Lectura semiótica de Saussure II
Lectura semiótica de Saussure II
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Mirko Lampis
Constantine the Philosopher University in Nitra - Univerzita Konstantina Filozofa v Nitre
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Mirko Lampis
Universidad Constantino el Filósofo de Nitra
[email protected]
Resumen:
Abstract:
The goal of this paper is to study and describe the theoretic foundations of the Cours
de linguistique générale, by F. de Saussure (1st ed.: 1916). More specifically, we will study
here the notion of langue (its explanative status end consequences) and the problem of
change and temporal dynamics of studied system (problem of diachrony).
1. INTRODUCCIÓN
Vamos a dar continuación, en estas páginas, a nuestra lectura semiótica del Curso de
lingüística general de Ferdinand de Saussure, lectura que empezamos a articular y seguire-
mos articulando alrededor de los siguientes recorridos textuales:
Ya analizamos los dos primeros recorridos en la primera parte de nuestro texto (Lam-
pis, 2018), de modo que nos ocuparemos aquí del tercer recorrido (del habla a la lengua) y
del cuarto (el problema del tiempo).
Lógicamente, siendo este artículo una “segunda parte”, para su correcta introducción y
comprensión sería menester tener en cuenta lo expuesto y sostenido en la primera; resumire-
mos pues, para mayor comodidad del lector, las principales conclusiones que ahí se formulan.
1) La organización del Curso, así como la de los materiales que sus editores emplearon
para confeccionarlo, está íntimamente motivada por la necesidad de dar una funda-
mentación racional y rigurosa —es decir, un estatus científico incuestionable— a la
disciplina lingüística; las elecciones teóricas y terminológicas que se derivan de tal
necesidad influirán profundamente en la elaboración de la semiótica contemporá-
nea1.
2) El objetivo de la lingüística científica es hallar y definir las leyes generales y las in-
variantes que gobiernan el funcionamiento y la historia de todas las lenguas. A fin
de alcanzar dicho objetivo, considerando la extrema complejidad del lenguaje hu-
mano —y, asimismo, el estado de confusión que caracterizaba, en opinión de Saus-
sure, los estudios lingüísticos de su tiempo—, se vuelve necesaria una definición
más precisa y rigurosa de los límites de la disciplina, de su metodología y de su ob-
jeto de estudio.
3) Saussure lleva adelante una doble estrategia legitimadora. Por un lado, trata de es-
tablecer conexiones claras y precisas entre la lingüística y las demás disciplinas
científicas, definiendo el lugar que le corresponde a la primera en el sistema de las
ciencias. Por otro, trata de definir de forma rigurosa su objeto de estudio y su me-
todología. A la primera estrategia podemos reconducir la noción saussureana de se-
miología; a la segunda, la noción de lengua.
1
Acerca de las últimas tendencias en la semiótica de inspiración saussureana y en la crítica semiótica al
pensamiento de Saussure, se puede consultar la revista digital Texto! Textes & Cultures (http://www.revue-texto.
net/index.php); véase, en particular, Rastier, 2005, y Boquet, 2005.
Llegamos así a los recorridos textuales que queremos desarrollar más detalladamente
en las siguientes páginas y que giran alrededor de aquellas que son probablemente las más
comentadas y discutidas dicotomías saussureanas: la oposición entre langue y parole y la
oposición entre sincronía y diacronía. Ya en los breves resúmenes presentados aquí arriba
el problema es patente, ya que la definición de un objeto de estudio estable y analizable
de forma rigurosa implicaba la necesidad de dar cuenta, de algún modo, de las variaciones
idiolectales y diacrónicas que afectan constantemente al “heteróclito” lenguaje humano. La
langue es, precisamente, el sistema que los lingüistas deben abstraer y aislar del conjunto
de los hechos del lenguaje, el principio ordenador al que intentar reducir —si no ontológica,
sí explicativamente— todas las manifestaciones lingüísticas.
i) la lengua no es más que una determinada parte del lenguaje, aunque esencial. Es a la
vez un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto de convenciones nece-
sarias adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad en los
individuos (Saussure, 1973: 51).
ii) es una totalidad en sí y un principio de clasificación. En cuanto le damos el primer lu-
gar entre los hechos del lenguaje, introducimos un orden natural en un conjunto que no
se presta a ninguna otra clasificación (51).
iii) Es un tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a una
misma comunidad, un sistema gramatical virtualmente existente en cada cerebro, o,
más exactamente, en los cerebros de un conjunto de individuos, pues la lengua no está
completa en ninguno, no existe perfectamente más que en la masa (57).
