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Inessa Armand: Revolucionaria y Feminista

El documento describe la vida y obra de Inessa Armand, una revolucionaria bolchevique y organizadora de las mujeres trabajadoras en Rusia a principios del siglo XX. Armand jugó un papel clave en la construcción del Partido Bolchevique y en la organización de las mujeres trabajadoras y la lucha por sus derechos. Tras su muerte en 1920, fue despedida por una gran multitud de mujeres trabajadoras en reconocimiento a su dedicación a mejorar sus vidas y empoderarlas.

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Inessa Armand: Revolucionaria y Feminista

El documento describe la vida y obra de Inessa Armand, una revolucionaria bolchevique y organizadora de las mujeres trabajadoras en Rusia a principios del siglo XX. Armand jugó un papel clave en la construcción del Partido Bolchevique y en la organización de las mujeres trabajadoras y la lucha por sus derechos. Tras su muerte en 1920, fue despedida por una gran multitud de mujeres trabajadoras en reconocimiento a su dedicación a mejorar sus vidas y empoderarlas.

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Inessa Armand, revolucionaria bolchevique, gran

organizadora de las mujeres trabajadoras


Hace cien años, una ola interminable de trabajadoras
despedía a la gran revolucionaria Inessa Armand.
Cynthia Luz Burgueño
Hace cien años, el 11 de octubre de 1920 una “interminable
afluencia de mujeres trabajadoras” despedía en Moscú a Inessa
Armand. El 24 de septiembre de 1920 moría una de las más
grandes revolucionarias, propagandista clandestina, miembro de la
vieja guardia bolchevique desde antes de la Revolución de 1905,
internacionalista, organizadora de las mujeres trabajadoras. Así la
destaca una de las últimas biografías publicadas en castellano:
“Inessa Armand. Revolucionaria y Feminista” de R.C. Elwood (Viejo
Topo).
Elizabeth -Inès- Inessa nació el 8 de mayo de 1874 en un barrio
obrero de París. Cuando murió, 46 años después, varios discursos
dieron cuenta de sus grandes aportes. Murió en septiembre de
1920 cuando estaba de vacaciones en el Cáucaso cuidando su
delicada salud. Tras su fallecimiento la acompañó un cortejo en el
Salón Pequeño de la sede del Sindicato donde estaba instalada la
capilla ardiente decorada con pancartas revolucionarias, rodeada
por una guardia de honor de cuatro mujeres del Zhenotdel (Sección
Femenina del Comité Central del Partido Comunista Ruso), sus
cinco hijos, su exmarido Alexander Armand, Lenin y su compañera
Nadezhda Krupskaia.
La mayoría de los biógrafos occidentales partieron de la biografía
de Bertram Wolfe, basada en la hipótesis central de una relación
amorosa entre Inessa y Lenin desde 1910 a 1916, habiendo
publicado la correspondencia entre ambos. A partir de ahí, todas las
bibliografías destacaron a Inessa Armand por su belleza parisina, su
gran talento para los idiomas, por ser muy buena pianista y por una
militancia limitada a ser camarada y amiga de Lenin [1]. Una de las
últimas obras que destacan por ser una ruptura con esta visión es
“Inessa Armand. Revolucionaria y Feminista” del historiador
canadiense R.C. Elwood. Aunque no es reciente, -fue escrita en
1992 y traducida al castellano por El Viejo Topo en 2018
(Barcelona)- es una buena oportunidad para rescatarla, no sin una
importante mirada crítica, a cien años de la muerte de una de las
más grandes revolucionarias del siglo XX.
Esta obra narra en detalle todo el recorrido de la militancia de
Inessa, desde su inicio militante como propagandista clandestina,
cuando regresa a Moscú en 1904 desde Suiza donde vivió cuatro
años y medio bajo arrestos, cárcel y exilio por su actividad como
propagandista revolucionaria en la clandestinidad. Como
socialdemócrata en Moscú desde 1904 a 1907, su desarrollo como
organizadora bolchevique y dirigente del trabajo político en la
emigración junto a Lenin desde 1910 a 1917, y como dirigente
comunista desde 1918 a 1920. Para ello se basa en nuevas fuentes
como la correspondencia de Inessa con su exesposo e hijos,
informes policiales, entre otras, que aparecieron en las décadas del
sesenta y setenta.
