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Historia del Imperio Bizantino y el Islam

El Imperio Bizantino evolucionó a partir del Imperio Romano de Oriente. Tuvo una edad de oro bajo Justiniano en el siglo VI cuando intentó restaurar el Imperio Romano, pero luego entró en crisis y perdió territorio. Más tarde, entre los siglos IX y X, tuvo otra edad de oro bajo la dinastía macedonia cuando consolidó su identidad propia combinando elementos del helenismo y el cristianismo ortodoxo. Luego entró en un lento declive durante cuatro siglos a medida que fue reducié

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Historia del Imperio Bizantino y el Islam

El Imperio Bizantino evolucionó a partir del Imperio Romano de Oriente. Tuvo una edad de oro bajo Justiniano en el siglo VI cuando intentó restaurar el Imperio Romano, pero luego entró en crisis y perdió territorio. Más tarde, entre los siglos IX y X, tuvo otra edad de oro bajo la dinastía macedonia cuando consolidó su identidad propia combinando elementos del helenismo y el cristianismo ortodoxo. Luego entró en un lento declive durante cuatro siglos a medida que fue reducié

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1.1. El Imperio bizantino .................................................................

1.1.1. Del Imperio romano de Oriente al Imperio de

Justiniano (siglos V- VII) ............................................... 10

1.1.2. De la crisis del imperio al apogeo del imperio de los

macedonios .................................................................... 14

1.1.3. El sistema de gobierno bizantino .................................. 19

1.1.4. Evolución económica y social ......................................... 22

1.5. El islam y la civilización arábigo-islámica (siglos VII-XI) ......... 32

1.5.1. De la Revelación al Imperio islámico de Medina (siglo VII) ..................................... 33

1.5.2. El califato omeya: expansión territorial y consolidación estatal (siglos VII-VIII) ............ 37

1.5.3. Del califato abásida al triple califato (siglos VIII y XI) ... 39

1.5.4. El mundo islámico occidental: el Magreb, Sicilia y al-Ándalus (siglos VII-XI) ...... 43

1.5.5. La construcción de un gran espacio económico islámico ....................................... 46

2.3. El espacio islámico: la entrada en escena de los no árabes ....... 64

2.3.1. El Oriente Próximo del siglo XI al siglo XIII:

principados croatas, sultanatos selyúcidas y ayubidas e invasión mongola.................... 66

2.3.2. El Oriente Próximo de los siglos XIV y XV: mamelucos, timúridas y otomanos ....... 70

2.3.3. Oriente Próximo: del dominio económico a la decadencia ............................... 73

2.3.4. El Magreb y al-Ándalus del siglo XI al XIII: de la disgregación a los grandes imperios
magrebíes ...... 75

2.3.5. El Magreb y al-Ándalus de los siglos XIV y XV: hafsidas, abdalwaditas, benimerines y
nazaríes ............. 78

2.3.6. El Magreb y al-Ándalus: del auge económico a la dependencia


exterior ..................................................... 79
1.1. El Imperio bizantino
Imperio bizantino, Imperio romano de Oriente o incluso Imperio romano, el nombre que
hay que asignar a esta prolongación del imperio construido por Roma es un pequeño
problema historiográfico.
Para los bizantinos y sus vecinos, aquéllos fueron, hasta el último momento, romanos,
y Romania su país. Mateo Camariota, literato bizantino contemporáneo de la toma de
Constantinopla por los turcos, escribe en su Lamentación por la captura de
Constantinopla: "El Imperio de los romanos desapareció y con él la dignidad de aquel
Imperio, venerado por sí mismo y por su nombre".
Sin embargo, la historiografía, desde el Renacimiento, los ha bautizado con el
gentilicio "bizantinos", de Bizancio, el griego y primigenio nombre de Constantinopla, la
actual Estambul.
La razón de este cambio de nombre hay que buscarla en la visión renacentista del
Imperio bizantino, considerado una degradación del Imperio romano clásico. Para
diferenciarlo del modelo sublime de la Antigüedad clásica, los historiadores
renacentistas rescataron el nombre de la colonia griega sobre la cual Constantino
fundó Constantinopla: Bizancio, cuyo gentilicio, bizantino, ha encontrado fortuna en la
historiografía y se ha usado hasta la actualidad para llamar a esta peculiar
continuación oriental del Imperio romano.
Ciertamente, la terminología es criticable, pero, por encima del prejuicio que
la originó, presenta la comodidad evidente de permitir calificar la singularidad
de este Imperio romano sin Roma que sobrevivió en mil años en la mitad
occidental del Imperio.

Aunque algunos elementos son constantes todo a lo largo de la historia del


Imperio, hay etapas en su vida que permiten establecer una periodicidad:

1) Nacido de una profunda crisis del Imperio romano y de Roma, el Imperio Romano
de Oriente conocerá una primera edad de oro en torno a la figura del emperador
Justiniano, etapa caracterizada por el intento de recuperar y reinstaurar el Imperio
romano en todo su esplendor. Sin embargo, la reconstrucción imperial no saldrá bien
y, poco después de este emperador, una profunda crisis trastornará al Imperio, que
perderá más de la mitad de su extensión, aunque ganará en cohesión.

2) De esta profunda crisis saldrá un imperio nuevo, ya no romano sino bizantino, que
conocerá un largo periodo de auge, una segunda edad de oro, durante la dinastía
macedonia. Será en este largo periodo de dos siglos (IX y X) que el Imperio bizantino
consolidará una idiosincrasia propia, evolucionada de la romanidad clásica y tardía,
pero al mismo tiempo singular y particular por dos influencias primordiales, el
helenismo y la ortodoxia cristiana.

3) A este segundo periodo de auge le seguirá un lento estrechamiento de cuatro siglos