iv) Es un objeto bien definido en el conjunto heteróclito de los hechos de lenguaje. Se la
puede localizar en la porción determinada donde una imagen acústica viene a aso-
ciarse con un concepto. La lengua es la parte social del lenguaje, exterior al individuo,
que por sí solo no puede ni crearla ni modificarla; no existe más que en virtud de una
especie de contrato establecido entre los miembros de una comunidad. Por otra parte,
el individuo tiene necesidad de un aprendizaje para conocer su funcionamiento; el niño
la va asimilando poco a poco (58).
v) es un objeto que se puede estudiar separadamente […] Mientras que el lenguaje es he-
terogéneo, la lengua así delimitada es de naturaleza homogénea: es un sistema de sig-
nos en el que sólo es esencial la unión del sentido y de las imágenes acústicas, y donde
las dos partes del signo son igualmente psíquicas (58-59).
vi) es un objeto de naturaleza concreta […]. Los signos lingüísticos no por ser esencial-
mente psíquicos son abstracciones: las asociaciones ratificadas por el consenso colec-
tivo, y cuyo conjunto constituye la lengua, son realidades que tienen su asiento en el ce-
rebro (59).
vii) La lengua es un sistema basado en la oposición psíquica de esas impresiones acústicas,
lo mismo que un tapiz es una obra de arte producida por la oposición visual entre hilos
de colores diversos; ahora bien, lo que importa para el análisis es el juego de esas opo-
siciones, no los procedimientos con que se han obtenido los colores (84).
viii) La lengua es para nosotros el lenguaje menos el habla. La lengua es el conjunto de los
hábitos lingüísticos que permiten a un sujeto comprender y hacerse comprender […]
Pero esta definición deja todavía a la lengua fuera de su realidad social, y hace de ella
una cosa irreal, ya que no abarca más que uno de los aspectos de la realidad, el as-
pecto individual; hace falta una masa parlante para que haya una lengua. Contra toda
apariencia, en momento alguno existe la lengua fuera del hecho social, porque es un fe-
nómeno semiológico. Su naturaleza social es uno de sus caracteres internos (143-144).
ix) la lengua es un sistema de puros valores que nada determina fuera del estado momen-
táneo de sus términos (148).
x) La lengua es un mecanismo que sigue funcionando a pesar de los deterioros que se le
causan (157).
xi) La lengua es un sistema en el que todas las partes pueden y deben considerarse en su
solidaridad sincrónica (157).
xii) la lengua es un sistema en donde todos los términos son solidarios y donde el valor de
cada uno no resulta más que de la presencia simultánea de los otros (195).
xiii) la lengua es una forma y no una sustancia (206).
fica resulta posible sólo si nos colocamos “desde el primer momento en el terreno de la len-
gua” y la tomamos “como norma de todas las otras manifestaciones del lenguaje” (Saus-
sure, 1973: 51).
Ahora bien, al considerar con atención las definiciones de Saussure, se diría que en su
sistema nocional la langue adquiere tres diferentes dimensiones explicativas (no necesaria-
mente congruentes entre sí):
Ya de entrada, pues, la langue se nos presenta como una noción sustancialmente ambi-
gua, polifacética, y de hecho los comentaristas, exégetas y críticos del Curso, por lo común,
se han centrado en, o han destacado sobre las demás, una sola de las dimensiones señaladas
(De Mauro, por ejemplo, en sus comentarios al libro ha insistido particularmente en la ter-
cera)2.
Antes de proseguir, cabe recordar que la operación de distinguir entre una langue y una
parole es anterior, tal como señala Coseriu (1992), a la formulación de Saussure3. Y cabe
recordar, asimismo, que la distinción volverá una y otra vez en la lingüística post-saussu-
2
Estas tres dimensiones de la langue, claro está, tienen sus equivalentes en el terreno de la parole, noción
que vendría a indicar: 1) un conjunto parcial y contingente de selecciones y actualizaciones de los elementos de la
langue; 2) un sistema de operaciones individuales; 3) una “masa bruta” de producciones lingüísticas sobre las que
intervienen condicionantes de diferente naturaleza (físicos, fisiológicos, psicológicos, sociales, históricos, etc.).
