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TENER LA ASIGNACIÓN
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TENER LA ASIGNACIÓN
Las tramas de apropiación colectiva
de una política social
Nadia Rizzo
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ISBN: 9789878695396
Las opiniones y los contenidos incluidos en esta publicación son
responsabilidad exclusiva del/los autor/es.
Tener la asignación
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ExLibrisTeseoPress 40617. Sólo para uso personal
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A Juana, que trae la dulzura
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Índice
Agradecimientos........................................................................... 11
Introducción .................................................................................. 15
1. La Asignación Universal por Hijo. Hacia una
caracterización general............................................................... 51
2. La trama de protección social .............................................. 89
3. La trama situacional .............................................................. 137
4. La trama de género ................................................................ 183
5. La trama material................................................................... 227
Conclusiones ............................................................................... 277
Bibliografía ................................................................................... 291
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Agradecimientos
El interés del que nace este libro no está aislado de mi expe-
riencia, se trata de un tema cercano y a la vez querido: el
Estado cuando se vuelve política social dirigida hacia fami-
lias de sectores populares. El quehacer comenzó, mucho
tiempo atrás, con las intuiciones de mi proyecto de tesis
doctoral; y ese quehacer fue colectivo.
Agradezco profundamente a Eduardo Chávez Molina
que me brinda espacio en el ámbito de la investigación des-
de hace más de diez años; fue valioso que su orientación, su
entusiasmo y su generosidad me hayan acompañado en esta
etapa. El agradecimiento a Luisina Perelmiter es inmenso:
por su compromiso para guiarme y por su profunda capa-
cidad para leer sociológicamente; aprendí y aprendo sobre
la hechura de la investigación cualitativa en cada charla,
comentario e intercambio que mantengo con ella.
La pertenencia al grupo de estudios sobre Desigualdad
y Movilidad Social, con sede en el Instituto Gino Germani
y que dirige Eduardo Chávez Molina, fue un encuadre fun-
damental en el camino que transité. Asimismo, esa facultad
ha sido, en diferentes momentos, un lugar que valoré enor-
memente; sus aulas y sus pasillos encarnaron para mí el
disfrute colectivo que da el aprendizaje.
Ana Arias, María Maneiro y Laura Garcés fueron jura-
das de la tesis. Leyeron el trabajo con lucidez, precisión
y generosidad. Les agradezco mucho sus aportes y que
hayan transformado esa instancia en un momento valioso
de reflexión.
Sin la confianza y la apertura de las mujeres y los hom-
bres que entrevisté, este libro no hubiera podido ser escrito;
por eso, mi principal agradecimiento es hacia las titulares de
la AUH y sus familias, las personas que trabajan en las ins-
tituciones barriales y las referentes territoriales que conocí
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12 • TENER LA ASIGNACIÓN
durante el proceso de trabajo de campo. En ese proceso,
algunas personas cercanas me facilitaron la vía de entra-
da. Las trabajadoras sociales del Ministerio de Desarrollo
Social de la Nación con inscripción territorial en Lanús,
Julieta Venere, Clarisa Ducant, Giselle Cividanes, Laura Dal
Pozzo y María Insaurralde, me abrieron las puertas de su
lugar de trabajo, me contaron los pormenores de un territo-
rio que quieren y simplificaron mi ingreso a campo. Juli me
acompañó en cada momento. La predisposición de todas
ellas fue esencial. A la vez, Florencia Hiquis colaboró en
la vía de entrada a un barrio de la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires; me valí de sus coordenadas territoriales y
amorosas hacia el barrio en cuestión. Pero además, Flor fue
una compañera de inquietudes siempre dispuesta a charlar
sobre los pasos que iba dando en el trabajo de campo. Por
otra parte, Eliana Espinoza tuvo paciencia en adentrarme
en cierta normativa de ANSES y me ayudó al responder las
dudas sobre la gestión.
Le agradezco a Pilar Arcidiácono que con mucha gene-
rosidad me orientó en un esquema de lecturas específicas.
Victoria Matozo, María Clara Fernández Melián, Julieta
Nebra, Sharon Accornero y Javiera Fanta leyeron versiones
previas de los capítulos del libro y sus aportes me permi-
tieron revisar y volver con más entusiasmo sobre la escri-
tura. En las conversaciones que se daban en medio de los
problemas que tiene la política social en la oficina y en
el territorio, en ocasiones di a conocer, escuché opinio-
nes y vigilé mis argumentos. Agradezco, en ese sentido, a
mis compañeras y compañeros de trabajo del Ministerio de
Desarrollo Social de la Nación; en especial, a Inés Soria,
Paz García Steel, Vanesa Moreno, Luciana Rossi, Marcelo
Martínez y Francisco Veliz. Con ellas y ellos fue el inter-
cambio. Paz e Ine, además, leyeron párrafos centrales del
libro enviados a cualquier hora del día y valoré tenerlas
cerca. El agradecimiento se extiende a la Cátedra Alayón,
actualmente Cátedra Picco, de la Carrera de Trabajo Social
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TENER LA ASIGNACIÓN • 13
de la UBA; a Norberto, a Fabiana Porto y a cada integrante
de ese espacio, en el que participé varios años atrás y que
dejó una estimulante huella.
La posibilidad de una publicación digital y el apoyo
en la difusión es por virtud de la iniciativa de la Facultad
de Ciencias Sociales y de la Editorial Teseo. Agradezco la
oportunidad brindada.
También doy las gracias a ciertas personas; a su cerca-
nía. A Lu y Gael, porque es lindo tenerles. A Nucha, Caro
y Flor, por las risas y las copas. A Fabi, Roxi, Ceci y Ale,
por la complicidad, el ojo poético y la presencia sorora. A
María del Carmen, por la ayuda con las palabras. A Hernán,
por estar al lado cuando tocaba hacer el trabajo de campo.
A Romi, Morita, Lucio, Marian, Oli, Elvira y Héctor, por la
calidez. A Claudio, porque desde la cursada de los primeros
seminarios hasta la defensa de la tesis celebró este escrito.
A Olga, por su insistencia amorosa. A Juana, que me viene
preguntando por qué página del doctorado voy: terminé Juani
e interrumpir la escritura para mirarte jugar al lado mío fue
certeza para no aflojar en toda esta cuestión.
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Introducción
Es muy difícil articular mentalmente, mantener unidos, la descrip-
ción, el análisis de un Estado tal como se puede observar hoy en día,
con enunciados generales sobre el Estado. Creo que si la teoría del
Estado, en el estado de deterioro en que se encuentra, al menos en
mi opinión, puede perpetuarse, es porque se pasea por un mundo
independiente de la realidad. Bourdieu (2014, p. 41)
Habíamos llegamos a la casa de Virginia1, una mujer titular
de la Asignación Universal por Hijo para Protección Social2, que
estaba ubicada en el barrio de Sabala en la localidad bonaerense
de Lanús. Al igual que las demás mujeres con quienes conversa-
mos durante nuestro trabajo de campo, Virginia nos dijo ‘‘tengo la
asignación’’ para dar cuenta de su titularidad respecto de esta polí-
tica social. Al momento de la entrevista, ella tenía 30 años y vivía
junto a su marido, de la misma edad, y a sus tres hijos, de 8, 6 y 3
años. La vivienda era una construcción mixta, hecha con ladrillos,
chapas y machimbre, y el piso era de cemento, pero no termina-
do; una pequeña parte era de tierra. Eran apenas visibles los dimi-
nutos agujeros que tenían las chapas viejas. Un espacio funcionaba
comococinaycomedory,contigua,sevíaunahabitaciónsinpuer-
ta, en la que se ubicaba una cama de dos plazas. En la parte frontal
del terreno vivía la familia de origen de Virginia, compuesta por su
padre y tres hermanos. En la parte trasera, patio de por medio, se
1 Con el objetivo de mantener la confidencialidad de las personas que nos brindaron su
confianza y nos permitieron entrevistarlas, sus identidades, los nombres de los dos
barrios en los que realizamos nuestro trabajo de campo –que denominamos como El
SauceySabala–ylasreferenciasespecíficasalterritorio,fueronreemplazadospornom-
[Link]án,sinembargo,laslocalidades–CiudadAutónomadeBue-
nosAiresyLanús,ProvinciadeBuenosAires–ylasreferenciasinstitucionales relacio-
nadascondiferentespolíticassocialesyaquecontribuiráalacomprensióndelproblema
deinvestigación.
2 DeaquíenadelanteusaremoslasiglaAUHparareferirnosaestapolíticasocial.
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16 • TENER LA ASIGNACIÓN
instalaba su casa. En el patio había muchos escombros y una pileta
de lona. ‘‘Estas como querés’’, le dijo Natalia, la promotora de salud
que nos acompañaba, al entrar y ver la pileta, y ese tono irónico y
amistosodeNataliafuerecibidoconrisasporpartedeVirginia.
Cuando recién comenzaba a circular la información sobre
una nueva política social –la AUH–, a finales del 2009 e inicios del
2010, había sido Marcela, la encargada de un comedor comunita-
rio, situado en el barrio, quien le dio información a Virginia sobre
‘‘dóndeanotarse’’. Virginia nopodíaprecisar conexactitudcuándo
sucedió;sinembargo,‘‘apenassalió,altoquemehicelaasignación’’.
Ella vivía a unas cuadras del ‘‘comedor de Marcela’’ y retiraba ali-
mentos habitualmente, viandas ya preparadas que guardaba para
compartir [Link]ían losprimerosdíasdelmesde
diciembrede2017yVirginiaseenteró,tambiénenelcomedor,que
podría llegar a haber ‘‘un bono de fin de año’’ para las titulares de
estapolí[Link]ópero,almismotiempo,
desconfiabaporquenoeraclarosisería‘‘porhijooporfamilia’’.
De lo que no desconfiaba Virginia, era del crédito al que pudo
acceder por ser titular de la AUH: cinco meses antes del momen-
to de la entrevista, efectivamente, había podido ‘‘sacarlo’’. Su amiga
Miriam, entonces, la ayudó: en la casa de Miriam hicieron juntas la
gestióningresandoalapáginawebdeANSES3 atravésdelteléfono
celular y Virginia quedó sorprendida cuando, pocos días después,
vio que tenía depositados quince mil pesos en su cuenta banca-
ria. Ese dinero le permitió comprar los materiales de construcción
para revocar la habitación de sus hijos. Durante los fines de sema-
na y en los días ‘‘libres’’, que eran aquellos en los cuales se ‘‘le corta-
ban las changas’’, su pareja fue avanzando en ese trabajo. Su esposo
trabajaba como albañil y, a la vez, realizaba tareas ‘‘de carga y des-
carga’’ en el mercado central, tres veces por semana. ‘‘Se da maña’’,
dijo Virginia; de hecho, ‘‘toda esta casa la hizo él’’. Poco a poco, fue
también haciendo el revoque de la habitación de los hijos, que ya
‘‘casitermina’’.
3 SigladelaAdministraciónNacionaldelaSeguridadSocial.
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TENER LA ASIGNACIÓN • 17
A la altura del año en que nos encontrábamos –principio de
diciembre–, Virginia, ‘‘por suerte’’, ya se había ocupado de hacer
todos los controles de salud de sus hijos; ‘‘la Lore’’, una médica del
centro de salud del barrio, ‘‘conoce a los chicos desde que son chi-
quitos’’. También, ya había ido a la escuela para que ‘‘le firmen la
libreta’’. Por cierto, estas responsabilidades, que se derivaban de los
requisitos a cumplir, eran asumidas por Virginia como propias. Le
restabasolamentepresentar‘‘lalibreta’’enlaoficinadeANSESque
quedaba en el centro de Lanús. Sin embargo, la trabajadora social
de la escuela de sus hijos le comentó que, la semana entrante, iba
a tener lugar ‘‘un operativo en el barrio’’. Allí podría presentar ‘‘la
libreta’’ de manera más sencilla, sin pedir turno y sin tener que via-
jarhastaelcentrodeLanús.
Virginia ‘‘tenía la asignación’’. Aunque también ‘‘tenía’’ el pro-
grama Más Vida, una política alimentaria a la que accedía en fun-
ción de su hijo más pequeño. Con la tarjeta de ese programa, ‘‘la
tarjeta verde’’, compraba habitualmente productos lácteos, como
leche y yogurt, y también pañales. Mientras que, con ‘‘la tarjeta de
la asignación’’, compraba ‘‘más que nada, mercadería’’. Utilizaba,
así alternadamente, las dos transferencias estatales. Al igual que la
mayoría de las mujeres con las cuales conversamos, Virginia tenía
la necesidad de aclarar que, cuando cobraba ‘‘la asignación’’, ‘‘les
compro de todo a mis hijos, es la plata de ellos’’. En ese objetivo,
‘‘la asignación te ayuda un toquecito’’, según explicó. Por ejemplo,
era fin de año y con el dinero de ‘‘la asignación’’ pensaba comprar
‘‘cosas para pasar mejor las fiestas’’, además de los regalos para los
niños,porque,enrealidad,‘‘PapáNoeleslaasignación’’4.
¿Qué tiene de significativa esta crónica que fue escrita
luego de la entrevista mantenida con una titular de la AUH
cuando solo nos provee detalles de la experiencia que ha
tenido una mujer y su familia? No muestra nada por fuera
de lo común; recupera pormenores sucedidos en escenarios
sociales pequeños. ¿Cómo se articulan esas notas entonces
4 LahistoriadeVirginiaesunacomposiciónficcionalizadaquecontienedistintosrelatos
[Link]íntesisquecondensalassecuenciasdel
análisisquesedesarrollaránenellibro.
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18 • TENER LA ASIGNACIÓN
para que den pie a un problema sobre el cual valga indagar?
‘‘Tengo la asignación’’ fue la expresión que Virginia utilizó
para dar cuenta de su titularidad sobre la política social en
cuestión. El uso del verbo ‘‘tener’’ era muy común entre
destinatarios y destinatarias de diversos programas sociales.
Pero ¿qué se tiene cuando se tiene ‘‘la asignación’’?
Es poco frecuente, en las representaciones de sentido
común, que se advierta acerca de la complejidad que supone
‘‘tener’’ una política social. Más bien, las políticas sociales
se suelen homogeneizar, en particular aquellas que suponen
transferencias de dinero, bajo el término plan social. Este
término ha ganado una carga simbólica peyorativa y, por
eso mismo, tiene la capacidad de desacreditar socialmente
a las personas destinatarias. El núcleo de la crítica popular
suele ser la idea de que las personas que reciben transfe-
rencias monetarias pretenden vivir del Estado y, por ende,
de la sociedad que sí trabaja y contribuye. Además, la figura
de la asistencia suele ser objeto ‘‘de un singular escrutinio
público, lo cual coloca bajo una sospecha permanente las
prácticas de las organizaciones y agentes involucrados en su
implementación’’ (Perelmiter 2015, p. 82). Más allá del jui-
cio que merezcan estas afirmaciones estereotipadas, lo cier-
to es que, a través de tales simplificaciones, poco nos acer-
camos a comprender lo que sucede a partir del momento en
que una política social está en manos de sus titulares.
Es posible identificar un punto específico en el cual
la literatura académica especializada, en ocasiones, también
es esquiva a atender esa complejidad. Al menos ello sucede
cada vez que el énfasis está puesto en marcar la continuidad
entre diferentes políticas sociales; cada vez que prevalece la
asimilación de toda política social a la noción de plan y suele
subrayarse la rotación de las y los destinatarios, de plan en
plan, durante mucho tiempo. Aun cuando esa continuidad
pudiera existir, hallar las variaciones de las políticas socia-
les permite clarificar: no es lo mismo cualquier programa,
intervención o recurso que el Estado asigne. Incluso, dife-
rencias no necesariamente sustantivas en el diseño pueden
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TENER LA ASIGNACIÓN • 19
tener consecuencias muy significativas a escala cotidiana.
Dando ejemplos extremadamente concretos, no es lo mis-
mo que una pensión se inicie en una única sede ministerial,
a que pueda acudirse a una red institucional distribuida en
diferentes localidades del país o que se realicen operati-
vos territoriales para facilitar su acceso; es transcendente
la diferencia entre programas que, como contraprestación
de la transferencia monetaria recibida, solicitan la termi-
nalidad educativa del ciclo primario y secundario, incen-
tivan la formación profesional, la realización de estudios
terciarios o universitarios, o promueven la realización de
tareas comunitarias; tiene consecuencias que el pago de un
subsidio para costear el alquiler de una habitación de hotel
familiar requiera renovaciones simples a que solo pueda
ser prorrogado mediante la presentación de una medida de
protección judicial. Entonces, que muchas políticas sociales,
a lo largo de las últimas dos décadas en nuestro país, se
hayan estructurado en la transferencia de dinero no las hace
idénticas ni es motivo para indiferenciarlas analíticamente
cuando se trata de observar el modo en que se entretejen en
la vida de las personas.
En este estudio nos ocupamos, precisamente, de desen-
trañar el momento en que la AUH ancla en la cotidianeidad
de las titulares y sus familias, incluyendo en esa cotidianei-
dad las burocracias de calle involucradas en su implementa-
ción y a otras instituciones locales, estatales y no estatales,
que sirven de apoyo en contextos de fuerte fragilidad social.
Ese es el momento específico que proponemos documentar
y es un momento en el cual una política social no es inteli-
gible solo a partir del diseño institucional. Al ‘‘tener la asig-
nación’’ Virginia entró en una relación que invita a pensar
que, durante ese momento de la política social, se produce
algo distinto al diseño institucional y al encuadre conceptual
que lo sostiene. La AUH no sobrevolaba su vida ni era una
añadidura que tenía un determinado impacto económico en
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20 • TENER LA ASIGNACIÓN
su hogar; por el contrario, estaba inscripta y discurría como
parte del engranaje cotidiano, suyo y de su familia. Marcamos
así el punto del que parte nuestro análisis.
1. La apr
apropiación
opiación ccole
olectiv
ctivaa
En su contenido normativo, toda política social delimita
un problema social, define a los destinatarios, especifica
un modo de intervención sobre ese problema y prescri-
be las pautas que quienes son receptores deberán cumplir
para poder seguir siéndolo. Un conjunto de lineamientos
operativos y de fundamentos conceptuales quedan, de ese
modo, dispuestos. Porque, en definitiva, ‘‘los paradigmas de
política pública son un conjunto relativamente articulado
de proposiciones sobre la realidad y sobre cómo deberá ser
abordada’’ (Martínez Franzoni 2008, p. 26). Como plantea
Grassi (2004, p. 5):
[G]enerar información y proponer soluciones […] es un obje-
tivo que se formula siempre desde el trasfondo de un modo
de comprender la cuestión social (de una hipótesis sustantiva)
que determina, a su vez, el modo de focalizar una proble-
mática social, definir los problemas (sociales) y de proponer
las probables vías de superación de los problemas inmedia-
tos, tanto como de las condiciones en las que se generan
tales problemas.
En ese sentido, las políticas sociales ‘‘tienen capacidad
de normatizar y normalizar, en tanto el Estado se consti-
tuye en un actor (y en un ámbito) en la producción de los
problemas sociales, en la delimitación de su propia respon-
sabilidad, en la definición de los sujetos merecedores de
sus intervenciones y de las condiciones para dicho mere-
cimiento’’. Son expresión, en definitiva, de ‘‘la manera en
que la cuestión social es constituida en cuestión de Estado
y, por tanto, el resultado de la politización del ámbito de la
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TENER LA ASIGNACIÓN • 21
reproducción’’ (Grassi 2003, p. 25). No son una reacción a
un determinado problema social, sino principalmente una
forma específica de construirlo y de regularlo.
Si observamos su contenido normativo, podemos, en
términos muy generales y esquemáticos, identificar que la
AUH se recorta, según sea la perspectiva desde la cual que
se la considere, como un dinero transferido mensualmen-
te a hogares pobres a cambio de que las mujeres lleven a
sus hijos a la escuela y de que realicen los controles médi-
cos, o bien, como el ingreso de las familias de trabajadores
del sector de la economía informal al ámbito de la segu-
ridad social5.
Sin embargo, así como hay un modo específico en
que toda política social construye a los destinatarios, al
problema social y a la respuesta estatal sobre ese proble-
ma, también hay un tono en que las personas destinatarias
hacen propios esos preceptos. Reconocemos que el Estado
es un ‘‘agente de estratificación y clasificación que moldea
de forma decisiva las opciones de vida y las estrategias de
los pobres urbanos’’ (Wacquant 2012, p. 12). Justamente
las consecuencias de esa estratificación y clasificación no
son imprecisas o abstractas. Sino que las políticas sociales
existen a escala cotidiana: quien es receptor o receptora
de una política social está inscripto, en concreto, en un
proceso que involucra diferentes ámbitos y buena parte de
su vida y la de su familia. En distintos contextos geográ-
ficos esta ha sido, de hecho, una preocupación recurren-
te de las Ciencias Sociales (Paugam 2007, Wacquant 2001,
2007, 2009, Peck 2001, Haney 2002 y 1996, Handler 2001,
2002, 2005, Schijman y Lae 2011). En nuestro país, se han
desarrollado líneas de investigaciones que también se han
ocupado de reconstruir y poner en valor esas experiencias
cotidianas y de familiaridad que, en relación a las políticas
sociales, las personas destinatarias tienen (Zibecchi 2010,
5 Ejes que se profundizan en el primer capítulo al introducir y caracterizar la
política social estudiada.
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22 • TENER LA ASIGNACIÓN
2013, 2019, Auyero 2001 y 2013, Quirós 2006, Aquín 2014,
Zapata 2005, Raggio 2003, Merklen 2005, Cravino et. al.
2001, Merklen 2005, Soldano 2003, 2008, 2009, 2018, Hor-
nes 2017, Hopp y Gradin 2007, Garcés 2015, Cabrera 2014,
Grassi 2013, Danani 1996). Todos marcos de interpreta-
ción que, si pretendemos ubicarlos bajo un gran paraguas,
podríamos decir que no prescinden de los propios agentes
sociales involucrados, de sus acciones y de sus relaciones en
torno al universo de las políticas sociales. Nuestro estudio
se sitúa en esas líneas de indagación, las retoma y se nutre
de ellas, a fin de comprender cómo es de concreto ese proceso
cotidiano para el caso específico de la AUH.
Los trabajos de investigación centrados en la vida coti-
diana de las políticas sociales han abordado la cuestión de
la apropiación que los agentes hacen de las mismas median-
te distintos énfasis conceptuales. Soldano (2009) alude a la
‘‘experiencia de recepción’’ que tienen los destinatarios de
políticas sociales; Merklen analiza la cuestión a partir de la
imagen de ‘‘cazador urbano’’ (2005) que es útil para pensar
cómo se accede a los recursos del Estado tanto a nivel indi-
vidual como a nivel colectivo; Hornes explica ‘‘el arraigo
de estas nuevas tecnologías monetarias en la vida cotidiana
de las familias titulares’’ cuando analiza la expansión de
las transferencias monetarias del Estado (Hornes 2017, p.
21); Haney (2002) caracteriza ‘‘los márgenes de maniobra’’
que tienen quienes acuden a instituciones de bienestar; y
Danani destaca que ‘‘las políticas sociales construyen suje-
tos, pero también éstos construyen a las políticas sociales’’
(Danani 1996, p. 33).
En nuestro análisis, definimos como apropiación colecti-
va a la idea de que una política social deviene un componente
de un entramado relacional mayor, compuesto por diferen-
tes tipos de vínculos estatales, por encuentros y movimien-
tos en el entorno cercano, por redes de proximidad que dan
apoyo, por experiencias orientadas desde el orden del géne-
ro y por recursos de subsistencia que se buscan y despliegan
en el afán de subsistir en contextos de mucha fragilidad.
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TENER LA ASIGNACIÓN • 23
La idea de apropiación da cuenta de un hecho social: no es
un margen de libertad del individuo sino una urdimbre,
colectivamente generada y sostenida en el tiempo, en la que
se enlazan cuestiones que transcurren en el último tramo de
una política social, cuestiones que alcanzan estatuto público
y que, entonces, no resultan meras representaciones uni-
lateralmente esgrimidas por las personas destinatarias. La
idea de apropiación colectiva funciona como organizadora
de lo pequeño, lo fragmentario, lo anecdótico y lo porme-
norizado que, en relación a una política social, tiene lugar
cotidianamente; resalta, por lo tanto, el sentido de las múl-
tiples pequeñas experiencias que las personas destinatarias
de una política social han ido forjando día a día (y continúan
haciéndolo). Lo que refleja es la incrustación capilar de la
política social en la vida cotidiana de las familias de secto-
res populares y, por ello, no distingue un vínculo entre las
personas destinatarias y la política social que pueda recor-
tarse linealmente; el entramado relacional del que la política
social forma parte resulta, entonces, compacto.
La idea de apropiación colectiva se inspira en cierta medi-
da en la categoría de apropiación de Agnes Heller (1977). Lo
introducimos con la salvedad que es imprescindible hacer,
ya que se trata de un concepto que tiene que ver con una
cuestión de otra índole y más general: el modo en que
los individuos particulares y la sociedad en su conjunto
se reproducen. No extrapolamos el concepto sino que lo
tomamos como una herramienta que nos ayuda a diluci-
dar un aspecto concreto de nuestra noción de apropiación
colectiva. La autora emplea la categoría de apropiación a fin
de aludir al saber ‘usar’ –en mayor o menor medida– las
cosas e instituciones del mundo en el que se nace’’ (Heller
1977, p. 22). ‘‘La apropiación de las cosas, de los sistemas
de usos y de instituciones no se lleva a cabo de una vez por
todas, ni concluye cuando el particular llega a ser adulto;
o mejor, cuanto más desarrollada y compleja es la sociedad
tanto menos está concluida’’ (Heller 1977, p. 22). Da cuen-
ta de una ‘‘capacidad práctica’’; el hombre particular está
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24 • TENER LA ASIGNACIÓN
obligado a poner permanentemente a prueba su capacidad
vital. ‘‘El particular, cuando cambia de ambiente, de puesto
de trabajo, o incluso de capa social, se enfrenta continua-
mente a tareas nuevas, debe aprender nuevos sistemas de
usos, adecuarse a nuevas costumbres’’ (Heller 1977, p. 23).
Debe, permanentemente, apropiarse de las costumbres y las
instituciones a fin de poder usarlas y lograr moverse en
su propio ambiente. El aspecto central de esta categoría es
que ‘‘el hombre particular se apropia de la genericidad en su
respectivo ambiente social’’ (Heller 1977, p. 31). En su vida
cotidiana el hombre particular se apropia, en definitiva, de
‘‘los elementos, las bases, las habilidades de la sociabilidad
de su tiempo’’ (Heller 1977, p. 32). Un punto central tie-
ne que ver con que ‘‘la vida cotidiana de los hombres nos
proporciona, al nivel de los individuos particulares y en
términos muy generales, una imagen de la reproducción
de la sociedad respectiva, de los estratos de esa sociedad’’
(Heller 1977, p. 20). La conceptualización que Heller propo-
ne entre lo particular y lo genérico –ese núcleo teórico que
su análisis condensa y resuelve–, resulta un aporte valio-
so en nuestro concepto de apropiación colectiva: detecta la
relevancia que tiene mirar a un pequeño universo. En el caso
analizado, ese universo pequeño está dado por una polí-
tica social específica en su funcionamiento cotidiano y en
el modo en que es apropiada colectivamente por quienes
ofician como sus receptores.
Otro punto de referencia teórico que nos ayuda a preci-
sar nuestra noción de apropiación colectiva, nos lo proporcio-
na Schutz. A lo largo del análisis exploramos a la AUH com-
prendiéndola como parte del mundo de la vida cotidiana de las
personas titulares y sus familias. El mundo de la vida coti-
diana es ‘‘la realidad que parece evidente para los hombres
que permanecen en la actitud natural’’ (Schutz y Luckmann
2009, p. 25). De ese modo, ‘‘en la actitud natural, siempre
me encuentro en un mundo que presupongo y considero
evidentemente ‘real’. Nací en él y presumo que existió antes
de mí’’ (Schutz y Luckmann 2009, p. 25). Sin embargo, ese
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TENER LA ASIGNACIÓN • 25
mundo cotidiano no es un mundo privado sino que es,
en realidad, un mundo intersubjetivo: ‘‘la estructura funda-
mental de su realidad consiste en que es compartido por
nosotros’’ (Schutz 1974, p. 26). Los actores sociales produ-
cen y reproducen su vida cotidiana a través de acciones con
significación, debido a que esas acciones son compartidas
con otros y debido a que aquello que tiene sentido para
un individuo, también lo tiene para sus semejantes (Schutz
1974). Es decir, el conocimiento de sentido común es válido
y confiable en tanto el sentido es compartido con otros y,
a la vez, aprendido de otros. Hay, así, un desarrollo inter-
subjetivo entre los actores sociales. La alusión a este aporte
fenomenológico es importante porque evita que conciba-
mos a la política social estudiada en términos de una añadi-
dura en la vida cotidiana, la cual produciría un determinado
impacto en quienes son sus titulares; nos brinda elementos
para pasar a pensarla siendo parte de esa ‘‘base de sentido’’
que el mundo de la vida cotidiana tiene. Si es así, las múl-
tiples experiencias que iremos hilando en torno a la AUH,
a lo largo del análisis, se alojan en el ámbito de la práctica,
de la acción y del mundo de la vida. En ese lugar, que nos
previene de comprender a la política social que analizamos
desde su exterioridad6, nos ubicamos analíticamente.
En suma, la categoría de apropiación colectiva, que orga-
niza este libro, recupera aportes del campo de la política
social y de las sociologías de la vida cotidiana. Frente a las
distintas categorías que buscan subrayar la capacidad de
agencia y resignificación de los sujetos destinatarios de las
políticas sociales, la idea de apropiación colectiva enfatiza que
6 Exterioridad que puede expresarse esquemáticamente en la idea de una ayu-
da por la cual se le transfiere a las mujeres dinero a cambio de que realicen
determinadas acciones vinculadas al cuidado de los hijos. Perspectivas en las
cuales se comprende a las personas como agentes económicos racionales
que buscan optimizar su situación, priorizando las implicancias que la foca-
lización y las condicionalidades tienen en la conducta de las personas, para
la superación de las situaciones de pobreza. Aspecto que se retoma en el pri-
mer capítulo, apartado: ‘‘Los puntos de contacto y los distanciamientos’’.
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26 • TENER LA ASIGNACIÓN
dicha agencia se da, en todo caso, incrustada en un entra-
mado relacional mayor, en el mundo de la vida cotidiana.
Poner de relieve ese rasgo permite, entonces, observar y
conectar aquello que a priori, en las experiencias cotidianas
de una política social, parecería fácil de omitir –lo pequeño,
lo fragmentario, lo anecdótico y lo pormenorizado–.
2. Las tramas de apr
apropiación
opiación ccole
olectiv
ctivaa: nuestra matriz
A partir de la investigación empírica, el estudio propone
un esquema de desagregación de la categoría de apropiación
colectiva para el caso de la AUH. Una matriz, compuesta por
cuatro tramas de apropiación, desde la cual profundizamos
en el mundo de la vida de esta política social: i) la trama
de protección social, ii) la trama situacional, iii) la trama de
género y iv) la trama material. Detallamos, a continuación,
cada una de ellas.
i) La trama de protección social. Esta trama permite com-
prender que la AUH es una experiencia cruzada por políti-
cas sociales. Hallamos dos cruces significativos: la AUH se
solapa con los programas de asistencia social y se empalma
con la Asignación Familiar7, proveniente del trabajo for-
mal. Por una parte, la AUH está rodeada de un registro
asistencial. Las mujeres titulares cuentan con saberes prác-
ticos sobre cómo transitar la trama de protección social, su
fragmentación y fragilidad institucional. Sucede que, en lo
cotidiano, esos ámbitos –programas de asistencia social y
AUH– forman un mosaico y sus fronteras institucionales
son, para ellas, fácilmente reconocibles. Por otra parte, está
presente el vínculo con la AAFF. Al interior de los grupos
familiares, en determinadas ocasiones, estas dos coberturas
sociales –AAFF y AUH– se empalman de modos especí-
ficos: puede haber pasaje, alternancia o coexistencia. No se
7 A lo largo del libro, la denominaremos: AAFF.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 27
trata, en consecuencia de una entrada y de una perma-
nencia necesariamente ininterrumpida en el ámbito de la
seguridad social sino que lo que surge son diferentes tipos
de movimientos; tránsitos de ida y vuelta entre cobertu-
ras sociales. Así, la trama de protección social nos permite
complejizar las descripciones habituales sobre el funciona-
miento de la AUH. En particular mostrando que las fami-
lias no experimentan el estatuto de la seguridad social de
modo abstracto: los recursos de significación que la AUH
actualiza se desarrollan en poblaciones que, muchas veces,
tienen una historia y un presente de relación con diversas
políticas sociales. La presencia estatal suele dejar múltiples
huellas en la vida de las familias, y esas huellas funcionan
como recursos de significación de otras huellas, entre las
cuales está la AUH.
ii) La trama situacional. Esta trama permite comprender
el modo en que la AUH es apropiada por sus titulares
durante los encuentros cara a cara y las puestas en escena.
La AUH, en particular, tiene una densa dramaturgia, a pesar
de lo que se podría esperar dado que es una política de
transferencias automatizada que no exige múltiples inter-
mediaciones y cuya operativización se caracteriza por cier-
to automatismo. La dramaturgia de esta política social se
compone de actores: mujeres titulares, agentes de las burocracias
de calle (como directivos de escuelas, médicos y operado-
res de ANSES) y operadores informales (como trabajadoras
sociales, referentes barriales, promotoras de salud, vecinos,
familiares, otros titulares de la AUH); escenarios: formales
(centro de salud, escuela, instancias operativas de Anses
como oficina u operativos barriales) e informales (servicios
sociales, comedores comunitarios, comunidades virtuales);
y encuentros cara a cara: aquellos que eran habituales pero
que se vieron resignificados como también aquellos que
fueron introducidos de modo regular a partir de la presen-
cia de esta política social. La trama situacional es una vía
de ingreso eficaz para observar que la AUH, de acuerdo
al tipo de sociabilidad que desata, pasa a ser más que una
[Link]
28 • TENER LA ASIGNACIÓN
‘‘intervención burocrática’’ (Paugam 2007); es decir, más que
una intervención en la cual el interventor social no juzga
sino que se limita a comprobar las condiciones de acce-
so al derecho, habitualmente en función de un expediente
administrativo.
iii) La trama de género. Esta trama permite ver cómo
la AUH es apropiada diferencialmente por hombres y por
mujeres, y la fuerza con la que se entreteje a roles de género
basados en un esquema tradicional. Mostraremos que los
hombres, concebidos como pareja de la mujer titular, ocu-
pan un lugar ajeno al microcosmos de esta política social; ni
el dinero ni las responsabilidades que derivan de los requi-
sitos a cumplir, son asumidas como propias. Y siendo titula-
res de la AUH, en situaciones de excepción, ocupan un lugar
que se caracteriza por ser disruptivo, vergonzante y sospe-
choso. Su figura en determinados escenarios desencaja y no
es esperable, horada el mandato de proveer a la familia con
los ingresos obtenidos mediante el trabajo para la garantía
de la subsistencia, y deben dar indicios para demostrar que
son ellos, y no las mujeres, quienes por excepción están a
cargo de los hijos. Las mujeres, por el contrario, asumen
el protagonismo que formalmente esta política social les
concede. Realizan maniobras y forjan una sociabilidad que
matiza a la que el formato de esta política social les ofrece,
encuentran formalidad en el rol de cuidado y son adjetiva-
das por el buen o mal uso que, en su calidad de madres, hacen
del dinero de la AUH. La trama de género permite recupe-
rar las prácticas y vivencias diferenciales de hombres y de
mujeres: los hombres son los convidados de piedra, transfor-
mándose la AUH en una experiencia extraña y vergonzante,
mientras que las mujeres son las hacedoras y las observadas,
considerándose su experiencia como propia y legítima.
iv) La trama material. Esta trama permite observar cómo
el dinero de la AUH es apropiado en relación a un con-
junto de estrategias de vida que las familias desarrollan. En
ese sentido, no puede ser pensado aisladamente. Adquiere,
en manos de las familias, una dimensión utilitaria y es un
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 29
recurso empleado en medio de la intranquilidad de tener
que hacer esfuerzos permanentemente para garantizar la
subsistencia en el futuro más inmediato. Se despliega en
medio de estrategias familiares de vida: las estrategias labo-
rales, los recursos provenientes de otras políticas sociales, la
ayuda que proporciona la familia ampliada y el aporte obte-
nido a través de diferentes ‘‘rebusques’’. Se trata de un dine-
ro experimentado indiferenciadamente como una fuente de
ingresos más pero que, sin embargo, introducido en con-
textos en los cuales diariamente se vive con muy pocas
certezas, contrarresta parte de las condiciones de fragilidad
estructural a las cuales la vida de las familias está expues-
ta. Provee, en ese sentido, un consumo seguro. De hecho, su
regularidad hace que las rutinas sean más organizadas y
previsibles, tanto respecto de los consumos habituales como
también respecto de los pequeños consumos asociados al goce.
Esta matriz, compuesta por cuatro tramas de apropiación
colectiva, constituye el aporte de nuestro proceso de inves-
tigación empírica. En estas tramas ordenamos e hilamos
conceptualmente las múltiples experiencias que, en relación
a esta política social, las mujeres titulares y sus familias
vienen transitando. La matriz es un esquema de desagrega-
ción a partir del cual proponemos hacer más operativo el
concepto de apropiación colectiva.
3. Campos de discusión y diálogo
A continuación, situamos el problema de investigación pro-
puesto al interior de un campo de discusión más amplio.
Organizamos la interlocución con la literatura tomando
como eje central una serie de estudios cuya explicación
acerca de las políticas sociales no prescinde de los propios
agentes sociales, de sus acciones y de sus relaciones. Este
eje central es retomado en nuestro análisis: guía el estudio
[Link]
30 • TENER LA ASIGNACIÓN
la idea de que los destinatarios no solo reciben una política
social, sino que se la apropian colectivamente, forjando en
relación a ella múltiples experiencias8.
En primer lugar, el planteo que proponemos se distan-
cia del sesgo que imprime el saber experto de los organis-
mos internacionales de crédito a las Transferencias Mone-
tarias Condicionadas9. Estos estudios enfatizan el acceso de
las familias a los servicios públicos de salud y de educación
existentes, en la lógica del ‘‘incentivo a la demanda’’. El pun-
to a subrayar es que, en estas perspectivas, se establece una
relación directa entre el dinero en efectivo y los compor-
tamientos (De la Briere y Rawlings 2006, Vermehren 2003,
Johannsen, Tejerina y Glassman 2009, Fiszbein y Schady
2009, Bouillon y Tejerina 2006). ‘‘Las condiciones, entonces,
ayudan, induciendo a los agentes a hacer lo que es mejor
para sus hijos, individualmente’’ (Fiszbein y Schady 2009,
p. 62). En este tipo de nociones resuena una concepción
liberal de Estado por la cual, en palabras de Peck, la asisten-
cia social es un ‘‘problema temporario e individual’’ y, a la
vez, recae estigmatización sobre quienes son sus receptores
(Peck 2001, p. 75).
En base a los aportes hechos por los estudios acerca de
los significados y los usos sociales del dinero, nuestro aná-
lisis asume una orientación diferente. Tomamos en cuenta
puntos de vista que sostienen que el dinero asignado ‘‘pro-
duce muchas más cosas en la vida cotidiana de las personas
que funcionar únicamente como medio de pago sin conse-
cuencias morales y políticas’’ (Wilkis y Hornes 2017, p. 189).
El dinero estatal se ha enraizado cuantitativamente en los
hogares pobres y a esa ‘‘centralidad cuantitativa’’ le corres-
ponde el complemento de una mirada cualitativa (Wilkis
8 Puntualizamos que la bibliografía específica sobre la AUH es retomada en el
primer capítulo.
9 Las denominaremos a lo largo del libro: TMC. Otras denominaciones habi-
tuales de este paradigma de política social es CCT, por sus siglas en inglés
Conditional Cash Transfer o bien PTCI, es decir, Políticas de Transferencias
Condicionadas de Ingresos.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 31
y Hornes 2017, p. 179). Posibilita, de hecho, prácticas de
consumo significativas para sus receptores (Hornes 2014);
aspecto reafirmado en varios apartados de nuestro estu-
dio. Como señalan estas perspectivas, es necesario construir
sobre el dinero transferido una mirada compleja y no una
definición unívoca (Hornes 2016).
En consonancia, mostramos que la AUH no es sólo
el recurso económico que asigna. La apropiación colectiva
tiene diferentes dimensiones: además de la trama material,
señalamos otras tramas –de protección social, situacional y
de género–. Pero además, cuando analizamos, en el quinto
capítulo, cómo el recurso monetario llega a los hogares,
señalamos dos aspectos centrales: es importante la rela-
ción de ese dinero con otros recursos de subsistencia que
las familias logran obtener y es importante el ordenamiento
que la presencia regular de ese dinero genera en contextos
sociales en los que abunda la inestabilidad. En ese sentido,
recuperamos una serie de análisis, de los cuales nuestro
enfoque se nutre y que iluminan aspectos específicos en
relación al dinero de las transferencias estatales: el víncu-
lo del dinero con el trabajo informal y con las estrategias
de subsistencia (Comas 2009, Comas, Hadad y Schijman
2009) y también el uso del dinero asociado tanto al con-
sumo como al crédito (Arias 2015, Cena y Chahbenderian
2012, Dettano, Sordini y Patti 2016, Wilkis y Hornes 2017,
Hornes 2013 y 2016). Entonces, retomando lo expresado
al inicio del apartado, el argumento al que hacíamos refe-
rencia –el acceso de las familias a los servicios públicos de
salud y de educación existentes, en la lógica del ‘‘incenti-
vo a la demanda’’– queda desbordado cuando se muestra
cómo el dinero de la AUH se enraíza en la vida cotidiana
de las familias.
En segundo lugar, nos interesa destacar que la AUH se
estructura en base a un mandato específico: la responsabi-
lidad por el cuidado de los hijos como tarea de la mujer.
Mandato que coincide, por cierto, con la forma típica que
[Link]
32 • TENER LA ASIGNACIÓN
asumen las TMC de América Latina10. En nuestro análisis
se revisa ese mandato a partir de los siguientes aportes.
Por una parte, nos interesa analizar ese mandato relacional-
mente. Así, en el cuarto capítulo y a la luz de la categoría
de género, indagamos en la línea antagónica que esta polí-
tica social traza entre mujeres y hombres. Nos valemos,
para ello, de los estudios que problematizan el lugar que la
mujer forja como titular de las transferencias estatales (De
Sena 2014, Micha 2019, Zibecchi 2010 y 2013, Rodríguez
Gustá 2014, Martínez Franzoni 2008, Rodríguez Enríquez
2011). Las experiencias de los hombres en el universo de
esta política social ha sido un tema poco explorado por la
literatura especializada.
Por otra parte, abordamos la cuestión de las condi-
cionalidades atendiendo a las interacciones que emergen a
raíz de su cumplimiento. Para ello nos adentramos, en el
capítulo tercero, en los encuentros cara a cara que se generan,
y discurren en diferentes escenarios, en relación a la AUH.
Algunos estudios específicos sobre la AUH, que retoma-
mos en nuestro análisis, analizan esos encuentros –entre
receptoras de la AUH de manera individual y las institu-
ciones burocráticas– (Garcés 2017 y 2018, Ambort 2016,
Ambort y Straschnoy 2018, y Gluz y Rodríguez Moyano
2013). Consideramos adicionalmente, como parte del aná-
lisis de esos encuentros, a un conjunto de estudios que
exploran: las diversas relaciones en que las personas desti-
natarias de políticas sociales entran (Quirós 2006, Zapata
2005, Wilkis 2008, Cravino et. al. 2001, Zibecchi 2010 y
2019), la incorporación de saberes y aprendizajes producto
de la titularidad de una política social (Aquín 2014) y las
puestas en escena que, durante esos encuentros, se protago-
nizan (Auyero 2013, Schijman y François Laé 2011, Haney
2002, D’amico 2020).
10 Ver, en el primer capítulo, el apartado: ‘‘Los puntos de contacto y los distan-
ciamientos’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 33
En tercer lugar, nuestro estudio toma en cuenta que
‘‘cada sociedad define y otorga un estatus social distinto
a sus pobres cuando decide ayudarlos’’ (Paugam 2007, p.
19). La perspectiva de Bourdieu, centrada en el estudio del
Estado –en general–, permite comprender esa capacidad
de nominar que tienen las políticas sociales al momento
en que definen a los sujetos merecedores de la interven-
ción. El Estado: ‘‘es el ‘banco central del capital simbólico’
’’ (Bourdieu 2014, p. 173); produce y canoniza clasifica-
ciones sociales; y muestra como naturales las divisiones y
clasificaciones que el mismo instituye (Bourdieu 2014). Si
se observa el contenido normativo de los programas, sus
fundamentos están dados, con pocas variaciones, por la
condición de pobreza. A quienes se les asigna, atribuye y
nomina como suficientemente pobres resultan elegibles para
percibir un determinado recurso. La recepción de apoyo
estatal depende de esa marca en la posición social (‘‘situa-
ción de vulnerabilidad social’’, ‘‘en riesgo’’, ‘‘pobres’’, etc.);
marca que, siendo instituida, es mostrada como natural.
Perelmiter (2015, p. 84) además observa que ‘‘nominar no
es solo una atribución, sino también una obligación del
agente estatal’’11.
Así, quienes son receptores de una política social, reci-
ben a su vez, de modo más o menos explícito, imputacio-
nes de carencias, de faltas, de disfunciones. Dando protec-
ción, el Estado les confiere un estatus social específico. Son
producidas, así, categorizaciones y clasificaciones sociales,
elaboraciones colectivas de las categorías de pobres. Típica-
mente los programas de corte asistencial propenden a asig-
nar, atribuir y nominar la condición de pobreza. El mundo
de la asistencia social, en particular, está permeado por
11 En ese sentido, sostiene Perelmiter, ‘‘sea actualizando una norma o un pro-
cedimiento oficial, sea eludiéndolo o subvirtiéndolo, la definición de fronte-
ras entre aquellos que deben o no deben recibir asistencia es, para muchos
de los agentes estatales […] [del Ministerio de Desarrollo Social de la
Nación], una tarea controversial y un tanto incómoda, de la cual preferirían
estar exentos’’ (Perlemiter 2015, p. 84).
[Link]
34 • TENER LA ASIGNACIÓN
categorizaciones y clasificaciones sociales porque, expre-
sado de manera muy sintética, son parte de su funciona-
miento12. Justamente, nominar, a menudo, implica marcar
la frontera sobre quienes deben recibir asistencia y quienes
no, o bien implica asignarles responsabilidades a cambio de
merecer la asistencia. El modo de nombrar a los destina-
tarios de políticas sociales, en definitiva, define en buena
medida las orientaciones prácticas que asume la interven-
ción pública.
Con la AUH se pone en juego la entrada de las familias
de los trabajadores informales al ámbito de la seguridad
social. Su irrupción en el ámbito de la seguridad social
es un rasgo central que ha sido problematizado por una
gran variedad de estudios y voces expertas (Bertranou y
Maurizio 2012, Danani 2013, Grassi 2012a y 2012b, Hin-
tze y Costa 2011, Curcio 2011, Costa 2013, Kliksberg y
Novacovsky 2015, Lo Vuolo 2010, Pautassi, Arcidiacono
y Straschnoy, 2013, De Sena, Cena y Dettano 2018, Cifra
CTA 2010, Bertranou 2010, Roca 2011, Logiudice 2011,
Arcidiácono, Gamallo y Straschnoy 2014, Lijterman 2016).
La AUH incluye masivamente al sector de la población
en contexto de mayor vulnerabilidad en las institucio-
nes clásicas de la seguridad social, extendiendo el sistema
de asignaciones familiares. Nuestra investigación acepta la
importancia de este punto para comenzar a observar el
funcionamiento de la AUH y se sirve, por ello, de sus apor-
tes conceptuales. Aportes que desarrollamos en el segundo
capítulo. La mirada propuesta, sin embargo, procura com-
plejizar las descripciones.
Este estudio confronta, no sin cierto desencanto, un
hecho poco abordado por la literatura especializada en la
AUH: la entrada de las familias de trabajadores informales
al ámbito de la seguridad social no se da de manera román-
tica ni es un pasaje colmado de bondades y beneficios.
12 Punto que se retoma en el segundo capítulo, apartado ‘‘Un recorrido por los
servicios sociales’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 35
Empíricamente, el pasaje desde la asistencia social más tra-
dicional hacia la seguridad social muestra ambigüedades
y no está exento de contradicciones. Mostramos que las
familias no experimentan el estatuto de la seguridad social
de modo abstracto. Por una parte, en el segundo capítulo,
hallamos que ese estatuto se activa junto a las huellas que
dejan otras lógicas de intervención estatal; en ese sentido,
consideramos importante detallar por qué la AUH no es,
para las familias, una experiencia inédita ni una experien-
cia única. Seguridad social y asistencia social son univer-
sos institucionalmente separados pero que, en la vida de
las familias, tienen fronteras porosas. Tomamos en cuenta,
aquí, a un conjunto de análisis, con los cuales dialogamos,
que muestran: las significaciones que las personas le dan
al hecho de ser destinatarias de un programa social (Rag-
gio 2003), sus experiencias y expectativas (Hopp y Gradin
2007), las sensibilidades que promueven (Cena 2018) y sus
memorias en relación a otras políticas sociales anteriores
(Cabrera 2014). Por otra parte, en el quinto capítulo, obser-
vamos que el estatuto de la seguridad social acontece a
la par de la puesta en marcha de estrategias de vida muy
variadas que se llevan adelante para garantizar la subsis-
tencia; entonces, es un estatuto entremezclado, por ejem-
plo, con ‘‘rebusques’’, ‘‘changas’’, la concurrencia ‘‘al come-
dor’’ y otras líneas de acción relevantes. En este punto,
nos valemos de estudios que exploran la implicancia que
adquiere el dinero en contextos inciertos y de alta vulne-
rabilidad social (Auyero 2001, Merklen 2005, Kliksberg y
Novacovsky 2015). El dinero de la AUH se utiliza en la
persistente preocupación de subsistir día a día. Nos intere-
sa, en ese sentido, aportar matices en la discusión sobre
el estatuto que la AUH asigna a sus titulares. Sobre todo,
complejizando las extensas discusiones que se dieron en los
trabajos más generales en torno a esta política social.
[Link]
36 • TENER LA ASIGNACIÓN
Retomando lo expuesto, en este apartado se enuncia-
ron los puntos centrales del campo de discusión en el cual
nuestro problema de investigación se sitúa y a la vez la for-
ma en que proponemos dialogar con la literatura específica.
4. Puntos de partida teórico-metodológicos
La investigación no estuvo guiada por un marco teórico
estructurado a priori, pero sí por una serie de puntos de
partida conceptuales y metodológicos que nos ayudaron a
formular nuestras primeras preguntas: la mirada ascendente
en la forma de construir el objeto de investigación, la mul-
tiplicidad y ambivalencia del Estado en la vida de los sectores
populares, y la relación entre política social y familia.
En primer lugar, nos interesa captar el funcionamiento
de la AUH allí donde la política social se hace capilar.
La intención de construir, entonces, una mirada ascenden-
te13 en relación al problema de investigación. Al proponer
una mirada ascendente como recorte metodológico, hacemos
referencia a Foucault:
Me parece que no se debe hacer una especie de análisis
(‘deductivo’) que parta del centro del poder y lo siga en su
movimiento reproductivo hacia abajo, llegando hasta los ele-
mentos moleculares de la sociedad. En cambio, me parece
que se debe hacer un análisis ascendente del poder: partir
de los mecanismos infinitesimales (que tienen su historia, su
trayecto, su técnica y su táctica) y después ver cómo estos
mecanismos de poder (que tienen su solidez y su tecnología
específica) han sido y son aún investidos, colonizados, uti-
lizados, doblegados, transformados, trasladados, extendidos
por mecanismos cada vez más generales y por formas de
dominación global (Foucault 1993, p. 28).
13 Estudios dentro del campo de la política social relacionados a este recorte
metodológico pueden hallarse, por ejemplo, en: Haney (2002), Auyero (2001
y 2013), Quiroz (2006), Cravino et. al. (2001), Schijman y Lae (2011).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 37
Son esos ‘‘mecanismos infinitesimales’’, acontecidos en
el universo de una política social, los que buscamos alum-
brar. Trasladar la idea de la mirada ascendente al campo de
la política social, hace necesario recordar la distinción que
realiza Grassi entre política social, en singular, y políticas
sociales, en plural. La autora puntualiza: ‘‘en sentido estric-
to, corresponde referirse a la política social (en singular)
como la forma política de la cuestión social, que se expresa y
materializa en las políticas sectoriales […]’’ (Grassi 2003, p.
26). Las políticas sociales en plural son, de tal modo, aquellas
políticas específicas; es decir, las sectoriales: habitacional,
de salud, previsional, etc. En suma, en nuestro estudio se
profundiza en una política social en singular y se indaga,
desde una mirada ascendente, en su inserción capilar en el
mundo de la vida de las familias.
Trasladar la idea de la mirada ascendente al campo de
la política social produce ciertas consecuencias. Bourgois
(2010, p. 48) sostiene que ‘‘bajo el microscopio etnográfico
todos tenemos verrugas y podemos parecer monstruos’’. A
esta expresión que el autor utiliza para referirse a perso-
nas, la situamos en relación a una política social. Entre las
propuestas formuladas en la norma de una política social
hasta su implementación en el territorio –es decir, el pro-
ceso de su desarrollo en terreno y la mirada que los pro-
pios sujetos destinatarios construyen en torno a la misma–
nuestro análisis encuentra una distancia grande y llena de
ambigüedades. Bajo el microscopio, la AUH también tiene
‘‘verrugas’’: resulta menos virtuosa que desde el punto de
vista de su concepción y diseño. A la vez consideramos que
en esa distancia y en esas ambigüedades se ubica buena
parte de la riqueza del análisis que proponemos: el proce-
so de apropiación colectiva, con sus diferentes tramas, tiene
como telón de fondo el diseño institucional y precisamente
nos interesa testimoniar los significados que se transportan
–se reproducen o se afianzan– o bien que se transforman
–se resignifican o producen nuevos efectos– en ese proceso
(Latour 2008). Sostenemos que entre el diseño institucional
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38 • TENER LA ASIGNACIÓN
de la política social y su apropiación colectiva hay, extrapolan-
do una expresión que James (1992, p. 23) utiliza para con-
trastar un discurso oficial y un testimonio oral, ‘‘tensiones
genuinamente irresueltas’’14. Las incorporamos como parte
relevante de nuestro análisis.
En segundo lugar, nuestra investigación partió de la
centralidad del Estado en la vida de los sectores populares,
específicamente en cuanto a su multiplicidad y su ambivalen-
cia. Diversos estudios señalan que el Estado tiene ‘‘muchas
manos’’, funciones y formas de poder: sus acciones son pro-
fusas y contienen lógicas contradictorias (Morgan y Orloff
2017) e incluso, es cambiante la naturaleza de su involu-
cramiento en la vida social (Haney 2002). Procuramos evi-
tar simplificaciones que puedan ver al Estado como una
entidad ‘‘uniforme y cohesiva’’ (Morgan y Orloff, 2017, p.
18). El Estado expresa, de hecho, una arena de contrapo-
siciones, expresión cuyo sentido ‘‘nos obliga a abandonar
la noción sencilla que señala que ‘el Estado’ es una enti-
dad coherente que actúa como tal, para adoptar otra que lo
interpreta como un espacio fragmentado de luchas sobre la
selección, definición, y tratamiento de ‘problemas sociales’
’’ (Wacquant 2012, p. 198). Más allá del caso específico de
la AUH, este libro pone de relieve ese predominio estatal,
ambiguo, en la vida de las familias de sectores populares.
Reconoce las ramificaciones de la presencia estatal; aquellas
que proveen a las familias, aunque de manera heterogénea
y muchas veces fragmentada, coberturas sociales.
En tercer lugar, el estudio resalta la relación entre
política social y familia. Nuestro análisis explora a la AUH
haciendo foco en la familia; buscamos comprenderla como
parte del mundo de la vida de las personas titulares y sus
familias. Aludimos al hecho de que el dominio de lo fami-
liar es recreado, como espacio de intervención pública; se
14 ‘‘El testimonio oral es más desordenado, más paradójico, más contradictorio
y quizá, debido a esto más fiel a la complejidad de las vidas de la clase traba-
jadora y a la memoria de la clase obrera’’, agrega James (1992, p. 23).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 39
reactualiza como objeto de acción estatal. Es, en efecto, una
dimensión inherente a la intervención social; una dimen-
sión en la cual, de modo directo, históricamente la inter-
vención pública se ha referenciado15. Al mismo tiempo, en
nuestro análisis nos interesa observar a la familia como suje-
to colectivo en tres sentidos relacionados. La familia como
‘‘sujeto de estrategias de reproducción’’ actúa ‘‘como una
suerte de sujeto colectivo y no como un simple agregado
de individuos: las decisiones que se toman, las opciones y
los caminos elegidos, son el producto a la vez, de mecanis-
mos de integración y de lucha’’ (Gutiérrez 1998, p. 161).
También la observamos como sujeto colectivo si tomamos
en cuenta la medida en que se reconocen u omiten, a la
vez que hacen compatibles o incompatibles, intervencio-
nes de políticas sociales hacia diferentes miembros de la
familia, ante diversos contextos, momentos y circunstan-
cias del ciclo de vida familia. Y finalmente, la considera-
mos sujeto colectivo portador de experiencias en relación a
la pobreza; experiencias que reconocemos, en base a Pau-
gam, como parte de una relación social16. Esas experiencias, los
comportamientos que, quienes son definidos como pobres,
adoptan frente a aquellos que los designan como tales y
las formas de adaptación a las situaciones que enfrentan,
no deben ser analizadas desde sí mismas ni tampoco des-
de una mirada meramente descriptiva. Debido a que esas
15 El anclaje histórico de esta relación puede rastrease en Donzelot (1998).
16 Paugam (2007) fundamenta su argumentación en los estudios de Simmel
(2002 [1908]). La perspectiva de Simmel es valiosa para abordar el vínculo
social que la política social construye. En un escrito clásico de 1908, el autor
se detiene en la concepción moderna de socorro a los pobres. Identifica la
relación social que genera la asistencia, al ser una parte de la organización de
la vida colectiva: ‘‘la asistencia es más bien una parte de la organización del
todo, al que el pobre pertenece lo mismo que las clases propietarias’’ (Simmel
2002 [1908], p. 228, cursiva en original). Simmel subraya que el pobre está
puesto en relación con el todo. Desempeña un papel dentro de la sociedad.
Le asigna a la asistencia un papel orgánico: su fin consiste, no en el socorro
individual al pobre, sino en la protección de la comunidad. La acción de la
asistencia para Simmel es en función de la totalidad social.
[Link]
40 • TENER LA ASIGNACIÓN
experiencias expresan, de modo más general, una relación
social específica que la sociedad, en un momento y contexto
determinado, establece con la pobreza (Paugam 2007).
5. Consideraciones metodológicas
Dado que nuestra investigación busca reconstruir el espacio
en el que se enraíza una política social, fue necesario definir
y elaborar un entramado relacional. ¿Cómo lo hicimos? Nos
apoyamos en información sobre la vida cotidiana de las titu-
lares y sus familias. Partimos de relatos y observaciones frag-
mentarias, anecdóticas o episódicas, obtenidas en campo:
algo dicho al pasar, un chiste, una anécdota, una habladuría
y también pormenores, en el sentido de descripciones deta-
lladas que muestran que se sabe mucho sobre algo. Estos
relatos y observaciones, como punto en común, mostraban
un camino desandado, una reflexión sobre algo ya aprehen-
dido. Fuimos sistematizando esas múltiples experiencias:
necesitaron ser ordenadas e hilvanadas en lo que defini-
mos como tramas de apropiación colectiva. Cada capítulo del
libro, desde el segundo al quinto, representó una pieza de
esa desagregación. El punto de partida de las tramas de
apropiación, entonces, fueron relatos y observaciones frag-
mentarias y dispersas: una suerte de trastienda de la política
social a la cual buscamos darle entidad, privilegiarla. De
tal modo, reconstruimos el mundo de la vida, el entorno
cotidiano de las titulares y sus familias; miramos aquello
que está afuera de una política social con la intención de
ganar comprensión sobre el espacio en el cual se enraíza. En
el sentido que lo estamos delineando, recuperar ese espacio
requirió un abordaje relacional.
Desarrollamos un extenso trabajo de campo de corte
cualitativo. La inmersión en campo se llevó a cabo a lo largo
de ocho meses, distribuidos dentro del período de octubre
de 2016 a febrero de 2018. La primera etapa del trabajo de
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 41
campo se desarrolló en El Sauce, un barrio porteño ubi-
cado en el sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Y continuó en Sabala, un barrio situado en la localidad de
Lanús, en el primer cordón del conurbano bonaerense de la
Provincia de Buenos Aires.
Nuestro punto de partida consideraba que las expe-
riencias de la AUH iban a variar dependiendo de con qué
otros recursos públicos se contara: barrios y asentamientos
con mayor o menor acceso a servicios públicos, a medios de
transporte y a mayor o menor presencia de otras políticas
sociales. La selección de las localidades donde situar el estu-
dio buscó, así, explorar cuán relevante era ese diferencial de
servicios y recursos públicos; en suma, hablamos de la pre-
sencia institucional. Los dos territorios elegidos presentan
efectivamente ese diferencial y, por tanto, la variación que
buscamos explorar. En El Sauce hay doce escuelas públicas
de nivel primario y tres escuelas de nivel secundario17, dos
centros de salud y un hospital público, varias sedes ban-
carias, una sede de ANSES y es atravesado por numerosas
líneas de colectivos. Sabala, en cambio, cuenta con cinco
escuelas públicas primarias y cuatro secundarias18, dos cen-
tros de salud y una unidad sanitaria; la sede de ANSES está
ubicada a seis kilómetros de distancia, aproximadamente, y
el cajero automático más cercano se encuentra, al interior
de un hipermercado, a dos kilómetros y medio de la zona
de referencia; las líneas de colectivo que llegan desde la
ciudad son tres y también un ramal de un ferrocarril. A
la vez, cada una de estas localidades tiene la presencia de
políticas sociales, compatibles con la AUH, específicas (ya
17 El dato fue obtenido en una entrevista a una trabajadora social de una escue-
la pública de Sabala. Se corroboró a través de la información oficial disponi-
ble en: [Link]
municipales-Lanú[Link] (última fecha de ingreso: 5/5/20).
18 Información oficial disponible en: [Link]
cion/buscador-de-establecimientos-educativos (última fecha de ingreso: 5/
5/20).
[Link]
42 • TENER LA ASIGNACIÓN
sean alimentarias, de asistencia directa, de transferencias de
ingresos, de empleo); algunas políticas sociales de alcance
nacional, en cambio, están presentes en ambos barrios.
De acuerdo a los objetivos del trabajo, adentrarnos en
el mundo de la vida cotidiana de las titulares y sus familias19
fue fundamental. Se realizaron treinta y seis entrevistas
en profundidad a titulares de la AUH, en su gran mayoría
mujeres. Esta selección fue intencional: la titularidad de la
AUH y el lugar de residencia han sido los dos criterios de
selección de los casos20.
Las entrevistas siguieron una guía de pautas común
que permitió indagar en la relación que tenía la AUH con
los vínculos familiares, con el mundo del trabajo y del
consumo, con los servicios públicos y con la participación
19 En base a la perspectiva de Bourdieu, señalamos que la familia, ‘‘en la forma
peculiar que reviste en cada sociedad, es una ficción social (a menudo conver-
tida en ficción jurídica) que se instituye en la realidad a expensas de un tra-
bajo que apunta a instituir duraderamente en cada uno de los miembros de
la unidad instituida (especialmente por el casamiento como rito de institu-
ción) sentimientos adecuados para asegurar la integración de esta unidad y
la creencia en el valor de esta unidad y de su integración. Puede verse que las
estrategias educativas tienen una función absolutamente fundamental;
como todo el trabajo simbólico, teórico (genealógico especialmente) y prácti-
co (intercambio de dones, de servicios, fiestas y ceremonias, etc.), que
incumbe preeminentemente a las mujeres y que transforma en disposición
amante la obligación de amar, y que tiende a dotar de un ‘‘espíritu de fami-
lia’’ a cada uno de los miembros: ese principio cognitivo de visión y de divi-
sión de es simultáneamente un principio práctico de cohesión, generador de
dedicaciones, generosidades, solidaridades, y de una adhesión vital a la exis-
tencia de un grupo familiar y de sus intereses’’ (Bourdieu 2013, p. 48).
20 Asumimos respecto de la categoría de caso la combinación de sus dos caras:
“en él se manifiestan, de manera particularizada y singular, la acción de
dimensiones y mecanismos sociales de carácter general’’. Ningún caso está
determinado, así como tampoco es ajeno, a esa acción de “carácter general’’
(Jelin, Llovet y Ramos 1986, p. 112). Al mismo tiempo, la muestra incluyó
dos casos negativos: una entrevistada que no percibía la AUH al momento de
la entrevista pero que la había percibido durante los últimos cinco años y un
entrevistado, varón, que no había percibido esta política social, a pesar de
corresponderle. Ambas situaciones fueron incluidas intencionalmente en la
muestra, con diferentes propósitos analíticos que se mostrarán en el trans-
curso del estudio (ver capítulo cuarto, apartado: “Como titular’’, y capítulo
quinto, apartado: “De la AUH al empleo formal’’ y “Cuando falta la AUH’’).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 43
comunitaria. La mayoría de las entrevistas se desarrollaron
en el hogar familiar (en su interior, en los patios o en bancos
en la vereda los días de mayor calor) mientras que algu-
nas otras se desarrollaron en el espacio físico de comedo-
res comunitarios y servicios sociales locales, instituciones
conocidas y de referencia para las entrevistadas.
Habíamos previsto, como era lógico, que la mayoría de
las entrevistas fueran realizadas a mujeres. Sin embargo lo
que pudimos advertir sobre este punto, en nuestro trabajo
de campo, fue más profundo. Nos propusimos incorporar
al análisis también la figura del hombre. Siendo abordados
como pareja de la mujer titular, que representaba la situación
más habitual, no era fácil dar con ellos. Sucedía que en pocas
ocasiones, durante la situación de entrevista, los hombres
estaban presentes en la vivienda. Pero incluso, cuando lo
estaban, se los veía ocupados (realizando tareas de mejora
de la vivienda o entrando y saliendo del hogar en medio de
‘‘una changa’’). Siempre que fue posible, se intentó dialogar
con ellos pero resultó factible pocas veces. Siendo aborda-
dos como titulares ellos mismos, pudimos hallar dos casos: un
hombre titular y otro hombre, con hijos a su cargo, que
no había podido ingresar a la prestación. Si bien la titula-
ridad de los hombres en el diseño de la AUH se restrin-
gía a situaciones excepcionales, consideramos importante
incluir su figura, en ese rol. Aquí la dificultad residía en
que los hombres no tenían forjado un relato en torno a esta
política social; de algún modo, iban reflexionando impro-
visadamente durante la situación de entrevista. Sus relatos
aportaron, no obstante, matices de interés al estudio. Pudi-
mos observar, de este modo, que si lo que sucedía respecto
de esta política social podía ser contado desde adentro, era sin
dudas a través de las voces de las mujeres: la retórica sobre
[Link]
44 • TENER LA ASIGNACIÓN
la AUH les pertenecía. Eran las mujeres quienes habían
construido la forma de narrar lo que sucedía en el microcos-
mos de esta política social21.
Ahora bien, adentrarnos en el mundo de la vida coti-
diana de las titulares y sus familias requirió, además de
situarnos en el entorno familiar, conocer el entorno cer-
cano, el contexto más próximo. Era necesario acercarnos
y captar las situaciones asociadas a la AUH que acontecían
fuera del ámbito doméstico; acceder, en términos de Heller,
al ‘‘ambiente inmediato’’ en el cual la vida cotidiana se desa-
rrolla y al cual siempre refiere (Heller 1977, p. 25).
Para ello, se realizaron catorce entrevistas en profun-
didad a actores cercanos a las familias y relacionados con el
momento de concreción de la AUH: referentes barriales, pro-
fesionales de centros de salud, escuelas y servicios sociales,
y operadores de la ANSES. Se realizaron también obser-
vaciones etnográficas en instituciones locales, estatales y no
estatales, que servían de apoyo a las familias: siete tuvieron
lugar en comedores comunitarios, otras siete en servicios
sociales locales y una de ellas se realizó en un operativo
barrial de ANSES.
En suma, se obtuvieron en total treinta y cinco horas
de grabaciones. El tamaño de la muestra estuvo dado por
el criterio de ‘‘saturación teórica’’22 (Bertaux 1999). Como
resultado de las anotaciones realizadas luego de cada entre-
vista y de cada observación etnográfica, se obtuvo la pro-
ducción de más de cien carillas de notas de campo y cró-
nicas de entrevistas. Se incluyó, asimismo, el análisis de
21 Probablemente, la retórica sobre el mundo de la política social, en general,
también les perteneciera; no era esta una cuestión privativa de la AUH. Ver
al respecto: Grassi (1989) y Zapata (2005).
22 ‘‘Fenómeno por el cual después de un cierto número de entrevista as (bio-
gráficas o no), el investigador o el equipo tienen la impresión de no aprender
nada nuevo, al menos en lo que concierne al objeto sociológico de la entre-
vista’’ (Bertaux 1999, p. 7).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 45
fuentes documentales, legales, periodísticas y estadísticas
que permitió contextualizar y dimensionar a la política
social estudiada.
Finalmente, quisiera referirme a mi implicancia como
investigadora23 en el campo estudiado. Mi formación y ejer-
cicio como trabajadora social marcó la relación con el tra-
bajo de campo. Desde el inicio fue necesario asumir, tanto
en la conducción general del trabajo de campo como en la
interpretación de los resultados, la doble pertenencia, por
un lado, al campo de la investigación y, por otro, al campo
de la asistencia directa y de la ejecución de programas socia-
les. Estando inmersa en la intervención social con familias
pobres desde hace casi quince años, conozco ese universo
de primera mano24. En mi desempeño como trabajadora
social, es común que converse con mujeres receptoras de la
AUH. Son interacciones, de cercanía y cotidianas, propias
de la tarea profesional; en ellas, por cierto, se deben seguir
los vaivenes que marcan los objetivos y muchas veces la
urgencia de la intervención social. De esta manera busco
señalar que estuvo presente la exigencia de hacer exótico un
entorno habitual: fue necesario estar especialmente atenta a
que me llamara la atención, de nuevo, un mundo conocido25.
