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La enemistad entre Hapley y Pawkins

El documento describe la larga enemistad entre los entomólogos Hapley y Pawkins. Comenzó con una disputa sobre la clasificación de una especie de microlepidóptero y se intensificó a lo largo de los años a medida que cada uno criticaba el trabajo del otro de forma mordaz. Finalmente, Hapley dio un duro ataque contra Pawkins que debilitó su salud. Pawkins murió poco después, probablemente acelerado por el estrés de la derrota. Esto dejó a Hapley sin su oponente de toda la vida y

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La enemistad entre Hapley y Pawkins

El documento describe la larga enemistad entre los entomólogos Hapley y Pawkins. Comenzó con una disputa sobre la clasificación de una especie de microlepidóptero y se intensificó a lo largo de los años a medida que cada uno criticaba el trabajo del otro de forma mordaz. Finalmente, Hapley dio un duro ataque contra Pawkins que debilitó su salud. Pawkins murió poco después, probablemente acelerado por el estrés de la derrota. Esto dejó a Hapley sin su oponente de toda la vida y

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La polilla

[Cuento - Texto completo.]

H.G. Wells

Probablemente haya oído hablar de Hapley, no WT Hapley, el hijo, sino el célebre Hapley,
el Hapley de Periplaneta Haplüa, Hapley el entomólogo.
Si así es, conocerá al menos la gran enemistad entre Hapley y el profesor Pawkins, aunque
algunas de sus consecuencias sean nuevas para usted. Para aquellos que no están al tanto
serán necesarias dos o tres palabras de explicación que el lector perezoso puede repasar de
un vistazo si así se lo pide su indolencia.
Es sorprendente lo ampliamente extendida que está la ignorancia de asuntos de tantísima
importancia como esta enemistad Hapley-Pawkins. Lo mismo sucede con esas
controversias que hacen época, esas que han convulsionado a la Sociedad Geográfica, son,
lo creo de veras, casi completamente desconocidas fuera de los socios que constituyen esa
institución. He oído a hombres bastante cultos referirse a las grandes escenas de esas
reuniones como riñas de sacristía. Sin embargo, el gran odio entre los geólogos ingleses y
escoceses ha durado ya medio siglo y ha dejado profundas y abundantes marcas en el
cuerpo de la ciencia. Y este asunto entre Hapley y Pawkins, aunque quizás una cuestión
más personal, levantó pasiones tan profundas, incluso más profundas. El hombre de la calle
no tiene ni idea del celo que anima a un investigador científico, la furia de contradicción
que se puede provocar en él. Es una nueva forma del odium teologicum. Hay hombres, por
ejemplo, que estarían contentos de quemar a Sir Ray Lankaster en Smithfield por su
tratamiento de los Moluscos en la Enciclopedia Británica. Esa fantástica extensión de los
cefalópodos para cubrir los Pteropodos… Pero me estoy desviando de Hapley y Pawkins.
Esta enemistad comenzó hace muchos años con una revisión de los Microlepidópteros —
sean lo que sean— por Pawkins, en la que extinguió una nueva especie creada por Hapley.
Hapley, que siempre fue peleón, respondió con una mordaz denuncia de toda la
clasificación de Pawkins. Pawkins, en su Réplica, sugirió que el microscopio de Hapley era
tan defectuoso como su capacidad de observación y le llamaba entrometido irresponsable
—Hapley en esa época no era catedrático. En su contestación Hapley hablaba de torpes
coleccionistas y describía, como por error, la revisión de Pawkins como un milagro de
ineptitud. Era la guerra a cuchillo. Sin embargo apenas si interesaría al lector entrar en los
detalles de la disputa entre estos dos grandes hombres y cómo la ruptura entre ellos se fue
haciendo más profunda hasta que partiendo de los microlepidópteros estuvieron en guerra
en cualquier cuestión abierta en entomología. Hubo ocasiones memorables. A veces las
reuniones de la Real Sociedad de Entomología se parecían más que nada al Congreso de los
Diputados. En conjunto creo que Pawkins estaba más cerca de la verdad que Hapley. Pero
Hapley era muy hábil con su retórica, tenía un talento para ridiculizar raro en un hombre de
ciencia, estaba dotado de una gran energía y tenía una aguda susceptibilidad para la ofensa
en el asunto de las especies extinguidas, mientras que Pawkins era un hombre de presencia
aburrida, monótono al hablar, de constitución no muy distinta a un barril de agua,
excesivamente escrupuloso con los testimonios y se sospecha que intermediario en los
nombramientos para puestos en los museos. Así que los jóvenes se agruparon en torno a
Hapley y le aplaudieron. Fue una gran lucha, cruel desde el principio, y que llegó
finalmente a un antagonismo implacable. Los sucesivos giros de la fortuna con ventajas
primero para uno y después para el otro, con Hapley atormentado por algún éxito de
Pawkins o Pawkins ensombrecido por Hapley, pertenecen más bien a la historia de la
entomología que a esta narración.