3
Es posible reconducir la dicotomía langue-parole, antes que a Saussure, a: i) las nomenclaturas espontáneas
de diferentes lenguas nacionales (incluido el español; cabe notar, al respecto, que el doblete lengua-habla, en la
traducción de A. Alonso, tiene su cabal justificación diccionarial: en la edición de 1939 del diccionario académico,
encontramos la voz “lengua” definida como “Conjunto de palabras y modos de hablar de un pueblo y una nación”
y la voz “habla” como “Faculta de hablar || 2. Acción de hablar”; es esta segunda acepción, junto con la naturaleza
más abstracta de la definición de “lengua”, lo que justifica la elección terminológica de Alonso); ii) el sistema
clásico del trivium, con la distinción entre gramática, por un lado, y retórica y dialéctica, por otro; iii) algunas
observaciones de Hegel, de W. von Humboldt, del lingüista y latinista danés J. M. Madvig y, en modo más
elaborado y explícito, del lingüista alemán G. von der Gabelentz, ya contemporáneo de Saussure (Coseriu, 1992:
15-35).
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En efecto, en el caso de la lingüística generativo-transformacional de Chomsky, lo que justifica y garantiza
la cientificidad de la práctica analítica no son las regularidades comunicativas consensual o lógicamente
establecidas, sino algo mucho más radical: la gramática universal está determinada genéticamente y constituye
por lo tanto un órgano natural que se desarrolla independientemente de las condiciones de contorno. Según
Chomsky, los usos lingüísticos están determinados por las propiedades computacionales, intrínsecas y generales,
de la mente/cerebro: existe una gramática universal, biológicamente determinada, y el aprendizaje de una lengua
concreta consiste sólo en una “calibración” y “selección” de los parámetros predeterminados por la dotación
biológica innata. La postura chomskiana resulta, sin embargo, sustancialmente ambigua. Por un lado, se reconoce
la importancia del ambiente, puesto que este “debe proporcionar una estimulación lo suficientemente rica a fin de
que los procesos genéticamente determinados se desarrollen de la forma en que están programados a desarrollarse”
(Chomsky, 1991: 156); por otro, se recuerda que el ambiente es demasiado pobre e indeterminado como para
proporcionar al niño un sistema tan rico y creativo como el del lenguaje y que el desarrollo de este sistema, más
bien, es análogo al de la pubertad: no se trata de procesos que uno aprende a llevar a cabo porque los realizan los
demás; uno sólo está programado para llevarlos a cabo (Chomsky, 1991: 157).
5
De forma consecuente con su postura teórica general, Monod afirma que ni las mutaciones genéticas
ni los procesos evolutivos constituyen propiedades definitorias de los seres vivos, puesto que dependen de
imperfecciones y accidentes debidos a un malfuncionamiento de los mecanismos conservadores en el proceso de
invariancia. Hoy en día, sin embargo, el descubrimiento y el análisis de las invariantes ya no es, tal como sostenía
Monod, “la estrategia fundamental de la ciencia” y el estudio de la variancia, la singularidad y la deriva ha venido
cobrando cada vez más protagonismo.
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De acuerdo con las recomendaciones de De Mauro, y respetando también la preocupación de Saussure
y sus editores al señalar que la langue, no menos que la parole, “es un objeto de naturaleza concreta” y que los
signos lingüísticos “no por ser esencialmente psíquicos son abstracciones” (Saussure, 1973: 59), recuerda Lepschy
que hay que entender la oposición abstracto-concreto “en el sentido de la metodología de la ciencia moderna,
donde la abstracción pertenece necesariamente a la hipótesis científica, y no presenta implicaciones negativas o
limitativas, así como en cambio sucede con frecuencia en el clima positivista de finales del siglo XIX y aún en el
CLG” (Lepschy, 1979: 346; la traducción es mía). Valga como prueba del uso negativo de la noción de “abstracto”
la crítica de Meillet citada por A. Alonso (1945: 28): “Ya Antoine Meillet, el más ilustre de los secuaces de
Saussure, declaró al reseñar el Cours (Bull. Soc. Ling. París, 1916, XX, pág. 35) que la doctrina saussureana,
ceñida exclusivamente al aspecto sistemático de la lengua, era demasiado abstracta, sin la necesaria atención
a la realidad humana e histórica en que la lengua nada y vive”. Por otro lado, en cuanto a la abstracción como
operación científica, merece la pena leer la siguiente opinión de Chomsky: “Los lingüistas siempre han operado, y
justamente, una idealización: démonos, dicen, la idea de una comunidad lingüística homogénea […] me parece el
solo sistema de proceder racionalmente. Estudiamos los sistemas ideales, y luego podemos interrogarnos acerca
de la manera en la que, en los individuos reales, estos sistemas ideales entran en interacción. […] Así pues, hay
que abstraer un objeto, hay que eliminar los factores no pertinentes” (en Lepschy, 1979: 348; la traducción es
mía). El problema de este planteamiento, sin embargo, es que a menudo se olvida el riesgo, siempre presente, de
que la “abstracción buena, inherente al proceso de explicación científica”, se acerque peligrosamente, como apunta
Lepschy (ibíd.), a la “abstracción mala, la que en ocasiones debe prescindir de ciertos datos no porque no sean
pertinentes, sino porque son refractarios”. Se presenta aquí con fuerza, además, la difícil cuestión de la pertinencia:
¿quién, cómo y por qué decide lo que es y no es pertinente?