Intervención e investigación, estuvieron siempre pues-
tas: en tensión y, a la vez, en confianza. Por una parte, el ingre-
so a campo estuvo facilitado por una red de trabajadoras
sociales y de referentes asociadas al Ministerio de Desa-
rrollo Social de la Nación, que trabajan ‘‘en territorio’’. En
23 En los párrafos que siguen cambiamos el sujeto de la exposición a primera
persona del singular por estar directamente implicada en la argumentación.
24 Mientras realizaba el trabajo de campo continuaba también realizando las
tareas ligadas a mi desempeño profesional (entrevistas domiciliarias, infor-
mes socio ambientales, gestión de recursos asistenciales, derivaciones y arti-
culaciones institucionales, entre otras). Es decir, las tareas sucedían al mis-
mo tiempo; no hubo ‘‘reconversión disciplinar’’ (Hornes 2014). Sino que
formaba parte, como actor estatal, del mismo contexto en el que se situaba el
objeto que buscaba estudiar.
25 Un ejemplo de esta exigencia metodológica puede hallarse en Benzecry
(2012).
[Link]
46 • TENER LA ASIGNACIÓN
Lanús, por ejemplo, la vía de ingreso a campo fue un equipo
de trabajo territorial del Ministerio de Desarrollo Social
de la Nación. Durante las mañanas compartidas con ‘‘las
chicas del ministerio’’, solía recibir preguntas espontáneas
por parte de las mujeres que se acercaban al servicio social.
Era frecuente que se filtrara, en esos momentos comparti-
dos, la jerga de la intervención social y, entonces, para los
referentes barriales, estaba ‘‘en el comedor de Marcela’’ con
el propósito de ‘‘hacer las encuestas’’. El inicio del trabajo
de campo en CABA se vio favorecido por una referente
territorial, Rosa, que conocía mi rol como trabajadora social
en una institución pública. Esta referente solía asociar mi
presencia en el barrio a la intervención y a la gestión de
recursos; ante ella, llevaba la marca de ‘‘ser del ministerio’’.
Quizá por eso, por ejemplo, una entrevistada al finalizar la
charla me preguntó –dado que ‘‘sos asistente social y quizá
sepas’’– donde podía ‘‘anotarse para terminar la secunda-
ria’’. Estos ejemplos muestran cómo mi presencia en campo
representaba, en ciertas ocasiones, una tensión26.
Por otra parte, mi presencia en campo, tanto en Lanús
como en CABA, podía suscitar confianza para conversar
acerca de políticas sociales: en definitiva era una trabaja-
dora social ‘‘conocida de Rosa’’, en CABA, y compartía las
mañanas con ‘‘las chicas del Ministerio’’, en Lanús. ¿Qué
tendría de extraño, para las mujeres en su carácter de entre-
vistadas, conversar con una trabajadora social sobre asun-
tos relativos a la AUH, los programas de transferencias de
ingresos y las propias condiciones materiales y simbólicas
de vida, transcurriendo esa conversación en sus viviendas
o en el espacio brindado por alguna institución barrial?27
26 Estas vías de ingreso a campo –el equipo de trabajadoras sociales ‘‘del
Ministerio’’ y la referente territorial– con el avance del trabajo de campo
pronto se fueron diversificando. Aquí las introduzco para ejemplificar el
argumento.
27 A la vez, ¿qué tendría de extraño, para mí en tanto trabajadora social, acudir a
un hogar familiar para mantener una entrevista y conversar sobre la vida
cotidiana con mujeres ubicadas en contextos de fragilidad social?
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 47
Se daba, así, un repertorio de temas y una puesta en escena
que eran recurrentes en esa interacción. La distancia social
que, según Bourdieu (2007a), separa a investigador e inves-
tigado, en nuestro caso, asumía las particularidades que
detallamos en este párrafo y recreaba, hasta cierto punto,
un repertorio conocido. Fue imprescindible volver a hacer-
lo exótico.
6. La estructura del libro
El estudio busca hacer inteligible a la AUH compren-
diéndola como un componente inescindible de un entrama-
do relacional mayor; entramado conformado por múltiples
pequeñas experiencias que las titulares y sus familias, en
tanto actores relevantes del proceso de apropiación colectiva
del que forman parte, van forjando día a día. A excepción
del primer capítulo del libro –que introduce a la AUH–,
cada capítulo elabora una trama de apropiación específica. Se
van desagregando dimensiones que reflejan la incrustación
capilar que esta política social tiene en la vida cotidiana de
las familias receptoras.
En el primer capítulo se sistematizan los aspectos for-
males y los aspectos conceptuales de la AUH, a fin de rea-
lizar una caracterización general. Revisamos los compo-
nentes del diseño propios del paradigma de las TMC como
también los fundamentos que la ubican como una política
del ámbito de la seguridad social. De ese modo, recuperamos
buena parte del debate académico que la AUH ha generado.
Caracterización que nos servirá de trasfondo, para luego
adentrarnos, a lo largo de los diferentes capítulos, en la
incrustación de la AUH en la vida cotidiana de las familias.
El desarrollo de los capítulos restantes mostrará, precisa-
mente, el tránsito –y la distancia– entre una propuesta de
[Link]
48 • TENER LA ASIGNACIÓN
enunciados generales, formulada en su diseño institucional,
y una experiencia precisa y con pormenores, que transcurre
en los hogares y el entorno cercano de las familias.
En el segundo capítulo se vincula la AUH a otras polí-
ticas sociales. Primero, se contrasta la asistencia social y la
AUH, en tanto política social inscripta en el campo de la
seguridad social. Para ello, se analiza cómo es de diferente el
procedimiento y el tratamiento que se ofrece a los destina-
tarios, en cada caso. Segundo, se advierte que, muchas veces,
en la vida de las familias, la presencia estatal no provenía
solamente de la AUH. Mostramos que la AUH, por un lado,
se solapaba con la asistencia social y, por otro lado, se empalma-
ba con la AAFF proveniente del empleo formal. Mostramos
que las fronteras de esta política social con muchas otras,
eran porosas. Nos ocupamos, así, de los cruces que se dan al
interior de una constelación de políticas sociales heterogé-
neas, de la cual la AUH era parte.
En el tercer capítulo reconstruimos la dramaturgia de
la AUH: sus actores, escenarios y encuentros cara a cara.
Definimos tres tipos de actores –las mujeres titulares, los
agentes de las burocracias de calle y otro actor al que deno-
minamos operadores informales–. Asimismo, caracterizamos
diferentes escenarios. Los clasificamos en: formales –ámbi-
tos donde las destinatarias realizan las gestiones que garan-
tizan su permanencia como titulares– e informales –ámbitos
no esperados por los cuales los contenidos de la AUH solían
circular–. Finalmente, se delimitan encuentros cara a cara
que suceden en los diferentes escenarios, ya sean formales o
informales. Hay encuentros que, aunque sucedían con ante-
rioridad, la presencia de la AUH remoldea; son los encuen-
tros resignificados. Hay otros encuentros que la presencia de
la AUH introduce en la cotidianeidad de la vida familiar;
son los encuentros que se transformaron en regulares. Aunque
la AUH no exige múltiples intermediaciones en su procedi-
miento y tiene el automatismo que proviene de su carácter
masivo, monetario, sostenido en el tiempo y bancarizado,
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 49
propio de las prestaciones de la seguridad social, no obstan-
te, cuenta con una densa dramaturgia que en este capítulo
nos dedicamos a elaborar.
En el cuarto capítulo se explora la AUH a través de la
dimensión del género. Se exponen las prácticas y las viven-
cias diferenciales que, en relación a la AUH, tenían mujeres
y hombres. Las analizamos en base a dos imágenes centra-
les: las mujeres son, en el universo de esta política social, las
hacedoras legítimas y las observadas, mientras que los hombres
son los convidados de piedra. Identificamos tres ejes, respecto
de las vivencias de las mujeres, que nos permiten llegar a
esa imagen: las maniobras que hacen ante el formato que
de esta política social les ofrece, la formalidad que encuen-
tran en las tareas de cuidado, y adjetivaciones que reciben
según el buen o mal uso que, en tanto madres, hacen del
dinero de la AUH. Por otra parte, la figura del hombre es
abordada en dos sentidos. En su carácter de titular, que es la
situación de excepción, mostramos que su presencia resulta
sospechosa, extraña y vergonzante. En su carácter de pareja
de la titular, que es la situación más frecuente, mostramos
que se queda ‘‘afuera’’ del dinero y de la responsabilidad
por el ejercicio de las condicionalidades. Destacar que las
prácticas y las vivencias, asociadas a esta política social, son
permeadas por el orden del género de modos singulares es
el propósito de este capítulo.
En el quinto capítulo nos detenemos en lo que sucede
en torno al dinero de la AUH. El desarrollo propuesto tiene
dos momentos. Primero, ubicamos al dinero como comple-
mento de otros recursos que provienen de las estrategias
de vida variadas que las familias desarrollan: los ingresos
de trabajos informales, la transferencia de otras políticas
sociales, la ayuda de la familia ampliada y el aporte obtenido
a través de diferentes ‘‘rebusques’’ que las familias encuen-
tran. Así, se trata de dinero que se utiliza en el vaivén
de tener que hacer esfuerzos permanentemente. Segundo,
encontramos que el dinero, en manos de las familias, se
traduce en un consumo seguro. Mostramos de qué modo el
[Link]
50 • TENER LA ASIGNACIÓN
dinero facilita la organización de diferentes tipos consu-
mos, y también qué sucedía cuando ese dinero no estaba
presente en los hogares, identificando cómo, ante su ausen-
cia, faltaba un elemento eficaz para mermar la urgencia en
la resolución de las necesidades de todos los días. La AUH
representaba más que el dinero, en verdad: en escenarios
signados por la incertidumbre y la inestabilidad, la presen-
cia regular del dinero de la AUH ofrecía un mínimo de
previsibilidad en el corto plazo.
En las conclusiones finales, se sistematizan los prin-
cipales hallazgos de la investigación. Se pone en valor la
categoría de apropiación colectiva a la vez que se particula-
rizan las diferentes tramas que pudimos elaborar, profun-
dizando en el mundo de la vida de la AUH. Como aporte
que se deriva de la investigación, esbozamos algunos inte-
rrogantes que, haciendo foco en la capilaridad de las políti-
cas sociales, consideramos interesante poder dejar abiertos
para profundizar.
[Link]
1
La Asignación Universal por Hijo
Hacia una caracterización general
1. Introducción
Es difícil presentar a la AUH desde un nuevo punto de vista.
Se trata de una política social profusamente analizada por
la literatura especializada, desarrollada desde hace más de
una década en nuestro país, que ha generado controversias
y que ha instalado numerosos debates tanto en el campo
académico como en el ámbito público. A fin de hacer una
caracterización general y de recuperar esa literatura, en este
capítulo damos cuenta de sus aspectos formales y de sus
aspectos conceptuales. Para analizar sus aspectos concep-
tuales, nos detenemos, en dos momentos específicos. En
primer lugar, en el momento en que esta política social se
distancia del paradigma de las Transferencias Monetarias
Condicionadas -TMC-, y en segundo lugar, en el momento
en que se inscribe en el ámbito de la seguridad social. Si
bien el análisis que proponemos es ascendente, el orden
de la exposición parte de esta caracterización general para
luego adentrarnos en su inserción capilar en el mundo de
la vida de las familias. En este capítulo se observa el diseño
institucional de la AUH a fin de reflexionar sobre qué tipo
de política social es el caso que tomamos como referencia
en nuestro estudio.
[Link] 51
52 • TENER LA ASIGNACIÓN
2. Aspectos formales
La introducción de la AUH, política social instituida en
octubre de 2009 a través el Decreto de Necesidad y Urgen-
cia 1602/09, modifica la Ley 24.714 de Asignaciones Fami-
liares. Se incorpora el subsistema no contributivo dentro
del Régimen General de Asignaciones Familiares y ambas
prestaciones comparten un mismo marco legal. Se dirige
específicamente a desocupados, registrados como mono-
tributistas sociales1, personal de casas particulares, o que
se desempeñen en la economía informal siempre que su
ingreso mensual no sea mayor al Salario Mínimo Vital y
Móvil2. La literatura tiende a coincidir en que esta política
social inaugura ‘‘una nueva forma de planificar, administrar
y ejecutar las políticas sociales en Argentina y en la región’’
(Kliksberg y Novacovsky 2015, p. 307) y que representa un
giro en el esquema de la seguridad social, en general, y en las
asignaciones familiares, en particular (Grassi 2012a, Danani
2010, Pautassi, Arcidiácono y Straschnoy 2013)3.
1 Se trata de ‘‘un régimen que te permite ingresar a la economía formal, regis-
trar tu emprendimiento, emitir facturas, contar con una obra social con
cobertura para tu grupo familiar y realizar aportes para acceder a una jubila-
ción en el futuro’’. Pueden inscribirse quienes realicen una única actividad
económica independiente o quienes formen parte de una cooperativa de
trabajo con un mínimo de seis asociados; siempre que cuenten con un ingre-
so bruto anual inferior a $208.739,25. Para información oficial, ver:
[Link] (última fecha de ingreso:
5/5/20).
2 Cuyo monto, a partir del octubre de 2019, es de $16.875 (USD 460 PPA).
3 La AUH forma parte del sistema de la Seguridad social pero este sistema, a la
vez, tiene otros componentes: seguro social de salud, riesgos del trabajo,
previsional y desempleo. Puede verse, al respecto, Curcio (2011).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 53
Su cobertura horizontal llega a 2,2 millones familias y
a casi 3,9 millones de niños, niñas y adolescentes4. A dife-
rencia de muchos programas de TMC de América Latina,
esta política social no presenta un límite presupuestario
garantizando la incorporación continua de receptores sin
cupos máximos de inscripción, puede solicitarse en cual-
quier momento y, además, no se estructura de modo tran-
sitorio, es decir, no requiere renovaciones o reevaluaciones
ni tampoco presupone estrategias ‘‘de salida’’. Mientras dure
la condición que origina el acceso y se cumpla con las con-
dicionalidades, la transferencia se mantiene.
Esa cobertura es parte de un esquema mayor. En efecto,
el esquema de garantías de ingresos para hogares con niños,
niñas y adolescentes, en nuestro país, está estructurado de
acuerdo a tres pilares. Por una parte, las asignaciones fami-
liares contributivas (AAFF) y, por otra parte, las asignaciones
no contributivas, que incluyen a la AUH, a las Pensiones No
Contributivas (PNC) y a otros programas provinciales. Las
características laborales y los ingresos de las familias defi-
nen a estos dos subsistemas. Al esquema debe añadirse la
deducción por hijo a cargo, vinculada al impuesto a las ganan-
cias, por parte de los trabajadores de mayores ingresos5.
El alcance del sistema de asignaciones familiares y deduc-
ción de ganancias, tomando como referencia el 2016, con
sus diferentes componentes, es el siguiente: de un total de
12.990.939 niños, niñas y adolescentes, las AAFF contribu-
tivas (ANSES) dan cobertura a 4.404.525 (33,9%), las AAFF
4 Tomando como referencia el mes de junio de 2019, la cantidad de titulares de
la AUH registrada por ANSES es de 2.208.323. De este total, 2.194.586
corresponde a Asignación por Hijo y 34.650 a Asignación por Hijo con Dis-
capacidad. Al mismo tiempo, la cantidad de niños, niñas y adolescentes –que
son definidos como titulares de derecho tal como se mencionará más adelan-
te–, tomando la misma fecha, es de 3.923.040. De ese total, 3.886.635
corresponden a Asignación por Hijo y 36.405 a Asignación por Hijo con dis-
capacidad. Ver: [Link]
asignaciones-universales [última fecha de ingreso 21/7/20].
5 Díaz Langou, Sachetti y Karczmarczyk (2018) sintetizan las características
de estos tres componentes.
[Link]
54 • TENER LA ASIGNACIÓN
contributivas (provinciales) a 1.221.462 (9.4%), la AUH a
3.936.558 (30,3%), las PNC u otros programas provinciales
a 759.308 (5.8%), y los altos ingresos a 1.038.181 (8,0%)
(Cetrángolo et. al. 2017). Así, vistos en forma conjunta los
tres pilares, se observa que dan cobertura a un 87,4% de los
niños, niñas y adolescentes en la Argentina, lo que represen-
ta aproximadamente a 11,4 millones. La implementación de
la AUH es uno de los factores explicativos del elevado nivel
de cobertura alcanzado (Cetrángolo et. al. 2017).
A pesar de lo cual, quedan sin cobertura 1.631.905
(12.6%) de niños, niñas y adolescentes debido a diferentes
factores: sexto hijo o más 12.600 (0.1%), extranjeros con
menos de 3 años de residencia 8.021(0.06%), falta de pre-
sentación de libreta 330.103 (2,5 %), exclusiones 114.153
(0.9%) y otros no identificados 1.167.028 (9,0%) (Cetrángolo
et. al. 2017). Varios estudios hacen foco en las exclusio-
nes y en las incompatibilidades, problematizando la noción
de universalidad (Pautassi, Arcidiácono y Strachnoy 2013,
Arcidiácono, Carmona Barrenechea y Straschnoy 2011 y
Arcidiácono 2017b). Foco útil para tomar distancia, al decir
de Arcidiácono (2017b, p. 210), de los ‘‘abordajes de políti-
cas públicas que suponen coherencia, racionalidades linea-
les o visiones totalizadoras sobre el Estado, los gobiernos
y las burocracias’’6. Así, en medio de la masificación de las
asignaciones familiares, persisten exclusiones e incompa-
tibilidades.
Al respecto de quienes quedan sin cobertura, el Ban-
co Mundial financió un proyecto, a través de 600 millones
de dólares, que fue anunciado en 2016, cuyo objetivo tie-
ne que ver con la búsqueda de los niños, niñas y adoles-
centes excluidos de la AUH y también la recuperación de
6 La autora analiza, por ejemplo, el caso específico de las mujeres privadas de
su libertad: madres que conviven con sus hijos e hijas menores de cuatro
años en contexto de encierro y que no accedían a cobrar Asignaciones Fami-
liares, situación de exclusión que llegó a plantearse en sede judicial y que
tuvo sentencia favorable. Sin embargo, aquí tomamos la noción para pensar
las incompatibilidades y las exclusiones en general.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 55
aquellos que perdieron el beneficio por no presentar evi-
dencia del cumplimiento de las condicionalidades (Banco
Mundial 2016)7. Cabe agregar que un informe liderado por
UNICEF ha estimado que, durante el segundo trimestre de
2016, alrededor del 84% de los destinatarios pertenecía a
los dos quintiles de menores ingresos. Es decir, que el 60%
de la población de ingresos más bajos capta la mayor parte
de los beneficios. El aspecto a resaltar es que aún queda
un conjunto significativo de hogares por cubrir, los que,
mayoritariamente, parecen ubicarse en el extremo inferior
de la distribución (Cetrángolo et. al. 2017).
Avanzando en la caracterización, el marco normativo
de la AUH establece que el ingreso lo perciba uno solo de los
padres, privilegiando a la mujer como ‘‘titular’’. En general,
los niños, niñas y adolescentes son denominados como des-
tinatarios de los programas de TMC; sin embargo, se plantea
como necesario el ejercicio de la titularidad a través de un
rol asignado a un adulto a cargo: las mujeres madres. “Estas
medidas y consideraciones, que ubican a la mujer en un
lugar preferencial en el cobro de la AUH, se encuentran en
sintonía con una serie de producciones y justificaciones que
acompañaron el diseño de los PTCI a nivel internacional’’
(De Sena, Cena y Dettano 2018, p. 241). Debe subrayarse,
al mismo tiempo, que en el caso de la AUH, los informes
7 De acuerdo a un comunicado de prensa del Banco Mundial, el proyecto,
denominado “Protección de Niños y Adolescentes”, ‘‘contribuirá al financia-
miento de los beneficios del programa AUH, y tiene dos objetivos principa-
les: Ampliar la cobertura del programa AUH: por un lado, se apoyará en una
búsqueda activa para completar información faltante de 1,5 millones de
niños, lo que impide que se determine su elegibilidad para el programa y,
por el otro, se trabajará en recuperar a 537.000 niños que actualmente no
perciben beneficios debido a falta de evidencia respecto de la asistencia
escolar o la realización de controles de salud. [E] [i]ncrementar la transpa-
rencia en la aplicación de las políticas de protección social a través del forta-
lecimiento de la ANSES y del Ministerio de Desarrollo Social’’ (Banco Mun-
dial 2016).
[Link]
56 • TENER LA ASIGNACIÓN
oficiales de monitoreo suelen diferenciar entre titulares de
cobro, para nombrar a las mujeres, y titulares de derecho para
nombras a los niños, niñas y adolescentes.
Señalamos, asimismo, que esta política social se imple-
menta a través de la Administración Nacional de la segu-
ridad social (ANSES), organismo que administra políticas
de base contributiva (jubilaciones, pensiones, asignaciones
familiares y seguro por desempleo) y, cada vez más, también
prestaciones no contributivas. El protagonismo de esta ins-
titución fue creciendo y transcendiendo su origen asociado
a la seguridad social clásica8. La liquidación de la AUH, en
efecto, se realiza considerando la información registrada en
las bases de datos de este organismo nacional. En definitiva,
nuestro país ‘‘incorporó la AUH retirándola de la órbita de
las burocracias asistenciales’’ (Arcidiácono 2017a, p. 136).
Este organismo, siguiendo a Straschnoy (2017, p. 150):
Se caracteriza por ser una de las instituciones de mayor capa-
cidad estatal de Argentina. Al surgir como una institución
abocada a identificar población y realizar pagos-cuenta con
unas de las bases de datos más completas del país, y con
potencia administrativa para procesarla, cruzarla con otras y
8 Como bien detalla el análisis de Costa, Curcio y Grushka (2014), a través de
ANSES se implementan una gama muy amplia de prestaciones. Entre ellas,
se destacan la administración de las jubilaciones y las pensiones, las AAFF de
las personas en actividad y los subsidios familiares a las personas en etapa
pasiva, y la prestación por desempleo financiada por el Fondo Nacional de
Empleo. ANSES también participa en el proceso de pago y actualmente de
gestión de las Pensiones no Contributivas (PNC) (pensiones a la vejez, por
invalidez y a madres con 7 o más hijos, pensiones graciables y otras pensio-
nes definidas en leyes especiales). Como señalan los autores, esta institución
sufrió ‘‘un proceso de transformación de sus facultades’’ (Costa, Curcio y
Grushka 2014, p.18). Proceso que se inició con la implementación del Plan
de Inclusión Previsional en 2005, siguió con la creación de la AUH en 2009 y
la AUE en 2011 y a la vez con otras políticas que ampliaron su campo de
acción (por ejemplo el Programa Conectar Igualdad, dirigido a la inclusión
digital en el ámbito educativo desde el año 2010, el programa de créditos
para jubilados y pensionados nacionales ARGENTA, el [Link]
Bicentenario, de entrega de créditos hipotecarios y el programa de inclusión
a la Seguridad social en comunidades indígenas) (Costa, Curcio y Grushka
2014, p.18).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 57
realizar operaciones bancarias. A su vez posee una importan-
te red territorial de oficina. La Agencia se fortaleció desde
el nacimiento de la AUH a la fecha, en gran medida por la
importancia que fue tomando la institución que comenzó a
administrar una cartera cada vez más amplia de políticas no
contributivas entre las cuales la AUH es la más importante.
Para dar inicio a la gestión, la mujer debe presentar en
las oficinas de ANSES, el DNI, la partida de nacimiento del
niño y el certificado de matrimonio, unión civil o conviven-
cia. A diferencia del hombre que llega a ser titular cuando
demuestra que: i) la madre del niño falleció, mediante la
partida de defunción, ii) el niño está a su cargo, mediante
guarda o tutela o iii) desconoce el paradero del otro pro-
genitor, mediante un trámite denominado ‘‘desvinculación’’
en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación9. Así,
‘‘cuando la tenencia del niño, adolescente o persona disca-
pacitada sea compartida por ambos padres, la madre tendrá
prelación sobre el padre en la titularidad de la prestación’’
(Resolución ANSES 393/09). Desde su inicio, como expresa
la resolución mencionada, la AUH tuvo un sesgo materna-
lista. Este sesgo se afianzó en 2013, cuando las mujeres se
establecen como únicas titulares10. En enero de 2019, de un
total de 2 millones 266 mil titulares, 2 millones 187 eran
mujeres y solo 79 mil 670 eran varones (ANSES 2019).
El monto mensual otorgado, desde septiembre de 2019,
es de 2746$11 por hijo, hasta un máximo de cinco hijos, y
de 8.947$12 para niños con discapacidad, sin límite de edad.
9 Esta gestión quedó habilitada a partir de una resolución 393 acordada en
2009 entre ANSES y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.
10 “Tenemos muchos reclamos, por parte de mujeres, que por allí el marido las
abandona y sigue cobrando la asignación. Por lo tanto, queremos que quien
lo cobre sea la madre siempre, salvo que por decisión judicial quien tenga la
tenencia de los chiquitos sea el padre”, sostuvo la ex presidenta Cristina Fer-
nández de Kirchner al presentar esta medida en 2013 (Diario Página 12, 27/
05/13).
11 64 USD PPA.
12 208,5 USD PPA.
[Link]
58 • TENER LA ASIGNACIÓN
Este monto es equivalente al percibido, a través de la AAFF,
por los hijos de los trabajadores formales. El pago se realiza
en un 80% de forma mensual (2196$) mientras que el 20%
(549$) restante queda retenido para ser otorgado, una vez al
año, luego de la presentación de los requisitos solicitados:
Hasta los cuatro (4) años de edad —inclusive—, deberá acre-
ditarse el cumplimiento de los controles sanitarios y del plan
de vacunación obligatorio. Desde los cinco (5) años de edad
y hasta los dieciocho (18) años, deberá acreditarse además
la concurrencia de los menores obligatoriamente a estableci-
mientos educativos públicos (Decreto 1602/09, artículo 6).
De no cumplirse con estas condicionalidades, se pro-
ducen suspensiones13. Por otra parte, se otorga la Ayuda
Escolar Anual de 2300$14. Desde julio de 2015, el monto se
actualiza dos veces por año de modo automático y con el
mismo cálculo del índice de movilidad con el que se actua-
lizan los haberes jubilatorios y las AAFF, a través de la Ley
27.160 que estableció dicha movilidad15.
Las condicionalidades que la AUH exige se registran
en el Formulario de ANSES PS 1.47, al que se lo deno-
mina usualmente ‘‘Libreta de Asignación Universal’’, por
el modo en que ANSES lo difunde. El formulario cons-
ta de cuatro partes: declaración jurada (para informar la
situación laboral del adulto responsable que cobra la AUH),
13 Un análisis sobre las suspensiones por no presentar la libreta se encuentra
en Straschnoy (2017).
14 53, 6 USD PPA.
15 Hubieron variaciones en algunas coyunturas: la decisión de adelantar el
total de los aumentos de 2019 en el mes de marzo. El Gobierno, en ese
momento, decidió adelantar los incrementos que, por aplicación de la ley de
movilidad de ingresos jubilatorios y sociales, debía otorgar durante ese año.
El monto ascendió de $1815 a $2650. En tanto que los ajustes para los jubi-
lados y quienes cobran prestaciones no contributivas o salario familiar no
sufrieron alteraciones, sino que mantuvieron la misma dinámica del año
anterior, es decir, las subas en los meses previstos. Una nota periodística
sobre el anuncio de la medida puede hallarse en el Diario La Nación (1/03/
19).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 59
educación (para acreditar la asistencia del/a niño/a a la
escuela), salud (para certificar los controles de salud) y vacu-
nación (para acreditar que el/la niño/a recibió las vacunas
correspondientes) 16.
Los pasos a seguir son los siguientes: imprimir anual-
mente el Formulario Libreta PS 1.47, que se encuentra en
la página web de ANSES o bien retirarlo en una oficina de
ANSES; llevarlo a la escuela17 y al hospital o centro de salud
para que las autoridades lo completen y certifiquen; y pre-
sentarlo completo en las oficinas de la ANSES en la fecha
y en el horario asignado previamente a través de un turno.
Este último paso, desde finales de 2018, puede ser realizado
de modo virtual, sacando una foto de la libreta una vez que
está completa y ‘‘subiéndola’’ a la página web de ANSES18.
16 Como explica Straschnoy, en el inicio la certificación de las condicionalida-
des fue gestionada a través de la “Libreta nacional de Seguridad social, salud
y educación” originada a partir de la Resolución 132/10, y posteriormente la
gestión fue a través de un formulario (Straschnoy 2017). Por ese motivo,
durante nuestro análisis hablaremos de “la libreta’’ cuando, en realidad, lo
que las mujeres entrevistadas tenían en mano, la mayoría de las veces, era un
formulario.
17 Una salvedad dentro del ámbito educativo. ‘‘El decreto que instituye a la
AUH establecía que los destinatarios debían asistir a instituciones educati-
vas públicas. En el primer año de implementación se suspendió la asigna-
ción a niños y jóvenes que no asistían a estas instituciones. Luego se admi-
tieron instituciones de gestión privada; pero se les exigió a las familias que
justificaran –a través de una declaración jurada– los motivos por los cuales
asisten a ese tipo de escuelas y en el caso de que las mismas fueran arancela-
das que explicasen con qué fondos se solventaba su pago’’ (Ambort y
Straschnoy 2018, p. 149). Según datos citados por Kliksberg y Novacovsky
(2015) (obtenidos por la Encuesta Evaluación AUH 2013-2014): un 6% de
los niños, niñas y adolescentes receptores de AUH que asisten a nivel prima-
rio concurren a establecimientos de gestión privada, ascendiendo este por-
centaje a un 12, 7% en el nivel medio.
18 La página web de ANSES brinda información y la sección ‘‘Mi ANSES’’,
cuyo acceso requiere tener clave de Seguridad social, permite además hacer
gestiones. Se puede acceder a través de la página web o de la aplicación para
celular ‘‘Mi ANSES móvil’’. También están presentes las páginas de Face-
book de la AUH y de ANSES que brindan información. ANSES promueve el
uso de estas plataformas. Por ejemplo, en su página web se ofrece un video
explicativo de cómo ‘‘subir’’ una foto de la Libreta de modo virtual:
[Link] (últi-
ma fecha de ingreso: 5/5/20).
[Link]
60 • TENER LA ASIGNACIÓN
El peso de llevar a cabo las certificaciones recae en las fami-
lias y, específicamente, en la mujer; hay, sin embargo, otras
experiencias de TMC regionales, como la uruguaya y la bra-
silera, en las cuales esa responsabilidad es asumida por las
instituciones en un proceso que, mediante cruces de infor-
mación, no requiere que sean las destinatarias quienes se
encarguen de realizar la certificación (Straschnoy 2017).
Por otra parte, un aspecto a destacar es el acceso al cré-
dito que desde la ANSES se ha promovido. Nos referimos
al crédito del Programa Argenta, conforme a la resolución
que tuvo lugar en 2017 a través del Decreto 516/201719.
El sistema ya existía para jubilados y pensionados pero, en
2017, fue ampliado para los titulares de otras prestaciones:
pensiones no contributivas, SUAF20 y AUH. Esta forma cre-
diticia se desarrolla en un contexto de pérdida de poder
de compra de las diferentes prestaciones. En el caso de la
AUH, fue de 7,1% en 2016 y 7% en 2017, lo que implica,
a pesos de diciembre de 2017, una pérdida por un total de
$2.381 (CEPA 2018). Posteriormente, esa pérdida no fue tan
marcada debido a dos cuestiones: los bonos de $1.200 y
$1.500 abonados a las titulares de la AUH en septiembre y
diciembre de 2018 y la decisión de adelantar el total de los
aumentos de 2019 en el mes de marzo (46%) (CEPA 2019). A
junio de 2019, se tomó deuda sobre el 81% de los beneficios
abonados (CEPA 2019).
El endeudamiento tiene la particularidad de que la
amplia mayoría de quienes perciben la AUH son muje-
res. Los datos de ANSES indican que a junio de 2018, de
2.201.736 titulares, el 97% son mujeres (2.142.477) (CEPA
2019). Así, el endeudamiento en este caso afecta casi de
manera exclusiva a las mujeres. La tasa ofrecida para los
19 Acerca de los créditos otorgados por ANSES, puede verse la crónica de Poz-
zo y Wilkis (Le Monde Diplomatique 12/2019), la nota periodística de Wil-
kis (Tiempo Argentino 23/12/19), el análisis de Sordini y Chahbenderian
(2019) y los informes realizados por CEPA (2018 y 2019)
20 La sigla corresponde al Sistema Único de Asignaciones Familiares. De aquí
en adelante, utilizamos la sigla SUAF.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 61
créditos resulta menor a la del mercado, no obstante la
actual tasa se incrementó notoriamente desde su inicio en
201721. En los créditos lanzados en 2019, las cuotas pueden
ser 24 o 36, sin la posibilidad que existía anteriormente
de saldar el pago en 12 cuotas, y alcanzan los $1.000 a
$12.000, a diferencia del límite anterior que era de $5.000,
por cada AUH que se cobrara, es decir, por cada hija/hijo
(CEPA 2019).
En síntesis, hasta aquí presentamos los aspectos formales
de la AUH. Una caracterización de la cobertura, los criterios
a partir de los cuales se define su población destinataria,
el monto de la transferencia, su implementación, las con-
dicionalidades y el acceso al crédito que esta política social
habilita. En lo que sigue, indagamos en torno a los conceptos
que estructuran a esta política social.
3. Aspectos conceptuales22
Buena parte de los estudios académicos se ocuparon de
hallar una categorización en la cual situar a la AUH: desde
hacerla parte del conjunto de las TMC regionales hasta ins-
cribirla en el campo de la seguridad social, pasando también
21 Las características de los préstamos, en su surgimiento, son las siguientes:
monto máximo de los créditos por titular $5.000 por hijo, cantidad de cuo-
tas: 12 y 24 cuotas, Tasa Nominal Anual: 27,10% para 12 cuotas y 27,10%
para 24 cuotas, y gastos operativos: 1% (Circular ANSES DPAyT Nº 60/17).
El CFT (Costo Financiero Total), para 24 meses, tuvo el siguiente aumento:
27.42% al 7/17, 38,28% al 7/18 y 54,14% al 5/19 (CEPA 2019).
22 En este apartado –en sus dos ejes analíticos: las políticas de TMC y el ámbi-
to de la Seguridad social– se retoman y se sintetizan algunos aspectos desa-
rrollados en trabajos anteriores (Rizzo 2013a, 2013b y 2015). En especial, en
relación a la construcción conceptual de la AUH y su relación con las TMC
(Rizzo 2013a y 2013 b) y en torno al concepto de protección social (Rizzo
2015).
[Link]
62 • TENER LA ASIGNACIÓN
por la noción de un ‘‘formato híbrido’’23 (Lo Vuolo 2010,
p. 18). Que el interés por categorizarla haya abarcado una
parte importante del debate académico señala algo intere-
sante acerca de esta política social: ‘‘la tensión entre segu-
ridad social y asistencia que consideramos intrínseca a esta
medida como producto de su forma de creación’’ (Danani
y Hintze 2014, p. 13). Se refleja en ello, precisamente, ‘‘una
nueva relación asistencia seguridad social que da lugar a
diferentes formas de interpretación’’ (Hintze y Costa 2011,
p. 175). Esa es su complejidad intrínseca.
La singularidad de la AUH puede hallarse en algunas
otras políticas sociales pero no representa un formato espe-
cífico frecuente en el ámbito regional. Dentro de las TMC
de América Latina, ‘‘comenzaron a desarrollarse algunas
experiencias que fueron incorporando estas transferencias
monetarias como parte del sistema de seguridad social,
como serían los casos de Uruguay y Chile24’’ (Cifra CTA
2010, p. 5). En esa dirección, se ubicó la AUH. Es decir,
‘‘contrariamente a las experiencias de otros países en Amé-
rica Latina, la AUH no fue creada como un programa ad-
hoc, sino que forma parte de la seguridad social’’ (Bertranou
y Maurizio 2012, p. 3).
Argumentamos, en el desarrollo del análisis, que a
pesar de compartir componentes con el modelo de las TMC
y a pesar de que encuentra en ese paradigma sus antece-
23 Lo Vuolo (2010, p. 18) plantea que se trata de un ‘‘formato híbrido que res-
ponde a una confusa combinación entre los programas de TMC y la heren-
cia de una historia del sistema de protección social argentino que registra
una marcada preferencia por programas segmentados en base a líneas ocu-
pacionales y al estatus laboral de las personas’’.
24 En América Latina existen, en efecto, esas dos experiencias similares: el pro-
grama uruguayo Nuevo Régimen de Asignaciones Familiares (NRAF) que
supone mayor equidad en el sistema de Seguridad social en tanto asigna
cobertura más allá de la situación de empleo formal o informal del/a jefe/a
de hogar; y, en menor medida, el programa chileno –Subsidio Único Fami-
liar (SUF)– de asignaciones familiares que da cobertura, con un monto exi-
guo en comparación con las prestaciones de transferencias monetarias con-
dicionadas de otros países de la región, a quienes están por fuera del sistema
de asignaciones familiares contributivo (Cifra CTA 2010).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 63
dentes directos, la AUH, como plantea Grassi (2012b), no
es equiparable a un programa de asistencia transitorio. A
esta política social cuesta observarla a través de los anteojos
tradicionales con los cuales supimos leer el campo de la
política social y construye una narrativa propia.
Los aspectos conceptuales de la AUH que desarrolla-
mos a continuación nos permiten caracterizarla. Pero tam-
bién nos permiten, asumiendo que a partir de esta polí-
tica social nos aproximamos a una parte de un espacio
de indagación más amplio, dimensionarla en términos de
sus características genéricas. En la narrativa particular que
esta política social forja –en su particularidad– rastreamos,
entonces, rasgos genéricos; que son aquellos que, en defi-
nitiva, permiten situar el análisis más allá de los límites
de la AUH como caso de estudio poniéndola en relación a
otras políticas sociales que comparten algunas de sus carac-
terísticas principales.
3.1 AUH y Transferencias Monetarias Condicionadas
Analizamos la relación entre la AUH y las TMC: primero,
recuperamos los fundamentos de las TMC y señalamos que,
a pesar de la distancia que la AUH tiene respecto de este
paradigma, existen componentes del diseño que coinciden,
y segundo, recordamos que en nuestro país el formato típi-
co de las TMC desarrolladas en América Latina dio forma
a las políticas nacionales que fueron antecedentes directos
de la AUH.
3.1.1 Los puntos de contacto y los distanciamientos
Iniciados en dos países latinoamericanos, México y Brasil, y
en un país asiático, Bangladesh, las TMC se han expandido
a la mayoría de los países de América Latina. También han
sido implementados en Turquía, India, Pakistán, Cambodia,
Filipinas, Indonesia, Yemen, Burkina Faso, Nigeria y Kenya
(Fiszbein y Schady 2009). La introducción de esta estrategia
[Link]
64 • TENER LA ASIGNACIÓN
por parte de las agencias internacionales de crédito –el
Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo–
se da desde finales de la década del 90′ y continúa a lo
largo del decenio siguiente. Se establecen con posterioridad
a las políticas de ajuste estructural que tuvieron lugar en
América Latina y que se consolidaron en los 90′25. Este tipo
de programas alcanzan una amplia cobertura, estando pre-
sentes en dieciséis países de América Latina y asistiendo a
alrededor de 70 millones de personas, es decir, al 12% de la
población de la región (OIT 2009, p. 1).
Una caracterización básica de las TMC, en la región
latinoamericana, incluye los siguientes componentes:
• Primero, la focalización26 en familias definidas como
pobres o extremadamente pobres con niños y adolescentes
en edad escolar: ‘‘los programas de TMC deben dise-
ñarse para llegar a los hogares pobres (para los que
25 Sojo sintetiza las principales consideraciones y cuestionamientos que expli-
can, desde la óptima de los organismos internacionales de crédito, el pasaje
gradual desde ‘‘la focalización reduccionista’’ hacia el ‘‘enfoque de capital
humano’’, como son las políticas de TMC. ‘‘A pesar de que en el mismo
periodo se acuñó el llamado Consenso de Washington, la heterodoxia en las
políticas contra la pobreza fue ganando terreno en los años 1990, debido al
desgaste de los planteamientos reduccionistas en material de política social
y de focalización. Se acotó el sentido de la selectividad, al reconocerse cada
vez más que la complejidad de objetivos de la política social transciende la
lucha contra la pobreza, que la propia lucha contra la pobreza es una tarea
ingente que sobrepasa ampliamente a la focalización, que el carácter multi-
facético de la pobreza impone políticas integrales y heterogéneas e interven-
ciones diferenciadas [...] ’’ (Sojo 2007, p. 121).
26 Este tipo de programas ‘‘pueden considerarse como una visión poco ortodo-
xa de programas focalizados dada la enorme extensión que, en algunos
casos, alcanza su cobertura. Hablar de programas focalizados con 5 millones
de beneficiarios puede resultar extraño. Sin embargo, la caracterización de
programas focalizados refiere al hecho de la definición de una población
objetivo determinada, que excluye de la posibilidad de acceso al beneficio a
quienes no cumplen con las características y requisitos exigidos’’. Entonces,
las TMC ‘‘son claramente programas focalizados, por cierto en un grupo
poblacional muy amplio, lo que por otro lado resulta razonable dadas las
elevadas tasas de incidencia de la pobreza que persisten en la región’’ (Rodrí-
guez Enríquez 2011, p. 13).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 65
existe una mayor justificación para redistribuir) que
subinvierten en el capital humano de sus niños’’ (Fisz-
bein y Schady 2009, p. 30).
• Segundo, las transferencias de dinero en efectivo. Y
no de ‘‘beneficios ‘‘en especie’’ (‘‘In-kind benefits’’). Se
plantea ‘‘un nuevo tipo de asistencia social que busca
incentivar la demanda y que entrega dinero en efectivo
a las familias pobres para cubrir gastos básicos de salud
y educación […]” (Vermehren 2003, p. 1).
• Tercero, el establecimiento de condicionalidades, asig-
nando un grado de ‘‘corresponsabilidad’’ a los recepto-
res27. ‘‘Las condiciones, entonces, ayudan, induciendo a
los agentes a hacer lo que es mejor para sus hijos, indi-
vidualmente’’ (Fiszbein y Schady, 2009 p. 62). De esta
forma, cuando las condicionalidades son vistas ‘‘como
co-responsabilidades, estas parecen tratar al destina-
tario como un adulto capaz de actuar para resolver
sus propios problemas. El Estado es visto como un
socio en el proceso, no como una niñera’’ (Fiszbein y
Schady, 2009 p. 10).
• Cuarto, la definición de la mujer como titular. Se asume
que son las mujeres las que invertirán los beneficios
de modo de favorecer más a sus hijos. Aspecto que se
abordará más adelante.
• Quinto, los objetivos formales: el ‘‘alivio’’ de la pobreza
en el corto plazo, y la ‘‘interrupción de la reproducción
intergeneracional de la pobreza’’ a largo plazo median-
te el aumento del ‘‘capital humano’’ educacional, nutri-
cional y de salud (Vermehren 2003).
• Sexto, el ‘‘incentivo a la demanda’’ como aspecto cen-
tral. Se considera que ‘‘factores por el lado de la deman-
da, entre los que se incluyen elevados desembolsos
27 Enfoque que difiere de la perspectiva de ingreso básico, basada en el princi-
pio de incondicionalidad a través del pago de un ingreso garantizado a todos
los individuos independientemente de la actividad y con fundamento ‘‘sobre
la sola base del vínculo de ciudadanía’’ (Fitoussi y Rosanvallon 1997, p. 187).
[Link]
66 • TENER LA ASIGNACIÓN
en efectivo en uniformes, útiles escolares, transporte
y otros’’ como así también ‘‘la necesidad de que los
niños contribuyan al ingreso familiar y diversas barre-
ras históricas y culturales’’ son elementos que ‘‘impiden
a muchos pobres usar los servicios, aun cuando éstos se
encuentren disponibles’’ (Vermehren 2003, p. 1).
• Y séptimo, la esfera doméstica como ámbito privilegia-
do de intervención. Se propone intervenir en torno a
‘‘las prácticas de crianza y la calidad del entorno fami-
liar’’ (Fiszbein y Schady 2009, p. 26). De tal forma, ‘‘en
términos de efectividad, las TMC ubican las decisio-
nes en manos de las familias destinatarias, haciéndo-
las igualmente responsables para realizar los cambios
necesarios’’ (Bouillon y Tejerina 2006, p. 13).
Como bien interpreta Rodríguez Enríquez (2011),
‘‘dinero, focalización y condicionalidad’’ son tres caracte-
rísticas centrales del paradigma de las TMC. Al decir de
esta autora:
El elemento básico de los argumentos es la concepción de
las personas como agentes económicos racionales que bus-
can optimizar su situación. Por lo mismo, lo que se estudia
son las implicancias que la focalización y las condicionalida-
des tienen en la conducta de las personas, de manera que el
otorgamiento del beneficio garantice la conducta individual y
social óptima para la superación de las situaciones de pobreza
(Rodríguez Enríquez 2011, p. 9).
Un fundamento teórico de la focalización tiene que
ver con el argumento de la eficiencia. ‘‘Los argumentos a
favor de la focalización tienen una raíz vinculada con la
meta de obtener el mayor rendimiento per cápita de la asig-
nación presupuestaria que se realiza’’ (Rodríguez Enríquez
2011, p. 10). No obstante, aunque las condicionalidades son
un aspecto central en el planteamiento de las TMC, no
adquieren siempre la misma intensidad sino que hay mati-
ces. Rodríguez Enríquez (2011, pp. 17-18) establece una
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 67
tipología en base a los diferentes programas de la región.
En el primer tipo, las exigencias de condicionalidad son
estrictas: formalmente se busca fortalecer el acceso a ser-
vicios sociales para mejorar las capacidades de las perso-
nas. El caso emblemático es el Programa Oportunidades de
México. En el segundo tipo, se pone el acento en la supera-
ción de la pobreza o de la extrema pobreza. Por lo cual la
prioridad es la transferencia monetaria y el control sobre
las condicionalidades es, o bien puede ser, débil. El caso
paradigmático es el Programa brasilero Bolsa Familia. En el
tercer tipo se prioriza la prestación de apoyo ‘‘psicosocial’’
a las familias pobres y el desarrollo de líneas de acción que
permitan lograr cambios en sus percepciones, actitudes y
comportamientos. El Programa Chile Solidario es un ejem-
plo claro de este tipo de intervenciones estatales. Indepen-
dientemente de estos matices, como fue mencionado, las
TMC ‘‘coinciden en ubicar a las mujeres en un rol de género
preciso: el de administradoras del beneficio y principales
responsables del cumplimiento de la contraprestación que a
su tiempo permita alcanzar los objetivos de los programas’’
(Rodríguez Enríquez 2011, p. 18).
Ahora bien, consideramos que existen tres aspectos en
los cuales la AUH sigue el patrón de las TMC típicas: i) la
interiorización de la lógica de hacer algo a cambio para obte-
ner la transferencia; ii) ese encargo asociado a la preocupa-
ción por el cuidado de las hijos; y iii) tareas cuyo cumplimiento
se deposita en la figura de la mujer. Nos remitimos, esque-
máticamente, a cada uno de estos aspectos.
Las condicionalidades cumplen una función muy parti-
cular en el caso de la AUH. Dado que la AUH tiene la forma
de un equivalente –equiparar a los hijos de los trabajado-
res formales e informales– las condicionalidades dualizan,
marcando diferencias entre grupos sociales. La retención
del veinte por ciento de la transferencia mensual refuerza
la concepción del paradigma de las TMC: la exigencia de
hacer algo a cambio por la transferencia recibida y que de
esa exigencia dependa la permanencia en el programa. Es
[Link]
68 • TENER LA ASIGNACIÓN
clave, en este punto, el planteo de Castel (2010): cuanto
una política social menos indemniza, menos repara, y por
el contrario más se esfuerza por fortalecer capacidades y
hacer a los individuos responsables de su destino, es mayor
el riesgo de que se culpabilice a los destinatarios respecto de
su situación. El objetivo que origina a la AUH es de equidad;
sin embargo, las condicionalidades no les son igualmente
exigidas a los trabajadores formales.
Es interesante observar que, siguiendo la forma en que
se estructura la AUH, esta política no se formaliza asignan-
do responsabilidad individual a los hogares respecto de sus
condiciones de existencia ni se sustenta explícitamente en
el deber ideológico del cuidado de los hijos como respon-
sabilidad familiar. No son esos los argumentos que la AUH,
en su marco formal, manifiesta. Citando dos ejemplos pun-
tuales: en los documentos formales de la AUH la pobreza
se asocia a la falta de crecimiento económico y de genera-
ción de puestos de trabajo, y el problema sobre el cual esta
política interviene se asocia tanto al contexto de fragilidad
de las familias de trabajadores informales, producto de la
inserción precaria en el mercado de trabajo, como también
a la subsistencia de situaciones de exclusión28. Es decir, la
AUH no hace foco, como mencionábamos en párrafos ante-
riores en relación a algunos programas de TMC, por ejem-
plo en brindar apoyo ‘‘psicosocial’’ a las familias pobres, no
se fundamenta en la promoción de prácticas o conductas
asociadas a la crianza; son otros sus apoyos conceptuales. A
pesar de lo cual, sin dudas incorpora y continúa los linea-
mientos que ofrecen las TMC respecto de la preocupación
por el cuidado de los hijos como tarea central y a la vez
como responsabilidad de la mujer. Pero lo hace preeminen-
temente de modo tácito.
La AUH no promueve pautas alternativas a la estrati-
ficación de género establecida, en cuanto a la división del
trabajo intradoméstico. En ese sentido, Serrano (2005, p.
28 Ver Decreto 1602/2009 y ANSES (2010).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 69
29) sostiene que la mujer pobre es una ‘‘activa colabora-
dora’’ de este tipo de políticas sociales –las TMC– ‘‘al ser
ella la que canaliza los servicios sociales hacia la familia’’.
El análisis de Martínez Franzoni y Voorend (2008, p. 125)
va en la misma línea: ‘‘los programas parten y aprovechan
capacidades genéricamente construidas, en particular el que
las mujeres sepan gestionar mejor los recursos y el cuidado
de niño/as’’. En ese sentido, la AUH más bien hace propia
y sostiene esa estratificación: puede observarse una conti-
nuidad entre la lógica inherente a la socialización de los
hijos en la esfera doméstica y las condicionalidades que esta
política social exige a las mujeres. Arcidiácono, Carmona y
Straschnoy sostienen que (2011, p. 6):
Se prioriza la titularidad femenina y, si bien en el DNU no se
establecen los fundamentos de esta elección, generalmente la
misma se sustenta en los argumentos que sostienen que este
diseño propicia el empoderamiento femenino; a su vez supo-
ne que la mujer haga un mejor uso de la prestación en favor
de los hijos, al tiempo que se sostiene que son ellas quienes
resultan más vulnerables en el mercado de empleo. Preocupa
de esta característica la visión que naturaliza a la mujer en el
rol asociado con las tareas reproductivas en los hogares.
Este rol de la mujer, construido por las TMC de Amé-
rica Latina y también por la AUH, aparece naturalizado. El
debate sobre el tema es extenso (Rodríguez Enríquez 2011,
Pautassi, Arcidiácono y Straschnoy 2013, Martínez Fran-
zoni y Voorend 2008).
Retomando lo expuesto, si recuperamos los fundamen-
tos de las TMC es posible identificar que, a pesar de la dis-
tancia, existen componentes de su diseño que coinciden con
componentes del diseño de la AUH. Como expresa Orloff
(2005, p. 199), los beneficios no son nunca otorgados sin
algún tipo de disciplina, regulación o categorización. Los
tres aspectos que señalamos dan cuenta del modo en que
[Link]
70 • TENER LA ASIGNACIÓN
la AUH, siguiendo el patrón de las TMC, aplica disciplina,
regulación y categorización hacia la población a la que diri-
ge su acción, particularmente hacia las mujeres.
3.1.2 Los antecedentes de la AUH
La AUH reemplazó a los programas de transferencias con-
dicionadas nacionales que tuvieron lugar a inicios del nue-
vo milenio: el Plan Jefes y Jefas de Hogares Desocupados
(PJJHD) y el Programa Familias por la Inclusión Social (PF).
Como sucedió en el resto de la región, en Argentina el sis-
tema de protección social había estado vinculado, en su raíz
histórica, con el mundo del trabajo y con el empleo formal
de acuerdo a esquemas contributivos. Sin embargo, a raíz
de las graves consecuencias que produjo la crisis socioeco-
nómica de principios de este siglo, a inicios del 2002, se
implementó la primera de estas políticas de transferencias,
de carácter no contributivo. De esta manera, puntualizamos
que el formato típico de las TMC fue el molde general que
tuvieron las políticas nacionales –antecedentes directos de
la AUH– en las últimas décadas. Con la salvedad, subraya-
mos, que el PJJHD incorporó la contraprestación laboral,
que es propia del paradigma del workfare.
El PJJHD se mantuvo vigente durante el periodo
2002-2005. Se puso en marcha, con gran celeridad, en el
contexto de una grave crisis socioeconómica experimen-
tada a principios del presente siglo. El escenario era de
alta conflictividad social, política y económica. Las tasas
de desocupación y subocupación, altas y sostenidas, jun-
to con el gran crecimiento de la pobreza y la indigencia,
daban cuenta de una dramática situación social. Declarada
la emergencia alimentaria, ocupacional y sanitaria, el PJJHD
surgió con el objetivo explícito de garantizar el ‘‘derecho
familiar de inclusión social”, siendo la población destina-
taria aquellas familias con trabajadores activos que habían
quedado desocupados.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 71
Se trató de una transferencia monetaria de tipo con-
dicionada. Además del cumplimiento de los controles de
salud y la escolaridad regular de los hijos, fue exigida una
contraprestación laboral, de tipo comunitaria o producti-
va, o capacitación. El criterio de ingreso utilizado fue el
de autofocalización, es decir, los propios beneficiarios se
reconocieron como tales y espontáneamente se inscribie-
ron. Fue una intervención, de carácter asistencial, que se
masificó por primera vez (Pautassi, Arcidiácono y Strasch-
noy 2013). Dada la ausencia de restricciones para que se
incorporaran todos quienes reunieran los requisitos, ‘‘los
recursos destinados a este programa marcaron un cambio
importante en las políticas de promoción social del país ya
que alcanzaron una magnitud inusual hasta ese momento,
cercana al 1% del PIB’’ (Cetrángolo et. al. 2017, p. 22). La
cobertura de esta política social, hasta entonces, no había
tenido precedentes: en mayo de 2002 había alrededor de
2 millones de personas destinatarias de esta política social
(Cetrángolo et. al. 2017).
Posteriormente, en 2005, hubo en el país una reformu-
lación de los programas de transferencias monetarias. Se
establecieron distinciones dentro del universo de los des-
tinatarios del PJJHD a partir de dos situaciones iniciales
para las cuales se propusieron abordajes diferenciales. Se
los clasificó según su supuesta condición de empleabilidad:
se atendió a las necesidades de las personas que, según
se consideró, tenían menores dificultades generales para
encontrar un trabajo (por su situación familiar, cantidad de
hijos que atender, formación, etc.) y las de las familias que
estaban, según se evaluó, en situación de mayor vulnera-
bilidad social (por número de hijos, niveles de deserción
escolar, etc.) con menores posibilidades de acceder o soste-
nerse mediante el empleo (Decreto PEN 1506/04).
[Link]
72 • TENER LA ASIGNACIÓN
Ante estas dos situaciones, las estrategias fueron cana-
lizadas a través de programas específicos. Por un parte, el
Seguro de Capacitación y Empleo (SCyE)29, bajo la órbita
del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de
la Nación, dirigido a personas desocupadas, en particular
beneficiarios del PJJHD. Los destinatarios podían acceder
a una serie de servicios vinculados al mundo laboral. Este
grupo fue definido como ‘‘empleables”. Y, por otra parte,
el PF, dependiente del MDS y destinado a las familias en
situación de vulnerabilidad y riesgo social, combinó pres-
taciones monetarias y no monetarias30. Este segundo grupo
fue definido como ‘‘inempleable”.
Así, el PF fue el antecedente más directo de la AUH.
Su diseño se inscribe en las TMC desarrolladas en el resto
de la región. Las transferencias monetarias asignadas a las
familias aumentaban su monto en función de la cantidad de
hijos. Se contemplaban, asimismo, prestaciones no mone-
tarias; mediante un componente de promoción familiar y
comunitaria, se promovía el desarrollo de destrezas para la
vida en las familias y en las comunidades. Se desarrollaban,
en ese sentido, una serie de talleres vinculados a las siguien-
tes temáticas: desarrollo infantil y juvenil; género, salud
sexual y reproductiva; derechos y construcción de ciuda-
danía; prevención de la violencia doméstica; prevención de
riesgos sociales para jóvenes; jóvenes como constructores
de ciudadanía; autonomía personal; y optimización del uso
29 Según la normativa actual, el SCyE es una política activa de empleo llevada a
cabo por el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación.
Se plantea como un esquema integrado de prestaciones por desempleo no
contributivo para apoyar a las personas en la búsqueda de empleo. Ver
información oficial: [Link]
faq_seguro_cap_y_empleo.pdf (última fecha de ingreso: 5/5/2020).
30 No sólo se integran a quienes eran destinatarios del PJJHD, sino también a
antiguos beneficiarios de un programa de ingresos vigente desde la década
del 90’, el programa de Grupos Vulnerables, Componente de Ingreso para el
Desarrollo Humano (IDH). Al mismo tiempo, se plantea como factible la
definición de nuevos ingresos en función de la situación de vulnerabilidad
de los hogares mediante la Ficha Social Las Familias Cuentan, un sistema de
información de carácter nacional y centralizado.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 73
de los recursos del hogar. También fue una política con-
dicionada. Las condicionalidades, al igual que la AUH, se
vinculaban a prácticas de salud y de educación en relación
a los hijos de las titulares. En septiembre de 2006, 90.284
beneficiarias del PJJHD habían pasado al Programa Familias
y, al primero de junio de 2007, los receptores ascendían a
454.372 familias (Campos, Faur y Pautassi 2007). A finales
del 2009, se instauró la AUH y las mujeres titulares del PF
fueron, en aquel momento, automáticamente trasladadas a
esta nueva política social.
Haciendo una síntesis, se analizó hasta aquí el momen-
to en que la AUH se distancia del paradigma de las TMC. Sin
embargo, identificamos que tiene componentes de diseño
en común y encuentra sus antecedentes directos en ese tipo
de formato regional.
3.2 AUH y seguridad social
A continuación analizamos la inscripción de la AUH dentro
del ámbito de la seguridad social. Para ello: mostramos par-
te de sus fundamentos conceptuales, hacemos alusión al
sistema de AAFF en Argentina, marcando sus segmentacio-
nes, y señalamos algunas particularidades de la tramitación
de la AAFF ante ANSES. Identificamos que, inscripta en el
ámbito de la seguridad social, la AUH se escinde, en parte,
de su equivalente, la AAFF, dado que no resultan políticas
simétricamente homologables.
3.2.1 El carácter protectorio
La noción de protección social se vincula con arreglos
cuya naturaleza y cuyos efectos son colectivos. Porque ‘‘la
auto-protección de la sociedad’’, en el sentido que le asigna
Polanyi (2003, p. 185) a la expresión, responde a intereses
generales. A partir de su mirada histórica y antropológica,
este autor clásico considera que:
[Link]
74 • TENER LA ASIGNACIÓN
La dinámica de la sociedad moderna estuvo gobernada
durante un siglo por un doble movimiento: el mercado se
expandía de continuo, pero este movimiento se vio contra-
rrestado por otro que frenó la expansión en direcciones defi-
nidas. Tal movimiento contrario era vital para la protección
de la sociedad, pero en última instancia resultaba incompa-
tible con la autorregulación del mercado, y por ende con el
propio sistema de mercado (Polanyi 2003, p. 185).
Es en función de los efectos ‘‘dislocadores’’ del mercado
que el autor establece la relevancia de la ‘‘cobertura pro-
tectora’’ de la política social: su capacidad de producir un
movimiento en dirección contraria a ‘‘los efectos del des-
amparo social’’ (Polanyi 2003, p. 123).
Al mismo tiempo, como plantean Danani y Hinzte
(2011, p. 13) la protección social debe ser comprendida
‘‘como parte de las condiciones generales de la reproduc-
ción de la fuerza de trabajo y, por lo tanto, de la repro-
ducción de la vida del conjunto de la población en las
sociedades capitalistas’’. Corresponde asimilar la función
de protección en su carácter duradero y estable; es decir,
no circunstancial. Danani (2013, pp. 5-6) sostiene que: ‘‘las
sociedades capitalistas –cuyo funcionamiento ‘normal’ per-
manentemente amenaza la vida humana, y no supuestas
anomalías, disfuncionalidades o fricciones más o menos
ocasionales– han de ser interpeladas también permanen-
temente por exigencias de protección y seguridad’’. En esa
línea, es factible poner en cuestión la capacidad de la polí-
tica social para contribuir, tomando una expresión de Mer-
klen y Kessler (2013, p. 16), como ‘‘bases de apoyo capa-
ces de organizar los tiempos sociales bajo la forma de la
previsibilidad’’.
Teniendo en cuenta estos conceptos orientadores, con-
sideramos que la AUH deriva, de determinadas condiciones
de vulneración, un asunto común y una responsabilidad
social. Al decir esto, acentuamos la cobertura protectoria
que tiene en su estructura: la forma en que traslada deman-
das de protección, largamente instaladas en el terreno de
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 75
las capacidades y las fragilidades individuales31, hacia el
terreno de lo colectivo. Identificamos tres particularidades
de la AUH que la ubican en el ámbito de la seguridad social
y de la protección social.
En primer lugar, sus garantías y calidad institucional.
Como plantea Danani, ‘‘su mayor fortaleza es pertenecer
a la seguridad social, nacida bajo el principio de los derechos
sociales; derechos del trabajo, ciertamente, y por ello seg-
mentados, pero cuya social invocación históricamente se
contrapuso a la asistencia vergonzante’’ (Danani 2013, p.
12, enfatizado original). En el mismo sentido, Bertranou y
Maurizio sostienen que ‘‘ha sido diseñada en directa cone-
xión con el sistema contributivo de seguridad social, en el
sentido que busca universalizar el sistema de asignaciones
familiares para niños y adolescentes de trabajadores forma-
les, ya existente’’ (Bertranou y Maurizio 2012, p. 5).
En segundo lugar, se reconoce la informalidad laboral
persistente. Siguiendo a Aquín:
Reconoce los procesos excluyentes que rigieron los destinos
de los trabajadores argentinos entre 1976 y 2003, conforma-
dos por flexibilización laboral y desempleo, con su inmensa
secuela de informalidad persistente, y otorga a esta población
el derecho a una asignación por hijo y por embarazo, equipa-
rando de esta manera a los trabajadores informales con aque-
llos que están insertos en el mercado laboral formal; con ello,
el universo de la población constituida por desempleados y
trabajadores informales y sus familias, se desplaza desde el
campo de la asistencia hacia el de la seguridad social, cuya
ampliación revela un proceso simultáneo de ampliación de
derechos sociales (Aquín 2014, p. 20).
Y en tercer lugar, es la categoría de trabajador desprote-
gido / trabajador informal la que habilita a recibir una trans-
ferencia. Como plantean Hintze y Costa:
31 Aspecto que se despliega en el primer capítulo, apartado: ‘‘El recorrido por
los servicios sociales’’.
[Link]
76 • TENER LA ASIGNACIÓN
Las categorías identificadas como sujetos de derecho conti-
núan una orientación histórica, atada a la de trabajo, lo que
tiende una línea de continuidad en términos de población:
[…] desde su nacimiento en el primer tercio del siglo XX, los
subsidios por maternidad y asignaciones familiares fueron
extendiendo la cobertura de manera progresiva en el interior
de la categoría de trabajadores asalariados formales (Hintze
y Costa 2011, p. 159).
Como plantean estas autoras, la novedad radica en el
nuevo sujeto de derecho que se configura: el trabajador
informal y, en consecuencia, la extensión de la cobertura
al sector de trabajadores no registrados. En ese sentido es
dejada de lado la categoría de sujeto pobre/vulnerable. En
efecto, la AUH ‘‘coloca en entredicho las categorías de sujeto
pobre/vulnerable, y con ellas su contenido vergonzante y
estigmatizador, al tiempo que recuerda la noción de tra-
bajador como sujeto de derecho’’. En ese sentido, ‘‘ya no
se trata de aquel trabajador formal sino de una categoría
históricamente enjuicidada por su condición de irregular y
atípica, la de trabajador informal’’ (Costa 2013, p. 241).
En suma, de tal modo, los aspectos mencionados acer-
can a la AUH a la idea de protección y de seguridad social.
Aún con rasgos contradictorios, comprendemos que es el
orden de las protecciones colectivas lo que esta política
social moviliza e intensifica.
3.2.2 Las asignaciones familiares y sus segmentaciones
El objetivo del conjunto de políticas y de programas ins-
criptos en la seguridad social tiene que ver con la cobertura
de riesgos frente a la posibilidad de que ocurran algunos
hechos (Curcio 2011). En nuestro país, el denominado Sis-
tema Único de la Seguridad Social (SUSS) está constituido
por cuatro subsistemas que apuntan a brindar ciertas cober-
turas: previsional, de asignaciones familiares, de desempleo
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 77
y de riesgos del trabajo32. Estos programas se basaron, tra-
dicionalmente, en esquemas de financiamiento contributi-
vos. Sin embargo, esto no implica necesariamente que ‘‘los
beneficios están ligados directa ni proporcionalmente a los
aportes y contribuciones, debido a que uno de los principios
de la seguridad social es el de la solidaridad y ellos supone
la posibilidad de generar redistribuciones’’ (Curcio 2011, p.
34). Asimismo, ‘‘en algunos casos estas prestaciones con-
tributivas son complementadas con políticas que podemos
denominar ‘no contributivas’’ vinculadas a la búsqueda de
extender la protección social’’ (Curcio 2011, p. 34).
En el caso de las asignaciones familiares, no hay un
componente de incertidumbre. Siguiendo en este desarrollo
el planteo de Rofman, Grushka y Chébez (2001), es fácil
pensar en los sistemas de salud, previsión social, y des-
empleo como en un seguro ya que los trabajadores tienen
la obligación de realizar aportes en forma proporcional a
sus salarios, y son esos aportes, precisamente, los que les
dan derecho a solicitar un beneficio en caso de ocurrir
un “siniestro” (como por ejemplo: la necesidad de atención
médica, la imposibilidad de continuar trabajando por razo-
nes de edad, el requerimiento de una pensión por invalidez
o fallecimiento del trabajador, o bien la pérdida del empleo).
Son circunstancias posibles, aunque no seguras. Los traba-
jadores aportan su cuota médica sin que ello suponga la
utilización del servicio. El pago que hacen a lo largo de
su vida, se asume que debería ser similar a la expectativa
promedio de servicios requeridos. Pero en el caso de las
asignaciones familiares, las mismas no tienen estructura de
seguro: no existe un componente de incertidumbre contra
el cual el trabajador se esté protegiendo. ‘‘En realidad, la
perspectiva del pago de las asignaciones es cierta aún antes
32 El Sistema de Seguridad Social Nacional está conformado también por el
Sistema Nacional del Seguro de Salud, establecido por la Ley 23.661 de fina-
les de 1988. Sistema que comprende al Instituto Nacional de Servicios
Sociales para Jubilados y Pensionados –conocido como Programa de Aten-
ción Médica Integral, PAMI– y a las obras sociales nacionales (Curcio 2011).
[Link]
78 • TENER LA ASIGNACIÓN
de generarse el derecho potencial a percibirla, ya que la
estructura familiar del trabajador es conocida’’ (Rofman,
Grushka y Chébez 2001, p. 2).
Entonces, las asignaciones familiares consisten:
En transferencias de tipo social, donde se otorga a todos los
participantes (sean estos la totalidad de los ciudadanos, los
trabajadores o parte de uno u otro grupo) un monto en rela-
ción a las cargas de familia que este debe sostener. Luego, las
asignaciones son un complemento de los ingresos familiares,
que intentan mejorar los ingresos per cápita de los hogares
(Rofman, Grushka y Chébez 2001, p. 4).
Las asignaciones familiares han sido un derecho que
se legitimó históricamente por la relación que mantenían
los sujetos con el mercado de trabajo formal. Si hacemos
alusión a sus antecedentes y modificaciones, se destacan
los siguientes aspectos33. Surgieron en 1934, como primer
antecedente, con el subsidio por maternidad y se formali-
zaron, en 1957, a través de la creación de cajas compensa-
doras establecidas por convenios colectivos. A partir de la
Ley 18.017, en 1968 las distintas cajas de las asignaciones
familiares se unificaron y en 1973 se consolidó el proceso
de inclusión de todos los sectores. En 1991 se disolvieron
las cajas y se unificaron las prestaciones de la seguridad
social, incluida las asignaciones familiares y exceptuando a
las obras sociales, bajo la administración de la ANSES; se
conformó, en ese momento, el SUSS. En 1996, se creó la Ley
24.714 en la que se establece un Régimen de Asignaciones
Familiares. Se plasmaron una serie de modificaciones: se
eliminaron los tramos más altos de ingresos y se estableció
un monto escalonado de las transferencias, que era inversa-
mente proporcional a los ingresos.
33 En estas referencias históricas seguimos los análisis de: Hintze y Costa
(2011) y Rofman, Grushka y Chébez (2001).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 79
La reforma de octubre del 2009, mediante la cual se
crea la AUH, ‘‘expresa un viraje en el sistema de seguridad
social en general, y de asignaciones familiares, en particu-
lar’’. Concretamente en cuanto a ‘‘su organización adminis-
trativa, sus destinatarios, el tipo de beneficio, las formas de
acceso y requisitos de permanencia y las fuentes de finan-
ciamiento’’ (Hintze y Costa 2011, p. 158). Existe una estruc-
tura segmentada en el tratamiento que el Estado brinda a
estos dos grupos de trabajadores. De este modo, inscripta
en el ámbito de la seguridad social, la AUH se escinde, en
parte, de su equivalente, la AAFF, debido a que no resultan
políticas simétricamente homologables.
El tratamiento es diferente hacia uno u otro grupo de
niños, niñas o adolescentes, de acuerdo con la condición
laboral de los adultos, siendo distintos el acceso, los requi-
sitos, la forma de pago y las exigencias. Hecho que genera
inequidades entre los diversos grupos así como también
dificultades en los titulares para decodificar, acceder y tran-
sitar por los diferentes esquemas de acuerdo a la situación
laboral en la que se encuentran los adultos de la familia
(Arcidiácono 2016). El detalle de las diferencias entre los
dos tipos de cobertura es abordado por diferentes estudios
(Garcés 2015, Díaz Langou, Sachetti y Karczmarczyk 2018
y Arcidiácono 2016, Arcidiácono, Gamallo y Straschnoy
2014, Grassi 2012a). A continuación hacemos referencia
esquemáticamente a esas diferencias.
