoria?

Astoria lo mataría. Lo torturaría hasta la muerte. Si se parecía a Malfoy y a Hermione, Astoria


probablemente le arrancaría los ojos y lo quemaría vivo, lo mataría de hambre…

Hermione profirió un grito ahogado y comenzó a hiperventilar en el pasillo.

No podría hacer nada. Nada. No podía hacer nada.

Había pasado meses deseando que Malfoy muriera, pero ahora la idea la aterrorizaba.

¿Y si estaba muerto?

Comenzó a respirar más y más rápido. Sentía un hormigueo en los brazos y en las manos, como si
tuviera agujas acariciándole la piel. Notaba una presión en el pecho como si se lo estuvieran
aplastando. No conseguía tranquilizarse.

De repente algo se movió en la oscuridad. Hermione se detuvo, ahogó un grito y miró a su


alrededor.

Malfoy salió de la sombra. Hermione estaba segura de que no había estado ahí hacía un momento.

La luz de la luna se reflejó en su pálido rostro y su claro cabello, tenía un aspecto aterrador y
angelical al mismo tiempo.

Lo escrutó, sintiendo cómo el pánico se disipaba. No estaba muerto o muriéndose. El alivio que
sintió al verlo—

Intentó no darle muchas vueltas mientras lo observaba cuidadosamente.

Había algo en su rostro…


La tensión parecía algo mitigada comparada con la fría expresión a la que estaba tan acostumbrada.
Parecía estar menos al borde del colapso.

Se acercó a ella. Sus ojos bajando por su cuerpo, evaluándola.

“Granger.”

Su nombre salió de sus labios como un ronroneo. Ella sintió cómo la atravesaba un escalofrío de
incertidumbre. Nunca la había llamado por su apellido, ni una vez desde que llegó. Siempre era
Sangre Sucia.

Abrió los ojos, sorprendida.

Había bebido.

Su paso era firme y su voz bien articulada, pero—estaba segura.

No se movió.

Él se aproximó, tanto que ella tuvo que retroceder, pero él siguió acercándose. Hasta que ella
estuvo atrapada contra la pared, con él a apenas unos centímetros.

“Ah, Granger.” Suspiró, mirándola desde arriba. Alzó una mano y la colocó en su cuello, pero no
apretó; solamente la dejó ahí. Podía sentir su calor penetrando en su piel.

Ella alzó la mirada hacia él. Incluso habiendo bebido, su expresión era una máscara. No estaba
segura de lo que pretendía hacer a continuación. Él pasó el pulgar por su cuello y ella sintió cómo
se le erizaba la piel.

Suspiró de nuevo. “Si hubiera sabido el dolor que ibas a causarme, nunca te habría tomado para
mí.”

Permaneció quieto, con la mano en su cuello. Podía sentir su propio pulso aleteando contra la mano
de él. No estaba segura de a qué se refería; si debería disculparse.

Podía oler el alcohol en su aliento.

“Pero,” dijo, un momento después, “llegados a este punto, supongo que merezco arder. Me
pregunto si tú arderás también.”

Su rostro estuvo de pronto muy cerca del de ella, notaba el aliento de sus palabras acariciarle la
piel.

Sus labios se estrellaron contra los de ella.


Capítulo 24
Chapter Notes

Advertencia: Este capítulo contiene un breve episodio de autolesión.

Sabía a whisky de fuego.

Fue un beso violento. El momento en que sus labios entraron en contacto, él estrechó el cuerpo de
ella contra el suyo. Deslizó la mano que descansaba en su cuello hacia su nuca, enredando los
dedos en su pelo mientras hacía el beso más profundo. Alzó la otra mano para acunar su mejilla con
la palma por un momento, antes de bajarla por el contorno de su cuerpo.

Le reclinó la cabeza mientras continuaba besándola. Empujando la lengua dentro de su boca antes
de retirarla para morderle el labio inferior. Fuerte como para que doliera, pero no sangrara.
Entonces, mientras ella jadeaba, sin aliento, separó los labios y comenzó a besar su cuello.

Hermione estaba en shock. Dócil y aturdida entre sus posesivos brazos.

Él estaba tirándole de las ropas. Notó cómo su capa se deslizaba hasta el suelo y cómo los botones
de la parte de arriba de su vestido se abrían al sentir el frío aire de la mansión. Él le arrancó los
botones, exponiéndola, y explorando su piel desnuda.

Estrechó su cuerpo contra el suyo mientras le retiraba el vestido de los hombros, desnudándola
hasta la cintura.

El aire frío le mordió la piel, y notó que sus pezones se endurecían mientras las manos de él se
alzaban para sostener sus pechos y acariciarlos. Su boca estaba en el punto donde se unían su cuello
y su hombro, y estaba besando y mordiendo por el camino cuando alcanzó un punto concreto y ella
—gimió.

Ambos se quedaron inmóviles.

Malfoy se apartó de un tirón.

Se quedó mirándola. Ella estaba reclinada contra la pared, medio desnuda y—excitada.

Él tenía los ojos muy abiertos, como si acabara de volver en sí. Permaneció unos segundos con
aspecto de sorpresa antes de que la máscara volviera a ponerse en su sitio. Se le endureció el rostro
y esbozó una sonrisa torcida.

“Al parecer si que has aceptado tu lugar,” dijo con una mirada lasciva.

Entonces giró sobre sus talones y desapareció en la oscuridad.

Hermione se quedó en shock. Estaba paralizada, y un sentimiento devastador la invadió.


Ella—había sido…receptiva. Con Malfoy.

Su docilidad no había estado condicionada por las esposas. Ni siquiera se le había ocurrido
rechazarlo. No se le había ocurrido que pudiera querer.

Él la había besado y ella le había—dejado. No se había sentido asqueada. Había estremecido la


soledad y el dolor en su interior. Que la tocaran. Alguien con manos cálidas acariciándola. Era un
anhelo que estaba enlazado con cada fibra de su ser.

Atrapada en aquella mansión, estaba aferrándose a cualquier atisbo de ternura que pudiera
encontrar.

Pero no era ternura.

Malfoy no era tierno; simplemente no era cruel. No era todo lo terrible que podría llegar a ser.
Poseía los más insignificantes fragmentos de decencia.

Al parecer, en su mente fracturada, una ausencia de crueldad era un consuelo. Para su corazón
privado de afecto, era suficiente.

Un sollozo ahogado salió de su garganta, y reunió sus ropas antes de correr a su habitación.

Abrió de golpe las puertas de su armario, sacó otro conjunto de ropa y se lo abrochó lo más rápido
que pudo. Después se envolvió a sí misma con los brazos para darse sensación de seguridad. De
decencia.

Estaba por encima de aquello.

No iba a dejar que sus instintos de supervivencia psicológicos la engañaran para enamorarse de un
monstruo; para anhelar la atención de la persona que había empezado la guerra; para ser receptiva
con el hombre que había asesinado a sus amigos.

No podía dejar que su mente racionalizara el enamorarse de su violador solo porque no era tanto el
monstruo que podría llegar a ser.

No podía. No lo permitiría.

No lo permitiría.

No lo permitiría.

No podía soportar que su cuerpo la traicionara. No se dejaría traicionar por su mente.

Prefería romperla.

Tenía que salir de la mansión.

Colocó la mano en la fría ventana y miró con desesperación el paisaje iluminado por la luna.

Entonces echó la cabeza hacia atrás, y la golpeó contra el cristal con todas sus fuerzas.

El cristal irrompible no se quebró. Era imposible.


Se golpeó la cabeza otra vez.

Y otra.

Y otra.

Le caía sangre por los ojos, pero no paró.

Otra vez.

Otra.

Un brazo se cerró alrededor de su cintura y una mano le envolvió ambas muñecas mientras la
separaban del cristal.

Se retorció. Intentando liberar las manos. Clavando los dedos de los pies en el suelo de madera para
volver a donde estaba.

Sollozando.

“Granger. No—no.” La voz de Malfoy estaba cerca de su oído.

Intentó zafarse inútilmente mientras lloraba y lloraba.

Estaba terriblemente cansada de estar sola y triste. Quería acabar con ello. Si seguía existiendo en
aquella casa iba a intentar buscar algún consuelo. Cualquier cosa menos estar sola para siempre.

Quería que la tocaran. Quería sentirse segura, aun si era solo una ilusión. Quería—

Pero no podía.

No podía traicionarlos a todos de aquella manera. Harry. Ron. Minerva. Ginny…

No podía traicionarse a sí misma de aquella manera.

“No puedo—no puedo—“ Sollozó, intentando liberarse de nuevo.

“No te hagas daño. Granger, es una orden. No te hagas daño.” Malfoy rugió la orden mientras la
arrastraba más lejos de la ventana.

Ella siguió retorciéndose.

“Para.”

La orden fue un gruñido.

“Deja de intentar hacerte daño físico.” La voz le temblaba.

Notó que las esposas de sus muñecas se calentaban al haberlas invocado, y ella luchó contra la
magia.

“¡No—!” Gritó entre sollozos mientras sentía crecer la magia hasta que finalmente apagó su mente
y su cuerpo quedó débil.
Se desplomó contra Malfoy. Él le soltó las muñecas y le envolvió los hombros con los brazos con
fuerza, como si esperara que fuera a lanzarse hacia la ventana de nuevo.

Se quedó ahí, temblorosa y llorando en silencio en sus brazos. La sangre le caía por la cara,
goteando desde sus labios y su barbilla hacia el suelo.

“Bueno—” dijo Malfoy con voz tensa tras unos minutos. “Has conseguido burlar las esposas, por lo
que veo.”

Desplomada sobre él, se dio cuenta sin entusiasmo de que era cierto.

Las compulsiones existían en su mente. La orden era no hacerse daño, pero no especificaba
ninguna diferencia entre daño físico y daño psicológico. Así que—en un estado de suficiente
angustia mental—había conseguido circunvalarlo. Se estaba haciendo daño de ambas formas; no
podía evitar que su mente le hiciera daño. La compulsión se había anulado.

Siempre había estado en su cabeza.

Su interpretación de las compulsiones siempre había sido el factor limitante. La orden de ser
silenciosa: la había interpretado como que Malfoy no le permitía hablar sin permiso porque asumía
que sería así de rencoroso. Así que no había sido capaz de hablar. Si lo hubiera interpretado como
algo más simple, como no hablar en voz muy alta, podría haber hablado; a menos que Malfoy
hubiera clarificado y hubiera hecho la compulsión más específica.

Las compulsiones estaban hechas para evitar la desobediencia deliberada.

Cuando no estaba pensando en el hecho de que estaba desobedeciendo una orden, cuando estaba
reaccionando por instinto o hablando sin pensar, siempre había podido evitar las compulsiones.
Simplemente no se había dado cuenta.

“Supongo que sí,” dijo débilmente, poniéndose en pie de nuevo.

Las manos de él se retiraron. Algo dentro de Hermione se retorció ante la pérdida de contacto.

Él la hizo volverse y usó un hechizo para limpiar la sangre de su rostro y le aplicó un


encantamiento sanador donde se había abierto la piel. Le palpitaba la cabeza en el punto en que se
había golpeado.

“¿Por qué?” Preguntó Malfoy con dureza. “¿Por qué esta necesidad tan repentina de llegar a tanto?”

Ella lo miró. Estaban de pie a centímetros el uno del otro. Sus ojos grises de acero la estaban
escrutando con cuidado. Había tomado una poción de sobriedad desde que la había besado; podía
olerla en su aliento.

“¿Por qué no?” dijo ella con voz triste. “Las opciones siempre han sido escapar o morir.”

“Pero esta es la primera vez que has estado lo suficientemente absorta en ello como para
conseguirlo. ¿Por qué hoy y no ayer, o el día que me fui a Francia?”

Así que se había dado cuenta de que se había vuelto receptiva en contra de su voluntad. A
Hermione se le torció el gesto y desvió el rostro, poniendo la mejilla contra el hombro.

No le hables. No es tu amigo.
“No necesito que hables para obtener la respuesta,” dijo tras unos minutos. “Aunque pensaba que lo
preferirías. Tenemos pendiente una sesión de legeremancia, después de todo.”

Hermione cerró la boca, pero sus ojos se desviaron hacia la cama. No quería tumbarse en una cama
frente a él otra vez. Si invadía su mente para obtener la respuesta, vería lo patética y
desesperadamente sola que estaba. Lo importante que se había vuelto para ella.

Si respondía la pregunta, tendría cierto control sobre la narrativa.

Abrió la boca varias veces mientras se preguntaba por dónde empezar. Tenía tanto frío que le dolía
la piel. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos lentamente.

“Creo que estoy empezando a desarrollar Síndrome de Estocolmo,” dijo finalmente en voz baja.
“Es un fenómeno psicológico muggle. Un instinto de supervivencia o mecanismo de afrontamiento,
supongo que se podría decir así.”

Guardó silencio y volvió la vista hacia Malfoy. Tenía el rostro inexpresivo, al parecer esperando
que desarrollara más. Volvió el rostro.

Él suspiró, irritado. “Bien, vamos a hacer esto por las malas. Muy bien. Legeremancia será.”

Hermione se puso tensa y redondeó los hombros en ademán defensivo. “Es algo que ocurre a veces,
la victima puede comenzar a sentir apego hacia su captor—por la dependencia.” Se obligó a decir,
con voz temblorosa. No miró a Malfoy.

Se forzó a continuar.

“No sé mucho sobre el tema. No tuve tiempo de estudiar piscología. Pero, creo que estoy
empezando a racionalizar tu comportamiento; justificar lo que haces. La falta de crueldad se
convierte en amabilidad. Es—es un mecanismo de supervivencia, así que funciona por reacciones y
adaptación subconscientes. Para conseguir desarrollar una auténtica conexión emocional, podría
comenzar a sentir algo por ti…” Se le cortó la voz y perdió el hilo por un momento.

Hubo una pausa.

“Sinceramente, preferiría que me violara tu padre a sentir algo por ti,” dijo finalmente, mirando la
sangre del suelo.

Se hizo un silencio rotundo, y vio cómo Malfoy cerraba lentamente los puños.

“Bien,” dijo tras unos segundos, “con suerte ya estarás embarazada, y no tendrás que sufrir las
atenciones de ninguno de los dos. Te dejaremos en paz.”

Se volvió para marcharse. Sin pensarlo, Hermione alzó la mano y agarró sus ropas. Él se detuvo.
Ella sollozó por lo bajo, pero agarró con más fuerza la tela, bajando la cabeza y apoyándola en su
pecho. Olía a musgo y cedro, y ella se estremeció y se acercó más a él. Las manos de Malfoy se
alzaron para descansar en sus hombros, y pudo sentir el calor que emitían penetrando en su piel, sus
pulgares acariciándola suavemente hasta que dejó de temblar.

Entonces sus manos se detuvieron y la empujó con brusquedad. Hermione se tambaleó hacia atrás y
casi se cayó a la cama mientras él se alejaba de ella. Sus ojos eran fríos, y había algo desconocido
para ella en su expresión que no conseguía descifrar.
La escrutó desde arriba durante un momento, con la mandíbula apretada, y después inspiró
súbitamente y soltó una risa suave y amarga.

“Tú no tienes Síndrome de Estocolmo.” Alzó una ceja.

“A ti no te importa sobrevivir. En Gryffindor siempre estáis impacientes por morir.” Sus labios se
curvaron en una mueca cuando dijo ‘Gryffindor’. “Después de todo, has estado fantaseando con un
gran asesinato-suicidio para nosotros dos durante meses. No, lo que te está comiendo por dentro no
es la supervivencia; es la soledad. Pobre pequeña sanadora, sin nadie a quien cuidar. Nadie que te
necesite. O te quiera.”

Hermione lo miró, atónita, mientras continuaba.

“No puedes soportar estar sola. No sabes cómo afrontarlo. Necesitas alguien a quien querer; harías
cualquier cosa por las personas que te dejan quererlas. Eso es lo que fue la guerra para ti, ¿no?
Querías luchar, pero fuiste lo suficientemente inteligente para darte cuenta de que otro duelista
temerario de diecisiete años no iba a cambiar el resultado de la guerra—no de la forma en que
podía hacerlo una sanadora. No creo que ninguno de tus amigos lo valorase, ¿verdad? Que la
decisión fue un sacrificio para ti.”

Hermione palideció.

“Potter y el resto de tus amigos eran demasiado estúpidos e idealistas como para apreciar las
decisiones que tomaste. Toda una carga, ser una de las pocas personas lo suficientemente
inteligentes para comprender lo que es necesario para ganar; una de las pocas realmente dispuestas
a pagar el precio que demanda la victoria. Nunca valoraron nada de aquello. Dejaste que te
enviaran donde quisieron. Después, cuando volviste, dejaste que te mataran a trabajar. No hay
reconocimiento ni gloria para los sanadores—no como para los que luchan. Incluso Ginny se dio
cuenta de ello. Cuando Creevey murió, le dieron a Potter días de duelo solo porque lo presenció. Tu
fuiste quien intentó salvar al chico, ¿y qué te dieron a ti? ¿Cuatro horas hasta que te esperaran en tu
puesto otra vez?”

“No—eso—no era—así.” Hermione tenía los puños tan apretados que le dolían los huesos.

“Así es exactamente como era. Tú quizá puedas engañarte a ti misma, pero yo he pasado tantas
horas dentro de tus recuerdos que probablemente los conozco mejor que los míos. Habrías hecho
cualquier cosa por tus amigos; habrías tomado todas las decisiones difíciles y pagado el precio sin
una sola queja; te habrías prostituido por el esfuerzo de guerra. Pero, por favor, cuéntame, porque
sinceramente tengo curiosidad, ¿qué hizo alguna vez Potter por ti para merecerlo?”

Ella lo fulminó con la mirada. “Harry era mi amigo. Era mi mejor amigo.”

Malfoy se burló. “¿Y?”

Hermione desvió la mirada y dejo escapar un suspiro entrecortado. “Nunca había tenido amigos—
cuando era pequeña. No conseguía encajar, era demasiado estudiosa. Quería tenerlos más que nada,
pero nadie nunca quiso ser mi amigo. Cuando me enteré de la existencia de Hogwarts, pensé—
pensé que todo sería diferente, que ser una bruja era la razón por la que nunca había encajado. Pero
—cuando llegué—aún era diferente y estudiosa y nadie quería tener nada que ver conmigo. Harry
—Harry fue la primera persona que me dejó ser amiga suya. Habría hecho cualquier cosa por él.”
Ahogó un sollozo y tragó saliva. “Además—no es que tuviera alguna oportunidad sin él.”
Hubo una larga pausa.

“Eso es lo más patético que he escuchado en toda mi vida,” dijo Malfoy finalmente, alisándose la
túnica. “¿Qué es pues? ¿Soy tu Potter de repuesto?” Se burló. “¿Si alguien te dirige la más mínima
palabra, no puedes evitar aferrarte a ellos? Las putas del callejón Knockturn cuestan más que tú.”

A Hermione le tembló la mandíbula, pero Malfoy no había terminado. “Vamos a dejar algo claro,
Sangre Sucia. No te quiero. Nunca te he querido. No soy tu amigo. No hay nada que me brindaría
más felicidad que acabar con esto de una vez.”

“Lo sé—“ Dijo Hermione en voz baja y hueca.

“Aunque…” dijo Malfoy tras una pausa, “no puedo negar que te has soltado conmigo últimamente.
Tendré que darle las gracias a Stroud.”

Él le repasó el cuerpo con los ojos. Hermione inspiró con indignación y lo miró con furia.

Entonces esbozó una mueca burlona. “¿De verdad? ¿Es por eso por lo que me has besado? ¿Por la
poción?”

Él se encogió de hombros y la miró con la misma mueca burlona y los ojos fríos. “¿Qué puedo
decir? La violación realmente no es ‘lo mío’. Sin embargo, tu creciente apego es tanto fascinante
como entretenido de experimentar. Nunca imaginé que serías de las que pudieran fantasear con que
mis cuidados obligatorios indicaban algún tipo de cariño. No puedo ni imaginarme lo mucho que le
divertirá al Señor Tenebroso presenciarlo en un par de días. La Sangre Sucia de Potter, enamorada
del Mortífago que la viola. No creía que fuera posible que fueses más patética, pero al parecer con
la sangre impura siempre hay un punto más bajo.”

Se volvió para marcharse y entonces se detuvo. “Volveré más tarde para encargarme de tus
recuerdos. Por favor, no asumas que estoy muerto porque de vez en cuando tenga mejores asuntos
en los que invertir mi tiempo que pasearme por tu pobre y trágica vida.”

Resopló con desdén una última vez y salió a grandes zancadas de la habitación.

Cuando volvió al día siguiente, Hermione apenas se había movido. La estudió durante varios
minutos. Ella no alzó la vista ni dio ningún signo de reconocimiento hacia su presencia.

“A la cama,” ordenó finalmente.

Hermione se levantó sin decir una palabra y se sentó en el borde de la cama. Miró fijamente al
suelo. No necesitaba sus ojos.

Hubo una pausa antes de que entrase a la fuerza en su mente.

Pasó la mayoría del tiempo examinando su recuerdo de Snape. Apenas miró por encima sus
recuerdos recientes. Cuando llegó al presente, se retiró y se marchó sin decir una palabra.

Hermione se sentía—como muerta. Si se hubiera mirado al espejo y hubiera descubierto que era un
fantasma apenas se hubiera sorprendido.

Un vacío helado.

Era todo lo que sentía.


Se quedó acostada en la cama y musitó disculpas a sus amigos por fallarles a todos.

Cuando vino Stroud seis días después, Hermione cruzó la habitación en silencio y se sentó en el
borde de la camilla; abriendo la boca de forma mecánica para el veritaserum.

“No tienes muy buen aspecto,” dijo Stroud, alzando levemente las comisuras de la boca mientras la
inspeccionaba. “¿Cómo han ido los intentos de concepción este mes?”

“No lo se. ¿No es eso por lo que estás aquí?” Dijo Hermione con tono amargo, mirando a su regazo
y jugueteando con la tela de su falda.

Stroud soltó una fría risa. “Chica lista.”

Hubo una pausa mientras Stroud realizaba el encantamiento de detección del embarazo. Después
una pausa más larga.

“Estás embarazada.” El tono de Stroud era triunfante.

Las manos de Hermione se detuvieron.

No.

Por favor, no.

Hermione se sentía como si de repente la hubieran sumergido en agua helada; sin aire, y con una
presión que parecía aplastarla desde todos los lados. Podía escuchar su ritmo cardiaco acelerarse
hasta que el sonido de la sangre en sus oídos fue todo lo que pudo escuchar.

Stroud comenzó a hablar, pero Hermione no distinguía las palabras.

No podía respirar.

Stroud le estaba hablando en voz más y más alta. Las palabras eran indescifrables. Hermione jadeó
al intentar meter oxígeno en sus pulmones, pero tenía la garganta cerrada—como si la estuvieran
estrangulando.

Le latía tan fuerte el corazón que una sensación punzante le atravesaba el pecho.

No. Por favor, no.

Stroud estaba de pie frente a ella, mirándola a la cara. Stroud no dejaba de decir algo, una y otra
vez. El movimiento que hacían sus labios era el mismo cada vez que la sanadora se acercaba,
gesticulando. Hermione no distinguía las palabras. La expresión de Stroud se volvía cada vez más
impaciente al repetirse. El sonido se entremezclaba en un rugido indescifrable.

Hermione no podía respirar; le ardían los pulmones al intentarlo. Los contornos del rostro de la
sanadora se estaban difuminando, como si se estuviera derritiendo en el aire de alrededor.

Todo se volvía más y más borroso. Hermione sentía como si le estuvieran clavando agujas en las
manos y en los brazos.

De pronto Malfoy estaba frente a ella; con las manos en sus hombros.
“Cálmate.”

Su dura voz atravesó la niebla.

“Respira.”

Hermione tomo aire entrecortadamente; y entonces rompió a llorar.

No. No. No estés embarazada. Que la entregasen a Lucius, que dejaran que la violase y la torturase
hasta la muerte.

Cada vez que inspiraba era como si le desgarraran el esófago con un cuchillo.

“Oh dios—No…” Sollozó las palabras una y otra vez, temblorosa.

“Respira. Tu solo respira,” dijo Malfoy. Se le veía descompuesto. Apretaba la mandíbula mientras
la miraba y observaba cómo intentaba tomar aire.

Le tomó varios minutos dejar de tomar aire solamente en inhalaciones entrecortadas, y poco a poco
fue inhalando y exhalando alternamente. Él aflojó poco a poco las manos y se volvió lentamente
para fulminar a Stroud con la mirada. Tenía una expresión enfurecida.

“Sabes que es propensa a los ataques de pánico. No puedes soltarle así la información,” dijo con
tono furioso, aún sosteniendo a Hermione firmemente por los hombros mientras ella lloraba.

“Creía que los ataques solo estaban causados por los espacios abiertos.” Stroud cruzó los brazos
sobre el pecho, y alzó el mentón. “Dado lo mucho que la aterroriza su padre, pensé que se sentiría
aliviada.”

“Quizá deberías intentar pensar más,” dijo Malfoy con frialdad. “Estoy empezando a sospechar que
la estás traumatizando a propósito. La amenazas con mi padre y le administras un afrodisíaco con
avisarla. ¿Está intentando que le dé un ataque?”

La Sanadora Stroud resopló mientras proyectaba un hechizo diagnóstico sobre Hermione. “No
estoy haciendo nada que comprometa sus recuerdos; no tiene de qué preocuparse. He estado
bastante impaciente por su recuperación incluso antes de haberme enterado de que ella era la
responsable de lo que ocurrió en Sussex.” Stroud lanzó una fría mirada a Hermione. “Tengo
curiosidad sobre cómo una bruja que ni siquiera se graduó en Hogwarts, y sin ningún tipo de
formación oficial, construyó sin ayuda una bomba capaz de matar a todos mis compañeros.”

Hubo una larga pausa, interrumpida por los sollozos entrecortados de Hermione mientras Malfoy
escrutaba a Stroud.

“Ella era una terrorista de la Resistencia, formada por toda Europa para convertirse en sanadora
especializada en deconstruir las maldiciones de Sussex; por no mencionar que tenía una maestría de
pociones. Si podía desmontar y neutralizar una maldición, también podía usarla. Si tanta curiosidad
te generaba, podrías haberme preguntado a mí,” dijo con frialdad. “Torturarla psicológicamente no
va a darte las respuestas, especialmente dado que ella no tiene recuerdos de aquello. Tu programa
no es una oportunidad de cobrarte venganza. Pareces haber olvidado que no tolero que ningún
necio la altere.”

“No estaba—”
“Sí lo estabas. El Señor Tenebroso la ha puesto bajo mi cuidado. Eres consciente de lo precario que
es su estado. He invertido considerables recursos y esfuerzo para mantener su ambiente estable.
Dado que el Señor Tenebroso no tuvo objeciones cuando ejecuté a uno de sus seguidores con la
marca por interferir, ¿de verdad crees que se molestaría lo más mínimo por ti?”

La palidez de Stroud se volvió mortecina. “Mi programa—”

“Es una farsa.” Malfoy esbozó una mueca mientras lo decía. “La razón por la que no moriste junto
a tus `compañeros` en Sussex es porque tu propuesta no tenía una base suficientemente científica
como para cualificar para tener un laboratorio ahí. ¿Dónde están tus ensayos? ¿O tus estadísticas y
datos históricos? El espectáculo que estás tan dispuesta a proveer a las páginas de sociedad tiene
suficientes fondos y personal como para continuar sin ti.” Había un brillo despiadado en los ojos de
Malfoy mientras hablaba. “Esta es la única advertencia que te hare. Ya no le está permitido estar a
solas con ella. La visita de hoy ha terminado. Si tienes instrucciones sobre su cuidado, me las darás
a mí. ¡Topsy!”

La elfina doméstica apareció con un `crack’. Malfoy no apartó los ojos de Stroud.

“Acompaña a Stroud a la sala de estar. Bajaré cuando me encargue de la situación aquí.

Stroud resopló, ofendida, pero aún estaba pálida y le temblaban las manos al recoger sus
documentos. Al cerrase la puerta, Malfoy se volvió para observar a Hermione. Había dejado de
llorar y estaba tratando de respirar con regularidad.

Él suspiró suavemente y la ayudó a ponerse de pie.

“Ven,” dijo, y la condujo por la habitación hasta su cama, escrutándola con cautela antes de
estrechar el brazo hacia su túnica y sacar un frasco de Sueño sin Sueños. “Teniendo en cuenta
eventos recientes me temo que no confío en dejarte sola y consciente. Tómate esto.”

Hermione extendió una temblorosa mano y aceptó el frasco, pero se quedó mirándolo, vacilante.
Seguía respirando entrecortadamente.

“Algunas pociones pueden provocar anomalías fetales. No—no recuerdo si la de Sueño sin Sueños
es segura,” dijo con voz débil.

“Es segura.”

Alzó la vista hacia Malfoy. ¿Cómo demonios iba a saberlo?

Él le sostuvo la mirada. “Me preocupaba que pudiera ocurrir algo así si alguna vez te quedabas
embarazada. Lo verifiqué.”

Ella aún dudaba.

“No te lo estoy pidiendo. Si te niegas te obligaré,” dijo con voz severa.

Hermione apretó los labios y tragó saliva mientras su pecho seguía contrayéndose. Descorchó el
frasco con dificultad y se lo llevó a los labios. Tan pronto como se tomó el contenido, se atragantó
y rompió a llorar de nuevo. El frasco se le escapó de las manos y cayó al suelo, rompiéndose en
pedazos.
“Oh dios…” sollozó entre las manos mientras la poción se extendía por su organismo y la golpeaba
como una ola negra. Se hundió en la cama. “Oh dios…dios mío…por favor.”

Se le cerraron los ojos mientras lloraba. Fue vagamente consciente de que le levantaban las piernas
y las colocaban en la cama. Se hundió en la oscuridad.

“Lo siento, Granger.”


Capítulo 25
Chapter Notes
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Cuando Hermione abrió los ojos, era ya bien entrada la tarde. Volviendo la cabeza, encontró a
Malfoy frente al retrato de la pared, hablándole en voz baja.

La bruja del retrato inmediatamente se percató del movimiento de Hermione e hizo un ademán por
encima del hombro de Malfoy. Él dejó de hablar y se dio la vuelta para mirarla.

Parecía muy cansado, y no demasiado entusiasmado por su inminente paternidad.

Hermione se sentía como si fuera a vomitar.

Cerró los ojos con fuerza, se acurrucó e intentó no echarse a llorar de nuevo. Escuchó el sonido de
los pasos de Malfoy cruzando la habitación y acercándose a su cama.

Hubo un largo silencio, sentía sus ojos clavados en ella. Ella acercó el mentón al hombro y deseó
que se marchase.

“No tienes permitido hacerte daño, ni hacer nada que pueda provocarte un aborto.”

No era una declaración, era una orden. Notó el pulso de calor alrededor de sus muñecas.

“Estoy seguro de que intentarás racionalizarlo como el ser protectora en un intento de evitar las
compulsiones, pero no lo es. No tienes permitido hacer nada que pueda poner fin a tu embarazo.”

Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y gimió levemente.

“Topsy te supervisará todo el tiempo a partir de ahora, para asegurar que no sufres ningún
infortunio como tropezarte en las escaleras, o masticar una rama de tejo. Ha cuidado de brujas
embarazadas en otras ocasiones, así que es consciente de lo que puedes y no puedes comer o beber.
Tiene mi permiso para contenerte inmediatamente si intentas cualquier cosa.”

Hermione no dijo nada. Malfoy permaneció de pie al lado de su cama durante unos minutos antes
de suspirar suavemente. Escuchó el sonido de sus pasos alejándose y el clic de la puerta.

Se quedó en la cama, y alternó entre llorar y dormir; acurrucada con fuerza, abrazándose el vientre
con los brazos en ademán protector.

“Lo siento. Lo siento. Lo siento tantísimo,” murmuraba una y otra vez. “Haría cualquier cosa por
librarte de este mundo.”

Malfoy volvió a visitarla pasados cuatro días.

“No puedes quedarte aquí tirada lamentándote durante nueve meses,” dijo. “Tienes que comer.
Deberías salir al exterior.”

Hermione lo ignoró y deseó que se marchara. A menos que la sacara de la cama a la fuerza no tenía
ninguna intención de moverse. Hubo una larga pausa. Sentía su mirada clavada en ella.
“Tengo una cosa para ti,” dijo finalmente.

Notó que algo pesado presionaba las mantas y echó un vistazo. Había un grueso libro a su lado.
Guía para el Cuidado Efectivo de Embarazos Mágicos y Partos.

Cerró los ojos de nuevo.

“No puedo tocar tus libros,” dijo con voz temblorosa, torciendo la boca mientras hablaba. “Astoria
les puso un hechizo contra los Sangre Sucia.”

“Este no es de la biblioteca de la mansión.” Malfoy sonaba levemente divertido. “No te va a


quemar.”

Hubo una pausa.

“Cuento con que saldrás de la cama mañana.”

Cuando se fue, Hermione abrió los ojos de nuevo y extendió el brazo con cuidado hacia el libro,
apoyando con recelo un dedo en la portada. No tuvo sensación de calor cuando entró en contacto
con él.

Lo tomo en los brazos, estrechándolo con fuerza contra su pecho.

Al día siguiente, Hermione se obligó a salir de la cama y acercarse a la ventana. El libro era nuevo;
el lomo de cuero crujió suavemente al abrir la tapa, y las páginas olían a aceite de máquina y tinta.
Tenía ocho centímetros de ancho y estaba impreso en papel biblia. Comenzó por el índice y leyó sin
parar durante horas.

Era un manual de medicina, no una guía divulgativa sobre el embarazo. Era considerado por parte
de Malfoy el haberse dado cuenta de que ella lo preferiría.

Estaba absorta en un capítulo sobre la influencia de la regulación endocrina en la invasión


trofoblástica adecuada cuando Malfoy entró en su habitación una vez más.

Ella se aferró a los bordes del libro instintivamente mientras él la miraba con expresión
contemplativa.

“¿Cuándo fue la última vez que saliste?” preguntó finalmente.

Hermione vaciló y tragó saliva. “El día que te fuiste a Francia. Salí afuera.”

Entrecerró los ojos. “¿Cuánto rato?”

Hermione apretó la mandíbula y se sonrojó. “Menos de un minuto”

Un destello de irritación cruzó el rostro de Malfoy. “¿Y antes de eso?”

Hermione bajó la vista, sin parpadear, a la página frente a ella, hasta que las palabras se volvieron
borrosas. Malfoy suspiró.

“Levántate,” ordenó.

Ella se levantó, estrechando el libro contra su pecho. Él suspiró de nuevo.


“No puedes llevártelo, pesa casi cinco kilos. No voy a dejar que lo vayas arrastrando por la
mansión. Déjalo aquí.”

Hermione lo estrechó con más fuerza. Él alzó la mano derecha y se masajeó las sienes como si le
doliera la cabeza.

“Nadie va a robarlo o llevárselo si lo dejas aquí. Y si lo hacen, te compraré otro. Déjalo.” Las
últimas palabras fueron una orden.

Hermione lo dejó en la cama con recelo y fue a sacar sus botas del armario. Mientras se preparaba,
Malfoy miró por la ventana, escrutando el horizonte. Después se dio la vuelta y le dirigió
brevemente la mirada antes de salir a grandes pasos por la puerta.

Hermione lo siguió lentamente.

Él se detuvo en la puerta de la veranda y se volteó a mirarla. “No nos acercaremos al laberinto de


setos.”

La condujo a través de los rosales, y después por un camino bordeado por frutales en flor. La finca
estaba preciosa en primavera, Hermione no podía negarlo, pero la belleza se volvía amarga y
venenosa en cuanto la miraba.

Ni ella ni Malfoy hablaron hasta que él la acompañó a su habitación.

Mientras él se alejaba, ella consiguió hablar.

“Malfoy.” Le tembló levemente la voz al decir su nombre.

Él se detuvo y se volvió hacia ella; la expresión reservada, ojos cautelosos.

“Malfoy,” volvió a decir. Le tembló la mandíbula y se aferró al poste de la cama. “Nunca te pediré
nada—”

A él se le crispó la boca y se le endureció la mirada. Hermione sintió que algo de ella se rompía en
medio de la desesperanza, pero se obligó a continuar.

“Puedes hacer lo que quieras conmigo. Nunca te pediré clemencia. Pero—por favor, por favor no le
hagas daño al bebe. Incluso—si tienes a otro heredero, es—aun así es tuyo. No—no—no—”

Empezó a respirar con dificultad, y tuvo que luchar por no romperá llorar. Se estremeció.

“No dejes que Astoria le haga daño…” dijo con la voz rota. “Por favor—por favor—”

Se le cortó la voz al empezar a hiperventilar. Se aferró con fuerza al poste de la cama.

Malfoy cruzó la habitación y la sujetó por los hombros.

“Nadie va a hacerle daño a tu bebé,” dijo, mirándola a los ojos.

Ella se apartó de él, liberando un hombro. “No—no me hagas promesas que no piensas cumplir.”

Su semblante vaciló y le tomó el hombro de nuevo, acariciándole los brazos. “Tienes mi palabra.
Nadie le hará daño a tu bebé. Astoria nunca le pondrá una mano encima.”
Hermione se mordió el labio, alzando la vista hacia él mientras intentaba regularizar la respiración.
Sus pulmones seguían contrayéndose fuera de control. Le temblaba todo el cuerpo, y no dejaba de
respirar de forma entrecortada.

“Nadie le hará daño. Cálmate,” dijo con firmeza. “Tienes que respirar con calma.”

Ella se dejó acariciar por un momento, apoyando la cabeza en su pecho e intentando respirar
hondo; de pronto se detuvo y se apartó bruscamente de él, retrocediendo hasta la pared.

“No—no te burles de mí,” dijo con voz temblorosa. “No quiero tus promesas o tu atención para
‘mantener’ mi ambiente ‘estable’.” Ahogó un sollozo. “Después de todo—has dejado muy claro lo
patética que sería—si confundiera tus cuidados obligatorios por otra cosa—”

Se envolvió con los brazos y se deslizó hacia el suelo, temblando y cubriéndose la boca con las
manos.

“No—no hace falta que te preocupes más—puedo cuidar de mí misma. No hace falta que me
pasees más.”

Malfoy la escrutó sin moverse durante varios minutos, mientras ella se cubría la boca con las
manos e intentaba calmar su respiración. El extendió el brazo casi de forma imperceptible antes de
cerrar el puño, asentir con la cabeza, y marcharse.

No volvió a verlo en tres semanas.

La presencia de Topsy se volvió constante, aunque la elfina rara vez estaba a la vista. Nada más
Hermione se levantaba de la cama, la elfina se materializaba de inmediato y le preguntaba si quería
algo.

A lo largo de aquellas tres semanas, Hermione desarrolló náuseas matutinas. Llegaron de repente y
con ganas. Hermione apenas podía soportar el olor de la mayoría de las comidas, mucho menos
probar el sabor o intentar tragarlas.

Afortunadamente, los olores del exterior no le molestaban. Cuando no estaba leyendo su guía del
embarazo, daba largos paseos por los alrededores de la mansión. Se obligó a caminar al lado de los
setos, recordándose a sí misma una y otra vez que Montague estaba muerto.

Comenzó a tener dolores de cabeza. Era un terrible dolor agudo que comenzó como una vaga
sensación en la base del cráneo, pero parecía empeorar un poco cada día.

Cuando no estaba paseando o leyendo, se acurrucaba en la cama y dormía.

Al ir progresando su embarazo, la cabeza comenzó a dolerle tanto que comenzó a apretar la


mandíbula de forma inconsciente en un intento de soportar el dolor constante. La luz del sol
empeoraba las cefaleas; los días de sol brillante la mantenían en la cama intentando no vomitar de
una combinación de náuseas y dolor. Al cabo de unos días, el dolor se volvió tan grave que no
podía leer.

Topsy colocó cortinas pesadas y oscuras que tapaban casi toda la luz de la ventana.

Comía cada vez menos. Cuando no comió ni salió de la cama durante dos días Malfoy volvió a
aparecer al fin.
Ella le oyó entrar, pero no se quitó el brazo de los ojos para indicar que se percataba de su
presencia.

“Tienes que comer,” dijo.

“¿En serio?” dijo ella con tono débil pero sarcástico. “No tenía ni idea. La guía de medicina no
mencionaba que la nutrición fuese necesaria para el embarazo.”

Lo oyó suspirar.

“Es un embarazo mágico,” dijo ella con tono amargo. “Incluso los muggles sufren náuseas
matutinas, solo que es peor para las brujas, incluso las Sangre Sucia.”

Hubo una pausa y lo escuchó moverse.

“¿Hay alguna cosa que comerías? ¿Que creas que podrías comer?”

“Patatas fritas de un bar de carretera,” dijo con tono divertido, “o quizá una bolsa de patatas.”

Hubo un largo silencio.

“¿De verdad?” dijo él, dubitativo.

Ella resopló, divertida, lo cual hizo que le palpitara la cabeza de forma tan dolorosa que era como si
alguien le hubiera clavado una vara de metal a través del cráneo hasta el centro del cerebro. Profirió
un grave gemido. El dolor perpetuo y creciente era como si le estuvieran convirtiendo el cerebro en
polvo.

“Aunque pudiera pensar en algo que sonase comestible, dudo que pudiera mantenerlo en el
estómago,” dijo con voz tensa.

Casi podía oír a Malfoy pensar en algo más que decir. Se dio la vuelta y se acunó la cabeza con los
brazos.

“Las brujas han tenido hijos durante miles de años. La estadística indica que no es probable que
muera de ello,” le dijo.

Hubo una pausa.

“Mi madre casi lo hizo,” dijo. Su voz sonaba hueca.

Hermione no dijo nada más. Malfoy no se marchó. Aún estaba en pie al lado de su cama cuando
ella se durmió de puro agotamiento.

La Sanadora Stroud vino unos días mas tarde. Malfoy se cernía tras ella como una sombra
amenazante.

Cuando Stroud materializó una camilla en el centro de la habitación, Malfoy esbozó una mueca,
enseñando los dientes. “Acércate los tres metros adicionales que quedan hasta su cama y haz tus
hechizos diagnósticos ahí,” dijo con frialdad.

Stroud resopló, ofendida, y se aproximó a donde Hermione estaba acurrucada.


Stroud apenas la miró mientras proyectaba un complejo diagnóstico sobre el vientre de Hermione.
Un pequeño orbe de pálida, casi cegadora luz amarilla, apareció; palpitando con tal rapidez que era
casi un parpadeo. Casi parecía una snitch dorada pero en miniatura, era poco más grande que un
guisante.

Hermione se quedó helada y lo observó. La luz le provocaba náuseas del dolor, pero no podía
apartar la vista. Iluminaba casi toda la habitación.

“Esta es la firma mágica de su heredero,” Stroud informó a Malfoy.

Hermione desvió la vista hacia Malfoy; tenía aspecto de que le hubieran golpeado la cabeza con un
bate de buldgers. Tenía el rostro pálido y medio aturdido.

“El parpadeo es el latido del corazón. El tamaño corresponde al crecimiento del feto. Y el brillo
indica los niveles de magia; los cuales son excepcionales, como predije.” Stroud dijo las últimas
palabras con presunción. “Aunque esto puede hacer el embarazo más traumático para ella. Suele
ocurrir con los niños poderosos.”

Stroud miró a Hermione con una sonrisa poco sincera.

Stroud pasó varios minutos proyectando hechizos sobre el orbe de luz y sobre Hermione;
finalmente proyectó uno sobre la cabeza de Hermione. Ella miró hacia arriba. Las luces brillantes
esparcidas por su cerebro parecían estar igual, excepto que ahora su luz tenía un ligero tono dorado.

La Sanadora Stroud se volvió hacia Malfoy.

“¿Has comprobado sus recuerdos últimamente?”

“Desde luego que no,” dijo. “Ya sufrió un ataque por practicarle legeremancia cuando sus niveles
hormonales estaban elevados. Esperaré hasta que se le pasen las migrañas y las náuseas. La
legeremancia es invasiva y traumática, sin importar la familiaridad de la firma mágica.”

La Sanadora Stroud asintió. “Es probable que las migrañas se deban principalmente a las fugas. Las
cefaleas durante el embarazo no son poco comunes, pero los niveles de dolor que indica el
diagnóstico exceden lo que se podría considerar normal.”

A Malfoy se le tensó el semblante.

“¿Hay algo que se pueda hacer”? preguntó.

“No es recomendable prescribir pociones analgésicas durante el embarazo. Pueden provocar


anomalías fetales o abortos en el primer trimestre de embarazo,” dijo Stroud. “Podría probar con
analgésicos muggles, si está tan preocupado, pero normalmente las enfermedades mágicas
requieren tratamiento mágico.

Malfoy escudriñó a Stroud con escepticismo. Stroud alzó el mentón. “Si no me cree, le invito a
obtener una segunda opinión o traer una matrona para que lo corrobore. El sanador de la mente le
informó de que el proceso de corrosión con toda probabilidad sería terriblemente doloroso. No es
que nadie haya creado nunca fugas mágicas individuales alrededor de cientos de recuerdos. La
corrosión mágica es tan dolorosa como suena. El nivel de magia de su heredero probablemente está
acelerando el proceso, pero no sabemos cuánto puede durar. Es posible que en cuanto sus niveles
hormonales se regularicen el dolor se vuelva menos severo. Pero es igual de posible que el proceso
de corrosión se mantenga de esta manera todo lo que queda de embarazo. Es imposible de predecir.
No hay nada que se pueda hacer al respecto. Hay pociones seguras que se pueden administrar si
consigue no vomitarlas. Sin embargo, a menos que pierda una cantidad peligrosa de peso o empiece
a gritar de dolor, interferir podría poner en riesgo el embarazo o su propia vida, y quizá no haría
más que extender el proceso.”

Malfoy apretó la mandíbula. “De acuerdo.”

Stroud se retiró poco después, pero Malfoy se quedó, observándola.

Ella cerró los ojos, y trató de no darle vueltas a lo desdichada que se sentía y a que podría seguir así
durante otras treinta y cuatro semanas. La cabeza le dolía demasiado incluso para pensar. Intentó
dormirse a fuerza de voluntad. El pequeño orbe de luz apareció palpitando en su mente, y se
acurrucó más sobre su vientre.

Notó que la cama se movía y que una mano fría le acariciaba la mejilla, apartándole el pelo y
después apoyándose en su frente. Ella se mordió el labio, intentando no llorar.

Estaba muy, muy harta de llorar.

Intentó imaginarse que era otra persona. Es Harry. Es Ron. Es tu madre, se decía; no se obligó a
apartarse del contacto.

Una semana más tarde, empezó a preguntarse si podría morir debido al embarazo. A pesar de los
avances en la ciencia de la sanación obstétrica, la posibilidad de intervención mágica en el
embarazo era extremadamente limitada. Los embarazos mágicos tendían o a neutralizar o a
reaccionar extremadamente mal a las influencias mágicas externas.

Hermione podía mantenerse medianamente hidratada. Topsy le administraba pociones hidratantes y


nutritivas varias veces al día, pero Hermione rara vez conseguía mantenerlas en el estómago
durante los segundos necesarios para que su organismo las absorbiera.

No estaba segura de si realmente estaba sufriendo de hiperémesis gravídica, o si la mayoría de las


náuseas y vómitos se los provocaban las migrañas. Si comía algo, inmediatamente lo vomitaba y
después tenía arcadas que la dejaban llorando del dolor adicional que le provocaban.

Perdió casi todo su tono muscular.

Yacía débil en la cama de su habitación a oscuras y deseaba morirse.

Malfoy venía a verla; a menudo, creía. Trajo a varios sanadores de la mente que solo
tartamudeaban con nerviosismo en su presencia y no ofrecían ninguna solución útil. Trajo a
matronas y sanadores obstétricos que admiraban los niveles mágicos de su heredero y prescribían
pociones que sabían cada cual peor para que Hermione las vomitara.

