0% encontró este documento útil (0 votos)
123 vistas25 páginas

Tristeza y amor en la vida del lobo

El documento describe los recuerdos y pensamientos de un hombre sobre su ruptura con una mujer llamada María Helena. Recuerda su primer encuentro y el inicio de su relación, a pesar de saber que no tendría un final feliz debido a que ella ya tenía una familia. Aunque ha pasado tiempo, él continúa pensando en ella y extrañando los momentos que pasaron juntos.

Cargado por

Alejandro Dorman
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
123 vistas25 páginas

Tristeza y amor en la vida del lobo

El documento describe los recuerdos y pensamientos de un hombre sobre su ruptura con una mujer llamada María Helena. Recuerda su primer encuentro y el inicio de su relación, a pesar de saber que no tendría un final feliz debido a que ella ya tenía una familia. Aunque ha pasado tiempo, él continúa pensando en ella y extrañando los momentos que pasaron juntos.

Cargado por

Alejandro Dorman
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LOBOS

By: Dorman

"Generalmente, los animales son tristes. Y cuando un


hombre está muy triste, no se debe a que tenga dolor de muelas o
haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se
da cuenta de cómo es todo, cómo es la vida y está justamente
triste; entonces se parece siempre un poco a un animal: tiene un
aspecto de tristeza, pero es más justo y más bello que nunca."
— Hermann Hesse (El lobo estepario)

Me levanté sobresaltado esa mañana. El sudor corría sobre mi pecho por debajo de la

camisa verde en que se leía en letras amarillas Salt Lake. Aquella prenda agujereada que

me habían obsequiado y usaba para dormir. Una prenda tan rota como mi corazón roto.

Como yo, roto y podrido por dentro. El verde tenue denotaba el paso del tiempo y de las

muchas lavadas. Durante varios segundos olvidé quién era yo, dónde estaba, qué día de

la semana era. Tomé el teléfono celular que dejaba en la noche al lado del colchón

inflable en que dormía (me niego a comprar una cama, tal vez porque aún no decido si

irme o quedarme) y miré la hora. El sol entraba claro por entre la ventana de la

habitación sin cortinas, la habitación solitaria, la habitación que me habitaba. Eran las 8

de la mañana. Jamás dormía tanto. Recordé que era domingo y me tendí de nuevo en el

colchón mirando el techo de concreto que recreaba puntas donde un globo se reventaría.

Empecé a buscar en los recuerdos del sueño la razón de aquel súbito despertar pero solo
hallaba imágenes borrosas: alguien que parecía ser yo, un grito, yo corriendo (¿detrás de

qué? ¿Huyendo de qué?), otra figura al lado mío, aún más borrosa, un pimentón que se

podría… No podía recordar nada concreto, nada coherente. Empecé a buscar figuras

entre las formas entre los espacios que quedaban de punta y punta. Buscaba recrear su

nombre: María Helena.

No puedo dejar de pensar en ella. Pese a la partida, aquella dolorosa partida cuando me

informó que volvería con él, sentados en un restaurante esperando a que trajeran la

pizza. Ese día en que cuando me dijo -He tomado una decisión- mis ojos se hicieron

grandes pensando en que diría -tú-, más cuando todas las cosas indicaban lo contrario

(el silencio, la falta de un abrazo, la frialdad, lo poco que me había escrito por

WhatsApp). Cuándo me informó que volvería con él, que lo recuperaría no esperé el

pedido. Me levanté de la silla con espaldar ancho de color marrón claro y solo le dije:

¡disfrútala! Y no me refería a la pizza. Realmente esperaba que disfrutara la decisión

que había tomado, una decisión que no me incluía, como siempre en ella, nada me

incluía; que disfrutara de una vida sin mí, sin mi rostro, sin mi voz, sin mis palabras. La

dejé allí sentada, no sé si comió, si esperó el pedido. Salí, encendí un cigarrillo y me

puse a caminar sin rumbo. Caminé por esa calle atestada de gente, dejando un poco de

mí en cada paso. Caminé con tristeza por lo con la cara en alto. Caminé, caminé y

caminé. Fumé, fumé y fumé. No miré atrás. Mientras andaba entendí que yo mismo

sabía aquel día lo que me diría, lo que había ido a decir, lo intuí. Aun cuando minutos

atrás le pedí que si solo venía a informarme me lo dijera allí, en la puerta de la

universidad. Lo sabía, se lo dije, ella no me creyó. Avancé en silencio por la calle,

esperé pacientemente a que terminara de hablar por teléfono con la mamá. La escuché
mirándola a los ojos. No tuve rabia, solo sentí el dolor del anuncio que ya conocía.

Hablé despacio, mirándola a los ojos: ¡Disfrútala!

Acostado aún, me quedé entre las tres cobijas que me hacían sentir frío en las noches.

Mientras sentía el sudor bajo los brazos, en las piernas, alrededor del ombligo; bajando

en gotas que me hacían sentir un helado circuito en la piel. Ruta de agua que me

recordaba cuán vivo estaba, y cuán vivo no deseaba estar. Estos dolores irracionales que

hacen nido en una parte de uno mismo, que se niegan a partir, que se dedican a convertir

lo que se es en mucho menos de lo que en verdad se es y se puede ser. Repase en mis

recuerdos la historia, nuestra corta y mortal historia, lo perecedera que era, lo mucho

que se hizo en tan poca historia, pensé en lo que vivimos juntos (nuestra corta y fugaz

historia). Yo sabía cómo terminaría desde la primera vez que hablamos. Nuestra primera

conversación se centró en la imposibilidad de nuestro destino, en el haber llegado tarde

el uno en la vida del otro, en su hija y en el padre de su hija; en mi compañera, en la hija

que no era mía pero como si lo fuera; ¡tarde! que tarde uno en la vida del otro. Que

fugaz encuentro entre lo que se ha vivido y lo que queda por vivir. Ella afirmaba

convencida que yo era todo lo que ella había soñado, que yo era todo lo que siempre

quiso- dijo; pero que por un sueño no dejaría su realidad (al principio yo creí lo mismo

para mí). Sin embargo, seguimos adelante, con infantil premura, con rebeldía absoluta.

Con ingenua esperanza. Me pregunto ¿cuál fue la razón de ese comportamiento? ¿Cuál

era mi insistencia?, yo mismo vi el desenlace de todo aquello, como una premonición

desafiante, yo mismo sabía cuán roto habría de quedar. Me engañé todo el tiempo. Creí

cada una de las palabras, cada abrazo, cada beso. Tal vez -me respondo-, fue aquel

primer contacto: Estrechar mi alma contra la suya en un eterno abrazo que conservo.

