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Confiada - Annabeth Berkley

Este documento presenta el comienzo de una novela titulada "Confiada". Introduce a la protagonista Judith Nolan, quien ha viajado con su hijo de 5 años a Henleytown para casarse con un hombre al que nunca ha conocido. Al llegar, se da cuenta de que su futuro esposo no la está esperando como se había prometido.
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Confiada - Annabeth Berkley

Este documento presenta el comienzo de una novela titulada "Confiada". Introduce a la protagonista Judith Nolan, quien ha viajado con su hijo de 5 años a Henleytown para casarse con un hombre al que nunca ha conocido. Al llegar, se da cuenta de que su futuro esposo no la está esperando como se había prometido.
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Confiada

Serie Valientes VIII


Confiada
ANNABETH BERKLEY
© 2024, Annabeth Berkley

ISBN: 9798883220134

Diseño de cubierta: Roma García

Imágenes compradas en Adobe Stock o similares

Impresión independiente

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su
incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio
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Tengo un regalo para ti:
Antes que nada, muchas gracias por querer leer mi
novela.
Sinceramente espero que te guste, y si es así, me
encantaría que me dejaras un testimonio al respecto en las
redes sociales.
Quiero agradecerte tu confianza invitándote a
descargar gratuitamente el libro «Una pasión escondida» de la
serie Edentown, en este enlace:
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escondida/
Disfruta de la lectura
¡¡Un abrazo!!
Annabeth Berkley
«La fe está dando el primer paso,
incluso cuando no se ve toda la escalera»
Martin Luther King
.
Con todo mi cariño para todas aquellas que confiamos
en Algo más grande que nosotras mismas.
Y a Asunción, que sin duda pasea por estos cielos
estrellados.
Confiada
1886
Judith Nolan contuvo la respiración cuando la
incómoda diligencia en la que viajaba se detuvo. Cruzó una
mirada seria con la mujer rolliza de mediana edad que tenía
sentada frente a ella. La preocupación que sentía ante el paso
que estaba dispuesta a dar parecía ganar la batalla a la
esperanza con la que su viaje había comenzado.
—Ya hemos llegado —confirmó mientras cientos de
mariposas revoloteaban en su estómago y su pequeño hijo se
asomaba a la ventana con curiosidad.
—Nos irá bien, querida —le aseguró convencida la
mujer mientras se levantaba decidida alisando la falda de su
vestido oscuro—. Vamos. No hagamos esperar más a nuestros
maridos.
Judith suspiró no tan convencida. Miró a las dos
jóvenes que acompañaban a Mariah Wilson. Había sido un
viaje más agradable y entretenido de lo que había esperado,
gracias a ellas. Mariah no había dejado de hablar y sus dos
hijas, una, sobre todo, parecía hacerle la competencia
llevándole la contraria en casi todo lo que decía.
Roy, su hijo de cinco años, había dormido la mayor
parte del tiempo mientras ella daba vueltas una y otra vez a la
decisión que había tomado hacía un par de meses de responder
a un anuncio en el que se buscaba esposa.
El señor Lewis le ofrecía la seguridad económica con
la que no contaba y estaba dispuesto a tratar a Roy como a uno
de sus hijos, o eso le había dicho. Esperaba que sus palabras
fueran ciertas. Nada le importaba más que él estuviera bien y
su futuro contemplara las oportunidades que ella estaba
dispuesta a darle gracias a ese matrimonio.
Le daba igual la considerable diferencia de edad que
había entre ellos o no sentir, de momento, mayor afecto hacia
él. Probablemente con el tiempo y con el esfuerzo que hiciera
falta por su parte, si eso que llamaban amor no surgía, reinaría,
por lo menos, el respeto. Ella haría todo lo posible para que así
fuera… y si no lo conseguía, no le quedaría más remedio que
transigir por su condición de mujer. Roy, y su futuro, era lo
único que le importaba. Por eso estaba allí.
Bajaron de la diligencia y se sintió observada por una
multitud de curiosos que no les quitaban los ojos de encima.
Tom Lewis le había enviado una foto suya pero no lo
identificaba entre tantos rostros desconocidos.
Aquel lugar era rústico, con calles llenas de polvo,
aceras entarimadas y pequeños y sencillos edificios unos junto
a otros. Esa debía ser la calle principal en torno a la que
parecía disponerse el resto del lugar. No tenía nada que ver
con la ciudad de la que había partido, pero no por eso tenía
que ser peor.
Una joven bonita y rubia se acercó a ellas con una
sonrisa radiante.
—Bienvenidas a Henleytown —les saludó amistosa.
Roy se abrazó a sus piernas, desconfiado. Judith
suspiró aliviada ante el cordial recibimiento. Quizá
Henleytown fuera un lugar amable donde realmente podría
encontrar la estabilidad que buscaba.
—Muchas gracias, querida —le respondió Mariah,
hablando en nombre de todas—. Estábamos deseando llegar.
—Habla por ti, madre —murmuró una de las jóvenes,
Maggie, ahogando una mueca.
—Me llamo Caroline Rucker —se presentó la
desconocida antes de saludar al pequeño, amistosa—.
Vayamos a la oficina del sheriff. Sus maridos estarán…
Un hombre joven y atractivo, con una reluciente
estrella prendida en su chaleco oscuro, se les acercó con paso
rápido consiguiendo que todas le prestaran atención.
—Buenos días, señoras, ¿puedo ayudarlas en algo?
—Soy Judith Nolan. El señor Lewis me está esperando
—se presentó cogiendo a su hijo de la mano—. Él es mi hijo,
Roy.
—Yo soy Mariah Wilson y mis hijas Maggie y Joana.
El señor Fox debería estar aquí esperándonos.
—Ya… —miró a su alrededor—. Herman, acompaña a
la señora Nolan a casa de los Lewis, por favor —pidió a uno
de los hombres que observaban con curiosidad—. El señor
Fox… probablemente esté en… Gideon, ve a buscar a Fox.
Judith agradeció con un gesto firme al hombre fornido
de aspecto bonachón que cogió su bolsa de viaje. No había
llevado más equipaje porque sus pertenencias eran escasas,
pero eso era algo que no le preocupaba en absoluto.
—¿Usted está casado, sheriff? —preguntó Mariah con
curiosidad haciendo que ella se girara para apreciar al hombre
al que se había dirigido.
Alto, moreno, de ojos verdes… Sí, podía considerarse
atractivo, pero ¿qué importancia tenía? Era un hombre y
utilizaría, como todos, la fuerza para imponer sus deseos.
Levantó la barbilla, altiva. Con Tom se mostraría sumisa, pero
estaría casada y Roy tendría un hogar y un futuro. Era lo único
que le importaba.
—Madre, por favor —exclamó Maggie, incómoda—.
Disculpe a mi mad…
—No he dicho nada malo. El señor sheriff es un
hombre muy guapo y parece respetable. Es lógico…
—Madre…
—Un placer conocerlas, señoras —las interrumpió
Caroline consciente de la incomodidad de las jóvenes—. Nos
iremos viendo.
—Gracias —le respondió Joanna, la joven más
silenciosa.
Judith, tras ofrecer una ligera despedida a sus
compañeras de viaje y con Roy de la mano, siguió al hombre
que había cogido su bolsa hasta una vieja carreta. Esperaba
volver a verlas en algún otro momento.
—¿Vive muy lejos el señor Lewis? —preguntó con
curiosidad peinando ligeramente con sus dedos el alborotado
cabello de Roy.
El hombre la miró de reojo mientras la ayudaba a subir.
Contestó cuando se pusieron en camino.
—Eh… son los dueños del aserradero. Dan trabajo a
mucha gente.
Judith asintió aliviada. Lo que Tom le había dicho era
cierto. Sería un buen hombre. Había llegado a dudar de lo que
le explicaba en sus cartas. Ser dueño de un próspero negocio o
poseer una gran propiedad podía ser un buen señuelo para
encontrar una esposa.
No había necesitado mucho tiempo para evaluar la
propuesta. No le había quedado más remedio que arriesgarse.
Cada vez era más difícil encontrar un trabajo como institutriz
o sirviendo en una casa, con un hijo pequeño, pese a que fingía
ser una desconsolada viuda. Ver el anuncio y responder a él
había sido su salvación.
—Supongo que pasará la mayor parte del tiempo allí,
en el aserradero —comentó justificando la ausencia de su
futuro esposo a la llegada de la diligencia.
—Sus hijos… se alegrarán de verla…
Judith asintió. Eso esperaba. No tener problemas con
sus hijos y que acogieran a Roy como un hermano más.
Cuando creciera podría ayudarles en el aserradero y ser
alguien de provecho.
Herman resultó un hombre de pocas palabras pese a
sus intentos de mantener una mínima conversación con él.
Detuvo la carreta al llegar frente a una elegante y robusta
edificación de dos plantas y tejado oscuro rodeada de un
terreno apenas cuidado. La ayudó a bajar mientras Roy lo
hacía de un salto, mirando a su alrededor con curiosidad. El
hombre se quitó el sombrero para despedirse y bajó la cabeza
para evitar su mirada.
—Es probable que Mathew esté dentro. Si no,
encontrará algo que hacer hasta que lleguen… Siento lo
ocurrido, señora.
Judith asintió confundida. No sabía a qué se refería,
pero no le dio importancia. Por fin había llegado a su nuevo
hogar. Sería la esposa hacendosa y diligente que Tom quería, y
nunca les faltaría nada. Por fin, podría sentirse tranquila y a
salvo después de tanto tiempo de incertidumbre, luchando por
subsistir.
Cogió con una mano la bolsa de viaje y dio la otra a
Roy. Confiada, se encaminó hacia las escaleras de acceso a la
casa.
Después de llamar a la puerta, se pasó una mano por el
cabello buscando adecentar su aspecto. Sentía las rodillas
temblorosas. Físicamente su futuro esposo no le había
parecido repulsivo, por lo que esperaba que la relación entre
ellos no fuera demasiado tensa ni desagradable.
De cualquier manera, ella se sometería con tal de que
Roy… La puerta se abrió lentamente.
—Duncan no tenía que haberte enviado…
Judith parpadeó sorprendida ante el hombre guapo de
rostro aniñado que apareció frente a ella. Tenía el cabello
oscuro, los ojos claros y una sonrisa incipiente que hacía que
se le formara un hoyuelo en la mejilla.
Se estaba terminando de abotonar una camisa de color
oscuro.
—Creí que… Disculpe, señorita… ¿Está buscando a
alguien?
Judith carraspeó incómoda antes de hablar.
—Me llamo Judith Nolan. Estoy buscando a Tom
Lewis, soy su futura esposa.
El joven parpadeó sorprendido ante sus palabras.
—¿Cómo ha dicho?
—Estoy buscando a Tom Lewis. Me dijeron que vivía
aquí.
Apretó la mano de Roy con firmeza. La incredulidad
dibujada en el rostro del hombre la estaba llenando de
inseguridad. No podía ser un engaño. Se había carteado con
Tom en tres ocasiones. Todo parecía estar en orden.
—Eh… sí… pero ¿dijo algo de una esposa?
Judith asintió intranquila.
—Hemos mantenido correspondencia al respecto,
¿puedo hablar con él?
—¿Con Tom Lewis? ¿Pregunta por él?
—Sí, señor.
Mathew Lewis miraba totalmente confundido a la
joven que estaba frente a él. Tenía el cabello castaño recogido
en un tirante moño y sus ojos, del mismo color, lo miraban con
evidente preocupación. ¿Qué se suponía que debía hacer?
¿Dejarla entrar? Se fijó en que llevaba a un niño pequeño
sujeto de la mano.
Hubiera preferido que fuera cualquiera de los
empleados del aserradero enviado por Duncan reclamando que
fuera a trabajar.
—¿Es esta la casa del señor Lewis? —insistió Judith,
incómoda.
—Sí… Eso sí… pero… No sé s…
—El señor Lewis me está esperando.
Mathew se pasó una mano por su despeinado cabello.
Debía decirle que… pero era mejor que se lo dijera Duncan.
—Tendríamos que ir al aserradero —decidió.
Judith asintió visiblemente aliviada. Por momentos
había pensado que todo había sido una mentira y había llegado
hasta allí para encontrarse totalmente sola en un lugar
desconocido.
Mathew vio que la joven se hacía a un lado para dejarle
salir y cogía una bolsa de equipaje del suelo. Seguía sin soltar
la mano del niño pequeño. ¿Para qué había dicho que buscaba
a su padre? Ese crío no podía ser hijo suyo. Su padre no había
salido de Henleytown desde que él recordara y esa mujer era
demasiado joven… Duncan sabría qué hacer con ella.
Mathew se metió la camisa por dentro de los
pantalones y tomó el sombrero que colgaba junto a la puerta.
Tendría que conducir la carreta y no el caballo. Llegaría más
tarde de lo que había previsto, pero Duncan estaría tan
sorprendido como él ante la joven y probablemente no le
recriminaría su habitual tardanza.

Duncan Lewis acompañó malhumorado hasta la puerta al


hombre con el que había pasado hablando la última media
hora. Tendría la edad de su padre y se mostraba empeñado en
comprar el aserradero. Parecía no haber entendido su negativa.
Podía decírselo más alto pero no más claro. El aserradero no
estaba en venta y no iba a estarlo.
Que su padre falleciera tiempo antes solo había sido un
contratiempo para la correcta marcha de la empresa maderera,
pero de ninguna manera había afectado su funcionamiento ni
su rentabilidad.
Sabía lo que hacía. Su padre les había enseñado el
negocio desde la base y cuando apenas eran unos chiquillos.
Mathew se lo tomaba con más calma, pero también formaba
parte de la empresa, aunque, como siempre, llegara tarde.
Se cruzó de brazos, frunciendo el ceño cuando lo vio
acercarse con la carreta, acompañado por una mujer. ¿Qué
había hecho? ¿Recogerla por el camino? ¿Y por qué no iba en
su caballo?
Los vio detenerse frente a él. Intrigado, se acercó a
ellos con pasiva lentitud. Mathew ayudó a bajar a la mujer
joven con aspecto cansado mientras un chiquillo que viajaba
en la parte trasera saltaba para esconderse tras sus faldas.
También parecía agotado, pero eso no le impedía mantenerle
la mirada, desconfiado.
—Duncan, te presento a la señorita Judith Nolan.
Buscaba a… al señor Lewis. Ha viajado desde Boston. Acaba
de llegar en la diligencia —le informó Mathew evitando
mirarle a los ojos.
Judith levantó la barbilla con recelo. Aquel hombre tan
alto y con actitud intransigente la estaba examinando con la
misma desconfianza que empezaba a sentir ella. Lo vio
cruzarse de brazos con calma mientras parecía esperar una
explicación más detallada que la que había recibido.
—¿A qué te refieres? —preguntó Duncan a su
hermano sin perder de vista a la mujer menuda, de cabello y
ojos castaños y al pequeño al que le empezaba a temblar el
labio inferior, probablemente fruto del cansancio.
—A lo que te he dicho —insistió Mathew, incómodo.
—Estoy buscando a Tom Lewis, señor…
—Lewis —le informó extrañado—. Soy Duncan
Lewis.
La sorpresa en el rostro de Judith fue demasiado
evidente como para pasar desapercibida.
Judith sujetó con más firmeza a Roy. ¿Duncan y
Mathew eran los hijos de Tom? Pero si eran mayores que ella.
Tom le había mencionado en las cartas a sus dos hijos, pero no
le había dicho la edad que tenían. Ella le había hablado de Roy
y él le había asegurado que lo trataría como si fuera uno de sus
hijos, por eso había pensado que serían poco mayores que él.
Miró a Mathew antes de volver a mirar a Duncan, que
tenía un aspecto más serio y distante. ¿Por qué no le decían
dónde estaba Tom? La estaría esperando y sencillamente les
podría explicar su presencia ya que daba la impresión de que
no les había hablado de ella.
—¿Dónde puedo encontrar a Tom? Creo que es su
padre.
—Tom Lewis es nuestro padre, sí —afirmó Duncan
con curiosidad—, pero falleció hace unas semanas.
Judith contuvo la respiración. ¿Qué le había dicho?
¿Tom había fallecido? No podía ser cierto. Negó con la
cabeza. Eso no podía estar ocurriendo. No cuando creía que
por fin su vida estaría resuelta.
—Pero… ¿cuándo? Yo… —sentía los ojos llenos de
lágrimas, todo su ser colmado de impotencia y la inseguridad
volviendo a abrazarla con fuerza.
Bajó la mirada para buscar en su bolso de mano las
cartas que habían intercambiado entre ellos. No podía ser
cierto, se repetía una y otra vez, parpadeando para que las
lágrimas no resbalaran por sus mejillas. Roy no podía verla
así.
Duncan dio un paso hacia ella cuando la joven,
visiblemente decepcionada, le tendió unos sobres muy ajados,
manteniendo la máxima distancia posible con él.
—Su padre había solicitado una esposa por correo.
Respondí a su anuncio. Como podrá comprobar, él sabía que
yo venía. Fue él quien me pagó el pasaje.
Duncan le mantuvo la mirada, incómodo. Su desilusión
era palpable. Su rostro era discreto, pero agradable. Quizá
demasiado transparente. Le sorprendió que tras la máscara de
rigidez con la que se había presentado ante ellos se escondiera
la vulnerabilidad y la inseguridad que estaba mostrando en ese
momento.
—No sabíamos nada al respecto —le explicó Duncan,
cogiendo las cartas que ella le ofreció.
—Yo… He venido hasta aquí… —Judith ahogó un
suspiro. Debía encontrar una solución. Lo sentía tanto por
Roy. Además, estaría agotado y tendría hambre. «Todo irá
bien», se animó. Dios no iba a desampararla—. Disculpen…
¿saben de algún lugar donde pueda alojarme?
Duncan levantó la mirada de la carta que estaba
leyendo. Era, claramente, la letra de su padre e iba dirigida a la
joven que tenía frente a él. Necesitaba más tiempo para pensar
con calma qué hacer al respecto.
—Están construyendo un hotel en el pueblo, pero… —
comenzó a decir Mathew, distraído—… no creo…
—Llévala a casa —le ordenó Duncan sin soltar las
cartas—. Disculpe, señora… señorita Nolan. Me gustaría leer
esto antes de ofrecerle una… solución.
¿Una solución? Judith asintió resignada. Volvía a estar
a merced del destino y del hombre que sostenía sus cartas.
—Cuando la hayas acompañado a casa, vuelves —le
indicó a Mathew antes de fijarse en el pequeño que miraba a
su madre, inseguro.
Fue hasta él. Se puso en cuclillas para estar a su altura
y mirarlo a los ojos. Roy le mantuvo la mirada, serio, pero
totalmente intranquilo. Duncan vio el miedo reflejado en su
mirada.
—¿Cómo te llamas?
—Roy —casi susurró.
—Has cuidado muy bien a tu madre, Roy.
—Me cuidó ella, señor.
—Seguro que tú también has hecho algo —apoyó su
amplia mano sobre su escuálido hombro transmitiéndole la
confianza que le faltaba—. Muy bien, muchacho. Ahora
descansa, come un poco y hablaremos.
Roy asintió manteniéndole la mirada con firmeza.
Judith contuvo la inmensa gratitud que sintió al verlo hablar
con su hijo. Pese a su ceño fruncido y su aspecto rudo parecía
esconderse un buen hombre. Sintió que podría entregar su vida
a aquel desconocido por aquel simple gesto con el niño. Quizá
no había hecho el viaje en balde y podría quedarse bajo su
techo.
—Gracias, señor Lewis —le respondió con un atisbo
de esperanza.
—Llámeme Duncan. El señor Lewis era mi padre —le
respondió levantándose—. Siento lo ocurrido.
—Yo también —reconoció sincera.
Se mantuvieron la mirada por unos segundos, los
suficientes para que algo que no supieron identificar se
removiera en ambos.
—Mathew la llevará a casa. Puede instalarse allí hasta
que solucionemos esto. No se me ocurre nada mejor, de
momento.
—Muchas gracias —aceptó aliviada.
Él se limitó a asentir en silencio.
Judith, agradecida, lo vio dar media vuelta y dirigirse a
la pequeña y sencilla edificación de la que había salido.
—Sígame, señora Nolan —le pidió Mathew volviendo
hacia la carreta—. La llevaré a casa y podrán descansar.
—Gracias —le respondió con una incipiente sonrisa—.
Llámeme Judith.
—Yo soy Mathew… aunque creo que ya se lo dije —le
sonrió ayudándola a subir.
Judith apreció el hoyuelo de su mejilla. Era un hombre
más guapo que su hermano y parecía que más jovial, pero no
irradiaba esa seguridad y fortaleza que le había llamado la
atención cuando se había dirigido a Roy.
Mientras emprendían el camino de regreso, rezó una
plegaria en silencio para que todo se arreglara por el bien de su
hijo.
En cuanto llegaron, Mathew le hizo un rápido recorrido
por la casa, ofreciéndole una de las habitaciones vacías del
piso superior para que pudieran descansar. Era una edificación
sólida, sencilla, pero amplia, y la falta de una presencia
femenina era más que evidente, pensó aliviada. Ella podría
hacer algo mientras viviera allí para compensar su inesperada
presencia.
—Regresaré al aserradero con Duncan —le indicó
antes de dejarla sola—. Volveremos a mitad de tarde.
—¿No van a venir a comer?
—Solemos comer en el restaurante que hay en la calle
principal… aunque creo que en la despensa podrá encontrar
algo. Se lo comentaré a Duncan.
Judith asintió. Le había quedado claro quién dirigía la
casa y el aserradero tras el fallecimiento del padre.
Cuando se quedó a solas con Roy se dejó caer en una
silla, contrariada. Roy corrió a abrazarla.
—¿Nos quedaremos aquí, mamá? Es una casa muy
grande.
—No lo sé, mi amor —le respondió dándole un
cariñoso beso en la coronilla.
Creía que Tom sería la solución a sus problemas, pero
ahora que no estaba, parecía no haber avanzado nada. Miró a
su alrededor.
Mientras estuviera allí, hasta que Duncan decidiera su
futuro, podría hacer lo mismo para lo que pensaba casarse con
Tom: se encargaría de la casa, la ropa y la comida sin ningún
problema.
Quizá pudiera encontrar otro esposo allí mismo. Igual
que Tom o el señor Fox habían escrito solicitando esposa,
algún hombre más lo habría hecho. Solo tenía que encontrar a
aquel que aún estuviera esperando una carta de respuesta. Al
bajar de la diligencia había visto a muchos hombres… solo
necesitaba uno… honrado, bueno para su hijo y amable con
ella. Esto último si no era mucha exigencia… No pedía tanto,
¿o sí?
Con esa determinación, se levantó decidida a hacer
todo lo que pudiera para quedarse allí hasta encontrar otro
esposo. Ya no dependía solo de Duncan. Quizá había llegado
el momento de que su suerte cambiara…
Se dirigió a la amplia y recogida cocina, casi
desprovista de alimentos, pero con los que no le quedaba más
remedio que improvisar algo que llevarse al estómago.
—Todo irá bien, Roy —le aseguró con más convicción
de la que realmente sentía.
No sabía si era cuestión de mala suerte que Tom
hubiera fallecido antes de hablar a sus hijos de ella… Sus
hijos… Vaya hijos… Había creído que serían un poco mayores
de Roy, pero no tanto. Mathew parecía encantador. Duncan,
protector y considerado… Se había agachado para hablar con
Roy y ese gesto le había llegado al alma.
No sabía lo que decidirían al respecto de ella, pero no
servía de nada preocuparse en ese momento. Habían llegado a
salvo a aquel lugar. Lo que sucediera después estaba por verse,
se animó esperanzada.

