I.
ÉTICA ECONÓMICA Y ÉTICA EMPRESARIAL
Cuando nos introducimos en el ámbito de las relaciones entre ética y economía,
nos encontramos con tres expresiones como mínimo estrechamente conectadas entre
sí: ética económica, ética empresarial y ética de los negocios
Para muchos la “verdadera economía” es “lo que los empresarios manejan y
dominan, y no lo que los economistas miden” y, desde esta perspectiva, serían los
empresarios los principales responsables de la creación de riqueza
La base moral del sistema capitalista se encontraría en el “espíritu de empresa”.
Sin embargo, la ética de los negocios no puede desligarse de una ética del
capitalismo.
La Ética Económica: se refiere a todo el campo en general de las relaciones sobre
economía y ética o a la reflexión ética sobre los sistemas económicos.
La Ética Empresarial o de los negocios: se centra principalmente en la concepción
de la empresa como una organización económica y como una institución social como un
tipo de organización que desarrolla una peculiar actividad y en la que resulta fundamental
la función directiva y el proceso de toma de decisiones.
II. ETICA DE LA ECONOMIA MODERNA
1. Capitalismo y modernidad
Hasta que se puso en marcha el conjunto de procesos específicos de la
modernidad, la actividad económica estuvo ligada al orden institucional tradicional (la
familia, la política y la religión). Con el capitalismo, sin embargo, la economía irrumpe con
enorme fuerza en la sociedad y se convierte en un ámbito autónomo, que obedece leyes
propias.
Así es como se puso en marcha un potente motor de transformación material y
espiritual del mundo, que venía a sustituir los cánones de la tradición por otra forma
completamente diferente de ver el mundo y organizarlo. El capitalismo «se convirtió
gradualmente en el principio básico de organización de toda la economía»; y desde ahí
impulsó un proceso de modernización y de racionalización social, en cuya base se
encuentra la libertad, porque el modo de producción capitalista requería un espacio libre
para las actividades económicas.
Ya en el Manifiesto comunista de 1848 Marx reconoció expresamente que el
capitalismo propiciaba un enorme crecimiento económico y un progreso social
revolucionario. El capitalismo, frente al autoritarismo, creó un espacio de libertad e
incluso las bases económico-sociales para avanzar hacia una mayor justicia. «El
capitalismo creó el mundo - el mundo como una unidad económica» (M. Harrington). En
las sociedades precapitalistas la explotación económica (la capacidad de apropiarse de la
riqueza) estaba basada en el poder político. El capitalismo fue una innovación radical, el
mayor logro de la humanidad en toda su historia; una cultura y una civilización, al tiempo
que un sistema económico, en el que la razón se convirtió en una potente fuerza
económica y social.
El capitalismo supuso también un cambio en la forma de relacionarse los hombres
entre sí, porque la expansión del mercado destrozó la sociedad tradicional. En este nuevo
tipo de sociedad ya no bastaba la regulación ética de las relaciones personales para
ordenar la vida, y era la primera formación económica y social que no necesitaba como
soporte una regulación directamente fundamentada en el Dios de las religiones, sino que
podía defender su dinámica autónoma como si se tratara de la racionalidad económico-
social moderna.
La pregunta es entonces: ¿cómo regular con sentido ético las relaciones entre
entidades mediadoras y entre instituciones o personas jurídicas en el marco de la
racionalización social moderna? ¿Es inevitable prescindir de todo marco ético, pasar de la
concepción antigua de la tradición occidental, en la que la sociedad estaba regida por un
objetivo común, a una insuperable ruptura de la comunidad social y a la ausencia de toda
ética racional en las nuevas relaciones sociales que la modernidad ha instaurado en virtud
de sus nuevas mediaciones racionales (como las económicas)? ¿No hay valores
compartidos capaces de guiar la actividad económica, pública y privada, en nuestro
mundo moderno roto y fragmentado?
2. Racionalización social capitalista y empresa moderna
Parece que el capitalismo forma parte, pues, de un ámbito cultural propio de la
modernidad, como intentó mostrar Max Weber destacando que la fuerza impulsora más
importante del capitalismo ha sido la «racionalización», la imposición progresiva de las
técnicas racionales en todos los sectores de la sociedad, incluida la empresa. El
fundamento de esta transformación racional del mundo puede retrotraerse a ciertas
características «racionalizadoras» en el mundo judío y cristiano, que habían resurgido en
Europa con la Reforma Protestante.
No obstante, persiste la controversia sobre el carácter modernizador y propenso al
capitalismo del protestantismo, controversia que se recrudece cuando recordamos que
Weber muy probablemente se equivocó en su punto de vista sobre el carácter inhibidor
de la modernidad atribuido a las tradiciones orientales. El auge actual de países como
Japón nos obliga a reflexionar sobre las relaciones entre la diversidad cultural y el
capitalismo, más concretamente, sobre la vinculación efectiva, y tan eficaz en la empresa
japonesa, entre una forma cultural considerada «premoderna» y la modernización
capitalista. En Japón tenemos un ejemplo de compenetración entre cultura premoderna y
economía moderna con un gran alto nivel de rendimiento, y convertido para muchos en
un verdadero ejemplo a imitar.
Sea cual fuere la respuesta que haya que dar al problema de las relaciones entre el
pluralismo cultural y la economía moderna, una teoría de la modernidad ha de contar con
una teoría del capitalismo y de la empresa, y desde ahí, a mi juicio, vincular la ética del
capitalismo y de la empresa con la de la modernidad. Así quien mire la realidad desde la
perspectiva de los procesos de modernización, considerará el capitalismo y la empresa
como mecanismos de la vida social moderna, junto al Estado y al Derecho, que han
servido de vehículo para institucionalizar la articulación de racionalidad y libertad.
Esta perspectiva de la inserción del capitalismo y la empresa dentro del complejo
de los procesos de modernización tiene la ventaja de atinar en los diagnósticos de nuestro
tiempo y, por tanto, contribuye a comprender lo que nos pasa y las vías de mejora de
nuestra situación. Porque de lo contrario se achacan al capitalismo y a la vida empresarial
un cúmulo de procesos (y «males») que en realidad son producto de la modernización
como tal.
En cualquier caso, la clave de las valoraciones y los diagnósticos habituales de la
modernidad, entendida como un proceso de racionalización social capitalista (en el que la
empresa ha ido ocupando un lugar cada vez más destacado) se encuentra —a mi juicio—
en la dimensión ética.
Por un lado, algunos autores creen que el conflicto existente entre la eficiencia
(racionalidad funcional) y el hedonismo socava la dimensión moral del sistema, cuando el
hedonismo y el consumismo se convierten en la justificación cultural y moral del
capitalismo; otros, en cambio, consideran que ha sido la subordinación de casi todos los
ámbitos del mundo de la vida a los imperativos del sistema (económico y político) la que
ha perturbado la infraestructura comunicativa del mundo de la vida. En ambos casos se
recurre a la dimensión ética, ya sea mediante una nueva cultura revitalizadora de
componentes morales, ya sea mediante el fortalecimiento de las virtualidades morales del
mundo de la vida, pero en ninguna de las dos alternativas se vincula la ética racional
moderna con los mecanismos modernos de racionalización social económica y política, y
todavía menos con el desarrollo moderno de la vida empresarial.
Y es que ninguno de estos diagnósticos explícita como es debido la flexibilidad y la
capacidad ética del capitalismo, en virtud de la cual éste se ha transformado y convertido
en un instrumento de progreso técnico y social. La transformación del capitalismo, y no su
mera evolución, ha sido tan profunda que la contradicción básica de donde se derivan los
más graves problemas no es ya la contradicción entre el capital y el trabajo, y por eso «el
socialismo democrático ha abandonado definitivamente la construcción de un modo de
producción alternativo, que sea la negación y la superación del modo de producción
capitalista» (M. Escudero).
