Tristeza y amor en la vida del lobo
Tristeza y amor en la vida del lobo
By: Dorman
Me levanté sobresaltado esa mañana. El sudor corría sobre mi pecho por debajo de la
camisa verde en que se leía en letras amarillas Salt Lake. Aquella prenda agujereada que
me habían obsequiado y usaba para dormir. Una prenda tan rota como mi corazón roto.
Como yo, roto y podrido por dentro. El verde tenue denotaba el paso del tiempo y de las
muchas lavadas. Durante varios segundos olvidé quién era yo, dónde estaba, qué día de
la semana era. Tomé el teléfono celular que dejaba en la noche al lado del colchón
inflable en que dormía (me niego a comprar una cama, tal vez porque aún no decido si
irme o quedarme) y miré la hora. El sol entraba claro por entre la ventana de la
habitación sin cortinas, la habitación solitaria, la habitación que me habitaba. Eran las 8
de la mañana. Jamás dormía tanto. Recordé que era domingo y me tendí de nuevo en el
colchón mirando el techo de concreto que recreaba puntas donde un globo se reventaría.
Empecé a buscar en los recuerdos del sueño la razón de aquel súbito despertar pero solo
hallaba imágenes borrosas: alguien que parecía ser yo, un grito, yo corriendo (¿detrás de
qué? ¿Huyendo de qué?), otra figura al lado mío, aún más borrosa, un pimentón que se
podría… No podía recordar nada concreto, nada coherente. Empecé a buscar figuras
entre las formas entre los espacios que quedaban de punta y punta. Buscaba recrear su
No puedo dejar de pensar en ella. Pese a la partida, aquella dolorosa partida cuando me
informó que volvería con él, sentados en un restaurante esperando a que trajeran la
pizza. Ese día en que cuando me dijo -He tomado una decisión- mis ojos se hicieron
grandes pensando en que diría -tú-, más cuando todas las cosas indicaban lo contrario
(el silencio, la falta de un abrazo, la frialdad, lo poco que me había escrito por
WhatsApp). Cuándo me informó que volvería con él, que lo recuperaría no esperé el
pedido. Me levanté de la silla con espaldar ancho de color marrón claro y solo le dije:
que había tomado, una decisión que no me incluía, como siempre en ella, nada me
incluía; que disfrutara de una vida sin mí, sin mi rostro, sin mi voz, sin mis palabras. La
puse a caminar sin rumbo. Caminé por esa calle atestada de gente, dejando un poco de
mí en cada paso. Caminé con tristeza por lo con la cara en alto. Caminé, caminé y
caminé. Fumé, fumé y fumé. No miré atrás. Mientras andaba entendí que yo mismo
sabía aquel día lo que me diría, lo que había ido a decir, lo intuí. Aun cuando minutos
esperé pacientemente a que terminara de hablar por teléfono con la mamá. La escuché
mirándola a los ojos. No tuve rabia, solo sentí el dolor del anuncio que ya conocía.
Acostado aún, me quedé entre las tres cobijas que me hacían sentir frío en las noches.
Mientras sentía el sudor bajo los brazos, en las piernas, alrededor del ombligo; bajando
en gotas que me hacían sentir un helado circuito en la piel. Ruta de agua que me
recordaba cuán vivo estaba, y cuán vivo no deseaba estar. Estos dolores irracionales que
hacen nido en una parte de uno mismo, que se niegan a partir, que se dedican a convertir
recuerdos la historia, nuestra corta y mortal historia, lo perecedera que era, lo mucho
que se hizo en tan poca historia, pensé en lo que vivimos juntos (nuestra corta y fugaz
historia). Yo sabía cómo terminaría desde la primera vez que hablamos. Nuestra primera
que no era mía pero como si lo fuera; ¡tarde! que tarde uno en la vida del otro. Que
fugaz encuentro entre lo que se ha vivido y lo que queda por vivir. Ella afirmaba
convencida que yo era todo lo que ella había soñado, que yo era todo lo que siempre
quiso- dijo; pero que por un sueño no dejaría su realidad (al principio yo creí lo mismo
para mí). Sin embargo, seguimos adelante, con infantil premura, con rebeldía absoluta.
Con ingenua esperanza. Me pregunto ¿cuál fue la razón de ese comportamiento? ¿Cuál
desafiante, yo mismo sabía cuán roto habría de quedar. Me engañé todo el tiempo. Creí
cada una de las palabras, cada abrazo, cada beso. Tal vez -me respondo-, fue aquel
primer contacto: Estrechar mi alma contra la suya en un eterno abrazo que conservo.
