Kovalevskaia Sofia - Una Nihilista
Kovalevskaia Sofia - Una Nihilista
zarista, comprende los ideales de la revolución campesina y se entrega a ellos con ardor.
Esta nouvelle, que apareció tras la muerte de su autora y que alcanzó muy pronto un gran
éxito popular, es una auténtica maravilla.
El primer capítulo, el encuentro con la voz narradora (cuyo «yo» no vuelve a sonar
hasta el noveno), es de una modernidad asombrosa; resulta difícil creer que haya sido
escrito hace más de un siglo. Pero lo que maravilla es la habilidad con que Sofía
Kovalevskaia (1850-1891) coge a su lector de la mano y no le sueltahasta el final.
SOFIA KOVALEVSKAIA
Una nihilista
Maldoror
©1891, Kovalevskaia, Sofia
Editorial: Maldoror
ISBN: 9788493363994
I
YO tenía veintidós años cuando vine a vivir a Petersburgo. Hacía cerca de tres meses que
había terminado mis estudios en una universidad extranjera y, con mi doctorado bajo el
brazo, había regresado a Rusia. Después de haber vivido cinco años casi como una ermitaña
en una pequeña ciudad universitaria, la vida petersburguesa comenzó a seducirme muy
pronto y no tardó en sumirme en una especie de embriaguez. Olvidando por un tiempo
aquellos temas que tenían que ver con las funciones analíticas, el espacio o las cuatro
dimensiones, que poco antes constituían todo mi universo, me arrojé en cuerpo y alma
sobre nuevos centros de interés: hacía conocidos a derecha e izquierda, intentando
frecuentar los círculos más variados, observaba con una ávida curiosidad todas las
manifestaciones de aquel complejo pandemonium, tan vano en el fondo pero tan atractivo a
primera vista, que se llamaba la vida petersburguesa. Por esa época, todo me interesaba y
me gustaba. Encontraba diversión tanto en el teatro como en las veladas de beneficencia, o
en las interminables discusiones de los círculos literarios sobre toda clase de temas
abstractos, que —y eso era lo más frecuente— no conducían a nada. Los habituales de
aquellos círculos eran también los de esos debates, pero, para mí, tenían el encanto de la
novedad. Yo me entregaba a esas tertulias con toda la pasión de la que es capaz una rusa,
charlatana por naturaleza y que acababa de pasar cinco años en tierra alemana, con la única
compañía de dos o tres especialistas, absorbidos cada uno por su trabajo particular y que no
podían comprender cómo era posible que perdiésemos un tiempo precioso en tan vana
palabrería. La satisfacción que sentía con esas relaciones se extendía a mi entorno. Mi
entusiasmo contagiaba una emoción nueva en el medio que yo frecuentaba. Mi reputación
de mujer erudita me rodeaba de cierta aureola; mis amigos esperaban algo de mí, y dos o
tres revistas ya se habían hecho eco. Ese papel completamente nuevo para mí de mujer
célebre me molestaba, ciertamente, un poco, pero tengo que decir que al principio sí me
gustó. En una palabra, me encontraba en una excelente disposición de espíritu, en mi lune
de miel1 como celebridad, de alguna manera, y estaba entonces dispuesta a exclamar:
"Todo es para lo mejor en el mejor de los mundos".
"¿Quién puede ser?" —me pregunté—, repasando en mi cabeza los nombres de mis
diversas amistades, y, con un poco de inquietud, eché una mirada al espejo para asegurarme
de que mi vestimenta estaba en orden.
Una mujer joven y de aspecto fuerte, vestida con un simple abrigo de paño, entró en
la pieza. Mi miopía me impidió darme cuenta de si conocía o no a aquella persona, tanto
más cuanto un chal negro ocultaba casi completamente su rostro, dejando ver sólo una
pequeña nariz regular, ligeramente enrojecida por el frío. Me levanté amablemente al
encuentro de mi visitante, no sin una cierta perplejidad en la mirada.
Todo eso fue dicho de prisa y de un tirón, pero con una voz extraordinariamente
agradable. Yo estaba a la vez turbada y halagada por aquel indicio de mi popularidad. Por
primera vez, una persona desconocida me pedía consejo.
LA familia de los príncipes Barantsov era distinguida, noble, aún sin pertenecer a un linaje
muy antiguo. Su árbol genealógico oficial llega, es verdad, casi hasta los Riourik, pero
podemos dudar de la realidad de esa filiación; la única certeza es que un cierto Ivachka
Barantsov fue soldado en una compañía de Su Majestad la emperatriz Catalina II, que era
fuerte y de buena planta, lleno de salud, y que supo hacerse valer de tal manera ante su
pequeña madre la Emperatriz que, por sus buenos y leales servicios, fue directamente
promovido suboficial y gratificado con un dominio de quinientos campesinos varones y mil
rublos —el dinero valía entonces más que los campesinos. Fue a partir de esa época cuando
la familia de los Barantsov comenzó a prosperar. El título de conde le fue otorgado por
Alejandro I, en cuya corte la bella condesa Barantsova desempeño en algún momento un
destacado papel.
Sin embargo, la crónica familiar sólo contiene, durante los últimos cien años, éxitos;
aunque también hubo reveses de fortuna.
Todos los Barantsov se ilustran por los deseos ardientes y desenfrenados, que los
llevaron más de una vez a la desgracia. Al correr de los años, más de un rico dominio, más
de un cantón rentable fueron perdidos a las cartas o liquidados por mantener caballos o
mujeres. El destino de la familia Barantsov conoció entonces un eclipse, pero, gracias a
Dios, aquella pequeña nube fue rápidamente disipada por el dulce sol de la imperial
clemencia. Uno de los Barantsov aún encontró la manera de ofrecer a tiempo algún servicio
al zar y a la patria, y nuevas e importantes propiedades reemplazaron aquéllas que habían
sido perdidas: en resumen, la familia continuó creciendo y brillando. Pero si los dominios
eran rápidamente perdidos y reemplazados, había una herencia preciosa que se transmitía
invariablemente de generación en generación, de padre a hijos y de madre a hija: era una
belleza extraordinaria, una belleza, por decirlo así, de familia. Todos los Barantsov eran
personas bellas. No hubo entre ellos ni seres deformes o contrahechos, ni siquiera
adefesios. Como si sintiesen una atracción natural por la belleza o hubiesen instintivamente
presentido a Darwin, todos los condes Barantsov se casaban con bellezas, todas sus hijas
encontraban bellos muchachos como maridos, si bien el tipo familiar estaba desde siempre
sólidamente establecido; era tan famoso entre la aristocracia rusa que, si os dijesen de
alguien que era el vivo retrato de un Barantsov, y que no os representaseis inmediatamente
un tipo bien definido —de alta estatura, bien conformado, de cara alargada de un blanco
mate y de mejillas ligeramente sonrosadas por un carminado diáfano, una frente baja y
amplia con las finas ramificaciones azulencas de las venas sobre las sienes, cabellos de
color ala de cuervo y los ojos azules con negras pestañas—, eso significaba que no
pertenecíais a la aristocracia y que no entendíais nada de las cosas de los upper ten
thousands de Rusia. Este tipo de los Barantsov era tan estable y tan vivaz que en los buenos
viejos tiempos de servidumbre se pudo incluso observar su capacidad para transmitirse
entre los campesinos y los domésticos de los dominios condales. ¡Era asombroso! Bastaba
con que el amo o sus hijos hubiesen pasado algún tiempo en su propiedad para que
enseguida, en una u otra isba campesina, y era siempre en aquélla donde había jóvenes y
afables campesinas, naciera irremediablemente un niño, un pequeño Barantsov vivo retrato
de su padre, con la misma delicadeza y nobleza de rasgos que tenían los hijos del amo.
El ejemplo de los jóvenes amos tuvo una influencia benéfica sobre sus vecinos. En
el discurso que pronunció en honor de los recién llegados, el gobernador dijo no sin razón
que habían insuflado una vida nueva a la provincia. De hecho, con su llegada, comenzó una
época de fiestas, agasajos y diversiones. Todo el mundo quería estar a la altura de sus
huéspedes capitalinos. Terratenientes y señoras viudas sacudían su pereza provinciana. Las
antiguas diversiones sin pretensión, las pesadas comidas de fiesta, las partidas de cartas y
los bailes fueron reemplazados por placeres más refinados, y, para decirlo de una vez, más
intelectuales. Desde el primer año de instalarse la familia Barantsov en sus tierras, hubo, en
su capital de provincia, un espectáculo de aficionados, un concierto con cuadros vivos y un
baile de máscaras por suscripción. Mijaíl Ivanovitch y Maria Dmitrievna estaban
encantados por aquella impresión que habían causado en la provincia, y los dos fueron
conscientes de la importancia de su misión, de alguna manera civilizadora. En el transcurso
de una comida oficial, el conde incluso pronunció un speach sobre la importancia de la
burguesía inglesa y sobre la deseable transformación de los gentilhombres campesinos
rusos en landlords ingleses.
La distribución interior de las piezas de la casa de los Barantsov era la de todas las
casas señoriales de aquella época: los amos vivían en el piso, los hijos en la planta baja; la
cocina y los domésticos ocupaban el sótano. La condesa sólo bajaba al sótano por la
Pascua, para intercambiar el beso pascual con toda la servidumbre; en las habitaciones de
los niños, entraba a veces a echar un vistazo los días ordinarios, cuando se lo permitían sus
ocupaciones, es decir cuando no tenía invitados o cuando ella misma no se disponía a salir
lo que, por lo demás, era bastante raro.
Las tres hijas Barantsov crecían en los apartamentos destinados a los niños de la
casa. Estaban confiadas a los cuidados de dos gobernantas: una de ellas, mademoiselle
Julie, era una morena de edad indeterminada, fuerte, muy vivaz y charlatana, y la otra,
madamé6 Night, era una venerable viuda de cara grande y severa, enmarcada por espesos
bucles grises. Además de estas dos gobernantas, otras muchas personas estaban dedicadas
al servicio de los niños: una anciana nodriza, una doncella —Anissia—, y una joven para
los recados.
En una palabra, todo era como conviene en una casa de amo bien cuidada. Las tres
señoritas estaban crecidas para su edad; las tres tenían hermosos y espesos cabellos, que
eran trenzados en una sola trenza por la mañana, después se los soltaban sobre los hombros
a la hora de la comida. Las tres prometían, con el tiempo, convertirse en bellezas. Las dos
mayores —Lena y Liza— dudaban, podríamos decir, ante la mirada de la nursery,
dispuestas a escabullirse hacia el salón. Una tenía catorce años, la otra trece. Ambas
prestaban oídos con una intensa curiosidad al menor ruido proveniente del piso superior, y
las dos se lamentaban mucho por tener que llevar aún vestidos cortos. La tercera joven,
Vera, aún era una muchachita de apenas ocho años, con una cara redonda y sonrosada, y esa
extraña mirada meditativa que se observa casi siempre en los niños absortos en su propia
vida infantil. Ella no se lamentaba por el momento de nada. Como en todos los pequeños en
los que la vida se desarrolla normalmente, tenía instintos conservadores fuertemente
desarrollados; estaba inconscientemente atada a todo lo que la rodeaba, con la devoción de
un animal de compañía habituado a las zalamerías, y aún no se había abierto paso en su
espíritu poner en duda los méritos de alguien de su entorno. Su mamá era la mejor de las
mamás, su habitación de niña la más bella de todas. Y, de hecho, todo marchaba de
maravilla en la casa de los Barantsov: cada cual conocía su lugar, todo el mundo vivía en
paz y armonía, como ocurre siempre en una sociedad que tiene sólidos fundamentos y
donde el individuo no se ve reducido a golpearse la cabeza contra las paredes para
encontrar su camino.
Vera había visto los primeros augurios en las circunstancias siguientes. A finales del
año 1860, una comida de familia había tenido lugar en casa de los Barantsov, en la que
habían participado, además de las tradicionales tías, abuelos y vecinos cercanos, un
huésped raro y venerable, un tío de Petersburgo, alto funcionario en algún ministerio. Había
llegado por la mañana y, durante la comida, naturalmente acaparó la conversación,
informando de las noticias de las altas esferas gubernamentales, las cuales no podían
conocerse a través de los periódicos.
Después de los postres, pasaron al salón. El conde comprobó por sí mismo que las
puertas de las piezas contiguas estuviesen bien cerradas.
Vera estaba sobre las rodillas de su nuevo tío, a quien ya había adoptado. No le
prestaban ninguna atención, pensando sin duda que ella todavía no comprendía nada.
—Cest fait! L'empereur a souscrit le projet qui lui a été présente par la commission
—declaró gravemente el tío.
Mamá, que estaba sirviendo el café, sintió que sus manos temblaban; una cucharilla
tintineó sobre el plato, y algunas gotas de café mancharon el valioso mantel.
Todo el mundo estaba como consternado por las palabras del tío.
—¿Puede estar todo verdaderamente ya decidido? —preguntó papá con una voz
suave que se esforzaba por mantener la calma.
—Señores, ¿pero qué es esto? Para mí, se trata de un saqueo puro y simple —
retumbó la voz del viejo Semion Ivanovitch, el tío de papá.
Emocionado, saltó de su asiento y golpeó la mesa con un puño. Sus cabellos blancos
se encresparon en torno a su rostro enrojecido por la ira.
—¡No grite, tío, por favor! Les domestiques peuvent entendre * —le suplicó
temerosamente mamá.
—¡Pero explicadme de una vez qué va a ocurrir! ¿Quiere decir que dejarán de
obedecernos, no es eso?
La vieja tía Arina Ivanovna se unió a la conversación con un aire ausente y herido.
—No nos importunes con tonterías, querida hermana —respondió papá con
impaciencia, apartándola con un gesto de la mano—. Déjame hablar tranquilamente con
Stepan de todas estas cosas.
—Comment est—ce que l'empereur, qui a l'air si bon, peut nous faire tant de peine?
*—se extrañó una de ellas.
Aunque todo el mundo sabe que el manifiesto no solamente ha sido firmado por el
soberano, sino que ha sido enviado a todas las parroquias, los amos continúan hasta el
último día, hasta el último minuto, temiendo que sus gentes hayan oído hablar de él.
Los domésticos, por su parte, ponen cara de no saber nada, y todas sus
conversaciones, en la antesala y la cocina, se interrumpían tan bruscamente cuando llegaba
uno de los amos como las conversaciones del salón ante la aparición de un doméstico.
Finalmente llegó la terrible fecha del 19 de febrero, tan largamente esperada y tan
llena de consecuencias. Toda la familia Barantsov fue a la iglesia. El sacerdote debía leer el
manifiesto después de la misa.