Duncan estaba mirando pensativo las cartas que Judith le había


dado. Las había dejado sobre el escritorio de la oficina después
de leerlas. Por lo visto, su padre había solicitado una novia por
correo como sabía que habían hecho otros habitantes de
Henleytown, pero había fallecido antes de que llegara.
¿Por qué no se lo había dicho? Recordaba haber
hablado alguna vez al respecto, pero no había prestado
atención. Él estaba más interesado en los beneficios que
producía el aserradero que en encontrar una esposa. Si quería
estar con alguna mujer con visitar el Saloon de Stella le
bastaba. Sin embargo, su padre sí que insistía en la necesidad
de que hubiera una mujer en casa.
Apenas recordaba a su madre. Había fallecido de unas
fuertes fiebres cuando ellos eran muy pequeños. No sabía del
deseo que, por lo que había leído, sentía de tener una
compañera con la que hablar o que convirtiera la casa en un
hogar, según sus propias palabras.
Además, se había ofrecido a cuidar a su chiquillo como
si fuera un hijo propio. La joven viuda había encontrado en su
padre la protección y el cuidado que había perdido tras el
fallecimiento de su esposo.
¿No podía haber contraído otro matrimonio en la
ciudad? De nada servía pensar en eso. Estaba allí y cuidarla
era ahora responsabilidad de ellos. Probablemente encontraría
otro esposo con rapidez. En Henleytown escaseaban las
mujeres y que tuviera un hijo no sería un impedimento.
Aunque fuera pequeño, algún día sería de ayuda para llevar
una granja o alguno de los negocios de por allí.
Mathew no tardó en llegar con su habitual sonrisa
despreocupada dibujada en su rostro.
—¿Qué piensas? —le preguntó impaciente cuando lo
vio sentarse en la silla que tenía enfrente con evidente
satisfacción.
—Tenemos una mujer en casa —le recordó Mathew.
—Iba a ser la mujer de padre.
—Él no está. ¿La desposas tú o lo hago yo?
—¿Estás hablando de matrimonio? —preguntó Duncan
sorprendido.
—Claro, es una mujer.
—Por eso mismo. ¿No te valen las chicas de Stella?
—No es igual. ¿No me digas que no te has planteado
buscar esposa?
Duncan lo miró serio. Alguna vez lo había pensado,
pero lo había visto muy lejano en el tiempo.
—No, pero de cualquier manera está aquí y algo habrá
que hacer con ella. No podemos enviarla de vuelta a la ciudad
—le señaló las cartas—. No tiene familia y trabajaba en las
casas como institutriz o ama de llaves. Nuestro padre le
ofreció un futuro.
—Ahora se lo puedo ofrecer yo —propuso Mathew.
—¿De verdad? No eres capaz de llegar a trabajar a la
hora acordada y persigues a todas las mujeres que llegan a
Henleytown. ¿Vas a ofrecerle esa clase de amor?
—¿Quién habla de amor? Hablamos de darle un
apellido, ¿no? y un techo bajo el que quedarse.
—Es una mujer. Probablemente quiera más.
—Fea no es… pero tampoco es deslumbrante. Ha
venido hasta aquí, dejando todo atrás, sin conocer a nuestro
padre. No querrá nada más. Como tú mismo has dicho, es solo
una mujer.
Duncan lo miró serio, meditando sus palabras.
—Una mujer que se ha adentrado en el oeste para
cambiar de vida y que tiene un hijo por el que luchar… no sé
si es bueno infravalorar esos aspectos.
—Bah, tonterías. Puedo casarme con ella en cualquier
momento. Vamos a darle tiempo para que se instale y se haga a
la idea de que padre ya no está, y después, la desposaré.
Duncan asintió. Un problema menos del que
preocuparse. Dejó a un lado las cartas y cogió los últimos
albaranes que habían recibido.
—Toma, ya que te has dignado en aparecer, revisa que
todo esté correcto.
Con una mueca y a regañadientes, Mathew cogió la
documentación que su hermano le tendía. Ya sabía que si
volvía, como le había pedido que hiciera, le haría trabajar. No
estaba en contra de ello, pero prefería bajar al pueblo y visitar
la nueva cantina que habían abierto no hacía mucho.
Duncan lo vio salir antes de recostarse en la silla. No
se imaginaba a su hermano contrayendo matrimonio, pero no
se interpondría. Probablemente no tardaría en hacerla su
esposa y empezar a llenar la casa familiar de niños. «La
próxima generación del aserradero», sonrió. Sería una escena
entrañable de la que sería testigo orgulloso.
Probablemente Judith les tendría la comida preparada
cuando llegaran de trabajar y se encargaría de tener la ropa
limpia y la casa ordenada. Parecía responsable y trabajadora.
Su padre no se habría conformado con menos. Y no era fea,
como había señalado Mathew. Hizo una mueca.
«Más le valía dejar de pensar en la que hubiera sido la
mujer de su padre y centrarse en el trabajo», se recriminó
tratando de recordar qué era lo que había estado haciendo
antes de que la llegada de la joven madre lo hubiera
interrumpido.

Por la noche, Duncan salió a mascar tabaco al porche de la


casa. Mathew se había acercado a la cantina y Judith se había
retirado al dormitorio. La noche era estrellada y tranquila.
Al llegar a casa después de la jornada, se había
sorprendido de verla tan recogida, y la cena que les había
preparado con los pocos ingredientes que había en la despensa
también le había agradado.
Sin duda, una mujer les haría la vida más sencilla. No
le extrañaba que su padre hubiera solicitado una esposa por
correo.
Judith decidió salir un momento. Roy estaba dormido.
Mathew había avisado de que visitaría la cantina y a Duncan
no lo había visto por ningún sitio. Quizá le hubiera
acompañado o se hubiera retirado para descansar. No parecían
agresivos. Quizá no fuera necesario atrancar la puerta y
respetaran su decisión de dormir con Roy. Aunque no dejaban
de ser hombres…
La noche era estrellada. Bajó las escaleras del porche y
caminó unos pasos frente a la casa. No recordaba haber visto
un cielo tan bonito en la ciudad. Una suave brisa le acarició el
rostro. Se dejó caer de rodillas y suspiró. Su vida podría estar
cambiando. Oyó un sonido a su espalda y se giró sobresaltada.
El mayor de los hermanos la estaba mirando apoyado
en uno de los postes del porche. Se levantó sorprendida,
sacudiéndose el polvo de la falda.
—No le había visto, disculpe. Solo salí un momento…
El cielo está lleno de estrellas.
—No tiene que disculparse —le indicó bajando las
escaleras y dando un par de pasos hacia ella—. La cena fue
sabrosa y ya empezó a recoger la casa.
Judith retrocedió ligeramente y se llevó la mano al
cuello cerrado de su camisa. Sabía lo que el silencio y la
intimidad de la noche podían causar en un hombre. Estaba a su
merced, pero… ese hombre no parecía agresivo, no parecía
mirarla como otros antes habían hecho. Quizá Mathew cuando
volviera de la cantina…
—¿Han pensado qué hacer… conmigo? —se atrevió a
preguntar, intranquila.
—Mi padre quería que estuviera aquí, ¿no? Si él
hubiera fallecido después de que llegara no la echaríamos
tampoco. Esta es su casa.
Judith meditó sus palabras, aliviada. A Duncan le
sorprendió la ligera sonrisa que se dibujó en su rostro.
—Muchas gracias.
—No tenemos las mismas comodidades que en la
ciudad, pero una vez que se acostumbre, no estará mal.
¿Comodidades? Solo quería tranquilidad y un futuro
para su hijo. Asintió levemente con un gesto de cabeza.
—Mañana Mathew puede bajarla a Henleytown para
que conozca el pueblo… No hay mucho que ver, pero le puede
indicar dónde está el almacén de la señora Patterson o una
tienda que abrieron de vestidos y cosas de mujeres.
Judith sonrió agradecida. Cosas de mujeres… por lo
menos parecía que intentaba hacerla sentir cómoda.
—No necesito mucho, pero se lo agradezco.
—En Henleytown no hay escuela, pero creo que han
contratado una maestra que no tardará en llegar.
Judith asintió satisfecha. Todo con lo que soñaba
parecía que, por fin, se estaba haciendo realidad.
—Me pareció entender en las cartas que usted había
trabajado como ama de llaves.
—Así es —reconoció orgullosa—. Sé llevar una casa si
es lo que le preocupa.
Duncan ahogó una sonrisa. No le preocupaba en
absoluto la casa. Con tener una cama le bastaba. Toda su vida
era el aserradero y se sentía cómodo así.
—Mi padre la contrat… le ofreció matrimonio para
eso, pero al no estar él si quiere regresar a la ciudad o esperar
una nueva proposición…
Se consideraba en la obligación de darle esas opciones,
aunque ya hubiera hablado con Mathew al respecto.
—No tengo dónde regresar. Agradecería quedarme
hasta que consideren…
—No tenemos nada que considerar, señora…
—Judith, puede llamarme Judith.
—Muy bien, Judith. Esta es su casa y también la de
Roy.
Judith asintió aliviada. Esperaba que las cosas no
cambiaran después de unos días. No recordaba las veces que
también creía haberse sentido a salvo y había acabado
huyendo.
—Habrá visto que tenemos gallinas y una vaca en el
establo. Mathew suele ordeñarla… cuando se levanta… pero
no tenemos huerto. Nadie lo cuidaría, pero si usted quiere
plantar algunas verduras y encargarse de ellas, creo que en el
almacén de la señora Patterson encontrará semillas.
—Muchas gracias —le respondió reconfortada por sus
palabras y por el tono calmado de su voz. «Era una lástima que
no hubiera sido él quien había solicitado la esposa por correo»,
pensó desviando la mirada—. Será mejor que me retire. Estoy
cansada.
Duncan asintió comprensivo. La vio pasar por su lado
y entrar por la puerta, antes de sentarse en las escaleras del
porche. Su padre debería haber consultado con ellos su
decisión de casarse. Por lo menos, no les habría pillado de
sorpresa. «De cualquier manera, él descansaría tranquilo
sabiendo que se ocuparían de ella», se dijo convencido antes
de contemplar el cielo estrellado que Judith le había señalado.
«Todo estaba bien», se recordó.