Aquel primer abrazo luego de casi un año de evadirnos, de contestar con indiferencia
los mensajes, de obligarme a no buscarla, de silenciar el grito que tenía el nombre de

ella ecos profundos en mi pensamiento (ese maldito nombre que no dejo de repetir en

mi cabeza). Tal vez fue el abrazo lo que me motivó a negar lo que mi cabeza y mi

corazón decía; ese abrazo tibio y eterno en el que nos dijimos todo lo que sentíamos sin

necesidad de articularlo y que acalló por completo mi racionalidad (ese sentimiento que

tanto sentí correspondido y que hoy aduzco fue otra cosa, al menos para ella). Ese

abrazo que aun siento nítido, como si estuviera ocurriendo ahora. Aquel sábado y aquel

abrazo donde todo iniciaría.

Salí de clase, como siempre, esperando verla en alguno de los pasillos de la universidad,

ver su rostro en medio de tanta gente, en medio del tedio de la tarde, en medio de la

soledad casual de un lugar que se hallaba extraño al no reconocerla; tal como lo hacía

desde hace un año cuando por primera vez cruzó el umbral de la puerta en aquel salón

solitario donde yo me encontraba esperando la poca asistencia a mi aburrida clase.

Esperaba verla a lo lejos tal vez y esbozar una tímida sonrisa, un adiós lejano; verla al

fin y al cabo. Sin embargo, allí estaba frente a mi salón, como una aparición, como la

sombra de otro tiempo; como si me estuviera esperando (lo estaba, luego ella misma lo

confirmaría). Me encontraba yo hablando con dos estudiantes, dando explicaciones de

un tema que ahora no recuerdo. Quedé mudo casi de inmediato. Jamás la había visto

más hermosa. Su jean ajustado, su buzo azul, la camisa de botones blancos y esa

bandana en el pelo. Pero eran sus ojos. Ojos enormes que cargaban esas largas patas de

araña negra lo que la hacía para mí irresistible. Me saludó sonriendo (!esa sonrisa!).

Debía llevar un equipo de cómputo que había utilizado en mi clase, así que le pedí que

me acompañara. Subimos las escaleras casi sin hablar. No se me ocurría qué podía yo

decir. Hice las preguntas normales, las adecuadas en mi posición. Ella respondió de la

misma manera, sonriendo. Estaba feliz de verla.


La oficina de sistemas estaba desocupada, así que el trámite de devolver aquel equipo

no tardó mucho. Le invité un café. Nos sentamos en una esquina, afuera de la cafetería,

en una mesa con sombrilla y sillas de madera. Ella posó sus pies en la base de la silla en

la que yo me encontraba sentado, mientras yo me recliné sobre mis rodillas. Detallé sus

piernas, esas largas piernas delgadas que me resultaron intensamente bellas. Hablé sobre

sus tobillos, la única parte de su cuerpo que no iba cubierta, además del rostro y las

manos. Hable de manera incorrecta para mi posición. Hablé de manera incoherente para

ser yo. Hablé y hablé y hablé. Ella reía mientras yo recurría, de manera casi bizarra, a

elogiar la belleza de aquellos tobillos. Reía y yo empecé a amar aquella risa con ardor,

como si no quisiera escuchar otra cosa. Amé esa risa de manera libre y profunda. Aquel

sonido hizo un eco en mi interior que aún mantengo vivo, encendido como una llama de

aceite eterno. Quise ponerla como tono en el teléfono. Ahora, hubiera querido grabarla

aquella vez, para escucharla en este momento, para reproducirla una y otra vez, para

seguir escuchándola ahora mientras miro el techo de puntas en esta habitación. El

teléfono de María Helena sonó, el padre de su hija venía a recogerla, ese ingeniero de

mente pequeña por el que empecé a sentir celos. La acompañé hasta la salida y empecé

a sentir su ausencia. Antes de llegar a la puerta se dio la vuelta y me abrazó. Me dio

aquel abrazo fuerte, largo, lleno de un silencio que lo decía todo (todos nuestros abrazos

serían así en adelante. Únicamente en el restaurante, aquel último día no hubo ningún

abrazo. Otro sábado. ¿Cómo cabe tanto amor y tanto odio en un solo día?)

Dejé la cama y me tumbé en el suelo para realizar los ejercicios habituales: Cincuenta

flexiones de pecho, cien abdominales. Me quité la camisa y el pantalón gris que uso por

pijama (soy un saco de huesos- pensé). Entré al baño y miré mi rostro en el espejo. Vi
mi pelo desordenado. La barba desordenada. Los ojos desordenados. Los pensamientos

desordenados. Sin moverme apenas, puse atención en las arrugas en mis ojos, en mi

boca cansada. Miré fijamente aquellas líneas que salen del borde de mis ojos, de la

comisura de los labios. Estoy viejo - me dije. Entré a la ducha, abrí el grifo del agua y

deje caer el líquido caliente primero en mi pelo, luego por mi espalda, dejé que todo mi

cuerpo se humedeciera lentamente. Cerré los ojos y pensé en cómo de inmediato

forjamos aquella intimidad. Esa misma tarde me dijo que estaba cocinando algo en su

apartamento. Yo la imaginé allí, sin saber siquiera el color de las paredes, pero la vi, la

pude ver, sosteniendo el teléfono con la cabeza y en la mano algún cucharón, alguna

sartén, utensilios habituales que se usan para la labor de preparar los alimentos. Nos

pusimos cita aquella misma semana. Queríamos vernos, repetir el abrazo. Algo más a lo

mejor. Un beso.

Pero aquella misma semana no fue. Sentía que algo no iba bien, pensé en las

consecuencias, en el final del juego. Todas las alarmas en mi pecho se encendieron. La

cabeza ardía pensando en lo que podía perder: ¡Mi familia! la estabilidad que había

construido, el lugar que me había hecho para estar tranquilo. Entendía que nada iba a

salir como lo esperaba. Qué nada podía salir bien. La llamé un martes a la tarde, luego

de mi última clase. Dirigí la conversación hacia su realidad, la volqué a pensar en él, en

su hija; la insté a dejar todo lo nuestro allí, sin heridas, sin ayeres, sin promesas. Corté

aquella locura. Con la misma facilidad y frialdad que demostraría siempre, me dejó ir

sin chistar. Aun así esperé que asistiera a la cita, la esperé el miércoles, la esperé el

sábado. Quería que me buscara, pero no lo hizo (nunca lo hizo, nunca lo ha hecho).
Tomé shampoo en la mano y lo esparcí en mi cabello. Mientras lo dejaba actuar, pasé el

jabón por mis brazos, por mi vientre. ¿Por qué tuve que escribirle de nuevo? Había

borrado su contacto como promesa de no volver a saber de ella y sin embargo, por la

mensajería del correo le escribí una frase. Mis dedos se movieron solos, algo en mi

actuaba con la voluntad que yo no quería. Oprimí enviar como si estuviera controlado

por algo más que mí mismo. Aquella frase que hacía parte de una canción insistente

desde aquel efímero adiós: “y en tu ausencia las paredes se pintarán de tristeza…” Se la

envíe. Sentí debía decir algo y no se me ocurrió más nada. Debí dejarlo pasar. Por

dentro, de pronto, aquella ausencia de nada, porque más de un abrazo no había sido, me

estaba minando. Así que escribí poseído por una voluntad que parecía ajena y ella

contestó. Volvimos a citarnos.