durante el cual el imperio, o lo que queda de él en constante retroceso fronterizo, se
irá fundiendo hasta desaparecer bajo el empuje otomano. Este último periodo de
decadencia, sin embargo, se verá en la segunda parte del módulo, ya que cae fuera
del marco cronológico de este tema.
1.1.1. Del Imperio romano de Oriente al Imperio de Justiniano (siglos V- VII)
A raíz de la crisis del siglo III y de las reformas administrativas posteriores, la Pars
Orientis del Imperio romano fue tomando más y más importancia. La elección por
Constantino el Grande de Constantinopla como sede imperial en el 330 marca otro hito
en la ruptura entre ambas mitades del imperio, que se empieza a hacer evidente
cuando, en el año 364, los emperadores Valentiniano y Valiente se reparten el
gobierno, que se consolida, sin una voluntad explícita, después de la muerte del
emperador Teodosio con la repartición definitiva del imperio entre sus dos hijos,
Arcadio y Honorio, en el 395.
Que la separación sea definitiva lo demostrará la historia, pero para los
contemporáneos la unidad del imperio y su integridad permanecen como un ideal
impedido solamente por las circunstancias: el imperio es uno, regido por dos
emperadores. En este sentido, la entrega en el 476 por parte del rey hérulo Odoacre
de las insignias imperiales del depuesto Rómulo Augústulo a Zenón el Isáurico,
emperador de Oriente, representa la reunificación del imperio en un único emperador,
aunque en el ámbito militar y político la mitad occidental escape a su control. De esta
manera, la idea imperial y unitaria se preserva y la reanudará medio siglo más tarde
Justiniano con su renovatio Imperii.
Pero para entender el intento de restauración justiniana, hay que volver al periodo
anterior y ver cómo las "dinastías" teodosiana y leoniana fueron capaces de resistir las
invasiones germánicas y la de los hunos. En este triunfo participaron diversos
elementos, entre los cuales conviene destacar:
a) La inexpugnabilidad de Constantinopla, repetidamente asediada, pero nunca
saqueada.
b) La superior administración y defensa orientales, especialmente su diplomacia,
capaz de desviar las oleadas invasoras hacia la otra mitad del imperio.
c) Una mejor situación económica que posibilitó hacer frente a las demandas de los
"bárbaros", sedientos de botín.
A grandes rasgos, la habilidad de los emperadores orientales hasta Zenón y Anastasio
I permitió desviar los grandes contingentes germánicos hacia Occidente y consiguió
destruir la influencia del partido germánico en la administración imperial y el ejército,
aunque al precio de aceptar la presencia de los isauros, pueblo "bárbaro" de Anatolia.
Pero fueron estos dos generales, convertidos en emperadores, los que crearon el
marco que permitiría a Justiniano su política expansiva.
Zenón el Isáurico (474-491) solucionó definitivamente el problema germánico enviando
a los ostrogodos y restos de los otros pueblos germánicos hacia Italia bajo el liderazgo
de Teodorico, ninguno de los ostrogodos y patricio por designación del mismo
emperador.
La consolidación de las fronteras, internas y externas, es continuada por Anastasio I
(491-518), que consigue eliminar el poder de los isauros, sobre los cuales se había
apoyado el anterior emperador para echar a los germanos.
Además, emprende una reforma fiscal basada en la supresión del crisargiro, el
impuesto que gravaba el comercio y la industria, cosa que lo permite el florecimiento, a
la vez que aumenta, incluso brutalmente, la presión fiscal sobre la agricultura. Todo
implica que a su muerte las arcas imperiales estén bien llenas, la herencia necesaria
para la obra reconstructora de Justiniano.
El único problema que Zenón y Anastasio no supieron solucionar fue el religioso. Fruto
de la diversidad y amplitud que la Iglesia tiene desde su adopción como religión estatal
por el Edicto de Tesalónica de Teodosio (380), las herejías y las interpretaciones se
continúan unas a otras, reflejando a veces realidades políticas o culturales, como es el
caso del arrianismo, nacido en Alejandría pero extendido entre los pueblos
germánicos. De la misma manera, a lo largo de los siglos IV y V se perfila la
singularidad de los patriarcados de Antioquia y Alejandría, con la aparición en ellos y
respectivamente del nestorianismo y del monofisismo, dos interpretaciones de la
naturaleza de Jesús divergentes con la ortodoxia, condenadas en el concilio de
Calcedonia del año 451.
Ortodoxia, nestorianismo y monofisismo
Frente a la ortodoxia que defiende la doble naturaleza de Jesucristo, divina y humana,
en una única persona, el monofisismo formulado por la Escuela de Alejandría postula
que la naturaleza divina ha absorbido la humana, mientras que el nestorianismo de
Nestorio insiste en la naturaleza humana de Cristo hasta diferenciar entre dos
personas, una divina y otra humana.
Estas corrientes teológicas y cristológicas se concretarán en formas regionales de
cristianismo. Así, los nestorianos, después de su condena en el concilio de Éfeso
(431), se extenderán por el Imperio sasánida, su lugar de refugio, mientras que el
monofisismo lo hará por los patriarcados de Antioquia y Alejandría, como elemento
singular de estas regiones frente a las helenizadas provincias del patriarcado de
Constantinopla.
El monofisismo se extendió a pesar de la condena conciliar. Zenón intentó una
aproximación entre monofisitas y diofisitas u ortodoxos con un edicto conciliador, el
Henotikon, que no satisfizo a nadie y además provocó el primer cisma entre Roma y
Constantinopla (483-519), mientras que Anastasio I fue un convencido monofisita, lo
cual lo alejó del pueblo de Constantinopla, fervientemente ortodoxo.
Frente a estos dos emperadores, Justiniano (527-565) representa el retorno a la
ortodoxia, tan pedido por el pueblo constantinopolitano, y la reunificación de la Iglesia,
sometida durante todo su reinado al control del emperador.
Recuperada la teórica unidad religiosa desde la ortodoxia, Justiniano reanuda dos
otras ideas medio apagadas por la crisis anterior, pero aún vivas en el pensamiento de
los habitantes del imperio: la unidad y la Universalidad del imperio. A pesar del
dominio germánico, los territorios perdidos seguían considerándose parte del imperio,
irrevocable y eternamente ligados a éste y a su emperador, que seguía siendo el
emperador de toda la Ciegues romana y de todo el Ecumene cristiano.
Toda esta ideología impregna la obra de Justiniano, tanto la reconquistadora como la
legislativa y la política, para la cual sabe rodearse de un cualificado grupo de
colaboradores, desde la inteligente emperatriz Teodora, de origen social oscuro, hasta
grandes generales como Belisario y Narsés, pasando por el prefecto del pretorio Juan
de Capadocia y por el jurista Triboniano.
El Imperio bizantino a la muerte de Justiniano (565)
El intento de reconstruir el Imperio romano casi fue conseguido bajo este enérgico
emperador. Sin embargo, sus sucesores no podrían mantener mucho tiempo unas
conquistas tan extensas y costosas.
El mapa nos señala también la difusión del nestorianismo y del monofisismo en las
diócesis de Egipto y Oriente, es decir, los patriarcados de Alejandría y Antioquia,
muestra del particularismo de estas dos regiones.
El aspecto más visible de la restauración justinianea es la política exterior. Con
relativamente pocas campañas militares, se recupera el control de África, Italia y sur
de Hispania, resultado impresionante que sólo se ve oscurecido por el elevado precio
de las victorias: el empobrecimiento del rico tesoro imperial heredado de Anastasio I.
Igualmente, la expansión mediterránea supone dejar de lado el flanco asiático, desde
donde asedia un antiguo enemigo, el Imperio sasánida, que renace de un periodo de
letargo con el brillante reinado de Cosroes I (531-579), y el flanco balcánico, dónde
aparecen nuevos contrincantes, los búlgaros y los eslavos.

En política interior, lo más destacable es la reforma administrativa emprendida por


Juan de Capadocia, encaminada a la reducción de la gran propiedad en beneficio de
la pequeña propiedad que tenía que suministrar, por vía fiscal, el capital necesario
para las campañas exteriores. Sin embargo, las reformas no consiguieron vencer la
dinámica latifundista y sólo consiguieron perpetuar las tendencias anteriores, herencia
del Estado diocleciano-constantiniano, sin montar un nuevo sistema, tarea que
finalmente llevaría a cabo Heraclio un siglo más tarde.

La restauración justinianea casi ni sobrevivió a su fundador ya que, en los últimos años


del reinado de Justiniano, búlgaros, hunos y eslavos llegan a las puertas de
Constantinopla. Estos ataques de los bárbaros al mismo corazón del imperio muestran
claramente la fragilidad de la renovatio justinianea, que todavía será visible en los
reinados de sus sucesores hasta el advenimiento de Heraclio.

Los longobardos en Italia, los visigodos en Hispania, el bereber en África, los ávaros
en Panonia y, principalmente, los persas sasánidas en Oriente, reducirán el imperio a
su mínima expresión: los Balcanes y Anatolia; esta situación la heredará Heraclio, que
no podrá ampliarla, pero que la transformará completamente convirtiéndola, ahora sí,
en una cosa nueva: el Imperio bizantino.

1.1.2. De la crisis del imperio al apogeo del imperio de los macedonios

La presencia, en el año 610, de tropas persas y ávaras a las puertas de


Constantinopla será el detonante para el destronamiento del emperador Focas y el
ascenso al poder de Heraclio (610-641), enérgico emperador que, a pesar de fracasar
en el ámbito exterior con la consumación de la pérdida de la mitad de los territorios del
imperio, será de hecho quien lo consolide al convertirlo en una nueva realidad,
superadora de los problemas intrínsecos del Imperio romano.

En política exterior, hay dos periodos muy claros en el reinado de Heraclio:

1) Un primer periodo en el que vence de forma pírrica a los persas sasánidas


en decadencia, y recupera todo el territorio bizantino perdido.

2) Un segundo periodo en que es vencido absoluta y completamente por los


Ejércitos árabes, que ocuparán en poco tiempo los patriarcados de Antioquia,
Jerusalén y Alejandría.
Este rotundo fracaso militar es, sin embargo, el que da grandeza al reinado de
Heraclio, ya que le obliga a empezar un camino que anteriormente sólo se había
esbozado a medias: la helenización del imperio, el paso de un Imperio romano a un
Imperio bizantino. La reducción del territorio en las provincias más helenizadas y de
habla griega, de ahora en adelante, dará al Imperio una homogeneidad de la cual no
disponía. El griego sustituirá al latín como lengua oficial. Sintomáticamente, el
emperador cambiará el título latino de imperator caesar augustus por el término
popular griego basileus.

Aunque Heraclio y su nieto Constante II (641-668) todavía intentan reunir la rama


monofisita con la ortodoxia por medio del monotelismo, los conflictos entre monofisitas
y ortodoxos quedan definitivamente resueltos al perderse las provincias monofisitas. A
la larga, el imperio se convertirá en el defensor a ultranza de la ortodoxia, que se
identifica desde entonces con la misma idea
imperial.

En política interior, la precaria situación exterior obliga a una reorganización general,


una reforma administrativa de alcance social que modifica toda la estructura anterior.
La reforma que Justiniano, en su grandeza, no había conseguido, Heraclio se ve
obligado a efectuarla para sobrevivir.

Ésta se apoya sobre dos fundamentos: militarización y simplificación administrativa. En


el ámbito provincial, se instauran los temas, que sustituyen a las diócesis y las
provincias tardorromanas y que suponen un importante apoyo a la pequeña propiedad,
cosa que rompe la dinámica latifundista anterior. En el ámbito central, la atrofiada
prefectura del pretorio es sustituida por secretarías más pequeñas y operativas.
Finalmente, gracias a la implantación de la corregencia, Heraclio intenta dar
estabilidad a la sucesión imperial.

Con grandes dificultades, la dinastía heracliana conseguirá afrontar el avance islámico,


al que frenará, y el peligro búlgaro, al que "controlará", aunque esté perdiendo las
provincias en el norte de los Balcanes. La dinastía isáurica, fundada por León III el
Isáurico (717-741) y sucesora de los heraclianos, continuará esta doble tarea de frenar
los peligros búlgaro e islámico.