Las asignaciones familiares:
• Comprende diferentes beneficios: matrimonio, naci-
miento, maternidad, adopción, prenatal, hijos menores
de 18 años, hijos con discapacidad sin límite de edad
y ayuda escolar
• No plantea límite por cantidad de hijos.
• El pago de una suma de dinero mensual, anual o por
acontecimiento, según sea el beneficio.
[Link]
80 • TENER LA ASIGNACIÓN
• Se accede de acuerdo a un esquema segmentado
de ingresos: de $2.816 hasta $41.959 (individual), de
$2.816 hasta $83.917 (familiar), y en el caso de mono-
tributistas hasta $87.738 (individual) (topes a septiem-
bre de 2018) (Díaz Langou, Sachetti y Karczmarczyk
2018).
• El monto de la prestación por hijo varía, entre $328
a $1578 (a septiembre de 2018), en función de los
ingresos percibidos (Díaz Langou, Sachetti y Karcz-
marczyk 2018).
• Cada niño se le imputa a un único adulto, con prefe-
rencia al de mayores ingresos.
• Los ‘‘instrumentos de acreditación’’34: para ser receptor
de la ayuda escolar anual, un trabajador formal deberá
acreditar la asistencia escolar de sus hijos mediante la
presentación de una certificación de inicio o de ter-
minalidad del ciclo lectivo. Para percibir la asignación
prenatal deberá presentar un certificado médico a fin
de constatar el estado de embarazo y el tiempo de ges-
tación y la fecha probable de parto. ‘‘Se trata de cer-
tificaciones puntuales que están realizadas con un fin
preciso y determinado y cuya duración en el tiempo es
limitada en tanto su utilidad cesa en cuanto el personal
administrativo las incorpora en el legajo personal del
trabajador’’ (Garcés 2015, p. 98).
• La ‘‘intensidad de la obligación’’ (Garcés 2015): a los
trabajadores formales se les solicita certificación para
recibir la ayuda escolar anual pero no para recibir la
asignación por hijo. Y en el único caso que se les exige
controles sanitarios es ante una situación de embarazo
dado que requerirá la presentación de una certificación
médica a partir del tercer mes, que la acredite.
34 Garcés (2015) distingue diferencias en tres aspectos centrales: los instru-
mentos de acreditación, la intensidad de la obligación y la lógica de condi-
cionalidad (es decir, la racionalidad en que se fundamentan las obligaciones).
Retomamos los tres ejes de análisis que plantea la autora.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 81
• La ‘‘lógica de la condicionalidad’’ (Garcés 2015): en
la asignación por escolaridad se efectúa la prestación
monetaria y luego se espera el cumplimiento de la obli-
gación por parte del trabajador, es decir, no hay reten-
ción del 20% del monto. ‘‘Tiene un carácter preventivo
en tanto pone la prioridad en facilitar, mediante la anti-
cipación, las condiciones materiales para que los bene-
ficiarios cumplan con el requerimiento de asistencia
escolar’’ (Garcés 2015, p. 102).
La AUH:
• Extiende solo parte de los beneficios antes menciona-
dos: la asignación por hijo y por hijo con discapaci-
dad, la ayuda escolar y la asignación por embarazo a
través de la AUE.
• Mantiene un monto fijo que, a septiembre de 2018,
era de $1578.
• Plantea un límite de cinco hijos.
• Se accede de acuerdo al valor que determina el salario
mínimo, vital y móvil.
• Cada niño se imputa a un único adulto, con preferencia
a la mujer.
• Los ‘‘instrumentos de acreditación’’: la certificación de
escolaridad y el control sanitario son obligatorios y
se registra en la Libreta Nacional de Seguridad social,
Salud y Educación35. Esta documentación respaldatoria
35 Según la resolución de ANSES 132/10, las condicionalidades consisten en
los siguientes puntos: a) ‘‘para acreditar la asistencia escolar exigida por el
artículo 14 inciso e) de la Ley Nº 24.714, la autoridad del establecimiento
educativo deberá certificar la condición de alumno regular al finalizar el
ciclo lectivo anterior al de la fecha de presentación de la Libreta’’. Y b) ‘‘la
acreditación referida al control sanitario se deberá certificar en la Libreta a
partir de los SEIS (6) años de edad y hasta los DIECIOCHO (18) años. En
relación a los niños y niñas menores de SEIS (6) años la certificación del
control sanitario consistirá en la inscripción de los mismos en el «Plan
Nacer». La información será remitida periódicamente por el Ministerio de
Salud en los términos que se acuerden oportunamente’’. ‘‘La acreditación del
[Link]
82 • TENER LA ASIGNACIÓN
‘‘se vuelve en sí misma un instrumento distintivo de
su condición social’’. Es decir, la obligatoriedad de la
asistencia escolar o de efectuar los controles de salud
deviene en una obligatoriedad a identificarse como
beneficiario de esta política social (Garcés 2015).
• La ‘‘intensidad de la obligación’’: en educación, se exige
la asistencia escolar y en salud, las obligaciones son
variadas. A saber: entre los 6 años y 18 años, se soli-
cita un control médico anual; en relación a los niños
y niñas menores de 6 años la certificación del control
sanitario consistirá en la inscripción en el Plan Nacer36.
Asimismo, se debe acreditar el cumplimiento del plan
de vacunación obligatorio que se asentará en la Libreta
a partir del nacimiento hasta los 18 años (Ver Resolu-
ción ANSES 132/2010).
• La ‘‘lógica de la condicionalidad’’: se conserva una parte
de la prestación (el 20% retenido) para garantizar el
cumplimiento de la obligación. ‘‘Es un acto coercitivo
que tiene como intencionalidad la realización de una
conducta por parte del beneficiario’’; es decir, ‘‘la reten-
ción utiliza como medio la privación temporal de una
parte de la prestación, a fin de materializar la exigen-
cia’’ (Garcés 2015, p. 103). Sanción que se ejecuta tem-
poralmente, hasta la demostración del cumplimiento
de las condicionalidades.
plan de vacunación obligatorio se asentará en la Libreta a partir del naci-
miento del niño o niña y hasta los DIECIOCHO (18) años, debiendo el
profesional de la salud indicar si el mismo fue cumplido en su totalidad o se
encuentra en curso de cumplimiento’’.
36 Los menores de 6 años deben estar inscriptos en el Plan Nacer y realizar los
controles indicados por ese programa (examen para detectar hipoacusia,
controles clínicos, vacunación según el calendario nacional, examen odon-
tológico, control oftalmológico). Los mayores de 6 años, como menciona-
mos, deben cumplir con el calendario de vacunación y el control médico
anual.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 83
A modo de síntesis, cabe decir que en tanto la política
social contribuye a fijar posiciones, límites y distancias
sociales, se abren preguntas sobre el tratamiento diferencial
que puedan recibir distintos grupos sociales según estén
insertos en el sistema de base contributiva y el sistema de
base no contributiva. La mayor amplitud en la brecha que
distancia a unos de otros supondrá mayor segmentación
social. ‘‘En la medida en que se considere la AUH como una
extensión del régimen contributivo, debería avanzarse hacia
la igualación de los requisitos establecidos en uno y otro régimen’’
(Bertranou 2010, p. 53, enfatizado propio). Como señalan
Hintze y Costa, tomando el caso de la AUH: a mayores y
más específicas condiciones, a mayor diferenciación entre
grupos de beneficiarios, y cuanto más se asocie esa con-
dición al comportamiento, ‘‘más se alejará del campo de
los derechos y más la tensión seguridad social/ asistencia
traccionará hacia la segunda’’ (Hintze y Costa 2011, pp.
176-177).
Hemos hecho alusión, de este modo, al sistema de
AAFF en Argentina marcando su concepción, su origen
y también sus segmentaciones, las cuales nos permitieron
acercarnos a la complejidad de las prestaciones sociales des-
tinadas a la niñez. Complejidad que también, como señala-
mos a continuación, se traduce en las gestiones.
3.2.3 Las gestiones
La segmentación en el sistema de asignaciones familia-
res representa un problema. Las mujeres a quienes entre-
vistamos vivían esa segmentación en experiencias situadas:
cuando la transferencia económica les era interrumpida,
al completar formularios, cuando no se comprendía del
todo el procedimiento burocrático y al interactuar con
los operadores en las oficinas de ANSES. Entonces ¿cómo
quedan plasmadas en las gestiones micro de ANSES las
[Link]
84 • TENER LA ASIGNACIÓN
segmentaciones macro a las que antes aludimos? Lo analiza-
mos a partir de dos puntos: i) la gestión de la AAFF y ii) el
formulario ‘‘Madres’’37.
i) La gestión de la Asignación Familiar
Se denomina SUAF al Salario Único de Asignación Fami-
liar. En el periodo que realizamos nuestra investigación, era
a través de este sistema informático que ANSES liquidaba la
AAFF. El modo de inscripción de los individuos en la socie-
dad está dado por su relación de trabajo pero, por cierto,
no siempre se mantienen fijas las trayectorias laborales: la
relación con el trabajo no se ordena y sostiene necesaria-
mente de un solo lado –la formalidad o la informalidad–. La
forma en que se organiza el sistema operativo de ANSES,
hace posible el pasaje de SUAF a AUH, y viceversa, según
sea la condición laboral.
Es en base a la situación laboral del progenitor o adulto
a cargo –formalidad o informalidad– que el sistema define
la liquidación de una u otra transferencia. La activación de
las transferencias no depende de la gestión que realice el
titular, no hay que hacer ningún trámite. En el cruce de
información, el sistema informático lo define priorizando,
entre las opciones, siempre a la mujer y al trabajo bajo rela-
ción de dependencia.
El pasaje de AUH a SUAF, o viceversa, no es sencillo
en términos administrativos. La principal dificultad está en
la fecha de cobro. El pago se interrumpe cuando cambia la
37 Nos interesa clarificar la relación entre la AUH, el SUAF y el formulario
‘‘Madres’’ porque son aspectos que nuestro análisis retoma en los capítulos
segundo y quinto. Aclaramos, asimismo, que desde el 1/8/19, en el momen-
to de escritura del libro, estos dos sistemas operativos a través de los cuales
se liquidan las prestaciones –SUAF y AUH– se unificaron en el denominado
CUNA –Cobertura Universal de Niñez y Adolescencia–, por medio de la
resolución 203/2019. Ver nota periodística en: Diario El Cronista (24/01/
20).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 85
situación de empleo del progenitor o adulto responsable y
eso, en efecto, ocasiona complicaciones en la continuidad
del cobro de la transferencia38.
En suma, para definir a quién se le liquida (padre o
madre del niño/a) y qué tipo de prestación se liquida (AUH
o AAFF), el sistema operativo siempre prioriza a la mujer
y a la relación de dependencia en el caso de que uno de
los adultos trabaje de manera registrada. Esto hace que la
AUH y la AAFF estén estrechamente relacionadas y esa
relación sea automática.
ii) El formulario ‘‘Madres’’
Las mujeres pueden acceder al SUAF de dos modos: por ser
ellas trabajadoras con empleo bajo relación de dependencia
o bien produciendo un desvío de la transferencia generada
por el padre de lo/as niño/as. A través del formulario PS
2.73 de Percepción de Asignaciones Familiares-Madres las
mujeres pueden:
Asegurar el cobro de las Asignaciones Familiares (AAFF) al
padre o madre que vive con los niños. De este modo, ten-
drán la posibilidad de cobrar de forma directa sin contar
con el consentimiento del otro progenitor y sin la necesidad
de pedir un embargo o tener una sentencia judicial (Página
web de ANSES39).
38 Precisamente el nuevo sistema operativo –CUNA- se plantea unificar las
transferencias y, así, saldar este problema. Desde ANSES, ‘‘remarcaron que
la creación de la cobertura CUNA mejora el sistema de pago de asignaciones
ya que hace foco en los niños y no en la situación laboral de los progenitores
o adultos a cargo. A partir de ahora la asignación no debería interrumpirse
cuando el adulto cambia su situación de empleo, como sucedía cuando un
trabajador pasaba de ser informal a tener un empleo formal y la asignación
pasaba de cobrarse por la AUH y luego por asignaciones familiares’’. Ver
artículo periodístico (Página 12, 28/08/19).
39 [Link] (última fecha de ingreso: 5/5/20).
[Link]
86 • TENER LA ASIGNACIÓN
De tal forma se deriva la liquidación de SUAF a la
mujer independientemente del integrante del grupo fami-
liar que haya generado el derecho al cobro de la prestación
(salvo en los casos de guarda, curatela, tutela y tenencia, en
los cuales se realiza al guardador, curador, tutor ó tenedor
respectivamente que correspondiere)40.
Esta medida comenzó a implementarse en el 201341.
Hasta entonces el Estado priorizaba al hombre para el cobro
del beneficio, aun cuando su esposa también tuviese un
trabajo formal:
El problema es que muchas veces el hombre no aportaba
ese dinero al hogar por diversas razones. De hecho, hasta el
día de hoy 33.940 mujeres han tramitado un embargo de las
asignaciones que se liquidan como consecuencia de la acti-
vidad laboral o por ser titular de una prestación previsional.
Se trata de casos de separaciones o divorcios en los que la
madre de los chicos debió recurrir a la Justicia para asegu-
rar que sus hijos reciban las asignaciones familiares (Diario
Página 12, 27/05/2103).
Con la implementación de esta medida que modifica
el modo en que se distribuye la transferencia, se busca dar
respuesta a dicha situación. La referencia de las mujeres
entrevistadas a esta gestión (‘‘el formulario madres’’ o ‘‘el
embargo’’) estuvo presente durante el trabajo de campo.
En síntesis, en este apartado describimos algunas par-
ticularidades de la tramitación de la AUH y de la AAFF.
Esas particularidades son de algún modo una expresión
burocrática de las segmentaciones que tiene el esquema de
40 Esta medida fue removida, en enero de 2019, al momento de escritura del
libro, pasando a denominarse Formulario de solicitud de Asignaciones
Familiares. Es una gestión destinada tanto a padres o madres que vivan con
los niños, niñas o adolescentes. Es posible realizarla cuando: a) los padres y
quien cobra la Asignación Familiar no vive con los niños menores de edad y
b) alguno de los padres desconoce dónde está el otro progenitor y no cuenta
con embargo o sentencia judicial previa.
41 Ver artículo en el Diario Página 12 (27/05/13).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 87
prestaciones sociales destinadas a la niñez. La descripción
nos servirá de apoyo para el desarrollo del análisis empí-
rico posterior.
4. Conclusión
La AUH genera la clave de interpretación de nuestro estu-
dio. Sin embargo, a partir de esta política social nos aproxi-
mamos a una parte de un espacio de indagación más amplio.
No la consideramos, en sí misma, el objeto de estudio par-
ticular sobre el cual desplegamos el análisis, sino que es
el referente empírico que nos permite explorar qué sucede
cuando una política social está en manos de quienes son
sus receptores.
En ese sentido, la caracterización realizada a lo largo
del capítulo nos ayuda a esclarecer una pregunta: si obser-
vamos sus aspectos formales y sus aspectos conceptuales, ¿caso de
qué es la política social que tomamos como referencia? Se
trata de una política social con una complejidad intrínseca.
Para dar cuenta de esa complejidad fuimos relacionando la
AUH con el paradigma de las TMC y, posteriormente, con
el ámbito de la seguridad social. Esos dos ejes fueron cen-
trales en el recorrido analítico hecho. Argumentamos que la
AUH se distancia del paradigma de las TMC, aun teniendo
componentes de diseño en común, y que estando inscripta
en el ámbito de la seguridad social a la vez se distancia,
en parte, de su equivalente, la AAFF, dado que no resultan
políticas simétricamente homologables. De algún modo, el
referente empírico de nuestro estudio no encaja del todo
en los casilleros que nos sirvieron tradicionalmente para
categorizar el campo de la política social. De allí que los
modos en que esta política es apropiada en la vida de las
familias resulten en algún sentido enigmático.
[Link]
88 • TENER LA ASIGNACIÓN
Los capítulos que siguen, cada uno explorando una
trama específica, mostrarán las consistencias y las incon-
sistencias que se presentan entre aquello que se ve de un
modo, desde el diseño institucional, y aquello que se ve de
otro modo, desde la apropiación colectiva que de la AUH
hacen las familias. Entonces, dejamos de observar a esta
política social como una propuesta de enunciados genera-
les formulada, en el diseño institucional, para reconstruirla
como una experiencia precisa y con pormenores, que trans-
curren en los hogares y en el entorno próximo. En ese trán-
sito hallaremos: correlaciones, linealidades y significados
transportados pero también contraposiciones, ambigüedades
y significados transformados.
Para comenzar a recorrer ese camino, en el capítulo
siguiente, mostramos cómo se conecta la AUH con la asis-
tencia social, incluyendo, entre otros, a los programas de
TMC a los que aquí hicimos referencia, y también con su
equivalente, las AAFF. Recreamos los cruces y compone-
mos una trama de protección social que, por cierto, excede
a la AUH.
[Link]
2
La trama de protección social
Lo que la asistencia se propone es, justamente, mitigar ciertas mani-
festaciones extremas de la diferencia social, de modo que aquella
estructura pueda seguir descansando sobre esa diferencia. Si la asis-
tencia se apoyase en el interés hacia el pobre individual, no habría
en principio límite alguno impuesto al traspaso de bienes en favor
de los pobres, traspaso que llegaría a la equiparación de todos. Pero
como se hace en interés de la totalidad social […], no tiene ningún
motivo para socorrer al sujeto más de lo que exige el mantenimiento
del statu quo social. Simmel (2002 [1908], p. 223)
1. Introducción
La AUH, en su planteo formal, hace un desplazamiento
desde la asistencia hacia la seguridad social. Si observamos
la literatura especializada, representa un punto de quiebre
en el sistema de seguridad social y abre una nueva etapa
en el ámbito de la política social. Abordaremos, a lo largo
del capítulo, diferentes instancias de protección social. En
la primera parte, diferenciamos analíticamente los modos
de intervención propios de la asistencia social y de la AUH,
entendida como política del ámbito de la seguridad social.
Contrastamos esos microcosmos: el procedimiento y el
tratamiento que se ofrece a los destinatarios es, en cada
caso, diferente. En la segunda parte, identificamos que con
la llegada de la AUH no sucedía, para las familias, algo
completamente nuevo. Más que el deslizamiento desde un
[Link] 89
90 • TENER LA ASIGNACIÓN
microcosmos hacia otro, hallamos los enlaces de la AUH
con otras políticas sociales muy heterogéneas: se solapaba
con los programas y las intervenciones propias de la asis-
tencia social, tanto a través de las experiencias contiguas
como de las experiencias pasadas, y también se empalma-
ba con la AAFF proveniente del empleo bajo relación de
dependencia. Se exploran, de ese modo, los diferentes cru-
ces entre políticas sociales.
2. Diferentes modos de intervención estatal
¿Cómo es el procedimiento a partir del cual se ‘‘simboliza el
poder de consagrar una realidad, de transformar a alguien
en beneficiario y, en consecuencia, favorecerlo con los bie-
nes que ello supone’’? (Zapata 2005, p. 99). Y, una vez
transformado en ‘‘beneficiario/a’’, ¿qué tratamiento recibe
el sujeto de asistencia y el sujeto de la seguridad social?
Siguiendo estas preguntas, la asistencia social y la AUH, com-
prendida como política del campo de la seguridad social son,
en lo que sigue, revisadas; nos adentramos particularmente
en los entramados burocráticos y modos de intervención
que, cada una a su modo, arma.
Antes de avanzar en la revisión, definimos qué com-
prendemos por asistencia social y por seguridad social, ámbito
en el cual se inscribe la AUH.
Por un lado, tomando la referencia clásica de Castel
(2004), definimos a la asistencia social como prácticas muy
diversas pero que tienen una estructura común: la exis-
tencia de ciertas categorías de poblaciones carecientes y
la necesidad de hacerse cargo de ellas. Históricamente, su
núcleo tiene dos ejes: la relación de proximidad entre quien
recibe socorro y la instancia que lo brinda, y el criterio de
ineptitud para el trabajo. La asistencia se define como la
“ayuda a un estado de necesidad comprobado” y va a ‘‘las
causas generativas de un mal […] busca las raíces del mismo,
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 91
su etiología”, es por eso que “busca, investiga, diagnostica,
ficha”. Apela a un personal especializado, tanto para produ-
cir la información necesaria como para ejecutar la asistencia
(visitadores y asistentes sociales)” (Tenti 1989, p. 52). En
esa línea, lo particular de la política asistencial ‘‘no es la
intervención sobre la pobreza sino sobre la debilidad de
los lazos de integración: la ‘‘vulnerabilidad’’ (Andreanacci
2009, p. 9). ‘‘La política asistencial sería, de todas las ramas
de la política social, aquella que se define por la interven-
ción sobre los grupos de mayor riesgo relativo’’ (Andrea-
nacci 2009, p. 9). Aunque puede precisarse que en nuestro
país tuvo diferentes definiciones según periodos históricos
(Arias 2012). Al mismo tiempo, Alayón en un clásico análisis
sobre asistencia y asistencialismo propone una perspectiva
afirmativa de la asistencia al asociarla con la redistribu-
ción de la riqueza:
Pero asistencia y asistencialismo no son, necesariamente, lo
mismo. Desde hace tiempo venimos reivindicando la noción
de asistencia, la dimensión asistencial de nuestro trabajo,
pero no desde la óptica tradicional, sino como reapropiación
–por parte de los sectores populares– de riqueza previamente
producida (como tal les pertenece inalienablemente) y como
derechos sociales conculcados (Alayón 2000, p. 8).
Cuando en nuestro análisis nos referimos a asistencia
social estamos incluyendo a un conjunto de recursos y pro-
cedimientos muy diferentes. Por ejemplo: la transferencia
monetaria de programas condicionados (por ejemplo a un
empleo cooperativo), medicamentos, materiales de cons-
trucción para la mejora de una vivienda, apoyo alimenta-
rio o un subsidio habitacional para afrontar el pago de un
alquiler. Al pensar en la asistencia social no asumimos que
hay un único sentido en las acciones o en los bienes: no
es lo mismo cualquier programa social, intervención esta-
tal o recurso material; sin embargo, en términos analíticos,
[Link]
92 • TENER LA ASIGNACIÓN
desdibujamos algunas de esas diferencias a fin de identi-
ficar rasgos generales dentro de ese amplio universo que es
la asistencia social.
Por otro lado, ubicamos a la AUH formando parte
del campo de la seguridad social, tal como se profundizó en
el capítulo anterior1. Con el concepto de seguridad social
aludimos, con referencia nuevamente en Castel (2004, p.
316-318), a una ‘‘propiedad transferida’’, una ‘‘propiedad
para la seguridad’’. Antes de la existencia del seguro, ‘‘tener
seguridad era disponer de bienes para hacer frente a los
riesgos de la existencia’’. Luego, en cambio, es el Estado
quien comienza a desempeñar un rol protector; con el segu-
ro, ciertos riesgos quedan cubiertos mediante un sistema de
garantías jurídicas. ‘‘No solo procuraba una cierta seguridad
material: inscribía al beneficiario en un orden de derecho’’
(Castel 2004, p. 318). Dicha inscripción, por cierto, se ubi-
caba en un registro totalmente distinto del aquel que pro-
movían las protecciones cercanas, propias de la asistencia.
El seguro ‘‘deslocalizaba’’ las protecciones y, a la vez, las
despersonalizaba. Se rompía la asociación entre protección
y dependencia personalizada.
En suma, la asistencia social y la seguridad social:
Se inscriben en tradiciones (historias) diferentes: la primera,
organizada en torno al principio de la necesidad, fuertemen-
te vinculada con las características de la persona y de su
situación; la segunda, en cambio, referenciada en el recono-
cimiento de derechos: acotados, estratificados y segmentados
en muchos casos, pero sus sujetos (por lo general, trabajado-
res asalariados formales) pueden invocar esa condición como
fuente de derechos (Costa y Hintze 2014, p. 244).
Hasta acá situamos las dos categorías en las cuales se
basa el desarrollo del capítulo –asistencia social y seguridad
social–. Se analiza a la AUH en relación a ellas. Englobamos
1 Apartado: ‘‘AUH y seguridad social’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 93
a estas intervenciones estatales formando parte, en senti-
do amplio, de una trama de protección social2. Reconocemos
que, dispuestas hacia las condiciones de vida, las políti-
cas sociales ‘‘hacen sociedad… o sociedades, según sean los
principios que las orientan’’ (Danani 2004, p. 11). Con ello
reconocemos, también, que las diferentes intervenciones
estatales a las que hacemos referencia, no expresan necesa-
riamente, como es lógico, el mismo grado de extensión y
profundidad en términos de protección social. Sin embar-
go, aquí subrayamos que sirven de apoyo protectorio a las
familias; incluso, como analizamos en la segunda parte del
capítulo, debido a que sus coberturas se cruzan.
2.1 El recorrido por los servicios sociales
El microcosmos de la asistencia social no les era ajeno
a las mujeres a quienes entrevistamos. Cada capítulo del
libro, directa o tangencialmente, trasluce la presencia de
la asistencia social en el entorno cercano. En el avance de
este capítulo mostraremos, precisamente, la capilaridad de
la asistencia social en la vida de las familias y sus cruces
con la AUH. Pero antes proponemos una caracterización
de la noción de asistencia social, basada en una revisión
bibliográfica3 y de acuerdo a los siguientes puntos de aná-
lisis: i) los obstáculos que deben sortearse, ii) la necesidad
de demostrar la condición de pobreza, iii) la relación de
2 Este concepto fue abordado en el primer capítulo, en el apartado ‘‘El carác-
ter protectorio’’.
3 Para esta caracterización revisamos trabajos cualitativos que destacan expe-
riencias contemporáneas sobre el microcosmos de la política de asistencia
estatal, y que se sitúan en CABA y en el Conurbano Bonaerense, a lo largo de
las últimas décadas. Este conjunto de estudios cualitativos, algunos de ellos
de tipo etnográfico, son: Zibecchi (2013), Perelmiter (2015), Auyero (2001 y
2013), Quiróz (2006), Aquín (2014), Zapata (2005), Raggio (2003), Merklen
(2005). Vistos en conjunto, estos análisis empíricos recorren desde la década
del 90’ (Raggio 2003, Merklen 2005) hasta años más recientes (Auyero 2013,
Aquín 2014, Perelmiter 2015).
[Link]
94 • TENER LA ASIGNACIÓN
proximidad que se establece, iv) la noción de ‘‘ayuda’’ dan-
do sentido a la intervención y v) la idea de merecimiento
como estructurante.
i) Sortear obstáculos
La demanda de un recurso de asistencia comienza, a menu-
do, con una larga espera. El recorrido que hay que hacer
para obtener apoyo estatal suele ser sinuoso, gestiones que
se desenvuelven en un laberinto burocrático. Percibir un
recurso de asistencia, entonces, implica sortear obstáculos.
Esto sucede, en importante medida, porque la actuación
estatal y la provisión de recursos asistenciales suele ser
escasa, fragmentada, transitoria y siempre sujeta al cumpli-
miento de numerosos requisitos.
Las personas asumen obstáculos y déficits; sortearlas
queda asentado como parte de lo que es preciso hacer. Por eso,
la ausencia de obstáculos y déficits logra desatar la sorpresa,
el asombro4 y el agradecimiento direccionado hacia la ins-
titución y, en especial, hacia el agente estatal que llevó ade-
lante la intervención5. Queda traducida la asistencia social,
para quienes la necesitan y la demandan, en una estrategia
que conlleva tiempo, espera, lucha, insistencia, perseveran-
cia, frente a servicios sociales que muchas veces no tienen la
capacidad ni los recursos para responder a las demandas.
Como muestran varias investigaciones, en el proceso
de obtención de un bien asistencial hay pocas certezas (Qui-
rós 2006, Auyero 2001 y 2013 y Zibbechi 2013). Abundan
las percepciones que unen los programas asistenciales a lo
4 Pueden verse, como ejemplo, las trayectorias de destinatario/as de progra-
mas sociales que reconstruye Zibecchi (2013).
5 Hecho sumamente frecuente. Por ejemplo, en una observación realizada en
un servicio social local tomamos las siguientes notas de campo: ‘‘se acercó
una mujer trayendo algo dulce en agradecimiento porque dos trabajadoras
sociales la habían ido a ‘a visitar’ unos días atrás: un montón de rosquitas
que disfrutamos mientras se organizaba el trabajo de la mañana’’ (Notas de
campo, servicio social, 15/3/2017, Sabala).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 95
aleatorio: ‘‘me salió’’, ‘‘tuve suerte’’, y hay que ‘‘estar agrade-
cido’’. ‘‘Lejos de ser un recurso dado, el plan, [es] algo signa-
do por la incertidumbre’’ (Quirós 2006, p. 38). El recurso de
asistencia, en sus diferentes variantes, no es, en suma, algo
dado y, a la vez, se lo puede perder.
ii) La demostración de la condición social
Es propio de la asistencia que la condición de pobreza
requiera ser demostrada, por parte de los receptores y, en
un mismo movimiento, constatada por parte de los agen-
tes estatales.
La visita domiciliaria y los informes sociales son pro-
cedimientos que van en esa dirección. Los agentes especia-
lizados del Estado en esta materia, principalmente traba-
jadoras y trabajadores sociales, suelen ir a las casas de las
familias para ‘‘conocer’’ las necesidades de los potenciales
‘‘beneficiarios’’. Un conjunto de variables biográficas se des-
pliegan; las trayectorias familiares, o individuales, se desdo-
blan. Para recibir la ‘‘ayuda’’, primero, hay que ‘‘construirse
como necesitado’’ (Zapata 2005, p. 50). En ese sentido, ‘‘el
solicitante sólo puede aportar el relato de su vida, con sus
fracasos y carencias […] ’’ (Castel 2004, p. 477). A menu-
do, ‘‘los fragmentos de una biografía quebrada constituyen
la única moneda de cambio para acceder a un derecho’’
(Castel 2004, p. 477). De modo tal que si una mujer soli-
cita, en la municipalidad, chapas para reparar el techo de
la vivienda, deberá dar cuenta largamente sobre su pobreza
y luego, probablemente, se lleve a cabo una constatación.
Típicamente a través de una entrevista domiciliaria pero
también puede ser a través de otros medios, como certifi-
caciones brindadas por ANSES que demuestran la ausencia
de diversas prestaciones.
En esas circunstancias, dado que hay que demostrar
y constatar la condición de pobreza, ‘‘el mundo de los
planes [es] también un mundo de papeles’’ (Quirós 2006,
p. 103). Los agentes estatales, habitualmente, completan
[Link]
96 • TENER LA ASIGNACIÓN
formularios y planillas pre-establecidas, solicitan informa-
ción y documentación detallada, hacen informes sociales,
ponen sellos, se esmeran en registrar, siguen lineamientos.
También exhiben papeles, quienes solicitan asistencia: DNI,
partidas de nacimiento, recibos de sueldo, informes socia-
les, constancias de impuestos, recibos de pagos de alquiler,
estudios y recetas médicas, etc. Papeles que tienen el propó-
sito de fundamentar estados determinados (Zapata 2005).
La gestión de la asistencia establece, y hasta requiere,
este tipo de acercamiento a las necesidades, con la premisa
de demostrar y de constatar. Es de esa manera que el per-
sonal especializado produce información que luego sirve
para ejecutar la asistencia. El argumento que siempre está
en juego, de una u otra forma, es el de diferenciar pobres
‘‘merecedores’’ y ‘‘no merecedores’’ de asistencia.
iii) La relación de proximidad
En la asistencia social suele darse una relación personaliza-
da entre individuos o familias y los servicios sociales, una
relación de proximidad. Trabajadoras sociales que toman
caso por caso. ‘‘La asistencia a los pobres se dirige, en su
actividad concreta, al individuo y su situación’’ (Simmel
2002 [1908], p. 222). De modo tal que, en la asistencia, hay
una fuerte vivencia de proximidad: presencia física, contacto
directo, acercamiento al territorio, desplazamiento a una
vivienda particular. Puesto en secuencia: se presupone una
necesidad, se visita, se entrevista, se delimitan problemas
sociales, se elaboran posibles respuestas, se acompaña; se
conoce de primera mano, sin mediaciones.
En los interrogatorios para acceder a un recurso se busca
en las ‘‘[…] intenciones y razones el origen de la totalidad
de las acciones de los agentes’’ suponiéndolos ‘‘dueños de su
destino’’, constituyendo a la ‘‘víctima en responsable’’ (Bour-
dieu y Balazs 2007, pp. 547-548). En esas evaluaciones:
‘‘trastornadas, desorganizadas, estas vidas no entran en las
categorías previstas por el cuestionario estándar concebido
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 97
para generar respuestas homogéneas e incapaz de captar
la diversidad de las situaciones que pudieron conducir a
la solicitud de un subsidio de supervivencia’’ (Bourdieu y
Balazs 2007, pp. 547-548).
Al mismo tiempo, los lineamientos laxos o difusos que
a veces los programas asistenciales tienen provocan que los
agentes estatales posean cierta autonomía para facilitar, o
por el contrario para restringir, el acceso al recurso; en esos
casos, los agentes estatales manejan un margen mayor para
decidir quiénes acceden al recurso6. En versiones más tra-
dicionales de la intervención, el agente estatal puede exigir,
de modo implícito, que las familias o los individuos posean
ciertos atributos morales o ciertas conductas, como condi-
ción para percibir apoyo estatal.
Virtuosa o invasiva, según cómo se la observe, en cual-
quier caso, la proximidad caracteriza y es fundante de la
relación de asistencia.
iv) La noción de ‘‘ayuda’’7
Si el tratamiento de la pobreza es a través de la asistencia,
las acciones paliativas, fragmentadas y transitorias suelen
marcar la pauta. Tensando este argumento, la intervención
asistencial se realiza en la forma de algo subsidiario, truncado,
fraccionado. La asistencia social tiene la marca de lo paliativo.
Una familia a quien el Estado ‘‘le da una mano’’, que es
‘‘ayudada’’, con quien se ‘‘colabora’’, son las expresiones más
ilustrativas para comprender cómo se objetiva ese carácter
paliativo. ‘‘‘Es una ayuda’ escuchamos muchas veces. Así es
como entienden los beneficiarios ‘necesitados’ los subsidios
que se les otorgan; una vez más, no como ‘un derecho’, sino
como ‘ayuda’ o ‘asistencia’. ‘Y a veces te ayudan y a veces
6 Sobre ‘‘las prácticas de justificación’’ que regulan la selección de beneficia-
rios, véase Perelmiter (2015).
7 La noción de ‘‘ayuda’’ asociada a la AUH se problematiza en el capítulo quin-
to, apartado ‘‘Dinero con múltiples significados’’.
[Link]
98 • TENER LA ASIGNACIÓN
no’ ’’ (Auyero 2013, p. 153). Se corren riesgos en ese punto;
al decir de Bayón, cuando las distancias sociales son vivi-
das como ‘‘naturales’’ y cuando las protecciones sociales no
constituyen derechos sino ‘‘ayudas’’, ‘‘los riesgos de fractura
social se incrementan y las oportunidades de pertenecer
a una sociedad de iguales se hacen cada vez más lejanas’’
(Bayón 2012, p. 161).
El recurso de asistencia suele aparecer cubriendo una
contrariedad, un déficit, una carencia, una anomalía, una disfun-
ción. Cuestión que, por otra parte, no es para nada novedo-
sa ni tampoco específica de nuestras latitudes. La idea de
desajustes individuales, de déficits personales, por ejemplo,
alcanza un grado sustantivo en la concepción anglosajona
de workfare; desde esta concepción, las exigencias laborales
reemplazan el status de derecho y permisividad, por valo-
res de responsabilidad y autosuficiencia (Handler 2001). Se
subraya, entonces, que la asistencia toma la forma de la
consecuencia de una anomalía:
Hay un elemento que es percibido como profundamente patoló-
gico […], y es que se combate la asistencia. No se debe permitir
que nadie se instale en la asistencia, hay que sacar a la gente
de la idea de que el Estado los va a ayudar eternamente y que
van a poder recostarse en la ayuda del Estado. Tienen que ser
responsables de sí mismos, ponerse de pie, y salir adelante
(Merklen 2013b, p. 12).
En paralelo, la acción central tiene que ver con dar
recursos materiales, asignar una transferencia monetaria, entre-
gar ‘‘algo’’. Precisamente, definida la anomalía, la asistencia
social pone en juego una suerte de compensación parcial
por parte del Estado, una obligación moral de ayudar.
v) El merecimiento de la asistencia
‘‘No te van a venir a dar la plata de arriba’’, ‘‘a mí me
gusta que pidan, que te digan bueno en tal fecha tenés que
traer el control de tus hijos, si van a la escuela, a qué grado
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 99
van’’, ‘‘porque está bien, nos dieron el plan y ¿nosotros no
tenemos que hacer nada? No, alguna prestación tenemos
que hacer’’, expresaban las mujeres destinatarias de un pro-
grama de transferencias monetarias que tuvo lugar en el
país desde 2005 al 2009 (Rizzo 2010, p. 100). El argumento
no sorprende; al contrario, es remanido en el mundo de la
asistencia8. La exigencia de hacer algo a cambio puede asumir
diferentes formas –participar en reuniones, capacitaciones,
presentar documentación de los hijos, realizar una contra-
prestación laboral–, sin embargo, va siempre en un mismo
sentido: al recurso hay que merecerlo, es decir, cumplir, ganar-
se el dinero, esforzarse.
Es el Estado el actor que tiene capacidad de definir
las condiciones de merecimiento de la asistencia. Handler
recuerda, por ejemplo, que ‘‘la larga historia del welfare
en Estados Unidos es requerimiento de trabajo’’ (Handler
2002, p. 26). Se afirma, desde hace varias décadas, una ten-
dencia generalizada a transferir la responsabilidad a sus
destinatarios, basada en la lógica de la contraprestación. Ya
no se trata de indemnizar o de reparar sino de reforzar
sus capacidades y hacerlos responsables del manejo de sus
vidas; el riesgo está en que el correlato de esa responsabili-
zación sea la culpabilización (Castel 2010).
El acceso al recurso de asistencia es socialmente defini-
do en oposición al sustento obtenido sobre la base del esfuer-
zo y del trabajo. Cuando se apoya en esa concepción, la idea
de hay que merecerlo, finalmente, se ve fortalecida.
Hasta acá, entonces, fue descripto el repertorio de los
procedimientos y los tratamientos característicos del mun-
do de la asistencia social. En suma, se procuró estilizar la
figura de la asistencia social. Con la presencia de la AUH,
8 Sobre los sacrificios y esfuerzos a realizar, tomando el caso de programas
focalizados en municipios del Gran Buenos Aires, puede verse también Rag-
gio (2003, pp. 221-223).
[Link]
100 • TENER LA ASIGNACIÓN
esta figura, que se materializa en las instituciones de servi-
cio social, sin embargo, queda desplazada y cobra protago-
nismo la ANSES, y sus oficinas9.
2.2 Una política social al interior de las oficinas
de ANSES
Desde que accedieron a la AUH, las mujeres con quienes
conversamos han estado expuestas a procedimientos y tra-
tamientos diferentes a los descriptos en el apartado ante-
rior. ‘‘[E]l paradigma de la protección social horizontal des-
plazó la política de los ministerios de Desarrollo Social y
Trabajo’’ (D’amico 2020, p. 208) y con ello, también despla-
zó a la figura del servicio social. La AUH sigue el repertorio
de la seguridad social: propone una individuación de las
personas en la relación con el Estado, ya que no tiene ins-
tancias de intermediación a través de la participación de
otros actores sociales10 a la vez que mixtura de dispositi-
vos prácticos, ya que conjuga el automatismo que proviene
de su carácter masivo, monetario, sostenido en el tiempo
y bancarizado, propio de las prestaciones de la seguridad
social, con el cumplimiento de condicionalidades, propio
del diseño de las TMC.
Para llevar a cabo los trámites relacionados con la
AUH, las mujeres concurren a las oficinas de ANSES. La
literatura especializada observa que, a partir del surgimien-
to de la AUH, los trabajadores informales quedan inscriptos
‘‘en un espacio unificado con otras fracciones de la clase
obrera’’ (Seiffer 2015, p. 27011). Es ANSES el organismo
9 En el desarrollo del capítulo se mostrará cómo, no obstante, se solían conec-
tar informalmente en las prácticas institucionales los servicios sociales y las
oficinas de ANSES.
10 Como por ejemplo las organizaciones de la economía popular que median
en las políticas de subsidios para este sector.
11 Transcribimos la cita completa: ‘‘desde el punto de vista de los trabajadores,
[la AUH] tiene la virtud de que la inscripción al programa está abierta de
manera permanente y los inscribe en un espacio unificado con otras fraccio-
nes de la clase obrera’’ (Seiffer 2015, p. 270). Espacio unificado que también
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 101
que, en términos figurativos, condensa ese espacio unifica-
do: los trabajadores informales quedan inscriptos en esta
institución pública que administra políticas de base con-
tributiva y que ha incorporado, como se mencionó en el
capítulo anterior, progresivamente a lo largo de los últimos
años la administración de políticas de base no contributiva.
En tanto política del ámbito de la seguridad social, la
AUH no alivia una necesidad individual. Antes bien, incluye
a un sector de la población –los trabajadores informales–
reconociendo que carecen de ‘‘los beneficios de la seguridad
social por su imposibilidad de encuadrarse en los marcos
normativos tradicionales’’ (ANSES 2010, p. 11). Se com-
prometen, así, cuestiones que giran en torno al mundo del
trabajo y que tiene un público masivo.
Es pertinente, en ese sentido, recordar conceptos de
Simmel (2002 [1908], p. 222): ‘‘la asistencia a los pobres
como institución pública ofrece, pues, un carácter socioló-
gico muy singular. En su contenido es absolutamente perso-
nal; no hace otra cosa que aliviar necesidades individuales’’.
Continúa este autor:
En esto se diferencia [la asistencia] de las demás instituciones
que persiguen el bienestar y la protección públicos. Estas ins-
tituciones quieren favorecer a todos los ciudadanos; el ejér-
cito y la policía, la escuela y las comunicaciones, la adminis-
tración de justicia y la Iglesia, la representación popular y el
cultivo de la ciencia, son cosas que no se dirigen en principio
a las personas consideradas como individuos diferenciados,
sino a la totalidad de los individuos; la unidad de muchos o
de todos constituye el objeto de estas instituciones (Simmel
2002 [1908], p. 222).
es identificado por Grassi. La AUH ‘‘constituye una cuña en el sistema de
seguridad social clásico sostenido en el empleo regular, porque al extender un
derecho de los asalariados formales a un conjunto más amplio de traba-
jadores (desocupados e informales), tiende a dar unidad al sujeto del derecho,
al tiempo que pone de manifiesto la aceptación de los límites de la política de
regularización del empleo, cuando se trata de la extensión y preservación de la
protección social’’ (Grassi 2012b, p. 187, enfatizado original).
[Link]
102 • TENER LA ASIGNACIÓN
Quienes perciben la AUH, quedarían unidos, para
decirlo recuperando a Castel, a un colectivo abstracto12.
Tomando la expresión de Simmel –la unidad de muchos
o de todos–, destacamos que la AUH es una política que
se organiza en función de la pertenencia de las personas a
colectivos y no en función de individuos, comprendidos ais-
ladamente en sus necesidades. En la gestión de la AUH no
están presentes los habituales criterios de prioridad que
organizan típicamente el trabajo de asistencia.
La forma en que se estructura esta política social hace
innecesario aquel andamiaje del interrogatorio de ingreso
y de la selección de los merecedores, propio de la asisten-
cia; ello se debe a que cierto automatismo recubre toda la
construcción de esta política social. Hay evidentemente un
cambio de registro. Arias lo expresa adecuadamente:
La importancia del ANSES para la política social también
es la importancia de una modalidad de gestión de lo social-
asistencial desde otro registro. Podríamos decir desde una
modalidad cercana a la lógica previsional o de seguridad
social, pero quizá sea sensato componer más este registro
de un tipo de lógica previsional pero sin vinculación directa
con la experiencia del trabajo formal. […]. [T]ambién muestra
la preeminencia de una forma de institucionalidad diferen-
te a la que era gestora de las políticas de asistencia (Arias
2015, p. 72).
El accionar de la AUH se orienta hacia lo que Paugam
(2007) define como intervención burocrática. Ese es, en sí,
el cambio de registro. Se aplica ‘‘lo que la ley preconiza’’,
sin atender los casos individuales. El interventor social no
12 ‘‘La intervención del Estado les permitía a los individuos conjurar los ries-
gos de anomia que, como lo había advertido Durkheim, están inscritos en el
desarrollo de las sociedades industriales. Pero, para hacerlo, ellos tenían por
interlocutor principal –y, en el límite, único– al Estado y sus aparatos. […].
El Estado se convertía en su principal sostén y su principal protección, pero
esta relación seguía siendo la que unía a un individuo con un colectivo abs-
tracto’’ (Castel 2004, p. 399).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 103
tiene que ‘‘hacer hablar’’ al destinatario (Zapata 2005, p.
97)13. Tampoco hay interpretación, ‘‘la respuesta es siem-
pre formal e inmediata: o bien el individuo puede recibir
ayuda porque corresponde a una situación prevista en el
derecho social, o no puede, y en ese caso debe dirigirse
a una estructurar más informal, por ejemplo a la caridad
(Paugam 2007, p. 95)’’. Consecuentemente, ‘‘el interventor
social no juzga, se conforma con comprobar las condiciones
de acceso al derecho, a menudo en función de un expediente
administrativo preparado a veces por el propio individuo’’
(Paugam 2007, p. 96).
Pudimos observar que cuando Clara, una mujer titular
de la AUH, se acercó a ‘‘presentar’’ la documentación reque-
rida en el tráiler que había montado ANSES en un operativo
realizado en Sabala, le dijo al operador que la atendió: ‘‘ten-
go dos libretas y dos apoyo escolar’’. Y agregó: esos docu-
mentos ‘‘son de los [hijos] más grandes’’ porque ‘‘a la más
chiquita no la vio el pediatra todavía’’ (notas de campo, ope-
rativo ANSES, 21/11/17, Sabala). La información acotada
fue suficiente para que Clara describiera los tipos de formu-
larios que presentaba. La ‘‘carga’’ de datos tardó solo unos
minutos. Clara, al decir de Castel (2004, p. 477), no tuvo
que aportar ‘‘el relato de su vida, con sus fracasos y caren-
cias’’. Con poco esfuerzo, la realidad quedaba ‘‘consagrada’’
(Zapata 2005) y Clara garantizó su condición como titular.
El ejemplo condensa los principales rasgos que en términos
operativos tiene la intervención burocrática de la AUH.
13 En lo que el autor denomina intervención individualista, sucede algo opuesto.
‘‘Hace casi inevitable la intromisión del interventor social en la vida privada
y corre el riesgo de traducirse en una actitud moralizante respecto a com-
portamientos que este último puede considerar irresponsable o desviados
respecto a su propia idea de deber social de los más desfavorecidos’’ (Pau-
gam 2007, p. 96). Al mismo tiempo, un análisis que toma a la AUH como
referencia a la luz de categorías teóricas de Paugam puede verse en Garcés
(2015).
[Link]
104 • TENER LA ASIGNACIÓN
Nos interesa desglosar la intervención burocrática de
la AUH de acuerdo a los siguientes puntos de análisis: i) la
relación impersonal, ii) la presentación administrativa, iii)
el automatismo de la gestión, iv) ‘‘la libreta’’ como instru-
mento característico, y v) ‘‘las cargas’’ de ANSES. En estos
puntos se muestran diferentes momentos del modo especí-
fico en que la AUH sigue el repertorio de la seguridad social;
lo específico es, como dijimos al inicio del aparatado, la pro-
puesta de una individuación de las personas en la relación
con el Estado y a la vez la mixtura dispositivos prácticos.
i) La relación impersonal
Desde el punto de vista de la intervención social profesio-
nalizada, la AUH deja poco para trabajar con las familias.
Las trabajadoras sociales de las instituciones locales de for-
ma ocasional brindaban asesoramiento sobre esta política
social, especialmente cuando surgía algún problema en el
cobro. Pero, en realidad, la AUH no abría a otras interven-
ciones sociales. Para las familias esto significaba el acceso
a una prestación monetarizada sin que fuera necesario el
despliegue de variables biográficas ni tampoco el trabajo
personalizado destinado a producir un cambio en las acti-
tudes o en las capacidades de los sujetos. Precisamente, son
estos dos aspectos –las variables biográficas que se ponen
en juego y el trabajo personalizado como objetivo de la
intervención– los que generan cercanía entre el agente esta-
tal que brinda apoyo y la persona que lo recibe. Cercanía
que, por cierto, no hay en la gestión de la AUH.
En este sentido, la AUH se desamarra del mandato de
la intervención sobre el otro (Merklen 2013a). Este mandato
es, en general, un rasgo extendido en las políticas de indivi-
duación contemporáneas (Merklen 2013a) y está asociado
a un discurso sobreideologizado en torno a la responsabili-
zación individual (y familiar). Esta política social ofrece un
cambio de nivel: no hay déficits a nivel de las personas, el
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 105
déficit está a nivel de la estructura social14. El fundamen-
to de la intervención no está basado en las capacidades y
las fragilidades individuales sino que intervienen factores
del contexto social y económico. No obstante, como ana-
liza Garcés, en el plano normativo, las ideas de protección
y de control en realidad se conjugan en esta política de
manera particular:
Desde el punto de vista normativo, la AUH, considerada
como una ‘ampliación del régimen de asignaciones familia-
res’, puede encuadrarse dentro de lo que Merklen llama ‘polí-
ticas de protección social’ en tanto se trata de la extensión
de un derecho social a un sector de la población que, por su
condición laboral, no accedía al mismo. Sin embargo, al estar
destinada a un grupo específico de trabajadores (desocupa-
dos e informales) y al tener condicionalidades diferenciadas
respecto a los trabajadores formales, bajo esquemas de tipo
‘educativo’ como es el caso de las condicionalidades en salud
y educación, podríamos decir que adquiere rasgos de lo que
el autor denomina una ‘política de individuación’ o ‘política
del individuo’ (Garcés 2015, p. 36).
Si en el diseño institucional de la AUH se considera,
expresado de manera simple, que el déficit está a nivel de la
estructura, entonces deja de tener sentido el vínculo entre
14 Esta expresión corresponde a Merklen y destacamos la cita completa: ‘‘lo
que ocurre cuando la precarización y el desempleo vuelven a convertirse en
una realidad de masas hace treinta años, es que esos dispositivos típicos de
las políticas sociales, tienen que ocuparse no ya de personas que presentan
algún déficit personal, sino de trabajadores normales cuyo único problema
es que han sido discapacitados por la coyuntura al perder su empleo, pero
no presentan ningún déficit personal, no hay nada que reparar en ellos.
Entonces, lo que es paradójico es que el Estado social intenta reparar en las
personas los problemas de integración social, cuando en realidad lo que hay
es un déficit de estructura y no un déficit a nivel de las personas: el desem-
pleado no tiene ningún déficit personal, simplemente no hay trabajo para él
en el orden actual de cosas. Entonces los públicos vuelven a ser masivos y los
modos de intervención se toman del lado de la política social para intervenir
sobre los casos individuales. Hay allí un cambio de la ideología y del modo
de pensar de la sociedad’’ (Merklen 2013b, p. 11).
[Link]
106 • TENER LA ASIGNACIÓN
agente estatal e individuo para propiciar un trabajo perso-
nalizado sobre los comportamientos. El modo de regula-
ción social en el que esta política hace foco no es a través de
un trabajo personalizado sino mediante el control del cum-
plimiento de los deberes paternos. Lo hace intercediendo,
mediante un vínculo entre las familias y el Estado, que es
impersonal: ‘‘el encuentro directo entre Estado y ciudada-
nía en la oficina pública para tramitar la AUH desplazó las
intermediaciones; su sentido universalista estabilizó modos
de atención y provisión de información, facilitó el acceso
y favoreció la impersonalidad a través de la bancarización’’
(D’amico 2020, p. 208). Ese es el modo específico en que
esta política social interviene sobre el otro.
ii) La presentación administrativa
A diferencia de muchos servicios sociales que funcionan
comúnmente a nivel barrial, las oficinas de ANSES no están
necesariamente próximas a los hogares familiares, en tér-
minos de distancias geográficas. Ni tampoco las funciones
de ANSES incluyen el cumplimiento de un trabajo territo-
rial que promueva un acercamiento a las familias. Había-
mos mencionado, al caracterizar a la asistencia, la fuerte
vivencia de proximidad, incluso a través de la imagen de
agentes estatales que acudían muchas veces a la vivienda
familiar. En cambio, las mujeres que pretendan acceder y
permanecer como titulares de la AUH deberán, ellas mis-
mas, concurrir a las dependencias de ANSES para seguir
los lineamientos administrativos que allí se indiquen. En
términos de espacialidad podemos observar entonces que,
entre la asistencia social y la AUH, se produce un movi-
miento inverso.
Tiene lugar una presentación administrativa. En efecto,
la gestión asociada a la AUH, se trata de ‘‘una presentación
administrativa que acredite cumplir los requisitos: no se
prevé intermediación comunitaria, ni tampoco se requiere
asistencia o evaluación profesional’’ (Arias 2015, p. 72). Los
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 107
requisitos a satisfacer, en esa presentación administrativa,
resultan significativamente menores si se los compara con
los requisitos habituales que exigen los programas asisten-
ciales, en especial cada vez que requieren la comprobación
de medios de vida. La gestión se realiza ante un operador
de ANSES en un área que, en esa institución, denominan
‘‘integral’’. Es un área que brinda atención a todas las per-
sonas ‘‘en actividad’’ ya que, como resulta lógico, a quienes
perciben la AUH no los consideran personas económica-
mente pasivas.
Dado que se trata, precisamente, de una presentación
administrativa, como señala D’amico (2020, p. 208), ‘‘cuan-
do el Estado falla [en este caso en la interacción con la insti-
tución nacional encargada de la gestión de la política social],
las personas se ven desprovistas de canales colectivos de
resolución de problemas’’. Así, el matiz que señala la autora
es interesante: ‘‘[e]l proceso de individualización vulnera a
familias concretas, y en el largo plazo, desarticula a los suje-
tos populares de las inscripciones colectivas mediante las
cuales, históricamente, demandaron reconocimiento’’.
Al mismo tiempo, como es esperable, la presentación
administrativa prescinde de agentes con competencias, des-
trezas o habilidades específicas vinculadas a lo social. Inclu-
so, como se muestra en el capítulo siguiente, son promovi-
das institucionalmente las plataformas virtuales como parte
central del dispositivo burocrático. Es un componente cuya
presencia va en aumento.
iii) El automatismo
Siempre que los hijos figuren en la base de personas
de ANSES, relacionados con el adulto, y siempre que los
miembros de la familia cuenten con DNI y partidas de naci-
miento, que acrediten el vínculo de filiación, la liquidación
de esta política social es automática. Es interesante el modo
en que lo explicó una operadora de ANSES: ‘‘el sistema
encuentra el derecho y liquida, el sistema no le pide permiso
[Link]
108 • TENER LA ASIGNACIÓN
a nadie, a nadie’’ (18/11/2017, El Sauce). ‘‘No pide permi-
so’’, lo hace automáticamente. En adición a esta idea, en
realidad, ‘‘el sistema no pide permiso’’ en ningún caso: altas,
bajas, suspensiones, liquidación del ‘‘retroactivo’’, liquida-
ción de ‘‘la escolaridad’’.
Por lo cual, se invierte una lógica: la de ‘‘anotarse’’
para acceder a un recurso15. ‘‘Me anoté’’ era una expresión
escuchada recurrentemente en las inmersiones en campo:
‘‘mi marido se anotó en la cooperativa’’ o ‘‘me anoté en la
tarjeta verde’’. Mediante esa expresión las personas daban
cuenta del momento concreto en que se hizo la gestión para
la obtención de un recurso de asistencia. En ese momento,
como fue dicho anteriormente, las personas asumían que
lo más probable era que les faltara algún papel, que algu-
na regla haya cambiado, que el sistema de inscripción no
funcionara ese día. Era imprescindible ‘‘anotarse’’, sortear
las dificultades que se presentaban y perseverar. En cambio,
el automatismo de la gestión de la AUH hace que poner el
cuerpo16 (Fassir 2003), exponerse y batallar para conseguir el
recurso, no sea tan necesario.
15 La sorpresa que desata en las personas la inversión de esa lógica es retomada
más adelante en el apartado ‘‘El empalme con la Asignación Familiar’’.
16 Vale precisar en qué sentido aludimos a la idea de poner el cuerpo. ‘‘Esta for-
ma particular de gobernar a los hombres es entonces el principal centro de
interés. Ella no es una política por la cual la ley (moral o jurídica) se impone
al cuerpo, en nombre de comportamientos presumiblemente sanos (para
prevenir la enfermedad, en el caso de la salud pública) o normales (para
apartar las desviaciones, tratándose del orden público). Ella es, a la inversa,
una política en la cual es el cuerpo el que da derecho, a título de la enferme-
dad (justificación de atención médica) o del sufrimiento (apelando a la com-
pasión), ya sea a una tarjeta de residencia, ya sea a una ayuda financiera de
emergencia’’ (Fassir 2003, pp. 52-53). Así, ‘‘se trata de contarse a sí mismo en
pocas palabras, de revelar su desamparo en los más íntimos detalles de lo
cotidiano y en los signos más demostrativos de estado físico, para así justifi-
car y certificar la extrema necesidad material que convencerá a la comisión
de adjudicación prefectoral de conceder algún subsidio. Es preciso decirle a
la administración que el cuerpo sufre para suscitar su generosidad’’ (Fassir
2003, p. 51).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 109
A la vez, el carácter automático produce cierta ajenidad
respecto del proceso administrativo. Las gestiones se opera-
tivizan directamente por el sistema informático de ANSES
sin que los operadores puedan incidir; se limitan a seguir
los pasos previstos. Lo que deja de haber, también en este
caso, es un margen de maniobra: tanto para hacer negocia-
ciones con el agente estatal como para apelar a situaciones
personales, con el fin de poder acceder o permanecer como
titular de esta política. En numerosas ocasiones escucha-
mos en territorio expresiones de este tipo: ‘‘yo presenté los
papeles, hice el reclamo, pero no sé, me dijeron que es auto-
mático, que espere’’. Se produce un alejamiento entre quien
da y quien recibe la prestación y, más aún, nadie intermedia
para acortar esa distancia. Dado que la AUH automatiza
la liquidación, las titulares no tienen nada que argumen-
tar ni negociar cuando se presenta una dificultad; no hay
manejo de la excepción, rasgo habitual del microcosmos de
la asistencia social.
iv) ‘‘La libreta’’
No se es titular de un programa social de una vez y para
siempre, esa condición es un proceso y la inscripción es
sólo el inicio. La AUH no es la excepción; año a año, debe
cumplirse una misma secuencia de gestiones con el objetivo
de ‘‘presentar la libreta’’ ante ANSES, es decir, de presen-
tar el formulario PS.1.47. ‘‘La libreta’’ es un instrumento
propio de la AUH; las AAFF no la requieren ya que no
están sujetas a condicionalidades. ‘‘En el salario [AAFF] ni
siquiera te preguntan si los haces atender [a los hijos], no te
piden una ficha médica’’, observó con acierto una ex titular
de la AUH a quién entrevistamos (11/11/16, El Sauce). Es
el instrumento por el cual se comprueba el cumplimiento
de las condicionalidades; en ese sentido, asistencializa. La
‘‘libreta’’ es un punto del análisis que contradice, de acuerdo
[Link]
110 • TENER LA ASIGNACIÓN
al planteo que venimos desgranando, nuestra idea de con-
trastar la asistencia social y la AUH como política propia del
ámbito de la seguridad social.
Cumplir correctamente con la ‘‘libreta’’ asume un
carácter consagratorio: permite acceder al cobro del veinte
por ciento mensualmente reservado y permite dar cuenta
de que se continua con lo que socialmente se espera respec-
to de las prácticas de salud y educación. Solo de ese modo
es posible comprender el esmero de las titulares, que apa-
rece de modo reiterado en nuestro registro de campo, por
demostrar que no se incumple. Debemos considerar tam-
bién que se exigen firmas y sellos de profesionales: miradas
externas que avalan o no ese cumplimiento. Asumir una
responsabilidad es también el esfuerzo por hacer ver que se
cumple. Ocuparse de ‘‘la libreta’’ refleja, en buena medida,
ocuparse de la crianza de los hijos en la esfera doméstica;
instrumento en el que se simboliza la responsabilidad por
esas tareas. Como analizaremos en el cuarto capítulo, a tra-
vés de la AUH las mujeres encontraban formalidad en las
tareas de cuidado; tareas profundamente conocidas pero
que ahora tenían sello estatal. La ‘‘libreta’’ era el instrumento
que simbolizaba esa formalidad.
v) ‘‘Las cargas’’
Soportes informáticos, formularios estandarizados, pautas
rígidas en los procedimientos y preguntas, acotadas y que
no varían, que las titulares responden a los operadores de
ANSES; esa es la forma burocrática que asume la AUH. A
la tarea que realizan, los operadores las denominaban ‘‘car-
gas’’; precisamente, consisten en la anotación de los datos
requeridos en el sistema informático.
Las ‘‘cargas’’ son anuales. Una mujer que lleva cinco
años como titular de la AUH, ‘‘tiene que haber venido cinco
veces [a la oficina de ANSES]. No tendría por qué venir más
de una vez por año’’, dio como referencia una operadora
a quien entrevistamos (Luciana, operadora de ANSES, 18/
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 111
11/2017). Al menos que requiera realizar alguna gestión
específica, como por ejemplo la modificación de algún dato
personal. A la vez, el tiempo de duración de esas interaccio-
nes es breve y está predeterminado:
Autora: ¿Por lo general cuántos minutos demora la atención
a una titular de la AUH? ¿Está ya definido por el sistema
operativo el tiempo de atención?
Luciana: Depende de que tramite venga a hacer. Si viene a
hacer una AUE [Asignación Universal por Embarazo17] nues-
tro sistema determina doce minutos para hacer el trámite.
También puede venir a hacer el trámite del crédito argenta
o la presentación de libreta. La presentación de libreta tie-
ne una demora de seis minutos. Depende de varios factores
la demora, si tiene un hijo o cinco o si presenta libreta o
formulario. Cuando no presenta libreta el sistema nos pide
menos información cuando hacemos la carga. Cuando pre-
senta libreta nos pide repetir varias veces los datos, por ejem-
plo apellido y nombre del médico, legajo del médico. Y el
de [crédito] Argenta es diez minutos (Luciana, operadora de
ANSES, entrevista 18/11/2017).
La rutina de ‘‘las cargas’’ expresa, entonces, una forma
burocrática estandarizada, cuyo contenido, frecuencia y
tiempo de duración están pautados. Es decir, continúan el
patrón que fija el sistema informático.
Hasta aquí fue descripto el repertorio de los proce-
dimientos y los tratamientos que introduce la AUH, como
política del ámbito de la seguridad social. Las mujeres titu-
lares concurren a las oficinas de ANSES, un espacio en el
cual, progresivamente, se ha ido englobando la adminis-
tración de políticas sociales destinadas a los trabajadores
informales y de numerosas políticas de base contributiva.
17 Siguiendo el mismo modelo de la AUH, en 2011, se implementó la Asigna-
ción Universal por Embarazo para Protección Social (AUE), mediante el
Decreto N° 446/11.
[Link]
112 • TENER LA ASIGNACIÓN
3. Los cruces
A continuación distinguimos los modos en que la AUH se
entrecruzaba con los programas de asistencia social más
tradicional y con la AAFF. Como política social, no era
una experiencia inédita ni tampoco una experiencia única
en la vida de las mujeres: actualizaba recursos de signifi-
cación en una población que, muchas veces, había tenido
una historia o tenía un presente de relación con las polí-
ticas sociales. En los términos conceptuales que propone-
mos, la AUH era apropiada por las familias en una trama
de protección social.
3.1 El solapamiento con la asistencia social
El lazo con la asistencia social podía ser más o menos cer-
cano e intenso pero, para las mujeres con quienes conver-
samos, rara vez era ajeno. La AUH proponía una relación
de individuación de las titulares con el Estado, sin instan-
cias de intermediación. Sin embargo, el microcosmos de la
asistencia social, con sus actores y lógicas de intervención
e intermediación, recubría muchos espacios de la vida coti-
diana de los barrios en los que nos situamos.
Fue posible identificar experiencias pasadas, es decir,
algunas mujeres habían sido destinatarias de políticas de
asistencia social y portaban memorias acerca de esas políti-
cas; y también fue posible identificar experiencias contiguas,
es decir, algunas mujeres podían ser destinatarias de otras
políticas de asistencia compatibles con la AUH y portaban
vivencias recientes del mundo de la asistencia. Observada
desde la vida cotidiana de las familias, estaba claro que la
AUH no desplazaba a la asistencia social, cristalizando un
nuevo y único modo de relación con el Estado. Debido a
que la asistencia social ya existía en la vida de las titula-
res y a la vez continuaba estando presente, el ingreso al
ámbito de la seguridad social no era experimentado como
un pasaje de un segmento a otro del sistema, como podría
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 113
esperarse de acuerdo con las descripciones más agregadas
de los dos ámbitos de protección social sino más bien como
un entrevero. Las mujeres ponían un pie en la seguridad
social, mediante la AUH, mientras que mantenían otro pie
en la asistencia social, mediante diferentes programas e
intervenciones sociales.
3.1.1 Las experiencias contiguas
La asistencia social era parte de un lenguaje común, que no
requería aclaración, que todos conocían; apropiarse de la
AUH no suponía romper el lazo con ese marco de relaciones
y sentidos comunes. A fin de adentrarnos en ese marco de
relaciones y sentidos comunes, dividimos el análisis en tres
momentos: i) la capilaridad de la asistencia social, ii) las
combinaciones específicas entre políticas sociales y iii) la
huella de la asistencia en las instituciones locales.
i) La capilaridad de la asistencia social
¿Cómo eran las vivencias recientes que tenían las familias
con el mundo de la asistencia social18? Los ejemplos
siguientes son ilustrativos:
• La asistencia laboral:
Claro, porque cuando yo me separé de él [su ex pareja] me
quedé con cinco chicos [hijos], un alquiler a cuesta y sin
trabajo, y vino la señora, la manzanera, a decirme, dame los
papeles que hay una posibilidad para que, eh, te salga una
18 En el capítulo quinto, apartado ‘‘Las otras coberturas sociales’’, se retomarán
estas experiencias. Allí se analiza el dinero de la AUH como un complemen-
to del dinero que provenía de otras coberturas sociales, muy heterogéneas,
tanto del amplio mundo de la asistencia social así como también del ámbito
de la seguridad social. Mientras que en aquel desarrollo la situamos como
parte de un sistema de protección amplio y complejo, en este apartado nos
circunscribimos a la relación, más acotada, entre la AUH y la asistencia
social.
[Link]
114 • TENER LA ASIGNACIÓN
cooperativa [Programa Argentina Trabaja19] y eso hice yo.
Me llevó los papeles y enseguida me llamaron. Para mí fue
espectacular eso, con eso mantengo mi casa. Si bien no es
mucho pero es lo que a mí me está sosteniendo ahora (Amalia,
titular de la AUH, 18/10/17, Sabala).
El testimonio hace referencia al Programa Ingreso
Social con Trabajo. Esta política nucleaba al Programa
Argentina Trabaja que ha estado vigente desde el 2009. En
2018, fue unificado y modificado bajo el nombre Hacemos
Futuro (bajo la órbita de la Subsecretaría de Políticas Inte-
gradoras, de la Secretaría de Economía Social del Minis-
terio de Desarrollo social de la Nación). Formalmente, el
Programa Argentina Trabaja planteaba el acceso a oportu-
nidades de inclusión socio-laboral a través de la creación de
puestos de trabajo, fomentando la organización cooperati-
va. En 2013, este programa lanzó una línea específica, deno-
minada Ellas Hacen y destinada a mujeres jefas de hogar
con tres o más hijos a cargo, residentes en barrios emer-
gentes o villas. Varias mujeres entrevistadas, en efecto, eran
titulares del Argentina Trabaja o bien del Ellas Hacen.
• La asistencia materno infantil:
Encuentro a Clara en la calle, cuando estaba yendo hacia su
casa. Ella se acerca y me saluda. Vamos juntas a ‘buscar la
leche’ al centro de salud. ‘Tengo que ir a buscar la leche a
la salita para no perderla’, me dijo dos veces. La atiende una
empleada muy risueña, que lleva una remera con la inscrip-
ción Argentina Trabaja. Hace chistes: ‘¿a ella la trajiste para
que trabaje?’, dice mirándome a mí. Mientras tanto, le da a
Clara seis cartones de leche en polvo. Clara guarda algunos
cartones en una bolsa que tiene, vacía, en la mano. Cargo
dos en mi mochila. ‘Me dan seis leches por mes’, me aclara.
19 Sobre el traspaso del Programa Argentina Trabaja y la línea Ellas Hacen
hacia el Programa Hacemos Futuro, ver el informe de Ferrari Mango y
Campana (2018). Un análisis sobre el Programa Argentina Trabaja puede
verse en Hopp (2016).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 115
Desde la salita hasta la casa de Clara hay siete u ocho cua-
dras. Fuimos a su casa, caminando (crónica de entrevista,
21/11/17, Sabala).
La escena remite al Plan Materno Infantil, política de
alcance nacional, que se orienta a niño/as hasta 5 años de
edad y que comprende la atención pediátrica y la entrega de
dos kilos de leche mensuales por niño/a20.
• La asistencia habitacional:
Laura y Ángela, son madre e hija, ambas titulares de la AUH
y viven en un casa antigua del barrio El Sauce. La puerta
de la entrada está desvencijada y despintada. La casa tiene
una cocina comedor y dos habitaciones. Es de ladrillos, sin
revocar, y el techo de maderas muy viejas. Sobresalen los
muebles recientemente otorgados por ‘el ministerio’: mesa y
sillas de caño, lavarropa, son los que están a la vista. Lite-
ralmente brillan en comparación con la madera despintada
de los demás muebles; o en comparación con la cocina que
está vieja y tiene la puerta del horno atada con una sogui-
ta. Contraste que compone una imagen de la presencia de
la asistencia en la vida de la familia (crónica de entrevista,
26/10/17, El Sauce).