Lo mismo ocurre con la empresa. Ha ido cambiando la imagen por la que se la
consideraba el lugar por antonomasia de la «lucha de clases» y de la contradicción entre
trabajo y capital. Con el tiempo el desarrollo de la racionalización moderna en la empresa
se ha ido convirtiendo en gestión y en estrategias de innovación continua.
En este «capitalismo de rostro humano» el problema básico no es el que deriva de
los intereses contrapuestos entre el capital y el trabajo, de ahí que algunos piensen que en
realidad la transformación del capitalismo acontecida nos sitúa más bien en una etapa de
transición hacia un denominado «postcapitalismo», algunos de cuyos caracteres indican
que el capitalismo empresarial ha dejado de ser la fuente principal de la dominación.
Por consiguiente, para estar a la altura de los tiempos, habrá que resituar la
empresa en este nuevo contexto ético-económico y actuar en consecuencia. Por
consiguiente, mientras no seamos capaces de ofrecer otras alternativas mejores, habrá
que fortalecer la dimensión ética de los mecanismos económicos modernos y
empresariales, habrá que descubrir y potenciar la ética de nuestras instituciones
modernas (de la empresa, por ejemplo) como mecanismos de racionalización, porque ha
sido la vertiente moral de la racionalidad el componente olvidado y reprimido en favor de
otros aspectos, necesarios, pero insuficientes para el auténtico desarrollo de los propios
mecanismos económicos y empresariales. Uno de los aspectos que requería el desarrollo
moderno se ha atrofiado y por eso el producto ha sido deforme: porque no se ha puesto
en marcha con equilibrio el conjunto de componentes que requería la propia
racionalización moderna. También aquí hemos cometido una «falacia abstractiva»,
alimentada por la ficción postmoderna, porque, al prescindir de la necesaria dimensión
ética de la racionalidad moderna, ésta se ha experienciado como un fracaso.
Pero, antes de arrumbar las instituciones económicas modernas y sus mecanismos
racionalizadores, convendría hacer, pues, todavía un experimento que las ponga a prueba
en su sentido integral, mediante la incorporación operativa de su intrínseca dimensión
ética. Porque, además, la historia acredita que la progresiva transformación ética del
capitalismo y de la empresa moderna ha producido innegables frutos de progreso social.
Por eso, evitando legitimaciones paralizantes y utopismos estériles, lo razonable y
conveniente sería proseguir este camino de transformación progresiva del capitalismo y
de la empresa desde una inspiración ética, que impulse y oriente diseños operativos que
vayan corrigiendo los mecanismos que producen injusticia y dominación en las diversas
esferas de la cada vez más compleja vida económica y empresarial.
III. ¿ETICA DEL CAPITALISMO?
Los términos de este título pueden parecer contradictorios, ya que han sido
muchas y muy variadas las críticas a las «lacras morales del capitalismo», a ese sistema
aparentemente carente de moralidad, producto de la perversión humana, que no pone la
economía al servicio del hombre. El capitalismo parece no soportar la moral, a no ser al
estilo maquiavélico, es decir, para servirse de ella y utilizarla para sus propios fines, porque
el móvil fundamental consiste en la obtención de la mayor ganancia posible y además
presupone una visión del hombre como homo oeconomicus. que en el fondo instaura el
egoísmo como base antropológica y moral del sistema.
No obstante, también ha existido una concepción moral del capitalismo que no
sólo le considera capaz de producir riqueza y bienestar, sino que insiste además en su
carácter moral, y es esta concepción la que se ha ido consolidando últimamente, es decir,
la que propugna cada vez con más fuerza que la ética es uno de sus pilares fundamentales.
Recurren para ello sus defensores a la tradición de la filosofía moral moderna, de la que
surgió precisamente el estudio y justificación de la economía moderna como tal, y muy
especialmente a Adam Smith, al filósofo moral, que es a la vez fundador de la ciencia
económica.
Porque realmente el desarrollo del capitalismo siempre ha estado ligado a alguna
forma de concepción moral, más o menos explícita. Las concepciones éticas que han
arropado y acompañado al capitalismo han variado considerablemente y en la actualidad
van desde las que añoran la inicial ética puritana de los orígenes del capitalismo, pasando
por aquellas que lo defienden basándose en el derecho natural y las que siguen ligadas a
alguna forma de utilitarismo, hasta las nuevas éticas de la justicia económica. Por tanto,
hablaremos más bien de éticas del capitalismo o en los capitalismos, destacando, sin
embargo, que en algunas de ellas se detecta una tendencia predominantemente
legitimadora y en otras, en cambio, más bien transformadora del capitalismo. Es en esta
última tendencia transformadora en la que pretendemos inscribirnos.
IV. LEGITIMACION O TRANSFORMACION DEL. CAPITALISMO?
1. El empresario burgués
En el temprano desarrimo deI capitalismo el impulso económico inicial estuvo
controlado por las restricciones Hel puritanismo y la ética protestante, como exponen
magistralmente El burgués de Werner Sombart y La ética protestante y el espíritu del
capitalismo de Max Weber.
El espíritu capitalista se desarrolló a través del espíritu de empresa (afán de lucro,
espíritu aventurero) y el espíritu burgués (prudencia reflexiva, circunspección calculadora,
ponderación racional, espíritu de orden y de economía). Las virtudes burguesas eran la
«santa economicidad» (masserizia o buena administración: gastar menos de lo que se
gana y por tanto ahorrar, racionalizar, evitar el despilfarro y la ociosidad) y la «moral de los
negocios» (la formalidad comercial, la seriedad).
Además de la mentalidad calculadora, la ética protestante y el puritanismo fueron
códigos que exaltaban el trabajo, la sobriedad, la frugalidad. Cada hombre tenía que
examinarse y controlarse a sí mismo, someterse a un código comunitario. El núcleo del
puritanismo era un intenso celo moral por la regulación de la conducta cotidiana, como si
se hubiera sellado un pacto del que todos compartían la responsabilidad. El individuo
tenía que preocuparse por la conducta de la comunidad, el sistema valorativo funcionaba
como base del orden social y servía para movilizar a la comunidad y reforzar la disciplina.
De este modo se ponía el énfasis ético en la formación del carácter (sobriedad, probidad,
trabajo).
Otra fuente de la ética del capitalismo fue el protestantismo pragmático (por
ejemplo, de Franklin): «salir adelante» mediante la laboriosidad y la astucia. El impulso
moral con fuerza motivacional vinculante era el mejoramiento por el propio esfuerzo. De
este modo la legitimidad del capitalismo provenía de un sistema de recompensas
enraizado en el trabajo como cimiento moral de la sociedad. Se trataba de un éthos
nuevo: una nueva ética dirigida hacia un mundo de posibilidades abiertas y ganancias a
través de proyectos útiles. En la formación de esta nueva mentalidad económica y
pragmática influyeron ciertas ideas morales protestantes, especialmente el calvinismo. No
obstante, esta teoría se ha desacreditado, ya que algunos historiadores descubrieron la
relevancia del pensamiento católico en el origen y desarrollo del capitalismo,
especialmente de la escolástica hispana y de los jesuitas. En cualquier caso, lo decisivo es
que el espíritu del capitalismo constituye un nuevo estilo de vida: afán de lucro para vivir,
aspirar a obtener ganancias ejerciendo una profesión. Se acrecienta así el interés terrenal
de los individuos. Pero todo ello dentro de una valoración ética, incluso religiosa, de la
vida profesional: la «profesión» (Beruf) es una actividad especializada y permanente de un
hombre, que constituye para él una fuente de ingresos y un fundamento económico
seguro de su existencia. He aquí una ética de la racionalidad económica, de la rentabilidad
y del trabajo, con el fin de vivir bien (ser feliz); y apoyada en una combinación de
puritanismo y pragmatismo en la personalidad del empresario burgués como nuevo sujeto
económico.