Aquel primer abrazo luego de casi un año de evadirnos, de contestar con indiferencia
los mensajes, de obligarme a no buscarla, de silenciar el grito que tenía el nombre de
ella ecos profundos en mi pensamiento (ese maldito nombre que no dejo de repetir en
mi cabeza). Tal vez fue el abrazo lo que me motivó a negar lo que mi cabeza y mi
corazón decía; ese abrazo tibio y eterno en el que nos dijimos todo lo que sentíamos sin
necesidad de articularlo y que acalló por completo mi racionalidad (ese sentimiento que
tanto sentí correspondido y que hoy aduzco fue otra cosa, al menos para ella). Ese
abrazo que aun siento nítido, como si estuviera ocurriendo ahora. Aquel sábado y aquel
Salí de clase, como siempre, esperando verla en alguno de los pasillos de la universidad,
ver su rostro en medio de tanta gente, en medio del tedio de la tarde, en medio de la
soledad casual de un lugar que se hallaba extraño al no reconocerla; tal como lo hacía
desde hace un año cuando por primera vez cruzó el umbral de la puerta en aquel salón
Esperaba verla a lo lejos tal vez y esbozar una tímida sonrisa, un adiós lejano; verla al
fin y al cabo. Sin embargo, allí estaba frente a mi salón, como una aparición, como la
sombra de otro tiempo; como si me estuviera esperando (lo estaba, luego ella misma lo
un tema que ahora no recuerdo. Quedé mudo casi de inmediato. Jamás la había visto
más hermosa. Su jean ajustado, su buzo azul, la camisa de botones blancos y esa
bandana en el pelo. Pero eran sus ojos. Ojos enormes que cargaban esas largas patas de
araña negra lo que la hacía para mí irresistible. Me saludó sonriendo (!esa sonrisa!).
Debía llevar un equipo de cómputo que había utilizado en mi clase, así que le pedí que
me acompañara. Subimos las escaleras casi sin hablar. No se me ocurría qué podía yo
decir. Hice las preguntas normales, las adecuadas en mi posición. Ella respondió de la
no tardó mucho. Le invité un café. Nos sentamos en una esquina, afuera de la cafetería,
en una mesa con sombrilla y sillas de madera. Ella posó sus pies en la base de la silla en
la que yo me encontraba sentado, mientras yo me recliné sobre mis rodillas. Detallé sus
piernas, esas largas piernas delgadas que me resultaron intensamente bellas. Hablé sobre
sus tobillos, la única parte de su cuerpo que no iba cubierta, además del rostro y las
manos. Hable de manera incorrecta para mi posición. Hablé de manera incoherente para
ser yo. Hablé y hablé y hablé. Ella reía mientras yo recurría, de manera casi bizarra, a
elogiar la belleza de aquellos tobillos. Reía y yo empecé a amar aquella risa con ardor,
como si no quisiera escuchar otra cosa. Amé esa risa de manera libre y profunda. Aquel
sonido hizo un eco en mi interior que aún mantengo vivo, encendido como una llama de
aceite eterno. Quise ponerla como tono en el teléfono. Ahora, hubiera querido grabarla
aquella vez, para escucharla en este momento, para reproducirla una y otra vez, para
teléfono de María Helena sonó, el padre de su hija venía a recogerla, ese ingeniero de
mente pequeña por el que empecé a sentir celos. La acompañé hasta la salida y empecé
aquel abrazo fuerte, largo, lleno de un silencio que lo decía todo (todos nuestros abrazos
serían así en adelante. Únicamente en el restaurante, aquel último día no hubo ningún
abrazo. Otro sábado. ¿Cómo cabe tanto amor y tanto odio en un solo día?)
Dejé la cama y me tumbé en el suelo para realizar los ejercicios habituales: Cincuenta
flexiones de pecho, cien abdominales. Me quité la camisa y el pantalón gris que uso por
pijama (soy un saco de huesos- pensé). Entré al baño y miré mi rostro en el espejo. Vi
mi pelo desordenado. La barba desordenada. Los ojos desordenados. Los pensamientos
desordenados. Sin moverme apenas, puse atención en las arrugas en mis ojos, en mi
boca cansada. Miré fijamente aquellas líneas que salen del borde de mis ojos, de la
comisura de los labios. Estoy viejo - me dije. Entré a la ducha, abrí el grifo del agua y
deje caer el líquido caliente primero en mi pelo, luego por mi espalda, dejé que todo mi
forjamos aquella intimidad. Esa misma tarde me dijo que estaba cocinando algo en su
apartamento. Yo la imaginé allí, sin saber siquiera el color de las paredes, pero la vi, la
pude ver, sosteniendo el teléfono con la cabeza y en la mano algún cucharón, alguna
sartén, utensilios habituales que se usan para la labor de preparar los alimentos. Nos
pusimos cita aquella misma semana. Queríamos vernos, repetir el abrazo. Algo más a lo
mejor. Un beso.
Pero aquella misma semana no fue. Sentía que algo no iba bien, pensé en las
cabeza ardía pensando en lo que podía perder: ¡Mi familia! la estabilidad que había
construido, el lugar que me había hecho para estar tranquilo. Entendía que nada iba a
salir como lo esperaba. Qué nada podía salir bien. La llamé un martes a la tarde, luego
su hija; la insté a dejar todo lo nuestro allí, sin heridas, sin ayeres, sin promesas. Corté
aquella locura. Con la misma facilidad y frialdad que demostraría siempre, me dejó ir
sin chistar. Aun así esperé que asistiera a la cita, la esperé el miércoles, la esperé el
sábado. Quería que me buscara, pero no lo hizo (nunca lo hizo, nunca lo ha hecho).