Nos vimos de nuevo en la universidad. Nos abrazamos. Nos abrazamos tanto que todos

a nuestro alrededor debieron darse cuenta que se trataba de algo más que un simple

abrazo. Nos abrazamos por todos los abrazos que nos debíamos en una vida el uno sin el

otro. Nos abrazamos como debe abrazarse a un perdido que es encontrado cuando todas

las esperanzas se han desvanecido. Me abrazó como si me hubiera encontrado. La

abracé como si la hubiera yo encontrado a ella. Nos abrazamos de tal manera que era

como si no quisiéramos soltarnos (En verdad no quería soltarla). Y ya no solo nos

abrazamos, sino que al soltarnos un poco, nuestras miradas se cruzaron y nuestros labios

se encontraron. Hubo allí un pacto cerrado. La perdición se había consumado.

Permití que el agua cayera libre sobre mi cuerpo. Con los ojos cerrados, como si no

quisiera abrirlos nunca más, levantando la cabeza para que el agua diera directo al

rostro. Esperando que el agua se llevara consigo el pensamiento, el sentimiento, la


ausencia, ausencia mía, ausencia de ella, ausencia de todo. Que todo aquello se fuera

por el drenaje. ¡Adiós a todo! ¡Espero tengan mejor suerte en ese lugar al que se

dirigen! ¡Sean libres y no vuelvan más! Pero allí se quedaron, pegados a mi cuerpo

como larvas que engordan en la fruta podrida. Allí seguían, dando vueltas en el carrusel

de mi propia desesperación. Le invité un café, la besé, arrastre mi mano bajo la blusa y

le pedí que me acompañara, deseaba estar solo con ella, sin las miradas, sin los sesgos,

sin el miedo. Se negó. Yo insistí. Se negó más. Yo insistí más. Accedió. Prometí que

solo nos la besaría. Así fue, solo la bese. Besé su cuerpo completo. Ocupé su vientre, a

su pecho, a sus piernas, piernas delgadas y largas, principio y fin del paraíso y del

infierno. Descubrí entonces esa otra voz que ya no he de olvidar jamás. La voz de sus

gemidos cuando mis dedos acariciaron su sexo. Y esa otra mirada, la del éxtasis. ¿Cómo

olvidar ese rostro cuando la explosión de colores la hizo caer de espaldas en la

almohada? Nos despedimos contrariados. Tomé un taxi y fui directo a la oficina. Me

senté frente al ordenador pero no fui capaz de hacer nada. Tenía la mirada perdida en el

recuerdo de su piel, en la música de sus gemidos, en su mirada tan llena de mí. Mis

manos olían a ella, mi piel olía a su piel. Mi alma olía a su alma. No sabía aquella noche

cómo haría para dormir al lado de otra mujer y no sentir las ganas de que fuera otra, que

oliera a lo mismo que yo olía. No sabía ya como estar con otra persona. Solo pensaba en

estar nuevamente con María Helena. Mi alma ya no estaba conmigo. La entregué en los

besos que dejé esparcidos por la piel de Malena. Ya no me pertenecía. Ya no le

pertenecía a mi compañera.

La mañana siguiente esperé insistente su mensaje (El mensaje de los buenos días. El

mensaje que hacía que el sol saliera. Los girasoles. Mi guapo, mi guapito, mi

muchachito- decía. ¿Cuándo dejó de llamarme así?). Hicimos la promesa de volvernos a


ver. El ingeniero saldría de viaje (vivía de viaje él), era el momento perfecto, pero tenía

que esperar casi un mes. Mientras tanto, debía conformarme con un café. Así lo

hicimos. Nuestros encuentros se traducían en sueños. Hablamos de nosotros, de aquel

sentimiento que nos embargaba, que la desbordaba dijo. Hablamos de la imposibilidad

de estar juntos, de solo poder vivir aquellos lapsos de tiempo como si fueran una vida.

Prometí, como se promete algo que no vas a cumplir, que me conformaría con eso, que

sería suficiente. Sería su amante y ella la mía. Nos besamos, con esos besos tan intensos

que sabíamos tener, ella mordía mi labio y yo la amaba aún más. Cuándo nos

despedimos hubo más besos, nuevas promesas, un hasta pronto y un hasta siempre. Me

alejé volviendo atrás la mirada con tristeza que no supe explicar, la tristeza, tal vez, de

reconocer en lo que se dijo palabras al viento, palabras que sangran por los filos de su

propio vacío, palabras que se dicen por decir, vacías en tanto que no hay decisiones en

ellas (sé ahora, he sabido siempre, que no soy más que una opción, una posibilidad

infinita cuál arenas en el desierto que me ha puesto a habitar, donde no soy más que un

grano que se pierde entre los millones de granos que existen allí. Soy la posibilidad

remota, la siempre ausente decisión). Promesas incumplidas siempre hemos sido.

El agua caía y caía encima de mí. Puse mis manos sobre la baldosa de la pared y deje

que el agua caliente se deslizara libre por la espalda. No sé cuánto tiempo llevaba yo en

la ducha. Mis dedos empezaron a arrugarse, como si de pronto la piel me quedara chica.

