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“eQuién podré sep
ida lo vio y supo, tan fuerte
comenzé a manarle sangre,
on premeditada crueldad, Hagen habfa hecho
mayor dolor en Krimilda,
ida lo quiso muerto, Hagen lo maté ~senten
, cl padre de Sigfrido, querfa inn
Aiin quebrada por el dolor, la
saber que estaba repitiendo las palabras agénicas de Sigfrido,
Gunther ordené un ceremonial fastuoso para despedir el cadéver: el
cuerpo del héroe fire paseado por las calles de Worms, seguido de doce
caballos, montados por doce jinetes con armaduras negras. Muchos
burgundios lamentaron con sinceridad su triste fi nadie desco-
nocia los favores de su espada y la hermosa arrogancia de su cardcter,
tan alegre y fresco como el de un nifio.
‘Cuando el féretro fue detenido frente a la catedral, Krimilda quiso
abrirlo para ver, por tiltima vez, la hermosa cabeza de su amado
Concedido el deseo, Hagen, con un gesto de falso dolor, se acercé a
lamentarse. Entonces vio Krimilda que las heridas de Sigfrido volvian a
sangrar.
=El juicio de Dios te sefiala le dijo
Gunther intervino para calmar a Kr
=por cierto, falsos-, le hablé de cémo S
do a un oso que se habfa escapado entre los abetos y fue vic
cruel emboscada.
=Buscaremos alos culpables, y sus cabezas colgardn en picas'%, te lo
la con fiereza.
Ida y, con lujo de detalles
ido cabalgaba solo buscan-
ima de una
significa ‘Aispuesto para ser vedo
§picas son lanzas,
Querido hermano, tal verse tu propa cabeza la que debas colar
_-responidié Krimilda y ya no hablé més con él. =
Después del entierro, Sigmund resolvié regresar a su pats: debia vole
vera mandar sobre Neerlandia, as lo indicabael triste destino. Le rogé.
a Krimilda que lo acompafiara, pues el hijo que habjan tenido con
Sigftido neces . . ¥
Krimilda desistié de la partida. A pedido de Ute, su madre, y sus
hermanos menores y hasta de Eckewart, el caballero que comandaba su
custodia en Worms, Krimilda acepté quedarse una larga temporada en
la ciudad.
Krimilda renuncid entonces a st hijo, porque no querla renunciar a
ora hay una reina aqui
que seas, no me importas ti. Ti eres
nza —le contesté la viuda.
ma vez que se hablaron.
pasaba horas rezando por la inmortalidad del hé
n consuelo. Ni siquiera la compafia de Ute la
de sus aflicciones; pero al menos, el afecto
dos tornaba més soportable su angustia. V ead
‘0 sobre todo Giselher, le robaban una sonrisa, al re
selher le hacfa cosquillas