Tomé shampoo en la mano y lo esparcí en mi cabello. Mientras lo dejaba actuar, pasé el
jabón por mis brazos, por mi vientre. ¿Por qué tuve que escribirle de nuevo? Había
borrado su contacto como promesa de no volver a saber de ella y sin embargo, por la
mensajería del correo le escribí una frase. Mis dedos se movieron solos, algo en mi
actuaba con la voluntad que yo no quería. Oprimí enviar como si estuviera controlado
por algo más que mí mismo. Aquella frase que hacía parte de una canción insistente
envíe. Sentí debía decir algo y no se me ocurrió más nada. Debí dejarlo pasar. Por
dentro, de pronto, aquella ausencia de nada, porque más de un abrazo no había sido, me
estaba minando. Así que escribí poseído por una voluntad que parecía ajena y ella
Nos vimos de nuevo en la universidad. Nos abrazamos. Nos abrazamos tanto que todos
a nuestro alrededor debieron darse cuenta que se trataba de algo más que un simple
abrazo. Nos abrazamos por todos los abrazos que nos debíamos en una vida el uno sin el
otro. Nos abrazamos como debe abrazarse a un perdido que es encontrado cuando todas
abracé como si la hubiera yo encontrado a ella. Nos abrazamos de tal manera que era
abrazamos, sino que al soltarnos un poco, nuestras miradas se cruzaron y nuestros labios
Permití que el agua cayera libre sobre mi cuerpo. Con los ojos cerrados, como si no
quisiera abrirlos nunca más, levantando la cabeza para que el agua diera directo al
por el drenaje. ¡Adiós a todo! ¡Espero tengan mejor suerte en ese lugar al que se
dirigen! ¡Sean libres y no vuelvan más! Pero allí se quedaron, pegados a mi cuerpo
como larvas que engordan en la fruta podrida. Allí seguían, dando vueltas en el carrusel
le pedí que me acompañara, deseaba estar solo con ella, sin las miradas, sin los sesgos,
sin el miedo. Se negó. Yo insistí. Se negó más. Yo insistí más. Accedió. Prometí que
solo nos la besaría. Así fue, solo la bese. Besé su cuerpo completo. Ocupé su vientre, a
su pecho, a sus piernas, piernas delgadas y largas, principio y fin del paraíso y del
infierno. Descubrí entonces esa otra voz que ya no he de olvidar jamás. La voz de sus
gemidos cuando mis dedos acariciaron su sexo. Y esa otra mirada, la del éxtasis. ¿Cómo
senté frente al ordenador pero no fui capaz de hacer nada. Tenía la mirada perdida en el
recuerdo de su piel, en la música de sus gemidos, en su mirada tan llena de mí. Mis
manos olían a ella, mi piel olía a su piel. Mi alma olía a su alma. No sabía aquella noche
cómo haría para dormir al lado de otra mujer y no sentir las ganas de que fuera otra, que
oliera a lo mismo que yo olía. No sabía ya como estar con otra persona. Solo pensaba en
estar nuevamente con María Helena. Mi alma ya no estaba conmigo. La entregué en los
pertenecía a mi compañera.
La mañana siguiente esperé insistente su mensaje (El mensaje de los buenos días. El
mensaje que hacía que el sol saliera. Los girasoles. Mi guapo, mi guapito, mi
que esperar casi un mes. Mientras tanto, debía conformarme con un café. Así lo
de estar juntos, de solo poder vivir aquellos lapsos de tiempo como si fueran una vida.
Prometí, como se promete algo que no vas a cumplir, que me conformaría con eso, que
sería suficiente. Sería su amante y ella la mía. Nos besamos, con esos besos tan intensos
que sabíamos tener, ella mordía mi labio y yo la amaba aún más. Cuándo nos
despedimos hubo más besos, nuevas promesas, un hasta pronto y un hasta siempre. Me
alejé volviendo atrás la mirada con tristeza que no supe explicar, la tristeza, tal vez, de
reconocer en lo que se dijo palabras al viento, palabras que sangran por los filos de su
propio vacío, palabras que se dicen por decir, vacías en tanto que no hay decisiones en
ellas (sé ahora, he sabido siempre, que no soy más que una opción, una posibilidad
infinita cuál arenas en el desierto que me ha puesto a habitar, donde no soy más que un
grano que se pierde entre los millones de granos que existen allí. Soy la posibilidad
El agua caía y caía encima de mí. Puse mis manos sobre la baldosa de la pared y deje
que el agua caliente se deslizara libre por la espalda. No sé cuánto tiempo llevaba yo en
la ducha. Mis dedos empezaron a arrugarse, como si de pronto la piel me quedara chica.
Puse el agua fría y deje que todo mi cuerpo se estremeciera por el cambio de
absorto en el vacío. Mirando un lugar lejos en mí baño. Toda la semana sentí náuseas
ante la inminencia de volver a verle. La tarde del jueves que habíamos concretado, la
tarde en que nos veríamos de nuevo, deseé con todas las fuerzas que algo pasara.