A la mañana siguiente, Mathew la acompañó al pueblo,


aunque lo había oído llegar tarde el día anterior. Había
atrancado la puerta con una silla y había pasado la mayor parte
de la noche pendiente de que nadie tratara de entrar. Amanecía
cuando había podido relajarse al respecto, pero no estaba
dispuesta a bajar la guardia.
Roy viajaba en la parte trasera mirando con curiosidad
de lado a lado.
El almacén de la Señora Patterson parecía tener de todo
lo que necesitaran. Mathew se fue a la cantina dándole tiempo
para curiosear todo lo que quisiera.
—¿Es usted la esposa que Tom Lewis había solicitado
por correo? —le preguntó la mujer de ojos claros y sonrisa
franca que regentaba el negocio.
Judith asintió mientras Roy se soltaba de su mano para
observar los diferentes aperos de labranza que se mostraban en
una de las paredes.
—Siento su pérdida —le dijo sincera—. Suponíamos
que estaría de viaje cuando todo sucedió, por eso no la avisó
nadie.
—¿Sabían que yo venía?
—Alguien comentó que Tom había pedido alguna
esposa, igual que Fox, Latimer y alguno más. Supongo que
Duncan la desposará.
Judith se ruborizó ligeramente ante esa posibilidad.
Duncan parecía un buen hombre y había tratado muy bien a
Roy.
—No sé… Me dijo que podría quedarme allí sin
problema.
—No es lo más indicado que una mujer sola conviva
con dos hombres, aunque sean los hijos de su esposo… que no
llegó a ser su esposo… Puede que encuentre algún tipo de
oposición al respecto.
—¡Judith! —exclamó la rolliza Mariah Wilson
entrando por la puerta y sorprendiéndose de verla—. ¿Cómo
está, querida? Me enteré de que su esposo había fallecido antes
de que llegara.
Judith asintió mientras Mariah se acercaba a ellas
seguida de Maggie, la más respondona de sus hijas.
—Es una lástima… Tendrá que encontrar otro esposo
pronto.
—Eso mismo le estaba diciendo yo —le explicó la
señora Patterson.
—Lo cierto es que no he pensado en ello. Los hijos de
Tom me han permitido instalarme con ellos. Roy…
—Pero son hombres —le recordó Mariah.
—¿Dónde está Joanna? —le preguntó deseando
cambiar de tema.
—Esa muchacha… —murmuró Mariah con una mueca
—. Ha ido a hablar con el doctor.
—¿Se encuentra mal? ¿Será por el viaje? —le preguntó
Judith preocupada.
—No creo… Mi hija tiene algunas ideas…
—Déjala en paz, madre. Es una mujer libre…
—No digas tonterías, Maggie —le recriminó Mariah
—. Es una mujer. Simplemente. Estas muchachas jóvenes —
sonrió mirando a la señora Patterson— tienen unas ideas…
—Usted lo ha dicho, son jóvenes —la apoyó la señora
Patterson—. No se preocupe. Aquí hay muchos hombres
solteros. No tardarán en desposarlas.
—Lo dudo… Joanna puede ser muy terca…
—Creía que la terca era yo, madre.
—Sí, también… Su padre les dio ciertas libertades…
—se excusó elevando los ojos al cielo—. Falleció hace unos
años… y no nos dejó en muy buenas condiciones…
—¿De verdad crees que el señor Fox las mejorará?
—Maggie, no seas tan insolente y desagradecida —le
recriminó enfadada—. El señor Fox nos ha abierto las puertas
de su casa y de una nueva vida.
Judith las escuchaba en silencio. Probablemente una
mujer sin problemas no escogería viajar hacia lo desconocido
para encontrar eso que Mariah consideraba una nueva vida. No
se sentía tan sola en ese momento.
La señora Patterson asintió convencida.
—Aquí estarán bien. Es un lugar tranquilo. Está
creciendo, pasó la fiebre del oro y los que no emigraron más al
oeste solo buscan estabilidad.
Las tres mujeres asintieron confiadas. Eso era lo
mismo que buscaban ellas. Parecía que lo habían encontrado.
El domingo, Duncan resopló alejándose del párroco. Le había
esperado a la salida de la iglesia para indicarle lo ofendido que
estaría Dios por tener una mujer bajo su techo y no contraer
matrimonio con ella. ¿Acaso Dios no tenía nada mejor que
hacer o algún otro problema mayor del que ocuparse?
Buscó a Judith con la mirada. Estaba hablando con el
hombre alto y de nariz aguileña que se había ofrecido para
comprar el aserradero. No le dio importancia. Cada vez más
forasteros se instalaban en Henleytown buscando
oportunidades. Solo esperaba que le hubiera quedado claro que
su oportunidad no tenía nada que ver con su negocio.
Ella parecía relajada y no desentonaba con aquel lugar
ni entre las mujeres que preparaban juntas, no muy lejos, el
almuerzo dominical que compartía la comunidad tras el
sermón. «Estaría bien allí», se dijo antes de encaminar sus
pasos hacia su caballo, amarrado a uno de los árboles
cercanos.
—¿Ya te vas? —le preguntó Mathew alcanzándole.
—Sí. No tengo ninguna intención de quedarme a
comer —le explicó—. ¿Dónde está Roy?
Los dos hermanos buscaron con la mirada al pequeño
que corría con otro niño de su edad hacia algunos de los
matorrales que había junto a la iglesia.
—Con el hijo del doctor —le señaló Mathew.
—Ya llegaréis a casa. ¿Sigues pensando lo que
hablamos ayer?
—¿Lo de casarme con Judith? Alguien tiene que
hacerlo.
Duncan lo miró serio. «Tampoco era una obligación
tan penosa», se dijo todavía molesto por la actitud
intransigente del párroco. Aun así, asintió antes de irse. Él no
tenía tiempo ni ganas de atender a ninguna mujer.
Judith siguió con la mirada a Duncan cuando se alejó
de la pradera. Lo había visto hablar con el párroco antes de
que su rostro se tensara y su ceño se frunciera. No sabía lo que
habían hablado, pero no parecía que hubiera sido algo
agradable. La señora Patterson se le acercó con una sonrisa
amable.
—Es un buen hombre.
—¿Qué? No… Me sorprende que se vaya. Creí que
hoy nos reuníamos todos aquí para comer. Mathew me lo
había explicado así.
—Duncan no suele quedarse desde que Tom falleció.
—No he dejado nada preparado en casa.
—No te preocupes. Llevan muchos años sin una mujer.
Se las apañará bien solo.
Judith asintió contrariada. No le habían hablado de lo
que esperaban de ella mientras estuviera bajo su techo, pero
sabía cuáles eran sus obligaciones y se sentía mal si no las
cumplía.
Se fijó en Roy que jugaba entretenido con un par de
chiquillos más. Parecía haberse integrado bien allí. Ella
también se sentía cómoda. El lugar era agradable y la gente
también. Varios hombres se le habían acercado a darle el
pésame, y Caroline Rucker le había presentado a las pocas
mujeres que había.
Le gustaba sentirse parte de esa comunidad, y por
varias veces se había sorprendido rezando para que esa
situación pudiera alargarse en el tiempo. No sería la primera
vez que creía sentirse a salvo y luego las cosas se torcían. Aun
así, conservaba la esperanza de que en Henleytown todo fuera
diferente. De momento, parecía que así iba a ser y estaba
decidida a disfrutarlo.
Dos días después, Duncan iba a entrar en la oficina con los
albaranes en la mano cuando vio que Mathew llegaba… otra
vez tarde.
—No vas a morir por llegar un día a trabajar a la hora.
—Ya estás tú aquí, no te enfades.
—Precisamente por eso me enfado.
—¿Qué haces con esos albaranes? —preguntó
queriendo cambiar de tema mientras amarraba el caballo al
poste de madera donde solía hacerlo—. ¿Hemos recibido
nuevo material?
—No, pero no me cuadran los números. Voy a tener
que hacer un nuevo pedido. Por favor, revísalo bien cuando
llegue.
—¿Me estás acusando de algo?
—No —le respondió molesto—, pero si alguno de los
proveedores nos está enviando menos material del que nos
factura quiero ser el primero en enterarme y no el último.
Entró dejando a Mathew molesto frente a la puerta. El
negocio era de los dos y aunque su padre siempre había
consentido más a Mathew, él no estaba dispuesto a hacerlo.
Era su hermano pequeño, pero era un hombre, y si debía
reducir sus visitas al Saloon de Stella o a la cantina para
atender sus responsabilidades, tendría que hacerlo.
—Revisé los albaranes y todo estaba correcto —se
defendió Mathew ofendido.
—Quizá no. Es eso o pensar que alguien nos está
robando.
Mathew se sentó en la silla frente a él.
—Eso no es posible.
Duncan le ofreció los albaranes.
—Compruébalo tú mismo.
—¿Has preguntado a los hombres?
—Nadie sabe nada del tema.
—Pero…
—Tendremos que estar atentos a partir de ahora.
—¿Sospechas de alguien? ¿Quién va a querer llevarse
madera? Por aquí no hay ningún otro aserradero y si Brewer la
necesita, la compra sin problemas de manera legal.
—No lo sé, Mathew, por eso te pregunto.
—¿Qué sugieres que hagamos?
—Abrir los ojos. Me he dado cuenta ahora, pero a
saber cuánto tiempo nos lleva faltando material.
—Nos hubiéramos dado cuenta antes.
Duncan evitó mirarle. Para darse cuenta había que estar
trabajando y Mathew no parecía especialmente comprometido
con eso.
—¿Latimer no te había dicho nada? —preguntó
mencionando al capataz en el que confiaban plenamente.
—Ha sido él quien lo ha sugerido. Por eso he venido a
por los albaranes.
—Revisé el pedido. Estaba todo en orden —insistió
Mathew.
—Pues entonces, alguien nos está robando. Esta noche
me quedaré a vigilar.
Mathew asintió serio y preocupado.
Judith se extrañó de que Duncan no se presentara a la hora de
cenar.
—Ha tenido que quedarse en el aserradero —le explicó
Mathew disfrutando de la sabrosa empanada de carne que
Judith había preparado.
—¿Y la cena? —preguntó—. ¿Va a llevársela usted?
Mathew la miró sorprendido.
—No pensaba… No le pasará nada por dormir con el
estómago vacío. Podría haber venido a cenar y volver al
oscurecer, pero es terco como una mula.
—¿Va a pasar la noche allí?
—Sí.
—Debería llevarle un plato. Mañana estará cansado y
hambriento.
Mathew la miró extrañado.
—Es mayorcito. Si tiene hambre ya vendrá o mañana
comerá mejor. No tiene por qué molestarse.
—No es molestia —le aseguró convencida.
Era lo menos que podría hacer ya que la dejaban vivir
allí y la hacían sentirse protegida y cuidada después de tanto
tiempo.
Mathew se encogió de hombros.
—¿Sabe conducir la carreta?
—En la ciudad no tenemos carretas… Pero puedo ir
andando.
—Es un paseo largo.
—Entonces saldré enseguida.
—No se separe del cauce del río y llegará sin
problemas.
Poco después, Judith empezó a caminar llevando la
cena en un plato de porcelana cubierta con un paño limpio. El
sol estaba empezando a ocultarse y la temperatura era suave.
Podría vivir bien allí. La gente que había conocido era
agradable. Las mujeres, amistosas y los hombres parecían más
preocupados de sacar adelante sus granjas y negocios que de
buscar compañía femenina lejos del Saloon que una mujer
llamada Stella regentaba.
Una mujer dirigiendo un negocio de ese tipo, Sarah
Carrington cocinando en el restaurante de la familia de su
esposo, Aileen Brewer y Chelsea, no recordaba el apellido,
habían abierto un pequeño comercio con ropa femenina…
«Las mujeres podían llegar tan lejos como quisieran», sonrió
orgullosa.
Ella se conformaba con atender la casa y a su marido.
O, por lo menos, esa había sido su intención. No sabía cuánto
tiempo más podría mantener esa situación. Duncan y Mathew
tendrían que hacer algo al respecto. ¿Podría desposarse con
alguno de ellos? Ambos parecían trabajadores. Quizá Mathew
era más despreocupado, pero no era mal hombre.
Se estremeció al pensar en el momento de compartir el
lecho. «Era algo por lo que tenía que pasar», pensó con el ceño
fruncido, pero solo sería un mal rato al finalizar la jornada y
eso no importaba frente a la seguridad que el resto del día
habrían encontrado al estar allí.
Tardó más de lo que había pensado en llegar frente al
aserradero. Todo estaba en absoluto silencio. Apenas se oía el
sonido de la brisa entre los árboles. La noche estrellada ya
había hecho acto de presencia. Se acercó a la oficina donde
suponía que estaría Duncan, pero no lo encontró. Dejó el plato
sobre el escritorio.
Duncan regresaba de uno de los almacenes del
aserradero cuando vio la puerta de la oficina abierta. Una
desconocida rabia recorrió todo su cuerpo. Él la había dejado
cerrada y estaba seguro de eso. Con agilidad y mucho cuidado
para no ser visto ni oído llegó hasta ella. Contuvo la
respiración cuando cruzó la puerta. Solo podía distinguir una
sombra junto al escritorio. Iba a sorprender al ladrón…
Judith ahogó una exclamación cuando un violento
empujón a su espalda la arrojó sobre la mesa, sorprendiéndola.
Las lágrimas arrasaron sus ojos tan rápido como la sorpresa y
los amargos recuerdos. Alargó la mano buscando algo con que
defenderse de su agresor. Un cuerpo enorme, fuerte, duro
intentaba inmovilizarla. «No lo iba a conseguir», se prometió.
Una silla cayó al suelo durante el forcejeo, acelerando
la tensión. Judith encontró un objeto pesado a su alcance. ¿Un
pisapapeles? Le daba igual. Estaba dispuesta a defenderse. Se
giró con impulso para golpear a su agresor en la cabeza.
Duncan no vio llegar el golpe que le hizo ver las
estrellas. Trastabilló hacia atrás con un exabrupto llevándose
la mano a la frente. No iba a permitir que se llevaran nada. La
sombra trató de huir, pero él fue más rápido y la cogió por el
brazo con fuerza, abalanzándose contra ella para impedirle el
paso. La atrapó contra la pared. El cuerpo era pequeño y olía a
lavanda.
—Déjeme ahora mismo. Duncan está cerca y gritaré
hasta que me escuche —exclamó Judith tratando de liberarse
de aquel gigante que parecía dispuesto a imponerse ante ella.
Su contacto y el calor que emanaba su cuerpo la estaban
asfixiando.
Duncan parpadeó sorprendido aflojando su contacto.
Se llevó la mano a su dolorida frente.
—¿Judith? ¿Qué hace aquí?
Ella dejó de forcejear, avergonzada y alarmada por
igual. ¿Duncan?
Duncan se dirigió hacia la lámpara de aceite que tenía
sobre una estantería para encenderla. La tenue luz iluminó la
estancia a su alrededor.
Judith se llevó las manos a la boca al ver la brecha que
le había hecho sin saber que era él.
—Discúlpeme, por favor, no le vi —le explicó
alarmada todavía desde la pared donde la había arrinconado.
—Yo diría que sí —murmuró él dejándose caer en la
silla, llevándose la mano a la frente—. ¿Qué hace aquí? Podía
haberla matado.
—No quería asustarle —se disculpó acercándose a
examinar la herida.
—¿Qué quería? ¿Estaba buscando algo? —miró la
mesa, confundido, hasta que vio el plato cubierto con el paño
limpio.
—Vine a traerle la cena —le explicó azorada buscando
a su alrededor algo para cubrirle la herida.
Duncan cogió el paño sobre la empanada y lo presionó
contra la brecha para tratar de que dejara de palpitar tan fuerte
en su cabeza.
—Lo siento mucho —insistió Judith cogiendo el paño
con sus manos rozando la suya.
Duncan apreció la suavidad de su piel y levantó la vista
para mirarla. Parecía turbada por el inesperado y
desafortunado encuentro, pero la notaba más relajada que
cuando se había presentado ante él la primera vez. Su cabello
recogido no era tan tirante, incluso llevaba algún mechón
suelto, quizá fruto del forcejeo. Sus labios ya no se mostraban
continuamente apretados. Su piel había empezado a coger un
poco de color y no se mostraba tan estirada y distante como el
primer día. Además, era hacendosa y diligente. Mathew sería
un hombre afortunado al desposarla.
—¿Qué hace aquí?
—Mathew me dijo que no pensaba cenar, pero lleva
todo el día trabajando y pensé que podría tener hambre.
La miró receloso. ¿Qué le importaba eso a ella?
Reinaba la noche, estaban a solas en un lugar apartado y eran
un hombre y una mujer. ¿Le estaba diciendo la verdad o era
una mujer inconsciente con un oscuro plan trazado para
conseguir algún fin?
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿La ha traído
Mathew?
—No. Me indicó cómo llegar.
Duncan miró hacia la ventana tratando de ver el
exterior.
—¿Y su caballo?
—No he venido en caballo.
—¿Ha venido caminando? ¿Sola?
—Hace buena noche.
Duncan se pasó una mano por el rostro. Ella hablaba
con total inocencia, pero… ¿Podía ser cierto? Mathew era un
inconsciente. Existía la posibilidad de que unos ladrones
estuvieran acechando el aserradero y ¿no se le ocurría nada
mejor que dejar a esa mujer caminar sola tanta distancia? Eso
por no hablar de la falta de mujeres en los alrededores y que
cualquier hombre podría intentar poseerla por la fuerza.
El roce de su falda contra sus piernas, su cercanía, la
suavidad de sus manos, el aroma que desprendía le estaban
empezando a afectar demasiado. ¿Cuánto tiempo hacía que no
estaba con una mujer? ¿Y por qué estaba pensando en ello?
Judith notó cómo su gesto se tensaba antes de hacerla a
un lado y levantarse murmurando palabras inteligibles.
Duncan no sabía quién era más inconsciente en ese
momento. Si ella sin tener en cuenta el riesgo de estar allí, a
solas con un hombre, de noche y bien lejos de alguien que
pudiera ayudarla, o Mathew que la había dejado ir aun con la
posibilidad de que hubiera algún ladrón al acecho.
—No tenía que haberse molestado. La llevaré a casa.
Judith lo miró extrañada mientras lo veía salir por la
puerta con gesto serio.
—No se preocupe. Puedo volver por donde he venido.
Duncan le mantuvo la mirada. ¿De verdad no veía los
riesgos a los que se estaba exponiendo? Henleytown era un
lugar amable, pero ella no dejaba de ser una mujer. Le estaba
mirando con total inocencia. Su rostro era bonito y
probablemente más suave que sus manos, sus labios… Sería la
mujer de Mathew.
—Para no preocuparme la acercaré yo —le indicó
firme sin darle opción a réplica.
—Pero usted quería quedarse.
—Y usted no debió venir… —. Ella abrió la boca para
contestar—. Sí, lo sé, la cena. La próxima vez, ahórrese el
viaje y… —. Notó un gesto de decepción en su rostro—.
Aprecio el detalle, pero no es necesario que vuelva a hacerlo…
Está bien —se rindió—, cenaré rápido para llevarla a casa.
—No…
—He dicho que la llevaré y voy a hacerlo.
Volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en la silla,
acercándose el plato con la empanada. Olía muy bien y su
aspecto era delicioso. Apenas había comido durante el día y su
estómago agradeció el sabroso alimento.
—Está buena —reconoció mientras la veía acercarse
en silencio a la puerta.
Judith asintió con una leve sonrisa.
—No pensé que oscurecería tan rápido ni quería ser
una molestia. Si prefiere quedarse…
—No voy a dejar que vuelva sola.
Duncan notó cómo su cuerpo se tensaba al pensar en la
posibilidad de que ella se quedara allí para ahorrarse el camino
de vuelta a casa. Los dos totalmente solos, a oscuras… No era
buena idea, y, por lo visto, necesitaba ir al Saloon de Stella
para relajar su cuerpo y los pensamientos que se estaban
sucediendo en su mente sin pretenderlo.
Judith sintió la mirada fija en ella. No pretendía ser una
molestia, pero Duncan parecía demasiado firme. Miró a su
alrededor, incómoda. La oscuridad de la noche los rodeaba. Se
encontraban completamente a solas. Un escalofrío recorrió su
espalda. ¿Debía estar allí? Sus mejillas se sonrojaron mientras
una oleada de calor templaba su cuerpo contrastando con la
brisa que corría en el exterior. No podía ser que… Él se había
echado sobre ella en la mesa, la había arrinconado contra la
pared… Podría haber hecho lo que hubiera querido…
Duncan notó su silencio mientras daba el último
bocado. Prefería irse cuanto antes y volvería inmediatamente
para pasar la noche allí como había pensado. Se levantó y se
dirigió hacia la puerta donde estaba apoyada la joven.
Judith casi saltó al sentir su presencia a su espalda. Se
giró para mirarlo sorprendida. Su respiración pareció agitar su
pecho. Se mantuvieron la mirada en silencio. Duncan no hizo
ademán de moverse. Ella retrocedió un par de pasos. Ambos
fueron conscientes de que los dos sabían lo que podía suceder
entre ellos. Sus corazones latieron con fuerza, pillándoles por
sorpresa.
Judith bajó la mirada mientras se llevaba la mano al
cuello de la camisa y la cerraba con fuerza. Duncan pasó por
su lado para ir hasta su caballo. Lo mejor era acabar con esa
comprometida situación cuanto antes.
Confundido por esos extraños sentimientos, se montó
con agilidad y se acercó a ella. Le tendió la mano. Judith la
miró antes de levantar la vista expresando, sin pretenderlo, su
confusión.
—No va a volver a pie, ya se lo advertí. Deme la mano.
Judith volvió a mirarla. Era grande, fuerte, firme.
—Sí —obedeció—, pero…
En un momento, con un inesperado y fuerte impulso,
sus pies dejaron de tocar el suelo. Antes de que pudiera
parpadear se vio sentada delante del hombre, franqueada por
unos fuertes brazos que se limitaban a sujetar las riendas.
Duncan no estaba preparado para que el suave y dulce
olor de esa mujer le impactara como lo hizo. La había sentado
delante de él sin mayor intención que llevarla de vuelta a casa,
pero su ahogada exclamación, la sorpresa dibujada en sus ojos
y el inesperado rubor de su rostro le habían descolocado.
Parecía tan inocente.
Pensó en disculparse por haberla subido así, pero no
conocía otra forma de hacerlo.
—¿Va bien? No tardaremos en llegar a casa.
Judith se limitó a asentir con la cabeza y con los labios
apretados. Sentía la garganta seca, una inestabilidad total sobre
el caballo que empezaba a trotar, y la cercanía tan íntima de
ese hombre a su espalda que no la dejaba pensar en nada más.
—Si no se relaja un poco, cuando lleguemos le dolerá
todo el cuerpo —le comentó Duncan con indiferencia.
—Temo caerme —le confesó manteniendo el enorme
esfuerzo de no recostarse sobre su pecho.
—Eso no va a pasar —le aseguró convencido,
pensando en todo lo que iba a decirle a Mathew por dejar que
la mujer se aventurara a caminar sola a esas horas de la noche.
Judith contuvo la respiración. La certeza que le
inspiraban esas palabras la hacía estremecerse. Parecía un
hombre íntegro, capaz de mantener su palabra.
Quizá era la brisa fresca que se había levantado lo que
la llevaba a agradecer el contacto de sus brazos cerca de su
cintura, o el cálido aliento en su coronilla. Pero aun así no iba
a recostarse en él.
No quería sentir un hombre tan cerca, pese a que esa
vez no le resultara vomitivo. Si él ocupara el lugar de Tom…
Sabía lo que era estar con un hombre, pero estaba dispuesta a
volver a pasar por ello con la promesa de que su hijo estuviera
siempre a salvo.
Cuando llegaron, Duncan la dejó en el suelo antes de
bajar. Judith se estremeció y se llevó la mano al cuello de su
camisa para cerrarla en un puño. Dejar de sentirlo a su espalda
y que fuera la brisa nocturna quien la rodeara la hizo volver a
tomar conciencia de la intimidad que la noche les ofrecía.
Debería estar en su dormitorio con la puerta atrancada, sin
embargo, parecía que sus piernas no quisieran obedecer a sus
pensamientos.
Él con grandes zancadas e ignorándola, entró en la casa
buscando a Mathew. Como intuía, no estaba. Todo estaba
recogido y en silencio. Habría bajado a Henleytown. Cuando
salió vio a Judith donde la había dejado.
—Mathew no está. Volveré al aserradero.
Ella asintió incómoda. No iba a arriesgarse a entrar
dentro estando los dos a solas. Roy seguiría dormido en el
dormitorio del piso de arriba, pero un niño no podía impedir lo
que un hombre podría hacerle a una mujer.
Vio a Duncan subir al caballo con destreza y sujetar las
riendas con decisión.
—Debería aprender a cabalgar —le comentó antes de
alejarse de ella.
Judith asintió distraída, siguiéndole con la mirada.
¿Cabalgar? Jamás se lo había planteado, pero supuso que tenía
razón. Cuando lo perdió de vista, entró en la casa. Había
pasado otro día más y no parecía que fuera a tener ningún
problema con esos hombres, pero no podía relajarse y menos
ahora que sabía lo que era sentir a Duncan cerca de ella.

Duncan resopló fastidiado cuando el párroco salió de la


oficina. Entre el sueño que tenía y el cansancio por la noche en
vela, solo le faltaba que ese hombre volviera a recordarle su
falta de decencia por tener a una mujer viviendo en su casa sin
estar desposada.
Tendría que volver a hablar con Mathew al respecto en
cuanto se dignara a pisar el aserradero.
La noche había sido calmada. Si los ladrones habían
estado acechando probablemente la visita de Judith los habría
desconcertado tanto como a él. No había notado ningún
comportamiento sospechoso al volver. Ningún ruido, ningún
indicio que le hiciera pensar que algo pasaría. Todo había
estado muy tranquilo.
De todas maneras, Mathew también debería vigilar,
igual que él, y esa noche debería ser su turno. Judith estaría en
casa… ¿Qué hacía pensando en ella, otra vez?
Mathew llegó a mitad de mañana con su habitual
despreocupación.
—¿Has hablado con la mujer? —le preguntó nada más
verle cruzar la puerta.
Mathew lo miró sin comprender.
—¿Qué mujer?
—¿A qué mujer te crees que me refiero? El párroco ha
venido otra vez a recriminarme que no está casada y está
viviendo bajo nuestro techo.
Mathew se dejó caer en la silla, desenfadado.
—Ah, no lo recordaba… Sí, bien, me casaré con ella,
pero tenemos cosas más importantes que pensar.
—¿Tenemos? Eso creo yo, pero tú…
—No digas tonterías. Que yo no esté tan pendiente de
todo porque estás tú no significa que no me importe.
—¿Porque estoy yo? Y antes, porque estaba padre.
—Eh, ya te he dicho que me casaré yo con ella. No me
acuses de no asumir responsabilidades.
Duncan lo miró con ironía.
—¿Casarte con una mujer te supone tanto esfuerzo?
—Como por lo visto a ti encargarte de todo esto.
—No compares.
—Cásate tú con ella o que encuentre un esposo.
¿Acaso todas las novias que se han pedido por correo van a
responder a las cartas?
Duncan lo miró sorprendido.
—¿Qué pretendes? ¿Subirla en la carreta en la calle
principal y preguntar quién se la quiere llevar? Esa mujer dejó
todo confiando en nuestro padre. Tiene un hijo. No es un
objeto que se pueda cambiar de sitio, sin más.
—Es una mujer, puede seguir en casa haciendo la
comida, limpiando y lavando la ropa.
—Pero entonces tendrás al párroco llamando a tu
puerta y no a la mía.
Mathew resopló fastidiado.
—Hablaré con él… le diré que me casaré yo, pero no
pienso dejar de visitar el Saloon. No seré como Fox que tiene
que escaparse a escondidas como si estuviera haciendo algo
malo.
—¿Fox?
—Pidió otra mujer y no le deja beber ni una gota de
whisky. Yo no voy a consentir que una mujer me diga lo que
tengo que hacer. ¿Para qué necesitaba padre casarse?
Duncan se encogió de hombros.
—Una mujer solo sirve para tener hijos y cuidar la
casa. Ya nos tenía a nosotros y en casa apenas estamos —se
respondió a sí mismo.
Duncan apoyó la espalda en el respaldo de su silla,
pensativo.
—No sé… la soledad…
—¿Qué soledad? Ven algún día al Saloon y verás
cuanta compañía tienes.
—Pagando.
—Eso sí… pero merece la pena —sonrió lascivo—.
Aunque bien pensado Judith puede hacer el mismo papel,
estará disponible siempre y solo para mí. Tendré que pensarlo
en serio.
Duncan frunció el ceño.
—¿Pensarlo en serio? Dijiste que te casabas tú con
ella. Habla con el párroco.
Mathew salió de la oficina resoplando. Duncan se
quedó mirando a la puerta pensativo. Dudaba que su padre
hubiera pedido una esposa solo para satisfacer sus deseos
carnales. Las cartas que había leído estaban llenas de respeto y
una soledad que pretendía ser cubierta.
¿Soledad? ¿Su padre se sentía solo? ¿No le bastaba con
el trabajo para mantener distraída su mente? Las noches de
invierno podían ser largas, pero… ¿una mujer? Además, no la
conocía. No sabía de su olor, de sus mejillas ruborizadas, de
sus ojos curiosos, de sus incipientes sonrisas, de su pudor
cerrándose el cuello de la camisa… Podía imaginarse
besándole el cuello lentamente, sintiendo su suave piel bajo
sus labios, haciéndola rendirse ante él para que le dejara
desabrochar esos botones a los que se aferraba… Se
estremecería, suspiraría, gemiría… «Pero ¿qué estaba
pensando?», se recriminó con el ceño fruncido.
Sacudió ligeramente su cabeza para alejar esos
pensamientos inapropiados. Tenía mucho que hacer ese día, y
esa noche Mathew sería el que se quedara vigilando.

Por la noche, Duncan salió al porche acompañando a Mathew


que no estaba muy conforme con su turno de vigilancia. Lo
vio alejarse al galope antes de recostarse contra la pared.
Judith se había quedado recogiendo la mesa. Apenas habían
cruzado palabra desde la noche anterior. Su padre había tenido
suerte al escogerla. Por lo menos más que Fox. Mujeres…
eran necesarias para repoblar la tierra, pero tan imprevisibles.
La vio salir cargada con un cubo de agua y acercarse al
abrevadero para vaciarlo con cuidado de no mojarse. Cuando
se dirigió de vuelta, sus miradas se encontraron. Su habitual
gesto apretándose el cuello de la camisa apareció y su rostro lo
cubrió una sombra de preocupación. Dio dos pasos hacia ella.
No tenía por qué preocuparse. Su padre la había llevado allí y
de allí no saldría a no ser que ella misma quisiera.
—¿Está bien, Judith?
Ella asintió titubeante. Se vio tentada de dar dos pasos
hacia atrás por cada uno que él daba acercándose. Su gesto no
era agresivo, por lo que con gran esfuerzo se forzó a no
alejarse.
—¿No está cansada? Eso puede hacerlo mañana.
—Eh… sí… Iba a dormir ahora.
—Tiene que aprender a conducir la carreta y a montar
a caballo. No nos necesitará si algún día quiere bajar a
Henleytown.
Judith asintió más relajada. Eso le daría cierta libertad.
—¿Es difícil?
—No, solo tiene que acostumbrarse… y nosotros sacar
tiempo para enseñarla.
—Muchas gracias. Supongo que para ustedes que yo
esté aquí es un imprevisto con el que no contaban.
—La vida está llena de imprevistos —le respondió
girándose ligeramente, invitándola con el gesto a caminar a su
lado hacia el porche.
Solo eran unos pasos así que Judith aceptó hacerlo,
insegura.
—Para usted tampoco habrá sido fácil llegar a un lugar
desconocido rodeada de gente extraña, y con un niño.
Judith lo miró de reojo. Parecía sinceramente
interesado.
—La vida a veces te obliga a tomar decisiones difíciles
con la esperanza de un futuro mejor.
—¿Hace mucho que falleció su esposo?
—¿Qué?
—El padre de Roy… ¿falleció hace mucho?
Judith se ruborizó, incómoda, mientras se detenían
junto a las escaleras del porche.
—Sí… antes de que naciera.
—Debió ser difícil.
—Sí… tuve que buscar un trabajo. Fueron años…
complicados. —No quería hablar de ello—. Y cuando vi el
anuncio de su padre, decidí arriesgarme. Roy estaba creciendo.
No me era fácil cuidarlo mientras trabajaba.
—Dejar todo su entorno para aventurarse de esa
manera…
—¿Me está juzgando?
—No, pero su familia…
—Roy es toda mi familia y su padre me aseguró que
aquí tendría futuro. Lo leyó en las cartas que me escribió.
—Sí, sí, no se preocupe —la calmó—. Su llegada nos
pilló de sorpresa, pero parece que no ha tenido problemas para
adaptarse.
Judith asintió agradecida. Se hubiera adaptado al
mismo infierno si hubiera hecho falta, con tal de que Roy
pudiera salir adelante y convertirse en un hombre de provecho.
—Es muy tarde. Mañana hablaré con Mathew para que
le enseñe a montar a caballo y a utilizar la carreta.
—Muchas gracias —asintió Judith ligeramente
relajada.
Se mantuvieron la mirada en silencio por unos
instantes. Parecía que ninguno de los dos tuviera prisa por
separarse. La noche les envolvía con su intimidad, las estrellas
los cubrían, curiosas. Los corazones parecieron reconocerse.
Fue ella la que bajó la mirada, se llevó la mano al
cuello de la camisa y, murmurando una despedida, pasó por su
lado para entrar primera en casa. Dentro, subió con rapidez las
escaleras y se encerró en su dormitorio, intranquila.
Duncan parecía un buen hombre. No sabía por qué se
sentía tentada a buscarlo o a no huir de él cuando lo tenía
cerca. ¿Sentiría lo mismo si él la desposaba en lugar de su
padre? No le importaba. Roy tendría un hogar y un futuro. No
necesitaba nada más.