El testimonio alude al Programa Federal de Interven-
ción Directa y Ayudas Urgentes ejecutado por el Minis-
terio de Desarrollo Social de la Nación, que fue creado
en el año 2002 mediante la resolución del MDS N° 938/
2002 y proporciona insumos y equipamiento: materiales de
construcción, mobiliario y artículos varios (de blanquería,
de ferretería, de librería, deportivos, para el hogar, herra-
mientas) en situaciones de necesidad ‘‘de extrema urgencia,
en los que sea requerida la ayuda estatal inmediata’’ (MDS
N° 938/2002).
20 Información oficial puede hallarse en: [Link]
hospitalsommer/programas/maternoinfantil (última fecha de ingreso: 5/5/
20)
[Link]
116 • TENER LA ASIGNACIÓN
• La asistencia a la familia y a la niñez:
Autora: ¿ustedes participan de alguna institución del barrio,
por ejemplo, un comedor o merendero?
Elena: Tengo que ir a buscar, tengo una asistente social que
se llama Ana Rosas. Ella está con nosotros por fortalecimien-
to de vínculos. Es de la SENNAF. Entonces ella me había
anotado para que vaya a un comedor. Pero yo la verdad que
no puedo, imaginate que ir con todos los nenes. Ella había
pedido si yo podía ir a retirar la comida, o verduras y cosas
así. […]. Ana me hizo un informe [social], ella me hizo varios
informes para [el programa] Nuestras Familias (titular de la
AUH, 19/11/2016, El Sauce).
La institución a la que hace referencia la entrevistada
es la SENNAF (Secretaría Nacional de Niñez, Adolescen-
cia y Familia), organismo correspondiente al Ministerio de
Desarrollo Social de la Nación, que coordina y supervisa
las políticas de carácter nacional con eje en los derechos de
las niñas, niños y adolescentes21. La entrevistada también
alude al Programa Nuestras Familias, que es incompatible
con la AUH. Depende del Ministerio de Desarrollo Humano
y Hábitat, correspondiente al Gobierno de la Ciudad de
Buenos Aires -GCBA-, y se orienta a grupos familiares que
se encuentran en situación de vulnerabilidad o riesgo social
comprobado, a través de subsidios económicos22.
• La asistencia alimentaria:
Trato de hacer un surtido por mes, después al mediodía ellos
[sus hijos] comen en el comedor, o sea acá al mediodía no
hay gastos porque van al comedor, el de Capullitos, y después
a la noche sí cocino yo acá. A veces no se puede, la verdad
a veces se van a dormir sin comer. Pasa que acá los gastos,
21 Ver información oficial en: [Link] (última fecha de ingre-
so: 5/5/20).
22 La información oficial se encuentra en: [Link]
desarrollohumanoyhabitat/nuestrasfamilias (última fecha de ingreso: 5/5/
20).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 117
tenés los impuestos, todo eso se tiene que pagar, entonces a
veces cobro [la AUH] y tengo que primero pagar las cuentas
y después hacer un surtido en mercadería, comprar las cosas.
Lo bueno que ninguno me usa pañales, ¿viste?, pero sí toman
leche a dos manos, la leche es un gasto todos los días, porque
el papá de las dos nenas trabaja pero, al tener antecedentes
[penales] y la edad que tiene, obviamente, no consigue trabajo,
él hace changas una vez cada tanto (Cristina, titular de la
AUH, 27/12/16, El Sauce).
La titular hace referencia a la red de comedores comu-
nitarios presente a nivel barrial y que responden a proyec-
tos sociales que suelen recibir, en alguna medida, asistencia
por parte de instancias gubernamentales, ya sean municipa-
les, provinciales o nacionales.
De tal modo, sin que hiciera falta haber buscado direc-
tamente el dato, la asistencia social recubría los relatos
obtenidos y las notas de campo elaboradas. Era sencillo
observar la capilaridad de la asistencia: ir a ‘‘buscar la leche
en la salita’’, darle ‘‘los papeles’’ a ‘‘la manzanera’’ para ingre-
sar a un programa social, ‘‘la ayuda del ministerio’’ y el
vínculo con ‘‘la asistente’’ que ‘‘está’’ con la familia. Algunas
de estas políticas sociales otorgaban transferencias dinera-
rias, otras brindaban recursos en especie y en otros casos se
trataba de intervenciones de acompañamiento familiar. Lo
importante es que esas ramificaciones de la asistencia social
se situaban en posición contigua a la AUH. Dos arquitectu-
ras de política social diferentes se confundían en la trama
cotidiana y obraban juntas. Por cierto, no era difícil transi-
tarlas: ‘‘las clases populares poseen conocimiento práctico del
conjunto de derechos sociales y por ello saben intuitiva-
mente de qué modo ubicarse en las categorías positivas del
agrado […]’’ de cada organismo público (Schijman y Laé
2011, p. 74). Conocedoras de las fronteras institucionales,
[Link]
118 • TENER LA ASIGNACIÓN
las mujeres sabían la forma en que era necesario moverse
en cada arquitectura23 y, en sus vidas, operaban simultá-
neamente.
ii) Las combinaciones específicas entre políticas sociales
Señalado el primer punto general, mostramos a continua-
ción combinaciones más específicas entre políticas sociales.
Son combinaciones posibles entre la AUH y un conjunto de
políticas sociales que, en un sentido muy amplio, podría-
mos unificar en el hecho de que transfieren dinero a sus
destinatarios y son de base no contributiva. Las ubicamos,
con fines expositivos, dentro del paraguas de la asistencia
social. En Sabala, los ejemplos más frecuentes fueron: AUH
+ Argentina Trabaja o Ellas Hacen, AUH + Plan Vida24, AUH
+ Pensión No Contributiva por Discapacidad25, AUH +
23 Los movimientos de las mujeres al interior de la arquitectura administrativa
de la AUH, serán detallados en el capítulo siguiente.
24 El Plan Vida es implementado por el Gobierno de la Provincia de Buenos
Aires. Formalmente está destinado a familias en condiciones de vulnerabili-
dad social, embarazadas, madres en período de lactancia y niños hasta los 6
años. Está asociado al mejoramiento de las condiciones de nutrición, creci-
miento y desarrollo de la población materno infantil. Información oficial
puede hallarse en: [Link] (últi-
ma fecha de ingreso 5/5/2020). Un análisis en torno al Plan Más Vida puede
verse en Dallorso (2008).
25 La Pensión No Contributiva por Discapacidad es una de las pensiones que
forma parte del Programa de Pensiones No Contributivas (PNC) junto a las
pensiones graciables y las Pensiones por Leyes Especiales. Las pensiones
asistenciales se destinan a tres grupos específicos: madres de 7 o más hijos,
discapacitado/as y adultos mayores de 70 años. Se dirigen a los sectores que
se encuentran desprotegidos de cualquier régimen de previsión y que, al
mismo tiempo, no cuentan con otros recursos de subsistencia. Para acceder
a una pensión asistencial son comprobados los medios de vida del/a desti-
natario/a (no debe poseer bienes ni ingresos propios, tampoco estar asistido
por otro tipo de prestación contributiva o no contributiva) y de su familia
(no debe tener parientes obligados legalmente a brindarle apoyo económico
o, si existen, deben estar impedidos para poder hacerlo). Para una caracteri-
zación sobre las Pensiones No Contributivas, puede verse Rizzo (2015).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 119
Programa Envión26, AUH + Plan Vida+ Argentina Trabaja.
En El Sauce, hallamos menos cantidad de combinaciones.
Los ejemplos más habituales fueron: AUH + Progresar27,
AUH + Pensión No Contributiva por Discapacidad28.
Aunque heterogéneas, estas políticas sociales coinci-
dían en transferir mensualmente sumas de dinero a las
familias. Eran compatibles con la AUH y eran compatibles
entre sí. Solían dirigirse a diferentes miembros de la familia
y a diversos momentos y circunstancias del ciclo de vida
de los integrantes de la familia. Es decir, en algunos casos,
diferentes miembros de la familia eran titulares de estas
políticas sociales; en otros casos, la mujer a quién entre-
vistamos, receptora de la AUH, era también titular de otra
política social, dependiendo de cuál tratara.
No era posible uniformizar a estas transferencias de
dinero, no les cabía una única acepción. Mirando la forma
en que operaban, variaban según:
26 El Programa Envión, desde su encuadre formal, está destinado a adolescen-
tes, de entre 12 y 21 años, que se encuentran en situación de vulnerabilidad
social. Su objetivo es la inclusión, la contención, el acompañamiento y el
diseño de estrategias de fortalecimiento. Información oficial, puede consul-
tarse en [Link]
envion (última fecha de ingreso: 5/5/20).
27 El Programa de Respaldo a Estudiantes de Argentina ([Link]), depen-
diente del Ministerio de Educación de la Nación, fue lanzado en enero de
2014 y tiene como objetivo explícito garantizar el derecho a la educación y
fortalecer las trayectorias educativas de jóvenes que quieran formarse pro-
fesionalmente, finalizar su educación obligatoria o estén estudiando una
carrera del nivel superior. Se prioriza a grupos en condición de vulnerabili-
dad: mujeres con hijos/as que se encuentren a cargo de un hogar monopa-
rental, integrantes de las comunidades indígenas y/o pertenecientes a pue-
blos originarios, personas trans, travestis y las personas con discapacidad.
Información oficial puede verse en: [Link]
cion/progresar (última fecha de ingreso: 5/5/20).
28 No siempre había compatibilidad; a veces, había competencia. En CABA, la
AUH es incompatible con el Programa Ciudadanía Porteña, un programa de
transferencias monetarias condicionadas típico. En El Sauce las familias
tenían ‘‘asignación’’ o ‘‘ciudadanía’’. Transferencias que competían entre sí,
estando ambas muy asimiladas en el barrio. Información oficial sobre el
Programa Ciudadanía Porteña Con Todo Derecho puede hallarse
en: [Link] (última fecha de ingreso: 5/5/20).
[Link]
120 • TENER LA ASIGNACIÓN
• las condiciones de ingreso (requisitos y modo de ingre-
so),
• los requisitos de permanencia (presencia o ausencia de
condicionalidades y, a la vez, diferentes tipos de con-
dicionalidades),
• el campo en el cual la política social se inscribía (asis-
tencia social más tradicional, seguridad social, el for-
mato de las TMC),
• los integrantes de la familia a los cuales se destinaba, si
es que había más de uno (población destinataria),
• el ámbito desde el cual se implementaba (nacional, pro-
vincial, GCBA29),
• el monto de dinero asignado (algunos podían repre-
sentar el ingreso central de un grupo familiar mientras
que otros representaban un ingreso comparativamen-
te menor),
• el tipo de necesidad a la que formalmente se daba res-
puesta (alimentarias para la familia, alimentarias para
niño/as pequeño/as, de economía social, de terminali-
dad educativa, de discapacidad, etc.),
• y otros beneficios que esa política social podía habilitar
(Monotributo Social, pase libre de transporte, tarifa
social en el pago de impuestos, tarifa social etc.).
Estas políticas sociales transferían dinero –monetari-
zaban– pero cada una de modo particular. Recordemos que
‘‘cada sociedad define y otorga un estatus social distinto
a sus pobres cuando decide ayudarlos’’ (Paugam 2007, p.
9). Siguiendo a Paugam (2007), las formas de intervención
social expresan, en cierta medida, de qué modo se constru-
ye una relación de interdependencia. La elaboración colectiva
29 Como fue mencionado en el apartado metodológico, en la Introducción del
libro, este fue un punto que tomamos en cuenta. Consideramos que la expe-
riencia la AUH variaba dependiendo de con qué otros recursos de políticas
sociales las familias contaban. Eran distintas muchas de las políticas sociales
nacionales y provinciales que estaban presentes, en el momento que realizá-
bamos el trabajo de campo, en las dos ámbitos seleccionados.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 121
de la categoría de pobres, el estatus social conferido a los
pobres y las formas que adquiere el tratamiento a la pobreza
estarán estrechamente vinculados a una relación de inter-
dependencia: aquella que enlaza a los pobres con la socie-
dad, que así los define y, a la vez, de la que son parte. Si
hacemos énfasis en que cada política social mencionada era
portadora de particularidades es porque, precisamente, la
relación de interdependencia que en cada caso se construía
no era idéntica.
iii) La huella de la asistencia en las instituciones locales
En los encuentros que las familias mantenían asiduamente
con los operadores de algunas instituciones locales (como
por ejemplo el centro de salud, la escuela y los servicios
sociales locales) también podía rastrearse el solapamiento
de la AUH con la asistencia social. Con frecuencia, los agen-
tes estatales que trabajaban en instituciones barriales cer-
canas a las familias relacionaban AUH con asistencia social.
Por diferentes motivos: leían a la AUH desde categorías
propias de la asistencia social, intentaban jerarquizar a la
AUH respecto de otras políticas de corte asistencial o bien,
porque las conectaban operativamente.
En primer lugar, la asistencia tradicional podía funcio-
nar como una matriz para identificar insuficiencias en la AUH.
Una médica que trabajaba en un centro de salud y que ade-
más cumplía la función de ‘‘firmar las libretas’’, nos explicó:
[La AUH] es una buena estrategia de política pública porque
aumentan los controles de salud de niños y niñas que están
sanos, ¿no?, que no van por alguna enfermedad, sino que
poder evaluar esto, si pudiéramos responder como a la
demanda que hay real para controles de salud, no solamente
podríamos estar controlando el peso y la talla de esos niños,
si no ver cómo les va en la escuela, por qué tienen tantas
dificultades, poder articular más con la escuela. El tema es
que como no hay personal o un equipo de salud que pueda
responder a todas las demandas que hay, queda medio como
[Link]
122 • TENER LA ASIGNACIÓN
a la mitad de camino. Si hay un chico que viene a mí y la
mamá me dice que repitió de año, yo le completo la libreta. Lo
ideal sería que podamos conectarnos con la escuela, ver ese
chico por qué está repitiendo, si es por el plomo [en sangre],
si es porque en la casa hay muchas dificultades con montones
de problemas como la violencia de género, adicciones, digo,
digo, hay un montón de cosas que por ahí podríamos abordar,
otros problemas que influyen en la salud de los niños. Pero
que no se está pudiendo hacer porque así como está esta
política pública de aumentar los controles de salud de los
niños y de las niñas que no presentan una patología, tendría
también que aumentarse la cantidad de personal como que
puedan responder a esa demanda que hay. Creo que es una
buena política pública pero que le falta abordar, bueno, más
integralmente, ¿no?, que podamos tener una visión más inte-
gral del niño (8/2/18, Sabala).
Estas expresiones tenían la huella de la asistencia. Era
una interpelación hacia la AUH, desde la lógica asistencial.
Quien narraba no se posicionaba ideológicamente en un
lugar conservador, acusatorio ni que recreara los estereo-
tipos frecuentes sobre la asistencia estatal; por decirlo de
algún modo, sus intenciones eran las mejores. Identificaba
aspectos positivos de la AUH y a la vez expresaba que ‘‘se
queda a medio camino’’ porque no lograba dar una res-
puesta específica a una necesidad individualizable. En su
opinión, la población a la que ella asistía cotidianamente
requería más que la transferencia monetaria mensual. Juzga-
ba necesario conocer acerca de la familia, identificar los
problemas que influían en la salud de los niños y niñas y
articular acciones entre diferentes instituciones. El relato
activaba, así, la idea de trabajo caso por caso: conocerlos más,
comprenderlos mejor, trabajar la situación individual entre
muchas instituciones. La AUH, en ocasiones, podía ser eva-
luada en clave asistencial. Vale aquí hacer presente el planteo
de Arias cuando problematiza la conversión de la política
asistencial en una política de reconocimiento de derechos y,
en ese sentido, ‘‘la capacidad de pensar formas de acceso a la
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 123
asistencia como derecho requiere de nuevas capacidades y
nuevos entrenamientos en perspectivas macrosociales que
suponen un desafío para el Trabajo Social y para el conjunto
de las disciplinas sociales’’ (Arias 2012, p. 193).
Segundo, la necesidad de jerarquizar la AUH cuando se la
compara con otras políticas de corte asistencial. Las traba-
jadoras sociales de los servicios sociales ubicados en territo-
rio, habitualmente explicaban y reforzaban que el acceso a
la AUH era un derecho social. ‘‘Nadie percibe a la AUH como
un derecho, para todos es un programa’’, nos explicaba una
de ellas (5/1/17, El Sauce). Sucedía que ‘‘la gente lo ve en
forma igualitaria al [Programa] Ciudadanía Porteña, veinte
millones de veces lo explico’’. ‘‘Esto siempre hay que expli-
carlo’’, relataban las profesionales denotando un esfuerzo
(16/11/16, El Sauce). Casi como si fuera parte del trabajo a
realizar durante las entrevistas con las personas, se esmera-
ban por jerarquizar a la AUH respecto de los programas de
asistencia. Una de ellas lo relató de la siguiente manera:
Autora: me decías que hay confusiones entre la asignación
y el salario familiar…
Ana: Sí, sí. Pero uno se lo trata de explicar, explicando
esto en el contexto del derecho y que por ahí te decía que
en algunos, aparece esta vergüenza, esto de ‘no quiero pedir’.
Pero ‘no estás pidiendo un favor, no te lo están haciendo de
favor a vos, vos tenés derecho a esto porque vos, el que tiene
trabajo en blanco percibe el salario familiar, el que no lo tiene
trabajo en blanco percibe la asignación’. Como tratando de
explicar o de poder deshacer un poco esa construcción de ‘yo
no quiero, no, no quiero pedir, ojalá pudiera trabajar, enton-
ces desde ahí, bueno, que si vos tuvieras trabajo, tendrías tu
salario, desde ahí por ahí la explicación’. Esto sucede cuando
el otro como que se resiste un poco, te viene con ese discurso
de ‘no quiero, nunca me gustó pedir’, y cómo deshacer ese
pedido, en que no es que vos estás pidiendo, lo tenés que
recibir porque es lo que corresponde. Desde ahí hablamos, se
hace esa cosa medio comparativa para desarmar un poco ese
posicionamiento, qué sé yo, que le corresponde, que lo pueda
tomar (5/1/17, El Sauce).
[Link]
124 • TENER LA ASIGNACIÓN
Efectivamente, como sostiene Arias (2018, p. 52):
Muchas veces los sujetos no se reconocen ‘sujetos de dere-
chos’, no se construyen en tanto actores, no verbalizan cómo
se espera que su participación en el marco de una política,
siguen usando la palabra ayuda. Como señalábamos, parece
confundirse para algunos sujetos el enfoque y no ‘logran’
identificar que las prestaciones que reciben ‘son derechos’.
Así, algunos colegas [trabajadores y trabajadoras sociales]
consideraban necesario trabajar sobre estas poblaciones a fin
que “¿concienticen?’’ ¿conceptualicen? en clave de derechos.
En la interacción con las mujeres que concurrían al
servicio social, las agentes estatales invitaban a hacer una
reflexión; reinterpretando el discurso solidificado que, a
menudo, las mujeres que concurrían exponían. La AUH
ofrecía un fundamento para esa reflexión que, en compa-
ración con los programas de asistencia, resultaba potente:
‘‘el que tiene trabajo en blanco percibe el salario familiar,
el que no tiene trabajo en blanco percibe la asignación’’
(trabajadora social, El Sauce, 5/1/17). Argumento que cir-
culaba en los espacios de asistencia social, a modo de una
premisa que se reforzaba.
Tercero, la conexión informal de los servicios sociales con
las oficinas de ANSES. Ana, una trabajadora social de un cen-
tro de salud barrial, se tomó el trabajo de armar un puente
entre el centro de salud y la oficina de ANSES más cercana.
Se ocupó de tejer redes informales; intentó ‘‘construir un
vínculo’’. Es interesante su justificación:
Teniendo en cuenta las características del barrio, que por ahí
hay semialfabetismo, dificultades, digo, te dan [en las oficinas
de ANSES] todo anotado en un papel, te dicen esto y lo otro,
y quizá [la gente] te lo trae porque no entendió nada de lo que
le dijeron (5/1/17, El Sauce).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 125
Ese momento, ‘‘cuando había algún obstáculo’’, era pro-
picio para utilizar el contacto informal con la oficina de
ANSES cercana. En la práctica cotidiana de esa institución,
la AUH estaba incluida como parte de los asuntos que esas
redes informales trataban de resolver30. De tal modo que, en
la geografía de un barrio, los servicios sociales y la oficina
de ANSES podían convertirse en universos no tan distantes
y las conexiones funcionaban a través de redes informales
que se iban tejiendo.
En suma, señalamos diferentes recortes en los cuales se
advertía el solapamiento entre la AUH y la asistencia social
como experiencias contiguas en la vida de las familias: las
mujeres ponían un pie en la seguridad social, mediante la
AUH, a la vez que mantenían otro pie en la asistencia social.
Mostramos las ramificaciones de la asistencia social, sus
combinaciones específicas con la AUH, y rastreamos la hue-
lla asistencial en las instituciones locales. Los límites entre
AUH y asistencia social eran, así, imprecisos.
3.1.2 Las experiencias pasadas
Existía una historicidad en el lazo que las mujeres esta-
blecían con el Estado. El anclaje a contextos de profunda
vulnerabilidad es el hecho que explica que, en años anterio-
res, hayan sido sujeto de intervención estatal; no es casual,
entonces, que porten memorias de políticas de asistencia
social pasadas. No debe pasarse por alto, entonces, que la
30 Aunque esta conexión bien podía darse entre otras políticas sociales. Anto-
nella, una trabajadora social de un servicio social acompañaba a los adoles-
centes del barrio a la oficina del Ministerio de Trabajo, para que pudieran
inscribirse, primero en el Programa Jóvenes por Más y Mejor Trabajo
(dependiente del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la
Nación) y, más tarde, en el Progresar. No era necesario que los acompañara,
‘‘pero yo los conozco y les cuesta todo lo que tenga que ver con los trámites’’.
La tarea de acompañar a los jóvenes ‘‘me la robe yo’’, expresó en la entrevista
(16/11/16, El Sauce.)
[Link]
126 • TENER LA ASIGNACIÓN
apropiación colectiva que las mujeres hacían de la AUH guar-
daba una dimensión histórica. ¿Cómo eran esas memorias a la
luz de su enlace con la AUH?
Primero, la AUH aparecía como la continuidad del ‘‘plan’’.
Durante el trabajo de campo, la palabra plan únicamente
estuvo presente en boca de profesionales que trabajaban en
las instituciones locales y en boca de una referente barrial,
Rosa –que había sido destinataria del PJJHD31 y que con-
taba con una extensa trayectoria como agente de salud del
barrio– quién nos dijo, al pasar, que una vecina tenía ‘‘el
plan de… la asignación’’ (26/12/16, El Sauce). Es el tér-
mino asignación, en cambio, el que a lo largo de los últimos
diez años se había vuelto frecuente. Más allá del modo de
nombrar, es trazable una línea de continuidad relativa a
las diferentes transferencias monetarias que en nuestro país
han tenido lugar durante las últimas dos décadas.
Aludimos al ‘‘Plan Jefes’’ por ser un punto de referencia
al que espontáneamente aludían algunas de las mujeres
entrevistadas; ‘‘plan’’ por antonomasia, no era raro que su
memoria apareciera en los relatos con frecuencia. Cuando
sucedía, la AUH resultaba el último eslabón de una cadena
que precisamente comenzaba allí, con el ‘‘Plan Jefes’’. Cabre-
ra (2014, p. 116-117) fundamenta este punto. Explica que la
AUH puede aparecer ‘‘como sucedánea del ‘‘plan’’ y que, en
esa conexión, colaboran las condicionalidades que tiene ya
que ‘‘terminan funcionando como sucedáneos de la focali-
zación de los planes tradicionales’’. En sentido similar, De
Sena, Cena y Dettano (2018, p. 252), identifican: ‘‘la noción
de continuidad, la adjetivación de la intervención estatal en
tanto “Plan”, y una imputación de sentido vinculada a la
necesidad’’. El testimonio de Hilda, una titular de la AUH,
tenía esa impronta:
31 De aquí en más, se utiliza esta abreviatura para aludir al Plan Jefes y Jefas de
Hogar Desocupados
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 127
Yo mayormente siempre trabajé y trabajé acá en el comedor.
O sea, teníamos el comedor en ese tiempo, que es de la época
de [Manuel] Quindimil [intendente de Lanús en los períodos
1973-1976 y 1983-2007]. El lugar tiene más de 20 y pico
de años. Y bueno, mi ex marido, él cada tanto trabajaba y
bueno, yo siempre cobrábamos algún programa que salía del
lado del municipio, lo cobraba yo. Que en ese tiempo era de
120 [pesos]. Después, el plan de jefes, que era 150 [pesos],
y mayormente siempre me arreglé yo, o sea qué sé yo, he
salido, iba a cartonear, o sea, no tengo drama en ese sentido.
Siempre lo poco o mucho, lo he sostenido y después el tema
esto de lo que está lo de la asignación. Y la asignación la
empecé, cuando ni bien se inició, porque yo cobraba el plan
de Jefes y me pagaban por uno solo, no más, que era la de 16
años (15/5/17, Sabala).
Es un relato que evidencia el tránsito por diferentes
políticas de corte asistencial. En ocasiones la AUH apro-
piada de esa forma: como continuidad, como parte de una
historia de relación con las políticas sociales.
Al mismo tiempo, las experiencias pasadas resultaban
eficaces para hacer lecturas prácticas sobre la AUH; con-
cretamente, para anticiparse. Por ejemplo, Rosa, la antigua
destinataria del Plan Jefes y a la vez agente de salud que
antes presentamos32, le comentó a sus dos hijas adultas,
titulares de la AUH:
Eso de la asignación con el cambio de gobierno nosotros no
sabíamos cómo iba a quedar y yo siempre los preparaba, les
decía: ‘chicas [a sus hijas], no se queden con esto porque no
sabemos’, es una siempre estar hablando, aportando las cosas
que ve cada día ¿no? Yo pensé que iban a sacar todo, todo esto,
te digo sinceramente, yo hasta los planes, pensé que quedaba
en nada. Y ahora hay que ver cuánto va a continuar esto, sigo
32 En Sabala identificamos la figura del promotor comunitario en salud. Estas
personas son agentes municipales que tienen participación comunitaria.
Realizan acciones de promoción y prevención de la salud. En El Sauce
observamos un actor similar, con idénticas tareas pero dependiente de la
estructura burocrática del GCBA.
[Link]
128 • TENER LA ASIGNACIÓN
pensando que por ahí lo sacan, no sé en qué momento. Hoy
por hoy ya no lo pienso tanto porque en el principio, cuando
no sabía que era una ley, bueno, dudaba, pero hoy por hoy,
ya es como que uno mismo sabiendo que es una ley, sabemos
que ya fácilmente no se lo va a sacar (26/12/16, El Sauce).
Las experiencias pasadas y el camino transitado en la
asistencia permitían, así, hacer una lectura, una interpreta-
ción, sobre la AUH y también, a partir de ello, aconsejar.
Gracias a esa continuidad, al mismo tiempo las per-
sonas activaban su memoria de las políticas sociales para
valorar la simpleza de la gestión de la AUH. Además del PJJHD,
también nos referiremos a las becas escolares, como parte
de las experiencias pasadas que las familias tuvieron. Palo-
ma, la trabajadora social de una escuela relató cómo era,
antes de la AUH, el procedimiento para acceder a una beca:
Ahí la, la diferencia, una, bueno, a ver, la beca la tenías que
pelear, ¿me entendés?, porque vos tenías que argumentar,
venía una planilla para completar, completabas la planilla y
no, no, estaba garantizado el tema de que le correspondie-
ra la beca. Entonces bueno, digamos te ponen un rol como
[trabajadora] social medio complejo porque vos tenés que, yo
por lo menos me sentía, con tal de que todos la tengan o
que la mayoría la tenga [la beca], a escribir [informes sociales]
y ¿qué hacés? O sea, describís situaciones que a veces, estás
mandando información de las familias, describiendo toda su
precariedad y su vulneración y todo, para tratar de que les
llegue algo. Como pidiendo un favor, ¿no?, una beca tiene por
ahí más esa característica, si el funcionario que lo lee, que
lee el informe [social], le parece que, queda a criterio de cada
uno. Bueno, habremos sido la escuela de Lanús que más becas
tenía porque peleamos cualquier cantidad de becas. Fuimos
a La Plata [a un ministerio provincial], insistimos mucho en
eso, porque teníamos muchos alumnos que trabajaban, des-
pués del 2001. Hubo un auge tremendo con el tema del car-
toneo en Capital (15/12/17, Sabala).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 129
Para una agente estatal directamente vinculada a lo
social, como Paloma, dejar de ‘‘pelear’’ caso por caso, desató
sorpresa. El contenido de los informes sociales era impor-
tante, antes, para ‘‘pelear el recurso’’; pelea que se libraba
individualmente, ‘‘uno por uno’’. Eso, con la AUH, ya no era
necesario. Esta trabajadora social, como otras con quienes
conversamos, celebraron la llegada de la AUH. Ciertamente
en sus ámbitos de trabajo fue disruptiva: ‘‘ya no hay que
argumentar para tratar de que les llegue algo’’. Esta política
social simplificaba, para aquellos agentes estatales que esta-
ban en contacto diario con las familias, la formalización de
un ingreso económico al que era relativamente sencillo que
las familias pudieran acceder: desde el punto de vista del
agente que acompañaba y conocía la historia de la familia
era comprensible que la presencia de la AUH resultara un
alivio. Así, lo que importa señalar es que la valoración hacia
la AUH podía darse en función de la simpleza en la gestión
y la masividad de su alcance, comparada con políticas de
corte asistencial que requieren comprobación exhaustiva
de medios de vida.
Fue mencionado que las mujeres ponían un pie en la
seguridad social, mediante la AUH, a la vez que mantenían
otro pie en la asistencia social tradicional y en otros progra-
mas de TCM más convencionales. Este apartado añade que
ese pie puesto en la asistencia contaba con historicidad: por
medio de la asistencia, las familias sostenían un lazo con el
Estado y ese lazo, por cierto, estaba forjado. Más aún, sumi-
nistraba insumos para interpretar y significar a la AUH.
3.2 El empalme con la Asignación Familiar
En el primer capítulo fundamentamos por qué la AUH es
considerada una política del ámbito de la seguridad social
y, a la vez, señalamos que no es simétricamente homolo-
gable a la Asignación FAmiliar -AAFF-. Identificamos aquí
cómo, en las experiencias de las familias, la AUH y la AAFF
se equiparaban.
[Link]
130 • TENER LA ASIGNACIÓN
La AUH, en ocasiones, no era la única experiencia que
las familias tenían con el ámbito de la seguridad social.
Podían haber tenido –antes de acceder a la AUH– o bien
tener al momento de la entrevista –junto con la AUH y
en relación a otro hijo– acceso a la AAFF, proveniente de
un empleo bajo relación de dependencia33. Mientras que la
AUH era nombrada por las mujeres destinatarias como ‘‘la
asignación’’, la AAFF era nombrada como ‘‘el salario’’. La
forma en que estas dos políticas se administran desde el
Estado hacía esperable y lógica la semejanza. Menos espe-
rable y lógica eran, quizá, las formas concretas en que con-
fluían al interior de un grupo familiar. La AUH no suponía
una entrada lineal al ámbito de la seguridad social sino que,
muchas veces, se producían movimientos de ida y vuelta:
el pasaje, la alternancia y la coexistencia. Detallamos, a conti-
nuación, cada uno de esos movimientos.
Un niño que recibe la cobertura de la AUH puede pasar
a tener la cobertura de la asignación familiar, sencillamen-
te, al cambiar la condición laboral del adulto responsable.
Puede haber un pasaje ocasional desde una instancia de pro-
tección social hacia la otra. Sencillamente, si el adulto res-
ponsable cambia de condición laboral –formalidad/infor-
malidad–, se modifica el tipo de asignación que el niño, niña
o adolescente percibe.
Podía tratarse, a la vez, no de un simple pasaje sino de
una alternancia: identificamos grupos familiares que iban y
venían, que oscilaban, entre la formalidad y la informalidad
y, entonces, una y otra cobertura social se alternaban. La
relación precaria e inestable mantenida con el mercado de
trabajo hacía que este hecho, en algunas oportunidades, se
asimilara a algo dado:
33 En este capítulo hacemos foco en la AAFF pero también observamos que las
familias podían contar con experiencias vinculadas al ámbito de la seguri-
dad social en relación a algún adulto mayor presente en el grupo familiar,
aspecto al que nos referimos en el capítulo quinto, apartado ‘‘Las otras
coberturas’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 131
El padre de ellos estaba trabajando en blanco y me cortan
la asignación, me la cortan más o menos dos meses y des-
pués empieza a cobrar el salario. Deja de trabajar en blanco,
me la cortan dos meses y vuelvo a cobrar la asignación. Es
un desastre, fui al ANSES a preguntar como cuatro veces,
a preguntar por qué pasaba. Me dijeron: ‘no, el papá de los
chicos está en blanco, el papá está en negro’. Cuando el padre
está trabajando en blanco se me corta. Hasta que salta en
ANSES, se me corta dos meses [se interrumpe la prestación],
ponele. Lo máximo que estuve fue tres meses. Fui a preguntar
y me dijeron eso. Que el padre estaba en blanco y no me
correspondía la asignación, me correspondía el salario (Elena,
titular de la AUH, 19/11/2016, El Sauce).
En el pasaje y en la alternancia, por darse la liquidación
de manera automática, podía efectivamente desatar sorpresa
entre los destinatarios. El caso de Gabriela nos brinda otro
ejemplo en el mismo sentido. Se trata de una titular de la
AUH que había trabajado anteriormente como empleada
de limpieza para oficinas y clínicas médicas, a través de
una agencia especializada. ‘‘Ahí, te agarraban tres meses, te
soltaban otros tres meses, te volvían a agarrar’’ y, de esa
manera, transcurrieron dos años hasta que decidió renun-
ciar. ‘‘Yo cobraba el salario, automáticamente se me puso la
asignación’’. ‘‘¡No podía creer que tenía esa platita!’’, nos dijo
efusivamente (20/12/16, El Sauce). ‘‘Se me puso’’, no tuvo
que hacerlo ella misma; no tener que hacer esfuerzos para
acceder a una política social es motivo de efusividad. Sucede
que el automatismo de la AUH contrasta con la necesidad
de poner el cuerpo, aspecto distintivo de la asistencia social.
Se invertía un sentido: no había que salir a buscarlo, sino
que el recurso ‘‘se pone solo’’.
Además del pasaje y la alternancia, identificamos otra
variante: al interior de un mismo grupo familiar pueden
coexistir la AUH y la AAFF. Sucedía en familias en las que era
más de uno el adulto responsable de los niños y niñas antes
ANSES y, al mismo tiempo, esos adultos tenían diferentes
tipos de inscripción en el mundo del trabajo.
[Link]
132 • TENER LA ASIGNACIÓN
Consideramos una situación concreta sobre la coexis-
tencia entre la AUH y la AAFF. Cuando la entrevistamos
(13/11/17, Sabala), Tamara era madre de cuatro niños y
niñas menores de 18 años. Percibía por ellos, los siguien-
tes tipos de cobertura. Por una parte, los tres hijos más
pequeños accedían a la AUH. Tamara había sido siempre la
titular, es decir, era la adulta responsable ante ANSES. A
la AUH, accedía a través del Banco Nación. Por otra parte,
la niña más grande accedía a AAFF. El adulto responsable
ante ANSES era el padre de la niña, ex pareja de Tamara,
que poseía empleo formal. Pero quien recibía y adminis-
traba ese dinero no era el padre de la niña sino Tamara,
ya que solicitó en ANSES el traspaso de la titularidad de
esa transferencia34. A la AAFF, Tamara accedía a través del
Banco Provincia.
Entonces, de acuerdo a la situación laboral que tenían
los adultos responsables de los niños ante ANSES, cabía la
posibilidad que diferentes tipos de coberturas, que tenían
rasgos de similitud pero que no eran idénticas, estuviesen
presentes en un mismo grupo familiar. Se trataba de gru-
pos familiares inscriptos en el ámbito de la seguridad social
pero de manera dual, bajo los lineamientos de dos cobertu-
ras diferentes. Se administraban las coberturas sociales des-
de una misma institución; sin embargo, diferían en cuanto
a la presencia de condicionalidades, la retención del veinte
por ciento de la transferencia mensual y las gestiones que
eran necesarias hacer, para cada caso. La literatura especia-
lizada abordó largamente las fragmentaciones del sistema
de seguridad35; en este caso damos cuenta de cómo, en oca-
siones, esas fragmentaciones se cristalizaban incluso dentro
de un mismo grupo familiar.
34 Acerca de este punto, ver el apartado ‘‘Las gestiones’’, en el primer capítulo.
35 Acerca de este punto, ver el apartado ‘‘Aspectos formales’’, en el primer capí-
tulo.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 133
En suma, la relación de fragilidad que las familias
tenían con el mundo del trabajo era el principal factor que
explicaba que la AUH y la AAFF, en algunos casos, se empal-
maran: ya sea, de modo ocasional –a través de un simple
pasaje–, de modo recurrente –a través de una alternancia–
o bien de modo simultáneo –a través de una coexistencia–.
Estos movimientos de ida y vuelta cuestionan, por cierto,
la presencia de grupos susceptibles de ser rigurosamente
demarcados y, a la vez, muestran cómo, aun cuando se trata
de políticas que no son, en su marco normativo, simétri-
camente homologables, en las experiencias de las familias,
se asemejaban.
4. Conclusión
El presente capítulo tuvo un doble propósito. Por una parte,
caracterizar analíticamente a la asistencia social y a la AUH,
como política inscripta en el campo de la seguridad social,
con el objetivo de observar los fuertes contrastes que exis-
ten entre estos dos modos de intervención estatal, entre sus
entramados burocráticos. Y por otra parte, mostrar que, a
pesar de esos contrastes, eran porosas las fronteras entre las
diferentes políticas sociales. Cuando el Estado daba sosteni-
miento y apoyo lo hacía de acuerdo a modos muy dispares.
La AUH se solapaba con la asistencia social. Las mujeres
ponían un pie en la seguridad social rodeadas del registro
asistencial, tanto en sus experiencias contiguas a la AUH como
en sus experiencias pasadas. Las mujeres titulares sabían
cómo era necesario transitar el ámbito asistencial y también
aprendieron cómo era necesario transitar el ámbito de la
seguridad social. En lo cotidiano, esos ámbitos formaban un
mosaico y, como fuimos describiendo, aparecían superpues-
tos. No se vislumbraba que el ingreso a un ámbito distinto
–el de la seguridad social–, a través de la AUH, estuviera,
en sí mismo, teñido de virtuosismo. Era una entrada que no
[Link]
134 • TENER LA ASIGNACIÓN
producía sensación de ruptura o sensación de jerarquiza-
ción respecto de otras políticas sociales; bajo la lupa, la
entrada no se daba de manera romántica.
La AUH, a la vez, se empalmaba con la AAFF. No sor-
prendía hallar evidencia de la complementariedad entre
AUH y AAFF dado que forman parte de un mismo esquema
de protección hacia la niñez y adolescencia. Es decir, en
ese caso, las fronteras entre políticas sociales eran porosas
debido a su propio diseño. Resultaba sugerente, sin embar-
go, cómo, en ocasiones, aparecían empalmadas en la vida
de las familias: podía haber pasaje, alternancia o coexisten-
cia. Mostramos que no era una simple entrada sino que,
muchas veces, se producían movimientos. Este punto hace
que ponderemos a la AUH como caso a analizar por la
ambigüedad que representa: dado que compromete un sen-
tido de protección social ligado al trabajo y tiene la for-
ma de un equivalente de la AAFF, posibilita mostrar este
empalme. El caso de otra política social, sencillamente, no
lo hubiera permitido.
Indagar en los cruces de la AUH con la asistencia social
y con la AAFF posibilitó complejizar las descripciones habi-
tuales sobre el funcionamiento de la AUH, dando cuenta de
que las familias no experimentaban el estatuto de la seguri-
dad social de modo abstracto.
Lo que definimos, en este capítulo, como trama de pro-
tección social es un concepto que especifica el hecho de que
una política social específica –en este caso la AUH– suele
operar a continuación y junto a otras políticas sociales. Es
decir, existe una dimensión de la apropiación colectiva de una
política social que se construye y se significa en los cruces con otras
políticas sociales que puedan estar presentes o bien que hayan
estado presentes en los hogares.
En este capítulo dimos cuenta de que la AUH, des-
de el plano de su caracterización, es una política de baja
intensidad en cuanto a las interacciones cara a cara y que
supone cierto automatismo, al estar basada en el cum-
plimiento de lineamientos administrativos e interacciones
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 135
con dispositivos técnicos. Pero, contrariamente a lo espera-
do, identificamos que está compuesta por una densa trama
situacional. El eje analítico del capítulo siguiente son las
numerosas interacciones que daban forma a esta política
social en la vida cotidiana de las familias.
[Link]
[Link]
3
La trama situacional
[E]n tanto el sesgo expresivo de las actuaciones es aceptado como
realidad, aquello que es aceptado en el momento como realidad ha
de tener algunas de las características de una celebración. Perma-
necer en una habitación alejado del lugar donde se desarrolla una
fiesta, o lejos del lugar donde el profesional atiende a su cliente, es
permanecer alejado del lugar donde se representa la realidad. El
mundo es, en verdad, una boda. Goffman (2006a, p. 47)
1. Introducción
Muchos vínculos sociales pueden ser analizados desde el
punto de vista de las escenas que los componen, desde su
dramaturgia; los vínculos que producen las políticas socia-
les también pueden ser estudiados de ese modo. Situándo-
nos en las experiencias de sus titulares, fue fácil observar
que la política social analizada tenía ambientaciones, perso-
najes y guiones. Aun cuando, como señalamos en el capítulo
anterior, se trata de una política social que no exige múl-
tiples intermediaciones en su procedimiento, observamos
que contaba con una densa trama situacional que a lo largo
del capítulo nos ocupamos de reconstruir. Para ello, carac-
terizamos: i) los actores involucrados –las mujeres titulares,
los agentes de las burocracias de calle y a quienes definimos
como operadores informales–, ii) los escenarios en los cua-
les las diferentes acciones vinculadas a esta política social
se desarrollaban –que dividimos en escenarios formales y
[Link] 137
138 • TENER LA ASIGNACIÓN
escenarios informales–, y iii) los encuentros cara a cara que
la AUH desencadenaba –aquellos encuentros que se vieron
resignificados y aquellos que pasaron a ser regulares–. Así, en
manos de las y los actores que la protagonizaban, la AUH
tenía representación dramática.
2. Mirar la trama situacional
Goffman define interacción cara a cara como ‘‘la influencia
recíproca de un individuo sobre las acciones del otro cuan-
do se encuentran ambos en presencia física inmediata’’
(Goffman 2006a, p. 27)1. El autor se refiere entonces a las
situaciones de copresencia y la influencia de una persona
sobre las acciones de otra, que allí se produce. Las interac-
ciones cara a cara componen una representación dramática:
[E]l trato social ordinario se coordina, al igual que una escena,
por el intercambio de acciones, oposiciones y respuestas ter-
minantes dramáticamente infladas. Aun en manos de actores
inexpertos los guiones pueden adquirir vida porque la vida
en sí es algo que se representa en forma dramática. El mundo
entero no es, por cierto, un escenario, pero no es fácil especi-
ficar los aspectos fundamentales que establecen la diferencia
(Goffman 2006a, pp. 82-83).
Es decir:
1 Hacemos aquí una salvedad. En este concepto incluimos una variante: los
encuentros en comunidades virtuales, específicamente en grupos privados de
Facebook. Si bien no son estrictamente encuentros cara a cara y suponen for-
mas de interacción específicas, no obstante, los incorporamos al análisis. En
un primer momento, relevamos que los grupos de intercambio virtual apa-
recían con frecuencia en los relatos de las mujeres, especialmente de aque-
llas más jóvenes. Luego, hallamos que se trataba de instancias que no conve-
nía pasar por alto: los intercambios producidos reflejaban relaciones en las
cuales ocurría –por ejemplo bajo la forma de un consejo, de un dato o de un
chiste– una apropiación colectiva de la AUH por parte de sus titulares. La
elaboración de significaciones en estos grupos era copiosa y, en el sentido
que marcamos, interesante para incluir como variante a analizar.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 139
Un estatus, una posición, un lugar social no es algo material
para ser poseído y luego exhibido; es una pauta de conducta
apropiada, coherente, embellecida y bien articulada. Realiza-
da con facilidad o torpeza, conciencia o no, engaño o buena
fe, es sin embargo algo que debe ser representado y retratado,
algo que debe ser llevado a efecto (Goffman 2006a, p. 86).
Los encuentros cara a cara tienen un carácter moral.
‘‘Todo individuo que posee ciertas características sociales
tiene un derecho moral a esperar que otros lo valoren y
lo traten de un modo apropiado’’. Y, a la vez, ‘‘un indivi-
duo que implícita o explícitamente pretende tener ciertas
características sociales deberá ser en realidad lo que alega
ser’’ (Goffman 2006a, pp. 24-25). Por lo tanto, cuando una
persona proyecta una definición de la situación presenta al
mismo tiempo una exigencia moral a los otros, obligándolos
a valorarlo y tratarlo de un modo esperable y renuncia a
ser lo que él no parece ser. Si bien el individuo entonces
informa ‘‘acerca de lo que ‘es’ y de lo ellos deberían ver en
ese ‘es’ ’’ (Goffman 2006a, p. 25, enfatizado del autor), no
obstante, puede haber sucesos disruptivos: contradicciones,
desacreditaciones o dudas sobre esa proyección que el indi-
viduo hace ante la presencia de otros. Al mismo tiempo, en
los encuentros cara a cara es posible distinguir un medio, en
el cual se incluye el mobiliario, el decorado, los equipos y el
resto de los elementos del trasfondo escénico, y una fachada,
es decir, ‘‘la dotación expresiva de tipo corriente empleada
intencional o inconscientemente por el individuo durante
su actuación’’ (Goffman 2006a, p. 34).
Nos proponemos reconstruir dos momentos diferentes
de las interacciones cara a cara vinculadas a la presencia de
la AUH en la vida de las familias: i) lo que sucedía den-
tro de las instituciones en las cuales la política social se
hacía operativa, es decir, las encuentros desencadenados en
su concreción, y ii) lo que sucedía en otros espacios, pro-
pios del entorno de las familias, en los cuales la política
social solía tematizarse o, en otras palabras, transformarse
[Link]
140 • TENER LA ASIGNACIÓN
en un tema que, por diferentes razones –facilitar procedi-
mientos, brindar información o transmitir sentidos–, des-
pertaba interés.
Sabemos que las mujeres realizaban la gestión inicial,
concurrían mes a mes al cajero automático para el cobro de
la transferencia y presentaban anualmente el cumplimiento
de las condicionalidades. Sin embargo, esta es una ‘‘ecua-
ción simplificada’’ (Quirós 2006): las mujeres hacían mucho
más que cumplir estas disposiciones normativas y proce-
dimientos burocráticos porque, en verdad, transitaban por
un mundo compartido con otros, recorriendo escenarios y
formando parte de interacciones.
‘‘El Estado no es simplemente una estructura abstracta
a nivel macro; también es un complejo de instituciones con-
cretas con las que las mujeres interactúan de manera direc-
ta e inmediata’’ (Haney 1996, p. 759, traducción propia).
Haney denomina a dicha instancia como el ‘‘ultimo nivel
de la práctica estatal’’ (Haney 1996, p. 759). Nos referimos,
dicho de otra manera, a los encuentros cotidianos de las
mujeres con las burocracias estatales que ‘‘dan forma y mar-
co concreto a lo que sería de otra forma una gran abstrac-
ción (El Estado) ’’ (Zibecchi 2019, p. 39). En ese sentido:
Cuando las políticas sociales adquieren forma concreta en
una trama acotada de relaciones, la mano estatal se ve tamiza-
da por el conjunto de significados que, desde su historicidad,
le otorgan quienes participan cotidianamente en ese ámbito
de encuentro. Así, el Estado deja de ser una categoría de
análisis para constituirse en ‘presencias estatales’ legitimadas,
cuestionadas y/o ignoradas, que a través de prácticas concre-
tas gestionan recursos, sostienen esquemas de clasificación y
administran moralidades (D’amico 2015, p. 42).
Si consideramos la distinción que realiza Paugam
(2007) entre ‘‘intervención burocrática’’ e ‘‘intervención
individualista’’, tal como fue mencionado en el segundo
capítulo, la AUH se ubica en el primer caso. El inter-
ventor social acata estrictamente lo que la ley dice sin
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 141
interpretaciones ni consideraciones sobre los casos indi-
viduales; modelo que, en consecuencia, no daría lugar al
despliegue de numerosas interacciones. A lo largo del capí-
tulo, no obstante, recuperamos la densidad de encuentros
cara a cara que esta política social generaba aun cuando se
trata de una ‘‘intervención burocrática’’. Sucedía más que
una ‘‘intervención burocrática’’.
Como sostiene D’amico (2020, p. 216), “la construcción
cotidiana de ‘lo estatal’ en las experiencias que dan vida
concreta a las políticas estatales sólo se termina de com-
prender si incorporamos al análisis los elementos afectivos
presentes en las instancias de encuentro cotidianas con el
Estado’’. En tal sentido, era una alquimia sugerente la que
tenía lugar en estos encuentros: se hacía de la letra escrita
–estatuida y preceptiva– una genuina representación dra-
mática –con ambientaciones, personajes y guiones–.
Al mismo tiempo, la trama situacional de la AUH no se
agotaba en “las ventanillas’’, es decir, en los encuentros de
las mujeres con las burocracias estatales. Hallamos encuen-
tros que se daban en escenarios que denominamos informa-
les –como por ejemplo el servicio social local y las comu-
nidades virtuales– y en los cuales participaban actores que
definimos como operadores informales –como por ejemplo
una trabajadora social, una referente barrial o una vecina–.
Estos encuentros trascendían el espacio de las burocracias
de calle (Lipsky 1980)2. Con ello, proponemos una lectura
de la AUH trasladada a otros ámbitos, como un tema que
se intercala en las conversaciones cotidianas que mantienen
las titulares en su entorno cercano.
Sintetizando, estos dos momentos que señalamos son
una forma de ordenar la vasta puesta en escenas que una
política social puede desatar o a la que puede estar aso-
ciada, sin pretender en ese sentido exhaustividad en su
reconstrucción. En lo que sigue, indagaremos en los tipos
2 En el apartado siguiente definimos las ‘‘burocracias de calle’’ para el caso de
la AUH.
[Link]
142 • TENER LA ASIGNACIÓN
de actores, los tipos de escenarios y los tipos de encuentros
que se desencadenaban a partir de la presencia de la AUH
en la vida de las familias.
3. Los actores
Como explica Danani (1996), la condición de destinatario/
a de un programa forma parte de una relación social que es
producto de procesos e interacciones en las que intervienen
diversos sujetos sociales. ¿Quiénes eran y qué hacían los
actores que intervenían en la dramaturgia de la AUH? Pudi-
mos identificar tres actores centrales: i) las mujeres titulares
y sus movimientos en ventanilla, ii) los agentes de las burocra-
cias de calle y su saber hacer y iii) los operadores informales y
su accionar imperceptible.
i) Las mujeres titulares y sus movimientos en ventanilla
El primer actor que señalamos son las mujeres titulares3. Este
capítulo mapea sus movimientos. La AUH ha simplificado
los recorridos administrativos: hay menos documentación
que juntar, menos entrevistas que pasar, menos contactos
que hacer, menos justificaciones que hallar y prácticamente
3 Nuestro foco está, a lo largo del estudio, puesto en las mujeres titulares de la
AUH y sus familias; sin embargo, como se verá, el trabajo en ventanilla les per-
tenece solo a ellas. Por eso detallamos aquí los movimientos que ellas hacían.
Sin embargo, cabe aclarar que otros miembros de las familias eran actores a
los que es imprescindible hacer referencia. En el cuarto capítulo, tomamos
en cuenta a las parejas de las titulares y se señala la presencia de los hijos
adolescentes como sujetos que demandan consumos específicos. En el quin-
to capítulo damos cuenta de la participación que, en ocasiones, tenía la fami-
lia ampliada en relación a los gastos alimentarios en común (en el apartado:
‘‘La familia ampliada’’). Por otra parte, cabe aclarar que si bien aquí, genera-
lizando, nos referimos a la titularidad de la AUH en términos femeninos, en
el capítulo cuarto se analizará la excepción de la titularidad masculina (en el
apartado: ‘‘Los convidados de piedra’’).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 143
no hay que insistir. Sin embargo, del recorrido ‘‘de ventani-
lla en ventanilla’’ (Schijman y Laé 2011, p. 68) la mujeres no
son eximidas y es un quehacer que no pueden delegar.
Son ellas quienes saben sobre ‘‘la importancia que
representa ocupar el espacio público de la ventanilla’’ (Schij-
man y Laé 2011, p. 68):
Por un lado, porque no cuentan con otro espacio más que el
público y, por otro lado, porque es una forma de seguir de
cerca los movimientos de los recursos locales. Entre dolen-
cias y reglas, requerimientos y favores, reivindicaciones y
decisiones de jurisprudencia, la ventanilla es uno de los luga-
res de ‘ejercicio de políticas sociales’.
El trabajo de estas autoras, Schijman y Laé, también
muestra que se trata de una práctica preeminentemente
realizada por mujeres. Hacen un verdadero ‘‘trabajo invi-
sible’’:
Es mal conocido no solamente porque es banal y cotidiano,
sino también porque está disperso en el espacio público,
escondido detrás de las sociabilidades y naturalizado, como si
formara parte del ‘orden natural de las cosas’. Lejos de desper-
tar orgullo, las rondas son percibidas como un ‘trabajo sucio’
hecho de fatigas, quejas y cólera. En el cruce entre el trabajo
doméstico y el trabajo relacional que suponen los trámites
administrativos, aparece la tentación de no ver allí sino un
simple cuchicheo de mujeres (Schijman y Laé 2011, p. 69).
Que el ‘‘trabajo invisible’’, en el caso de la AUH, sea
menos exigente si los comparamos con otro tipos de pro-
gramas sociales, no significa que pueda ser pasado por alto.
Todo lo contrario. Hacer inteligible ese ‘‘trabajo invisible’’
es uno de los propósitos de este capítulo. En ese sentido nos
preguntamos: ¿cómo eran los movimientos ‘‘de ventanilla
en ventanilla’’ que hacían las mujeres?
Primero, eran movimientos asimilados. ‘‘Lo tienen incor-
porado a su vida el tema de la asignación’’, expresó la direc-
tora de una escuela respecto de las mujeres titulares (Elsa,
[Link]
144 • TENER LA ASIGNACIÓN
4/12/17, Sabala). ‘‘Ya conocen todos los trámites que tienen
que hacer y es cada vez menos la orientación, cada vez
es menos porque ya está muy aceitado el funcionamiento’’.
‘‘Hacen el trámite solas, a la AUH no hay que orientarla’’,
agregó, en el mismo sentido, la trabajadora social de un
centro de salud (Ana, 5/1/17, El Sauce).
Eran movimientos sobre los cuales las mujeres habían
ganado dominio. Lo habían ganado en el tránsito, año tras
año, por los escenarios formales; era innegable que dedicaban
tiempo a dicha tarea, conocían los procedimientos, sabían
cómo hacer los recorridos y habían logrado tener saberes
prácticos que muchas veces transmitían a otras mujeres.
Para decirlo de una forma más concreta, tenían presente
en qué momento del año: pedían turno en el centro de
salud para realizar los controles médicos de sus hijos, se
presentaban en la escuela y pedían turno en ANSES para
acreditar ‘‘la libreta’’, cuidando el encadenamiento de esas
operatorias:
Por ejemplo, para llenar el papel [formulario de ANSES], yo
sé hacer así: antes del mes ya lo sé llevar a control [de salud]
a mi hijo. Cumple el 11 de julio. Yo tengo que esperar que
pase Julio. Entonces, julio, ya estamos casi a mitad de año. ¿Yo
qué hago? Antes [del 11 de julio] lo hago controlar, revisar,
lo hago ver. Y después recién voy y le dejo [el formulario]
por la ventanilla [del centro de salud] y les digo si me pueden
hacer llenar. Y me dicen: ‘sí, venite mañana a buscar el papel’.
Bien, re bien. No es que tenes que otra vez sacar turno, no.
Las chicas [empleadas del centro de salud] te dicen que si lo
has controlado a tu hijo ellas te hacen llenar el papel. Y así
(Cecilia, 2/11/ 2016, El Sauce).
En otras palabras, el orden de esos circuitos solía pla-
nificarse, no eran recorridos repentinos o librados al azar.
Lo que había que hacer, las mujeres lo tenían, en cierta
medida, estipulado.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 145
La asimilación se constataba, así, en el orden, en el
ritmo, que los movimientos tenían. Las prácticas vinculadas
al cumplimiento de las condicionalidades eran ordenado-
ras de una porción del tiempo de las mujeres. Parte del
dominio adquirido tenía que ver, precisamente, con haber
aprendido a seguir una periodicidad en esas prácticas: en
los controles de salud y el calendario de vacunación, en
las presentaciones administrativas anuales en las oficinas
de ANSES y en las fechas de cobro mensuales de la trans-
ferencia monetaria. Amoldarse a determinados tiempos y
obviamente también a los recursos y a las condicionalidades
impuestas por una política social, no era para muchas de las
familias un hecho novedoso.
Segundo, la asimilación de los movimientos se traducía
en una serie de aprendizajes. Por ejemplo, respecto del acer-
camiento al mundo bancario. La AUH aproximaba a las
mujeres al banco: a ‘‘la ventanilla’’, ‘‘al cajero’’, a la expe-
riencia de pagar mediante la tarjeta de débito y al acceso a
créditos bancarios. No sorprendía entonces la asimilación
que mostraban en torno a la jerga bancaria: ‘‘el retroactivo
es como una caja de ahorro’’ (Hilda, 15/5/17, Sabala), ‘‘saqué
el crédito y ahora me empiezan a descontar, me empiezan a
debitar’’ (María Emilia, 22/11/17, Sabala). La AUH tenía un
formato bancarizado al igual que sucedía con otras políticas
sociales. Ana, una joven titular de un programa de TMC,
narraba así su primera experiencia de bancarización. Si bien
el hecho no es sobre la AUH, sirve como referencia:
La primera vez [en el cajero] estaba por dónde se mete la
tarjeta. Había justo uno [empleado] de seguridad. Yo quería
sacar 200 pesos, poco. El [empleado] de seguridad me dijo
que sacara mil pesos, de una. Yo dije ¿qué voy a hacer con mil
pesos encima? ¿mira si me roban?’. Había ido para cambiar
la clave y entonces me fijé cuánto había, había mil cuatro-
cientos. Dije: ‘Vine a cambiar la clave, sacó 200 como para…’.
No, el de seguridad me sacó mil pesos de una y yo me quedé
diciendo por qué hizo eso, por qué no me explicó. Sacó los
mil. Yo dije, bueno, qué hago con esto. Justo estaba con mi
[Link]
146 • TENER LA ASIGNACIÓN
amiga, andaba por la calle y tenía mil pesos encima (entrevista
con Hernán, solicitante de la AUH, y su hija Martina, titular
del Progresar, 29/10/2016).
Incluso, cuando no se había adquirido suficiente domi-
nio, igualmente se había aprendido a zanjar dificultades.
Hacia el final de la entrevista, con el grabador apagado,
Marcela, una titular de la AUH, nos comentó que el dinero
lo retiraba ‘‘por ventanilla’’, ‘‘cobro por banco’’ y no ‘‘por
cajero’’, porque ‘‘no sé habilitar la tarjeta’’. ‘‘Hace cuatro
meses que tengo la tarjeta, nunca la habilité porque no
sé’’, nos repitió (1/11/17, Sabala). Los movimientos que la
AUH exigía hacer, su funcionamiento, se había incorporado
totalmente a la vida cotidiana y se había aprendido también
a hallar soluciones ante las dificultades operativas que se
pudieran presentar.
Tercero, los movimientos encerraban ‘‘salidas’’, las cuales
tenían ese formato: controles médicos, presentaciones
administrativas, idas al cajero automático. No es un pun-
to a desestimar dado que, para algunas familias, ‘‘salir del
barrio’’ podía ser un hecho poco frecuente. ‘‘Salimos cuando
hay que hacer algún trámite’’, comentaron Laura y Angela,
madre e hija, ambas titulares de la AUH (26/10/16, El Sau-
ce). El cumplimiento de las condicionalidades de la AUH
era parte de esos ‘‘trámites’’. Cuando les preguntamos a
ellas qué actividades hacían durante el día, no respondían.
Forzábamos sin querer una respuesta que no estaba cons-
truida como actividad. ‘‘Algún trámite, lavar y limpiar’’, nos
decían. ‘‘Salimos cuando hay que hacer algún trámite’’: esa
era una de las ‘‘salidas’’ posibles y habituales. Otro ejemplo,
lo hallamos en Sabala. El cajero automático más cercano
se encontraba a muchas cuadras de distancia; las mujeres
solían ir a un supermercado situado a una distancia menor
que el cajero más próximo. Allí compraban productos y
a la vez retiraban dinero ‘‘en la caja’’. Solo un colectivo,
que no pasaba por las calles internas del barrio, llegaba a
dónde se encontraba ubicado ese supermercado pero, aun
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 147
así, esa seguía siendo la opción más sencilla para poder
extraer dinero. Fueron varios los relatos, especialmente en
Sabala, que reflejaban que las mujeres no se desplazaban
asiduamente por fuera del entorno en el que vivían. Por
ese motivo, las ‘‘salidas’’ que la AUH en sus exigencias y
gestiones fomentaba no debían ser pasadas por alto.
Cuarto, progresivamente, una parte de los movimien-
tos ‘‘de ventanilla en ventanilla’’ están siendo reemplazados
por movimientos distintos, basados en gestiones virtuales4.
El más claro ejemplo de este cambio es que, como men-
cionamos en el primer capítulo, desde finales de 2018 la
presentación de ‘‘la libreta’’ puede realizarse de modo vir-
tual. ANSES efectivamente promueve el uso de estas plata-
formas: la página web de ANSES brinda información y la
sección ‘‘Mi ANSES’’, cuyo acceso requiere tener clave de
seguridad social, permite hacer gestiones. Estas gestiones
sucedían en contextos de fuerte privación. Entrevistamos
a Clara, una titular de la AUH, en su hogar en Sabala. Al
preguntarle detalles sobre las páginas web a las que solía
acceder, nos respondió: ‘‘mira que te muestro’’ e ingresó
rápidamente mediante su celular a Facebook. Clara, quien
había sacado un crédito, gestionado a través de la aplicación
de ANSES del teléfono móvil de una amiga, hasta hacía un
par de meses no tenía provisión de agua dentro del terreno
de su vivienda y, poco tiempo atrás, el piso de su casa
aún era de tierra5 (crónica de entrevista, 28/11/17, Sabala).
4 Proceso que sin dudas la pandemia del COVID 19 aceleró. En la etapa final
de escritura de este libro, justamente como asistencia suplementaria, a las
destinatarias de la AUH se les proporcionó el Ingreso Familiar de Emergen-
cia (IFE) de manera directa. Hasta el mes de julio de 2020 se habían efectua-
do dos pagos mensuales de diez mil pesos cada uno. Las destinatarias de la
AUH no tuvieron que hacer gestiones específicas, el pago se realizó directa-
mente. Para quienes eran destinatarias de la AUH, el proceso de transferen-
cia fue sencillo, especialmente si se lo compara con los sectores no bancari-
zados.
5 En el capítulo quinto, en el apartado ‘‘Dinero con múltiples significados’’,
retomamos la situación de Clara relacionando el endeudamiento con la
mejora en las condiciones de habitabilidad de su hogar.
[Link]
148 • TENER LA ASIGNACIÓN
El contraste entre la escena inmaterial y el lugar concre-
to donde transcurría, irrumpía de inmediato. Aludimos a
gestiones facilitadas por dispositivos virtuales que se daban
en entornos de atraso generalizado. Soportes virtuales des-
plegados en contextos estructuralmente precarios; es decir,
soportes que tenían como trasfondo barrios signados por la
falta o fuerte deficiencia de servicios básicos y de infra-
estructura en general6. El carácter de la gestión producía
una falta de correlato con las condiciones habitacionales en
las cuales tenía lugar.
Sintetizando, los desplazamientos ‘‘de ventanilla en
ventanilla’’ que hacían las mujeres seguían una periodicidad
que se había incorporado totalmente a la vida cotidiana.
Respecto de esos desplazamientos, las mujeres mostraban
destreza y habían aprendido a zanjar las dificultades opera-
tivas que podían presentarse. Los procedimientos de gestio-
nes puntuales, en algunos casos, podían verse facilitados por
el uso de soportes virtuales. Del conjunto de movimientos
de ventanilla las mujeres no eran eximidas y se trataba de
tareas indelegables.
6 Tensando el argumento podríamos notar que el Estado que, en Sabala, no
ofrecía adecuados servicios públicos e infraestructura, que fallaba en regular
a las empresas de energía, y se producían reiterados cortes de suministro
que provocaban incendios en las viviendas precarias e incluso el falleci-
miento de vecinos, también ofrecía aplicaciones modernas que facilitaban la
gestión de la AUH.
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TENER LA ASIGNACIÓN • 149
ii) Los agentes de las burocracias de calle y su saber
hacer
El segundo actor que presentamos son los agentes de las buro-
cracias de calle de la AUH7. Hacemos referencia a: burocracias
educativas –directivos de escuela–, burocracias médicas –pro-
fesionales de salud matriculados–, y burocracias administrati-
vas –operadores de ANSES–. Como bien señalan Ambort y
Straschnoy (2018), las burocracias de calle adquieren un rol
relevante porque, a diferencia del componente contributivo
del sistema de asignaciones familiares, la AUH cuenta con
condicionalidades que deben ser certificadas. Estos agentes
son quienes se encargan de esas certificaciones: firman ‘‘la
libreta’’ y hacen ‘‘las cargas’’ correspondientes8.
Nos introducimos en la caracterización de este actor a
partir de la mirada de Bourdieu sobre ‘‘los funcionarios’’ y
las capturas en su función:
7 Hacemos alusión a la perspectiva de Lipsky (2010, pp. 3-4). El concepto de
‘‘burócratas a nivel de calle’’ remite a los trabajadores del servicio público
que interactúan de modo directo con los ciudadanos en el curso de sus tra-
bajos. Mientras que la noción de ‘‘burocracias a nivel de la calle’’ refiere las
agencias de servicio público que emplean a un número significativo de
burócratas a nivel de la calle en proporción a su fuerza laboral. Los burócra-
tas típicos de la calle son: maestros, oficiales de policía, trabajadores sociales,
jueces, abogados públicos, trabajadores de salud y muchos otros empleados
públicos que posibilitan el acceso a programas gubernamentales y brindan
servicios.
8 Cabe aclarar que nuestro análisis hace foco en la apropiación colectiva que
de la AUH hacen las familias. Otros estudios, en cambio, analizan el proble-
ma desde un enfoque centrado en las instituciones y en el papel que asumen
los agentes que allí se desempeñan. Es decir, se basan en la apropiación que,
de esta política social, hacen las instituciones que la tornan operativa. Un
ejemplo, que da cuenta de la apropiación de esta política social en el sistema
educativo de la Provincia de Buenos Aires, visto desde las propias institucio-
nes educativas, puede encontrarse en Gluz y Rodríguez Moyano (2013). Los
resultados de ese estudio muestran las paradojas y las tensiones entre el
marco normativo y las representaciones sociales que se ponen en juego den-
tro de ese ámbito.
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150 • TENER LA ASIGNACIÓN
Paradójicamente, la rigidez de las instituciones burocráticas
es tal que, pese a lo que diga Max Weber, sólo pueden funcio-
nar mal o bien gracias a la iniciativa e incluso el carisma de los
funcionarios menos aprisionados en su función. Si quedara
librada a su mera lógica –la de las divisiones administrativas
que reproducen en la base las de las autoridades centrales
en ministerios separados y prohíben al mismo tiempo todo
accionar eficaz, es decir global, la lógica de los expedientes
que hay que ‘cursar y cursar’ sin cesar, la de las categorías
burocráticas que definen lo burocráticamente pensable (‘no
está previsto’), la de las comisiones donde se acumulan las
prudencias, las censuras y los controles– la burocracia se
condenaría a la parálisis (Bourdieu 2007b, p. 168).
En el desarrollo del capítulo, precisamente, observa-
mos situaciones que no seguían ‘‘la lógica de los expedientes
que hay que ‘cursar y cursar’ sin cesar’’: las experiencias
en las oficinas y en los operativos de ANSES, provistas de
afectividad para las mujeres, y también las experiencias en
los centros de salud en las cuales, al momento de la firma de
‘‘la libreta’’, surgían tensiones entre las titulares y los agentes
de salud. En nuestro análisis esas situaciones cuestionaban
la rigidez burocrática; reconocemos, en este punto, que la
estatalidad ‘‘se construye a través de afectividades, senti-
mientos y formas de reconocimiento que no necesariamen-
te responden al Estado como modo de dominación legal
racional, sino que van más allá del aparato burocrático-
administrativo, a la vez que lo constituye (D’amico 2020,
p. 209-210). Sin embargo, también observaremos instancias
que parecían seguir la lógica de las categorías burocráti-
cas fijas a las que se refiere el autor –como los encuentros
motivados por la firma de ‘‘la libreta’’ en los establecimien-
tos educativos–.
Era incuestionable que los agentes de las burocracias
de calle sabían hacer. La AUH era, en efecto, una política
arraigada en las instituciones. De uno y del otro lado del
escritorio –las mujeres titulares, por un lado, y los agentes
de las burocracias de calle, por el otro– había destreza,
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 151
había saberes prácticos sedimentados por el paso del tiem-
po. Unos y otros llevaban muchos tiempo de aprendizaje ya
que, recordamos, la AUH se implementa desde hace más de
diez años. Retomando la expresión de la trabajadora social
citada en el apartado anterior, a la AUH tampoco ‘‘había que
orientarla’’ al interior de las burocracias de calle.
No solo, respecto de la AUH, los agentes de las buro-
cracias de calle sabían hacer sino que además lo hacían de
modo rutinario. En los centros de salud, por ejemplo, ‘‘la
firma de la libreta’’ estaba instituida: se trataba de una políti-
ca arraigada y a la vez esa capacidad institucional ya había
sido, en parte, instalada antes de la AUH. ‘‘Indudablemente
el PF [Pograma Familias por la Inclusión Social, progra-
ma antecesor de la AUH] dejó instalada, en las familias
receptoras y en las instituciones sanitarias y educativas, la
práctica de certificar condicionalidades’’ (Straschnoy 2017,
p. 150). Fue un proceso que dio cuenta de un importante
aprendizaje para el Estado sobre los operativos de certi-
ficación. La AUH, sin embargo, supuso un desafío mayor
que ese programa. ‘‘El desafío fue fundamentalmente cuan-
titativo. Mientras el PF contaba con 700 mil receptores en
sus mejores momentos, la AUH alcanza a 3.8 millones, es
decir que se quintuplicó la población receptora’’ (Strasch-
noy 2017, p. 150).