Necesitaba una excusa para alejarme. Que la hija enfermara, que el ingeniero hubiese
vuelto sin avisar. Que un trancón en esta ciudad que tiene más autos que moscas la
retrasara. Que simplemente no se le diera la gana de ir. Pero llegó. Tomamos primero un
café. Quería evitar el encuentro íntimo, postergarlo, negarme a todo ello. Insistí en que
todo aquello era insano, que saldríamos lastimados. Le pregunté si en verdad quería que
pasara, respondió con decisión que sí (una de las pocas veces en que la vi tan decidida
por algo) Salimos de allí buscando un lugar donde estar a solas. Desee desencantarme,
mirar sus defectos, sus piernas demasiado delgadas, su vientre no tan plano, su trasero
plano, su falta de atributos. Sin embargo, mientras quitaba su ropa con delicada
paciencia me gustaba aún más y la amaba aún más. Y así fue. La amé aquella tarde con
toda mi alma y con toda mi piel. Nos poseímos en una abrazo en el que no sabíamos
dónde empezaba el uno y donde terminaba el otro, nos besamos como si se en ello se
nos fuera la vida o como si la vida dependiera de ello. Sentimos nuestras almas que se
fundían la una con la otra. Nos abrazamos desnudos y sentí que había estado con ella
desde siempre, que en otra vida la conocí y en la futura he de conocerla. Sentí que
éramos parte de una misma cosa. Nuestros gemidos llenaron la habitación como una
sinfonía concreta en la que las cuerdas no invaden los vientos; en la que la percusión
orquesta invisible indicara donde poner la piel, con qué compás realizar los
los besos. Su contacto fue todo lo que nunca pude siquiera haber soñado. Por primera
vez en mi vida supe el significado de eso que es ¨hacer el amor¨. El sabor de su piel, el
sabor de su cuerpo, el sabor de sus labios, fue néctar y ambrosía para mi dios
hambriento. Jamás sentí tanta plenitud en un encuentro, jamás tan completo en toda mi
vida. Tuve que aceptar lo obvio. Estaba enamorado. Con un amor único y ardiente como
el que jamás me había ocurrido, ni siquiera imaginado. Y es que, no era nada de su piel,
no fue nada de su sexo. Fue toda ella allí conmigo. Fue toda ella que me abarcaba y
sobresaltaba. Era toda ella siendo yo y yo siendo ella. Era mi alma que hablaba
Dejé la toalla encima del váter una vez me hube secado. Aplique la crema del cuerpo en
el pecho y en la cara. De nuevo me miré al espejo y a pesar del baño, nada había
cambiado. Seguía yo con la misma expresión ausente, me reflejaba igual, más denso,
una sombra no más en el espejo lleno de vaho que dejó el calor de la ducha. Una sombra
de una vida que no me pertenecía. ¡Un fantasma apenas! Me miraba, pero no me veía.
encontraban dos óvalos vacíos, distantes uno del otro por el intersecto de la enorme
nariz. La veía a ella. La vi la tarde en que disfrute las horas como nunca antes lo había
hecho. Horas que parecieron minutos cuando nos despedimos. Puedo recordar con
exactitud cada detalle de su cuerpo, de su ropa. Las manchas al final de su espalda (esa
galaxia al final de su espalda). Los lunares en su espalda (soles y lunas que marcaban su
espalda). La tinta de una guitarra alada (¿quién te habita mujer?). La luz sobre su piel
que la hacían tornasolar (el arcoíris que la luz desprendía de su piel) La mirada de ella,
cansada y extasiada, puesta en mí. Nos vestimos sin prisa. Nos despedimos y me quedé
solo con su ausencia. Era inevitable. La amaba (aun lo hago), pero ella regresaría a una
casa, a la realidad de una vida tranquila y yo a la mía, ya no tan tranquila. Me contó que
tuvo un sueño la noche anterior: Tenía entre sus manos un pimiento rojo hermoso. En el
pero al abrir el refrigerador estaban los pedazos podridos. Interpretamos que se trataba
de una premonición, que hablaba de la familia de ella, su pimiento hermoso hasta
entonces. Luego, incluso ahora, sé que ese pimiento era mi corazón. Era también este
amor que se pudre. Era yo en la nevera fría y helada con la que me había tratado. Era yo
pudriéndome en esta soledad salvaje de los recuerdos, del no ser más que un ausente
que no ha sido extrañado. Esa noche yo dormiría con una mujer que ya no amaba. Que
a lo mejor nunca lo había hecho. Una mujer que me brindaba paz y tranquilidad, pero
que todo aquello no provenía de la capacidad de amar. Abrazaría a una mujer a la que
yo ya no le pertenecía, porque no era María Helena. Supe que había perdido lo que hasta
ahora había sido yo y todo lo que había construido en cinco años de relación. Entonces
comprendí que yo mismo me había perdido en unos ojos, en unos labios que hacían
destino con un poco de sudor, de labios y de piel. Me convertí en pimiento que caía. Yo
Tome el aerosol del desodorante y lo apliqué sin ganas. Busqué el aerosol para el cuerpo
salí al cuarto a buscar la ropa interior. Me puse el bóxer rojo, aquel que utilicé esa
primera vez. Lo compré para esa primera vez. Me esmeré mucho para verme bien esa
primera vez. Me afeité el cuerpo para verme mejor esa primera vez. Para que ella me