A las nueve de la mañana, todo el mundo está ya preparado y vestido. Todos los
gestos, ese día, son febriles, y al mismo tiempo solemnes, un poco como cuando se acude a
un entierro. Cada cual temeroso de decir una palabra de más. Incluso los niños, sintiendo
instintivamente la importancia y la gravedad de la ocasión, permanecen tranquilos y
silenciosos, sin atreverse a hacer preguntas.
La iglesia dista unas tres verstas8. Durante el trayecto, mamá lleva con frecuencia a
sus ojos un pañuelo perfumado. Papá guarda un severo silencio.
Delante del porche de la iglesia, la plaza está ensombrecida por el gentío. Hay dos o
tres mil campesinos y campesinas de los pueblos aledaños. De lejos, aquello forma una
masa innumerable de blusas grises, alegrada aquí y allá por el chal rojo vivo de una
campesina.
Hoy, como todos los días de fiesta, el mayordomo parroquial acecha desde el
campanario la aparición del carruaje del amo: cuando lo ven aparecer a la vuelta del
camino, las campanas se ponen a tocar.
La iglesia está tan abarrotada que parece no caber allí ni un alfiler; pero, enmudecida
por una antigua tradición, profundamente enraizada, aquella compacta muchedumbre abre
paso respetuosamente para dejar que los amos alcancen su sitio habitual, a la derecha del
coro.
—¡En paz, roguemos al Señor! —entona el sacerdote saliendo del santuario, vestido
con sus ropajes litúrgicos.
El sacerdote sale del santuario con la cruz. Transcurre una buena media hora antes
de que toda la asistencia venga a besarla. Cuando aquello acaba, el sacerdote desaparece un
instante detrás del iconostasio y después reaparece; tiene en la mano un rollo de papel
repujado del que cuelga un gran sello oficial.
— ¡Mon Dieu! ¡Mon Dieu!, ¡prenez pitié de nous! * —exclamó la condesa casi entre
lágrimas, aunque estaba protegida por la balaustrada del coro y no la amenazaba ningún
peligro. Sus hijas también estaban atemorizadas.
El carruaje de los amos se desplaza al paso en medio de los grupos. Los campesinos
se apartan ante él quitándose el gorro, pero sin inclinarse profundamente como antes, y
escudándose en un extraño y siniestro mutismo.
- ¡Conde, Su Excelencia! ¡Nosotros estamos con usted, usted con nosotros! —clama
repentinamente en medio del silencio general una voz intrépida y ebria.
Y un pequeño y flaco moujik que vestía una pelliza de cordero desgarrada, con la
cabeza descubierta, que, durante la celebración, ya había tenido tiempo de meter el pie en
las viñas del Señor, se lanzó hacia el carruaje, tratando —mientras corría— de besar la
mano del amo.
La tarde de ese mismo día, la familia Barantsov estaba reunida en el pequeño salón
de la condesa. Además de la familia y de mademoiselle Julie, están la tía Arina Ivanovna y
el tío Semion Ivanovitch. Habitualmente, cada uno se retira a su casa a la caída de la noche,
pero hoy el sentimiento de desgracia común empuja a todos a mantenerse juntos,
íntimamente agrupados. Mamá está tumbada en su lecho, con una migraña. Mademoiselle
Julie le aplica compresas frescas sobre las sienes. Papá con las manos cruzadas a la espalda,
recorre la pieza, con un semblante sombrío y soñador. El tío Semion se ha refugiado en un
rincón y remolonea con aire significativo. La tía despliega un solitario suspirando a veces
ruidosamente.
Fuera, una tempestad de nieve se abatía inmisericorde desde la tarde. Se diría que
había en la chimenea un ser vivo que se agitaba y exhalaba grandes alaridos quejumbrosos.
Una ráfaga de viento sopló repentinamente, los postigos chirriaron y retumbaron las chapas
del tejado. A cada vez, la condesa se estremece y se agita en su lecho. Según pasa el tiempo,
la oscuridad se va haciendo más intensa. Por más que la regulen, la lámpara de la mesa
humea y se queda mortecina; sin duda habrá que echarle aceite. Pero cada uno finge no
darse cuenta. Hoy, todos los domésticos han desaparecido, y nadie tiene ganas de levantarse
para llamar a un lacayo.
- ¡El otro día, los campesinos incendiaron la casa del señor Leskov! —dijo
súbitamente la tía.
— ¡Oh, no, Miche,* nuestros campesinos son animales salvajes, son peores que los
campesinos franceses! —muy agitada, mamá se incorpora en su lecho y se apoya sobre un
codo—. Sabes muy bien que los campesinos nos odian... Una puerta rechinó en la pieza
vecina. Todos se sobresaltaron mirándose temerosamente. Mamá exhaló un ¡oh! de pavor.
Era Stepan que venía a anunciar que el té estaba servido. Para Vera, es la hora de acostarse.
No hay nadie en el cuarto de la nursery. Abre la puerta que da al pasillo. De la parte baja, de
las dependencias donde los domésticos cenan, le llegan ruidos confusos de voces, el
tintineo de los cuchillos sobre los platos y fuertes risas.
A Vera le está severamente prohibido bajar a las estancias de los domésticos, pero
hoy nadie piensa en ella. Siente a la vez ganas y temor de ir a ver qué ocurre allí.
Permanece algunos minutos en la incertidumbre, pero ella no es de las que se dejan
intimidar; la empuja la curiosidad y desciende los peldaños del sótano de cuatro en cuatro.
Allí, la algazara está en todo su apogeo. Por la mañana, todavía reinaba entre los
domésticos una cierta reserva, e incluso abatimiento, aún temían creer en aquello. Pero, ya
de noche, el humor subió de tono. Durante la cena, apareció la vodka, y todo el mundo
bebió y se olvidó cualquier discreción. Los rostros estaban encendidos, los ojos apagados,
los cabellos en desorden.
El olor de la sopa de coles y del pan de centeno, mezclado a los fuertes efluvios de
la vodka y al humo acre del tabaco que escuece los ojos, los discordantes sonidos de un
acordeón, las voces ebrias que se superponen unas a otras mutuamente, impregnó a Vera
cuando entró en la pieza de los domésticos. Ante la aparición de la joven, todos se callaron
repentinamente y se irguieron, pero eso sólo duró un minuto. La algazara no tardó en
reanudarse.
- ¡Señorita, eh, señorita! ¡Ven aquí! ¡No tengas miedo! —decía el cochero, ebrio—.
¿Así que los amos, ahí arriba, están llorando, eh? ¿Lamentan no poder seguir
tiranizándonos?
- ¡No es verdad! ¡No es verdad! Nadie os ha tiranizado. ¡Papá y mamá son buenos!
Se dejan oír voces al mismo tiempo de todos los lados. El acordeón ha enmudecido.
Todos los domésticos se han reagrupado, y es una avalancha de relatos sobre el buen viejo
tiempo. Relatos terribles, indignantes, inimaginables para Vera.
- Veamos, eso lo hizo el abuelo, pero ¡papá y mamá son bue n os!
Vera ya no grita; habla suavemente a través de sus lágrimas, con una voz
avergonzada. Un silencio.
- ¡Sí, los jóvenes amos no son malos, son buenos! —convienen algunos como de
mala gana.
Fue necesario despedir a la mayoría de los domésticos. Pero los que quedaron
estaban acostumbrados desde su infancia a la pereza y la ociosidad, y mascullaban ahora de
la mañana a la noche que estaban sobrecargados de trabajo. Entre los amos, enfadarse, y
"estar fuera de quicio" se convirtió en algo permanente. Entre ellos, también discutían
constantemente, pero sus actuales disputas se parecían tan poco a las de antaño como una
tenaz lluvia de otoño a un aguacero primaveral. No eran los celos lo que enfrentaba ahora
uno contra otro al conde y la condesa, sino el dinero, nada más que el dinero. Cada vez que
la condesa venía a preguntar con qué atender a la familia, el conde la abrumaba con
reproches, quejándose de su prodigalidad, de la incuria y la falta de disciplina que reinaban
en la casa. No había una petición de vestido nuevo para ella misma o para sus hijas que no
transcurriera sin una escena doméstica. Por otra parte, bastaba con que el conde mencionase
una visita a la ciudad o a casa de algún vecino para que la condesa cayera en una crisis de
nervios; no era de las hermosas vecinas de quien ahora temía, sino de las cartas o de algún
otro medio de dilapidar sus bienes. Las cosas empeoraban día a día. Había que renunciar a
una fantasía tras otra, pero el dinero faltaba igualmente y no se conseguía unir los dos
cabos. Como todas las personas desprovistas de sentido práctico, el conde y la condesa se
pusieron a hacer economías sin venir a cuento: recortaron en las necesidades de la vida
corriente, temblando por cada terrón de azúcar, por la menor vela, pero sin tocar a las
enormes despensas de la casa y de la propiedad. El administrador, el intendente, la
cocinera, el cochero, todos continuaron enriqueciéndose a espaldas de los amos, con la
única diferencia de que antes cada uno les robaba con moderación, con astucia, de alguna
manera; actualmente, las continuas escenas, las acusaciones y los reproches a diestro y
siniestro, fuesen culpables o no, las perpetuas amenazas de despido exasperaban a los
domésticos y cada cual se daba prisa en llenarse los bolsillos antes del fin. En
consecuencia, los bienes de los amos eran dilapidados con una frenética voracidad.
La huella de la tacañería se dejaba ver por todas partes en la casa, que había perdido
todo su atractivo. Bajo la presión de las corrosivas disputas y los sinsabores cotidianos, el
conde y la condesa perdieron bruscamente su prestancia. Cuando, a continuación, Vera
evocaba a su madre, le venían siempre a la memoria dos mujeres completamente diferentes:
una, joven, bella, feliz, era la mamá de la infancia; la otra, caprichosa, de mal carácter,
negligente, envenenando su vida y la de los otros, era la madre del último periodo.
En casa de los demás vecinos, las cosas seguían el mismo paso. Los terratenientes
habían perdido pie y se sentían perplejos, impotentes, sin comprender lo que les ocurría. Ya
no era cuestión de alegrías o placeres. Cuando dos o tres propietarios se encontraban juntos,
era para lamentarse y aliviar su corazón recriminando contra los campesinos y contra el
gobierno. Desesperados, los más jóvenes y más enérgicos de entre ellos se habían resignado
a perder su propiedad, y se habían ido a Petersburgo en busca de una plaza. No quedaban
más que los viejos en sus tierras. Lena y Liza eran ahora dos jóvenes bellas y crecidas.
Ambas se morían de aburrimiento en el campo y se lamentaban amargamente de su destino,
que les había, en efecto, jugado una mala pasada. ¿Qué había sido de sus brillantes
esperanzas? Toda su infancia, toda su educación, no había sido —por decirlo así— más que
una preparación para ese feliz día en que vestirían de largo para frecuentar la buena
sociedad. Ese día había llegado, pero, salvo el aburrimiento, no había aportado nada más.
Vera tampoco tenía una vida muy feliz. La primera medida económica de la familia
Barantsov había consistido en despedir a todo el personal que estaba al cargo de los niños.
Se invocó algún pretexto decente para agradecer a madame Night; en cuanto a
mademoiselle Julie, encontró que se aburría y la decisión partió de ella misma. Los padres
de Vera estimaron que ya no disponían de medios para conservar una gobernanta para ella
sola. En la capital de la provincia acababa de abrirse el primer liceo femenino, pero eran
sobre todo las hijas de los burgueses, de los pequeños funcionarios y los comerciantes las
que allí se inscribían, y la condesa Barantsova sintió en el acto aversión hacia aquel centro.
Decidieron enviar a Vera a la Institución del monasterio de Smolny10. Aquello fue objeto
de discusiones que duraron cerca de un año; finalmente, la condesa escribió a una de sus
viejas amigas de Petersburgo rogándole que se informase de las condiciones de admisión,
pero recibió una respuesta inesperada y enojosa: Vera ya había superado la edad límite para
ser admitida en Smolny.
Se pusieron a la tarea de mala gana. Por lo que decían, Vera era a la vez tonta,
perezosa y limitada. Ni una lección transcurría sin lágrimas. Tanto las institutrices como la
alumna buscaban cualquier pretexto para acortarlas y, como los padres, por su lado, pronto
parecieron olvidar aquel lamentable asunto de la educación de la pequeña. En verano, mal
que bien aquello aún marchaba. Pasaba los días enteros en el inhóspito jardín o bien
recorría los campos y bosques circundantes. Los pequeños campesinos no se atrevían a
acercarse a ella y, a decir verdad, ella les temía de igual manera. Cuando tenía que atravesar
el pueblo, siempre le parecía que todos se burlaban de ella y la despreciaban; comenzó a
sentir una especie de hostilidad instintiva hacia los campesinos.
Durante el invierno, era peor. Deambulaba todo el día de un rincón al otro de las
grandes estancias vacías, sin encontrar nada que hacer. El aburrimiento la empujaba a
buscar en la biblioteca, pero allí sólo había novelas francesas, y Vera ya casi había olvidado
el francés, aunque lo hablaba muy bien cuando tenía cinco años.
Lo peor era que en la casa nadie estaba jamás de buen humor. A donde Vera fuese,
no encontraba más que discusiones, y, finalmente, acababa por recibir lo suyo. Si se
acercaba a ver a sus hermanas, las encontraba discutiendo por cualquier tontería, un trapo
que no querían compartir y cosas así. Si, contra lo que se esperaba, la concordia reinaba
entre ellas, las diatribas eran contra sus padres: "¡Sin duda, esta no es la vida que ellos
llevaban cuando eran jóvenes. Han dilapidado su fortuna, y nosotras tenemos que pudrirnos
aquí, en el campo!"
—Me aburro, nodriza11, dijo, dejándose caer, con aire abatido, en una silla y
apoyando su cabeza contra la mesa de madera.
—¿Por qué te aburres, mi pequeña candela? Hay que rogar a Dios, —dice con la
misma voz tranquila y acariciadora con la que hacía entrar en razón a Vera cuando tenía
cinco años.
Y Vera sigue efectivamente el consejo de su nodriza y se pone a rezar. Reza
ardientemente, apasionadamente, con una especie de exaltación. Aquel capricho por la
religión, por su aspecto exterior, ritual, llena poco a poco su vida ociosa y aburrida de niña
abandonada a sí misma. Aquel año, Vera observó estrictamente la cuaresma de tres semanas
antes de Navidad. Y, la noche de Navidad, no comió nada hasta la aparición de la primera
estrella. Pero cuando, a la caída de la noche, los popes llegaron para celebrar la vigilia,
como era costumbre, en un altar levantado en un rincón del comedor, sentía en todos sus
miembros una debilidad tan agradable que creyó que ya no tenía cuerpo y que, en cualquier
momento, podría separarse del suelo.