Era comprensible, entonces, que completar el formula-
rio, ‘‘ahora’’, para los médicos, ‘‘es algo normal’’:
Yo en su momento, cuando la había tenido a ella [a su hija],
hace un par de años, como que a los médicos realmente les
molestaba [completar el formulario]. De que ellos perdieran
ese tiempo llenando un papel. Hoy por hoy, cuando yo fui, lle-
né los dos papeles de la nena: como que ya es normal. Le dije:
‘mira, disculpame, saqué el turno para que la atiendan, pero
también me gustaría saber si me pueden llenar estos papeles,
que la verdad no entiendo’ y me dijo: ‘¿cuál es, el formulario
147?’. Le dije ‘no sé’ y me dijo ‘sí, dámelo que te lo lleno’. Me
pidió las vacunas de la nena, que había llevado, y me lo hicie-
ron (María José, titular de la AUH, 13/12/16, El Sauce).
[Link]
152 • TENER LA ASIGNACIÓN
A la vez, otros agentes de las instituciones, que no esta-
ban involucrados directamente en la firma de ‘‘la libreta’’,
tenían incorporada la AUH también a sus rutinas de traba-
jo. Ser titular de la AUH o bien del Programa Ciudadanía
Porteña, por ejemplo, era una pregunta hecha en la primera
entrevista que el equipo interdisciplinario de un centro de
salud en El Sauce mantenía con los pacientes. Escena que
se replicaba en el equipo escolar de una escuela de Sabala.
Al entrevistar a las familias de los alumnos, se completaba
una planilla que incluía un casillero en el cual se registra-
ba si la familia accedía o no a la AUH; era parte de los
datos duros a recabar.
Retomando lo expuesto, los movimientos que era nece-
sario hacer en los recorridos administrativos de la AUH
eran bien conocidos por todos, tanto por las mujeres titula-
res como por los agentes de las burocracias de calle. A más
de diez años de funcionamiento, nada en los escenarios for-
males de esta política sociales parecía estar improvisado.
iii) Los operadores informales y su accionar
imperceptible
El tercer actor que presentamos son los operadores informales
de la AUH. Por la posición que ocupaban –trabajadora
social, referente barrial, promotora de salud–, por el víncu-
lo cercano que tenían con la titular de la AUH –vecina,
familiar– o por contar sencillamente con el mismo estatus
que la titular –ser también titular de la AUH–, estas perso-
nas quedaban tácitamente habilitadas para estar presentes
y actuar espontáneamente cada vez que fuera menester. Es
decir, podían ser agentes estatales tanto como agentes no
estatales. En otras palabras, eran personas cercanas a las
titulares que, en relación a la AUH, ejecutaban pequeñas
acciones no previstas.
La presencia de los operadores informales, por cier-
to, era infinitesimal: un consejo, un dato, un mapa, una
colaboración indirecta que era inadvertida, incluso, para
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 153
ellos mismos. No tenían posición, intereses ni motivaciones
compartidas. Carecían de jerarquías oficiales: su implica-
ción se daba de hecho y sus acciones se veían naturales, no
había artificio en lo que hacían. Su accionar era invisible,
operaban de modo subterráneo.
Realizaban su cometido cuando: facilitaban procedi-
mientos, brindaban información y transmitían sentidos.
Esos tres eran sus puntos en común. Hacemos recortes que
ilustran cada uno de estos puntos:
• Facilitaban procedimientos. Por ejemplo, una vecina le
tramitaba a otra, cada vez que era preciso, el turno de
ANSES’’ solicitándolo a través de su teléfono celular y
conexión a internet; o bien, la ayudaba, por la misma
vía, a gestionar ‘‘el crédito de ANSES’’ (Clara, 28/11/
17, Sabala). A la vez, un equipo de trabajadoras socia-
les de un servicio social barrial imprimían copias del
formulario de la AUH –‘‘la libreta’’– y las tenían pre-
paradas para, cuando fuera necesario, facilitar el acceso
de las mujeres al formulario (notas de campo, servicio
social, 8/11/17, Sabala). O bien, una trabajadora social
de un centro de salud convencía al pediatra para que
atendiera sin turno a una mujer que tenía que comple-
tar el control de salud y firmar ‘‘la libreta’’. Lo hacía
porque la mujer ya tenía un turno fijado en la oficina
de ANSES y, en caso contrario, lo perdería (Ana, 5/
1/17, El Sauce).
• Ofrecían información. Una referente barrial, que lideraba
un comedor comunitario, vociferaba las novedades de
si había o no ‘‘bono de fin de año’’ (notas de cam-
po, ‘‘comedor de Marcela’’,13/11/17, Sabala). La mis-
ma referente, en el surgimiento de la AUH, alentó a
muchas mujeres que asistían al comedor para que ‘‘se
anotaran’’ (notas de campo, ‘‘comedor de Marcela’’, 18/
10/17, Sabala). A su vez, una trabajadora social, de un
servicio social barrial, daba información a las mujeres
que se acercaban sobre dónde y cuándo iba a estar el
[Link]
154 • TENER LA ASIGNACIÓN
operativo móvil de ANSES. Dado que se instalaba en
el barrio, el operativo hacía más sencilla la presenta-
ción de ‘‘la libreta’’. Una mujer no conocía la zona y
‘‘salía poco’’ del barrio, entonces la trabajadora social
hizo improvisadamente un mapa en un papel y le expli-
có cómo llegar al operativo9 (notas de campo, servicio
social, 25/10/17, Sabala). O bien, una mujer titular de la
AUH hacía circular, en una comunidad virtual confor-
mada por titulares de la AUH, la fecha en que iba a estar
cargada ‘‘la tarjeta’’. En la misma red, para dar cuenta
de su experiencia, otra mujer compartía una ‘‘captura
de pantalla’’ que mostraba la aprobación del crédito de
ANSES que había podido obtener10.
• Transmitían sentidos. Una promotora de salud barrial
brindaba consejos a las mujeres con las que interac-
tuaba sobre qué hacer con el dinero de la AUH. ‘‘Yo
trato de que se proyecten’’, entonces ‘‘les digo, a ver,
vos cuando cobrás la asignación, mostrale a tus hijos
que hay otras cosas por fuera del barrio, armen una
salida’’, porque ‘‘la gente no sale del barrio, no conocen
la estación [de tren] Sabala’’ (Natalia, 5/12/17, Sabala).
Por otra parte, una mujer titular de la AUH comentaba
que su vecina malgastaba el dinero de la AUH o que,
su otra vecina, en cambio, lo utilizaba adecuadamente
y que a los niños se los veía ‘‘bien vestidos’’11.
La cobertura de la AUH puede verse afectada por las
dificultades para acceder a las instituciones y a la informa-
ción requerida para realizar la gestión y permanecer en el
programa, ya que, si bien la tramitación es relativamente
9 Esta escena, muy frecuente, es retomada más adelante al analizar la injeren-
cia que tiene la AUH en un escenario y en las relaciones propias de la asis-
tencia social. Apartado: ‘‘Encuentros resignificados’’.
10 Se referencian estos datos, más adelante, en el apartado ‘‘Encuentros resig-
nificados’’.
11 Este aspecto lo desglosamos en el capítulo siguiente, en el apartado ‘‘Los
adjetivos que juzgan’’.
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TENER LA ASIGNACIÓN • 155
sencilla, las ‘‘características del propio diseño o de la imple-
mentación concreta de la política podrían estar causando
trabas u obstáculos para incluir a las poblaciones más segre-
gadas o vulnerables’’ (Cetrángolo 2017, p. 17). Observando
este aspecto, no debe menospreciarse el rol que este actor
subterráneamente cumple en el plano operativo: ayudaba
en el proceso de concreción de la política social e incluso, a
veces, hasta posibilitaba dicha concreción.
Este actor cumplía una función dentro del proceso que
le daba vida a la política social analizada. ¿Qué quedaría
de la AUH, a qué sería reducida, sin esta red activadora
que operaba de modo subterráneo, casi imperceptible? No
se trataba de una red siempre generosa; era una red que,
además de ayudar y facilitar, solía juzgar y se atribuía la
capacidad de transmitir horizontalmente sentidos hacia las
mujeres titulares, esgrimiendo qué era correcto o no hacer,
ante diversas situaciones. Entonces, este actor, aun cuando
no existe en el lenguaje de la política social, es fundamental
en el proceso de su apropiación colectiva.
En conclusión, fuimos desglosando quiénes eran los
actores que intervenían en la trama situacional de la AUH.
Las mujeres titulares, los agentes de las burocracias de calle
y los operadores informales urdían la trama escénica de la
AUH. Los agentes burocráticos lo hacían de modo pautado
y formal; estaban implicados en la mecánica rutinizada de
esta política social. Los operadores informales, en cambio, lo
hacían de modo espontáneo y no previsto; formaban una
red horizontal que, sin definirlo, facilitaba la gestión, pro-
veía información y atribuía sentido. Las mujeres titulares
eran quienes estaban a cargo de todos los movimientos,
sin delegarlos. Estos eran los tres actores que participaban
activamente de las interacciones cara a cara que esta política
social desencadenaba.
[Link]
156 • TENER LA ASIGNACIÓN
4. Los escenarios
En los encuentros cara a cara es posible distinguir un medio,
en el cual se incluye el mobiliario, el decorado, los equipos
y el resto de los elementos del trasfondo escénico, tal como
fue planteado anteriormente, en base a Goffman (2006a, p.
34). Denominamos aquí como escenarios a esos medios donde
los encuentros cara a cara se desarrollan. ¿Cuáles eran esos
escenarios donde interactuaban los tres actores identifica-
dos? Señalamos dos tipos de escenarios: los formales y los
informales. También definimos algunas características que
estos escenarios tenían en común.
Por una parte, estaban los escenarios formales. Eran aque-
llos que hacían al funcionamiento institucional de esta polí-
tica social a nivel de las burocracias de calle. Retomando la
clasificación del apartado anterior, se trataba de burocracias
educativas –establecimientos educativos–, burocracias médi-
cas –centros de salud y hospitales–, y burocracias administra-
tivas –oficinas, operativos barriales y soportes virtuales de
la ANSES12–. En estos escenarios los agentes de las buro-
cracias de calle intervenían desarrollando sus rutinas de tra-
bajo, de las cuales formaba parte la concreción de la política
social que analizamos. No solo los agentes de la burocracia
de calle transitaban estos escenarios, también lo hacían los
operadores informales que solían facilitar procedimientos y
proveer información, operando indirectamente13.
12 Si bien los incluimos tangencialmente en nuestro análisis, aquí también
están presentes las sedes bancarias y los cajeros automáticos.
13 Los ejemplos los expusimos en el apartado anterior: la promotora de salud
barrial brindaba consejos a las mujeres con las que interactuaba sobre qué
hacer con el dinero de la AUH; o bien la trabajadora social de un centro de
salud que convencía al pediatra para que atendiera sin turno a una mujer
que tenía que completar el control de salud y firmar ‘‘la libreta’’. Estos eran,
desde nuestra clasificación, operadores informales de la AUH situados en esce-
narios formales.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 157
Por otra parte, estaban los escenarios informales. Eran
aquellos en los cuales se conversaba acerca de la AUH pero
que, estrictamente, no eran ámbitos propios de esta política
social. Si bien eran extra burocráticos, a menudo lo que
allí sucedía favorecía los procesos burocráticos y, en defi-
nitiva, la concreción de la política social analizada14. Estos
escenarios eran sumamente variados porque, de acuerdo a
la manera en que en nuestro estudio los analizamos, coin-
cidían con cualquier espacio de encuentro cara a cara en
los cuales se remitiera espontáneamente a algún contenido
relacionado con la AUH15. Quienes transitaban estos esce-
narios eran los operadores informales de la AUH facilitando
procedimientos, proveyendo información y transmitiendo
sentidos. Los ejemplos puntuales que vamos a considerar
en nuestra caracterización son dos: los servicios sociales
locales y las comunidades virtuales. Los seleccionamos por-
que, en ellos, pudimos observar con claridad cómo ciertos
contenidos de esta política social se tematizaban. La AUH
se volvía tema fuera del guión; documentamos, así, que su
funcionamiento no se ceñía al ámbito formal.
14 Los ejemplos los expusimos en el apartado anterior: la mujer titular de la
AUH que hacía circular, en una comunidad virtual conformada por titulares
de la AUH, la fecha en que iba a estar cargada ‘‘la tarjeta’’. En la misma red,
para dar cuenta de su experiencia, otra mujer compartía una ‘‘captura de
pantalla’’ que mostraba la aprobación del crédito de ANSES que había podi-
do obtener; o bien, la trabajadora social, de un servicio social barrial, daba
información a las mujeres que se acercaban sobre dónde y cuándo estará el
operativo móvil de ANSES. Dado que se instalaba en el barrio, el operativo
hacía más sencilla la presentación de ‘‘la libreta’’. Estos eran, desde nuestra
clasificación, escenarios informales, extra burocráticos; sin embargo, lo que
sucedía allí favorecía los procesos operativos y la concreción de la política
social analizada.
15 Esta laxitud es intencional. Tiene que ver con un aspecto señalado en las
consideraciones metodológicas, en la Introducción del libro. Expresábamos
allí la importancia que tenía, en nuestro estudio, conocer el contexto próximo
de las familias. Explicábamos que pudimos reconstruirlo a partir de realizar
entrevistas a los actores cercanos a las familias (trabajadora social, referente
barrial, promotora de salud) y de hacer observaciones etnográficas en las
instituciones locales. Por contexto próximo comprendemos, como fue mencio-
nado, a las instituciones de las burocracias de calle y a las instituciones loca-
les, estatales y no estatales, que dan apoyo a las familias.
[Link]
158 • TENER LA ASIGNACIÓN
Habiendo distinguido los escenarios formales y los esce-
narios informales, a continuación analizamos algunas de sus
características. Los escenarios formales eran eficaces en pre-
sentar a la AUH como una política silenciosa; es decir, con
pocas puestas en escena que permitieran individualizar a
sus titulares.
En varias paradas de colectivo, de Sabala, aparecía pro-
lijamente pintada la inscripción Argentina Trabaja. Cami-
nando por la calle, o en el centro de salud del barrio, nos
cruzamos muchas veces con personas que llevaban remeras
con las inscripciones Sabala Trabaja y Argentina Trabaja.
En la mañana o al mediodía, era algo corriente toparse con
las cuadrillas de cooperativistas avocados a las tareas de
cuidado del barrio y de mejora de la infraestructura. Por
ejemplo, barriendo, arreglando plazas, reparando veredas.
Bolsones enormes que servían para juntar materiales para
reciclar, los galpones destinados a ser lugares de acopio, las
partes de autos de descarte apiladas, los camiones en plena
actividad de carga y descarga, carretas y caballos que salían
a recolectar, fueron también imágenes nítidas del barrio.
Los vecinos realizaban actividades de recolección, carga,
descarga, acopio y clasificación de residuos para reciclar.
Muchas de esas familias eran cooperativistas del Argenti-
na Trabaja, nucleados en la Confederación de Trabajadores
de la Economía Popular –CETEP16–. Todas estas referen-
cias, por cierto, remiten a un programa de empleo, que es
nacional, con fuerte anclaje en el conurbano bonaerense,
se basaba en la formación de cooperativas de trabajo y era
compatible con la AUH, el Programa Argentina Trabaja.
Las breves situaciones descriptas alcanzan para dar
cuenta que este programa social era bullicioso; en cier-
ta manera, cargaba con datos que permitían reconocer a
sus titulares. Atributos que identificaban, hacían visible,
16 La Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) es una
organización que representa a los trabajadores de la economía popular y sus
familias.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 159
exponían. Cuando los cooperativistas recorrían, día a día,
los escenarios de este programa se singularizaban. ¿Cómo
eran comparativamente las puestas en escenas que generaba
la AUH? ¿Había momentos en los cuales esta política social
develaba a sus titulares? Al contrario de lo relatado en los
párrafos anteriores, prácticamente no había atributo que
en los escenarios formales hiciera posible singularizar a sus
titulares. Por decirlo de algún modo, en esos escenarios, esta
política social se entremezclaba.
Exponemos algunos ejemplos acerca de cómo la AUH,
en escenarios formales, se entremezclaba:
• El cronograma de cobro de la AUH formaba parte
un esquema de cobro más extenso, que incluía a
muchas otras transferencias estatales: Programa Pro-
gresar, pensiones y jubilaciones contributivas, pensio-
nes no contributivas, seguro de desempleo. Al recorrer
cajeros automáticos o sedes bancarias podían verse a
los destinatarios de un conjunto de políticas públicas,
con base de funcionamiento en ANSES, haciendo fila
según el cronograma de pagos de cada prestación.
• La atención de las mujeres destinatarias de la AUH
en las oficinas de ANSES coincidía con la atención,
en paralelo, a destinatarios de numerosas prestaciones
sociales. Ciertamente, es una consecuencia del corri-
miento que produce la AUH desde las instituciones de
asistencia, con la figura típica de los servicios sociales,
hacia la gestión de una asignación monetaria, en las
oficinas de ANSES17.
• En el centro de salud o en la escuela, lugares donde
las mujeres debían acudir para cumplimentar las con-
dicionalidades, y aunque sea una obviedad decirlo, se
desarrollaban otro tipo de actividades más allá de la
17 El contraste entre los recorridos por servicios sociales y la AUH como una
política social tramitada en las oficinas de ANSES fue caracterizado en el
segundo capítulo, apartado ‘‘Diferentes modos de intervención estatal’’.
[Link]
160 • TENER LA ASIGNACIÓN
atención a titulares de la AUH. No eran ámbitos que
tuvieran a la gestión de la AUH como incumbencia
exclusiva.
En los tres ejemplos observamos cómo diferentes ruti-
nas pueden emplear una misma fachada (Goffman 2006a, p.
39). Es por eso que la AUH, en escenarios formales, se entre-
mezclaba. Un contraejemplo acontecía en el que podríamos
considerar, de acuerdo a la clasificación realizada, un esce-
nario informal: los supermercados. La tarjeta de débito, con
sus inscripciones: ‘‘Asignación Universal por Hijo para Pro-
tección Social’’, a la izquierda, y ‘‘Presidencia de la Nación’’,
a la derecha, era la única marca que, en ese ámbito, evi-
denciaba la titularidad de esta prestación. Un plástico eficaz
para singularizar a las receptoras de una política social. Las
familias, no obstante, podían eventualmente tener tarjetas
de débito correspondientes a otras políticas de transferen-
cia estatales18.
En suma, la AUH era una política silenciosa: no era senci-
llo hallar instancias en las cuales asignara atributos o marcas
capaces de develar a las mujeres como titulares. Los escena-
rios formales de la AUH camuflaban a las mujeres titulares:
las hacían pasar desapercibidas. En otras palabras, reducían
‘‘la capacidad descodificadora de la audiencia’’ (Goffman
2006b, p. 66). ‘‘Lo que dicen acerca de la identidad social de
un individuo aquellos que lo rodean, en todo momento de
su diario vivir, tiene para él enorme importancia’’ (Goffman
2006b, p. 64). Los escenarios formales eran eficaces en lograr
que, acerca de la identidad social de las titulares, otros indi-
viduos, dijeran poco.
Al mismo tiempo, los escenarios, tanto formales como
informales, eran eficaces en hacer de la AUH una política
social que homogenizaba, que uniformizaba. Es decir, una polí-
tica social que producía equivalencia y lograba desmarcar
18 Punto que se detallará en el capítulo quinto, apartado: ‘‘Las otras coberturas
sociales’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 161
porque conducía a que sus titulares fueran nombradas
como parte de un colectivo. Lo que buscamos señalar es
que el universo de concurrentes a diferentes escenarios,
tanto formales como informales, coincidía con el universo
de las mujeres titulares y los niños y niñas destinatarios
de la AUH.
Citamos algunos ejemplos del carácter que tenían los
escenarios de la AUH, gracias al cual se lograba desmarcar
a sus titulares. En una escuela, su directora fue elocuen-
te: ‘‘rara vez firmamos [el formulario de] salario familiar
[SUAF], acá todos tienen asignación. No recuerdo cuándo
fue la última vez que firmé salario’’. Con la AUH, los alum-
nos ‘‘tienen un punto en común’’ y ‘‘ahora son todos iguales,
todos lo tienen’’ (4/12/17, Sabala). Por otra parte, en un
comedor comunitario, una trabajadora social afirmó que
‘‘la mayoría de las mujeres que participaban en el comedor
de Marcela’’, tanto quienes colaboran en las tareas como
quienes reciben alimentos, eran destinatarias de ‘‘la asigna-
ción’’ (25/10/17, Sabala). Al mismo tiempo, respecto de un
complejo habitacional, una referente barrial nos persuadió:
‘‘acá en [la calle] Marín, la mayor parte [de sus habitantes]
tiene la asignación’’ (26/12/16, El Sauce). Por último, en
un centro de salud, una médica expresó: ‘‘la mayoría de
las mamás que se acercan para controles de salud, es por
completar la libreta de asignación. Son muy pocos quizás
los que no tienen una asignación que realizan los controles
acá’’ (8/2/18, Sabala).
La uniformidad, y por lo tanto el borroneo que se
producía, era recurrente. La AUH se extendía en los barrios
haciendo que vecinos, familias de la escuela, concurrentes a
un centro de salud y participantes de un comedor comuni-
tario, compartieran una misma condición. Había equivalen-
cia, equiparación. A los observadores les era difícil encontrar
‘‘solo individuos de una clase determinada en un marco
social dado’’ (Goffman 2013a, p. 13). Porque, metafórica-
mente, los roles que esta política hacía jugar eran juga-
dos por todas las jugadoras y los efectos que se creía que
[Link]
162 • TENER LA ASIGNACIÓN
producía llegaban a todos los niños y niñas; era un momento
llamativo en el cual mujeres titulares y niños y niñas desti-
natarios pasaban a ser nombrados como parte de un colectivo.
Esas eran, en conclusión, las características destacables
que, según pudimos observar, tenían los escenarios formales
e informales en los cuales transcurrían los encuentros cara a
cara de la política social estudiada.
5. Los encuentros cara a cara
Analizamos, a continuación, dos tipos de encuentros cara a
cara distintos. Primero, los encuentros resignificados: si bien se
trata de encuentros que ya sucedían, a partir de la presencia
de esta política social se vieron modificados; la llegada de
esta política social les añadió nuevos sentidos. En este grupo
incluimos a: i) la asistencia a la escuela, ii) la consulta médi-
ca, iii) la concurrencia al servicio social y iv) los intercam-
bios en las comunidades virtuales. Segundo, los encuentros
que se transformaron en regulares: podían ser nuevos en la
vida de las familias o haber tenido lugar con anterioridad,
sin embargo pasaron a ser regulares, sistemáticos, a partir
de la presencia de esta política social. En este grupo inclui-
mos a los encuentros cara a cara que las mujeres tenían
en ANSES: i) en la sede, ii) en los operativos barriales y
iii) los encuentros cara a cara que podían desencadenarse
a partir del uso de los soportes virtuales que ofrecía esta
institución. Reconstruimos, a continuación, cada uno de
estos encuentros.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 163
5.1 Encuentros resignificados
i) Una práctica administrativa: en la escuela
La presencia de la AUH añadía una práctica burocrática a la
rutina habitual del ámbito escolar: ‘‘en dirección’’, una vez
al año, los directivos de la escuela firmaban el formulario
de ANSES19. Quienes concurrían a realizar esa gestión eran
principalmente mujeres –madres o, en algunos casos, abue-
las– y quienes estaban autorizados a realizar esa gestión en
los establecimientos escolares eran los directivos.
El encuentro cara a cara era expeditivo. La directora
cotejaba, completaba datos y firmaba; ‘‘es una cuestión
meramente operativa’’, tal como observó Paloma, la trabaja-
dora social del equipo escolar (15/12/17, Sabala). El relato
de Elsa, directora de escuela, resulta ilustrativo:
[En la oficina de ANSES] les dan una planilla para llenar [el
formulario], [las mujeres titulares] vienen a la escuela, llenan
la parte de educación, que son sus datos, a qué grado asisten,
si son alumnos de este ciclo lectivo y si fueron al anterior.
Esas son las únicas dos preguntas para la escuela y el grado,
nada más, otra cosa no tiene. Y hay un sector de la planilla
de la asignación que es de salud, nada más. Los datos de los
nenes, listo, se entrega, se firma. Lo que nosotros, cuando
lo traen, cotejamos que el nene tenga asistencia. Primero, si
realmente está inscripto y segundo, que tenga asistencia en la
escuela (4/12/17, Sabala).
19 En algunos casos podía haber mediaciones en la certificación. ‘‘Las prácticas
de certificación de los directivos (requeridas en la Libreta por la ANSES) son
precedidas por prácticas de secretarios y preceptores (nivel primario y
secundario respectivamente). Estos dos últimos tipos de agentes se manifes-
taron sustancialmente relevantes en la cadena operativa para certificar la
asistencia escolar, ya que median entre el pedido de la firma por parte de las
familias y los directores’’ (Ambort y Straschnoy 2018, p. 145).
[Link]
164 • TENER LA ASIGNACIÓN
Identificamos, en coincidencia con Ambort y Strasch-
noy (2018), una dinámica en la cual, en este caso los direc-
tivos y las trabajadoras sociales del equipo de orientación
escolar, parecían percibir a la condicionalidad como ‘‘una
práctica administrativa antes que como un mecanismo de
control que pueda aumentar la matricula, la retención o
la mejora en la regularidad de la asistencia’’ (Ambort y
Straschnoy 2018, p. 147). Los encuentros cara a cara deno-
taban, en efecto, ese carácter administrativo y pragmático.
En consonancia con este rasgo, las mujeres tenían poco
para narrar acerca de lo que sucedía en este escenario for-
mal. Costaba componer las puestas en escena porque los
relatos eran austeros en detalles, esperables, casi mecani-
zados. Por ejemplo, Tatiana, una titular de la AUH, homo-
logaba la firma de ‘‘la libreta’’ en la escuela a un trámite
‘‘en ventanilla’’:
Cuando uno tiene que llenar la libreta y eso, muy bien, son
muy copados. Yo las veces que he ido, no tenes que ir con
anticipación, no. Son bastante copados. Vas a la ventanilla.
De última, si están muy ocupados te dicen: ‘dejame la libreta
con el nombre del nene’. Y después cuando vas a la tarde a
buscarlo o al otro día lo pasas a buscar, pero sí, te llenan de
toque (5/11/16, El Sauce).
Podía darse la situación, en casos específicos, de que
la firma del formulario no generara encuentros cara a cara.
Elena, una titular de la AUH, enviaba en el cuaderno de
comunicaciones el formulario ‘‘con una notita’’ y ‘‘al otro
día’’ lo recibía con los casilleros rellenados y firmado. ‘‘En
dos o tres días, máximo, me dicen [por escrito], ‘mamá ya
llenamos el papel’ [el formulario de ANSES] ’’ (19/11/2016,
El Sauce). Cuando conversamos con María, otra titular de la
AUH, le preguntábamos: ‘‘¿cómo es el trato que reciben en
la escuela las familias que tienen la asignación?’’. Hacíamos
sin saberlo una pregunta imposible de contestar: en reali-
dad, ella le pedía a sus hijos que ‘‘le entreguen la libreta a los
maestros’’ y, una vez firmada, ‘‘la libreta’’ sencillamente era
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 165
traída a casa nuevamente por los hijos. Las interacciones
cara a cara, en algunas ocasiones, podían ser reemplazadas
por idas y venidas del formulario a través del ‘‘cuaderno
de comunicaciones’’.
En suma, en el establecimiento educativo se generaba
una interacción muy particular: tenían lugar encuentros
cara a cara breves y pautados hasta el límite de ser equipara-
bles a una práctica administrativa. A la vez que esporádicos,
de acuerdo a lo fijado por los lineamientos formales. De
ese modo peculiar la presencia de la AUH resignificaba las
interacciones que las mujeres titulares usualmente mante-
nían en ese escenario.
ii) Una práctica integrada a la consulta médica: en el centro
de salud
El centro de salud era, de manera esperable, un escenario
conocido por las mujeres; un escenario con el cual había
proximidad más allá de la presencia de la AUH. Más aún,
observamos que prevalecía un vínculo de confianza de las
mujeres con esta institución. Sin embargo, la presencia
de la AUH introducía algunos dilemas: complejizaba los
encuentros cara a cara que las mujeres tenían con mayor
o menor frecuencia en esos establecimientos. Sucedía que
en la consulta médica solía darse una superposición: la prác-
tica administrativa –de firma de ‘‘la libreta’’– se montaba
sobre el momento específicamente médico –de control y
vacunación–.
Por un lado, la práctica administrativa de firma de ‘‘libre-
ta’’ era ágil, expeditiva, sucedía lo mismo que señalábamos
en el apartado previo con respecto a los establecimientos
educativos. Podía incluso, en ciertos casos, no haber inter-
acción con el médico para la firma de ‘‘la libreta’’ sino
directamente con el personal administrativo del centro de
salud. En un centro de salud, en el Sauce, siempre que los
niños tuvieran los controles de salud realizados en tiempo
[Link]
166 • TENER LA ASIGNACIÓN
y forma, las mujeres podían simplemente llevar el formu-
lario a las empleadas administrativas y, al día siguiente, lo
retiraban ya firmado:
Si las familias ya tienen el control adecuado, en general se
manejan las chicas de admisión, las administrativas. Si la his-
toria [clínica] tiene el control adecuado según la edad, le dejan
el formulario en la historia y se lo dan a la médica que corres-
ponda, y en general de un día para el otro, o de la mañana a la
tarde, depende a qué, en qué momento vino, lo pasan a buscar
por ventanilla. El tema es cuando no lo tiene, ahí hay que
hacer el control, porque no lo tienen hecho (Ana, trabajadora
social de centro de salud, 5/1/17, El Sauce).
En este centro de salud se consideraba que, así, evita-
ban ‘‘la pérdida’’ de turnos de pediatría ‘‘solo para completar
el formulario’’. En los centros de salud de Sabala, sucedía
algo similar. Si bien se destinaban turnos de pediatría a
la firma del formulario, se compartía el criterio práctico:
siempre que en la historia clínica de los niños constaran
los controles de salud correspondientes, completar el for-
mulario de ANSES se transformaba en una tarea sencilla
y expeditiva.
Por otro lado, el momento médico solía, además de expre-
sar como fue dicho al inicio un vínculo de cercanía, ser
parsimonioso. Lo explicó adecuadamente una médica con
quien conversamos: la consulta no era ‘‘llenar el formulario
y nada más, firmar un papel’’, se trataba, en realidad, de
un control de salud completo y periódico que ‘‘servía para
diagnosticar un montón de cosas’’. En realidad, ‘‘son consul-
tas que llevan tiempo si se hacen adecuadamente, porque no
es solamente pesarlos y medirlos’’. En ese sentido, ‘‘algunos
colegas’’ hacen ‘‘mal uso’’ de la consulta: ‘‘la desvirtúan’’. ‘‘A
las chicas [adolescentes titulares de la AUH] les pregunto
método anticonceptivo y si quieren el método anticoncep-
tivo se los doy’’, ejemplificó la médica en un esfuerzo por
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 167
no simplificar ni tampoco rutinizar la instancia de control
médico que la presencia de la AUH, en su marco formal,
estipulaba (Lorena, 18/11/17, El Sauce).
Era difícil hacer encajar la práctica administrativa de
firma de ‘‘libreta’’ en el molde de la consulta médica. Sur-
gían tensiones. Por una parte, aparecía la adjetivación ‘‘los
planeros’’ y la ecuación simplificada tenía la siguiente sin-
taxis: ‘‘llenar la libreta para cobrar’’. No era más que un
lugar común que se recreaba, en este caso, en el ámbito
sanitario: la firma de ‘‘la libreta’’ se convertía en la instan-
cia concreta que permitía desplegar rótulos estereotipados
hacia las mujeres titulares. En su análisis, Garcés (2017, p.
56) observa algo similar:
Los agentes estatales reconocen a la AUH como una ayuda
económica para las familias con hijos que se encuentran en
situaciones de pobreza; sin embargo, opinan que la misma
debería ser una medida transitoria porque de sostenerse en
el tiempo fomenta la vagancia. Una de las ideas/conceptos
que aparece con más frecuencia en las percepciones de los
agentes y que ‘atraviesa’ sus interpretaciones o significacio-
nes en torno a la AUH y sus condicionalidades, es el valor
asignado al trabajo asalariado mercantil como fuente legí-
tima de obtención de ingresos para la satisfacción de las
necesidades y la cultura del trabajo como un valor que es
necesario recuperar.
La idea por parte de algunos profesionales de que las
mujeres cumplían con los controles de salud priorizando el
fin de recibir la transferencia económica es una represen-
tación que también encuentran Ambort y Straschoy (2018)
en su análisis sobre las burocracias sanitarias. Si bien se
analiza la AUE, igual es válida la argumentación. Identi-
fican las autoras:
Se observa en el sector sanitario una fuerte vinculación
entre la mirada de la burocracia sanitaria sobre la AE y las
pacientes, y el tipo de apropiación del proceso de certifica-
ción de la condición de embarazo. Las burócratas sanitarias
[Link]
168 • TENER LA ASIGNACIÓN
comprenden a la AE de forma ambivalente: como ‘horror’ y/
o como ‘oportunidad’. En ocasiones, ciertas agentes expresan
estas dos imágenes conjuntamente. En otras sólo uno de los
dos polos. Básicamente, se pone en cuestión que las embara-
zadas cuiden su embarazo como resultado del incentivo eco-
nómico que supone la AE (motivos espurios) y no por razones
altruistas, lo cual es percibido como un ‘horror’ (Ambort y
Straschoy 2018, pp. 152-153).
Algunos médicos ‘‘se quejan de la gente porque dicen
que son unos planeros’’, nos explicaba una médica en refe-
rencia a otros colegas. Esa expresión circulaba de manera
solapada: ‘‘solo vienen [al centro de salud] por la asigna-
ción o para retirar la leche’’. Si es así, insistió la médica,
‘‘claramente vos estás transformando a la otra persona en
el que cobra un subsidio y nada más’’ (8/11/17, El Sauce).
Haciendo una apreciación similar, una promotora de salud
solía detenerse para corregir, con elocuencia, el discurso de
las mujeres que se acercaban al centro de salud: ‘‘sí, ‘vengo
para que me firmen la libreta’ y yo ¡ah!, estallo y digo ‘no, no
se dice para firmar la libreta, se dice para hacerle el control
a mi hijo para que pueda presentar los papeles en ANSES’,
no llenas la libreta para cobrar’’ (5/12/17, Sabala). El molde
de la consulta médica parecía no filtrar este tipo de cons-
trucciones de sentido; la apariencia aséptica de la consulta
médica no las neutralizaba. Estaba claro el esfuerzo que
hacían algunos agentes de salud por dar mayor jerarquía, y
sobre todo explicitarlo, al momento médico en detrimento
de la práctica administrativa.
A la vez, las dos instancias –médica y administrativa–
podían colisionar, no amoldarse. ‘‘El médico decía que está
cansado de llenar libretas de asignación, qué él no estudió
tantos años de su carrera para terminar llenando libretas de
salario, así me contestó una vez’’, relató Amalia, una titular
de la AUH (18/10/17, Sabala). Del lado de las titulares, tam-
bién podía resultar difícil compatibilizarlos. No siempre era
sencillo ni espontáneo, en el centro de salud, ‘‘hacer firmar
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 169
la libreta’’. Podía transformarse en una situación que había
que enfrentar con habilidad. Lorena, una médica de un cen-
tro de salud, lo interpretó de este modo:
Vos le preguntas por qué venís [a las titulares de la AUH], y en
realidad vienen a que le llenes esa planilla, entonces te inven-
tan como algún, no sé si lo inventan, o te dicen algún síntoma
que no tienen, nada, no tiene mucha relevancia, dolor de
cabeza o dolor abdomen, cuando menstrúan, cualquier cosa y
te sacan como lo de la asignación con miedo. Yo siempre los
cargo y ‘pero no me lo saques con miedo, es un derecho tuyo,
está bien que tengas que, que haya que firmar esto, está bueno
que lo tengas’, porque no sé, como que les da vergüenza o que
les da como que, no sé, yo creo que tiene que ver con nosotros
[los médicos] y con que un montón de veces los deben haber
retado, les deben haber dicho algo porque tenés que firmar
esto (18/11/17, El Sauce).
En suma, surgía un vaivén entre la práctica adminis-
trativa y el momento médico. Señalamos anteriormente que
la AUH era una política arraigada y que, en consecuencia,
los profesionales de las instituciones, respecto de la AUH,
sabían hacer y lo hacían de modo rutinizado. Pero, sin
embargo, ello no eximía la presencia de tensiones; de hecho
pudimos señalarlas como dificultades vivenciadas tanto por
los agentes institucionales como por las titulares. Sin dudas,
este era un escenario que se hacía más complejo con la pre-
sencia de la AUH.
iii) Un tema dentro de las relaciones de asistencia: en el servicio
social
Haremos referencia a lo sucedido en un servicio social que
atiende una vez por semana la ‘‘demanda espontánea’’ de
los vecinos de Sabala. Transcribimos notas de campo de
diferentes observaciones realizadas allí20:
20 Reconstruido a partir de notas de campo (6/11/17 y 25/10/17, Servicio
Social, Sabala).
[Link]
170 • TENER LA ASIGNACIÓN
Sobre el mediodía se acerca una mujer al servicio social.
Expresa que el techo de su casa necesita reparación. ‘Se me
llueve’, dice con vehemencia. La mujer llegó al servicio social
porque ‘a la casa de mi vecina vino una asistente social y
la ayudó’. Entonces, se acercó para plantear ella también su
necesidad en el servicio social; en este caso, poder mejorar
las condiciones de su vivienda. Despliega datos de la familia:
la composición, la situación social, los problemas de salud,
la falta de asistencia estatal. Ella vive con su marido y sus
cuatro hijos, el más pequeño es un recién nacido. ‘Mi marido
tiene el carrito [para recolectar cartones], nada más’, dice la
mujer para, con esas palabras, definir el contexto de pobreza
en el que se encuentra la familia. Dos de sus hijos tienen
problemas respiratorios, uno de ellos, por ese motivo, había
estado internado recientemente. Parte de los datos que pro-
porciona es que no tiene ‘ayuda del gobierno’. La trabajadora
social enseguida le pregunta: ‘¿tenés la asignación?’ La mujer
responde: ‘la asignación, sí’.
La trabajadora social luego le hace preguntas enfocadas
al problema de salud de los niños. Detecta que, al igual que
muchos habitantes del barrio, dos de los niños tienen ‘plomo
en sangre’. ‘Me dieron el certificado que dice todo eso’, explica
la mujer. La trabajadora social da respuesta a la demanda
inicial. Le explica a la mujer que, para acceder al recurso que
necesita, debe acudir a la sede de un ministerio nacional, ubi-
cada en CABA. Le brinda indicaciones precisas para iniciar
la solicitud. ‘No conozco capital’, dice la mujer. ‘Bueno, yo
te anoto cómo llegar desde acá, para que puedas ir, no te
preocupes’, responde la trabajadora social. ‘Pedí un informe
[social] de la situación de tu vivienda en Acumar21 y presenta-
lo’, le dice la trabajadora social como parte de las indicaciones.
Tiene sentido porque ese informe acredita ‘su situación’ y,
por ende, aumentará la probabilidad de recibir apoyo.
Avanzada la jornada, se acerca otra mujer al servicio social.
Se dirige a las trabajadoras sociales: ‘me dijeron que acá daban
ayuda; yo solo tengo la asignación’, es lo primero que expre-
sa. ‘Mis hijos son cuatro’, relata la mujer. Así, comienzan las
entrevistas que ese día tuvo la trabajadora social.
21 ACUMAR es la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo. Ver:
[Link] (última fecha de ingreso: 5/5/20).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 171
Las notas de campo muestran que ‘‘asignación’’ era
una palabra que resonaba, en este escenario, de diversas
maneras. Mujeres que solicitaban asistencia y mujeres que
brindaban asistencia, ambas, se la apropiaban. Aun cuando
‘‘asignación’’ era un término perteneciente, sin dudas, a otro
ámbito. Sin embargo, flotaba en el aire del servicio social y
su presencia introducía nuevos sentidos en la intervención
social y en la relación de asistencia.
Algunos otros ejemplos permiten dar mayor detalle
sobre el argumento. Primero, la AUH era un dato de refe-
rencia de la familia, junto a otros. Entraba en el molde de
las entrevistas propias de la asistencia social. Política social
sobre la cual, indefectiblemente, las trabajadoras sociales
indagaban. Segundo, de ser necesario, se brindaba aseso-
ramiento en relación a esta política social. Las siguientes
situaciones lo detallan: si el cobro de la transferencia se
había interrumpido por algún motivo, si era el padre del
niño –y no la madre– quien se encontraba percibiendo la
transferencia económica a través de la Asignación Familiar
y no le otorgaba el dinero a la madre, si un niño, por falta
de DNI, estaba quedando por fuera de esta política social,
o bien, si un niño recién nacido aún no estaba inscripto,
entonces la AUH se transformaba en una línea sobre el
cual era posible ‘‘intervenir’’, desde el punto de vista de la
asistencia social. Tercero, tener la AUH era una forma de
presentación, enunciada ante ciertos interlocutores, para
dar cuenta de la condición social que se poseía. Devenía,
en este ámbito específico, un argumento esgrimido, por las
mujeres, para justificar la necesidad de asistencia.
Así, un servicio social que atendía ‘‘demanda espontá-
nea’’ es el escenario informal del que nos servimos para mos-
trar que la AUH se volvía tema fuera del guión, se tematizaba.
En los diferentes sentidos que hemos señalado, la presencia
de la AUH resignificaba la relación de asistencia. Se añadían
argumentos a escenarios ya transitados y a encuentros cara
a cara ya conocidos.
[Link]
172 • TENER LA ASIGNACIÓN
iv) Se suma un tema a los intercambios: en las comunidades
virtuales22
‘‘Hola buenos días necesito que me saquen una duda la que
sepa ahora en el mes de diciembre la asignación por hijo
también se cobra el plus de los 1.500 se deposita todo junto
con la asignación o el plus es en otra fecha gracias y las leo’’.
Este fue el mensaje que una participante del grupo privado
de Facebook –que se llama ‘‘Jubilados, AUH, Argentina Tra-
baja, SUAF, Ellas Hacen, Cooperativas’’ y que alcanza a 10
mil miembros– dejó asentado el 11/12/2018. Había reci-
bido cuarenta y seis respuestas que le daban información
(fecha de ingreso 20/04/20). Otra participante del mismo
grupo, el 21/10/17, hizo otra consulta: ‘‘Hola chicas una
pregunta es verdad que cargaron 400 pesos de regalo a la
auh o es mentira porque vi en otros grupos por eso pre-
gunto… las leo’’. Tuvo cuarenta y nueve comentarios en
respuesta, como por ejemplo: ‘‘Hola yo fui unos días antes
de mi fecha de cobro y tenía $500 pesos depositados, pero
es de lo que te devuelven por comprar con la tarjeta’’, o bien,
‘‘Es noticia vieja chicas’’ (fecha de ingreso 20/04/20). Men-
cionamos solo unos ejemplos; en realidad, la elaboración de
significaciones en torno a la AUH que podía hallarse en este
tipo de grupos era copiosa.
A la participación de las mujeres, especialmente de las
titulares más jóvenes que entrevistamos, en redes sociales,
se sumaba, así, un nuevo tema de interés que no convenía
pasar por alto: las cuestiones más coyunturales que iban
sucediendo en el microcosmos de la AUH (acceso a crédito,
subsidios de emergencia, bono de fin de año) o bien las
cuestiones más regulares (fechas de cobro, presentación de
libretas, pago de retroactivo) eran los tópicos principales
que se habían incorporado. Asuntos que bien podían gene-
rar conflictos, controversias o dudas, para sus titulares. Los
22 En un apartado anterior (‘‘Mirar la trama situacional’’) explicamos que
incluíamos a este tipo de encuentros como una variante en nuestro estudio,
reconociendo que no se trataba estrictamente de encuentros cara a cara.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 173
intercambios que se producían, justamente, intentaban ser
un aporte en la resolución de esos problemas prácticos y
brindar información relevante. Según la clasificación antes
realizada, las comunidades virtuales eran un escenario infor-
mal y a quienes participaban respondiendo las consultas las
hemos definido como operadoras informales de la AUH.
Consideramos a los grupos privados de Facebook23,
que eran instancias originadas y administradas por las pro-
pias receptoras de esta política social. Existía una variedad
de grupos. ‘‘Si buscas en facebook, viste, donde está ‘buscar’
pones ‘asignación’ y te saltan un montón’’, nos explicó Clara
(28/11/17, Sabala). No sólo la información giraba en torno
a la AUH, sino también a diferentes programas sociales;
por ejemplo, estos grupos se denominan: ‘‘Asignación, plan
vida y cooperativas’’, ‘‘Asignación, plan vida y SUAF’’, ‘‘AUH,
Argentina Trabaja, SUAF, Ellas Hacen, Cooperativas’’.
Se compartía información decisiva y actualizada.
Como por ejemplo la fecha de pago de cada mes según la
terminación del número de DNI o información precisa para
acceder a los créditos de ANSES. La información, además,
estaba a mano; se podía acceder con facilidad. ‘‘Mira que te
muestro’’, fue la expresión que surgió en algunas entrevistas
y las titulares ingresaban, celular en mano, de inmediato a
Facebook. Nos enseñaban, durante la entrevista, la pantalla
del celular: ‘‘te dice acá ‘ya está cargada, la otra vez pasó que
estaba cargada la tarjeta azul, la verde todavía no, a través
de acá [Facebook] publican ‘ya está cargada la tarjeta verde’,
y voy y compro’’ (Clara, 28/11/17, Sabala).
Al mismo tiempo, la información no se dirigía de modo
unidireccional sino que, al circular, se producían inter-
cambios. Esos intercambios de algún modo sintetizaban la
experiencia acumulada por las mujeres en aquel ‘‘trabajo
23 A diferencia de un grupo público, en el cual cualquier persona puede ver
quiénes forman parte del mismo y qué publican, la opción de un grupo pri-
vado hace que sus miembros, recién una vez admitidos, puedan ver quiénes
forman parte del grupo y qué publican.
[Link]
174 • TENER LA ASIGNACIÓN
invisible’’ por el cual se ocupaba el espacio público de la
ventanilla24: circulaban novedades, se exponían inconve-
nientes y se daban respuestas sobre la gestión, se daba
a conocer la fecha de cobro mes a mes, se ofrecía sacar
turno para ANSES a otras titulares, se armaban debates y se
hacían bromas a través de una imagen.
En pocas palabras, los saberes prácticos y el dominio
adquirido se ponían en juego y circulaban, en este caso, a
través de las plataformas virtuales. Si estas comunidades
algo reflejaban, eran esos saberes y a la vez la figura de las
propias mujeres, en su condición de destinatarias de la polí-
tica social, oficiando como operadoras informales. Se gene-
raban intercambios principalmente basados en socializar el
aprendizaje práctico y allanar los recorridos de las gestio-
nes. Intercambios que reflejaban relaciones en las cuales
ocurría la apropiación colectiva de la AUH.
5.2 Encuentros que se transformaron en regulares
Antes señalamos que la AUH no era necesariamente la única
experiencia que habían tenido las mujeres con el ámbito de
la seguridad social25. En ese sentido, las oficinas de ANSES
podían ser un lugar al que ya se había acudido anterior-
mente. Sin embargo, si esas experiencias existieron, se tra-
taba de instancias más bien ocasionales y marcadas por el
acceso a empleos formales pero que solían ser, en general,
de corta duración. Es decir, la presencia de esta política
social daba regularidad al contacto con ANSES; permitien-
do, en definitiva, conocer esta institución por dentro. La
AUH definitivamente hacía más estable el contacto de las
mujeres con ANSES.
24 A este ‘‘trabajo’’ hicimos antes referencia. Ver, en este capítulo, el apartado:
‘‘Los actores’’.
25 Capítulo segundo, apartado: ‘‘El empalme con la Asignación Familiar’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 175
En lo que sigue, analizamos los encuentros cara a cara
que las mujeres tenían en ANSES: i) en la sede y ii) en los
operativos barriales. También indagamos en los encuentros
cara a cara que podían desencadenarse a partir del uso de:
iii) los soportes virtuales que ofrecía esta institución.
i) La sede
Cuando le preguntamos a Elena si, antes de acceder a la
AUH, había ido a las oficinas de ANSES, contestó: ‘‘no, lo
veía pasar con el colectivo, pero no. De adentro nunca fui a
averiguar nada’’ (titular de la AUH, 19/11/2016, El Sauce).
En la experiencia de las familias ir al centro de salud y a la
escuela suponía contigüidad; eran instituciones conocidas.
En cambio, ir regularmente a ANSES solía ser una expe-
riencia que se había incorporado. Quizá por eso los relatos
acerca de lo que sucedía en las oficinas de ANSES se conta-
ban con el énfasis de algo relativamente novedoso.
Coincidimos con Aquín (2014, p. 63): ‘‘ANSES aparece,
en las representaciones de las entrevistadas, como una refe-
rencia fuerte, amable, y como instancia de aprendizaje’’. En
estas oficinas se generaban anécdotas: dar cuenta del buen
trato recibido por el operador o, por el contrario, de los
inconvenientes que hubo; las características del operador
que las ha atendido; las expresiones que se usaron para res-
ponder cuando hubo inconvenientes. Los detalles de lo que
sucedía en ‘‘la ventanilla’’ indican que nada parecía pasar, en
este espacio, inadvertido.
Esa instancia de aprendizaje, vale la pena subrayar, ha
sido junto a otras mujeres:
La modalidad que adopta el trámite [en las oficinas de Anses]
se transmite de boca en boca por aquella persona cercana
(vecina, amiga, familiar). Se va conformando así un saber
común previo y un horizonte de expectativas de qué es lo que
se puede y debe esperar allí. La certeza de que la atención
tendrá lugar y que el trámite se realizará da cuenta de un
modo de funcionamiento que las personas que transitan por
[Link]
176 • TENER LA ASIGNACIÓN
allí han aprendido, enseñado y convertido en práctica habi-
tual. Se refuerza una historicidad de las prácticas, en tanto no
se sostiene en una moralidad abstracta ni en una regulación
legal, sino en las experiencias ya vividas de sus vínculos, que
les permite a los vecinos saber de modo autoevidente lo que
pueden esperar […]. El conocimiento previo es un elemento
fundamental para comprender la modalidad que adopta la
circulación, el modo de estar en las oficinas y también para
comprender la enorme frustración de los casos que no se
resuelven en el día (D’amico 2020, pp. 212-213).
Mostramos algunos ejemplos de los desplazamientos
de las mujeres por las oficinas de ANSES. Rita, una titular
de la AUH, nunca tuvo problemas: ‘‘por suerte siempre me
atendió la misma [operadora] y cuando ve que me mira, “ah,
sos vos” me dice la chica, sí le digo, qué te pasó ahora me
dice’’. Siempre la atendió ‘‘una chica y un muchacho’’, que
‘‘son re copados, ya me conocen’’. ‘‘Se ríen y me preguntan
cómo está [su hija] Lara’’ (18/11/17, El Sauce). Ana, en cam-
bio, tuvo inconvenientes: ‘‘hay una vieja [empleada] que te
trata como el trasero’’. Entonces, ‘‘una vuelta agarré y le dije:
señora si no le gusta estar acá, ¿para qué está? ¿por qué no
le deja el lugar a otro?’ ’’. Más allá de eso, el trato que recibió
fue bueno porque ‘‘me atiende siempre el mismo hombre’’.
‘‘Será que ese hombre es solamente para la asignación, o
habrá dos o tres. Gracias a dios me tocó ese hombre que te
habla bien, te trata bien. Y no la señora que atiende en la
ventanilla’’ (5/11/16, El Sauce).
A pesar de que el formato de la AUH despojaba a la
acción estatal de un tono subjetivista, que la acción estatal se
despersonalizaba y que las interacciones que se producían
eran breves, pautadas, esporádicas26, sin embargo, las muje-
res contaban, en detalle, los encuentros cara a cara situados
en las oficinas de ANSES. No eran experiencias a pasar
por alto, sucedían interacciones provistas de afectividad. Lo
26 Así lo hemos caracterizado en el capítulo anterior. Ver apartado: ‘‘Una polí-
tica social al interior de las oficinas de ANSES’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 177
que las mujeres tenían para decir, en definitiva, reflejaba
una suerte de resistencia a la desafección y a la apatía de
las burocracias de base; las anécdotas, así comprendidas, se
volvían sugerentes.
ii) El operativo en el barrio
Los operativos mediante los cuales ANSES se acercaba al
barrio daban forma a otro tipo de encuentro cara a cara
que introducía la AUH en la vida de las familias, y en espe-
cial de las mujeres.
En una oportunidad observamos, en Sabala, que a
un servicio social llegó una mujer jóven con papeles en
la mano27. ‘‘¿Acá funciona ANSES? Es para gestionar la
libreta’’, dijo al ingresar. La trabajadora social comprendió
rápidamente a qué libreta se refería y respondió que no
funciona allí pero que, durante esa semana –“martes y jue-
ves de 9 a 14’’– iba a tener lugar un operativo de ANSES
en la zona. Era noviembre de 2017 y tanto las mujeres
como los empleados de la oficina de ANSES hacían reite-
rada mención a la falta de turnos; todos parecían saber y a
nadie sorprendía que, en algunos momentos del mes, solía
no haber turnos porque ‘‘se colapsaba’’. El operativo iba a
estar en San Antonio, un barrio que quedaba muy cerca
de donde transcurría la escena; ‘‘en Jonte y García, ¿sabes
cómo llegar?’’, preguntó la trabajadora social. ‘‘No’’, dijo la
mujer. ‘‘Espera que te anoto’’ y escribió en un papel las indi-
caciones. Esta información era importante: el operativo se
llamaba ‘‘El Estado en tu barrio’’ y reunía a un conjunto de
instituciones estatales que, de modo itinerante, se traslada-
ban a diferentes localidades. Entre esas instituciones, estaba
27 Reconstruido a partir de notas de campo, servicio social, Sabala 6/11/17.
[Link]
178 • TENER LA ASIGNACIÓN
ANSES28. Se podía presentar ‘‘la libreta’’ sin necesidad de ir
a la oficina y de modo directo, sin turno previo. La acce-
sibilidad a las gestiones, a través de este operativo, se veía
claramente favorecida.
Pudimos presenciar este operativo en Sabala, un día de
diciembre de 201729. En la extensa fila, un joven repartía
bolsitas con jugo y alfajor a los niños que estaban presentes.
Si bien se podían hacer varios trámites, la mayoría de las
mujeres que esperaban acudían para ‘‘presentar la libreta’’
de la AUH. Tenían en mano folios con documentación y
el formulario tamaño oficio completo. El movimiento se
producía, por decirlo de algún modo, con sesgo estratifica-
dor: cuando ANSES se acercaba al barrio, las que se veían
favorecidas eran las gestiones de cierto grupo de trabajado-
res, los informales. El punto que queremos subrayar sobre
esta escena nueva es el siguiente: cuando los agentes de
ANSES se trasladaban, de modo itinerante, a los barrios y
atendían desde las ventanillas de un tráiler situado en una
pequeña plazoleta, cuando no había oficinas ni mostradores
ni sillas ni sala de espera, cuando en el lugar se repartían
jugos y alfajores, probablemente la AUH quedaba asimilada
a la asistencia social, más allá del nivel de automatismo del
derecho en cuestión.
El operativo de ANSES, de inmensa utilidad para acor-
tar distancias y facilitar la gestión, traccionaba los encuen-
tros cara a cara, en cierta medida, hacia la lógica de la asis-
tencia. Porque, en definitiva, para que una política social
sea experimentada de acuerdo al estatuto de la seguridad
social o de la asistencia social no basta sólo con el dise-
ño ni con la enunciación del principio de derecho, sino
28 Se trataba de una cuestión de proximidad: para llegar desde el barrio en que
transcurría la escena a San Antonio, donde se montaría el operativo, había
que tomar un colectivo cuyo trayecto demoraba diez o quince minutos. En
cambio, el viaje hasta la sede de ANSES, en el centro de la localidad, era
mucho más extenso.
29 Reconstruido a partir de notas de campo, operativo ANSES, Sabala, 21/11/
17.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 179
que son cuestiones que están también vinculadas al sentido
sedimentado en la experiencia de una población y que en
definitiva se materializan en las interacciones cara a cara
que la política social desencadena.
En este ejemplo se desdibuja nuestra intención de dife-
renciar, en términos de los modos de intervención estatal,
a la AUH de la asistencia social –esfuerzo que nos plan-
teamos a lo largo del segundo capítulo–. Entonces, en los
encuentros cara a cara generados en los operativos barria-
les de ANSES, de algún modo, se introducían clivajes vie-
jos, dramatizaciones ya conocidas de la segmentación entre
asistencia y seguridad social.
iii) Los soportes virtuales
Los soportes virtuales que ofrecía ANSES para la realiza-
ción de diferentes gestiones eran numerosos; a varios de
ellos hicimos referencia anteriormente30. El acceso a estos
soportes podía, en ciertas ocasiones, generar encuentros
cara a cara entre las propias titulares. Esos encuentros eran
motivados en el pedido de ayuda y de accesibilidad a las
plataformas virtuales de ANSES. Fueron numerosos los
ejemplos de mujeres que solicitaban ayuda a otras mujeres
titulares para poder concretar gestiones de ese modo.
La escena que relató Clara, una titular de la AUH, fue
ilustrativa respecto del uso de las plataformas ofrecidas por
ANSES; la tomamos como ejemplo. Para acceder al crédito
que asignaba ANSES, Clara transitó dos plataformas: pri-
mero, la página de Facebook de ANSES, de la cual obtuvo
información, y, luego, la aplicación para el celular, desde
la cual gestionó el crédito. Uno de esos escenarios lo tran-
sitó sola; el otro, con ayuda de una vecina –una operadora
informal, según lo caracterizamos antes–. Enterada de los
créditos, acudió a la casa de esa vecina que ‘‘tiene la aplica-
ción Mi ANSES’’ y ella ‘‘me pidió turno’’ (28/11/17, Sabala).
30 En el primer capítulo, apartado: ‘‘Aspectos formales’’.
[Link]
180 • TENER LA ASIGNACIÓN
En realidad, le gestionó el crédito de manera virtual. ‘‘Ella
me pidió el número de documento, el CUIL y no sé cómo
me sacó el turno y la plata directamente me la depositaron
en la tarjeta. Yo no tenía que ir hasta ANSES’’31. Obtuvo el
crédito en tres días, ‘‘en tres días lo tenía depositado en mi
cuenta, yo no creía, cuando voy al cuarto [su habitación],
voy así, tenía los 15.000’’, relató con sorpresa. Asumiendo
tácitamente en la entrevista que la asistencia es un mundo
lleno de documentos que certifican tanto la identidad como
las carencias, le repreguntamos: ‘‘¿pero no presentaste pape-
les en ANSES?’’. ‘‘No es necesario presentar ningún papel’’,
repitió Clara. Acá la AUH, claramente, se distanciaba del
modo asistencial.
La asistencia históricamente fue proximidad; la proxi-
midad es su formato característico. Castel (2004) lo teori-
zó magistralmente. Desde su concepción, la AUH supone
una gestión de no proximidad alejándose del formato de
la asistencia. Pero cuando tomamos como referencia a los
soportes virtuales que ANSES ofrece, este aspecto se ve con
mayor claridad: son plataformas que reducen al máximo
las mediaciones y las interacciones cara a cara. El proce-
dimiento que realizó Clara llevó a un extremo el carácter
impersonal. Sin embargo, y este el punto a subrayar, se llevó
a cabo a través de la interacción entre titulares; el uso de los
soportes virtuales en ocasiones requiere ayuda y accesibili-
dad a recursos que, en los contextos de referencia, no están
necesariamente a mano. Entonces, en los encuentros cara a
cara entre amigas, la AUH podía tematizarse y convertirse
en un problema a resolver entre dos.
31 El acceso a este crédito, de modo virtual, requiere tener: clave de seguridad
social, CBU (Clave Bancaria Uniforme) y DNI actualizado (tipo ‘‘tarjeta’’).
Muchas de las mujeres entrevistadas habían gestionado el crédito de esa
manera.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 181
6. Conclusión
La intención, a lo largo del capítulo, fue ir desplegando la
trama situacional donde se enraizaba la AUH: los actores,
los escenarios y los encuentros cara a cara.
Hacer foco en la trama situacional nos permitió com-
prender que las condicionalidades no debían ser leídas
únicamente como prácticas obligatorias. Para las mujeres
entrevistadas, además, habían devenido rutinas y habían
generado aprendizajes; es decir, su presencia regular dejaba
un orden cimentado y un acervo de saberes prácticos. Pudi-
mos, a la vez, reconocer el fuerte arraigo que esta política
social tenía, tanto para las titulares como para los agentes
de las burocracias de calle; por ese motivo, los movimientos
que eran necesarios hacer, para la concreción de la AUH,
resultaban conocidos. También identificamos que partici-
paba de esta trama un actor inesperado: los operadores infor-
males. Era una red horizontal que, sin definirlo, facilitaba la
gestión, proveía información y atribuía sentido en relación
a la AUH. Hemos destacado la centralidad de su función.
Delimitamos escenarios formales, propios de la gestión
de esta política social, y también escenarios informales, en los
cuales circulaban ciertos contenidos vinculados a la AUH
pero que, estrictamente, no eran ámbitos propios de esta
política social. Estos últimos eran, en suma, escenarios extra
burocráticos. Al identificarlos, advertimos el carácter des-
bordante de la trama situacional: las interacciones estaban
lejos de agotarse en aquello que sucedía en los dispositivos
de intervención social previstos. Pudimos, a la vez, señalar
algunas características de esos escenarios donde la AUH
transcurría. Los escenarios formales eran silenciosos, dicho
esto en el sentido de eficaces en no develar la identidad de
sus titulares. Y los escenarios formales e informales eran homo-
geinizadores, es decir, eficaces en equiparar a sus titulares y
en nombrarlas como parte de un colectivo más abarcador.
[Link]
182 • TENER LA ASIGNACIÓN
Hemos observado, por otra parte, dos repertorios dife-
rentes de encuentros cara a cara. Por un lado, identificamos
los encuentros que, si bien ya formaban parte de la vida
de las familias, a partir de la AUH fueron resignificados: en
la escuela, en el centro de salud, en el servicio social y en
las comunidades virtuales. Fuimos comprendiendo el modo
particular en que, en cada uno de estos escenarios, la pre-
sencia de la AUH añadía nuevos sentidos y complejizaba
los encuentros cara a cara que tenían lugar. Por otro lado,
identificamos los encuentros que, a partir de la presencia
de esta política social, se volvían regulares en la vida de las
familias: las interacciones con ANSES. Estas interacciones
sucedían en la oficina, en los operativos barriales y también
había interacciones motivadas por el uso de los soportes
virtuales que esta institución ofrecía pero a los que no siem-
pre era sencillo acceder. Nos acercamos a comprender, así,
lo que representaba para las mujeres, de modo figurativo,
conocer ANSES por dentro.
Lo que definimos, en este capítulo, como trama situa-
cional expresa cómo se vivifica la AUH durante los encuen-
tros cara a cara que protagonizan sus titulares. Es decir,
existe una dimensión de la apropiación colectiva de una polí-
tica social que se construye y se significa en las interacciones
cotidianas que tienen lugar en las instituciones burocráticas que
concretizan una política social así como también en el contexto
próximo de las familias.
En el capítulo siguiente, se hace foco en la trama de
género. Los repertorios que hombres y mujeres tenían, en
tanto actores condicionados por el orden del género, no
compartían un mismo guión.
[Link]
4
La trama de género
A mediados de la década de 1960 [en Hungría], el enfoque del Estado
se redujo para abarcar a la familia nuclear y a una persona princi-
pal, la madre. En el proceso, los padres cayeron fuera de los límites
del escrutinio. Si a una familia le iba bien, la madre era recom-
pensada; si una familia estaba teniendo problemas, se culpaba a la
madre. En efecto, la concepción social de la necesidad se redujo para
excluir lo paterno y acentuar lo materno. Haney (2002, p. 131)
1. Introducción
En este capítulo analizamos las prácticas y las vivencias
en relación a la AUH, desde el punto de vista del género.
Mostramos que los hombres asumían la falta de protago-
nismo que esta política social formalmente les concedía:
resultaban verdaderos convidados de piedra. Siendo pareja
de las titulares, que era el rol que con mayor frecuencia
ocupaban, señalamos su ajenidad. Desde un lugar pasivo,
dejaban hacer a la mujer; salvo en circunstancias específicas,
en los temas inherentes a esta política social no se involu-
craban. Siendo titulares de la política social ellos mismos,
que era un rol que ocupaban solo excepcionalmente, obser-
vamos cómo su presencia en los escenarios formales resultaba
sospechosa, extraña y vergonzante. Al mismo tiempo, damos
cuenta de cómo las mujeres asumían el protagonismo que la
política social formalmente les concedía: eran las hacedoras
legítimas y las observadas. Identificamos tres aspectos centra-
les de sus prácticas y vivencias: hacían maniobras y forjaban
[Link] 183
184 • TENER LA ASIGNACIÓN
una sociabilidad distinta a la que el formato de esta política
social les ofrecía, encontraban formalidad en las tareas de
cuidado, y eran adjetivadas según el buen o mal uso que,
en tanto madres, hacían del dinero de la AUH. A lo largo
del capítulo, describimos el armado de un juego relacional,
basado en prácticas y vivencias diferenciales.
2. Los convidados de piedra
El mandato que estructura a la AUH, al igual que al resto de
las TMC de América Latina, es doméstico y maternal, el cui-
dado de los hijos como tarea materna. Si ese es el mandato,
¿qué lugar ocupaban los hombres? En el presente capítulo,
junto a las prácticas y vivencias de las mujeres, incluimos las
prácticas y vivencias de los hombres, arista que ha sido poco
explorada en los estudios específicos. Nos interesa explorar
el ‘‘trabajo regulatorio’’ (Haney 2002)1 que la AUH hace en
relación a los patrones de género.
En el microcosmos de la AUH los hombres pueden
ocupar dos lugares: como pareja de la titular, que es el lugar
más habitual, y como titulares ellos mismos, que es el lugar
de excepción. Es de excepción ya que se privilegia la titu-
laridad femenina; como señalamos en el primer capítulo,
según datos de enero de 2019, de un total de 2.2 millones
de titulares, solo 79 mil son varones (ANSES 2019), y se
1 Cabe hacer mención al significado que le asigna Haney (2002) a este ‘‘trabajo
regulatorio’’. Haney analiza generaciones de mujeres cuyas vidas fueron
modeladas por tres regímenes distintos de política social, habiendo sido
asistidas por el Estado Húngaro. Identifica la forma en que el Estado, en
diferentes momentos históricos, modeló las relaciones entre hombre y
mujer. A través del trabajo regulatorio, se fueron atribuyendo significado a
las categorías sociales de género, se fueron definiendo los atributos y res-
ponsabilidades ‘‘apropiados’’ para mujeres y hombres. Primero, a la vez que
las políticas y prácticas de la sociedad del bienestar iban reconstituyendo las
esferas del trabajo y de la familia, paralelamente elaboraban definiciones
sobre lo que significaba ser un ‘‘buen’’ padre, cónyuge, trabajador y miembro
de la familia. Segundo, en tanto el Estado maternalista se obsesionó con la
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 185
trata de casos muy específicos. Los hombres asumían la falta
de protagonismo que esta política social formalmente les
concedía: los definimos como convidados de piedra. ¿Cómo
eran, en cada caso, sus prácticas y vivencias?
2.1 Como pareja de la titular
Si se mira el encuadre de esta política, los hombres quedan
‘‘afuera’’; tanto del manejo del dinero como del cumpli-
miento de las condicionalidades. La posición que asumían
concordaba con la posición asignada: desde un lugar pasivo,
dejaban hacer a la mujer; salvo en circunstancias específicas,
de esta política social los hombres no se ocupaban ni hablaban.
Tomamos la expresión ‘‘quedar afuera’’ porque es ilus-
trativa de la ajenidad que queremos mostrar. Se producía,
así, una desvinculación. La expresión surge de la entrevista
que mantuvimos con Amelia, una mujer que había comen-
zado a ser titular de la AUH en el 2016. Desde el 2010
al 2016 su pareja había sido titular debido a que ella no
tenía el documento de identidad argentino. Amelia relató
del siguiente modo lo que sucedió en la oficina de ANSES
en el momento del traspaso de titularidad:
El hombre [empleado de ANSES] me dijo ‘rellename los nom-
bres, te voy a pasar a tu cabeza, este es un programa para
las mujeres, él [su esposo] queda afuera, no te enojes con-
migo don, pero ella ya tiene DNI y tiene que cobrar ella’
(12/12/17, Sabala).
reproducción, al mismo tiempo delimitó quién debía responsabilizarse por
la crianza de los hijos y qué implicaba la ‘‘buena’’ maternidad. Tercero,
a medida que el Estado de Bienestar liberal se ocupó de los necesitados
materiales, redujo la definición de ‘‘trabajo de cuidado’’ y puso énfasis en
los roles financieros de los padres y los cónyuges. Es decir, los regíme-
nes de bienestar se basaban, cada uno, en diferentes regímenes de género;
la intervención del Estado definía quién estaba en necesidad y cómo sus
necesidades debían afrontarse, y esas definiciones estaban atravesadas por
patrones de género (Haney 2002).
[Link]
186 • TENER LA ASIGNACIÓN
La expresión ‘‘quedar afuera’’ ilustraba una separación
que a la vez reforzaba un lugar para los hombres: el ámbito
público2. Se daba una paradoja: principalmente de lo que
‘‘quedaban afuera’’ los hombres, cuando ‘‘quedaban afue-
ra’’ de la AUH, era del ámbito doméstico y de las tareas
de cuidado hacia los hijos. ‘‘Quedaban afuera’’ del espa-
cio doméstico a la vez que se fortalecía la ocupación del
ámbito público y su rol proveedor. Algunos argumentos de
la teoría feminista para abordar al Estado, como sintetiza
Haney (1996, p. 766), resaltan, precisamente, cómo la polí-
tica social ‘‘bifurca el mundo social en una esfera privada
y una esfera pública, y vigila sus fronteras a través de la
ética de la familia tradicional’’. La anécdota transcurrida en
la oficina de ANSES, de algún modo, recrea, a nivel de las
prácticas estatales y en particular en los encuentros con
las burocracias de calle, esos umbrales tradicionales: mujer
cuidadora y hombre proveedor.
