Miguel Hidalgo
(Miguel Hidalgo y Costilla, también llamado El cura Hidalgo; San Diego Corralejo,
Guanajuato, 1753 - Chihuahua, 1811) Patriota mexicano que inició la lucha por la
independencia.
Sacerdote culto y de avanzadas ideas que había trabajado, desde su parroquia en la
población de Dolores, por mejorar las condiciones de vida de los feligreses, Miguel Hidalgo
se integró activamente en los círculos que cuestionaban el estatus colonial y conspiraban
para derrocar al virrey español. Cuando fue descubierta la conjura en que participaba, su
firme determinación y su llamamiento a tomar las armas (el llamado Grito de Dolores, el 16
de septiembre de 1810) lo erigieron en líder de un alzamiento popular contra las
autoridades coloniales.
A punto estuvo el movimiento de alcanzar y tomar la Ciudad de México; pero un error
táctico, comprensible en quien no era militar ni estratega, debilitó su posición y acabó con la
derrota y ejecución del cura y sus lugartenientes. Pese al fracaso, Miguel Hidalgo puso en
marcha el proceso que conduciría a la independencia de México (1821), y su figura destaca
singularmente en la medida en que no hubo en su lucha un afán de poder o una defensa de
los privilegios de las élites criollas, sino un imperativo ético y un ideal de justicia social al
servicio de sus conciudadanos. Por todo ello es el más admirado de los padres de la patria
mexicana.
El cura ilustrado
Perteneciente a una acomodada familia criolla, era el segundo de los cuatro hijos de don
Cristóbal Hidalgo y Costilla, administrador de la hacienda de San Diego Corralejo, y de doña
Ana María Gallaga Mandarte. A los 12 años se trasladó a la ciudad mexicana de Valladolid
(actual Morelia), donde realizó sus estudios en el Colegio de San Nicolás; marchó luego a la
Ciudad de México para cursar estudios superiores. En 1773 se graduó como bachiller en
filosofía y teología, y obtuvo por oposición una cátedra en el mismo Colegio de San Nicolás.
Durante los años siguientes realizó una brillante carrera académica que culminaría en 1790,
cuando fue nombrado rector del Colegio de San Nicolás. En aquella misma institución
tendría como alumno a un joven despejado y voluntarioso, a un discípulo ejemplar que lo
sucedería no tanto en sus ensueños intelectuales como en sus correrías políticas, y en
particular en la epopeya de liberar a los indígenas de la secular y despótica opresión de los
colonizadores: José María Morelos.
En 1778 había sido ordenado sacerdote; tras recibir las órdenes sagradas, el cura Hidalgo
ejerció en varias parroquias. Ya entonces hablaba seis lenguas (español, francés, italiano,
tarasco, otomí y náhuatl) y a su biblioteca empezaban a llegar las obras de autores
franceses entonces considerados contrarios a la religión y a la corona española. Se movió
entre amigos y ambientes en que se debatían con total libertad las ideas políticas de
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vanguardia, y llegó a ser denunciado a la Inquisición por expresar conceptos incompatibles
con la religión, si bien no se le pudo formar juicio por falta de pruebas.
A la muerte de su hermano Joaquín (en 1803), Miguel Hidalgo lo sustituyó como cura de la
población de Dolores, en el estado de Guanajuato. Fue en Dolores donde, además de ejercer
generosamente su magisterio eclesiástico, emprendió tareas de gran reformador y de prócer
ilustrado, llevando a la práctica sus ideas entre sus feligreses (en su mayoría indígenas), en
un intento de mejorar sus condiciones de vida. Así, el cura se ocupó de ampliar el cultivo de
viñas, de plantar moreras para la cría de gusanos de seda y de fomentar la apicultura.
Promovió asimismo los hornos de ladrillos y una fábrica de loza, y animó a la construcción
de tinas para curtidores y otros talleres artesanos muy útiles para la prosperidad de la
población, lo que le valió el apoyo incondicional de los parroquianos.
El Grito de Dolores
En 1808, con la invasión de España por las tropas napoleónicas y la consiguiente deposición
del monarca español Carlos IV y de su hijo Fernando VII, se inició una etapa convulsa tanto
en España como en América. Surgieron entonces numerosos grupos de intelectuales que
discutían en torno a la soberanía y las formas de gobierno de las colonias.
Desde 1808 Miguel Domínguez, el corregidor de Querétaro, había promovido la formación de
un congreso americano y era partidario de una gobernación autónoma. En 1810 se reunían
en torno a él varias personas que conspiraban contra la autoridad virreinal con el pretexto
de una tertulia literaria. En las reuniones de Querétaro participaban criollos importantes,
entre los que se contaban el propio corregidor y su esposa, Josefa Ortiz de Domínguez; Ignacio
Allende, un oficial y pequeño terrateniente; y Juan Aldama, también oficial. Miguel Hidalgo
llegó a Querétaro invitado por Allende a principios de septiembre de 1810.
El objetivo de los conspiradores de Querétaro no era la independencia total, al menos al
principio. La idea era derrocar al recién nombrado virrey español, Francisco Javier Venegas,
y reunir un congreso para gobernar el Virreinato de Nueva España en nombre del
rey Fernando VII (que en ese momento se encontraba preso de Napoleón). Los conjurados
planeaban levantarse en armas contra el virrey Venegas el primero de octubre de 1810,
pero fueron descubiertos a mediados de septiembre. Hidalgo y algunos otros conspiradores
lograron ponerse a salvo gracias al aviso de Josefa Ortiz de Domínguez y se trasladaron a
Dolores.
Desbaratados, pues, los planes de los conjurados, sólo cabía esconderse o adelantar el
levantamiento, y Miguel Hidalgo optó por lo último. La noche del 15 de septiembre, el cura
pidió la ayuda de los parroquianos de Dolores, liberó a los presos políticos de la cárcel y
tomó luego las armas de la guarnición local. A la mañana siguiente convocó una misa a la
que asistieron numerosos partidarios de las cercanías, y en ella hizo un llamamiento a
alzarse en armas contra las autoridades coloniales; tal proclama es conocida como el Grito de
Dolores.
El proceder de Hidalgo dio al movimiento un giro radical. Ya no era el golpe de mano de una
élite que trataba de establecer un gobierno criollo y esperar el regreso de Fernando VII a
España: se había convertido en la primera revuelta popular de la América española, y en ella
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estalló la rabia de los oprimidos. El llamado de Hidalgo fue atendido por centenares de
campesinos de los lugares cercanos y, a medida que avanzaban, se les iban uniendo peones
e indios de las comunidades. Éstos veían en la revuelta la posibilidad de mejorar su mísera
situación, provocada por las malas cosechas y el alza de precios.
Victorias vertiginosas
Los sublevados se dirigieron a San Miguel el Grande, y el 16 de septiembre de 1810, en el
santuario de Atotonilco, Miguel Hidalgo enarboló, como enseña de su ejército, un estandarte
con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México, en el que se podía leer:
"Viva la religión. Viva nuestra madre Santísima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva la
América y muera el mal gobierno". En San Miguel el Grande se les unió el regimiento de la
reina, que comandaba Ignacio Allende, y una gran cantidad de artesanos, obrajeros y
campesinos. Junto con Allende, consiguió reunir un ejército formado por más de 40.000
hombres.