Puse el agua fría y deje que todo mi cuerpo se estremeciera por el cambio de

temperatura. Cerré la llave y corrí la puerta. Tome la toalla y me quedé de nuevo

absorto en el vacío. Mirando un lugar lejos en mí baño. Toda la semana sentí náuseas

ante la inminencia de volver a verle. La tarde del jueves que habíamos concretado, la

tarde en que nos veríamos de nuevo, deseé con todas las fuerzas que algo pasara.
Necesitaba una excusa para alejarme. Que la hija enfermara, que el ingeniero hubiese

vuelto sin avisar. Que un trancón en esta ciudad que tiene más autos que moscas la

retrasara. Que simplemente no se le diera la gana de ir. Pero llegó. Tomamos primero un

café. Quería evitar el encuentro íntimo, postergarlo, negarme a todo ello. Insistí en que

todo aquello era insano, que saldríamos lastimados. Le pregunté si en verdad quería que

pasara, respondió con decisión que sí (una de las pocas veces en que la vi tan decidida

por algo) Salimos de allí buscando un lugar donde estar a solas. Desee desencantarme,

mirar sus defectos, sus piernas demasiado delgadas, su vientre no tan plano, su trasero

plano, su falta de atributos. Sin embargo, mientras quitaba su ropa con delicada

paciencia me gustaba aún más y la amaba aún más. Y así fue. La amé aquella tarde con

toda mi alma y con toda mi piel. Nos poseímos en una abrazo en el que no sabíamos

dónde empezaba el uno y donde terminaba el otro, nos besamos como si se en ello se

nos fuera la vida o como si la vida dependiera de ello. Sentimos nuestras almas que se

fundían la una con la otra. Nos abrazamos desnudos y sentí que había estado con ella

desde siempre, que en otra vida la conocí y en la futura he de conocerla. Sentí que

éramos parte de una misma cosa. Nuestros gemidos llenaron la habitación como una

sinfonía concreta en la que las cuerdas no invaden los vientos; en la que la percusión

sigue con delicado compás el batir de la batuta en el aire. Como si un director de

orquesta invisible indicara donde poner la piel, con qué compás realizar los

movimientos; un sujeto invisible que marcaba el ritmo de las caricias y la suavidad de

los besos. Su contacto fue todo lo que nunca pude siquiera haber soñado. Por primera

vez en mi vida supe el significado de eso que es ¨hacer el amor¨. El sabor de su piel, el

sabor de su cuerpo, el sabor de sus labios, fue néctar y ambrosía para mi dios

hambriento. Jamás sentí tanta plenitud en un encuentro, jamás tan completo en toda mi

vida. Tuve que aceptar lo obvio. Estaba enamorado. Con un amor único y ardiente como
el que jamás me había ocurrido, ni siquiera imaginado. Y es que, no era nada de su piel,

no fue nada de su sexo. Fue toda ella allí conmigo. Fue toda ella que me abarcaba y

sobresaltaba. Era toda ella siendo yo y yo siendo ella. Era mi alma que hablaba

directamente a la suya, y su alma hablando directamente a la mía. Era ella. Lo que yo

soy cuando estoy con ella.

Dejé la toalla encima del váter una vez me hube secado. Aplique la crema del cuerpo en

el pecho y en la cara. De nuevo me miré al espejo y a pesar del baño, nada había

cambiado. Seguía yo con la misma expresión ausente, me reflejaba igual, más denso,

una sombra no más en el espejo lleno de vaho que dejó el calor de la ducha. Una sombra

de una vida que no me pertenecía. ¡Un fantasma apenas! Me miraba, pero no me veía.

No lograba encontrar coherencia en mi rostro. Donde comúnmente había ojos, se

encontraban dos óvalos vacíos, distantes uno del otro por el intersecto de la enorme

nariz. La veía a ella. La vi la tarde en que disfrute las horas como nunca antes lo había

hecho. Horas que parecieron minutos cuando nos despedimos. Puedo recordar con

exactitud cada detalle de su cuerpo, de su ropa. Las manchas al final de su espalda (esa

galaxia al final de su espalda). Los lunares en su espalda (soles y lunas que marcaban su

espalda). La tinta de una guitarra alada (¿quién te habita mujer?). La luz sobre su piel

que la hacían tornasolar (el arcoíris que la luz desprendía de su piel) La mirada de ella,

cansada y extasiada, puesta en mí. Nos vestimos sin prisa. Nos despedimos y me quedé

solo con su ausencia. Era inevitable. La amaba (aun lo hago), pero ella regresaría a una

casa, a la realidad de una vida tranquila y yo a la mía, ya no tan tranquila. Me contó que

tuvo un sueño la noche anterior: Tenía entre sus manos un pimiento rojo hermoso. En el

sueño lo dejaba caer y se estropeaba: lo metía a la nevera esperando que se recuperara,

pero al abrir el refrigerador estaban los pedazos podridos. Interpretamos que se trataba
de una premonición, que hablaba de la familia de ella, su pimiento hermoso hasta

entonces. Luego, incluso ahora, sé que ese pimiento era mi corazón. Era también este

amor que se pudre. Era yo en la nevera fría y helada con la que me había tratado. Era yo

pudriéndome en esta soledad salvaje de los recuerdos, del no ser más que un ausente

que no ha sido extrañado. Esa noche yo dormiría con una mujer que ya no amaba. Que

a lo mejor nunca lo había hecho. Una mujer que me brindaba paz y tranquilidad, pero

que todo aquello no provenía de la capacidad de amar. Abrazaría a una mujer a la que

yo ya no le pertenecía, porque no era María Helena. Supe que había perdido lo que hasta

ahora había sido yo y todo lo que había construido en cinco años de relación. Entonces

comprendí que yo mismo me había perdido en unos ojos, en unos labios que hacían

gestos desprevenidos al articular las vocales cerradas, al comer y al callar. Sellé mi

destino con un poco de sudor, de labios y de piel. Me convertí en pimiento que caía. Yo

salté. Yo caí. Yo me pudro por dentro. La nevera, la caída, el pimiento. Me pudro.

Tome el aerosol del desodorante y lo apliqué sin ganas. Busqué el aerosol para el cuerpo

y lo apliqué también sin ganas. Tomé la toalla y la coloqué alrededor de mi cintura y

salí al cuarto a buscar la ropa interior. Me puse el bóxer rojo, aquel que utilicé esa

primera vez. Lo compré para esa primera vez. Me esmeré mucho para verme bien esa

primera vez. Me afeité el cuerpo para verme mejor esa primera vez. Para que ella me

viera mejor esa primera vez y las que siguieron. La siguiente semana inició la ruta que

lleva al fin. No solo admitió que me amaba (te amo- dijo) y que quería un futuro

conmigo, un jardín de girasoles juntos. Sino que empezamos a tramar la libertad para

amarnos. Nuestras conversaciones empezaron a ir de un lado a otro sobre esta

posibilidad. Una tarde luego de terminar mi clase, le hablé y pregunté por teléfono si

ella lo amaba. No supo responder. Pregunté si él la amaba, la respuesta fue -muchísimo-


Esa claridad al responder me desarmó. Me produjo un caos que reverberaba profundo.