Sin embargo, no es en estos aspectos que destaca esta dinastía, sino en el conflicto
religioso que protagonizó: la crisis iconoclasta (743-843).

La adoración de las imágenes, muy extendida, fue cuestionada durante la primera


mitad del siglo VIII, de lo cual salieron dos posturas contrapuestas, la iconólatra,
partidaria del culto, y la iconoclasta o iconómaca, contraria a él. Casi todos los
emperadores del siglo VII y de la primera mitad del VIII fueron más o menos fervientes
iconoclastas.

Esta postura del emperador se plasmó, primeramente, en el apoyo a los


planteamientos iconoclastas (edicto del año 730 de León III), y después en la elección,
a pesar de la oposición papal, de esta interpretación como doctrina oficial de la Iglesia:
concilio de Hiereia del 743, impulsado por Constantino V Coprónimo (741-775).

Constantino V llevó más al extremo la política iconoclasta y llegó a perseguir a los


iconólatras. Sin embargo, sus sucesores abandonaron esta política de enfrentamiento
e incluso la emperatriz Irene (797-802), ferviente iconólatra, restauró el culto a los
iconos, mantenido hasta el ascenso al trono de León V el Macedonio (813-820), que
volvió a hacer una política iconoclasta, aunque sin los extremos de su antecesor,
Constantino V.

El final de la crisis iconoclasta

Las violentas persecuciones decretadas por los emperadores isauros contra los
iconólatras se apaciguaron durante el concilio de Nicea (787), que restauró, a
instancias de la emperatriz Teodora, la devoción tradicional a las imágenes religiosas.

Los emperadores amorianos, sucesores de León V, también fueron iconoclastas de


convencimiento, pero no hicieron políticas muy violentas. Finalmente, otra emperatriz,
Teodora, iconólatra devota, reinstauró definitivamente la ortodoxia, cerrando de esta
manera la crisis.

La crisis iconoclasta

Este es el testimonio de un iconólatra sobre el inicio de la persecución iconoclasta por


parte del emperador Constantino V.

"Habiendo decidido Constantino ultrajar a la Iglesia y combatir la piedad, reuní, como


por inspiración de un mal espíritu, un concilio de 138 obispos, presididos por Teodosio,
patriarca de Éfeso. [...] Uno ordenó que las imágenes fueran retiradas y se publicó el
decreto durante el mercado, para dejar en ridículo su culto ante los fieles que se lo
rendían. Se pronunció acto seguido un anatema contra Germán, que había sido
patriarca de Constantinopla, contra Gregorio de Chipre y contra Juan Damasceno,
llamado Mansur."

Sin embargo, la crisis fue algo más que un problema solamente teológico:

• Desde el punto de vista religioso, lo iconoclasta representó la última influencia del


monofisismo y de la religiosidad oriental en la Iglesia ortodoxa, aunque también se
pueden apreciar influencias islámicas.

• Políticamente, sirvió al emperador para consolidar su autoridad sobre la


Iglesia, tanto legislando en materia teológica como depurando los cuadros
eclesiásticos.

• En los ámbitos ideológico e institucional, indica la voluntad imperial de consolidar su


función de lugarteniente de Dios en la tierra, es decir, es una muestra de la
teocratización de la ideología imperial.

• Finalmente, la crisis aleja todavía más a las Iglesias romana y constantinopolitana,


aunque el papa romano apoye siempre a los iconólatras, que finalmente triunfarán, ya
que la victoria final de la iconolatría implicará un auge del culto a los iconos que se
alejará de las prácticas romanas, don de la iconolatría es permitida pero no llega a los
mismos extremos. Además, durante el reinado de la emperatriz Irene, el papa había
coronado emperador a Carlomagno, símbolo evidente del alejamiento entre Roma y
Constantinopla.

Superada la crisis iconoclasta, Bizancio abre su periodo de máximo esplendor bajo la


dinastía macedonia, que llevará las riendas del imperio
del 867 a 1056.

Basilio I el Macedonio (867-886), fundador de la dinastía, consolida la administración


provincial en temas, tarea continuada por sus dos sucesores, León VI el Filósofo (886-
912) y Constantino VII Porfirogeneta (913-919 y 944-959).

En el ámbito estatal, la administración se centraliza y, de hecho, durante esta dinastía


es la aristocracia civil de Constantinopla, monopolizadora de los cargos públicos, la
que da apoyo a los emperadores, defendiendo al mismo tiempo la pequeña propiedad,
generadora de rentas por vía impositiva, frente a la gran propiedad, con tendencia a la
exención fiscal.

Paralelamente, el poder imperial se afianza con la instauración definitiva de la


asociación como sistema sucesorio, sistema bastante respetado durante toda esta
dinastía a pesar de la existencia de emperadores foráneos a ella, que se vinculan
matrimonialmente gracias al prestigio de los descendientes de Basilio I.

Esta aureola que rodea a la dinastía imperial es fruto del poder absoluto que posee al
emperador, representando a Dios en la tierra, defensor de la ortodoxia. En este
sentido, los macedonios consiguen el definitivo sometimiento de la Iglesia
(constantinopolitana)

Consecuencia de este control imperial son también el auge del monaquismo, protegido
por los emperadores, y la acentuación de la originalidad de la Iglesia de Oriente, que
acabará llevando a la ruptura definitiva con Roma en 1054.

En el ámbito exterior, la etapa de los macedonios supone un cambio importante de


política, que de ser básicamente defensiva pasa a ser ofensiva. El control bizantino en
Italia se consolida con la formación del catepanato de Italia, unión de los temas
italianos. En la frontera asiática, se aprovecha la debilidad islámica para expandirse
anexionando Armenia y Siria, mientras en la frontera balcánica, una vez consolidado el
control de los Balcanes, se consigue repeler el avance búlgaro encabezado por el zar
Simeón, e incluso, bajo el reinado del gran Basilio II (976-1025), someter al Imperio
búlgaro del zar Samuel hasta la línea del Danubio.

Además, a la superioridad y las victorias militares se añade en este flanco la influencia


ideológica, cultural, religiosa y política sobre los diferentes reinos eslavos, de Bulgaria
y Serbia en el lejano Kiev, que entran desde entonces en la órbita cultural bizantina. El
reinado de Basilio II es la época dorada del Imperio bizantino.

Sin embargo, la política ofensiva bizantina pondrá el germen de la propia decadencia


del imperio. El cambio de actitud política y militar hace entrar en crisis el sistema de
temas que aseguraba la defensa, cosa que trae como consecuencia el aumento de la
gran propiedad limitada por el sistema temático, que en último término supone una
crisis fiscal para el imperio y una crisis defensiva ante la aparición, en el siglo XI, de un
nuevo enemigo musulmán, los turcos, y la recuperación de la capacidad ofensiva de
los eslavos vencidos por Basilio II.

En los ámbitos interno y político, esta crisis se planteará en el traspaso de poder entre
la aristocracia civil que había dirigido el Estado macedonio y la aristocracia militar
provincial representada por los Comneno, que regirá el futuro del imperio después del
intervalo de los Ducas.

1.1.3. El sistema de gobierno bizantino


Algunos de los aspectos del sistema de gobierno bizantino ya se han expuesto en
relación con los acontecimientos políticos contemporáneos, pero ahora se plantearán
de nuevo intentando captar su evolución y ritmo.

Los mismos periodos en que se puede dividir la historia bizantina, incluso la división en
dinastías, son también válidos para el estudio de las instituciones.
1) Durante el periodo de las dinastíasconstantiniana y teodosiana se continúa el
sistema implantado por las reformas de Diocleciano y Constantino, plasmado en la
permanencia de la idea de la unidad imperial, a pesar de la división y de la perennidad
del imperio, y de las concesiones a los pueblos "bárbaros".

2) La continuidad se prolonga hasta Justiniano, que, impregnado de los ideales


romanos clásicos, intenta su restauración imperial siguiendo los esquemas ideológicos
e institucionales constantinianos. Sin embargo, la utopía del proyecto justiniano obliga
ya a hacer algunos ajustes: se dan ya los primeros casos de unión de los poderes civil
y militar, práctica contraria a la tradición romana que se generalizará posteriormente.
Aun así, Justiniano se siente un continuador de la tradición romana clásica, y nos
muestra este espíritu en la inmensa obra legislativa que manda elaborar: el Corpus
Iuris Civilis.

El Corpus Iuris Civilis de Justiniano

Por mandamiento del emperador, un equipo de juristas, bajo la dirección de


Triboniano,
recogió en pocos años todo el saber jurídico de la época, recopilado en cuatro obras
de
primordial influencia tanto en el Imperio bizantino como en el Occidente europeo.

• La primera obra, el Codex iustinianus, publicado en el 529 y ampliado en una


segunda edición cinco años más tarde, recogía todas las constituciones imperiales
desde Adriano hasta el propio Justiniano.

• Pocos años después, en el 533, aparece el Digesto (o Pandectae), obra innovadora


que contiene una recopilación ordenada de los escritos de los juristas clásicos y que
completa las leyes imperiales.

