Unidad Tematican2
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FORMACIÓN
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Comunicación, discurso escolar y representaciones sociales | Seminario 1
UNIDAD TEMÁTICA 2
La cultura escolar como intercambio de significaciones
Introducción
En este segundo módulo se profundizará el proceso de comunicación en el dispositivo escolar
como productor de diferentes significantes. A partir de ello, surgen algunos interrogantes, a los
que se intenta dar respuesta: ¿Cuáles son los significantes que se generan en la práctica
escolar? ¿Cuáles llegan por fuera pero irrumpen en el aula y reconfiguran la dinámica institu-
cional? ¿Cuáles de ellos se resignifican y reconfiguran dentro del ámbito escolar? ¿En qué pro-
porción estos significantes se relacionan con los medios de comunicación masiva?
Las prácticas que se introducen en la escuela, cualesquiera que éstas sean, y por más disrup-
tivas que resulten, deben ser enmarcadas y problematizadas. En este marco, la escuela mo-
derna es un dispositivo creado con diversos fines, con el objetivo de homogeneizar, teniendo
como base la didáctica magna de Comenio de “Enseñar todo a todos”. Cabe preguntarse
acerca de lo que persiste de esa antigua escuela y cuáles son aquellos cambios que son resis-
tidos todavía en la actualidad.
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ACTIVIDAD
En la siguiente fotografía se expresa la idea de Foucault: “El ojo que todo lo controla” represen-
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La escuela hoy es una institución pensada para una sociedad que ya no existe. No atravesó los
cambios sociales y culturales de generaciones enteras y por lo tanto ya no responde a las
demandas que se le hacen. Su idea del orden y el adoctrinamiento hizo implosión. Como toda
institución moderna y burguesa responde a la ingeniería social, por ejemplo en la sincroniza-
ción de los horarios. Por otra parte, en la actualidad se cuestiona la figura del docente, quien
en otra época era el depositario del saber y hoy está lejos de ese ideal. Los roles en general
deben construirse gradualmente, incluso los lugares de autoridad que ya no vienen dados por
el solo hecho de ser docentes, sino que se renegocian. Todo esto no lleva, como es aparente, a
la decadencia de la institución si no que más bien favorece la reestructuración de su función,
en otras palabras, la escuela como tal ya resulta inadecuada para aquello que pretende cum-
plir.
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La sociedad reclama a la escuela que ayude a las nuevas generaciones a interpretar los códi-
gos de la época. La exploración de estos escenarios es fundamental para una institución que
recibe sujetos a los que no conoce y el distanciamiento es cada vez mayor. Sin embargo, el
reconocimiento de lo que sucede no es suficiente y hay que desplazar la cuestión hacia un
modelo transformador. Es preciso no caer en la trampa tecnológica como la solución de todos
los problemas de la educación, ya que no alcanza con incorporar dispositivos al aula que lo
único en que resultaría es el repliegue dentro de la escuela antes autorizada y hoy desorienta-
da.
El cambio de paradigma es, fundamentalmente, y sigue siendo cultural, es decir, se propone
generar creatividad, resolver problemas complejos, fomentar la colaboración e incrementar la
capacidad de aprender, entre los múltiples desafíos de la nueva escuela.
Se puede pensar que todo entramado social implica en mayor o menor medida el ejercicio del
poder. En consonancia con el pensamiento de Foucault, el poder no tiene una sola manifesta-
ción, sino que adquiere una multiplicidad de formas de representación. Vale aclarar que el
poder no es algo que alguien posee sino que se ejerce y una de las manifestaciones menos
advertida es el que se da en la comunicación, en la formulación y en la reproducción de discur-
sos. En particular, los variados discursos que circulan en el aula, que la atraviesan y se repiten
como propios, en relación con las diversas temáticas sociales, son pronunciados como perso-
nales por sujetos que pertenecen a esas clases sociales desfavorecidas y a las que ese mismo
discurso ataca. En el mejor de los casos, los docentes se interrogan acerca de la procedencia
de tales discursos, y la respuesta inmediata que surge es que han sido instalados por los
medios de comunicación masivos, que si bien tienen un rol importante, carecen de la fuerza
necesaria para su construcción, instalación y permanencia.