Sospechaba que Malfoy acudía a veces cuando ella estaba dormida, porque su olfato sensibilizado
detectaba su aroma en la habitación. Cuando venía cuando estaba despierta, apenas estaba más
consciente.

Se sentaba al borde de la cama y le acariciaba el pelo, y a veces le tomaba la muñeca y colocaba su


mano en la suya. La primera vez que lo hizo ella pensó que estaba jugando con sus dedos, pero
gradualmente se percató de que estaba masajeándole la mano; tocando con la punta de su varita los
puntos de presión, enviando suaves vibraciones a través de sus músculos. Entonces se inclinaba y
masajeaba sus dedos y su mano con delicadeza.

Estaba haciendo lo que los sanadores hacían para tratar los temblores que producía la cruciatus,
advirtió. Debía haber memorizado la técnica debido a lo frecuentemente que necesitaba aquel
tratamiento.

Ella no retiraba la mano.

Se decía a sí misma que era porque si se movía le dolería más la cabeza.

Al acercarse el final de Mayo, la cabeza le fue doliendo más y más. Perdió más y más peso hasta
que las esposas se le movían hasta la mirad de los antebrazos. Topsy comenzó a inquietarse y
empezó a mirar a Hermione a los ojos mientras le rogaba suavemente que intentara tomar una
poción más o tomara un sorbo de té de menta o jengibre.

Malfoy comenzó a rondar siempre cerca. Tenía que irse para ‘cazar’ y cumplir con otras
obligaciones en las que Hermione intentaba no pensar, pero estaba a manudo en su habitación. No
le hablaba. Rara vez la miraba a los ojos, pero le acariciaba el pelo, y le sostenía las manos y
jugueteaba con las esposas que le envolvían las muñecas. A veces, cuando abría los ojos, lo
encontraba mirando su vientre, pero nunca intentaba tocarlo.

Estaba embarazada de casi nueve semanas cuando de pronto un día se despertó en estado de pánico.

Había algo—algo para lo que tenía que estar preparada.

No recordaba—

Era importante.

Lo más importante de todo. Lo que no podía olvidar.

Tenía que estar preparada.

Pasara lo que pasara. Se suponía que tenía que aguantar.

Se obligó a salir de la cama. El dolor que le provocaba estar sentada la hizo jadear. Se aferró la
cabeza con las manos. Se obligó a ponerse en pie.

Tenía que—

No lo recordaba. Casi lo tenía.

Le temblaron las piernas por la atrofia muscular. Se forzó a caminar y a no entrar en pánico.

Tenía que estar haciendo—algo.

¿Qué es lo que era?

Topsy apareció en la habitación. “¿Necesita algo?”

“No,” dijo Hermione con voz temblorosa mientras rebuscaba en su mente intentando pensar. Oh,
dios, ¿qué es lo que era? Se le aceleró el corazón mientras trataba de recordar. De pensar a través
del terrible dolor.

Había puntos negros bailando en su campo de visión, que se hacían cada vez más grandes. El dolor
se hacía más intenso.

Malfoy estaba de pronto frente a ella. ¿Se había aparecido? No lo había oído.

“¿Qué—?” comenzó, y se detuvo cuando se la encontró en pie frente a él.

“No—puedo—recordar…,” consiguió decir. “Tengo—que—aguantar—”

Se le cortó la voz con un grito desgarrador cuando la presión en su cabeza se volvió tan intensa que
creyó que iba a desmayarse. Se le nubló la vista. Parpadeó, tratando de ver, y cuando se le aclararon
los ojos vio a Malfoy con un cuchillo en la mano. Lo miró, asustada. Se semblante era frio y
decidido al cernirse sobre ella.

Ella se tambaleó hacia atrás, intentando defenderse.

El momento antes de apuñalarla, Malfoy de pronto desapareció.

Alastor Moody estaba de pie frente a ella. Con expresión fúnebre y agotada. “Ha surgido una
oportunidad. Una que podría cambiar el curso de la guerra.”

Antes de que Hermione pudiera decir algo, Moody ya no estaba y ella estaba cayendo.

No, no estaba cayendo.

Malfoy la estaba sujetando por la garganta y lanzándola contra el suelo.

La hoja de un cuchillo se estaba clavando entre sus costillas.

Estaba en medio del campo de batalla. Todo el mundo caía al suelo, ahogándose. Harry. Ron.
Mortífagos. Todo el mundo estaba muriendo a su alrededor y ella gritaba.

“¿Cuántas veces crees que puedo apuñalarte antes de que se apague la luz en tus ojos?”

Ginny llorando, “Fue sin querer.”

“Algo cálido para mi corazón frío.”

Un beso implacable estando atrapada contra una pared.

“No te quería.”

La sensación de su muñeca rompiéndose bajo un puño de hierro.

“Pareces estar muy satisfecha de haberte prostituido con éxito. ¿Te complace saber que tienes tu
pieza de ajedrez puesta en su sitio?”

Harry estaba frente a ella, pálido de furia, su rostro cubierto de sangre seca, “Si tan poco crees en
nosotros entonces no eres alguien de quien necesite ayuda.”

Estaba sentada frente a Tonks, que estaba mirando a Hermione con cautela, sospecha en los ojos.
“¿A cuántas personas has matado hoy, Hermione? ¿Diez? ¿Quince? ¿Lo sabes siquiera?”
Minerva McGonagall, aferrándose a una taza de té, la voz temblorosa. “No eres ninguna
pecadora, este no es un destino que merezcas. Y aun así, pareces estar decidida a intentar
condenarte a ti misma si eso significa ganar.”

Su propia voz, “Si mi alma es el precio por protegerlos—por protegerte. Eso—eso no es un precio.
Es una ganga.”

“Eres mía. Me juraste lealtad,” rugido en su oído.

Severus mirándola con frialdad, “Si consigues tener éxito es tan probable que destruyas la Orden
como que la salves.”

Hermione llorando, “Lo siento. Siento haberte hecho esto.”

Finalmente, Malfoy estaba mirándola desde arriba, el semblante pálido, sus ojos brillando con
furia, “Te lo he advertido. Si te ocurre algo, destruiré a toda la Orden personalmente. No es una
amenaza. Es una promesa. Considera tu supervivencia una necesidad tan importante para la
Resistencia como la de Potter. Si tú mueres, mataré a cada uno de ellos."

Era como caer en un abismo, el pasado liberándose, surgiendo de su mente y llevándosela consigo.

Chapter End Notes

Bueno, con esto termina la primera parte! (No os preocupéis, voy a seguir traduciendo)
Me ha encantado llegar hasta aquí y estoy super emocionada de empezar con la que es mi
parte favorita :)))
Gracias a todos y a todas por leer y comentar, espero que lo estéis disfrutando tanto como yo
<3
Flashback 1
Tres años antes.

Marzo 2002. Casi seis años tras la muerte de Albus Dumbledore.

Hermione rechinó los dientes de frustración mientras embotellaba pociones antídoto. Acababa de
salir de otra reunión inútil de la Orden.

A veces se preguntaba si ella era la única que era consciente de que estaban perdiendo la guerra.

Tras almacenar las nuevas botellas, se metió unas cuantas en el bolsillo y fue con prisas a la
habitación de al lado, donde Madam Pomfrey se afanaba en su trabajo. La planta de hospital que
ocupaba el segundo piso de Grimmauld Place estaba sumida en un inquietante silencio.

Nadie que estuviera actualmente en la habitación tenía lesiones fácilmente tratables.

Lee Jordan yacía en una cama. Tenía tejido cerebral goteando de los oídos, poco a poco. Hermione
había descubierto la manera de cancelar la maldición, pero el contrahechizo actuaba con lentitud.
Solo cabía esperar que el goteo cesara durante la hora siguiente. Era incierto si recuperaría sus
funciones cognitivas. El daño cerebral era grave e irreparable. No estaba segura de la extensión.
Tendría que esperar a que despertara.

Si es que despertaba.

Probablemente, asumiendo que no estuviera en muerte encefálica para cuando el goteo se


detuviera, la Orden tendría que correr a dejarlo en San Mungo cuando pudiera disponer de alguien.

George Weasley estaba sentado en otra cama, al lado de su amigo. Estaba pálido de dolor y
angustia. Le habían golpeado en el muslo derecho con una maldición de necrosis rápidamente
progresiva. Para cuando había sido capaz de sobreponerse al dolor y aparecerse de vuelta, la
gangrena se había extendido hasta su cadera. No había contrahechizo para la necrosis. Hermione
apenas había conseguido evitar sus órganos vitales mientras se la amputaba. Ni siquiera había
tenido el más mínimo segundo para pararse a desmayarlo. Aún le temblaban las manos, a pensar de
las pociones calmantes y analgésicos que Hermione le había administrado.

Katie Bell estaba en la cama de la esquina más alejada de la puerta. Durmiendo. Con suerte le
darían pronto el alta. Un Mortífago especialmente creativo le había materializado un puercoespín
dentro de la caja torácica. Los pinchos le habían perforado a la pobre chica los pulmones y el
estómago y de milagro no le habían parado el corazón. Había estado a punto de ahogarse en su
sangre antes de que Madam Pomfrey y Hermione consiguieran hacer desaparecer a la criatura y
estabilizarla. Katie llevaba ahí tres semanas. Estaba casi recuperada, pero su torso estaba cubierto
de multitud de pequeñas cicatrices circulares. Su respiración emitía un sonido crepitante cuando se
movía.

Hermione se acercó a administrarle un antídoto a Seamus Finnegan. Había caído en un nido de


víboras y le habían mordido treinta y seis veces antes de que hubiera sido capaz de aparecerse. Era
solo gracias a la inmunidad de los magos a las heridas no mágicas que había conseguido volver
antes de morir.
Había otras doce personas en la planta de hospital, pero Hermione no sabía los nombres de aquellos
guerreros de la Resistencia, y ellos estaban demasiado enfermos como para decírselo.

De pie en la habitación, mirando los cuerpos heridos, Hermione se sintió perdida.

Acababa de volver de otra reunión en la que había instado a la Orden a comenzar a usar
maldiciones más efectivas cuando luchaban. La habían despachado. Otra vez.

Había un extraño sentimiento de optimismo entre la mayoría de los miembros de la Orden que les
hacía creer que podían ganar la Guerra sin usar las artes oscuras. Muchos de los guerreros de la
Resistencia aún tendían a desmayar o petrificar cuando los acorralaban, como si los Mortífagos no
pudieran cancelar aquellas maldiciones en unos pocos segundos y después aparecerse a la próxima
batalla para matar o mutilar a alguien de formas horribles.

Había algunos que habían comenzado a utilizar hechizos más agresivos. Sobre todo los que habían
recibido alguna maldición que casi los había matado. Era como un secreto a voces en las filas de la
Resistencia; todo el mundo hacía la vista gorda, fingiendo que no era el caso.

Cada vez que Hermione se encontraba en una reunión de alto nivel de la Orden, planteaba la
propuesta de por qué los guerreros necesitaban aprender maldiciones más efectivas para los duelos.
Cada vez se encontraba que le dirigían miradas incrédulas.

Al parecer estar en el lado de “la Luz” implicaba luchar con todo en contra. No importa que los
enemigos quisieran matarlos a todos, y después asesinar y esclavizar a todos los Muggles de
Europa. Al parecer aquello no era razón suficiente para matar a un Mortífago en defensa propia.

La respuesta que obtenía era siempre la misma. Ella era sanadora, ¿no sabía cómo el usar las artes
oscuras corrompía eventualmente a las personas? Si los miembros de la Orden o la Resistencia
tomaban la decisión personal de utilizar ese tipo de hechizos era su decisión. La Orden nunca se lo
requeriría a nadie. Nunca se lo enseñaría a nadie.

Además, siempre había alguien que recalcaba de manera insulsa a Hermione que ella no sabía lo
que era estar en el campo de batalla, enfrentándote a la decisión de acabar con la vida de una
persona. Siempre estaba en Grimmauld Place actuando de sanadora, maestra de pociones e
investigadora de la Orden. Ahí era donde la necesitaban. Tenía que dejar a los especialistas en
combate ser los que tomaran las decisiones sobre estrategias de guerra.

Era para ponerse a gritar.

Estaba junto a Lee Jordan, hirviendo de furia, cuando escuchó un golpeteo de madera contra el
suelo y se volvió para encontrar a Ojoloco Moody entrando en la habitación. La miró fijamente.

“Granger, ven conmigo,” dijo.

Armándose de valor, se volvió para seguirle por el pasillo. Esperaba no ir a recibir otra reprimenda
por tener la osadía de cuestionar la estrategia de guerra de la Orden. No esperaría aquello de
Ojoloco; era uno de los pocos miembros de la Orden que no estaba en desacuerdo.

Moody la condujo a una pequeña habitación, y una vez estuvieron dentro él se volvió para lanzar
una serie de complejos y poderosos hechizos de privacidad.
Una vez hubo terminado, escudriñó la habitación. Su ojo mágico giraba, escrutando cada rincón.
Tras un minuto dirigió la mirada hacia ella.

Parecía extrañamente tenso, incluso para ser un hombre que gritaba “alerta permanente” más a
menudo de lo que decía cualquier otra cosa.

Parecía estar incómodo.

“Estamos perdiendo la guerra,” dijo tras un momento.

“Lo sé,” dijo Hermione con cansancio. “A veces parece que soy la única persona que se da cuenta
de ese hecho.”

“Alguna gente—solo puede luchar impulsada por el optimismo,” dijo Moody lentamente. “Pero—
se nos está acabando el optimismo.”

Hermione solo lo observaba. No necesitaba decirle todo aquello. Ya lo sabía.

Era ella la que tenía que sujetar a los que morían de forma agónica por maldiciones que no podía
revertir. La que tenía que entrar a la sala de reuniones y leer el listado de muertos y heridos,
detallando el tiempo que se esperaba que fuera a tomarles recuperarse y si se esperaba que esas
personas pudieran volver a luchar.

“Ha surgido una oportunidad,” dijo Moody en voz baja. Estaba estudiando su rostro con atención.
“Una que podría cambiar el curso de la guerra.”

A Hermione no le quedaba ninguna reserva de esperanza en su interior que pudiera iluminarse con
aquellas palabras. Basándose en el contexto en el que Moody le estaba hablando, sospechaba que el
precio a pagar era suficientemente alto como para ser cuestionable.

“¿Oh?”

“Al crecer las fuerzas de Voldemort, la información de Severus se ha vuelto limitada. Lo mantienen
sobre todo investigando y desarrollando nuevas maldiciones con Dolohov. No le informan de
estrategias de ataque.”

Hermione asintió. Se había percatado en los últimos meses. Algunos de los miembros de la Orden
lo habían tomado como una oportunidad para comenzar a cuestionar de nuevo la lealtad de Snape.

“Tenemos a oportunidad de conseguir un nuevo espía. Un alto cargo del ejército de Voldemort está
dispuesto a cambiarse a nuestro bando.”

Hermione miró a Moody con escepticismo. “¿Un alto cargo quiere cambiar de bando ahora?”

“Con condiciones,” clarificó Moody. “El chico de los Malfoy. Dice que se convertirá en espía para
vengar a su madre. Con la garantía de un indulto total y—” vaciló. “Y te quiere a ti. Ahora y
después de la guerra.”

Hermione se quedó atónita. Si Moody le hubiera lanzado una maldición no se habría sorprendido
más.

“Severus cree que la oferta es legítima. Dice que Malfoy tenía una especie de fascinación contigo
en el colegio. No hay nada que nos haga pensar que la oferta se haya hecho siguiendo órdenes.”
Hermione apenas procesó las palabras porque su cabeza pensaba a mil por hora.

No había visto a Malfoy desde el colegio.

Apenas había empezado el sexto año cuando comenzó la guerra al asesinar a Dumbledore y huir.
Lo oía nombrar alguna vez cuando Severus actualizaba la información sobre la estructura militar de
Voldemort. Malfoy había ido subiendo de puesto a ritmo constante a lo largo de los años.

¿Por qué se cambiaría de bando? La culpa de la guerra podría recaer de forma legítima sobre sus
hombros. No había ninguna razón plausible para un cambio de alianzas tan tardío.

Quizá el poder de Voldemort no estaba tan asegurado como ellos habían creído. Quizá estaban
empezando a romper filas. Parecía demasiado bueno para ser verdad.

¿Pero para que la querría a ella?

No recordaba que su rivalidad en el colegio fuera nada especial. Siempre había puesto mucha más
atención en acosar a Harry que a ella. Ella siempre había sido más bien una nota a pie de página; un
insulto añadido porque era hija de muggles. Nunca había sido el objeto de su crueldad.

A no ser… que pedirla a ella fuera una especie de venganza hacia Harry.

Quizá creía que Harry y ella estaban juntos. Cabrón.

Siguió cavilando hasta que Moody volvió a hablar.

“Hay pocas cosas que no haría por la información que podría ofrecernos. Pero tienes que aceptar.
Quiere que des tu consentimiento.”

No. No. Nunca.

Se tragó la negativa. Apretó los puños hasta que sintió la piel tensarse encima de sus metacarpos.

“Lo haré,” dijo sin dejar que le temblara la voz. “Con la condición de que no haga nada que
interfiera con mi capacidad para ayudar a la Orden. Lo haré.”

Moody la estudió con atención.

“Deberías pensártelo mejor. Puedes tomarte un par de días. Si lo aceptas—no puedes decírselo a
nadie. No hasta que acabe la guerra. Ni a Potter, ni a Weasley, ni a nadie. Kingsley, Severus,
Minerva y yo seremos los únicos miembros de la Orden que lo sepan.”

Hermione le sostuvo la mirada con firmeza. Tenía la sensación de que algo en su pecho se
marchitaba y moría, pero no se permitió prestarle atención.

“No necesito tiempo para pensarlo,” dijo con tono cortante. “Soy consciente de lo que se me está
pidiendo. Cuanto antes consigamos la información, mejor. No voy a retrasarlo para tener tiempo
para darle vueltas o temerle a una decisión que ya he tomado.”

Moody asintió. “En ese caso avisaré de que has aceptado.”

Retirando las barreras de la puerta, Moody salió a zancadas; dejando a Hermione sola, procesando
para lo que acababa de dar su consentimiento.
No estaba segura de qué sentía.

Ganas de llorar. Ese era su deseo más inmediato.

Era como si Moody acabara de poner todo el peso de la guerra en sus hombros.

Pero también—esperanza—quizá. Al menos toda la esperanza que se podía sentir después de


prácticamente aceptar venderse a un Mortífago como botín de guerra.

Hacía mucho tiempo que Hermione no había sentido esperanza.

En cierto modo, hasta que Dumbledore murió e incluso un poco después de eso, creyó que la guerra
sería simple y corta. Harry había escapado a la muerte innumerables veces en el colegio. Él, Ron y
ella habían logrado lo imposible en muchas ocasiones.

Por tanto, creyó que ser inteligentes, ser buenos—que la amistad, y la valentía, y el poder del Amor
eran suficientes para ganar una guerra.

Pero no lo eran.

Ser inteligente no bastaba. La bondad que había en ella se estaba convirtiendo en polvo bajo el peso
de todas esas vidas perdidas o arruinadas absolutamente en vano. La amistad no evitaba que
alguien muriera gritando de dolor. La valentía no ganaba una batalla cuando el enemigo disponía de
una gran variedad de métodos para eliminarte de forma permanente de la guerra, mientras tu
intentabas derrotarlos con una maldición petrificante. El amor aún no había derrotado al odio de
Voldemrot.

Cada día que se alargaba la guerra parecía que las posibilidades se reducían un poco más.

Harry se estaba derrumbando bajo la presión y la culpa. Estaba tan delgado y agotado que ella
temía que cualquier día se rompiera.

No dejaba de encerrarse más y más en sí mismo. La muerte de Dumbledore tan poco después de la
muerte de Sirius pareció descolocarlo de tal forma que no llegó a recomponerse del todo. Cada
muerte y lesión de sus amigos parecía empujarlo un poquito más cerca del borde de un precipicio
del que no estaba segura del que pudiera volver atrás.

Harry estaba aferrándose a la esperanza de que la guerra podría acabar de algún modo que hiciera
posible que la vida fuera normal después. Era esa idea imposible la que le impulsaba a seguir
adelante.

Él era el que insistía más rotundamente en que la Orden y la resistencia no usaran nunca las artes
oscuras. Si lo hicieran, sostenía, no habría vuelta atrás. Estarían mancillados para el resto de sus
vidas. No serían mejores de los Mortífagos.

Por tanto, Hermione se veía obligada a presenciar cómo la Orden y la mayoría de la Resistencia se
ponía de su parte. Y después ver a sus amigos morir en la planta de Hospital. Dependían de Harry.
Si caía en la desesperanza, se derrumbaría del todo y se rendiría.

La Orden necesitaba desesperadamente una ventaja. Algo de información. Saber cuando ib a haber
una redada. Cuales eran los puntos débiles. Cualquier cosa.

Malfoy podría darles aquello.


Lo había entrenado su tía Bellatrix personalmente, antes de morir junto a la madre de Malfoy.
Había llegado alto.

Ahora les había hecho una oferta que no podían rechazar.

Que ella no podía rechazar.

Claramente él lo sabía, actuando como un rey demandando lealtad.

Porque sentía fascinación por ella…

Le dio vueltas a aquello.

Si Severus no lo hubiera corroborado, nunca hubiera creído semejante afirmación.

Por vengar a su madre. Por un indulto. Por ella, ahora y después de la guerra. ¿Cuál era el
verdadero motivo? ¿Lo era alguno de aquellos? ¿O tenía algún otro interés oculto?

Su madre había muerto hacía un año, en un extraño accidente junto a Bellatrix Lestrange cuando un
Mortífago trataba de evitar que Harry Ron escaparan de la mansión de los Lestrange. Ni siquiera
era culpa de ninguno de los dos bandos que hubiera muerto. Si su muerte hubiera podido cambiar la
lealtad de Malfoy, hubiera ocurrido entonces. No un año después. No tras haber aprovechado el
vacío que dejó su tía para subir a una posición con aún más poder.

De todas formas—querer un indulto no tenía mucha lógica. A menos que hubiera alguna ventaja
increíble de laque ella no era consciente, las probabilidades de que la Orden ganase parecían, como
mucho, escasas.

Entonces, ¿por ella? Quizá la odiaba más de lo que había pensado. O la deseaba.

Se estremeció, asqueada, y trató de desechar la idea antes de verse obligada a pararse a


considerarlo.

Si quererla a ella era su motivación… la oportunidad dependía de algo más que su mero
consentimiento. Tras haberla tenido una vez, o quizá un par—si solo lo impulsaba la venganza—se
cansaría de ella.

Quizá solo era un juego para él.

Jugar un rato a ser espía, tener la oportunidad de hacer que se postrara ante él. Sabiendo que se
arrastraría si aquello significaba salvar a Harry. Salvar a la Orden. Y después—cuando hubiera
obtenido lo que quería—le volvería la espalda. La dejaría de lado y los vería morir a todos.

Se le cerró la garganta, y sintió como si fuera a vomitar. Se obligó a olvidar el miedo que sentía y la
horrible sensación que tenía en el estómago.

Tenía que encontrar la manera de fascinarlo. De retener su atención e interés.

¿Sería aquello posible?

Salió de la habitación, medio paralizada, y volvió al hospital. La sala aún estaba en silencio.

“Poppy, ¿me necesitas? ¿O te parece bien que salga?” preguntó suavemente.


“Por supuesto, cariño. Deberías irte a descansar. Has estado en pie doce horas,” dijo Pomfrey con
dulzura. “Si ocurre cualquier cosa te llamaré.”

Hermione jugueteó con el brazalete que llevaba en la muñeca. Llevaba un encantamiento proteico
que la Orden utilizaba para llamarla a los pisos francos en los que la necesitaban.

Dejó la planta de hospital y se dirigió a su habitación. No tenía intención de descansar. Se cambió


de ropa, salió a las escaleras y se apareció a otro lugar.

El mundo mágico no tenía lo que necesitaba.

Recorrió el camino hacia la librería Waterstones más cercana.

Buscó por las secciones. Eligiendo libros; de la sección de filosofía, de psicología, de relaciones y
de historia, hasta que tuvo los brazos llenos.

La dependienta que registró el montón alzó una ceja mientras escaneaba los títulos. Varias historias
y biografías de concubinas y mujeres espías; una gruesa guía sobre sexo; El Arte de la Guerra de
Sun Tzu, Oráculo Manual y Arte de Prudencia de Baltasar Gracián; El Príncipe de Maquiavelo;
Influencia: Ciencia y Práctica de Robert Cialdini; un libro sobre lenguaje corporal. Había que
reconocer que era una extraña selección.

“Son para un trabajo de la uni,” Hermione mintió impulsivamente, sintiendo la necesidad de


justificarse.

“Algunos te serán útiles para uso personal, imagino.” La dependienta le dedicó un descarado guiño
mientras ponía los libros en una bolsa.

Hermione se sonrojó, pero se obligó a reír.

“Bueno, los voy a comprar,” bromeó, pero las palabras le sabían a arena.

“Si vuelves por aquí me tendrás que contar que le parece el trabajo a tu tutor. Y si alguno te acaba
siendo útil para actividades extracurriculares.”

Hermione asintió, incómoda, mientras pagaba y se llevaba la bolsa para salir de la tienda. El rostro
de McGonagall había aparecido ante sus ojos con las palabras de la mujer. Minerva también lo
sabía.

Pero habían elegido a Moody para que hablase con Hermione. Se preguntaba por qué.

Se le revolvió el estómago al contemplar la colección de libros que ahora poseía. Quería una taza
de té. Bueno, en realidad quería arrastrarse a un agujero y morirse, pero el té era su segunda opción.

Encontró una cafetería cerca y tomó el libro cuyo título la inquietaba menos mientras esperaba.

“Obrar de intención, ya segunda, y ya primera. Milicia es la vida del hombre contra la malicia del
hombre, pelea la sagazidad con estratagemas de intención. Nunca obra lo que indica, apunta, sí,
para deslumbrar; amaga al aire con destreza y executa en la impensada realidad, atenta siempre a
desmentir. Echa una intención para assegurarse de la émula atención, y rebuelve luego contra ella
venciendo por lo impensado. Pero la penetrante inteligencia la previene con atenciones, la azecha
con reflexas, entiende siempre lo contrario de lo que quiere que entienda, y conoce luego qualquier
intentar de falso; dexa passar toda primera intención, y está en espera a la segunda y aun a la
tercera. Augméntase la simulación al ver alcançado su artificio, y pretende engañar con la misma
verdad: muda de juego por mudar de treta, y haze artificio del no artificio, fundando su astucia en
la mayor candidez. Acude la observación intendiendo su perspicacia, y descubre las tinieblas
revestidas de la luz; desçifra la intención, más solapada quanto más sencilla. Desta suerte
combaten la calidez de Pitón contra la candidez de los penetrantes rayos de Apolo.”

Hermione se mordió el labio mientras se servía una taza de té y consideraba a Malfoy de nuevo. Se
llevó la mano a la garganta y jugueteó con la cadena de su colgante, enrollándosela en los dedos.

Después rebuscó en su bolso y usó su varita para transfigurar a escondidas su pluma y pergamino
en un boli y un pequeño cuaderno. El cuaderno estaba plagado de notas para cuando la tetera
estuvo vacía.

Mientras devolvía los libros a su bolso expansible, reconsideró la situación en la que se encontraba.

No podía dar nada por sentado. Si lo hacía probablemente se le escaparía algo.

Tras seis años siendo un Mortífago, Malfoy probablemente era un manipulador consumado.

Los informes de Severus sobre los sucesos en el círculo de allegados de Voldemort sugerían que era
un entorno político totalmente despiadado. Voldemort era un amo cruel, y no escatimaba en sus
castigos. Los mortífagos se guardaban escasa lealtad unos a otros. Estaban encantados de matar a
cualquier que se les pusiera por delante si eso les ayudaba a asegurar su puesto o acceder a un
mayor poder y protección para sí mismos.

La oferta de Malfoy podía perfectamente formar parte de un plan para trepar aún más alto.
Convertirse en un espía para Voldemort de la misma manera en que Snape lo era para la Orden.
Para proporcionarles información falsa en un momento crucial que podría llevarlos al desastre.

Por otra parte, Severus apoyaba la idea, aparentemente con la opinión de que la oferta de Malfoy
era legítima. Tendría que hablar con él. Quería saber exactamente qué es lo que le hacía creer
aquello.

Se deslizó a un callejón y se apareció de vuelta en Grimmauld Place. Mientras subía a su habitación


vio a Lavender Brown salir de la habitación que Ron compartía con Harry y Fred.

Ron y Lavender no tenían exactamente una relación. Ron tenía como cinco chicas que
intercambiaba en base a su disponibilidad entre misiones y batallas. La Guerra lo había vuelto más
furioso y mas tenso. Estaba constantemente al límite mientras diseñaba estrategias de redadas y
batallas. Su talento para el ajedrez mágico se había traducido en talento para la estrategia de guerra.
Tendía a tomarse las bajas como su responsabilidad personal. Si no estaba acostándose con alguien,
tendía a tener explosivos ataques de ira.

Cada uno tenía sus formas de sobrellevarlo.

Neville Longbottom y Susan Bones fumaban tanto boomslang en el ático que olían aún después de
aplicarles un hechizo que aspiraba el humo y otro refrescante.

Hannah Abbot se mordía las uñas hasta que sangraban.

Charlie tenía una petaca, la cual Hermione sospechaba que tenía un hechizo de expansión
indetectable, dado que su veneno diario nunca parecía acabarse.
Harry fumaba cigarrillos, y de vez en cuando se escapaba a clubs de lucha muggles clandestinos.

Hermione vaciló en el pasillo, observando a Lavender por un momento antes de acercarse y llamar
suavemente a la puerta del dormitorio.

“¡Está abierto!” dijo Ron.

Hermione asomó la cabeza y encontró a Ron poniéndose una camiseta.

“¿Todo bien?” preguntó él.

“Si,” dijo ella, incómoda. “Solo—me preguntaba si podrías contarme que pasó en la mansión de los
Lestrange cuando se quemó. Estaba investigando algunos hechizos. Era fuego maligno, ¿verdad?”

Ron la miró con extrañeza.

“Eso fue hace un tiempo. Pero si, después de que a Harry y a mi nos pillaran esos carroñeros. Le
lance a la cara un hechizo punzante para que no lo reconocieran al instante. Nos llevaron ante
Bellatrix, y su hermana también estaba ahí. Enviaron a buscar a Malfoy para que viniera a
identificar a Harry antes de llamar a Voldemort. Pero, antes de que llegara, Luna había avisado a la
Orden y Moody, Tonks, Charlie y ella aparecieron en aquel dragón y atravesaron la maldita
ventana.”

Se pasó los dedos por el pelo y Hermione se dio cuenta con una punzada de que tenía mechones
grises

“En fin, fue una locura después de aquello. Llovían hechizos y Crabble, creo, intentó detenernos
con un fuego maligno y perdió el control sobre él. Siempre había sido un imbécil. Quemó la
mansión hasta los cimientos en unos pocos minutos. Probablemente todos habríamos muerto de no
ser por el dragón de Charlie. Pero—no pudimos salvar a Luna. Estaba demasiado lejos… una de las
quimeras de fuego se la tragó.”

“¿Así murieron también Bellatrix y Narcissa?” preguntó Hermione de pasada.

“Si. Probablemente podrían haberse aparecido fuera de la Mansión si hubieran tenido tiempo. Pero
Crabble estaba justo detrás de ellas cuando lanzó el hechizo. Las alcanzó primero, lo cual es
probablemente la razón por la que perdió el control. Se debió quedar paralizado cuando
comprendió lo mucho que la había cagado matando a Bellatrix.”

“Probablemente,” dijo Hermione, asintiendo.

“El fuego maligno no es para tomárselo a la ligera, Hermione.” Ron la estaba mirando con
severidad. “Se que siempre estás con lo de querer que la Orden use hechizos más peligrosos, pero
solo porque no es magia negra no lo hace menos serio. Si vas a intentar que usemos fuego maligno
en la batalla, seré el primero en llevarte la contraria.”

Hermione apretó los labios y apretó el puño alrededor del pomo con tal fuerza que comenzó a
temblar. Aflojó la mano.

“No soy imbécil, Ronald. Solo necesito huevos de ashwinder para una poción y estoy tratando de
decidir cual sería el mejor hechizo de fuego.” Era una mentira ridícula, pero hacía años que Ron no
preparaba una poción.
“Oh. Bueno—probablemente el fuego maligno no.”

Ella asintió bruscamente.

“Bueno, tendré que investigar más entonces,” dijo, y se retiró de la habitación.

Cuando abrió la puerta de su propia habitación Harry y Ginny se separaron, con aspecto culpable.

“Lo siento,” Hermione se disculpó. “¿Interrumpo algo?”

“No,” dijo Harry rápidamente. “Solo estaba pidiéndole a Ginny algunos detalles sobre esa misión
de la que han vuelto Dean y ella.”

Se marchó de la habitación con prisas.

Hermione miró a Ginny de reojo. “¿Detalles de una misión?”

Ginny se sonrojó.

“Solo estábamos hablando. Él aún—no. Solo—viene a hablar de vez en cuando.”

Harry y Ginny habían estado balando en círculos durante años. Era obvio que se atraían, pero Harry
se negaba a meterse en una relación. Decía que era demasiado peligroso. Que pintaría una diana en
la espalda a Ginny.

Pero cada vez que Ginny salía con otra persona, la tendencia de Harry a escaparse al Londres
muggle y volver a casa sin algún diente, la nariz rota, heridas en los nudillos, así como cuencas
oculares y costillas fracturadas tendía a aumentar exponencialmente.

Ginny no había salido con nadie en un año. Como un agujero negro, su disponibilidad parecía
arrastrar a Harry hacia ella. No parecía poder alejarse de ella, pero tampoco se decidía a reconocer
su interés.

“Bueno, al menos a ti te habla,” murmuró Hermione.

Hermione y Harry se habían—alejado. Su insistencia sobre el uso de las artes oscuras se veía como
una falta de confianza en él y en Dumbledore. Posiblemente incluso una traición, aunque ni Harry
ni Ron lo ponían en palabras. Cada vez que decía algo sobre usar magia negra, apenas le hablaba
durante días.

Desechó el pensamiento. No podía pensar en ello. Ya tenía mucho en lo que pensar.


Flashback 2
Chapter Notes
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Marzo 2002

Hermione se sumergía en los libros que había comprado cada minuto libre que tenía. Los
transfiguró para que parecieran libros de artimancia, runas antiguas, y sanación, y nadie se
inmutaba al encontrarla leyéndolos mientras preparaba pociones, en los momentos tranquilos en el
hospital, o durante las comidas.

No estaba segura de si la información podría resultarle útil, pero estaba completamente perdida en
cuanto a qué más podía hacer para prepararse. Los libros eran el único recurso que tenía. Así que
leía, y hacia lluvias de ideas y se preocupaba, y se sorprendía a sí misma saltando al mínimo
comentario.

“Lo siento, Fred,” dijo, encogiéndose, cuando él se pasó a visitar a George. Había intentado relajar
tensiones sugiriéndole que hiciera de enfermera traviesa mientras cuidaba de su hermano.
Hermione, encontrando el tema algo sensible de repente, explotó y casi le abofeteó la cara.

Desvió la mirada. “Es solo—he estado durmiendo mal últimamente.”

Era una excusa patética.

Todo el mundo estaba durmiendo mal, y desde hacía mucho tiempo.

Fuera cual fuera el piso franco, siempre había gente despierta a todas horas; jugando a las cartas,
fumando, haciendo cualquier cosa para pasar las largas horas de la noche.

Harry estaba casi siempre entre los insomnes. Parecía sobrevivir con una cantidad tan insuficiente
de sueño que era casi imposible. Ya no estaba seguro de si las pesadillas eran por Voldemort o si era
su propio estrés y culpa. Cuando comenzaba a tropezarse con las paredes y a quedarse de pie con la
mirada perdida, Hermione lo arrastraba al hospital y le administraba Sueño sin Sueños.

Hermione tenía sus propias pesadillas, la mayoría de Harry y Ron muriendo mientras ella intentaba
salvarlos y no lo conseguía.

Los rostros de los muertos la atormentaban también.

Toda la gente con la que no había sido suficientemente rápida; suficientemente inteligente;
suficientemente hábil para salvar.

Colin Creevey aparecía en sus sueños a menudo.

Colin había sido la primera persona en morir bajo el cuidado de Hermione. Fue poco después de
que Voldemort tomara el poder del Ministerio, antes de que la Orden se viera obligada a abandonar
Hogwarts. Madam Pomfrey había salido a comprar más pociones cuando trajeron a Collin. Harry
había estado ahí, haciéndole compañía a Hermione durante lo que había sido una tarde tranquila.

A Colin lo había alcanzado una maldición desolladora. No había contrahechizo.


Hermione no podía dormir a Collin.

La maldición lo obligaba a mantenerse consciente. Desmaius. Sueño sin Sueños. Incluso filtro de
muertos en vida. Nada funcionaba. La maldición cortaba y lo mantenía consciente. Hermione
intentó todo lo que se le ocurrió para revertirla. Para ralentizarla. Para frenarla. La piel no dejaba de
cortarse. Colin no dejaba de gritar. Si reparaba la piel de algún lugar, volvía a desollarse. Si no
reparaba la piel la maldición cortaba más hondo. A los músculos y los tejidos.

La maldición no paró hasta que llegó a los huesos.

Colin Creevey murió rodeado de una pila de finas capas de su propia carne y un charco de sangre
mientras Hermione sollozaba e intentaba todo lo que se le ocurría para salvarlo.

Se había convertido en un esqueleto perfectamente diseccionado para cuando volvió Madam


Pomfrey.

Hermione nunca se había recuperado de aquello.

No fumaba, no bebía, no se metía en peleas, no tenía sexo casual. Solamente trabajaba más duro y
más tiempo. No tenía tiempo de llorar o arrepentirse. Siempre había otro paciente que venía a ella y
no tenía tiempo de dudar de sí misma.

Dormía cuando estaba demasiado exhausta como para soñar.

Miró a Fred a los ojos. “Es solo un mal día.”

Él esbozó una sonrisa tensa. “No pasa nada, Mione, tienes derecho a tenerlos como todos nosotros.
En serio, no soy capaz de entender cómo puedes seguir con esto.”

Hermione se dio la vuelta, mirando el hospital con impotencia.

“Si no fuera yo—¿quién lo haría?”

La Orden dependía de que ella siguiera ahí.

No era un sentimiento que naciera del ego. Era simplemente un hecho. Llegados a aquel punto de la
guerra, Hermione estaba más especializada en sanar magia negra y maldiciones que cualquiera en
casi toda Gran Bretaña.

Cuando Voldemort hubo tomado el control del Ministerio de Magia, la Orden se vio obligada a
dejar de ir a San Mungo. Cualquier miembro de la Resistencia que mandaran al hospital era
inmediatamente arrestado con cargos de terrorismo y después desaparecía en alguna de las
prisiones de Voldemort.

La toma de posesión del Ministerio había estado perfectamente calculada. La primera ley que se
decretó fue el Acta de Registro de Hijos de Muggles. Voldemort comprendía el rol vital que la
sanación jugaba en una guerra, así que San Mungo fue el primer lugar que se purgó con la nueva
ley. Arrestaron inmediatamente a todos los sanadores mestizos e hijos de Muggles y les arrebataron
las varitas antes de que pudieran huir a la Orden.

De un día para otro, Poppy Pomfrey se había convertido en una de las sanadoras más
experimentadas de la Resistencia. Hermione había sido su aprendiz y había estudiado con tenacidad
desde la muerte de Dumbledore. Cuando sanadores europeos que simpatizaban con la Resistencia
habían contactado con ellos en secreto para ofrecer formación, Hermione era la única persona con
suficientes conocimientos sobre sanación como para ser apta de quien la Orden pudiera prescindir.

Había dejado atrás a todo el mundo. Dijo adiós y la hicieron viajar en secreto por Europa de
hospital en hospital para aprender toda la magia de sanación avanzada que pudiera. Volvió casi dos
años después, cuando el hospital se vio comprometido durante una batalla y todos los sanadores
que habían reclutado fueron asesinados, junto a Horace Slughorn. Severus había formado a
Hermione en pociones hasta que se marchó, y había continuado con el estudio, al estar relacionado
con la sanación, durante su formación por Europa. Cuando volvió, Hermione era tanto una
sanadora de emergencia completamente formada como elaboradora de pociones médicas. Su
especialidad era deconstruir maldiciones para desarrollar contrahechizos.

El primer contrahechizo que inventó fue para la maldición desolladora.

Con la sección de desarrollo de maldiciones lanzando constantemente nuevos hechizos


experimentales para cada batalla, la necesitaban desesperadamente.

Hermione formaba a todos los miembros de la resistencia que estuvieran dispuestos a aprender. Por
desgracia, la magia sanadora era un arte precisa y altamente sutil. Requería una atención y
devoción tremendas para tener éxito. La Orden trataba de incluir al menos una persona con
habilidades de sanación de campo en cada batalla para tratar de mantener a los luchadores con vida
el tiempo suficiente para volver al hospital. Pero, debido a la alta demanda de su despliegue, los
sanadores de campo trabajaban en exceso y tenían la tasa de muertes más alta de la Orden.

La mayoría de los luchadores preferían invertir su tiempo libre en practicar más magia defensiva y
no creían que necesitaran saber nada más que primeros auxilios mágicos. El obstinado optimismo
que aquello revelaba hacía que Hermione temblara de frustración cuando se permitía pensar en ello.

La Orden sencillamente no tenía suficientes personas como para crear una buena estructura. Los
fallos en el liderazgo afectaban a toda la Resistencia.

No habían estado preparados para la guerra. La muerte de Dumbledore les había cortado las alas y
habían estado luchando por sobrevivir desde entonces.

Malfoy era el responsable.

El asesinato de Dumbledore los había mutilado. Condenado.

Ahora estaba intentando parecer una especie de salvador retorcido, dispuesto a restañar la herida
que había abierto.

Hermione le odiaba. Más de lo que odiaba a nadie exceptuando a Voldemort. Antonin Dolohov, el
director de la sección de desarrollo de maldiciones era el tercero por poco.

Malfoy había iniciado la guerra, causante de todo el dolor y ahora ella tenía que tragarse todo ese
odio y—

—aceptar.

El horror que sentía desde su primera conversación con Moody ya se la estaba tragando.
No sabía cómo dejar de odiar a Malfoy. No creía que fuera suficientemente buena actriz como para
fingir que lo había conseguido. La idea de estar en la misma habitación con él sin intentar
maldecirlo—castigarlo por todo lo que había hecho—no estaba segura de tener tanto autocontrol.

Hermione rechinó los dientes y reclino la frente contra una ventana intentando pensar con claridad,
obligarse a respirar y no romper algo o echarse a llorar.

No podía derrumbarse. Tenía que compartimentar. Tenía que meter todo el odio hacia Malfoy en
una caja y mantenerlo donde no podría escaparse y teñir todas sus interacciones con él. No podría
mantener la mente fría si estaba siempre ardiendo de rabia.

Tenía que relativizar.

Utilizar su espionaje era mucho más importante que la satisfacción inmediata de odiarle.

Le necesitaban.

Aunque una parte de ella quería hacerle sufrir. No podía evitar esperar, cuando hubieran obtenido lo
que necesitaban de él, poder hacerle pagar.

Pero—llegados a ese punto, si ganaran la guerra, la victoria se la deberían a él. Hermione había
aceptado ser el precio de aquello. Por mucho que le odiara, si los salvaba a todos, se sentiría
obligada a cumplir su parte.

Sin importar lo que se propusiera hacer con ella.

De repente sintió náuseas. Estaba temblando, y tenía calor y frío a la vez.

Se separó del cristal.

Su aliento había creado un círculo de condensación en el cristal.

Tras un momento, alzó la yema del dedo y trazó la runa thurisaz: la fuerza de la destrucción y la
defensa, las penurias, la introspección y el centro. A su lado, dibujó su inversa, su merkstave: para
peligro, traición, maldad, malicia, odio, tormento y rencor.

Ella.

Malfoy.

Vio desaparecer las runas al evaporarse la condensación de vuelta al aire.

Se volvió a sus libros.

Moody fue a verla aquella tarde. “Tenemos fecha y lugar.”

“¿Dónde?”

“El bosque de Dean. El viernes. Ocho de la tarde. Reconoceré el terreno y te apareceré al lugar la
primera vez.”

Hermione asintió, sosteniéndole la mirada. Había una resentida parte de ella que quería que
recordara el momento. Grabarle en la memoria su aspecto—antes.
Él pareció vacilar antes de que su expresión se endureciera. “Tienes que mantener su interés todo el
tiempo que puedas.”

A Hermione se le torció el gesto, pero asintió.

“Soy consciente,” dijo, pasando la yema del dedo por el borde de las páginas del libro hasta que
sintió que las páginas estaban a punto de cortarle. “No sé si seré capaz, pero haré lo que pueda.
¿Por casualidad podría hablar con Severus antes del viernes? Tengo algunas preguntas.”

“Lo organizaré,” dijo Moody. Después se dio la vuelta y se marchó.

Viernes.

Dentro de 2 días.

Muy poco tiempo para prepararse.

Pero mucho tiempo para que se la comiera la angustia.

No había comido desde su primera conversación con Moody. No se veía capaz. Cada vez que
intentaba probar bocado, se le cerraba el estómago. Había estado viviendo a base de té.

Hermione cerró los ojos y se obligó a respirar hondo.

Cerró de golpe el libro que estaba leyendo y se concentró en la oclumancia.

Según Severus tenía talento para ello.

Se deslizó por sus recuerdos y pensamientos, ordenándolos y organizándolos. Reforzó los muros
alrededor de las reuniones importantes de la Orden. Los horrocruxes. Después empujó al fondo
todos los recuerdos en los que intentaba no pensar.

Había demasiados recuerdos de gente muriendo en su cabeza.

Los envió al fondo de su mente e intentó aplastarlos para no poder oír los gritos agónicos que los
plagaban.

Filtró su odio hacia Malfoy y lo empaquetó con cuidado en una esquina, donde no podía distraerla
o abrumarla.

Practicar oclumancia era lo más cercano a la paz mental que pudiera encontrar.

En parte era la razón por la que tenía talento para la sanación. Podía dejar a un lado la compasión y
la empatía y simplemente centrarse en el proceso y procedimiento de sanar.

Parecía ser una característica común entre sanadores.

Algún día, cuando terminara la guerra, quizá Hermione podría elaborar un estudio sobre el número
de oclumantes naturales en el sector de la sanación.

Sospechaba que la mayoría de los sanadores de urgencias tenían aunque fuera un poco de
proclividad subconsciente hacia ello. La oclumancia no se enseñaba habitualmente, la mayoría de
la gente probablemente no se daba cuenta de que la usaba. Ese había sido el caso para Hermione.
Durante mucho tiempo, simplemente pensó que era fría. Al pasar los años en guerra, su creciente
tendencia a desconectar sus emociones y simplemente ser racional destacaba en contraste con la
impulsividad emocional de Ron y Harry.

No es que no sintiera las cosas—las sentía. Pero las emociones eran suplementarias. No decidían
las cosas por ella.

Era siempre la mente primero, el corazón después.

Había empezado después de morir Colin. No podía ser como Harry. Aquella muerte se convirtió en
un momento decisivo para cada uno de ellos.

Después de ver como Hermione intentaba salvar a Collin, Harry se convenció por completo de la
absoluta maldad de la magia negra. Comenzó a moverse por lo que él creía que era lo correcto;
cómo pensaba que debían ser las cosas.