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Resulta sintomático el siguiente juicio de Greimas, citado por Coquet (2008: 27): gracias al principio de
inmanencia, “tal vez por primera vez, el término ‘científico’, referido al campo de las ciencias humanas, pierde su
uso metafórico”.
En cuanto a la relación que se da entre langue y parole, se puede sin duda aceptar, con
Barthes (1990: 23), que “cada uno de estos términos extrae evidentemente su definición
plena sólo del proceso dialéctico que los une; no hay lengua sin habla y no hay habla fuera
de la lengua”. Por ende, si existe en Saussure una preeminencia de la langue, es una pre-
minencia esencialmente metodológica, mientras que el lingüista suizo no niega ni oculta la
prioridad diacrónica y evolutiva del habla:
la lengua es necesaria para que el habla sea inteligible y produzca todos sus efectos; pero
el habla es necesaria para que la lengua se establezca; históricamente, el hecho de habla pre-
cede siempre. ¿Cómo se le ocurriría a nadie asociar una idea con una imagen verbal, si no se
empezara por sorprender tal asociación en un acto de habla? Por otra parte, oyendo a los otros
es como cada uno aprende su lengua materna, que no llega a depositarse en nuestro cerebro
más que al cabo de innumerables experiencias. Por último, el habla es la que hace evolucionar a
la lengua: las impresiones recibidas oyendo a los demás son las que modifican nuestros hábitos
lingüísticos. Hay, pues, interdependencia de lengua y habla: aquélla es a la vez el instrumento y
el producto de ésta (Saussure, 1973: 64-65).
O en este otro texto, un informe acerca de la posibilidad de abrir una catedra de estilís-
tica en su universidad, en el que escribe Saussure:
A este reconocimiento de la estrecha relación entre lengua y habla hay que añadir tam-
bién la admisión ocasional de que la langue, tanto en su estructura interna como en sus re-
laciones con la parole, no siempre parece amoldarse a los modelos descriptivos propuestos.
Existen, por ejemplo, límites en la coherencia sincrónica del sistema: “No hay momento en
que una lengua posea un sistema perfectamente fijo de unidades” (Saussure, 1973: 274); y
se presenta, asimismo, el problema de la naturaleza “híbrida” de las estructuras sintácticas:
“hay que reconocer que en el dominio del sintagma no hay límite señalado entre el hecho
de lengua, testimonio del uso colectivo, y el hecho del habla, que depende de la libertad in-
dividual” (Saussure, 1973: 211).
Saussure insiste una y otra vez en que todos los cambios que afectan al sistema de la
langue tienen su origen en el dominio de la parole:
Las innovaciones, pues, aparecen en el uso individual y sólo gracias a las dinámicas
propias de la comunicación social pueden ser “registradas”, por así decirlo, en el uso social,
convirtiéndose en una convención comúnmente aceptada, enseñada y aprendida, siendo así
cómo un “hecho” de la parole se estabiliza y se convierte en una “regularidad” de la langue
y cómo las “regularidades” de la langue se afirman y difunden:
La propagación de los hechos de la lengua está sujeta a las mismas leyes que cualquier otra
costumbre, la moda por ejemplo. En toda masa humana hay dos fuerzas que actúan sin cesar
simultáneamente y en sentidos contrarios: de un lado el espíritu particularista, el “espíritu de
campanario”; del otro, la fuerza del intercambio que crea las comunicaciones entre los hombres
(Saussure, 1973: 327).
Es conocida la crítica que los autores del Círculo lingüístico de Praga, en sus Tesis de
1929, dirigieron a la “escuela de Ginebra” y a su tratamiento de la oposición entre sincronía
y diacronía:
No se pueden poner barreras infranqueables entre los métodos sincrónico y diacrónico, tal
como hace la escuela de Ginebra. Si, desde el horizonte de la lingüística sincrónica, enfocamos
los elementos del sistema lingüístico desde el punto de vista de sus funciones, no podremos eva-
luar las alteraciones sufridas por la lengua sin dar cuenta del sistema que por ellas está afec-
tado. No sería, pues, lógico suponer que los cambios lingüísticos son alteraciones destructivas
casuales y heterogéneas en la perspectiva del sistema. Los cambios lingüísticos apuntan frecuen-
temente al sistema, su estabilización, su reconstrucción, etc. Por consiguiente, el estudio diacró-
nico no sólo no excluye las nociones de sistema y función, sino que, por el contrario, es incom-
pleto si no se tienen en cuenta.