A la mañana siguiente, cuando Duncan llegó al aserradero vio


a Mathew con los ojos cerrados, sentado en la silla de la
oficina.
—Eh, ¿te has dormido?
Mathew se despertó sobresaltado. Parpadeó
confundido mirando a su alrededor.
—No, no —se incorporó malhumorado—. Pero aquí
no ha venido nadie, ¿estás seguro de que falta material?
Duncan resopló molesto mientras él se levantaba
moviendo el cuello para desentumecerse.
—Claro que estoy seguro. Esta noche me quedo yo.
—¿Y así hasta cuándo?
—Hasta que los pillemos. Habrá que enseñar a Judith a
montar a caballo y a utilizar la carreta.
—¿Para qué?
—Por si necesita bajar al pueblo alguna vez.
—Yo la puedo llevar.
—¿Y cuando no estés tú?
—Si no estoy yo, la puedes llevar tú.
—Tengo mejores cosas que hacer que bajar a
Henleytown.
—No te vendría mal una visita al Saloon.
—Ya vas tú por los dos. Hay que trabajar, vamos.
Mathew resopló saliendo tras él para revisar los
barracones con el material mientras los empleados iban
llegando.

Cuando llegaron a casa a mitad de tarde, Duncan miró a su


alrededor extrañado. La explanada delantera de la casa estaba
despejada de malas hierbas, dando un aspecto bastante
mejorado ante el descuido y la dejadez que mostraba hasta ese
momento.
—¿Qué ha pasado aquí? —murmuró.
Mathew se encogió de hombros desganado por el
cansancio acumulado reflejado en su rostro. Llevaron los
caballos al establo y mientras les quitaban la silla de montar,
Roy se acercó con curiosidad.
Mathew le saludó con un gesto sin prestarle mayor
atención.
—¿Qué tal, muchacho? ¿Qué has hecho hoy? —le
preguntó Duncan, divertido ante la expectación que mostraban
sus inocentes ojos.
Roy observaba con curiosidad la silla del caballo.
—¿Has ayudado a tu madre a arrancar las malas
hierbas?
Roy asintió orgulloso.
—Muy buen trabajo.
—Me he arañado un poco —le enseñó sus manitas
como muestra de su hazaña.
—Tu madre las llevará igual —le respondió—.
Deberíais haberos puesto guantes. Ahí los tienes para la
próxima vez —le señaló un pequeño armario de madera junto
a los aperos apoyados en la pared—. ¿Me ayudas a darle la
comida a los caballos?
Judith salió al porche. Vio a Mathew aseándose junto
al abrevadero, pero no había rastro de Roy. No habría ido muy
lejos porque se lo tenía prohibido, pero no verlo le hacía
sentirse intranquila.
Sintió una cálida corriente abrazando su corazón
cuando lo vio salir del establo hablando con Duncan. El
contraste entre el hombre y el niño era tan grande que hacía
sonreír. Duncan no parecía molesto porque el niño le estuviera
interrogando, como casi seguro que estaba haciendo.
Cuando Duncan llegó junto al abrevadero y se quitó la
camisa, dio un par de pasos cohibida, antes de entrar en casa,
ruborizada. No debía estar mirando sin embargo… entornó
levemente la puerta. Lo justo para ver a Roy hablando con
Duncan… y a él echarse agua por su torso desnudo y su
oscuro cabello.
No pudo evitar compararlo con Mathew, que llevaba
sobre uno de sus hombros la camisa que traía y se dirigía al
porche. Ambos eran delgados, fuertes, pero la firmeza y la
fuerza que transmitía Duncan no tenía nada que ver con la del
menor de los hermanos.
Se alejó de la puerta por si entraba mientras,
inconscientemente, apretaba en un puño la tela que cubría su
escote. Fue a la cocina. Lo mejor sería evitarlos todo lo
posible.
Escuchó a Mathew subir las escaleras y un momento
después, más tranquila, salió de la cocina. En ese momento,
Roy irrumpió corriendo en la casa seguido de Duncan. Judith
contuvo la respiración mientras su corazón se agitaba con
fuerza. Duncan llevaba el cabello húmedo y revuelto y el
fuerte y amplio pecho desnudo.
Él notó la turbación de la mujer y se puso la camisa sin
llegar a abrochársela. No había pensado que estaría por allí y
no sería decoroso que lo viera casi sin ropa.
—Disculpe…
—Mamá, Duncan dice que nos va a enseñar a manejar
la carreta y a montar a caballo —exclamó el niño, encantado,
saltando a su alrededor.
—Muy bien, cariño —respondió al pequeño con una
sonrisa—. Muchas gracias.
Evitó mirarlo directamente. Él podría notar su
nerviosismo y no sabía si lo utilizaría en su contra.
—La cena está preparada.
—Voy a cambiarme de ropa.
—¿No estás contenta, mamá? —le preguntó Roy,
cogiéndola de la mano—. Vamos a aprender muchas cosas.
Judith sonrió cuando lo vio echar a correr por la sala
con los ojos brillantes, como si estuviera galopando. Eso era
todo lo que le importaba. Ver a Roy feliz y que se convirtiera
en un buen hombre, como parecía que eran los hermanos
Lewis.
Dirigió su mirada a las escaleras por las que habían
subido. Cada día estaba más segura de que había tomado la
decisión correcta de aventurarse en aquella experiencia, pese a
la incertidumbre a la que ya sentía haberse habituado.
Después de cenar, mientras Judith recogía la cocina, vio pasar
de largo a Duncan y dirigirse hacia la puerta con su Stetson en
la mano. No parecía que se hubiera acicalado tanto como
Mathew que había salido unos minutos antes mientras ella
terminaba de limpiar la mesa.
—¿Va a salir? —le preguntó con curiosidad.
—Sí —miró a su alrededor—. Vuelvo al aserradero.
Mathew…
—Ya ha salido.
Duncan la miró confundido.
—¿Se ha ido?
—Me pareció escuchar su caballo.
—Habrá bajado al Sal… supongo que tardará en
volver. —«¿No le había pedido que le enseñara a cabalgar?»
—. No he olvidado que tengo que enseñarle a montar a caballo
o a conducir la carreta. Le prometo que lo haré.
Judith asintió satisfecha. Eso le daría más libertad e
independencia.
—Muchas gracias.
Duncan asintió incómodo. El rostro de Judith parecía
haberse iluminado con la discreta sonrisa que se dibujó ante su
comentario. Hubiera jurado que hasta los ojos le habían
brillado. Señaló hacia el exterior.
—Ha hecho un buen trabajo con la casa y las malas
hierbas.
—Gracias, mañana seguiré.
—Póngase guantes. Le he explicado a Roy dónde
puede encontrarlos.
Judith lo agradeció sonriendo levemente. Ese hombre
parecía bueno. Le estaba costando dejar de prestarle atención o
dar por finalizada su conversación. Supuso que era porque
apenas hablaba con nadie y él se mostraba amable.
—Eh… En Henleytown tenemos cuenta abierta en el
almacén de la señora Patterson. Puede comprar allí lo que
necesite.
Duncan empezó a sentirse incómodo. Judith lo miraba
con atención, como si le importase lo que dijese, como si fuera
agradable estar hablando con él en ese momento. Debía irse
porque podría verse tentado a seguir hablando con ella, aunque
fuera de nimiedades y no quería ponerse en camino cuando
hubiera oscurecido totalmente. Salió de la casa.
Judith lo acompañó hasta bajar las escaleras del
porche.
Duncan notó su presencia a su espalda. ¿Quería decirle
algo? Se giró para mirarla y sintió que la garganta se le secaba.
Esa mujer era cada vez más bonita. El tono de su piel
se veía más saludable, probablemente por el tiempo pasado
arrancando las malas hierbas. La brisa que se levantaba a
última hora del día estaba jugando con el mechón de cabello
que se había soltado, parecía que ya por costumbre, de su
recogido y le acariciaba el rostro.
Se vio tentado de acercarse hasta ella, retirárselo con
cuidado y colocárselo tras la oreja. Entonces, sentiría la
suavidad de su piel, aspiraría su aroma, ella probablemente se
estremecería ante su contacto…
En ese momento comprendió lo que había llevado a su
padre a buscar una mujer. Quería estrecharla entre sus brazos y
besarla, que estuviera siempre dispuesta para él, con esa
dulzura, con esa confianza, con esa vulnerabilidad que le hacía
querer protegerla y cuidarla el resto de su vida.
Carraspeó incómodo retrocediendo un par de pasos.
Debería alejarse antes de seguir pensando en cosas así.
Mathew era el que iba a desposarla para evitar que el párroco
volviera a recriminarles su, por lo visto, pecaminosa conducta.
—Nos veremos mañana.
Judith asintió siguiéndole con la mirada. Por un
momento le había dado la impresión de que él la miraba de
manera diferente, como si ella fuera algo valioso, algo
importante… No recordaba que nadie la hubiera mirado nunca
así. Una corriente de aire la hizo estremecerse antes de llevarse
la mano al cuello de su camisa. Ahogó un suspiro. Quizá con
él las cosas podrían ser diferentes…

Un par de días más tarde, Judith estaba tendiendo la ropa que


acababa de lavar cuando vio a Duncan aparecer a caballo por
el camino que llevaba al aserradero. No era una hora habitual
para verlo así que dejó todo para prestarle atención.
Duncan se detuvo junto a ella. Debía bajar a
Henleytown a enviar un telegrama. El último pedido se estaba
retrasando demasiado y no había recibido ninguna explicación
al respecto por parte de su proveedor. Había decidido pasar por
casa por si Judith necesitaba algo y… no se iba a engañar, le
apetecía verla.
—Judith, ¿necesita algo de Henleytown?
Judith asintió quitándose el delantal con rapidez y
alisándose el vestido.
—Debería comprar harina y algunas verduras. ¡Roy,
vamos!
Duncan la miró extrañado. ¿Pensaba ir con él? Eso le
llevaría más tiempo, pero le había parecido que se le iluminaba
la cara y no se veía capaz de borrarle esa ilusión. Sorprendido,
resignado, pero no muy molesto bajó del caballo.
Antes de llegar al establo ya tenía al pequeño Roy
saltando alegre a su alrededor mientras hablaba de no sabía
qué cosas. Sacó los dos caballos que tirarían de la carreta y vio
a Judith esperándole con un sombrero en las manos y el mismo
vestido que utilizaba casi de diario.
—Acérquese y le enseñaré a enganchar los caballos —
le pidió con fingida indiferencia.
Judith asintió sonriente. Así no tendría que depender de
ninguno de los dos hermanos si tuviera que bajar al pueblo a
comprar algo. Junto con Roy, prestó atención a las pacientes
indicaciones de Duncan.
Pese a los intentos de no acercarse a él mientras les
explicaba lo que debían hacer, Judith se distrajo más de una
vez admirando sus fuertes y amplias manos, sus ojos oscuros y
sus labios firmes. Roy le interrumpió una docena de veces,
pero no le contestó de forma desagradable ni pareció
molestarle en absoluto.
Duncan agradeció que las preguntas de Roy lo
distrajeran de la presencia tan cercana de su joven madre. Su
gesto curioso, el aroma que desprendía y su cercanía le estaban
incomodando demasiado. Hubiera sido su padre, como esposo,
quien debía haberle enseñado a hacerlo y no él. Y también
quien hubiera compartido el lecho con ella… «¿Por qué
pensaba en eso?» Probablemente Mathew tendría razón y
debía hacer una visita al Saloon cuanto antes.
El camino tampoco le alivió demasiado la incomodidad
que sentía. Pese a tratar de mantenerse en silencio, Roy,
excitado ante la bajada al pueblo, no paraba de preguntarle
cosas e incluir a su madre en la conversación. Aprovechó para
enseñarle a manejar las riendas, pero su proximidad y el
traqueteo de la carreta tampoco facilitaron que se concentrara
en ello.
Cuando se detuvieron en la calle principal, junto a la
oficina de correos, Duncan disimuló el alivio que sentía.
—Voy a enviar un telegrama. Si quiere ir al almacén de
la señora Patterson puedo pasar a buscarla cuando termine.
Judith asintió viéndole bajar con agilidad de la carreta
mientras Roy bajaba de un salto. Duncan se giró para cogerla
de la cintura y ayudarla. Ella se ruborizó incómoda. ¿No había
otra manera de bajar que no implicara tenerlo tan cerca?
Bastante había tenido con tratar de disimular el rubor que
sentía con su acercamiento durante todo el trayecto. No le
quedó más remedio que aceptar su ayuda.
Apoyó las manos en sus fuertes hombros. Él solo la
sujetó por la cintura e hizo que su piel ardiera. Cuando notó el
suelo bajo sus pies, levantó la mirada. Estaba cerca, muy
cerca, mirándola con gesto tenso.
—Veo que ha entrado en razón y va a darle un apellido
a esta familia —dijo una voz masculina a sus espaldas.
Duncan se giró fastidiado. Había reconocido al párroco
y no le había gustado el tono recriminatorio empleado. ¿Cómo
decirle que no era asunto suyo? Soltó a Judith antes de girarse.
—Estamos discutiéndolo entre Mathew y yo… No se
preocupe.
—¿Cómo no voy a preocuparme? —preguntó el
párroco, huraño—. Contraed matrimonio con ella uno de los
dos y el otro que escoja otra esposa… Será por mujeres…
Pedidla por correo como hizo vuestro padre.
Judith escuchó en silencio la reprimenda. Aceptó que
se la merecía. Sabía que debía casarse, pero se sentía tan
tranquila tal y como estaba… Los dos hermanos parecían
respetarla y ninguno había intentado entrar en su dormitorio.
Volvieron a quedarse a solas pese a que en la calle
había mucha actividad.
—Disculpe, es que… —Duncan se empezó a justificar
incómodo.
—No se preocupe —le interrumpió bajando la mirada
—. Supongo que esta situación no puede mantenerse mucho
más.
Duncan carraspeó llevándose una mano a la cabeza. No
le resultaba agradable hablar con ella sobre el asunto, pero
debía hacerlo con Mathew en cuanto volviera a verlo.
—La veo en un rato.
Judith asintió haciéndose a un lado cuando él empezó a
alejarse de ella. Miró a su alrededor. Aunque rústico, aquel
lugar era un buen sitio donde vivir. Encaminó sus pasos al
almacén de la señora Patterson, con Roy, muy obediente, a su
lado.
Compró lo que necesitaba y la amable mujer se ofreció
a guardárselo hasta que Duncan fuera a recogerlo para darle
tiempo a visitar la tienda de las costureras.
Duncan la vio salir del almacén y cruzar la calle con
Roy saltando distraído tras sus pasos. Andaba a paso rápido
hacia uno de los callejones de la calle. Él ya había puesto el
telegrama y no estaba dispuesto a quedarse a esperar la
respuesta, así que fue tras ella sin prisa.
Judith se detuvo nada más entrar en el callejón cuando
el hombre de nariz aguileña con el que había hablado el
domingo tras el sermón interceptó su paso sorprendiéndola.
Roy le dio la mano.
—Disculpe si la he asustado, señora Lewis. No era mi
intención.
Judith asintió quitándole importancia. El hombre
parecía sincero, muy educado y dispuesto a mantener una
conversación.
Duncan entró en el callejón justo cuando un hombre
que no pudo identificar se alejaba de Judith. La vio sonreír al
pequeño y dirigirse a la tienda para mujeres que habían abierto
no hacía mucho tiempo el par de forasteras.
No tenía la menor intención de seguirla. Era mera
curiosidad el querer saber dónde iba. La vio entrar a la tienda y
cuando él llegó hasta el escaparate se detuvo para observarla.
Estaba hablando con las otras dos mujeres y parecía relajada y
amistosa. Todas sonreían mientras mantenían lo que parecía
una agradable conversación.
—Señor Lewis, ¿está acompañando a Judith? —
preguntó una voz potente y femenina a su espalda—. Me
parece un gesto muy atento por su parte, pero no se quede ahí
parado.
Duncan se vio incapaz de detener a la robusta mujer
que le cogía del brazo y casi lo obligaba a entrar a la tienda sin
darle opción a negarse.
Judith se giró junto a las dos propietarias para saludar a
Mariah y al hombre que le acompañaba, visiblemente
incómodo.
—Judith, seguro que el señor Lewis quiere elegir el
color del vestido que va a comprarle —les explicó asertiva—.
¿Es para el domingo o uno de faena?
Judith lo miró ruborizada. No pretendía que Duncan se
viera obligado a comprarle un vestido solo porque Mariah
creyera que debía hacerlo.
—Solo quería saludar a Aileen y a Chelsea —se
disculpó incómoda—. Si ya ha terminado lo que había venido
a hacer… La señora Patterson me guarda…
—Oh, querida, ¿cómo no va a comprarle un vestido si
siempre lleva el mismo?
Judith miró a Duncan avergonzada.
—¿O no es por eso por lo que estaba mirándola desde
el escaparate?
Duncan jamás se habían sentido tan incómodo. Esa
mujer no podía ser más inoportuna.
—Sí, claro… Por eso venía… —improvisó evitando la
mirada de Judith.
¿Solo un vestido? Realmente no recordaba haberla
visto con otro que no fuera el que llevaba o el que utilizaba los
domingos. No se había dado cuenta, pero ¿cuántos vestidos
necesitaba una mujer?
—Es encantador por su parte —continuó Mariah—. Yo
también vengo por lo que dejé encargado el otro día, pero no
tengo prisa. Será bonito ver los vestidos que encarga.
—No, yo no necesito nada —aseguró Judith
ruborizada.
—¿Cómo que no, querida? En cuanto empiece a
refrescar la ropa no se secará tan rápido como ahora.
Explíqueselo usted, señor Lewis. Necesitará por lo menos dos
vestidos más y otro para los domingos, además de ropa
interior.
Judith no podía sentirse más avergonzada. Dio dos
pasos atrás, pero Duncan avanzó dos hacia adelante.
Probablemente esa mujer tenía razón.
Aileen y Chelsea estaban en silencio observando la
situación con sonrisas discretas.
—Por favor, dos vestidos y… otro para los
domingos…
—Y ropa interior —añadió Mariah.
Duncan asintió sintiéndose observado y totalmente
fuera de lugar.
—Lo que necesite. A final de semana me pasaré a
pagarlo… —Se giró para mirar a Judith que parecía tan
incómoda como él—. La espero en el almacén de la señora
Patterson. Tómese el tiempo que necesite.
—Duncan —exclamó Roy—. ¿Puedo ir con usted?
Duncan asintió deseoso de salir de allí cuanto antes.
—Pero no tiene por qué…
—Compre también lo que necesite el niño —le dijo
tendiéndole la mano al pequeño antes de salir de ahí.
Judith lo siguió con la mirada. Roy confiaba
plenamente en él, como también lo estaba empezando a hacer
ella.
Cuando las cuatro mujeres se quedaron solas
rompieron a reír: Judith azorada; las otras tres divertidas.
—A los hombres hay que darles alguna vez un
empujón —le explicó Mariah con una sonrisa amplia—. ¿No
quieren una mujer bonita? Pues eso tiene un precio.
Poco después, Duncan y Roy estaban sentados en el
escalón de la acera, junto al almacén de la señora Patterson
haciendo garabatos en el suelo con un palo. Judith los vio y se
dirigió hacia ellos risueña.
Se sentía bonita. Había cambiado su traje de faena por
uno que ya tenían confeccionado y le recordaba al color de las
avellanas cuando el sol reflejaba en ellas. Además, le habían
sugerido que se soltara el cabello y lo habían recogido en una
cinta permitiendo que su cascada de rizos castaños cayera
sobre su espalda. No había podido evitar pensar que
probablemente a Duncan le gustara verla así. Él ya le había
demostrado que podía confiar en él.
Duncan se levantó en cuando la vio acercarse. Sintió
algo parecido a un golpe seco en el estómago. ¿Se podía ser
más bonita? Se sorprendió queriendo sonreírle, pero reprimió
sus ganas. No quería dar lugar a malentendidos. Los hombres
se giraban a su paso, incluso alguno trató de acercarse y ella lo
ignoró dirigiéndose a él.
Judith le sonrió. Llevaba un paquete bajo el brazo con
una falda y una camisa para usar a diario y dos pantalones y
camisas para Roy. El resto lo debía buscar en unos días.
—Debo darle las gracias…
—No, yo debo ofrecerle una disculpa. No pensé que
pudiera necesitar… nada… Tiene que pedírnoslo Judith, o
bajar usted misma a Henleytown en cuanto sepa manejar la
carreta. Tenemos cuentas abiertas en los establecimientos.
Solo tiene que pedir que anoten lo que necesite en ellas.
—Gracias —asintió sincera mientras Roy dejaba el
palo en el suelo y cogía a Duncan de la mano.
—Estás guapísima, mamá, ¿a qué sí, Duncan? —le
preguntó dándole la otra mano a ella—. Ya hemos cargado la
carreta. ¿Nos vamos?
Judith asintió mirando de reojo a Duncan, que le
mantuvo la mirada sin responder al pequeño. No parecía que le
importara que Roy lo cogiera de la mano. Una oleada de
calidez y gratitud recorrió su cuerpo hasta casi emocionarla.
Ese hombre la hacía sentir respetada y valiosa, algo totalmente
nuevo e inesperado para ella.
Duncan la ayudó a subir a la carreta disimulando su
contrariedad. Si hubiera estado su padre hubiera sido él quien
la acompañara al pueblo, quien dibujara garabatos en el suelo
con Roy, quien se encargara de protegerla y cuidarla. Su padre
necesitaba una familia completa, una mujer, su dulzura, su
afecto en la mirada… Mathew la desposaría, pero él solicitaría
otra esposa. Quería lo que no sabía que necesitaba hasta que
había conocido a Judith.