Las vicisitudes de las semanas siguientes pueden ser calificadas de vertiginosas. El 21 de
septiembre, con un numeroso, indisciplinado y turbulento batallón, Miguel Hidalgo ocupó la
ciudad de Celaya, donde se repartieron los grados entre los líderes de la insurrección: el
honor de ser teniente general recayó en Ignacio Allende; el sacerdote Miguel Hidalgo fue
proclamado sin discusión capitán general. El ejército libertador prosiguió su avance y tomó
seguidamente las ciudades de Salamanca, Irapuato y Silao.
El siguiente punto del recorrido fue la rica ciudad de Guanajuato (28 de septiembre), en la
que continuaron uniéndose al movimiento trabajadores, campesinos, indígenas y la plebe en
general; todos se sentían atraídos, como por un imán. Pero la toma de la ciudad estuvo
marcada por la violencia. El intendente Riaño no contaba con medios suficientes para
defenderla, y decidió refugiarse con la gente adinerada en la alhóndiga de Granaditas. El
asalto de la alhóndiga fue de una violencia extrema y gran parte de los que ahí se refugiaron
fueron asesinados. Aunque hay varias versiones, todas coinciden en que se cometieron
muchos crímenes y atropellos, incluso después de haber ocupado el edificio. Este episodio
ocasionó que algunos criollos retiraran su apoyo al movimiento.
Mientras tanto, las autoridades eclesiásticas condenaron con energía a los insurrectos, en
especial a su más visible cabecilla, a quien acusaron de embaucador, hereje y enemigo de la
propiedad privada, cargos por los que fue excomulgado. De hecho, Hidalgo había afirmado
para entonces que debían devolverse las tierras a los indígenas, ganándose con ello su
adhesión, pero lo que todavía no había defendido (y la actitud de los obispos no hizo sino
acelerar su decisión) era la necesidad de alcanzar la total independencia del país.
Establecer tal objetivo fue la profética respuesta que recibieron sus enemigos, y cuando dos
meses después formase en Guadalajara un gobierno provisional, su desafío llegaría hasta el
punto de decretar que debía entregarse a los naturales la tierra de cultivo, así como el
disfrute en exclusiva de las tierras comunales. Por otra parte, la aristocracia criolla,
temerosa de perder las prebendas que le otorgaba el régimen latifundista, tampoco acogería
de buen grado que aquel gobierno provisional aboliese la esclavitud y los tributos con que se
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gravaba a indios y a mestizos, ni tampoco el ulterior decreto que amenazaba con la
confiscación de los bienes de los europeos, de modo que se unió a las fuerzas del virrey y de
las jerarquías eclesiásticas.
Pero tal pérdida de apoyos no se reflejaría, por el momento, en los campos de batalla, en
los que Hidalgo continuó cosechando victorias hasta que, quizá por un exceso de grandeza
ética, cometió un fatal error estratégico. El 17 de octubre de 1810 Hidalgo tomó Valladolid
con siete mil hombres de caballería y doscientos cuarenta infantes, todos ellos mal armados,
y el 25 de octubre ocupó Toluca. Ese mismo mes se unió a Hidalgo su viejo acólito y eximio
sucesor, José María Morelos, que fue inmediatamente comisionado para llevar la
insurrección al sur del país.
Cuando ya el siguiente objetivo era la Ciudad de México, Hidalgo obtuvo una importantísima
victoria sobre Torcuato Trujillo, enviado por el virrey Francisco Javier Venegas para interceptar a
los rebeldes. El encuentro tuvo lugar en el Monte de las Cruces el 30 de octubre de 1810:
las tropas de Trujillo fueron derrotadas y, después de la sangrienta batalla, el ejército
realista huyó a la capital mexicana, posiblemente a esperar el asalto final.
Un error fatal
Piadoso en el digno ejercicio de su cargo sacerdotal, admirable por sus reformas en la
industria, brillante como legislador progresista, osado en la batalla y dispuesto a prestar su
brazo a la causa más noble y arriesgada de su tiempo, el cura Hidalgo fue, por desgracia, un
torpe general. Posiblemente se vio excesivamente abrumado por el dolor que veía entre sus
inexpertas tropas, y puede que estuviese poco dispuesto a intercambiar sacrificios, acaso
estériles, por cruentas victorias.
Lo cierto es que, después de la victoria del Monte de las Cruces, Ignacio Allende recomendó
que se atacase la capital, pero el cura Hidalgo, desoyendo el excelente consejo compartido
por los restantes jefes militares, no quiso avanzar hacia la ciudad de México. Con la carga a
sus espaldas de lo ocurrido en Guanajuato, y para evitar que sus propias tropas saquearan
la capital, o bien ante la amenaza de un ataque por parte del mariscal Félix María Calleja,
ordenó la retirada.
Tal equivocación marcó el principio del fin. Pocos días después, el 7 de noviembre, Félix
Calleja lo derrotó en la batalla de Aculco; Hidalgo regresó a Valladolid y de allí partió a
Guadalajara. Ya en Guadalajara (22 de noviembre), Miguel Hidalgo expidió una declaración
de independencia y formó un gobierno provisional; decretó además la abolición de la
esclavitud, la supresión de los tributos pagados por los indígenas a la Corona y la restitución
de las tierras usurpadas por las haciendas. Pero tales y tan excelentes decretos
administrativos y tributarios eran papel mojado sin el auxilio de la fuerza. A finales de año
había perdido ya Guanajuato y Valladolid.
El 17 de enero de 1811, las tropas de Hidalgo fueron derrotadas en la batalla de Puente de
Calderón por un contingente de soldados realistas al mando de Calleja. Depuesto del mando
por sus compañeros de lucha, Hidalgo partió hacia Aguascalientes y Zacatecas, con la
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intención de llegar a Estados Unidos para buscar apoyos a su causa, pero fue traicionado por
Ignacio Elizondo y capturado en las Norias de Acatita de Baján el 21 de mayo de 1811. En
Chihuahua, después de ser sometido a un doble proceso eclesiástico y civil, Hidalgo fue
expulsado del sacerdocio y condenado a muerte.
El fusilamiento tuvo lugar en la mañana del 30 de julio de 1811. Las cabezas de Miguel
Hidalgo, Ignacio Allende y otros insurgentes se exhibieron como escarmiento colocadas en
jaulas en la alhóndiga de Granaditas de Guanajuato. Ahí permanecieron durante varios
años. No obstante, aún le quedaban energías y caudillos a la revolución, avivada aún más
por el ejemplo del cura Hidalgo, cuya entereza, mantenida hasta el último momento, ganó la
admiración incluso del pelotón de sus ejecutores.
Padre de la patria
El gobierno virreinal estaba convencido de que con la muerte de los caudillos, fusilados en
Chihuahua, acabaría el movimiento insurgente, pero no fue así. Ignacio López Rayón,
lugarteniente de Hidalgo, le sucedió al frente del levantamiento y retomó la lucha desde su
refugio en Saltillo, al tiempo que se iniciaban las campañas de aquel antiguo discípulo de
Hidalgo, José María Morelos, a quien el cura había encargado la formación de un ejército en el
sur del país.
Con la ejecución de Morelos en 1815, la rebelión pareció definitivamente aplastada, pero el
ideario del cura de Dolores había calado en amplias capas de la sociedad mexicana, y el
proceso iniciado ya no tenía marcha atrás. Seis años después, en 1821, las semillas
fructificaron: al frente de su Ejército Trigarante, que sustentaba las tres garantías del Plan
de Iguala, Agustín de Iturbide pasó a dominar todo el país y México logró su independencia de
España.