viera mejor esa primera vez y las que siguieron. La siguiente semana inició la ruta que
lleva al fin. No solo admitió que me amaba (te amo- dijo) y que quería un futuro
conmigo, un jardín de girasoles juntos. Sino que empezamos a tramar la libertad para
posibilidad. Una tarde luego de terminar mi clase, le hablé y pregunté por teléfono si
Me recordó la verdad que no quería reconocer: Ninguno de los dos era libre (¿no lo
somos acaso siempre?). ¿Qué le estaba haciendo yo a aquel hombre? Aunque ingeniero
seguía siendo un hombre, una entidad que me quitaba toda posibilidad de ser feliz, pero
hombre al fin y al cabo. No quise seguir sintiendo que era un canalla, un ladrón al
acecho; y decidí de nuevo dejar todo a un lado, poner fin y volver atrás (¿atrás?). Quise
que lo amara y que siguiera adelante, que no siguiéramos en esta pesadilla, haciéndole
daño a gente que no se lo merecía. Quise que tuviera un futuro con él. Colgué y me
no dejar que mis sentimientos interfirieran. Pero una vez más, poseído por la misma
voluntad que hacía de mí un muñeco de chocolate que se derretía en una sartén caliente,
le hablé. Unos días pasaron y volví a escribir. Volvimos a ser nosotros en secreto. Sin
Le puse cita de nuevo en aquel hotel. Hicimos de nuevo el amor y supe que no se
trataba de nada de su sexo, pese a que lo disfrutaba como nunca antes a ningún otro. Se
trataba de ella, de ¨hacer el amor¨ con ella. Eran los ojos en los que las patas de araña
me rozaban (esos ojos que me reflejaban completo, eterno), eran sus manos y como me
tocaban. Pero en definitiva era yo cuando estaba con ella. Era ese vacío que había tenido
siempre y que de pronto a su lado se llenaba y desaparecía. Era ver en ella a todas mis
heroínas literarias tomar hueso y carne. Era ser literatura, poesía y música cuando
estábamos juntos. Era en definitiva, el amor único que me ardía en la garganta, en los
ojos, en las manos. En definitiva, era ella. Nunca fue sexo, era amor representado en la
entrega, en la desnudez, en el encanto de poseernos y ser uno solo. Era estar piel con
piel y pensar que no existía el tiempo, el afuera o la realidad. Era ser nosotros. Era la
magia que había entre nosotros. Todo era magia con ella. ¿Cómo olvidar aquel beso en
Wilborada? Eso fue magia en su estado más puro: Una librería-café, casa antigua.
Escaleras antiguas. Un segundo piso. Las estanterías de libros. Una esquina a la sombra
volvió a la realidad. En la radio sonaba Silent Lucidity, recordé al abuelo (las señales.
Recibimos todas las señales. Nunca confió. Las señales: la lluvia, la literatura, las
canciones, los sueños, el abuelo. La verdad está en las señales). Luego de secar mi
cuerpo y dejar que el desodorante actuara, me puse el pantalón corto que me gustaba
llevar los fines de semana. Se me caía. Había perdido peso, aunque seguía comiendo
igual. Mi cara estaba delgada, apagada, alargada. Ya no brillaban los ojos. Ya no era era
yo (un saco de huesos era). Después de aquella segunda vez en el hotel caí en depresión.
Comencé a sentirme mal con todo. Nada me satisfacía, nada que no fuera ella, que no
fuera con ella. Un vacío me invadía. Una ausencia absurda de todo. Un domingo hablé
con ella (al principio no hablábamos los fines de semana, teníamos un horario. Luego
hablábamos todos los días, a toda hora). Yo estaba solo en casa. Me encontraba
haciendo ejercicio en el suelo cuando ella se refirió a él con amor, con presencia, con
futuro. Él era una presencia viva entre nosotros. Yo mientras tanto era el eco de un
futuro que no existía, la visión de un pasado a través del espejo (una sombra, un
fantasma, una fotografía desenfocada). Ella, la que siempre había dicho las palabras
perfectas, sacadas de toda irrealidad, ella que desprendía poesía y música a mis oídos,
ella que me susurraba Sex Tape al oído… ella decía, entonces, que el ingeniero lo era
todo para ella. Enloquecí con furia, con dolor; sentí un frío que recorría todo mi cuerpo.
Desee morir allí mismo, ausente, solo. La nada se desprendía de mí, me miraba a la
cara, me sonreía burlona. Tomé las llaves del auto y salí sin rumbo fijo. Compré
cigarrillos, hace años había dejado de fumar, pero aquel día empecé a hacerlo de nuevo.
estrellarme contra el poste de la luz a uno de los lados de la carretera, o contra uno de
los carros que había a mi distancia. Quise terminar de perder lo que me quedaba. Quise
perder la vida allí mismo. Pero llegué a un pueblo al que no le conocía ni el nombre. Me
senté en la plaza central, llena de gente, de niños que jugaban con una pelota, de parejas
en bicicleta, de ancianos melancólicos y madres que veían a sus hijos correr. Me senté a
pensar en porqué Dios se burlaba de mí de esta manera. Busqué las iglesias y todas
gente en domingo, que no se daban cuenta de lo absurdo que era todo, un pueblo con un
conquista. Me senté a fumar, en un lugar apartado del parque, bajo un árbol, en el suelo.