El humo azulado de los incensarios llenaba toda la pieza con una espesa bruma, a
través de la que brillaba la llama de los cirios. El olor penetrante y azucarado del incienso le
produce un ligero vértigo.
Y a Vera le parece que las voces llegan de muy lejos. "¡No necesito nada del mundo,
nada, sólo servirte, Señor!" —piensa enternecida. Su alma se desborda de una
extraordinaria y luminosa alegría; un suspiro de éxtasis escapa de su pecho.
Aunque su vieja nodriza no supiese leer ni escribir, aún conservaba con ella, como
reliquias, algunos libros piadosos, de los que le rogaba a veces a su pequeña señorita que le
leyera algunas páginas en voz alta. Entre esos libros, estaba la Vida de cuarenta mártires y
treinta martirologios. Una vez que comenzó a leerlo, Vera se apasionó de tal modo por
aquella obra que se la pidió prestada a su nodriza, sumiéndose durante horas en su lectura.
"¿Por qué no habré nacido yo en esa época?" —pensaba a menudo con tristeza.
Esa misma víspera de Navidad, pues, haciendo voto en su corazón de consagrar toda
su vida a Dios, cuando estaba sola en la antigua sala de clase, su mirada cayó sobre un viejo
número de Lecturas infantiles, revista a la que en otro momento habían estado abonadas sus
hermanas. No teniendo otra cosa que hacer, se puso a hojearla, y lo que primero llamó su
atención fue el patético relato de tres misioneras inglesas en China, quemadas en una
hoguera por violentos paganos. Y aquello había ocurrido apenas cinco o seis años atrás.
¡Paganos en la China actual! ¡Aún podía ganar, pues, la corona del martirio! "¡Señor! ¡Tú
me has iluminado! ¡Tú me señalas el camino y me llamas para que lleve a cabo una proeza
espiritual!". Llena de emoción y exaltación, Vera se pone de rodillas. El hecho de que esa
vieja revista hubiese llegado a sus manos precisamente aquella tarde, como una respuesta a
su ardiente plegaria en la misa de Navidad, le pareció como una verdadera prueba de la
Providencia divina. A partir de ese día, su destino estaba, pues, atado a aquello que le
concernía. Todos sus sueños adquirieron una forma y una dirección determinadas. Todo lo
que concernía a China le interesaba vivamente y, a la mesa, su semblante se animaba
cuando la conversación tenía que ver fortuitamente con ese país. Vera sólo temía una cosa:
que China se convirtiese al cristianismo antes de que ella fuese lo suficientemente mayor.
IV
LA casa de los Barantsov estaba construida sobre un pequeño promontorio; por el lado
norte, la colina trazaba una suave pendiente que llegaba a un gran estanque que había sido
excavado, naturalmente, por los siervos. Allí se dispuso un jardín al estilo de Versalles, con
senderos rectilíneos de grava, macizos de flores en forma de vasos o corazones, y
numerosos cenadores con celindas, lilas y tilos. Antaño, aquel jardín hubiese cautivado a
cualquier amante de la naturaleza un poco consecuente; pero hoy, que en el puesto del
antiguo jardinero artista ayudado por numeroso personal, sólo quedaba, para cuidar el
jardín, un campesino que hacía de improvisado jardinero y dos muchachos de la hacienda,
presentaba un lamentable y miserable aspecto. El estanque se había enfangado y servía de
vivero de mosquitos; los cenadores estaban ruinosos, la hierba había invadido los senderos.
Nada es más triste que un pretencioso jardín señorial caído en el abandono.
El asunto era simple. Vassiltsev tenía una antigua reputación de liberal y era mal
visto por muchas personas influyentes de Petersburgo. Aquel invierno, con motivo de algún
aniversario, los profesores y los estudiantes del Instituto tecnológico habían organizado un
banquete, en el cual debía participar el gran—duque, protector del Instituto. Su Alteza dio a
entender que no deseaba encontrarse allí con Vassiltsev. Aquello, como es natural, le fue
transmitido a este último, que respondió que en ese caso deberían notificarle oficialmente la
prohibición de participar en el banquete, del que se consideraba un invitado de honor, como
los demás profesores. Ni que decir tiene que no recibió ninguna prohibición oficial y, el día
fijado, tomó tranquilamente asiento, con los otros profesores, a la mesa dispuesta en la sala
de actos del Instituto. Dos o tres días después, el jefe de la policía secreta vino a buscarlo y
le propuso amablemente que presentara su dimisión y se retirase a su propiedad familiar
donde estaría obligado a residir de forma permanente. Para mayor seguridad, dos ángeles
custodios uniformados como gendarmes lo acompañaron durante su viaje.
Fue en esas circunstancias como tuvo lugar el regreso al redil de Stepan Mijailovitch
Vassiltsev13. Es fácil imaginarse la sensación que provocó ese acontecimiento en los
lugares vecinos. Al punto, comenzaron a circular los rumores más absurdos y exagerados
sobre el recién llegado y sobre las razones de su inesperada reaparición; muchos veían en él
a un conspirador peligroso. Aquella sospecha lo aureolaba con un nimbo de misterio, a la
vez inquietante y seductor, habida cuenta de que en Rusia, incluso los conservadores, a
menos que pertenezcan a la policía secreta, experimentan siempre un respeto involuntario,
instintivo, por cualquier condenado político. Los Barantsov eran los vecinos más cercanos
de Vassiltsev. No es, pues, nada extraño, que las dos mayores —Lena y Liza—, sintiesen un
derecho natural de propiedad sobre aquel interesante vecino, que el mismo cielo les
enviaba. Estaba soltero, y, aunque en honor a la verdad, ya no pudiese pasar por un joven,
visto que ya tenía más de cuarenta años, y todavía menos por un Adonis, la penuria de
noviazgos era tal que podía representar un buen partido.
Vassiltsev estaba plantado allí, indeciso. Súbitamente se oyó una voz juvenil, casi
infantil, un poco burlona: - Salte por encima del arroyo. ¡No es muy profundo! Vassiltsev
miró hacia el lugar de donde provenía aquel buen consejo y vio en la colina, al otro lado del
arroyo, a una muchachita de unos quince años, con un sombrero de paja ceñido por una
cinta descolorida y con un vestido de indiana muy sencillo, ajustado a la altura del pecho y
muy corto en los bajos y las mangas.
Vera, también empujada hasta allí por el aburrimiento, observaba desde hacía rato a
aquel hombre endeble y singular que se encontraba en un apuro por tan poca cosa.
- ¡No tenga miedo, salte! —gritó de nuevo—, pero Vassiltsev seguía dudando.
Entonces, Vera descendió corriendo la colina, chapoteó sin temor con sus viejos
zapatos en la ciénaga y, a fuerza de brazos, arrojó una tabla que arrastraba con ella sobre el
arroyo, salpicando de fango sus medias blancas y el pantalón gris del vecino.
Una vez en lugar seguro, ni qué decir tiene que Vassiltsev sintió vergüenza por su
cobardía. Muy confuso, le dio las gracias precipitadamente a su salvadora, con aire
desamparado y una forzada sonrisa. No quería alejarse sin más, dejando tras él una
impresión tan poco favorable, pero decididamente no sabía cómo entablar conversación con
aquella pequeña salvaje, que lo examinaba con la descarada curiosidad de la adolescencia.
- ¿Qué libro es ese? ¿Puedo verlo? —pudo decir al fin. Vera tenía bajo el brazo sus
preciosas vidas de santos. Vassiltsev abrió el libro al azar y leyó: "El emperador
Diocleciano, encolerizado contra el digno mártir Isidoro, ordenó a su guardia que lo
condujese al Capitolio..."
- ¿Qué tonterías son estas? —exclamó él involuntariamente. Los ojos azules de los
Barantsov fulguraron de indignación. Cogiendo su libro, Vera le dio la espalda y se
encaminó hacia su casa sin mirar atrás.
Al día siguiente, sin darse cuenta, dirigió de nuevo sus pasos hacia el lugar de su
humillación en la víspera. Para su asombro, encontró allí a Vera. Con aire pensativo,
concentrado, estaba al borde del arroyo y parecía esperarle.
- ¿Puede ser que todo esto sea falso? —preguntó ella a modo de respuesta,
mirándole con sus grandes ojos, cuya mirada era ahora inquieta, casi suplicante.
- ¿Habla del libro? —preguntó Vassiltsev, riendo—. Juzgue usted misma, señorita.
El emperador Diocleciano reinó en Bizancio, y el Capitolio se encuentra en Roma. ¿Cómo
podía ordenar a su guardia que condujese ahí al digno mártir Isidoro?
- ¡Ah, se trata de eso! Entonces, ¿no hay nada más que eso de falso?
- Por supuesto.
- ¿Cómo, alabado sea Dios de que los torturasen? Aquella original muchacha
decididamente comenzaba a divertir a Vassiltsev.
- Mártires, aún hay ahora —dijo seriamente Vassiltsev. Vera le miró asombrada.
- Sí, en China —dijo ella al fin.
- ¿No ha oído usted hablar, entonces, de que también entre nosotros, en Rusia,
encarcelan a la gente, la deportan a Siberia, que incluso a veces la cuelgan? ¿Y usted
pregunta si hay mártires?
Aquellas palabras se le escaparon a Vera, pero apenas las hubo pronunciado, un vivo
rubor asomó a su rostro: "Nuestro vecino también es un deportado" —recordó.
- Ocurre que se deporta por muchas razones —dijo Vassiltsev a media voz.
Continuaron algún tiempo caminando uno al lado de otro, en silencio. Vera bajaba la
cabeza y tiraba nerviosamente de los flecos de su pañuelo. Todo un enjambre de extraños
pensamientos, que parecían incluso inconsecuentes, se abría paso en su cabeza. Temía
espantosamente proferir alguna tontería: se arriesgaba a vejar a su vecino, pero el asunto
era de tal importancia para ella, era tan vital que no podía detenerse en consideraciones de
tacto.
- ¿Y por qué razón le han deportado? —preguntó súbitamente, sin mirar a Vassiltsev.
- ¿Y de los mártires actuales, quiere usted oír hablar? Los ojos de Vera se dilataron
aún más.
- ¿Le gustaría que le hablara de eso? Pero la pongo sobre aviso: será necesario
abordar también muchas otras cosas. El rostro de Vera se iluminó.
- Sí, sí.
V
Desde entonces, las hermanas de Vera ya no tuvieron dudas de que ella había
conseguido seducir al vecino. La felicitaron entre bromas por su conquista. Burlarse sin
acritud de su "pretendiente" pronto se convirtió para ellas en una costumbre.
—¿Y qué tal? ¿Cómo ha estado contigo hoy? ¿Aún no se ha declarado? ¡No seas
misteriosa, te lo ruego! ¡Cuéntalo todo! Sus hermanas la acuciaban con preguntas después
de cada lección con Vassiltsev.
Y Vera, de mala gana, se ponía a contar la lección, y, también a su pesar, aquí o allá
añadía algo de su cosecha. ¡Por lo demás, Dios sabe cómo llegaba a eso! Las hermanas
sabían muy bien comentar e interpretar cada una de las palabras de Vassiltsev que adquirían
realmente una coloración diferente de aquélla que habían tenido hasta el momento. La
misma Vera no se daba cuenta de la manera en que su vecino había poco a poco tomado
posesión de sus pensamientos ni de la modificación de su imagen a sus ojos. "Un señor de
cierta edad, que no tenía buen aspecto, un poco desgarbado, con un semblante del color de
la tierra, tan miope que, incluso con gafas, parece no ver nada". He aquí como hubiese
descrito a su vecino justo tras su encuentro al borde del arroyo. Pero ahora que se había
convertido en su pretendiente oficial, quería elevarlo de tal manera al rango de héroe que
descubría en él, cada día, nuevos méritos. Un día, encontraba que tenía una bella sonrisa; la
víspera, había notado que cuando reía, unas pequeñas y graciosas arrugas se formaban en
torno a sus ojos, y de manera inesperada aquellas arrugas le habían gustado terriblemente.
Ella vivía ahora en una especie de espera crónica, inexplicable. Se preparaba para cada
lección con el corazón latiendo acelerado y, durante la clase, estaba nerviosa, temblando de
emoción: "¿Será hoy?"
Vera y Vassiltsev están solos en la pieza. La lección ha acabado, pero el maestro aún
no se decide a salir. Ha dejado el libro a un lado, se ha hundido en el sillón, con la frente
apoyada en una mano, sumido en sus pensamientos. Eso le ocurre a menudo. Vera
permanece sentada a su lado sin moverse. No sabe por qué, pero con frecuencia se siente a
disgusto y teme hacer el menor movimiento. Fija su mirada en la mano de Vassiltsev,
pequeña y seca, curtida, y observa maquinalmente una gruesa vena azul que, saliendo de la
muñeca, separa algunos pelos negros y serpentea hasta el dedo cordial estrechándose
rápidamente.
Cae la tarde; todos los objetos adquieren poco a poco un aspecto apagado y los
contornos se desdibujan. A medida que la mano de Vassiltsev se pierde en la oscuridad,
Vera siente una especie de dolor en los ojos al contemplarla. Está invadida por un extraño
entumecimiento; de minuto en minuto, cada vez le resulta más difícil intentar cualquier
movimiento. Su corazón late violentamente, un claro rumor llena sus oídos, como de un
agua que corre a lo lejos. Vassiltsev abandonó repentinamente su ensoñación.
Pero sus nervios están demasiado tensos. Algo oprime súbitamente su pecho y le
sube a la garganta; una palabra más y se asfixiará.
- ¡Se lo suplico! ¡Se lo suplico! ¡No diga nada! ¡Lo sé todo! Un grito sofocado se
escapa de sus labios. De un salto, retrocede hasta el otro extremo de la pieza.
- Vera, quiero... no, exijo que me diga qué es eso que le ha parecido...
Está de pie ante ella y la agarra firmemente por las manos. Su voz es severa y
metálica. Sus ojos azules de miope quieren leer en su rostro. Bajo aquella mirada insistente,
escrutadora, Vera siente que cualquier voluntad, cualquier dominio de sí la abandona. Sabe
que su confesión será espantosa, pero, aunque fuese un asunto de vida o muerte, no podrá
dejar de responderle, no podrá evitar decirle la verdad. Se oye finalmente un susurro
entrecortado, apenas perceptible.
Como bajo el efecto de una picadura, Vassiltsev suelta las manos de Vera.
- ¡Ah, Vera!, ¡tampoco usted es mejor que las demás, son todas unas kiseinaia
14
barychnid —dice con un tono de reproche.
Y abandonó la pieza.
"¡Señor! ¡Qué vergüenza! ¡Cómo vivir con una vergüenza así!" Fue el primer
pensamiento que le vino a la cabeza al día siguiente, después de algunas horas de un olvido
agitado y febril.