Tras el establecimiento en 1823 de la República Mexicana, Miguel Hidalgo fue reconocido
como padre de la patria. El estado de Hidalgo lleva su nombre y la ciudad de Dolores pasó a
llamarse Dolores Hidalgo en su honor. El 16 de septiembre, día en que proclamó el
alzamiento, se celebra en México el Día de la Independencia. Sus restos reposan en la
Columna de la Independencia, en la ciudad de México.
José María Morelos
(José María Morelos y Pavón; Valladolid, actual Morelia, 1765 - San Cristóbal Ecatepec,
1815) Religioso, político y militar mexicano, caudillo de la independencia de México. Asumió
el liderazgo del movimiento independentista tras la muerte en 1811 del cura Hidalgo (a cuya
causa se había unido en 1810) y obtuvo importantes victorias. Con buena parte del sur del
país bajo su control, Morelos trató además de dar forma política a sus ideales de justicia e
igualdad a través del Congreso de Chilpancingo (1813), que formuló la declaración de
independencia, otorgó a Morelos un amplio poder ejecutivo y puso las bases para una
Constitución liberal y democrática que sería aprobada en 1814.
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Nada de ello, sin embargo, fue duradero: reforzado con importantes contingentes de tropas,
el virrey español, Félix María Calleja, hostigó permanentemente al Congreso y al propio
Morelos, hasta lograr su captura y ejecución a finales de 1815. Aunque la lucha por la
independencia prosiguió, tras la muerte de Morelos inició un franco declive. Hubo que
esperar seis años para que nuevas circunstancias históricas en la colonia y en la metrópoli
aglutinasen al movimiento emancipador en torno a la figura de Agustín de Iturbide, quien,
lograda la adhesión de amplios sectores sociales, nutrió un poderoso ejército que le permitió
dominar rápidamente el país y proclamar la independencia de México (28 de septiembre de
1821).
Biografía
José María Morelos era hijo de Manuel Morelos, carpintero de ascendencia india, y de Juana
María Pérez Pavón, una criolla cuyo padre había sido maestro de escuela en la ciudad. De
sus primeros catorce años sólo se sabe que ayudó en lo que pudo al sostenimiento de la
familia, y que la enseñanza de las primeras letras corrió a cargo de su madre.
La muerte del padre en 1779 significó un importante cambio. Confiado a la custodia de su
tío Felipe Morelos, se trasladó a una hacienda cerca de Apatzingán (Michoacán) y se dedicó
primero a la labranza y, poco después, a conducir como arriero una recua de mulas que su
tío empleaba para transportar los ricos cargamentos de mercancías entre el puerto de
Acapulco (terminal de los galeones de Manila) y la ciudad de México. Esta actividad le
proporcionó unos ingresos regulares, que el joven Morelos empleaba en comprar mulas y en
sostener a su madre y hermana.
Así vivió hasta cumplir los 25 años; en 1790, ante la insistencia de su madre, que deseaba
su ingreso en la carrera eclesiástica con la ilusión de que accediese a una capellanía o
beneficio dejado por su bisabuelo materno, José María Morelos se separó de su tío Felipe y
regresó a Valladolid para ingresar en el colegio de San Nicolás. Allí tuvo ocasión de conocer
a Miguel Hidalgo y Costilla, entonces rector del colegio, con el que coincidió durante dos
años. Estudió gramática y latín y dos años más tarde amplió estos estudios en el Seminario
Tridentino de la misma ciudad, recibiendo instrucción en retórica y filosofía. El 28 de abril de
1795 recibió el título de bachiller de artes en la ciudad de México.
Poco después solicitó de la jerarquía eclesiástica de Valladolid que se le confiriesen la
tonsura clerical, las cuatro órdenes menores y el subdiaconato, lo que consiguió a finales de
ese mismo año. En abril de 1796 aceptó una oferta del cura de Uruapan para enseñar
gramática y retórica a los niños del lugar, tras recibir la licencia correspondiente. Tras algún
tiempo de docencia, el 20 de diciembre de 1797, cumplidos los 32 años de edad, fue
promovido al sacerdocio, otorgándosele licencias para celebrar misa, oír confesiones y
predicar en Uruapan y en los curatos vecinos.
Se iniciaba así una larga carrera sacerdotal que lo llevaría a ejercer de cura párroco en
varias localidades. Primero estuvo en un distrito marginado de Churumuco, etapa durante la
cual falleció su madre en Pátzcuaro. Morelos permaneció en Churumuco durante poco más
de un año, hasta que en marzo de 1799 se le transfirió a la parroquia de Carácuaro, a unos
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cincuenta kilómetros de distancia, tan pobre como la anterior pero mucho más poblada. En
Carácuaro vivió Morelos toda una década, administrando la parroquia y viviendo de las
aportaciones de sus feligreses, que se resistían por todos los medios al pago de los
impuestos eclesiales.
Durante este periodo mantuvo y mejoró un negocio de ganado que había iniciado en su
época de arriero, administró la herencia de su madre, transfirió a su hermana la casa
familiar (actualmente Casa de Morelos en la ciudad de Morelia) y tuvo dos hijos ilegítimos;
más tarde, durante el periodo revolucionario, tendría dos hijos más. En 1807 compró en
Valladolid una casa a la que añadió un piso en 1809, sin que se tenga la menor certeza de
que le llegara noticia alguna de que se estaba preparando una revolución. Bien es cierto que
los historiadores señalan, en claro paralelismo con la trayectoria de Hidalgo, la creciente
insatisfacción y en todo caso la frustración de Morelos, acumulada a lo largo de muchos
años en el ejercicio de sus labores de cura parroquial.
El Grito de Dolores
El 16 de septiembre de 1810, con el llamado Grito de Dolores, Miguel Hidalgo prendió la mecha
del largo proceso que conduciría a la independencia de México. Hidalgo estaba en realidad
adelantando un plan que se había fraguado en Querétaro y que contaba con la participación
de criollos importantes, entre ellos el mismo corregidor de esta ciudad, Miguel Domínguez.
Al ser descubiertos los planes de los conspiradores, Hidalgo se trasladó a Dolores, y allí
dirigió a sus parroquianos un llamamiento a alzarse en armas contra las autoridades
coloniales (el Grito de Dolores). La proclama tuvo un masivo seguimiento; en San Miguel el
Grande unió sus tropas con las de otro de los conjurados de Querétaro, el
comandante Ignacio Allende, y, ganando nuevas adhesiones por donde pasaban, a finales de
mes habían ocupado ya las localidades de Celaya, Salamanca, Irapuato, Silao y Guanajuato.
En octubre de 1810, conocedor del levantamiento de Hidalgo, que había sido su rector en
San Nicolás, José María Morelos decidió visitarle y hablar con él. Al parecer, su intención era
ofrecerse como capellán, pero en el transcurso del encuentro, que tuvo lugar el 20 de
octubre, Hidalgo lo convenció de que aceptara una misión más importante: marchar a la
costa del sur, reunir tropas y tomar el puerto de Acapulco, que Morelos conocía muy bien. El
25 de octubre, acompañado de una veintena de voluntarios mal armados, Morelos partió de
Carácuaro hacia las tierras calientes del sur, en calidad de lugarteniente de Hidalgo.
La actividad insurgente de Morelos duró cinco años, a lo largo de los cuales fue capaz de
desarrollar cuatro campañas militares, además de una obra política, doctrinal y
administrativa en la que se recoge un pensamiento avanzado, innovador y cargado de
sentido popular y social. Se le reconoce además un incipiente genio de estratega militar,
despiadado y cruel en algunas ocasiones, pero capaz de enfrentarse y doblegar en varias
ocasiones a los ejércitos realistas superiores en número, bajo el mando del temible mariscal
español Félix María Calleja.