• A este conjunto se añadieron las Institutiones, selección jurídica pensada como guía
para los estudiantes de derecho.

• Finalmente, se recopilaron las Novellae, que incluían aquellas leyes aparecidas con
posterioridad al Código, con la peculiaridad de que, en esta obra, empiezan a aparecer
leyes escritas en griego, mientras que los otros libros estaban íntegramente en latín.

El conjunto de las cuatro obras se ha llamado Corpus Iuris Civilis y fue fundamental
para
la recuperación del derecho romano en el Occidente medieval

3) La crisis que con cierta rapidez se abate sobre el todavía Imperio romano, obligará
a su "salvador", Heraclio, a conducir una reforma profunda de las estructuras. La
tradición romana clásica, aunque no abandonada plenamente, se adapta a la nueva
realidad de un imperio reducido territorialmente y a la defensiva. El resultado es un
imperio nuevo, bizantino.

La reforma heracliana modifica de arriba abajo todas las estructuras. En la


administración central, se elimina la todopoderosa prefectura del pretorio, que es
sustituida por secretarías especializadas de tamaño más reducido y más operativas
bajo la dirección de un logoteta. Por otra parte, la jefatura pretoriana perdió también
algunas de sus atribuciones en la otra gran reforma heracliana, la provincial.

El sistema de diócesis y provincias tardorromano fue sustituido por unas nuevas


circunscripciones, los temas. Éstos se organizan en torno a cuerpos del ejército que
son establecidos en la circunscripción a cambio de servicios militares. Estos cuerpos
del ejército, llamados temas y que darán nombre a las nuevas provincias, estaban
comandados por un estratega, un general, que también se convierte dentro de la
nueva circunscripción en gobernador civil.
Este sistema rompe con la tradición romana y marca la fisonomía de una nueva
realidad, de un nuevo imperio, ahora ya bizantino. Al mismo tiempo es justamente esta
reforma, que impulsa la pequeña propiedad de soldados-campesinos (estratiotes) y
que asegura la defensa con un ejército numeroso por todo el territorio imperial, la que
permite la supervivencia del imperio y la que permitirá su auge en el siglo X.

El reinado de Heraclio todavía dio dos frutos más de trascendental importancia


para Bizancio:

• La generalización del griego como lengua oficial.

• La instauración de la corregencia como sistema sucesorio. El emperador reinante


asocia en el trono a su heredero, generalmente un hijo o hermano, que le ayuda, con
la voluntad de evitar los conflictos sucesorios generados por el antiguo sistema
electivo romano (el emperador puede ser elegido por el Senado, por el ejército o por el
pueblo), que daba inestabilidad a la sucesión. El sistema no será implantado
automáticamente a la muerte de Heraclio, ya que el Senado de Constantinopla vuelve
a tomar poder gracias a la debilidad de sus sucesores, pero a la larga este sistema se
reafirmará y consolidará, sobre todo con los macedonios.

En el ámbito administrativo, el proceso de militarización será continuado por los


sucesores de Heraclio, como también lo será la bizantinización de la legislación,
especialmente con la publicación por León III de un nuevo código, la Égloga (726).

La Égloga es, por una parte, una simplificación del Corpus Iuris Civilis justinianeo, pero
al mismo tiempo es una reforma bajo la influencia del derecho canónico y del derecho
consuetudinario oriental, es decir, es una adaptación del Derecho romano a la nueva
realidad social, institucional y cultural bizantina.

El corpus legislativo bizantino se acabará de formular en su totalidad con la obra


legislativa de los dos primeros emperadores de la dinastía macedonia, Basilio I y León
VI.

El primero tenía la intención de hacer una revisión del Corpus de Justiniano en griego
(Anakatharsis), pero el proyecto quedó inacabado y solamente llegó a hacer publicar
dos manuales, el Prókheiros nómos y el Epanagogé, que teóricamente intentan ser un
retorno al derecho romano de Justiniano, pero que realmente beben de la Égloga de
León III y de nuevas aportaciones originales plenamente bizantinas.

La Anakatharsis que Basilio I no llegó a hacer, la publicará León VI bajo el nombre de


Basilikhá (Basílicas).

Paralelamente a esta obra legislativa, el periodo de la dinastía macedonia presenta


otros tres elementos destacables:
1) El problema sucesorio se soluciona relativamente con la consolidación de la
corregencia, a la cual se añade otro criterio, la porfirogénesis. Desde León VI, los
príncipes nacidos en la sala púrpura del palacio imperial (porfirogenitos) tendrán por
esta circunstancia unos derechos y una legitimidad propios para acceder al trono. Este
sistema no evitará a los emperadores externos a la dinastía (Nicéforo II Focas, Juan I
Tzimisces, Romano III Argiro...), pero todos emparentarán con príncipes porfirogenitos
e incluso Zoe y Teodora serán emperatrices legitimadas por la porfirogénesis.

2) La consolidación del sistema sucesorio es un elemento más que muestra el gran


poder que los emperadores macedonios acumularon en sus manos. El
cesaropapismo, la ideología imperial, el control de la Iglesia y al mismo tiempo su
apoyo, el impulso expansionista..., todo influyó para la consolidación del poder
autocrático del emperador, lo que en último término implicó una nueva reforma de la
administración, con un retorno a la centralización.

Los temas se generalizan, pero al mismo tiempo se subdividen para limitar el poder de
los estrategas. Al mismo tiempo, los que quedan alejados de las fronteras empiezan a
perder su carácter militar: los servicios militares se redimen en forma de impuestos.
Simultáneamente, en las fronteras se crean nuevas jurisdicciones supratemáticas
(catepanato de Italia y ducados de Mesopotamia, Tesalónica), donde los estratiotes
son sustituidos por tropas mercenarias.

3) En Constantinopla, la administración central toma más y más fuerza bajo la sombra


del emperador. Al mismo tiempo, se ha generalizado unsistema administrativo doble
en el que se combinan dignidad y oficios. Hay para los funcionarios dos escalas, una
de cargos administrativos y otra de títulos honoríficos (comprables), que solamente
dan prestigio personal, aunque algunos son imprescindibles para ascender en la
escala de cargos.

Todo este sistema se incluye en una rígida jerarquización y dentro de la gran


aparatología que rodea la figura del emperador. El lujo, la etiqueta e incluso el culto al
emperador se imponen en la corte. Éste, autócrata, llega a las máximas cuotas de
poder absoluto con la dinastía macedonia.

Sin embargo, este mismo sistema lleva el germen de su propia destrucción al


generalizar la "corrupción" (compra de cargos y títulos) y desestabilizar el sistema
administrativo que, justamente, había dado la fuerza del imperio (desmilitarización de
los temas y destrucción de la pequeña propiedad).

La crisis se desencadenará con el patético final de la dinastía macedonia. La


aristocracia militar y territorial, fortalecida en este proceso, toma el poder a la
aristocracia civil. Isaac Comneno, miembro de una familia aristocrática provincial, toma
el trono. Sin embargo, la aristocracia civil todavía será lo bastante fuerte y la reacción
lleva al trono a la dinastía Ducas, breve paréntesis antes del retorno al poder de la
dinastía Comneno y del auge definitivo de la aristocracia provincial.

1.1.4. Evolución económica y social

La evolución económica y, sobre todo, la social, siguen también un curso paralelo a la


política y las instituciones. En un primer periodo de continuidad de las tendencias
tardorromanas, sigue la gran ruptura de la etapa de Heraclio con la formación de una
nueva estructura que se cristaliza con los macedonios, con los que entra en crisis.

En el ámbito social, la historia bizantina es una lucha constante entre la gran y


pequeña propiedad, entre la aristocracia y los campesinos, entre las provincias y la
capital. A grandes rasgos, y simplificando quizás excesivamente, la gran propiedad,
con tendencias exencionistas en la esfera fiscal y autonomistas en la administrativa,
lucha durante todo este periodo con la pequeña propiedad, pagadora de impuestos y,
por lo tanto, sostenedora del fisco imperial y en último término de las finanzas
estatales.

Por este motivo, el emperador fuerte tendía a oponerse a la aristocracia local y a los
grandes terratenientes, y favorecía la pequeña propiedad, que podía llenar sus arcas.

El campo
Después de Diocleciano y Constantino, a pesar de la voluntad imperial, la tendencia es
hacia la creación de grandes propiedades a menudo exentas de impuestos. Los
latifundios laicos o, desde Constantino, también eclesiásticos, se extienden. La
inseguridad reinante impele a los pequeños agricultores a buscar refugio en grandes
propiedades. A pesar de las medidas de algunos emperadores a favor de la pequeña
propiedad, los latifundios crecen.

Sin embargo, un gran cambio se produce durante el reinado de Heraclio. La creación


de los temas supone un giro de ciento ochenta grados en la tendencia a la gran
propiedad. La instalación de los ejércitos como agricultores implica la proliferación de
la pequeña propiedad. La ruptura de la dinámica latifundista es evidente.

