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LEYENDAS

El primer documento habla sobre el Kari Kari, una figura del folclore andino relacionada originalmente con los religiosos católicos durante la colonia. Con el tiempo, la figura se transformó en un ser misterioso que extrae "cebo" de sus víctimas para ganar poderes sobrenaturales. El segundo documento presenta la leyenda de T'unupa, el hijo del dios Wiraqucha, quien enseñaba a la gente a vivir en armonía con la naturaleza hasta que fue expulsado de un pueblo. El ter

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LEYENDAS

El primer documento habla sobre el Kari Kari, una figura del folclore andino relacionada originalmente con los religiosos católicos durante la colonia. Con el tiempo, la figura se transformó en un ser misterioso que extrae "cebo" de sus víctimas para ganar poderes sobrenaturales. El segundo documento presenta la leyenda de T'unupa, el hijo del dios Wiraqucha, quien enseñaba a la gente a vivir en armonía con la naturaleza hasta que fue expulsado de un pueblo. El ter

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El Kari-Kari

El Kari Kari apareció en el altiplano en tiempos de la colonia. Se lo relaciona con la figura del sacerdote-jesuita, mercedario,
franciscano-, llegado con los conquistadores españoles. La tradición rural ha caracterizado a los religiosos católicos como
sombrías personas que traían en una mano la Biblia y en la otra el látigo. Eran temidos. Y su proximidad causaba pavor.

Esta figura se modificó paulatinamente hasta llegar al perfil del complejo y misterioso Kari Kari, provisto de una campana
que hace sonar constantemente. Su propósito es extraer de sus víctimas el cebo con el que, según la creencia popular,
adquirirá poderes sobrenaturales. La veracidad o no de su existencia es algo que los antropólogos aún no han terminado de
testimoniar y, por tanto, de aceptar o rechazar. Frases en aymara, como ¡Sarjam Karisiri! (¡vete Kari Kari!), evidencian el
temor y popularización de esta aparición, sobre todo, entre los comunarios y migrantes aymaras.

T'unupa

El hijo del dios Wiraqucha es T'unupa. El dios había hecho la tierra, el cielo, el sol, la luna, las estrellas y todas las cosas. Y
luego había enviado a su hijo a enseñar a la humanidad una vida acorde con la naturaleza.

El compañero de T'unupa era un jilguero. Mientras recorría los poblados, instruía a los agricultores a sacar el mayor
beneficio de la tierra, sin dañarla; predicaba contra la flojera y la borrachera y resaltaba los fundamentos de la solidaridad.

Cuando llegó a Carabuco, la gente se congregó masivamente para escucharlo. Pero Makuri, jefe de los carabucos, hizo
apresar a T'unupa y se burló de sus cualidades. Llegó incluso a pedirle que transformara unos metales innobles en oro. El
hijo de Wiraqucha se negó. Y, más bien, reprendió el comportamiento de Makuri. Éste, muy encolerizado, reto a una pelea
cuerpo a cuerpo a T'unupa, que le respondió que una víbora no podía luchar contra un maestro.

Sin más, Makuri hizo expulsar a T'unupa a hondazos. Al día siguiente éste reapareció en Carabuco con la ropa muy blanca y
sin huellas de heridas. La gente había salido a recolectar metales y regresó sin nada, pues T'unupa había escondido los
yacimientos de cielo abierto dentro de las montañas, para que fuera muy difícil explotarlo.

Hecho esto, se dirigió a Copacabana y a la orilla del lago tendió un paño para cruzar el Titicaca. Por entonces los pobladores
de Copacabana adoraban a un felino (titi) metálico, cosa que no agradó a T'unupa. Otra vez aprehendido, fue llevado a la
presencia de un sabio, a quien preguntó las razones por las que ofrecían a una imagen sacrificios de sangre.

Les instó a dejar dicho culto y a aceptar la benevolencia de Wiraqucha. La gente se exaltó y pidió la muerte de T'unupa. Lo
llevaron a la orilla y lo ataron al palo de una pequeña balsa de totora, que luego echaron a la deriva. De repente comenzó
una tormenta acompañada de vientos excesivos y relámpagos aterradores. La balsa fue llevada hasta el estrecho de Tiquina
desde donde abrió el cause del río Desaguadero hasta llegar a una hondonada, en la que se formó el lago Poopó.