Por otro lado, la descripción sincrónica no puede excluir absolutamente la noción de evo-
lución, porque incluso en un sector considerado sincrónicamente existe la conciencia del estadio
en vías de desaparición, del estadio presente y del que se está formando; los elementos estilísti-
cos concebidos como arcaísmos, y en segundo lugar, la distinción entre formas productivas y no
productivas, son hechos diacrónicos que no se pueden eliminar de la lingüística sincrónica (Cír-
culo lingüístico de Praga, 1970: 16-17).
Esta crítica estaba sustancialmente motivada por algunas de las afirmaciones más con-
trovertidas del Curso, relativas a la necesidad de una separación metodológica radical en-
tre los estudios sincrónicos, que ponen en relación hechos simultáneos, pertenecientes e in-
teractuantes en el mismo sistema, y los estudios diacrónicos, que ponen de manifiesto la
sustitución en el tiempo de formas específicas por otras formas específicas:
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Coseriu (1992: 25) defiende que no es legítimo identificar la dicotomía saussureana de langue-parole con la
humboldtiana de érgon-enérgeia, puesto que el erudito alemán definió como enérgeia no sólo “el hablar de cada
vez”, sino también, aunque en menor medida, “una lengua” y “la lengua como totalidad del hablar”, nociones
estas ya cercanas a la langue de Saussure. Me parece, sin embargo, que la descripción saussureana de la langue sí
acerca, y mucho, esta noción a la de érgon.
i) Lo primero que sorprende cuando se estudian los hechos de lengua es que para el su-
jeto hablante su sucesión en el tiempo es inexistente: el hablante está ante un estado.
Así el lingüista que quiere comprender ese estado tiene que hacer tabla rasa de todo
lo que lo ha producido y desentenderse de la diacronía. Nunca podrá entrar en la con-
ciencia de los sujetos hablantes más que suprimiendo el pasado. La intervención de la
historia sólo puede falsear su juicio. Sería absurdo dibujar un panorama de los Alpes
tomándolo simultáneamente desde varias cumbres del Jura; un panorama tiene que tra-
zarse desde un solo punto. Lo mismo para la lengua: no se puede ni describirla ni fi-
jarle normas para el uso más que colocándose el lingüista en un estado determinado
(Saussure, 1973: 149).
ii) La oposición entre los dos puntos de vista —sincrónico y diacrónico— es absoluta y no
tolera componendas (151).
iii) Querer reunir en la misma disciplina hechos tan dispares sería, pues, una empresa qui-
mérica. En la perspectiva diacrónica nos ocupamos de fenómenos que no tienen rela-
ción alguna con los sistemas, a pesar de que los condicionan (155).
iv) La lengua es un mecanismo que continúa funcionando a pesar de los deterioros que se
le causan.
Esto confirma los principios ya formulados y que resumimos así:
La lengua es un sistema en el que todas las partes pueden y deben considerarse en su
solidaridad sincrónica.
Como las alteraciones jamás se hacen sobre el bloque del sistema, sino sobre uno u
otro de sus elementos, no se pueden estudiar más que fuera del sistema. Sin duda, cada
alteración tiene su repercusión en el sistema; pero el hecho inicial ha afectado a un
punto solamente; no hay relación íntima alguna con las consecuencias que se puedan
derivar para el conjunto. Esta diferencia de naturaleza entre términos sucesivos y tér-
minos coexistentes, entre hechos parciales y hechos referentes al sistema, impide hacer
de unos y otros la materia de una sola ciencia (157).
v) La oposición entre lo diacrónico y lo sincrónico salta a la vista en todos los puntos
(161).
vi) el “fenómeno” sincrónico nada tiene en común con el diacrónico […]; el uno es una
relación entre elementos simultáneos, el otro la sustitución de un elemento por otro en
el tiempo, un suceso (162).
vii) Así es como la lingüística se encuentra aquí ante su segunda bifurcación. Ha sido pri-
mero necesario elegir entre la lengua y el habla [...]; ahora estamos en la encrucijada
de rutas que llevan la una a la diacronia, la otra a la sincronia (172).
viii) La lingüística sincrónica se ocupará de las relaciones lógicas y psicológicas que unen
términos coexistentes y que forman sistema, tal como aparecen a la conciencia colec-
tiva.
