Tío Tigre y Tío Conejo
Una calurosa mañana, se encontraba Tío Conejo recolectando zanahorias para el
almuerzo. De repente, escuchó un rugido aterrador: ¡era Tío Tigre!
—¡Ajá, Tío Conejo! —dijo el felino—. No tienes escapatoria, pronto te convertirás
en un delicioso bocadillo.
En ese instante, Tío Conejo notó unas piedras muy grandes en lo alto de la colina
e ideó un plan.
—Puede que yo sea un delicioso bocadillo, pero estoy muy flaquito —dijo Tío
Conejo—. Mira hacia la cima de la colina, ahí tengo mis vacas y te puedo traer
una. ¿Por qué conformarte con un pequeño bocadillo, cuando puedes darte un
gran banquete?
Como Tío Tigre se encontraba de cara al sol, no podía ver con claridad y aceptó la
propuesta. Entonces le permitió a Tío Conejo ir colina arriba mientras él esperaba
abajo.
Al llegar a la cima de la colina, Tío Conejo gritó:
—Abre bien los brazos Tío Tigre, estoy arreando la vaca más gordita.
Entonces, Tío Conejo se acercó a la piedra más grande y la empujó con todas sus
fuerzas. La piedra rodó rápidamente.
Tío Tigre estaba tan emocionado que no vio la enorme piedra que lo aplastó,
dejándolo adolorido por meses.
Tío Conejo huyó saltando de alegría.
Moraleja: Más vale ser astuto que fuerte.
El burro con piel de león
Érase una vez un burro que encontró una piel de león en medio del campo:
“Con esta piel podré disfrazarme de león y asustar a los demás animales”, pensó
entre risas.
El burro se puso la piel del león y recorrió el campo disfrazado. Al verlo, las
personas y los animales corrían aterrorizados. ¡Pensaban que el burro era en
realidad un león!
Un día, el burro estaba tan orgulloso de su hazaña que dejó escapar un fuerte
rebuzno.
Cerca, había un astuto zorro que no podía ser engañado.
—Quítate ese disfraz, burro descocado —dijo el zorro—. Pareces un león, pero
por la forma en que rebuznas, solo puedes ser un burro.
Moraleja: Sé tú mismo, no pretendas ser lo que no eres.
El murciélago y las comadrejas
Un murciélago cayó al suelo y de inmediato fue atrapado por una comadreja que
detestaba las aves. Viéndose a punto de perecer, le suplicó a la comadreja que lo
dejara vivir. La comadreja se negó, diciendo que era su naturaleza ser enemiga de
todas las aves. Resuelto a no darse por vencido, el murciélago le aseguró que no
era un ave sino un ratón. Dudosa, la comadreja se acercó al murciélago y al notar
que este no tenía plumas, lo dejó en libertad.
A los pocos días, el murciélago volvió a caer al suelo y fue atrapado por otra
comadreja. Sin embargo, esta comadreja sentía una gran hostilidad hacia los
ratones. Nuevamente, el murciélago rogó por su vida. La comadreja se negó,
afirmando que desde el día de su nacimiento es enemiga de todos los ratones. El
murciélago le aseguró que no era un ratón sino un ave. La comadreja se acercó al
murciélago y al observar sus alas, lo dejó volar. Fue así como el murciélago
escapó dos veces.
Moraleja: Es de sabios adaptarse a las circunstancias.
La mosca y la polilla
Una noche cualquiera, una mosca se posó sobre un frasco rebosante de miel y
comenzó a comerla alrededor del borde. Poco a poco, se alejó del borde y entró
desprevenida en el frasco, hasta quedar atrapada en el fondo. Sus patas y alas se
habían pegado con la miel y no podía moverse.
Justo en ese momento, una polilla pasó volando y, al ver la mosca forcejear para
liberarse, dijo:
—¡Oh, mosca insensata! ¿Era tanto tu apetito que terminaste así? Si no fueras tan
glotona estarías en mejores condiciones.
La pobre mosca no tenía cómo defenderse de las certeras palabras de la polilla y
siguió luchando. Al cabo de unas horas, vio a la Polilla volando alrededor de una
fogata, atraída por las llamas; la polilla volaba cada vez más cerca de estas, hasta
que se quemó las alas y no pudo volver a volar.
—¿Qué? —dijo la mosca—. ¿Eres insensata también? Me criticaste por comer
miel; sin embargo, toda tu sabiduría no te impidió jugar con fuego.
Moraleja: Piensa en tus propios errores antes de criticar a los demás.