A Hermione le ocurrió lo contrario. Se dio cuenta de la increíble ventaja que los Mortífagos tenían
sobre la Orden. Le hizo abrir los ojos al precio del fracaso. Se convenció de que casi cualquier
medio estaba justificado para detener a Voldemort. El coste de elegir adscribirse a una moral idílica
y perder era demasiado elevado. Era simplemente la conclusión más lógica. Cuanto mas durase la
guerra, más gente buena e inocente sufriría y moriría.

La diferencia entre estas conclusiones creaba un cisma entre Harry y ella.

La magia negra le había robado a sus padres, Sirius, Dumbledore, Colin… Todos se habían ido por
culpa de las artes oscuras. Que la solución de Hermione fuera combatir fuego con fuego era
impensable para Harry.

Harry estaba decidido: no serían asesinos. La Orden no sería así. El amor había derrotado a la
maldición asesina una vez. Derrotaría también a Voldemort.

Los miembros cínicos o pragmáticos de la Orden eran silenciados a gritos por todos los demás.
Incluso al volverse la guerra más cruel, la convicción se consolidaba con cada vida que se perdía.

Los creyentes en la Luz no podían abandonar su postura porque les obligaría a admitir que las
muertes habían sido en vano. Que le habían pedido a la gente que diera su vida por un ideal que
había fracasado.

En vez de enfrentarse a aquella amarga verdad, se convencían más y más de que los sacrificios y
pérdidas se habían vuelto tan numerosos que tenían que valer la pena. De que la balanza entre en
bien y el mal pronto se inclinaría en su favor, porque—tenía que ser así.

Todo esto hacía que Hermione saliera de las reuniones a punto de llorar de rabia. Incluso recurrió a
escribir una presentación explicando la falacia del coste hundido, aumento irracional del
compromiso, y la teoría de autojustificación. Hicieron caso omiso de sus explicaciones de
psicología muggle, y cuando insistió la trataron como si fuera alguna especie de monstruo
pusilánime, intentando utilizar la psicología para legitimar el asesinato.

Un día pasó trece horas en el hospital reconstruyendo laboriosamente los pulmones del profesor
Flitwick. Cuando la llamaron para una reunión de la Orden inmediatamente después, estaba
exhausta, y sacó el tema de la magia negra por pura furia renovada. Ron, también furioso y
exhausto, le informó de que estaba siendo una zorra y que ni siquiera parecía entender de qué iba la
Orden.

Varios miembros más asintieron. Harry no lo hizo, pero se negó a mirarla a la cara, y le dio una
palmada en el hombro a Ron cuando se marchó de la reunión.

Ella estuvo llorando después de aquello.

Severus la había encontrado en un almacén, al borde del colapso emocional. Tras alternar entre
insultarla ligeramente a ella e insultar escandalosamente al resto de la Orden durante varios
minutos, había conseguido que recuperase la compostura.

Halagos mediante censura.

La vez siguiente que estuvo en una reunión de la Orden le había dado un libro sobre oclumancia.
No había tenido tiempo para enseñarle, pero Hermione no había necesitado enseñanza. Solo leer los
conceptos le permitió interiorizar la técnica.

Severus le dijo que se lo había imaginado. Era una oclumante natural. Era, en parte, la razón por la
que tenía talento para las pociones y la sanación. Tenía la capacidad de compartimentar si lo
necesitaba.

Tras cinco años de guerra, Hermione sentía como si su vida entera estuviera en pequeñas cajas. Su
relación eternamente tensa con Ron y con Harry estaba cuidadosamente enterrada en un rincón
donde no podía sentirla. La mayoría de sus relaciones parecían estar apartadas a un lado. En el
centro de sí misma, en el enorme espacio que había llenado su relación con Harry y Ron, había
ahora una caverna que mantenía ocupada con trabajo.

Tras unos minutos, abrió los ojos de nuevo y volvió a la lectura. Solo le quedaban dos días para
prepararse.

Minerva McGonagall llegó de improviso a Grimmauld Place la tarde siguiente, al terminar el turno
de hospital de Hermione. La ex-directora de Hogwarts rara vez salía de Escocia. Tras la clausura de
Hogwarts, McGonagall había tomado custodia de todos los magos y brujas menores de edad que
quedaron huérfanos o cuyos padres estaban luchando en la guerra. Había vuelto a la casa de su
padre en Caithness y, tras abusar de los encantamientos expansores hasta un punto absurdo, la había
hecho lo suficientemente grande como para albergar a más de cien niños.

Consideraba que cualquiera que no tuviera padres estaba bajo su cuidado. Con los padres de
Hermione desmemorizados y escondidos en Australia, aquello significaba que Minerva consideraba
que Hermione estaba también bajo su paraguas.

Fueron a tomar el té en el Londres muggle.

Cuando estuvieron sentadas, observó a Hermione en silencio durante un rato.

“Esperaba que dijeras que no,” dijo Minerva con detenimiento.

“¿De verdad creías que lo haría?” preguntó Hermione con calma mientras terminaba de servir el té.
“No,” dijo Minerva con rigidez. “Mis esperanzas y creencias han sido cosas diferentes ya desde
hace tiempo. Es por eso que dije que era inadmisible.”

“La Orden lo necesita.”

Se hizo el silencio mientras ambas mujeres estudiaban a la otra. La tensión entre ellas vibraba;
como el lamento de un violín tocado sin cuidado con el arco. Agudo. Doloroso. Profundo.

Tras un minuto, Minerva habló de nuevo.

“Tu… has sido una de las alumnas más extraordinarias a las que he tenido el privilegio de enseñar.
Tu perseverancia cuando estabas en Hogwarts siempre ha sido algo que he admirado—”

Minerva hizo una pausa.

“¿Pero—?” insistió Hermione, preparándose para la afilada crítica que esperaba al otro lado del
cumplido.

“Pero—” Minerva depositó su taza de nuevo en el platillo con un agudo ‘clic’, “la manera en que
has llevado esa tendencia a la guerra me preocupa. A veces me pregunto dónde está el límite para
ti. Si tienes un límite siquiera.”

En otros tiempos—semejante reproche hubiera hecho sonrojarse y dudar a Hermione. En aquel


momento ni se inmutó.

“Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas,” dijo. “Para enfermedades extremas, las
curas extremas, para que no se extiendan, son más apropiadas.”

A Minerva se le endureció el rostro, los labios en una fina línea.

“¿Y dónde queda el ‘ante todo no hacer daño’? ¿O crees que el juramento no se aplica cuando el
daño es hacia ti misma?”

“Hipócrates nunca lo dijo.” Hermione tomó un sorbo de té con mayor indiferencia de la que sentía.
“Primum non nocere. Se acuñó en el siglo diecisiete. El Latín lo delata. Además—no estoy
haciendo esto como sanadora.”

“Que Moody te haya pedido esto lo convierte en tan depravado como la mente que lo concibió.”
Minerva hablaba con un cerrado acento escocés debido a la emoción que llevaba su voz. “Creí que
habría límites. ¿Cuándo se vuelve el precio de la victoria demasiado alto? Esto ya es una guerra
pagada con sangre de niños. ¿Los vamos a vender también?”

Hermione suspiró. “Ya no soy una niña, Minerva. Esto es una decisión que estoy tomando. Nadie
me ha obligado.”

“Todo el que te conozca sabe que aceptarías. Draco Malfoy sabía sin ninguna duda qué dirías
cuando se te planteara la cuestión. ¿De verdad crees que para alguien de tu naturaleza es una
cuestión de elección?”

“No más que convertirme en sanadora o cualquier otra cosa que haya hecho por ellos.” Hermione
se sintió sin fuerzas de pronto. “Tomar decisiones difíciles—alguien tiene que hacerlo. Alguien
tiene que estar dispuesto a sufrir. Yo estoy dispuesta. Puedo soportarlo. ¿Por qué imponérselo a
alguien que no puede?”
“Te pareces tanto a Alastor…” dijo Minerva con amargura. Parecía tener lágrimas en los ojos.
“Cuando me lo contó, le dije que no. Le dije, nunca. Hay límites que no se pueden cruzar porque
una vez pides algo así no eres mejor que ellos. Y entonces me dijo que no me estaba consultando.
La decisión la habían tomado Kingsley y él. Simplemente me estaba informando para que alguien
que se preocupase por ti lo supiera—por lo que Draco Malfoy pudiera hacerte—”

A Minerva se le cortó la voz.

Hermione se sintió abrumada por una ola de afecto, pero se obligó a no reaccionar. A no vacilar.

“Él mató a Albus,” dijo Minerva poco después, la voz le temblaba por la emoción.

“Lo sé. No lo he olvidado.”

“Apenas tenía dieciséis años en aquel entonces. Mató a uno de los magos más poderosos de nuestro
tiempo a sangre fría en un pasillo lleno de alumnos de primer año. Incluso Tom Riddle estaba más
cerca de los diecisiete cuando comenzó a matar, y empezó por una niña, en secreto en unos baños.
¿Qué clase de persona crees que es Draco Malfoy ahora? Seis años después.”

“Es nuestra mejor oportunidad para darle un giro a la guerra. Lo necesitamos, Minerva. Tu ves los
huérfanos, pero yo veo los cadáveres. No podemos permitirnos desperdiciar ninguna oportunidad
en este momento. No voy a rechazar algo que pueda darle a la Orden la más mínima oportunidad de
ganar. Ningún individuo importa más que la guerra en su conjunto.”

“Harías lo que fuera por terminar con esta guerra.”

“Así es.”

“James Potter solía decir que la guerra era un infierno. Solía estar de acuerdo con él. Pero ahora—
creo que se equivocaba. La guerra es mucho peor que el infierno. No eres ninguna pecadora, este
no es un destino que merezcas. Y aun así, pareces estar decidida a intentar condenarte a ti misma si
eso significa ganar.”

“La guerra es la guerra. El infierno es el infierno. Y de los dos, la guerra es mucho peor,” citó
Hermione, y esbozó una sonrisa amarga. “Mi padre solía decirlo. Es una frase de una serie de
televisión muggle.

Hermione vaciló, antes de añadir “Tienes razón. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para ganar
esta guerra. No sé si estoy haciendo lo correcto, estoy segura de que muchas personas dirían que
no. Se que no habrá vuelta atrás después de esto—ni para Harry, o Ron, incluso si acaba
llevándonos a la victoria. Pero—salvarlos vale la pena para mí. Siempre he estado preparada para
pagar el precio de mis acciones. Nunca he estado ciega a las consecuencias”

Minerva no respondió. Tomó un sorbo de té y miró a Hermione como si no esperara poder verla de
nuevo.

Hermione le sostuvo la mirada y se preguntó si así sería.

Chapter End Notes


Nota de la autora: Lo sé, aún no hay Draco. Está al caer.
Citas de Hipócrates y M.A.S.H.
Flashback 3

Moody le aviso de que Severus estaría en La Hilandera por la tarde el viernes. Hermione se
preparó, esperaba que fuera una conversación más fácil que la que había tenido con Minerva.

Severus y ella habían entablado una especie de amistad durante la guerra. Había comenzado cuando
Hermione había llamado a su puerta tras la muerte de Dumbledore, pidiéndole que le enseñara a
elaborar pociones. A lo largo de los años, al irse deteriorando las relaciones de Hermione con el
reto de miembros de la Orden, llegaron a disfrutar la mutua crudeza de la compañía del otro.

No es que fueran cercanos.

Ninguno de los dos tenía tiempo para ser amigos de nadie.

Simplemente se demostraban su respeto con pequeños gestos. Severus no insultando cruelmente a


Hermione en las reuniones de la Orden de la manera en que hacía con todos los demás, y Hermione
acallando las sospechas de Harry y el resto sobre si Severus estaba realmente del lado de la Orden,
ya que no estaban ganando.

Cuando Hermione llegó a la casa de Severus, encontró la puerta entreabierta para ella, y a Severus
preparando pociones en la cocina. La habitación llena de vapor era un asalto a los sentidos. La
elaboración de pociones le había dado a Hermione el hábito de identificar olores de manera
compulsiva. El aire llevaba los aromas de decocciones de hierbas y tinturas. El olor dulce y fuerte
de la aquilea, flores de león secas, la amargura mineral de las raíces molidas, el olor ahumado y
arcilloso de los huevos de ashwinder que casi podía saborear en el aire. Todos infundidos con el
aroma de la magia, que se adhería a su piel y a su pelo.

“¿Alguna novedad?” preguntó, viendo como Severus se inclinaba sobre el caldero durante unos
minutos.

“Claramente,” respondió con tono sarcástico mientras añadía una gota de veneno de Acromántula.

La poción desprendió una nube de vapor amarillo, y Severus dio un paso atrás para evitarla con un
leve siseo de irritación.

Hermione echó un vistazo a los ingredientes.

“¿Hay una nueva maldición?”

“En efecto. Dolohov se ha superado esta vez. Fácil de lanzar y altamente efectiva. Contrarrestarla
es sencillo pero el daño es inmediato. Comenzarán a usarla en el campo dentro de poco.”

“¿De qué tipo?”

“Pústulas ácidas contagiosas.”

Hermione apretó los labios y tomó aire. Tendría que investigar mucho para prepararse. Los
hechizos de ácido apenas se habían visto en las batallas hasta entonces, pero los efectos eran
devastadores y difíciles de sanar.
Severus añadió cuatro gotas de rocío de luna, y se volvió para mirarla.

“Tienes veinte minutos,” dijo, pasando por delante de ella y dirigiéndose al salón. Ella se demoró
un poco para inspeccionar la poción antes de volverse para seguirle.

“He oído que te vas a sacrificar por la causa,” dijo desde un sillón, arrastrando las palabras, antes
de que ella se hubiera sentado.

“Moody me dijo que crees que es una oferta legítima,” dijo ella con voz plana.

“Cierto,” dijo.

No le ofreció té.

“¿Por qué?” preguntó ella. No había razón para andarse con rodeos. Quería respuestas claras.
Después de tantos años de guerra, había descubierto que Severus respondía mejor a las preguntas
cortas y directas que a cualquier otra.

“Draco Malfoy no es leal a nadie,” respondió.

Hermione esperó.

“Por supuesto, técnicamente sirve al Señor Tenebroso,” dijo, haciendo un ademán con la mano,
“pero eso es por necesidad, no lealtad. Su motivación es de naturaleza personal. Cualquiera que sea
su objetivo, ha decidido que la Orden puede ayudarle a lograrlo mejor que el Señor Tenebroso.”

Severus hizo una pausa y después añadió “No le guardará lealtad a la Orden, pero será tan buen
espía como es Mortífago.”

“¿Vale la pena si no podemos confiar en él?” preguntó Hermione.

“Llegados a este punto, no creo que la Orden tenga otra opción. ¿Y tú?”

Hermione negó con la cabeza y se aferró al sillón.

“Y—creo que se equivocó en algo cuando hizo la oferta,” añadió Severus.

“¿Cómo?”

“Pidiéndote a ti. Creo que fue un error por su parte,” dijo Severus, escrutándola con aire pensativo.

Hermione parpadeó. “¿Por qué?”

“Como le dije a Moody, observé que Draco sentía una especie de fascinación por ti en la escuela.
No me malinterpretes; no estoy diciendo que fuera nada significativo, mucho menos serio. No
obstante, le llamabas la atención. Quizá seas capaz de usar ese hecho en tu beneficio. No creo que
él sea consciente.”

“Ha exigido que le pertenezca. Creo que es consciente,” señaló Hermione.

“Si simplemente quisiera un cuerpo para poseer o tener sexo, podría tener prácticamente a
cualquiera con muy poco esfuerzo. Seamos sinceros, no eres Elena de Troya, e incluso si lo fueras,
no te ha visto en casi seis años. Y ciertamente no lo eras entonces. Dudo que sepa siquiera cuál es
tu aspecto ahora. En la lista de resentimientos que debe tener ahora, dudo que vuestra rivalidad
académica esté en un puesto muy alto,” replicó Snape. “No eres el motivo de su cambio de bando.”

Las palabras de Severus dejaron a Hermione en un estado de alivio y desesperanza simultáneos. No


quería la atención de Draco Malfoy—pero la necesitaba. De pronto se sitió tentada de echarse a
llorar ante la absoluta imposibilidad de la misión que tenía.

“Por tanto,” siguió diciendo Snape, “su decisión de añadirse a sus demandas es una oportunidad. Si
decides tomarla. Tú—podrías conseguir su lealtad.”

“¿Cómo? ¿Seduciéndolo?” preguntó Hermione con escepticismo.

“Despertando su interés,” dijo Snape, poniendo los ojos en blanco como si ella fuera corta de
entendederas. “Eres una bruja suficientemente inteligente. Sé interesante para él. Encuentra la
manera de abrirte paso en su mente para que empiece a querer lo que no puede simplemente
exigirte. Con toda certeza, no vas a conseguirlo con tus armas de mujer.”

Snape resopló mientras lo decía.

“Los hombres como Draco Malfoy son ambiciosos, lo cual hace que se aburran rápido de cualquier
cosa que puedan obtener con facilidad. El sexo es posiblemente una de las cosas que pueda
conseguir más fácilmente; incluso el sexo contigo—dadas las condiciones que impuso. Tendrás que
ser más que eso, y tendrás que demostrarle que lo eres.”

Hermione asintió con una seguridad que no sentía mientras Snape añadía, “Tendrá una ventaja
considerable de poder sobre ti. Sin embargo, el hecho de que le llames la atención significa que
tienes un as bajo la manga. Después de seis años, cuando ha tenido la oportunidad de exigir
cualquier cosa, tú eres lo que se le ha ocurrido pedir. Tendrás que escoger bien cómo utilizas ese
conocimiento si quieres equilibrar la balanza o asegurarte su lealtad.”

“Malfoy no es estúpido. Se lo esperará.”

“Así es.”

“¿Pero crees que puedo conseguirlo?”

“¿Está buscando conseguir halagos, Señorita Granger?” dijo Severus sin entusiasmo. “Llegados a
este punto, creo que vale la pena intentar casi cualquier cosa. Que tengas alguna posibilidad de
conseguir que funcione es altamente improbable. Has aceptado venderte a cambio de información a
un mago increíblemente peligroso que ha obtenido la mayor parte de su poder gracias a su
considerable inteligencia. Un mago cuyas motivaciones actuales son un misterio; incluso para
aquellos que lo han conocido toda su vida. Es excepcionalmente solitario y voluble, incluso para
los estándares de un Mortífago. No ha llegado a donde está por ser fácil de vencer o tener puntos
débiles predecibles.”

Hubo una larga pausa. Al parecer Snape no tenía nada más que decir.

Hermione se puso de pie, sintiéndose tremendamente desmoralizada.

Se estaba vendiendo a una apuesta que tenía muchas posibilidades de perder. Probablemente sería
fútil.
Estaba decidida a hacerlo de todas formas.

Vaciló, con una pregunta en los labios que casi temía articular.

“¿Es—?” tartamudeó. “¿Cómo—de cruel crees que es?”

Snape la miró con sus oscuros ojos inescrutables.

“No he tratado mucho con él desde quinto año. Sin embargo, aunque fuera un matón, nunca lo he
considerado un sádico.”

Hermione asintió espásticamente, sintiéndose un poco mareada mientras se volvía para marcharse.

“Le deseo suerte, Señorita Granger. Eres una mejor amiga de lo que Harry Potter merecerá jamás.”

La voz de Severus tenía un matiz de pesar. Hermione se detuvo y se llevó la mano a la garganta,
recorriendo con el pulgar la línea de su clavícula y enrollando la cadena de su collar entre los
dedos.

“No lo estoy haciendo solo por Harry,” dijo. Severus resopló y ella lo miró con gesto defensivo.
“Hay un mundo entero ahí fuera que ni siquiera sabe que depende de nosotros. Además, si
perdemos, ¿qué oportunidad crees que tendré yo?”

Severus asintió, conforme. Hermione se marchó de la casa de La Hilandera sin decir una palabra
más.

Cuando Hermione volvió a Grimmauld Place, entró en el baño y se miró al espejo.

Estaba delgada y demacrada. Tenía la piel pálida por la falta de luz solar. Sus facciones eran más
afiladas de lo que habían sido en el colegio; más delicadas. Sus pómulos le daban un aspecto más
elegante. Sus ojos—bueno, siempre había pensado que eran su mejor rasgo—grandes y oscuros,
pero con el fuego suficiente como para que no le dieran un aspecto demasiado inocente. Su pelo
siempre había sido su cruz. Aún tupido, pero lo llevaba lo suficientemente largo como para que el
peso lo mantuviera en su sitio. Lo llevaba trenzado y amarrado en la nuca para que no le molestara
cuando preparaba pociones o trataba pacientes.

Se quitó la ropa y se metió a la ducha. El agua caliente cayendo por su piel la hacía sentir segura.
No quería irse, pero después de frotarse de la cabeza a los pies, se obligó a cerrar el grifo y salir.

Se aplicó un encantamiento depilador en las piernas y las axilas, y se secó con una toalla.

Limpiando el vaho del espejo, evaluó el cuerpo que veía en el relejo con ojo crítico.

Tendría que esperar que el interés subconsciente de Malfoy fuera sobre todo por su mente, porque
desde luego no era Elena de Troya. El estrés había consumido sus curvas. Se le marcaban los
huesos, y tenía los miembros escuálidos. No tenía ningún defecto en concreto, solo faltaba suavidad
en las zonas que a los hombres generalmente les gustaba agarrar.

En lo que respectaba al atractivo sexual, era, sin duda, mediocre. Sencillamente no era una cualidad
que hubiera tenido tiempo o ganas de cultivar en sí misma. Darle vueltas a la impresión que daba
en lo sexual—simplemente nunca le había parecido de vital importancia.
No podría habérsele ocurrido que la guerra iba a exigir que se ofreciera—¿como amante? ¿Puta?
¿Trofeo de guerra?—a un Mortífago.

No se molestó en preocuparse por su ropa interior o su atuendo cuando se vistió. No hubiera tenido
sentido intentar fingir que tenía cualidades o atributos que no poseía. Lo haría indudablemente mal.
Tratar de cubrir un ángulo adicional podría exceder sus limitaciones y revelar su intención.

Preparándose para marchar, se miró al espejo y se llevó la mano a la cadena del colgante que
llevaba alrededor del cuello, vacilando antes de sacarla de debajo de su camiseta y observar el
amuleto que colgaba de ella. El colgante de Aset. Un pequeño trono colocando encima de una
piedra escarlata intenso, un disco colar, encajado entre dos cuernos. Se lo habían entregado cuando
estuvo estudiando sanación en Egipto, antes de que volviera a Europa a estudiar en Austria.

Se lo quitó y lo metió en un bolso de cuentas que tenía debajo de la cama.

Si moría, probablemente Severus sabría lo que era.

La ubicación que Malfoy les había indicado estaba en el pueblo de Whitecroft. Moody la apareció
ahí, y tras escudriñar el lugar durante un minuto con su ojo mágico, volvió a desaparecer con un
‘pop’.

Sintiéndose tan visceralmente abandonada que le dolía la piel, Hermione se dirigió al sendero de
grava de la dirección, mirando alrededor a un aparcamiento vacío.

Ilocalizable. O incluso un punto intermedio antes de que fuera dirigida a la ubicación real.

Después de mirar alrededor con nerviosismo, tragó saliva y se resignó a esperar.

Había un tocón a un lado del camino. Se sentó. Después de otro minuto, sacó un libro, manteniendo
el oído alerta ante cualquier ruido.

Había leído seis páginas cuando un sonido a su derecha le hizo alzar la cabeza con brusquedad. La
luz de una puerta flotante apareció de repente en el aparcamiento vacío, y con ella una cabaña
comenzó a mostrarse ante sus ojos.

Draco Malfoy estaba ahí, enmarcado por la puerta.

No lo había visto en casi cinco años.

Devolvió el libro a su bolso y comenzó a caminar; su pulso se aceleraba con cada paso.

Era más alto y de hombros más anchos. La arrogancia de su pasado en la escuela se había
desvanecido, sustituida por un perceptible poder. Una confianza mortífera.

Incluso cuando Hermione hubo subido los escalones, se erguía por encima de ella. Era por lo
menos tan alto como Ron, pero parecía más grande. La alta estatura de Ron estaba contrarrestada
por lo desgarbado y torpe que era. Malfoy se hacía dueño de cada centímetro de su estatura, como
si fuera un testimonio adicional de su superioridad al mirarla por encima de la nariz.

Su rostro había perdido todo vestigio de la niñez. Era cruelmente hermoso. Sus afilados rasgos
aristocráticos estaban colocados en una expresión dura e implacable. Sus ojos grises eran como
puñales. Su pelo aún de ese rubio pálido, casi blanco, peinado despreocupadamente hacia un lado.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, con gesto casual. Dejó el espacio justo para que ella
entrase, pero solo rozando levemente su túnica. Captó el intenso aroma del cedro en la tela al pasar.

Parecía peligroso. Podía sentir la mácula de la magia negra a su alrededor.

Acercase a él era como caminar hacia un lobo o un dragón. Se le iba tensando el cuerpo entero
mientras se aproximaba. Luchó contra el miedo que le lamía la columna.

Había algo de despiadado en su persona.

Había matado a Dumbledore a los dieciséis años, y aquél solo había sido el principio de su ascenso
manchado de sangre.

Si la hoja de un asesino fuera un hombre, tomaría la forma de Draco Malfoy.

Hermoso y maldito. Un ángel caído. O quizá, el ángel de la muerte.

Qué clichés… y sin embargo, de algún modo, lo describían. Si era complicado o estaba confundido,
no lo mostraba; solo parecía cruel, frio y hermoso.

“Malfoy. Tengo entendido que quieres ayudar a la Orden,” dijo después de entrar a la cabaña y que
él cerrase la puerta tras ella. Reprimió el impulso de encogerse o volver la cabeza cuando escuchó
el ‘clic’.

Estaba sola en una casa con Draco Malfoy, a quien había aceptado venderse a cambio de
información.

La Poción Calmante que se había tomado justo antes de salir con Moody estaba lejos de ser
suficiente alivio para el terror debilitante que la invadía. Lo sentía en todas partes; en la columna
vertebral, en el estómago, en las manos, y oprimiéndole la garganta con tanta firmeza como si la
fuera a estrangular.

Cuadró los hombros y se forzó a escrutar la habitación lentamente.

La casa parecía estar compuesta de una gran habitación vacía. Apenas estaba amueblada. Dos
sillas. Una mesa. Nada más.

No había cama.

“¿Comprendes las condiciones?” dijo con serenidad cuando ella volvió a dirigirle la mirada.

“Un indulto. Y a mí. A cambio de información.”

“Ahora y después de la guerra.” Sus ojos centellearon con una mezcla de crueldad y satisfacción al
decirlo.

Hermione no se inmutó.

“Sí. Soy tuya a partir de ahora. Moody dice que actuará como Testigo si necesitas un Juramento
Inquebrantable,” dijo, intentando no sonar demasiado resentida.

Él esbozó una leve sonrisa de suficiencia.


“No será necesario. Confiaré en esa nobleza de Gryffindor que tienes si me lo juras ahora.”

“Lo juro. Soy tuya. Tienes mi palabra,” dijo sin darse tiempo para vacilar.

Hubiera deseado poder sentirse triunfante por el hecho de que le estuviera dejando una salida. Pero
—si ganaban la guerra llegados a aquel punto sería gracias a él. Estaría en deuda con él. Todos lo
estarían.

“Hasta que ganemos no debes hacer nada que interfiera con mi capacidad para contribuir a la
Orden,” le recordó con firmeza.

“Ah, sí. Tendré que asegurarme de mantenerte con vida hasta que esto acabe.” Esbozó una leve
sonrisa mientras la evaluaba.

“Quiero que lo jures,” dijo ella con voz tensa.

Sus ojos centellearon mientras se llevaba una mano sobre el corazón. “Lo juro,” dijo con tono de
burla, “No interferiré con tus contribuciones a la Orden.”

Después chascó la lengua. “Cielos, pero sospechas de mí, ¿verdad? Te preocupa que todo esto sea
solamente un plan por mi parte para poder probarte antes de que la guerra acabe y tú mueras,”
especuló. “No te inquietes. Como prueba de mi sinceridad, no voy a tocarte—por ahora. Después
de todo, he esperado todo este tiempo para conseguirte como trofeo, puedo contenerme un poco
más.”

Esbozó una sonrisa felina.

“Mientras tanto, te dejaré volver corriendo a tu querida Orden con mi información, y me sustentaré
con tu deliciosa compañía.”

Si Malfoy estaba intentando poner nerviosa a Hermione, estaba haciendo un excelente trabajo.

Como si la idea de consentir a cuales fueran las cosas horribles que quería hacerle no fuese lo
suficientemente horrible, tener que seguir temiéndolo era casi peor.

Apretó los dientes y se obligó a respirar. Se llevó una mano detrás de la espalda y apretó el puño
con fuerza, después se forzó a extender los dedos lentamente. Armándose de valor. Despejando la
mente.

Esto era mejor, razonó. Cuanto más tardara él en actuar, más tiempo tendría ella para asegurarse su
lealtad; para encontrar la manera de someterlo antes de que se cansara de ella.

Asintió brevemente.

“De acuerdo. Eso es—generoso por tu parte.”

Él se llevó la mano al corazón.

“No te haces a la idea de lo mucho que me deleita oírte decir eso,” dijo con falso entusiasmo.

Hermione entrecerró los ojos. No lo entendía. Su verdadera motivación se le escapaba por


completo. Odiaba la desventaja en que la colocaba aquello.
“Pero ya sabes…” dijo Malfoy, que de pronto parecía contemplar algo. “Quizá, deberías darme
algo—”

Hermione lo miró.

“cálido, para mi corazón frío,” dijo con voz queda. “Un recuerdo para mantenerme motivado.”

“¿Qué es lo que quieres?” dijo ella con rigidez. Comenzó a calcular mentalmente las opciones más
probables. Quizá la obligaría a desnudarse. O a chupársela—nunca lo había hecho, seguramente se
le daría muy mal. O a dejar que se corriera en su cara. O quizá quería que se quedara quieta
mientras la maldecía. O poder cruzarle la cara como venganza por lo de tercer año.

“No parece entusiasmarte la idea,” dijo Malfoy. “Estoy realmente ofendido.”

Hermione se contuvo para no fulminarlo con la mirada.

“¿Quieres que te dé un beso o que me quede aquí y deje que me lances una maldición?” preguntó
en el tono más comedido que pudo lograr.

Malfoy soltó una carcajada. “Dios mío, Granger. Sí que estás desesperada.”

“Estoy aquí. Suponía que eso era obvio.”

“Muy cierto,” dijo él, asintiendo. “Bien, estoy cansado de duelos por hoy. Vamos a ver si esa boca
tuya es capaz de hacer algo más que hablar.”

Hermione pensó que iba a vomitar, y la repulsión debió vérsele en la cara. Malfoy esbozó una
sonrisa cruel.

“Bésame,” clarificó. “Como demostración de tu sinceridad.”

Le dedicó una sonrisa de suficiencia, y no se movió. Se quedó ahí de pie, esperando a que ella se
acercara.

Un frío terror invadió el cuerpo de Hermione ante la idea de alzar las manos para tocarlo. O de que
él la tocara con aquellas manos frías, pálidas y letales.

De apretar sus labios contra los de él.

Estar cerca suyo sin tener la varita apuntando a su corazón la hacía sentir tan vulnerable como si le
estuviera exponiendo la garganta a un lobo.

Vaciló. “¿Cómo quieres que te bese?” preguntó.

“Sorpréndeme,” dijo, encogiéndose de hombros.

Sorprenderlo. Bueno, eso era una brecha; una oportunidad que podía aprovechar. Lo analizó con
rapidez.

La estaba provocando. La conversación entera parecía dirigida de manera intencional a hacer que
se enfadase con él. A verla retorcerse bajo el poder que tenía sobre ella. El objetivo del beso era
probablemente sellar su resentimiento.
Él esperaba que opusiera resistencia, orgullo, que fuera incapaz de tragarse su odio; así podría
llevarla a alimentar su propio castigo y mantenerla distraída con emociones.

No podía ceder.

Se armó de valor. No podía perder.

Se acercó a él, estudiando su rostro.

Nunca había estado tan cerca de él. Para 'desearla' tanto, no se le notaba. Tenía las pupilas
contraídas. Sus ojos eran casi completamente grises. Parecía—entretenido.

Notaba un nudo de miedo en su columna como si le estuvieran clavando una aguja en la espalda.
Le latía con tal fuerza el corazón que parecía que se iba a amoratar contra sus costillas.

Le rodeó el cuello con los brazos y lo acercó a ella. Él sonrió y se lo permitió.

Cuando sus labios estaban a punto de encontrarse, ella se detuvo, casi esperando encontrarse una
daga enterrada en el estómago.

Hubo un breve momento de quietud entre ellos—respiraron hondo. Tan cerca que el aliento rozaba
el rostro del otro. El de él olía a enebro, picante e intenso como recién cortado del árbol. Escrutó
aquella letalidad de sus ojos fríos. Se preguntó qué vería él al mirarla.

Un asesino también es un hombre, se dijo a sí misma.

Entonces le dio un beso lento y dulce.

Se imaginó cómo lo haría con alguien por el que sintiera afecto. Enterrando las manos en su pelo
mientras hacía el beso más profundo. Le rozó los labios con la lengua, y murmuró levemente contra
su boca. Sabía a ginebra.

Claramente no era lo que esperaba. Al parecer las sorpresas no eran lo suyo. Se detuvo,
visiblemente atónito, el momento en que sus labios se encontraron, y un momento después se
separó de ella con brusquedad.

Sus ojos se habían oscurecido.

Hermione no estaba segura de si estaba satisfecha o preocupada por ese hecho.

Su ritmo cardiaco se reguló un poco.

La diversión había desaparecido, y de pronto parecía considerarla más seriamente.

“No luchas mucho, ¿verdad?” preguntó de repente.

“No. Suelo trabajar fuera del campo de batalla,” admitió, sin estar dispuesta a detallar lo que hacía.
Estaba ahí para obtener información, no darla.

“¿Sabes de oclumancia?”

“Sí. Moody me entrenó,” mintió. “No he practicado mucho, pero dijo que no se me daba mal.”
“Bueno, es un alivio. Tendríamos un problema si alguna vez te capturasen y encontraran los
detalles de este acuerdo en tu mente,” dijo con la expresión más seria que había visto en su rostro
hasta entonces.

Entonces esbozó una sonrisa burlona. “Espero que no te importe que compruebe por mi mismo qué
tal se te da.”

Esa fue la única advertencia que le dio antes de penetrar en su mente.

Hermione ya tenía los escudos levantados, y la fuerza con que él se estrelló contra ellos fue
suficiente como para hacer que le retumbara la cabeza como si hubieran golpeado un gong en su
interior. Continuó arremetiendo contra sus barreras con fuerza, una y otra vez, hasta dejarla
jadeando de dolor, pero sin dejarlo entrar. Entonces se detuvo, y ella casi se tambaleó.

“Eres sorprendentemente buena,” dijo, y parecía que de verdad estuviera sorprendido.

El halago la pilló desprevenida. De repente, volvió a lanzarse contra su mente de nuevo. La breve
tregua había sido una finta. No estaba suficientemente preparada para un nuevo ataque. Él encontró
un punto débil, y se deslizó a través de éste con la rapidez de una flecha.

Ella trató de sacarlo de su mente, pero avanzó tan rápido y tan lejos por sus recuerdos que ya no fue
capaz. Apenas podía frenarlo.

Entonces de pronto, sin siquiera pararse a mirar nada dentro de su mente, se retiró de nuevo.

Ella casi cayó de espaldas, pero consiguió recobrar el equilibrio, llevándose las manos a la frente
mientras jadeaba de dolor.

“Es un truco muy común,” dijo con tono casual, el asalto a su mente no parecía haberle supuesto
ningún esfuerzo. “Después de un ataque intenso, cuando un oclumante cree que ha terminado, se
relaja un poco. Es la oportunidad perfecta para entrar.”

Hermione aún estaba recuperando el aliento y no pudo responder, así que continuó, “Si alguna vez
te encuentras bajo el interrogatorio de un legeremante verdaderamente experto, nunca serás capaz
de evitar que entre con la mera fuerza de tus barreras mentales. Si fueras un miembro menos
importante de la Resistencia, probablemente te matarían antes que hacer ningún esfuerzo por entrar
a tu mente. Pero eres miembro de la Orden. La Niña de Oro de Potter. Si alguna vez te ponen las
manos encima, probablemente te traerán ante mí, o Severus, o incluso el Señor Tenebroso en
persona. Me temo que tendrás que refrescar tus habilidades de oclumante.”

“¿Cómo?” tenía la voz ronca. No sabía que un ataque mental pudiera ser tan poderoso. No le
extrañaba que Harry odiara sus sesiones con Snape. Su mente se retorcía en agonía.

“El truco es dejarlos entrar,” le informó Malfoy.

“¿Qué?”

“Esfuérzate un poco, pero eventualmente finge que te rindes. Una vez estén dentro, dales recuerdos
falsos o distráelos amagando hacia algo de menor importancia. Nunca conseguirás mantener al
Señor Tenebroso fuera de tu mente, pero si cree que eres débil, dará por hecha la victoria. Tendrás
que sacrificar algo de valor suficiente para que parezca creíble. Sin embargo, es una manera de
mantener escondido lo que más importa.”
Hermione le dio vueltas, considerándolo. Por supuesto, tenía que haber algo más que barreras
mentales. Era imposible que Severus hubiera engañado al Señor Tenebroso durante tantos años a
base de negarle el acceso a su mente.

“Piensa bien en ello. Si estuviera buscando información sobre Potter o Weasley o la Orden, ¿qué
puedes ceder que parezca el mayor secreto que posees? La legeremancia es como quemarle la casa
a alguien. La mente se lanza por instinto a proteger lo que más importa mantener escondido. Tienes
que entrenarte para hacer lo contrario. Correr hacia lo que no importa. Practica a mover esos
recuerdos por tu mente como si los estuvieras escondiendo. Lo intentaré de nuevo la semana que
viene.”

Hermione asintió. Odiaba la idea de que se metiera otra vez en su mente, pero su razonamiento era
lógico. Sería una habilidad muy valiosa.

Malfoy metió la mano en el bolsillo y le lanzó algo. Ella lo asió en un acto reflejo.

Se miró la palma de la mano. Era—bueno, parecía un anillo de boda, si los anillos de boda vinieran
en negro.

Alzó la mirada hacia Malfoy, atónita.

“Tu encantamiento proteico de quinto año me inspiró.” Alzó una comisura de la boca, y alzó su
mano derecha, señalando un anillo de ónix idéntico al suyo en su dedo. “Se calentará brevemente si
necesito que nos veamos. Dos veces si es urgente. Te recomendaría encarecidamente que te dieras
prisa si se calienta dos veces. Si quieres contactarme, los encantamientos de este lugar me harán
saber que estás aquí. Pero aparte de esto deberíamos ceñirnos a un horario. ¿Hay algún momento en
que puedas salir sin levantar sospechas?”

Hermione se deslizó el anillo en el dedo índice de la mano izquierda. Era una banda geométrica
simple. No era llamativa, ni captaba la atención. Sospechaba que tenía un fuerte encantamiento no-
me-mires.

“Salgo a recoger ingredientes de pociones los martes por la mañana. Puedo añadir media hora extra
sin que nadie se de cuenta. ¿Te parece a las siete y media?”

Él asintió.

“Si no puedo acudir por cualquier razón, ven a la misma hora por la tarde,” le dijo.

“¿Y si no puedo venir yo?” preguntó Hermione.

Él entrecerró los ojos.

Estaba tratando de determinar cual era su papel en la Orden. Bien, ella no estaba interesada en
regalar la información.

“Esperaré cinco minutos y supondré que no vas a llegar.”

“De acuerdo,” dijo ella con voz monótona.

Él esbozó una sonrisa de suficiencia, y con un gesto de varita conjuró un rollo de pergamino, el
cual le entregó.
“Mi primer pago,” dijo con parsimonia, mirándola con lascivia una vez más.

Ella lo tomó y lo desenrolló parcialmente, encontrando varios mapas y planos de edificios.

“Confío en que Moody tendrá la sensatez de no utilizarlo todo a la vez,” dijo él.

“Tus servicios serán uno de los secretos mejor guardados de la Orden. No nos eres útil si se
descubre tu tapadera. No nos arriesgaremos.”

“Bien,” dijo con frialdad. “Te veré el jueves, entonces. Practica oclumancia.”

Desapareció con un crujido.


Flashback 4

Abril 2002

La siguiente vez que llegó a la cabaña, apenas había atravesado la puerta cuando Malfoy se
apareció bruscamente, casi encima de ella.

La asió con firmeza y la empujó contra una pared al tiempo que sus labios se estrellaban contra los
de ella.

Hermione apenas tuvo tiempo para pensar o reaccionar. Abrió los ojos, atónita, y al hacerlo, los
ojos de él se encontraron con los suyos e invadió de golpe su mente.

Estaba tan sorprendida que sus barreras de oclumancia habían caído. La aterradora distracción del
cuerpo de él apretado contra el suyo mientras la besaba le dificultaba concentrarse únicamente en la
sensación de la mente de él penetrando en su consciencia.

Él repasó sus recuerdos más recientes; preparando una poción de invisibilidad para el anillo que él
le había dado, llevando a Lee Jordan y dejándolo en San Mungo. Encontró el recuerdo de su
reunión anterior.

Podía sentir cómo lo experimentaba, incluso mientras era profundamente consciente de sus labios
separándose de los de ella y besándole la mandíbula, mientras le recorría el cuerpo con las manos.

Comenzó a avanzar hacia el recuerdo de su conversación con Snape. No. No quería que viera ese.
Aunque estaba bastante segura de que él sabría lo que estaba tratando de hacer, no quería que
tuviera la confirmación.

Se obligó a no tomar el recuerdo para esconderlo. En vez de eso, se aferró a lo primero que se le
ocurrió y tiró de ello, empujándolo con fuerza al fondo de sus recuerdos. Malfoy tuvo que darse
cuenta de que era un truco, pero le siguió la corriente y lo persiguió. Después de mantenerlo unos
momentos fuera de su alcance, le dejó atraparlo.

Malfoy de tercer año estaba frente a ella, con una sonrisa burlona.

“¿Habíais visto alguna vez algo tan patético?” dijo Malfoy. “¡Y pensar que es profesor nuestro!”

Harry y Ron fueron hacia él, pero Hermione llegó antes—¡PLAF!

Dio una bofetada a Malfoy con todas sus fuerzas. Le dolía la mano, y a él se le comenzó a poner
escarlata la pálida piel donde ella le había golpeado. Malfoy se tambaleó, mirándola con una
mezcla de dolor y aturdimiento.

“¡No te atrevas a llamar patético a Hagrid, so puerco—so malvado—!” rugió.

Malfoy salió de su mente de forma abrupta y retrocedió, temblando.

Hermione lo miró, suponiendo que estaría furioso por que le hubiera engañado con aquel recuerdo.
Entonces se dio cuenta de que se estaba riendo.

Eso le parecía más aterrador.


“Muy bien,” dijo, aún riéndose entre dientes. “Creí que te llevaría mas tiempo ser capaz de hacer
eso.”

Hermione estaba apoyada en la pared, intentando recuperarse de su ataque combinado físico y


mental. Se le estaba comenzando a formar una migraña.

“¿Así es como sueles enseñar oclumancia?” dijo tras un momento.

Él alzó las comisuras de la boca.

“Solo contigo,” dijo con una leve sonrisa. “No puedo dejar que dudes de mi sinceridad, ¿no es
cierto? Tenía que hacer algo que te pillara por sorpresa. Así que—” se encogió de hombros. “Dos
gnomos con un kneazle. Estoy seguro de que no esperarías que no te pusiera ni un poco las manos
encima.”

Hermione contuvo el impulso de enseñarle los dientes.

“¿Debería ponerme unas medias la próxima vez que venga?” preguntó con sarcasmo.

Los ojos de Malfoy se oscurecieron.

“Hmm. No. Te prefiero así. Estar sucia y desaliñada con ropa muggle te pega. Y tengo intención de
saborearte. No tienes que empezar a llevarlas—de momento.”

Hermione sintió que un escalofrío le recorría la columna; por el miedo, pero también por la tensión
entre ellos, la hostilidad y el cálculo se palpaban en el aire.

Malfoy se acercó a ella y le tomó la mano izquierda, alzándola al tiempo que le pasaba el pulgar
por encima del anillo que reapareció en su mano cuando él lo miró.

“¿Cómo funciona esto?”

“La poción está basada en unos Principios mágicos parecidos a los del encantamiento Fidelius,”
dijo, retirando la mano. “Solo es visible si sabes qué estas buscando. Si no, es indetectable. Solo lo
podemos ver tú y yo.”

Malfoy alzó una ceja en gesto de aprobación.

“No creo haber oído hablar de esa poción.”

“Es nueva,” dijo ella con voz tensa.

“¿Tuya?”

Hermione asintió, reacia. “Realmente no tiene tanta utilidad. Solo funciona en metales.”

“Interesante,” murmuró, dando un paso hacia ella.

Cada vez que se le acercaba, Hermione sentía renovada la consciencia de lo peligroso que era.
Desprendía magia negra en olas; estaba aferrada a sus ropas y su pelo y casi emanaba de su piel.
Era como si llevara una capa de oscuridad y furia que simplemente estuviera manteniendo a raya
cuando estaba con ella.
Había tanta oscuridad. Todas las muertes de las que era responsable.

Estaba bañado en ella.

“Intentémoslo de nuevo. Y veamos cuánto puedes aguantar.” Esbozó una breve sonrisa. “No voy a
besarte—esta vez.”

Entró en su mente de nuevo. No lo dejó entrar con las barreras mientras organizaba su mente y sus
recuerdos durante un minuto. Después fingió que sus barreras cedían.

No estaba segura de si lo estaba haciendo bien, o si él estaba teniendo la decencia de contenerse y


no mirar todos sus recuerdos. Permitió que todos sus intentos de distraerlo lo consiguieran.
Después de que lo hubiera hecho una docena de veces, se retiró.

Hermione sentía como si se le fuera a abrir la cabeza; como si el dolor fuera un tipo de presión que
amenazaba con fracturarle el cráneo. El dolor era muy intenso. Se le llenaron los ojos de lágrimas y
se mordió el labio inferior para intentar no llorar.

“Bébete esto,” ordenó Malfoy, entregándole un frasco de poción analgésica. “Si no, podrías
desmayarte cuando intentes aparecerte. No te lo recomendaría:”

Ella se lo bebió, bastante segura de que no estaba intentando envenenarla.

“¿Te ha pasado alguna vez?” preguntó cuando el dolor se mitigó lo suficiente como para permitirle
hablar y dejó de ver manchas negras en el campo de visión.

“Más de una,” dijo Malfoy con voz seca. “Mi formación fue—rigurosa.”

Ella asintió. Aún le costaba creer que fuera el mismo matón del colegio que había conocido.

La frialdad y la dureza estaban construidas a su alrededor como los muros de un castillo. Toda esa
furia apenas contenida.

El chico al que regalaban cajas de dulces y tenía un puesto comprado en el equipo de quidditch, que
lloraba por un arañazo, había desaparecido. Todo lo blando e indolente y mimado que tenía se lo
había llevado la guerra. No había pagado su posición en las filas de Voldemort con galeones. Había
pagado con sangre.

Todo era duro y riguroso. Sus sonrisas de suficiencia y miradas lascivas, y los vaivenes de su
cortesía, todo parecía ser fingido. Como una máscara que llevaba para disfrazar lo frío que era.

Si quería triunfar, tendría que conseguir ver más allá de la máscara, la frialdad y la furia. Él quizá
pretendía utilizarla como una forma divertida o vengativa de aliviar el estrés, pero ella estaba
decidida a convertirse en algo más.