El Ekeko O Iqiqu (Eqeqo)

Mucho antes de la conquista española, vivía por el altiplano un aymara llamado Iqiqu. Era fornido, de baja estatura,
humilde, caritativo y alegre. Su bondad hacía que por donde fuera armonizara la existencia, cultivara las buenas costumbres,
juntaba a los enamorados. Daba además consuelo a los infelices y su sola presencia era señal de días felices.

Para engrandecer sus cualidades, el Apu Qullana Qullo (Dios Padre Divino), que moraba en las alturas sagradas del khuno
Qullo (Montaña Sagrada), le concedió cualidades maravillosas. Así pudo realizar grandes hazañas, como el transporte de
grandes piedras, secado de ríos, apertura de fuentes o movimiento de montañas. Todo lo hacía con la voz o con la honda.
Todo le obedecía, por eso la gente le seguía.
Esta dicha fue interrumpida por la llegada del Awqa (ser maligno) y su ejército destructor. Su aspecto de varón barbado y tez
blanca hacía juego con su mal genio. Anoticiado de los favores recibidos por los pobladores, persiguió a Iqiqu, asoló las
tierras beneficiadas y mató ferozmente a quienes le resistieron. De los más débiles obtuvo un respaldo forzado.

Para no ser capturado, Iqiqu huyó a otras regiones, siempre con el cuidado de no afectar a los lugareño que podían ser las
siguientes víctimas de Awqa. Cierta vez ingresó a un ayllu, donde por requerimiento de los agricultores promovió diversas
modalidades de ayuda mutua; mientras lo hacía, el maligno y su gente rodearon el lugar y sorprendieron a los reunidos.
Iqiqu se dejó prender, para evitar una masacre.

Sin demora, el Awqa ordenó torturar a Iqiqu y luego de horas le hizo descuartizar. La cabeza, los brazos, las piernas y otras
partes fueron enterradas en diferentes lugares del altiplano, con el propósito de evitar una posterior unión que devolviera la
vida al bienhechor.

Algunos abuelos creen que está próximo el día en que las partes del cuerpo del Iqiqu se juntarán. Otros aseguran que una
parte ya se levantó, y está camino de Wiñay Marca (ciudad eterna), donde esperará la reunión del cuerpo, la víspera de la
emancipación del pueblo aymara.

Leyenda de la Kantuta

Cuenta que hace muchísimos años existieron en las tierras del Kollasuyo dos ricos y poderosos soberanos. Uno era Illimani,
gobernaba el norte y tenía un hijo: Astro Rojo, nacido bajo el símbolo de una estrella roja. El otro era Illampu, dueño del sur
y los Yungas. También tenía un hijo: Rayo de Oro, llamado así por una estrella dorada que apareció el día que nació.

Ambos monarcas, al igual que sus hijos, habían nacido bajo el augurio de sus respectivas estrellas, cuyo esplendor
aumentaba con la prosperidad de los dos imperios.

Pasó el tiempo, sin que nada pasara, hasta que un día ambos soberanos comenzaron a sentir envidia por el esplendor de las
estrellas. Como su brillo era el reflejo de la dicha y poder de un mortal, Illampu decidió acabar con Illimani y le declaró la
guerra.

Ambos pueblos combatieron todo un día hasta que los dos monarcas quedaron heridos de muerte. Antes de morir obligaron
a sus hijos, Astro Rojo y Rayo de Oro, a jurar venganza. A los dos príncipes no les quedó otra que acatar la voluntad de sus
padres y tuvieron que enfrentarse.

Como sucedió con Illampu e Illimani, sus hijos quedaron heridos de muerte. Pero, los nobles príncipes, en lugar de pedir
venganza, se dieron un abrazo como muestra de perdón.

Cuentan que en ese momento se escuchó un gran estruendo y que de la tierra salió la figura de una mujer. Era la
Pachamama quien, molesta con los monarcas, hizo caer del cielo sus dos estrellas que fueron a dar contra las rocas de los
Andes, convirtiéndolas en dos masas inertes y opacas sin más brillo que la blancura de su nieve.

Conmovida por la actitud de los príncipes, les dijo que una vez muertos la luz de sus estrellas, rojo y amarillo, se convertiría
en el símbolo de un pueblo que más tarde viviría en esas tierras y tomaría para su bandera esos dos colores y el verde de la
esperanza.