La continuación de la militarización y la extensión de la organización temática a todo el


imperio generalizarán esta tendencia favorable a la pequeña propiedad, que también
se verá, en cierta manera, favorecida durante la crisis iconoclasta. La clausura de
numerosos monasterios iconólatras favorecerá la repartición de sus tierras. Sin
embargo, acabada la crisis iconoclasta, los monasterios serán restaurados y de nuevo
impulsados, y el acaparamiento de tierras recomenzará.

Con la política expansionista macedonia, la concentración de tierras recomenzará,


especialmente en relación con un fenómeno generalizado en el imperio: la conversión
en impuestos de las prestaciones militares, que ahogarán a algunos pequeños
campesinos, que se verán obligados a vender sus tierras
.
El proceso nos sitúa, en torno al año mil, ante una sociedad, especialmente en el
campo, bastante cambiada con respecto a la de la época de Heraclio. La pequeña
propiedad libre y las comunidades de pequeños propietarios han caído bajo la
protección, el controlo la propiedad de la Iglesia, de los monasterios y de los
terratenientes, militares o civiles, de las provincias, y serán estos últimos los que
querrán participar en el gobierno del imperio, lo que conseguirán a mediados de siglo
XI con el ascenso al poder de los Comneno.

Las ciudades

Fuera del campo, con sus agricultores soldados y sus grandes propietarios, están las
ciudades. Éstas no perderán la importancia y el volumen que en Occidente perderán
durante los últimos años del imperio y durante los reinos germánicos, pero eso no
significa que no haya un cierto retroceso en el nivel de urbanización.

Perdidas en el siglo VI las grandes ciudades asiáticas (Antioquia, Jerusalén) y


africanas (Alejandría, Cartago), quedarán dos únicas grandes ciudades bizantinas,
Tesalónica y Constantinopla. Esta última, capital del imperio, no perderá ni en los
peores momentos el carácter de gran ciudad, y como tal articulará en su interior la
actividad industrial y comercial del imperio, estrictamente reglamentada.
Constantinopla será casi desde su refundación un centro comercial de primer orden,
punto de unión de las rutas mediterráneas y atlánticas con las asiáticas e índicas.

Si los conflictos armados cierran una ruta, los bizantinos buscarán vías alternativas.
Las guerras con los persas impulsarán la ruta desde Egipto y el mar Rojo y las rutas
por encima del Cáucaso, aunque la mínima paz les impulsará a volver a abrir la ruta
central por Mesopotamia. Las guerras con los árabes musulmanes reducirán los lazos
comerciales con las antiguas ciudades bizantinas de Antioquia y Alejandría, pero
impulsarán con más fuerza la ruta del mar Negro y el comercio con los khazars y los
rusos. La presencia más o menos estable y, sobre todo, la influencia constante en
Italia hará de esta península el punto de contacto usual de los bizantinos con Europa
occidental durante todo este periodo (Roma, Rávena, Venecia).

En este comercio internacional, Constantinopla y el imperio ofrecen generalmente


productos de lujo de sus industrias urbanas heredadas a menudo del Imperio romano,
mientras que del exterior obtienen materias primas (metales, madera, esclavos...).

Del comercio, la administración bizantina buscará solamente dos cosas: asegurarse el


aprovisionamiento necesario de Constantinopla para evitar disturbios populares y
conseguir grandes beneficios mediante las imposiciones aduaneras. Serán justamente
las exenciones en este último aspecto las que, más adelante, llevarán a la crisis fiscal
y comercial del imperio.

1.5. El islam y la civilización arábigo-islámica (siglos VII-XI)

La Revelación de la fe islámica al profeta Mahoma es sin duda uno de los


acontecimientos primordiales de la Edad Media. De la fe revelada a Mahoma nacerá
no sólo una religión, la tercera gran religión monoteísta, sino que singularizará una
cultura, una economía, una sociedad..., una civilización que se desarrollará durante los
siglos medievales, pero también durante los posteriores hasta llegar a nuestros días.

Así, de la misma manera que para el Occidente europeo actual encontramos


antecedentes, referencias, orígenes en su pasado medieval, para comprender el islam
moderno hay que conocer el medieval, periodo de una extraordinaria riqueza.

Con una primera ojeada a la historia del islam medieval, uno ya se da cuenta de que
existe una clara oposición entre las historias medievales islámica y europea occidental,
ya que el periodo brillante de la primera se corresponde con el más oscuro de la
segunda, y viceversa. De hecho, si realmente la baja Edad Media empieza el camino
hacia el dominio europeo del mundo, la alta Edad Media Europa occidental no es más
que una periferia retrasada del islam.

1.5.1. De la Revelación al Imperio islámico de Medina (siglo VII)

Mahoma (Abu-l-Qassim Muhammad ibn Abd-Allah ibn Abd-al-Muttalib ibn Haixim)


nació, según la tradición islámica, en el año 570 o 571 en el seno de una familia de
mercaderes de La Meca, en la Península Arábiga. En esta época, la Península
Arábiga no era un todo homogéneo, sino que coexistían en ella diferentes espacios.

En sus extremos (en el Yemen y las actuales Jordania e Irak) se habían desarrollado
algunas estructuras estatales, mientras que entre éstas, el gran desierto árabe estaba
poblado básicamente por dos tipos de población: los beduinos y los ciudadanos de los
oasis. Los primeros, nómadas, vivían del pastoreo y de las razzias; los segundos, o de
la agricultura o del comercio. Justamente estos últimos estaban modificando la
estructura social de algunas ciudades como La Meca, en las cuales los métodos
comerciales de los negociantes estaban poniendo en crisis el sistema tribal basado en
la solidaridad.

El auge de estos comerciantes había encaramado al clan de los quraishíes,


especialmente la rama omeya, verdadera oligarquía local que basaba su poder en la
explotación de las rutas comerciales que cruzaban la península y en los recursos
aportados por los peregrinos que venían a visitar el santuario animista de la Kaba. La
familia de Mahoma, la hashemita, también era quraishí, pero de una rama
empobrecida, es decir, afectada por la crisis de la sociedad mequina.
Experiencias estatales árabes preislámicas

En el sur, en el Yemen, destaca especialmente el famoso reino de Saba, documentado


desde el primer milenio antes de Cristo y que perduró hasta mediados de siglo VI
cuando el último rey, de religión hebrea, fue expulsado y el país fue invadido por el
reino aksumita de Abisinia. El nuevo reino "cristiano" se llegó a declarar vasallo de
Justiniano,
reconocimiento de desastrosas consecuencias, ya que supuso la ocupación del país
por
los sasánidas, que lo convirtieron en una provincia.

En el norte, fruto de las influencias bizantina y sasánida, habían nacido dos reinos
cristianos en la frontera con el desierto, el de los ghasanís, bajo protectorado
bizantino, y el de los lakhmís de Hira, dependiente de los sasánidas.

En este contexto, hay que situar la predicación de Mahoma, iniciada hacia la primera
década del siglo VII. Su mensaje de un Dios único, de la resurrección de los muertos,
de la promesa de paz eterna y sobre todo de justicia e igualdad sociales, convencerá a
un puñado de adeptos, suficientes para asustar a la oligarquía mequina, que lo
perseguirá y obligará, el 16 de julio del 622, a emigrar a Yathrib, un oasis agrícola de
población judía donde le han pedido que les ayude a solucionar sus problemas
internos de convivencia.

Este episodio, conocido con el nombre de hégira, marca el inicio de la era islámica y
supone, para la Revelación islámica, un cambio fundamental. El líder religioso
reformista de La Meca se convierte en líder político en Yathrib, llamada Medina en
honor a Mahoma (Madinatan-Nabi, 'Ciudad del Profeta'), lo cual marcará la futura y
estrecha unión de religión y política en el islam. Desde su nueva sede, Mahoma
construye un pequeño estado donde los lazos tribales son sustituidos por unos nuevos
lazos, los religiosos, basados en la fe común. Al mismo tiempo establece un gobierno
teocrático absoluto, en clara oposición a las asambleas tribales que regían las tribus
árabes preislámicas.

Afirmado en su nueva posición de jefe político, Mahoma emprende la conquista y


conversión de casi todas las tribus árabes de la península, incluida la propia Meca,
que se rinde y se convierte en el 628. Cuatro años más tarde, en el 632, Mahoma
muere.

La muerte del Profeta plantea el primer gran problema a la joven comunidad


musulmana: la sucesión, aspecto nunca tratado por Mahoma. Tres cuestiones se
plantean: ¿el sucesor tiene que ser de la familia del Profeta? (Mahoma no tenía al
morir ningún hijo varón vivo), ¿tiene que ser escogido o tiene que heredar la dirección
de la comunidad?, y en último término, ¿qué tipo de autoridad tiene que ejercer?
Finalmente, se opta por la elección, por un grupo de notables, de uno de sus primeros
discípulos, Abu-Bakras-Siddiq (632-634), que toma el título de califa (khalifa,
'representante, sucesor,') y da por concluida la Revelación. El califa se convierte en el
jefe político y religioso de la comunidad, regida por las normas fijadas por el Profeta.