2. El interés propio y la «mano invisible»
Desde cierta tradición de filosofía moral, que para algunos se remonta a
Aristóteles y para otros a Spinoza, en la propia naturaleza humana encontramos el
principio básico de la ética que inspira la actividad económica. El interés individual, la
autoafirmación del propio ser, el conatus, el instinto natural de conservación, que en el ser
humano se desarrolla en el medio de la conciencia, constituye el fundamento natural de la
ética.
Así, pues, el interés se convierte en un elemento esencial de la ética social
moderna, por encima de las pasiones (pero sin dar el salto hacia una razón moral
abstracta y desencarnada, presuntamente «desinteresada»), ya que el interés individual
constituye la mejor garantía del orden social y el interés económico es enormemente
eficaz para regir los asuntos humanos. De ahí el auge de la ética del amor propio y del
egoísmo ilustrado en la economía desde Adam Smith. El deseo de mejorar la situación
propia es una fuente inagotable de beneficios para la sociedad entera, ya que impulsa a
crear, innovar y asumir riesgos. Por eso, en esta tradición ética se mantiene una actitud, ni
rigorista ni cínica, centrada en el propio interés como motor, aunque sometido a las
regulaciones de la justicia. Esta ética, en la que la moralidad no se opone, en principio, al
bienestar ni a las inclinaciones egoístas, sirve de base a una concepción del capitalismo no
incompatible con las exigencias morales.
Adam Smith encontró así el mecanismo básico de un sistema económico que se
controla a sí mismo por la competencia del mercado; éste crea bienestar y armonía social,
en la medida en que permite que la tendencia al provecho privado de cada uno produzca
el bien de todos. Pero, según Smith, este «sistema de la libertad natural» ha de
completarse con una legislación estatal y una administración fiable de la justicia, que tiene
que proteger a cada miembro de la sociedad frente a la injusticia y la opresión. En La
riqueza de las naciones pueden encontrarse algunos textos en este sentido, preocupados
por el marco ético y político de los mecanismos puramente económicos. Y en la Teoría de
los sentimientos morales se muestra que el interés propio de los individuos permanece
ligado a sus «sentimientos naturales» de simpatía, porque el desmedido interés por sí
mismo perturba la relación social, que, en cambio, es protegida por el sentimiento
«natural» de simpatía hacia el otro y por el sentimiento «natural» de culpa.
La preocupación ética de Smith es, por tanto, innegable. Sin embargo, la «mano
invisible» del mercado y un cierto mito de «lo natural» parecen garantizar el orden moral
de la sociedad: una cierta perspectiva naturalista persiste en el pensamiento económico,
perspectiva que otras éticas económicas intentarán superar mediante una
fundamentación racional de las normas y de la intervención en el orden económico.
3. El principio de utilidad y sus límites
Una ética que contribuyó a este último propósito fue la utilitarista, fundada por
Bentham a raíz de la publicación en 1789 de su obra An Introduction to the Principies of
Moráis and Legislation, y perfeccionada posteriormente de modo muy destacado por J. S.
Mili. EÍ utilitarismo representa una concepción ética auténticamente moderna para
fundamentar racionalmente normas desde un principio ético universal y pragmático de la
acción, el principio utilitarista.
Algunos años antes de la obra de Bentham, Kant fundó un potente y radical
enfoque de ética racional moderna en la Fundamentación de la metafísica de las
costumbres (1785) y en la Crítica de la razón práctica (1788), que, sin embargo, no parece
haber influido apenas sobre las ciencias económicas. En cambio, el programa utilitarista de
Bentham ha inspirado grandes partes de la economía nacional (especialmente la teoría
neoclásica de la utilidad marginal y la economía del bienestar).
La razón profunda del éxito del utilitarismo y la falta de relevancia de Kant en
economía puede encontrarse en la diferencia fundamental entre sus respectivos conceptos
de la racionalidad práctica. El principio moral utilitarista parece formular las exigencias
éticas de la racionalidad económica-, exige que tengamos en cuenta si las consecuencias de
la acción son buenas, en el sentido de provechosas (útiles) para satisfacer las necesidades
humanas mediante un cálculo hedonista, de tal modo que contribuyan a «la mayor
felicidad del mayor número» (cf. capítulo 1).
El «principio de utilidad» pretende lograr una conexión de racionalidad, hedonismo
y universalidad, que caracteriza al utilitarismo moderno (a diferencia del antiguo, que era
individualista y egoísta). Pero su presunto universalismo es más bien una mera defensa de
la mayoría como criterio moral, a diferencia de Kant, que se rige por un principio estricto y
radical de universalización. Y, por otra parte, el hedonismo utilitarista entra en colisión con
la exigencia kantiana de llegar a discernir lo que significa una buena voluntad. Sin ésta y sin
un auténtico universalismo la racionalidad ética utilitarista queda muy mermada a la hora
de llevar a cabo su proyecto de reformar la sociedad con el fin de armonizar racionalmente
los diversos intereses y lograr un orden social que favorezca la felicidad de todos.
No obstante, el utilitarismo ha gozado de gran audiencia en el campo de la ética
normativa hasta hace dos décadas. Se confiaba en su concepción de la racionalidad como
eficiencia para evaluar moralmente las consecuencias, maximizando el bien y minimizando
el mal conforme a dos criterios: el bienestar y la suma de utilidades individuales. Ahora
bien, los problemas del utilitarismo son muy graves, tanto en el modelo cardinalista (suma
de utilidades individuales como medida del bienestar social) como en el ordinalista
(«optimalidad de Pareto»), ya que los criterios de la tradición utilitarista empleados en la
economía del bienestar son compatibles con situaciones de enorme desigualdad y, por
tanto, insensibles a la injusticia, así como a la posible marginación de minorías en beneficio
del bienestar de la mayoría.
4. El interés general: la elección social
La teoría de la elección social pertenece a la tradición utilitarista, pero más al
utilitarismo de los economistas. Se trata de lo que los economistas piensan sobre las
cuestiones de la justicia económica y de la búsqueda de un fundamento para la decisión
justa entre distribuciones alternativas contando con el instrumental analítico procedente
de la economía.
En el marco de la teoría de la elección social se han desarrollado concepciones de
«justicia económica» preocupadas por alcanzar un nivel ético-normativo operativo en la
toma de decisiones. Se creía que a través de la teoría de la elección social sería posible
aclarar el problema de una racionalidad moral de las elecciones colectivas y asimismo
explorar las condiciones de posibilidad de la justicia social y de la racionalidad moral para
los fines sociales.
El objeto propio de la justicia económica es la distribución, no sólo del dinero, sino
de los beneficios y cargas que genera la renta global de una comunidad; es decir, la justicia
económica tiene que ver con la distribución social del bienestar que produce la renta
comunitaria; entendiendo por bienestar el beneficio que produce una renta dada, si
satisface una preferencia. Dejando de lado el afán por encontrar y enfrentar criterios de la
justicia distributiva (que sólo valen normalmente para un área social determinada), lo
importante aquí es averiguar las características que permiten considerar un criterio como
fundamento adecuado de justicia distributiva; es decir, la cuestión de la fundamentación
en justicia económica, que surge al preguntarnos acerca de cómo se logra una decisión
«socialmente válida».