Pasó mucho tiempo y sobre esas tierras desiertas y desoladas se encontraban el Illampu y el Illimani, las dos más altas
montañas que hoy conocemos. Con el deshiele de sus nieves, lograron fecundizar la tierra que guardaba la tumba de los dos
príncipes, donde brotó una verde y enmarañada planta que cuando llegó la primavera se cubrió de color rojo y amarillo,
formando una linda tricolor con el verde de las hojas. Siglos después, como lo había anunciado la Pachamama, surgió un
pueblo que tomó esa flor y esos colores como sus símbolos. Sí amiguitos, ese pueblo es nuestra patria y esa flor es la
Kantuta que florece en las breñas de los Andes.
La Leyenda de la coca

Era por el tiempo en que habían llegado a estas tierras los conquistadores blancos. Las jornadas siguientes a la hecatombe
de Cajamarca fueron crueles y sangrientas. Las ciudades fueron destruidas, los cultivos abandonados, los templos
profanados e incendiados, los tesoros sagrados y reales arrebatados.

Y, por todas partes en los llanos y en las montañas los desdichados indios fugitivos, sin hogar, llorando la muerte de sus
padres, de sus hijos o de sus hermanos. La raza, señora y dueña de tan feraces tierras yacía en la miseria, en el dolor. El
inhumano conquistador, cubierto de hierro y lanzando rayos mortales de sus armas de fuego y cabalgando sobre briosos
corceles, perseguía por las sendas y apachetas a sus espantadas víctimas.

Los indios indefensos, sin amparo alguno, en vano invocaban a sus dioses. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, tenía
compasión de ellos.

Un viejo adivino llamado kjana-chuyma que estaba, por orden del inca, al servicio del templo de la isla del Sol, había logrado
huir antes de la llegada de los blancos a las inmediaciones del lago, llevándose los tesoros sagrados del gran templo.
Resuelto a impedir a todo trance que tales riquezas llegaran al poder de los ambiciosos conquistadores, había conseguido
después de vencer muchas dificultades y peligros, en varios viajes, poner a salvo por lo menos momentáneamente; el
tesoro en un lugar oculto de la orilla oriental del lago Titicaca.

Desde aquel sitio no cesaba de escudriñar diariamente todos los caminos y la superficie del lago para ver si se aproximaban
las gentes de Pizarro.

Un día los vio llegar. Traían precisamente la dirección hacia donde él estaba. Rápidamente resolvió lo que debía hacer. Sin
perder un instante, arrojo todas las riquezas en el sitio más profundo de las aguas. Pero cuando llegaron junto a él los
españoles, que ya tenían conocimiento de que kjana-chuyma se había traído consigo los tesoros del templo de la isla, con
intención de sustraerlo al alcance de ellos, lo capturaron para arrancarle si fuera preciso por la fuerza el ansiado secreto.

Kjana-chuyma se negó desde el principio a decir una palabra de lo que los blancos le preguntaban. Sufrió con entereza
heroica los terribles tormentos a que lo sometieron. Azotes, heridas, quemaduras, todo, todo soporto el viejo adivino sin
revelar nada de cuanto había hecho con el tesoro.

Al fin los verdugos, cansados de atormentarle inútilmente, le abandonaron en estado agónico para in por su cuenta a
escudriñar por todas partes.

Esa noche, el desdichado kjana-Chuyma, entre la fiebre de su dolorosa agonía, soñó que el Sol, Dios resplandeciente,
aparecía por detrás de la montaña próxima y le decía:

-Hijo mío, tu abnegación en el sagrado deber que te has impuesto voluntariamente, de resguardar mis objetos sagrados,
merece una recompensa. Pide lo que desees, que estoy dispuesto a concedértelo.

- ¡Oh!, Dios amado – respondió el viejo- ¿Qué otra cosa puedo yo pedirte en esta hora de duelo y de derrota, sino la
redención de mi raza y el aniquilamiento de nuestros infames invasores?

-Hijo desdichado-le contesto el Sol- Lo que me pides, es ya imposible. Mi poder ya nada puede contra esos intrusos; su dios
es más poderoso que yo. Me ha quitado mi dominio y por eso, también yo como nosotros debo huir a refugiarme Misterio
del tiempo. Pues bien, antes de irme para siempre, quiero concederte algo que esté aún dentro de mis facultades.

-Dios mío, - repuso el viejo con pena- si tan poco poder ya tienes, debo pensar con sumo cuidado en lo que voy a pedirte.

Un grupo de habitantes del imperio del Sol, escapando de los intrusos, embarcándose en pequeñas balsas de totora,
atravesó el lago y fue a refugiarse en la orilla donde kjana-chuyma estaba luchando con la muerte.