Inessa, revolucionaria y organizadora del Partido Bolchevique
En 1880 había llegado de París junto a su tía Elizabeth Stéphane,
institutriz y profesora de piano, a vivir con la familia de los once
hermanos Armand. Se casó con Alexander Armand a los 19 años
en 1893 con quien tuvo cuatro hijos. Años después comenzó su
militancia revolucionaria, siendo conocida como Inessa, firmaba sus
escritos como “Elena Blonina”. En 1903 se unió al Partido
Socialdemócrata y en 1907 fue condenada a dos años de prisión
por repartir propaganda ilegal. Sin embargo, logró escapar antes
de cumplir toda la condena y huyó a París. Allí se adentró en los
círculos bolcheviques y conoció a Lenin.
En 1909 moría de tuberculosis su segunda pareja después de
Alexander, lo que significó un duro golpe personal para Inessa, justo
en un periodo militante sin rumbo, obligada a vivir fuera de Rusia
frente a la represión que se agravó entre 1909 y 1910, separada de
sus hijos. Desde Bruselas decidió formarse en Ciencias
Económicas y ser traductora para el Buró Socialista Internacional,
hasta que participó del Octavo Congreso de la Segunda
Internacional en Copenhague invitada por Lenin. Dando así fin a su
período de impasse político, en 1910 se trasladó a París desde
donde comenzó a dirigir el trabajo de organización del partido junto
a la Sección Bolchevique del Partido Socialista Francés, de la que
fue representante y encargada de la correspondencia con los
grupos bolcheviques del resto de Europa occidental. Organizó a los
emigrados políticos que llegaban desde otros países europeos, por
lo que fue nombrada Secretaria del Comité de las Organizaciones
Extranjeras en 1911.
Esos años fueron cruciales para la construcción del Partido
Bolchevique y en medio de luchas fraccionales y represión policial
del régimen zarista, tuvo su momento cúlmine en la Conferencia de
Praga en agosto de 1912, “en cuya organización Inessa jugó un
papel activo en Longjumeau en el verano de 1911- filtró, formó y
adoctrinó a un grupo de trabajadores clandestinos del partido que
fueron los que se reunieron y en gran parte constituyeron la
Conferencia de Praga” [2]. Inessa había formado y supervisado esa
escuela que se inauguró en junio de 1911.
Armand era para Lenin una persona de confianza absoluta para
todas estas tareas. Le encomendó la restauración del Comité de
Petersburgo y para ello, la organización clandestina. Fue arrestada
en septiembre de 1912 durante seis meses y allí su salud empezó a
deteriorarse hasta que se permitió a su exesposo Alexander visitarla
y pagar su fianza, que como tantas veces hizo generosamente.
Entre cada una de estas tareas llenas de peligros para construir un
partido revolucionario, los Ulianov se hacían su espacio en Cracovia
para descansar con su círculo de amigos, Armand, Zinoviev,
Kamanev, y disfrutar de lo que más gustaba a Lenin que eran las
excursiones por las montañas y prados; algo que también
encantaba Inessa. El pseudónimo Blonina es elegido por esos
prados, que en polaco se dicen blon. Inessa mantuvo con ambos
una amistad muy profunda, como la recordaba Krupskaia: “era
nuestra mejor amiga”.
Inessa, feminista socialista y organizadora de las mujeres
trabajadoras
El otro aspecto que destaca Elwood es a Inessa Armand como
“feminista”, aunque reconociendo que sería un término que ella
hubiera rechazado, ya que en aquel momento se identificaba
únicamente con el feminismo burgués. Narra su gran labor en la
rehabilitación a mujeres en situación de prostitución antes de la
revolución de 1905, en la organización de las mujeres trabajadoras
y por los derechos de las mujeres en el nuevo Estado soviético.
El capítulo “Del feminismo al marxismo” da cuenta de esta
evolución, muy relacionada con su desilusión con la labor
filantrópica, además de cambios importantes en su vida personal
cuando se enamoró del hermano menor de Alexander, Vladimir,
involucrado en las organizaciones estudiantiles de izquierda
revolucionarias y que influyó a Inessa en la evolución hacia al
marxismo, al igual que casi todos los jóvenes Armand que se
hicieron revolucionarios. Alexander aceptó su relación y la apoyó en
su causa militante financieramente con los beneficios obtenidos de
sus empresas textiles durante toda su vida. Incluso crió a sus hijos y
garantizó que visitasen a su madre, lo que llevó a Inessa a sentir
una gran admiración y cariño por Alexander por la “gran relación”
que habían establecido.