La inadecuación del mercado para determinadas situaciones de elección condujo a
la intervención masiva de los gobiernos en las economías. La ordenación estatal de la
economía plantea ya los problemas de elección social y la necesidad de definir una
preferencia social. Pero lo que distingue a la teoría de la elección social es su compromiso
con los procesos de decisión política. Porque la producción y distribución de bienes, como
la atención sanitaria, la educación, defensa, etc., ya no puede dejarse a la competencia,
sino que se transfieren a la esfera política. La cuestión decisiva con la que nace la teoría de
la elección social es la siguiente: ¿cómo saber lo que la sociedad quiere?
Ahora bien, más allá de la versión positivista de la teoría de la elección centrada
en el proceso fáctico por el que se producen las decisiones según el modelo del mercado,
aunque ahora sea para bienes públicos, existe otra tendencia que se pregunta cómo debe
elegirse, es decir, se pregunta por el nivel ético-normativo de la elección social. Desde este
enfoque normativo se intenta definir un interés general y un fin social. Dicha idealidad
estaría formada por los valores y fines de la sociedad, capaces de constituir una
racionalidad moral de la decisión. Así, pues, ya en este enfoque normativo de la elección
social se pretenden indicar las condiciones que deberían regir los procesos de decisión en
nuestras sociedades, es decir, las garantías racionales y morales en los procesos de
decisión social.
5. La justicia como equidad
La aparición en 1971 de la Teoría de la justicia de Rawls derrumbó la hegemonía
del paradigma utilitarista, ya que Rawls se sitúa en la tradición contractualista y kantiana.
Su concepción de la justicia como imparcialidad, en tanto que «primera virtud de las
instituciones sociales», concierne a las diversas actividades sociales del hombre, incluida la
económica: «los principios de la justicia pueden servir como parte de una doctrina de
economía política». Por eso intenta mostrar cómo sus dos principios de la justicia «surten
efecto como una concepción de economía política», para superar la noción utilitarista de
«bienestar» y la teoría de la «elección social»; ya que «una doctrina de economía política
debe incluir una interpretación del bien público basada en una concepción de la justicia».
El centro de atención de Rawls es la justicia distributiva: se trata de saber cómo se
distribuyen los derechos y deberes en las instituciones sociales, y de qué modo pueden
conseguirse las máximas ventajas para la cooperación social. Desde la perspectiva de una
denominada «posición original», puede asegurarse que los acuerdos básicos a que se llega
en un contrato social son justos en el sentido de la equidad (fairness).
En dicha «posición original» se adoptarían dos principios fundamentales:
1) asegurar para cada persona en una sociedad derechos iguales en una libertad
compatible con la libertad de los otros;
2) debe haber una distribución de bienes económicos y sociales tal que toda
desigualdad debe resultar ventajosa para cada uno, pudiendo, además, acceder sin trabas
a cualquier posición o cargo.
Estos principios son una aplicación de una concepción más general de la justicia
que Rawls enuncia así: «Todos los valores sociales —libertad y oportunidad, ingresos y
riqueza, así como las bases sociales del respeto a sí mismo— deben distribuirse
igualitariamente a menos que una distribución desigual de alguno o de todos estos valores
sea ventajosa para todos».
De especial interés para nosotros es el segundo principio, por el que las
desigualdades económicas y sociales deben estar dispuestas de tal modo que beneficien a
los menos aventajados, respetando las libertades básicas y la igualdad de oportunidades.
Estamos ante una ética de la justicia económica, que incorpora el enfoque kantiano. Es
ésta una novedad que no debe pasar desapercibida, ya que Kant había quedado relegado
en la esfera económica: con Rawls se ha dado un gran paso hacia una ética económica de
inspiración kantiana.
6. Las reglas de un contrato constitucional
El enfoque contractualista, fecundo en la teoría rawlsiana, conoce otra versión de
la mano de James M. Buchanan: sus análisis de la elección pública (public choice), más allá
también del utilitarismo, proponen un modelo constitucional para fundamentar
normativamente la organización y acción social.
Aunque no siempre se haya explicitado convenientemente, al modelo de la teoría
de la elección pública subyace una ética; hay una razón moral de las normas y una forma
peculiar de entender la justicia económica (distributiva). De ahí su propósito de elevar la
determinación de la política de redistribución o de transferencias presupuestarias a un
nivel distinto de decisión del de las mayorías y convertirlas en materia del nivel
constitucional, a fin de superar así algunos fallos de la regla de la mayoría, convertida en
mayoría sin reglas.
El papel de las normas en este enfoque intenta rebasar el postulado del «interés
propio» mediante la recuperación de alguna versión del «interés general» o del «interés
público» como encarnación de una norma moral compartida. Es decir, las personas tienen
que asignar un cierto valor privado positivo al «bien público». Además, ese «bien público»
—que es valorado privadamente— tiene que ser un estado de cosas definido por la
interacción de individuos que eligen con libertad. Todo ello les resulta muy difícil de
comprender especialmente a los economistas; ya que requiere la creación de un clima que
favorezca la construcción de un puente entre el interés privado identificable a corto plazo
y el «interés público». Tal vez por eso, para su propugnada revolución constitucional del
orden económico-social, Brennan y Buchanan apelan a una «religión cívica».
Ahora bien, siguiendo el hilo expuesto, sería más adecuado profundizar en la ética
del orden constitucional en que convergen las instituciones económicas y políticas que
encarnan los procesos modernos de racionalización social, incluida la empresa (privada y
pública). En este sentido el contractualismo constitucional del propio Buchanan parece
haberse desarrollado en dirección hacia un peculiar procedimentalismo ético (basado en
la legitimidad de las reglas y los procesos de toma de decisiones), que —a mi juicio—
también sería aplicable al orden de una constitución empresarial.
7. La coordinación del mercado
Esta ética del capitalismo —como la llama Koslowski— quiere encontrar una vía
intermedia entre la apología acrítica y el moralismo, entre la aceptación de lo existente y
las abstractas exigencias del deber, ya que en la cuestión de la moralidad del capitalismo
considera imprescindible recordar un principio de la teoría moral y del derecho natural:
obligatio oritur a natura rei-, la moralidad del capitalismo sólo puede ser justificada a
partir de la naturaleza de la cosa, es decir, de la función de la economía y de las
posibilidades de autorrealización humana en ella.
Además, la historia ha mostrado que, si el modelo capitalista se completa con una
ética social, que inspire un marco social y político, puede transformarse en una «economía
social de mercado» que conserve la adquisición moderna de la libertad y de la
subjetividad. Por consiguiente, todo reduccionismo economicista, que crea poder
prescindir de la ética, olvida que el capitalismo tiene exigencias morales que la economía
sola no puede producir ni proteger. Precisamente para que la teoría de la economía social
de mercado no quede en el aire, Koslowski ha intentado complementar el subjetivismo
moderno (el sentido de la libertad del capitalismo) con una ética iusnaturalista individual y
social, es decir, fundamentarla en una síntesis de liberalismo económico e iusnaturalismo.
Así se conserva la herencia de la subjetividad moderna (la libertad económica), pero
acompañada de un marco axiológico y de sentido.
La pregunta por la moralidad del capitalismo se centra aquí en la cuestión de la
legitimidad del proceso de autonomización y neutralización socio-moral de la economía
capitalista, en el que se expresa el desarrollo del espíritu europeo hacia la libertad, a
través de la individualización, subjetivización y racionalización. Porque su racionalización
formal no fija fines socialmente vinculantes, sino que cada individuo elige sus propios fines
particulares. La economía ya no actúa conforme a una racionalidad axiológica, sino
conforme a una racionalidad funcional, por la que se respetan todos los fines individuales
coordinándolos mediante la señal de los precios del mercado. La racionalidad formal del
mercado sirve para coordinar la multiplicidad de individuos autónomos, instituyéndose así
una nueva forma de integración social.