Tenía que alargar su confianza hasta que pudiera entender su motivación—hasta que pudiera
encontrar una vulnerabilidad que le permitiera abrirse paso.

Nadie era de hielo. Ni siquiera Malfoy.

Había algo en él. En sus ojos. Algo que parecía un fuego escondido muy hondo en su interior. Tenía
que encontrar la manera de alcanzarlo y avivarlo para convertirlo en algo que pudiera utilizar.
Él esperaría que le odiara y tratara de manipularlo con falsa amabilidad y compasión. Tendría que
ser lista. Más lista que él.

“¿Fue después de quinto año?”

Él dirigió la mirada hacia ella algo bruscamente.

“Sí,” dijo en tono cortante.

“¿Tu tía?”

“Hmm,” murmuró como confirmación.

Ambos se miraban fijamente.

“No es lo único que aprendiste aquel verano,” dijo ella.

“¿Necesitas que confiese algo, Granger? ¿Debería contarte todo lo que he hecho?” Se acercó a ella
de manera que la miraba desde arriba, y esbozó una mueca burlona.

“¿Es lo que quieres?” preguntó ella.

Un destello de sorpresa cruzó sutilmente por el rostro de Malfoy. Parecía que la pregunta lo había
pillado por sorpresa.

Se sentía solo. Lo había sospechado, pero ahora estaba segura. Sin madre, su padre delirante.
Ocupaba un alto cargo en las filas de Voldemort, donde abundaban los puñales por la espalda. Si se
arrepentía de algo, no se lo habría dicho a nadie.

“No,” dijo, con voz cortante al tiempo que daba un paso atrás.

No insistió. Si él se veía presionado, se cerraría como una almeja. Ella no necesitaba saberlo. Solo
necesitaba que él se diera cuenta de que quería contárselo a alguien—

—de que quería contárselo a ella.

Eso la haría emocionalmente valiosa para él. Sería un anzuelo. Una grieta.

La haría interesante.

“¿Querías hacerlo otra vez?” preguntó tras un momento.

La miró, sus ojos grises inexpresivos. “Cuando mi tía me entrenó, hacía que alguien me lanzara la
cruciatus mientras intentaba entrar en mi mente. Probablemente es lo que te pasará si alguna vez te
descubren.”

No le dio tiempo a procesar la información antes de abrirse paso en su mente. Cuando paró, ni
siquiera le dio tiempo a recuperar el aliento antes de depositar otro pergamino con información a su
lado y desaparecer.

Aquella semana, Hermione volvió a Waterstones. Compró libros sobre los efectos psicológicos de
la soledad. Libros sobre huérfanos. Estudios sobre la psicología de los niños soldados.
No dudó en subrayar las secciones sobre sus vulnerabilidades; las maneras en que eran propensos a
que se aprovecharan de ellos o los manipulasen.

En un cuaderno sobre el cual había conjurado una maldición de seguridad bastante desagradable,
comenzó a trazar un boceto psicológico de Draco Malfoy. Lo que había detectado en él. Preguntas
y teorías que tenía.

El centro de lo que era—sus motivos—seguía siendo un misterioso espacio en blanco. Pero sentía
que estaba comenzando a hacerse una idea de los contornos.

El martes siguiente, Malfoy no la acosó con sus atenciones. Se propuso provocarla de otras formas.

No se contuvo cuando invadió su mente para otra ronda de entrenamiento de oclumancia. Rebuscó
por el fondo de su mente, y después merodeó por los recuerdos que se fue encontrando.
Obligándola a revivir algunas de las muertes en las que con mayor esfuerzo intentaba no pensar.
Entonces, casi por accidente, se encontró con un recuerdo que seguía inmediatamente a su
conversación con Snape. Ella se estremeció cuando se acercó, y él se abalanzó sobre el recuerdo de
inmediato.

La observó examinar con ojo crítico sus facciones antes de entrar a la ducha. Y cuando salió de la
ducha y se paró a evaluar su cuerpo desnudo en el espejo, él se detuvo a verlo, siguiendo su
búsqueda de defectos mental. Podía sentir su condescendiente diversión mientras la observaba. Se
retorció de vergüenza, y él también se percató de aquello.

Se quedó en aquel recuerdo bastante más tiempo del que duraba, y después se retiró por completo
de su mente.

“Bueno,” dijo, como si estuviera a punto de echarse a reír. “Esa sí que es manera de distraer a un
legeremante.”

Ella le lanzó una mirada furiosa. Se sentía profundamente tentada de darle una patada en la
entrepierna y después intentar pisarle los dientes.

“¿Satisfecho con tu compra?” Su tono era mordaz.

Rio entre dientes por lo bajo. “Estás más bien flacucha. Si me hubieras enviado el recuerdo de
antemano, quizá había pedido a otra persona,” dijo mientras daba un paso atrás para observarla en
persona.

“Una lástima para ambos entonces,” dijo ella, esbozando una mueca mientras cruzaba los brazos
sobre el pecho en gesto defensivo.

“Quizá… Pero, por otra parte, si no te hubiera pedido a ti nunca habría tenido la oportunidad de
encontrarme con un cerebro organizado como un archivador.” Su voz era casual, pero sus ojos de
mercurio se endurecieron de repente. Ladeó ligeramente la cabeza. “Moody no te ha entrenado.
Eres una oclumante nata.”

Hermione asintió, resignada. Suponía que se daría cuenta eventualmente. Cuando se inventó la
mentira no esperaba que fuera a pasarse tanto tiempo merodeando por su mente.

“¿Autodidacta, entonces?”
“Tenía un libro,” dijo ella con voz tensa.

Él soltó una carcajada. “Cómo no.”

La estaba mirando con una expresión que ella no conseguía identificar. Como si la estuviera
reconsiderando. La revelación parecía haberlo impulsado a reevaluar algo sobre ella.

Hermione no quería que la reevaluara. Si lo hacía, podría decidir cambiar de estrategia. Y a ella le
gustaba la forma en que no estaban teniendo sexo ahora mismo.

“¿Qué?” saltó ella, impaciente, con la esperanza de interrumpir su hilo de pensamiento. Pareció
funcionar, ya que dejó de entrecerrar los ojos.

“No es nada,” descartó el pensamiento con un ademán. “Es solo que nunca había conocido a
ninguno.”

Esbozó una leve sonrisa.

Esta vez fue ella quien lo observó con los ojos entrecerrados.

“Tú también lo eres,” dijo ella con creciente pavor. Estaba tratando de atravesar las defensas de
alguien que también era capaz de cerrarse en sí mismo y aislar sus emociones y deseos.

Él hizo una reverencia burlona.

“El mundo es un pañuelo,” reflexionó, encogiéndose de hombros.

Se hizo un largo silencio.

Ambos estaban reconsiderando.

“¿Vas a seguir enseñándome oclumancia, entonces?” preguntó ella, tras un largo rato.

“Sí…” dijo él lentamente. “Sería un descuido hacerlo solo a medias. Serás capaz de aprender más
rápido de lo que había imaginado.”

“Ya.” Asintió y se preparó.

Él se acercó a ella. Se le aceleró el corazón.

El movimiento evocaba a un animal acechando a su presa. Lento, sutil, gradual, y de pronto—


demasiado cerca.

Le miró a la cara para no centrarse en lo físico, en lo fácil que le sería romperla con las manos
desnudas.

Él alzó la mano y la tomó de la barbilla suavemente, reclinándole la cabeza de forma que sentía la
garganta expuesta.

“Estás llena de sorpresas,” dijo, pasando la mirada por todo su rostro antes de clavarla en sus ojos.

Hermione puso brevemente los ojos en blanco.

“¿Le dices eso a todas?” dijo con tono dulce y sarcástico.


No se molestó en levantar las barreras cuando entró en su consciencia. Era el proceso de que las
atravesara lo que hacía que le doliera más la cabeza. Estaba bastante segura de su capacidad para
fingir que se rompían fácilmente.

No hizo la invasión dolorosa. Lo cual la sobresaltó. Había dado por hecho que la legeremancia en sí
era dolorosa. En vez de aquello, era como si su mente fuera un pensadero en el que él simplemente
se había dejado caer. Su consciencia y la de él se fusionaron.

Parecía estar asimilando su estado mental natural.

Sin el dolor de un ataque de legeremancia, Hermione fue capaz de ser más sutil e intencional con su
estrategia. Removió sus recuerdos con fingida falta de cuidado, captando su atención y lanzando
algunos a rincones lejanos de su mente.

Era—como aprender a bailar. O quizá como aprender artes marciales. Todo el movimiento se
realizaba con cuidado. No a la fuerza.

Él le dio tiempo para que aprendiera la técnica. Para que se familiarizara con cómo hacerlo
correctamente. Repasando las técnicas. Practicándolas una y otra vez hasta que las realizaba de
forma instintiva, sin necesidad de pensar.

Después de un buen rato, se retiró y se miró la muñeca. “Nos hemos pasado de hora.”

“Oh,” dijo ella suavemente, aún dándole vueltas a una técnica que había estado intentando
perfeccionar.

Él la miró desde arriba hasta que se irguió y le devolvió la mirada.

“¿Tienes algo de información esta semana?”

“La verdad es que no. Van a llegar más vampiros de Rumanía este mes. Aún no hay detalles
específicos.”

“Si—” Hermione vaciló.

Él alzó una ceja, esperando.

“Si necesitáramos una cosa. ¿Podrías conseguirla para nosotros?” preguntó.

“Dependería de lo que fuera.”

“Un libro.”

Él resopló, divertido.

“Se llama Secretos del Arte más Oscura. Lo he intentado todo y no consigo encontrarlo. Pero los
recursos de la Orden son limitados.”

“Veré que puedo hacer.” Suspiró con irritación.

“Ten cuidado,” dijo ella, casi sin querer.

Él parecía sorprendido.
“No quieres que Voldemort sepa que lo estás buscando.”

“¿Cómo de importante es ese libro?” inquirió con los ojos entrecerrados.

“No lo se. Podría no ser nada. O podría ser muy importante. Pero—no te delates por él.”

“No entraba en mis planes,” murmuró antes de lanzarle una mirada cortante. “Deberías marcharte.
Estoy seguro de que Potter te estará esperando.”

Hermione recogió su cartera de ingredientes de pociones y salió de la cabaña.

Malfoy la estaba mirando con aire pensativo cuando cerró la puerta y se apareció de vuelta.

Cuando llegó a Grimmauld Place, reflexionó mientras embotellaba y preparaba ingredientes.

Malfoy no era como había esperado.

Era mucho menos cruel de lo que ella había supuesto. No dejaba de esperar que de pronto su
malicia atravesara su fachada. Pero o bien era menos ruin de lo que ella pensaba, o bien buscaba
algo más complejo o más sutil en sus interacciones con ella. En aquel momento ya estaba casi
segura de que no tenía especial interés en hacerle daño.

No conseguía deducir qué era lo que quería.

Severus había estado en lo cierto. Malfoy ya estaba demostrando ser un excelente espía. Toda la
información que le había dado a Moody era de calidad y les había resultado muy útil. La Orden
había asaltado con éxito una prisión y había salvado a más de cincuenta personas.

Sin embargo, sus motivos seguían siendo un misterio.

No lograba entender qué era en lo que podía beneficiarle el ser espía. Con su posición en el ejército
de Voldemort, cosecharía grandes recompensas de la caída de la Orden.

Si la Orden ganaba, incluso con un indulto se convertiría, sin duda, en un paria dentro del mundo
mágico para el resto de su vida. Los espías y traidores obtenían escaso respeto, sin importar lo
vitales que hubieran sido sus contribuciones.

Además—Lucuis Malfoy era un ferviente seguidor de Voldemort. Culpaba a Ron y a Harry de la


muerte de Narcisa, y centraba cas todos sus esfuerzos en obtener venganza. Por mucho que Draco
no compartiera el sentimiento—que se opusiera de aquella manera a su padre no parecía lógico. Lo
había imitado con sumo cuidado, allá en la escuela, y había estado tremendamente indignado ante
el encarcelamiento de su progenitor en Azkaban a finales de quinto año.

Hermione extendió el díctamo en una bandeja y lanzó un encantamiento de calor con la punta de su
varita. Se masajeó la sien con la otra mano mientras contemplaba cómo las hojas se secaban poco a
poco.

Malfoy no estaba interesado en ella; no en el sentido físico. Al menos no más de lo que un hombre
podría estar interesado en una mujer cualquiera. Había estudiado la fisiología de la atracción sexual
y no mostraba casi ninguno de los signos, incluso tras haber pasado varios minutos mirando sin
tapujos su cuerpo desnudo en el espejo.
Se sonrojó. La experiencia sin duda se había ganado un puesto en el ranking de los momentos más
embarazosos de su vida.

¿Y de qué iba todo aquello? ¿Por qué tanto beso y toqueteo? Si lo hacía para provocarla o
conseguir que se enfadara, el interrogante aún se mantenía.

¿Por qué quería provocarla? ¿Qué motivaba las tácticas que estaba utilizando?

Al principio claramente esperaba que ella estuviese tan llena de odio hacia él que no podría
contenerse. Después, cuando la había besado de forma tan agresiva para atravesar sus barreras
mentales, parecía creer que podría conseguir que estuviera demasiado consumida por sus
emociones como para pensar con claridad. La forma en que la había evaluado en el espejo también
tenía por objeto hacer daño.

Quería que ella le odiara.

Pero cuando se había percatado de que era una oclumante, al parecer había decidido cambiar de
táctica otra vez. Se había dado cuenta de que no podía provocarla fácilmente, y se había vuelto a
adaptar.

¿Pero a adaptar para qué? ¿De qué le servía?

Hermione puso las hojas de díctamo en un mortero y comenzó a molerlas hasta que se convirtieron
en un polvo fino.

“¿Mione?” Charlie asomó la cabeza a su taller de pociones.

“Dime.”

“Snape se ha pasado antes para hablar contigo.”

“Ah. ¿Te ha dicho por qué?”

“Tenía una receta para ti, creo. Se la ha dado a Poppy. Para sanar alguna maldición que habrá
ayudado a inventar.”

Charlie tenía el rostro contraído por el rencor. Muchos miembros de la Orden culpaban a Severus
por cada maldición que se desarrollaba en la sección de maldiciones de Voldemort. Opinaban que si
Severus estuviera realmente de parte de la Orden, encontraría la manera de sabotear todo aquello.

Hermione puso los ojos en blanco.

“Sabes que si no estuviera ahí, perderíamos a docenas de personas antes de que consiguiéramos
descubrir los contrahechizos. Su información es vital, me da tiempo para prepararme.”

“Ya, y ¿a cuántos de los nuestros crees que ha matado para conseguir esa información? Son los
nuestros con los que están experimentando para inventar los hechizos. Está asesinando gente, pero
no pasa nada porque nos está mandando información sobre los contrahechizos. ¿De verdad la cosa
va así?”

Hermione dejó de moler díctamo.


“Es un espía, Charlie. Esas son la clase de cosas que tienen que hacer para mantener su coartada. Si
se delatara para salvar a un grupo de prisioneros o intentara sabotear el lugar, Voldemort
simplemente crearía uno nuevo y perderíamos la información. La pérdida no valdría la pena a largo
plazo.”

“Si tu lo dices,” dijo Charlie, con los labios apretados y dureza en la mirada, se dio la vuelta y se
marchó.

Hermione molió el díctamo durante unos minutos más antes de meterlo en un frasco.

Severus debía de haber elaborado una poción para sanar la maldición ácida. Esperaba que fuera
diferente de la que había estado preparando cuando había pasado por la Hilandera.

No tenía veneno de acromántula. El Ministerio decretó que era necesaria identificación para
comprar en las boticas. Tendría que intentar encontrar un contacto en el mercado negro; y
probablemente costaría varios cientos de galeones. La Orden iba escasa de presupuesto.

Los duendes se habían posicionado como neutrales en la guerra, pero si bien Gringotts permanecía
abierto a la Orden, llegar hasta allí sin ser arrestados era un desafío. Por no mencionar que ser hijo
de Muggles era un delito punible con encarcelamiento.

Muchos miembros de la Resistencia no podían trabajar, ya fuera por sangre o por asociación.

Era una suerte que Harry tuviera la cámara llena, porque de no ser el caso, se habrían muerto de
hambre.

Si la poción requería veneno de acomántula—en fin, con suerte Severus podría dejarle unas pocas
gotas. Si no, dudaba que la Orden tuviera presupuesto para comprarla a menos que la maldición se
estuviera utilizando constantemente.

Cruzó los dedos y fue a buscar a Poppy.

El hospital estaba lleno otra vez.

El rescate de la prisión había sido un éxito, pero la mayor parte de los prisioneros tenían lesiones de
torturas o estaban desnutridos. Había habido fuego durante la huida, y se habían utilizado
maldiciones brutales.

A los que tenían lesiones menores, los habían enviado a otros lugares seguros, pero Grimmauld
Place acogía a los pacientes con lesiones más complejas para que los trataran Poppy y Hermione.

Poppy estaba inclinada sobre la cama de Rolanda Hooch. Una pequeña incisión del tamaño de un
pinchazo no dejaba de reaparecer y crecer lentamente en la tráquea de Hooch pese a todos sus
esfuerzos por sanarla. Quienquiera que estuviera de guardia en el hospital tenía que tener un
temporizador de dos minutos en ciclo constante para monitorearla.

“¿Alguna novedad?” preguntó Hermione, asomándose a inspeccionar la lesión junto a Poppy.

“Ah, Hermione, estás de vuelta,” dijo Poppy con voz triste. “Ha venido Severus a verla. Dice que
no es una de las nuevas de Voldemort. Así que—probablemente es una maldición mal lanzada.”

Hermione suspiró, aliviada, y la atravesó un pinchazo de culpa. Si era una maldición mal lanzada,
no era probable que se la volvieran a encontrar. Pero aquello también significaba que era poco
probable que pudieran salvar a Rolanda. Hermione había intentado, sin éxito, deconstruir la lesión
con análisis de hechizos, tratando de llegar al origen. La estructura estaba tan destrozada e
inconsistente que era imposible de neutralizar.

“¿Cuánto tiempo crees que seguirán funcionando los hechizos sanadores?” preguntó Pomfrey con
voz queda, mirando con pesar a su antigua compañera.

Hermione calculó mentalmente el tiempo que había pasado desde que habían traído a Madam
Hooch. Era una información poco conocida, pero con el tiempo los encantamientos sanadores
dejaban de funcionar cuando se utilizaban con cierta frecuencia. Ni siquiera la magia podía forzar
al cuerpo a repararse llegados a cierto punto.

“Si seguimos sanándola cada dos minutos, probablemente los hechizos funcionarán durante otras
veinticuatro horas,” le dijo Hermione con delicadeza.

Poppy asintió y tapó con las mantas a Rolanda con cuidado.

“Severus te ha dejado una nueva receta,” le dijo a Hermione. “Dice que deberías preparar un frasco
grande.”

Poppy se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño rollo de pergamino y un frasquito.

Hermione puso el frasco a contraluz.

Dos gotas de veneno de acromántula. Probablemente costaba más de cincuenta galeones.

No se podía permitir ni el más mínimo error. Se metió el frasco en el bolsillo y desenrolló el


pergamino para ver qué ingredientes necesitaría.

Tenía todos los ingredientes. Excepto Descurainia sophia, la cual tendría que recoger durante la
luna llena. Calculó el siguiente ciclo lunar. Tendría que esperar una semana antes de tener todos los
ingredientes que necesitaba para hacer una tanda.

Si la maldición era tan seria como había afirmado Severus, esperaba que no hubiera ninguna batalla
antes de la luna llena. Lo cual era probablemente una esperanza ilusoria.

Al final de la receta, Severus había incluido el contrahechizo para la maldición ácida con su afilada
caligrafía. Lo revisó. Era simple, tal y como había dicho.

Hermione copió el contrahechizo en un pergamino nuevo. Una lesión por ácido requeriría que se
actuara con rapidez. Esperar unos segundos extra para llamar a un sanador o aparecerse añadiría
varios días a la recuperación. El contrahechizo era muy simple; todos los miembros de la
resistencia podían aprenderlo.

Escribió una breve explicación, y con un ademán de su varita, plegó la nota en un avión de papel y
la envió por la casa para que encontrase a Harry.

“¿Te importaría entrar pronto a tu turno?” dijo Poppy.

Hermione alzó la mirada y se dio cuenta de que Poppy estaba enferma de pena.

“Por supuesto,” dijo Hermione rápidamente.


“Quiero escribirle a Filis, Pomona y Minerva. Quizá quieran venir a despedirse,” dijo Poppy con
los hombros hundidos. “He anotado lo que he hecho en el registro, y acabo de volver a sellar la
incisión. Así que puedes poner ya el temporizador de dos minutos.”

Hermione vio como Poppy Pomfrey se marchaba del hospital con paso lento y apesadumbrado.

Hermione fue a echar un vistazo al registro. No había ninguna sorpresa. Fue visitando lentamente
las camas. Todos estaban dormidos, y a algunos les habían administrado Filtro de Muertos en Vida.
Era una manera de mantenerlos con vida mientras preparaban lentamente las pociones que
necesitaban para sanarlos. Proyectó un diagnóstico sobre cada paciente por precaución, e hizo una
lista mental de las pociones que necesitaba vigilar. Tenía que mandar las primeras dosis de poción
matalobos a los Licántropos de la Orden.

Era un día tranquilo en el hospital. Aparte de tener que volver a cerrar constantemente la herida de
Madam Hooch, la mayoría de las otras lesiones simplemente requerían supervisión y tiempo.

Hermione se sentó y especuló sobre cómo se presentaría Malfoy en su próximo encuentro.

El hecho de que también fuese un oclumante natural era—problemático, como poco.

Significaba que su autocontrol era profundo. Tratar de encontrar una forma de volverlo leal a ellos
sería casi imposible si era capaz de descartar y contener cualquier efecto que pudiera tener en él.

Si quería tener alguna posibilidad de conseguirlo, tendría que actuar lentamente. Enterrarse tan
profundamente en su psique que no pudiera sacársela de la cabeza. Encontrar el camino a su
corazón. Lo único que ni la mayor cantidad de oclumancia podía bloquear o aislar.

Se estremeció.

Nuca se había considerado cruel. Fría. Insensible. Le habían colocado aquellos apelativos, y había
creído que podría ser verdad. Pero cruel era algo de lo que siempre había considerado estar por
encima. Pero lo que se estaba planteando era posiblemente una de las cosas más crueles que se le
podrían ocurrir.

Aplastó la duda.

Él era el que la había pedido a ella.

Ahora y después de la guerra.

Estaba en su pleno derecho de asegurarse de que pagaba el precio completo por sus exigencias. Si
no la quería, no debería haberla pedido.

Se armó de valor, y convocó un libro de su mochila.


Flashback 5

Abril 2022

El martes siguiente, Malfoy se comportó más o menos de la misma manera que la semana anterior.

Le enseñó oclumancia, dejando que practicara los procedimientos y técnicas. No lo hizo doloroso.
Apenas decía una palabra. Solo la tocó una vez, para reclinarle la cabeza y poder hacer contacto
visual. Y después—cuando él estaba dentro de su mente—podía sentir el contacto de su mano
apoyada en su cuello, el pulgar contra su garganta.

No necesitaba tocarla. Ella lo sabía. Podía practicarle legeremancia a varios metros de distancia.

No curioseaba. No asomaba la cabeza en recuerdos en los que ella daba a entender que no quería
que entrara. Simplemente le dejaba utilizar su presencia como una especie de maniquí de práctica
para aprender maniobras evasivas mentales.

Cuando se retiró, ella lo miró con curiosidad.

“¿Dónde aprendiste esto? Supongo que tu tía no usaba esta técnica.”

“La verdad es que no.” Enseñó ligeramente los dientes al decirlo. “Lo leí en un libro. La Mansión
de los Malfoy cuenta con una gran biblioteca. No funcionaría con la mayoría de la gente, solo con
otros oclumantes natos. Aunque todo el mundo puede aprender oclumancia o legeremancia hasta
cierto punto, siempre resulta o bien doloroso, o bien tan sutil que apenas lo notan.”

La miró, y añadió con una sonrisa de suficiencia “Podrías decir que estoy experimentando
contigo.”

Hermione puso los ojos en blanco.

“¿El libro también indicaba que se requería contacto físico?” dijo con voz dulce, mirándole la mano
con énfasis.

Se arrepintió de inmediato.

Él tensó la mano ligeramente, lo justo como para que pasara de estar apoyada a sujetar. Se le
oscurecieron los ojos y se le dilataron las pupilas.

“No. Esto—es solo porque puedo.”

Esbozó una sonrisa torcida mientras la atraía hacia él e inclinaba la cabeza para besarla.

Fue un beso frío. Cuando sus labios presionaron los de ella, no tenían ningún rastro de deseo o
pasión.

Era un recordatorio.

De que podía.
De que se estaba conteniendo. De que, si quisiera, podría pedirle cualquier cosa que deseara de ella
y que ella ya había consentido a entregárselo.

Hermione no respondió al beso. Simplemente dejó que sus fríos labios se encontraran con los de
ella sin resistirse hasta que se apartó de nuevo.

“¿Tienes alguna información esta semana?” preguntó ella cuando él restiró la mano y dio un paso
atrás.

Él sacó un pergamino de su túnica y se lo entregó.

“Información de análisis de hechizos y contrahechizos de nuevas maldiciones de la sección de


desarrollo de maldiciones del Señor Tenebroso,” dijo. “Se le está enseñando a los soldados una
nueva tanda.”

Hermione desenrolló el pergamino y echó un vistazo a la información. Severus ya le había dado a


la Orden todos los detalles sobre las maldiciones, pero Malfoy no podía saber aquello. El hecho de
que se le hubiera ocurrido ponía de manifiesto lo útil y proactivo que podía llegar a ser. Si perdían a
Severus, Malfoy podría proveer ambos tipos de información.

Un espía excelente.

“Esta información es valiosísima,” dijo ella, guardándola en su bolsa con cuidado.

Él se encogió de hombros.

“No, en serio. Esto va a salvar vidas. Ni siquiera se me había ocurrido pedírtelo. Que lo hayas
hecho—no sé cómo darte las gracias.”

A Malfoy pareció incomodarle su gratitud.

“Lo que tú digas. Era una información obviamente importante de proveer. La tasa de mortalidad de
tu Resistencia se está haciendo notar.”

Hermione palideció, y él le dirigió la mirada. “¿Cuánto tiempo crees que podéis seguir luchando?”

Se le cerró la garganta. “El que haga falta o hasta que ya no quede nadie. No hay plan B, Malfoy.
No hay rendición posible.”

Asintió con la cabeza. “Bueno saberlo.”

Entonces hizo una pausa como si se hubiera acordado de algo. “¿Hay una casa con un montón de
niños en Caithness?”

Hermione palideció. “¿Por qué—por qué lo preguntas?”

A él se le endureció el rostro. “Lo han descubierto. Probablemente enviarán a alguien a investigar a


finales de esta semana. No dejéis que encuentren nada.”

Hermione asintió con vehemencia. “Tengo que irme,” dijo, yendo con prisa hacia la puerta.

Invocó un patronus corpóreo a base de pura fuerza de voluntad. No le resultaba nada fácil desde
que había desmemorizado a sus padres. Le había llevado varios años recuperar la capacidad de
invocarlos, y nunca habían recuperado la luminiscencia plateada que habían tenido en quinto año.

“Encuentra a Minerva McGonagall,” dijo. “Dile que prepare la evacuación.”

Cuando la nutria se escabulló, invocó otro. La lustrosa y translúcida criatura se puso en pie con las
patas traseras y la miró.

“Ve a buscar a Kingsley Shacklebolt. Dile que necesitamos una nueva casa segura para Caithness.”

Después se apareció para buscar a Moody.

El proceso de evacuación de los niños fue lento y arduo. Ninguno era capaz de aparecerse por sí
mismo, lo cual significaba que fue necesario movilizar a todo miembro de la Resistencia que
estuviera disponible y con quien pudieran contactar fácilmente para llevarlos a un lugar seguro
mediante de escobas, apariciones conjuntas repetidas, o thestrals. Crear trasladores tomaba
demasiado tiempo. Ninguno de los pisos francos podía arriesgarse a tener una red Flu.

La ubicación remota había sido una elección estratégica. Esperaban que pasaría inadvertido a
Voldemort, a pesar de la presencia de tantos niños extraños en una ciudad tan pequeña. En
retrospectiva, había sido cuestión de suerte que hubieran tardado tanto en descubrirla. No había
muchas opciones para reubicar a tantos niños con tan amplio rango de edades.

No tenían una casa de respaldo para tantos niños. Tuvieron que repartirlos entre docenas de casas.
Transportarlos en pequeños grupos a otras partes de Reino Unido y reacomodarlos, expandiendo
habitaciones y transfigurando camas nuevas.

Hermione hizo tres viajes. Después de volver del último, se dejó caer apoyada en la pared,
exhausta. Había aparecido a varios niños pequeños hasta Irlanda del Norte. Habían vomitado,
gritado y sollozado con cada aparición progresiva. Había tenido que parar y consolarlos hasta que
pudieron estar lo suficientemente quietos como para poder volver a aparecerse sin despartirse.

Minerva se apareció y se detuvo frente a Hermione, con expresión conflictiva.

“¿Tu información?” pregunto Minerva con suavidad.

Hermione asintió, “Moody va a contarle a todo el que pregunte que lo descubrió interrogando a un
carroñero.”

Minerva asintió con firmeza y frunció los labios, mirando a Hermione durante varios segundos.

“Eres una buena chica; espero que eso nunca lo dude nadie. ¿Estás—bien?”

“No me ha hecho nada.” Era todo lo que podía decir para tranquilizarla.

Algo se relajó en la expresión de Minerva. Asintió una vez y se marchó a ayudar a bajar las
barreras y encoger los muebles.

Hermione miró la hora. Había luna llena aquella noche y necesitaba Descurainia.

Se levantó y salió de la mansión, caminando hasta el límite de las barreras anti-aparición. Entonces
realizó una serie de saltos de vuelta a Londres.
Se detuvo en un gran prado desde el cual solía comenzar a recolectar, cerca del Bosque de Dean.
Sacó la varita, lanzó un hechizo de señalización y lo siguió en busca de la planta.

La intensa luz de la luna proyectaba marcadas sombras en el mar de pasto. Los cúmulos de árboles
cercanos se alzaban como una oscura cortina contra el cielo nocturno. Mientras Hermione bajaba
por una pequeña pendiente, una ráfaga de viento corrió por el campo, haciendo ondular la hierba de
forma que murmuraba suavemente. Al desvanecerse el rumor del viento, un grave aullido emergió
desde los árboles debajo de Hermione.

Se quedó paralizada.

Un hombre lobo.

Nunca había habido hombres-lobo en aquel área. Había estado tan cansada y distraída que ni
siquiera se le había ocurrido tomar precauciones.

Entonces se escuchó otro aullido. Más lejos. A su derecha.

Y otro más.

Había una manada de hombres lobo en el Bosque de Dean.

Casi se apareció de vuelta, pero se detuvo, vacilante. Necesitaba Descurainia. Si no la conseguía


aquella noche, no podría conseguirla hasta el mes siguiente. Tenía que preparar la poción. Severus
no daba consejos o se tomaba el tiempo de inventar pociones si no era urgente.

Se echó a correr cuesta abajo hacia la dirección que indicaba el hechizo localizador.

Otro aullido. Más cerca.

Sacó el cuchillo de plata de su bolsillo y comenzó a cortar trozos de Descurainia tan rápido como le
era posible sin que afectara a la potencia. No había suficiente.

Volvió a lanzar el localizador y corrió en la dirección que le indicaba su varita. Mientras tanto, alzó
la mirada para encontrar la sombra agrandada de un hombre lobo bajando lentamente por la cuesta,
dirigiéndose hacia ella.

Ella resbaló y casi se cayó cuando alcanzó la Descurainia, la cual cortó en cuestión de segundos.

El hombre lobo estaba a menos de tres metros de ella, y se estaba preparando para abalanzarse
sobre ella cuando se giró sobre sus talones y se apareció al sitio más cercano en el que pudo pensar.

Hermione reapareció en la escalera de la casa ilocalizable de Malfoy. Le faltaba el aire, así que se
dejó caer en el primer escalón y se quedó sentada jadeando, intentando recuperar el aliento.

Se apoyó en la puerta y cerró los ojos mientras el corazón le seguía latiendo con fuerza.

Estaba terriblemente fuera de forma. No se podía creer lo rápido que se había cansado de correr. Le
ardía el esófago, y cada vez que respiraba un dolor agudo le atravesaba los pulmones.

Aparte de caminar por el campo buscando ingredientes de pociones, Hermione no realizaba


ninguna actividad física intensa. Después de que la apartaran de la batalla, no había tenido tiempo
de practicar o preocuparse por su resistencia física.
Merlín, era totalmente inútil. Si alguna vez se encontraba de nuevo en el campo de batalla,
probablemente acabarían con ella en segundos.

Su respiración se había regulado, pero permaneció sentada un minuto más hasta que el corazón
comenzó a latirle más despacio.

La puerta en la que estaba apoyada se abrió de pronto, y ella cayó hacia atrás dentro de la casa.

Se golpeó la cabeza contra el duro suelo de madera y, viendo estrellas delante de sus ojos,
descubrió a Malfoy mirándola desde arriba, enfurecido.

“¿Qué coño, Granger, qué estás haciendo?”

“¿Malfoy?” dijo, mirándolo confundida. “¿Qué estás haciendo aquí?”

“¿Que qué estoy haciendo aquí?” rugió. “Has activado las barreras. He asumido que me necesitabas
para algo.”

“Oh,” dijo Hermione, con las mejillas teñidas de rojo. “No había pensado que las barreras se
extendían más allá de la habitación. No pretendía molestarte.”

Se dio la vuelta y se puso en pie.

Malfoy la miró de arriba a abajo.

“¿Qué estabas haciendo?”

“Tenía que recolectar Descurainia bajo la luna llena,” dijo, descubriendo que aún jadeaba
ligeramente. “Y había hombres lobo. No podía esperar hasta el mes que viene. Así que he tenido
que huir e intentar recolectarla por el camino. Pero no estoy muy en forma. Me he quedado sin
aliento. Este es el lugar más cercano al que podía aparecerme. Así que estaba intentando
recuperarme.”

“¿Dónde estabas buscando la Descurainia?” Su tono revelaba cierta tensión.

Ella hizo un ademán por encima del hombro. “Hay un campo por aquí cerca, en el Bosque de Dean.
Es uno de los lugares a los que suelo ir a buscar ingredientes de pociones.”

“Sueles—”

Hubo una pausa.

“Caminas por el bosque por la noche. ¿Recolectando?” Se le había helado la expresión.

“Sí.” Dijo Hermione, mirándolo de reojo. “Ya lo había mencionado.”

“No… Dijiste que estarías recogiendo los ingredientes. Pensaba que significaba que tenías un
proveedor.” Se le estaba endureciendo el rostro y sus ojos la acusaban como si le hubiera mentido.

Hermione lo miró, desconcertada. “Soy una terrorista. Cuesta una pequeña fortuna comprar
ingredientes del mercado negro. No voy a malgastar mi presupuesto cuando puedo conseguirlos
gratis y de mejor calidad haciéndolo yo misma.”
“¿Así que vas vagando por el bosque de Gran Bretaña mágica, de noche, para recoger ingredientes
de pociones? ¿Sola?”

“Obviamente,” dijo Hermione, inspirando por la nariz. “Por eso nos vemos los martes por la
mañana, cuando termino.”

Se hizo un largo silencio.

“No puedes hacer eso.” Anunció, terminante. “Vas a dejar de hacerlo. Vas a quedarte dentro de cual
sea el triste piso franco en el que te tengan sanando, y no volverás a ir a recolectar.”

Hermione lo contempló, indignada y desconcertada, durante unos segundos. “¡Por supuesto que no!
No puedes controlar lo que hago.”

Su rostro se endureció, un destello rapaz cruzó por sus ojos. “De hecho, sí puedo. ¿Lo has
olvidado? Me perteneces. Si te digo que te sientes en esta habitación mirando la pared hasta la
semana que viene, ya has dado tu palabra de que lo harías.”

Hermione sintió cómo la rabia estallaba en su interior. “No, no lo haría. Porque tú diste tu palabra
de que no interferirías en mi trabajo en la Orden. Recolectar ingredientes forma parte de mi trabajo.
No es negociable. Si quieres controlar todo lo que hago, tendrás que esperar a que ganemos. Tú
también diste tu palabra.”

Malfoy se quedó mirándola, con ojos calculadores. Entonces cambió repentinamente de tema. “Así
que, ¿has sido más rápida que los hombres lobo?”

Ella se sonrojó.

“No. Bueno—no estuvieron muy cerca hasta el final. Solo he recorrido unos cien metros como
mucho.”

“¿Y aún estás recuperando el aliento?” dijo con escepticismo.

“Yo—no hago más trabajo de campo que el de recolectar. No tengo especial necesidad de trabajar
en mi resistencia,” dijo ella, levantándose con ademán defensivo.

Malfoy abrió la boca de pronto; la cerró con fuerza y se cubrió los ojos con la mano como si
estuviera tratando de recobrar la compostura. Después se pasó la mano por el rostro y la miró
fijamente.

“¿Cuándo ha sido exactamente la última vez que alguien te ha entrenado? Supongo que practicarás
duelo básico, dado que eres tan importante que ya no te dejan luchar. Sin duda, siendo que te dejan
salir, sola, en mitad de la noche; tus habilidades defensivas no deben tener rival.”

Hermione bajó la mirada y jugueteó con una correa de su bolsa. “Estoy muy ocupada. Parte de la
razón por la que me apartaron del combate es que hay muchas otras cosas para las que me
necesitan.”

“¿Cuándo ha sido la última vez, Granger?” Su voz era severa.

Ella recorrió la habitación con la mirada. Aquél estúpido lugar ni siquiera tenía nada que pudiera
fingir estar mirando. Se concentró en un nudo de las tablas de suelo.
“Es—probablemente haya sido hace unos dos años y medio,” dijo con voz queda.

Él enterró el rostro en las manos y permaneció en silencio, como si ni siquiera pudiera soportar
mirarla.

Hermione puso los ojos en blanco.

“Me voy, pues,” dijo al cabo de un rato, con voz clara. “Perdón por molestarte. No volverá a
ocurrir.”

“Voy a entrenarte,” dijo Malfoy abruptamente, irguiéndose y mirándola desde arriba.

“¿Qué?” lo contempló, confundida.

“Voy a entrenarte,” dijo lentamente. “Ya que hacer que pares al parecer no es una opción. No voy a
perder el tiempo lidiando con un nuevo contacto en al Orden solo porque no eres lo suficientemente
inteligente como para mantenerte en forma para combatir. Dada la forma en la que luchan, estoy
seguro de que cualquiera que me tocara no sabría una mierda de oclumancia y eventualmente lo
detendrían en un combate.”

Bueno, el instinto de Slytherin de autopreservación de Malfoy sin duda se mantenía presente.


Hermione suspiró con irritación.

“De verdad que no es necesario. Yo no lucho. Casi nunca hay ningún problema cuando recolecto
ingredientes. No tienes que preocuparte del inconveniente que supondría perder tu preciado trofeo
de guerra.”

“¿De veras?” dijo, con tono despreocupado, al tiempo que daba un paso hacia ella. “¿No quieres?
Porque dentro de poco habrás terminado con la oclumancia. Creería que preferirías llenar tu tiempo
practicando duelo en vez de con otras actividades en las que podría exigirte que participaras.”

Hermione le lanzó una mirada fulminante.

Dudaba que tuviera ninguna intención de llevar a cambo su mal disimulada amenaza, dado que
nunca había mostrado especial inclinación. Si quería enseñarle a luchar, no le haría ningún mal.
Desde luego ella lo prefería. Necesitaba seguir pasando tiempo con él. Su plan no daría resultado si
no pasaban tiempo el uno con el otro.

“Está bien,” espetó ella, torciendo el gesto.

“Pareces resentida,” su expresión maliciosa estaba llena de burla. “Cualquiera creería que te he
exigido acostarte conmigo en vez de lo contrario. ¿Decepcionada?”

“Solo en tus sueños,” dijo ella, con mirada penetrante.

“Cada noche.”

Ella puso los ojos en blanco.

“¿Siempre compras tu compañía?” preguntó, la voz dulce y expresión condescendiente. Él no se


inmutó.
“Me gusta la profesionalidad,” dijo, impasible, mirando al techo como si estuviera recitando un
mantra. “Límites claros. Sin dramas. No tengo que fingir que me importa.”

Esbozó una mueca con la última palabra, como si importarle algo fuera el concepto más ofensivo
que se pudiera imaginar.

“Por supuesto. Cuánto te pega.”

“Bastante,” concordó con una sonrisa de suficiencia.

Se hizo el silencio. Hermione quería decirle que era un miserable, pero estaba segura de que ya lo
sabía. Estaba muy cansada y eso la hacía querer ser cruel.

“¿Les lloras en el hombro, contándoles lo triste y solitaria que es tu vida? ¿O las inclinas sobre la
cama sin decir una palabra?” preguntó, con voz cadenciosa, para provocarle.

A él le relampaguearon los ojos.

“¿Quieres que te lo enseñe?” su voz fría y afilada como una esquirla de hielo.

A Hermione aún la invadían olas de adrenalina debido a su reciente persecución con los hombres
lobo. Estaba acostumbrada a los elevados niveles de estrés del hospital, pero siempre era la vida de
otra persona. Estaba casi eufórica por su roce con la muerte. De pronto comprendió a Harry. Se
sentía capaz de hacer cualquier cosa.

De pronto se le ocurrió algo sobre la amenaza de Malfoy.

Lo miró, alzando el mentón.

“No lo harás.”

Los ojos de Malfoy se volvieron crueles, y antes de que pudiera responder ella continuó. “Sería
demasiado real. Hacer esto con alguien que conoces. Alguien a quien vas a ver de nuevo.
Interferiría con esas líneas tan claras.”

“¿Poniéndome a prueba, Granger?” su voz era grave y arrulladora.

Ella le sostuvo la mirada.

“Supongo que sí,” dijo ella con serenidad, pero el corazón se le aceleró al darse cuenta de lo que
acababa de hacer.

Él se inclinó, la mirada dura, hasta que su rostro estuvo a centímetros del de ella.

“Desnúdate.”

Hermione no flaqueó y tampoco lo hizo él, así que Malfoy avanzó lentamente hasta que ella dio un
paso atrás. Se irguió por encima de ella. Le brillaban los ojos.

“Te está matando, ¿no? La duda. Suponías que te haría esto de primeras. Así que esperar—intentar
adivinar cuándo me decidiré a hacerlo—eso te angustia más que la idea de tener que acostarte
realmente conmigo.”
Esbozó una mueca de desdén. “Bien—tienes toda mi atención. Desnúdate.”

Hermione lo miró desde abajo, sintiendo cómo se le calentaban las mejillas incluso cuando el resto
de su cuerpo estaba helado.

“Ni siquiera me deseas. ¿Por qué me incluiste en tus demandas? ¿Qué sentido tiene?” preguntó,
enfadada y confusa.

Él esbozó una sonrisa de suficiencia. “Tienes razón. No te deseo.”

No debería haber dolido tanto escucharle decirlo, pero de algún modo así fue. Especialmente
acompañado de la vengativa burla que manchaba su expresión mientras la miraba.

“Sin embargo, la idea de que me pertenezcas nunca va a perder la gracia. ‘Ahora y después de la
guerra.’ Estoy deseando comprobar cuan profundamente puedo hacer que te arrepientas de esas
palabras. Así que, desnúdate.” Su voz se volvió ronca. “¿O querías que lo hiciera por ti?”

Hermione alzó las manos hasta el cuello de su camisa y se aferró a él en ademán defensivo. Estaba
tan aterrorizada y furiosa que creyó que se echaría a llorar. Es cierto que le pertenecía. Había
aceptado. Le temblaron la mandíbula y las manos.

“Te excita el poder, ¿no es así?” le tembló la voz de rabia mientras se obligaba a desabrocharse el
primer botón de la camisa. “Hacer sufrir a alguien que no puede—o que no va a—defenderse. Usar
las cosas importantes para las personas para torturarlos y arrinconarlos, y obligarlos a hacer lo que
quieras. Eres exactamente igual que Voldemort.”

La malicia en la expresión de Malfoy se desvaneció de pronto, y palideció. Aquello que mantenía a


raya su ira desapareció, y la oscuridad y la magia salieron de su cuerpo en olas, retorciéndose e
invadiendo la habitación.

La furia helada que apareció en su expresión era aterradora. Se le oscurecieron los ojos, enseñó los
dientes, y palideció más y más, mirándola todo el tiempo.

Hermione abrió los ojos, espantada, mientras retrocedía y se preparaba.

Una marea de pura ira se estaba alzando a su alrededor.

“¡Fuera!” espetó.

Ella lo miró fijamente, paralizada. Como un animal petrificado por el miedo.

Él gruñó de rabia. De pronto la puerta de la casa se abrió con tal fuerza que las bisagras se
rompieron y cayó al suelo con un estruendo.

“¡FUERA!” rugió.

Hermione no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se abalanzó hacia la puerta y se apareció en el
mismo instante en que notó que estaba fuera de las barreras.

Cuando traspasó la puerta de Grimmauld Place, se desplomó en el suelo del vestíbulo, temblando
de terror.
Estúpida. Estúpida. Estúpida. Se reprendió a sí misma, tratando de obligarse a respirar. Estaba
teniendo un ataque de pánico.

No podía entender qué la había empujado a intentar provocarlo. Si no estuvieran en mitad de la


noche se hubiera golpeado la cabeza contra el suelo de la frustración que le producía su insensatez.

Después de todas las veces que había reprendido a Harry, advirtiéndole sobre las consecuencias de
su estúpida búsqueda de emociones; quizá lo había superado.

Era una estúpida.

Se apretó el pecho con la mano y dejó caer la cabeza sobre el codo. Emitió un gemido.

Draco Dormiens Nunquam Titillandus.

Aunque ella no le había hecho cosquillas a un dragón dormido. Sus actos se acercaban más a haber
entrado tan fresca y haberle golpeado la cabeza con un bate de golpeador.

Necesitaban a Malfoy. Lo necesitaban desesperadamente, y un poco de adrenalina le había hecho


perder los papeles.

Él estaba en lo cierto, no podía soportar la duda. La constante anticipación. Agotarse a sí misma


preguntándose qué era lo que él quería. Lo que tenía pensado hacerle. Constantemente esperando a
que le arrojara la segunda piedra. Se la estaba comiendo por dentro.

Si iba a hacerle daño o forzarla, quería saberlo y que lo hiciera cuanto antes.

Encontrarse con él todas las semanas, sin saber qué es lo próximo que podría hacerle—

Le estaba destrozando.

Se mordió el labio mientras se acurrucaba contra la puerta. Intentó no echarse a llorar cuando pasó
el pico de norepinefrina, y llegó el bajón. El miedo y la desesperación la inundaron.

Enterró el rostro en las manos y sollozó en voz baja.

Su ansiedad posiblemente le había costado a la Orden la guerra. O por lo menos incontables vidas.

Tenía que encontrar la forma de arreglarlo.

Se envolvió con los brazos, y trató de calmarse para poder pensar.

Respira. Respira. Respira.

Cuando su pecho cesó de temblar, se levantó y se secó las lágrimas.

Subió hasta su taller de pociones, almacenó la Descurainia en el armario, y dedicó unos minutos a
tratar de organizar sus pensamientos y que sus manos dejaran de temblar.

Se dirigió hacia su habitación.