Es en su viaje y estancia en Suiza en 1903 donde comenzó a
profundizar la lectura sobre marxismo, especialmente libros de
Lenin. R.C. Elwood, en su biografía sobre Armand, sostiene, sin
embargo, una hipótesis que no compartimos. Para el autor el
paso a la militancia revolucionaria no fue alcanzado directamente
desde su experiencia en el movimiento de mujeres, ya que “el
marxismo tenía poco que ofrecer a alguien que estuviese
explícitamente interesado en los problemas de las mujeres” porque
“para los marxistas ortodoxos, los problemas de las mujeres eran
los mismos que los de los hombres y solo podían resolverse en el
marco general de la lucha de clases”.
Según esta interpretación, este es un tema que Inessa tuvo que
“sumergir” y aceptar la premisa de que sólo se pueden resolver
después de la revolución, como base para “promover la conciencia
de clase de todos los trabajadores”. Incluso el autor llega a afirmar
que el origen de este supuesto “rechazo de la cuestión femenina”
del Partido Bolchevique está en las fuentes teóricas de Karl Marx,
cuestión que no debatiremos en este artículo, limitándonos a
mencionar que existe una gran cantidad de literatura para rebatir
estos postulados basados en fuertes prejuicios sin fundamentos
sólidos de ningún tipo [3].
Una hipótesis que, además, se contradice totalmente con la que
fue una de las tareas más prioritarias de Armand durante su
militancia, y que da cuenta el mismo libro: la organización de las
trabajadoras y la lucha por los derechos de las mujeres. Inessa
ayudó a reforzar la organización de las mujeres trabajadoras en
París -en especial a las obreras rusas que trabajaban en fábricas
francesas- comenzada por Ludmila Stal y Krupskaia que en 1908 se
había trasladado junto a Lenin a París.
Participó del Congreso de las Mujeres de San Petersburgo de 1908
y en la Conferencia de las Mujeres Socialistas de Copenhague de
1910, cuando comenzó a reflexionar sobre la situación de las
trabajadoras respecto a la doble carga del hogar y del trabajo, y a la
vez a observar las contradicciones dentro del Partido
Socialdemócrata, donde había importantes sectores que
devaluaban esta cuestión. En el verano de 1912, comenzó a
trabajar con la secretaria del consejo editorial del Pravda,
Konkordiia Samoilova, quien organizaba y publicaba la
correspondencia de las trabajadoras. Juntas propusieron elaborar
un periódico femenino, enfrentándose a varios debates y
resistencias de sectores del partido bolchevique. En 1913 se
conmemoró por primera vez en Rusia el Día Internacional de las
Mujeres, propuesto por Clara Zetkin en la Conferencia Internacional
de Mujeres Socialistas de Copenhague.
El mismo día, pero en 1914, el comité central del POSDR bajo
propuesta de Lenin, aprobó la publicación en San Petersburgo del
periódico Rabotnitsa (La Obrera) -nombre decidido por Inessa y
Krupskaia- con recaudaciones hechas por las trabajadoras y las
integrantes del consejo editorial: Armand, Krupskaia y Anna
Ulianova-Elizarova, Samoilova, entre otras. Casi todas fueron
arrestadas antes de la salida del primer número cuyos ejemplares
fueron confiscados por la policía. Menos a Anna, quien estableció
otra imprenta y logró publicar los doce mil ejemplares que se
habían propuesto para conmemorar el Día Internacional de las
Mujeres. Lenin había apoyado así la iniciativa de las dirigentes
bolcheviques. Esta es una realidad que muestra algo opuesto a lo
que afirma sin prueba alguna Elwood, quien llega a asegurar
que Lenin tenía una falta de “confianza en que las inexpertas
bolcheviques que tenía a su alrededor fuesen capaces de organizar,
financiar, editar y publicar por sí solas un periódico del partido”. [4]
Inessa Internacionalista
El libro de R.C. Elwood tiene el gran mérito de superar lo que hasta
el momento había sido una limitada biografía personal de Inessa, en
detrimento de su apasionante vida militante. Sin embargo, desde la
mitad de la obra empieza a pintar a una Inessa que, en su
militancia revolucionaria, no elige por sí misma sus tareas –que el
autor considera “triviales” y “serviles”–, siendo la “chica para todo”
de Lenin tal como llega a titular un capítulo, una “subordinada leal”
para “utilizar” su conocimiento de idiomas europeos y su instalación
en París. [5]
La obra en este punto decepciona, he de reconocer que lo hace,
pero a la vez no deja de resultar interesante cómo narra todo el
período de 1914 en el que la tensión de Lenin está sumergida en
las luchas fraccionales contra el liquidacionismo y su objetivo de
construir un partido revolucionario de nuevo tipo; lo que implicaba
romper con la tendencia menchevique y construir el partido
bolchevique en condiciones de persecución policial, arrestos y
deportaciones.
