JARDÍN DE MARTA
(MARGARITA y FAUSTO.)
MARGARITA: Prométemelo, Fausto.
FAUSTO: Con todas mis fuerzas.
MARGARITA: Di, ¿cómo estás con la religión? Aunque eres un hombre bueno de corazón,
me temo que no le das
mucha importancia.
FAUSTO: ¡Déjalo, niña! Ves que para ti soy bueno: por mi amor doy cuerpo y sangre; no
quiero sustraerle a nadie
sus sentimientos ni su Iglesia.
MARGARITA: Eso no me gusta, se debe tener fe.
FAUSTO: ¿Se debe?
MARGARITA: Si tuviera algún poder sobre ti... No veneras los Santos Sacramentos.
FAUSTO: Los venero.
MARGARITA: Jamás los pides. Hace mucho tiempo que no oyes misa ni te confiesas.
¿Crees en Dios?
FAUSTO: Amada niña, ¿quién puede decir: yo creo en Dios? Pregunta a los sacerdotes y
doctores; su respuesta parece sólo burla de quien pregunta.
MARGARITA: Entonces, ¿no crees?
FAUSTO: ¡No me comprendas mal, mujer de tierna mirada! ¿Quién puede nombrarlo?,
¿quién puede confesar que cree en Él?, ¿quién puede percibir y quién atreverse a decir: yo no
creo? El que todo lo abarca, el que todo lo sostiene, ¿nos abarca y sostiene a ti, a mí y a sí
mismo? ¿No se aboveda el cielo sobre nosotros? ¿No está firme la tierra aquí debajo? ¿No se
asoman, mirándonos con simpatía, las estrellas eternas? ¿No te miro a los ojos y se agolpa
todo en tu corazón y en tu cabeza, flotando en un misterio eterno, visible e invisible, junto a
ti? Llena tu corazón en toda su grandeza, y si tu sentimiento es de alegría, llámalo como
quieras. Llámalo felicidad, corazón, amor, Dios. No tengo nombre para ello. Todo es
sentimiento. Los nombres son un humo y un eco que envuelven en niebla el fuego celestial.
MARGARITA: Todo eso está bastante bien y es bonito. El sacerdote dice más o menos lo
mismo, pero con diferentes palabras.
FAUSTO: Todos los corazones lo dicen en todas partes a la luz del día. Cada cual en su
lengua. ¿Por qué no yo en la mía?
MARGARITA: Cuando se oye eso no suena nada mal, pero hay algo que no casa del todo y
es que no eres cristiano.
FAUSTO: ¡Niña amorosa!
MARGARITA: Hace tiempo que me duele verte en tal compañía.
FAUSTO: ¿De quién?
MARGARITA: Odio desde lo más profundo al hombre que te acompaña. En mi vida nada me
ha dañado más el corazón que la horrible mirada de ese hombre.
FAUSTO: Querida muñeca, no sientas temor.
MARGARITA: Su presencia me agita la sangre. Con todos los demás suelo ser buena, pero
lo mismo que me gusta verte, siento un terror incomprensible ante ese hombre y además me
parece un bribón. ¡Que Dios me perdone sino lo juzgo bien!
FAUSTO: También tiene que haber gente extraña.
MARGARITA: ¡No me gustaría vérmelas con uno como él! En cuanto llega por la puerta
tiene el mismo ademán burlón, medio encolerizado. Se le nota que no le importa nada. Lleva
escrito en la cara que no puede querer a nadie. Me encuentro tan bien en tus brazos, tan libre
y entregada; pero al verlo siento una opresión en mi interior.
FAUSTO: Ángel lleno de presentimientos.
MARGARITA: Esta sensación se ha apoderado tanto de mí que, apenas se acerca a nosotros,
empiezo a sentir que ya no te quiero. Cuando él está delante no puedo rezar y eso me devora
el corazón. Te tiene que pasar lo mismo, Fausto.
FAUSTO: Sólo le tienes antipatía.
MARGARITA: Debo marcharme ya.
FAUSTO: ¿Jamás podré descansar una hora en tu seno, acercar pecho contra pecho y unir
nuestras almas?
MARGARITA: Si durmiera sola, dejaría abiertos los cerrojos, pero mi madre tiene muy
ligero el sueño y, si nos sorprendiera, me moriría allí mismo.
FAUSTO: Ángel mío, por eso no te inquietes. Aquí hay un pequeño frasco. Sólo con tres
gotas en su bebida la Naturaleza la envolverá propicia en un profundo sueño.
MARGARITA: ¿Qué no haría por ti? Confío en que no le hará daño.
FAUSTO: ¿Te lo daría entonces, amada mía?
MARGARITA: Sólo al verte, amor mío, no sé qué me sujeta a tu voluntad; he hecho tanto
por ti que no me queda casi nada por hacer.
(Se va. Entra MEFISTÓFELES.)
MEFISTÓFELES: ¿Se ha marchado ya la mona?
FAUSTO: ¿Has vuelto a fisgonear?
MEFISTÓFELES: Lo he escuchado todo con detalle. Han estado catequizando al doctor.
Espero que le siente bien. Los muchachos están muy interesados en que sea piadoso y bueno
a la antigua usanza. Piensan: si cede en esto, nos seguirá en todo.
FAUSTO: Monstruo, no comprendes que esa alma leal, enamorada y llena de fe, que es lo
único que le da alegría, se atormenta y le da por creer que su amado se encuentra en
perdición.
MEFISTÓFELES: Sensual y suprasensible galán, esa muchachita te está mangoneando.
FAUSTO: Grotesco engendro de fuego y escoria.
MEFISTÓFELES: Y de fisonomía entiende mucho. En mi presencia se siente aturdida. Mi
disfraz no oculta ciertas intenciones. Ella presiente que soy un genio, o quizás el mismo
demonio. Así, ¿conque esta noche?...
FAUSTO: ¿Y a ti que te importa?
MEFISTÓFELES: Yo también disfrutaré con ello.