Pero en 1891 Pawkins, que no había estado bien de salud durante algún tiempo, publicó un
trabajo sobre el mesoblasto de la polilla Cabeza de Muerte. Lo que pueda ser el mesoblasto
no importa un pito a esta historia. Pero el trabajo estaba muy por debajo de su nivel habitual
y le dio a Hapley la oportunidad que había codiciado durante años. Debe de haber trabajado
día y noche para explotar la situación al máximo. En una elaborada crítica le hizo trizas. Se
puede uno imaginar su desordenado pelo negro y sus raros ojos oscuros echando chispas al
tiempo que atacaba a su antagonista. Y Pawkins dio una respuesta titubeante, ineficaz, con
dolorosos intervalos de silencio, y, con todo, maligna. No hubo error sobre su voluntad de
herir a Hapley ni en su incapacidad para hacerlo. Pero pocos de los que le oyeron —yo
estuve ausente de la reunión— se dieron cuenta de lo enfermo que estaba el hombre.
Hapley derribó a su adversario y quiso acabar con él. Continuó con un ataque brutal a
Pawkins en forma de disertación sobre la evolución de las polillas en general, un estudio
que daba pruebas de una extraordinaria cantidad de trabajo, redactado en un tono
violentamente polémico. Debe de haber cubierto el rostro de Pawkins de vergüenza y
confusión. No dejaba escapatoria, era asesino en la argumentación y absolutamente
despectivo en el tono, algo horrible para los últimos años de la carrera profesional de
alguien.
El mundo de los entomólogos esperó expectante la réplica de Pawkins. Éste intentaría dar
una, porque Pawkins siempre había estado dispuesto a pelear. Cuando llegó les sorprendió.
Pues la réplica de Pawkins fue coger la gripe, que se convirtió en neumonía, y murió.
Fue quizá la réplica más eficaz que podía hacer en aquellas circunstancias, y en gran
manera cambió la corriente de sentimiento contra Hapley. La misma gente que había
jaleado con la mayor alegría a aquellos gladiadores se puso seria ante las consecuencias. No
cabía ninguna duda razonable de que el enojo de la derrota había contribuido a la muerte de
Pawkins. Incluso las controversias científicas tenían un límite, decía la gente seria. Otro
ataque demoledor estaba ya en prensa y apareció el día antes del funeral. No creo que
Hapley hiciera nada por pararlo. La gente recordó cómo Hapley había acosado a su rival y
olvidó sus defectos. La sátira mordaz compagina mal con las cenizas frescas. El asunto
provocó comentarios en la prensa diaria. Eso fue lo que me hizo pensar que probablemente
usted hubiera oído hablar de Hapley y de la controversia. Pero, como ya he observado, los
profesionales de la ciencia viven absortos en un mundo propio. Me atrevería a decir que la
mitad de la gente que va por Piccadilly a la Academia cada año no sabría indicarle la sede
de las sabias instituciones. Muchos incluso piensan que la investigación es una especie de
jaula de familia feliz en la que toda clase de hombres viven juntos en paz.
En su interior, Hapley no pudo perdonar a Pawkins por morirse. En primer lugar era un
mezquino ardid para escapar a la absoluta pulverización que le tenía preparada, y en
segundo lugar dejó un extraño vacío en la mente de Hapley. Durante veinte años había
trabajado mucho, a veces hasta altas horas de la noche y los siete días de la semana con
microscopio, bisturí, red de recogida de insectos y pluma casi exclusivamente con
referencia a Pawkins. La reputación europea que había ganado había llegado como un
incidente de esa gran antipatía. Había conseguido llegar gradualmente a un clímax en esta
última controversia. Había matado a Pawkins, pero también había dejado fuera de juego,
por decirlo así, a Hapley, y su médico le aconsejó que abandonara el trabajo durante algún
tiempo y descansara. Así que Hapley se fue a un pueblecito tranquilo de Kent y pensó día y
noche en Pawkins y en las cosas buenas que ya era imposible decir sobre él.