Eso sí, en este capítulo el autor se detiene más en la figura de
Lenin que en la de Armand, centrando como fuente documental las
cartas de Lenin -muy pocas de Inessa- y habla por ella mediante lo
que el propio autor supone que “probablemente” respondería o
sentiría, siempre interpretando tendenciosamente que “discutir con
Lenin era una experiencia frustrante”. [6]
Aun destacando esta importante crítica, invito al lector o lectora
que continúe con la obra, ya que la investigación que la recorre es
bastante seria, los documentos también hablan por sí mismos y a la
vez permiten reconstruir la rica biografía de una Inessa alejada del
victimismo, lo que contradice al mismo autor.
Por el contrario, esas fuentes muestran que Lenin ha tenido una
confianza absoluta y gran un reconocimiento en la capacidad de
Armand a quien, instalada en París, le confiere una responsabilidad
desde luego nada fácil, de llevar a cabo complejas luchas políticas
como la de la Conferencia de Bruselas en julio de 1914. Y por ello
esta biografía no puede ocultar que ha sido una aliada y “mano
derecha” en tareas centrales de dirección; cuestión nada común en
tiempos en que las mujeres representaban una porción muy
minoritaria en la dirección del partido. Por otro lado, los documentos
muestran que Lenin nunca dejó de preocuparse por su vida
personal y su delicada salud, y las cartas políticas que cita el autor
nunca dejaron de ser fraternales, aunque atravesadas por la
compleja situación política. Incluso en las cartas de intercambio
sobre las reflexiones de Inessa alrededor del amor libre y la
cuestión de la familia, Lenin parece diferir bastante. Pero para el
autor “Lenin demostró una falta de comprensión total del punto de
vista de Inessa” y “trató de abrumarla con la lógica y los análisis”.
En todo caso, el victimismo que intenta mostrar el autor es una
demostración de su propia interpretación paternalista, en la que
pareciera que no cabe polemizar con una mujer revolucionaria y
disputar abiertamente las diferencias o críticas, como hacía Lenin
con todos los dirigentes masculinos.
Elwood considera que para Lenin estos problemas de la vida
personal eran “burgueses” y asegura que no les daba ninguna
importancia, por lo que Armand se iba “frustrando” en sus escritos y
reflexiones sobre sexualidad y el amor libre. Pero si Inessa hubiera
podido elegir cómo escribir su biografía hubiera rechazado esa
posición victimista. Lo mismo les hubiera ocurrido a sus
compañeras, esas grandes mujeres revolucionarias como Rosa
Luxemburgo, Krupskaia o Zetkin- quienes igual que ella en aquella
época han tenido sobre sus espaldas la responsabilidad de actuar
frente a una guerra de implicancias profundas para la situación
mundial. “Probablemente” (como gusta decir el autor) no “frustraron”
el desarrollo de sus teorías sobre las cuestiones femeninas, sino
que, como mujeres revolucionarias decidieron estar también al
frente de otras cuestiones de importancia estratégica: los tambores
de guerra de la Primera Guerra Mundial y la ruptura de la Segunda
Internacional.
En 1915 se celebraron cuatro conferencias socialistas: la
Conferencia de Secciones Extranjeras del RSDPR, la Conferencia
Internacional de Mujeres Socialistas, la Conferencia Internacional
de la Juventud Socialista y la Conferencia de Zimmerwald. Inessa
participó en todas y en la conferencia de mujeres fue la principal
organizadora y convocante en nombre de Rabotnitsa.