La puerta estaba entreabierta. Lo cual era extraño, ya que tanto Ginny como ella eran muy
meticulosas en cuanto a mantener la puerta cerrada con llave. Grimmauld Place no era accesible
para toda la Resistencia, pero de vez en cuando aparecían individuos bastante cotillas con poco
respeto por la privacidad o las posesiones personales.

Hermione echó una ojeada al interior y se apartó, sorprendida.

Ginny y Harry estaban medio desnudos y, si no lo estaban ya, parecían estar a unos segundos de
tener sexo.

Hermione lanzó un rápido hechizo de privacidad en la puerta y se escabulló. Se detuvo en el rellano


de las escaleras, vacilante. Las habitaciones de Grimmauld estaban abarrotadas. A algunos de los
niños más mayores de Caithness los habían instalado ahí.

El salón de abajo estaba actualmente ocupado por los insomnes. No quedaban muchos sitios donde
dormir.

Estaba terriblemente cansada. Su ataque de llanto la había dejado vacía por dentro.

Se arrastró hasta un asiento junto a una ventana y trató de conciliar el sueño, pero no podía acallar
su mente. No dejaba de repasar una y otra vez su conversación con Malfoy. De pensar en la poción
que tenía que preparar. Reviviendo el momento en que toda la ira había desbordado a Malfoy y le
había gritado.

No le había hecho daño.

Había tenido la oportunidad y más que suficiente furia, pero se había contenido y la había hecho
marcharse.

Un Mortífago asesino con una especie de código moral. Un oxímoron donde lo haya.

Debía tener relación con sus motivos para ayudar a la Orden.

¿Qué es lo que quería?

Le sacaba de quicio el no poder adivinarlo.

Después de dar vueltas en el sillón de la ventana durante media hora, se levantó con un suspiro. No
quería intentar preparar la poción de Severus hasta que hubiera descansado. Se enderezó y subió al
piso de arriba. Había una sala de práctica allí.

Echó un vistazo y la encontró vacía.

Se dirigió al centro de la habitación y, sacando la varita, comenzó a practicar una serie de figuras de
duelo.

Al volver de su formación como sanadora por Europa, solamente había participado en dos
pequeñas reyertas antes de que la Orden decidiera alejarla de forma permanente del combate.
Pasados los años estaba bastante oxidada, mucho menos competente en el duelo que cualquiera en
su franja de edad. El resto del ED eran rápidos y sus hechizos poderosos, corrían y esquivaban
manteniendo una excelente precisión incluso a distancia.

La sanación era sutil. Casi siempre requería contención. Trabajo preciso con especial importancia
en los detalles.
Tratar de practicar duelo de nuevo había sido un cambio de técnica tan considerable que lo había
hecho terriblemente mal.

Ron y Harry dedicaron bastante tiempo a intentar ayudarla a ponerse al día, pero antes de que lo
consiguiera, Kingsley aconsejó sacarla del combate por completo. No hubo tan siquiera un
murmullo de desacuerdo.

Hermione comprendía la justificación, pero años después la decisión aún dolía. Se sentía como si
de algún modo hubiera fracasado y la estuvieran dejando a un lado—lejos de todos los demás.

El ED original se había convertido en una unidad de combate muy unida de la que ella no formaba
parte.

Hermione se mordió el labio y convocó el protego más poderoso que pudo. El escudo floreció
frente a ella.

Suspiró, aliviada, y lo deshizo. Por lo menos aún podía conseguir aquello.

Lanzó una serie de maldiciones a los maniquíes del otro lado de la habitación. Solo la mitad
alcanzaron sus objetivos. Ninguno de ellos con precisión.

Enrojeció y lo volvió a intentar. Por alguna razón la segunda vez fue peor.

Hermione se reprendió a sí misma. Estaba quieta. No en un campo de batalla. Nadie le estaba


lanzando hechizos a ella.

Se le daba fatal.

En el improbable caso de que Malfoy la entrenara, la despedazaría por lo inepta que se había
vuelto.

Cuadró los hombros y lo volvió a intentar.

Lanzó un par de maldiciones algo más complejas.

Bueno, eso podía hacerlo.

No era que tuviera dificultades con la magia de combate. Simplemente era terrible en el combate en
sí.

Eso la consolaba un poco.

Bueno, no mucho en realidad.

Siguió hasta que estuvo tan agotada que le temblaban las manos. Entonces se dejó caer en una de
las alfombrillas de combate y se quedó dormida.

“Hermione, ¿qué coño? ¿Qué haces aquí?”

Hermione entrecerró los ojos a la mañana siguiente y encontró a Ron mirándola desde arriba,
flanqueado por Ginny, Neville, Dean, Seamus, Lavender, Parvati, Padma, Fred y Angelina.

Se sentó con un gruñido y se restregó lo ojos.


“Mi cama se ha quedado ocupada con las recolcoaciones,” mintió, lanzándole a Ginny una mirada.
“Vine aquí a dormir.”

“Ah,” dijo Ron. “Bueno, vamos a practicar una formación de ataque antes de que Neville y Seamus
se vayan a una misión de reconocimiento. Así que—necesitamos la sala.”

Hermione asintió y se puso en pie.

“¿Puedo quedarme a verlo?” se encontró diciendo.

“Claro. Supongo. Si tienes tiempo. Tu—mantén un escudo activo. Lanzaremos maldiciones.”

Hermione se retiró a una esquina y observó como Ron planteaba la estrategia. No conocía todos los
términos que usaban. No era terminología de combate tradicional, más bien abreviaturas que habían
evolucionado entre los combatientes con el tiempo. Su propio lenguaje.

Cuando se dispersaron por la habitación, convocó un escudo a su alrededor. Ron activó una de las
barreras de la habitación, y entonces todo el mundo empezó a lanzar una serie de maldiciones
contra las paredes.

Los hechizos rebotaban de un lado a otro de la habitación. Pronto toda la sala estuvo llena de
hechizos que volaban por el aire.

Hermione observó como los miembros del ED comenzaban a desarrollar la formación. Sus
hechizos eran precisos. Sus escudos poderosos. A ninguno de ellos les rozaban los hechizos
voladores. Era instintivo para ellos. Sabían cuando tenían que renovar los escudos. Sabían cómo
luchaban los otros; quién los podía cubrir. Luchaban cerca unos de otros y usaban magia no verbal.

Su habilidad en combate era tremendamente superior a la de ella. Haría falta un milagro para que
llegara a alcanzarlos.

Los observó desarrollar la formación un par de veces antes de darse la vuelta y marcharse de la
habitación.

Se dirigió hacia el taller de pociones, preparó los ingredientes, y comenzó a preparar la poción.

El martes siguiente se apareció en Whitecroft y se acercó lentamente a la cabaña.

Se preguntaba si Malfoy estaría ahí. Rezó por que así fuera.

No tenía ni idea de cómo arreglar las cosas si se negaba a aparecer siquiera. Solo podía esperar que
fuera lo que fuera que lo estuviera motivando a ser un espía, fuera suficiente como para que no lo
disuadieran sus acciones.

Si él no estaba, esperaría.

Si estaba—esperaba que se lo hiciera pagar de una vez por todas, en vez de tenerla temiendo el
momento constantemente.

La puerta había sido reparada. Se armó de valor y la abrió.

Vacía.
Después de esperar un minuto, se sentó en una de las sillas al lado de la mesa. Se le estaba
revolviendo el estómago, y trató de distraerse recitando fórmulas de aritmancia.

Solo tenía que dejar de pensar en lo que podría pasar ahora.

De pronto se oyó un crujido y ella se puso en pie y se volvió con brusquedad mientras Malfoy
aparecía en la habitación. La contempló, su expresión indescifrable.

Hermione no dijo nada. Solo lo miró de vuelta. Menos mal que no estaba temblando.

Se obligó a sostenerle la mirada. Aquella sensación de terror punzante comenzó a recorrerle la


columna. De repente sintió frío. Se le erizó el pelo de la nuca mientras se preparaba para lo que
podría venir.

Malfoy apretó la mandíbula y desvió la mirada.

Al parecer no pretendía ser el primero en hablar.

Ella respiró hondo. Lo necesitaba. Claramente aún estaba furioso con ella pero tenía que arreglarlo.
Costara lo que costara.

“Lo siento,” dijo con desesperación. “Perdí los papeles y me pasé de la raya. Lo siento. Cualquier
cosa que tenga que hacer para compensarlo—haré lo que tú quieras. Solo déjame arreglarlo.”
Flashback 6
Chapter Notes
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Abril 2002

Draco la miró con dureza, una expresión que no pudo descifrar le cruzó el rostro.

“Tranquila,” dijo con voz tensa. “Cuando dije que quería que consintieras, significaba que podías
decir que no. Aunque quizá prueba a decirlo en vez de provocarme a propósito.”

Hermione se quedó mirándolo, en shock.

Él cerró la mano en un puño y se la llevó a la frente como si le doliera la cabeza.

“¿Quieres seguir con la oclumancia?” preguntó.

Hermione cambió el peso de pie, pero no respondió. Se sentía descolocada. La conversación no


había—ella no—

¿Qué quería decir?

¿Podía ser una treta, para pillarla desprevenida?

Si le estaba permitido decir que no a las cosas, desde luego él no se había molestado en
comunicárselo. De hecho, le había dado a entender con vehemencia lo contrario. Aunque—
realmente no había hecho mucho que no fuera principalmente para provocarla.

Así que—

Lo miró con cautela.

Algo de lo que le había dicho la noche anterior había tocado sin querer una fibra sensible. Muy
profunda.

¿Qué había dicho?

Que le excitaba el poder. Hacer sufrir a alguien que no puede—o que no va a—defenderse. Usar las
cosas importantes para las personas para torturarlos y arrinconarlos, y obligarlos a hacer cosas. Que
era exactamente igual que Voldemort…

Que era exactamente igual que Voldemort.

Probablemente era eso. Seguramente se consideraba a sí mismo mejor que su Amo. Quizá creía que
si ayudaba a la Orden a derrocar a Voldemort, éste dejaría un vacío de poder que él podría llenar.

La idea le revolvía a Hermione el estómago.

¿Eso era todo? ¿Estaba jugando a dos bandas, con la idea de hacerse con el poder en la posguerra?
Quizá se oponía al reino del terror de Voldemort; los ataques hacia la Orden, todas las torturas y
experimentos. Malfoy probablemente se imaginaba reinando de una manera más refinada en la que
las mujeres supuestamente “consintieran” y las ejecuciones fuesen ceremoniales.

Sin embargo—parecía haber estado más que ofendido. Su ira—la ira que llevaba dentro era mucho
más grande que su ego o su ambición.

Su expresión cautelosa pareció molestarlo. Siseó suavemente, enseñando los dientes.

“Sobra decir que no voy a hacerte daño,” dijo con voz tensa. “Así que deja de mirarme como si
estuvieras esperando que te lance una maldición por la espalda.”

Aquellas palabras hicieron que Hermione se estremeciera. Si no estuviera tan desesperada por
asegurar que siguiera siendo su espía, hubiera esbozado una mueca de desdén y le hubiera
preguntado por qué no había tenido aquella consideración con Dumbledore. Malfoy pareció ver la
réplica en su rostro y tensó la mandíbula.

Se mordió la lengua y desvió la mirada, incómoda. “Sí que quiero terminar de aprender
oclumancia.”

“De acuerdo.”

Tenía la voz tensa, y parecía estar conteniendo su enfado. Su rostro convertido en aquella máscara
fría e indolente una vez más. Pero sus ojos plateados seguían escrutándola. Casi podía sentir su
mirada deslizándose por su piel.

Se acercó a ella.

Parecía ser simultáneamente el mismo, y, sin embargo, diferente. Como si estuviera realizando los
mismos gestos, pero siendo más consciente de lo que había sido en el pasado. Había un sutil exceso
de precisión.

Él le reclinó la cabeza con las puntas de los dedos. Cuando miró en la profundidad de sus ojos,
encontró un rencor que no había visto antes.

Se hundió en su mente sin causar dolor.

Fue más de lo mismo durante las dos semanas siguientes. Más oclumancia y un Malfoy reservado.
Las conversaciones mantenían un tono forzado, pero la información que les proveía seguía
fluyendo y siendo fiable.

Hermione se reprendía a sí misma cada semana mientras él desaparecía después de intercambiar


menos de una docena de palabras con ella.

El perfil psicológico que estaba elaborando se había estancado. Cada semana, añadía más preguntas
sin respuesta. La lista de potenciales razones iba desde magnánimas a monstruosas.

Ella imaginaba que casi habían terminado con el entrenamiento de oclumancia. Las invasiones
mentales de Malfoy se estaban volviendo cada vez más dolorosas y agresivas, poniendo a prueba
sus técnicas y habilidades.

Se sentía tentada de preguntar si aún pretendía entrenarla en el duelo, pero le daba miedo sacar el
tema.
Empezaba a estar desesperada.

Cuando llegó a la cabaña comenzó a dar vueltas, nerviosa, intentando que se le ocurriera alguna
forma de superar la incomodidad. Tenía que haber alguna manera de llegar a él. Alguna debilidad
que pudiera ayudarla a atravesar sus barreras.

Malfoy apareció frente a ella con un crujido, y pareció esbozar una leve mueca de dolor al erguirse.

Hermione había visto aquella sutil expresión suficientes veces como para identificarla de
inmediato, sin importar lo cuidadosamente que él la ocultara. Sin pararse a pensar siquiera, sacó la
varita y proyectó un hechizo diagnóstico sobre él.

Antes de que pudiera ver los resultados, Malfoy se abalanzó sobre ella, le arrebató la varita, y la
atrapó contra la pared.

“¿Qué estás haciendo?” rugió.

De acuerdo. Probablemente no estaba acostumbrado a dejar que le lanzaran hechizos.

Ella le sostuvo la mirada con serenidad. “Estás herido.”

Él retiró las manos con brusquedad y dio un paso atrás.

“No es nada,” dijo. “Me encargaré de ello más tarde.”

Hermione dirigió la mirada a los detalles de colores que rodeaban su varita, que se encontraba en el
suelo unos metros más allá, interpretando las partes más obvias.

“Tienes varias fracturas costales, un traumatismo craneoencefálico, y contusiones internas. Solo me


llevaría diez minutos arreglarlo. Y—” le dirigió una mirada significativa, “aparecerte te dolerá aún
más la próxima vez. Si no arreglas las fracturas y lo sigues haciendo, las costillas podrían partirse
del todo. Podrían perforar un pulmón. Si quedan esquirlas, tendrían que quitarte las costillas y
hacer que crecieran de nuevo.”

Él le sostuvo la mirada durante unos segundos antes de poner los ojos en blanco. “De acuerdo.”

Ella se arrodilló para recoger su varita. “Quítate la ropa—de cintura para arriba.”

Él se quedó quieto durante un momento.

“Pensaba que esa era mi frase,” dijo finalmente, mientras alzaba las manos con rigidez y se
desabrochaba la capa, dejando que cayera al suelo. “Si tanto me deseabas, solo tenías que decirlo.”

Le dirigió una mirada lasciva manifiestamente falsa.

Cada uno tenía sus métodos para manejar el dolor. Harry se quedaba muy callado, mientras que
Ron se volvía lo que Fred y George habían calificado como “un capullo”. Seamus y Charlie juraban
con tal volumen y extensión que tenían que ser silenciados.

El dolor claramente hacía a Malfoy más sarcástico de lo que normalmente era.

Al menos eso significaba que estaba volviendo a hablar con ella.


Hermione puso los ojos en blanco. “Claro. Nada me pone tanto como un abdomen cubierto de
moratones verdosos.”

“Siempre supe que eras una sádica.”

El comentario pilló a Hermione tan desprevenida que soltó una carcajada.

Malfoy parecía sorprendido por su reacción, desabrochándose la camisa y tratando de quitársela de


los hombros con dificultad.

También tenía el hombro lesionado.

Ella extendió el brazo lentamente, como si se estuviera acercando a un animal a la defensiva. Él no


se retiró, así que le quitó la camisa con cuidado y valoró los daños.

Parecía haber sido lanzado, con mucha fuerza, contra—algo.

Se había dislocado el hombro, pero parecía que lo había vuelto a poner en su sitio. Tenía todo el
costado derecho cubierto de moratones. Era increíble que no tuviera el brazo destrozado.

“¿Qué ha pasado?” pregunto ella, con verdadera curiosidad.

“Una nueva manada de lobos,” respondió rápidamente. “Había problemas con el liderazgo.”

“Así que, ¿qué? ¿Luchaste contra un hombre lobo alfa?” preguntó con escepticismo mientras
soldaba sus fracturas.

“Bueno, tenía prohibido morder o arañar, y a mi no me estaba permitido matarlo. Pero—cuando


tienes bestias con una jerarquía en la manada e intentas dirigirlos sin someterlos por la fuerza antes,
te estás jugando una insurrección,” explicó Malfoy, como si aquellas cosas fueran cultura general.

“¿Y todo esto es por ganar o perder?” preguntó mientras reparaba la fractura de otra costilla.

Él le lanzó una mirada irritada. “Por ganar, por supuesto. No me hubiera aparecido a ningún lado si
hubiera perdido. Al jodido animal ni siquiera se le había ocurrido usar su varita. Se convierten en
unos salvajes cuando empiezan a ir en manada.”

Puso los ojos en blanco mientras lo decía y después añadió “Al parecer ahora soy el alfa de una
manada de hombres lobo. Me da cierto encanto natural, creo.”

“Seguramente el alfa intentará matarte,” señaló Hermione.

Malfoy resopló, burlón. “Le invito a intentarlo. Me llevaría menos de un minuto acabar con él una
vez se me permita matarlo.” Dijo con una mueca de desdén.

Hermione no respondió. Con un hechizo no verbal convocó su maletín y sacó el kit de emergencia
que siempre llevaba encima.

“Siéntate y bébete esto,” le indicó mientras le entregaba una poción. “Manejará el traumatismo
craneoencefálico.”

Mientras él se la bebía, ella se frotó las manos para calentarlas y metió los dedos en un pequeño
tarro de ungüento.
Lo observó con aire pensativo antes de colocar con cuidado las manos en su hombro desnudo.

Él casi saltó del asiento.

“Relájate,” dijo ella, notando los músculos de su hombro tensarse bajo sus dedos. “No penetrará
bien si estás tan tenso.”

Malfoy no se relajó en absoluto.

Ella puso los ojos en blanco.

Masajeó levemente su hombro, extendiendo el ungüento y dejando que se acostumbrara al


contacto. Los músculos de su brazo se contraían ligeramente de vez en cuando. A Hermione le
parecía estar acariciando a un caballo asustadizo.

De todos los contextos en los que había imaginado a Malfoy eventualmente medio desnudo en su
presencia, tratándolo no había sido uno de ellos. Pero—podía utilizarlo para arreglar las cosas y
continuar trabajando en su estrategia inicial.

Estaba claro que estaba muy solo. Parecía incomodarle el contacto físico que no fuera o violento o
sexual.

Suponía que no le extrañaba. ¿A quién tenía que fuera amable con él? Según él, su brutal
entrenamiento con Bellatrix no había sido interrumpido por nadie, ni siquiera su madre. La idea la
hizo estremecer.

Lanzar la cruciatus a un chico de dieciséis años para enseñarle oclumancia y dejarlo al borde del
desmayo.

Podía usar aquel vacío. Aquella soledad. La necesidad de consuelo estaba grabada en la psique
humana. Malfoy quizá ni siquiera era lo suficientemente consciente de la ausencia como para
ponerse a la defensiva. Si conseguía despertar aquella necesidad—

—habría entrado.

El contacto físico no sexual era algo con lo que se sentía cómoda. Tocar cuerpos. Calmar y
reconfortar. Se dio cuenta de que era una ventaja que tenía sobre Malfoy. A él le gustaban los
límites claros. Ella los haría borrosos y se colaría por los huecos.

Se inclinó, muy levemente, de modo que estuvo cerca de su oído. Su piel tenía un leve aroma a sal,
con sutiles matices de musgo de roble y el fresco olor del papiro.

“Esto te va a doler un poco,” dijo suavemente.

Entonces comenzó a masajear el músculo para que el ungüento pudiera penetrar más
profundamente en los tejidos y restaurar los tendones distendidos. Si no conseguía que penetrara
por completo, el daño podría volverse permanente y Malfoy podría volverse propenso a las
luxaciones de hombro.

“Joder,” gruñó. “Eres una zorra.”

Ella se detuvo por un momento, y después continuó.


“Si, eso me han mencionado,” señaló ella en voz baja.

Aquella réplica pareció pillar a Malfoy por sorpresa. Se dejó caer en la silla y apretó la mandíbula
mientras ella seguía masajeando su hombro. Con delicadeza. Lo cual no era—estrictamente
necesario.

Tras un minuto extra, se detuvo, con las manos colocadas en su hombro.

“Tengo que terminar con las costillas. Será más fácil si te recuestas.”

Él suspiró, y se tumbó en el suelo. Ella le puso la capa bajo la nuca, y se colocó de modo que estaba
sentada a su lado.

Él la miraba con una intensa desconfianza.

Ella se ocupó con su maletín, y sacó un gran frasco de serum. Tras aplicarse un hechizo para
limpiarse el ungüento de las manos, se vertió el líquido viscoso en la palma. Lo extendió por su
brazo, su costado y su pecho en pequeños círculos. Se fijó en dónde se absorbía más rápido, y
aplicó una capa más de serum en aquellas zonas.

Con la mano libre proyectó otro hechizo diagnóstico. También tenía una contusión en el riñón.
Suspiró.

“Tienes una contusión en el riñón. No tengo la poción para tratarlo aquí, así que tendrás que ir a ver
a un sanador. No es grave, pero te dolerá unos días si no te lo tratan.

Los moratones del tórax estaban desapareciendo bajo sus manos. Al ver esto, los círculos que
estaba trazando se volvieron más lentos, y mientras, lo estudió.

Era—bastante atractivo. Físicamente.

Debía tener una propensión genética a la baja grasa corporal porque todos los músculos de su torso
y sus brazos se sobresalían con una marcada definición. Todo su cuerpo era duro y afilado, sin
apenas un atisbo de suavidad. No era un culturista, pero estaba—en forma.

La mayoría de los hombres tenían por lo menos una capa de grasa acolchando la piel antes de llegar
al músculo. Sin importar lo fuertes que fueran los chicos Weasley, su definición muscular era
generalmente escasa bajo su piel. Harry tenía una eterna propensión a parecer escuálido, sin
importar su condición física.

No debería sorprenderle, suponía. Lucius Malfoy tenía una buena constitución y no era corpulento,
mientras que Narcissa era muy delgada.

Estudió a Malfoy con aire pensativo.

“¿Miras de una manera tan obscena a todos tus pacientes, o es que soy especial?” dijo Malfoy de
pronto, con voz cansina.

Ella lo miró a los ojos y se sonrojó.

“No es eso,” dijo, a la defensiva. “solo me estaba preguntando por tu porcentaje de grasa corporal.”

“Seguro que sí,” dijo Malfoy, con un resoplido burlón.


Ella retiró las manos.

“Ya estás,” dijo en voz baja.

Él se incorporó y rotó el hombro mientras comprobaba el estado de sus costillas. Después se puso
la camisa de nuevo, y se la abrochó rápidamente.

Hermione desvió la mirada y comenzó a recoger su maletín.

“Y bien—¿cómo vence alguien a un hombre lobo sin matarlo?” inquirió.

“Una Bombarda Maxima con la punta de la varita contra su globo ocular parece funcionar,” dijo
Malfoy con tono casual mientras recogía su capa y se ponía en pie. “Pero tienes que dejar que se
acerquen hasta ese punto. Lo cual es obvio que no ha ido exactamente como había planeado.”

Ella se quedó mirándolo.

“¿Le has explotado un ojo?”

“Habría matado a un mago, pero los hombres lobo nunca saben cuándo morir.”

“Es más que seguro que va a intentar matarte,” dijo Hermione seriamente.

“Cuento con ello,” dijo con tono salvaje.

Ella puso los ojos en blanco y se levantó.

“Bien, entonces… más hombres lobo. ¿Alguna otra información?”

Conjuró un pergamino sin usar la varita.

“Un par de maldiciones no letales que tu Orden podría dignarse a utilizar sin impugnar sus
preciadas conciencias. Los detalles de una nueva prisión en Cornwall. Por cierto, el Señor
Tenebroso está pensando en convertir su nombre en un tabú. Quizá quieras advertir a todos tus
temerarios luchadores sobre ir diciéndolo por ahí como prueba de su valentía de Gryffindors.

Hermione lo aceptó, y se dio la vuelta para irse.

“Gracias por el apaño, Granger.”

Desapareció.

Hermione echó un vistazo a la cabaña antes de introducir el pergamino en su bolsa.

Había sanado a Draco Malfoy.

Había sanado a infinidad de personas, pero de algún modo sanarlo a él había sido diferente.

Durante unos minutos no había sido un Mortífago. Simplemente había sido una persona que estaba
sufriendo.

Una persona.

No estaba acostumbrada a pensar en él de aquella manera.


Era más seguro hacerlo más impersonal. Un concepto en su mente.

Mortífago. Asesino. Espía. Objetivo. Herramienta.

Así es como prefería categorizarlo.

No como una persona herida. No alguien que se estremecía por sus costillas fracturadas. No alguien
tan poco acostumbrado al contacto físico que se retiraba instintivamente. No alguien—atractivo.

Parecía que aquella interacción había dejado atrás la incomodidad; que había echado un puente en
el espacio que se había abierto entre ellos. Pero también se había llevado el antagonismo que había
podido aplicarle hasta ahora; como su enemigo, el asesino de Albus Dumbledore. La perspectiva
que le permitía pensar sin pestañear en manipularlo hasta la tumba.

Pensar en él como una persona lo hacía menos monstruoso en su mente.

No podía permitirse pensar así. Había despertado a la Hermione de Hogwarts, la chica de catorce
años que había hecho gorros de punto y había fundado la Plataforma Élfica de Defensa de los
Derechos Obreros. Aquella adolescente tan justa estaría horrorizada viendo cómo su yo futura se
paraba a racionalizar la necesidad estratégica de deshumanizar intelectualmente a Draco Malfoy.

A Hermione le temblaron levemente las manos mientras enviaba el pensamiento al fondo de su


mente.

Y—había venido a ella nada más había llegado. A pesar de sus heridas. Había venido.

Se preguntaba si aquello significaría algo.

Hermione volvió a Grimmauld Place y subió de inmediato a su habitación. Antes de entrar, echó un
vistazo supersticioso para asegurarse de que la habitación estaba vacía.

Harry y Ginny “no” estaban juntos. Ginny había ido a hablar con Hermione un par de semanas
antes para asegurarle aquel detalle. Había sido cosa de una noche. El calor del momento.

Al parecer había habido bastante calor, dado que Hermione casi los había pillado una docena de
veces desde entonces.

Hermione, al igual que todo el resto de gente en Grimmauld, estaba fingiendo ignorancia sobre la
drástica mejora en el humor de Harry. Iba dando brincos por la casa como un ciervo emocionado.

Hermione sacó su cuaderno de debajo de la cama y murmuró los contrahechizos para las medidas
de seguridad que había puesto en él.

Pasó las páginas con cuidado. Repasando todo lo que había escrito, tomando nota de cómo sus
opiniones y teorías habían evolucionado y se habían dispersado. Mordisqueó su pluma mientras
subrayaba un comentario que había hecho unas semanas antes.

Solo. Aislado.

Cada vez estaba más convencida de que era un pilar central en su persona. Madre fallecida. Padre
trastornado. Amigos ambiciosos, todos dedicados a su propia autopreservación.
Lo que fuera que estuviera llevando a Malfoy a alejarse de Voldemort y probar suerte con la Orden,
probablemente era un secreto que nadie sabía.

No había cabida para la honestidad y amistad cuando se estaba al servicio de un megalómano que
era el legeremante más poderoso del mundo mágico.

Hermione estaba casi segura de que nadie en el lado de Voldemort sabía que Malfoy era un espía.
No podía permitirse semejante riesgo.

Hermione podría ser un depósito para sus secretos. Si conseguía que confiara en ella. Si su
oclumancia era lo suficientemente buena, él podría considerarlo racional. Convertiría sus fortalezas
en debilidades que pudiera explotar.

Se asomó debajo de su cama para buscar un libro de psicología que quería referenciar. Cuando vio
los libros, se detuvo—

Los habían movido.

La diferencia era sutil, pero estaba segura. Alguien había estado fisgoneando debajo de su cama.
Lanzó un hechizo de detección que salió en blanco.

Volvió a mirar el cuaderno. Lanzó una serie de encantamientos y hechizos analíticos, buscando
manipulaciones. No había indicios.

Miró de nuevo bajo la cama. Luego la habitación.

Kreacher.

El maldito elfo rara vez hacía algo más que refunfuñar e insultar a la gente, pero de vez en cuando
hacía una limpieza poco entusiasta.

La habitación parecía estar limpia. La cama de Ginny, que normalmente dejaba sin hacer, estaba
alisada.

Hermione se relajó un poco, pero les lanzó a los libros algunos hechizos extra y una barrera que le
notificaría si alguien volvía a tocarlos. También añadió un complejo hechizo de autodestrucción en
el cuaderno que se activaría si alguien intentaba leerlo.

Cuando se estaba levantando para marcharse, Ginny entró en la habitación.

“Has vuelto pronto,” dijo Ginny.

Hermione miró su reloj. Era cierto. Sus reuniones con Malfoy normalmente sobrepasaban la media
hora asignada. Era la primera vez que había vuelto antes de las 8:30. Normalmente Hermione tenía
que correr a almacenar los ingredientes de pociones antes de su turno de hospital de las 9:30.

“Día de suerte,” dijo Hermione.

“Pues sí,” dijo Ginny. Parecía incómoda. “Eh… Quería—preguntarte una cosa.”

Hermione esperó.
Ginny se tocó el pelo con nerviosismo. Lo llevaba corto, justo por debajo de la barbilla, desde que
le habían agarrado de la coleta una vez en la batalla, y casi la había matado una arpía.

“Yo—bueno—tu, obviamente sabes lo mío con Harry,” dijo Ginny.

Hermione asintió.

“Vale, bien. Bueno. La cosa es, que quiero tener cuidado. He estado usando el encantamiento. Pero
—pasa algo con los Prewetts, no son como las otras familias de magos. Hagan lo que hagan se
quedan embarazados. Ron y yo, ambos fuimos accidentes después de nacer los gemelos. Así que—
me preguntaba si me prepararías una poción anticonceptiva. Si tienes tiempo. Siempre se me han
dado fatal las pociones. Si no puedes—no pasa nada. Le puedo preguntar a Padma. Se que estas
muy ocupada. Solo—no quería que pensaras que no quería pedírtelo.”

“Pues claro. Voy a estar preparando pociones esta noche de todas formas. Será muy fácil de incluir.
¿Tienes alguna preferencia sobre el sabor? Las más efectivas no son muy agradables.”

“No me importa como sepa con tal de que funcione,” dijo Ginny con decisión.

“Bueno, tengo algunos frascos de una variedad. Te los puedo dar ya, si quieres.”

“Ah, ¿sí?” Ginny parpadeó y observó a Hermione con suspicacia. “¿estás—?”

Hermione casi podía ver como Ginny repasaba la lista de posibles hombres en su vida.

“No estás—con Snape, ¿no?” soltó Ginny con un grito ahogado.

Hermione se quedó boquiabierta.

“Por dios—¡No!” balbluceó. “¡Soy sanadora! Tengo un montón de cosas a mano. ¡Virgen santa!
¿Qué—por qué ibas a—?”

Ginny parecía algo avergonzada.

“Es solo que parece que es la única persona con la que pareces hablar un tiempo. Aparte de Fred,
que está con Angelina. Con todos los demás te acabas peleando. Y no en plan intenso y sofocado
de ‘vamos a tener sexo después’.”

“Eso no significa que me esté liando con él,” musitó Hermione, con las mejillas ardiendo como si
fueran a estallar en llamas. “Es un compañero de trabajo. Consulto con él sobre pociones.”

“Es que tienes que sentirte sola,” dijo Ginny, mirando a Hermione detenidamente.

Hermione miro a Ginny, aturdida.

“Últimamente no hablas con nadie,” dijo Ginny. “Antes siempre estabas con Ron y Harry. Pero
incluso antes de que te fueras para convertirte en sanadora, parecía que estabas cada vez más y más
sola. Pensaba—que quizá tenías a alguien. De acuerdo, Snape sería una extraña elección por
muchas razones—Pero, estamos en guerra. Es demasiado para cualquiera pasar por ello solo.”

“El sexo catártico es cosa de Ron. No mía,” dijo Hermione con rigidez. “Además, ni siquiera estoy
luchando.”
Ginny la miró, pensativa, antes de decir, “Creo que el hospital es peor que el campo de batalla.”

Hermione desvió la mirada. A veces se había preguntado si sería así, pero nunca había sido algo
que le pudiera preguntar a alguien.

Ginny continuó, “Lo pienso cada vez que estoy ahí. En la batalla—todo es concentración. Incluso
cuando alguien está herido. Solamente los apareces a otro lugar y después vuelves. Salvas a
algunos. Pierdes a otros. Te golpean a veces. Devuelves el golpe. Te dan días libres si es demasiado
duro, o si tu compañero de duelo muere. Pero en el hospital cada batalla parece una derrota.
Siempre acabo más traumatizada después de estar allí que cuando lucho.”

Hermione permaneció callada.

“Y nunca te dan tiempo libre,” dijo Ginny. “Estás de guardia para cada pelea. No pueden prescindir
de ti, ni siquiera para darte tiempo a pasar el duelo. Sé, por Harry y Ron, que aún estás insistiendo
en lo de las Artes Oscuras cuando vas a las reuniones de la Orden. No estoy de acuerdo—pero lo
entiendo. Me doy cuenta de que ves la guerra desde un punto diferente al de todos nosotros.
Probablemente el peor. Así que—quiero decir, si tuvieras a alguien, me alegraría mucho por ti.
Incluso si fuera Snape.”

Hermione puso los ojos en blanco.

“Probablemente deberías cerrar la boca si aún quieres esa poción anticonceptiva,” dijo Hermione,
mirándola con una mueca.

Ginny cerró la boca. Hermione recogió su bolsa de la cama.

“Vamos. Están en mi armario de suministros,” dijo Hermione, saliendo de la habitación.

Los frascos estaban almacenados en una pequeña caja que se encontraba en el estante más alto.
Hermione sacó una docena y los colocó en una pequeña bolsa para Ginny.

“Una al día. Es mejor si las tomas siempre a la misma hora. Haré otra tanda esta semana y te daré
para un mes.”

“Gracias, Hermione.”

Ginny se marchó, y Hermione devolvió la caja a su sitio.

Había mentido. No es que tuviera a mano pociones anticonceptivas. Eran de su suministro personal,
las había estado tomando desde el día siguiente al que Moody le había explicado lo de Malfoy.

La semana siguiente Malfoy ya estaba en la cabaña cuando llegó Hermione. Cuando abrió la
puerta, él la contempló con una expresión ligeramente irritada.

Ella lo miró con confusión.

“¿Llego tarde?” preguntó, mirando el reloj.

“No,” dijo él, con voz tensa.

Ella cerró la puerta y esperó, incómoda.


“Creo que hemos terminado con la oclumancia,” dijo un minuto después.

“De acuerdo.”

Empezó a abrir la boca para preguntarle si pretendía entrenarla para el duelo, pero la volvió a cerrar
y esperó. Había algo en su humor que la descolocaba.

“Empezaremos con duelo básico para que pueda valorar lo mal que se te da,” anunció.

Hermione puso los ojos en blanco.

“Está bien,” dijo. “¿Cuáles son las reglas?”

“Para ti, ninguna. Haz lo que quieras,” dijo. “Yo me limitaré a los hechizos punzantes. Quiero ver
cuánto puedes aguantar.”

Hermione se ruborizó.

“Te aviso de que voy a hacerlo fatal,” dijo.

“Si. Me lo imagino.”

Ella le dirigió una mirada fulminante. Dejó la bolsa en el suelo y la rodeó con un escudo. Después
se volvió hacia él.

Se había desplazado y estaba apoyado con gesto ocioso en la pared.

“Muy bien.”

Buscó en su túnica y sacó la varita. Ella ladeó la cabeza.

“Esa no es tu varita de la escuela, ¿no?” preguntó.

Él bajó la mirada hacia la varita y le dio vueltas entre los dedos.

“No,” admitió. “Mi pelo de unicornio no manejaba muy bien las artes oscuras, así que tuve que
reemplazarlo. También es madera de espino, pero menos flexible, con núcleo de fibra de corazón de
dragón. También es un par de centímetros más grande.”

Enarcó las cejas con gesto sugestivo al decir esto último.

Hermione archivó la información para un futuro análisis. Creía recordar que había un libro sobre
teoría de las varitas en la biblioteca de los Black de Grimmauld place.

Adoptó la posición de duelo.

Malfoy se irguió y adoptó la misma posición con una floritura.

Hermione había intentado practicar duelo cuando tenía algo de tiempo libre para colarse en la sala
de práctica. Le lanzó un desmaius y él lo desvió con facilidad con su escudo, al tiempo que le
lanzaba a ella una serie de hechizos punzantes.

Ella formó con rapidez su escudo y lo fijó con un hechizo fianto duri.
Malfoy lanzó un chorro constante de maldiciones mientras desviaba con facilidad cualquier
hechizo que le lanzara ella sin siquiera moverse.

A pesar del bajo impacto del hechizo que estaba usando, la rapidez con la que los lanzaba estaba
empezando a desgastar el escudo de Hermione.

Antes de que pudiera volver a formar el escudo, él le lanzó un hechizo bajo a los pies. Soltó una
exclamación cuando la golpeó en el tobillo.

La cosa fue de mal en peor a partir de aquel momento. Ella dio un salto hacia atrás sin pensar, y
dejó el frente abierto. Él le lanzó de inmediato cinco maldiciones adicionales.

“¡Está bien!” gritó. “Tú ganas. ¡Para!”

“La cosa no funciona así, Granger,” dijo arrastrando las palabras mientras le lanzaba maldiciones
no verbales. “En el campo de batalla o ganas o mueres. O huyes.”

Hermione las esquivó con el cuerpo hasta que consiguió volver a formar su escudo. Estaba
sosteniéndose con un solo pie. Tenía el costado en el que la había golpeado hinchado e inflamado.

Enfadada, le lanzó una maldición algo más oscura. Nada letal pero más serio que un desmaius.

Malfoy lo desvió y enarcó una ceja.

“La gatita tiene garras,” dijo con fingido asombro.

“Oh, cierra el pico,” gruñó mientras le lanzaba hechizos no verbales.

“Dios santo, Granger, tu puntería es atroz,” le dijo sin dejar de ametrallarla con hechizos punzantes.
“Ni siquiera me estoy moviendo y estás fallando.”

“Soy consciente.”

“No me extraña que te sacaran del combate.”

“¡Cállate!”

“He tocado fibra, ¿no?” dijo con sequedad. Los ojos grises le relampagueaban, y se percató de que
la estaba castigando por algo. Lo que fuera que lo estaba irritando cuando ella había llegado, se lo
estaba devolviendo.

Cabrón pasivo-agresivo.

Ni siquiera se estaba esforzando. Él ya sabía que lo iba a hacer fatal. Solo estaba haciendo esto para
divertirse.

Se apartó de los hechizos para formar el escudo de nuevo. Estaba empezando a cansarse de la
combinación de desviar y lanzar.

Asió la varita con fuerza y siguió adelante hasta que él le lanzó tantas maldiciones a mano que la
sostenía que ya no pudo sujetarla.
Su varita cayó al suelo. En vez de tratar de esquivar, permaneció en pie mientras él le lanzaba una
docena más de maldiciones al torso y las piernas.

Al fin se detuvo y ella lo contemplo.

“¿Te sientes mejor?” inquirió.

Él esbozó una sonrisa de suficiencia y guardó la varita.

“Siempre había querido lanzarte un maleficio,” dijo con un brillo de satisfacción en los ojos.

“Ya te dije que podías hacerlo,” dijo con voz inexpresiva mientras catalogaba mentalmente las
zonas en las que la había golpeado. “Pero supongo que te gusta fingir que estás dando una
oportunidad.”

“No es mi culpa que seas tan patética en la defensa.”

“No. Eso es cosa mía,” dijo con voz queda, alzando la mano y estremeciéndose al intentar mover
los dedos.

La maldición punzante no infligía un daño permanente, pero tampoco podía revertirse con magia.
Con la cantidad y concentración que Malfoy había usado, el dolor de los verdugones tardaría más
de un día en mitigarse. Estaba segura de que había elegido aquel hechizo específicamente por
aquella razón.

“Para que conste,” dijo, intentado que no le temblara la voz. “Esto se consideraría interferir con mi
trabajo. Así que quizás utiliza una maldición reversible, o lánzalo todo a un solo lugar la próxima
vez.”

Malfoy no dijo nada.

“Así que—” preguntó ella un minuto después. “¿Puedo saber por qué?”

“En lo que respecta a lanzarte maleficios, Granger, tu mera existencia es más que suficiente.”

Ella frunció los labios, y tragó saliva. Una sensación dolorosa se extendió por su nariz y sus
mejillas, y parpadeó para aliviarla.

“¿Tienes algo de información esta semana?”

“No.”

“De acuerdo. Bueno, me voy entonces,” dijo, arrodillándose con rigidez para recoger la varita con
la mano izquierda. Después recogió la bolsa y se la colgó del hombro, encogiéndose ligeramente
cuando se puso la correa encima de algunos verdugones.

Malfoy no dijo nada mientras ella se marchaba.

Permaneció un rato en pie en la puerta de la cabaña, sintiéndose perdida. No por la crueldad de


Malfoy, sino sobre qué debería hacer. No podía volver a Grimmauld Place y que alguien se
percatara de que le habían lanzado hechizos. No podría explicarlo.

Avanzó con cuidado hasta el tocón y se sentó en el borde.


Con un suspiro, se descolgó la bolsa del hombro y comenzó a sacar saquitos y frascos. Tendría que
tirar todos los ingredientes de pociones que había recogido. Requerían un almacenamiento
cuidadoso para conservar toda su eficacia. No sería capaz de realizar los hechizos necesarios con la
mano de la varita en aquellas condiciones.

Con tristeza, dejó caer al suelo los tentáculos de murtlap. Tendría que tender otra trampa y matar a
otro. Y las alas de hada. Después dejo caer el resto hasta que no quedó nada más que un montón de
ortigas.

Con una mueca, las recogió y se as pasó por ambos tobillos y por las manos y muñecas. Después se
rozó levemente la cara. Las dejó caer también, y observó cómo una multitud de pequeños
verdugones aparecían en su piel y ocultaban los de las maldiciones que la ropa no tapaba.

Con un suspiro, se puso en pie y, sosteniendo la varita con suavidad, se apareció de nuevo a
Grimmauld Place.

“¿Hermione? ¿Qué te ha ocurrido?” inquirió Angelina con los ojos muy abiertos en cuanto ella
cruzó la puerta.

“Me he tropezado y me he caído encima de unas ortigas,” mintió Hermione.

“Madre mía.” Angelina le miró la cara a Hermione hasta que ésta comenzó a sonrojarse. “¿Puedes
hacer algo al respecto?”

“Por desgracia, no. No hay hechizos para los habones de ortiga. Deberían tardar un día en
desaparecer. Pero no he podido recoger ingredientes muy bien. Así que tendré que volver mañana.”

“Que mal. Pobrecita.”

Hermione se encogió de hombros, “Las manos están peor. Tengo que ir a avisar a Pomfrey. No se si
podré hacer algo en el hospital hoy.”

Debido a las maldiciones de Malfoy, Hermione se encontró teniendo un inesperado día libre.
Aunque no es que pudiera disfrutarlo mucho sin poder usar las manos. Ni siquiera podía flexionar
los dedos para pasar las páginas de un libro.

No podía recordar la última vez que había tenido un día libre. Todo el tiempo que tenía cuando no
estaba en el hospital, lo dedicaba a preparar las pociones más complejas, o reponer los ingredientes
de pociones.

Se sentó y miró por la ventana del ático, viendo pasar a los muggles.

Se preguntaba qué había hecho para provocar a Malfoy.

Se preguntaba si quizá que le hubiera lanzado las maldiciones era una buena señal. Si significaba
que estaba atravesando sus barreras, y por eso reaccionaba a la defensiva. Sanarlo la semana
anterior había supuesto un cambio en su interacción; probablemente veía lo que había hecho como
una forma de ponerla en su lugar.

Era terriblemente vengativo.

La oclumancia le había dolido mucho más, pero había sido constructivo. El dolor había tenido una
razón de ser. Había pociones que ayudaban con las migrañas.
Lanzarle maldiciones solo había sido por maldad.

Aquella forma de evaluar sus habilidades de combate era una basura, porque una vez la hubiera
golpeado, ya no podría volver a empezar hasta la semana siguiente. Si quería comprobar su
puntería o su resistencia, podría haberla inmovilizado, petrificado o desmayado.

No había usado maldiciones serias o permanentes, probablemente porque rozaría algún tipo de
código moral del que se congratulaba. Sus ‘límites éticos’. No le gustaba verse a sí mismo como
sádico o vengativo. Probablemente se decía a sí mismo que le había dado una oportunidad justa.
Que ella merecía cada vez que la había golpeado porque debería haber desviado los hechizos.

No quería verse como alguien cruel.

Probablemente pensaba que estaba por encima de aquello.

Hermione se miró las manos.

En la gran escala del dolor y la crueldad, las maldiciones punzantes apenas entraban. Sin embargo,
en lo emocional, encontró la experiencia más devastadora de lo que estaba dispuesta a admitir.

Dejó caer la cabeza en el pliegue de su codo e intentó no echarse a llorar.

Pero las lágrimas se le escaparon de todas formas.

Chapter End Notes

Hola lector@s!!
Los capítulos cada vez son más largos y me cuesta un poco más traducirlos x_x pero os
prometo que no os voy a abandonar!!
Perdonad las demoras, y espero que os esté gustando mucho
Flashback 7

La semana siguiente, Hermione se levantó aún más temprano para ir a recolectar. Se llevó frascos y
bandejas, y preparó por completo todos los ingredientes de pociones antes de guardarlos con
cuidado en su bolsa. No podía permitirse perder de nuevo los suministros para una semana.

Cuando se apareció en la cabaña, respiró hondo un par de veces, preparándose para abrir la puerta.
Había llegado a la conclusión de que era bastante probable que Malfoy repitiera el mismo método
de nuevo.

El destello de crueldad y satisfacción que había visto en sus ojos la semana pasada mientras
guardaba la varita le daba una pista.

La habitación estaba vacía cuando entró.

Dejó la bolsa en un rincón y le aplicó un escudo. Después esperó. No dejaba de golpetearse la


pierna con los dedos. Casi se sentía mareada.

Odiaba esperar. Odiaba que la dejaran esperando lo peor. Su mente siempre se llenaba de escenas
terribles sobre lo que podría pasar. Normalmente su imaginación era peor que la realidad.

Pero Malfoy tenía un talento inusual para sorprenderla.

Ya habían pasado casi cinco minutos.

No sabía si debería seguir esperando. Él había dicho que solo la esperaría cinco minutos, pero no
había dicho nada sobre el tiempo que quería que ella le esperara a él. Dudaba que fuera a abandonar
a la Orden solo porque ya había podido maldecirla.

Se le estaba revolviendo el estómago de los nervios. No podía—

No estaba dispuesta a esperar sentada a que viniera a arremeter contra ella.

Se dio la vuelta bruscamente, le quitó los escudos a su bolsa y se la colgó del hombro. Estaba
saliendo por la puerta cuando él se apareció en la habitación con un crujido.

Ella se detuvo y lo miró. Su mera presencia le daba una sensación de ser muy pequeña. Se sentía
como si tuviera algo en la garganta y apenas pudiera tragar a su alrededor.