Me recordó la verdad que no quería reconocer: Ninguno de los dos era libre (¿no lo

somos acaso siempre?). ¿Qué le estaba haciendo yo a aquel hombre? Aunque ingeniero

seguía siendo un hombre, una entidad que me quitaba toda posibilidad de ser feliz, pero

hombre al fin y al cabo. No quise seguir sintiendo que era un canalla, un ladrón al

acecho; y decidí de nuevo dejar todo a un lado, poner fin y volver atrás (¿atrás?). Quise

que lo amara y que siguiera adelante, que no siguiéramos en esta pesadilla, haciéndole

daño a gente que no se lo merecía. Quise que tuviera un futuro con él. Colgué y me

prometí no hablarle de nuevo. Evidentemente no pude aunque me resistí. Me obligaba a

no dejar que mis sentimientos interfirieran. Pero una vez más, poseído por la misma

voluntad que hacía de mí un muñeco de chocolate que se derretía en una sartén caliente,

le hablé. Unos días pasaron y volví a escribir. Volvimos a ser nosotros en secreto. Sin

embargo, algo había cambiado. Nunca seríamos los mismos de nuevo.

Le puse cita de nuevo en aquel hotel. Hicimos de nuevo el amor y supe que no se

trataba de nada de su sexo, pese a que lo disfrutaba como nunca antes a ningún otro. Se

trataba de ella, de ¨hacer el amor¨ con ella. Eran los ojos en los que las patas de araña

me rozaban (esos ojos que me reflejaban completo, eterno), eran sus manos y como me

tocaban. Pero en definitiva era yo cuando estaba con ella. Era ese vacío que había tenido

siempre y que de pronto a su lado se llenaba y desaparecía. Era ver en ella a todas mis

heroínas literarias tomar hueso y carne. Era ser literatura, poesía y música cuando

estábamos juntos. Era en definitiva, el amor único que me ardía en la garganta, en los

ojos, en las manos. En definitiva, era ella. Nunca fue sexo, era amor representado en la

entrega, en la desnudez, en el encanto de poseernos y ser uno solo. Era estar piel con

piel y pensar que no existía el tiempo, el afuera o la realidad. Era ser nosotros. Era la
magia que había entre nosotros. Todo era magia con ella. ¿Cómo olvidar aquel beso en

Wilborada? Eso fue magia en su estado más puro: Una librería-café, casa antigua.

Escaleras antiguas. Un segundo piso. Las estanterías de libros. Una esquina a la sombra

de Proust, de Doivstoiesky, de Camus, de Kafka y de Kundera. Un beso en esa esquina.

Un beso largo, un beso profundo. Un café, un cappuccino, una torta de chocolate. El

beso. El abrazo ¡Magia!

No sé cuánto tiempo estuve de pie en silencio. A lo lejos el ladrido de un perro me

volvió a la realidad. En la radio sonaba Silent Lucidity, recordé al abuelo (las señales.

Recibimos todas las señales. Nunca confió. Las señales: la lluvia, la literatura, las

canciones, los sueños, el abuelo. La verdad está en las señales). Luego de secar mi

cuerpo y dejar que el desodorante actuara, me puse el pantalón corto que me gustaba

llevar los fines de semana. Se me caía. Había perdido peso, aunque seguía comiendo

igual. Mi cara estaba delgada, apagada, alargada. Ya no brillaban los ojos. Ya no era era

yo (un saco de huesos era). Después de aquella segunda vez en el hotel caí en depresión.

Comencé a sentirme mal con todo. Nada me satisfacía, nada que no fuera ella, que no

fuera con ella. Un vacío me invadía. Una ausencia absurda de todo. Un domingo hablé

con ella (al principio no hablábamos los fines de semana, teníamos un horario. Luego

hablábamos todos los días, a toda hora). Yo estaba solo en casa. Me encontraba

haciendo ejercicio en el suelo cuando ella se refirió a él con amor, con presencia, con

futuro. Él era una presencia viva entre nosotros. Yo mientras tanto era el eco de un

futuro que no existía, la visión de un pasado a través del espejo (una sombra, un

fantasma, una fotografía desenfocada). Ella, la que siempre había dicho las palabras

perfectas, sacadas de toda irrealidad, ella que desprendía poesía y música a mis oídos,

ella que me susurraba Sex Tape al oído… ella decía, entonces, que el ingeniero lo era
todo para ella. Enloquecí con furia, con dolor; sentí un frío que recorría todo mi cuerpo.

Desee morir allí mismo, ausente, solo. La nada se desprendía de mí, me miraba a la

cara, me sonreía burlona. Tomé las llaves del auto y salí sin rumbo fijo. Compré

cigarrillos, hace años había dejado de fumar, pero aquel día empecé a hacerlo de nuevo.

Maneje y maneje y maneje. Salí de la ciudad. Quise poner al fondo el acelerador y

estrellarme contra el poste de la luz a uno de los lados de la carretera, o contra uno de

los carros que había a mi distancia. Quise terminar de perder lo que me quedaba. Quise

perder la vida allí mismo. Pero llegué a un pueblo al que no le conocía ni el nombre. Me

senté en la plaza central, llena de gente, de niños que jugaban con una pelota, de parejas

en bicicleta, de ancianos melancólicos y madres que veían a sus hijos correr. Me senté a

pensar en porqué Dios se burlaba de mí de esta manera. Busqué las iglesias y todas

estaban cerradas. Un domingo. Incluso Dios me había abandonado. Un pueblo lleno de

gente en domingo, que no se daban cuenta de lo absurdo que era todo, un pueblo con un

amplio parque central y la imagen de un indígena que contaba la historia de la

conquista. Me senté a fumar, en un lugar apartado del parque, bajo un árbol, en el suelo.

Un perro se sentó a mi lado. Agradecí aquella inesperada compañía y le cogí la cabeza

pese a que su cuerpo se llenaba de moscas entre las llagas de carne viva. Caminé calle

arriba por una empinada. Me paré a mirar el valle que se divisaba desde lo alto de un

mirador. Pensé, pensé y pensé. Fumé, fumé y fumé. Era un lobo derrotado. Tomé una

decisión. Volví a casa, no sin antes pasar por el cementerio. Visité a mamá, hablé un

rato con ella, lloré, le conté mi versión de la historia, le pedí perdón por una nueva

decepción en mi vida. Desde entonces no he vuelto. Parqueé el auto, subí las escaleras

del edificio que daban al apartamento y abrí la puerta. Mi compañera estaba sentada allí

esperando noticias mías, la observé en silencio. Serví un scotch y se lo conté todo. Me

sentí liberado. Ella lloró, me maldijo, me golpeó. Hizo todo lo que se supone que debe
hacer una persona cuando algo así ocurre. No esperaba menos de ella, tampoco más. No

dejó de ser frustrante verla actuar como es debido, pese a que lo debido no siempre es lo

más lógico o racional. Fue frustrante verla actuar como yo no lo hubiera hecho. Al final,

fue también liberador. De esto se había tratado siempre esa relación. Del deber, de un

deber. La situación esperada me ahorraba la melancolía del recuerdo. Me hacía más

fácil sentir que mi decisión era la correcta. Me hacía más sencillo recoger mis cosas e

irme. Hace mucho había dejado de quererla (no había amor). Ahora sabía por qué, lo

reconocí. No era.