Los medios de comunicación forman parte de este poder que no es estático, ni solitario, sino
que representa “como una red productiva que se manifiesta a través de un cuerpo social”¹. En
relación a lo trabajado anteriormente, el discurso es una forma del uso del lenguaje que implica
un proceso de cognición individual pero también socio cultural cuando en la interacción se
pone de manifiesto un uso de creencias y valores. “El discurso permite deslindar ideologías,
visiones, estrategias, políticas, de un mensaje aparentemente elocuente sin nota de novedad
pero que a través del análisis del discurso evidencia matizaciones ocultas para momentos o
hechos específicos escenificados en el pasado que ocurren en el presente”². El discurso es
aquello que media entre el poder real y los actores sociales. Cabe preguntarse entonces ¿Quién
sería el poder? Tarea titánica del docente resulta la de evidenciar y modificar los discursos
conservadores y también aquellos disfrazados de cierto progresismo. “Hay que bajar a los
barrios” se escucha muchas veces en las aulas, cómo si no se estuviera abajo, como si se per-
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¹Foucault, M (1997)
²Van Dijk , T (2001)
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La siguiente nota publicada en la revista “Anfibia” permite detenerse a pensar en aquellos discur-
sos que irrumpen en la dinámica escolar.
“La reflexión que amerita es sobre cómo circula el ejercicio del poder en el discurso que origina el
conflicto. Yo a mi hijo lo crío como se me canta la concha, es una frase que, con variaciones, en
algún momento escucharon o escucharán todos los docentes de nuestro país. Quizás, la versión
más habitual, interclase, republicana, que apacigua su tono brutal pero que contiene la misma
carga, es “no me vas a decir vos cómo hacerlo”. O, en otras palabras, “yo no soy ninguna afemina-
da, no soy dócil; nadie y menos un maestro me va decir cómo hacer las cosas en mi casa”. La
palabra concha desacraliza el aula, le quita el aroma a incienso, el fulgor blanco al guardapolvo
que brilla por contraste ante un aula gris. La noticia rápidamente se transforma en carroña. En
alimento de carancho periodístico. Se van a buscar las causas, seguro. En este tren mediático
importa la acusación. Encontrar al culpable. Y olvidar que millones de pibes y pibas asisten a las
escuelas cada día, y que el atropello de las familias no es estadísticamente representativo, de
ninguna manera, de lo que pasa en las instituciones. Sin embargo, la excepción aparece como la
regla. La viralización produce masividad a lo que se ofrece como escándalo y griterío. Y, sabemos,
cuando ya está en ojos de todos, importa más el recorte que lo que ocurrió en el aula, que lo que
ocurre en nuestras aulas. ¿En el aula? Sí, pero una muy diferente a la que distribuía ordenadamen-
te a los cuerpos en el espacio. El aula disciplinaria construía cuerpos dóciles y los localizaba en el
molde trazado por la institución. Quedarse quieto, permanecer inmóvil. Aburrirse, si fuera necesa-
rio. Pero ahora, en la escuela contemporánea, la dócil es la maestra; inversión de la operación
modelizadora. La docilidad pasó del alumno y su familia, a la docente. Inversión de la jerarquía
institucional. El dócil es el que está encerrado en una cierta forma, en un modelo que determina el
margen de acción y las posibilidades de hacer. Dócil es y debe ser el cuerpo docente, el propio y el
de la multitud. Paradojas de la escuela iluminista, los que enseñan pensamiento crítico son juzga-
dos social -y judicialmente- por confrontar en la arena política por sus condiciones de trabajo. En
esta pelea la espacialidad está clara: la madre avanza y acentúa con el cuerpo, marca el ritmo con
los pies de lo que afirma con la voz. Domina el territorio. Las demás maestras miran, tienen miedo
ante la violencia de la vida pobre; violencia de tener que sostener la vida siempre a contrapelo;
violencia que es agresión porque es orilla social, que se expande sobre los otros, porque lo exclui-
do -aunque no lo queramos ver ni tocar- sobre todo es parte. Las maestras que están en el aula,
no se animan más que a una filmación disimulada ante el desmadre: el miedo es un disolvente,
separa lo reunido y hace que lo colectivo se vuelva de a uno, de cuidar el propio pescuezo. El
miedo privatiza la experiencia de lo público y la vuelve relativa a una vida de a uno. Pero esta
violencia tiene más de suelo histórico que de arrebato personal. El miedo -esa emoción que la
madre no parece sentir en el aula, pero que le surge ante la mediatización de lo ocurrido entre
muros- supone una relación vincular con el otro que se presenta como una amenaza. La escena
alimenta la matriz epocal amasada a fuerza de individualidad y seguridad personal. Es parte de
ese temor que invade la escuela y que se intenta conjurar aplicando la seguridad civil a rajatabla.