El antagonismo entre lo público y lo privado, por
cierto, estaba presente en muchas familias biparentales: los
relatos de las mujeres cuando desandaban lo hecho duran-
te el día nos permitió identificar que solían pasar muchas
horas en el hogar junto a sus hijos y que los hombres solían
pasar muchas horas trabajando fuera del hogar. Por ejem-
plo, Beatriz, una titular de la AUH, lo expresó de la siguiente
manera: ‘‘Él [su esposo] hace changas y suponé, es albañil,
se levanta a las siete y se va a trabajar. Los lunes se va
al mercado, toda la vida trabajó en el Mercado Central,
lunes y viernes. Se va a las dos de la mañana y viene a
las siete y de ahí se va al otro trabajo (13/11/17, Sabala)’’.
La demarcación entre quién estaba afuera y quién adentro
del hogar mostraba rigidez. ‘‘Los hombres se encargan del
trabajo fuera de la casa, dentro del hogar es muy poco la
2 El ‘‘afuera’’ aquí recuerda la representación tradicional en la repartición del
espacio, entre el ámbito doméstico y el ámbito público. Representación en la
cual el lugar destinado a las mujeres ha resultado históricamente mucho más
restringido y condicionante (Collin 1994).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 187
mayoría de la veces’’, sintetizaba la trabajadora social de una
escuela (15/12/17, Sabala). ‘‘Estoy todo el día sola, por eso
vengo a la casa de mi papá’’, expresaba Melina, otra titular
de esta política social (22/11/2017, Sabala). Lógicamente, la
AUH no era la causa de la demarcación entre quién estaba
afuera y quien estaba adentro del hogar; sin embargo, al
ligar a la mujer al hogar ligaba, en un mismo movimiento,
al hombre al espacio extra doméstico. La AUH reafirmaba
esa espacialidad, esa bifurcación.
Los varones, como se muestra a continuación, ‘‘queda-
ban afuera’’: i) del manejo del dinero y ii) del cumplimiento
de las condicionalidades.
i) ‘‘Afuera’’ del dinero
Respecto de los diferentes ingresos económicos de la fami-
lia, los hombres podían tener mayor o menor injerencia, y
era frecuente que el dinero obtenido por el hombre fuera
dado parcial o totalmente a la mujer con la intención de
organizar los gastos cotidianos. A la vez, las mujeres solían
hacer uso de ingresos económicos que provenían de diver-
sas fuentes; sin embargo, en relación al dinero de la AUH
disponían de exclusividad. Los hombres dejaban hacer a la
mujer, no se entrometían. Las expresiones más usuales de
las mujeres eran: ‘‘no se mete’’, ‘‘no pregunta nada’’, ‘‘sabe
que es de los chicos’’. Incluso, ese dinero, para los hombres,
no era fácil de aceptar: cuando la pareja de Melina, una
titular de la AUH, estuvo desempleado, ella intentó ofrecer-
le la ‘‘plata de la asignación’’, pero obtuvo un rechazo (22/
11/2017, Sabala). Rechazo que podría ser leído, a la luz del
aporte de Wilkis y Hornes (2017, p. 183), como respuesta a
‘‘la sensación de amenaza de su rol de omnipresente provee-
dor’’. Sucedía, entonces, que era un dinero que feminizaba:
con usos que resultaban privativos de la mujer a la vez que
cerrados al hombre.
[Link]
188 • TENER LA ASIGNACIÓN
Los hogares negocian los significados del dinero prove-
niente de las trasferencias monetarias ‘‘movilizando valores
personales, sociales y familiares asociados a dimensiones
del género e interpretaciones intergeneracionales sobre el
dinero’’ (Wilkis y Hornes 2017, p. 187). Principalmente los
hombres no tenían injerencia sobre el dinero de la AUH
porque, en realidad, ‘‘su dinero’’ era otro. Los dineros se
diferencian:
Visualizar la existencia de dineros diferenciados es también
enunciar la existencia de una articulación entre significados
asociados a un dinero de los hombres –proveniente del tra-
bajo– y un dinero a ser gestionado por las mujeres a causa de
su condición de titulares de los programas de TM y adminis-
tradoras de los ingresos que conforman los presupuestos de
los hogares (Hornes 2017, p. 185).
No obstante, había excepciones y en ellas vale la pena
detenerse. Eran excepciones que encontraban justificación
en la creencia de que el hombre sabía respecto de algu-
nas tareas específicas; ese saber los habilitaba. En los lap-
sos que duraban los momentos de excepción los hombres
ingresaban al microcosmos de la AUH y esos momentos se
vinculaban al manejo del dinero. Algunos ejemplos men-
cionados por la mujeres: ‘‘retira [el dinero] y paga él el
alquiler porque sabe mejor economizar’’ (María y Omar,
22/5/17, Sabala); ‘‘por la mercadería vamos los dos juntos
y compramos, porque en eso él me ayuda un poco más con
la matemática’’ (Clara, 13/11/17 Sabala); ‘‘antes tenía que
llevar a mi marido [al banco y al cajero] porque yo no sabía
leer ni escribir, iba mi marido y hacía todo (Beatriz, 13/11/
17, Sabala)’’; y, por último, ‘‘mi marido me saca la cuenta
más o menos de lo que se te va acumulando y de ahí, de lo
que sacamos, ya les voy comprando a los chicos’’ (Melina,
22/11/2017, Sabala).
Si bien el de la AUH era un dinero que feminizaba
y, por ese motivo, a los hombres parecía serles impropio,
sin embargo, había ocasiones en las cuales esta premisa
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 189
se neutralizaba y los varones, parejas de las titulares, se
ocupaban, en circunstancias específicas, de administrar el
dinero, o bien de acompañar a las mujeres en su extrac-
ción y en su uso.
ii) ‘‘Afuera’’ de las condicionalidades
No sorprendía que los hombres estuvieran poco o nada
involucrados en las tareas de cuidado que exigía la AUH.
Como fue mencionado en el primer capítulo3, las condi-
cionalidades se inscribían en un esquema de roles de géne-
ro tradicionales; su presencia parecía hacer más rígido ese
esquema o, al menos, no lo alteraba. Quienes llevaban a los
niños y niñas a realizar los controles médicos y cumplían
con el calendario de vacunación, y quienes concurrían a la
escuela para certificar la regularidad y la asistencia, eran,
casi sin excepción, las mujeres. La médica de un centro de
salud lo graficaba de esta forma: ‘‘para darte el porcentaje
es el 90% mamás, 5% abuelas y un 5% es algún papá4’’ (8/2/
18, Sabala). Al igual que la directora de una escuela: ‘‘capaz
varones que vengan, ponele que tendremos cinco, seis [del
total del alumnado]. Pero después son todas mamás’’ (4/
12/17, Sabala).
Quizá por este motivo, cuando los hombres excepcio-
nalmente eran titulares de esta política social, como será
analizado en el apartado siguiente, hacían un gran esfuer-
zo retórico por demostrar que eran ellos quienes estaban
efectivamente a cargo de los hijos y que, en consecuencia,
se ocupaban de cumplir las condicionalidades. Un esfuerzo
que era menos frecuente de hallar en las expresiones de
las mujeres titulares. Ni operativa ni simbólicamente era
3 Apartado ‘‘Los puntos de contacto y los distanciamientos’’.
4 Además de las figuras de una abuela o un padre como excepciones, había
casos en los cuales los adolescentes iban a la consulta médica solos, sin la
compañía de sus madres. Elena, una titular de la AUH, por ejemplo, acom-
pañaba a sus hijas adolescentes a la consulta ‘‘pero no entro con ellas’’ (19/
11/2016, El Sauce).
[Link]
190 • TENER LA ASIGNACIÓN
necesario. En todo caso, las mujeres se preocupaban de
resaltar que ‘‘la libreta’’ estaba completa, en tiempo y forma,
pero daban por hecho que eran ellas quienes estaban a cargo
de las tareas. El esfuerzo retórico que, en cambio, hacían
los hombres tenía que ver con enunciar un hecho que no se
inscribía en el esquema de roles de género más tradicional.
Era necesario, entonces, enfatizarlo.
Lo observado coincide con el análisis de D’amico. La
autora da cuenta del tránsito genéricamente diferenciado por
las instituciones del Estado. Al situar la mirada en las ofi-
cinas de ANSES advierte que es escasa la presencia de
hombres-padres que acuden a realizar los trámites:
Expresan imaginarios y moralidades (impresas en el Estado,
pero también en las familias y en los propios sujetos) que
circunscriben a las mujeres al rol de titulares del beneficio
a la vez que les asignan una inserción volátil en el mercado
de trabajo. En los casos registrados, muchas de estas concep-
ciones confirman su poder de perfomatividad social: no solo
en la numerosa presencia femenina en las oficinas, sino en
que reiteradamente las mujeres entrevistadas se encuentran
empleadas en tareas no registradas y por tiempo definido
vinculadas a la limpieza, la costura o el cuidado de niños y/o
ancianos (D’amico 2020, p. 223).
Encontramos, respecto del compromiso de los hom-
bres en las tareas de cuidado que la AUH exige, muy pocas
excepciones. Por ejemplo: ‘‘tiene que amanecer él [en el cen-
tro de salud] y después voy yo, porque Viviana [la pediatra]
no está todos los días, así que llamo, pregunto qué día está y
voy ese día, amanece él, y nos atiende ese día’’ (Rita, titular
de la AUH, 18/11/17, El Sauce); o bien, ‘‘yo no sé mucho
leer y escribir, le digo a mi marido ‘andá vos conmigo [a
la oficina de ANSES]’ porque, no sé si soy yo la que no
entiende, que me olvido cuando me hablan de muchos trá-
mites que tengo que hacer’’ (Melina, titular de AUH, 22/
11/2017, Sabala).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 191
Sobre las prácticas sanitarias y de escolaridad no era
esgrimido, por parte de los hombres, ningún saber que sir-
viera de apoyo y promoviera su involucramiento, como sí
sucedía respecto del manejo de dinero. Prácticamente sin
matices, las tareas que se derivaban del cumplimiento de
las condicionalidades eran asumidas por las mujeres. No
estaba simbolizada la integración de los varones al orden
de cuestiones que tenían como eje a las tareas de cuida-
do, y las exigencias que tenía la AUH, en definitiva, eran
de ese orden.
2.2 Como titular
Analizamos, en lo que sigue, una situación de excepción: la
titularidad masculina de la AUH. Tomamos como referencia
principal la experiencia narrada por Ramiro, un titular
varón de la AUH, y también la experiencia de Hernán,
quién, a pesar de haberlo intentado, no había podido acce-
der a la prestación por razones burocráticas. Sus relatos
echan luz sobre el sesgo maternalista que recubre el uni-
verso de la AUH. Mostraremos cómo la presencia de los
hombres en los escenarios formales resultaba: i) sospechosa,
ii) extraña y iii) vergonzante.
i) Presencia sospechosa
‘‘La burocracia no hace sólo archivos, inventa también dis-
cursos de legitimación’’ (Bourdieu 2014, p. 282). La con-
dición materna y su estrecha relación con el cuidado de
los hijos es una representación tan arraigada que, en las
oficinas de ANSES, nadie la ignoraba. Incluso, se reforzaba
en las capacitaciones que recibían los operadores: ‘‘el sis-
tema [informático] presume que los chicos se quedan con
su madre, eso nos dijeron en la capacitación’’ (operadora
de ANSES, 18/11/2017, El Sauce). Antagónica, en cam-
bio, resultaba la presencia del hombre. Una operadora de
ANSES lo expresó de modo elocuente:
[Link]
192 • TENER LA ASIGNACIÓN
En general cuando viene un hombre a pedir una asignación
universal, te lo digo como operadora, como mujer, es descon-
fiable. Porque estamos acostumbrados a que los jueces le den
la tenencia de los chicos a la madre. Entonces le porfiamos
todo. Hasta que no nos muestra que tiene a cargo a los niños
con una sentencia judicial de tenencia y… le desconfiamos
todo porque, bueno, una tiene esa educación de que en reali-
dad la mujer es la que está siempre con los niños, y que son
muy pocas las mujeres que abandonan a los niños y entonces,
bueno, nada, al hombre le porfiamos todo, a la mujer cuando
viene, quizá no tiene ni la tenencia y no importa, al tipo le
porfiamos todo, hasta que demuestra realmente que es viudo
o hasta que demuestre que la situación es así como la plantea
(18/11/2017, El Sauce).
Desde el punto de vista de un hombre titular, el argu-
mento era coincidente con el planteo que hacía la opera-
dora de ANSES. Los hombres sabían que debían dar indi-
cios, demostrar mediante presentaciones administrativas
que eran ellos –y no las mujeres– quienes estaban a car-
go de los hijos. Solo así podían intentar revertir la lógica
predeterminada de un sistema de liquidación que automáti-
camente priorizaba a la mujer. Esa demostración no parecía
ser inusitada.
Incluso, acreditar ese estado –estar a cargo de los
hijos– podía ser una tarea ardua y de largo plazo. Era el
caso de Hernán5, por ejemplo. Al momento de la entrevista,
no había podido acceder a la AUH. Tenía a cargo a sus tres
hijos, uno de ellos menor de edad. Varios años atrás, le había
sido informado, en las oficinas de ANSES, que necesitaba
‘‘la firma de la madre’’ del niño para poder acceder a la
AUH; pero, dado que la madre vivía en Formosa, padecía
problemas de salud y estaba desvinculada de la familia, la
gestión no pudo resolverse. Transcribimos su testimonio:
5 La experiencia de Hernán es retomada en el quinto capítulo, apartado:
‘‘Cuando falta la AUH’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 193
Fui a pedir y ANSES me dijo que necesitaba una declaración
jurada de ambos menores, para poder seguir cobrando el
salario [la AUH]. Si no tenía la declaración jurada, porque
venía de parte de la madre o de algún juzgado, que yo tenía la
tenencia legal de mis hijos, no me daban. Y eso es lo que hicie-
ron: no me dieron. A partir de eso no hice más nada. Porque
también tenía que tener la firma de la madre y la madre está
en Formosa. Así que no pude hacer. Yo dije que me mandara
por fax y me dijeron que no era válido. Necesitaba la presen-
cia. Y después no insistí más. A mí me dijeron que necesitaba
todo, de hecho debo tener todos los papeles a medio hacer.
Tampoco insistí. Tampoco voy a ir a perder tiempo yo y a los
demás. Cuando me dijeron eso dije ‘debe ser así’. No me gusta
andar insistiendo. No fui más (29/10/16, El Sauce).
Posteriormente a la entrevista, le pedimos precisiones a
una operadora de ANSES acerca de la situación de Hernán.
En realidad, surgía una incompatibilidad. La madre del niño
había iniciado la gestión de una pensión no contributiva por
invalidez que estaba aún en proceso. La operadora nos dijo:
‘‘está complicado, él no tiene derecho a asignación universal
porque la mamá de los niños tiene un beneficio, una vez que
la mamá tenga liquidada la pensión por invalidez y la asig-
nación familiar, nosotros cargamos el [formulario] Madres
a él’’ (Luciana, operadora de ANSES, 18/11/2017, El Sauce).
El laberinto burocrático a transitar era el siguiente: una vez
que la pensión estuviera liquidada y la AAFF correspon-
diente otorgada a la mujer titular de la pensión, Hernán
debía completar a su nombre el formulario ‘‘Madres’’ en las
oficinas de ANSES. Denominación que, por cierto, deno-
taba el sesgo maternalista de la transferencia6. Solo de esa
manera podía ser traspasada la AAFF correspondiente a su
nombre. La resolución de esa situación particular requería
6 Esta gestión administrativa fue mencionada en el primer capítulo. Allí tam-
bién se aclaró que la medida fue removida en enero de 2019, en el momento
de escritura del libro, pasando a denominarse ‘‘Formulario de solicitud de
Asignaciones Familiares’’ y que está destinado tanto a padres o como a madres
que vivan con los niños, niñas o adolescentes.
[Link]
194 • TENER LA ASIGNACIÓN
la movilización de recursos y la realización de tareas que
eran díficiles de llevar a cabo en el contexto en que la fami-
lia, en ese entonces, se encontraba.
Los hombres advertían que en los escenarios formales su
presencia generaba cierta sospecha. Quizá por este motivo,
se sentían forzados a aseverar su rol como cuidadores. Ese
era el ángulo que los favorecía, cuando se presentaban ante
otros (Goffman 2006a). Tomamos el relato de Ramiro, titu-
lar de la AUH, para ejemplificar:
Cuando [mis hijos] estuvieron conmigo, siempre vivieron de
mi salario y de mi trabajo, nada más. Yo por eso [al quedar
sin empleo] tuve que hacer el trámite para cobrar la asig-
nación. Lo hago yo porque yo estoy a cargo de los chicos.
Yo, cualquier cosa, a mí me mandan a llamar los maestros
o tengo que ir a firmar lo de la libreta, voy yo. Yo me voy,
estoy a cargo de los chicos, yo estoy, me voy al colegio, me
presento, cualquier problema voy yo, siempre estoy yo para
los chicos. Siempre me llaman porque tienen mi número de
celular o de mi mamá, en la casa, me llaman a mí, voy yo,
siempre voy yo. No le voy a negar, ellos tienen a su madre y
como los maestros me preguntan a mí ‘¿ la mamá?’, pero yo
no soy la mamá, qué le puedo decir. Yo estoy a cargo de los
chicos, me encargo yo nada más, yo no voy a andar atrás de
ella (22/12/17, Sabala).
De tal modo, el afán por remarcar que eran ellos quie-
nes estaban a cargo de los hijos compensaba el velo de
sospecha que tenía su figura en los escenarios formales.
ii) Presencia extraña
Como titulares de la AUH, los hombres atravesaban
momentos sinuosos debido a que su presencia no era espera-
ble en los escenarios formales. Lo que le sucedió a Ramiro, un
varón titular de la AUH, cuando fue a solicitar un crédito
en las oficinas de ANSES resulta ilustrativo:
Autora: ¿Qué pasó en ANSES?
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 195
Ramiro: Bueno, me fui, porque esto [la casa] es de mi mamá,
yo tengo una piecita de tres por tres y somos tres varones [él
y sus dos hijos] y ella [su hija] es nena, y son grandes, ya es
grande la nena. Y digo yo, bueno, saco un préstamo [crédito
de ANSES] y termino la piecita porque mucho no me falta,
son pocas paredes las que tengo que terminar, y me ayuda
el más grande, y ya la nena va a estar sola, va a tener una
piecita sola. Bueno, fui normal, saqué turno, fui al ANSES,
me senté, me atendió bien la chica y me dice, me preguntó
todo, y me dice ‘espera diez minutos’. Me hizo esperar diez
minutos, estuve esperando, se levantó ella, se fue a una oficina
y después cuando vino me dijo que no, que no me podía dar el
préstamo porque no me acreditaba no sé qué, no me acuerdo
bien. Y bueno, le dije ‘no me lo puede dar, está bien’. Yo me
levanté y listo, bueno, ‘gracias chau’, le dije.
Autora: ¿Le preguntaste por qué?
Ramiro: No, no le pregunté por qué, no. Ella me preguntó
a mí si yo trabajaba en blanco, ‘sí, hace mucho trabajaba en
blanco, ahora no’, le dije. Y me preguntó, me dice ‘pero usted,
su señora, ¿usted no es viudo?’, me dice. Como diciendo que
la mamá de ellos no está muerta, qué sé yo, que por eso no
me lo pueden dar. Yo no le pregunté, no, no le pregunté a ella
[a la empleada] por qué no me lo podían dar. Y bueno, sí, me
dice, usted tiene que ser viudo como para que se lo den. ‘Ah
bueno’, pero yo no soy casado tampoco con ella, digamos, en
un sentido, bueno, tantos años estamos, está bien, es como
que está casado uno. Pero bueno, me dijo, usted no es viudo.
Si no es viudo no se le puede dar o no se le puede acreditar, no
sé, no me acuerdo cómo era. Bueno, está bien, le dije, ‘gracias’.
Me levanté y me vine, otra no me quedó. Vine con la cara
así larga pero bueno y yo dije, bueno, por ahí también como
es para la mujer y como yo soy hombre, no me lo dieron a
mí. Porque a veces pasa. A veces me tira abajo, es como que,
yo como hombre me siento un poco así mal, no quiero hacer
trámites. A veces la Julia [su cuñada] me dice ‘anda y hace esto’
y yo le digo sí pero a veces digo no, voy a ir al pedo si yo
sé que a mí no me lo van a dar, es como que me siento mal.
Porque soy hombre me hacen a un costado, yo me siento así,
que me hacen a un costado. Si yo a mis hijos los cuido, los
llevo al colegio, que no les hace falta nada, si el ANSES tiene
todo eso ahí, no sé (22/12/17, Sabala).
[Link]
196 • TENER LA ASIGNACIÓN
La negativa que recibió Ramiro se fundamentaba en
una circular de ANSES que establecía, como condición de
acceso al crédito, que las destinatarias fueran mujeres; espe-
cíficamente: ‘‘titular de género femenino, salvo viudo y con
madres privadas de la libertad por condena firme’’ (Cir-
cular ANSES Nº 60/17)7. Después de ir a consultar sobre
la situación atípica que Ramiro representaba, correctamen-
te la operadora argumentó: ‘‘pero usted no es viudo’’. Un
individuo proyecta una definición cuando llega a presencia
de otros, pero dentro de la interacción pueden tener lugar
hechos que contradigan, desacrediten o hagan dudar de
esa proyección. ‘‘Cuando ocurren estos sucesos disruptivos,
la interacción en sí puede llegar a detenerse en punto de
confusión y desconcierto’’ (Goffman 2006a, p. 24). La inter-
acción mostraba un suceso disruptivo. Conocedor de las
reglas de juego, Ramiro sospechó el motivo de la denegato-
ria; sabía que lo relativo a la AUH era ‘‘para la mujer’’. Reco-
nociéndose ajeno en ese escenario y aún con la importancia
que tenía para su familia el acceso al crédito, no cuestionó la
decisión. Interrumpió la actuación, abandonó su personaje;
se quitó del rostro ‘‘la máscara expresiva’’ que requería ese
encuentro cara a cara (Goffman 2006a, p. 132). En su refle-
xión, buscó en el cumplimiento de las condicionalidades
–‘‘el ANSES tiene todo’’– la forma de legitimarse en su rol
de cuidador para, aun siendo hombre, solicitar el crédito.
La presencia del hombre en los escenarios formales era
extraña aun cuando fuera titular de la prestación, de acuer-
do a las excepciones previstas en el marco normativo. Suce-
día que, más allá del marco normativo, al transitar esos
escenarios su figura era inesperada y chocante. En palabras de
7 Esta circular de ANSES explicita los requisitos para la solicitud del crédito
del Programa Argenta. Las características del crédito y la resolución que lo
reglamenta fue detallado en el primer capítulo, en el apartado ‘‘Aspectos for-
males’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 197
Goffman, era un ‘‘suceso disruptivo’’. Un hombre interac-
tuando allí llamaba la atención; desde el punto de vista del
género, interrumpía un orden.
iii) Presencia vergonzante
Cuando recorrían escenarios formales, hombres y mujeres se
exponían a la mirada de otros; en el caso de los hombres, la
dificultad estaba en que quedada afectado lo concerniente a
su rol como proveedores. En ese sentido, para los varones,
resultaba vergonzante. Retomamos el relato de Ramiro:
A mí me tratan bien, me tratan bien [en el centro de salud y
en la escuela]. A veces me da vergüenza como hombre, ¿no?
Un poco, digo yo, porque yo tengo que andar con los chicos
por todos lados y como hombre digo. Pero yo si tengo que
llevarlos, los llevo a la salita igual. A veces me siento mal
porque son todas mujeres. Tantas veces en la salita, como me
ven en el ANSES o en la escuela, y digo yo, ¿no?, soy el único
hombre, pero ese no más es el problema. Igual los hago los
trámites, normal, lo hago normal, nada más eso, lo que a veces
pienso yo (22/12/17, Sabala).
Cuando quedó desempleado, Ramiro realizó la gestión
correspondiente para acceder a la AUH. Desde ese punto de
inflexión en su vida –quedar desempleado–, empezó a reco-
lectar cartones en la vía pública. Los miércoles y los sábados
solía ir a una feria de venta de artículos usados con el obje-
tivo de vender lo que iba consiguiendo en los circuitos que
recorría. En décadas previas, había tenido empleo formal.
Trabajó, bajo esa modalidad, durante veinte años. Cuando
daba cuenta de sus experiencias de trabajo, ahí sí había un
relato que merecía ser narrado. En relación a ese momento de
su vida, argumentaba: ‘‘[mis hijos] siempre vivieron de mi
salario’’. Las vivencias en torno a la AUH, por el contrario,
estaban asociadas a lo vergonzante y, en particular, a la inco-
modidad que le producía el tránsito por las instituciones.
[Link]
198 • TENER LA ASIGNACIÓN
Haciendo las gestiones requeridas, ya sea en el centro
de salud, en la escuela o en las oficinas de ANSES, Ramiro
se sentía desconcertado. Para un hombre, encontrarse allí
inevitablemente mostraba un desarreglo: significaba expo-
ner la dificultad para asegurar la subsistencia de la familia
gracias a los ingresos obtenidos por medio del trabajo y a la
vez expresaba la ausencia de una mujer-madre encargada de
esas tareas y gestiones. Cabe recordar que la política social
modela la interacción entre familias y mercados laborales
mediante la definición de los criterios por los cuales las
personas reclaman el acceso legítimo a la distribución de
recursos: ‘‘los hombres tienden a reclamar dicho acceso en
tanto trabajadores y las mujeres en tanto esposas y madres’’
(Martínez Franzoni 2008, p. 35)8. De ese modo, Ramiro
ponía de manifiesto un déficit aun cuando se encontraba
trabajando de modo sostenido en la recolección de mate-
riales reciclables. Estrategia laboral que no parecía ser lo
suficientemente efectiva para que pudiera desmarcarse y,
así, no asumir el supuesto déficit. Sucedía que el dinero de
la AUH no provenía del mundo del trabajo y este punto
indefectiblemente nos conecta con las dimensiones morales
asociadas al mismo y a la construcción de una identidad
social (Hornes 2017).
Las prácticas y las vivencias de los titulares varones
hacían resurgir una clásica contraposición: la del derecho a
una transferencia estatal en oposición al sustento obtenido
sobre la base del esfuerzo y del trabajo. Era un bloque de
ideas que, según los relatos recabados, parecía ser compac-
to, no tener fisuras.
8 Martínez Franzoni incorpora la dimensión de género en el análisis de los
regímenes de bienestar debido a que ‘‘las prácticas de asignación de recursos
se organizan en torno a la división sexual del trabajo’’. Es decir, ‘‘mercantili-
zación, desmercantilización y familiarización tienen lugar en mundos
sociales genéricamente construidos, de allí que la constelación de prácticas
de asignación de recursos varíe según la división sexual del trabajo que las
sustenta’’ (Martínez Franzoni 2008, p. 32). La autora se refiere a regímenes
de bienestar, en nuestro caso tomamos esa alusión para pensar específica-
mente a la política social.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 199
3. Las hacedoras legítimas y las observadas
Las mujeres asumían el protagonismo que esta política
social formalmente les concedía: las definimos como las
hacedoras legítimas y las observadas. Analizamos tres ejes que
consideramos centrales: lo doméstico, la maternidad y los
adjetivos a través de los cuales solían ser juzgadas. La AUH
se vivía en femenino. ¿Cómo eran, entonces, sus prácticas
y sus vivencias?
3.1 Lo doméstico
Durante el trabajo de campo, las respuestas más frecuentes
que recibimos a la pregunta ‘‘¿cómo es un día habitual para
vos?’’ mostraban expresiones del tipo: ‘‘estoy todo el día
acá’’, ‘‘me quedo adentro’’. Por ejemplo:
Me levanto, levanto a Lili [su hija], ahora estamos con el
jardín, la adaptación que le cuesta porque va a jornada com-
pleta. Llega al mediodía y empieza ‘mi mamá, mi mamá’ y
yo la tengo que ir a buscar, vengo, estoy con mi mamá, con
mi papá, a veces cocino, a veces voy al comedor a buscar la
comida, a un comedor comunitario, ahí trabajaba mi mamá y
nada, estoy acá todo el día, no hago más nada que eso (Rita,
18/11/17, El Sauce).
La pregunta tomaba a las mujeres por sorpresa. Sona-
ba extraño desandar lo hecho en ‘‘un día habitual’’ cuando
lo que había que desandar era, en buena medida, activi-
dades domésticas y de cuidado, rutinizadas. Tarea difícil la
de narrar aquello no objetivado como trabajo, aquello que
sucede cuando ‘‘me quedo adentro’’. Incluso tratándose de
procesos esenciales para el mantenimiento de la vida, esas
tareas asumían una forma minimizada. La titularidad de la
AUH no les brindaba argumentos para valorizar y resignifi-
car esas tareas esenciales. Por ejemplo, Lola, una ex titular
de la AUH, cuando tenía a la transferencia de esta políti-
ca social como ingreso principal dado que aún no estaba
[Link]
200 • TENER LA ASIGNACIÓN
desarrollando un pequeño emprendimiento familiar que
luego inició, según su punto de vista, en ese periodo, ‘‘estaba
al pedo’’ (11/11/16, El Sauce)9. Haney sostiene lo siguiente:
Como han argumentado muchas feministas occidentales, el
maternalismo puede ser un discurso de empoderamiento
para las mujeres. Históricamente, ha sido el idioma central a
través del cual las mujeres han asegurado la asistencia esta-
tal. Al proclamar una especial importancia como madres,
las mujeres han obtenido acceso al estado, tanto como res-
ponsables de la formulación de políticas como demandantes
(Haney 2002, p. 132, traducción propia).
Estas garantías, en definitiva, les permitieron hacer
demandas legítimas al Estado y les confirieron ‘‘un sentido
de importancia social’’ (Haney 2002, p. 133). Destacando
este punto interesante, notamos que, cuando la AUH propi-
ciaba el repliegue de las mujeres en el mundo doméstico, les
brindaba muy pocas artimañas retóricas para hacer valioso
ese mandato. Estaba claro que las mujeres hacían propio el
dinero de la AUH y que, sin embargo, esa apropiación no
alcanzaba a legitimarse en el esfuerzo que destinaban a la
crianza de sus hijos.
Observamos, de tal modo, que la AUH fomentaba una
sociabilidad hacia adentro e individualizante. Contribuía a
forjar un tipo de sociabilidad estrechamente ligada al ámbi-
to doméstico. Era hacia adentro en la medida en que empla-
zaba a la mujer en el hogar a la vez que no le proporcionaba
9 Transcribimos parte de la crónica escrita luego de entrevistar a esta titular,
dado que ilustra el punto expuesto: ‘‘a lo largo de 2015, Lola trabajó junto a
su hermana en el emprendimiento de hacer comida y servirla en el patio de
su vivienda. A mitad de la entrevista con Lola, entró un empleado de una
empresa de recolección de basura de la zona. Le pidió a las hermanas ensala-
da de frutas. Ambas le hicieron chistes, ‘mañana te la preparo’; ‘¿pero cómo
no tenés ensalada de frutas?’; ‘pero si vos hace un montón que no venís’, se
reían las dos hermanas. Sorprendía el trato amistoso y cómplice. El empren-
dimiento significaba mucho para esta familia. El reconocimiento, la sociabi-
lidad y el encuentro con otros que establecen a través de este trabajo fue fácil
de percibir. Recordaba cuando Lola contaba que ‘antes del emprendimiento
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 201
anclajes colectivos. El hogar aparecía jerarquizado porque
allí tenían lugar las tareas de cuidado que esta política
social, en términos formales, privilegia. Es obvio decirlo:
las tareas de cuidado iban de la mano del repliegue en la
esfera doméstica. Asimismo, era individualizante en tanto la
mujer era concebida de modo aislado. No había anclaje en el
territorio, en el sentido de que no se estructuraban lazos ni
se forjaban pertenencias comunitarias más allá de aquellas
formales que se derivaban del cumplimiento de las con-
dicionalidades. La unidad sanitaria y la escuela aparecían
como las únicas instituciones con las cuales, en el ámbito
más cercado, se promovía un vínculo. Era un vínculo, como
analizamos en el segundo capítulo, preexistente y que a
partir de la AUH se veía resignificado.
No obstante, este tipo de sociabilidad, promovida y
esperada en función del diseño de la AUH, no era asimi-
lada por las mujeres de un modo lineal. Se desplegaban
maniobras, en el sentido que le da Haney (2002) al término:
aludimos a los significados que los sujetos de la regulación
estatal adjuntaron a esa regulación y a las formas en que
maniobraron para protegerse de ello, alternativas que son
subterráneas. Aún cuando esta política social no favorecía la
circulación de las mujeres por diferentes escenarios, alter-
nativos al del hogar, ellas, no obstante, los transitaban y los
ocupaban diariamente.
Sucedía que las mujeres estaban compelidas, debido
a un entorno de fuerte privación material, a ‘‘no quedar-
se quietas’’, a poner en juego estrategias variadas, a tran-
sitar escenarios más allá del doméstico y a apelar recu-
rrentemente a instancias colectivas en el territorio. Este
rasgo esbozado lo abordaremos, en detalle, en el capítulo
siguiente. Por ejemplo, tomamos el relato de Rosalía, una
[es decir, cuando tenía solo la AUH], estaba al pedo’. Estado que contrastaba
con estos encuentros cara a cara y risas que presenciamos’’ (crónica entre-
vista, ex titular de la AUH, 11/11/16, El Sauce).
[Link]
202 • TENER LA ASIGNACIÓN
titular de la AUH y a la vez del Programa Argentina Tra-
baja, que expresaba de la siguiente manera sus actividades
cotidianas:
A las ocho, mis nenas van en la mañana al jardín, yo las llevo
a las ocho y me vengo para acá [a un comedor comunitario].
Trabajamos, le damos la comida a la gente, la vianda, hasta
las dos de la tarde estoy acá. Después, al mediodía, las voy
a buscar y las traigo de vuelta para acá. Y después, como mi
mamá tiene un negocio [un almacén en la propia vivienda],
la ayudo ahí en el negocio durante la tarde. Ahora, que están
lindos los días, nos sentamos en la vereda, estamos, ellas [sus
hijas] se ponen a jugar, andar en la bici pero en mi casa no
más (18/10/17, Sabala).
No resulta extraño que Rosalía, como sucedía con
muchas otras entrevistadas, dijera en ‘‘mi casa nomás’’. A ese
tipo de expresiones –‘‘no hago nada, me quedo adentro’’–
era necesario contraponer la búsqueda constante en rela-
ción a qué más hacer para garantizar la reproducción de la
familia. Era un ‘‘estar adentro’’ muy activo10: cuando tenían
ropa usada iban a la feria a venderla, buscaban comida en el
comedor comunitario, participaban de la dinámica cotidia-
na de comedores y ‘‘copas de leche’’, entablaban lazos con
vecinas y referentes para facilitar el acceso a recursos esta-
tales, ayudaban en pequeños emprendimientos familiares.
Indefectiblemente, las diferentes líneas de acción que eran
necesarias poner en juego requerían movimientos y vínculos.
La concurrencia a los comedores comunitarios es un
ejemplo del punto que buscamos mostrar. El comedor
representaba para las mujeres un lugar de sociabilidad.
En comedores comunitarios, merenderos, ‘‘copas de leche’’,
transcurrían los mediodía y las tardes de muchas de las
10 Esta imagen, la de un ‘‘estar adentro’’ muy activo, se desglosa en el capítulo
quinto, en el apartado: ‘‘Los ‘rebusques’ ’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 203
mujeres con quienes conversamos. No solo eran titulares
de la AUH quienes asistían al comedor sino también las
propias mujeres que colaboraban en esas instituciones.
Colaboradoras y concurrentes al comedor, se conocían
entre sí. ‘‘Quédate que ahora vas a ver, a las once y media
empiezan a venir, varias mujeres que tienen la asigna-
ción’’, nos insistió Lucila, una colaboradora de un comedor,
sabiendo que nos iba a interesan conversar con las titulares
de la AUH (notas de campo, comedor de Tina, El Sauce,
17/11/16). Cuando decimos que los comedores represen-
taban un lugar de sociabilidad no apelamos a una visión
romántica de estos espacios, en el supuesto virtuosismo de
una instancia ‘‘de ayuda’’ entre vecinos del barrio. Hacemos
referencia, en cambio, a relaciones sociales de cercanía y
de conocimiento entre las personas que concurrían y las
personas que organizaban el comedor, que generaban cierta
calidez y gracia en su atmosfera cotidiana. Es decir, a los
‘‘sentidos afectivos’’ (D’amico 2015) presentes en la figura
del comedor comunitario. En este caso, nos interesa incor-
porar al análisis los movimientos y los vínculos que la concu-
rrencia a comedores desencadenaba.
La presencia de las contraprestaciones exigidas por las
políticas de TMC era otro claro ejemplo del punto que
buscamos señalar. Con frecuencia, eran las propias políti-
cas sociales las que promovían movimientos y vínculos extra
domésticos, sencillamente debido a que prescribían contra-
prestaciones que se desarrollaban fuera del hogar. Coinci-
dimos con lo señalado por Zibecchi:
Frente a múltiples prácticas desacreditadoras, la participa-
ción en actividades comunitarias y en ciertas institucio-
nes públicas abre un espacio para el reconocimiento de
pares y el establecimiento de relaciones de reciprocidad. […]
[D]eterminadas actividades comunitarias permiten no sólo
cierto reconocimiento por parte de pares, sino también la
reconstrucción de una rutina cotidiana, otrora construida en
torno a los horarios de trabajo. Sin embargo, este espacio
–que a algunos habilita para sentirse útiles y comprometidos,
[Link]
204 • TENER LA ASIGNACIÓN
y a otros para estructurar un día cotidiano simulando hora-
rios fabriles– pronto encuentra sus límites, en cuanto se cir-
cunscribe a un pequeño grupo o institución –una escuela, un
determinado hospital o una organización de desocupados–.
En otras palabras –y parafraseando a Fraser– el reconoci-
miento social no se resuelve al interior de un pequeño grupo
de personas, en la medida en que requiere patrones culturales
institucionalizados de interpretación y valoración que ase-
guren la igualdad de oportunidades para alcanzar la estima
social (Zibecchi 2013, p. 140).
Cumplir con la contraprestación en un comedor comu-
nitario significaba formar parte de un grupo de mujeres
que sostenía la rutina del comedor y a la vez interac-
tuar todos los mediodías con los vecinos que concurrían
a la institución. Cumplir con la contraprestación realizan-
do alguna actividad en un movimiento social, participan-
do activamente de la organización cotidiana, producía un
efecto similar. Elena, una titular de la AUH, lo expresó de
la siguiente manera:
Yo cuando entré [al Movimiento Dario Santillán], empecé
a trabajar y me fui dando cuenta de un montón de cosas,
cuando entré a la Cooperativa. Porque había peores proble-
mas que los míos. Lo mío era un poroto al lado de todos,
escuchando a las personas. Agarré y le dije [a su ex pareja]:
‘Me voy a cansar, me estoy cansando, y te voy a echar’ y fue
así. Saliendo de adentro de las cuatro paredes de donde estábamos,
le dije ‘basta, hasta acá llegamos, no te amo, se me terminó
el amor por vos, chau, te vas. Así es como pasó’. Ahora me
doy cuenta. Estando en cuatro paredes creía en lo que él me
decía, nada más. Pero saliendo afuera, al mundo digamos,
digo, ‘no ¿qué estoy haciendo? ¿En cuatro paredes, encerrada,
qué estoy haciendo?’ Entonces fue un re cambio. Lo que pasa
es que, una forma de decir, si yo no salía a descubrir el mundo
afuera, iba a seguir todavía. Para mí fue bueno, no porque
sea de Darío Santillán, sino por salir, a ver las cosas de afuera
(19/11/2016, El Sauce).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 205
En suma, emplazando a la mujer en el hogar, la AUH
favorecía la puesta en escena de una sociabilidad hacia aden-
tro e individualizante. Las tareas que desarrollaban en el
ámbito doméstico eran narradas por las mujeres asumien-
do una forma rutinizada y minimizada. Sin embargo, en el
desarrollo de esas tareas, gracias a las cuales sin dudas se
reproducía la vida de la familia, se resquebrajaba esa socia-
bilidad hacia adentro hacia adentro e individualizante: la propia
dinámica del mantenimiento cotidiano hacía imprescindi-
ble que las mujeres establecieran movimientos y enlazaran
vínculos extradomésticos.
3.2 La maternidad
Los detalles vívidos relacionados con la crianza de los hijos
estuvieron muy presentes en las conversaciones mantenidas
con las mujeres a lo largo de todo nuestro trabajo de campo.
En el hilo de las conversaciones, solían colarse preocupa-
ciones, anécdotas, logros y ocurrencias de los niños. Tam-
bién, la pesadez, el agotamiento y el cansancio. Hacia todos
estos asuntos los relatos viraban con facilidad; parecían ser
cuestiones que ocupaban la vida cotidiana, tenían peso y
no pasaban desapercibidas. Sin ser aspectos a indagar que
estuviesen pautados, tangencialmente ocupaban un lugar y
se colaban en las conversaciones: la crianza de los hijos era
convertida por las mujeres en un foco de atención sobre el
cual había detalles para dar.
Por ejemplo, era una escena habitual que, durante las
entrevistas, los hijos de las mujeres estuvieran presentes. En
varias grabaciones de entrevistas aparecían voces de niños
y en las crónicas realizadas luego de las entrevistas quedaba
registrado el movimiento y el juego11. Los esfuerzos de las
mujeres por contar y por cuidar, al mismo tiempo, eran
11 Citamos un ejemplo, cuando entrevistamos a Tamara, una titular de la AUH,
hicimos la siguiente anotación: ‘‘Tamara tiene cuatro hijos, ‘la más grande de
12 años, el varón de 7, la nena de 4 y el bebé de 7 meses’, me explicó. La
entrevista fluyó entre amamantamiento, vómitos, llantos y risas. No la per-
[Link]
206 • TENER LA ASIGNACIÓN
notables: las narraciones aparecían en tensión, a veces inte-
rrumpidas, las charlas solían cortarse y retomarse. Mujeres
que mientras hablaban, directamente o de reojo, estaban
atentas a lo que sus hijos hacían. En los momentos del año
con receso escolar este punto fue más claro; sin embargo,
en las conversaciones sucedidas durante la época escolar
no fue muy diferente. Estas no eran cuestiones anecdó-
ticas o descriptivas: la maternidad daba forma a la vida
de las mujeres que entrevistamos, estaba acentuado el rol
de cuidado. La situación de entrevista a las que hacemos
referencia resultaba ser una pequeña muestra de cómo el
universo de estas mujeres estaba atravesado por ese rol y
por esas tareas.
Incluso los momentos en los cuales las mujeres se
encontraban realizando una contraprestación exigida por
una política de TMC en un ámbito comunitario, no siempre
las sustraían de las tareas de cuidado. Por ejemplo, algunas
mujeres que colaboraban en un comedor comunitario rea-
lizando la contraprestación del programa Ellas Hacen y que
tenían asignada, de ese modo, una tarea de tipo comunita-
ria, solían trabajar allí junto a sus hijos, cuidándolos a la vez
que cumplían con la contraprestación. El hecho de que la
política social asignara a la mujer otras tareas que no fueran
las del cuidado a los hijos, no las sustraía, necesariamente,
de la obligación por dicha tarea.
¿De qué modo la presencia de la AUH reforzaba la ocu-
pación de la mujer en el cuidado de los hijos? Las gestiones
asociadas a la ‘‘firma de la libreta’’ gozaban de cierto auto-
matismo. Sin embargo, completar ‘‘la libreta’’ en realidad
camuflaba la responsabilidad de llevar a cabo las tareas de
cuidado en el espacio doméstico. El dinero que las muje-
res obtenían a través de la AUH estaba recubierto de ese
significado: ‘‘ser portadora del cobro del beneficio de la
turbó para poder dialogar. Con soltura, upaba al recién nacido, lo amantaba,
lo volvía a recostar, lo limpiaba y, mientras tanto, hablaba sin perder el hilo
del relato’’ (crónica de entrevista, 13/11/17, Sabala).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 207
AUH convierte a las mujeres en las responsables de gestio-
nar tal dinero, pero sin dejar de descuidar el espacio del
hogar’’ (Hornes 2016, p. 96). Entonces, bajo la órbita de esta
política, las mujeres encontraban formalidad en las tareas
de cuidado; tareas profundamente conocidas pero que, sin
embargo, ahora tenían sello estatal. Tareas que, a partir de
la AUH, portaban la ‘‘solemnidad’’ (Bourdieu 2014, p. 203)
que da el Estado.
Teniendo sello estatal esas tareas eran vividas, en cierto
sentido, como jerarquizadas. Las jerarquizaba el propio
Estado a través de una política social. En coincidencia con
el análisis de Garcés (2015, p. 136), ‘‘se trata de prácticas
instaladas, de ‘costumbres’ que ya tenían, de obligaciones
que ya cumplían’’. Entonces, “la AUH ‘transforma’ lo que
eran prácticas instaladas en obligaciones, independiente-
mente que son obligaciones inherentes a la función paterna,
más allá de la participación de un programa social’’ (Gar-
cés 2015, p. 136). Las tareas, enmarcadas en el formato de
la AUH, adquirían un estatuto especial: ‘‘la AUH le dice a
las familias qué es lo que importa’’, comentó una médica
encargada de firmar ‘‘las libretas’’ (8/2/18, Sabala). Enton-
ces, si las tareas de cuidado se ubicaban en la órbita de
esta política social dejaban de ser meramente protocolares,
se jerarquizaban.
La jerarquización de las tareas de cuidado no eran
cuestiones inocuas. La trabajadora social de una escuela lla-
mó a las mujeres titulares de la AUH, ‘‘supermadres’’. En su
carácter de madres, asumían una sobrecarga de responsabi-
lidades domésticas. ‘‘Tienen una sobrecarga física y mental’’,
expresaba esta trabajadora social. Para ejemplificar, relató
una escena: ‘‘un chico que falta mucho [a la escuela], te pones
a indagar por qué y, por ejemplo, su madre tuvo que llevar al
médico a un hermanito, y quizá el papá está en la casa pero
quien lo trae es la madre y no el padre, entonces ese día el
nene falta’’ (15/12/17, Sabala). No sorprendía que una per-
sona conocedora del territorio y de los problemas sociales
que lo atravesaban diera ese diagnóstico. Analizando otro
[Link]
208 • TENER LA ASIGNACIÓN
contexto social y geográfico, Haney muestra que ‘‘las histo-
rias de madres fatigadas y con exceso de trabajo’’ resuenan
en los dispositivos de asistencia social, resuenan ‘‘mientras
las mujeres continúan enfrentando dificultades para equi-
librar sus demandas laborales y familiares’’ (Haney 2002,
p. 136). Una fatiga que para esta autora hacía mella en el
bienestar emocional de las mujeres12. De eso, precisamente,
nos estaba hablando la trabajadora social y la calificación
de ‘‘supermadres’’, en este caso, nos interesa para observar
que la presencia de la AUH reforzaba ese atributo y no
contribuía a generar otro.
La atención constante al presupuesto del hogar, la
organización de los gastos y la forma de preverlos eran
puntos centrales para explicar por qué esa ‘‘sobrecarga’’ se
producía. Hornes (2017) advierte sobre el nivel de detalle
que las mujeres de sectores populares suelen manejar en la
confección del presupuesto hogareño. Como señalábamos
en el apartado previo, las mujeres ‘‘estaban adentro’’ pero de
un modo muy activo; idea que, a la vez, será retomada en el
capítulo próximo al mostrar los ‘‘rebusques’’ que las familias
solían encontrar para maniobrar y garantizar la subsisten-
cia. Entonces, con mayor precisión, la ‘‘sobrecarga’’ a la que
hacemos referencia la ubicamos en el cruce de la responsa-
bilidad de las tareas de cuidado y el contexto de marcada
privación material, con la necesidad constante de realizar
esfuerzos para poder vivir día a día. Visto de este modo,
resulta comprensible el detalle que dábamos anteriormente
sobre la pesadez, el agotamiento y el cansancio que, según
observamos, solían colarse en los relatos de las mujeres.
12 Para una referencia a esta ‘‘sobrecarga’’ en contextos próximos, puede verse,
por ejemplo, a Zibecchi (2013). La autora identifica: ‘‘la tensión inherente a
las demandas de tiempo de cuidado y del trabajo en sus múltiples manifesta-
ciones –reproductivo, productivo, comunitario, de cuidado– tiene su con-
tracara: el agotamiento físico-mental que vivencian las entrevistadas’’
(Zibecchi 2013, p. 126).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 209
Por cierto la jerarquización de las tareas de cuidado a
través de la acción de políticas sociales excede, claramente,
a la AUH. Las mujeres portan una ‘‘historia de condicionali-
dades’’ (Garcés 2015, p. 129) en relación a dichas tareas. De
Sena (2014), en ese sentido, hace un recorrido por diferen-
tes políticas sociales nacionales, desde el PJJHD a la AUH,
para mostrar la centralidad del lugar de la mujer en esas
políticas y las consecuencias de la “sobrecarga” que esa par-
ticipación supone13. Que las mujeres fueran convocadas a
cumplir un rol de cuidado de ninguna manera era una expe-
riencia inédita. Para analizarlo debemos trazar una línea de
continuidad entre políticas sociales: PJJHD, Plan Familias
y AUH. El Programa Familias, antecesor de la AUH desde
el 2005 hasta finales del 200914, significó, para la mujer, la
vuelta al hogar. Transcribimos un relato recabado en 2009,
en el marco de nuestra tesis de maestría. Carla, una titular
del Programa Familias relataba el pasaje desde el PJJHD
hacia el Programa Familias:
Carla: cuando vos te vas a trabajar [contraprestación del
PJJHD] tenés que levantarte temprano y estar todo el medio-
día, hasta la una yo no volvía, dejar a los chicos solos hasta
que vos vuelvas, no sabés, cuando volvés, cómo van a estar los
chicos, ahí eran más chiquitos los míos.
Autora: ¿con quién los dejabas?
Carla: quedaban solos, los mandaba a la escuela, cosa que
estén muy poco tiempo solos, yo los llevaba a la escuela, los
dejaba en la escuela y me iba a trabajar, ellos salían a las
doce y media y yo llegaba a la una [del mediodía] recién a
casa, o sea que esa media hora, un aburrimiento, no veía la
hora de que toque la campanita para salir ¿viste?, y aparte no
te mandaban cerca de tu casa, te mandaban a otros barrios,
íbamos nosotros caminando. ¿Sabés lo que era? Hay que estar
13 Un análisis direccionado en sentido similar, que recorre diferentes políticas
sociales implementadas en el país desde una perspectiva de género, puede
hallarse en Goren (2011).
14 Ver referencias en el primer capítulo, apartado ‘‘Los antecedentes de la
AUH’’.
[Link]
210 • TENER LA ASIGNACIÓN
ahí. Al pasar al Plan Familias yo volví a llevarlos al colegio y
traerlos, a ocuparme de los chicos y a cocinarles a horario,
comer a horario ¿viste?, eso fue lo positivo del Familias, que
no te, que te permitían estar con los chicos y para muchas
personas que yo me acuerdo que trabajaban conmigo, que
tenían que cortar el pasto, tenían que llevar los chiquitos con
ellas porque no tenían con quien dejarlos, a chupar frio, a
estar con sol, la mayoría de ellos también pasaron al Familias
(Rizzo 2010, p. 105).
Retomamos lo analizado en aquella instancia:
Un grupo de mujeres percibe el traspaso al Programa Fami-
lias como ‘un alivio’, en particular por la dificultad que supo-
nía combinar la contraprestación laboral, los trabajos even-
tuales y el cuidado de los hijos. En otros términos, representó
una disminución en la sobrecargas de roles y la percepción de
‘una vuelta al hogar’. La ausencia de contraprestación labo-
ral restó anclaje comunitario pero agregó tranquilidad. Estas
mujeres desarrollaban la contraprestación del PJJHD ‘en la
calle’, es decir, haciendo tareas en la vía pública, como cor-
tar el césped y limpiar. Actividades cuya valoración solía ser
desfavorable. Con el acceso del Programa Familias hubo una
reorganización de las unidades domésticas en dos aspectos:
por un lado, respecto del incremento en el tiempo destinado
al cuidado de los hijos, aspecto que, en principio, es percibido
como positivo; y, por otro lado, en cuanto a mayores posibili-
dades para realizar actividades laborales capaces de aumentar
relativamente los ingresos familiares (Rizzo 2010, p. 105).
Entonces, el Programa Familias retornó a las mujeres al
hogar; situadas por la acción de la política social en el ámbi-
to privado, la AUH se encargó de no introducir ninguna
variación en ese plano. Había razones históricas, entonces,
para comprender por qué el rol de cuidado que la AUH
endilgaba a las mujeres fuera vivido como un hecho asimi-
lado, como parte del orden de las cosas.
Si recordamos las lógicas contradictorias que el Esta-
do tiene (Morgan y Orloff 2017), podemos advertir que
las mujeres, en muchos casos, habían sido convocadas por
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 211
parte del Estado de acuerdo a diferentes mandatos a lo largo
de sus vidas. Sin embargo, las exigencias a cumplir –aun
disímiles– solían guardar coherencia desde el punto de vista
del género. Varias mujeres entrevistadas en Sabala, además
de percibir la AUH, realizaban la contraprestación del Pro-
grama Argentina Trabaja: llevaban a cabo tareas comunita-
rias en comedores comunitarios y diariamente, definían el
menú de acuerdo a las posibilidades de la institución, pre-
paraban los alimentos, los distribuían, limpiaban y acomo-
daban el espacio. Tareas comunitarias que, de algún modo,
eran con frecuencia una extensión de las tareas domésticas.
Vale la pena hacer una referencia histórica: ‘‘el binomio
madre-hijo’’ ocupó un lugar privilegiado como motivo de
la intervención estatal en los orígenes de la profesionali-
zación del Trabajo Social y la mujer en tanto madre/ama
de casa de los sectores populares era un punto estratégico
dentro de los objetivos de la intervención (Grassi 1989).
Son numerosas las políticas sociales que de algún modo
extienden en la actualidad ese rol de larga data hacia el ámbi-
to de la comunidad. De este modo, como plantea De Sena
(2014, p. 122), ‘‘la mujer va cargando con tareas y respon-
sabilidades hacia adentro debiendo asegurar el bienestar
de los integrantes, y hacia afuera del hogar mostrándose
solidaria y participante en la comunidad, construyéndose
un sujeto capaz de asegurar la ‘felicidad’ de su entorno’’.
Convocadas dentro del ámbito doméstico –bajo la forma de
condicionalidades– o bien fuera de él –bajo la forma de con-
traprestación–, a las mujeres les era trasladada, en un sentido
amplio, la exigencia por las tareas de cuidado hacia otros.
Una recreación de esa ‘‘obligación de amar’’ transformada
en ‘‘disposición amante’’ que atañe preeminentemente a la
mujer y a través de la cual Bourdieu (2013, p. 48) define el
‘‘espíritu de familia’’15.
15 Ver la introducción del libro, apartado: ‘‘Puntos de partida teórico-
metodológicos’’.
[Link]
212 • TENER LA ASIGNACIÓN
Sintetizando, hemos analizado la imbricación entre
AUH y maternidad. La modalidad de gestión ya había sido
interiorizada por parte de las mujeres, por eso lo importan-
te en este punto no tiene que ver con el hecho de que fueran
ellas quienes se ocuparan de completar ‘‘la libreta’’. Antes
bien, debe destacarse que la jerarquización de las tareas de
cuidado como responsabilidad materna afianzaba prácticas
y vivencias diferenciales para hombres y mujeres. Prácticas
y vivencias que eran eco de la estratificación de género
establecida y, por lo tanto, que añadían y naturalizaban una
carga más a las muchas que las mujeres solían tener. Una
carga que, además, no era novedosa dado que, en muchos
casos, a mandatos similares las mujeres habían estado con-
vocadas como titulares de otras políticas sociales.
3.3 Los adjetivos que juzgan
La crónica escrita luego de la entrevista a Amelia, una titular
de la AUH, era ilustrativa respecto del uso del dinero de esta
política social. Expresaba que cuando se comenzaba a ser
titular de esta política social se comenzaba también a tomar
decisiones sobre el destino del dinero:
Pocos días antes de la charla, Amelia había ido a [la feria] ‘La
Salada’16 a comprar ropa para ‘los chicos’ y para ella. Es la
plata ‘de la asignación’. ‘La manejo yo’, nos dijo. Antes, ‘cuando
cobraba él [su marido], la manejaba él, ahora yo’. Una vez que
Amelia obtuvo su documento argentino, pasó a ser titular de
la AUH y, en consecuencia, a tomar decisiones en torno a
ese dinero. ‘Mirá tenemos que comprar tal cosa’, me cuenta
Amelia reproduciendo un diálogo imaginario con su marido.
‘Bueno, vos sabés, yo no me meto’, le suele responder él. Solo
cuando tiene que comprar materiales, Amelia va acompañada
por él, porque ella no sabe ‘de esas cosas’; pero el resto de las
compras las realiza ella, por su cuenta. Él tiene la plata de su
16 Se trata de un gran complejo ferial ubicado en el partido de Lomas de
Zamora, Provincia de Buenos Aires, que comercializa ropa de imitación a
bajo precio.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 213
trabajo y Amelia tiene la plata de la AUH: ‘cada uno con sus
cosas’. Al ‘mercado central’ van juntos y ‘paga él, si falta, pago
yo’. El punto de interés es que Amelia, en algunas ocasiones,
‘le pasaba’ plata a su esposo ‘para que termine la vivienda que
están construyendo (una pequeña habitación en el patio de la
casa con el fin de alquilarla)’. Pero este mes Amelia le dijo a su
esposo: ‘[los hijos] nunca tienen ropa nueva, ni linda’. ‘Como
tenemos que terminar acá, no tienen nunca ropa linda, ahora
primero los chicos, yo te ayudo pero después de las fiestas,
ahí te ayudo de vuelta’. Relata, entonces, que fue a ‘La Salada’
a comprar ropa. ‘Caminamos, cómo caminamos!’, exclama.
Cuando ella regresó, su marido le dijo, ‘fa, todo gastaste’, rela-
ta con histrionismo Amelia (12/12/17, Sabala).
Con frecuencia, incluso, el dinero era simbolizado por
las mujeres como ‘‘un sueldo’’17. ‘‘Yo cobro’’, ‘‘con lo mío’’ y
‘‘mi sueldo’’ fueron palabras muy presentes en los relatos
obtenidos. Se diferenciaba, por ejemplo, ‘‘cuando cobro yo’’
de ‘‘cuando cobra mi marido’’. Eran las mujeres quienes
introyectaban el dinero de la AUH al interior del hogar y
lo amoldaban a las necesidades y a los deseos de sus inte-
grantes. El dinero formaba parte de un armado hacían ellas:
habitualmente definían qué tipos de productos era necesa-
rio comprar, qué cantidad, para qué integrante de la familia,
de qué modo se organizaban las compras durante el mes y
cómo se pagaba lo comprado. Que estuvieran ellas a cargo
de estas definiciones traía algunas consecuencias.
De acuerdo a la utilización que hacían del dinero de
la AUH, las mujeres eran adjetivadas. No era el destino que
se le asignaba al dinero lo que se ponía en cuestión estric-
tamente. En realidad, era el ejercicio de la maternidad lo
que parecía importante calificar: en función de ejercitar
o no, según se creía, determinadas cualidades vinculadas
a la maternidad. Como plantea Wilkis, ‘‘el derecho o no
17 Otros autores identifican nominaciones similares por las cuales las titulares
hacen referencia a la AUH. Hornes (2017) destaca el término ‘‘mi salario’’.
Garcés (2015) destaca las expresiones “ayuda’’ y, en ocasiones, “salario fami-
liar” o “cobro”.
[Link]
214 • TENER LA ASIGNACIÓN
a tener una protección social monetaria por parte de los
más necesitados pasa a convertirse en tema de discusión,
y quienes opinan lo hacen con la potestad de juzgar los
usos del dinero’’ (Wilkis 2015, p. 565). Entre quienes reci-
ben el dinero y quienes juzgan su uso, existen jerarquías
morales que producen ‘‘desigualdades de poder y de estatus,
ya que la realidad social de esta pieza de dinero conecta
a quienes se ubican mejor situados para juzgar y a aque-
llos otros obligados a ser juzgados’’ (Wilkis 2015, p. 571).
Sobre todo, la AUH proporciona a las mujeres una pieza de
dinero que, retomando el análisis de Hornes (2017), arras-
tra diferentes obligaciones generizadas. Hacerse cargo del
dinero traía consecuencias generizadas. Ese es el eje que nos
interesa explorar.
A continuación, definimos las categorías de: i) buenas
madres y ii) malas madres. El objetivo es dar cuenta de los
criterios nativos acerca del buen y mal uso del dinero que se
establecen como organizadores de significados y prácticas.
Indagamos en las adjetivaciones que eran eficaces para juz-
gar a las mujeres titulares de esta política social.
i) Buenas madres
Cuesta imaginar que los vecinos de un barrio ponderen, en
sus conversaciones cotidianas, si está bien o mal gastada la
asignación familiar que recibe una familia, proveniente del
empleo bajo relación de dependencia. Podríamos decir que
poco importa en qué gasta el ‘‘salario familiar’’ un trabaja-
dor formal. En cambio, los consumos que se realizaban con
el dinero de la AUH se situaban automáticamente en una
arena que era propicia para las opiniones y los comentarios.
Asunto abierto a debate, tanto por parte de las mismas des-
tinatarias como de otros actores cercanos a ellas a quienes
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 215
antes denominamos operadores informales de la AUH18. Esta-
ba claro que si se tratara de dinero ganado en el mercado,
serían otros los significados puestos en juego.
Nunca se pasaba por alto en qué y para quién las muje-
res usaban el dinero porque, en definitiva, se esperaba que
hubiera una renuncia materna en pos de los hijos. Con esa
vara se medía el desempeño de las mujeres, en su calidad
de madres. Existía un auditorio dispuesto a observar y a
opinar: los usos del dinero debían ser disciplinados, metó-
dicos, bien direccionados y no debían prestarse a confusión
o a desorganización. La priorización era doble. Lo aceptable
era que los usos de ese dinero, primero, estuviesen dirigidos
a productos considerados prioritarios y, segundo, que estu-
viesen destinados a los hijos. Quedaban excluidos aquellos
productos que, según se comprendía, no resultaban básicos
y, al mismo tiempo, los niños gozaban de mayor legitimidad
como destinatarios de los consumos, comparados con otros
integrantes de la familia. El relato de María reflejaba bien
la doble priorización:
[El dinero de la AUH] es como para manejarse, jamás como
para darse lujos a grandes cosas, no, pero gracias a dios, o
sea, mi meta siempre fue que a ellos [sus hijos] no les falte de
comer. Dios es testigo de esas cosas y lo único que siempre
me acuerdo que me decía una vecina, que se admiraba porque
nosotros hacíamos eso, en cambio yo la veía a ella que se
compraba, en aquella época una moto, bien vestida, su hija
a un colegio caro, estaba cobrando, ¿no? Pero comía arroz
hervido con salchicha, y nosotros no, nosotros era la comida,
qué sé yo, no sé, hay diferente maneras (22/5/17, Sabala).
Las mujeres cumplían en mostrar una suerte de auto-
disciplina. Se ocupaban de enfatizar que el uso del dine-
ro estaba bien direccionado. Un énfasis que obedecía a lo
que, se presumía, el interlocutor esperaba escuchar. Surgía,
en los relatos, la necesidad de aclarar: ‘‘cuando cobro la
18 Ver el capítulo tercero, apartado: ‘‘Los actores’’.
[Link]
216 • TENER LA ASIGNACIÓN
asignación les compro de todo a mis hijos, es la plata de
ellos’’ (María Emilia, 22/11/17, Sabala) y ‘‘yo la uso para mis
hijos porque es la plata de los chicos, no es mía’’ (Tama-
ra, 13/11/17, Sabala). La preocupación era por enunciar lo
esperado: hacer con el dinero lo que era correcto y renunciar a
hacer usos desviados. Había necesidad de hacer énfasis acerca
de la dirección que tomaba el dinero y era una idea que
resonaba en las entrevistas con el tono de un imperativo.
Este argumento (la doble priorización que se espera
que las mujeres hagan con el dinero) se conecta directamen-
te con lo que sucedía en relación a los hijos adolescentes. Si
bien eran las mujeres las encargadas de hacer uso del dinero
de esta política social, los y las adolescentes de la familia, no
obstante, también tenían poder de decisión.
Algunos análisis han identificado a este actor. Para Wil-
kis y Hornes (2017, p. 169), el dinero de las transferencias
estatales destinadas a los hijos ‘‘pone en juego las relacio-
nes de poder en el seno de las familias’’. Hornes (2017,
p. 194) también sostiene que ‘‘cómo el dinero proveniente
de las TM transporta valores entre padres e hijos y sirve
para medir, comparar y evaluar otra serie de obligacio-
nes sociales y morales dentro del universo familiar’’. Arias
(2015) hace mención a la relación entre identidad y con-
sumo de algunos bienes, y el lugar de relevancia que esa
relación tiene especialmente para los y las jóvenes. También
lo plantean, en torno a la AUH, Kliksberg y Novacovsky
(2015, p. 317):
A su vez, hay una doble percepción de las titulares sobre
la naturaleza de la Asignación: es entendida como derecho
y como ayuda. En cambio, sus hijos la vivencian como un
derecho propio, la internalizan como una responsabilidad
asumida para contribuir a su propio bienestar y desarrollo. Es
también por ello que están atentos a las novedades y propo-
nen el destino del dinero recibido. La AUH genera un efecto
igualador con sus compañeros de colegio al permitir acceder
a bienes paradigmáticos.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 217
En nuestro trabajo de campo la imagen fue recurrente:
los y las adolescentes reclamaban ‘‘su plata’’, ‘‘su salario’’. Se
transformaban en sujetos que demandaban consumos espe-
cíficos, que exigían. Mostramos algunos ejemplos. Por una
parte, mientras conversábamos con Amalia en un comedor
comunitario, una de sus hijas se acercó repentinamente y
le preguntó a su madre: ‘‘¿estas gestionando el salario para
mí?’’. ‘‘No, la chica me está haciendo una encuesta’’, respon-
dió Amalia. La expresión ‘‘para mí’’ en este caso parecía ser
literal: Amalia expresaba que sus hijas adolescentes querían
comprar ‘‘ropa en páginas de internet’’ y que su hijo adoles-
cente le pedía ‘‘cargar el celular’’. Además, con ‘‘el salario de
los chicos’’, ella pagaba mensualmente el servicio de acceso a
internet, instalado recientemente en su hogar: ‘‘ahora están
todo el tiempo encerrados viendo películas’’, relató entre
risas. Incluso, cuando obtuvo el crédito de ANSES, su hijo
adolescente le dijo (a sabiendas de que el monto mensual se
iba a ver reducido): “ves, ahora por dos años no tengo más
el salario mío” (18/10/17, Sabala).
Por otra parte, Beatriz nos explicaba: ‘‘a mis hijos [de 14
y de 16 años] hoy, ponele, cobro la asignación y a cada uno
les doy su plata. Si tienen que comprar una zapatilla o algo
en el colegio, bueno, que los más grandes se sepan manejar’’.
Les otorgaba, en ocasiones, un tercio de la transferencia de
la AUH. El dinero parecía entrar en disputa: ‘‘no se las doy
toda [la plata] pero algo les doy. Y ellos saben que también
hay cosas para comprar en la casa. Que también ahí va la
mercadería, suponé, algo para pagar, así que ellos también
saben’’. Cuando indagamos cuáles eran los consumos que
sus hijos realizaban, Beatriz respondió: ‘‘van y se compran
[Link]
218 • TENER LA ASIGNACIÓN
ropa. Ropa, zapatillas. Suponete, van y cambian la carpeta o
se compran un cosito para el celular, esas cosas. O cargan la
[tarjeta de transporte] SUBE19’’ (13/11/17, Sabala).
Revelar que el dinero, todo o en parte, ante el reclamo
de los hijos adolescente, se traspasaba directamente a ellos,
de algún modo, era hacer ver que se cumplía con lo espe-
rado en términos del ejercicio de la maternidad, según lo
planteamos. Si eso sucedía, el dinero estaba siendo bien
direccionado. En definitiva, significaba que se estaba lle-
vando a un extremo la expresión a la que antes aludimos
–‘‘la plata no es mía’’–. No observamos preocupación o
tensión por parte de las mujeres en cuanto al destino que
los adolescentes le daban al dinero. Lo destacable, en ese
caso, era que estuviera en manos de los destinatarios con-
siderados legítimos.
Sintetizando, los movimientos que hacían las mujeres
con el dinero de la AUH tenían consecuencias. Eran, en
cierta medida, observados; en otras palabras, haciendo uso
del dinero, las mujeres se exponían en una suerte de vidriera
social. Si, en esos movimientos, se producía una renuncia
materna en pos de los hijos, se asumía que era favorable el
desempeño de las mujeres, en su calidad de madres. Por ser
un asunto abierto a debate, mostrar que ese dinero se usaba
con relativa libertad no resultaba conveniente. Era, enton-
ces, un mecanismo social interesante aquel que habilitaba a
opinar sobre los usos del dinero de las transferencias estata-
les destinadas a poblaciones en contexto de vulnerabilidad
y, a la vez, en función de esa opinión ponderar el ejercicio de
la maternidad de sus titulares. Los usos del dinero que pro-
venían de otras fuentes, como antes señalamos, difícilmente
19 La referencia es a una tarjeta electrónica que permite viajar en todos los
modos de transporte público (colectivos, metrobus, trenes y subtes) del Área
Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). La sigla SUBE significa Sistema
Único de Boleto Electrónico.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 219
estaban sujetos a este tipo de condicionamientos; en torno
al dinero que provenía de otras fuentes, no resultaba válido
opinar y calificar abiertamente.
ii) Malas madres. El mito de ‘‘la vecina que gasta la plata en ella
misma’’
Muchas mujeres con quienes conversamos nos explicaron
acerca del consumo desviado que hacían otras mujeres, cerca-
nas a ellas. Quienes emitían estas valoraciones podían ser,
incluso, titulares de la AUH. Transcribimos un fragmento
de la entrevista mantenida con Paloma, la trabajadora social
de una escuela (15/12/17, Sabala):
Paloma: Acá se da la situación que hay muchas maestras que
viven en el barrio, que son de acá algunas. Entonces por ejem-
plo, tienen contacto, se encuentran, no sé, en el [supermerca-
do] chino con una mamá, ‘y mirá, quiere comprar [shampu]
Pantene, y por qué, si tiene el [shampu] Plusbelle más barato,
pero se lo gasta, se gasta la asignación en un Pantene’, ¿enten-
dés? O sea, esas críticas o eso de ‘y encima tienen [programa
social de] cooperativa, cobran la asignación y además se pue-
den anotar en el [Programa] Ellas Hacen. ‘Y sacan de acá,
sacan de allá’. Esos comentarios. Sí, es una cuestión de clase
en realidad porque una vez discutíamos con una maestra, le
parece que es un despropósito, ¿no?, que compre un Pantene,
es un despropósito porque por qué se va a comprar un Pan-
tene si hay otro más barato.