pese a que su cuerpo se llenaba de moscas entre las llagas de carne viva. Caminé calle
arriba por una empinada. Me paré a mirar el valle que se divisaba desde lo alto de un
mirador. Pensé, pensé y pensé. Fumé, fumé y fumé. Era un lobo derrotado. Tomé una
decisión. Volví a casa, no sin antes pasar por el cementerio. Visité a mamá, hablé un
rato con ella, lloré, le conté mi versión de la historia, le pedí perdón por una nueva
decepción en mi vida. Desde entonces no he vuelto. Parqueé el auto, subí las escaleras
del edificio que daban al apartamento y abrí la puerta. Mi compañera estaba sentada allí
sentí liberado. Ella lloró, me maldijo, me golpeó. Hizo todo lo que se supone que debe
hacer una persona cuando algo así ocurre. No esperaba menos de ella, tampoco más. No
dejó de ser frustrante verla actuar como es debido, pese a que lo debido no siempre es lo
más lógico o racional. Fue frustrante verla actuar como yo no lo hubiera hecho. Al final,
fue también liberador. De esto se había tratado siempre esa relación. Del deber, de un
fácil sentir que mi decisión era la correcta. Me hacía más sencillo recoger mis cosas e
irme. Hace mucho había dejado de quererla (no había amor). Ahora sabía por qué, lo
reconocí. No era.
una camiseta negra. Ramones se leía al frente y atrás de la tela negra. Busqué unas
agua para hacerme una aromática en la única olla que poseía, y mientras esperé que
hirviera, vi la cara de María Helena en el fondo de la olla. Le conté lo que había hecho.
Nos vimos la semana siguiente en un café. Una librería café. ¨La casa tomada¨. Le
compré libros, una porción de torta de chocolate y un cappuccino. Le leí en voz alta el
vicioso, al mismo punto: “nosotros”, yo estaba decidido a que lo hubiera. ¿Por qué le
creí? Siempre lo hice. Sus viles y mentirosas palabras que hablaban de una decisión que
yo nunca he sido. Palabras que sólo reflejan un afán infame de verme convertido en no
más que un silencio. Me pidió tiempo (el tiempo siempre fue para ella un símbolo de
que todo se acabará. Una manera más de alejarme pero al mismo tiempo de tenerme
cerca. Una manera más de usarme como era ya costumbre. El tiempo era para ella, otra
forma más del engaño), un año al menos. No sabía cómo terminar lo suyo, no sabía
sabe, no quiere. Ingenuo y estúpido yo era, yo fui. Yo soy). Y sin embargo allí,
hablamos de los girasoles, de un campo de girasoles que construiríamos juntos (mentira
tras mentira que yo engullía como un niño hace con los dulces aunque sabe que ha de
doler el estómago luego. Mentiras y solo mentiras que creía salían de su más interno ser.
Mentiras que yo creía porque confiaba ¿Qué otra cosa podía hacer?). Esos girasoles que
vinieron a nosotros con la primera canción que me dedicó: “cê tem uma cara de quem
vai fuder minha vida” Volvíamos a los girasoles como una clave entre nosotros.
Escribía sobre girasoles, hablábamos de girasoles. Ella prometió estar conmigo. Pero
prometió también, como quien promete algo que no va a ser capaz de cumplir.
único pocillo que poseía. Vertí el agua que exhalaba vapor y tomé una cuchara, la única
cuchara que tenía y revolví lo que había adentro. Dando giros a la infusión tuve la
sensación de que era mi sangre la que se mezclaba con el agua. De que bebería mi
propia sangre, en un ritual pagano para olvidarla. Liberarme de una vez por todas de su
imagen, se sus promesas vacías, de su eterno retorno para no quedarse. Imaginé que
vertería mi sangre diariamente hasta que no quedara una gota y así poder dejar de
pensar, de pensar en ella, salir de aquí, volar lejos de mi miserable estupidez. Tomé el
líquido como si fuera la despedida. Bebí allí todas las preguntas sin respuesta que me
han quedado. Vertí mi sangre y quise ser libre al fin. Imaginé verter mi sangre y todo mi
Puse el pocillo encima del comedor. La sala estaba vacía. Solo el comedor habitaba en
ese espacio. Miré por el amplio ventanal sin cortinas y la su imagen no desapareció. Al
hija, del daño que les haría (debo sanar- dijo la última vez. Espérame cómo la opción
que eres cuando todo salga mal!). A pesar de esto, insistía en que me amaba (¿amar? No
sé ama haciendo tanto daño) -esto que siento me desborda- dijo. Que soñaba con el
jardín de girasoles- también dijo, soñaba con una vida juntos, pero no sabía cómo eso
sería posible, (¿Cómo planear un rompimiento? ¿Cómo urdir una huida?) Dos lobos
peleaban en su alma- afirmó. Le dije que yo no estaría allí para siempre. Dijo que había
tenido otro sueño, en el que él le decía que ya no la quería, que la dejaba sola y que ella
se sentía aliviada (lo difícil hace más fuerte. Pero siempre eligió el camino fácil.