Pero no hay seguridad civil que valga cuando la comunidad educativa es débil. En esta escena,
advertimos que la comunidad escolar está rota, lo comprobamos en la agresión de la madre y la
ausencia de una defensa activa entre la maestras. La ruptura asusta y la judicialización de los
vínculos parece ser la única respuesta. Y también, en esa voz que atemoriza, hay reclamo mercan-
til. La madre vocifera su derecho ¿El derecho a que su hijo permanezca en la escuela por fuera del
horario escolar? Es un derecho raro, excesivo. Ella no cree que la maestra cuida a su hijo cuando
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Le parece que la molesta, le quiere imponer algo que le resulta tonto. La maestra siente que se
expone entregando el niño a otro menor que viene a retirarlo. Dos caminos en paralelo que se
cruzan en la catástrofe. En la escena no hay alianza posible, menos un puente entre las maestras
y la madre. Tampoco aparecen niños, ni acuerdos para garantizar su cuidado. Cuando la vida
entra al aula, la vida tal como es, con sus miserias, su violencia, los dedos amarillos o la voz
potente, provoca escozor. Hay una intensidad imposible, grave, abrumadora. No es posible prever
que una madre atropelle y golpee a una maestra en el aula. Nadie sabe lo que puede un cuerpo,
dice Spinoza , pero sí se sabe qué puede cuando ese cuerpo golpea a otro. Entonces puede eso:
gritar, insultar, tener los pies inquietos, abofetear, seguir gritando. Irse. Decir “lo que se me canta
la concha” en el medio del aula y se va. El aula es un espacio de encierro para las dos.
La palabra concha dicha a los gritos es una cachetada al lenguaje de la escuela moderna, a la
moral, a la pedagogía. No tiene cabida, es absolutamente disruptiva. Es la rabia de la madre toda
junta en esas seis letras. Es una palabra ajo, que si aparece en la escuela hay que habitarla antes
de expulsarla. Al fin y al cabo, la madre y la maestra comparten una misma condición que, en este
enunciado, suena denigrante, casi fálica, más ligada a un esquema de poder patriarcal que a una
reivindicación de la fuerza de las mujeres. En un momento, la maestra dice “yo también soy
mamá”. La identidad de docente no alcanza, busca la empatía por otros medios. Tal vez sea desde
aquí, desde la potencia de un encuentro, que en esta escena sólo adopta la forma del avasalla-
miento, que tendremos que elaborar algunos acuerdos; no reforzando la reproducción de un
modelo disciplinario-judicial, sino armando acuerdos sostenidos que ponderen cuidados efecti-
vos en vez de cuidados reactivos”.
2. La maquinaria escolar
Aquellos que hacen la escuela pueden preguntarse cómo funciona la misma como aparato
ideológico del Estado. Para ello es necesario plantearse tres interrogantes:
³Althusser (1976)
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Desde ella se adoctrina a los individuos, se validan conocimientos al mismo tiempo que se
desprecian otros saberes, se instauran valores éticos, morales, se los prepara para “ser buenos
ciudadanos”, respetuosos de las leyes. Se instalan entonces por medio del conocimiento pero
también a través del tipo de organización, la distribución de roles, la evaluación, las sanciones
tendiendo a la homogeneización de las subjetividades. Esta lógica tiene como objetivo la crea-
ción de hábitos que permitan no quedar “fuera”, “excluido” del sistema. En líneas generales los
estudiantes se revelan, perciben que hay algo del orden de la violencia institucional, de la auto-
ridad, pero con el correr del tiempo esa rebeldía se diluye y se van adaptando. Aquellos que no
encajen serán los “desadaptados”.
Al respecto, Foucault hablará del “depósito de cuerpos” para aquellos que no logren adaptarse
al mundo laboral. Esos reservorios serán las cárceles, los asilos, los neuropsiquiátricos, los
institutos de menores. Años más tarde en la misma línea los autores argentinos Mariano
Narodowski y Ricardo Baquero, en un escrito sobre la infancia como una construcción de la
modernidad, advierten acerca de la idea de la escuela como lugar para encerrar la niñez con
todo lo que eso implica.
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EL ELEFANTE ENCADENADO
Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran
los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era
también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un
peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes
de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el
suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un
minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la
cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de
cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir. El misterio sigue parecién-
dome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía cinco o seis años, yo
todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un
tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque
estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encade-
nan?». No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio
del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se
habían hecho esa pregunta alguna vez. Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí,
alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del
circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de
que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus
esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se
dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un
día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Ese
elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que
jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a
prueba su fuerza... Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados
a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer mon-
tones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intenta-
mos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra
memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré. Hemos crecido llevando ese mensaje
que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la
estaca.
Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca
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3. Dominocentrismo
A partir de las palabras de Jean Claude Passeron se puede plantear que la dominación se pro-
duce por las relaciones simbólicas, existe una cultura dominante con un “enfoque legitimista”
que son los que tienen la responsabilidad de definir cuáles son las representaciones culturales
válidas. Se establece de esta manera una cultura legítima y una cultura popular que sería una
NO cultura. La cultura popular no tiene según Passeron rasgos propios, no es coherente, es
muy heterogénea, y tiene diversos sistemas de códigos. Dicho autor nos invita a pensar que si
bien la cultura popular no es del todo invisibilizada, y aparece en los libros y manuales escola-
res siempre se analiza con los parámetros de la cultura dominante. A esto lo denomina “domi-
nocentrismo”.La escuela se torna también en legitimadora de los sectores más bajos de la
jerarquía social.
La escuela establece un sistema de doble vía, realiza una selección de los individuos que
saldrán de la escuela al mundo de la producción y los que van a seguir formándose en la uni-
versidad, poniendo a la escuela en un lugar preponderante al servicio del sistema capitalista.
Si los discursos sobre la igualdad de oportunidades y la meritocracia fueran ciertos esta selec-
ción no encerraría un problema en sí misma pero cómo lo demuestran a través de las estadísti-
cas en las escuelas de París, esta selección responde a las clases sociales de donde cada
estudiante proviene. La escuela se constituye entonces según lo indican los sociólogos fran-
ceses Christian Baudelot y Roger Establet cómo una falacia ideológica, ocultando la división
del alumnado en su origen social. La escuela le da herramientas a los estudiantes de las clases
sociales más altas para explicar su pertenencia a ellas sin embargo no lo hace del mismo
modo con aquellos que pertenecen a las clases sociales más bajas. Allí no hay palabras, hay
un vacío teórico que no permite dar cuenta de conceptualizaciones que expliquen las condi-
ciones en las que les toca vivir.
La acción de los docentes será aquella que permitirá correrse de esta trampa, de esta doble vía,
los y las docentes tienen en sus manos y en sus discursos la posibilidad de favorecer un pen-
samiento crítico que permita dejar de pensar en un futuro individual sino en una salida colecti-
va. Esta acción de resistencia tiene que señalar las contradicciones del sistema educativo.
Todo esto forma parte de lo anteriormente llamado Pedagogía crítica.
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¿QUÉ DICE?
INTERROGANTES QUE SE
PLANTEA
Harolds Lasswell
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Se proclama su carácter socialista y se preocupa por los instrumentos de dominación del capi-
talismo, entre los cuales los más eficaces del sistema resultan ser los medios de comunica-
ción, que construyen una realidad social, un mundo en relación con los valores y criterios que
intenta establecer. Esta sociedad mediatizada genera individuos sin compromiso político que
resultan permeables a los extremismos de la derecha nacionalista, ante la imposibilidad de
análisis de las estructuras de dominación, desigualdad y explotación.
La escuela de Frankfurt igualmente desarrolló el concepto de industria cultural, entendiendo a
la cultura como una mercancía producida por empresas o instituciones de actividades econó-
micas que se enmarca en un sistema de producción, circulación y consumo. Para concluir, se
puede decir que la Teoría crítica ha sido cuestionada en primer lugar, por las mismas razones
que la teoría hipodérmica ya que se le adjudica y atribuye un exagerado poder a los medios
masivos de comunicación, y por otra parte, las críticas en sí mismas resultan demasiado gene-
ralistas, extremadamente subjetivas y con escaso rigor científico.
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Reflexione a partir de la siguiente nota publicada en la revista “Anfibia” acerca de cuáles de las
teorías de la comunicación que encuadran el consumo de mensajes e información que se des-
cribe.
En los hábitos de informarse que dominaron el siglo pasado, el peso de los medios era fuerte:
no le decían a la gente qué pensar pero sí sobre qué pensar. Hoy el consumo noticioso es “inci-
dental”: el acceso a la información deja de ser una actividad independiente y pasa a ser parte
de la sociabilidad en las redes. Los jóvenes no usan los medios sino que viven en ambientes
digitales donde no hay contextos ni jerarquías sino retazos de historias y opiniones que son
escaneadas y, con mucha suerte, leídas. Estas y otras conclusiones se desprenden de un estu-
dio cualitativo realizado por el Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina
(MESO)
Proliferación de pantallas y contenidos, nebulosas de likes y retuits, la voz de los amigos, la
presencia de los grandes medios. Lecturas intersticiales y breves en el colectivo, en el subte,
mientras se espera que cambie la luz del semáforo. El celular siempre ahí, la computadora
ocupada con trabajo o estudio, el televisor como música de fondo y el papel casi objeto de
museo. ¿Cómo es la experiencia de consumo de noticias de los jóvenes en Argentina y qué
sucede en sus prácticas cotidianas? ¿Qué sentidos, interpretaciones, usos y hábitos se estabi-
lizan en el encuentro con lo que llamamos actualidad.
El Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina (MESO), una iniciativa conjunta
de la Universidad de San Andrés y Northwestern University, lleva a cabo regularmente entrevis-
tas en profundidad para indagar sobre los consumos de medios y bienes culturales. Hasta este
momento se han realizado 24 entrevistas con jóvenes de 18 a 29 años en Argentina, la mayoría
de ellos de clase media y media-alta. Los resultados iniciales reflejan una serie de prácticas
cotidianas y sentidos que resumimos como el consumo incidental de noticias. Según el
diccionario de la Real Academia Española, incidental significa “que sobreviene en algún asunto
y tiene alguna relación con él”; y “de una cosa o de un hecho: accesorio, de menor importan-
cia”.
La mayoría de los entrevistados accede a las noticias por medios digitales, usualmente a
través de dispositivos móviles, como una práctica secundaria de su monitoreo de las redes
sociales. No entran en contacto con el universo digital para buscar noticias, sino que se
encuentran con ellas en los feeds de sus redes, entremezcladas con anécdotas graciosas de
amigos, pedidos de ayuda y fotos de viajes, animales y comidas. A veces clickean en los titula-
res y dedican poco tiempo a leer la información más allá del título y la bajada, para luego volver
a Facebook o interrumpir el consumo mediático porque hay que bajar del colectivo y empezar
a caminar.
Esta incidentalización del consumo de noticias genera una pérdida de contexto y jerarquía del
contenido periodístico en la experiencia del público. El diario, el programa de radio y la televi-
sión desaparecen como una unidad que presenta una visión ordenada y representativa de la
actualidad. Lo que queda son retazos de historias y opiniones, inmersas en un mosaico gigan-
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El celular a la cabeza
“Celular (1), laptop (2), tele (3)”. Esa fue la respuesta de Sofía, una estudiante universitaria de
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(…)La computadora, en cambio, la asocian a usos instrumentales (fundamentalmente de
trabajo y estudio) y menos constantes que el celular. En palabras de Martín, estudiante univer-
sitario de Córdoba de 22 años: “La compu la uso bastante poco. Sobre todo porque anda mal…
Pero bueno, a veces tengo que hacer algo del laburo en casa o algo por el estilo… O algo de la
facu”. María también dice que la computadora es sólo “para hacer cosas de la facultad”. Esta
asociación con fines instrumentales produce, en algunos casos, un menor uso de la computa-
dora fuera del trabajo y del estudio, como lo deja entrever Marina, graduada en economía de 22
años: “En su momento usaba mucho la computadora. Ahora la verdad que estoy todo el día
frente a una computadora en el trabajo, lo que menos quiero hacer en el tiempo libre es usarla”.
La televisión aparece en tercer lugar y generalmente como un sonido de fondo que acompaña
la realización de tareas cotidianas y a cuyo contenido se le presta atención si pasa algo intere-
sante. María dice que al televisor “lo tengo de fondo y si hay algo que me llama la atención me
siento”. Esteban, también estudiante universitario de Santa Fe, mira TN o a veces Infama. Lo
dejo prendido ahí y es como que queda. Generalmente está de fondo. Lo miro cuando veo que
hay algo que me interesa y presto atención”.(…)
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SINTESIS
1. Elabore una infografía que dé cuenta de la relación de la institución escolar con los siguien-
tes conceptos:
• Aparatos ideológicos
• Dispositivos de control social
• Cultura dominante
• Teoría crítica de la comunicación
• Industria cultural
Una vez realizado socializar en el aula virtual con el resto de los participantes.
2. Elija artículos periodísticos que representen la perspectiva de las diferentes Teorías acerca
de la comunicación por medios masivos. Haga énfasis en la Teoría crítica en relación con la
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3. Elabore una red conceptual acerca de la relación entre el poder, el saber y las instituciones
de la modernidad con énfasis en la institución escolar. Tenga en cuenta las perspectivas de
Michel Foucault y de Louis Althüsser.
AUTOEVALUACIÓN
EJERCICIO SUGERIDO
BIBLIOGRAFÍA
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