Aún es temprano. Desde las camas de sus hermanas dormidas le llega su respiración
igual y regular. Ayer, no se dieron cuenta de nada, no dudan de nada, ¿pero qué dirán
cuando lo sepan? ¡Ser durante todo un mes la heroína de una novela interesante,
cautivadora, y descubrirse súbitamente como una jovencita estúpida y descarada! "¡Oh, qué
vergüenza, qué vergüenza!"
"¡Con tal que no se den cuenta de lo sucedido!" Ese pensamiento pronto seca las
lágrimas de Vera. Se levanta como si no hubiese pasado nada, se viste y, durante el día, va y
viene, habla, incluso ríe, como si nada hubiera ocurrido. En ocasiones, consigue
efectivamente olvidar por un instante la escena de ayer, pero siente aún en el corazón un
dolor sordo, constante, antes desconocido. Llegó el día fijado para la lección siguiente.
"¿Qué va a pasar ahora?" —se pregunta Vera, helada ante la idea de ver a Vassiltsev.
Pero, a eso de las tres horas, acudió un muchacho de la propiedad vecina con una
misiva del maestro: está indispuesto, y ruega que lo disculpen por no poder ir a dar la
lección. "¡Alabado sea Dios!" —piensa Vera, aliviada. Vuelve entonces a aquella vida de
aburrimiento, ociosa, que llevaba antes de la llegada de Vassiltsev. De nuevo, deambula
durante todo el día por las piezas, no sabiendo qué hacer de sí misma, qué ocupación
encontrarse. Ha sabido disimular sus sentimientos, sus hermanas —por lo que parece— han
sospechado algo y la hostigan con preguntas vejatorias e impertinentes. Vera hace todo lo
posible por evitar su compañía.
Así transcurrió una semana, y comenzó otra. Vassiltsev continuaba sin dar señales de
vida. "¡Ya no volverá!", se decía Vera con una especie de tristeza despechada. Pero un día
que estaba sola en la sala de clase, hojeando distraídamente y sin interés un libro ya leído
diez veces, reconoció unos pasos familiares en el corredor. Su corazón se oprimió; por un
momento le pareció que había dejado de latir. Su primer impulso fue huir, pero, antes de
que pudiese intentarlo, Vassiltsev estaba en la pieza. Tenía su aire habitual, tranquilo y de
buena persona, como si no hubiera pasado nada de particular y que no hubiese sufrido esa
decena de días de angustia. ¿Y Vera? Ella lo había odiado de tal modo durante esta semana
que, ahora, una oleada de insensata alegría, que cortaba el aliento, invadía repentinamente
todo su ser. Por supuesto, tenía vergüenza, dolorosamente vergüenza, pero sin embargo
predominaba la alegría.
- Vera, mi querida pequeña, ¡esto no puede continuar así! —él hablaba con una voz
igual, acariciadora, como si se dirigiese a un niño—. Ha surgido entre nosotros un ligero
malentendido, un malentendido muy desagradable, muy molesto, pero vamos a explicarnos
de una vez por todas ahora, y después lo olvidaremos completamente y seremos buenos
amigos como antes. El hecho es que yo tengo cuarenta y tres años, Verotchka. Soy viejo,
tengo casi tres veces tu edad; podrías ser mi hija, pero no mi mujer. Enamorarme de ti sería,
por mi parte, no solamente una estupidez, sino una vileza. Y, alabado sea Dios, nunca se me
ha ocurrido tal cosa. En cambio, siento por ti un afecto fuerte y sincero, y quiero
firmemente hacer de ti alguien de bien. Verotchka, sólo las kiseinaia barychnia se imaginan
que un hombre no puede permanecer una media hora en su compañía sin ponerse a
cortejarlas. Pero tú no eres una atolondrada, ¿verdad?
Vera permanece de pie, sin decir nada, con la cabeza baja; espesas lágrimas tiemblan
bajo sus largas pestañas, pero ni por un instante piensa en odiar a Vassiltsev.
Poco después, Vassiltsev le mostró una foto de su antigua novia antes de su terrible
enfermedad: un rostro bello e inteligente de tinte pardo, de ojos sombríos y pensativos. Vera
creyó no haber visto nunca un rostro más bello que aquél; con veneración, llevó la foto a
sus labios, como para besar el icono de una mártir, y, con lágrimas en los ojos, renovó su
promesa de niña de ganar ella misma la corona del martirio. Pero no será a China a donde
irá a buscarla. Sabía que en adelante aquella corona sería el destino de muchos en Rusia.
ABRIL llegaba a su fin. Aquel año, la primavera se había presentado de golpe, súbitamente.
Tras el deshielo y el derretimiento de la nieve, el frío aún persistió largo tiempo; la
vegetación se desarrollaba sin prisa, blandamente, como de mala gana, un paso adelante,
dos atrás. Como si hubiese que suplicar y exhortar a la menor brizna de hierba, a la menor
planta para que se decidiese a sacudir su letargo invernal, a horadar la tierra y a mostrar el
extremo de una pequeña hoja tierna y temblorosa. Nada manifestaba la menor audacia
primaveral.
Repentinamente, una noche, comenzó a caer una fina lluvia tibia; desde entonces
aquello fue una especie de encantamiento. Como si, con las gotas perfumadas de la lluvia
primaveral, migajas de levadura hubiesen sido expandidas sobre la tierra. Todo se puso en
movimiento, todo comenzó a arder súbitamente con un incontenible deseo de vida. Todo
era impaciencia, una carrera frontal, donde cada uno empuja y aplasta a los demás, como
por temor a llegar tarde. Cada uno se defendía resueltamente y defendía su derecho a la
existencia17.
Del suelo ascendían cálidos efluvios. Como si una actividad extraña y misteriosa se
desarrollase ahí abajo, en las entrañas de la tierra. A cada paso, nos arriesgamos a pisar un
germen de vida nueva: moho, hierba o insecto. En el estanque se daba libre curso a
animadas declaraciones de amor. En cada hoyo bullen miles de formas de la más diversa
existencia, de las más extrañas, y todo eso hormiguea y se afana, profundamente imbuido
de la importancia de su propio yo.
En la antigua sala de clase de los Barantsov, una señorita que ronda los dieciocho
años está inclinada sobre su escritorio; es alta y esbelta, de perfil delicado, como trazado al
buril, y de pensativos ojos azules, festoneados por negras cejas. Ante ella, hay un libro
18
abierto, un volumen de Dobrolioubov , pero vemos que le es difícil concentrarse en lo que
lee. Alza continuamente la cabeza, se hunde contra el respaldo de la silla; sus manos juegan
maquinalmente con un cortapapeles de marfil, y su mirada es inquieta, acechante, como si
estuviese atenta a la llegada de alguien.
Sin embargo, los últimos días han sido un poco aburridos y apagados. Vassiltsev ha
debido ausentarse durante dos semanas para ocuparse de algunos asuntos de los
campesinos. ¡Con qué horrible lentitud transcurre el tiempo, cuando no hay esperanza, por
la tarde, de charlar con su amigo! ¡Se siente tan desganada que la obra se le cae de las
manos! Pero, ¡alabado sea Dios, esos días han llegado a su fin! Este mediodía, un
muchacho del dominio vecino se acercó para decir que el maestro había regresado y que
vendría por la tarde a tomar el té.
"¡Qué belleza ahí fuera! ¡Creo que nunca hubo una primavera tan encantadora, tan
maravillosa! ¡Y cómo brota todo! ¡Un verdadero prodigio! Esta mañana, la colina todavía
estaba desnuda, y ahora podrían cogerse en abundancia narcisos y primaveras. ¡Se diría que
salieron completamente florecidas de la tierra! Se habla, en los cuentos, de un héroe que
tiene una vista tan penetrante que ve crecer la hierba. Pues bien, en primavera, eso no es
nada extraño. Al mirar de cerca, me parece que yo también podría verla crecer... ¿Qué es
eso? Es el cuclillo, en el bosque. El primero de este año... Señor, ¡qué belleza! ¡Es tan bello
que se me encoge el corazón y me saltan las lágrimas!
Cuando finalmente llegó Vassiltsev, Vera se precipitó a su encuentro con tal arrebato
que éste abandonó su sangre fría habitual.
- No, Vera, hoy no habrá lección. Descansemos un poco. Él se sentó en una silla
cerca de la ventana abierta y encendió un cigarrillo. Vera se sentó al lado; su corazón
parecía querer salírsele del pecho, como un pajarillo que palpita. Fuera, ya ha caído la
noche. A lo lejos, sobre sus cabezas, el cielo es azul oscuro, pero, hacia el oeste, palidece
gradualmente y el horizonte está orlado por una franja de ámbar claro. Del estanque
asciende el croar de las ranas. En los ángulos de la pieza y el techo, los débiles susurros de
los primeros mosquitos se funden en un ruido sordo y continuo, tranquilo. Un abejorro pasa
volando ante la ventana, llenando el aire de un grave bordoneo.
Una mancha clara aparece furtivamente entre los arbustos que separan la cocina del
jardín. Una mujer, con pañuelo a la cabeza, se ha detenido un instante, indecisa, mirando en
torno de manera vigilante para comprobar que no es seguida; después, a pasos cortos, se
dirige a la arboleda. Un minuto más tarde, se dejan oír un suave susurro de hombre y una
risa feliz. A lo lejos, por el lado de la granja, suenan las notas quejumbrosas de un caramillo
tocado por el virtuoso del lugar.
- Cuénteme lo sucedido con los campesinos. Hoy, a la mesa, he oído muchas cosas
terribles y viles —dijo súbitamente Vera con una voz afectada, esforzándose visiblemente
por hablar.
- Vera, quizá recuerde una de nuestras conversaciones, hace tres años. Entonces
estaba completamente convencido de que esto no llegaría nunca... Y sin embargo... Vera,
dígame, a sus ojos, ¿soy un viejo?
Estas últimas palabras se escapan con un temblor apenas audible. Vera quiere
responder, pero la voz no le obedece. Dios sabe cómo la mano de Vassiltsev se apoyó sobre
la suya. Ese contacto les cortó el aliento a ambos, las palabras no llegaron a franquear sus
labios, tenían miedo de intentar el menor movimiento.
- ¡Stepan Mijailovitch! ¡Vera! ¿Estáis aquí? Era la voz de Liza que sonaba en el
corredor. Vassiltsev retrocedió decididamente.
- ¡Hasta mañana, Vera! —dijo—, salvando a horcajadas la ventana baja que daba al
jardín, antes de desaparecer en la oscuridad.
Vera no encuentra el sueño. Le falta el aire en la amplia habitación fresca que ahora
ocupa sola, sin sus hermanas. Se levanta, abre la ventana y apoya su cara ardiente contra el
cristal frío. Pero eso no la alivia: continúa sintiendo fuego en el cuerpo, su corazón conoce
los mismos dulces tormentos y una vaga inquietud, llena de felicidad, consume su ser.
En un gesto involuntario, maquinal, Vera une sus manos como para rezar. Vassiltsev
se proclama materialista, y Vera conoce también todas las teorías nuevas y piensa
seriamente que ella no cree en Dios. Pero, en este instante, su alma se desborda con un
reconocimiento apasionado, infinito, por Aquél que le ha otorgado esta felicidad y,
siguiendo una antigua e indeleble costumbre infantil, eleva una plegaria ardiente a ese Dios
a quien ella no le reconocía existencia.
"¡Señor! ¡Sé que hay en este mundo mucho dolor, mucha injusticia, mucha miseria!
¡Quiero estar al servicio del pueblo, estoy dispuesta a dar mi vida por ellos! ¡Pero aún no,
aún no, Señor! ¡Ahora sólo aspiro a la felicidad, tengo una inmensa y dolorosa necesidad de
ser feliz!
Vera consigue caer por un instante en un sueño agitado. "¡Hasta mañana!". Es como
un rayo luminoso que atraviesa súbitamente su conciencia y siente de nuevo una inquietud
dolorosamente dulce, una bienaventurada fiebre. El amanecer despunta ya en el horizonte.
Los gallos han cantado por segunda vez; bajo la ventana, los excitados gorriones han
comenzado a piar ruidosamente, pero Vera aún no duerme, continúa dando vueltas en su
lecho, con el rostro encendido y las manos frías. Sólo después de salir el sol se queda
finalmente dormida, con un sueño de plomo. Así, pues, durmió muchas horas. Ya era cerca
de mediodía cuando de nuevo la invadió la confusa conciencia de que la víspera había
ocurrido algo extrañamente feliz. ¡Qué felicidad despertarse al día siguiente, después de
una alegría inesperada!
- Anissia, mi buena Anissia ¿por qué no me has despertado antes? —la acogió
alegremente Vera.
- Es la quinta vez que vengo, señorita, pero dormía tan profundamente que me daba
pena despertarla.
- Ha ocurrido una desgracia, señorita, siguió diciendo Anissia con aquella voz
particular, a la vez emocionada y como satisfecha, con la que los domésticos dan siempre
las noticias importantes, de la naturaleza que sean.
LA horrible noticia estalló como un trueno en casa de los Barantsov: la noche anterior, una
silla de postas se había detenido ante la escalinata de la mansión de Vassiltsev, con un
coronel de la gendarmería y dos ángeles custodios de inferior rango. El coronel le mostró a
Vassiltsev un papel con una ordenanza y sello oficiales, en donde se decía que el señor
Stepan Mijailovitch Vassiltsev representaba un peligro para la tranquilidad de la región. De
esa forma, el gobernador, haciendo uso del poder que le había sido conferido por altas
instancias, le sugería cambiar su residencia actual por la bella, aunque un poco más alejada,
ciudad de Viatka20. Se le concedían setenta y dos horas para que tomase sus disposiciones.
Pero, fuera de ese plazo, estaba prescrito escoltarlo a destino.
La condesa tenía clara conciencia de la vergüenza que aquel suceso hacía recaer
sobre su familia, y estaba más dispuesta a oír las inocentes palabras, los lamentos con que
la arroparían las damas de la capital de provincia durante la primera reunión en la ciudad.
Toda la casa, incluso los domésticos, se vio asolada por aquel pánico particular,
irracional, que la visión de un uniforme azul provocaba en Rusia. Todos aguardaban una
ineluctable desgracia.
- ¡La policía, la policía viene a nuestra casa! —se precipitó un día con ese grito
Fenia, una doméstica que había oído los cascabeles de la silla de postas por el camino
principal.
Ante aquella terrible noticia, bajo la influencia del miedo, cada cual perdió la
cabeza. La condesa huyó a su habitación, estimando que su lecho era el mejor refugio. El
conde se precipitó en la habitación de Vera, agarró una brazada de papeles y libros que
encontró a mano, sin reparar en nada, y los arrojó en la estufa que por desgracia estaba
encendida. Los domésticos se habían dispersado Dios sabe dónde. Sin embargo, se trataba
al parecer de una falsa alarma. Era simplemente el funcionario de las contribuciones
indirectas que pasaba por allí. Pero todos tardaron mucho en reponerse de sus emociones.