Cuando, después de la cena, Judith recogió todo, se dirigió al


porche. Los dos hermanos habían salido a la vez minutos antes
y había escuchado solo el sonido de un caballo alejándose. Dio
por hecho que sería Mathew volviendo al Saloon como cada
noche. Roy ya se había dormido, así que quizá se encontrara
con Duncan.
No tenía ninguna excusa con la que dirigirse a él. Ni
sabía de qué podrían hablar siquiera. Probablemente ni debería
acercarse porque no dejaba de ser un hombre, pero lo cierto
era que le gustaba estar a su lado. Más que al lado de Mathew
o de cualquier otro hombre que hubiera conocido antes.
Se sentía protegida a su lado, respetada, y aunque
corría el riesgo de que eso acabara, y más aún, si tenía que
contraer matrimonio con él o con otro, le costaba dejar de
buscar pequeños encuentros con él.
Duncan la vio salir en silencio. Estaba esperando que
lo hiciera. Le gustaba la armonía o la sensación de hogar con
la que había colmado la casa y su vida. Volver del trabajo
sabiendo que estaría ella le daba razones para hacerlo.
También le gustaba la costumbre que Roy había adquirido de
recibirle en cuanto llegaba y ocuparse juntos del caballo.
Mathew se desposaría con ella y… ella seguiría en
casa… ¿Por qué Mathew? ¿Por qué no él?
—Está pensativo —comentó Judith con amabilidad
manteniendo la distancia.
Duncan la miró en silencio. Era bonita y hacendosa…
Sería una buena compañera… Tendría que hablar con Mathew
para sugerirle que podía ser él quien se casara con ella.
—Estaba recordando las palabras del párroco esta
mañana. Parece ser que es inmoral que una mujer sola conviva
con dos hombres.
Judith se llevó la mano al cuello de la camisa. Sabía
que tarde o temprano llegaría el momento.
—No estoy sola. Tengo a mi hijo, y hubiera sido la
esposa de su padre.
—Sí, pero al no estar él, parece ser que, según la ley de
Dios, uno de nosotros debería sustituirle.
—¿Han pensado algo?
Duncan se encogió de hombros. No le había pasado
desapercibida la tristeza que se había reflejado en el bonito
rostro de la joven.
—Usted hizo un viaje muy largo para encontrar la
protección de mi padre, es lo que se merece, ¿no?
—Yo solo quiero que mi hijo tenga un futuro.
—Nadie ha dicho que no pueda tenerlo. Pueden
quedarse aquí, pero más tarde o más temprano el párroco
insistirá en celebrar un matrimonio.
Judith asintió resignada. Sabía por lo que tenía que
pasar y cuál sería su futuro, pero afortunadamente el de su hijo
sería mucho mejor y eso lo justificaba todo.
Duncan, extrañado por su expresión, se acercó a ella.
La brisa nocturna apenas había empezado a levantarse y pese a
que las estrellas aún no habían salido, la intimidad de la noche
empezaba a envolverles.
—¿Le ocurre algo? Usted venía a casarse, ¿no?
Judith asintió con un gesto de cabeza estremeciéndose
al notar su cercanía. Quería alejarse, pero parecía que sus
piernas no la obedecían. Duncan la había respetado desde el
primer momento, pero no dejaba de ser un hombre y tendría
los mismos instintos que todos ellos.
—Sí. Su padre parecía un buen hombre.
—Lo era. Pero no le conocía, no podía tener ningún
sentimiento afectivo hacia él.
Judith lo miró ahogando un suspiro. Le había
transmitido calma, seguridad, confianza. Era lo que buscaba,
lo que quería, lo que necesitaba.
—Entonces no le importará un hombre que otro —le
respondió con voz ronca dando un paso más hacia ella.
Podía oler su aroma a lavanda, notar el roce de su falda
en sus piernas.
Judith bajo la mirada, apretando el puño con el que se
agarraba la camisa. No estaba en posición de elegir.
El sonido de un caballo galopando rompió el silencio
de la noche haciéndoles salir de la intimidad del momento. Al
ver a Mathew, Duncan dejó a Judith a un lado para ir
presuroso hacia él. No era normal que volviera tan pronto y
con tanta urgencia reflejada en su rostro.
—¿Qué ha ocurrido?
Mathew bajó de un salto.
—Cuando iba a entrar al Saloon, Brisby, el de correos,
me dio el telegrama —se lo tendió preocupado—. Está a tu
nombre, pero lo he leído. Los proveedores creían que nos
habíamos echado atrás en la negociación. Recibieron un
telegrama al respecto. No pensaban servirnos más.
Duncan lo leyó extrañado.
—¿Quién contactó con ellos?
Mathew levantó las manos en señal de inocencia.
Duncan resopló. Eso era más serio que unos simples
ladrones de madera. Alguien quería cargarse su negocio y no
estaba dispuesto a permitirlo.
—En cuanto amanezca saldré de viaje. Iré
personalmente a arreglarlo.
Mathew asintió tan preocupado como su hermano.
Judith se había acercado ligeramente a ellos. Los escuchaba en
silencio, preocupada, sin comprender nada.
—No sé quién está detrás de todo esto —murmuró
Duncan fastidiado—. Pero voy a averiguarlo.
—¿Puedo hacer algo al respecto?
Duncan negó con la cabeza.
—Ahora no, pero cuando yo no esté, todo queda en tus
manos.
Mathew asintió antes de volverse por donde había
venido. Duncan lo siguió con la mirada antes de volver a
fijarse en Judith que lo miraba expectante.
—Parece que hay algún problema en el aserradero —le
explicó sin querer alarmarla demasiado—. Ya ha escuchado
que estaré unos días fuera.
—Si puedo ayudar yo en algo…
A Duncan le sorprendió el gesto. Parecía sincera, pese
a que era absurdo pensar siquiera que pudiera hacer algo al
respecto. Sin embargo, se sintió tentado a hablar con ella sobre
el tema. Su interés parecía auténtico.
—Mi padre levantó este aserradero de la nada, en
cuanto se asentó aquí. Lo hizo con otro socio que poco
después siguió alguna ruta hacia el oeste, dejándole con todo.
Le dedicó toda su vida, sobre todo cuando falleció mi madre.
Judith sonrió con ternura. Ese hombre estaba siguiendo
los pasos de su padre. Seguro que Tom no podría sentirse más
orgulloso de los hijos que había criado.
Duncan se sintió tentado de jugar, como la brisa, con el
mechón de cabello que le rozaba la mejilla. Se sentía cómodo
hablando con ella, su interés parecía sincero. Dio un paso
atrás. Su cuerpo, y todo su ser, parecían reaccionar ante su
presencia como probablemente el párroco no aprobaría.
Afortunadamente, el viaje del día siguiente, lo distraería de
todo ello, y para entonces, quizá Mathew habría hablado con
ella.

El domingo por la mañana, Duncan aún no había regresado de


su inesperado viaje y Judith acudió al sermón dominical con
Mathew y Roy. No dejó de prestar atención a cómo Mathew
conducía la carreta y estaba deseando que llegara el momento
de poder guiarla sola. Se sentía capaz de hacerlo.
Ese día estrenó el bonito vestido que Duncan le había
dejado encargado a las jóvenes modistas y que habían
entregado a Mathew en uno de sus viajes a Henleytown para
que pudiera lucirlo ese día. Era del color del melocotón con
diminutas florecitas blancas y un fino cinturón en tonos
verdes.
Roy también estrenaba ropa y esperaba que la
mantuviera limpia de polvo, por lo menos, hasta la hora de la
comida.
Después del sermón, mientras estaba rodeada de varias
mujeres preparando el almuerzo, el párroco se acercó a ella,
con una actitud amonestadora que le hizo enderezar la espalda.
—La pasada mañana acudió con Duncan a
Henleytown. Hoy viene con Mathew. ¿Aún no sabe con quién
va a contraer matrimonio?
—Creí que era algo que no podía decidir yo —se
justificó—. Duncan ha tenido que ausentarse unos días.
—Nadie ha dicho que usted pueda decidir. De hecho,
vino para casarse con un hombre al que no conocía. No veo
qué diferencia pudiera haber entre casarse con Tom, Dios lo
tenga en su gloria, o con cualquiera de sus hijos.
Judith bajó la cabeza sumisa y el párroco, conforme
con su actitud, se alejó de ella.
—No me gusta ese hombre —la apoyó Maggie
colocándose a su lado—. Que seamos mujeres no nos condena
a estar bajo el yugo de un matrimonio.
—¿Cómo que no? —le preguntó Mariah,
recriminándola con la mirada.
—Esto es una tierra de oportunidades, madre —le
respondió Maggie levantando la barbilla.
—¿Oportunidades? ¿Qué oportunidades necesita una
mujer? Una mujer necesita un esposo que la cuide y la proteja.
—¿Y quién la protege a ella de él? —insistió Maggie.
—No seas insolente —le advirtió Mariah—. Eres una
mujer y has de obedecer a tu marido.
—¿Y si no lo tengo?
—Debes casarte y tener hijos, para eso naciste,
Margaret. La vida es dura.
—¿Y un hombre me la hará más fácil? ¿El señor Fox te
ha mejorado la tuya, madre?
—Gracias a él estás aquí, Maggie.
—Gracias a ti, madre. No te equivoques.
Mariah le mantuvo la mirada altanera.
—Maggie, eso lo dices porque no te has enamorado —
la corrigió Chelsea, una de las jóvenes costureras, con su
habitual sonrisa.
—El amor no existe —opinó Maggie dejando de
prestar atención a su madre.
—Claro que sí —insistió Chelsea con los ojos
brillantes—. Un día conocerás un hombre que te haga sonreír
con solo mirarle, que te erice la piel cuando te roce, que
conmoverá tu corazón con su sola presencia…
Judith la escuchaba en silencio. Le costaba creer que
eso pudiera ser cierto. Aun así, podía sentir algo parecido por
Duncan, pero ¿por qué no explicaba lo que ocurría realmente?
La violencia, la indefensión, el desprecio…
—Una mujer no puede esperar a sentir eso, muchacha
—la reprendió Mariah—. Tienen que casarse y tener hijos. Los
hombres son testarudos, egoístas y malhumorados y cuanto
antes lo aceptéis, mejor.
—No son todos así —sonrió Harriet Carrington—.
Caleb es alegre, desenfadado…
—Porque trabaja en la cantina —la interrumpió Mariah
—, un antro de perdición.
—No creo que lo sea —le respondió sin sentirse
ofendida—. Los hombres necesitan relajarse al final de la
jornada.
—¿Por qué te crees que acuden al Saloon de Stella? Si
tuvieran una mujer en casa como Dios manda, esos antros de
pecado desaparecerían.
—Pero para los que no tienen esposa… —añadió
Aileen, la costurera pelirroja, con indiferencia.
—Esas pobres infelices y desvergonzadas no tienen
otra cosa que hacer, pero nosotras somos mujeres dignas y
respetables y como tal debemos dirigirnos. ¿No opina lo
mismo, señora Patterson?
La amable mujer, que se había mantenido en silencio,
asintió no muy conforme.
—Pero los tiempos están cambiando, Mariah. Las
mujeres podemos hacer mucho sin la necesidad de que un
hombre nos someta. Mire a Katie, a Sarah, a Caroline,
Charlotte o estas dos jóvenes que se cruzaron el país para abrir
aquí su negocio.
—Bastante insensatas fuisteis jovencitas —las
recriminó con la mirada.
—No nos arrepentimos de ello —le respondió Aileen
orgullosa de lo que había conseguido.
—Tuvisteis suerte —insistió la robusta mujer.
—O Dios estaba de su parte —apostilló la señora
Patterson, relajando la conversación—. A veces hay que
confiar…
Judith la miró pensativa. Por eso había decidido
aventurarse en aquel viaje a lo desconocido. Porque confiaba y
sentía una ligera esperanza de que Roy tuviera un futuro
próspero. No sabía qué le depararía a ella, pero eso no le
importaba tanto. Lo primero y todo en su vida era Roy.

A mitad de semana, Judith estaba recogiendo la ropa tendida


cuando escuchó que se acercaba un jinete. Se giró con
curiosidad. Duncan aún no había vuelto y lo cierto era que lo
echaba en falta, sin comprender muy bien el motivo. Quizá
porque se había acostumbrado a él, o porque le gustaba ver a
Roy pegado a sus talones en cuanto llegaba, o, más bien
porque le hacía sentirse como jamás se había sentido.
El párroco llegó hasta la casa y descendió del caballo.
Judith se acercó a él extrañada.
—Duncan sigue de viaje y Mathew está en el
aserradero.
—No vengo a hablar con ellos. Vengo a hablar con
usted.
Judith le mantuvo la mirada seria mientras apretaba los
labios. Sabía lo que iba a decirle, pero no tenía ninguna prisa
por obedecerle.
—Es una mujer viuda viviendo en una casa con dos
hombres. En la ciudad puede que se den estas situaciones, algo
que desconozco, pero Henleytown es un lugar honrado.
—Yo también lo soy.
—No dudo que lo sea, pero coincidirá conmigo en que
esta situación es inusual. Usted vino para contraer matrimonio
y sigue sin hacerlo. Tom falleció, pero cualquiera de sus hijos
puede ocupar su lugar.
Judith contuvo la respiración, sin responder.
—No conocía tanto a Tom como para que fuera
necesario guardarle luto. Espero que el domingo me indique a
cuál de los dos hermanos Lewis va a ser su esposo.
—No puedo pedir a ninguno de los dos que asuman esa
responsabilidad.
—Pues tendrá que salir de aquí y buscarse otro lugar
para usted y para su hijo. Estoy aquí para velar que se cumpla
la ley de Dios.
Judith lo miró seria. Parecía que el momento había
llegado.
—Si no habla usted con los hermanos lo tendré que
hacer yo el domingo, pero no voy a dejar que pase más tiempo
en esta situación. Imagine con qué libertad podrían actuar el
resto de mujeres de Henleytown si empezamos a permitir que
ustedes hagan lo que quieran.
Judith mordió la lengua para no contestar. Los tiempos
estaban cambiando. Lo habían hablado el domingo entre ellas.
Aileen y Chelsea habían cruzado medio país para asentarse
allí, Sarah regentaba el negocio de su marido, Katie se
encargaba sola de su rancho, Caroline, Charlotte…
Ella también podría… ¿qué? ¿Vivir sin un hombre? No
podía soñar con eso. No tenía ningún oficio como las
costureras ni un negocio familiar… Bajó la mirada. Había
llegado allí para contraer matrimonio. Tanto Mathew como
Duncan parecían buenos hombres y Roy necesitaba la
estabilidad que nunca había podido darle. Asintió reacia. Sabía
que debía hacerlo. Asintió con gran esfuerzo y muy a su pesar.
El párroco asintió conforme. Ella lo siguió con la mirada hasta
que lo perdió de vista. El domingo su vida cambiaría.

Duncan tenía ganas de llegar a casa así que no se tomó el viaje


con la calma con la que lo hubiera hecho en otro momento.
Había solucionado el problema con el proveedor. Cada vez lo
tenía más claro: alguien quería perjudicar el aserradero. Pero si
quien quiera que fuese creía que lo tendría fácil estaba muy
equivocado. Su padre no estaría, pero ellos sí y no iban a ceder
lo más mínimo
Estaba preocupado por si, en su ausencia, Mathew
hubiera tenido problemas en el aserradero y, no le gustaba
reconocerlo, había pensado mucho en Judith.
Quizá Mathew ya hubiera hablado con ella y acordado
su matrimonio. No tenía ganas de tener al párroco a su espalda
recordándole sus responsabilidades, cuando solo había una
solución, o dos, Mathew o él, al respecto. Judith parecía
haberse adaptado bien a la casa pese a ser de ciudad, y Roy
también, por lo que el hecho de contraer matrimonio no debía
cambiar las cosas.
O sí, el párroco le dejaría en paz y… si Mathew había
hablado con ella y ella, aceptado, tendría que conformarse con
su decisión y ser testigo de la felicidad que no dudaba que
encontrarían.
Llegó con el atardecer. Roy estaba jugando con unas
piedras cuando lo dejó todo nada más verle y empezó a saltar
de emoción.
Judith salió en cuanto escuchó el sonido de los cascos
de caballo. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio a
Duncan bajar de él. Roy estaba a su lado lanzándole un
montón de preguntas de las que no esperaba respuesta
inmediata.
Vio cómo el hombre y el niño llevaban al caballo de las
riendas hasta el abrevadero hablando entre ellos. Su corazón
sintió un ligero pellizco. Era una escena perfecta, como si el
niño confiara plenamente en el hombre, como si al hombre, de
verdad, le importara lo que le decía el niño.
Duncan se quitó el sombrero distraído respondiendo a
las preguntas del chico, cuando miró hacia la casa y vio a
Judith junto a las escaleras, observándoles con una ligera
sonrisa en el rostro. La saludó con un gesto de cabeza y ella
fue hacia él.
Judith contuvo las ganas de caminar con más rapidez.
Lo había echado de menos y le alegraba que hubiera vuelto a
casa sin mayor problema.
Duncan sintió que la garganta se le secaba conforme la
veía acercarse. Estaba más guapa de lo que la recordaba.
Desvió la mirada cuando llegó hasta él. Sería la mujer de su
hermano, si no lo era ya.
—¿Qué tal ha ido el viaje? Estará cansado.
—Sí… ¿Dónde está Mathew? ¿Ha ido todo bien por
aquí?
—Mathew ya ha cenado y ha bajado al pueblo.
Duncan la miró sorprendido. ¿No había hablado con
ella? No debía haberlo hecho si había ido a buscar a alguna
otra mujer en el Saloon. ¿Teniendo a Judith en casa?
—Ya hablaré con él. Estoy cubierto de polvo. Iré al río
a bañarme.
Judith asintió incómoda.
—Tendré preparada su cena cuando regrese. Vamos,
Roy, Duncan quiere ir al río.
—¿No puedo acompañarle?
Judith fue a negarse cuando a la vez, Roy se agarraba
con firmeza a su fuerte mano y Duncan le sonreía asintiendo.
La escena la conmovió más de lo que esperaba.
—Estaremos pronto de vuelta.
Judith asintió intranquila. Roy se estaba encariñando
demasiado a ese hombre y su futuro no terminaba de estar
resuelto. No quería que sufriera innecesariamente.
Judith se sobresaltó cuando Duncan entró a la cocina
poco después con Roy saltando a su alrededor. Ambos
llevaban el cabello ligeramente húmedo.
—Ya tiene la cena preparada —le sonrió agradecida
por el afecto que le manifestaba al niño.
—Muchas gracias. No quería darle más trabajo.
—No es trabajo. Iré a acostar a Roy para que pueda
cenar tranquilo.
—No me molesta —le aseguró sincero. Lo había
echado de menos, igual que a ella.
—Aun así, ya es hora.
Refunfuñando y no muy conforme, el pequeño siguió a
su madre al piso de arriba ante la atenta mirada de Duncan.

Judith bajó poco después. Roy había cedido al sueño con


facilidad. No había oído a Duncan subir las escaleras por lo
que probablemente estaría fuera. Ya había oscurecido. Dudó
en salir a recoger la ropa tendida, pero si no lo hacía, al día
siguiente estaría húmeda por el rocío de la mañana. El corazón
empezó a latirle más fuerte al pensar en la posibilidad de
encontrarse con él… como la última vez que se habían visto en
la misma situación.
Salió decidida. Duncan no tenía por qué buscar ningún
acercamiento con ella si… No. No podía pensar en eso. Tenía
que recoger la ropa. Debía hacerlo.
Duncan la vio salir de casa con paso ligero y acercarse
a la ropa tendida. Se levantó del banco de madera en el que
estaba sentado y se acercó a ella. ¿Habría hablado con
Mathew?
El corazón de Judith se agitó cuando lo vio acercarse a
ella. Su expresión parecía serena. La luna llena y las estrellas
no enmascaraban la intimidad y el silencio que la noche les
ofrecía. Su pulso se aceleró.
—¿No puede dejar esto para mañana?
—Quizá de madrugada se humedezca, así que prefiero
recogerlo ya. Estará cansado.
—No se lo voy a negar, pero esperaba ver a mi
hermano para hablar con él.
—Supongo que se retrasará a no ser que supiera que
venía hoy.
—No, no lo sabía. Estas cosas son impredecibles.
¿Sabe si ha habido algún problema en el aserradero en mi
ausencia?
—No, lo cierto es que no. Mathew no me ha contado
nada.
Apenas habían hablado. Ella no sentía la misma
necesidad de buscarle que parecía sentir cuando estaba
Duncan, y a Roy le ocurría algo similar. Mathew era risueño y
amable, pero no manifestaba especial atención hacia ellos
cuando estaban cerca, o por lo menos, no la misma que
Duncan.
—¿Consiguió resolver el problema?
Duncan la miró extrañado. ¿Le interesaba la respuesta?
Parecía que sí.
—Sí… Fue un malentendido… más o menos —. Se le
hacía extraño comentar ese tipo de asuntos con ella—. ¿No ha
venido el párroco?
Judith bajó la vista incómoda.
—Sí, vino una mañana.
—Supongo que quería lo mismo de siempre.
Judith asintió ruborizada. Ya sabía que tenía que
casarse.
—Hablaré con Mathew.
Judith lo miró conteniendo la respiración. ¿Era
Mathew quien iba a casarse con ella?
Duncan se sorprendió ante la decepción que parecía
plasmarse en su bonito rostro. Quizá eran imaginaciones
suyas.
—Si usted está de acuerdo.
—Lo que yo opine no importa. No conocía a su padre
cuando acepté casarme con él.
—Pero a nosotros nos conoce.
Judith le mantuvo la mirada. Un escalofrío recorrió su
espalda. ¿Qué le estaba diciendo? ¿Qué podía escoger? No
tenía mucho que pensar. Con ambos la convivencia daba la
impresión de que sería tranquila, pero su cuerpo, su sonrisa, su
corazón…, muy a su pesar, reaccionaban de manera muy
diferente ante ellos.
—Haga lo que considere oportuno —bajó la mirada.
Quizá Mathew era la mejor decisión. No podía
imaginarse a Duncan… Se llevó la mano al cuello de la camisa
mientras con la otra mano terminaba de recoger la ropa.
Duncan asintió. Debería hablar con Mathew, aunque,
probablemente, si hubiera estado de acuerdo con la idea de
desposarla él, ya lo hubiera hecho. Mathew no necesitaba
pensar las cosas tanto como él. Si estaba retrasando el
momento sería por falta de interés.
¿Podía imaginarse casado con ella? Por supuesto.
Abrazándola, besándola, acariciándola, compartiendo la cama
con ella, las noches y los días. Quizá incluso tuvieran algún
hijo más y podría enseñarles a manejar el aserradero. Sonrió
satisfecho. Le diría a Mathew que la desposaría él.

A la mañana siguiente, Duncan no podía estar más enfadado.