Por tanto, frente al modelo mecanicista de mercado esta ética social del
capitalismo concibe el mercado como un procedimiento de coordinación de fines
individuales, que cuenta con un marco ético, político y jurídico, y posibilita y organiza el
ejercicio de la libertad. De manera que, junto a la asignación eficiente de recursos, entra el
punto de vista moral de la libertad: el mercado armoniza eficiencia y libertad.
Además del mercado como mecanismo de coordinación y de la eficiente
asignación de recursos, Koslowski cree necesario considerar la formación y coordinación
de preferencias, porque el individualismo económico está ligado al ético: ¿pueden
transformarse las preferencias?, ¿es posible una ética normativa de las preferencias y de la
fijación individual de fines?
El individualismo ético kantiano responde al problema que plantea la economía de
mercado, ya que cuenta con los rasgos antes señalados de la modernidad y del
capitalismo: individualización, autonomización y universalización. La ética de Kant es
formal y mediadora de los fines individuales ya que intenta ofrecer un criterio, según el
cual pueda comprobarse si los fines individuales de cada uno pueden conciliarse con los
de todos los otros, igual que en el sistema de coordinación económica a través del
mercado.
A mayor abundamiento, en el capitalismo es necesaria una ética, porque existe un
gran espacio de libertad y los valores morales (como la confianza) reducen los «costos de
transacción», compensan los fallos del mercado, favorecen la integración social y
contribuyen a la eficiencia económica. Por ejemplo, la ética puede contribuir a solucionar
el «dilema del gran número» (Buchanan), un código ético puede impedir la paradoja del
aislamiento, según la cual cada uno quiere actuar bien moralmente, si los demás también
lo hacen, pero no lo hace si teme ser el único que actúe moralmente. Por tanto, la ética
transforma el «dilema de los prisioneros» en un assurance game, que mejora a todos.
Por último, la moralidad del capitalismo también se patentiza, según Koslowski, en
el hecho de que amplía la libertad individual en la distribución de bienes, ya que los
consumidores se comportan como soberanos y la producción se orienta por la demanda.
En este sentido es significativo el llamado «voto-dólar», es decir, el hecho de que los
individuos hayan de refrendar sus preferencias con dinero propio, lo cual les obliga a ser
transparentes y responsables en sus decisiones, pero también muestra que el mercado
respeta los órdenes y la intensidad de las preferencias y eleva las oportunidades de
participación de los individuos, dada la continuidad del proceso de decisión (trillones de
decisiones sin regulación central). De ahí que resulte curioso, según Koslowski, que los
defensores de la democracia económica critiquen un orden de economía de mercado,
porque si los individuos no son capaces de defender su soberanía de consumidores,
¿cómo partir del supuesto de que defenderán mejor su soberanía de electores.
No obstante, una soberanía de los consumidores separada de toda norma moral y
un sistema de mercado orientado sólo por necesidades subjetivistas (y la disposición a
pagar) son tan temibles como una democracia plebiscitaria sin constitución y normas
jurídicas (tan temibles como la «mayoría sin reglas»). Sólo contando con preferencias
fácticas, sólo con el mercado puro no puede construirse una sociedad: necesitamos
instituciones y normas. Por eso, el tránsito del mercado a la democracia plebiscitaria
(mera votación) no soluciona nada, ya que las necesidades que no llegan al mercado
tampoco emergen en el proceso de votación «democrático». Una buena parte de la crítica
al capitalismo es, pues, también una crítica a la democracia: una crítica a la incapacidad de
los individuos para hacer un uso racional de su soberanía de consumidores (y, por tanto,
de electores).
Podemos decir, por tanto, siguiendo a Koslowski, que ni la libertad puede ser el
único valor ni la totalidad del orden social debe concebirse como mercado. La
fundamentación de un orden económico capitalista se basaría, por el contrario, en la
capacidad para mediar la múltiple y diversa prosecución de fines individuales y en la
conexión entre libertad moral y económica. El éthos del capitalismo consiste entonces en
una trama de eficiencia en la coordinación, libertad (de consumo, de producción y de
acción) y justicia distributiva.
8. La eficacia del capitalismo democrático
En los últimos tiempos un nutrido número de pensadores y dirigentes del mundo
económico y político insiste igualmente en que el capitalismo no puede subsistir sin una
moral adecuada, porque la integración social exige un arraigado sistema moral (una
coherencia moral), que no pueden sustituir ni el control político-jurídico ni la ingeniería
social. Este sistema de valores morales ha ido evolucionando históricamente desde el
puritanismo inicial al hedonismo y el consumismo, causantes de las crisis actuales, y es
hora de destacar las aportaciones éticas que le son inherentes y que van estrechamente
ligadas a sus logros históricos.
El capitalismo, a juicio de estos autores, ha logrado: a) el más alte nivel de vida
material: eficiencia progresiva, crecimiento economice «sostenido», revolución constante
de los medios de producción de bienes mediante la economía de mercado como sistema
competitivo que estimula la creatividad y favorece el bienestar; b) la distribución menos
desigual de la riqueza (según la curva de Kuznets: si el crecimiento económico perdura, a
la larga disminuyen las desigualdades); c) más liberta; y pluralismo, porque permite el
pluralismo social y la efectiva distinción (reparto) de poderes, con la consiguiente
liberación de la tiranía.
A la luz de estos logros concluyen los autores que comentamos que el capitalismo
democrático, configurado por la economía de mercado, la democracia política y el
pluralismo cultural, ofrece la mediación más adecuada para resolver los problemas
económicos y políticos básicos (pobreza, eficacia, bienestar y libertad) y, por tanto, que
goza de una innegable superioridad moral frente al colectivismo e incluso frente a ciertas
ofertas de «socialismo democrático», que en bien poco diferirían del capitalismo
democrático.
El núcleo moral de este capitalismo, corregido en sentido reformista, consiste en
una ética que defiende la autonomía individual como exigencia de la libertad, unas
instituciones que aseguren la integración en la modernidad capitalista (estructuras
intermedias de la sociedad civil), entre las que destacaría la empresa, y en la creación
desde esas estructuras intermedias de un nuevo «hogar público», capaz de integrar vital y
profesionalmente a los seres humanos de las sociedades modernas avanzadas.
9. Capitalismo social y management comunicativo
Lo que parecía vedado a las éticas de raigambre kantiana —entrar en el ámbito
económico— lo logra junto a Rawls la ética discursiva.
La ética discursiva pretende transformar la racionalidad económica por medio de
la racionalidad comunicativa; intenta corregir el desarrollo económico sistémico desde la
perspectiva del «mundo de la vida» e impulsar así una nueva transformación social del
capitalismo, una economía social, desde un nuevo fundamento normativo, no utilitarista
ni contractualista, sino discursivo, entendido en la práctica como «control democrático»
por parte de los afectados.
Desde esta perspectiva cree lograr una mediación entre los aspectos normativos y
los fácticos, entre las ideas regulativas y las propuestas de acción pragmáticamente
realizables, porque las ideas regulativas indican perspectivas metódicas de progreso
económico-social, que van más allá de lo «factible» inmediatamente, pero que no han de
considerarse extrañas al mundo, sino más bien fuerzas innovadoras de progreso histórico.
Inscrita en esta línea de pensamiento, la Economía Social de Ulrich se interesa por los
procesos de decisión y por los presupuestos institucionales de la acción racional, para
lograr un orden social y económico justo. Con tal fin cree necesario dar un paso más que
el propio Buchanan y entender la economía, más que como una «ciencia de la elección» o
una «ciencia del contrato», como una «ciencia del entendimiento», en el sentido de K.-O.