En cuanto a Vera, el golpe que había recibido era tan inesperado y abrumador que la
dejó anonadada, y sin poder darse cuenta en el acto del alcance de su desgracia. Que
llevasen a Vassiltsev lejos de ella, para siempre, era un pensamiento tan inconcebiblemente
horrible que su razón no llegaba a admitir. Qué sería de ella después de su partida, eso ni
siquiera lo pensaba. Ese "después de" le parecía un abismo negro y sin fondo, en el cual no
podía echarse una mirada sin sentir vértigo. Por el instante, su inquietud principal, su miedo
más imperioso, el más doloroso, era que partiese sin haberle dicho adiós. Verlo una vez
más, aunque sólo fuese durante una hora, o un minuto —¡ocurra lo que ocurra! En
ocasiones, incluso le parece que bastaría con verse para que de nuevo todo volviera a ir
bien, para que todo se arreglase de una manera o de otra.
Todos sus deseos, todos sus pensamientos, todas sus aspiraciones estaban ahora
concentradas en ese único objetivo: volver a verlo. Pero conseguir una cita no era cosa
fácil. Naturalmente Vassiltsev estaba prisionero en su propia casa, bajo la estricta vigilancia
de los gendarmes. Vera también era objeto de una vigilancia atenta. En la familia, todos
sospechaban que estaba dispuesta a cometer alguna locura, aunque se encontrase de alguna
manera bajo arresto domiciliario. Durante el día, su madre y sus hermanas no le quitaban el
ojo de encima; por la noche, Anissia tenía orden de vigilarla.
- ¡Anissia, mi querida y buena Anissia! ¡Déjame ir a verlo! ¡Por una hora, sólo por
una hora! Nadie lo sabrá —le implora a su doncella.
—¡Qué está pensando, señorita! —se asusta en principio Anissia, con gestos de
horror.
- Anissia, ¡acuérdate de tu juventud! Tú misma me has contado muchas veces lo
difícil que era vuestra vida, en tiempos de la servidumbre. Piensa entonces un poco: es por
vosotros, por los campesinos, por quien sufre Stepan Mijailovitch.
Desesperada, Vera se había puesto de rodillas ante Anissia y le besaba las manos.
- Anissia, si tú no me dejas salir, debes saber que mi sangre caerá sobre ti. Te juro
sobre esta cruz que atentaré contra mi vida si no consigo verlo antes de su partida.
Ya era de noche cuando Vera, disfrazada como Anissia y con la cabeza cubierta con
un viejo chal negro, salió a hurtadillas de la casa. Había vuelto a hacer frío estos últimos
días, y, aunque durante el día el sol calentaba, a la caída de la noche helaba un poco; en la
carretera principal, los charcos se habían cubierto de una delgada costra de hielo como una
cáscara de huevo, que crujía bajo los pies de Vera. Un breve escalofrío recorrió sus
miembros. Como el arroyo que separaba las dos propiedades se había desbordado, crecido
por las lluvias, no podía ir por el atajo habitual del barranco, viéndose en la necesidad de
dar un rodeo de aproximadamente dos verstas. Vera nunca había tenido la ocasión de
encontrarse sola durante la noche en plena naturaleza. El camino familiar le parecía ahora
muy diferente a como era por el día. Todas las cosas habían cambiado repentinamente y se
habían vuelto irreconocibles.
Vera caminaba sin mirar atrás. No sentía ni miedo ni emoción; incluso la pena
causada por la inminente partida de Vassiltsev se había aplacado. Un ligero vértigo, que
estaba lejos de ser desagradable, anublaba sus pensamientos. Por un momento notó las
piernas muy ligeras, apenas sentía su cuerpo. Caminaba como en sueños y sólo recuperó el
sentido cuando llegó a la puerta de la casa de Vassiltsev. Las luces estaban apagadas;
parecía como si todos estuviesen ya acostados. Sólo una ventana dejaba pasar un haz de luz
bajo el estor corrido.
Vera llamó a la puerta, primero suavemente, dudando. Nadie respondió; entonces,
comenzó a llamar cada vez más fuerte. Dos perros saltaron detrás de la verja y lanzaron
hoscos y ensordecedores ladridos. Finalmente se dejaron oír unos pasos. Provisto de una
linterna, un gendarme adormecido, con los pies desnudos en sus zapatos y el uniforme
echado con negligencia sobre sus hombros, acudió a abrir la puerta. — ¿Qué quiere?
¿Quién merodea así de noche? —masculló, enfurecido—. ¡Bien, bien!, una señorita... Su
descontento dejó paso al asombro.
- Necesito ver al amo, respondió Vera, con una voz apenas audible.
El gendarme alzó su linterna para ver mejor el rostro de Vera, y se puso a examinarla
sin razón y tomándose su tiempo. "¡Una doncella, según creo!" —se dijo para sus adentros.
Su rostro se serenaba cada vez más.
- Escucha, hermosa, ¡pareces conocer bien el camino del amo por la noche! —dijo
finalmente con un tono malicioso—. Pero hoy, sabes, será muy difícil verlo —añadió
cambiando bruscamente de tono y mostrando otra vez un aire severo.
Por las palabras del gendarme, dedujo que no la dejarían entrar, que tendría que
desandar el camino sin haber visto a su amigo. Su voz era tan implorante, tan desesperada,
que el gendarme, que sentía debilidad por el bello sexo, no pudo resistirse.
- ¡Está bien, está bien, no lloriquee más! —buen muchacho, trata de calmarla—.
Vamos a ver qué podemos hacer por ti... Pero tengo que informar a mi coronel... —añadió
después de un instante de reflexión.
Dejó pasar a Vera, la acompañó a través del patio y le dijo que esperase a la entrada,
mientras iba a ver al coronel, que dormía tras el otro lado de la pared medianera, pero a
quien el ruido había despertado.
- ¡Ah, demonios! ¡Déjala entrar! Que Vassiltsev pase un buen rato antes de partir —
decidió finalmente el coronel.
El gendarme abrió la puerta de las piezas interiores y Vera se precipitó como una
flecha.
Pero Vera no oía nada. Atravesó rauda las dos o tres piezas que la separaban de la
puerta bajo la que salía un débil haz luminoso.
Vassiltsev estaba sentado en su alcoba, que también hacía las veces de escritorio.
Aún estaba vestido, y ordenaba sus libros y papeles. La espaciosa habitación tenía ahora ese
aire lamentable y desordenado como el de las vísperas de un viaje. Sobre la estrecha cama
de hierro cuyas sábanas habían sido desplazadas a un rincón, había pilas de ropa,
cartapacios de cuero, cuadernos. Trozos de papel, cartas rotas y viejas facturas se esparcían
aquí y allá por el suelo. Dos grandes cajones de madera rebosaban de libros; las estanterías
desnudas, a lo largo de las paredes, parecían negros esqueletos. En medio de la pieza, una
maleta abierta dejaba ver ropa interior, un frac y un par de botas.
Cuando Vera abrió la puerta, sintió que la invadía una emoción tan fuerte, por
primera vez desde que había salido de su casa, que por un instante le pareció que su
corazón dejaría de latir. Se detuvo bajo el dintel, sin fuerza ya para dar un paso o decir
alguna palabra.
Inclinado sobre el escritorio, Vassiltsev le daba la espalda. Estaba tan absorto que no
oyó rechinar la puerta. Pero cuando, al cabo de un minuto, se volvió casualmente y vio la
alta y pálida figura de Vera en la entrada, su rostro no expresó asombro sino una alegría
inmensa: como si la esperara o estuviese seguro de que vendría. Se precipitó hacia ella.
Permanecieron algunos segundos uno ante el otro, cogidos de la mano y separados, en
silencio, con la garganta anudada por un espasmo. Con sollozos apagados, Vera se arrojó
finalmente entre sus brazos.
- ¡Vera, amiga mía, cálmate, por favor! No estamos solos. Nos escuchan. No
permitamos que estos desalmados vean nuestro sufrimiento —murmuró entre dientes.
Él había recobrado de pronto toda su sangre fría. La cogió por la mano y la hizo
sentarse a su lado en un diván, apartando una pila de libros. Estaba muy pálido; de vez en
cuando, un espasmo agitaba la comisura de sus labios, y las azuladas venas de sus sienes
estaban tensas como cuerdas. Pero se puso a hablar de unas cosas y otras con un tono
tranquilo y reconfortante.
- En este cajón, Vera, he puesto los libros que le dejo. Habíamos comenzado a leer a
Spencer. Encontrará ahí algunas anotaciones a lápiz que he hecho para usted...
Ella estaba sentada en el diván sin moverse, como petrificada; cruzaba tan
fuertemente sus dedos que las uñas de una mano se hundían en la otra. Las palabras de
Vassiltsev le llegaban como un ruido apagado y confuso, sin significación precisa. Cuando
le hacía una pregunta, ella respondía maquinalmente con un movimiento de cabeza o con
una débil y lastimosa sonrisa; no se atrevía a hablar, pues sentía que a la primera palabra
estallaría en sollozos. El tic tac del péndulo del reloj era nítido y regular. Un enorme
abejorro revoloteaba por la pieza con un ruido sordo y cortante; durante un instante se
calmaba, pero después volvía de nuevo a golpearse frenéticamente contra el techo o contra
los cristales. Vera sentía una sensación casi física del tiempo que se derramaba como un
líquido de un vaso hendido, gota a gota, y cada minuto quedaban menos de esas preciosas
gotas. Su separación durante años, quizá para siempre, estaba cada vez más cerca. ¡Y ni una
palabra que saliera del corazón, ni una caricia! Permanecían sentados uno al lado del otro
como extraños, y aún se oían los roces en la pieza contigua.
Vassiltsev se alzó del diván, subió el estor y abrió la ventana. Los primeros rayos de
una maravillosa mañana de primavera entraron a raudales en la pieza. Luz, ruidos, el olor
primaveral de las flores, los cantos de la primavera, todo llegaba a la vez, feliz, triunfante e
inmisericorde.
¡Llévame contigo!
Cuando de nuevo Vassiltsev se acercó a ella, tenía el rostro deshecho como después
de una larga y grave enfermedad.
Su voz era apagada, rota. Vera había dejado de llorar; sabía que era efectivamente el
fin de todo.
El día había levantado por completo. Llamaron a la puerta. Era el gendarme que
anunciaba que había que ponerse en ruta en una hora.
- Vera, ¿no sería mejor que te marcharas ahora? —dijo Vassiltsev con una voz dulce
y apagada.
Pero ella sacudió la cabeza en silencio; quería permanecer cerca de él hasta el final.
Un extraño torpor, la conciencia de una aparente irrealidad del mundo exterior, la invadió
de nuevo. Vassiltsev también se movía y hablaba como en sueños. Todo el personal de la
casa, el viejo cocinero, el intendente, los campesinos amigos vinieron unos tras otros a
darle su adiós.
- Usted también, buen hombre, ¡no le vendrá mal echarse un trago antes del viaje!
—dijo con una voz paternal y alentadora. A través de la puerta entreabierta, echaba miradas
furtivas y curiosas sobre Vera, pero sin dirigirse directamente a ella, pues sin duda ya sabía
que no era una simple sirvienta.
El carruaje, tirado por tres caballos, avanzó hasta la escalinata. El coronel montó con
Vassiltsev, mientras que uno de los gendarmes se instalaba al lado del cochero, en el primer
banco. El otro se quedó en el lugar.
Con la cabeza baja, sin mirar en torno a ella, Vera emprendió silenciosamente el
camino de regreso. Un cerezo silvestre en flor la cubrió de pétalos blancos, y una lluvia de
gotas de oloroso rocío se desprendió de las ramas a su paso. Una liebre saltó en el claro,
después se detuvo y comenzó a golpear sus patas delanteras para llamar a su hembra, pero,
a la vista de un ser humano, dobló hacia atrás sus largas orejas, y, después, se escabulló en
el bosque. El cielo refulgía y brillaba como si el sol se hubiese derramado en el éter azulado
y hubiera inundado toda la bóveda celeste. Muy alto, por encima de la cabeza de Vera, un
pequeño punto negro tembloroso dejaba oír un misericorde canto de felicidad y amor, que
llenaba todo el espacio.
VIII
Lo peor de todo era el despertar matutino. Sus sueños eran ahora extraños,
sorprendentes: veía a Vassiltsev como en realidad, vivo, y sentía su proximidad con todo su
ser, y todo eso se producía de manera tan plausible, estaba acompañado de una tal cantidad
de pequeños detalles verosímiles, completamente como en la realidad, que le ocurría
decirse a sí misma en sueños: "¡No, ahora no es un sueño! ¡Ahora, es verdad!" Y después
era como una gasa que se desgarraba, todo comenzaba a girar sobre la marcha, a velarse, a
disiparse, una aguda conmoción recorría todo su organismo: y, al poco, ya no había nada.
Volvía a encontrarse sola en la cama; una conciencia dolorosa de su soledad la invadía de
nuevo. Y otra vez, los sollozos de una pasión sin esperanza la convulsionaban y retorcían
sobre la cama.
La carta era breve, llena de discreción, sin la menor muestra de ternura: estaba claro
que Vassiltsev temía que cayese en manos extrañas. Pero es dudoso que la más larga y
apasionada de las cartas haya aportado nunca más alegría que aquel pequeño trozo de
papel. ¡Vera se sintió casi loca de felicidad! Como siempre que alguien ha sufrido mucho y
sobreviene una tregua, tenía tanta prisa por alegrarse que ahora todo le parecía cosa del
pasado: su aflicción ya no existía. Lo principal era tener noticias suyas. Lo más terrible
había sido el sentimiento de que él había repentinamente desaparecido, sin dejar huella, y
que cualquier lazo con él también había sido cortado. Ahora, al contrario, cuando se hacía
posible escribirse, su partida parecía algo normal, y la separación un sinsabor pasajero, y no
esa desgracia abrumadora y sin salida que había sido antes.
¡Pero, ay! Aquella carta entrañable no fue seguida por otras. El comerciante, por
desgracia, tuvo que salir en viaje de negocios por largo tiempo. Había prometido, es verdad,
que en su ausencia un empleado llevaría las cartas. Pero pasaban las semanas sin que
llegaran noticias. Vera creía entonces tan firmemente en su felicidad, que al principio esa
ausencia de correo no la inquietó mucho; imaginaba todo tipo de causas para explicárselo.
Pero poco a poco su inquietud iba a más para acabar finalmente por invadirla por completo.
