Hace muchos, muchos años, en tierras
que no tenían nombre, el sol del
desierto contempló a un grupo de
hombres, mujeres y niños que.
cautivados por la pureza del paisaje,
hicieron sus vidas frente al mar.
Por las noches, se sentaban junto
al fuego para compartir historias
y entretener a los niños
Entre ellos se encontraban Acira, una niña de
piel canela, ojos oscuros como la noche y una
larga cabellera color azabache.
Acira era curiosa. Siempre pensaba en las
grandes murallas de piedra y en los coloridos
paisajes de los que hablaban los adultos;
también en aquellos animales silvestres que
soñaba conocer
Pero su madre no le
permitía visitar esos
lugares, porque cuando su
padre partió a conocer
otros paisajes y colores,
nunca pudo encontrar el
camino de regreso a casa.
Y su madre no soportaría
Otra pena en su corazón
Pero un día, muy temprano por la mañana, antes
de que los pescadores se adentraran al mar. Acira
caminó por las arenas que comenzaban a
iluminarse por el sol.
Había decidido acabar con la pena de su madre.
Había decidido ir a buscar a su papá.
Camino por toda la bahía observando
a las aves que revoloteaban a la orilla
del mar. Desde ahí a lo lejos en las
laderas de los cerros podía distinguir
las pequeñas chozas de su tribu
Caminó sin descanso hasta que una
oscura cueva apareció frente a sus
Ojos.
Sin miedo Y motivada por el deseo de
reencontrarse con su padre, entró en la
caverna hasta desaparecer junto a su
sombra.
Una pequeña que penetraba en la
oscuridad iluminaba las aguas y
resaltaba los colores de las rocas.
En ellas distintas marcas de manos
indicaban una ruta.
Fue entonces cuando Acira reconoció
la mano pintada de Su padre y su
corazón latió con más fuerza
Maravillada sintió que sus pasos iban en
la dirección correcta. A lo lejos diviso el
saluda y cuando al fin la alcanzo, sus ojos
no podían creer lo que veían.
Su padre tenia razón: la tierra poseía
hermosos colores que ella no podía
siquiera imaginar
Sus pies siguieron
avanzando a través de
pequeños riachuelos, Los
totorales y juncos
entrecruzaban sus ramas
como queriendo
abrazarse para mezclar
sus colores
Cuando llegó la noche. la luna g las
estrellas acompañaron a Acira en su
camino. La soledad y el silencio se
instalaron en cada paso y extrañó aún
más el abraso y las palabras de su
padre.
«¿Dónde estás, papá?, se preguntó.
Aquella mañana la aurora despertó a las
primeras aves, Acira abrió los ojos junto a
las gaviotas g miró la extensa bahía.
poco a poco entró at océano para observar
los peces de colores bajo el agua. Fue
entonces cuando, entre huiros corales. vio el
chinguillo que su padre usaba para pescar, y
se sumergió para recuperarlo.
Pero entre los peces y el movimiento de las
olas, Acira no se percató de las algas
submarinas que la rodeaban, Entonces sus
pies se enredaron. y aunque trato de
liberarse de ellas, sus intentos fueron en
vano.
De pronto, desde la luz de la superficie, vio que su padre iba en su ayuda
con la misma sonrisa y mirada cariñosa que ella recordaba. Se abrazaron
como antes y todo a su alrededor desapareció. Las algas, los peces de
colores, el cansancio… Todo desapareció.
Acira había encontrado a su papá y ahora su madre nunca más volvería
estar triste.
Aquella tarde la marea devolvió
a las arenas lo que se había
llevado.
Cuando la madre de Acira
reconoció a su hija abrasada al
chinguillo, supo que la niña
había encontrado a su padre.
La luna se despertó y la tribu se reunió pura
darle una nueva vida a Acira. Todos llevaron
hojas frescas y fragantes, la adornaron con una
linda máscara y la acurrucaron en la arena
junto a una pequeña estatuilla de madera que
recordaba a su padre.
Ahora la madre de Acira estaba
tranquila.
Porque estaba junto a los que amaba y
ya nunca más se volverían a separar.
Porque desde ese día, los 3 vivirían
para siempre en las arenas.