Apel, desde alguna idea regulativa que rebase el nivel de los consensos fácticos. La
Economía Social une entonces la perspectiva del control funcional del sistema y la del
mundo de la vida (orientación pragmática abierta al orden crítico-normativo de la ética),
reconciliando la modernidad económica y la moral, desde dentro de la racionalidad
económica.
Desde esta perspectiva ya no impondrían su hegemonía ni el orden funcional
(técnico) ni el institucional-político (administrativo), sino la racionalización comunicativa
del mundo de la vida. De lo cual se espera que emerja una «integración social
comunicativa», basada en la «comunidad de sentido» (consenso) y no meramente
funcional, que, por su parte, una cultura empresarial y un management comunicativo
fomentarían también en la empresa.
Esta presunta irrupción (e institucionalización) del mundo de la vida para hacer
frente a las coerciones sistémicas (funcionales y burocráticas) supone rebasar la
democracia representativa y basar el control democrático en la participación de los
afectados, a fin de prestar atención a sus auténticas necesidades. El nuevo liberalismo
social y el nuevo socialismo democrático podrían inspirarse en esta «economía dialógica»
y de este modo superar el déficit de racionalidad de la socialdemocracia convencional, que
combate los fallos del sistema económico desde el sistema estatal-burocrático, cuando en
realidad ambos son subsistemas que invaden el mundo de la vida y ponen en cuestión el
sentido emancipatorio de la racionalización social moderna.
A pesar de su significativa aportación en el orden fundamentador (diferente del
utilitarista y del contractualista), esta Economía Social adolece de graves deficiencias en el
orden de la aplicación, porque no presenta las pertinentes mediaciones técnicas e
institucionales que permitirían poner en marcha los propósitos de esta ética económica
dialógica, ni aclara suficientemente qué significa «control democrático» de la economía, ni
quiénes son los afectados en cada caso, ni cómo se puede institucionalizar semejante cosa
sin aumentar todavía más la burocratización de la sociedad y un cierto colectivismo
ineficiente.
No obstante, este enfoque podría contribuir como pocos a inspirar nuevas
políticas sociales, a impulsar un Nuevo Orden Económico Mundial y a promover en este
contexto una prometedora «ética de la empresa» y de los negocios. Esta nueva ética
empresarial comunicativa sería capaz de insertar la autorreflexión crítica sobre los
contenidos éticos en las deliberaciones sobre las estrategias alternativas a las que se
enfrenta el management en su función directiva y gerencial.
V. DE LA CASA A LA EMPRESA: EL PROGRESO DE LA «MANO VISIBLE»
La variedad expuesta de perspectivas y rasgos que han ido configurando el marco
ético-económico la empresa moderna indica que la economía capitalista no pertenece
exclusivamente al reino de la necesidad, sino que su flexibilidad puede aprovecharse para
impulsar cambios que permitan aumentar los límites de la libertad, sin perder de vista las
exigencias de la justicia social.
Como ya hemos observado, la ética ha sido el lado olvidado en los procesos de
racionalización económica moderna y es hora de hacer la prueba de activar las
virtualidades morales de la economía capitalista, para que el horizonte de la libertad y de
la justicia factibles no se cierre debido al resignado factual ismo. La experiencia y la
reflexión aconsejan ampliar el horizonte de lo posible desde la orientación crítico-
regulativa de una ética transformadora del capitalismo; es decir, desde aquellas exigencias
lñóderhás de autonomía (libertad), justicia y solidaridad, que impulsan la transformación
ética de la racionalidad económica, al intentar compaginar la eficiencia funcional
(racionalizadora de la libertad) y la responsabilidad social.
Un lugar privilegiado para constatar y llevar a cabo esta transformación de la
economía moderna capitalista ha sido (y sigue siéndolo) la empresa. Y precisamente para
resaltar el sentido y la fuerza de la empresa moderna conviene tener en cuenta el cambio
que supuso pasar, desde un modelo ecológico (natural) a otro organizativo (productivo) en
la actividad económica.
1. El modelo ecológico: oikonomía versus crematística
Si recordamos el sentido originario de la economía (oikonomía) como
administración doméstica, todavía resultará más patente el significado del tránsito desde
el contexto clásico antiguo al moderno, en el que cada vez más el centro de la economía
va a ser la organización empresarial.
Cuando la economía surge como saber específico en Aristóteles dentro de la
filosofía práctica, la tarea económica primordiales la administración de la casa v. por
extensión, la de la ciudad, ya que la «comunidad civil» o ciudad se componía de un modo
natural y básico de casas. La vida económica reposa aquí sobre un sentido de comunidad
moral natural, que garantiza la armonía de intereses y el reconocimiento de la estructura
jerárquica del orden económico.
De la «economía» en sentido estricto Aristóteles distinguía la crematística, pues
ésta se ocupa de la «adquisición» y aquella de la «utilización de los bienes domésticos».
No obstante, hay una especie de arte adquisitivo que es natural y forma parte de la
economía, ya que es propio de los que administran la casa y la ciudad: se trata de aquel
arte adquisitivo en virtud del cual «la economía tiene a mano, o se procura para tener a
mano, los recursos almacenables necesarios para la vida y útiles para la comunidad civil o
doméstica. Estos recursos parecen constituir la verdadera riqueza, pues la propiedad de
esta índole que basta para vivir no es ilimitada» (Aristóteles).
Hay otra clase de arte adquisitivo, la «crematística, para la cual no parece haber
límite alguno de la riqueza v la propiedad». Se basa sobre una utilización, según
Aristóteles, ¡no natural (no adecuada) de los objetos sino exclusivamente como objeto de
cambio.
Y es que, en un principio, el cambio empezó de un modo natural, ya que sirvió
para completar la «suficiencia natural»; era preciso hacer cambios según las necesidades,
por tener unos más y otros menos de lo Si recordamos el sentido originario de la
economía (oikonomía) como administración doméstica, todavía resultará más patente el
significado del tránsito desde el contexto clásico antiguo al moderno, en el que cada vez
necesario. Cuando este comercio al por menor se limita a «lo suficiente», forma parte de
una crematística natural. Pero, una vez inventado el dinero (a consecuencia de las
necesidades del cambio), surge otra forma de crematística, que tiene lugar cuando los
cambios se hacen «para obtener el máximo lucro». La crematística parece tener que ver,
entonces, sobre todo con el dinero y su misión parece ser averiguar cómo se obtendrá la
mayor abundancia de recursos, pues es «un arte productivo de riqueza y recursos». De ahí
que la riqueza se considere muchas veces como «abundancia de dinero», cuando éste se
convierte en «el fin de la crematística y del comercio».
Hay, pues, según Aristóteles, dos tipos de crematística y de riqueza:
1) la crematística y riqueza naturales (propias de la administración doméstica, y
2) la crematística comercial y productiva de dinero mediante el cambio (de la que
se excluye la del comercio al por menor, limitado a lo suficiente).
La crematística comercial parece tener por objeto el dinero, ya que el dinero es el
elemento y el término del cambio, y la riqueza resultante de esta crematística es ilimitada;
en cambio, la economía doméstica tiene un límite, pues su misión no es la adquisición
ilimitada de dinero, sino la satisfacción suficiente de las necesidades de la comunidad (de
las casas que componen la ciudad).