Todos sus pensamientos estaban concentrados en una sola cosa: recibir una carta. Durante
el día, permanecía alerta, con la esperanza de oír llegar el carruaje del negociante; por la
noche, no hacía más que soñar que le entregaban un sobre en el que reconocía la querida
escritura.
La primavera estaba de nuevo allí, y aún no había noticias. Con el buen tiempo, Vera
se acerca hasta el barranco, desde donde se veía la propiedad vecina, y permanecía durante
horas sentada en un viejo banco desvencijado, en una apatía triste e inexpresiva.
Un día, sentada allí como de costumbre, vio que la silla de postas abandonaba el
camino principal en dirección a la casa de Vassiltsev.
"¿Qué significa esto? ¿A dónde va?" —se preguntó Vera, con el corazón latiéndole
violentamente. ¿Quizá siga hasta el pueblo? No, ahí va, se le oye rodar sobre el viejo
puente oscilante, enfilando ya el sendero. Entonces, pues, se dirige a la casa... Señor, ¿qué
ocurre?"
La emoción que la invadía era tan fuerte que sus piernas comenzaron a temblar y
apenas tuvo fuerza para ponerse en pie. Un doloroso presentimiento atravesó su corazón, y,
a la vez, se estremeció de alegría: "¡Al menos, voy a saberlo! ¡Cualquier cosa, antes que la
incertidumbre!" Vera se echó con presteza el chal sobre los hombros y corrió en dirección a
la casa de Vassiltsev, pero al acercarse, su paso se hizo más lento involuntariamente, y su
corazón se oprimió de manera dolorosa.
Los muebles, las sillas, las mesas, el diván, todo estaba en el mismo sitio que el día
de su partida. Se sintió invadida por el recuerdo físico de aquella horrible mañana. Se oían
voces en el gabinete. Vera encaminó allí sus pasos. El anciano doméstico intentaba abrir
una contraventana cuyo pestillo se había herrumbrado. La cocinera, con un manojo de
llaves en la mano, enjugaba sus lágrimas con el delantal. En la penumbra, Vera apenas
podía distinguir a las tres personas que estaban cerca del escritorio. Finalmente, acabó por
reconocer en una de ellas al comisario de policía del distrito; las otras dos, un hombre y una
mujer con ropas de viaje, le eran desconocidas.
Esta vez, la naturaleza fue misericordiosa con Vera: ante el anuncio de aquella
terrible noticia, perdió el conocimiento. Se le declaró una fiebre nerviosa; Vera permaneció
encamada muchas semanas y tardó en recuperarse. Vera volvía poco a poco a la vida, y
como todos aquéllos que resucitan tras una grave enfermedad, sentía ahora la inmensa
alegría de existir. Con el instinto de conservación propio de los convalecientes, alejó de sí
cualquier pensamiento penoso o serio; todos sus proyectos y deseos estaban concentrados
en las pequeñas alegrías y penas que conforman la vida de un enfermo, y esas nimiedades
adquirían a sus ojos una extraña importancia, sin común medida con la realidad; para ella,
todo tenía otra vez el encanto de la novedad, como en un niño. Se regocijaba con un caldo
apetitoso y lloraba si su almohada no estaba colocada como ella quería. Resultó todo un
acontecimiento cuando le permitieron por primera vez comer un ala de pollo asado.
Sólo algunas semanas más tarde, cuando se hubo recuperado por completo, sus
padres le informaron que Vassiltsev, antes de morir, había redactado un testamento en el
que le dejaba una parte de su fortuna.
Como prueba de gratitud, su padre se vio obligado a darle la carta que Vassiltsev le
había escrito antes de morir. "Vera, tú has sido para mí como mi hija y mi bienamada —le
decía—, y ahora, cercano a mi muerte, te veo como la prolongación de mi vida. Yo no he
conseguido realizar nada aquí abajo. Toda mi vida he sido un soñador ocioso, inútil; cuando
muera, no quedará de mí ninguna huella, como la hierba de los campos de las canciones
populares: que la siegan y la ponen a secar, y después no pueden encontrar el lugar donde
crecía. Pero tú, mi Vera, aún eres joven, y fuerte. Sé, siento que estás llamada para algo
grande y hermoso. ¡Aquello con lo que yo me contentaba en soñar, tú lo realizarás, lo que
no hacía más que presentir vagamente, tú lo llevarás a cabo!"
Con una profunda veneración, que impregnaba todo su ser, Vera leyó aquellas líneas
escritas por una mano fría para siempre. Le pareció que era una voz de ultratumba que le
hablaba. Ya no sentía, como antes, aquella desesperación apasionada e indignada, pero tenía
la impresión de que una sombra negra había rodeado su vida y le había quitado, para
siempre, la posibilidad de una felicidad simple y egoísta. La enfermedad de Vera había
trastornado el orden de la casa de los Barantsov y puso fin a una larga tranquilidad, a un
apacible tedio. Aquello dio lugar a una avalancha de cambios.
El primero de ellos fue de naturaleza afortunada, era el que todo el mundo esperaba
desde hacía mucho tiempo: Lena se casó. Un nuevo regimiento había puesto sus cuarteles
en la capital de la provincia, y un oficial de aquel regimiento fue la causa de ese feliz
cambio. Poco después de la boda, sin embargo, el joven matrimonio debió partir, pues el
regimiento fue enviado al otro confín de Rusia. Liza, que era víctima del tedio, también
decidió partir y reunirse con su hermana, con la secreta esperanza de encontrar un novio
entre los camaradas de su cuñado.
La familia se reunió una última vez para los funerales, después se separó
definitivamente y se dispersó de una buena vez por todas.
La condesa les anunció a sus hijas que había decidido retirarse a un monasterio; el
dominio familiar fue comprado por el antiguo intendente22; su venta le dejó a cada una de
las hermanas un capital de veinte mil rublos. Las dos mayores volvieron a su vida de damas
de regimiento. Vera estaba a partir de entonces sola en el mundo, completamente
independiente. Tomó rápidamente la decisión de partir hacia Petersburgo para buscarse allí
alguna actividad.
IX
AL comienzo de su estancia en Petersburgo, Vera no sintió otra cosa más que decepción. Se
dio cuenta que ser útil era mucho más difícil de lo que había pensado. A sus ojos, ser útil
significaba o bien colaborar personalmente en la destrucción del despotismo y la tiranía, o
bien ayudar a aquéllos que se consagraban a la causa. No sabía que pudiera ser útil,
también, a través de medios más simples. Pero, ¿a quién dirigirse para encontrar una tarea
que le conviniese? Sus conversaciones con Vassiltsev, de naturaleza invariablemente
abstracta e ideal, no eran la preparación que necesitaba para enfrentarse a una actividad
cualquiera. Instigada por él, Vera había leído muchos folletos revolucionarios. Por su parte,
Vassiltsev le había pintado un escenario impresionante de todas las desgracias que sufría la
humanidad, situando la raíz de todos esos males en el hecho de que la vida moderna está
construida en base a la opresión y la competencia, en vez de serlo en la libertad y la
fraternidad. Con frecuencia aquellas conversaciones discurrían acerca de los mártires, de
los defensores contemporáneos de la libertad que habían sacrificado su vida y su felicidad
por el triunfo de esa sagrada causa. Y Vera había comenzado a amar apasionadamente a
esos personajes y derramó más de una lágrima por su suerte. Pero en sus charlas, nunca se
trató de lo que ella misma debía hacer para unirse a esos personajes. Y durante los años que
siguieron al arresto de Vassiltsev, en esos años de reflexiones solitarias, jamás se le ocurrió
pensar en tal asunto. Había estado absorbida por el pensamiento de la tarea más urgente: la
ruptura con los lazos familiares, el abandono de aquel círculo restringido en el cual se había
desarrollado su vida. Su desconocimiento de las condiciones reales de la vida era tal que su
imaginación le hacía ver a los nihilistas como una especie de sociedad secreta bien
organizada, que actuaba según un plan preciso y se esforzaba por conseguir objetivos
claramente definidos. Por eso no dudaba que una vez en Petersburgo, en aquel foco de
agitación nihilista, sería rápidamente enrolada en el gran ejército clandestino para ocupar
una responsabilidad precisa, por muy modesta que fuese.
Tales eran sus sueños de estos últimos años. Pero ya estaba en Petersburgo,
plenamente dueña de su propia vida, libre para hacer lo que quiere. ¿Y qué? El camino que
se abre ante ella apenas es más claro que antes. No sabe a quién dirigirse ni cómo encontrar
a esos verdaderos nihilistas. Para ella supuso una gran desilusión saber que, personalmente,
yo no conocía a ninguno de esos nihilistas, y, además, que tampoco creía en la existencia de
una vasta organización revolucionaria en Rusia. Aquello, de ninguna manera entraba en sus
cálculos. Esperaba algo más de mí.
—No comprendo, me decía, cómo en medio de tantas desgracias como nos rodean y
ante el sufrimiento de la humanidad, se puede encontrar placer en examinar al microscopio
los ojos de las moscas. Y, sin embargo, nuestro buen profesor V., nos ha tenido ocupadas
durante una hora en tan elevado tema.
Convencida del poco entusiasmo de Vera por las ciencias naturales, le aconsejé que
se dedicara a la economía política. El resultado fue el mismo. La lectura de los tratados
corrientes de economía política sólo provocaba en ella cansancio, sin dejar la menor huella
en su pensamiento. Una vez que los abordaba, pronto se persuadía de que la tarea que
interesaba a sus autores, es decir la organización del bienestar común, sólo podría
resolverse cuando la gente compartiese todo entre sí y dejase de existir la opresión y la
propiedad privada. Consideraba eso como una verdad indiscutible, que no admitía ninguna
duda y que no era necesario que fuese probada. ¡Para qué, entonces, en esas condiciones,
romperse eternamente la cabeza con ese pandemonium de salarios, de tasas de interés, de
créditos y un rosario de otros temas tan aburridos como farragosos, que no tenían más
utilidad que llevar la confusión al pensamiento y desviar a la gente de sus verdaderos
objetivos! En nuestros días, no hay hombre honesto que no tenga razones para preguntarse:
"¿Qué fin persigo con mi vida personal?" Únicamente debiera interesarse en elegir el
camino más corto que lleve a la realización del objetivo general. Para un ruso, ese objetivo
sólo puede ser la revolución social y política. Y para esas cuestiones, ningún manual de
economía política aporta respuestas; su lectura es, pues, inútil. Así razonaba Vera conmigo.
Y sin embargo, por extraño que parezca, nos hicimos amigas. Nuestros encuentros se
hicieron frecuentes y una mutua simpatía animaba cada una de nuestras conversaciones.
Esto me lo explico por el extraño encanto que emanaba de Vera.
Los rasgos de su rostro tenían tal nobleza, cada uno de sus movimientos era tan
gracioso y armonioso y, sobre todo, había tanta sinceridad y candidez en su
comportamiento que olvidé todas mis reservas. Pero era resueltamente imposible discutir
con ella, y sólo me quedaba lamentar que su pensamiento estuviese tan poco desarrollado y
que eso la hiciese indiferente a todos los grandes bienes de la civilización moderna.
Vera, por su parte, me prefería a cualquiera de sus conocidas. Pero al mismo tiempo
no podía comprender que yo me entregase completamente a las matemáticas. Le parecía
que el matemático era una especie de rara avis que se dedicaba a resolver acertijos
expresados en cifras. Podía perdonársele ese capricho tan inocente, pero era difícil no sentir
cierto desprecio por esa debilidad. Así, cada una de nosotras consideraba a la otra con
altivez, pero con una cierta condescendencia. Aunque eso no dañaba nuestra amistad.
Sin embargo pasaba el tiempo, y Vera, sintiendo que aún no había dado ningún paso
en la dirección del fin pretendido, se volvía cada vez más irritable e impaciente. Su salud
comenzaba a resentirse por la insatisfacción de no poder realizar aquel extraño deseo de
"consagrarse a la causa" El carminado de sus mejillas empalidecía, y la expresión de sus
grandes ojos azul oscuro era cada día más pensativa y más triste. Recuerdo un paseo por la
perspectiva Nevski, una radiante mañana invernal. El cielo estaba claro, el sol derramaba
sus rayos vivos y luminosos. Podíamos imaginar que un prodigio nos había transportado a
ese reino de luz del que hablan nuestros cuentos populares. Los escaparates de las tiendas
tenían reflejos argentados, y era plata lo que brillaba bajo los pies y se diseminaba como
lentejuelas en torno a nosotras. El aire puro del invierno era tan refrescante que la vida se
hacía más alegre. Aunque caminábamos por una ancha acera, nos movíamos con dificultad
apretujadas entre los paseantes. Hombres, mujeres y niños con las mejillas carminadas y el
mentón hundido en las pieles respiraban salud y alegría. Súbitamente Vera se volvió hacia
mí.
- ¡Cuando pienso que, entre estas personas, quizá pueden estar las que busco desde
hace tanto tiempo! Sin duda más de una podría decirme todo lo que vanamente intento
encontrar por mí misma. Sabes, cada vez que veo a alguien simpático, estoy casi dispuesta
a detenerlo, a mirarle fijamente a los ojos y preguntarle si no forma parte de la causa.
- Pues bien, por mí no te inhibas, te lo ruego —respondí con el tono más tranquilo
posible—. Mira, por ejemplo, ese oficial de doradas charreteras, o bien ese abogado de
rebuscada elegancia, que te observa a través de su monóculo con tanta suficiencia. Podrías
comenzar tu búsqueda por ellos. Su apariencia es prometedora.
Vera alzó los hombros y suspiró profundamente. Hacia el final del invierno ocurrió
algo que, de inmediato, acabó con el desgarro de Vera y le dio la posibilidad de descubrir el
objeto de su búsqueda.
A principios de enero, comenzó a rumorearse que se habían llevado a cabo
numerosos arrestos en diferentes lugares de Rusia, y que el gobierno había conseguido
descubrir una conspiración socialista hábilmente urdida. Aquellos rumores pronto fueron
confirmados por un comunicado oficial del Mensajero gubernamental, que informaba a los
fieles súbditos de Su Majestad que la Justicia había conseguido echar mano a una
asociación de criminales políticos en número de setenta y cinco.
Para conseguir algo, había que trabajar entre el pueblo, acercarse a él, "simplificar
su vida25". Fue Turgueniev, en Tierras vírgenes, quien mejor describió esta generación.