Las campañas de Morelos
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La primera campaña, de octubre 1810 a agosto 1811, le permitió organizar y constituir un
cuerpo de tropas disciplinado y bien armado, con el que intentó sin éxito la ocupación de
Acapulco en febrero de 1811. Se retiró con sus fuerzas a Tecpan, desde donde preparó el
asalto a Chilpancingo el 24 de mayo y la toma de Tixtla (actual Ciudad Guerrero) dos días
más tarde. En el curso de esta campaña se le unieron los hermanos Miguel y Víctor Bravo,
nacidos en la hacienda de Chichihualco; Vicente Guerrero, oriundo de Tixtla, y Hermenegildo
Galeana, de Tecpan. En esta época contó con la colaboración del estadounidense Peter Ellis
Bean, aventurero cosmopolita que fabricó gran cantidad de pólvora para las tropas
insurgentes.
Desgraciadamente, en junio de 1811 fueron ejecutados Miguel Hidalgo y sus principales
ayudantes. El sucesor de Hidalgo en la dirección del movimiento fue Ignacio López Rayón, que
se retiró a Zacatecas y se internó en Michoacán, mientras maduraba y concretaba un ideario
político que diese coherencia y unidad a las iniciativas surgidas por todo el país. Junto con
José María Liceaga (años más tarde compañero de Francisco Javier Mina) y José Sixto Verduzco
(enviado de Morelos), López Rayón estableció en agosto de este año la Suprema Junta
Nacional de América.
La mayor objeción que Morelos puso a esta Junta fue su declarado acatamiento de la
autoridad del rey español Fernando VII (en ese momento prisionero de Napoleón), obediencia
defendida por Rayón como una medida de prudencia y moderación. Éste fue, por lo tanto, el
primer núcleo de gobierno insurgente, que se atrajo la simpatía de los intelectuales y
hacendados criollos que deseaban establecer un sistema de Juntas similar al implantado en
las provincias de España. En la ciudad de México se inició, en este tiempo, la formación de
una sociedad secreta llamada Los Guadalupes.
En agosto de 1811 Morelos contaba, según sus propias palabras, "con cuatro batallones en
pie de guerra: uno para proteger los puertos de la costa; otro en El Veladero, fuera de
Acapulco; un tercero en Tixtla y el último en Chilpancingo, para encargarse del abasto de
pólvora". Desde el primer momento Morelos se inclinó por la proclamación de algunos
principios revolucionarios, tomados de sus conversaciones con Hidalgo.
En Aguacatillo, el 17 de noviembre de 1810, había anunciado el establecimiento de un
nuevo gobierno y en este decreto incluyó la abolición de la esclavitud (que confirmaría con
solemnidad a principios de 1813), de los tributos y de las tesorerías de las comunidades.
Este decreto está considerado como uno de los documentos más importantes en la historia
social de América Latina. Como justificación de su levantamiento afirmaba que "ya que
España se encuentra en manos de los franceses y los gachupines (españoles establecidos en
América) conspiran con Napoleón para perpetuar su poder, todos los americanos deben
unirse en defensa del país y de la religión".
Segunda campaña
La segunda campaña de Morelos, tras unos meses dedicados a la reorganización y
preparación de sus huestes, se desarrolló de noviembre de 1811 a mayo de 1812. Una vez
tomado Tlapa reunió a todas sus fuerzas en Chiautla para establecer una nueva estrategia:
dividió su ejército en tres grandes cuerpos, uno al mando de Miguel Bravo, que marcharía
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hacia el sur y trataría de conquistar Oaxaca; el segundo dirigido por Hermenegildo Galeana,
que atacaría y dominaría Taxco; y el tercero, bajo la dirección del propio Morelos, que
avanzaría hacia el norte y entraría en Izúcar sin combatir el 12 de diciembre, para atacar
Tenango y Tenancingo, antes de llegar a Cuautla (Morelos), ocupada el día de Navidad.
Se ha discutido acerca de por qué Morelos no siguió hasta Puebla, cuya conquista hubiera
constituido el anticipo a la caída de la capital. En su lugar, dejando guarecida Cuautla,
prefirió correr hacia el oeste, para unirse a las tropas de Galeana estacionadas frente a
Taxco. Fue uno de sus más graves errores militares, porque mientras tanto Félix María
Calleja, con un numeroso cuerpo de ejército, sitió Zitácuaro (Michoacán), residencia de la
Junta de Ignacio López Rayón, obligando a sus miembros a huir y dispersarse sin ofrecer
resistencia. Este fue el comienzo del declive de López Rayón y de sus seguidores y
constituyó un duro golpe al inicial optimismo insurgente.
Al conocer la caída de Zitácuaro, Morelos regresó a Cuautla, vía Cuernavaca, dispuesto a
resistir el asalto anunciado de Calleja. El sitio de Cuautla, que se prolongó de febrero a
mayo de 1812, ha sido interpretado de manera diferente por los panegiristas de cada uno
de los bandos. Inicialmente Morelos logró derrotar a Calleja, pero Calleja consiguió
reforzarse con tropas de refresco.
Mientras los insurgentes se mostraban incapaces de organizar una fuerza exterior que
atacase al jefe realista por la espalda, el agotamiento de los víveres, la falta de agua y el
acoso de las epidemias diezmaron los efectivos de Morelos y le obligaron a organizar una
salida arriesgada, que culminó con notable éxito. Tanto los insurgentes como el propio
Calleja se atribuyeron el triunfo sobre sus contrarios, pero el sitio de Cuautla, de todos
modos, constituyó un modelo de resistencia límite, que socavó y atemperó el triunfalismo
del mariscal español.
Tercera campaña
La tercera campaña, de junio de 1812 a agosto de 1813, fue la de mayor actividad y de más
rotundo éxito de Morelos. Reagrupadas sus fuerzas en Chiautla, con Galeana y Bravo,
durante algunos meses dominó el eje Chiautla-Tehuacán, llevó a cabo diversas acciones
contra las fuerzas realistas y trató de impedir las comunicaciones entre la capital y el puerto
de Veracruz. Al llegar el mes de noviembre se decidió a tomar la ciudad de Oaxaca, lo que
consiguió el día 25 de ese mes. Fue ésta una de las acciones militares más admirables de
Morelos: con el apoyo de Mariano Matamoros y Miguel Bravo, logró derrotar a las tropas del
general español González Saravia. La brillante victoria en Oaxaca reforzó la moral de los
insurgentes, aumentó el prestigio personal de Morelos y produjo una gran cantidad de
beneficios materiales.
Durante varias semanas Oaxaca fue el cuartel general de Morelos, que fortaleció y extendió
su dominio de la zona, al tiempo que intensificaba su labor administrativa y el ordenamiento
de la insurgencia. Creó la intendencia de la provincia y el ayuntamiento de la ciudad, expidió
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reglamentos relativos a los horarios comerciales, a la tenencia de armas, al toque de queda
y al uso de una insignia de identificación personal. También creó una Junta de Protección y
Seguridad Pública, responsable del orden y la seguridad del pueblo. En la fiesta de
acatamiento a la Junta Suprema, Morelos se presentó vistiendo un uniforme nuevo con la
insignia de capitán general, símbolo de aquel punto álgido en su carrera militar.