Autora: Claro…
Paloma: critican porque es un consumo desmedido, ahora
¿todos no hacemos un consumo desmedido de algo? Ahora,
no es un despropósito que una persona, como pasa acá con
nuestras compañeras por ahí, trabaje un año seguido para
pagar una fiesta [de cumpleaños] de quince. No es un, a ver,
reconocé que querés hacer una fiesta que no está a tu alcance
y reconocé que no tenés el derecho a tener la fiesta que tiene
el dueño de una empresa, ponele. Porque dejar un año de tu
vida porque son casos reales, ¿eh?, un año de tu vida para
juntar la guita para gastártela en una noche, en la fiesta de
quince de tu hija, como hacen muchas compañeras acá, un
[Link]
220 • TENER LA ASIGNACIÓN
año de vida trabajando horas y horas y la escuela demanda
muchas horas. La escuela es un trabajo que después te deman-
da trabajo en tu casa. Entonces vos descuidás un año, no sé, la
posibilidad de, de tomar un mate un día… tranquila, relajada
en la puerta de tu casa, en el patio de tu casa porque estás
planificando o estás corrigiendo, todo eso porque sos la súper
madre que juntó cien mil pesos para una fiesta. Bueno, ese
¿no es un consumo inapropiado o desmedido para tu bolsillo?
Sí, para mí sí. Ahora, ¿dónde lo ves? en la que tiene la asigna-
ción y se compró un Pantene.
Nombramos a este hecho, como el mito de ‘‘la vecina que
gasta la asignación en ella misma’’. Rara vez las acusaciones
eran particulares y portaban nombres concretos; antes bien,
eran generalizaciones. Garcés destaca también este aspecto:
‘‘algunos de los beneficiarios entrevistados se refieren a las
“denuncias” de madres que no destinan el dinero de la AUH
para los niños, y como en el caso anterior, no identifican
concretamente a nadie, sino que se trata de expresiones
genéricas’’ (Garcés 2015, p. 120).
Es, en verdad, un mito que se reactualiza. Se conec-
ta con la histórica necesidad de diferenciación entre los
pobres aptos y los no aptos para el trabajo, y acerca, conse-
cuentemente, de la obligación de trabajar que tenían aque-
llos considerados válidos (Castel 2004 y Morell 2002). En
otras palabras, ancla en la diferenciación de merecedores y
no merecedores de apoyo estatal, que estructura al capita-
lismo atravesando la historia de la política social20. En el
20 Para una perspectiva histórica, pueden verse las obras de Castel (2004) y de
Morell (2002). El progresivo aumento de la responsabilidad pública, en
detrimento de las facultades de la Iglesia, suponía un cambio en las normas
por las cuales se intervenía en torno a los pobres. ‘‘El origen de estas prime-
ras normas reguladoras del fenómeno de la pobreza deriva de la necesidad
de adaptar los sistemas de control-ayuda a los nuevos requerimientos eco-
nómicos del momento. Con ella no se pretende eliminar la pobreza, ni tan
solo mejorar las condiciones de vida de aquellos que la padecen. De lo que se
trata es de buscar una nueva regulación coherente con la nueva estructura
de poder que se estaba desarrollando en la mayoría de los países europeos’’
(Morell 2002, p. 252).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 221
carácter desmedido que se le adjudicaba a algunos consu-
mos que se hacían con el dinero de la AUH subyace la idea
de merecimiento. Los consumos se consideraban desmedi-
dos, en definitiva, cuando no cumplían la doble priorización
a la que hicimos referencia antes –productos considera-
dos prioritarios y destinados a los hijos–. Como ilustra el
relato de Paloma, rara vez se calificaban como desmedi-
dos los usos que se hacían con el dinero proveniente del
salario obtenido a través del empleo. Si el consumo era
considerado desmedido, entonces parecía no justificarse el
merecimiento de la transferencia estatal; el consumo solo
podía ser desmedido cuando provenía del dinero ganado
a través del trabajo.
A la vez, está presente, en el relato, la idea de sospecha.
Debe recordarse que ‘‘los signos que componen una nece-
sidad real, es decir, aquella que amerita la asistencia’’ son
producidos (Zapata 2005, p. 108). El shampú de otra marca
que no fuera la más económica, necesariamente desenca-
jaba21 porque no coincidía con los signos que componían
una necesidad real. No hay demasiados motivos para espe-
rar que sea diferente ya que se trata de una percepción
social muy extendida que trasciende a la AUH. Como plan-
tea Arias:
Las dudas acerca de cómo quienes tienen carencias pue-
den utilizar el dinero es un prejuicio latente que vuelve a
aparecer reiteradamente. Por ejemplo, un senador planteó la
improcedencia de las transferencias de dinero de la Asigna-
ción Universal por Hijo planteando que sería utilizadas para
‘drogas y bingo’. Con mayor nivel de sofisticación, en las
políticas alimentarias se justificaron las prestaciones en ali-
mentos y no en dinero porque se partía de una supuesta falta
21 En sentido histórico, puede verse el trabajo clásico de Donzelot, en el cual,
por ejemplo, se da cuenta de cómo la población que recibe intervención
estatal, ‘‘produce todos los signos externos de moralidad que se espera de
ellos’’ (Donzelot 1998, p. 155).
[Link]
222 • TENER LA ASIGNACIÓN
de conocimiento de determinados sectores para realizar las
compras, y también del temor acerca de la utilización de este
dinero en cuestiones inconvenientes (Arias 2015, pp. 71-72).
Siguiendo con el análisis, protagonizaba el mito una
mujer y su falencia estaba en hacer, con el dinero de la AUH,
consumos desviados; es decir, consumos que no se orientaban
a cuestiones consideradas prioritarias ni tampoco se diri-
gían exclusivamente a los hijos. ‘‘Los chicos’’ y ‘‘la madre’’
eran reflejo de esa desviación. Para darse cuenta, basta-
ba con ‘‘ver a los chicos y a la madre’’: chicos ‘‘que están
mal vestidos’’ y madres ‘‘muy arregladas y que tiene celular
de última tecnología’’ (Elsa, directora de escuela, 4/12/17,
Sabala). ‘‘La gastan en ellas’’, fue la forma en que lo expresó
una promotora de salud con quien hablamos informalmen-
te (notas de campo, centro de salud, 5/12/17, Sabala). Por
cierto, estos puntos de vista estaban enquistados. El inten-
to por producir un desplazamiento respecto de los luga-
res comunes que mencionamos, durante las conversaciones
con las mujeres, era infructuoso. A esa misma promotora
de salud, le preguntamos: ‘‘pero, ¿serán algunas mujeres,
no todas, ¿no?’’. ‘‘¿Pero cuántas? Por lo menos la mitad, la
mayoría de las chicas son así’’, nos respondió de inmediato
(notas de campo, centro de salud, 5/12/17, Sabala). Por cier-
to este mito estaba presente a modo de un surco ya marcado
en el microcosmos de la AUH.
Cuando la disciplina se quebrantaba, sobrevenía una
circunstancia socialmente intolerable. El problema residía
en que ciertas mujeres usaban el dinero ‘‘para cualquier
cosa’’, criticó Lola, una extitular de la AUH (11/11/16, El
Sauce). La posibilidad de que no hicieran un uso disciplina-
do del dinero recibido despertaba una crítica despiadada.
Como explica Wilkis (2015, p. 565): ‘‘bajo esta pieza de
dinero se transportan tanto la autoridad de juzgar como
de condenar’’. Tomamos el relato de Elsa, directora de una
escuela, para ejemplificar:
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 223
Hay casos en los que las mamás son conscientes y realmente
lo utilizan para los chicos, lo que necesitan los chicos, para los
tratamientos médicos, para vestimenta, calzado, comida, lo
que sea. Pero hay casos que no, que cobran la asignación y vos
ves a las mamás que andan con una zapatilla de 2.000, 3.000
pesos y tienen los nenes así no más. Porque lo vemos acá, acá
hay mucha gente que cobra la asignación y a los chicos los
tienen así no más y vos ves a la mamá que tiene la zapatilla de
dos mil pesos (4/12/17, Sabala).
La crítica hacía foco, recurrentemente, en la maternidad:
la transferencia de la AUH ‘‘bien usada’’ afianzaba la idea
de la mujer como buena madre, mientras que, ‘‘mal usada’’,
la horadaba.
A modo de síntesis, sostenemos que era contradictorio
que el orden de la protección del trabajo (que por cierto la
AUH en su diseño institucional movilizaba) quedara refor-
mulado, según pudimos observar, en el orden de la aten-
ción a la pobreza y las sospechas habituales que sobre ese
universo recaían. La desprotección laboral como problema
general que la AUH ponía a la luz, quedada reducido a
la interpretación estrecha del modo en que las poblacio-
nes destinatarias daban cobertura a una necesidad mate-
rial. Más aún, a la interpretación estrecha del modo en que
parecía aceptable, en cierta medida, vigilar a las mujeres en
tanto actores privilegiados en la cobertura de esa necesidad
material. Estas son apreciaciones que, por cierto, invitan a
revisar los límites que tiene la AUH para evitar ese grado
persistente de devaluación o de descrédito que suele recu-
brir a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad
y reciben apoyo estatal. Al mismo tiempo que invitan a
incorporar la trama de género como aspecto presente en esa
devaluación y descrédito, en especial en relación al modo
en que se ponderan los usos del dinero percibido.
[Link]
224 • TENER LA ASIGNACIÓN
4. Conclusión
Recuperando las narrativas que hombres y mujeres tenían
en relación a la AUH, pudimos observar que la trama de
género era un parteaguas: había prácticas y vivencias dife-
renciales.
Los hombres eran convidados de piedra. Por una parte,
como parejas de la titulares, su figura se caracterizaba por
ser ajena al universo que rodeaba a esta política social.
Quedaban afuera y, salvo ciertas excepciones, asumían ese
lugar: ni el dinero ni las responsabilidades que derivan de
los requisitos a cumplir se transformaban en asuntos que
enunciaran como propios. Por otra parte, como titulares
ellos mismos, que eran situaciones de excepción, su figura
se caracterizaba por ser sospechosa, extraña y vergonzante.
Era sospechosa al punto que debían dar indicios, demostrar
mediante presentaciones administrativas, que eran ellos –y
no las mujeres– quienes estaban a cargo de los hijos. Era
extraña porque en determinados escenarios desencajaba,
no era esperable y, desde el orden del género, alteraba
lo establecido. Y era vergonzante porque, en los escenarios,
quedaba horadado el mandato de proveer a la familia con
los ingresos obtenidos mediante el trabajo y así garantizar la
subsistencia, a la vez que se ponía en primer plano la ausen-
cia de una mujer-madre encargada de las tareas y de las
gestiones que esta política social requería. De tal modo, el
sesgo maternalista de esta política social podía observarse con
claridad cuando se recuperaban metódicamente las prácti-
cas y las vivencias de los hombres. Aquí puede observarse
la importancia de la mirada relacional en las apropiaciones
de una política en la vida cotidiana de las familias; la misma
política social era vergonzante para unos y no para otras.
Daba la impresión que definir a las mujeres solo como
titulares de la AUH no hacía justicia con el rol que verda-
deramente ocupaban; en el universo de esta política social
eran, en realidad, las hacedoras legítimas y las observadas. La
AUH, para ellas, resultaba un territorio conocido: estaban
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 225
habilitadas para actuar y eran eficaces en apropiarse de
un marco de relaciones y de sentidos compartidos. Hemos
tomamos en cuenta cómo esta política social ligaba a la
mujer al ámbito doméstico y potenciaba, en ella, una forma
maternal, así como también, las maniobras y las tensiones
que, respecto de estos ejes, se producían. A la vez, el destino
del dinero de la AUH era una arena sobre la cual no había
inhibición social en opinar. Era a la mujer, en tanto admi-
nistradora, a quien se la adjetivaba y a quien se la juzgaba
según el buen o mal uso que, según se creía, hacían de la
transferencia económica. Eran apreciaciones a las cuales las
mujeres estaban expuestas y lo estaban en función de ejer-
citar o no supuestas cualidades vinculadas a la maternidad.
Las críticas sobre los usos del dinero se encuadraban en
el orden del género.
Lo que definimos, en este capítulo, como trama de géne-
ro es un concepto que especifica el enlace de la AUH a los
roles de género socialmente establecidos. Es decir, existe una
dimensión de la apropiación colectiva de una política social que
se construye y se significa en relación al carácter generizado de
las prácticas y de las vivencias presentes en la cotidianeidad de
las titulares y sus familias.
En el capítulo siguiente, haremos foco en un punto que
aquí se abordó de modo acotado: el uso del dinero de la
AUH. Se analizará pero enlazándolo a las diferentes estra-
tegias de vida que las familias desplegaban.
[Link]
[Link]
5
La trama material
[L]a primera premisa de toda existencia humana y también, por
tanto, de toda historia, es que los hombres se hallen, ’para hacer
historia’, en condiciones de poder vivir. Ahora bien, para poder vivir
hace falta comer, beber, alojarse bajo un techo, vestirse y algunas
cosas más. Marx y Engels (1974, p. 28)
1. Introducción
Enraizado en los hogares, el dinero de la AUH tenía múlti-
ples significados. A lo largo del capítulo, procuramos explo-
rarlos. Inicialmente, destacamos la dimensión utilitaria que
asumía ese dinero. Iremos desplegando las formas en que se
enlazaba con: las estrategias laborales, con las transferen-
cias provenientes de otras políticas sociales, con la ayuda
que proporcionaba la familia ampliada y con el aporte obte-
nido a través de diferentes ‘‘rebusques’’. Luego, proponemos
una lectura de ese dinero a la luz de la incertidumbre e
inestabilidad que caracterizaba a los entornos sociales en
los cuales nos situamos. Desplegamos la noción de consumo
seguro con el propósito de analizar los efectos de estabilidad
que el dinero que asignaba la AUH generaba en los hoga-
res. El esfuerzo está puesto, entonces, en hacer inteligible
al dinero de la AUH enlazándolo a las estrategias de vida
que las familias desarrollaban en contextos sociales en los
cuales, por cierto, había muy pocas certezas.
[Link] 227
228 • TENER LA ASIGNACIÓN
2. Dinero con múltiples significados
Mostramos tres formas en que las familias significaban el
dinero de la AUH: i) era apreciado como insuficiente, ii) era
percibido como habilitante porque permitía hacer pequeños
consumos asociados al goce y también, a través del endeuda-
miento, avanzar en mejoras habitacionales, y iii) era consi-
derado como una ayuda, al igual que otras políticas sociales.
i) Dinero insuficiente
Luego de la entrevista a Malena, una titular de la AUH,
registramos en nuestra crónica lo siguiente:
Malena se ríe cuando le hablo de la AUH. Ella expresó: ‘vos
me decís la asignación y me suena como si fuera…, como
si fuera un sueldo, pero me alcanza para un día nada más
y la verdad que yo supongo que mucha gente que cobra la
asignación, por ejemplo mi prima que también cobra la asig-
nación, y es un día, es un día para algo que necesiten, qué sé
yo’. Ella interpela mi pregunta de investigación al mostrarme
que le asigno entidad a una transferencia monetaria estatal
que, en su vida cotidiana, parecía no tenerla. Se produce un
cortocircuito en la conversación. Al final de la entrevista, con
el grabador apagado, le comento: ‘me hiciste reír cuando me
dijiste: vos me hablas de la asignación como si fuese mucho’.
‘Es que es así, lo gasto en un día’, insistió. Hubo risas. En
otro momento de la entrevista, al indagar si, a partir de la
AUH, se produjeron ciertos cambios, sucedió algo similar,
‘no, todo igual, ¿qué va a cambiar?’ (crónica de entrevista,
23/02/17, El Sauce).
No se trataba solo de la ironía de Malena. Numerosos
relatos recabados abonaban la misma idea. ‘‘Con la asigna-
ción no vivís. No haces mucho con la asignación porque si
vamos a ser realistas, a los chicos no los vestís, no los calzas,
no lo llevas al colegio, nada con la asignación, pero como
que es una ayuda, una ayuda más’’, nos explicó Cristina,
dando cuenta de todos los gastos derivados de la crianza de
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 229
sus hijos que el dinero de la AUH no alcanzaba a cubrir (27/
12/16, El Sauce)1. La escases solía mostrarse cuantificando
las veces que, con ese dinero, era posible ir a al supermerca-
do y la equivalencia con la cantidad de cartones de leche o
de paquetes de pañales que se podían adquirir. Así objetiva-
do el monto, su exigüidad era poco discutible.
ii) Dinero habilitante
El monto exiguo del dinero de la AUH tenía un claro
contrapunto. A pesar de que se consumía muy rápido, en
ocasiones posibilitaba pequeños consumos asociados al goce.
Eran consumos que transcurrían en contextos estructural-
mente vulnerables y de fuerte privación material; por eso,
este tipo de consumo era especialmente significativo. ‘‘Acá
en el barrio hay derechos que ni siquiera se consideran
como derechos: el esparcimiento, el tiempo libre, vacacio-
nar’’, expresó Paloma, la trabajadora social de una escuela
(15/12/17, Sabala). Inmediatamente después relató que los
niños solían contarle: ‘‘mi mamá cobró la asignación y me
compró algo que quería’’. Era ‘‘algo que quieren y que pudie-
ron adquirir’’, sintetizó bien la trabajadora social.
En verdad, varios autores han identificado estos con-
sumos. Arias plantea que ‘‘el aumento del consumo ha posi-
bilitado ciertos goces que se vinculan a formas de vida
deseables. El festejo de los cumpleaños o la posibilidad de la
fiesta aparecen como indicadores poco mensurables desde
las políticas y sin embargo son centrales en la estructura-
ción de las vivencias’’ (Arias 2015, p. 74). Aquín sostiene
que ‘‘estos nuevos consumos (los vasos de vidrio, la puer-
ta, el televisor, la mesa y las sillas, etc.) permiten construir
relaciones sociales, generar afectos, acumular capital social
y simbólico, incidir, en fin, en la sociabilidad’’ (Aquín 2014,
p. 77). Hornes (2017) muestra cómo, en ocasiones, estos
1 La ‘‘ayuda es limitada’’ es una noción que también identifica, en su análisis
en torno a la AUH, Garcés (2015, p. 113).
[Link]
230 • TENER LA ASIGNACIÓN
consumos se incluyen en el manejo que hacen las muje-
res del presupuesto hogareño. Los que mencionamos son
aspectos coincidentes con nuestro análisis: goces asociados
a formas de vida deseables, consumos que inciden en la
sociabilidad y que se han incrustado en la cotidianeidad
de los hogares.
En nuestro estudio, los pequeños consumos asociados al
goce tenían que ver con los siguientes ejes:
• comprar:
◦ una pileta ‘‘pelopincho’’ y ‘‘¡los chicos quieren
meterse hasta cuando hace frio, no sabés!’’
(Melina, 22/11/2017, Sabala),
◦ ‘‘mercadería para las fiestas [de navidad y año
nuevo]’’ (Paloma, 15/12/17, Sabala),
◦ juguetes para regalar en Navidad (Tamara, 13/
11/17, Sabala),
◦ un juego de mesas y silla ‘‘que no tengo’’ (Hil-
da, 15/5/17, Sabala);
• salir, hacer:
◦ ‘‘ir a Mc Donald’s’’ (Cristina, 27/12/16, El
Sauce),
◦ ir al patio de comida de un supermercado
donde ‘‘los chicos juegan, les compro algo para
que coman y por ahí se les compra algo ahí,
algún juguete’’ (Melina, 22/11/2017, Sabala),
◦ ir ‘‘a Tecnópolis’’ (Vanesa, 15/12/16, El Sauce),
◦ ir al Parque Roda y ‘‘poderles comprar algo
cuando los chicos piden’’ (Rita, 18/11/17, El
Sauce);
• y elegir qué comprar:
◦ ‘‘a veces me doy un gusto de por ahí un
yogur para los chicos, una galletita que ellos
me piden’’ (Rocío, 23/10/17, Sabala),
◦ ‘‘los llevo a ellos y ellos eligen’’ (Beatriz, 13/
11/17, Sabala),
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 231
◦ ‘‘capricho que puedo se los doy, trato’’ (Cristi-
na, 27/12/16, El Sauce).
Si bien el dinero de la AUH no daba cobertura a los
numerosos gastos derivados de la crianza, tenía eficacia en
este punto al que aludimos: comprar o hacer algo que se
deseara. El dinero lograba, aún con su monto exiguo, que
los pequeños consumos asociados a la recreación y a poder
‘‘darse un gusto’’ no estuvieran vedados, que eventualmente
puedan producirse. Ese carácter habilitante del dinero de la
AUH es, sin dudas, un aspecto sugerente a señalar.
Al mismo tiempo, utilizando el dinero de la AUH,
las familias se endeudaban. El hecho de haber solicitado
créditos y, al momento de la entrevista, estar pagándolos,
fue una evidencia recurrente en nuestro trabajo de campo2.
Diversas entidades bancarias ya ofrecían, anteriormente,
créditos a las titulares de la AUH (Dettano, Sordini y Patti
2016). Sin embargo, desde el 2007 y a través del Decreto
516/2017, como mencionamos en el primer capítulo, es
ANSES el organismo que los otorga. Como sostienen Pozzo
y Wilkis (Le Monde Diplomatique 12/2019, párrafo 24),
tuvo lugar una ‘‘alquimia cambiemita: una política origina-
da como fuente de ampliación de derechos se convirtió en
un camino directo al infierno de estar endeudado con el
propio Estado, cuya misión es brindar protección frente a
las inequidades sociales’’. Estas prácticas de endeudamiento
se afianzan como un nuevo nicho de mercado y como un
nuevo ámbito para extraer beneficios, a partir del alcan-
ce masivo que de las TMC que tienen como opción los
créditos (Sordini y Chahbenderian 2019). La facilidad de
acceso a estos créditos, que ha sido analizada en el tercer
2 Salvo alguna excepción, todas las mujeres entrevistadas en Sabala habían
solicitado, situándonos desde mayo a diciembre de 2017, estos créditos. Lo
mismo sucedió en El Sauce; una operadora de ANSES relató que en sep-
tiembre y en octubre de 2017, por el exceso de demanda, fue necesario que
los empleados, en esa sede, hicieran ‘‘contraturnos’’, atendiendo también ‘‘de
14 a 18 horas’’ ( Julieta, operadora de ANSES, 18/11/2017, El Sauce).
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232 • TENER LA ASIGNACIÓN
capítulo3, era destacable: la gestión podía ser de modo vir-
tual, los requisitos eran mínimos y el plazo a esperar para
obtenerlo, breve.
Un ejemplo de las deudas que las mujeres titulares con-
traían: Josefina había obtenido quince mil pesos de crédito
y devolvía ochocientos por mes, durante dos años. Es decir
que el interés sumaba más de cuatro mil pesos; repartido en
dos años, el interés alcanzaba a ciento setenta y ocho pesos
mensuales (8/11/17, Sabala). La práctica de endeudamiento
era comprensible cuando se consideraba la fuerte expec-
tativa que tenían las familias por mejorar sus condiciones
habitacionales: la compra de materiales de construcción, el
pago de la mano de obra y la adquisición de algún mueble
que se precisara. El crédito constituían la única forma de
efectuar esas mejoras habitacionales porque permitía acce-
der a ‘‘todo el dinero junto’’ (Amalia, titular de la AUH, 18/
10/17, Sabala). Las mujeres rara vez hacían referencia a la
carga económica de afrontar el descuento posterior, mes
a mes, para saldarlo; tampoco sabían, con precisión, cuál
era el interés que iban a afrontar. La cuestión se dirimía
en otro registro: por la valoración asignada a la mejora de
la vivienda y por tener en claro que el crédito era la única
posibilidad para acceder al dinero necesario. Repercutían
de ese modo “las finanzas, vistas ‘desde abajo’4 ’’ (Pozzo y
Wilkis, Le Monde Diplomatique 12/2019, párrafo 9).
La mejora de las condiciones habitacionales era un
tema recurrente en los relatos obtenidos en Sabala y los cré-
ditos eran esenciales para esas mejoras. Los esfuerzos que se
hacían para ir acondicionando la vivienda era tan grandes
3 En el apartado: ‘‘Encuentros que se transformaron en regulares’’.
4 ‘‘La comprensión de las dinámicas contemporáneas del capitalismo finan-
ciarizado no sólo supone tomar en cuenta lo que sucede en las ‘altas finan-
zas’ y sus agentes, sino también analizar las finanzas ‘desde abajo’, en la vida
cotidiana de las personas, en sus prácticas, en sus cuerpos, en sus esperanzas
y frustraciones. Desde esta mirada, la anatomía de la sociedad que deja
Cambiemos está marca por el malestar de las deudas, las de ‘arriba’ y las de
‘abajo’, las del Estado y las de las familias’’ (Pozzo y Wilkis, Le Monde Diplo-
matique 12/2019, párrafo 9).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 233
como lentos los avances que se iban dando. Las mejoras
solían ser en una parte de la casa: ‘‘hice el piso’’, ‘‘compré
los materiales y pagué la mano de obra para revocar por
adentro’’, ‘‘cambié el techo’’, ‘‘hice el revoque del comedor’’,
‘‘construí una habitación’’, ‘‘levanté las paredes del patio con
ladrillos’’, ‘‘compré la bomba del agua’’, ‘‘puse membranas
en toda la casa’’. Siempre avances parciales, nunca reformas
acabadas. En otras palabras, se trataba de viviendas en con-
tinuo proceso de mejora; observamos muchos patios, en los
que se acumulaban materiales de construcción, como arena,
machimbre, ladrillos, chapas, a la espera de ser utilizados
cuando fuera posible; patios que reflejaban ese proceso de
trabajo paulatino.
Solía desarrollarse un proceso lento de autoconstrucción.
Tomamos como referencia la situación de Josefina, una titu-
lar de la AUH. El padre de unos de sus hijos ‘‘la ayudaba’’
a construir su vivienda. ‘‘Va construyendo el domingo, me
levanta otras paredes más y me pone las chapas, así ya
por lo menos instalamos las piezas’’, explicaba. El destino
del crédito fue el siguiente: ‘‘hice los revoques, que gas-
té 10.400 en mano de obra y el resto en los materiales.
Me alcanzó para revocar los dos dormitorios y el baño,
todavía me falta arreglar lo que es el comedor’’. A la vez,
estaba presente la expectativa de renovar el crédito: ‘‘con-
seguí un hombre que me cobró $100 el metro cuadrado
[para revocar el comedor]. [Pero] no me daba para más el
presupuesto, entonces hay que esperar que pueda volver a
renovarlo, que más o menos me dijeron que tengo que tener
pago más o menos el cincuenta por cierto [del crédito en
curso]’’ (8/11/17, Sabala).
El dinero permitía realizar mejoras significativas en el
hogar. En un ámbito de infraestructura precaria, ese dinero
daba lugar a la adquisición de elementos significativos en
las condiciones materiales de vida de las familias. Clara,
poco tiempo antes de la entrevista, no tenía más opción que
pedir agua a su vecino; el terreno donde vivía no tenía pro-
visión de agua. Pudo comprar una bomba para sacar agua,
[Link]
234 • TENER LA ASIGNACIÓN
‘‘la compré con mi sueldo [en referencia a la AUH]’’. Sin
embargo, al poco tiempo, se la robaron. ‘‘Entraron a la casa,
yo la tenía ahí, viste?’’, relataba afligida mientras señalaba la
entrada de la casa. Un tiempo después, mediante el crédito
de la ANSES, pudo adquirir una nueva bomba de agua, más
grande. Lo expresaba de la siguiente manera:
Una bombita para sacar agua había comprado. La dejé ahí
no más, cuando me levanto que dormimos cuánto, dos o tres
horitas, me levanto y no estaba más mi bomba, por eso tuve
que sacar el… justo después de eso salió el préstamo y justito
lo aproveché y lo saqué para comprarme mi bombeador para
sacar agua porque si no, con qué iba a sacar agua. No tener
que estar molestando a los vecinos. No iba a aguantar mucho
así yo, ¿viste?, me iba a molestar tener que estar molestando a
los vecinos (28/11/17, Sabala).
‘‘Yo nunca tuve 15 mil pesos’’, nos explicó Clara. Esa
fue la expresión que usó para dar cuenta del impacto que
tuvo el dinero obtenido a través del crédito en su propia
historia. Aunque no era la única práctica de endeudamiento
que las familias tenían, producía ese impacto: desde el pun-
to de vista de las titulares, era percibido como un dinero
habilitante incluso cuando permitía la disponibilidad a costa
de un endeudamiento.
iii) Dinero como ‘‘ayuda’’
Por otra parte, también señalamos que el dinero de la AUH
era frecuentemente definido como ‘‘una ayuda’’. Esa era la
palabra indiscutible, categórica: cuando las mujeres defi-
nían a esta política social lo hacían de ese modo. Diversos
estudios muestran esa forma de ser nombrada que tiene la
AUH. Aquín sostiene que:
En algunos casos [las entrevistadas] manifiestan ‘si hablamos
de los chicos, sí es un derecho, pero para mí es una ayuda’,
dando cuenta de la posición ocupada por las mujeres que
perciben la AUH y de la relación que se ha establecido con
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 235
el Estado históricamente, la cual ha sido de tutelaje, debido a
que la asistencia en términos de derecho exigible ha llegado
en forma de ‘ayuda’, ‘plan’, ‘beneficio’ (Aquín 2014, p. 61).
Garcés también identifica que:
En todas las entrevistas realizadas […], tanto de los agentes
del Estado como de los beneficiarios, la AUH aparece defini-
da desde la asistencia: como una ‘ayuda’ para aquellas familias
que no tienen trabajo o cuyos ingresos son insuficientes para
satisfacer sus necesidades básicas, aunque los argumentos en
torno a estos términos tienen rasgos diferentes, según se tra-
te de los agentes del Estado o de los beneficiarios (Garcés
2015, p. 110).
La AUH era nombrada como una ‘‘ayuda’’ al igual que
sucedía con muchas otras transferencias estatales5. Según
sus propios destinatarios, también solían constituir ‘‘ayu-
das’’ las transferencias provenientes de otras políticas socia-
les. Es decir, es una generalización asociada a diversos tipos
de presencias estatales6. Zibecchi observa incluso un ‘‘signi-
ficado místico’’ que guardan los programas de TMC para las
mujeres titulares. Una atribución que no puede explicarse
por fuera de las condiciones de existencia de quienes son
destinatarias de esos programas:
Mujeres pobres, con bajos niveles educativos, dedicadas
exclusivamente al trabajo reproductivo y al cuidado de los
integrantes del hogar, para las cuales la política social fue la
única propuesta en materia de política pública en los últimos
años no sólo en lo que se refiere a instancias de ‘combate’
de la pobreza y del desempleo, sino también en materia de
reconocimiento y como única instancia de participación en
lo público (Zibecchi 2013, p. 20).
5 En el segundo capítulo, apartado ‘‘El recorrido por los servicios sociales’’,
hemos analizado la noción de ‘‘ayuda’’ dando sentido a la intervención asis-
tencial.
6 Por ejemplo, puede verse Raggio (2003).
[Link]
236 • TENER LA ASIGNACIÓN
Desde nuestro punto de vista, esta generalización no
parecía difícil de comprender: la expresión ‘‘ayuda’’ natura-
lizaba que los montos de las transferencias estatales fueran
magros e interiorizaba el acotamiento de la propia respon-
sabilidad del Estado respecto del problema de la reproduc-
ción social. Desde la óptica de las familias, las transferencias
estatales recibidas, a lo largo de las últimas dos décadas,
no habían sido mucho más que eso, ‘‘una ayuda’’; es decir,
piezas de un rompecabezas que nunca terminaba de resol-
verse. El carácter fragmentario es, en ese sentido, un rasgo
primordial. De allí que las mujeres no diferenciaran cuali-
tativamente a los programas, ya sea contiguos o anteriores.
Por el contrario, con sentido pragmático daban cuenta del
monto que recibían o que habían recibido en cada caso; esa
era la principal diferencia7. Rosalía, una titular de la AUH,
respondió cuando le preguntamos sobre esas diferencias:
‘‘en el Argentina Trabaja cobro $4.000 y en la asignación
2.000, bueno, pero es una ayuda que a mí…, pero diferen-
cias, el valor de la plata no más, porque otra diferencia, o
sea, otra diferencia no, no, no veo’’ (18/10/17, Sabala). ‘‘La
asignación’’ también era ‘‘una ayuda’’. La expresión que se
solía utilizar en referencia a otras transferencias estatales se
extrapolaba también a la AUH.
En el segundo capítulo, referenciamos un análisis de
Grassi (2012a, p. 3) para explicar la originalidad del diseño
de la AUH dentro del campo de la política social: ‘‘cons-
tituye una cuña en el sistema de seguridad social clásico
sostenido en el empleo regular’’ y, en ese sentido, ‘‘tiende
a dar unidad al sujeto del derecho, al tiempo que pone
de manifiesto la aceptación de los límites de la política de
regularización del empleo, cuando se trata de la extensión y
preservación de la protección social’’. Significado el dinero
de la AUH del modo en que lo estamos mostrando, no daba
7 Garcés (2015, p. 117) identifica, en sentido similar, que la valoración de la
AUH como ayuda ‘‘se focaliza en la posibilidad de satisfacción de necesida-
des y en la mejora de la situación económica de la familia’’.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 237
pistas de esa cuña. Primaba, al contrario, una igualación:
ese dinero poco difería del que provenía de otras políticas
sociales. La consecuencia primordial de este hecho era que
se empañaban las características diferenciales de la AUH,
los componentes que hacían que no fuera equiparable a un
programa de asistencia transitorio8. En la indiferenciación
se eclipsaba la politicidad que esta política social tiene y
entonces resultaba menos ejemplar que en los papeles.
En suma, el dinero de la AUH era percibido como:
i) un dinero que se consumía rápido y ‘‘no alcanzaba’’, ii)
un dinero habilitante porque hacía que los pequeños consumos
asociados al goce no estuvieran vedados y porque también,
a través del endeudamiento, permitía realizar mejoras sig-
nificativas en la vivienda y iii) era, finalmente, un dinero
asimilado en términos de ‘‘una ayuda’’, al igual que otras
transferencias pasadas o contiguas en las experiencias de
las familias. Fuimos circunscribiendo, así, diferentes signi-
ficados presentes en la transferencia dineraria de la política
social analizada.
¿Por qué se produciría una narrativa que no fuera aque-
lla sustentada en la noción de ‘‘ayuda’’ cuando las familias
–como analizaremos en el apartado siguiente– articulaban
el dinero de la AUH, al igual que sucedía con otras piezas de
dinero de transferencias estatales, a los esfuerzos cotidianos
para garantizar la reproducción? Si, como iremos desple-
gando a continuación, el dinero de la AUH se acoplaba a las
estrategias familiares de vida y producía un mismo provecho
inmediato en la resolución de las necesidades cotidianas y,
así, su efecto práctico era similar al de otras políticas socia-
les, entonces ¿por qué su retórica luciría diferente?
8 Componentes que fueron señalados en el primer capítulo, en el apartado ‘‘El
carácter protectorio’’.
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238 • TENER LA ASIGNACIÓN
3. Dinero enraizado
Durante el trabajo de campo nos fuimos topando con
una evidencia recurrente: la necesidad de las mujeres de
sobrellevar cotidianamente constreñimientos económicos,
enfrentando situaciones de extrema privación material. Las
expresiones y las metáforas para representar esa idea fueron
numerosas: ‘‘tengo que hacer malabares’’, ‘‘hago magia’’, ‘‘la
safo’’, ‘‘invento para no gastar tanto’’, ‘‘algo siempre hago,
me las rebusco’’, ‘‘estoy remándola’’, ‘‘siempre fui una mujer
que no me quedo’’, ‘‘en casa la plata se estira’’ y ‘‘trato de
sacar una moneda más’’. Todas estas expresiones refleja-
ban el imperativo de desplegar varias estrategias de vida
a la vez y de modo constante. Aludimos a las ‘‘estrate-
gias familiares de vida’’ (Torrado 2006), que tenían por
objetivo ‘‘asegurar su reproducción biológica, preservar la
vida y desarrollar todas aquellas prácticas económicas y
no económicas, indispensables para la optimización de las
condiciones materiales y no materiales de existencia de la
unidad y de cada uno de sus miembros’’ (Torrado 2006,
p. 17)9. Son comportamientos de los agentes sociales que
están condicionados ‘‘por su posición social (o sea por su
9 Torrado propone desligar ‘‘los comportamientos referidos a ‘la subsistencia
mínima, básica, fisiológica’ y postula su reemplazo por el de estrategias
familiares de vida definidas a partir de la inserción de clase de las familias’’
(Hintze 2004, p. 2). Cada uno de los comportamientos incluidos en este con-
cepto, efectivamente, están asociados con ‘‘la reconstitución de la fuerza de
trabajo familiar gastada en la obtención de los medios de subsistencia, con el
mantenimiento de esa misma fuerza de trabajo durante sus periodos de
inactividad económica, y con el reemplazo generacional de los trabajadores’’
(Torrado 2006, p. 85). El concepto nos sirve como punto de referencia teóri-
co aunque, es necesario aclarar, que el conjunto de comportamientos que la
autora define para abordar las estrategias familiares de vida ‘‘de la clase
obrera de nuestra sociedad concreta’’ es más extenso y profundo si lo com-
paramos con los aspectos puntuales que consideramos en este capítulo. Esos
comportamientos, de acuerdo a Torrado, incluyen: procreación, preserva-
ción de la vida, socialización y aprendizaje, ciclo de vida familiar, división
familiar del trabajo, organización del consumo familiar, migraciones labo-
rales, allegamiento cohabitacional, cooperación extrafamiliar.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 239
pertenencia a determinada clase o estrato social)’’ y se rela-
cionan con ‘‘la constitución y mantenimiento de unidades
familiares’’.
No es novedosa, por cierto, la idea de que las familias
de sectores populares combinan estrategias de vida como
el modo a través el cual alcanzan la subsistencia, y muchos
estudios, además, incluyen la acción del Estado dentro de esas
combinaciones. Por ejemplo, Hintze (2004, p. 146) sostiene
que ‘‘la unidad familiar genera o selecciona satisfactores
para alcanzar sus fines reproductivos por medio de la com-
binación de las posibilidades a su alcance […]”. La autora
destaca la generación, selección y combinación de ‘‘circui-
tos de satisfacción de necesidades” y observa, en lo que
denomina ‘‘estrategias de reproducción”, distintos niveles
de relaciones: ‘‘internamente” (división familiar del traba-
jo), ‘‘con otras unidades familiares”, ‘‘con el mercado”, ”con
otras instituciones de la sociedad civil”, y ‘‘con el estado”.
Al mismo tiempo, Wacquant (2007, p. 137) muestra de qué
forma la mayoría de los habitantes de un gueto estadouni-
dense necesitan, a fin de garantizar su subsistencia, combi-
nar constantemente trabajo asalariado, asistencia pública y
‘‘hustling” (‘‘rebusques”). Y analiza cómo madres que requie-
ren asistencia social, en el Gran Chicago, deben, de forma
recurrente, acudir al sostén de los padres, amigos o ‘‘padres
desertores”, o bien al trabajo no declarado para lograr la
sobrevivencia. Otros autores dan cuenta de las redes infor-
males, con base territorial, en que están insertas las familias
de los barrios populares y su influencia en la supervivencia
material. Auyero (2001, pp. 230-231), por una parte, analiza
el papel de los intercambios clientelares vinculándolos a ‘‘la
resolución de problemas mediante la intervención política
personalizada’’. Merklen (2005), por otra parte, se centra en
la multiplicación de ‘‘afiliaciones locales” que se desarrollan
en los barrios pobres del conurbano bonaerense compren-
diendo a las mismas como una forma específica de solida-
ridad y normatividad.
[Link]
240 • TENER LA ASIGNACIÓN
En esa línea de análisis que cruza estrategia de vida
y recursos estatales, nos interesa mostrar que el dinero de
la AUH no operaba como un recurso aislado, inarticulado.
Sino, precisamente, el modo en que estaba enraizado en las
estrategias de vida que las familias desplegaban día a día.
Su presencia no era un hecho novedoso en los hogares. Se
percibía que las familias contaban con una trayectoria de
sobrellevar lo mejor posible las circunstancias con recursos
mínimos y, a la vez, con muchos años reconociendo al dine-
ro de la AUH como parte clave de ese proceso. Había histo-
ricidad: los movimientos que en pos de garantizar la repro-
ducción sabían hacerse y, como parte de ese dominio, la
resolución de las necesidades cotidianas se vía condiciona-
da y orientada por la presencia del dinero de la AUH. Sobre
esos movimientos, el testimonio de Elena es ilustrativo:
Elena: con mi sueldo [transferencia monetaria del programa
Argentina Trabaja] llego hasta el día 20, ponele, y con la asig-
nación, sobrevivo al final del mes. Mi sueldo lo gasto para
comprar las cosas que necesitamos acá, las más caras, yerba,
azúcar, y con la asignación sobrevivimos hasta que vuelva a
cobrar [su sueldo]. Con lo que trae mi marido compramos
algo, si nos quedamos cortos, ponele. Ahora [día 19 del mes]
ya se me termino mi sueldo y estamos usando la plata que
me trae mi marido. Las compras las hacemos día por día.
Por ejemplo, ¿qué comemos hoy, fideos con tuco? Me falta la
carne, mando a las chicas [hijas] a comprar y así. Se compra
lo que se necesita en el día. Ponele, yo cobro del [día] 10 en
adelante. El sueldo que gano, cuatro mil quinientos, lo hago
estirar hasta el [día] 20, que cobro más o menos la asignación.
Mi sueldo lo gasto para comprar las cosas que hacen falta
acá: azúcar, yerba, desodorante, detergente, shampoo, crema.
Todo lo que sea más caro. Con mi sueldo compro eso y con la
asignación sobrevivimos hasta que vuelva a cobrar. Encima
ahora tenemos que comprar pañales ¿Sabés qué?
Autora: Claro…
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 241
Elena: Y lo que trae él [su marido], no sé, nos quedamos
cortos. Ponele, ahora se me terminó el sueldo. Estamos usan-
do la plata que trae mi marido, hasta que yo pueda cobrar la
asignación (19/11/2016, El Sauce).
Además del empalme entre el empleo informal y dos
tipos diferentes de transferencias estatales, esta familia con-
curría asiduamente a un comedor comunitario. El relato
muestra, entonces, la necesidad que tenían las familias de
desplegar un conjunto de estrategias de vida, que esas estra-
tegias debían estar articuladas entre sí y que la AUH forma-
ba parte de ese engranaje.
Era difícil que las entrevistadas dieran cuenta de un
tipo de trabajo definido, que con facilidad pudiera ser enun-
ciado. Eran trabajos más o menos breves, trabajos más o
menos cambiantes. Como consecuencia, no identificamos
un antes y un después de la AUH. No sucedía antes una cosa y
ahora otra; más qué un límite tajante entre momentos, nota-
mos precariedad laboral y ‘‘rebusques’’ continuados10. Por
eso muchas mujeres quedaban sorprendidas ante la pregun-
ta: ‘‘¿cómo era un día común cuándo la familia no percibía
la AUH?’’; el interrogante quedaba grande a la realidad de
las familias. Era engorroso expresar cómo era un día en
la vida cotidiana antes de la AUH. Era ‘‘normal’’, era ‘‘no,
nada, igual’’11. Lejos quedaba la presencia de esta política
social de motorizar un punto de inflexión en biografías
familiares largamente expuestas a contextos de precariedad
estructural y no había razones, en ese sentido, para esperar
ese punto de inflexión.
10 No obstante, en la segunda parte de este capítulo mostramos en qué sentido
el dinero de la AUH tenía la particularidad de, en ámbitos inciertos, ofrecer
cierta seguridad.
11 La pregunta sobre el ‘‘antes’’ y el ‘‘después’’ fue un disparador para ingresar a
la vida cotidiana de las mujeres y no tenía por objeto establecer cambios o
continuidades biográficas a partir de la AUH.
[Link]
242 • TENER LA ASIGNACIÓN
En ese sentido, los adultos de las familias parecían
estar haciendo movimientos constantemente. Movimien-
tos necesarios para garantizar su existencia día a día. Nos
detenemos, en lo que sigue, en esas imágenes que tenían
las siguientes características. Primero, estar disponible para
hacer cualquier tipo de trabajo. Es decir, ‘‘hacer lo que sea’’, de
‘‘trabajar en lo que salga’’, de ‘‘trabajar en lo que lo llamen’’,
de ‘‘hacer de todo’’. Estar disponible para hacer y, a la vez,
para ‘‘inventar’’ e ingeniárselas. Segundo, estar alerta y ocu-
pados buscando nuevas posibilidades. Había necesidad de pres-
tar atención, siempre, a qué más era posible hacer. Una bús-
queda constante que suponía una preocupación, un estado
de alerta. Nunca eran acabados los frutos de las estrategias
que se desarrollaban; se podía hacer más. Detenerse, ‘‘aflo-
jar’’, no era conveniente. Y tercero, estar combinando dife-
rentes prácticas. Había destreza en acompasar las estrategias,
que se ejecutaban a la vez y constantemente. Se requerían
combinaciones, adecuaciones y ajustes, y el esfuerzo que
debía hacerse por lograr cierto equilibrio era permanente,
a tiempo completo. Estos movimientos, en consecuencia,
imprimían a la cotidianeidad de las familias un tono muy
particular: desconocer la tranquilidad.
En los apartados siguientes nos interesa detallar que el
dinero de la AUH oficiaba, en medio de esa intranquilidad,
como un complemento. Esquemáticamente, era un comple-
mento del: aporte de trabajos precarios, aporte de otras cober-
turas estatales, aporte de la familia ampliada, y aporte de dife-
rentes ‘‘rebusques’’. La AUH sumaba un monto fijo de dinero
a esos aportes. Tenía efectos en la organización de la vida
cotidiana de las familias, ayudando a mantener el equilibrio
y brindando previsibilidad en el corto plazo. Desglosamos a
continuación, cada uno de estos puntos de análisis.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 243
3.1 Los trabajos informales
La literatura periodística es eficaz en construir un abismo
entre el trabajo y los diferentes programas de transferen-
cias estatales. Un abismo ficcional. El uso mediático suele
estereotipar a quienes reciben un programa social como
personas desconectadas del mundo de trabajo. La premi-
sa, sostenida a rajatabla, es que el plan destrona al trabajo12.
No hallamos ese destronamiento. Hemos observado que
las familias ligaban el dinero mensual de la AUH a estra-
tegias laborales, tan variadas como precarias. Esta políti-
ca social se dirigía a contrarrestar, en cierta medida, las
condiciones de desprotección del trabajo. Para quienes no
gozaban de los derechos asociados al trabajo como base de
la protección, representaba una instancia sostenida de apoyo.
Así, la relación de la AUH con el mundo del trabajo era
directa y fuerte.
Efectivamente, eran los ingresos provenientes de tra-
bajos en condición de precariedad los que se veían com-
pensados a través de la transferencia económica que pro-
porcionaba la AUH. Familias, inscriptas en el terreno de la
12 Algunos titulares de diarios muestran la representación mediática de esa
percepción social: ‘‘Un cambio de paradigma. De planes sociales a trabajo
genuino’’ (Página 12, 9/02/20), ‘‘Ya es oficial el plan “Empalme” con el que el
Gobierno busca la inserción laboral de beneficiarios de planes sociales’’
(Clarín 3/5/17), ‘‘Del asistencialismo al empleo estable’’ (La Nación, 7/8/03).
Al mismo tiempo, breves referencias a notas periodísticas ayudan a com-
prender esa percepción. Por ejemplo: i) ‘‘la experiencia de los últimos diez
años evidencia que la solución no radica en la entrega de más cantidad de
planes y en las transferencias de dinero en efectivo. Al contrario. Es necesa-
rio generar condiciones de trabajo para que las personas ganen un sustento
sobre la base de su esfuerzo. Una dádiva no le permite a un individuo aban-
donar la pobreza ni estimula la movilidad social, sirve para aliviar la situa-
ción. […]. Hay que comenzar a pensar programas que impulsen a este sector
de la sociedad a trabajar y ascender, para que tras un plazo de tiempo no
necesiten de más asistencia’’ (La Nación, 13/2/14). ii) ‘‘Hay que despolitizar
la lucha contra la pobreza, de lo contrario no se va a salir’’ […]; ‘‘se puede
salir de la pobreza con trabajo y dignidad’’ (La Nación, 30/03/09).
[Link]
244 • TENER LA ASIGNACIÓN
economía informal de subsistencia13, que accedían a empleos
organizados comúnmente bajo la forma de ‘‘changas”, de
trabajar ‘‘en lo que salga”, tanto para terceros como por
cuenta propia, o bien, bajo la forma de empleos no regis-
trados, aunque relativamente estables. Por ejemplo, cuando
le preguntamos a Vanesa sobre los tipos ‘‘de changas’’ que
realizaba su pareja, ella respondió:
Él hace de todo un poco, pero labura en negro. O sea que por
ahí está trabajando como por ahí no. No le pagan lo mismo
que cuando trabajás en blanco, siempre están esas cosas. Por
ahí un tiempo trabaja re bien, otro que no. Son temporadas.
Arma stands, hace de todo un poco, sabe. Pero tiene que
enganchar. Porque por ahí se le corta un poco el laburo y ya
tiene que ver con quien puede engancharse para trabajar. Por
eso te digo que el trabajo de él vale un montonazo. Porque
trabaja un montón de horas, no es que trabaja ocho horas
como un laburo en blanco. No, él trabaja un montón de horas.
A veces labura toda la noche para los desarmes. Todo el día,
toda la noche. Para los desarmes de los stands, todas esas
cosas. No le pagan todo lo que le tienen que pagar, porque ves
los stands y son una maravilla como quedan. Y son muchas
horas de trabajo (15/12/16, El Sauce).
Como enfatizó Cecilia, otra titular de la AUH: ‘‘no
me saca ni me da nada la asignación. Yo dependo de mi
trabajo’’ (2/11/ 2016, El Sauce). Hallamos un abanico de
13 Dentro de este grupo se encuentran los trabajadores informales de subsis-
tencia que agrupa a “trabajadores de bajos ingresos cuya actividad apenas les
garantiza una subsistencia mínima, sin margen para capitalizarse o mejorar
su situación” (Belvedere et al. 2000 citado en Comas 2009, p. 48). ‘‘Esta
noción permite captar sentidos, mecanismos y prácticas que los hogares
movilizan en relación con la inserción laboral de su fuerza de trabajo. La
articulación entre los recursos provenientes de la actividad laboral y otros
no provenientes del mercado es central en la reproducción de estos hogares;
por eso, este tipo de informalidad puede ser concebida como una zona
intermedia donde se acoplan el mundo laboral y el mundo doméstico’’
(Comas 2009, p. 48). Una síntesis sobre diferentes aportes y debates en rela-
ción al concepto de informalidad laboral puede verse en Chávez Molina
(2010).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 245
trabajos que tenían en común no gozar, en sentido fuerte,
de las protecciones que ofrece la condición asalariada. Las
mujeres entrevistadas estaban, al momento de la entrevis-
ta, realizando los siguientes trabajos14: empleo doméstico
en casas y oficinas, cuidado de niños, venta ambulante de
café y de comida casera, tareas de cocina en un pequeño
restaurante barrial, atención de un puesto en la feria, tareas
vinculadas a la cría de perros para la venta, venta de pro-
ductos de cosmética por catálogo, atención de un pequeño
quiosco barrial. Sus parejas, cuando se trataba de hogares
biparentales, estaban, al momento de la entrevista, realizan-
do los siguientes trabajos: tareas de construcción (pintura,
albañilería, durlock, electricidad), recolección de cartones,
conducción de remis, tareas como repositor en un comer-
cio barrial, actividades de ‘‘carga y descarga’’ en el mercado
central y en corralones.
Podemos mencionar algunas características comunes
de estos trabajos: los períodos de fluctuaciones y de desem-
pleo, las jornadas intensivas, los salarios comparativamente
menores que en los ámbitos de trabajo formal, la necesidad
de estar a la espera y a la búsqueda de hallar un nuevo traba-
jo. Estas eran las debilidades sobre las cuales echaban luz los
relatos recabados. Existía entre la AUH y el trabajo informal
un nudo que era esperable hallar, en la medida en que lo
formaliza el propio diseño de la política social. El acceso
a la AUH, como muestra el estudio de Kliksberg y Nova-
covsky (2015), no reduce la propensión a insertarse en el
mercado de trabajo; así como tampoco ayudó a promover la
informalidad. La pretensión de acceder a un empleo formal
siempre está presente en las familias receptoras, al igual que
está presente la valoración del empleo como medio deseable
para obtener ingresos (Garcés 2015).
14 Excluimos de este listado a las tareas laborales realizadas por hombres y
mujeres como contraprestación del Programa Argentina Trabaja y Ellas
Hacen. Ese ingreso económico se analiza en el apartado siguiente.
[Link]
246 • TENER LA ASIGNACIÓN
En ocasiones, el dinero de la AUH, en vez de comple-
mento, era sostén. Porque cuando las familias sufrían mayor
restricción económica a causa de la falta o de la disminu-
ción del empleo, ese dinero se convertía transitoriamente
en el ingreso fijo con el cual se podía contar; se trataba
de coyunturas que podían no ser excepcionales sino, en
ocasiones, intrínsecas a la precariedad de las condiciones
laborales. Aspecto importante que una trabajadora social,
de un servicio social local, sintetizó del siguiente modo:
La asignación fue un cambio importantísimo, en los momen-
tos de menor crisis no se percibía tanto la importancia de
la asignación; ahora, me ha pasado en el último tiempo que
muchas mujeres me dicen que lo único que tienen es la asig-
nación, nada más; en esta semana tuve tres entrevistas de
mujeres que lo único que tienen es la asignación (16/11/
16, El Sauce)
Por otra parte, vale la pena señalar que los cruces con el
empleo formal fueron una variante inesperada en relación
a la AUH. Podía suceder que algún integrante del grupo
familiar ampliado contara con empleo formal. En nuestra
muestra, esos casos fueron excepcionales; quienes tenían
acceso a ese tipo de empleo eran las madres de algunas
las titulares más jóvenes que entrevistamos. Constituían
ejemplos de familias de trabajadores formales, en este caso
grupos trigeneracionales, que a la vez eran sujeto de apoyo
estatal. Eran familias que hacían frente a las condiciones de
pobreza combinando sueldos magros provenientes de un
empleo formal con la transferencia mensual de la AUH.
Volviendo al punto de partida, el ‘‘facilismo del subsidio
por encima de la legitimidad del empleo’’ (Diario La Nación,
27/10/13) es un constructo de sentido común, amplificado
en los medios de comunicación, sin asidero en los relatos
recabados. Los testimonios, en cambio, advertían algo dis-
tinto: el dinero de la AUH se disponía como complemento,
y eventualmente sostén, de ingresos laborales teñidos de
precariedad.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 247
3.1.1 De la AUH al empleo formal
Tomamos a continuación un caso negativo de nuestra mues-
tra. La situación que presentamos, en vez de iluminar
–como sería coherente a la secuencia del análisis– la articu-
lación entre trabajo informal y la AUH, da cuenta de aquello
que sucede cuando se deja de percibir la AUH y se accede a
una instancia de mayor protección, dada por un empleo formal.
Hacemos un paréntesis en el análisis para armar un contra-
punto. Si previamente mostramos la relevancia del dinero
de la AUH como complemento de grupos familiares cuyos
ingresos provenían principalmente de trabajos precarios,
ahora matizamos el argumento: era sustantivo el alivio y
la seguridad que ofrecía la relación de dependencia laboral a
un grupo familiar que se ubicaba en un contexto de alta
vulnerabilidad social.
Cuando entrevistamos a Lola15, ex titular de la AUH,
ella se encontraba trabajando en un hotel ubicado en el
centro de la Ciudad de Buenos Aires, como empleada de
limpieza. Hacía seis meses que trabajaba allí, seis días a la
semana, con un solo franco, en el horario de nueve a die-
ciocho horas y recibía un salario apenas superior al monto
del salario mínimo fijado en ese momento. En vez de la
AUH, Lola accedía a la AAFF. La AUH la había percibido,
sin embargo, a lo largo de los últimos cinco años de mane-
ra ininterrumpida; oportunamente había sido titular de la
AUE y luego, trayecto esperable, continuó con la titularidad
de la AUH. La experiencia laboral inmediatamente anterior
a su empleo formal en el hotel, había sido en el marco de un
emprendimiento familiar. Junto a su hermana, elaboraban y
servían comida en el patio de la vivienda en la cual la familia
residía. Muchos trabajadores de las fábricas lindantes iban
al mediodía a almorzar allí. Montaron ese emprendimiento
con la ayuda de la madre de Lola.
15 Todo el apartado toma como referencia la experiencia de una entrevistada,
Lola, ex titular de la AUH. La entrevista se realizó el 11/11/16, en El Sauce.
[Link]
248 • TENER LA ASIGNACIÓN
A finales de 2015, Lola decidió dejar el emprendimien-
to y accedió al trabajo como empleada en el hotel. ‘‘Una
semana se vendía bien y la otra no, dejé porque se estaba
vendiendo poco’’, explicó en relación a la motivación para
dejar el emprendimiento. En diciembre de 2015, ‘‘cuando
fue el cambio de gobierno, la gente estaba con miedo con
todo lo que iba a pasar, la gente no quería gastar’’. Así, ‘‘por
ejemplo las empresas de acá [El Sauce] traían la comida y la
calentaban, bajó un montón la venta [del emprendimiento]’’.
‘‘Aguanté un par de meses hasta que después no me alcan-
zaba la plata y tuve que dejar’’, continuaba el testimonio de
Lola. Entonces, ‘‘hablé con un conocido y me dijo que esta-
ban buscando gente para trabajar [en el hotel]’’. El traspaso
de un tipo de trabajo a otro suponía una diferencia de ingre-
so tan grande que hacía fácil la elección. De ese modo, Lola
accedía a su primera experiencia en un trabajo registrado.
Muchas de las expresiones que Lola utilizaba reflejaban
la tranquilidad que le daba contar con un empleo formal:
‘‘antes hacía magia’’, ‘‘con el trabajo me relajé, un alivio’’,
‘‘ahora es más fácil’’. Su relato fue girando en base a un
tópico: transcurrir de un estado a otro, de una condición a
otra, de hacer magia al alivio incipiente. Lo que daba alivio,
principalmente, era el mayor salario junto a la previsibili-
dad en los ingresos. En sus palabras:
Ahora es más fácil. Antes era más difícil porque cobraba esas
dos cosas nomás [AUH y Progresar]. Yo a veces trabajaba pero
no es lo mismo que ahora, que todos los meses tengo una pla-
ta fija. Antes era más difícil, por ejemplo, cuando empezaba
el año escolar tenía que comprarle las cosas para el Jardín y
a veces no alcanzaba. Y le tenía que pedir la tarjeta a mamá,
todas cosas así. Ahora ya sé que cobro, ponele los [días] cinco
y compro toda la mercadería y bueno, toda la plata que me
queda es para manejarme después. Por si [su hija] se enferma
o algo. Pero antes cuando cobraba la asignación era más difí-
cil porque si se enfermaba no tenía plata, era un quilombo.
Sí tenía tiempo para estar en mi casa, pero no tenía plata
para manejarme. Era complicado, sí. […]. Cuando cambian las
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 249
temporadas que le tenía que comprar ropa a Maia [su hija],
la plata era justa. Tenía que esperar para comprarle y a veces
no me alcanzaba tampoco. O sea, por ahí me alcanzaba para
la comida pero para la ropa no. Entonces era complicado.
Ahora como estoy trabajando, por ejemplo cuando tengo que
comprarle zapatillas voy, y se las compro con la tarjeta de
crédito y después cuando cobro, voy, pago todas las cuentas y
listo. Me olvido de eso.
En este capítulo se analizará, más adelante, el dinero
de la AUH como una pieza que habilita un consumo seguro,
haciendo foco en la estabilidad que ese ingreso fijo mensual
proporciona. El ejemplo de Lola, sin embargo, es útil para
matizar el argumento. Aunque el cambio en el caso de Lola
era incipiente, su experiencia daba cuenta holgadamente del
alivio y la seguridad que el marco de relación de depen-
dencia laboral traía aparejado a este grupo familiar. En tér-
minos de poder contar con alguna certeza, esa experiencia
resultaba muy significativa16.
3.2 Las otras coberturas sociales17
El dinero de la AUH podía también ser un complemento
del aporte de otras políticas sociales presentes en el grupo
familiar. Desde ya, las combinaciones de políticas socia-
les que vamos a señalar no se daban en todos las familias
porque tenían que ver con su composición, es decir, con
las circunstancias y con las edades de cada integrante; a la
vez que podían variar según el lugar de residencia de la
16 El pasaje por el mundo del empleo formal, en el caso de Lola y hasta donde
pudimos conocer, no fue sostenido. Un año y medio después de la entrevis-
ta, nos encontramos casualmente con ella. Nos relató que estaba desemplea-
da, haciendo todo lo posible por finalizar sus estudios secundarios, propósi-
to que se había convertido en su meta, y también que había solicitado a una
referente del barrio el ingreso a un programa de TMC y que estaba esperan-
do, ansiosa, la respuesta.
17 Este eje de análisis fue desarrollado, con mayor detalle, en el segundo capí-
tulo, apartado: ‘‘Los cruces’’. Aquí hacemos un recorte específico.
[Link]
250 • TENER LA ASIGNACIÓN
familia, CABA o Provincia de Buenos Aires. Además, no son
exhaustivas sino que muestran las combinaciones observa-
das a partir de los datos recabados en nuestro análisis.
Primero, la AUH podía ser complemento de otras coberturas
sociales destinadas a niños, niñas y adolescentes. La cobertura
social que recibían los niños, niñas y adolescentes de un
mismo grupo familiar podían ser diferentes; podían prove-
nir concretamente: de la AUH, de la Asignación Universal
por Hijo con Discapacidad, de la AAFF o de una pensión no
contributiva cuando se trataba de un niño con discapacidad.
Prestaciones incompatibles entre sí que estaban presentes
dirigiéndose hacia integrantes menores de 18 años de un
mismo grupo familiar. Según correspondiera, cualquiera
de esas transferencias –‘‘la asignación’’, ‘‘la asignación por
discapacidad’’, ‘‘el salario’’ o ‘‘la pensión’’– podían, eventual-
mente, dar cobertura social a niños y adolescentes. La AUH,
así, quedaba en pie de igualdad con un conjunto de presta-
ciones sociales, tanto contributivas como no contributivas,
destinadas a la niñez.
Segundo, la AUH podía ser complemento de coberturas
sociales destinadas a adultos mayores. Dado que, en algunos
casos, podía combinarse con las prestaciones del sistema
previsional. En un grupo familiar ampliado, compuesto
por niños, niñas y adolescentes junto con adultos mayo-
res, podían converger diferentes instancias de protección
social. La AUH, así, quedaba en pie de igualdad con un
conjunto de prestaciones sociales contributivas destinadas
a adultos mayores.
Tercero, la AUH podía ser complemento de coberturas
sociales de tipo TMC. Señalamos las dos combinaciones más
frecuentes que identificamos: la AUH y el Plan Más Vida,
cuando había niños menores de 6 años en los hogares, y la
AUH y el Programa Argentina Trabaja o el Ellas Hacen, en
cuyo caso, podía la mujer ser titular de ambas prestaciones
o bien, la mujer ser titular de la AUH y el varón titular del
Argentina Trabaja. La AUH, así, quedaba en pie de igualdad
con un conjunto de prestaciones de tipo TMC.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 251
Señalamos formas posibles en que se combinaban polí-
ticas sociales heterogéneas, incluida la AUH. Es importante
observar la medida en que las políticas sociales reconocen
u omiten, a la vez que hacen compatibles o incompatibles,
intervenciones hacia diferentes miembros de la familia y,
paralelamente, ante diversos contextos, momentos y cir-
cunstancias del ciclo de vida familiar. Siguiendo a Bertra-
nou y Maurizio (2012, p. 6), es necesario avanzar en ‘‘la inte-
gración de los diferentes componentes que deberían formar
parte del sistema de protección social, prestando atención
en forma más amplia a la matriz de riesgos y vulnerabili-
dades que enfrentan los distintos hogares según su compo-
sición’’. Vinculado a este punto, la OIT (Bertranou 2010, p.
10) ha definido el concepto de ‘‘piso de protección social’’.
El concepto incluye, por una parte, ‘‘un conjunto básico de
derechos y transferencias sociales esenciales, monetarias y
en especie, con el fin de aportar un ingreso mínimo y una
seguridad mínima de los medios de subsistencia a todos y
de facilitar una demanda efectiva junto con el acceso a bie-
nes y servicios esenciales’’ y, por otra parte, ‘‘el suministro
de un nivel esencial de bienes y servicios sociales, como
salud, agua y saneamiento, educación, alimentación, vivien-
da, e información sobre la vida, más el ahorro de activos
que sean accesibles a todos’’. Así, de la forma que asume
la intervención pública hacia personas y familias ubicadas
en una posición de mayor fragilidad social, la AUH es una
política social más dentro de un esquema abarcativo y com-
plejo. Lo que en este apartado señalamos, entonces, es que,
lógicamente, hay una escala ‘‘micro’’, que mostramos aquí a
escala familiar, del sistema de protección social ‘‘macro’’.
Estas combinaciones hacen visible que el Estado era
un actor central en el proceso de reproducción social de
las familias; parafraseando a Auyero (2013, p.190), era base
de sus ‘‘posibilidades de subsistencia’’. Lo era en mayor o
menor medida: dependiente del tipo específico de cobertu-
ra que recibía cada familia según correspondiera. La imagen
de una familia poseyendo tarjetas bancarias provenientes
[Link]
252 • TENER LA ASIGNACIÓN
de diferentes políticas sociales, cada una con sumas magras
de dinero, parece representar adecuadamente nuestro argu-
mento. Ante la exposición a fragilidades sociales muy cru-
das, no conviene trivializar la acción de combinar esos
ingresos: la paradoja estaba en que, aun fraccionadas, tenían
vigor.
Las combinaciones de los ingresos provenientes de dis-
tintas políticas sociales producían efectos en términos prác-
ticos. La fecha aproximada de ‘‘carga’’ era un dato conocido
y entonces podían utilizarse en diferentes momentos del
mes o bien, juntas, complementándose, y al mismo tiempo
podían estar destinada, cada tarjeta, a gastos prefijados18.
Podía suceder, por ejemplo, que el ‘‘sueldo’’ del hombre
fuera el proveniente del trabajo cooperativo y que el ‘‘suel-
do’’ de la mujer fuera el proveniente de la AUH. En esos
casos, se equiparaba, a través de políticas sociales diferentes,
la provisión de ingresos al hogar biparental entre el hom-
bre y la mujer. A tal punto había una equiparación que, en
ocasiones, podían hacerse acuerdos entre el hombre y la
mujer para demarcar los destinos de las diferentes fuentes
de ingreso presentes en el hogar. Melina, una titular de la
AUH, y su esposo habían conversado y llegado a un acuer-
do: ‘‘el sueldo’’ de Gonzalo se destinaba a los alimentos y
otros gastos ordinarios de la familia, y lo manejaba Gon-
zalo, mientras que el dinero de ‘‘la asignación’’ lo manejaba
Melina y estaba destinado a salidas, como por ejemplo ‘‘ir
a [supermercado] Coto’’ y a ‘‘que siempre haya en la hela-
dera fruta que a ellos [los hijos] les gusta mucho’’ (22/11/
2017, Sabala). Así, los ingresos que provenían de diferen-
tes políticas sociales tenían simbólicamente la capacidad
de equiparar al hombre y a la mujer cuando cada uno era
titular de una prestación específica; lo que sucedía en esas
18 Este aspecto se retoma más adelante, en el apartado ‘‘El consumo seguro’’. Se
analiza la implicancia que tenía para las familias saber, cada mes, cuánto y
cuándo se iba a cobrar.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 253
situaciones, en términos de Wilkis y Hornes (2017), era que
diferentes piezas de dinero al interior del orden familiar se
jerarquizaban por igual.
También podía suceder que dos ‘‘tarjetas’’ se comple-
mentaran. Laura y Ángela, madre e hija ambas titulares de la
AUH, al cobrar la AUH y el Programa Progresar -Programa
de Respaldo a Estudiantes de Argentina-, iban juntas ‘‘al
cajero’’. Iban con ‘‘la listita de la mercadería’’ para comprar,
ya preparada. Luego del cajero, se dirigían al ‘‘supermercado
Día’’ y hacían ‘‘las compras’’. Ese itinerario lo realizaban
mensualmente, según la fecha de cobro de cada transferen-
cia que eran distintas en el cobro. ‘‘La que decide qué se
compra soy yo, porque Ángela derrocha, yo me fijo el pre-
cio’’, nos dijo Laura, la mamá. Para ‘‘no pasarse de la plata’’
que sacaban juntas del cajero, solían sumar los gastos usan-
do la calculadora del celular mientras compraban. Además,
del dinero depositado en el cajero, Laura dejaba siempre
‘‘algo para tirar en la semana’’ (26/10/16, El Sauce).
En suma, dependiendo de la composición familiar, el
dinero de la AUH podía ser complemento del dinero que
provenía de otras coberturas sociales, muy heterogéneas,
del amplio mundo de la asistencia social así como también
del ámbito de la seguridad social. Propusimos situar a la
AUH como parte de un sistema de protección más amplio
y complejo. La intención fue rastrear cómo, en la vida de
las familias, los componentes de ese sistema tenían efectos
prácticos al combinarse.
3.3 La familia ampliada
El dinero de la AUH, en determinados casos, era un comple-
mento del aporte de la familia ampliada. Formaban parte de
nuestra muestra, grupos familiares extensos que conforma-
ban verdaderas ‘‘redes de protección cercana’’ (Castel 2004).