Culminé el trámite de vestirme. El rito diario de ser, de convertirme en yo mismo. Tomé

una camiseta negra. Ramones se leía al frente y atrás de la tela negra. Busqué unas

medias que combinaran. Me puse chancletas y me dirigí a la cocina. Puse a calentar

agua para hacerme una aromática en la única olla que poseía, y mientras esperé que

hirviera, vi la cara de María Helena en el fondo de la olla. Le conté lo que había hecho.

Nos vimos la semana siguiente en un café. Una librería café. ¨La casa tomada¨. Le

compré libros, una porción de torta de chocolate y un cappuccino. Le leí en voz alta el

primer capítulo de una novela. Hablamos y nuestra conversación volvió, en círculo

vicioso, al mismo punto: “nosotros”, yo estaba decidido a que lo hubiera. ¿Por qué le

creí? Siempre lo hice. Sus viles y mentirosas palabras que hablaban de una decisión que

yo nunca he sido. Palabras que sólo reflejan un afán infame de verme convertido en no

más que un silencio. Me pidió tiempo (el tiempo siempre fue para ella un símbolo de

que todo se acabará. Una manera más de alejarme pero al mismo tiempo de tenerme

cerca. Una manera más de usarme como era ya costumbre. El tiempo era para ella, otra

forma más del engaño), un año al menos. No sabía cómo terminar lo suyo, no sabía

cómo deshacerse de su pasado, de su presente, no sabía cómo terminar un hogar (no

sabe, no quiere. Ingenuo y estúpido yo era, yo fui. Yo soy). Y sin embargo allí,
hablamos de los girasoles, de un campo de girasoles que construiríamos juntos (mentira

tras mentira que yo engullía como un niño hace con los dulces aunque sabe que ha de

doler el estómago luego. Mentiras y solo mentiras que creía salían de su más interno ser.

Mentiras que yo creía porque confiaba ¿Qué otra cosa podía hacer?). Esos girasoles que

vinieron a nosotros con la primera canción que me dedicó: “cê tem uma cara de quem

vai fuder minha vida” Volvíamos a los girasoles como una clave entre nosotros.

Escribía sobre girasoles, hablábamos de girasoles. Ella prometió estar conmigo. Pero

prometió también, como quien promete algo que no va a ser capaz de cumplir.

El agua hirvió. Tome un sobre de aromática. Mora. Lo rasgué. Puse el contenido en el

único pocillo que poseía. Vertí el agua que exhalaba vapor y tomé una cuchara, la única

cuchara que tenía y revolví lo que había adentro. Dando giros a la infusión tuve la

sensación de que era mi sangre la que se mezclaba con el agua. De que bebería mi

propia sangre, en un ritual pagano para olvidarla. Liberarme de una vez por todas de su

imagen, se sus promesas vacías, de su eterno retorno para no quedarse. Imaginé que

vertería mi sangre diariamente hasta que no quedara una gota y así poder dejar de

pensar, de pensar en ella, salir de aquí, volar lejos de mi miserable estupidez. Tomé el

líquido como si fuera la despedida. Bebí allí todas las preguntas sin respuesta que me

han quedado. Vertí mi sangre y quise ser libre al fin. Imaginé verter mi sangre y todo mi

amor por ella y darles fin.

Puse el pocillo encima del comedor. La sala estaba vacía. Solo el comedor habitaba en

ese espacio. Miré por el amplio ventanal sin cortinas y la su imagen no desapareció. Al

contrario, la vi clara aquella vez en el restaurante italiano, donde terminamos hablando

de nosotros. Ya no había tanta felicidad al vernos. Siempre dábamos giros en círculos


sobre lo mismo: nosotros y la posibilidad de estar juntos. Siempre hablaba de él, de su

hija, del daño que les haría (debo sanar- dijo la última vez. Espérame cómo la opción

que eres cuando todo salga mal!). A pesar de esto, insistía en que me amaba (¿amar? No

sé ama haciendo tanto daño) -esto que siento me desborda- dijo. Que soñaba con el

jardín de girasoles- también dijo, soñaba con una vida juntos, pero no sabía cómo eso

sería posible, (¿Cómo planear un rompimiento? ¿Cómo urdir una huida?) Dos lobos

peleaban en su alma- afirmó. Le dije que yo no estaría allí para siempre. Dijo que había

tenido otro sueño, en el que él le decía que ya no la quería, que la dejaba sola y que ella

se sentía aliviada (lo difícil hace más fuerte. Pero siempre eligió el camino fácil.

¡Maldita cobarde!) . Aquel sábado al medio día, mientras comíamos, me dejó ella por

primera vez (de las muchas que se volverían costumbre). Dijo que no sería capaz y se

marchó. Llovía y yo camine sin mirar atrás. Fume de nuevo. Volví a mi casa y me serví

un scotch tras otros. Le escribí. Volvimos.

Sorbí el brebaje aún caliente. Su sabor era algo metálico (como la sangre). No es una

buena olla aquella en la que hierve el agua, pero es la única que tengo. Tomé una

galleta, la partí en dos y me la llevé a la boca. Mis ojos seguían fijos en un lugar que no

está allí en ese salón. Traté de verla a la distancia, a través del teléfono, como aquella

vez, un poco antes del final, cuando me dijo de nuevo que no podía, que sus lobos

seguían en lucha y que no podría (siempre el lobo de él me vencía. Siempre el lobo-otro

era más fuerte. Yo era la opción). Tomé la decisión de estar solo. De salir de una vez de

aquel apartamento en el que no me hallaba y de estar solo. Sin ella, si la que había sido

mi compañera, sin nadie. Conmigo mismo. Ese lunes, a través del teléfono le dije que

no la vería más. El martes volvimos a hablar. Me pidió volver. El miércoles hablamos

de nuevo, quedamos de vernos. El jueves nos encontramos. Habíamos decidido hacerlo


juntos de nuevo, pidió un año de nuevo. Acepté. Aquella vez fue en la biblioteca. Nos

abrazamos, nos besamos. Cada uno le dijo al otro que lo amaba. Pero yo y mi manera de

preguntar, de querer saber, nos llevaron a la misma conversación: nosotros, nuestras

posibilidades, su decisión, yo, la opción. Allí apareció de nuevo, como siempre, ella, la

dicotómica, la ululante, la que iba y venía entre una decisión y otra, la batalla de los

lobos que yo siempre perdía. La que va del sí y al no con escasos intervalos. La decidida

y la temerosa. La que me dice que me ama y se va. La que me deja y me pide -vuelve-.