¡Maldita cobarde!) . Aquel sábado al medio día, mientras comíamos, me dejó ella por
primera vez (de las muchas que se volverían costumbre). Dijo que no sería capaz y se
marchó. Llovía y yo camine sin mirar atrás. Fume de nuevo. Volví a mi casa y me serví
Sorbí el brebaje aún caliente. Su sabor era algo metálico (como la sangre). No es una
buena olla aquella en la que hierve el agua, pero es la única que tengo. Tomé una
galleta, la partí en dos y me la llevé a la boca. Mis ojos seguían fijos en un lugar que no
está allí en ese salón. Traté de verla a la distancia, a través del teléfono, como aquella
vez, un poco antes del final, cuando me dijo de nuevo que no podía, que sus lobos
era más fuerte. Yo era la opción). Tomé la decisión de estar solo. De salir de una vez de
aquel apartamento en el que no me hallaba y de estar solo. Sin ella, si la que había sido
mi compañera, sin nadie. Conmigo mismo. Ese lunes, a través del teléfono le dije que
abrazamos, nos besamos. Cada uno le dijo al otro que lo amaba. Pero yo y mi manera de
posibilidades, su decisión, yo, la opción. Allí apareció de nuevo, como siempre, ella, la
dicotómica, la ululante, la que iba y venía entre una decisión y otra, la batalla de los
lobos que yo siempre perdía. La que va del sí y al no con escasos intervalos. La decidida
y la temerosa. La que me dice que me ama y se va. La que me deja y me pide -vuelve-.
La que me ama y no me ama (la que no me ama siempre. La que no me a amado nunca).
La que quiere y no quiere la vida que tiene. Una vez más me dejó. Esta vez esperé que
arrastra por la espalda). Recogí la envoltura de las galletas y las llevé a la cocina. Dejé
el suelo con las manos extendidas, realizándome mil preguntas al mismo tiempo ¿Por
qué la busqué? ¿Por qué insistí? ¿Por qué otra vez yo? Alcé la cabeza. El mundo
empezó a darme vueltas, me mareé. Cerré los ojos y recordé aquel viernes en que me
llamó a la noche y me dijo -él se dio cuenta, lo sabe todo. Tiene tus fotos, tiene las
conversaciones- Sonreí con una sonrisa estúpida cuando dijo estas palabras. Luego me
preocupé. Me contó que la había notado extraña y que comenzó a buscar entre sus
archivos hasta que encontró nuestras conversaciones, nuestras fotos. Le riño. La llamó
amplia que a partir de ese momento empecé a ver por todos lados. En todos lados una
chica con esa chaqueta y yo siempre recordándola a ella: María Helena. Estaba triste.
felicidad del día anterior (la sonrisa estúpida) cuando me dijo que él se había enterado
se diluía entre sus ojos sin brillo, entre su boca sin sonrisa. Pensé que, como me lo había
dicho ella una vez, se alegraría de que él se diera cuenta. Al contrario, sus ojos se
nada había cambiado). Empecé a comprender que sus palabras no guardaban realidad,
solo ilusiones de historias no contadas, solo falsas promesas en lugares que no existían.
Solo ella allí con la ilusión que pende de un hilo, amarrada a lo que tiene sin quererlo
soltar. Al final, solo eran eso, palabras. La acompañé todo el día. El domingo la busqué
en un hostal y cumplí un sueño que tenía desde que la conocí: Abrir mis ojos y
encontrarme con los de ella. Pero fue un sueño a medias. Sus ojos apagados me llenaron
de tristeza. Hicimos el amor y el amor estaba apagado (nunca hubo amor. No sé qué
Como un perro que se persigue la cola, siempre en círculos, siempre al mismo lugar).
Algo en ella había cambiado, lo supe ese día. Lo que decía haber sentido por mí ya no
estaba allí. Añoraba ella su hogar. Añoraba yo su sonrisa. Todo había sido una vil
mentira (los lobos, yo perdiendo, de nuevo. Estaba yo destinado a perder por ella, con
ella).
Unté el cepillo de dientes con crema. Me froté los dientes sin ganas. La boca sabía a
nicotina. Mi imagen seguía igual de borrosa al espejo, aun cuando el vaho había
desaparecido. No podía reconocerme. Lo intentamos. Intentamos hacer que funcionara.
Pero todo se había desvanecido. Sus palabras ya no eran iguales. Sus besos ya no eran
estaba primero. Lo entendí. Pero la niña, aquella rolinga que empecé a amar como
vuelto una excusa más. Comenzamos a reñir por teléfono. Me juró que me amaba, que
le diera tiempo (Tiempo. Esa otra imagen del devenir que para ella es una fuente de
esperanza, de que todo vuelva al mismo sitio. Tiempo, esa otra manera que tenía de
mentir). Pero sabía que el ingeniero-lobo seguía siendo más fuerte y que sus colmillos
desgarraban la piel del mío, yo perdía de nuevo. Un nuevo jueves llegó. Un jueves en el
que una bruma espesa en la mañana auguraba malos presagios. El jueves en que todo
terminaría.
Esa mañana no hubo girasoles (Se marchitaban los Girasoles. Algo se podría en la
nevera. El guapo, el guapito desaparecía. Los lobos pelean. Un lobo herido exhala un
último suspiro. Pierde, muere, se pudre en la nevera). Un saludo secó. Un "más tarde
hablamos". Horas sin contestar. Invadido por el silencio, por la locura de aquel silencio.
Por la ausencia de respuesta comencé a llamar. Llamé una y otra vez a su teléfono.
Llamé, llamé y volví a marcar y a marcar sin respuesta. Salí de la oficina. Fumé, fumé y
volví a fumar. Al final contestó. Más tarde te llamo- contestó. La locura, la bruma, los
teléfono. No quiero estar contigo- dijo. Luego hablamos- colgué. Maneje hasta el
apartamento. No tenía otro lugar a donde ir. Decidí recuperar mi hogar. Llegué a la
mejor opción era recuperar mi hogar, esa era solo una idea en caliente, una forma de
sentí aliviado de alguna manera. No insistí. Dejé que las cosas transcurrieran. La
soledad se presagiaba cerca. Estaba solo. Me había dejado una vez más. (Te acojo
que lo desees. Siéntate a mi lado, te contaré una historia. Enséñame tú con docilidad y
paciente ironía. Sanaré junto a ti una herida que no cierra. ¿Ves la sangre correr?)