Él tenía la mirada clavada en ella. No parecía irritado. Parecía—incómodo.

“Llego tarde,” dijo.

Ella asintió y dio un paso atrás, entrando a la cabaña y cerrando la puerta. Hubo una pausa.

“¿Lo mismo otra vez esta semana?” preguntó con voz queda, desviando la mirada.

“No.” Lo dijo con tal brusquedad que ella alzó la mirada.

Él suspiró y se pasó la mano por el pelo. Era el gesto de turbación más claro que le había visto
nunca.
“Me—excedí,” dijo, lo cual no era una disculpa. “No volveré a hacerte algo así.”

“De acuerdo,” aceptó ella automáticamente, no confiaba en él en absoluto. Estaba segura de que si
le daban suficiente tiempo, encontraría una nueva forma de venganza que racionalizar.

Él la escrutó durante unos segundos. Hermione sospechaba que aún tenía una expresión
ligeramente dolida en el rostro. Por alguna razón, sin importar cuanta oclumancia usara, no era
capaz de hacerla desaparecer del todo.

Él abrió la boca como si fuese a decir algo más, pero se tragó las palabras.

“¿Qué?” preguntó ella con dureza. Preparándose por si lo que hiciera ahora fuese la peor parte.

“Yo—dije que no iba a hacerte daño,” dijo con voz grave. “Y te lo he hecho. Lo siento.”

Ella lo miró, confusa. Estaba lleno de contradicciones.

“Esperaba que lo hicieras.”

Un destello de irritación cruzó sus ojos. Ah, había vuelto a ofender su código moral.

“Y aún así, aquí estás,” dijo él.

“Sí.” Se encogió de hombros y le sostuvo la mirada. “Porque si la Orden pierde esta guerra, voy a
morir. Y Harry, y Ron, y Ginny, y toda la gente que conozco. Así que—que me hagas daño no
importa realmente.”

“No, supongo que no,” concedió, su expresión fría.

“Si vas a hacerlo otra vez, hazlo ya. No lo hagas una farsa, haciendo que intente defenderme.,” dijo,
inexpresiva. “Asúmelo y ya está.”

A él se le crispó ligeramente el rostro. Su ira se alzó un poco más cerca de la superficie. Hermione
se preparó.

Pero él se calmó de pronto.

“Lo primero en lo que tenemos que trabajar es en tu puntería,” dijo, cambiando el tema.

“De acuerdo.”

Sacó la varita y convocó un maniquí de práctica. Con la punta de su varita, grabó una X en el
centro y lo envió al otro lado de la habitación.

“Cualquier hechizo que quieras, lanza diez. Quiero ver la tasa de aciertos,” le indicó.

Ella dejó caer la bolsa y se puso en posición a su lado, siendo plenamente consciente de su
proximidad.

El objetivo estaba a unos cinco metros.

Apuntó a la X y lanzó un desmaius, un hechizo petrificador, varios punzantes y uno inmovilizador.


Le dio ocho de diez veces, pero solo cuatro veces en la X.
Se detuvo y se preparó para las críticas mordaces de Malfoy. Estaba en silencio, lo cual era peor.

“Sueles hacer hechizos de cerca, ¿verdad?” inquirió al cabo de un rato.

“Así es,” dijo Hermione con rigidez.

“Me lo figuraba,” dijo, y asintió con aire pensativo. “Tu técnica es buena pero eres tan precisa que
le prestas demasiada atención innecesaria a controlar la punta de tu varita y se te olvida centrarte en
dónde estás apuntando. Los maleficios y maldiciones no requieren tanto control motor fino; la
mayoría de ellas no tienen movimientos de varita complicados. Tu exceso de atención al detalle no
te está haciendo ningún favor en combate.”

“Oh…”

“Lo bueno es que tiene fácil solución. Es mucho más difícil enseñarle a alguien que no hace bien
los hechizos. Prueba una maldición con movimiento complicado y recuerda apuntar con la varita
cuando estés terminando.”

Hermione le dio vueltas a la cabeza, tratando de encontrar una maldición con movimientos
complicados. Malfoy tenía razón, la mayoría de las maldiciones eran simples. Apuñalar, cortar, no
había mucho más que eso. No había caído en el gran cambio de técnica que eso suponía en cuanto a
la sanación.

Se le ocurrió un hechizo.

Con una respiración profunda, realizó el movimiento y se aseguro de que la punta de la varita
estaba sobre la X cuando las últimas palabras del encantamiento dejaron sus labios.

Una luz escarlata atravesó la habitación y dio de lleno en la X. De inmediato, un pequeño chorro de
alquitrán negro y caliente comenzó a brotar del punto en el que el hechizo había hecho contacto. Si
hubiera sido una persona de verdad, el alquitrán hubiese continuado brotando, pero en el maniquí
no tardó en cesar.

Malfoy rio entre dientes. “Vaya, vaya, Granger, ¿aprueba tu Orden las maldiciones que conoces?”

“No,” dijo Hermione con amargura. No tenía sentido mentir. Era imposible que los Mortífagos no
fueran conscientes de que la Resistencia usaba casi exclusivamente hechizos no letales.

“Me imagino que no. Dime, Granger, ¿estás dispuesta a matar a alguien?” Malfoy la contemplaba
fijamente mientras preguntaba.

Ella alzó la mirada, encontrando la de él. Estaba a apenas unos centímetros de distancia. Su
expresión le recordaba a la de cuando le había besado. Intensa. Divertida.

“No quiero ser cruel. Pero—si es o ellos o yo, o por proteger a alguien que me importa, lo haré.”

Él le sostuvo la mirada durante un momento más, antes de esbozar una sonrisa torcida. La frialdad
letal de sus ojos destelló por un momento, y Hermione de pronto se dio cuenta de lo cerca que
estaban el uno del otro.

“Imagino que sí,” dijo con voz queda, y después se volvió para mirar al maniquí de nuevo. “Otros
diez hechizos. Vamos a ver si tu puntería mejora ahora que entiendes cuál era el problema.”
Hermione lanzó otra serie de hechizos simples y todos le dieron al maniquí, seis directamente en la
X.

“Continúa,” ordenó Malfoy.

Siguió lanzando hechizos, pero se distrajo cuando él se puso detrás de ella y ya no pudo verlo.

“Sigue lanzando,” su voz sonaba justo detrás de ella.

Hermione se armó de valor e intentó seguir lanzando hechizos, pero la tensión de no poder verlo
aun siendo capaz de notar que estaba cerca la ponía nerviosa. Dejó de dar en el blanco.

Malfoy reapareció por su otro costado.

“Sigue lanzando,” dijo de nuevo.

Ella continuó y su puntería volvió a mejorar.

“Estás demasiado tiesa,” dijo al fin, mirándole los pies.

Ella miró también.

“¿Qué es eso?” dijo él, ladeando la cabeza con aire sarcástico, “¿Una pose de esgrima?”

Hermione se ruborizó y movió los pies.

“Cuando estás teniendo un duelo en el campo de batalla, especialmente uno sin barreras de
aparición, realmente no avanzas. Puedes estar donde te de la real gana con tal de que tengas a todo
el mundo a tiro. Lo importante es ser capaz de moverte con rapidez. Puede llegar un ataque desde
cualquier dirección—a no ser que tengas un compañero de duelo que te esté cubriendo la espalda.
Tienes que estar preparada para moverte.”

Lanzó un hechizo al maniquí.

“Atente a hechizos no letales ahora,” dijo. “Rebotarán directamente hacia el lugar donde han sido
lanzados.”

Hermione lanzaba hechizos más despacio mientras intentaba mantenerse de puntillas y moverse en
cuanto un hechizo dejaba su varita. Estaba tan absorta en la actividad que casi se olvidó de que
Malfoy estaba moviéndose en círculos tras ella, observando su técnica.

“Merlín, Granger, estás muy tensa,” murmuró Malfoy detrás de ella. Ella se sobresaltó y dio un
salto tan violento que se cruzó en el camino de un desmaius que estaba atravesando a habitación.

Enervate.

Recuperó la consciencia y encontró a Malfoy arrodillado a su lado con una expresión de diversión e
irritación simultáneas.

“Tensa—como te decía,” reiteró.

Se incorporó, sacudiendo la cabeza para aclararla. No tenía golpes—lo cual implicaba que no se
había caído. Probablemente Malfoy la había sostenido. La idea de estar en los brazos de Malfoy
estando inconsciente era aterradora. Se preguntó cuanto tiempo habría pasado.

Él se levantó y le tendió la mano. Ella la aceptó con torpeza y se levantó.

“Otra vez,” dijo, “e intenta no lanzarte un maleficio cada vez que hablo.”

Ella puso los ojos en blanco y continuó.

Cuando logó aumentar su velocidad de la de un glaciar a la de un oso perezoso, Malfoy decidió que
era suficiente progreso por aquel día.

“Practica, si puedes,” dijo.

“Lo he hecho,” dijo ella con voz queda. “Lo hacía aún peor hace unas semanas. Si te lo puedes
creer.”

Malfoy se abstuvo de indicar si la creía o no. Solo la miró con aire absorto.

“Estás demasiado flacucha,” dijo.

Ella cruzó los brazos en ademán defensivo.

“Ahora la lucha se trata de una cantidad considerable de cosas más que la técnica de duelo.
Especialmente si estamos centrándonos principalmente en mantenerte con vida mientras te paseas
por el campo. Es más probable que te encuentres con arpías u hombres lobo que una banda de
Mortífagos.”

“Bueno, siempre queda aparecerse,” le recordó.

“No, de hecho no,” dijo con sequedad. “Al estar creciendo la población de criaturas oscuras en
Gran Bretaña debido a la guerra, se están colocando barreras anti aparición en grandes áreas del
campo. Si es un lugar en el que es probable que encuentres ingredientes mágicos, también es
probable que arpías, vampiros, o alguien más quiera vivir allí. Hay bastantes probabilidades de que
un día estés caminando y descubras que no puedes aparecerte.”

Hermione palideció.

“¿Sabes dónde?” preguntó.

“Solo algunas. No me encargo de ello, y dado que nadie deambula solo regularmente por bosques
peligrosos antes del amanecer, la mayoría de la gente no lo considera una información relevante.
Así que ten cuidado. Supongo que no vas a parar.”

“No puedo.”

Él la contempló, y asintió con la cabeza, resignado. Sacó un pergamino y se lo entregó.

“Me inventaré alguna especie de entrenamiento que no te quite demasiado de tu preciado tiempo y
no llame la atención.”

“Está bien,” aceptó, sin ninguna gana de cumplir aquello.

Malfoy parecía estar incómodo de nuevo.


“¿Algo más?” preguntó ella.

Con un movimiento de varita, Malfoy hizo aparecer un libro forrado en cuero. Se lo entregó.

Ella lo aceptó con vacilación.

Secretos del Arte Más Oscura.

“Lo has encontrado,” dijo ella en voz baja.

“Espero que sea útil,” dijo él. Después desapareció.

Hermione metió el libro en su bolsa y se dio prisa para volver a Grimmauld Place.

Estaba entusiasmada por que Malfoy lo hubiera encontrado. Era el único libro que se conocía sobre
horrocruxes del que había conseguido encontrar alguna referencia. Slughorn había dicho que en
Hogwarts había habido una copia, pero solo había admitido aquel detalle después de que la escuela
se hubiera cerrado y Voldemort hubiera tomado el control.

En cuanto hubo guardado los ingredientes de pociones preparados en su armario, corrió a la


biblioteca de Grimmauld Place para empezar a leer.

Hermione se encontraba fuera, realizando su formación como sanadora, cuando se descubrió que
Voldemort tenía horrocruxes. Horace Slughorn admitió que Tom Riddle le había preguntado sobre
el tema, y Severus había revelado que Dumbledore había sido herido de muerte por un anillo de la
Casa Gaunt.

Con el tiempo la Orden llegó a la conclusión de que Voldemort, de algún modo, había creado más
de un horrocrux, aunque la forma en que lo había conseguido era un misterio porque nadie sabía
siquiera cómo funcionaban aquellos objetos.

Eran, estaban casi seguros de ello, la razón por la que Voldemort había sido capaz de revivir
después de intentar matar a Harry cuando aún era un bebé. El diario de Tom Riddle, que casi había
matado a Ginny, era uno de ellos. El Anillo de los Gaunt.

Pero no estaban seguros de si había más, o qué objetos eran, o dónde podían encontrarlos.

Habían creado una línea de tiempo de la vida de Voldemort desde su graduación en Hogwarts,
tratando de adivinar en qué puntos Voldemort podría haber creado más.

Leyó las secciones sobre horrocruxes que tenía el libro nuevo. Detallaba exactamente cómo
crearlos. Se requería un asesinato para desgarrar el alma, y después un encantamiento para retirar la
parte del alma y unirla a otro objeto. No se hacía mención sobre la creación de más de uno.
Hermione se preguntaba si los recipientes del alma tenían que ser inanimados o si podían ser
potencialmente recipientes vivos, considerando el extraño apego de Voldemort con su serpiente
Nagini.

Tomó apuntes de la información en un pergamino y lo colocó todo dentro de un maletín con


barreras. Lo dejó al lado de la mesa para que Moody lo recogiera. Intentaban dejar las reuniones en
sí a una sospecha difusa. No había ninguna razón en concreto para que Moody se reuniera con la
sanadora de la Orden cada semana.

Mientras se dirigía a su habitación, evaluó su interacción con Malfoy de aquella mañana.


Se había disculpado. Aquello había sido una sorpresa.

Sacó su cuaderno de debajo de la cama y lo pensó un poco.

La semana anterior había escrito una página en la que detallaba las conjeturas más probables sobre
el código moral de Malfoy. Releyó los comentarios que había escrito.

Mejor que Voldemort. Presuncioso en cuanto a su moral. Cree en la elección. Racionaliza la


crueldad. No cree ser vengativo.

Añadió un apunte, “Considera su palabra algo así como vinculante. Trata de enmendar su error
cuando considera que ha roto sus reglas.”

El libro sobre los horrocruxes probablemente había sido su forma de intentar comprar su perdón. Se
preguntaba si había estado posponiéndolo un tiempo y solo se había tomado la molestia de buscarlo
solo porque se sentía culpable por haberle lanzado tantos maleficios.

Añadió, “Cree que el perdón se puede comprar.” Aquello era una información muy útil.

Entonces cerró el cuaderno y lo volvió a dejar debajo de la cama, volviendo a colocar las barreras
con cuidado.

Se tumbó en la cama mirando al techo. Estaba exhausta. Solo había dormido un par de horas antes
de levantarse a las cuatro de la mañana para ir a por ingredientes de pociones.

Ya se le había terminado la poción de Severus para la maldición ácida. No tenía más veneno de
acromántula para hacer más.

La maldición era horrible y curaba despacio. El daño que infligía era inmediato difícil de revertir.
La poción que Severus había inventado era un analgésico que ayudaba a neutralizarla y evitaba que
siguiera corroyendo el cuerpo una vez la maldición se cancelaba.

Severus había estado en lo cierto en cuanto a lo fácil que era usarla. Un escudo fuerte podía pararla,
pero se había convertido en la lesión más frecuente que trataban en el hospital. Daba igual dónde
impactara, la recuperación era lenta.

Hermione había preparado todos los analgésicos y salvias alcalinas que se le ocurrieron, pero su
eficacia no se podía comparar con la poción que contenía veneno de acromántula.

Empezaba a estar tan desesperada que estaba planteándose cazar una acromántula. Sabía que
Voldemort las tenía a su servicio, al igual que al resto de criaturas oscuras.

Abrió los ojos de repente.

Quizá Malfoy podría conseguirle un poco. Si aún sentía que le debía algo, podría acceder.

La siguiente semana su puntería había mejorado considerablemente. Había estado practicando con
el encantamiento de rebote en los maniquíes de Grimmauld Place y se había acostumbrado a
moverse mientras lanzaba. Malfoy parecía estar ligeramente complacido.

Criticó más su pose, y se paseó mientras escrutaba su técnica de una forma que ella encontraba
inquietante. Cuando terminó, le tendió un pergamino con cosas que se suponía que debía hacer para
estar en forma. Flexiones y saltos y abdominales y algo llamado burpee que Hermione recordaba
por un primo que se lo había enseñado. Había otra docena de cosas incluidas.

“Tu puntería ha mejorado suficiente; aumentar tu resistencia hasta un punto razonable es más
importante. Cuando tengas tiempo, haz repeticiones de esto,” dijo, señalando el pergamino.

Hermione esbozó una mueca, pero lo guardó en su bolsa sin decir una palabra.

“¿Alguna información?” preguntó, mirándolo desde abajo.

Su expresión se endureció y se le crispó la boca, como si dudara.

“El Señor Tenebroso estará fuera del país en secreto la próxima semana. Lo cual significa que la
respuesta a cualquier actividad de la Orden estará algo retardada. Si la Orden hubiera estado
esperando una grieta, podría ser lo que estaba buscando. Yo no intentaría retomar el Ministerio,
pero si la Orden atacase varias prisiones a la vez, la respuesta sería—menos cohesiva.”

“Informaré a Moody,” dijo. Después lo miró y comenzó a abrir la boca.

Él enarcó una ceja y esperó.

Casi le pidió el veneno de acromántula, pero le faltó valor.

“Me voy, entonces,” dijo, bajando la vista.

Él desapareció antes de que llegara a la puerta.


Flashback 8

Mayo 2002

La noticia de la ausencia de Voldemort era la oportunidad que Moody y Kingsley habían estado
esperando.

Habían estado compartiendo poco a poco proyectos, turnos de las prisiones, entre otra información
que Malfoy había estado proporcionando a la Orden. Trazando planes. Esperando a atacar.

Estaban preparados.

Charlie, Harry y Ron venían instando a realizar tal ataque varios meses.

Al fin, todo se alineó.

Fue el ataque coordinado más grande que la Resistencia había realizado nunca. Casi todos los
luchadores de los que disponían fueron reclutados. Tenían como objetivo varias de las prisiones
más grandes y más protegidas, así como la sección de desarrollo de maldiciones.

Hermione estaba tan estresada los días previos que casi tuvo un colapso nervioso. Reponiendo el
hospital. Preparando grandes cantidades de todas las pociones sanadoras cruciales. Intentando
prepararse para todo.

Tenía la duda que la aterrorizaba, en lo más profundo, de que hubiera enviado a la Resistencia a su
perdición. De que todo hubiera podido ser una elaborada trampa, tendida por Voldemort y Malfoy.

No dejaba de darle vueltas a la vacilación momentánea de Malfoy, preguntándose si había sido un


signo de su traición.

Todo el mundo se fue, dejando a Hermione, Poppy y un puñado de sanadores esperando con
nerviosismo en Grimmauld Place. Esperando a oír cualquier cosa.

Hermione casi desgastó el suelo del vestíbulo de tanto dar vueltas hasta que los cuerpos
comenzaron a llegar.

Era un torrente de personas heridas y moribundas.

Sus ropas y sus manos estaban empapadas de sangre, y la casa entera se convirtió en un hospital
para poder acomodar a todo el mundo.

Apenas podía creerlo cuando la informaron horas después de que había sido un éxito espectacular.

La Orden liberó a cientos de prisioneros y redujo a escombros las prisiones y la sección de


maldiciones al huir.

Siguiendo el consejo de Severus, la Orden allanó los laboratorios de la sección de maldiciones y


volvió con un gran alijo de ingredientes de pociones raros y valiosos que Hermione había sido
incapaz de conseguir durante años; incluyendo un gran frasco de veneno de Acromántula. A
Hermione casi se le escapan las lágrimas cuando Padma se lo entregó.
La condición en la que se encontraban los supervivientes de la sección de maldiciones era
aterradora. Habían sido torturados y maldecidos de formas tan horribles que la mayoría habían
enloquecido. Los daños en sus cuerpos destrozados y desfigurados eran irreparables. No había
recuperación posible para la mayoría de ellos; solo podía aliviar su dolor y esperar que murieran
rápido.

La hostilidad hacia Severus por parte de los miembros más jóvenes de la Orden y la Resistencia,
conscientes de su papel en la sección de maldiciones, creció hasta un punto explosivo. Moody tuvo
que excluir a Severus de las reuniones de la Orden para poder mantener la paz.

Para los luchadores ilesos, el ataque coordinado había concluido en menos de un día. Pero para
Hermione y cualquiera con una mínima pizca de nociones de sanación, solo había sido el principio.

No daban abasto intentando tratar a la cantidad de personas terriblemente heridas y malnutridas que
les echaban a los brazos, añadidas a todas las lesiones que se habían producido durante el ataque.

Desplazaron las lesiones básicas de Grimmauld Place lo más rápido posible, para liberar camas
para las maldiciones y lesiones complejas que requerían el cuidado especializado de Hermione.

Pasaron semanas hasta que Hermione estuvo libre para recolectar o reunirse. Malfoy, en aquel
tiempo, la había convocado urgentemente dos veces para recoger notas que había dejado,
advirtiéndole de contraataques inminentes. Voldemort estaba furioso por el golpe, y se lo devolvió
con contundencia a la Resistencia. Godric’s Hollow fue quemado hasta los cimientos, tanto la parte
Muggle como la Mágica. Voldemort ensartó y colgó los huesos de Lily y James Potter en un
cadalso para que la Orden los encontrara cuando llegase.

Voldemort repartió ataques despiadados por la Inglaterra Muggle; inundando a Hermione con gran
cantidad de muggles que tenía que estabilizar antes de que la Orden los desmemorizara y los
enviara a recuperarse a hospitales muggles.

Hermione cubrió turnos de veinticuatro horas en el hospital con descansos para dormir de cuatro
horas hasta que su magia cedió por completo hacia el final de la tercera semana.

Poppy la sacó a la fuerza del hospital y le dijo a Moody que si no quería que Hermione muriera o
dañara su magia de forma permanente, Kingsley y él encontrarían sanadores para sustituirla.

Hermione sospechaba que Kingsley tomó como rehenes a varios sanadores de San Mungo durante
los dos días que se estuvo recuperando. Poppy se negó a mirarla a los ojos o responder cuando
Hermione le preguntó quién la había sustituido.

Tras casi un mes, las cosas al fin se calmaron un poco.

A Hermione se le habían terminado la mayoría de los ingredientes que recogía. Salió a buscarlos.
En la exuberancia de finales de junio, pudo reponer la mayoría de sus ingredientes con rapidez
antes de ir a reunirse con Malfoy. Apenas había tenido tiempo de pensar en él en las últimas
semanas.

Se apareció en el momento en que ella cruzó la puerta. Al hacerlo, esbozó una mueca y se tambaleó
levemente.

Se miraron fijamente.
“Tienes muy mal aspecto,” dijo él finalmente.

“Gracias,” dijo ella con tono mordaz.

“¿Qué ha ocurrido?” inquirió.

“La Resistencia no tiene ningún otro sanador de mi especialidad,” dijo, agotada.

Él solo la miró.

“Tu tampoco tienes demasiado buen aspecto,” dijo ella, mirándolo con atención. La verdad es que
era poco decir.

Él bajó la mirada. Tenía el rostro tenso y demacrado, como si hubiera perdido una cantidad de peso
considerable. Sus facciones estaban crispadas y macilentas. Tenía la piel grisácea y apergaminada.
Parecía que no había dormido en absoluto desde que Hermione lo había visto por última vez.

“Quizá te hayas percatado de que el Señor Tenebroso no estaba muy contento con los ataques,” dijo
con tono anodino.

Hermione palideció, y el dolor que sintió en el pecho era como si la hubieran golpeado. Ni siquiera
había pensado—había cogido la información y se había marchado con ella. Le había preocupado la
posibilidad de su traición, pero ni siquiera se había parado a pensar que la legitimidad de la
información significaba que Malfoy podría tener que pagar por entregársela.

“¿Qué ha pasado?” inquirió, sacando la varita y acercándose a él.

“No es nada,” dijo con voz tensa.

“¿Qué te ha hecho?”

“Déjame en paz, joder, Granger,” dijo Malfoy con una mueca. Se le crisparon levemente los dedos
al alejarse de ella.

Hermione lo ignoró y proyectó un hechizo diagnóstico. Él no se movió.

El diagnóstico indicaba que le habían lanzado la cruciatus desmesuradamente. Probablemente hasta


su límite, dado que los efectos eran evidentes aún semanas después. O quizá había ocurrido
repetidamente.

Había algo más en el diagnóstico. Proyectó uno más complejo para tratar de identificar lo que era.

“¿Qué—te ha pasado en la espalda?” inquirió, con dificultad para mantener la voz estable mientras
intentaba leer la información que revelaba su encantamiento. Era un borrón desfigurado de Magia
Negra y veneno; no estaba segura de cómo interpretarlo.

A Malfoy se le tensó el rostro.

“La maldición cruciatus es un castigo excelente para el fracaso,” dijo en tono ligero, “pero usarla
demasiado tiene el riesgo de poner en peligro la mente. A veces se considera que un recordatorio
adicional más permanente es necesario.”
“Quítate la camisa,” ordenó Hermione. Necesitaba ver qué le habían hecho o no sería capaz de leer
los resultados del diagnóstico. Los daños que indicaba eran una extensa lesión combinada, no se
parecía a nada que hubiera visto antes.

“Déjalo, Granger,” dijo con dureza. “Tu Orden ha tenido justo lo que quería.” Resopló. “Solo
espero que haya valido la pena y no hayáis sacado solo a un montón de lisiados inútiles.”

“Déjame ver,” insistió. “Solo déjame verlo.”

“No finjas que te importa,” dijo con frialdad. “¿De verdad vas actuar como si te sorprendiera?
¿Pretendes que me crea que de algún modo no te esperabas esto? Después de todo, ¿no estabas
deseando que muriera una vez hubieras obtenido todo lo que pudieras conseguir de mí?”

La amargura de su voz era tan mordaz que Hermione casi podía saborearla. Se enroscaba por la
habitación y Hermione podía sentir su resentimiento. Su soledad.

“No. Yo—lo siento. Yo no—” Se acercó a él.

Había estado semanas sufriendo por la oportunidad que les había dado. Debido a su rango en el
ejército de Voldemort, la culpa había caído sin duda sobre sus hombros, aunque no fuera
sospechoso de posibilitarlo.

Ni siquiera se había parado a considerarlo. No le había dado las gracias. Él solo—se le fue de la
cabeza. No había pensado en el alto precio que podría pagar.

“Lo siento,” dijo, extendiendo la mano hacia él, lívida de horror y culpa. “Estaba tan absorta en el
trabajo—no estaba pensando.”

Le desabrochó la capa y se la quitó con delicadeza de los hombros. Él se encogió y miró al techo,
con gesto de resignación.

Poco a poco, le desabrochó la túnica y la camisa y después, tras colocarse a sus espaldas, con todo
el cuidado que pudo, le retiró la ropa de los hombros.

Ahogó un grito.

Había docenas de runas grabadas con cortes en cada uno de sus hombros. Profundos. Rectos. Que
llegaban hasta los huesos.

La Magia Negra que pendía sobre ellas era palpable hasta ser enfermizo. Solo de acercarse a ellas
sentía un sudor frío.

Hermione había leído sobre hechiceros que utilizaban rituales rúnicos oscuros para sellar la lealtad
de sus siervos. Aquella brutal ceremonia se había declarado ilegal hacía más de mil años.

Malfoy había estado consciente mientras se invocaba la sangre y la magia en su carne; mientras
realizaban cada corte.

Los cortes de las runas aún estaban en carne viva, como si no pudieran sanar, aun cuando eran
claramente de hace semanas. Le recordaba a las heridas de los hombres lobo. La Magia Negra se
había vuelto visiblemente séptica.
Extendió la mano, pero se abstuvo de tocarlo. “¿Qué es lo que ha hecho? Draco, ¿cómo te ha hecho
esto?”

“Hoja de plata forjada por duendes, infundida con veneno de Nagini. Me han dicho que puede ser
que cierren en algún momento,” dijo con voz inexpresiva. “No puedes hacer nada. Ahora que has
satisfecho tu curiosidad, deberíamos volver a lo que nos ocupa.”

Intentó volverse hacia ella, pero Hermione lo rodeó para ponerse a du espalda, proyectando varios
hechizos diagnósticos complejos e inspeccionándolos. Su magia estaba estable otra vez, pero estaba
un poco mareada por la falta de sueño.

Tenía un patrón de líneas negras bajo la piel por la mezcla de veneno y magia negra. Podía ver el
veneno en sus venas, hasta la mitad de la espalda, por los hombros y rodeando las costillas como
una enredadera venenosa. Arrastrándose por su cuerpo y hundiéndose en el núcleo de su magia.

Convocó su bolsa.

“Lo siento muchísimo. No—puedo sanar esto. Pero creo que puedo intentar contenerlo. Déjame
intentarlo, por favor.”

Malfoy le echó un vistazo por encima del hombro, pero no intentó alejarse de ella.

Hermione proyectó un hechizo complejo y después, lo más cuidadosamente que pudo, trazó con la
punta de su varita una de las líneas negras. Empezando cerca de la ultima costilla, poco a poco fue
haciendo retroceder el veneno de vuelta a las incisiones, y después extrajo el hilillo de la runa
desde la que se había extendido. Tras extraer el veneno y guardarlo en un frasquito vacío, tuvo que
romper la conexión entre el hilillo y el tejido con un tirón seco.

Malfoy profirió un grito y casi cayó de rodillas. Fue un jadeo gutural, casi inaudible, de alguien que
estaba íntimamente familiarizado con la tortura.

“Pero, ¿qué haces?” medio rugió, medio gruñó. “¿Es que esto no es ya suficiente cantidad de dolor
para tí?”

Hermione le colocó una mano en el brazo, intentando que no se moviera. “Lo siento. No pretendía
hacerte daño. Tengo que extraer el exceso de Magia Negra. Es veneno. Si dejas que se quede ahí, tu
cuerpo y tu magia intentarán asimilarla. Y—cuando tienes Magia Negra a un nivel celular—no hay
vuelta atrás. Empieza a corromperte por dentro. Magia como esta es la razón por la que tu Señor
Tenebroso tiene el aspecto que tiene. Y—con esta cantidad de runas—tendrías como mucho un par
de años de vida. Ya sea de tu mente o tu cuerpo, la Magia Negra se cobra un precio.”

“Soy consciente de cómo funciona la Magia Negra,” siseó. Tenía los puños apretados y estaba
temblando ligeramente.

“Entonces, por favor, déjame intentar arreglar esto.”

Draco dejó caer la cabeza y resopló débilmente, como si se estuviera riendo. Hermione lo observó
durante un momento. No dijo nada más.

Extrajo dos hilillos más. Con el tercero, Draco cayó de rodillas. Estaba mortalmente pálido, y su
piel estaba fría y húmeda al tacto.
Le colocó una mano en la parte anterior del hombro con toda la delicadeza posible. Notaba el arco
de su clavícula bajo los dedos, y veía su pulso enloquecido de dolor palpitar bajo su mandíbula.

“¿Quieres que te aturda?” preguntó suavemente. “Lo haré más rápido así. No afectará a la eficacia.
Pero tienes que confiar en mí.”

Malfoy se quedó muy quieto. Aparentemente sopesándolo.

“Adelante,” dijo un rato después. “Ya eres más que capaz de hacer que me maten en cualquier
momento que te apetezca.”

Ella lo atrajo hacia sí, la cabeza descansando en su diafragma.

“Desmaius,” dijo con suavidad, y lo sostuvo cuando se desplomó contra ella. Con un acostumbrado
hechizo aligerador, lo colocó con sumo cuidado en el suelo, con la cabeza descansando en la capa.

Hermione trabajó rápidamente. Había realizado el hechizo una vez, cuando estaba formándose en
un hospital de Albania. Había sido una sola runa autoinfligida en un aspirante a mago oscuro que
no entendía la Magia Negra que estaba tratando de invocar hasta que el veneno casi le llevó a la
muerte.

Con Malfoy inconsciente, a Hermione la golpeó de lleno la culpa.

Debería haberlo pensado. Debería haber vuelto antes para comprobar cómo estaba. Temía que fuera
demasiado tarde. Las runas estaban fijadas. Profundamente.

Extrajo toda la magia negra, llenando ocho frascos de la mezcla de maldición y veneno. Tendría
que incinerarlos con fuego mágico.

Colocó con cuidado un encantamiento de contención sobre las runas de cada hombro. Era un
hechizo que le había enseñado Severus; Lo había utilizado para contener la maldición de la mano
de Dumbledore. Dado que la magia estaba en la espalda de Malfoy dudaba que fuera a surtir algún
efecto, pero lo intentó de todas formas.

Las heridas de Malfoy no estaban diseñadas para matarlo de inmediato; más bien, estaban
diseñadas para doler, y corromper su magia. Una sentencia de muerte gradual. La magia negra
como rituales rúnicos de sangre era profunda y antigua.

Leyó el juramento.

No era el típico juramento rúnico. Voldemort, con su vanidad, no había utilizado un voto de lealtad
y honestidad tradicional. Más bien parecía estar hecho a medida para aquel fracaso en concreto. Las
runas obligaban a Malfoy a ser decidido, astuto, infalible, implacable, y con una voluntad
inquebrantable; forzado a triunfar.

Hermione no estaba segura de lo efectivos que eran los juramentos de sangre rúnicos; pero
sospechaba que un exceso de confianza por parte de Voldemort en la Marca Tenebrosa le había
salvado la vida a Malfoy. Si Malfoy se hubiera visto obligado a dejar que le graban un voto de
lealtad y honestidad en los huesos, probablemente habría tenido que admitir su traición. En vez de
aquello, Voldemort había usado accidentalmente magia antigua para alentar a Malfoy a hacer lo que
fuera que quisiera.
El exceso de crueldad era aterrador. No era como una herida de guerra; infligida con rapidez, pero
que tomaba tiempo reparar. El ritual seguramente había durado horas, en las que Draco debió haber
estado atado y consciente. La precisión y uniformidad de los cortes. La constate invocación de las
Artes Oscuras. El tiempo invertido en limpiar la sangre antes de hacer la siguiente incisión. Hundir
el filo hasta los huesos era innecesario; solo lo habían hecho para causarle más dolor. Era un
juramento de la carne; no había nada que requiriese que estuviera escrito en sus huesos. También le
habían lanzado la cruciatus; o bien antes, o bien después del ritual. Posiblemente ambos.

La invadían las náuseas solo de pensarlo.

Hermione tomó su Esencia de Díctamo. Solo le quedaban un par de frascos.

Tomó también sus tentáculos de murtlap y los trituró con diez gotas de Esencia de Díctamo hasta
que se transformaron en un bálsamo que aplicó con delicadeza en los cortes que formaban las
runas. No podía cerrar las incisiones, pero podía aliviar el dolor y reducir la potencia del veneno
para que se recuperara más rápido. Después le aplicó una barrera protectora en la espalda para
sellar todo sin necesidad de vendas.

Pasó las yemas de los dedos por sus brazos, notando las rígidas contracturas en sus músculos
debido a la cruciatus. Parecía que por lo menos había acudido a tratarse aquello.

Estaba claro que Voldemort no quería dañar a Malfoy hasta el punto de destrozarlo, pero no tenía
escrúpulos en cuanto a torturar a Draco justo hasta el límite.

Malfoy era un arma para Voldemort. La decisión de grabar runas en su piel hacía a Draco más letal.
Afilaban su filo, pero también lo convertían en una herramienta a corto plazo.

El uso continuado de Magia Negra era erosivo al cabo de muchos años. Había una razón por la cual
los magos oscuros no tendían a llegar a los cien años. Enloquecían, o su cuerpo se deterioraba. Con
la cantidad de Magia Negra que emanaba de las runas antes de que Hermione las tratara, Malfoy
tendría suerte si vivía una década; posiblemente tendría unos meses antes de que comenzara a
perder la razón. Ya solía llegar empapado de Magia Negra.

Hermione se llevó la mano al cuello, y jugueteó con la cadena de su colgante mientras lo


observaba.

Tomó la mano izquierda de Malfoy en las suyas. Sus largos dedos hacían que los de ella parecieran
muy pequeños. Tenía los familiares callos de volar y del duelo en la palma y en los dedos.

Le masajeó suavemente la mano. Leves espasmos recorrieron sus dedos al tocarlos, aunque debería
tenerla insensibilizada. Fue tocando los puntos de presión con la varita, enviando ligeras
vibraciones por los músculos macilentos para aliviar la tensión.

Cuando sus dedos se abrieron, comenzó a doblarlos, frotarlos y masajearlos hasta que pudo abrir y
cerrar la mano por completo sin crisparse espásticamente. Espasmos como aquellos podían
significar la vida o la muerte en un duelo, ya que interferían en los movimientos de varita y la
puntería.

Mientras trabajaba, inclinó la cabeza hacia un lado y estudió su rostro. Al estar inconsciente, sus
facciones estaban relajadas, a diferencia de la expresión dura y cerrada que tenía cuando estaba
despierto. Parecía triste.
Se sentía tan culpable que dolía. También se sentía tonta. Debería haberse dado cuenta. Podrían
haberlo matado.

A diferencia de ella, él había sabido que sería castigado por el ataque que había posibilitado. Su
vacilación—

Podría haberse preparado. Podría haber sido una trampa. Sabía exactamente de qué prisiones tenían
información.

¿Cuáles habían sido las palabras que había usado en su consejo?

“La respuesta a cualquier actividad de la Orden estará algo retardada. Si la Orden hubiera estado
esperando una grieta, podría ser lo que estaba buscando. Yo no intentaría retomar el Ministerio,
pero si la Orden atacase varias prisiones a la vez, la respuesta sería—menos cohesiva.”

Les había dado su primera gran victoria en años. Se la había dado en bandeja de plata, y había
pagado por ello. Era su respuesta la que había sido retardada y menos cohesiva.

Lo que fuera que ganaba con ayudar a la Orden, claramente lo quería más que nada.

Se colocó al otro lado de su cuerpo y le aplicó un hechizo reanimador gradual. Reducía el


aturdimiento y la probabilidad de que sufriera una cefalea cuando se despertara.

Mientras se iba despertando, ella comenzó a tocar con la varita su otra mano y después a
masajearla. El momento en el que recobró la consciencia, ella notó como la tensión se irradiaba por
todo su cuerpo. Se quedó helado al instante.

Había sido, sospechaba, un tremendo salto de fe para él el dejarle aturdirlo. Confiar en alguien no
era algo natural en él. Continuó coaccionando a sus dedos para que se relajaran mientras él volvía
la cabeza. Notaba su mirada clavada en ella, pero siguió trabajando sin alzar la vista.

“No es necesario,” dijo él unos minutos después. “Tengo una sesión con un sanador más tarde.”

“Si es el mismo que no ha hecho nada por tu espalda, te recomendaría que alimentaras a un calamar
gigante con ese idiota,” dijo con frialdad.

Levantó la cabeza e intentó mirarse los hombros con una mueca de dolor.

“¿Qué has hecho?”

“Después de extraer todo el exceso de Magia Negra y veneno, he puesto un encantamiento de


contención sobre las runas. No puedo revertirlas, pero con suerte mantendrá la Magia Negra en las
runas en vez de dejar que penetre en tu alma. Las he cubierto con murtlap y díctamo para aliviar el
dolor. Supongo que ya estás tomando pociones analgésicas.” Él asintió. Hermione recorrió su mano
con los dedos, notando los conocidos callos en los dedos, buscando cualquier rastro de temblores, y
murmurando hechizos por lo bajo mientras los doblaba y masajeaba. “Con suerte cerrará las
incisiones un poco más rápido. No puedo hacer nada sobre las cicatrices, o la maldición ritual que
contienen. Lo siento—debería haber venido antes. Si lo hubiera hecho—quizá podríamos haber
retirado los huesos y hacerlos crecer de nuevo antes de que se hubiera fijado. Ahora, incluso si los
reemplazo y te purifico, el juramento emergerá de nuevo…”
“No importa,” dijo, retirando la mano con brusquedad e incorporándose. Tenia que resultarle
agónico moverse, pero no emitió ningún sonido. Sin embargo, estaba más pálido y se tambaleó un
poco una vez estuvo de pie. “Tal y como has mencionado, estabas demasiado ocupada. No parece
que hayas estado en la costa tomando el sol y desatendiendo deliberadamente al Mortífago que
tienes por mascota. La intención nunca fue que tu trabajo fuera sanarme.”

Al parecer se encontraba algo mejor, siendo que su sarcasmo había reaparecido.

“Debí haber venido,” repitió. “Hay que hacer un seguimiento. Y el bálsamo, habría que cambiarlo
cada día para que hiciera más efecto—”

“Una lástima.”

“Puedo venir,” dijo. “Solo me llevaría un par de minutos. Si puedes sacar tiempo por la mañana o
por la tarde. Vendré.”

Él la miró fijamente.

“¿En serio? ¿Tienes tiempo para eso?” preguntó con tono sarcástico.

“Sacaré tiempo.”

Pareció sopesar algo durante un rato. “De acuerdo. A las ocho en punto de la tarde. Si vienes,
apareceré. Si no puedes, da igual.”

“Estaré aquí.”

Le ayudó a colocarse la camisa sobre los hombros y se la abotonó. Se detuvo por la mirad.

“Lo siento mucho, Draco,” dijo.

Él la miró desde arriba y enarcó una ceja.

“Si llego a saber que un poco de sanación iba a hacer que te tomaras tantas confianzas conmigo,
nunca te habría dejado hacerlo.”

Alzó la mirada hacia él mientras terminaba de abrochar los botones.

“¿No quieres que te llame Draco? Es que se me hace algo extraño usar los apellidos después de
tanto tiempo. Suponiendo que ninguno de los dos muera en la guerra y no te canses de mí, parece
que vamos a estar el uno cerca del otro un tiempo.”

Él puso los ojos en blanco, no muy convencido.

“Llámame lo que quieras, Granger. Yo no voy a cambiar nada.”

Típico de él.

Sospechaba que los apellidos eran solamente otra forma de mantener las distancias. Por eso era que
se le había ocurrido que quizá podría comenzar a dirigirse a él como Draco.

Las distancias subconscientes afectaban al comportamiento. Si quería acercarse a él, tenía que dar
el primer paso, y no podía dejar que sus propias actitudes inconscientes se pusieran en su camino.
“¿Alguna información esta semana?”

Asintió brevemente, la comisura de la boca se le contrajo en una mueca. “La nueva sección de
desarrollo de maldiciones va a estar en Sussex. Tiene el presupuesto como para ser una
considerablemente grande. Van a ampliar los experimentos a más que maldiciones. Es una
instalación para investigación, usaran prisioneros.”

Hermione tragó saliva. “Cómo no.”

“Van a convertir Hogwarts en una prisión. Ya tiene suficientes barreras; reemplazará todas las
prisiones que se han perdido. Actualmente lo están purgando de cualquier magia que se considere
no cooperadora.”

Algo en el interior de Hermione se retorció ante la noticia. Cuando abandonaron Hogwarts habían
intentado llevarse lo que podían, pero los elfos domésticos y los retratos estaban unidos a la
escuela; los habían dejado atrás. Se le torció el gesto.

“Estoy segura de que la escuela se resistirá,” dijo.

“Sin duda. La decisión ha sido tomada porque el Señor Tenebroso espera que la noticia enfurezca a
Potter. Y—es un último insulto a Dumbledore.”

Hermione alzó la vista a su rostro y la volvió a desviar rápidamente cuando pronunció el nombre
del Director. Se obligó a permanecer impasible.

“Me aseguraré de que Harry no cometa una estupidez.”

Él asintió brevemente.

“Te veré mañana, entonces,” dijo ella, mirándolo de nuevo. “Cuídate—Draco. Lo siento mucho.”

Se le contrajo por un momento la comisura de la boca, y después frunció los labios con expresión
tensa; preparándose antes de desaparecerse.
Flashback 9

La noche siguiente, Hermione se escapó de Grimmauld place después de la cena, usando como
excusa la necesidad de comprar leche en el supermercado de su calle.

Cuando llegó a la cabaña, se quedó de pie, incómoda, preguntándose si Draco aparecería.


Sospechaba que no esperaba que ella pudiera venir.

Apareció de repente con un crujido seco, encogiéndose.

Ella lo miró fijamente. En otras ocasiones, siempre había venido completamente vestido; camisa,
túnica y una capa, por si fuera poco. Aunque le había quitado la ropa hasta la cintura en dos
ocasiones, ambas habían sido en un ámbito profesional y se había vuelto a vestir inmediatamente
después.

Solo llevaba pantalones y una camisa de botones. Todo negro. La ausencia de capas enfatizaba lo
alto y esbelto que era. Recordaba a una pantera; negra y fría, un depredador.

En el sentido práctico, era lógico y eficiente. Menos capas que quitar. Menos peso sobre su espalda
herida. Pero daba una sensación de extraña intimidad.

Convocó una silla sin varita, y se sentó a horcajadas de cara al respaldo mientras comenzaba a
desabotonarse la camisa.

Siseó y jadeó por lo bajo al mover los hombros para quitársela.

“¿Te duele un poco menos?” preguntó, tocándole el brazo con una mano vacilante. Aún ternía la
piel demasiado fría. Al tocarlo, un escalofrío de terror le recorrió la columna y él se encogió
levemente mientras que sus músculos se contrajeron bajo sus dedos.

“Ligeramente,” dijo tras un momento.

Con un gesto de su varita, extrajo e hizo desaparecer con cuidado el murtlap y el díctamo, y aplicó
un suave encantamiento limpiador por todos los cortes.

Draco se sacudió violentamente y dejó caer la cabeza en el respaldo de la silla.

“¡Joder, Granger!” gruñó, los nudillos blancos de aferrarse a la silla.

“Ya está hecho,” dijo ella después de un momento. “Lo siento. Tenía que hacerlo. La población
mágica puede ser inmune a la mayoría de las infecciones, pero no sabemos para qué más se ha
usado esa daga. O qué propiedades tiene el veneno de Nagini; podría neutralizar tu inmunidad
innata.”

“Una pequeña advertencia la próxima vez, por favor,” dijo con voz algo temblorosa.

“Lo siento. La mayoría de la gente prefiere no saberlo. Prepararse para ello puede hacer que sea
peor.”

“Yo preferiría saberlo.”


Observó las runas. Una fría angustia se apoderó de ella. Los filamentos de magia negra ya estaban
comenzando a salir de las runas de nuevo. Había llegado demasiado tarde. Las runas seguirían
envenenándolo.

Colocó una mano vacilante sobre el brazo de Draco. “Esto—va a volver a doler. ¿Quieres—que te
aturda?”

Él la miró por encima del hombro y escrutó su rostro. Algo destelló en sus ojos un momento, y
entonces se le endureció la expresión.

“¿Crees que tiene algún sentido, realmente?” dijo.

Hermione se encogió y dejó caer la vista. “Déjame intentarlo,” dijo con voz queda.

Draco la miró durante un minuto antes de resoplar, divertido, y sacudir la cabeza con incredulidad
mientras desviaba la mirada.

“De acuerdo. Un último intento,” dijo, resignado, antes de apoyar la cabeza en el respaldo de la
silla.

Hermione lo aturdió de nuevo.

Solo le llevó un par de minutos extraer todas las trazas de magia negra. Después proyectó varios
hechizos diagnósticos, en un intento de desglosar las capas del ritual y encontrar algo que pudiera
deconstruir y nulificar.

El ritual estaba sellado.

Había llegado demasiado tarde.

Recorrió su espalda con las yemas de los dedos, preguntándose qué podía hacer.

Él tenía que saberlo. Estaba casi segura de que sabía que las runas iban a matarlo eventualmente.

Una sentencia de muerte gradual por su servicio a la Orden. Lo que fuera que quería conseguir
ayudándoles no podía ser un objetivo a largo plazo. Con el precio que había pagado, dudaba que
estuviera planeando usurpar a Voldemort. Si era así, sería un corto reinado.