La lingüística diacrónica estudiará por el contrario las relaciones que unen términos
sucesivos no percibidos por una misma conciencia colectiva, y que se reemplazan unos
a otros sin formar sistema entre sí (174).
ix) La gramática estudia la lengua como sistema de medios de expresión; quien dice gra-
matical dice sincrónico y significativo, y como ningún sistema está a caballo sobre va-
rias épocas a la vez, no hay para nosotros una “gramática histórica”; la que así se
llama no es en realidad más que la lingüística diacrónica (223).
x) En materia de análisis sólo podremos, pues, establecer un método y formular definicio-
nes después de habernos situado en el plano sincrónico (295).
También Amado Alonso (1945: 13) se refiere a esta, como él la define, “sorprendente
concepción de las relaciones —de la falta de relación directa— entre la diacronia y la sin-
cronia9”, concepción que en su opinión “deslumbró a algunos, desconcertó a otros y por fin
desató la oposición más viva y general”. A pesar de la actitud evidentemente censora de
Alonso, comprensible a la luz de sus concepciones neo-idealistas acerca del papel que en
el devenir de la lengua desempeña el “espíritu”, su resumen de la estrategia explicativa lle-
vada a cabo por Saussure y los editores del Curso me parece sustancialmente correcto:
El juicio de Saussure sobre la lingüística diacrónica no es tan negativo como quiere dar
a entender Alonso —o por lo menos lo es únicamente con respecto a la lingüística diacró-
nica tal y como se había practicado hasta finales del siglo XIX—, pero sí es cierto que, en
opinión de Saussure, toda posibilidad de sistematización rigurosa de la lingüística pasa, in
primis, por el reconocimiento de la necesidad de separar convenientemente el estudio del
sistema de la lengua del estudio de la evolución del lenguaje.
Ahora bien, Tullio De Mauro, de forma consecuente con su defensa “a ultranza” de
la historicidad de la lingüística saussureana, sobre la que volveremos más adelante, co-
menta en su aparato de notas dos de los diez pasajes del Curso que he seleccionado y citado
más arriba. Sobre todo el ‘ii’, en la extensa nota número 176 (De Mauro, 1967b: 425-429).
Aquí, De Mauro, tras calificar el pasaje como “otra crux de la exégesis y de la prosecución
de las tesis saussureanas”, insiste, justamente, en la naturaleza metodológica, y no ontoló-
gica, de la oposición sincronía-diacronía. No por nada en ‘ii’ se habla, explícitamente, de
dos puntos de vista. Sin embargo,
Casi todos los que han intervenido en la discusión se han decantado por la “superación” de
la “separación” de sincronía y diacronía. Se ha creído comúnmente que la distinción se pone,
per S., in re: el objeto “lengua” tiene una sincronía y una diacronía […] A la distinción así en-
tendida se han movido objeciones de orden historicista y de orden estructuralista (De Mauro,
1967b: 425; la traducción es mía).
De Mauro, por ende, achaca a una tergiversación la mayoría de las críticas dirigidas a
Saussure, quien en realidad se refiere a una diferencia de puntos de vista sobre el objet de la
lingüística y recuerda, muy a menudo, el estado de continua evolución y re-sistematización
en que se halla dicho objet. Saussure, en otros términos, es perfectamente consciente tanto
“del dinamismo de las situaciones lingüísticas en una época dada” como “de las consecuen-
9
Así emplea las voces “sincronía” y “diacronía” Amado Alonso: llanas y con diptongo final.
cias que todo cambio tiene en el plano del sistema” (De Mauro, 1967b: 428). En cuanto a la
diferencia entre el punto de vista sincrónico y el diacrónico, comenta De Mauro:
10
Naturalmente, la actitud de Saussure es mucho más laxa con respecto a la posibilidad de aplicar
consideraciones de orden sincrónico al estudio de los procesos diacrónicos. Por ejemplo: al considerar los límites
de los procesos de creación analógica, se escribe en el Curso que “la conservación de una forma puede deberse
a dos causas exactamente opuestas: el aislamiento completo [como en el caso de los topónimos] o el estrecho
enmarcamiento en un sistema que, quedando intacto en sus partes esenciales, viene constantemente en su
ayuda” (Saussure, 1973: 277). De aquí la posibilidad ulterior de “reducir” los procesos diacrónicos a fenómenos
de orden sincrónico, o estructural, como en la siguiente cita de Émile Benveniste: “La novedad del punto de
vista saussuriano […] fue adquirir conciencia de que el lenguaje en sí mismo no incluye ninguna dimensión
histórica, que es sincronía y estructura, y que no funciona sino en virtud de su naturaleza simbólica. No es tanto
la consideración histórica la que es por ello condenada, sino cierta manera de “atomizar” la lengua y mecanizar la
historia. El tiempo no es el factor de la evolución; es nada más el marco. La razón del cambio que afecta a tal o
cual elemento de la lengua está por una parte en la naturaleza de los elementos que la componen en un momento
dado, por otra en las relaciones de estructura que hay entre dichos elementos. […] La diacronía queda entonces
restablecida en su legitimidad, en tanto que sucesión de sincronías. Esto pone ya de relieve la importancia
primordial de la noción de sistemas y de la solidaridad restaurada entre todos los elementos de una lengua”
(Benveniste, 1997: 7).