Títulos califales y khutba

El primer califa, Abu-Bakr, tomará el título de khalifa ar-Rassul, 'representante del


Profeta (en la tierra)', palabra de la que deriva califa. Sin embargo, su sucesor, Umar,
optará por el título amir al-muminin, 'príncipe de los creyentes', título con el cual serán
más usualmente conocidos los califas futuros.

Pero por encima de los títulos, lo que singulariza al califa es que, en la plegaria de los
viernes, la más importante de la semana, el sermón (khutba) se haga en su nombre.
Esta práctica arraigará tanto que el hecho de retirar el nombre del califa de la plegaria
o sustituirlo por el nombre de otros serán formas corrientes de rebeldia.

La tarea de Abu-Bakr será la consolidación del Estado de Medina, incorporando


efectivamente a todas las tribus, por primera vez reunidas en un único estado. Pero el
empuje que la nueva fe da a los musulmanes traspasará los límites de la península.
Todavía durante el califato de Abu-Bakr se hacen las primeras expediciones a los
Imperios bizantino y sasánida, pero será sobre todo en el califato de Umar ibn al-
Khattab (634-644) cuando se efectuarán las grandes conquistas. Casi sin darse
cuenta, las tribus árabes destruirán un imperio, el sasánida, y mutilarán otro, el
bizantino. Favorecen la expansión elementos externos, como la debilidad de los dos
imperios o la poca adhesión de los cristianos monofisitas de Egipto y Siria al Imperio
bizantino, pero será un elemento fundamental la fuerza dada por la nueva fe.

La conquista se hace mayoritariamente mediante pactos en los que se garantiza la


seguridad de los conquistados a cambio de un tributo. Este sistema posibilita a Umar
el mantenimiento de las estructuras locales (sasánidas y bizantinas), reduciendo el
dominio islámico a una superestructura respetuosa con los conquistados siempre que
paguen el tributo. De esta manera, se establecía una diferenciación clara entre una
elite árabe conquistadora y una población conquistada protegida (dhimmís, sometidos
a la dhimma, 'protección').

Los pactos entre los invasores musulmanes y los vencidos

Fragmento del pacto por el cual Tudmir (Teodomiro), señor visigodo de la región de
Oriola, se rinde al jefe de las tropas musulmanas, Abd-al-Aziz ibn Musa. Este pacto,
fechado en el 713, es un ejemplo de los pactos que, por todos los territorios
conquistados, firmaron los musulmanes, en los que se aseguraba a los que se rendían
la protección (dhimma) a cambio, especialmente, de impuestos.

"¡En el nombre de Dios, Clemente, Misericordioso! Escrito dirigido por Abd-al-Aziz ibn
Musa ibn Nussayr a Tudmir ibn Abdus. Este último obtiene la paz y recibe el
compromiso, bajo la garantía de Dios y de su Profeta, que no se cambiará nada de su
situación ni de la de los suyos; que no le será negado su derecho de soberanía; que
sus súbditos no serán asesinados; ni reducidos a cautiverio, ni separados de sus hijos
y mujeres; que no serán molestados en la práctica de su religión; que sus iglesias no
serán quemadas, ni desprovistas de los objetos de culto que en ellas se encuentran; y
eso tanto tiempo como él satisfaga las cargas que nosotros le imponemos. [...]
Además no podrá dar asilo a nadie que haya huido de nuestras tierras o que sea
nuestro enemigo, no dañará a quien se haya beneficiado con nuestro aman
[protección] ni mantenga secretos los informes relativos al enemigo que lleguen a su
conocimiento. Él y sus súbditos tendrán que pagar cada año un tributo personal [...].
Escrito en rajab del año 94 de la hégira."

Al-Himyari, Kitab ar-rawd al-mitar.

A Umar le sucederán UthmanibnAffan (644-656) y AliibnAbi-Talib (656- 661). Sus


califatos se caracterizan no por la política expansiva, donde siguen los pasos de Umar,
sino por el inicio de un conflicto sucesorio que dividirá para siempre la comunidad
islámica.

Implicado en el asesinato de Uthman, Ali, primo y yerno de Mahoma, ve su poder


contestado por un primo del primero, Muawiya ibn Abi-Sufyan , gobernador de Siria,
que le impondrá un arbitraje para aclarar el asesinato.

La simple aceptación de este arbitraje originará entre los seguidores de Ali una
escisión: los kharijitas (los secesionistas). Éstos, con una interpretación igualitarista del
islam, defendían la elección del califa solamente por sus méritos y virtudes como
musulmán, independientemente de su origen familiar y social.

El resultado del arbitraje será contrario a Ali, pero sus partidarios no lo aceptarán.
Muawiya aprovechará el resultado del arbitraje para hacerse proclamar califa en
Damasco (660). Finalmente, Ali será vencido y muerto, y Muawiya se consolidará
como califa.

El triunfo de Muawiya cierra un primer ciclo de la historia islámica, el de los cuatro


Califas Ortodoxos o Bien Guiados, al-Khulafa ar-Raixidun, y abre otro, el del triunfo de
una concepción árabe del imperio.

1.5.2. El califato omeya: expansión territorial y consolidación estatal (siglos VII-


VIII)

El califato omeya supone una ruptura con la tradición de los califas anteriores. A
diferencia del fundamento teocrático del poder de los califas ortodoxos, simples
lugartenientes del Profeta en la tierra, los omeyas intentan construir un imperio sobre
dos nuevos fundamentos nacidos de la expansión territorial: la adopción y adaptación
de estructuras estatales encontradas en las zonas conquistadas, y la existencia de una
estructura tribal árabe implantada por todos los territorios conquistados.

Los tres frentes de expansión arábigo-islámica se frenarán y romperán durante el


califato omeya. Simultáneamente, francos, bizantinos e indios detendrán a las tropas
árabes, que acabarán, a mediados del siglo VIII, abandonando la política expansiva.
Las repetidas campañas contra Constantinopla fracasarán. En el este, a pesar de
algunas incursiones en la India, ésta no será incorporada al Imperio. En el oeste, serán
los francos de Carlos Martel los que, en Poitiers (732), marquen, más simbólica que
realmente, el punto de inflexión entre la expansión y la consolidación.

Símbolo evidente del cambio que supone el califato omeya es el inmediato traslado de
la capitalidad de Medina a Damasco. Medina, La Meca y toda la península dejarán de
tener un papel activo en la historia islámica y quedarán relegadas a una función
religiosa. También emblemática es la designación, en vida de Muawiya, de su hijo
Yazid como heredero. Muawiya es el primer califa que escoge a su sucesor.
Damasco y la elección de heredero simbolizan la aceptación plena de la expansión
con todas sus consecuencias, de entre las cuales destaca la necesidad de dotar las
conquistas de una organización estatal sólida. Ésta se basará en el modelo bizantino,
aunque también se encuentran influencias persas sasánidas. Los omeyas dotan al
califato de una administración central, de una ordenación provincial y de los elementos
propios de un estado centralizado y fuerte según el ideal romano-bizantino.

Del mimetismo a la apropiación

En los primeros momentos, la adopción de instituciones estatales es "mimética": la


lengua administrativa es el griego y se usan las antiguas monedas bizantinas y
sasánidas. Pero posteriormente, el legado bizantino se hará propio y se adaptará a la
manera de hacer de los nuevos señores. Muestras de esta apropiación son la
adopción del árabe como lengua oficial desde el reinado de Abd-al-Malik (685-705), la
progresiva sustitución de funcionarios cristianos por arábigo-musulmanes, la
acuñación de moneda en árabe.

La adopción de unas estructuras estatales con poco peso del elemento religioso
islámico y la relajación de costumbres de los príncipes omeyas provocarán duras
críticas de los sectores más religiosos. Durante los setenta años que dure la dinastía,
las revueltas de cariz religioso contra el "irreligioso y laxo" régimen omeya serán
constantes: revueltas chiítas y kharijitas se suceden casi constantemente en medio de
breves periodos de calma.

El otro fundamento sobre el cual se fundará el califato omeya será la red de lazos de
parentesco y de clientela de las tribus árabes, trasplantada de la Península Arábiga a
todos los territorios conquistados.

Los omeyas intentarán aprovechar la estructura tribal para mantener la fuerza de los
conquistadores y evitar su disolución entre la mucho más numerosa población
autóctona. Para conseguirlo, compartimentarán la sociedad en dos estamentos, los
árabes musulmanes y los dhimmis.

Los árabes formarán a una elite unida por lazos tribales y cerrada en ella que vivirá de
las rentas que le proporcionen los dhimmis, con la única función de mantener el
dominio sobre las regiones conquistadas

En cambio, los dhimmis, a los que se permitirá mantener sus estructuras


administrativas y conservar su religión (cristianos, judíos y zoroastristas), tendrán que
mantener por vía impositiva a la elite musulmana rentista.