Nos referimos a la siguiente configuración: familias que,
residiendo en una misma vivienda, en diferentes vivien-
das de un mismo terreno o en viviendas espacialmente
[Link]
254 • TENER LA ASIGNACIÓN
cercanas, conformaban una cadena de tres generaciones, al
interior de la cual las mujeres entrevistadas ocupaban el
segundo eslabón generacional.
Esa configuración de la familia ampliada funcionaba,
en términos de Gutiérrez, como ‘‘una suerte de sujeto colec-
tivo y no como un simple agregado de individuos’’ debido a
que las decisiones eran el producto a la vez de ‘‘mecanismos
de integración y de lucha’’ (Gutiérrez 1998, p. 161). A la vez
que, se encuadraba dentro de las estructuras de solidaridad
de tipo relacional que describe Merklen:
De manera general, parecería que una de las especificidades
de los medios populares es la densidad relacional de su vida
cotidiana. Ciertamente, desprovistas de otros apoyos –en
particular de los de tipo institucional–, las clases popula-
res siempre han sabido construir estructuras de solidaridad
de tipo relacional. Estas estructuras permiten estabilizar una
vida cotidiana muy a menudo marcada por el sello de la ines-
tabilidad y la precariedad. Los investigadores han destacado
así la preeminencia de los vínculos locales, territorializados:
la familia, la religión, y la vecindad ocupan entonces ‘natural-
mente’ un lugar privilegiado en la descripción de las formas
de solidaridad emparentada, de proximidad o cercana (Mer-
klen 2005, p. 195).
En efecto, observamos que la solidaridad de la familia
ampliada constituía una fuente de recursos materiales, con-
tención y apoyo; sujeto fundamental para la resolución de
las necesidades y pilar tanto afectivo como económico.
Hallamos dos modos concretos en que el dinero de la
AUH complementaba el aporte de la familia ampliada. Por
una parte, se socializaba al interior de la familia. Por ejemplo,
en la familia ampliada de Silvina, que vivía junto a su padre
y dos hermanos (uno de ellos con su propia familia), los gas-
tos alimentarios día a día se resolvían del siguiente modo:
‘‘ponemos [ella, su cuñada y su padre] 50, 50 y 50 [pesos] y
compramos todo lo que hace falta y comemos juntos, menos
mi hermano que vive solo’’ (25/10/17, Sabala). Había un
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 255
acuerdo familiar para cubrir las necesidades alimentarias y
el dinero de la AUH aportaba a la resolución. La eficacia
estaba en que, de esa forma, se lograba ‘‘estirar’’ el dinero de
la transferencia, hacerlo más durable en el tiempo y sacar
un provecho mayor. Esa era la prioridad y no importaba
quién era formalmente el destinatario último de la política
social en cuestión.
Por otra parte, se particularizaba en el destinatario último.
Por ejemplo, en la familia ampliada de Rita –que vivía junto
a su hija y sus padres– el dinero de la AUH cubría los gas-
tos primordiales únicamente de su hija: ‘‘ella come yogur,
gelatina, obleas, cosas así que le gustan; le cargo, tiene su
[tarjeta electrónica] SUBE, después le compro alguna ropa
que le haga falta, no mucha, porque a veces es más lo que
se gasta en lo que come’’. Sobre este aspecto, su padre le
dijo: ‘‘eso es de la nena y siempre me dice gastalo siempre
en ella y es así’’ (18/11/17, El Sauce). Aparece la idea, que
también se presenta en el apartado siguiente, de un dinero
proveniente de transferencias estatales que llevaba la marca
de sus titulares formales, de sus destinatarios últimos. Y el
aspecto a resaltar es que esa marca condicionaba la manera
en que el dinero era utilizado. Entonces, la definición for-
mal del sujeto destinatario de la política social condicionaba
la forma en que la transferencia era apropiada por parte
del grupo familiar.
En suma, la destreza que habían acumulado las familias
ampliadas para forjar acuerdos, explícitos o tácitos, que per-
mitieran cubrir los gastos alimentarios primordiales, era
evidente. El dinero de la AUH no quedaba por fuera de esos
acuerdos. Pudimos observar acuerdos diferentes: el dinero
se socializaba con la familia ampliada o bien se particulariza-
ba en el destinatario último. Pero siempre funcionaba como
complemento de los gastos alimentarios de la familia, en
su conjunto.
[Link]
256 • TENER LA ASIGNACIÓN
3.4 Los ‘‘rebusques’’
El dinero de la AUH podía ser un complemento, también,
del aporte que provenía de diferentes ‘‘rebusques’’ que las
familias desarrollaban, ya sea de modo esporádico (cuando
surgía la oportunidad o en un momento determinado que la
situación económica se tornaba más apremiante) o bien de
modo regular. Se trataba de prácticas de subsistencia muy
variadas que contribuían a la resolución de las necesidades
cotidianas, solían estar ancladas en el territorio y movili-
zaban tanto a las instituciones de base como a la red de
familiares y de vecinos. Movilizaban a esas estructuras de
solidaridad de tipo relacional que en los párrafos anteriores,
en base a Merklen (2005), describimos.
Los ‘‘rebusques’’ revelaban ahínco y perseverancia.
Representaban la idea de no quedarse, de ir donde se presen-
tara la oportunidad y de hacer lo que estuviera al alcance
para lograr tener algo de dinero a mano. En nuestro análisis,
esta categoría nativa incluye a prácticas heterogéneas que
agrupamos dentro de tres líneas de acción:
• Movilizarse para buscar apoyo en las instituciones
barriales: concurrir a comedores o merenderos comu-
nitarios; acudir a Cáritas para solicitar ropa o mue-
bles usados.
• Hallar formas de acceder a algo de dinero en efectivo:
realizar algunas tareas específicas, como por ejemplo
cuidar a un familiar enfermo o al hijo de un vecino, y
recibir por ello ‘‘unos pesos’’; vender la ropa que ya no
se usaba en ‘‘la feria’’19; recolectar cartones y otros ele-
mentos para luego revenderlos en contextos cercanos
en los que adquieren valor de cambio.
19 Una caracterización de los días de feria y un análisis sobre los intercambios
que allí se producen puede encontrarse en Chávez Molina (2010).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 257
• Realizar diferentes prácticas de endeudamiento: ‘‘pedir
fiado’’ en el almacén, comprar en cuotas en comercios;
formar parte de ‘‘círculos de dinero’’ entre familiares;
solicitar dinero al ‘‘prestamista del barrio’’.
Hilda, una titular de la AUH, se definió a sí misma
como ‘‘rebuscadora’’ y sintetizó bien qué significaba esa
palabra:
A mí me dicen ‘Hilda, sabés que allá tal cosa’ y ahí me vas a
ver, o sea, no tengo vergüenza para nada, no. […]. Yo me crié
con una familia humilde, también con mi papá trabajando por
su cuenta, mi mamá y éramos siete. Siempre salir a trabajar
así, nunca tuve un trabajo en blanco, sí he ido a hacer, por
ejemplo, changas, ir a limpiar. Pero siempre fui una mujer
que no me quedo. Cuando estuve tres años sola [separada]
con los chicos [hijos] salí a cartonear. Quizá, por ahí, a veces
invierto. Invierto, qué sé yo, $1.000, compro medias y salgo a
vender. No tengo vergüenza para nada. O sea, medias estuve
vendiendo un tiempo, pero bueno, con el tema de que hace
falta esto, falta lo otro y bueno, uno se va comiendo la plata
[15/5/17, Sabala].
El relato expone que se podía contar con toda una vida
en la cual, para subsistir, se habían hecho ‘‘rebusques’’; se
podía contar, con toda una vida, transitada en un entorno
de pobreza estructural con esfuerzos permanentes por ir
sobrellevando situaciones de privación extremas. Lo que
importaba era ‘‘siempre hacer algo’’. Aun cuando se tratara
de la alternancia entre trabajos más o menos breves que
hacía difícil definir un tipo de trabajo único o central, las
familias dependían de ese ‘‘siempre hacer algo’’.
Introducimos, a continuación, dos ejemplos de ‘‘rebus-
ques’’: i) el dinero solicitado a los ‘‘prestamistas del barrio’’
y ii) la concurrencia al comedor comunitario. Los ejem-
plos brindan detalles que nos permiten reflexionar sobre
aristas de la AUH.
[Link]
258 • TENER LA ASIGNACIÓN
i) Un ‘‘rebusque’’ singular: pedir dinero al ‘‘prestamista’’ del barrio
En Sabala, varias familias relataron haber accedido a sumas
de dinero otorgadas por ‘‘prestamistas del barrio’’. Algunos
‘‘prestamistas’’ para ‘‘asegurase’’ el cobro del préstamo exi-
gían que les fuera transferida ‘‘la tarjeta del Argentina Tra-
baja’’. Se quedaban en posesión de la tarjeta e incluso iban
al cajero, ellos mismos, a fin de cobrar ‘‘la cuota’’ pactada.
Cuando tuvimos la oportunidad de comentarle a Hilda, una
titular de la AUH que había solicitado ‘‘un préstamo’’, que
ese mecanismo nos parecía riesgoso, ella contestó: ‘‘el tipo
es de confianza’’ (notas de campo, servicio social, Sabala,
13/11/17). Cabía la posibilidad de que el prestamista, inclu-
so, recibiera la tarjeta y la mantuviera en su poder durante
varios meses hasta llegar a saldar el total de la deuda, extra-
yendo mes tras mes ‘‘la cuota’’ a través del cajero automá-
tico. El hecho no era visto por las familias como abusivo.
Como bien plantea Wilkis (Tiempo Argentino, 23/12/2019,
párrafo 5) en un artículo periodístico:
Por un lado, el ejercicio de la violencia explícita en una rela-
ción de crédito no desentona con un universo social donde
ella regula muchos aspectos de la vida cotidiana. Por otro
lado, la existencia del uso de la fuerza violenta no debería
opacar el hecho fundamental que los prestamistas prestan un
‘servicio’. Estos servicios poseen ciertas propiedades como
la flexibilidad (todo se puede renegociar), estar disponibles
frente a las urgencias (siempre están cuando los necesitan) y
que las reglas son claras (es explícito el riego y la violencia).
El punto en donde se cruza este tipo de ‘‘préstamo’’ con
la AUH es interesante. El esposo de Clara, una titular de la
AUH, entregó su tarjeta durante varios meses –‘‘seis u ocho
meses’’– y al momento de la entrevista faltaba un mes para
que la recuperara. La ‘‘tarjeta’’ susceptible de ser entregada
no era la de la AUH. Clara nos dijo: ‘‘esta sí la tengo yo’’ y
‘‘la verde (del Plan Vida) también’’. ¿Qué factores incidían
para que fueran unas y no otras las transferencias afectadas
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 259
por estos ‘‘préstamos’’ no bancarios? El ‘‘prestamista’’ le dijo
a Clara que no era posible utilizar ‘‘la tarjeta’’ de la AUH
porque ‘‘esa plata es para los chicos’’; solo se podía ‘‘con la
tarjeta de él (su marido)’’ (28/11/17, Sabala).
Un tinte políticamente correcto recubría al comenta-
rio. Siguiendo a Goffman, en el momento en que el indivi-
duo se presenta ante otros, ‘‘su actuación tenderá a incor-
porar y ejemplificar los valores oficialmente acreditados de
la sociedad, tanto más, en realidad, de lo que lo hace en su
conducta general’’ (Goffman 2006a, p. 47). Pero lo cierto era
que ‘‘el prestamista’’, quizá como deber ideológico, no utili-
zó el dinero de la AUH. La imagen de los hijos como des-
tinatarios legítimos de la transferencia era un lugar común,
ese aspecto no llamaba la atención; lo sugerente, en cam-
bio, era que no se asimilaran de igual manera las diferentes
piezas de dinero provenientes de transferencias estatales.
Como dijimos en el apartado anterior, la definición formal
del sujeto destinatario de la política social condicionaba
la forma en que la transferencia era apropiada por parte
del grupo familiar. El uso de cada política social llevaba la
marca de las personas destinatarias: la AUH para los niños,
el Argentina Trabaja para los adultos. En esa distinción se
fundamentaba el modo de accionar del ‘‘prestamista’’: como
si las piezas de dinero de diferentes transferencias estata-
les no fueran destinadas, en definitiva, a la subsistencia en
común del grupo familiar.
En suma, el dinero de la AUH era complemento del
dinero que provenía de este tipo de prácticas, por medio
de las cuales, para obtenerlo, las familias asumían deudas.
A diferencia de otras transferencias estatales que estaban
directamente envueltas en este tipo de prácticas, la condi-
ción de ‘‘ser para los chicos’’ era el artificio retórico, acep-
tado por todos, que resguardaba a la AUH de este tipo de
afectación.
[Link]
260 • TENER LA ASIGNACIÓN
ii) Un ‘‘rebusque’’ habitual: la concurrencia a comedores
comunitarios20
Una titular de la AUH se mostró molesta, en una oportuni-
dad, con quienes, teniendo la AUH, de todos modos, asistían
a comedores comunitarios. Le parecía una contradicción,
una incoherencia, ‘‘porque lo que te dan es para el alimento
de los chicos’’, argumentaba. Y agregaba:
No sería justo que uno que esté cobrando por mes […] que vos
estés llevando a tu hijo al comedor, no creo, no me gusta, no
me parece la idea. Yo de mi parte no lo haría porque no me da
la cara para decir, mi hija mira, está de pies a cabeza vestida,
tiene unas zapatillas de una luca [mil pesos argentinos], por
decir, y viene al comedor, no me daría el gusto, o sea cobra
la asignación, cobra lo que tiene que cobrar y va al comedor
(23/02/17, El Sauce).
Pero, en realidad, las lógicas de las estrategias de vida
de las familias no eran compartimentos estancos, se sola-
paban. Las estrategias para cubrir las necesidades alimenta-
rias eran una preocupación que se reiteraba en la mayoría
de los relatos que recabamos y concurrir a un comedor
comunitario estaba muy lejos de ser una práctica que se
contrapusiera a percibir la AUH. Por cierto, la presencia
de la AUH no sustituía al comedor; eran, a menudo, líneas
de acción que se hacían compatibles21. Como nos explicaba
20 La figura del comedor comunitario fue abordada en el capítulo cuarto, apar-
tado ‘‘Lo doméstico’’, y se la puso de relieve como un lugar de sociabilidad
para las mujeres titulares de la AUH.
21 En su análisis, Goren (2011) también identifica la relación entre la presencia
de la AUH y concurrencia a comedores comunitarios. ‘‘De acuerdo con las
entrevistas realizadas, ninguna de las mujeres que en forma previa a la per-
cepción de este beneficio concurrían a comedores comunitarios dejaron de
hacerlo, lo que se refuerza por lo enunciado por una funcionaria de la pro-
vincia de Chaco y del Municipio Urbano de la Costa, quienes señalaron que
el incremento en gastos de alimentos fue muy bajo. Las mujeres que concu-
rrían a los comedores con sus hijos siguen haciéndolo, y son las mismas
mujeres que, en muchos casos, perciben beneficios a través de la tarjeta
magnética para la compra de alimentos y, en el caso de las más necesitadas,
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 261
una promotora de salud, la relación muchas veces era direc-
ta: ‘‘van a comer al mediodía [al comedor] para gastar lo de
la asignación a la noche’’ (26/12/16, El Sauce).
Quienes asistían al comedor, lo hacían de dos modos
diferentes. En el primer modo, el comedor era una línea
de acción posible que ‘‘te salvaba’’ cuando era necesario. Se
recurría, en estos casos, en circunstancias de mayor difi-
cultad económica. ‘‘Nada más iba cuando necesitaba, que
no tenía nada, ahora está todo re difícil y siempre, cuando
están, vamos a retirar [alimentos], por ahí una no tiene y te
zafa todo entendes, todo te salva’’, explicaba Vanesa, titular
de la AUH (15/12/16, El Sauce). El comedor estaba inclui-
do en esa representación: ‘‘todo te salva’’. En el segundo
modo, el comedor era una línea de acción habitual porque al
comedor se concurrió ‘‘siempre’’. ‘‘Desde siempre vengo al
comedor’’, fueron palabras que escuchamos con frecuencia.
Rita, una titular de la AUH, tenía 30 años de edad cuando
la entrevistamos e iba al comedor hacía veinticinco; ‘‘me
críe en ese comedor’’, nos comentó (18/11/17, El Sauce).
Varios relatos mostraban historicidad. Asistían todos o solo
algunos de los miembros de la familia. Rara vez quienes
asistían almorzaban en el comedor; en realidad, las viandas
se armaban en recipientes para ser llevadas a los hogares.
Cuando llegaban a los hogares, los alimentos se consumían
al mediodía, a veces se guardaban para el momento de la
cena o, incluso, se conservaban para el día siguiente.
Las trabajadoras sociales, tanto en Sabala como en El
Sauce, nos explicaban que la asistencia a los comedores
variaba en función de las diferentes coyunturas macroso-
ciales; nos indicaban momentos de mayor o menor deman-
da, momentos de más o menos raciones otorgadas en el
comedor. Lógicamente, la AUH no suponía un ingreso sufi-
otras tarjetas con la misma finalidad. De esta manera, a partir del combo de
recursos, pueden destinar estos nuevos ingresos, de acuerdo con su situa-
ción, a útiles escolares; pero según lo que hemos observado, se destinan
de forma prioritaria a la compra de otros bienes de consumo, como por
ejemplo zapatillas o camperas’’ (Goren 2011, p. 11).
[Link]
262 • TENER LA ASIGNACIÓN
ciente como para que muchas familias prescindieran de ese
tipo de instituciones barriales, sin embargo la decisión no se
explicaba únicamente en términos materiales. Por ejemplo,
asistir al comedor podía ser considerada una práctica que
debía evitarse, o bien, no ser comentada. Algunas mujeres
relataban que sus hijos adolescentes no querían seguir yen-
do al comedor porque sentían vergüenza; incluso, algunos
adultos nunca habían ido a comedores porque tenían el
mismo sentimiento. No eran monolíticas las formas en que
las personas experimentaban la concurrencia al comedor ni
se explicaban cabalmente por un eje económico.
Entonces, la concurrencia al comedor podía ser línea
de acción ocasional o habitual pero, en cualquier caso, la
AUH no irrumpía en la vida de las familias difuminando
prácticas arraigadas. Asistir al comedor era parte del arduo
engranaje para paliar necesidades, del armazón que estruc-
turaba la vida cotidiana de muchos de los hogares. La pre-
sencia de la AUH no atenuaba necesariamente esta práctica;
antes bien, se superponía a ella.
4. El consumo segur
seguroo
En este segundo momento del análisis mostramos qué suce-
día con el dinero AUH en los hogares, identificando cómo
facilitaba la organización de diferentes tipos de consumos.
Así como también, qué sucedía cuando ese dinero no estaba
presente en los hogares, identificando cómo, en su ausencia,
faltaba un elemento eficaz para mermar la urgencia en la
resolución de las necesidades de todos los días. Era más que
dinero, en verdad, lo que entraba en juego.
4.1 Cuando está la AUH
Nos explicó Natalia, una agente de salud de Sabala, lo
siguiente:
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 263
El sostén general es la asignación. El que no tiene asignación,
siente el mes. El que puede acceder a la asignación, tiene
como el mes un poquito más flojo, puede proyectarse, puede
planificar. El que no, se mantiene con lo que puede ir jun-
tando. En cambio, es lo que yo noto, se puede proyectar, es
decir, bueno, el mes que viene le compro a…, puedo comprar
mercadería en cantidad o puedo comprar, las zapatillas, que
le faltan o puedo organizarle el cumpleaños a mi hijo, desde
lo más sencillo, puedo comprar una torta. Eso entra dentro
de la planificación, se proyectan. […]. Pero si voy a hablar de
que muchas mamás que están solas, su ingreso principal es
la asignación, es la base fundamental. Es como lo mensual,
¿sí?, que con eso cuentan seguro. Y después de esa base lo que
hacen es agregarle, eh, changas. Ya sea por hora, ir a la feria,
porque acá hay una feria grande (5/12/17, Sabala)22.
Los barrios donde se sitúa nuestro análisis eran con-
textos llenos de incertezas y de amenazas potenciales. Las
familias a quienes entrevistamos vivían, diariamente, con
muy pocas certezas y con muy poca tranquilidad. Vidas que
tenían, como conexión común, la experiencia de lo incierto
y de la falta de sosiego. Los ámbitos que tomamos como
referencia contaban con particularidades, que esbozamos
a continuación.
Por un lado, ‘‘probar’’ era una palabra muy presente e
internalizada por los habitantes de Sabala. Muchas dimen-
siones de la vida estaban planteadas de modo aleatorio.
Había que ‘‘probar’’ si en el centro de salud estaba el medi-
camento que se precisaba; había que ‘‘probar’’ y aguardar
si el programa social ‘‘salió’’ o si el recurso de asistencia
‘‘llegó’’. Había que ‘‘probar’’ si la ambulancia, en un caso
de emergencia, ingresaba al barrio, y sino ingresaba había
22 Esta cita pertenece a una promotora de salud, conocedora del territorio. Las
propias familias también expresaban relatos similares: ‘‘Yo lo único que ten-
go seguro, que es cada mes, es la asignación’’, afirmaba una titular de la AUH
(María y Omar, 22/5/17, Sabala). ‘‘No tengo que mandar a mis hijos a cada
rato a comprar. Esto [la AUH] nos va acomodando, saber que todos los días
tenés algo para comer y que vas a llevar a la mesa’’ (Beatriz, 13/11/17, Saba-
la).
[Link]
264 • TENER LA ASIGNACIÓN
que resolverlo de forma aleatoria, con ayuda de referentes
barriales y políticos. Había que ‘‘probar’’ si una persona
podía llegar a la vivienda que se habitaba porque en algu-
nas zonas había ‘‘autoreferenciación’’, es decir, cada familia
definía y ponía un número a su casa. Había que ‘‘probar’’
si el colectivo pasaba por la zona donde se quisiese ir ya
que algunas áreas extensas carecían de transporte público.
Había que ‘‘probar’’ si se conseguía un turno, asistiendo
muy temprano en la mañana al centro de salud barrial. En
suma, pocos asuntos cotidianos parecían estar asegurados
y los esfuerzos siempre estaban puestos en tener que lidiar
contra la incertidumbre.
Por otro lado, dentro de los complejos problemas
sociales presentes en El Sauce, el hábitat ocupaba el centro
de la escena. Los peligros potenciales se propagaban en la
gran mayoría de las viviendas, cuyo estado de abandono
era notorio. Desalojos, incendios y derrumbes se producían
con asiduidad. Los propios hogares familiares, en diferentes
sentidos, conllevaban riesgos: las estructuras visiblemente
frágiles mostraban el estado de deterioro de las edificacio-
nes; las debilidad de la relación contractual de sus habitan-
tes; los desalojo que se producían muchas veces en segui-
dilla; los incendios y los derrumbes de las viviendas23. La
vida barrial, en ese sentido, estaba revestida de incertidum-
bres. Algunos relatos recabados mostraban la conciencia
que los habitantes tenían de estar expuestos a que estos
hechos –desalojos, incendios, derrumbes– sucedieran. Se
estaba rodeado de peligros potenciales y se expandían los
23 Hicimos referencia a la expresión peligros potenciales. La expresión surgió del
siguiente ejemplo. Al conversar con María José, una titular de la AUH, nos
enseñó el informe que había hecho una trabajadora social del centro de
salud del barrio para ser presentado en un área de asistencia del GCBA. El
informe decía lo siguiente: ‘‘en entrevista domiciliaria se constata la preca-
riedad de la escalera dado el faltante de escalones, la inclinación de los mis-
mos, la falta de mantenimiento y la imposibilidad para la Sra. María José de
movilizarse con cuatro niños pequeños. Esta situación representa un peligro
potencial para las caídas en altura’’ (María José, titular de la AUH, 13/12/16,
El Sauce).
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 265
riesgos, que recubrían el barrio. Todavía ‘‘no nos llegó’’ pero
‘‘en cualquier momento nos puede tocar’’ (Rosa, 26/12/16,
El Sauce), era la percepción frecuente de los vecinos. Inclu-
so, el trabajo de base llevado a cabo por las instituciones
locales, como los centros de salud y los servicios sociales,
estaba directamente atravesado por esos déficits y proble-
mas en las condiciones de habitabilidad.
La descripción de estos hechos, realizada en base a las
observaciones empíricas, es breve y selectiva; aun así, los
recortes son una muestra que permite vislumbrar el estado
de incertidumbre que atraviesa cada uno de los entornos
sociales a los que hacemos referencia. ‘‘La vida en los már-
genes exige acostumbrarse a la inestabilidad como compo-
nente de la vida cotidiana”, afirma Merklen (2005, p. 181).
Diversos análisis refrendan ese estado de incertidumbre en
los sectores populares, en nuestro país, a la vez que dan
cuenta de la presencia estatal, a través de políticas socia-
les, en esos contextos (Soldano 2003 y 2008, Cravino et.
al. 2001, Salvia y Chávez Molina 2007, Kessler y Merklen
2013, Zibecchi 2013, Quirós 2006). Señalar las fragilidades
de esos contextos sociales es importante en el objetivo del
análisis: de esas fragilidades se extrae el atributo del dinero
de la AUH sobre el cual buscamos echar luz.
Lo que hacía el dinero de la AUH, principalmente, era
inyectar algo invariable en la vida de las familias. La idea
de un componente invariable lo tomamos del análisis que
hace Auyero acerca de otro programa social: ‘‘en un mun-
do social degradado, violento y repleto de riesgos, el Plan
Vida introduce certidumbre: invariablemente el ’camión del
Vida’ viene todos los días”, observaba Auyero hace dos déca-
das (2001, p. 124). Esa caracterización nos sigue siendo
útil: la presencia de la AUH también daba certeza. El breve
fragmento que representaba esta política social en la vida
de las familias hacía que su experiencia social fuera más
tranquilizadora. Cuando era arduo alcanzar el equilibrio y,
[Link]
266 • TENER LA ASIGNACIÓN
aún alcanzado, se vía amenazado recurrentemente, es decir,
cuando el orden de las cosas se volvía siempre frágil, la AUH
ofrecía arraigo y asumía un carácter protectorio24.
Una serie de estudios muestran los matices de ese com-
ponente invariable en la vida de las familias que es la AUH;
diferentes aristas desde las cuales observar que, ciertamen-
te, la presencia de la AUH daba certeza.
Por ejemplo, la perspectiva de Kliksberg y Novacovsky
da cuenta de no sólo del bienestar material que el ingreso
estable supone, sino también su impacto en términos de
la subjetividad:
Se puso de manifiesto que la prestación de la AUH brinda la
seguridad de un ingreso que se cobra con regularidad y certe-
za cada mes, hecho que no solamente se aprecia por el bienes-
tar material que trae aparejado, sino porque también aporta
una mayor sensación de dignidad y autovaloración. El hecho
de tratarse de un ingreso mensual y regular permite planificar
el gasto futuro (Kliksberg y Novacovsky 2015, p. 310).
Aquín se detiene en la idea de previsibilidad que ese
tipo de ingreso ofrece:
El ingreso sistemático y estable otorga a los sujetos cierta pre-
visibilidad, y por consiguiente contribuye a la consolidación
de un proyecto a futuro […]. Se puede vislumbrar cómo las
unidades domésticas comienzan a proyectar su vida cotidiana
en otros términos: trascienden la sobrevivencia del día a día
y pueden pensar su futuro (Aquín 2014, p. 73).
Asimismo, Goren (2011, p. 14) hace foco en el lugar
que le cabe a la mujer como titular de la transferencia:
24 Cabe una salvedad. Aunque algunas familias, como señalamos en el segundo
capítulo, tenían pasajes por instancias de la seguridad social, la mayoría no
tenía un anclaje fuerte en ese ámbito. Salvo cuando se daba lo que hemos
denominado como coexistencia entre la AUH y la AAFF, el resto de las situa-
ciones se trataban principalmente de pasajes, no de permanencias en ese
ámbito.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 267
El ingreso percibido supone cierta estabilidad ya que, arti-
culado con los demás ingresos monetarios y no monetarios
percibidos, es una base de ingreso seguro que habilita a las
mujeres a pensarse desde un lugar distinto, a negociar otros
espacios familiares, a proyectar trayectos formativos que les
permitan mejorar su condición y el bienestar general de sus
hogares.
Reconociendo, entonces, que el dinero de la AUH ofre-
cía arraigo y asumía un carácter protectorio para las fami-
lias, a continuación nos preguntamos: ¿cómo operaba el
dinero en la organización cotidiana? Lo analizamos a partir
de dos ejes: i) los consumos habituales y ii) los pequeños con-
sumos asociados al goce.
i) Los consumos habituales
Respecto de los consumos habituales, la presencia sostenida
de la AUH generaba una mayor organización y daba previ-
sibilidad a las rutinas.
Primero, había productos ya asegurados. El dinero regular
de la AUH facilitaba la compra de productos no perece-
deros para almacenar. Tamara, una titular de la AUH, lo
detallaba de este modo:
Compro y voy guardando. Veo ahora, dentro de poco se va a
activar [la tarjeta] y yo ya me fijo en la alacena, qué es lo que
tengo y qué es lo que no. Compro tres fideos de cada uno, tres
paquetes, y tres paquetes de arroz de kilo y ya tengo. Los puré
de tomate compro seis, siete puré de tomate, porque se usa la
mitad, no hago tan fuerte ni el tuco ni el guiso. A veces traigo
para hacer pizza, la harina para hacer pizza, pero lo que más
compro son puré de tomate y fideos. Puré de tomate, fideos,
calditos, porque si no tengo para hacer un fideo con tuco o
un guiso, hago una sopa (13/11/17, Sabala).
[Link]
268 • TENER LA ASIGNACIÓN
Estos productos ya asegurados eran una suerte de pilar
que sostenía el resto: las otras fuentes de ingreso permitían
agregar sobre esa base, a modo de refuerzo. Numerosos
relatos reflejaban lo tranquilizador que era contar con ese
resguardo.
Segundo, se espaciaba el consumo. Se definían anticipa-
damente los productos a comprar. Algunas categorías de
productos estaban prefijadas; se sabía que se iban a adquirir
(por ejemplo, ‘‘mercadería’’, ‘‘leche y yogurth’’ o ‘‘pañales’’).
Al mismo tiempo, surgía la posibilidad de comprar al mes
siguiente algo que se quisiera o se necesitara. Había, en ese
sentido, una expectativa de continuidad respecto del ingre-
so de la AUH y esa expectativa fijaba un orden temporal a
los consumos. Se compraba, ‘‘lo que faltara’’ y esa era una
categoría que podía preverse. Sencillamente, a veces, había
que esperar ‘‘el mes que viene’’.
Tercero, se sabía cuánto y cuándo se iba a cobrar. Las
familias sabían cuál era el monto a cobrar y en qué día
del mes se cobraba (de un mes a otro la fecha solo podía
variar unos días). Otras fuentes de ingresos no proporcio-
naban esas certezas sino que, más bien, sufrían fluctuacio-
nes: podían estar presentes mes a mes o quizás no. Conocer
con precisión la fecha de cobro no era algo a pasar por
alto. Tal como refirió la trabajadora social de una escuela:
‘‘la fecha de cobro es central, digamos que es una entrada
importante y también [las madres en la escuela] te comentan
a veces cómo organizan, el padre cobra el dos, ella cobra
el tres y digamos que se organizan en función de eso. Lo
de la fecha es muy importante’’ (15/12/17, Sabala). Aspecto
que también destaca Aquín: ‘‘el ingreso se vislumbra como
seguro, sistemático, sin sobresaltos en cuanto a las fechas,
lo cual permite organizar consumos’’ (Aquín 2014, p. 63).
A la vez, como señala el relato, la fecha de cobro de la
AUH se conectaba con la fecha de cobro de otras posibles
transferencias estatales.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 269
La AUH generaba una mayor organización en la vida
cotidiana de las familias y una mayor la previsibilidad de
las rutinas porque permitía, en suma, tener productos ase-
gurados, espaciar los consumos y conocer con certeza la
cantidad y la fecha de cobro. En buena medida, eran estos
los motivos por los cuales la AUH, cuando llegaba a los
hogares, se transformaba en ‘‘el sostén general’’.
ii) Los pequeños consumos asociados al goce
Respecto de los pequeños consumos asociados al goce, la pre-
sencia sostenida de la AUH también generaba organización
y daba previsibilidad a las rutinas. Estos consumos, como
detallamos en un apartado previo, tenían que ver con: com-
prar, salir/hacer y elegir.
El cobro anual del ‘‘retroactivo’’, es decir el cobro del
veinte por ciento que era retenido mensualmente, era la
pieza clave. La fecha de presentación de ‘‘la libreta’’ para
poder cobrarlo nunca era una cuestión librada al azar. Se
tomaban recaudos al momento de definir esa fecha, eligien-
do un determinado momento del año en que fuera conve-
niente. Se trataba de calcular a fin de utilizar el dinero en
aquello que se considerara más apropiado: en las vacaciones
de invierno y entonces se podían hacer salidas de esparci-
miento, hacia el inicio de las clases y así se podía adquirir
útiles escolares, en ‘‘las fiestas’’ de fin de año y por lo tanto
se podía adquirir ropa o regalos, en el ‘‘día del niño’’ para
poder comprar los regalos, o en una fecha cumpleaños, para
poder armar la celebración. En nuestro análisis, esos eran
los eventos tomados en cuenta.
Cristina, una titular de la AUH, relató así en qué utilizó
su último ‘‘retroactivo’’:
El otro día nos fuimos con Lorena [una amiga] al parque
navideño, ese que está, acá en la avenida esa grande, cerca
de Libertador. Bueno, ahí nos fuimos. Es todo gratis el par-
que pero había cosas que había que pagarlas y la pasaron re
lindo porque nos fuimos, compramos todo para que tengan,
[Link]
270 • TENER LA ASIGNACIÓN
tenían gaseosa, tenían para comer. Visitaron a Papá Noel,
todo, re lindo la pasaron. Precioso, estaba más contenta yo
con Papá Noel que ellos [sus hijos], una alegría tenían (27/
12/16, El Sauce).
Subrayamos entonces que, deliberadamente, las muje-
res hacían encajar el dinero del ‘‘retroactivo’’ a necesidades
específicas que, según consideraban, la familia y en especial
los hijos, tenían. Estos pequeños consumos asociados al goce
también se definían con anticipación. Este es el otro motivo,
que se suma a los reseñados en los párrafos anteriores, por
los cuales la AUH, cuando llegaba a los hogares, se transfor-
maba en ‘‘el sostén general’’.
Sintetizando, desde nuestra perspectiva, el consumo
seguro era lo que la AUH proporcionaba siempre y era su
marca distintiva. Cuando el dinero llegaba a manos de las
familias se traducía en consumo seguro: generaba una mayor
organización y daba previsibilidad a las rutinas de las fami-
lias. Merklen (2013a, p. 67) expresa que cuando sabemos
cuánto han sufrido las clases populares al estar expuestas
a la inestabilidad y al desarraigo permanente a los que los
somete el capitalismo cuando se libra a sí mismo, ‘‘com-
prendemos la importancia de una seguridad social que dé
lugar a tiempos más largos y previsibles, porque la exposi-
ción al riesgo es menor’’. Esa importante esa clave de aná-
lisis: porque observa la capacidad de las políticas sociales
para contribuir como ‘‘bases de apoyo capaces de organi-
zar los tiempos sociales bajo la forma de la previsibilidad’’
(Kessler y Merklen 2013, p. 16). En el caso que analizamos,
se trataba de una cualidad relacional que portaba esta políti-
ca social: el consumo era seguro en entornos en los cuales la
fragilidad social reinante hacía que escaseasen las certezas.
En otras palabras, se veía la estabilidad que el dinero de la
AUH traía aparejada siempre que se tomara en cuenta el
contexto de riesgos y de desprotecciones que se ramificaban
en la vida cotidiana de las familias.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 271
4.2 Cuando falta la AUH
Consideramos, a continuación, un caso negativo de nuestra
muestra: la experiencia de Hernán (29/10/16, El Sauce). En
las consideraciones metodológicas25, al inicio de nuestro
estudio, advertimos sobre la centralidad del Estado en la vida
de los sectores populares, poniendo de relieve el carácter, a la
vez, primordial y ambiguo del predominio estatal. El relato
de Hernán nos ayuda a comprender qué es lo que falta, cuando
falta la AUH. Qué sucede sin esa centralidad. Se trataba de
un hombre que no era titular de esta política social, tenía
49 años al momento de la entrevista y vivía junto a sus tres
hijos de 12, 18 y 19 años de edad. Como hemos analizamos
en el cuarto capítulo (en el apartado ‘‘Presencia sospecho-
sa’’), ciertas dificultades burocráticas le impidieron acceder
a la titularidad de la AUH.
Hernán prefirió tener la entrevista un sábado, así
podríamos encontrar a su hija que estaba ‘‘haciendo el
CBC26’’. Al escucharlo, creímos comprender por qué nos
citó un sábado. La falta de tiempo era problemática. La sen-
sación de falta de tiempo para dedicarle a sus hijos, a causa
de estar ‘‘buscando changas’’, significaba para Hernán una
desatención hacia ellos. ‘‘A veces les cocino y salgo corrien-
do’’ y ‘‘mi hija se ha ocupado de cosas de las que no debió
ocuparse’’, expresó. En parte, la falta de tiempo tenía que ver
con la necesidad de salir ‘‘a pelearla’’. Estaba angustiado por
la falta de trabajo. A sus 49 años y luego de haber trabajado
quince años bajo relación de dependencia, se encontraba sin
poder sostener económicamente el hogar como añoraba:
‘‘yo todavía puedo trabajar, yo puedo solventar a mi fami-
lia, y necesito trabajar’’. El 2012 fue el punto de inflexión
para esta familia: el año en que a Hernán lo despidieron
de ‘‘la fábrica’’. En aquel momento, ‘‘hasta nos podíamos ir
25 En la Introducción.
26 Refiere al Ciclo Básico Común, que es el primer ciclo de los estudios univer-
sitarios en la Universidad de Buenos Aires.
[Link]
272 • TENER LA ASIGNACIÓN
de vacaciones a Corrientes [donde tienen familiares], ahora
los chicos hace cinco años que no ven a su abuela’’, dio
como ejemplo Hernán. Desde el 2012, la familia vive de los
trabajos eventuales que Hernán pueda encontrar.
En su relato sobresalía el desasosiego, la vivencia subje-
tiva y el drama personal de la expulsión del mercado laboral
formal. Sobre el periodo de su vida en que trabajó en la
fábrica, Hernán relató lo siguiente:
No sólo me podía dar gustos, uno estaba psicológicamente
mejor, estaba mucho más tranquilo. Podía comprarles todo
lo que ellos [sus hijos] necesitan. […]. A veces uno guardaba
un dinero. Yo tenía por las dudas, cuando necesitábamos de
urgencia. Uno va diciendo: hay plata para irnos de vacacio-
nes. Desde enero juntaba para irme en diciembre. Volvía en
enero y volvía a juntar para el otro diciembre.
La ausencia de un ingreso estable se hacía sentir en
este grupo familiar. La única instancia de sostén era la
transferencia del Programa Progresar, del cual Martina era
titular desde hacía un año y medio. Ese dinero, de todos
modos, estaba destinado a cubrir los gastos de sus estudios
universitarios y nos significaba un aporte sistemático para
los gastos domésticos de la familia. Este punto es impor-
tante: no representaba un ingreso del que Hernán pudiera
apropiarse y utilizar para solventar los gastos familiares; el
destino de ese dinero, como fue mencionado anteriormen-
te, llevaba la marca de su destinataria formal. ‘‘La ayuda
social no me cubre mis gastos’’, sostenía Hernán. El primer
cuatrimestre de su vida universitaria Martina lo cursó con
ayuda de los magros ingresos provenientes del trabajo de
Hernán, pero cuando accedió al Programa Progresar pudo
‘‘comprar fotocopias [de apuntes universitarios]’’ y recibir el
subsidio en la tarjeta de transporte SUBE, para que el costo
del viático fuera menor. ‘‘Sé que a papá le incomoda ciertas
cosas. Mi papá es muy orgulloso, si le quiero dar plata en
mano, no me la va a aceptar’’, expresó Martina.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 273
Esta familia, por cierto, era la contracara de todas las
demás familias que entrevistamos. Hernán hacía ‘‘changas’’
pero sin contar con el resguardo del dinero de la AUH. No
había una suma de dinero con una fecha de cobro fija, mes
a mes, que sirviera a las maniobras que Hernán ejecutaba.
Cuando no se dispone de un resquicio de protección, aun-
que sea mínimo, no queda otra alternativa que radicalizar los
esfuerzos. En sus palabras:
Es muy difícil, tengo que sacar dinero de un lado para cubrir
otro lado. Tengo que hacer un trabajo: esto que saqué, para
cubrir otro lado. De la comida de los chicos, para pagar el
estudio. Tengo que, en vez de comprar las zapatillas o ropa
de los chicos, sacar el dinero para cubrir el gasto del estudio,
de los materiales de la escuela. Porque siempre hay gastos. Y
la comida que es todos los días. Y somos cuatro y estoy sólo
yo. Es un tema, es muy difícil, toda mi vida trabajé. En estos
tiempos, hace cinco años que uno no trabaja, o seis años, uno
se siente como inservible. Tengo que levantarme todos los
días pensando qué les puedo dar hoy, qué les puedo brindar,
qué podemos comer hoy.
Nos detenemos en la incertidumbre que la falta de
ingresos estables producía y detallamos los siguientes pun-
tos:
• la presión y la exigencia por hallar empleos que, aún inter-
mitentes y bajo cualquier condición, sirvieran como
provisión económica para la familia;
• la desorganización en las rutinas hogareñas, aspecto que
la familia percibía como conflictivo y era consecuencia
de la necesidad de movilizarse permanentemente para
hallar empleos;
• y la inmediatez a la que la familia estaba expuesta para
resolver las necesidades, apremio que marcaba el ritmo
de la dinámica familiar.
[Link]
274 • TENER LA ASIGNACIÓN
De acuerdo a lo planteado, la experiencia de esta fami-
lia carecía de una instancia que ofreciera tranquilidad, que
favoreciera la organización en las rutinas y que menguara la
urgencia, la inminencia, en la resolución de las necesidades
de todos los días. Se vivía ‘‘de changas’’ pero sin el resguardo
que daba el dinero regular de la AUH. Cuando no estaba la
AUH, entonces, lo que faltaba era más que dinero.
5. Conclusión
¿Cómo se enraizaba el dinero de la AUH en la vida cotidiana
de las familias? El análisis planteó dos momentos diferen-
ciados.
Primero, identificamos que el dinero de la AUH era
un recurso monetario que se conectaba con otros. Era un
complemento. Las familias ligaban el dinero a los soportes
que eran fundamentales en la manutención de los hogares:
los ingresos provenientes de trabajos informales, la ayuda
que proporcionaba la familia ampliada, los ingresos prove-
nientes de otras coberturas sociales y el aporte que provenía
de los ‘‘rebusques’’ variados que las familias llevaban ade-
lante. En la vida de quienes entrevistamos, al no gozar de
los derechos asociados al trabajo como base de la protec-
ción, la AUH formaba parte de un repertorio de estrate-
gias variadas; un recurso que se utilizaba en medio de la
intranquilidad de tener que hacer esfuerzos permanentes
y en la incertidumbre de lo que se va a poder hacer para
sobrevivir en el futuro más inmediato. En otras palabras, el
dinero se enraizaba en el arduo engranaje que garantizaba
la subsistencia día a día. Se experimentaba, en ese sentido,
indiferenciadamente: como una fuente de ingresos más que
era capaz de complementar a ese conjunto variado de estra-
tegias familiares de vida.
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 275
Segundo, observamos que el dinero de la AUH, cuando
llegaba a las familias, se traducía en un consumo seguro, era
el ‘‘sostén general’’. Este dinero portaba una cualidad rela-
cional. No era un atributo en sí mismo, sino que se extraía
de contextos de extrema precariedad: la presencia regular
de la AUH daba algo más que dinero, daba un mínimo de
previsibilidad en escenarios en los que abundaba la incer-
tidumbre y la inestabilidad. Cuando otros recursos tenían
la marca de la inestabilidad, el carácter certero, regular y
la expectativa de continuidad del dinero de la AUH era su
rasgo más destacado. Como consecuencia, se veía favoreci-
da la organización de la vida cotidiana de las familias y una
mayor previsibilidad, tanto en los consumos habituales como
también en los pequeños consumos asociados al goce.
Lo que definimos, en este capítulo, como trama material
es un concepto que precisa las formas en que el dinero de la
AUH se entreteje en las estrategias de vida que las familias
desarrollan en contextos en los cuales diariamente se vive
con muy pocas certezas. Es decir, existe una dimensión de la
apropiación colectiva de una política social que se construye y se
significa, de modo indisociable, junto a las estrategias familiares
de vida y que, a la vez, es relacional ya que surge de las condicio-
nes de fragilidad estructural a las cuales las familias de sectores
populares están expuestas.
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[Link]
Conclusiones
En uno de sus escritos, García Lorca sostiene que “el dimi-
nutivo no tiene más misión que la de limitar, ceñir, traer
a la habitación y poner en nuestra mano los objetos o
ideas de gran perspectiva’’. Agrega luego que “se limita el
tiempo, el espacio, el mar, la luna, las distancias, y has-
ta lo prodigioso: la acción’’. ‘‘No queremos que el mun-
do sea tan grande ni el mar tan hondo. Hay necesidad de
limitar, de domesticar los términos inmensos” (García Lor-
ca 1971 [1926], pp. 73-74). Nuestro análisis estuvo basado
en esa búsqueda: ceñir, domesticar los términos inmensos
bajo los cuales la política social –así, en singular– se nos
presenta como ámbito de comprensión. Fuimos recreando
las múltiples experiencias que las mujeres titulares y sus
familias receptoras habían forjado, y continuaban forjando
cotidianamente, en torno a una política social específica.
La búsqueda tuvo que ver, entonces, con ‘‘poner en nuestra
mano los objetos o ideas de gran perspectiva’’. Agnes Heller
ayuda con maestría a comprender la implicancia que tiene
observar un universo pequeño; es en un universo pequeño
donde ‘‘el hombre particular se apropia de la genericidad en
su respectivo ambiente social’’ (1977, p. 31). Las múltiples
experiencias que fuimos hilando metódicamente a lo largo
del libro, tuvieron la intención de acortar distancias y ganar
comprensión sobre el funcionamiento cotidiano y el mun-
do de la vida de una política social.
Con ese propósito, el estudio buscó dar respuestas a
una serie de interrogantes: ¿Qué significaba, para familias
de sectores populares, ‘‘tener la asignación’’? ¿Qué transfor-
maciones de sentido continuaban produciéndose una vez
que el recurso había llegado a destino y entonces ya ‘‘se
tenía’’? ¿Por qué no se agotaba allí su recorrido? ¿Cómo
discurría en la vida cotidiana de las familias que eran sus
[Link] 277
278 • TENER LA ASIGNACIÓN
receptoras y, más específicamente, con qué dimensiones se
entretejía? Comprender el significado de la expresión ‘‘tener
la asignación’’ supuso, parafraseando a Bourdieu (2007a),
hallar las causas y las razones que las mujeres titulares y
sus familias tenían para ser lo que eran, en tanto personas
destinatarias de una intervención estatal.
La mirada comprensiva tuvo como propósito construir
el entramado relacional del que la AUH era parte y del cual
no se la podía sustraer. El concepto de apropiación colectiva
fue el que nos permitió dar consistencia a lo pequeño, lo
fragmentario, lo anecdótico y lo pormenorizado que, en
relación a esta política social, tenía lugar cotidianamen-
te. Las tramas de apropiación fueron las dimensiones que
dieron precisión al concepto, desagregándolo. La idea de
apropiación colectiva se hizo operativa desagregándose en
aquellas dimensiones que la investigación empírica destacó
como pertinentes o significativas. Precisamente, las tramas
se construyeron a partir del análisis empírico y están aso-
ciadas, así, al caso analizado. Hemos ido ordenando las múl-
tiples experiencias en cada una de las tramas; organizadas
en tramas, eran concisas y más asequibles.
Fuimos señalando, inicialmente, las características
específicas de la AUH. Aludimos a su contenido norma-
tivo y a la complejidad intrínseca que tiene su diseño. Se
distancia del paradigma de las TMC, a pesar de compartir
componentes en el armado conceptual, y aun inscripta en
el ámbito de la seguridad social, en parte, se distancia de
la política social que es su equivalente, la AAFF, por no ser
intervenciones simétricamente homologables. Hemos tra-
zado su relación con las políticas de TMC y su vínculo
con la seguridad social; observamos cómo la AUH cons-
truyó, en ese sentido, una narrativa propia. Sin embargo,
también identificamos que esa narrativa propia tenía rasgos
genéricos. Los rasgos genéricos, delimitados en la ambigüe-
dad entre la asistencia y la seguridad social, hacen posi-
ble que los aportes de nuestro análisis se sitúen más allá
del caso específico: pudiendo aproximarse a un espacio de
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 279
indagación más amplio que está dado por las diferentes
políticas sociales con las cuales la AUH comparte, en su
ambigüedad, algunas de sus características principales.
El espacio de indagación de nuestro estudio carga,
como trasfondo, con puntos de vista estereotipados; son
aquellos que suelen asimilar toda política social a la noción
de plan y subrayar la rotación de las y los destinatarios,
de plan en plan, y también aquellos que, en una misma
línea de sentido, a menudo homogeinizan los formatos de
las políticas sociales, en particular el formato de aquellas
que suponen transferencias de dinero, bajo el término plan
social. El estudio desafió esos puntos de vista que, a modo
de imágenes cristalizadas, solemos invocar al reflexionar en
relación al campo de la política social. A la imagen ceñida
y con pocos ribetes del plan social, representada sobre todo
en términos de la añadidura de una transferencia de dine-
ro en los hogares, antepusimos la imagen de una política
social que se ramifica y discurre por diferentes dimensiones
de la vida cotidiana, en un proceso de genuina apropiación
colectiva en los mundos de la vida por los que transitan las
personas que ofician como sus receptores.
Documentamos, precisamente, el momento en que la
AUH anclaba en la cotidianeidad de sus titulares y sus fami-
lias (cotidianeidad también definida por las burocracias de
calle involucradas en la concreción de la política social y
por otras instituciones locales, estatales y no estatales, que
servían de apoyo en contextos de fuerte desigualdad). El
esfuerzo estuvo puesto en hacer inteligible ese momen-
to determinado de la política social. Desde esa ubicación,
pudimos identificar que la AUH no era un recurso dado,
que se recibía y, entonces, ya se tenía, así como tampoco era
una ayuda que, para superar la situación de pobreza, solo
transfería dinero a las familias a cambio de que realizaran
determinadas acciones. Observamos, por el contrario, que
la política social era concebida, por las titulares y sus fami-
lias, como parte del mundo de la vida cotidiana; era parte de
esa vida que se producía y reproducía a través de acciones
[Link]
280 • TENER LA ASIGNACIÓN
con significación porque eran compartidas con otros, con
semejantes (Schutz y Luckmann 2009). Hemos mostrado,
en consecuencia, que los efectos concretos de la AUH, mate-
riales y simbólicos, resultaban de su incrustación capilar
a una historia compuesta por diferentes tipos de vínculos
estatales, encuentros y movimientos en el entorno cercano,
redes de proximidad, vivencias orientadas por el orden del
género y diferentes líneas de acción desplegadas en el afán
de lograr vivir día a día.
Situar a la AUH como parte del mundo de la vida coti-
diana de las titulares y sus familias nos permitió distinguir
dos puntos de interés que eran, por cierto, ambiguos. Por
una parte, pudimos detallar por qué, cuando se la observaba
estando en manos de las personas receptoras, la AUH lucía
distinta –era menos virtuosa– que vista desde su diseño (y
del encuadre conceptual que lo sostiene). Por otra parte,
advertimos que eran numerosos los aspectos positivos y
de estabilidad que el dinero de la transferencia producía
en la organización del hogar; evitamos, de ese modo, tri-
vializar las posibilidades que esta transferencia económica
daba a quienes dirigía su acción. En ese sentido, la lente
de nuestro análisis deliberadamente buscó ser permeable
a esos movimientos que, aún ambiguos, resultaban com-
prensibles y lógicos.
A continuación, sintetizamos cada una de las tramas
que compusieron nuestra matriz de análisis: i) de protec-
ción social, ii) situacional, iii) de género y iv) material.
i) La trama de protección social
Elaborar una trama de protección social evitó que, en la
lectura que pudiéramos hacer, la AUH girara sobre sí misma
y, entonces, nos permitió objetivar el hecho de que rara vez
se recortaba, en la vida de las mujeres, como una instancia
inédita o única. De ese modo, fuimos hilando los cruces de
la AUH con otras políticas sociales, heterogéneas.
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TENER LA ASIGNACIÓN • 281
Pudimos identificar que eran porosas las fronteras que
separaban las instancias asistenciales y la AUH. Eran poro-
sas aun cuando, como caracterizamos, los procedimientos
habituales de ingreso y el tratamiento que recibían los suje-
tos destinatarios, en cada caso, eran notoriamente diferen-
tes. Se producía, en realidad, un solapamiento. Las mujeres
habían aprendido a distinguir las fronteras institucionales y
transitaban con dominio los dos ámbitos, que en sus vidas
formaban un mosaico. Sucedía que los recursos de signi-
ficación que la AUH actualizaba, solían ponerse en juego
justamente en mujeres que, muchas veces, tenían una histo-
ria –las experiencias pasadas– y un presente –las experien-
cias contiguas– de relación con el mundo de la asistencia.
Esta porosidad tenía un efecto innegable: la entrada de las
mujeres a una política social inscripta en el ámbito de la
seguridad social no producía sentido de ruptura o sentido
de jerarquización respecto de otras políticas sociales.
Pudimos identificar que también eran porosas las fron-
teras que separaban la AUH y la AAFF. Con la presencia
de la AUH, más que una entrada de las familias de trabaja-
dores informales al ámbito de la seguridad social, lo que se
producía, en ocasiones, eran diferentes movimientos entre
estas dos políticas sociales. Podía, en ese sentido, haber un
empalme: ya sea porque la cobertura de un mismo niño
pasaba o alternaba entre la AUH y la AAFF, según variara la
situación laboral del progenitor a cargo, o bien porque dife-
rentes niños de la familia accedían, cada uno, a una cober-
tura específica, según quien fuera el progenitor a cargo.
Entonces, el empalme entre AUH y AAFF, en una familia,
podía tener la forma de un pasaje, de una alternancia o de
una coexistencia. Fue factible cuestionar, así, la existencia de
grupos susceptibles de ser rigurosamente demarcados.
Generalizando, podían ser variadas las instancias esta-
tales vinculadas a la protección social que estaban presen-
tes en la vida de las familias. Reconocerlas nos ayudó a
complejizar las descripciones que suelen realizarse sobre el
funcionamiento de la AUH, mostrando que las familias no
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282 • TENER LA ASIGNACIÓN
experimentaban el estatuto de la seguridad social de modo
abstracto. El estatuto de la seguridad social que la AUH asig-
naba se activaba junto a las huellas que dejaban otras lógicas
de intervención estatal.
Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colec-
tiva de una política social –que denominamos trama de
protección social– que se construye y se significa en los cruces
con otras políticas sociales que puedan estar presentes o bien que
hayan estado presentes en los hogares.
ii) La trama situacional
Elaborar una trama situacional nos ayudó a comprender
por qué ‘‘tener la AUH’’ era mucho más que cumplir las
disposiciones normativas y realizar una serie de procedi-
mientos burocráticos: significaba, por cierto, transitar por
un mundo compartido con otros y materializar, mediante
diversos encuentros cara a cara, una verdadera dramatur-
gia. Así, esta trama marcó lo lejos que quedaba la AUH
de ceñirse a una presentación administrativa que se debía
cumplimentar. Hecho, en cierta medida, inesperado: aun-
que la AUH era una política regida por soportes informá-
ticos, formularios estandarizados y pautas rígidas en los
procedimientos, identificamos que tenía una densa trama
situacional y su representación dramática.
Hallamos un entramado de interacciones que era des-
bordante. Lo era sobre todo en la medida en que las inter-
acciones no se restringían a los escenarios formales, no se
agotaban en aquello que era esperable que sucediera en los
dispositivos de intervención previstos. En efecto, pudimos
especificar actores y escenarios que no habíamos antici-
pado: los operadores informales –esos agentes estatales o no
estatales que eran cercanos a las titulares y que en relación
a la AUH ejecutaban pequeñas acciones no previstas– y los
escenarios informales –en los cuales se conversaba acerca de
la AUH pero que, estrictamente, no representaban ámbitos
propios de esta política social–. A la vez, en los encuentros
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 283
cara a cara pudimos hallar atributos del funcionamiento de
esta política social que, desde otro punto de mira, hubie-
ra sido difícil desentrañar: definimos a la AUH como una
política silenciosa, dadas las pocas puestas en escena capaces
de individualizar a sus titulares, y también como una política
que uniformizaba, ya que producía equivalencia y conducía
a que sus titulares fueran nominadas como parte de un
mismo colectivo.
Al repertorio de encuentros cara a cara, extenso y
variado, lo dividimos en dos grandes grupos. Por un lado,
observamos encuentros que se resignificaron. Lógicamente
ya sucedían encuentros en las escuelas, en los centros de
salud, en los servicios sociales y en las comunidades vir-
tuales, pero la presencia de esta política social los remol-
deó, les añadió nuevos sentidos. Por otro lado, observamos
encuentros que se transformaban en regulares a partir de
la presencia de la AUH. Tenían que ver con las diferentes
interacciones que se generaban en torno a ANSES, ya sea
en las oficinas, en los operativos barriales o a partir del
uso de los soportes virtuales que ofrecía esta institución.
Encuentros que pasaron a ser habituales.
Prestar atención a las interacciones resultó valioso,
entre otros aspectos, porque nos posibilitó agregar un matiz
poco explorado al estudio de las condicionalidades. El pro-
fuso entramado de actores, encuentros cara a cara y escena-
rios que pudimos ir definiendo poco encajaba con las pre-
misas a través de las cuales los organismos internacionales
de crédito suelen interpretar a las TMC. Es decir, aquellas
consideraciones que enfatizan el acceso de las familias a
los servicios públicos de salud y de educación existentes,
en la lógica del ‘‘incentivo a la demanda’’, marcando una
relación directa entre el dinero en efectivo y los compor-
tamientos, resultaban un molde que, si bien pragmático,
reducían drásticamente el significado de la acción estatal en
la vida de las familias.
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284 • TENER LA ASIGNACIÓN
Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colec-
tiva de una política social –que denominamos trama situa-
cional– que se construye y se significa en las interacciones coti-
dianas que tienen lugar en las instituciones burocráticas que
concretizan una política social así como también en el contexto
próximo de las familias.
iii) La trama de género
Elaborar una trama de género permitió responder cuán
diferentes eran las prácticas y las vivencias que hombres y
mujeres tenían en relación a la AUH y explorar las causas
de ese carácter diferencial.
En primer lugar, hemos definimos a las mujeres titulares
como las hacedoras legítimas y, a la vez, las observadas. Por una
parte, fue simple advertir que si la AUH podía ser narrada,
era sin dudas desde las mujeres; al mismo tiempo iden-
tificamos que actuaban con soltura y dominio dentro del
marco de esta política social, siendo eficaces en apropiarse
de un marco de relaciones y de sentidos compartidos. En
el microcosmos de la AUH, a las mujeres nada les resulta-
ba ajeno: se movían en un territorio conocido y de hecho
estaban habilitadas para actuar en su carácter de madres.
Este último es un punto relevante que identificamos y que
fuimos desglosando: la idea de que la AUH ligaba a la mujer
al ámbito doméstico y potenciaba, en ella, una forma mater-
nal. Les era ofrecida a las mujeres, mediante el formato de
esta política social, una sociabilidad hacia adentro e indivi-
dualizante. Pero, a la vez, hallamos qué, en ocasiones, las
mujeres oponían una sociabilidad hacia afuera y que forjaba
vínculos. Por otra parte, nos resultó destacable que, según
identificamos, el destino del dinero de la AUH era una arena
sobre la cual no había inhibición social en opinar. Obser-
vamos que las mujeres, en tanto administradoras, estaban
más expuestas ya que, comúnmente, se las juzgaba según
el buen o mal uso que, se infería, hacían de la transferencia
económica. El punto a subrayar era que, a partir de los
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 285
juicios acerca del uso que se suponía que hacían del dinero,
se esgrimían valoraciones en función de ciertas cualidades
vinculadas a la maternidad.
En segundo lugar, hemos definimos a los hombres como
convidados de piedra en el universo de esta política social.
Hallamos que, mayoritariamente, estaban presentes en su
carácter de parejas de las titulares. En ese lugar, solían quedar
afuera: pudimos profundizar en el hecho de que esta política
social no los convocaba y de la cual, a la vez, ellos no se
ocupaban ni hablaban; entonces, ni el dinero ni las respon-
sabilidades que derivaban de los requisitos a cumplir, les
eran propias. Al mismo tiempo, observamos que, excepcio-
nalmente, podían estar presentes ellos mismos como titula-
res. Reconocimos que para los hombres, “tener la AUH” era
una experiencia disruptiva –había escenarios en los cuales
su figura desencajaba y no era esperable e incluso altera-
ba lo establecido–, también era una experiencia vergonzan-
te –la titularidad de la transferencia horadaba el mandato
proveedor, entraba en colisión con los ingresos obtenidos
mediante el trabajo e implicaba la ausencia de una mujer
sobre quien recaerían esas tareas de cuidado–. Finalmente,
“tener la AUH” les adjudicaba a los hombres un carácter
sospechoso –su figura hacía necesario que dieran indicios en
determinadas instituciones sociales demostrando mediante
presentaciones administrativas que eran ellos y no las muje-
res quienes estaban a cargo de los hijos–.
Esta trama hizo posible abordar cuestiones poco tra-
tadas por la literatura especializada: la incorporación de
la figura del hombre, en las variantes mencionadas, que
contribuyó a esclarecer, por contraste, el sesgo maternalista
que esta política social tenía, y también la exploración de
la AUH en términos relacionales; anclaje eficaz para dife-
renciar y a la vez vincular prácticas y vivencias específicas
según género.
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286 • TENER LA ASIGNACIÓN
Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colec-
tiva de una política social –que denominamos trama de
género– que se construye y significada en relación al carácter
genérizado de las prácticas y de las vivencias presentes en la
cotidianeidad de las y los titulares y sus familias.
iv) La trama material
Elaborar una trama material permitió objetivar las formas
en que el dinero de la AUH se enraizaba en la vida cotidiana
y discernir ciertos efectos que producía en los hogares.
Pudimos observar que el dinero se enraizaba como com-
plemento de las estrategias familiares de vida. Detallamos
cómo funcionaba en medio de otras prácticas que tenían
por objeto hacer frente, con recursos mínimos, a contex-
tos de fuerte desigualdad. El dinero se ligaba a estrategias
laborales tan variadas como precarias, se combinaba con la
cobertura de otras transferencias estatales que las familias,
según su composición, podían tener; se sumaba al aporte
habitual de la familia ampliada; o bien, se añadía al apor-
te que provenía de diferentes ‘‘rebusques’’ que las familias
desarrollaban, ya sea de forma esporádica o de formar regu-
lar. Estaba claro que el dinero formaba parte de todos esos
movimientos que era imprescindible hacer para resolver las
necesidades cotidianas; movimientos que solían estar ancla-
dos al territorio y movilizaban tanto a las instituciones de
base como a la red de familiares y de vecinos.
Asimismo, pudimos identificar cómo el dinero se tra-
ducía en una instancia de consumo seguro. No era, en reali-
dad, un atributo en sí mismo, sino que se extraía de las
características del entorno que era vacilante y de extrema
fragilidad social. El dinero de la AUH, inscripto en esos
contextos, hacía que las familias estuvieran mejor provistas
en cuanto al futuro. Introducía certeza en escenarios don-
de sobraban la incertidumbre y los riesgos. Comprendimos
que era más que dinero lo que las familias recibían a tra-
vés de esta política social: el dinero traía una experiencia
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 287
de certeza, regularidad y expectativa de continuidad. Era
un dinero al que le quedaba chico ser pensado sólo como
complemento económico. Lo constatamos al ver su inci-
dencia en la organización de los consumos, tanto de los
consumos habituales como de los pequeños consumos asocia-
dos al goce. Fue relevante identificar el ordenamiento que
la presencia regular del dinero generaba como así también
mostrar los consumos posibilitados, que eran significativos
para los hogares.
Existe, entonces, una dimensión de la apropiación colec-
tiva de una política social –que denominamos trama mate-
rial– que se construye y se significa, de modo indisociable, junto
a las estrategias familiares de vida y que, a la vez, es relacional ya
que surge de las condiciones de fragilidad estructural a las cuales
las familias de sectores populares están expuestas.
Hemos sintetizado, hasta aquí, la matriz que nos per-
mitió ordenar las múltiples pequeñas experiencias que las
mujeres y los pocos hombres titulares de la AUH y sus fami-
lias habían ido forjando día a día (y continuaban haciéndolo)
en tramas. De este modo, destacar dónde se sitúa la apro-
piación colectiva de la AUH, y poner el foco en el abordaje
relacional que implica reconstruir ese espacio en el cual
se enraíza esta política social, ha sido un aspecto central
en nuestro análisis.
Finalmente, consideramos que tendría valor aplicar,
en otras direcciones, la matriz de análisis elaborada. Son
dos direcciones que ubican los aportes fuera de los con-
fines académicos.
Primero, una reflexión sistemática sobre las dimensio-
nes en las cuales una política social se entreteje a la vida
cotidiana de las familias de sectores populares debería con-
tribuir a los procesos de formulación y diseño de políticas
sociales. Podría ser un apoyo como recurso en la evalua-
ción cualitativa de la gestión de programas sociales, desde
una perspectiva holística. Las propuestas de evaluación en el
ámbito de las políticas públicas contribuyen, centralmente,
a la toma de decisiones que permiten, en algún grado, el
[Link]
288 • TENER LA ASIGNACIÓN
mejoramiento del diseño y del desempeño de los programas
sociales. Los hallazgos de la evaluación permiten determi-
nar los factores de éxito y de fracaso de la intervención.
Subrayamos lo siguiente: cabe que esos factores de éxito o
de fracaso de la intervención, que en definitiva muestran
la capacidad para dar respuesta que la intervención estatal
alcanzó, puedan ser evaluados holísticamente, a la luz de
diferentes dimensiones que aportarían numerosos matices;
incluso abonando a la construcción de nuevos indicado-
res cualitativos de evaluación. Se avanzaría, así, en conocer
los efectos deseados que alcanzó el programa o la política
social evaluada.
Segundo, las tramas plurales a través de las cuales
una política social es apropiada en la vida cotidiana de sus
receptores aportan elementos para reinterpretar la figura
de la asistencia social, complejizándola. Subyace a la asisten-
cia social una lógica por la cual las piezas tienden a encajar
a partir de que existe una demanda predefinida y que, como
respuesta, se brinda una asistencia con recursos muchas
veces estandarizados. En el segundo capítulo hemos abor-
dado esta figura en términos de un camino que suele ser
sinuoso, con gestiones que se desenvuelven en un laberinto
burocrático. Nuevas aristas permitirían reflexionar tanto
sobre la figura de la asistencia social como también sobre la
definición de los sujetos titulares. La matriz que se deriva
de nuestro análisis podría ser útil para, en esa línea, opera-
tivizar la indagación. Incluso, ha sido poco explorada la ins-
tancia de integración de la asistencia social como parte del
fortalecimiento de un esquema de protección social, y no
como términos puestos habitualmente en tensión. Este es
un debate que no está suficientemente profundizado en el
ámbito de las ciencias sociales, y de las políticas públicas en
particular, y en el que resulta valioso avanzar. Situando una
referencia concreta, el momento final de escritura del libro
se dio en el contexto de la pandemia del coronavirus. Se
pusieron en marcha diferentes políticas sociales para paliar
la situación. Se trasladaron una serie de transferencias
[Link]
TENER LA ASIGNACIÓN • 289
monetarias según grupos delimitados. Las principales han
sido: el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), orientado a
los trabajadores informales, empleadas de casas particulares
y a los monotributistas de las categorías más bajas, y el
Programa de Asistencia y la Producción (ATP), destinado
como modo de preservación de empleos a los trabajadores
formales del sector privado de empresas afectadas por la
pandemia y también líneas de créditos subsidiados. Parte
del IFE se operativizó y se vio marcadamente facilitado a
través de la cuenta bancaria de las titulares de la AUH. Sin
embargo, fue necesario que el trabajo personalizado, aquel
propio de la lógica de la asistencia social, estuviera presente:
en este caso fue improvisado sobre una marcha dramática
a través de la mediación de las organizaciones territoriales
y de vecinos y vecinas. Lo concreto del ejemplo es que la
masividad de las transferencias estatales no diluyó la nece-
sidad del acercamiento personalizado para que la acción
estatal se concrete.
Por último, en este libro labramos un entramado rela-
cional, del que la AUH era parte inescindible, como justi-
ficación analítica: de ese modo específico –un modo que
enlaza– hemos querido explorar el universo de esta polí-
tica social. Las diferentes tramas de apropiación mostraron,
a la vez que circunscribieron con contornos precisos, su
presencia capilar, profusa y ramificada, en la vida de las
mujeres titulares y sus familias. ‘‘Tener la AUH’’ no era, sino,
tener inscripción en esas tramas. Así, retomando la imagen
del inicio, construimos el diminutivo de la AUH; domestica-
mos los términos inmensos en que la política social se nos
presenta. En su diminutivo, lució menos armoniosa y más
paradójica, pero ganó significación.
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a la cabeza’’.
———- (28/08/19). ‘‘Denuncian irregularidades en el pago
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La Nación (7/8/03). ‘‘Del asistencialismo al empleo estable’’.
————- (13/2/14). ‘‘El modelo asistencial no sirve para
reducir la pobreza’’.
———– (30/03/09). ‘‘Hay que despolitizar la lucha contra
la pobreza’’.
———— (27/10/13).‘‘Los punteros reinan en la Argentina’’.
———— (1/03/19). Cuál será el alcance del aumento de
la AUH a $2650
El Cronista (24/01/20). ‘‘CUNA: qué es y cuándo se cobra”.
Tiempo Argentino (23/12/19). Wilkis, Ariel. ‘‘Advertencias
para un Estado “prestamista” en los barrios’’.
Le Monde Diplomatique. Pozzo, Estefanía y Wilkis Ariel
(12/ 2019). ‘‘La larga fila de los endeudados’’.
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