Uno de los rodillos transportadores se había roto deteniendo
toda la producción. Latimer le había avisado de ello en cuanto
lo había descubierto al poco de comenzar la jornada.
Ambos estuvieron revisando la máquina a conciencia y
no parecía algo fortuito. Uno de los engranajes estaba
totalmente aplastado, algo hecho con total intención por la
localización en la que se encontraba.
—¿Estaban esperando a que volviera de mi viaje para
cargárselo? —preguntó Duncan retóricamente en voz alta.
—Probablemente no. Si hubieran sabido que ibas a
estar hoy, lo hubieran roto antes.
—Tenemos que repararlo. No estoy dispuesto a perder
más dinero. Bastante tengo con los retrasos que llevamos.
Latimer carraspeó al ver al párroco acercándose a ellos.
Duncan siguió su mirada antes de resoplar sin disimulo.
—Discúlpeme, pero tengo un problema mucho mayor
que pensar en quien se casa con Judith, si es eso lo que viene a
reclamarme.
—Me alegra ver que entra en razón, joven. ¿Quién se
casará con ella? ¿Usted o su hermano?
Duncan lo miró serio. No había podido hablar con
Mathew todavía. No lo había oído llegar la noche anterior y
aún no había aparecido por el aserradero.
—Yo mismo. ¿Qué importa?
—Lo comunicaré el domingo tras el sermón.
Duncan siguió al hombre vestido de negro antes de
volver a centrarse en lo que estaba haciendo antes de que
apareciera.
—¿Acabas de decirle que vas a casarte? —le preguntó
Latimer, confundido.
Duncan lo miró despreocupado.
—Alguien tiene que hacerlo. Esa mujer está viviendo
en casa y no sé qué sobre lo que Dios manda… Creo que
necesitaremos que el herrero venga. Deberíamos cambiar esta
pieza. A ver si puede hacernos una similar que la sustituya.
Latimer asintió centrándose en la máquina estropeada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mathew llegando hasta
ellos.
—Bajaré a Henleytown para traer al herrero —se
ofreció Latimer frotándose las manos en los pantalones.
—Gracias —le dijo Duncan mirando a su hermano,
serio—. Alguien ha entrado esta noche y ha estropeado el
rodillo.
—No puede ser.
—Míralo tú mismo —le invitó a que lo hiciera
haciéndose a un lado.
—Todo ha estado muy tranquilo en tu ausencia.
—Pues ya lo ves.
Mathew resopló molesto.
—¿Crees que el herrero podrá arreglarlo?
—Esperemos que sí.
Mathew lo miró suspicaz.
—Tú no estarás intentando que te venda mi parte,
¿verdad?
Duncan lo miró extrañado mientras caminaban hacia la
oficina. ¿Estaba desconfiando de él? No podía ser cierto.
—¿Cómo dices?
—Acabas de venir y se estropea la máquina. Según tú
han robado material, pero he estado vigilando y no ha
aparecido nadie… No estarás pensando en quedarte el
aserradero para ti solo, ¿no?
Duncan se detuvo para mirarlo incrédulo.
—¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Me estás acusando
de algo?
Mathew le mantuvo la mirada con la misma actitud.
—Contéstame.
—¿De verdad, hace falta que te conteste?
Mathew no cedió en su posición. Duncan perdió la
poca paciencia que le quedaba. Mathew no vio llegar el golpe.
Lo sintió en su mandíbula y le hizo caer al suelo sin parpadear.
Sorprendido y rabioso arremetió contra su hermano que
descargó sobre él la rabia que sentía. Impotencia, furia,
decepción. Todo a la vez.
Rodaron entre el polvo. Ninguno estaba dispuesto a
ceder. Los orgullos enfrentados, la falta de respuestas, la
desconfianza y la tensión acumulada los últimos meses,
estallaron entre ambos como una maraña de puños y
acusaciones.
Varios empleados se metieron entre ellos para
separarlos con gran esfuerzo. Ambos se levantaron jadeando,
polvorientos y con visibles moratones, manteniéndose la
mirada orgullosos y retadores.
—No me vas a quitar mi parte del aserradero —le
amenazó Mathew acusándole, agresivo, con el dedo índice.
—No pretendo quitártela. Pero harías mejor en
responsabilizarte de todo esto un poco más. — La rabia le
corría por las venas.
Mathew cogió su sombrero del suelo y tras sacudirlo
un poco, le dio la espalda para irse.
—¿Dónde vas? El aserradero es tan tuyo como mío.
Deberías estar aquí.
Mathew se detuvo, se limpió la sangre de la comisura
de los labios y lo miró rabioso. Tenía razón y debía quedarse.
Giró hacia la derecha y se fue a uno de los almacenes a esperar
que la tensión y la frustración que sentía se relajara.
Apenas coincidieron el resto del día y mucho menos
cruzaron palabra.

Judith los miró extrañada esa noche cuando sirvió la cena.


Ambos estaban malhumorados, silenciosos y presentaban
hematomas en el rostro. La tensión entre ellos era evidente,
pero no se atrevió a preguntar nada.
Cenaron en silencio y cuando Mathew se levantó con
evidente intención de irse, Duncan lo siguió hasta el porche.
Quizá no era el mejor momento para hablarlo, pero no iba a
retrasarlo ni un día más.
—Ha venido otra vez el párroco.
—¡Qué hombre! —resopló Mathew fastidiado—. ¿No
tiene nada mejor que hacer que velar por nuestras almas? Me
casaré con Judith. Se lo diré cuando lo vea.
—Le dije que me casaría yo.
—¿Por qué?
—Porque desde que llegó te he dado la oportunidad de
que te la quedaras tú y no has hecho nada al respecto. Ni
decírselo a ella ni comentárselo a él.
—¿Todo hay que hacerlo cuándo tú quieres y cómo tú
quieres? ¿Por qué? —le preguntó belicoso.
—Se llama responsabilidad.
—Se llama avaricia. Quieres quedarte con el
aserradero, también con su esposa. ¿Qué será lo siguiente?
¿Echarme de casa?
—No digas tonterías. ¿Quieres tú a Judith? Quédatela,
pero estás bajando todas las noches al Saloon de Stella. A
Judith la tienes aquí, o ¿acaso vas a seguir con esa costumbre
cuando estés casado?
—No quiero casarme.
—¿Entonces qué te importa si me caso yo con ella?
—Déjame en paz —resolvió Mathew molesto yendo al
establo a por su caballo.
Judith escuchó la discusión de los hermanos tras la
puerta conteniendo la respiración. Escuchó el sonido de un
caballo alejándose de la casa. Dio por hecho que sería
Mathew, como todas las noches. ¿Se casaría con Duncan? El
corazón le latía con fuerza. No escuchó nada más en el
exterior de la casa. Se llevó la mano al cuello de su camisa. Se
le había acabado el tiempo. Esperaba que por lo menos, alguna
vez, fuera amable con ella.
Con cierta angustia subió al dormitorio. Roy seguía
dormido. Sabía que cualquier día dejaría de compartir la cama
con él. Aun así, tenía que agradecer el tiempo que había
pasado tranquila en ese hogar. Todo cambiaría en unos días,
pero Roy se convertiría en un hombre de provecho como era
Duncan. Solo por eso merecía la pena todo lo demás.
Si se acostaba en ese momento no podría dormirse. La
agitación en su corazón y los nervios en el estómago no la
dejarían pegar ojo. Quizá Duncan no estuviera… Se envolvió
en un chal y salió a tomar el aire. La brisa de la noche la
relajaría y quizá se llevara con ella la desazón que sentía.
Vio a Duncan sentado en el suelo apoyado en el tronco
de un árbol.
Duncan la vio salir de la casa. La luz de la luna le
permitía ver en su rostro cierta preocupación. Probablemente
había escuchado la discusión. Se levantó y caminó hacia ella,
manteniéndole la mirada. Debería avisarle de lo que le había
dicho al párroco.
—Judith, necesito hablar con usted.
Judith se agarró con más fuerza el chal y se obligó a no
retroceder sobre sus pasos manteniendo la distancia. Ese
hombre sería su esposo y le debía obediencia. Se detuvo a un
paso de ella, lo suficiente como para sentirlo cerca.
—El párroco insiste en que usted no debería estar aquí
con dos hombres solteros, así que se casará conmigo.
Judith contuvo la respiración antes de asentir sin la más
mínima expresión en su rostro.
Duncan la miró, confundido. No sabía cómo
reaccionaría ella, pero no esperaba esa indiferencia.
—Eh… a no ser que prefiera que sea Mathew quien…
—No, no… está bien. Lo que consideren.
Sabía que ese momento no tardaría en llegar.
—Judith, no voy a hacer nada que no quiera.
¿Qué le ocurría? Las cosas no tenían por qué cambiar.
Seguiría viviendo allí con Roy. Debería estar satisfecha.
—Creí que había dicho que iba a casarse conmigo.
—Pero porque hay que hacerlo. No quiero tener al
párroco molestándome a cada paso.
El aire jugó con un mechón de cabello rozándole la
mejilla. Instintivamente, Duncan alzó la mano para retirárselo
con suavidad.
—Lo entiendo —le respondió enderezando la espalda
de manera inconsciente. Supuso su intención de besarla para
demostrarle quien mandaba en ella a partir de ese momento.
Cerró los ojos y apretó los labios con fuerza. Contuvo la
respiración. No sucedió nada.
—¿Qué le ocurre?
Judith se sonrojó, abriendo los ojos ligeramente
avergonzada.
—Creí que iba a besarme.
—¿Y así iba a recibirme?
Judith lo miró sin comprender.
Duncan eliminó la distancia entre ellos. La cogió con
suavidad entre sus brazos. Todo el cuerpo de la joven se tensó
mientras un escalofrío la recorría. Ella bajó su mirada.
—¿Está nerviosa?
—No —mintió obligándose a no apartarle de su lado.
No sentía ninguna repulsión hacia él, pero sabía lo que
ocurriría después, y solo quería huir. Pensó en Roy. Debía
casarse y pasar por eso.
—Creí que esperaríamos a… la boda.
Duncan la miró extrañado.
—¿Esperar?
—¿No ha dicho que íbamos a casarnos?
—Sí… eh… No pretendía ofenderla… Solo buscaba
un beso, pero podemos esperar, por supuesto.
La soltó y retrocedió un par de pasos.
Judith le agradeció el gesto con una sonrisa forzada.
Estaba tratando de retrasar lo inevitable y no le serviría para
nada. Debería alejarse de él, sin embargo, las piernas no
parecían obedecerle.
—Supongo que debo darle las gracias.
—¿Por no besarla? —preguntó Duncan incrédulo.
—No, por permitir que me quede y por asumir la
responsabilidad de su padre.
—Bueno, el párroco tiene razón. Una mujer sola no
debería vivir con dos hombres sin estar casada con uno de
ellos. Si mi padre hubiera estado vivo, el matrimonio se
hubiera celebrado nada más llegar.
Judith asintió sin moverse. Se sentía protegida a su
lado. Quizá no fuera tan malo si solo tenía que pasar por lo
inevitable alguna noche.
—¿No se había planteado casarse? —le preguntó para
seguir a su lado con una excusa.
—¿Yo? No. Ni siquiera sabía que mi padre quisiera
hacerlo, aunque al tenerla por aquí, lo entiendo.
Judith sintió ese comentario como una caricia a su
corazón. ¿Estaba valorando su presencia?
—Llevaba mucho tiempo solo —lo justificó Duncan
girándose hacia la casa e invitándole con un gesto a que
caminara a su lado.
—¿Cuándo murió su madre?
—Nosotros tendríamos la edad de Roy, más o menos
—le explicó—. Mi padre se centró en el aserradero, supongo
que para olvidarla. Su socio se había ido tiempo antes. Jamás
habló de sus sentimientos o de su soledad.
Duncan la miró de reojo. Caminaba a su lado tranquila.
Le cogió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella con
firmeza. La notó estremecerse y contener la respiración.
Judith sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo. Su
mano dura y áspera estaba cubriendo la suya.
—Espero ser lo que busca —susurró soltando el aire
que había estado reteniendo.
Duncan se detuvo para mirarla de frente.
—No busco nada —le confesó—. Llegó como una
bendición a esta casa. Jamás he pretendido nada ni siquiera lo
he buscado, Judith.
Ella levantó la mirada para perderse en sus ojos, para
escuchar esas palabras que parecían acariciarle el alma.
—¿Tiene miedo?
Mintió negando con la cabeza.
—¿Todavía ama el recuerdo de su esposo?
—No.
—No la forzaré, Judith, pero no será fácil dormir a su
lado y no buscarla o no acariciar su piel…
Judith lo miró a los ojos, sorprendida. ¿Acariciarla?
Las manos unidas compartían su calor. Él volvió a eliminar la
distancia que los separaba. Esa vez, Judith no quiso huir.
Cierta curiosidad se apoderó de ella. Él le rozó la mejilla con
suavidad. Ella entreabrió la boca, ahogando un suspiro.
Duncan aprisionó sus labios bajo los suyos. Quería
saborearla, sentirla. Sería su esposa, su apoyo y su remanso de
paz. Sintió la tensión en su cuerpo rígido, la fuerza en la mano
que le sostenía, pero Judith se apoyó en él, buscando refugio
de manera inconsciente. Era incapaz de separarse de ella. La
besó con ternura, despacio, dándole razones para confiar y
tiempo para que cediera y se abriera a él.
Judith se sintió arder, sus ojos cerrados se llenaron de
lágrimas. El beso era tierno pero firme, lento y abrasador. Las
rodillas le temblaban, su cuerpo, por instinto, buscó el de él.
No había dolor, ni rabia, ni violencia en ese gesto. Ahogó un
gemido que él aprovechó para invadir su boca con su lengua.
La sorprendió, la excitó y despertó un volcán en su interior del
que no conocía su existencia.
Duncan la abrazó contra su cuerpo, sintió la rendición
en sus brazos, su dulzura, su sabor. Ella se sujetó a sus
hombros. Él le transmitió su fuerza, su deseo y todo lo que
siempre había buscado sin saber.
Él dejó de besarla satisfecho. Ella le correspondía. No
podía sentirse más afortunado. La sonrisa que se dibujó en su
rostro fue un fiel reflejo de cómo se sentía en ese momento.
Ella no podía dejar de mirarle, con el corazón
desbocado y las emociones a flor de piel.
—Volvamos a casa antes de que refresque —le sugirió
sin soltarla de la mano—. El domingo hablaré con el párroco.
Judith asintió sorprendida por la alegría que sentía en
todo su ser. ¿Era posible? ¿Así sería siempre? Esa noche
durmió, por fin, relajada y en paz.

El día siguiente a Duncan se le hizo más largo de lo que


esperaba. Había decidido no volver a besar a Judith hasta no
hablar con Mathew y cruzarse con ella por la mañana y no
poder hacerlo, le había costado demasiado esfuerzo.
Mathew se había mostrado malhumorado y taciturno
en todo momento, así que evitó hablar con él.
Por la noche, antes de que subiera a su caballo, no
quiso demorarlo más.
—El domingo le diré al párroco que me casaré con
Judith.
—¿Yo no tengo nada que decir?
—Mathew…
—Podría decidir ella.
El silencio de su hermano y su mirada firme hicieron
comprender a Mathew que ella ya parecía haber decidido y no
a favor de él.
—No vas a quedarte con todo —le advirtió molesto
mientras subía al caballo.
—No digas tonterías.
Duncan lo vio alejarse resoplando fastidiado antes de
girarse hacia la casa y ver a Judith salir por la puerta. La
sonrisa que, sin pretenderlo, se dibujó en sus labios nada más
verla, hizo que ella se acercara confiada.
—¿Roy se ha acostado ya? —le preguntó abrazándola
con ternura.
Judith asintió refugiándose en sus brazos, mientras la
noche les daba la intimidad que buscaban. Él le besó la
coronilla, le pasó un brazo sobre los hombros y la hizo mirar
hacia la casa.
—¿Dime qué quieres? ¿Una mecedora para el porche,
un jardín de flores…? ¿Qué te hará feliz?
Judith lo miró sorprendida.
—¿De verdad?
—¿El qué? ¿Poner unas mecedoras en el porche? ¿Por
qué no? Supongo que nos podremos sentar en ellas por las
noches para hablar de cómo ha ido el día, ¿no? Creo recordar
que mi padre y mi madre pasaban largos ratos compartiendo
confidencias.
Judith sonrió satisfecha.
—Me gustaría mucho.
Duncan la besó orgulloso. Ella se entregó al beso sin
reservas. Solo cuando sintió que la temperatura entre ellos
subía más y más, hasta casi hacerla arder, jadeó acalorada.
Con la respiración entrecortada, parpadeó dispuesta a alejarse
de él. Le faltaba el aire y hasta podía ver el cielo de color
naranja.
Duncan sonrió satisfecho, buscando su mirada. Sus
mejillas estaban encendidas, sus ojos brillaban y su ceño
empezaba a fruncirse.
—¿Ocurre algo?
—¿Qué es eso?
—¿El qué?
Duncan miró hacia donde ella señalaba. Su rostro
perdió el color antes de salir corriendo hacia el establo.
—El aserradero. Está ardiendo.
Judith lo siguió alarmada, con el corazón en un puño.
—Baja a Henleytown. Pide ayuda. Después vuelve a
casa.
Judith asintió asustada y decidida. Miró los caballos.
Sería más rápido montar en uno, pero no sabía hacerlo. La
carreta sería más lenta pero no veía otra solución.
Duncan salió a galope sin mirar atrás. Judith ensilló los
caballos con rapidez. No había tiempo que perder. No sabía lo
rápido que podría llegar, ni siquiera dónde encontrar ayuda a
aquella hora. Rezó una plegaria hasta que la calle principal de
Henleytown se abrió ante ella. Detuvo la carreta frente al
Saloon. Casi se cayó de bruces al bajar, asustada y nerviosa.
Entró como una avalancha. Sonaba música en algún
sitio acompañada por una voz femenina que se cortó en seco
ante su interrupción. Varios hombres la miraron sorprendidos.
Algunas mujeres con escasa ropa interior estaban entre ellos y
la miraron extrañadas.
—¡El aserradero se está quemando! —exclamó
consiguiendo que todos los presentes reaccionaran ante su
presencia.
Solo lo tuvo que repetir una vez más antes de hacerse a
un lado para que no se la llevarán por delante. Judith los
siguió, con el corazón latiendo con fuerza. Alguien la subió al
pescante mientras vio a otro hombre, que no había visto antes,
coger las riendas dispuesto a conducirla.
—Sujétese, señora Lewis.
Asintió asustada. La parte trasera de la carreta la
habían ocupado una docena de hombres, mientras otros tantos
iban galopando a caballo, adelantándolos.
—¿Se sabe qué ha pasado? —le preguntó el hombre
serio que tenía a su lado.
—No… Duncan salió corriendo al ver el cielo
naranja…
Se mantuvieron en un tenso silencio hasta llegar al
aserradero.
—No se acerque —le pidió el hombre que había
conducido hasta allí, antes de dirigirse corriendo, como todos,
hacia las llamas.
El corazón amenazaba con salírsele por la boca. La
tensión se respiraba en el ambiente. El incendio en una de las
áreas del aserradero no parecía dar tregua a los que habían ido
a ayudar.
El sonido del fuego al crepitar, el humo que empezaba
a escocer en los ojos, el olor a madera quemada. Hombres
echando tierra encima, otros con cubos de agua que parecían
no servir para mucho. Se habían organizado como una cadena
para llevar los cubos y sin pensárselo dos veces, se metió en
ella para ser un eslabón más.
Durante unas horas todo fue desesperación, angustia e
impotencia. Pese a todo, se sintió fuerte, valiosa y miembro de
una comunidad que la había acogido con los brazos abiertos.
Ya amanecía cuando consiguieron sofocar el incendio.
Judith estaba agotada, igual que el resto de los hombres que
habían participado. Unos a otros se agradecieron el esfuerzo
pese a sus rostros serios y preocupados.
Suspiró aliviada al ver a Duncan, exhausto, despeinado
y con el rostro ennegrecido. No pudo evitar ir hacia él.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó extrañado sin poder
disimular la preocupación, la tensión y el cansancio
acumulado—. Te dije que volvieras a casa.
—Solo quería ayudar —murmuró Judith mientras el
sheriff, que también había estado por allí, se acercaba a él.
Duncan le mantuvo la mirada sin saber qué decir.
¿Había estado allí, como todos, apagando el fuego? Por su
aspecto no tenía duda de que así había sido. Esa mujer…
—Dylan —saludó al sheriff con rostro serio.
—¿Podemos hablar? —le preguntó él con la misma
seriedad—. No quiero dejarlo para más tarde. Ya está
amaneciendo. Quiero saber qué ha sucedido.
Duncan asintió mientras se apartaban a un lado y la
dejaban sola. Judith se limpió las manos en su falda. Las tenía
arañadas y oscuras.
—Latimer, ¿puedes acompañar a Judith a casa?
Judith se giró al oír su nombre. Duncan se dirigía al
hombre que había llevado la carreta hasta allí. Era alto, y como
todos, estaba despeinado, polvoriento y con aspecto agotado.
El hombre asintió conforme y ella se dejó llevar en cuanto lo
tuvo a su lado.
El miedo por lo que podría pasar parecía haberla
mantenido en pie, pero una vez todo controlado, sus piernas
temblorosas amenazaban con dejarla caer.
Cuando llegó a casa, las lágrimas fruto de la tensión
acumulada empezaron a resbalar por sus mejillas. Adecentó su
aspecto. Su rostro también estaba ennegrecido y cubierto de
polvo. No quería que Roy se preocupara al verla así. No sabía
cuándo volverían Duncan y Mathew, pero sin duda,
necesitarían recuperar fuerzas, así que, sin apenas descansar,
se dirigió a la cocina. Hubiera sido imposible conciliar el
sueño en ese momento.