A diferencia de los musulmanes, que solamente tienen que pagar la limosna canónica,
la zakat, y un diezmo, uixr, por las tierras arrendadas, los dhimmis tendrán que abonar
dos impuestos bastante onerosos, la jizya, un impuesto sobre las personas, y el
kharaj, un impuesto sobre la tierra.

Ante el elevado precio de la dhimma y por el impulso natural de una fe en expansión,


las conversiones se multiplicarán rápidamente. La conversión, sin embargo, no
eliminaba la barrera entre los árabes y los no árabes, ya que los primeros se
encargaron de mantener a los conversos en una segunda categoría, aceptándolos en
la comunidad islámica por medio de la entrada en una tribu como mawles, 'clientes'
(mawali, singular, mawla).
Fiscalmente, los mawles disponían al principio de los mismos privilegios que los
musulmanes "antiguos", pero al dispararse el número de conversos, los ingresos
disminuyeron en picado y fue necesario reformar el sistema fiscal. Los dhimmis
solamente tenían que pagar la jizya, y los musulmanes, antiguos o conversos, tenían
que pagar diezmos y limosnas, los llamados impuestos coránicos, mientras que el
kharaj dejará de ser un impuesto sobre la tierra según la condición de la persona, para
pasar a ser un impuesto ligado a la tierra independientemente de la condición de la
persona. Este sistema tributario se convertirá en el modelo de sistema fiscal islámico.

La igualación fiscal no implicará, sin embargo, la igualación social y religiosa y los


árabes seguirán manteniendo las distancias con los mawles, cosa que a menudo
conducirá a éstos hacia interpretaciones alternativas del islam, kharijitas o chiítas. El
problema mawla estará en el origen de la desaparición del califato omeya: el
universalismo evidente del mensaje de Mahoma no era compatible con los privilegios
de los árabes.
La unión del problema mawla con las críticas religiosas al modelo político omeya
significará el fin del régimen omeya. En los últimos quince años de califato, las
revueltas se suceden y se generalizan: kharijitas ibaditas en Hadramawt que llegan a
ocupar La Meca y Medina, chiítas en Kufa, luchas tribales entre árabes, conflictos
cortesanos en el interior de la dinastía, y finalmente la revuelta chiíta en Corasmia.
Esta última, capitaneada por un descendiente de Abbas, tío del Profeta, Abu-l-Abbas
as-Saffah, derrotará en el 750 al último califa omeya, Marwan II, y masacrará a toda su
familia, excepto a un joven príncipe, Abd-ar-Rahman, que se acabará refugiando en la
lejana al-Ándalus. El nuevo califa no sólo fundará una nueva dinastía, mucho más
duradera que
la omeya, sino que refundará de nuevo el califato, que de "monarquía árabe" pasará a
ser un "imperio islámico”.

1.5.3. Del califato abásida al triple califato (siglos VIII y XI)

La revuelta que llevará al trono califal a as-Saffah (750-754) contaba con un amplio
apoyo popular, tanto de los dhimmis como, especialmente, de los mawles.

La idea de ruptura también se plasma en un cambio de capitalidad. As-Saffah se


traslada a Mesopotamia, donde su hermano y sucesor, Abu-Jafar al-Mansur (754-775),
fundará una nueva capital, Madinat as-Salam, la Ciudad de la Paz, más conocida por
el antiguo nombre del lugar, Bagdad (762). Si Muawiya contaba con el apoyo de la
población de la zona bizantina, de la cual los omeyas habían tomado gran número de
ideas, Abu-l-Abbas as-Saffah y sus sucesores se basarán en los mawles de las
regiones del antiguo Imperio sasánida.

Para poder contar con la ayuda de los mawles, as-Saffah y, sobre todo, al-Mansur,
que consolidó la dinastía, tienen que refundar el estado sobre dos nuevos conceptos:
que todos los musulmanes son iguales en su islamismo y que el califa, además de jefe
político, es el jefe de los creyentes, el defensor de la ortodoxia. A diferencia del califato
omeya, en el abásida política y religión se unen estrechamente, cosa que permite
hablar del califato abásida como de un "imperio islámico"

El califato abásida, que perdurará hasta 1517, presenta cuatro etapas claras en su
evolución:

1) La etapa dorada de los abásidas, que se extiende desde el 750 hasta mediados del
siglo IX.
2) Una segunda crisis, caracterizada por la existencia simultánea de tres califatos,
hasta el siglo XI.

3) Un periodo de restauración, con la entrada de los turcos selyúcidas en Bagdad, los


cuales redefinen la función del califa en la comunidad islámica ortodoxa.

4) Una última etapa que empieza a mediados del siglo XIII, con la desaparición del
califato de Bagdad y la creación de un califato abásida nominal en El Cairo, que
desaparecerá en 1517, cuando el sultán turco otomano Selim tome el título califal.

La primera etapa del califato abásida no es sólo la etapa dorada de los abásidas, sino
que se puede considerar como la edad de oro de la civilización islámica. Bajo los
primeros abásidas, al-Mansur, al-Mahdí, Harun ar-Raixid y al-Mamun, la cultura
arábigo-islámica hace las aportaciones más interesantes: de Las mil y una noches a la
introducción en las matemáticas del cero, del filósofo Avicena al poeta Abu-Nuwas, del
estudio y la fijación del derecho islámico a la obra musicológica de al-Kindi..., muchas
de las cimas culturales e intelectuales del mundo arábigo-islámico son de esta época.
Este esplendor cultural, paralelo al económico, contrasta vivamente con la
inestabilidad política. La refundación del estado da al primer califato abásida una
fuerza inusitada, pero también marca alguno de los elementos que lo llevarán a la
crisis.

Desde este momento, toda crisis política fácilmente tomará una expresión religiosa
herética, y una cuestión religiosa fácilmente también puede tomar forma de conflicto
político. Sin embargo, estas consecuencias no se harán evidentes hasta finales del
siglo VII, en el extremo occidental del califato y hasta el IX en las zonas central y
oriental.

Mientras tanto, el Estado abásida se caracteriza por un aumento de la centralización


con la creación del cargo de visir. Éste, primer ministro plenipotenciario, controlaba
todos los departamentos (dawawin, singular diwan) de la administración central, que
se hacía oír por todo el imperio.

Pero desde el inicio del siglo IX, aparecen los primeros elementos turbadores:

• Los gobernadores locales se fortalecen y empiezan a ganar autonomía respecto de


una capital a veces muy lejana.

• El ejército se hace mercenario, generalmente con tropas turcas, que ven aumentar su
poder de manera imparable, llegando, en el caso de la guardia personal del califa, a
dominar al propio califa.

Todo tiende, pues, hacia la disgregación política en forma de consolidación de


dinastías o gobiernos locales, que tanto pueden aparentar la dependencia califal como
contestarla desde la heterodoxia religiosa.

En este aspecto, la mitad occidental del imperio será la más precoz: el mismo año de
ascensión al poder califal de as-Sabbah se pierde una provincia, al-Ándalus, que cae
en manos del único omeya vivo. La dependencia entre este emirato y el califato será
nominal, reducida al reconocimiento religioso. Pero al al-Ándalus le seguirán, en el
Occidente islámico, algunos movimientos religiosos (los rustemitas y los idrisidas) y
diversas dinastías de gobernadores prácticamente independientes (aglabidas de
Túnez, tulúnidas y ikhchiditas en Egipto).
En la mitad oriental, mucho más próxima del centro del imperio, los conflictos
empezarán más tarde, pero influirán más en el debilitamiento del califato: movimientos
sociorreligiosos como las revueltas de los zanj (esclavos negros de las grandes
propiedades iraquíes), la revuelta de los carmates, que llegarán a saquear La Meca, la
de los safarides, la de los zaiditas..., y también separatismos provinciales como las
dinastías de gobernadores tahirides y samanides del Irán o los hamdanies de Mossul.

La disgregación llegará al mismo corazón del imperio, donde el poder del califa será
nominal, sometido primeramente a los mercenarios de su propia guardia, después a
una dinastía iraní chiíta moderada, los buwayhides
.
La segunda etapa, a mediados del siglo X, marcada por el descalabro de los abásidas
de Bagdad, favorecerá el auge de dos poderes "alternativos" (el al-Án dalus omeya y
el Egipto fatimita), que llegarán a proclamarse califatos independientes rompiendo de
manera política la unidad del islam, ya que el califato es por definición único.

Amparado en una restauración omeya sin sentido, el califato cordobés es una manera
religiosa de representar el auge económico y político andalusí, y por eso mismo es tan
efímero o duradero como este auge. Cuando en el inicio del siglo XI este auge
desaparece, sus herederos políticos volverán a la obediencia abásida, es decir, la
khutba se hará en nombre de los califas abásidas.

El califato fatimita representa más claramente la división interna del islam y la


consolidación de la disgregación definitiva del califato abásida, ya que es un califato
chiíta, regido por un califa descendente (o pretendidamente descendente) de Ali.