La que me ama y no me ama (la que no me ama siempre. La que no me a amado nunca).

La que quiere y no quiere la vida que tiene. Una vez más me dejó. Esta vez esperé que

fuera para siempre.

La aromática desapareció del vaso (La sangre desvanecida, el color rojo de la

sangre.(Todo se esfuma. Todo es pasajero. Un sueño. Una pesadilla. El sudor frío se

arrastra por la espalda). Recogí la envoltura de las galletas y las llevé a la cocina. Dejé

todo allí en el lavaplatos. Me sostuve de la placa de mármol y me quedé un rato. Miraba

el suelo con las manos extendidas, realizándome mil preguntas al mismo tiempo ¿Por

qué la busqué? ¿Por qué insistí? ¿Por qué otra vez yo? Alcé la cabeza. El mundo

empezó a darme vueltas, me mareé. Cerré los ojos y recordé aquel viernes en que me

llamó a la noche y me dijo -él se dio cuenta, lo sabe todo. Tiene tus fotos, tiene las

conversaciones- Sonreí con una sonrisa estúpida cuando dijo estas palabras. Luego me

preocupé. Me contó que la había notado extraña y que comenzó a buscar entre sus

archivos hasta que encontró nuestras conversaciones, nuestras fotos. Le riño. La llamó

de manera grotesca. La culpó. La insultó… La golpeó. Lo odié.


Aquel sábado a la mañana en que me buscó lucía triste. Tenía esa chaqueta rosada

amplia que a partir de ese momento empecé a ver por todos lados. En todos lados una

chica con esa chaqueta y yo siempre recordándola a ella: María Helena. Estaba triste.

Me odié por su tristeza. La vida se le había desmoronado y yo me sentí culpable. La

felicidad del día anterior (la sonrisa estúpida) cuando me dijo que él se había enterado

se diluía entre sus ojos sin brillo, entre su boca sin sonrisa. Pensé que, como me lo había

dicho ella una vez, se alegraría de que él se diera cuenta. Al contrario, sus ojos se

desvanecían, hundidos en un lugar al que ya no podía llegar (los lobos, yo perdiendo,

nada había cambiado). Empecé a comprender que sus palabras no guardaban realidad,

solo ilusiones de historias no contadas, solo falsas promesas en lugares que no existían.

Solo ella allí con la ilusión que pende de un hilo, amarrada a lo que tiene sin quererlo

soltar. Al final, solo eran eso, palabras. La acompañé todo el día. El domingo la busqué

temprano. No teníamos a donde ir. Vagamos la ciudad cogidos de la mano. Dormimos

en un hostal y cumplí un sueño que tenía desde que la conocí: Abrir mis ojos y

encontrarme con los de ella. Pero fue un sueño a medias. Sus ojos apagados me llenaron

de tristeza. Hicimos el amor y el amor estaba apagado (nunca hubo amor. No sé qué

hubo. Su amor era un engaño. Ella engañándose, engañándome. Yo dejándome engañar.

Como un perro que se persigue la cola, siempre en círculos, siempre al mismo lugar).

Algo en ella había cambiado, lo supe ese día. Lo que decía haber sentido por mí ya no

estaba allí. Añoraba ella su hogar. Añoraba yo su sonrisa. Todo había sido una vil

mentira (los lobos, yo perdiendo, de nuevo. Estaba yo destinado a perder por ella, con

ella).

Unté el cepillo de dientes con crema. Me froté los dientes sin ganas. La boca sabía a

nicotina. Mi imagen seguía igual de borrosa al espejo, aun cuando el vaho había
desaparecido. No podía reconocerme. Lo intentamos. Intentamos hacer que funcionara.

Pero todo se había desvanecido. Sus palabras ya no eran iguales. Sus besos ya no eran

iguales. En definitiva, ella ya no era la misma. Siempre me hablaba de que su hija

estaba primero. Lo entendí. Pero la niña, aquella rolinga que empecé a amar como

extensión de su madre, con la que soñaba caminando de la mano en un parque, se había

vuelto una excusa más. Comenzamos a reñir por teléfono. Me juró que me amaba, que

le diera tiempo (Tiempo. Esa otra imagen del devenir que para ella es una fuente de

esperanza, de que todo vuelva al mismo sitio. Tiempo, esa otra manera que tenía de

mentir). Pero sabía que el ingeniero-lobo seguía siendo más fuerte y que sus colmillos

desgarraban la piel del mío, yo perdía de nuevo. Un nuevo jueves llegó. Un jueves en el

que una bruma espesa en la mañana auguraba malos presagios. El jueves en que todo

terminaría.

Esa mañana no hubo girasoles (Se marchitaban los Girasoles. Algo se podría en la

nevera. El guapo, el guapito desaparecía. Los lobos pelean. Un lobo herido exhala un

último suspiro. Pierde, muere, se pudre en la nevera). Un saludo secó. Un "más tarde

hablamos". Horas sin contestar. Invadido por el silencio, por la locura de aquel silencio.

Por la ausencia de respuesta comencé a llamar. Llamé una y otra vez a su teléfono.

Llamé, llamé y volví a marcar y a marcar sin respuesta. Salí de la oficina. Fumé, fumé y

volví a fumar. Al final contestó. Más tarde te llamo- contestó. La locura, la bruma, los

presagios. No sé cómo no me accidenté manejando hacia la casa de ella. Insistí en el

teléfono. No quiero estar contigo- dijo. Luego hablamos- colgué. Maneje hasta el

apartamento. No tenía otro lugar a donde ir. Decidí recuperar mi hogar. Llegué a la

casa. Me acosté. El sueño me invadía. La necesidad de no pensar, de parar el laberinto

en mi cabeza. El pandemonio dentro de mí cerebro. Mi compañera se sentó a mi lado en


la cama. Había decidido dejar el apartamento ella. Pese a camino a casa pensé que la

mejor opción era recuperar mi hogar, esa era solo una idea en caliente, una forma de

apaciguar la rabia, el fastidio ante la ambivalencia de María Helena. Una manera de

suprimir su idea constante. Ante el anuncio de mi compañera reconocí los signos. Me

sentí aliviado de alguna manera. No insistí. Dejé que las cosas transcurrieran. La

soledad se presagiaba cerca. Estaba solo. Me había dejado una vez más. (Te acojo

compañera soledad, como bienvenida a estar a mi lado. Te acojo bienvenida el tiempo

que lo desees. Siéntate a mi lado, te contaré una historia. Enséñame tú con docilidad y

paciente ironía. Sanaré junto a ti una herida que no cierra. ¿Ves la sangre correr?)