Como puede observarse a primera vista, la economía moderna está más cerca de
la «crematística» que de la «economía» en el sentido aristotélico. No obstante, cabría
establecer una distinción entre el lado productivo (industrial) de la economía y el lado
financiero (dinerario); al espíritu de la Economía Política aristotélica no sería del todo
ajeno el espíritu de empresa en el contexto moderno, ya que su finalidad sería la
producción de bienes para el consumo, por tanto, para su utilización. En último término, la
empresa sería la unidad básica de producción, directamente relacionada con las unidades
de consumo.
Lo que cambiaría sería, en primer lugar, una parte de ese espíritu de empresa, en
la medida en que en la época moderna éste se configura mediante la búsqueda del
beneficio; por tanto, ya no se podrían separar tajantemente las dos formas de
crematística, al estilo aristotélico. Por otra parte, con el desarrollo progresivo de la técnica
y del afán de bienestar, han desaparecido las posibilidades reales de determinar «lo
suficiente» o la «suficiencia natural» para vivir bien. El horizonte, pues, de la economía se
ha transformado desde un modelo que podríamos denominar «ecológico», en que
Aristóteles cree poder determinar lo suficiente para vivir bien, a un modelo «productivo»,
en que ya no es posible poner límite alguno al crecimiento en la producción de riqueza.
En este tránsito de la economía ecológica a la crecientemente productiva ocupa
un lugar central la empresa moderna, como nueva unidad básica de producción y
organización del trabajo.
Y, por otra parte, a lo largo de ese proceso ha cambiado también la base moral
comunitaria en que se sustentaban las relaciones económicas. Se ha pasado desde una
concepción armónica de la actividad económica en el contexto familiar y ciudadano a una
concepción conflictiva, incluso antagónica, en la organización empresarial moderna, ya
que se ha quebrado el sentido tradicional de la comunidad de intereses vitales entre los
diversos componentes de la sociedad económica y política.
De ahí la importancia que adquiere en la actualidad la recuperación de una cierta
comunidad en (o a través de) la empresa como institución económica moderna básica.
Porque, una vez superada la armonía que se sustentaba en la comunidad moral natural, el
desarrollo del mundo empresarial moderno condujo al enfrentamiento radical e
irreconciliable entre sus partes integrantes (especialmente entre trabajadores y
empresarios).
El reto del futuro empresarial se juega en si sabremos, o no, propiciar un nuevo
contexto, hacia el que ya se ha ido caminando, en el que se pueda vivir un sentido de
comunidad moral con una configuración moderna, mediante la incorporación del espíritu
de cooperación en la estructura y organización técnica de la empresa, que los tiempos
exigen.
Tras la era del conflicto en la empresa está en juego la formación de un nuevo
sentido de empresa, que fomente una comunidad moral empresarial basada en una ética
de la justicia, la cooperación y la solidaridad entre todos los que forman parte de la
empresa. Para dar este paso se requiere percatarse de que el conflicto económico radical
se ha desplazado desde el interior de la empresa a otros lugares. Esto no quiere decir que
se haya acabado la pugna de intereses diferentes también dentro de la empresa; pero no
percatarse a tiempo de las nuevas realidades y relaciones económicas, no identificar con
lucidez dónde se encuentran los nuevos nudos más conflictivos, supone seguir atascados
por ciego empecinamiento ideológico e impedir avanzar por el camino del progreso
posible.
Tras los procesos de modernización, indudablemente, no podemos volver a un
modelo «ecológico» y familiar (patriarcal), pero tampoco sentirnos condenados a
reproducir indefinidamente los viejos roles de los contendientes en una guerra a muerte
entre clases, como si fuéramos capaces de ofrecer un modelo alternativo total. Si
queremos progresar, ha de acabar la era del conflicto por el conflicto en la empresa y
emplear las energías en idear nuevas formas de resolverlos, propias del nivel de desarrollo
técnico y moral de nuestras sociedades modernas avanzadas (postmodernas, según
algunos); es decir, reconocer la específica comunidad de intereses que fundamenta la
organización empresarial y hacer efectivas nuevas estrategias de cooperación.
2. El poder creciente de la organización empresarial
A la configuración de la empresa moderna, tal cual hoy la conocemos, han
contribuido diversos aspectos que guardan una estrecha relación con el marco ético-
económico en que surge, de entre los que cabe destacar los siguientes: el espíritu del
empresario burgués, con su mentalidad calculadora, sus virtudes y forma de vida
disciplinada; igualmente fue decisivo el cambio de mentalidad producido en favor de la
consideración del interés propio como algo perfectamente legítimo en la realización de un
proyecto de vida individual y colectivo en libertad; en esta línea, hubo quien creyó poder
ofrecer un criterio racional como el de utilidad para orientar el desarrollo económico e
interpretarlo en términos éticos específicos; de esta manera se creyó contar con algún
fundamento para determinar el interés general, sin embargo, este enfoque ha suscitado
una viva polémica sobre si el utilitarismo y las teorías económicas del bienestar
relacionadas con él son adecuadas o no para garantizar procesos equitativos de decisión
racional.
El fracaso del utilitarismo hizo surgir nuevas formas de entender la justicia
económica, ya sea mediante la defensa de la justicia como equidad o imparcialidad, o bien
mediante las reglas de un posible contrato constitucional, que no estarían ya sometidas a
la, por otra parte, en su ámbito ineludible, coordinación del mercado. De este modo, pues,
la proclamada eficacia de la economía moderna de mercado ha tenido que compaginarse
con su propio sentido ético-social, de tal manera que sus exigencias técnicas (sistémicas)
pudieran estar, en definitiva, al servicio del denominado «mundo de la vida».
Todos estos ingredientes han ido transformando la empresa moderna hasta su
configuración actual. Pero el factor decisivo para el crecimiento económico y la fuente
predominante del poder en la empresa ha sido la organización como tal.
Desde las primeras formas de organización hasta la actualidad, una «empresa»
consiste en la «realización de un plan de gran alcance cuya ejecución requiere la
colaboración permanente de varias personas bajo el signo de una voluntad unitaria» (W.
Sombart).
Desde entonces hasta hoy la empresa es la unidad productora de riqueza en la
sociedad, que se distingue por su contribución al crecimiento económico y cuyos objetivos
son los siguientes:
1) producir bienes y/o servicios,
2) aumentar el valor económico añadido (lograr beneficios), a fin de: a) atender las
rentas de trabajo y de capital y b) poder invertir para garantizar la viabilidad de la
empresa: pero también tiene como objetivos:
3) promover el desarrollo humano y 4) garantizar la continuidad de la empresa.
Siguiendo los estudios de historia económica de Chandler, la empresa moderna aparece
mediante la creación o la compra de unidades operativas que eran capaces de funcionar
independientemente; es decir, internalizando las actividades y las transacciones que
habrían podido ser dirigidas por varias unidades.
Esta empresa moderna consta de muchas unidades de operación distintas,
dirigidas por una jerarquía de ejecutivos asalariados, que se convierten en una nueva
subespecie de homo economicus: el directivo asalariado. La empresa multiunitaria
reemplazó a la pequeña empresa cuando la coordinación administrativa permitió mayor
productividad, costes más bajos y beneficios más elevados que la coordinación por medio
de los mecanismos de mercado.
Estas ventajas de la internalización se hicieron efectivas cuando se creó una
jerarquía administrativa·, es decir, cuando se reunió a un grupo de directivos para que
desempeñaran las funciones realizadas por los mecanismos de mercado y de los precios.
La coordinación administrativa se convirtió en la función primordial de la empresa
moderna. (R. Coase expuso las razones para internalizar las unidades operativas, ya que
suponía ventajas para la empresa).