Los indios acudieron a cuidarlo. Kjana-chuyma era uno de los yatiris más queridos en todo el imperio, por eso los indios,
rodearon su lecho de agonía, llenos de tristeza, lamentando su próxima muerte. El anciano, al ver en torno de si ese grupo
de compatriotas desdichados, sentía más honda pesadumbre e imaginaba los tiempos de dolor y amargura que el futuro
guardaba a esos desventurados. Fue entonces que se acordó de la promesa del gran astro. resolvió pedirle una gracia, un
bien durable, para dejarlo de herencia a los suyos; algo que no fuera ni oro ni riqueza; para que el blanco ambicioso no
pudiera arrebatarles; en fin, un consuelo secreto y eficaz para los incontables días de miseria y padecimientos.

Al llegar la noche, lleno de ansiedad en medio de la fiebre que le consumía, imploro al sol para que acudiera a oírle su
última petición. Alos pocos momentos un impulso misterioso lo levantó de su lecho y lo hizo salir de la choza.

Kjana-chuyma, dejándose llevar por la secreta fuerza que lo dirigía, subió por la pendiente arriba hasta la cumbre del cerro.
En la cima notó que le rodeaba una gran claridad que hacía contraste con la noche fría y silenciosa. De pronto una voz le
dijo:

-Hijo mío. He oído tu plegaria. ¿Quieres dejar a tus tristes hermanos un lenitivo para sus dolores y un reconfortantes para las
terribles fatigas que les guarda en su desampara?

-Si, sí. Quiero que tengan algo con que resistir la esclavitud angustiosa que les aguarda. ¿Me la concederás?

-Bien, - respondió la voz- mira en torno tuyo ¿ves esas pequeñas plantas de hojas verdes y ovaladas? La he hecho brotar por
ti y para tus hermanos. Ellas realizaran el milagro de adormecer penas y sostener fatigas. Serán el talismán inapreciable par
los días amargos. Di a tus hermanos que, sin herir los tallos, arranquen las hojas y después de secarlas, las mastiquen. El
jugo de esas plantas será el mejor narcótico para la inmensa pena de sus almas.

Kjana- chuyma, sintiendo que le quedaban pocos instantes de vida, reunió a sus compatriotas y les dijo:

-hijos míos. Voy a morir, pero antes quiero anunciaros lo que el INTI, nuestro Dios, ha querido en su bondad concederos por
intermedio mío: Subid al cerro próximo. Encontrareis unas plantitas de hojas ovaladas. Cuidadlas, cultivadlas con esmero.
Con ellas tendréis alimento y consuelo. En las duras fatigas que os impongan el despotismo de vuestros amos, mascad esas
hojas y tendréis nuevas fuerzas para el trabajo.

En esos desamparados e interminables viajes que les obligue el blanco, mascad esas hojas y el camino os hará breve y
pasajero.

En los momentos en que vuestro espíritu melancólico quiera fingir un poco de alegría, esas hojas adormecerán vuestra pena
y os dará la ilusión de creerlos felices.

Cuando queráis escudriñar algo de vuestro destino, un puñado de esas hojas lanzado al viento os dirá el secreto que
anheláis conocer.

Y cuando el blanco quiera hacer lo mismo y se atreva a utilizar como vosotros esas hojas, le sucederá todo lo contrario. Su
jugo, que para vosotros será la fuerza de la vida, para vuestros amos será vicio repugnante y degenerado: mientras que para
vosotros los indios será un alimento casi espiritual, a ellos les causará la idiotez y la locura.

Cuidad que no se extinga y conservarla y propagadla entre los vuestros con veneración y amor. El viejo kjana-chuyma doblo
su cabeza sobre el pecho y quedo sin vida.

Los desdichados indios gimieron por la muerte del venerable yatiri. Eligieron la cima del próximo cerro para darle sepultura.
Fue enterrado dentro de un cerco de las plantas verdes y misteriosas. Recién en ese momento se acordaron de cuánto les
había dicho al morir kjana-chuyma y recogiendo cada cual un puñado de las hojitas ovaladas se pusieron a masticarlas.