La Orden lo necesitaba. La Primera Guerra Mágica había durado once años. Cuando le había
contado a Moody lo que le habían hecho a Draco y mencionó que le había ofrecido sanarlo, él le
dijo que hiciera lo que pudiera.

Si Hermione no encontraba la manera de frenar el deterioro, tendrían mucha suerte si Draco


sobrevivía tanto tiempo. Y si fuera el caso, apenas podrían fiarse de él.

Hermione alzó la mano y recorrió con los dedos la cadena que llevaba al cuello durante unos
minutos antes de sacar el amuleto de debajo de su camiseta.

Observó el disco solar. Entonces se desabrochó la cadena y le quitó el amuleto. Lo tocó con la
punta de la varita y revirtió las barreras y hechizos protectores que llevaba antes de colocarlo en el
suelo. Lo pisó con fuerza y notó cómo se rompía bajo su suela. Cuando retiró el pie, había una
pequeña piedra blanca entre los cristales rojos rotos y el metal torcido.
No la tocó. Con un ademán de la varita la hizo levitar, dejándola en el aire. Podía sentir la magia
que emanaba de ella. Hacía que el aire vibrara. Extendió los brazos y recostó a Draco en sus brazos,
intentando no aplicar presión sobre las runas.

Entonces atrajo la piedra y la fue bajando hacia el lado izquierdo del pecho de Draco, contra su piel
desnuda.

Comenzó a brillar con más y más intensidad, hasta que tuvo que entrecerrar los ojos. Entonces vio
como la luz se hundía lentamente en su piel y se desvanecía.
Hermione se quedó observando, preguntándose si pasaría algo más; si habría algún efecto visible
inmediato. No había demasiada información sobre cómo funcionaba el proceso.

Proyectó un hechizo diagnóstico y lo inspeccionó, Draco tenía una gran falta de sueño y vivía con
unas dosis altísimas de analgésicos de primera calidad; tenía desgarros musculares por culpa de la
cruciatus, y las runas aun eran una concentración ilegible de heridas, veneno y una maldición ritual.
El diagnóstico no indicaba nada más. Lo cual era normal—suponía—así era como tenía que
funcionar.

Un minuto después, cuando vio que nada ocurría, inclinó a Draco sobre el respaldo de la silla de
nuevo.

Volvió a aplicarle el ungüento que había preparado, lo más suavemente posible, antes de volver a
poner el encantamiento de contención y los hechizos protectores.

Después se deslizó los restos del colgante en el bolsillo y reanimó a Draco.

Éste alzó la cabeza con brusquedad y se puso en pie. Hermione le volvió a colocar la camisa sobre
los hombros. Él la miró desde arriba mientras ella le abrochaba la camisa y alisaba la tela antes de
mirarlo también. Tenía una expresión de agotamiento en el rostro.

Impulsivamente, alzó la mano y le tocó la mejilla. Notó como su mandíbula se tensaba bajo su tacto
mientras ella escrutaba su expresión. Creyó notar su piel algo menos fría.

A él le centellearon los ojos y se le contrajo la comisura de la boca, pero no le apartó la mano.

“Tengo que irme,” dijo ella, “te veré mañana por la noche.”

Draco permaneció en silencio mientras se marchaba y desaparecía.

La noche siguiente, no había ni veneno ni magia negra emanando de las runas. Hermione no dijo
nada mientras retiraba el ungüento, limpiaba las incisiones, reaplicaba el ungüento y después
recolocaba los hechizos.

Draco estaba más callado cada noche. Se tensaba y jadeaba levemente de dolor cuando Hermione
limpiaba las heridas, pero no solía decir nada a menos que Hermione le hiciera una pregunta.

“¿No será sospechoso—que alguien te esté sanando?” preguntó de pronto unos días después.

Draco se quedó quieto por un momento y luego soltó una débil carcajada. “¿Se te acaba de ocurrir a
estas alturas?”

Hermione se ruborizó. “No suele ser un problema.”

Él negó con la cabeza. “No tengo órdenes que me prohíban que me las trate. Si de algún modo lo
consigues, no será la primera vez que logro algo contra todo pronóstico.” Esbozó una sonrisa de
desdén. “Así que, por favor, continúa hincándoles la varita.”

Hermione retomó la tarea en silencio.

Descubrió, levemente ofendida, el poco caso que le hacía nadie a sus idas y venidas. Ni siquiera
tenía que poner excusas para salir de Grimmauld Place cada noche.
Harry, Ron y Ginny se habían ido a investigar una pista sobre los horrocruxes. Hermione se había
dado cuenta de que varios objetos de los fudadores de Hogwarts habían desaparecido a lo largo de
la vida de Voldemort, así que la Orden le había asignado a Harry la área de buscarlos. Hermione
sospechaba que Kingsley y Moody no tenían muchas esperanzas de que Harry encontrara algo; le
daba la impresión de que probablemente era una manera de evitar que Harry insistiera en luchar en
todas las batallas.

Con la información que proveía Draco, Moody y Kingsley habían comenzado a aprobar ataques
más arriesgados y ambiciosos. Estas decisiones se debían, en parte, a las oportunidades que Draco
le había brindado a la Orden, pero la razón principal era que su situación era suficientemente
precaria como para que la Orden tuviera que empezar a correr riesgos o aceptar que no podían
ganar la guerra.

A pesar del éxito del ataque de la Orden, éste había supuesto un gran paso atrás.

Tenía cientos de nuevos guerreros que alimentar y hospedar, y al mismo tiempo se les terminaban
los recursos europeos conforme crecía el control de Voldemort. La Resistencia Francesa
prácticamente había desaparecido. Les habían informado de que Hagrid y Olympe Maxime habían
sido capturados y ejecutados poco después del ataque a las prisiones. El yugo de los Mortífagos era
firme en toda Europa del Este, mientras que los países nórdicos estaban tan ocupados manteniendo
a raya las fuerzas invasoras de Voldemort que tenían pocos recursos que ofrecerles.

A la Orden se le estaba acabando el dinero. Los recursos. Intentaba alimentar a un ejército con
fondos personales y donaciones secretas. Era difícil para los guerreros de la Resistencia mantener
trabajos en el mundo muggle.

Hermione casi había agotado su cuenta bancaria pagando personalmente ingredientes de pociones
cuando la Orden se veía obligada a recortar su presupuesto, aunque la necesidad de pociones
sanadoras aumentaba exponencialmente.

Aún no se estaban muriendo de hambre. Pero Hermione estaba comenzando a tener sus sospechas
sobre cómo se las estaba arreglando Kingsley para conseguirlo.

A veces dudaba que incluso derrotar a Voldemort fuera a ser suficiente. Si moría, con el poder que
tenían los Mortífagos en aquel momento, cabía la posibilidad de que alguien simplemente lo
reemplazara.

Su mente siempre se dirigía de inmediato a Malfoy cuando se le ocurría pensar en ello.

Aún no había sido testigo de una demostración de sus habilidades, pero basándose en lo que la
Orden sabía de él, se le consideraba uno de los candidatos más probables a tomar el control si
Voldemort fallecía.

Moody y Kingsley estaban casi seguros de que era el verdadero objetivo de Draco espiando para la
Orden.

Según Severus, la Marca Tenebrosa tenía varios aspectos. Permitía a Voldemort convocar a sus
seguidores, dondequiera que estuvieran. Con ella también podía localizarlos; no podían escapar. Y,
por último, la marca impedía a los que la llevaban matar a su amo. Aún si Malfoy tuviera las
habilidades necesarias para matar a Voldemort, no podría usar la magia contra él, no de manera
letal. Draco necesitaría que alguien más diera el golpe mortal.
Hermione a veces pensaba que convertirse en el próximo Señor Oscuro era el objetivo de Draco,
pero—después de las runas, dudaba de aquella conclusión. Había en él algo más colérico y amargo
que mera ambición. La letalidad y la fría furia tenían más de desesperación que de orgullo.

Cuando le contó a Moody que Draco no le había exigido un Juramento Inquebrantable, el brillo en
el ojo de Moody la hizo sospechar que pretendía utilizarla para matar a Malfoy en algún momento.

Trataba de no pensar en ello.

No podía pensar en matarlo.

No podía estar a su espalda cada noche, intentando sanar las runas que le habían grabado, y pensar
en asesinarlo cuando dejara de serles útil. Semejante frialdad excedía incluso su capacidad para la
estrategia.

Le temblaban los dedos mientras recolocaba los encantamientos protectores sobre los cortes. Había
probado a usar vendas, pero el veneno reaccionaba.

“Muy bien. Ya estás,” dijo con voz queda mientras le colocaba la camisa encima de los hombros.

Cuando se fue, no se apareció de inmediato a Grimmauld Place. En vez de aquello, recorrió el


sendero hasta Whitecroft.

Las heridas de Draco estaban desmoronando su desapego. Estaban haciendo que se descarrilara de
la misión.

Mortífago. Asesino. Espía. Objetivo. Herramienta.

Repitió una y otra vez la lista para sí. Pero su convicción y resolución sonaban huecas.

Encontró un arroyo, y se quedó mirando el agua que corría reflejando la luz de la luna mientras se
obligaba a desapegarse. Metió las manos en los bolsillos, y entonces siseó y volvió a sacar una de
las manos. Le sangraba el dedo índice. Un pedazo del amuleto le había rasgado la piel. Se había
olvidado de él.

Sacó el resto de trazas del bolsillo y las lanzó al río, antes de sanar el rasguño.

Había matado a Dumbledore, se recordó a sí misma. Probablemente solo estaba intentando


convertirse en el próximo Señor Oscuro.

Mortífago. Asesino. Espía. Objetivo. Herramienta.

Pero entonces pensó en su acusación: que ella sabía lo que iba a ocurrirle. Que probablemente solo
estaba fingiendo que le importaba que estuviera herido. Que probablemente estaba deseando que
muriera una vez ya no fuera de utilidad. El resentimiento y la resignación en su tono la
atormentaban.

Quizá esperaba que ella lo traicionara algún día.

La idea hacía que algo en el interior de Hermione se retorciera, como si estuviera destrozándole las
tripas.

¿Por qué no le había hecho tomar un Juramento?


¿Qué era lo que quería? El misterio que lo envolvía arrastraba la mente de Hermione hacia él.
Obsesionándose con cada detalle. Tratando de comprender qué era lo que motivaba todas las
inconsistencias de su comportamiento.

El tira y afloja que ejercía sobre su relación era como una marea. Su arrogancia y su soledad. La
detestaba, a pesar de cualquier “fascinación” que lo había empujado a pedirla a ella. A menudo
parecía desear poder no tener nada que ver con ella.

Pero se sentía solo. No se atrevía a alejarse totalmente de ella cuando ella le daba oportunidades
para entregarse.

Era tal como Severus había predicho. Ella había sido un error de cálculo por su parte. Aunque
parecía sospechar algo de manipulación, la atracción era inevitable y al parecer irresistible.

Draco no era el único que estaba cayendo en una trampa evidente.

Ella sabía que él la estaba usando. Usando a la Orden. Sabía que era un manipulador, cruel,
peligroso, y responsable de las muertes de incontables personas. Pero al tratar de desentrañarlo,
cada vez se volvía más trágica y aterradoramente humano.

Se cubrió los ojos con las manos y respiró hondo, tratando de librarse de la compasión.

Sentía que si tan solo pudiera conocer su verdadero objetivo, sería capaz de cortar de raíz aquella
compasión, de donde fuera que hubiera empezado a crecer en su interior.

No se sentía culpable por manipularlo, pero no estaba segura de tener suficiente sangre fría como
para matarlo en algún momento.

A veces se preguntaba con amargura si Moody y Kingsley creían que tenía algún límite. Hazla una
puta, y después hazla asesina. ¿Asumían simplemente que aceptaría?

A veces le daba la sensación de que la estaban conduciendo al Infierno y observando cómo cruzaba
las puertas. Se preguntaba lo complacidos que estarían de tener una herramienta que sufriría de
cualquier manera que ellos necesitaran.

Moody era su manipulador. La manejaba. Cualquier atisbo de vacilación que había tenido cuando
le había pedido que se entregara a Malfoy, lo había superado. Ella era útil. Un excelente peón de la
Orden. La llave para la pieza que realmente querían.

Malfoy.

Comparada con el valor de Malfoy, Hermione era una pérdida asumible.

Si Harry y Voldemort fueran los Reyes a cada lado del tablero, entonces Malfoy era la Reina de
Voldemort. Por ganárselo a él valía la pena sacrificar casi todas las piezas del tablero. Letal y sin
restricciones. Crucial.

Tenía sentido. Desde el punto de vista estratégico, veía la lógica. Comprendía la necesidad.

Pero a nivel personal, dolía tanto que le costaba respirar.

Se odiaba a sí misma.
Odiaba a Moody. Odiaba a Kingsley.

Tomaban, y tomaban, y a ella no le quedarían más que cenizas cuando la guerra terminara.

Pero realmente no estaban tomando. Ella estaba ofreciendo. No es que estuvieran pidiéndole nada
que no estuviera dispuesta a hacer.

Por Harry y Ron, se recordó. Valdría la pena.

Pero en su interior sentía que esta guerra la estaba corrompiendo. La estaba retorciendo.
Convirtiéndola en algo que se parecía a todo lo que odiaba.

La oscuridad se infiltra en tu alma, es lo que Harry decía siempre.

No importaba lo irredimible que pensara que era Draco por haber matado a Dumbledore. Si ella
traicionaba a Draco en un futuro, se imaginaba que pertenecería a un nivel del infierno mucho más
bajo que el que él pudiera llegar a merecer.

Pero aun con todo, lo haría.

Minerva estaba en lo cierto. Hermione estaba completamente dispuesta a condenarse a sí misma si


aquello significaba ganar la guerra.

Bajó hasta la orilla del riachuelo, reunió algunas piedras, y comenzó a apilarlas.

Su madre había viajado bastante antes de su matrimonio, y le había contado a Hermione que, en
corea, la gente apilaba piedras; cada una representaba sus deseos y plegarias.

Las madres construían grandes torres por sus hijos.

Hermione construía torres en su jardín cuando era niña, pidiendo amigos en sus plegarias. Plegarias
sinceras que habían permanecido años sin respuesta, hasta que llegó a Hogwarts.

Hermione colocó grandes piedras en la base por Harry y Ron.

Sálvalos, rezó. Deja que sobrevivan a esta guerra. Por favor no dejes que los pierda.

Después colocó una piedra por Ginny. Fred. George. Charlie. Bill. Molly y Arthur.

Percy había fallecido en la toma del Ministerio.

Sálvalos, musmuró.

Añadió piedras por Remus y Tonks, Neville, Poppy y Severus y Minerva y los huérfanos de
Caithness. Temía ser demasiado egoísta si incluía a todos los miembros de la Orden y la
Resistencia. La torre era algo inestable.

Tomó una última piedra y vaciló.

Si la torre se derrumbaba sus deseos no se cumplirían.

Miró fijamente la piedra en que tenía en las manos, acariciándola con los dedos. Estaba fría pero el
dolor iba perdiendo fuerza mientras seguía dudando, pasándola de mano a mano. Sosteniéndola,
adelantándola y luego volviendo atrás.

Quizá no debería colocarla.

Quizá era egoísta.

Casi volvió a dejarla en el arroyo.

Entonces se mordió el labio y la colocó en la torre.

Si hay alguna forma, no me hagas responsable de la muerte de Draco, rezó.

La torre se tambaleó, pero no cayó. Hermione dejó escapar un suspiro de alivio y casi rompió a
llorar.

Se lavó las manos en el arroyo y observó la torre que había construido.

Era un ritual estúpido y supersticioso. No significaba nada.

Pero lo había dado casi todo por la guerra, y aún no había sido suficiente. La superstición parecía
ser lo único que le quedaba.

Lanzó un hechizo para repeler a los muggles alrededor de las piedras y se apareció.

Siguió sanando a Draco, noche tras noche. El veneno en combinación con la magia rúnica convertía
la lesión en una de las más crueles que se había encontrado. Daba igual lo que hiciera, no cerraba.
Debería haber estado en el hospital o en cama, no apareciéndose y espiando y lo que fuera que le
estuviera haciendo hacer Voldemort.
Desempolvó antiguos manuales de sanación, y se quedaba despierta hasta tarde por la noche,
preparando pociones que esperaba que pudieran ayudar a sanar o al menos aliviar el dolor un poco
más, pero nada de lo que intentaba funcionaba. El veneno de Nagini era, en esencia, un agente
neutralizador contra cualquier tipo de sanación, mágica o no mágica.

Debería habérsele pasado el efecto. Cuando Arthur recibió una mordedura de Nagini e el
ministerio, el veneno había desaparecido tras unos días de tomar poción reabastecedora de sangre.
Pero la magia rúnica interactuaba con el veneno, y lo mantenía aislado en las incisiones. Hermione
no podía expulsarlo de su organismo.

Aplicar compresas de Esencia de Díctamo y Murtlap en los cortes y mantener a raya la infección
era todo lo que Hermione podía hacer hasta que el veneno desapareciera por sí solo.

Draco al fin le dirigió la palabra tras varias semanas.

“Ten cuidado recolectando,” dijo de repente mientras ella le colocaba la camisa.


Hubo una pausa.

“He tenido cuidado. Envío hechizos de detección cada vez que me aparezco a algún lado para
asegurarme de que no hay barreras anti-aparición por la zona. Y toda mi ropa tiene escudos.”

“El Señor Tenebroso quiere destruir a la Orden a lo largo de este año. Cada vez confía más en su
control del resto de Europa. Está concentrando sus tropas y trayendo nuevos recursos.”

Hermione sintió que su cuerpo se enfriaba.

“Hablando de esto,” añadió, “me acaban de entregar una mantícora. No tengo la más mínima idea
de lo que esperan que haga con ella.”

Con el tono casual con el que lo anunció, parecía como si le hubieran dado un spaniel inoportuno y
no una de las criaturas oscuras medio conscientes más letales del mundo mágico.

“¿Te han dado una mantícora?” repitió ella. Tuvo que forzarse a hablar a pesar de la tremenda
presión en el pecho.

“Solo está en la mitad de su crecimiento, me han dicho. McNair me ha informado de que la han
dejado en mi mansión,” dijo con irritación mientras se abrochaba la camisa.

“¿Tienes permitido matarla?” dijo, viendo como su pálida piel desaparecía bajo la oscura tela.

“Bueno—dudo que fuera la intención, pero no viene con instrucciones.”

“La sangre de mantícora es inmune a la mayoría de la magia. Probablemente podrías fabricar armas
muy útiles con ella.”

Se volvió para mirarla. “¿Por ejemplo?”

Hermione vaciló, y entonces extendió las manos para terminar de abrocharle la camisa y alisar el
cuello. Estaban tan cerca que sus cuerpos casi se tocaban. Olía el cedro en sus ropas, y colocó la
palma de la mano en su pecho con delicadeza, sobre su corazón, notando los latidos bajo los dedos.
Se mordió el labio un momento antes de alzar la vista para mirarlo. Estaba esbozando una leve
sonrisa divertida, sus ojos se oscurecieron al encontrarse con los de ella.

“He leído que los cuchillos forjados por duendes y las cabezas de flecha impregnados con veneno
de mantícora pueden atravesar hechizos de barrera,” dijo lentamente. “La ropa impregnada con la
sangre es impermeable a casi toda la magia. Como la ropa con escudos, pero la magia nunca se
acabaría.”

Draco entrecerró los ojos “¿Y qué?” preguntó, observándola con atención. “¿Crees que debería
matar a mi regalo del Señor Tenebroso y utilizarlo para fabricar objetos encantados para la Orden?”

“No,” dijo ella, retirando la mano y desviando la mirada. “Aunque quisiera, no podría proporcionar
ninguna explicación sobre cómo los habría conseguido. Y la mayoría de los miembros ni siquiera
los usarían, de todas formas. Las mantícoras son criaturas oscuras, al fin y al cabo.” Su tono se
volvió amargo con las últimas palabras. Inspiró con brusquedad. “La mayoría de los guerreros de la
Resistencia morirían si se encontraran con una mantícora en el campo de batalla. Probablemente
hay solo unos cien que sabrían cómo, y serían capaces de, matar a una. Así que—si pudieras
inventarte alguna excusa para deshacerte de ella antes de que tu Señor decida soltarla, sería
preferible.”

Se acercó aún más a él y le tocó el dorso de la mano con nerviosismo.

Suplicaría, haría lo que fuera para convencerlo.

Él retiró la mano con brusquedad, y por un momento Hermione se preparó para su enfado. Pero él
le tomó la barbilla y le reclinó la cabeza hasta que sus miradas se encontraron. Él escrutó su rostro
durante un momento mientras ella le sostenía la mirada.

Se inclinó hacia ella hasta que pensó que iba a besarla. “Siempre tan pragmática.” Notó cómo las
palabras le acariciaban los labios.

Entonces le soltó la barbilla y dio un paso atrás. Le brillaban los ojos al notar su confusión.

“No mueras, Granger. Puede que te echara de menos,” dijo Draco, con una sonrisa de suficiencia,
antes de desaparecer con un crujido.
Flashback 10

Julio 2002

Hermione estaba paranoica el martes siguiente cuando estaba recolectando ingredientes, pero la
jornada pasó de nuevo sin incidentes. Aquella mañana, cuando llegó a la cabaña, Draco ya estaba
ahí, esperando.

“Así que… duelo,” dijo, haciendo girar la varita entre los dedos en cuanto ella entró por la puerta.

Hermione se detuvo y palideció.

Se había preparado para aquello—se había recordado repetidamente que Draco probablemente le
haría algo increíblemente desagradable en cuanto comenzara a sentirse mejor. Al parecer era su
método por defecto para mantener la distancia entre ellos.

Le había sanado bastante más después del castigo de lo que lo había hecho tras su lucha con un
hombre lobo. Si consideraba que se había sobrepasado últimamente por la forma en que lo había
estado tocando—si el espacio entre ellos de verdad se había estrechado—se había estado
recordando que eventualmente podría hacer algo terriblemente cruel para volver a ensancharlo.

Lo había sabido—

Pero aun así al llegar el momento se sentía como si le hubieran clavado un cuchillo en las entrañas.

“Ya,” dijo. Dejó caer la bolsa al lado de la puerta y la protegió.

La expresión de él era fría y calculadora cuando la miró desde el otro lado de la habitación.

“Quiero ver si tu capacidad para esquivar y fintar ha mejorado, pero no quiero tener que reanimarte
cada cinco minutos—”

Hermione se encogió ligeramente.

“Pero no me des en las manos,” le interrumpió. “No podré trabajar—si me das en las manos otra
vez.”

Entrecerró los ojos con aire de irritación.

“Que te jodan, Granger, no voy a lanzarte maleficios,” espetó. Hizo un ademán seco con la varita
hacia ella y ella se sintió desfallecer.

Bajó la vista y encontró el dorso de su mano salpicado por una gran gota de agua.

“Soy consciente de que me consideras un absoluto monstruo,” dijo con voz plana, “pero tengo el
hábito general de cumplir mi palabra. Supongo que el agua no te ofende.”

Hermione aún estaba mirándose la mano, incrédula. Al fin alzó la vista y se ruborizó.

“Lo siento,” masculló.


“Ya.” Tenía las facciones rígidas. “En fin—principalmente me interesa ver cómo te mueves. Sin
embargo, intenta que me alcance algún maleficio, si eres capaz.”

Adoptó una pose de duelo bastante casual y esperó a que ella hiciera lo mismo.

Lo hizo, y después bajó levemente la cabeza como reverencia antes de lanzarle un hechizo de
piernas de gelatina. Él lo bloqueó con un mínimo ademán de su mano derecha.

Él le lanzó una docena de gotas de agua y ella las bloqueó fácilmente con un escudo no verbal.

Ella lanzó una serie de hechizos aturdidores y él los bloqueó sin moverse.

“¿Por qué estás tan preocupado por cómo me muevo si tú nunca lo haces?” inquirió al mismo
tiempo que lanzaba varios paralizadores de piernas y hechizos de piernas de gelatina hacia sus pies.

“Yo no estoy en un duelo,” dijo, dedicándole una leve sonrisa mientras bloqueaba sus hechizos y
alcanzaba sus pies con varias gotas de agua. “Tu escudo no es integral. Deja de mantenerlo y
esquiva, o hazlo de cuerpo entero.”

Se ruborizó y esquivó las siguientes veinte gotas de agua mientras lanzaba maleficios en su
dirección.

“Ni siquiera estás intentando darme,” dijo él, frunciendo el ceño. “Supongo que eres consciente de
que básicamente me gano la vida batiéndome en duelo. Lucho contra hombres lobo, tu Orden,
Mortífagos… Especialmente en los últimos meses, todos en las filas del Señor Tenebroso piensan
que mis heridas son una invitación a intentar quitarme el puesto.”

Hermione casi se tropezó y lo miró, horrorizada.

“¿Qué?” dijo con un grito ahogado. Si hubieran sido Harry o Ron les hubiera dado un tortazo en la
cabeza.

Él la alcanzó entre los ojos con una gota de agua.

“¡Concéntrate!” ladró, antes de golpearse la frente con la palma de la mano en gesto de


desesperación, pero bloqueando el paralizador de piernas que le lanzó. “Eres un caso perdido.
Merlín. Por esto estáis perdiendo.”

“Soy sanadora,” espetó, a la defensiva. “Si querías que intentara lanzarte maleficios con más ganas,
deberías haberme dicho que disfrutas matando cachorros de kneazle.”

“Cada noche antes de dormir,” dijo, inexpresivo, mientras llenaba el aire con gotas de agua que
salían disparadas. El suelo se estaba llenando de charcos.

“¿De verdad estás diciendo que te estás batiendo en duelo?” preguntó Hermione. Dejó de intentar
lanzarle maleficios y simplemente se quedó mirándolo con indignación mientras desviaba todas las
gotas de agua que le estaba mandando.

Draco puso los ojos en blanco.

“Supongo que recuerdas que soy un Mortífago,” dijo. “De verdad que no entiendo cómo nada de
esto te sorprende.”
“¡Estás herido! Pensaba que habría ciertos principios básicos de humanidad incluso entre
Mortífagos.” Estaba furiosa.

“Bueno, pues te equivocas. A pesar de sus orígenes Muggles, el Señor Tenebroso es un firme
creyente en la ley del más fuerte. De ahí sus aspiraciones a someter a todos los Muggles. Si esta—
reprimenda—me hace vulnerable al derrocamiento entonces al parecer me lo merezco.”

“Así que—¿qué? ¿Te pueden atacar cuando les apetezca?” preguntó airadamente, sin dejar de
bloquear la tormenta que se dirigía hacia ella. El suelo entero estaba cubierto de agua.

“Claro que no,” dijo, con una sonrisa condescendiente, “las luchas internas constantes debilitan la
cohesión militar. Se asigna una hora cada semana frente al Señor Tenebroso, en la que los desafíos
están permitidos. Y generalmente hay restricciones en cuanto a matar, o hacer cualquier cosa que
afecte de forma permanente nuestra—utilidad.”

“Eso es infame.”

“El hombre civilizado es un salvaje más experimentado y sabio,” dijo Draco.

Hermione entrecerró los ojos, confusa.

“¿Cómo es que conoces a Darwin y a Thoreau?”

“Ah, ya sabes. ‘Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo; en cien batallas, nunca saldrás
derrotado’,” dijo, con una leve sonrisa, “Nosotros, los salvajes Mortífagos, sabemos leer. Al Señor
Tenebroso le da igual lo que haga mientras siga proporcionándole victorias.”

Suspiró y dejo de lanzarle agua de repente.

“Ni siquiera vas a intentar darme, ¿verdad?” preguntó con irritación, mientras hacía desaparecer la
piscina de agua en la que ambos se encontraban.

Hermione se ruborizó.

“He pasado mucho tiempo intentando sanarte. No quiero hacer que te caigas,” admitió a
regañadientes.

“Maldita estúpida,” dijo, fulminándola con la mirada. “¿Esperas que los Mortífagos tengan la
misma consideración contigo? Si estás herida en el suelo, una maldición adicional sería divertida
para ellos.”

“Creo que en general se entiende que sería una Mortífaga bastante mediocre,” espetó.

“Obviamente. Pero esperaba que fueras suficientemente pragmática como para batirte en duelo de
forma competente.”

“Puedo ser pragmática. Si llega a ese punto, no me opongo. Pero—no puedo intentar herirte ahora
mismo.”

Se mordió el labio y desvió la mirada.

“Tú—“comenzó, “has salvado a cientos de personas. Cabe la posibilidad de que nadie lo sepa
nunca. Y has sido castigado por ello. Así que—no voy a intentar hacerte daño. No cuando ya estás
herido.”

Se quedó de pie, algo incómoda. Él suspiró y la miró fijamente. Había algo de frío cálculo en su
expresión mientras la sopesaba. Después un largo silencio.

“¿Sabías que,” dijo Draco con tono despreocupado, un minuto después, “yo estuve ahí cuando
sacaron a la familia Creevey de su escondite?”

Hermione no podría haber estado más aturdida si simplemente hubiera cruzado la habitación y la
hubiera abofeteado. La miró con dureza mientras continuaba.

“Dos magos hijos de Muggles de la misma familia. Toda una anomalía. Se consideraban alta
prioridad. El Señor Tenebroso quería que sus muertes fuesen espectaculares.”

“Tú—,” Hermione se atragantó. Las palabras murieron en su garganta, engullidas por el horror que
sentía.

“Deberías haber oído cómo gritaban los Muggles. La querida tía Bella tenía afición por la cruciatus.
Recuerdas que volvió locos a los Longbottom, ¿no? Consideraba lo de los Creevey como un bis de
la actuación. Los chicos trataron de huir. Buenos corredores. Suficientemente listos como para
saber que no podían salvar a sus padres.”

Hermione se sentía como si le hubieran dado un puñetazo. Como si le hubieran dado una paliza.
Trató de respirar, pero no le funcionaban los pulmones. Sentía como si algo se hubiera cerrado en
torno a su garganta.

Draco continuó, implacable, “Tu Orden llegó eventualmente, claro, pero llegaron más bien tarde. El
padre se había mordido la lengua y se había ahogado en la sangre. Bella le quitó el útero a la
madre, por si acaso la mujer estuviera lo suficientemente cuerda como para entender por qué estaba
siendo castigada. Mientras colgaban sus órganos por el salón, me enviaron a localizar a los niños.
No fue difícil, estaban lloriqueando e intentando mantenerse unidos. Esconderlos en el campo a
kilómetros de cualquier otra granja fue un descuido, siendo dos magos que no podían aparecerse.
Entonces el pequeño metió el pie en una madriguera y se rompió la pierna. Empezó a arrastrarse
por la hierba. Un blanco fácil para la maldición asesina. La segunda persona a la que se la lancé por
la espalda.”

Hermione hizo un ademán con la muñeca sin pensar y le lanzó una maldición cortante. Rozó a
Malfoy en la mejilla. No se inmutó cuando la sangre se acumuló en el fino corte y se deslizó por su
rostro. Dio un paso hacia ella.

“¿Sabes…?” dijo con suavidad, “la maldición asesina. Se queda algo de ti. No es algo que se pueda
lanzar a la ligera. No repetidamente. Colin podría haber seguido corriendo. Si lo hubiera hecho,
quizá aún seguiría vivo. Pero se detuvo. Por su hermano muerto se detuvo, corrió dacia él, intentó
llevarse su cuerpo consigo.”

“Tú—,” dijo Hermione con voz ronca, sintiendo que podría morir del horror que se acumulaba en
sus entrañas. “¿Eres tú—?”

Malfoy enarcó una ceja y esbozó una fría sonrisa mientras la miraba desde arriba.

“¿Estás deseando averiguar si soy el responsable de esa pesadilla que se repite en tu cabeza?”
Hermione pensó que si abría la boca, vomitaría. La varita estaba temblando entre sus dedos, y
estaba dividida entre querer gritar y echarse a llorar. Nunca se había sentido capaz de lanzar la
cruciatus a nadie, pero cuando Malfoy se acercó a ella, con los ojos grises brillantes, estuvo segura
de que lo haría con ganas.

“No,” dijo con suavidad, y Hermione se sobresaltó. “Fue Dolohov. La acababa de inventar. Vino
aquel día específicamente con la esperanza de probarla. Pero es difícil apuntarla. Inútil a larga
distancia. Tienes que estar a un metro del objetivo. Si Colin hubiera seguido corriendo—no le
hubieran dado.”

Hermione se tapó la boca con las manos y cayó al suelo con un sollozo ahogado.

Malfoy se arrodilló, la obligó a alzar la cabeza sosteniéndola por la barbilla, y la miró con frialdad
a los ojos.

“Así es el sentimentalismo de los Gryffindor. Todos esos nobles ideales de no dejar a nadie atrás, ni
siquiera a los muertos; de no usar las Artes Oscuras; de no golpear a alguien porque ya ha caído; de
intentar atribuir heroísmo a la gente—cuando te den ganas de creer en cualquiera de esas cosas,
recuerda cómo y por qué Colin murió delante de ti. No te haces a la idea de a cuántos guerreros de
tu Resistencia he matado porque se creían la mentira de que la bondad es una ventaja en la guerra.”

Le soltó el rostro, y se puso en pie.

“Si no aprendes a luchar ya, morirás. El hecho de que aún no te hayan matado recolectando
ingredientes es pura benevolencia del Destino. Estoy seguro de que eres demasiado pragmática
como para seguir dependiendo de algo así. Si tienes algo de sentido común, espero una verdadera
resolución por tu parte la semana que viene.”

Dejó caer un rollo de pergamino a su lado y desapareció.

Hermione se quedó temblando en el suelo húmedo de la cabaña durante mucho tiempo.

Nadie hablaba de Colin.

Debido a una consideración combinada hacia Harry y Hermione, el tema se evitaba asiduamente.
Cualquier cosa que lo abordara, aunque fuera vagamente, se trataba con suma delicadeza.

Después de que ocurriera, Hermione había ocultado el recuerdo en la parte más recóndita de su
mente y había supurado como una herida. Malfoy lo había encontrado mientras practicaban
oclumancia.

Que hubiera sacado el tema para utilizar su trauma para reprenderla era un golpe tan terrible que se
sentía como si estuviera entrando en shock.

Había pocas cosas que aún fueran sagradas para Hermione.

Ni su cuerpo.

Ni su alma.

Pero la muerte de Colin—siempre había sido una agonía privada. La había alejado de sus amigos.
La había llevado a través de Europa y de vuelta otra vez. La había conducido justo hasta la cabaña
en cuyo suelo estaba sentada. Justo hasta Malfoy, que lo había utilizado para menospreciar los
pocos pedazos de sí misma que quedaban.

Se apretó los ojos con las palmas de las manos hasta que le dolieron. Tratando de encontrar su
centro.

Llegaba tarde a su turno de hospital para cuando consiguió ponerse en pie y dirigirse a Grimmauld
place.

Se sintió como si estuviera flotando durante todo el día. Disociada de una forma extraña. Como si
hubiera un cristal entre ella y el resto del mundo.

Hermione se dejó llevar por la inercia de sanar y después una larga tarde de preparar pociones.

La Orden necesitaba una remesa de Filtro de Muertos en Vida. Era su método para gestionar a los
prisioneros. No querían matarlos, y tampoco tenían prisiones ni suficiente personal para que hiciera
de guardias. Así que mantenían a los Mortífagos que atrapaban en un lugar ilocalizable en un coma
inducido. Bill Weasley y su mujer, Fleur, estaban a cargo de aquello. Gracias a sus conocimientos
como antiguos Rompemaldiciones, elaboraban encantamientos y barreras para alojar al
considerable número de prisioneros que la Orden había acumulado a lo largo de los años.

Se sentó a esperar dos minutos y medio a que se asentara la poción y miró su reloj. Eran casi las
ocho en punto.

Suspiró y enterró el rostro en las manos. No quería volver a ver a Malfoy. Si lo hacía,
probablemente le daría un puñetazo en esa cara tan cruel.

Probablemente no esperaba que apareciera, de todas formas.

Su varita sonó, indicando que había pasado el tiempo, y añadió el resto de la raíz de valeriana.

La poción se volvió de un rosa claro.

Le puso una barrera, y la dejó a un lado con cuidado.

Tomó su tarro de ungüento y se lo pasó de una mano a otra. Casi se le había terminado la Esencia
de Díctamo. Había usado la mayoría tratando sus runas. Intentaba no calcular cuantas otras lesiones
habría podido sanar con ella si no la estuviera usando con Draco; intentaba no cuantificar su valor
con las vidas de otros. Cuántos había salvado, cuántos había matado, cuantas vidas valía o no valía
su información.

Había asesinado a Dumbledore. El número de muertes de las que era responsable solo por aquel
acto eran suficientes para condenarlo. Nunca compensaría la balanza, sin importar cuantas vidas
salvara.

A menos que les ayudarse a ganar. Si ganaban, quizá sería suficiente.

Sonrió amargamente para sí.

Draco Malfoy era exactamente la misma persona que había sido la noche anterior. La única
diferencia era que su conocimiento sobre él se había ampliado ligeramente.

No podía comprenderlo.
¿Por qué se enfadaba y se volvía tan horrible porque ella no quisiera hacerle daño estando ya herido
de gravedad? No tenía sentido que estuviera tan furioso y resentido. Era como si hubiera roto la
frágil paz entre ellos.

Pero provocarla con la muerte de Colin había sido rastrero, incluso para sus estándares.

Quizá realmente estaba preocupado por si ella moría.

Resopló para sí. Si lo estaba, probablemente era solo porque no quería arriesgarse a tener a un no
oclumante como contacto.

Antes de poder pensárselo mejor, se metió el ungüento en el bolsillo y se dirigió a la cabaña. Llegó
cuatro minutos antes de la hora.

Estar ahí de nuevo era agotador.

Se sentó en una silla y sacó una fotografía de su bolsillo. Era de Harry, Ron y ella en el Gran
Comedor, todos a mitad de bocado y alzando la vista, un poco molestos por estar siendo
fotografiados. La había sacado Colin.

Siempre la miraba cuando estaba deprimida.

La volvió a introducir en el bolsillo y se inclinó sobre la mesa, enterrando la cabeza entre los
brazos.

Pensó en autoadministrarse una poción de Sueño sin Sueños cuando volviera. Casi sentía las
pesadillas en el fondo de su mente. Esperando la oportunidad para abrirse paso hasta la superficie
de su consciencia.

Ya se había tomado la poción ocho veces aquel mes. Aún tenía pesadillas sobre todas las víctimas
de la sección de desarrollo de maldiciones que le habían traído.

Lo había intentado. Había intentado salvarlos con todas sus fuerzas.

No había habido nada que hacer. Casi cada uno de ellos había muerto. A los que no, les había dado
la eutanasia; para librarlos de la agonía interminable en la que los habían atrapado con magia.

Si tomaba Sueño sin Sueños, sería romper las normas que aplicaba a todos los demás. Excepto en
caso de lesión grave, a nadie se le permitía tomar más de ocho frascos al mes.

No es que nadie fuera a enterarse. Hermione era la que estaba a cargo de regular las pociones. La
Resistencia no tenía suficientes fondos como para permitirse la redundancia de ponerle u
supervisor. Aunque lo intentaran, a menos que la persona también tuviera una Maestría en
Pociones, había pocas probabilidades de que pudiera evitar que Hermione hiciera disimuladamente
lo que le diera la gana.

Pero soslayar las normas era un terreno peligroso. Nueve veces al mes. Sería muy fácil racionalizar
diez después de aquello. Después once.

Hasta que dejasen de funcionar.

Hasta que necesitara algo más fuerte.


Severus le había advertido. Las formas en las que un Maestro de pociones podía abusar de sus
habilidades eran infinitas.

Quizá cuando llegara a casa podría colocarse con Neville, o ver si Charlie compartía su reserva de
whiskey de fuego.

Pero en realidad no quería colocarse. Y tampoco le estaba permitido, aunque quisiera. Siempre
estaba de guardia para sanación de emergencia.

Podía emborracharse. Siempre guardaba una poción de sobriedad en su almacén. Pero Charlie y
ella apenas se soportaban sobrios.

Hermione estaba desesperada por hablar con alguien.

Casi todas las interacciones que tenía con Malfoy eran como un puñetazo emocional en el
estómago, y tenía que volver de ellas fingiendo que no había pasado nada.

Vivía en una casa abarrotada de personas y se sentía completamente sola.

Se oyó un suave crujido de aparición. Alzó la vista y encontró que Malfoy había llegado. Con
aspecto frío e indolente, como siempre.

Quería gritar y huir. O lanzarle un maleficio y dejarlo ahí.

Se tragó todo aquello y se puso en pie.

Él se desabrochó la camisa y se sentó en una silla a horcajadas. Ella no dijo ni una palabra mientras
le retiraba la camisa de los hombros y se ponía a trabajar.

“Voy a usar el encantamiento de limpieza,” dijo con voz mecánica. Contó hasta tres y lo lanzó.

Después le aplicó rápidamente el ungüento. El díctamo había conseguido neutralizar el veneno. Los
cortes parecían estar casi listos para comenzar a sanar. Probablemente podría empezar a cerrarlos la
semana siguiente. Llevaría varias horas realizar el proceso correctamente para asegurar que el
tejido cicatrizal no estuviera tenso y le tirara cuando moviese los hombros.

No quería hablar con él, pero se obligó a abrir la boca.

“Si tienes tiempo en los próximos cuatro a siete días, puedo cerrar las incisiones. Probablemente
me lleve tres horas. Después de las ocho de la tarde y antes de las cinco de la mañana es cuando
mejor me viene. Tengo turnos de hospital y otros deberes por el día.”

Él no dijo nada.

Reaplicó los encantamientos protectores y le dejó caer la camisa en los hombros. Después se volvió
y salió de la cabaña sin decir una palabra.

Era una fresca tarde de verano. Se estremeció y siguió el camino. Se había decidido. Iba a cogerse
una buena borrachera.

Se detuvo frente a un bar y vaciló. Hablaba mucho cuando bebía. No podía entrar en un bar muggle
y empezar a llorar por todos los que habían muerto. Aun si conseguía hacerse pasar por una doctora
de urgencias, se le daba fatal mentir.
Siguió caminando hasta que encontró un supermercado y se compró una botella de oporto. A sus
padres les gustaba beber oporto por las noches cuando estaban de vacaciones.

Se lo llevó al riachuelo donde su torre de plegarias se mantenía en pie, y la miró, sorprendida.


Había juncos en las orillas que no recordaba haber visto antes, la zona parecía estar algo más
cálida. Mágica. Lanzó unos cuantos hechizos repelentes de muggles más y un encantamiento de
privacidad sobre la zona, y entonces abrió la botella y empezó a beber.

Recordaba que alguien le había dicho que el alcohol subía más rápido si se bebía con una pajita. No
sabía si era verdad, pero convocó una larga y comenzó a dar sorbos. Calculó que tenía unas cuantas
horas antes de que a alguien se le ocurriera ir a buscarla. Más que suficiente para emborracharse,
llorar bajo un puente, y después serenarse un poco antes de volver.

No había cenado; el alcohol le subió con rapidez.

Estaba acurrucada entre los juncos y en poco tiempo estuvo llorando.

Odiaba a Malfoy. Cómo se atrevía a exigir su compañía, aislarla, y hablar de la familia Creevey.
Deseó ser ella la que lo matara.

Se levantó y tomó la piedra de más arriba de la torre, y la lanzó de vuelta al riachuelo.

Lo hizo con demasiado descuido. La torre entera se tambaleó y cayó al agua. Ella soltó un grito
ahogado e intentó reconstruirla.

Apilar las piedras requería más precisión y manos más firmes de las que poseía en aquel momento.
Tras varios intentos se rindió, y se sentó en mitad del riachuelo y lloró.

Hacía tiempo que no se sentía tan patética y ni siquiera le importaba. Debería haber traído dos
botellas de oporto.

“¿Qué coño estás haciendo, Granger?”


Flashback 11
Chapter Notes
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Hermione alzó bruscamente la vista y encontró a Malfoy mirándola fijamente desde el camino.
Estaba demasiado cansada y enfadada como para sentirse avergonzada de que la hubieran
descubierto borracha y llorando en un arroyo.

“Vete a la mierda, Malfoy,” dijo, golpeando el agua con la mano para que salpicara en su dirección.

“¿Has bebido?” preguntó él.

“No, imbécil, estoy sentada en un arroyo completamente sobria,” dijo, poniendo los ojos en blanco.
“Fuera de aquí. No quiero hablar contigo. No quiero ni verte la cara. Si pudiera desmemorizar tu
existencia en mi mente sin poner en peligro a la Orden, lo haría sin pensármelo.”

Se echó a llorar otra vez.

“Por todos los demonios,” dijo él, mirándola con la misma expresión de irritación que había tenido
cuando le había hablado sobre la mantícora indeseada de la que se encontraba en posesión.

“Granger, no puedes quedarte llorando en un arroyo,” dijo finalmente.

“De hecho sí que puedo,” replicó. “Aparte de ti, no hay nadie más para verlo. Ya he protegido la
zona. Ningún muggle puede acercarse o verme. He planeado mi colapso emocional con mucho
cuidado y me lo estás arruinando. Así que—vete. A. la. Mierda.”

Le pesaba mucho la cabeza, así que la dejó caer sobre las rodillas. Empezaba a hacer frío en el
arroyo, pero estaba decidida a no moverse hasta que Malfoy se hubiera marchado.

Escuchó un ruido sordo, y entonces alguien le agarró el brazo y notó cómo la sacaban del agua.

“¡Suéltame!”

Golpeó a Malfoy en el brazo y le pateó las espinillas mientras trataba de liberarse.

“Déjame en paz. Voldemort y tú me habéis arruinado la vida. ¿Ni siquiera tengo derecho a estar
triste por eso de vez en cuando?”

“¡Granger, idiota!”

Malfoy tiró de ella hacia sus brazos y se apareció. Reaparecieron en la cabaña.

Ella miró a su alrededor, aturdida, aferrándose a él para mantener el equilibrio.

“¿Por qué estamos aquí?” preguntó con voz temblorosa mientras se alejaba y trataba de ponerse en
pie. “Odio este lugar. Una de las familias de magos mas ricos de toda Europa, y me haces venir a
verte a esta horrible casa. Como si no fuera lo suficientemente consciente del desprecio que nos
tienes a todos los Sangre Sucia. Dios, ¿Por qué no comprar un burdel o una salina y hacer que te
visite ahí?”
“Te dije que había un tabú y has usado el nombre de Señor Tenebroso,” rugió Malfoy. “Por eso no
puedes emborracharte en un jodido arroyo, da igual cuantos hechizos repelentes de Muggles
pongas.”

Hermione parpadeó y lo miró fijamente.

“Te odio,” dijo finalmente.

“El sentimiento es indudablemente mutuo,” dijo, mirándola con expresión desdeñosa.

Ella se dejó caer hecha un ovillo en el suelo.

“Te odio con todas mis fuerzas,” dijo. “Ya estaba completamente sola—y entonces me exigiste a mí
y lo empeoraste. Al menos antes—si a alguien le importaba lo suficiente como para preguntarme
cómo estaba podía decir la verdad. Pero ahora—ni siquiera puedo hacer eso. Y ahora—aunque
ganemos no tengo nada a lo que aspirar. Todos los demás serán libres y yo aún te perteneceré. Voy
a estar sola para siempre—”

Enterró el rostro en las manos y rompió a llorar de nuevo.

“Harry y Ron nunca van a perdonarme,” dijo. Le temblaba todo el cuerpo por la fuerza de los
sollozos. “Aún si gracias a esto ganamos la guerra—nunca me perdonarán.”

Sus sollozos se calmaron unos minutos después.

“De verdad que no me queda claro el por qué esperas que me importe.” Malfoy la miraba desde
arriba con expresión de indiferencia.

