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Ratón de Campo vs. Ratón de Ciudad

El primer párrafo describe la vida tranquila y feliz del ratón de campo, que vive en el campo comiendo frutas y verduras silvestres. El segundo párrafo cuenta cómo el ratón de la ciudad visita al ratón de campo y lo invita a la ciudad, aunque el ratón de campo prefiere su vida sencilla en el campo. El tercer párrafo narra cómo el ratón de campo se asusta al llegar a la ciudad debido al ruido y el peligro de los coches y las personas.

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Ratón de Campo vs. Ratón de Ciudad

El primer párrafo describe la vida tranquila y feliz del ratón de campo, que vive en el campo comiendo frutas y verduras silvestres. El segundo párrafo cuenta cómo el ratón de la ciudad visita al ratón de campo y lo invita a la ciudad, aunque el ratón de campo prefiere su vida sencilla en el campo. El tercer párrafo narra cómo el ratón de campo se asusta al llegar a la ciudad debido al ruido y el peligro de los coches y las personas.

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RATON DE CAMPO Y EL RATON DE LA CIUDAD

Érase una vez un ratón que vivía en una humilde madriguera en el campo. Allí, no le hacía falta
nada. Tenía una cama de hojas, un cómodo sillón, y flores por todos los lados.

Cuando sentía hambre, el ratón buscaba frutas silvestres, frutos secos y setas, para comer.
Además, el ratón tenía una salud de hierro. Por las mañanas, paseaba y corría entre los árboles, y
por las tardes, se tumbaba a la sombra de algún árbol, para descansar, o simplemente respirar aire
puro. Llevaba una vida muy tranquila y feliz.

Un día, su primo ratón que vivía en la ciudad, vino a visitarle. El ratón de campo le invitó a comer
sopa de hierbas. Pero al ratón de la ciudad, acostumbrado a comer comidas más refinadas, no le
gustó. Y además, no se habituó a la vida de campo. Decía que la vida en el campo era demasiado
aburrida y que la vida en la ciudad era más emocionante.

Acabó invitando a su primo a viajar con él a la ciudad para comprobar que allí se vive mejor. El
ratón de campo no tenía muchas ganas de ir, pero acabó cediendo ante la insistencia del otro
ratón.

Nada más llegar a la ciudad, el ratón de campo pudo sentir que su tranquilidad se acababa. El
ajetreo de la gran ciudad le asustaba. Había peligros por todas partes.

Había ruidos de coches, humos, mucho polvo, y un ir y venir intenso de las personas. La
madriguera de su primo era muy distinta de la suya, y estaba en el sótano de un gran hotel.

Era muy elegante: había camas con colchones de lana, sillones, finas alfombras, y las paredes eran
revestidas. Los armarios rebosaban de quesos, y otras cosas ricas.

En el techo colgaba un oloroso jamón. Cuando los dos ratones se disponían a darse un buen
banquete, vieron a un gato que se asomaba husmeando a la puerta de la madriguera.

Los ratones huyeron disparados por un agujerillo. Mientras huía, el ratón de campo pensaba en el
campo cuando, de repente, oyó gritos de una mujer que, con una escoba en la mano, intentaba
darle en la cabeza con el palo, para matarle.

El ratón, más que asustado y hambriento, volvió a la madriguera, dijo adiós a su primo y decidió
volver al campo lo antes que pudo. Los dos se abrazaron y el ratón de campo emprendió el camino
de vuelta.

Desde lejos el aroma de queso recién hecho, hizo que se le saltaran las lágrimas, pero eran
lágrimas de alegría porque poco faltaba para llegar a su casita. De vuelta a su casa el ratón de
campo pensó que jamás cambiaría su paz por un montón de cosas materiales.

FIN.
UNA LECHUGA NO ES UN PLATO

Matías estaba comiendo tranquilamente cuando de repente vio algo moverse


en su plato:

¡Hay un gusano en mi plato!, dijo Matías haciendo gestitos con la mano como
para ahuyentarlo. El gusano primero miró el plato, después miró a Matías y
luego dijo:

- ¡Glup!, parece que me equivoqué. Esta no es una hoja de lechuga.

Cuando se le pasó un poquito el miedo, Matías, que era muy curioso, se


acercó a observar muy bien a don Gusano.

- ¡Vaya! -pensó- No sólo es bastante extraño y bonitos sus colores, sino que
también tiene muchas patitas. Debe estar desorientado.

- Desorientado no, apenas un poco cegato –corrigió el gusano- pero en voz


tan bajita que nadie lo escuchó.

Por un instante el gusanito detuvo su marcha, encorvó su lomo verde y miró a


Matías con sus ojitos finitos de gusano perdido.

Sonrieron cada uno a su manera. Matías, entonces, trajo una hoja de lechuga,
que con mamá sacó de la heladera.

Lo cargó sobre ella y la llevó al jardín. Don Gusano sintió el airecito y fue feliz.

Entretanto, Matías lo miraba divertido.

Pasito a paso el gusano se fue perdiendo entre las rosas con un buen bocado
de lechuga entre las mandíbulas.

Pero eso sí ¡lechuga sin condimentar!

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