Entonces se realizó la maravilla. A medida que tragaban el amargo jugo, notaron que su pena inmensa se adormecía
lentamente…
La Leyenda del tesoro del Choqueyapu

Un anciano ermitaño vive solo con su perro en la montaña no muy lejos de un pueblo al que se dirige de vez en cuando para
renovar su stock de víveres y de ropa. El hombre es poco hablador, y nadie sabe realmente quien es. Todo lo que se cuenta
envidiosamente de es que ese viejo loco es probablemente un minero increíblemente afortunado al ver brillantes pepitas de
oro que saca de su bolsillo para pagar sus compras. Los habitantes del pueblo envidiosos de tal riqueza, han muchas veces
buscado penetrar los secretos del tesoro de ermitaño. Pero en vano. El hombre es muy prudente, y con su viejo fusil y su fiel
perro de guardia, cuida a que cada uno de esos codiciosos espiones no se acerquen a su propiedad.

Un buen día, las visitas al pueblo del ermitaño cesan. Es su perro quien se presenta a los aldeanos con una lista de compras
de medicamentos prescrita por su amo y acompañado de pepitas de oro. La novedad de una gran enfermedad del viejo
hombre se difunde rápidamente, y todo el mundo se precipita, armas en la mano, hacia la morada del ermitaño con la
esperanza de pillar su tesoro.

Dos adolescentes del pueblo aprenden a vivir solos después de la muerte trágica de sus padres enfermos. Los huérfanos
viven en une extrema pobreza y tratan de sobrevivir como pueden, en la indiferencia total del resto de la comunidad. Ellos
se enteran con tristeza de la enfermedad del ermitaño, que les recuerda a sus padres que les habían dado su amor, su salud
y su vida para ofrecerles toda la felicidad posible. Los dos huérfanos deciden entonces vender uno de sus raros bienes para
comprar un cántaro de leche fresca que ellos llevaran al viejo ermitaño.

Los aldeanos encuentran al ermitaño con fiebre tendido en su cama, su perro fiel acostado a sus pies. Ninguno viene a
brindar ayuda al viejo hombre enfermo, todos se precipitan al interior de la casa devastando todo en busca del famoso
tesoro. Pero no encuentran ninguna pepita de oro... se tienen que resignar a admitir que el viejo está a punto de morir
después de haber gastado sus últimas pepitas. Se regresan furiosos con la moral vacía al pueblo dejando al ermitaño
agonizando en su cama. Los dos huérfanos, llegan tardíamente al lugar, descubriendo al ermitaño abandonado en su cama
en medio de su habitación devastada. Se quedan en su cabecera y generosamente ofrecen al viejo hombre todos los
cuidados y el consuelo que el necesita. Después de algunos días, el ermitaño recupera sus fuerzas y, conmovido por el amor
y la generosidad de los dos huérfanos, les propone de adoptarles como sus propios hijos.

El ermitaño cuenta su historia a los dos niños, una vida llena de sufrimiento donde la crueldad, el egoísmo y la codicia de la
gente le hacen perder todo lo que la tenia de valioso en el mundo, su esposa y sus dos hijos, y lo llevan a exiliar a este lugar
aislado. Es por casualidad, cavando los cimientos de su casa, que descubre una gran sala secreta cubriendo un inmenso
tesoro de pepitas de oro. El precioso mineral provenía ciertamente de las riberas del río Choqueyapu en la época de la gran
civilización de Tiahuanacu.

Unos días más tarde, el ermitaño envía a los dos chicos al pueblo para comprar algunos víveres y ropa. El asombro de los
aldeanos es inmenso cuando los dos chicos, habitualmente miserables, sacan de sus bolsillos dos enormes pepitas de oro
para pagar sus compras. Los aldeanos saben entonces que el tesoro existe aún y deciden regresar donde el ermitaño y
utilizar la fuerza para obtener su secreto.

Una vez en la morada, encuentran al ermitaño y los dos chicos en la puerta. Sobre la amenaza de armes, el ermitaño revela
el lugar del oculto tesoro. Abre la puerta del suelo y todos los aldeanos se lanzan en la sala subterránea. Embriagados por la
vista de tanta riqueza, los aldeanos arrancan las pepitas y comienzan a matarse. Delante ese espectáculo lamentable, el
ermitaño cierra la puerta del escondite después de haber extraído algunas bolsitas de pepitas que le permitirá asegurar una
modesta existencia con sus dos hijos. Luego el derrumba las paredes de su casa que caen y sepultan por siempre a los
ciudadanos en su tumba dorada.

El ermitaño, sus dos hijos y su perro abandonan la región hacia horizontes mejores dejando atrás el secreto del tesoro del
Choqueyapu.

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