Los setenta y cinco acusados, propagandistas ingenuos que estaban lejos de ser criminales,
pertenecían a esa generación. No utilizaban ni bombas ni dinamita. La mayoría de ellos
habían salido de buenas familias y no habían cometido más fechoría que "ir hacia el
pueblo". A ese efecto, se vestían como campesinos o iban a trabajar a las fábricas, con el
secreto pensamiento de hacer propaganda entre los trabajadores. La mayor parte del tiempo,
sin embargo, aquello se limitaba a frecuentar las tabernas y los mercados, a soltar discursos
revolucionarios y distribuir folletos entre los campesinos. Ignorantes de las costumbres del
pueblo e incluso de su habla, los propagandistas llevaban a cabo su misión con tan poco
sentido práctico y tanta torpeza que, desde las primeras tentativas de "desencadenar la
agitación" entre los obreros, fueron los patronos de las fábricas y los taberneros, y a
menudo los mismos campesinos, quienes los entregaban a la policía atados de pies y
manos26.
Por escasos que fuesen los resultados prácticos logrados por los revolucionarios, el
gobierno no había estimado menos necesario tratarlos con gran severidad, con la esperanza
de cortar de raíz cualquier rebrote de la agitación. Se había dado orden de encarcelar a
todos los que se encontrasen. Para engrosar las filas de los sospechosos y ser arrestado,
bastaba con estar disfrazado con ropas de campesino. Los que habían sido hecho presos
eran enviados a San Petersburgo para investigación y juicio. Aunque la mayoría no se
conocían entre ellos, declaraban que formaban parte de una organización común. Y ocurrió
así esta vez, igualmente. Las autoridades harían caer sobre los instigadores tanto la fuerza
de la justicia como del castigo. Aunque la investigación del caso había sido confiada a una
comisión judicial especial nombrada por el gobierno y no a un jurado de lo criminal, a cada
uno de los preventivos se le reconoció el derecho a tener un abogado, y el proceso se
declaró público.
Así fue como se abrió ante ella ese vasto campo de actividad con el que soñaba.
Setenta y cinco familias, sumidas en la miseria y la desesperación por el arresto de sus
próximos, tenían necesidad de su ayuda. Podía aportarles una ayuda concreta, podía "servir
a la causa"; y eso le ofrecía la posibilidad de entrar en un medio cuyas convicciones y
sentimientos le eran cercanos. Inútil decir que, completamente absorbida por sus nuevos
amigos, abandonó enseguida tanto la frecuentación de los cursos como las visitas que me
hacía. Si, en ocasiones, pasaba a verme un instante, sólo era para pedir mi concurso a fin de
ayudar a aquéllos que le eran queridos. Yo debía entonces organizar una suscripción en
favor de tal o cual sufrida familia, encontrar una custodia para un niño que estaba solo,
convencer a cualquier célebre abogado de que asumiese la defensa de un acusado. En una
palabra, Vera no lamentaba ni su pena ni la de los otros.
Desde las seis de la mañana, una densa muchedumbre se apretujaba a la entrada del
tribunal. Sólo las personas provistas de acreditación podían entrar en la sala de audiencias;
las demás permanecían cerca de la entrada, con la esperanza de ser informadas más
rápidamente del veredicto. El público comenzaba a ser admitido a las ocho y media, y
nosotras nos encontrábamos en una amplia sala, entre dos filas de gendarmes, que nos
miraban con insistencia, como para verificar nuestro derecho a estar allí.
Una rápida mirada bastaba para asegurarse que el público estaba compuesto de dos
clases de personas. Unas habían venido por curiosidad, como a un espectáculo raro. Eran,
en su mayoría, personas de la buena sociedad, para las que no representaba ningún
problema conseguir acreditación. Podían verse entre éstas a damas de mediana edad,
vestidas de negro como convenía al buen tono. Muchas tenían gemelos de espectáculo en la
mano. Temían visiblemente perder el menor detalle del drama que debía desarrollarse ante
sus ojos. Su curiosidad estaba tan excitada que habían aceptado sacrificarle su hábito de
levantarse tarde y su temor natural ante cualquier contacto con la masa. Los hombres de ese
grupo tenían todos aire de dignatarios, algunos en uniforme, otros solamente con sus
condecoraciones. Al comienzo, todos parecían paralizados ante la expectativa, pero aquel
solemne silencio se rompió pronto. Los conocidos se encontraron, intercambiaron saludos.
La amabilidad de los hombres se manifestaba proponiéndole a las damas cederles los
mejores sitios. Poco a poco se entablaron conversaciones, en principio a media voz,
después fue subiendo el tono. Si todo aquello no estuviese sucediendo en una bella mañana
entre paredes y ventanas desnudas, sobre toscos bancos de madera, podríamos pensar que
nos encontrábamos en una reunión mundana.
Al lado de ese grupo de espectadores, había otro. Estaba compuesto por los
familiares y amigos cercanos de los acusados. Caras tristes, flacas, ropas gastadas, un
silencio pesado y sombrío, miradas atemorizadas dirigidas hacia la puerta por la que debían
entrar los acusados, todo en ellos testimoniaba una dolorosa realidad, la proximidad de un
cruel desenlace. A las diez en punto, se oyó el anuncio habitual: "Señores, ¡Audiencia
pública!" Doce senadores27 entraron en la sala, todos de edad avanzada, luciendo sobre el
pecho más condecoraciones que pelos en la cabeza. Se reconocía en ellos a las distintas
categorías de altos dignatarios rusos. Al lado de un hombre de estado que aún no había
acabado su carrera, afectado y seguro de sí mismo, reparamos en un anciano decrépito, con
el labio caído y la mirada apagada. Sin prisa, con cierta solemnidad, ocuparon sus sillones.
Al punto, se abrió la puerta lateral, por la que entraron los setenta y cinco acusados
acompañados de gendarmes. Aquellos criminales tenían un aire extraño. Sus rostros
demacrados contrastaban vivamente con su joven edad. El de más edad aún no tenía treinta
años, el más joven acababa de cumplir dieciocho. Parecían burlones, todos tenían una
especie de semblante festivo. Había entre ellos algunas bellas muchachas. La turbación que
los invadía le daba a sus ojos un brillo febril y cubría sus mejillas de un carminado
enfermizo. Aquellos jóvenes habían pasado largos meses completamente cortados del
mundo exterior. Y ahora, súbitamente, debían encontrarse con sus allegados, reconocerlos
entre aquella dispar muchedumbre. Una alegría irresistible, casi infantil, asomaba a sus
rostros. Aparentemente, olvidaban el carácter terriblemente serio de este instante, la
proximidad del veredicto, de un veredicto que los privará de cualquier alegría humana
durante largos, largos años. En este instante, no pensaban en nada; intercambiaban
simplemente miradas felices y conmovidas. A pesar de la oposición de los gendarmes,
muchos conseguían estrechar las manos que les tendían e intercambiar algunas palabras. Al
verlos, familiares y amigos no podían dominarse: se abalanzaban sobre la barrera con
exclamaciones de alegría. Estoy segura que, de todos aquellos que estaban presentes en la
sala del tribunal, nadie olvidará jamás ese momento.
Incluso las personas de la alta sociedad, incapaces desde hace mucho tiempo de
sentir fuertes emociones, sucumbían al estado de ánimo general. Su simpatía se dirigía por
un instante a los acusados. Más tarde, de regreso a sus casas, con los nervios ya calmados,
se ruborizarían más de una vez con el recuerdo de su involuntario capricho, pero, en este
mismo momento, no conseguían dominarse, y muchas de aquellas honorables damas
agitaban su pañuelo a la vista de aquellos terribles nihilistas. Aquello, no obstante, sólo
duró un minuto; los gendarmes restablecieron rápidamente el orden y llevaron a los
acusados a sus sitios28.
Fue con esa dialéctica como el procurador habló sin pausa. Acabó su requisitoria
pidiéndole al tribunal que castigara a Pavlenkov con toda la severidad de la ley. Hacia
criminales como él, no puede haber piedad.
Parecía de más edad y más maduro. No había huella, en él, de esa ingenuidad
infantil que dejaban ver los rostros de los otros acusados. Era moreno, con rasgos semíticos
muy marcados. Sus ojos impresionaban por su inteligencia y su belleza, pero una sonrisa
amarga, sarcástica y al mismo tiempo sensual, deformaba su boca. Sus abultados labios
rojos contrastaban desagradablemente con la parte superior de su rostro, de gran delicadeza.
La distensión de sus músculos faciales y sus bruscos movimientos de brazos revelaban su
nerviosismo. Fue el único, entre todos los acusados, que no manifestó la menor alegría a la
vista de sus camaradas, y tampoco ninguna mirada empañada de lágrimas acogió su
entrada. Pavlenkov seguía atentamente la diatriba del procurador y, a veces, tomaba alguna
nota, pero, incluso ante las más virulentas invectivas, seguía demostrando una gran sangre
fría. Y de no ser por aquellos tics nerviosos de su cuerpo, se le hubiese podido tomar por un
espectador impasible aunque atento, que no se sentía concernido por la suerte del proceso.
Tras la requisitoria del procurador, se produjo una suspensión de la vista de una hora y
media. El público y los acusados despejaron la sala. Los senadores y abogados se dieron
prisa para ir a comer algo, mientras que la gente se dispersaba por los cafés aledaños.
Pero el proceso volvió a reanudarse, ahora con los alegatos de los abogados. No es
nada fácil ser defensor en un proceso político. Ciertamente, un proceso así es un excelente
medio para avanzar, para hacerse un nombre. Pero, en cambio, basta con que el abogado
ponga en su alegato un poco de ardor y convicción para que se convierta en sospechoso.
Muchos conservan aún el recuerdo de elocuentes defensas que fueron seguidas de una
relegación administrativa. Pero, en honor del colegio de abogados, hay que decir que
siempre hubo entre ellos personas bastante generosas como para ponerse a disposición de
los acusados sin la esperanza de una retribución, como aquí fue el caso. Una vez más, pues,
se encontraron hombres dispuestos a asumir el ingrato papel —de graves responsabilidades
—, de defensor. Lejos de ellos la idea de dejar a su cliente desamparado, por negarse a
defender al movimiento revolucionario. Se contentaban con exponer bajo el aspecto más
ventajoso los motivos de sus acciones; desarrollaban atrevidas teorías y, con frecuencia, se
permitían expresiones que serían inconcebibles en cualquier otro proceso que no fuese
político.
Cayó la noche. El presidente dio por terminada la sesión. Los debates se reanudarán
mañana temprano y se prolongarán hasta la caída de la noche.
Y así sucede cada día, durante toda una semana. El interés del público, lejos de
decaer, va en aumento sensiblemente. Entre los alegatos más brillantes, hay que poner el
del mismo Pavlenkov. Ciertamente, Pavlenkov también tuvo el beneficio de un abogado,
pero no se contentó con ello y quiso utilizar el derecho de asegurar su propia defensa.
Desde el punto de vista formal, su defensa fue incomparablemente inferior a la de los
abogados, pero su simplicidad y naturalidad le dieron una fuerza y una significación
particulares.
Una vez finalizados los debates, los jueces se retiraron para emitir su veredicto, pero
el público permaneció en la sala. Volvieron al cabo de dos horas, y el presidente procedió a
la lectura de la sentencia con una voz tranquila y solemne. Aquello llevó cerca de una hora.
La mayoría de los acusados fueron condenados a la deportación en Siberia o en provincias
alejadas.
Sólo los cinco principales acusados fueron condenados a penas de presidio que iban
de cinco a veinte años31. Como podía esperarse, a Pavlenkov le cayó la pena máxima. En
las esferas gubernamentales, ese veredicto fue juzgado, de manera unánime, como
clemente. Todos esperaban sentencias más severas.
Pero esa no era la opinión del público de la sala. Recibió aquella sentencia como un
brutal mazazo. Durante una larga semana, había vivido al unísono con los acusados, había
llegado a conocerlos individualmente, había penetrado en los aspectos más secretos de su
pasado. Era por lo que, ahora, le resultaba difícil mostrarse indiferente ante su suerte. No
podía adoptar el punto de vista del lector de periódicos, que se informaba —de manera
distanciada— de que alguna inevitable desgracia había caído sobre alguien a quien no
conocía.
Apenas se dio por finalizada la lectura del veredicto, un silencio mortal se instaló en
la sala, entrecortado por raros sollozos.
- ¿Se irán pronto tus invitados? Necesito hablarte de algo importante —me dijo al
oído.
El rostro de Vera se iluminó. Una sonrisa beatífica, exaltada, apareció en sus labios.
- ¿Cómo? ¡Pero si no lo conocías! ¿De qué manera pudiste dar con él?
- Di con él, pero sólo en parte. Lo vi de lejos durante el proceso y hoy, un cuarto de
hora antes de casarnos, intercambiamos por primera vez algunas palabras.
- ¿Cómo es eso, Vera? ¿Qué significa eso? —insistía yo sin comprender—. ¿Ha sido
un flechazo, como para Romeo y Julieta? ¡Quizá en el momento en que el abogado general
lo vapuleaba!
Miré a Vera sin decir nada, con un aire interrogador. Se sentó a un lado del diván y
comenzó un relato sosegado y desprovisto de emoción, como si se tratase de cosas
completamente simples y corrientes.
- Verás, después del proceso, tuve una larga conversación con los abogados. Todos
consideraban que la suerte de los acusados no era catastrófica, excepto la de Pavlenkov. El
maestro, es verdad, quizá muera de aquí a dos o tres meses, pero de todas formas, no durará
mucho, tiene una tisis maligna. En cuanto a los demás, serán enviados a Siberia. Podemos
esperar que, una vez acabado su periodo de deportación, vuelvan a Rusia y reemprendan su
actividad. Para Pavlenkov, es otra cosa. Su suerte es verdaderamente triste, tan triste que
mejor hubiese sido que lo condenaran a muerte. Al menos, todo habría acabado más rápido.
Pero allí, ¡tendrá que pasar veinte años de presidio!
- ¡Pero, Vera! —exclamé— ¿no has pensado en lo que te costará ese paso? No sabes
qué clase de hombre es Pavlenkov, ni si merece un sacrificio así.
- No, Vera, a fe mía, no creo que hubiese tomado esa decisión —respondí
sinceramente. Vera me miraba con atención.
- ¡Te compadezco! —dijo, antes de continuar—: en cualquier caso, para mí, estaba
claro que mi deber era casarme con él. ¿Pero cómo obtener la autorización? Ahí estaba el
quid. Cuando le hice saber mi decisión al abogado, dijo que no había que contar con ello,
que no me lo permitirían nunca. Así, pues, no sabía cómo arreglármelas, cuando de pronto
recordé a alguien que podía ayudarme. ¿Has oído hablar del conde Ralof?
- ¿El antiguo ministro? ¡Quién no ha oído hablar de él! Al parecer, ahora está
retirado de sus funciones pero sigue cercano al zar. ¿Pero qué relación tienes con él?
- Y bien, Vera, cuéntame pronto cómo ha ido eso —pregunté con curiosidad—.
Imagino que has debido dejar boquiabierto al anciano, que se habrá sentido feliz de volver a
ver a su pequeña preferida...