Frente a estos dos, el califato abásida, reducido espacialmente, será el más débil, pero
sin embargo les sobrevivirá.

1.5.4. El mundo islámico occidental: el Magreb, Sicilia y al-Ándalus (siglos VII-XI)

El Occidente islámico presenta una evolución singular respecto de las zonas


centrales de Egipto, Siria, Irak y Persia. Su incorporación al islam es ligeramente
posterior a las grandes conquistas de los califas ortodoxos.

Después de un par de expediciones militares sin consecuencias con respecto a


anexiones territoriales, en el año 670 empiezan las campañas que llevarán a la
conquista definitiva del exarcado de Cartago. Emblemática de esta conquista será la
fundación, el mismo año, de al-Qayrawan (Kairouan), un campamento militar que se
convertirá en la capital política y religiosa de Ifriqiya, la antigua África romana. La
resistencia local, tanto de los bizantinos como, sobre todo, de los bereberes, alargará
las campañas militares hasta el 702.

Mínimamente consolidada la conquista de Ifriqiya, se empezará ya la de la zona


limítrofe hasta el Atlántico, incorporada entre el 705 y el 708, y, seguidamente, en el
711, la del vecino reino visigótico de Toledo, incorporado también con mucha
celeridad, hasta el punto de que, en el 715, ya se puede dar por concluida la conquista
y se inicia inmediatamente la incorporación de la Galia merovingia, empresa en la que
fracasarán las tropas árabes y bereber (batalla de Poitiers, 732), que marcará el límite
extremo de su expansión, nada despreciable: en una cincuentena de años, el control
islámico se ha extendido desde el desierto libio hasta Septimania.

Evidentemente, con tan poco tiempo el control no es absoluto, pero será justamente el
elemento que marcará la originalidad del Occidente islámico, tanto del al-Ándalus,
nombre que recibirá la Hispania visigótica, como de todo el Magreb (literalmente, el
Occidente, el África del norte). El carácter limítrofe e inestable (resistencia bereber,
conflictos entre tropas árabes de tribus diferentes y entre tropas árabes y bereberes),
junto con una relativamente rápida conversión al islam, aunque a veces sea
superficial, permitirán que esta región se convierta en un escondite de disidencias y
heterodoxias.

La misma inestabilidad del control árabe islámico permitirá el "desarrollo de la


originalidad". En el Magreb, aparecerán algunos de los primeros emiratos
independientes o dependientes nominalmente del mundo islámico: en el Magreb
occidental, estados chiítas (o pseudochiítas) como el idrisida de Fes y kharijitas como
el rustemita de Tahart, y en el Magreb oriental, el emirato aglabida, que obtiene el
poder por delegación califal. Este último será el artífice de la conquista de Sicilia a los
bizantinos, donde florecerá una cultura arábigo-islámica original de gran influencia en
el mundo occidental.

La desaparición del emirato aglabida la provocará de nuevo un emigrado, un alida de


la rama ismaelita, Ubayd-Al•lah, que en el 910 y gracias a la eficaz propaganda
político-religiosa ismaelita conseguirá el apoyo necesario para declararse enviado de
Dios (al
Mahdi) y titularse amir al-muminin. La dinastía será conocida como ubaydí por su
fundador o, más usualmente, como fatimita, porque se consideraban descendientes
directos de Mahoma por vía de su hija Fátima.

Después de una etapa de consolidación en Ifriqiya, enfrentados a los omeyas de al-


Ándalus, rápidamente dirigirán su interés hacia Egipto, donde, después de una fuerte
campaña propagandística, entrarán victoriosamente en el 969. El año siguiente
fundarán El Cairo, donde se trasladará el califa al-Muïzz y abandonará Ifriqiya a una
dinastía de gobernadores de origen bereber, los ziridas.

Desde Egipto, su influencia se extenderá militarmente a Siria y la Península Arábiga,


pero ideológicamente por todas las tierras del islam, donde el xiismo ismaelita vivirá su
periodo de máxima efervescencia, especialmente cuando encabecen la lucha contra el
expansivo Imperio bizantino, en este momento gobernado por la dinastía macedonia.

En el ámbito interior, los fatimitas aprovecharon la debilidad de Bagdad para impulsar


las vías comerciales egipcias, que sustituirán a las iraquíes, con lo cual Egipto entrará
en un periodo de prosperidad que no abandonará durante siglos al controlar gran parte
del comercio entre el Mediterráneo y el Extremo Oriente.

Pero todas las concreciones estatales magrebíes y sus prolongaciones orientales son
posteriores a la primera gran escisión del Imperio islámico abásida: el al-Ándalus
omeya.

El único príncipe omeya superviviente a la masacre de as-Saffah, Abd-ar-Rahman ibn


Marwan, se refugió primero en el Magreb, tradicional tierra de refugio, y finalmente en
al-Ándalus, donde, sin el consentimiento abásida, se estableció en condiciones
peculiares: plena autonomía con un reconocimiento formal de la autoridad religiosa del
califa abásida.

A la llegada de Abd-ar-Rahman(756-788) a al-Ándalus, éste se encuentra inmerso en


medio de continuas luchas entre diferentes clanes árabes y entre árabes y bereberes,
que ni él ni sus sucesores conseguirán evitar hasta la ascensión al trono del emirato
de Abd-ar-Rahman II (822-852). Éste rompe con la nostalgia omeya hasta entonces
reinante y reorganiza todo el Estado importando procedimientos, instituciones,
prácticas e incluso la moda y el gusto abásidas, entonces triunfantes en el Bagdad de
al-Mamun y sus sucesores inmediatos.

De las reformas de Abd-ar-Rahman II nacerá un emirato fortalecido que sabrá


aprovechar las posibilidades que ofrece el hecho de estar situado en el extremo
occidental del gran espacio económico islámico. Aprovechando el auge económico, y
por medio de la expansión diplomática y militar sobre el Magreb occidental, el emirato
conseguirá con el tercero de los Abd-ar-Rahman, Abdar-Rahman an-Nassir (919-961),
su punto álgido, plasmado ideológicamente con la "restauración" califal omeya en el
929 en respuesta a la proclamación califal de los fatimitas.

Basándose en la tolerancia interna, en una vida económica sólida, en una actividad


intelectual y artística brillantes y en una autoridad política fuerte, la proclamación califal
simboliza la consolidación de los omeyas andalusíes y el inicio del periodo más
interesante de la historia andalusí.

La brillantez omeya cordobesa perdura con el sucesor de Abd-ar-Rahman, al Hakam II


(961-976), pero en el reinado de éste ya se empiezan a captar los primeros síntomas
de una crisis profundísima que rápidamente pondrá fin alEstado omeya.

Con una cierta similitud con la crisis abásida, la mercenarización del ejército, el
irredentismo provincial, las luchas palatinas y la ascensión del hajib, equivaliendo al
visir abásida, minarán la solidez del Estado, conservada durante el sucesor de al-
Hakam, Hixam II, gracias a la dictadura del hajib Almansor (al-Mansur), que desviará
la violencia interior hacia la frontera septentrional, donde los reinos cristianos serán
repetidamente saqueados (Barcelona, Santiago de Compostela...).

Pero cuando los sucesores de Almansor no tengan la capacidad de mantener una


dictadura suficientemente potente, el califato entrará en una vertiginosa crisis en la
cual las secesiones se multiplicarán y los califas se sucederán los unos a los otros sin
tiempo para llegar a saborear el poder.

En 1031, solamente cien años después de haberse proclamado el califato, el Último


califa, Hixem III, será destituido, y en los diferentes principados que se repartirán el
antiguo califato la plegaria volverá a hacerse en el nombre del califa abásida del lejano
Bagdad.

1.5.5. La construcción de un gran espacio económico islámico

La expansión del islam no significará necesariamente una ruptura con las estructuras
económicas y sociales anteriores. El procedimiento de conquista, generalmente con
pactos de rendición, y el sistema de instalación de guarniciones y campamentos
militares árabes separados de las poblaciones autóctonas favorecen que tanto las
estructuras sociales como las económicas perduren, aunque mediatizadas por un
nuevo marco político y por la presencia de una nueva religión.

El primero favorecerá la creación de un gran espacio sin fronteras, que supera con
creces el de los estados anteriores; el segundo introducirá algunos valores nuevos y, a
medida que las conversiones aumenten, una nueva unidad religiosa –a pesar de los
cismas chiíta y kharijita– y lingüística: el árabe se extenderá como lingua franca por
todo el imperio independientemente que se adopte en el ámbito familiar o no.

De todo nacerá una civilización nueva, peculiar, llamada tradicionalmente islámica, ya


que este es uno de los elementos que la singulariza, pero no lo único, ya que en
muchos aspectos la civilización islámica es una prolongación, incluso una
radicalización, de las civilizaciones clásicas: culturas de clara base agraria, pero donde
esta base queda fuertemente mediatizada por la función de las ciudades que dirigen el
mundo rural.

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