Finalmente Hapley empezó a darse cuenta de en qué dirección iban sus preocupaciones.
Decidió luchar contra ellas y comenzó intentando leer novelas. Pero no podía quitarse de la
cabeza a Pawkins, con la cara pálida y en su último discurso —cada frase del cual era una
hermosa oportunidad para Hapley. Se dedicó a la ficción, pero encontró que no le decía
nada. Leyó Island Nights Entertainments hasta que su sentido de la causalidad quedó
conmocionado sin poderlo remediar de ninguna manera por Bottle Imp. Luego pasó a
Kipling y observó que no probaba nada además de ser irreverente y vulgar. Los científicos
tienen sus limitaciones. Entonces desgraciadamente probó con Inner House, de Besant, y el
capítulo inicial le hizo pensar de inmediato en las sociedades científicas y en Pawkins.
Así que Hapley se dedicó al ajedrez y lo encontró algo más tranquilizador. Pronto dominó
los movimientos, las principales tácticas y los cierres más frecuentes y empezó a ganar al
Vicario. Pero entonces los contornos cilíndricos del rey que tenía enfrente empezaron a
asemejarse a Pawkins de pie, hablando con voz entrecortada e ineficaz contra el jaque mate,
y Hapley decidió dejar de jugar al ajedrez.
Quizás el estudio de alguna nueva rama de las ciencias fuera, después de todo, una
diversión mejor. El mejor descanso es el cambio de ocupación. Hapley decidió enfrascarse
en las diatomeas e hizo que le trajeran de Londres uno de sus microscopios más pequeños y
la monografía de Halibut. Pensó que quizá si pudiera establecer una vigorosa controversia
con Halibut, sería capaz de empezar una vida nueva y olvidarse de Pawkins. Y muy pronto
estaba trabajando duro a su enérgico estilo habitual en esos microscópicos moradores de las
charcas de las cunetas.
Fue al tercer día dedicado a las diatomeas cuando Hapley tuvo conciencia de una nueva
adición a la fauna local. Estaba trabajando tarde en el microscopio y la única luz en la
habitación era la de la brillante lamparita con la forma especial de pantalla verde. Como
todos los experimentados microscopistas, mantenía los dos ojos abiertos. Es la única forma
de evitar fatiga excesiva. Tenía un ojo sobre el instrumento y delante de él, brillante y
diferenciado, estaba el campo circular del microscopio a través del cual se movía
lentamente una diatomea marrón. Con el otro ojo Hapley veía, por decirlo así, sin ver. Solo
era vagamente consciente del lateral metálico del instrumento, la parte iluminada del
mantel, una hoja de notas, el pie de la lámpara y más allá la oscurecida habitación. De
repente su atención se deslizó de un ojo al otro. El mantel era de un material llamado por
los tenderos «de tapicería» y de colores bastante brillantes. El dibujo estaba en oro con una
pequeña cantidad de carmesí y azul pálido sobre un fondo grisáceo. En algún punto el
dibujo parecía desplazado y había en ese punto un movimiento de vibración de los colores.
Hapley echó bruscamente hacia atrás la cabeza y miró con los dos ojos. Se quedó con la
boca abierta de asombro.
¡Era una polilla o mariposa grande con las alas extendidas al estilo de una mariposa!
Era raro que estuviera en la habitación, pues las ventanas estaban cerradas. Raro que no
hubiera atraído su atención cuando revoloteaba hacia su posición actual. Raro que hiciera
juego con el mantel. Todavía más raro para él, Hapley, el gran entomólogo que le fuera
completamente desconocida. No había error. Gateaba lentamente hacia el pie de la lámpara.
—Un nuevo género. ¡Cielos! Y en Inglaterra —exclamó Hapley mirando fijamente.
Entonces pensó súbitamente en Pawkins. Nada le habría enloquecido más a Pawkins…
Pero Pawkins estaba muerto.
Algo en torno a la cabeza y el cuerpo del insecto le sugería extraordinariamente a Pawkins,
igual que había pasado con el rey del ajedrez.