De nuevo en el salón vacío, me senté en una de las sillas del comedor que lo habitaba.
tras otro. Quema las mentiras en el humarada que se consume, exhala todo aquel decir
vacío. Quema todo silencio. Hazlo desaparecer). Miré el humo azul subir. Miré el humo
azul salir de mi boca hacia el techo de puntas. Mire el humo azul formar el rostro de una
todo lo que antes había en un apartamento al que alcancé a llamar hogar. Estaba solo
ahora. María Helena llamó el martes siguiente. Necesitaba mi ayuda. Me reuní con ella
esperanza me invadió. De golpe era la mujer que tanto había amado. Despacio- me dijo.
Respondí con la mirada en lágrimas pero en silencio. Llegó el miércoles, allí estaba de
nuevo su frialdad. Algo había pasado de nuevo (maldito lobo ganando de nuevo.
Maldita costumbre esa de ser un día una y otro día otra. De decidir un día y al otro dar
la vuelta, como un Uroboro, pero que en lugar de eternidad significa finitud. El final de
todo y de la nada que hemos sido (¡Mentirosa!). Me dijo que quería hablar conmigo el
sábado siguiente (Otro maldito sábado, uno de septiembre. Sábado, jueves, septiembre.
apoye en ella con la esperanza de que se rompiera. Caer (Yo caí, yo salté). Era ya casi
medio día. No sentía hambre, pese a que lo único que había llenado el estómago era
aquel brebaje de frutas (La sangre espesa. El humo negro) y un par de galletas de soda.
Volví a sentarme en la silla. Era yo un saco de huesos, cierto, pero no uno de arena (¡no
cigarrillo (¿El quinto? ¿El décimo? Lo mismo da). El humo inundaba el salón. El olor a
humo y a colillas de cigarrillo se esparcía por todo aquel apartamento vacío. Tuve
problemas para dormir esperando ese sábado. Las horas, los minutos, pasaban con una
lentitud insoportable. Como siempre, como era su costumbre, llegó tarde (Tarde
llegamos. Tarde nos encontramos). Tuve que esperar media hora más de lo acordado.
informarme algo o si en verdad valía lo que yo tendría por decir (¿alguna vez lo había
había también esperanza. Cóctel molotov en un alma que se niega la verdad. Quería
equivocarme. Con que deseo y fuerza quería yo equivocarme aquel día. Su frialdad era
comer algo, pero que sí tan solo quería comunicarme sus decisiones un café sería
decisión (una vez más, yo no estaba en ella). Había ganado el lobo de él. Yo pasaba a
ser parte de un pasado que nunca ocurrió, pasaba a hacer parte de una laguna mental
obligada a ser solo un falso recuerdo. Un mendigo de su amor siempre había sido. Un
Extinguí el fuego de la nueva colilla en el cenicero (el único que poseo) Me dirigí al
cuarto y busqué que calzar. Terminé de amarrar mis zapatos. Salí a caminar. Di vueltas
sobre esto una y otra vez. Di vueltas en las aceras. En los parques. Di vueltas (Cómo el
perro que se persigue la cola, como un Uroboro finito) Vino a mí una canción, esa
canción de Cerati que quise gritarle a la cara: “¡No existes! ¡No exissstesss! ¡No
existes!”. Comí algo que me supo a nada y volví al apartamento. Busqué el Ipad en la
relatar la historia como quien limpia de pus una herida infectada (podrida. Pimiento
podrido. Amor que se pudre. Historia que nunca fue. Mentiras talladas en granito).
Limpiar las cenizas y las colillas esparcidas por el piso. Ataqué el teclado en una
necesidad enferma por sacarlo, por imprimirlo para luego quemarlo. Necesidad y amor
propio, hybris y catarsis. Intento por comprender, por sanar. Necesidad al fin y al cabo,
Reconocer que todo había sido ingenuo, pueril, insensato (mentira tras mentira. Un viaje
de vuelta siempre al principio, que no era otro que el mismo final: Uroboro. Lobo
escrita quede y dejar atrás así su recuerdo. Porque en definitiva, como estas letras
grabadas en tinta, sangre, humo de cigarrillo, scotch y mentiras; no fuimos otra cosa
más que esto: Una historia que solo habita en mi cabeza. Una historia inventada por mí.
(Volvió, tenía que volver. A prometer lo mismo. A irse de nuevo. A mentir y mentir. A
pedirme que fuera una opción. El lobo que siempre ganaba seguía desgarrándome sin
piedad. Volvió un día para irse al otro. Volvió para hablar de amor y luego desvanecerse
entre los dedos de la mentira. Volvió, como vuelve el cobarde, a robar sigilosamente, a
herir por la espalda. Volvió para hacer hincapié en lo obvio: no ama. No a mí, por lo
menos. Una vez más. Un lobo hambriento y victorioso. El cuerpo maltrecho de otro