Mathew sujetó a Duncan por el brazo cuando salieron del


sermón. El párroco había anunciado su inminente matrimonio,
algo de lo que no habían hablado en casa con la calma que, a
su modo de ver, hubiera requerido.
—Finalmente te sales con la tuya y vas a casarte con
ella.
—Sí. —No iba a reconocer que realmente quería
hacerlo o que se había acostumbrado a ella y le gustaba tenerla
a su lado—. No sé cuántas veces ha venido con los mismos
requerimientos. Quería dejar de oírlo y tú nunca estás cuando
hay que hablarlo.
—Quedamos en que me casaría yo.
—Tuviste mucho tiempo para decírselo. Ahora ya es
tarde.
Duncan se alejó enfadado. Había que tener poco valor
para reclamarle responsabilidades que él mismo debería haber
asumido antes. Le había dado la oportunidad. ¿A qué había
estado esperando? Ya no iba a renunciar a Judith. Los
encuentros nocturnos con ella, los besos robados, las caricias
furtivas… Estaba deseando compartir el lecho con ella y que
su relación, ante los ojos de Dios, dejara de ser un problema.
Como si no tuviera bastante con todo lo que sucedía en el
aserradero últimamente.
Buscó a Judith con la mirada. No tenía intención de
quedarse, pese a que sabía que tendría que empezar a hacerlo
en cuanto la boda se celebrara. La encontró junto a las mesas
en las que se iba a preparar el almuerzo compartido. Estaba
ligeramente apartada de ellas hablando con el hombre de nariz
aguileña que no tardó en reconocer. ¿Podía ser cierto? ¿Qué
hacía hablando con él? Espero a que dejaran de hablar para
acercarse con gesto serio.
Judith sonrió al ver a Duncan acercarse a ella. Ahora
que se había hecho público su futuro enlace empezaba a
sentirse más segura. La señora Patterson había aprobado su
decisión, como si la hubiera tomado ella, señalando la
responsabilidad con la que él se conducía en la vida. Las
demás mujeres la habían felicitado y alabado su suerte ante el
hombre atractivo y trabajador que era.
Sin embargo, Duncan se acercaba más serio de lo que
cabía esperar.
—Judith, ¿quién era ese hombre con el que estaba
hablando?
El tono de voz le hizo enderezar la espalda y mirarlo
con cierta desconfianza.
—El señor Colbert. Es educado y amable.
—¿Le ha preguntado por el aserradero?
—Creo que todos saben que hubo un incendio.
—No es eso lo que le he preguntado.
—Sí, me ha preguntado por él —respondió extrañada
—. ¿No debía contestarle?
—No lo sé. ¿Qué le ha contestado?
No le gustó su tono de voz, ni su gesto serio, ni la
dureza de su mirada. No lo recordaba como el hombre que
había borrado con sus besos todas sus heridas.
—¿Me está acusando de algo?
—¿Debería? Porque desde que ha llegado no han
dejado de ocurrir desgracias y me pregunto si ha tenido algo
que ver.
Judith lo miró incrédula. ¿A qué se refería? Su actitud
despectiva dejaba de manifiesto el desdén y la desconfianza
que sentía hacia ella en ese momento. Estiró la espalda,
levantó la barbilla desafiante y orgullosa, mientras la
estupefacción que sentía se reflejaba en su mirada.
Sintió que su corazón, que había comenzado a latir
radiante unos días antes, volvía a encogerse como una uva
seca. No había hecho nada. No había nada por lo que
disculparse. No iba a ceder ni a asumir la responsabilidad por
algo que no había hecho. No en esa nueva vida que aspiraba a
tener y que creía que ya estaba experimentando.
—No sé qué pretende, señor Lewis…
—¿Ya no soy Duncan?
—Su acusación es ofensiva, desagradable y quiero
pensar que fruto de un desafortunado impulso.
—Creo que ya me conoce bastante bien como para
saber que no suelo dejarme llevar por mis impulsos.
Se mantuvieron la mirada orgullosos, altivos e
inflexibles.
—No puedo añadir nada a lo que ya le he dicho —
insistió Judith—. Haga lo que considere oportuno.
—Si lo hiciera, quizá tendría que invitarle a que
encuentre otro lugar donde vivir y otro esposo.
El dolor y la sorpresa que se reflejó en la mirada de
Judith hizo que Duncan se arrepintiera inmediatamente de sus
palabras. La joven contuvo la respiración, apretó los labios y
se dio media vuelta para alejarse de él.
Duncan la vio alejarse contrariado. Si era inocente no
quería ofenderla, pero habían sido demasiados los incidentes
producidos y que habían coincidido con su llegada.
—¿Estás bien? —le preguntó Maggie llegando hasta
ella tras haber presenciado el encuentro a cierta distancia.
—Sí…
—No lo parece —le comentó Caroline acercándose.
Judith se detuvo. Se sentía impotente, angustiada y
rabiosa y no sabía en qué orden.
—Detesto depender de los hombres.
Las dos jóvenes se miraron entre sí antes de dar un
paso hacia ella en señal de apoyo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Charlotte extrañada
—. Creía que era de mutuo acuerdo el enlace que ha
anunciado el párroco.
—Sí… No… Ha sido fruto de las circunstancias. Tom
había fallecido cuando llegué. No me quedó más remedio.
—Habla con Mathew —le sugirió Caroline—. Quizá él
pueda hablar con Duncan o incluso desposarte él.
Judith la miró. Podía hacerlo, pero… no era él con
quien quería estar. Las sensaciones que estallaban cuando
Duncan se le acercaba eran tan sorprendentes, tan
placenteras… quizá por eso el desprecio dolía tanto y quemaba
por dentro.
—Yo estaba decidida a irme de casa —le confesó
Caroline—. De hecho, fue Kane quien me detuvo cuando ya
bajaba el pueblo para buscar un lugar donde dormir y donde
trabajar.
Judith la miró sorprendida.
—¿Lo hubieras hecho? ¿Vivir sola? ¿Aquí en
Henleytown?
—Sí, por supuesto. Pensaba pedirle trabajo a George
Brewer, cuando acabara de construir el hotel. Necesitaría a
alguien que lo regentara o que lo limpiara e hiciera las camas.
Judith la miró pensativa. Esa era una buena opción.
Ella sabría hacerlo.
—¿Y dormir? ¿Dónde pensabas hacerlo?
—En cualquier lugar.
—¿Te hubieras casado con otro hombre? —le preguntó
mientras su cabeza empezaba a buscar posibles soluciones.
—No —reconoció Caroline mientras Harriet
Carrington se acercaba a ellas con curiosidad—. Me sentía
atraída por Kane desde la primera vez que le vi, aunque fuera
testarudo y malhumorado. Pero creí que iba a casarse con
Charlotte.
—¿Con Charlotte?
—Estaba todo el día con ella.
—Pero cuando creía que era un muchacho —le recordó
ella.
—¿Te vestías como un muchacho? —le preguntó
Judith extrañada.
—Sí, así llegó aquí —le respondió Caroline mientras
Charlotte asentía con una sonrisa.
—Vine buscando a Terence, mi marido, vestida de
muchacho. No se me ocurrió nada mejor.
—¿Cómo te atreviste a eso?
—Supervivencia, y por lo mismo, Caroline llegó
ocupando mi lugar, fingiendo ser yo —le dedicó una mueca
cariñosa.
Caroline se encogió de hombros sin ningún tipo de
remordimiento.
Judith las miró. Supervivencia. Eso era lo que le había
llevado a casarse con un hombre que no conocía. Y ahora, en
ese momento, no sabía qué hacer.
—Cuando Aileen llegó dormía en casa de Stella —le
comentó Harriet en voz baja pese a que todas podían oírla y la
mencionada se acercaba a ellas.
—¿En el Saloon?
—Sí —respondió Aileen despreocupada—. No
encontré ningún otro lugar donde hubiera camas vacías. Y
casarme no entraba en mis planes.
—Pero eres la mujer del sheriff.
—Ahora, sí —sonrió enamorada—. Pero no iba a
depender de un hombre.
Judith la escuchaba en silencio mientras cientos de
ideas rondaban su cabeza a la vez.
—¿Todavía piensas en tu marido? —le preguntó
Harriet compasiva.
Judith las miró incómoda. ¿Su marido? Se llevó la
mano al cuello de la camisa para cerrárselo en un puño. No
sabía qué contestar. Esas mujeres, a las que conocía desde
hacía tan poco tiempo, estaban compartiendo sus vivencias
con total sinceridad.
—Nosotras creíamos que, si el oeste estaba lleno de
oportunidades para los hombres, para nosotras también lo
estaría y así fue —le explicó Aileen.
Judith asintió meditando sus palabras. No iba a
quedarse de brazos cruzados esperando que Duncan… ¿qué?
¿Cambiara de parecer?
—¿Se os ocurre algún sitio donde pueda encontrar
trabajo?
Las jóvenes se miraron entre sí, queriendo darle una
respuesta, pero sin encontrarla. El hotel todavía no había
terminado de construirse y parecía ser la única oportunidad
para ellas.
—Señora Patterson —la llamó Harriet.
La amable mujer se acercó seguida de Mariah.
—¿Estáis planeando algo? Tantas jóvenes reunidas…
—¿Sabe de algún sitio donde Judith pudiera encontrar
trabajo?
Las dos mujeres de más edad miraron al grupo
extrañadas.
—Creí que el párroco había dicho que ibas a casarte
con Duncan Lewis —parpadeó sorprendida Mariah—. ¿Qué
necesidad vas a tener de trabajar si tienes una casa que atender
y en poco tiempo estarás embarazada?
Judith levantó la barbilla orgullosa.
—¿Has discutido con Duncan? —le preguntó la señora
Patterson—. Será una pelea sin importancia.
—¿Por qué tenemos que vivir sometidas a un esposo?
—preguntó Maggie molesta—. Deberíamos ser capaces de
elegir nuestro propio destino.
—¿Acaso no elegí yo mi propio destino viniendo aquí
a casarme con el señor Fox, jovencita? —le preguntó Mariah,
orgullosa.
—Tu destino y el nuestro —le respondió desafiante.
—Tu hermana ha elegido ser enfermera. Eres tú la que
no parece capaz de elegir, Maggie —le recriminó seria—. De
todas maneras, no se nos debe olvidar que nuestros esposos
nos necesitan, que debemos tener hijos y mantener la armonía
en nuestros hogares. Dios bendiga al hombre que quiera
casarse contigo, Maggie.
—No me gusta estar sometida.
—Las presentes aquí casadas sabemos lo placenteros
que pueden ser esos momentos de sometimiento… Ya los
descubrirás tú a su debido tiempo.
Las jóvenes se ruborizaron mientras sonreían. Judith
las miraba alarmada, apretándose el cuello de la camisa con
más fuerza. ¿Placenteros? Los besos sí que lo habían sido,
pero…
—De cualquier manera, deberíamos tener la
posibilidad de elegir —insistió Maggie con el ceño fruncido.
—Eres una mujer, Maggie.
La joven se cruzó de brazos, molesta.
—Duncan es un hombre razonable. Seguro que puedes
arreglar lo que haya sucedido con él —le recomendó la señora
Patterson.
Judith asintió pensativa. Probablemente tuviera razón,
pero le había dolido su desconfianza, su acusación y sobre
todo el recuerdo de su soledad y su indefensión.
—Será mejor que terminemos de preparar el almuerzo
—les dijo Mariah encaminándose hacia donde las mesas
estaban dispuestas para ello.
Flanqueadas por la señora Patterson, todas las jóvenes
siguieron a Mariah como si de un rebaño se tratara. Judith se
sintió una más entre ellas. Su vida había comenzado al tomar
la decisión de llegar hasta allí, no tenía por qué temer un
nuevo e inesperado comienzo. Vio a Roy correr con otros
niños de su edad. Era su motor y su alegría. Le hubiera
gustado que siguiera los pasos de Duncan, pero si Dios quería
que su realidad fuera diferente, la aceptaría.
Esa noche, Duncan echó en falta la compañía de Judith
después de cenar. Se había recogido en su dormitorio en
cuanto Roy se acostó. Apenas les había dirigido la palabra y
mucho menos sonreído. Mathew tampoco había sido la mejor
compañía, malhumorado y taciturno.
Sus problemas no paraban de multiplicarse, se
justificó. No sabía qué pensar de Judith, pero estaba
convencido de que no era casualidad que todo hubiera
estallado en cuanto ella se había presentado ante la puerta de
su casa.

A la mañana siguiente, Judith bajó a Henleytown con Roy


sentado a su lado y manejando la carreta con más destreza que
las veces anteriores. Eso le dio mayor confianza.
Probablemente lo que iba a hacer fuera una locura, pero a esas
alturas, poco le importaba.
Si otras mujeres habían podido llegar hasta allí solas y
buscarse la vida, ella también podría. Se detuvo frente al
Saloon. Estaba cerrado, pero giró la esquina esperando
encontrar otra puerta a la que llamar.
Ahí estaba, así que, decidida, la golpeó con insistencia.
Una mujer delgada de piel oscura, con cara bonita y
somnolienta le abrió la puerta. Vestía ropa interior de color
claro, estaba envuelta en un ligero chal y llevaba el cabello
totalmente despeinado.
—Se ha equivocado —le informó con clara intención
de no querer atenderla.
—No. Quiero hablar con Stella.
La joven la miró extrañada.
—No me iré sin hablar con ella.
La mujer se encogió de hombros dejándola entrar
mientras llamaba a gritos a su jefa.
Judith entró mirando a su alrededor con cierto recelo.
Debía ser la cocina del lugar, por la mesa redonda que había
en el centro de la sala y las alacenas. Todo estaba muy limpio
y recogido.
Stella entró con paso ligero. Se apretó el chal sobre el
ceñido corpiño que cubría su pecho al verla con el niño cogido
de su mano y la miró desconcertada.
—¿Podría dormir aquí, por favor?
—¿Cómo dice?
—¿Podríamos dormir aquí?
—¿No eres la mujer de Duncan Lewis?
—No. Iba a serlo… pero… las cosas se han
complicado.
Stella pareció analizar sus palabras detenidamente.
—Mathew es un buen cliente. No quiero problemas.
—No los tendrá. Necesito un lugar donde dormir y un
trabajo.
La miró de arriba abajo sin disimulo.
—No lo harás mal, pero ¿quién cuidará al niño
mientras tú…?
Judith tapó las orejas a Roy, alarmada.
—No, no… no quiero trabajar aquí… No tengo nada
en contra, pero… dudo que yo…. No me refería a trabajar
aquí.
—Creí que habías dicho que buscabas un lugar…
—Sí, necesito un techo. Sé que Aileen se quedó aquí
unos días.
—Sí.
—Le pagaré lo que sea en cuanto encuentre un trabajo.
Stella sonrió amistosa ofreciéndole una silla.
—Shila, dale al pequeño una galleta —sugirió a la
mujer morena que estaba escuchando la conversación,
mientras ella se sentaba en una silla junto a Judith—. Una
pelea de enamorados.
—No lo creo —le respondió sentándose—. ¿Podría
quedarme entonces?
—¿Cómo te llamas?
—Judith.
—Una habitación en la última planta… Solo hasta que
encuentres otro lugar. No te dejes ver. Tu chico tampoco.
Judith asintió aliviada.
—No le daré problemas y… puedo… lavar su ropa o…
—No te preocupes por eso ahora, querida… Encuentra
un trabajo u otro hombre, que no creo que te cueste
demasiado.
Judith bajó la mirada. Otro hombre… Nada le apetecía
menos.