—¡Maldito Pawkins! —dijo Hapley—, pero tengo que cogerlo. Y buscando a su alrededor
algún medio de capturar la polilla, se levantó despacio de la silla. De repente el insecto se
elevó, golpeó el borde de la pantalla —Hapley oyó el «ping»— y se desvaneció en la
sombra.
En un momento Hapley había quitado la pantalla de un mandoble, de manera que toda la
habitación estaba iluminada. La cosa había desaparecido, pero pronto su experimentado ojo
la detectó sobre el papel de la pared junto a la puerta. Fue hacia ella utilizando la pantalla
para capturarla. Sin embargo, antes de que estuviera a la distancia adecuada para descargar
el golpe, se había elevado y estaba revoloteando por la habitación. Voló, como las de su
especie, con repentinas arrancadas y giros que parecían esfumarse por aquí y reaparecer por
allá. Una vez Hapley golpeó y falló, y después otra. La tercera vez dio al microscopio. El
instrumento se balanceó, golpeó y tiró la lámpara y cayó ruidosamente al suelo. La lámpara
cayó sobre la mesa, y, afortunadamente, se apagó. Hapley quedó a oscuras. Con un
sobresalto, sintió a la extraña polilla chocando contra su cara.
Era enloquecedor. No tenía luz. Si abría la puerta de la habitación el insecto se escaparía.
En la oscuridad vio con toda claridad a Pawkins riéndose de él. Pawkins siempre había
tenido una risa hipócrita. Juró furiosamente y dio un pisotón contra el suelo. Sonaron
tímidos golpes a la puerta. Luego ésta se abrió muy despacio, aproximadamente un pie
quizá. El alarmado rostro de la patrona apareció tras la llama rosa de la vela. Llevaba
puesto un gorro de dormir sobre el pelo gris y cierta prenda color púrpura sobre los
hombros.
—¿Qué fue ese espantoso golpe? —preguntó—. ¿Se ha…?
La extraña polilla apareció revoloteando por el resquicio de la puerta.
—¡Cierre la puerta! —gritó Hapley, y bruscamente se abalanzó sobre ella.
La puerta se cerró con un rápido portazo. Hapley se quedó solo en la oscuridad. Luego en la
pausa oyó a la patrona subir corriendo las escaleras, cerrar la puerta con llave, arrastrar algo
pesado por la habitación y ponerlo contra ella.
Hapley se dio cuenta de que su conducta y su aspecto habían sido extraordinarios y
alarmantes.
—¡Maldita polilla! ¡Maldito Pawkins!
No obstante era una pena perder ahora la polilla. Fue a tientas al vestíbulo y encontró las
cerillas después de mandar su sombrero al suelo con un ruido como el de un tambor. Con la
vela encendida volvió a la sala de estar. No se veía polilla alguna. Sin embargo, una vez
pareció por un momento que la cosa estaba revoloteando en torno a su cabeza. De manera
totalmente repentina, Hapley decidió dejar la polilla e irse a la cama. Pero estaba excitado.
Toda la santa noche el sueño fue interrumpido por pesadillas de la polilla, Pawkins y la
patrona. Durante la noche se levantó de la cama dos veces y metió la cabeza en agua fría.
Una cosa tenía clara. Su patrona no podría entender nada de la polilla, especialmente dado
que había fracasado en su captura. Nadie más que un entomólogo entendería bien cómo se
sentía. Probablemente estaba aterrorizada por su comportamiento, y sin embargo no veía
cómo podía explicárselo. Decidió no decir nada más sobre los sucesos de la última noche.
Después del desayuno la vio en el jardín y decidió salir a hablar con ella para tranquilizarla.
Le habló de habas, patatas, abejas, orugas y el precio de la fruta. Ella respondió a su manera
habitual, pero le miró algo sospechosamente y siguió caminando al tiempo que él avanzaba
de forma que siempre había una mata de flores o una hilera de habas o algo de ese tipo
entre ellos. Después de un rato comenzó a sentirse particularmente irritado por esto, y para
ocultar su vejación entró en casa y pronto salió a dar un paseo.
La polilla o mariposa, arrastrando un extraño sabor a Pawkins con ella, siguió
entrometiéndose en ese paseo, aunque hizo todo lo que pudo para mantener la mente
alejada de ella. Una vez la vio con toda claridad, con las alas aplastadas contra el viejo
muro de piedra que corre por el límite oeste del parque, pero al acercarse a él observó que
se trataba solo de dos trozos de liquen gris y amarillo.