Ella le lanzó una mirada fulminante. “Me has traído aquí sabiendo que estaba borracha. Si no
querías oírlo, podrías haberme dejado en paz como te he dicho que hagas repetidas veces. No
entiendo por qué no te vas a la mierda.”

Él enarcó una ceja.

“Lanzándome maleficios e insultándome, todo en un día. Parece que al fin he conseguido


provocarte. Me preguntaba que haría falta para que abandonaras tus dulces caricias y me dijeras
cómo te sientes realmente.” Su expresión era burlona.

“¡Cállate!” rugió antes de dejar caer la cabeza entre las rodillas y abrazarlas.

“Pero realmente—solo estamos arañando la superficie, ¿no crees? Quizá debería hacerte una lista
de todas las personas a las que he matado,” dijo, caminando a su alrededor con una sonrisa
maliciosa. “Hubo unos cuantos Muggles primero, para practicar antes de volver a la escuela. La Tía
Bella decía que era necesario acostumbrarse a matar antes de hacerlo con alguien que conocía.
Después Dumbledore. Y más Muggles. ¿Sabías que hasta me asignaron la tarea de encontrar a tus
padres? Los has debido esconder tú misma, porque no había ni el más mínimo rastro. Ningún
detalle descuidado o despedidas secretas como tantas otras familias de hijos de Muggles. Sin
embargo, esa ignorancia no salvó a tus vecinos. Bella estaba devastada por lo minuciosa que habías
sido.”

Hermione lo miraba, horrorizada.


“Después los Creevey. Y los Flinch-Fletchleys. Y mi tía Andrómeda y su marido Ted. Ese fue
bastante personal para Bella, que un hijo de Muggles se casara con alguien de la familia Black era
una gran lacra. Se lamentaba muchísimo de no haber podido matar a Nymphadora, especialmente
después de que se rumoreara que se había casado con un hombre lobo. Después de eso—bueno, los
muertos tienden a entremezclarse después de un tiempo pero creo que hubo más Muggles…”

Hermione sentía cómo el cálido embotamiento de su embriaguez iba desapareciendo conforme


Malfoy hablaba. Enumerando nombre tras nombre conocido. El brillo en sus ojos de plata y la fría
expresión de su rostro mientras profería su discurso con desdén.

“¿Sabes, Malfoy?” Dijo con voz queda tras un rato, “Inviertes mucho tiempo en asegurarte de que
tenga razones en exceso para odiarte. Es curioso.”

Él se detuvo y ella lo miró.

“Los humanos no funcionan así,” dijo. “Nuestros cerebros están programados para racionalizar las
cosas, para que la culpa no nos consuma. Ponemos excusas. Culpamos a otros. Encontramos
explicaciones que darnos a nosotros mismos para poder dormir. Las personas no se consideran a sí
mismos villanos. Matan para protegerse a sí mismos, o a sus familias, o su dinero, o su modo de
vida. Incluso tu amo, tampoco cree ser un villano. Solo cree ser mejor que todos los demás. Cree
que merece reinar sobre todas las cosas. Cuando tortura y asesina a Muggles—no pasa nada,
porque no son realmente personas. Cuando estuvo grabándote runas en la espalda durante horas—
no pasa nada, te lo merecías porque le fallaste. En su cabeza él no es un villano, es un dios. Pero tú
—tú si crees ser un villano. Crees que mereces que te odien.” Ladeó la cabeza mientras lo
escrutaba. “A menudo me pregunto por qué será.”

El rostro de Malfoy se había ido volviendo más y más frío conforme ella hablaba.

“Te ahorraré le esfuerzo,” dijo ella, y se le curvó la comisura de la boca. “Te odio. No necesito que
hagas nada más para convencerme. Te odio. Más que a nadie aparte de tu amo. Te odio. Te
considero parcialmente responsable de cada persona que ha muerto hasta ahora en la guerra y cada
persona que va a morir. No necesitas convencerme de que eres un monstruo, porque ya lo se.
Sanarte cuando estás lesionado no es por compasión. Y no lanzarte maleficios cuando estás
gravemente herido no es sensiblería. Es simplemente el ultimo pedazo de decencia que me queda.
Todo el resto de mi bondad ya lo has destruido tú. Así que—da igual con qué me provoques, no vas
a conseguirlo. Y ahora—vete a la mierda.”

Dios santo, sentaba bien haberse desahogado por fin. Probablemente más tarde se arrepentiría de
haber dicho todo aquello, pero en aquel momento solo sintió alivio.

Malfoy esbozó una leve sonrisa. “Es bueno saberlo.”

Hermione se tendió de espaldas en el suelo, mirando al techo.

Tras varios minutos de silencio estuvo claro que Malfoy no se iba a marchar. Desistió de intentar
echarlo. Sentía un fuerte deseo de hablar. Se sentó en el suelo.

“¿Cómo eres cuando bebes, Malfoy?” preguntó, volviendo la cabeza para mirarlo. Estaba de pie
tras ella, mirando hacia donde ella estaba sentada.

Parecía sorprenderle la pregunta. “Más callado. Y más enfadado.”


Ella soltó un bufido. “Cómo no. Dios nos libre de que seas algo interesante.”

“No hubiera dicho que eras de las lloronas cuando bebes.” Enarcó una ceja y conjuró una silla, en
la cual se sentó a horcajadas tras ella. Se le ocurrió que probablemente no podría apoyar la espalda
en nada. Se preguntó cuánto podía haberle dolido sacarla del arroyo y después aparecerse mientras
ella se agitaba e intentaba zafarse.

“No lo he sido siempre,” dijo con melancolía. “Habladora, siempre. Pero el alcohol me pone
emotiva. Solía ponerme feliz cuando bebía. Era simplemente—ridícula. Fui a una fiesta en la que
habían puesto alcohol en el ponche y me pillé una borrachera tremenda. Harry tuvo que silenciarme
mientras Ron y él me arrastraban por los pasillos. No podía parar de reír. Carcajadas—rebotando
por las paredes. Flitch casi nos pilla.”

“¿Cuándo fue eso?” preguntó.

“Mi cumpleaños. Cumplía diecisiete. Fue—fue un día antes de que mataras a Dumbledore.” Le
tembló levemente la mandíbula, y se miró las manos mientras trazaba un nudo de la madera del
suelo. “Yo—se suponía que debía estar en el pasillo el día siguiente. Deber de prefecta, para ayudar
a los de primero. Pero tenía mucha resaca. Me quedé dormida. Siempre me he preguntado—si
hubiera supuesto alguna diferencia…”

“Te aseguro que no,” dijo él.

“He llorado siempre desde entonces. Siempre. No es que me emborrache a menudo. Tiendo a decir
cosas que molestan a la gente.”

“Siempre lo haces,” dijo él, con una mirada penetrante.

“Digo más cosas que molestan a la gente,” se corrigió. “En fin—hoy era o emborracharse,
colocarse o abusar de pociones.”

“¿Y el arroyo?”

“No tengo a dónde ir. No puedo ir a un bar. O emborracharme delante de nadie de la Orden. No es
que Moody sea un hombro en el que llorar.”

“¿Potter y Weasley?”

“Como no saben lo tuyo—¿cómo les explicaría todo?” No iba a mencionar que ambos se habían
ido sin ella a buscar horrocruxes.

“No me puedo creer que no hayas podido dejarme en paz,” dijo ella. “¿Qué hacías ahí, de todas
formas?”

“Me daba la sensación de que ibas a hacer algo estúpido. Llámalo un sexto sentido.”

Ella puso los ojos en blanco. “No sé qué más te da. Tu secreto moriría conmigo. Estoy segura de
que encontrarías la forma de hacer lo que sea que quieres hacer sin mí.”

“Estoy seguro de que cualquiera que Moody enviara para reemplazarte sería más irritante aún,”
dijo, esbozando una ligera mueca. “Tómatelo como un favor adicional a tu Orden. Estoy
manteniendo con vida a su sanadora y Maestra de Pociones.”
Ella soltó un bufido. Estaba empezando a entrarle mucho sueño. La idea de dormir le hizo pensar
en Colin. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Enterró el rostro en las manos y sollozó.

“¿Qué pasa ahora?” Preguntó Malfoy cuando amainó su llanto. Sonaba aburrido, pero cuando alzó
la vista para mirarlo, él desvió la mirada. La había estado observando.

“Voy a soñar con Colin esta noche,” dijo con amargura, dejando caer la cabeza sobre las rodillas.

“Estabas delirando cuando dijiste que podrías matar a alguien. Ni siquiera puedes soportar que
mueran manos de otra persona,” dijo, sacudiendo la cabeza.

Hermione se puso tensa y miró a Malfoy.

“No creo que morir sea algo especialmente horrible. Sé que estamos en guerra. La gente muere,”
dijo. “Lo que me importa es la forma. No tienes ni idea, Malfoy, de lo que es que alguien muera
mientras haces todo lo que está en tu poder para salvarlo. Eso es lo que me atormenta. Todas las
muertes en mi cabeza… han sido así. Por eso me atormentan. Estaban en mis manos—intentaba
salvarlos—y fracasé—”

Se le quebró la voz en las últimas palabras.

Malfoy la escrutó y pareció considerado por primera vez.

“¿Por qué colin importa tanto? No erais cercanos. ¿Por qué es esa muerte la que sigue siendo tan
significativa para ti? Has visto muertes peores desde entonces.”

Ella vaciló. Nunca lo había hablado con nadie. No realmente. Hace años que no.

“Su muerte fue el principio del fin de todo,” dijo, con la mirada baja y dándose cuenta de que su
camiseta tenía un hilo suelto. Tiró de él de forma impulsiva y observó cómo la tela se fruncía hasta
que el hilo se rompió, formando un agujero. Lo reparó con un ademán de su varita. “Fue la primera
persona en morir totalmente a mi cuidado. Harry lo vio. Y después de aquello—me di cuenta de
que la Orden no estaba haciendo lo suficiente. Que la defensa no era suficiente. Y comencé a
explicarlo. Pero Harry no estaba de acuerdo. Para él—morir es lo peor que te puede pasar. Es
marcharse. Así que matar, de cualquier modo, es malvado. Autodefensa. Matar por piedad.
Cualquier tipo. Aquella—discrepancia—nos envió en direcciones diferentes en la guerra. Nada
volvió a ser lo mismo después de aquello. Es por eso que terminé siendo sanadora mientras todos
los demás se fueron juntos al campo de batalla.”

“Un tanto irónico.”

“Una persona usando las Artes Oscuras en el campo de batalla no es suficiente como para marcar
una diferencia. Y si hubiera sido insubordinada y hubiera tratado de reclutar a gente a mi forma de
pensar—podría haber dividido la Orden.”

“Si lucharas de nuevo, ¿cómo matarías?”

“Rápido. Hay hechizos para parar corazones. Maldiciones que ahogan. Maleficios cortantes a la
garganta. Haría ese tipo de cosas. Probablemente usaría la maldición asesina si fuera capaz—pero
probablemente Harry jamás me lo perdonaría.”

“¿Cómo planea Potter derrotar al Señor Tenebroso?”


“Es—hay una profecía. Harry cree que la respuesta es la profecía.” Dijo vagamente. No estaba
segura de si el Poder del Amor era una estrategia real de la Orden, pero Malfoy no necesitaba saber
los detalles.

“Fantástico. Estamos apostando nuestras vidas por el-niño-que-no-quiere-matar y una profecía.


Estamos condenados.”

“Dumbledore derrotó a Grindelwald sin matarlo,” dijo Hermione.

Malfoy no parecía muy impresionado.

“¿Dónde estudiaste para ser sanadora?” le preguntó. Ella se volvió hacia él, sorprendida.

“En Francia, al principio,” dijo, “pero la guerra cruzó rápido el canal y fue más seguro transferirme
que arriesgarme a que me encontraran ahí. Así que fui a Albania; su Departamento de Magias
Antiguas tenía los mejores fundamentos para la sanación de Magia Negra. Estuve ahí durante un
tiempo. Ahí es donde aprendí el tratamiento que he aplicado en tus runas. Has tenido suerte—
probablemente soy de las únicas sanadoras que quedan que conozcan el tratamiento, ya que el
hospital fue destruido. Después en Dinamarca, análisis de hechizos y deconstrucción. Después de
aquello me fui a Egipto; su hospital era el más especializado en romper maldiciones, pero la
situación era—inestable, así que me transfirieron a Australia a las pocas semanas. Estuve en
Australia hasta que la Orden me trajo de vuelta.”

“Mucha gente creyó que habías muerto, o huido,” dijo Malfoy, escrutándola con sus ojos rasgados.
“Hasta que el Señor Tenebroso quiso saber por qué la Resistencia sobrevivía después de que
arrasaran su hospital, y Severus mencionó que habían traído a la amiguita Sangre Sucia de Potter de
su viaje por el extranjero, sanadora y maestra de pociones, por si fuera poco. Causó un ligero
revuelo en los rangos superiores.”

Ella lo miró fijamente. Así que él ya sabía a qué se dedicaba cuando hizo sus peticiones. Se
preguntaba si aquello había influido en su decisión.

La conversación se estancó. Tras unos minutos, Hermione se levantó.

“Ya estoy lo suficientemente sobria como para aparecerme,” dijo.

“No vas a ir a emborracharte a otro sitio, ¿verdad?” preguntó él, mirándola con aire de sospecha.

Ella negó con la cabeza.

“No. Has sido un aguafiestas bastante concienzudo. Y ya he llorado lo suficiente.”

Él pareció un poco aliviado. “No te despartas,” dijo con tono cansino mientras ella salía por la
puerta.

No lo hizo. Cuando volvió a Grimmauld Place subió a su almacén de pociones y se bebió una
poción de sobriedad. El dolor de cabeza y las náuseas cayeron sobre ella con la sutileza de una
maza.

Dejó caer la cabeza en la encimera y gruñó.

Típico de Draco Malfoy el ni siquiera dejarla emborracharse en paz. Maldito cabrón.


Había esperado que la sobriedad la sumiera en el horror, pero sorprendentemente no se arrepentía
de haber explotado al fin. Desde luego no había parecido sorprenderle o molestarle.

No tenía ni la menor idea de cómo interpretar o procesar todo lo que había ocurrido.

Hurgó en el armario hasta encontrar un frasco de poción para aliviar la cefalea y se lo bebió, tratado
de concentrarse.

Draco se consideraba un villano.

Aquella era una idea importante. Probablemente la más importante que se le había ocurrido sobre
su persona. La contradicción que había en su interior.

Se devanó la cabeza repasando todo lo que le había dicho aquel día. Ahora que se había
desahogado, su mente estaba clara como el cristal.

“Entonces el pequeño metió el pie en una madriguera y se rompió la pierna. Empezó a arrastrarse
por la hierba. Un blanco fácil para la maldición asesina. La segunda persona a la que se la lancé
por la espalda. ¿Sabes? La maldición asesina. Se queda algo de ti. No es algo que se pueda lanzar
a la ligera. No repetidamente. Colin podría haber seguido corriendo. Si lo hubiera hecho, quizá
aún seguiría vivo. Pero se detuvo. Por su hermano muerto se detuvo, corrió dacia él, intentó
llevarse su cuerpo consigo.”

Hermione se quedó helada.

Podría haber matado a Dennis Creevey de innumerables maneras más crueles y lentas que la
maldición asesina. Con una pierna rota, no había riesgo de que Dennis huyera. Habría sido el cebo
perfecto para atraer de vuelta a Colin. Pero—en vez de quedarse con Dennis herido y atrapar a
ambos chicos—Draco lo había matado, de forma humana. Posiblemente con la esperanza de que un
hermano muerto ahuyentara a Colin y le salvase vida.

Hermione casi perdió el equilibrio por lo que comprendió de golpe.

Malfoy había tratado de salvarle la vida a Colin.

Pero, y siendo probablemente más significativo para Hermione, Malfoy no creía que ese detalle lo
redimiera.

Él había estado seguro de que ella perdería la cabeza de odio por él una vez supiera que había
estado involucrado. La admisión involuntaria del hecho de que había intentado dejar a los chicos
escapar no era una manera de intentar excusarse. Sospechaba que ni siquiera lo procesaba como tal.

Malfoy se consideraba un villano por lo que había hecho. Lo cual implicaba que no quería hacerlo.
Lo cual implicaba que su deseo de ayudar a la Orden podría ser sincero y no un mero medio para
otro fin.

Hermione tamborileó con los dedos en la encimera con aire pensativo, reevaluando una vez más
todo lo que sabía de Draco Malfoy.

Chapter End Notes


Siento la espera! Estoy de exámenes pero pronto tendré más tiempo.
Feliz año a tod@s!!
Flashback 12

Agosto 2002

“Hallarle su torcedor a cada uno, su punto débil. Es el arte de mover voluntades; más consiste en
destreza que en resolución: un saber por dónde se le ha de entrar a cada uno... Hásele de prevenir
el genio primero, tocarle el verbo después, cargar con la afición, que infaliblemente dará mate al
albedrío.”

Hermione permaneció despierta la mitad de la noche reanalizando a Draco. Garabateó todo su


cuaderno y empezó uno nuevo.

Se sentía rebosante de nuevas teorías sobre él. No estaba segura de si ninguna de ellas estaba
basada en la realidad o las estaba provocando su falta de sueño, pero sentía como si hubiera dado
en el clavo. Como si estuviera intentando colarse en una cámara acorazada muggle y al fin
escuchara el primer pistón encajar en su lugar. Una cálida sensación de euforia la hizo sonreír para
sí aquel día mientras preparaba pociones.

Casi sentía una ligereza en el corazón.

Podría funcionar. Podría ganar. Podría ponerlo de rodillas. Sellar su lealtad.

No se había dado cuenta de hasta qué punto la creencia de que era simplemente un monstruo con
un código moral la había convencido de que nunca lo conseguiría. Había estado segura de que
eventualmente se volvería contra ellos y la mataría a ella y a todos los demás; estaba atrincherada.
A pesar de su gran confianza en su oclumancia, aquella convicción se había filtrado en la forma en
que pensaba y lo trataba en general.

A pesar del juego al que jugaban. Él la había besado y le había enseñado oclumancia. Le había
dicho que podía decir que no. Y ella lo había sanado y había seguido sus instrucciones sobre duelos
y deporte. Detrás del aprendizaje y las sutilezas, siempre parecían ser dos víboras esperando a que
la otra finalmente atacara.

Ahora se lo replanteaba.

Él no era un monstruo. No del todo. Estaba intentando arreglar algo. Había una especie de
enmienda que estaba tratando de hacer. No por matar a Dumbledore o a nadie, sino por otra cosa.

Sabía que estaba perdido. En algún momento, había sucedido algo por lo que estaba dispuesto a
sufrir, incluso a morir. Algo que estaba tratando de expiar. No era un espía por ambición. No estaba
jugando con la Orden y los Mortífagos, poniéndolos los unos contra los otros para poder salir
ganando de la situación. Estaba intentando arreglar algo.

No la guerra. No las muertes. Pero había algo que estaba tratando de enmendar.

Su primera impresión no había sido errónea. Draco Malfoy no estaba hecho de hielo. Detrás de la
muerte, la ira y la oscuridad había mucho más. Podía usarlo.

Hermione dudaba que le llegara a contar qué es o que lo impulsaba. Estaba claramente decidido a
no revelarlo. A jugar a un juego de despiste hasta que le diera vueltas la cabeza. Pero ella podía ser
paciente. Ahora que había descubierto que el espionaje era una especie de penitencia por—algo. Si
ahora se negaba a odiarlo; si continuaba siendo amable, reconfortante, interesante e inteligente para
él. Podía encontrar la forma de llegar a él.

Podía triunfar.

Al pasar la tarde y tras prepararse para ir a ocuparse de su espalda, se tomó un momento para
reflexionar y estabilizarse.

Tendría que empezar de cero otra vez.

Había algo entre ellos que—que le resultaba difícil permitirse pensar con demasiado detenimiento.
Una tensión entre ellos que probablemente había roto con su arrebato de emociones.

Tendría que empezar a cultivarlo de nuevo cuidadosamente.

Tendría que ser sutil.

Sutil como el veneno.

Hermione cerró los ojos y examinó sus recuerdos; separando sus emociones más intensas a un lado.

Aplacó su euforia, su alegre sentimiento de confianza; los sofocó hasta que tuvo la mente clara.
Centrada.

Se apareció en la cabaña un minuto antes de las ocho.

Cuando Malfoy apareció, lo miró fijamente durante un momento antes de bajar la vista,
mordiéndose el labio y jugueteando con sus cutículas.

“Lo siento…” murmuró. “Tenías razón. Fui muy descuidada ayer por la noche. No volverá a
ocurrir.”

Miró hacia arriba a través de las pestañas para ver si Malfoy parecía aunque fuera remotamente
convencido por la disculpa.

“Bien,” dijo, mirándola desde el otro lado de la habitación. “No soy tu guardián. No me interesa
tener que vigilarte para mantenerte con vida.”

“No volverá a ocurrir,” reiteró.

Él la miró de reojo y después desvió la mirada, convocando una silla del otro lado de la habitación
y sentándose a horcajadas mientras se desabrochaba la camisa. Hermione se la retiró de los
hombros y revisó las runas.

Dejó descansar con suavidad los dedos en su hombro y se inclinó hacia adelante para ver mejor.
Malfoy no se encogió al notar el contacto. Se puso tenso, sin embargo.

"¿Hay algún momento que prefieras para que cierre las incisiones?" preguntó en voz baja mientras
le aplicaba con cuidado el ungüento con los dedos y la varita, y examinaba los bordes en carne viva
de los cortes.
Aún parecía terriblemente doloroso. No estaba segura de cómo Malfoy podía siquiera moverse,
mucho menos aparecerse, y mucho menos batirse en duelo. Cada vez que veía las heridas se
estremecía.

Él no dijo nada.

Posó la mano sobre su espalda. “Voy a usar el encantamiento de limpieza.”

Notó cómo Malfoy se tensaba bajo su mano y vio que sus nudillos palidecían. Contó hasta tres y lo
aplicó.

Todo su cuerpo se estremeció.

“Lo siento,” dijo ella. “Si hubiera alguna forma de tratar esto más rápido, o al menos de aliviar el
dolor, lo haría.”

“Soy consciente,” dijo con voz tensa.

Aplicó el ungüento con todo el cuidado posible.

“¿Qué te parece el lunes?” preguntó, masajeando sus hombros desnudos, tratando de aliviar la
dolorosa tensión que los atravesaba. “Puedo saltarme la cena si necesitas que vega más pronto.”

“El lunes,” dijo tras una pausa. “Las ocho está bien.”

“De acuerdo.”

Volvió a colocar los hechizos protectores. Después estudió las runas de nuevo, acercando las yemas
de los dedos. Apenas notaba la magia que tenían. Había penetrado; se había vuelto parte de él.

Apenas notaba ninguna Magia Negra a su alrededor. Ya no. Hacía semanas que no.

“¿Notas—las runas?” preguntó. “¿Notas si te están afectando?”

Pareció planteárselo.

“Sí,” dijo tras un momento, enderezándose. “No revocan mi propio comportamiento, pero es como
si se hubieran escrito nuevos factores. Es más fácil ser despiadado. Algo más difícil disuadirme de
mis impulsos. No es que tuviera muchas distracciones antes, pero ahora todo parece aún menos
sustancial.”

Hermione leyó los votos de nuevo.

“Mientras las grababan, ¿sabías qué runas había elegido?” le preguntó.

“La elegí yo,” dijo él, poniéndose la camisa y abrochándosela.

Hermione lo miró, atónita.

“Era mi castigo. Tenía que someterme. Si las elegía podía asegurarme de que no incluyera nada
problemático. Por eso hay tantas, no quería dejar margen para promesas adicionales. Tenía que
estar convencido de mi remordimiento,” dijo mientras se ponía en pie. Sus ojos le recordaron a
Hermione a una tormenta.
“Sin embargo,” dijo, enseñando levemente los dientes, la furia ahora evidente en sus ojos, “se le
olvidó mencionar que tardarían tanto en sanar hasta después de haber terminado. En retrospectiva,
debería haber anticipado ese castigo adicional.”

“Cuando las cierre, tardaré un rato, para poder asegurar que el tejido cicatrizal no restringe tus
movimientos. Tendrás que estar consciente para decírmelo. Quizá—quieras traer algo para beber.”

Malfoy entrecerró los ojos y miró fijamente a Hermione durante unos segundos.

“No voy a beber en tu presencia, Granger.”

Ella se encogió de hombros.

“Es solo una sugerencia. Traeré algo por si cambias de opinión. Pero me imagino que el alcohol
que puedo permitirme será más barato de lo que te gustaría.”

Él resopló, divertido.

“Lo tendré en cuenta.”

Desapareció sin decir una palabra más.

La noche siguiente Malfoy estaba bastante irritable, así que Hermione se abstuvo de hablar con él
mientras lo trataba. Sin embargo, se dio cuenta de que había comenzado a relajarse un poco a su
contacto. Dudaba que fuera consciente de aquello.

Hermione, por su parte, se había dado cuenta de que estaba mucho más cómoda con él. Sin la
mácula de magia negra que ya no emanaba de él, su miedo instintivo se había desvanecido. No
vacilaba al tocarlo, no le recorrían la columna escalofríos de terror. Ya no se tensaba, preparándose
por si estallaba.

Le resultaba familiar.

El domingo, un encantamiento calmante por fin se fijó a las incisiones cuando lo aplicó, y Draco se
estremeció bastante menos cuando aplicó el encantamiento de limpieza.

“El veneno por fin ha desaparecido,” le comentó con alivio. Convocó su bolsa y hurgó en su
interior buscando una poción analgésica que había desarrollado. Sacó algunos paños y, tras
aplicarse en la mano un escudo para que no se le durmiera, vertió el analgésico hasta empapar los
paños.

“Esto está frío y te escocerá durante un momento, pero te adormecerá las incisiones,” dijo. “Voy a
empezar por la parte superior de tu hombro izquierdo.”

Colocó los dedos junto encima de la primera runa y extendió un paño sobre su hombro,
presionando suavemente contra las incisiones que quedaron debajo. Él se estremeció.

Puso un temporizador para el hombro izquierdo y comenzó a tratar el derecho.

“No deberían dolerte ahora pero no dejas de tener heridas abiertas en la espalda,” dijo. “No hagas
ninguna estupidez como meterte en una pelea contra un hombre lobo solo porque ya no estás
agonizando de dolor.”
“¿Vas a darme de baja de mis martes de lucha con hombres lobo?” dijo con tono sarcástico.

Hermione puso los ojos en blanco.

“Te recomendaría darles a las cicatrices al menos tres días de reposo antes de luchar contra ningún
hombre lobo.”

Él rio entre dientes.

La conversación se estancó después de aquello, pero la tarde concluyó con un ambiente


sorprendentemente cordial.

Hermione estaba casi de buen humor cuando se apareció de nuevo en Grimmauld Place. Al
aterrizar en las escaleras, su brazalete de pronto se calentó.

Abrió de golpe la puerta y se encontró el caos. Había sangre en el suelo.

“Hermione,” gritó Neville. “Es Ginny.”

Hermione corrió por las escaleras todo lo rápido que pudo, esquivando la sangre derramada en el
suelo.

Harry, Ron y todos los demás Weasley de la casa estaban ahí. Pomfrey y Padma estaban inclinadas
sobre la cama en la que yacía Ginny.

“¿Qué ha ocurrido?” preguntó, dejando caer su bolsa y corriendo hacia ellas. Ginny estaba
inconsciente y tenía una gran herida irregular cruzándole el rostro. De ella no dejaba de manar
sangre.

“Una maldición necrotizante le alcanzó en la mejilla,” dijo Pomfrey, entre un hechizo y otro. “Se la
han cortado todo lo rápido que han podido, pero nadie había conseguido volver después de haber
sido alcanzado en la cabeza.”

“¡Padma! ¡Poción reabastecedora de sangre!” gritó Hermione mientras lanzaba sus propios
hechizos. Las lesiones cerebrales no eran su especialidad. Normalmente cuando una maldición
alcanzaba el cerebro la sanación estaba fuera de su alcance.

Proyectó los hechizos de escáner encefálico más complejos que conocía y los estudió.

“No ha alcanzado el cerebro,” jadeó, aliviada. Entonces proyectó otro diagnóstico sobre la cabeza
de Ginny. Los apresurados y mellados cortes hacían difícil la lectura de otros detalles. No
encontraba ningún indicador evidente de necrosis residual, pero Hermione no confiaba en que el
Destino les fuera clemente. Le arrebató la varita a Pomfrey sin permiso, murmuró un
encantamiento y comenzó a usar la segunda varita para ahondar en las capas del diagnóstico,
buscando restos de gangrena escondidos bajo los tejidos dañados que aparecían en el proceso.

Ahí estaba…

“Hay tejido necrótico en los huesos cigomático y frontal. Tengo que extirparlos ya,” dijo Hermione.
“¡Todo el mundo fuera!”

Hubo protestas, las cuales ignoró mientras lanzaba más hechizos de hemostasia, tratando de
averiguar dónde exactamente la maldición aun estaba corroyendo a Ginny.
“Dale una gota de Filtro de Muertos en Vida,” le ordenó a Padma, que acababa de administrarle a
Ginny una poción reabastecedora de sangre. “Ralentizará la recuperación, pero no podemos
arriesgarnos a que se mueva.”

Hermione rechinó los dientes y rezó mientras convocaba pociones del almacén y comenzó a
proyectar una serie de intrincados diagnósticos y tomas de constantes sobre la cabeza de Ginny.
Muchos de ellos no los había usado nunca o solo una vez.

Tratar de extirpar cualquier porción del cráneo era terriblemente arriesgado en cualquier situación,
pero mucho peor cuando se trataba de hacerlo rápido. Iba a exponer los senos frontales y nasales,
Ginny perdería la totalidad de su cuenca ocular, y parte de su lóbulo frontal quedaría expuesto hasta
que los huesos volvieran a crecer.

Viendo cómo los puntos negros en el cráneo expuesto de Ginny comenzaban a crecer ante sus ojos,
Hermione lanzó un hechizo para eliminar el pelo y después extendió una densa poción púrpura con
mucho cuidado por los bordes de la herida y después a través de más de la mitad del rostro y la
cabeza de Ginny. Cuando la hubo extendido uniformemente con cuidado, Hermione lanzó un
hechizo fijador. La poción se endureció como un caparazón. Un exoesqueleto.

Hermione respiró hondo para tranquilizarse e hizo desaparecer cada parte del cráneo de Ginny.

El exoesqueleto sustentaba desde fuera las zonas que ya no tenían una estructura ósea para
sostenerlas. Hermione volvió a proyectar el diagnóstico y lo comprobó repetidamente y de forma
meticulosa. La necrosis ya no estaba. Los huesos habían sido extirpados antes de que alcanzaran el
cerebro de Ginny.

Hermione casi colapsó, y estuvo tentada de sollozar de alivio. Había estado cerca. Muy, muy cerca.
Más cerca de lo que jamás le contaría a nadie.

Dejó que sus manos se estabilizaran y le administró Crecehuesos. Monitorizó algunas constantes
más y añadió barreras protectoras alrededor del cerebro expuesto de Ginny. Después activó un
temporizador.

Con la interferencia del Filtro de Muertos en Vida, que el hueso volviera a crecer tomaría unas diez
horas. No podría empezar a cerrar la herida hasta que los huesos hubieran vuelto a crecer por
completo, o el tejido cicatrizal no tendría nada sobre lo que formarse. A Ginny le quedaría una fea
cicatriz para el resto de su vida, pero viviría. Quienquiera que le hubiera extirpado la necrosis lo
había hecho lo suficientemente rápido como para salvarla.

Hermione tomó la mano de Ginny y la acarició con delicadeza. Estaba cubierta de sangre.
Hermione le aplicó encantamientos de limpieza por todo el cuerpo y le puso una bata de hospital
con un par de ademanes de varita. Después Hermione proyectó diagnósticos del resto del cuerpo de
Ginny para asegurarse de que no presentaba más lesiones.

Tenía un rasguño en la pantorrilla y un hematoma en el brazo. Hermione los trató en el curso de un


par de minutos.

Hermione se levantó y recogió las dos varitas.

“Lo siento,” dijo, entregándole a Poppy su varita. Arrebatarle a alguien la varita son permiso era
sumamente ofensivo.
Poppy guardó la varita con expresión afectada.

“Ya había proyectado cuatro hechizos diagnósticos antes de que llegaras y en ninguno de ellos se
evidenciaba la necrosis ósea residual. Nunca había visto que se diseccionara un diagnóstico
compositivamente. Me alegro de que no perdieras el tiempo pidiéndome permiso.”

“Lo leí en un libro sobre teoría de la sanación. Los diagnósticos encefálicos son complicados. La
magia capta mucha actividad. Son difíciles de leer rápidamente incluso para los especialistas. Ha
sido cuestión de suerte que funcionara.”

Hermione suspiró, quería sentarse. Ahora que la crisis había pasado, pudo permitirse sentir lo fuerte
que le latía el corazón y lo mucho que le temblaban las manos. Se sentía mareada y a punto de
caerse de espaldas.

“Debería ir a contarle a todo el mundo que está bien,” dijo con voz temblorosa.

Harry, Ron y casi todos los habitantes de Grimmauld Place estaban esperando a las puertas del ala
que hacía las veces de hospital.

“Ginny está bien,” dijo Hermione en cuanto abrió la puerta. “Estará bien.”

Harry ahogó un sollozo y se dejó caer contra la pared.

“Oh, gracias a Merlín,” musitó Charlie.

Ron se frotó los ojos y Hermione vio sangre en sus manos y por toda su ropa. Se acercó a él y
proyectó sutilmente un diagnóstico. No estaba herido. Toda la sangre era de Ginny.

“¿Le quitaste tú la necrosis?” le preguntó a Ron.

Él asintió y los claros ojos azules se le llenaron brevemente de lágrimas. Le temblaba todo el
cuerpo como si estuviera entrando en shock.

“La has salvado, Ron,” dijo ella, atrayéndolo hacia sí y abrazándolo. “Ganaste tiempo suficiente
para traerla de vuelta. Si no hubiera sido así, quizá hubiera sido demasiado tarde, o podría haber
perdido el ojo. Le quedará una cicatriz, pero se va a poner bien.”

“Oh, Merlín,” Ron se desplomó en los brazos de Hermione. “Lucius apareció de la nada. Nos
aparecimos, pero alcanzó a Ginny al aterrizar. En cuanto lo vi—”

Se pasó la mano por el rostro, extendiendo la sangre por su pálida piel. Le temblaban las manos de
manera descontrolada.

“Solo podía pensar en cuando volvió papá. Y después George. Y ahora Gin—y yo—me miró y
supe que tenía que intentarlo. Ha sido—ha sido peor que nada—”

Ron sollozó y enterró el rostro en el hombro de Hermione. Ella lo estrechó con fuerza.

“No dejaba de repetirme a mí mismo que era para s-salvarla,” murmuró contra su hombro. “Mamá
—le prometí a mamá que la mantendría a salvo—le dije que no dejaría que le pasara nada a Gin.”

“Y la has salvado,” le dijo Hermione al oído. “Has hecho exactamente lo que tenías que hacer.”
“Voy a matar a los Mallfoy,” murmuró él. “Lucius y Malfoy, los voy a matar a los dos. No me
importa si tengo que esperar a que acabe la guerra para hacerlo. Esa familia merece morir.”

Hermione no se permitió interrumpir los círculos que estaba trazando en los hombros de Ron.
Simplemente lo abrazó más fuerte.

La promesa de matar a los Malfoy era una cantinela común entre los Weasley; la única excepción a
su firme oposición a matar. Había empezado tras la muerte de Dumbledore, pero se había vuelto
más frecuente después de que Bill volviera de una misión arrastrando a su padre gimoteando.
Lucius Malfoy se había asegurado de identificarse inmediatamente después de maldecir a Arthur
con un críptico hechizo que había resultado en darle a Arthur la capacidad mental de un niño de dos
años.

Hermione había revisado todos los manuales de sanación y libros de maldiciones oscuras que caían
en sus manos, pero nunca consiguió averiguar qué maldición era o cualquier manera de revertir o
reducir los efectos.

De algún modo, Hermione pensaba a veces con un sentimiento de culpabilidad, aquello era peor
que si Arthur hubiera muerto. Lo cual era probablemente lo que Lucius pretendía. Arthur Weasley
se había ido, pero a la vez no. Su persona amable, afectuosa y curiosa permanecía ahí, atrapada en
el cuerpo de un hombre de mediana edad con la mente de un niño. Necesitaba supervisión
constante. No podía estar con muchas personas, y era propenso a los estallidos de magia accidental
y pequeñas crisis nerviosas cuando se ponía nervioso. Su pérdida había sido un increíble doble
revés para la Orden. Molly tuvo que retirarse por completo para poder cuidar de su marido a tiempo
completo. Se lo había llevado a vivir a uno de los pisos francos del hospicio. Cuando George pudo
salir del hospital de Grimmauld Place, había acompañado a su madre en el cuidado de su padre.

“Eres un buen hermano,” murmuró Hermione.

Cuando al fin dejó de temblar, se separó de él un poco para poder hacerle la pregunta que le había
estado rondando la cabeza.

“Ron, ¿podrías decirme qué usaste para extraer el tejido necrosado? ¿Fue un hechizo o una daga?”

“Una daga. Una de las que estaban en la cámara de Harry,” dijo.

“¿Puedo verla?” preguntó con voz firme.

“Claro,” dijo Ron, algo confuso. Echó un vistazo alrededor con aire ausente. “Creo que está en el
piso de abajo. Neville tienen nuestras cosas.”

Hermione dio un paso atrás y asomó la cabeza en el hospital.

“Poppy, ¿puedes examinar a Harry y a Ron? ¿Y administrarles Filtro de Paz? Doble para Ron.
Tengo que comprobar una cosa.”

Hermione bajó las escaleras. Neville y Hannah Abbott estaban fregando el suelo con magia.

“Nev, ¿puedes enseñarme la mochila de Ron?”

Él la señaló con un ademán de la cabeza.

“Es la que está llena de sangre. No la he limpiado aún.”


Hermione se acercó a la mochila y comenzó a hurgar en su interior. Habían arrojado dentro los
contenidos de forma descuidada. Había objetos cubiertos de sangre seca. En uno de los bolsillos
exteriores, descubrió el mango de una daga.

Lo sacó del bolsillo con cuidado. Era una hoja forjada por duendes, tal y como sospechaba.

Lo llevó a la cocina y le limpió la sangre. Después sacó una pieza de pollo crudo del contenedor de
estasis y pasó la hoja por la carne. El filo afilado con magia la cortó fácilmente. Después, Hermione
colocó la daga a un lado y observó el pollo.

Pasó un minuto. Después dos. Hermione comenzó a preguntarse si estaría equivocada. Y entonces,
apareció una pequeña mota oscura en el pollo. Hermione la observó mientras se hacía más y más
grande a lo largo de los siguientes minutos.

Hermione le aplicó a la carne un hechizo de estasis, pero no surtió efecto en la gangrena, que se
extendía a un ritmo constante.

Le aplicó un encantamiento de barrera la hoja de la daga, y varios hechizos protectores. Después la


envolvió con varias toallas y puso sobre todo el conjunto un encantamiento repelente. Entonces lo
metió en un cajón, el cual cerró con llave y trucó con varios hechizos punzantes y una alarma.

Se dio la vuelta y volvió al hospital.

Harry estaba al lado de Ginny, sosteniéndole la mano. Tenía los ojos muy abiertos, el rostro
devastado y la piel pálida. Se estaba mordiendo el labio con nerviosismo. Cuando Hermione le
puso la mano en el hombro con delicadeza, se sobresaltó y se volvió para mirarla.

Harry esbozó una sonrisa tensa. Una sonrisa de hospital. Un rictus. La ligera, tenue tensión que se
apreciaba en el rostro del emisor que trataba de parecer alentador o sereno, pero que siempre tenía
un aspecto fracturado.

Cuando Ginny despertara tendría aquella misma expresión mientras le aseguraba a todo el mundo
que estaba bien; que no le importaba la cicatriz; que de verdad estaba bien.

Hermione le dirigió a Harry una triste sonrisa y convocó una silla para acompañarlo.

“Ella no debería haber venido,” dijo Harry tras un minuto.

“La Orden decidió cual sería la unidad mas adecuada, no estuvo ahí por vosotros dos,” dijo
Hermione. “El rencor de Lucius no tiene nada que ver con si Ginny y tu estáis juntos.”

“Voy a tener que decirles que dejen de emparejarnos,” dijo Harry, desviando la mirada de la mano
de Ginny para mirar al vacío.

Tenía un aire ausente y sus brillantes ojos de color esmeralda no parecían ver el hospital. Hermione
reconocía esa expresión. Estaba de vuelta en la misión, reviviéndola una y otra vez, para poder
torturarse con lo que había salido mal.

“Todo es culpa mía,” dijo, con voz trémula, ligeramente temblorosa. “Debería haber puesto antes
las barreras. La misión era muy fácil. Era inútil. Era casi como un viaje con Ron y ella. Como si
nos hubiéramos ido de acampada por diversión. Bajé la guardia.”
Hermione no dijo nada. Era una confesión. Estaba tan aturdido y afligido que había cosas que
necesitaba decir. Tan solo necesitaba verbalizarlo. No podía decírselo a Ron. Se sentía demasiado
culpable como para decírselo a Ginny directamente.

Hermione había escuchado muchas confesiones de aquellos que velaban a los enfermos en el
hospital. A veces se sentía como un sacerdote.

“Después de escapar—cuando vi su cara—me quedé paralizado,” dijo, tras unos minutos de


silencio. “Cuando vi que le habían dado. Yo no—Empezó a llorar. Y Ron la aturdió. Y yo me quedé
ahí plantado. Me quedé ahí sin hacer nada mientras él le cortaba la cara. Apenas me despejé lo
suficiente como para aparecernos de vuelta. Ron tuvo que hacer casi todo. Fue como lo de Colin.
Me quedé ahí sin hacer nada.”

“Nadie podría haber salvado a Colin,” dijo Hermione con voz queda.

“¡Pero yo podría haber ayudado a salvar a Ginny!” Espetó Harry, furioso de repente. “¿Qué pasa si
hubiera muerto? ¿Y yo solo me hubiera quedado ahí plantado? La mujer que amo—la hermana de
mi mejor amigo. Y yo me quedé plantado viendo como se le gangrenaba la cara—”

Dejó caer la mano de Ginny y se subió las gafas para frotarse los ojos.

“¿Y si hubiera muerto? ¿O le hubiera pasado como a Arthur? Todo porque fui descuidado y no
puse las barreras.” A Harry le temblaba la voz y tenía los puños apretados. Hermione notaba la
magia estremecerse a su alrededor conforme crecían sus emociones de culpa.

Hermione convocó un frasco de Poción Calmante y transfiguró una venda de algodón en una copa,
la cual llenó con la poción. La sostuvo, esperando el momento de dársela a Harry. Si se la entregaba
demasiado pronto acabaría estrellada en la pared.

“Nadie responde a la perfección cada vez,” dijo ella.

“No puede volver a pasar,” dijo Harry con voz mecánica. “No voy a correr ese riesgo.”

Hermione no dijo nada, y un rato después Harry le apoyó la cabeza en el hombro. Le pasó la copa
de Poción Calmante. Después apoyó la cabeza sobre la de él.

“Va a ponerse bien,” dijo. “Te lo prometo. Está bien.”

Harry asintió, y Hermione se permitió un momento simplemente para estar con él. Su mejor amigo.

La mayor parte del tiempo parecía que vivían en mundos diferentes.

El chico que la había salvado de un troll. Al que le había preparado poción multijugos. Con quien
había viajado en el tiempo para salvar a su padrino. Aquel amigo al que le había enseñado el
encantamiento accio. Con el que había creado el Ejército de Dumbledore.

Él había seguido adelante como un héroe, pero el camino de Hermione se había separado del suyo.

Acudía a ella como sanadora, pero raramente como amiga.

Enterró los dedos en el caótico cabello de Harry.


“Ginny está enamorada de ti, ¿sabes?” dijo. “No la alejes de ti. No le hagas eso. No te lo hagas a ti.
Ya estáis ambos en peligro por culpa de esta guerra. No deberías renunciar a la felicidad que puedes
tener. No dejes que Tom te quite eso también.”

Harry no dijo nada, pero se bebió la Poción Calmante sin despegar la mirada de Ginny.

“¿Puede oírme?” preguntó un rato después, con voz triste y esperanzada.

“No, lo siento. La he puesto en estasis hasta que los huesos le vuelvan a crecer y pueda cerrar la
herida. Sería peligroso que se moviera mientras su cerebro está expuesto. Se despertará mañana.”

Permanecieron en silencio durante unos minutos hasta que un bulldog plateado entró disparado en
el hospital.

“Potter, Granger, informe de la misión en cinco minutos,” gruñó la voz de Moody antes de que el
patronus se desvaneciera.

Harry suspiró y se puso en pie.

“Supongo que te veré ahí,” dijo, acariciando la mano de Ginny una última vez.

Hermione lo miró mientras se alejaba y entonces se volvió hacia Ginny. Proyectó unos cuantos
diagnósticos para confirmar que estaba estable y se estaba recuperando como debía. Después se fue
al piso de abajo a por el la daga que estaba en el cajón de la cocina antes de dirigirse al comedor
donde tenían lugar las reuniones.

Remus y Tonks ya estaban ahí, y le dirigieron una sonrisa a Hermione cuando entró y se sentó. Bill
llegó unos minutos más tarde. Fleur y él se alternaban para asistir a las reuniones de modo que uno
de ellos siempre estuviera monitorizando la prisión. Charlie fue el siguiente, aún tan pálido como lo
había estado cuando Hermione había anunciado que Ginny iba a estar bien. Neville entró después,
seguido por Amelia Bones. Después Ron y Harry. Kingsley Shacklebolt y Alastor Moody tras ellos.

Era menos de un cuarto de la Orden en aquel momento. Solo se informaba de los horrocruxes a un
puñado de miembros. La Orden había aprendido por las malas el peligro de dejar que demasiada
gente supiera demasiado cuando el oponente era un legeremante consumado. Molly y Minerva
raramente asistían a las reuniones, aunque técnicamente aun pertenecían a un nivel de inteligencia
suficientemente alto como para recibir toda la información. Severus solo asistía a reuniones de alto
nivel programadas con mayor antelación.

“Harry, Ron. Nos gustaría tener un informe completo sobre la caza de horrocruxes,” dijo Kingsley
sin ningún preámbulo.

“No hay nada de lo que informar,” dijo Harry con voz monótona. “Fuimos hasta Albania y no
pudimos encontrar nada. No vimos a nadie ni tuvimos ningún problema hasta que apareció
Lucius.”

“¿Cómo os encontró Lucius?” Preguntó Moody, su ojo escrutando a Harry y a Ron con
detenimiento.

“No lo sé,” dijo Harry, “acabábamos de empezar a montar el campamento. Las barreras no estaban
puestas, pero habíamos estado en aquel sitio menos de quince minutos.”
“¿Dónde estabais?”

“En algún lugar de Francia o Bélgica, creo. Un bosque. Pensábamos aparecernos de vuelta el resto
del camino mañana.”

Hubo unos segundos de silencio.

“¿Algo más que declarar?” preguntó Kingsley.

Harry y Ron se miraron entre ellos y negaron con la cabeza.

Los rostros de los presentes se endurecieron con decepción.

Hermione respiró hondo y se preparó. Cabía la posibilidad de que estuviera siendo pesimista, pero
dado su historial en las reuniones de la Orden no se hacía muchas ilusiones sobre la reacción que
iba a recibir por lo que pretendía comunicar.

“Yo tengo algo que declarar,” dijo con voz queda.


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