A última hora de la tarde, Duncan entró en la casa,


malhumorado. No sabía qué hacer con las sospechas hacia
Judith, con la falta de pruebas contra el hombre que quería
quedarse con el aserradero y con su propia rabia ante su
frustración y todo lo que estaba ocurriendo.
Le extrañó la falta de olor a comida recién hecha, y el
silencio que reinaba. Ni siquiera Roy había ido a recibirlo al
bajar del caballo, y ahora no lo tenía brincando a su alrededor
con su retahíla de preguntas.
Vio a Mathew salir de la cocina y apoyarse en la puerta
con los brazos cruzados.
—¿Qué has hecho?
Le miró sin comprender pasando por su lado y
confirmando que todo estaba vacío y en silencio. Sintió el
corazón encogerse. ¿Dónde estaba Judith?
—Se ha ido —le aseguró Mathew.
—No digas tonterías. ¿Dónde va a ir?
—Vino del este. Es capaz de ir a cualquier sitio.
Duncan lo miró serio. No habría sido capaz… La llamó
en voz alta ante la mirada desconfiada de Mathew. Su falta de
respuesta, le hizo enfadar todavía más.
—Se ha ido —confirmó Mathew nuevamente—. ¿No
ibas a cuidarla tú mejor que yo o a encargarte de ella o todas
esas tonterías que me dijiste para justificar que te la quedabas?
Ahora, ni tú ni yo.
—No es un objeto que puedas quedarte.
—No. Ya lo veo. Porque se habría quedado aquí. ¿Qué
vas a hacer al respecto? Es tu mujer, ¿no? O iba a serlo.
Duncan lo miró serio.
—Voy a buscarla.
—¿Dónde?
Duncan resopló. No sabía por dónde empezar. A esas
horas, todo en Henleytown estaría cerrado. Podría preguntar a
la señora Patterson… Salió fastidiado. No había dicho nada
tan grave como para que se fuera de casa. ¿Cómo se le había
ocurrido irse?
—¿Tú también vienes a buscarla? —le preguntó a
Mathew extrañado de llevarlo pegado a sus talones.
—No pienso meterme en tus asuntos y Judith es tu
problema —le respondió con indiferencia llegando hasta su
caballo—. Hoy llegaré antes al Saloon.
Duncan resopló ante su pasividad. La noche no tardaría
en echarse encima y una mujer sola y un niño no debían estar
solos en un lugar desconocido. No sabía dónde buscar, pero no
iba a quedarse esperando.
Judith salió al callejón por la puerta trasera del Saloon.
No podía conciliar el sueño y no solo por todos los ruidos,
gemidos y jadeos que no dejaba de escuchar tras las paredes.
Afortunadamente, Roy no tenía el sueño tan ligero como ella y
no sabía lo que estaba ocurriendo.
¿Qué podría llevar a una mujer a dedicarse a algo así?
¿No habían encontrado otra opción? Ella tampoco. Sarah no
necesitaba ayuda en el restaurante, las costureras tampoco, ni
la señora Patterson. Por lo menos, ella le había sugerido que se
acercara a la casa del señor Henley, el fundador de
Henleytown, pero parecía estar demasiado enfermo como para
atenderla y aunque habían avisado a su hijo para que regresara
del viaje que estaba realizando, aún no lo había hecho. No
podía esperar a que volviera.
Con un suspiro miró hacia el Saloon. ¿Acabaría
dedicándose a eso también? ¿Qué tendría que hacer? Abrir las
piernas y cerrar los ojos con fuerza… Solo eso. No era mucho
si no fuera porque sentía que se llevaban un poco de su alma
en cada embestida…
—¿Judith?
Se giró sobresaltada mientras sus mejillas se
sonrojaban.
—Mathew.
El hombre la miró extrañado antes de fijarse en la
puerta por la que se figuraba que había salido.
—¿Qué hace aquí? Duncan la está buscando.
Al oír su nombre, enderezó la espalda, mirándolo con
desconfianza.
—No tenía por qué hacerlo. Las cosas quedaron claras.
—¿Él sabía que iba a irse?
—Dejó claro su punto de vista. Yo tenía el compromiso
con su padre, no con ustedes.
Mathew se acercó a ella. Judith pudo oler el alcohol en
su aliento, un brillo vidrioso en su mirada. Dio un paso atrás.
—Si no quería casarse con mi hermano podría haberlo
dicho. Yo también era una opción. Lo soy si quiere.
Judith titubeó insegura mientras él daba otro paso hacia
ella. Se llevó la mano al cuello de su camisa mientras con la
otra mano apretaba con fuerza el chal sobre su pecho. Trató de
mantener su mirada, pero fue incapaz. Ni su cuerpo lo
buscaba, ni su piel se erizaba ante la posibilidad de un beso
entre ambos.
—Es muy amable, pero…
—¿Qué está pasando?
Judith miró alarmada a Duncan. Había bajado del
caballo y se acercaba a ellos con la mirada seria. También se
había fijado en la puerta por la que había salido y la miraba
con desdén y rabia.
—¿Prefiere este lugar antes que el hogar que mi padre
le prometió?
Judith levantó la cabeza altiva.
—Mis preferencias no tienen importancia y lo que no
voy a hacer es estar sometida a sus volubles decisiones, señor
Lewis.
—¿Volubles? Le dije que me casaría con usted.
—Antes de acusarme de no sé qué y sugerirme la idea
de que podría echarme de casa. Tengo un hijo. Quiero
estabilidad para él.
—Y en el Saloon ¿va a obtener lo que busca?
—De momento, sí.
Duncan miró a su hermano, enfadado, rabioso,
frustrado antes de volver a mirarla a ella. La vio como una
mujer fuerte, valiente, capaz de conseguir cualquier cosa que
se propusiera. ¿Cómo podía haberse equivocado tanto con
ella?
—Mi padre no podía estar más confundido con
respecto a usted, ni yo tampoco.
Las lágrimas ante el desprecio y el insulto velado
recibido hicieron que los ojos se le llenaran de lágrimas que
reprimió, hasta casi sentirlas arder.
Andrew le mantuvo la mirada firme a su hermano,
manteniéndose al margen.
Ambos lo vieron alejarse airado, sin mirar atrás.
Judith parpadeó para evitar que las lágrimas rodaran
por sus mejillas.
—Entrará en razón… —le aseguró Mathew—. La veo
convencida de quedarse aquí.
Judith asintió.
—Hasta que no encuentre otro lugar aquí me quedaré.
Me han advertido de que no aparezca por la planta de abajo.
—Yo de usted tampoco bajaría a la calle a estas horas.
Algún hombre podría confundirse y buscar algo más.
Judith lo miró seria dando un paso atrás. Mathew
comprendió el gesto.
—Esperaré a que suba para irme de aquí. Sé que ha
tomado una decisión firme, pero si necesita algo puede
pedírnoslo. Duncan está furioso, pero entrará en razón. Yo…
Creo que no tuve nunca una oportunidad con usted.
Judith sonrió levemente mientras asentía, dándole la
razón. Con un gesto de cabeza se despidió de él y regresó al
interior del Saloon, por donde había salido.
A la mañana siguiente, de lo que menos ganas tenía Duncan
era de mantener una conversación de negocios con el señor
Colbert. El incendio había afectado a una parte importante del
aserradero y a más material del que en principio había
pensado, no le cuadraban los albaranes con las cargas recibidas
y el esfuerzo que debían realizar para cumplir con los
encargos, debido a los retrasos de los proveedores, iba a ser
casi sobrehumano.
Estaba convencido de que ese hombre estaba detrás de
todo, pero no veía la manera de acusarlo con pruebas y
llevarlo ante la ley. Así que cuando lo vio aparecer por el
despacho, se obligó a contener las ganas que tenía de echársele
encima.
—Señor Lewis, espero que el aserradero no se viera
muy afectado con el desafortunado incendio de la otra noche.
—Señor Colbert, no quiero ser descortés, pero tengo
demasiadas cosas que hacer como para atender su visita o
evaluar su propuesta.
—Pero mi propuesta sigue en pie —insistió con un
brillo en los ojos—. Por lo menos, de momento. Me da la
impresión de que reponer todo lo perdido en el incendio va a
suponer un gasto importante, además de la inversión que tuvo
que hacer al reparar el rodillo transportador hace unos días.
Duncan lo miró receloso. Él no había hablado con
nadie del problema en la maquinaria. ¿Quizá Latimer o el
herrero lo habían hecho?
—Agradezco su interés, pero le repito que el
aserradero no está en venta.
—¿Cree que podrá cumplir con los pedidos después
del incendio o de los contratiempos con los proveedores en los
últimos envíos?
Duncan frunció el ceño. ¿Cómo sabía del retraso de los
proveedores? La rabia empezó a recorrer su cuerpo.
—No tengo nada más que decirle.
—Es igual de terco que su padre, esperemos que no
acabe como él.
No pudo contenerse más. Se levantó de la silla
haciéndola caer y lanzó el puño con el mismo impulso. Colbert
no lo vio venir. Se estrelló contra la pared. Duncan lo cogió
por las solapas y sin ningún miramiento lo sacó de la oficina,
arrojándolo al suelo con arrogante desprecio.
—No quiero verlo cerca ni de mi ni del aserradero… o
le denunciaré a las autoridades.
Colbert se levantó del suelo sujetándose la mandíbula,
mientras varios trabajadores que se encontraban próximos a
ellos se acercaban sorprendidos.
—Dejarse llevar por el mal genio no es una buena
alianza para los negocios.
—No le importa en absoluto.
El hombre se sacudió el polvo del traje.
—Entiendo por qué la señora Nolan dejó su casa.
Duncan dio varios pasos hacia él, amenazador.
—Tampoco quiero que se acerque a mi mujer.
Colbert retrocedió atribulado ante su agresividad sin
perder su aire de superioridad.
—Por donde está viviendo ahora, sé que no es su
mujer.
—Ya le he advertido.
—¿Me está amenazando? Tengo testigos.
—No es una amenaza. Es una promesa.
Colbert levantó la cabeza, orgulloso, y sin dejar de
mirarlo, subió a su caballo para alejarse de allí ante la fiera
mirada de Duncan.
Duncan no tenía dudas de que ese hombre estaba detrás
de todo, pero ¿qué hacía Judith en mitad de todo eso? Miró a
su alrededor, serio. Latimer y varios hombres se habían
acercado al escuchar la discusión.
—No hay nada que ver —les dijo furioso.
Latimer se acercó a él.
—¿Qué ha ocurrido?
—Ya lo has oído.
—No. Solo te he oído amenazarlo por una mujer, y
dudo que eso haya sido todo.
—Está detrás de lo ocurrido.
—¿Del incendio? Todo Henleytown y alrededores se
han enterado.
—¿Y del retraso de los proveedores, o del engranaje
del rodillo?… Ha dicho también algo de mi padre…
—¿De tu padre? ¿No fue un accidente de caballo?
—Debía estar presionándole para que vendiera.
—Jamás hubiera vendido.
—Ya lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
—Andar con más cuidado.
Latimer asintió dándole un afectuoso golpe en la
espalda, en señal de apoyo. Duncan lo vio alejarse mientras se
frotaba la mano con la que le había golpeado la mandíbula. La
notaba dolorida, pero aun así probablemente podría haberle
golpeado con más fuerza. Resopló fastidiado. No le había
gustado que mencionara a Judith. ¿Pero cómo fiarse de ella?
Una hora después, Duncan miró a Mathew con el ceño
fruncido cuando lo vio entrar por la puerta de su despacho.
¿Por qué a Mathew parecía no importarle nada?
—¿Alguna vez te comprometerás con esto —señaló los
papeles sobre la mesa— en condiciones?
—Vaya, alguien ha dormido mal esta noche —le
comentó burlón quitándose el Stetson—. Tenías que haber
bajado al Saloon… Ah, no, que estuviste…
La mirada amenazadora de Duncan le hizo disimular la
sonrisa que lucía mientras se sentaba frente a él con actitud
indolente.
—Ibas a casarte tú con ella, porque de los dos tú eres el
responsable y el que siempre hace todo bien. Pero, por lo que
veo, tú también te equivocas.
—Déjame en paz —resopló fastidiado.
No quería pensar en Judith. Había pasado la noche
evitando hacerlo, pero le estaba resultando imposible. Bastante
tenía con todo lo que estaba pasando en el aserradero.
—¿Cuánto tiempo más vas a tardar en aceptar que te
has equivocado?
Duncan soltó los albaranes sobre la mesa, enfadado.
—Colbert ha estado aquí. Ha dicho cosas que… Creo
que está detrás de todo. Incluido el fallecimiento de nuestro
padre.
Mathew se incorporó serio hacia adelante.
—¿Cómo dices?
—¿Hablaste con alguien del rodillo roto? ¿O de que los
proveedores no nos habían enviado pedido porque creían que
habíamos anulado los contratos? Lo sabía. Igual que, por lo
visto, también sabía que padre no quería vender.
—¿Pero padre había hablado con él sobre una posible
venta?
—Me advirtió de que podía acabar como él si no
vendía.
Mathew se levantó de la silla, furioso.
—Voy a matarlo.
—No digas tonterías. Habrá que encontrar la manera
de acusarlo ante la ley.
Mathew lo miró serio con los brazos en jarras.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? Tengo ganas de
partirle la cara.
Duncan le enseñó su mano, ligeramente inflamada.
—Si quieres, hazlo. No te detendré.
Mathew se puso el Stetson, dispuesto a salir, pero se
giró para mirarlo antes de hacerlo.
—¿Qué vas a hacer con Judith? No puede vivir en el
Saloon.
Duncan le mantuvo la mirada, serio.
—Ayer no parecía importarte tanto. Juraría que hasta te
parecía divertido.
—Me gusta ver cuándo te equivocas.
—Gracias —le respondió con ironía.
—Sé que no quieres quedarte el aserradero para ti. No
lo conseguirías tampoco, pero Judith…
—Tú no la quieres.
—Y tú, ¿sí? Mira dónde está.
—En cuanto me doy la vuelta la encuentro hablando
con Colbert. Si vive en el Saloon es porque es capaz de
cualquier cosa.
—Ahí voy a darte la razón, pero no te acostumbres —
aceptó apoyándose en la pared frente a él—. Sí. Es capaz de
cualquier cosa. Tenías que haberlo sabido solo con pensar que
se cruzó medio país por su hijo. A la casa de un desconocido.
Padre la habría tratado bien, pero podía haber respondido a
cualquier otro y su suerte no habría sido la misma.
Duncan lo escuchó serio meditando sus palabras con
lentitud.
—La has infravalorado. Pero de ahí a que conspirara
con ese hombre para quitarnos el aserradero… Tú mismo lo
has dicho. Ese hombre puede estar detrás del fallecimiento de
nuestro padre. Judith no había llegado aún. Ella ha sido una
víctima de él, como tú y como yo.
Duncan lo miro serio.
—No parece una víctima.
—Yo no voy a dejar que lo sea. Voy a sacarla de allí.
Me casaré con ella si hace falta. Le prometeré un hogar y un
futuro para su hijo.
—¿Vas a dárselo?
—Si me preguntas si la amo. No. Pero es lo justo y lo
decente. Ella se lo merece y nuestro padre es lo que pretendía
hacer.
—Tendrás que dejar de ir al Saloon.
—No pienso dejar de hacerlo, pero tendré esa opción
en casa.
Duncan le mantuvo la mirada, serio. No iba a vivir con
Judith bajo el mismo techo sin poder tocarla, saborearla o
compartir intimidad con ella.
—A Judith me la quedo yo.
—No creo que la convenzas para que vuelva.
—Lo haré —resopló pensando que no sería fácil
conseguirlo—. Empieza a trabajar, anda.
Cuando Mathew salió por la puerta, Duncan se dejó
caer en el respaldo de su silla. Resopló fastidiado. Judith no
podía suponerle un problema más. ¿A quién se le ocurría
hospedarse en el Saloon? Las mujeres estaban cambiando
Henleytown.
Se levantó molesto. No podía concentrarse. Bajaría al
pueblo para compartir sus sospechas con el sheriff. Quizá se
encontrara con Judith… por casualidad.
Duncan se obligó a acercarse antes a la oficina del sheriff que
al Saloon, pese a que estaba deseando hacerlo al contrario. El
sheriff levantó la cabeza del escritorio donde estaba abriendo
un sobre que parecía que acababa de recibir.
—Dime que vienes a llevarte a tu mujer a casa.
Bastante tengo con la nueva maestra.
—Eh… No… —le respondió confundido—. ¿Tenemos
maestra?
—Impaciente, exigente y deslenguada —le resumió
sacando del sobre los carteles con los forajidos buscados por la
zona—. La he visto hablando con tu mujer, que no sé por qué
está viviendo en el Saloon. Los hombres se están empezando a
poner nerviosos.
—¿Por Judith o por la maestra?
—Por las dos. Y por la mujer de Fox.
Duncan parpadeó asombrado.
—Son mujeres, ¿qué problemas pueden dar?
—¿No has venido tú a por la tuya?
—Sí, pero…
—Pues respóndete tú mismo esa pregunta.
Duncan resopló contrariado.
—Aquí no vas a encontrarla —insistió Dylan.
—¿A quién?
—A tu mujer.
—¿Qué iba a hacer aquí?
—Dormir.
—¿Dónde?
—En una celda —le respondió negando con la cabeza
—. ¿Dónde crees que pasó la noche la maestra?
—¿Aquí?
—Henley no tuvo en cuenta su alojamiento cuando la
contrató.
—¿Henley está mejor?
—Por lo que sé, igual. Es Grant quien ha vuelto y
tendrá que lidiar con ella. Pero dime, qué querías.
En la siguiente media hora, Duncan lo puso al corriente
de sus sospechas. Dylan escuchó con atención, tomando notas
de vez en cuando.
—No sé si podré encontrar algo en su contra, pero
estaré al tanto.
Duncan asintió satisfecho. Ya no sería el único que
tendría vigilado a aquel hombre. Salió a la calle y miró a su
alrededor. Henleytown estaba creciendo. Además del hotel que
George Brewer estaba construyendo en una de las esquinas de
la calle junto a la parada de la diligencia, alguna edificación
más a lo largo de la calle estaba empezando a preparar sus
cimientos.
Vio a Roy correr hacia él en cuanto sus miradas se
cruzaron.
—Siento haber sido una molestia, Dun… Señor Lewis
—le dijo parándose frente a él.
Duncan se agachó hasta ponerse a su altura,
ligeramente avergonzado ante su comentario.
—Nunca fuiste una molestia, Roy.
—Mi madre no pudo haberle ofendido. ¿Por qué nos
echó de casa? Mi madre cocina bien y limpia la casa. Ahora
vivimos en el Saloon. Hay muchas mujeres, pero nos tenemos
que encerrar en la habitación muy pronto.
—Yo no os… Voy a hablar con tu madre. Quiero que
volváis —le aseguró incómodo.
Caminaron juntos hacia el callejón junto al Saloon.
Roy no paraba de hacerle preguntas, pero Duncan solo era
capaz de pensar en qué podría decirle a Judith para que
volviera. Probablemente no le bastara con una orden sencilla y
directa.
Judith parpadeó sorprendida cuando el señor Colbert se
paró frente a ella y le propuso matrimonio sin ningún
preámbulo, justo antes de salir del Saloon por la puerta trasera.
—Creo que no le he escuchado bien, señor Colbert —
se disculpó llevándose la mano al cuello de su camisa para
cerrarlo con fuerza.
—Sí. Estoy seguro de que me ha escuchado —le
recriminó con una sonrisa burlona—. Quiero casarme con
usted.
Judith contuvo el aliento. Sí. Había escuchado bien.
—Le agradezco el ofrecimiento…
—No es ningún ofrecimiento, es una pregunta sencilla.
Todo el mundo sabe que Duncan Lewis la rechazó y por eso
está viviendo aquí.
Ella levantó la cabeza altiva ante sus ofensivas
palabras.
—Quiero casarme con usted —prosiguió—, tendré su
aserradero e incluso su casa. Todo lo que Tom Lewis tuvo una
vez, será mío.
Judith frunció el ceño, extrañada.
—No creo que Duncan y Mathew consientan que les
arrebate todo por lo que llevan trabajando toda su vida.
—No voy a pedirles permiso. Tomaré lo que es mío,
por la fuerza si hace falta.
Judith se cerró el cuello de la camisa con más firmeza,
y aunque pensó en retroceder sobre sus pasos, una rabia que
no conocía la hizo mantenerse inalterable.
—¿Está acusando a los Lewis de algo?
—Por supuesto. Tom Lewis se quedó con todo,
incluida mi novia. Tuvo la vida que yo siempre he querido. Me
largué y creó un imperio del que nunca formé parte.
—Quizá porque se largó como usted mismo ha dicho.
¿Realmente le corresponde algo de ellos?
—Eso forma parte del pasado. El futuro está por venir
y yo quiero el que me corresponde.
—¿El que le corresponde a usted o a los hermanos
Lewis?
—Ellos son prescindibles. La quiero a usted como
esposa y luego conseguiré el aserradero.
—No soy un objeto del que pueda disponer a su antojo.
—No. Solo es una mujer, la de Lewis. Y la quiero.
Judith negó con la cabeza.
—No llegué a ser su esposa y no voy a formar parte de
una venganza contra Duncan y Mathew.
—Son ellos los que la han obligado a prostituirse.
—Vivo aquí, pero no trabajo aquí.
—Va a ser mía, como lo será el aserradero.
La dureza reflejada en sus palabras estremeció a Judith.
La repulsión que sintió le hizo recordar las vivencias pasadas
que todavía le producían nauseas. Sintió un nudo en su
estómago y los nervios de todo el cuerpo agarrotados.
Él dio un paso hacia ella. Ella fue incapaz de moverse.
—Póngale una mano encima y es hombre muerto.
Duncan mantuvo la mirada a Colbert, ignorando con
intención la de Judith. Sabía que se mantendría firme y seria y
así la quería ver en ese momento.
—Usted la echó de casa. Yo la quiero.
—Ella es mi mujer y no voy a consentir que la toque,
como tampoco voy a permitir que se acerque nunca más al
aserradero. Ocasionó el incendio, contactó con los
proveedores, reventó la maquinaria, y después de lo que he
oído me atrevería a decir que mató a mi padre.
—No tiene pruebas que lo demuestren.
—Ella ha escuchado su confesión.
—Es solo una mujer. Nadie va a hacerle caso.
—Yo también lo he escuchado.
—Será su palabra contra la mía y usted puede sufrir el
mismo accidente que su padre.
—Yo también lo he escuchado, Colbert —interrumpió
Dylan con el revolver en la mano, girando la esquina —.
Tendrá que acompañarme.
Roy corrió al lado de su madre después de alejarse del
sheriff. Algunos curiosos se acercaron a ellos, alarmados por
la celeridad con la que el pequeño había buscado al sheriff y
ambos habían corrido hasta el callejón.
Judith abrazó a su hijo contra sus piernas sin dejar de
mirar al hombre que se había declarado culpable de todo lo
ocurrido a los Lewis. Jamás habría sospechado de él. Se fijó en
Duncan. Observaba con detenimiento cómo el sheriff se
llevaba al hombre a punta de pistola.
Los curiosos escoltaron a Dylan y al preso hasta la
comisaría.
Duncan se repetía la declaración de Colbert en silencio.
¿Qué se le había pasado a ese hombre por la cabeza para
aparecer reclamando lo que consideraba suyo después de tanto
tiempo? Incluso había mencionado a su madre. ¿Cuánto
tiempo había pasado? Su padre apenas les había hablado de él.
Formaba parte de un pasado demasiado lejano como para
mantener siquiera algún recuerdo. ¿Avaricia? ¿Envidia?
¿Soledad?
Se giró para fijarse en Judith. Roy se había alejado de
sus faldas, siguiendo con la mirada a la multitud que ya había
llegado hasta la comisaría. Su rostro estaba serio y
probablemente estaría tan sorprendida como lo estaba él.
Dio un paso hacia ella. Ella retrocedió sorprendiéndole.
—¿Se aleja de mí? No se ha movido mientras Colbert
la amenazaba.
—Él no iba a hacerme daño.
—¿Eso cree? Es demasiado confiada.
—¿Qué quiere? —. No iba a dejar que la ofendiera.
—Pedirle disculpas.
—¿Por qué?
Duncan le mantuvo la mirada ligeramente
avergonzado.
—No debí desconfiar de usted, pero… ¿qué esperaba?
Todo ocurrió a la vez, y usted en vez de defenderse, se alejó
aceptando su culpa.
—No iba a creerme. Me había juzgado y considerado
culpable. Eso no es aceptar mi culpa porque no la tenía. Vine
aquí buscando un futuro para mi hijo y es lo que voy a darle, y
si para eso tengo que dormir en el Saloon, lo haré.
—¿Cuánto tiempo cree que podrá mantener a los
hombres apartados de usted? Está viviendo aquí. Es solo
cuestión de tiempo que alguno la descubra. ¿Cree que van a
detenerse cuando consigan ponerle una mano encima?
Judith se cerró con más fuerza el puño en el cuello de
su camisa mientras veía a Roy alejarse de ellos distraído y
acercarse a la multitud frente a la comisaría.
—Sé que no van a hacerlo. ¿Cómo cree que concebí a
Roy? Pero voy a trabajar en lo que haga falta y hacer lo que
sea para darle un futuro y que sea un hombre de provecho.
Duncan parpadeó sorprendido. La miró sin aliento
mientras notaba cómo una rabia inesperada recorría su cuerpo.
—¿Roy? ¿No estaba casada? Usted dijo…
—No, señor Lewis. Jamás me he casado. Sé lo que los
hombres buscan en las mujeres y la manera de obtenerlo…
La miró inflexible, apretando los dientes y los puños,
ante su confesión. Hubiera matado con sus propias manos a
todos los que se habían atrevido a hacerle daño.
—Yo nunca la he tratado de esa manera y lo sabe.
—Por eso me alejé de usted. Sé que puede herirme más
que aquellos que han utilizado mi cuerpo.
Duncan dio un paso hacia ella. No iba a consentir que
huyera de su lado. No iba a permitir que nadie, nunca más,
volviera a hacerle daño. Judith retrocedió frente a él, orgullosa,
con la cabeza bien alta. Duncan se detuvo mirándola con
firmeza.
—¿Y aun así sigue confiando que puede sacar adelante
sola a Roy, o que puede vivir en el Saloon sin tener problemas
o que puede encontrar trabajo en algún otro lugar?
—Quizá soy confiada. Usted mismo lo ha dicho hace
un momento. Pero si no tengo confianza en que las cosas
pueden cambiar o ser diferentes, ¿qué me queda? El sol sale
cada mañana sin que nadie haga nada para ello. ¿Por qué no
puede salir un día para mí? Su padre me recordó que podía ser
posible.
Duncan levantó ligeramente las manos en señal de
rendición.
—La quiero a mi lado. Haré que el sol salga todas las
mañanas para usted. Mi hogar es suyo. El aserradero será de
Roy y los hijos que tengamos juntos. Supongo que también de
los hijos de Mathew. A cambio de una parte de esa confianza
que usted tiene, o del brillo de sus ojos o de su sonrisa.
Judith lo miró sorprendida por sus palabras.
—Le pido que confíe en mí y que me permita ganarme
esa confianza.
—¡Mamá, Duncan! —exclamó Roy llegando hasta
ellos, nervioso—. ¡¡El sheriff ha encerrado a ese hombre entre
rejas!!
Judith le sonrió como respuesta a su ilusión. Duncan se
agachó frente a él.
—Roy, ¿tú confías en mí?
El muchacho asintió sin dudarlo.
—¿Puedes ayudarme a que tu madre también lo haga?
Roy miró a su madre extrañado.
—¿Te gusta el aserradero? —insistió al pequeño.
Roy asintió.
—¿Podré trabajar allí cuando sea mayor?
—Espero que lo hagas, pero antes tendrás que acudir a
la escuela. He oído que ya tenemos maestra.
Roy asintió mientras Duncan se levantaba y lo cogía de
la mano con seguridad y firmeza.
—Te ofrezco una vida, Judith. Dame la oportunidad de
demostrarte que puedes confiar en mí.
Ella se estremeció antes sus palabras y la seguridad con
la que las decía. Lo miró en silencio.
—No vas a dudar ahora que has encontrado lo que
buscabas, ¿no?
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Le había entregado
su corazón a ese hombre, sus sueños, su futuro… ¿podía
confiar en él?
—Te necesito, Judith. Te quiero a mi lado. Sé lo que
eres capaz de hacer si te lo propones y haré todo lo posible
para que jamás quieras alejarte de mí. Supongo que debí
pedírtelo antes y no darlo por hecho, pero ¿me aceptas como
esposo?
Eliminó la distancia que los separaba. Judith parecía
incapaz de moverse.
—Quiero borrar cualquier amargo recuerdo de tu
pasado con mis besos, con mis abrazos, con mis caricias…
Vuelve conmigo a casa, a nuestra casa.
Judith sintió el amor en su mirada, el respeto, incluso
un reconocimiento que no esperaba. Miró a su hijo. Seguía
agarrado de su mano. Una mano fuerte, grande, cálida. Roy la
miraba expectante, con su radiante sonrisa. Su corazón latía
con fuerza, pidiéndole a gritos que confiara en él, en lo que
había entre ellos, en el futuro que estaba por llegar. Había
pasado por mucho hasta llegar allí. ¿Podría darle una
oportunidad? ¿Quería dársela a ella? No tuvo que pensar. Todo
su ser le gritaba la respuesta.
Asintió confiada, segura, agradecida.
Duncan soltó a Roy para rodearla con sus brazos y
hacerla girar dos vueltas, entusiasmado, antes de cubrir sus
labios con los suyos. El pequeño los miraba divertido.
—Corre, busca al párroco —le pidió Duncan con una
sonrisa radiante—. No voy a esperar al domingo para casarme
con tu madre.
Roy salió corriendo ante la atenta mirada de la pareja
que volvió a encontrarse y a fundirse en un beso largo y
cargado de confianza.
—Te prometo que haré todo lo posible por hacerte
sentir la mujer más afortunada del mundo —le susurró
mirándola a los ojos.
Judith se estremeció emocionada antes de asentir.
—Lo sé —sonrió antes de que volviera a sentir sus
labios sobre los suyos, cubriéndola de promesas y de sueños
que estaban destinados a cumplirse.
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Sobre la autora
Annabeth Berkley es una prolífica escritora de novela
romántica corta.
Sus novelas son bonitas, dulces, románticas y llenas de
Amor y de Confianza en la Vida. Pertenecen al género
conocido como Clean Romance.
Ha escrito la serie de novelas románticas Edentown,
con novelas cortas, conclusivas y que te harán sentir que la
vida es maravillosa.
Es autora de la bilogía Hermanas McVee, la bilogía
Intercambio de gemelas y de la serie Valientes, ambientada en
el Oeste americano.
Tiene varios libros publicados con la Editorial
Kamadeva: Un viaje sin retorno, Amor bajo sospecha,
Pinceladas de Amor, y El reencuentro, que resultó ganador en
el concurso de novela romántica organizado por la editorial en
2.021.
Sus novelas navideñas son realmente preciosas,
emotivas y tiernas y están muy bien valoradas por los lectores.
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Si quieres conocer las demás novelas de la autora, así
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