—Esto —dijo Hapley— es lo contrario del mimetismo. En lugar de una mariposa con
aspecto de piedra, he aquí una piedra que se parece a una mariposa.
Una vez algo saltó y revoloteó alrededor de su cabeza, pero mediante un esfuerzo de la
voluntad se quitó de nuevo esa impresión del pensamiento. Por la tarde Hapley hizo una
visita al Vicario y discutió con él de cuestiones teológicas. Estaban sentados en la pequeña
pérgola cubierta de brezo y fumaban mientras discutían.
—Mire esa polilla —indicó Hapley bruscamente apuntando al borde de la mesa de madera.
—¿Dónde? —preguntó el Vicario.
—¿No ve una polilla sobre el borde de la mesa, allí? —inquirió Hapley.
—Desde luego que no —respondió el Vicario.
Hapley quedó como partido por un rayo. Jadeó. El vicario le miraba fijamente. Estaba claro
que el hombre no veía nada.
—El ojo de la fe no es mejor que el ojo de la ciencia —dijo Hapley con torpeza.
—No comprendo su punto de vista —intervino el vicario pensando que era parte de la
discusión.
Esa noche Hapley encontró la polilla gateando por la colcha. Se sentó en el borde de la
cama en mangas de camisa y razonó consigo mismo. ¿Era una pura alucinación? Él sabía
que estaba durmiendo y luchaba por su cordura con la misma silenciosa energía que
anteriormente había desplegado con Pawkins. Los hábitos mentales son tan persistentes que
él sentía como si todavía se tratara de la lucha con Pawkins. Conocía bien la Psicología.
Sabía que semejantes ilusiones visuales ciertamente aparecen como resultado de tensiones
mentales. Pero la cuestión estaba en que él no solo vio la polilla, la había oído cuando tocó
el borde de la pantalla y después cuando golpeó contra la pared, y había sentido que le
golpeaba la cara en la oscuridad.
La miró. No era en absoluto como un sueño, sino perfectamente clara y con aspecto sólido
a la luz de la vela. Vio el peludo cuerpo, las cortas antenas plumosas, las articuladas patas,
incluso un sitio donde el plumón estaba borrado por el ala. Repentinamente se sintió furioso
contra sí mismo por tener miedo de un pequeño insecto.
La patrona había hecho dormir a la sirvienta con ella esa noche porque tenía miedo de estar
sola. Además había cerrado la puerta con llave y puesto la cómoda contra ella. Escuchaban
y hablaban en susurros después de ir a la cama, pero no ocurrió nada que las alarmara.
Hacia las once se habían aventurado a apagar la vela y las dos se habían quedado dormidas.
Despertaron con un sobresalto y se irguieron en la cama escuchando en la oscuridad.
Entonces oyeron ruido de zapatillas que iban de acá para allá en la habitación de Hapley.
Cayó una silla y hubo un violento raspado de la pared. Luego un adorno de porcelana de la
chimenea se hizo pedazos contra el guardafuego. De repente la puerta de la habitación se
abrió y le oyeron en el descanso. Se pegaron la una a la otra, escuchando. Parecía que
estaba bailando en la escalera. Ya bajaba tres o cuatro peldaños rápidamente ya los subía de
nuevo, luego bajaba apresuradamente hasta el vestíbulo. Oyeron caer al paragüero y
romperse el montante de la puerta. Después el cerrojo saltó y sonó el ruido de la cadena.
Estaba abriendo la puerta.
Corrieron a la ventana. Era una noche gris y oscura. Una lámina casi continua de acuosas
nubes cruzaba la luna y el seto y los árboles de delante de la casa destacaban en negro
contra la carretera pálida. Vieron a Hapley con aspecto de fantasma en camisa y pantalones
blancos corriendo de acá para allá en la carretera dando golpes al aire. Ya se paraba, ya se
lanzaba rápidamente contra algo invisible, ya se movía sobre ello con sigilosas zancadas.
Finalmente desapareció de la vista carretera arriba hacia la colina. Luego, mientras
discutían quién debía bajar a cerrar la puerta con llave, volvió. Caminaba muy deprisa,
entró directamente en la casa, cerró la puerta con cuidado y subió tranquilamente a su
dormitorio. Entonces todo quedó en silencio.