De nuevo en el salón vacío, me senté en una de las sillas del comedor que lo habitaba.

El pequeño comedor en medio de la nada. Encendí un cigarrillo (otro cigarro, cigarrillo

tras otro. Quema las mentiras en el humarada que se consume, exhala todo aquel decir

vacío. Quema todo silencio. Hazlo desaparecer). Miré el humo azul subir. Miré el humo

azul salir de mi boca hacia el techo de puntas. Mire el humo azul formar el rostro de una

desconocida. El viernes siguiente mi compañera se había ido ya de la casa y con ella,

todo lo que antes había en un apartamento al que alcancé a llamar hogar. Estaba solo

ahora. María Helena llamó el martes siguiente. Necesitaba mi ayuda. Me reuní con ella

el miércoles en la universidad, tomamos un café. Nos abrazamos, nos besamos. La

esperanza me invadió. De golpe era la mujer que tanto había amado. Despacio- me dijo.

Respondí con la mirada en lágrimas pero en silencio. Llegó el miércoles, allí estaba de

nuevo su frialdad. Algo había pasado de nuevo (maldito lobo ganando de nuevo.

Maldita costumbre esa de ser un día una y otro día otra. De decidir un día y al otro dar

la vuelta, como un Uroboro, pero que en lugar de eternidad significa finitud. El final de

todo y de la nada que hemos sido (¡Mentirosa!). Me dijo que quería hablar conmigo el
sábado siguiente (Otro maldito sábado, uno de septiembre. Sábado, jueves, septiembre.

Signos sin comprender. La nada: el desasosiego eterno, la eterna espera de sí misma. La

ausencia de verdad. Un viaje y una vuelta al mismo principio. El final). Accedí.

Apagué el cigarrillo. Quise encender otro. Me desanimé. Caminé hasta la ventana, me

apoye en ella con la esperanza de que se rompiera. Caer (Yo caí, yo salté). Era ya casi

medio día. No sentía hambre, pese a que lo único que había llenado el estómago era

aquel brebaje de frutas (La sangre espesa. El humo negro) y un par de galletas de soda.

Volví a sentarme en la silla. Era yo un saco de huesos, cierto, pero no uno de arena (¡no

más!). No tenía la intención de ser golpeado de nuevo. Encendí ahora sí un nuevo

cigarrillo (¿El quinto? ¿El décimo? Lo mismo da). El humo inundaba el salón. El olor a

humo y a colillas de cigarrillo se esparcía por todo aquel apartamento vacío. Tuve

problemas para dormir esperando ese sábado. Las horas, los minutos, pasaban con una

lentitud insoportable. Como siempre, como era su costumbre, llegó tarde (Tarde

llegamos. Tarde nos encontramos). Tuve que esperar media hora más de lo acordado.

Caminamos hacia la entrada de la universidad. Antes de salir le pregunté si de verdad

hablaríamos, o si solo se trataba de un trámite. De un informe poco detallado de sus

últimas decisiones, que como de costumbre, no me incluían. Pregunté si había venido a

informarme algo o si en verdad valía lo que yo tendría por decir (¿alguna vez lo había

valido?). Hablemos- respondió. Aquel día yo estaba tranquilo. Sabía el desenlace y

había también esperanza. Cóctel molotov en un alma que se niega la verdad. Quería

equivocarme. Con que deseo y fuerza quería yo equivocarme aquel día. Su frialdad era

frustrante y auguraba lo inevitable. Le dije que si quería que habláramos fuéramos a

comer algo, pero que sí tan solo quería comunicarme sus decisiones un café sería

suficiente. Escogió el restaurante. Esperé con paciencia. Y allí, de nuevo, como si se


tratara de un trapo de limpiar que se bota cuando se ha ensuciado, me informó su

decisión (una vez más, yo no estaba en ella). Había ganado el lobo de él. Yo pasaba a

ser parte de un pasado que nunca ocurrió, pasaba a hacer parte de una laguna mental

obligada a ser solo un falso recuerdo. Un mendigo de su amor siempre había sido. Un

grano en el desierto, un círculo que había que cerrar. La opción.

Extinguí el fuego de la nueva colilla en el cenicero (el único que poseo) Me dirigí al

cuarto y busqué que calzar. Terminé de amarrar mis zapatos. Salí a caminar. Di vueltas

sobre esto una y otra vez. Di vueltas en las aceras. En los parques. Di vueltas (Cómo el

perro que se persigue la cola, como un Uroboro finito) Vino a mí una canción, esa

canción de Cerati que quise gritarle a la cara: “¡No existes! ¡No exissstesss! ¡No

existes!”. Comí algo que me supo a nada y volví al apartamento. Busqué el Ipad en la

maleta de la sala vacía de aquel apartamento y me puse a escribir estas palabras, a

relatar la historia como quien limpia de pus una herida infectada (podrida. Pimiento

podrido. Amor que se pudre. Historia que nunca fue. Mentiras talladas en granito).

Limpiar las cenizas y las colillas esparcidas por el piso. Ataqué el teclado en una

necesidad enferma por sacarlo, por imprimirlo para luego quemarlo. Necesidad y amor

propio, hybris y catarsis. Intento por comprender, por sanar. Necesidad al fin y al cabo,

de reconocer lo obvio y lo necesario. Me utilizó. Nunca fui ni seré. No había amor.

Reconocer que todo había sido ingenuo, pueril, insensato (mentira tras mentira. Un viaje

de vuelta siempre al principio, que no era otro que el mismo final: Uroboro. Lobo

persiguiéndose la cola). Reconocerme en la historia y darle un final, escribirla para que

escrita quede y dejar atrás así su recuerdo. Porque en definitiva, como estas letras

grabadas en tinta, sangre, humo de cigarrillo, scotch y mentiras; no fuimos otra cosa
más que esto: Una historia que solo habita en mi cabeza. Una historia inventada por mí.

Una historia de ficción. Nada más que un cuento.

(Volvió, tenía que volver. A prometer lo mismo. A irse de nuevo. A mentir y mentir. A

pedirme que fuera una opción. El lobo que siempre ganaba seguía desgarrándome sin

piedad. Volvió un día para irse al otro. Volvió para hablar de amor y luego desvanecerse

entre los dedos de la mentira. Volvió, como vuelve el cobarde, a robar sigilosamente, a

herir por la espalda. Volvió para hacer hincapié en lo obvio: no ama. No a mí, por lo

menos. Una vez más. Un lobo hambriento y victorioso. El cuerpo maltrecho de otro

lobo, desangrado, agotado, vencido Mentirosa. ¡Vil y cobarde mentirosa!)

¿El fin? Incierto

También podría gustarte