Invitó primero a Zetkin con el objetivo de debatir la adopción de una
posición común sobre la guerra y la traición de la Segunda
Internacional, que había votado los créditos para la guerra
imperialista. Es muy llamativa y poco conocida la anécdota de que
Zetkin, cuando respondió aceptando la invitación, criticó a Inessa
por “imprudente”, al escribir su carta de invitación sin camuflajes y
sellada. Armand aceptó seriamente la crítica y respondió su carta
diciendo: “Nos alegra que apruebes el matrimonio de Lucy” y
finalizó la carta diciendo “hay otros asuntos que me gustaría
plantearte, pero desgraciadamente tengo que ocuparme de mis
tareas domésticas” [7], en referencia a un debate que había
planteado Zetkin sobre cómo hacer la propuesta en la Conferencia.
Krupskaia recordó además, que fue Inessa quien defendió la
posición de los bolcheviques de transformar la guerra imperialista
en guerra civil y establecer una nueva internacional.
Inessa y el Estado obrero ruso
Inessa, tras regresar en la delegación que volvía a Rusia en el “tren
blindado” con Lenin frente a los acontecimientos revolucionarios,
estuvo entre las principales dirigentes del Estado obrero ruso. En
primer lugar, fue miembro del Comité Ejecutivo del Soviet de Moscú
y fue encomendada para diferentes tareas de dirección entre 1918 y
1919. Como miembro del presidium del Soviet de Diputados de los
Trabajadores y Soldados de Moscú, fue delegada del Ejecutivo
Central Panruso. Lenin propuso, ante la posición de Inessa casi en
el centro del poder Estado, que se le proporcione un apartamento
conectado con el circuito cerrado del sistema de comunicación con
el Kremlin.
En este periodo centró su trabajo de partido hacia las mujeres. En
1918 Inessa fue nombrada presidenta de la Comisión Central para
la Agitación y Propaganda entre las Mujeres Trabajadoras, apoyada
por Kollontai y Samoilova. Dejando de lado la valoración poco
fortuita del autor de que “probablemente” haya sido el periodo más
“productivo y gratificante” de su vida dejando de ser “la chica para
todo”, en el capítulo “Feminismo soviético” hace un desarrollo muy
interesante sobre la labor y el funcionamiento de la Sección
Femenina del Comité Central (Zhenotdel), del cual Armand fue su
primera directora. Tras el mismo, según Krupskaia, unas diez
millones de mujeres pasaron por esas “escuelas de comunismo”. El
resultado de este gran trabajo se contradice totalmente con la
hipótesis del autor de la liberación de que las mujeres “figuraba en
los últimos lugares de la lista de prioridades del partido”. El Estado
obrero nacido de la Revolución Rusa brindó conquistas para las
mujeres que hasta entonces no se habían logrado en ningún país
occidental del mundo. [8]
Fue solo después de la burocratización del Estado obrero y la
consolidación del estalinismo, cuando la gran contribución de
Inessa Armand al Estado revolucionario y al movimiento de mujeres
trabajadoras fue borrada, durante el último cuarto de siglo de la
vida de Stalin. En 1930 el Zhenotdel fue clausurado y los viejos
bolcheviques, las biografías de Lenin y las historias del partido
dejaron de mencionar a Inessa Armand.
Su última gran empresa fue la preparación, organización y
conducción de la Primera Conferencia Internacional de Mujeres
Comunistas en 1920. Iba a ser la última vez que se vería en un
presidium, aquella vez para atraer a las mujeres rusas y unificar a
las mujeres europeas, encabezando el nuevo Secretariado
Internacional. Pero su salud se estaba deteriorando gravemente y
Lenin insistió en que se tomara vacaciones de descanso en el
Cáucaso, a través de lo que será la última de sus cartas. Allí falleció
de cólera, su féretro fue trasladado a Moscú el 11 de octubre
acogido por Lenin. Cuando el ataúd fue llevado a la Plaza Roja una
orquesta interpretó a Chopin, Mozart y Beethoven que tanto
agradaba a Inessa escuchar y tocar en su piano. En su séquito,
cuenta el autor, estuvieron sus hijos, su familia, sus amigos y “una
oleada interminable de trabajadoras”.
Rescatar su figura como dirigente revolucionaria de las mujeres de
la clase trabajadora es una tarea imprescindible para las nuevas
generaciones que han tomado la elección de la militancia
revolucionaria, contra el espíritu individualista de la época. Y contra
las academias burguesas que han gastado ríos de tinta contra la
experiencia del partido bolchevique y el Estado obrero que hizo
temblar no sólo al régimen zarista ruso, sino a las burguesías de
Europa y del mundo.

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