—Señora Colville —dijo Hapley bajando la escalera a la mañana siguiente—, espero no
haberla alarmado anoche.
—Ni que lo diga —respondió la señora Colville.
—El hecho es que soy sonámbulo y durante las últimas dos noches he estado sin mi
medicina para dormir. No hay nada de que alarmarse realmente. Siento haber hecho tanto el
ridículo. Cruzaré la colina hasta Shoreham para conseguir la medicina que me haga dormir
bien. Debí haberlo hecho ayer.
Pero a medio camino por la colina, junto a las canteras de creta, la polilla se le presentó de
nuevo a Hapley. Éste continuó, tratando de mantener el pensamiento concentrado en
problemas de ajedrez, pero no servía de nada. El insecto le revoloteó en la cara y él le lanzó
un golpe con el sombrero en defensa propia. Luego, la rabia, la vieja rabia, la rabia que
había sentido contra Pawkins, le dominó de nuevo. Siguió saltando y atacando al insecto
que se movía en remolinos. Súbitamente pisó en el aire y cayó de bruces.
Hubo un vacío en sus sensaciones y Hapley se encontró sentado sobre un montón de
pedernales delante del comienzo de los pozos de yeso con una pierna torcida debajo de él.
La extraña polilla estaba todavía revoloteando en torno a su cabeza. La golpeó con la mano
y volviendo la cabeza vio a dos hombres que se le acercaban. Uno era el médico del pueblo.
A Hapley le pareció buena suerte. Después le vino a la cabeza con extraordinaria viveza
que nadie sería capaz de ver la extraña polilla jamás excepto él y que le interesaba mantener
silencio sobre ella.
No obstante, aquella noche, ya tarde, después de componerle la pierna rota, estaba febril y
se olvidó de dominarse. Yacía tumbado en la cama y empezó a recorrer la habitación con la
vista para ver si la polilla estaba todavía por allí. Intentó no hacerlo, pero sin resultado
alguno. Pronto la avistó descansando muy cerca de su mano, junto a la lámpara de noche,
sobre el mantel verde. Las alas temblaban. Con un brusco arrebato de ira la golpeó con el
puño y la enfermera se despertó con un chillido. Había fallado.
—Esa polilla —dijo y añadió luego—. Imaginaciones mías. ¡Nada!
Todo el tiempo pudo ver con entera claridad que el insecto andaba por la cornisa y cruzaba
lanzado la habitación, y también pudo ver que la enfermera no veía nada y le miraba de
forma extraña. Tenía que controlarse, sabía que estaba perdido si no se controlaba. Pero a
medida que avanzaba la noche le subió la fiebre y el mismísimo terror que tenía de ver la
polilla le hizo verla. Hacia las cinco, justo cuando la aurora estaba gris, trató de levantarse
de la cama para cogerla a pesar de que la pierna le ardía de dolor. La enfermera tuvo que
forcejear con él.
Por culpa de ello le ataron a la cama. En esa situación la polilla se tornó más osada y una
vez la sintió posándosele en el pelo. Entonces, como golpeó violentamente con los brazos,
se los ataron también. A continuación la polilla vino a gatear por su rostro y Hapley juró,
gritó, les suplicó en vano que se la quitaran de encima.
El médico era un imbécil, un médico de cabecera que acababa de licenciarse y
completamente ignorante en psicología. Y sencillamente decía que no había ninguna
polilla. De haber tenido algo de ingenio quizás hubiera podido todavía salvar a Hapley de
su destino aceptando su alucinación y tapándole la cara con una gasa como suplicaba que le
hicieran. Pero, como digo, el médico era un zopenco y hasta que se curó la pierna a Hapley
le mantuvieron atado a la cama con la polilla imaginaria gateando sobre él. Nunca le
abandonó cuando estaba despierto y en sus sueños creció hasta convertirse en un monstruo.
Cuando estaba despierto anhelaba dormir y del sueño se despertaba gritando.
Así que ahora Hapley pasa el resto de sus días en una habitación acolchada obsesionado por
una polilla que nadie más puede ver. El médico del asilo lo llama alucinación, pero Hapley
cuando se encuentra mejor de ánimo y puede hablar dice que es el fantasma de Pawkins, y
consecuentemente un espécimen único que merece la pena capturar.

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