En aquel momento dudó entre penetrar en el Valle de México (como le pedían sus
seguidores de la capital, asociados en la agrupación de Los Guadalupes) o ceder a una
intuición que le señalaba la necesidad de apoderarse de un puerto de mar, para fortalecer
sus relaciones con Estados Unidos y facilitar la llegada de ayudas procedentes del exterior.
Inclinado por esta segunda opción, salió de Oaxaca el 9 de enero de 1813, atravesó la
cordillera realizando marchas increíbles y, a partir de abril, estableció el asedio de Acapulco,
que se prolongó durante varios meses hasta que, el 20 de agosto, consiguió su capitulación.
Pese al éxito, actualmente se piensa que, con esta decisión, Morelos perdió siete preciosos
meses que hubieran podido inclinar el resultado final del lado de la insurgencia. De todos
modos, con la conquista de Acapulco, Morelos controlaba un territorio que se extendía desde
Guatemala hasta Colima, incluyendo la mayor parte de los actuales estados de Oaxaca y
Guerrero, así como el sur de los de Veracruz, Puebla, México y Michoacán. En la ciudad de
Oaxaca, a lo largo de casi todo el año 1813, se publicó, por iniciativa de Morelos, el
periódico insurgente Correo Americano del Sur.
El Congreso de Chilpancingo
Mientras tanto se habían producido algunas novedades en el terreno político. Conocedor
Morelos de las intenciones de Ignacio López Rayón de promulgar una Constitución
americana, retrasó la contestación y, cuando lo hizo, pocos días antes de conquistar Oaxaca,
le expresó sus objeciones principales: había que excluir definitivamente la mención a
Fernando VII, limitar el número de consejeros de Estado y aceptar que la elección del
propuesto generalísimo de la república fuese de por vida, sin más límites que "la
incapacidad, la enfermedad o la edad de sesenta años". López Rayón no convirtió en ley su
proyectada constitución, entre otras razones porque en la ciudad de México se había
publicado y acatado públicamente la nueva Constitución española promulgada en Cádiz.
Mediado el mes de mayo, mientras sitiaba Acapulco, se le ocurrió a Morelos la idea de
convocar un congreso nacional de representantes provinciales, como respuesta a las
iniciativas de López Rayón. Después de solicitar a López Rayón que enviase a los miembros
de su Consejo en Chilpancingo, donde serían "reelegidos o depuestos", dirigió un decreto a
las provincias para que nombraran electores y los convocó a reunirse el 8 de septiembre,
con la finalidad de elegir un nuevo congreso. Llegado el momento, redactó el texto conocido
como Sentimientos de la Nación, que sirvió de base para las deliberaciones de los allí reunidos.
En realidad, la mayoría de las propuestas, discursos y proclamas de Chilpancingo serían
redactadas por Carlos María Bustamante, fiel seguidor de Morelos.
Instalado en Chilpancingo, Morelos formuló un plan de gobierno compuesto de 59 artículos,
prácticamente un proyecto de Constitución. Reconocía el principio de la separación de
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poderes, pero proponía que el ejecutivo lo ejerciese un generalísimo elegido a perpetuidad y
con derecho a proponer la legislación que considerase necesaria. El legislativo quedaría en
manos de un Congreso de diputados, cuyas personas serían declaradas sagradas e
inviolables, y se mantendría por el momento el poder judicial existente. El artículo 17
declaraba la independencia de España, sin hacer referencia a ningún monarca. Entre los
miembros natos del Congreso se encontraban los miembros de la Junta Suprema de López
Rayón.
El 14 de septiembre, una vez instalado el Congreso, Morelos leyó un discurso y los diputados
iniciaron el examen de las propuestas contenidas en Sentimientos de la Nación. Al día siguiente
fue elegido generalísimo por aclamación, con todos los poderes y la facultad de nombrar a
sus lugartenientes, cargos que recayeron en Mariano Matamoros y Manuel Muñiz. Hubo que
esperar durante algo más de un mes a que llegaran López Rayón, Bustamante, Liceaga y
Cos, pero en noviembre se celebraron sesiones regulares y el día 6 el Congreso aprobó una
declaración de independencia redactada por Carlos María Bustamante.
Última campaña
Su última campaña se desarrolló a partir de septiembre de 1813 y finalizó con su caída en
Tesmalaca, en noviembre de 1815; si se atiende a toda la actividad desplegada en el
Congreso de Chilpancingo, es obvio que esta fase final tuvo más contenido político que
militar. Deseoso de conquistar Valladolid, porque entendía la necesidad de contar con una
ciudad en la que establecerse, Morelos decidió su asalto, llegando a sitiarla a partir del 22 de
diciembre de 1813. Pero los realistas, reforzados los últimos meses con la llegada de
importantes contingentes de tropas, obligaron a Morelos a retirarse en confusa desbandada,
lo que diezmó y desalentó a sus seguidores. De este modo se iniciaba la decadencia militar y
política del líder insurgente, en una lenta agonía que se prolongaría a lo largo de casi dos
años.
Félix María Calleja, que había sido nombrado virrey de Nueva España en substitución
de Francisco Javier Venegas, aprovechó esta situación para ejercer presión en todos los frentes.
Avanzó sobre Chilpancingo, lo que obligó al Congreso a emprender una marcha incesante
que lo llevaría finalmente a la ciudad de Apatzingán, rumbo a Jalisco, donde acabó de
discutirse y se proclamó el texto constitucional el 22 de octubre de 1814. Morelos, entre
tanto, había renunciado al poder ejecutivo y dejó de ejercer mando militar alguno, excepto
el de las tropas de su escolta.
De regreso a Acapulco, vivió momentos muy dolorosos al enterarse de la muerte de sus más
fieles seguidores: Mariano Matamoros y Hermenegildo Galeana, los brazos ejecutores de su
estrategia militar. Corriendo de un lugar a otro, medio escondido y rodeado de un escaso
contingente de tropas, repelió a las fuerzas enviadas para capturarle, participó con fidelidad
admirable en los trabajos del Congreso, mantuvo sus principios y discutió algunas de las
medidas que pretendían tomar los dirigentes de la insurgencia.
A mediados de 1814 solicitó a su colaborador Peter Ellis Bean que se trasladara a Estados
Unidos, en demanda de ayuda y armamento. Bean conoció al francés Joseph A. Humbert y,
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a través de éste, contactó con José Álvarez de Toledo, refugiado en Nueva Orleáns tras su
fracaso de Texas. En mayo de 1815 Toledo escribió al Congreso, recibió un nombramiento
de general insurgente en el exterior firmado por Morelos, y se ofreció para organizar una
expedición en apoyo de la independencia. Cuando José Manuel Herrera, diputado que había
sido presidente del Congreso en Chilpancingo, se trasladó a Nueva Orleáns junto con Toledo,
se abrió una ventana a la esperanza insurgente.
El Congreso, mientras tanto, abandonó Apatzingán y se estableció en Uruapan, a la vez que
elegía un nuevo poder ejecutivo tripartito integrado por Morelos, Cos y Liceaga. Obligado
por su deseo de acercarse a un puerto de mar que le permitiera recibir la ansiada ayuda
exterior, pero también por las disensiones y enfrentamientos de sus líderes, se decidió el
traslado del Congreso a Tehuacán, encargándose Morelos de escoltar y defender a los
integrantes del legislativo. Con la incorporación de Nicolás Bravo, el contingente militar se
componía de un millar de soldados, la mitad de ellos armados. Sin embargo, llegados a
Tesmalaca, seis millas más allá del río Mezcala (cerca de la actual Iguala), un destacamento
realista al mando del coronel Manuel de la Concha cayó sobre el convoy y aprehendió a
Morelos; Bravo logró escapar, y protegió el convoy hasta su llegada a Tehuacán.