Resulta interesante, desde este punto de vista, un comento que De Mauro, en su nota
183, dedica al pasaje del Curso que aquí hemos recogido como ‘iv’ (véase supra). El lin-
güista italiano señala que en este texto la oración “[las alteraciones] no se pueden estudiar
más que fuera del sistema” es, probablemente, una interpolación de los editores; y añade:
las alteraciones son ciertamente externas al sistema, no determinadas por él ni causal ni te-
leológicamente, pero, puesto que cada una de ellas tiene “su repercusión en el sistema”, parece
necesario concluir que es al menos posible estudiar las alteraciones en relación al sistema (De
Mauro, 1967b: 429; la traducción es mía).
Y es posible, de hecho. Es incluso necesario. Pero esta operación, que implicaría apli-
car a la langue consideraciones de orden diacrónico, es precisamente lo que defienden los
estructuralistas de Praga y Saussure pone metodológicamente en entredicho11.
Hay que reconocer el gran mérito de De Mauro al subrayar que la arbitrariedad del
signo —en opinión de Saussure, no se olvide, el principio semiológico fundamental— es
la primera y más salda garantía de la historicidad de todo sistema semiológico, lengua in-
cluida12. Ni Saussure, por otra parte, niega la dimensión intrínsecamente histórica del objeto
de estudio de la lingüística. Sin embargo, desde el punto de vista de la estructura de la len-
gua, el signo lingüístico es y sigue siendo inmutable.
De hecho, ninguna sociedad conoce ni jamás ha conocido la lengua de otro modo que como
un producto heredado de las generaciones precedentes y que hay que tomar tal cual es. Ésta es
la razón de que la cuestión del origen del lenguaje no tenga la importancia que se le atribuye ge-
neralmente. Ni siquiera es cuestión que se deba plantear; el único objeto real de la lingüística es
la vida normal y regular de una lengua ya constituida. Un estado de lengua dado siempre es el
producto de factores históricos, y esos factores son los que explican por qué el signo es inmuta-
ble, es decir, por qué resiste toda sustitución arbitraria13 (Saussure, 1973: 136).
11
Se podría objetar, además, que la afirmación de que “las alteraciones son ciertamente externas al sistema,
no determinadas por él” debería ser matizada, puesto que es la organización misma del sistema, la trama de las
relaciones diferenciales que lo integran, tanto las asociativas como las sintácticas, lo que permite, favorece y aun
determina ciertas transformaciones (y a fortiori ciertas conservaciones; véase supra nota 10). Sin embargo, esta
objeción tendría valor sólo si se considerara la lengua en su totalidad. En realidad, en el sistema dicotómico de
Saussure, queda claro que las alteraciones y transformaciones sólo se pueden dar en las realizaciones concretas de
los hablantes, en la parole, y que sólo “son absorbidas” por la langue una vez generalizadas y convertidas en un
hecho colectivo.
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“El signo lingüístico es radicalmente arbitrario, en ambas componentes, significado y significante; por
consiguiente, la sola razón que determina la configuración particular de un significante o un significado es el
hecho de que así y no diversamente lo delimitan los demás significantes y significados coexistentes con aquel
en el mismo sistema. Desde un punto de vista objetivo esto significa que t o d o el valor de un signo depende, a
través del sistema, de la sociedad que mantiene con vida en aquel modo concreto el sistema mismo, y, por ende,
de las vivencias históricas de la sociedad […]. De modo que el valor lingüístico es radicalmente histórico (o, si
se prefiere un término menos equívoco, contingente). Desde el punto de vista del método de investigación, esto
significa que, para estudiar un signo en su realidad de signo, hay que considerarlo en el sistema del que recibe su
valor” (De Mauro, 1967b: 424; la traducción es mía).