Yo recordaba lo que se decía del anciano conde, que se había hecho muy devoto, y
se pasaba los día entre ayunos y oraciones. Debió de ser curioso su encuentro con Vera.
Ante ese pensamiento, se me escapó una risa involuntaria.
- No tiene ninguna gracia, esto no es divertido en absoluto —dijo Vera con un tono
ofendido—. Presta atención y verás que sé actuar como una muchacha inteligente, ¡de ideas
geniales, a veces! —prosiguió—. ¿Crees que me presenté en su casa como una nihilista?
¡Por nada en el mundo! Sé muy bien que todos esos pecadores tienen a bien hacer cuaresma
al llegar a la vejez, que no saben resistirse a una bonita cara. Cuando ven un gentil palmito,
se derriten enseguida, se enternecen y no pueden negarle nada. Por eso me he puesto guapa
para ir a su casa, incluso encargué el vestido que ves para la ocasión —Vera señaló su
vestido con aire satisfecho—. Pero me presenté allí con el aire más modesto posible, más
inocente, para no alarmarlo.
"El conde me había dado cita para las nueve de la mañana. Llegué, al fin, a su casa.
¡Si supieses cómo viven esos altos dignatarios! ¡Quien toma el hábito de monje, hace voto
de humildad y se mortifica no debería vivir en un palacio así! Un suizo con su bastón
estaba a la entrada, con aire temible, también él parecido a un dignatario. En un primer
momento, no quería dejarme entrar, pero yo le mostré la carta del conde. Entonces, golpeó
con el bastón un gong de cobre; al punto apareció —saliendo de no se sabe dónde—, un
criado que lucía una librea húngara, que me acompañó hasta lo alto de una escalera de
mármol adornada con flores en macetas. Aquí nos aguardaba otro criado; me señaló el
camino a través de una hilera de piezas, y me dejó con un lacayo en librea. No sé cuántos
salones y salas me hizo recorrer. Por todas partes, suelos de marquetería, que brillaban
como un espejo y tan deslizantes que poco me faltó para caer. Los techos estaban pintados,
los espejos con sus marcos dorados colgaban de las paredes; los asientos, también dorados,
estaban tapizados de damasco. Y todo estaba desierto, no vivía ni un alma. El lacayo con
aire grave, caminaba en silencio, sin decir ni una palabra... Finalmente, llegamos al
gabinete del conde, donde nos acogió su ayuda de cámara. Los lacayos precedentes eran
todos altos y vestían libreas bordadas en oro, mientras que éste era un anciano bajo, que no
tenía buen aspecto, en simple levita que parecía muy desgastada, con una cara inteligente y
astuta de verdadero diplomático. Me miró de arriba abajo, sin darse prisa, como para
penetrar mi alma, después dijo: "— Por favor, espere aquí, señorita. Su Excelencia acaba de
levantarse y está en oración.
"Me dejaron sola en el gabinete. Era una pieza inmensa, desde un extremo se
distinguía mal lo que había en el otro. Pero aquí, no había espejos ni dorados; los muebles
eran simples, de encina. Aquí y allá oscuros y dobles cortinajes, que, sólo en parte,
ocultaban las ventanas; la pieza estaba sumida en una semipenumbra. Un rincón estaba
ocupado por un enorme armario con iconos, ante el que ardían lamparillas.
"Al verme, exclamó: "¡Señor, pero si es Alina (es el nombre de mi madre), el vivo
retrato de Alina!35" En ese momento se le escurrió una lágrima. Se puso a bendecirme
haciendo sobre mí, una y otra vez, la señal de la cruz, y yo le besé las manos esforzándome
también por arrancar una lágrima de mis ojos.
"Su Excelencia se ablandó por completo, como un viejo gato al que se le cosquillea
tras la oreja. Por sus palabras, parecía querer ofrecerme la luna, forjándose toda clase de
proyectos a mi cuenta. Poco faltó para sugerirme su deseo de presentarme en la Corte. Sí,
sabes, hubo un momento en que estaba dispuesto a adoptarme como su hija; él no tiene
familia. Su mujer y sus hijos han muerto.
- Y entonces, ¿cómo se tomó el conde esa confesión? —le pregunté entre risas.
- ¡Ah, Vera! ¿No has tenido vergüenza de engañar a ese pobre anciano? —exclamé
reprobadoramente.
- ¡Engañar a ese pobre anciano! —repitió con un tono burlón. ¿Por qué habría de
avergonzarme? Y él, ¿crees que tiene vergüenza? Con su situación y su ascendencia sobre
el soberano, imagínate todo el bien que podría hacer, lo útil que podría ser. Pero ¿qué hace
en cambio? Se golpea la cabeza contra el suelo, con la esperanza de obtener en el cielo el
mismo confortable rincón que aquí en la tierra. De los demás, poco se preocupa. Me ha
demostrado afecto, pero ¿por qué? Porque le ha gustado mi palmito: eso le ha llevado a
recordar sus viejos pecados, le ha encendido un poco la sangre. Mil gracias por eso. Pero a
los otros jóvenes, a los que se pudren y mueren en Siberia, ¿cómo los trata? ¡Está claro!
¡Cuántas condenas habrá firmado en su vida! ¿Me hubiera atrevido a engañarlo si pudiese
hablar con él francamente? Pero era imposible. Me di cuenta de que aunque simplemente le
pidiera: "¡Salve a Pavlenkov!" Me respondería: "A usted no le han dado vela en ese
entierro, señorita". Y todo quedaría dicho. ¿Cómo no obrar con astucia?
"Se desplazaba así por la pieza, murmurando. Al oírlo, tenía ganas de reír, pero
adopté un aire contrito. Permanecí sentada, con los brazos caídos, sin atreverme a alzar los
ojos; en una palabra, era el retrato clavado de Gretchen. Finalmente, se paró ante mí y me
dijo con un tono severo e imponente: "Siéntate al escritorio, Vera, y escribe al soberano que
caes a sus pies y solicitas autorización para casarte con tu canalla seductor. Yo me encargo
de transmitir tu petición e intentaré que nada se divulgue".
"Me apresuré a darle las gracias al anciano, pero me rechazó: "No lo hago por ti —
dijo—, sino por tu madre." "Me senté para escribir bajo su dictado, pero surgió otra
dificultad. Me dictó aquel texto sin hacer alusión a Siberia. "¿Y Siberia? —pregunté—. Es
a Siberia a donde quiero seguir a mi marido." Se echó a reír: "No te pedirán eso. Una vez
borrada la falta, vive a tu aire donde quieras; como honesta viuda". "¡Imagina el miedo que
me entró, al oír esas palabras! ¿Qué podía hacer? Insistir en lo de Siberia era peligroso,
podía sospechar y descubrir de qué se trataba. No sabía cómo salir de aquello. Pero
súbitamente, tuve una idea luminosa. Le dije que a modo de penitencia quería imponerme
el desafío espiritual de seguir a mi marido a Siberia, para pagar mi falta. Eso era más
comprensible para el anciano, se correspondía mejor con su sentido de la vida.
"Se emocionó mucho y me dijo que no se oponía: "¡Es una piadosa acción!" Me
bendijo y, al partir, cogió un pequeño icono de la pared y me lo colgó al cuello.
"Entonces quiso hacerme entrar en razón. ¿Cómo una señorita tan joven, tan bella,
una tal belleza podía perderse así? ¿Había reflexionado bien mis actos? ¡Yo, una aristócrata
rusa, casarme con un judío converso, un criminal de estado! ¡Mis hijos no tendrían ni
nombre ni título! ¡Y me lo reprocharían cuando fuesen mayores!"— Ya he pensado y
reflexionado sobre todo eso —dije—, y no cambiaré de parecer.
"El general vio que yo me aferraba a mis intenciones. Entonces, con aire bondadoso,
paternal, entrecerrando un ojo, se inclinó hacia mí, me cogió de las manos y dijo: "Yo ya no
soy joven. Tengo hijos. Voy a hablarle como si se tratara de mi propia hija. ¡Sabemos lo que
puede ocurrir— le a las jóvenes! Usted no es la primera ni será la última. Pero no merece la
pena que arruine su vida por un desliz. El soberano es misericordioso, y el conde tiene
buena disposición hacia usted: está dispuesto a actuar en su favor. ¡Si fuese necesario,
podemos ayudarla de distinto modo, buscándole otro marido!"
"Seguí fingiendo que no comprendía, y repetí que quería casarme con Pavlenkov y
acompañarlo a Siberia. "El general vio que era tiempo perdido. Se levantó, me saludó y se
fue; entonces, corrí a casa del abogado de Pavlenkov para contárselo todo, y le dije: "Vaya
a ver a su cliente enseguida e infórmele del plan que hemos ideado para salvarle."
"Algunos días más tarde, recibí una carta autorizándome, a mí, la princesa
Barantsov, a contraer legalmente matrimonio con Pavlenkov, criminal de estado y judío,
una vez que él hubiera renunciado a la confesión judía y se hiciese ortodoxo; la ceremonia
nupcial tendría lugar en la iglesia de la prisión.
- Vera —dije al fin, tristemente—, ahora la suerte está echada, y es demasiado tarde
para lamentarlo. Te has tirado de cabeza al abismo. Pero ten la gentileza de decirme ¿por
qué no has venido a verme ni una sola vez antes de casarte, por qué no me has dicho ni una
sola palabra de lo que maquinabas? ¡Somos amigas!
- Verás —respondió Vera tras un instante de reflexión—, no se trata de una pose ante
ti ni de un gesto teatral. Te lo diré sinceramente: en el momento en que recibí ese papel y
supe que ya no había impedimentos, que había conseguido mi objetivo, hubiera debido
alegrarme, no es eso, pero se me encogió el corazón. ¡Y eso ha durado toda la semana,
hasta que nos casamos! Me busqué toda clase de ocupaciones para mantenerme activa y no
pensar en nada. Durante el día, con la gente, aquello marchaba, tenía un ánimo decidido,
pero cuando caía la noche y me quedaba sola, aquello ya no marchaba en absoluto, mi
corazón se encogía y comenzaba a ganarme el miedo. "Finalmente, hoy, fui a la prisión. Me
hicieron entrar. Una sólida puerta blindada se cerró ruidosamente tras de mí. Fuera hacía
calor, brillaba el sol, pero, allí, todo era sombrío, con un olor a humedad. Era siniestro. Me
pareció que todo lo había dejado tras aquella puerta: mi felicidad, mi libertad, mi juventud.
Comenzaron a zumbarme los oídos y tuve la impresión de que me arrojaban a algún pozo
negro y sin fondo.
"A cada paso, mi corazón se encogía cada vez más. Te confesaré francamente que en
aquel momento, si alguien hubiera venido a proponerme que renunciase al matrimonio, me
hubiera escapado sin mirar atrás.
"Por fin, llegamos a una exigua pieza vacía, de paredes pintadas y desnudas, con dos
sillas de madera por todo mobiliario. Me dejaron sola, diciéndome que esperase. Si
permanecí allí mucho tiempo, no lo sé. El tiempo me parecía interminable. Las dudas me
invadían cada vez más: " ¿Tengo razón para actuar así? ¿No estoy a punto de cometer una
tontería terrible e inexcusable?" Lo más pavoroso era pensar en mi inminente encuentro con
Pavlenkov. Temía no reconocerlo. ¿Qué me diría? ¿Había comprendido mi gesto? Intenté
avivar en mi pensamiento la imagen bajo la que me había aparecido aquellos días atrás,
pero todos mis esfuerzos resultaron vanos.
—... Y decir que he pasado todo el invierno cansada de esperar en busca de una
causa —añadió con un tono vivaz y alegre. Pero la tenía allí, mi causa, en la mano, ¡y qué
causa! No hubiera podido encontrarla mejor. Te confesaré algo: para cualquier otro
cometido, ya sea la propaganda revolucionaria o la actividad clandestina, yo no sería la
activista más conveniente, a fe mía. Para eso hace falta una gran inteligencia, ser elocuente
y saber movilizar a las personas, hacerse obedecer y todo eso, lo cual no está en mis
habilidades. Y, por otra parte, me daría mucha lástima exponer a los demás al peligro. Pero
ir a Siberia, eso sí está hecho para mí, ¡y es una verdadera causa! Así, pues, todo ha sido
muy sencillo, muy inesperado, como si eso se hubiese arreglado sin ninguna intervención,
por sí mismo. ¡Señor, qué feliz soy!
La singular excitación que envolvió a Vera los primeros momentos que siguieron a
sus arriesgadas gestiones, había tenido tiempo de aplacarse, y, ahora, se había encontrado a
sí misma, volvía a ser la joven serena, soñadora y reservada que antes había conocido.
Había adelgazado un poco y parecía más madura; pero sus azules ojos continuaban mirando
a lo lejos con audacia y vivacidad, y era realmente emotivo ver con qué tierna solicitud
rodeaba a sus dos compañeras de viaje, en particular a la de más edad. Las tres parecían
estar unidas por una sólida amistad, esa amistad que sólo la desgracia puede forjar.
Había mucha gente en la estación; algunos habían venido por curiosidad o simpatía,
otros porque tenían familiares o amigos en Siberia y querían transmitirles un saludo o
algunas noticias por mediación de los que partían. Ocioso decir que la presencia policial era
considerable.
Apenas pude intercambiar algunas palabras con Vera, pues todo el mundo se
apretujaba en torno a ella. Cuando sonó la última campanada y el tren estaba a punto de
salir, ella me tendió la mano por la ventanilla para un último adiós. En ese momento, el
destino que le aguardaba a ese ser tan joven y encantador se me apareció tan vivamente que
sentí una extraña congoja y por mis ojos comenzaron a resbalar algunas lágrimas.
—¿Lloras por mí? —dijo Vera con una luminosa sonrisa. Ah, al contrario, ¡si tú
supieras cuánto os compadezco a todos los que os quedáis aquí!
6 Estos tratamientos de cortesía, así como los patronímicos que los acompañan van
en alfabeto latino en el texto original ruso.
[10] Institución para jóvenes de la nobleza creada en 1764 por Catalina la Grande siguiendo
el modelo de San Ciro, cerca del monasterio de Smolny, en San Petersburgo.
11 Eco de Eugenio Onieguin de Pushkin (cap. III, XVII).
19 Se trata sin duda de los hijos de los campesinos, a los que Vera daba clases.
Como el motivo no se ha tratado antes, es uno de los signos de que el relato estaba
inacabado.
21 Era el color distintivo de la policía política ("gendarmes"), como más tarde del
KGB.
36 "Símbolo del camino de la vida que [los esposos] deben recorrer según las
enseñanzas de la religión" (Martine Roty, Diccionario ruso—francés de términos usados en
la Iglesia rusa, París, Instituto de Estudios eslavos, 1983, p. 20).