Conducido a la ciudad de México, el 22 de noviembre de 1815 se iniciaba el primero de la
serie de juicios a que fue sometido, ya que las autoridades militar, eclesiástica y civil se
disputaron el derecho a condenarlo. Incoado con toda rapidez, el primer juicio terminó el día
23 y enseguida se presentó al prisionero ante el temible tribunal de la Inquisición, que lo
incriminó por abandono de las doctrinas de la Iglesia y la adopción de herejías de autores
malignos. El juicio estatal se celebró el día 28; la declaración de Morelos ante el tribunal,
registrada y anotada por él mismo, constituye una de las fuentes de información más
valiosas sobre el movimiento de independencia. Dictada la sentencia de muerte, el 22 de
diciembre cayó fusilado.
Josefa Ortiz de Domínguez
(Valladolid, hoy Morelia, México, 1768 - Ciudad de México, 1829) Patriota y heroína de la
independencia de México, conocida también por el apodo de «la Corregidora de Querétaro».
El levantamiento liderado por el sacerdote Miguel Hidalgo en 1810, que puso en marcha el
proceso que conduciría, once años después, a la independencia de México, se había
fraguado en la llamada conspiración de Querétaro, cuyos miembros se reunían en la casa de
Josefa Ortiz y su esposo Miguel Domínguez, corregidor de la ciudad. A riesgo de ser
descubierta y capturada, como efectivamente ocurrió, Josefa Ortiz de Domínguez logró
hacer llegar al cura Hidalgo y a otros conspiradores la noticia de que sus planes habían sido
descubiertos; sin su aviso, el alzamiento nunca hubiera llegado a producirse.
Biografía
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Nacida en el seno de una familia de españoles de clase media, Josefa Ortiz de Domínguez
fue bautizada el 16 de septiembre de 1768 con los nombres de María de la Natividad Josefa.
Su padre, Juan José Ortiz, fue capitán del regimiento de los morados y murió en acción de
guerra cuando ella contaba pocos años de edad.
Tras la muerte de su madre, María Manuela Girón, se hizo cargo de su educación su
hermana María, la cual solicitó su ingreso en el Colegio de San Ignacio de Loyola. Durante
los años que permaneció en el colegio aprendió a leer y a escribir y nociones básicas de
matemáticas, además de lo que se consideraba en la época que debía aprender una señorita
de su clase social, como bordar, coser y cocinar.
En el año 1791 contrajo matrimonio con Miguel Domínguez, que por aquellos años trabajaba
en la secretaría de la Real Hacienda y en la oficialía del virreinato de Nueva España. Gracias
a sus buenas relaciones con el virrey Félix Berenguer de Marquina, Miguel Domínguez fue
nombrado corregidor de Querétaro en el año 1802. Durante los primeros años de
matrimonio, Josefa se hizo cargo de las labores domésticas y de la crianza y educación de
los dos hijos de su esposo, que había enviudado de su primera mujer. Todo parece indicar
que la pareja era feliz; doce hijos nacerían a lo largo de un matrimonio que perduraría hasta
1830, año de la defunción del marido.
Al margen de sus quehaceres domésticos, Josefa Ortiz de Domínguez se mostró muy
identificada con los problemas de la clase criolla, a la cual pertenecía por ser descendiente
de españoles. A pesar de las reformas realizadas tras la llegada de los Borbones a España
(1700), se había perpetuado la tradición de que fueran españoles nacidos en la península los
que ocuparan los altos cargos de la administración virreinal y del ejército, relegando a los
criollos a los puestos secundarios. Josefa defendió sus intereses de clase y también se hizo
eco de las reivindicaciones de los indios mexicanos, que vivían en lamentables condiciones;
intentó que se reconocieran los derechos de los indígenas y aprovechó su posición como
esposa del corregidor para llevar a cabo numerosas obras de caridad.
En 1808 se produjo la invasión napoleónica de España, la cual tuvo como consecuencia el
inicio de la guerra de la Independencia y la formación de las juntas de gobierno, ante la
ausencia del rey Fernando VII. Las noticias llegadas de España en 1808 favorecieron el
movimiento independentista de México; tras las iniciales muestras de apoyo al rey, comenzó
a fraguarse en algunos círculos la idea de separarse totalmente de España. Después de un
intento fallido del virrey José de Iturrigaray para formar una junta de gobierno independiente, se
produjeron las primeras conspiraciones destinadas a subvertir el orden establecido.
La conspiración de Querétaro
Miguel Domínguez, como corregidor, había apoyado al virrey en su decisión de formar una
junta de gobierno, pero ante la imposibilidad de llevar esos planes a la práctica, comenzó a
simpatizar con el ideario independentista, al parecer por influencia de su esposa, que se
convirtió en una firme colaboradora del movimiento. Pasados los primeros momentos de
confusión, cada vez se hizo más claro para muchos la necesidad de construir en México un
Estado en el que imperaran los valores liberales. Tal convicción era compartida por el
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matrimonio Domínguez, que a partir de 1810 abrió su casa a unas supuestas tertulias
literarias que eran en realidad reuniones de carácter político.
En estas reuniones se tomarían las decisiones para organizar e iniciar un levantamiento
contra el virrey y constituir una junta para gobernar el país en nombre de Fernando VII. A la
casa de los corregidores acudieron algunas de las más relevantes figuras de la primera fase
del proceso emancipador, como los capitanes Joaquín Arias, Juan Aldama, Mariano Abasolo e
Ignacio Allende (quien al parecer pretendió a una de las hijas de Josefa) y el cura Hidalgo.
Los miembros de la que sería conocida como la conspiración de Querétaro acordaron alzarse en
armas contra el recién nombrado virrey Francisco Javier Venegas el primero de octubre de 1810.
El 13 de septiembre de 1810, sin embargo, se informó al juez eclesiástico Rafael Gil de León
de que se estaba preparando en Querétaro una conspiración para proclamar la
independencia de México, con el aviso de que se estaban almacenando armas en las casas
de los simpatizantes del movimiento revolucionario. Rápidamente dicho juez informó al
corregidor Domínguez para que interviniera en el asunto.
Aunque no participó de forma activamente comprometida en las reuniones que se
mantenían en su casa, Miguel Domínguez conocía perfectamente a los implicados en la
conspiración; no obstante, fingiendo ignorar la situación, comenzó a realizar los registros
que el juez le ordenaba. Tras comunicar a su esposa que la conjura había sido descubierta
por las autoridades españolas, decidió encerrarla en su habitación para evitar que informara
a los implicados, en un intento de salvar a su familia y a él mismo de posibles represalias,
puesto que eran conocidas tanto sus inclinaciones políticas como las de su mujer.
Fiel a sus principios, Josefa Ortiz de Domínguez decidió pese a ello intervenir y avisar a los
revolucionarios. Elaboró una nota con letras impresas sacadas de periódicos para evitar que
se reconociera su propia caligrafía y la envió al capitán Ignacio Allende a través del alcaide
Ignacio Pérez, el cual cabalgó en busca del capitán y, al no encontrarle en San Miguel el
Grande, entregó la misiva al padre Miguel Hidalgo.