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La arbitrariedad del signo, a saber, el vínculo inmotivado entre significante y significado, “pone a la lengua
al abrigo de toda tentativa que pueda modificarla” (Saussure, 1973: 137); en otros términos, la única justificación
Es decir: el signo lingüístico no cambia, y debe ser estudiado según modalidades espe-
cíficamente sincrónicas, precisamente porque la langue es un producto histórico. Y es por
ello que para Saussure, tal como señalamos en la primera parte de este texto (Lampis, 2018)
y repetimos en el punto 5 de nuestra introducción, la lingüística no es una ciencia histórica,
sino semiológica. Comenta De Mauro:
Historia e histórico son términos que una larga tradición ha cargado de múltiples sentidos,
y resultan por lo tanto equívocos. En lingüística, ha habido y hay, entre otros, un sentido según
el cual historia se usa como sinónimo de devenir, de diacronía. Es pensando en esta acepción
que Saussure insiste en el carácter “anti-histórico” del sistema lingüístico, y de la lingüís-
tica sincrónica que lo describe. Pero historia e histórico también tienen otro sentido: es el sen-
tido según el cual histórico se dice, por ejemplo, de un sistema de leyes jurídicas, en tanto que
se asume que este sistema se halla ligado a la contingencia temporal y social. En este sentido,
como Saussure bien supo ver, un estado de lengua es histórico no ya porque “se desarrolla”,
sino porque las motivaciones que lo sostienen son de carácter contingente, temporal y social-
mente determinado. Si, como parece el caso, se asume que tan sólo este segundo sentido (que no
niega, sino que incluye al primero) es plenamente conforme al pensamiento y al lenguaje del mo-
derno historicismo, nos hallamos en la necesidad de formular una conclusión. Saussure, precisa-
mente al profundizar en el análisis de los aspectos universales de la realidad lingüística, al ela-
borar su propia versión de la antigua grammaire géneréle, individuó el carácter radicalmente
arbitrario y por ende radicalmente social de todas las lenguas: con ello, también sancionó su ca-
rácter radicalmente histórico (De Mauro, 1967a: XVIII; la traducción es mía).
La situación exacta del lenguaje entre las cosas humanas es tal que es extremadamente du-
doso y delicado decir si se trata más bien de un objeto histórico o más bien de otra cosa pero en
el estado actual de las tendencias no hay ningún peligro en insistir especialmente en su vertiente
no histórica.
de la existencia del signo lingüístico es, en primer lugar, socio-histórica y, en segundo lugar, sistémica, de modo
que el signo no puede ser cambiado “arbitrariamente” por ningún hablante.
La sincronia no conoce más que una perspectiva, la de los sujetos hablantes, y todo su mé-
todo consiste en recoger su testimonio; para saber en qué medida una cosa es realidad será ne-
cesario y suficiente averiguar en qué medida existe para la conciencia de los sujetos hablantes
(Saussure, 1973: 161).
Ahora bien, se puede cuestionar el aserto fundamental de que los hablantes tienen una
“consciencia puramente sincrónica” de la lengua que emplean o, en otros términos, que la
articulación “real” (y arbitraria, desde luego) entre formas significantes (“imágenes acústi-
cas”) y formas significadas (“conceptos”) resulta comprensible sólo al ser debidamente in-
terpretada como una estructura (un “panorama”) invariante de elementos y relaciones que
todos “ven” de una forma parecida; se puede cuestionar, asimismo, la importancia y el al-
cance real del análisis (“psicolingüístico”) saussureano basado en la reconstrucción de cam-
pos asociativos y sintagmáticos; y se puede cuestionar, finalmente, el aserto de que toda
innovación lingüística depende de la creatividad o las oscilaciones propias de la parole,
mientras que todo equilibrio sistémico pertenece a los mecanismos organizadores de la lan-
gue. Y aun así se debería reconocer que la distinción metodológica entre sincronía y dia-
cronía, a los cien años de la publicación del Curso, sigue plenamente vigente. Lo que no es
vigente es más bien el hiato metodológico fuerte que Saussure llegó a plantear en nombre
de unas exigencias de cientificidad que, lisa y llanamente, han venido perdiendo “fuelle” a
lo largo del siglo XX, así como lo demuestran nociones explicativas tales como “estructura
dinámica” y “concreción histórica”, nociones que tienden a anular el hiato requerido en-
tre sistema y proceso, entre estructura e historia, sin por ello abandonar el ámbito de un ho-
nesta y rigurosa investigación científica.
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Aquí la voz “símbolo” se emplea como sinónimo de “signo”, otra oscilación terminológica que no
encontrará cabida en el Curso.
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