La empresa moderna surge, pues, cuando el volumen de la actividad de la
coordinación administrativa es más rentable y eficaz que la coordinación de mercado. Y el
crecimiento de su actividad económica se debió a las nuevas tecnologías y a la expansión
de los mercados. Pero también a la innovación institucional de la empresa moderna que
supo responder organizativamente al ritmo de la innovación tecnológica y a la creciente
demanda de consumo.
Como ha destacado el «nuevo institucionalismo», en el desarrollo de la empresa
como unidad de producción hay que prestar especial atención al cambio institucional que
en ella se ha producido y sus consecuencias, es decir, a la influencia que han tenido los
cambios de la organización empresarial en el crecimiento económico. Conforme la
tecnología se hacía más compleja y los mercados se expandían, la coordinación
administrativa fue reemplazando a la coordinación de mercado en una parte cada vez más
importante de la economía, lo cual supuso la managerial revolution, una revolución en la
dirección de la empresa.
Ahora bien, no es que la empresa sustituya al mercado como la fuerza principal en
la producción; sino que se reemplaza al mercado en la coordinación y en la integración del
flujo de bienes y servicios, desde la obtención de materias primas, pasando por los
procesos de producción, hasta la venta al consumidor.
Pues, una vez constituida una jerarquía administrativa para su función de
coordinación y asignación de recursos dentro de la empresa, la misma jerarquía se
convirtió en fuente de estabilidad, de poder y de desarrollo continuado. La empresa
moderna adquiere así una vida económica propia.
Los directivos se vuelven cada vez más técnicos y profesionales. Surgen las
burocracias empresariales con conocimientos especializados, en las que la selección y el
ascenso se basan en la formación, experiencia y rendimiento. Esta creciente
profesionalización ha sido acompañada por la separación entre dirección y propiedad. La
nueva relación entre gestión y propiedad ha ido configurando un capitalismo gerencial, ya
que la dispersión de la propiedad obliga a que los ejecutivos tengan que tomar las
decisiones.
La empresa administrada por directivos asalariados ha ido sustituyendo a la
pequeña empresa familiar tradicional como instrumento para dirigir la producción y la
distribución. La empresa se convirtió en una institución cada vez más poderosa de la
economía y sus directivos en el grupo más influyente a la hora de tomar las decisiones.
Pero, a la vez, el capitalismo se ha ido haciendo también cada vez más financiero, porque
los directivos tienen que compartir las decisiones de alto nivel con los representantes de
las instituciones financieras.
La empresa, como organización, es alternativa al mercado, porque internaliza los
intercambios y prescinde del sistema de precios del mercado. Realiza funciones
semejantes a las del mercado, pero a través de otros procesos de coordinación menos
costosos. La empresa moderna reemplaza a los mecanismos de mercado en la
coordinación de las actividades económicas y en la asignación de recursos. En fórmula de
Chandler, la mano visible sustituye, en muchos sectores, a la «mano invisible» de los
mecanismos (fuerzas) del mercado.
El mercado sigue siendo el generador de la demanda de bienes y servicios, pero la
empresa asume las funciones de coordinar el flujo de mercancías de los procesos de
producción y de distribución y de asignar el capital y el trabajo para la producción y
distribución futuras.
Ahora bien, en la organización de la empresa moderna es fundamental la
estructura de la autoridad: alguien con autoridad tiene que dirigir y coordinar el trabajo;
con una autoridad moral, basada en condiciones de liderazgo y motivación, capaz de
orientar los esfuerzos y las contribuciones de los diversos miembros (factores) de la
organización empresarial. Quien ejerce esta autoridad en la empresa es el empresario,
cuya función es decisiva para resolver el conflicto de objetivos (mediante su
jerarquización). Su autoridad consiste en el poder para ordenar, controlar las actividades y
negociar las retribuciones a los factores (personas, productos y procesos). Esta estructura
de autoridad en la empresa es fundamental para distinguirla del mercado.
Pero la figura y funciones del empresario han cambiado con el tiempo. El
empresario clásico aporta capital y realiza, a la vez, las funciones de la dirección (planificar,
organizar y controlar). Ha de tener conocimientos técnicos (ser innovador), habilidades
directivas (saber administrar) y aportar el capital de su fortuna personal (responsabilizarse
de los riesgos, beneficios y pérdidas). Sin embargo, a medida que se ha hecho más
compleja la actividad empresarial se han ido separando la propiedad y el control de la
empresa en el empresariado contemporáneo-, y, por tanto, aumenta la distancia entre el
inversionista (que asume riesgos mediante la aportación de capital) y el directivo
profesional (que se dedica a la administración de empresas). La denominada
«tecnoestructura» toma las decisiones y el accionista se convierte en un inversor
financiero con derecho a dividendos, pero con poca influencia sobre las decisiones de la
empresa.
El papel del nuevo empresario se va centrando progresivamente, pues, en la
función directiva (cf. capítulo 5). De ahí que la figura actual del empresario sea la de un
órgano individual o colectivo, que toma las decisiones para la consecución de objetivos
que dependen de los diversos grupos de interés presentes en las empresas.
En este contexto también ha variado la estructura del poder en la empresa
moderna, como ha señalado J. K. Galbraith: el poder que procede de la riqueza (del
capital) y el que procede de la personalidad (del empresario) han cedido el paso al que
deriva de la organización. Porque, así como el capitalismo mercantil estaba basado todavía
en la propiedad principalmente de capital (recuérdese que su organización más destacada
fueron las compañías, a las que se les concedía el monopolio del comercio en una región
determinada), con el capitalismo de la revolución industrial el empuje de los empresarios
y del progreso tecnológico abren el camino hacia una nueva configuración de la empresa
moderna.
En el moderno capitalismo industrial lo decisivo es el aumento de la importancia
de la organización industrial: la empresa comienza a ser gobernada por la estructura
administrativa, que acabará siendo la dirección. La organización se convierte en la fuente
dominante del poder, reemplazando a la propiedad.
Se ha pasado, por tanto, a la época de las organizaciones, en la que se produce
una decadencia de la propiedad en favor de la dirección, debido a diversos factores como
los siguientes: las dimensiones de la empresa, la sofisticación de la tecnología, la
necesidad de dirección especializada y de talento comercializador, y la complejidad de la
toma de decisiones. Así, pues, lo decisivo en la empresa es la organización y su capacidad
estratégica para responder innovadoramente al reto competitivo del mercado y del
desarrollo tecnológico.
Pero es preciso desarrollar esa capacidad de innovación estratégica de la empresa,
sin perder de vista que ésta surge en el medio de una organización como institución, que,
en cuanto tal, se propone como finalidad dar un sentido a toda la acción humana que
coordina. ¿Qué es una institución —no podemos dejar de preguntarnos—?
Una institución se caracteriza por la consideración explícita de unos valores, con
los que trata de identificar a las personas que la integran, perfeccionando los motivos de
sus acciones y educándolos en ese sentido. La perspectiva institucional contempla la
organización como un conjunto social que encarna unos valores que han de impregnar
toda su actividad, porque son los valores capaces de conseguir la identificación de los
miembros de la organización.
En último término, la estructura organizativa de la empresa descansa sobre la base
de un mundo vital como comunidad moral en la empresa. Sus fines y objetivos, sus
contratos e intercambios, sus relaciones instrumentales, han de contar, incluso para ser
eficaces y, por supuesto, para tener sentido auténticamente humano, con una dimensión
de comunidad, que puede interpretarse al menos de dos maneras: 1) conforme a un
modelo contractual-constitucional, es decir, en forma de pacto social empresarial, o 2)
según un modelo comunicativo (discursivo), según el cual la base fundamental de toda
innovación y estrategia eficaz del management presupone una comunidad de trabajo
cooperativo, regido por el sentido de la justicia y la solidaridad empresariales