El Grito de Dolores
Tras recibir la notificación de Josefa Ortiz, el padre Hidalgo decidió adelantar el
levantamiento a la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Desde su posición como
párroco de Dolores, Miguel Hidalgo convocó a sus feligreses a una misa, y en ella hizo un
llamamiento a alzarse en armas contra las autoridades coloniales y a luchar por un gobierno
más justo; tal proclama es conocida como el Grito de Dolores. La inmensa mayoría de sus
parroquianos eran indígenas y gentes humildes que se encontraban en precaria situación a
causa de las duras condiciones de vida y las tremendas desigualdades sociales que
imperaban en el virreinato, y respondieron de inmediato a su llamada. Comenzaba así el
largo y cruento proceso de emancipación de México, que no alcanzaría la independencia
hasta 1821.
Gracias al aviso de la Corregidora, como se la apodaría popularmente en la época, muchos
conspiradores pudieron escapar antes de ser detenidos por las autoridades virreinales;
Josefa Ortiz, en cambio, no salió bien parada de su arriesgada acción. El 14 de septiembre,
después de recibir respuesta de Hidalgo, había mandado una carta a Joaquín Arias para que
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se preparase para la lucha; pero el capitán la delató, y tanto Josefa como su marido fueron
arrestados el mismo día en que se produjo el Grito de Dolores.
Tras su detención, Josefa Ortiz de Domínguez fue conducida al convento de Santa Clara, y
su marido, al de Santa Cruz, ambos situados en la ciudad de Querétaro. Juzgado y
destituido en primera instancia, Miguel Domínguez fue luego liberado gracias a la
intervención popular; durante los años de su mandato como corregidor había demostrado su
apoyo a las clases más desfavorecidas, oponiéndose por ejemplo a aplicar la medida
propuesta por virrey (para sanear la hacienda real y recaudar fondos) de poner a la venta
los bienes de las obras pías, instituciones benéficas que arrendaban tierras a bajo precio.
Josefa, por su parte, fue trasladada a la capital en el año 1814, siendo recluida en esta
ocasión en el convento de Santa Teresa. A pesar de los esfuerzos de su marido, que ejerció
de abogado defensor, fue declarada culpable de traición en el proceso que se le siguió. Los
últimos años de cautiverio los pasó en el convento de Santa Catalina de Sena, considerado
más estricto que los anteriores. La situación de la numerosa familia Domínguez fue precaria
durante estos años, puesto que Miguel Domínguez, gravemente enfermo, apenas si podía
ver a su esposa, y no disponía de ingresos para mantener a sus hijos. El virrey Juan Ruiz de
Apodaca se hizo cargo de la situación; reconoció a Miguel Domínguez el derecho a percibir
un sueldo por los servicios prestados y liberó a Josefa en junio de 1817.
En 1822, un año después de haber liderado el movimiento que dio la independencia efectiva
al país, Agustín de Iturbide se autoproclamó emperador de México y ofreció a Josefa Ortiz de
Domínguez ingresar en la corte como dama de honor de su esposa, Ana Duarte de Iturbide.
Josefa rechazó con contundencia un ofrecimiento que más parecía una intolerable burla, ya
que pensaba que la instauración de un Imperio era totalmente contraria a los ideales por los
que se había luchado durante el proceso de emancipación.
En los últimos años de su vida, Josefa Ortiz de Domínguez se relacionó con grupos liberales
de carácter radical. En todo momento se negó a recibir cualquier recompensa por el apoyo
inestimable que había prestado a la consecución de la Independencia: en su opinión, no
había hecho más que cumplir con su deber de buena patriota. Falleció en Ciudad de México
el 2 de marzo de 1829, a la edad de sesenta y un años. Sus restos fueron enterrados en el
convento de Santa Catalina, aunque algún tiempo después fueron trasladados a Querétaro,
donde reposan junto con los de su marido en el Panteón de queretanos ilustres, en un
mausoleo construido en su honor en 1847 en el antiguo huerto del convento de la Cruz.
Leona Vicario
(Leona Vicario Fernández de San Salvador; ciudad de México, 1789 - 1842) Heroína de la
independencia mexicana. Esposa del escritor y político Andrés Quintana Roo, apoyó con
todos los medios a su alcance la causa de la independencia, exponiéndose a multitud de
riesgos y penurias.
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Hija del comerciante español Gaspar Martín Vicario, natural de Ampudia (Palencia), y de la
criolla Camila Fernández de San Salvador y Montiel, recibió los nombres de María de la
Soledad, Leona y Camila. Quedó huérfana y permaneció desde muy pequeña bajo la
custodia de su tío, el doctor en leyes y respetable abogado Agustín Pomposo Fernández de
San Salvador. Gracias a la posición familiar y a los bienes heredados de sus padres, que
quedaron bajo la cuidadosa administración de Agustín Pomposo, Leona adquirió una
esmerada educación; cultivó las ciencias, las bellas artes, la pintura, el canto y la literatura.
Agustín Pomposo se había dado a conocer siendo muy joven al redactar una oda
titulada Sentimientos de la Nueva España por la muerte de su virrey D. Antonio María Bucareli, y
posteriormente, en 1787, con unos versos titulados La América llorando por la temprana muerte de
D. Bernardo de Gálvez, demostró una sentida y profunda inclinación por la monarquía y sus
representantes. La invasión napoleónica y los reveses de la realeza, que desataron la Guerra
de la Independencia española, pusieron a prueba su talento poético hasta que tuvo que
enfrentarse con los que consideraba "desgraciados" intentos de levantamiento y rebelión por
parte del cura Miguel Hidalgo. En esa ocasión escribió una Memoria Cristiano-Política sobre lo mucho
que la Nueva España debe temer de su desunión (1810).
De acuerdo con sus biógrafos, Leona creció en virtud y sabiduría, pero dotada de un espíritu
rebelde y libre que no admitía ninguna tutela que impidiese su desarrollo, en un clima de
apertura a todas las novedades, tanto en lo que se refería a sus lecturas como a sus
amistades y actividad social. En el bufete de su tío y tutor trabajaba como pasante en
leyes Andrés Quintana Roo, recién llegado de Yucatán, de quien se enamoró y con quien
colaboró, llena de entusiasmo, en favor de la protesta criolla por los acontecimientos que se
sucedieron en Nueva España a partir de 1808. Entre otras actividades, desde 1810 actuó
como mensajera de los insurgentes, dio cobijo a fugitivos, envió dinero y medicinas y
colaboró con los rebeldes, transmitiéndoles recursos, noticias e información de cuantas
novedades ocurrían en la corte virreinal.
Ferviente proselitista de la causa insurgente, a finales de 1812 había convencido a unos
armeros vizcaínos para que se pasaran a su bando, trasladándose a Tlalpujahua (localidad
en la que estaba instalado el campamento de Ignacio López Rayón), donde se dedicaron a
fabricar unos fusiles "tan perfectos como los de la Torre de Londres", según Carlos María
Bustamante. Poco después, las autoridades interceptaron a uno de sus correos, el cual la
delató, por lo que fue vigilada y seguida cada vez más de cerca.
Finalmente, en marzo de 1813, la Real Junta de Seguridad y Buen Orden (creada al
producirse el levantamiento de Dolores) decidió intervenir y le instruyó un larguísimo
proceso en el que fueron apareciendo las piezas y documentos que la inculparon
gravemente, entre otros los relativos a sus intentos de huida para pasarse al campo de los
rebeldes. Para escándalo de su tutor, se la internó en el Colegio de Belén de las Mochas; allí
fue sometida a interrogatorio y se presentaron las pruebas y diligencias judiciales que
figuran en las Actas reproducidas por su biógrafo Genaro García. Según este historiador, "su
simple lectura convence del valor y nobleza excepcionales de Leona, cuya actitud parece
muy superior a la de tantos insurgentes que se hallaron en parecidas circunstancias".
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Declarada culpable, en lugar de enviarla a la cárcel de corte se la mantuvo presa en el
mismo Colegio de Belén, hasta que el 23 de abril de ese año la liberó un grupo de caballeros
bajo el mando de Andrés Quintana Roo, quien la mantuvo oculta por unos días y forzó más
tarde su salida de la capital, simulando ser arrieros que conducían un atajo de burros
cargados con cueros de pulque. Leona, con la cara y los brazos pintados de negro, y unas
cuantas mujeres, vestidas también de negro, marchaban sentadas sobre unos huacales. Los
cueros y las hortalizas, al parecer, iban cargados de tinta de imprenta, además de letras y
moldes de madera para la confección del periódico de los rebeldes. Empeñada en seguir
colaborando con la insurgencia, huyó de la capital con destino al campamento de
Tlalpujahua.
A partir de entonces su vida coincidió con la del intelectual y político yucateco, siempre al
servicio de la insurgencia y del Congreso Insurgente. En la ciudad de Oaxaca, recién
liberada por José María Morelos, se encontró con el resto de sus amigos, entre ellos Carlos
María Bustamante, quien escribió a Morelos contándole las aventuras de la joven. Se
conocen las cartas que el líder insurgente envió a Leona desde Chilpancingo; preocupado
por su situación, decidió recompensarla con una asignación económica en nombre del
Supremo Congreso, más tarde ratificada y aprobada por el propio Congreso, el 22 de
diciembre de 1813.
Siguiendo al Congreso que, forzado por la persecución de los realistas, peregrinó de una
población a otra a lo largo de 1814 y gran parte de 1815, se mantuvo Leona acompañando a
su marido, éste en condición de diputado y enseguida vicepresidente y presidente en
funciones de la asamblea popular, mientras se elegía generalísimo a Morelos, se proclamaba
la Independencia de la América mexicana y se daba a conocer en Apatzingán el texto
completo de la Constitución de México. Leona siguió colaborando y trabajó en la confección
de los periódicos que se publicaban gracias al impulso de Quintana Roo: El Ilustrador
Americano y el Semanario Patriótico Americano.
Finalmente, capturado y muerto José María Morelos y disuelto el Congreso por las propias
facciones insurgentes enfrentadas, Leona y su marido se escondieron en la zona de
Michoacán, rechazando los repetidos indultos que les llegaban desde la capital, donde su tío
Agustín Pomposo seguía con pesadumbre y resignación las peripecias de su sobrina,
tratando de influir primero en el ánimo del general Félix Calleja y más tarde en el virrey Ruiz
de Apodaca.
Delatados en 1817, Leona fue capturada en una cueva, junto a Achipixtla, cuando acababa
de dar a luz su primera hija, a la que pusieron por nombre Genoveva, en recuerdo de la de
Brabante. En esta ocasión, la petición de clemencia en favor de su esposa formulada por
Quintana Roo, que prometió entregarse, fue aceptada por el virrey. De este modo se
acogieron a su indulto y fueron confinados en la ciudad de Toluca, donde permanecieron en
completo retiro hasta 1820.
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En julio de este año se celebró en Toluca el feliz acontecimiento de la jura de la Constitución
de Cádiz, con cuyo motivo escribió Leona Vicario un poema titulado La libertad y la tiranía. En
agosto de este mismo año regresaron a la ciudad de México y, consumada la independencia
y en compensación por la pérdida de sus bienes familiares, el Congreso de la República
concedió a Leona Vicario, en la sesión celebrada el 8 de agosto de 1823 y como respuesta a
la representación elevada por ella misma, una liquidación en metálico y una hacienda de
labor, pulque y ganado llamada Ocotepec, en los llanos de Apam, además de tres casas en
la ciudad de México.
En 1827 el Congreso del Estado de Coahuila y Texas acordó que la villa de Saltillo se
denominase en adelante Leona Vicario, constando en el expediente de concesión la
respuesta agradecida de "la mujer fuerte de la Independencia", como ya era por entonces
conocida. Más tarde, con una segunda hija a la que llamaron Dolores, en recuerdo de la villa
en la que Hidalgo proclamó la rebelión de 1810, siguió las vicisitudes políticas, periodísticas
y poéticas de su esposo, a quien defendió y por quien peleó cuando el presidente Anastasio
Bustamante decidió su persecución y condena como represalia por las campañas de prensa
que se difundían desde El Federalista, editado gracias a los recursos de Leona.
Fue muy comentado el incidente ocurrido en febrero de 1831, cuando algunos policías
secretos visitaron su casa, en busca de complicidades y como maniobra de intimidación, lo
que le motivó a solicitar una entrevista con Bustamante y a enviar unas cartas de protesta
ante El Sol, el periódico oficial. A estas protestas contestó El Sol pocos días después: "En
prueba de imparcialidad insertamos hoy una carta que nos ha dirigido la señorita (sic) doña
Leona Vicario, esposa de don Andrés Quintana Roo, a la cual dio cosquillas una visita hecha
por dos jefes de cuya educación y sentimientos no es creíble fueran a la casa de dicha
señora a cometer faltas y mucho menos crímenes…"
Pocos días después El Federalista publicó una larga relación de lo sucedido suscrita por la
esposa ofendida. Ello dio lugar a una larga polémica de prensa en la que intervinieron El Sol,
El Registro Oficial y el propio Secretario de Relaciones, Lucas Alamán, líder indiscutible del
partido en el poder, a quien Quintana Roo acusaba de "querer ultrajar un nombre
respetable".
La carta firmada por Leona y dirigida a Alamán, fechada el 2 de abril, está llena de
hermosos conceptos de elevado patriotismo: "Mi objeto en querer desmentir la impostura de
que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el muy justo deseo de que mi
memoria no pase a mis nietos con la fea nota de haber yo sido una atronada que abandoné
mi casa por seguir a un amante… Todo México supo que mi fuga fue de una prisión y que
ésta no la originó el amor, sino el haberme apresado a un correo que mandaba yo a los
antiguos patriotas… Confiese usted, señor Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las
acciones de las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos y que los deseos
de gloria y libertad para la patria no les son unos sentimientos extraños; antes bien suelen
obrar en ellas con más vigor. Son más desinteresados y parece que no buscan más
recompensa que la de que sean aceptados."
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En 1833 Quintana Roo fue nombrado Secretario de Justicia de un gobierno liberal, y aunque
renunció meses después por disentir de las decisiones que tomaba el partido del
general Santa Anna, desde 1835 y hasta el final de su vida permaneció como Magistrado de la
Suprema Corte de Justicia. Pocos años después, el 21 de agosto de 1842, falleció Leona
Vicario en la ciudad de México, rodeada de su esposo y de sus dos hijas. Hasta el final de su
vida había seguido escribiendo y opinando, tanto en las páginas de El Federalista como en
las tertulias literarias y políticas que había sabido impulsar y a las que asistió siempre lo
más granado de la sociedad liberal. Reposó inicialmente, junto con los restos de Quintana
Roo, en la Rotonda de los Hombres Ilustres, pero desde 1910 sus cenizas se encuentran
depositadas en la cripta de la Columna de la Independencia, en el Paseo de la Reforma.
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